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Libro N° 7005. Diez Y Seis Años En Siberia. Deutsch, León.

 


© Libro N° 7005. Diez Y Seis Años En Siberia.  Deutsch, León. Emancipación. Febrero 22 de 2020.

Título original: © Diez Y Seis Años En Siberia. León  Deutsch

 

Versión Original: © Diez Y Seis Años En Siberia. León  Deutsch

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/deutsch/siberia/deutsch-16-en-siberia-tomo1.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA

León  Deutsch

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diez Y Seis Años En Siberia

León  Deutsch

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 1.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LEÓN  DEUTSCH

 

 

9591-fc

 

DIEZ \SEIS AROS EN SIBERIA

 

 

Traducción española deCarmen deBurgos Seguí (COLOMBINE)

 

 

OBRA PROHIBIDA EN RUSIA

 

TOMO  PRIMERO

 

 

F.        SBMPEEE Y COMPAÑÍA,    EDITOBES

 

Calle delPalomar, 10        Olmo, 4 (Sucursal)

 

VALENCIA MADRID

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 3.

 

 

. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.*

 

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

 

 

 

«Llora como una mujer, ya

que no has sabido defenderla

como hombre.»

 

 

Acabo de traducir el libro de León Deutsch, a que he seguido en sus páginas de cárcel en cár-cel y de etapa en etapa, unida á su cadena en fa. tigosa pesadilla.

 

El autor no es un literato; en su libro no hay que buscar galanura de estilo ni efectos de arte. No los necesita. Es un libro de sinceridad, de verdad, de horror... Un libro destinado á mostrar al mundo los abusos que comete el despotismo en nombre de la justicia; un libro que ilumina con luz solar las nebulosidades de los calabozos y los misterios del destierro; un libro de miseria, de dolor, de lágrimas, que hará latir de indignación á todos los corazones honrados. Esto es el libro de León Deutsch.

Una triste actualidad alcanzan de nuevo sus páginas; los horrores que el autor nos narra fue-ron sólo el primer albor de la conciencia del pue-blo ruso, que el gobierno del zar pretende ahogar en sangre;

 

Nada de exageradas tienen las narraciones de Deutsch: los recientes acontecimientos de Peters-burgo, de Moscou y la matanza de judíos que en estos momentos se verifica en Bielostock hablan con harta elocuencia del vergonzoso salvajismo de la Rusia.

Los procedimientos de los terroristas están allí justificados; donde no se reconoce más ley que el despotismo, donde se asesinan niños y mujeres inocentes, la desesperación no halla otro medio de oponerse más que la fuerza y la violencia.

Aterra la sencillez con que Deutsch narra los hechos. Nos revela todo ese mundo de fanáticos gloriosos, encendidos de amor á la humanidad, que forman la gran masa del partido revoluciona-rio ruso.

 

Verdaderos apóstoles, sin más aspiración que el bien de sus hermanos, hombres y mujeres se sacrifican; dejan altas posiciones, se ven someti-dos á las penas más crueles, y su espíritu no es vencido ni dominado jamás. ¡Cómo se les admirat

 

Se les ve en sus calabozos sin pensar nunca en sí mismos ni en sus sufrimientos; prontos siem-pre á la lucha, á la rebeldía; dispuestos á dejarse morir de hambre en una suprema protesta; aten-tos al honor de su nombre de revolucionarios; luchando por el más pequeño de sus derechos con ímpetu de héroes. Y su sacrificio es casi siem-pre estéril, ignorado, infecundo; sus nombres, como sus martirios, quedan en el olvido y en las sombras. Tienen fija la mirada en lo porvenir y no buscan más satisfacción que la de inmolarse en pro de las generaciones futuras.

 

Hay que tener fe en la causa de la revolución. Una ley histórica demuestra que la sangre fecun-da las ideas, las cuales se fortalecen en la lucha, quizá porque no está todavía bastante desarrolla-da la consciencia para llegar á la evolución,'y sin el impulso de rebeldía languidecen y mueren.

Tal vez contribuye á mi fe en el triunfo de la libertad de la Rusia el haber traducido este libro en Venecia... tal vez el ser española...

 

He visto enseñar como curiosidad los terribles pozos y demoler los antiguos plomos, porqué la ciudad del Adriático trata de borrar los rasgos de la antigua tiranía, que le dio vergonzosa celebri-dad, como nosotros queremos que se olviden los horrores de nuestra «Santa Inquisición»'. Todos se esfuerzan aquí por presentar como leyenda la sombría historia de horrores.

 

No se buscan ya en el palacio de los Dux más que impresiones de arte: han desaparecido los tétricos y pavorosos recuerdos de los consejos de los ciento, de los diez y de los tres... no existe ya la Bocea di Leone destinada á las denuncias... ¡La denuncial ¡La delación cobarde! ¡La traición! Esas son siempre las virtudes que se desarrollan con la tiranía.

¡Con qué orgullo late mi corazón de española cuando recuerdo que hay en nuestra tierra quien prefiere sufrir todos los tormentos antes de ser delator ó faltar á sutpalabra!

 

La ley natural que sanciona ó reprueba lo que le dicta la conciencia estará siempre por cima del derecho escrito.

No queda ya en Venecia ni la sombra de sus antiguos dux; cayó el poder de la autocrática re-pública: en sus magníficos canales, iluminados por la luna, resuenan alegres barcarolas; se ha derrumbado hasta la alta torre de su antiguo cam-panile, como si no hubiera de sobrevivir ningún signo de orgullo y poderlo. Desde la antigua pri-sión de Silvio Pellico se ven miles de palomas que baten las alas como nuncios de sencilla paz. ¡Quién sabe! Quizá renazca pronto Rusia á vida nueva, libre de su zarismo, como Venecia de sus dux.

 

Pero entretanto asusta ver que la humanidad entera no se conmueve con los gritos del dolor y que el gobierno ruso puede cubrirla de oprobio sin que nadie se oponga á sus crueldades.

 

Contaminados ya con el espíritu práctico de nuestra época, se necesita ser un loco ó un poeta como Byron para ir á morir combatiendo, sin pensar en fronteras ni en razas, cuando se oye un grito de dolor que implora justicia. Atento cada uno á lo que cree su interés, no se piensa en que la causa de la humanidad es solo una.

El zar acaba de publicar un vergonzoso edicto amenazando «DESTRUIR Zas ciudades donde exista

UN SOLO revolucionario, SIN HACER DISTINCIÓN DE CULPABLES NI DE INOCENTES». Son sus palabras

textuales. La abominable matanza de los infelices judíos prueba que no es una vana amenaza.

Al déspota le importan poco las vidas de sus vasallos ni las ciudades de su dilatado imperio. Temblando de miedo en el fondo de su palacio, con su cuerpecillo endeble y su cerebro de neu-rótico devoto y visionario, tiene ante el mundo desplantes de tirano. ¡Hace bien, puesto que el mundo se los consiente, y cada uno se ocupa de sus propios asuntos! Así se verificó el asesinato de Maximiliano; así se confirmó el reparto de Polonia; así... ¡Detente, pluma!

 

¡No se puede hacer un prólogo á este libro! Hay que limitarse á aconsejar su lectura.

Yo quisiera que se leyera en las plazas públi-cas y en los pulpitos de las iglesias, para que. á la voz de un hombre honrado respondiera un grito de protesta general.

El que penetre en estas páginas sin fijarse en su estilo ni detenerse en pequeneces (que á veces lo hacen monótono); el que con corazón sano bus-que sólo el espíritu, el alma que anima á la revo-lución rusa, sentirá un movimiento de simpatía, de afecto, de angustia infinita por la impotencia para remediar tantos males. Los que sólo se con-mueven cuando la prensa narra la muerte de un zar ó un gran duque, podrán ver todo el horror de las ejecuciones en masa, de los asesinatos gu-bernamentales.

 

No se puede leer este libro sin apasionamien-to; se siente con frecuencia humedecerse los pár-pados, y, en nuestra platónica compasión, cabe el parodiar la frase de la sultana mora al ver una lágrima en los ojos de Boabdil cuando abandonó á la sin par Granada.

 

CARMEN DE BURGOS SEGUÍ.

 

 

 

Veneoia 1.° de Julio de 1906.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIEZ YSEIS AÑOS EN SIBERIA

 

 

CAPÍTULO  PRIMERO

 

 

 

 

Partida para Alemania.—Arresto en Friburgo.—Antecedentes revolucionarios

 

 

 

A principios del mes de Marzo de 1884 me trasladé de Zurich á Friburgo, en el gran ducado de Badén, pasando por Basilea, con objeto de in-troducir de contrabando por este lado de la fron-tera una parte de las publicaciones socialistas rusas impresas en Suiza y hacerlas llegar secre-tamente á Rusia, donde estaban prohibidas.

 

La ley de excepción contra la democracia so-cial era severísima entonces en Alemania; el So-zial Demokrat se publicaba en Zurich y se hacía también necesario pasarlo de contrabando. La vigilancia de la frontera, muy rigurosa, dificultaba que llegasen á Rusia los libros rusos, polacos y otros escritos revolucionarios que aparecían en Suiza. Antes de ponerse en vigor la ley de excep-ción, es decir, hasta el otoño de 1878, los procedi-mientos de expedición eran sencillos: las publica-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 11.

 

 

12       LEÓN DBUTSCH

 

ciones se enviaban por el correo á una ciudad de Alemania, vecina a Rusia, y de allí se introducían, por un medio ó por otro, en el imperio.

 

Pero desde esta época, libros y periódicos de-bían ser conducidos por los viajeros hasta más allá de la frontera alemana, de modo que escapa-sen á la vigilancia de la Aduana, y después se les expedía á la frontera rusa desde una ciudad cual-quiera del imperio alemán.

 

Yo había sido encargado de uno de estos trans-portes.

 

Mi equipaje consistía en dos grandes cajas á medio llenar de libros, por entre los que coloqué mis trajes de manera que pudiera burlar la vigi-lancia de los aduaneros. En uno de los cofres había puesto mi ropa y mis trajes de hombre, y en el otro vestidos de señora, como si perteneciesen

 

á mi esposa, que en realidad no existía. Esto era debido á que en Basilea una dama asistió al re-gistro de la Aduana; la esposa de mi amigo Axel-rod, de Zurich, ella misma se había ofrecido á acompañar los equipajes, porque en caso de que la policía sospechase, estaba menos expuesta que yo á un disgusto grave. Pero como la visita pasó de la mejor manera del mundo y yo no preveía grandes dificultades, no acepté su ofrecimiento.

 

Además de madame Axelrod, me acompañó á la estación un socialista suizo, monsieur G..., y me daba informes precisos sobre los medios de cumplir la peligrosa misión que me fuera confia-da. Él tenía una gran experiencia en estas cosas, porque había efectuado numerosos transportes; algunos días antes hizo, por mi recomendación, el viaje a Friburgo con un polaco, muy conocido bajo el nombre de Yablonski, y desde allí efectuó varios envíos de libros polacos.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 12.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     13

 

En el momento de despedirnos, G... me indicó en Friburgo un hotel económico, cerca de la esta-ción, y subí de bastante buen humor en una vagón de tercera clase.

 

Era domingo. El departamento estaba lleno de gente que iba al campo con toda la alegría de un día de fiesta; cantaban y poblaban el aire de voces y gritos. El revisor del tren (como he tenido ocasión de verlo con frecuencia en los caminos de hierro alemanes) era un señor bas-tante grosero, poseído del sentimiento de su im-portancia.

 

Notó que yo fumaba, y me dijo con bastante rudeza que aquel compartimento no era de fu-madores.

 

Le respondí políticamente que no había visto el letrero y apagué mi cigarrillo, declarando que no fumaría más en todo el viaje. Pero el buen hombre insistió de una manera perentoria intimi-dándome á cambiar de compartimento.

 

—Mal presagio—me dije, y este recuerdo me ha quedado siempre en el espíritu.

 

Estaba furioso; el tiempo se ensombrecía, una lluvia menuda empezó á caer, contribuyendo á ponerme más excitado.

 

Durante este tiempo el tren corría, y antes de que hubiese recobrado mi humor habitual, llega-mos á Friburgo. Era entre, siete y ocho de la noche.

 

Apenas salté sobre el andén, busqué al mozo del Freiburger Hofy le confié los bultos y mi ta-lón de equipaje. El notó inmediatamente el peso extraordinario de las cajas y me demostró su sor-presa.

 

Para alejar toda sospecha tomé el aire más natural, y le dije que llevaba muchos libros por-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 13.

 

 

14       LEÓN DBUTSCH

 

que iba á seguir en calidad de estudiante los cur-sos de la universidad de Friburgo.

 

Nos fuimos en seguida al hotel, tomé una ha-bitación y bajé á comer al restaurant. Al pasar por delante del buffet oí al mozo en conversación muy animada con otro individuo, probablemente el hostelero. Apenas había acabado de comer, un criado me presentó el «libro de extranjeros»; como iba provisto de un pasaporte ruso que uno de mis amigos mé había prestado por precaución, me inscribí sin vacilar con el nombre de Alejan-dro Buligin, de Moscou.

 

En seguida pedí recado de escribir y subí á mi cuarto, pero apenas cerré la puerta detrás de mí pentí llamar.

•—Entrad—dije.

 

Detrás del criado que esperaba apareció un schutzmann (gendarme) acompañado de otro señor.

 

—Soy un funcionario de la policía secreta— me dijo;—permítame usted registrar su equipaje.

 

Como Friburgo está cerca de la frontera Suiza, pensó que la policía, á quien el mozo del hotel había ido á anunciarle la llegada de un joven con un equipaje extraordinariamente pesado, pudo creer que se trataba de un contrabandista ó to-marme por un anarquista sospechoso de llevar dinamita. Yo trataba de disimular, aunque com-prendía que las cosas iban á tomar mal giro.

 

Abrí las cajas sin hacerme rogar, diciendo que una de ellas pertenecía á mi esposa, la cual ven-dría pronto á buscarme.

 

Desde que aquellos individuos empezaron á registrar mis efectos conocí que mis suposiciones eran falsas. El policía no se preocupaba ni de contrabando ni de dinamita, sino de los libros, y se puso á examinar los míos, buscando los perió-

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 14.

 

 

DIEZ T         SEIS AÑOS EN SIBERIA                15

dicos y grabados     alemanes    relativos      á        las cues-

tiones socialistas. Al ver un        librito de      cubiertas

rojas exclamó con aire triunfante:                

—¡Ah! ¡Ah! ¡Aquí lo tenemos!           Volja, una

Era el Almanach de la Narodnaja       

obra publicada un año antes y que se   vendía pú-

blicamente en todas las librerías de Alemania. —Ahora es preciso que lo registre—me dijo el

agente secreto.

 

Además de un carnet, una carta y uña cartera, conteniendo algunos centenares de marcos en bi-lletes del banco, yo tenía en los bolsillos una docena de números del Sosial Demokrat, de Zu-rich, para enviárselos á uno de mis amigos rusos que se hallaba en Alemania.

 

—¡Ah! ¡He aquí un periódico que puedo leer!— exclamó con aire de júbilo el agente secreto en seguida que hubo echado una ojeada al título.— Ahora queda usted detenido.

—¿Por qué? ¿Cómo?—pregunté yo admirado.

—Lo sabrá usted bien pronto. Sígame.

Esa fue toda la respuesta.

La actitud de los agentes era muy extraña. No se preocupaban de obedecer las prescripciones legales; el registro en mi casa se había llevado á cabo sin ningún mandato judicial; ningún testigo estuvo presente y ninguna pregunta me fue hecha. Yo tenía derecho á que al menos contasen en rni presencia la cantidad que se encontraba en la cartera que me había sido confiscada, si bien esto no era suficiente para garantir la propiedad de mi dinero.

 

Cuando yo descendía la escalera del hotel pri-sionero entre estos dos «ángeles de la ley», se pre-sentó una señora joven con un saquito de viaje en la mano.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 15.

 

 

16       LEÓN DEUTSCH

 

El agente secreto me preguntó si era mi espo-

sa, y á pesar de mi negativa se acercó tratando

de sujetarla; la dama cree habérselas con un Don Juan y escapa á la calle dando grandes gritos. El agente secreto me confía á un gendarme y echa á correr detrés de la desconocida.

 

El schutzmann quería agarrarme del brazo y conducirme así á través de las calles, pero yo pro-testé vivamente contra semejante procedimiento, declarando que no era un criminal y no tenían motivo para tratarme de esta suerte.

 

Llegamos á la prisión preventiva de Fribur-go. Allí fui de nuevo registrado, y por la primera vez, después de mi arresto, un empleado me diri-gió preguntas acerca de mi identidad personal.

 

El agente secreto no tardó en reaparecer acom-pañado de la señora, que vertía abundantes lágri-mas, y con los signos de una violenta indigna-ción preguntaba por qué se le hacía semejante insulto. Esta escena, después de cuanto acababa de suceder desde mi llegada á Friburgo, hizo estallar mi cólera.

 

—¿Qué significa esto?—pregunto al oficial de policía.—¿Por qué motivo se trata así á esta se-ñora? Repito una vez más que no la conozco, que no es mi mujer y que no la he visto en mi vida.

 

—Bien, bien; eso se verá más tarde. Es asunto mío, del que usted no debe ocuparse. Queda usted arrestado.

 

•—Es sorprendente—pensaba yo;—se diría que estamos en Rusia.

 

Al cabo de un momento se me ordenó seguir á un vigilante, el cual me condujo al primer piso; hizo girar la cerradura de la puerta de una celda, y quedé encerrado en la prisión del gran ducado de Badén.

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 16.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     17

 

Así que el guardián se hubo alejado con su linterna, me encontré en una soledad profunda y en un silencio absoluto. El reglamento de la pri-sión prohibe toda luz en las celdas y en los corre-dores. Me orientaba lo mejor posible tentando los muros con la mano, y cuando encontró el lecho me dejé caer en él vestido. El caos reinaba en mi cerebro, no podía formar idea clara de todo lo que acababa de suceder. La fatalidad se abatía sobre mí; horribles temores no me dejaron reposar en toda la noche. A cada instante me arrancaba de mi soñolencia sin poder comprender dónde estaba ni lo que me había sucedido. Al fin pude darme cuenta exacta de la situación, una terrible sospe-cha me asaltaba; podía ser conducido á Rusia, y desde el primer momento tuve esa certidumbre. Es cierto que no existía tratado de extradición entre Rusia y Alemania para los refugiados polí-ticos y no tenía motivos de temer esta complica-ción, pero para poner al lector al corriente de mis preocupaciones, es preciso que le dé algunos de-talles de mi pasado.

* * *

 

Cerca de diez años antes de los hechos que acabo de contar, en 1874, era un muchacho de diez y nueve años y estaba afiliado al movimiento llamado de propaganda que, en esta época, toma gran incremento entre toda la juventud de todos los centros docentes de Rusia. Como la mayoría de los nuevos propagandistas, había tomado esta resolución movido por la gran piedad que me inspiraban, los sufrimientos y las privaciones que padece el pueblo ruso.

Además de este sentimiento, es un deber sa-

grado, para todo hombre de honor que ama sin.

 

TOMO I        2

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 17.

 

 

18       LEÓN DBUTSCH

 

ceramente á su país, emplear sus esfuerzos en librar al pueblo de la opresión económica, de la esclavitud y del estado de barbarie en que se le tiene. La juventud, que á causa de su sensibilidad más viva es suceptible de compartir las miserias de los demás, no puede quedar indiferente delan-te de la situación lamentable en que han caído los siervos.

 

La revolución social de la Rusia parecía á los jóvenes propagandistas el solo medio de modifi-car radicalmente la suerte del pueblo y aliviarlo del fardo de su miseria.

 

Siguiendo el ejemplo de los socialistas de la Europa occidental, perseguían como ideal la abo-lición de la propiedad privada y la organización de la propiedad común en todos los medios de producción. Los propagandistas estaban persua-didos de que el pueblo se adheriría inmediamente

 

á su programa y se uniría á ellos al primer lla-mamiento.

 

Esta convicción les inspiraba un entusiasmo ilimitado, impulsándoles á sacrificarse en aras de la idea que les poseía por completo.

 

Jóvenes de ambos sexos no vacilaban un ins-tante en renunciar á la alta posición social y al porvenir brillante que les estaba asegurado; sin detenerse a pensarlo abandonaban los estableci-mientos de educación, rompían los lazos de fami-lia que les sujetaban, se sentían prontos á todos los sacrificios para servir la causa sagrada del pueblo. Ante este alto pensamiento se borraban todas las consideraciones personales.

 

Los propagandistas tenían un mismo fin, un mismo entusiasmo; formaban una sola y gran familia, sin reconocer más lazos que los del cora-zón. Estaban dominados por el amor al prójimo

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 18.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     19

 

y por el deber de sacrificarse por él. Ni aun en la época del martirio de los primeros cristianos, en el momento de la persecución de las sectas reli-giosas, se ha encontrado entre los prosélitos de una idea tanta afección, tantos sentimientos ele-vados, y a pesar de todo, en esta tropa elegida {como en casi todos los movimientos populares) había naturalezas que no estaban prontas para semejantes pruebas, hombres faltos de valor y hasta, diremos la palabra, traidores. Estos fueron, es cierto, en pequeño número, pero la historia de los movimientos revolucionarios nos muestra hasta la evidencia, nos prueba sobradamente que ciertos agentes secretos ó públicos del gobierno, escogidos entre los más hábiles, se mezclan á todo partido que se desenvuelve.

 

La felonía no partió de los propagandistas rusos, y la presencia de ciertos falsos hermanos imprime al movimiento un carácter que no ten-dría jamás sin ellos.

 

En la primavera de 1874, los propagandistas, conforme á sus planes, se vestían eomo los aldea-nos y habitaban en las aldeas para propagar las ideas socialistas; entonces empezaron á hacerse sentir algunas detenciones. Dos ó tres de los con-jurados denunciaron sus planes y entregaron á las autoridades centenares de sus camaradas.

 

Las pesquisas domiciliarias y los arrestos se hacían en masa; los gendarmes cayeron sobre los inocentes como sobre los culpables; todas las pri-siones de Rusia estaban llenas de detenidos.

 

En un solo año millares de personas fueron encarceladas. Un gran número permanecieron presos, muchos se suicidaron, otros perdieron la razón, y una buena parte, á continuación de estos arrestos, cayeron enfermos y no tardaron en su-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 19.

 

 

20       LEÓN DBÜTSCíl

 

cumbir. Se puede comprender qué odio tan for-midable, después de tan crueles pruebas, brotaría en las filas de los socialistas contra los traidores, cuyas denuncias habían costado tantas existen-cias humanas; las desgracias de sus amigos les impulsaban á la venganza. Era necesario perse-guir á los traidores, impedirles continuar más tiempo su obra; pero los propagandistas eran en alto grado pacíficos, y al cabo sus resoluciones violentas quedaron en proyecto, sin decidirse á ponerlas en ejecución.

 

Durante el verano de 1876 las llevaron por pri-mera vez á la práctica. Las circunstancias fueron entonces las siguientes:

 

Se habían reunido en Elisawetgrad los miem-bros de un grupo revolucionario intitulado «.Los voluntarios de Kiew». Yo pertenecía también á esta sociedad, y todos sus miembros estábamos «fuera de la ley». La policía realizó muchas pri-siones por los datos que le proporcionara el trai-dor Gorinowitch.

 

Este Gorinowitch fue preso en 1874, se encon-traba seriamente en peligro y pensó en salvarse denunciando todo lo que sabía de los socialistas. De este modo logró, en efecto, ser puesto en liber-tad. Sus revelaciones fueron fatales para muchos, pero no hubieran costado un solo cabello á este renegado, como á tantos otros, si á partir de ese momento no reapareciera en los círculos revolu-cionarios, mas dos años después de estar libre buscó de nuevo afiliarse entre nosotros.

 

Entró en relaciones con algunos jóvenes sin experiencia, completamente ignorantes del papel que había jugado antes, y supo por ellos que la sociedad de Kiew se encontraba en Elisawetgrad, pensando sin duda informar á las personas ante

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 20.

 

 

DIEZ  Y  SEIS  AÑOS EN  SIISERIA 21

 

•quienes nos denunció otras veces; por suerte fue reconocido, y comprendimos que debía premedi-tar una nueva traición.

 

Uno de mis camaradas y yo decidimos desha-cernos de él, mas no podíamos ejecutar nuestro proyecto en Elisawetgrad mismo por no poner h la policía sobre la pista de nuestra sociedad. Invi-tamos á Gorinowitch a venir con nosotros á Ode-sa: allí era precisamente donde debía encontrar las personas que buscaba, y consintió en acompa-ñarnos.

 

Nuestro plan era que mi amigo asesinara al miserable en cualquier punto apartado de Odessa, y para que no pudiese ser reconocido el cadáver, desfigurarle el rostro con ácido sulfúrico. A los primeros golpes tuvimos á Gorinowitch por muer-to, cuando sólo había perdido la razón, de modo que pudo volver á la ciudad é informar á la poli-cía del atentado de que fue objeto.

 

Arrestos y persecuciones se multiplicaron, y me vi obligado á ocultarme; pero en el otoño del año siguiente fui preso con tres compañeros á causa del famoso proceso de Tchigirin. Fuimos encarcelados en la prisión de Kiew, de donde pu-dimos escaparnos en la primavera de 1878 acom-pañados de Stefanowitch y de Bochanowski.

 

El proceso de todos los comprometidos en el atentado contra Gorinowitch comenzó en Diciem-bre de 1879, cuando reinaba el terror rojo y el terror blanco.

 

Después de una larga serie de atentados con-tra diferentes representantes del gobierno, los re-volucionarios reconcentraron todos sus esfuerzos en un solo fin: asesinar al zar Alejandro II.

 

La administración rusa combatía el movimien-to terrorista por las leyes de excepción, los tor-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 21.

 

 

22       LEÓN DBUTSCH

 

mentos y las condenas a muerte; un gran número de personas que no habían tenido parte en estos acontecimientos sufrieron persecuciones.

 

Algunos días antes de comenzar el proceso por el asunto de Gorinowitch, los terroristas ha-bían hecho saltar un tren de la línea de Moscou el 19 de Noviembre, suponiendo que el zar viajaba en él.

 

Este atentado decidió al gobierno á tomar ri-gurosa venganza de los comprometidos en el asunto de Gorinowitch. Entre ellos uno solo había tomado parte directa en los acontecimientos; los otros estaban ya arrestados dos ó tres años antes de que estallase el movimiento terrorista y no po-dían, en consecuencia, ser responsables de esta agitación. A pesar de eso, se resolvió hacer un ejemplar: tres de los acusados, Drebjasgin, Malin-ka y Maidanski fueron sentenciados á garrote y se les ejecutó el 3 de Diciembre; 6 dos de entre ellos, Kostjurin y Jankowski, los condenaron á trabajos forzados, y el traidor Krajew recibió el pago de su traición.

 

Si hubiera estado en poder de los jueces, pron-to se habría decidido mi suerte; pero al comenzar el año 1880, yo me refugié en el extranjero y per-manecí en Suiza hasta el día de mi viaje y de mi arresto en Friburgo.

Se puede juzgar por lo expuesto los pensa-mientos que haría nacer en mi espíritu la posibili-dad de mi extradición á Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 22.

 

 

CAPÍTULO II

 

 

La causa de mi arresto.—El profesor Thun.—MI defensa.

 

Plan de evasión.—El procurador.

 

 

En Alemania, país constitucional, la ley dice «que nadie puede estar arrestado más de veinti-cuatro horas sin ser sometido al interrogatorio de un juez». Gomo yo era extranjero, se creyó que no rezaba conmigo esta prescripción, y transcu-rrieron dos días sin que compareciese ante un juez.

Después que éste me dirigió las preguntas habituales respecto á mi nombre, mi domicilio y mi profesión, me dijo que «dada mi calidad de extranjero, mi identificación no había sido aún establecida». Debía, pues, continuar preso. Podría —añadió—«protestar contra esta decisión, pero eso no me serviría de nada», y, en efecto, mi ape-lación fue rechazada.

 

Yo no sabía después del interrogatorio más que antes respecto á las razones de mi arresto, y continuaba haciendo mil conjeturas. La incerti-dumbre es uno de los tormentos más crueles que pueden sufrir los prisioneros. En mi situación, la incertidumbre me causaba los más penosos pre-sentimientos.

 

No volví á ser llamado ante el juez hasta los tres días después de mi primera comparecencia,

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 23.

 

 

24       LEÓN DEUTSOH

 

tres días que me parecieron interminables. Así que hube respondido á las preguntas habituales acerca de mi persona, el magistrado me interrogó si conocía la causa de mi arresto, y después de mi contestación negativa, me dio las siguientes explicaciones:

 

Algunos días antes de mi llegada á Basilea, dos individuos habían venido á Friburgo, el so-cialista G... y el polonés Sablonski; descendieron también en el hotel Freiburger Hof, y llevaban igualmente libros en sus bagajes. Estos libros los habían expedido inmediatamente a Breslau, diri-gidos á un individuo que tres días antes fue arres-tado, en virtud de la ley contra los socialistas. A consecuencia de este arresto, los paquetes posta-les cayeron en manos de la policía, y encontraron en ellos proclamas socialistas escritas en polaco, que estaban prohibidas en Alemania.

 

Los expedidores habían dado como dirección el Freiburger Hof, los impresos se enviaron á Friburgo, donde se abrió una instrucción judi-cial contra ellos, dando orden al propietario del hotel para que en el caso de que los mismos indi-viduos ú otras personas sospechosas llegasen de Suiza, advirtiese en seguida á la policía. He aquí la causa de que el criado del hotel, de acuer-do con el propietario, me denunciara é intervi-niese la policía.

 

Entre mis libros, el agente había encontrado uno que se asemejaba en la cubierta á los halla-dos en los paquetes expedidos á Breslau, el Alma-nach de la Narolnaja Volja, y esto le pareció indi-cio suficiente para justificar mi arresto. Se me acusaba de estar de acuerdo con las otras perso-nas culpables de propagar los libros polacos pro-hibidos en Alemania.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 24.

 

 

  DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA   25

No era difícil deshacer esta acusación; entre

mis libros     no habla ninguno polaco, ni un solo

escrito prohibido en Alemania. La posesión  de

algunos ejemplares del Sozial    Demokrat no        im-

plicaba ninguna infracción de    la ley. La instruc-

ción se reducía á averiguar si yo estaba de acuer-do con las personas acusadas y si había procurado introduch en Alemania obras prohibidas.

Sólo el azar ocasionó mi arresto.

—Si usted no hubiera descendido en el Frei-•burgerliof—me dijo el juez,—nadie hubiera ja-más pensado en detenerlo.

Esto me dio nuevo valor.

 

—No está todo perdido—pensaba—y recobraré bien pronto mi libertad, con tal de que no inter-venga el gobierno ruso.

 

Toles reflexiones me entretenían en tanto que el juez de instrucción redactaba el proceso verbal de mi interrogatorio.

 

Después, designando á un señor sentado cerca de una mesa, el magistrado me dijo:

 

— He aquí un intérprete que ayudará á usted en su asunto; es un profesor de nuestra Universidad.

¡Yo no creía á mis ojos!

Durante el interrogatorio, había mirado vaga-mente á este caballero, pero en aquel momento lo reconocí y su presencia me causó una turba-ción profunda.

 

—Puede usted hablar en ruso con el señor pro-fesor—concluyó el señor Leiblein, el juez de ins-trucción, pasando á una pieza vecina para buscar unos papeles.

 

—¿Me reconoce usted?—me dijo el intérprete volviéndose hacia mi.

 

—¡El profesor Thun!—grité yo sorprendido en el más alto grado.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 25.

 

 

20       LEÓN DEUTSCH

 

—Sí, soy yo. ¿Estoy tan cambiado que no me ha conocido usted antes?

Y sin esperar mi respuesta añadió:

—Vea usted en qué puedo serle útil.

—¿Sabe usted bien quién soy?—le pregunté sin-tiendo un frío glacial en todo el cuerpo.

 

—Sí, sí, conozco su verdadero nombre; pero no tiene usted motivo de temblar por eso; se ha puesto usted pálido.

 

En realidad esta revelación me causaba un pa-vor extraordinario.

 

Había conocido al profesor Thun cerca de diez y ocho meses antes de los acontecimientos que he contado. Fue en Basilea, donde yo fui a habitar cerca de los refugiados de la colonia rusa; me hice inscribir en la Universidad y seguía los cur-sos de economía política y de estadística que ex-plicaba el profesor Thun.

 

Uno de los jefes del partido obrero, Karl Moor, me presentó al profesor, el cual me tenía por un simple estudiante ruso; no me conocía por mi verdadero nombre, sino por el de Nicolás Tridner, que yo usaba entonces.

 

Me recomendó que fuese averio de tiempo en tiempo, y me hablaba del proyecto de escribir la historia del movimiento revolucionario en Rusia. Yo había ya oído hablar de este proyecto, motivo que me atrajo en gran parte á Basilea.

 

El profesor Thun había nacido á las orillas del Rhin, hizo sus estudios en la Universidad de Dorpat y fue después á pasar algunos años en el interior de la Rusia. Conoció en nuestras conver-saciones que la historia de los movimientos revo-lucionarios de mi país no me era desconocida y me propuso ayudarle en su trabajo, lo que acepté, naturalmente, con la alegría y el entusias-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 26.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEIUA     27

 

mo de ocuparme de una cosa á la que estaba tan íntimamente unido.

 

De esta suerte empecé á conocer la opinión del profesor Thun á propósito de los terroristas rusos y de sus partidarios. Les condenaba sin apelación. Según él, todos los gobiernos europeos tenían el deber de negar todo asilo a esos indivi-duos y enviarlos al gobierno ruso como crimina-les ordinarios. Me acuerdo particularmente del siguiente hecho:

 

El profesor Thun había dado una conferencia en el Círculo Liberal de Basilea delante de nume-roso público sobre dos episodios del movimiento revolucionario ruso: el atentado contra el zar Ale-jandro II y el proceso de Tchigirin. Cuando habló de este último asunto, contó por qué medios Ste-fanowith, Bochanowski y Deutsch consiguieron escapar de la fortaleza de Kiew, y terminó dicien-do «que estos malhechores vivían en el extranjero, sin que desgraciadamente hasta entonces se les hubiera castigado».

 

Tuve ocasión de hablar con él de este asunto, y saqué la impresión de que si el profesor Thun supiera mi verdadero nombre, no solamente rom-pería todas relaciones conmigo, sino que sería capaz de echarme mano al cuello. Esto me hizo abandonar su trato, y algún tiempo después dejé a Basilea.

Ahora, de golpe, me encontraba en la situa-ción de un prisionero delante de este hombre, y él sabía quién era yo. Se pueden adivinar mis impresiones.

 

—¿Y cómo sabe usted mi nombre?—le pregunté temblando de emoción.

 

—Me lo dijo su amigo Karl Moor después que usted salió de Basilea.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 27.

 

 

28       LEÓN DBUTSCH

 

—¿Y á pesar de eso me ofrece usted su ayuda? —interrogué sorprendido.

 

—Sí; dígame usted en qué puedo servirle y haré cuanto sea posible.

 

Yo no creía á mis oídos; le miró á los ojos para ver si podía depositar en él una de esas con-fianzas instintivas que un hombre inspira á otro hombre, y que llega á ser ilimitada.

 

—Le agradeceré á usted—le dije—que si me es imposible salir de esta prisión por las vías lega-les y pruebo á escaparme, me preste su ayuda.

 

—¡Entendido!—respondió en tono sencillo, pero grave.

 

Así este profesor alemán, que en mi presencia había deplorado públicamente que yo no hubiese sido castigado con severidad, me ofrecía su con-curso para evadirme de una prisión alemana.

 

En calidad de intérprete estaba en posesión de libros, cartas y otros documentos encontrados sobre mí. Tomó el carnet que le había sido con-fiado y me lo presentó aconsejándome destruir algunas páginas sobre las cuales escribí ciertas direcciones que podían comprometerme. Yo me conformé naturalmente con sus consejos.

 

Me propuso en seguida ir á Zurich para ad-vertir á mi amigo Axelrod de todo lo que me había pasado, procurar que mi libertad se efec-tuase por las vías legales, y por último concertar con él los medios de evadirme en caso de que el gobierno alemén quisiera entregarme al gobierno ruso.

 

Estas promesas me las cumplió al pie de la letra el profesor Thun, y durante mi prisión en Friburgo me prestó mil afectuosos servicios, aun a riesgo de comprometerse.

Organizó entrevistas secretas en la catedral

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 28

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     29

 

de la ciudad con mis amigos, que hablan acu-dido á socorrerme en caso de peligro; transmitía las cartas y los recados que podía cambiar con ellos. Como estaba continuamente conmigo, á causa de la confianza de las autoridades judicia-les en un profesor de su renombre, me hacía llamar á su despacho de intérprete, donde podía-mos hablar y hasta bromear algunos ratos.

 

En estas diferentes visitas me pude convencer cuan de corazón venía en mi ayuda. Hasta me ofreció su casa como refugio si llegaba a eva-dirme.

Algunas veces se reía de su papel.

•—-Ved por dónde—decía alegremente—yo, un profesor alemán en funciones y encargado de una misión pública, me he convertido en un conjurado ruso, y la pacífica ciudad del gran duque de Badén en el teatro de un complot.

 

Por sus conversaciones con el juez de instruc-ción, conocía con exactitud el estado de mi asun-to y no me ocultaba nada para tenerme al co-rriente.

*

 

Desde mi primer interrogatorio, expuse así mi situación al juez:

 

He venido al extranjero en calidad de estu-diante ruso; soy casado y tengo un hijo. Hasta ahora he habitado en Suiza y vengo á quedarme en Friburgo, donde mi mujer, actualmente en Zurich, vendrá á buscarme. Me sostengo, en parte, de mis trabajos literarios y, en parte, de mis re-cursos personales. En lo que toca á mis convic-ciones políticas, no he formado aún una opinión bien clara, pero durante mi estancia en Suiza he sido partidario de la democracia social, bajo la in-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 29.

 

 

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fluencia de la literatura alemana, y he resuelto contribuir con todas mis fuerzas a la propagación de esas ideas en mi patria. Cuando me decidí, por diferentes motivos, á vivir en Alemania, traje con-migo libros que tratan de la democracia social, con objeto de venderlos á mis compatriotas. Estos escritos no estén prohibidos en Alemania, el po-seerlos no implica una infracción; no he cometido un crimen contra las leyes alemanas. Y ahora— dije para terminar—me veo preso sin motivo nin-guno en esta libre ciudad alemana que se llama Friburgo. He sido detenido sin la menor formali-dad judicial, expuesto á todas las negaciones y preso como un criminal de derecho común. Por si esto no es suficiente, en mi presencia la poli-cía prendió sin el menor escrúpulo á una burgue-sa perteneciente al Estado alemán y la trató como

 

á una ladrona, como á una criminal cualquiera. Yo me pregunto, en verdad: ¿Qué diferencia hay entre una nación constitucional como Alemania y la Rusia, sumida en un régimen absolutamente despótico? Nadie en Rusia podría ser maltratado así.

 

Estas palabras parecieron haber producido cierta impresión sobre el espíritu del juez; se pa-seaba muy agitado, dictando al escribiente mis declaraciones y varias respuestas; me atestiguó su simpatía y la reprobación enérgica para la ac-titud de la policía á propósito de mi arresto y del atropello de que fue objeto la señora.

En un momento exclamó:

—Esto es como en el Ótelo de Shakespeare:

«¡Ese pañuelo! [Ese pañuelo!»

Conocí que el hombre estaba á mi favor.

Más tarde el profesor Thun me aseguró tam-bién que el juez le había declarado que no encon-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 30.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     31

 

traba nada en mi asunto, y que en su creencia era completamente inocente y esperaba devolverme pronto la libertad.

 

Empecé á creer que saldría de la prisión ale-mana.por los medios legales. A pesar de eso, la duda persistía en mi, y a veces pensaba en em-prender la fuga. En los primeros tiempos de mi arresto, una evasión no ofrecía la menor dificul-tad.

 

Cuando vacilaba entre la esperanza y mis pla-nes de evasión, fui conducido un día al locutorio y me sorprendí de no ver al profesor Thun, en-contrándome frente á un hombre que me era com-pletamente desconocido.

 

Me dijo su nombre, que desgraciadamente ol-vidé, y añadió que era abogado y mis amigos le habían encargado de mi defensa. Se recomendaba con su título de miembro de la democracia social alemana y de compañero, para pedirme que le hablara sin reticencias, porque mis amigos le ha-bían contado todo lo relativo a mis antecedentes.

—¿Quiere usted hacer una tentativa de evasión?

—me dijo con aire confidencial.

 

Y como le respondiera afirmativamente, aña-dió alto:

 

—Eso sería una equivocación imperdonable de su parte; acabo de examinar el expediente; su asunto me parece bueno, y no dudo que será usted puesto pronto en libertad. ¿Por qué ha do expo-nerse usted en una evasión desgraciada? Eso puede empeorar su situación. He hablado tam-bién con el juez instructor; estoy convencido de que no hay nada grave contra usted. Así que las investigaciones de su identidad en Suiza hayan dado un resultado favorable, será usted puesto en libertad.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 31.

 

 

32       LEÓN DBUTSCH

 

—¿Pero y si se hacen esos mismas, indagacio-nes en Rusia?—pregunté yo.

 

—Eso no me parece probable—respondió el jurista;—si fuera así, lo hubiera visto en el expe-diente. Nosotros no procedemos aquí como en Rusia; la instrucción no es un secreto, y, en cali-dad de abogado, la ley me reconoce derecho de tener conocimiento de todos los hechos concer-nientes á su asunto; se haría en el expediente mención de la inteligencia con las autoridades rusas, y no hay traza de nada de eso.

 

—Estamos de acuerdo—respondí yo;—pero á falta de autoridades judiciales, ¿tiene usted la certidumbre de que por las vías administrativas ó políticas, no se hacen indagaciones respecto á mí en Rusia.

 

—La administración y la política no se inmis-cuyen en Alemania en las cuestiones judiciales. Ha sido usted preso porque alguien cree que está en relaciones con las personas susceptibles de ser castigadas por las leyes alemanas. Si usted es ino-cente, y el juez de instrucción no tiene de eso la menor duda, será puesto en libertad. Ahora sólo falta recibir las referencias que se han pedido& Suiza; puede usted estar tranquilo. En calidad de jurista alemán conozco bien la ley y el procedi-miento. Los procedimientos rusos son absoluta-mente distintos de los nuestros.

 

Una voz interior me decía que no me fiara de la dulzura de las leyes germánicas, pero no tenía motivo para oponer ninguna objeción á lo ex-puesto por mi abogado, y las prácticas alemanas me eran completamente desconocidas. Por otra parte, una tentativa de evasión, aunque en el pri-mer momento me parecía fácil, presentaba un riesgo serio; nadie podía garantizarme el éxito.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 32.

 

 

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Estas consideraciones me decidieron, no á abandonar totalmente mis proyectos de fuga, sino

 

á diferirlos hasta que tuviese la prueba de que los magistrados de Friburgo habían pedido infor-mes sobre mí á las autoridades rusas. Me parecía que las diligencias de esta naturaleza no hubieran podido ocultarse.

Además, el profesor Thun se interesaba por mí, era un hombre notable y muy influyente, que estaba en las mejores relaciones con las autorida-des del gran ducado de Badén. Yo sabría por él cuanto se concertase respecto á mi asunto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TOMO I

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 33.

 

 

CAPÍTULO III

 

 

Incertídumbre.—Régimen de la prisión.—El procurador.

 

Cambio de celda.

 

 

Continué largo tiempo en la prisión, fluctuan-do entre la esperanza de una próxima libertad y el temor de ser enviado á Rusia; de un día á otro mi humor cambiaba; esta perpetua incertidumbre me deprimía de un modo considerable; el tiempo transcurrió mortalmente largo, los días me pare-cían sin íin, aunque procuraba estar siempre ocu-pado. Tenía numerosos libros á mi disposición, gracias á la solicitud de mis camaradas y del pro-fesor Thun, se me concedió también derecho de escribir, leía mucho y escribía mis impresiones, mis pensamientos y mis recuerdos.

 

Pero no era sólo la inquietud por mi suerte y el temor de ser enviado á Rusia lo que me preo-cupaba; el porvenir de mis amigos y el desenvol-vimiento ulterior de nuestra Liga para la emanci-pación de los trabajadores me causaban también un vivo cuidado. Nuestra nueva organización no estaba aún desenvuelta; éramos un pequeño nú-mero de asociados y nuestros medios de propa-ganda muy restringidos.

 

Cuando fui á Alemania, para plantar en la frontera rusa nuestros primeros jalones, llevaba

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 34.

 

 

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también el plan de organizar para más tarde el transporte de libros al lado de allá y ocuparme de procurar los recursos necesarios y de estable-cer nuestra organización definitiva.

 

A mi partida para Suiza, dejé planteados mu-chos asuntos, que exigían mi vuelta inmediata. Todos mis compañeros estaban bastante ocupa-dos por su propia cuenta, su tiempo era precioso, y ahora no sólo me encontraba preso, condenado

 

á la inacción, sino que todos los otros miembros de nuestra Liga veían su actividad paralizada, porque deseaban seguir el curso de mi proceso y contribuir de un modo ó de otro á mí libertad.

 

La conciencia de que yo entorpecía, aunque bien involuntariamente, todos nuestros proyectos, pesaba sobre mí y acababa con mi paciencia.

Mi situación podía compararse a la de un hombre que teniendo negocios muy urgentes y muy importantes se rompiese de golpe una pier-na, de modo que en vez de atender á sus asuntos se viera clavado en el lecho. Pero mientras en tal caso el dolor impide pensar en lo que se pierde, yo, libre de todo sufrimiento físico, veía crecer indefinidamente mis torturas morales.

 

# * *

El régimen de la prisión dejaba mucho que desear. En los primeros tiempos me parecía todo insoportable, hasta que poco á poco me fui habi-tuando. Como ya he dicho, las celdas no se ilumi-nan nunca durante la noche y los prisioneros no tienen otra cosa que hacer que dormir en todo ese tiempo. Se les prohibía la luz por miedo á un incendio, y por el mismo motivo no se consiente tampoco fumar; yo buscaba en vano qué hubiera

 

 

 

 

 

 

 

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podido quemarse en la prisión, porque aparte de las puertas, las sillas, las ventanas y el lecho, no existía nada de madera en todo el edificio, cons-truido con macizas piedras. Esta tristeza de pasar las largas veladas sin luz y sin fumar, puede con-siderarse no sólo como una privación, sino como un verdadero tormento, y no hay derecho para castigará los detenidos cuya culpabilidad no está aún demostrada. La actitud del personal con los prisioneros no tenía nada de amable. Ved lo que

me sucedió en los primeros días: *

Todas las celdas daban sobre el mismo corre-dor, paseo en común de los presos, que estábamos obligados á trotar unos detrás de otros como los gansos y siempre á algunos pasos de distancia. Me parecía ser uno de esos caballos de titiritero, sujeto de una cuerda y obligado á dar continuas vueltas. Otros prisioneros consideraban esto tan humillante que renunciaban de buen grado á res-pirar un poco de aire fresco.

 

En el curso de mis paseos vi un día relevar la guardia militar en el patio de la prisión. El modo como los soldados alemanes marcan el paso y manejan los fusiles me hizo detenerme un momento á contemplar el cuadro, sin ocuparme de los que marchaban delante y detrás de mí. Salí de las filas poco más de medio paso; inme-diatamente sentí que alguien me empujaba por la espalda.y se proferían contra mí las más gro-seras injurias. Yo no me di cuenta de lo sucedido hasta que el carcelero me condujo violentamente

 

á mi celda. El hombre juraba como un poseído, amenazando con privarme del paseo si otra vez me conducía de esta suerte.

Le pregunté con viveza qué crimen había po-dido cometer, y cuando supe que todo aquello

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 36.

 

 

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prevenía de haber detenido mi marcha durante un segunda, monté a mi vez en cólera.

 

¡Decididamente era demasiado! Pregunté al guardián por qué se osaba tratarme de aquel modo; semejante conducta no era admisible ni >ara un condenado; se había permitido atrope-Ílarme y darme empujones porque salí por casua-lidad fuera de la fila.

Una mínima infracción no puede ser conside-rada como un crimen por el reglamento de las prisiones alemanes, y estaba obligado á advertir-me sin semejante trato.

 

Esta lección produjo su efecto: mi hombre cam-bió en seguida de tono y desde entonces fuimos casi cama radas.

 

La comida de la prisión era insuficiente desde el punto de vista de la cantidad y no puede bastar

 

á un hombre adulto. Consistía en libra y media de pan de centeno y dos veces al día una sopa, parecida á una panatela.

Los presos no comían carne más que dos veces por semana, el primer mes de su detención, y las porciones eran microscópicas. Los guardia-nes mismos se veían obligados á reconocer que un detenido, sin medios de procurarse los extraor-dinarios, no podía satisfacer su apetito.

 

Por el contrario, las celdas del primer piso, cuyas ventanas daban á la calle, son espaciosas, claras y limpias. El mobiliario consiste en un taburete, una mesa y un lecho: este lecho se com-pone de un jergón, un cojín de paja y una ligera manta de lana.

 

En un ángulo de la celda estaba la estufa, que se encendía desde el corredor, toda rodeada hasta el techo de una fuerte verja de hierro, para evitar Jas evasiones por la chimenea.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 37.

 

 

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Sobre uno de los muros se veía el reglamenta de la cárcel, que castiga la menor infracción con penas disciplinarias variadas hasta lo infinito.

 

Todos estos cuidados tienen por objeto dar poco trabajo á la administración y hacer más fácil la vigilancia de los detenidos; por lo que toca

 

á éstos, se les trata no como á hombres cuya cul-pabilidad no está aún demostrada, sino como á vulgares criminales. Esto lo vi con claridad en la siguiente ocasión:

 

Un día fui sacado de la celda y me condujeron al comedor del piso bajo, donde ya un gran nú-mero de prisioneros estaban alineados á lo largo del muro. Parecían esperar alguna cosa. Me seña-laron también un puesto y quise saber de qué se trataba. Después de varias preguntas sin respues-ta, el vigilante consintió al fin en decirme que el sacerdote católico quería ver á los presos. Yo de-claró bien alto que en mi calidad de socialista no tenía nada que ver con el catolicismo, y menos con sus sacerdotes, solicitando ser conducido de nuevo 6 mi celda.

 

La pretensión pareció excesivamente cómica al vigilante y respondió con una carcajada:

—Que usted quiera ó no, me importa poco; el cura desea ver á todos los presos, y hay que obe-decer.

 

Los otros carceleros se echaron también á reir: les parecía muy cómico ver á un detenida manifestar una voluntad ó un deseo. Los que cen-suran la barbarie rusa deben saber que en una prisión alemana, en una simple casa de deten-ción, se creen que no hay derecho de manifestar convicciones ni opinión ninguna, y en realidad no me quedó otro recurso que dejarme conducir ante el cura.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 38.

 

 

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Nuestra entrevista fue muy breve. A su pre-gunta respecto á mi'religión, respondí que como socialista demócrata no pertenecía á ninguna iglesia. Dejó caer sobre mí una mirada de compa-sión y me despidió inmediatamente.

 

Lo que me parecía también insoportable, sobre todo en los primeros tiempos, fue el siste-ma de espionaje en boga en la prisión. Cons fre-cuencia, mientras yo escribía ó me abismaba en la lectura de un libro, aparecía de repente un car-celero. Andando sobre la punta de los pies había abierto sin ruido la puerta de la celda y me es-piaba con atención. Creía, sin duda, sorprender-me mirando por la ventana, distracción inofensi-va, pero severamente castigada en el reglamento.

Es extraordinariamente ridiculo el cuidado meticuloso con que en esta prisión, y en todas las otras alemanas que después he conocido, se re-gistran los objetos destinados á los prisioneros.

 

Una docena de naranjas enviadas por mis amigos excitaron las sospechas del guardián,' y partió cada una de ellas en cuatro partes para ver si llevaban en el interior algún objeto.

 

Esto pasa de cuanto puede imaginarse; el hombre se figuraba que en una naranja pudiera esconderse algo importante. Los gendarmes ru-sos, malignos y llenos de todas las malicias, no se hubieran tomado jamás el trabajo de cortar en cuatro partes una naranja ó una manzana.

 

El cambio de cartas entre los detenidos y los de afuera se practica de un modo regular y con excesiva vigilancia. Todas estas miserias, todas estas pequeneces y formalidades me encoleriza-ban en los primeros tiempos y se me hacían inso-portables, hasta que poco á poco me habitué al trato de las prisiones alemanas; el personal se

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 39.

 

 

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fue mostrando más confiado. Contribuía mucho

á su interés la circunstancia de ser yo ruso, pues no habían visto nunca ninguno en su ciudad.

Por celoso y desinteresado que sea un funcio-nario alemán, no puede dejar de sentir conside-ración por la posición social de un individuo.

Mis guardianes sabían que contaba con recur-sos; me traían la comida de casa del carcelero jefe, y no carecía de nada de lo necesario, ni aun de lo superfluo, pues mis amigos se ingeniaban para procurarme todas las comodidades posibles. Esto imponía á aquellas gentes, y además yo aprovechaba toda ocasión de afirmar bien alto que pronto estaría en libertad.

 

Sin embargo, no era esta mi convicción como otras veces, no tenía más objeto que el de debi-litar su vigilancia; pero me pareció que creían en realidad mis ajfirmaciones, al menos durante cierto tiempo.

 

El personal de la prisión lo formaban dos guardianes y un jefe, que asumía las funciones de director; ios tres buscaban mi sociedad y no perdían ocasión de venir á conversar conmigo. Me preguntaban sobre Rusia, y por su parte me referían muchas cosas de Alemania respecto á las prisiones, el procedimiento judicial y demás cuestiones que les interesaban directamente.

Me parecían bastante contentos de su situa-ción. En realidad, su sueldo era elevado, pues pa-saba de dos mil marcos por año, si no me equi-voco.

 

El carcelero con el cual tuve el disgusto que he contado, me visitaba con frecuencia. Había sido soldado como los otros, y estaba igualmente imbuido en el espíritu de disciplina militar, que en las prisiones alemanas se considera como un

 

 

 

 

 

 

 

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ideal indispensable. Parecía duro y tosco, pero, en realidad, era un hombre de buen corazón.

 

Un día me propuso pasarle á uno de mis veci-nos de celda parte de los alimentos que yo no consumía, porque el pobre diablo carecía de todo recurso personal y rabiaba materialmente de ham-bre. Yo consentí con alegría.

 

Era un hombre de cerca de treinta años, re-choncho y cargado de espaldas; ocupaba su plaza después de haber cumplido el servicio militar, dis-gustado de la carpintería, que fue su primer oficio. Como la mayor parte de los obreros alemanes, no había frecuentado más escuela que la primaria, pero esta educación da entre ellos mejores resul-tados que en Rusia. Se puede decir que este hom-bre, comparado con los de su clase en nuestro país, era, en realidad, instruido; conversábamos de todo, y principalmente de política. Mis cono-cimientos variados le causaban una profunda ad-miración, en especial el conocimiento del francés, alemán y ruso, mi lengua materna.

 

—¿Cómo puede usted retener tantas cosas?— exclamaba maravillado cuando me veía pasar de un libro ruso á otro francés ó alemán.

 

Es también notable el desenfado con que dis-pusieron de mi dinero. Como ya he dicho, en el momento de mi arresto se apoderaron de mi por-tamonedas; algunos días después, el director me presentó la cuenta de los gastos pagados por mí. El policía, sin contar conmigo, había sido tan ge-neroso que pagó un día entero en el hotel, que apenas ocupó algunos minutos, y además, una indemnización al dueño por los perjuicios que le había causado; en todo tres ó cuatro marcos. Pero no era eso sólo; como no habían podido abrir una de mis maletas, aunque tenían

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 41.

 

 

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ves, recurrieron á un cerrajero y le pagaron es-pléndidamente su servicio.

 

Eché una ojeada á la nota, sin hacer ninguna observación, porque no quería disputar con ellos por tales detalles.

 

Así se me hizo pagar por mi arresto, por los daños que no había causado y por abrirme la ma-leta. Como si a un condenado le hicieran pagarla cuerda ó el hacha.

 

Es cierto que no se hubieran permitido tales abusos tratándose de un alemán, pero como ex-tranjero me podían desplumar á su gusto.

 

Poco tiempo después de mi arresto, fui condu-cido delante de un fotógrafo, que sacó un cliché. No fue esto de mi gusto; temía enviasen mi foto-grafía á Rusia, donde me reconocerían, pero no pude resistirme ni era conveniente demostrar que tenía algo que temer de esta medida. Además, mi retrato era necesario para las investigaciones que iban á verificarse en Suiza, y gracias á él fui re-conocido como Buligin.

 

Las autoridades suizas respondieron que la fotografía representaba á Buligin, nombre al cual estaba extendido mi pasaporte.

 

Esta parte de la información me fue favorable y demostraba que nada tenía que ver con el asun-to de Jablonski y de Bochanowski.

 

Se había reconocido que no introduje en Ale-mania ningún libro prohibido: los libros y pape-les escritos en ruso hallados en mi poder tenían carácter social demócrata, pero no estaban prohi-bidos.

 

Muchas semanas transcurrieron antes de que se cumpliesen todas las formalidades. Cerca de mes y medio después de mi arresto, el juez me hizo saber, al fin, que la instrucción estaría termi-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 42.

 

 

DIEZ Y SEIS ANOS EN SIBERIA     43

 

nada dentro de pocos días, resultando que no hallaba la menor base de acusación seria contra mí. La última palabra pertenecía al procurador; él podía decidir si era puesto inmediatamente en libertad ó bien se me llevaba ante el tribunal; en este último caso, los magistrados serian de la opinión del juez instructor, y si, á pesar de todo, se abría un proceso contra mí, acabaría con una ligera pena, desquitada de los días pasados en la detención preventiva: de esta manera mi libertad sólo era cuestión de poco tiempo y podía estar cierto de que todo iba bien.

 

Creí al juez bajo su palabra, sin suponer por un solo instante que ocultase otro pensamiento.

Ciertos hechos vinieron bien pronto á desper-tar en mí crueles sospechas, pero es propio de la naturaleza humana dar por verdadero lo que se desea. Los que se abandonan á la esperanza hallan medios de verlo todo de color de rosa. *

 

Algunos días después de hablar con el juez me llamaron al locutorio. Encontré á la señora Nadjeschda Axelrod, la mujer de mi amigo, y un viejo, el cual era el mismo procurador. Me decla-ró con tono severo y amenazante que nos autori-zaba á conversar, con la condición de hablar sólo alemán, y á la primera palabra rusa cambiada entre nosotros se vería obligado á separarnos.

 

El tono y la actitud del barbudo no estaba de acuerdo con la perspectiva de una próxima liber-tad que el juez de instrucción había desplegado ante mis ojos.

 

—¿Cómo este señor me prohibe hablar ruso— me dije,—si tan pronto voy a ser libre?—El está ya en posesión del expediente y conoce la conclu-sión del juez instructor.

Pero en aquel momento no había tiempo de

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 43.

 

 

44       LEÓN DHUTSCH

 

reflexionar y pensé que este hombre era una encarnación del formulismo. «La ley prescribe que es preciso vigilar toda conversación de un prisionero sometido á instrucción; por eso nos obliga á la señora Axelrod y á mí á hablar ale-mán, á fin de podernos comprender. No hay nada que se pueda considerar como una defraudación de mis esperanzas.»

 

La severidad del procurador von Berg (tal era su nombre) había producido á un tiempo sobre la señora Axelrod y sobre mí una profunda im-presión de malestar; no supimos qué decirnos y nos despedimos pronto.

 

Lo que pasó después ha quedado grabado en mi memoria. A la siguiente mañana el carcelero jefe Roth vino á mi celda y me anunció de una manera muy amable y muy amistosa, con el as-pecto de un buen hombre que no oculta nada, que iba á ser trasladado á una celda del piso bajo, porque en todo el primer piso estaban de obras.

 

Se excusó de este cambio, porque la nueva celda no era tan confortable como la primera. El cambio me desagradó: mi plan de evasión estaba basado en la situación de la celda. Uno de mis amigos había alquilado una habitación en el hotel de enfrente, y como mi ventana daba á la calle, en circunstancias excepcionales podíamos comu-nicarnos por medio de signos convenidos.

 

Además de estas consideraciones prácticas, mi traslado me causaba también enojo porque había unidos á aquellos cuatro muros muchos recuer-dos, que no eran tristes ni sombríos, sino de una naturaleza amistosa.

 

Pensaba con lógica que mi celda del piso bajo no daría á la calle para gozar de una distracción que me era querida; los días de mercado asistía

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 44.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA    45

 

á escenas muy interesantes entre compradores, comerciantes y aldeanos de los alrededores; otras veces los ejercicios militares se verificaban en la plaza y me entretenían mucho. Pero lo que mas me gustaba, sobre todo á la hora del crepúsculo, era deslizarme á la ventana y contemplar los mu-chachos entregados á toda clase de juegos. En medio de sus estallidos de risa y de sus gritos me transportaba con el pensamiento al país natal, á la Rusia del Sur, y e-vocaba mi propia infancia.

 

Todo me era arrebatado con el cambio de celda. Mi nuevo domicilio me pareció más estre-cho, más sombrío. La ventana daba sobre el patio: esta última circunstancia hacía la fuga casi impo-sible; cierto que me quedaban aún dos ó tres pla-nes de evasión, pero la experiencia me decía que algunos de ellos no eran realizables.

 

Me consolaba el pensamiento de que la eva-sión no era necesaria y podría salir de la prisión por las vías legales. Contaba los días que me se-paraban de ese momento; mi traslado me hizo el efecto de un simple azar, que, según me había dicho el carcelero jefe, no tenia ninguna impor-tancia. Pero mis amigos pensaban otra cosa. Como no me vieran en la ventana creyeron que secreta-mente me habían enviado á Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 45.

 

 

CAPÍTULO IV

 

 

Visita de "mi mujer,,.—Plan de evasión y libertad.—-Espe-ranzas.—El procurador entra en juego.— Preparativos de viaje.

 

 

A los pocos días fui llamado de nuevo al locu-torio. Apenas entré, una señora joven se precipitó en mis brazos, entre llorosa y sonriente.

Era la esposa de mi amigo Buligin.

 

Como yo había sido arrestado con el nombre de su marido, ella se apresuró á acudir para re-presentar cerca de mí el papel de «mi esposa». Lo desempeñó tan bien, que hasta el mismo se-vero procurador, testigo de esta conmovedora escena, se dulcificó á la vista de dos jóvenes espo-sos que se amaban tan tiernamente, y no se inter-puso entre nosotros, dejándonos conversar con tranquilidad.

 

Pasado el ardor de los primeros transportes, me recomendó hablar en alemán con «mi mujer», pero esta vez su voz era menos seca y menos dura que durante la visita de la señora Axelrod.

 

Entretanto la señora Buligin me había dicho al oído que era absolutamente indispensable ha-blar en ruso, porque me tenía que comunicar cosas de gran importancia, y rogué al señor von Berg nos permitiese emplear la lengua rusa.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 46.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     47

 

—No es posible—respondió brevemente;—ha-blan ustedes bastante bien el alemán para enten-derse.

 

—Usted comprenderá—repliqué—que por bien que un hombre posea una lengua extranjera, le es enojoso no hablar el idioma patrio con su mu-jer, cuando la ve después de muchas semanas y lo encuentra en prisión. Es imposible que mi mujer me explique en alemán asuntos de familia y me dé noticias de nuestro hijo. No veo motivo para que la ley, que usted representa aquí, nos prive de esta satisfacción. Si tiene usted alguna duda respecto á la naturaleza de nuestra conversación, haga llamar al señor profesor Thun para que asista & ella.

 

—Desde el momento que conocen ustedes dos la lengua alemana, la ley me autoriza a no de jarlos conversar en ruso—respondió el viejo con sequedad.

 

—Sin duda está usted de acuerdo con la ley, pero existen también deberes de humanidad, co-munes á todos los hombres bien educados, y la humanidad no le autoriza á prohibirnos el uso de nuestro lenguaje materno.

 

Pronuncié la palabra humanidad con un tono que pareció surtir efecto, porque el procurador consintió en dejarnos hablar en ruso si el profe-sor Thun tenía á bien estar presente; mas se resistía á llamarlo, pretextando «no estar obligado por la ley». Naturalmente, yo no quería demos-trar mis relaciones íntimas con el profesor y pre-gunté su dirección, aunque la conocía desde mu-cho tiempo antes.

 

—Se le dará á su esposa en mi gabinete. Diciendo esto se retiró del locutorio con la se-

ñora Buligin y yo fui conducido á mi celda.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 47.

 

 

48       LEÓN DBTJTSCH

 

Poco tiempo después me llamaron de nuevo; encontré á la señora Buligin, el procurador y el profesor Thun. No le había visto en algún tiempo, porque estaba de viaje durante las vacaciones de Pascuas, y terminó ya sus funciones de tra-ductor al ser transmitido el expedienta al procu-rador.

Así que pudo hablar ruso la señora Buligin, me dijo que mis amigos estaban inquietos por mi suerte. Los espías rusos se agitaban en torno de ellos y de mis íntimos conocidos, mostrando una fotografía muy parecida á la que habían enviado

 

á Friburgo, y se informaban para saber dónde me hallaba. Mis amigos creían que el gobierno ruso estaba en buena pista para descubrir que me ocultaba con el nombre de Buligin, y si mi encar-celación se prolongaba, acabarían por conocer mi verdadero nombre. Era preciso concertar mi eva-sión. Discutíamos todos los medios y buscábamos un plan. El profesor Thun tomó parte activa en nuestra conversación, dándonos también sus con-sejos. Pero, como antes he dicho, ninguno de los planes era práctico. No tengo intención de expo-ner aquí todos los discutidos; baste decir que el profesor Thun se interesaba vivamente y tenía un papel activo.

 

Hoy, después de veinte años, me acuerdo de estos acontecimientos, y estoy tentado de dudar que haya sido posible existiese un profesor aJe-mán, un hombre con cátedra de economía social, dispuesto á ayudar á la evasión de un socialista ruso, y discutiendo con él las combinaciones, aun

 

á riesgo de un disgusto. ¡Este mismo hombre, an-tes de conocerme personalmente, expresó su de-seo de que fuera un día entregado al gobierno ruso!

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 48.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEKIA     49

 

El procurador von Berg, que durante todo el tiempo de nuestra entrevista permaneció en la estancia, hizo un papel terriblemente cómico. No comprendía una sola palabra, pero nos veía reir y reía también, asociándose á nuestra alegría. Como nosotros nos divertíamos á sus expensas y nuestra risa le ganaba, él se divertía también con nosotros. Le preguntamos al profesor Thun qué hubiera pensado el correcto y formalista viejo y en qué violenta cólera no caería si supiera que en su propia presencia nos burlábamos de su digna persona.

 

Cuando hubimos terminado la discusión, que duró bastante tiempo, la señora Buligin y yo nos despedimos tiernamente. Ella dio las gracias á von Berg por habernos permitido hablar ruso y le preguntó cuándo pensaba ponerme en libertad. El procurador respondió que tomaría una resolu-ción en los próximos días de la semana, pero en todo caso—añadió,—al ser puesto en libertad me confiarían á la policía hasta una frontera cual-quiera, probablemente la frontera suiza, como la más próxima.

 

Me así con más energía á la esperanza de ver-me pronto libre. Era más agradable soñar con una libertad próxima que pensar en las conse-cuencias que tendría para mí mi extradición á Rusia ó sencillamente mi envío á la frontera rusa.

 

Después de la visita de la señora Buligin, la sed de libertad se apoderaba más y más de mí. La imaginación presentaba á mis ojos bellos cua-dros; mis pensamientos iban continuamente á mis amigos y á nuestra obra. Veía pasar por mi espíritu las escenas de alegre bienvenida y pen-saba en mis camaradas dedicados con nuevo ar-dor al desenvolvimiento de nuestra Liga para la

 

TOMO I        4

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 49.

 

 

50       LEÓN DEUTSOH

 

emancipación de los trabajadores. Coordinaba to-dos los detalles de cuanto iba á hacer para des-quitarme de mi inacción forzosa; no vivía más que en el porvenir: el triste presente me parecía un lejano pasado, era como una pesadilla penosa, uno de los episodios que yo contaría en el círculo de los míos. Los soldados deben experimentar algo parecido después de escapar al peligro y á las duras privaciones de la guerra, cuando vuel-ven sanos y salvos á su hogar.

 

 

 

— Hoy se va á dar la orden de ponerme en libertad.

Con este pensamiento me levanté una maña-na de Mayo, me acuerdo como si fuera hoy, y empecé á representarme de qué modo me comu-nicarían la decisión.

 

—El señor procurador llama á usted.

Estas fueron las palabras con las cuales el carcelero puso término á mis sueños.

 

—Es, sin duda, para anunciarme la libertad— fue mi primer pensamiento.—Este hombre tiene palabra. Es, sin embargo, extraño que los jueces hayan emitido ya su decisión. Es aún temprano.

 

Asi discurriendo seguía los corredores de la prisión.

 

El señor von Berg estaba sentado cerca de la mesa de su despacho y á su lado había un joven secretario. La mesa estaba cubierta de legajos de de papeles.

 

—Es hoy, como usted sabe—me dijo el procu-rador volviéndose hacia mí,-—cuando se va á dic-tar el fallo en su asunto. Antes de comunicarle el veredicto es preciso saber cierto si su nombre es,

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 50.

 

 

DTKZ  Y SEIS  AÑOS EN  SIBK11IA        51

 

en realidad, Buligin y si reside en Moscou, como usted afirma.

 

•—Ciertamente, me llamo Buligin y soy de Mos-cou—respondí yo.

 

—Leed la nota relativa á este asunto-*-ordenó el procurador á su escribiente.

 

Este empezó á leer con voz blanda y tonillo oficial un papel que al primer golpe de vista me pareció venir de la administración de Moscou. El documento indicaba clara y brevemente que no había en Moscou ninguna persona del nombre de Buligin respondiendo á la descripción que se hacía.

 

—¿Qué tiene usted que decir en contra?—me in-terrogó el señor von Berg con tono frío ó irónico.

 

Sentí afluir al rostro toda mi sangre y temblar mis rodillas, pero me dominé y emprendí en se-guida mi defensa. Hablaba de prisa, con emoción y tono de convencimiento. Ero el momento deci-sivo, sentía el suelo faltar bajo mis pies. Ahora era preciso luchar por la vida: como había ya pensado antes en esta eventualidad, mi plan de defensa estaba preparado de antemano.

 

— Escuchadme —exclamó volviéndome hacia el procurador;—-afirmo que soy Buligin, pero debo confesar también que no soy de Moscou y que to-dos los datos que he dado sobre mi persona son falsos; me he visto obligado á esta mentira por el modo como me han tratado aquí, en Friburgo, y por los procedimientos administrativos que reinan en Rusia. Estos procedimientos, que usted igno-rará, voy a hacérselos conocer. No es raro entre nosotros ser denunciados á la gendarmería como poseedores de libros prohibidos en Rusia. No sólo se detiene poruña simple denuncia, sino que se trata de perseguir á todos los que con el acu-

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 51.

 

 

52       LEÓN DEUTSCH

 

sado tienen relaciones, ó cuya dirección está e» sus manos. Su casa queda sometida á un perpe-tuo espionaje, toda su familia expuesta á sufri-mientos y vejaciones. Los hombres permanecen muchos meses presos por los motivos más fútiles. Cuándo se llega á la democrática Suiza ó á la constitucional Alemania, sin la menor intención de contravenir sus leyes, se encuentra uno con que-se trata á los ciudadanos aquí (hablo al menos de los extranjeros) de un modo que no varía gran cosa de lo que se practica en Rusia. He aprendido á mis expensas que aquí se detiene á las gentes sin respetar ninguna forma jurídica, sin observar las menores garantías de libertad individual. Sin el menor mandato de la policía se han permitido registrar mi habitación del hotel, se me trata como un criminal cualquiera. No tengo que reprochar-me la menor infracción á las leyes alemanas y se me sujeta á prisión dejándome dos interminables días sin comparecer ante el juez. Se prende tam-bién como en Rusia á una señora alemana y se la tiene presa. Yo no podía sentir confianza en la seguridad que me daba el juez de instrucción de que se trataba simplemente de una pesquisa judi-cial. He pensado que en Alemania, como en Ru-sia, la policía tiene el derecho de obrar paralela-mente á la justicia y entenderse por su parte con las autoridades rusas. El documento que me aca-ba usted de leer me prueba que tenía razón. Si yo hubiera hecho conocer al juez mi verdadero estado civil, inmediatamente se lo hubiese comu-nicado á las autoridades rusas, como sucede ahora, y éstas se hubieran enterado de que se encontraban en mi poder dos maletas llenas de libros prohibidos en Rusia. La policía, natural-mente, hubiera hecho las indagaciones habituales

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 52.

 

 

DIEZ  Y SEIS  AÑOS EN  SIBBRIA  B3

 

•en la ciudad de mi nacimiento y hubiera expuesto

á vejaciones sin número a mis padres, mis her-manos y mis hermanas, los cuales participan de mis opiniones. Puede que les encontrasen libros prohibidos y muchos de ellos estarían presos. La Rusia no es un país constitucional, y eso me obli-gó á ocultar en mi interrogatorio ciertos detalles que pudieran ser peligrosos para los demás.

 

—¿De modo que usted afirma que es Buligin— me dijo el procurador con una voz llena de cóle-ra,—pero niega que es de Moscou, y rehusa darme el nombre del pueblo de su nacimiento?

 

—Sí, lo rehuso por las razones enumeradas. —Leédnosla nota que sigue—dijo el procurador

 

al escribiente.

Este volvió á leer.

«El prisionero actualmente detenido en el gran ducado de Badén que se hace pasar por Buligin, es, en realidad, un cierto León Deutsch, que en compañía de Jacobo Stefanowitch tiene, entre otros delitos cometidos, una tentativa de asesinato contra Nicolás Gorinowitch en Mayo de 1876. Por tanto, el gobierno de Su Majestad el zar de Rusia pide, por mediación de su representante cerca de Vuestra Alteza al gran duque de Badén, tenga á bien acordar la extradición de los dos criminales aquí citados. Al mismo tiempo, el gobierno de Su Majestad cree su deber llamar la atención de las autoridades alemanas sobre el hecho de que el llamado León Deutsch se ha evadido varias veces, y es por tanto preciso ejercer sobre él la más acti-va vigilancia, tanto durante su prisión como al ser conducido á Rusia.»

 

Transcribo aquí palabra por palabra este docu-mento, porque á pesar de los veinte años transcu-rridos está todavía grabado en mi mente.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 53.

 

 

54       LEÓN DECTSCII

 

—Todo se ha perdido—pensé, y penosas re-flexiones atormentaron mi espíritu.

:—Y bien; ¿qué tiene usted que decir?

 

Escuché la voz seca del procurador y vi una sonrisa de triunfo iluminar su semblante. Me contuve con un violento esfuerzo.

 

—Lo que me acaban de leer—dije afectando un aire tranquilo—no me extraña del todo; responde

 

á los procedimientos que usa el gobierno ruso. Su juego es claro: cada vez que el gobierno quiere aprisionar á un socialista inofensivo arrestado en país constitucional, se guarda muy bien de decir la verdad, y da el nombre de cualquier individuo acusado de un crimen. Esto no es nuevo. En Ru-mania ha sido reclamado un cierto Katz, é inme-diatamente fue expedido á Siberia por el método administrativo, como se dice allí, esto es, sin la menor instrucción judicial. Es evidente que lo mismo se quiere hacer en mi caso: la mejor prue-ba está en que el gobierno ruso exige, no sólo que yo le sea entregado bajo el nombre de Deutsch, sino también la extradición de Stefanowitch, aun-que éste hace ya muchos años fue detenido en Rusia y condenado a trabajos forzados en las mi-nas de Siberia, á pesar de que su participación en la tentativa de muerte contra Gorinowitch no fue jamás probada por ningún tribunal. Es claro que el gobierno ruso pide la extradición de Stefano-witch, al cual tiene ya entre sus manos, porque en la primera ocasión designará á un socialista cualquiera con el nombre de Stefanowitch. Esto que yo le digo, podrá confirmarlo el profesor Thun, que conoce los asuntos de Rusia y está muy enterado sobre el movimiento revolucionario de ese país.

 

Así terminó el interrogatorio. De vuelta á mi

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 54.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     55

 

celda, coordiné las ideas y quedé completamente aterrado. Mi extradición era cosa segura. No te-nía más esperanza que la fuga, pero ésta no tardó en desaparecer.

 

A consecuencia de la alusión del gobierno ruso á mis numerosas evasiones—en realidad, no me había evadido más que dos veces,—-se me puso un guardián especial á la puerta de mi celda y no me perdía de vista un solo instante, siguiendo todos mis movimientos. Se había igualmente re-comendado á todos los guardianes que me vigila-sen, y el carcelero jefe Roth asistió al interroga-torio que acabo de describir.

 

Al mediodía fui conducido de nuevo delante del procurador; me pareció mejor dispuesto hacia mí y me demostró cierta dulzura, lo más que po-día esperarse de este inflexible «hombre de ley».

 

Me declaró que el profesor Thun había confir-mado todas mis manifestaciones, y luego añadió: —Si no hubiera usted sido acusado del crimen

 

á que se hace alusión en la nota del gobierno ruso, yo estaría pronto á ayudarle en su defensa. Sabrá usted que en Alemania el deber del minis-terio público no consiste en condenar, tiene la misión de buscar la verdad y de poner en libertad

 

á todos los que son injustamente perseguidos. Déme usted el medio de asistirle en su defensa y yo le ayudaré en la medida de lo posible.

 

Este cambio en la actitud del procurador se podía sólo atribuir á la influencia del profesor Thun. Yo sabía que no me quedaba casi ninguna esperanza, pero quise aprovechar las buenas dis-posiciones de von Berg para ganar tiempo.

 

Si mi extradición tardaba algún tiempo, toda-vía quizá la evasión no fuese imposible. Acepté con reconocimiento la oferta del procurador, y le

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 55.

 

 

56       '         LEÓN DBUTSOH

 

pedí me autorizase para entenderme con mi abo-gado y con el traductor público, puesto que no te-nía ninguna idea del procedimiento empleado para utilizar el consejo que me daba.

 

Ante todo debía probar que yo no era el Deutsch que se buscaba: éste vivía en Londres y estaría pronto á confirmar la verdad si se le descubría. Esperaba que por mediación del pro-fesor Thun se hallase en Londres un refugia-do ruso que consintiera en hacerse pasar por Deutsch.

 

El señor von Berg me declaró que el aceptar mi petición dependía del ministro de Justicia, á quien él se la transmitiría.

Allí terminó el segundo interrogatorio.

 

A partir de este momento, los acontecimientos se precipitaron. Antes había esperado un interro-gatorio durante semanas enteras, y hasta solicité comparecer delante del juez de instrucción, con la esperanza de que sorprendería de este modo algunos detalles de mi asunto. Pero ahora todo iba más de prisa de lo que deseaba.

 

Al día siguiente comparecí de nuevo delante del procurador. Esta vez encontré en el despache de von Berg al escribiente, al vigilante Roth, que estaba cerca de la puerta, y un señor extranjero, vestido con uniforme de funcionario de justicia rusa, en cuyo pecho orillaba una condecoración.

 

—¡Ah! Buenos días, Deutsch; ¿no me reconoce usted?—me preguntó en ruso con voz dulzona. —Soy el señor Bogdanowitch, el sustituto del procurador de la Audiencia de San Petersburgo. Debe usted acordarse de mí. Cuando usted estaba en la prisión de Kiew yo era sustituto del procu-rador en aquella ciudad.

—Yo no he estado jamás en la prisión de Kiew,

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 56.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     57

 

y no tengo el placer de conocer á usted, caballero —respondí con aire tranquilo. Y en efecto, jamás en mi vida vi á este funcionario.

 

—No hay duda, es Deutsch—dijo Bogdano-witch volviéndose hacia su colega alemán.

 

—Y yo afirmo de nuevo que eso no es cierto. —Nosotros debemos creer mejor al señor Bog-

 

danowitch—dijo von Berg,—y tenemos que enviar á usted á Rusia.

 

—Así—repliqué yo—dará usted ocasión al go-bierno ruso para que envíe un inocente á Si-beria.

 

—Los inocentes no se envían jamás á Siberia —afirmó Bogdanowitch con aplomo.

 

—No solamente se envían á Siberia los inocen-tes, los enviáis también á la horca. Así, caballero, usted que pretende formar parte del tribunal de Kiew, debe recordar y puede ser que haya contri-buido al crimen jurídico de que ha sido víctima un joven, casi un niño, el estudiante Rosowski. Fue ahorcado, aunque en el curso de los debates se probó que no había cometido más falta que llevar consigo una proclama y negarse enérgica-mente á decir su procedencia.

 

—Rosowski ha sido ahorcado no sólo por en-contrársele una proclama, sino por ser uno de los miembros del partido socialista—dijo Rogdano-witch sonriendo al procurador del Gran Ducado de Badén.

 

—¡Ve usted!—dije volviéndome á mi vez hacia éste.—Entre ustedes, en Alemania, los represen-tantes del partido socialista se sientan en el Par-lamento y contribuyen á hacer las leyes del Esta-do. F^n Rusia, los jueces y la administración con-sideran suficiente para enviar á un hombre al patí-bulo ser sospechoso de tendencias socialistas.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 57.

 

 

58       LEÓN DBUTSCEI

 

Los dos señores no supieron qué responder-me; me pareció que el ejemplo, tan verdadero, había producido una cierta impresión sobre el jurista alemán. Pero, por otra parte, el vanidoso von Berg parecía dejarse imponer extraordina-riamente por la presencia del sustituto del procu-rador cerca de la audiencia de Petersburgo.

 

De tiempo en tiempo su mirada se hipnotizaba sobre la condecoración que relucía en el pecho del ruso, y al hablarle había en su voz una dulzu-ra que no sospeché jamás.

 

Ponía el mayor cuidado en pronunciar correc-tamente el nombre de Bogdanowitch, tan difícil para él; esto me parecía extraordinariamente có-mico. Para hacerse buen lugar á los ojos del re-presentante de la justicia rusa, von Berg me dijo con tono seco:

 

•—Ya veo que no le faltan pretextos para pintar al gobierno de su país con ios colores más som-bríos; pero cualesquiera que puedan ser sus re-sentimientos contra ese gobierno, debe usted serle entregado. Estoy plenamente convencido de que lo tratarán en Rusia conforme á las leyes.

— ¡Oh! Seguramente, seguramente—se apresuró

á afirmar Bogdanowitch.

 

Fui conducido á mi celda y creo innecesario describir lo que sentí en los días siguientes: el lector puede imaginarlo poniéndose en mi lugar.

 

Era evidente ahora que toda esperanza de li-bertad se había perdido para mí, pero no podía resignarme con este pensamiento y mi cerebro trabajaba sin descanso en nuevos planes de eva-sión, aunque fueron inútiles.

 

Contaba con que los preliminares de mi extra-dición durasen todavía algún tiempo, y resolví escribir á mis amigos una larga carta con un plan,

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 58.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA    59

 

esperando hacerla llegar por medio del  profesor

Thun. La redacción de la carta exigía tres días;

pero aquella tarde fui llamado otra vez delante del procurador, á pesar de ser domingo. Era evi-dente que se procedía con una gran rapidez.

 

•—Nuestro gobierno ha decidido acordar la ex-tradición—me dijo von Berg;-—pero con la condi-ción de que comparezca usted en Rusia ante un tribunal ordinario y bajo la responsabilidad de haber cometido una tentativa de asesinato contra Gorinowitch. La solicitud de ver de nuevo al abo-gado y al traductor ha sido denegada.

 

Después de haberme comunicado la decisión del gobierno de Badén, von Berg me hizo saber que partiría aquel mismo día para Rusia.

 

En el momento de salir le hice notar que se-guramente me juzgarían en un tribunal de excep-ción y no en los ordinarios.

 

—Éso es imposible—replicó von Berg:—sería un atentado al contrato de extradición y contra el derecho de gentes.

 

Una vez en mi celda comencé los preparativos de viaje. Estos eran bastante complicados. A pe-sar de las excesivas precauciones tomadas para vigilar los objetos enviados por mis amigos, es-taba en posesión de una lima inglesa para limar las barras de mi prisión, un par de tijeras para cortarme la barba y los cabellos en caso de nece-sidad y también de una fuerte suma de dinero en billetes del banco, rusos y alemanes. Necesitaba desembarazarme de todo de un modo cualquiera. Decidí tirar la lima, difícil de ocultar, y que ya no me podía ser útil; la partí en dos y la arrojé en el retrete; los otros objetos los oculté por si encon-traba una ocasión favorable durante la travesía de Alemania ó en la misma Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 59.

 

 

60       LEÓN DBUTSCH

 

El vigilante, plantado á mi puerta, no me qui-

taba los ojos ni un instante; pero á pesar de eso

conseguí disimular todos los objetos en mis ves-

 

tidos de tal modo que no pudieran ser descubier-tos en el registro á que esperaba ser sometido, y poderlos encontrar fácilmente en caso que me pudiesen servir.

 

Todos estos preparativos eran tan inútiles como la esperanza del náufrago que pretende sal-varse en una estera de paja. Indudablemente se ejercería sobre mí rigurosa vigilancia, y toda ten-tativa de salvación era inútil, sobre todo en los primeros tiempos; pero en el estado de mi ánimo estos preparativos tenían la ventaja de arrancar-me momentáneamente á mis pensamientos nada agradables. Sabía lo que me esperaba, veía el por-venir, los largos años de prisión. Iba á ser ente-rrado vivo, arrancado, por decirlo así, á la vida, y la perspectiva me espantaba. Creo que el pensa-miento de la muerte me hubiera sido más dulce.

 

—¿De qué me sirve la vida?—me preguntaba, y la respuesta se perdía en una desesperación in-finita.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 60.

 

 

CAPÍTULO V

 

 

Partida para Rusia en vagón da bestias.—En las prisiones

 

de Franctort y de Berlín.—De la frontera á Petersburgo

 

por Varsovia.

 

 

La tarde llegó y me instalaron en un coche ce-rrado, al que daban escolta dos policías; se me condujo bastante lejos de la estación, y acompa-ñado de mis guardianes me introdujeron en un vagón de bestias.

 

Cuando el vagón fue conducido á la estación para engancharlo al tren de viajeros, noté en el andén una agitación extraordinaria y mis guar-dianes se pusieron á disputar acaloradamente.

 

Por algunas palabras de su conversación, que pude coger al vuelo, comprendí que se acababa de detener á alguien y que este incidente no era extraño á mi persona. En efecto, varios años des-pués supe que dos de mis camaradas fueron arrestados en la estación de Friburgo. Querían tomar el mismo tren que yo y aprovechar la oca-sión que se presentaba de ayudarme á evadir; pero la tentativa fue descubierta y mis dos amigos, presos varios días en la cárcel de Friburgo, fue-ron desde allí enviados á Suiza.

Por la mañana llegamos á Francfort sur Mein. El director del establecimiento se mostró ama-bilísimo, hasta servicial á mis ojos, pero esto obe-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 61.

 

 

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decía á un pensamiento oculto. Le pregunté si podía enviar una tarjeta postal á mis amigos de Suiza, y me aseguró, de la manera más expresiva, que daría todas las órdenes y me proporcionaría lo necesario para escribir.

La celda á que me condujo era cómoda y daba

á una calle muy concurrida, pero me impuso dos policías por compañeros, con el pretexto de que me distrajeran; después me hizo servir un exce-lente almuerzo, y me lo pareció más porque en los últimos tiempos mi excitación me había im-pedido comer nada.

 

Pensando que mi viaje sería largo, quise pro-curarme algunos libros, y este hombre compla-ciente se ofreció á ir á comprármelos él mismo á una tienda donde me costarían menos caros. Re-cuerdo que compré algunas obras clásicas alema-nas y francesas y me las hizo pagar á un precio muy moderado. Finalmente, me propuso dar un paseo con él por el patio; cuando estuvim'os solos, empezó á hablarme de sus propios asuntos y des-pués me disparó á quemarropa la pregunta de si yo era el famoso Degajeff.

Me eché á reir, y la servicial amabilidad del buen hombre me apareció en aspecto diferente; comprendí por qué se mostraba tan complaciente; no sólo había aumentado algo al precio de mi co-mida y de mis libros, sino que esperaba alcanzar una buena recompensa si conseguía arrancarme la declaración de que yo era Degajeff, cuyo nom-bre se encontraba en todos los periódicos de Eu-ropa, y por cuya captura había el gobierno ruso ofrecido diez mil rublos.

 

Estuve en la cárcel de Francfort hasta la noche, en que tres policías sin uniforme me acompaña-ron á la estación. Cada vez que cambiaba de vigi-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 62.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBER1A    63

 

lantes, era registrado de nuevo, pero no encon-traron nada sobre mí desde antes de la salida de la prisión.

 

Los policías de Francfort me pusieron en las manos cadenas que no eran grandes ni pesadas y no podían verse por estar disimuladas bajo mis vestidos; sin embargo, eran suficientes para impe-dirme marchar de prisa y correr. Protesté con todas mis fuerzas de tal tratamiento, y me respon-dieron que habían recibido orden rigurosa de lle-varme encadenado; mis protestas no causaron efecto y hube de resignarme.

 

No contentos con esto mis guardianes, uno de ellos, especie de gigante, me cogió amigablemente por el brazo al llegar al andén de la estación, otro nos precedía á algunos pasos y el tercero marcha-ba detrás. Se nos podía tomar por un grupo de alegres compañeros que viajaban juntos.

 

Nos instalamos en un vagón ordinario, donde ocupamos dos banquetas, y nuestros compañeros de camino no sospecharon que viajaban con un criminal de Estado cargado de cadenas.

 

Me acordaba del dicho de los aldeanos rusos que quieren expresar el ingenio de los alemanes, diciendo «que han inventado los signos».

Debo hacer notar que mis vigilantes se mos-traban correctos y extrictamente severos. No me

 

vi        expuesto una sola vez á los groseros tratos de que había sido objeto en Friburgo.

 

Cuando las órdenes recibidas lo permitían, mostraban cierta complacencia en procurar que estuviese á gusto. Sobre el mandato de conduc-ción que se les había dado estaba inscrito como «el pretendido Buligin», con cuyo nombre figura-ría hasta que me entregasen á las autoridades rusas. Durante todo el viaje no hallé ocasión de

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 63.

 

 

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intentar         evadirme; no        me perdían  de      vista un

segundo y observaban      atentamente el       menor de

mis movimientos.                     

Ellos   no se entregaban á conversar conmigo

y yo no tenía tampoco la menor gana de hablar;

me encontraba débil,        enervado, mi         pensamiento

estaba adormecido y no veía ni escuchaba nada de lo que sucedía en torno mío.

 

—Lo que debe ser, eso será—me decía cada vez que el pensamiento del porvenir me asaltaba.

 

Era la reacción que se producía en mí des-pués de la excitación nerviosa de los últimos días pasados en Friburgo.

 

Al día siguiente, luego que arribamos á Berlín, fui conducido á una cárcel cuyo nombre no re-cuerdo, aunque no he olvidado el horrible senti-miento de depresión que produjo en mi espíritu.

 

La celda sombría, en la cual un muro elevado enfrente no dejaba entrar más que una luz indi-recta; las cabezas siniestras de los carceleros, que no miraban jamás de frente, siempre de soslayo, me daban la impresión de que los desgraciados presos condenados á pasar mucho tiempo en es-tos calabozos eran dignos de toda piedad.

 

He conocido después numerosas prisiones, tanto en Rusia como en Siberia, pero nunca jamás me he sentido tan desesperadamente triste como en esta cárcel berlinesa. Todo parecía decirme:

 

—Estás en Berlín, la capital del militarismo prusiano, donde una disciplina de hierro, una implacable autoridad, reglamentan las menores acciones de cada uno.

 

Los policías que me acompañaban desde Francfort no me perdían de vista en el calabozo, relevándose de tiempo en tiempo para darme guardia. Cierto que su sociedad no tenía para mí

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 64.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     65

 

nada de agradable; pero, en aquel horrible cala-bozo, la presencia de un ser humano contribuía á dulcificar mi desesperación sin límites.

 

Afortunadamente, la estancia allí fue corta, y me sentí casi dichoso cuando aquella misma tar-de continué mi viaje bajo la vigilancia de los mis-mos individuos.

 

A la siguiente mañana estaríamos en Rusia. La estación de la frontera donde debía ser en-tregado se llama Granitza: es una localidad situa-da en el punto de conjunción de los tres impe-

rios, ruso, austriaco y alemán.

Se me había hecho dar un gran rodeo, en vez de conducirme directamente de Berlín á Peters burgo, y no creo necesario explicar que este itine-rario se escogió temiendo una tentativa de evasión en la frontera. Poco tiempo antes el socialista polonés Stanislao Mendelsolm se había escapado con ayuda de algunos amigos de la estación de Alexandrowo, en el momento que la policía pru-siana iba á entregarlo á la rusa, logrando ganar la Suiza.

 

Recuerdo perfectamente mis sensaciones en aquellos momentos. Era un delicioso día de Mayo; el alegre sol parecía devolverme las fuerzas. Ape-nas dejé el vagón en compañía de mis vigilantes alemanes, fui rodeado de un grupo compacto de gendarmes rusos.

 

—Buenos días, señor Deutsch. ¡Al fin usted aquí! Lo hemos esperado largo tiempo.

 

Estas fueron las palabras con que me saluda-ron. Eché una ojeada en derredor mío; eran jóve-nes guardias del campo con el rostro amarillo y fresco, que llevaban el execrable uniforme azul sombrío de la gendarmería.

Su acogida afectuosa me hizo sonreír, como si

 

TOMO I        6

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 65.

 

 

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se tratase de antiguos conocidos que hubiesen ido allí á saludarme.

 

—¿Cómo me conocéis?—les pregunté, mientras emprendía entre ellos el camino.

 

—¡Ah, sí! nosotros lo conocemos bien; hemos oído hablar de usted mucho. ¿Quiere usted tomar el té en seguida ó sacudirse el polvo del camino? —me respondieron.

 

Había un extraño contraste entre la actitud de mis guardias alemanes y rusos. Los últimos me trataban simplemente, con una confianza casi amistosa.

 

Para los policías alemanes era un peligroso malhechor que se ocultaba con un nombre falso; seguían al pie de la letra las instrucciones recibi-das, sin ocuparse del resto, y hasta tenían la espe-ranza de conseguir una recompensa por su ser-vicio, según había comprendido en sus cuchicheos cuando me creían dormido.

 

Para los gendarmes rusos era un criminal po-lítico, un prisionero de Estado, como se dice entre nosotros, del que habían oído hablar con frecuen-cia, y me trataban como á un antiguo conocido.

 

Hacía cuatro años que dejé la Rusia, y la pri-mera vez que oía hablar la lengua materna en mi propio país era por estos gendarmes. Cual-quier revolucionario ruso comprenderá sin esfuer-zo cómo la presencia de estos gendarmes fue para mí una distracción. Si un individuo no prevenido me hubiera visto saborear el té al lado de un sa-mowar humeante, bromeando con los gendarmes, creería que conversaba con camaradas ó antiguos amigos.

 

—¿Cómo lo ha pasado en el extranjero? Segu-ramente no se estará tan bien como entre nos-otros—me dijeron los jóvenes.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 66.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     67

 

Yo les conté como en el extranjero se está mu-

cho mejor que en nuestra pobre patria; pero no

me querían creer y la discusión fue de las más

animadas.

Cuando el tema estuvo agotado pregunté á mi vez qué había de nuevo entre nosotros, y me des-cribieron con admiración cómo la Rusia entera celebró poco tiempo antes la proclamación de la mayor edad del zarewitch.

 

Los policías alemanes habían entregado mis efectos y mi persona contra recibo y partieron un poco descontentos de no encontrar su recompen-sa, al menos en Granitza.

 

Algunas horas después apareció un oficial de gendarmería y dio orden á algunos de sus subor-dinados de aprestarse á servirme de escolta, por-que debía de tomar el tren más próximo. Notó que entregaba á uno de ellos el dinero que le había sido transmitido por los policías alemanes. Saqué la cajita donde llevaba el dinero ruso y se la entregué al oficial, temiendo que me la pudie-ran encontrar. Pareció muy sorprendido y me preguntó si no me habían registrado en Alemania. Después ordenó reconocer mis vestidos con la más gran atención, lo que fue ejecutado de punta

 

é punta; pero á pesar de eso no encontraron sobre mí el resto de dinero alemán ni las tijeras.

 

Tres gendarmes me acompañarían en mi viaje hasta Petersburgo. En Varsovia, donde llegamos de noche, me esperaba un coronel de gendarmes. Como la mayor parte de los empleados de esta arma, era muy político y amigo de conversar.

 

—¿Ha sido usted también complicado en el pro-ceso de Tchigírin?—me preguntó.

 

Y como le respondiera afirmativamente, aña-dió con convicción:

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 67.

 

 

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—Sí; hace mucho tiempo de eso; fue cuando la sublevación de Polonia. No es asunto muy enojo-so para usted.

 

En la época de la sublevación de Polonia yo tenía sólo ocho años. Esto prueba lo enterados que los oficiales de gendarmería están de los su-cesos políticos y el conocimiento que deben po-seer de sus atribuciones.

 

Las efusiones exteriores no le impidieron reco-mendar á mis guardianes la más rigurosa vigi-lancia.

 

—No le quitéis ojo; que la ventana de su com-partimento esté bien cerrada; no le dejéis descen-der del vagón, y sobre todo no os durmáis en todo el camino—murmuraba en voz baja.

 

Los gendarmes no parecían preocuparse de sus recomendaciones; me trataron con los mis-mos miramientos que antes y no demostraban el menor temor de verme emprender la fuga.

 

Á        nuestra llegada á Petersburgo, un capitán de gendarmería nos esperaba en la estación y fui conducido directamente en un coche cerrado á la fortaleza de Pedro y Pablo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPITULO VI

 

 

ia fortaleza de Pedro y Pablo.—Mi compatriota el procura-dor.—Un médico cruel.—Un conocimiento fugitivo.

 

 

Una impresión extraña se apoderó de mí al verme en esta fortaleza que el gobierno del zar había hecho habilitar como prisión de Estado.

 

En esta fortaleza, cuyo nombre es pronunciado en Rusia con un escalofrío de espanto, se apode-raron de mí siniestros pensamientos, pero al mis-mo tiempo sentía cierta extraña curiosidad.

 

Yo sabía que en esta prisión imperaba un ré-gimen en extremo cruel, y deseaba conocer per-sonalmente si la realidad correspondía á las pin-turas.

 

Apenas entré me condujeron a una pieza en la que el director de la prisión, el coronel de gendar-mería Lesnik, me ordenó desnudarme completa-mente. Dos gendarmes me sometieron á un es-crupuloso registro personal; cambiaron mis vesti-dos por el traje de la prisión y una especie de capote de algodón rayado como el que se lleva en los hospitales.

 

Mis efectos me habían sido arrebatados, y me encerraron en una celda del piso bajo.

 

Todo marchaba por sí solo sin el menor grito; sin una sola palabra; si no se nos hubiera dicho que los hombres vivían allí, encerrados años y

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 69.

 

 

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años, nos hubiéramos creído en un cementerio. Sólo el reloj rompía 1&monotonía del silencio, y cada hora un alegre repique tocaba el himno na-cional. «¡Honor! ¡Honor á ti, zar de todas las Rusias!»

 

Mi calabozo era bastante grande, sombrío; la ventana se hallaba cerca del techo, y á pesar de estar en Mayo el frío era horrible; no penetraba jamás el sol, y los muros destilaban agua. Todo el mobiliario se componía de una cama de hierro guarnecida de un jergón de paja, un cojín y una ligera manta de algodón, una mesa de hierro y una tabla adosadas al muro, y por último, una cubeta que exhalaba un insoportable olor.

 

Desde las tres de la tarde se estaba en las ti-nieblas, á pesar de que en esta época del año Pe-tersburgo goza de esas noches blancas durante las cuales no hay jamás sombra; pero lo más inso-portable de todo era el frío; el estado y situación del calabozo hacia inútiles los vestidos para ca-lentarse. Recorría los cien pasos que separaban un rincón del otro, hasta que me rendía la fatiga-mas apenas me dejaba caer algunos minutos en el lecho, el frío me hacía tiritar bajo la manta, de una ligereza diáfana.

 

El alimento consistía en un pedazo de pan de munición de cerca de dos libras; á medio día se servían dos platos, que no eran malos, pero esca-sos y siempre fríos, pues había que traerlos de muy lejos.

 

Yo no era un sentenciado y hubiera podida procurarme algún suplemento con mis recursos, lo que me fue imposible durante largo tiempo, porque los gendarmes habían entregado mi equi-paje y mi dinero al oficial de gendarmes, y éste los depositó en el departamento de la policía. Lo

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 70.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EX SIBEBJA    71

 

más penoso para mí fue que se habían llevado los anteojos y no podía leer, cosa que se concede de ordinario á los simples prisioneros. Los días y las noches me parecían interminables.

 

Reuní todos mis esfuerzos para encontrar una ocupación; combinaba problemas de aritmética y los resolvía de memoria; me contaba á mí mismo historias y recuerdos, y buscaba la manera de hacer mi diario, pero la materia quedó bien pron-to agotada. Me fue imposible hallar ocupación para el día; de noche estaba siempre despierto; el frío no me dejaba dormir. Pasaba el tiempo en ir y venir de un extremo á otro de mi celda como una ñera en su jaula.

 

Los paseos no introducían ninguna distrac-ción en la monotonía de mi existencia; tenían lugar cada dos días y eran de corta duración, un cuarto de hora apenas, comprendido el tiempo necesario para vestirme y desnudarme, pues me llevaban mis ropas para ellos. El lugar de paseo se hallaba rodeado de muros muy altos, y sólo podían verse gendarmes y centinelas. Toda con-versación con los gendarmes de servicio estaba rigurosamente prohibida. Inútil hacerles la menor pregunta; por toda respuesta miraban con ojos severos y guardaban silencio.

 

Al cabo de algunos días descubrí una ocupa-ción; me pareció percibir un ligero golpe contra el muro no lejos de mi celda. Como había estado preso algunos años antes, aprendí á servirme de este modo de conversar por medio de un alfabeto convenido. Es imposible imaginar mi alegría cuan-do conocí este ruido, que esperaba utilizar.

 

Pero me engañé. Cuando respondí golpeando contra el muro de mi calabozo, conocí que se tra-taba de dos amigos que conversaban y no querían

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 71.

 

 

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responder á mi tentativa de mezclarme en su con-versación.

 

Esta practica está rigurosamente prohibida en las cárceles, y los dos amigos no querían introdu-cir en su intimidad á un desconocido, pensando que pudiere venderles. Me contenté con escuchar lo que se decían el uno al otro en sus cortos diá-logos; eran frases estereotipadas que repetían constantemente.

 

—Buenos días; ¿has dormido bien? ¿Qué haces ahora?

El otro respondía:

—Buenos días, bien. Tomo té.

 

Aunque estas frases fuesen tan insignificantes, yo sentía envidia de los que las cambiaban. No he sabido jamás si eran dos hombres ó un hombre y una mujer.

 

Ocho ó diez días transcurrieron, no lo sé cier-to, antes de ser interrogado por primera vez. Des-de mi llegada á Rusia no había sufrido interroga-torio ni me preguntaron siquiera mi nombre; había pasado de una mano á otra como un pa-quete postal, sin interesar á nadie mi personali-dad. Los gendarmes parecían saber que yo me daba el nombre de Buligin, cuando en realidad me llamaba Deutsch; en cuanto á mi delito, no cono-cían nada ni les importaba.

 

En la fortaleza de Pedro y Pablo no había ne-cesidad de nombre; se hablaba siempre de una manera impersonal, en el caso de que se hablase, pues todos se comprendían por simples gestos.

 

* * *

UnaJ mañana me llevaron mis vestidos. Creí que se trataba' del paseo habitual, pero me condu-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 72.

 

 

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jeron á una sala donde tres caballeros, en trajes de funcionarios de justicia, estaban sentados alre-dedor de una mesa cubierta de paño azul. Se me hizo sentar y uno de ellos me dijo que era M. Olt-chaninoff, juez de instrucción en la Audiencia de Petersburgo para los asuntos especialmente gra-ves; en seguida me presentó otro de los asistentes, M. Mourawjeff, como procurador, pero no me dijo el nombre del tercero.

 

El interrogatorio comienza; me preguntaron mi nombre y algunos pequeños detalles; yo res-pondí inmediatamente la verdad. Sabía que no me quedaba nada que perder ni esperar-

 

Hice un relato exacto del atentado contra Go-rinowitch, y, como es natural, no di los nombres de los que habían tomado parte en el hecho de de que me acusaban.

 

Estaba convencido de que nadie me podría ayudar, y si contaba la verdad toda entera era por-que los otros comprometidos habían sido juzgados cinco años antes.

 

Durante el interrogatorio, que dirigía el juez de instrucción, el funcionario cuyo nombre no co-nocía me hizo también diversas preguntas.

 

Yo le reconocí al cabo; le había visto en Kiew, donde en 1877 había representado un gran papel en mi proceso. Se llamaba Kotljarewski. En aque-lla época era sustituto del procurador; ahora des-empeñaba el mismo cargo en la Audiencia de Petersburgo, donde estaba especialmente encar-gado de instruir los procesos políticos. Este hom-bre tenía entre los revolucionarios la peor fama, y había sido objeto de un atentado de parte de Osinski y de sus compañeros, en Febrero de 1878. Yo fui casi dichoso de encontrarlo en la fortaleza de Pedro y Pablo. Era, al menos, un rostro cono-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 73.

 

 

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cido, uno de mis compatriotas de Kiew. El pare-

ció mirarme con alguna amistad, y entablamos

una conversación, contándonos los acontecimien-tos de nuestra vida durante los últimos años.

 

Entretanto el juez de instrucción redactaba el proceso verbal y pudimos conversar nosotros li-bremente.

 

El notó que había cambiado mucho desde nuestra última entrevista.

 

—No sólo ha cambiado usted físicamente—me dijo;—su carácter parece también haberse modi-ficado de un modo considerable.

 

Tenia razón. Kotljarwski era famoso por la penetración de su espíritu y por la tenacidad; en los procesos políticos sabía emplear á maravilla estas facultades.

 

—¿Dónde está aquel cerebro ardiente que usted tenía otras veces? Un día casi me arroja un tinte-ro á la cabeza...

 

Yo recordé en efecto este acontecimiento y le hice notar la causa que lo había motivado.

 

Durante mi detención en Kiew, estaba en un estado de violenta excitación nerviosa, porque per-tenecía á la sociedad de las Buniari, que tenía en su programa la protesta y perpetua oposición á todo lo que representase autoridad.

 

Kotljarewski y yo tuvimos un día una acalo-rada disputa. Yo rehusé obstinadamente firmar un proceso verbal que había escrito. En el colmo de la cólera cogí un tintero y estaba pronto á arrojárselo á la cara si no me dejaba en paz. Adi-vinó mi intención, pero supo conservar la calma; llamó á un carcelero, le dijo algunas palabras al oído; cuando el hombre se hubo alejado, yo crei que había ido á llamar al guardián para condu-cirme á prisión.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 74.

 

 

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Juzgad mi sorpresa y mi alegría cuando algu-nos minutos después la puerta del gabinete se abrió y mi amigo Stefanowitch apareció en el dintel; estaba en la misma prisión que yo, sm que lo hubiésemos sabido. Cruzamos una mirada llena de alegre sorpresa.

 

—Tenga usted la bondad de llamar á su com-pañero á la razón—dijo Kotljarewski volviéndose hacia Stefanowitch;—sus nervios parecían terri-blemente excitados.

 

Pude así apreciar la amabilidad de este hom-bre, que en la prisión de Kiew me había tratado como un cumplido caballero; el encontrarlo de nuevo me causaba placer. En el curso de la con-versación, le manifesté mi extrañeza por estar encerrado en la prisión Pedro y Pablo como un criminal de Estado, cuando había sido enviado desde Alemania como un malhechor de derecho común; no comprendía tampoco por qué había sido enviado á Petersburgo, estando acusado de un atentado en Odesa, y conforme á la ley, el pro-ceso debía tener lugar donde el crimen se había cometido.

 

Kotljarewski no me respondió nada á esto. Me ofreció hablar con M. Plehwe, director del depar-tamento de policía, para que me autorizasen á alimentarme por mi cuenta en la prisión.

 

Al poco tiempo el coronel Lesnik me hizo con-ducir ¿ una celda mucho más confortable en el primer piso y me trató con mayores miramientos.

 

Dos días después de este interrogatorio se me comunicó que mi dinero y mis efectos habían sido enviados del departamento de policía y que estaba autorizado á proporcionarme alimentos y tabaco. Lo que me causó gran alegría fue el pensamiento de que me darían mis anteojos; era preciso para

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 75.

 

 

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esto una orden del médico de la prisión. Este no tardó en venir. Era un viejo de sesenta á setenta años, y tenía reputación de hombre rudo y bru-tal; no tardé en tener la prueba. De un tirón me abrió los párpados con los dedos y me miró con aire amenazante las pupilas, diciendo que mi vista era absolutamente normal y no necesitaba anteojos.

 

En realidad, y en opinión de los más célebres oculistas, padezco una afección particular á los ojos, y desde la edad de diez y ocho años no pue-do leer sin gafas.

 

La negativa del médico excitó mi cólera y mi desesperación; estaba próximo á prorrumpir en maldiciones y apenas me podía contener.

 

—Le suplico, doctor, que se fije; usted se equi-voca sin duda; yo no puedo leer una línea en un libro sin gafas—le dije.—Me condena usted á la más terrible tortura y me priva de la única dis-tracción que puedo tener.

 

Todo fue inútil. El hombre era inalterable y repetía como un imbécil las mismas palabras.

 

—No, no; usted no tiene necesidad de anteojos. Viéndolo alejarse, cerré los puños presa de

violenta cólera.

 

¿Qué hacer? Era preciso resignarse. Pero cada vez que pensaba en el papel de atormentador representado por el médico sentía arder mi sangre.

 

Me quedaba por único consuelo el cigarrillo; él fue mi amigo y mi compañero en la soledad; fumar es el más precioso de los placeres para los prisioneros; se sienten así menos solos, menos abandonados.

 

Mis días continuaron transcurriendo en una inactividad abrumadora; una mañana llegaron á mi oído unos ruidos; se golpeaba contra una de

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 76.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     77

 

las paredes de la celda. ¿Era por mí? Respondí

con los signos convenidos por medio de golpes

en el muro. ¡Sí! ¡Era por mí! ¡Qué alegría! ¡Iba á escuchar el nombre de un compañero! jlba á cam-biar pensamientos con un hombre!

 

—¿Quién es usted? ¿En qué proceso está com-plicado?—me preguntaba con signos.

 

Tomé el peine, único objeto portátil y un poco duro que poseía en la prisión, y golpeé contra la pared las letras de mi nombre. Mi interlocutor pareció sorprendido.

—¿Cómo está usted aquí?—me preguntó.

—Y usted, ¿quién es?—le repuse.

—Kobiljanski—me dijo.

Yo quedé también sorprendido de encontrarlo allí; no lo conocía personalmente, pero sabía que después de ciertos golpes de mano de los terroris-tas, había sido en 1880 condenado á trabajos for-zados perpetuos y deportado hacía largo tiempo ya á las minas de Siberia, á las orillas del Kara. ¿Cómo se encontraba en la fortaleza de Pedro y Pablo?

 

Ardiendo en deseos de saber, y él también im-paciente por conocer cuanto á mí se refería, em-pecé á contarle lo sucedido, pero no había llegado

 

á la mitad de la narración, cuando fui interrum-pido con estas palabras:

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Golpea usted los muros!

Miré sobresaltado á mi alrededor. El coronel Lesnik, rodeado de gendarmes, estaba dentro de mi celda.

Se me espiaba; habían abierto la puerta dulce-mente y me sorprendieron. No podía negar; me cogían in fraganti delito.

— Sepa usted de una vez para siempre—me dijo el coronel—que si vuelve a hacerlo será conduci-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 77.

 

 

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do de nuevo á su celda del piso bajo y privado de la autorización de fumar y pasear en el patio.

Diciendo esto desapareció.

 

Yo estaba en la triste situación de un mucha-cho cogido en falta. Estaba prohibido golpear el muro; pero experimentaba la necesidad de hablar, propia de los hombres, y me vela forzado á re-nunciar á la esperanza de saber por qué Kobil-janski había vuelto de Siberia.

Poco tiempo después de este acontecimiento,

á una hora desacostumbrada, me trajeron mis vestidos. Creí que se trataba de un nuevo interro-gatorio, pero vi aparecer al capitán de gendarmes que me acompañó de la estación á la fortaleza, y que mis maletas estaban preparadas.

 

—¿Vamos á Odesa?—pregunté. El oficial no respondió nada.

-—Me conducen á la estación—pensé yo, al en-contrarme en el coche en compañía del capitán.

 

Este paseo se verificaba precisamente en una de esas noches blancas de Petersburgo, en las que es imposible distinguir si anochece ó aclara el alba. El tiempo era espléndido; me sentía halaga-do con la idea del viaje a Odesa. Pero el coche no tomó el camino de la estación y emprendió una dirección contraria.

 

Algunos minutos después nos encontrábamos en el patio de un gran edificio; era la prisión pre-ventiva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 78.

 

 

CAPÍTULO VII

 

 

Una prisión con nuevo reglamento.—Un plan que fracasa. —Visita del ministro.—Secreto de Estado.—Un escritor como vecino de celda.

 

 

Cuando el oficial de gendarmería me entregó en manos del director de la prisión, le mostró con el dedo un detalle escrito sobre el mandamiento de depósito. El funcionario fijó sobre mí la mira-da penetrante; era evidente que se le recomenda-ba la mayor vigilancia á causa de mis antiguas evasiones.

 

Conocí en seguida que el reglamento de esta prisión era menos severo. Mis objetos personales fueron colocados en mi celda después de un nue-vo registro, que se hizo delante de mí; cuando me quedé solo, miré si habían encontrado el dinero y las tijeras que tenía ocultos; á pesar de las ri-gurosas pesquisas hechas en la fortaleza y aquí, no las habían descubierto. Dejé las tijeras y resol-ví cambiar una parte de mis billetes alemanes para tener á mi disposición algún dinero. Pero la cosa no era fácil.

 

Comencé por observar a mis guardianes; ha-bía tres en el corredor sobre el cual daba mi cel-da. El más abordable me pareció ser el que había reconocido mis efectos, y resolví dirigirme á él.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 79.

 

 

80       LEÓN DBUTSCH

 

Saqué mi dinero de la cartera y llamé al hom-bre á mi celda un día que estaba de servicio.

 

—¿Qué desea usted?—me preguntó entrando y cerrando la puerta tras de sí.

 

—¿Ha registrado usted bien mis equipajes ayer cuando me los ha traído?

 

—Perfectamente. ¿Qué sucede?—repuso alar-mado.

 

—Nada. ¡Oh! nada de particular—repetí yo para tranquilizarlo.—Quiero sólo decirle que no ha sido muy sagaz en sus pesquisas. Mire usted este dinero. Estaba oculto en mis vestidos y no lo ha encontrado.

Y mientras hablaba así le mostré algunos bi-

lletes de banco.       :        ^

—¡Imposible! ¡De todo punto imposible! Yo lo

he revuelto todo y lo he registrado bien. ¿Dónde había usted ocultado ese dinero?

 

•—Ese es mi secreto. Ahora présteme atención; he aquí un billete de banco alemán que vale cerca de cincuenta rublos. Tómelo usted y cuando no esté de servicio puede irlo á cambiar. La mitad será para usted y la otra para mí. ¿Entendido?

•—Sí, yo lo haré.

Tomó el dinero y se alejó.

 

—Ha caído—pensaba yo acariciando nuevos proyectos. Sabía por una vieja experiencia que se pueden tener relaciones con el exterior. Varios revolucionarios habíamos comprado á los carce-leros para cambiar las cartas. En el Sur de Kiew les llamamos «palomos mensajeros».

 

Guando vi con qué facilidad aceptaba, decidí llevar más lejos la aventura.

•—Dentro de algunosdías—me dije—probaré á confiarle una carta para que la lleve al correo, después le encargaré algunas comisiones para

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 80.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     81

 

uno de mis amigos, y si todo marcha bien, ¿quién sabe? Puede ser que lleguemos á otra cosa...

 

Le había dado el billete al carcelero por la ma-ñana, y todo el día fui presa de una viva agitación. Mi hombre miraba de tiempo en tiempo á través de los hierros de la puerta, se sonreía y guiñaba el ojo, á lo que yo respondía de igual manera; pero he aquí que á la tarde entra en la celda y me devuelve mi billete de banco.

 

—Tómelo usted—me dijo; —lo he pensado bien, y esto ha terminado; no hace mucho tiempo se le encontraron á uno de mis colegas dos relojes que le habían confiado, y fue despedido. El servicio aquí no es malo, veinticinco rublos por mes; esto no se encuentra fácilmente; no, por cierto; yo haría mal exponiéndome. Tome usted su dinero... Tengo familia.

 

Naturalmente, yo no insistí; este hombre, falto de valor, no podía ser nunca un «palomo mensa-jero»; pero como no tenía medios de hacer cam-biar secretamente mis billetes, le rogué que los llevase al director de la prisión y los dejara en depósito á mi nombre.

 

—Dígale que los ha encontrado usted registran-do mis efectos-—le dije.

 

•—No, no, eso no puede ser; sería un complot de todos los diablos. Quiero mejor decir la ver-dad, que usted se los envía.

 

Así todos mis castillos en el aire se desvane-cieron. Conservé los billetes sin que ninguna nue-va pesquisa fuese hecha.

Algunos días después me devolvieron mis li-bros y se me concedió el permiso de usar la biblio-teca de la prisión. Se comprende_jácilment3 con

qué avidez me entregué a lgr^^tura'-después de

tan larga privación. ¿¿&

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 81.

 

 

82       LEÓN DBUTSCH

 

Desde varios puntos de vista me encontraba mejor en esta cárcel que en la fortaleza Pedro y Pablo; pero había una sombra en el cuadro, las celdas llenas de insectos y abrasadoras durante el verano.

 

El alimento era también menos abundante y menos sano que en la fortaleza; pero lo más pe-noso para mí lo constituía el paseo cotidiano.

 

" Quien se represente un círculo gigantesco di-vidido en numerosas secciones con planchas que van del centro a la circunferencia como radios, podrá comprender los espacios en que nos obli-gaban á pasear individualmente, como bestias. No veíamos entre las planchas más que un pe-queño pedazo de cielo. Un paseo de tres cuartos de hora en parecido antro no tenía nada de atra-yente.

 

Contrastando con el silencio de muerte que reinaba en la fortaleza de Pedro y Pablo, aquí todo era extraordinariamente animado; por todas partes se escuchaban gritos y ruidos; todas las ventanas del corredor daban sobre la calle y los rumores de la vida pública penetraban en las cel-das. Se escuchaba el rodar de los coches, las voces aturdidoras de los vendedores ó las dulces melo-días de los músicos. Se formaba así la ilusión de estar libre; pero la vuelta á la realidad era más triste.

 

Un día noté insólita actividad en el corredor; se fregaba frotando y limpiando; parecía esperarse la visita de algún alto personaje.

 

En efecto, supimos bien pronto que el ministro de Justicia, Nabokoff, debía venir á inspeccionar la prisión.

No tardó en hacer su aparición en mi celda.

Cuando supo mi nombre me saludó y me dijo:

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 82.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     83

 

—He leído su declaración y me ha parecido usted un hombre sincero; desearé que sea lo mis-mo cuando esté delante de los jueces.

 

Le respondí que diría siempre toda la verdad. Se alejó, pero antes de salir volvió de nuevo y me hizo algunas preguntas insignificantes en apa-riencia, pero que revelaban el deseo de hablar de

otras cosas.

 

Mientras hablábamos se inclinaba un poco y se ponía la mano en la oreja como para hacer un pabellón. Me pareció sencillo y sin orgullo.

 

Entre los acompañantes se encontraba Kotlja-rewski; quedó un poco atrás, y así que el ministro se alejó me dijo que él tenía también que hablar-me. Al poco rato me condujeron á la pieza que servía de escuela en la prisión.

—Estoy aquí para comenzar un interrogatorio

 

— me dijo,—pero desearía conversar sencillamen-te con usted para refrescar ciertos recuerdos.

 

Nos sentamos los dos sobre un mismo banco, y nuestra conversación se animó bien pronto. Le repetí la pregunta que le había hecho ya en nues-tra primera entrevista, es decir, ¿por qué me habían conducido á la fortaleza de Pedro y Pablo?

— Hay en juego—me dijo—intereses de Estado de la más alta importancia. La cuestión es esta: si usted es juzgado por un tribunal ordinario y perseguido sólo por el atentado contra Gorino-wich, se le condenará á ocho ó diez años de de-portación en Siberia, y esto no se ve bien en cier-tos círculos elevados.

 

—No puede ser de otro modo—exclamé yo sor-prendido.— Alemania ha acordado mi extradición haciendo reservas expresivas.

 

—Sí, es cierto, pero somos ahora buenos ami-gos de Bismarck, y está siempre dispuesto á com-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 83.

 

 

84       LEÓN DBUTSCH

 

placernos. Además, en caso de necesidad, nos-otros podemos invocar que usted ha estado preso como reo de Estado después de su arresto prime-ro. Hay un detalle que recuerdo: los alemanes nos han remitido todas las notas que usted ha escrito en la prisión de Friburgo.

 

Me sentía trastornado; recordaba que, en efecto, para distraer el aburrimiento mortal de la prisión, había arrojado al azar en numerosas notas algunos de mis planes, pero no podía ima-ginar cómo esos manuscritos habían caído en manos del gobierno ruso. Sin duda registrarían mis papeles durante mis paseos, y ciertas hojas fueron enviadas á Rusia. Me parecía radicalmente imposible que se pudiera basar una acusación sobre tal hecho, violando así las bases de un tra-tado de extradición con Alemania, á lo que mi in-terlocutor dijo:

 

—Esté usted tranquilo; todo esté previsto. Nada sería más fácil que obtener el consentimiento de Alemania. Otros, con menos delito que usted, Malinka, Drebsjasgin, Maidanski, han sido ejecu-tados hace largo tiempo. Ha escapado usted de la prisión después del atentado contra Gorino-witch; se ha mezclado en seguida en el complot de Tchigirin, con Stefanowitch; y todas esas histo-rias, ¿no le valdrán más que algunos años de trabajos forzados? No, no; esto no sería lógico. Se ha celebrado un consejo en los círculoseleva-dos; yo no he asistido á él, naturalmente, porque no me cuento todavía entre la administración su-perior, pero me han dicho lo sucedido. Al cabo todo el mundo ha estado de acuerdo en pedir el cambio del tratado de extradición concedido en presencia de usted, á fin de que pueda comparecer ante un tribunal de excepción. Ya puede usted su-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 84.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBKIA    85

 

poner que ahora su proceso no será largo. Pero uno de esos altos personajes ha hecho la reflexión siguiente: «Sin duda la Alemania nos complacerá. ¿Pero hay una ventaja para nosotros? Hoy Deutsch está en nuestro poder; mañana podemos hacer en un país cualquiera una captura todavía más intere-sante, y entonces nos será mucho más difícil ob-tener la extradición de ese individuo; se dirá que la Rusia no respeta los tratados y nos arrojarán al rostro el ejemplo de Deutsch.» La mayoría se aparta de este modo de ver las cosas, pero nada se ha decidido aún, y he aquí por qué se condujo

 

á usted á la fortaleza de Pedro y Pablo hasta que se tome un acuerdo.

 

Era posible que este hombre revelase así delante de mí un secreto de Estado para ha-cerme hablar ó tenía que haber un pensamiento oculto.

 

Hablamos de otras diferentes cosas y le hice notar que individuos completamente inofensivos habían sido condenados á penas terribles en las persecuciones políticas de Rusia.

 

—¿Qué quiere usted?—dijo él.—-No se arranca un árbol sin hacer caer las hojas. Hasta los anti-guos romanos conocían el proverbio «El sobera-no derecho va seguido siempre de la soberana in-justicia.» Por mi parte, soy enemigo de la pena de muerte; creo que en un gran Estado los crímenes políticos son inevitables; en una población de mu-chos millones de habitantes debe haber algunos miles descontentos. Sin duda es preciso castigar á los conspiradores, pero un gobierno fuerte puede impedir sus planes sin necesidad de recurrir á la pena capital.

 

A propósito de esto me preguntó la fuerza que tenían los terroristas en Rusia; yo le respondí que

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 85.

 

 

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no sabía nada porque no pertenecía al partido terrorista, sino á la democracia social.

 

—Pero sin duda—dijo él—por sus poderosos amigos conocerá usted la fuerza de los terroristas. Creo que deben ser poco numerosos —añadió.

 

En aquella época había, en efecto, muy pocos terroristas en Rusia, pero yo no quería dejar creer

 

á Kotljarewski que no teníamos poderosos ami-gos. Le respondí que podía haber en Rusia mu-chos millares de terroristas.

—Lo creo imposible; cuento todo lo más algu-nos centenares. En los últimos tiempos se han hecho arrestos en masa.

Había entonces, es decir, durante el verano de 1884, en las prisiones preventivas un número considerable de personas que habían sido arres-tadas por diferentes delitos de Estado. Uno de estos delitos, que había provocado en Petersburgo, en Moscou y en muchas pequeñas ciudades, has-ta en la misma Siberia, numerosas prisiones, era lo que mi interlocutor llamaba el «asunto de los calzones viejos». A instancias mías me refirió lo que sabía á propósito de esta importante cuestión de Estado.

 

En una de sus pesquisas domiciliarias, la po-licía, descubrió un papel en el cual estaban escri-tos los nombres de las personas que asistían á los prisioneros políticos y les daban trajes, ropa inte-rior y otros objetos. A causa de esto un número incalculable de encarcelaciones se habían efectua-do, y se había instruido un voluminoso proceso contra la sociedad secreta conocida con el nom-bre de «La Cruz Roja de la Narodnaja Volja». A este propósito Kotljarewski hizo algunas acerta-das observaciones.

—La gendarmería — dijo — suele no proceder

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 86.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     87

 

siempre con buen sentido en su afán de descu-brir conspiraciones. ¡Extraño complot es este que sólo trata de dar á los prisioneros algunos vesti-dos viejos! Por eso yo le llamo irónicamente el «asunto de los calzones viejos». Entre los nume-rosos prisioneros que fueron complicados en este

 

' proceso á propósito de los calzones, había en aque-llos momentos en la prisión un gran m'rmero de escritores bien conocidos, tales como Protopopoff, Kriwenko, Stanjukowitch y Erthel.

 

Protopopoff era mi vecino de celda, y no tarda-mos en tocar el uno y el otro contra el muro.

 

Evidentemente había al principio alguna des-confianza de su parte, porque asi que yo le dije mi nombre cesó en el momento de contestarme.

Buscaba en vano la razón de süvsilencio; trans-currieron varios días; le sentía ir y venir por su celda; escuchaba el eco de su voz cuando hablaba con el carcelero, pero mis signos quedaban siem-pre sin respuesta. Concluí por creer que temía ser sorprendido por el personal de la prisión, nume-roso y vigilante.

 

Al cabo de cierto tiempo comenzó sus signos. —¿Por qué me oculta usted su nombre?—me

 

preguntaba.

Le respondí al momento que se lo había dicho desde el principio, y se lo repetí otra vez.

 

—Yo había tomado a usted por un espía, porque no pude descifrar su nombre; pensé que tocaba mal de exprofeso, para ocultarme quién era.

A partir de este momento conversamos con frecuencia. Teníamos amigos comunes y nos co-nocíamos bien el uno al otro.

Naturalmente deseábamos vernos, y para con-seguirlo recurrimos á la estratagema siguiente:

 

Las ventanas del quinto piso, donde se encon-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 87.

 

 

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traban nuestras celdas, se verían desde el parque de las bestias, es decir, el lugar donde paseábamos, y convinimos en que cada uno de nosotros, en fechas determinadas, renunciaría á su paseo y nos arreglaríamos para que el que quedase en la celda pudiese reconocer al que estaba en el patio. De esta manera pudimos ver recíprocamente nues-tros rostros. Nos faltaba sólo conocer la voz, y hallamos el medio bien pronto. Sabíamos que en las prisiones no sólo se conversa, sino que se hacen pasar objetos de unos á otros por medio de los tubos que conducen el agua. Estos tubos están dispuestos de manera que no solamente las dos celdas vecinas pueden comunicar entre ellas, sino también todas las celdas que están situadas encima y debajo.

 

De suerte que doce prisioneros pueden po-nerse en relaciones y formar su club. Nosotros combinamos lo siguiente: vaciábamos á un mis-mo tiempo en nuestras celdas el agua de toilette; de este modo se desocupaban los tubos y nos servíamos de ellos como de un tubo acústico; mientras nosotros hablábamos, los water-closets estaban abiertos; podíamos reconocer perfecta-mente nuestras voces de celda á celda, y gracias al agua corriente se evitaba el mal olor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 88.

 

 

CAPÍTULO VIH

 

 

Nuevos temores.—El coronel de gendarmería.—Investiga-clones á propósito del asesinato del general Mezenzeff. —Encuentro con Bogdanowitch.—Partida.

 

 

Durante mi prisión en Petersburgo me sentía más tranquilo que antes. En la cárcel de Friburgo estaba en un perpetuo estado de excitación; aspi-raba á la libertad y esperaba obtenerla; en la fortaleza de Pedro y Pablo me sentía cerca de la desesperación. Ahora todo me era indiferente: hasta diez ó quince años de trabajos forzados en Siberia, todo me era igual. El porvenir no existía para mí, mi vida había terminado. Es duro resig-narse con este pensamiento cuando uno se siente fuerte y con buena salud, pero era preciso. Muchas veces, sin embargo, rayos de esperanza, sueños de felicidad inesperada me hacían estremecer; rechazaba inmediatamente estas imágenes enga-ñadoras, porque en la prisión de Friburgo había experimentado una decepción demasiado dolo-rosa para volver á abrigar ilusiones.

 

—¡Loco—me decía;-—la fortuna te jugará otra mala pasada!

 

Y me habituaba á no esperar nada más que lo que lógicamente había de llegar.

 

Dos semanas habían transcurrido desde que estaba en la nueva prisión sin que me interroga-

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 89.

 

 

90       LEÓN DBUTSCH

 

ran una sola vez; no sabía qué pensar y me decía con inquietud:

 

—Puede que en los círculos superiores hayan encontrado el medio de tratarme como un reo de Estado.

Hablé de ello con Kotljarewski.

 

—¿Por qué no me toman declaración?—le dije. —¿Por qué no me conducen á Odesa?

 

Estaba seguro de que sucedía algo extraño. —Prepárese  usted inmediatamente; vienen  á buscarlo—me dijo mi carcelero una hermosa ma-

ñana de Julio.

 

Era en el preciso momento que volvía de mi paseo por el parque, y estaba de buen humor.

 

Un coche de viaje me esperaba en la puerta de la cárcel: subí 6 él acompañado de un gendar-me sin saber adonde me conducían.

 

Esta incertidumbre, aunque duró poco, excitó mis nervios.

 

Cerca de media hora después el coche se de-tuvo en un patio y me condujeron á una celda, donde apenas penetraba la luz por los vidrios pintados de blanco. Empecé á pasear agitado y observé que un oficial me miraba atentamente al través de la cerradura.

 

—¿Se puede pasar?—dijo entreabriendo la puerta.

 

—¡Extraña pregunta!—respondí;—está usted en su casa.

 

Se abrió la puerta, y un joven, con uniforme de coronel de gendarmes, entró sonriendo con aire amable.

 

—Permítame usted que me presente—dijo:— coronel Iwanoff.

Y me hizo un saludo.

—No comprendo lo que me sucede—le repuse.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 90.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     91

 

—¿Quiere usted tener la bondad de decirme dón-de me encuentro y por qué me han traído aquí? —Está usted en el despacho central de la gen-

 

darmería, donde se le va á interrogar; lo conduci-rán pronto delante del procurador. En cuanto á mí, sería muy dichoso de conversar con usted y refrescar viejos recuerdos; tenemos numerosos conocidos comunes.

 

—¡Cómo es esto!—exclamé sorprendido. —¡Oh!—dijo él riendo;—no hay en Rusia un

 

hombre inteligente que no conozca su nombre de usted.

 

Este señor se burlaba, sin duda, de mi y de las personas inteligentes ó pertenecía a. la parte de la sociedad rusa que en esta época buscaba el modo de defenderse en los periódicos contra la corriente reaccionaria y llamaban á los revolucio-narios los intelectuales.

 

—Sí, sí—continuó el coronel;—tenemos muchos conocidos comunes: he conocido á sus amigos Malinca, Drebjangin y Maidanski; era yo entonces ayudante de gendarmería en Odesa y los he trata-do allí. ¡Ah, verdaderamente eran hombres nota-bles!

 

Comprendí entonces por qué este hombre, tan joven aún, era ya coronel de gendarmes en la ca-pital. Los grandes procesos de 1879 80 dieron oca-sión de distinguirse á muchos oficiales de gendar-mería. La vida y la libertad de los reos de Estado eran el secreto de sus ascensos. Sin duda, mi in-terlocutor había representado un importante pa-pel en las condenas de muerte y de trabajos forza-dos que sufrieron mis amigos, y tenia el cinismo de elogiarlos. Tal vez fuese él quien, con ocasión del tratado de Kurizin, tendió el lazo en que caye-ron numerosas víctimas.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 91.

 

 

92       LEÓN DBUTSCH

 

Una conversación con este amable coronel no era de mi gusto, y vi con placer que venían á bus-carme. Me condujeron á una pieza confortable, donde el procurador Kotljarewski estaba sentado en un sillón delante de una gran mesa y hojeaba diversos papeles.

 

—He aquí los documentos que conciernen á usted—me dijo, y los empezó á leer.

 

De todo aquello resultaba que la viuda del ba-rón Henking, ayudante de gendarmería que había sido asesinado, vio en los alrededores de la casa del general Mezenzeff dos jóvenes que parecían espiarla. '

 

La baronesa pretendía haberme reconocido en uno de esos dos jóvenes.

 

Al día siguiente nos había visto de nuevo, mien-tras se paseaba con su primo el barón de Berg; una carta del barón confirmaba lo dicho por la dama.

 

Había sido esto en los años 1878 79, cuando mi nombre preocupaba á un gran número de in-dividuos que me hubiesen querido presentar como instigador y cómplice de todos los delitos políticos que se cometían en los diversos puntos de Rusia.

 

Estas fantasías encontraron también acogida en la prensa, y yo era como una especie de Fray Diablo. Así es que en 25 de Mayo de 1878, mien-tras que yo estaba preso, fue asesinado un rico propietario de Kiew. Se trataba de un crimen se-guido de robo; á la noche siguiente el barón Hen-king fue muerto de un tiro de fusil; mis compañe-ros y yo no escapamos de la cárcel hasta la noche del 27 al 28 de Mayo. ¡Algunos días después, los diarios decían que, en opinión de las personas más perspicaces, estos dos crímenes habían sido cometidos por mí! Hubiera sido preciso para eso

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 92.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA       93

 

dejar la prisión dos noches seguidas para asesinar á dos personas y tornar de nuevo a ella.

 

La leyenda de mi participación en el atentado contra el general MazenzefE no tenía mejor funda-mento.

 

Cuando el procurador me hubo leído todos los papeles, me preguntó qué tenía que decir.

 

—Me parece—le respondí—que el gobierno no renuncia á complicarme en todos los asuntos que no están especificados en el tratado de extradi-ción. Yo me niego á responder á toda pregunta que no esté fundada en una acusación precisa.

 

—Bien; puesto que usted se niega á esclarecer esto, lo dejaremos á un lado—respondió con aire tranquilo.

Y separó los documentos.

—Debo decirle —continuó—-que no doy crédito

á los cargos de estas dos personas. Creo estar se-guro de que se encontraba usted en el extranjero cuando la muerte de Mezenzeff.

 

Le respondí afirmativamente. Me pareció que tendría un gran placer en arrancarme algunas de-claraciones respecto á este particular; pero empe-zó á hablarme de cosas indiferentes y me pidió algunas noticias de nuestra propaganda socialista.

 

Le cité algunos títulos de obras, y me confesó que nuestra literatura le era completamente des-conocida.

Mientras hablábamos de esta suerte, apareció bruscamente en una estancia vecina M. Bogdano-witch, el mismo que me había reconocido en Fri-burgo: me saludó y tomó asiento delante de la mesa. Yo lo vi sin la menor animosidad, como si nuestro primer encuentro no hubiera sido una catástrofe para mí.

—Dígame usted — preguntó volviéndose hacia

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 93.

 

 

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mí,—¿cuándo lo he visto yo en Kiew? Hace ya tanto tiempo, que no lo recuerdo bien.

 

Afirmaba riendo que me había visto una vez en la prisión, pero yo adiviné en su acento que no era verdad y que me reconoció en Friburgo sólo por las descripciones que de mí le habían hecho. A mi vez, yo tenía curiosidad de saber qué pensa-ban de mí las autoridades de Badén.

 

—Supieron—me dijo—que usted no es Buligin algunas semanas antes de su extradición, y enton-ces redoblaron la vigilancia y hasta colocaron un centinela en la puerta de la celda. El nombre de Deutsch les fue revelado diez días antes de mi llegada.

 

Me expliqué entonces por qué me habían cam-biado de celda y por qué el procurador von Berg me negó la autorización de hablar en ruso con mis visitantes.

 

Pregunté al procurador si comparecería pronto ante el tribunal competente, pero no me dio una respuesta categórica.

 

Esta fue la última vez que lo vi. Más tarde supe en Siberia por los camarades que este se-ñor había empleado en los procesos políticos me-dios innobles, los cuales le atrajeron el odio de todos los perseguidos, y hasta sus mismos jefes encontraron demasiado fantásticas sus investiga-ciones y lo separaron de la instrucción de los pro-cesos de Estado.

 

Pero el exceso de celo le favoreció en su carre-ra; algunos años después era presidente de la Audiencia de Wilna. A la hora actual no sé dón-de se encuentra.

 

Después de este último interrogatorio, me con-vencí cada vez más de que el gobierno no renun-ciaba á buscar el medio de complicarme en otros

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 94.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     95

 

crímenes, además del atentado contra Gorinowitch: Cada mañana me preguntaba si vendrían á some-terme á nuevo interrogatorio del mismo género; pero los días fueron pasando y las cosas seguían en el mismo estado.

 

Julio y Agosto transcurrieron; yo estaba siem-pre en la misma celda; pero un día, hacia fines de Agosto, los gendarmes aparecieron de nuevo y recibí orden de prepararme para un viaje. Se ha-bía decidido, al fin, conducirme á Odesa.

Mientras que el coche corría á través de las calles, yo me despedía con pena de esta querida ciudad de Petersburgo, que no esperaba volver á ver jamás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 95.

 

 

CAPÍTULO IX

 

 

Un rayo de esperanza.—Un régimen desconocido.—Protes-

 

tas por el hambre.—Nuestro club.—Un protector.

 

 

El viaje a Odesa se verificó sin ningún inci-dente notable. El eambio de paisaje, los días pa-sados en el tren, la vista de seres humanos, su conversación, todo esto produjo sobre mí un efecto reconfortante; pero la presencia de tres gendarmes no me dejaba olvidar un momento que era un prisionero y que me conducían delan-te de los jueces. El pensamiento de la evasión me perseguía, y por un momento creí que la ocasión se presentaba. Era de noche, estábamos ya cerca de Odesa, yo dormitaba aletargado, y entre mi soñolencia noté que mis guardianes dormían á pierna suelta. Mi corazón empezó á latir á marti-llazos; pensé sacar las tijeras, cortarme la barba, pasar por detrás de mis guardianes, ganar la ven-tanilla y saltar del tren; en el momento en que me disponía á hacerlo, uno de los gendarmes abrió los ojos y despertó á los otros dos á codazos, re-prochándoles su descuido. Fingí que dormía; toda esperanza se había desvanecido.

 

En Odesa me esperaba un coche celular con las ventanas cerradas y me condujo á la prisión de los detenidos políticos.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 96.

 

 

DIEZ Y SKIS AÑOS EN SIBERIA    97

 

En el momento en que registraban mis efectos, las tijeras cayeron de golpe al suelo, y el director de la prisión, un viejo gendarme, exclamó con profundo asombro:

 

—¡Cómo dejan en Petersburgo tijeras á los pri-sioneros!

 

Creía que las tijeras me habían sido dejadas,. y yo no quise privarle del placer de creerse más malo que sus compañeros de la capital.

 

El régimen de esta prisión era bastante pare-cido al de la fortaleza de Pedro y Pablo: la misma habitación grande y polvorienta, el mismo alimen-to insoportable, igual actitud severa de los gen-darmes é idéntico silencio, que nada venía á inte-rrumpir.

 

Para fijar bien las cosos desde el principio, ex-presé mi asombro de verme conducido á una cár-cel de presos políticos, cosa tan contraria al trata-do de extradición con Alemania, y sea por efecto de esta protesta, ó bien, por instrucciones recibi-das de Petersburgo, me transportaron algunos días después á una casa de detención por delitos de derecho común.

 

No se me olvidará mientras viva: cuando me condujeron á la nueva prisión era por la tarde, y así que la puerta se hubo cerrado detrás de mí no pude distinguir absolutamente nada. La celda era siniestramente sombría, y apenas si por una pequeña abertura practicada en la puerta se fil-traba un débil rayo de luz venido de un globo que alumbraba el corredor.

 

Asi que mis ojos se hubieron habituado á estas tinieblas, empecé á examinar mi nueva morada. El calabozo era circular y no había ni un lecho, ni un banco, ni una mesa; sobre el suelo un poco de paja, un cubo y un jarro de hierro: nada más.

 

TOMO I        7

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 97.

 

 

98       LEÓN DEUTSCH

 

Quedé extraordinariamente sorprendido. Al tra-vés de las rendijas de la puerta vi dos centinelas armados tendidos sobre un banco; cerca de ellos estaban un gendarme y un policía. Conocía ya bastante las prisiones, pero la instalación de ésta era nueva para mí.

 

—¿Me quieren ustedes hacer el favor de decirme dónde están el lecho y la manta?—pregunté pa-sando la cabeza á través de la pequeña abertura.

 

—No los hay—respondió con tono irritado el gendarme.

— Llame usted al director.

 

El hombre no se hizo rogar; algunos momen-tos después apareció con el subdirector de la cárcel.

 

—Dígame usted, caballero, ¿qué significa esto? —pregunté aludiendo al estado de mi celda.

 

—Yo no sé nada—respondió él;—no hemos hecho más que seguir las instrucciones que se nos han dado; diríjase usted al sustituto del pro-curador, que vendrá mañana.

 

Me sentí desfallecer: me creía en una casa de locos.

 

—¿Qué voy á hacer y qué será de mí si este ré-gimen no cambia?—me grité, dejándome caer al suelo con la cabeza entre las manos.

 

Finalmente, la fatiga tuvo piedad de mí y me acosté sobre la paja sin desnudarme, pero apenas empezaba á dormirme di un salto; los ratones ocultos en la paja trotaban sobre mí. Me puse á dar paseos. El aire era mortal; la cubeta exhalaba su pestilencia; la pequeña pieza en que estaban mis cuatro guardianes me enviaba su aire empon-zoñado: quería respirar y no podía, porque la única ventana de la habitación estaba en el techo y no era posible abrirla.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 98.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     99

 

Esperaba el día con una cruel impaciencia, para que me dieran siquiera un poco de aire; las ñoras se me hacían interminables; me dejaba caer sobre la paja y los ratones me obligaban á levan-tarme. Al fin fue de día.

 

—¡Aire! ¡dadme un poco de aire!—dije dirigién-dome al gendarme que parecía ser el carcelero.

—¡No tengo orden!—repuso él.

 

Cerca del mediodía llegó el sustituto del pro-curador. Le expuse la terrible situación en que es-taba y le pedí que la remediase. Me escuchó aten-tamente y me dijo que no podía cambiar nada.

 

—Pero al menos—observé,—¿qué es lo que im-pide que me den una cama?

 

—Podría usted ponerla cerca de la pared y lle-gar hasta la ventana para escaparse.

 

—¿Cómo puede usted pensar lo que me dice? Cuatro hombres armados velan cerca de mí; si yo pusiera mi lecho cerca de la pared no llegaría á la ventana sin que alguno de los cuatro me hubie se visto. Aun admitiendo que me evadiese de mi celda, me encontraría en el quinto piso de un edi-ficio al pie del cual pasea un centinela. Toda ten-tativa de evasión es absolutamente imposible.

 

—¿Qué se sabe? Se ha escapado usted ya mu-chas veces.

 

—Dos solamente—dije yo á modo de correc-ción.

 

—¡Es suficiente! En cuanto a mí, no puedo hacer nada.

Diciendo esto se alejó.

Formé la resolución inquebrantable de no so-meterme de ninguna manera á semejante trato y oponer una resistencia pasiva. El gendarme,me llevó mi ración en un plato de madera, que dejó en el suelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 99.

 

 

100     LEÓN DEUTSCH

 

•—Puede usted llevárselo—le dije,—que yo na quiero comer nada.

Se retiró sin responderme.

La misma escena se renovaba cada día en el momento de la comida. Las horas eran intermi-nables. No podía respirar una bocanada de aire puro; no podía leer, porque «o me habían dado libros; no podía dormir atormentado por los rato-nes. A pesar de no haber tomado ningún alimento no sentía hambre, pero bebía agua á cada mo-mento. Sufría de una manera terrible. No experi-mentaba cólera contra los hombres: me indignaba sólo el odioso tratamiento á que me sometían.

 

—Tendría usted tiempo de envenenarme la vida cuando me hubieran condenado—le dije al direc-tor de la cárcel;—pero yo no soy más que un sim-ple detenido.

No me respondió nada.

 

En tres días no tomé el menor alimento y na-die parecía fijar la atención en mí. El cuarto día me condujeron á un gabinete especial. Iba sin lavarme, expresamente, los vestidos cubiertos de polvo y las barbas de briznas de paja. Así compa-recí delante del procurador de Odesa y del juez de instrucción. Me manifestaron que estaban en-cargados de unas indagatorias relativas á mi asunto y querían interrogarme. Les repuse que no estaba en estado de contestar, porque había resuelto morir de hambre á manera de protesta.

 

—¿De modo que usted se niega á tomar ali-mento? Sea; se le alimentará artificialmente.

 

Sabía Jo que esto significaba y contesté con tono decidido:

 

—Probadlo cuando queráis. Yo os advierto que si lo hacéis conozco otros medios de morir; yo no deseo ya nada más que llegar al fin.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 100.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     101

 

Naturalmente, yo no conocía nada de lo que

•dije, pero creía esto un medio bueno para  hacer

frente á la amenaza del procurador.

 

Este me miró con fijeza y volvió hacia el juez de instrucción los ojos de un modo significativo. Tenía aire de decir:

 

—¿Quién sabe? ¡Puede que sea verdad! Este diablo de hombre está dispuesto á todo y tiene más de una malicia en su saco...

 

Los dos guardaron un momento de silencio. Comprendí que mis palabras hicieron efecto yco-mencé á hacer resaltar ante aquellos señores el absurdo trato á que se me sometía.

 

—Vean ustedes—les dije — que todo esto no tiene pies ni cabeza. El gobierno negoció con Alemania mi extradición. Después, no satisfe-chos, y viendo que no hay medio de condenarme como quieren sin un gran escándalo en toda la prensa europea, tratan de conducirme al suicidio. Me niegan hasta un lecho y las más pequeñas comodidades con pretextos ridículos.

 

—Voy á verlo por mí mismo—declaró el procu-rador.

Y salió.

Cuando vino parecía bastante turbado.

 

—Sí, en realidad, se conducen de una manera indigna con usted—afirmó.—No es por culpa mía: tres altos funcionarios se han coligado en contra de usted: el comandante de la plaza, el coronel de gendarmería y el gobernador de la ciudad. Antes de su llegada vinieron ellos aquí á la prisión; de-signaron por sí mismos su celda y fijaron el régi-men á que debía usted ser sometido. Cada uno de ellos escogió un carcelero entre sus más adic-tos subordinados. Desgraciadamente, yo no puedo cambiar nada de las disposiciones tomadas por

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 101.

 

 

102     LEÓN DEUTSCH

 

esos señores, pero tengo intención de hablar con ellos. Entretanto, todo lo que yo puedo hacer es recomendar á usted de un modo particular al director de la cárcel, á fin de que atienda, en la medida que le sea posible, sus reclamaciones.

 

El director fue, en efecto, llamado, y el procu-rador le hizo en mi presencia algunas recomen-daciones especiales. Ajustamos así una especie de tregua.

 

Se me dio una cama, mis libros y una mesa para escribir de día; pero todo esto debía desapa-recer cuando se anunciase la visita de los altos funcionarios.

 

Para permitirme respirar un poco de aire fres-co, el director de la cárcel puso á mi disposición un patio especial donde no podría ser visto de los otros presos. Con estas condiciones consentí en renunciar á mi protesta por el hambre, y en la tarde del cuarto día acepté un poco de alimento.

 

Cuando empecé á comer, sentí tal necesidad, que hubiese devorado un buey entero; pero supe ser prudente y poner límite á mi apetito. Los dos días siguientes me sentí como después de una larga enfermedad. Los que me rodeaban parecían también tratarme como á un convaleciente; el director y el subjefe de la cárcel se informaron varias veces de mi salud; hasta el sombrío gen-darme se mostró lleno de benevolencia conmigo y se precipitó a la cantina para comprarme los alimentos.

Las mañanas siguientes bajé al patio en com-pañía de mis guardianes; era un pequeño espacio situado entre el edificio de la prisión y el muro de la cerca; los soldados estaban situados de distan-cia en distancia bayoneta al brazo. Yo recorría este pequeño lugar en todos sentidos, y el gendar-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 102.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     103

 

me y el policía hacían lo mismo. El tiempo era delicioso; uno de esos dulces y radiantes otoños del Sur.

 

Como mis guardias preferían el aire libre á los sombríos corredores, nuestros paseos duraban cada día mas tiempo.

 

Yo deseaba entrar en relaciones más'íntimas con el gendarme, al que se le habían dado las ór-denes más severas. Entretanto que nosotros pa-seábamos y el policía se echaba á descansar, em-pecé a hacerle algunas preguntas insignificantes.

 

El hombre no tenía un corazón de piedra, aun-que era de los más devotos, los más celosos y los más incorruptibles en su servicio; tenía también sus pequeñas debilidades; no era feliz, ganaba poco para su familia, demasiado numerosa.

 

Como le habían recomendado no perderme de vista un solo instante, no podía ver á los suyos, lo que, naturalmente, le era muy penoso. Bien pronto supo arreglárselas con el director de tal modo, que le permitió ir de tiempo en tiempo á pasar un rato en su casa, sin que se enterasen los jefes. Estas visitas secretas del gendarme á su mujer y sus hijos establecieron entre nosotros un lazo misterioso que contribuía á acercarnos. El no tardó en contarme sus penas, lo exiguo de su suel-do, que no le permitía el menor bienestar, dado el número de sus hijos, y como yo lo escuchaba con atención é interés, me habló de sus servicios, refiriéndome cómo había contribuido á combatir á los socialistas.

 

—Mis jefes—me dijo—me recomendaron una vez vigilar escrupulosamente á uno de vuestros especialistas(el buen Pandore llamaba así á los socialistas). ¡Ah! ¡Era una temible mosca aquella, que amenazaba metérsenos en la nariz! Se llama-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 103.

 

 

104     LEÓN DEUTSCH

 

ba Wera Figner. Era una mujer hermosísima y muy bien educada, que frecuentaba el trato de muchas familias de oficiales. Yo había vestido, por las circunstancias, un traje civil y me puse a se-guirla á todas partes. Siempre que salía iba sobre sus pasos. Si tomaba un coche, yo subía en otro; si entraba en una casa, tomaba en seguida la dirección y preguntaba al conserje. Durante tres días no la perdí de vista, pero de pronto la dama se eclipsó. ¡Ah! No puede usted figurarse mi des-esperación hasta que pude averiguar que había partido para Charkow y que al fin se decidieron á arrestarla.

 

Este feroz y celoso gendarme, que había vigi-lado de tal modo á la especialista, acabó por con-fiar en mí, sobre todo desde que empecé á hacerle algunos regalos de pequeños objetos de mi po-sesión. Supe por él ciertos detalles de la manera cómo me vigilaban; entre otras cosas, me reveló que el gobernador, el comandante de la plaza y el coronel de gendarmes habían querido verme sin que yo lo supiese. Me examinaron largamente al través de la puerta de mi celda, y los guardianes recibieron orden rigurosa de no decirme nada de esto.

 

Las veladas se hacían cada vez más largas, y yo no sabía en qué pasar mi tiempo, porque ca-recía de luz durante muchas horas. Recorría la celda hasta fatigarme; pero el tiempo no se hacía por eso más corto. Algunas veces me sentaba cerca de la puerta para prestar oído á la conver-sación de mis guardianes. Los policías tenían siempre muchas cosas que contar. Como se había escogido á los más fieles para vigilarme, su turno no se renovaba, y ya nos conocíamos todos bien. Gracias a ellos el gendarme y yo nos enterábamos

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 104.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     105

 

de las novedades del día y de los sucesos de la villa. Algunas veces me llevaban un periódico que yo leía á este extraño club. Pasaba la mano por la ventanilla de manera que la luz de la linterna cayese de lleno sobre el periódico, aproximaba mi cabeza á la abertura y me ponía á leer. Cerca de mí estaban los dos soldados apoyados en sus fu-siles y muy atentos, un poco más lejos el gendar-me y el policía de servicio sentados sobre el lecho, que les servía de banco.

 

Cuando los periódicos nos faltaban, los poli-zontes referían historias, en las cuales las hadas, los lobos y el diablo desempeñaban gran papel; me parece que los miembros de nuestro club las escuchaban con más gusto que la lectura de los periódicos.

 

De este modo supe poco á poco lo que pasaba en el mundo, aunque los tres altos funcionarios habían recomendado «que no dejaran penetrar en mi celda ni á una mosca», según la expresión del director de la cárcel.

 

Se me comunicaron también gran número de noticias que no insertaban los periódicos rusos, y sobre todo las que tenían relación con el movi-miento revolucionario.

 

Un hombre que desempeñaba un cargo impor-tante, y que se mostraba bien dispuesto en favor de nuestro partido, me ayudó mucho en esta época.

 

Como no sé si este hombre vive aún, y le guar-do un gran reconocimiento, no puedo, á pesar mío, revelar su nombre. Los servicios prestados al movimiento revolucionario de Rusia no pueden contarse hasta que sus autores han muerto ó se hallan en el extranjero.

Todo lo que puedo decir es que, gracias á él,

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 105.

 

 

106     LEÓN DEUTSCH

 

pude enviarles cartas á mis camaradas y estuve al corriente de cuanto me interesaba.

 

Entre otras cosas, supe que los conocidos re-volucionarios rusos Peter Lawroff, Lopatin y Ti-ehomiroff, habían formado consejo á Degajeff, y que á pesar de los señalados servicios que prestó al partido, sobre todo con la eficaz ayuda dada á Sudeikin, se le había prohibido toda participación en el movimiento revolucionario y todo trato con los otros miembros del partido.

 

Supe de la misma manera que una joven de veinte años, María Kaljuschna, había querido matar al coronel de gendarmería Katanski en su propia casa, pero que había errado el golpe. Veinte días antes de la vista de mi causa, ella compareció ante un consejo de guerra, y como no era aún mayor de edad, se la había condenado sólo á veinte años de trabajos forzados en Siberia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 106.

 

 

CAPÍTULO X

 

 

Un oficial que las echa de valiente.—MI servicio militar.

 

El proceso.—Nuevo interrogatorio

 

 

Uno de los primeros días de mi prisión en Odesa tuve un pequeño disgusto; me paseaba en mi celda cuando escuché un gran ruido de voces

 

á la puerta: me aproximé y miré al través de las rendijas. Era el oficial de guardia que reprendía fuertemente al centinela.

Iba a retirarme cuando oí estas palabras: —¿Escuchas tú desde ahí, perillán?

 

No pude ver h quién señalaba, pero compren-dí que se dirigía á mí.

 

Semejante interjección me causó asombro, por-que los oficiales, en aquella época al menos, se mostraban respetuosos con los prisioneros polí-ticos. Me alejé de la puerta sin responder una pa-labra, pero resuelto á dar al insolente una peque-ña lección.

 

Cuando a la noche el subjefe de la cárcel vino

á mi celda para pasar lista en unión del oficial, yo parecí no fijarme en la presencia de éste, y diri-giéndome al funcionario le pregunté si estaba prohibido mirar al través de la rejilla.

 

— ¡Cómo!—repuso sorprendido de mi pregunta; —eso no se puede impedir.

 

—¿Y un oficial tiene derecho de insultar grose-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 107.

 

 

108     LEÓN DBUTSCII

 

ramente á un prisionero que está cerca de su puerta?

— ¡De ninguna manera!

Yo conté entonces al funcionario lo que había sucedido y le pedí que dieran por escrito las se-ñas concernientes al nombre y regimiento de ese oficial, para saber á quién había de formular así queja contra él.

 

El hombre me pareció muy asustado, se humi-lló á darme explicaciones y tuve piedad. Me había tomado por un criminal peligroso, y creyó dar prueba de valor insultando á un prisionero que estaba separado de él por una puerta cerrada con llave y cerrojos.

 

El susto que le causé me pareció pena sufi-ciente, y desechó la queja, que ya había redactado.

 

Durante este tiempo la instrucción seguía su curso. Hacia mediados de Septiembre, el juez me leyó un documento, resultado de tan largo traba-jo; en virtud de tal y tal artículo del Código, se decretaba enviarme delante del procurador del tribunal militar.

 

Elevé en el momento mi protesta, recordando los términos de mi extradición: ellos especificaban que no podía ser enviado más que delante de un tribunal ordinario, no de un tribunal de excep-ción, y sobre todo de jurisdicción militar.

 

—Como usted estaba en el servicio en la época en que fue cometido el crimen por que se le persi-gue, debe ser necesariamente juzgado por un tri-bunal militar—me declaró el juez de instrucción.

 

Para que el lector comprenda lo que se llama-ba «mi servicio militar», debo contar en dos pala-bras un hecho de mi juventud.

 

Conforme al espíritu de la época, vestía una blusa de aldeano é iba á llevar al pueblo la buena

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 108.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     109

 

palabra; pero durante el otoño de 1878, volví á mi casa desencantado de mi trabajo de propaganda. Como todos los jóvenes, sentía una irresistible ne-cesidad de movimiento, me parecía estar destina-do á grandes empresas, sin poder precisar cuáles.

 

Al volver de mi campaña de propaganda no encontré á ninguno de mis camaradas en Kiew: los unos habían sido presos, los otros dispersos

 

á los cuatro vientos. Era precisamente en esta época cuando estallaba la insurrección de Bosnia y Herzegovina.

Un gran número de jóvenes, entre los que se contaban muchos socialistas, engrosaban las filas de voluntarios. Sentí en mí una vocación á la guerra. La lucha por la libertad de la península balkánica me sedujo, y pensé en correr á la gue-rra para librar los pueblos oprimidos bajo el yugo de Turquía. Pero era ya demasiado tarde: el pe-ríodo del entusiasmo había pasado; los volunta-rios escribían cartas llenas de desaliento desde el teatro de la lucha. Los jóvenes, no habituados al combate de guerrillas, no podían prestar una eficaz ayuda, y hasta resultaban un estorbo para los verdaderos combatientes; así es que mis ami-gos me disuadieron del intento de seguir su ejemplo.

 

Abandoné mi proyecto, pero como me sentía con ánimo belicoso y no encontraba en qué em-plear mi tiempo, pensé cumplir mi servicio mili-tar en calidad de voluntario, pues aun me faltaba un año para ser llamado al ejército. Tenia espe-ranza de hacer propaganda entre los soldados y pensaba que la amistad con ellos podía servirme en alguna ocasión.

 

Según los reglamentos vigentes, fui inscrito como voluntario de la segunda categoría, y á fin

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 109.

 

 

110     LEÓN DBÜTSCH

 

del mes de Octubre de 1873 me incorporaron al 130 regimiento de infantería en Kiew, pero dos meses después dejé el servicio.

 

Estaba en esta época en la prisión de Kiew uno de mis amigos, el estudiante Semen Lurge, complicado en «el proceso de los 193». El ayudan-te de gendarmes, barón Hegking, entonces todo-poderoso en Kiew, había tomado gruesas sumas de los padres de Lurge, y sin duda por esta cir-cunstancia, el prisionero pudo lograr fácilmente la' fuga. Aunque poco, yo ayudé á la evasión, y un día, durante mi ausencia, los gendarmes registra-ron mi domicilio. Mi arresto parecía inminente. En calidad de soldado, debía juzgarme un tribu-nal militar, y en esta época de crueles sentencias mi suerte se hubiera decidido bien pronto.

 

Resolví ocultarme hasta que viese claro en las intenciones de la gendarmería. Dos días después, el barón Hegking, que era el principal responsa-ble de la evasión de Lurje, porque había tenido para él atenciones especiales, se vio precisado á echar tierra al asunto. Entonces me pareció que la cosa más sencilla era volver al cuerpo, donde se me perseguía por abandono inmotivado del servicio durante cuatro días, lo que daría lugar sólo a una simple pena disciplinaria. Pero las cosas se habían combinado de otro modo.

 

El comandante de la 33.a división, á la que per-tenecía mi regimiento, era entonces Wannowski, que fue más tarde ministro de la Guerra y de Ins-trucción pública. No podía ver á los voluntarios, y yo, que no era amante de la subordinación y la disciplina, figuraba entre sus notas. La desgracia quiso que durante mi ausencia el general se hi-ciera presentar los voluntarios de nuestro bata-llón; mi fuga le había sido comunicada. Guando

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 110.

 

 

DIEZ  Y SEIS  AÑOS EN  SIBERIA  111

 

me presenté, me condujeron delante de él y me envió preso al puesto, mientras se reunía el tribu-nal. No me acusaban sólo de deserción, sino de insultos á un oficial durante el servicio, porque le había prohibido tutearme y que me hablase con grosería. Las cosas se arreglaban de modo que no tenía más esperanza que la fuga, y conseguí evadirme, gracias á la ayuda de dos camaradas que me llevaron mis vestidos de paisano al cuarto de baño. Pasé sin ser reconocido por delante del centinela que había en la puerta de la sala.

 

Desde esta época hasta el otoño de 1877, estu-ve en libertad, pero fugitivo.

 

Formulé dos protestas contra la decisión del juez de enviarme al tribunal militar: la una diri-gida al presidente de la Audiencia de Odesa, la otra al ministro de Justicia, Nabokoff.

 

Invoqué el testimonio del procurador de la Audiencia de Petersburgo, Bogdanowitch, para afirmar que el gobierno bávaro me entregó con la condición de que sería juzgado por un tribunal ordinario, es decir, un tribunal civil, y no por la jurisdicción militar. Si se me perseguía por deser-tor é insultos á un jefe, se violaba mi tratado de extradición, pues, según él, no se me podía casti-gar más que por el atentado contra Gorinowitch.

 

Como era de esperar, mi reclamación no fue admitida, y poco tiempo después comparecí ante el tribunal. Por el acta de acusación, ya sabía á qué atenerme respecto á los debates. Se me per-seguía por el atentado contra Gorinowitch, pero respecto á los motivos que le habían provocado, ni una palabra. Naturalmente, el procurador no había olvidado invocar contra mí los más,riguro-sos artículos del Código. El mayor castigo consis-tía en la pena de trabajos forzados á perpetuidad,

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 111.

 

 

112     LEÓN DEÜTSCH

 

por parricidio ú otro crimen semejante, y este artículo fue invocado contra mí. Se puede rebajar la pena un grado y dejarla en veinte años de tra-bajos forzados cuando la víctima no ha muerto á pesar de la intención del criminal, y aun puede ser menor cuando el culpable no ha cumplido la mayor edad.

 

Conforme á estas prescripciones, el procura-dor pedía para mí trece años y cuatro meses de trabajos forzados, es decir, el máximum posible, sin tener para nada en cuenta los términos del tratado de extradición, ni el manifiesto dado con motivo de la coronación de Alejandro III, que autorizaba á los jueces para perdonar todos los crímenes cometidos antes de esa época. En mi asunto no había esperanza de que usaran esta autorización; todo era una simple formalidad; el resultado estaba conocido de antemano, y por lo tanto rehusé el defensor que me habían propues-to, un vago candidato á alguna función cerca de los tribunales militares, y me resigné á sufrirlo todo lo mejor que pudiera.

 

El día de la vista llegó al fin. Un enorme fur-gón con las ventanas enrejadas entró en el patio de la cárcel. Tomé asiento en él al lado de un inspector de policía, y así que la puerta fue bien cerrada, vi que el gendarme encargado de mi cus-todia durante todo el tiempo de la prisión mon-taba cerca del cochero; una compañía entera de infantería rodeó el coche y dos cosacos á caballo completaron la escolta. Antes de esta procesión iban un jefe de policía y un comisario. Al ver este aparato guerrero se hubiera creído que se tra-taba de llevar lejos una docena de jefes de ban-didos.

Como atravesamos así las calles de Odesa, el

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 112.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     113

 

extraño desfile llamaba la atención del público; veía por todas partes correr la gente á las ven-tanas. Mientras tanto, conversaba en tono amis-toso con el inspector: había sido agente de poli' cía en Kiew veinte años antes y conocía á mi familia.

 

—¡Quién hubiera pensado—me decía—que yo había de conducir un día de este modo ante el tribunal al pequeñuelo Deutsch, que jugaba con-migo cuando niño.

 

Y evocando recuerdos de esta época, me ha-blaba de mi padre y de mi casa.

 

Mi pensamiento volaba lejos de allí, el cuadro de mi infancia se aparecía á mis ojos...

 

La sala de audiencia estaba llena de nume-roso público: oficiales con sus esposas, funciona-rios judiciales y representantes de la burocracia. La prueba de testigos no despertó el menor inte-rés; la mayoría de ellos no comparecieron; unos estaban muertos, otros no habían asistido; los que se presentaron no dieron más que vagas respues-tas de cosas olvidadas hacía ocho años, y algunos se negaron á decir una palabra.

 

El testigo principal, Gorinowitch, no acudió á la cita y se leyó su declaración. Por mi parte había renunciado á citar testigos de descargo, porque quería prolongar lo menos posible los debates.

 

Sin embargo, estaba sobreexcitado por la acti-tud del público, conociendo la hostilidad que me rodeaba. Busqué en vano entre todos un rostro amigo; sólo conocía al procurador. Después de la audición de testigos, el magistrado tomó la pala-bra: su discurso no fue más que una vaga pará-frasis del acta de acusación. Sin embargo, es cu-rioso saber los hechos que invocaron contra mi.

 

TOMO I        8

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 113.

 

 

114     LEÓN DBUTSCH

 

Como no podía ser cuestión de odio personal ni de enemistad con Gorinowitch, dijo que había obedecido á un móvil de venganza; pero, natural-mente, se guardó bien de precisarlas causas, por-que no podía pronunciar la palabra «venganza política». La orden que le habían dado de quitar al proceso todo carácter político le obligaba á di-vagar en consideraciones sin fin.

 

No tenía la menor intención de defenderme ni buscar el medio de suavizar la suerte que me esperaba; había ya confesado mi intención de ma-tar á Gorinowitch, pero quería presentar el asunto en su verdadero aspecto y hacer conocer por qué mi compañero y yo le habíamos sentenciado.

 

Apenas comencé á decir que un club se había fundado en Elisawetgrad, el general Grodekoff, que presidía los debates, me hizo notar que me ciñera á la letra del proceso, sin hacer ninguna digresión ni entrar en consideraciones políticas.

 

En estas condiciones era imposible dar al pro-ceso su carácter exacto, puesto que se me prohi-bía presentar los hechos en su aspecto verdadero. Yo decía por ejemplo:

 

—Cuando Gorinowitch estaba en la prisión de Kiew...

 

El presidente saltaba sobre su silla y me invi-taba á pasar á otro asunto. No sabía cómo hacer para hablar de las cosas más sencillas; tenía que abstenerme de pronunciar todo nombre propio de individuo ó de ciudad donde se viera alusión á hechos políticos; á cada momento me interrumpía el presidente con la amenaza de retirarme la pa-labra y expulsarme de la sala. No tardé, pues, en terminar la defensa, en el curso de la cual me habían prohibido hasta hacer alusión á los hechos que provocaron los debates.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 114.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     115

 

Esto no impidió que el procurador llevase la comedia más lejos: respondió á la defensa y refu-tó varios puntos. Repliqué algunas palabras y renuncié á continuar.

 

La deliberación del tribunal no duró largo tiempo; la sentencia, conforme á lo pedido por el procurador, me condenaba á trece años y cuatro meses de trabajos forzados.

 

Cuando emprendí de nuevo, con el mismo aparato, el camino de la prisión, me sentí alivia-do, como si me hubieran quitado de los hombros un fardo pesado, aunque el resultado del proceso era el mismo que yo esperaba.

 

Al fin todo estaba bien trazado, bien claro, bien definido; la incertidumbre es para el prisio-nero el peor de los suplicios. No me quedaba ahora más que esperar la decisión que se tomara respecto á mi destino.

 

Como me habían juzgado en calidad de crimi-nal ordinario, se me podía enviar á Kara, en Si-beria, donde tenía amigos y conocidos antiguos, y donde el régimen de la prisión es muy soporta-ble, comparado con los otros lugares de deporta-ción. Se me podía también llevar á la isla de Sa-khalin, cuya situación, como se sabe en toda Rusia, es espantosa; pero lo que más me asustaba de todo era que el gobierno podía sepultarme vivo en la fortaleza de Schlüsselburg. Justamente en esta época se había acabado la reconstrucción de una cárcel, y se decía que el régimen era mor-tal y que allí se enviaban los reos de Estado más peligrosos.

 

Una semana después de la vista, el presiden-te del tribunal militar vino á comunicarme la sentencia en debida forma. Me condujeron á la conserjería, donde el general Grodekoff se había

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 115.

 

 

116     LEÓN DEUTSCH

 

sentado delante de una larga mesa, de manera que estuviese bastante lejos de mí.

 

El hombre parecía temer algún mal golpe. Este exceso de precaución de parte de un militar pa-recía disgustar hasta á mis mismos guardianes.

 

— Mirad, se diría que tiene miedo—dijo detrás de mí uno de ellos.

 

Este incidente me hizo reir; jamás he visto un funcionario civil tomar tan grandes precauciones, aunque se encontrase delante de uno de los cri-minales más peligrosos.

 

* * *

 

Cuando toda instrucción judicial cesó á mi lado, tuve aún que sufrir interrogatorios en cali-dad de testigo. Un capitán de gendarmería se presentó acompañado de un procurador, que me hizo las preguntas siguientes:

 

— En Friburgo se ha encontrado entre sus papeles una carta con una dirección; á esta direc-ción ha debido usted enviar libros. ¿Puede decir-nos qué libros eran esos y quién es el destina-tario?

 

Respondí que no tenía nada que decir respec-to á lo que se me preguntaba.

 

—Fíjese usted bien—insistió el funcionario;—á causa de este descubrimiento han sido arrestadas en Wilna un gran número de personas. Si usted nos confía el verdadero nombre del que ha escri-to la carta, todos serían bien pronto puestos en libertad.

 

Conocí el engaño y repliqué con tono tran-quilo:

 

—Puede ser que entre ustedes se estime á las

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 116.

 

 

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gentes que hacen traición á sus camaradas; pero permítame que no sea de su mismo parecer.

 

El joven pareció bastante turbado y no conti-nuó el interrogatorio.

 

Las autoridades de Friburgo eran culpables ele haber enviado mis papeles al gobierno ruso y haber así denunciado á la policía secreta personas absolutamente inocentes, por un exceso de celo; pero tenía yo también una parte de responsabili-dad por haber olvidado romper las direcciones que había entre mis papeles.

 

Otra vez un juez de instrucción vino á mostrar-me una carta del ministerio de Justicia, en la cual le encargaban requerir mi testimonio á pro-pósito de ciertos acontecimientos que habían pre-cedido á la muerte del general Mezenzeff. Se decía en esta carta que yo había hecho confidencias á un cierto Goldenberg en el curso de un paseo por el mercado de caballos de Charkow, y que según éstas, era S. Krawtschinski el que había asesi-nado al jefe de la gendarmería.

 

Recordaba, en efecto, haber paseado con Gol-denberg por esta plaza; me había él mismo con-tado cómo mató al gobernador de Charkow, prín-cipe Kropotkin; pero yo no recordaba si le hablé algo del papel representado por Krawtschinski en el atentado contra Mezenzeff. Me asaltó la idea de que hubieran arrestado á mi amigo en el ex-tranjero, del mismo modo que á mí, y que el gobierno ruso quisiera obtener su extradición. La declaración de Goldenberg no era cargo sufi-ciente, porque no hacía más que repetir, en todo caso, palabras de otro; se quería que yo fuese un testigo. Resolví no decir nada, y así todo quedaba sin valor.

Manifesté al juez que había hablado de este

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 117.

 

 

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suceso, pero sólo repitiendo rumores que corrían tanto sobre Krawtschinski como sobre mí, pues tan pronto se nos acusaba al uno como al otro. Por fortuna, mis temores eran infundados y mi amigo está en Londres libre de todo peligro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 118.

 

 

 

CAPÍTULO XI

 

 

La visita del ministro.—El traje de condenado.

 

La prisión de Kiew

 

 

Algún tiempo después de mi condena, una actividad desacostumbrada reinó en la prisión de Odesa. Se esperaba al ministro de Justicia, que debía venir á inspeccionar el establecimiento. To-dos mis efectos me fueron retirados, excepto la paja y la cubeta.

 

Un día el ministro hizo su aparición acompa-ñado de numerosa escolta, entre la que se encon-traba el gobernador de la ciudad. Desde que me divisó Nabokoff me llamó por mi nombre y me saludó. Este incidente imprevisto pareció produ-cir impresión profunda en el espíritu del bravo gobernador.

 

—¿Vuestra excelencia sabe quién es Deutsch? —¡Oh! Si, nos hemos encontrado ya en Peters-burgo — respondió Nabokoff  con el tono de un hombre que evoca un agradable recuerdo;—no

 

fue en una prisión entonces, sino en un salón. Se volvió hacia mí y me dijo que había reci-

 

bido mi queja y la comunicó en seguida á Su Majestad, pero el zar dijo que perteneciendo al ejército en el momento de mi crimen, debía ser juzgado por un tribunal militar, y el ministro tuvo que conformarse con esta decisión.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 119.

 

 

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El modo como me trataban en la prisión pare-ció disgustarle: inspeccionó minuciosamente mi celda y me hizo varias preguntas: si estaba con-tento del reglamento, si tenía quejas que formular, y supe por él que en la primera ocasión iba á ser transportado á Moscou, donde pasaría el in-vierno, esperando ser enviado á Siberia.

 

Las palabras que el ministro me había diri-gido confiaron completamente á la administración de la cárcel. Apenas se alejó su excelencia, el director se precipitó hacia mí y me hizo dar otra celda mucho más cómoda, donde había un buen lecho, una mesa y una silla.

 

¡Ahí es nada! ¡El ministro en persona le había dado nuevas de Deutsch á Su Majestad! No se necesitaba más para impresionar estas almas de funcionarios. A sus ojos me había convertido en un personaje importante. Es así como una vez condenado se me concedieron mil pequeños obje-tos que en vano había reclamado hasta entonces siendo un simple detenido. ¡Y todo porque se había hablado de mí á Su Majestad!

 

Se llevó la amabilidad hasta darme numerosos libros de un gabinete de lectura. Claro que esto no provenía de la iniciativa privada del direc-tor de la cárcel, sino de órdenes dadas por los tres altos funcionarios, que se mostraban tan ca-riñosos para mí como arrogantes fueron otras veces. Este ejemplo hace conocer los procedimien-tos empleados con los prisioneros.

 

Pero yo no debía gozar largo tiempo estos favores. Dos semanas después se me comunicó que aquella misma tarde formaría parte de un convoy de condenados que iba á Moscou. Se pro-cedió en seguida al cambio de traje que debía transformarme en condenado. Hoy todavía, des-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 120.

 

 

DIEZ  Y SEIS  AÑOS EN  SIBERIA' 121

 

pues de veinte años, enrojezco y tiemblo al recor-darlo.

 

W3Fui conducido á una estancia donde se encon-traban reunidos todos los objetos necesarios al equipo de un condenado. Sobre el suelo se veían las cadenas, y sobre un banco los vestidos, las botas y la lencería. Se escogió una cadena que iba bien á mi estatura y se me hizo pasar á otra pie-za; allí me afeitaron los cabellos sobre el lado de-recho solamente, mientras que el izquierdo era sólo cortado. Había visto en las prisiones indivi-duos arreglados de esta suerte y había recibido mala impresión; pero ahora, al verme yo al espejo, un frío glacial me pasó por la médula. Tuve la im-presión de que estaba separado de la sociedad y desprovisto de mi dignidad de hombre. Me acordé de la bárbara costumbre que existía todavía en Ru-sia, hasta hace pocos años, de marcar al criminal con hierro rojo.

 

En esta misma pieza se encontraba un conde-nado que debía ponerme las cadenas. Me hicie-ron sentar sobre un taburete y colocar los pies so-bre un yunque. El herrero pasó los anillos de hierro alrededor de mis tobillos y los unió con las cadenas; cada golpe de martillo resonaba en mi corazón. Una nueva existencia empezaba para mí. Ya no era un hombre, era un condenado.

A este sentimiento de depresión se      añadía la

fatiga física. Al principio las cadenas  me causa-

ban un tormento insoportable cuando  andaba y

me impedían dormir; es necesario también cierto

hábito para poderse vestir y desnudar  cuando se

está amarrado. Estos hierros, que no pesan me-nos de doce libras, no sólo hacen la marcha difícil? sino que causan un gran dolor, porque arrancáis la piel de los tobillos, y el cuero de que los ill$i^S

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 121.

 

 

122     LEÓN DBUTSCH

 

están revestidos interiormente no nos preserva. Hay también otro odioso martirio, el ruido de los hierros á cada momento. Esto excita los nervios, recuerda al prisionero que es un paria para los hombres, que está, en una palabra, fuera de la ley.

 

La metamorfosis del condenado se completa con el traje que se le hace vestir: consiste en una blusa gris de una tela especial y un pantalón. Los condenados á trabajos forzados llevan sobre la blusa una especie de delantal de paño amarillo. Los pies se calzan con zapatos llamados «zapati-llas rusas» y pantuflas de cuero. Todo esto es in-cómodo, rudo y desproporcionado á la talla de los prisioneros. Guando me vi en el espejo, apenas pude reconocerme.

 

— Durante años y años debo llevar este odioso vestido—pensé.

Hasta los gendarmes me miraron con piedad. —¡Sea usted un hombre de valor!—me dijeron. —Se acostumbra uno á todo; también me habi-

tuaré á esto—respondí.

Distribuí entre mis guardianes trajes y lence-ría que ya no servían para mí; el reloj y el estuche de cigarros lo envié por el correo á mis parientes; no guardé más que los libros. Me habían dado un saco para meter la muda de ropa y pude colocar entre ella algunos volúmenes de Shakespeare, de Goethe, de Heine, de Moliere y de Rousseau. Esto hecho, estuve dispuesto á partir.

 

La tarde vino. El oficial que debía dirigir el convoy apareció en la prisión con sus hombres y tomó posesión del destacamento. Se nos condujo

 

á la oficina; cada condenado tenía una ficha sobre la cual estaba escrito su nombre, su número, sus señas y la lista de objetos que llevaba. Una foto-grafía iba adjunta á la ficha de los condenados

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 122.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     123

 

políticos. El oficial examinó las fichas una des-pués de otra y nos hizo formar en el patio. Los soldados nos rodearon. El oficial se quitó su go-rro de policía é hizo la señal de la cruz.

 

—¡Buen viaje! ¡Seguir bien!—gritó el personal de la casa.

 

—¡Gracias!—respondió el oficial, y dio la señal de partida.

 

Nos dirigimos á paso lento hacia la estación á través de las calles de la ciudad. Desde mi extra-dición había sido tratado tan pronto como reo de derecho común, tan pronto como político; desde que fui incorporado al convoy, se me trató como político siempre.

 

Así es que durante el trayecto en camino de hierro no se me dejó entre los condenados ordi-narios, sino en un compartimento reservado.

Yo iba en un vagón espacioso y me pude ins-talar cómodamente, en tanto que los de derecho común estaban prensados unos contra otros como sardinas. Pero el trayecto fue más monótono para mí, porque los soldados, en presencia del oficial, no osaban decir una palabra. Al cabo de veinti-cuatro horas llegarnos á Kiew, donde se había de-cidido que descansáramos un día. Bajamos del tren y fuimos otra vez colocados en fila entre sol-dados. Después de un largo camino al través de las calles, llegamos á la prisión.

 

Sentí una extraña impresión, después de lar-gos años de vagar por Rusia y el extranjero, al atravesar las calles de mi ciudad natal. No había vuelto á ella desde la época en que me evadí de la prisión en 1878, hacía seis años ya: ahora volvía con cadenas en los pies y el uniforme de la igno-minia sobre el pecho. No era un ciudadano libre, era un presidiario.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 123.

 

 

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—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Siga usted!—oí gritar detrás de mí, y me sentí golpear en la espalda con la culata de un fusil.

— ¡Todo ha acabado para mí!—pensé.

 

Y me representaba todas las humillaciones y todos los ultrajes de que tendría que ser víctima en el porvenir.

 

El oficial había notado el incidente y repren-dió al soldado por su manera de tratarme.

 

Habíamos llegado. Los prisioneros fueron con-tados uno después de otro como los carneros y se nos hizo pasar la puerta. Se nos condujo inmedia-tamente al despacho. Todo había cambiado; no encontré mas que caras nuevas. El viejo y gordo capitán Kowalski no estaba ya allí; todo el resto del personal había sido destinado lejos.

 

— Usted se escapó de aquí, ¿no es cierto?—me preguntó un hombre de talla gigantesca, que lle-vaba uniforme de empleado de la cárcel. Era el nuevo director, llamado Simacko.

 

Le respondí que sí.

—¡Ah! ¡Ah! Había usted preparado bien la cosa —me dijo riendo.

 

Había sido muy sencillo: uno de mis compa-ñeros, Frolenko, se había provisto de papeles fal-sos y ocupó el puesto de vigilante. Una noche nos sacó de-la prisión á Stefanowitch, Bochanowski y

 

á mí vestidos de carceleros.

 

Después de todas las formalidades de costum-bre me condujo á una celda. Al atravesar los co-rredores noté transformaciones numerosas. La celda á que me llevaron era extraordinariamente larga y llena de camas de madera. Debía estar destinada para recibir por poco tiempo gran nú-mero de prisioneros, y á mí provisionalmente, para no tenerme con los demás del convoy.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 124.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     125

 

La prisión de Kiew tiene una historia intere-

sante, de episodios variados y al mismo tiempo

de los más tristes. Se encontrará difícilmente en Rusia un establecimiento del mismo género que se le pueda comparar, incluso la misma fortaleza de Pedro y Pablo.

 

Ella había sido teatro de un gran número de evasiones: nosotros tres, complicados en el proce-so de Schigirin; luego el estudiante Izbitzky y un inglés llamado Beverley. Estos habían recorrido ya un largo espacio cuando el centinela se apercibió

é hizo fuego sobre ellos; el inglés cayó mortal-mente herido y el estudiante fue aprisionado de nuevo.

Cuatro años después, en 1882, el estudiante Wazil Ivanoff, afiliado á la Narodnaja Volja, se evadió también con ayuda de un oficial que man daba la guardia. Poco antes de mi llegada, Wladi-miro Bytschkoff se había escapado de una manera misteriosa.

 

Todavía hoy la administración no ha descu-bierto el enigma y busca en vano qué procedi-miento empleó.

 

Los muros de los calabozos han sido testigos de varios dramas sombríos. Un gran número de revolucionarios han pasado allí sus últimos días antes de ser conducidos al patíbulo ó deportados a Siberia.

Exceptuada la fortaleza de Pedro y Pablo y la prisión1 de Odesa, yo no he encontrado nada seme-jante más que la ciudadela de Varsovia. Por otra parte, la prisión Kiew tiene fama por los con-flictos que han estallado entre los revolucionarios prisioneros y las autoridades. La tradición de estos acontecimientos está todavía viva. Todos los detenidos políticos se acuerdan del «tiempo vie-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 125.

 

 

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jo», es decir, los años particularmente  agitados

que transcurrieron de 1877 á 1879. La generación nueva los*conoce también y los llama «la edad heroica». Los funcionarios y los prisioneros de derecho común que desempeñan aquí ciertos ser-vicios los recuerdan igualmente. Las autorida-des no han podido jamás extinguir el espíritu de independencia que existe en estos muros, y apenas la puerta de mi celda se cerró tras de mí tuve una nueva prueba.

Escuché que alguien decía:

 

•—Los políticos le ruegan que escriba su nom-bre y les diga en qué proceso está usted compli-cado.

 

Me aproximé á la puerta y noté que estas pa-labras eran pronunciadas á través de la rejilla por un preso de delito común. Como le res-pondiera que no tenía con qué escribir, me hizo pasar un lápiz y un pedazo de papel. Conté mi historia en breves palabras y rogué á mis cama-radas que me dijeran á su vez sus nombres, el tiempo que estaban en la prisión y el asunto por que se les perseguía. El mismo hombre volvió bien pronto con una respuesta que terminaba con estas palabras:

«Tendrá usted pronto detalles de viva voz que le darán las señoras.»

En efecto, inmediatamente después escuché una voz de mujer que me pedía llegase hasta la ventana; no la podía abrir, y sin perder tiempo rompí dos cristales.

 

Allí se encontraban las mujeres de dos con-denados políticos. Paraskowia Schebalina y Wi-tolda Rechniewskaja daban un paseo en el patio de su departamento, y mi ventana se encontraba cerca del muro que separaba los dos patios. Pu-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 126.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEEIA     127

 

dimos entrar fácilmente en conversación y supe muchos detalles á propósito de los prisioneros políticos, que eran muy numerosos.

 

Poco tiempo antes se había denunciado un complot político, en el que estaban complicadas doce personas, entre ellas el marido de madame Schebolina, y ella misma había sido condenada á la deportación por el simple pretexto de haber encontrado en su casa caracteres tippgráñcos que sirvieron para componer un manifiesto secreto.

 

Nuestra conversación fue interrumpida por la llegada del subdirector de la cárcel.

 

—¡Cómo! ¿Ha roto usted ya la ventana? —Sí—respondí,—porque no era posible abrirla. —Será usted el primero en sufrir, porque se

helará esta noche.

 

En efecto, hacía un tiempo glacial de Noviem-bre. El funcionario se volvió hacia las dos mujeres y les ordenó alejarse, porque estaba prohibido detenerse debajo de la puerta; ellas le contestaron que era él quien debía irse y dejarlas tranquilas.

 

Madame Schebalina estaba particularmente irritada. Era una joven de temperamento sanguí-neo, desbordante de vida, que á la sola vista de un empleado de la prisión se ponía nerviosa y hacía temer un conflicto.

 

Witolda Rechniewskaja participaba igualmen-te de la cautividad de su marido. Formaban una pareja llena de salud y de juventud. Tadeo Rechniewski tenía veintiún años y había abando-nado los cursos de Derecho en la Universidad de Petersburgo. Fue arrestado en 1884. Se encon-traba en Kiew sometido á una indagatoria por su participación en El Proletariado, sociedad polí-tica polonesa, cuyos miembros fueron juzgados en 1885 en Varsovia.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 127.

 

 

128     'LEÓN DEÜTSCH

 

E n t re las personas que acabo de citar, sujetas 6 prisión preventiva se encontraban también un gran número de individuos condenados á destie-rro por «las vías administrativas» 6 causa de las algaradas de la Universidad de Kiew, en las cua-les se había arrestado á numerosos estudiantes.

 

Las impresiones nuevas ocuparon mi pensa-miento, impidiéndome dormir. Eché sobre mi le-cho de madera la piel de carnero que me habían dado y me cubrí con mi blusa. La noche era terri-blemente fría; el viento penetraba á través de los vidrios rotos. Apoyé la cabeza sobre mi saco, pero las obras dejos clásicos ingleses, alemanes y fran-ceses formaban una almohada que no tenía nada de blanda, y en largo tiempo no pude dormir. De pronto me despertó el ruido de una querella; me precipité á la puerta para preguntar al guardián qué pasaba. Después de haberse hecho llamar varias veces vino al fin, y me dijo que era una riña entre dos condenados de derecho común en la celda vecina. Uno de ellos había ocultado algu-nos rublos; él otro lo notó y quiso estrangularlo para robarle su dinero, pero había tenido tiempo de pedir auxilio.

 

—Estos bribones no se fían jamás los unos de los otros—me dijo el guardián con tono de los más calmosos y flemáticos.

Y volvió á su puesto, en donde no tardó en adormecerse.

 

La tentativa de asesinato no turbó la calma. El guardián tranquilizó á todo el mundo y se res-tableció el orden. Todos los días ocurría la mis-ma cosa.

 

Por la mañana, el director de la prisión me anunció que el jefe de gendarmería iba á venir á verme. Vi llegar al comandante Nowitzky. No lo

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 128.

 

 

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conocía, pero circulaban entre nosotros anécdo-tas encantadoras respecto á este sujeto. Vino acompañado de su subteniente, y me hizo las pre-guntas usuales.

 

—¿Tiene usted alguna reclamación que hacer? Después empezó á bromear conmigo y evocar recuerdos; tenia curiosidad de saber si me había encontrado en el extranjero  con Debogory Mo-kriewitch, el cual fue preso en Kiew en Í879 y condenado á trabajos forzados; pero en el camino de Siberia «había puesto pies en polvorosa», cam-biando su nombre con el de un reo de derecho

común.

 

Le respondí que lo había visto en Suiza, y continuó preguntándome:

—-Y ahora ¿qué hace allá abajo?

Se hubiera creído, oyéndole, que era alguno de sus parientes, pues hablaba de él con familia-ridad, llamándolo por su nombre de bautismo y por su nombre de familia.

 

Lo mismo que el coronel Ivanoff, de Peters-burgo, que había conocido todos mis viejos ami-gos, me hizo grandes elogios de ellos, lo que no impedía que los hubieran perseguido con encar-nizamiento.

 

¡Todos estos esbirros son, realmente, «buenos muchachos»!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TOMO I

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 129.

 

 

CAPÍTULO XII

 

 

Nuevos conocidos.—Los conspiradores de Romny.—Llegada

 

á Moscou.—Compañeros de miseria.—Un capitán de buen corazón.

 

 

A la mañana siguiente fuimos conducidos á la dirección, donde se tomaron disposiciones para continuar nuestro viaje. Una vez cumplidas las formalidades, el director me llamó aparte en una pieza vecina.

 

—Encontrará usted aquí—me dijo—camaradas con los cuales hará el viaje á Moscou.

 

En mi conversación con las dos señoras me habían dicho que dos deportados por la vía ad-ministrativa, Wladimir Maljevani y Ana Ptschelki-na, serían mis compañeros de viaje, y yo deseaba tratarlos. Conocía ya desde largo tiempo el nom-bre de Maljevani, antiguo secretario del Consejo municipal de Odesa, que había sido deportado á Siberia en 1879 y que se escapó al cabo de algún tiempo, pero había sido arrestado de nuevo y se le llevaba al destierro por otros cinco años.

 

Cuando volví al despacho encontré dos seño-ras jóvenes elegantemente vestidas, un señor con barba negra y un oficial de uniforme.

Una de las damas estaba apoyada en la puerta:

le presenté la mano para saludarla y se retiró con

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 130.

 

 

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viveza, mirándome fijamente entre sorprendida é indignada. Sin duda me creía un criminal peli-groso. Le dije mi nombre riendo, y entonces la joven me tomó la mano y la estrechó cordialmen-te, profiriendo mil excusas. Era una hermana de Ana Ptschelkina, que había venido á dar el último adiós á la pobre desterrada. El hombre de la barba negra era Maljevani, la otra dama, de as-pecto enfermizo y rostro expresivo, era Ana Ptschelkina, condenada á deportación en Siberia por tres años. En cuanto al oficial, era el capitán Walkoff, que mandaba nuestro convoy. En cali-dad de deportados hicimos pronto conocimiento y empezamos una animada conversación.

 

Gracias á mi rostro afeitado, á mi traje y mis cadenas, formaba un notable contraste con los otros, que parecían personas bien educadas y respetables. Noté en los ojos de las dos hermanas, y sobre todo en los de la más joven, una expresión de piedad por mi suerte. Veían por primera vez un socialista calificado de criminal, privado de todos sus derechos y condenado á un sombrío porvenir. La joven me preguntó si tenía algún encargo que confiarle y me presentó un lápiz y un papel. Tracé algunas palabras de agradeci-miento y escribí el título de algunos libros de ma-temáticas que desearía tener. Ella me prometió enviármelos, pero sea que lo haya olvidado ó que perdiera mi nota, los libros no llegaron nunca.

 

Maljevani y Ana montaron en un coche y se dirigieron á la estación. Yo preferí ir á pie. Atra-vesé de nuevo con el destacamento y las cadenas las calles de mi ciudad natal.

 

¿Cuándo y en qué circunstancias las vería de nuevo?

Nos colocaron á los tres en un compartimento

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 131.

 

 

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preparado para nosotros por los organizadores del convoy, y el oficial ocupó un coche reservado. Nos instalamos cómodamente y el tren empren-dió su camino.

 

Quise conocer por qué mis compañeros de miserias habían sido desterrados. En los hechos que me refirieron, y como pasaba con la mayo-ría de los condenados por las vías administrati-vas, busqué en vano una vaga apariencia de la que se designa con el nombre de delito.

 

En este caso, como en tantos otros, los culpa-bles habían sido arrestados por suponerles malos pensamientos desde el punto de vista político, ex-presión diaria, pero difícil de definir, por la cual se castiga á un gran número de personas. Un joven ó una mujer tienen relaciones con tal ó cual persona sospechosa, y se cree por esto que pueden ser mal pensados. Si se hace un registro domiciliario y la policía encuentra un libro pro-hibido ó de lectura dudosa, las consecuencias no tardan en hacerse sentir: la prisión y e1 destierro á Siberia.

 

Parece increíble que las gentes puedan estar presas largos años sin que ninguna instrucción judicial se lleve á efecto; es suficiente una orden de un oficial de gendarmería, ó lo que es más ex-traño aún, el simple aviso de uno de sus subordi-nados, aviso en la mayoría de los casos dictado por la ignorancia, para poder enviar, sin otra for-ma de proceso, á los desiertos de la Siberia. Aun-que se esté habituado en Rusia 6 estos extraños procedimientos, no se puede reprimir cierto asom-bro cada vez que se sabe un hecho de este género.

 

Cuando nos aproximamos á una estación im-portante, el comandante del convoy nos hizo saber que se unirían á nosotros algunos desterrados

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 132.

 

 

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políticos. En efecto, al detenerse el tren entraron en nuestro compartimento dos jovencitas de diez y ocho á veinte años y dos jóvenes.

 

Aunque los tres que veníamos de Kiew fuése-mos jóvenes, aun parecíamos viejos al lado de esos niños en la ñor de la juventud. Recibimos cordialmente á los recién llegados y les pregunta-mos, como es natural, los motivos de su triste suerte.

He aquí lo que nos dijeron:

En el gobierno de Poltava se encuentra la pe-queña villa de Romny, donde hay un colegio de señoritas. Dos ó tres de las escolares decidieron un día leer en común ciertos libros; eran libros de uso corriente, que no estaban prohibidos á nadie. Otras varias personas se unieron á ellas y se formó un pequeño círculo de lectores: excelen-te medio para pasar el tiempo en las largas vela-das de invierno, en aquel monótono rincón de provincia. ¡Ninguno del pequeño círculo trató de ocultar su existencia, porque nadie pensaba tu-viese nada de punible! ¡Pero el ojo de la ley esta-ba abierto!

 

El oficial de gendarmería de la localidad supo explotar el suceso. Desde hacía años, el hombre no encontraba medio de descubrir el menor com-plot ni ninguna sociedad secreta. Ahora las cir-cunstancias le favorecían; iba, al fin, á encontrar empleo á sus brillantes facultades; á hacer resal-tar su celo por el zar y por la patria; & atraer sobre él la atención de sus jefes; á obtener la cinta de cualquier orden más ó menos importante. Una noche se presentó de un modo imprevisto en la casa de las escolares y se apoderó de todo. Natu-ralmente, no encontró nada sospechoso, pero con el susto de su brusca aparición, las jóvenes dije-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 133.

 

 

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ron que se reunían para leer en común. ¡No nece-sitó más el valiente capitán para denunciar «la sociedad secreta de Romny»! Las jóvenes y sus-amigos fueron reducidos á prisión. La informa-ción enviada á Petersburgo decía «que estos suje-tos habían discutido en común cuestiones socia-les, y que por consecuencia, y después del aviso del oficial, los culpables debían ser deportados á Siberia».

 

Cuando las jóvenes me contaron la historia sencilla que constituía su crimen, me costaba trabajo creerla: aunque no me hiciese ilusiones acerca de las prácticas judiciales comunmente empleadas en Rusia, no quería admitir que no hubiese alguna otra cosa más. Necesité hacer conocimiento con los «conspiradores de Romny» y con otros muchos reos de Estado del mismo género para convencerme bien de la imaginación y fantasía de los gendarmes, la policía secreta y los funcionarios de segundad general, que veían en los hechos más insignificantes, las suposicio-nes y las apariencias más vagas, un pretexto para perseguir y enviar al destierro gentes inofen-sivas.

 

Después de una detención provisional, las jó-venes fueron expedidas á Siberia por tres años, pero como la navegación en los ríos siberianos no comienza hasta el mes de Mayo, debían pasar todo el invierno con nosotros en Moscou en una cárcel central para ser deportadas, lo que equiva-lía á seis ú ocho meses más de prisión.

 

—¿No recuerda usted los procedimientos de la Inquisición?—decíamos cada vez que la conver-sación recaía sobre la deportación por la vía administrativa.

El oficial del convoy escuchaba todo esto, y

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 134.

 

 

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algunas veces se entablaba vivísima  discusión.

Como es natural, él no podía participar de nues-tra manera de ver la situación política de Rusia. Una vez tuvo la buena fortuna de encontrar un partidario de la corona. Cuando llegamos á una estación importante, la de Toula á Orel, Ana Ptschelkina abrió la ventanilla, que estaba prote-gida por una reja, á fin de respirar un poco de aire. Sobre el andén había muchos hombres, de entre los cuales se destacó un joven como de veintitrés años, vestido con traje de gran ruso. Se aproximó á nuestro vagón y apostrofó á la joven en términos á la vez irónicos y groseros:

 

—¡Ahí ¡Ah! ¡Al fin estás presa! ¡Ya puedes re-funfuñar ahora!

 

Estallamos en una gran carcajada. Esto resu-mía la opinión general que se tenía de las condi-ciones políticas de Rusia tanto entre las masas populares como entre los altos dignatarios. Tenía razón el procurador Kotljarewski. «No se abate un árbol sin hacer caer las hojas.» Ante esta demos-tración grosera, nuestro oficial se encerró en un mutismo de contrariedad.

 

Cuando los rusos se encuentran reunidos, las más sombrías consideraciones acerca de la situa-ción de su país se mezclan siempre con alguna anécdota alegre.

 

Maljevani era desde este punto de vista insu-perable. Gomo la mayoría de los jóvenes rusos, tenía un inalterable verbo humorístico y era un cuentista delicado y notable, hasta el punto de que los soldados que estaban instalados en el ángulo de nuestro compartimento no podían re-tener la carcajada.

 

Nuestro viaje de Kiew á Moscou duró veinti-ocho horas; al fin echamos pie á tierra.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 135.

 

 

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Resolví ir de la estación á la cárcel á pie, y todos los demás siguieron mi ejemplo, excepto nuestras conspiradoras, que subieron al coche. Una, que se llamaba Zerbinoff, parecía extenuada, débil y enferma; la otra, Melnikoff, por el contra-rio, era muy robusta, pero velaba con ternura por su amiga y no la abandonaba nunca.

 

Era una bella mañana de invierno; un gran frío se dejaba sentir; las casas y las calles de Mos-cou estaban cubiertas con una capa de nieve. Nuestras cadenas sonaban con claridad en el aire en calma, y la nieve crujía bajo nuestros pies mientras nos dirigíamos á la prisión formados en larga fila.

 

Pasábamos delante de las iglesias y las capi-llas, que son numerosas en Moscou. La mayoría de los condenados se descubrían y hacían la señal de la cruz; nosotros, los políticos, recordábamos los tristes acontecimientos de que tal calle ó tal plaza había sido teatro, y no faltaban puntos de analogía con nuestra situación, porque si los so-beranos de Moscou habían hecho prender á sus enemigos los sospechosos, habían recibido el lati-gazo en público.

 

Bien pronto descubrimos en el horizonte á Butirki (nombre que da el pueblo á la prisión para deportados) . Es una construcción de piedra maciza y á distancia hace el efecto de un pozo gigantesco. Está rodeada de un muro sólido, flanqueado de torres en los cuatro ángulos. La construcción de enmedio se destina á los reos de derecho común que son deportados á Siberia.

 

Puede contener varios millares de personas. Las diversas categorías de los políticos se encie-rran en las torres. Los condenados á trabajos for-zados van á la torre de Pugatcheff, que debe su

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 136.

 

 

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nombre al famoso adversario de Catalina  II, el

cual, como se sabe, había jurado hacer saltar & Moscou y fue expuesto en una jaula de hierro hasta que la zarina lo envió al patíbulo. Los depor-tados por la vía administrativa se encerraban en

la torre del Norte y los      de prisión   preventiva en

la torre de la Capilla;por último, la      cuarta  torre

estaba reservada á las       mujeres  de todas catego-

rías.                      

Yo conocía de larga fecha el régimen   de esta

prisión, que veía pasar todos los años millares de hombres de todas condiciones, de todas las eda-des y de todas las provincias, deportados 6 Sibe-ria. Ño se hablaba muy mal de ella, pero cuando llegamos delante de la puerta y pasé el sombrío arco de la entrada, una impresión cruel me asaltó.

 

Desde mi arresto en Friburgo, es decir, en el corto espacio de ocho meses, había recorrido tres prisiones alemanas y seis prisiones rusas, y siem-pre cambiaba el régimen. Por mucho que se des-precien las condiciones materiales de la vida, no puede evitarse una cierta inquietud cuando se pe-netra en una nueva cárcel; se piensa en si nos negarán Los objetos más necesarios, en si será preciso entablar nueva lucha por un poco de es-pacio, de libros ó de una mesa ó una cama.

 

En el vasto despacho de la cárcel esperaba un personaje de unos sesenta años, con barba blan-ca y anteojos sobre la nariz: llevaba un uniforme bastante usado y charreteras de oficial. Era el capitán Maltschinski, encargado cerca del director de los detenidos políticos.

 

Después que hubo registrado por sí mismo nuestro pequeño equipaje, nos condujeron á las diferentes divisiones que nos estaban destinadas.

Atravesé un largo y estrecho patio y llegamos

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 137.

 

 

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ante una puerta cochera. Allí el carcelero que me acompañaba hizo sonar una campana; apareció otro carcelero, y después de haberme hecho atra-vesar un patio no menos pequeño subimos hasta el tercer piso por una escalera de hierro.

 

Nos detuvimos en una meseta pequeña y obs-cura, que apenas tendría un metro cuadrado. Cin-co puertas daban sobre la meseta; una de ellas estaba abierta y entré a pie llano en mi celda. Un golpe de vista me bastó para comprender que la estancia no era agradable. Tenía la forma de un triángulo equilátero, y era tan estrecha que ape-nas se podían dar tres pasos; una vaga claridad filtraba á través de una pequeña ventana, pero tenía una cama y otros objetos necesarios.

 

—En esta cueva he de habitar seis meses—me dije con desesperación.

Cerca de mí oí una voz que decía:

—Buenos días. ¿Quién es usted?

Había en las celdas vecinas otros dos prisio-neros condenados también á trabajos en Siberia. Estaban complicados en el «proceso de los 14?, ó proceso de \Vera Figner, como le llamábamos nosotros, y fueron juzgados casi al mismo tiempo que yo.

 

Nos presentamos los unos á los otros al tra-vés de las rejillas de la puerta que daban sobre la misma meseta, lo que dejaba indiferente al car-celero. Poco después nos encontramos los tres en el estrecho patio donde»íba'mos á respirar un poco de aire. Recorríamos los cien pasos al ruido de las cadenas de nuestros pies y podíamos ha-blar con libertad, porque nos dejaron solos; las altas murallas que nos rodeaban eran garantía contra toda evasión.

Veía por primera vez prisioneros políticos con-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 138.

 

 

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denados á trabajos forzados, hombres privados de todos sus derechos. Era un cuadro extraño: sus rostros eran jóvenes, pero marchitos; los dos lleva-ban gafas, su piel de carnero y sus cadenas. Todo daba la impresión de que no eran verdaderos pre-sos, sino que llevaban un disfraz de extraño con-traste con sus maneras distinguidas y su rostro inteligente. Tenían poco más ó menos mi edad; entre veintinueve y treinta años.

 

El mayor, Anastasio Spandoni Bosmandschi, había sido condenado á quince años de trabajos forzados, y el más joven, Wladimir Tschouikoff, á veinte años.

 

No parecían gozar de buena salud, y durante su larga estancia en la fortaleza de Pedro y Pablo habían estado todavía más enfermos; con sus caras pálidas y adelgazadas parecían salir de una larga convalecencia. Pero esta mala salud fue una felicidad para ellos: escaparon de ser enviados á la fortaleza de Schlüsselbourg, donde habían sido enviados todos los camaradas condenados en el mismo proceso. No nos conocíamos de antes, pero como pertenecíamos al mismo partido y se nos perseguía por las mismas ideas, fuimos pronto buenos amigos en la prisión.

 

Durante los primeros días el asunto de la conversación no se agotaba: hablábamos conti-nuamente en el paseo y en la celdas. Mis temores respecto al régimen de la prisión no se confirma-ron. Es verdad que las celdas eran incómodas,, pero soportábamos ese ligero inconveniente á cambio de las otras ventajas.

 

Una de las primeras tardes fui llamado al des-pacho, donde me esperaba el viejo capitán. Me dio una silla y me dijo que quería hablar conmigo á corazón abierto. Mis camaradas me lo habían

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 139.

 

 

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presentado como un buen hombre, afectuoso y sociable, que prestaba á los prisioneros políticos todos los servicios que podía. Así es que le res-pondí que nada me podía ser tan agradable.

 

—¿Espera usted poder escaparse? ¡No mienta! —me dijo:—yo lo sé. Mi deber es que esa tenta-tiva no se realice. Se atormentará usted inútil-mente para llevarla é cabo; pero yo quiero dul-cificar cuanto me sea posible la suerte de los prisioneros. Si usted tiene necesidad de alguna cosa me la pide por escrito, se la enviaré al direc-tor y se hará todo lo que la ley permita.

 

No había escuchado jamás á un funcionario hablar de esta suerte; su tono y sus maneras ins-piraban confianza. Este viejo señor me pareció conocer el estado de espíritu de los hombres. Sa-bía sin duda por los periódicos que me había escapado dos veces y empleaba un medio diplo-mático para disuadirme de otra tentativa y mani-festarme su vigilancia á mi alrededor.

 

Este procedimiento me agradó, y le respondí con franqueza que todo prisionero condenado á trabajos forzados en Siberia no tiene otro deseo que el de escapar, pero le prometí que no trataría de hacerlo. Esta afirmación pareció contentar al viejo y nos separamos con la convicción de que viviríamos todos en buena inteligencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 140.

 

 

CAPÍTULO XIII

 

 

El proceso "de los 14,,.—Recuerdos de Wera Flgner.—Nu-

 

merosas prisiones.—Agente provocador

 

 

Cuando le dije al viejo capitán que no tenía ningún proyecto de evasión, fui absolutamente sincero. Me sentía deprimido por las circunstan cias que habían rodeado mi prisión. Luego las emociones de los últimos meses me robaban las fuerzas. Era evidente que no renunciaría á mis deseos de libertad si las circunstancias se mos-traban favorables, pero este deseo se había refu-giado en lo más profundo del alma y me sentía incapaz de realizarlo por el momento.

 

Loa primeros tiempos se pasaron en la paz y la tranquilidad; leía mucho y conversaba con mis camaradas. Lo que me contaron era en gran par-te nuevo para mí y muy interesante. No sabía casi nada de los acontecimientos que habían moti-vado su proceso; en éste estuvieron complicados varios oficiales, y dos de ellos, el subteniente de navio barón von Stromberg y el subteniente Ro-gatscheff, fueron condenados á muerte y ejecuta-dos. Pero lo más precioso é interesante para mí era el valor de la heroína del proceso, la célebre Wera Figner. Su nombre había estado en todos los labios, y ella fue durante largo tiempo la per-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 141.

 

 

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sonalidad más popular en los círculos revolucio-narios. La juventud la veneraba igual que á una divinidad, y en efecto, su talento de organización, sus dones admirables para crear, su indomable energía, su entusiasmo sin límites, bastaban para hacer comprender el papel que jugó en el proce-so. El valor, la entereza y el entusiasmo de esta mujer admirable, impusieron respeto hasta á los mismos del tribunal.

 

Habla conocido á Wera Figner en 1877 en Pe-tersburgo, en el preciso momento que formaba su proyecto de sacrificarse por el pueblo. Era enton-ces una joven de veinte á veintitrés años, elegante y muy hermosa; no se la podía comparar con nin-guna otra mujer, ni aun con las más notables del partido socialista ruso.

 

Como otro gran número de personas, se había entregado de todo corazón a la causa del pueblo ruso, en especial de los aldeanos, y estaba pronta á todos los sacrificios.

 

Durante el verano de 1879, me encontré en di-ferentes ocasiones á su lado. Mientras que dos años antes me había hecho el efecto de una joven propagandista que se inclinaba voluntaria delante de la opinión de los camaradas, ahora veía en ella una voluntad y un juicio verdaderamente per-sonales.

 

Como ya he contado, numerosas divergencias relativas al programa estallaron en nuestras filas. Creían unos que el partido revolucionario debía concentrar toda su fuerza en la acción terrorista, y necesitaba, por consecuencia, multiplicar los atentados contra el zar y contra los diferentes re-presentantes de la fuerza, para cambiar así las con-diciones políticas de Rusia y acabar con el despo-tismo. Otros, al contrario, pensaban en continuar

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 142.

 

 

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la propaganda revolucionaria. El deber del parti-do era ejercer una influencia sobre el pueblo, ex-tenderse por las aldeas y llevar la luz á los aldea-nos, según el plan trazado por la asociación «Zemlja i Volja», Tierra y Libertad. Wera Figner apoyaba con todas sus fuerzas á los partidarios del terrorismo. Muchas veces, durante el tiempo que pasamos en Lesnoíe, ciudad de los alrededo-res de Petersburgo, donde todos los camaradas veraneábamos, discutí con ella sobre la propagan-da que había de hacerse entre los aldeanos y los medios de obtener mejores resultados. Poco tiem-po antes había venido de las orillas del Volga, donde había recorrido las aldeas. Las impresio-nes recibidas la desanimaron profundamente. Me pintó en términos elocuentes la miseria infinita, la espantosa ignorancia de los trabajadores del cam-po. Su conclusión era que en las circunstancias actuales no había ningún medio de venir en ayuda del pueblo.

 

—Mostradme un medio, uno solo, de ser útil al pueblo en las condiciones actuales, y yo estoy pronta á volver al campo — nos decía ella una vez.

 

Y en el tono con que pronunciaba estas pala-bras había la convicción de una iluminada.

 

Nosotros no estábamos para precisar ó fijar tal ó cual método determinado que pudiera dete-nerla en el camino que iba á emprender, porque no concebía más medio que la violencia para ser-vir la causa del pueblo.

 

Hacia fin de otoño del mismo año yo fui á Odesa y encontré á "Wera Figner de acuerdo con Kibaltchitch, Frolenko, Kolotkevitch y Zlatopols-ky preparando el atentado que debía tener lugar contra Alejandro II á su regreso de Livadia á Pe-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 143.

 

 

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tersburgo. Se había depositado en su casa la di-namita. En esta época había sacrificado toda in-dependencia y se dedicaba con un celo ardiente á la acción terrorista. Pertenecía por su nacimiento

 

á la aristocracia rusa; su abuelo se había hecho un nombre en las guerras contra Napoleón I du-rante la invasión en Rusia. Las cualidades predo-minantes de Wera Figner eran la fuerza de volun-tad y la energía, que no hallaba obstáculos; no se contentaba con una tarea única, por ruda que fuese; su actividad se desplegaba en todas direc-ciones. En tanto que premeditaba el atentado, organizaba círculos revolucionarios para la juven-tud, hacía de agitadora en otras sociedades, y nos dio á imprimir en Odesa un periódico clandestino destinado al Sur de Rusia. Ni sus mejores amigos podían darse cuenta de la variedad infinita de sus facultades y la extremada actividad de su ca-rácter.

 

Por primera vez, en 1882, cuando la mayoría de los afiliados á la «Narodnaja Volja» estaban ya presos y los que pudieron escapar á los esbirros buscaban refugio en el extranjero, Wera Figner desplegó toda su fuerza. Rehusó enérgicamente dejar la Rusia para escapar á las persecuciones que la amenazaban por todos lados. En 1883 cayó en manos de la policía, víctima de la traición de Degaieff. Fue condenada á muerte, y después, por gracia, le conmutaron la pena por la de tra-bajos forzados á perpetuidad; desde esta época fue enterrada viva en la fortaleza de Schlüssel-burg.

 

No conocía sólo el proceso de Spandoni y de Tschuikoff por los relatos que me hicieron, sino también por el acta de acusación, qteJgiCual tenían una copia; lo que más caracteriig$ib,a;|©$ie docu-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 144.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEB1A    145

 

mentó era la ausencia total de las razones que pudieran motivar tan severa condena.

 

Véase todo lo que el procurador había encon-trado que reprochar á mis compañeros de cauti-vidad:

 

«Anastasio Spandoni está complicado en el negocio de la imprenta secreta descubierta en Odesa, casa de los esposos Degaieff.» Así comen-zaba el acta de acusación; se reconocía en seguida que Spandoni había rehusado hacer la menor re-velación, y luego continuaba: «Su participación en la sociedad secreta «Narodnaja Volja» resulta de las denuncias de la mujer de Degaieff, en cuya casa Spandoni ha estado dos veces de visita.»

 

Dos visitas á una imprenta secreta se castiga-ban con quince años de trabajos forzados.

 

El crimen de mi segundo compañero era se-mejante. «Guando "Wera Figner fue detenida en Odesa—decía el acta de acusación—las autorida-des locales prendieron, entre otras personas, á Wlademir Tschuikoff por estar en relaciones con ella. En el curso de un registro operado en su do-micilio, se ha descubierto: 1.°, material de impri-mir; 2.°, una plancha para falsificar pasaportes; 3.°, cianuro de potasa y de morfina; 4.°, numero-sos escritos contra el gobierno, unos impresos y otros manuscritos; 5.°, una lista de nombres de numerosos criminales de Estado; 6.° lista de sus-cripciones para la sociedad secreta «Narodnaja Volja». Tschuikoff ha declarado que se adhería á los principios de esta sociedad.»

 

Y fue condenado á veinte años de trabajos for-zados: 1.°, por ser amigo de "Wera Figner; 2.°, por los objetos que habían encontrado en su casa; 3.°, por participar de las ideas de la «Narodnaja Volja».

 

TOMO I        10

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 145.

 

 

146     LEÓN DBÜTSCH

 

Las acusaciones relativas al resto de los acu-sados no tenían más fundamento. |Por estos pre-tendidos crímenes se dictaron numerosas con-denas de muerte, de las cuales dos se habían cumplido!

 

Durante algún tiempo no fuimos más que tres prisioneros en la torre de Pugatchef, pero se nos anunciaron nuevos compañeros de miseria.

 

Dos semanas después debían llegar de Kiew los condenados por el proceso de Schebalina, del que ya he hablado; cuatro estaban condenados á trabajos forzados, entre ellos dos mujeres. Nos-otros los esperábamos con vivo interés, pero cuan-do llegó el convoy, sólo fueron encerrados en nues-tra torre dos condenados á destierro, Makhar Wassilieff y Peter Dashkievitch; en el departa-mento de las mujeres ingresaron madame Sche-balina y una jovenciia, Bárbara Tschulepnikova, condenadas también á destierro.

 

Los cuatro sentenciados á trabajos forzados habían sido expedidos á Schlüsselburg, á causa de una revuelta contra la administración de las prisiones, motivada por los hechos siguientes:

He contado ya la penosa impresión que causa

 

á los condenados la obligación de dejarse afeitar la cabeza y remachar sus cadenas. Hasta enton-ces era costumbre que los prisioneros políticos y criminales no fueran sometidos á esta bárbara formalidad hasta su llegada á Siberia á la ciudad de Tiumen. Este año la autoridad quiso afeitar y encadenar en Moscou mismo á los condenados por el proceso de Schebalina; ellos resolvieron pro-testar contra esta medida, y todos los prisioneros políticos que se encontraban en Kiew se asocia-ron á esta protesta. La autoridad se vio obligada

 

á emplear la fuerza  para imponer su voluntad.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 146.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBR1A    147

 

Los prisioneros rompieron las ventanas y los le-chos, y esto fue objeto de una comunicación á Petersburgo, de donde vino la orden de transpor-tar á los cuatro forzados á la terrible fortaleza.

 

Se sabe lo que significa esta decisión: es la condena á largos años de martirio, un entierro en vida. La mayoría de los infortunados víctimas que se envían, mueren al cabo de algunos años, otros se vuelven locos y algunos tratan de estrangular a los empleados de la fortaleza, con la esperan-za de obtener una ejecución próxima. Se puede imaginar el dolor profundo que sentiríamos sa-biendo la triste suerte que les estaba reservada á nuestros camaradas en Kiew. Entre ellos se en-contraban dos hombres á los que no se les podía reprochar el menor delito, tanto que, á pesar de su mala voluntad, el Consejo de guerra no había podido condenar á Karauloff mas que á cuatro años de trabajos forzados. Contando con esto, se había casado y tenía intención de hacerse acom-pañar por su esposa á Siberia, como está autori-zado por la ley. Su entrada en la fortaleza signifi-caba >a eterna separación de los dos esposos; no le estaba permitido ni escribirle una sola vez á su mujer.

 

Lo mismo sucedía á Schebalina: la suerte se ensañaba con ellos. Apenas el marido había sido llevado á la fortaleza, su hijo, un pequeñuelo de pecho que tenía la madre en la prisión, murió re-pentinamente, y la pobre mujer, sin fuerza contra tanta desventura, cayó enferma y falleció á princi-pios de la primavera en la prisión de Moscou.

 

* *

 

Bien pronto llegaron nuevos presos políticos:

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 147.

 

 

148     LEÓN DBUTSCH

 

la prisión estaba llena; el proceso Lopatin no-había contribuido poco.

 

Hermann Lopatin es una de las figuras más conocidas en el movimiento revolucionario ruso. En 1884 había vuelto del extranjero, donde se re-fugió, y había trabajado en la reorganización de la «Narodnaja Volja», porque todos los miembros-activos del partido estaban presos á causa de la traición de Degaieff. Lopatin tuvo que recomenzar desde el principio para poner de nuevo en planta al partido terrorista. Viajó á través de toda la Rusia, haciéndose con relaciones, y como no las podía guardar en la memoria, escribió sobre una hoja de papel los nombres de las personas con quienes estaba en inteligencia. Llevaba siempre esta hoja sobre él y contaba estar alerta para tener tiempo de destruirla. Por desgracia, esta esperanza fue vana; un día los agentes de policía secreta cayeron sobre él en la calle y fue amarra-do antes de tener tiempo de destruir el. malaven-turado papel, que tenía ya en la boca.

 

Todas las personas citadas fueron persegui-das; los arrestos tuvieron lugar en todos los rin-cones de Rusia.

Las personas que por la imprudencia involun-taria de Lopatin habían sido encerradas en la cárcel central de Moscou, eran casi todas jóvenes, y su crimen consistía en figurar en la lista fatal.

 

Me emocionó particularmente la vista de un joven estudiante de la Universidad de Moscou, Rubinok, muchacho simpático y cuyo desenvolvi-miento intelectual era superior á lo que podía esperarse en un hombre tan joven. Lo condena-ron á tres años de deportación en la Siberia oriental. Se le llevó á una de las regiones más siniestras, al país de los yakoutes, cerca ya del

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 148.

 

 

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círculo polar. Un día fue sorprendido por esos semisalvajes y casi le dejaron por muerto. No tardó en volverse loco á causa de sus heridas.

 

Se hablaba mucho en las prisiones y en todo Moscou de la suerte de un joven estudiante, Peter Razoumowski, que había sido arrestado por una bagatela y conducido a la prisión de policía; allí se encontraba igualmente el oficial de la guardia, Belino Bshezovsky, que estaba en la prevención por cierto delito de derecho común. Este repre-sentante de la juventud dorada se entendió con la gendarmería para abusar de la inexperiencia •del joven, y decidieron inventar un atentado. Este canalla de oficial hizo creer al joven que pertene-cía á su mismo partido revolucionario y le insinuó la idea de matar al procurador de la Audiencia de Moscou, que fue más tarde el ministro de Jus-ticia Mourawieff. El inocente muchacho cayó en «1 lazo y el agente provocador le procuró un re-vólver cargado. Pero un día que el joven iba al gabinete del procurador para ser interrogado por él, lo detuvieron bruscamente los gendarmes, ad-vertidos por Bshezovsky; le registraron y se le en-contró el arma. Fue acusado de tentativa de ma-tar al procurador. En su azaramiento, él intentó suicidarse, pero se lo impidieron.

 

El papel provocador representado por la gen-darmería había sido tan visible, que gracias a las gestiones del padre del acusado, la víctima escapó de sus verdugos. Se dio orden desde Petersburgo de enterrar el asunto.

 

La opinión general era que el procurador Mourawieff estaba de acuerdo con los agentes provocadores, esperando así asegurar las distin-ciones que deseaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 149.

 

 

CAPÍTULO XIV

 

 

Venalidad del Inspector.—Las cadenas rotas.—Más cabezas

 

afeHadas

 

 

En la prisión de Moscou estábamos en comu-nicación constante los unos con los otros, y hasta sabíamos lo que pasaba fuera de sus muros.

 

Nos servía para esto la venalidad de un ins-pector.

 

Este individuo, de edad de veinticinco años, se llamaba Smirnoff y pertenecía por su nacimiento

 

á la pequeña nobleza pobre. No sabía nada ni tenía vocación ninguna; su hermana era la que-rida de un alto dignatario, y gracias á su protec-ción había obtenido el puesto de inspector de la cárcel.

 

Cargado de deudas, acosado por sus acreedo-res, estaba dispuesto á todos los compromisos; na hubiera retrocedido ni delante de un crimen por procurarse dinero. Como sabía apenas leer y es-cribir, las gentes instruidas le imponían respeto;, estaba orgulloso de tener relaciones con nosotros, que además le pagábamos en especies sonante» los menores servicios que nos hacía. Me tenía particular afecto y continuamente iba á mi celda

 

á bromear de todas las cosas. Un día me propuso ayudar á que me fugara. Yo dudé y medité; pero no descubrí plan de evasión posible.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 150.

 

 

DIEZ  Y SEIS  AÑOS KN  S1HKK1A 151

 

—Escúcheme usted—me dijo.—Podemos arre-glar bien las cosas. Yo le haré salir de la prisión disfrazado de chauffeur ó de lampista, y nos mar-charemos juntos al extranjero.

 

El plan no podía ser más seductor, pero mil objeciones acudieron á mi pensamiento. Ante todo, el espíritu de solidaridad me impedía em-prender la fuga mientras mis camaradas, que habían de cumplir penas mucho más graves, que-daban encerrados en sus calabozos; después se necesitaba mucho dinero, que no me podía pro-porcionar tan rápidamente, y por último, yo no me hubiera podido desembarazar ya nunca de este individuo. Estas consideraciones me movie-ron á rechazar su proposición. Mis camaredas, durante este tiempo, formaron también sus pro-yectos de evasión; habían resuelto practicar un agujero en el muro. Aunque guardaran gran se-creto, Smirnoff se enteró de todo.

 

—¿Cree usted que yo no sé que sus compañeros quieren fugarse?—me dijo un día.— Que se arre-glen de manera que no me mezclen en el asunto, y yo prometo no descubrirlos.

 

Le aseguré que no tendría ningún compromiso y avisé á mis camaradas.

 

Ellos conocieron bien pronto que toda eva-sión era imposible por ese medio y renunciaron á su proyecto.

 

Smirnoff no los hubiera descubierto, porque estaba absolutamente en nuestras manos, pero yo le obligué á que me denunciara. Habíamos visto que los detenidos de derecho común se desemba-razan en secreto de sus cadenas, no sólo durante la noche, sino también de día; el guardián lo sabía y no decía nada. Yo resolví seguir su ejemplo, pero no en secreto, en público.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 151.

 

 

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—Smirnoff, tráigame usted un martillo y un clavo grueso—le dije un día.

—¿Qué va usted á hacer?

—Pronto lo verá.

Él obedeció.

Entonces, en presencia suya, hice saltar los remaches de mis hierros.

 

f:         —¿Qué ha hecho usted? ¡A.h! ¡Estoy perdido ahora!

 

—No tema nada—le respondí;—vaya á buscar inmediatamente al director y dígale que me he desembarazado de mis cadenas.

—¡Pero yo no puedo denunciar á usted! Esto no estaría bien hecho.

 

—Ni una palabra más; haga usted lo que le he dicho.

Partió golpeándose la cabeza, y poco después me hizo llamar el director de la cárcel.

 

Arreglé mis cadenas con un alambre y acudí al llamamiento.

—¿Cómo es esto? ¿Ha roto usted las cadenas? —gritó el viejo señor fuera de sí.

Le respondí afirmativamente.

—¿De modo que quiere usted evadirse?—añadió oprimiéndose la frente con las manos, como ate-rrorizado de este descubrimiento.

—Todo lo contrario—contesté.—En su lugar yo sería feliz de ver á un prisionero desembarazarse así, públicamente, de sus cadenas.

 

—¡Cómo! ¿Que usted sería dichoso en mi lugar —dijo con aire sorprendido,—cuando este aconte-cimiento puede llevarme ante un tribunal?

—Reflexione usted que si tuviera intención de evadirme no rompería mis cadenas en presencia del inspector; por el contrario, me esforzaría en escapar á toda sospecha. Lo que quiero única-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 152.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERTA    153

 

mente es aligerarme  de esta carga pesada  que

me impide andar de día y dormir de noche.

—Pero yo no puedo consentirlo.

 

—No hay necesidad de su consentimiento. No tiene usted más que aparentar que no sabe nada y hacer creer que todo está en orden. Así lo hacen todos los funcionarios de un lado á otro de Rusia. Haga usted como ellos.

 

—Pero ¿y si se enteran los jefes?—dijo medio convencido.

 

—¡Los jefes! Si usted no lo dice, nadie sabrá nada. El gobernador de Moscou no va á venir á examinar las cadenas para ver si están sujetas por un simple alambre.

 

—Pero si un alto funcionario viene á visitar la prisión, ¿me promete usted ponerlas en su primi-tivo estado?—dijo él á la vez convencido y con-tento.

 

—¡Naturalmente! Vea usted que no se me co-noce nada—le dije riendo y mostrándole mis ca-denas sólidamente fijas por los remaches.

Nos separamos buenos amigos. Así habíamos

- obtenido una autorización oficial para no llevar las cadenas; pero era mucho más difícil escapar de que nos afeitaran. Según el reglamento, la mi-tad de la cabeza debía afeitarse de nuevo todos los meses; como no había medio diplomático para sustraerse á esta servidumbre, resolvimos resistirnos. Una mañana, cuando el barbero vino

 

&        nuestra torre y el inspector nos ordenó dejar-nos afeitar, nos negamos abiertamente. Poco des-pués el capitán nos hizo conducir á su despacho para interrogarnos.

 

—¿Díganme ustedes qué es lo que pasa?—pre-guntó el buen viejo.

—Dígale usted al director que los prisioneros

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 153.

 

 

154     LEÓN DBUTSCH

 

no se quieren dejar afeitar la cabeza, y que decla-ran enérgicamente que sólo cederán á la violen-cia. Nosotros no tenemos nada contra usted ni contra el director, pero queremos protestar de una costumbre bárbara y ultrajante, y recurrimos

 

á la rebelión, porque no tenemos otra manera de sustraernos. Ya sabe usted que la opinión públi-ca y la libertad de la prensa no sirven para nada; no nos queda otro camino.

 

No supimos jamás si transmitió nuestra pro-testa á los superiores; pero durante el tiempo de nuestra estancia en la prisión no nos volvieron á molestar.

 

El reglamento previene que los prisioneros de diferentes categorías deben ser tratados de una manera distinta. Los condenados por la vía admi-nistrativa son más favorecidos desde este punto de vista que los condenados judiciales, los cuales

 

á su vez gozan de más privilegios que los de tra-bajos forzados. Pero al cabo de dos ó tres meses maniobramos de tal suerte que todos los matices se habían casi totalmente borrado. Teníamos que llevar el traje de la prisión, mientras que los otros conservaban sus vestidos ordinarios, y nos es-taba prohibido ir á ver á nuestras mujeres á la torre donde estaban encerradas.

 

Este género de comunicación está autorizado cuando los prisioneros, hombres y mujeres, son parientes, esposos ó novios. Los jóvenes de am-bos sexos se entendían y enviaban con frecuencia al gobernador de Moscou una súplica para auto-rizar á que hablasen entre sí á los que eran novios; la mayor parte de las veces esto no tenía otro ob-jeto que romper la monotonía de la vida de las

 

 

 

 

 

 

 

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prisiones; la administración lo sabía bien; pero estos noviazgos imaginarios tenían por objeto aproximar los jóvenes de diez y ocho á veinte años, y no faltaba un cierto encango poético. Se veían en el despacho de la prisión, vasta pieza incómoda alumbrada por ventanas enrejadas, y bajo la vigilancia de los guardianes. La vida de'la prisión había grabado en los rostros una expre-sión á la vez espiritual y novelesca. Diferentes circunstancias hacían que muchas veces una sim-patía verdadera se despertase en algunas parejas. No siempre eran relaciones puramente platóni-cas, pues en ocasiones se iba hasta el matrimo-nio. En este caso la joven pareja tenía la simpatía de los camaradas, con sus ligeras pintas de envi-dia; el matrimonio, en la iglesia de la prisión, era un gran acontecimiento muy agradable para rom-per la uniformidad de la vida diaria. Los pri-sioneros podían también, de tiempo en tiempo, recibir visitas; pero como generalmente la autori-zación no se concedía más que á los parientes, los amigos y los conocidos se hacían pasar por novios de las prisioneras, con frecuencia lo eran realmente, y esto daba lugar á escenas tragicómi-cas, que acababan siempre por soluciones agra-dables.

 

Las visitas se recibían en el mismo despacho donde nos condujeron á nuestra llegada. Esta ha-bitación tenía un aspecto particular: el viejo capi-tán se sentaba en su sitio de costumbre, sin pre-ocuparse más que de sus libros y sus cuentas; en la puerta un oficial de uniforme con revólver y cartuchera á la cintura y el sable al lado. Cerca de los muros se alineaban los grupos de prisioneros y de visitantes; la luz que dejaban filtrar las ven-tanas enrejadas daba á los rostros una aparien-

 

 

 

 

 

 

 

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cia extraña. Los visitantes pertenecían á todas las clases de la sociedad.

 

Había allí mujeres jóvenes y ancianas; hom-bres viejos y niños. Un médico y un abogado, en compañía de su mujer y su hija, venían á conver-sar con un estudiante condenado á destierro. Más lejos una vieja aldeana que había hecho un inter-minable viaje desde su provincia, á orillas del Volga, para dar el último adiós á su hijo querido, al cual contaba cuanto sucedía de nuevo en la aldea y cuan dolorosamente le afectaba su arres-to. Al otro lado estaba el representante de una raza aristocrática, el príncipe Wolkonski, y su es-posa, que conversaba con su tío Maljevani. A un extremo, Tschulepnikoff sermoneaba á su hija por haberse dejado envolver en el movimiento revolucionario, lo que le valía la deportación á Siberia.

Ruido de voces llenaba la sala: se hablaba alto, se lloraba ó se reía. Muchos enjugaban furtiva-mente las lágrimas; otros lloraban de ver á las personas que les eran queridas, pálidas y flacas.

 

Como en el resto del mundo, había allí risas y lágrimas, el dolor y la alegría; en esta prisión para revolucionarios no había privilegios: todas las distinciones cesaban ante los mismos sufrimien-tos y las mismas penas.

 

Un día, sin embargo, esta regla de igualdad fue rota en favor de un visitante, cuya presencia atrajo la atención general. Un anciano en traje de gran ruso, con un largo gabán dividido por una gran cintura, acababa de entrar.

 

—¿Qué desea usted?—dijo el capitán sin levan-tar la cabeza de sus libros.

 

—Quisiera ver a un hombre que está aquí; se llama Lazareff—respondió el extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

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—¿Tiene usted autorización?

—¡Naturalmente! Hela aquí—dijo el hombre del gabán, y presentó un papel.

 

El capitán se aseguró los anteojos sobre la nariz y se puso á leer: pero de pronto dio un salto como si hubiera recibido un golpe en la cabeza, y con mil corvetas, como descompuesto por la emo-ción, gritó:

 

—Señor conde, dígnese usted sentarse; mil per-dones; yo no lo había conocido.

Después dijo al guardián:

—¡Eh! Ivanoff, corra en seguida á buscar á La-zareff. El señor conde quiere verlo.

 

Se puso en movimiento toda la prisión; se oía tocar las campanas, y corrían por todas partes gritando:

 

—¡Lazareff! ¿Dónde está Lazareff? El conde León Tolstoi ha venido á verlo.

 

Lazareff, aldeano de origen, pero hombre de una alta inteligencia y de una gran cultura, vivía cerca de la propiedad del conde Tolstoi: debía pasar el invierno en la prisión de Moscou para ser transportado de allí á Siberia, condenado á tres años por la vía administrativa.

 

Su solo crimen era haber protegido á los al-deanos contra el abuso de poder de los funcio-narios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 157.

 

 

CAPÍTULO XV

 

 

La situación política en Rusia y los partidos revolucionarios.

 

—Nuestra sociedad. - Día de fiesta.—Visitas prohibidas.

 

—Una lección de cortesía.

 

 

En la época de que yo hablo, la política reac-cionaria del nuevo zar se manifestaba con clari dad. Habían transcurrido dos años desde la ele-vación de Alejandro III al trono, y la prueba de sus desaciertos se encontraba en mil casos san-grientos: en la protección que tenían acordada á los perseguidores de los judíos, como había pasa-do en muchas ciudades de SO. del imperio; en el nombramiento del conde Demetrius Tolstoi, exe-crado de todos, para ministro del Interior, y en la institución del nuevo reglamento para las univer-sidades, tan odioso á los profesores como á los alumnos.

 

A pesap.de todo, había aún incurables opti-mistas que esperaban y se creían en un período de transición y que bien pronto las reformas ra-dicales se impondrían.

 

Un número incalculable de gentes instruidas, abogados, médicos, etc., en la conversación que tuve com ellos,'nacían conjeturas políticas lison-jeras. ,

 

—V©rá usted—me decían todos—como antes de cinco años tenemos la Constitución.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 158.

 

 

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La juventud revolucionaria participaba tam-bién de esperanzas. Muchos creían que de un día á otro los terroristas nos desembarazarían de Alejandro III como lo habían hecho con su padre, y que entonces la Constitución se pondría en vigor.

 

—Antes que hayamos llegado al lugar de nues-tro destino, habrá muerto Alejandro III—afirma-ban con convencimiento los jóvenes.

 

Esta ilusión tenía algo de bueno, se soportaba mejor el fardo y no se perdía el valor. Pero todos nuestros castillos en el aire no debían tardar en desvanecerse.

 

La «Narodnaja Volja» estaba próxima á des-aparecer, definitivamente, y apenas si los terroris-tas eran ya un peligro para el gobierno. Los miem-bros de estas asociaciones revolucionarias habían muerto ó languidecían en las prisiones; los que venían después de ellos no tenían las cualidades necesarias para sostener una lucha de este géne-ro. La policía sabía tender mejor sus redes y no dejar á los jóvenes conjurados tiempo de probar sus fuerzas. La mayor parte de los organizadores, mal preparados y mal conducidos, se dispersaban antes de ponerse de acuerdo.

 

La unidad y la fuerza de cohesión faltaba á los varios grupos.

 

En 1884, diferentes secciones buscaban el me-dio de reformarse. Los miembros de la «Nouvelle Narodnaja Volja» ejercían el terrorismo persi guiendo con bombas y a puñaladas á los directo-res, administradores, agentes de negocios y fun-cionarios de todas clases, que consideraban como explotadores ó perseguidores del pueblo ruso.

 

Eran ellos los bombistas,que tenían la bomba como el solo medio de inspirar temor. Había

 

 

 

 

 

 

 

 

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también los militaristas, que ponían toda su espe-ranza en una conjuración militar, y en fin, apare-ció un nuevo grupo, el grupo «Social Demócrata», al que yo pertenecía. Todos estos diferentes mati-ces de "opinión estaban representados en nuestra cárcel. Esto daba lugar, naturalmente, á debates muy calurosos, pero que terminaban siempre de una manera amistosa.

 

A pesar de la diversidad de ideas, nosotros formábamos, por decirlo así, una gran familia, donde no había ni nobleza, ni pueblo, ni ricos, ni pobres; todos eran iguales, todos vivían con el mismo pie y no se ocupaban de saber si se era de alto ó de humilde nacimiento.

 

El régimen alimenticio á que estábamos so-metidos era objeto de todas las quejas: hasta los menos descontentadizos y más fuertes no podían tomar una cucharada de caldo del que nos lleva-ban á mediodía en escudillas de madera, por su olor insoportable. Los subsidios dados por el gobierno para el alimento de los prisioneros son escasos, y se reducen aún más al pasar por las manos de tantos altos y bajos empleados, que han elevado el robo al estado de institución. Por eso las grandes calderas en que se cocía el alimento para los millares de presos se llenaban de desper-dicios de la peor especie.

 

Después de haber procurado en vano someter-nos á este régimen, nos resolvimos á mantenernos

 

á nuestras expensas y formamos una especie de sociedad cooperativa,'escogiendo por administra-dor á ese Lazareff, que el conde Tolstoi había es-tado á visitar. Todos los fondos que teníamos con nosotros, los que habíamos confiado á los funcio-narios de la prisión y los que nos enviaban pa-rientes y amigos fueron entregados á Lazareff, á

 

 

 

 

 

 

 

 

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condición de que él cuidara de nuestra mesa y de que todos los compañeros de miseria fuesentra-tados igual. Por la mañana nos daban té con leche y pan á discreción; á mediodía dos platos y a la noche de nuevo té y pan. Resolvimos nombrar jefe de cocina á un preso por delito común. No se podía decir que nuestra mesa era lujosa, pues te-níamos recursos muy limitados.

 

El pobre administrador se quebraba lo cabeza para llenar sus funciones con lo poco de que dis-ponía; por último, tuvo la idea de comprar carne de caballo, porque la de buey costaba demasiado cara (cinco copeks la libra, si no me equivoco) y la de caballo estaba á la mitad de precio. Resolvi-mos probar. Esta carne nos pareció comestible, aunque un poco correosa y menos agradable al paladar.

 

Dos ó tres sólo de entre nosotros declararon que no podían digerirla y les causaba descompo^ sición de estómago.

 

Como no teníamos medios para otra cosa, re-currimos, de acuerdo con el administrador, a una estratagema. Dijo a los enfermos imaginarios que compraría para ellos buey, y se contentó con pre sentarles caballo preparado de una manera dife-rente. El resultado fue el que habíamos previsto: los gastrónomos se mostraron satisfechos de sus beefsteaks,y nos manifestaban su pena por vernos comer caballo. Apenas podíamos contener la risa delante de ellos. Esta comedia duró todo el tiem-po de permanencia en Moscou, y nuestros go-losos no se quejaron de descomposiciones de estómago.

 

Cuando más tarde se lo revelamos se pusieron furiosos y nos aseguraron haber notado que comida tenía que un gusto desagradable.

 

TOMO I

 

 

 

 

 

 

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Además de nuestros parientes y amigos, mu-chas personas desconocidas contribuían &dulcifi-car nuestra situación material, entre ellas los miembros de la «Cruz Roja para la Revolución». Eran en su mayoría mujeres que, con un celo modesto y digno de todos los elogios, se desvi-vían por íos revolucionarios prisioneros ó deste-rrados.

 

Más de un solitario y abandonado ha podido apreciar en su prisión la generosa actividad de estas nobles criaturas.

Yo había visto muchas veces con qué efusión de reconocimiento estos delegados de la Cruz Roja recibían todos los pequeños objetos que se les daban. Nuestro grupo de la cárcel de Moscou había sido especialmente favorecido. Mucho tiem-po antes de nuestra partida á Siberia nuestras protectoras nos pidieron que les dijéramos todo cuanto necesitábamos para nuestro viaje. Cuando se piensa que éramos cincuenta y se trataba de un viaje de seis meses, se puede comprender el trabajo de estas mujeres para reunir los millares de objetos que necesitábamos, el tiempo que em-plearían y los disgustos a que estaban expuestas.

 

Estas atenciones y estos cuidados para dulcifi-car la suerte de los prisioneros tenían algo de conmovedor.

 

*

 

* 4

 

En Rusia los días de Navidad y Pascuas son grandes fiestas. Aunque en masa los revoluciona-rios rusos no sean muy religiosos y muchos de entre ellos no pertenezcan á la Iglesia rusa, tales como los judíos, alemanes y polacos, no es menos cierto que en las prisiones y entre los desterrados

 

 

 

 

 

 

 

 

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se hace todo lo posible para tomar parte en los regocijos populares. Estos días llevan una agrada-ble diversión á las cárceles.

 

Los parientes, los amigos y las damas de la Cruz Roja nos enviaban provisiones y golosinas. Pasamos de una manera gozosa la noche del Sá-bado Santo á la Pascua. Habíamos dirigido al director una solicitud para que nos permitiera estar todos reunidos esa noche, come es costum-bre en Rusia. Nos fue concedida y nos reunimos todos, hasta las mujeres, en la división de los condenados por la vía administrativa, donde había más espacio, porque no estaban aislados cada uno en su calabozo como nosotros, sino todos en común.

 

Entre nuestras provisiones teníamos pasteles de Pascua, huevos, jamón, aves y otras muchas cosas, así como también vino ligero y cerveza. Nuestra mesa tenía un aspecto muy alegre.

 

Pasamos la tarde y la mitad de la noche de una manera tan gozosa, que se ve raramente en una prisión. El viejo capitán y el inspector esta-ban allí. Se cantó, se rió y hasta se tocó un armó-nium y danzaron los jóvenes... Pero á pesar de esta alegría exterior, ninguno olvidaba el sitio donde nos encontrábamos: se recordaba el hogar, donde todos los que amábamos estarían reunidos pensando con tristeza en los ausentes.

 

* **

Esta fiesta fue para los que estábamos conde-nados á trabajos forzados la ocasión de hacer conocimiento con las señoras que había en la prisión al mismo tiempo que nosotros. Los con-denados administrativos se encontraban con ellas,

 

 

 

 

 

 

 

 

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no sólo á las horas de visito, sino también en el paseo, aunque esto estuviese prohibido en el re-glamento; pero los condenados á trabajos forza-dos no tenían derecho de hacer visitas.

 

A partir de este día, no se respetó el reglamen-to. Bajo pretexto de que teníamos asuntos en el despacho, nos hacíamos conducir al patio grande. Delante de la puerta, los guardianes nos dejaban, creyendo que íbamos á seguir el corredor, pero nosotros nos íbamos al través de los patios hacia el departamento de las mujeres. El carcelero de este departamento nos suplicaba que nos volvié-semos; pero como las señoras estaban cerca de la puerta, podíamos cambiar algunas palabras de amistad con ellas. Al cabo la administración aca-bó per no ver en esto nada de reprensible. La pro-hibición de conversar unos con otros no se obser-vaba, teniendo en cuenta que al cabo de pocas seman'as todos los prisioneros políticos debían hacer juntos el viaje 6 Siberia, y era ridículo apli-car el reglamento de incomunicación.

 

Los condenados de derecho común no se ocul-taban para infringir abiertamente todas las pres-cripciones. No se contentaban con pasearse en todos los rincones de la prisión; sabían también encontrar acceso al departamento de las mujeres. Llegué á saber que los carceleros é inspectores dejaban pasar á un prisionero toda una noche si les ofrecía dinero.

 

Sin embargo, los prisioneros políticos gozaban de una ventaja particular. Voy á referir la actitud del personal respecto á nosotros. Cada funciona-rio, pequeño ó grande, sabía que no podía mos-trarse grosero y necesitaba usar alguna cortesía; se sabe que esta categoría de prisionero pertenece á gentes instruidas, privilegiadas; que estos hom-

 

 

 

 

 

 

 

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bres tienen, á consecuencia de su nacimiento, la conciencia del honor, y si por casualidad un em-pleado de las prisiones lo olvida, se encuentra con enérgicas protestas, y alguna vez han ocurrido su-cesos trágicos.

 

La anécdota siguiente hará comprender cómo nos preocupábamos de obligar á la cortesía á los funcionarios.

 

Nos habían enviado de Petersburgo un gran dignatario, M. Galkin Wrasski, el más alto fun-cionario de administración penitenciaria. El exi-gía de todos sus subordinados un respeto extra-ordinario, inflado de su importancia, pero no era muy cortés. Nosotros supimos que este señor tenia el hábito de entrar en las celdas con el som-brero puesto, y decidimos que el primero de nos-otros á quien visitara le daría una lección.

 

M. Galkin Wrasski hizo su entrada en la cárcel acompañado de numeroso séquito, entre el que se contaba el vicegobernador de Moscou, príncipe Galitzin. Comenzó su inspección por la torre de Pugatcheff y se presentó en la celda de Peter Dnshkiewitch. El antiguo discípulo en la Facultad de Teología de Kiew era un hombre tranquilo, pero al mismo tiempo de carácter firme, que lle-vaba á un grado extraordinario el sentimiento de la justicia y de la dignidad.

 

El fue el encargado de darla lección al preten-tencioso funcionario. Apenas éste franqueó la celda, dirigió la pregunta de patrón convenido: «¿Tiene usted alguna cosa que hacerme saber?»

 

Dashkiewitch le interrumpió con gran flema y le dijo:

 

—Es usted poco cortés, caballero. Se presenta usted delante de mí con el sombrero puesto.

El alto dignatario enrojeció hasta la raiz de

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 165.

 

 

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los cabellos, giró sobre los talones y salió de la celda.

 

Todo el acompañamiento que había asistido á esta lección de urbanidad lo siguió en silencio.

 

—¿En qué proceso ha sido condenado ese pri-sionero?— preguntó el alto funcionario  bajando la escalera que conducía á nuestros calabozos. —En el proceso de Kiew—le respondió uno.

—¡Ah! ¡Ah! Era de los revoltosos de allá abajo...

—dijo él con tono ligero.

Pero visitó las otras celdas sombrero en mano. Sin embargo, se vengó de la lección que le habían dado. Dashkiewietch estaba condenado á la deportación en una de las regiones más próxi-mas de Siberia y Galkin Wrasski dio orden  de enviarlo á la extremidad opuesta, á la ciudad de

Tunka, sobre la frontera misma de Mongolia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO XVI

 

 

 

Preparativos de marcha.—Viaje en vapor por el Volga y el

 

Kama.—A lekaterimburg.—En troíka.—Europa y Asia

 

 

Llegó la primavera de 1885 y comenzamos nuestros preparativos de viaje. Una cuestión de la más alta importancia surgía para nosotros.

 

—¿Qué cantidad de equipaje podíamos llevar? El reglamento ordenaba que los «privados de todos los derechos»  no podían llevar mas que veinte libras, y el equipaje que teníamos pasaba ya de ese preso; tendríamos que abstenernos de llevar todo objeto personal, y sobre todo que re-

nunciar k los libros.

Era esto una privación cruel; nuestra bibliote-ca había aumentado en la prisión de Moscou. Tolstoi nos había enviado la colección de sus obras completas en doce volúmenes y una Histo-ria de Rusia en veintinueve tomos. Felizmente la administración decidió que los objetos fuesen pesados en grupo, y como los desterrados por vía administrativa tenían derecho á 180 libras cada uno, y muchos de ellos no llevaban más que un pequeño equipaje, pudimos guardar nuestros efectos.

No se podían introducir en nuestro equipaje obras prohibidas, porque todos los libros eran

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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hojeados uno después de otro por los empleados de la prisión; un censor habla sido encargado de la inspección especial, y nos dio gran idea de su saber.

 

Era un alto funcionario que había pasado los exámenes de Derecho en la Universidad de Mos-cou.

 

Nuestro amigo Rubínok le preguntó si podía llevar El Capital, de Karl Marx.

 

—iCórao! ¿usted lleva el capital de otro?—dijo el funcionario sorprendido.

 

—No del todo, porque es de mi propiedad—re-plicó Rubinok.

 

—Si ese capital es de usted, puede, natural-mente, guardarlo; pero es preciso confiar todo el dinero al oficial del convoy.

No podíamos reprimir la risa.

 

El funcionario encargado de la inspección de libros ignoraba que existiese una obra titulada El Capital,y pensó que nuestro amigo quería lle-varse á Siberia el dinero de Karl Marx.

 

El día de nuestra partida se discutió si debía-mos ofrecer un recuerdo de algún valor al viejo capitán, y decidimos no hacer nada y guardar el poco dinero de que disponíamos para los gastos del viaje.

 

Entre los numerosos funcionarios de las pri-siones que he conocido, no hay casi ninguno á quien los prisioneros políticos tengan ocasión de manifestarles su reconocimiento. Un penoso acci-dente ocurrido al fin vino á destruir la buena im-presión que guardábamos del capitán y á cambiar-la en odio.

 

Durante los ocho meses transcurridos, pudi-mos librarnos de llevar cadenas y de ser rasura-dos; pero todo cambió el día de nuestra partida.

 

 

 

 

 

 

 

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Se nos hizo saber que seríamos sometidos á esta doble vejación, porque asi lo exigía el oficial pues-to al frente del convoy. Nos negamos todos, y los condenados por la vía administrativa se unieron á nosotros en la protesta.

 

El oficial había ido á tomar la dirección del destacamento: decidimos ir al despacho y hacer-nos inscribir todos unidos. Los empleados de la prisión vieron que si empleaban la violencia pro-vocarían un formidable escándalo, y recurrieron á la astucia. Parecieron reconocer lo bárbaro de esta costumbre y nos entregaron al oficial del convoy. El destacamento iba á partir, cuando nos advir-tieron que si queríamos viajar en coche, era nece-sario obtener un certificado del médico, pues en caso contrario, los condenados á trabajos forza-dos haríamos el viaje á pie hasta Siberia.

 

Sin desconfianza declaramos los tres que está-bamos prontos á sufrir la visita del médico. Pero apenas nos separamos de los camaradas, un gru-po de carceleros nos tiró detrás de la puerta y nos sujetaron. Quisimos resistir con todas nuestras fuerzas y nos acercamos al muro, dando puntapiés y puñetazos á los carceleros, pero tuvimos que ceder ante el número. Nos retuvieron á la fuerza sobre un taburete, mientras el barbero nos afeita-ba la mitad de la cabeza y el herrero nos remachó las cadenas.

 

El capitán Malchevski asistía á esta operación y daba órdenes. Esto borró de un golpe la simpa-tía que nos inspiraba, y la despedida fue muy fría.

 

Nuestro viaje comenzó en un día magnífico. Era á mediados de Mayo, y la primavera había hecho su aparición en Moscou. El sol brillaba en un cielo resplandeciente; todos los encantos de la Naturaleza se desplegaban alrededor nuestro;

 

 

 

 

 

 

 

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pero nuestro pensamiento no estaba en armonía con la belleza exterior.

 

La mayor parte hablamos preferido hacer á pie el camino de la estación, y nuestro destaca-mento ofrecía un aspecto bastante extraño: los condenados, con cadenas en los pies y el uniforme gris, marchaban al lado de mujeres y hombres con traje civil. Casi todos eran jóvenes.

 

Entre las mujeres que formaban parte del con-voy, tres seguían por su voluntad á sus maridos á Siberia.

 

La escena de violencia que acabamos de sufrir nos tenía indignados y seguíamos en silencio las calles solitarias de Moscou, donde los raros pa-seantes se detenían y los curiosos se asomaban á las ventanas para vernos desfilar. En la estación,

 

á la que llegamos bien pronto, había poca gente; algunos gendarmes sobre el andén, los vigilantes de la prisión y los portadores del bagaje. La poli-cía había formado una barrera y no dejaba apro-ximarse al tren especial que nos estaba reserva-do más que á aquellos que iban provistos de una autorización.

 

Cuando nos instalamos en nuestros vagones, diferentes personas, en su mayoría familia de los prisioneros, vinieron á despedirse de nosotros; pero los gendarmes no les dejaron acercarse y tuvimos que darles el adiós desde lejos.

 

—¡Seguid bien! ¡Sed felices! ¡No nos olvidéis!— les gritábamos detrás de las ventanas enrejadas.

—¡No perdáis el valor! ¡Hasta la vista! ¡Hasta muy pronto!—nos respondían ellos.

 

—Cantemos alguna cosa—dijeron los amigos. Y los que en la cárcel habían organizado un orfeón, entonaron el aire de El Batelero, bien co-

nocido en la Pequeña Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lentamente el tren se puso en movimiento, y el eco de la melancólica y bella canción se prolon-gó detrás de nosotros. Nuestros amigos no pudie-ron reprimir sus lágrimas, sus lejanos gemidos se escuchaban en el tren, mezclados con el ruido de la trepidación de la máquina.

 

Largo tiempo aún estuvimos agrupados cerca de los hierros de las ventanas para echar la últi-ma ojeada sobre Moscou; habíamos ya pasado de los barrios, y nuestros ojos contemplaban con admiración las vastas llanuras que se extendían delante de nosotros.

 

Cuando el tren se detuvo en la estación si-guiente, llena de una gran multitud de aldeanos y obreros, muchos pudieron llegar hasta nuestro vagón y hacernos pasar diferentes objetos.

—¡Tomad esto en nombre de la Virgen!—oí.

 

A través de la ventanilla, una vieja aldeana me presentaba un copek,

 

—No lo necesito, madrecita; guárdelo usted para otro—respondí yo.

 

Y sentí cierto consuelo en el corazón ante la bondad de aquella sencilla mujer del pueblo. Este pequeño incidente elevó mi pensamiento á milla-res de recuerdos, y caí en meditación profunda. Cuanto más nos alejábamos de Moscou me sentía más triste; me parecía que no vería más á los nu-merosos amigos que dejaba allí; no hablaba con nadie, y mi mirada se perdía en el espacio. Atra-vesábamos ahora una región industrial. Una mul-titud enorme llenaba las estaciones y á lo largo de la línea veíamos numerosos grupos de obre-ros. Mujeres y hombres, con sus trajes de colores abigarrados, se alineaban para ver pasar el tren, diciendo algunas palabras en voz alta y haciendo grandes gestos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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172     LEÓN DEUTSCH

 

Yo no puedo decir si sabían que éramos pre-sos políticos deportados á Siberia y nos atestigua-ban su simpatía. Es tradición en el país que atra-vesamos los desterrados darles todos una prueba de piedad, porque el pueblo ruso llama á estos prisioneros «los hijos de la desgracia».

 

Al día siguiente, muy temprano, llegamos á Nijni-Novgorod, donde fuimos .embarcados en los barcos que debían transportarnos á Perm por el Volga y su afluente el Kama. Nuestro destaca-mento provocaba la curiosidad de todos cuando nos dirigíamos al embarcadero.

 

Las parejas de esposos ó novios se daban el brazo; nosotros seguíamos detrás, rodeados de los soldados que nos escoltaban.

 

Nos tenían señalados dos inmensos camaro-tes, uno para los hombres y otro para las muje-res; pero nos podíamos reunir todos al aire libre, sobre el gran puente, cuyas barandas, hasta cierta altura, estaban rodeadas de una reja de hierro.

 

Nos preparábamos nosotros mismos nuestro alimento con las provisiones que habíamos com-prado, y no nos podíamos quejar de los prepara-tivos que nuestros parientes y amigos nos habían hecho ni de la ingeniosidad del jefe de despensa Lazareff.

 

El viaje en barco duró algunos días. El tiempo fue admirable; desde por la mañana hasta la noche estábamos sobre el puente maravillados del espectáculo encantador que ofrecen las orillas del Volga, este rey de los ríos europeos. Por la tarde, al ponerse el sol, nuestro orfeón, en el cual había voces muy notables, entonaba sus cantos preferidos.

 

Con la cabeza apoyada en la reja del puente, la mirada perdida en el infinito, me dejaba mecer

 

 

 

 

 

 

 

 

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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     173

 

por el movimiento del barco y por los cantos im-pregnados de una melancólica queja. El barco se deslizaba sin ruido, como arrastrado por la co-rriente.

 

Apenas los rayos del sol se ocultaban, las es-trellas empezaban á brillar en un cielo sin nubes, reflejándose en el espejo argentado de las aguas. Todo alrededor mío, el río, las estrellas y los cantos, me recordaba otra corriente de agua: el caudaloso Dniéper, á cuyas orillas había transcu-rrido mi infancia.

*

b *

 

—¿En qué piensa usted? ¿Por qué está usted triste?—me preguntó un día una administrativa, una joven de veinte años, con la que no había hablado nunca.

 

La conversación se hizo pronto de las más ín-timas entre nosotros. Comprendía mi disposición de espíritu y tomaba en ella una parte muy cor-dial. Era una criatura bastante extraña, original, excéntrica, pero de una alta inteligencia. Me contó de qué manera se hizo socialista y qué circuns-tancias particulares la habían envuelto en el mo-vimiento revolucionario.

 

Como otras muchas mujeres de esta época, la señorita Sanoyloff sentía el deseo de hacer algo por el pueblo, por los aldeanos. ¿Cuándo y cómo? No lo sabía y no encontraba nadie que se lo indi-case. Trató de buscarlo en todos los libros que cayeran en sus manos. Luego hizo numerosos viajes á Petersburgo, á pesar de la oposición de sus padres. Esperaba encontrar un hombre que la ayudase con sus consejos en su investigación, pero antes de haber esclarecido las dudas que la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 173.

 

 

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torturaban fue arrestada, y ahora la conducían á Siberia por tres años. Como tantas otras, esta joven de noble corazón había gastado sus fuerzas y destrozado su vida sin poder ser útil, sin encon-trar siquiera la satisfacción interior. Era una de las innumerables victimas de la política de nues-tro país. Poco después se suicidó en Siberia.

 

De Perm á Iekaterinbourg fuimos por camino de hierro. Llegamos á la última ciudad después de un fatigoso día de viaje, y pasamos allí la no-che. A la mañana siguiente nuestro destacamento, que se componía sólo de políticos, fue conducido en coche á Tiumen, la primera ciudad de la Sibe-ria. Los trabajos del transiberiano habían apenas comenzado, y este viaje, que hoy es sencillo, pre-sentaba entonces numerosas dificultades pora partir de Iekaterinbourg. En el momento de nues-tra marcha tuvimos con las autoridades locales una discusión, que pudo acarrear consecuencias desagradables á alguno de nosotros.

 

Se habían preparado cierto número de coches tirados por tres caballos, para transportarnos á nosotros, nuestra escolta, y nuestro equipaje. Cua-tro prisioneros y dos soldados debían montar en cada coche, que con el cochero hacían siete per-sonas.

Varios jóvenes encontraron que era demasia-do y pidieron al capitán Wolkoff, que les acompa-ñaba desde Moscou y á mí desde Kiew, que hi-ciera montar sólo tres ó cuatro en cada coche y un soldado. Como no había preparados medios de locomoción, el oficial se negó á su demanda, y entonces los jóvenes declararon que no montarían sino á la fuerza. Esto podía provocar un tumulto y tener malas consecuencias.

El comisario de policía vino y declaró que le

 

 

 

 

 

 

 

 

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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     175

 

era imposible hacer preparar ningún otro medio de transporte, porque el número había sido fijado por la autoridad superior. Una larga discusión tuvo lugar entre las jóvenes administrativas y al-gunas mujeres. Nosotros, los de más edad, creía-mos que la cosa no valía la pena de provocar un conflicto, que daría por resultado enviar los jóve-nes revoltosos por más tiempo á las regiones so-litarias de Siberia, ó quizá á la terrible fortaleza de Schlüsselbourg.

 

—¿Se niegan ustedes á montar en los coches?— preguntaron Wolkoff y el comisario.

 

—No subiremos sino empleando la fuerza — gritaron ellos.

 

—Quedarán ustedes sometidos á un proceso verbal, por desobediencia á las autoridades.

—Pueden hacer lo que quieran.

 

E'ntre los revolucionarios se considera como una sagrada obligación la unión de todos contra las autoridades. Aunque en el caso presente la mayoría de entre nosotros no viese motivo pora la protesta, estábamos obligados á secundar á estos cerebros exaltados.

 

Un conflicto parecía inevitable. Varios tuvimos la idea de ensayar si se podía ir bien con arreglo

 

á las órdenes recibidas, y con un poco de buena voluntad siete personas podían ir bien en un coche.

De este modo tan sencillo los protestantes se tuvieron que resignar, aunque murmurando entre dientres.

Apenas llegamos á la primera estación, cada coche no tenía más que seis viajeros; los soldados preferían ir sobre el carro de equipaje, y no quedó más que uno para guarda en cada coche.

 

Ya durante la travesía del Volga y del Kama

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 175.

 

 

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se habían formado grupos que deseaban conti-nuar unidos en el viaje en coche. Se propuso que se dejara á las damas escoger los caballeros que deseaban las acompañasen. La idea fue aceptada por gran número de entre nosotros, pero encon-tró numerosos adversarios. Algunos no querían viajar en compañía de las mujeres y se declararon ellos mismos fuera de concurso. Naturalmente, estos enemigos de las mujeres eran los más jóvenes de entre nosotros.

 

El viaje en troíka de tres caballos presenta un encanto extraordinario. No se anda, no se corre; se vuela.

 

Al otro lado del Ural, donde nos encontrába-mos ahora, comenzaba apenas la primavera. Todo florecía en torno nuestro; había una exuberancia de vida.

 

Pasábamos como un torbellino á lo largo de los caminos, levantando nubes de polvo. Los co-cheros fustigaban los caballos con la voz y con el gesto, y les impedían dejar el galope.

 

Al principio no éramos más que cuatro en cada coche, dos hombres y dos mujeres; pero luego nos reuníamos hasta seis; de aquí los can-tos, las risas y las conversaciones sin fin. Nos habíamos conocido en la prisión, el trayecto en barco y camino de hierro había confirmado nues-tra amistad; el viaje en troíka acabó de aproxi-marnos á todos.

 

Dejábamos todos los días dos estaciones de-trás de nosotros, es decir, recorríamos sesenta verstas y no se cambiaban los caballos más que una vez. Se desenganchaba y se enganchaban los nuevos tiros con una rapidez extraordinaria. En tanto que los cocheros se ocupaban de esto, nos-otros corríamos por todas partes para comprar

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 176.

 

 

DIEZ  Y  SEIS AÑOS EN  S1BERIA 177

 

provisiones á los revendedores que se encontra-ban en el patio de la posta: huevos duros, leche y manteca.

 

Llegábamos siempre á buena hora á las posa-das, antes del crepúsculo, y preparábamos la co-mida, que hacía á la vez de almuerzo y cena.

 

Generalmente pasábamos la velada al aire libre. Los unos cantaban, los otros se aislaban en pequeños grupos; algunas veces nos reuníamos todos y se sostenían animadas conversaciones.

 

Un día, los primeros carruajes se detuvieron bruscamente en pleno campo, lejos de la estación. Descendimos y nos hallamos delante de un poste fronterizo. Era una de esas señales divisorias que han adquirido triste celebridad entre nosotros.

 

Sobre un lado tenía escrita la palabra Europa, al otro la palabra Asia.

 

* **

 

Estamos á comienzos de Junio; un año y tres meses habían transcurrido desde mi arresto en Friburgo hasta el día en que franqueaba por primera vez la frontera entre Siberia y Europa. La vista de este poste, ante el cual tantos cente-nares de hombres condenados á destierro habían pasado, levantó en mi tristes pensamientos.

 

Había pasado quince meses en las prisiones de Alemania y Rusia. ¿Cuántos años duraría para mí la cautividad? ¿Vería de nuevo este poste á mi vuelta a Europa ó quedaría enterrado allá abajo, en la Siberia.

 

 

 

 

TOMO I        12

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 177.

 

 

CAPÍTULO XVII

 

 

Nuestras reuniones.—Á Tiumen.—Separación.—Sobre el rio

 

de Slberia.—Una proposición espantosa.

 

 

La ciudad de Tiumen era en esta época teatro de los conflictos que estallaban entre los deporta-dos políticos y la administración.

 

Nosotros temíamos vernos obligados á soste-ner alguna lucha de estas, cuyas causas nos eran conocidas por las cartas de los compañeros. Dis-cutíamos la conducta que debíamos observar con los funcionarios, pero conforme con el hábito de los rusos, no llegábamos á ninguna conclusión, porque era imposible establecer orden en los de-bates; todo el mundo hablaba á un mismo tiempo y ninguno escuchaba la opinión de los otros. Me habían escogido para dirigir los debates, según los usos parlamentarios; pero no se conseguía nada, y muchos pensaban que las cosas irían mejor sin presidente.

 

En efecto, es preciso estar loco para imaginar-se que se podía introducir alguna disciplina entre estas cabezas exaltadas. Ordinariamente, media docena de celosos oradores pedían la palabra á un tiempo mismo; uno solo podía obtenerla, y como la concisión no es la cualidad dominante en los rusos, hablaba largo tiempo, tanto, que los

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 178.

 

 

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otros no podían resignarse al silencio y tomaban la palabra sin hacer caso de nada; elevaban la voz, y todos los que estaban próximos habían de escu-charles. Uno afirmaba que el presidente no valía nada; otro que era absurdo este método; elparla-mentarismo era objeto de la reprobación de todos.

 

—No, señores; estos procedimientos del Oeste de Europa no están hechos para nosotros—grita-ba uno en medio de la aprobación general.

 

Y entonces comenzaron los debates á la rusa, es decir, con una docena de voces mezcladas en todos sentidos. No se entendía una palabra, pero así pensaban muchos que era mejor; al menos podían hablar, mientras que con el parlamenta rismo habían de retirarse sin decir nada, y no se resignaban al silencio. Así llegamos á Tiumen sin haber decidido nada. Tiumen era la localidad de donde los desterrados se dirigían á los diversos puntos de Siberia. Era allí donde nosotros había-mos de separarnos para ir unos hacia el Sur y otros hacia el Norte; fuera de los condenados por la vía administrativa, nadie conocía el lugar de su destino. Esto era de gran importancia, porque entre las diversas regiones de la Siberia hay dife-rencias de clima tan grandes como entre Noruega y la Italia.

 

Se puede adivinar por esto con qué ansiedad esperábamos nosotros la decisión que se tomaría

 

á propósito de los deportados administrativos. Su destino dependía, en efecto, de la dirección que les seria dada desde Tiumen.

Ya á la puerta de la cárcel, faltó un cabello para que hubiese una colisión entre nosotros y la administración. Se quería enviar á nuestras com-pañeras á una prisión especial para mujeres muy lejos de la nuestra. Nos opusimos á la separación,

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 179.

 

 

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que no era de nuestro gusto y trastornaba además nuestras condiciones de vida. Los funcionarios se rindieron á nuestras razones.

 

Debíamos estar en Tiumen sólo unas pocas-semanas, y pronto supimos que los administrati-vos serían expedidos al Sur de Tobolsk, sitio rela-tivamente favorable; pero al mismo tiempo se nos dijo que harían el viaje á jornadas, lo que signi-fica muchas semanas de grandes fatigas, las cua-les se evitarían si en vez de hacer el viaje por tierra se efectuase en barcas ó barco de vapor. Estos envíos por tierra habían ya sido causa de numerosos disgustos con otros destacamentos. Los funcionarios conocían lo bien fundado de nuestras reclamaciones; pero sea por evitarse cui-dados, sea por otros motivos, se atenían á las ins-trucciones que les habían dado.

 

Los compañeros que debían ir hacia el Sur decidieron oponerse con todas sus fuerzas, y nos-otros nos resolvimos á sostener por todos los medios su protesta, que nos parecía bien fundada. Después de discusiones muy vivas se acordó diri-gir un telegrama al gobernador, pidiéndole que en-viara barcos de transporte á los destinados al Sur.

 

Llegó el día fijado para la partida y se hizo llamar al despacho al jefe de los administrativos, pero no le dejamos ir. Si los guardianes hubieran querido emplear la fuerza, una colisión hubiera estallado.

 

En respuesta á nuestro telegrama, el goberna-dor en persona vino á la cárcel y terminó la cues-tión diciéndonos que nuestros camaradas harían el viaje en barco, conforme deseábamos.

 

La promesa de tan alto funcionario nos llenó de satisfacción y se restableció la calma; pero este caballero nos había engañado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 180.

 

 

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Los que habíamos de ir al Norte de Tobolsk recibimos orden de prepararnos á partir; tenía-mos mucho que hacer, pues se trataba de un viaje de varios meses. Nuestra sociedad estaba disuelta; el dinero y las provisiones fueron repar-tidos entre los diferentes grupos, según la distan-cia del trayecto que habían de hacer; ciertos admi-nistrativos y ciertos deportados que no tenían recursos recibieron una pequeña suma para hacer frente á las necesidades más apremiantes en la ciudad de su destino. La separación era para nos-otros penosa, y desde por la mañana las parejas que habían de separarse conversaban en el patio de la prisión; éramos todos como una familia.

 

Formábamos el proyecto de continuar las re-laciones establecidas y no olvidarnos los unos á los otros. Por desgracia las circunstancias son con frecuencia más fuertes que las resoluciones y todos los deseos del corazón. Después de muchos años separados por millares de leguas, en la im-posibilidad de correspondemos libremente, debía-mos perder de vista á nuestros mejores amigos y hasta olvidarlos. Conservaba la esperanza de vol-verlos á encontrar de nuevo, y hoy, que ya han transcurrido veinte años, apenas si he visto uno solo de entre ellos.

 

Supimos después que cuando nos hubimos alejado, los empleados de la cárcel dijeron á nues-tros compañeros que á pesar de la promesa del gobernador harían su viaje por tierra, y como se negaran se empleó con ellos la violencia, teniendo que someterse, sin que, por fortuna, hubiera que lamentar nuevas desgracias. Si no nos hubieran engañado, estando todos juntos no se hubieran atrevido á usar la fuerza.

Eramos ahora diez y nueve compañeros los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 181.

 

 

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que emprendíamos el camino del Nordeste. Cua-tro condenados á trabajos, Tchuikoff, Spandoni, María Kaljushnaja y yo; cuatro condenados 6 de-portación, Wassiljeff, Dashkjewitch y las señoras Tchemodanova y Shtchulepnikova; el resto eran administrativos, que debían ser repartidos los unos al Norte del gobierno de Tobolsk, los otros en la Siberia oriental. Entre los últimos se con-taban el jefe de nuestra despensa Lazareff, Rubi-nok y Maljevani.

 

Debíamos ir en barco de vapor de Tiumen a Tomsk. Nuestro itinerario era el siguiente: des-cender el Tura, á cuyas orillas se encuentra Tiu-men, hasta su confluencia con el Tohol; seguir el río hasta Irtisch y este último hasta el Obi; descender la corriente hasta Tomi, á las orillas del Tomsk. Era un viaje de cerca de tres mil vers-tas, que exigía por lo menos catorce días.

 

De la misma manera que en el Volga, fuimos embarcados en dos camarotes de un barco espe-cial, y un barco de vapor tiraba á remolque de nuestra prisión flotante. Este viaje por agua no tenía nada de interesante. Aunque estábamos ya en Junio, no había señales de primavera todavía. De tiempo en tiempo encontrábamos enormes hie-los arrastrados por la corriente; las noches eran muy frías y de día apenas calentaba el sol. Los ríos, á causa del deshielo, habían salido de su lecho y no se descubría ninguna orilla. Todo es-taba muerto á nuestro alrededor, desierto, apenas si la vista encontraba trazas de la actividad hu-mana. Este silencio de muerte, esta ausencia de toda la vida en una época tan avanzada, el frío que se sentía aumentar á medida que íbamos al. Norte, todo producía en nuestros espíritus una acción deprimente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 182.

 

 

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—¡Y en estos terrenos primitivos, en estos pan-tanos sin fin, viven los hombres!—decíamos con tristeza.

 

Y yo pensaba que éramos aún más desgracia-dos que los samoyedos y los ostiaks, que recorren en libertad sus florestas y sus estepas.

 

De tiempo en tiempo nuestro barco se detenía para hacer leña ó en los altos acostumbrados. Los ostiaks venían á buscarnos á bordo en sus miserables barcos hechos de cortezas de árbol, y nos ofrecían pescados. No parecían conocer el valor del dinero. Cada vez que les preguntábamos el precio de un pescado, respondían invariable-mente la palabra rup, que en su lengua significa ruó/o; pero aceptaban con reconocimiento algunas piezas de cobre. Algunas veces un pedazo de pan

 

ó un poco de tabaco les causaba mucha más ale-gría.. Las pobres gentes están en una situación muy lastimosa. Los bateleros y los soldados de nuestra escolta los trataban brutalmente, pero les importaba poco. A veces se percibían á distan» cia sus chozas, destacándose como bolas en la

campiña; los techos estaban  hechos de ramas

y los muros de cortezas de abedul ó de pieles

de reno.

 

Antes de la capital del gobierno de Tohalsk, situada en el confluente del Tohol y del largo río Irtisch, nos encontramos con dos localidades ha-bitadas que llevaban nombre de ciudades. Surgut y Narim. Entre, estas dos ciudades está Berezoff, localidad situada en la frontera Norte de la tierra firme, donde ciertos administrativos que nos acompañaban debían quedar. Nos separamos de ellos en Tobolsk. Se puede comprender qué con-diciones de existencia son las de los deportados. Estas pretendidas ciudades se componen de una

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 183.

 

 

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docena de chozas de madera, cuyos habitantes son una mezcla derusos y de los primitivos mo-radores. Estas gentes luchan penosamente por la vida y se alimentan de peces. Unhombre ilustra-do debe encontrar espantosa esta existencia. ¡Y es aquí donde el gobierno ruso envía los jóvenes menores deedad! He conocido una joven de diez y siete años desterrada á Berezoff por doce años. Afortunadamente las mujeres que iban en nues-tra compañía no estaban condenadas a este es-patoso destierro.

 

Mientras seguíamos la corriente del Obi, el espectáculo nocambió; por todas partes la misma soledad sinfin.La vida se deslizaba tranquila y monótona; la compañía estaba ya deshecha y no teníamos maestro decoros.

Al fin llegamos á Tomsk. Esta ciudad, de las más pobladas de la Siberia, abrigaba entonces muy pocos desterrados políticos; dos de entre ellos vinieron inmediatamente á encontrarnos en nuestro barco, ardiendo en deseos de conocernos y desaber algunas novedades del país. Había allí una señora que yoconocí seis años antes; ella me miró con fijeza, y noquería creer que este conde-nado fuera el mismo individuo que vio encircuns-tancias tan diferentes.

 

—¡No, no; usted no es el mismo; usted es otro distinto!—decía.

 

Las autoridades penitenciarias locales nos esperaban aldesembarcar: cuando nuestra identi-dad fueescrupulosamente establecida por lacom-paración entre nosotros y la fotografía que acom-pañaba el mandato de destierro, nos llevaron á la cárcel al través de las calles de la ciudad. En el camino, dos jóvenes, casi dos niñas, rompieron la escolta del convoy y se precipitaron hacia nos-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 184.

 

 

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otros. Los soldados, sorprendidos, quisieron ale-jar á las intrusas, pero noera fácil; ágiles como ardillas, se deslizaron al través de las filas, sin prestar atención á oficiales ni soldados. Eran las hermanas P..., desterradas administrativamente, y no nos dejaron hasta la puerta de la cárcel.

 

Estuvimos ocho días en Tomsk. Durante ese tiempo pudimos conocer á todos los desterrados que se encontraban allí, porque seles había auto-rizado á venir á vernos. La prisión provisional donde nos encerraron se componía de algunas barracas unidas. Todas laspiezas estaban llenas, porque había cerca demil prisioneros delas más diversas categorías y detodas edades, criminales de derecho común en su mayor parte. Durante todo el día se paseaban con nosotros en el gran patio, donde se nos dejaba en libertad. Hasta en-tonces habíamos estado separados deellos, pero ahora estábamos todos reunidos.

 

Un día, mientras que me paseaba en el patio, uno de estos criminales se aproximó y entabló conversación conmigo. Era un hombre robusto, con los cabellos rojos, las facciones acentuadas y de unos treinta años de edad.

Estaba vestido con cierta coquetería para un prisionero. Bajo su capote, que llevaba echado sobre los hombros, se veía una camisa muy blanca, sujeta por una corbata color cereza; alre-dedor del cuerpo tenía un cinturón, sobre el cual caían las cadenas, que no hacían ruido alguno cuando andaba; las anillas que las sostenían al-rededor del tobillo estaban tan bien colocadas, que se hubiera dicho que llevaba botas; uncas-quete sin visera se inclinaba graciosamente al lado de su cabeza, y un bigote de puntas retorci-das completaba su aspecto deuna cierta elegan-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 185.

 

 

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cia. Tenía delante de mí un representante de la aristocracia del crimen.

 

—¿Cuántos años tiene usted que cumplir?—me preguntó después de saludarme.

 

Cuando le contesté, añadió: —¿Y piensa usted pasarlos aquí? —¿Cómo podría evitarlo?

—Si usted quiere podemos dar un golpe.

 

Yo sabía lo que esto significaba. En 1879, al-gunos condenados políticos se habían evadido haciéndose pasar por condenados de derecho común; pero las autoridades tomaban ya precau-ciones; los papeles de los condenados políticos iban acompañados de su fotografía; hacían parte de convoyes especiales y cada uno de ellos era con-fiado á la guarda de un soldado. Cuando le conté estos detalles, él no pareció turbado.

 

—¡Los bestias!—dijo;—ya burlaríamos bien to-das sus prescripciones infantiles.

 

Sabía por los libros y por los relatos de mis carnaradas que los condenados de derecho común tenían una organización especial en Siberia, Un cierto número, más enérgicos y más atrevidos que el resto, se llamaban iwans y tomaban todas las decisiones relativas al destacamento de que for-maban parte; lo dirigían y arreglaban todo sin preocuparse de los reglamentos de las prisiones, y la masa obedecía sus órdenes, por injustas y crueles que fuesen.

Conocí que tenía ante mí uno de estos tiranos.

—No sé"cómo pudiera usted hacerlo—le dije.—

Me parece que hay obstáculos insuperables. —¿Ha visto usted los pozos?—me contestó el

 

individuo.—Pues bien; en esos pozos se descu-bren todos los años uno ó dos cadáveres. Esto es lo que nosotros llamamos un golpe. Toma usted

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 186.

 

 

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el lugar de otro; la víctima desaparece. ¿Compren-de usted?

 

No comprendí bien lo que quería decir, pero desenvolvió el plan, que escuchó lleno de terror.

 

Yo debía cambiar de estado civil con otro antes de que nuestros guardias aprendiesen á conocer-nos por nuestros nombres. Con el que yo hiciese este cambio debía tener alguna semejanza. En el momento del envío de los políticos se apercibirían de que Deutsch faltaba, porque Iwan se encarga-ría de matar á su camarada que llevaba mi nom-bre y arrojar su cadáver al pozo; así no se le encontraría; pero si por azar era descubierto el cuerpo del desgraciado que yo había sustituido, se creería que yo había muerto ó me habían ma-tado; en tanto me sería fácil evadirme. Para come-ter este asesinato, mi individuo no pedía más que veinte ó treinta rublos, y aun tenía que partir este dinero con cierto número de cómplices. Me afirmó que este género de asesinatos eran muy comunes y que él los hacía casi siempre.

 

Estaba estupefacto oyendo hablar á este hom-bre con tono reposado y sereno, como si se trata-se de la cosa más sencilla del mundo y no de un crimen.

 

Cuando rehusé su proposición quedó admira-do. Más tarde he conocido que estas cosas corres-ponden á las costumbres y á la mentalidad de estas gentes, y no encuentran en ello nada de re-prensible.

 

En Tomsk quedaron algunos de nuestros com-pañeros, y sólo catorce continuamos hacia la Siberia Oriental; entre nosotros, María Kaljus-chnaja, Bárbara Pschubjulkow y Liubov Teche-modanova.

Se quiso separarlas de nosotros y unirlas al

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 187.

 

 

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convoy de presos casados, pero como sabíamos que enjaquel convoy iban numerosos prisioneros de derecho común y no queríamos exponer á nuestras amigas á promiscuidades odiosas y re-pugnantes, dirigimos, por consejo del gobernador, una solicitud á la administración superior de las prisiones de Petersburgo y obtuvimos que las de-jasen en nuestra compañía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 188.

 

 

CAPÍTULO XVIII

 

 

 

Por etapas. —Un oficial imprudente.—La caza del hombre

 

 

Lo desagradable del viaje para los prisioneros políticos comenzaba realmente en Tomsk. De Moscou á Tomsk, cerca de 5.000 cerstas, habíamos viajado á la europea: á partir de esta ciudad de-bíamos hacer el viaje por etapas, es decir, á pie, de una estación á la otra.

 

Con el calor sofocante del verano, con los fríos del invierno siberiano, con el viento y la tempes-tad y con el mal estado de los caminos, se expe-dían en determinados días de la semana de Tomsk á Siberia oriental convoyes de varios cien-tos de deportados; los unos compuestos de hom-bres únicamente, los otros de familias enteras, de hombres, mujeres y niños.

 

Había que recorrer todos los días una etapa, es decir, una distancia de 25 á 30 verstas, y cada tres días se nos daba uno de reposo.

 

Marchábamos así semanas y meses en las más espantosas condiciones. En los altos se nos ence-rraba en piezas sombrías, infestadas por toda clase de miasmas; los lechos dispuestos en dos filas y unos contra otros.

 

No se podía pensar en dormir hasta una hora muy avanzada de la noche, y por la mañana, tem-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 189.

 

 

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prano, se nos hacía levantar a viva fuerza para seguir nuestra penosa peregrinación.

 

Mucho antes de salir el sol, los criminales de derecho común estaban listos y alineados en el patio, bajo el frío glacial; nos llamaban en seguida f se daba la señal de partir. Al frente marchaban Ios más resueltos de los iwans, dispuestos á todas las fatigas. La mayoría de ellos había ya hecho varias veces este camino y lo conocía bien; mar-chaban en filas bien formados y hacían con un paso igual seis ó siete verstas por hora. Detrás de ellos, á larga distancia, se arrastraban penosa-mente, en grupos confusos, los prisioneros, de derecho común; después venían algunas carretas cargadas de enfermos, de rezagados y de equi-paje. Los políticos iban en carretas de dos ó tres asientos, tiradas por un sólo caballo y bajo la guardia de una escolta especial.

 

Esta extraña procesión se extendía á lo largo del camino en el espació de un kilómetro lo me-nos. Se levantaban nubes de polvo, que los que íbamos dentro teníamos que sufrir. A esto se añadía un suplicio especial: los mosquitos de la Siberia. Estábamos envueltos en torbellinos de esos terribles insectos; se paraban en nuestras caras, en las manos, se introducían en la nariz, en la boca, en las orejas y en los ojos, y nos acri-billaban á dolorosas picaduras. La sola manera de protegerse de ellos era una especie de colador, hecho con crines de caballo, de que tuvimos la precaución de proveernos.

 

Después de los doce primeros kilómetros de la jornada, nos deteníamos cerca de una fuente, una ribera ó en una explanada. Allí los crimina-les de derecho común tomaban su almuerzo, por-que no habían tomado nada antes de ponerse en

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 190.

 

 

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camino. Este almuerzo consistía, para la mayor parte de ellos, en un pedazo de pan seco, y aun no lo tenían todos. En efecto, ellos recibían por cabeza y por día de cinco á doce kopecks,según el precio de los alimentos, que depende de la cose-cha del año.

 

Los privilegiados reciben un poco mós, porque aun allí se hacen sentir las diferencias de condi-ción. Estos recursos, aun en las circunstancias mes favorables, bastaban apenas para satisfacer su hambre, cuando podían tomar un poco de té ó de legumbres. Pero el hábito del juego está tan profundamente arraigado en el alma de los crimi-nales, que arriesgan hasta su última moneda, y así que la han perdido quedan condenados al hambre. El solo remedio para estos desgraciados era entonces la mendicidad. Cuando atravesába-mos alguna aldea, ciertos prisioneros en grupos iban á demandar limosna bajo la guardia de los soldados. Se detenían delante de las chozas de madera, entonaban una súplica lamentosa, y las mujeres siberianas les arrojaban un pedazo de pan por la ventana; alguna vez los viajeros que encontrábamos en el camino les daban algunos kopecks. El dinero así recolectado pertenecía á la comunidad, porque habían organizado una espe-cie de sociedad cooperativa.

 

Después de reposar un poco, nuestro convoy se ponía en marcha en el mismo orden y conti-nuaba la etapa entre los grandes calores de me-diodía. Apenas llegados los detenidos se precipi-taban á la puerta de la prisión, que estaba abierta, luchando por obtener la mejor plaza, y los más débiles eran brutalmente rechazados por los más fuertes. Al ver esta lucha encarnizada de algunos centenares de hombres en un patio estrechó, se

 

 

 

 

 

 

 

 

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creía que se iban á matar los unos á los otros, pero todo terminaba con algunos puñetazos é in-jurias. Naturalmente, los iwans, decididos á todo, tenían siempre la preferencia. Ellos se aseguraban los mejores puestos, mientras que los viejos, los débiles y los enfermos debían contentarse con un pequeño rincón.

 

Las prisiones se componían casi siempre de un piso bajo, construido con planchas mal dividi-das á manera de departamentos; había dos, tres ó cuatro piezas. Al lado de las destinadas á los pre-sos se encontraba una habitación para el oficial de guardia y otra para los soldados; después, á todo el rededor se levantaba una empalizada con pos-tes de cinco ó seis metros de alto, terminados en aguda punta. Las prisiones eran de dos clases, unas pequeñas, donde se pasaba la noche, y otras donde nos deteníamos el día de reposo, y en la que residía un oficial.

 

Una vez resuelta la cuestión de las plazas, los prisioneros salían al patio. Allí los comerciantes formaban un verdadero mercado. Los condena-dos no dejaban de engañar y robar siempre que podían á las pobres mujeres; ellas ponían el grito en el cielo, pero como los bribones se entendían entre ellos, no se hallaba medio de averiguar la verdad, y los ladrones tenían siempre razón. Se lavaban y se cocían también los alimentos en el patio. Para esto se encendía un gran fuego dev leña, y nadie pensaba en el menor peligro de in-cendio, cuando casi todo el edificio era de ma-dera.

 

Los políticos ocupaban una pieza aparte. Nues-tro primer cuidado en llegando era establecer una separación para las mujeres por medio de cuerdas y las mantas de las camas. La situación de estas

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 192.

 

 

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pobres mujeres, que vivían así en promiscuidad permanente con los hombres, era en verdad pe-nosa, y hacíamos todos los esfuerzos para evitar-les lo desagradable, en la medida que nos era po-sible.

 

Para la mayor parte lo más enojoso de este largo viaje era levantarnos temprano; sufríamos sobre todo la falta de sueño, y por un antiguo há-bito no podíamos dormirnos temprano. Los cri-minales de derecho común, por el contrario, esta-ban de pie antes del alba, y esto amenazaba continuamente conflictos entre ellos y nosotros.

 

íbamos, por lo general, al patio cuando lo ha-bían ocupado todo y no encontrábamos sitio donde respirar un poco de aire puro.

 

Una noche, como algunos de nosotros estába-mos en el patio, vino el oficial y nos ordenó en-trar en la habitación, diciendo:

 

—Acuéstense ustedes, porque mañana por la mañana hemos de marchar á las cuatro.

 

—¿Pero no ha fijado usted mismo la partida para las seis?—le respondimos.

 

—He resuelto hoy que salgamos á las cuatro. —Nosotros quedaremos aquí y no partiremos

hasta las seis.

— ¡Ya lo veremos! Y se alejó.

 

Resolvimos de común acuerdo no ceder al ca-

pricho del oficial.

 

Ana mañana siguiente estaba todavía obscuro cuando el guardia nos despertó y nos dijo de porte del oficial que nos dispusiéramos á partir. Nin-guno hicimos caso de sus palabras. Durante este tiempo los criminales de derecho común estaban ya en el patio dispuestos á marchar á las cuatro. Un sargento entró á repetirnos la orden; algunos

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 193.

 

 

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se empezaron á vestir y otros quedamos acosta-dos. Ya los criminales en el patio, comenzaban á murmurar porque se les dejaba expuestos al frío demasiado tiempo; se aproximaron á nuestras ventanas y nos amenazaron con feas palabrotas.

 

' El oficial apareció entonces en compañía de algunos soldados y de nuevo nos ordenó levan-tarnos. Ninguno se movió. Entonces gritó á sus hombres:

 

—¡Echadlos fuera á culatazos!

Una lucha seria se hubiera entablado si los soldados hubieran obedecido á su jefe, porque es-tábamos decididos á resistir. Dichosamente tu-vieron un momento de duda y eso nos salvó.

 

—¿Qué vais á hacer—les gritaron algunos.— ¿Queréis que corra sangre? Tenemos el derecho de no marchar tan temprano, pues según las ór-denes que os han dado, sólo desde el salir al ocul-tarse el sol ha de caminarse para ir de una etapa

 

á otra.

En este momento el sargento entró de nuevo.

—Capitán—dijo,—los  prisioneros se insurrec-

cionan y quieren penetrar aquí á viva fuerza. —¡Dejadnos entrar!—gritaban, en efecto, los

 

condenados;—nosotros nos encargamos de arre-glar este asunto.

 

—Vea usted lo que ha hecho—dijimos al oficial: —ha excitado usted contra nosotros á toda esa canalla, y será responsable de lo que suceda^

 

El oficial perdió la cabeza y cambió brosca-mente de actitud.

 

—¡En nombre de Dios! ¿Qué debo hacer?—nos preguntó.

 

Le dimos el consejo de dejar partir los conde-nados con el sargento y que nosotros partiéramos h las seis. Con la cabeza baja hizo todo lo que le

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 194.

 

 

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habíamos dicho, y pudimos tomar nuestro té con tranquilidad y prepararnos á la marcho.

 

De tiempo en tiempo, el ordenanza del oficial asomaba la cabeza preguntando si queríamos ya partir; nosotros mirábamos el reloj y le decíamos íos minutos que faltaban. A la primera campana-da de las seis nos levantamos y nuestro destaca-mento se puso en marcha.

 

A partir de este momento, conquistamos la simpatía y el respeto de los condenados de dere-cho común. Nuestra firmeza y nuestra decisión les impusieron. Estaban admirados de que un puñado de hombres no se hubiera dejado domi-nar por un oficial que tenía á su disposición un ciento de soldados y trescientos cincuenta hom-bres decididos á caer sobre nosotros. Las relacio-nes amistosas se establecieron de un campo á otro, y hasta el fin no hubo la menor querella.

 

Uno solo de los prisioneros nos guardó largo tiempo odio y no perdía ocasión de manifestár-noslo. Era un viejo caballode retorno que se había evadido ya dos veces y que ahora iba deportado de nuevo con la mención «de origen descono-cido».

 

No pertenecía, evidentemente, á la clase obre-ra; se hacía notar por su viva inteligencia y por sus conocimientos. La lectura era su pasión prin-cipal, pero por un azar extraño habían caído en sus manos los libros de los autores más reaccio-narios: el príncipe de Metscherski, Katkoff y algu-nos otros. Tenía ideas especiales sobre la política en general y sobre los socialistas. Estaba conven-cido de que los revolucionarios habían asesinado

 

á Alejandro II únicamente porque libró á los al-deanos de la esclavitud, y nos echaba al rostro en presencia de los condenados que no éramos más

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 195.

 

 

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que nobles malcontentos de sus ganancias ó sus

gajes. Algunos de entre nosotros se pusieron á discutir con él deseando convencerle, pero los ar-gumentos no encontraron acceso en su espíritu y nos pidió los libros de nuestra sociedad.

 

Con frecuencia hablaba con él, deseando cono-cer su pasado y su vida de libre vagabundaje, pero no pude lograr jamás saber cómo se llamaba y cuál era su nacimiento. Quedó siempre para nosotros t-Iwan de origen desconocido», coma estaba escrito sobre sus señas; pero hablaba con complacencia de su vida errante. Le pregunté una vez qué hacía en Rusia europea cuando se esca-paba de Siberia.

 

—¡Bah!—respondió;—vivir allá bajo no es difícil; lo esencial es poder pasar al otro lado del Ural: una vez llegado allí se toma el tren ó el vapor y se va

 

á Charkow, Kiew, Odesa ó Rostoff, se alquila una habitación y se vive tranquilo. Yo tsngo docu-mentos, mi pasaporte está en regla. Lo fabrico yo mismo y nadie-se ocupa de mí. Leo en las bibliotecas públicas, sobre todo novelas de Gabo-riau, Paul de Kock y Alejandro Dumas; á medio-día como en el restaurant y a la noche voy con frecuencia al teatro.

 

—Todo eso es muy hermoso, pero se necesita dinero para vivir así—respondí yo admirado, por-que como no hablaba de trabajo ni empleo, creí que vivía de sus rentas.

—¡El dinero! Se le toma donde se le encuentra.

—¿Qué quiere usted decir?

Desenvolvió sus métodos habituales.

—Ante todo, yo trabajo solo; no me fío de aso-ciaciones organizadas; hay siempre peligro de ser descubierto ó asesinado por algún mal compañe-ro. Yo hago mis negocios con mis manos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 196.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BER1A   197

 

Y me contó que estos negocios consistían en el robo y el engaño, según la ocasión.

—Algunas veces—dijo—las cosas salen mal y

me envían á Siberia como vagabundo de origen

 

desconocido; hay que volver á comenzar... Creo que esto será así toda la vida—concluyó con gran calma.

 

Después de esta confidencia y las de otros muchos criminales, comprendí por qué el número de vagabundos es tan grande entre nosotros. La mayoría de entre ellos se tratan como delincuen-tes y son condenados á la deportación. Hay tam-bién varios condenados a galeras, pero se las arre-glan para dar .elgolpe y tomar el puesto de otro.

 

En cuanto el sol de primavera hace su apari-ción emprenden el camino de Rusia europea. Es-cogen sendas extraviadas, veredas conocidas sólo de ellos al través de la selva y hasta alguna vez siguen tranquilamente la carretera de Moscou, la única vía existente antes de construirse el ferro-carril siberiano.

 

Nos cruzábamos con frecuencia en el camino con estos vagabundos, que viajaban por parejas ó por bandadas. Llevaban aún trajes de condenados, con un paquete y una marmita sobre los hombros; van siempre cerca de los bosques para poder ocultarse sin dejar huellas. Guando veían nuestro destacamento, venían á conversar con los conde-nados, que á veces eran antiguos conocidos. La presencia de los oficiales y los soldados no pare-cía intimidarles.

 

—¿Hacia qué lado va usted?—les preguntaban algunas veces los oficiales cuando los vagabundos los saludaban casquete en mano.

 

—Vuestra Gracia, buscamos no vivir á costa del Estado.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 197.

 

 

198     I-BÓN DBDTSCH

 

La mayor parte de estos vagabundos no tar-daban en caer de nuevo en manos de la justicia. Cuando llegaba el otoño, muy pocos estaban aún en libertad. Durante ese tiempo mendigaban.

 

Sea por obedecer á la religión, que recomienda la caridad, sea que les temiesen á sus represalias, la población de Siberia los socorría largamente. En muchas localidades hay la costumbre de de-jar en la ventana la comida para el caminante, una botella de leche, pan y queso. Para darles abrigo se deja abierta la puerta del cuarto del agua, que en la mayoría de las casas de los aldea-nos está separada de la habitación, pero no se les admite voluntariamente en el hogar, á causa de la desconfianza bien justificada que inspiran, y que me recuerda el episodio siguiente:

 

Un día, uno. de los condenados que formaba parte de mi convoy me contó que había conocido personalmente á Tchernisehevsky, el ilustre sabio y escritor ruso. Esto despertó mi interés y le pre-gunté dónde y cómo se había encontrado con el glorioso mártir. Me dijo que había sido una vez desterrado á Wilujsk, en el país de los yakoutes, donde Tchernischevsky se encontraba, Ellos ha-bían salido de la prisión también y habitaron en la misma villa. No me pudo dar más que una vaga idea de la manera como el escritor ilustre pasó su vida en el destierro, pero yo le hice una cariñosa acogida porque me parecía que este hombre, que había conocido personalmente & uno de los espí-ritus más nobles de Rusia, era diferente de los demás. Después que me hubo contado lo que sabía del maestro, le pregunté por qué circuns-tancias formaba parte del nuevo convoy.

 

—Me había cansado de vivir en Wilujsk—me dijo—y me escapé con otros vagabundos; estuvi-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 198.

 

 

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mos caminando dos días, hasta que una noche de tempestad y de lluvia llegamos a una aldea. Llovía á torrentes, y en ninguna parte nos que-rían recibir. Un viejecito abrió la puerta de su choza y le suplicamos en nombre de Dios que nos diera abrigo.

 

—¿Nos prometéis no hacernos daño?—nos pre-guntó.

 

—¿Cómo puede usted pensar eso? ¡Padrecito, tenga piedad de nosotros!

 

Con esta respuesta nos dejó entrar. Su ancia-na esposa nos dio de comer y nos permitieron dormir. Los dos viejos durmieron profundamen-te; aprovechamos la ocasión -para llevarnos todo lo que podíamos necesitar. No íbamos lejos cuando el vecindario corrió tras de nosotros y nos dieron alcance; la eterna historia, la deporta-ción. En el intervalo yo he podido hacer una sus-titución de persona y vengo al destierro como in-dividuo sin antecedentes conocidos.

 

Por su parte, las poblaciones siberianas suelen tomar represalias crueles de los vagabundos cuan-do les hallan solos: tratan 6 los desdichados como simples bestias y les arrebatan sus vestidos, sus botas y su pequeño peculio. Personas dignas de confianza me han contado como cosa cierta lo que sigue:

 

Un vagabundo se colocó como criado en una granja por todo el invierno. Cuando llegó la pri-mavera recibió su salario y se marchó. La suma no era considerable, porque los aldeanos explo-tan sin vergüenza á los pobres diablos que nece-sitan trabajar y les imponen una dura labor por un salario mezquino; pero á pesar de eso el amo sintió haberse desprendido de algunas monedas.

Apenas el mozo hubo partido, su antiguo amo

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 199.

 

 

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se puso á espiar qué dirección tomaba; cogió el fusil y salió de caza, porque todos los siberianos son cazadores y tiradores excelentes. Conocía el bosque tan bien como las fieras que lo pueblan; encontró con facilidad las huellas del criado y le disparó un tiro de fusil en la espalda; así recobró su dinero, y dejando abandonado el cadáver á las bestias, regresó tranquilamente á su morada, des-pués de esta pequeña partida de caza.

 

Durante nuestro viaje escuchamos constante-mente hablar de cadáveres encontrados y de crí-menes cuyos autores no se descubrían.

 

La Siberia era en esta época un país desierto, salvaje, no había más camino que el de Moscou; el gobierno estaba entre las manos de la policía. No había entonces nada de extraño en los críme-nes que hacían enderezarse los cabellos, y que nadie se ocupaba de esclarecer.

 

En el reino del zar la vida de un hombre no se estimaba mucho, y en la Siberia absolutamente nada. Hoy, que tantos progresos se han realizado y que la administración de justicia ha sido refor-mada, este estado de cosas no ha cambiado mucho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 200.

 

 

CAPÍTULO XIX

 

 

 

La selva primitiva.—Inútil ensayo de fuga.—La población á lo largo del camino.—El mundo de los criminales.—Lo* oficiales del convoy.

 

 

Nuestro viaje se realizó en gran parte durante el otoño siberiano. La taiga, ó selva primitiva, costeada por la gran carretera en una extensión de varios millares de verstas, presentaba un as-pecto maravilloso. La selva ofrecía una variedad infinita, gracias á la multiplicidad de sus esencias, sus senderos deliciosos, los millones de pajarillos que saltaban de rama en rama, poblando el aire con sus cantos. Después del largo sueño del in-vierno, la vida surgía poderosa, y la Natura entera parecía desbordar su savia en una embriaguez de alegría.

 

Nosotros solos estábamos en disonancia con esta alegría universal, porque pensábamos en el triste destino que nos estaba reservado; pero á pesar de eso nos sentíamos como resucitados. Después de nuestra larga prisión, este paseo al aire libre hacía de nosotros hombres nuevos, y muchos deportados que habían dejado á Moscou débiles y enfermos, recuperaban las fuerzas en el largo trayecto. La gran carretera de Mosco entonces, como ya he dicho, el solo medio/íe

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 201.

 

 

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municación con la Siberia. A pesar de eso estaba mal cuidada, no tenía buen pavimento y los carros se hundían en los baches hasta el cubo de las ruedas. A distancia de quince ó veinte verstas se alineaban las aldeas y las pequeñas ciudades. A los dos lados del camino, al Norte y al Sur, no se podía encontrar la menor traza de habitación hu-mana; se extendía la interminable selva, cruzada sólo por nómadas ó.por cazadores que viven en estado salvaje. Extraños pensamientos nos asal-taban; no había más que dar una docena de pasos para estar en libertad; pero el ruido de las cade-nas y la presencia de los soldados, que bayoneta al brazo velaban sobre nosotros, desvanecían la ilusión. Apenas nos moviéramos seríamos captu-rados y vueltos al convoy.

 

Las pequeñas separaciones nos estaban per-mitidas por los oficiales, á pesar de prohibirlas el reglamento. Al principio quedé algo sorprendido, pero comprendí bien pronto que tenían el con-vencimiento de la imposibilidad de nuestra fuga. La cosa á primera vista parecía fácil; nada más sencillo que internarse en el bosque y desapare-cer. ¿Quién podría encontrar á un fugitivo en una selva sin caminos ni veredas? Y sin embargo pocos habían intentado la aventura; uno solo, desde hacía mucho tiempo, logró escapar: Dzon-kiewitch, que en 1887 fue condenado á cadena perpetua. Logró introducirse en el bosque, pero fue capturado y los soldados lo maltrataron furio-samente en presencia de los oficiales.

 

Lo transportaron medio muerto al hospital de Krasnoyarsk, y debió á su constitución robusta haber sobrevivido á sus terribles heridas; pero no intentó en toda su vida otro golpe.

Este suceso tuvo lugar un año antes de nuestra

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 202.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     "208

 

llegada á Krosnoyarsk. Otras tentativas de eva-

sión se habían hecho durante las etapas sin el

menor resultado; hasta algunas veces acabaron de una manera trágica.

 

Es preciso recordar que la Siberia está apenas poblada y que cada individuo que se encuentra en el camino es objeto de la atención pública. Los fugitivos no pueden errar siempre por la selva, son felices cuando medio muertos de fatiga hallan el camino de una aldea; pero los vecinos ayudan

 

á las autoridades, y cuando cogen á un político se lo entregan á la policía.

 

Hasta hace poco tiempo se ha creído, con fun-damento entonces, que toda la Siberia era una prisión inmensa, gracias á sus condiciones natu-rales, que presentan más obstáculos á la fuga que los muros más altos, las rejas más espesas y los guardianes más numerosos; pero esto no era ver-dad más que para los prisioneros de Estado, á los que las condiciones de existencia en la selva les son desconocidas, porque los criminales de derecho común saben arreglar bien sus asuntos.

 

Se comprenderá que un gran número tuviéra-mos la idea de fugarnos en compañía de los pre-sos de derecho común. Pero la mayoría de estas tentativas acaban mal; los vagabundos están siem-pre prontos para asesinar á un político y quitarle su dinero ó sencillamente sus vestidos. Así se supone que pereció Ladislas Izbitsky en 1880.

 

Un desterrado administrativo me ha citado este ejemplo: Se habla fugado en compañía de vaga-bundos, y sorprendió una conversación en que trataban de matarlo durante su sueño; desde en-tonces pasó varias semanas fingiendo que dormía, pero en realidad despierto. Se puede comprender qué esfuerzo necesitaría para resistir al sueño.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 203.

 

 

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Los criminales mismos no se inspiran confianza, y con frecuencia entre dos camaradas el uno mata al otro. Se dice, por ejemplo, que cuando se en-cuentran dos en un paraje estrecho ninguno quiere pasar primero, por miedo de ser asesinado por el que va detrás.

 

Si por casualidad los prisioneros políticos quieren evitar el trato de los criminales de dere-cho común, se exponen á peligros de otro género. El compañero Wlastopoulo me contó que habien-do sido condenado á cadena perpetua, logró eva-dirse de acuerdo con Kozioff, un revolucionario que iba á cumplir la misma pena, y estuvieron próximos á ser devorados por un oso. El animal apareció de repente ante ellos y no había medios de salvarse; se arrimaron á un árbol, bien persua-didos de que su última hora había llegado. Por suerte, don Martin (1) pasa tranquilamente y se aleja. El hambre y la sed les hicieron pasar terri-bles torturas.

 

No habíamos corrido personalmente estos pe-ligros, pero los conocíamos bastante de haberlos oído relatar, y nos dábamos cuenta de que una evasión era absolutamente imposible en estas condiciones.

Dos solos, María Kaljushnaia, condenada a veinte años de trabajos forzados, el estudiante Jordán, que había sido enviado administrativa-mente por cinco años á Siberia, estaban siempre preocupados con proyectos de evasión. Los dos eran jóvenes, apenas de veinte años, y atormenta-dos por aspiraciones de libertad, pero no pudie-ron realizar ninguno de sus planes; han muerto

 

 

(1)       El oso.

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 204.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     205

 

los dos en la Siberia. María, cuya historia contaré más adelante, en circunstancias bien trágicas.

 

* * *

 

En el curso de tan largo viaje tuvimos ocasión de conocer los pueblos agrupados á lo largo de la carretera; presentaban apariencia de cierto bien-estar. Muchas de estas aldeas producían entre nosotros una impresión más favorable que ciertas ciudades y provincias rusas. Las casas eran es-paciosas, construidas en madera. Por lo general, tenían dos pisos, ornados á veces de ensambladu-ras esculpidas y rodeados de barreras; se alinea-ban de un modo regular durante varias verstas á lo largo del camino. En las ventanas principales se veían cortinas y tiestos de flores; las habitacio-nes estaban tapizadas, bien amuebladas, y algu-nas veces se permitían el lujo de sillas de madera curvada á la moda vienesa. Sin duda estos hoga-res eran más bellos y cómodos que los de los al-deanos rusos.

 

Esto es debido, en parte, á la fecundidad del suelo; los habitantes encuentran también medio de tomar parte en el comercio. Están en el cami-no comercial de Europa y Asia. Los convoyes y caravanas son numerosos, y algunas veces se ven obligados á detenerse. Los aldeanos no transpor-tan sólo mercancías, sino también á los touristas, y especialmente á los comerciantes que se ven obligados á alquilar coches, los cuales les hacen pagar bien caros.

 

Ciertas aldeas son tan mal afamadas, que se las designa abiertamente como moradas de ladro nes y asesinos. Ninguna caravana pasa sin sufrir

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 205.

 

 

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algún daño; se le roba una carga de té, un caballo

ú otra cosa cualquiera. Ciertos habitantes no vaci-lan en tender emboscadas durante la noche y co-meter robos á mano armada. Lo extraño es que estos actos de bandidaje no les disminuyan en nada la estimación pública. Se dice bien alto que muchos de los hombres más considerados tienen numerosos robos sobre la conciencia, pero son ricos y esto no les impide ser recibidos en labuena sociedad y ocupar puestos honrosos, tales como presidente del consejo de fabricantes, consejero municipal y hasta alcalde.

 

He oído contar á personas de crédito que tal

ó cual alto funcionario, rico y respetable, había hecho su fortuna con bajezas, robos y hasta asesi-natos.

Muchos de estos individuos, que poseen ya una fortuna y hasta lo superfluo, no pueden re-nunciar á sus hábitos de criminales. Véase, por ejemplo, lo que sucedió en Tschita, capital del go-bierno de Transbaical, en 1886. El gobernador mi-litar, general Barabach, había ofrecido un ban-quete á todas las personas importantes de la ciudad. Un rico comerciante, el burgomaestre Ale-xeief, se levantó de la mesa en medio de la comi-da pretextando negocios urgentes. El honorable ciudadano, ayudado de un cómplice, esperó la llegada del correo; mata al cochero, hiere grave-mente al conductor, se apodera de las cartas y todos los objetos de valor y regresa tranquila-mente á su domicilio. Pero el conductor, al que habían creído muerto, no estaba más que herido: el asunto no quedó envuelto en el misterio. Un juez de instrucción, de energía extraordinaria, dirigió el proceso, y no se dejó intimidar por el es-cándalo, como se había hecho dos veces ya; los

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 206.

 

 

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dos asesinos fueron llevados ame un Consejo de guerra y condenados á muerte.

 

Las colonias establecidas á lo largo del camino son muy mezcladas por la variedad de sus oríge-nes. Hay allí aldeas de grandes rusos, tártaros y otros muchos; esta diversidad se advierte á pri-mera vista. Hay también localidades habitadas exclusivamente por miembros de diferentes sec-tas, que se ven obligados á establecerse allí por castigo de estar fuera de la religión del Estado.

 

Me interesaron particularmente las aldeas de los «sabotniki». Los partidarios de esta secta son rusos por la raza, pero su religión es de una forma exclusivamente mosaica. Me parecía raro ver estos representantes típicos de la raza slava tratados como judíos por su religión. Por su ma-nera de vivir y por sus ocupaciones no se diferen-cian en nada de los aldeanos rusos; sin embargo, sus aldeas se distinguen de las de los cristianos por su limpieza y su apariencia de bienestar.

 

La mayoría de los criminales, que, como ya he dicho, habían recorrido varias veces el camino, conocían bien las costumbres y los hábitos de los siberianos y teníaji muchas cosas interesantes que contar. Según sus informes, no hacían muy buena figura los siberianos. Los vagabundos los odiaban de todo corazón, y se creían muy supe-riores á ellos, aunque no se hiciesen ilusiones sobre su propio mérito.

 

— Es verdad que nosotros somos unos bribones, pero valemos mil veces más que toda esa canalla —decían ellos.

 

Acogían á los siberianos con toda suerte de insultos y expresiones de desprecio, que parecían despertarles una violenta cólera.

 

La antipatía recíproca de todas estas gentes se

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 207.

 

 

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explica por el hecho de que se conocían demasia-do bien los unos á los otros.

 

*

 

Gomo durante este largo viaje estaba en rela-ciones íntimas con todo ese mundo, aprendí á conocer por mi propia observación los criminales-tipos. Hablaba con ellos largamente con frecuen-cia, y pude recoger numerosos datos de su vida.

 

En general, los criminales me producían una impresión mejor de la que esperaba. Sin duda tenían mucho de desagradable y repulsivo; pero esto, según mi modo de ver, era debido menos á su temperamento particular que a la influencia funesta que los iwans ejercían sobre ellos. A ex-cepción de un corto número de criminales incu-rables, la mayor parte pertenecían á la clase de trabajadores del pueblo y tenían sus buenas cua-lidades y sus defectos. Los rasgos principales eran la resignación á la fatalidad y una humildad excesiva delante de los que juzgan superiores.

 

Por lo demás, eran buenos muchachos, siem-pre dispuestos á venir en ayuda de sus compa-ñeros, como es costumbre dominante entre las clases populares de Rusia.

 

Había también en nuestro convoy un gran nú-mero de pobres entes que era imposible calificar en la categoría de criminales. Las administracio-nes comunales tienen todavía hoy en Rusia el derecho de arrojar de su seno á ios individuos que les molestan, y estos desgraciados son con-ducidos y domiciliados á la fuerza en Siberia, sin proceso; únicamente por el gusto de sus conciu-dadanos, y, cosa más monstruosa aún, las autori-dades comunales toman estas decisiones sin con-

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 208.

 

 

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sultar la mayoría de sus habitantes. El secretario del municipio y dos ó tres notables, que se llaman los kulaki, encuentran muy sencillo desembara-zarse así de las pobres gentes que no son amigas suyas. Es inútil decir que estas injusticias se cometen con los desdichados que no tienen apoyo ni defensa. Las víctimas de este procedimiento bárbaro, que formaban parte de nuestro convoy, tenían mil detalles lamentables que contar, y todo lo que yo pude observar por mí mismo en las aldeas venía á confirmar sus asertos.

 

Salvo raras excepciones, esta categoría de de-portados eran estimables por su semejanza con los aldeanos rusos.

 

Había también miembros de diversas sectas religiosas, especialmente de «skopcis», que nada tenían de común con los criminales; al contrario, todo lo que yo pude estudiar de la vida y costum-bres de estos sectarios en Siberia vino á demos-trarme que constituían la parte más laboriosa, más enérgica y más inteligente de la población. En nuestro convoy los sectarios evitaban con cui-dado la menor querella, las riñas y las revueltas de los demás compañeros. Ellos no querían cues-tiones ni con las autoridades ni con los inferiores. Se sometían como á una prueba enviada por Dios a todos los malos tratos, á todas las injusticias, á todos los ultrajes de que les hacían víctimas la• mayor parte de sus compañeros.

 

Los prisioneros que tienen menos crímenes sobre la conciencia y han de sufrir penas más leves, son los más tímidos y sumisos. Son ellos los desdichados que se juegan su dinero de varias semanas y se ven expuestos al hambre y los que se prestan á la sustitución, delito que les vale fuer-tes castigos y condena á trabajos forzados. Los

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 209.

y:,-.

 

 

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otros los tratan con un desprecio absoluto y les llaman «hombres de biscuit», expresión por cier-to bastante apropiada, porque están secos y páli-dos. Parecen privados de toda voluntad; el juego es su única pasión y también la fuente de todas sus privaciones y todos sus tormentos.

 

En el convoy, los «hombres de biscuit» hacían el papel de parias: los oficios más humillantes y los más repugnantes les incumbían, como el de limpiar las letrinas. Sufrían perpetuamente ham-bre y robaban cuantos objetos caían en sus ma-nos, pero si llegaban á atacar la propiedad de un ivoan,el ladrón era juzgado severamente. He aquí un ejemplo: un día, un muchacho robó á un iwan un pedazo de pan, y la asociación lo castigó cruel-mente para que aprendiese á respetar en el por-venir á sus miembros.

 

Como he pronunciado la palabra asociación, debo decir que instituciones de este género han existido siempre en el mundo de los criminales. La ley dominante es que cada individuo se debe inclinar ante la voluntad de todos los miembros; todos son iguales en derecho, pero los criminales más viejos y más terribles son los jefes, los iwans que dirigen la asociación según su propio interés. Su voluntad pesa sobre todos los otros; ningún convenio entre individuos es válido sin el consen-timiento de la asociación. Una sustitución, por ejemplo, no se puede llevar á cabo sin que todos estén advertidos y una parte de la suma vaya á la caja común. Una vez que la asociación ha dado su consentimiento, no hay medio de arrepentirse; un condenado que ha aceptado la sustitución y tomado el importe, tendría un conflicto con la asociación si se negara á cumplir los términos del contrato; pero esto ocurre muy rara vez, por temor

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 210.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     211

 

á la implacable venganza de la asociación, que castiga severamente las traiciones. La adminis-tración está imposibilitada de proteger al traidor. Podría aislarlo del convoy, enviarlo á otras prisio-nes; pero en todas partes no faltaría el medio de denunciarlo y que los compañeros cumpliesen la venganza. El espíritu de solidaridad es en este punto poderoso entre los criminales. La asocia-ción maniobra sin jefe que la represente cerca de las autoridades. Es un puesto de honor que des-empeña el más importante.

 

El jefe es el intermedio entre la administra-ción y los prisioneros, el que recoge el dinero para el viaje y se ocupa de todo lo que concierne

á su sociedad. Se encuentra bajo la dependencia directa de sus grandes electores, los cuales le do-minan, á pesar de su apariencia de gran autori-dad. Si quiere por azar sustraerse á su tiranía, encuentran mil medios de crearle un conflicto y desembarazarse de él. El cargo ofrece también ventajas pecuniarias, y con frecuencia el candida-to está obligado á dar grandes sumas á sus gran-des electores para alcanzar su nombramiento.

 

* **

 

Otro puesto menos honroso, pero de grandes provechos, es el de despensero.

 

Uno de los condenados tiene el derecho de vender el té, el azúcar, el tabaco y otros objetos semejantes, y proveerlos en secreto de aguardien-te y barajas. Este privilegio se le concede por la asociación durante un tiempo determinado. Por las noches, cuando están bajo llave, y con frecuen-cia de día, los condenados se reúnen en grupos

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 211.

 

 

212     LEÓN DBÜTSCH

 

para probar fortuna. Unos se juegan el dinero de su viaje, y hasta los vestidos y las botas, que son propiedad del Estado. Naturalmente, los prisio-neros son responsables de los objetos que se les han confiado, y cuando faltan á la revista los so-meten a los castigos más duros. Medio desnudos, cubiertos de harapos, los pobres «hombres de bis-cuit» tienen que sufrir todos los rigores de la in-temperie. Cuando vienen los días fríos, en vez de andar corren, para cansarse y sentir un poco de calor, porque todos sus miembros, entumecidos, tiritan. Se pregunta uno con asombro cómo estos hombres pueden resistir así el frío y el hambre. Varias veces hemos probado á acudir en su ayu-da. Desgraciadamente nuestros medios eran limi-tados, y además ellos no tardaban en perder en el juego lo que les habíamos dado, a pesar de las promesas más solemnes. Algunas veces un juga-dor afortunado distribuía una parte de la ganancia entre los miserables, y así es que se formaba siempre un gran círculo en torno de los jugado-res, siguiendo las peripecias de la fortuna con tanta emoción como los propios interesados. Ha-bía también costumbre de que el despensero pusiera término á la función, pagando de comer y de beber á toda la compañía. Entonces había gran fiesta.

 

—Vamos á hartarnos—decían,—que es el des-pensero quien paga.

 

* **

 

Por principio, los oficiales de la escolta no se mezclan jamás en los asuntos de la sociedad; los presos mantienen por sí mismos el ©rden para

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 212.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BERIA    213

 

evitar toda intervención y toda queja. Es verdade-ramente asombroso ver aquellas gentes, en su mayoría asesinos y ladrones, que se dejan mane-jar tan fácilmente por un corto número de supe-riores.

 

Durante nuestro viaje ninguno de estos prisio-neros hizo la menor tentativa de evasión. Está rigurosamente prohibido por la asociación eva-dirse en el curso de un transporte, á fin de evitar represalias generales. Había á veces cuestiones y disputas, pero no se necesitaba la ingerencia de los soldados, sino la de sus jefes. Se bebía mucho,

á pesar de la prohibición de dar nada de alcohol

á ios prisioneros, pero jamás un hombre borracho apareció delante de un oficial. Sus camaradas ve-laban á su lado. Se había establecido una especie de acuerdo tácito entre la asociación y el oficial; éste sabia que aflojándoles un poco las riendas podía contar con ellos para mantener el orden y evitar los negocios, y por eso los oficiales, en oca-siones, cerraban los ojos ante la violación de tal ó cual artículo del reglamento.

 

Así, por ejemplo, la mayoría de los prisioneros llevaban cadenas desde Tomsk, pero estaban sim-plemente sujetas y podían desembarazarse de ellas apenas llegaban á la etapa. Los oficiales lo sabían, pero no les decían nada, aunque estuviera rigurosamente prohibido por el reglamento qui-tarse las cadenas.

 

Hay entre los oficiales de convoyes tipos bien distintos; yo he conocido más de cuarenta en el camino de Tomsk á Kara, pero ninguno de ellos es excepción de esta regla. Ningún oficial ejerce la violencia contra los prisioneros de un destaca-mento ni se muestra rudo ó brutal; al contrrrio, parece que busca estar bien con ellos, y, sin em-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 213.

 

 

214     LEÓN DBUTSCH

 

bargo, estos mismos oficiales se ven á veces per-seguidos ante los tribunales por malos tratos á los soldados que tienen bajo sus órdenes.

 

Es preciso no olvidar que las estaciones de las etapas están situadas en pleno desierto, y que toda vigilancia se hace difícil. En tales condicio-nes, se comprenden los abusos y las malversa-ciones. La mayoría de estos oficiales han recibido una educación rudimentaria en ciertas escuelas militares y después los han enviado á la Siberia; naturalmente, un gran número sueltan la brida á sus instintos. Algunos no tienen más placer que el de la bebida, y una vez borrachos se entregan

 

á todos los excesos; exponen en el juego el di-nero que se les confía y maltratan á sus subor-dinados. Hay entre ellos algunos hombres serios, deseosos de hacer economías; son más sobrios, pero los soldados no son más dichosos á su lado por eso.

 

La mayoría de los oficiales se mostraban lle-nos de miramientos con nosotros, evitando con cuidado en toda ocasión un conflicto. Mas á pesar de esta actitud general, había pequeños detalles, bastante diferentes entre sí, que tenían gran im-portancia. Por ejemplo, la hora de levantarse amenazaba continuamente disgustos. También discutíamos con algunos oficiales á causa de las cubetas, que no queríamos guardar en nuestro cuarto toda la noche, porque infestaban el aire y eran desagradables, en especial para las señoras que estaban en nuestra compañía. Si el oficial es-taba de mal humor ó prevenido contra nosotros, esta bagatela provocaba con frecuencia protestas, insultos, voces y hasta una insurrección y la ame-naza de un consejo de guerra con todas las con-secuencias trágicas que le acompañan. Pero jamás

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 214.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     215

 

llegamos tan lejos, porque teníamos la felicidad de contar entre nosotros hombres de cierta edad, que venían siempre á calmarnos; tres de entre ellos iban por segunda vez á Siberia y tenían ex-periencia de estos viajes. Debíamos asimismo mucho á la erflrgía y al tacto de Lazareff, nuestro representante. Algunos oficiales eran muy corte-ses, nos prestaban periódicos y ponían todo su empeño en atender á nuestros menores deseos.

 

Algunas veces teníamos felicidades inespera-das. Un oficial conoció un día entre nuestros com-pañeros al veterano Snigirrioff, su antiguo cama-rada de escuela, y quedó tan emocionado del encuentro, que durante los tres días que nos acompañó hizo cuanto pudo por procurarnos bien-estar. Otro oficial se presentó ante nosotros como partidario del socialismo; había en otros tiempos frecuentado círculos revolucionarios y no ocultaba sus simpatías por nuestra causa. Había leído nu-merosas obras prohibidas y discutía con nosotros diferentes problemas políticos. Fue una agradable sorpresa encontrar entre los defensores del des-potismo un hombre que tenía nuestra idea. Algu-nas veces la buena acogida de algunos oficiales se debía á una sencilla equivocación, como en las circunstancias siguientes.

 

Un día que llegamos al alto de la etapa, nos encontramos en la puerta de la habitación un hombre con un traje muy sencillo y con cadenas en las manos. Era un deportado, obrero de fábri-ca, Stephan Agapoff, que venía de la Siberia orien-tal á la Siberia occidental á causa de la corona-ción de 1883, lo que constituía una rebaja á su pena. Su mujer, una aldeana de Siberia, le acom-pañaba. Como se esperaba nuestro destacamento, el oficial había querido que nos dejasen la pieza

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 215.

 

 

216     LEÓN DEUTSCH

 

que ocupaban, bajo pretexto de que los prisione-ros políticos que iban á llegar eran todos condes y príncipes y no podía hacer dormir en la misma habitación á estos altos personajes con un vulgar obrero. Agapoff y su mujer pensaron que la ra-zón invocada era pueril y rehusaron obedecer. Esto tuvo malas consecuencias para ellos; el ofi-cial hizo encadenar á Agapoff para castigarle, y no se contentó sino con esto. En el reglamento se fija la cantidad de bagaje que cada prisionero tiene derecho á llevar con él, y como la pareja Agapoff llevaba todo lo que había adquirido con su dura labor en la Siberia oriental, había, natu-ralmente, un exceso de equipaje considerable. El oficial hizo vender en subasta todo lo que pasaba del peso autorizado. Esto era de una maldad tanto más injustificada, cuanto que por lo general se permite á los desterrados llevar con ellos un equipaje bastante voluminoso. Se trataba, ade-más, de gentes que estaban beneficiadas con una medida de clemencia. Los desdichados fueron •materialmente despojados. La conducta del oficial nos indignó. Nuestro bravo representante Laza-reff fue a buscarlo y le pidió que librara á Aga-poff de sus cadenas, á lo que accedió sin hacerse de rogar. Lo cómico es que el creernos á nosotros condes y príncipes, para causar la desgracia del pobre Agapoff, tenía por origen que durante el camino escribimos varias cartas dirigidas al con-de Tolstoi, al príncipe Volkonski, al consejero secreto Tschuleinikofj y algunos otros. De aquí la leyenda de que había en nuestro destacamento condes y marqueses.

 

Desgraciadamente, el asunto de los Agapoff tuvo malas consecuencias. El oficial había dado queja de ellos por ultrajes y desobediencia. Gomo

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 216.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     217

 

castigo fueron enviados á una ciudad del Norte del gobierno de Tobolsk, donde la estancia era mucho más dura que en la Siberia oriental, de donde se les traía por medida de clemencia.

 

Así el capricho de un oficial es suficiente para hacer la desgracia de dos criaturas humanas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FIN  DEL TOMO  PRIMERO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 218.

 

 

ÍNDICE DELTOMO  PRIMERO

 

 

 

 

 

PPÓLOGO   v

Capítulos.    

I.—Partida para Alemania.—Arresto en Fribur-     

go.—Antecedentes revolucionarios.  .  .  .      11

II.—La causa de mi arresto.—El profesor Thun.—

Mi defensa.—Plan  de evasión.—El  procu- 

rador   23

III.—Incertidumbre.—Régimen de la prisión.—El 

procurador.—Cambio de celda   34

IV.—Visita de  «mi mujer».—Plan  de evasión  y  

libertad.—Esperanzas.—El procurador en-   

tra en juego.—Preparativos de viaje.  .  .        46

V.—Partida para Rusia en vagón de bestias.—En  

las prisiones de Francfort y de Berlin.—De  

la frontera á Petersburgo por Varsovia..  .      61

VI.—La fortaleza de Pedro y Pablo.—Mi compa-  

triota el procurador.—Un médico cruel.—    

Un conocimiento fugitivo 69

VII.—Una prisión con nuevo reglamento.—Un plan       

que fracasa.—Visita del ministro.—Secreto 

de Estado.—Un  escritor  como vecino  de   

celda   79

VIII.—Nuevos  temores.—El coronel de gendarme-        

ría.—Investigaciones á propósito del asesi-  

nato  del  general  Mezenzeff.—Encuentro   

con Bogdanowitch.—Partida     89

IX.—Un rayo de esperanza.—Un régimen desco-  

nocido.—Protestas  por el hambre.—Nues-  

tro club.—Un protector    96

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 219.

 

 

Capítulos.     Págg.

 

 

X.—Un oficial que las echa de valiente.—Mi ser-  

vicio militar.—El proceso.—Nuevo interro-  107

gatorio                  

XI.—La visita del ministro.—El traje de condena-  119

do.—La prisión de Kiew 

XII.—Nuevos        conocidos.—Los  conspiradores  de 

Romny.—Llegada á Moscou.—Compañeros 130

de miseria.—Un capitán de huen corazón. .  

XIII.—El proceso «de los 14».—Recuerdos de Wera       

Figner. — Numerosas      prisiones. — Agente       141

provocador            

XIV.—Venalidad del inspector.—Las cadenas rotas.        150

—Más cahezas afeitadas           

XV.—La situación politica en Rusia y los partidos

revolucionarios. —Nuestra sociedad. —Día 

de fiesta.—Visitas prohibidas.—Una lección 158

de cortesía             

XVI.—Preparativos de marcha.—Viaje en vapor por      

el Volga y el Kama.—A Iekaterimburg.—•   167

En troika.—Europa y Asia        

XVII.—Nuestras    reuniones.—A      Tiumen. — Separa-       

ción.—Sobre el río de Siberia.—Una propo- 178

sición espantosa              

XVIII.—Por etapas.—Un oficial imprudente. La caza      189

del hombre            

XIX.—La selva primitiva.—Inútil ensayo de fuga.—      

La población á lo largo del camino.—El      

mundo de los criminales.—Los oficiales del  201

convoy                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 220.

 

 

J.  MICHELET

 

 

 

 

HISTORIA

 

DE LA

 

 

 

 

 

 

 

Ilustrada con más de 1.000 grabados reproducien-do escenas de la Revolución, cuadros, esta-tuas, retratos, estampas, medallas, sellos, ar-mas, trajes, caricaturas y modas de la época. —Traducida por primera vez del francés.

 

 

 

 

Traducción y prólogo de V. Blasco Ibáñez

 

 

 

 

Tres gruesos volúmenes encuadernados en tela, á 10 pesetas volumen.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 221.

 

 

OBRAS PUBLICADAS ÁTRES PESETAS EL TOMO

 

Ernesto HAECKEL.—Historia de la Creación de los seres según las leyes naturales.—Obra ilustrada con numerosos grabados.—Dos tomos en 4.°, seis pesetas.

 

P. LANFREY.—Historia política de los Papas.— Traducción, prólogo y continuación hasta Pío X, por José Ferrándiz.—Un tomo en 4.°, tres pe-setas.

 

A. RENDA.—El destino de las dinastías. (La heren-cia morbosa en las Casas Reales).— Un tomo en 4.°, tres pesetas.

 

J. FOLA IGÚRBIDE.-—Revelaciones científicas que comprenden á todos los conocimientos humanos.— Un tomo en 4.°, tres pesetas.

 

David-Federico STRAUSS.—Nueva vida de Jesús. —Traducción de José Ferrándiz.—Dos tomos en 4.°, seis pesetas.

 

P. J. PROUDHON.—De la creación del orden en la humanidad ó principios de organización política. —Un tomo en 4.°, tres pesetas.

 

EN PRENSA

 

José INGEGNIEROS.—Histeria y Sugestión. (Estu-dios de Psicología clínica.)—Un tomo en 4.°, tres pesetas.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 222.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 223.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 224.

 

 

F .       ¡SEMPERE Y COMP.a  JÍDITOllES.— VALENCIA

 

Una peseta el tomo

 

 

Mazzini (José).—Deberes del hombre.

Merimée.—Los hugonotes.

Merimée.—(/Osas de España.

Merejkowski.—La muerte de los dioses.

2 tomos.

Merejkowski.—La resurrección de los dioses. 2 tomos.

 

Merejkowski.—El Anticristo (Pedro y Alejo). 2 tomos.

Mirhe.au.—Sebastián Koch (La educa-

ción jesuítica).       

Mitjana         (Rafael).—Discantes  y contra-

puntos.

Mitjana         (líafae.l). —lín      el Mugre)» el

Aksa (Viaje á Marruecos).

Moróte (Litis).—Pasados por agua.

Moróte (Luis).—Kebaño  de almas.

Naquet (Alfredo).—La     Anarquía y el

Colectivismo.        

Octavio Picón.—Drama   de familia.

P. J. Moebius.—La inferioridad men-tal de la mujer.

 

Pérez Arroyo.—Cuentos é historias. Petronio. — El satiricón. Proudhon.—¿Qué es la propiedad? Pío Baraja.—El tablado de Arlequín. Recias.—Evolución y revolución. Recias.—La montaña.

Recias.—Mis exploraciones en Amé-rica.

 

Recias.—El arroyo.

Renán.—Kstudios  religiosos.

Renán.—Kl porvenir delaCiencia. 2 t.

Renán.—El Anticristo. 2 tomos.

.Renán.—Los Evangelios y la segunda generación cristiana. 2 tomos.

Renán.—íi». iglesia cristiana.

 

Renán — Marco Aurelio y el ñn del Mundo Antiguo. 2 tomos.

 

Rizal (José).—Noli me tángore (El país de los frailes).

Roehefort.—La aurora boreal.

 

 

Robert (Roberto).—Los cachivaches de antaño.

Rodríguez Mendoza.—Vida nueva...

Rydberg.—Singoala.

Salinas (Germán).—Los satíricos lati nos. 2 tomos.

 

Schopenhauer.—La libertad. Schopenhauer.—El amor, las mujeres y

la muerte.

Serao (Matilde).—¡Centinela, alerta! Sorel (Georffes). —líl porvenir de los

Sindicatos Obreros.

Spencer.—Origen de las profesiones.

Spencer.—Kl individuo contra el lis-

tado.

S¡>encer.—Creación y evolución. Spencer.—Educación intelectual, mo-

ral y física.

Sudermann.—El  camino delos gatos.

Sude.rin.ann. — El deseo.

Sudermann.—Las  bodas do Yolanda.

Sudermann.—Kl molino silencioso.

Sudermann.— Lu mujer gris.

Séverine. — Páginas rojas.

Séverine.— Kn marcha...

Strauss.—Kstudios Literarios y Jieli-

giosos.

Strauss.—La antigua y la nueva Fe.

Tchekhor.—Van ka.

Tolstoi.— La verdadera vida. Tolstoi. —Lii guerra ruso japonesa. Tolstoi.— La escuela Yasmua-Poliana. Teniente. 0. Bilse.— Pequeña guarni-

ción.

Ugarte (Manuel).—Visiones de España. ligarte (Manuel).—El Arte y la Demo-

cracia.

Vandervelde.— El colectivismo.

Voltaire.—Diccionario filosófico. 6 t.

Wagner.—Novelas y pensamientos.

¿¡ola.—El mandato de la muerta.

Zola.—Cómo se muere.

 

 

LOS  CLÁSICOS  DEL AMOR

 

Voltaire.—La         Doncella (1 tomo). Una peseta.

C a s a n o v a . — Amores y Aventuran (1 tomo). Una peseta.

Apuleyo.—Kl        Asno de. Oro (La Metamorfosis) (1 tomo). Una peseta

Longo.—Dáfnix     y Cloe. i I tomo). Una peseta.

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 225.

 

 

F.        TEMPERE  Y COMP.3 EDITORES.—VALENCIA

 

ÚLTIMAS OBRAS PUBLICADAS Á UNA PESETA EL TOMO

 

Matto detTurner (Clorintla).—Aves  sin        Gómez Carrillo.—Desfile de visiones.

*•'. nido (noVela peruana).        Nríkeiis (José).—Loa horrores del abso-

Uüne  (EnTÜfue).—De la Alemania. 2 lutismo.      .

tonios. Jleine (Enrique).—Los  dioses en el des-

Kropotkíne (Pedro).—Rl apoyo mutuo.         tierro.

Un factor de4a evolución. 2 tomos.     Bjarnutjerne  Sjcernuon.—El   guante.—

Moróte (Luis).—La  Duma., (Segunda Más allá de las fuerzas humanas.

parte de «Rebaño de Almas>).   Lnhriola (Arturo). — Reforma v rcvolu-

Alcalá Galiano (José).—Las diez y una         ei'ón  soeinl. (ha eri^U prúetM'M del

noches (Cuentos oeeiílentítles). l'urtido Socialista).

 

OBRAS PUBLICADAS Á TRES  PESETAS EL TOMO

 

*         .         .        -        .        .        .

 

E r n e s t o Haeckel.—Historia de la Creación de los seres xegún

las layen naturales.—Obra         ilustrada con numerosos grabados.—Úos

tomos en,~4.Q, seis pesetas.

P .       Lanfrey.—Historia política de los Papas.—Traducción,  prólogo

y continuación hasta Pío X, por José Ferrándiz.—Un  tomo e* 4.",

tres pesetas.

A .       R e n d a . — E l destino de las dinastías.    (La herencia morbosa en

 

las Casas Reales).— Un tomo en 4.°, tres pesetas.

 

J o s é  P o l a Igiirbide.—Revelaciones científicas que "omprenden

á todos los conocíinií'iilos humanos.—Un     tomo en -I.", tres pesetas. ••

D a v i d — Federico        StrauSS.— Nuera V'uhi do Jesús. -TriuliKi-

ción de José Férniiidiz.—Dos tomos en 4.", seis pesetas.

P .  J .  RrO/Udhon . —De la creación  del orden  en la humanidad      ó

principios     de organización    política.  —Un tomo en  I.", tres peseta.*.

 

EN PRENSA"        •=*

 

J o s é Ingegnieros . — 'Histeria ¡/ Sugestión. (Estudios de Psicoló-gía clínica.)—Un tomo en 4.", tres pesetas.

 

MODELOS DE CARTAS, arreglados por Carmen de Burgos Seguí (Colovibine).—Un tomo: UNA peseta.

 

ACCIDENTES DEL TRABAJO.—Ley, Reglamento general, de Tne.a-'.pacídades, de Guerra y Marina, por José Maiiáut Nogués.— Un tomo: DOS pesetas.

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 226.

 

 

LEÓN DEUTSCH

•>*      --V ••

 

 

."1 .

 

 

 

Diez Yseis w añosen

 

•OBRA PROHIBIDA      EX    RUSIA

 

 

 

TOMO SEGUNDO

 

 

 

CUATRO     REALES

 

 

 

 

 

 

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VALENCIA -,       MADRID

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 227.

 

 

HEMFERE  y COMP."    EDITORES.—VALENCIA

 

Una peseta el tomo

 

Alexis, Bonafoux,  BlasmoIbdñez.—Emi-     Garchine.—La guerra.                     

lio Zola (su vida y sus obras).    Goncourt.—La ramera Elisa.  

Alexis.—Las  chicas del amigo Lefévre.        Gorhi.—Los ex-hombres.                 

A.  Hamim.—Determinismo      y respon-    Gorld.—Kn la prisión.                     

sabilidad.                                                     Grave (Juan).—La sociedad futura. 2 t.

A . Hamon.—Psicología  del Militar pro-     Grave (Juan).—La sociedad  moribun-

fesional.                                                       da y la Anarquía.                    

A.  Hamon.—Psicología            del     socialista-   Guy de Maupassant.—El Horla.

anarquista.                                                   Guy de Maupassant.—La  mancebía.

Ángel Guerra.—Literatos extranjeros. George (E.).—Progreso  y miseria. '2 t.

Baícounine.—.Dios y el Estado. George (E.).—Problemas  sociales.

Bakounine.— Federalismo,       Socialismo  Ilaggard.—El       hijo de los boers.

y Antiteologismo.                                        1-larrkel. —Los    enigmas      del Universo.

Hurón iVlloílittcli.—Moisés,     Jesús y        '2tomos.                                                     

Mahoniíi.                                                     Hugo ( Víctor).—El sueño del  Papa.

Bjwrustjcryíe Bjcernson.—M    Rey.  Ibsen.—liii  comedia del amor.— Los

Blasco Ibdñez.—Arroz    y tartana.    guerreros en Helgeland. 

Blasco Ibdñez.—Flor       de Mayo.    Ibsen.—Emperador        y       Galileo.—.Julia-

Blasco Ibdñez.—Cuentos valencianos. no Emperador. 2 tomos.

Blasco Ibdñez.—La condenada. Ibsen.—Los espectros.—HeddaGabler.

Büchner.—Fuerza  y materia.   Inchofer (Jesuíta). —La, monarquía je-

Büehner.—Luz y vida.                                 suíta.                                                 

Bueno (Manuel).—A       ras de tierra. Ingegnieros.—La  simulación en la lu-

Comandante ***.—Así hablaba Zorra- cha por la vida.                                

pastro.                                                Ingegnieros.—Italia       en la vida, en la

Conde Fabrairuer.—La expulsión de los        ciencia y en el arte.                          

jesuítas.                                                       Kropotkine.—La  conquista del pan.

Chamfort.— Cuadros       históricos de la      Kropotkine.—Palabras   do un rebelde.

Revolución Francesa.                         Kropotkine.— Campos, fábricas y ta-

I)' Atmunzio. —Epíscopo y Compañía.         lleres.                                                

Darwin.—Kl origen del hombre. Kropotkine.—Las ]>risiones. 

JJarwin.—Mi viaje alrededor del mun- Laugel.—Los       problemas   do la Natu-

do. 2 touios.                                                 raleza.                                                        

Darwin.—Origen   de las especies. 8 t.         Laugel.—Los       problemas del alma.

Darwin.—Expresión        de las emociones   Laugel.—Los       problemas de la vida.

en el hombre y en los animales. 2 t.     López Ballesteros.—Junto       á las má-

Duudet.—Cuentos  amoroso? y patrió- quinas.                                                        

ticos.                                                  Lubbock.—La      dicha de la vida.

De la Torre.—Cuentos     del .Jilear.   Mackay (J. E.)—Los anarquistas.

Diderot.—Obras     filosóficas.           Mwterlinck.—El  tesoro de los humil-

Draper.—Conflictos        entre la Religión   des.                                                   

y la Ciencia.                                                 Mulato.—Filosofía        del anarquismo.

Engels.—Origen    de la familia, de la Mulato.—La gran huelga. '¿ tomos.

propiedad privada y del Estado. '2 t.    Marx (Carlos).—El capital.     

Faure.—El dolor universal. 2 tomos.   Max Nordnu.—K] mal del siglo. 2 t.

Flaubert. — Por los campos y las pla-  Max Nordwii.—Las  mentiras  conven-

yas.                                                    cionales de lacivilización. 2 tomos.

Frunce  (Anatolio). — La cortesana do Max Nordau.—Matrimonios    morganá-

Alejandría (Tais).                                         ticos. 2 tomos.                                 

Gautier (Judilh).—Las     crueldades del       Max Nordau.— La comedia del senti-

amor.                                                 miento.                                                       

Gantier  (Teófilo).—\Jn             viaje  por Es-        Mux  Stirner.—El Único y su propie-

paña.                                                  dad. 2 tomos.                                            

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 228.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 229.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 230.

 

 

LEÓN  DEUTSCH

 

 

 

 

DIEZ YSEIS AROS ENS1BERIA

 

 

 

Traducción española deCarmen deBurgos Seguí (COLOMBINE)

 

 

 

OBRA PROHIBIDA       EN    RUSIA

 

 

 

TOMO SEGUNDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

F.        SEMPEBE  Y COMPAÑÍA,   EDITORES

 

Calle delPalomar, 10        Olmo, i (Sucursal)

VALENCIA MADRID

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 231.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Oomp.*—VALENCIA

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 232.

 

 

DIEZ Y SEIS  AÑOS ENSIBERIA

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XX

 

 

De Krasnoyarsk á Irkoutek.—Inútil conflicto.—Las mujeres

 

mártires en la prisión de Irkoutsk

 

 

La distancia entre Tomsk y Krasnoyarsk es cerca de quinientas verstas; se necesitaba un mes para recorrerla: veinte días de marcha y diez de reposo. Debíamos detenernos en Krasnoyarsk una semana; los condenados de derecho común fueron encerrados en la cárcel de deportados y nosotros en la de la ciudad.

 

Nos llamaron la atención al llegar el orden y la limpieza que reinaban: era un edificio grande, fresco, recién pintado; por todas partes aire y luz,

á pesar de los ventanas enrejadas. Se podía hacer la ilusión de estar en un buen hotel en el Sur, y en la misma Rusia no había visto yo jamás una prisión parecida á ésta. Penetramos en los corre-dores, y allí nuestra impresión fue atenuada con la vista de las celdas, que tenían escritas sobre las puertas las palabras siguientes: «Por muerte», <Por vagabundaje», «Por robo».

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 233.

 

 

6 LEÓN DBUTSCH

 

El director, hombre de aspecto imponente, vino bien pronto y nos comunicó que se nos iba

 

á encerrar en celdas por categorías: forzados, des-terrados, administrativos y presos políticos, con-forme al reglamento de la casa. Le dijimos que la separación nos trastornaba, porque en los dos meses de viaje teníamos en común nuestro equi-paje y nuestro dinero. Estábamos de camino y, por consecuencia, no teníamos que someternos á los reglamentos de la prisión, que estaban hechos para los detenidos y los criminales de derecho común. No era culpa nuestra si en vez de llevar nos á una casa de deportación se nos encerraba aquí. En una palabra, nosotros queríamos, como habíamos hecho en otras prisiones, escoger las celdas que nos convinieran. Se podía encerrarnos bajo llave de noche, pero no durante el día, porque era contrario á la instrucción general.

Este lerguaje le pareció nuevo al director, quedó sorprendido y nos declaró que de ninguna manera podía soportar parecida infracción al re-glamento. Rehusamos instalarnos en las celdas y quedamos en el corredor con los sacos y bagajes.

 

El jefe de policía fue llamado: era un tipo a lo Falstaff y bastante ignorante, como pudimos comprender. Nos amonestó á conformarnos en todo con el reglamento, y le dimos la misma res-puesta que al director, invocando nuestro dere-cho. Como en nuestra conversación con él pro-nunciara una dama la palabra humanidad, le pareció al conductor de postas que no sabía si la palabra mal tono era peor que la de bribón; nues-tro hombre quedó un poco descontento y quiso saber si la palabra humanidad encerraba alguna injuria, y nos exigió explicaciones. Podíamos ape-nas reprimir la risa. El resultado fue que el alto

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 234

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     7

 

dignatario se decidió á apelar á una jurisdicción superior, es decir, al gobernador. Después apare-cieron sucesivamente el coronel de gendarmería y el procurador, á los cuales les expusimos nues-tras razones, y no encontraron ningún argumento que oponer.

 

Parlamentamos así largo tiempo, acampados, siempre en el corredor, sin poner en orden nues-tros equipajes ni preparar la comida, á pesar del hambre que nos aguijoneaba.

 

En fin, los empleados de la prisión, en espera de la decisión del gobernador, consintieron en dejarnos tomar las disposiciones que nos plugie-ran. Habíamos obtenido lo que deseábamos.

 

A la mañana siguiente, cuando íbamos á al-morzar, el jefe de policía hizo su aparición de gran uniforme y el sombrero en la cabeza.

 

— Señores—comenzó á decir con aire solemne, —os traigo la decisión del gobernador.

 

Pero fue interrumpido por nuestro represen-tante Lazareff, que le hizo observar que debía, ante todo, quitarse el sombrero.

—Observad, señores, que estoy de gran unifor-me y que mi sombrero hace parte de él; yo no me lo puedo quitar—balbuceó confuso por la atre-vida observación que escuchaba por primera vez.

 

—No nos importa su uniforme; cada vez que usted entre en nuestras habitaciones, tiene el deber de descubrirse—replicó Lazareff con aire tranquilo.

 

—No, yo no haré eso; es demasiado exigir; no me descubriré—respondió el hombre.

 

—Como usted quiera; pero en ese caso nosotros no recibiremos ninguna comunicación del gober-nador—replicó Lazareff.

 

El hombre del sombrero dudó todavía un poco

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 235.

 

 

8 LEÓN DBÜTSCH

 

y por último descubrió su noble frente para decla-rarnos con el tono más ceremonioso que el go-bernador se había dignado acoger nuestra de-manda.

 

No fue esta la primera ni la última vez que tu-vimos que dar lecciones de cortesía á los funciona-rios de las prisiones.

 

En Krasnoyarsk dos de nuestros compañeros de miseria se separaron de nosotros: el veterina-rio Snigirrioff y el estudiante Korniencko, que de-bían quedar en el gobierno de Ienissei.

 

Spandoni había caído enfermo y quedó tam-bién en la prisión de Krasnoyarsk. No éramos más que once en nuestro grupo.

 

De Krasnoyarsk á Irkoustk hicimos mil vers-tas en dos meses. Sobre este largo camino no había entonces más que una sola villa, Nijni-Udinsk, y apenas merecía este nombre.

 

En Nijni-Udinsk encontramos dos compañe-ros, los esposos Novakovski, que estaban también en camino para la Siberia Oriental.

 

Había conocido á Novakovski en Kiew. Tomó en 1876 parte en la manifestación que se había hecho en Petersburgo sobre la plaza de Kazan, y había sido preso y desterrado á la Siberia. Por la gracia de la coronación de 1883 lo habían trasla-dado de Balagansk, en el gobierno de Irkoustk, á Miniusinsk, en el gobierno de Ienissei. Ahora iban de nuevo deportados él y su mujer á la Sibe-ria Oriental á causa del acontecimiento siguiente:

 

Por un motivo insignificante, Novakovski tuvo una discusión con el subprefecto. Un día uno de los desterrados políticos tuvo un asunto con este funcionario, que le tomó por Novakovski y le reci-bió con palabras injuriosas. Así que conoció su equivocación se excusó, pero el hecho llegó á

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 236.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     9

 

oídos del interesado y su mujer, que le acompa-ñaba voluntariamente al destierro. Los deporta-dos tuvieron consejo durante algunos días para decidir lo que debían hacer, pero la señora Nova-kovski resolvió el asunto sola. Un día entró en el despacho del funcionario y le dio un par de sono-ras bofetadas, diciéndole:

—De parte de mi marido.

 

La justicia la condenó á deportación en Sibe-ria, y esta vez era el marido el que la acompañaba voluntario.

 

La señora Novakovski era una mujer inteli-gente y valerosa, de un temperamento vivo y re-suelto. Los dos esposos, según me han dicho, han muerto en Siberia.

 

Nuestro viaje continuó en la misma forma, pero la vigilancia era cada día menos severa; aca-bamos por desembarazarnos de las cadenas sin que nadie prestase atención, y no tuvimos que sufrir la humillación de afeitarnos la cabeza.

 

* *

 

Esperaba con impaciencia la llegada á Ir-koustk para encontrar á una amiga de los prime-ros tiempos, María Kowalewskaja, que no había visto desde algunos años. Nos conocimos en 1875, perteneciendo los dos á la asociación de los Bun-tari, y nos tuteábamos, como era entonces cos-tumbre general entre los revolucionarios. Ella era hija de un propietario llamado Woronzof, y esta-ba casada con Kowaleswky, profesor de gimnasia militar. En 1874 había resuelto afiliarse al partido revolucionario; dejó á su marido y á su hija y se lanzó en cuerpo y alma al partido de la agitación. Era de pequeña estatura, tenía algo de gitana en

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 237.

 

 

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la fisonomía, extraordinariamente viva, enérgica, de espíritu penetrante, de una lógica poderosa y una elocuencia arrebatadora. Se distinguía sobre todo en los debates teóricos, porque sabía á ma-ravilla resumir una cuestión sin ofender la vani-dad de nadie; era muy estimada, y hasta los mis-mos enemigos de las ideas socialistas apreciaban sus grandes facultades.

 

Si esta mujer hubiera nacido en otro país, hu-biera representado un papel histórico importante; en Rusia fue condenada á catorce años y diez meses de trabajos forzados, por haberla encon-trado en una casa donde los revolucionarios ha-bían resistido á mano armada á los gendarmes. Por su violencia en el curso de la instrucción, como más tarde en Kara y Siberia, María Kowa-lewskaja era una de las personas de más viso en los círculos revolucionarios.

 

En la cárcel, donde día por día había sido tes-tigo de los abusos de los funcionarios, su energía causaba en ellos tal impresión, que esta mujer fue la defensora más intrépida del honor y la dig-nidad de los otros prisioneros. Lo mismo por un detalle de gran importancia que por una simple falta; por un abuso cometido por altos funciona-rios ó por el último de los subalternos, ella pro-testaba enérgicamente, sin preocuparse de las consecuencias. Tenía una influencia grande en la prisión; su táctica consistía en emplear los medios más enérgicos y los más radicales para obtener-satisfacción y oponer la violencia á la violencia. Aconsejaba siempre ultrajar á los funcionarios, romper las ventanas y los muebles. Estaba por los medios extremos y llegaba en sus procedimientos de combate hasta rechazar el alimento. Había sido causa de un número considerable de conflic-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 238.

 

 

DIEZ  Y SEIS  AÑOS EN  SIBERTA 11

 

tos, y uno de ellos, en la prisión de Kara, dio por resultado encerrarla á ella y tres de sus compañe-ros en los calabozos de Irkurstk. Allí rehusaron tomar alimento durante varios días, hasta que el médico de la prisión declaró que estaban a punto de morir y el gobernador tuvo que ceder. Así la Kowalewskaja obtuvo para sus compañeros, en cuyo provecho se sacrificaba, lo que exigía.

 

*

 

Llegamos, por fin, á Irkurstk, la capital de la Siberia, en la segunda quincena de Septiembre. Nos encerraron en la prisión de la ciudad, que, como la de Kiew, es célebre por las tentativas de evasión de los prisioneros políticos. Se nos dio á los hombres una celda común y otra á las mu-jeres.

 

Apenas se había cerrado la puerta tras de nos-otros, me salí á la ventana y llamé en alta voz á María Kowalewskaja; me respondió inmediata-mente, y conversamos hasta una hora avanzada de la noche.

 

Durante los ocho días que descansó allí nues-tro destacamento, tuve ocasión de verla y de pa-sear con ella. Los largos años de separación no habían disminuido nuestra amistad; al contrario, nuestra simpatía recíproca se reveló al primer golpe de vista. Nos entendimos como viejos ca-maradas, sin importarnos las bromas de los otros.

 

Los padecimientos que ella había sufrido des-pertaron en mí una profunda piedad. La protesta por el hambre á que se había sometido poco tiempo antes, le dejó una palidez casi cadavérica, pero su espíritu era siempre el mismo: era siem-pre la misma naturaleza batalladora y enérgica,

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 239.

 

 

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que no retrocedía ante ningún obstáculo. Hasta los empleados de la prisión no podían sustraerse al encanto que emanaba de ella, y se veían obli-gados á hacer justicia á la elevación de su espíri-tu y la rectitud de sus sentimientos. Teníamos mil cosas que decirnos, y estaba sorprendido de ver cómo su inteligencia había continuado tan viva y ten clara, á pesar de los padecimientos y pri-vaciones sufridos. Estaba ávida de conocer todo lo relativo á la vida pública de Rusia y de la Eu-ropa Occidental; durante tres días seguidos le ex-puse la situación de los obreros y mis impresio-nes personales, pero se interesaba más vivamente por los otros pueblos y mostraba poca simpatía por la Rusia: no conservaba sus primeras ideas respecto al partido revolucionario; su tempera-mento, enemigo de toda disciplina, no conocía otro medio que la revolución contra el gobierno.

 

Sus tres amigas eran también personalidades de gran valor. Tuve ocasión de hablar con ellas y de saber ciertos detalles de su pasado revolucio-nario.

 

Sofía Bogomoletz, hija de un rico propietario del museo de Poltawa, había seguido los cursos en un liceo de señoritas y después en la escuela de Medicina de Petersburgo. Terminada su carre-ra se casó con un médico, pero como María, aban-donó á su familia, su marido y su hijito para de-dicarse á la causa revolucionaria. En 1880 fue presa como miembro de la asociación de trabaja-dores «Pequeños rusos» y condenada á diez años de trabajos forzados. Hizo una tentativa de eva-sión que le valió cinco años más, y aun esta pena se aumentó con otro año á causa de una dis-cusión con un alto empleado de la cárcel. Por último, se la había clasificado en el número

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 240

 

 

DIEZ Y SKIS AÑOS EN SIBBEIA    13

 

de -os prisioneros que se han de vigilar espe-cialmente.

Era también por su temperamento  aficionada

á las ideas de violencia, y durante su prisión hizo guerra á muerte á los funcionarios de 'todas cla-ses. Iba más lejos que su amiga María, porque en tanto que ésta sólo reprochaba á los funciona-rios sus abusos, sus faltas ó sus prevaricaciones, Sofía los miraba como enemigos personales. No obedecerlos en nada era para ella un principio absoluto. No sufría ningún registro personal, que consideraba ultrajante para su dignidad,y no había razones de salud que la convencieran; hubiera muerto antes de capitular. Los carceleros tembla-ban delante de ella, porque se daban cuenta de que ninguna pena disciplinaria ejercía acción sobre su energía.

 

La historia de la tercera prisionera es la si-guiente:

 

En la primavera de 1878 había robado en el despacho de la administración de Negocios de Kherson la suma de 1.500.000 rublos, haciendo un agujero á través del muro de una casa conti-gua. La policía descubrió el mismo día en el campo á una dama conduciendo una carreta de aldeanos, sobre la cual iban dos sacos que des-pertaron sus sospechas. La mujer fue reconocida por esposa de un propietario de la vecindad lla-mado Ellen Rossikova, y los sacos contenían un millón de rublos. Al mismo tiempo que ella fue arrestada otra mujer que tenía parte en el robo, y

 

á causa de sus revelaciones se descubrió el resto del dinero, á excepción de una suma de 10.000 ru-blos. La instrucción demostró que todo el negocio había sido dirigido y organizado por la señora Rossikova. Su idea, al robar la caja del Estado,

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 241.

 

 

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era emplear el dinero en provecho de los revolu-cionarios.

 

Numerosas personas comprometidas fueron juzgadas, y ella misma, en calidad de organiza-dora de este complot, sufrió la condena de traba-jos forzados á perpetuidad.

 

Sostenía también una lucha encarnizada con-tra los empleados de las prisiones y no se dejaba intimidar por nada.

 

La cuarta de estas mártires era María Kuti-tonskaia. Se había educado en el Instituto de se-ñoritas de Odesa y muy joven se alistó en las filas revolucionarias. En 1879 fue condenada á cuatro años de trabajos forzados, como partícipe de las ideas de Lisogub y de Tchubaroff y enviada á Kara. Una vez cumplida su pena se internó en la región de Akscha, en el Transbaikal, pero no había tardado en ser vuelta á la prisión. Los fun-cionarios de Kara habían maltratado á los prisio-neros enfermos, como diré más adelante, y ella resolvió vengarse del gobernador, responsable de esta iniquidad. Le disparó un tiro, pero lo había errado, y el consejo de guerra la condenó á muer-te, conmutándole luego la pena por trabajos for-zados durante toda su vida.

 

Era una joven admirablemente hermosa, de cabellos rubios y facciones simpáticas. Bastaba verla para ser conquistado por ella.

 

Después de su atentado contra el tirano, fue sometida á los tratos más crueles é inhumanos. Se la arrojó en un calabozo húmedo y sombrío y se le dio por todo alimento pan y agua. Los pri-sioneros de derecho común que estaban en la prisión la miraban como á una divinidad, y aun á riesgo de exponerse á algún severo castigo le hacían pasar alimentos y le prestaban mil servi-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 242.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     15

 

cios. Sin su socorro no hubiera tardado en su-cumbir. Los prisioneros habían hecho sufrir á su nombre una ligera variación, y en lugar de Kuti-tonskaia, la llamaban Kupidonskaia: habían así, sin darse cuenta, traducido de una manera exacta la impresión de belleza que producía esta admi-rable criatura. Pero la larga cautividad acabó con sus fuerzas y murió en 1887 á consecuencia de una enfermedad al pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 243.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 244.

 

 

CAPÍTULO XXI

 

 

 

Una lección al jefe de policía.—Encuentro con compañeros deportados.—De Irkoutsk á Kara.—Cadenas robadas.— Todavía un conflicto.—Llegada á Kara.

 

 

Lo que nos contaban estas mujeres nos indig-nó. ¡Qué bajeza de espíritu entre sus tiranos para recurrir á tan mezquinas persecuciones! Durante el tiempo de su protesta por el hambre, se las había encerrado en un calabozo cuyas ventanas no tenían ningún vidrio, con el frío glacial de la Siberia.

 

Era milagro que hubieran podido resistir á tantos sufrimientos. Todo eso no había hecho más que excitar nuestro odio contra el jefe de policía, instigador de tales villanías, y ardíamos en deseos de manifestarle nuestro desprecio.

 

La ocasión no se hizo esperar. Un alto funcio-nario de Petersburgo hacía un viaje de inspección por la Siberia y vino un día á visitar nuestras cel-das seguido de un largo séquito, entre el cual se contaba el jefe de policía. Apenas entró, Lazareff se dirigió a él diciéndole:

 

—Estamos verdaderamente sorprendidos de su desvergüenza. ¿Cómo osa usted presentarse de-lante de nosotros, después de haber obligado á

 

TOMO H      2

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 245.

 

 

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nuestras compañeras á recurrir a la protesta por el hambre?

 

Todos se apresuraron á ganar la puerta, segui-dos de nuestras imprecaciones contra el malhe-chor.

 

Este acontecimiento no tuvo consecuencias, y nuestras amigas se regocijaron al saber la humi-llación que habíamos infligido á su verdugo.

 

Tuvimos numerosos detalles sobre las condi-ciones de existencia en Kara por otro camarada que nos habló de esta prisión por experiencia per-sonal. Se llamaba Fernando Lustig, había sido oficial de artillería y después estudiante en el Ins-tituto tecnológico de Petersburgo.

 

En el curso del proceso Suchanoff y Michailoff, en 1882, fue condenado á cuatro años de trabajos forzados. Después de haber purgado su pena en Kara, era de nuevo deportado. Lo que nos contó era espantosamente triste; el régimen era cruel, y el comandante de la prisión, capitán de gendarme-ría Nikolin, gozaba de una reputación detestable.

 

Cuatro solos hicimos este viaje: María Kowa-lewskaja, Tschuikoff, Lazareff y yo. Los otros siete fueron enviados á diferentes localidades del go-bierno de Irkoutsk, y sólo el joven Rubinok, de edad de diez y nueve años, fue conducido al Norte, al desierto de los Yakoutes.

 

Partimos á fines de Septiembre con un destaca-mento de criminales de derecho común. Teníamos cerca de doscientas verstas que recorrer hasta Kara, y el trayecto duraría dos meses. Como se sabe, el frío se hace sentir en Siberia más que en todos los países de Europa y en la misma Rusia, aunque tengan igual latitud, y habíamos de hacer todo el viaje en invierno. El último barco de va-por de la estación debía salir dentro de dos días

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 246.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     19

 

de Listvinijchnaya, sobre el lago Baikal, y era pre-ciso llegar á toda prisa, sin lo cual pasaríamos todo el invierno en la prisión de Irkoutsk.

 

El lago Baikal se mostró bastante clemente con nosotros, aunque, generalmente, las tormen-tas de invierno constituyen un serio peligro para la navegación. Se ha dicho que las orillas de este lago pueden rivalizar con las de Suiza: yo no de seo hacer su comparación, pero debo confesar que sus admirables montañas dejaron en mi espí-ritu una impresión inolvidable.

 

Debíamos pasar la noche en Mysowaja, sobre la otra orilla. Se habían ya cerrado nuestras cel-das cuando rechinó de nuevo la llave y el carcele-ro introdujo á una joven que se precipitó en mis brazos.

 

—¡Sofía! —grité alegre y sorprendido al recono-cerla.

 

Era Sofía Yvanova, una buena camarada que no había visto durante seis años. Lo mismo que Sofía Perovskaja, Wera Figner y otras terroristas célebres, Sofía Yvanova se había afiliado al nuevo partido de la «.Narodnaja Volja» durante el otoño de 1879, después de la disolución de «Tierra y Li-bertad». Fue la época en que hice conocimiento con ella y con otras mujeres terroristas. Poco tiempo después, en Enero de 1880, había ella lle-gado á Petersburgo. Trabajaba con varios com-pañeros en la tipografía clandestina donde se imprimía el órgano intitulado Narodnaja Volja En el momento del arresto habían opuesto una resistencia á mano armada, en la que Sofía tomó parte activa. Por este hecho fue condenada á cua-tro años de servidumbre penal. Ahora, al termi-nar su condena, se la enviaba desterrada á un go-bierno del Oeste.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 247.

 

 

20       LEÓN DBUTSCH

 

Sentimos gran alegría al encontrarnos, pero duró poco; el barco iba á partir, y nuestra amiga no podía faltar. Nos contamos apresuradamente lo que nos había sucedido y lo que sabíamos de nuestros amigos y compañeros comunes. Después tuvimos que separarnos, y no nos hemos vuelto á ver más. Sé sólo que Sofía continúa todavía en Siberia.

 

Poco después llegamos á Verkhni-Udinsk, la primera ciudad de la otra orilla del Baikal. Como en casi toda la Siberia, las prisiones estaban lle-nas, y no había sitio para nosotros, los políticos.

 

El sargento (en el camino de Baikal son sar-gentos, y no oficiales, los que conducen á los pri-sioneros) nos llevó 6 la oficina de policía. Como era demasiado tarde, todo estaba cerrado y no había ningún empleado. El sargento se calentaba la cabeza para resolver el problema.

 

Nos dejó en la portería con todas las puertas y ventanas abiertas, y se marchó. Quedamos ad-mirados de la manera que tenía de resolver la di-ficultad.

 

Pero nuestro hombre sabía bien lo que se hacía. ¿Podíamos alejarnos sin ser notados? Y después, ¿dónde ir? Era fácil evadirse de la pri-sión, mas casi imposible continuar el camino.

 

Elisaweth Kowalskaia se había escapado no una vez, sino dos, de la prisión de Irkoutsk, pero no había podido salir de la ciudad. Le fue impo-sible ocultarse en una ciudad relativamente gran-de, con el dinero y las amistades que allí tenía: todo proyecto de fuga debía ser más irrealizable en un lugar como Verkhni Udinsk, donde todos los habitantes se conocían, y sobre todo para nos-otros, que no contábamos con recursos pecunia-rios. Pero teníamos una extraña impresión al

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 248.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     21

 

sentirnos libres, sin ninguna vigilancia, y, sin em-bargo, prisioneros. Estábamos casi furiosos con-tra aquel hombre que nos exponía así á las seduc-ciones de la libertad.

 

Encontramos aquí un compañero que volvía de Kara, después de haber cumplido su tiempo de deportación: era Steblin Kamenski, al que su mujer acompañaba voluntariamente. Habían lle-gado tarde para tomar el vapor y tenían que espe-rar que el lago fuese practicable de nuevo, es decir, tres ó cuatro meses.

 

Durante los dos días que pasamos en esta ciu-dad, Kamenski y yo tuvimos muchas cosas que contarnos, y me refirió su existencia en Kara. Era un excelente narrador, y trazaba, hasta con los menores detalles, la vida de nuestros camaradas, cuya existencia era terriblemente dura bajo la tiranía de un director de prisiones desprovisto de toda humanidad.

 

Kamenski nos pintó también al capitán Niko-lin, presentándolo como un individuo malo, ruin, bajo, que no perdonaba medio de infligir á sus prisioneros todas las humillaciones.

 

Habíamos conocido allí camaradas que venían de Kara, y la impresión que producían sobre nos-otros era penosa.

 

Los largos años de prisión habían marcado sobre ellos sus huellas; su voz era opaca, y una expresión de agonía se extendía sobre su sem-blante; la mayoría de entre ellos estaban calvos,

 

á pesar de ser jóvenes que apenas llegaban á los treinta años, pero salvo raras excepciones, no es-taban ni desalentados ni deprimidos moraímente. Muy pocos de entre ellos podían tener confianza en el porvenir. Tenían ante sí la perspectiva de largos años de destierro, vegetando en algún rin-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 249.

 

 

22       LEÓN  DEXTTSCH

 

con perdido de la Siberia, expuestos á todas las

privaciones. Muchos tenían derecho á preguntar-

se si la suerte que les estaba reservada no era

más lamentable que la prisión.

Pero en fin, tenían al menos apariencia de li-bertad. Libertad bien problemática, porque en ca-lidad de deportados estaban sometidos á mil ve-jaciones imprevistas, pero esta apariencia de libertad les seducía.

 

He conocido á uno solo que consideraba el porvenir con confianza, aunque estaba destinado al país de los Yakoutes, región la más espantosa de la Siberia. Era Ivan Kacshintsev, de veinti-cinco años de edad, desbordante de juventud y vida. Me dijo un día que él buscarla el modo de fugarse por todos los medios posibles, y en efecto, lo he encontrado después en el extranjero.

 

Antes que los prisioneros llegasen al lugar de su destino, mil nuevos obstáculos se levantaban cada día delante de ellos; nosotros, los que íba-mos á Kara, marchábamos á paso de caracol, pero mucho más de prisa que los que restaban en esta localidad. En cada estación de etapa tenían que esperar el paso de un convoy para ir más lejos, y con frecuencia esto duraba semanas. Apenas ha-cían cinco verstas diarias, y como el trayecto que habían de recorrer contaba varios centenares y hasta miles de ve?*stas, su viaje debía durar mu-chos meses.

 

Estos encuentros con los compañeros de Kara despertaban en mí la idea del porvenir. ¿Cuál sería mi estado de espíritu cuando depués de largos años pasase por este mismo camino? ¡Acaso no lo recorrería más!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 250.

 

 

DIEZ  Y  SEIS  AÑOS EN  SIBERIA 2,3

 

Un día me encontré víctima de un robo; me

quitaron un saco con los objetos personales del equipaje dados por la administración, y entre ellos mis cadenas; era preciso darle parte al.oíicial, y no podía decirle que me habían quitado las cade-nas de los pies.

 

Quedé sorprendido de ver que el oficial tomaba la cosa alegremente y se reía.

 

—¿Qué voy á hacer sin mis cadenas?—le pre-gunté.—Guando llegue á Kara será preciso que las presente.

 

— Buscaremos otras — replicó.— Espere usted un momento; yo creo que se podrán encontraren alguna parte.

Dio orden al sargento de buscarme unas, y al cabo de un rato apareció con un par de cadenas nuevas.

 

—Ahora tenga usted cuidado de que no se las roben—dijo el oficial cuando me vio colocarlas en mi equipaje.

Se ve por este ejemplo que nuestras relaciones con los vigilantes eran cada día menos duras y casi familiares.

Se había desencadenado el invierno, un in-vierno siberiano con todos sus rigores. Franqueá-bamos la cadena de los montes Yablonovoi y nos aproximábamos á Tschita, la capital del Transbai-kal. En la última estación antes de esta ciudad notamos una agitación desacostumbrada entre los prisioneros de derecho común; los sargentos y los soldados vigilaban toda la noche. Nos preguntá-bamos en vano qué podría suceder. Hasta el día siguiente no se nos reveló el enigma.

 

Aunque la distancia de esta estación á Tschita fuese considerable, cerca de cuarenta y cinco vers-tas, no se emprendió el camino hasta muy tarde.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 251.

 

 

24       LEÓN DBUTSCH

 

Quince ó veinte verstas antes de la ciudad, á cierta distancia del camino, había una granja ais-lada, donde vivía un hombre conocido como deca-briste. Los decabristes eran los revolucionarios que habían asistido á la revuelta de 1825, en el ins-tante del advenimiento de Nicolás I al trono.

 

Nuestro convoy se detuvo en la granja. Una habitación especial nos fue señalada á los políti-cos, y bien pronto el dueño vino á hacernos una visita. Era un viejo de aspecto respetable y digno; se presentó á nosotros como el decabriste Karo-vaiev. Según contaba, había servido en la guardia, tomó parte en la revuelta de 1825 y lo desterraron

 

á Siberia. Tenía ochenta años, aunque no repre-sentaba más que sesenta y cinco. Se mostró muy contento de poder servirnos y no aceptó el dinero que le quisimos dar. Durante este tiempo, en las

 

piezas vecinas y los corredores había gran fiesta y algazara. Prisioneros y soldados comían y be-bían con excelente buen humor.

 

Se había hecho ya de noche cuando nuestro destacamento llegó delante de la puerta de la pri-sión de Karovaiev. Tuvimos que discutir con el director, que nos dio una celda tan mala que era imposible pasar la noche en ella. Después de nuestras protestas logramos un albergue mejor.

Guando al otro día nos pusimos en marcha, se descubrió que la mayoría de los prisioneros de derecho común no llevaban el equipo que les había dado la administración. Tuvimos la expli-cación de lo que había pasado la noche prece-dente en casa del decabriste.El honrado y hospi-talario Karovaiev se había entendido con los soldados y los prisioneros del convoy para darles aguardiente á cambio de vestidos y botas, com-prándolos así por casi nada.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 252.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     25

 

Para que no se apercibieran de la falta de los objetos á la llegada á Tschita, se arreglaron de modo que llegamos de noche, y así la inspección se hizo a la ligera y no constaba la desaparición de los efectos.

 

El honrado Karovaiev no se había establecido sin un motivo serio en esta región aislada. La aventura tuvo consecuencias bastante penosas para los prisioneros. Se les dieron palos en pro-porción de los objetos que les faltaban, y después fueron equipados de nuevo.

 

En Tschita nos separamos de nuestro querido Lazareff, que debía ser internado, y los tres prisio-neros restantes resolvimos hacer en esta ciudad larga estancia.

 

Desde nuestra salida de Irkoutsk habíamos pasado seis semanas en camino y estábamos cansadísimos. No teníamos prisa en llegar al lu-gar del destino, donde largos años de prisión nos aguardaban. Sabíamos que un gran número de camaradas estaban internados en Tschita y que-ríamos conocerlos, en tanto que rompíamos defi-nitivamente toda relación con el mundo exterior y las puertas de la cárcel se cerraban sobre nos-otros.

 

Nos fingimos enfermos y el médico consintió en suspender nuestro viaje hasta el próximo con-voy, que debía llegar dos semanas más tarde. Nuestros compañeros nos hacían frecuentes visi-tas, es decir, venían á la puerta de la prisión mien-tras nosotros estábamos en el patio.

 

La nueva más interesante que supimos fue la del viaje hecho á Siberia por el escritor americano Jorge Kernnan, que volvía de Kara, y nuestros amigos nos hablaban muy bien de este" excelente hombre.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 253.

 

 

26       .         LEÓN DBUTSOH

 

Continuamos el camino en los últimos días de

Noviembre en compañía de un destacamento de familias, esto es, los prisioneros que formaban el convoy no eran sólo hombres, sino mujeres y niños que les acompañaban al destierro.

 

Era un invierno en que la nieve era bastante rara y no se necesitaba trineo; pero las carretas de dos ruedas constituían un martirio insoportable.

 

El frío era de día en día más cruel; estábamos materialmente helados, aunque llevábamos enci-ma toda la ropa de que podíamos disponer y apenas lográbamos movernos. El solo medio de entrar en calor era bajar de los coches y hacer un largo trayecto á pie. Los desdichados niños que acompañaban á sus padres debían sufrir todos los horrores de este clima siberiano.

 

Todos los días .esperábamos con impaciencia la próxima etapa para calentarnos un poco, pero todas las estaciones estaban en estado lamentable con frecuencia. No se habían calentado en largo tiempo, y los prisioneros, tiritando hasta los hue-sos, medio muertos de frío, debían coger leña para encender el fogón, y medio dormidos, por lo general, hacían un humo insoportable.

 

Algunas veces nos encerraban á los políticos en una choza de aldeanos, lo que era una verda-dera alegría, porque estas chozas, por miserables que fuesen, nos parecían muy confortables com-paradas con las estaciones de las etapas.

 

Como he hecho notar, nuestras relaciones con los soldados de guardia se habían modificado notablemente y no teníamos cuestiones de disci-plina. Pero, por extraño contraste, los soldados se permitían toda clase de malos tratos con los prisioneros de derecho común, y algunas veces su brutalidad no conocía límites.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 254.

 

 

DIEZ Y SEIS ANOS EN SIBERIA     2 i

 

Un día en que íbamos hacia la ciudad de Nerts-chinsk, vi que un soldado joven maltrataba de una manera bárbara á un pobre diablo de prisio-nero y le descargaba culatazos porque quería montar en el furgón de equipajes. Intervine y supe que el origen de la cuestión era que el soldado quería también montar en el vehículo y el prisio-nero trataba de impedirlo. Me dirigí al sargento y le declaré que daria queja por su falta de severi-dad con los subordinados.

 

Al día siguiente, cuando cruzábamos la ciudad, entré en una tienda para hacer varias compras, pero el soldado de la víspera, que iba detrás de mí, me gritó:

—¿Dónde va usted? ¿Qué va usted á hacer?

 

Le dije que gritase, é hice mis compras. El sar-gento estaba ausente; había entrado á beber con varios amigos y no lo vimos hasta la entrada de Ja prisión.

 

Quedé no poco sorprendido cuando el direc-tor me participó que el sargento había presentado queja contra mí por insultos á un soldado de guardia y por haber abandonado la colonia. El ruin quería, sin duda, adelantarse á la queja que le anuncié el día antes. Indignado de su conducta, redacté una acusación por escrito, y mi actitud decidida dio por resultado obligar al sargento á presentarme sus excusas ante varios testigos y uno y otro retiramos nuestras quejas.

 

En Nertschinsk, Tschuikoff, fuimos encerrados en una prisión de hombres, y se señaló una celda aparte ó María Kalyushnaya. No olvidaré jamás la viva impresión que experimenté en esta cárcel. Una fila de celdas daba sobre un corredor débil-mente iluminado; era tarde y los presos estaban ya acostados los unos contra otros, no sólo en los

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 255.

 

 

28       LEÓN DBUTSOH

 

lechos, sino hasta en el suelo, y era imposible en-contrar puesto; llevaban camisa y pantalón, algu-nos sólo la camisa. Para llegar á la celda de los privilegiados tuvimos que pasar por encima de ellos.

 

Un olor insoportable infestaba la atmósfera, no sólo de la transpiración de tantas criaturas humanas, sino de los excrementos que llenaban las cubetas y se desparramaban por el suelo á su alrededor, llegando hasta los pies de los presos tendidos por tierra en apretado haz.

 

Sobre algunos lechos y rincones, jugadores de cartas se entregaban á su pasión favorita, indife-rentes á todo lo que pasaba alrededor de ellos. Aunque la mayoría de los prisioneros parecían dormir, un ruido sordo se escuchaba en todas las estancias. El infierno de Dante no puede ofrecer cuadro más espantoso y repugnante.

 

La celda de los privilegiados estaba llena tam-bién; encontramos dos compañeros llegados de Kara, Tschekoize y Zuckermann; estaban senta-dos en el suelo y á duras penas pudimos encon-trar sitio cerca de ellos. Conocía á Zuckermann: era tipógrafo, y hacia 1878 vino á pie de Berlín á Suiza, donde habíamos sostenido relaciones. Dejó luego a Suiza y fue á imprimir la Narodnaja Vol-ja. Cuando la invasión en la imprenta, hizo en compañía de Sofía Yvanoff y de algunos otros re-sistencia á mano armada, y su actitud en el curso del proceso fue heroica. Para librar á sus compa-ñeros, revindicó para él sólo todas las responsa-bilidades, afirmando que había disparado el pri-mer tiro contra la gendarmería. Condenado á ocho años de trabajos forzados, lo enviaron a Kara y fue el niño mimado de la prisión. Siempre alegre y de buen humor, esparcía el contento en torno

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 256.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     29

 

suyo; con un desinterés absoluto, estaba siempre pronto á sacrificarse por los demás; hasta en esta espantosa prisión hablaba y reía de continuo. Nos hacía alegremente un cuadro encantador de la vida que se daría en el país de los Yakoutes, don-de estaba destinado. Por desgracia, la realidad fue otra, y nuestro pobre amigo vio abandonarlo su excelente humor, y no puaiendo soportar la sole-dad y las privaciones, acabó por suicidarse.

 

A Tchekoidze no lo conocía, pero teníamos nu-merosos amigos comunes. De origen caucásico, había sufrido con éxito el examen de oficial de artillería en Petersburgo. Tomó parte en la pro-paganda revolucionaria, y en 1875, complicado en el proceso de ¿os cincuenta, lo condenaron á de-portación. Logró escapar de la Siberia, y captura-do de nuevo había cumplido tres años de trabajos

ó iba ahora á cumplir su otra condena al país de los Yakoutes. Me hizo el efecto de un hombre enérgico, de una voluntad superior y reflexiva, capaz de resistir á todos los asuntos y á todas las situaciones, cualesquiera que fuesen las vicisitu-des de la suerte.

 

Su vida respondía bien á lo que pensó de su carácter, pero las privaciones minaron su salud; cuando fue enviado á la Siberia Occidental cayó seriamente enfermo y murió en Kurgan en 1879, en el momento de entrar en Europa.

 

La mañana del 24 de Diciembre de 1885 llega-mos por fin á Ust-Kara, una pequeña aldea don-de se encuentra la prisión para criminales de derecho común y otra para el sexo femenino. Allí nos tuvimos que separar de nuestra compa-ñera, a la que vi esa mañana por última vez de mi vida.

 

Tschuikov y yo fuimos aún •quince verstas jun-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 257.

 

 

30       LEÓN DBUTSCH

 

tos, hasta Nijnaya Kara, donde se encuentra la cárcel para los prisioneros de Estado. Esperamos hasta la mañana al director, que debía enviarnos

 

á nuestro destino, y después, montados en una carreta y acompañados de dos centinelas, nos pu-simos en marcha, otra vez con las cadenas, como exigía el reglamento.

 

Hacía un frío atroz, y á pesar del peso de los vestidos y de los hierros, preferíamos ir á pie á paso precipitado. Sabíamos que este era el último paseo y que durante muchos años no tendríamos otro que el del patio de la cárcel. Veíamos con dolor el porvenir que nos esperaba.

 

—He ahí la prisión—nos dijo uno de los sol-dados.

 

Y nos mostró un edificio rodeado de postes levantados unos al lado de los otros.

 

Distinguimos un grupo compuesto de dos mu-jeres, un cosaco y un hombre vestido con traje civil, que avanzaban hacia nosotros.

—¡Víctor!—grité yo cuando se aproximaron, y reconocí al último.

 

Era Víctor Kostyurin, mi antiguo amigo, al que no había visto en nueve años. Partía ahora para el destierro. Nos estrechábamos cordial-mente las manos y nos presentó á las dos mujeres que le acompañaban: Natalia Armfeld y Raissa Prybylyeva, que vivían en residencia en Kara. Mr. Kennan ha descrito en su libro las aventuras de Natalia; séame permitido añadir sólo que en 1879 se encontraba con María Kowalewskaja en la casa donde los revolucionarios se opusieron

 

á su arresto con las armas en la mano, y que á causa de la sentencia cumplió catorce años y diez meses de servidumbre penal.

En cuanto á Raissa, pertenecía á la asocia-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 258.

 

 

  DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA   31

ción de la «Narodnaja Volja»,    y en   1883 fue con-

denada á cuatro años.                decirnos, no

Aunque teníamos mil cosas que

se podía        contar con la aquiescencia de los guar-

dias, que       batían los dientes al aire libre, y tuvi-

mos que separarnos al cabo de poco tiempo.

—Un francés—pensaba yo—hallaría la manera

de declamar. ¡Dos amigos se      encuentran en la

puerta de una prisión, el uno      recobra la libertad,

el otro estará largos años detrás de los espesos muros! ¡Qué escena tan dramática!

 

Otro apretón de manos y todo había termi-nado.

 

—¿Nos volveremos á ver másV—preguntó yo. —¡Oh! ¡Seguramente en Petersburgo, el día del triunfo de la Revolución social!—gritó una de las

señoras.

 

Esta esperanza era desgraciadamente infun-dada. Natalia murió en Kara en 1887; Raissa se casó con el desterrado Tiutchev y ya ha muerto también. Sólo Kostyurin vive todavía en Tobolsk, pero nuestros caminos no se han cruzado más en la vida.

 

 

Se nos condujo al cuerpo de guardia vecino á la prisión. Un centinela avisó en seguida nuestro llegada y vimos aparecer, rodeado de varios gen-darmes, al gobernador de la prisión, Bolschakoff, oficial de cosacos, que nuestros compañeros nos habían pintado como un hombre bueno y huma-nitario.

 

Se nos pasó rápidamente revista, así como á nuestros efectos, dejándonos sólo la ropa que lle-vábamos puesta y transportando al depósito el

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 259.

 

 

32       LEÓN DBtTTSCH

 

resto de nuestros equipajes, hasta que el coman-dante Nikolin decidiera si debíamos conservarlos ó no.

 

—No hay necesidad de que tengan las cadenas puestas—nos declaró el mariscal Colubroff;—esta formalidad es aquí inútil.

 

La noche llegó antes de que estuviéramos lis-tos, y nos confiaron al cuidado de los gendarmes.

 

Veintidós meses habían transcurrido desde mi arresto en Friburgo; había conocido doscientas prisiones y recorrido unas doce mil verstas.

—¡A la guardia!—grita nuestra escolta.

 

Una cerradura rechina, una puerta se abre y nos franquea la entrada de la prisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 260.

 

 

 

CAPITULO XXII

 

 

Los primeros días de prisión en Kara.—Viejos y nuevos

 

conocimientos

 

 

Nos introdujeron en un largo corredor apenas iluminado. En la puerta de entrada, cerca de una gran caja, había un hombre en traje de prisionero.

•—Buenas tardes, Martinowki.

 

Aunque no lo había visto jamás, sabía, por los compañeros encontrados en el camino, que velaba desde por la mañana hasta la noche cerca de esta caja de las provisiones de los prisioneros polí-ticos.

 

Parecía sorprendido de oirse así llamar por su nombre, pero cuando nosotros le hubimos dicho los nuestros, la sonrisa esclareció su rostro y nos estrechó cordialmente la mano. El gendarme puso término á la efusión, gritando:

 

— Deutsch, celda número dos; Tschnikov, nú-mero cuatro.

 

Una puerta se abrió y entré en una vasta pieza en medio de la cual había una mesa rodeada de bancos, varios lechos de campaña para dos per-sonas; una chimenea esparcía su calor y tres lar-gas ventanas dejaban penetrar la luz. Los nuevos camaradas me saludaron; eran catorce, dos de entre ellos antiguos conocidos.

 

TOMO  II     SJ

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 261.

 

 

34       LEÓN DEUTSCH

 

La primera cuestión se redujo á encontrar un

sitio para mí. Se decidió que partiría el lecho de

campaña con Sundelewitch. Supe después que me había hecho un gran sacrificio separándose de su mejor amigo.

 

En una estancia donde muchos hombres es-tán siempre juntos, el solo medio para cambiar dos amigos pensamientos íntimos es dormir uno al lado del otro, sobre el mismo lecho; no supe hasta más tarde apreciar las ventajas de tal ve-cindad.

 

Cuando llegamos, la comida de la tarde había terminado y me tuve que contentar con una taza de té, un terrón de azúcar y un pedazo de pan negro.

 

Me acosaron é preguntas sobre los motivos que me habían reducido á prisión, sobre mi vida y sobre todo lo que pasaba en Rusia. Todo eran bromas, risas, conversaciones sin fin. Tenía la impresión de encontrarme en famliia después de una larga ausencia. El tiempo transcurrió rápido y era ya muy tarde cuando me acosté.

 

Mi viaje desde Moscou había durado seis me-ses; estaba extenuado; así fue para mí un verda-dero solaz caer en un sitio de donde no saldría en tantos años.

 

Me regocijaba de antemano con la idea de en-contrar en Kara á mi viejo amigo Jacobo Stefano-witch. No nos habíamos visto en cuatro años. Nos despedimos en Suiza, cuando él volvía á Rusia. Desde el comienzo de Febrero de 1882 estaba preso, complicado en el proceso de los diezy siete. Había llegado á Kara dos años antes que yo. Es-peraba con impaciencia la mañana para llamar al gendarme por la rejilla y que me llevara á salu-darle á su celda, número 1, pues durante el día

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 262.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA              35

les está permitido á los prisioneros      políticos      ha-

cerse visitas de unas celdas        á otras.        Había sido

preciso luchar mucho       para  obtener       esta gracia,

cuando las celdas de         los prisioneros de derecho

común están siempre abiertas de día.

 

Había también diez y seis detenidos en la ha-bitación de Stefanowitch. Saludé é los camaradas, conversé con mi amigo é hice la tournée por las -otras celdas.

 

La aparición de nuevos detenidos es, natural-mente, un gran acontecimiento en la prisión. Se esperan de antemano, porque á pesar de todas las precauciones, los ecos de fuera atraviesan los muros.

 

Se me esperaba con gran impaciencia; los recién venidos rompen por algunos días la vida monótona de la cárcel; se saben por ellos noveda-des, y sobre todo detalles del movimiento revolu-cionario ruso.

Les contaba cuanto yo sabía y aprovechaba la ocasión de conocer sus ideas con vivo interés. Recuerdo una discusión que sostuve un día con un antiguo conocido, Volochenko. Este era un es-píritu penetrante, aficionado á la discusión, y que pasaba por un original.

 

En 1879 había sido condenado por el tribunal de Kiew á diez años de servidumbre penal; a causa de una tentativa de evasión, once años se aumen-taron á los anteriores.

 

Cuando le hablé de la nueva corriente que se manifestaba en el movimiento revolucionario ruso y le cité el grupo socialista que se había formado recientemente con el nombre de «Liga de eman-cipación de trabajo», y cuando le dije que yo mismo pertenecía á la «Democracia Social», y por consiguiente deseaba propagar en la Rusia las

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 263.

 

 

36       LEÓN DBUTSOH

 

ideas de Karl Marx, Volochenko pareció admirado en grado altísimo.

—¡La Democracia social en Rusia!... ¿Qué clase de gentes son esas?

—Delante las tiene usted.

Los rostros de Volochenko y sus camaradas expresaban tan grande sorpresa como si vieran á un discípulo de Mahoma.

 

En efecto, las ideas de Karl Marx eran poco-conocidas en Rusia. Acababa de publicarse la tra-ducción de El Capital: las gentes instruidas cono-cían el inmenso servicio que prestaba a la ciencia económica, pero en Kara no había llegado aún y no sabían nada de las bases en que apoyaba sus ideas de socialismo. Se iba más lejos y se llegaba hasta á rechazarlas en parte, por la influencia de Eugenio Duhring, en parte por la del publicista N. Michailowski, y en.parte porque se temía, como una tradición de sentido común, que la teoría de Karl Marx era absolutamente inaplica-ble en Rusia. Esta fue la opinión de Volochenko, que no conocía sus escritos.

 

Yo podía darles algo más que mi opinión sobre este asunto. A pesar de los mil registros, habí-a podido hacer pasar de contrabando hasta la pri-sión algunos escritos prohibidos, entre ellos el primero que nuestro grupo había publicado con el título de El Socialismo y la lucha política, de Plechanov. Como los compañeros no habían teni-do en mucho tiempo ocasión de leer libros prohi-bidos en Rusia, la cosa hizo sensación y se arro-jaron con avidez hacia este pasto tan nuevo para ellos.

 

Tenía curiosidad de saber cómo acogería este problema Sundelewitch, porque en los primeros tiempos se había contado por un demócrata, ó al

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 264.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA     37

menos proclamaba bien alto que las     prácticas de

la Sosial Demokratic estaban en todo  conformes

con las aspiraciones de la Alemania.   

Nos habíamos conocido en 1878. Era él el en-

cargado de introducir en Rusia   los     libros prohi-

bidos para el grupo  «Tierra y    Libertad», y nos

ayudó á pasar la frontera 6 Stefanowitch y á mí cuando nos evadimos de Kiew.

 

Teníamos en esta época acaloradas discusio-nes á propósito de los medios que debían em-plearse para sostener la lucha en Rusia. Yo era entonces un adversario resuelto de la «Democra-cia Sociah; en mi cualidad de terrorista, conside-raba como inútiles ó perjudiciales sus procedi-mientos pacíficos y sostenía que no eran aplicables

á la Rusia. Sundelewitch, al contrario, pretendía

.que era inútil ir alpueblo y que la agitación de las clases obreras no daría ningún resultado. Yo le hablaba de que para conquistar en Rusia la liber tad política todos los medios eran buenos, pero no se convencía.

Después se afilió al partido terrorista en 1879 y trabajaba activamente en preparar atentados, diciendo que era e! solo medio de conseguir la reforma política. Su partido le debía mucho, por-que era incomparable en su entusiasmo y conocía todos los medios de ejecución práctica. Fue arres tado en Petersburgo en la Biblioteca pública en el curso del otoño de 1879 y complicado en el proceso de los diez y seis, á causa del cual dos compañeros fueron condenados á muerte y á él le impusieron la pena de trabajos forzados á per-petuidad.

 

No esperaba encontrar en Sundelewith un partidario de mis ideas socialistas, y esto me cau-saba gran turbación. Cuando hablábamos durante

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 265.

 

 

88       LEÓN DEUTSCH

 

las largas noches sobre el lecho de campaña, nos ocupábamos de nuestros amigos comunes que estaban en libertad luchando por el triunfo de nuestras ideas, de los vencidos en la lucha, que gemían en los calabozos ó encontraron la muerte como héroes; pero temía llegar á las discusiones teóricas, porque sentía que en ese terreno no po-dríamos entendernos. Por desgracia lo había adi-vinado. No participaba de mis ideas; como algu-nos otros, era adversario de la doctrina marxista. Llegaba hasta decir que las lecciones teóricas de El Capital eran absolutamente inaplicables en la realidad. No tenía ocasión de hablar de esto con mi amigo Stefanovvitch, porque no estaba en la misma celda, y además mis ideas eran para él también absolutamente extrañas é incomprensi-bles.

 

Cuatro años antes, en la época de nuestra se-paración, estábamos de acuerdo. El había queda-do exactamente como en aquella época, mitad agitador, mitad terrorista. Yo había abrazado las ideas nuevas y fundado con otros camaradas la «Liga de Emancipación del Trabajo».

 

Stefanowitch escuchaba hablar de esto por la primera vez y no sabía lo que significaba, pero como era de espíritu pensador y reflexivo, com-prendía muy bien la importancia de esta tenden-cia nueva. Era claro para él que había allí todo un programa que aplicar á la Rusia. En cuanto al resultado práctico de este programa, estaba lleno de luchas, pero no le mostraba la hostilidad que ]e atestiguaron luego muchos revolucionarios.

 

* * *

La vida en común  nos indujo á servirnos de

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 266.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA   * 39

 

un argot especial. Cada habitación tenía su nom-bre: la primera se llamaba el Synedryon, la segun-

da Cámara de los Nobles, la tercera Cámara de los

 

Yacoutes y la cuarta la Ciudad. Estos nombres eran ya tan antiguos, que se había olvidado la ra-zón de por qué se daban.

 

La Cámara de los Nobles, á la que yo pertene-cía, encerraba algunas personas muy simpáticas, jóvenes, inteligentes, bien educadas, llenas de vida y fuerza. Cada uno de ellos presentaba en su gé-nero un tipo diferente; algunos eran hombres no-tables.

 

Entre los últimos citaré el primero á Nicolás Yatzewitch, hijo de un sacerdote griego del go-bierno de Poltawa. Tenia diez y siete años y era estudiante de la escuela de veterinaria de Karkow. Fue arrestado por haber ayudado en la evaáión á Alexis Medwedjeff y lo condenaron á quince años. Se había escapado de la prisión de Irkoutsk, pero después lo condenaron á un suplemento de cator-ce años. Tenía apenas diez y nueve años cuando ingresó en Kara.

 

Había conquistado todos los corazones con su noble carácter. Modesto hasta la timidez, silencio-so y replegado en sí mismo, ejercía sobre los otros compañeros una influencia mágica. Su deseo de saber era ilimitado; con un celo heroico estudiaba constantemente en la prisión y tenía profundos conocimientos en ciencias naturales, filosofía y literatura; poseía algunas lenguas extranjeras, y como no descuidaba los ejercicios físicos, lograba 6 la vez fuerza plena, agilidad y destreza.

 

.En la cárcel era amigo de todos los camaradas sin excepción, lleno de bondad para todos y siem-pre pronto á venir en su ayuda. No era raro que se conquistase la confianza y que reconocieran su

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 267.

 

 

48       LEÓN DEUTSCH

 

superioridad á pesar de su juventud. Cuando yo le he conocido no tenía aún veinticinco años.

 

Por tendencia era metafísico, de un eclecticis-mo muy independiente. Participaba de las ideas de Duhring y de los neo-kantens. En materia eco-nómica era partidario de Carey, Bastiat y otros teóricos burgueses, y naturalmente era un adver-sario de la doctrina de Karl Marx.

 

Dé un temperamento muy diferente eran los dos amigos íntimos Martinowski y Starinkewitch, que se llamaban comunmente los dos pequeños iwans, aunque uno de ellos sólo llevaba este nom-bre. Starinkewitch era también el niño querido de sus camaradas, pero de un carácter muy distinto del de Yatzewitch. Era de los que ríen de cual-quier cosa, siempre de buen humor y de espíritu centelleante. Sus palabras y sus acciones nos arrancaban grandes carcajadas; su voz clara do-minaba á todas las otras. Era instruido, pero me-nos aplicado que su amigo. Poseía una de esas inteligencias felices que lo cogen todo al vuelo, que se lo asimilan y saben hacerlo brillar con mil asuntos diferentes, "pero en los que nada llega ja-más al fondo. Sus maneras eran casi las de una niña: dulce, confiado y cariñoso por naturaleza, mas apasionado, en ocasiones, hasta la violencia.

 

Había nacido en Moscou, y apenas salió de la Universidad, en 1881, cuando le condenaron á veinte años de prisión por el solo crimen de ha-berse negado á denunciar la persona de quien había recibido una proclama encontrada en sus manos. Por sus tendencias políticas era un parti-dario entusiasta de la «Narodnaja Volja».

 

Se decía ordinariamente que los dos amigos no debían comprenderse mucho con caracteres tan opuestos: mientras que Starinkewitch era ale-

 

 

 

 

 

 

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gre y abierto, Martinowski, por el contrario, era serio y tranquilo, casi moroso. Se le veía rara vez sonreír, y yo no recuerdo haberle visto reir nunca. Creo que jamás ha cedido ni hecho la menor con-cesión, pero sabía imponer su voluntad á los -Otros. Me hacía el efecto de un hombre de una gran fuerza de carácter, dueño de sí y un poco au-toritario. Era sin duda un hombre bien dotado, con afición á los estudios y sentido esencialmente práctico. Profundizaba los problemas y fue uno de los primeros que en la prisión se dedicaron al estudio del marxismo. Era también de Moscou, había sido arrestado á los veinte años y conde-nado en el mismo proceso que Sundelewitch, Kwyatkowski y algunos otros, á quince años de trabajos; una tentativa de evasión elevó la pena á veintiún años.

 

A mi llegada á Kara él era el administrador de los prisioneros, lo que prueba la confianza que sus compañeros le otorgaban. Era, desde todos puntos de vista, un defensor enérgico de nuestros intereses. Si este hombre hubiera vivido en otras circunstancias políticas y en un campo de acción digno de él, hubiera podido jugar un papel consi-derable en la vida pública.

 

Otra persona notable se encontraba en la pri-sión, el estudiante Mirski, por un atentado contra el general Drenteln. El 25 de Diciembre de 1879 se paseaba dicho general en carretela por las ca-lles de Petersburgo; poco tiempo antes había sido nombrado jefe de gendarmería y director de la famosa 5.a sección, como sucesor del general Me-zentzeff. Los revolucionarios lo habían condenado

 

á muerte. De pronto un jinete se acerca al estribo, hace signo al cochero de detenerse y dispara va-rios tiros de revólver al través de los vidrios. Los

 

 

 

 

 

 

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disparos no hicieron blanco; el general grita al cochero que siga al jinete, y empieza entonces una carrera endiablada. El público no compren-día de qué se trataba y miraba lleno de sorpresa la extraña persecución del coche del general á un elegante caballero. El cochero acosaba de cerca al estudiante y más de una vez estuvo á punto de cogerlo. El fugitivo ganó una calle lateral y des-apareció un momento para ver al poco tiempo los caballos del general sobre sus talones. Se decide

 

á emprender un galope serio, pero el caballo bota y le obliga á detenerse. No pierde por eso su pre-sencia de espíritu; tranquilamente se dirige á un agente de policía y le dice:

 

—Amigo mío, tenga usted la bondad de guar-darme este caballo hasta que envíe á mi cochero.

 

—Estoy á sus órdenes—respondió el honrado agente de orden público.

 

Y sujetó el caballo de la brida. El estudiante desapareció por la primer bocacalle y tomó un coche de plaza; parecía estar ya libre.

 

El general temblaba de coraje cuando vio el caballo en tan buenas manos. Toda la policía de la capital íué puesta en movimiento; se acabó por descubrir que el caballo pertenecía a un alquila-dor y el jinete era el estudiante Mirski, un indivi-duo desde largo tiempo ya vigilado por los gen-darmes. Se estaba sobre su pista, pero Mirski no estaba en Petersburgo, se había escapado hacia la Rusia del Sur. Habitaba en Taganrog, en casa de un oficial amigo y correligionario político, cuando el subteniente de artillería Tarchoff, otro oficial, tuvo sospechas á propósito del huésped de su camarada y lo denunció á la policía. La casa fue cercada y Mirski no pudo librarse de sus per-seguidores. Disparó algunos tiros de revólver so-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 270.

 

 

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bre la policio, tratando de romper el círculo, pero fue capturado. En Noviembre de 1880 compareció delante de un consejo de guerra, en compañía de Tarchoff, del poeta A. Olchin y algunas otras per-sonas.

 

En esta época todos los complicados en com-plots nihilistas eran condenados á muerte. Todo el mundo estaba convencido de que Mirski, que había dirigido un atentado contra el jefe de gen-darmería, sería ahorcado. Recuerdo que algún tiempo antes del proceso alguien que lo había visto en la prisión nos contaba que Mirski había formulado el deseo de que le enviaran un vestido negro y con bata blanca, porque quería compare-cer así delante de los jueces.

 

Todos los camaradas quedamos sorprendidos de esta extraña petición: hasta entonces ningún revolucionario ruso se había preocupado del traje que llevaría ante el tribunal. Pero se cumplió el deseo de Mirski.

 

—Le daremos el gusto—decíamos—de brillar por última vez en público y de deslumhrar á la galería.

 

Los periódicos contaron, en efecto, que el prin-cipal acusado, Mirski, era todo un elegante caba-llero. Su defensa fue reproducida y admirada en numerosos periódicos extranjeros. Fue condena-do á muerte, y se debía á una serie de circunstan-cias milagrosas que no se ejecutase su pena y le fuera conmutada por la de trabajos forzados á perpetuidad.

 

Si en aquella época el atentado contra Alejan-dro II en la estación de Alexandrowskaja no se retrasa por azar, ó si el proceso se demora cua-renta horas más, hasta el 19 de Noviembre, día en que el tren del zar saltó por el aire, no hubie-

 

 

 

 

 

 

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ran indultado á Mirski. Escapado de la muerte, lo encerraron en la fortaleza de .Pedro y Pablo, donde se encontraban peligrosos criminales de Estado, y cuatro años más tarde fue deportado á Kara, en donde lo encontró en la Cámara de los Nobles.

 

En lugar del hombre elegante y distinguido que me habían pintado en Mirski, encontré un hombre vulgar, de mediana estatura y de unos veintisiete años. No había cambiado exteriormen-te solo, no era ya el brillante muchacho que se precipitaba entre los coches, era de espíritu serio y reflexivo. Había meditado mucho sobre la Rusia y sobre el movimiento futuro del país. Las teorías de Marx le eran desconocidas, y sin embargo había llegado solo á las mismas conclusiones. Se mostraba escéptico respecto al proyecto de algu-nos revolucionarios rusos de llegar al colectivis-mo por la unión de bienes, idea demasiado pa-triarcal. No creía tampoco en la eficacia del terrorismo, porque las masas populares eran indi-ferentes ó apáticas, y me preguntaba, con el espí-ritu torturado, qué solución sería posible.

 

De todos los prisioneros de Kara, Mirski era el único que se aproximaba á mis ideas. Durante su permanencia en La Universidad estudió medi-cina, pero en la prisión se había dedicado por completo al estudio del derecho, y era un jurista consumado, muy superior á todos los que había-mos hecho un estudio especial de esta ciencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 272.

 

 

 

CAPÍTULO XXIII

 

 

La organización de nuestra vida en común.—Los sirios.

 

Apuesta

 

 

Enconaré á mi llegada á Kara una organiza-ción sólidamente establecida para la vida en común. El principio fundamental era la igualdad de derechos y deberes. Todos los presos forma-ban, desde el punto de vista de la administración de sus intereses, una comunidad en la que todo el mundo estaba confundido, pero donde se tenían en cuenta los cuidados y aspiraciones individua-les. Cada uno era libre de formar parte de la co-munidad ó de vivir separado, pero las condiciones materiales eran las mismas para todos. El Estado daba para cada prisionero una cantidad determi-nada de víveres. Tres libras de pan al día, un ter-cio de carne y cierta cantidad de sal. Estaba ade-más permitido que los prisioneros recibieran dinero de sus parientes y amigos para mejorar el régimen. Muy pocos tenían este auxilio, y todo dinero recibido se distribuía en común como los víveres del gobierno. Se repartía de la forma si-guiente: un tercio servía para procurarse los ex-traordinarios, especialmente carne: en nuestro argot lo llamábamos «henchirla marmita común». Otra se destinaba á socorros a los camaradas

 

 

 

 

 

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que dejaban la cárcel para la simple deportación, suscripción de los periódicos que se nos permitía recibir, franqueo de cartas, etc. El último tercio se repartía entre todos y se denominaba el «equi-valente», para comprar té, tabaco, pescado, mante-ca ú otros objetos, que llamábamos «cuidados de segundo orden». Sin embargo, tuvimos que renun-ciar durante meses y años á estas pequeñas dul-zuras á fin de poder reunir el dinero necesario para comprar un libro ú otro artículo de que te-níamos necesidad.

 

Nuestros recursos eran limitados hasta el pun-to de que, durante mi detención en Kara, no se han recibido más que tres kopecks por hombre y por día para la marmita común. Lo cual indica no recibir más que un rublo por mes, y con fre-cuencia mucho menos. Hay que tener en cuenta que á causa de los difíciles medios de locomoción, todos los productos importados en Siberia se vendían dos ó tres veces más caros que en Rusia europea. Una libra de azúcar, por ejemplo, costa-ba de treinta y cinco á cuarenta kopecks. Los pri-sioneros teníamos que imponernos grandes pri-vaciones; la mayoría no tomaba más que té de la peor calidad, y casi siempre sin azúcar; un gran número consideraban el té como un lujo y se con-tentaban con un poco de agua caliente. Los que usaban azúcar habían de contentarse con un te-rrón para todo el día. Nosotros no veíamos el dinero más que en especies, pues estaba prohibi-do por el reglamento de la prisión. El director re cibía los envíos y los llevaba á nuestra cuenta después de advertirnos. Nosotros hacíamos las listas de los encargos. Nuestro administrador compraba los objetos y llevaba las cuentas para cuando se le pedían. Guando las demandas eran

 

 

 

 

 

 

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mayores que los ingresos, habla un menos de tan-tos á cuantos kopecks para el mes siguiente; el que por el contrario había hecho economías, esta-ba inscrito con la mención de más. Se trataba de economizar el mes siguiente, cuando se había gastado de más en el anterior; pero había una multitud de pobres diablos que, á pesar de su vo-luntad, no llegarían jamás á nivelar su cuenta; les llamábamos los menos, mientras que los espíritus de economía se denominaban ios más. Gomo no era agradable contarse entre los menos, se hacían esfuerzos por nivelar el debe y el haber cuando se recibía algún suplemento considerable, en Navi-dad ó Pascua, por ejemplo. Pero á pesar de eso, algunos no lograban jamás salir de la categoría de menos; algunas veces, para conmemorar una fiesta revolucionaria, se proponía solventar los menos, es decir, pagar todas las deudas. La proposición era aceptada por todos, excepto por ellos, que vo-taban en contra ó se abstenían de votar con gran delicadeza.

 

Todas las mañanas nuestro administrador ve-nía á las puertas de las habitaciones con su regis-tro y nos preguntaba lo que deseábamos: uno pe-día un kopeck de azúcar, otro de té. Las órdenes se escribían y trasladaban sobre un gran libro. Poco después el administrador reaparecía y nos daba por el ventanillo de la puerta lo que había-mos pedido. El intendente de la prisión nos remi-tía con él los demás objetos que necesitábamos, tales como vestidos, lencería ó zapatos. Su misión era servirnos de intermediario cerca del director y ser nuestro representante en todas ocasiones.

 

El administrador era elegido en votación se-creta por un período de seis meses. El elegido era libre de rehusar, lo que sucedía con frecuencia,

 

 

 

 

 

 

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porque el cargo era honorífico y lleno de enojos y fatigas. El administrador y todos los miembros de la sociedad tenían el derecho de proponer una «revisión de los estatutos». Se hacía por escrito, y después de discutida en las diversas celdas, se procedía á la votación. El administrador recibía los papeles á través del ventanillo y nos hacía co-nocer los resultados. Violentos debates se traba-ban algunas veces; los partidos combatían unos contra otros como en el Parlamento, pero no había cuestión de gabinete á propósito de un voto de confianza.

 

Ejecutábamos nosotros mismos todos los tra-bajos necesarios en el interior de la cárcel, y los prisioneros de derecho común estaban encarga-dos de todos los que exigían relaciones con el ex-terior, tales como transportar el agua, la leña y tirar las basuras.

Los trabajos eran para nosotros de dos clases: los que interesaban á la comunidad, tales como el servicio de la cocina ó la limpieza de la habita-ción, y los personales, como el lavado de ropa, costura, etc.

Todos desempeñaban los primeros, salvo los enfermos ó los de constitución débil, que estaban dispensados. El servicio de cocina lo cumplía un grupo de cinco prisioneros, que eran relevados todas las semanas. Había de siete á nueve grupos que funcionaban á un mismo tiempo. Se podía hacer en una ú otra cocina, sin preocuparse de la separación por habitaciones. Cada grupo tenía un jefe cocinero, un ayudante, un cocinero especial para los enfermos y dos hombres para los demás quehaceres. Las tareas no eran fáciles ni agra-dables.

Se entraba en faena desde las siete de la ma-

 

 

 

 

 

 

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ñaña y con frecuencia no se había terminado á las-cinco de la tarde. A la noche se estaba rendido, y al ñn de la semana se veía con placer que la tarea estaba concluida por algún tiempo y no se pen-saba ya más que en la alegría de tenderse sobre las pieles de nuestros lechos. Estas ocupaciones introducían alguna distracción en la vida monó-tona de la prisión. La cocina era una especie de club, donde todas las habitaciones se confundían. Cuando la tarea se acababa, pasábamos agrada-blemente el tiempo, se sabían las novedades del día, se hablaba, se discutía y nos dábamos bro-mas los unos á los otros. Así, por ejemplo, el jefe imponía extrañas tareas á los recién venidos. En-comendaba á uno sacar las patatas de la marmita con un tenedor; otro recibía el encargo de colo-carse con un gran bastón cerca del muro y de golpear la cabeza de todo el que entrara; en cuanto á mí tuve que partir granos de trigo con un enorme cuchillo.

 

Los cocineros tenían mucho que hacer, dado los pocos recursos de que disponían. Las legum-bres eran muy raras y se hacía difícil la confec-ción de un menú.

 

Cuando yo llegué faltaban las patatas. A me-diodía, por razones de economía, no se daba más que el caldo; las viandas se ponían aparte para servirlas á la tarde. Cuando me senté á la mesa para mi primera comida, ya sabía que era frugal, porque me habían hecho conocer el régimen de la prisión; pero cuando acabé mi última cucha-rada de sopa, sin otro acompañamiento que un poco de pan, no estaba satisfecho y pasó mucho

 

tiempo antes que me pudiera habituar á este gé-nero de alimento.

La  habilidad  de los cocineros  consistía en

 

TOMO II      4

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 277.

 

 

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guardar la carne del caldo para la comida si-guiente; se la cortaba entonces en trozos y se la cocía con legumbres. El plato favorito de la ma-yoría era una especie de cocretas de carne y hari-na, que nuestros cocineros tenían á gran honor servirnos lo menos dos veces á la semana.

 

Los más golosos de entre nosotros tenían la costumbre de ir á oler al lado de la cocina y ve-nían á traernos gozosos la noticia de que había cocretas aquel día.

 

Los cocineros S3 distinguían sobre todo el sá-bado, día en que su tarea semanal terminaba.

 

Desde hacía algunos años establecieron la cos-tumbre de dar ese día un extraordinario llamado piroque, que era una especie de pasta hecha con harina y la carne guardada durante toda la se-mana. Se ponían de lado estos trozos de carne sobre la piroque y la pasta era tan abundante, que no podíamos consumirla y guardábamos un pe-dazo para el té de la mañana siguiente. En gene-ral el régimen era insuficiente, poco nutritivo y menos agradable al gusto. Sólo era abundante el pan, porque la ración que nos daba la adminis-tración era tan grande, que restaba siempre un pedazo: pero el que no tenía estómago para dige-rir estas enormes masas quedaba siempre ator-mentado por el hambre.

 

No comíamos cuanto necesitábamos más que los días de fiesta, porque aumentaban nuestros ingresos y dábamos fondos especiales á la cocina. Los cocineros rivalizaban entonces en habilidad y ponían sobre nuestra mesa los manjares más apetitosos, tales como asado, chuletas, pan blanco y hasta dulces. Es preciso hacer justicia á nues-tros cocineros, entre los que había verdaderos ar-tistas, dignos de servir en grandes casas.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 278.

 

 

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El régimen de los enfermos no estaba estable-cido de antemano; el cocinero debía atenderlos en lo posible á medida de los recursos.

 

Nuestro compañero Prybyliew designaba á los que tenían derecho á este régimen de favor, y nos daba consejos médicos, pues aunque no fuese más que veterinario, tañía en medicina grandes conocimientos y una excelente vista clínica. Su fama estaba tan extendida dentro y fuera de la prisión, que las gentes venían á consultarle, aun-que había tres médicos en la vecindad.

 

Los ayudas de cocina eran los que no enten-dían nada de este arte especial y no se podían encargar de tareas delicadas. Por este doble mo-tivo yo no llevé jamás las funciones de cocinero. En calidad de ayudante tenía que ir á buscar el agua, cortar la leña, llevar á las habitaciones el agua caliente y el carbón para el samovar, repar-tir los alimentos, lavar la vajilla, encender los fogones y tener la cocina limpia. Las tareas no eran agradables, pero en cambio los ocupados en la cocina, poruña vieja costumbre, recibíamos las mejores raciones.

 

Además del administrador, que se ocupaba de los alimentos, teníamos un repartidor de pan, cuyas funciones consistían en cortar el pan y dis-tribuirlo en las habitaciones: los mendrugos que nos quedaban los metíamos en un saco de tela y se los devolvíamos. El los hacía pasar á la colonia libre, para servir de alimento á dos vacas y un caballo que pertenecían á nuestra asociación.

 

Otro tenía la vigilancia del gallinero, porque criábamos en el patio un gran número de pollos y nos distraímos viendo los singulares combates en que ensayaban su fuerza naciente.

Dos camaradas tenían la dirección de los ba-

 

 

 

 

 

 

 

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ños, velaban por la limpieza de retretes y pilas, y como los otros funcionarios, estaban dispensados de todo servicio de cocina.

 

Había aún otro cargo más elevado: el de bi-bliotecario. Este era elegido por votación, como el administrador, en tanto que los otros elegían por sí mismo su empleo.

 

Nuestra biblioteca era numerosa; se componía en parte por volúmenes llevados por los presos, en parte por obras enviadas desde fuera. Casi todos los ramos del saber humano estaban repre-sentados, sobre todo la historia, las matemáticas, las ciencias naturales. Había libros escritos en casi todas las lenguas europeas y hasta clásicas. Dos enormes armarios alineados en el corredor encerraban estos tesoros, pero una gran parte de las obras estaban continuamente entre las manos de los lectores; nuestros bibliotecarios tenían que ocuparse de la encuademación, en la cual todos les ayudábamos voluntarios. Los útiles que tenía-mos eran de los más primitivos, y como las cu-biertas de cartón costaban demasiado caras, las fabricábamos cosiendo unidas varias hojas de papel.

 

Tschuikow, que había llegado al mismo tiempo que yo, se reveló como un excelente bibliotecario: se acordaba bien, no sólo de los nombres de los que habían tomado un libro, sino que sabía de-cirnos con precisión admirable en qué obra se en-contraba tal ó cual detalle demandado. Fue defi-nitivamente elegido.

 

En las habitaciones el servicio estaba regulado de un modo perfecto. Por turno cada uno debía barrer dos veces por día, encender los hogares y sacar por la mañana los vasos de noche. Nos dá-bamos gran cuidado para mantener la más escru-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 280.

 

 

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pulosa limpieza. Cada dos semanas había un gran lavado, se frotaba el suelo con agua caliente; el lecho, los bancos y las sillas se lavaban en el patio. Velábamos porque la ventilación fuese com-pleta y que todas las reglas higiénicas se observa-sen. Se iba al baño una vez por semana, y cada uno lavaba su ropa.

 

Tal era nuestra organización doméstica: si se tiene á bien recordar que la mayoría de los presos en Kara eran estudiantes que venían directamen-te de'la Universidad y no conocían nada de las tareas de la vida diaria y los trabajos del interior y se tiene al mismo tiempo en cuenta la modici-dad de nuestros recursos, se podrá admirar cómo se había organizado esta vida práctica y económi-ca. Naturalmente, todo no se había hecho en un día, y poco á poco se fue perfeccionando en el transcurso del tiempo.

 

El hecho de vivir siempre unidos en la misma sociedad ocasionaba con frecuencia rozamientos y pequeños disgustos que no se podían evitar.

 

 

 

En medio de cada habitación, una lámpara, con pantalla sombría, estaba suspendida del techo. Por desgracia, las mesas eran largas y es-trechas, lo que hacía que un gran número de si-tios no estuvieran iluminados, y todo trabajo era imposible á los que las ocupaban. Los condena-dos á la ociosidad perjudicaban á los otros en su trabajo.

 

Aunque se hubiera podido remediar este des-dichado estado de cosas, era imposible obtener la calma y el silencio que exigen los estudios

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 281.

 

 

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serios. Cuando diez y seis individuos de tempe-ramento y aspiraciones diferentes se hallan re-unidos en tan estrecho espacio, no se les puede pedir que se abstengan de toda conversación du-rante las interminables veladas del invierno. Era precisamente en el momento de sentarse todos en torno de la mesa cuando las conversaciones se hacían más animadas; se hablaba, se hacían chis-tes, se gritaba y se reía á carcajadas. Los que querían trabajar seriamente tuvieron que recurrir

 

á un medio especial; se hicieron sirios, como de-cíamos en nuestro argot.

 

Los sirios se acostaban al anochecer, y cuando todo el grueso de la sociedad empezaba á dormir se levantaban á trabajar hasta el alba, al mismo tiempo que la estrella Sirio se levantaba sobre el horizonte (de donde venía su nombre), que se acostaban de nuevo para gustar de dos horas de sueño.

Se necesitaba una gran voluntad y avidez de ciencia para convertirse en sirio. No era fácil poder dormirse por la tarde mientras los cámara-das hablaban y se hacía ruido; apenas se empe-zaba á descansar era preciso levantarse. Esto era muy penoso, y no pude jamás habituarme. Sin embargo, todo el tiempo que estuve en Kara, Yat-zewitch, Kaljuschni y Adrián Mikailoff no dejaron de ser sirios.

 

Casi á mi llegada á Kara aprendí una costum-bre arraigada en las prisiones, y que referiré en pocas palabras.

Estábamos un día en conversación muy ani-mada sobre la situación política de Rusia, cuando un camarada me hace la pregunta siguiente:

—Dígame, Deutsch, ¿cree usted que el zar sal-tará pronto?

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 282.

 

 

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—No—dije yo,—no se le hará saltar; creo que morirá de buena muerte en su lecho.

 

Mi" respuesta provocó una protesta vivísima de todos lados; todos estaban conformes en afir-mar que Alejandro III participaría de la suerte de su padre.

 

En esta época todos los revolucionarios, con pocas excepciones, estaban convencidos de la fuerza indestructible de la «Narodnaja Volja» y veían en el terror el único medio de combatir el absolutismo en Rusia.

 

Yo veía el movimiento revolucionario bajo un aspecto diferente. Me había ocupado ya de la or-ganización política antes que los terroristas estu-viesen en sus principios; había asistido á las lu-chas que sostuvieron; los vi desenvolverse; conocía personalmente á todos los terroristas, pequeños y grandes, y había llegado á la conclusión de que la «Narodnaja Volja» había pasado. La corriente que contribuyó á la fuerza de ese partido llegó á su máximum en 1881,pero después del atentado contra Alejandro II su importancia empezaba á declinar.

 

Como ya he referido, todos los terroristas que tenían experiencia y práctica habían sido ejecuta-dos, y los jóvenes que los siguieron no encontra-ban entre las persecuciones ocasión de probar sus fuerzas. En Rusia, tanto como en el extranje-ro, pude comprobar que el entusiasmo de los pri-meros momentos había cedido el puesto á un escepticismo inquieto. Se había perdido la fe, aun-que no se osaba confesarlo.

 

Cuando yo exponía estas consideraciones, mi camarada me preguntó bruscamente:

 

—¿Qué quiere usted apostar? Yo creo que ma-tarán al zar; usted tiene una opinión diferente. Si

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 283.

 

 

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usted quiere, fijemos un plazo para el día en que el zar sea ejecutado por los revolucionarios.

—Está bien, acepto.

—Fijaremos cinco años, hasta el 15 de Diciem-bre de 1890.

—Conforme; ¿qué se apuesta?

 

El último punto no era fácil de precisar. Las apuestas de este género son corrientes en la pri-sión, como vi más tarde, y las sumas que se arries-gan sirven para los pequeños suplementos de tabaco, té, azúcar y otras comodidades.

 

Apostamos que el que perdiera pagaría á todos los de la habitación unos dulces: era cuestión de algunos rublos. Cuando el curso de los aconteci-mientos me dio la razón, al fin del año 1890, mi compañero quiso pagar y se sometió á largas pri-vaciones para hacer honor á la promesa; pero como la mayoría de los presentes á la apuesta no estaban ya en la cárcel, pude lograr que no la cumpliese.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 284.

 

 

CAPÍTULO XXIV

 

 

 

Historia de la prisión de Kara.—El "Gato,,.—La Cámara del

 

"Synedryon,,.—La primavera

 

 

Cuando se hablaba con los detenidos en la cár-cel y la conversación recaía en el pasado, se es-cuchaba decir muchas veces: «era durante los días de Mayo» ó bien «era cerca del 11 de Mayo». Esta íecha era familiar para todos, porque los días de Mayo significaban lo que los días de Febrero en la historia de la Francia.

 

Lo que precedió á los días de Mayo fue la •edad de oro; después los años se sucedieron som-bríos y dolorosos. Será bueno referir aquí, á pro-pósito de esto, algunos detalles.

 

Las prisiones para detenidos políticos datan de 1880. Antes de esta época se encerraban en las penitenciarías, que no habían sido construidas para ellos. A lo largo del río Kara había varias colonias ocupadas en el lavado del oro, cuyo pro-ducto era propiedad del zar, ó, como se dice en el lenguaje oficial, del Gabinetede Su Majestad. Los detenidos políticos y los de derecho común habían de ocuparse en lavar el oro para el amo de todas las Rusias.

 

Este oficio no tenía nada de penoso y lo cum-plían de buen grado. Era más sano y agradable

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 285.

 

 

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trabajar  algunas horas del día al aire libre que

enmohecer en las prisiones. En esta época los presos de Estado gozaban de las mismas ventajas que los de derecho común, hasta se dice que reci-bían las mejores raciones, y una vez la pena cum-plida los enviaban á la colonia penitenciaria, y podían comunicarse con sus parientes y amigos. Los detenidos políticos estaban contentos de esta igualdad con los otros prisioneros.

 

En Diciembre de 1880, el ministro del Interior, conde Loris Melikoff, dio orden de no enviar los reos de Estado á las colonias penitenciarias. En esta época Semjanowski, estudiante en la Uni-versidad de Petersburgo, se suicidó, dejando es-crita una carta á su padre, en la cual le decía que el solo pensamiento de ser enviado á la cárcel le sugería la fatal determinación.

 

Esta orden cruel fue dada en una época en que todo el mundo se creía en vísperas de un cambio completo. El rumor de tentativas revolu-cionarias llegaba, aunque con retraso, á los prisio-neros de Kara, y la sed de libertad se hacía más ardiente. Así algunos, que tenían que pasar mu-cho tiempo en la prisión, decidieron evadirse. El plan se puso en práctica en Mayo de 1882.

 

El trabajo de lavado, donde los prisioneros eran conducidos todos los días, presentaba la ocasión. Dos presos se debían evadir cada noche.

 

El primero que por decisión unánime desig-naron los compañeros para emprender la fuga, fue el conocido revolucionario Mychkin, el cual escogió para acompañarle á Nicolás Chrukcheff, que era hombre de gran iniciativa.

 

Los dos consiguieron escaparse; para disimu-lar su fuga, los compañeros los reemplazaron con maniquíes. Precisamente en esta misma época, el

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 286.

 

 

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jefe de servicio de prisiones, Galkin Vrassky, se

encontraba en Kara en compañía del gobernador Iljachewitcb, y aunque la prisión fue visitada por los altos dignatarios no se descubrió la evasión. Los dos fugitivos estaban ya en camino hacia el Extremo Oriente, en dirección á la costa del Océa-no Pacífico. La segunda pareja se escapó algunos días después de la misma manera y con igual dichoso resultado; le llegó el turno á la tercera, después á la cuarta; pero en el momento de esca-par la última pareja, el centinela hizo fuego y dio la voz de alarma á los guardias.

 

El golpe había errado y la fuga de los ocho prisioneros fue notada.

Esto pasaba el 11 de Mayo de 1882.

Los funcionarios se encontraban todavía en Kara, y su presencia inflamó el celo de los guar-dianes lanzados en persecución de los fugitivos. Seis de entre ellos fueron presos y juzgados de nuevo: sólo los dos primeros quedaron en li-bertad.

 

Las represalias fueron crueles, y ejercidas con-tra todos los otros prisioneres. Los trasladaron á diferentes cárceles, sometiéndolos en el camino a odiosos tratos. La prisión en donde habían estado encerrados hasta entonces la arreglaron de modo que cada una de las grandes habitaciones donde vivían en común fue dividida en tres celdas tan estrechas que apenas se podían mover. En fin, con gran pena de parte de todos, se construyeron celdas separadas para algunos prisioneros.

 

Les quitaron los libros y todos los objetos de su propiedad particular, quedando sometidos al régimen estricto de la prisión y á mil vejaciones. Desesperados muchos se decidieron á la protesta por el hambre, y estaban ya á dos dedos de la

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 287.

 

 

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tumba cuando les hicieron algunas concesiones. Mychkin y Chrutcheff quedaron  todavía largo tiempo libres ocultos en Vladivostok. En el mo-mento mismo en que iban á estar definitivamente en seguridad á bordo de un barco extranjero, co-nocieron los gendarmes en ellos á los dos fugiti-

vos, buscados en vano.

Todo había sido inútil y los dos prisioneros del zar fueron de nuevo conducidos á Kara.

Numerosos cambios se habían verificado en este intervalo en la cárcel; hasta allí los prisione-ros de derecho común y los políticos dependían de la misma administración. A partir de este día, los prisioneros políticos de los dos sexos fueron sometidos á la vigilancia de la gendarmería. Un oficial de esta arma había sido enviado de Peters-burgo é instalado como comandante. Dos subofi cíales de gendarmería desempeñaban el puesto de carceleros.

 

A causa de estos cambios se había modificado completamente el régimen de la prisión, y esto en detrimento de los detenidos. Se suprimieron los talleres. Los presos quedaron reducidos a la in-actividad y la mayoría no dejaron más la prisión; se les prohibió al mismo tiempo toda correspon-dencia con sus parientes. Trece de entre ellos fueron llevados á Petersburgo, á la fortaleza de Pedro y Pablo, y diez á Schlüsselburgo. Uno solo de los últimos vive aún; los otros nueve han su-cumbido en los tormentos que se les hicieron sufrir.

 

* * *

 

Durante los tres años que transcurrieron des-pués de los días de Mayo hasta mi llegada, cuatro

 

 

 

 

 

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comandantes se habían sucedido en la prisión de Kara. Uno de ellos, convicto de haber robado cerca de mil rublos del dinero enviado á los pre-sos, fue deportado al país de los Yakoutes.

 

A cada cambio de comandante habían nuevas variaciones en el régimen. Así es que los muros de separación de las habitaciones habían sido derribados y se introdujeron algunos pequeños beneficios.

 

Los parientes de los prisioneros habían dirigi-do una queja al gobernador; las órdenes de Loris Melikoff fueron consideradas como ilegales y los detenidos, conforme á la ley, se enviaron de nuevo á la colonia penitenciaria.

 

Las reglas estaban fijadas de esta manera: por espacio de uno ó dos años, según la condena, el prisionero estaba considerado como en tiempo de prueba, y debía pasarlo en la cárcel. Los otros años se llamaban tiempo de mejoración,y diez me-ses se contaban por un año. De este modo yo no había de estar en la prisión trece años y cuatro meses, sino once años y cinco meses. La ley dis-pone, además, que después de dos ó tres años de este tiempo de mejoración, los prisioneros conde-nados á trabajos deben ser enviados á la colonia penitenciaria, es decir, que se les concedía el per-miso de residir en las habitaciones particulares que se les designan ó que pueden hacerse cons-truir ellos mismos. Están sometidos en lo demás

 

á las mismas prescripciones en vigor para todos los otros prisioneros. Pero esto constituye una ventaja capital, porque desde ese momento no se está obligado á pasar los días y las noches en las habitaciones comunes. Se comprende, porque para los prisioneros de Estado, gentes por lo ge-neral cultas, este privilegio tenía gran importan-

 

 

 

 

 

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cia. Así, la alegría de los detenidos fue grande cuando dos años después de los días de Mayo el nuevo comandante, jefe de escuadrón Burlei, que había sucedido al ladrón Manajeff, hizo saber que dentro de poco tiempo aparecería una decisión senatorial restableciendo el reglamento, para que todos los detenidos que tenían derecho á este fa-vor fueran enviados a la colonia penitenciaria.

 

Antes de que se llevase á cabo esta decisión, el comandante de espíritu humanitario, fue cam-biado, y su sucesor, Nikolin, se las arregló para limitar lo más posible esta feliz medida.

 

El Senado había votado la ley, pero los trámi-tes administrativos no se acababan nunca.

 

Nikolin era un hombre malo, de espíritu pe-queño, que buscaba pretextos para molestará los prisioneros. Escribió al gobernador que no conta-ba con bastante gente para vigilarla colonia peni-tenciaria si todos los prisioneros que tenían dere-cho eran enviados á ella, por lo que pedía que sólo quince fueran llamados á beneficiarse con esta medida. La falta de gente para vigilar era sólo un pretexto miserable, pero su voz fue favo-rablemente acogida y numerosos prisioneros que debían ir á la colonia penitenciaria se vieron obligados á renunciar á esta esperanza. A causa de este estado de cosas, cada vez que había una plaza disponible en la colonia se presentaban una docena de candidatos, entre los que Nikolin esco-gía á su capricho. Naturalmente, este acto de ar-bitrariedad le atraía el odio de los otros prisione-ros, tanto más cuanto que su actitud para con todo el resto no era á propósito para atenuar la indignación que reinaba contra él.

 

Poco después de mi llegada, tuve ocasión de conocer á este hombre, porque en esta época ve-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 290.

 

 

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nía con frecuencia a la prisión. Podría tener cerca de cincuenta años, de talla menuda y ventrudo; se daba aire de un hombre importante; el rostro re-dondo y rubicundo; los ojos, pequeños y verdes, miraban de soslayo; la barba era muy escasa; hacía el efecto de un gato viejo siempre en acecho, y se le designaba con el sobrenombre de Gato.

 

Todo en él inspiraba una insensible repulsión; hablaba con una voz dulzona, pero parecía presto-á saltar sobre la victima con las uñas afiladas.

 

No cesaba de lamentarse de su suerte, porque creía que si hubieran hecho justicia á sus méri-tos sería por lo menos general. Su carrera había comenzado en 1860, bajo Mourawieff, el verdugo de Wilna; contaba los servicios que le había pres-tado, pero desde aquella época, á pesar de haber transcurrido veinticinco años, no pasó de simple jefe de escuadrón. Esperando un ascenso, hacía alardes de celo. Un día escribió al gobernador haciéndole la siguiente pregunta, que consideraba importante: «Cuando se lavan los suelos de las habitaciones y los prisioneros tienen que salir al corredor, ¿pueden los carceleros hacerles entrar en otra celda?»

 

—¿Saben ustedes lo que me ha contestado?— decía el Gato.—Me ha respondido que me atenga al artículo IB del reglamento, ¡y el reglamento no tiene más que doce artículos!...

 

No había comprendido la ironía de la lección, y continuaba acribillando al gobernador con car-tas y preguntas por la menor bagatela.

 

La vigilancia de la prisión no era suficiente á satisfacer su manía de investigación y el cuidado de saberlo todo; metía la nariz en todo lo que pa-saba en los alrededores de Kara.

Una vez tuvo la rara felicidad de descubrir un

 

 

 

 

 

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robo bastante impudente, que se había cometido en detrimento del Estado. El autor responsable era el mayor Potuloff, que administraba la prisión para los criminales de derecho común, el mismo que había ofrecido hospitalidad a Mr. Kennan durante su estancia en Kara.

 

Bajo la administración de este Potuloff, se ha-bía prendido una vez fuego al almacén donde se hallaban varios millares de quintales de harina destinada á los prisioneros. La harina estaba toda en un gran depósito, y sólo la parte superior pa-recía quemada, pero él dijo que el incendio lo había destruido todo. Era un gran negocio entre él y los proveedores, que se las habían arreglado para prender fuego al almacén con ayuda de al-gunos subordinados. Nada se hubiera descubierto

 

á no ser por el Gato. Gracias a su denuncia, se formó una comisión, de la que tuvo el honor de formar parte, y pudo desplegar sus talentos descu-briendo importantes robos y malversaciones.

 

El gentilhombre hospitalario descrito por Ken-nan bajo los trazos del mayor Potuloff, y que lo era en realidad, había robado sin escrúpulo los fondos públicos.

 

En los registros figuraban cientos de prisio-neros que desde largo tiempo estaban en libertad

 

ó se habían muerto, y continuaba haciéndolos figurar en las cuentas de alimento y vestidos, en tanto que partía como hermano con los proveedo-res los beneficios que le reportaba esta super-chería.

El hombre perdió su empleo, pero no fue lle-vado ante los tribunales. Tenía protectores. Esto lo arregla todo.

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 292.

 

 

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Aunque los camaradas de la Cámara de los Nobles me eran todos simpáticos, manifesté el deseo de pasar á la que estaba mi amigo Stefano-witch, pero se necesitaba el consentimiento del Gato. Este me lo negó, diciendo que debía soli-citarlo del gobernador. Manifestó que temía que nos evadiésemos el día que estuviéramos reuni-dos; esto era una estupidez, porque los gendar-mes nos vigilaban y toda fuga de Kara resultaba imposible; era la excusa escogida por el Gato para encubrir su deseo de hacer daño. No sé por qué, varias semanas después me dio el permiso de pasar al Synedrion, como se llamaba la habitación de mi amigo.

 

La vida era aquí diferente que en la Cámara de los Nobles. Gran parte de los que la ocupaban eran obreros y tenían especial afición á los traba-jos manuales. Presentaba el aspecto de un vasto taller.

 

La posesión de herramientas de todas clases estaba prohibida, pero cada uno tenía cierto nú-mero de ellas. Todas las semanas se verificaba una visita á la habitación y no se encontraba nada. Estas visitas se hacen generalmente de una manera superficial.

 

Algunos de estos obreros eran maestros en su especialidad. Chrutcheff era muy notable y el he-rrero Bubnowski no le cedía en nada. Este había fabricado con pedazos de hierro y clavos viejos un torno pequeñísimo que podía ocultar en el bolsillo.

 

Gracias á este instrumento pudo hacer una cantidad de ruedas y resortes, y aunque jamás había sido relojero, fabricó un reloj, obra maestra de mecanismo, que encontró más tarde puesto en un museo de la Siberia.

 

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No había casi ningún oficio que no se ejerciera en nuestro taller. Los que se dedicaban á una especialidad, estudiaban los manuales con pacien-cia, y no tardaban en ser obreros y artistas.

 

Nuestra habitación era una hermosa prueba de lo que produce el trato de los obreros y los hombres instruidos. Dos compañeros venían todos los días é dar lección de matemáticas y de cien-cias naturales y otro enseñaba la lengua rusa. Nuestra habitación se llamaba por eso algunas veces La Academia.

 

Entre los trabajadores despertó mi atención un cierto Karl Iwanein, de origen finlandés. Su pa-sión era la lectura de las obras de imaginación, y estaba muy versado en ese punto. Partidario ar-diente de las ideas del conde Tolstoi, cualquier objeción que se hacía contra las doctrinas de este sabio tenía el don de provocarle una violenta cólera. Era un hombre bien dotado, pero extra-vagante. Al poco tiempo de conocerlo lo enviaron

 

á la colonia penitenciaria, donde no tardó en sui-cidarse.

 

Fomitcheff y Fomin se distinguían por su amor al estudio. Conocía á Fomin desde Suiza, donde vivió algún tiempo en calidad de refugiado. Antiguo oficial de infantería, había sido arrestado en 1879 por propaganda entre los soldados; se evadió de la prisión de Wilna con ayuda de un camarada, pero no podía soportar la vida en el extranjero y volvió á Rusia, ocultándose algún tiempo. En 1882 fue arrestado de nuevo en Peters-burgo y condenado á veinte años de trabajos. En Kara se entregaba al estudio de las ciencias natu-rales, especialmente la mineralogía.

 

No había conocido á Fomitcheff, pero con fre-cuencia oí hablar de él como de un revoluciona-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 294.

 

 

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rio muy activo. Era hijo de un    pobre sacristán,

había estudiado en  Odesa, fue   preso en 1877 á

causa de su propaganda en el ejército, y enviado ante un consejo de guerra. El tribunal no encon-tró motivo para condenarlo y fue declarado libre en medio de la ovación que el público prodigó á él y á sus defensores.

 

Poco después, arrestado segunda vez, fue juz-gado en compañía de otros camaradas y conde-nado á cadena perpetua.

Se ocupaba mucho de estudios históricos, y sobre todo de la historia de Rusia, que conocía bastante bien.

 

Sea por causa de sus lecturas, sea por una orientación especial de su pensamiento, nuestro amigo Fomitcheff, que era un hombre inteligente, un trabajador incansable, un excelente camarada y un carácter bien firme, llegaba á las conclusio-nes más extrañas. Era no sólo un celoso patriota ruso y un rusófilo, sino también, cosa que pare-cerá increíble, un partidario apasionado de la di-nastía de los Romanoff.

 

¡Un prisionero político, un condenado á tra-bajos forzados, que era á la vez un fanático del absolutismo ruso! Era, en verdad, un admirable contraste. No se crea que tenía intención de de-mandar gracia ninguna; estaba convencido de que debía pasar su vida en los calabozos siberia-nos, pero estaba persuadido también de que el soberano velaba por el bien de sus subditos.

 

Alejandro III no tenía entre sus cortesanos y altos dignatarios un partidario más fiel, y sobre todo más desinteresado, que este prisionero polí-tico relegado en Kara. Los ukases más ilegales y más crueles encontraban siempre en él un defen-sor, y las medidas más reaccionarias le parecían

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 295.

 

 

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justificadas, oportunas é inspiradas en el interés del pueblo, de ese pueblo que amaba sobre todo, y al que voluntariamente haría el sacriflcio de su vida. Estaba convencido de que la felicidad dei pueblo era obra del zar, y cualquier ataque contra éste lo ponía fuera de si, y hasta llegaba á rom-per con cualquier camarada. Muchos nos pregun-tábamos si este hombre estaba en su juicio cabal.

 

Naturalmente, Fomitcheff era el único en mos-trar admiración por el zar, pero muchos cámara-das participaban de sus ideas rusófilas; ciertos de entre ellos tenían la firme convicción de que las condiciones sociales y económicas de Rusia eran preferibles á las de la Europa Occidental. Esta creencia en la preponderancia de Rusia, extraña en un socialista, era inspirada por la opinión co rriente que dominaba en este tiempo. Toda la prensa progresista era rusótíla; se afirmaba y de-fendía con pasión que las ideas y las condiciones especiales de Rusia eran muy diferentes á las de los otros pueblos, y se sacaba la conclusión de que la campaña revolucionaria en Rusia debía ser diferente que en los demás países. Hombres que sufrían cruelmente por la causa de la libertad, tenían ideas exactamente iguales á las de los reac-cionarios más fanáticos.

 

Uno de los más aferrados á esta manera de ver era Nicolás Posen, que no sé por qué pasaba por uno de los prisioneros más inteli-gentes.

 

Había sido maestro de escuela en una aldea y no se mezcló jamás en el movimiento revolucio-nario, pero había tomado parte en la revuelta á mano armada en el momento de las prisiones de Kiew y fue juzgado al mismo tiempo que María Kowalenskaja, Natalia Armfeld y algunos otros;

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 296.

 

 

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lo condenaron á quince años y diez meses de tra-bajos forzados.

 

Esta pena había aumentado de quince á veinte años por tentativa de evasión. Era un hombre bien dotado é instruido, pero no tenía la menor convicción política. Su pasión era hablar y discu-tir. Hablaba sobre toda clase de temas durante horas enteras y demostraba todo lo que quería. Su manía de hablar era tal, que no perdía ocasión de darle libre curso. Lo mismo discutía los más altos problemas de filosofía, que descendía á las cosas más insignificantes, y con su eterno sonso-nete no dejaba á los demás trabajar. Desde que abría los ojos ponía la lengua en movimiento, sin descansar desde la mañana hasta la noche.

 

Era un hombre muy vanidoso y muy mezqui-no. Descubrimos que estaba de parte de la admi-nistración para satisfacer sus vicios.

 

 

 

La insuficiencia de la nutrición no tardó en influir de una manera desfavorable en mi salud. Algunos meses después de mi llegada á la prisión sentí dolor en los pies; no me podía tener dere-cho; ciertas partes de mi cuerpo estaban violá-ceas; se me movían todos los dientes, y las encías me empezaron á supurar.

 

Me dirigí á Prybylyeff, nuestro médico ordina-rio.

—¡Oh!—me dijo después de haberme examina-do,—tiene usted un escorbuto bien declarado.

 

Me sujetó al régimen de los enfermos y recibí todos los días una chuleta sazonada con mucho ajo. No era yo solo el que sufría por el régimen de

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 297.

 

 

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la prisión: á la primavera siguiente un gran nú-mero de entre nosotros fueron presa de la misma afección, que, cosa extraña, parecía atacar á los más fuertes. La mejora del régimen y los cuida-dos de nuestro buen doctor combatieron enérgi-camente el mal. Al cabo de algún tiempo pude andar bien, se afirmaron mis dientes y dejé el ré-gimen de los enfermos, pero la convalecencia me duró largo tiempo.

 

Guardo un recuerdo muy particular de mi pri-mera primavera en Kara. Sentí un sentimiento de nostalgia indefinible. En tanto que la Naturaleza renace á vida nueva, con un desbordamiento de savias y perfumes, la vida sin objeto y sin ideales que se desliza en la prisión pesa sobre nuestro espíritu. Es preciso renunciar hasta á la lectura. Las letras danzan delante de los ojos, no se tiene conciencia de nada, sólo la imaginación trabaja. Cuando todo revive y se agita, la cautividad parece absolutamente insoportable.

 

Nuestra prisión estaba situada en una especie de valle, entre dos filas de colinas, que divisába-mos desde el patio. Estaban cubiertas de vegeta-ción escasa, pero en primavera nos hacían el efecto de un paraíso y atraían con fuerza invenci-ble nuestras miradas. Cerca de nosotros no había más que la superficie plana del patio, sin la me-nor brizna de hierba. Nuestras miradas vagaban por las lejanías y nos representábamos qué bien debería estarse sentados entre las matas, á la sombra de los árboles.

 

Le pedimos al Gato que nos dejara hacer un jardín en el patio de la cárcel; el sitio era más que suficiente y el trabajo sería bueno para nosotros; además, contábamos con tener un cuadro de le-gumbres, cuya falta influía funestamente en núes-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 298.

 

 

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tra salud. El Gato rehusó con seriedad. Si tenía-mos instrumentos para labrar la tierra, podíamos servirnos de ellos, abrir un agujero y escapar. Como uno de nosotros había recibido semillas de flores en una caja de madera, el Gato le hizo des-enterrarlas. ¡Podíamos esconder entre la tierra al-gún objeto prohibido! Estas miserias y estas baje-zas nos irritaban contra el odioso bruto. Hasta los más pacíficos nos sentíamos dispuestos al odio, que amenazaba estallar á la primera ocasión.

 

Debió darse cuenta de esto, porque se mos-traba cada día más desconfiado y venía menos & la prisión. Estaba en guardia, comprendiendo que había en torno suyo enemigos cuyo odio era ple-namente justificado. Vivía solo en su casa con su cocinera, sin osar ir á ninguna parte ni tratar á nadie. Es sorprendente que entre tantos hombres como deseaban su muerte, ninguno pusiera el proyecto en ejecución.

 

Finalmente, el comandante no pudo soportar más tiempo este género de existencia y solicitó su traslado. En la primavera de 1897 accedieron á su deseo y partió acompañado de las maldiciones de toda la población de Kara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 299.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 300.

 

 

CAPITULO XXV

 

 

Estado de espíritu y pasatiempos en la prisión.—Dos co-mandantes nuevos.—El hospital.—Resistencia á mano armada.

 

 

Nuestra vida transcurría triste y monótona: los meses sucedían á los meses, los años á los años, sin dejar en nuestro recuerdo la menor traza de su paso. Todos los días eran iguales y formaban una cadena sin fin. Los que habían lle-gado el 31 de Diciembre de un año era imposible que en igual fecha del año siguiente pudieran re-cordar determinado día. Al despertarnos por la mañana se sabía ya lo que iba á pasar en la jor-nada. Así los días, las semanas, los meses y los años se confundían.

 

Apenas si alguna vez un pequeño aconteci-miento venía á romper esta uniformidad. Se co-nocían ios hábitos y los gustos de todos los com-pañeros, se sabía lo que en determinadas circuns-tancias cada uno podía hacer.

 

Pasado algún tiempo se hubiera querido no ver ciertos rostros, pero era imposible. Se estaba condenado á ver siempre los mismos individuos, y no había un solo rincón en que poderse aislar. Añádase á esto la obligación de hacerse afeitar la cabeza á que estábamos sometidos, la inevitable

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 301.

 

 

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vigilancia de los gendarmes, las revistas de ma-ñana y tarde, las visitas y los registros... Quien se represente todas estas vejaciones, comprenderá como la vida se hacía insoportable con el tiempo y la excitación nerviosa que daba por resultado.

 

El perpetuo rechinar de goznes y cerraduras cuando las puertas se cerraban y se abrían, tenía el don de exasperar á algunos de nosotros. A cau-sa de este estado nervioso, reinaba una irritabili-dad que los hombres en condiciones normales podrían apenas comprender.

 

Cierto día, dos amigos, hombres serios, bien educados é inteligentes, se precepitaron uno con-tra otro á propósito de una cascara de huevo.

 

Parecido estado de espíritu explica el hecho de que dos hombres que se aman fraternalmente no puedan conservar siempre igual intensidad de sentimiento. Ver cada día los mismos rostros y seguir las mismas rutinas, causa un suplicio in-aguantable.

 

Sin embargo, no todo eran enojos y torturas en nuestra existencia; nosotros teníamos también pequeñas'alegrías. Un acontecimiento dichoso era la llegada del correo, que venía cada diez días en invierno y cada ocho durante el verano. No puedo describir con qué impaciencia esperábamos la hoia de que llegase á la prisión. Algunos estaban horas enteras contra la empalizada, para ver al comandante dirigirse á la oficina de la posta; es-peraban su vuelta con la misma curiosidad y se apresuraban á ir á prevenir á los compañeros.

El correo nos traía cartas, periódicos y libros, algunas veces también paquetes con provisiones

ó regalos. Esto introducía alguna diversión en la monotonía mortal de la cárcel. El dinero nos per-mitía mejorar nuestro alimento. Los periódicos,

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 302.

 

 

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los libros y las revistas nos interesaban muy par-ticularmente, porque nos traían nuevas de fue-ra y conocíamos los acontecimientos políticos, que tenían el don de apasionarnos. Se devoraban materialmente todos estos impresos, que forma-ban el indispensable alimento de nuestras discu-siones.

 

En esta época la más brutal reacción se ex-tendía, no sólo en Rusia, sino en toda la Europa Occidental. La lectura nos exasperaba hasta el punto de dejar caer el periódico de las manos. No estábamos autorizados á leer más que revistas sin interés, impregnadas de un espíritu conserva-dor, exceptuando la revista bien conocida El Mensajero de Europa, cuya lectura estaba auto-rizada no sé por qué. Había entre nosotros algu-nos que leían el periódico desde el título al pie de imprenta y se enteraban hasta de los menores de-talles. Pero lo que más nos interesaba á la llega-da del correo, eran las cartas délos parientes y amigos. Esta correspondencia nos causaba á la vez alegría y sufrimiento. Estábamos constante-mente con pena á propósito de los que amába-mos, porque las nuevas que recibíamos del país tardaban en llegar á nuestras manos un mes y medio ó dos meses en primavera y otoño, cuando los caminos eran practicables, y en Siberia el co-rreo llegaba siempre con retraso. No sólo las car-tas eran leídas por el comandante y sometidas á rigurosa censura, sino que se las bañaba con una solución de cloruro de hierro para ver si ciertas novedades misteriosas se nos transmitían por medio de tinta simpática. Lo que nos causaba más pesar era no poder responder á nuestro nom-bre. Debíamos acusar recibo de una carta sobre una tarjeta postal á nombre del comandante y dar

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 303.

 

 

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buenas indicaciones sobre el estado de nuestra salud. Las cartas, sobre poco más ó menos, eran lo siguiente: «Su hijo (hermano, sobrino, amigo, etcétera) está bien; ha recibido el dinero (ó la car-ta) que usted le ha enviado y le ruega que siga es-cribiéndole.»

 

Seguía la firma del comandante. Como la carta era de letra del prisionero, los padres y los ami gos podían convencerse de que el que les intere-saba estaba todavía vivo y que había recibido su envío, pero nada más.

 

En semejantes condiciones la correspondencia ocasionaba tormentos que es fácil comprender y causaba gran amargura á los solitarios que no recibían ninguna carta. Había dichosos que po-dían tener relaciones constantes con los seres que amaban y había pobres abandonados. ¡Es preciso ver la expresión de tristeza con que contemplan la distribución de la correspondencia! Yo he es-cuchado á uno de ellos exclamar con acento triste: «¡Ah, si alguien me escribiera algunas líneas!» Es, en efecto, el colmo de lo cruel estar relegado en Siberia, á miles de leguas del hogar, sin que nin-guna criatura humana se ocupe de nosotros ni nos guarde un recuerdo. Pero es admirable ver la alegría de uno de estos olvidados cuando por azar recibe una carta que no esperaba. En reconoci-miento á esta felicidad milagrosa hacen distribuir té á todos los de la cámara, guardan la carta so-bre ellos como un tesoro precioso, hablan frecuen-temente y largo tiempo y leen los párrafos intere-santes á los mejores amigos.

 

Es una tradición convidar á los camaradas cuando se recibe una noticia interesante; las car-tas dan la vuelta por todas las habitaciones y se copian ciertos párrafos que pueden ofrecer interés

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 304.

 

 

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especial. Los comandantes, y sobre todo el Gato, se tomaban mucho cuidado de que no llegasen á nosotros más que las cosas personales, y cubrían de tinta todos los demás párrafos. Pero nosotros teníamos medios particulares de conocer todos los acontecimientos políticos, y algunos tenían un don de adivinación sorprendente. A pesar de to-dos los cuidados, recibíamos cartas y libros que estaban prohibidos; nos servíamos para ello de los guardianes, que se dejaban seducir por nues-tro dinero. Gracias á este correo secreto, nos co-municábamos con la prisión de mujeres, cosa rigurosamente prohibida. Sabíamos cuanto les pasaba y teníamos detalles de todos los otros de-portados que vivían en las diferentes localidades de la Siberia.

 

Nuestro administrador intervenía en el movi-miento postal. El comandante le indicaba los nombres de los que habían recibido dinero y la suma que tenían, y él lo hacía saber en las dife-rentes habitaciones, porque, como ya he dicho, todos eran igualmente interesados. Nuestro bi-bliotecario añadía al catálogo todos los impresos que acababan de llegar. El turno para la lectura de libros y periódicos estaba fijado por un regla-mento especial. Los que recibían regalos, como lencería, vestidos y zapatos, eran libres de guar-darlos ó dárselos al administrador. Este hacía saber á los prisioneros todos los objetos que es-taban á su disposición. Cuando se trataba de co-mestibles se daban también al administrador, que los distribuía por cámaras; cada cámara tenía un repartidor general, cuya misión era partir estos suplementos entre los prisioneros, observando la más estricta equidad, lo que exigía habilidad y práctica.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 305.

 

 

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Nos esforzábamos en hacer reinar la mayor igualdad para todos. Había entre nosotros quien sentía hasta pena de recibir de su casa numerosos regalos, mientras que otros no recibían jamás nada y.procuraban excusarse de su situción pri-vilegiada que les avergonzaba; pero había también ejemplos de egoísmo y alguno guardaba para su uso exclusivamente personal los regalos que le mandaban.Esto eran excepciones. Varios llevaban su delicadeza hasta no pedir sólo los libros que deseaban leer, y hacían una lista de los que que-rían los otros compañeros. Guando se reunía una cantidad para comprar libros nuevos, se dividía la suma en tantas partes como presos, y cada uno podía emplear la suya en los libros más de su gusto; de este modo quedaban todos satisfechos y los amantes de las bellas letras podían propor-cionarse obras de literatura, en tanto que los ins-truidos compraban manuales y tratados.

 

Después del correo, el baño era otra causa de placer. Los que habíamos estado una semana en el servicio de cocina, entre objetos y materias poco limpias, sentíamos una gran alegría en tomar el baño de vapor y cambiar de ropa. En saliendo del baño se tomaba una taza de té bien caliente, se extendían los miembros fatigados sobre el col-chón y se experimentaba una sensación de bienes-tar físico dejando vagar la imaginación, que nos hacía olvidarlo todo por algunos momentos. Cierto que la lencería no era muy fina ni artísticamente repasada, pero agradaba lo mismo á la piel; si por una dichosa coincidencia el correo llegaba el mismo día, eran dos felicidades á un tiempo.

—¿Está usted contento? ¡Epicúreo!...

Eran los términos con que me apostrofaba otro compañero tendido también en su cama y

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 306.

 

 

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que probaba la misma sensación  de bienestar. Uno de nuestros recreos favoritos era el juego de ajedrez; teníamos varios maestros en la habi-tación, en especial Yatzewitsch  y Zubrochizky, que reunían la teoría y la práctica. Se organizaban algunas veces torneos con todas las reglas del arte y se fijaban premios de importancia, que con-sistían en el té ó algún otro convite. En estas oca-siones, toda la prisión se apasionaba por uno ú otro de los jugadores y se discutían con calor las

jugadas y los resultados de cada una.

Nos entregábamos también al canto. Nuestros coros tenían un repertorio muy variado de melo-días melancólicas de los pequeños rusos, alternan-do con las canciones vivas de los grandes rusos, y hasta algunos trozos de ópera difícil, sin olvidar los cantos revolucionarios, tales como la Marse-Ilesa y otros que nos eran particularmente que-ridos.

 

Un día, cuando el comandante Nikolin no es-taba allí y la vigilancia no era tan severa, uno de nuestros ingeniosos mecánicos fabricó un violín, sobre el cual los amigos ejercieron su habilidad, lo que no era siempre muy agradable para los que estaban obligados á oirlos. Posen y algunos otros martirizaban los oídos de sus camaradas con una música de todos los diablos, que consistía en so-plar al través de las púas de un peine.

 

Combatíamos también el aburrimiento de la prisión con charadas y enigmas, que gozaban de gran favor entre nosotros en el Synedrion. Los recién venidos trajeron cartas, y el whist, que se acababa de poner en moda en Rusia, ocupó bien pronto algunos camaradas, que se pasaban ju-gando los días y las noches. Pero en general, las cartas tenían poco éxito.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 307.

 

 

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Los ejercicios físicos eran también muy agra-dables á la mayo'ría, pero en tanto que el Gato gobernó la prisión, fue imposible hacerlos libre-mente. Todo lo que nos permitió fue organizar en el patio durante el invierno carreras con los pati-nes que habíamos construido.

 

Uno de los sucesores de Nikolin consintió en la instalación del jardín: así en la primavera si-guiente esta fue nuestra ocupación favorita. Algu-nos, muy aficionados á la Naturaleza, se entrega-ron con ardor á esta tarea; cultivaban su cuadro con el más grande cuidado, regaban, limpiaban y escardaban sin cesar, y se ocupaban de cada planta en particular como si hubiese sido un niño querido. Pronto fuimos dueños de un gran núme-ro de legumbres y flores. Yo tenía una predilec-ción especial por los girasoles, que me recordaban mi patria, la Rusia meridional, y plantaba sus semillas por todas partes. Llegado el verano, mis plantas se elevaron majestuosamente en el aire y sus tallos sólidos se extendían en línea recta á lo largo de nuestro bulevar, como llamábamos á la empalizada á través de la cual se veía la calle y la casa del comandante mirando por los agujeros. Cuando las plantas abrieron sus discos de luz, parecían mirarnos con compasión y decirnos: «¡Pobres inocentes! Pasáis la mitad de vuestra vida y los mejores años de vuestra juventud en prisión, sólo porque habéis soñado en trabajar por la felicidad de vuestra patria. Pero no perdáis el valor. Día vendrá en que con la frente alta en-tréis en vuestros hogares. ¡Siempre de cara al sol y á la luz!»

 

El sucesor de Nikolin fue el jefe de escuadrón Iakovlev, é hizo todos los esfuerzos para dulcificar el régimen de la prisión. Nos hizo el efecto de un

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 308.

 

 

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hombre bastante humano que seguía á la letra

las órdenes recibidas, pero que no buscaba el medio de agravarlas con vanas formalidades y exageraciones inútiles.

 

Puede ser que su conducta estuviera dictada por el hecho de que no había de ocupar largo tiempo el puesto, y estuviese preocupado con el deseo de tener los menores quehaceres posibles con nosotros. Pertenecía á la categoría de gentes que se encuentran con frecuencia en Rusia y en Siberia y que tienen una debilidad: la bebida. Tomaba algunos vasitos más de lo que la razón le aconsejaba, pero sea como quiera, respiramos bajo su administración y vimos llegar con pena al nuevo comandante.

El coronel Masjukoff entró en funciones seis meses después, en el curso del invierno de 1887, ó hizo su entrada en la prisión acompañado de Iakovlev.

 

Era un hombre de pequeña estatura, sin bar-ba, con los cabellos entrecanos y bigote. A pesar de sus cincuenta años pasados, su paso era ágil, tenía una voz de falsete desagradable y hacía el efecto de una vieja gallina desplumada. Había en toda su manera de ser alguna cosa que denuncia-ba al hombre débil y sin caráeter. Así fue, desgra-ciadamente para nosotros y para él. Masjukoff ft*o respondía á lo que debe ser un oficial de gendar-mes, pues no era á propósito para el servicio ac-tivo, como él mismo reconocía. Se había hecho gendarme por un encadenamiento de circunstan-cias desagradables.

 

Pequeño propietario de nacimiento, había sido oficial de la guardia, volvió después á sus tierras, entregándose á una vida de disipación y g, Gracias al dinero que ofreció fue elegido r

 

TOMO II

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 309.

 

 

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de la nobleza en su distrito y pudo poner en orden sus asuntos y pagar sus deudas.

 

Aceptó en seguida una plaza de oficial de gen-darmería, seducido por las ventajas que tienen sobre los oficiales que desempeñan cargos análo-gos, sobre todo si alcanzan la suerte de ser en-viados á puestos como Kara.

 

El comandante de nuestra prisión recibía de cuatro á cinco mil rublos por año, además casa, luz, servidumbre y caballos á su disposición. En calidad de antiguo oficial de la guardia y de ma-riscal de la nobleza, Masjukoff había sido nom-brado coronel y beneficiado con el puesto de Kara. Nos decía que su deseo más vivo era dulci-ficar nuestra suerte en la medida de lo posible, pero no eran más que palabras; el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y los prisioneros políticos no han tenido jamás que sufrir bajo los comandantes más tiránicos tanto como bajo la administración de este alegre vi-vidor.

 

Pero no conviene anticiparnos. En los prime-ros tiempos del régimen de Masjukoff notamos, en efecto, algunas ventajas. Gomo se sabe, había-mos hecho un jardín, y las puertas de las habita-ciones no se cerraban en todo el día; podíamos circular libremente en el patio. En tiempo del Gato una cámara estaba vacía y había prohibido, no sé por qué, que fuese ocupada. Se nos permi-tió ocuparla durante el verano, así como la parte del edificio en que había varias celdas separadas. De esta suerte tuvimos un gran espacio á nuestra disposición y pudimos instalarnos cómodamente. Los que buscaban la soledad tenían donde reti-rarse algunas horas del día. Señalamos una de estas celdas para los músicos y sus instrumentos

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 310.

 

 

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de tortura, y asi no fuimos tan molestados por ellos.

 

Se mostró también menos escrupuloso para prohibirnos herramientas, nos pudimos procurar algunas, y la ingeniosidad mecánica de los cama-radas halló libre el campo. Un fotógrafo aficiona-do se encontraba entre nosotros, y con ayuda de todos se le instaló un tablero, aunque los servi-cios que nos hacía no fueran de los más aprecia bles.

 

El comandante se esforzaba por satisfacer nuestros deseos en la medida de lo posible. Nos permitió cambiar de cámara cuando quisiéramos, y mi amigo Stefanowitch y yo aprovechamos in-mediatamente la autorización. Una estancia de dos años y medio en el Synedrion nos lo habla hecho insoportable al uno y al otro, por lo que nos instalamos en la habitación llamada laciudad y también el hospital. Era más cómoda, porque los lechos de campaña estaban separados y en cada catre había pequeños almohadones.

 

Durante los tres primeros años que pasé en Kara, el número de detenidos fue casi el mismo. Cuando algunos eran enviados á la colonia pe-nitenciaria, otros venían á reemplazarlos. Los habitantes de una estancia no cambiaban volun-tariamente de domicilio, á lo que nosotros lla-mábamos «patriotismo de habitación». La que nosotros ocupábamos no parecía estar muy pene-trada de este espíritu de cuerpo: la mayor parte pertenecían á la clase de nómadas, que habían ya cambiado varias veces de domicilio, y cada uño se ocupaba en pasarlo lo mejor que podía. Nos-otros nos aislamos voluntarios, y como la mayor parte se ocupaba en trabajos serios, había pocas risas y conversaciones generales.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 311.

 

 

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Uno de los tipos más interesantes de esta cá-mara era León Zlatopolski, un verdadero original, del que diré aquí algunas palabras.

 

Había estudiado en el Instituto Tecnológico de Petersburgo; después fue complicado en el proceso de los veinte en 1882, y lo condenaron á veinte años de trabajos forzados. No había sido jamás revolucionario activo, pero como era un matemático y un técnico notable, había secunda-do á los terroristas en el dominio puramente cien-tífico. Estudiante, se había revelado inventor, y esta-manía no hizo más que desenvolverse en la prisión,y no había descubrimiento que no hubiese hecho. Durante cierto tiempo pensó en construir una ciudad en forma de círculo, en la que todo funcionaría por la electricidad; hasta las plantas debían nacer y crecer por medios artificiales, por-que la luz y el calor del sol le parecían cosas de-masiado simples. Luego acarició el proyecto de un aparato aerostático, que debía, no solamente elevarnos á las alturas de la atmósfera, sino tam-bién precipitar los movimientos de la tierra. Los pequeños detalles prosaicos le ocupaban tanta como los altos descubrimientos, así es que había inventado un nuevo método para lavar la ropa, mondar las patatas y fabricar los zapatos. Cons-truyó fogones de un sistema especial, y realizaba combinaciones imprevistas para los juegos de cartas; en suma, había encontrado el medio de hacer cosa nueva en todos los dominios y revo-lucionar las costumbres, los hábitos y las viejas rutinas. Este trabajo genial no tenía más que un defecto; era absolutamente imposible llevarlo á la práctica. Naturalmente, él no quería convencerse;

 

á sus ojos sus invenciones eran perfectas y reali-zables; lo que no le impedía, al cabo de cierta

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 312.

 

 

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tiempo, perseguir con ahinco algún otro problema. Todos reían deél y secontaban anécdotas extraor-dinarias. Apesar de eso, era un hombre de gran ciencia, al que le faltaba poco para ser un genio. Según lasteorías de Lombroso, lo habíamos cla-sificado en el número de aspirantes á la locura.

 

En lasdos prisiones de Kara, la dehombres y la de mujeres, habían ingresado todos los que en diferentes épocas se mezclaron en procesos polí-

ticos, desde el de Njetschajeff,  en 1871, hasta el

 

de Lopatin y Sigida, en 1887. Como cada uno de los prisioneros hablaba de los acontecimientos en que tomó parte, de aquí que los sucesos de la lucha revolucionaria constituyeran el tema más interesante de las conversaciones; la prisión de Kara formaba, por decirlo así, la crónica viva de la Revolución. Era el sólo sitio donde se podía realmente estudiar el movimiento revolucionario ruso por los testigos oculares. Pero como ningu no de nosotros pensaba que tendría alguna vezla ocasión de hacer uso de losdatos que reunía y de escribirlos, el conocimiento de un gran número

de detalles muy interesantes se ha perdido para

todos.

 

Durante mi cautiverio, no quedaba en la pri-sión ninguno de losmezclados en el primer pro-ceso, en la época de la fase de propaganda del movimiento, es decir, después de 1870. Todos es-taban en el destierro, pero yohabía conocido per sonalmente á la mayoría de los revolucionarios de aquel tiempo cuando estábamos los unos y los otros en libertad.

 

Me encontré en las prisiones al mismo tiempo que los compañeros que habían sido juzgados al-rededor de 1880 por actos de violencia, lasrebe-liones á mano armada v los atentados contra el

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 313.

 

 

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zar. Los principales agitadores habían muerto en el cadalso ó vivían enterrados vivos en la fortale-za de Pedro y Pablo y en la de Schlüsselburg, pero yo había estado en relaciones con un gran número de ellos: hombres y mujeres habían pa-gado todos con su vida el amor a la libertad. Yo podría hoy escribir de memoria todo lo que sabía

 

á propósito del movimiento terrorista entre 1870 y 1880, pero esto sería aquí largo, y me limito á recordar brevemente los acontecimientos más im-portantes.

 

Entre las personalidades más eminentes del movimiento propagandista se contaban Woyno-ralski y Kowalik: los dos habían sido jueces de paz. Cuando estaban detenidos en la prisión pre-ventiva de Petersburgo, sus compañeros quisieron librarlos. En Msyo de 1876 se evadieron de su celda y escaparon por una ventana del corredor, merced á una escala de cuerda. Estaban ya casi en salvo, cuando un empleado que pasaba les vio. Creyendo que eran presos de derecho común dio la voz de alarma, y los dos fugitivos fueron captu-rados. Más tarde los complicaron en el procesode los 193 y los condenaron á trabajos forzados, pero los compañeros intentaron de nuevo ponerlos en libertad. Se quería facilitar su evasión en el curso de su viaje á Karkow, donde se mandaba entonces

 

á los prisioneros más peligrosos, y resolvieron atacar á los gendarmes á mano armada. En efec-to, el 1.° de Julio de 1878 los dos gendarmes que escoltaban el coche fueron envueltos por un nú-mero de hombres armados y á caballo. Uno de los gendarmes fue muerto de un tiro. El plan de los conjurados estaba próximo á triunfar, cuando los caballos del coche, asustados de los tiros, sa-lieron á escape y se reunieron al grueso de la ex-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 314.

 

 

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pedición. Todo se había perdido. Los dos presos estuvieron algunos años en las cárceles de Rusia europea, después fueron enviados á Kara en com-pañía de otros revolucionarios, cumplieron su pena y en seguida los desterraron al país de los Yakoutes. La mayoría de los desterrados hallaron su tumba en Siberia, pero Woynoralski y Kowa-lik vieron sonar la hora de su libertad. En el curso del invierno de 1898 99 volvieron a Europa y el primero murió poco después de entrar en su hogar.

 

Las tentativas de evasión que acabo de contar tuvieron malas consecuencias. La tarde misma del ataque al coche, uno de los conjurados á ca-ballo, Alejo Medwedjeff, fue preso en la estación de Karkow. Pudo escapar de la prisión preventiva de dicha ciudad al mismo tiempo que un cierto número de presos de derecho común, que practi-caron un agujero bajo los muros; pero como no tenía socorro fuera, no le quedó otro recurso que ocultarse en la selva próxima, donde fue bien pronto descubierto. Sus compañeros decidieron librarlo y adoptaron el plan siguiente: Dos jóve-nes, Beresnjuk y Rachko, se presentaron disfra-zados de gendarmes en la prisión, llevando una orden, fabricada por ellos mismos, para conducir al detenido á la prisión de gendarmería, á fin de interrogarlo. Mas sea por denuncia, como preten-dían los jóvenes, sea que el director de la prisión concibió dudas á propósito de los gendarmes, se les arrestó allí mismo y también á Yatzewitch, que esperaba delante de la cárcel para ayudar en la fuga. Entre ellos- se contaba Medwedjeff, que fue, como otros compañeros, condenado á muer-te, y después les conmutaron la pena por cadena perpetua. Gomo se temían de su parte nuevas

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 315.

 

 

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tentativas de evasión, se le tuvo estrechamente encerrado en las prisiones de la Siberia occi-dental, después en la fortaleza de Pedro y Pa-blo en Petersburgo y por fin fue enviado á Kara en 1884.

 

Medwedjeff era hombre de valor extraordina-rio, siempre pronto á desafiar el peligro y expo-nerse á las aventuras más peligrosas. Habla sido cochero y no tenía más que una instrucción rudi-mentaria, pero estaba bien dotado y había exten-dido sus conocimientos en la prisión. Tenía el don innato de la mecánica y una habilidad de manos sorprendente. En los calabozos de la pri-sión de Petersburgo había modelado secreta-mente una estatuíta con miga de pan, y era tan perfecta que provocaba la admiración de los gen-darmes, del comandante de la fortaleza y de otros funcionarios. Debía en gran parte á esta estatuíta ver la pena de trabajos forzados conmutada por veinte años solo y haber sido enviado á Kara. Se mostró artista consumado y obrero de los más diestros. Era un excelente sastre, cordonero, gra-bador y encuadernador; cuando más tarde quedó sólo sometido á relegación, se hizo relojero y or-febre. Desgraciadamente, á poco de dejar la pri-sión sucumbió de resultas de un mal incurable que le había sido transmitido con la sangre: la borrachera. Todos los esfuerzos que hizo para dejar el vicio resultaron inútiles y al cabo de dos años estaba perdido.

 

Al mismo tiempo que tenía lugar en Kharkow esta tentativa de evasión, los revolucionarios de Petersburgo estaban en un estado de sobrexcita-ción espantosa. Un gran número de condenados del proceso de los 193 esperaban en la fortaleza de Pedro y. Pablo su envío á Siberia. A causa de

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 316.

 

 

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los malos tratamientos á que estaban sometidos resolvieron organizar una protesta por el hambre. La mayoría deentre ellos llevaba ya másde un año de prisión preventiva, y los sufrimientos por el hambre podían serles fatales. El plan se había puesto en ejecución desde algunos días cuando fue conocido de los miembros de la asociación «Semlja Volja», y uno de ellos, el exsubteniente de artillería Krawtschinski, declaró inmediata-mente que tomaría venganza del jefe de gendar-mes Mezentzelf, al que incumbía la responsabili-dad de las persecuciones políticas. Quería cumplir este acto de justicia solo, en público, sin buscar salvarse después del atentado, exactamente como había hecho Wera Zassulitch, cuando el 24 de Enero de 1878 disparó contra el jefe de policía Trepoff; pero cierto número de compañeros, entre los que me contaba yo, se opusieron al proyecto, porque el general no merecía semejante sacrifi-cio. Buscamos una combinación quepermitía á la vez matar á Mezentzeff y salvar á su matador. Con este objeto se extendió una red alrededor del general y se supo á qué hora salía de su casa. Un coche esperaba cerca deallí, tirado por Bar-bar, uncaballo admirable, que había ya salvado la vida al príncipe Pedro Kropotkine cuando se evadió delhospital en 1876. El día 4 de Agosto de 1878 el general fue muerto de una puñalada en una de las calles más concurridas dePeters-burgo, y Krawtschinski, así como Barannikoff, que lo acompañaba, pudieron salvarse gracias á. la agilidad deBarbar. Un gran número de perso-nas fueron presas á causa deeste atentado, entre ellas Adrián Michailoff, al que se acusaba de haber conducido el carruaje disfrazado de co-chero. Fue condenado á veinte años de trabajos

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 317.

 

 

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forzados y conducido á Kara, donde fuimos largo tiempo compañeros de habitación.

 

Michailoff era de los más inteligentes entre los presos. Tenía un gran deseo de instruirse y una memoria verdaderamente prodigiosa. Anti-guo estudiante de medicina, poseía profundos co-nocimientos de historia natural y de otras cien-cias; nosotros le llamábamos la Enciclopedia viva, y no había pregunta á la cual no fuese capaz de dar una respuesta satisfactoria. Sabía las fechas de todos los grandes acontecimientos históricos, retenía perfectamente cuanto había leído y no se dejaba embarazar por ningún problema. Era de un carácter resuelto, intratable, enérgico, y gra-cias á su superioridad intelectual ejercía gran in-fluencia sobre sus camaradas.

 

Séame permitido recordar aquí á Yemeljanoff, uno de los conjurados que tomaron parte en el atentado contra Alejandro II. Se sabe que el zar fue muerto por una bomba que Grynewitsky arrojó bajo su carruaje. Este joven y Russakoff subieron al cadalso. Yemeljanoff había tomado una parte directa en el atentado, tenía una bomba preparada, de la que no hizo uso, po'rque se con-venció personalmente de que el zar había muerto, pues estaba cerca del sitio donde tuvo lugar la explosión. Fue complicado en el proceso de los 20 y condenado á muerte con otros diez; pero de ellos sólo el oficial de marina Suchanoff fue eje-cutado; á los otros cómplices se les conmutó la pena por trabajos forzados á perpetuidad. Yemel-janoff había sido encerrado con los demás en la fortaleza de Pedro y Pablo, pero como sufría una cruel enfermedad se le relegó á Kara en 1884.

 

Era hijo de un sacristán, y había frecuentado en su juventud la escuela manual; después estuvo

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 318.

 

 

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á expensas del Estado en París, donde desempe-ñaba las funciones de chantre en la capilla de la embajada rusa. A la edad de veinte años volvió al imperio y se afilió al partido terrorista, toman-do parte, como ya he dicho, en el atentado del 1.° de Marzo de 1881. Era un hombre inteligente, que había logrado con el tiempo una instrucción de las mas completas. Cuando yo le traté se había vuelto escéptico y hablaba irónicamente de las ideas revolucionarias. A ejemplo de Fomitcheff y de algunos otros, estaba penetrado de la idea de la potencia y la grandeza del zarismo ruso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 319.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 320.

 

 

CAPITULO XXVI

 

 

Departamento de las mujeres.—Comienzo de un drama

 

 

 

Entre los recuerdos más tristes de mi prisión en Kara, figura el drama que se desarrolló en medio de nuestras infortunadas compañeras.

 

Estábamos informados de todo lo que pasaba en el departamento de las mujeres, porque á pe-sar de la prohibición de la autoridad cambiába-mos continuamente cartas.

 

Cuando llegué á Kara, á fin de 1885, habla diez mujeres presas, entre ellas la señorita Lebedjeff, que murió al pcfco tiempo. Entre las mártires de las luchas revolucionarias se hacía notar Sofía Lces-chern von Herzfeld, entonces de edad de cuarenta y seis años. Era hija de un general, y sus parien-tes pertenecían al círculo de la corte. A principios de 1873 Sofía se unió al movimiento propagandis-ta. Vestida de aldeana se fue á vivir al campo, ensayando el modo.de esparcir las ideas del so-cialismo pacífico. La arrestaron y fue condenada á deportación en Siberia a causa del proceso de los i93. Gracias á una de sus parientas, dama de honor de la zarina, obtuvo el indulto en 1878, época en que yo la conocí en Petersburgo; pero no debía gozar mucho tiempo de libertad. Un año después fue arrestada en Kiew, en el curso de una escaramuza á mano armada, y compareció ante el

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 321.

 

 

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tribunal militar, que la condenó á muerte en unión de Ossinski. Éste desdichado sufrió la última pena y á Sofía se la conmutaron por la de traba-jos forzados á perpetuidad, y fue deportada a Kara en 1879. Me hacía la impresión de una mujer tímida, salvaje y replegada en sí misma.

 

Había también conocido en 1879 en Peters-burgo á su amiga Ana Korba, recién llegada del teatro de la guerra contra Turquía, donde desem-peñó funciones de cantinera. Pertenecía á una fa-milia de origen ruso -alemán, de la que formaban parte muchos altos dignatarios. Casada con un extranjero, se había dedicado á numerosas obras filantrópicas y era la providencia y el niño queri-do de todos los habitantes de la población en que residía; pero una amarga experiencia le había hecho conocer que los esfuerzos aislados eran impotentes contra las circunstancias y que pocos resultados se obtenían con el trabajo pacífico. Así es que el año 1880 se afilió al partido de la «Na-rodnaja Volja». Era la época en que la lucha des-esperada contra el zarismo habla llegado á su punto culminante. Ana vio á un gran número de sus amigos presos, enviados al cadalso ó enterra-dos vivos en las prisiones. El terror blanco estaba en toda su intensidad. En 1882, el jefe de policía secreta no quiso arrestar á todos los terroristas, que después del feliz atentado contra Alejandro II habían aumentado. Ana resolvió continuar la lu-cha con los últimos mohicanos é instaló en Peters-burgo un laboratorio secreto para la fabricación de bombas de dinamita. De resultas de esto fue arrestada en 1882 al mismo tiempo que Garats-chewski, el oficial Butzwitch y los esposos Pryby-lyeff. En la primavera siguiente los condenaron á veinte años de trabajos forzados. Ana era una

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 322.

 

 

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mujer de brillante educación, carácter fuerte, igual y perseverante. Sus aspiraciones son hoy las mis-mas que el dia en que estaba en plena lucha. Su confianza inquebrantable en las ideas impone res-peto hasta á los que no participan de ellas.

 

Antes de pintar á las otras detenidas en la prisión de mujeres de Kara, es preciso recordar un acontecimiento, que en aquella época excitó viva emoción en el público habituado á leer pe-riódicos. Hacia fines de Febrero de 1881, la poli-cía de Petersburgo sospechó que se tenían conci-liábulos secretos en la tienda de un vendedor de quesos, situada en una de las calles más comer-ciales de la ciudad, pero la visita domiciliaria no hizo descubrir nada sospechoso.

 

A la mañana siguiente tuvo lugar el atentado contra el zar, y tres días después el almacén de quesos fue .bruscamente abandonado por sus pro-pietarios, los esposos Kobozeff, aldeanos del inte-rior de la Rusia, cuyos papeles estaban en regla. La policía procedió á nuevos registros y descu-brió esta vez bajo el almacén un pasaje subterrá-neo que terminaba en la Malaja Sadowaja, una calle por la que el zar pasaba con frecuencia. El túnel debía servir para hacer saltar el coche del soberano en caso que las bombas no hubiesen producido efecto. Se puede imaginar lo que sufri-rían los dos revolucionarios que se ocultaban con el nombre de Kobozeff cuando la policía hizo su primer registro.

 

El pasaje subterráneo estaba cubierto con grandes toneles y cajas de quesos. Si se hubieran tomado el trabajo de levantarlos, la entrada se hu-biera descubierto.

 

La mujer que en el almacén servía á la clien-tela con las apariencias de la aldeana Kobozeff

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 323.

 

 

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era hija de un sacerdote del rito griego, Ana Ya-kimoff. Había sido maestra de escuela en una aldea, pero había ido al pueblo, la complicaron en el proceso de los 193, y aunque absuelta por el tri-bunal, la enviaron al Norte.de Rusia por la vía administrativa. En 1879 se había evadido para ve-nir & Petersburgo, donde hice su conocimiento. Un poco más tarde se afilió á la «Narodnaja Vol-ja» y tomó parte activa en una serie de atentados contra el zar. De acuerdo con Scheljaboff, durante el otoño de 1879 minaron la estación de Alexan-drowskaja, que el zar debía atravesar. Presa á con-secuencia de esto, la condenaron á muerte en el proceso de los veinte; por gracia se la encerró en la fortaleza de Pedro y Pablo y desde allí fue enviada en 1884 á Kara.

 

No hay necesidad de decir que Ana Yakimoff era una personalidad de gran fuerza de carácter y de una voluntad inquebrantable.

Todas las mujeres que tomaron parte en el movimiento revolucionario de 1870 á 1880 tienen un tipo bien especial. Praskowja Iwanowskaja y Nadeschda Smirnizkaja, que fueron juzgadas en 1883, entran también en esta categoría.

 

Las mujeres formaban un grupo muy unido en la prisión de Kara: una gran amistad reinaba entre ellas, tenían las mismas aspiraciones y sus caracteres y temperamentos estaban en armonía.

 

Se hallaban también en esta prisión Isabel Kowalskaja, Sofía Bogomolez y Elena Rossikoff, transportadas de Irkoutsk á Kara en 1885. Gomo se sabe, María Kaljuschnaja había llegado al mis-mo tiempo que nosotros.

 

Se puede decir que la prisión abrigaba una verdadera aristocracia femenina. Mientras que muchos jóvenes prisioneros habían sido enviados

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 324.

 

 

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á Siberia por un sistema absurdo de persecucio-nes y no tenían ninguna opinión, las mujeres eran todas revolucionarias, de sentimientos é ideas bien definidas. Se necesitan las condiciones espe-ciales en que se desenvuelve la Rusia para que tan gran número de mujeres pertenecientes á las clases elevadas de la sociedad se hubieran así mezclado con entusiasmo al movimiento revolu-cionario.

 

El régimen de las mujeres en la prisión era un poco más dulce que el de los hombres. Cada una tenía una celda para ella sola. Las celdas era» estrechas y húmedas, pero tenían así la facultad de poder aislarse y no estaban obligadas á sopor-tar continuamente la presencia de unas y otras: cuando querían reunirse, podían hacerlo en una gran habitación común á todas, pues sus celdas no estaban jamás cerradas durante el día. Estaban también mejor tratadas desde el punto de vista material, porque recibían más dinero, y esto les permitía procurarse algunas comodidades. En va-rias ocasiones enviaron dinero á nuestra caja. Naturalmente, no se les afeitaba la cabeza y las dejaban llevar sus vestidos ordinarios. Sin em-bargo, las particularidades de su carácter, su modo especial üt pensar, su voluntad indomable y las condiciones de la vida penitenciaria, no hacían más que exasperarlas, amenazando alguna vez conflictos muy serios entre ellas y las autoridades.

 

Diferían diametralmente con respecto á la ac-titud que debían guardar frente al reglamento y los funcionarios. Mientras que Sofía y Elena consideraban como un deber, desde el punto de vista político, hacer una oposición permanente y sistemática á las órdenes que recibían, las otras opinaban que era absolutamente inútil provocar

 

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conflictos que no conducían á nada. Esta diversi-dad de pareceres amenazaba frecuentemente con establecer alguna frialdad en sus cordiales rela-ciones.

 

A la llegada á Kara, las mujeres eran registra-das por una vigilante, para ver si llevaban sobre ellas objetos prohibidos, y la vigilante cumplía su misión como una simple formalidad; pero Elena y Sofía declararon que no se dejarían registrar. El director de la cárcel las exhortó á conformarse con los reglamentos, y le respondieron:

 

—No es á nosotras á quien se debía registrar, sino á vosotros, cuadrilla de ladrones. Vosotros coméis á costa del Estado, tenéis los bolsillos lle-nos de dinero y todavía le pegáis fuego á los al-macenes para robar el pan de los prisioneros.

 

Esto no dio otro resultado que hacer emplear con ellas la violencia. En cuanto á las otras mu-jeres, consideraban improcedente este género de protesta.

 

En la primavera de 1887 María Kowale-wskaja fue transportada de Irkoutsk á Kara. Llego en el preciso momento en que los disgustos entre las mujeres alcanzaban mayor intensidad, hasta el punto de que cuatro de ellas pedían al coman-dante que las separara de las otras.

 

En esta época se produjo el incidente que sigue. Era en Agosto de 1888: el gobernador gene-ral, barón Korf, visitaba las prisiones de Kara. Cuando hizo su entrada en la cárcel de mujeres, Isabel Kowalskaja estaba sentada en un banco al aire libre. Aunque el gobernador se aproximó á ella, siguió tranquilamente sentada, sin dignarse mirarlo. El le hizo observar secamente «que debía levantarse en su presencia, porque era el más alto funcionario de la provincia».

 

 

 

 

 

 

 

 

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—No es por mí por quien le han confiado á us-ted ese puesto—replicó Isabel con el aire más na-tural y sin hacer el menor movimiento.

 

El alto dignatario enrojeció de ira y dijo al co-mandante que enviaría instrucciones escritas para hacer ver cómo se debía tratar á los prisioneros rebeldes. En efecto, á los pocos días vino orden de trasladar á Isabel á la prisión central de Werhny-Udinsk, «porque su actitud inconvenien-te ejercía influencia deplorable sobre las otras compañeras».

 

Las amigas de Isabel afirmaban que ella había provocado el conflicto con el sólo objeto de ha-cerse enviar á otra prisión, pues la larga estancia en Kara se le hacía odiosa. Así la orden del go-bernador le causaba gran placer, pero la estupidez del comandante dio á la cosa otro aspecto. El se imaginó que Isabel y sus compañeras opondrían resistencia y resolvió sacar á la prisionera con el mayor secreto.

 

Una mañana, muy temprano, cuando dormían aún en la prisión, los gendarmes, ayudados por prisioneros de derecho común, entraron en la celda de Isabel y aprovechando su sueño se apo-deraron de ella y la llevaron al despacho de la cárcel, sin más ropa que la camisa, y sólo allí le permitieron vestirse para salir en seguida para su nuevo destino. Naturalmente, la joven así sorpren-dida empezó á gritos; las otras presas se desper-taron, saltaron de sus lechos y fueron testigos de la innoble escena de violencia. Un concierto de maldiciones estalló contra el comandante. Las mujeres vieron en este trato salvaje un atentado contra su pudor.

 

* **

 

 

 

 

 

 

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Durante algún tiempo, rumores vagos circula-ron entre nosotros sobre este hecho, porque nues-tro correo secreto no funcionaba entonces de un modo regular. Supimos más tarde los detalles por la mediación del mariscal de la casa, Golubsov.

 

Este era un sencillo carcelero que apenas sabía leer y escribir, pero tenía gran importancia en nuestra prisión. Era un hombre prudente, lleno de tacto. Las relaciones diarias con los prisione-ros durante largos años le habían hecho conocer nuestras costumbres, nuestros hábitos y nuestra manera de sentir. Esto y su tacto especial le dio un gran ascendiente sobre el ignorante Masjukofi Cuando vino la orden del gobernador general y el comandante, en su estupidez, concibió la desdi-chada idea de trasladar á la pobre mujer á viva fuerza, él trató de disuadirlo; pero el comandante no hizo caso de su subordinado hasta el día en que las mujeres recurrieron al triste procedimien-to de la protesta por el hambre. Golubtsov le aconsejó que acudiera á nuestra intervención.

 

Se encontraba entre nosotros el hermano de una de las protestantes, María Kaljushnaja. Anti-guo estudiante de la Universidad de Karkow, era un muchacho instruido, espiritual y de buen ca-rácter, un excelente camarada y el niño mimado de la mayor parte de los prisioneros. Había sido condenado al mismo tiempo que su mujer á quince años de trabajos forzados, como terrorista, en 1883. Su hermana y su mujer habían sido tes-tigos de la escena escandalosa y las dos tomaban parte en la protesta que les dictaba la desespera-ción. El mariscal aconsejó al comandante escoger como intermediario á este hombre, que era á la vez. hermano y esposo.

Masjukoff fue bastante razonable para consen-

 

 

 

 

 

 

 

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tirio é hizo llamar á su despacho á Kaljushni y le contó exactamente todo cuanto había pasado. Por último le dijo que su mujer y su hermana rehusa-ban el alimento desde algunos días antes, y le pidió que fuese á Ust-Kara para calmarlas y ob-tener que renunciaran á la protesta, prometién-doles todas las satisfacciones que desearan. Gomo Kaljishni nos contó más tarde, el comandante deploraba realmente lo sucedido.

Kaljushni respondió que necesitaba consultar

 

á los camaradas antes de aceptar la misión que le proponían, y solicitó autorización para someter el hecho á una reunión general.

Nos reunimos en asamblea, que nunca se ha visto en la prisión de Kara, en el patio de la gen-darmería. Los detalles que nos contó Kaljushni produjeron entre nosotros una viva impresión y un silencio de muerte siguió á sus palabras. Yatzwitch, que de ordinario guardaba silencio, tomó el primero la palabra, y después de una corta discusión se decidió que uno de nosotros se uniría á Kaljushni en calidad de delegado y se haría todo lo posible para obtener de las protes-tantes lo que se deseaba. Por el momento exigi-mos que el comandante presentase sus excusas á las mujeres.

 

Los dos delegados se trasladaron, bajo la guardia de los gendarmes, á la prisión de mujeres, que distaba quince verstas de la nuestra, cosa absolutamente contraria al reglamento. Cuando volvieron nos reunimos de nuevo y supimos que las mujeres, que morían de hambre, no se con-tentaban con excusas y anunciaban que no renun-ciarían á su protesta si no dejaba la prisión el comandante.

 

La mayoría vimos que esta exigencia era irrea-

 

 

 

 

 

 

 

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lizable. El gobierno reaccionario, al frente del cual se encontraba el conde Dimitri Tolstoi, no relevaría al comandante aunque todos los prisio-neros de Siberia pereciesen de hambre. Creímos arreglar el asunto rogándole que pidiese él mismo su traslado con un pretexto cualquiera. El co-mandante y las mujeres aceptaron el arreglo, pero las últimas declararon categóricamente que si en el transcurso de algunos meses no se iba Masju-koff, rehusarían de nuevo todo alimento, y esta vez llevarían su protesta hasta el último límite.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO XXVII

 

 

Los "colonos,,.—incidentes en la prisión de mujeres

 

 

 

El verano de 1888 amenazaba con aconteci-mientos muy desagradables en la prisión de hom-bres, pero no tenían comparación con el drama que se desarrollaba en la de mujeres.

 

En la habitación del hospital había en aquella época un antiguo oficial llamado Wlastopoulo, que en 1879, en Odesa, había sido condenado á la pena de quince años de prisión, cuya condena se había agravado á la de trabajos forzados á perpe-tuidad por tentativa de evasión. Inteligente, bas-tante instruido, de una gran fuerza de carácter, en extremo orgulloso y ambicioso, era un terro-rista inquebrantable en sus convicciones. Los ca-maradas tenían la más grande confianza en él y lo apreciaban en el más alto grado, hasta el punto que fue elegido dos veces administrador.

 

En 1888, los compañeros de habitación, entre los cuales me contaba, notamos que empezaba á ponerse lunático y sobrexcitado. En esta época, un funcionario de seguridad general, el consejero de Estado Russinoff, hizo una visita á Kara. Las visitas de este género eran frecueutes y tenían por objeto arrancar á los prisioneros el testimonio de su arrepentimiento, después de lo cual se les ha-

 

 

 

 

 

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cía firmar una solicitud de gracia. Estas eran con frecuencia coronadas por el éxito, y ciertos prisio-neros, que no tenían una gran fuerza de carácter, entonaban el mea culpa. Un rasgo característico es que jamás este caso se había dado en la pri-sión de mujeres.

 

Poco tiempo después, Wlastopoulo abandonó la prisión en compañía de dos gendarmes, dejan-do un papel escrito á los camaradas. La lectura de este papel nos aterró. Wlastopoulo nos decla-raba que había perdido su fe en el movimiento revolucionario y decidía arrodillarse al pie deltro-no, lo que en nuestro lenguaje significaba dirigir al zar una petición de gracia. Ningún hecho aná-logo había causado en nosotros impresión tan profunda. Wlastopoulo era una persona notable, y su ejemplo podía influir en muchos.

 

Ya he dicho que en esta época la más furiosa reacción reinaba.en Rusia, y llegaban hasta nos-otros las noticias á través de los muros de la pri-sión.

 

El hecho de que la reacción era todopoderosa podía inducir á ciertos de nosotros á actos de su-misión, á los cuales un prisionero está demasia-do dispuesto. Se comienza á dudar del ideal so-ñado, que consideramos como una cosa santa, y se llega hasta lo que nos parece increíble. Un día supimos que uno de los jefes más populares de la «Narodnaja Volja», León Tichomiroff, se habia convertido en apóstata. Este hombre, que escapó por una casualidad al cadalso, logró evadirse en 1882, y en 1887 escribió un folleto intitulado Por

qué he cesado de ser revolucionario, en el cual rene-

 

gaba de todas sus ideas pasadas; esto le hizo ob-tener la gracia del zar. Recibió la autorización de volver á Rusia, donde puso inmediatamente su

 

 

 

 

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pluma al servicio de la reacción más abyecta, en la que continúa aún.

 

Este ejemplo de apostasía, único en la historia del movimiento revolucionario ruso, produjo en todo el imperio una impresión desagradable. Es-cuché decir un día á uno de mis camaradas:

 

—Cuando Tichomiroff mismo se ha hecho mo-nárquico y se ha pasado al zarismo, ¿debo yo, pobre soldado de última fila, quedar revolucio-nario siempre?

 

Nuestros temores no tardaron en confirmarse: nueve siguieron bien pronto el ejemplo de Wlas-topoulo. Entre éstos se contaban hombres como Yemeljanof, que había querido lanzar una bomba contra el zar, y Posen, uno de los espíritus más libres de la prisión.

 

Cuando un preso firmaba la petición de gra-cia, la administración tenía cuidado de ponerlo en prisión separada hasta que decidían las auto-ridades de Petersburgo.

 

Nosotros rompíamos inmediatamente toda re-lación con él, y algunas veces se provocaban esce-nas violentas. En nuestro argot, dirigir una peti-ción de gracia significaba «querer ser enviado á las colonias», y hoy todavía la palabra colono se emplea en Siberia en un sentido ultrajante, como sinónimo de renegado.

 

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Durante este tiempo, la lucha no había con-cluido en la prisión de mujeres: por el contrario, se hacía cada vez más dura.

La autoridad no parecía dispuesta á trasladar

 

á Masjukoff, y las mujeres decidieron, al expirar el plazo, recurrir de nuevo á la protesta por el

 

 

 

 

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hambre. Cuando lo supimos resolvimos asociar-nos a la protesta y nos negamos á tomar todo alimento.

 

Declaramos que esta decisión nos la dictaba sólo un sentimiento de piedad hacia las mujeres, porque desde otro punto de vista las excusas pre-sentadas por el comandante nos parecían sufi-cientes.

 

En estos días nuestra prisión presentaba un espectáculo extraordinario; todo trabajo se había suspendido; la hucha de las provisiones estaba cerrada y la cocina desierta. En el patio paseaban los prisioneros, que durante varios días no habían tomado nada, pero no querían dejar adivinar el estado de abatimiento físico en que se encontra-ban. Nos era más fácil morir de hambre que abrir la boca para comer, porque no queríamos dejar & nuestras compañeras sufrir solas.

 

No le hicimos saber nada al comandante, yél, por su parte, guardaba silencio; pero al cabo de tres días llamó á nuestro administrador y le pre-guntó el objeto de nuestra protesta. Nos hizo de-cir, por medio del administrador, así como á las mujeres, que sería trasladado bien pronto, porque había dirigido una nueva petición y había recibido contestación favorable; para corroborar sus afir-maciones nos mostró telegramas que trataban del asunto.

 

Obtuvimos de las mujeres que tomasen algún alimento al cabo de ocho días de riguroso ayuno, pero no renunciaron á su protesta contra Mas-jukoff.

 

Desde el traslado de Isabel, el comandante no osaba entrar en el departamento de mujeres; ellas decidieron romper hasta la comunicación indi-recta, y para eso se impusieron los más duros sa-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 334.

 

 

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orificios. Rehusaron enérgicamente todo envío postal que hubiera de ser hecho por su media-ción; no recibieron su dinero, sus libros y sus pe-riódicos. Quedaron reducidas al régimen extricto de la prisión, rompieron toda relación con sus familias y renunciaron á leer un solo periódico, que era su única distracción.

 

La consecuencia natural de todo esto es que las pobres criaturas cayeran en el más lastimoso estado físico y moral, en un abatimiento absoluto. Lo que les hacía sufrir terriblemente era no reci-bir noticias de sus familias. El comandante, por su parte, estaba obligado á devolver los envíos postales rehusados por los destinatarios; se puede imaginar la agonía y el sufrimiento de las fami-lias. El pensar que ocasionaban crueles tormen-tos á los que querían, debilitaba el espíritu de re-sistencia de las prisioneras.

Una de las que sufrían más con estas cosas era Nadejda Sigida, una de las recién llegadas á Kara. Yo no la he conocido personalmente, pero por lo que he oído decir de ella á los camaradas, era una joven simpática y de un corazón abierto á todas las impresiones de ternura y de bondad. Tenía un cariño profundo á sus padres, que vivían en Taganrog, pequeña ciudad del Sur de Rusia. Antes de su matrimonio era maestra en una es-cuela del Estado. Después tomó parte directa en el movimiento revolucionario y fue condenada á ocho años de trabajos forzados, porque le encon-traron en el cuarto que habitaba con su marido una caja con materiales sospechosos. El marido fue condenado á la pena capital, conmutada des-pués por la de trabajos forzados á perpetuidad, y había muerto en el camino, cuando lo conducían á la isla de Sakhaline.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 335.

 

 

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El destino se encarnizaba con esta pobre mu-jer. Condenada injustamente, había perdido á su marido y llegaba á las prisiones de Siberia en cir-cunstancias de tomar parte en un drama terrible.

 

La ruptura de relaciones con los que amaba era para ella una pena cruel. El recuerdo de su madre y sus hermanas la sumia en una desespe-ración profunda. Se imaginaba la desolación de las pobres mujeres cuando recibieran las cartas que no habían sido abiertas y se encontraran en la imposibilidad de tener noticias suyas.

 

No era posible prolongar esta abominable si-tuación; un año había ya transcurrido desde el traslado de Isabel, y aún era comandante Masju-koff. Las mujeres estaban en un estado de sobrex-citación desesperado; no podían resignarse y re-solvieron provocar un fin pronto, costara lo que costara.

 

Tuvieron nuevo consejo y por tercera vez pen-saron en el suplicio del hambre.

 

—¿Qué esperáis obtener con eso?—les dijo Na-dejda Sigida.—El gobierno se entretiene por no ce-der; nuestra protesta no hará más que aumentar el número de víctimas. Puesto que no podemos resistir este género de vida, ¿no es mejor que una sola se sacrifique por todas?

 

 

 

 

Sigida resolvió salvar á sus camaradas. Un día dijo al gendarme de servicio que tenía una comu-nicación que hacer al comandante y deseaba verlo. Masjukoff no vio nada sorprendente en esta de-manda y ordenó que la condujesen á su des-pacho.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 336.

 

 

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Algunos de nosotros fueron testigos aquel día de una escena extraña á través de la empalizada.

 

Un coche conduciendo á una joven y dos gen-darmes se detuvo delante de la casa del coman-dante. La joven penetró en el interior y algunos segundos después el comandante, con la cabeza descubierta, en un violento estado de sobrexcita-ción, saltó al patio por la ventana del piso bajo.

 

Con gran asombro de los espectadores, la joven apareció de nuevo hablando en alta voz y muy animada con los gendarmes. Por sus ademanes se comprendía que instaba á que mandasen un tele-grama, pero ellos parecían indiferentes. Luego se la vio besar al niño de un vigilante.

 

Todo esto era extraño y enigmático para nos-otros, pero no tardamos en tener la explicación. Así que Sigida se encontró delante de Masjukoff, le escupió en la cara, diciéndole:

—¡Esto es para el comandante!

Nuestro héroe, á pesar de la presencia de los gendarmes, se puso á temblar como una liebre y saltó por la ventana, huyendo.

 

Sigida creía que el comandante buscaba no dar parte de lo sucedido y por eso reclamaba im-periosamente que se telegrafiase á las autoridades competentes. Contaba, como es costumbre en Rusia, con que un oficial que ha sido degradado no puede continuar en su cargo. En cuanto á ella, sabía que la condenarían á muerte, y estaba resignada. Todas las conjeturas fueron vanas y la desgraciada hizo un sacrificio inútil.

 

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El año 1889 marcó para nosotros, como para todos los que estaban en Siberia, una fecha in-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 337.

 

 

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olvidable, porque además de los sucesos de Kara hubo un drama sangriento en Irkoutsk.

 

El ruido de este acontecimiento se extendió al través de todo el mundo civilizado, y provocó una violenta indignación contra la barbarie del go-bierno del zar.

 

He aquí cómo el drama se produjo: Se habían internado en Irkoutsk cierto número de jóvenes y mujeres, los cuales debían ser transportados mucho más al Norte por la vía administrativa á algunos de esos lugares perdidos en el mapa de Siberia que se designan con el nombre de ciuda-des, tales como Verchny-Kolymsk, Nijni Kolymsk ó Werchojansk.

 

Entre estos jóvenes, que pertenecían á las universidades, se encontraban algunos menores de edad, á los que conforme las leyes rusas, no se les puede imputar ningún delito.

 

El vicegobernodor Ostachkin, que administra-ba entonces el gobierno de Irkoutsk, había dado orden de conducir á todo el mundo al lugar de su destino, pero empleando procedimientos que de-bían hacer el transporte extraordinariamente pe-noso. Cuando los condenados se enteraron, hicie-ron objeciones respecto al peligro á que se les exponía, bien de morir de hombre, bien de quedar enterrados entre las soledades de nieve.

 

Se les ordenó no discutir sobre esto. Entonces solicitaron ver al jefe de policía. En lugar de este funcionario vino un gendarme encargado de con-ducirlos al despacho.

 

Los deportados creyeron que querían llevárse-los inmediatamente, sin hacer caso de su reclama-ción, y se negaron á obedecer la orden.

 

Entonces entraron los soldados, bajo el mando de un oficial, y una carnicería, que desafía toda

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 338.

 

 

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descripción, tuvo lugar: los golpearon á culatazos; los pasaron con las bayonetas y descargaron las armas contra estos desgraciados sin defensa. Seis cadáveres quedaron sobre el suelo, entre ellos el de una mujer en cinta. Todos los otros estaban heridos y cruelmente maltratados. A pesar de eso, se les arrojó en un calabozo y les formaron con-sejo de guerra. Tres fueron condenados á muerte y ejecutados en Irkoutsk, y nueve á trabajos for-zados á perpetuidad. Tal es, en pocas palabras, la historia de la carnicería de Irkoutsk.

 

Nosotros supimos estas atrocidades en el mo-mento en que nuestra situación era excepcional-mente crítica. Nuestra compasión á las inocen-tes víctimas y nuestra cólera contra sus verdugos, nos hicieron concebir serios temores respecto á nuestro propio asunto. Nos decíamos: «Cuando e! gobierno se conduce de esa manera tan terrible con individuos completamente inocentes, ¿qué no puede permitirse contra nosotros, que estamos privados de todos los derechos y encerrados en calabozos de los cuales ninguna noticia puede sa-berse fuera?»

 

La cruel realidad que siguió, vino á confirmar nuestros temores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO XXV1I1

 

 

 

El centenario de la Revolución francesa.—Sergio Bobochoff.

 

Ei fin del drama

 

 

Ha quedado, sin embargo, un recuerdo agra-dable del año 1889: el de la fiesta celebrada entre nosotros para conmemorar el centenario de la demolición de la Bastilla.

 

Algunas docenas de hombres condenados y prisioneros del zar de todas las Rusias, perdidos en uno de los rincones más desiertos del mundo, decidieron asociarse á la alegría del pueblo fran-cés que festejaba con entusiasmo el centenario de su gran Revolución.

 

Nuestra fiesta fue de las más modestas: té y pastas que pudimos procurarnos entre todos. La sala del festín era el patio, adonde trasladamos las mesas de todas las habitaciones para sentarnos alrededor. Allí evocamos los recuerdos de la gran victoria de la Revolución y de todos los héroes.

Nos preguntábamos unos á otros:

—¿Llegará para nosotros el día en que el pueblo ruso pueda demoler nuestras bastillas; la forta-leza Pedro y Pablo, la ciudadela de Varsovia y otras cárceles donde el zarismo encierra á sus enemigos? ¿Habrá alguno de nosotros vivo aún ese día?

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 341.

 

 

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—Al comienzo del siglo XX, Rusia habrá con-quistado su libertad—decían los optimistas.

 

—¡Quién sabe si no lo logrará nunca!—añadían los escépticos.

 

Había debates y conversaciones animadas. Muchos de ellos, que entonces estaban llenos de esperanza, reposan hoy en la tierra; otros vege-tan todavía tristemente en los desiertos de la Si-beria.

 

Pero volvamos á los tristes acontecimientos que tuvieron lugar entonces.

 

Cuando Sigida escupió al comandante, las mu-jeres comenzaron su protesta por el hambre, la tercera y la más terrible. Se aferraban obstinada-mente é la idea de que Masjukoff debía irse ó morir ellas. Esta vez no tomaron el menor ali-mento en diez y seis días consecutivos, y Sigida resistió veintiún días, como supimos más tarde. El médico de la prisión había declarado que no respondía de sus vidas; el gobernador de la pro-vincia dio la orden de alimentarlas artificialmen-te. No sé si esa orden fue ejecutada. Corrió el ru-mor de un incidente entre el médico y María Kowalskaja. Entró en su celda cuando ella es-taba tendida en la cama estenuada por el ham-bre. Pensó que deseaban usar de la violencia, y desesperada abofeteó el rostro del doctor. Este era un hombre de una gran humanidad, tomó la cosa como resultado de la situación en que so encontraba la pobre mujer, y no la creyó respon-sable. Le dijo que estaba equivocada, que no te-nía la menor intención de hacerle violencia, y ella se excusó. El doctor contó después á sus conoci-dos que no había visto jamás una mujer de un carácter tan admirable, tan elevado espíritu y arre-batadora elocuencia.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 342.

 

 

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En fin, viendo que las mujeres estaban próxi-mas á la muerte y que irían hasta el final, las autoridades superiores declararon que Masjukoff no sería trasladado para que no se pudiera decir que se habían impuesto las prisioneras; pero el gobernador hizo que Sigida, Kowalskoja, Smir-nizkaja y Kaljujnaja no estuviesen bajo el mando del comandante, sino de la administración gene-ral de prisiones, y se las condujo al departamento reservado á las presas de derecho común. Las prisioneras se mostraron satisfechas de esta me-dida y renunciaron á su protesta, pero su marti-rio no había terminado y debían sufrir pruebas muy crueles.

 

En la primera quincena de Octubre, Masju-koff, que no se había dejado ver desde que le escupió Sigida, entró en nuestra prisión. Venía rodeado de una escolta armada, como no lo hizo nunca antes. Cuando estuvimos reunidos en el corredor nos leyó con voz trémula un papel que decía: «que á consecuencia de los tumultos que habían estallado entre los prisioneros políticos de Kara, el gobernador haría emplear las represiones más severas y hasta los castigos corporales».

 

Los prisioneros políticos estaban acostumbra-dos á sufrir vejaciones, pero no hubieran podido humillarse hasta aguantar los castigos corporales; la sola amenaza de semejante trato nos produjo el efecto de un ultraje que no podía lavarse más que con sangre. Este modo de ver encontró elo-cuente intérprete en Sergio Bobochoff, excelente joven que representa un papel inolvidable en la historia de las revoluciones rusas desde el día en que los tiranos de la Siberia nos arrojaron al ros-tro esta odiosa provocación.

Sergio Bobochoff era de las regiones del Vol-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 343.

 

 

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ga y había frecuentado la escuela de Veterinaria de Petersburgo. En 1870 tomó parte en una manifes-tación dirigida contra el profesor Tion, que hizo gran ruido en la época. Condenado á destierro, había sido llevado por la vía administrativa á los desiertos del gobierno de Arkángel, y en 1878 hizo una tentativa de evasión y disparó contra los que le persiguieron un tiro de revólver. Esperaba que le harían comparecer ante un tribunal y podría de-nunciar los abusos cometidos por la administra-ción, pero lo condenaron sin oirlo á veinte años de trabajos forzados, y, en 1879, lo enviaron á Kara.

 

Durante los treinta años que he estado entre re-volucionarios rusos, he conocido más de un hom-bre notable, pero ninguno que pueda compararse moralmente con Bobochoff.

 

Tierno de corazón, leal á toda prueba, serio y pronto á servir á los amigos, tales eran sus cuali-dades dominantes. Era-el hombre más modesto que se puede pensar, pero cuando se trataba de hacer respetar el honor revolucionario, era intra-table y estaba inflamado de toda la pasión de un profeta. No había nunca la menor contradicción entre sus actos y sus palabras. De todos los revo-lucionarios rusos, era el más lógico y el más firme en sus principios. Nada de admirar tiene que este hombre de tal temperamento impusiera deferen-cia y respeto hasta á los que no participaban de sus opiniones.

 

Cuando llegó á Kara, era un joven penetrado por las ideas que reinaban entonces, es decir, las de Buntari, las del más puro anarquismo, y que-dó fiel á ellas hasta la muerte.

 

La prisión y el destierro son, desde este punto de vista, eminentemente conservadores. Los prin-cipios con que un hombre entra en prisión se fijan

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 344.

 

 

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y resisten inmutables durante todo lo que dura

el cautiverio. Bobochoff leía mucho y se arrojaba con pasión á todo lo que presentaba un interés desde el punto social y político; pero, como otros muchos hombres inteligentes, no tomaba de cada libro más que los argumentos que fortificaban su manera de ver. Asi, los problemas de la democra-cia social le interesaban en el más alto grado, pero su pasado le impedía sacar bien todas las consecuencias y estaba en discusión perpetua con los partidarios de esa doctrina.

 

Ño éramos compañeros de habitación, pero durante los paseos en el patio teníamos debates sin fin sobre este tema. Era un terrible adversario, muy atento, sabiéndose contener, jamás agresivo ni descendiendo á personalidades.

 

Bobochoff se sintió más impresionado que los otros camaradas por la amenaza de los castigos corporales. Imaginó el plan siguiente, para el que hizo una propaganda inmediata. Quería enviar un telegrama al ministro del Interior, diciéndole que si la amenaza del gobernador general no era reti-rada, estábamos dispuestos á suicidarnos uno después de otro. Nos propuso que en caso de que el ministro no accediera a la suplicarnos suicida ramos por el turno que decidiera la suerte.

 

Bobochoff combatió enérgicamente todas las razones que le di.

 

—Amo la vida tanto como usted—me dijo,—y estoy pronto á afrontar la muerte, á manera de protesta; espero que los demás harán otro tanto. Sin la situación en que me pone la suerte, es de-cir, sin la obligación moral, mi protesta no sería necesaria; si los demás no me imitan, mi sacrificio sería inútil y ninguna influencia ejercería en el ánimo del gobernador.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 345.

 

 

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Después de esta conversación saqué el conven-cimiento de que Bobochoff amaba la vida y no tenía deseos de suicidarse. Pero su suerte y la de algunos camaradas estaba ya decidida.

 

Supimos que por orden del gobernador gene-ral, Sigida había sido sometida á castigo corporal por la ofensa infligida al comandante. Esto nos parecía increíble. Nada semejante había en la historia del movimiento revolucionario; entre los hombres, Bogoljuboff, que había sido condena-do á trabajos forzados á causa de la manifesta-ción de la plaza de Kazan en 1876, fue el único que se conformó con semejante afrenta. Desde que Wera Sassulitch hizo fuego sobre el jefe de policía Trepoff, ninguna nueva tentativa se había hecho para someter los condenados políticos á penas corporales durante los doce años transcu-rridos.

 

Se habían verificado numerosas tentativas de evasión para incurrir en dicha pena, y se conten-taron con prolongar el tiempo de prisión algunos años más. Nadie podía suponer que se sometiera

 

á una mujer á semejante castigo, mas el ejemplo de la carnicería de Irkoutsk, cuyas víctimas eran todas jóvenes y mujeres, simplemente condenados por la vía administrativa, nos hacía temer los ac-tos más bárbaros por parte del gobierno del zar de lapas.

 

Los más terribles días empezaron para nos-otros, pero la incertidumbre no duró largo tiempo;

 

á principios de Noviembre supimos que la sen-tencia de la joven había sido ejecutada.

 

Imposible describir nuestro estado de alma, nuestra terrible indignación. Guardamos, sin em-bargo, una calma aparente para no despertar sos-pechas en los gendarmes.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 346.

 

 

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Un día corrió el rumor de que Sigida había muerto poco después de la ejecución del castigó-los unos decían que había sucumbido de una cri-sis nerviosa, otros que se había envenenado. Al poco tiempo se nos hizo saber que Kaljuschnaja, Kowalskaja y Smirnizkaja habían tomado una droga y estaban muertas en el hospital de la pri-sión. A esta noticia, un cierto número de entre nosotros resolvimos en silencio, y sin ninguna discusión previa, seguir el ejemplo de las mujeres. Nos proporcionamos el veneno y decidimos to-marlo después de la revista de la noche. Ninguno pidió á otro que se asociara á su idea; los que es-taban decididos á morir tomaron el opio que se encontraba sobre la mesa de cada habitación y lo absorbieron.

 

Bobochoíf estaba durante algunos días tan tranquilo como si nada de extraordinario ocurrie-se, siempre serio y sobrio de palabras. Kaljusch-ni parecía tener desde largo tiempo una resolu-ción irrevocable; esto los aproximaba y les hizo íntimos amigos. De treinta y tres que éramos, diez y siete resolvimos renunciar á la vida. Se fijó el día, y poco después de la revista de la tarde se escucharon los ecos de un canto en la habitación de los Yakoutes, donde se encontraban Bobochoff, Kaljuschni y la mayoría de los conjurados para suicidarse. Había algunos en cada habitación y dos en la nuestra. Este canto fue la señal. Los que debían morir se despidieron de los camaradas, absorbieron el veneno y se acostaron sobre el jergón, convencidos de que todo había acabado.

 

Yo no había tomado veneno; pero creo que era más fácil envenenarse que ser espectador de esle drama. La impresión que produjo sobre mí fue terrible; me acometieron dolores de cabeza, y los

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 347.

 

 

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médicos descubrieron que tenía síntomas de en-venenamiento. A pesar de esto, los camaradas que tomaron el veneno no consiguieron su objeto; el opio estaba descompuesto y no fue bastante á matarlos. Los desgraciados se levantaron á la manada siguiente con atroces sufrimientos, pero esto no les hizo ceder en su empresa y decidieron tomar un veneno más activo, tal como la morfina. Sólo tres se arrepintieron.

 

A la noche siguiente las escenas de despedida se renovaron; los nervios de los sobrevivientes es-taban todavía más excitados que la víspera y la si-tuación era de las más penosas. Esta vez también la morfina estaba alterada, y la mayoría de ellos estuvieron muy graves, pero se restablecieron. Sólo Bobochoff y Kaljuschni, que habían absorbi-do dosis triples, quedaron pronto sin conocimien-to. Durante la noche, Bobochoff se levantó y sintió

 

á Kaljuschni que trataba de incorporarse; lo abra-zó y le cubrió el rostro de besos. Así que se con-venció de que su amigo no se levantaría más, tomó otro puñado de morfina, se acostó cerca de él y cerró los ojos para siempre.

 

A la mañana siguiente, cuando los vigilantes hicieron la ronda con los gendarmes, se encontró

á los camaradas inanimados; el médico, llamado

á toda prisa, declaró que la agonía había comen-zado ya. Kaljuschni murió la tarde misma y Bobo-choff al día siguiente. Los cadáveres fueron con-ducidos al hospital y enterrados en el cementerio, al lado de las cuatro mujeres que acababan de morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 348.

 

 

CAPÍTULO XXIX

 

 

Rumores alarmantes.—Una visita del gobernador general.

 

Fuera de la prisión

 

 

El suicidio de nuestros dos camaradas dio por resultado provocar la visita de numerosos funcio-narios. Primero vino el procurador, después el coronel de gendarmería y por último el goberna-dor de la provincia. Nosotros no tuvimos ninguna conversación con ellos y no respondíamos é nin-guna de las preguntas que nos hicieron. Se reti-raron sin podernos arrancar una sílaba.

 

Ninguna medida nueva fue tomada y todo quedó en el estado que antes, pero los trágicos acontecimientos nos habían completamente cam-biado. Todos los cantos concluyeron, las risas se habían extinguido, todo juego estaba en suspenso, hasta el ajedrez. Nuestros nervios habían recibido una sacudida demasiado brutal. Estábamos como bajo el peso de un fardo penoso.

 

Así transcurrió el invierno de 1889 90; el silen-cio de las autoridades era de mal agüero. Estába-mos seguros de que el drama de Kara provocaría represalias. La cuestión de las penas corporales no se había terminado, aunque contaba ya seis mártires. En la primavera, muy excitados, nuestros camaradas pensaron recurrir ot

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 349.

 

 

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suicidio para probar al gobierno que los prisione-ros políticos no renunciaban á protestar contra las amenazas que se les habían hecho. Pero los otros les hicimos aplazar su proyecto hasta que el comandante, que era siempre Masjukoff, no nos hiciera conocer la respuesta. Este nos hizo saber \a llegada de una nueva orden, prohibiendo los castigos corporales para las mujeres; en cuan-to á los hombres, los que no pertenecían á las clases elevadas tenían que someterse. Así, pues, todo sacrificio había sido inútil: el sistema persis-tía, pero podíamos esperar que las autoridades no llegarían nunca á emplearlo.

 

Desde hacía algunos años corría el rumor de que se estaba construyendo una nueva cárcel en Ákatui, localidad distante de Kara cerca de 300 verstas, y que se enviarían á ella los detenidos en esta última ciudad. Se decía que se iba á inaugu-rar en esta prisión un régimen desconocido hasta entonces en Rusia.

 

En el curso de los últimos acontecimientos, el número de prisioneros había disminuido; muchos habían sido enviados á la colonia penitenciaria, entre ellos mi amigo Jacobo Stefanowitch.

 

En los últimos años no habían tenido nuevos camaradas de Rusia, porque desde 1888 el gobier-no no hacía comparecer á los revolucionarios ante el tribunal, de modo que ninguna sentencia se había pronunciado contra ellos. Se había, por el contrario, adoptado el sistema administrativo, que permitía deportarlos por un tiempo indefini-do bien en Siberia, bien en la isla Sakhaline. La mayoría de los que durante el verano de 1890 se encontraban en nuestra prisión, tenían el derecho absoluto de ser enviados á residencia libre, pero seguíamos prisioneros contra toda legalidad, por-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 350.

 

 

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que estaba resuelto limitar á quince el número de residentes libres.

 

Yo tenía el derecho desde ese mismo año; pero había perdido la esperanza mucho tiempo antes. Desde la llegada á Kara me resigné a la idea de cumplir toda mi pena en la prisión, y en mis sue-ños no pensé nunca en la colonia penitenciaria. Creía sólo en que cuando mi pena hubiera termi-nado, me deportarían á algún rincón de la Sibe-ria. La vida no se me presentaba de color de rosa, pero á pesar de eso esperaba con impaciencia el día en que estaría libre de la prisión. A semejan-za de ciertos personajes de los Recuerdos de la casa de los muertos, de Dostoíewski, contaba los años, los días y las horas que me quedaban de estar en prisión. Cuantos más años pasaran me-nos me quedaban; los días me parecían largos, y más largo aún el tiempo que debía transcurrir hasta la hora de mi libertad.

 

La estancia en la prisión ejercía con los años su influencia deprimente sobre mí; mis nervios estaban aplanados; sentía un fardo penoso pesar sobre los hombros; mi cerebro apenas trabajaba. La apatía y el disgusto de todo constituían mi es-tado habitual. El porvenir se me presentaba con los más sombríos colores.

 

En el mes de Agosto de 1890 se acentuó el rumor de que íbamos á ser trasladados á Aka-tui. Esta noticia sacudió nuestra indiferencia,

y el tema  habitual  de las  conversaciones  fue

la vida que nos esperaba en el nuevo estableci-miento.

 

Nos parecía imposible que la crueldad del go-bierno hubiera hallado el medio de agravar la suerte de los prisioneros, cuya mayoría habían ya pasado diez años en los calabozos y probaron

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 351.

 

 

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todos los tormentos posibles. Todo lo que pudi-

mos saber era que el régimen en la prisión de

Akatui era terriblemente severo.

Un día supimos que el gobernador general

había llegado á Kara. Recibimos orden de re-unirnos en el patio, y el barón Korf no tardó en aparecer rodeado de su estado mayor y su escolta de gendarmes y soldados armados.

 

Noscomunicó que había recibido de Peters-burgo orden de enviarnos á Akatui. El reglamen-to de la nueva prisión era como sigue: Los prisio-neros políticos serían tratados sobre el mismo pie de igualdad que los criminales de derecho común; debíamos vivir con ellos en las mismas habitacio-nes, trabajar juntos en el lavado de la plata y tener el mismo alimento. «En una palabra—concluyó el gobernador,—ninguna diferencia existirá entre ellos y ustedes, y esta instrucción será rigurosa-mente ejecutada.»

 

El barón Korf se abandonó á un flujo de pala-bras, pero no nos pareció muy contento de la mi-sión que se le hacía cumplir. En cuanto á nos-otros, estábamos aterrados. Nuestros temores se confirmaban, pero ninguno había supuesto que se le asimilara á los criminales de derecho común. Esta medida significaba, sobre todo, que quedába-mos sometidos á las penas corporales, como los otros prisioneros.

 

Guardamos silencio largo tiempo, porque no queríamos hablar con el hombre que había dado la orden ignominiosa de pegarle á una mujer. Varias veces nos preguntó si no teníamos nada que objetar: siempre le repuso el mismo despre-ciativo silencio.

 

El barón Korf hubiera querido entablar con-versación con nosotros, y su situación era de las

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 352.

 

 

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más molestas. En fin, en el momento en que se iba á retirar, Mirski rompió el silencio. Bajo una forma de las más políticas, le preguntó si habla entendido bien las palabras «que seríamos iguales en todo á los criminales de derecho común». Y añadió que el número de esos criminales que de-bían ser enviados á la colonia penitenciaria no estaba limitado.

 

Visiblemente contento de que consintieran en hablar con él, el barón Korf respondió que desde ese punto de vista particular, ninguna dife-rencia existiría en el porvenir eutre ellos y nos-otros. Una discusión de las más vivas se entabló entre el gobernador y Mirski; Yakubowitch tam-bién tomó parte. Con voz alta y grandes gestos, declaró que si se nos igualaba á los criminales de derecho común, ninguno de nosotros sufriría que le infligieran castigos corporales.

 

El gobernador intentó calmar nuestros temo-res; ninguno de nosotros había sido sometido á un trato semejante, y esperaba que no ocurriría jamás en el porvenir.

 

Estaba decidido á no tomar parte en la con-versación, pero cuando oí las últimas palabras, sin poderme contener, casi á pesar mío, grité con voz tonante:

—¿Y Sigida? |Una mujer!

 

Era el suyo el recuerdo más penoso. El barón no parecía esperar la pregunta y habló con gran viveza para disculparse.

—¿Qué hemos de hacer?—dijo.—¡Se nos ultraja

 

y debemos guardar silencio! No somos los prime-ros en recurrir 6. las violencias personales.

 

— Vosotros tenéis el poder—respondí yo,—pero no debéis humillarnos hasta ese punto.

 

El gobernador general balbuceó alguna? pala-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 353.

 

 

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bras casi ininteligibles; creímos comprender que quería decir que no se debía hablar del pasado y que él no era responsable de los tristes aconteci-mientos de Kara.

 

Cuando el gobernador se hubo alejado, entra-mos en nuestras habitaciones y nos sentimos hu-millados por la extraña decisión que se había tomado respecto á nosotros.

 

Aquel día debíamos tener nuevas emociones. A la tarde, el vigilante Pacharukoff pasó á las habitaciones la revista habitual é hizo llamar á los prisioneros en compañía de algunos gendarmes. Yo me encontraba en el corredor y quise entrar en mi habitación al mismo tiempo que ellos. Fo-mitscheff estaba también en el corredor y se man-tuvo cerca de la puerta; cuando el gendarme iba

 

á abrir, vi alguna cosa agitarse en el aire; un golpe terrible siguió, y el vigilante rodó por tierra. Los gendarmes, llenos de pánico, emprendieron la fuga y lo dejaron en el suelo. Corrí detrás de ellos y les grité que no debían tener miedo y que era preciso socorrer al herido; pero hizo falta algún tiempo para decidirlos.

 

He de hacer notar que Golubzoff, hombre lleno de finura y de tacto, del cual ya he tenido ocasión de hablar, no ocupaba ya el puesto de vigilante. Cuando comenzó nuestra protesta por hambre se hizo enviar al departamento de reos de derecho común, porque había presentido que las cosas acabarían mal con Masjukoff. Su sucesor era un hombre estúpido y descarado. Obtuve que abrie-ran la habitación donde estaba Prybylyeff, nuestro módico: éste hizo transportar al herido á la enfer-mería y le prodigó los primeros socorros. El vigi-lante había recibido un golpe en la cabeza con un instrumento muy duro. Estaba sin conocimiento

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 354.

 

 

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y no se podía precisar inmediatamente si la heri-da era peligrosa.

 

Como el comandante estaba ausente (acompa-ñaba al gobernador general y no debía venir hasta por la mañana), fuimos los prisioneros los que tuvimos que mantener el orden. Los gendarmes habían perdido la cabeza y nos obedecieron pasi-vamente. Cuando hicimos transportar al herido en una camilla 6 su casa nos ocupamos de nues-tro compañero, que pidió él mismo ser separado de nosotros y lo encerraran en una celda del edi-ficio próximo.

 

El acto de Fomitscheff nos parecía absoluta-mente inexplicable, porque el vigilante era un simple subordinado, individuo sin importancia, del que no nos habíamos jamás ocupado.

 

La única idea que nos vino á la mente fue que había perdido de repente la razón al saber el nuevo trato que nos estaba reservado. Se podía tanto menos esperar este hecho de su parte cuan-to era, como ya he dicho, un monárquico ardien-te. Nuestra suposición estaba confirmada por el hecho de que había tenido ya varias veces violen-tos accesos de cólera. Pero estábamos en un error. A la mañana siguiente, él mismo nos dio la explicación de su atentado. Algunos meses antes, cuando se encontraba en la enfermería de la pri-sión, donde Pacharukoff era vigilante, había sido testigo de una escena que le indignó. Dos prisio-neros barrieron el patio y el vigilante pretendía que no lo habían dejado bien limpio. Con este motivo les dio de palos hasta hacerles saltar san-gre; la ejecución había tenido lugar bajo las ven-tanas de la celda donde Fomitscheff estaba enfer-mo. Había concebido desde esa época un gran odio contra ese hombre, pero no pensaba en ven-

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 355.

 

 

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garse. Ahora, cuando oyó al gobernador decir que seríamos tratados como los criminales de derecho común, había recordado, como á propósito de una bagatela, que algunos prisioneros podían ser so-metidos á los más bárbaros tratos por capricho de un funcionario imbécil, y decidió tomar vengan-za del vigilante para demostrar, al mismo tiempo, cuál sería nuestra actitud en caso de que nos apli-caran la pena del knout.

 

Temíamos que el gobernador general conside-rase este hecho como resultado de un complot tramado entre nosotros. Esperábamos represalias, y durante algunos días estuvimos en cruel incer-tidumbre. El médico declaró que nuestro compa-ñero había perdido la razón bajo la influencia de la noticia que el gobernador nos comunicara aquella mañana, y felizmente el golpe recibido por el vigilante no era mortal. El hombre se curó, pero quedó sordo de un oído. En fin, el goberna-dor, que se consideraba dichoso de que su visita

á la prisión no hubiera tenido peores consecuen-cias, se contentó con someter á Fomitscheff á observación en la enfermería, y su atentado no tuvo más consecuencias que prolongar otros dos años su prisión.

 

Después de las declaraciones que el goberna-dor general Korf nos había hecho, podíamos es-perar que todos los que teníamos derecho de ser enviados á lacolonia penitenciaria, en número de veinte, no iríamos á Akatui.

 

En cuanto á mí, no podía creer que tendría término mi prisión y que gozaría de libertad, por escasa que fuera. Había aprendido á mis expen-sas en Friburgo cuan fácilmente se desvanecen las esperanzas; rechazaba toda visión de un por-venir dichoso; me obstinaba, por el contrario, en

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 356.

 

 

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representármelo con los colores más sombríos. Pero no tardó en saberse que, en efecto, todos los que teníamos derecho seríamos excarcelados,

y que se había ya formado la lista.

 

Es así que un día, de improviso, fueron excar-celados tres de nosotros: Luri, Rechnyevski y Soukhomlin, á los que habían seguido sus muje-res hasta allí. Casi en seguida apareció Masjukoff en nuestro departamento en compañía de su su-cesor Tominin. Los dos nos comunicaron que diez y siete de nosotros serían puestos en libertad, y mi nombre figuraba en la lista.

 

Hicimos un paquete con nuestros pobres efec-tos y nos despedimos de los camaradas que á la mañana siguiente debían partir para Akatui. El pensamiento de que algunos de nosotros iban á ver agravarse su situación, atenuaba la alegría de nuestra libertad.

 

Otras veces mis camaradas y yo nos habíamos imaginado con los colores más risueños el mo-mento deseado, y ahora, al llegar la embriaguez soñada, experimentaba como un desencanto. Te-nía una sensación de pena al dejar una casa que se me había hecho querida. Partíamos con la cabeza alta, pero el rostro triste y sin entusiasmo.

 

La puerta se abrió y un grupo de hombres dejó la cárcel. Era la libertad de la Siberia con todas sus restricciones. ¡Pero era la libertad!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TOMO II

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 357.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 358.

 

 

CAPITULO XXX

 

 

Nijnaja-Kara.—Vida nueva.—Los ladrones de oro

 

 

 

La localidad de Nijnaja-Kara, donde se encon-traba la colonia penitenciaria, producía una im-presión especial.

 

Las habitaciones se extendían á algunos mi-nutos de la prisión por las pendientes de una colina, cerca de la ribera del Kara, que arrastraba arenas de oro, y cuyo lecho estaba casi seco en el verano. Ni por sus edificios ni por su población parecía una aldea rusa. Los prisioneros de dere-cho común, hombres y mujeres, estaban en ma-yoría. Había gran número de descendientes de ios prisioneros y aldeanos que se ocupaban en el lavado de oro, «aldeanos del zar». Un batallón entero de cosacos á pie montaba la guarnición, y por último, los oficiales de cosacos y una parte de empleados penitenciarios completaban la po-blación.

 

La variedad de edificios correspondía á la va-riedad de habitantes. Los criminales de derecho común que no estaban casados se acuartelaban en grandes edificios, que partían con los cosacos. Oficiales y empleados habitaban casitas pequeñas y limpias, que pertenecían al Estado. Los políti-cos y los criminales de derecho común casados

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 359.

 

 

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ocupaban chozas de madera, malas y medio caí-das. Habla tres tiendas de quincalla y comes-tibles.

 

Los primeros días tuvimos gran trabajo para instalarnos, porque no había bastantes casas para albergar á veinte hombres que dejábamos la pri-sión á un tiempo. Teníamos numerosas incomo-didades, pero el solo hecho de no tener ante los ojos á los aborrecidos carceleros era una gran alegría; por otra parte, escapábamos por la pri-mera vez á la humillación de hacernos afeitar la barba y los cabellos; podíamos vestirnos á nuestro gusto, se nos dejaba en libertad de ejercer un ofi-cio cualquiera, pero las profesiones liberales esta-ban prohibidas. El registro de la correspondencia era menos riguroso; podíamos escribir personal-mente á nuestras familias y recibir gran número de folletos y periódicos prohibidos en la prisión. Pero lo mejor para nosotros era poder movernos con toda libertad y según nuestro capricho y pa-sear en los alrededores de la aldea.

 

Desde que dejamos la cárcel estábamos bajo la vigilancia de la administración penitenciaria. Cada mañana y cada tarde un vigilante de la pri sión hacía su ronda por nuestras habitaciones, y todos firmábamos en un libro; de esta manera se hacía constar que ninguno se había fugado. No podíamos alejarnos más de diez verstas sin la autorización especial del administrador, que era el mismo Pacharukoff al que Fomitscheff había herido.

 

Nuestra situación, desde el punto de vista ma-terial, era mejor que en la cárcel. Además de los víveres que recibíamos del Estado y del dinero que mandaban nuestros parientes, podíamos pro-curarnos algunos recursos con el trabajo.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 360.

 

 

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De una manera general habíamos conservado la organización adoptada en la cárcel, la que su-fría, como es natural, ciertas modificaciones im-puestas por las circunstancias. Teníamos queocu-parnos de una porción de cosas desconocidas en la prisión. El otoño era para los hombres la época de los trabajos más penosos: se necesitaba ir á cortar en el bosque la leña necesaria para calen-tarnos durante el invierno y el heno destinado á la manutención de nuestras bestias, porque te-níamos seis vacas de leche y cuatro caballos. En la primavera nos ocupábamos de los trabajos de jardinería; en verano sembrábamos el heno en la pradera. Los que trabajamos en común hacíamos igualmente reunidos la cocina.

 

Todo el mundo tenía en qué ocuparse, porque el trabajo no faltaba. Los trabajos del invierno me parecían muy rudos. Con frecuencia había que ir con los trineos hasta diez ó doce verstas de dis-tancia á buscar la leña ó el heno necesarios, y al-gunas veces no se regresaba hasta bien de noche. Teníamos que levantarnos para dar pienso á los ca-ballos, y con los fríos siberianos esto es cosa peno-sísima." Cuando íbamos á las selvas éramos dos para cargar las grandes carretas de heno y condu-cirlas á la casa. Teníamos las manos destrozadas por esta tarea, á la que no estábamos acostumbra-dos; con frecuencia se rompían las cuerdas ó los caballos perdían el camino. Podíamos apenas movernos en nuestros pesados trajes de piel de carnero y las botas forradas. Cuando llegábamos

 

á casa íbamos cubiertos de sudor, á pesar del frío.

 

Algunas veces este trabajo presentaba cierto encanto: era una sensación extraña recorrer de noche la llanura cubierta de nieve y sumirse en

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 361.

 

 

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las tinieblas de la selva. Reinaba un silencio de muerte, interrumpido sólo por los crujidos de la nieve, que se rompía bajo las patas de los caballos y las ruedas del trineo, ó de tiempo en tiempo por el lejano aullido de los lobos. Miríadas de estrellas centelleaban en el firmamento; alrededor de nos-otros ni la menor traza de vida humana. Pero el frío cruel, que era más riguroso por la mañana, nos hacía olvidar bien pronto toda poesía. El hielo penetraba á través de nuestras pieles y nos sen-tíamos como traspasados por millares de alfileres. Con frecuencia la brisa era tan aguda, que el aguardiente que llevábamos se helaba en las bo-tellas; á pesar de todas las precauciones que to-mábamos, el líquido se convertía en un témpano de hielo.

 

Por suerte las expediciones no eran muy fre-cuentes, y á la vuelta se probaba la impresión de-liciosa de entrar en nuestra casa. La pequeña choza de aldeanos que ocupaba me hacía el efecto de un palacio, y sentía en ella un bienestar exqui-sito. Un tercio de la estancia lo ocupaba un vasto hogar ruso, que por desdicha hacía demasiado humo. Las ventanas y las puertas cerraban mal, los muros y el techo dejaban pasar el viento por las junturas, aunque yo estaba siempre ocupado en calafatearlo con el mayor cuidado; pero todo esto no eran más que pequeños detalles. Sólo se comprende la alegría de tener una casa cuando se ha sufrido por large tiempo el martirio de no estar jamás solo, siempre bajo miradas extrañas. Para guardar este placer todo entero me sometí solo á las fatigas que los otros evitaban, partién-dolas entre dos cuando eran amigos íntimos. Mu-chos preferían imponerse los trabajos de barrer, encender el hogar é ir á buscar el agua, por gozar

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 362.

 

 

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el privilegio de vivir solos. Mi choza, que me en-tregaron casi derruida, era propiedad del Estado. La había reparado por mí mismo. Estaba situada cerca de otras construcciones, al fin de la aldea y sobre el declive de una colina, al lado del cemen-terio. Al principio me preocupó el estado de la puerta, que se podía abrir de un puntapié. Esto no era muy tranquilizador en la vecindad de tan-tos condenados de derecho común, pero no he tenido jamás ocasión de quejarme de ellos, y aun-que me retiraba tarde de noche por los senderos más solitarios, me sentía tan tranquilo como en las ciudades mejor vigiladas por la policía.

 

Entre los criminales de derecho común que se encontraban en la colonia figuraba un cierto Lysenko. Se decía de él que había matado á toda una familia; no tenia mal aspecto y era extraordi-nariamente devoto. Cuando se le conocía perso-nalmente, no se podía imaginar que este hombre hubiese matado criaturas inocentes.

 

Sentí curiosidad de saber si eran ciertos los rumores que circulaban respecto á él, y hallé un día ocasión de preguntarle.

—Sí, todo eso es verdad—me respondió.

 

—¿Y cómo tuvo usted valor de matar los niños? —le preguntó uno de mis amigos.

 

—Ellos daban gritos delirantes, pero eso no me impidió matarlos, porque esa era la voluntad de Dios. Si Dios no hubiera querido, yo nos los hu-biera matado. Es Dios el que me inspiró esta re-solución.

Tal fue su respuesta. Mi amigo, por el cual

Lysenko parecía tener simpatía, le dijo:

 

—¿Y si yo me encontrara en un sitio solitario, me asesinaría usted también?

—Si sabía que llevaba usted dinero, no dudaría

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 363.

 

 

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en retorcerle el pescuezo—respondió él con alegre franqueza.—Pero no lo haría jamás sin serias ra-zones.

 

En esta época Lysenko hacía un comercio bas-tante peligroso, y que estaba severamente prohi-bido: compraba lo que se llama oro robado y" lo cambiaba por aguardiente.

 

Se debe hacer notar que los habitantes de Kara vivían entonces en condiciones bastante es-peciales, porque en todas partes se encontraban pedazos de oro. Armados de un cesto y un cuchi-llito curvo, hombres y mujeres iban á la orilla del Kara ó de los otros riachuelos y sacaban fácil-mente dos ó tres rubios de polvo de oro. Esto es-ba rigurosamente prohibido por la administra-ción, pero, á pesar de eso, se practicaba casi continuamente sin ocultarse. El que no iba por sí mismo á buscar el oro, hacía el tráfico; de modo que toda la población de la colonia, salvo los po-líticos, no tenía otra ocupación. A excepción de algunos honrados funcionarios, nadie tenía es-crúpulo de violar el reglamento. He conocido fa-mihas que se dedicaban á la busca del oro como si se tratara de un oficio. Todo el mundo encon-traba natural que los buscadores de oro guarda-ran para ellos los tesoros que arrancaban á la tierra, y se preocupaban poco de que la ley reco-nociera que esos tesoros eran propiedad privada del zar, ó, para hablar en el lenguaje oficial, del Gabinete de Su Majestad. Era evidente que á pesar de todos los trabajos que se tomaba la autoridad local para defender los yacimientos de sus distri-tos, se sacaba más oro por los procedimientos prohibidos que por los legales; recogedores é in-termediarios encontraban el medio de hacerlo pasar por la frontera de la China, donde obtenían

 

 

 

 

 

 

 

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mejor premio que el ofrecido por el Gabinete. Todos los hombres competentes están de acuerdo en reconocer que los ladrones de oro prestaban servicios inapreciables al Estado. Eran ellos los primeros en trazar senderos en la taiga ó selva virgen, para ir á buscar el precioso metal en todas direcciones, y gracias á esto se descubrían nume-rosos yacimientos. Los aventureros se aprovechan poco del dinero que conquistan; la mayoría de entre ellos son incorregibles borrachos, que que-dan toda su vida esclavos de las deudas que con-traen con recogedores é intermediarios. Tengo interesantes detalles que dar de la vida y las cos-tumbres de los buscadores de oro; baste por el momento con decir que constituyen un mundo aparte, un Estado en el Estado, con sus tradicio-nes especiales y sus leyes rigurosamente respe-tadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO XXXI

 

 

El viaje del heredero del trono á Siberia.—Nuestra vida la colonia penitenciaria.—El cruel pristaw

 

 

El tiempo transcurría mucho más de prisa en la colonia que en la prisión. Vimos pasar rápida-mente el verano y el otoño: la primavera de 1891, primera que pasaba en libertad después de largos años de prisión, dejó en mí recuerdos imborra-bles, y nos trajo la esperanza de una inesperada y próxima libertad.

 

Un día se supo que el zar Alejandro III había resuelto publicar un manifiesto con ocasión del viaje del heredero del trono á Siberia. Se decía que este manifiesto concedería la gracia á nume-rosos condenados y la medida sería extensiva á los políticos. El telegrama oficial estaba redactado en términos tan enigmáticos, que nos permitió pensar en una libertad próxima. A creer la nueva, se nos consideraría pronto, no como condenados, sino como desterrados; esto podía mejorar nues-tra situación,según las localidades áque nos envia-ran. La mayor parte de los prisioneros de Estado son expedidos hacia el país de los Yakoutes y las condiciones de existencia son menos favorables que en Kara. La población es más escasa y se está más lejos del mundo civilizado que en las

 

 

 

 

 

 

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regiones del Transbaíkal, donde se encuentra Kara. Los compañeros tenían allí más privacio nes que nosotros. El correo llegaba con menos frecuencia, el clima era más rudo y el invierno más largo. En muchos distritos los artículos de lujo, como té, tabaco y petróleo, no podían intro-ducirse y era difícil hasta procurarse un pan ne-gro, que cuesta carísimo.

 

Hay localidades donde el pan negro se consi-dera como un regalo que se debe ofrecer á los huéspedes importantes.

 

La principal, ó, por mejor decir, la exclusiva alimentación de los habitantes, consiste en carne y pescado. Hasta las habitaciones son mucho más primitivas que en Kara. Los mrien, como les lla-man los yakoutes, son chozas hechas con ramas y brozas. A pesar de eso, la mayor parte de nos-otros estábamos dispuestos á ir á esas regiones inhospitalarias. Se esperaba que con el tiempo, gracias á la condición de desterrados, se nos en-viaría á país mejor. Lo que sobre todo nos sedu-cía era la libertad de circular en un perímetro más grande.

 

Además, se enviaban allí frecuentemente con-voyes de desterrados administrativos y se podían saber por ellos noticias del país, mientras que ningún deportado político llegaba á la colonia penitenciaria de Kara. Por último, los desterra-dos en el país de los Yakoutes tenían la posibili dad de dar en el porvenir un nuevo paso, hacerse empadronar en la clase de los aldeanos, y enton-ces tenían libertad de ir y venir por toda la Sibe-ria. Sin duda estas mejoras no eran cosa rápida: se necesitaba por lo menos una docena de años, pero se aprende á tener paciencia en la Siberia y varios de nosotros dejaban ir el pensamiento ha-

 

 

 

 

 

 

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cia el porvenir. ¡Diez años! Alguna vez había ma-nifiestos del zar, y después de quince ó veinte años podía pensarse en la lejana vuelta al hogar. Yo mismo me dejaba mecer por la esperanza, aun-que sabía qué escasas eran las gracias concedidas por el zar.

 

El manifiesto de la corona estaba lleno de restricciones, y esta vez, como de costumbre, la gracia no se extendería á todos. Había acabado por salir de la prisión; quizá alcanzaría ser en-viado al destierro, y entre la duda y la esperanza los pensamientos más optimistas se presentaban á mi espíritu.

 

Mientras se discutían en Petersburgo la forma y el contenido del manifiesto para ver cuáles se-rían los favorecidos y los que habían de excluirse, las autoridades de la Siberia tenían preocupa-ciones mucho más perentorias. Necesitaban ver las vías y los medios de librar al heredero del trono de todo peligro durante su viaje á un país donde vivían las víctimas implacables del zaris-mo. Los señores funcionarios resolvieron el pro-blema de una manera muy sencilla: á lo largo del camino que había ds recorrer el príncipe se me-tieron en prisión todos los detenidos en las colo-nias. Aunque Kara estuviese á veinte verstas del camino, fuimos aprisionados un día antes de pa-sar el zarewitch y libertados un día después. Es-perábamos con ansiedad la llegada del correo, que venía cada siete ó diez días, para tener noticias del manifiesto; pero en las oficinas reales no se daban prisa y los detenidos tuvieron que sufrir largo tiempo el tormento y la inquietud.

 

Un año entero transcurrió antes que se nos hiciera saber que habíamos obtenido una mejora y hasta dónde llegaba la clemencia del zar.

 

 

 

 

 

 

 

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Nuestra decepción fue cruel; la mitad de los detenidos en Kara eran excluidos y los otros no obtuvieron más que una pequeña disminución de la pena. Me encontraba entre los totalmente olvidados, y me debía resignar á estar otros cua-tro años en el mismo puesto. La desilusión era dura, tanto más penosa cuanto que habíamos ol-vidado la alegría de la salida de la cárcel y nues-tra vida nos parecía de nuevo monótona y tan inútil como otras veces. Nos sentíamos más des-graciados que en la prisión. Allá abajo estábamos obligados á renunciar á todo lo que tenía apa-riencias de vida; en la colonia, al contrario, nos hallábamos en plena actividad. En la cárcel toda ocupación razonable nos estaba prohibida: con-denados á tirar penosamente de una existencia sin fin, atrofiados, como privados de toda excita-ción mental. En la colonia era muy diferente: nos sentíamos vivir, despertar del letargo que nos aniquilaba en la prisión. Veíamos á los hombres agitarse alrededor nuestro, luchar por sus intere-ses, batallar por la existencia, y estábamos redu-cidos á las ocupaciones domésticas, á trabajos que no podían satisfacer nuestra actividad. La mayoría de entre nosotros hubiera deseado hacer útil empleo de sus fuerzas no sólo en cortar leña y coger hierba.

 

En apariencia teníamos el derecho de mezclar-nos en muchas cosas que estaban prohibidas en la prisión, pero en realidad nos era imposible ocuparnos en nada de inteligencia.

 

Nos sentíamos humillados de tener que dedi-car toda nuestra actividad á bagatelas, tales como la organización de nuestras viviendas, que en las condiciones que nos encontrábamos absorbían todo nuestro tiempo, sobre todo al principio, hasta

 

 

 

 

 

 

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el punto que durante semanas nos fue imposible abrir un libro ó leer un periódico. Para los hom-bres instruidos era un verdadero suplicio. La sola ocupación intelectual un poco interesante, consis-tía en observar las costumbres particulares de los habitantes del país. En las cárceles había podido estudiar las condiciones de los prisioneros en sus celdas y en sus talleres; ahora.veía cómo viven en las colonias. Se acababa de abandonar la costum-bre de utilizar á los detenidos en el lavado del oro, porque ese trabajo era demasiado costoso. Se les empleaba en lo que se llaman trabajos domésticos y se servían de ellos como bestias de carga para los transportes de materiales.

El espectáculo de hombres y mujeres uncidos

á los carros y tirando de ellos como bueyes, era demasiado repugnante.

Cerca de un año  después de nuestra llegada

á la colonia, los trabajos forzados en Kara fueron suprimidos. Una parte de los condenados se ocu-paba en la construcción del camino de hierro tran-siberiano, que acababa de comenzar, y los otros fueron enviados á la isla de Sakhaline y á otras penitenciarías. Los vigilantes, los cosacos y hasta los mismos funcionarios siguieron á los prisione ros. Nuestra colonia quedó, por consecuencia, completamente despoblada y la existencia se hizo más monótona. Teníamos en cambio la ventaja de poder utilizar las habitaciones abandonadas, y nuestra instalación nos ofrecía más comodidad.

 

Nuestras relaciones con los pocos habitantes que habían quedado eran los más cordiales; en-señábamos á los niños, les dábamos consejos y les prestábamos nuestro concurso en calidad de médicos y abogados, porque para esas pobres gentes la palabra político era sinónimo de sabio, y

 

 

 

 

 

 

 

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cada vez que se presentaba ocasión recurrían á nuestras luces.

 

Nos estaba prohibido ejercer oficios que tuvie-ran analogía con lo que se llama profesioneslibe-rales; no debíamos, pues, desempeñar las profe-siones de maestros de escuela y médicos; pero las circunstancias eran tales, que algunas veces los funcionarios mismos se veían obligados á hacer-nos llamar, á pesar de las prescripciones del re-glamento. Después de esto no se podía hacernos responsables de nuestras relaciones con los pre-sos civiles. Una vez sola me amenazó un conflicto que voy á contar en pocas líneas. Un aldeano de los alrededores había venido á nosotros exponién-donos el hecho siguiente: El nuevo pristaw (funcio-nario administrativo y de policía), acompañado del alcalde y de otros funcionarios, se había presenta-do en su casa y sin ningún motivo procedió á un registro domiciliario. En su comedor encontraron algunas libras de tabaco, té, azúcar y otras provi-siones. El pristaw se había apoderado de todo con el pretexto de que este aldeano debía haber adquirido aquello para cambiarlo por oro robado, ó que él jugaba el papel de recogedor.

 

Cuando más tarde el aldeano compareció por orden suya en la casa del funcionario, éste le exi-gió cincuenta rublos por la restitución de los ob-jetos que le habían sido confiscados. Esta recla-mación parecía impudente al aldeano, y, por consejo de uno de sus vecinos, vino á mí á pedir-me le redactara una queja contra el funcionario prevaricador. Me contó una larga historia para explicarme que las provisiones eran de su uso personal; las había comprado durante el invier-no, porque en esa época le era más fácil, pues durante el verano tenía que ocuparse de los nu-

 

 

 

 

 

 

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merosos trabajadores que empleaba. Todo esto-era un cuento inventado, y nuestro hombre perte-necía indudablemente a la honrada corporación de buscadores de oro, pero era claro como la luz que el funcionario había cometido una grave in-corrección y un abuso queriendo obtener dinero del aldeano. Yo había oído decir que este sátrapa recientemente nombrado era una calamidad para toda la población de la provincia. Se le había con-fiado el gobierno ilimitado de este país, cuya ex-tensión pasaba de la de ciertos Estados alemanes, y no tenía otra mira que la de llenar su bolsillo. Por las noches hacía irrupción en las casas, y con gran sorpresa de los habitantes, se llevaba todo lo que caía bajo su mano y fijaba el rescate a su gusto. Al mismo tiempo, siguiendo las buenas tradiciones de los funcionarios rusos, intimidaba

 

á los aldeanos jurando y blasfemando como un poseído. Su dicho favorito era:

 

—Aprended, cuadrilla de bribones, que yo soy para vosotros el zar y Dios.

Me seducía la idea de dar una lección á este tirano, pero no quería representar el papel de abogado. Dudé un poco y aconsejé al aldeano que recurriera á otras personas, á gentes que tienen por oficio escribir cartas ó redactar quejas; pero él me declaró que esas gentes no querían hacerlo porque temían las represalias del pristaw. En-tonces me decidí á ejecutarlo; mas para no pasar por denunciador secreto escribí debajo de la que-ja, que sabía perfectamente no tenía derecho á formular por otro: «Escrito y firmado por el dete-nido político León Deutsch, ó ruegos de un que-rellante iletrado.» Le hice notar al aldeano que yo no era hombre de enviar denuncias anónimas y que esperaba que las autoridades se ocuparían

 

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del negocio. El aldeano se mostró muy satisfecho, me dio calurosamente las gracias y quiso é viva fuerza ponerme en la mano un rubio, que yo re-chacé enérgicamente.

 

No oí hablar del asunto durante algunas se-manas, pero un día el alcalde de la colonia vino á mi casa y me invitó á seguirle á su despacho, donde el pristaw quería hablarme. Esto era ab-solutamente ilegal, porque en calidad de prisione-ro político no estaba, sometido á más autoridad que á nuestro administrador, y no á los funciona-rios de policía. Le respondí brevemente:

 

—Diga usted á su pristaw que no tengo nada que ver con él; si desea hablarme no tiene más que venir.

Le hice repetir mis palabras hasta que las tuvo bien grabadas en la memoria, para repetirlas al funcionario. Desempeñó bien su comisión y se puede imaginar la cólera de este zar y Dios cuan-do le dio mi respuesta delante de las autoridades municipales y un gran número de aldeanos. Como supe más tarde, enrojeció de rabia, y jurando como un condenado dio orden de encadenarme y conducirme á su presencia.

 

A pesar de la orden categórica, sus gentes du-daron en obedecer. Algunas horas después, tres representantes de la municipalidad vinieron á mi casa y me suplicaron que les acompañara. Les hice observar que el pristaw no tenía derecho de ejercer autoridad sobre mí y sólo podía entrar en relaciones conmigo por medio del administrador de la colonia. Los enviados se manifestaron muy satisfechos de mi respuesta y fueron contentos á comunicar al pristaw que yo no estaba bajo su dependencia.

Algunos días después supe por nuestro admi-

 

 

 

 

 

 

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nistrador que el pristaw quería simplemente co-municarme una carta que había recibido á propó-sito de la queja redactada por mí, detalle que, en verdad, no me interesaba.

 

Todo este negocio terminó, como de costum-bre, sin ningnna consecuencia. La carta en cues-tión se reducía á pedir al magistrado prevaricador que se justificara. Pero algunos años después, cuando yo dejé Kara, el aldeano no estaba aún en posesión de sus provisiones. Continuaban aún bajo la excelente guarda del pristaw. ¡Se adivina en qué estado!

 

El asunto no tuvo consecuencias desagrada-bles para mi. Al cabo de algunos meses recibí un comunicado del gobernador en el que me advertía que me estaba prohibido redactar quejas en nom-bre de los habitantes del país. Si nuestras relacio-nes con la población no hubieran sido tan cordia-les, hubiera podido acabar mal para mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPITULO XXXII

 

 

La ¡muerta del lar.—Nuevos manifiestos.—El censo de la

 

población

 

 

—¿Sabe usted la novedad? El zar está enfermo; se dice que los médicos desconfían de salvarlo.

 

Un oficial conocido mío me saludó un día con estas palabras. La noticia inesperada me llenó de asombro. Se creía generalmente que Alejandro III, con su talla hercúlea y temperamento robusto, llegaría á edad avanzada y ejercería durante mu-cho tiempo aún el régimen reaccionario. He aquí que de pronto un rayo de esperanza brillaba para mí, porque es costumbre en Rusia que todo here-dero del trono sea objeto de nuevas esperanzas.

 

En Noviembre de 1894 supimos que el zar había muerto, y poco después se publicaron dos manifiestos, uno por el matrimonio de Nicolás II y el otro por su coronación.

 

Esta vez yo no fui excluido. Según el primer manifiesto, la duración de la pena fue rebajada en cuatro años y algunos meses; pero esta gracia vino cuando ya no me quedaban más que diez meses que cumplir. El segundo manifiesto redu-cía de diez á cuatro años el tiempo para poder cambiar mi condición por la de aldeano. Al mismo tiempo se me advirtió que podía ser trasladado

 

 

 

 

 

 

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como cumplido al pais de los Yakoutes; pero por diferentes circunstancias yo no hice uso de los beneficios que me concedían los dos manifies-tos, y por razones de familia continué en Kara.

 

*

 

Una fría mañana de Diciembre del año 1896 escuché el ruido de un trineo que se detenía de-lante de mi casa. La puerta se abrió, y entró un hombre vestido de piel de carnero y envuelto en un dokha (manto cuyo interior y forro son de pie-les). Cuando se hubo desembarazado de sus abri-gos conocí á nuestro alcalde, personalidad sa-liente y conocida en todos los alrededores. Su habilidad y su firmeza le granjeaban una conside-ración general. Tenía gran fuerza de carácter y de independencia, y se decía que era hábil y enér-gico, pero al mismo tiempo un poco duro y de una moralidad no del todo irreprochable.

 

Habitaba cerca de treinta verstas de mi casa y no había venido a verme hasta entonces ni una sola vez. Se necesitaba una circunstancia especial para decidirse á hacer tan largo recorrido con un frío tan terrible. Siguiendo la costumbre siberia-na, no me dijo el objeto de su visita hasta que hubo tomado algunas tazas de té bien caliente. Después me expuso lo que sigue:

 

Él gobierno había ordenado hacer un censo general de la población del inmenso imperio, y debía estar terminado en un día fijo. Esta opera-ción exigía gran número de gentes aptas, difíciles de encontrar en Rusia, y más todavía en Siberia. Las autoridades administrativas estaban bastante preocupadas con esto, y el presidente de nuestro

 

 

 

 

 

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distrito había hecho llamar á sus subordinados para ver cómo resolverían el problema.

 

Guando esta cuestión fue discutida en Kara y en las localidades vecinas, nuestro alcalde respon-dió que él se encargaría de este cuidado, á condi-ción de que le dejaran recurrir á mí. Yo era, se-gún creía, la sola persona capaz de los alrededores. Mi nombre era conocido del presidente del distri-to, á causa de la queja que había firmado por el aldeano, y declaró que estaba conforme. El pris-taw, contra quien iba dirigida la queja, no hizo ninguna objeción, aunque formaba parte del Con-sejo.

 

El alcalde me expuso todos estos hechos y me pidió que consintiera en ayudarle. Le respondí que sí inmediatamente, porque esta nueva ocupa-ción traería alguna variedad á mi monótona exis-tencia, y era un trabajo interesante y útil. Un solo punto me preocupaba: me encontraría continua-mente con el pristaw y podía ocurrir algún roza-miento. El alcalde me aseguró que el funcionario lamentaba lo pasado y había olvidado por comple-to nuestra diferencia, sin guardarme rencor algu-no. Quedaba aún otro obstáculo: era preciso ob-tener el permiso de la administración de la colonia penitenciaria, pero el funcionario se encargó de arreglarlo por sí mismo.

 

El asunto estuvo pronto arreglado, y así yo, criminal político, me encontré de la noche á la mañana revestido de un cargo público. Me encar-garon del censo en una aldea que estaba a quince verstas de mi casa y cuya población contaba cerca de mil habitantes. Hice también el censo de otra aldea de acuerdo con el pope (sacerdote del rito griego). Era muy interesante para mí visitar aque-llas gentes y hacer conocimientos con ellas. Había

 

 

 

 

 

 

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episodios cómicos y numerosas equivocaciones; pero también observaciones penosas, por no decir trágicas.

 

Mis trabajos fueron bien recompensados; los habitantes me manifestaron su simpatía de dife-rentes maneras, y los funcionarios quedaron ad-mirados de la rapidez con que habla desempeña-do la comisión.

 

Pasó algún tiempo, hasta que un día, en Enero •de 1897, el alcalde me hizo otra visita. El buen hombre tenía otra cosa que pedirme. El presiden-te de las operaciones del distrito reunía un cierto •número de sus colaboradores para comprobar los

 

.resultados y enviar la noticia general. El jefe de mi distrito era, como ya he dicho, el severo pris-taw, y había insistido para que yo representase en •el comité á Schilkinskaja Volost.

 

La proposición me sedujo; no había dejado á Kara una sola vez en doce años y no conocía más que las aldeas cercanas. Ahora se me ofrecía oca-sión de hacer un viaje de varios cientos de verstas

 

á través de un país que debía ser interesante. El •cuidado de arreglar el censo me atraía igualmente, pero se necesitaba vivir en la sociedad de un hom-bre que no era mi amigo. El alcalde, con su habi-lidad, se encargó de arreglarlo todo, y acepté el ofrecimiento que me hacía. Obtuve sin trabajo la autorización del gobierno para dejar mi domicilio y me puse en camino.

 

Viajaba á expensas del Estado; me dieron un pasaporte firmado por el gobernador, que me au-torizaba á tener caballos en todas partes por don-de pasara y á hospedarme en los edificios del Estado. En una palabra, me trataban como un funcionario viajando enseroicio.

 

Semejante expedición no era cosa sencilla en

 

 

 

 

 

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•el invierno siberiano. Me había puesto su vestido de piel de carnero y un dokha; estaba tan cargado •de pieles que no podía moverme en mi trineo. El camino atravesaba regiones casi desiertas, ligera-mente montuosas y cubiertas de selvas impene-trables. Los caballos arrastraban el coche con trabajo. Cada treinta ó cuarenta verstas llegába-mos á una estación, donde había cambio de tiro. Recibía en todas partes una acogida tan expresi-va como si yo hubiese sido un alto personaje, lo que tenía mucho de cómico. En el primer pueblo donde pasé la noche, el habitante de más impor-tancia me testimonió su celo. Había llegado bas-tante tarde, y al entrar en mi habitación, el hom-bre llegó corriendo detrás de mí.

 

—¿Tiene alguna orden que darme Su Excelen-cia?—me preguntó.

Le rogué que hiciese de modo que los caballos estuvieran prontos á partir al ser de día; pero esto no le pareció suficiente y me preguntó si deseaba que llamase á los que en la aldea se ocuparon del censo. Yo no tenía intención de molestar á tantas buenas gentes á una hora tan avanzada de la noche, y me costó gran trabajo detenerlo. Los habitantes de las otras localidades me asombra-ron también por el exceso de su celo. No me lo podía explicar hasta que supe que el severo pris-taw había recorrido el mismo camino algunos días antes y dio orden formal á sus subordinados de recibir con todos los honores de enviado de Schilkinskaja, como me llamaban. Y lo cumplie-ron puntualmente de buena voluntad.

 

Cuando estaba próximo al fin de mi viaje, en-contré en las estaciones otros señores que se-guían el mismo camino para ir á la conferencia. Corría el rumor entre todos de que el presidente

 

 

 

 

 

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del distrito no encontró las listas completas y las había devuelto, y que, por consiguiente, sería ne-cesario volver a hacer todo el trabajo. Mis colegas estaban asustados porque era una tarea que ne-cesitaba varios días, habían dejado sus asuntos, y además estaban descontentos porque apenas habían recibido algunos rublos, cuando deseaban una medalla del gobierno.

 

Dos días después llegué á Stanitza Aigunskaja,. donde la conferencia había de tener lugar. En el curso de mi viaje me había preocupado de mi primera entrevista con el pristaw, y él me parece que estuvo no menos inquieto que yo, porque apenas me había levantado á la mañana siguiente que llegué, cuando un cosaco vino y me hizo saber que el pristaw deseaba hablar con el enviado de Schilkinskaja. Le respondí que iría todo lo más pronto posible. Me hice la toilette y tomé mi des-ayuno; pero al poco tiempo el pristaw en persona hizo su aparición. Era un hombre grueso, de cerca de cincuenta años, vestido de oficial de policía; se presentó bajo el nombre de Bibikoff, presiden-te de la comisión del censo del distrito de X. Por mi parte yo me presenté como el señor Deutsch y conversamos de la manera más amistosa, como si nada hubiera pasado entre nosotros. Me con-fesó que le era imposible llevar bien la comisión de que se había encargado, porque se perdía en-tre las órdenes, instrucciones y circulares que le enviaban las diferentes autoridades y no sabía cómo hacer el censo general de su distrito. Todas las listas eran insuficientes. Me pidió que colabo-rase con él, pues conocía la rapidez con que cum-plí la comisión en mi distrito, y que era el solo hombre que podía ayudarle á conducir el asunto á buen fin. Un cierto número de compañeros me

 

 

 

 

 

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rogaban lo mismo. Acepté después de algunas instancias, y mi antiguo enemigo me expresó su agradecimiento.

 

Cuando llegamos á casa de este funcionario el despacho estaba lleno de gente: escribanos, de-pendientes, maestros de escuela y sobre todo co-sacos. Cuando vieron al pristaw, lo rodearon, su-plicándole que los dejase irse lo más pronto posible.

 

—¿Ve usted?—me dijo el pristaw.—Todos los días es lo mismo; hay para volverse loco.

 

Me hice llevar todas las listas y busqué el desembrollarlas. Como había previsto, la cosa no era tan difícil ni tan complicada como le parecía al pristaw, pero era un trabajo al que no estaba habituado. Después de un estudio de algunas horas puse las cosas en orden, y pude explicarle lo que había de hacerse.

 

La presencia de los otros compañeros era ya inútil. Pudieron irse á sus casas al día siguiente, de lo que se mostraron muy contentos. Yo tuve que quedarme catorce días para expedir todos los escritos. Trabajé desde la mañana hasta la noche muy tarde en compañía del pristaw. Durante todo el tiempo, este hombre fue para mí la amabilidad misma. Nadie hubiera creído que poco antes ha-bía dado orden de encadenarme y conducirme á viva fuerza delante de él. Como puede suponerse, jamás hablamos de este incidente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPITULO XXXIII

 

 

 

Un monumento misterioso.—MI partida de Kara.—La vida en Stretjensk.—Mi traslado á Blagowestchensk.—Matan* za de chinos.

 

 

Durante mi estancia en Nijnaja-Kara tuve lugar de tomar parte en una expedición, con el objeto de descubrir un monumento de la más alta anti-güedad. Uno de nuestros compañeros, llamado Kusnezoff, que á causa de sus estudios arqueo-lógicos era una persona muy conocida en Siberia» me había escrito á este propósito. Según el testi-monio de diversas personas, existía en la vecin-dad de Kara un monumento cortado en la roca que estaba cubierto de inscripciones antiguas,, grabadas en caracteres rojos. Había sido ya ob-jeto este resto del pasado de investigaciones de parte de la Sociedad Geográfica de Irkoutsk, pero no se había descrito ese detalle. Kusnezoff me pro-puso ir á visitar esta roca y tomar fielmente todas las inscripciones. Acepté con placer la misión.

 

Nos pusimos en camino dos camaradas y yo,, en una hermosa mañana de primavera, guiando-nos por las indicaciones que habíamos podido re coger. No conocíamos más que imperfectamente la dirección; estuvimos buscando el monumento por espacio de tres días y tuvimos que volver sobre.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 385.

 

 

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nuestros pasos sin haber descubierto nada. Du-rante largo tiempo me informé de los habitantes de la localidad, sobre todo de los Numerosos ca-zadores, y prometí una recompensa al que me condujera hasta la piedra en cuestión.

 

Dos años más tarde escuché decir que dos aldeanos de una localidad próxima habían visto un monumento semejante al que yo buscaba. El rumor se confirmó, y la piedra con sus inscrip-ciones rojas había sido descubierta. Un rebusca-dor de oro muy conocido me propuso acompa-ñarme, y esta vez hicimos la excursión en trineo, porque estábamos en invierno.

 

El monumento era, indudablemente, de una época muy antigua: consistía en una especie de pared lisa y vertical, tallada en la roca, y sobre la que había inscripciones pintadas en rojo. Estas inscripciones consistían en caracteres y dibujos que recordaban los que se ven en las catacumbas; una parte de estos signos se había borrado, pero en general se conservaban bastante bien; los ha-bían defendido del mal tiempo las rocas que lo ocultaban. Lo dibujamos todo lo más fielmente po-sible. Algún tiempo después un fotógrafo se pasó por Kara y tomó vistas de la roca y sus inscripcio-nes. Yo lo envié todo á Kusnezoff, pero no he sabido jamás si logró descifrar el sentido de las inscripciones.

 

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* *

 

El cambio que se operaba en mi condición económica, cuando á consecuencia de los mani-fiestos del nuevo zar dejé de ser un colono peni-tenciario, tenía para mí una importancia tanto más grande, porque al mismo tiempo perdía los soco-

 

 

 

 

 

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rros del Estado. A partir de este momento necesi-taba subvenir solo á mis necesidades. Esto no era tosa fácil, porque la población de Kara había disminuido considerablemente. La familia cuyos niños instruí durante iargos años había dejado la ciudad, y me era imposible hallar otra ocupa-ción. Mis parientes no me enviaban nada, y me encontraba en una situación bastante crítica. Con-traje algunas deudas para poder vivir.

 

En esta época los trabajos del camino de hierro transiberiano empezaron en la stanitsa (aldea ha-bitada por los cosacos) de Stretjensk, cerca de cien oerstas de Kara. El gobernador me concedió la autorización necesaria y dejé á Kara para siem-pre el 20 de Mayo de 1897.

La stanitsa de Stretjensk, situada á las orillas del Schilka, gran río navegable, ofrecía entonces un cuadro muy animado. La cifra de la población se elevaba é cuatro ó cinco mil habitantes; había tiendas de buena apariencia y numeroso comer-cio; los cosacos y los judíos formaban la mayor parte de la población. Los trabajos de la vía férrea habían atraído á las gentes de las profesiones más diversas.

 

Bien pronto encontró, en el camino de hierro, una ocupación ventajosa. Redactaba y escribía las diferentes órdenes, avisos y circulares, pero tenía la sensación de estar todavía más prisionero que en Kara, porque pesaba sobre mí un enorme tra-bajo y no hallaba persona con quien poder soste-ner relaciones.

 

En Kara tenía compañeros con quienes poder conversar de asuntos que nos interesaban; en Stretjensk, al contrario, aunque conocía á todos los habitantes por sus nombres, no había nadie con quien departir de otra cosa que de las tareas

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 387

 

 

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diarias. El tema más frecuente, por no decir el único, de las conversaciones, era el dinero. Los-capitales que habían afluido al país para la cons-trucción del camino despertaron en todos una sed y una fiebre de hacerse ricos. En poco tiempo se realizaron grandes fortunas; los engaños y los robos estaban á la orden del día, y el ejemplo de los funcionarios no ayudaba poco á la desmorali-zación pública. El aguardiente y el juego eran las únicas distracciones. En una población de varios miles de habitantes no había ni una sola escuela de niños. Cuando las necesidades del servicio me-obligaban á relacionarme con la sociedad local, conocía que estaba en un mundo extraño para mi. Comprendía por primera vez el sentido pro-fundo de estas palabras: «He sido arrastrado por el medio.» Era absolutamente imposible a un hombre joven é inteligente vivir en semejante at-mósfera sin volverse un borracho ó un jugador desenfrenado.

 

En Stretjensk tenía más libertad de movimien-to que en Kara. Durante los dos últimos años que he pasado allí, he recorrido el país en todos senti-dos, y en el curso de mis expediciones pude cono cer las costumbres y los asuntos de la localidad.

 

Durante un largo viaje que realicé en 1899, me encontré con uno de mis correligionarios políticos-que había sido enviado allí por la vía adminis-trativa. Era el primer demócrata social recién llegado de la Rusia que yo veía, y se puede imagi-nar el placer que me procuro este encuentro.. Hablamos casi toda la noche. Me refirió el des-arrollo considerable que el movimiento obrero-había tomado en la Rusia durante los últimos diez años y los rápidos progresos que hacían las ideas socialistas. Estaba sobre todo asombrado.

 

 

 

 

 

 

 

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de lo que me decía, á propósito de la agitación que reinaba en las masas de trabajadores judíos de las provincias del Oeste.

 

Lo que me contó redoblaba en mí el deseo de volver á mi hogar. Este deseo dormía en lo pro-fundo de mi alma durante largo tiempo, y ahora estallaba de nuevo. ¿Pero cómo realizarlo? El pro-blema era difícil de resolver. Hacía catorce años que estaba en Siberia, y desde mi arresto en Fri-burgo habían transcurrido quince años.

 

Según los términos de los manifiestos, podría volver á mi casa al cabo de siete años más, y hasta podía ser que alguna circunstancia favora-ble abreviara el plazo. Pero ¿se me podría asegu-rar que estaría vivo en esa época y que la ley me conservaría el derecho de volver á Rusia? La'vida en Stretjensk se me hacía intolerable y resolví ir á Blagowestchensk, ciudad situada á orillas del Amor. Después de numerosas dificultades obtuve autorización de trasladarme, y en otoño de 1899 entré en esta ciudad relativamente im-portante.

 

En Blagowestchensk encontré mejor ocupa-ción. Trabajaba en uno de los periódicos, y este trabajo era más agradable que la redacción de avisos y circulares de todo género que constituían mi ocupación en Stretjensk. La sociedad era tam-bién mejor; había gentes instruidas y muchos des-terrados políticos. La ciudad tenía escuelas, una biblioteca pública, un teatro, teléfono; en una pa-labra, Blagowestchensk, desde el punto de vista de la cultura intelectual, no estaba más atrasada^ que ciertas grandes ciudades de la Rusia europeí

 

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TOMO II

 

 

 

 

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En este tiempo se habló mucho de Blagowest-chensk á propósito de la matanza de varios milla-res de chinos pacíficos. Yo llegué un año antes y fui testigo involuntario de esta carnicería, de la cual el gobierno ruso ha enviado á todo el uni-verso detalles falsos. En nombre de la verdad voy á contar aquí lo que he presenciado.

 

Primero diré algunas palabras sobre la ciudad. Es la capital, ó por mejor decir, la sola ciudad de la inmensa cuenca del Amor, cuya extensión es más grande que la de muchos Estados europeos reunidos. Está situada en una llanura sobre la orilla derecha del Amor, que marca en un largo espacio las fronteras de los imperios ruso y chino. Antes de la guerra de China la población era de 38.000 habitantes. La mayor parte de las casas son de madera, y la ciudad no está fortificada. Casi enfrente, en la otra orilla, se encuentra la ciudad china de Sakhaline. Chinos y rusos se en-tregaban á un perpetuo comercio de una ribera á otra; en verano en barcos, en invierno sobre el hielo, porque chinos y mandchurios eran para los habitantes de Blagowestchensk los principales proveedores, especialmente de legumbres y carne. Hasta ia primavera de 1900, las relaciones habían sido muy cordiales por ambas partes, pero des-pués de la muerte del ministro alemán von Kettler, se anunciaba la movilización del ejército siberia-no por el gobierno ruso. El 24 de Junio el descon-tento yJa inquietud comenzaron á reinar.

 

Sobre la ribera china, en Sakhaline, se verifica-ban todas las tardes ejercicios militares, se escu-chaba la retreta, y el aire nos traía el eco de los cañonazos.

 

A la pregunta de las autoridades respecto de esto, contestaron que había acampado allí cerca

 

 

 

 

 

 

 

 

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un pequeño destacamento durante el verano. Esta respuesta tranquilizó completamente á la admi-nistración, pero no del todo á los habitantes de Blagowestchensk. Muchos decían que no era por eso por lo que los chinos hacían ejercicios de cañón, y se veía con los anteojos que trabajaban en fortificaciones. A todas las advertencias, el gobernador militar del territorio del Amor contes-taba que eran detalles sin importancia.

 

En esta época había pocos soldados en la ciu-dad; dos ó tres regimientos de infantería, un regi-miento de cosacos y una brigada de artillería; pero el 11 de Julio, á consecuencia de una orden del gobernador general Grodekoff, casi toda la guarnición fue enviada á Khabarowsk, y no que-daron para proteger la ciudad más que una com-pañía de soldados, cien cosacos y dos cañones, de los cuales el uno estaba inservible. Había en la ciudad cerca de dos mil reservistas, que habían sido llamados cuando se proclamó la moviliza-ción, pero carecían de armas y municiones y no podían prestar, en caso de necesidad, ningún so-corro.

 

La partida de la guarnición, en un gran núme-ro de barcas y vapores, se verificó con gran pompa. Esta circunstancia no se había escapado á los chinos de Sakhaline, que tuvieron el convencimien-to de que Blagowestchensk estaba indefensa.

 

A treinta verstas, en el valle del Amor, se en-cuentra la pequeña población china de Aigun; cuando el 12 de Julio las tropas rusas se encon-traron en esta localidad, los chinos no hicieron ninguna oposición y dejaron pasar los buques; pero rompieron el fuego sobre el último vapor, donde iban las municiones, y lo obligaron á retro-ceder hasta Blagowestchensk, así como al subte-

 

 

 

 

 

 

 

 

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niente Kohlschmidt, comisario de fronteras, y los mecánicos que se encontraban á bordo.

 

El ruido del incidente de Aigun se extendió por la ciudad la noche del 13 de Julio y causó gran inquietud. Las autoridades parecían tam-bién comenzar a alarmarse.

 

El 14 de Julio por la mañana, una reunión extraordinaria de la Asamblea comunal se verifi có por orden del gobernador militar. En esta Asamblea no tomaron parte sólo los consejeros-municipales, sino también gran número de habi tantes, diversos funcionarios, directores de bancos y otros; yo me encontraba allí en calidad de re-pórter. Él coronel Orfenoff tomó la palabra en nombre del gobierno, y después que hizo conocer los débiles medios de defensa que poseían las autoridades militares, rogó á la Asamblea que to-mase ella misma la iniciativa de organizar la de-fensa en -caso de ataque por parte de los chinos. Aunque se supiera que después de la partida de la guarnición no quedaban soldados en la ciudad, no se creía que la situación era tan mala. La de-claración sincera del coronel sorprendió á la ma-yoría de los presentes. Muchos quedaron pálidos, con los rostros descompuestos, y la voz de los consejeros llamados á tomar la palabra temblaba de emoción; se preguntaban qué debían hacer, y después de una breve discusión decidieron dirigir un llamamiento á los voluntarios. La ciudad es-taba dividida en varias regiones militares y cada una tenía un administrador y dos ayudantes. Algunos delegados municipales fueron enviados al gobernador militar para darle parte de la deci-sión tomada.

 

Supe más tarde que el general Gribsky dio gracias á la administración comunal por su des-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 392.

 

 

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prendimiento en querer organizar la defensa, pero les tranquilizó respecto al peligro que creían les amenazaba de parte de China. Ellos preguntaron al gobernador si no juzgaba necesarias algunas medidas de precaución cerca de los chinos, que habitaban en gran número la ciudad y sus alre-dedores, pero el general declaró que todas las me-didas excepcionales las consideraba superfluas, porque la guerra entre Rusia y China no estaba declarada. Dijo que los representantes de los celes-tes domiciliados en la ciudad, habían ido á pre-guntarle si debían salir de su recinto, y les había hecho saber que podían permanecer tranquilos, pues se hallaban en el gran imperio de las Rusias, cuya administración no consentiría jamás que se molestaseá extranjeros,pacíficos. En conclusión, el general dijo que partiría aquella misma tarde en persona para Aigun con una compañía de solda-dos y los cientos de cosacos que aun quedaban en la ciudad, para asegurar a los barcos rusos la libre navegación del Amor. No pudo realizar este plan, porque las hostilidades empezaron más pronto de lo que se esperaba.

 

Aquella misma tarde, un público numeroso se dirigió al Ayuntamiento para hacerse inscribir como voluntarios, cuando se dejaron oir algunos tiros de fusil y de cañón en la ribera china. Yo me encontraba en una de las ventanas del muni-cipio y vi una inmensa multitud que venía del río corriendo y gritando:

—¡Los chinos disparan! ¡Los chinos nos atacan!

 

Los voluntarios que se hallaban en aquel mo-mento allí, oyeron los gritos y pensaron que los chinos atacaban en el instante mismo la ciudad sin defensa. Un pánico indescriptible se produjo. Los unos corrían á través de las calles, gritando:

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 393.

 

 

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«¡A. las armas! ¡Dadnos armas!», y los otros se pre-cipitaban sobre el almacén del Ayuntamiento, donde había algunos centenares de fusiles viejos, insuficientes para armar á todos los voluntarios. El resto de la multitud, casi toda compuesta de la parte más pobre de la población, invadía las tien-das particulares que, como era domingo, estaban cerradas, y se apoderaron de cuantas armas caían en sus manos.

La ciudad estaba en pleno pánico.

 

Un gran número de habitantes reunían todos sus objetos de valor y escapaban á pie ó á caballo para ir á demandar refugio á los parientes y ami-gos que habitaban en casas de piedra á gran dis-tancia del río, donde el peligro de las bombas y las balas era menos grande. El pensamiento de que si los chinos penetraban en la ciudad inde-fensa le prenderían fuego y se entregarían á toda clase de crueldades, sembraba la desesperación más espantosa.

 

No era difícil para un ejército un poco disci-plinado destruir en algunas horas á Í31agowest-chensk. Pero por fortuna para la población, los chinos eran malos tiradores, la mayoría de sus proyectiles no llegaban á la ciudad y caían en el Amor, donde no explotaban. Así es que durante el bombardeo sólo hubo unas veinte personas muertas ó heridas.

 

El segundo día de sitio la ciudad ofrecía un lamentable espectáculo: las ventanas y las puertas estaban cerradas y no se veían en las calles mas que raros transeúntes. En el primer día se cons tituyó uno guarnición de voluntarios, apostada sobre la ribera del Amor, en una extensión de varias verstas, que vigilaba los movimientos de los chinos y hacía imposible una sorpresa; pero

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 394.

 

 

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muchos creía el peligro más grande, no en los chinos, sino en la población misma.

 

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En la ciudad y los alrededores vivían desde largo tiempo chinos y mandchurios, pequeños y grandes comerciantes, criados ó jornaleros. Se les había asignado un barrio aparte, donde todas sus casas guardaban el carácter nacional y se llamaba «barrio de los chinos». Un gran número de estos chinos y mandchurios vivían amistosamente con nosotros desde algunas docenas de años y pres-taban servicios reales á la población con su tra-bajo.

 

De un celo extraordinario, muy moderados en sus maneras, estos extranjeros no habían come-tido jamás el menor delito ni la más pequeña in-fracción. La probidad y la conciencia eran sus rasgos dominantes, y en los más grandes estable-cimientos, en numerosas casas de comercio y en domicilios particulares se les utilizaba como em-pleados ó como sirvientes, y todos tenían en ellos una gran confianza. En algunas casas las jóvenes chinas que servían de criadas eran tan queridas como parientes. Extraordinariamente activas y aplicadas, hacían grandes progresos en la escri-tura y la lectura, á la cual eran muy aficionadas.

 

Pero entre la parte inculta de la población los chinos gozaban de pocas simpatías. El pueblo veía en ellos representantes de una raza ex.treña que iba á mezclarse con los rusos, y los trabajadores hallaban en ellos una terrible competencia. Se de-cía que si no hubiera chinos, los salarios de los obreros rusos serían más elevados.

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 395.

 

 

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Todas esas causas, unidas á la brutalidad na-

tural del pueblo, hacían que con frecuencia, aun

en tiempo de paz y sin la menor provocación de

 

su parte, los chinos fueran maltratados en la calle por los rusos, que les pegaban ó les tiraban de la trenza de sus cabellos. Con frecuencia los pobres chinos iban en queja de los malos tratos que les infligían á la prensa local.

 

Las violencias se habían acentuado desde al-gún tiempo antes, cuando los reservistas fueron llamados al servicio. Con frecuencia, cuando en estado de embriaguez encontraban á los chinos, los apaleaban sin piedad, gritando:

 

—Gracias á vosotros, cuadrilla de brutos, nos han hecho dejar nuestro trabajo y nuestras fami-lias para enviarnos á la muerte. A los ojos de las gentes del pueblo, los chinos no eran hombres, sino animales. Esto da un mentís á las afirma-ciones de los rusófllos, á cuya cabeza está el prín-cipe Ouchtomski, redactor de Peterburskja W/'e-domosti, que pretenden que el pueblo ruso, á diferencia de todos los demás, otorga dulce hospi-talidad á los- subditos de las otras naciones.

 

Todas estas brutalidades hicieron dar al go-bierno una proclama, en la que se amenazaba castigar con extraordinario rigor á los que insul-taran á los chinos pacíficos. Esta conducta de parte de la más alta autoridad local, afirmó á los chinos en la creencia de que no tenían nada que temer.

 

Desde el 14 de Julio, cuando los primeros tiros se escucharon en la ribera opuesta del Amor, y la multitud, espantada, escapaba por todos lados, se pudo ver la manera que los rusos tendrían de tratar á los celestes. Chinos y mandchurios erra-ban á través de la ciudad buscando un abrigo

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 396.

 

 

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donde estar con seguridad. La tarde del mismo día, dos fueron muertos en la calle. Personas dig-nas de fe afirmaban que los agentes de policía mismos habían aconsejado á las gentes matar á los chinos en caso de que osaran presentarse de noche en público. Creían que todos los celestes habitantes en el territorio ruso debían prender fuego a la ciudad para hacer causa común con sus compatriotas del otro lado del Amor, y nació la idea de que era necesario tomar medidas serias contra los que habitaban Blagowestchensk y los alrededores. Las gentes de sangre fría y sin pa-sión afirmaban que era suficiente dejar en paz a los chinos cuyos patronos rusos salieran garan-tes, y en cuanto a los otros relegarlos á un dis-trito determinado sujetos á una vigilancia especial. Pero las autoridades fueron de opinión diferente.

 

El segundo día de bombardeo se pudo ver á los cosacos y los agentes de policía entrar en to-das las casas y preguntar si se encontraban chi-nos en ellas. Guando los habitantes contestaron que para qué los querían, respondieron que era preciso reunirlos para entregarlos á la policía. No se presagiaba nada buano.

 

Así es que muchos habitantes-que tenían chi-nos en sus casas los ocultaban en cuevas, graneros y otros sitios retirados, pero con frecuencia los vecinos los denunciaban y los brutales cosacos •exigían con amenazas, y algunas veces tirando de los sables, que se los entregasen. Esta captura de chinos duró varios días.

 

Imposible describir el estado de espanto de esos desgraciados cuando se les dijo que tenían que comparecer ante la policía. Recogían los ob jetos de más valor; pedían á sus dueños ó á las personas que les habían dado asilo que les guar-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 397.

 

 

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darán el dinero y otros objetos; les encargaban pagar sus menores deudas y abandonaban sus casas y sus almacenes, llenos de toda clase de muebles y mercancías, para seguir á los cosacos, pálidos y temblorosos. Preveían el triste fin que les estaba reservado y algunos preguntaban en el camino:

 

—¿Nous kantami? (¿Nos vais á cortar el cuello?) Los desgraciados no se equivocaban, porque los mataron de la manera más abominable. Sería preciso remontarnos hasta la Edad Media, á los tiempos de la Inquisición y las persecuciones de los judíos y los moros en España, para encon-trar algo semejante á las crueles ejecuciones en

masa.

 

A algunas verstas de Blagowestchensk, sobre la ribera izquierda del Amor, se encuentra un cam-pamento de cosacos, y allí, antes de salir el sol, bajo la guardia de los cosacos y de los policías, fueron reunidos algunos millares de chinos, entre los que habla ancianos, enfermos, mujeres y ni-ños. Cuando la debilidad ó la fatiga les impedían avanzar, eran empujados á golpes de lanza por los cosacos en medio del camino. Uno de ellos, re-presentante de la gran casa china Li "Wa-Tchan, se negó á ir más lejos, pidiendo ser conducido de-lante del gobernador, que había garantizado la li-bertad de todos los chinos establecidos en territo-rio ruso, pero por toda respuesta fue muerto por los cosacos. El comisario de policía Chabaroff es-taba presente y no impidió este acto de salvajismo.

 

Cuando se tuvo á todos los chinos en las ori-llas del Amor, se dio orden de arrojarlos al río, el cual tiene una profundidad de cinco metros y una corriente muy rápida. Se puede imaginar el es-panto que se apoderaría de los pobres diablos.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 398.

 

 

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Caían de rodillas con las manos elevadas al cielo, hacían la señal de la cruz y llorando suplicaban que no les hicieran morir de ese modo; algunos prometían convertirse al cristianismo y ser subdi-tos rusos, pero por toda respuesta los verdugos, que cumplían las órdenes de la autoridad, los arro-jaban al río á culatazos ó con la punta de las ba-yonetas y los sables. Los que estaban arrodillados y no querían marchar fueron muertos allí mismo. I.os testigos oculares de estas escenas de carnice-ría, que se reprodujeron varios días, cuentan co-sas que deshacen el corazón.

 

Una familia de mandchurios fue arrojada al agua; se componía del marido, la mujer y dos niños; cada uno de los padres tomó un niño sobre los hombros é hizo todos los esfuerzos para nadar, pero al cabo de poco tiempo todos desapa-recieron. En otra familia había un niño; la madre suplica á los verdugos que dejen vivir á la criatu-rita, pero nadie escucha su plegaria. Entonces ella lo pone en la orilla del río y se arroja al agua, pero no tarda en volver, lo toma en brazos y vuelve á echarse al río y á salir más lejos para depositarlo en la ribera. Los cosacos dieron fin á su martirio matándola á sablazos. Para no com-partir el suplicio de esta madre y de todos los otras personas tratadas de esta suerte, sería pre-ciso estar desprovisto de toda piedad humana. Hasta el comisario de policía Ghabanof cuenta que le faltaba corazón durante todas esas escenas muerte.

 

Algunos hombres sólo, de los más fuertes y más hábiles nadadores, consiguieron aproximarse

 

á la ribera china, pero muy pocos de entre ellos se salvaron. Guando los cosacos veían á los nada-dores á punto de ganar la orilla opuesta, algunas

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 399.

 

 

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balas bien enviadas los retenían en el río. Los tiradores chinos, ocultos detrás de los accidentes •del terreno, hacían también fuego sobre los nada-dores, ya porque los tomaran por rusos, ya por-que les guardasen rencor á sus compatriotas por vivir en territorio ruso tanto tiempo. Mucho antes de comenzar las hostilidades se les había conmi-nada á no volver á entrar en su patria.

 

Cuando el 17 de Julio se vio por primera vez las grandes cantidades de cadáveres flotar sobre las aguas del Amor, fue claro para todos que se ha-bía ahogado á los infelices desarmados á quienes el mismo gobernador aconsejó no volver á China, garantizándoles su seguridad. Dos días después, el mismo general Gribsky había hecho traición

 

á su promesa, dando de viva voz la orden de expedir á su país los subditos chinos.

 

Una gran indignación reinaba entre las gentes honradas. Más de uno contaba con lágrimas en los ojos la crueldad con que los inocentes y pací fieos chinos habían sido tratados. Se hubiera de-seado hacer una protesta y dar libre curso á la cólera. ¿Pero es esto posible en Rusia? El día mismo que se les ahogó, el 17 de Julio, se había proclamado el estado de sitio en la ciudad y, todo el territorio del Amor. Por consecuencia, el que hubiera osado elevar una protesta, hubiera sido llevado ante un tribunal militar. Algunos, merced

 

á altas protecciones, consiguieron salvarse, entre ellos el rico negociante Yun Dha San, que antes del bombardeo había hablado con el gobernador en calidad de representante de los chinos; se dice que distribuyó grandes cantidades entre los poli-cías. Este chino, educado á la europea, que habla-ba francés y ruso y estaba en relaciones con toda la alta sociedad, tuvo que sufrir en los diez y ocho

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 400.

 

 

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días de arresto toda suerte de tormentos y veja-

ciones, hasta el punto de que dice que de haberlo sabido, hubiese preferido mejor morir en el río.

 

Una dama muy conocida en la ciudad, la se-ñora Makejewa, se dirigió al gobernador, que co-nocía personalmente, y le suplicó que le dejara un joven criado chino, que desde hacía cinco años estaba en su casa. El muchacho había dado mu-chas pruebas de adhesión á la familia; si alguno caía malo, lo cuidaba con las más delicadas aten-ciones y velaba noches enteras á su cabecera. Cuando el general supo que la señora Makejewa se interesaba por un chino, le gritó:

 

—¡Un chino! ¡Mire usted lo que nosotros hace-mos con ellos!

 

E hizo con la mano el gesto de cortarle el cuello,

 

Pero como la dama insistía, afirmando que desde mucho tiempo antes el joven había mani-festado su deseo de convertirse al cristianismo, el gobernador le respondió:

 

—Yo no me ocupo ni del arresto ni de la liber-tad de los chinos; eso no me incumbe.

 

Con esta declaración el general Gribsky bus-caba arrojar sobre sus subordinados el jefe de policía Batarewitch y el coronel Wolkowinsky toda la responsabilidad de las matanzas.

 

La dama recibió análoga acogida del arzobis-po, que era la más alta autoridad eclesiástica. Le pidió de rodillas que consintiera en bautizar al chino, pero el pastor, que no brillaba por su cari-dad cristiana, le declaró secamente que no debía mezclarse en favor de los chinos y concluyó di-ciéndole que acudiese á las autoridades locales. Así las autoridades espirituales y temporales se enviaban las unas á las otras á la pobre supli-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 401.

 

 

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cante. En fin, después de trabajos infinitos, la señora Makejewa logró salvar á su protegido, pero pocas gentes pusieron el mismo empeño que ella en defender á los desgraciados. Yo no he conocido más que cuatro casos de rusos que con-siguieron salvar en las mismas condiciones á sus criados chinos, aunque he preguntado á muchas personas. En cuanto á los chinos y mandchurios, que en número de varios millares habitaban el barrio que les estaba destinado, no encontraron ningún protector y fueron todos ahogados ó des-pedazados.

 

No sólo las autoridades locales eclesiásticas, sino muchas personas cultas, médicos, abogados y jueces, encontraban que esta manera de tratar á los pobres chinos, pacíficos é indefensos, era in-evitable.

—Todas esas gentes hubieran puesto fuego á nuestras casas y nos hubieran cortado el cuello si hubieran estado en nuestro lugar—decían.— Ademas, nosotros no podíamos alimentarlos aho-ra que el pan nos va á faltar.

 

Pero todos esos vanos pretextos no tenían fundamento, porque los celestes no ofrecían en realidad ningún peligro, y en cuanto á su alimen-to, contaban con bastantes provisiones, que fue-ron robadas más tarde por la policía y el popu-lacho.

 

Para excusar su incalificable conducta, la poli-cía esparció el rumor de que habían encontrado en sus casas y almacenes armas, pólvora y hasta dinamita, pero no era cierto. La verdad es que la matanza de los chinos fue dictada por la rapaci-dad de los que tenían interés en destruirlos. Como gran número de rusos eran sus deudores, esta fue buena manera de liquidar las cuentas.

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 402.

 

 

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Los cosacos y los policías cuando iban á arres-tarlos les robaban los objetos devalor yconse-guían un rico botín; personas dignas de crédito dicen que se partía con los altos dignatarios.

 

Tendría mucho que hablar si quisiera decir los procedimientos empleados por los honrados comerciantes para procurarse las mercancías gra-tis. Citaré algunos hechos característicos.

 

Un rico llamado Bujanoff, propietario de un gran molino á vapor, al que los chinos le habían alquilado el granero, aprovechó la matanza para construir un almacén. Otro propietario hizo cons-truir un subterráneo entre su casa y la tienda de un chino situada cerca y se apoderó de los bienes del ahogado. Un tercero, el negociante Prikats-chikoff, hizo transportar á su casa en carros, por estar á gran distancia, todo lo que había en el almacén de un chino. Estos dos últimos casos fueron llevados á los tribunales y castigados los dos culpables. Pero no se descubrió la inmensa cantidad de pillajes semejantes; las autoridades tenían interés en hacer el silencio. Después de la matanza delos chinos conservaban bajo su guar-dia las propiedades. Terminada la guerra, vendie-ron por sumas superiores á su valor lo que que-daba á los parientes que se presentaban como herederos. No eran reconocidos como talespor los documentos que podían presentar, sinopor las sumas que ofrecían. El pristaw Chabanoff su-primió al juez depaz, que había sido nombrado administrador de los bienes de un chino, y lo reemplazó en sus funciones.

 

Para todos los habitantes de Blagowestchensk era claro que el gobernador había favorecido el pillaje contra los chinos y muchos estaban con-vencidos de que recibía también suparte de botín.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 403.

 

 

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Creo que esta afirmación era bastante justificada* Cuando los herederos se presentaron no encon" traron más que un montón de restos sin valor.

 

 

 

Durante varios días el Amor arrastró los cada' veres de los ahogados. La corriente los arrojaba ya en grandes cantidades, ya unidos dos á dos por las trenzas de los cabellos. Eran tan numero-sos que hacía imposible contarlos. Durante todo este tiempo no se habló una palabra del siniestro suceso en todos los periódicos de la ciudad. El cuarto ó quinto día apareció un artículo indignado contra los bárbaros tratamientos de que los chi nos habían sido víctimas en la «provincia del Amor». Este artículo fue reproducido por la pren-sa de las grandes ciudades; así el mundo civilizado supo la matanza de millares de inocentes.

 

El otro periódico de la localidad, La Gaceta del Amor, dirigido por un cierto A. B. Kirchner, se limitó á decir que «se había expulsado á los chinos domiciliados en la provincia y se había propuesto transportarlos al otro lado del río». Así una gaceta oficial, afecta á la autoridad, contaba el hecho de haber arrojado al agua á culatazos y punta de sable y bayoneta tantos millares de gen-tes indefensas, de viejos, enfermos, mujeres y niños.

 

Según los telegramas de las agencias guberna-mentales, Grodokoff, el gobernador general de la provincia del Amor, había dirigido al citado mayor general de Petersburgo una comunicación en la que le decía que «los chinos habían arrojado sus muertos y heridos en el río y se contaba una cua-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 404.

 

 

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rentena de cadáveres». He aquí cómo se escribe entre nosotros la historia. Los funcionarios rusos contaron con la misma veracidad los hechos de la guerra rusochina. Hablaron de batallas que nunca se verificaron, de ejércitos chinos que decían ha-ber destruido, cuando en general los rusos sólo habían encontrado delante de ellos mujeres y niños.

 

Se hicieron muchos elogios del coronel Kano-novitch, que anunció que en Pjatajá Padi había tomado la plaza, defendida por una importante guarnición china, hecho que le valió recibir una orden militar. Se supo más tarde que en dicha localidad Kanonovitch no había encontrado más que dos mujeres japonesas.

 

Pero volvamos á los sucesos de Blagowast-chensk. No había duda de que no sólo la matan-za de los chinos se había verificado con consen-timiento del gobierno, sino de que el gobernador militar, general Gribsky, dio la orden de ella. Para alejar de sí toda sospecha y para preparar una jus-tificación á todo acontecimiento publicó, algunos días después de las ejecuciones en masa, un aviso en el cual decía que «después de los rumores que se habían extendido de hechos de violencia y muerte ejercidos sobre chinos sin armas, críme-nes cometidos por algunos habitantes de la locali-dad, por aldeanos de las villas próximas y por cosacos, provocados por la conducta de los chi-nos, que habían abierto las hostilidades contra Rusia, todo acto de violencia contra esos indivi-duos desarmados será castigado severamente», Y al mismo tiempo que este aviso, el general Gribsky, después de la toma de Sakhaline por los rusos, publicó una segunda orden en calidad de jefe de cosacos, mandando ir á la ribera opuesta

 

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y «destruirlos bandos chinos», ó, en otros térmi-nos, autorizando á los cosacos para matar á los chinos pacíficos que quedaban sobre la plaza, porque después de la toma de Sakhaline no había bandos chinos en la orilla derecha del Amor.

 

El general llevó tan lejos su hipocresía, que hizo abrir una instrucción sobre «los hechos de violencia y muerte cometidos contra los chinos pacíficos», pero como en el curso de la informa-ción no se hacían constar los ahogados y los muertos por orden verbal del gobernador, no sa pudo, como es natural, descubrir nada preciso. Así, algunos meses después, el general Gribsky declaró en el proceso verbal á que se le sometió que había podido esclarecer ciertas causas de los acontecimientos, y que una era la falta de inteli-gencia délos funcionarios encargados por él da ocuparse de ciertos asuntos.

 

Esta declaración, repetida casi palabra por palabra, fue la que hizo el zar Nicolás II cuando, depués de la catástrofe de Ghodinski, declaró qua era preciso atribuir á falta de capacidad las dis-posiciones tomadas por los funcionarios. El gene-ral Gribsky parecía querer decir que si en el curso de ciertos grandes acontecimientos, tales como la coronación del zar, las ejecuciones en masa no se habían podido evitar, no se debía hacer á nadie responsable de la muerte de «algunos chinos» du-rante el sitio de Blagowestchensk. Ninguno de los funcionarios ni agentes de policía fue perseguido por la matanza de los celestes: el general Gribsky y todos sus subordinados quedaron en sus pues-tos, y, sin embargo, estaba probado que ciertos altos funcionarios enviaron órdenes escritas para destruir los chinos en la provincia del Amor, y que por eso las matanzas, ya en masa, ya en par-

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 40

 

 

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ticular, se habían realizado por los aldeanos de numerosos lugares y por los cosacos.

 

Entre los personajes conocidos por haber dado esas órdenes á sus subordinados, quedaron famo-sos en la provincia de Amor el coronel de cosa eos Valkovinsky, el capitán Tuslokoff y el pristaw Valkoff.

 

* *

 

Después del tratado de Aigun, que fue concluí-do en 1858 entre el conde Mourawieff Amourski y los representantes del gobierno chino, toda la región situada sobre la orilla izquierda del Amor pasó á las manos de la Rusia. Una pequeña len gua de tierra de ese territorio, situada sobre el río *Seja, cerca de su desembocadura en el Amor y no lejos de Blagowestchensk, fue exclusivamente ha-bitada por los mandchurios. Esta banda de tierra se llamaba oficialmente «territorio de los mand-churios sobre el Seja», y desde hacía largo tiem-

 

po habitaba allí una población mongólica impor-tante, que no contaba menos de veinte mil habi-tantes, en sesenta y ocho aldeas.

 

Aunque esta población se encontraba en terri-torio ruso, era administrada, según los términos del tratado de Aigun, por la China, y los mand-churios se contaban como subditos chinos y pa-gaban sus impuestos al gobierno de Pekin. Se ocupaban especialmente de la cría de animales y de la agricultura, y llevaban á Blagowestchensk sus productos, sosteniendo las más cordiales rela-ciones con los rusos que habitaban en las aldeas vecinas.

 

Cuando comenzó la guerra, las autoridades multiplicaron las órdenes de aniquilará todos los

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 407.

 

 

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subditos chinos, y los aldeanos y cosacos se con-formaban con la voluntad de los jefes. Así, pues,, empezaron á matar mandchurios, incendiar sus casas y robar sus propiedades.

 

No me detendré 6 describir todas las atrocida-des que se cometieron en el territorio del Seja. Me contentaré con decir que las sesenta y ocho aldeas fueron arrasadas, y los habitantes en parte ahogados, en parte muertos de la manera más bárbara, y todos los bienes robados.

 

En una aldea llamada Alim, algunas docenas de mandchurios se ocultaron en una casa china cuando vieron aproximarse á los rusos, que seña-laban con fuego y sangre su paso. Los rusos pren-dieron fuego a la casa, y las llamas y el humo obligaron á los infelices refugiados á buscar la salvación en la fuga. Comenzaron á saltar unos después de otros por las ventanas, pero los rusos, apostados debajo, los iban matando uno á uno según aparecían. El más viejo de la aldea contaba después que había él solo matado á sesenta de aquellas criaturas. En otro lugar una banda de afaeanos sorprendió un grupo de celestes ni borde de un abismo y precipitaron en él á los pobres diablos. Los verdugos llevaron su sed de sangre hasta descender en seguida al fondo del abismo y rematar á los que aun daban señales de vida.

 

Cumplían así, por las órdenes de la autoridad y por su propia iniciativa, actos brutales, persua-didos de que eran buenas personas.

—Nosotros servimos así al zar y á la patria.

 

Y con estos términos de un candor salvaje, numerosos héroes contaban sus hazañas. Hom-bres de buen corazón, que sn estado normal sen-tían piedad hasta de las bestias, se tornaban en estos días lamentables en brutos sin entrañas.

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 408.

 

 

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Véanse, por ejemplo, algunas escenas:

En una aldea rusa vivía desde largo tiempo un viejo chino que ejercía el oficio de pastor y era amigo de todos los habitantes. Cuando se exten-dió el rumor de que era preciso matar los chinos, tuvo lugar una asamblea general y se discutió qué debía hacerse del pastor, único chino que ha-bitaba la aldea. El viejecito era simpático a todos y reconocían que era un buen hombre, pero á pesar de esto decidieron ejecutarlo. Cuando las gentes de la casa en que el desgraciado habitaba le hicieron conocer la decisión popular, se resig-nó con su suerte y pidió sólo que le acompaña-sen hasta el lugar del suplicio.

 

—Yo soy un pobre viejo solitario —dijo;—no tengo mujer ni hijos; reemplazad á mi familia y conducidme hasta la fosa, como es uso entre nos-otros.

 

Sus huéspedes, marido y mujer, accedieron á la súplica y lo acompañaron hasta la salida de la aldea, donde lo esperaban para matarlo.

 

Un aldeano encontró en el campo una mujer mandchuria que acababa de ser asesinada; á su lado, sobre el charco de sangre, lloraba un niño de pocos meses buscando en vano el pecho de la madre. Cuando el aldeano, de vuelta á su casa, contó la espantosa escena, todos le reprocharon vivamente que no hubiera acabado con el pobre pequeñuelo.

 

Durante mucho tiempo se encontraron en los campos y en las orillas del Amor cadáveres es-pantosamente mutilados; mas á pesar del celo de aldeanos y cosacos, todos los chinos no perecie-ron; algunos lograron huir y buscaron refugio en la selva, en las montañas y en las grutas. Cerca de dos semanas después, cuando los verdugos

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 409.

 

 

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estuvieron hartos de carne y las autoridades ce-saron de consentir las monstruosidades, los chi-nos, desfallecidos por el hambre y los sufrimien-tos, empezaron á mostrarse de nuevo en la ciudad; los pobres diablos, que á causa de las privaciones soportadas apenas se podían sostener, eran todo lo más un ciento. Eso fue lo que quedó de los muchos millares de celestes que habitaban en Blagowestchensk y sus alrededores.

 

* * *

Es fácil conocer el carácter de salvajismo que tomaría la guerra el día que los soldados y cosa-cos pasaron al territorio chino. Apenas nuestro ejército franqueó el Amor y tomó posesión de la villa de Sakhaline, prendieron fuego a todo. Du-rante dos días las llamas del incendio iluminaron en una gran extensión la corriente del río; en lugar de la ciudad próspera, que alimentaba á bajo precio á la población de Biagowestchensk, no se veían ahora más que escombros calcinados por el fuego.

 

Pero cuando penetró en la Mandchuria, nues-tro ejército no se contentó con incendiar, no res-petó nada: mujeres, niños y viejos eran asesina-dos sin piedad, y las jóvenes muertas á sablazos después de violarlas. Tales fueron los altos he-chos de nuestros valientes, como les llamaba en un telegrama el gobernador general Grodekoff, declarando que no encontraba palabras para ex-presar la admiración por su heroísmo. Sin embar-go, muchos oficiales estaban disgustados de los instintos sanguinarios de esos brutos, cuyo valor se ha probado con mujeres, niños y viejos sin armas.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 410

 

 

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La valiente campaña del general Rennen-kampf en Zizikar, que fue, como nuestra prensa rusófila afirma, acogida con exclamaciones de en-tusiasmo, puede compararse á la invasión de los hunnos y de los vándalos: un territorio rico y populoso fue en pocos meses transformado en desierto, donde no se veían más que acá y allá restos calcinados y cadáveres que servían de ali-mento á perros y vacadas.

 

Cuando alguno se arriesgaba á manifestar su indignación por estas carnicerías, escuchaba esta respuesta justificativa:

 

—Mirad los actos de salvajismo que los fran-ceses, alemanes é ingleses cometieron en China. Cuando los pueblos civilizados se conducen de este modo, ¿qué puede esperarse de nosotros, pobres rusos, que no estamos á su altura?

 

No se encontraba qué objetar. La raza blanca, que tiene orgullo de su civilización frente á la China semibárbara, ha probado su cultura inte-lectual en el curso de esta guerra de exterminio. En los albores del siglo XX, los europeos no se han mostrado menos salvajes que otras veces las hordas de Tamerlan y de GengisKhan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 412.

 

 

 

CAPÍTULO XXXIV

 

 

 

Fin del viaje alrededor del mundo

 

 

 

La muerte de tantos millares de inocentes había producido sobre mí y sobre otras muchas personas una impresión de las más penosas. La estancia en Blagowestchensk se tornó tan odiosa, que algunos habitantes abandonaron la ciudad al fin del bombardeo.

 

Yo no podía, por desgracia, seguir su ejemplo, pero estaba decidido, en la primera ocasión que se presentara, a trasladarme mas hacia el Este, región que desde largo tiempo despertaba mi in-terés; quería ir á vivir á la ciudad comercial de Vladivostok y esperar pacientemente allí el día en que conforme a la ley podría volver á mi ho-gar. Esperaba obtener el consentimiento de la administración, y entretanto el deseo de dejar Siberia era cada día más ardiente y pensaba mu-chas veces en la posibilidad de una fuga, pero me preguntaba si valía la pena de comprometer la libertad relativa que tan cara había comprado después de diez años de estancia en las prisiones siberianas. En el coso de que mi evasión no ter-minara bien, debía esperar toda la severidad de la administración, y yo no estaba en la edad en

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 413.

 

 

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que se soportan como en la juventud las más duras privaciones, porque había ya pasado de los cuarenta años. Dudé así hasta la primavera de 1901. En esta época, ciertas consideraciones me impulsaron á tomar la decisión definitiva de burlar lavigilancia de miscarceleros y escapar-me cuando comenzara la navegación sobre el Amor. Las circunstancias me favorecieron. Uno de mis amigos, que tenía numerosas relaciones, me ofreció su ayuda.

 

Formamos el plan siguiente, que era comple-tamente realizable: Yo debía llegar hasta Khaba-rovsk sin ser notado y después basta Vladivos-tok, y en esta ciudad encontraría ocasión de tomar pasaje á bordo de algún barco extranjero que me conduciría al Japón. El proyecto serealizó con ayuda demi amigo.

 

No puedo escribir todas las particularidades • de mi evasión deSiberia, donde estaba sometido

 

á la más rigurosa vigilancia por parte de la po-licía.

 

Baste decir quecuando me encontraba ya á bordo del barco que me debía conducir á Khaba-rovsk, se hallaba también á bordo un comisario de la sección en que yo estaba inscrito para la vigilancia de la policía. En el primer instante quedé espantado, porque pensé que sehabía des-cubierto el plan, pero poco después me convencí

 

de que el funcionario había ido allí á despedir á algunos amigos que salían en el mismo barco, y no tuvo la idea^de que me evadiera deBlagowest-chensk en su propia nariz; creyó que estaba á bordo con el mismo objeto que él. Me las arreglé de manera que me perdiera de vista, ysin duda en el momento de la partida creyó que había vuelto á mi casa. Encontré en el barco algunos

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 414.

 

 

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conocidos, todos habitantes de la ciudad, pero estaban a cien leguas de creer que iba á dejar la Siberia para siempre.

 

Nuestro barco era un remolcador y avanzaba muy lentamente; se detenia en todas las aldeas escalonadas á las orillas del río y gastó cinco días para transportarnos á Khabarovsk. Allí experi-menté una de las sensaciones más terribles de mi existencia, porque en el momento de saltar á tie-rra todos los viajeros debían mostrar su pasa-porte, y naturalmente, yo carecía de él. Arreglé la dificultad quedándome á dormir en el barco y á la mañana siguiente fui a casa de uno de mis amigos, que vino á buscarme á bordo, así como á mi equipaje, y me ofreció hospitalidad mientras estuve en Khabarovsk.

 

En el curso de mi fuga hacia el Este encontré ocasión de ver que la construcción del camino de hierro daba al país un desenvolvimiento conside-rable. Las aldeas florecían como el campo des-pués de la lluvia y no tardaban en transformarse en ciudades. Khabarovsk, que no era al principio más que una localidad sin importancia en la con-fluencia del Ussuri y el Amor, se transformó bien pronto en una ciudad que servía de residencia al gobernador general de la provincia del Amor. La situación de la capital del inmenso y rico distrito es muy pintoresca. Está situada sobre una gran ele-vación de terreno cortado á pico, que avanza como un inmenso castillo entre los dos ríos. El interior da la impresión de un gran cuartel; la mayor parte de los edificios están construidos por el plano oficial, y no se ven más que militares por todas partes. Como en la mayoría de las ciudades rusas, las calles no están pavimentadas, y en cuanto llueve se ponen intransitables. De noche

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 415.

 

 

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están débilmente iluminadas por faroles de pe-tróleo, muy distantes unos de otros, pero tiene un museo bastante bien instalado.

 

Acepté con gusto la invitación de mi amigo, que me pedía ir á verlo á Nikolsk Ussuriisk, que se encontraba en mi camino. Esta aldea se había elevado desde el año anterior á la categoría de ciudad. Así como otras numerosas plazas de la región del Amor, estaba llena de militares, lo que demostraba claramente que no había acabado todo con la China y que se hacían los preparati-vos en espera de una guerra con el Japón. Como esta comarca está entre la China, la Corea y el Ja-pón, podía ser un excelente teatro de operaciones militares: el gobierno ruso tomaba sus medidas desde largo tiempo antes, y esto hacía que todo el país ofreciera el aspecto de un inmenso campa-mento.

 

Después de una estancia de veinticuatro horas en Nikolsk- Ussuriisk, continué mi camino hacia Vladivostok, puerto comercial muy pintoresco, que cuenta cerca de íreinta mil habitantes y al que se predice, no sin razón, un brillante porvenir. Su situación es espléndida, y en cuanto á su instala-ción general, es mejor con mucho, no sólo que las ciudades siberianas, sino que muchas de Rusia. Estuve tres días en Vladivostok, esperando la pró-xima partida de un paquebot extranjero. Por fin vi llegar la última noche que pasaría sobre el suelo siberiano. No dormí un momento, pensando que

 

á la mañana siguiente saldría de aquel país, al que ya me había habituado, y con el temor de ver mi evasión fracasar en el último momento. Tantas sorpresas y azares habían trastornado los planes mejor combinados en mi vida, que siempre espe-raba un resultado fatal. Pero todo salió bien. Por

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 416.

 

 

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la mañana temprano me encontré á bordo del barco que partía para el Japón.

 

Cuando levó anclas y no estuve amenazado de ningún peligro, me invadió una extraña tristeza. Dejaba el destierro y la prisión, pero también una patria que me era querida. Así el hombre se ha-bitúa á todo, hasta la servidumbre y la esclavitud. Mi tristeza estaba justificada por el hecho de que renunciaba, tal vez para siempre, á la esperanza de volver á mi hogar.

 

* *

 

Era un día sombrío; espesas nubes ocultaban el cielo, y la lluvia caía á torrentes. Nuestro barco se balanceaba con violencia y numerosos pasaje-ros se veían atacados de mareo.

 

El navio navegaba á lo largo de la costa de la Corea y nos detuvimos veinticuatro horas en cada uno de los dos puertos de la península: Gensan y Fusan.

 

Salté á tierra con otros pasajeros y visité las ciudades, que se parecen mucho á las del Japón; tienen su influencia moral y económica, justificada por la situación geográfica, y cuantos esfuerzos haga la Rusia por combatirla resultarán inútiles.

 

Además de las dos ciudades citadas, visité una aldea cerca de Gensan y quedé sorprendido por su aspecto completamente primitivo. Estaba cons-tituida por una sola calle extraordinariamente estrecha y rodeada de casas viejas con los techos de paja. No tenían ni puertas ni ventanas, Ins cuales se reemplazaban por planchas movibles, y toda la población vivía en plena calle; allí des-empeñaban los oficios, comían y guisaban.

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 417.

 

 

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Cinco días después de la partida de Vladivos-tok, el navio se detuvo en la bahía de Nagasaki. Luego que los médicos hubieran cumplido la visita de sanidad, tomé puesto en una de las nu-merosas chalupas que estaban alineadas cerca del barco y me hice conducir á un bote próximo. En comparación con los establecimientos rusos del mismo género, éste me pareció bien instalado, limpio y económico; los camareros sabían algu-nas palabras rusas. Necesitaba decidir en Naga-saki el camino que había de seguir para volver á Europa. Podía ir por Suez y detenerme en alguno de los puertos occidentales, que era lo más corto y menos caro, pero yo quería aprovechar la oca-sión para conocer América del Norte, y de esta manera realizaba un viaje, hecho á pesar mío, alrededor del mundo. Pregunté cuándo salía un barco para San Francisco y supe que dentro de nueve días. Resolví aprovechar este tiempo en vi-sitar la ciudad.

 

Nagasaki es una población bastante grande, que cuenta con más de cien mil habitantes; está graciosamente extendida sobre varias colinas que rodean una bahía muy extensa. La mayoría de las calles son tan estrechas, que no pueden pasar carruajes. Los caballos son reemplazados por hombres, que tiran de cochecitos de dos ruedas llamados kurnei. Estos hombres caballos son tan numerosos, que se les encuentra en la puerta de todas las casas ó formando grupos delante de los almacenes y hoteles. Rodean á los extranjeros y les ofrecen sus servicios, procurando hacerse en tender por señas ó por algunas palabras de una jerga rusa é inglesa.

 

Mediante la módica suma de diez sen (cerca de veinticinco céntimos) por una carrera ó de

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 418.

 

 

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•veinte sen la hora, el kurnei lleva á su cliente de una colina á la otra con la ligereza de un caballo. Algunas veces un europeo civilizado les da golpes con el bastón ó el paraguas para animarlos.

 

El pobre diablo, que trabaja como una bestia de carga, está obligado á dar una parte de su ga-nancia al propietario del coche y pagar una con-tribución á la ciudad para obtener el derecho de ganarse la vida en este triste oficio.

 

Su alimento se compone de arroz y pescado de la peor calidad.

Pero volvamos á la ciudad.

 

La mayor parte de las casas son de madera y tienen dos pisos. El piso bajo lo ocupa, por lo ge-neral, un almacén, un restaurant ó un taller. Yo me he preguntado cómo tan innumerables tien-das pueden encontrar clientela y cuál es el secreto de su existencia.

 

En mis paseos á lo largo de las calles, yo era el sólo comprador en una larga fila de almacenes: cuando por casualidad entraba en uno, era acogi-do como un objeto de curiosidad.

 

Las casas del barrio japonés están construi-das de una manera maravillosa, ligeras y aéreas, como si no debieran servir más que para residen-cia de verano. En toda la ciudad reinaba un orden sorprendente: las calles estaban bien pavimenta-das, cuidadosamente barridas y limpias por los vecinos de las casas que las forman. No existe polvo; el aire, maravillosamente puro y dulce, hace dilatar los pulmones. Un gran número de rusos

 

é ingleses han escogido á Nagasaki para estable-cer á los enfermos del pecho.

 

Un barrio europeo, que se extiende no lejos del malecón, está formado de hoteles, restaurants, bancos v casas de comercio. Las calles son mu-

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 419.

 

 

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cho más anchas, las casas sólidamente construi-das con el piso bajo de piedra, y muchas de entre ellas embellecidas por verjas y jardincitos. La vida en Nagasaki es extraordinariamente econó-mica, pero muy monótona, sobre todo para los extranjeros que no conocen la lengua del país. No hay muchas cosas que ver: dos ó tres templos de Budha con estatuas gigantescas de Cakya-Mou-ni, un museo nacional lleno de muestras de los productos del país y las famosas casas de té, son lo único que merece llamar la atención del viaje-ro. Los alrededores son muy pintorescos; á cada paso se puede admirar el trabajo y la paciencia de los japoneses, que no dejan improductiva la menor parte de la tierra. A excepción de las rocas y las montañas, todo está cultivado con gran es-mero. A pesar del entusiasmo que el indígena pone en su trabajo, hay en su existencia algo de fantástico y de heroico. En este país de encantos y de ensueños, parece que nada es real y que las imágenes se suceden ante los ojos como en un cinematógrafo. La gente, hombres y mujeres, y sobre todo las jóvenes japonesas, contribuyen á que se forme esta ilusión.

 

Los progresos realizados por el Japón en la segunda mitad del último siglo son muy nota-bles, pero se han exagerado por ciertos europeos, y sobre todo por los japoneses mismos. Una parte pequeña de la población se ha beneficiado de la civilización europea, los que viven en los puertos.

 

No sólo las creencias, sino las costumbres y los usos y hasta la manera de vivir, no ha variado en el campo y las aldeas de lo que era hace años. La honradez y la confianza que reinan en todo son las señales más evidentes de las costumbres pri-mitivas; hoy todavía en el Japón ninguna casa ni

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 420.

 

 

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almacén está cerrado durante la noche; nadie quita nada á otro, y los objetos encontrados por azar son inmediatamente devueltos á sus propie-tarios. Pero enlos puertos de mar, donde la civi-lización europea se deja sentir, los naturales no tienen ya el mismo concepto dela honradez.

 

Dejé Nagasaki á bordo del gigantesco paque-bot China, que pertenecía á una compañía ameri-cana de transportes. Tomé billete de una clase intermedia, entre segunda y tercera, que me cos-tó 180 yens, cerca de 450 francos. A pesar del pre-cio elevado, la instalación y el alimento eran de-testables: los platos estaban mal preparados. Seis personas partían cada camarote, incómodos y estrechos como calabozos, divididos en tres com-partimentos; no había sitio donde pasear y era preciso pasar veintiún días en estas condiciones lamentables.

 

Me detuve dos días en Yokohama y visité Tokio, la capital del Japón, que no dista de la primera más que veinte minutos en camino de hierro. No me extenderé sobre mis impresiones, porque mi estancia fuecorta y son superficiales. Durante los cinco primeros días de mi viaje hasta Yokohama no pude hablar con ninguno de los compañeros porque nosabía el inglés; luego nos reunimos un francés, un alemán y un japonés que conocía un poco el alemán y constituímos una interesante sociedad internacional; lascon-versaciones, las risas y las anécdotas ocuparon todo el tiempo que noconsagramos al sueño y la

lectura.

 

Al séptimo día llegamos á Honolulú, capital de las islas Hawai, donde debíamos hacer una escala de veinticuatro horas.

En Blagowestchensk había sabido porcasuali

 

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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 421.

 

 

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dad que uno de mis buenos amigos, el doctor.

N. Rossel, habitaba en una de esas islas; cuando echamos pie á tierra decidí hacerle una visita, en caso de que estuviera en esta ciudad. Con ayuda de mi compañero de viaje francés, supe aquella tarde misma que Rossel vivía en otra isla, pero que por el momento se encontraba en Honolulú.

 

Fui á su casa, y como no le encontré le dejé una carta en que le manifestaba que uno de sus viejos amigos que hacía el viaje de Siberia á Europa, sería muy dichoso de verlo y le rogaba que fuese á la mañana siguiente abordo del China y preguntase por el Ruso. No quise firmar con mi nombre porque deseaba ver si me reconocía des-pués de veinte años que no nos habíamos visto.

 

A la mañana siguiente me hallaba sobre el puente del barco cuando vi venir un hombre de cabellos grises, vestido de blanco; me acerqué á él, dudando si era mi camarada de otras veces y le vi que buscaba al Ruso. Le llamé por su nom-bre y le pregunté si sabía quién era. Me miró largo tiempo, pero no pudo reconocerme, tanto había cambiado desde la última entrevista. Enton-ces le dije mi nombre.

 

—|Es usted Deutsch! ¿Cómo se halla usted aquí?—exclamó estrechándome en sus brazos.

 

Le conté en pocas palabras la historia de mi evasión y le dije que volvía á Europa.

 

—¿Y quiere usted partir hoy mismo? ¡No, no puede ser! Quedará usted aquí dos días conmigo y luego vendrá á mi quinta de Hawai.

 

Su invitación era tan cordial que hubiera acep-tado de buena gana, pero no podía perder la suma de doscientos francos que costaba la trave-sía desde Honolulú á San Francisco. Cuando se lo dije así, el doctor Rossel gritó:

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 422.

 

 

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—¡Qué tonteríal Eso no debe importarle; si está usted escaso de dinero yo pagaré la travesía.

 

Después de una corta vacilación me rendí á sus instancias y le acompañé á tierra.

 

* * *

 

Supe que el doctor Rossel no sólo era módico en Hawai, sino miembro del Senado, y que se encontraba en Honolulú para tomar parte en las discusiones de esta asamblea.

 

Estuve algunos días en esta ciudad, que cuen-ta con 40.000 habitantes, y en ese tiempo admiró sus maravillosas bellezas. Después partimos re-unidos para la isla de Hawai, donde la señora Rossel nos esperaba en la quinta. Estuve seis semanas con mi amigo y pude conocer las con-diciones económicas y el pasado de estas islas encantadoras.

 

La vida de los primeros ocupantes, los cana-cas, ofrece numerosos detalles, á la vez pintorescos y trágicos, pero no tengo espacio para contarlos todos; baste decir que á causa de los procedimien-tos especiales de civilización que los americanos introdujeron en el país, los aborígenes murieron con increíble rapidez.

 

De 400.000 habitantes sanos y fuertes que con-tenía el archipiélago en el momento en que fue descubierto por el capitán Cook, no quedaban des pues de dos siglos más que unos 20.000, llenos de enfermedades que eran desconocidas antes de la llegada de los europeos. Los misioneros de Boston, que han venido á implantar el cristianis-mo, se han apoderado por la violencia y la igno-rancia de las mejores tierras y sacan todos los

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 423.

 

 

196     LEÓN DBUTSCH

 

años varios millones de francos de las lujurian-tes plantaciones de caña de azúcar.

 

Mi estancia en casa del doctor Rossel fue de las más agradables. Hicimos numerosas excur-siones por todas partes de las islas para admirar sus bellezas, en especial al volcan Kilauea. Visi-tamos las plantaciones y las casas de los aborí-genes, y en nuestra conversación teníamos á veces como milagroso habernos encontrado en las leja-nas islas del Océano Pacífico.

 

* * *

 

En fin, hacia los últimos días de Julio em-prendí mi viaje, esta vez en un barco de vela. La travesía de Hawai á San Francisco no duró me-nos de veintiséis días.

 

Durante todo el viaje tuvimos un tiempo ma-ravilloso, pero los días eran aburridos y me sentí feliz cuando el 25 de Agosto por la tarde entramos en el puerto de San Francisco.

 

El doctor Rossel me había dado cartas para algunos amigos que tenía en la ciudad, y gracias

 

á ellos pude orientarme en la capital de Califor-nia. Diez días después lo había visto todo y des-cansado de las fatigas continué mi camino por Chicago y Nueva York.

 

En Chicago, gracias á las recomendaciones que me habían precedido, me recibieron dos pola-cos socialistas que habían emigrado de su país y habitaban en esta ciudad. Me hicieron una aco-gida muy cordial, pero no pude estar más que dos días con ellos. Mac Kinley, el presidente de los Estados Unidos, había sido asesinado precisa-mente la víspera de mi llegada á Chicago; los

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 424.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     197

 

americanos parecían haber perdido la cabeza y perseguían a los socialistas pacíficos lo mismo que á los anarquistas; mis amigos me aconseja-ron que fuera prudente durante mi estancia en América y no diera á conocer mis opiniones polí-ticas.

 

En Nueva York, un compañero, el doctor In-germann, me ofreció hospitalidad en su casa. Di-ferentes razones me decidieron á quedarme algún tiempo con él, y cuatro semanas después tomé pasaje á bordo del steamer inglés Satrapía, que debía conducirme á Liverpool.

 

No contaré nada de mi viaje al través del Océano Atlántico, de los trece días que pasé en Londres, ni de París, donde me detuve dos sema-nas, porque nada de particular me ocurrió en ese tiempo. Encontré en todas partes antiguos cama-radas que durante los largos años de separación habían cambiado mucho; algunos no me recono-cían y todos me miraban como si viniera del otro mundo.

A principios de Noviembre dejé París para ir

á Zurich. Este era el término de mi viaje, que había durado seis meses desde Blagowestchensk. Era allí donde habitaban mis amigos, la familia Axelrod, de los que había estado separado du-rante diez y siete años. Llegué á su casa el 5 de Noviembre, después de un viaje alrededor del mundo que no había realizado por mi voluntad.

 

—¡Mira; si no ha cambiado nada!—gritó Axel-rod volviéndose hacia su mujer y señalándome con el dedo.

 

Pero no era más que la impresión del primer momento en que me volvía á ver.

 

* **

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 425.

 

 

198     LEÓN DEUTSCH

 

Dos años han pasado desde queras es permi-

tido vivir en un país libre é ir de una ciudad a otra. He podido durante este tiempo instruirme de las condiciones sociales y económicas de Euro-pa occidental, pero lo que me interesa sobre todo son los acontecimientos que han precedido á mi instalación en Zurich.

 

Veinte años son un corto espacio de tiempo en la vida de todo un pueblo, pero en este intervalo se han introducido en Rusia modificaciones dig-nas de llamar la atención hasta de un observador superficial.

 

En la época de mi arresto en Friburgo, sólo la juventud de las escuelas se revolvía contra las condiciones sociales y políticas que oprimen á Rusia. Poco á poco esta oposición fue desapare-ciendo, y en 1890 volvía á reinar la más abyecta reacción; pero un movimiento en sentido contra-rio se produjo durante los últimos años.

 

Se puede valuar en varios millones el número de folletos que se habían editado en las imprentas secretas y fueron esparcidos desde allí á través del inmenso imperio ruso, para excitar á la rebelión contra la autocracia del zar. Encontraban favorable acogida entre la población de las grandes ciudades y de los centros industriales. Grandes masas de trabajadores se unían á los estudiantes para reivin-dicar la libertad política y la supresión de la tira-nía. El zar y los ministros no retrocedían ante los medios más violentos y más enérgicos de sofocar el incendio que amenazaba devastar todo el país. La ley marcial fue proclamada en una gran parte del imperio; los calabozos no bastaban á contener tantos prisioneros, y trenes enteros conducían á Siberia é los que osaban protestar. Todas las re-presalias eran impotentes para reprimir el movi-

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 426.

 

 

DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA     199

 

miento. ¡Bien pronto sonará la hora de que Ja autocracia no sea más que un recuerdo histórico, y entonces se podrá decir, por la primera vez, que todas las ejecuciones de Rusia y Siberia no han sido estériles!

 

*

* *

 

Cambios importantes se han verificado tam bien durante los veinte años últimos en numero sos países de la Europa occidental, que forman contraste con los de Rusia. En Alemania, la ley de excepción contra la democracia social ha sido revocada, y esta circunstancia no tiene sólo una gran influencia sobre una parte, sino sobre la to-talidad del pueblo alemán.

 

En un punto sólo Alemania no ha hecho nin-gún progreso; siempre está pronta á ponerse al servicio del despotismo ruso. Lo mismo que yo, que no había cometido nunca el menor delito en Alemania y fui hace diez y ocho años entregado al gobierno ruso, uno de mis compatriotas ha tenido la misma suerte en ese país.

 

Mientras que yo corrijo las pruebas de estas impresiones de mi vida, el antiguo estudiante ruso Kalajef ha sido sin ningún motivo arrestado en Myslowitz y puesto entre las manos de los gendarmes rusos. El curso de los años no ha mo-dificado los procedimientos de la policía prusia-na, pero en honor de la gran nación germánica, debo decir que la prensa toda entera ha protesta-do con indignación del servilismo de la Alemania oficial para con el gobierno ruso.

¿Y la Francia?

Allí también se han realizado varios cambios, pero...

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 427.

 

 

200     LEÓN DBUTSCH

 

Veinte años antes, cuando mi última estancia

en París, la joven República, apenas curada de

Ias4ieridas que le causaron los soldados prusia-nos, estaba lejos de buscar una alianza con Rusia.

 

Recuerdo que en 1880 la Francia, que tenía á su frente á Gambetta, rehusó valientemente á Ale-jandro II entregarle al terrorista Hortmann, arres-tado en París bajo la acusación de un atentado contra el zar.

 

Y ahora la generosa y heroica nación es aliada de la más cruel y déspota; la gran República del continente sostiene moral y materialmente la llama de la reacción, el más triste estado de cosas en el imperio de los zares.

 

Sin su apoyo, el gobierno de Petersburgo hu-biera, caído hace largo tiempo bajo los golpes de la población sublevada.

 

Pero los capitalistas franceses dan al aulocra-tismo ruso la posibilidad de oprimir millones de hombres <por medio de los gendarmes, las bayo-netas y las prisiones. Es Francia la que provee al zar de los medios necesarios para continuar una guerra vergonzosa, pero esta aventura abrirá sin duda los ojos á la gran nación y romperá esta alianza anormal.

 

Entonces caerá el gobierno venal y corrompido y el sol de la libertad lucirá sobre la desgraciada Rusia, enrojecida con la sangre de sus hijos.

 

 

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 428.

 

 

DIPUTACIÓN

D t ALMERÍA

 

 

 

ÍNDICE  DEL TOMO  SEGUNDO

 

 

 

Ctopftvdea.            PigB.

XX.—De Krasnoyarsk á Irkoutsk.—Inútil conflic- 

to.—Las mujeres mártires en la prisión

de Irkoutsk             5

XXI.—Una  lección al jefe  de  policía.—Encuen- 

tro con compañeros deportados.—De Ir-      

koutsk á Kara.—Cadenas  robadas.—To-     

davía un conflicto.—Llegada á Kara. .  .        Í7

XXII.—Los  primeros días de prisión en  Kara.—  

Viejos y nuevos conocimientos  33

XXIII.—La organización de nuestra vida en común.       

—Los sirios.—Apuesta             45

XXIV.—Historia de la prisión de Kara.—El Gato. 

—La cámara del Synedryon.—La  prima-    

vera              57

XXV.—Estado de espíritu y pasatiempos en la pri-

sión.—Dos comandantes nuevos.—El hos-  

pital.—Resistencia á mano armada.  .  .         73

XXVIi—Departamento de las  mujeres.—Comienzo       

de un drama           93

XXVU.—Los colonos.—Incidentes  en la     prisión de   

mujeres                  103

XXVHI.—El centenario de la Revolución     francesa.—

Sergio Bebochoff.— El fin del drama. .  .  113

XXIX.—Rumores  alarmantes.—Una visita del go-

bernador general.—Fuera de la prisión. .       121

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 429.

 

 

Capítulos.             

XXX.—Nijnaja-Kara.—Vida nueva.—Los ladrones       

de oro           191

XXXI.—El viaje del heredero del trono á Siberia.—       

Nuestra vida en la colonia penitenciaria.      

—El cruel pristaw            139

XXXII.—La muerte del zar.—Nuevos manifiestos.—     

El censo de la población            149

XXXIII.—Un monumento misterioso.—Mi partida de    

Kara.—La vida en Stretjensk.—Mi tras-      

lado á Blagowestchensk.—Matanza    de     

chinos ,         1B7

XXXIV.—Fin del viaje alrededor del mundo.  .  .    .        185

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 430.

 

 

F. Sempere y Comp.a, Editores.—VALENCIA

 

 

Una peseta el tomo

 

 

E L  HORLA, por Guy de Maupassant          1      

LA  MUERTE DE LOS DIOSES, por Merejkowski                  2      

L A  MANCEBÍA (La Maison  Tellier), por Maupassant. .  .      1

LA  CONQUISTA DEL PAN, por Kropotkine                1      

SEBASTIÁN ROCH (La  educación jesuítica),  por  Octavio    

Mirbeau        1                

PALABRAS BE UN REBELDE, por Kropotkine            1      

EVOLUCIÓN Y REVOLUCIÓN, por Eliseo Reclus                 1      

LA  CORTESANA DE ALEJANDRÍA (Tais),  por A. Franoe.  .         1

E L  DOLOK UNIVERSAL, por Sebastián Faure            2      

NOVELAS Y PENSAMIENTOS (Músicos, filósofos      y  poetas),  

por Ricardo Wagner         1                

E L  MANDATO D E LA MUERTA, por Emilio Zola              1      

EPÍSCOPO Y COMPAÑÍA, por Gabriel D'Annunzio .  .  .  .      1

L A  VERDADERA VIDA, por León Tolstoi                  1      

. F L O R D E MAYO, por Vicente Blasco Ibáfiez           1      

CUENTOS AMOROSOS Y PATRIÓTICOS, por A. Daudet.    .  .      1

L A S CRUELDADES DEL AMOR, por Judith Gautier.  .        .  .      1

¡CENTINELA,  ALERTA! ... por Matilde Serao              1      

CUENTOS D E L JÚCAR, por José María de la Torre . .  .  .      1

DICCIONARIO FILOSÓFICO, por Voltaire          6      

CAMPOS, FÁBRICAS Y TALLERES, por Kropotkine.  .         .  .      1

L A     RAMERA E L I S A , por E. de Goncourt            1      

A R R O Z Y TARTANA, por Vicente Blasco Ibáñez                1

L A     RESURRECCIÓN D E LOS DIOSES, por Merejkowski.  .  .   2

L A S  CHICAS DELAMIGO L E F É V R E , por Paul Alexis. .  .      1

Lo s EX - HOMBRES, por Máximo Gorki             1      

CÓMO T E MUERE, por Emilio Zola          1      

E L      HIJO D E LOS BOERS, por Rider Haggard         1      

E S T U D I O S RELIGIOSOS, por Ernesto Renán         . 1     

 

Así HABLABA ZORRAPASTRO, por el Comandante J*^ . . 1 N O L I MBTAKGERE (El país de los frailes), por J . Rizal. . 1

 

L A     HOKTAÑA, por Eliseo Reclus 1

SINGOALA, por Víctor Rydberg        1

E L      CAMIKO D E LOS GATOS, por H . Sudennann  1

E L      DESEO, por H . Sudermann    1

L A     AURORA BOREAL, por Henry Rochefort 1

C U E N T O S É HISTORIAS, por G. Pérez Arroyo       1

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 431.

 

 

Tomos.

 

L A MUJER GRIS, por H. Sudermann 1

E M I UO  ZOLA (SU vida y sus obras), por Paul Alexis,

Luis Bonafoux y Vicente Blasco Ibáñez        1

E L  SUENO DEL PAPA, por Víctor Hugo  1

Los HUGONOTES, porPróspero Merimée    1

FILOSOFÍA DEL ANARQUISMO, por Carlos Malato.   ... 1

A RAS DETIERRA, por Manuel Bueno       1

E L  SATIKICÓN, por Petronio 1

LAS BODAS DE YOLANDA, por H. Sudermann  1

L A SOCIEDAD FUTURA, por Juan Grave 2

E L AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE, por Schopenhauer.     1

E L  ORIGEN DEL HOMBRE, por Carlos Darwin 1

U N VÍAJK POR ESPAÑA, por Teófilo Gautier    1

CUENTOS VALENCIANOS, porVicente Blasco Ibáñez. . . 1 Los BNiftMAS DEL UNIVERSO, por Ernesto Haeckel. . . 2

Mi VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO, por Carlos Darwin.  . 2

E L      COLECTIVISMO, porEmilio Vandervelde 1      

E L      MOLINO SILENCIOSO, por H. Sudermann        1      

Dios Y EL ESTADO, porMiguel Bakounine 1      

ORIGEN DE LAS ESPECIES, por Carlos Darwin 3

Mis EXPLORACIONES EN AMÉRICA, por Elíseo Reclus. .  . 1

Los ESPECTROS.—HEDDA GABLER, por Enrique Ibsen.  .   1

LAS PRISIONES, por Kropotkine.     1       

L A     EXPULSIÓN DELOS JESUÍTAS, por el Conde Fabraquer.    1

CONFLICTOS ENTRE LARELIGIÓN Y LA CIENCIA, por Juan    

  G. Draper   1      

E L ARROYO, porEliseo Reclus        1       

EMPERADOR Y GALILEO.—JULIANO EMPERADOR, por En-   

  rique Ibsen  2      

E L      PORVENIR DE LACIENCIA, por Ernesto Renán. .       .  .      2

¿QUÉ ES LA PROPIEDAD?, por P . J. Proudhon  1      

FUERZA YMATERIA, por Luis Büchner    1      

E L REY, por Bjoernstjerne Bjcernson 1       

L A LIBERTAD, porArturo Schopenhauer   1      

DRAMA DEFAMILIA, por Jacinto O. Picón.  .  .  . .  .  1

MOISÉS, JESÚS Y MAHOMA, por el Barón d'Holbach.  .  .     1

ORIGEN DE LAS PROFESIONES, por H. Spencer        1      

E L MAL DEL SIGLO, por Max Nordau.     2      

LITERATOS EXTRANJEROS, por Ángel Guerra 1      

E L      CAPITAL, por Carlos Marx    1       

Luz YVIDA, porLuis Büchner   1      

L A     COMEDIA DEL AMOR.—Los  GUERREROS EN HBLGE-

  LAND, porEnrique Ibsen         1      

Los SATÍRICOS LATINOS, por Germán Salinas   2      

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 432.

 

 

           Tomos.

E L  TESORO DE LOS HUMILDES, por Mseterlinck              1      

JUNTO Á LAS MÁQUINAS, por Luis López Ballesteros. .  .    1

LA ESCUELA DE YASNA'ÍA-POLIANA, por León Tolstoi.   . 1

Los CACHIVACHES DE ANTAÑO, por Roberto Robert.  .  .  1

LOS PROBLEMAS DE LA NATURALEZA, pOr A. LaUgel.  .  .      1

VANKA, por Antón Tchekhov  .  .      1       

E L ANTICRISTO, por Ernesto Renán          2      

LA  MONARQUÍA JESUÍTA, por Melchor Inchofer (Jesuíta). 1

E L  INDIVIDUO CONTRA EL ESTADO, por H. Spencer.      .  .      1

LOS PROBLEMAS DEL ALMA, por A. Laugel             1      

L A  GUERRA, por Vsevolod Garchine                 1      

VISIONES DE ESPAÑA, por Manuel Ugarte                  1      

ORIGEN DE LAFAMILIA, D E LA PROPIEDAD PRIVADA Y DEL

ESTADO, por Federico Engels           2       

PEQUEÑA GUARNICIÓN, por el Teniente 0 . Bilse.  .   .  .   1

Los PROBLEMAS DE LA VIDA, por A. Laugel             1      

CREACIÓN Y EVOLUCIÓN, por H. Spencer                1      

PASADOS POR AGUA, por Luis Moróte              1      

DETERNINISMO Y RESPONSABILIDAD, por A. Hamon.    .  .      1

P O R LOS CAMPOS Y LAS PLAYAS, por Gustavo Flaubert.  .       1

L A INFERIORIDAD MENTAL DE LA MUJER, porP . J . Moebius. 1

Los EVANGELIOS Y LA SEGUNDA  GENERACIÓN  CRISTIANA,      

por Ernesto Renán  2                

L A  GUERRA RUSO-JAPONESA, por León Tolstoi               1      

PROGRESO Y MISERIA, por Enrique George               2      

 

PSICOLOGÍA DEL MILITAR PROFESIONAL, por A. Hamon. . 1 L A EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y EN LOS

 

ANIMALES, por Carlos Darwin 2

 

L A S MENTIRAS CONVENCIONALES DE LA CIVILIZACIÓN, por

 

Max Nordau 2

L A SOCIEDAD MORIBUNDA Y LA ANARQUÍA, por J . Grave ..   1

PÁGINAS ROJAS, por Séverine         1

L A SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA,  por J . Ingeg-

nieros  1

MATRIMONIOS MORGANÁTICOS, por Max Nordau  2

E L TABLADO DE ARLEQUÍN, por Pío Baroja   1

COSAS DE ESPAÑA, por Próspero Merimée        1

 

CUADROS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN  FRANCESA,  por

 

Chamfort      1      

L A ANARQUÍA Y EL COLECTIVISMO, por A. N a q u e t . . .        1

L A ANTIGUA Y LA NUEVA F E , por D.-F. Strauss .   .  .  .   1

E L  A R T B Y LA DEMOCRACIA, por Manuel Ugarte.  .  .  . 1

L A COMEDIA DEL SENTIMIENTO, por Max Nordau.  .  .  .  1

REBAÑO DE ALMAS, por Luis Moróte      1      

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 433.

 

 

L A     IGLESIA CRISTIANA, por Ernesto Eenán          1      

LA      DICHA DE LAVIDA, por John Lubbock             1      

PROBLEMAS SOCIALES, por Enrique George              1      

FBDERALISMO,  SOCIALISMO Y ANTITEOLOGISMO  (Cartas  

  sobre elpatriotismo),  porKropotkine           1      

E L ÚNICO Y SUPROPIEDAD, por Max Stirner            2      

VIDA NUEVA..., por E. Rodríguez Mendoza                  1      

E L ANTICRISTO, porDimitry de Merejkowski              2

ESTUDIOS LITERARIOS Y RELIGIOSOS, por Strauss. .        .        1

L A     GRAN HUELGA, por Carlos Malato .        2      

EN      MARCHA, por Severine 1                

DISCANTES Y CONTRAPUNTOS, por Rafael Mitjana..         .        .         1

PSICOLOGÍA DEL SOCIALISTA-ANARQUISTA, por A. Hamon. 1 MARCO AURELIO Y EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO, por Er-

nesto Renán           2      

ITALIA EN LA VIDA, EN LA CIENCIA Y EN EL ARTE, por

José Ingegnieros              1      

OBRAS FILOSÓFICAS, por Diderot  1       

E N EL MAGRBB-EL-AKSA, por Rafael Mitjana          1

EDUCACIÓN INTELECTUAL, MORAL Y FÍSICA, por Herbert     

Spencer                  1      

DEBERES DEL HOMBRE, por José Mazzini        1      

E L  PORVENIR DELOS SINDICATOS OBREROS, por Georges    

Sorel             1      

Los     ANARQUISTAS, porJuan Enrique Maokay         1

DESFILE DEVISIONES, por E. Gómez Carrillo    1

AVES SIN NIDO, por Clorinda Matto de Turner.   .  .  .   1

D E LAALEMANIA, porEnrique Heine       2      

LAS    DIEZ Y UNANOCHES, porJosé Alcalá Galiano.  .  .      1

LA      DUMA (2.* parte de «Rebaño de Almas»), por Luis      

Moróte '.        1      

Los     HORRORES DEL ABSOLUTISMO, por José Nákens.  .        1

Los     DIOSES EN EL DESTIERRO, por Enrique Heine.  .  .   1

E L      GUANTE.—MÁS ALLÁ DE LAS FUERZAS HUMANAS, por     

Bjoernstjerne Bjoernson   1      

REFORMA Y REVOLUCIÓN  SOCIAL (La crisis  práctica del        

Partido Socialista), porArturo Labriola 1

 

MODELOS DE CARTAS, arreglados por Carmen de Burgos Seguí (Colombine).—Un tomo: UNA peseta.

 

ACCIDENTES" DEL TRABAJO, porJosé Manáut Nogués.^-Un tomo: DOS pesetas.

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 434.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 435.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 436.

 

 

F.        TEMPERE  Y CoMr.a  EDITORES. — VALENCIA

 

Una peseta el tomo

 

 

Mazzini (José).—Deberes del hombre.

Merimée.—Los hugonotes.

Merimée.—Cosas de España.

Merejkowski.—La muerte de los dioses.

2 tomos.

 

Merejkowski.—La resurrección de los dioses. 2 tomos.

Merejkowski.— El Anticristo (Pedro y Alejo). 2 tomos.

 

Mirbeau.—Sebastián Roch (La educa-ción jesuítica).

 

Mitjana (Rafael).—Discantes y contra-puntos.

Mitjana (Jiafael).—En el Mngreb-ol-Aksa (Viaje á Marruecos).

Moróte (Luis).—Pasados por agua.

Moróte (IMÍS).—liebaño de almas.

Naquet (Alfredo).—La     Anarquía y el

Colectivismo.

Octavio Picón.—Drama do familia.

 

P.        J. Moebius.—La inferioridad men-tal de la mujer.

 

Pérez Arroyo.—Cuentos é historias. Petronio. —El satiricen. Proudhon.—¿Qué es la propiedad? Fio Baroja.—El tablado de Arlequín. Eeclús.—Evolución y revolución. Reelús.—La montaña.

Reelús.—Mis exploraciones enAmé-rica.

 

Reelús.—El arroyo.

Renán.—Estudios   religiosos.

Renán.—El porvenir do la Ciencia. 2 t.

Renán.—El Anticristo. 2 tomos.

Renán.—Los Evangelios y la segunda

generación cristiana. '2tomos.

Renán.— La iglesia cristiana.

Renán—Marco       Aurelio y el fin del

Mundo Antiguo. 2 tomos.

 

Rizal (José).—Noli me tángere (El país de los frailes).

Rochefort.—La aurora boreal.

 

 

Ktibert (Roberto).— Los cachivaches de

antaño.

Rodríguez Mendoza.—Vida nueva...

Rydberg.—Singoala.

 

Salinas (Germán).—Los satíricos lati-nos. 2 tomos.

 

Schopenhauer.—La libertad. Schopenhauer. — El amor, las mujeres y

la muerte.

Serao (Matilde).—¡Centinela, alerta! Sorel (Georges).—El porvenir de los

Sindicatos Obreros.

Spencer.—Origen de las profesiones.

Spencer.—Kl individuo contra el lis-

tado.

Spencer.—Creación y evolución. Spencer.—Educación intelectual, mo-

ral y física.

Sudermann.—El  camino de los gatos.

Sudermann.—El     deseo.

Sudermann.—I jas bodas de Yolanda.

Sudermann.—Kl molino silencioso.

Sudermann.—La  mujer gris.

Séverine.—Páginas rojas.

Séverine.—Kn marcha..

Strauss.—Estudios Literarios y Reli-

giosos.

Strauss.—La  antigua y la nueva Fe.

Tchekhov.—Vanka.

 

Tolstoi.—La verdadera vida. Tolstoi.—La guerra ruso-japonesa. Tolstoi.— La escuela Yasnaía-Poliana. Teniente O. Bilse.— Pequeña guarni-

ción.

ligarte (Manuel).—Visiones de España. ligarte (Manuel).—M Arte y la Demo-

cracia.

Vandervelde. —El colectivismo.

Voltaire.—Diccionario  ñlosóiico. (i t.

Wacjner.—Novelas y pensamientos.

Zola.—El mandato de la muerta.

Zola.—Cómo se muere.

 

 

LOS    CLÁSICOS DEL AMOR

 

V o l t a i r e .— IÁXDoncella(I tomo). Una peseta.

C a s a n o v a .       Amoresy Aventuras (I tomo). Una peseta.

A p u l e y o .—El Asno de Oro (La Metamorfosis) (1 tomo). Una peseta Longo.—Dafnia y Cloe(1 tomo). Una pesera.

 

 

 

Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 437.

 

 

F.  TEMPERE  Y CoMP.a         EDITORES.—VALENCIA

 

ÚLTIMAS OBRAS PUBLICADAS Á UNA PESETA  EL TOMO

 

 

Matto de Tivrngr (Clorimla).—Aves sin nido (nóyelapcruana). Si

 

Heine (Enrique).—De la Alemania. 2 tomos.

Kropofkine (Pedro).—El apoyo mutuo.

 

ün  factor de la evolución. 2 tomos.

 

Moróte (Luis).—La Duma. (Segunda parte de «Rebaño de Almas»),

 

Alculá (raViano {.Tosí).—Las diez y una noches (Cuentos occidentales).

 

 

Gómez Carrillo.—Desfilo de visiones. Niíkens (José).—Los horrores del abso-

lutismo.

 

Heine (JUnrique).—Los dioses en eldes-•** tierro.

 

Bjmrnstjerne Bjcernxon.—El  guante.— Mas allá de las fuerzas  humanas. hnbrinla (Arturo). —Reforma y revolu-

 

don social. (La crisis ]U'ú<-tica di1! Partido Socialista).

 

 

OBRAS PUBLICADAS Á TRES PESETAS EL TOMO

 

E r n e s t o  Haeekel.—Historia  de la Creación de los seressegún

las leyes naturales.—Obra ilustrada con numerosos grabados.—Dos

tomos en 4.°, seis pesetas.

f*.  Lanfrey.—Historia política de los Papas.—Traducción,       prólogo

y continuación hasta Pío X, por José Ferrándiz.—Tin  tomo en 4.",

tres pesetas.

A .  R e n d a . — El destino de las dinastías. (La herencia  morbosa en

las Casas Reales). — Un tomo en 4.°, tres pesetas.

J o s é  F o l a Igúrbide.—lierelaciones científicas que '•omprenden

('itodos los conociinií'iifos humanos. — Un tomo en •!.", tres pesetas.

D a v i d - F e d e r i c o  StrauSS. — Xitera Vida de Jesús. - •Traduc-

ción (le José Ferrándiz. — Dos tomos en ].", seis pesetas.

í». J . P r o u d h o n . — D e . la creación del orden en la humanidad ó principios de organización política.—Un tomo en 4.", tros pesetas.

 

EN  PRENSA

 

J o s é Ingegnieros . — H i s t e r i a ¡j Sugestión. ¡Estudios de Psicolo-gía clínica.) -Un tomo en 1.". tres pesetas.

 

MODFJLOS DFJ CARTAS, avi-eglados por Carmen de Burgos Seguí (Co/omliine'1. — Un tomo: UNA peseta.

 

AOOIDKNTES DEL TRABAJO.—Ley, Reglamento general, de Inca-pacidades, de Guerra y Marina, por José Manáut Nognés.—Un tomo: DOS pesetas.

 

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