© Libro N° 7005.
Diez Y Seis Años En Siberia. Deutsch, León.
Emancipación. Febrero 22 de 2020.
Título
original: © Diez
Y Seis Años En Siberia. León Deutsch
Versión Original: © Diez Y Seis Años En Siberia. León Deutsch
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Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
León Deutsch
Diez Y Seis Años
En Siberia
León Deutsch
Diputación de
Almería — Biblioteca. Diez y Seis Años en Siberia, p. 1.
LEÓN DEUTSCH
9591-fc
DIEZ \SEIS AROS EN SIBERIA
Traducción española deCarmen deBurgos Seguí
(COLOMBINE)
OBRA PROHIBIDA EN RUSIA
TOMO PRIMERO
F. SBMPEEE
Y COMPAÑÍA, EDITOBES
Calle delPalomar, 10 Olmo, 4 (Sucursal)
VALENCIA MADRID
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 3.
. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.*
PRÓLOGO
«Llora como una mujer, ya
que no has sabido defenderla
como hombre.»
Acabo de traducir el libro de León Deutsch, a que
he seguido en sus páginas de cárcel en cár-cel y de etapa en etapa, unida á su
cadena en fa. tigosa pesadilla.
El autor no es un literato; en su libro no hay que
buscar galanura de estilo ni efectos de arte. No los necesita. Es un libro de
sinceridad, de verdad, de horror... Un libro destinado á mostrar al mundo los
abusos que comete el despotismo en nombre de la justicia; un libro que ilumina
con luz solar las nebulosidades de los calabozos y los misterios del destierro;
un libro de miseria, de dolor, de lágrimas, que hará latir de indignación á todos los corazones honrados. Esto es el libro
de León Deutsch.
Una triste actualidad alcanzan de nuevo sus páginas;
los horrores que el autor nos narra fue-ron sólo el primer albor de la
conciencia del pue-blo ruso, que el gobierno del zar pretende ahogar en sangre;
Nada de exageradas tienen las narraciones de
Deutsch: los recientes acontecimientos de Peters-burgo, de Moscou y la matanza
de judíos que en estos momentos se verifica en Bielostock hablan con harta
elocuencia del vergonzoso salvajismo de la Rusia.
Los procedimientos de los terroristas están allí
justificados; donde no se reconoce más ley que el despotismo, donde se asesinan
niños y mujeres inocentes, la desesperación no halla otro medio de oponerse más
que la fuerza y la violencia.
Aterra la sencillez con que Deutsch narra los
hechos. Nos revela todo ese mundo de fanáticos gloriosos, encendidos de amor á
la humanidad, que forman la gran masa del partido revoluciona-rio ruso.
Verdaderos apóstoles, sin más aspiración que el
bien de sus hermanos, hombres y mujeres se sacrifican; dejan altas posiciones,
se ven someti-dos á las penas más crueles, y su espíritu no es vencido ni
dominado jamás. ¡Cómo se les admirat
Se les ve en sus calabozos sin pensar nunca en sí
mismos ni en sus sufrimientos; prontos siem-pre á la lucha, á la rebeldía;
dispuestos á dejarse morir de hambre en una suprema protesta; aten-tos al honor
de su nombre de revolucionarios; luchando por el más pequeño de sus derechos
con ímpetu de héroes. Y su sacrificio es casi siem-pre estéril, ignorado,
infecundo; sus nombres, como sus martirios, quedan en el olvido y en las
sombras. Tienen fija la mirada en lo porvenir y no buscan más satisfacción que
la de inmolarse en pro de las generaciones futuras.
Hay que tener fe en la causa de la revolución. Una
ley histórica demuestra que la sangre fecun-da las ideas, las cuales se
fortalecen en la lucha, quizá porque no está todavía bastante desarrolla-da la
consciencia para llegar á la evolución,'y sin el impulso de rebeldía
languidecen y mueren.
Tal vez contribuye á mi fe en el triunfo de la
libertad de la Rusia el haber traducido este libro en Venecia... tal vez el ser
española...
He visto enseñar como curiosidad los terribles
pozos y demoler los antiguos plomos, porqué la ciudad del Adriático trata de
borrar los rasgos de la antigua tiranía, que le dio vergonzosa celebri-dad,
como nosotros queremos que se olviden los horrores de nuestra «Santa
Inquisición»'. Todos se esfuerzan aquí por presentar como leyenda la sombría
historia de horrores.
No se buscan ya en el palacio de los Dux más que
impresiones de arte: han desaparecido los tétricos y pavorosos recuerdos de los
consejos de los ciento, de los diez y de los tres... no existe ya la Bocea di
Leone destinada á las denuncias... ¡La denuncial ¡La delación cobarde! ¡La
traición! Esas son siempre las virtudes que se desarrollan con la tiranía.
¡Con qué orgullo late mi corazón de española cuando
recuerdo que hay en nuestra tierra quien prefiere sufrir todos los tormentos
antes de ser delator ó faltar á sutpalabra!
La ley natural que sanciona ó reprueba lo que le
dicta la conciencia estará siempre por cima del derecho escrito.
No queda ya en Venecia ni la sombra de sus antiguos
dux; cayó el poder de la autocrática re-pública: en sus magníficos canales,
iluminados por la luna, resuenan alegres barcarolas; se ha derrumbado hasta la
alta torre de su antiguo cam-panile, como si no hubiera de sobrevivir ningún
signo de orgullo y poderlo. Desde la antigua pri-sión de Silvio Pellico se ven
miles de palomas que baten las alas como nuncios de sencilla paz. ¡Quién sabe!
Quizá renazca pronto Rusia á vida nueva, libre de su zarismo, como Venecia de
sus dux.
Pero entretanto asusta ver que la humanidad entera
no se conmueve con los gritos del dolor y que el gobierno ruso puede cubrirla
de oprobio sin que nadie se oponga á sus crueldades.
Contaminados ya con el espíritu práctico de nuestra
época, se necesita ser un loco ó un poeta como Byron para ir á morir
combatiendo, sin pensar en fronteras ni en razas, cuando se oye un grito de
dolor que implora justicia. Atento cada uno á lo que cree su interés, no se
piensa en que la causa de la humanidad es solo una.
El zar acaba de publicar un vergonzoso edicto
amenazando «DESTRUIR Zas ciudades donde exista
UN SOLO revolucionario, SIN HACER DISTINCIÓN DE
CULPABLES NI DE INOCENTES». Son sus palabras
textuales. La abominable matanza de los infelices
judíos prueba que no es una vana amenaza.
Al déspota le importan poco las vidas de sus
vasallos ni las ciudades de su dilatado imperio. Temblando de miedo en el fondo
de su palacio, con su cuerpecillo endeble y su cerebro de neu-rótico devoto y
visionario, tiene ante el mundo desplantes de tirano. ¡Hace bien, puesto que el
mundo se los consiente, y cada uno se ocupa de sus propios asuntos! Así se
verificó el asesinato de Maximiliano; así se confirmó el reparto de Polonia;
así... ¡Detente, pluma!
¡No se puede hacer un prólogo á este libro! Hay que
limitarse á aconsejar su lectura.
Yo quisiera que se leyera en las plazas públi-cas y
en los pulpitos de las iglesias, para que. á la voz de un hombre honrado
respondiera un grito de protesta general.
El que penetre en estas páginas sin fijarse en su
estilo ni detenerse en pequeneces (que á veces lo hacen monótono); el que con
corazón sano bus-que sólo el espíritu, el alma que anima á la revo-lución rusa,
sentirá un movimiento de simpatía, de afecto, de angustia infinita por la
impotencia para remediar tantos males. Los que sólo se con-mueven cuando la
prensa narra la muerte de un zar ó un gran duque, podrán ver todo el horror de
las ejecuciones en masa, de los asesinatos gu-bernamentales.
No se puede leer este libro sin apasionamien-to; se
siente con frecuencia humedecerse los pár-pados, y, en nuestra platónica
compasión, cabe el parodiar la frase de la sultana mora al ver una lágrima en
los ojos de Boabdil cuando abandonó á la sin par Granada.
CARMEN DE BURGOS SEGUÍ.
Veneoia 1.° de Julio de 1906.
DIEZ YSEIS AÑOS EN SIBERIA
CAPÍTULO
PRIMERO
Partida para Alemania.—Arresto en
Friburgo.—Antecedentes revolucionarios
A principios del mes de Marzo de 1884 me trasladé
de Zurich á Friburgo, en el gran ducado de Badén, pasando por Basilea, con
objeto de in-troducir de contrabando por este lado de la fron-tera una parte de
las publicaciones socialistas rusas impresas en Suiza y hacerlas llegar
secre-tamente á Rusia, donde estaban prohibidas.
La ley de excepción contra la democracia so-cial
era severísima entonces en Alemania; el So-zial Demokrat se publicaba en Zurich
y se hacía también necesario pasarlo de contrabando. La vigilancia de la
frontera, muy rigurosa, dificultaba que llegasen á Rusia los libros rusos,
polacos y otros escritos revolucionarios que aparecían en Suiza. Antes de
ponerse en vigor la ley de excep-ción, es decir, hasta el otoño de 1878, los
procedi-mientos de expedición eran sencillos: las publica-
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Años en Siberia, p. 11.
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DBUTSCH
ciones se enviaban por el correo á una ciudad de
Alemania, vecina a Rusia, y de allí se introducían, por un medio ó por otro, en
el imperio.
Pero desde esta época, libros y periódicos de-bían
ser conducidos por los viajeros hasta más allá de la frontera alemana, de modo
que escapa-sen á la vigilancia de la Aduana, y después se les expedía á la
frontera rusa desde una ciudad cual-quiera del imperio alemán.
Yo había sido encargado de uno de estos
trans-portes.
Mi equipaje consistía en dos grandes cajas á medio
llenar de libros, por entre los que coloqué mis trajes de manera que pudiera
burlar la vigi-lancia de los aduaneros. En uno de los cofres había puesto mi
ropa y mis trajes de hombre, y en el otro vestidos de señora, como si
perteneciesen
á mi esposa,
que en realidad no existía. Esto era debido á que en Basilea una dama asistió
al re-gistro de la Aduana; la esposa de mi amigo Axel-rod, de Zurich, ella
misma se había ofrecido á acompañar los equipajes, porque en caso de que la
policía sospechase, estaba menos expuesta que yo á un disgusto grave. Pero como
la visita pasó de la mejor manera del mundo y yo no preveía grandes
dificultades, no acepté su ofrecimiento.
Además de madame Axelrod, me acompañó á la estación
un socialista suizo, monsieur G..., y me daba informes precisos sobre los
medios de cumplir la peligrosa misión que me fuera confia-da. Él tenía una gran
experiencia en estas cosas, porque había efectuado numerosos transportes;
algunos días antes hizo, por mi recomendación, el viaje a Friburgo con un
polaco, muy conocido bajo el nombre de Yablonski, y desde allí efectuó varios
envíos de libros polacos.
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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 13
En el momento de despedirnos, G... me indicó en
Friburgo un hotel económico, cerca de la esta-ción, y subí de bastante buen
humor en una vagón de tercera clase.
Era domingo. El departamento estaba lleno de gente
que iba al campo con toda la alegría de un día de fiesta; cantaban y poblaban
el aire de voces y gritos. El revisor del tren (como he tenido ocasión de verlo
con frecuencia en los caminos de hierro alemanes) era un señor bas-tante
grosero, poseído del sentimiento de su im-portancia.
Notó que yo fumaba, y me dijo con bastante rudeza
que aquel compartimento no era de fu-madores.
Le respondí políticamente que no había visto el
letrero y apagué mi cigarrillo, declarando que no fumaría más en todo el viaje.
Pero el buen hombre insistió de una manera perentoria intimi-dándome á cambiar
de compartimento.
—Mal presagio—me dije, y este recuerdo me ha
quedado siempre en el espíritu.
Estaba furioso; el tiempo se ensombrecía, una
lluvia menuda empezó á caer, contribuyendo á ponerme más excitado.
Durante este tiempo el tren corría, y antes de que
hubiese recobrado mi humor habitual, llega-mos á Friburgo. Era entre, siete y
ocho de la noche.
Apenas salté sobre el andén, busqué al mozo del
Freiburger Hofy le confié los bultos y mi ta-lón de equipaje. El notó
inmediatamente el peso extraordinario de las cajas y me demostró su sor-presa.
Para alejar toda sospecha tomé el aire más natural,
y le dije que llevaba muchos libros por-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 13.
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que iba á seguir en calidad de estudiante los
cur-sos de la universidad de Friburgo.
Nos fuimos en seguida al hotel, tomé una
ha-bitación y bajé á comer al restaurant. Al pasar por delante del buffet oí al
mozo en conversación muy animada con otro individuo, probablemente el
hostelero. Apenas había acabado de comer, un criado me presentó el «libro de
extranjeros»; como iba provisto de un pasaporte ruso que uno de mis amigos mé
había prestado por precaución, me inscribí sin vacilar con el nombre de
Alejan-dro Buligin, de Moscou.
En seguida pedí recado de escribir y subí á mi
cuarto, pero apenas cerré la puerta detrás de mí pentí llamar.
•—Entrad—dije.
Detrás del criado que esperaba apareció un
schutzmann (gendarme) acompañado de otro señor.
—Soy un funcionario de la policía secreta— me
dijo;—permítame usted registrar su equipaje.
Como Friburgo está cerca de la frontera Suiza,
pensó que la policía, á quien el mozo del hotel había ido á anunciarle la
llegada de un joven con un equipaje extraordinariamente pesado, pudo creer que
se trataba de un contrabandista ó to-marme por un anarquista sospechoso de
llevar dinamita. Yo trataba de disimular, aunque com-prendía que las cosas iban
á tomar mal giro.
Abrí las cajas sin hacerme rogar, diciendo que una
de ellas pertenecía á mi esposa, la cual ven-dría pronto á buscarme.
Desde que aquellos individuos empezaron á registrar
mis efectos conocí que mis suposiciones eran falsas. El policía no se
preocupaba ni de contrabando ni de dinamita, sino de los libros, y se puso á
examinar los míos, buscando los perió-
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Años en Siberia, p. 14.
DIEZ T SEIS
AÑOS EN SIBERIA 15
dicos y grabados alemanes relativos á las cues-
tiones socialistas. Al ver un librito de cubiertas
rojas exclamó con aire triunfante:
—¡Ah! ¡Ah! ¡Aquí lo tenemos! Volja, una
Era el Almanach de la Narodnaja
obra publicada un año antes y que se vendía pú-
blicamente en todas las librerías de Alemania.
—Ahora es preciso que lo registre—me dijo el
agente secreto.
Además de un carnet, una carta y uña cartera,
conteniendo algunos centenares de marcos en bi-lletes del banco, yo tenía en
los bolsillos una docena de números del Sosial Demokrat, de Zu-rich, para
enviárselos á uno de mis amigos rusos que se hallaba en Alemania.
—¡Ah! ¡He aquí un periódico que puedo leer!—
exclamó con aire de júbilo el agente secreto en seguida que hubo echado una
ojeada al título.— Ahora queda usted detenido.
—¿Por qué? ¿Cómo?—pregunté yo admirado.
—Lo sabrá usted bien pronto. Sígame.
Esa fue toda la respuesta.
La actitud de los agentes era muy extraña. No se
preocupaban de obedecer las prescripciones legales; el registro en mi casa se
había llevado á cabo sin ningún mandato judicial; ningún testigo estuvo
presente y ninguna pregunta me fue hecha. Yo tenía derecho á que al menos
contasen en rni presencia la cantidad que se encontraba en la cartera que me
había sido confiscada, si bien esto no era suficiente para garantir la
propiedad de mi dinero.
Cuando yo descendía la escalera del hotel
pri-sionero entre estos dos «ángeles de la ley», se pre-sentó una señora joven
con un saquito de viaje en la mano.
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DEUTSCH
El agente secreto me preguntó si era mi espo-
sa, y á pesar de mi negativa se acercó tratando
de sujetarla; la dama cree habérselas con un Don
Juan y escapa á la calle dando grandes gritos. El agente secreto me confía á un
gendarme y echa á correr detrés de la desconocida.
El schutzmann quería agarrarme del brazo y
conducirme así á través de las calles, pero yo pro-testé vivamente contra
semejante procedimiento, declarando que no era un criminal y no tenían motivo
para tratarme de esta suerte.
Llegamos á la prisión preventiva de Fribur-go. Allí
fui de nuevo registrado, y por la primera vez, después de mi arresto, un
empleado me diri-gió preguntas acerca de mi identidad personal.
El agente secreto no tardó en reaparecer
acom-pañado de la señora, que vertía abundantes lágri-mas, y con los signos de
una violenta indigna-ción preguntaba por qué se le hacía semejante insulto.
Esta escena, después de cuanto acababa de suceder desde mi llegada á Friburgo,
hizo estallar mi cólera.
—¿Qué significa esto?—pregunto al oficial de
policía.—¿Por qué motivo se trata así á esta se-ñora? Repito una vez más que no
la conozco, que no es mi mujer y que no la he visto en mi vida.
—Bien, bien; eso se verá más tarde. Es asunto mío,
del que usted no debe ocuparse. Queda usted arrestado.
•—Es sorprendente—pensaba yo;—se diría que estamos
en Rusia.
Al cabo de un momento se me ordenó seguir á un
vigilante, el cual me condujo al primer piso; hizo girar la cerradura de la
puerta de una celda, y quedé encerrado en la prisión del gran ducado de Badén.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 17
Así que el guardián se hubo alejado con su
linterna, me encontré en una soledad profunda y en un silencio absoluto. El
reglamento de la pri-sión prohibe toda luz en las celdas y en los corre-dores.
Me orientaba lo mejor posible tentando los muros con la mano, y cuando encontró
el lecho me dejé caer en él vestido. El caos reinaba en mi cerebro, no podía
formar idea clara de todo lo que acababa de suceder. La fatalidad se abatía
sobre mí; horribles temores no me dejaron reposar en toda la noche. A cada instante
me arrancaba de mi soñolencia sin poder comprender dónde estaba ni lo que me
había sucedido. Al fin pude darme cuenta exacta de la situación, una terrible
sospe-cha me asaltaba; podía ser conducido á Rusia, y desde el primer momento
tuve esa certidumbre. Es cierto que no existía tratado de extradición entre
Rusia y Alemania para los refugiados polí-ticos y no tenía motivos de temer
esta complica-ción, pero para poner al lector al corriente de mis
preocupaciones, es preciso que le dé algunos de-talles de mi pasado.
* * *
Cerca de diez años antes de los hechos que acabo de
contar, en 1874, era un muchacho de diez y nueve años y estaba afiliado al
movimiento llamado de propaganda que, en esta época, toma gran incremento entre
toda la juventud de todos los centros docentes de Rusia. Como la mayoría de los
nuevos propagandistas, había tomado esta resolución movido por la gran piedad
que me inspiraban, los sufrimientos y las privaciones que padece el pueblo
ruso.
Además de este sentimiento, es un deber sa-
grado, para todo hombre de honor que ama sin.
TOMO I 2
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 17.
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DBUTSCH
ceramente á su país, emplear sus esfuerzos en
librar al pueblo de la opresión económica, de la esclavitud y del estado de
barbarie en que se le tiene. La juventud, que á causa de su sensibilidad más
viva es suceptible de compartir las miserias de los demás, no puede quedar
indiferente delan-te de la situación lamentable en que han caído los siervos.
La revolución social de la Rusia parecía á los
jóvenes propagandistas el solo medio de modifi-car radicalmente la suerte del
pueblo y aliviarlo del fardo de su miseria.
Siguiendo el ejemplo de los socialistas de la
Europa occidental, perseguían como ideal la abo-lición de la propiedad privada
y la organización de la propiedad común en todos los medios de producción. Los
propagandistas estaban persua-didos de que el pueblo se adheriría inmediamente
á su programa
y se uniría á ellos al primer lla-mamiento.
Esta convicción les inspiraba un entusiasmo
ilimitado, impulsándoles á sacrificarse en aras de la idea que les poseía por
completo.
Jóvenes de ambos sexos no vacilaban un ins-tante en
renunciar á la alta posición social y al porvenir brillante que les estaba
asegurado; sin detenerse a pensarlo abandonaban los estableci-mientos de
educación, rompían los lazos de fami-lia que les sujetaban, se sentían prontos
á todos los sacrificios para servir la causa sagrada del pueblo. Ante este alto
pensamiento se borraban todas las consideraciones personales.
Los propagandistas tenían un mismo fin, un mismo
entusiasmo; formaban una sola y gran familia, sin reconocer más lazos que los
del cora-zón. Estaban dominados por el amor al prójimo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 18.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 19
y por el deber de sacrificarse por él. Ni aun en la
época del martirio de los primeros cristianos, en el momento de la persecución
de las sectas reli-giosas, se ha encontrado entre los prosélitos de una idea
tanta afección, tantos sentimientos ele-vados, y a pesar de todo, en esta tropa
elegida {como en casi todos los movimientos populares) había naturalezas que no
estaban prontas para semejantes pruebas, hombres faltos de valor y hasta,
diremos la palabra, traidores. Estos fueron, es cierto, en pequeño número, pero
la historia de los movimientos revolucionarios nos muestra hasta la evidencia,
nos prueba sobradamente que ciertos agentes secretos ó públicos del gobierno,
escogidos entre los más hábiles, se mezclan á todo partido que se desenvuelve.
• La felonía
no partió de los propagandistas rusos, y la presencia de ciertos falsos
hermanos imprime al movimiento un carácter que no ten-dría jamás sin ellos.
En la primavera de 1874, los propagandistas,
conforme á sus planes, se vestían eomo los aldea-nos y habitaban en las aldeas
para propagar las ideas socialistas; entonces empezaron á hacerse sentir
algunas detenciones. Dos ó tres de los con-jurados denunciaron sus planes y
entregaron á las autoridades centenares de sus camaradas.
Las pesquisas domiciliarias y los arrestos se
hacían en masa; los gendarmes cayeron sobre los inocentes como sobre los
culpables; todas las pri-siones de Rusia estaban llenas de detenidos.
En un solo año millares de personas fueron
encarceladas. Un gran número permanecieron presos, muchos se suicidaron, otros
perdieron la razón, y una buena parte, á continuación de estos arrestos,
cayeron enfermos y no tardaron en su-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 19.
20 LEÓN
DBÜTSCíl
cumbir. Se puede comprender qué odio tan
for-midable, después de tan crueles pruebas, brotaría en las filas de los
socialistas contra los traidores, cuyas denuncias habían costado tantas
existen-cias humanas; las desgracias de sus amigos les impulsaban á la
venganza. Era necesario perse-guir á los traidores, impedirles continuar más
tiempo su obra; pero los propagandistas eran en alto grado pacíficos, y al cabo
sus resoluciones violentas quedaron en proyecto, sin decidirse á ponerlas en
ejecución.
Durante el verano de 1876 las llevaron por pri-mera
vez á la práctica. Las circunstancias fueron entonces las siguientes:
Se habían reunido en Elisawetgrad los miem-bros de
un grupo revolucionario intitulado «.Los voluntarios de Kiew». Yo pertenecía
también á esta sociedad, y todos sus miembros estábamos «fuera de la ley». La
policía realizó muchas pri-siones por los datos que le proporcionara el
trai-dor Gorinowitch.
Este Gorinowitch fue preso en 1874, se encon-traba
seriamente en peligro y pensó en salvarse denunciando todo lo que sabía de los
socialistas. De este modo logró, en efecto, ser puesto en liber-tad. Sus
revelaciones fueron fatales para muchos, pero no hubieran costado un solo
cabello á este renegado, como á tantos otros, si á partir de ese momento no
reapareciera en los círculos revolu-cionarios, mas dos años después de estar
libre buscó de nuevo afiliarse entre nosotros.
Entró en relaciones con algunos jóvenes sin
experiencia, completamente ignorantes del papel que había jugado antes, y supo
por ellos que la sociedad de Kiew se encontraba en Elisawetgrad, pensando sin
duda informar á las personas ante
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 20.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIISERIA 21
•quienes nos denunció otras veces; por suerte fue
reconocido, y comprendimos que debía premedi-tar una nueva traición.
Uno de mis camaradas y yo decidimos desha-cernos de
él, mas no podíamos ejecutar nuestro proyecto en Elisawetgrad mismo por no
poner h la policía sobre la pista de nuestra sociedad. Invi-tamos á Gorinowitch
a venir con nosotros á Ode-sa: allí era precisamente donde debía encontrar las
personas que buscaba, y consintió en acompa-ñarnos.
Nuestro plan era que mi amigo asesinara al
miserable en cualquier punto apartado de Odessa, y para que no pudiese ser
reconocido el cadáver, desfigurarle el rostro con ácido sulfúrico. A los
primeros golpes tuvimos á Gorinowitch por muer-to, cuando sólo había perdido la
razón, de modo que pudo volver á la ciudad é informar á la poli-cía del
atentado de que fue objeto.
Arrestos y persecuciones se multiplicaron, y me vi
obligado á ocultarme; pero en el otoño del año siguiente fui preso con tres
compañeros á causa del famoso proceso de Tchigirin. Fuimos encarcelados en la
prisión de Kiew, de donde pu-dimos escaparnos en la primavera de 1878
acom-pañados de Stefanowitch y de Bochanowski.
El proceso de todos los comprometidos en el
atentado contra Gorinowitch comenzó en Diciem-bre de 1879, cuando reinaba el
terror rojo y el terror blanco.
Después de una larga serie de atentados con-tra
diferentes representantes del gobierno, los re-volucionarios reconcentraron
todos sus esfuerzos en un solo fin: asesinar al zar Alejandro II.
La administración rusa combatía el movimien-to
terrorista por las leyes de excepción, los tor-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 21.
22 LEÓN
DBUTSCH
mentos y las condenas a muerte; un gran número de
personas que no habían tenido parte en estos acontecimientos sufrieron
persecuciones.
Algunos días antes de comenzar el proceso por el
asunto de Gorinowitch, los terroristas ha-bían hecho saltar un tren de la línea
de Moscou el 19 de Noviembre, suponiendo que el zar viajaba en él.
Este atentado decidió al gobierno á tomar ri-gurosa
venganza de los comprometidos en el asunto de Gorinowitch. Entre ellos uno solo
había tomado parte directa en los acontecimientos; los otros estaban ya
arrestados dos ó tres años antes de que estallase el movimiento terrorista y no
po-dían, en consecuencia, ser responsables de esta agitación. A pesar de eso,
se resolvió hacer un ejemplar: tres de los acusados, Drebjasgin, Malin-ka y
Maidanski fueron sentenciados á garrote y se les ejecutó el 3 de Diciembre; 6
dos de entre ellos, Kostjurin y Jankowski, los condenaron á trabajos forzados,
y el traidor Krajew recibió el pago de su traición.
Si hubiera estado en poder de los jueces, pron-to
se habría decidido mi suerte; pero al comenzar el año 1880, yo me refugié en el
extranjero y per-manecí en Suiza hasta el día de mi viaje y de mi arresto en
Friburgo.
Se puede juzgar por lo expuesto los pensa-mientos
que haría nacer en mi espíritu la posibili-dad de mi extradición á Rusia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 22.
CAPÍTULO II
La causa de mi arresto.—El profesor Thun.—MI
defensa.
Plan de evasión.—El procurador.
En Alemania, país constitucional, la ley dice «que
nadie puede estar arrestado más de veinti-cuatro horas sin ser sometido al
interrogatorio de un juez». Gomo yo era extranjero, se creyó que no rezaba
conmigo esta prescripción, y transcu-rrieron dos días sin que compareciese ante
un juez.
Después que éste me dirigió las preguntas
habituales respecto á mi nombre, mi domicilio y mi profesión, me dijo que «dada
mi calidad de extranjero, mi identificación no había sido aún establecida».
Debía, pues, continuar preso. Podría —añadió—«protestar contra esta decisión,
pero eso no me serviría de nada», y, en efecto, mi ape-lación fue rechazada.
Yo no sabía después del interrogatorio más que
antes respecto á las razones de mi arresto, y continuaba haciendo mil
conjeturas. La incerti-dumbre es uno de los tormentos más crueles que pueden
sufrir los prisioneros. En mi situación, la incertidumbre me causaba los más
penosos pre-sentimientos.
No volví á ser llamado ante el juez hasta los tres
días después de mi primera comparecencia,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 23.
24 LEÓN
DEUTSOH
tres días que me parecieron interminables. Así que
hube respondido á las preguntas habituales acerca de mi persona, el magistrado
me interrogó si conocía la causa de mi arresto, y después de mi contestación
negativa, me dio las siguientes explicaciones:
Algunos días antes de mi llegada á Basilea, dos
individuos habían venido á Friburgo, el so-cialista G... y el polonés
Sablonski; descendieron también en el hotel Freiburger Hof, y llevaban
igualmente libros en sus bagajes. Estos libros los habían expedido
inmediatamente a Breslau, diri-gidos á un individuo que tres días antes fue
arres-tado, en virtud de la ley contra los socialistas. A consecuencia de este
arresto, los paquetes posta-les cayeron en manos de la policía, y encontraron
en ellos proclamas socialistas escritas en polaco, que estaban prohibidas en
Alemania.
Los expedidores habían dado como dirección el
Freiburger Hof, los impresos se enviaron á Friburgo, donde se abrió una
instrucción judi-cial contra ellos, dando orden al propietario del hotel para
que en el caso de que los mismos indi-viduos ú otras personas sospechosas
llegasen de Suiza, advirtiese en seguida á la policía. He aquí la causa de que
el criado del hotel, de acuer-do con el propietario, me denunciara é
intervi-niese la policía.
Entre mis libros, el agente había encontrado uno
que se asemejaba en la cubierta á los halla-dos en los paquetes expedidos á
Breslau, el Alma-nach de la Narolnaja Volja, y esto le pareció indi-cio
suficiente para justificar mi arresto. Se me acusaba de estar de acuerdo con
las otras perso-nas culpables de propagar los libros polacos pro-hibidos en
Alemania.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 24.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBERIA 25
No era difícil
deshacer esta acusación; entre
mis libros no
habla ninguno polaco, ni un solo
escrito prohibido en Alemania. La posesión de
algunos ejemplares del Sozial Demokrat no im-
plicaba ninguna infracción de la ley. La instruc-
ción se reducía á averiguar si yo estaba de
acuer-do con las personas acusadas y si había procurado introduch en Alemania
obras prohibidas.
Sólo el azar ocasionó mi arresto.
—Si usted no hubiera descendido en el
Frei-•burgerliof—me dijo el juez,—nadie hubiera ja-más pensado en detenerlo.
Esto me dio nuevo valor.
—No está todo perdido—pensaba—y recobraré bien
pronto mi libertad, con tal de que no inter-venga el gobierno ruso.
Toles reflexiones me entretenían en tanto que el
juez de instrucción redactaba el proceso verbal de mi interrogatorio.
Después, designando á un señor sentado cerca de una
mesa, el magistrado me dijo:
— He aquí un intérprete que ayudará á usted en su
asunto; es un profesor de nuestra Universidad.
¡Yo no creía á mis ojos!
Durante el interrogatorio, había mirado vaga-mente
á este caballero, pero en aquel momento lo reconocí y su presencia me causó una
turba-ción profunda.
—Puede usted hablar en ruso con el señor
pro-fesor—concluyó el señor Leiblein, el juez de ins-trucción, pasando á una
pieza vecina para buscar unos papeles.
—¿Me reconoce usted?—me dijo el intérprete
volviéndose hacia mi.
—¡El profesor Thun!—grité yo sorprendido en el más
alto grado.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 25.
20 LEÓN
DEUTSCH
—Sí, soy yo. ¿Estoy tan cambiado que no me ha
conocido usted antes?
Y sin esperar mi respuesta añadió:
—Vea usted en qué puedo serle útil.
—¿Sabe usted bien quién soy?—le pregunté sin-tiendo
un frío glacial en todo el cuerpo.
—Sí, sí, conozco su verdadero nombre; pero no tiene
usted motivo de temblar por eso; se ha puesto usted pálido.
En realidad esta revelación me causaba un pa-vor
extraordinario.
Había conocido al profesor Thun cerca de diez y
ocho meses antes de los acontecimientos que he contado. Fue en Basilea, donde
yo fui a habitar cerca de los refugiados de la colonia rusa; me hice inscribir
en la Universidad y seguía los cur-sos de economía política y de estadística
que ex-plicaba el profesor Thun.
Uno de los jefes del partido obrero, Karl Moor, me
presentó al profesor, el cual me tenía por un simple estudiante ruso; no me
conocía por mi verdadero nombre, sino por el de Nicolás Tridner, que yo usaba
entonces.
Me recomendó que fuese averio de tiempo en tiempo,
y me hablaba del proyecto de escribir la historia del movimiento revolucionario
en Rusia. Yo había ya oído hablar de este proyecto, motivo que me atrajo en
gran parte á Basilea.
El profesor Thun había nacido á las orillas del
Rhin, hizo sus estudios en la Universidad de Dorpat y fue después á pasar
algunos años en el interior de la Rusia. Conoció en nuestras conver-saciones
que la historia de los movimientos revo-lucionarios de mi país no me era
desconocida y me propuso ayudarle en su trabajo, lo que acepté, naturalmente,
con la alegría y el entusias-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 26.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEIUA 27
mo de ocuparme de una cosa á la que estaba tan
íntimamente unido.
De esta suerte empecé á conocer la opinión del
profesor Thun á propósito de los terroristas rusos y de sus partidarios. Les
condenaba sin apelación. Según él, todos los gobiernos europeos tenían el deber
de negar todo asilo a esos indivi-duos y enviarlos al gobierno ruso como
crimina-les ordinarios. Me acuerdo particularmente del siguiente hecho:
El profesor Thun había dado una conferencia en el
Círculo Liberal de Basilea delante de nume-roso público sobre dos episodios del
movimiento revolucionario ruso: el atentado contra el zar Ale-jandro II y el
proceso de Tchigirin. Cuando habló de este último asunto, contó por qué medios
Ste-fanowith, Bochanowski y Deutsch consiguieron escapar de la fortaleza de
Kiew, y terminó dicien-do «que estos malhechores vivían en el extranjero, sin
que desgraciadamente hasta entonces se les hubiera castigado».
Tuve ocasión de hablar con él de este asunto, y
saqué la impresión de que si el profesor Thun supiera mi verdadero nombre, no
solamente rom-pería todas relaciones conmigo, sino que sería capaz de echarme
mano al cuello. Esto me hizo abandonar su trato, y algún tiempo después dejé a
Basilea.
Ahora, de golpe, me encontraba en la situa-ción de
un prisionero delante de este hombre, y él sabía quién era yo. Se pueden
adivinar mis impresiones.
—¿Y cómo sabe usted mi nombre?—le pregunté
temblando de emoción.
—Me lo dijo su amigo Karl Moor después que usted
salió de Basilea.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 27.
28 LEÓN
DBUTSCH
—¿Y á pesar de eso me ofrece usted su ayuda?
—interrogué sorprendido.
—Sí; dígame usted en qué puedo servirle y haré
cuanto sea posible.
Yo no creía á mis oídos; le miró á los ojos para
ver si podía depositar en él una de esas con-fianzas instintivas que un hombre
inspira á otro hombre, y que llega á ser ilimitada.
—Le agradeceré á usted—le dije—que si me es
imposible salir de esta prisión por las vías lega-les y pruebo á escaparme, me
preste su ayuda.
—¡Entendido!—respondió en tono sencillo, pero
grave.
Así este profesor alemán, que en mi presencia había
deplorado públicamente que yo no hubiese sido castigado con severidad, me
ofrecía su con-curso para evadirme de una prisión alemana.
En calidad de intérprete estaba en posesión de
libros, cartas y otros documentos encontrados sobre mí. Tomó el carnet que le
había sido con-fiado y me lo presentó aconsejándome destruir algunas páginas
sobre las cuales escribí ciertas direcciones que podían comprometerme. Yo me
conformé naturalmente con sus consejos.
Me propuso en seguida ir á Zurich para ad-vertir á
mi amigo Axelrod de todo lo que me había pasado, procurar que mi libertad se
efec-tuase por las vías legales, y por último concertar con él los medios de
evadirme en caso de que el gobierno alemén quisiera entregarme al gobierno
ruso.
Estas promesas me las cumplió al pie de la letra el
profesor Thun, y durante mi prisión en Friburgo me prestó mil afectuosos
servicios, aun a riesgo de comprometerse.
Organizó entrevistas secretas en la catedral
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 28
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 29
de la ciudad con mis amigos, que hablan acu-dido á
socorrerme en caso de peligro; transmitía las cartas y los recados que podía
cambiar con ellos. Como estaba continuamente conmigo, á causa de la confianza
de las autoridades judicia-les en un profesor de su renombre, me hacía llamar á
su despacho de intérprete, donde podía-mos hablar y hasta bromear algunos
ratos.
En estas diferentes visitas me pude convencer cuan
de corazón venía en mi ayuda. Hasta me ofreció su casa como refugio si llegaba
a eva-dirme.
Algunas veces se reía de su papel.
•—-Ved por dónde—decía alegremente—yo, un profesor
alemán en funciones y encargado de una misión pública, me he convertido en un
conjurado ruso, y la pacífica ciudad del gran duque de Badén en el teatro de un
complot.
Por sus conversaciones con el juez de instruc-ción,
conocía con exactitud el estado de mi asun-to y no me ocultaba nada para
tenerme al co-rriente.
*
Desde mi primer interrogatorio, expuse así mi
situación al juez:
He venido al extranjero en calidad de estu-diante
ruso; soy casado y tengo un hijo. Hasta ahora he habitado en Suiza y vengo á
quedarme en Friburgo, donde mi mujer, actualmente en Zurich, vendrá á buscarme.
Me sostengo, en parte, de mis trabajos literarios y, en parte, de mis re-cursos
personales. En lo que toca á mis convic-ciones políticas, no he formado aún una
opinión bien clara, pero durante mi estancia en Suiza he sido partidario de la
democracia social, bajo la in-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 29.
30 LEÓN
DKUTSCH
fluencia de la literatura alemana, y he resuelto
contribuir con todas mis fuerzas a la propagación de esas ideas en mi patria.
Cuando me decidí, por diferentes motivos, á vivir en Alemania, traje con-migo
libros que tratan de la democracia social, con objeto de venderlos á mis
compatriotas. Estos escritos no estén prohibidos en Alemania, el po-seerlos no
implica una infracción; no he cometido un crimen contra las leyes alemanas. Y
ahora— dije para terminar—me veo preso sin motivo nin-guno en esta libre ciudad
alemana que se llama Friburgo. He sido detenido sin la menor formali-dad
judicial, expuesto á todas las negaciones y preso como un criminal de derecho
común. Por si esto no es suficiente, en mi presencia la poli-cía prendió sin el
menor escrúpulo á una burgue-sa perteneciente al Estado alemán y la trató como
á una ladrona,
como á una criminal cualquiera. Yo me pregunto, en verdad: ¿Qué diferencia hay
entre una nación constitucional como Alemania y la Rusia, sumida en un régimen
absolutamente despótico? Nadie en Rusia podría ser maltratado así.
Estas palabras parecieron haber producido cierta
impresión sobre el espíritu del juez; se pa-seaba muy agitado, dictando al
escribiente mis declaraciones y varias respuestas; me atestiguó su simpatía y
la reprobación enérgica para la ac-titud de la policía á propósito de mi
arresto y del atropello de que fue objeto la señora.
En un momento exclamó:
—Esto es como en el Ótelo de Shakespeare:
«¡Ese pañuelo! [Ese pañuelo!»
Conocí que el hombre estaba á mi favor.
Más tarde el profesor Thun me aseguró tam-bién que
el juez le había declarado que no encon-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 30.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 31
traba nada en mi asunto, y que en su creencia era
completamente inocente y esperaba devolverme pronto la libertad.
Empecé á creer que saldría de la prisión
ale-mana.por los medios legales. A pesar de eso, la duda persistía en mi, y a
veces pensaba en em-prender la fuga. En los primeros tiempos de mi arresto, una
evasión no ofrecía la menor dificul-tad.
Cuando vacilaba entre la esperanza y mis pla-nes de
evasión, fui conducido un día al locutorio y me sorprendí de no ver al profesor
Thun, en-contrándome frente á un hombre que me era com-pletamente desconocido.
Me dijo su nombre, que desgraciadamente ol-vidé, y
añadió que era abogado y mis amigos le habían encargado de mi defensa. Se
recomendaba con su título de miembro de la democracia social alemana y de
compañero, para pedirme que le hablara sin reticencias, porque mis amigos le
ha-bían contado todo lo relativo a mis antecedentes.
—¿Quiere usted hacer una tentativa de evasión?
—me dijo con aire confidencial.
Y como le respondiera afirmativamente, aña-dió
alto:
—Eso sería una equivocación imperdonable de su
parte; acabo de examinar el expediente; su asunto me parece bueno, y no dudo
que será usted puesto pronto en libertad. ¿Por qué ha do expo-nerse usted en
una evasión desgraciada? Eso puede empeorar su situación. He hablado tam-bién
con el juez instructor; estoy convencido de que no hay nada grave contra usted.
Así que las investigaciones de su identidad en Suiza hayan dado un resultado
favorable, será usted puesto en libertad.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 31.
32 LEÓN
DBUTSCH
—¿Pero y si se hacen esos mismas, indagacio-nes en
Rusia?—pregunté yo.
—Eso no me parece probable—respondió el jurista;—si
fuera así, lo hubiera visto en el expe-diente. Nosotros no procedemos aquí como
en Rusia; la instrucción no es un secreto, y, en cali-dad de abogado, la ley me
reconoce derecho de tener conocimiento de todos los hechos concer-nientes á su
asunto; se haría en el expediente mención de la inteligencia con las
autoridades rusas, y no hay traza de nada de eso.
—Estamos de acuerdo—respondí yo;—pero á falta de
autoridades judiciales, ¿tiene usted la certidumbre de que por las vías
administrativas ó políticas, no se hacen indagaciones respecto á mí en Rusia.
—La administración y la política no se inmis-cuyen
en Alemania en las cuestiones judiciales. Ha sido usted preso porque alguien
cree que está en relaciones con las personas susceptibles de ser castigadas por
las leyes alemanas. Si usted es ino-cente, y el juez de instrucción no tiene de
eso la menor duda, será puesto en libertad. Ahora sólo falta recibir las
referencias que se han pedido& Suiza; puede usted estar tranquilo. En
calidad de jurista alemán conozco bien la ley y el procedi-miento. Los procedimientos
rusos son absoluta-mente distintos de los nuestros.
Una voz interior me decía que no me fiara de la
dulzura de las leyes germánicas, pero no tenía motivo para oponer ninguna
objeción á lo ex-puesto por mi abogado, y las prácticas alemanas me eran
completamente desconocidas. Por otra parte, una tentativa de evasión, aunque en
el pri-mer momento me parecía fácil, presentaba un riesgo serio; nadie podía
garantizarme el éxito.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 32.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 33
Estas consideraciones me decidieron, no á abandonar
totalmente mis proyectos de fuga, sino
á diferirlos
hasta que tuviese la prueba de que los magistrados de Friburgo habían pedido
infor-mes sobre mí á las autoridades rusas. Me parecía que las diligencias de
esta naturaleza no hubieran podido ocultarse.
Además, el profesor Thun se interesaba por mí, era
un hombre notable y muy influyente, que estaba en las mejores relaciones con
las autorida-des del gran ducado de Badén. Yo sabría por él cuanto se
concertase respecto á mi asunto.
TOMO I
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 33.
CAPÍTULO III
Incertídumbre.—Régimen de la prisión.—El
procurador.
Cambio de celda.
Continué largo tiempo en la prisión, fluctuan-do
entre la esperanza de una próxima libertad y el temor de ser enviado á Rusia;
de un día á otro mi humor cambiaba; esta perpetua incertidumbre me deprimía de
un modo considerable; el tiempo transcurrió mortalmente largo, los días me
pare-cían sin íin, aunque procuraba estar siempre ocu-pado. Tenía numerosos
libros á mi disposición, gracias á la solicitud de mis camaradas y del
pro-fesor Thun, se me concedió también derecho de escribir, leía mucho y
escribía mis impresiones, mis pensamientos y mis recuerdos.
Pero no era sólo la inquietud por mi suerte y el
temor de ser enviado á Rusia lo que me preo-cupaba; el porvenir de mis amigos y
el desenvol-vimiento ulterior de nuestra Liga para la emanci-pación de los
trabajadores me causaban también un vivo cuidado. Nuestra nueva organización no
estaba aún desenvuelta; éramos un pequeño nú-mero de asociados y nuestros
medios de propa-ganda muy restringidos.
Cuando fui á Alemania, para plantar en la frontera
rusa nuestros primeros jalones, llevaba
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 34.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEEIA 35
también el plan de organizar para más tarde el
transporte de libros al lado de allá y ocuparme de procurar los recursos
necesarios y de estable-cer nuestra organización definitiva.
A mi partida para Suiza, dejé planteados mu-chos
asuntos, que exigían mi vuelta inmediata. Todos mis compañeros estaban bastante
ocupa-dos por su propia cuenta, su tiempo era precioso, y ahora no sólo me
encontraba preso, condenado
á la inacción,
sino que todos los otros miembros de nuestra Liga veían su actividad
paralizada, porque deseaban seguir el curso de mi proceso y contribuir de un
modo ó de otro á mí libertad.
La conciencia de que yo entorpecía, aunque bien
involuntariamente, todos nuestros proyectos, pesaba sobre mí y acababa con mi
paciencia.
Mi situación podía compararse a la de un hombre que
teniendo negocios muy urgentes y muy importantes se rompiese de golpe una
pier-na, de modo que en vez de atender á sus asuntos se viera clavado en el
lecho. Pero mientras en tal caso el dolor impide pensar en lo que se pierde,
yo, libre de todo sufrimiento físico, veía crecer indefinidamente mis torturas
morales.
# * *
El régimen de la prisión dejaba mucho que desear.
En los primeros tiempos me parecía todo insoportable, hasta que poco á poco me
fui habi-tuando. Como ya he dicho, las celdas no se ilumi-nan nunca durante la
noche y los prisioneros no tienen otra cosa que hacer que dormir en todo ese
tiempo. Se les prohibía la luz por miedo á un incendio, y por el mismo motivo
no se consiente tampoco fumar; yo buscaba en vano qué hubiera
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 35.
36 LEÓN
DBUTSCn
podido quemarse en la prisión, porque aparte de las
puertas, las sillas, las ventanas y el lecho, no existía nada de madera en todo
el edificio, cons-truido con macizas piedras. Esta tristeza de pasar las largas
veladas sin luz y sin fumar, puede con-siderarse no sólo como una privación,
sino como un verdadero tormento, y no hay derecho para castigará los detenidos
cuya culpabilidad no está aún demostrada. La actitud del personal con los
prisioneros no tenía nada de amable. Ved lo que
me sucedió en los primeros días: *
Todas las celdas daban sobre el mismo corre-dor,
paseo en común de los presos, que estábamos obligados á trotar unos detrás de
otros como los gansos y siempre á algunos pasos de distancia. Me parecía ser
uno de esos caballos de titiritero, sujeto de una cuerda y obligado á dar
continuas vueltas. Otros prisioneros consideraban esto tan humillante que
renunciaban de buen grado á res-pirar un poco de aire fresco.
En el curso de mis paseos vi un día relevar la
guardia militar en el patio de la prisión. El modo como los soldados alemanes
marcan el paso y manejan los fusiles me hizo detenerme un momento á contemplar
el cuadro, sin ocuparme de los que marchaban delante y detrás de mí. Salí de
las filas poco más de medio paso; inme-diatamente sentí que alguien me empujaba
por la espalda.y se proferían contra mí las más gro-seras injurias. Yo no me di
cuenta de lo sucedido hasta que el carcelero me condujo violentamente
á mi celda. El
hombre juraba como un poseído, amenazando con privarme del paseo si otra vez me
conducía de esta suerte.
Le pregunté con viveza qué crimen había po-dido
cometer, y cuando supe que todo aquello
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 36.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 37
prevenía de haber detenido mi marcha durante un
segunda, monté a mi vez en cólera.
¡Decididamente era demasiado! Pregunté al guardián
por qué se osaba tratarme de aquel modo; semejante conducta no era admisible ni
>ara un condenado; se había permitido atrope-Ílarme y darme empujones porque
salí por casua-lidad fuera de la fila.
Una mínima infracción no puede ser conside-rada
como un crimen por el reglamento de las prisiones alemanes, y estaba obligado á
advertir-me sin semejante trato.
Esta lección produjo su efecto: mi hombre cam-bió
en seguida de tono y desde entonces fuimos casi cama radas.
La comida de la prisión era insuficiente desde el
punto de vista de la cantidad y no puede bastar
á un hombre
adulto. Consistía en libra y media de pan de centeno y dos veces al día una
sopa, parecida á una panatela.
Los presos no comían carne más que dos veces por
semana, el primer mes de su detención, y las porciones eran microscópicas. Los
guardia-nes mismos se veían obligados á reconocer que un detenido, sin medios
de procurarse los extraor-dinarios, no podía satisfacer su apetito.
Por el contrario, las celdas del primer piso, cuyas
ventanas daban á la calle, son espaciosas, claras y limpias. El mobiliario
consiste en un taburete, una mesa y un lecho: este lecho se com-pone de un
jergón, un cojín de paja y una ligera manta de lana.
En un ángulo de la celda estaba la estufa, que se
encendía desde el corredor, toda rodeada hasta el techo de una fuerte verja de
hierro, para evitar Jas evasiones por la chimenea.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 37.
38 LEÓN
DEUTSCH
Sobre uno de los muros se veía el reglamenta de la
cárcel, que castiga la menor infracción con penas disciplinarias variadas hasta
lo infinito.
Todos estos cuidados tienen por objeto dar poco
trabajo á la administración y hacer más fácil la vigilancia de los detenidos;
por lo que toca
á éstos, se
les trata no como á hombres cuya cul-pabilidad no está aún demostrada, sino
como á vulgares criminales. Esto lo vi con claridad en la siguiente ocasión:
Un día fui sacado de la celda y me condujeron al
comedor del piso bajo, donde ya un gran nú-mero de prisioneros estaban
alineados á lo largo del muro. Parecían esperar alguna cosa. Me seña-laron
también un puesto y quise saber de qué se trataba. Después de varias preguntas
sin respues-ta, el vigilante consintió al fin en decirme que el sacerdote
católico quería ver á los presos. Yo de-claró bien alto que en mi calidad de
socialista no tenía nada que ver con el catolicismo, y menos con sus
sacerdotes, solicitando ser conducido de nuevo 6 mi celda.
La pretensión pareció excesivamente cómica al
vigilante y respondió con una carcajada:
—Que usted quiera ó no, me importa poco; el cura
desea ver á todos los presos, y hay que obe-decer.
Los otros carceleros se echaron también á reir: les
parecía muy cómico ver á un detenida manifestar una voluntad ó un deseo. Los
que cen-suran la barbarie rusa deben saber que en una prisión alemana, en una
simple casa de deten-ción, se creen que no hay derecho de manifestar
convicciones ni opinión ninguna, y en realidad no me quedó otro recurso que
dejarme conducir ante el cura.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 38.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 39
Nuestra entrevista fue muy breve. A su pre-gunta
respecto á mi'religión, respondí que como socialista demócrata no pertenecía á
ninguna iglesia. Dejó caer sobre mí una mirada de compa-sión y me despidió
inmediatamente.
Lo que me parecía también insoportable, sobre todo
en los primeros tiempos, fue el siste-ma de espionaje en boga en la prisión.
Cons fre-cuencia, mientras yo escribía ó me abismaba en la lectura de un libro,
aparecía de repente un car-celero. Andando sobre la punta de los pies había
abierto sin ruido la puerta de la celda y me es-piaba con atención. Creía, sin
duda, sorprender-me mirando por la ventana, distracción inofensi-va, pero
severamente castigada en el reglamento.
Es extraordinariamente ridiculo el cuidado
meticuloso con que en esta prisión, y en todas las otras alemanas que después
he conocido, se re-gistran los objetos destinados á los prisioneros.
Una docena de naranjas enviadas por mis amigos
excitaron las sospechas del guardián,' y partió cada una de ellas en cuatro
partes para ver si llevaban en el interior algún objeto.
Esto pasa de cuanto puede imaginarse; el hombre se
figuraba que en una naranja pudiera esconderse algo importante. Los gendarmes
ru-sos, malignos y llenos de todas las malicias, no se hubieran tomado jamás el
trabajo de cortar en cuatro partes una naranja ó una manzana.
El cambio de cartas entre los detenidos y los de
afuera se practica de un modo regular y con excesiva vigilancia. Todas estas
miserias, todas estas pequeneces y formalidades me encoleriza-ban en los
primeros tiempos y se me hacían inso-portables, hasta que poco á poco me
habitué al trato de las prisiones alemanas; el personal se
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 39.
40 LEÓN
DEUTSCH
fue mostrando más confiado. Contribuía mucho
á su interés
la circunstancia de ser yo ruso, pues no habían visto nunca ninguno en su
ciudad.
Por celoso y desinteresado que sea un funcio-nario
alemán, no puede dejar de sentir conside-ración por la posición social de un
individuo.
Mis guardianes sabían que contaba con recur-sos; me
traían la comida de casa del carcelero jefe, y no carecía de nada de lo
necesario, ni aun de lo superfluo, pues mis amigos se ingeniaban para
procurarme todas las comodidades posibles. Esto imponía á aquellas gentes, y
además yo aprovechaba toda ocasión de afirmar bien alto que pronto estaría en
libertad.
Sin embargo, no era esta mi convicción como otras
veces, no tenía más objeto que el de debi-litar su vigilancia; pero me pareció
que creían en realidad mis ajfirmaciones, al menos durante cierto tiempo.
El personal de la prisión lo formaban dos
guardianes y un jefe, que asumía las funciones de director; ios tres buscaban
mi sociedad y no perdían ocasión de venir á conversar conmigo. Me preguntaban
sobre Rusia, y por su parte me referían muchas cosas de Alemania respecto á las
prisiones, el procedimiento judicial y demás cuestiones que les interesaban
directamente.
Me parecían bastante contentos de su situa-ción. En
realidad, su sueldo era elevado, pues pa-saba de dos mil marcos por año, si no
me equi-voco.
El carcelero con el cual tuve el disgusto que he
contado, me visitaba con frecuencia. Había sido soldado como los otros, y
estaba igualmente imbuido en el espíritu de disciplina militar, que en las
prisiones alemanas se considera como un
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 40.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 41
ideal indispensable. Parecía duro y tosco, pero, en
realidad, era un hombre de buen corazón.
Un día me propuso pasarle á uno de mis veci-nos de
celda parte de los alimentos que yo no consumía, porque el pobre diablo carecía
de todo recurso personal y rabiaba materialmente de ham-bre. Yo consentí con
alegría.
Era un hombre de cerca de treinta años, re-choncho
y cargado de espaldas; ocupaba su plaza después de haber cumplido el servicio
militar, dis-gustado de la carpintería, que fue su primer oficio. Como la mayor
parte de los obreros alemanes, no había frecuentado más escuela que la
primaria, pero esta educación da entre ellos mejores resul-tados que en Rusia.
Se puede decir que este hom-bre, comparado con los de su clase en nuestro país,
era, en realidad, instruido; conversábamos de todo, y principalmente de política.
Mis cono-cimientos variados le causaban una profunda ad-miración, en especial
el conocimiento del francés, alemán y ruso, mi lengua materna.
—¿Cómo puede usted retener tantas cosas?— exclamaba
maravillado cuando me veía pasar de un libro ruso á otro francés ó alemán.
Es también notable el desenfado con que
dis-pusieron de mi dinero. Como ya he dicho, en el momento de mi arresto se
apoderaron de mi por-tamonedas; algunos días después, el director me presentó
la cuenta de los gastos pagados por mí. El policía, sin contar conmigo, había
sido tan ge-neroso que pagó un día entero en el hotel, que apenas ocupó algunos
minutos, y además, una indemnización al dueño por los perjuicios que le había
causado; en todo tres ó cuatro marcos. Pero no era eso sólo; como no habían podido
abrir una de mis maletas, aunque tenían
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 41.
42 LEÓN
KEUTSCH
ves, recurrieron á un cerrajero y le pagaron
es-pléndidamente su servicio.
Eché una ojeada á la nota, sin hacer ninguna
observación, porque no quería disputar con ellos por tales detalles.
Así se me hizo pagar por mi arresto, por los daños
que no había causado y por abrirme la ma-leta. Como si a un condenado le
hicieran pagarla cuerda ó el hacha.
Es cierto que no se hubieran permitido tales abusos
tratándose de un alemán, pero como ex-tranjero me podían desplumar á su gusto.
Poco tiempo después de mi arresto, fui condu-cido
delante de un fotógrafo, que sacó un cliché. No fue esto de mi gusto; temía
enviasen mi foto-grafía á Rusia, donde me reconocerían, pero no pude resistirme
ni era conveniente demostrar que tenía algo que temer de esta medida. Además,
mi retrato era necesario para las investigaciones que iban á verificarse en
Suiza, y gracias á él fui re-conocido como Buligin.
Las autoridades suizas respondieron que la
fotografía representaba á Buligin, nombre al cual estaba extendido mi
pasaporte.
Esta parte de la información me fue favorable y
demostraba que nada tenía que ver con el asun-to de Jablonski y de Bochanowski.
Se había reconocido que no introduje en Ale-mania
ningún libro prohibido: los libros y pape-les escritos en ruso hallados en mi
poder tenían carácter social demócrata, pero no estaban prohi-bidos.
Muchas semanas transcurrieron antes de que se
cumpliesen todas las formalidades. Cerca de mes y medio después de mi arresto,
el juez me hizo saber, al fin, que la instrucción estaría termi-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 42.
DIEZ Y SEIS ANOS EN SIBERIA 43
nada dentro de pocos días, resultando que no
hallaba la menor base de acusación seria contra mí. La última palabra
pertenecía al procurador; él podía decidir si era puesto inmediatamente en
libertad ó bien se me llevaba ante el tribunal; en este último caso, los
magistrados serian de la opinión del juez instructor, y si, á pesar de todo, se
abría un proceso contra mí, acabaría con una ligera pena, desquitada de los
días pasados en la detención preventiva: de esta manera mi libertad sólo era
cuestión de poco tiempo y podía estar cierto de que todo iba bien.
Creí al juez bajo su palabra, sin suponer por un
solo instante que ocultase otro pensamiento.
Ciertos hechos vinieron bien pronto á desper-tar en
mí crueles sospechas, pero es propio de la naturaleza humana dar por verdadero
lo que se desea. Los que se abandonan á la esperanza hallan medios de verlo
todo de color de rosa. *
Algunos días después de hablar con el juez me
llamaron al locutorio. Encontré á la señora Nadjeschda Axelrod, la mujer de mi
amigo, y un viejo, el cual era el mismo procurador. Me decla-ró con tono severo
y amenazante que nos autori-zaba á conversar, con la condición de hablar sólo
alemán, y á la primera palabra rusa cambiada entre nosotros se vería obligado á
separarnos.
El tono y la actitud del barbudo no estaba de
acuerdo con la perspectiva de una próxima liber-tad que el juez de instrucción
había desplegado ante mis ojos.
—¿Cómo este señor me prohibe hablar ruso— me
dije,—si tan pronto voy a ser libre?—El está ya en posesión del expediente y
conoce la conclu-sión del juez instructor.
Pero en aquel momento no había tiempo de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 43.
44 LEÓN
DHUTSCH
reflexionar y pensé que este hombre era una
encarnación del formulismo. «La ley prescribe que es preciso vigilar toda
conversación de un prisionero sometido á instrucción; por eso nos obliga á la
señora Axelrod y á mí á hablar ale-mán, á fin de podernos comprender. No hay
nada que se pueda considerar como una defraudación de mis esperanzas.»
La severidad del procurador von Berg (tal era su
nombre) había producido á un tiempo sobre la señora Axelrod y sobre mí una
profunda im-presión de malestar; no supimos qué decirnos y nos despedimos
pronto.
Lo que pasó después ha quedado grabado en mi
memoria. A la siguiente mañana el carcelero jefe Roth vino á mi celda y me
anunció de una manera muy amable y muy amistosa, con el as-pecto de un buen
hombre que no oculta nada, que iba á ser trasladado á una celda del piso bajo,
porque en todo el primer piso estaban de obras.
Se excusó de este cambio, porque la nueva celda no
era tan confortable como la primera. El cambio me desagradó: mi plan de evasión
estaba basado en la situación de la celda. Uno de mis amigos había alquilado
una habitación en el hotel de enfrente, y como mi ventana daba á la calle, en
circunstancias excepcionales podíamos comu-nicarnos por medio de signos
convenidos.
Además de estas consideraciones prácticas, mi
traslado me causaba también enojo porque había unidos á aquellos cuatro muros
muchos recuer-dos, que no eran tristes ni sombríos, sino de una naturaleza
amistosa.
Pensaba con lógica que mi celda del piso bajo no
daría á la calle para gozar de una distracción que me era querida; los días de
mercado asistía
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 44.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA 45
á escenas muy
interesantes entre compradores, comerciantes y aldeanos de los alrededores;
otras veces los ejercicios militares se verificaban en la plaza y me
entretenían mucho. Pero lo que mas me gustaba, sobre todo á la hora del
crepúsculo, era deslizarme á la ventana y contemplar los mu-chachos entregados
á toda clase de juegos. En medio de sus estallidos de risa y de sus gritos me
transportaba con el pensamiento al país natal, á la Rusia del Sur, y e-vocaba
mi propia infancia.
Todo me era arrebatado con el cambio de celda. Mi
nuevo domicilio me pareció más estre-cho, más sombrío. La ventana daba sobre el
patio: esta última circunstancia hacía la fuga casi impo-sible; cierto que me
quedaban aún dos ó tres pla-nes de evasión, pero la experiencia me decía que
algunos de ellos no eran realizables.
Me consolaba el pensamiento de que la eva-sión no
era necesaria y podría salir de la prisión por las vías legales. Contaba los
días que me se-paraban de ese momento; mi traslado me hizo el efecto de un
simple azar, que, según me había dicho el carcelero jefe, no tenia ninguna
impor-tancia. Pero mis amigos pensaban otra cosa. Como no me vieran en la
ventana creyeron que secreta-mente me habían enviado á Rusia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 45.
CAPÍTULO IV
Visita de "mi mujer,,.—Plan de evasión y
libertad.—-Espe-ranzas.—El procurador entra en juego.— Preparativos de viaje.
A los pocos días fui llamado de nuevo al
locu-torio. Apenas entré, una señora joven se precipitó en mis brazos, entre
llorosa y sonriente.
Era la esposa de mi amigo Buligin.
Como yo había sido arrestado con el nombre de su
marido, ella se apresuró á acudir para re-presentar cerca de mí el papel de «mi
esposa». Lo desempeñó tan bien, que hasta el mismo se-vero procurador, testigo
de esta conmovedora escena, se dulcificó á la vista de dos jóvenes espo-sos que
se amaban tan tiernamente, y no se inter-puso entre nosotros, dejándonos
conversar con tranquilidad.
Pasado el ardor de los primeros transportes, me
recomendó hablar en alemán con «mi mujer», pero esta vez su voz era menos seca
y menos dura que durante la visita de la señora Axelrod.
Entretanto la señora Buligin me había dicho al oído
que era absolutamente indispensable ha-blar en ruso, porque me tenía que
comunicar cosas de gran importancia, y rogué al señor von Berg nos permitiese
emplear la lengua rusa.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 46.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 47
—No es posible—respondió brevemente;—ha-blan
ustedes bastante bien el alemán para enten-derse.
—Usted comprenderá—repliqué—que por bien que un
hombre posea una lengua extranjera, le es enojoso no hablar el idioma patrio
con su mu-jer, cuando la ve después de muchas semanas y lo encuentra en
prisión. Es imposible que mi mujer me explique en alemán asuntos de familia y
me dé noticias de nuestro hijo. No veo motivo para que la ley, que usted
representa aquí, nos prive de esta satisfacción. Si tiene usted alguna duda
respecto á la naturaleza de nuestra conversación, haga llamar al señor profesor
Thun para que asista & ella.
—Desde el momento que conocen ustedes dos la lengua
alemana, la ley me autoriza a no de jarlos conversar en ruso—respondió el viejo
con sequedad.
—Sin duda está usted de acuerdo con la ley, pero
existen también deberes de humanidad, co-munes á todos los hombres bien
educados, y la humanidad no le autoriza á prohibirnos el uso de nuestro
lenguaje materno.
Pronuncié la palabra humanidad con un tono que
pareció surtir efecto, porque el procurador consintió en dejarnos hablar en
ruso si el profe-sor Thun tenía á bien estar presente; mas se resistía á
llamarlo, pretextando «no estar obligado por la ley». Naturalmente, yo no
quería demos-trar mis relaciones íntimas con el profesor y pre-gunté su
dirección, aunque la conocía desde mu-cho tiempo antes.
—Se le dará á su esposa en mi gabinete. Diciendo
esto se retiró del locutorio con la se-
ñora Buligin y yo fui conducido á mi celda.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 47.
48 LEÓN
DBTJTSCH
Poco tiempo después me llamaron de nuevo; encontré
á la señora Buligin, el procurador y el profesor Thun. No le había visto en
algún tiempo, porque estaba de viaje durante las vacaciones de Pascuas, y
terminó ya sus funciones de tra-ductor al ser transmitido el expedienta al
procu-rador.
Así que pudo hablar ruso la señora Buligin, me dijo
que mis amigos estaban inquietos por mi suerte. Los espías rusos se agitaban en
torno de ellos y de mis íntimos conocidos, mostrando una fotografía muy
parecida á la que habían enviado
á Friburgo, y
se informaban para saber dónde me hallaba. Mis amigos creían que el gobierno
ruso estaba en buena pista para descubrir que me ocultaba con el nombre de
Buligin, y si mi encar-celación se prolongaba, acabarían por conocer mi
verdadero nombre. Era preciso concertar mi eva-sión. Discutíamos todos los
medios y buscábamos un plan. El profesor Thun tomó parte activa en nuestra
conversación, dándonos también sus con-sejos. Pero, como antes he dicho,
ninguno de los planes era práctico. No tengo intención de expo-ner aquí todos
los discutidos; baste decir que el profesor Thun se interesaba vivamente y
tenía un papel activo.
Hoy, después de veinte años, me acuerdo de estos
acontecimientos, y estoy tentado de dudar que haya sido posible existiese un
profesor aJe-mán, un hombre con cátedra de economía social, dispuesto á ayudar
á la evasión de un socialista ruso, y discutiendo con él las combinaciones, aun
á riesgo de un
disgusto. ¡Este mismo hombre, an-tes de conocerme personalmente, expresó su
de-seo de que fuera un día entregado al gobierno ruso!
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 48.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEKIA 49
El procurador von Berg, que durante todo el tiempo
de nuestra entrevista permaneció en la estancia, hizo un papel terriblemente
cómico. No comprendía una sola palabra, pero nos veía reir y reía también,
asociándose á nuestra alegría. Como nosotros nos divertíamos á sus expensas y
nuestra risa le ganaba, él se divertía también con nosotros. Le preguntamos al
profesor Thun qué hubiera pensado el correcto y formalista viejo y en qué
violenta cólera no caería si supiera que en su propia presencia nos burlábamos
de su digna persona.
Cuando hubimos terminado la discusión, que duró
bastante tiempo, la señora Buligin y yo nos despedimos tiernamente. Ella dio
las gracias á von Berg por habernos permitido hablar ruso y le preguntó cuándo
pensaba ponerme en libertad. El procurador respondió que tomaría una
resolu-ción en los próximos días de la semana, pero en todo caso—añadió,—al ser
puesto en libertad me confiarían á la policía hasta una frontera cual-quiera,
probablemente la frontera suiza, como la más próxima.
Me así con más energía á la esperanza de ver-me
pronto libre. Era más agradable soñar con una libertad próxima que pensar en
las conse-cuencias que tendría para mí mi extradición á Rusia ó sencillamente
mi envío á la frontera rusa.
Después de la visita de la señora Buligin, la sed
de libertad se apoderaba más y más de mí. La imaginación presentaba á mis ojos
bellos cua-dros; mis pensamientos iban continuamente á mis amigos y á nuestra
obra. Veía pasar por mi espíritu las escenas de alegre bienvenida y pen-saba en
mis camaradas dedicados con nuevo ar-dor al desenvolvimiento de nuestra Liga
para la
TOMO I 4
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 49.
50 LEÓN
DEUTSOH
emancipación de los trabajadores. Coordinaba to-dos
los detalles de cuanto iba á hacer para des-quitarme de mi inacción forzosa; no
vivía más que en el porvenir: el triste presente me parecía un lejano pasado,
era como una pesadilla penosa, uno de los episodios que yo contaría en el
círculo de los míos. Los soldados deben experimentar algo parecido después de
escapar al peligro y á las duras privaciones de la guerra, cuando vuel-ven
sanos y salvos á su hogar.
— Hoy se va á dar la orden de ponerme en libertad.
Con este pensamiento me levanté una maña-na de
Mayo, me acuerdo como si fuera hoy, y empecé á representarme de qué modo me
comu-nicarían la decisión.
—El señor procurador llama á usted.
Estas fueron las palabras con las cuales el
carcelero puso término á mis sueños.
—Es, sin duda, para anunciarme la libertad— fue mi
primer pensamiento.—Este hombre tiene palabra. Es, sin embargo, extraño que los
jueces hayan emitido ya su decisión. Es aún temprano.
Asi discurriendo seguía los corredores de la
prisión.
El señor von Berg estaba sentado cerca de la mesa
de su despacho y á su lado había un joven secretario. La mesa estaba cubierta
de legajos de de papeles.
—Es hoy, como usted sabe—me dijo el procu-rador
volviéndose hacia mí,-—cuando se va á dic-tar el fallo en su asunto. Antes de
comunicarle el veredicto es preciso saber cierto si su nombre es,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 50.
DTKZ Y
SEIS AÑOS EN SIBK11IA 51
en realidad, Buligin y si reside en Moscou, como
usted afirma.
•—Ciertamente, me llamo Buligin y soy de
Mos-cou—respondí yo.
—Leed la nota relativa á este asunto-*-ordenó el
procurador á su escribiente.
Este empezó á leer con voz blanda y tonillo oficial
un papel que al primer golpe de vista me pareció venir de la administración de
Moscou. El documento indicaba clara y brevemente que no había en Moscou ninguna
persona del nombre de Buligin respondiendo á la descripción que se hacía.
—¿Qué tiene usted que decir en contra?—me
in-terrogó el señor von Berg con tono frío ó irónico.
Sentí afluir al rostro toda mi sangre y temblar mis
rodillas, pero me dominé y emprendí en se-guida mi defensa. Hablaba de prisa,
con emoción y tono de convencimiento. Ero el momento deci-sivo, sentía el suelo
faltar bajo mis pies. Ahora era preciso luchar por la vida: como había ya
pensado antes en esta eventualidad, mi plan de defensa estaba preparado de
antemano.
— Escuchadme —exclamó volviéndome hacia el
procurador;—-afirmo que soy Buligin, pero debo confesar también que no soy de
Moscou y que to-dos los datos que he dado sobre mi persona son falsos; me he
visto obligado á esta mentira por el modo como me han tratado aquí, en
Friburgo, y por los procedimientos administrativos que reinan en Rusia. Estos
procedimientos, que usted igno-rará, voy a hacérselos conocer. No es raro entre
nosotros ser denunciados á la gendarmería como poseedores de libros prohibidos
en Rusia. No sólo se detiene poruña simple denuncia, sino que se trata de
perseguir á todos los que con el acu-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 51.
52 LEÓN
DEUTSCH
sado tienen relaciones, ó cuya dirección está e»
sus manos. Su casa queda sometida á un perpe-tuo espionaje, toda su familia
expuesta á sufri-mientos y vejaciones. Los hombres permanecen muchos meses
presos por los motivos más fútiles. Cuándo se llega á la democrática Suiza ó á la
constitucional Alemania, sin la menor intención de contravenir sus leyes, se
encuentra uno con que-se trata á los ciudadanos aquí (hablo al menos de los
extranjeros) de un modo que no varía gran cosa de lo que se practica en Rusia.
He aprendido á mis expensas que aquí se detiene á las gentes sin respetar
ninguna forma jurídica, sin observar las menores garantías de libertad
individual. Sin el menor mandato de la policía se han permitido registrar mi
habitación del hotel, se me trata como un criminal cualquiera. No tengo que
reprochar-me la menor infracción á las leyes alemanas y se me sujeta á prisión
dejándome dos interminables días sin comparecer ante el juez. Se prende
tam-bién como en Rusia á una señora alemana y se la tiene presa. Yo no podía
sentir confianza en la seguridad que me daba el juez de instrucción de que se
trataba simplemente de una pesquisa judi-cial. He pensado que en Alemania, como
en Ru-sia, la policía tiene el derecho de obrar paralela-mente á la justicia y
entenderse por su parte con las autoridades rusas. El documento que me aca-ba
usted de leer me prueba que tenía razón. Si yo hubiera hecho conocer al juez mi
verdadero estado civil, inmediatamente se lo hubiese comu-nicado á las
autoridades rusas, como sucede ahora, y éstas se hubieran enterado de que se
encontraban en mi poder dos maletas llenas de libros prohibidos en Rusia. La
policía, natural-mente, hubiera hecho las indagaciones habituales
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 52.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBBRIA B3
•en la ciudad de mi nacimiento y hubiera expuesto
á vejaciones
sin número a mis padres, mis her-manos y mis hermanas, los cuales participan de
mis opiniones. Puede que les encontrasen libros prohibidos y muchos de ellos
estarían presos. La Rusia no es un país constitucional, y eso me obli-gó á
ocultar en mi interrogatorio ciertos detalles que pudieran ser peligrosos para
los demás.
—¿De modo que usted afirma que es Buligin— me dijo
el procurador con una voz llena de cóle-ra,—pero niega que es de Moscou, y
rehusa darme el nombre del pueblo de su nacimiento?
—Sí, lo rehuso por las razones enumeradas.
—Leédnosla nota que sigue—dijo el procurador
al escribiente.
Este volvió á leer.
«El prisionero actualmente detenido en el gran
ducado de Badén que se hace pasar por Buligin, es, en realidad, un cierto León
Deutsch, que en compañía de Jacobo Stefanowitch tiene, entre otros delitos
cometidos, una tentativa de asesinato contra Nicolás Gorinowitch en Mayo de
1876. Por tanto, el gobierno de Su Majestad el zar de Rusia pide, por mediación
de su representante cerca de Vuestra Alteza al gran duque de Badén, tenga á
bien acordar la extradición de los dos criminales aquí citados. Al mismo tiempo,
el gobierno de Su Majestad cree su deber llamar la atención de las autoridades
alemanas sobre el hecho de que el llamado León Deutsch se ha evadido varias
veces, y es por tanto preciso ejercer sobre él la más acti-va vigilancia, tanto
durante su prisión como al ser conducido á Rusia.»
Transcribo aquí palabra por palabra este
docu-mento, porque á pesar de los veinte años transcu-rridos está todavía
grabado en mi mente.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 53.
54 LEÓN
DECTSCII
—Todo se ha perdido—pensé, y penosas re-flexiones
atormentaron mi espíritu.
:—Y bien; ¿qué tiene usted que decir?
Escuché la voz seca del procurador y vi una sonrisa
de triunfo iluminar su semblante. Me contuve con un violento esfuerzo.
—Lo que me acaban de leer—dije afectando un aire
tranquilo—no me extraña del todo; responde
á los
procedimientos que usa el gobierno ruso. Su juego es claro: cada vez que el
gobierno quiere aprisionar á un socialista inofensivo arrestado en país
constitucional, se guarda muy bien de decir la verdad, y da el nombre de
cualquier individuo acusado de un crimen. Esto no es nuevo. En Ru-mania ha sido
reclamado un cierto Katz, é inme-diatamente fue expedido á Siberia por el
método administrativo, como se dice allí, esto es, sin la menor instrucción
judicial. Es evidente que lo mismo se quiere hacer en mi caso: la mejor prue-ba
está en que el gobierno ruso exige, no sólo que yo le sea entregado bajo el
nombre de Deutsch, sino también la extradición de Stefanowitch, aun-que éste
hace ya muchos años fue detenido en Rusia y condenado a trabajos forzados en
las mi-nas de Siberia, á pesar de que su participación en la tentativa de
muerte contra Gorinowitch no fue jamás probada por ningún tribunal. Es claro
que el gobierno ruso pide la extradición de Stefano-witch, al cual tiene ya
entre sus manos, porque en la primera ocasión designará á un socialista
cualquiera con el nombre de Stefanowitch. Esto que yo le digo, podrá
confirmarlo el profesor Thun, que conoce los asuntos de Rusia y está muy
enterado sobre el movimiento revolucionario de ese país.
Así terminó el interrogatorio. De vuelta á mi
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 54.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 55
celda, coordiné las ideas y quedé completamente
aterrado. Mi extradición era cosa segura. No te-nía más esperanza que la fuga,
pero ésta no tardó en desaparecer.
A consecuencia de la alusión del gobierno ruso á
mis numerosas evasiones—en realidad, no me había evadido más que dos veces,—-se
me puso un guardián especial á la puerta de mi celda y no me perdía de vista un
solo instante, siguiendo todos mis movimientos. Se había igualmente
re-comendado á todos los guardianes que me vigila-sen, y el carcelero jefe Roth
asistió al interroga-torio que acabo de describir.
Al mediodía fui conducido de nuevo delante del
procurador; me pareció mejor dispuesto hacia mí y me demostró cierta dulzura,
lo más que po-día esperarse de este inflexible «hombre de ley».
Me declaró que el profesor Thun había confir-mado
todas mis manifestaciones, y luego añadió: —Si no hubiera usted sido acusado
del crimen
á que se hace
alusión en la nota del gobierno ruso, yo estaría pronto á ayudarle en su
defensa. Sabrá usted que en Alemania el deber del minis-terio público no
consiste en condenar, tiene la misión de buscar la verdad y de poner en
libertad
á todos los
que son injustamente perseguidos. Déme usted el medio de asistirle en su
defensa y yo le ayudaré en la medida de lo posible.
Este cambio en la actitud del procurador se podía
sólo atribuir á la influencia del profesor Thun. Yo sabía que no me quedaba
casi ninguna esperanza, pero quise aprovechar las buenas dis-posiciones de von
Berg para ganar tiempo.
Si mi extradición tardaba algún tiempo, toda-vía
quizá la evasión no fuese imposible. Acepté con reconocimiento la oferta del
procurador, y le
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 55.
56 ' LEÓN DBUTSOH
pedí me autorizase para entenderme con mi abo-gado
y con el traductor público, puesto que no te-nía ninguna idea del procedimiento
empleado para utilizar el consejo que me daba.
Ante todo debía probar que yo no era el Deutsch que
se buscaba: éste vivía en Londres y estaría pronto á confirmar la verdad si se
le descubría. Esperaba que por mediación del pro-fesor Thun se hallase en
Londres un refugia-do ruso que consintiera en hacerse pasar por Deutsch.
El señor von Berg me declaró que el aceptar mi
petición dependía del ministro de Justicia, á quien él se la transmitiría.
Allí terminó el segundo interrogatorio.
A partir de este momento, los acontecimientos se
precipitaron. Antes había esperado un interro-gatorio durante semanas enteras,
y hasta solicité comparecer delante del juez de instrucción, con la esperanza
de que sorprendería de este modo algunos detalles de mi asunto. Pero ahora todo
iba más de prisa de lo que deseaba.
Al día siguiente comparecí de nuevo delante del
procurador. Esta vez encontré en el despache de von Berg al escribiente, al
vigilante Roth, que estaba cerca de la puerta, y un señor extranjero, vestido
con uniforme de funcionario de justicia rusa, en cuyo pecho orillaba una
condecoración.
—¡Ah! Buenos días, Deutsch; ¿no me reconoce
usted?—me preguntó en ruso con voz dulzona. —Soy el señor Bogdanowitch, el
sustituto del procurador de la Audiencia de San Petersburgo. Debe usted
acordarse de mí. Cuando usted estaba en la prisión de Kiew yo era sustituto del
procu-rador en aquella ciudad.
—Yo no he estado jamás en la prisión de Kiew,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 56.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 57
y no tengo el placer de conocer á usted, caballero
—respondí con aire tranquilo. Y en efecto, jamás en mi vida vi á este
funcionario.
—No hay duda, es Deutsch—dijo Bogdano-witch
volviéndose hacia su colega alemán.
—Y yo afirmo de nuevo que eso no es cierto.
—Nosotros debemos creer mejor al señor Bog-
danowitch—dijo von Berg,—y tenemos que enviar á
usted á Rusia.
—Así—repliqué yo—dará usted ocasión al go-bierno
ruso para que envíe un inocente á Si-beria.
—Los inocentes no se envían jamás á Siberia —afirmó
Bogdanowitch con aplomo.
—No solamente se envían á Siberia los inocen-tes,
los enviáis también á la horca. Así, caballero, usted que pretende formar parte
del tribunal de Kiew, debe recordar y puede ser que haya contri-buido al crimen
jurídico de que ha sido víctima un joven, casi un niño, el estudiante Rosowski.
Fue ahorcado, aunque en el curso de los debates se probó que no había cometido
más falta que llevar consigo una proclama y negarse enérgica-mente á decir su
procedencia.
—Rosowski ha sido ahorcado no sólo por
en-contrársele una proclama, sino por ser uno de los miembros del partido
socialista—dijo Rogdano-witch sonriendo al procurador del Gran Ducado de Badén.
—¡Ve usted!—dije volviéndome á mi vez hacia
éste.—Entre ustedes, en Alemania, los represen-tantes del partido socialista se
sientan en el Par-lamento y contribuyen á hacer las leyes del Esta-do. F^n
Rusia, los jueces y la administración con-sideran suficiente para enviar á un
hombre al patí-bulo ser sospechoso de tendencias socialistas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 57.
58 LEÓN
DBUTSCEI
Los dos señores no supieron qué responder-me; me
pareció que el ejemplo, tan verdadero, había producido una cierta impresión
sobre el jurista alemán. Pero, por otra parte, el vanidoso von Berg parecía
dejarse imponer extraordina-riamente por la presencia del sustituto del
procu-rador cerca de la audiencia de Petersburgo.
De tiempo en tiempo su mirada se hipnotizaba sobre
la condecoración que relucía en el pecho del ruso, y al hablarle había en su
voz una dulzu-ra que no sospeché jamás.
Ponía el mayor cuidado en pronunciar correc-tamente
el nombre de Bogdanowitch, tan difícil para él; esto me parecía
extraordinariamente có-mico. Para hacerse buen lugar á los ojos del
re-presentante de la justicia rusa, von Berg me dijo con tono seco:
•—Ya veo que no le faltan pretextos para pintar al
gobierno de su país con ios colores más som-bríos; pero cualesquiera que puedan
ser sus re-sentimientos contra ese gobierno, debe usted serle entregado. Estoy
plenamente convencido de que lo tratarán en Rusia conforme á las leyes.
— ¡Oh! Seguramente, seguramente—se apresuró
á afirmar
Bogdanowitch.
Fui conducido á mi celda y creo innecesario
describir lo que sentí en los días siguientes: el lector puede imaginarlo
poniéndose en mi lugar.
Era evidente ahora que toda esperanza de li-bertad
se había perdido para mí, pero no podía resignarme con este pensamiento y mi
cerebro trabajaba sin descanso en nuevos planes de eva-sión, aunque fueron
inútiles.
Contaba con que los preliminares de mi extra-dición
durasen todavía algún tiempo, y resolví escribir á mis amigos una larga carta
con un plan,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 58.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA 59
esperando hacerla llegar por medio del profesor
Thun. La redacción de la carta exigía tres días;
pero aquella tarde fui llamado otra vez delante del
procurador, á pesar de ser domingo. Era evi-dente que se procedía con una gran
rapidez.
•—Nuestro gobierno ha decidido acordar la
ex-tradición—me dijo von Berg;-—pero con la condi-ción de que comparezca usted
en Rusia ante un tribunal ordinario y bajo la responsabilidad de haber cometido
una tentativa de asesinato contra Gorinowitch. La solicitud de ver de nuevo al
abo-gado y al traductor ha sido denegada.
Después de haberme comunicado la decisión del
gobierno de Badén, von Berg me hizo saber que partiría aquel mismo día para
Rusia.
En el momento de salir le hice notar que
se-guramente me juzgarían en un tribunal de excep-ción y no en los ordinarios.
—Éso es imposible—replicó von Berg:—sería un
atentado al contrato de extradición y contra el derecho de gentes.
Una vez en mi celda comencé los preparativos de
viaje. Estos eran bastante complicados. A pe-sar de las excesivas precauciones
tomadas para vigilar los objetos enviados por mis amigos, es-taba en posesión
de una lima inglesa para limar las barras de mi prisión, un par de tijeras para
cortarme la barba y los cabellos en caso de nece-sidad y también de una fuerte
suma de dinero en billetes del banco, rusos y alemanes. Necesitaba
desembarazarme de todo de un modo cualquiera. Decidí tirar la lima, difícil de
ocultar, y que ya no me podía ser útil; la partí en dos y la arrojé en el
retrete; los otros objetos los oculté por si encon-traba una ocasión favorable
durante la travesía de Alemania ó en la misma Rusia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 59.
60 LEÓN
DBUTSCH
El vigilante, plantado á mi puerta, no me qui-
taba los ojos ni un instante; pero á pesar de eso
conseguí disimular todos los objetos en mis ves-
tidos de tal modo que no pudieran ser descubier-tos
en el registro á que esperaba ser sometido, y poderlos encontrar fácilmente en
caso que me pudiesen servir.
Todos estos preparativos eran tan inútiles como la
esperanza del náufrago que pretende sal-varse en una estera de paja.
Indudablemente se ejercería sobre mí rigurosa vigilancia, y toda ten-tativa de
salvación era inútil, sobre todo en los primeros tiempos; pero en el estado de
mi ánimo estos preparativos tenían la ventaja de arrancar-me momentáneamente á
mis pensamientos nada agradables. Sabía lo que me esperaba, veía el por-venir,
los largos años de prisión. Iba á ser ente-rrado vivo, arrancado, por decirlo
así, á la vida, y la perspectiva me espantaba. Creo que el pensa-miento de la
muerte me hubiera sido más dulce.
—¿De qué me sirve la vida?—me preguntaba, y la
respuesta se perdía en una desesperación in-finita.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 60.
CAPÍTULO V
Partida para Rusia en vagón da bestias.—En las
prisiones
de Franctort y de Berlín.—De la frontera á
Petersburgo
por Varsovia.
La tarde llegó y me instalaron en un coche
ce-rrado, al que daban escolta dos policías; se me condujo bastante lejos de la
estación, y acompa-ñado de mis guardianes me introdujeron en un vagón de
bestias.
Cuando el vagón fue conducido á la estación para
engancharlo al tren de viajeros, noté en el andén una agitación extraordinaria
y mis guar-dianes se pusieron á disputar acaloradamente.
Por algunas palabras de su conversación, que pude
coger al vuelo, comprendí que se acababa de detener á alguien y que este
incidente no era extraño á mi persona. En efecto, varios años des-pués supe que
dos de mis camaradas fueron arrestados en la estación de Friburgo. Querían
tomar el mismo tren que yo y aprovechar la oca-sión que se presentaba de
ayudarme á evadir; pero la tentativa fue descubierta y mis dos amigos, presos
varios días en la cárcel de Friburgo, fue-ron desde allí enviados á Suiza.
Por la mañana llegamos á Francfort sur Mein. El
director del establecimiento se mostró ama-bilísimo, hasta servicial á mis
ojos, pero esto obe-
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Años en Siberia, p. 61.
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DEUTSCH
decía á un pensamiento oculto. Le pregunté si podía
enviar una tarjeta postal á mis amigos de Suiza, y me aseguró, de la manera más
expresiva, que daría todas las órdenes y me proporcionaría lo necesario para
escribir.
La celda á que me condujo era cómoda y daba
á una calle
muy concurrida, pero me impuso dos policías por compañeros, con el pretexto de
que me distrajeran; después me hizo servir un exce-lente almuerzo, y me lo
pareció más porque en los últimos tiempos mi excitación me había im-pedido
comer nada.
Pensando que mi viaje sería largo, quise
pro-curarme algunos libros, y este hombre compla-ciente se ofreció á ir á
comprármelos él mismo á una tienda donde me costarían menos caros. Re-cuerdo
que compré algunas obras clásicas alema-nas y francesas y me las hizo pagar á
un precio muy moderado. Finalmente, me propuso dar un paseo con él por el
patio; cuando estuvim'os solos, empezó á hablarme de sus propios asuntos y
des-pués me disparó á quemarropa la pregunta de si yo era el famoso Degajeff.
Me eché á reir, y la servicial amabilidad del buen
hombre me apareció en aspecto diferente; comprendí por qué se mostraba tan
complaciente; no sólo había aumentado algo al precio de mi co-mida y de mis
libros, sino que esperaba alcanzar una buena recompensa si conseguía arrancarme
la declaración de que yo era Degajeff, cuyo nom-bre se encontraba en todos los
periódicos de Eu-ropa, y por cuya captura había el gobierno ruso ofrecido diez
mil rublos.
Estuve en la cárcel de Francfort hasta la noche, en
que tres policías sin uniforme me acompaña-ron á la estación. Cada vez que
cambiaba de vigi-
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Años en Siberia, p. 62.
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lantes, era registrado de nuevo, pero no
encon-traron nada sobre mí desde antes de la salida de la prisión.
Los policías de Francfort me pusieron en las manos
cadenas que no eran grandes ni pesadas y no podían verse por estar disimuladas
bajo mis vestidos; sin embargo, eran suficientes para impe-dirme marchar de
prisa y correr. Protesté con todas mis fuerzas de tal tratamiento, y me
respon-dieron que habían recibido orden rigurosa de lle-varme encadenado; mis
protestas no causaron efecto y hube de resignarme.
No contentos con esto mis guardianes, uno de ellos,
especie de gigante, me cogió amigablemente por el brazo al llegar al andén de
la estación, otro nos precedía á algunos pasos y el tercero marcha-ba detrás.
Se nos podía tomar por un grupo de alegres compañeros que viajaban juntos.
Nos instalamos en un vagón ordinario, donde
ocupamos dos banquetas, y nuestros compañeros de camino no sospecharon que
viajaban con un criminal de Estado cargado de cadenas.
Me acordaba del dicho de los aldeanos rusos que
quieren expresar el ingenio de los alemanes, diciendo «que han inventado los
signos».
Debo hacer notar que mis vigilantes se mos-traban
correctos y extrictamente severos. No me
vi expuesto
una sola vez á los groseros tratos de que había sido objeto en Friburgo.
Cuando las órdenes recibidas lo permitían,
mostraban cierta complacencia en procurar que estuviese á gusto. Sobre el
mandato de conduc-ción que se les había dado estaba inscrito como «el
pretendido Buligin», con cuyo nombre figura-ría hasta que me entregasen á las
autoridades rusas. Durante todo el viaje no hallé ocasión de
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DBUTSCH
intentar evadirme;
no me perdían de vista
un
segundo y observaban atentamente el menor de
mis movimientos.
Ellos no se
entregaban á conversar conmigo
y yo no tenía
tampoco la menor gana de hablar;
me encontraba débil, enervado, mi pensamiento
estaba adormecido y no veía ni escuchaba nada de lo
que sucedía en torno mío.
—Lo que debe ser, eso será—me decía cada vez que el
pensamiento del porvenir me asaltaba.
Era la reacción que se producía en mí des-pués de
la excitación nerviosa de los últimos días pasados en Friburgo.
Al día siguiente, luego que arribamos á Berlín, fui
conducido á una cárcel cuyo nombre no re-cuerdo, aunque no he olvidado el
horrible senti-miento de depresión que produjo en mi espíritu.
La celda sombría, en la cual un muro elevado
enfrente no dejaba entrar más que una luz indi-recta; las cabezas siniestras de
los carceleros, que no miraban jamás de frente, siempre de soslayo, me daban la
impresión de que los desgraciados presos condenados á pasar mucho tiempo en
es-tos calabozos eran dignos de toda piedad.
He conocido después numerosas prisiones, tanto en
Rusia como en Siberia, pero nunca jamás me he sentido tan desesperadamente
triste como en esta cárcel berlinesa. Todo parecía decirme:
—Estás en Berlín, la capital del militarismo
prusiano, donde una disciplina de hierro, una implacable autoridad, reglamentan
las menores acciones de cada uno.
Los policías que me acompañaban desde Francfort no
me perdían de vista en el calabozo, relevándose de tiempo en tiempo para darme
guardia. Cierto que su sociedad no tenía para mí
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 64.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 65
nada de agradable; pero, en aquel horrible
cala-bozo, la presencia de un ser humano contribuía á dulcificar mi
desesperación sin límites.
Afortunadamente, la estancia allí fue corta, y me
sentí casi dichoso cuando aquella misma tar-de continué mi viaje bajo la
vigilancia de los mis-mos individuos.
A la siguiente mañana estaríamos en Rusia. La
estación de la frontera donde debía ser en-tregado se llama Granitza: es una
localidad situa-da en el punto de conjunción de los tres impe-
rios, ruso, austriaco y alemán.
Se me había hecho dar un gran rodeo, en vez de
conducirme directamente de Berlín á Peters burgo, y no creo necesario explicar
que este itine-rario se escogió temiendo una tentativa de evasión en la
frontera. Poco tiempo antes el socialista polonés Stanislao Mendelsolm se había
escapado con ayuda de algunos amigos de la estación de Alexandrowo, en el
momento que la policía pru-siana iba á entregarlo á la rusa, logrando ganar la
Suiza.
Recuerdo perfectamente mis sensaciones en aquellos
momentos. Era un delicioso día de Mayo; el alegre sol parecía devolverme las
fuerzas. Ape-nas dejé el vagón en compañía de mis vigilantes alemanes, fui
rodeado de un grupo compacto de gendarmes rusos.
—Buenos días, señor Deutsch. ¡Al fin usted aquí! Lo
hemos esperado largo tiempo.
Estas fueron las palabras con que me saluda-ron.
Eché una ojeada en derredor mío; eran jóve-nes guardias del campo con el rostro
amarillo y fresco, que llevaban el execrable uniforme azul sombrío de la
gendarmería.
Su acogida afectuosa me hizo sonreír, como si
TOMO I 6
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Años en Siberia, p. 65.
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se tratase de antiguos conocidos que hubiesen ido
allí á saludarme.
—¿Cómo me conocéis?—les pregunté, mientras
emprendía entre ellos el camino.
—¡Ah, sí! nosotros lo conocemos bien; hemos oído
hablar de usted mucho. ¿Quiere usted tomar el té en seguida ó sacudirse el
polvo del camino? —me respondieron.
Había un extraño contraste entre la actitud de mis
guardias alemanes y rusos. Los últimos me trataban simplemente, con una
confianza casi amistosa.
Para los policías alemanes era un peligroso
malhechor que se ocultaba con un nombre falso; seguían al pie de la letra las
instrucciones recibi-das, sin ocuparse del resto, y hasta tenían la espe-ranza
de conseguir una recompensa por su ser-vicio, según había comprendido en sus
cuchicheos cuando me creían dormido.
Para los gendarmes rusos era un criminal po-lítico,
un prisionero de Estado, como se dice entre nosotros, del que habían oído
hablar con frecuen-cia, y me trataban como á un antiguo conocido.
Hacía cuatro años que dejé la Rusia, y la pri-mera
vez que oía hablar la lengua materna en mi propio país era por estos gendarmes.
Cual-quier revolucionario ruso comprenderá sin esfuer-zo cómo la presencia de
estos gendarmes fue para mí una distracción. Si un individuo no prevenido me
hubiera visto saborear el té al lado de un sa-mowar humeante, bromeando con los
gendarmes, creería que conversaba con camaradas ó antiguos amigos.
—¿Cómo lo ha pasado en el extranjero? Segu-ramente
no se estará tan bien como entre nos-otros—me dijeron los jóvenes.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 66.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 67
Yo les conté como en el extranjero se está mu-
cho mejor que en nuestra pobre patria; pero no
me querían creer y la discusión fue de las más
animadas.
Cuando el tema estuvo agotado pregunté á mi vez qué
había de nuevo entre nosotros, y me des-cribieron con admiración cómo la Rusia
entera celebró poco tiempo antes la proclamación de la mayor edad del
zarewitch.
Los policías alemanes habían entregado mis efectos
y mi persona contra recibo y partieron un poco descontentos de no encontrar su
recompen-sa, al menos en Granitza.
Algunas horas después apareció un oficial de
gendarmería y dio orden á algunos de sus subor-dinados de aprestarse á servirme
de escolta, por-que debía de tomar el tren más próximo. Notó que entregaba á
uno de ellos el dinero que le había sido transmitido por los policías alemanes.
Saqué la cajita donde llevaba el dinero ruso y se la entregué al oficial,
temiendo que me la pudie-ran encontrar. Pareció muy sorprendido y me preguntó
si no me habían registrado en Alemania. Después ordenó reconocer mis vestidos con
la más gran atención, lo que fue ejecutado de punta
é punta; pero
á pesar de eso no encontraron sobre mí el resto de dinero alemán ni las
tijeras.
Tres gendarmes me acompañarían en mi viaje hasta
Petersburgo. En Varsovia, donde llegamos de noche, me esperaba un coronel de
gendarmes. Como la mayor parte de los empleados de esta arma, era muy político
y amigo de conversar.
—¿Ha sido usted también complicado en el pro-ceso
de Tchigírin?—me preguntó.
Y como le respondiera afirmativamente, aña-dió con
convicción:
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Años en Siberia, p. 67.
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DBUTSCH
—Sí; hace mucho tiempo de eso; fue cuando la
sublevación de Polonia. No es asunto muy enojo-so para usted.
En la época de la sublevación de Polonia yo tenía
sólo ocho años. Esto prueba lo enterados que los oficiales de gendarmería están
de los su-cesos políticos y el conocimiento que deben po-seer de sus
atribuciones.
Las efusiones exteriores no le impidieron
reco-mendar á mis guardianes la más rigurosa vigi-lancia.
—No le quitéis ojo; que la ventana de su
com-partimento esté bien cerrada; no le dejéis descen-der del vagón, y sobre
todo no os durmáis en todo el camino—murmuraba en voz baja.
Los gendarmes no parecían preocuparse de sus
recomendaciones; me trataron con los mis-mos miramientos que antes y no
demostraban el menor temor de verme emprender la fuga.
Á nuestra
llegada á Petersburgo, un capitán de gendarmería nos esperaba en la estación y
fui conducido directamente en un coche cerrado á la fortaleza de Pedro y Pablo.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 68.
CAPITULO VI
ia fortaleza de Pedro y Pablo.—Mi compatriota el
procura-dor.—Un médico cruel.—Un conocimiento fugitivo.
Una impresión extraña se apoderó de mí al verme en
esta fortaleza que el gobierno del zar había hecho habilitar como prisión de
Estado.
En esta fortaleza, cuyo nombre es pronunciado en
Rusia con un escalofrío de espanto, se apode-raron de mí siniestros
pensamientos, pero al mis-mo tiempo sentía cierta extraña curiosidad.
Yo sabía que en esta prisión imperaba un ré-gimen
en extremo cruel, y deseaba conocer per-sonalmente si la realidad correspondía
á las pin-turas.
Apenas entré me condujeron a una pieza en la que el
director de la prisión, el coronel de gendar-mería Lesnik, me ordenó desnudarme
completa-mente. Dos gendarmes me sometieron á un es-crupuloso registro
personal; cambiaron mis vesti-dos por el traje de la prisión y una especie de
capote de algodón rayado como el que se lleva en los hospitales.
Mis efectos me habían sido arrebatados, y me
encerraron en una celda del piso bajo.
Todo marchaba por sí solo sin el menor grito; sin
una sola palabra; si no se nos hubiera dicho que los hombres vivían allí,
encerrados años y
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 69.
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DBUTSOH
años, nos hubiéramos creído en un cementerio. Sólo
el reloj rompía 1&monotonía del silencio, y cada hora un alegre repique
tocaba el himno na-cional. «¡Honor! ¡Honor á ti, zar de todas las Rusias!»
Mi calabozo era bastante grande, sombrío; la
ventana se hallaba cerca del techo, y á pesar de estar en Mayo el frío era
horrible; no penetraba jamás el sol, y los muros destilaban agua. Todo el
mobiliario se componía de una cama de hierro guarnecida de un jergón de paja,
un cojín y una ligera manta de algodón, una mesa de hierro y una tabla adosadas
al muro, y por último, una cubeta que exhalaba un insoportable olor.
Desde las tres de la tarde se estaba en las
ti-nieblas, á pesar de que en esta época del año Pe-tersburgo goza de esas
noches blancas durante las cuales no hay jamás sombra; pero lo más
inso-portable de todo era el frío; el estado y situación del calabozo hacia
inútiles los vestidos para ca-lentarse. Recorría los cien pasos que separaban
un rincón del otro, hasta que me rendía la fatiga-mas apenas me dejaba caer
algunos minutos en el lecho, el frío me hacía tiritar bajo la manta, de una
ligereza diáfana.
El alimento consistía en un pedazo de pan de
munición de cerca de dos libras; á medio día se servían dos platos, que no eran
malos, pero esca-sos y siempre fríos, pues había que traerlos de muy lejos.
Yo no era un sentenciado y hubiera podida
procurarme algún suplemento con mis recursos, lo que me fue imposible durante
largo tiempo, porque los gendarmes habían entregado mi equi-paje y mi dinero al
oficial de gendarmes, y éste los depositó en el departamento de la policía. Lo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 70.
DIEZ Y SEIS AÑOS EX SIBEBJA 71
más penoso para mí fue que se habían llevado los
anteojos y no podía leer, cosa que se concede de ordinario á los simples
prisioneros. Los días y las noches me parecían interminables.
Reuní todos mis esfuerzos para encontrar una
ocupación; combinaba problemas de aritmética y los resolvía de memoria; me
contaba á mí mismo historias y recuerdos, y buscaba la manera de hacer mi
diario, pero la materia quedó bien pron-to agotada. Me fue imposible hallar
ocupación para el día; de noche estaba siempre despierto; el frío no me dejaba
dormir. Pasaba el tiempo en ir y venir de un extremo á otro de mi celda como
una ñera en su jaula.
Los paseos no introducían ninguna distrac-ción en
la monotonía de mi existencia; tenían lugar cada dos días y eran de corta
duración, un cuarto de hora apenas, comprendido el tiempo necesario para
vestirme y desnudarme, pues me llevaban mis ropas para ellos. El lugar de paseo
se hallaba rodeado de muros muy altos, y sólo podían verse gendarmes y
centinelas. Toda con-versación con los gendarmes de servicio estaba
rigurosamente prohibida. Inútil hacerles la menor pregunta; por toda respuesta
miraban con ojos severos y guardaban silencio.
Al cabo de algunos días descubrí una ocupa-ción; me
pareció percibir un ligero golpe contra el muro no lejos de mi celda. Como
había estado preso algunos años antes, aprendí á servirme de este modo de
conversar por medio de un alfabeto convenido. Es imposible imaginar mi alegría
cuan-do conocí este ruido, que esperaba utilizar.
Pero me engañé. Cuando respondí golpeando contra el
muro de mi calabozo, conocí que se tra-taba de dos amigos que conversaban y no
querían
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Años en Siberia, p. 71.
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responder á mi tentativa de mezclarme en su
con-versación.
Esta practica está rigurosamente prohibida en las
cárceles, y los dos amigos no querían introdu-cir en su intimidad á un
desconocido, pensando que pudiere venderles. Me contenté con escuchar lo que se
decían el uno al otro en sus cortos diá-logos; eran frases estereotipadas que
repetían constantemente.
—Buenos días; ¿has dormido bien? ¿Qué haces ahora?
El otro respondía:
—Buenos días, bien. Tomo té.
Aunque estas frases fuesen tan insignificantes, yo
sentía envidia de los que las cambiaban. No he sabido jamás si eran dos hombres
ó un hombre y una mujer.
Ocho ó diez días transcurrieron, no lo sé cier-to,
antes de ser interrogado por primera vez. Des-de mi llegada á Rusia no había
sufrido interroga-torio ni me preguntaron siquiera mi nombre; había pasado de
una mano á otra como un pa-quete postal, sin interesar á nadie mi
personali-dad. Los gendarmes parecían saber que yo me daba el nombre de
Buligin, cuando en realidad me llamaba Deutsch; en cuanto á mi delito, no
cono-cían nada ni les importaba.
En la fortaleza de Pedro y Pablo no había
ne-cesidad de nombre; se hablaba siempre de una manera impersonal, en el caso
de que se hablase, pues todos se comprendían por simples gestos.
* * *
UnaJ mañana me llevaron mis vestidos. Creí que se
trataba' del paseo habitual, pero me condu-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 72.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 73
jeron á una sala donde tres caballeros, en trajes
de funcionarios de justicia, estaban sentados alre-dedor de una mesa cubierta
de paño azul. Se me hizo sentar y uno de ellos me dijo que era M.
Olt-chaninoff, juez de instrucción en la Audiencia de Petersburgo para los
asuntos especialmente gra-ves; en seguida me presentó otro de los asistentes,
M. Mourawjeff, como procurador, pero no me dijo el nombre del tercero.
El interrogatorio comienza; me preguntaron mi
nombre y algunos pequeños detalles; yo res-pondí inmediatamente la verdad.
Sabía que no me quedaba nada que perder ni esperar-
Hice un relato exacto del atentado contra
Go-rinowitch, y, como es natural, no di los nombres de los que habían tomado
parte en el hecho de de que me acusaban.
Estaba convencido de que nadie me podría ayudar, y
si contaba la verdad toda entera era por-que los otros comprometidos habían
sido juzgados cinco años antes.
Durante el interrogatorio, que dirigía el juez de
instrucción, el funcionario cuyo nombre no co-nocía me hizo también diversas
preguntas.
Yo le reconocí al cabo; le había visto en Kiew,
donde en 1877 había representado un gran papel en mi proceso. Se llamaba
Kotljarewski. En aque-lla época era sustituto del procurador; ahora
des-empeñaba el mismo cargo en la Audiencia de Petersburgo, donde estaba
especialmente encar-gado de instruir los procesos políticos. Este hom-bre tenía
entre los revolucionarios la peor fama, y había sido objeto de un atentado de
parte de Osinski y de sus compañeros, en Febrero de 1878. Yo fui casi dichoso
de encontrarlo en la fortaleza de Pedro y Pablo. Era, al menos, un rostro cono-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 73.
74 LBÓH
DEUTSCH
cido, uno de mis compatriotas de Kiew. El pare-
ció mirarme con alguna amistad, y entablamos
una conversación, contándonos los acontecimien-tos
de nuestra vida durante los últimos años.
Entretanto el juez de instrucción redactaba el
proceso verbal y pudimos conversar nosotros li-bremente.
El notó que había cambiado mucho desde nuestra
última entrevista.
—No sólo ha cambiado usted físicamente—me dijo;—su
carácter parece también haberse modi-ficado de un modo considerable.
Tenia razón. Kotljarwski era famoso por la
penetración de su espíritu y por la tenacidad; en los procesos políticos sabía
emplear á maravilla estas facultades.
—¿Dónde está aquel cerebro ardiente que usted tenía
otras veces? Un día casi me arroja un tinte-ro á la cabeza...
Yo recordé en efecto este acontecimiento y le hice
notar la causa que lo había motivado.
Durante mi detención en Kiew, estaba en un estado
de violenta excitación nerviosa, porque per-tenecía á la sociedad de las
Buniari, que tenía en su programa la protesta y perpetua oposición á todo lo
que representase autoridad.
Kotljarewski y yo tuvimos un día una acalo-rada
disputa. Yo rehusé obstinadamente firmar un proceso verbal que había escrito.
En el colmo de la cólera cogí un tintero y estaba pronto á arrojárselo á la
cara si no me dejaba en paz. Adi-vinó mi intención, pero supo conservar la
calma; llamó á un carcelero, le dijo algunas palabras al oído; cuando el hombre
se hubo alejado, yo crei que había ido á llamar al guardián para condu-cirme á
prisión.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 74.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 75
Juzgad mi sorpresa y mi alegría cuando algu-nos
minutos después la puerta del gabinete se abrió y mi amigo Stefanowitch
apareció en el dintel; estaba en la misma prisión que yo, sm que lo hubiésemos
sabido. Cruzamos una mirada llena de alegre sorpresa.
—Tenga usted la bondad de llamar á su com-pañero á
la razón—dijo Kotljarewski volviéndose hacia Stefanowitch;—sus nervios parecían
terri-blemente excitados.
Pude así apreciar la amabilidad de este hom-bre,
que en la prisión de Kiew me había tratado como un cumplido caballero; el
encontrarlo de nuevo me causaba placer. En el curso de la con-versación, le
manifesté mi extrañeza por estar encerrado en la prisión Pedro y Pablo como un
criminal de Estado, cuando había sido enviado desde Alemania como un malhechor
de derecho común; no comprendía tampoco por qué había sido enviado á
Petersburgo, estando acusado de un atentado en Odesa, y conforme á la ley, el
pro-ceso debía tener lugar donde el crimen se había cometido.
Kotljarewski no me respondió nada á esto. Me
ofreció hablar con M. Plehwe, director del depar-tamento de policía, para que
me autorizasen á alimentarme por mi cuenta en la prisión.
Al poco tiempo el coronel Lesnik me hizo con-ducir
¿ una celda mucho más confortable en el primer piso y me trató con mayores
miramientos.
Dos días después de este interrogatorio se me
comunicó que mi dinero y mis efectos habían sido enviados del departamento de
policía y que estaba autorizado á proporcionarme alimentos y tabaco. Lo que me
causó gran alegría fue el pensamiento de que me darían mis anteojos; era
preciso para
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 75.
76 LEÓN
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esto una orden del médico de la prisión. Este no
tardó en venir. Era un viejo de sesenta á setenta años, y tenía reputación de
hombre rudo y bru-tal; no tardé en tener la prueba. De un tirón me abrió los
párpados con los dedos y me miró con aire amenazante las pupilas, diciendo que
mi vista era absolutamente normal y no necesitaba anteojos.
En realidad, y en opinión de los más célebres
oculistas, padezco una afección particular á los ojos, y desde la edad de diez
y ocho años no pue-do leer sin gafas.
La negativa del médico excitó mi cólera y mi
desesperación; estaba próximo á prorrumpir en maldiciones y apenas me podía
contener.
—Le suplico, doctor, que se fije; usted se
equi-voca sin duda; yo no puedo leer una línea en un libro sin gafas—le
dije.—Me condena usted á la más terrible tortura y me priva de la única
dis-tracción que puedo tener.
Todo fue inútil. El hombre era inalterable y
repetía como un imbécil las mismas palabras.
—No, no; usted no tiene necesidad de anteojos.
Viéndolo alejarse, cerré los puños presa de
violenta cólera.
¿Qué hacer? Era preciso resignarse. Pero cada vez
que pensaba en el papel de atormentador representado por el médico sentía arder
mi sangre.
Me quedaba por único consuelo el cigarrillo; él fue
mi amigo y mi compañero en la soledad; fumar es el más precioso de los placeres
para los prisioneros; se sienten así menos solos, menos abandonados.
Mis días continuaron transcurriendo en una
inactividad abrumadora; una mañana llegaron á mi oído unos ruidos; se golpeaba
contra una de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 76.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 77
las paredes de la celda. ¿Era por mí? Respondí
con los signos convenidos por medio de golpes
en el muro. ¡Sí! ¡Era por mí! ¡Qué alegría! ¡Iba á
escuchar el nombre de un compañero! jlba á cam-biar pensamientos con un hombre!
—¿Quién es usted? ¿En qué proceso está
com-plicado?—me preguntaba con signos.
Tomé el peine, único objeto portátil y un poco duro
que poseía en la prisión, y golpeé contra la pared las letras de mi nombre. Mi
interlocutor pareció sorprendido.
—¿Cómo está usted aquí?—me preguntó.
—Y usted, ¿quién es?—le repuse.
—Kobiljanski—me dijo.
Yo quedé también sorprendido de encontrarlo allí;
no lo conocía personalmente, pero sabía que después de ciertos golpes de mano
de los terroris-tas, había sido en 1880 condenado á trabajos for-zados
perpetuos y deportado hacía largo tiempo ya á las minas de Siberia, á las
orillas del Kara. ¿Cómo se encontraba en la fortaleza de Pedro y Pablo?
Ardiendo en deseos de saber, y él también
im-paciente por conocer cuanto á mí se refería, em-pecé á contarle lo sucedido,
pero no había llegado
á la mitad de
la narración, cuando fui interrum-pido con estas palabras:
—¡Ah! ¡Ah! ¡Golpea usted los muros!
Miré sobresaltado á mi alrededor. El coronel
Lesnik, rodeado de gendarmes, estaba dentro de mi celda.
Se me espiaba; habían abierto la puerta dulce-mente
y me sorprendieron. No podía negar; me cogían in fraganti delito.
— Sepa usted de una vez para siempre—me dijo el
coronel—que si vuelve a hacerlo será conduci-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 77.
78 LEÓN
DBUTSCH
do de nuevo á su celda del piso bajo y privado de
la autorización de fumar y pasear en el patio.
Diciendo esto desapareció.
Yo estaba en la triste situación de un mucha-cho
cogido en falta. Estaba prohibido golpear el muro; pero experimentaba la
necesidad de hablar, propia de los hombres, y me vela forzado á re-nunciar á la
esperanza de saber por qué Kobil-janski había vuelto de Siberia.
Poco tiempo después de este acontecimiento,
á una hora
desacostumbrada, me trajeron mis vestidos. Creí que se trataba de un nuevo
interro-gatorio, pero vi aparecer al capitán de gendarmes que me acompañó de la
estación á la fortaleza, y que mis maletas estaban preparadas.
—¿Vamos á Odesa?—pregunté. El oficial no respondió
nada.
-—Me conducen á la estación—pensé yo, al
en-contrarme en el coche en compañía del capitán.
Este paseo se verificaba precisamente en una de
esas noches blancas de Petersburgo, en las que es imposible distinguir si
anochece ó aclara el alba. El tiempo era espléndido; me sentía halaga-do con la
idea del viaje a Odesa. Pero el coche no tomó el camino de la estación y
emprendió una dirección contraria.
Algunos minutos después nos encontrábamos en el
patio de un gran edificio; era la prisión pre-ventiva.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 78.
CAPÍTULO VII
Una prisión con nuevo reglamento.—Un plan que
fracasa. —Visita del ministro.—Secreto de Estado.—Un escritor como vecino de
celda.
Cuando el oficial de gendarmería me entregó en
manos del director de la prisión, le mostró con el dedo un detalle escrito
sobre el mandamiento de depósito. El funcionario fijó sobre mí la mira-da
penetrante; era evidente que se le recomenda-ba la mayor vigilancia á causa de
mis antiguas evasiones.
Conocí en seguida que el reglamento de esta prisión
era menos severo. Mis objetos personales fueron colocados en mi celda después
de un nue-vo registro, que se hizo delante de mí; cuando me quedé solo, miré si
habían encontrado el dinero y las tijeras que tenía ocultos; á pesar de las
ri-gurosas pesquisas hechas en la fortaleza y aquí, no las habían descubierto.
Dejé las tijeras y resol-ví cambiar una parte de mis billetes alemanes para
tener á mi disposición algún dinero. Pero la cosa no era fácil.
Comencé por observar a mis guardianes; ha-bía tres
en el corredor sobre el cual daba mi cel-da. El más abordable me pareció ser el
que había reconocido mis efectos, y resolví dirigirme á él.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 79.
80 LEÓN
DBUTSCH
Saqué mi dinero de la cartera y llamé al hom-bre á
mi celda un día que estaba de servicio.
—¿Qué desea usted?—me preguntó entrando y cerrando
la puerta tras de sí.
—¿Ha registrado usted bien mis equipajes ayer
cuando me los ha traído?
—Perfectamente. ¿Qué sucede?—repuso alar-mado.
—Nada. ¡Oh! nada de particular—repetí yo para
tranquilizarlo.—Quiero sólo decirle que no ha sido muy sagaz en sus pesquisas.
Mire usted este dinero. Estaba oculto en mis vestidos y no lo ha encontrado.
Y mientras hablaba así le mostré algunos bi-
lletes de banco. : ^
—¡Imposible! ¡De todo punto imposible! Yo lo
he revuelto todo y lo he registrado bien. ¿Dónde
había usted ocultado ese dinero?
•—Ese es mi secreto. Ahora présteme atención; he
aquí un billete de banco alemán que vale cerca de cincuenta rublos. Tómelo
usted y cuando no esté de servicio puede irlo á cambiar. La mitad será para
usted y la otra para mí. ¿Entendido?
•—Sí, yo lo haré.
Tomó el dinero y se alejó.
—Ha caído—pensaba yo acariciando nuevos proyectos.
Sabía por una vieja experiencia que se pueden tener relaciones con el exterior.
Varios revolucionarios habíamos comprado á los carce-leros para cambiar las
cartas. En el Sur de Kiew les llamamos «palomos mensajeros».
Guando vi con qué facilidad aceptaba, decidí llevar
más lejos la aventura.
•—Dentro de algunosdías—me dije—probaré á confiarle
una carta para que la lleve al correo, después le encargaré algunas comisiones
para
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 80.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 81
uno de mis amigos, y si todo marcha bien, ¿quién
sabe? Puede ser que lleguemos á otra cosa...
Le había dado el billete al carcelero por la
ma-ñana, y todo el día fui presa de una viva agitación. Mi hombre miraba de
tiempo en tiempo á través de los hierros de la puerta, se sonreía y guiñaba el
ojo, á lo que yo respondía de igual manera; pero he aquí que á la tarde entra
en la celda y me devuelve mi billete de banco.
—Tómelo usted—me dijo; —lo he pensado bien, y esto
ha terminado; no hace mucho tiempo se le encontraron á uno de mis colegas dos
relojes que le habían confiado, y fue despedido. El servicio aquí no es malo,
veinticinco rublos por mes; esto no se encuentra fácilmente; no, por cierto; yo
haría mal exponiéndome. Tome usted su dinero... Tengo familia.
Naturalmente, yo no insistí; este hombre, falto de
valor, no podía ser nunca un «palomo mensa-jero»; pero como no tenía medios de
hacer cam-biar secretamente mis billetes, le rogué que los llevase al director
de la prisión y los dejara en depósito á mi nombre.
—Dígale que los ha encontrado usted registran-do
mis efectos-—le dije.
•—No, no, eso no puede ser; sería un complot de
todos los diablos. Quiero mejor decir la ver-dad, que usted se los envía.
Así todos mis castillos en el aire se
desvane-cieron. Conservé los billetes sin que ninguna nue-va pesquisa fuese
hecha.
Algunos días después me devolvieron mis li-bros y
se me concedió el permiso de usar la biblio-teca de la prisión. Se
comprende_jácilment3 con
qué avidez me entregué a lgr^^tura'-después de
tan larga privación. ¿¿&
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 81.
82 LEÓN
DBUTSCH
Desde varios puntos de vista me encontraba mejor en
esta cárcel que en la fortaleza Pedro y Pablo; pero había una sombra en el
cuadro, las celdas llenas de insectos y abrasadoras durante el verano.
El alimento era también menos abundante y menos
sano que en la fortaleza; pero lo más pe-noso para mí lo constituía el paseo
cotidiano.
" Quien
se represente un círculo gigantesco di-vidido en numerosas secciones con
planchas que van del centro a la circunferencia como radios, podrá comprender
los espacios en que nos obli-gaban á pasear individualmente, como bestias. No
veíamos entre las planchas más que un pe-queño pedazo de cielo. Un paseo de
tres cuartos de hora en parecido antro no tenía nada de atra-yente.
Contrastando con el silencio de muerte que reinaba
en la fortaleza de Pedro y Pablo, aquí todo era extraordinariamente animado;
por todas partes se escuchaban gritos y ruidos; todas las ventanas del corredor
daban sobre la calle y los rumores de la vida pública penetraban en las
cel-das. Se escuchaba el rodar de los coches, las voces aturdidoras de los
vendedores ó las dulces melo-días de los músicos. Se formaba así la ilusión de
estar libre; pero la vuelta á la realidad era más triste.
Un día noté insólita actividad en el corredor; se
fregaba frotando y limpiando; parecía esperarse la visita de algún alto
personaje.
En efecto, supimos bien pronto que el ministro de
Justicia, Nabokoff, debía venir á inspeccionar la prisión.
No tardó en hacer su aparición en mi celda.
Cuando supo mi nombre me saludó y me dijo:
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 82.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 83
—He leído su declaración y me ha parecido usted un
hombre sincero; desearé que sea lo mis-mo cuando esté delante de los jueces.
Le respondí que diría siempre toda la verdad. Se
alejó, pero antes de salir volvió de nuevo y me hizo algunas preguntas
insignificantes en apa-riencia, pero que revelaban el deseo de hablar de
otras cosas.
Mientras hablábamos se inclinaba un poco y se ponía
la mano en la oreja como para hacer un pabellón. Me pareció sencillo y sin
orgullo.
Entre los acompañantes se encontraba Kotlja-rewski;
quedó un poco atrás, y así que el ministro se alejó me dijo que él tenía
también que hablar-me. Al poco rato me condujeron á la pieza que servía de
escuela en la prisión.
—Estoy aquí para comenzar un interrogatorio
— me dijo,—pero desearía conversar sencillamen-te
con usted para refrescar ciertos recuerdos.
Nos sentamos los dos sobre un mismo banco, y
nuestra conversación se animó bien pronto. Le repetí la pregunta que le había
hecho ya en nues-tra primera entrevista, es decir, ¿por qué me habían conducido
á la fortaleza de Pedro y Pablo?
— Hay en juego—me dijo—intereses de Estado de la
más alta importancia. La cuestión es esta: si usted es juzgado por un tribunal
ordinario y perseguido sólo por el atentado contra Gorino-wich, se le condenará
á ocho ó diez años de de-portación en Siberia, y esto no se ve bien en cier-tos
círculos elevados.
—No puede ser de otro modo—exclamé yo
sor-prendido.— Alemania ha acordado mi extradición haciendo reservas
expresivas.
—Sí, es cierto, pero somos ahora buenos ami-gos de
Bismarck, y está siempre dispuesto á com-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 83.
84 LEÓN
DBUTSCH
placernos. Además, en caso de necesidad, nos-otros
podemos invocar que usted ha estado preso como reo de Estado después de su
arresto prime-ro. Hay un detalle que recuerdo: los alemanes nos han remitido
todas las notas que usted ha escrito en la prisión de Friburgo.
Me sentía trastornado; recordaba que, en efecto,
para distraer el aburrimiento mortal de la prisión, había arrojado al azar en
numerosas notas algunos de mis planes, pero no podía ima-ginar cómo esos
manuscritos habían caído en manos del gobierno ruso. Sin duda registrarían mis
papeles durante mis paseos, y ciertas hojas fueron enviadas á Rusia. Me parecía
radicalmente imposible que se pudiera basar una acusación sobre tal hecho,
violando así las bases de un tra-tado de extradición con Alemania, á lo que mi
in-terlocutor dijo:
—Esté usted tranquilo; todo esté previsto. Nada
sería más fácil que obtener el consentimiento de Alemania. Otros, con menos
delito que usted, Malinka, Drebsjasgin, Maidanski, han sido ejecu-tados hace
largo tiempo. Ha escapado usted de la prisión después del atentado contra
Gorino-witch; se ha mezclado en seguida en el complot de Tchigirin, con
Stefanowitch; y todas esas histo-rias, ¿no le valdrán más que algunos años de
trabajos forzados? No, no; esto no sería lógico. Se ha celebrado un consejo en
los círculoseleva-dos; yo no he asistido á él, naturalmente, porque no me
cuento todavía entre la administración su-perior, pero me han dicho lo
sucedido. Al cabo todo el mundo ha estado de acuerdo en pedir el cambio del
tratado de extradición concedido en presencia de usted, á fin de que pueda
comparecer ante un tribunal de excepción. Ya puede usted su-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 84.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBKIA 85
poner que ahora su proceso no será largo. Pero uno
de esos altos personajes ha hecho la reflexión siguiente: «Sin duda la Alemania
nos complacerá. ¿Pero hay una ventaja para nosotros? Hoy Deutsch está en
nuestro poder; mañana podemos hacer en un país cualquiera una captura todavía
más intere-sante, y entonces nos será mucho más difícil ob-tener la extradición
de ese individuo; se dirá que la Rusia no respeta los tratados y nos arrojarán
al rostro el ejemplo de Deutsch.» La mayoría se aparta de este modo de ver las
cosas, pero nada se ha decidido aún, y he aquí por qué se condujo
á usted á la
fortaleza de Pedro y Pablo hasta que se tome un acuerdo.
Era posible que este hombre revelase así delante de
mí un secreto de Estado para ha-cerme hablar ó tenía que haber un pensamiento
oculto.
Hablamos de otras diferentes cosas y le hice notar
que individuos completamente inofensivos habían sido condenados á penas
terribles en las persecuciones políticas de Rusia.
—¿Qué quiere usted?—dijo él.—-No se arranca un
árbol sin hacer caer las hojas. Hasta los anti-guos romanos conocían el
proverbio «El sobera-no derecho va seguido siempre de la soberana in-justicia.»
Por mi parte, soy enemigo de la pena de muerte; creo que en un gran Estado los
crímenes políticos son inevitables; en una población de mu-chos millones de
habitantes debe haber algunos miles descontentos. Sin duda es preciso castigar
á los conspiradores, pero un gobierno fuerte puede impedir sus planes sin necesidad
de recurrir á la pena capital.
A propósito de esto me preguntó la fuerza que
tenían los terroristas en Rusia; yo le respondí que
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 85.
86 LEÓN
DBÜTSCH
no sabía nada porque no pertenecía al partido
terrorista, sino á la democracia social.
—Pero sin duda—dijo él—por sus poderosos amigos
conocerá usted la fuerza de los terroristas. Creo que deben ser poco numerosos
—añadió.
En aquella época había, en efecto, muy pocos
terroristas en Rusia, pero yo no quería dejar creer
á Kotljarewski
que no teníamos poderosos ami-gos. Le respondí que podía haber en Rusia mu-chos
millares de terroristas.
—Lo creo imposible; cuento todo lo más algu-nos
centenares. En los últimos tiempos se han hecho arrestos en masa.
Había entonces, es decir, durante el verano de
1884, en las prisiones preventivas un número considerable de personas que
habían sido arres-tadas por diferentes delitos de Estado. Uno de estos delitos,
que había provocado en Petersburgo, en Moscou y en muchas pequeñas ciudades,
has-ta en la misma Siberia, numerosas prisiones, era lo que mi interlocutor
llamaba el «asunto de los calzones viejos». A instancias mías me refirió lo que
sabía á propósito de esta importante cuestión de Estado.
En una de sus pesquisas domiciliarias, la po-licía,
descubrió un papel en el cual estaban escri-tos los nombres de las personas que
asistían á los prisioneros políticos y les daban trajes, ropa inte-rior y otros
objetos. A causa de esto un número incalculable de encarcelaciones se habían
efectua-do, y se había instruido un voluminoso proceso contra la sociedad
secreta conocida con el nom-bre de «La Cruz Roja de la Narodnaja Volja». A este
propósito Kotljarewski hizo algunas acerta-das observaciones.
—La gendarmería — dijo — suele no proceder
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 86.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 87
siempre con buen sentido en su afán de descu-brir
conspiraciones. ¡Extraño complot es este que sólo trata de dar á los
prisioneros algunos vesti-dos viejos! Por eso yo le llamo irónicamente el
«asunto de los calzones viejos». Entre los nume-rosos prisioneros que fueron
complicados en este
' proceso á
propósito de los calzones, había en aque-llos momentos en la prisión un gran
m'rmero de escritores bien conocidos, tales como Protopopoff, Kriwenko,
Stanjukowitch y Erthel.
Protopopoff era mi vecino de celda, y no tarda-mos
en tocar el uno y el otro contra el muro.
Evidentemente había al principio alguna
des-confianza de su parte, porque asi que yo le dije mi nombre cesó en el
momento de contestarme.
Buscaba en vano la razón de süvsilencio;
trans-currieron varios días; le sentía ir y venir por su celda; escuchaba el
eco de su voz cuando hablaba con el carcelero, pero mis signos quedaban
siem-pre sin respuesta. Concluí por creer que temía ser sorprendido por el
personal de la prisión, nume-roso y vigilante.
Al cabo de cierto tiempo comenzó sus signos. —¿Por
qué me oculta usted su nombre?—me
preguntaba.
Le respondí al momento que se lo había dicho desde
el principio, y se lo repetí otra vez.
—Yo había tomado a usted por un espía, porque no
pude descifrar su nombre; pensé que tocaba mal de exprofeso, para ocultarme
quién era.
A partir de este momento conversamos con
frecuencia. Teníamos amigos comunes y nos co-nocíamos bien el uno al otro.
Naturalmente deseábamos vernos, y para con-seguirlo
recurrimos á la estratagema siguiente:
Las ventanas del quinto piso, donde se encon-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 87.
88 LEÓN
DBUTSCH
traban nuestras celdas, se verían desde el parque
de las bestias, es decir, el lugar donde paseábamos, y convinimos en que cada
uno de nosotros, en fechas determinadas, renunciaría á su paseo y nos
arreglaríamos para que el que quedase en la celda pudiese reconocer al que
estaba en el patio. De esta manera pudimos ver recíprocamente nues-tros
rostros. Nos faltaba sólo conocer la voz, y hallamos el medio bien pronto.
Sabíamos que en las prisiones no sólo se conversa, sino que se hacen pasar
objetos de unos á otros por medio de los tubos que conducen el agua. Estos
tubos están dispuestos de manera que no solamente las dos celdas vecinas pueden
comunicar entre ellas, sino también todas las celdas que están situadas encima
y debajo.
De suerte que doce prisioneros pueden po-nerse en
relaciones y formar su club. Nosotros combinamos lo siguiente: vaciábamos á un
mis-mo tiempo en nuestras celdas el agua de toilette; de este modo se
desocupaban los tubos y nos servíamos de ellos como de un tubo acústico;
mientras nosotros hablábamos, los water-closets estaban abiertos; podíamos
reconocer perfecta-mente nuestras voces de celda á celda, y gracias al agua
corriente se evitaba el mal olor.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 88.
CAPÍTULO VIH
Nuevos temores.—El coronel de
gendarmería.—Investiga-clones á propósito del asesinato del general Mezenzeff.
—Encuentro con Bogdanowitch.—Partida.
Durante mi prisión en Petersburgo me sentía más
tranquilo que antes. En la cárcel de Friburgo estaba en un perpetuo estado de
excitación; aspi-raba á la libertad y esperaba obtenerla; en la fortaleza de
Pedro y Pablo me sentía cerca de la desesperación. Ahora todo me era
indiferente: hasta diez ó quince años de trabajos forzados en Siberia, todo me
era igual. El porvenir no existía para mí, mi vida había terminado. Es duro
resig-narse con este pensamiento cuando uno se siente fuerte y con buena salud,
pero era preciso. Muchas veces, sin embargo, rayos de esperanza, sueños de
felicidad inesperada me hacían estremecer; rechazaba inmediatamente estas
imágenes enga-ñadoras, porque en la prisión de Friburgo había experimentado una
decepción demasiado dolo-rosa para volver á abrigar ilusiones.
—¡Loco—me decía;-—la fortuna te jugará otra mala
pasada!
Y me habituaba á no esperar nada más que lo que
lógicamente había de llegar.
Dos semanas habían transcurrido desde que estaba en
la nueva prisión sin que me interroga-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 89.
90 LEÓN
DBUTSCH
ran una sola vez; no sabía qué pensar y me decía
con inquietud:
—Puede que en los círculos superiores hayan
encontrado el medio de tratarme como un reo de Estado.
Hablé de ello con Kotljarewski.
—¿Por qué no me toman declaración?—le dije. —¿Por
qué no me conducen á Odesa?
Estaba seguro de que sucedía algo extraño.
—Prepárese usted inmediatamente;
vienen á buscarlo—me dijo mi carcelero
una hermosa ma-
ñana de Julio.
Era en el preciso momento que volvía de mi paseo
por el parque, y estaba de buen humor.
Un coche de viaje me esperaba en la puerta de la
cárcel: subí 6 él acompañado de un gendar-me sin saber adonde me conducían.
Esta incertidumbre, aunque duró poco, excitó mis
nervios.
Cerca de media hora después el coche se de-tuvo en
un patio y me condujeron á una celda, donde apenas penetraba la luz por los
vidrios pintados de blanco. Empecé á pasear agitado y observé que un oficial me
miraba atentamente al través de la cerradura.
—¿Se puede pasar?—dijo entreabriendo la puerta.
—¡Extraña pregunta!—respondí;—está usted en su
casa.
Se abrió la puerta, y un joven, con uniforme de
coronel de gendarmes, entró sonriendo con aire amable.
—Permítame usted que me presente—dijo:— coronel
Iwanoff.
Y me hizo un saludo.
—No comprendo lo que me sucede—le repuse.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 90.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 91
—¿Quiere usted tener la bondad de decirme dón-de me
encuentro y por qué me han traído aquí? —Está usted en el despacho central de
la gen-
darmería, donde se le va á interrogar; lo
conduci-rán pronto delante del procurador. En cuanto á mí, sería muy dichoso de
conversar con usted y refrescar viejos recuerdos; tenemos numerosos conocidos
comunes.
—¡Cómo es esto!—exclamé sorprendido. —¡Oh!—dijo él
riendo;—no hay en Rusia un
hombre inteligente que no conozca su nombre de
usted.
Este señor se burlaba, sin duda, de mi y de las
personas inteligentes ó pertenecía a. la parte de la sociedad rusa que en esta
época buscaba el modo de defenderse en los periódicos contra la corriente
reaccionaria y llamaban á los revolucio-narios los intelectuales.
—Sí, sí—continuó el coronel;—tenemos muchos
conocidos comunes: he conocido á sus amigos Malinca, Drebjangin y Maidanski;
era yo entonces ayudante de gendarmería en Odesa y los he trata-do allí. ¡Ah,
verdaderamente eran hombres nota-bles!
Comprendí entonces por qué este hombre, tan joven
aún, era ya coronel de gendarmes en la ca-pital. Los grandes procesos de 1879
80 dieron oca-sión de distinguirse á muchos oficiales de gendar-mería. La vida
y la libertad de los reos de Estado eran el secreto de sus ascensos. Sin duda,
mi in-terlocutor había representado un importante pa-pel en las condenas de
muerte y de trabajos forza-dos que sufrieron mis amigos, y tenia el cinismo de
elogiarlos. Tal vez fuese él quien, con ocasión del tratado de Kurizin, tendió
el lazo en que caye-ron numerosas víctimas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 91.
92 LEÓN
DBUTSCH
Una conversación con este amable coronel no era de
mi gusto, y vi con placer que venían á bus-carme. Me condujeron á una pieza
confortable, donde el procurador Kotljarewski estaba sentado en un sillón
delante de una gran mesa y hojeaba diversos papeles.
—He aquí los documentos que conciernen á usted—me
dijo, y los empezó á leer.
De todo aquello resultaba que la viuda del ba-rón
Henking, ayudante de gendarmería que había sido asesinado, vio en los
alrededores de la casa del general Mezenzeff dos jóvenes que parecían espiarla.
'
La baronesa pretendía haberme reconocido en uno de
esos dos jóvenes.
Al día siguiente nos había visto de nuevo,
mien-tras se paseaba con su primo el barón de Berg; una carta del barón
confirmaba lo dicho por la dama.
Había sido esto en los años 1878 79, cuando mi
nombre preocupaba á un gran número de in-dividuos que me hubiesen querido
presentar como instigador y cómplice de todos los delitos políticos que se
cometían en los diversos puntos de Rusia.
Estas fantasías encontraron también acogida en la
prensa, y yo era como una especie de Fray Diablo. Así es que en 25 de Mayo de
1878, mien-tras que yo estaba preso, fue asesinado un rico propietario de Kiew.
Se trataba de un crimen se-guido de robo; á la noche siguiente el barón
Hen-king fue muerto de un tiro de fusil; mis compañe-ros y yo no escapamos de
la cárcel hasta la noche del 27 al 28 de Mayo. ¡Algunos días después, los
diarios decían que, en opinión de las personas más perspicaces, estos dos crímenes
habían sido cometidos por mí! Hubiera sido preciso para eso
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 92.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA • 93
dejar la prisión dos noches seguidas para asesinar
á dos personas y tornar de nuevo a ella.
La leyenda de mi participación en el atentado
contra el general MazenzefE no tenía mejor funda-mento.
Cuando el procurador me hubo leído todos los
papeles, me preguntó qué tenía que decir.
—Me parece—le respondí—que el gobierno no renuncia
á complicarme en todos los asuntos que no están especificados en el tratado de
extradi-ción. Yo me niego á responder á toda pregunta que no esté fundada en
una acusación precisa.
—Bien; puesto que usted se niega á esclarecer esto,
lo dejaremos á un lado—respondió con aire tranquilo.
Y separó los documentos.
—Debo decirle —continuó—-que no doy crédito
á los cargos
de estas dos personas. Creo estar se-guro de que se encontraba usted en el
extranjero cuando la muerte de Mezenzeff.
Le respondí afirmativamente. Me pareció que tendría
un gran placer en arrancarme algunas de-claraciones respecto á este particular;
pero empe-zó á hablarme de cosas indiferentes y me pidió algunas noticias de
nuestra propaganda socialista.
Le cité algunos títulos de obras, y me confesó que
nuestra literatura le era completamente des-conocida.
Mientras hablábamos de esta suerte, apareció
bruscamente en una estancia vecina M. Bogdano-witch, el mismo que me había
reconocido en Fri-burgo: me saludó y tomó asiento delante de la mesa. Yo lo vi
sin la menor animosidad, como si nuestro primer encuentro no hubiera sido una
catástrofe para mí.
—Dígame usted — preguntó volviéndose hacia
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 93.
94 • LEÓN DBUTSCH
mí,—¿cuándo lo he visto yo en Kiew? Hace ya tanto
tiempo, que no lo recuerdo bien.
Afirmaba riendo que me había visto una vez en la
prisión, pero yo adiviné en su acento que no era verdad y que me reconoció en
Friburgo sólo por las descripciones que de mí le habían hecho. A mi vez, yo
tenía curiosidad de saber qué pensa-ban de mí las autoridades de Badén.
—Supieron—me dijo—que usted no es Buligin algunas
semanas antes de su extradición, y enton-ces redoblaron la vigilancia y hasta
colocaron un centinela en la puerta de la celda. El nombre de Deutsch les fue
revelado diez días antes de mi llegada.
Me expliqué entonces por qué me habían cam-biado de
celda y por qué el procurador von Berg me negó la autorización de hablar en
ruso con mis visitantes.
Pregunté al procurador si comparecería pronto ante
el tribunal competente, pero no me dio una respuesta categórica.
Esta fue la última vez que lo vi. Más tarde supe en
Siberia por los camarades que este se-ñor había empleado en los procesos
políticos me-dios innobles, los cuales le atrajeron el odio de todos los
perseguidos, y hasta sus mismos jefes encontraron demasiado fantásticas sus
investiga-ciones y lo separaron de la instrucción de los pro-cesos de Estado.
Pero el exceso de celo le favoreció en su carre-ra;
algunos años después era presidente de la Audiencia de Wilna. A la hora actual
no sé dón-de se encuentra.
Después de este último interrogatorio, me con-vencí
cada vez más de que el gobierno no renun-ciaba á buscar el medio de complicarme
en otros
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 94.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 95
crímenes, además del atentado contra Gorinowitch:
Cada mañana me preguntaba si vendrían á some-terme á nuevo interrogatorio del
mismo género; pero los días fueron pasando y las cosas seguían en el mismo
estado.
Julio y Agosto transcurrieron; yo estaba siem-pre
en la misma celda; pero un día, hacia fines de Agosto, los gendarmes
aparecieron de nuevo y recibí orden de prepararme para un viaje. Se ha-bía
decidido, al fin, conducirme á Odesa.
Mientras que el coche corría á través de las
calles, yo me despedía con pena de esta querida ciudad de Petersburgo, que no
esperaba volver á ver jamás.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 95.
CAPÍTULO IX
Un rayo de esperanza.—Un régimen
desconocido.—Protes-
tas por el hambre.—Nuestro club.—Un protector.
El viaje a Odesa se verificó sin ningún inci-dente
notable. El eambio de paisaje, los días pa-sados en el tren, la vista de seres
humanos, su conversación, todo esto produjo sobre mí un efecto reconfortante;
pero la presencia de tres gendarmes no me dejaba olvidar un momento que era un
prisionero y que me conducían delan-te de los jueces. El pensamiento de la
evasión me perseguía, y por un momento creí que la ocasión se presentaba. Era
de noche, estábamos ya cerca de Odesa, yo dormitaba aletargado, y entre mi
soñolencia noté que mis guardianes dormían á pierna suelta. Mi corazón empezó á
latir á marti-llazos; pensé sacar las tijeras, cortarme la barba, pasar por
detrás de mis guardianes, ganar la ven-tanilla y saltar del tren; en el momento
en que me disponía á hacerlo, uno de los gendarmes abrió los ojos y despertó á
los otros dos á codazos, re-prochándoles su descuido. Fingí que dormía; toda
esperanza se había desvanecido.
En Odesa me esperaba un coche celular con las
ventanas cerradas y me condujo á la prisión de los detenidos políticos.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 96.
DIEZ Y SKIS AÑOS EN SIBERIA 97
En el momento en que registraban mis efectos, las
tijeras cayeron de golpe al suelo, y el director de la prisión, un viejo
gendarme, exclamó con profundo asombro:
—¡Cómo dejan en Petersburgo tijeras á los
pri-sioneros!
Creía que las tijeras me habían sido dejadas,. y yo
no quise privarle del placer de creerse más malo que sus compañeros de la
capital.
El régimen de esta prisión era bastante pare-cido
al de la fortaleza de Pedro y Pablo: la misma habitación grande y polvorienta,
el mismo alimen-to insoportable, igual actitud severa de los gen-darmes é
idéntico silencio, que nada venía á inte-rrumpir.
Para fijar bien las cosos desde el principio,
ex-presé mi asombro de verme conducido á una cár-cel de presos políticos, cosa
tan contraria al trata-do de extradición con Alemania, y sea por efecto de esta
protesta, ó bien, por instrucciones recibi-das de Petersburgo, me transportaron
algunos días después á una casa de detención por delitos de derecho común.
No se me olvidará mientras viva: cuando me
condujeron á la nueva prisión era por la tarde, y así que la puerta se hubo
cerrado detrás de mí no pude distinguir absolutamente nada. La celda era
siniestramente sombría, y apenas si por una pequeña abertura practicada en la
puerta se fil-traba un débil rayo de luz venido de un globo que alumbraba el
corredor.
Asi que mis ojos se hubieron habituado á estas
tinieblas, empecé á examinar mi nueva morada. El calabozo era circular y no
había ni un lecho, ni un banco, ni una mesa; sobre el suelo un poco de paja, un
cubo y un jarro de hierro: nada más.
TOMO I 7
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 97.
98 LEÓN
DEUTSCH
Quedé extraordinariamente sorprendido. Al tra-vés
de las rendijas de la puerta vi dos centinelas armados tendidos sobre un banco;
cerca de ellos estaban un gendarme y un policía. Conocía ya bastante las
prisiones, pero la instalación de ésta era nueva para mí.
—¿Me quieren ustedes hacer el favor de decirme
dónde están el lecho y la manta?—pregunté pa-sando la cabeza á través de la
pequeña abertura.
—No los hay—respondió con tono irritado el
gendarme.
— Llame usted al director.
El hombre no se hizo rogar; algunos momen-tos
después apareció con el subdirector de la cárcel.
—Dígame usted, caballero, ¿qué significa esto?
—pregunté aludiendo al estado de mi celda.
—Yo no sé nada—respondió él;—no hemos hecho más que
seguir las instrucciones que se nos han dado; diríjase usted al sustituto del
pro-curador, que vendrá mañana.
Me sentí desfallecer: me creía en una casa de
locos.
—¿Qué voy á hacer y qué será de mí si este ré-gimen
no cambia?—me grité, dejándome caer al suelo con la cabeza entre las manos.
Finalmente, la fatiga tuvo piedad de mí y me acosté
sobre la paja sin desnudarme, pero apenas empezaba á dormirme di un salto; los
ratones ocultos en la paja trotaban sobre mí. Me puse á dar paseos. El aire era
mortal; la cubeta exhalaba su pestilencia; la pequeña pieza en que estaban mis
cuatro guardianes me enviaba su aire empon-zoñado: quería respirar y no podía,
porque la única ventana de la habitación estaba en el techo y no era posible
abrirla.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 98.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 99
Esperaba el día con una cruel impaciencia, para que
me dieran siquiera un poco de aire; las ñoras se me hacían interminables; me
dejaba caer sobre la paja y los ratones me obligaban á levan-tarme. Al fin fue
de día.
—¡Aire! ¡dadme un poco de aire!—dije dirigién-dome
al gendarme que parecía ser el carcelero.
—¡No tengo orden!—repuso él.
Cerca del mediodía llegó el sustituto del
pro-curador. Le expuse la terrible situación en que es-taba y le pedí que la
remediase. Me escuchó aten-tamente y me dijo que no podía cambiar nada.
—Pero al menos—observé,—¿qué es lo que im-pide que
me den una cama?
—Podría usted ponerla cerca de la pared y lle-gar
hasta la ventana para escaparse.
—¿Cómo puede usted pensar lo que me dice? Cuatro
hombres armados velan cerca de mí; si yo pusiera mi lecho cerca de la pared no
llegaría á la ventana sin que alguno de los cuatro me hubie se visto. Aun
admitiendo que me evadiese de mi celda, me encontraría en el quinto piso de un
edi-ficio al pie del cual pasea un centinela. Toda ten-tativa de evasión es
absolutamente imposible.
—¿Qué se sabe? Se ha escapado usted ya mu-chas
veces.
—Dos solamente—dije yo á modo de correc-ción.
—¡Es suficiente! En cuanto a mí, no puedo hacer
nada.
Diciendo esto se alejó.
Formé la resolución inquebrantable de no so-meterme
de ninguna manera á semejante trato y oponer una resistencia pasiva. El
gendarme,me llevó mi ración en un plato de madera, que dejó en el suelo.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 99.
100 LEÓN
DEUTSCH
•—Puede usted llevárselo—le dije,—que yo na quiero
comer nada.
Se retiró sin responderme.
La misma escena se renovaba cada día en el momento
de la comida. Las horas eran intermi-nables. No podía respirar una bocanada de
aire puro; no podía leer, porque «o me habían dado libros; no podía dormir
atormentado por los rato-nes. A pesar de no haber tomado ningún alimento no
sentía hambre, pero bebía agua á cada mo-mento. Sufría de una manera terrible.
No experi-mentaba cólera contra los hombres: me indignaba sólo el odioso
tratamiento á que me sometían.
—Tendría usted tiempo de envenenarme la vida cuando
me hubieran condenado—le dije al direc-tor de la cárcel;—pero yo no soy más que
un sim-ple detenido.
No me respondió nada.
En tres días no tomé el menor alimento y na-die
parecía fijar la atención en mí. El cuarto día me condujeron á un gabinete
especial. Iba sin lavarme, expresamente, los vestidos cubiertos de polvo y las
barbas de briznas de paja. Así compa-recí delante del procurador de Odesa y del
juez de instrucción. Me manifestaron que estaban en-cargados de unas
indagatorias relativas á mi asunto y querían interrogarme. Les repuse que no
estaba en estado de contestar, porque había resuelto morir de hambre á manera
de protesta.
—¿De modo que usted se niega á tomar ali-mento?
Sea; se le alimentará artificialmente.
Sabía Jo que esto significaba y contesté con tono
decidido:
—Probadlo cuando queráis. Yo os advierto que si lo
hacéis conozco otros medios de morir; yo no deseo ya nada más que llegar al
fin.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 100.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 101
Naturalmente, yo no conocía nada de lo que
•dije, pero creía esto un medio bueno para hacer
frente á la amenaza del procurador.
Este me miró con fijeza y volvió hacia el juez de
instrucción los ojos de un modo significativo. Tenía aire de decir:
—¿Quién sabe? ¡Puede que sea verdad! Este diablo de
hombre está dispuesto á todo y tiene más de una malicia en su saco...
Los dos guardaron un momento de silencio. Comprendí
que mis palabras hicieron efecto yco-mencé á hacer resaltar ante aquellos
señores el absurdo trato á que se me sometía.
—Vean ustedes—les dije — que todo esto no tiene
pies ni cabeza. El gobierno negoció con Alemania mi extradición. Después, no
satisfe-chos, y viendo que no hay medio de condenarme como quieren sin un gran
escándalo en toda la prensa europea, tratan de conducirme al suicidio. Me
niegan hasta un lecho y las más pequeñas comodidades con pretextos ridículos.
—Voy á verlo por mí mismo—declaró el procu-rador.
Y salió.
Cuando vino parecía bastante turbado.
—Sí, en realidad, se conducen de una manera indigna
con usted—afirmó.—No es por culpa mía: tres altos funcionarios se han coligado
en contra de usted: el comandante de la plaza, el coronel de gendarmería y el
gobernador de la ciudad. Antes de su llegada vinieron ellos aquí á la prisión;
de-signaron por sí mismos su celda y fijaron el régi-men á que debía usted ser
sometido. Cada uno de ellos escogió un carcelero entre sus más adic-tos
subordinados. Desgraciadamente, yo no puedo cambiar nada de las disposiciones
tomadas por
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 101.
102 LEÓN
DEUTSCH
esos señores, pero tengo intención de hablar con
ellos. Entretanto, todo lo que yo puedo hacer es recomendar á usted de un modo
particular al director de la cárcel, á fin de que atienda, en la medida que le
sea posible, sus reclamaciones.
El director fue, en efecto, llamado, y el
procu-rador le hizo en mi presencia algunas recomen-daciones especiales.
Ajustamos así una especie de tregua.
Se me dio una cama, mis libros y una mesa para
escribir de día; pero todo esto debía desapa-recer cuando se anunciase la
visita de los altos funcionarios.
Para permitirme respirar un poco de aire fres-co,
el director de la cárcel puso á mi disposición un patio especial donde no
podría ser visto de los otros presos. Con estas condiciones consentí en
renunciar á mi protesta por el hambre, y en la tarde del cuarto día acepté un
poco de alimento.
Cuando empecé á comer, sentí tal necesidad, que
hubiese devorado un buey entero; pero supe ser prudente y poner límite á mi
apetito. Los dos días siguientes me sentí como después de una larga enfermedad.
Los que me rodeaban parecían también tratarme como á un convaleciente; el
director y el subjefe de la cárcel se informaron varias veces de mi salud;
hasta el sombrío gen-darme se mostró lleno de benevolencia conmigo y se
precipitó a la cantina para comprarme los alimentos.
Las mañanas siguientes bajé al patio en com-pañía
de mis guardianes; era un pequeño espacio situado entre el edificio de la
prisión y el muro de la cerca; los soldados estaban situados de distan-cia en
distancia bayoneta al brazo. Yo recorría este pequeño lugar en todos sentidos,
y el gendar-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 102.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 103
me y el policía hacían lo mismo. El tiempo era
delicioso; uno de esos dulces y radiantes otoños del Sur.
Como mis guardias preferían el aire libre á los
sombríos corredores, nuestros paseos duraban cada día mas tiempo.
Yo deseaba entrar en relaciones más'íntimas con el
gendarme, al que se le habían dado las ór-denes más severas. Entretanto que
nosotros pa-seábamos y el policía se echaba á descansar, em-pecé a hacerle
algunas preguntas insignificantes.
El hombre no tenía un corazón de piedra, aun-que
era de los más devotos, los más celosos y los más incorruptibles en su
servicio; tenía también sus pequeñas debilidades; no era feliz, ganaba poco
para su familia, demasiado numerosa.
Como le habían recomendado no perderme de vista un
solo instante, no podía ver á los suyos, lo que, naturalmente, le era muy
penoso. Bien pronto supo arreglárselas con el director de tal modo, que le
permitió ir de tiempo en tiempo á pasar un rato en su casa, sin que se
enterasen los jefes. Estas visitas secretas del gendarme á su mujer y sus hijos
establecieron entre nosotros un lazo misterioso que contribuía á acercarnos. El
no tardó en contarme sus penas, lo exiguo de su suel-do, que no le permitía el
menor bienestar, dado el número de sus hijos, y como yo lo escuchaba con
atención é interés, me habló de sus servicios, refiriéndome cómo había
contribuido á combatir á los socialistas.
—Mis jefes—me dijo—me recomendaron una vez vigilar
escrupulosamente á uno de vuestros especialistas(el buen Pandore llamaba así á
los socialistas). ¡Ah! ¡Era una temible mosca aquella, que amenazaba metérsenos
en la nariz! Se llama-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 103.
104 LEÓN
DEUTSCH
ba Wera Figner. Era una mujer hermosísima y muy
bien educada, que frecuentaba el trato de muchas familias de oficiales. Yo
había vestido, por las circunstancias, un traje civil y me puse a se-guirla á
todas partes. Siempre que salía iba sobre sus pasos. Si tomaba un coche, yo
subía en otro; si entraba en una casa, tomaba en seguida la dirección y
preguntaba al conserje. Durante tres días no la perdí de vista, pero de pronto
la dama se eclipsó. ¡Ah! No puede usted figurarse mi des-esperación hasta que
pude averiguar que había partido para Charkow y que al fin se decidieron á
arrestarla.
Este feroz y celoso gendarme, que había vigi-lado
de tal modo á la especialista, acabó por con-fiar en mí, sobre todo desde que
empecé á hacerle algunos regalos de pequeños objetos de mi po-sesión. Supe por
él ciertos detalles de la manera cómo me vigilaban; entre otras cosas, me
reveló que el gobernador, el comandante de la plaza y el coronel de gendarmes
habían querido verme sin que yo lo supiese. Me examinaron largamente al través
de la puerta de mi celda, y los guardianes recibieron orden rigurosa de no
decirme nada de esto.
Las veladas se hacían cada vez más largas, y yo no
sabía en qué pasar mi tiempo, porque ca-recía de luz durante muchas horas.
Recorría la celda hasta fatigarme; pero el tiempo no se hacía por eso más
corto. Algunas veces me sentaba cerca de la puerta para prestar oído á la
conver-sación de mis guardianes. Los policías tenían siempre muchas cosas que
contar. Como se había escogido á los más fieles para vigilarme, su turno no se
renovaba, y ya nos conocíamos todos bien. Gracias a ellos el gendarme y yo nos
enterábamos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 104.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 105
de las novedades del día y de los sucesos de la
villa. Algunas veces me llevaban un periódico que yo leía á este extraño club.
Pasaba la mano por la ventanilla de manera que la luz de la linterna cayese de
lleno sobre el periódico, aproximaba mi cabeza á la abertura y me ponía á leer.
Cerca de mí estaban los dos soldados apoyados en sus fu-siles y muy atentos, un
poco más lejos el gendar-me y el policía de servicio sentados sobre el lecho,
que les servía de banco.
Cuando los periódicos nos faltaban, los poli-zontes
referían historias, en las cuales las hadas, los lobos y el diablo desempeñaban
gran papel; me parece que los miembros de nuestro club las escuchaban con más
gusto que la lectura de los periódicos.
De este modo supe poco á poco lo que pasaba en el
mundo, aunque los tres altos funcionarios habían recomendado «que no dejaran
penetrar en mi celda ni á una mosca», según la expresión del director de la
cárcel.
Se me comunicaron también gran número de noticias
que no insertaban los periódicos rusos, y sobre todo las que tenían relación
con el movi-miento revolucionario.
Un hombre que desempeñaba un cargo impor-tante, y
que se mostraba bien dispuesto en favor de nuestro partido, me ayudó mucho en
esta época.
Como no sé si este hombre vive aún, y le guar-do un
gran reconocimiento, no puedo, á pesar mío, revelar su nombre. Los servicios
prestados al movimiento revolucionario de Rusia no pueden contarse hasta que
sus autores han muerto ó se hallan en el extranjero.
Todo lo que puedo decir es que, gracias á él,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 105.
106 LEÓN
DEUTSCH
pude enviarles cartas á mis camaradas y estuve al
corriente de cuanto me interesaba.
Entre otras cosas, supe que los conocidos
re-volucionarios rusos Peter Lawroff, Lopatin y Ti-ehomiroff, habían formado
consejo á Degajeff, y que á pesar de los señalados servicios que prestó al
partido, sobre todo con la eficaz ayuda dada á Sudeikin, se le había prohibido
toda participación en el movimiento revolucionario y todo trato con los otros
miembros del partido.
Supe de la misma manera que una joven de veinte
años, María Kaljuschna, había querido matar al coronel de gendarmería Katanski
en su propia casa, pero que había errado el golpe. Veinte días antes de la
vista de mi causa, ella compareció ante un consejo de guerra, y como no era aún
mayor de edad, se la había condenado sólo á veinte años de trabajos forzados en
Siberia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 106.
CAPÍTULO X
Un oficial que las echa de valiente.—MI servicio
militar.
El proceso.—Nuevo interrogatorio
Uno de los primeros días de mi prisión en Odesa
tuve un pequeño disgusto; me paseaba en mi celda cuando escuché un gran ruido
de voces
á la puerta:
me aproximé y miré al través de las rendijas. Era el oficial de guardia que
reprendía fuertemente al centinela.
Iba a retirarme cuando oí estas palabras:
—¿Escuchas tú desde ahí, perillán?
No pude ver h quién señalaba, pero compren-dí que
se dirigía á mí.
Semejante interjección me causó asombro, por-que
los oficiales, en aquella época al menos, se mostraban respetuosos con los
prisioneros polí-ticos. Me alejé de la puerta sin responder una pa-labra, pero
resuelto á dar al insolente una peque-ña lección.
Cuando a la noche el subjefe de la cárcel vino
á mi celda
para pasar lista en unión del oficial, yo parecí no fijarme en la presencia de
éste, y diri-giéndome al funcionario le pregunté si estaba prohibido mirar al
través de la rejilla.
— ¡Cómo!—repuso sorprendido de mi pregunta; —eso no
se puede impedir.
—¿Y un oficial tiene derecho de insultar grose-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 107.
108 LEÓN
DBUTSCII
ramente á un prisionero que está cerca de su
puerta?
— ¡De ninguna manera!
Yo conté entonces al funcionario lo que había
sucedido y le pedí que dieran por escrito las se-ñas concernientes al nombre y
regimiento de ese oficial, para saber á quién había de formular así queja
contra él.
El hombre me pareció muy asustado, se humi-lló á
darme explicaciones y tuve piedad. Me había tomado por un criminal peligroso, y
creyó dar prueba de valor insultando á un prisionero que estaba separado de él
por una puerta cerrada con llave y cerrojos.
El susto que le causé me pareció pena sufi-ciente,
y desechó la queja, que ya había redactado.
Durante este tiempo la instrucción seguía su curso.
Hacia mediados de Septiembre, el juez me leyó un documento, resultado de tan
largo traba-jo; en virtud de tal y tal artículo del Código, se decretaba
enviarme delante del procurador del tribunal militar.
Elevé en el momento mi protesta, recordando los
términos de mi extradición: ellos especificaban que no podía ser enviado más
que delante de un tribunal ordinario, no de un tribunal de excep-ción, y sobre
todo de jurisdicción militar.
—Como usted estaba en el servicio en la época en
que fue cometido el crimen por que se le persi-gue, debe ser necesariamente
juzgado por un tri-bunal militar—me declaró el juez de instrucción.
Para que el lector comprenda lo que se llama-ba «mi
servicio militar», debo contar en dos pala-bras un hecho de mi juventud.
Conforme al espíritu de la época, vestía una blusa
de aldeano é iba á llevar al pueblo la buena
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 108.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 109
palabra; pero durante el otoño de 1878, volví á mi
casa desencantado de mi trabajo de propaganda. Como todos los jóvenes, sentía
una irresistible ne-cesidad de movimiento, me parecía estar destina-do á
grandes empresas, sin poder precisar cuáles.
Al volver de mi campaña de propaganda no encontré á
ninguno de mis camaradas en Kiew: los unos habían sido presos, los otros
dispersos
á los cuatro
vientos. Era precisamente en esta época cuando estallaba la insurrección de
Bosnia y Herzegovina.
Un gran número de jóvenes, entre los que se
contaban muchos socialistas, engrosaban las filas de voluntarios. Sentí en mí
una vocación á la guerra. La lucha por la libertad de la península balkánica me
sedujo, y pensé en correr á la gue-rra para librar los pueblos oprimidos bajo
el yugo de Turquía. Pero era ya demasiado tarde: el pe-ríodo del entusiasmo
había pasado; los volunta-rios escribían cartas llenas de desaliento desde el
teatro de la lucha. Los jóvenes, no habituados al combate de guerrillas, no podían
prestar una eficaz ayuda, y hasta resultaban un estorbo para los verdaderos
combatientes; así es que mis ami-gos me disuadieron del intento de seguir su
ejemplo.
Abandoné mi proyecto, pero como me sentía con ánimo
belicoso y no encontraba en qué em-plear mi tiempo, pensé cumplir mi servicio
mili-tar en calidad de voluntario, pues aun me faltaba un año para ser llamado
al ejército. Tenia espe-ranza de hacer propaganda entre los soldados y pensaba
que la amistad con ellos podía servirme en alguna ocasión.
Según los reglamentos vigentes, fui inscrito como
voluntario de la segunda categoría, y á fin
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 109.
110 LEÓN
DBÜTSCH
del mes de Octubre de 1873 me incorporaron al 130
regimiento de infantería en Kiew, pero dos meses después dejé el servicio.
Estaba en esta época en la prisión de Kiew uno de
mis amigos, el estudiante Semen Lurge, complicado en «el proceso de los 193».
El ayudan-te de gendarmes, barón Hegking, entonces todo-poderoso en Kiew, había
tomado gruesas sumas de los padres de Lurge, y sin duda por esta
cir-cunstancia, el prisionero pudo lograr fácilmente la' fuga. Aunque poco, yo
ayudé á la evasión, y un día, durante mi ausencia, los gendarmes registra-ron
mi domicilio. Mi arresto parecía inminente. En calidad de soldado, debía juzgarme
un tribu-nal militar, y en esta época de crueles sentencias mi suerte se
hubiera decidido bien pronto.
Resolví ocultarme hasta que viese claro en las
intenciones de la gendarmería. Dos días después, el barón Hegking, que era el
principal responsa-ble de la evasión de Lurje, porque había tenido para él
atenciones especiales, se vio precisado á echar tierra al asunto. Entonces me
pareció que la cosa más sencilla era volver al cuerpo, donde se me perseguía
por abandono inmotivado del servicio durante cuatro días, lo que daría lugar
sólo a una simple pena disciplinaria. Pero las cosas se habían combinado de otro
modo.
El comandante de la 33.a división, á la que
per-tenecía mi regimiento, era entonces Wannowski, que fue más tarde ministro
de la Guerra y de Ins-trucción pública. No podía ver á los voluntarios, y yo,
que no era amante de la subordinación y la disciplina, figuraba entre sus
notas. La desgracia quiso que durante mi ausencia el general se hi-ciera
presentar los voluntarios de nuestro bata-llón; mi fuga le había sido
comunicada. Guando
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 110.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBERIA 111
me presenté, me condujeron delante de él y me envió
preso al puesto, mientras se reunía el tribu-nal. No me acusaban sólo de
deserción, sino de insultos á un oficial durante el servicio, porque le había
prohibido tutearme y que me hablase con grosería. Las cosas se arreglaban de
modo que no tenía más esperanza que la fuga, y conseguí evadirme, gracias á la
ayuda de dos camaradas que me llevaron mis vestidos de paisano al cuarto de
baño. Pasé sin ser reconocido por delante del centinela que había en la puerta
de la sala.
Desde esta época hasta el otoño de 1877, estu-ve en
libertad, pero fugitivo.
Formulé dos protestas contra la decisión del juez
de enviarme al tribunal militar: la una diri-gida al presidente de la Audiencia
de Odesa, la otra al ministro de Justicia, Nabokoff.
Invoqué el testimonio del procurador de la
Audiencia de Petersburgo, Bogdanowitch, para afirmar que el gobierno bávaro me
entregó con la condición de que sería juzgado por un tribunal ordinario, es
decir, un tribunal civil, y no por la jurisdicción militar. Si se me perseguía
por deser-tor é insultos á un jefe, se violaba mi tratado de extradición, pues,
según él, no se me podía casti-gar más que por el atentado contra Gorinowitch.
Como era de esperar, mi reclamación no fue
admitida, y poco tiempo después comparecí ante el tribunal. Por el acta de
acusación, ya sabía á qué atenerme respecto á los debates. Se me per-seguía por
el atentado contra Gorinowitch, pero respecto á los motivos que le habían
provocado, ni una palabra. Naturalmente, el procurador no había olvidado
invocar contra mí los más,riguro-sos artículos del Código. El mayor castigo
consis-tía en la pena de trabajos forzados á perpetuidad,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 111.
112 LEÓN
DEÜTSCH
por parricidio ú otro crimen semejante, y este
artículo fue invocado contra mí. Se puede rebajar la pena un grado y dejarla en
veinte años de tra-bajos forzados cuando la víctima no ha muerto á pesar de la
intención del criminal, y aun puede ser menor cuando el culpable no ha cumplido
la mayor edad.
Conforme á estas prescripciones, el procura-dor
pedía para mí trece años y cuatro meses de trabajos forzados, es decir, el
máximum posible, sin tener para nada en cuenta los términos del tratado de
extradición, ni el manifiesto dado con motivo de la coronación de Alejandro
III, que autorizaba á los jueces para perdonar todos los crímenes cometidos
antes de esa época. En mi asunto no había esperanza de que usaran esta
autorización; todo era una simple formalidad; el resultado estaba conocido de
antemano, y por lo tanto rehusé el defensor que me habían propues-to, un vago
candidato á alguna función cerca de los tribunales militares, y me resigné á
sufrirlo todo lo mejor que pudiera.
El día de la vista llegó al fin. Un enorme fur-gón
con las ventanas enrejadas entró en el patio de la cárcel. Tomé asiento en él
al lado de un inspector de policía, y así que la puerta fue bien cerrada, vi
que el gendarme encargado de mi cus-todia durante todo el tiempo de la prisión
mon-taba cerca del cochero; una compañía entera de infantería rodeó el coche y
dos cosacos á caballo completaron la escolta. Antes de esta procesión iban un
jefe de policía y un comisario. Al ver este aparato guerrero se hubiera creído
que se tra-taba de llevar lejos una docena de jefes de ban-didos.
Como atravesamos así las calles de Odesa, el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 112.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 113
extraño desfile llamaba la atención del público;
veía por todas partes correr la gente á las ven-tanas. Mientras tanto,
conversaba en tono amis-toso con el inspector: había sido agente de poli' cía
en Kiew veinte años antes y conocía á mi familia.
—¡Quién hubiera pensado—me decía—que yo había de
conducir un día de este modo ante el tribunal al pequeñuelo Deutsch, que jugaba
con-migo cuando niño.
Y evocando recuerdos de esta época, me ha-blaba de
mi padre y de mi casa.
Mi pensamiento volaba lejos de allí, el cuadro de
mi infancia se aparecía á mis ojos...
La sala de audiencia estaba llena de nume-roso
público: oficiales con sus esposas, funciona-rios judiciales y representantes
de la burocracia. La prueba de testigos no despertó el menor inte-rés; la
mayoría de ellos no comparecieron; unos estaban muertos, otros no habían
asistido; los que se presentaron no dieron más que vagas respues-tas de cosas
olvidadas hacía ocho años, y algunos se negaron á decir una palabra.
El testigo principal, Gorinowitch, no acudió á la
cita y se leyó su declaración. Por mi parte había renunciado á citar testigos
de descargo, porque quería prolongar lo menos posible los debates.
Sin embargo, estaba sobreexcitado por la acti-tud
del público, conociendo la hostilidad que me rodeaba. Busqué en vano entre
todos un rostro amigo; sólo conocía al procurador. Después de la audición de
testigos, el magistrado tomó la pala-bra: su discurso no fue más que una vaga
pará-frasis del acta de acusación. Sin embargo, es cu-rioso saber los hechos
que invocaron contra mi.
TOMO I 8
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 113.
114 LEÓN
DBUTSCH
Como no podía ser cuestión de odio personal ni de
enemistad con Gorinowitch, dijo que había obedecido á un móvil de venganza;
pero, natural-mente, se guardó bien de precisarlas causas, por-que no podía
pronunciar la palabra «venganza política». La orden que le habían dado de
quitar al proceso todo carácter político le obligaba á di-vagar en
consideraciones sin fin.
No tenía la menor intención de defenderme ni buscar
el medio de suavizar la suerte que me esperaba; había ya confesado mi intención
de ma-tar á Gorinowitch, pero quería presentar el asunto en su verdadero
aspecto y hacer conocer por qué mi compañero y yo le habíamos sentenciado.
Apenas comencé á decir que un club se había fundado
en Elisawetgrad, el general Grodekoff, que presidía los debates, me hizo notar
que me ciñera á la letra del proceso, sin hacer ninguna digresión ni entrar en
consideraciones políticas.
En estas condiciones era imposible dar al pro-ceso
su carácter exacto, puesto que se me prohi-bía presentar los hechos en su
aspecto verdadero. Yo decía por ejemplo:
—Cuando Gorinowitch estaba en la prisión de Kiew...
El presidente saltaba sobre su silla y me invi-taba
á pasar á otro asunto. No sabía cómo hacer para hablar de las cosas más
sencillas; tenía que abstenerme de pronunciar todo nombre propio de individuo ó
de ciudad donde se viera alusión á hechos políticos; á cada momento me
interrumpía el presidente con la amenaza de retirarme la pa-labra y expulsarme
de la sala. No tardé, pues, en terminar la defensa, en el curso de la cual me
habían prohibido hasta hacer alusión á los hechos que provocaron los debates.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 114.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 115
Esto no impidió que el procurador llevase la
comedia más lejos: respondió á la defensa y refu-tó varios puntos. Repliqué
algunas palabras y renuncié á continuar.
La deliberación del tribunal no duró largo tiempo;
la sentencia, conforme á lo pedido por el procurador, me condenaba á trece años
y cuatro meses de trabajos forzados.
Cuando emprendí de nuevo, con el mismo aparato, el
camino de la prisión, me sentí alivia-do, como si me hubieran quitado de los
hombros un fardo pesado, aunque el resultado del proceso era el mismo que yo
esperaba.
Al fin todo estaba bien trazado, bien claro, bien
definido; la incertidumbre es para el prisio-nero el peor de los suplicios. No
me quedaba ahora más que esperar la decisión que se tomara respecto á mi
destino.
Como me habían juzgado en calidad de crimi-nal
ordinario, se me podía enviar á Kara, en Si-beria, donde tenía amigos y
conocidos antiguos, y donde el régimen de la prisión es muy soporta-ble,
comparado con los otros lugares de deporta-ción. Se me podía también llevar á
la isla de Sa-khalin, cuya situación, como se sabe en toda Rusia, es espantosa;
pero lo que más me asustaba de todo era que el gobierno podía sepultarme vivo
en la fortaleza de Schlüsselburg. Justamente en esta época se había acabado la
reconstrucción de una cárcel, y se decía que el régimen era mor-tal y que allí
se enviaban los reos de Estado más peligrosos.
Una semana después de la vista, el presiden-te del
tribunal militar vino á comunicarme la sentencia en debida forma. Me condujeron
á la conserjería, donde el general Grodekoff se había
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 115.
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sentado delante de una larga mesa, de manera que
estuviese bastante lejos de mí.
El hombre parecía temer algún mal golpe. Este
exceso de precaución de parte de un militar pa-recía disgustar hasta á mis
mismos guardianes.
— Mirad, se diría que tiene miedo—dijo detrás de mí
uno de ellos.
Este incidente me hizo reir; jamás he visto un
funcionario civil tomar tan grandes precauciones, aunque se encontrase delante
de uno de los cri-minales más peligrosos.
* * *
Cuando toda instrucción judicial cesó á mi lado,
tuve aún que sufrir interrogatorios en cali-dad de testigo. Un capitán de
gendarmería se presentó acompañado de un procurador, que me hizo las preguntas
siguientes:
— En Friburgo se ha encontrado entre sus papeles
una carta con una dirección; á esta direc-ción ha debido usted enviar libros.
¿Puede decir-nos qué libros eran esos y quién es el destina-tario?
Respondí que no tenía nada que decir respec-to á lo
que se me preguntaba.
—Fíjese usted bien—insistió el funcionario;—á causa
de este descubrimiento han sido arrestadas en Wilna un gran número de personas.
Si usted nos confía el verdadero nombre del que ha escri-to la carta, todos
serían bien pronto puestos en libertad.
Conocí el engaño y repliqué con tono tran-quilo:
—Puede ser que entre ustedes se estime á las
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 117
gentes que hacen traición á sus camaradas; pero
permítame que no sea de su mismo parecer.
El joven pareció bastante turbado y no conti-nuó el
interrogatorio.
Las autoridades de Friburgo eran culpables ele
haber enviado mis papeles al gobierno ruso y haber así denunciado á la policía
secreta personas absolutamente inocentes, por un exceso de celo; pero tenía yo
también una parte de responsabili-dad por haber olvidado romper las direcciones
que había entre mis papeles.
Otra vez un juez de instrucción vino á mostrar-me
una carta del ministerio de Justicia, en la cual le encargaban requerir mi
testimonio á pro-pósito de ciertos acontecimientos que habían pre-cedido á la
muerte del general Mezenzeff. Se decía en esta carta que yo había hecho
confidencias á un cierto Goldenberg en el curso de un paseo por el mercado de
caballos de Charkow, y que según éstas, era S. Krawtschinski el que había
asesi-nado al jefe de la gendarmería.
Recordaba, en efecto, haber paseado con Gol-denberg
por esta plaza; me había él mismo con-tado cómo mató al gobernador de Charkow,
prín-cipe Kropotkin; pero yo no recordaba si le hablé algo del papel
representado por Krawtschinski en el atentado contra Mezenzeff. Me asaltó la
idea de que hubieran arrestado á mi amigo en el ex-tranjero, del mismo modo que
á mí, y que el gobierno ruso quisiera obtener su extradición. La declaración de
Goldenberg no era cargo sufi-ciente, porque no hacía más que repetir, en todo
caso, palabras de otro; se quería que yo fuese un testigo. Resolví no decir
nada, y así todo quedaba sin valor.
Manifesté al juez que había hablado de este
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
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suceso, pero sólo repitiendo rumores que corrían
tanto sobre Krawtschinski como sobre mí, pues tan pronto se nos acusaba al uno
como al otro. Por fortuna, mis temores eran infundados y mi amigo está en
Londres libre de todo peligro.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 118.
CAPÍTULO XI
La visita del ministro.—El traje de condenado.
La prisión de Kiew
Algún tiempo después de mi condena, una actividad
desacostumbrada reinó en la prisión de Odesa. Se esperaba al ministro de
Justicia, que debía venir á inspeccionar el establecimiento. To-dos mis efectos
me fueron retirados, excepto la paja y la cubeta.
Un día el ministro hizo su aparición acompa-ñado de
numerosa escolta, entre la que se encon-traba el gobernador de la ciudad. Desde
que me divisó Nabokoff me llamó por mi nombre y me saludó. Este incidente
imprevisto pareció produ-cir impresión profunda en el espíritu del bravo
gobernador.
—¿Vuestra excelencia sabe quién es Deutsch? —¡Oh!
Si, nos hemos encontrado ya en Peters-burgo — respondió Nabokoff con el tono de un hombre que evoca un
agradable recuerdo;—no
fue en una prisión entonces, sino en un salón. Se
volvió hacia mí y me dijo que había reci-
bido mi queja y la comunicó en seguida á Su
Majestad, pero el zar dijo que perteneciendo al ejército en el momento de mi
crimen, debía ser juzgado por un tribunal militar, y el ministro tuvo que
conformarse con esta decisión.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 119.
120 LEÓN
DETJTSCH
El modo como me trataban en la prisión pare-ció
disgustarle: inspeccionó minuciosamente mi celda y me hizo varias preguntas: si
estaba con-tento del reglamento, si tenía quejas que formular, y supe por él
que en la primera ocasión iba á ser transportado á Moscou, donde pasaría el
in-vierno, esperando ser enviado á Siberia.
Las palabras que el ministro me había diri-gido
confiaron completamente á la administración de la cárcel. Apenas se alejó su
excelencia, el director se precipitó hacia mí y me hizo dar otra celda mucho
más cómoda, donde había un buen lecho, una mesa y una silla.
¡Ahí es nada! ¡El ministro en persona le había dado
nuevas de Deutsch á Su Majestad! No se necesitaba más para impresionar estas
almas de funcionarios. A sus ojos me había convertido en un personaje
importante. Es así como una vez condenado se me concedieron mil pequeños
obje-tos que en vano había reclamado hasta entonces siendo un simple detenido.
¡Y todo porque se había hablado de mí á Su Majestad!
Se llevó la amabilidad hasta darme numerosos libros
de un gabinete de lectura. Claro que esto no provenía de la iniciativa privada
del direc-tor de la cárcel, sino de órdenes dadas por los tres altos
funcionarios, que se mostraban tan ca-riñosos para mí como arrogantes fueron
otras veces. Este ejemplo hace conocer los procedimien-tos empleados con los
prisioneros.
Pero yo no debía gozar largo tiempo estos favores.
Dos semanas después se me comunicó que aquella misma tarde formaría parte de un
convoy de condenados que iba á Moscou. Se pro-cedió en seguida al cambio de
traje que debía transformarme en condenado. Hoy todavía, des-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 120.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBERIA' 121
pues de veinte años, enrojezco y tiemblo al
recor-darlo.
W3Fui conducido á una estancia donde se
encon-traban reunidos todos los objetos necesarios al equipo de un condenado.
Sobre el suelo se veían las cadenas, y sobre un banco los vestidos, las botas y
la lencería. Se escogió una cadena que iba bien á mi estatura y se me hizo
pasar á otra pie-za; allí me afeitaron los cabellos sobre el lado de-recho
solamente, mientras que el izquierdo era sólo cortado. Había visto en las
prisiones indivi-duos arreglados de esta suerte y había recibido mala
impresión; pero ahora, al verme yo al espejo, un frío glacial me pasó por la
médula. Tuve la im-presión de que estaba separado de la sociedad y desprovisto
de mi dignidad de hombre. Me acordé de la bárbara costumbre que existía todavía
en Ru-sia, hasta hace pocos años, de marcar al criminal con hierro rojo.
En esta misma pieza se encontraba un conde-nado que
debía ponerme las cadenas. Me hicie-ron sentar sobre un taburete y colocar los
pies so-bre un yunque. El herrero pasó los anillos de hierro alrededor de mis
tobillos y los unió con las cadenas; cada golpe de martillo resonaba en mi
corazón. Una nueva existencia empezaba para mí. Ya no era un hombre, era un
condenado.
A este sentimiento de depresión se añadía la
fatiga física. Al principio las cadenas me causa-
ban un tormento insoportable cuando andaba y
me impedían dormir; es necesario también cierto
hábito para poderse vestir y desnudar cuando se
está amarrado. Estos hierros, que no pesan me-nos
de doce libras, no sólo hacen la marcha difícil? sino que causan un gran dolor,
porque arrancáis la piel de los tobillos, y el cuero de que los ill$i^S
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 121.
122 LEÓN
DBUTSCH •
están revestidos interiormente no nos preserva. Hay
también otro odioso martirio, el ruido de los hierros á cada momento. Esto
excita los nervios, recuerda al prisionero que es un paria para los hombres,
que está, en una palabra, fuera de la ley.
La metamorfosis del condenado se completa con el
traje que se le hace vestir: consiste en una blusa gris de una tela especial y
un pantalón. Los condenados á trabajos forzados llevan sobre la blusa una
especie de delantal de paño amarillo. Los pies se calzan con zapatos llamados
«zapati-llas rusas» y pantuflas de cuero. Todo esto es in-cómodo, rudo y
desproporcionado á la talla de los prisioneros. Guando me vi en el espejo,
apenas pude reconocerme.
— Durante años y años debo llevar este odioso
vestido—pensé.
Hasta los gendarmes me miraron con piedad. —¡Sea
usted un hombre de valor!—me dijeron. —Se acostumbra uno á todo; también me
habi-
tuaré á esto—respondí.
Distribuí entre mis guardianes trajes y lence-ría
que ya no servían para mí; el reloj y el estuche de cigarros lo envié por el
correo á mis parientes; no guardé más que los libros. Me habían dado un saco
para meter la muda de ropa y pude colocar entre ella algunos volúmenes de
Shakespeare, de Goethe, de Heine, de Moliere y de Rousseau. Esto hecho, estuve
dispuesto á partir.
La tarde vino. El oficial que debía dirigir el
convoy apareció en la prisión con sus hombres y tomó posesión del destacamento.
Se nos condujo
á la oficina;
cada condenado tenía una ficha sobre la cual estaba escrito su nombre, su
número, sus señas y la lista de objetos que llevaba. Una foto-grafía iba
adjunta á la ficha de los condenados
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 122.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 123
políticos. El oficial examinó las fichas una
des-pués de otra y nos hizo formar en el patio. Los soldados nos rodearon. El
oficial se quitó su go-rro de policía é hizo la señal de la cruz.
—¡Buen viaje! ¡Seguir bien!—gritó el personal de la
casa.
—¡Gracias!—respondió el oficial, y dio la señal de
partida.
Nos dirigimos á paso lento hacia la estación á
través de las calles de la ciudad. Desde mi extra-dición había sido tratado tan
pronto como reo de derecho común, tan pronto como político; desde que fui
incorporado al convoy, se me trató como político siempre.
Así es que durante el trayecto en camino de hierro
no se me dejó entre los condenados ordi-narios, sino en un compartimento
reservado.
Yo iba en un vagón espacioso y me pude ins-talar
cómodamente, en tanto que los de derecho común estaban prensados unos contra
otros como sardinas. Pero el trayecto fue más monótono para mí, porque los
soldados, en presencia del oficial, no osaban decir una palabra. Al cabo de
veinti-cuatro horas llegarnos á Kiew, donde se había de-cidido que
descansáramos un día. Bajamos del tren y fuimos otra vez colocados en fila
entre sol-dados. Después de un largo camino al través de las calles, llegamos á
la prisión.
Sentí una extraña impresión, después de lar-gos
años de vagar por Rusia y el extranjero, al atravesar las calles de mi ciudad
natal. No había vuelto á ella desde la época en que me evadí de la prisión en
1878, hacía seis años ya: ahora volvía con cadenas en los pies y el uniforme de
la igno-minia sobre el pecho. No era un ciudadano libre, era un presidiario.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 123.
224 LEÓN
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—¡Adelante! ¡Adelante! ¡Siga usted!—oí gritar
detrás de mí, y me sentí golpear en la espalda con la culata de un fusil.
— ¡Todo ha acabado para mí!—pensé.
Y me representaba todas las humillaciones y todos
los ultrajes de que tendría que ser víctima en el porvenir.
El oficial había notado el incidente y repren-dió
al soldado por su manera de tratarme.
Habíamos llegado. Los prisioneros fueron con-tados
uno después de otro como los carneros y se nos hizo pasar la puerta. Se nos
condujo inmedia-tamente al despacho. Todo había cambiado; no encontré mas que
caras nuevas. El viejo y gordo capitán Kowalski no estaba ya allí; todo el
resto del personal había sido destinado lejos.
— Usted se escapó de aquí, ¿no es cierto?—me
preguntó un hombre de talla gigantesca, que lle-vaba uniforme de empleado de la
cárcel. Era el nuevo director, llamado Simacko.
Le respondí que sí.
—¡Ah! ¡Ah! Había usted preparado bien la cosa —me
dijo riendo.
Había sido muy sencillo: uno de mis compa-ñeros,
Frolenko, se había provisto de papeles fal-sos y ocupó el puesto de vigilante.
Una noche nos sacó de-la prisión á Stefanowitch, Bochanowski y
á mí vestidos
de carceleros.
Después de todas las formalidades de costum-bre me
condujo á una celda. Al atravesar los co-rredores noté transformaciones
numerosas. La celda á que me llevaron era extraordinariamente larga y llena de
camas de madera. Debía estar destinada para recibir por poco tiempo gran
nú-mero de prisioneros, y á mí provisionalmente, para no tenerme con los demás
del convoy.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 124.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 125
La prisión de Kiew tiene una historia intere-
sante, de episodios variados y al mismo tiempo
de los más tristes. Se encontrará difícilmente en
Rusia un establecimiento del mismo género que se le pueda comparar, incluso la
misma fortaleza de Pedro y Pablo.
Ella había sido teatro de un gran número de
evasiones: nosotros tres, complicados en el proce-so de Schigirin; luego el
estudiante Izbitzky y un inglés llamado Beverley. Estos habían recorrido ya un
largo espacio cuando el centinela se apercibió
é hizo fuego
sobre ellos; el inglés cayó mortal-mente herido y el estudiante fue aprisionado
de nuevo.
Cuatro años después, en 1882, el estudiante Wazil
Ivanoff, afiliado á la Narodnaja Volja, se evadió también con ayuda de un
oficial que man daba la guardia. Poco antes de mi llegada, Wladi-miro
Bytschkoff se había escapado de una manera misteriosa.
Todavía hoy la administración no ha descu-bierto el
enigma y busca en vano qué procedi-miento empleó.
Los muros de los calabozos han sido testigos de
varios dramas sombríos. Un gran número de revolucionarios han pasado allí sus
últimos días antes de ser conducidos al patíbulo ó deportados a Siberia.
Exceptuada la fortaleza de Pedro y Pablo y la
prisión1 de Odesa, yo no he encontrado nada seme-jante más que la ciudadela de
Varsovia. Por otra parte, la prisión Kiew tiene fama por los con-flictos que
han estallado entre los revolucionarios prisioneros y las autoridades. La
tradición de estos acontecimientos está todavía viva. Todos los detenidos
políticos se acuerdan del «tiempo vie-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 125.
126 LEÓN
DEÜTSCH
jo», es decir, los años particularmente agitados
que transcurrieron de 1877 á 1879. La generación
nueva los*conoce también y los llama «la edad heroica». Los funcionarios y los
prisioneros de derecho común que desempeñan aquí ciertos ser-vicios los
recuerdan igualmente. Las autorida-des no han podido jamás extinguir el
espíritu de independencia que existe en estos muros, y apenas la puerta de mi
celda se cerró tras de mí tuve una nueva prueba.
Escuché que alguien decía:
•—Los políticos le ruegan que escriba su nom-bre y
les diga en qué proceso está usted compli-cado.
Me aproximé á la puerta y noté que estas pa-labras
eran pronunciadas á través de la rejilla por un preso de delito común. Como le
res-pondiera que no tenía con qué escribir, me hizo pasar un lápiz y un pedazo
de papel. Conté mi historia en breves palabras y rogué á mis cama-radas que me
dijeran á su vez sus nombres, el tiempo que estaban en la prisión y el asunto
por que se les perseguía. El mismo hombre volvió bien pronto con una respuesta
que terminaba con estas palabras:
«Tendrá usted pronto detalles de viva voz que le
darán las señoras.»
En efecto, inmediatamente después escuché una voz
de mujer que me pedía llegase hasta la ventana; no la podía abrir, y sin perder
tiempo rompí dos cristales.
Allí se encontraban las mujeres de dos con-denados
políticos. Paraskowia Schebalina y Wi-tolda Rechniewskaja daban un paseo en el
patio de su departamento, y mi ventana se encontraba cerca del muro que
separaba los dos patios. Pu-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 126.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEEIA 127
dimos entrar fácilmente en conversación y supe
muchos detalles á propósito de los prisioneros políticos, que eran muy
numerosos.
Poco tiempo antes se había denunciado un complot
político, en el que estaban complicadas doce personas, entre ellas el marido de
madame Schebolina, y ella misma había sido condenada á la deportación por el
simple pretexto de haber encontrado en su casa caracteres tippgráñcos que
sirvieron para componer un manifiesto secreto.
Nuestra conversación fue interrumpida por la
llegada del subdirector de la cárcel.
—¡Cómo! ¿Ha roto usted ya la ventana?
—Sí—respondí,—porque no era posible abrirla. —Será usted el primero en sufrir,
porque se
helará esta noche.
En efecto, hacía un tiempo glacial de Noviem-bre.
El funcionario se volvió hacia las dos mujeres y les ordenó alejarse, porque
estaba prohibido detenerse debajo de la puerta; ellas le contestaron que era él
quien debía irse y dejarlas tranquilas.
Madame Schebalina estaba particularmente irritada.
Era una joven de temperamento sanguí-neo, desbordante de vida, que á la sola
vista de un empleado de la prisión se ponía nerviosa y hacía temer un
conflicto.
Witolda Rechniewskaja participaba igualmen-te de la
cautividad de su marido. Formaban una pareja llena de salud y de juventud.
Tadeo Rechniewski tenía veintiún años y había abando-nado los cursos de Derecho
en la Universidad de Petersburgo. Fue arrestado en 1884. Se encon-traba en Kiew
sometido á una indagatoria por su participación en El Proletariado, sociedad
polí-tica polonesa, cuyos miembros fueron juzgados en 1885 en Varsovia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 127.
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E n t re las personas que acabo de citar, sujetas 6
prisión preventiva se encontraban también un gran número de individuos
condenados á destie-rro por «las vías administrativas» 6 causa de las algaradas
de la Universidad de Kiew, en las cua-les se había arrestado á numerosos
estudiantes.
Las impresiones nuevas ocuparon mi pensa-miento,
impidiéndome dormir. Eché sobre mi le-cho de madera la piel de carnero que me
habían dado y me cubrí con mi blusa. La noche era terri-blemente fría; el
viento penetraba á través de los vidrios rotos. Apoyé la cabeza sobre mi saco,
pero las obras dejos clásicos ingleses, alemanes y fran-ceses formaban una
almohada que no tenía nada de blanda, y en largo tiempo no pude dormir. De
pronto me despertó el ruido de una querella; me precipité á la puerta para preguntar
al guardián qué pasaba. Después de haberse hecho llamar varias veces vino al
fin, y me dijo que era una riña entre dos condenados de derecho común en la
celda vecina. Uno de ellos había ocultado algu-nos rublos; él otro lo notó y
quiso estrangularlo para robarle su dinero, pero había tenido tiempo de pedir
auxilio.
—Estos bribones no se fían jamás los unos de los
otros—me dijo el guardián con tono de los más calmosos y flemáticos.
Y volvió á su puesto, en donde no tardó en
adormecerse.
La tentativa de asesinato no turbó la calma. El
guardián tranquilizó á todo el mundo y se res-tableció el orden. Todos los días
ocurría la mis-ma cosa.
Por la mañana, el director de la prisión me anunció
que el jefe de gendarmería iba á venir á verme. Vi llegar al comandante
Nowitzky. No lo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 128.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 129
conocía, pero circulaban entre nosotros anécdo-tas
encantadoras respecto á este sujeto. Vino acompañado de su subteniente, y me
hizo las pre-guntas usuales.
—¿Tiene usted alguna reclamación que hacer? Después
empezó á bromear conmigo y evocar recuerdos; tenia curiosidad de saber si me
había encontrado en el extranjero con
Debogory Mo-kriewitch, el cual fue preso en Kiew en Í879 y condenado á trabajos
forzados; pero en el camino de Siberia «había puesto pies en polvorosa»,
cam-biando su nombre con el de un reo de derecho
común.
Le respondí que lo había visto en Suiza, y continuó
preguntándome:
—-Y ahora ¿qué hace allá abajo?
Se hubiera creído, oyéndole, que era alguno de sus
parientes, pues hablaba de él con familia-ridad, llamándolo por su nombre de
bautismo y por su nombre de familia.
Lo mismo que el coronel Ivanoff, de Peters-burgo,
que había conocido todos mis viejos ami-gos, me hizo grandes elogios de ellos,
lo que no impedía que los hubieran perseguido con encar-nizamiento.
¡Todos estos esbirros son, realmente, «buenos
muchachos»!
TOMO I
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 129.
CAPÍTULO XII
Nuevos conocidos.—Los conspiradores de
Romny.—Llegada
á Moscou.—Compañeros
de miseria.—Un capitán de buen corazón.
A la mañana siguiente fuimos conducidos á la
dirección, donde se tomaron disposiciones para continuar nuestro viaje. Una vez
cumplidas las formalidades, el director me llamó aparte en una pieza vecina.
—Encontrará usted aquí—me dijo—camaradas con los
cuales hará el viaje á Moscou.
En mi conversación con las dos señoras me habían
dicho que dos deportados por la vía ad-ministrativa, Wladimir Maljevani y Ana
Ptschelki-na, serían mis compañeros de viaje, y yo deseaba tratarlos. Conocía
ya desde largo tiempo el nom-bre de Maljevani, antiguo secretario del Consejo
municipal de Odesa, que había sido deportado á Siberia en 1879 y que se escapó
al cabo de algún tiempo, pero había sido arrestado de nuevo y se le llevaba al
destierro por otros cinco años.
Cuando volví al despacho encontré dos seño-ras
jóvenes elegantemente vestidas, un señor con barba negra y un oficial de
uniforme.
Una de las damas estaba apoyada en la puerta:
le presenté la mano para saludarla y se retiró con
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 130.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 131
viveza, mirándome fijamente entre sorprendida é
indignada. Sin duda me creía un criminal peli-groso. Le dije mi nombre riendo,
y entonces la joven me tomó la mano y la estrechó cordialmen-te, profiriendo
mil excusas. Era una hermana de Ana Ptschelkina, que había venido á dar el
último adiós á la pobre desterrada. El hombre de la barba negra era Maljevani,
la otra dama, de as-pecto enfermizo y rostro expresivo, era Ana Ptschelkina,
condenada á deportación en Siberia por tres años. En cuanto al oficial, era el
capitán Walkoff, que mandaba nuestro convoy. En cali-dad de deportados hicimos
pronto conocimiento y empezamos una animada conversación.
Gracias á mi rostro afeitado, á mi traje y mis
cadenas, formaba un notable contraste con los otros, que parecían personas bien
educadas y respetables. Noté en los ojos de las dos hermanas, y sobre todo en
los de la más joven, una expresión de piedad por mi suerte. Veían por primera
vez un socialista calificado de criminal, privado de todos sus derechos y
condenado á un sombrío porvenir. La joven me preguntó si tenía algún encargo
que confiarle y me presentó un lápiz y un papel. Tracé algunas palabras de agradeci-miento
y escribí el título de algunos libros de ma-temáticas que desearía tener. Ella
me prometió enviármelos, pero sea que lo haya olvidado ó que perdiera mi nota,
los libros no llegaron nunca.
Maljevani y Ana montaron en un coche y se
dirigieron á la estación. Yo preferí ir á pie. Atra-vesé de nuevo con el
destacamento y las cadenas las calles de mi ciudad natal.
¿Cuándo y en qué circunstancias las vería de nuevo?
Nos colocaron á los tres en un compartimento
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 131.
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preparado para nosotros por los organizadores del
convoy, y el oficial ocupó un coche reservado. Nos instalamos cómodamente y el
tren empren-dió su camino.
Quise conocer por qué mis compañeros de miserias
habían sido desterrados. En los hechos que me refirieron, y como pasaba con la
mayo-ría de los condenados por las vías administrati-vas, busqué en vano una
vaga apariencia de la que se designa con el nombre de delito.
En este caso, como en tantos otros, los culpa-bles
habían sido arrestados por suponerles malos pensamientos desde el punto de
vista político, ex-presión diaria, pero difícil de definir, por la cual se
castiga á un gran número de personas. Un joven ó una mujer tienen relaciones
con tal ó cual persona sospechosa, y se cree por esto que pueden ser mal
pensados. Si se hace un registro domiciliario y la policía encuentra un libro
pro-hibido ó de lectura dudosa, las consecuencias no tardan en hacerse sentir: la
prisión y e1 destierro á Siberia.
Parece increíble que las gentes puedan estar presas
largos años sin que ninguna instrucción judicial se lleve á efecto; es
suficiente una orden de un oficial de gendarmería, ó lo que es más ex-traño
aún, el simple aviso de uno de sus subordi-nados, aviso en la mayoría de los
casos dictado por la ignorancia, para poder enviar, sin otra for-ma de proceso,
á los desiertos de la Siberia. Aun-que se esté habituado en Rusia 6 estos
extraños procedimientos, no se puede reprimir cierto asom-bro cada vez que se sabe
un hecho de este género.
Cuando nos aproximamos á una estación im-portante,
el comandante del convoy nos hizo saber que se unirían á nosotros algunos
desterrados
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 132.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 133
políticos. En efecto, al detenerse el tren entraron
en nuestro compartimento dos jovencitas de diez y ocho á veinte años y dos
jóvenes.
Aunque los tres que veníamos de Kiew fuése-mos
jóvenes, aun parecíamos viejos al lado de esos niños en la ñor de la juventud.
Recibimos cordialmente á los recién llegados y les pregunta-mos, como es
natural, los motivos de su triste suerte.
He aquí lo que nos dijeron:
En el gobierno de Poltava se encuentra la pe-queña
villa de Romny, donde hay un colegio de señoritas. Dos ó tres de las escolares
decidieron un día leer en común ciertos libros; eran libros de uso corriente,
que no estaban prohibidos á nadie. Otras varias personas se unieron á ellas y
se formó un pequeño círculo de lectores: excelen-te medio para pasar el tiempo
en las largas vela-das de invierno, en aquel monótono rincón de provincia.
¡Ninguno del pequeño círculo trató de ocultar su existencia, porque nadie
pensaba tu-viese nada de punible! ¡Pero el ojo de la ley esta-ba abierto!
El oficial de gendarmería de la localidad supo
explotar el suceso. Desde hacía años, el hombre no encontraba medio de
descubrir el menor com-plot ni ninguna sociedad secreta. Ahora las
cir-cunstancias le favorecían; iba, al fin, á encontrar empleo á sus brillantes
facultades; á hacer resal-tar su celo por el zar y por la patria; & atraer
sobre él la atención de sus jefes; á obtener la cinta de cualquier orden más ó
menos importante. Una noche se presentó de un modo imprevisto en la casa de las
escolares y se apoderó de todo. Natu-ralmente, no encontró nada sospechoso,
pero con el susto de su brusca aparición, las jóvenes dije-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 133.
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ron que se reunían para leer en común. ¡No
nece-sitó más el valiente capitán para denunciar «la sociedad secreta de
Romny»! Las jóvenes y sus-amigos fueron reducidos á prisión. La informa-ción
enviada á Petersburgo decía «que estos suje-tos habían discutido en común
cuestiones socia-les, y que por consecuencia, y después del aviso del oficial,
los culpables debían ser deportados á Siberia».
Cuando las jóvenes me contaron la historia sencilla
que constituía su crimen, me costaba trabajo creerla: aunque no me hiciese
ilusiones acerca de las prácticas judiciales comunmente empleadas en Rusia, no
quería admitir que no hubiese alguna otra cosa más. Necesité hacer conocimiento
con los «conspiradores de Romny» y con otros muchos reos de Estado del mismo
género para convencerme bien de la imaginación y fantasía de los gendarmes, la
policía secreta y los funcionarios de segundad general, que veían en los hechos
más insignificantes, las suposicio-nes y las apariencias más vagas, un pretexto
para perseguir y enviar al destierro gentes inofen-sivas.
Después de una detención provisional, las jó-venes
fueron expedidas á Siberia por tres años, pero como la navegación en los ríos
siberianos no comienza hasta el mes de Mayo, debían pasar todo el invierno con
nosotros en Moscou en una cárcel central para ser deportadas, lo que equiva-lía
á seis ú ocho meses más de prisión.
—¿No recuerda usted los procedimientos de la
Inquisición?—decíamos cada vez que la conver-sación recaía sobre la deportación
por la vía administrativa.
El oficial del convoy escuchaba todo esto, y
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 134.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 135
algunas veces se entablaba vivísima discusión.
Como es natural, él no podía participar de nues-tra
manera de ver la situación política de Rusia. Una vez tuvo la buena fortuna de
encontrar un partidario de la corona. Cuando llegamos á una estación
importante, la de Toula á Orel, Ana Ptschelkina abrió la ventanilla, que estaba
prote-gida por una reja, á fin de respirar un poco de aire. Sobre el andén
había muchos hombres, de entre los cuales se destacó un joven como de
veintitrés años, vestido con traje de gran ruso. Se aproximó á nuestro vagón y
apostrofó á la joven en términos á la vez irónicos y groseros:
—¡Ahí ¡Ah! ¡Al fin estás presa! ¡Ya puedes
re-funfuñar ahora!
Estallamos en una gran carcajada. Esto resu-mía la
opinión general que se tenía de las condi-ciones políticas de Rusia tanto entre
las masas populares como entre los altos dignatarios. Tenía razón el procurador
Kotljarewski. «No se abate un árbol sin hacer caer las hojas.» Ante esta
demos-tración grosera, nuestro oficial se encerró en un mutismo de
contrariedad.
Cuando los rusos se encuentran reunidos, las más
sombrías consideraciones acerca de la situa-ción de su país se mezclan siempre
con alguna anécdota alegre.
Maljevani era desde este punto de vista
insu-perable. Gomo la mayoría de los jóvenes rusos, tenía un inalterable verbo
humorístico y era un cuentista delicado y notable, hasta el punto de que los
soldados que estaban instalados en el ángulo de nuestro compartimento no podían
re-tener la carcajada.
Nuestro viaje de Kiew á Moscou duró veinti-ocho
horas; al fin echamos pie á tierra.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 135.
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Resolví ir de la estación á la cárcel á pie, y
todos los demás siguieron mi ejemplo, excepto nuestras conspiradoras, que
subieron al coche. Una, que se llamaba Zerbinoff, parecía extenuada, débil y
enferma; la otra, Melnikoff, por el contra-rio, era muy robusta, pero velaba
con ternura por su amiga y no la abandonaba nunca.
Era una bella mañana de invierno; un gran frío se
dejaba sentir; las casas y las calles de Mos-cou estaban cubiertas con una capa
de nieve. Nuestras cadenas sonaban con claridad en el aire en calma, y la nieve
crujía bajo nuestros pies mientras nos dirigíamos á la prisión formados en
larga fila.
Pasábamos delante de las iglesias y las capi-llas,
que son numerosas en Moscou. La mayoría de los condenados se descubrían y
hacían la señal de la cruz; nosotros, los políticos, recordábamos los tristes
acontecimientos de que tal calle ó tal plaza había sido teatro, y no faltaban
puntos de analogía con nuestra situación, porque si los so-beranos de Moscou
habían hecho prender á sus enemigos los sospechosos, habían recibido el
lati-gazo en público.
Bien pronto descubrimos en el horizonte á Butirki
(nombre que da el pueblo á la prisión para deportados) . Es una construcción de
piedra maciza y á distancia hace el efecto de un pozo gigantesco. Está rodeada
de un muro sólido, flanqueado de torres en los cuatro ángulos. La construcción
de enmedio se destina á los reos de derecho común que son deportados á Siberia.
Puede contener varios millares de personas. Las
diversas categorías de los políticos se encie-rran en las torres. Los
condenados á trabajos for-zados van á la torre de Pugatcheff, que debe su
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
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nombre al famoso adversario de Catalina II, el
cual, como se sabe, había jurado hacer saltar &
Moscou y fue expuesto en una jaula de hierro hasta que la zarina lo envió al
patíbulo. Los depor-tados por la vía administrativa se encerraban en
la torre del Norte y los de prisión preventiva en
la torre de la Capilla;por último, la cuarta
torre
estaba reservada á las mujeres de todas catego-
rías.
Yo conocía de larga fecha
el régimen de esta
prisión, que veía pasar todos los años millares de
hombres de todas condiciones, de todas las eda-des y de todas las provincias,
deportados 6 Sibe-ria. Ño se hablaba muy mal de ella, pero cuando llegamos
delante de la puerta y pasé el sombrío arco de la entrada, una impresión cruel
me asaltó.
Desde mi arresto en Friburgo, es decir, en el corto
espacio de ocho meses, había recorrido tres prisiones alemanas y seis prisiones
rusas, y siem-pre cambiaba el régimen. Por mucho que se des-precien las
condiciones materiales de la vida, no puede evitarse una cierta inquietud
cuando se pe-netra en una nueva cárcel; se piensa en si nos negarán Los objetos
más necesarios, en si será preciso entablar nueva lucha por un poco de
es-pacio, de libros ó de una mesa ó una cama.
En el vasto despacho de la cárcel esperaba un
personaje de unos sesenta años, con barba blan-ca y anteojos sobre la nariz:
llevaba un uniforme bastante usado y charreteras de oficial. Era el capitán
Maltschinski, encargado cerca del director de los detenidos políticos.
Después que hubo registrado por sí mismo nuestro
pequeño equipaje, nos condujeron á las diferentes divisiones que nos estaban
destinadas.
Atravesé un largo y estrecho patio y llegamos
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Años en Siberia, p. 137.
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ante una puerta cochera. Allí el carcelero que me
acompañaba hizo sonar una campana; apareció otro carcelero, y después de
haberme hecho atra-vesar un patio no menos pequeño subimos hasta el tercer piso
por una escalera de hierro.
Nos detuvimos en una meseta pequeña y obs-cura, que
apenas tendría un metro cuadrado. Cin-co puertas daban sobre la meseta; una de
ellas estaba abierta y entré a pie llano en mi celda. Un golpe de vista me
bastó para comprender que la estancia no era agradable. Tenía la forma de un
triángulo equilátero, y era tan estrecha que ape-nas se podían dar tres pasos;
una vaga claridad filtraba á través de una pequeña ventana, pero tenía una cama
y otros objetos necesarios.
—En esta cueva he de habitar seis meses—me dije con
desesperación.
Cerca de mí oí una voz que decía:
—Buenos días. ¿Quién es usted?
Había en las celdas vecinas otros dos prisio-neros
condenados también á trabajos en Siberia. Estaban complicados en el «proceso de
los 14?, ó proceso de \Vera Figner, como le llamábamos nosotros, y fueron
juzgados casi al mismo tiempo que yo.
Nos presentamos los unos á los otros al tra-vés de
las rejillas de la puerta que daban sobre la misma meseta, lo que dejaba
indiferente al car-celero. Poco después nos encontramos los tres en el estrecho
patio donde»íba'mos á respirar un poco de aire. Recorríamos los cien pasos al
ruido de las cadenas de nuestros pies y podíamos ha-blar con libertad, porque
nos dejaron solos; las altas murallas que nos rodeaban eran garantía contra
toda evasión.
Veía por primera vez prisioneros políticos con-
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denados á trabajos forzados, hombres privados de
todos sus derechos. Era un cuadro extraño: sus rostros eran jóvenes, pero
marchitos; los dos lleva-ban gafas, su piel de carnero y sus cadenas. Todo daba
la impresión de que no eran verdaderos pre-sos, sino que llevaban un disfraz de
extraño con-traste con sus maneras distinguidas y su rostro inteligente. Tenían
poco más ó menos mi edad; entre veintinueve y treinta años.
El mayor, Anastasio Spandoni Bosmandschi, había
sido condenado á quince años de trabajos forzados, y el más joven, Wladimir
Tschouikoff, á veinte años.
No parecían gozar de buena salud, y durante su
larga estancia en la fortaleza de Pedro y Pablo habían estado todavía más
enfermos; con sus caras pálidas y adelgazadas parecían salir de una larga
convalecencia. Pero esta mala salud fue una felicidad para ellos: escaparon de
ser enviados á la fortaleza de Schlüsselbourg, donde habían sido enviados todos
los camaradas condenados en el mismo proceso. No nos conocíamos de antes, pero
como pertenecíamos al mismo partido y se nos perseguía por las mismas ideas, fuimos
pronto buenos amigos en la prisión.
Durante los primeros días el asunto de la
conversación no se agotaba: hablábamos conti-nuamente en el paseo y en la
celdas. Mis temores respecto al régimen de la prisión no se confirma-ron. Es
verdad que las celdas eran incómodas,, pero soportábamos ese ligero
inconveniente á cambio de las otras ventajas.
Una de las primeras tardes fui llamado al
des-pacho, donde me esperaba el viejo capitán. Me dio una silla y me dijo que
quería hablar conmigo á corazón abierto. Mis camaradas me lo habían
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presentado como un buen hombre, afectuoso y
sociable, que prestaba á los prisioneros políticos todos los servicios que
podía. Así es que le res-pondí que nada me podía ser tan agradable.
—¿Espera usted poder escaparse? ¡No mienta! —me
dijo:—yo lo sé. Mi deber es que esa tenta-tiva no se realice. Se atormentará
usted inútil-mente para llevarla é cabo; pero yo quiero dul-cificar cuanto me
sea posible la suerte de los prisioneros. Si usted tiene necesidad de alguna
cosa me la pide por escrito, se la enviaré al direc-tor y se hará todo lo que
la ley permita.
No había escuchado jamás á un funcionario hablar de
esta suerte; su tono y sus maneras ins-piraban confianza. Este viejo señor me
pareció conocer el estado de espíritu de los hombres. Sa-bía sin duda por los
periódicos que me había escapado dos veces y empleaba un medio diplo-mático
para disuadirme de otra tentativa y mani-festarme su vigilancia á mi alrededor.
Este procedimiento me agradó, y le respondí con
franqueza que todo prisionero condenado á trabajos forzados en Siberia no tiene
otro deseo que el de escapar, pero le prometí que no trataría de hacerlo. Esta
afirmación pareció contentar al viejo y nos separamos con la convicción de que
viviríamos todos en buena inteligencia.
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CAPÍTULO XIII
El proceso "de los 14,,.—Recuerdos de Wera
Flgner.—Nu-
merosas prisiones.—Agente provocador
Cuando le dije al viejo capitán que no tenía ningún
proyecto de evasión, fui absolutamente sincero. Me sentía deprimido por las
circunstan cias que habían rodeado mi prisión. Luego las emociones de los
últimos meses me robaban las fuerzas. Era evidente que no renunciaría á mis
deseos de libertad si las circunstancias se mos-traban favorables, pero este
deseo se había refu-giado en lo más profundo del alma y me sentía incapaz de
realizarlo por el momento.
Loa primeros tiempos se pasaron en la paz y la
tranquilidad; leía mucho y conversaba con mis camaradas. Lo que me contaron era
en gran par-te nuevo para mí y muy interesante. No sabía casi nada de los
acontecimientos que habían moti-vado su proceso; en éste estuvieron complicados
varios oficiales, y dos de ellos, el subteniente de navio barón von Stromberg y
el subteniente Ro-gatscheff, fueron condenados á muerte y ejecuta-dos. Pero lo
más precioso é interesante para mí era el valor de la heroína del proceso, la
célebre Wera Figner. Su nombre había estado en todos los labios, y ella fue
durante largo tiempo la per-
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Años en Siberia, p. 141.
142 LEÓN
DEUTSCH
sonalidad más popular en los círculos
revolucio-narios. La juventud la veneraba igual que á una divinidad, y en
efecto, su talento de organización, sus dones admirables para crear, su
indomable energía, su entusiasmo sin límites, bastaban para hacer comprender el
papel que jugó en el proce-so. El valor, la entereza y el entusiasmo de esta
mujer admirable, impusieron respeto hasta á los mismos del tribunal.
Habla conocido á Wera Figner en 1877 en
Pe-tersburgo, en el preciso momento que formaba su proyecto de sacrificarse por
el pueblo. Era enton-ces una joven de veinte á veintitrés años, elegante y muy
hermosa; no se la podía comparar con nin-guna otra mujer, ni aun con las más
notables del partido socialista ruso.
Como otro gran número de personas, se había
entregado de todo corazón a la causa del pueblo ruso, en especial de los
aldeanos, y estaba pronta á todos los sacrificios.
Durante el verano de 1879, me encontré en
di-ferentes ocasiones á su lado. Mientras que dos años antes me había hecho el
efecto de una joven propagandista que se inclinaba voluntaria delante de la
opinión de los camaradas, ahora veía en ella una voluntad y un juicio
verdaderamente per-sonales.
Como ya he contado, numerosas divergencias
relativas al programa estallaron en nuestras filas. Creían unos que el partido
revolucionario debía concentrar toda su fuerza en la acción terrorista, y
necesitaba, por consecuencia, multiplicar los atentados contra el zar y contra
los diferentes re-presentantes de la fuerza, para cambiar así las con-diciones
políticas de Rusia y acabar con el despo-tismo. Otros, al contrario, pensaban
en continuar
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DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 143
la propaganda revolucionaria. El deber del parti-do
era ejercer una influencia sobre el pueblo, ex-tenderse por las aldeas y llevar
la luz á los aldea-nos, según el plan trazado por la asociación «Zemlja i
Volja», Tierra y Libertad. Wera Figner apoyaba con todas sus fuerzas á los
partidarios del terrorismo. Muchas veces, durante el tiempo que pasamos en
Lesnoíe, ciudad de los alrededo-res de Petersburgo, donde todos los camaradas
veraneábamos, discutí con ella sobre la propagan-da que había de hacerse entre
los aldeanos y los medios de obtener mejores resultados. Poco tiem-po antes
había venido de las orillas del Volga, donde había recorrido las aldeas. Las
impresio-nes recibidas la desanimaron profundamente. Me pintó en términos
elocuentes la miseria infinita, la espantosa ignorancia de los trabajadores del
cam-po. Su conclusión era que en las circunstancias actuales no había ningún
medio de venir en ayuda del pueblo.
—Mostradme un medio, uno solo, de ser útil al
pueblo en las condiciones actuales, y yo estoy pronta á volver al campo — nos
decía ella una vez.
Y en el tono con que pronunciaba estas pala-bras
había la convicción de una iluminada.
Nosotros no estábamos para precisar ó fijar tal ó
cual método determinado que pudiera dete-nerla en el camino que iba á
emprender, porque no concebía más medio que la violencia para ser-vir la causa
del pueblo.
Hacia fin de otoño del mismo año yo fui á Odesa y
encontré á "Wera Figner de acuerdo con Kibaltchitch, Frolenko,
Kolotkevitch y Zlatopols-ky preparando el atentado que debía tener lugar contra
Alejandro II á su regreso de Livadia á Pe-
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DEUTSCH
tersburgo. Se había depositado en su casa la
di-namita. En esta época había sacrificado toda in-dependencia y se dedicaba
con un celo ardiente á la acción terrorista. Pertenecía por su nacimiento
á la
aristocracia rusa; su abuelo se había hecho un nombre en las guerras contra
Napoleón I du-rante la invasión en Rusia. Las cualidades predo-minantes de Wera
Figner eran la fuerza de volun-tad y la energía, que no hallaba obstáculos; no
se contentaba con una tarea única, por ruda que fuese; su actividad se
desplegaba en todas direc-ciones. En tanto que premeditaba el atentado,
organizaba círculos revolucionarios para la juven-tud, hacía de agitadora en
otras sociedades, y nos dio á imprimir en Odesa un periódico clandestino
destinado al Sur de Rusia. Ni sus mejores amigos podían darse cuenta de la
variedad infinita de sus facultades y la extremada actividad de su ca-rácter.
Por primera vez, en 1882, cuando la mayoría de los
afiliados á la «Narodnaja Volja» estaban ya presos y los que pudieron escapar á
los esbirros buscaban refugio en el extranjero, Wera Figner desplegó toda su
fuerza. Rehusó enérgicamente dejar la Rusia para escapar á las persecuciones
que la amenazaban por todos lados. En 1883 cayó en manos de la policía, víctima
de la traición de Degaieff. Fue condenada á muerte, y después, por gracia, le
conmutaron la pena por la de tra-bajos forzados á perpetuidad; desde esta época
fue enterrada viva en la fortaleza de Schlüssel-burg.
No conocía sólo el proceso de Spandoni y de
Tschuikoff por los relatos que me hicieron, sino también por el acta de
acusación, qteJgiCual tenían una copia; lo que más caracteriig$ib,a;|©$ie docu-
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Años en Siberia, p. 144.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEB1A 145
mentó era la ausencia total de las razones que
pudieran motivar tan severa condena.
Véase todo lo que el procurador había encon-trado
que reprochar á mis compañeros de cauti-vidad:
«Anastasio Spandoni está complicado en el negocio
de la imprenta secreta descubierta en Odesa, casa de los esposos Degaieff.» Así
comen-zaba el acta de acusación; se reconocía en seguida que Spandoni había
rehusado hacer la menor re-velación, y luego continuaba: «Su participación en
la sociedad secreta «Narodnaja Volja» resulta de las denuncias de la mujer de
Degaieff, en cuya casa Spandoni ha estado dos veces de visita.»
Dos visitas á una imprenta secreta se castiga-ban
con quince años de trabajos forzados.
El crimen de mi segundo compañero era se-mejante.
«Guando "Wera Figner fue detenida en Odesa—decía el acta de acusación—las
autorida-des locales prendieron, entre otras personas, á Wlademir Tschuikoff
por estar en relaciones con ella. En el curso de un registro operado en su
do-micilio, se ha descubierto: 1.°, material de impri-mir; 2.°, una plancha
para falsificar pasaportes; 3.°, cianuro de potasa y de morfina; 4.°,
numero-sos escritos contra el gobierno, unos impresos y otros manuscritos; 5.°,
una lista de nombres de numerosos criminales de Estado; 6.° lista de
sus-cripciones para la sociedad secreta «Narodnaja Volja». Tschuikoff ha
declarado que se adhería á los principios de esta sociedad.»
Y fue condenado á veinte años de trabajos
for-zados: 1.°, por ser amigo de "Wera Figner; 2.°, por los objetos que
habían encontrado en su casa; 3.°, por participar de las ideas de la «Narodnaja
Volja».
TOMO I 10
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Las acusaciones relativas al resto de los acu-sados
no tenían más fundamento. |Por estos pre-tendidos crímenes se dictaron
numerosas con-denas de muerte, de las cuales dos se habían cumplido!
Durante algún tiempo no fuimos más que tres
prisioneros en la torre de Pugatchef, pero se nos anunciaron nuevos compañeros
de miseria.
Dos semanas después debían llegar de Kiew los
condenados por el proceso de Schebalina, del que ya he hablado; cuatro estaban
condenados á trabajos forzados, entre ellos dos mujeres. Nos-otros los
esperábamos con vivo interés, pero cuan-do llegó el convoy, sólo fueron
encerrados en nues-tra torre dos condenados á destierro, Makhar Wassilieff y
Peter Dashkievitch; en el departa-mento de las mujeres ingresaron madame
Sche-balina y una jovenciia, Bárbara Tschulepnikova, condenadas también á
destierro.
Los cuatro sentenciados á trabajos forzados habían
sido expedidos á Schlüsselburg, á causa de una revuelta contra la
administración de las prisiones, motivada por los hechos siguientes:
He contado ya la penosa impresión que causa
á los
condenados la obligación de dejarse afeitar la cabeza y remachar sus cadenas.
Hasta enton-ces era costumbre que los prisioneros políticos y criminales no
fueran sometidos á esta bárbara formalidad hasta su llegada á Siberia á la
ciudad de Tiumen. Este año la autoridad quiso afeitar y encadenar en Moscou
mismo á los condenados por el proceso de Schebalina; ellos resolvieron
pro-testar contra esta medida, y todos los prisioneros políticos que se
encontraban en Kiew se asocia-ron á esta protesta. La autoridad se vio obligada
á emplear la
fuerza para imponer su voluntad.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 146.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBR1A 147
Los prisioneros rompieron las ventanas y los
le-chos, y esto fue objeto de una comunicación á Petersburgo, de donde vino la
orden de transpor-tar á los cuatro forzados á la terrible fortaleza.
Se sabe lo que significa esta decisión: es la
condena á largos años de martirio, un entierro en vida. La mayoría de los
infortunados víctimas que se envían, mueren al cabo de algunos años, otros se
vuelven locos y algunos tratan de estrangular a los empleados de la fortaleza,
con la esperan-za de obtener una ejecución próxima. Se puede imaginar el dolor
profundo que sentiríamos sa-biendo la triste suerte que les estaba reservada á
nuestros camaradas en Kiew. Entre ellos se en-contraban dos hombres á los que
no se les podía reprochar el menor delito, tanto que, á pesar de su mala
voluntad, el Consejo de guerra no había podido condenar á Karauloff mas que á
cuatro años de trabajos forzados. Contando con esto, se había casado y tenía
intención de hacerse acom-pañar por su esposa á Siberia, como está autori-zado
por la ley. Su entrada en la fortaleza signifi-caba >a eterna separación de
los dos esposos; no le estaba permitido ni escribirle una sola vez á su mujer.
Lo mismo sucedía á Schebalina: la suerte se
ensañaba con ellos. Apenas el marido había sido llevado á la fortaleza, su
hijo, un pequeñuelo de pecho que tenía la madre en la prisión, murió
re-pentinamente, y la pobre mujer, sin fuerza contra tanta desventura, cayó
enferma y falleció á princi-pios de la primavera en la prisión de Moscou.
* *
Bien pronto llegaron nuevos presos políticos:
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 147.
148 LEÓN
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la prisión estaba llena; el proceso Lopatin
no-había contribuido poco.
Hermann Lopatin es una de las figuras más conocidas
en el movimiento revolucionario ruso. En 1884 había vuelto del extranjero,
donde se re-fugió, y había trabajado en la reorganización de la «Narodnaja
Volja», porque todos los miembros-activos del partido estaban presos á causa de
la traición de Degaieff. Lopatin tuvo que recomenzar desde el principio para
poner de nuevo en planta al partido terrorista. Viajó á través de toda la
Rusia, haciéndose con relaciones, y como no las podía guardar en la memoria,
escribió sobre una hoja de papel los nombres de las personas con quienes estaba
en inteligencia. Llevaba siempre esta hoja sobre él y contaba estar alerta para
tener tiempo de destruirla. Por desgracia, esta esperanza fue vana; un día los
agentes de policía secreta cayeron sobre él en la calle y fue amarra-do antes
de tener tiempo de destruir el. malaven-turado papel, que tenía ya en la boca.
Todas las personas citadas fueron persegui-das; los
arrestos tuvieron lugar en todos los rin-cones de Rusia.
Las personas que por la imprudencia involun-taria
de Lopatin habían sido encerradas en la cárcel central de Moscou, eran casi
todas jóvenes, y su crimen consistía en figurar en la lista fatal.
Me emocionó particularmente la vista de un joven
estudiante de la Universidad de Moscou, Rubinok, muchacho simpático y cuyo
desenvolvi-miento intelectual era superior á lo que podía esperarse en un
hombre tan joven. Lo condena-ron á tres años de deportación en la Siberia
oriental. Se le llevó á una de las regiones más siniestras, al país de los
yakoutes, cerca ya del
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 148.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 149
círculo polar. Un día fue sorprendido por esos
semisalvajes y casi le dejaron por muerto. No tardó en volverse loco á causa de
sus heridas.
Se hablaba mucho en las prisiones y en todo Moscou
de la suerte de un joven estudiante, Peter Razoumowski, que había sido
arrestado por una bagatela y conducido a la prisión de policía; allí se
encontraba igualmente el oficial de la guardia, Belino Bshezovsky, que estaba
en la prevención por cierto delito de derecho común. Este repre-sentante de la
juventud dorada se entendió con la gendarmería para abusar de la inexperiencia
•del joven, y decidieron inventar un atentado. Este canalla de oficial hizo creer
al joven que pertene-cía á su mismo partido revolucionario y le insinuó la idea
de matar al procurador de la Audiencia de Moscou, que fue más tarde el ministro
de Jus-ticia Mourawieff. El inocente muchacho cayó en «1 lazo y el agente
provocador le procuró un re-vólver cargado. Pero un día que el joven iba al
gabinete del procurador para ser interrogado por él, lo detuvieron bruscamente
los gendarmes, ad-vertidos por Bshezovsky; le registraron y se le en-contró el
arma. Fue acusado de tentativa de ma-tar al procurador. En su azaramiento, él
intentó suicidarse, pero se lo impidieron.
El papel provocador representado por la
gen-darmería había sido tan visible, que gracias a las gestiones del padre del
acusado, la víctima escapó de sus verdugos. Se dio orden desde Petersburgo de
enterrar el asunto.
La opinión general era que el procurador Mourawieff
estaba de acuerdo con los agentes provocadores, esperando así asegurar las
distin-ciones que deseaba.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 149.
CAPÍTULO XIV
Venalidad del Inspector.—Las cadenas rotas.—Más
cabezas
afeHadas
En la prisión de Moscou estábamos en comu-nicación
constante los unos con los otros, y hasta sabíamos lo que pasaba fuera de sus
muros.
Nos servía para esto la venalidad de un ins-pector.
Este individuo, de edad de veinticinco años, se
llamaba Smirnoff y pertenecía por su nacimiento
á la pequeña
nobleza pobre. No sabía nada ni tenía vocación ninguna; su hermana era la
que-rida de un alto dignatario, y gracias á su protec-ción había obtenido el
puesto de inspector de la cárcel.
Cargado de deudas, acosado por sus acreedo-res,
estaba dispuesto á todos los compromisos; na hubiera retrocedido ni delante de
un crimen por procurarse dinero. Como sabía apenas leer y es-cribir, las gentes
instruidas le imponían respeto;, estaba orgulloso de tener relaciones con
nosotros, que además le pagábamos en especies sonante» los menores servicios
que nos hacía. Me tenía particular afecto y continuamente iba á mi celda
á bromear de
todas las cosas. Un día me propuso ayudar á que me fugara. Yo dudé y medité;
pero no descubrí plan de evasión posible.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 150.
DIEZ Y
SEIS AÑOS KN S1HKK1A 151
—Escúcheme usted—me dijo.—Podemos arre-glar bien
las cosas. Yo le haré salir de la prisión disfrazado de chauffeur ó de
lampista, y nos mar-charemos juntos al extranjero.
El plan no podía ser más seductor, pero mil
objeciones acudieron á mi pensamiento. Ante todo, el espíritu de solidaridad me
impedía em-prender la fuga mientras mis camaradas, que habían de cumplir penas
mucho más graves, que-daban encerrados en sus calabozos; después se necesitaba
mucho dinero, que no me podía pro-porcionar tan rápidamente, y por último, yo
no me hubiera podido desembarazar ya nunca de este individuo. Estas
consideraciones me movie-ron á rechazar su proposición. Mis camaredas, durante
este tiempo, formaron también sus pro-yectos de evasión; habían resuelto
practicar un agujero en el muro. Aunque guardaran gran se-creto, Smirnoff se
enteró de todo.
—¿Cree usted que yo no sé que sus compañeros
quieren fugarse?—me dijo un día.— Que se arre-glen de manera que no me mezclen
en el asunto, y yo prometo no descubrirlos.
Le aseguré que no tendría ningún compromiso y avisé
á mis camaradas.
Ellos conocieron bien pronto que toda eva-sión era
imposible por ese medio y renunciaron á su proyecto.
Smirnoff no los hubiera descubierto, porque estaba
absolutamente en nuestras manos, pero yo le obligué á que me denunciara.
Habíamos visto que los detenidos de derecho común se desemba-razan en secreto
de sus cadenas, no sólo durante la noche, sino también de día; el guardián lo
sabía y no decía nada. Yo resolví seguir su ejemplo, pero no en secreto, en
público.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 151.
152 LEÓN
DEUTSCH
—Smirnoff, tráigame usted un martillo y un clavo
grueso—le dije un día.
—¿Qué va usted á hacer?
—Pronto lo verá.
Él obedeció.
Entonces, en presencia suya, hice saltar los
remaches de mis hierros.
f: —¿Qué
ha hecho usted? ¡A.h! ¡Estoy perdido ahora!
—No tema nada—le respondí;—vaya á buscar
inmediatamente al director y dígale que me he desembarazado de mis cadenas.
—¡Pero yo no puedo denunciar á usted! Esto no
estaría bien hecho.
—Ni una palabra más; haga usted lo que le he dicho.
Partió golpeándose la cabeza, y poco después me
hizo llamar el director de la cárcel.
Arreglé mis cadenas con un alambre y acudí al
llamamiento.
—¿Cómo es esto? ¿Ha roto usted las cadenas? —gritó
el viejo señor fuera de sí.
Le respondí afirmativamente.
—¿De modo que quiere usted evadirse?—añadió
oprimiéndose la frente con las manos, como ate-rrorizado de este
descubrimiento.
—Todo lo contrario—contesté.—En su lugar yo sería
feliz de ver á un prisionero desembarazarse así, públicamente, de sus cadenas.
—¡Cómo! ¿Que usted sería dichoso en mi lugar —dijo
con aire sorprendido,—cuando este aconte-cimiento puede llevarme ante un
tribunal?
—Reflexione usted que si tuviera intención de
evadirme no rompería mis cadenas en presencia del inspector; por el contrario,
me esforzaría en escapar á toda sospecha. Lo que quiero única-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 152.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERTA 153
mente es aligerarme
de esta carga pesada que
me impide andar de día y dormir de noche.
—Pero yo no puedo consentirlo.
—No hay necesidad de su consentimiento. No tiene
usted más que aparentar que no sabe nada y hacer creer que todo está en orden.
Así lo hacen todos los funcionarios de un lado á otro de Rusia. Haga usted como
ellos.
—Pero ¿y si se enteran los jefes?—dijo medio
convencido.
—¡Los jefes! Si usted no lo dice, nadie sabrá nada.
El gobernador de Moscou no va á venir á examinar las cadenas para ver si están
sujetas por un simple alambre.
—Pero si un alto funcionario viene á visitar la
prisión, ¿me promete usted ponerlas en su primi-tivo estado?—dijo él á la vez
convencido y con-tento.
—¡Naturalmente! Vea usted que no se me co-noce
nada—le dije riendo y mostrándole mis ca-denas sólidamente fijas por los
remaches.
Nos separamos buenos amigos. Así habíamos
- obtenido una
autorización oficial para no llevar las cadenas; pero era mucho más difícil
escapar de que nos afeitaran. Según el reglamento, la mi-tad de la cabeza debía
afeitarse de nuevo todos los meses; como no había medio diplomático para
sustraerse á esta servidumbre, resolvimos resistirnos. Una mañana, cuando el
barbero vino
& nuestra
torre y el inspector nos ordenó dejar-nos afeitar, nos negamos abiertamente.
Poco des-pués el capitán nos hizo conducir á su despacho para interrogarnos.
—¿Díganme ustedes qué es lo que pasa?—pre-guntó el
buen viejo.
—Dígale usted al director que los prisioneros
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 153.
154 LEÓN
DBUTSCH
no se quieren dejar afeitar la cabeza, y que
decla-ran enérgicamente que sólo cederán á la violen-cia. Nosotros no tenemos
nada contra usted ni contra el director, pero queremos protestar de una
costumbre bárbara y ultrajante, y recurrimos
á la rebelión,
porque no tenemos otra manera de sustraernos. Ya sabe usted que la opinión
públi-ca y la libertad de la prensa no sirven para nada; no nos queda otro
camino.
No supimos jamás si transmitió nuestra pro-testa á
los superiores; pero durante el tiempo de nuestra estancia en la prisión no nos
volvieron á molestar.
El reglamento previene que los prisioneros de
diferentes categorías deben ser tratados de una manera distinta. Los condenados
por la vía admi-nistrativa son más favorecidos desde este punto de vista que
los condenados judiciales, los cuales
á su vez gozan
de más privilegios que los de tra-bajos forzados. Pero al cabo de dos ó tres
meses maniobramos de tal suerte que todos los matices se habían casi totalmente
borrado. Teníamos que llevar el traje de la prisión, mientras que los otros
conservaban sus vestidos ordinarios, y nos es-taba prohibido ir á ver á
nuestras mujeres á la torre donde estaban encerradas.
Este género de comunicación está autorizado cuando
los prisioneros, hombres y mujeres, son parientes, esposos ó novios. Los
jóvenes de am-bos sexos se entendían y enviaban con frecuencia al gobernador de
Moscou una súplica para auto-rizar á que hablasen entre sí á los que eran
novios; la mayor parte de las veces esto no tenía otro ob-jeto que romper la
monotonía de la vida de las
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 154.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA 155
prisiones; la administración lo sabía bien; pero
estos noviazgos imaginarios tenían por objeto aproximar los jóvenes de diez y
ocho á veinte años, y no faltaba un cierto encango poético. Se veían en el
despacho de la prisión, vasta pieza incómoda alumbrada por ventanas enrejadas,
y bajo la vigilancia de los guardianes. La vida de'la prisión había grabado en
los rostros una expre-sión á la vez espiritual y novelesca. Diferentes
circunstancias hacían que muchas veces una sim-patía verdadera se despertase en
algunas parejas. No siempre eran relaciones puramente platóni-cas, pues en
ocasiones se iba hasta el matrimo-nio. En este caso la joven pareja tenía la
simpatía de los camaradas, con sus ligeras pintas de envi-dia; el matrimonio,
en la iglesia de la prisión, era un gran acontecimiento muy agradable para
rom-per la uniformidad de la vida diaria. Los pri-sioneros podían también, de
tiempo en tiempo, recibir visitas; pero como generalmente la autori-zación no
se concedía más que á los parientes, los amigos y los conocidos se hacían pasar
por novios de las prisioneras, con frecuencia lo eran realmente, y esto daba
lugar á escenas tragicómi-cas, que acababan siempre por soluciones agra-dables.
Las visitas se recibían en el mismo despacho donde
nos condujeron á nuestra llegada. Esta ha-bitación tenía un aspecto particular:
el viejo capi-tán se sentaba en su sitio de costumbre, sin pre-ocuparse más que
de sus libros y sus cuentas; en la puerta un oficial de uniforme con revólver y
cartuchera á la cintura y el sable al lado. Cerca de los muros se alineaban los
grupos de prisioneros y de visitantes; la luz que dejaban filtrar las ven-tanas
enrejadas daba á los rostros una aparien-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 155.
156 LEÓN
DEUTSCH
cia extraña. Los visitantes pertenecían á todas las
clases de la sociedad.
Había allí mujeres jóvenes y ancianas; hom-bres
viejos y niños. Un médico y un abogado, en compañía de su mujer y su hija,
venían á conver-sar con un estudiante condenado á destierro. Más lejos una
vieja aldeana que había hecho un inter-minable viaje desde su provincia, á
orillas del Volga, para dar el último adiós á su hijo querido, al cual contaba
cuanto sucedía de nuevo en la aldea y cuan dolorosamente le afectaba su
arres-to. Al otro lado estaba el representante de una raza aristocrática, el
príncipe Wolkonski, y su es-posa, que conversaba con su tío Maljevani. A un
extremo, Tschulepnikoff sermoneaba á su hija por haberse dejado envolver en el
movimiento revolucionario, lo que le valía la deportación á Siberia.
Ruido de voces llenaba la sala: se hablaba alto, se
lloraba ó se reía. Muchos enjugaban furtiva-mente las lágrimas; otros lloraban
de ver á las personas que les eran queridas, pálidas y flacas.
Como en el resto del mundo, había allí risas y
lágrimas, el dolor y la alegría; en esta prisión para revolucionarios no había
privilegios: todas las distinciones cesaban ante los mismos sufrimien-tos y las
mismas penas.
Un día, sin embargo, esta regla de igualdad fue
rota en favor de un visitante, cuya presencia atrajo la atención general. Un
anciano en traje de gran ruso, con un largo gabán dividido por una gran
cintura, acababa de entrar.
—¿Qué desea usted?—dijo el capitán sin levan-tar la
cabeza de sus libros.
—Quisiera ver a un hombre que está aquí; se llama
Lazareff—respondió el extranjero.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 156.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 157
—¿Tiene usted autorización?
—¡Naturalmente! Hela aquí—dijo el hombre del gabán,
y presentó un papel.
El capitán se aseguró los anteojos sobre la nariz y
se puso á leer: pero de pronto dio un salto como si hubiera recibido un golpe
en la cabeza, y con mil corvetas, como descompuesto por la emo-ción, gritó:
—Señor conde, dígnese usted sentarse; mil
per-dones; yo no lo había conocido.
Después dijo al guardián:
—¡Eh! Ivanoff, corra en seguida á buscar á
La-zareff. El señor conde quiere verlo.
Se puso en movimiento toda la prisión; se oía tocar
las campanas, y corrían por todas partes gritando:
—¡Lazareff! ¿Dónde está Lazareff? El conde León
Tolstoi ha venido á verlo.
Lazareff, aldeano de origen, pero hombre de una
alta inteligencia y de una gran cultura, vivía cerca de la propiedad del conde
Tolstoi: debía pasar el invierno en la prisión de Moscou para ser transportado
de allí á Siberia, condenado á tres años por la vía administrativa.
Su solo crimen era haber protegido á los al-deanos
contra el abuso de poder de los funcio-narios.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 157.
CAPÍTULO XV
La situación política en Rusia y los partidos
revolucionarios.
—Nuestra sociedad. - Día de fiesta.—Visitas
prohibidas.
—Una lección de cortesía.
En la época de que yo hablo, la política
reac-cionaria del nuevo zar se manifestaba con clari dad. Habían transcurrido
dos años desde la ele-vación de Alejandro III al trono, y la prueba de sus
desaciertos se encontraba en mil casos san-grientos: en la protección que
tenían acordada á los perseguidores de los judíos, como había pasa-do en muchas
ciudades de SO. del imperio; en el nombramiento del conde Demetrius Tolstoi,
exe-crado de todos, para ministro del Interior, y en la institución del nuevo
reglamento para las univer-sidades, tan odioso á los profesores como á los
alumnos.
A pesap.de todo, había aún incurables opti-mistas
que esperaban y se creían en un período de transición y que bien pronto las
reformas ra-dicales se impondrían.
Un número incalculable de gentes instruidas,
abogados, médicos, etc., en la conversación que tuve com ellos,'nacían
conjeturas políticas lison-jeras. ,
—V©rá usted—me decían todos—como antes de cinco
años tenemos la Constitución.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 158.
DIEZ Y SEIS AÑOS EX SIBERIA 159
La juventud revolucionaria participaba tam-bién de
esperanzas. Muchos creían que de un día á otro los terroristas nos
desembarazarían de Alejandro III como lo habían hecho con su padre, y que
entonces la Constitución se pondría en vigor.
—Antes que hayamos llegado al lugar de nues-tro
destino, habrá muerto Alejandro III—afirma-ban con convencimiento los jóvenes.
Esta ilusión tenía algo de bueno, se soportaba
mejor el fardo y no se perdía el valor. Pero todos nuestros castillos en el
aire no debían tardar en desvanecerse.
La «Narodnaja Volja» estaba próxima á des-aparecer,
definitivamente, y apenas si los terroris-tas eran ya un peligro para el
gobierno. Los miem-bros de estas asociaciones revolucionarias habían muerto ó
languidecían en las prisiones; los que venían después de ellos no tenían las
cualidades necesarias para sostener una lucha de este géne-ro. La policía sabía
tender mejor sus redes y no dejar á los jóvenes conjurados tiempo de probar sus
fuerzas. La mayor parte de los organizadores, mal preparados y mal conducidos,
se dispersaban antes de ponerse de acuerdo.
La unidad y la fuerza de cohesión faltaba á los
varios grupos.
En 1884, diferentes secciones buscaban el me-dio de
reformarse. Los miembros de la «Nouvelle Narodnaja Volja» ejercían el
terrorismo persi guiendo con bombas y a puñaladas á los directo-res,
administradores, agentes de negocios y fun-cionarios de todas clases, que
consideraban como explotadores ó perseguidores del pueblo ruso.
Eran ellos los bombistas,que tenían la bomba como
el solo medio de inspirar temor. Había
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 159.
160 LEÓN
DBUTSCH
también los militaristas, que ponían toda su
espe-ranza en una conjuración militar, y en fin, apare-ció un nuevo grupo, el
grupo «Social Demócrata», al que yo pertenecía. Todos estos diferentes mati-ces
de "opinión estaban representados en nuestra cárcel. Esto daba lugar,
naturalmente, á debates muy calurosos, pero que terminaban siempre de una
manera amistosa.
A pesar de la diversidad de ideas, nosotros
formábamos, por decirlo así, una gran familia, donde no había ni nobleza, ni
pueblo, ni ricos, ni pobres; todos eran iguales, todos vivían con el mismo pie
y no se ocupaban de saber si se era de alto ó de humilde nacimiento.
El régimen alimenticio á que estábamos so-metidos
era objeto de todas las quejas: hasta los menos descontentadizos y más fuertes
no podían tomar una cucharada de caldo del que nos lleva-ban á mediodía en
escudillas de madera, por su olor insoportable. Los subsidios dados por el
gobierno para el alimento de los prisioneros son escasos, y se reducen aún más
al pasar por las manos de tantos altos y bajos empleados, que han elevado el
robo al estado de institución. Por eso las grandes calderas en que se cocía el
alimento para los millares de presos se llenaban de desper-dicios de la peor
especie.
Después de haber procurado en vano someter-nos á
este régimen, nos resolvimos á mantenernos
á nuestras
expensas y formamos una especie de sociedad cooperativa,'escogiendo por
administra-dor á ese Lazareff, que el conde Tolstoi había es-tado á visitar.
Todos los fondos que teníamos con nosotros, los que habíamos confiado á los
funcio-narios de la prisión y los que nos enviaban pa-rientes y amigos fueron
entregados á Lazareff, á
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 160.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BER1A 161
condición de que él cuidara de nuestra mesa y de
que todos los compañeros de miseria fuesentra-tados igual. Por la mañana nos
daban té con leche y pan á discreción; á mediodía dos platos y a la noche de
nuevo té y pan. Resolvimos nombrar jefe de cocina á un preso por delito común.
No se podía decir que nuestra mesa era lujosa, pues te-níamos recursos muy
limitados.
El pobre administrador se quebraba lo cabeza para
llenar sus funciones con lo poco de que dis-ponía; por último, tuvo la idea de
comprar carne de caballo, porque la de buey costaba demasiado cara (cinco
copeks la libra, si no me equivoco) y la de caballo estaba á la mitad de
precio. Resolvi-mos probar. Esta carne nos pareció comestible, aunque un poco
correosa y menos agradable al paladar.
Dos ó tres sólo de entre nosotros declararon que no
podían digerirla y les causaba descompo^ sición de estómago.
Como no teníamos medios para otra cosa,
re-currimos, de acuerdo con el administrador, a una estratagema. Dijo a los
enfermos imaginarios que compraría para ellos buey, y se contentó con pre
sentarles caballo preparado de una manera dife-rente. El resultado fue el que
habíamos previsto: los gastrónomos se mostraron satisfechos de sus beefsteaks,y
nos manifestaban su pena por vernos comer caballo. Apenas podíamos contener la
risa delante de ellos. Esta comedia duró todo el tiem-po de permanencia en
Moscou, y nuestros go-losos no se quejaron de descomposiciones de estómago.
Cuando más tarde se lo revelamos se pusieron
furiosos y nos aseguraron haber notado que comida tenía que un gusto
desagradable.
TOMO I
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 161.
162 LEÓN
DEUTSCH
Además de nuestros parientes y amigos, mu-chas
personas desconocidas contribuían &dulcifi-car nuestra situación material,
entre ellas los miembros de la «Cruz Roja para la Revolución». Eran en su
mayoría mujeres que, con un celo modesto y digno de todos los elogios, se
desvi-vían por íos revolucionarios prisioneros ó deste-rrados.
Más de un solitario y abandonado ha podido apreciar
en su prisión la generosa actividad de estas nobles criaturas.
Yo había visto muchas veces con qué efusión de
reconocimiento estos delegados de la Cruz Roja recibían todos los pequeños
objetos que se les daban. Nuestro grupo de la cárcel de Moscou había sido
especialmente favorecido. Mucho tiem-po antes de nuestra partida á Siberia
nuestras protectoras nos pidieron que les dijéramos todo cuanto necesitábamos
para nuestro viaje. Cuando se piensa que éramos cincuenta y se trataba de un
viaje de seis meses, se puede comprender el trabajo de estas mujeres para
reunir los millares de objetos que necesitábamos, el tiempo que em-plearían y
los disgustos a que estaban expuestas.
Estas atenciones y estos cuidados para dulcifi-car
la suerte de los prisioneros tenían algo de conmovedor.
*
* 4
En Rusia los días de Navidad y Pascuas son grandes
fiestas. Aunque en masa los revoluciona-rios rusos no sean muy religiosos y
muchos de entre ellos no pertenezcan á la Iglesia rusa, tales como los judíos,
alemanes y polacos, no es menos cierto que en las prisiones y entre los
desterrados
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 162.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBEIA 163
se hace todo lo posible para tomar parte en los
regocijos populares. Estos días llevan una agrada-ble diversión á las cárceles.
Los parientes, los amigos y las damas de la Cruz
Roja nos enviaban provisiones y golosinas. Pasamos de una manera gozosa la
noche del Sá-bado Santo á la Pascua. Habíamos dirigido al director una
solicitud para que nos permitiera estar todos reunidos esa noche, come es
costum-bre en Rusia. Nos fue concedida y nos reunimos todos, hasta las mujeres,
en la división de los condenados por la vía administrativa, donde había más
espacio, porque no estaban aislados cada uno en su calabozo como nosotros, sino
todos en común.
Entre nuestras provisiones teníamos pasteles de
Pascua, huevos, jamón, aves y otras muchas cosas, así como también vino ligero
y cerveza. Nuestra mesa tenía un aspecto muy alegre.
Pasamos la tarde y la mitad de la noche de una
manera tan gozosa, que se ve raramente en una prisión. El viejo capitán y el
inspector esta-ban allí. Se cantó, se rió y hasta se tocó un armó-nium y
danzaron los jóvenes... Pero á pesar de esta alegría exterior, ninguno olvidaba
el sitio donde nos encontrábamos: se recordaba el hogar, donde todos los que
amábamos estarían reunidos pensando con tristeza en los ausentes.
* **
Esta fiesta fue para los que estábamos conde-nados
á trabajos forzados la ocasión de hacer conocimiento con las señoras que había
en la prisión al mismo tiempo que nosotros. Los con-denados administrativos se
encontraban con ellas,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 163.
164 LF.ÓN
DEITTSCH
no sólo á las horas de visito, sino también en el
paseo, aunque esto estuviese prohibido en el re-glamento; pero los condenados á
trabajos forza-dos no tenían derecho de hacer visitas.
A partir de este día, no se respetó el reglamen-to.
Bajo pretexto de que teníamos asuntos en el despacho, nos hacíamos conducir al
patio grande. Delante de la puerta, los guardianes nos dejaban, creyendo que
íbamos á seguir el corredor, pero nosotros nos íbamos al través de los patios
hacia el departamento de las mujeres. El carcelero de este departamento nos
suplicaba que nos volvié-semos; pero como las señoras estaban cerca de la
puerta, podíamos cambiar algunas palabras de amistad con ellas. Al cabo la administración
aca-bó per no ver en esto nada de reprensible. La pro-hibición de conversar
unos con otros no se obser-vaba, teniendo en cuenta que al cabo de pocas
seman'as todos los prisioneros políticos debían hacer juntos el viaje 6
Siberia, y era ridículo apli-car el reglamento de incomunicación.
Los condenados de derecho común no se ocul-taban
para infringir abiertamente todas las pres-cripciones. No se contentaban con
pasearse en todos los rincones de la prisión; sabían también encontrar acceso
al departamento de las mujeres. Llegué á saber que los carceleros é inspectores
dejaban pasar á un prisionero toda una noche si les ofrecía dinero.
Sin embargo, los prisioneros políticos gozaban de
una ventaja particular. Voy á referir la actitud del personal respecto á
nosotros. Cada funciona-rio, pequeño ó grande, sabía que no podía mos-trarse
grosero y necesitaba usar alguna cortesía; se sabe que esta categoría de
prisionero pertenece á gentes instruidas, privilegiadas; que estos hom-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 164.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 165
bres tienen, á consecuencia de su nacimiento, la
conciencia del honor, y si por casualidad un em-pleado de las prisiones lo
olvida, se encuentra con enérgicas protestas, y alguna vez han ocurrido
su-cesos trágicos.
La anécdota siguiente hará comprender cómo nos
preocupábamos de obligar á la cortesía á los funcionarios.
Nos habían enviado de Petersburgo un gran
dignatario, M. Galkin Wrasski, el más alto fun-cionario de administración
penitenciaria. El exi-gía de todos sus subordinados un respeto extra-ordinario,
inflado de su importancia, pero no era muy cortés. Nosotros supimos que este
señor tenia el hábito de entrar en las celdas con el som-brero puesto, y
decidimos que el primero de nos-otros á quien visitara le daría una lección.
M. Galkin Wrasski hizo su entrada en la cárcel
acompañado de numeroso séquito, entre el que se contaba el vicegobernador de
Moscou, príncipe Galitzin. Comenzó su inspección por la torre de Pugatcheff y
se presentó en la celda de Peter Dnshkiewitch. El antiguo discípulo en la
Facultad de Teología de Kiew era un hombre tranquilo, pero al mismo tiempo de
carácter firme, que lle-vaba á un grado extraordinario el sentimiento de la
justicia y de la dignidad.
El fue el encargado de darla lección al
preten-tencioso funcionario. Apenas éste franqueó la celda, dirigió la pregunta
de patrón convenido: «¿Tiene usted alguna cosa que hacerme saber?»
Dashkiewitch le interrumpió con gran flema y le
dijo:
—Es usted poco cortés, caballero. Se presenta usted
delante de mí con el sombrero puesto.
El alto dignatario enrojeció hasta la raiz de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 165.
166 LEÓN
DBUTSCH
los cabellos, giró sobre los talones y salió de la
celda.
Todo el acompañamiento que había asistido á esta
lección de urbanidad lo siguió en silencio.
—¿En qué proceso ha sido condenado ese
pri-sionero?— preguntó el alto funcionario
bajando la escalera que conducía á nuestros calabozos. —En el proceso de
Kiew—le respondió uno.
—¡Ah! ¡Ah! Era de los revoltosos de allá abajo...
—dijo él con tono ligero.
Pero visitó las otras celdas sombrero en mano. Sin
embargo, se vengó de la lección que le habían dado. Dashkiewietch estaba
condenado á la deportación en una de las regiones más próxi-mas de Siberia y
Galkin Wrasski dio orden de enviarlo á
la extremidad opuesta, á la ciudad de
Tunka, sobre la frontera misma de Mongolia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 166.
CAPÍTULO XVI
Preparativos de marcha.—Viaje en vapor por el Volga
y el
Kama.—A lekaterimburg.—En troíka.—Europa y Asia
Llegó la primavera de 1885 y comenzamos nuestros
preparativos de viaje. Una cuestión de la más alta importancia surgía para
nosotros.
—¿Qué cantidad de equipaje podíamos llevar? El
reglamento ordenaba que los «privados de todos los derechos» no podían llevar mas que veinte libras, y el
equipaje que teníamos pasaba ya de ese preso; tendríamos que abstenernos de
llevar todo objeto personal, y sobre todo que re-
nunciar k los libros.
Era esto una privación cruel; nuestra bibliote-ca
había aumentado en la prisión de Moscou. Tolstoi nos había enviado la colección
de sus obras completas en doce volúmenes y una Histo-ria de Rusia en
veintinueve tomos. Felizmente la administración decidió que los objetos fuesen
pesados en grupo, y como los desterrados por vía administrativa tenían derecho
á 180 libras cada uno, y muchos de ellos no llevaban más que un pequeño
equipaje, pudimos guardar nuestros efectos.
No se podían introducir en nuestro equipaje obras
prohibidas, porque todos los libros eran
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 167.
168 LEÓN
DEUTSCH
hojeados uno después de otro por los empleados de
la prisión; un censor habla sido encargado de la inspección especial, y nos dio
gran idea de su saber.
Era un alto funcionario que había pasado los
exámenes de Derecho en la Universidad de Mos-cou.
Nuestro amigo Rubínok le preguntó si podía llevar
El Capital, de Karl Marx.
—iCórao! ¿usted lleva el capital de otro?—dijo el
funcionario sorprendido.
—No del todo, porque es de mi propiedad—re-plicó
Rubinok.
—Si ese capital es de usted, puede, natural-mente,
guardarlo; pero es preciso confiar todo el dinero al oficial del convoy.
No podíamos reprimir la risa.
El funcionario encargado de la inspección de libros
ignoraba que existiese una obra titulada El Capital,y pensó que nuestro amigo
quería lle-varse á Siberia el dinero de Karl Marx.
El día de nuestra partida se discutió si debía-mos
ofrecer un recuerdo de algún valor al viejo capitán, y decidimos no hacer nada
y guardar el poco dinero de que disponíamos para los gastos del viaje.
Entre los numerosos funcionarios de las pri-siones
que he conocido, no hay casi ninguno á quien los prisioneros políticos tengan
ocasión de manifestarles su reconocimiento. Un penoso acci-dente ocurrido al
fin vino á destruir la buena im-presión que guardábamos del capitán y á
cambiar-la en odio.
Durante los ocho meses transcurridos, pudi-mos
librarnos de llevar cadenas y de ser rasura-dos; pero todo cambió el día de
nuestra partida.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 168.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 169
Se nos hizo saber que seríamos sometidos á esta
doble vejación, porque asi lo exigía el oficial pues-to al frente del convoy.
Nos negamos todos, y los condenados por la vía administrativa se unieron á
nosotros en la protesta.
El oficial había ido á tomar la dirección del
destacamento: decidimos ir al despacho y hacer-nos inscribir todos unidos. Los
empleados de la prisión vieron que si empleaban la violencia pro-vocarían un
formidable escándalo, y recurrieron á la astucia. Parecieron reconocer lo
bárbaro de esta costumbre y nos entregaron al oficial del convoy. El
destacamento iba á partir, cuando nos advir-tieron que si queríamos viajar en
coche, era nece-sario obtener un certificado del médico, pues en caso
contrario, los condenados á trabajos forza-dos haríamos el viaje á pie hasta
Siberia.
Sin desconfianza declaramos los tres que está-bamos
prontos á sufrir la visita del médico. Pero apenas nos separamos de los
camaradas, un gru-po de carceleros nos tiró detrás de la puerta y nos
sujetaron. Quisimos resistir con todas nuestras fuerzas y nos acercamos al
muro, dando puntapiés y puñetazos á los carceleros, pero tuvimos que ceder ante
el número. Nos retuvieron á la fuerza sobre un taburete, mientras el barbero
nos afeita-ba la mitad de la cabeza y el herrero nos remachó las cadenas.
El capitán Malchevski asistía á esta operación y
daba órdenes. Esto borró de un golpe la simpa-tía que nos inspiraba, y la
despedida fue muy fría.
Nuestro viaje comenzó en un día magnífico. Era á
mediados de Mayo, y la primavera había hecho su aparición en Moscou. El sol
brillaba en un cielo resplandeciente; todos los encantos de la Naturaleza se
desplegaban alrededor nuestro;
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 169.
170 LEÓN
DEDTSCH
pero nuestro pensamiento no estaba en armonía con
la belleza exterior.
La mayor parte hablamos preferido hacer á pie el
camino de la estación, y nuestro destaca-mento ofrecía un aspecto bastante
extraño: los condenados, con cadenas en los pies y el uniforme gris, marchaban
al lado de mujeres y hombres con traje civil. Casi todos eran jóvenes.
Entre las mujeres que formaban parte del con-voy,
tres seguían por su voluntad á sus maridos á Siberia.
La escena de violencia que acabamos de sufrir nos
tenía indignados y seguíamos en silencio las calles solitarias de Moscou, donde
los raros pa-seantes se detenían y los curiosos se asomaban á las ventanas para
vernos desfilar. En la estación,
á la que
llegamos bien pronto, había poca gente; algunos gendarmes sobre el andén, los
vigilantes de la prisión y los portadores del bagaje. La poli-cía había formado
una barrera y no dejaba apro-ximarse al tren especial que nos estaba reserva-do
más que á aquellos que iban provistos de una autorización.
Cuando nos instalamos en nuestros vagones,
diferentes personas, en su mayoría familia de los prisioneros, vinieron á
despedirse de nosotros; pero los gendarmes no les dejaron acercarse y tuvimos
que darles el adiós desde lejos.
—¡Seguid bien! ¡Sed felices! ¡No nos olvidéis!— les
gritábamos detrás de las ventanas enrejadas.
—¡No perdáis el valor! ¡Hasta la vista! ¡Hasta muy
pronto!—nos respondían ellos.
—Cantemos alguna cosa—dijeron los amigos. Y los que
en la cárcel habían organizado un orfeón, entonaron el aire de El Batelero,
bien co-
nocido en la Pequeña Rusia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 170.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 171
Lentamente el tren se puso en movimiento, y el eco
de la melancólica y bella canción se prolon-gó detrás de nosotros. Nuestros
amigos no pudie-ron reprimir sus lágrimas, sus lejanos gemidos se escuchaban en
el tren, mezclados con el ruido de la trepidación de la máquina.
Largo tiempo aún estuvimos agrupados cerca de los
hierros de las ventanas para echar la últi-ma ojeada sobre Moscou; habíamos ya
pasado de los barrios, y nuestros ojos contemplaban con admiración las vastas
llanuras que se extendían delante de nosotros.
Cuando el tren se detuvo en la estación si-guiente,
llena de una gran multitud de aldeanos y obreros, muchos pudieron llegar hasta
nuestro vagón y hacernos pasar diferentes objetos.
—¡Tomad esto en nombre de la Virgen!—oí.
A través de la ventanilla, una vieja aldeana me
presentaba un copek,
—No lo necesito, madrecita; guárdelo usted para
otro—respondí yo.
Y sentí cierto consuelo en el corazón ante la
bondad de aquella sencilla mujer del pueblo. Este pequeño incidente elevó mi
pensamiento á milla-res de recuerdos, y caí en meditación profunda. Cuanto más
nos alejábamos de Moscou me sentía más triste; me parecía que no vería más á
los nu-merosos amigos que dejaba allí; no hablaba con nadie, y mi mirada se
perdía en el espacio. Atra-vesábamos ahora una región industrial. Una mul-titud
enorme llenaba las estaciones y á lo largo de la línea veíamos numerosos grupos
de obre-ros. Mujeres y hombres, con sus trajes de colores abigarrados, se
alineaban para ver pasar el tren, diciendo algunas palabras en voz alta y
haciendo grandes gestos.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 171.
172 LEÓN
DEUTSCH
Yo no puedo decir si sabían que éramos pre-sos
políticos deportados á Siberia y nos atestigua-ban su simpatía. Es tradición en
el país que atra-vesamos los desterrados darles todos una prueba de piedad,
porque el pueblo ruso llama á estos prisioneros «los hijos de la desgracia».
Al día siguiente, muy temprano, llegamos á
Nijni-Novgorod, donde fuimos .embarcados en los barcos que debían
transportarnos á Perm por el Volga y su afluente el Kama. Nuestro destaca-mento
provocaba la curiosidad de todos cuando nos dirigíamos al embarcadero.
Las parejas de esposos ó novios se daban el brazo;
nosotros seguíamos detrás, rodeados de los soldados que nos escoltaban.
Nos tenían señalados dos inmensos camaro-tes, uno
para los hombres y otro para las muje-res; pero nos podíamos reunir todos al
aire libre, sobre el gran puente, cuyas barandas, hasta cierta altura, estaban
rodeadas de una reja de hierro.
Nos preparábamos nosotros mismos nuestro alimento
con las provisiones que habíamos com-prado, y no nos podíamos quejar de los
prepara-tivos que nuestros parientes y amigos nos habían hecho ni de la
ingeniosidad del jefe de despensa Lazareff.
El viaje en barco duró algunos días. El tiempo fue
admirable; desde por la mañana hasta la noche estábamos sobre el puente
maravillados del espectáculo encantador que ofrecen las orillas del Volga, este
rey de los ríos europeos. Por la tarde, al ponerse el sol, nuestro orfeón, en
el cual había voces muy notables, entonaba sus cantos preferidos.
Con la cabeza apoyada en la reja del puente, la
mirada perdida en el infinito, me dejaba mecer
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 172.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 173
por el movimiento del barco y por los cantos
im-pregnados de una melancólica queja. El barco se deslizaba sin ruido, como
arrastrado por la co-rriente.
Apenas los rayos del sol se ocultaban, las
es-trellas empezaban á brillar en un cielo sin nubes, reflejándose en el espejo
argentado de las aguas. Todo alrededor mío, el río, las estrellas y los cantos,
me recordaba otra corriente de agua: el caudaloso Dniéper, á cuyas orillas
había transcu-rrido mi infancia.
*
b *
—¿En qué piensa usted? ¿Por qué está usted triste?—me
preguntó un día una administrativa, una joven de veinte años, con la que no
había hablado nunca.
La conversación se hizo pronto de las más ín-timas
entre nosotros. Comprendía mi disposición de espíritu y tomaba en ella una
parte muy cor-dial. Era una criatura bastante extraña, original, excéntrica,
pero de una alta inteligencia. Me contó de qué manera se hizo socialista y qué
circuns-tancias particulares la habían envuelto en el mo-vimiento
revolucionario.
Como otras muchas mujeres de esta época, la
señorita Sanoyloff sentía el deseo de hacer algo por el pueblo, por los
aldeanos. ¿Cuándo y cómo? No lo sabía y no encontraba nadie que se lo
indi-case. Trató de buscarlo en todos los libros que cayeran en sus manos.
Luego hizo numerosos viajes á Petersburgo, á pesar de la oposición de sus
padres. Esperaba encontrar un hombre que la ayudase con sus consejos en su
investigación, pero antes de haber esclarecido las dudas que la
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 173.
174 LEÓN
DBUTSCH
torturaban fue arrestada, y ahora la conducían á
Siberia por tres años. Como tantas otras, esta joven de noble corazón había
gastado sus fuerzas y destrozado su vida sin poder ser útil, sin encon-trar
siquiera la satisfacción interior. Era una de las innumerables victimas de la
política de nues-tro país. Poco después se suicidó en Siberia.
De Perm á Iekaterinbourg fuimos por camino de
hierro. Llegamos á la última ciudad después de un fatigoso día de viaje, y
pasamos allí la no-che. A la mañana siguiente nuestro destacamento, que se
componía sólo de políticos, fue conducido en coche á Tiumen, la primera ciudad
de la Sibe-ria. Los trabajos del transiberiano habían apenas comenzado, y este
viaje, que hoy es sencillo, pre-sentaba entonces numerosas dificultades pora
partir de Iekaterinbourg. En el momento de nues-tra marcha tuvimos con las autoridades
locales una discusión, que pudo acarrear consecuencias desagradables á alguno
de nosotros.
Se habían preparado cierto número de coches tirados
por tres caballos, para transportarnos á nosotros, nuestra escolta, y nuestro
equipaje. Cua-tro prisioneros y dos soldados debían montar en cada coche, que
con el cochero hacían siete per-sonas.
Varios jóvenes encontraron que era demasia-do y
pidieron al capitán Wolkoff, que les acompa-ñaba desde Moscou y á mí desde
Kiew, que hi-ciera montar sólo tres ó cuatro en cada coche y un soldado. Como
no había preparados medios de locomoción, el oficial se negó á su demanda, y
entonces los jóvenes declararon que no montarían sino á la fuerza. Esto podía
provocar un tumulto y tener malas consecuencias.
El comisario de policía vino y declaró que le
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 174.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 175
era imposible hacer preparar ningún otro medio de
transporte, porque el número había sido fijado por la autoridad superior. Una
larga discusión tuvo lugar entre las jóvenes administrativas y al-gunas
mujeres. Nosotros, los de más edad, creía-mos que la cosa no valía la pena de
provocar un conflicto, que daría por resultado enviar los jóve-nes revoltosos
por más tiempo á las regiones so-litarias de Siberia, ó quizá á la terrible
fortaleza de Schlüsselbourg.
—¿Se niegan ustedes á montar en los coches?—
preguntaron Wolkoff y el comisario.
—No subiremos sino empleando la fuerza — gritaron
ellos.
—Quedarán ustedes sometidos á un proceso verbal,
por desobediencia á las autoridades.
—Pueden hacer lo que quieran.
E'ntre los revolucionarios se considera como una
sagrada obligación la unión de todos contra las autoridades. Aunque en el caso
presente la mayoría de entre nosotros no viese motivo pora la protesta,
estábamos obligados á secundar á estos cerebros exaltados.
Un conflicto parecía inevitable. Varios tuvimos la
idea de ensayar si se podía ir bien con arreglo
á las órdenes
recibidas, y con un poco de buena voluntad siete personas podían ir bien en un
coche.
De este modo tan sencillo los protestantes se
tuvieron que resignar, aunque murmurando entre dientres.
Apenas llegamos á la primera estación, cada coche
no tenía más que seis viajeros; los soldados preferían ir sobre el carro de
equipaje, y no quedó más que uno para guarda en cada coche.
Ya durante la travesía del Volga y del Kama
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 175.
176 LEÓN
DBUTSCH
se habían formado grupos que deseaban conti-nuar
unidos en el viaje en coche. Se propuso que se dejara á las damas escoger los
caballeros que deseaban las acompañasen. La idea fue aceptada por gran número
de entre nosotros, pero encon-tró numerosos adversarios. Algunos no querían
viajar en compañía de las mujeres y se declararon ellos mismos fuera de
concurso. Naturalmente, estos enemigos de las mujeres eran los más jóvenes de
entre nosotros.
El viaje en troíka de tres caballos presenta un
encanto extraordinario. No se anda, no se corre; se vuela.
Al otro lado del Ural, donde nos encontrába-mos
ahora, comenzaba apenas la primavera. Todo florecía en torno nuestro; había una
exuberancia de vida.
Pasábamos como un torbellino á lo largo de los
caminos, levantando nubes de polvo. Los co-cheros fustigaban los caballos con
la voz y con el gesto, y les impedían dejar el galope.
Al principio no éramos más que cuatro en cada
coche, dos hombres y dos mujeres; pero luego nos reuníamos hasta seis; de aquí
los can-tos, las risas y las conversaciones sin fin. Nos habíamos conocido en
la prisión, el trayecto en barco y camino de hierro había confirmado nues-tra
amistad; el viaje en troíka acabó de aproxi-marnos á todos.
Dejábamos todos los días dos estaciones de-trás de
nosotros, es decir, recorríamos sesenta verstas y no se cambiaban los caballos
más que una vez. Se desenganchaba y se enganchaban los nuevos tiros con una
rapidez extraordinaria. En tanto que los cocheros se ocupaban de esto,
nos-otros corríamos por todas partes para comprar
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 176.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN
S1BERIA 177
provisiones á los revendedores que se encontra-ban
en el patio de la posta: huevos duros, leche y manteca.
Llegábamos siempre á buena hora á las posa-das,
antes del crepúsculo, y preparábamos la co-mida, que hacía á la vez de almuerzo
y cena.
Generalmente pasábamos la velada al aire libre. Los
unos cantaban, los otros se aislaban en pequeños grupos; algunas veces nos
reuníamos todos y se sostenían animadas conversaciones.
Un día, los primeros carruajes se detuvieron
bruscamente en pleno campo, lejos de la estación. Descendimos y nos hallamos
delante de un poste fronterizo. Era una de esas señales divisorias que han
adquirido triste celebridad entre nosotros.
Sobre un lado tenía escrita la palabra Europa, al
otro la palabra Asia.
* **
Estamos á comienzos de Junio; un año y tres meses
habían transcurrido desde mi arresto en Friburgo hasta el día en que franqueaba
por primera vez la frontera entre Siberia y Europa. La vista de este poste,
ante el cual tantos cente-nares de hombres condenados á destierro habían
pasado, levantó en mi tristes pensamientos.
Había pasado quince meses en las prisiones de
Alemania y Rusia. ¿Cuántos años duraría para mí la cautividad? ¿Vería de nuevo
este poste á mi vuelta a Europa ó quedaría enterrado allá abajo, en la Siberia.
TOMO I 12
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 177.
CAPÍTULO XVII
Nuestras reuniones.—Á Tiumen.—Separación.—Sobre el
rio
de Slberia.—Una proposición espantosa.
La ciudad de Tiumen era en esta época teatro de los
conflictos que estallaban entre los deporta-dos políticos y la administración.
Nosotros temíamos vernos obligados á soste-ner
alguna lucha de estas, cuyas causas nos eran conocidas por las cartas de los
compañeros. Dis-cutíamos la conducta que debíamos observar con los
funcionarios, pero conforme con el hábito de los rusos, no llegábamos á ninguna
conclusión, porque era imposible establecer orden en los de-bates; todo el
mundo hablaba á un mismo tiempo y ninguno escuchaba la opinión de los otros. Me
habían escogido para dirigir los debates, según los usos parlamentarios; pero
no se conseguía nada, y muchos pensaban que las cosas irían mejor sin
presidente.
En efecto, es preciso estar loco para imaginar-se
que se podía introducir alguna disciplina entre estas cabezas exaltadas.
Ordinariamente, media docena de celosos oradores pedían la palabra á un tiempo
mismo; uno solo podía obtenerla, y como la concisión no es la cualidad
dominante en los rusos, hablaba largo tiempo, tanto, que los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 178.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 179
otros no podían resignarse al silencio y tomaban la
palabra sin hacer caso de nada; elevaban la voz, y todos los que estaban
próximos habían de escu-charles. Uno afirmaba que el presidente no valía nada;
otro que era absurdo este método; elparla-mentarismo era objeto de la
reprobación de todos.
—No, señores; estos procedimientos del Oeste de
Europa no están hechos para nosotros—grita-ba uno en medio de la aprobación
general.
Y entonces comenzaron los debates á la rusa, es
decir, con una docena de voces mezcladas en todos sentidos. No se entendía una
palabra, pero así pensaban muchos que era mejor; al menos podían hablar,
mientras que con el parlamenta rismo habían de retirarse sin decir nada, y no
se resignaban al silencio. Así llegamos á Tiumen sin haber decidido nada.
Tiumen era la localidad de donde los desterrados se dirigían á los diversos
puntos de Siberia. Era allí donde nosotros había-mos de separarnos para ir unos
hacia el Sur y otros hacia el Norte; fuera de los condenados por la vía
administrativa, nadie conocía el lugar de su destino. Esto era de gran
importancia, porque entre las diversas regiones de la Siberia hay dife-rencias
de clima tan grandes como entre Noruega y la Italia.
Se puede adivinar por esto con qué ansiedad
esperábamos nosotros la decisión que se tomaría
á propósito de
los deportados administrativos. Su destino dependía, en efecto, de la dirección
que les seria dada desde Tiumen.
Ya á la puerta de la cárcel, faltó un cabello para
que hubiese una colisión entre nosotros y la administración. Se quería enviar á
nuestras com-pañeras á una prisión especial para mujeres muy lejos de la
nuestra. Nos opusimos á la separación,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 179.
180 LEÓN
DEUTSCH
que no era de nuestro gusto y trastornaba además
nuestras condiciones de vida. Los funcionarios se rindieron á nuestras razones.
Debíamos estar en Tiumen sólo unas pocas-semanas, y
pronto supimos que los administrati-vos serían expedidos al Sur de Tobolsk,
sitio rela-tivamente favorable; pero al mismo tiempo se nos dijo que harían el
viaje á jornadas, lo que signi-fica muchas semanas de grandes fatigas, las
cua-les se evitarían si en vez de hacer el viaje por tierra se efectuase en
barcas ó barco de vapor. Estos envíos por tierra habían ya sido causa de
numerosos disgustos con otros destacamentos. Los funcionarios conocían lo bien
fundado de nuestras reclamaciones; pero sea por evitarse cui-dados, sea por
otros motivos, se atenían á las ins-trucciones que les habían dado.
Los compañeros que debían ir hacia el Sur
decidieron oponerse con todas sus fuerzas, y nos-otros nos resolvimos á
sostener por todos los medios su protesta, que nos parecía bien fundada.
Después de discusiones muy vivas se acordó diri-gir un telegrama al gobernador,
pidiéndole que en-viara barcos de transporte á los destinados al Sur.
Llegó el día fijado para la partida y se hizo
llamar al despacho al jefe de los administrativos, pero no le dejamos ir. Si
los guardianes hubieran querido emplear la fuerza, una colisión hubiera
estallado.
En respuesta á nuestro telegrama, el goberna-dor en
persona vino á la cárcel y terminó la cues-tión diciéndonos que nuestros
camaradas harían el viaje en barco, conforme deseábamos.
La promesa de tan alto funcionario nos llenó de
satisfacción y se restableció la calma; pero este caballero nos había engañado.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 180.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 181
Los que habíamos de ir al Norte de Tobolsk
recibimos orden de prepararnos á partir; tenía-mos mucho que hacer, pues se
trataba de un viaje de varios meses. Nuestra sociedad estaba disuelta; el
dinero y las provisiones fueron repar-tidos entre los diferentes grupos, según
la distan-cia del trayecto que habían de hacer; ciertos admi-nistrativos y
ciertos deportados que no tenían recursos recibieron una pequeña suma para
hacer frente á las necesidades más apremiantes en la ciudad de su destino. La
separación era para nos-otros penosa, y desde por la mañana las parejas que
habían de separarse conversaban en el patio de la prisión; éramos todos como
una familia.
Formábamos el proyecto de continuar las re-laciones
establecidas y no olvidarnos los unos á los otros. Por desgracia las
circunstancias son con frecuencia más fuertes que las resoluciones y todos los
deseos del corazón. Después de muchos años separados por millares de leguas, en
la im-posibilidad de correspondemos libremente, debía-mos perder de vista á
nuestros mejores amigos y hasta olvidarlos. Conservaba la esperanza de
vol-verlos á encontrar de nuevo, y hoy, que ya han transcurrido veinte años,
apenas si he visto uno solo de entre ellos.
Supimos después que cuando nos hubimos alejado, los
empleados de la cárcel dijeron á nues-tros compañeros que á pesar de la promesa
del gobernador harían su viaje por tierra, y como se negaran se empleó con
ellos la violencia, teniendo que someterse, sin que, por fortuna, hubiera que
lamentar nuevas desgracias. Si no nos hubieran engañado, estando todos juntos
no se hubieran atrevido á usar la fuerza.
Eramos ahora diez y nueve compañeros los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 181.
182 LEÓN
DEUTSCH
que emprendíamos el camino del Nordeste. Cua-tro
condenados á trabajos, Tchuikoff, Spandoni, María Kaljushnaja y yo; cuatro
condenados 6 de-portación, Wassiljeff, Dashkjewitch y las señoras Tchemodanova
y Shtchulepnikova; el resto eran administrativos, que debían ser repartidos los
unos al Norte del gobierno de Tobolsk, los otros en la Siberia oriental. Entre
los últimos se con-taban el jefe de nuestra despensa Lazareff, Rubi-nok y
Maljevani.
Debíamos ir en barco de vapor de Tiumen a Tomsk.
Nuestro itinerario era el siguiente: des-cender el Tura, á cuyas orillas se
encuentra Tiu-men, hasta su confluencia con el Tohol; seguir el río hasta
Irtisch y este último hasta el Obi; descender la corriente hasta Tomi, á las
orillas del Tomsk. Era un viaje de cerca de tres mil vers-tas, que exigía por
lo menos catorce días.
De la misma manera que en el Volga, fuimos
embarcados en dos camarotes de un barco espe-cial, y un barco de vapor tiraba á
remolque de nuestra prisión flotante. Este viaje por agua no tenía nada de
interesante. Aunque estábamos ya en Junio, no había señales de primavera
todavía. De tiempo en tiempo encontrábamos enormes hie-los arrastrados por la
corriente; las noches eran muy frías y de día apenas calentaba el sol. Los
ríos, á causa del deshielo, habían salido de su lecho y no se descubría ninguna
orilla. Todo es-taba muerto á nuestro alrededor, desierto, apenas si la vista
encontraba trazas de la actividad hu-mana. Este silencio de muerte, esta
ausencia de toda la vida en una época tan avanzada, el frío que se sentía
aumentar á medida que íbamos al. Norte, todo producía en nuestros espíritus una
acción deprimente.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 182.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBWA 183
—¡Y en estos terrenos primitivos, en estos
pan-tanos sin fin, viven los hombres!—decíamos con tristeza.
Y yo pensaba que éramos aún más desgracia-dos que
los samoyedos y los ostiaks, que recorren en libertad sus florestas y sus
estepas.
De tiempo en tiempo nuestro barco se detenía para
hacer leña ó en los altos acostumbrados. Los ostiaks venían á buscarnos á bordo
en sus miserables barcos hechos de cortezas de árbol, y nos ofrecían pescados.
No parecían conocer el valor del dinero. Cada vez que les preguntábamos el
precio de un pescado, respondían invariable-mente la palabra rup, que en su
lengua significa ruó/o; pero aceptaban con reconocimiento algunas piezas de
cobre. Algunas veces un pedazo de pan
ó un poco de
tabaco les causaba mucha más ale-gría.. Las pobres gentes están en una
situación muy lastimosa. Los bateleros y los soldados de nuestra escolta los
trataban brutalmente, pero les importaba poco. A veces se percibían á distan»
cia sus chozas, destacándose como bolas en la
campiña; los techos estaban hechos de ramas
y los muros de cortezas de abedul ó de pieles
de reno.
Antes de la capital del gobierno de Tohalsk,
situada en el confluente del Tohol y del largo río Irtisch, nos encontramos con
dos localidades ha-bitadas que llevaban nombre de ciudades. Surgut y Narim.
Entre, estas dos ciudades está Berezoff, localidad situada en la frontera Norte
de la tierra firme, donde ciertos administrativos que nos acompañaban debían
quedar. Nos separamos de ellos en Tobolsk. Se puede comprender qué con-diciones
de existencia son las de los deportados. Estas pretendidas ciudades se componen
de una
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 183.
164 IJ3ÓN
DBDTSOH
docena de chozas de madera, cuyos habitantes son
una mezcla derusos y de los primitivos mo-radores. Estas gentes luchan
penosamente por la vida y se alimentan de peces. Unhombre ilustra-do debe
encontrar espantosa esta existencia. ¡Y es aquí donde el gobierno ruso envía
los jóvenes menores deedad! He conocido una joven de diez y siete años
desterrada á Berezoff por doce años. Afortunadamente las mujeres que iban en
nues-tra compañía no estaban condenadas a este es-patoso destierro.
Mientras seguíamos la corriente del Obi, el
espectáculo nocambió; por todas partes la misma soledad sinfin.La vida se
deslizaba tranquila y monótona; la compañía estaba ya deshecha y no teníamos
maestro decoros.
Al fin llegamos á Tomsk. Esta ciudad, de las más
pobladas de la Siberia, abrigaba entonces muy pocos desterrados políticos; dos
de entre ellos vinieron inmediatamente á encontrarnos en nuestro barco,
ardiendo en deseos de conocernos y desaber algunas novedades del país. Había
allí una señora que yoconocí seis años antes; ella me miró con fijeza, y
noquería creer que este conde-nado fuera el mismo individuo que vio
encircuns-tancias tan diferentes.
—¡No, no; usted no es el mismo; usted es otro
distinto!—decía.
Las autoridades penitenciarias locales nos
esperaban aldesembarcar: cuando nuestra identi-dad fueescrupulosamente
establecida por lacom-paración entre nosotros y la fotografía que acom-pañaba
el mandato de destierro, nos llevaron á la cárcel al través de las calles de la
ciudad. En el camino, dos jóvenes, casi dos niñas, rompieron la escolta del
convoy y se precipitaron hacia nos-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 184.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBERIA 185
otros. Los soldados, sorprendidos, quisieron
ale-jar á las intrusas, pero noera fácil; ágiles como ardillas, se deslizaron
al través de las filas, sin prestar atención á oficiales ni soldados. Eran las
hermanas P..., desterradas administrativamente, y no nos dejaron hasta la
puerta de la cárcel.
Estuvimos ocho días en Tomsk. Durante ese tiempo
pudimos conocer á todos los desterrados que se encontraban allí, porque seles
había auto-rizado á venir á vernos. La prisión provisional donde nos encerraron
se componía de algunas barracas unidas. Todas laspiezas estaban llenas, porque
había cerca demil prisioneros delas más diversas categorías y detodas edades,
criminales de derecho común en su mayor parte. Durante todo el día se paseaban
con nosotros en el gran patio, donde se nos dejaba en libertad. Hasta en-tonces
habíamos estado separados deellos, pero ahora estábamos todos reunidos.
Un día, mientras que me paseaba en el patio, uno de
estos criminales se aproximó y entabló conversación conmigo. Era un hombre
robusto, con los cabellos rojos, las facciones acentuadas y de unos treinta
años de edad.
Estaba vestido con cierta coquetería para un
prisionero. Bajo su capote, que llevaba echado sobre los hombros, se veía una
camisa muy blanca, sujeta por una corbata color cereza; alre-dedor del cuerpo
tenía un cinturón, sobre el cual caían las cadenas, que no hacían ruido alguno
cuando andaba; las anillas que las sostenían al-rededor del tobillo estaban tan
bien colocadas, que se hubiera dicho que llevaba botas; uncas-quete sin visera
se inclinaba graciosamente al lado de su cabeza, y un bigote de puntas retorci-das
completaba su aspecto deuna cierta elegan-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 185.
186 LEÓN
DEUTSCH
cia. Tenía delante de mí un representante de la
aristocracia del crimen.
—¿Cuántos años tiene usted que cumplir?—me preguntó
después de saludarme.
Cuando le contesté, añadió: —¿Y piensa usted
pasarlos aquí? —¿Cómo podría evitarlo?
—Si usted quiere podemos dar un golpe.
Yo sabía lo que esto significaba. En 1879, al-gunos
condenados políticos se habían evadido haciéndose pasar por condenados de
derecho común; pero las autoridades tomaban ya precau-ciones; los papeles de
los condenados políticos iban acompañados de su fotografía; hacían parte de
convoyes especiales y cada uno de ellos era con-fiado á la guarda de un
soldado. Cuando le conté estos detalles, él no pareció turbado.
—¡Los bestias!—dijo;—ya burlaríamos bien to-das sus
prescripciones infantiles.
Sabía por los libros y por los relatos de mis
carnaradas que los condenados de derecho común tenían una organización especial
en Siberia, Un cierto número, más enérgicos y más atrevidos que el resto, se
llamaban iwans y tomaban todas las decisiones relativas al destacamento de que
for-maban parte; lo dirigían y arreglaban todo sin preocuparse de los
reglamentos de las prisiones, y la masa obedecía sus órdenes, por injustas y
crueles que fuesen.
Conocí que tenía ante mí uno de estos tiranos.
—No sé"cómo pudiera usted hacerlo—le dije.—
Me parece que hay obstáculos insuperables. —¿Ha
visto usted los pozos?—me contestó el
individuo.—Pues bien; en esos pozos se descu-bren
todos los años uno ó dos cadáveres. Esto es lo que nosotros llamamos un golpe.
Toma usted
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 186.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 187
el lugar de otro; la víctima desaparece.
¿Compren-de usted?
No comprendí bien lo que quería decir, pero
desenvolvió el plan, que escuchó lleno de terror.
Yo debía cambiar de estado civil con otro antes de
que nuestros guardias aprendiesen á conocer-nos por nuestros nombres. Con el
que yo hiciese este cambio debía tener alguna semejanza. En el momento del
envío de los políticos se apercibirían de que Deutsch faltaba, porque Iwan se
encarga-ría de matar á su camarada que llevaba mi nom-bre y arrojar su cadáver
al pozo; así no se le encontraría; pero si por azar era descubierto el cuerpo
del desgraciado que yo había sustituido, se creería que yo había muerto ó me
habían ma-tado; en tanto me sería fácil evadirme. Para come-ter este asesinato,
mi individuo no pedía más que veinte ó treinta rublos, y aun tenía que partir
este dinero con cierto número de cómplices. Me afirmó que este género de
asesinatos eran muy comunes y que él los hacía casi siempre.
Estaba estupefacto oyendo hablar á este hom-bre con
tono reposado y sereno, como si se trata-se de la cosa más sencilla del mundo y
no de un crimen.
Cuando rehusé su proposición quedó admira-do. Más
tarde he conocido que estas cosas corres-ponden á las costumbres y á la
mentalidad de estas gentes, y no encuentran en ello nada de re-prensible.
En Tomsk quedaron algunos de nuestros com-pañeros,
y sólo catorce continuamos hacia la Siberia Oriental; entre nosotros, María
Kaljus-chnaja, Bárbara Pschubjulkow y Liubov Teche-modanova.
Se quiso separarlas de nosotros y unirlas al
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 187.
188 LEÓN
DEUTSCH
convoy de presos casados, pero como sabíamos que
enjaquel convoy iban numerosos prisioneros de derecho común y no queríamos
exponer á nuestras amigas á promiscuidades odiosas y re-pugnantes, dirigimos,
por consejo del gobernador, una solicitud á la administración superior de las
prisiones de Petersburgo y obtuvimos que las de-jasen en nuestra compañía.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 188.
CAPÍTULO XVIII
Por etapas. —Un oficial imprudente.—La caza del
hombre
Lo desagradable del viaje para los prisioneros
políticos comenzaba realmente en Tomsk. De Moscou á Tomsk, cerca de 5.000
cerstas, habíamos viajado á la europea: á partir de esta ciudad de-bíamos hacer
el viaje por etapas, es decir, á pie, de una estación á la otra.
Con el calor sofocante del verano, con los fríos
del invierno siberiano, con el viento y la tempes-tad y con el mal estado de
los caminos, se expe-dían en determinados días de la semana de Tomsk á Siberia
oriental convoyes de varios cien-tos de deportados; los unos compuestos de
hom-bres únicamente, los otros de familias enteras, de hombres, mujeres y
niños.
Había que recorrer todos los días una etapa, es
decir, una distancia de 25 á 30 verstas, y cada tres días se nos daba uno de
reposo.
Marchábamos así semanas y meses en las más
espantosas condiciones. En los altos se nos ence-rraba en piezas sombrías,
infestadas por toda clase de miasmas; los lechos dispuestos en dos filas y unos
contra otros.
No se podía pensar en dormir hasta una hora muy
avanzada de la noche, y por la mañana, tem-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 189.
190 LEÓN
DEUTSCH
prano, se nos hacía levantar a viva fuerza para
seguir nuestra penosa peregrinación.
Mucho antes de salir el sol, los criminales de
derecho común estaban listos y alineados en el patio, bajo el frío glacial; nos
llamaban en seguida f se daba la señal de partir. Al frente marchaban Ios más
resueltos de los iwans, dispuestos á todas las fatigas. La mayoría de ellos
había ya hecho varias veces este camino y lo conocía bien; mar-chaban en filas
bien formados y hacían con un paso igual seis ó siete verstas por hora. Detrás
de ellos, á larga distancia, se arrastraban penosa-mente, en grupos confusos,
los prisioneros, de derecho común; después venían algunas carretas cargadas de
enfermos, de rezagados y de equi-paje. Los políticos iban en carretas de dos ó
tres asientos, tiradas por un sólo caballo y bajo la guardia de una escolta
especial.
Esta extraña procesión se extendía á lo largo del
camino en el espació de un kilómetro lo me-nos. Se levantaban nubes de polvo,
que los que íbamos dentro teníamos que sufrir. A esto se añadía un suplicio
especial: los mosquitos de la Siberia. Estábamos envueltos en torbellinos de
esos terribles insectos; se paraban en nuestras caras, en las manos, se
introducían en la nariz, en la boca, en las orejas y en los ojos, y nos
acri-billaban á dolorosas picaduras. La sola manera de protegerse de ellos era
una especie de colador, hecho con crines de caballo, de que tuvimos la
precaución de proveernos.
Después de los doce primeros kilómetros de la
jornada, nos deteníamos cerca de una fuente, una ribera ó en una explanada.
Allí los crimina-les de derecho común tomaban su almuerzo, por-que no habían
tomado nada antes de ponerse en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 190.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 191
camino. Este almuerzo consistía, para la mayor
parte de ellos, en un pedazo de pan seco, y aun no lo tenían todos. En efecto,
ellos recibían por cabeza y por día de cinco á doce kopecks,según el precio de
los alimentos, que depende de la cose-cha del año.
Los privilegiados reciben un poco mós, porque aun
allí se hacen sentir las diferencias de condi-ción. Estos recursos, aun en las
circunstancias mes favorables, bastaban apenas para satisfacer su hambre,
cuando podían tomar un poco de té ó de legumbres. Pero el hábito del juego está
tan profundamente arraigado en el alma de los crimi-nales, que arriesgan hasta
su última moneda, y así que la han perdido quedan condenados al hambre. El solo
remedio para estos desgraciados era entonces la mendicidad. Cuando atravesába-mos
alguna aldea, ciertos prisioneros en grupos iban á demandar limosna bajo la
guardia de los soldados. Se detenían delante de las chozas de madera, entonaban
una súplica lamentosa, y las mujeres siberianas les arrojaban un pedazo de pan
por la ventana; alguna vez los viajeros que encontrábamos en el camino les
daban algunos kopecks. El dinero así recolectado pertenecía á la comunidad,
porque habían organizado una espe-cie de sociedad cooperativa.
Después de reposar un poco, nuestro convoy se ponía
en marcha en el mismo orden y conti-nuaba la etapa entre los grandes calores de
me-diodía. Apenas llegados los detenidos se precipi-taban á la puerta de la
prisión, que estaba abierta, luchando por obtener la mejor plaza, y los más
débiles eran brutalmente rechazados por los más fuertes. Al ver esta lucha
encarnizada de algunos centenares de hombres en un patio estrechó, se
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 191.
192 LEÓN
DEUTSCH
creía que se iban á matar los unos á los otros,
pero todo terminaba con algunos puñetazos é in-jurias. Naturalmente, los iwans,
decididos á todo, tenían siempre la preferencia. Ellos se aseguraban los
mejores puestos, mientras que los viejos, los débiles y los enfermos debían
contentarse con un pequeño rincón.
Las prisiones se componían casi siempre de un piso
bajo, construido con planchas mal dividi-das á manera de departamentos; había
dos, tres ó cuatro piezas. Al lado de las destinadas á los pre-sos se
encontraba una habitación para el oficial de guardia y otra para los soldados;
después, á todo el rededor se levantaba una empalizada con pos-tes de cinco ó
seis metros de alto, terminados en aguda punta. Las prisiones eran de dos
clases, unas pequeñas, donde se pasaba la noche, y otras donde nos deteníamos
el día de reposo, y en la que residía un oficial.
Una vez resuelta la cuestión de las plazas, los
prisioneros salían al patio. Allí los comerciantes formaban un verdadero
mercado. Los condena-dos no dejaban de engañar y robar siempre que podían á las
pobres mujeres; ellas ponían el grito en el cielo, pero como los bribones se
entendían entre ellos, no se hallaba medio de averiguar la verdad, y los
ladrones tenían siempre razón. Se lavaban y se cocían también los alimentos en
el patio. Para esto se encendía un gran fuego dev leña, y nadie pensaba en el menor
peligro de in-cendio, cuando casi todo el edificio era de ma-dera.
Los políticos ocupaban una pieza aparte. Nues-tro
primer cuidado en llegando era establecer una separación para las mujeres por
medio de cuerdas y las mantas de las camas. La situación de estas
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 192.
DIBZ Y SEIS AÑOS Bit SIBBRIA 193
pobres mujeres, que vivían así en promiscuidad
permanente con los hombres, era en verdad pe-nosa, y hacíamos todos los
esfuerzos para evitar-les lo desagradable, en la medida que nos era po-sible.
Para la mayor parte lo más enojoso de este largo
viaje era levantarnos temprano; sufríamos sobre todo la falta de sueño, y por
un antiguo há-bito no podíamos dormirnos temprano. Los cri-minales de derecho
común, por el contrario, esta-ban de pie antes del alba, y esto amenazaba
continuamente conflictos entre ellos y nosotros.
íbamos, por lo general, al patio cuando lo ha-bían
ocupado todo y no encontrábamos sitio donde respirar un poco de aire puro.
Una noche, como algunos de nosotros estába-mos en
el patio, vino el oficial y nos ordenó en-trar en la habitación, diciendo:
—Acuéstense ustedes, porque mañana por la mañana
hemos de marchar á las cuatro.
—¿Pero no ha fijado usted mismo la partida para las
seis?—le respondimos.
—He resuelto hoy que salgamos á las cuatro.
—Nosotros quedaremos aquí y no partiremos
hasta las seis.
— ¡Ya lo veremos! Y se alejó.
Resolvimos de común acuerdo no ceder al ca-
pricho del oficial.
Ana mañana siguiente estaba todavía obscuro cuando
el guardia nos despertó y nos dijo de porte del oficial que nos dispusiéramos á
partir. Nin-guno hicimos caso de sus palabras. Durante este tiempo los
criminales de derecho común estaban ya en el patio dispuestos á marchar á las
cuatro. Un sargento entró á repetirnos la orden; algunos
TOMO I 33
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 193.
194 LEÓN
DEUTSCH
se empezaron á vestir y otros quedamos acosta-dos.
Ya los criminales en el patio, comenzaban á murmurar porque se les dejaba
expuestos al frío demasiado tiempo; se aproximaron á nuestras ventanas y nos
amenazaron con feas palabrotas.
' El oficial
apareció entonces en compañía de algunos soldados y de nuevo nos ordenó
levan-tarnos. Ninguno se movió. Entonces gritó á sus hombres:
—¡Echadlos fuera á culatazos!
Una lucha seria se hubiera entablado si los
soldados hubieran obedecido á su jefe, porque es-tábamos decididos á resistir.
Dichosamente tu-vieron un momento de duda y eso nos salvó.
—¿Qué vais á hacer—les gritaron algunos.— ¿Queréis
que corra sangre? Tenemos el derecho de no marchar tan temprano, pues según las
ór-denes que os han dado, sólo desde el salir al ocul-tarse el sol ha de
caminarse para ir de una etapa
á otra.
En este momento el sargento entró de nuevo.
—Capitán—dijo,—los
prisioneros se insurrec-
cionan y quieren penetrar aquí á viva fuerza.
—¡Dejadnos entrar!—gritaban, en efecto, los
condenados;—nosotros nos encargamos de arre-glar
este asunto.
—Vea usted lo que ha hecho—dijimos al oficial: —ha
excitado usted contra nosotros á toda esa canalla, y será responsable de lo que
suceda^
El oficial perdió la cabeza y cambió brosca-mente
de actitud.
—¡En nombre de Dios! ¿Qué debo hacer?—nos preguntó.
Le dimos el consejo de dejar partir los conde-nados
con el sargento y que nosotros partiéramos h las seis. Con la cabeza baja hizo
todo lo que le
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 194.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 195
habíamos dicho, y pudimos tomar nuestro té con
tranquilidad y prepararnos á la marcho.
De tiempo en tiempo, el ordenanza del oficial
asomaba la cabeza preguntando si queríamos ya partir; nosotros mirábamos el
reloj y le decíamos íos minutos que faltaban. A la primera campana-da de las
seis nos levantamos y nuestro destaca-mento se puso en marcha.
A partir de este momento, conquistamos la simpatía
y el respeto de los condenados de dere-cho común. Nuestra firmeza y nuestra
decisión les impusieron. Estaban admirados de que un puñado de hombres no se
hubiera dejado domi-nar por un oficial que tenía á su disposición un ciento de
soldados y trescientos cincuenta hom-bres decididos á caer sobre nosotros. Las
relacio-nes amistosas se establecieron de un campo á otro, y hasta el fin no
hubo la menor querella.
Uno solo de los prisioneros nos guardó largo tiempo
odio y no perdía ocasión de manifestár-noslo. Era un viejo caballode retorno
que se había evadido ya dos veces y que ahora iba deportado de nuevo con la
mención «de origen descono-cido».
No pertenecía, evidentemente, á la clase obre-ra;
se hacía notar por su viva inteligencia y por sus conocimientos. La lectura era
su pasión prin-cipal, pero por un azar extraño habían caído en sus manos los
libros de los autores más reaccio-narios: el príncipe de Metscherski, Katkoff y
algu-nos otros. Tenía ideas especiales sobre la política en general y sobre los
socialistas. Estaba conven-cido de que los revolucionarios habían asesinado
á Alejandro II
únicamente porque libró á los al-deanos de la esclavitud, y nos echaba al
rostro en presencia de los condenados que no éramos más
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 195.
19G LEÓN DEUTSCH
que nobles malcontentos de sus ganancias ó sus
gajes. Algunos de entre nosotros se pusieron á
discutir con él deseando convencerle, pero los ar-gumentos no encontraron
acceso en su espíritu y nos pidió los libros de nuestra sociedad.
Con frecuencia hablaba con él, deseando cono-cer su
pasado y su vida de libre vagabundaje, pero no pude lograr jamás saber cómo se
llamaba y cuál era su nacimiento. Quedó siempre para nosotros t-Iwan de origen
desconocido», coma estaba escrito sobre sus señas; pero hablaba con
complacencia de su vida errante. Le pregunté una vez qué hacía en Rusia europea
cuando se esca-paba de Siberia.
—¡Bah!—respondió;—vivir allá bajo no es difícil; lo
esencial es poder pasar al otro lado del Ural: una vez llegado allí se toma el
tren ó el vapor y se va
á Charkow,
Kiew, Odesa ó Rostoff, se alquila una habitación y se vive tranquilo. Yo tsngo
docu-mentos, mi pasaporte está en regla. Lo fabrico yo mismo y nadie-se ocupa
de mí. Leo en las bibliotecas públicas, sobre todo novelas de Gabo-riau, Paul
de Kock y Alejandro Dumas; á medio-día como en el restaurant y a la noche voy
con frecuencia al teatro.
—Todo eso es muy hermoso, pero se necesita dinero
para vivir así—respondí yo admirado, por-que como no hablaba de trabajo ni
empleo, creí que vivía de sus rentas.
—¡El dinero! Se le toma donde se le encuentra.
—¿Qué quiere usted decir?
Desenvolvió sus métodos habituales.
—Ante todo, yo trabajo solo; no me fío de
aso-ciaciones organizadas; hay siempre peligro de ser descubierto ó asesinado
por algún mal compañe-ro. Yo hago mis negocios con mis manos.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 196.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BER1A 197
Y me contó que estos negocios consistían en el robo
y el engaño, según la ocasión.
—Algunas veces—dijo—las cosas salen mal y
me envían á Siberia como vagabundo de origen
desconocido; hay que volver á comenzar... Creo que
esto será así toda la vida—concluyó con gran calma.
Después de esta confidencia y las de otros muchos
criminales, comprendí por qué el número de vagabundos es tan grande entre
nosotros. La mayoría de entre ellos se tratan como delincuen-tes y son
condenados á la deportación. Hay tam-bién varios condenados a galeras, pero se
las arre-glan para dar .elgolpe y tomar el puesto de otro.
En cuanto el sol de primavera hace su apari-ción
emprenden el camino de Rusia europea. Es-cogen sendas extraviadas, veredas
conocidas sólo de ellos al través de la selva y hasta alguna vez siguen
tranquilamente la carretera de Moscou, la única vía existente antes de
construirse el ferro-carril siberiano.
Nos cruzábamos con frecuencia en el camino con
estos vagabundos, que viajaban por parejas ó por bandadas. Llevaban aún trajes
de condenados, con un paquete y una marmita sobre los hombros; van siempre
cerca de los bosques para poder ocultarse sin dejar huellas. Guando veían
nuestro destacamento, venían á conversar con los conde-nados, que á veces eran
antiguos conocidos. La presencia de los oficiales y los soldados no pare-cía
intimidarles.
—¿Hacia qué lado va usted?—les preguntaban algunas
veces los oficiales cuando los vagabundos los saludaban casquete en mano.
—Vuestra Gracia, buscamos no vivir á costa del
Estado.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 197.
198 I-BÓN
DBDTSCH
La mayor parte de estos vagabundos no tar-daban en
caer de nuevo en manos de la justicia. Cuando llegaba el otoño, muy pocos
estaban aún en libertad. Durante ese tiempo mendigaban.
Sea por obedecer á la religión, que recomienda la
caridad, sea que les temiesen á sus represalias, la población de Siberia los
socorría largamente. En muchas localidades hay la costumbre de de-jar en la
ventana la comida para el caminante, una botella de leche, pan y queso. Para
darles abrigo se deja abierta la puerta del cuarto del agua, que en la mayoría
de las casas de los aldea-nos está separada de la habitación, pero no se les
admite voluntariamente en el hogar, á causa de la desconfianza bien justificada
que inspiran, y que me recuerda el episodio siguiente:
Un día, uno. de los condenados que formaba parte de
mi convoy me contó que había conocido personalmente á Tchernisehevsky, el
ilustre sabio y escritor ruso. Esto despertó mi interés y le pre-gunté dónde y
cómo se había encontrado con el glorioso mártir. Me dijo que había sido una vez
desterrado á Wilujsk, en el país de los yakoutes, donde Tchernischevsky se
encontraba, Ellos ha-bían salido de la prisión también y habitaron en la misma
villa. No me pudo dar más que una vaga idea de la manera como el escritor
ilustre pasó su vida en el destierro, pero yo le hice una cariñosa acogida
porque me parecía que este hombre, que había conocido personalmente & uno
de los espí-ritus más nobles de Rusia, era diferente de los demás. Después que
me hubo contado lo que sabía del maestro, le pregunté por qué circuns-tancias
formaba parte del nuevo convoy.
—Me había cansado de vivir en Wilujsk—me dijo—y me
escapé con otros vagabundos; estuvi-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 198.
DIEZ Y SEIS A&OS EH SIBERIA 199
mos caminando dos días, hasta que una noche de
tempestad y de lluvia llegamos a una aldea. Llovía á torrentes, y en ninguna
parte nos que-rían recibir. Un viejecito abrió la puerta de su choza y le
suplicamos en nombre de Dios que nos diera abrigo.
—¿Nos prometéis no hacernos daño?—nos pre-guntó.
—¿Cómo puede usted pensar eso? ¡Padrecito, tenga
piedad de nosotros!
Con esta respuesta nos dejó entrar. Su ancia-na
esposa nos dio de comer y nos permitieron dormir. Los dos viejos durmieron
profundamen-te; aprovechamos la ocasión -para llevarnos todo lo que podíamos
necesitar. No íbamos lejos cuando el vecindario corrió tras de nosotros y nos
dieron alcance; la eterna historia, la deporta-ción. En el intervalo yo he
podido hacer una sus-titución de persona y vengo al destierro como in-dividuo
sin antecedentes conocidos.
Por su parte, las poblaciones siberianas suelen
tomar represalias crueles de los vagabundos cuan-do les hallan solos: tratan 6
los desdichados como simples bestias y les arrebatan sus vestidos, sus botas y
su pequeño peculio. Personas dignas de confianza me han contado como cosa
cierta lo que sigue:
Un vagabundo se colocó como criado en una granja
por todo el invierno. Cuando llegó la pri-mavera recibió su salario y se
marchó. La suma no era considerable, porque los aldeanos explo-tan sin
vergüenza á los pobres diablos que nece-sitan trabajar y les imponen una dura
labor por un salario mezquino; pero á pesar de eso el amo sintió haberse
desprendido de algunas monedas.
Apenas el mozo hubo partido, su antiguo amo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 199.
200 LEÓN
DBUTSCH
se puso á espiar qué dirección tomaba; cogió el
fusil y salió de caza, porque todos los siberianos son cazadores y tiradores
excelentes. Conocía el bosque tan bien como las fieras que lo pueblan; encontró
con facilidad las huellas del criado y le disparó un tiro de fusil en la
espalda; así recobró su dinero, y dejando abandonado el cadáver á las bestias,
regresó tranquilamente á su morada, des-pués de esta pequeña partida de caza.
Durante nuestro viaje escuchamos constante-mente
hablar de cadáveres encontrados y de crí-menes cuyos autores no se descubrían.
La Siberia era en esta época un país desierto,
salvaje, no había más camino que el de Moscou; el gobierno estaba entre las
manos de la policía. No había entonces nada de extraño en los críme-nes que
hacían enderezarse los cabellos, y que nadie se ocupaba de esclarecer.
En el reino del zar la vida de un hombre no se
estimaba mucho, y en la Siberia absolutamente nada. Hoy, que tantos progresos
se han realizado y que la administración de justicia ha sido refor-mada, este
estado de cosas no ha cambiado mucho.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 200.
CAPÍTULO XIX
La selva primitiva.—Inútil ensayo de fuga.—La
población á lo largo del camino.—El mundo de los criminales.—Lo* oficiales del
convoy.
Nuestro viaje se realizó en gran parte durante el
otoño siberiano. La taiga, ó selva primitiva, costeada por la gran carretera en
una extensión de varios millares de verstas, presentaba un as-pecto
maravilloso. La selva ofrecía una variedad infinita, gracias á la multiplicidad
de sus esencias, sus senderos deliciosos, los millones de pajarillos que
saltaban de rama en rama, poblando el aire con sus cantos. Después del largo
sueño del in-vierno, la vida surgía poderosa, y la Natura entera parecía
desbordar su savia en una embriaguez de alegría.
Nosotros solos estábamos en disonancia con esta
alegría universal, porque pensábamos en el triste destino que nos estaba
reservado; pero á pesar de eso nos sentíamos como resucitados. Después de
nuestra larga prisión, este paseo al aire libre hacía de nosotros hombres
nuevos, y muchos deportados que habían dejado á Moscou débiles y enfermos,
recuperaban las fuerzas en el largo trayecto. La gran carretera de Mosco
entonces, como ya he dicho, el solo medio/íe
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 201.
202 LEÓN
DBUTSOH
municación con la Siberia. A pesar de eso estaba
mal cuidada, no tenía buen pavimento y los carros se hundían en los baches
hasta el cubo de las ruedas. A distancia de quince ó veinte verstas se
alineaban las aldeas y las pequeñas ciudades. A los dos lados del camino, al
Norte y al Sur, no se podía encontrar la menor traza de habitación hu-mana; se
extendía la interminable selva, cruzada sólo por nómadas ó.por cazadores que
viven en estado salvaje. Extraños pensamientos nos asal-taban; no había más que
dar una docena de pasos para estar en libertad; pero el ruido de las cade-nas y
la presencia de los soldados, que bayoneta al brazo velaban sobre nosotros,
desvanecían la ilusión. Apenas nos moviéramos seríamos captu-rados y vueltos al
convoy.
Las pequeñas separaciones nos estaban per-mitidas
por los oficiales, á pesar de prohibirlas el reglamento. Al principio quedé
algo sorprendido, pero comprendí bien pronto que tenían el con-vencimiento de
la imposibilidad de nuestra fuga. La cosa á primera vista parecía fácil; nada
más sencillo que internarse en el bosque y desapare-cer. ¿Quién podría
encontrar á un fugitivo en una selva sin caminos ni veredas? Y sin embargo
pocos habían intentado la aventura; uno solo, desde hacía mucho tiempo, logró
escapar: Dzon-kiewitch, que en 1887 fue condenado á cadena perpetua. Logró
introducirse en el bosque, pero fue capturado y los soldados lo maltrataron
furio-samente en presencia de los oficiales.
Lo transportaron medio muerto al hospital de
Krasnoyarsk, y debió á su constitución robusta haber sobrevivido á sus
terribles heridas; pero no intentó en toda su vida otro golpe.
Este suceso tuvo lugar un año antes de nuestra
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 202.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA "208
llegada á Krosnoyarsk. Otras tentativas de eva-
sión se habían hecho durante las etapas sin el
menor resultado; hasta algunas veces acabaron de
una manera trágica.
Es preciso recordar que la Siberia está apenas
poblada y que cada individuo que se encuentra en el camino es objeto de la
atención pública. Los fugitivos no pueden errar siempre por la selva, son
felices cuando medio muertos de fatiga hallan el camino de una aldea; pero los
vecinos ayudan
á las
autoridades, y cuando cogen á un político se lo entregan á la policía.
Hasta hace poco tiempo se ha creído, con
fun-damento entonces, que toda la Siberia era una prisión inmensa, gracias á
sus condiciones natu-rales, que presentan más obstáculos á la fuga que los
muros más altos, las rejas más espesas y los guardianes más numerosos; pero
esto no era ver-dad más que para los prisioneros de Estado, á los que las
condiciones de existencia en la selva les son desconocidas, porque los
criminales de derecho común saben arreglar bien sus asuntos.
Se comprenderá que un gran número tuviéra-mos la
idea de fugarnos en compañía de los pre-sos de derecho común. Pero la mayoría
de estas tentativas acaban mal; los vagabundos están siem-pre prontos para
asesinar á un político y quitarle su dinero ó sencillamente sus vestidos. Así
se supone que pereció Ladislas Izbitsky en 1880.
Un desterrado administrativo me ha citado este
ejemplo: Se habla fugado en compañía de vaga-bundos, y sorprendió una
conversación en que trataban de matarlo durante su sueño; desde en-tonces pasó
varias semanas fingiendo que dormía, pero en realidad despierto. Se puede
comprender qué esfuerzo necesitaría para resistir al sueño.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 203.
204 LEÓN
DBUTSCH
Los criminales mismos no se inspiran confianza, y
con frecuencia entre dos camaradas el uno mata al otro. Se dice, por ejemplo,
que cuando se en-cuentran dos en un paraje estrecho ninguno quiere pasar
primero, por miedo de ser asesinado por el que va detrás.
Si por casualidad los prisioneros políticos quieren
evitar el trato de los criminales de dere-cho común, se exponen á peligros de
otro género. El compañero Wlastopoulo me contó que habien-do sido condenado á
cadena perpetua, logró eva-dirse de acuerdo con Kozioff, un revolucionario que
iba á cumplir la misma pena, y estuvieron próximos á ser devorados por un oso.
El animal apareció de repente ante ellos y no había medios de salvarse; se
arrimaron á un árbol, bien persua-didos de que su última hora había llegado.
Por suerte, don Martin (1) pasa tranquilamente y se aleja. El hambre y la sed
les hicieron pasar terri-bles torturas.
No habíamos corrido personalmente estos pe-ligros,
pero los conocíamos bastante de haberlos oído relatar, y nos dábamos cuenta de
que una evasión era absolutamente imposible en estas condiciones.
Dos solos, María Kaljushnaia, condenada a veinte
años de trabajos forzados, el estudiante Jordán, que había sido enviado
administrativa-mente por cinco años á Siberia, estaban siempre preocupados con
proyectos de evasión. Los dos eran jóvenes, apenas de veinte años, y
atormenta-dos por aspiraciones de libertad, pero no pudie-ron realizar ninguno
de sus planes; han muerto
(1) El
oso.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 204.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 205
los dos en la Siberia. María, cuya historia contaré
más adelante, en circunstancias bien trágicas.
* * *
En el curso de tan largo viaje tuvimos ocasión de
conocer los pueblos agrupados á lo largo de la carretera; presentaban
apariencia de cierto bien-estar. Muchas de estas aldeas producían entre
nosotros una impresión más favorable que ciertas ciudades y provincias rusas.
Las casas eran es-paciosas, construidas en madera. Por lo general, tenían dos
pisos, ornados á veces de ensambladu-ras esculpidas y rodeados de barreras; se
alinea-ban de un modo regular durante varias verstas á lo largo del camino. En
las ventanas principales se veían cortinas y tiestos de flores; las
habitacio-nes estaban tapizadas, bien amuebladas, y algu-nas veces se permitían
el lujo de sillas de madera curvada á la moda vienesa. Sin duda estos hoga-res
eran más bellos y cómodos que los de los al-deanos rusos.
Esto es debido, en parte, á la fecundidad del
suelo; los habitantes encuentran también medio de tomar parte en el comercio.
Están en el cami-no comercial de Europa y Asia. Los convoyes y caravanas son
numerosos, y algunas veces se ven obligados á detenerse. Los aldeanos no
transpor-tan sólo mercancías, sino también á los touristas, y especialmente á
los comerciantes que se ven obligados á alquilar coches, los cuales les hacen
pagar bien caros.
Ciertas aldeas son tan mal afamadas, que se las
designa abiertamente como moradas de ladro nes y asesinos. Ninguna caravana
pasa sin sufrir
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 205.
206 LEÓN
DEUTSCH
algún daño; se le roba una carga de té, un caballo
ú otra cosa
cualquiera. Ciertos habitantes no vaci-lan en tender emboscadas durante la
noche y co-meter robos á mano armada. Lo extraño es que estos actos de
bandidaje no les disminuyan en nada la estimación pública. Se dice bien alto
que muchos de los hombres más considerados tienen numerosos robos sobre la
conciencia, pero son ricos y esto no les impide ser recibidos en labuena
sociedad y ocupar puestos honrosos, tales como presidente del consejo de
fabricantes, consejero municipal y hasta alcalde.
He oído contar á personas de crédito que tal
ó cual alto
funcionario, rico y respetable, había hecho su fortuna con bajezas, robos y
hasta asesi-natos.
Muchos de estos individuos, que poseen ya una
fortuna y hasta lo superfluo, no pueden re-nunciar á sus hábitos de criminales.
Véase, por ejemplo, lo que sucedió en Tschita, capital del go-bierno de
Transbaical, en 1886. El gobernador mi-litar, general Barabach, había ofrecido
un ban-quete á todas las personas importantes de la ciudad. Un rico
comerciante, el burgomaestre Ale-xeief, se levantó de la mesa en medio de la
comi-da pretextando negocios urgentes. El honorable ciudadano, ayudado de un
cómplice, esperó la llegada del correo; mata al cochero, hiere grave-mente al
conductor, se apodera de las cartas y todos los objetos de valor y regresa
tranquila-mente á su domicilio. Pero el conductor, al que habían creído muerto,
no estaba más que herido: el asunto no quedó envuelto en el misterio. Un juez
de instrucción, de energía extraordinaria, dirigió el proceso, y no se dejó
intimidar por el es-cándalo, como se había hecho dos veces ya; los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 206.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 207
dos asesinos fueron llevados ame un Consejo de
guerra y condenados á muerte.
Las colonias establecidas á lo largo del camino son
muy mezcladas por la variedad de sus oríge-nes. Hay allí aldeas de grandes
rusos, tártaros y otros muchos; esta diversidad se advierte á pri-mera vista.
Hay también localidades habitadas exclusivamente por miembros de diferentes
sec-tas, que se ven obligados á establecerse allí por castigo de estar fuera de
la religión del Estado.
Me interesaron particularmente las aldeas de los
«sabotniki». Los partidarios de esta secta son rusos por la raza, pero su
religión es de una forma exclusivamente mosaica. Me parecía raro ver estos
representantes típicos de la raza slava tratados como judíos por su religión.
Por su ma-nera de vivir y por sus ocupaciones no se diferen-cian en nada de los
aldeanos rusos; sin embargo, sus aldeas se distinguen de las de los cristianos
por su limpieza y su apariencia de bienestar.
La mayoría de los criminales, que, como ya he
dicho, habían recorrido varias veces el camino, conocían bien las costumbres y
los hábitos de los siberianos y teníaji muchas cosas interesantes que contar.
Según sus informes, no hacían muy buena figura los siberianos. Los vagabundos
los odiaban de todo corazón, y se creían muy supe-riores á ellos, aunque no se
hiciesen ilusiones sobre su propio mérito.
— Es verdad que nosotros somos unos bribones, pero
valemos mil veces más que toda esa canalla —decían ellos.
Acogían á los siberianos con toda suerte de
insultos y expresiones de desprecio, que parecían despertarles una violenta
cólera.
La antipatía recíproca de todas estas gentes se
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 207.
208 LEÓN
DEUTSCH
explica por el hecho de que se conocían demasia-do
bien los unos á los otros.
*
Gomo durante este largo viaje estaba en rela-ciones
íntimas con todo ese mundo, aprendí á conocer por mi propia observación los
criminales-tipos. Hablaba con ellos largamente con frecuen-cia, y pude recoger
numerosos datos de su vida.
En general, los criminales me producían una
impresión mejor de la que esperaba. Sin duda tenían mucho de desagradable y
repulsivo; pero esto, según mi modo de ver, era debido menos á su temperamento
particular que a la influencia funesta que los iwans ejercían sobre ellos. A
ex-cepción de un corto número de criminales incu-rables, la mayor parte
pertenecían á la clase de trabajadores del pueblo y tenían sus buenas
cua-lidades y sus defectos. Los rasgos principales eran la resignación á la
fatalidad y una humildad excesiva delante de los que juzgan superiores.
Por lo demás, eran buenos muchachos, siem-pre
dispuestos á venir en ayuda de sus compa-ñeros, como es costumbre dominante
entre las clases populares de Rusia.
Había también en nuestro convoy un gran nú-mero de
pobres entes que era imposible calificar en la categoría de criminales. Las
administracio-nes comunales tienen todavía hoy en Rusia el derecho de arrojar
de su seno á ios individuos que les molestan, y estos desgraciados son
con-ducidos y domiciliados á la fuerza en Siberia, sin proceso; únicamente por
el gusto de sus conciu-dadanos, y, cosa más monstruosa aún, las autori-dades
comunales toman estas decisiones sin con-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 208.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 209
sultar la mayoría de sus habitantes. El secretario
del municipio y dos ó tres notables, que se llaman los kulaki, encuentran muy
sencillo desembara-zarse así de las pobres gentes que no son amigas suyas. Es
inútil decir que estas injusticias se cometen con los desdichados que no tienen
apoyo ni defensa. Las víctimas de este procedimiento bárbaro, que formaban
parte de nuestro convoy, tenían mil detalles lamentables que contar, y todo lo
que yo pude observar por mí mismo en las aldeas venía á confirmar sus asertos.
Salvo raras excepciones, esta categoría de
de-portados eran estimables por su semejanza con los aldeanos rusos.
Había también miembros de diversas sectas
religiosas, especialmente de «skopcis», que nada tenían de común con los
criminales; al contrario, todo lo que yo pude estudiar de la vida y costum-bres
de estos sectarios en Siberia vino á demos-trarme que constituían la parte más
laboriosa, más enérgica y más inteligente de la población. En nuestro convoy
los sectarios evitaban con cui-dado la menor querella, las riñas y las
revueltas de los demás compañeros. Ellos no querían cues-tiones ni con las
autoridades ni con los inferiores. Se sometían como á una prueba enviada por
Dios a todos los malos tratos, á todas las injusticias, á todos los ultrajes de
que les hacían víctimas la• mayor parte de sus compañeros.
Los prisioneros que tienen menos crímenes sobre la
conciencia y han de sufrir penas más leves, son los más tímidos y sumisos. Son
ellos los desdichados que se juegan su dinero de varias semanas y se ven
expuestos al hambre y los que se prestan á la sustitución, delito que les vale
fuer-tes castigos y condena á trabajos forzados. Los
TOMO I 14
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 209.
y:,-.
210 LEÓN
DEUTSCH
otros los tratan con un desprecio absoluto y les
llaman «hombres de biscuit», expresión por cier-to bastante apropiada, porque
están secos y páli-dos. Parecen privados de toda voluntad; el juego es su única
pasión y también la fuente de todas sus privaciones y todos sus tormentos.
En el convoy, los «hombres de biscuit» hacían el
papel de parias: los oficios más humillantes y los más repugnantes les
incumbían, como el de limpiar las letrinas. Sufrían perpetuamente ham-bre y
robaban cuantos objetos caían en sus ma-nos, pero si llegaban á atacar la
propiedad de un ivoan,el ladrón era juzgado severamente. He aquí un ejemplo: un
día, un muchacho robó á un iwan un pedazo de pan, y la asociación lo castigó
cruel-mente para que aprendiese á respetar en el por-venir á sus miembros.
Como he pronunciado la palabra asociación, debo
decir que instituciones de este género han existido siempre en el mundo de los
criminales. La ley dominante es que cada individuo se debe inclinar ante la
voluntad de todos los miembros; todos son iguales en derecho, pero los
criminales más viejos y más terribles son los jefes, los iwans que dirigen la
asociación según su propio interés. Su voluntad pesa sobre todos los otros;
ningún convenio entre individuos es válido sin el consen-timiento de la
asociación. Una sustitución, por ejemplo, no se puede llevar á cabo sin que
todos estén advertidos y una parte de la suma vaya á la caja común. Una vez que
la asociación ha dado su consentimiento, no hay medio de arrepentirse; un
condenado que ha aceptado la sustitución y tomado el importe, tendría un
conflicto con la asociación si se negara á cumplir los términos del contrato;
pero esto ocurre muy rara vez, por temor
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 210.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 211
á la
implacable venganza de la asociación, que castiga severamente las traiciones.
La adminis-tración está imposibilitada de proteger al traidor. Podría aislarlo
del convoy, enviarlo á otras prisio-nes; pero en todas partes no faltaría el
medio de denunciarlo y que los compañeros cumpliesen la venganza. El espíritu
de solidaridad es en este punto poderoso entre los criminales. La asocia-ción
maniobra sin jefe que la represente cerca de las autoridades. Es un puesto de
honor que des-empeña el más importante.
El jefe es el intermedio entre la administra-ción y
los prisioneros, el que recoge el dinero para el viaje y se ocupa de todo lo
que concierne
á su sociedad.
Se encuentra bajo la dependencia directa de sus grandes electores, los cuales
le do-minan, á pesar de su apariencia de gran autori-dad. Si quiere por azar
sustraerse á su tiranía, encuentran mil medios de crearle un conflicto y
desembarazarse de él. El cargo ofrece también ventajas pecuniarias, y con
frecuencia el candida-to está obligado á dar grandes sumas á sus gran-des
electores para alcanzar su nombramiento.
* **
Otro puesto menos honroso, pero de grandes
provechos, es el de despensero.
Uno de los condenados tiene el derecho de vender el
té, el azúcar, el tabaco y otros objetos semejantes, y proveerlos en secreto de
aguardien-te y barajas. Este privilegio se le concede por la asociación durante
un tiempo determinado. Por las noches, cuando están bajo llave, y con
frecuen-cia de día, los condenados se reúnen en grupos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 211.
212 LEÓN
DBÜTSCH
para probar fortuna. Unos se juegan el dinero de su
viaje, y hasta los vestidos y las botas, que son propiedad del Estado.
Naturalmente, los prisio-neros son responsables de los objetos que se les han
confiado, y cuando faltan á la revista los so-meten a los castigos más duros.
Medio desnudos, cubiertos de harapos, los pobres «hombres de bis-cuit» tienen
que sufrir todos los rigores de la in-temperie. Cuando vienen los días fríos,
en vez de andar corren, para cansarse y sentir un poco de calor, porque todos
sus miembros, entumecidos, tiritan. Se pregunta uno con asombro cómo estos
hombres pueden resistir así el frío y el hambre. Varias veces hemos probado á
acudir en su ayu-da. Desgraciadamente nuestros medios eran limi-tados, y además
ellos no tardaban en perder en el juego lo que les habíamos dado, a pesar de
las promesas más solemnes. Algunas veces un juga-dor afortunado distribuía una
parte de la ganancia entre los miserables, y así es que se formaba siempre un
gran círculo en torno de los jugado-res, siguiendo las peripecias de la fortuna
con tanta emoción como los propios interesados. Ha-bía también costumbre de que
el despensero pusiera término á la función, pagando de comer y de beber á toda
la compañía. Entonces había gran fiesta.
—Vamos á hartarnos—decían,—que es el des-pensero
quien paga.
* **
Por principio, los oficiales de la escolta no se
mezclan jamás en los asuntos de la sociedad; los presos mantienen por sí mismos
el ©rden para
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 212.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BERIA 213
evitar toda intervención y toda queja. Es
verdade-ramente asombroso ver aquellas gentes, en su mayoría asesinos y
ladrones, que se dejan mane-jar tan fácilmente por un corto número de
supe-riores.
Durante nuestro viaje ninguno de estos prisio-neros
hizo la menor tentativa de evasión. Está rigurosamente prohibido por la
asociación eva-dirse en el curso de un transporte, á fin de evitar represalias
generales. Había á veces cuestiones y disputas, pero no se necesitaba la
ingerencia de los soldados, sino la de sus jefes. Se bebía mucho,
á pesar de la
prohibición de dar nada de alcohol
á ios
prisioneros, pero jamás un hombre borracho apareció delante de un oficial. Sus
camaradas ve-laban á su lado. Se había establecido una especie de acuerdo
tácito entre la asociación y el oficial; éste sabia que aflojándoles un poco
las riendas podía contar con ellos para mantener el orden y evitar los
negocios, y por eso los oficiales, en oca-siones, cerraban los ojos ante la
violación de tal ó cual artículo del reglamento.
Así, por ejemplo, la mayoría de los prisioneros
llevaban cadenas desde Tomsk, pero estaban sim-plemente sujetas y podían
desembarazarse de ellas apenas llegaban á la etapa. Los oficiales lo sabían,
pero no les decían nada, aunque estuviera rigurosamente prohibido por el
reglamento qui-tarse las cadenas.
Hay entre los oficiales de convoyes tipos bien
distintos; yo he conocido más de cuarenta en el camino de Tomsk á Kara, pero
ninguno de ellos es excepción de esta regla. Ningún oficial ejerce la violencia
contra los prisioneros de un destaca-mento ni se muestra rudo ó brutal; al
contrrrio, parece que busca estar bien con ellos, y, sin em-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 213.
214 LEÓN
DBUTSCH
bargo, estos mismos oficiales se ven á veces
per-seguidos ante los tribunales por malos tratos á los soldados que tienen
bajo sus órdenes.
Es preciso no olvidar que las estaciones de las
etapas están situadas en pleno desierto, y que toda vigilancia se hace difícil.
En tales condicio-nes, se comprenden los abusos y las malversa-ciones. La
mayoría de estos oficiales han recibido una educación rudimentaria en ciertas
escuelas militares y después los han enviado á la Siberia; naturalmente, un
gran número sueltan la brida á sus instintos. Algunos no tienen más placer que
el de la bebida, y una vez borrachos se entregan
á todos los
excesos; exponen en el juego el di-nero que se les confía y maltratan á sus
subor-dinados. Hay entre ellos algunos hombres serios, deseosos de hacer
economías; son más sobrios, pero los soldados no son más dichosos á su lado por
eso.
La mayoría de los oficiales se mostraban lle-nos de
miramientos con nosotros, evitando con cuidado en toda ocasión un conflicto.
Mas á pesar de esta actitud general, había pequeños detalles, bastante
diferentes entre sí, que tenían gran im-portancia. Por ejemplo, la hora de
levantarse amenazaba continuamente disgustos. También discutíamos con algunos
oficiales á causa de las cubetas, que no queríamos guardar en nuestro cuarto
toda la noche, porque infestaban el aire y eran desagradables, en especial para
las señoras que estaban en nuestra compañía. Si el oficial es-taba de mal humor
ó prevenido contra nosotros, esta bagatela provocaba con frecuencia protestas,
insultos, voces y hasta una insurrección y la ame-naza de un consejo de guerra
con todas las con-secuencias trágicas que le acompañan. Pero jamás
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 214.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 215
llegamos tan lejos, porque teníamos la felicidad de
contar entre nosotros hombres de cierta edad, que venían siempre á calmarnos;
tres de entre ellos iban por segunda vez á Siberia y tenían ex-periencia de
estos viajes. Debíamos asimismo mucho á la erflrgía y al tacto de Lazareff,
nuestro representante. Algunos oficiales eran muy corte-ses, nos prestaban
periódicos y ponían todo su empeño en atender á nuestros menores deseos.
Algunas veces teníamos felicidades inespera-das. Un
oficial conoció un día entre nuestros com-pañeros al veterano Snigirrioff, su
antiguo cama-rada de escuela, y quedó tan emocionado del encuentro, que durante
los tres días que nos acompañó hizo cuanto pudo por procurarnos bien-estar.
Otro oficial se presentó ante nosotros como partidario del socialismo; había en
otros tiempos frecuentado círculos revolucionarios y no ocultaba sus simpatías
por nuestra causa. Había leído nu-merosas obras prohibidas y discutía con
nosotros diferentes problemas políticos. Fue una agradable sorpresa encontrar
entre los defensores del des-potismo un hombre que tenía nuestra idea. Algu-nas
veces la buena acogida de algunos oficiales se debía á una sencilla
equivocación, como en las circunstancias siguientes.
Un día que llegamos al alto de la etapa, nos
encontramos en la puerta de la habitación un hombre con un traje muy sencillo y
con cadenas en las manos. Era un deportado, obrero de fábri-ca, Stephan
Agapoff, que venía de la Siberia orien-tal á la Siberia occidental á causa de
la corona-ción de 1883, lo que constituía una rebaja á su pena. Su mujer, una
aldeana de Siberia, le acom-pañaba. Como se esperaba nuestro destacamento, el
oficial había querido que nos dejasen la pieza
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 215.
216 LEÓN
DEUTSCH
que ocupaban, bajo pretexto de que los prisione-ros
políticos que iban á llegar eran todos condes y príncipes y no podía hacer
dormir en la misma habitación á estos altos personajes con un vulgar obrero.
Agapoff y su mujer pensaron que la ra-zón invocada era pueril y rehusaron
obedecer. Esto tuvo malas consecuencias para ellos; el ofi-cial hizo encadenar
á Agapoff para castigarle, y no se contentó sino con esto. En el reglamento se
fija la cantidad de bagaje que cada prisionero tiene derecho á llevar con él, y
como la pareja Agapoff llevaba todo lo que había adquirido con su dura labor en
la Siberia oriental, había, natu-ralmente, un exceso de equipaje considerable.
El oficial hizo vender en subasta todo lo que pasaba del peso autorizado. Esto
era de una maldad tanto más injustificada, cuanto que por lo general se permite
á los desterrados llevar con ellos un equipaje bastante voluminoso. Se trataba,
ade-más, de gentes que estaban beneficiadas con una medida de clemencia. Los
desdichados fueron •materialmente despojados. La conducta del oficial nos
indignó. Nuestro bravo representante Laza-reff fue a buscarlo y le pidió que
librara á Aga-poff de sus cadenas, á lo que accedió sin hacerse de rogar. Lo
cómico es que el creernos á nosotros condes y príncipes, para causar la
desgracia del pobre Agapoff, tenía por origen que durante el camino escribimos
varias cartas dirigidas al con-de Tolstoi, al príncipe Volkonski, al consejero
secreto Tschuleinikofj y algunos otros. De aquí la leyenda de que había en
nuestro destacamento condes y marqueses.
Desgraciadamente, el asunto de los Agapoff tuvo
malas consecuencias. El oficial había dado queja de ellos por ultrajes y
desobediencia. Gomo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 216.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 217
castigo fueron enviados á una ciudad del Norte del
gobierno de Tobolsk, donde la estancia era mucho más dura que en la Siberia
oriental, de donde se les traía por medida de clemencia.
Así el capricho de un oficial es suficiente para
hacer la desgracia de dos criaturas humanas.
FIN DEL
TOMO PRIMERO
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 217.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 218.
ÍNDICE DELTOMO
PRIMERO
PPÓLOGO v
Capítulos.
I.—Partida para Alemania.—Arresto en Fribur-
go.—Antecedentes revolucionarios. .
. . 11
II.—La causa de mi arresto.—El profesor Thun.—
Mi defensa.—Plan
de evasión.—El procu-
rador 23
III.—Incertidumbre.—Régimen de la prisión.—El
procurador.—Cambio de celda 34
IV.—Visita de
«mi mujer».—Plan de evasión y
libertad.—Esperanzas.—El procurador en-
tra en juego.—Preparativos de viaje. . . 46
V.—Partida para Rusia en vagón de bestias.—En
las prisiones de Francfort y de Berlin.—De
la frontera á Petersburgo por Varsovia.. . 61
VI.—La fortaleza de Pedro y Pablo.—Mi compa-
triota el procurador.—Un médico cruel.—
Un conocimiento fugitivo 69
VII.—Una prisión con nuevo reglamento.—Un plan
que fracasa.—Visita del ministro.—Secreto
de Estado.—Un
escritor como vecino de
celda 79
VIII.—Nuevos
temores.—El coronel de gendarme-
ría.—Investigaciones á propósito del asesi-
nato
del general Mezenzeff.—Encuentro
con Bogdanowitch.—Partida 89
IX.—Un rayo de esperanza.—Un régimen desco-
nocido.—Protestas
por el hambre.—Nues-
tro club.—Un protector 96
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 219.
Capítulos. Págg.
X.—Un oficial que las echa de valiente.—Mi ser-
vicio militar.—El proceso.—Nuevo interro- 107
gatorio
XI.—La visita del ministro.—El traje de condena- 119
do.—La prisión de Kiew
XII.—Nuevos conocidos.—Los conspiradores
de
Romny.—Llegada á Moscou.—Compañeros 130
de miseria.—Un capitán de huen corazón. .
XIII.—El proceso «de los 14».—Recuerdos de Wera
Figner. — Numerosas prisiones.
— Agente 141
provocador
XIV.—Venalidad del inspector.—Las cadenas rotas. 150
—Más cahezas afeitadas
XV.—La situación politica en Rusia y los partidos
revolucionarios. —Nuestra sociedad. —Día
de fiesta.—Visitas prohibidas.—Una lección 158
de cortesía
XVI.—Preparativos de marcha.—Viaje en vapor por
el Volga y el Kama.—A Iekaterimburg.—• 167
En troika.—Europa y Asia
XVII.—Nuestras reuniones.—A Tiumen. — Separa-
ción.—Sobre el río de Siberia.—Una propo- 178
sición espantosa
XVIII.—Por etapas.—Un oficial imprudente. La caza 189
del hombre
XIX.—La selva primitiva.—Inútil ensayo de fuga.—
La población á lo largo del camino.—El
mundo de los criminales.—Los oficiales del 201
convoy
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 220.
J. MICHELET
HISTORIA
DE LA
Ilustrada con más de 1.000 grabados reproducien-do
escenas de la Revolución, cuadros, esta-tuas, retratos, estampas, medallas,
sellos, ar-mas, trajes, caricaturas y modas de la época. —Traducida por primera
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Traducción y prólogo de V. Blasco Ibáñez
Tres gruesos volúmenes encuadernados en tela, á 10
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P. LANFREY.—Historia política de los Papas.—
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A. RENDA.—El destino de las dinastías. (La
heren-cia morbosa en las Casas Reales).— Un tomo en 4.°, tres pesetas.
J. FOLA IGÚRBIDE.-—Revelaciones científicas que
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David-Federico STRAUSS.—Nueva vida de Jesús.
—Traducción de José Ferrándiz.—Dos tomos en 4.°, seis pesetas.
P. J. PROUDHON.—De la creación del orden en la
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EN PRENSA
José INGEGNIEROS.—Histeria y Sugestión. (Estu-dios
de Psicología clínica.)—Un tomo en 4.°, tres pesetas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 222.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 223.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 224.
F . ¡SEMPERE
Y COMP.a JÍDITOllES.— VALENCIA
Una peseta el tomo
Mazzini (José).—Deberes del hombre.
Merimée.—Los hugonotes.
Merimée.—(/Osas de España.
Merejkowski.—La muerte de los dioses.
2 tomos.
Merejkowski.—La resurrección de los dioses. 2
tomos.
Merejkowski.—El Anticristo (Pedro y Alejo). 2
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Mirhe.au.—Sebastián Koch (La educa-
ción jesuítica).
Mitjana (Rafael).—Discantes y contra-
puntos.
Mitjana (líafae.l).
—lín el Mugre)» el
Aksa (Viaje á Marruecos).
Moróte (Litis).—Pasados por agua.
Moróte (Luis).—Kebaño de almas.
Naquet (Alfredo).—La Anarquía y el
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satiricón. Proudhon.—¿Qué es la propiedad? Pío Baraja.—El tablado de Arlequín.
Recias.—Evolución y revolución. Recias.—La montaña.
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religiosos.
Renán.—Kl porvenir delaCiencia. 2 t.
Renán.—El Anticristo. 2 tomos.
.Renán.—Los Evangelios y la segunda generación
cristiana. 2 tomos.
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Schopenhauer.—La libertad. Schopenhauer.—El amor,
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(Georffes). —líl porvenir de los
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tado.
S¡>encer.—Creación y evolución.
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Tolstoi.— La verdadera vida. Tolstoi. —Lii guerra
ruso japonesa. Tolstoi.— La escuela Yasmua-Poliana. Teniente. 0. Bilse.—
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Ugarte (Manuel).—Visiones de España. ligarte
(Manuel).—El Arte y la Demo-
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Vandervelde.— El colectivismo.
Voltaire.—Diccionario filosófico. 6 t.
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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 225.
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Uüne
(EnTÜfue).—De la Alemania. 2 lutismo. .
tonios. Jleine
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Kropotkíne (Pedro).—Rl apoyo mutuo. tierro.
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noches (Cuentos oeeiílentítles). l'urtido Socialista).
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E r n e s t o Haeckel.—Historia de la Creación de
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P . Lanfrey.—Historia
política de los Papas.—Traducción, prólogo
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Ferrándiz.—Un tomo e* 4.",
tres pesetas.
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(Juan).—La sociedad futura. 2 t.
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de Maupassant.—El Horla.
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de Maupassant.—La mancebía.
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(E.).—Progreso y miseria. '2 t.
Baícounine.—.Dios y el Estado. George (E.).—Problemas sociales.
Bakounine.— Federalismo, Socialismo Ilaggard.—El hijo de los boers.
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Blasco Ibdñez.—Arroz y tartana. guerreros en
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Blasco Ibdñez.—Cuentos valencianos. no Emperador. 2
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JJarwin.—Mi viaje alrededor del mun- Laugel.—Los problemas do la Natu-
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las especies. 8 t. Laugel.—Los problemas del alma.
Darwin.—Expresión de
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E.)—Los anarquistas.
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LEÓN DEUTSCH
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Años en Siberia, p. 231.
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Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 232.
DIEZ Y SEIS
AÑOS ENSIBERIA
CAPÍTULO XX
De Krasnoyarsk á Irkoutek.—Inútil conflicto.—Las
mujeres
mártires en la prisión de Irkoutsk
La distancia entre Tomsk y Krasnoyarsk es cerca de
quinientas verstas; se necesitaba un mes para recorrerla: veinte días de marcha
y diez de reposo. Debíamos detenernos en Krasnoyarsk una semana; los condenados
de derecho común fueron encerrados en la cárcel de deportados y nosotros en la
de la ciudad.
Nos llamaron la atención al llegar el orden y la
limpieza que reinaban: era un edificio grande, fresco, recién pintado; por
todas partes aire y luz,
á pesar de los
ventanas enrejadas. Se podía hacer la ilusión de estar en un buen hotel en el
Sur, y en la misma Rusia no había visto yo jamás una prisión parecida á ésta.
Penetramos en los corre-dores, y allí nuestra impresión fue atenuada con la
vista de las celdas, que tenían escritas sobre las puertas las palabras
siguientes: «Por muerte», <Por vagabundaje», «Por robo».
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 233.
6 LEÓN DBUTSCH
El director, hombre de aspecto imponente, vino bien
pronto y nos comunicó que se nos iba
á encerrar en
celdas por categorías: forzados, des-terrados, administrativos y presos
políticos, con-forme al reglamento de la casa. Le dijimos que la separación nos
trastornaba, porque en los dos meses de viaje teníamos en común nuestro
equi-paje y nuestro dinero. Estábamos de camino y, por consecuencia, no
teníamos que someternos á los reglamentos de la prisión, que estaban hechos
para los detenidos y los criminales de derecho común. No era culpa nuestra si
en vez de llevar nos á una casa de deportación se nos encerraba aquí. En una
palabra, nosotros queríamos, como habíamos hecho en otras prisiones, escoger
las celdas que nos convinieran. Se podía encerrarnos bajo llave de noche, pero
no durante el día, porque era contrario á la instrucción general.
Este lerguaje le pareció nuevo al director, quedó
sorprendido y nos declaró que de ninguna manera podía soportar parecida
infracción al re-glamento. Rehusamos instalarnos en las celdas y quedamos en el
corredor con los sacos y bagajes.
El jefe de policía fue llamado: era un tipo a lo
Falstaff y bastante ignorante, como pudimos comprender. Nos amonestó á
conformarnos en todo con el reglamento, y le dimos la misma res-puesta que al
director, invocando nuestro dere-cho. Como en nuestra conversación con él
pro-nunciara una dama la palabra humanidad, le pareció al conductor de postas
que no sabía si la palabra mal tono era peor que la de bribón; nues-tro hombre
quedó un poco descontento y quiso saber si la palabra humanidad encerraba alguna
injuria, y nos exigió explicaciones. Podíamos ape-nas reprimir la risa. El
resultado fue que el alto
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 234
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 7
dignatario se decidió á apelar á una jurisdicción
superior, es decir, al gobernador. Después apare-cieron sucesivamente el
coronel de gendarmería y el procurador, á los cuales les expusimos nues-tras
razones, y no encontraron ningún argumento que oponer.
Parlamentamos así largo tiempo, acampados, siempre
en el corredor, sin poner en orden nues-tros equipajes ni preparar la comida, á
pesar del hambre que nos aguijoneaba.
En fin, los empleados de la prisión, en espera de
la decisión del gobernador, consintieron en dejarnos tomar las disposiciones
que nos plugie-ran. Habíamos obtenido lo que deseábamos.
A la mañana siguiente, cuando íbamos á al-morzar,
el jefe de policía hizo su aparición de gran uniforme y el sombrero en la
cabeza.
— Señores—comenzó á decir con aire solemne, —os
traigo la decisión del gobernador.
Pero fue interrumpido por nuestro represen-tante
Lazareff, que le hizo observar que debía, ante todo, quitarse el sombrero.
—Observad, señores, que estoy de gran unifor-me y
que mi sombrero hace parte de él; yo no me lo puedo quitar—balbuceó confuso por
la atre-vida observación que escuchaba por primera vez.
—No nos importa su uniforme; cada vez que usted
entre en nuestras habitaciones, tiene el deber de descubrirse—replicó Lazareff
con aire tranquilo.
—No, yo no haré eso; es demasiado exigir; no me
descubriré—respondió el hombre.
—Como usted quiera; pero en ese caso nosotros no
recibiremos ninguna comunicación del gober-nador—replicó Lazareff.
El hombre del sombrero dudó todavía un poco
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 235.
8 LEÓN DBÜTSCH
y por último descubrió su noble frente para
decla-rarnos con el tono más ceremonioso que el go-bernador se había dignado
acoger nuestra de-manda.
No fue esta la primera ni la última vez que
tu-vimos que dar lecciones de cortesía á los funciona-rios de las prisiones.
En Krasnoyarsk dos de nuestros compañeros de
miseria se separaron de nosotros: el veterina-rio Snigirrioff y el estudiante
Korniencko, que de-bían quedar en el gobierno de Ienissei.
Spandoni había caído enfermo y quedó tam-bién en la
prisión de Krasnoyarsk. No éramos más que once en nuestro grupo.
De Krasnoyarsk á Irkoustk hicimos mil vers-tas en
dos meses. Sobre este largo camino no había entonces más que una sola villa,
Nijni-Udinsk, y apenas merecía este nombre.
En Nijni-Udinsk encontramos dos compañe-ros, los
esposos Novakovski, que estaban también en camino para la Siberia Oriental.
Había conocido á Novakovski en Kiew. Tomó en 1876
parte en la manifestación que se había hecho en Petersburgo sobre la plaza de
Kazan, y había sido preso y desterrado á la Siberia. Por la gracia de la
coronación de 1883 lo habían trasla-dado de Balagansk, en el gobierno de
Irkoustk, á Miniusinsk, en el gobierno de Ienissei. Ahora iban de nuevo
deportados él y su mujer á la Sibe-ria Oriental á causa del acontecimiento
siguiente:
Por un motivo insignificante, Novakovski tuvo una
discusión con el subprefecto. Un día uno de los desterrados políticos tuvo un
asunto con este funcionario, que le tomó por Novakovski y le reci-bió con
palabras injuriosas. Así que conoció su equivocación se excusó, pero el hecho
llegó á
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 236.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 9
oídos del interesado y su mujer, que le acompa-ñaba
voluntariamente al destierro. Los deporta-dos tuvieron consejo durante algunos
días para decidir lo que debían hacer, pero la señora Nova-kovski resolvió el
asunto sola. Un día entró en el despacho del funcionario y le dio un par de
sono-ras bofetadas, diciéndole:
—De parte de mi marido.
La justicia la condenó á deportación en Sibe-ria, y
esta vez era el marido el que la acompañaba voluntario.
La señora Novakovski era una mujer inteli-gente y
valerosa, de un temperamento vivo y re-suelto. Los dos esposos, según me han
dicho, han muerto en Siberia.
Nuestro viaje continuó en la misma forma, pero la
vigilancia era cada día menos severa; aca-bamos por desembarazarnos de las
cadenas sin que nadie prestase atención, y no tuvimos que sufrir la humillación
de afeitarnos la cabeza.
* *
Esperaba con impaciencia la llegada á Ir-koustk
para encontrar á una amiga de los prime-ros tiempos, María Kowalewskaja, que no
había visto desde algunos años. Nos conocimos en 1875, perteneciendo los dos á
la asociación de los Bun-tari, y nos tuteábamos, como era entonces cos-tumbre
general entre los revolucionarios. Ella era hija de un propietario llamado
Woronzof, y esta-ba casada con Kowaleswky, profesor de gimnasia militar. En
1874 había resuelto afiliarse al partido revolucionario; dejó á su marido y á
su hija y se lanzó en cuerpo y alma al partido de la agitación. Era de pequeña
estatura, tenía algo de gitana en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 237.
10 LEÓN
DBUTSCH
la fisonomía, extraordinariamente viva, enérgica,
de espíritu penetrante, de una lógica poderosa y una elocuencia arrebatadora.
Se distinguía sobre todo en los debates teóricos, porque sabía á ma-ravilla
resumir una cuestión sin ofender la vani-dad de nadie; era muy estimada, y
hasta los mis-mos enemigos de las ideas socialistas apreciaban sus grandes
facultades.
Si esta mujer hubiera nacido en otro país, hu-biera
representado un papel histórico importante; en Rusia fue condenada á catorce
años y diez meses de trabajos forzados, por haberla encon-trado en una casa
donde los revolucionarios ha-bían resistido á mano armada á los gendarmes. Por
su violencia en el curso de la instrucción, como más tarde en Kara y Siberia,
María Kowa-lewskaja era una de las personas de más viso en los círculos
revolucionarios.
En la cárcel, donde día por día había sido tes-tigo
de los abusos de los funcionarios, su energía causaba en ellos tal impresión,
que esta mujer fue la defensora más intrépida del honor y la dig-nidad de los
otros prisioneros. Lo mismo por un detalle de gran importancia que por una
simple falta; por un abuso cometido por altos funciona-rios ó por el último de
los subalternos, ella pro-testaba enérgicamente, sin preocuparse de las
consecuencias. Tenía una influencia grande en la prisión; su táctica consistía
en emplear los medios más enérgicos y los más radicales para
obtener-satisfacción y oponer la violencia á la violencia. Aconsejaba siempre
ultrajar á los funcionarios, romper las ventanas y los muebles. Estaba por los
medios extremos y llegaba en sus procedimientos de combate hasta rechazar el
alimento. Había sido causa de un número considerable de conflic-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 238.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBERTA 11
tos, y uno de ellos, en la prisión de Kara, dio por
resultado encerrarla á ella y tres de sus compañe-ros en los calabozos de
Irkurstk. Allí rehusaron tomar alimento durante varios días, hasta que el
médico de la prisión declaró que estaban a punto de morir y el gobernador tuvo
que ceder. Así la Kowalewskaja obtuvo para sus compañeros, en cuyo provecho se
sacrificaba, lo que exigía.
*
Llegamos, por fin, á Irkurstk, la capital de la
Siberia, en la segunda quincena de Septiembre. Nos encerraron en la prisión de
la ciudad, que, como la de Kiew, es célebre por las tentativas de evasión de
los prisioneros políticos. Se nos dio á los hombres una celda común y otra á
las mu-jeres.
Apenas se había cerrado la puerta tras de
nos-otros, me salí á la ventana y llamé en alta voz á María Kowalewskaja; me
respondió inmediata-mente, y conversamos hasta una hora avanzada de la noche.
Durante los ocho días que descansó allí nues-tro
destacamento, tuve ocasión de verla y de pa-sear con ella. Los largos años de
separación no habían disminuido nuestra amistad; al contrario, nuestra simpatía
recíproca se reveló al primer golpe de vista. Nos entendimos como viejos
ca-maradas, sin importarnos las bromas de los otros.
Los padecimientos que ella había sufrido
des-pertaron en mí una profunda piedad. La protesta por el hambre á que se
había sometido poco tiempo antes, le dejó una palidez casi cadavérica, pero su
espíritu era siempre el mismo: era siem-pre la misma naturaleza batalladora y
enérgica,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 239.
12 LEÓN
DEUTSCH
que no retrocedía ante ningún obstáculo. Hasta los
empleados de la prisión no podían sustraerse al encanto que emanaba de ella, y
se veían obli-gados á hacer justicia á la elevación de su espíri-tu y la
rectitud de sus sentimientos. Teníamos mil cosas que decirnos, y estaba
sorprendido de ver cómo su inteligencia había continuado tan viva y ten clara,
á pesar de los padecimientos y pri-vaciones sufridos. Estaba ávida de conocer
todo lo relativo á la vida pública de Rusia y de la Eu-ropa Occidental; durante
tres días seguidos le ex-puse la situación de los obreros y mis impresio-nes
personales, pero se interesaba más vivamente por los otros pueblos y mostraba
poca simpatía por la Rusia: no conservaba sus primeras ideas respecto al
partido revolucionario; su tempera-mento, enemigo de toda disciplina, no
conocía otro medio que la revolución contra el gobierno.
Sus tres amigas eran también personalidades de gran
valor. Tuve ocasión de hablar con ellas y de saber ciertos detalles de su
pasado revolucio-nario.
Sofía Bogomoletz, hija de un rico propietario del
museo de Poltawa, había seguido los cursos en un liceo de señoritas y después
en la escuela de Medicina de Petersburgo. Terminada su carre-ra se casó con un
médico, pero como María, aban-donó á su familia, su marido y su hijito para
de-dicarse á la causa revolucionaria. En 1880 fue presa como miembro de la
asociación de trabaja-dores «Pequeños rusos» y condenada á diez años de
trabajos forzados. Hizo una tentativa de eva-sión que le valió cinco años más,
y aun esta pena se aumentó con otro año á causa de una dis-cusión con un alto
empleado de la cárcel. Por último, se la había clasificado en el número
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 240
DIEZ Y SKIS AÑOS EN SIBBEIA 13
de -os prisioneros que se han de vigilar
espe-cialmente.
Era también por su temperamento aficionada
á las ideas de
violencia, y durante su prisión hizo guerra á muerte á los funcionarios de
'todas cla-ses. Iba más lejos que su amiga María, porque en tanto que ésta sólo
reprochaba á los funciona-rios sus abusos, sus faltas ó sus prevaricaciones,
Sofía los miraba como enemigos personales. No obedecerlos en nada era para ella
un principio absoluto. No sufría ningún registro personal, que consideraba
ultrajante para su dignidad,y no había razones de salud que la convencieran;
hubiera muerto antes de capitular. Los carceleros tembla-ban delante de ella,
porque se daban cuenta de que ninguna pena disciplinaria ejercía acción sobre
su energía.
La historia de la tercera prisionera es la
si-guiente:
En la primavera de 1878 había robado en el despacho
de la administración de Negocios de Kherson la suma de 1.500.000 rublos,
haciendo un agujero á través del muro de una casa conti-gua. La policía
descubrió el mismo día en el campo á una dama conduciendo una carreta de
aldeanos, sobre la cual iban dos sacos que des-pertaron sus sospechas. La mujer
fue reconocida por esposa de un propietario de la vecindad lla-mado Ellen
Rossikova, y los sacos contenían un millón de rublos. Al mismo tiempo que ella
fue arrestada otra mujer que tenía parte en el robo, y
á causa de sus
revelaciones se descubrió el resto del dinero, á excepción de una suma de
10.000 ru-blos. La instrucción demostró que todo el negocio había sido dirigido
y organizado por la señora Rossikova. Su idea, al robar la caja del Estado,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 241.
14 LEÓN
DEUTSCH
era emplear el dinero en provecho de los
revolu-cionarios.
Numerosas personas comprometidas fueron juzgadas, y
ella misma, en calidad de organiza-dora de este complot, sufrió la condena de
traba-jos forzados á perpetuidad.
Sostenía también una lucha encarnizada con-tra los
empleados de las prisiones y no se dejaba intimidar por nada.
La cuarta de estas mártires era María
Kuti-tonskaia. Se había educado en el Instituto de se-ñoritas de Odesa y muy
joven se alistó en las filas revolucionarias. En 1879 fue condenada á cuatro
años de trabajos forzados, como partícipe de las ideas de Lisogub y de
Tchubaroff y enviada á Kara. Una vez cumplida su pena se internó en la región
de Akscha, en el Transbaikal, pero no había tardado en ser vuelta á la prisión.
Los fun-cionarios de Kara habían maltratado á los prisio-neros enfermos, como
diré más adelante, y ella resolvió vengarse del gobernador, responsable de esta
iniquidad. Le disparó un tiro, pero lo había errado, y el consejo de guerra la
condenó á muer-te, conmutándole luego la pena por trabajos for-zados durante
toda su vida.
Era una joven admirablemente hermosa, de cabellos
rubios y facciones simpáticas. Bastaba verla para ser conquistado por ella.
Después de su atentado contra el tirano, fue
sometida á los tratos más crueles é inhumanos. Se la arrojó en un calabozo
húmedo y sombrío y se le dio por todo alimento pan y agua. Los pri-sioneros de
derecho común que estaban en la prisión la miraban como á una divinidad, y aun
á riesgo de exponerse á algún severo castigo le hacían pasar alimentos y le
prestaban mil servi-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 242.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 15
cios. Sin su socorro no hubiera tardado en
su-cumbir. Los prisioneros habían hecho sufrir á su nombre una ligera
variación, y en lugar de Kuti-tonskaia, la llamaban Kupidonskaia: habían así,
sin darse cuenta, traducido de una manera exacta la impresión de belleza que
producía esta admi-rable criatura. Pero la larga cautividad acabó con sus
fuerzas y murió en 1887 á consecuencia de una enfermedad al pecho.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 243.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 244.
CAPÍTULO XXI
Una lección al jefe de policía.—Encuentro con
compañeros deportados.—De Irkoutsk á Kara.—Cadenas robadas.— Todavía un
conflicto.—Llegada á Kara.
Lo que nos contaban estas mujeres nos indig-nó.
¡Qué bajeza de espíritu entre sus tiranos para recurrir á tan mezquinas
persecuciones! Durante el tiempo de su protesta por el hambre, se las había
encerrado en un calabozo cuyas ventanas no tenían ningún vidrio, con el frío
glacial de la Siberia.
Era milagro que hubieran podido resistir á tantos
sufrimientos. Todo eso no había hecho más que excitar nuestro odio contra el
jefe de policía, instigador de tales villanías, y ardíamos en deseos de
manifestarle nuestro desprecio.
La ocasión no se hizo esperar. Un alto funcio-nario
de Petersburgo hacía un viaje de inspección por la Siberia y vino un día á
visitar nuestras cel-das seguido de un largo séquito, entre el cual se contaba
el jefe de policía. Apenas entró, Lazareff se dirigió a él diciéndole:
—Estamos verdaderamente sorprendidos de su
desvergüenza. ¿Cómo osa usted presentarse de-lante de nosotros, después de
haber obligado á
TOMO H 2
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 245.
18 LEÓN
DBUTSCH
nuestras compañeras á recurrir a la protesta por el
hambre?
Todos se apresuraron á ganar la puerta, segui-dos
de nuestras imprecaciones contra el malhe-chor.
Este acontecimiento no tuvo consecuencias, y
nuestras amigas se regocijaron al saber la humi-llación que habíamos infligido
á su verdugo.
Tuvimos numerosos detalles sobre las condi-ciones
de existencia en Kara por otro camarada que nos habló de esta prisión por
experiencia per-sonal. Se llamaba Fernando Lustig, había sido oficial de
artillería y después estudiante en el Ins-tituto tecnológico de Petersburgo.
En el curso del proceso Suchanoff y Michailoff, en
1882, fue condenado á cuatro años de trabajos forzados. Después de haber
purgado su pena en Kara, era de nuevo deportado. Lo que nos contó era
espantosamente triste; el régimen era cruel, y el comandante de la prisión,
capitán de gendarme-ría Nikolin, gozaba de una reputación detestable.
Cuatro solos hicimos este viaje: María
Kowa-lewskaja, Tschuikoff, Lazareff y yo. Los otros siete fueron enviados á
diferentes localidades del go-bierno de Irkoutsk, y sólo el joven Rubinok, de
edad de diez y nueve años, fue conducido al Norte, al desierto de los Yakoutes.
Partimos á fines de Septiembre con un destaca-mento
de criminales de derecho común. Teníamos cerca de doscientas verstas que
recorrer hasta Kara, y el trayecto duraría dos meses. Como se sabe, el frío se
hace sentir en Siberia más que en todos los países de Europa y en la misma
Rusia, aunque tengan igual latitud, y habíamos de hacer todo el viaje en
invierno. El último barco de va-por de la estación debía salir dentro de dos
días
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 246.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 19
de Listvinijchnaya, sobre el lago Baikal, y era
pre-ciso llegar á toda prisa, sin lo cual pasaríamos todo el invierno en la
prisión de Irkoutsk.
El lago Baikal se mostró bastante clemente con
nosotros, aunque, generalmente, las tormen-tas de invierno constituyen un serio
peligro para la navegación. Se ha dicho que las orillas de este lago pueden
rivalizar con las de Suiza: yo no de seo hacer su comparación, pero debo
confesar que sus admirables montañas dejaron en mi espí-ritu una impresión
inolvidable.
Debíamos pasar la noche en Mysowaja, sobre la otra
orilla. Se habían ya cerrado nuestras cel-das cuando rechinó de nuevo la llave
y el carcele-ro introdujo á una joven que se precipitó en mis brazos.
—¡Sofía! —grité alegre y sorprendido al
recono-cerla.
Era Sofía Yvanova, una buena camarada que no había
visto durante seis años. Lo mismo que Sofía Perovskaja, Wera Figner y otras
terroristas célebres, Sofía Yvanova se había afiliado al nuevo partido de la
«.Narodnaja Volja» durante el otoño de 1879, después de la disolución de
«Tierra y Li-bertad». Fue la época en que hice conocimiento con ella y con
otras mujeres terroristas. Poco tiempo después, en Enero de 1880, había ella
lle-gado á Petersburgo. Trabajaba con varios com-pañeros en la tipografía clandestina
donde se imprimía el órgano intitulado Narodnaja Volja En el momento del
arresto habían opuesto una resistencia á mano armada, en la que Sofía tomó
parte activa. Por este hecho fue condenada á cua-tro años de servidumbre penal.
Ahora, al termi-nar su condena, se la enviaba desterrada á un go-bierno del
Oeste.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 247.
20 LEÓN
DBUTSCH
Sentimos gran alegría al encontrarnos, pero duró
poco; el barco iba á partir, y nuestra amiga no podía faltar. Nos contamos
apresuradamente lo que nos había sucedido y lo que sabíamos de nuestros amigos
y compañeros comunes. Después tuvimos que separarnos, y no nos hemos vuelto á
ver más. Sé sólo que Sofía continúa todavía en Siberia.
Poco después llegamos á Verkhni-Udinsk, la primera
ciudad de la otra orilla del Baikal. Como en casi toda la Siberia, las
prisiones estaban lle-nas, y no había sitio para nosotros, los políticos.
El sargento (en el camino de Baikal son sar-gentos,
y no oficiales, los que conducen á los pri-sioneros) nos llevó 6 la oficina de
policía. Como era demasiado tarde, todo estaba cerrado y no había ningún
empleado. El sargento se calentaba la cabeza para resolver el problema.
Nos dejó en la portería con todas las puertas y
ventanas abiertas, y se marchó. Quedamos ad-mirados de la manera que tenía de
resolver la di-ficultad.
Pero nuestro hombre sabía bien lo que se hacía.
¿Podíamos alejarnos sin ser notados? Y después, ¿dónde ir? Era fácil evadirse
de la pri-sión, mas casi imposible continuar el camino.
Elisaweth Kowalskaia se había escapado no una vez,
sino dos, de la prisión de Irkoutsk, pero no había podido salir de la ciudad.
Le fue impo-sible ocultarse en una ciudad relativamente gran-de, con el dinero
y las amistades que allí tenía: todo proyecto de fuga debía ser más
irrealizable en un lugar como Verkhni Udinsk, donde todos los habitantes se
conocían, y sobre todo para nos-otros, que no contábamos con recursos
pecunia-rios. Pero teníamos una extraña impresión al
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 248.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 21
sentirnos libres, sin ninguna vigilancia, y, sin
em-bargo, prisioneros. Estábamos casi furiosos con-tra aquel hombre que nos
exponía así á las seduc-ciones de la libertad.
Encontramos aquí un compañero que volvía de Kara,
después de haber cumplido su tiempo de deportación: era Steblin Kamenski, al
que su mujer acompañaba voluntariamente. Habían lle-gado tarde para tomar el
vapor y tenían que espe-rar que el lago fuese practicable de nuevo, es decir,
tres ó cuatro meses.
Durante los dos días que pasamos en esta ciu-dad,
Kamenski y yo tuvimos muchas cosas que contarnos, y me refirió su existencia en
Kara. Era un excelente narrador, y trazaba, hasta con los menores detalles, la
vida de nuestros camaradas, cuya existencia era terriblemente dura bajo la
tiranía de un director de prisiones desprovisto de toda humanidad.
Kamenski nos pintó también al capitán Niko-lin,
presentándolo como un individuo malo, ruin, bajo, que no perdonaba medio de
infligir á sus prisioneros todas las humillaciones.
Habíamos conocido allí camaradas que venían de
Kara, y la impresión que producían sobre nos-otros era penosa.
Los largos años de prisión habían marcado sobre
ellos sus huellas; su voz era opaca, y una expresión de agonía se extendía
sobre su sem-blante; la mayoría de entre ellos estaban calvos,
á pesar de ser
jóvenes que apenas llegaban á los treinta años, pero salvo raras excepciones,
no es-taban ni desalentados ni deprimidos moraímente. Muy pocos de entre ellos
podían tener confianza en el porvenir. Tenían ante sí la perspectiva de largos
años de destierro, vegetando en algún rin-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 249.
22 LEÓN DEXTTSCH
con perdido de la Siberia, expuestos á todas las
privaciones. Muchos tenían derecho á preguntar-
se si la suerte que les estaba reservada no era
más lamentable que la prisión.
Pero en fin, tenían al menos apariencia de
li-bertad. Libertad bien problemática, porque en ca-lidad de deportados estaban
sometidos á mil ve-jaciones imprevistas, pero esta apariencia de libertad les
seducía.
He conocido á uno solo que consideraba el porvenir
con confianza, aunque estaba destinado al país de los Yakoutes, región la más
espantosa de la Siberia. Era Ivan Kacshintsev, de veinti-cinco años de edad,
desbordante de juventud y vida. Me dijo un día que él buscarla el modo de
fugarse por todos los medios posibles, y en efecto, lo he encontrado después en
el extranjero.
Antes que los prisioneros llegasen al lugar de su
destino, mil nuevos obstáculos se levantaban cada día delante de ellos;
nosotros, los que íba-mos á Kara, marchábamos á paso de caracol, pero mucho más
de prisa que los que restaban en esta localidad. En cada estación de etapa
tenían que esperar el paso de un convoy para ir más lejos, y con frecuencia
esto duraba semanas. Apenas ha-cían cinco verstas diarias, y como el trayecto
que habían de recorrer contaba varios centenares y hasta miles de ve?*stas, su
viaje debía durar mu-chos meses.
Estos encuentros con los compañeros de Kara
despertaban en mí la idea del porvenir. ¿Cuál sería mi estado de espíritu
cuando depués de largos años pasase por este mismo camino? ¡Acaso no lo
recorrería más!
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 250.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBERIA 2,3
Un día me encontré víctima de un robo; me
quitaron un saco con los objetos personales del
equipaje dados por la administración, y entre ellos mis cadenas; era preciso
darle parte al.oíicial, y no podía decirle que me habían quitado las cade-nas
de los pies.
Quedé sorprendido de ver que el oficial tomaba la
cosa alegremente y se reía.
—¿Qué voy á hacer sin mis cadenas?—le pre-gunté.—Guando
llegue á Kara será preciso que las presente.
— Buscaremos otras — replicó.— Espere usted un
momento; yo creo que se podrán encontraren alguna parte.
Dio orden al sargento de buscarme unas, y al cabo
de un rato apareció con un par de cadenas nuevas.
—Ahora tenga usted cuidado de que no se las
roben—dijo el oficial cuando me vio colocarlas en mi equipaje.
Se ve por este ejemplo que nuestras relaciones con
los vigilantes eran cada día menos duras y casi familiares.
Se había desencadenado el invierno, un in-vierno
siberiano con todos sus rigores. Franqueá-bamos la cadena de los montes
Yablonovoi y nos aproximábamos á Tschita, la capital del Transbai-kal. En la
última estación antes de esta ciudad notamos una agitación desacostumbrada
entre los prisioneros de derecho común; los sargentos y los soldados vigilaban
toda la noche. Nos preguntá-bamos en vano qué podría suceder. Hasta el día
siguiente no se nos reveló el enigma.
Aunque la distancia de esta estación á Tschita
fuese considerable, cerca de cuarenta y cinco vers-tas, no se emprendió el
camino hasta muy tarde.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 251.
24 LEÓN
DBUTSCH
Quince ó veinte verstas antes de la ciudad, á
cierta distancia del camino, había una granja ais-lada, donde vivía un hombre
conocido como deca-briste. Los decabristes eran los revolucionarios que habían
asistido á la revuelta de 1825, en el ins-tante del advenimiento de Nicolás I
al trono.
Nuestro convoy se detuvo en la granja. Una
habitación especial nos fue señalada á los políti-cos, y bien pronto el dueño
vino á hacernos una visita. Era un viejo de aspecto respetable y digno; se
presentó á nosotros como el decabriste Karo-vaiev. Según contaba, había servido
en la guardia, tomó parte en la revuelta de 1825 y lo desterraron
á Siberia.
Tenía ochenta años, aunque no repre-sentaba más que sesenta y cinco. Se mostró
muy contento de poder servirnos y no aceptó el dinero que le quisimos dar.
Durante este tiempo, en las
piezas vecinas y los corredores había gran fiesta y
algazara. Prisioneros y soldados comían y be-bían con excelente buen humor.
Se había hecho ya de noche cuando nuestro
destacamento llegó delante de la puerta de la pri-sión de Karovaiev. Tuvimos
que discutir con el director, que nos dio una celda tan mala que era imposible
pasar la noche en ella. Después de nuestras protestas logramos un albergue
mejor.
Guando al otro día nos pusimos en marcha, se
descubrió que la mayoría de los prisioneros de derecho común no llevaban el
equipo que les había dado la administración. Tuvimos la expli-cación de lo que
había pasado la noche prece-dente en casa del decabriste.El honrado y
hospi-talario Karovaiev se había entendido con los soldados y los prisioneros
del convoy para darles aguardiente á cambio de vestidos y botas, com-prándolos
así por casi nada.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 252.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 25
Para que no se apercibieran de la falta de los
objetos á la llegada á Tschita, se arreglaron de modo que llegamos de noche, y
así la inspección se hizo a la ligera y no constaba la desaparición de los
efectos.
El honrado Karovaiev no se había establecido sin un
motivo serio en esta región aislada. La aventura tuvo consecuencias bastante
penosas para los prisioneros. Se les dieron palos en pro-porción de los objetos
que les faltaban, y después fueron equipados de nuevo.
En Tschita nos separamos de nuestro querido
Lazareff, que debía ser internado, y los tres prisio-neros restantes resolvimos
hacer en esta ciudad larga estancia.
Desde nuestra salida de Irkoutsk habíamos pasado
seis semanas en camino y estábamos cansadísimos. No teníamos prisa en llegar al
lu-gar del destino, donde largos años de prisión nos aguardaban. Sabíamos que
un gran número de camaradas estaban internados en Tschita y que-ríamos
conocerlos, en tanto que rompíamos defi-nitivamente toda relación con el mundo
exterior y las puertas de la cárcel se cerraban sobre nos-otros.
Nos fingimos enfermos y el médico consintió en
suspender nuestro viaje hasta el próximo con-voy, que debía llegar dos semanas
más tarde. Nuestros compañeros nos hacían frecuentes visi-tas, es decir, venían
á la puerta de la prisión mien-tras nosotros estábamos en el patio.
La nueva más interesante que supimos fue la del
viaje hecho á Siberia por el escritor americano Jorge Kernnan, que volvía de
Kara, y nuestros amigos nos hablaban muy bien de este" excelente hombre.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 253.
26 . LEÓN DBUTSOH
Continuamos el camino en los últimos días de
Noviembre en compañía de un destacamento de
familias, esto es, los prisioneros que formaban el convoy no eran sólo hombres,
sino mujeres y niños que les acompañaban al destierro.
Era un invierno en que la nieve era bastante rara y
no se necesitaba trineo; pero las carretas de dos ruedas constituían un
martirio insoportable.
El frío era de día en día más cruel; estábamos
materialmente helados, aunque llevábamos enci-ma toda la ropa de que podíamos
disponer y apenas lográbamos movernos. El solo medio de entrar en calor era
bajar de los coches y hacer un largo trayecto á pie. Los desdichados niños que
acompañaban á sus padres debían sufrir todos los horrores de este clima
siberiano.
Todos los días .esperábamos con impaciencia la
próxima etapa para calentarnos un poco, pero todas las estaciones estaban en
estado lamentable con frecuencia. No se habían calentado en largo tiempo, y los
prisioneros, tiritando hasta los hue-sos, medio muertos de frío, debían coger
leña para encender el fogón, y medio dormidos, por lo general, hacían un humo
insoportable.
Algunas veces nos encerraban á los políticos en una
choza de aldeanos, lo que era una verda-dera alegría, porque estas chozas, por
miserables que fuesen, nos parecían muy confortables com-paradas con las
estaciones de las etapas.
Como he hecho notar, nuestras relaciones con los
soldados de guardia se habían modificado notablemente y no teníamos cuestiones
de disci-plina. Pero, por extraño contraste, los soldados se permitían toda
clase de malos tratos con los prisioneros de derecho común, y algunas veces su
brutalidad no conocía límites.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 254.
DIEZ Y SEIS ANOS EN SIBERIA 2 i
Un día en que íbamos hacia la ciudad de
Nerts-chinsk, vi que un soldado joven maltrataba de una manera bárbara á un
pobre diablo de prisio-nero y le descargaba culatazos porque quería montar en
el furgón de equipajes. Intervine y supe que el origen de la cuestión era que
el soldado quería también montar en el vehículo y el prisio-nero trataba de
impedirlo. Me dirigí al sargento y le declaré que daria queja por su falta de
severi-dad con los subordinados.
Al día siguiente, cuando cruzábamos la ciudad,
entré en una tienda para hacer varias compras, pero el soldado de la víspera,
que iba detrás de mí, me gritó:
—¿Dónde va usted? ¿Qué va usted á hacer?
Le dije que gritase, é hice mis compras. El
sar-gento estaba ausente; había entrado á beber con varios amigos y no lo vimos
hasta la entrada de Ja prisión.
Quedé no poco sorprendido cuando el direc-tor me
participó que el sargento había presentado queja contra mí por insultos á un
soldado de guardia y por haber abandonado la colonia. El ruin quería, sin duda,
adelantarse á la queja que le anuncié el día antes. Indignado de su conducta,
redacté una acusación por escrito, y mi actitud decidida dio por resultado
obligar al sargento á presentarme sus excusas ante varios testigos y uno y otro
retiramos nuestras quejas.
En Nertschinsk, Tschuikoff, fuimos encerrados en
una prisión de hombres, y se señaló una celda aparte ó María Kalyushnaya. No
olvidaré jamás la viva impresión que experimenté en esta cárcel. Una fila de
celdas daba sobre un corredor débil-mente iluminado; era tarde y los presos
estaban ya acostados los unos contra otros, no sólo en los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 255.
28 LEÓN
DBUTSOH
lechos, sino hasta en el suelo, y era imposible
en-contrar puesto; llevaban camisa y pantalón, algu-nos sólo la camisa. Para
llegar á la celda de los privilegiados tuvimos que pasar por encima de ellos.
Un olor insoportable infestaba la atmósfera, no
sólo de la transpiración de tantas criaturas humanas, sino de los excrementos
que llenaban las cubetas y se desparramaban por el suelo á su alrededor,
llegando hasta los pies de los presos tendidos por tierra en apretado haz.
Sobre algunos lechos y rincones, jugadores de
cartas se entregaban á su pasión favorita, indife-rentes á todo lo que pasaba
alrededor de ellos. Aunque la mayoría de los prisioneros parecían dormir, un
ruido sordo se escuchaba en todas las estancias. El infierno de Dante no puede
ofrecer cuadro más espantoso y repugnante.
La celda de los privilegiados estaba llena
tam-bién; encontramos dos compañeros llegados de Kara, Tschekoize y Zuckermann;
estaban senta-dos en el suelo y á duras penas pudimos encon-trar sitio cerca de
ellos. Conocía á Zuckermann: era tipógrafo, y hacia 1878 vino á pie de Berlín á
Suiza, donde habíamos sostenido relaciones. Dejó luego a Suiza y fue á imprimir
la Narodnaja Vol-ja. Cuando la invasión en la imprenta, hizo en compañía de
Sofía Yvanoff y de algunos otros re-sistencia á mano armada, y su actitud en el
curso del proceso fue heroica. Para librar á sus compa-ñeros, revindicó para él
sólo todas las responsa-bilidades, afirmando que había disparado el pri-mer
tiro contra la gendarmería. Condenado á ocho años de trabajos forzados, lo
enviaron a Kara y fue el niño mimado de la prisión. Siempre alegre y de buen
humor, esparcía el contento en torno
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 256.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 29
suyo; con un desinterés absoluto, estaba siempre
pronto á sacrificarse por los demás; hasta en esta espantosa prisión hablaba y
reía de continuo. Nos hacía alegremente un cuadro encantador de la vida que se
daría en el país de los Yakoutes, don-de estaba destinado. Por desgracia, la
realidad fue otra, y nuestro pobre amigo vio abandonarlo su excelente humor, y
no puaiendo soportar la sole-dad y las privaciones, acabó por suicidarse.
A Tchekoidze no lo conocía, pero teníamos
nu-merosos amigos comunes. De origen caucásico, había sufrido con éxito el
examen de oficial de artillería en Petersburgo. Tomó parte en la pro-paganda
revolucionaria, y en 1875, complicado en el proceso de ¿os cincuenta, lo
condenaron á de-portación. Logró escapar de la Siberia, y captura-do de nuevo
había cumplido tres años de trabajos
ó iba ahora á
cumplir su otra condena al país de los Yakoutes. Me hizo el efecto de un hombre
enérgico, de una voluntad superior y reflexiva, capaz de resistir á todos los
asuntos y á todas las situaciones, cualesquiera que fuesen las vicisitu-des de
la suerte.
Su vida respondía bien á lo que pensó de su
carácter, pero las privaciones minaron su salud; cuando fue enviado á la
Siberia Occidental cayó seriamente enfermo y murió en Kurgan en 1879, en el
momento de entrar en Europa.
La mañana del 24 de Diciembre de 1885 llega-mos por
fin á Ust-Kara, una pequeña aldea don-de se encuentra la prisión para
criminales de derecho común y otra para el sexo femenino. Allí nos tuvimos que
separar de nuestra compa-ñera, a la que vi esa mañana por última vez de mi
vida.
Tschuikov y yo fuimos aún •quince verstas jun-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 257.
30 LEÓN
DBUTSCH
tos, hasta Nijnaya Kara, donde se encuentra la
cárcel para los prisioneros de Estado. Esperamos hasta la mañana al director,
que debía enviarnos
á nuestro
destino, y después, montados en una carreta y acompañados de dos centinelas,
nos pu-simos en marcha, otra vez con las cadenas, como exigía el reglamento.
Hacía un frío atroz, y á pesar del peso de los
vestidos y de los hierros, preferíamos ir á pie á paso precipitado. Sabíamos
que este era el último paseo y que durante muchos años no tendríamos otro que
el del patio de la cárcel. Veíamos con dolor el porvenir que nos esperaba.
—He ahí la prisión—nos dijo uno de los sol-dados.
Y nos mostró un edificio rodeado de postes
levantados unos al lado de los otros.
Distinguimos un grupo compuesto de dos mu-jeres, un
cosaco y un hombre vestido con traje civil, que avanzaban hacia nosotros.
—¡Víctor!—grité yo cuando se aproximaron, y
reconocí al último.
Era Víctor Kostyurin, mi antiguo amigo, al que no
había visto en nueve años. Partía ahora para el destierro. Nos estrechábamos
cordial-mente las manos y nos presentó á las dos mujeres que le acompañaban:
Natalia Armfeld y Raissa Prybylyeva, que vivían en residencia en Kara. Mr.
Kennan ha descrito en su libro las aventuras de Natalia; séame permitido añadir
sólo que en 1879 se encontraba con María Kowalewskaja en la casa donde los
revolucionarios se opusieron
á su arresto
con las armas en la mano, y que á causa de la sentencia cumplió catorce años y
diez meses de servidumbre penal.
En cuanto á Raissa, pertenecía á la asocia-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 258.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBERIA 31
ción de la «Narodnaja Volja», y en 1883
fue con-
denada á cuatro años. decirnos, no
Aunque teníamos mil cosas que
se podía contar
con la aquiescencia de los guar-
dias, que batían
los dientes al aire libre, y tuvi-
mos que separarnos al cabo de poco tiempo.
—Un francés—pensaba yo—hallaría la manera
de declamar. ¡Dos amigos se encuentran en la
puerta de una prisión, el uno recobra la libertad,
el otro estará largos años detrás de los espesos
muros! ¡Qué escena tan dramática!
Otro apretón de manos y todo había termi-nado.
—¿Nos volveremos á ver másV—preguntó yo. —¡Oh!
¡Seguramente en Petersburgo, el día del triunfo de la Revolución social!—gritó
una de las
señoras.
Esta esperanza era desgraciadamente infun-dada.
Natalia murió en Kara en 1887; Raissa se casó con el desterrado Tiutchev y ya
ha muerto también. Sólo Kostyurin vive todavía en Tobolsk, pero nuestros
caminos no se han cruzado más en la vida.
Se nos condujo al cuerpo de guardia vecino á la
prisión. Un centinela avisó en seguida nuestro llegada y vimos aparecer,
rodeado de varios gen-darmes, al gobernador de la prisión, Bolschakoff, oficial
de cosacos, que nuestros compañeros nos habían pintado como un hombre bueno y
huma-nitario.
Se nos pasó rápidamente revista, así como á
nuestros efectos, dejándonos sólo la ropa que lle-vábamos puesta y
transportando al depósito el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 259.
32 LEÓN
DBtTTSCH
resto de nuestros equipajes, hasta que el
coman-dante Nikolin decidiera si debíamos conservarlos ó no.
—No hay necesidad de que tengan las cadenas
puestas—nos declaró el mariscal Colubroff;—esta formalidad es aquí inútil.
La noche llegó antes de que estuviéramos lis-tos, y
nos confiaron al cuidado de los gendarmes.
Veintidós meses habían transcurrido desde mi
arresto en Friburgo; había conocido doscientas prisiones y recorrido unas doce
mil verstas.
—¡A la guardia!—grita nuestra escolta.
Una cerradura rechina, una puerta se abre y nos
franquea la entrada de la prisión.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 260.
CAPITULO XXII
Los primeros días de prisión en Kara.—Viejos y
nuevos
conocimientos
Nos introdujeron en un largo corredor apenas
iluminado. En la puerta de entrada, cerca de una gran caja, había un hombre en
traje de prisionero.
•—Buenas tardes, Martinowki.
Aunque no lo había visto jamás, sabía, por los
compañeros encontrados en el camino, que velaba desde por la mañana hasta la
noche cerca de esta caja de las provisiones de los prisioneros polí-ticos.
Parecía sorprendido de oirse así llamar por su
nombre, pero cuando nosotros le hubimos dicho los nuestros, la sonrisa
esclareció su rostro y nos estrechó cordialmente la mano. El gendarme puso
término á la efusión, gritando:
— Deutsch, celda número dos; Tschnikov, nú-mero
cuatro.
Una puerta se abrió y entré en una vasta pieza en
medio de la cual había una mesa rodeada de bancos, varios lechos de campaña
para dos per-sonas; una chimenea esparcía su calor y tres lar-gas ventanas
dejaban penetrar la luz. Los nuevos camaradas me saludaron; eran catorce, dos
de entre ellos antiguos conocidos.
TOMO II SJ
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 261.
34 LEÓN
DEUTSCH
La primera cuestión se redujo á encontrar un
sitio para mí. Se decidió que partiría el lecho de
campaña con Sundelewitch. Supe después que me había
hecho un gran sacrificio separándose de su mejor amigo.
En una estancia donde muchos hombres es-tán siempre
juntos, el solo medio para cambiar dos amigos pensamientos íntimos es dormir
uno al lado del otro, sobre el mismo lecho; no supe hasta más tarde apreciar
las ventajas de tal ve-cindad.
Cuando llegamos, la comida de la tarde había
terminado y me tuve que contentar con una taza de té, un terrón de azúcar y un
pedazo de pan negro.
Me acosaron é preguntas sobre los motivos que me
habían reducido á prisión, sobre mi vida y sobre todo lo que pasaba en Rusia.
Todo eran bromas, risas, conversaciones sin fin. Tenía la impresión de
encontrarme en famliia después de una larga ausencia. El tiempo transcurrió
rápido y era ya muy tarde cuando me acosté.
Mi viaje desde Moscou había durado seis me-ses;
estaba extenuado; así fue para mí un verda-dero solaz caer en un sitio de donde
no saldría en tantos años.
Me regocijaba de antemano con la idea de en-contrar
en Kara á mi viejo amigo Jacobo Stefano-witch. No nos habíamos visto en cuatro
años. Nos despedimos en Suiza, cuando él volvía á Rusia. Desde el comienzo de
Febrero de 1882 estaba preso, complicado en el proceso de los diezy siete.
Había llegado á Kara dos años antes que yo. Es-peraba con impaciencia la mañana
para llamar al gendarme por la rejilla y que me llevara á salu-darle á su
celda, número 1, pues durante el día
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 262.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 35
les está permitido á los prisioneros políticos ha-
cerse visitas de unas celdas á otras. Había sido
preciso luchar mucho para obtener esta gracia,
cuando las celdas de los prisioneros de derecho
común están siempre abiertas de día.
Había también diez y seis detenidos en la
ha-bitación de Stefanowitch. Saludé é los camaradas, conversé con mi amigo é
hice la tournée por las -otras celdas.
La aparición de nuevos detenidos es, natural-mente,
un gran acontecimiento en la prisión. Se esperan de antemano, porque á pesar de
todas las precauciones, los ecos de fuera atraviesan los muros.
Se me esperaba con gran impaciencia; los recién
venidos rompen por algunos días la vida monótona de la cárcel; se saben por
ellos noveda-des, y sobre todo detalles del movimiento revolu-cionario ruso.
Les contaba cuanto yo sabía y aprovechaba la
ocasión de conocer sus ideas con vivo interés. Recuerdo una discusión que
sostuve un día con un antiguo conocido, Volochenko. Este era un es-píritu
penetrante, aficionado á la discusión, y que pasaba por un original.
En 1879 había sido condenado por el tribunal de
Kiew á diez años de servidumbre penal; a causa de una tentativa de evasión,
once años se aumen-taron á los anteriores.
Cuando le hablé de la nueva corriente que se
manifestaba en el movimiento revolucionario ruso y le cité el grupo socialista
que se había formado recientemente con el nombre de «Liga de eman-cipación de
trabajo», y cuando le dije que yo mismo pertenecía á la «Democracia Social», y
por consiguiente deseaba propagar en la Rusia las
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 263.
36 LEÓN
DBUTSOH
ideas de Karl Marx, Volochenko pareció admirado en
grado altísimo.
—¡La Democracia social en Rusia!... ¿Qué clase de
gentes son esas?
—Delante las tiene usted.
Los rostros de Volochenko y sus camaradas
expresaban tan grande sorpresa como si vieran á un discípulo de Mahoma.
En efecto, las ideas de Karl Marx eran
poco-conocidas en Rusia. Acababa de publicarse la tra-ducción de El Capital:
las gentes instruidas cono-cían el inmenso servicio que prestaba a la ciencia
económica, pero en Kara no había llegado aún y no sabían nada de las bases en
que apoyaba sus ideas de socialismo. Se iba más lejos y se llegaba hasta á
rechazarlas en parte, por la influencia de Eugenio Duhring, en parte por la del
publicista N. Michailowski, y en.parte porque se temía, como una tradición de
sentido común, que la teoría de Karl Marx era absolutamente inaplica-ble en
Rusia. Esta fue la opinión de Volochenko, que no conocía sus escritos.
Yo podía darles algo más que mi opinión sobre este
asunto. A pesar de los mil registros, habí-a podido hacer pasar de contrabando
hasta la pri-sión algunos escritos prohibidos, entre ellos el primero que
nuestro grupo había publicado con el título de El Socialismo y la lucha
política, de Plechanov. Como los compañeros no habían teni-do en mucho tiempo
ocasión de leer libros prohi-bidos en Rusia, la cosa hizo sensación y se
arro-jaron con avidez hacia este pasto tan nuevo para ellos.
Tenía curiosidad de saber cómo acogería este
problema Sundelewitch, porque en los primeros tiempos se había contado por un
demócrata, ó al
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 264.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 37
menos proclamaba bien alto que las prácticas de
la Sosial Demokratic estaban en todo
conformes
con las aspiraciones de la Alemania.
Nos habíamos conocido en 1878. Era él el en-
cargado de introducir en Rusia los libros
prohi-
bidos para el grupo
«Tierra y Libertad», y nos
ayudó á pasar la frontera 6 Stefanowitch y á mí
cuando nos evadimos de Kiew.
Teníamos en esta época acaloradas discusio-nes á
propósito de los medios que debían em-plearse para sostener la lucha en Rusia.
Yo era entonces un adversario resuelto de la «Democra-cia Sociah; en mi
cualidad de terrorista, conside-raba como inútiles ó perjudiciales sus
procedi-mientos pacíficos y sostenía que no eran aplicables
á la Rusia.
Sundelewitch, al contrario, pretendía
.que era inútil ir alpueblo y que la agitación de
las clases obreras no daría ningún resultado. Yo le hablaba de que para
conquistar en Rusia la liber tad política todos los medios eran buenos, pero no
se convencía.
Después se afilió al partido terrorista en 1879 y
trabajaba activamente en preparar atentados, diciendo que era e! solo medio de
conseguir la reforma política. Su partido le debía mucho, por-que era
incomparable en su entusiasmo y conocía todos los medios de ejecución práctica.
Fue arres tado en Petersburgo en la Biblioteca pública en el curso del otoño de
1879 y complicado en el proceso de los diez y seis, á causa del cual dos
compañeros fueron condenados á muerte y á él le impusieron la pena de trabajos
forzados á per-petuidad.
No esperaba encontrar en Sundelewith un partidario
de mis ideas socialistas, y esto me cau-saba gran turbación. Cuando hablábamos
durante
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 265.
88 LEÓN
DEUTSCH
las largas noches sobre el lecho de campaña, nos
ocupábamos de nuestros amigos comunes que estaban en libertad luchando por el
triunfo de nuestras ideas, de los vencidos en la lucha, que gemían en los
calabozos ó encontraron la muerte como héroes; pero temía llegar á las
discusiones teóricas, porque sentía que en ese terreno no po-dríamos
entendernos. Por desgracia lo había adi-vinado. No participaba de mis ideas;
como algu-nos otros, era adversario de la doctrina marxista. Llegaba hasta
decir que las lecciones teóricas de El Capital eran absolutamente inaplicables
en la realidad. No tenía ocasión de hablar de esto con mi amigo Stefanovvitch,
porque no estaba en la misma celda, y además mis ideas eran para él también
absolutamente extrañas é incomprensi-bles.
Cuatro años antes, en la época de nuestra
se-paración, estábamos de acuerdo. El había queda-do exactamente como en
aquella época, mitad agitador, mitad terrorista. Yo había abrazado las ideas
nuevas y fundado con otros camaradas la «Liga de Emancipación del Trabajo».
Stefanowitch escuchaba hablar de esto por la
primera vez y no sabía lo que significaba, pero como era de espíritu pensador y
reflexivo, com-prendía muy bien la importancia de esta tenden-cia nueva. Era
claro para él que había allí todo un programa que aplicar á la Rusia. En cuanto
al resultado práctico de este programa, estaba lleno de luchas, pero no le
mostraba la hostilidad que ]e atestiguaron luego muchos revolucionarios.
* * *
La vida en común
nos indujo á servirnos de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 266.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA * 39
un argot especial. Cada habitación tenía su
nom-bre: la primera se llamaba el Synedryon, la segun-
da Cámara de los Nobles, la tercera Cámara de los
Yacoutes y la cuarta la Ciudad. Estos nombres eran
ya tan antiguos, que se había olvidado la ra-zón de por qué se daban.
La Cámara de los Nobles, á la que yo pertene-cía,
encerraba algunas personas muy simpáticas, jóvenes, inteligentes, bien
educadas, llenas de vida y fuerza. Cada uno de ellos presentaba en su gé-nero
un tipo diferente; algunos eran hombres no-tables.
Entre los últimos citaré el primero á Nicolás
Yatzewitch, hijo de un sacerdote griego del go-bierno de Poltawa. Tenia diez y
siete años y era estudiante de la escuela de veterinaria de Karkow. Fue
arrestado por haber ayudado en la evaáión á Alexis Medwedjeff y lo condenaron á
quince años. Se había escapado de la prisión de Irkoutsk, pero después lo
condenaron á un suplemento de cator-ce años. Tenía apenas diez y nueve años
cuando ingresó en Kara.
Había conquistado todos los corazones con su noble
carácter. Modesto hasta la timidez, silencio-so y replegado en sí mismo,
ejercía sobre los otros compañeros una influencia mágica. Su deseo de saber era
ilimitado; con un celo heroico estudiaba constantemente en la prisión y tenía
profundos conocimientos en ciencias naturales, filosofía y literatura; poseía
algunas lenguas extranjeras, y como no descuidaba los ejercicios físicos,
lograba 6 la vez fuerza plena, agilidad y destreza.
.En la cárcel era amigo de todos los camaradas sin
excepción, lleno de bondad para todos y siem-pre pronto á venir en su ayuda. No
era raro que se conquistase la confianza y que reconocieran su
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 267.
48 LEÓN
DEUTSCH
superioridad á pesar de su juventud. Cuando yo le
he conocido no tenía aún veinticinco años.
Por tendencia era metafísico, de un eclecticis-mo
muy independiente. Participaba de las ideas de Duhring y de los neo-kantens. En
materia eco-nómica era partidario de Carey, Bastiat y otros teóricos burgueses,
y naturalmente era un adver-sario de la doctrina de Karl Marx.
Dé un temperamento muy diferente eran los dos
amigos íntimos Martinowski y Starinkewitch, que se llamaban comunmente los dos
pequeños iwans, aunque uno de ellos sólo llevaba este nom-bre. Starinkewitch
era también el niño querido de sus camaradas, pero de un carácter muy distinto
del de Yatzewitch. Era de los que ríen de cual-quier cosa, siempre de buen
humor y de espíritu centelleante. Sus palabras y sus acciones nos arrancaban
grandes carcajadas; su voz clara do-minaba á todas las otras. Era instruido, pero
me-nos aplicado que su amigo. Poseía una de esas inteligencias felices que lo
cogen todo al vuelo, que se lo asimilan y saben hacerlo brillar con mil asuntos
diferentes, "pero en los que nada llega ja-más al fondo. Sus maneras eran
casi las de una niña: dulce, confiado y cariñoso por naturaleza, mas
apasionado, en ocasiones, hasta la violencia.
Había nacido en Moscou, y apenas salió de la
Universidad, en 1881, cuando le condenaron á veinte años de prisión por el solo
crimen de ha-berse negado á denunciar la persona de quien había recibido una
proclama encontrada en sus manos. Por sus tendencias políticas era un
parti-dario entusiasta de la «Narodnaja Volja».
Se decía ordinariamente que los dos amigos no
debían comprenderse mucho con caracteres tan opuestos: mientras que
Starinkewitch era ale-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 268.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 41
gre y abierto, Martinowski, por el contrario, era
serio y tranquilo, casi moroso. Se le veía rara vez sonreír, y yo no recuerdo
haberle visto reir nunca. Creo que jamás ha cedido ni hecho la menor
con-cesión, pero sabía imponer su voluntad á los -Otros. Me hacía el efecto de
un hombre de una gran fuerza de carácter, dueño de sí y un poco au-toritario.
Era sin duda un hombre bien dotado, con afición á los estudios y sentido
esencialmente práctico. Profundizaba los problemas y fue uno de los primeros
que en la prisión se dedicaron al estudio del marxismo. Era también de Moscou,
había sido arrestado á los veinte años y conde-nado en el mismo proceso que
Sundelewitch, Kwyatkowski y algunos otros, á quince años de trabajos; una
tentativa de evasión elevó la pena á veintiún años.
A mi llegada á Kara él era el administrador de los
prisioneros, lo que prueba la confianza que sus compañeros le otorgaban. Era,
desde todos puntos de vista, un defensor enérgico de nuestros intereses. Si
este hombre hubiera vivido en otras circunstancias políticas y en un campo de
acción digno de él, hubiera podido jugar un papel consi-derable en la vida
pública.
Otra persona notable se encontraba en la pri-sión,
el estudiante Mirski, por un atentado contra el general Drenteln. El 25 de
Diciembre de 1879 se paseaba dicho general en carretela por las ca-lles de
Petersburgo; poco tiempo antes había sido nombrado jefe de gendarmería y
director de la famosa 5.a sección, como sucesor del general Me-zentzeff. Los
revolucionarios lo habían condenado
á muerte. De
pronto un jinete se acerca al estribo, hace signo al cochero de detenerse y
dispara va-rios tiros de revólver al través de los vidrios. Los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 269.
42 LEÓN
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disparos no hicieron blanco; el general grita al
cochero que siga al jinete, y empieza entonces una carrera endiablada. El
público no compren-día de qué se trataba y miraba lleno de sorpresa la extraña
persecución del coche del general á un elegante caballero. El cochero acosaba
de cerca al estudiante y más de una vez estuvo á punto de cogerlo. El fugitivo
ganó una calle lateral y des-apareció un momento para ver al poco tiempo los
caballos del general sobre sus talones. Se decide
á emprender un
galope serio, pero el caballo bota y le obliga á detenerse. No pierde por eso
su pre-sencia de espíritu; tranquilamente se dirige á un agente de policía y le
dice:
—Amigo mío, tenga usted la bondad de guar-darme
este caballo hasta que envíe á mi cochero.
—Estoy á sus órdenes—respondió el honrado agente de
orden público.
Y sujetó el caballo de la brida. El estudiante
desapareció por la primer bocacalle y tomó un coche de plaza; parecía estar ya
libre.
El general temblaba de coraje cuando vio el caballo
en tan buenas manos. Toda la policía de la capital íué puesta en movimiento; se
acabó por descubrir que el caballo pertenecía a un alquila-dor y el jinete era
el estudiante Mirski, un indivi-duo desde largo tiempo ya vigilado por los
gen-darmes. Se estaba sobre su pista, pero Mirski no estaba en Petersburgo, se
había escapado hacia la Rusia del Sur. Habitaba en Taganrog, en casa de un
oficial amigo y correligionario político, cuando el subteniente de artillería
Tarchoff, otro oficial, tuvo sospechas á propósito del huésped de su camarada y
lo denunció á la policía. La casa fue cercada y Mirski no pudo librarse de sus
per-seguidores. Disparó algunos tiros de revólver so-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 270.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 43
bre la policio, tratando de romper el círculo, pero
fue capturado. En Noviembre de 1880 compareció delante de un consejo de guerra,
en compañía de Tarchoff, del poeta A. Olchin y algunas otras per-sonas.
En esta época todos los complicados en com-plots
nihilistas eran condenados á muerte. Todo el mundo estaba convencido de que
Mirski, que había dirigido un atentado contra el jefe de gen-darmería, sería
ahorcado. Recuerdo que algún tiempo antes del proceso alguien que lo había
visto en la prisión nos contaba que Mirski había formulado el deseo de que le
enviaran un vestido negro y con bata blanca, porque quería compare-cer así
delante de los jueces.
Todos los camaradas quedamos sorprendidos de esta
extraña petición: hasta entonces ningún revolucionario ruso se había preocupado
del traje que llevaría ante el tribunal. Pero se cumplió el deseo de Mirski.
—Le daremos el gusto—decíamos—de brillar por última
vez en público y de deslumhrar á la galería.
Los periódicos contaron, en efecto, que el
prin-cipal acusado, Mirski, era todo un elegante caba-llero. Su defensa fue
reproducida y admirada en numerosos periódicos extranjeros. Fue condena-do á
muerte, y se debía á una serie de circunstan-cias milagrosas que no se
ejecutase su pena y le fuera conmutada por la de trabajos forzados á
perpetuidad.
Si en aquella época el atentado contra Alejan-dro
II en la estación de Alexandrowskaja no se retrasa por azar, ó si el proceso se
demora cua-renta horas más, hasta el 19 de Noviembre, día en que el tren del
zar saltó por el aire, no hubie-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 271.
44 LEÓN
DBÜTSCH
ran indultado á Mirski. Escapado de la muerte, lo
encerraron en la fortaleza de .Pedro y Pablo, donde se encontraban peligrosos
criminales de Estado, y cuatro años más tarde fue deportado á Kara, en donde lo
encontró en la Cámara de los Nobles.
En lugar del hombre elegante y distinguido que me
habían pintado en Mirski, encontré un hombre vulgar, de mediana estatura y de
unos veintisiete años. No había cambiado exteriormen-te solo, no era ya el
brillante muchacho que se precipitaba entre los coches, era de espíritu serio y
reflexivo. Había meditado mucho sobre la Rusia y sobre el movimiento futuro del
país. Las teorías de Marx le eran desconocidas, y sin embargo había llegado
solo á las mismas conclusiones. Se mostraba escéptico respecto al proyecto de
algu-nos revolucionarios rusos de llegar al colectivis-mo por la unión de
bienes, idea demasiado pa-triarcal. No creía tampoco en la eficacia del
terrorismo, porque las masas populares eran indi-ferentes ó apáticas, y me
preguntaba, con el espí-ritu torturado, qué solución sería posible.
De todos los prisioneros de Kara, Mirski era el
único que se aproximaba á mis ideas. Durante su permanencia en La Universidad
estudió medi-cina, pero en la prisión se había dedicado por completo al estudio
del derecho, y era un jurista consumado, muy superior á todos los que había-mos
hecho un estudio especial de esta ciencia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 272.
CAPÍTULO XXIII
La organización de nuestra vida en común.—Los
sirios.
Apuesta
Enconaré á mi llegada á Kara una organiza-ción
sólidamente establecida para la vida en común. El principio fundamental era la
igualdad de derechos y deberes. Todos los presos forma-ban, desde el punto de
vista de la administración de sus intereses, una comunidad en la que todo el
mundo estaba confundido, pero donde se tenían en cuenta los cuidados y
aspiraciones individua-les. Cada uno era libre de formar parte de la co-munidad
ó de vivir separado, pero las condiciones materiales eran las mismas para
todos. El Estado daba para cada prisionero una cantidad determi-nada de
víveres. Tres libras de pan al día, un ter-cio de carne y cierta cantidad de
sal. Estaba ade-más permitido que los prisioneros recibieran dinero de sus
parientes y amigos para mejorar el régimen. Muy pocos tenían este auxilio, y
todo dinero recibido se distribuía en común como los víveres del gobierno. Se
repartía de la forma si-guiente: un tercio servía para procurarse los
ex-traordinarios, especialmente carne: en nuestro argot lo llamábamos
«henchirla marmita común». Otra se destinaba á socorros a los camaradas
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 273.
46 LEÓN
DEUTSCH
que dejaban la cárcel para la simple deportación,
suscripción de los periódicos que se nos permitía recibir, franqueo de cartas,
etc. El último tercio se repartía entre todos y se denominaba el
«equi-valente», para comprar té, tabaco, pescado, mante-ca ú otros objetos, que
llamábamos «cuidados de segundo orden». Sin embargo, tuvimos que renun-ciar
durante meses y años á estas pequeñas dul-zuras á fin de poder reunir el dinero
necesario para comprar un libro ú otro artículo de que te-níamos necesidad.
Nuestros recursos eran limitados hasta el pun-to de
que, durante mi detención en Kara, no se han recibido más que tres kopecks por
hombre y por día para la marmita común. Lo cual indica no recibir más que un
rublo por mes, y con fre-cuencia mucho menos. Hay que tener en cuenta que á
causa de los difíciles medios de locomoción, todos los productos importados en
Siberia se vendían dos ó tres veces más caros que en Rusia europea. Una libra
de azúcar, por ejemplo, costa-ba de treinta y cinco á cuarenta kopecks. Los
pri-sioneros teníamos que imponernos grandes pri-vaciones; la mayoría no tomaba
más que té de la peor calidad, y casi siempre sin azúcar; un gran número
consideraban el té como un lujo y se con-tentaban con un poco de agua caliente.
Los que usaban azúcar habían de contentarse con un te-rrón para todo el día.
Nosotros no veíamos el dinero más que en especies, pues estaba prohibi-do por
el reglamento de la prisión. El director re cibía los envíos y los llevaba á
nuestra cuenta después de advertirnos. Nosotros hacíamos las listas de los
encargos. Nuestro administrador compraba los objetos y llevaba las cuentas para
cuando se le pedían. Guando las demandas eran
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 274.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BERIA 47
mayores que los ingresos, habla un menos de tan-tos
á cuantos kopecks para el mes siguiente; el que por el contrario había hecho
economías, esta-ba inscrito con la mención de más. Se trataba de economizar el
mes siguiente, cuando se había gastado de más en el anterior; pero había una
multitud de pobres diablos que, á pesar de su vo-luntad, no llegarían jamás á
nivelar su cuenta; les llamábamos los menos, mientras que los espíritus de
economía se denominaban ios más. Gomo no era agradable contarse entre los
menos, se hacían esfuerzos por nivelar el debe y el haber cuando se recibía
algún suplemento considerable, en Navi-dad ó Pascua, por ejemplo. Pero á pesar
de eso, algunos no lograban jamás salir de la categoría de menos; algunas
veces, para conmemorar una fiesta revolucionaria, se proponía solventar los
menos, es decir, pagar todas las deudas. La proposición era aceptada por todos,
excepto por ellos, que vo-taban en contra ó se abstenían de votar con gran
delicadeza.
Todas las mañanas nuestro administrador ve-nía á
las puertas de las habitaciones con su regis-tro y nos preguntaba lo que
deseábamos: uno pe-día un kopeck de azúcar, otro de té. Las órdenes se
escribían y trasladaban sobre un gran libro. Poco después el administrador
reaparecía y nos daba por el ventanillo de la puerta lo que había-mos pedido.
El intendente de la prisión nos remi-tía con él los demás objetos que
necesitábamos, tales como vestidos, lencería ó zapatos. Su misión era servirnos
de intermediario cerca del director y ser nuestro representante en todas
ocasiones.
El administrador era elegido en votación se-creta
por un período de seis meses. El elegido era libre de rehusar, lo que sucedía
con frecuencia,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 275.
48 LEÓN
DBUTSCH
porque el cargo era honorífico y lleno de enojos y
fatigas. El administrador y todos los miembros de la sociedad tenían el derecho
de proponer una «revisión de los estatutos». Se hacía por escrito, y después de
discutida en las diversas celdas, se procedía á la votación. El administrador
recibía los papeles á través del ventanillo y nos hacía co-nocer los
resultados. Violentos debates se traba-ban algunas veces; los partidos
combatían unos contra otros como en el Parlamento, pero no había cuestión de gabinete
á propósito de un voto de confianza.
Ejecutábamos nosotros mismos todos los tra-bajos
necesarios en el interior de la cárcel, y los prisioneros de derecho común
estaban encarga-dos de todos los que exigían relaciones con el ex-terior, tales
como transportar el agua, la leña y tirar las basuras.
Los trabajos eran para nosotros de dos clases: los
que interesaban á la comunidad, tales como el servicio de la cocina ó la
limpieza de la habita-ción, y los personales, como el lavado de ropa, costura,
etc.
Todos desempeñaban los primeros, salvo los enfermos
ó los de constitución débil, que estaban dispensados. El servicio de cocina lo
cumplía un grupo de cinco prisioneros, que eran relevados todas las semanas.
Había de siete á nueve grupos que funcionaban á un mismo tiempo. Se podía hacer
en una ú otra cocina, sin preocuparse de la separación por habitaciones. Cada
grupo tenía un jefe cocinero, un ayudante, un cocinero especial para los
enfermos y dos hombres para los demás quehaceres. Las tareas no eran fáciles ni
agra-dables.
Se entraba en faena desde las siete de la ma-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 276.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 4$
ñaña y con frecuencia no se había terminado á
las-cinco de la tarde. A la noche se estaba rendido, y al ñn de la semana se
veía con placer que la tarea estaba concluida por algún tiempo y no se pen-saba
ya más que en la alegría de tenderse sobre las pieles de nuestros lechos. Estas
ocupaciones introducían alguna distracción en la vida monó-tona de la prisión.
La cocina era una especie de club, donde todas las habitaciones se confundían.
Cuando la tarea se acababa, pasábamos agrada-blemente el tiempo, se sabían las
novedades del día, se hablaba, se discutía y nos dábamos bro-mas los unos á los
otros. Así, por ejemplo, el jefe imponía extrañas tareas á los recién venidos.
En-comendaba á uno sacar las patatas de la marmita con un tenedor; otro recibía
el encargo de colo-carse con un gran bastón cerca del muro y de golpear la
cabeza de todo el que entrara; en cuanto á mí tuve que partir granos de trigo
con un enorme cuchillo.
Los cocineros tenían mucho que hacer, dado los
pocos recursos de que disponían. Las legum-bres eran muy raras y se hacía
difícil la confec-ción de un menú.
Cuando yo llegué faltaban las patatas. A me-diodía,
por razones de economía, no se daba más que el caldo; las viandas se ponían
aparte para servirlas á la tarde. Cuando me senté á la mesa para mi primera
comida, ya sabía que era frugal, porque me habían hecho conocer el régimen de
la prisión; pero cuando acabé mi última cucha-rada de sopa, sin otro
acompañamiento que un poco de pan, no estaba satisfecho y pasó mucho
tiempo antes que me pudiera habituar á este gé-nero
de alimento.
La
habilidad de los cocineros consistía en
TOMO II 4
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 277.
50 LEÓN
DBUTSCH
guardar la carne del caldo para la comida
si-guiente; se la cortaba entonces en trozos y se la cocía con legumbres. El
plato favorito de la ma-yoría era una especie de cocretas de carne y hari-na,
que nuestros cocineros tenían á gran honor servirnos lo menos dos veces á la
semana.
Los más golosos de entre nosotros tenían la
costumbre de ir á oler al lado de la cocina y ve-nían á traernos gozosos la
noticia de que había cocretas aquel día.
Los cocineros S3 distinguían sobre todo el sá-bado,
día en que su tarea semanal terminaba.
Desde hacía algunos años establecieron la
cos-tumbre de dar ese día un extraordinario llamado piroque, que era una
especie de pasta hecha con harina y la carne guardada durante toda la se-mana.
Se ponían de lado estos trozos de carne sobre la piroque y la pasta era tan
abundante, que no podíamos consumirla y guardábamos un pe-dazo para el té de la
mañana siguiente. En gene-ral el régimen era insuficiente, poco nutritivo y
menos agradable al gusto. Sólo era abundante el pan, porque la ración que nos
daba la adminis-tración era tan grande, que restaba siempre un pedazo: pero el
que no tenía estómago para dige-rir estas enormes masas quedaba siempre
ator-mentado por el hambre.
No comíamos cuanto necesitábamos más que los días
de fiesta, porque aumentaban nuestros ingresos y dábamos fondos especiales á la
cocina. Los cocineros rivalizaban entonces en habilidad y ponían sobre nuestra
mesa los manjares más apetitosos, tales como asado, chuletas, pan blanco y
hasta dulces. Es preciso hacer justicia á nues-tros cocineros, entre los que
había verdaderos ar-tistas, dignos de servir en grandes casas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 278.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 51
El régimen de los enfermos no estaba estable-cido
de antemano; el cocinero debía atenderlos en lo posible á medida de los
recursos.
Nuestro compañero Prybyliew designaba á los que
tenían derecho á este régimen de favor, y nos daba consejos médicos, pues
aunque no fuese más que veterinario, tañía en medicina grandes conocimientos y
una excelente vista clínica. Su fama estaba tan extendida dentro y fuera de la
prisión, que las gentes venían á consultarle, aun-que había tres médicos en la
vecindad.
Los ayudas de cocina eran los que no enten-dían
nada de este arte especial y no se podían encargar de tareas delicadas. Por
este doble mo-tivo yo no llevé jamás las funciones de cocinero. En calidad de
ayudante tenía que ir á buscar el agua, cortar la leña, llevar á las
habitaciones el agua caliente y el carbón para el samovar, repar-tir los
alimentos, lavar la vajilla, encender los fogones y tener la cocina limpia. Las
tareas no eran agradables, pero en cambio los ocupados en la cocina, poruña
vieja costumbre, recibíamos las mejores raciones.
Además del administrador, que se ocupaba de los
alimentos, teníamos un repartidor de pan, cuyas funciones consistían en cortar
el pan y dis-tribuirlo en las habitaciones: los mendrugos que nos quedaban los
metíamos en un saco de tela y se los devolvíamos. El los hacía pasar á la
colonia libre, para servir de alimento á dos vacas y un caballo que pertenecían
á nuestra asociación.
Otro tenía la vigilancia del gallinero, porque
criábamos en el patio un gran número de pollos y nos distraímos viendo los
singulares combates en que ensayaban su fuerza naciente.
Dos camaradas tenían la dirección de los ba-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 279.
52 LEÓN
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ños, velaban por la limpieza de retretes y pilas, y
como los otros funcionarios, estaban dispensados de todo servicio de cocina.
Había aún otro cargo más elevado: el de
bi-bliotecario. Este era elegido por votación, como el administrador, en tanto
que los otros elegían por sí mismo su empleo.
Nuestra biblioteca era numerosa; se componía en
parte por volúmenes llevados por los presos, en parte por obras enviadas desde
fuera. Casi todos los ramos del saber humano estaban repre-sentados, sobre todo
la historia, las matemáticas, las ciencias naturales. Había libros escritos en
casi todas las lenguas europeas y hasta clásicas. Dos enormes armarios
alineados en el corredor encerraban estos tesoros, pero una gran parte de las
obras estaban continuamente entre las manos de los lectores; nuestros
bibliotecarios tenían que ocuparse de la encuademación, en la cual todos les
ayudábamos voluntarios. Los útiles que tenía-mos eran de los más primitivos, y
como las cu-biertas de cartón costaban demasiado caras, las fabricábamos
cosiendo unidas varias hojas de papel.
Tschuikow, que había llegado al mismo tiempo que
yo, se reveló como un excelente bibliotecario: se acordaba bien, no sólo de los
nombres de los que habían tomado un libro, sino que sabía de-cirnos con
precisión admirable en qué obra se en-contraba tal ó cual detalle demandado.
Fue defi-nitivamente elegido.
En las habitaciones el servicio estaba regulado de
un modo perfecto. Por turno cada uno debía barrer dos veces por día, encender
los hogares y sacar por la mañana los vasos de noche. Nos dá-bamos gran cuidado
para mantener la más escru-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 280.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 53
pulosa limpieza. Cada dos semanas había un gran
lavado, se frotaba el suelo con agua caliente; el lecho, los bancos y las
sillas se lavaban en el patio. Velábamos porque la ventilación fuese com-pleta
y que todas las reglas higiénicas se observa-sen. Se iba al baño una vez por
semana, y cada uno lavaba su ropa.
Tal era nuestra organización doméstica: si se tiene
á bien recordar que la mayoría de los presos en Kara eran estudiantes que
venían directamen-te de'la Universidad y no conocían nada de las tareas de la
vida diaria y los trabajos del interior y se tiene al mismo tiempo en cuenta la
modici-dad de nuestros recursos, se podrá admirar cómo se había organizado esta
vida práctica y económi-ca. Naturalmente, todo no se había hecho en un día, y
poco á poco se fue perfeccionando en el transcurso del tiempo.
El hecho de vivir siempre unidos en la misma
sociedad ocasionaba con frecuencia rozamientos y pequeños disgustos que no se
podían evitar.
En medio de cada habitación, una lámpara, con
pantalla sombría, estaba suspendida del techo. Por desgracia, las mesas eran
largas y es-trechas, lo que hacía que un gran número de si-tios no estuvieran
iluminados, y todo trabajo era imposible á los que las ocupaban. Los
condena-dos á la ociosidad perjudicaban á los otros en su trabajo.
Aunque se hubiera podido remediar este des-dichado
estado de cosas, era imposible obtener la calma y el silencio que exigen los
estudios
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 281.
54 LEÓN
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serios. Cuando diez y seis individuos de
tempe-ramento y aspiraciones diferentes se hallan re-unidos en tan estrecho
espacio, no se les puede pedir que se abstengan de toda conversación du-rante
las interminables veladas del invierno. Era precisamente en el momento de
sentarse todos en torno de la mesa cuando las conversaciones se hacían más
animadas; se hablaba, se hacían chis-tes, se gritaba y se reía á carcajadas.
Los que querían trabajar seriamente tuvieron que recurrir
á un medio
especial; se hicieron sirios, como de-cíamos en nuestro argot.
Los sirios se acostaban al anochecer, y cuando todo
el grueso de la sociedad empezaba á dormir se levantaban á trabajar hasta el
alba, al mismo tiempo que la estrella Sirio se levantaba sobre el horizonte (de
donde venía su nombre), que se acostaban de nuevo para gustar de dos horas de
sueño.
Se necesitaba una gran voluntad y avidez de ciencia
para convertirse en sirio. No era fácil poder dormirse por la tarde mientras
los cámara-das hablaban y se hacía ruido; apenas se empe-zaba á descansar era
preciso levantarse. Esto era muy penoso, y no pude jamás habituarme. Sin
embargo, todo el tiempo que estuve en Kara, Yat-zewitch, Kaljuschni y Adrián
Mikailoff no dejaron de ser sirios.
Casi á mi llegada á Kara aprendí una costum-bre
arraigada en las prisiones, y que referiré en pocas palabras.
Estábamos un día en conversación muy ani-mada sobre
la situación política de Rusia, cuando un camarada me hace la pregunta
siguiente:
—Dígame, Deutsch, ¿cree usted que el zar sal-tará
pronto?
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 282.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBER1A 55
—No—dije yo,—no se le hará saltar; creo que morirá
de buena muerte en su lecho.
Mi" respuesta provocó una protesta vivísima de
todos lados; todos estaban conformes en afir-mar que Alejandro III participaría
de la suerte de su padre.
En esta época todos los revolucionarios, con pocas
excepciones, estaban convencidos de la fuerza indestructible de la «Narodnaja
Volja» y veían en el terror el único medio de combatir el absolutismo en Rusia.
Yo veía el movimiento revolucionario bajo un
aspecto diferente. Me había ocupado ya de la or-ganización política antes que
los terroristas estu-viesen en sus principios; había asistido á las lu-chas que
sostuvieron; los vi desenvolverse; conocía personalmente á todos los
terroristas, pequeños y grandes, y había llegado á la conclusión de que la
«Narodnaja Volja» había pasado. La corriente que contribuyó á la fuerza de ese
partido llegó á su máximum en 1881,pero después del atentado contra Alejandro
II su importancia empezaba á declinar.
Como ya he referido, todos los terroristas que
tenían experiencia y práctica habían sido ejecuta-dos, y los jóvenes que los
siguieron no encontra-ban entre las persecuciones ocasión de probar sus
fuerzas. En Rusia, tanto como en el extranje-ro, pude comprobar que el
entusiasmo de los pri-meros momentos había cedido el puesto á un escepticismo
inquieto. Se había perdido la fe, aun-que no se osaba confesarlo.
Cuando yo exponía estas consideraciones, mi
camarada me preguntó bruscamente:
—¿Qué quiere usted apostar? Yo creo que ma-tarán al
zar; usted tiene una opinión diferente. Si
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 283.
56 LEÓN
DBUTSCH
usted quiere, fijemos un plazo para el día en que
el zar sea ejecutado por los revolucionarios.
—Está bien, acepto.
—Fijaremos cinco años, hasta el 15 de Diciem-bre de
1890.
—Conforme; ¿qué se apuesta?
El último punto no era fácil de precisar. Las
apuestas de este género son corrientes en la pri-sión, como vi más tarde, y las
sumas que se arries-gan sirven para los pequeños suplementos de tabaco, té,
azúcar y otras comodidades.
Apostamos que el que perdiera pagaría á todos los
de la habitación unos dulces: era cuestión de algunos rublos. Cuando el curso
de los aconteci-mientos me dio la razón, al fin del año 1890, mi compañero
quiso pagar y se sometió á largas pri-vaciones para hacer honor á la promesa;
pero como la mayoría de los presentes á la apuesta no estaban ya en la cárcel,
pude lograr que no la cumpliese.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 284.
CAPÍTULO XXIV
Historia de la prisión de Kara.—El "Gato,,.—La
Cámara del
"Synedryon,,.—La primavera
Cuando se hablaba con los detenidos en la cár-cel y
la conversación recaía en el pasado, se es-cuchaba decir muchas veces: «era
durante los días de Mayo» ó bien «era cerca del 11 de Mayo». Esta íecha era
familiar para todos, porque los días de Mayo significaban lo que los días de
Febrero en la historia de la Francia.
Lo que precedió á los días de Mayo fue la •edad de
oro; después los años se sucedieron som-bríos y dolorosos. Será bueno referir
aquí, á pro-pósito de esto, algunos detalles.
Las prisiones para detenidos políticos datan de
1880. Antes de esta época se encerraban en las penitenciarías, que no habían
sido construidas para ellos. A lo largo del río Kara había varias colonias
ocupadas en el lavado del oro, cuyo pro-ducto era propiedad del zar, ó, como se
dice en el lenguaje oficial, del Gabinetede Su Majestad. Los detenidos
políticos y los de derecho común habían de ocuparse en lavar el oro para el amo
de todas las Rusias.
Este oficio no tenía nada de penoso y lo cum-plían
de buen grado. Era más sano y agradable
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 285.
58 LEÓN
DEUTSCH
trabajar
algunas horas del día al aire libre que
enmohecer en las prisiones. En esta época los
presos de Estado gozaban de las mismas ventajas que los de derecho común, hasta
se dice que reci-bían las mejores raciones, y una vez la pena cum-plida los
enviaban á la colonia penitenciaria, y podían comunicarse con sus parientes y
amigos. Los detenidos políticos estaban contentos de esta igualdad con los
otros prisioneros.
En Diciembre de 1880, el ministro del Interior,
conde Loris Melikoff, dio orden de no enviar los reos de Estado á las colonias
penitenciarias. En esta época Semjanowski, estudiante en la Uni-versidad de
Petersburgo, se suicidó, dejando es-crita una carta á su padre, en la cual le
decía que el solo pensamiento de ser enviado á la cárcel le sugería la fatal
determinación.
Esta orden cruel fue dada en una época en que todo
el mundo se creía en vísperas de un cambio completo. El rumor de tentativas
revolu-cionarias llegaba, aunque con retraso, á los prisio-neros de Kara, y la
sed de libertad se hacía más ardiente. Así algunos, que tenían que pasar mu-cho
tiempo en la prisión, decidieron evadirse. El plan se puso en práctica en Mayo
de 1882.
El trabajo de lavado, donde los prisioneros eran
conducidos todos los días, presentaba la ocasión. Dos presos se debían evadir
cada noche.
El primero que por decisión unánime desig-naron los
compañeros para emprender la fuga, fue el conocido revolucionario Mychkin, el
cual escogió para acompañarle á Nicolás Chrukcheff, que era hombre de gran
iniciativa.
Los dos consiguieron escaparse; para disimu-lar su
fuga, los compañeros los reemplazaron con maniquíes. Precisamente en esta misma
época, el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 286.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEB.IA 59
jefe de servicio de prisiones, Galkin Vrassky, se
encontraba en Kara en compañía del gobernador
Iljachewitcb, y aunque la prisión fue visitada por los altos dignatarios no se
descubrió la evasión. Los dos fugitivos estaban ya en camino hacia el Extremo
Oriente, en dirección á la costa del Océa-no Pacífico. La segunda pareja se
escapó algunos días después de la misma manera y con igual dichoso resultado;
le llegó el turno á la tercera, después á la cuarta; pero en el momento de
esca-par la última pareja, el centinela hizo fuego y dio la voz de alarma á los
guardias.
El golpe había errado y la fuga de los ocho
prisioneros fue notada.
Esto pasaba el 11 de Mayo de 1882.
Los funcionarios se encontraban todavía en Kara, y
su presencia inflamó el celo de los guar-dianes lanzados en persecución de los
fugitivos. Seis de entre ellos fueron presos y juzgados de nuevo: sólo los dos
primeros quedaron en li-bertad.
Las represalias fueron crueles, y ejercidas con-tra
todos los otros prisioneres. Los trasladaron á diferentes cárceles,
sometiéndolos en el camino a odiosos tratos. La prisión en donde habían estado
encerrados hasta entonces la arreglaron de modo que cada una de las grandes
habitaciones donde vivían en común fue dividida en tres celdas tan estrechas
que apenas se podían mover. En fin, con gran pena de parte de todos, se
construyeron celdas separadas para algunos prisioneros.
Les quitaron los libros y todos los objetos de su
propiedad particular, quedando sometidos al régimen estricto de la prisión y á
mil vejaciones. Desesperados muchos se decidieron á la protesta por el hambre,
y estaban ya á dos dedos de la
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 287.
60 LEÓN
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tumba cuando les hicieron algunas concesiones.
Mychkin y Chrutcheff quedaron todavía
largo tiempo libres ocultos en Vladivostok. En el mo-mento mismo en que iban á
estar definitivamente en seguridad á bordo de un barco extranjero, co-nocieron
los gendarmes en ellos á los dos fugiti-
vos, buscados en vano.
Todo había sido inútil y los dos prisioneros del
zar fueron de nuevo conducidos á Kara.
Numerosos cambios se habían verificado en este
intervalo en la cárcel; hasta allí los prisione-ros de derecho común y los
políticos dependían de la misma administración. A partir de este día, los
prisioneros políticos de los dos sexos fueron sometidos á la vigilancia de la
gendarmería. Un oficial de esta arma había sido enviado de Peters-burgo é
instalado como comandante. Dos subofi cíales de gendarmería desempeñaban el
puesto de carceleros.
A causa de estos cambios se había modificado
completamente el régimen de la prisión, y esto en detrimento de los detenidos.
Se suprimieron los talleres. Los presos quedaron reducidos a la in-actividad y
la mayoría no dejaron más la prisión; se les prohibió al mismo tiempo toda
correspon-dencia con sus parientes. Trece de entre ellos fueron llevados á
Petersburgo, á la fortaleza de Pedro y Pablo, y diez á Schlüsselburgo. Uno solo
de los últimos vive aún; los otros nueve han su-cumbido en los tormentos que se
les hicieron sufrir.
* * *
Durante los tres años que transcurrieron des-pués
de los días de Mayo hasta mi llegada, cuatro
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 288.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 61
comandantes se habían sucedido en la prisión de
Kara. Uno de ellos, convicto de haber robado cerca de mil rublos del dinero
enviado á los pre-sos, fue deportado al país de los Yakoutes.
A cada cambio de comandante habían nuevas
variaciones en el régimen. Así es que los muros de separación de las
habitaciones habían sido derribados y se introdujeron algunos pequeños
beneficios.
Los parientes de los prisioneros habían dirigi-do
una queja al gobernador; las órdenes de Loris Melikoff fueron consideradas como
ilegales y los detenidos, conforme á la ley, se enviaron de nuevo á la colonia
penitenciaria.
Las reglas estaban fijadas de esta manera: por
espacio de uno ó dos años, según la condena, el prisionero estaba considerado
como en tiempo de prueba, y debía pasarlo en la cárcel. Los otros años se
llamaban tiempo de mejoración,y diez me-ses se contaban por un año. De este
modo yo no había de estar en la prisión trece años y cuatro meses, sino once
años y cinco meses. La ley dis-pone, además, que después de dos ó tres años de
este tiempo de mejoración, los prisioneros conde-nados á trabajos deben ser enviados
á la colonia penitenciaria, es decir, que se les concedía el per-miso de
residir en las habitaciones particulares que se les designan ó que pueden
hacerse cons-truir ellos mismos. Están sometidos en lo demás
á las mismas
prescripciones en vigor para todos los otros prisioneros. Pero esto constituye
una ventaja capital, porque desde ese momento no se está obligado á pasar los
días y las noches en las habitaciones comunes. Se comprende, porque para los
prisioneros de Estado, gentes por lo ge-neral cultas, este privilegio tenía
gran importan-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 289.
62 LEÓN
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cia. Así, la alegría de los detenidos fue grande
cuando dos años después de los días de Mayo el nuevo comandante, jefe de
escuadrón Burlei, que había sucedido al ladrón Manajeff, hizo saber que dentro
de poco tiempo aparecería una decisión senatorial restableciendo el reglamento,
para que todos los detenidos que tenían derecho á este fa-vor fueran enviados a
la colonia penitenciaria.
Antes de que se llevase á cabo esta decisión, el
comandante de espíritu humanitario, fue cam-biado, y su sucesor, Nikolin, se
las arregló para limitar lo más posible esta feliz medida.
El Senado había votado la ley, pero los trámi-tes
administrativos no se acababan nunca.
Nikolin era un hombre malo, de espíritu pe-queño,
que buscaba pretextos para molestará los prisioneros. Escribió al gobernador
que no conta-ba con bastante gente para vigilarla colonia peni-tenciaria si
todos los prisioneros que tenían dere-cho eran enviados á ella, por lo que
pedía que sólo quince fueran llamados á beneficiarse con esta medida. La falta
de gente para vigilar era sólo un pretexto miserable, pero su voz fue
favo-rablemente acogida y numerosos prisioneros que debían ir á la colonia
penitenciaria se vieron obligados á renunciar á esta esperanza. A causa de este
estado de cosas, cada vez que había una plaza disponible en la colonia se
presentaban una docena de candidatos, entre los que Nikolin esco-gía á su
capricho. Naturalmente, este acto de ar-bitrariedad le atraía el odio de los
otros prisione-ros, tanto más cuanto que su actitud para con todo el resto no
era á propósito para atenuar la indignación que reinaba contra él.
Poco después de mi llegada, tuve ocasión de conocer
á este hombre, porque en esta época ve-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 290.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 63
nía con frecuencia a la prisión. Podría tener cerca
de cincuenta años, de talla menuda y ventrudo; se daba aire de un hombre
importante; el rostro re-dondo y rubicundo; los ojos, pequeños y verdes,
miraban de soslayo; la barba era muy escasa; hacía el efecto de un gato viejo
siempre en acecho, y se le designaba con el sobrenombre de Gato.
Todo en él inspiraba una insensible repulsión;
hablaba con una voz dulzona, pero parecía presto-á saltar sobre la victima con
las uñas afiladas.
No cesaba de lamentarse de su suerte, porque creía
que si hubieran hecho justicia á sus méri-tos sería por lo menos general. Su
carrera había comenzado en 1860, bajo Mourawieff, el verdugo de Wilna; contaba
los servicios que le había pres-tado, pero desde aquella época, á pesar de
haber transcurrido veinticinco años, no pasó de simple jefe de escuadrón.
Esperando un ascenso, hacía alardes de celo. Un día escribió al gobernador
haciéndole la siguiente pregunta, que consideraba importante: «Cuando se lavan
los suelos de las habitaciones y los prisioneros tienen que salir al corredor,
¿pueden los carceleros hacerles entrar en otra celda?»
—¿Saben ustedes lo que me ha contestado?— decía el
Gato.—Me ha respondido que me atenga al artículo IB del reglamento, ¡y el
reglamento no tiene más que doce artículos!...
No había comprendido la ironía de la lección, y
continuaba acribillando al gobernador con car-tas y preguntas por la menor
bagatela.
La vigilancia de la prisión no era suficiente á
satisfacer su manía de investigación y el cuidado de saberlo todo; metía la
nariz en todo lo que pa-saba en los alrededores de Kara.
Una vez tuvo la rara felicidad de descubrir un
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 291.
64 LEÓN
DEÜTSCH
robo bastante impudente, que se había cometido en
detrimento del Estado. El autor responsable era el mayor Potuloff, que
administraba la prisión para los criminales de derecho común, el mismo que
había ofrecido hospitalidad a Mr. Kennan durante su estancia en Kara.
Bajo la administración de este Potuloff, se ha-bía
prendido una vez fuego al almacén donde se hallaban varios millares de
quintales de harina destinada á los prisioneros. La harina estaba toda en un
gran depósito, y sólo la parte superior pa-recía quemada, pero él dijo que el
incendio lo había destruido todo. Era un gran negocio entre él y los
proveedores, que se las habían arreglado para prender fuego al almacén con
ayuda de al-gunos subordinados. Nada se hubiera descubierto
á no ser por
el Gato. Gracias a su denuncia, se formó una comisión, de la que tuvo el honor
de formar parte, y pudo desplegar sus talentos descu-briendo importantes robos
y malversaciones.
El gentilhombre hospitalario descrito por Ken-nan
bajo los trazos del mayor Potuloff, y que lo era en realidad, había robado sin
escrúpulo los fondos públicos.
En los registros figuraban cientos de prisio-neros
que desde largo tiempo estaban en libertad
ó se habían
muerto, y continuaba haciéndolos figurar en las cuentas de alimento y vestidos,
en tanto que partía como hermano con los proveedo-res los beneficios que le
reportaba esta super-chería.
El hombre perdió su empleo, pero no fue lle-vado
ante los tribunales. Tenía protectores. Esto lo arregla todo.
* *
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 292.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 65
Aunque los camaradas de la Cámara de los Nobles me
eran todos simpáticos, manifesté el deseo de pasar á la que estaba mi amigo
Stefano-witch, pero se necesitaba el consentimiento del Gato. Este me lo negó,
diciendo que debía soli-citarlo del gobernador. Manifestó que temía que nos
evadiésemos el día que estuviéramos reuni-dos; esto era una estupidez, porque
los gendar-mes nos vigilaban y toda fuga de Kara resultaba imposible; era la
excusa escogida por el Gato para encubrir su deseo de hacer daño. No sé por
qué, varias semanas después me dio el permiso de pasar al Synedrion, como se
llamaba la habitación de mi amigo.
La vida era aquí diferente que en la Cámara de los
Nobles. Gran parte de los que la ocupaban eran obreros y tenían especial
afición á los traba-jos manuales. Presentaba el aspecto de un vasto taller.
La posesión de herramientas de todas clases estaba
prohibida, pero cada uno tenía cierto nú-mero de ellas. Todas las semanas se
verificaba una visita á la habitación y no se encontraba nada. Estas visitas se
hacen generalmente de una manera superficial.
Algunos de estos obreros eran maestros en su
especialidad. Chrutcheff era muy notable y el he-rrero Bubnowski no le cedía en
nada. Este había fabricado con pedazos de hierro y clavos viejos un torno
pequeñísimo que podía ocultar en el bolsillo.
Gracias á este instrumento pudo hacer una cantidad
de ruedas y resortes, y aunque jamás había sido relojero, fabricó un reloj,
obra maestra de mecanismo, que encontró más tarde puesto en un museo de la
Siberia.
TOMO II 5
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 293.
66 LEÓN
DBUTSCH
No había casi ningún oficio que no se ejerciera en
nuestro taller. Los que se dedicaban á una especialidad, estudiaban los
manuales con pacien-cia, y no tardaban en ser obreros y artistas.
Nuestra habitación era una hermosa prueba de lo que
produce el trato de los obreros y los hombres instruidos. Dos compañeros venían
todos los días é dar lección de matemáticas y de cien-cias naturales y otro
enseñaba la lengua rusa. Nuestra habitación se llamaba por eso algunas veces La
Academia.
Entre los trabajadores despertó mi atención un
cierto Karl Iwanein, de origen finlandés. Su pa-sión era la lectura de las
obras de imaginación, y estaba muy versado en ese punto. Partidario ar-diente
de las ideas del conde Tolstoi, cualquier objeción que se hacía contra las
doctrinas de este sabio tenía el don de provocarle una violenta cólera. Era un
hombre bien dotado, pero extra-vagante. Al poco tiempo de conocerlo lo enviaron
á la colonia
penitenciaria, donde no tardó en sui-cidarse.
Fomitcheff y Fomin se distinguían por su amor al
estudio. Conocía á Fomin desde Suiza, donde vivió algún tiempo en calidad de
refugiado. Antiguo oficial de infantería, había sido arrestado en 1879 por
propaganda entre los soldados; se evadió de la prisión de Wilna con ayuda de un
camarada, pero no podía soportar la vida en el extranjero y volvió á Rusia,
ocultándose algún tiempo. En 1882 fue arrestado de nuevo en Peters-burgo y
condenado á veinte años de trabajos. En Kara se entregaba al estudio de las
ciencias natu-rales, especialmente la mineralogía.
No había conocido á Fomitcheff, pero con
fre-cuencia oí hablar de él como de un revoluciona-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 294.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 67
rio muy activo. Era hijo
de un pobre sacristán,
había estudiado en Odesa,
fue preso en 1877 á
causa de su propaganda en el ejército, y enviado
ante un consejo de guerra. El tribunal no encon-tró motivo para condenarlo y
fue declarado libre en medio de la ovación que el público prodigó á él y á sus
defensores.
Poco después, arrestado segunda vez, fue juz-gado
en compañía de otros camaradas y conde-nado á cadena perpetua.
Se ocupaba mucho de estudios históricos, y sobre
todo de la historia de Rusia, que conocía bastante bien.
Sea por causa de sus lecturas, sea por una
orientación especial de su pensamiento, nuestro amigo Fomitcheff, que era un
hombre inteligente, un trabajador incansable, un excelente camarada y un
carácter bien firme, llegaba á las conclusio-nes más extrañas. Era no sólo un
celoso patriota ruso y un rusófilo, sino también, cosa que pare-cerá increíble,
un partidario apasionado de la di-nastía de los Romanoff.
¡Un prisionero político, un condenado á tra-bajos
forzados, que era á la vez un fanático del absolutismo ruso! Era, en verdad, un
admirable contraste. No se crea que tenía intención de de-mandar gracia
ninguna; estaba convencido de que debía pasar su vida en los calabozos
siberia-nos, pero estaba persuadido también de que el soberano velaba por el
bien de sus subditos.
Alejandro III no tenía entre sus cortesanos y altos
dignatarios un partidario más fiel, y sobre todo más desinteresado, que este
prisionero polí-tico relegado en Kara. Los ukases más ilegales y más crueles
encontraban siempre en él un defen-sor, y las medidas más reaccionarias le
parecían
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 295.
68 LEÓX
DBÜTSCH
justificadas, oportunas é inspiradas en el interés
del pueblo, de ese pueblo que amaba sobre todo, y al que voluntariamente haría
el sacriflcio de su vida. Estaba convencido de que la felicidad dei pueblo era
obra del zar, y cualquier ataque contra éste lo ponía fuera de si, y hasta
llegaba á rom-per con cualquier camarada. Muchos nos pregun-tábamos si este
hombre estaba en su juicio cabal.
Naturalmente, Fomitcheff era el único en mos-trar
admiración por el zar, pero muchos cámara-das participaban de sus ideas
rusófilas; ciertos de entre ellos tenían la firme convicción de que las
condiciones sociales y económicas de Rusia eran preferibles á las de la Europa
Occidental. Esta creencia en la preponderancia de Rusia, extraña en un
socialista, era inspirada por la opinión co rriente que dominaba en este
tiempo. Toda la prensa progresista era rusótíla; se afirmaba y de-fendía con
pasión que las ideas y las condiciones especiales de Rusia eran muy diferentes
á las de los otros pueblos, y se sacaba la conclusión de que la campaña
revolucionaria en Rusia debía ser diferente que en los demás países. Hombres
que sufrían cruelmente por la causa de la libertad, tenían ideas exactamente
iguales á las de los reac-cionarios más fanáticos.
Uno de los más aferrados á esta manera de ver era
Nicolás Posen, que no sé por qué pasaba por uno de los prisioneros más
inteli-gentes.
Había sido maestro de escuela en una aldea y no se
mezcló jamás en el movimiento revolucio-nario, pero había tomado parte en la
revuelta á mano armada en el momento de las prisiones de Kiew y fue juzgado al
mismo tiempo que María Kowalenskaja, Natalia Armfeld y algunos otros;
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 296.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 69
lo condenaron á quince años y diez meses de
tra-bajos forzados.
Esta pena había aumentado de quince á veinte años
por tentativa de evasión. Era un hombre bien dotado é instruido, pero no tenía
la menor convicción política. Su pasión era hablar y discu-tir. Hablaba sobre
toda clase de temas durante horas enteras y demostraba todo lo que quería. Su
manía de hablar era tal, que no perdía ocasión de darle libre curso. Lo mismo
discutía los más altos problemas de filosofía, que descendía á las cosas más
insignificantes, y con su eterno sonso-nete no dejaba á los demás trabajar.
Desde que abría los ojos ponía la lengua en movimiento, sin descansar desde la
mañana hasta la noche.
Era un hombre muy vanidoso y muy mezqui-no.
Descubrimos que estaba de parte de la admi-nistración para satisfacer sus
vicios.
La insuficiencia de la nutrición no tardó en
influir de una manera desfavorable en mi salud. Algunos meses después de mi
llegada á la prisión sentí dolor en los pies; no me podía tener dere-cho;
ciertas partes de mi cuerpo estaban violá-ceas; se me movían todos los dientes,
y las encías me empezaron á supurar.
Me dirigí á Prybylyeff, nuestro médico ordina-rio.
—¡Oh!—me dijo después de haberme examina-do,—tiene
usted un escorbuto bien declarado.
Me sujetó al régimen de los enfermos y recibí todos
los días una chuleta sazonada con mucho ajo. No era yo solo el que sufría por
el régimen de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 297.
70 LEÓN
DBUTSCH
la prisión: á la primavera siguiente un gran
nú-mero de entre nosotros fueron presa de la misma afección, que, cosa extraña,
parecía atacar á los más fuertes. La mejora del régimen y los cuida-dos de
nuestro buen doctor combatieron enérgi-camente el mal. Al cabo de algún tiempo
pude andar bien, se afirmaron mis dientes y dejé el ré-gimen de los enfermos,
pero la convalecencia me duró largo tiempo.
Guardo un recuerdo muy particular de mi pri-mera
primavera en Kara. Sentí un sentimiento de nostalgia indefinible. En tanto que
la Naturaleza renace á vida nueva, con un desbordamiento de savias y perfumes,
la vida sin objeto y sin ideales que se desliza en la prisión pesa sobre
nuestro espíritu. Es preciso renunciar hasta á la lectura. Las letras danzan
delante de los ojos, no se tiene conciencia de nada, sólo la imaginación
trabaja. Cuando todo revive y se agita, la cautividad parece absolutamente insoportable.
Nuestra prisión estaba situada en una especie de
valle, entre dos filas de colinas, que divisába-mos desde el patio. Estaban
cubiertas de vegeta-ción escasa, pero en primavera nos hacían el efecto de un
paraíso y atraían con fuerza invenci-ble nuestras miradas. Cerca de nosotros no
había más que la superficie plana del patio, sin la me-nor brizna de hierba.
Nuestras miradas vagaban por las lejanías y nos representábamos qué bien
debería estarse sentados entre las matas, á la sombra de los árboles.
Le pedimos al Gato que nos dejara hacer un jardín
en el patio de la cárcel; el sitio era más que suficiente y el trabajo sería
bueno para nosotros; además, contábamos con tener un cuadro de le-gumbres, cuya
falta influía funestamente en núes-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 298.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 71
tra salud. El Gato rehusó con seriedad. Si
tenía-mos instrumentos para labrar la tierra, podíamos servirnos de ellos,
abrir un agujero y escapar. Como uno de nosotros había recibido semillas de
flores en una caja de madera, el Gato le hizo des-enterrarlas. ¡Podíamos
esconder entre la tierra al-gún objeto prohibido! Estas miserias y estas
baje-zas nos irritaban contra el odioso bruto. Hasta los más pacíficos nos
sentíamos dispuestos al odio, que amenazaba estallar á la primera ocasión.
Debió darse cuenta de esto, porque se mos-traba
cada día más desconfiado y venía menos & la prisión. Estaba en guardia,
comprendiendo que había en torno suyo enemigos cuyo odio era ple-namente
justificado. Vivía solo en su casa con su cocinera, sin osar ir á ninguna parte
ni tratar á nadie. Es sorprendente que entre tantos hombres como deseaban su
muerte, ninguno pusiera el proyecto en ejecución.
Finalmente, el comandante no pudo soportar más
tiempo este género de existencia y solicitó su traslado. En la primavera de
1897 accedieron á su deseo y partió acompañado de las maldiciones de toda la
población de Kara.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 299.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 300.
CAPITULO XXV
Estado de espíritu y pasatiempos en la prisión.—Dos
co-mandantes nuevos.—El hospital.—Resistencia á mano armada.
Nuestra vida transcurría triste y monótona: los
meses sucedían á los meses, los años á los años, sin dejar en nuestro recuerdo
la menor traza de su paso. Todos los días eran iguales y formaban una cadena
sin fin. Los que habían lle-gado el 31 de Diciembre de un año era imposible que
en igual fecha del año siguiente pudieran re-cordar determinado día. Al
despertarnos por la mañana se sabía ya lo que iba á pasar en la jor-nada. Así
los días, las semanas, los meses y los años se confundían.
Apenas si alguna vez un pequeño aconteci-miento
venía á romper esta uniformidad. Se co-nocían ios hábitos y los gustos de todos
los com-pañeros, se sabía lo que en determinadas circuns-tancias cada uno podía
hacer.
Pasado algún tiempo se hubiera querido no ver
ciertos rostros, pero era imposible. Se estaba condenado á ver siempre los
mismos individuos, y no había un solo rincón en que poderse aislar. Añádase á
esto la obligación de hacerse afeitar la cabeza á que estábamos sometidos, la
inevitable
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 301.
74 LEÓN
DEÜTSCH
vigilancia de los gendarmes, las revistas de
ma-ñana y tarde, las visitas y los registros... Quien se represente todas estas
vejaciones, comprenderá como la vida se hacía insoportable con el tiempo y la
excitación nerviosa que daba por resultado.
El perpetuo rechinar de goznes y cerraduras cuando
las puertas se cerraban y se abrían, tenía el don de exasperar á algunos de
nosotros. A cau-sa de este estado nervioso, reinaba una irritabili-dad que los
hombres en condiciones normales podrían apenas comprender.
Cierto día, dos amigos, hombres serios, bien
educados é inteligentes, se precepitaron uno con-tra otro á propósito de una
cascara de huevo.
Parecido estado de espíritu explica el hecho de que
dos hombres que se aman fraternalmente no puedan conservar siempre igual
intensidad de sentimiento. Ver cada día los mismos rostros y seguir las mismas
rutinas, causa un suplicio in-aguantable.
Sin embargo, no todo eran enojos y torturas en
nuestra existencia; nosotros teníamos también pequeñas'alegrías. Un
acontecimiento dichoso era la llegada del correo, que venía cada diez días en
invierno y cada ocho durante el verano. No puedo describir con qué impaciencia
esperábamos la hoia de que llegase á la prisión. Algunos estaban horas enteras
contra la empalizada, para ver al comandante dirigirse á la oficina de la
posta; es-peraban su vuelta con la misma curiosidad y se apresuraban á ir á
prevenir á los compañeros.
El correo nos traía cartas, periódicos y libros,
algunas veces también paquetes con provisiones
ó regalos.
Esto introducía alguna diversión en la monotonía mortal de la cárcel. El dinero
nos per-mitía mejorar nuestro alimento. Los periódicos,
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 302.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIB.ERIA T5
los libros y las revistas nos interesaban muy
par-ticularmente, porque nos traían nuevas de fue-ra y conocíamos los
acontecimientos políticos, que tenían el don de apasionarnos. Se devoraban
materialmente todos estos impresos, que forma-ban el indispensable alimento de
nuestras discu-siones.
En esta época la más brutal reacción se ex-tendía,
no sólo en Rusia, sino en toda la Europa Occidental. La lectura nos exasperaba
hasta el punto de dejar caer el periódico de las manos. No estábamos
autorizados á leer más que revistas sin interés, impregnadas de un espíritu
conserva-dor, exceptuando la revista bien conocida El Mensajero de Europa, cuya
lectura estaba auto-rizada no sé por qué. Había entre nosotros algu-nos que
leían el periódico desde el título al pie de imprenta y se enteraban hasta de
los menores de-talles. Pero lo que más nos interesaba á la llega-da del correo,
eran las cartas délos parientes y amigos. Esta correspondencia nos causaba á la
vez alegría y sufrimiento. Estábamos constante-mente con pena á propósito de
los que amába-mos, porque las nuevas que recibíamos del país tardaban en llegar
á nuestras manos un mes y medio ó dos meses en primavera y otoño, cuando los
caminos eran practicables, y en Siberia el co-rreo llegaba siempre con retraso.
No sólo las car-tas eran leídas por el comandante y sometidas á rigurosa
censura, sino que se las bañaba con una solución de cloruro de hierro para ver
si ciertas novedades misteriosas se nos transmitían por medio de tinta
simpática. Lo que nos causaba más pesar era no poder responder á nuestro
nom-bre. Debíamos acusar recibo de una carta sobre una tarjeta postal á nombre
del comandante y dar
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 303.
76 LEÓN
DBUTSCH
buenas indicaciones sobre el estado de nuestra
salud. Las cartas, sobre poco más ó menos, eran lo siguiente: «Su hijo
(hermano, sobrino, amigo, etcétera) está bien; ha recibido el dinero (ó la
car-ta) que usted le ha enviado y le ruega que siga es-cribiéndole.»
Seguía la firma del comandante. Como la carta era
de letra del prisionero, los padres y los ami gos podían convencerse de que el
que les intere-saba estaba todavía vivo y que había recibido su envío, pero
nada más.
En semejantes condiciones la correspondencia
ocasionaba tormentos que es fácil comprender y causaba gran amargura á los
solitarios que no recibían ninguna carta. Había dichosos que po-dían tener
relaciones constantes con los seres que amaban y había pobres abandonados. ¡Es
preciso ver la expresión de tristeza con que contemplan la distribución de la
correspondencia! Yo he es-cuchado á uno de ellos exclamar con acento triste:
«¡Ah, si alguien me escribiera algunas líneas!» Es, en efecto, el colmo de lo cruel
estar relegado en Siberia, á miles de leguas del hogar, sin que nin-guna
criatura humana se ocupe de nosotros ni nos guarde un recuerdo. Pero es
admirable ver la alegría de uno de estos olvidados cuando por azar recibe una
carta que no esperaba. En reconoci-miento á esta felicidad milagrosa hacen
distribuir té á todos los de la cámara, guardan la carta so-bre ellos como un
tesoro precioso, hablan frecuen-temente y largo tiempo y leen los párrafos
intere-santes á los mejores amigos.
Es una tradición convidar á los camaradas cuando se
recibe una noticia interesante; las car-tas dan la vuelta por todas las
habitaciones y se copian ciertos párrafos que pueden ofrecer interés
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 304.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 77
especial. Los comandantes, y sobre todo el Gato, se
tomaban mucho cuidado de que no llegasen á nosotros más que las cosas
personales, y cubrían de tinta todos los demás párrafos. Pero nosotros teníamos
medios particulares de conocer todos los acontecimientos políticos, y algunos
tenían un don de adivinación sorprendente. A pesar de to-dos los cuidados,
recibíamos cartas y libros que estaban prohibidos; nos servíamos para ello de
los guardianes, que se dejaban seducir por nues-tro dinero. Gracias á este correo
secreto, nos co-municábamos con la prisión de mujeres, cosa rigurosamente
prohibida. Sabíamos cuanto les pasaba y teníamos detalles de todos los otros
de-portados que vivían en las diferentes localidades de la Siberia.
Nuestro administrador intervenía en el movi-miento
postal. El comandante le indicaba los nombres de los que habían recibido dinero
y la suma que tenían, y él lo hacía saber en las dife-rentes habitaciones,
porque, como ya he dicho, todos eran igualmente interesados. Nuestro
bi-bliotecario añadía al catálogo todos los impresos que acababan de llegar. El
turno para la lectura de libros y periódicos estaba fijado por un regla-mento
especial. Los que recibían regalos, como lencería, vestidos y zapatos, eran libres
de guar-darlos ó dárselos al administrador. Este hacía saber á los prisioneros
todos los objetos que es-taban á su disposición. Cuando se trataba de
co-mestibles se daban también al administrador, que los distribuía por cámaras;
cada cámara tenía un repartidor general, cuya misión era partir estos
suplementos entre los prisioneros, observando la más estricta equidad, lo que
exigía habilidad y práctica.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 305.
78 LEÓN
DEÜTSCH
Nos esforzábamos en hacer reinar la mayor igualdad
para todos. Había entre nosotros quien sentía hasta pena de recibir de su casa
numerosos regalos, mientras que otros no recibían jamás nada y.procuraban
excusarse de su situción pri-vilegiada que les avergonzaba; pero había también
ejemplos de egoísmo y alguno guardaba para su uso exclusivamente personal los
regalos que le mandaban.Esto eran excepciones. Varios llevaban su delicadeza
hasta no pedir sólo los libros que deseaban leer, y hacían una lista de los que
que-rían los otros compañeros. Guando se reunía una cantidad para comprar
libros nuevos, se dividía la suma en tantas partes como presos, y cada uno
podía emplear la suya en los libros más de su gusto; de este modo quedaban
todos satisfechos y los amantes de las bellas letras podían propor-cionarse
obras de literatura, en tanto que los ins-truidos compraban manuales y
tratados.
Después del correo, el baño era otra causa de
placer. Los que habíamos estado una semana en el servicio de cocina, entre
objetos y materias poco limpias, sentíamos una gran alegría en tomar el baño de
vapor y cambiar de ropa. En saliendo del baño se tomaba una taza de té bien
caliente, se extendían los miembros fatigados sobre el col-chón y se
experimentaba una sensación de bienes-tar físico dejando vagar la imaginación,
que nos hacía olvidarlo todo por algunos momentos. Cierto que la lencería no
era muy fina ni artísticamente repasada, pero agradaba lo mismo á la piel; si
por una dichosa coincidencia el correo llegaba el mismo día, eran dos
felicidades á un tiempo.
—¿Está usted contento? ¡Epicúreo!...
Eran los términos con que me apostrofaba otro
compañero tendido también en su cama y
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 306.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEKIA 79
que probaba la misma sensación de bienestar. Uno de nuestros recreos
favoritos era el juego de ajedrez; teníamos varios maestros en la habi-tación,
en especial Yatzewitsch y Zubrochizky,
que reunían la teoría y la práctica. Se organizaban algunas veces torneos con
todas las reglas del arte y se fijaban premios de importancia, que con-sistían
en el té ó algún otro convite. En estas oca-siones, toda la prisión se
apasionaba por uno ú otro de los jugadores y se discutían con calor las
jugadas y los resultados de cada una.
Nos entregábamos también al canto. Nuestros coros
tenían un repertorio muy variado de melo-días melancólicas de los pequeños
rusos, alternan-do con las canciones vivas de los grandes rusos, y hasta
algunos trozos de ópera difícil, sin olvidar los cantos revolucionarios, tales
como la Marse-Ilesa y otros que nos eran particularmente que-ridos.
Un día, cuando el comandante Nikolin no es-taba
allí y la vigilancia no era tan severa, uno de nuestros ingeniosos mecánicos
fabricó un violín, sobre el cual los amigos ejercieron su habilidad, lo que no
era siempre muy agradable para los que estaban obligados á oirlos. Posen y
algunos otros martirizaban los oídos de sus camaradas con una música de todos
los diablos, que consistía en so-plar al través de las púas de un peine.
Combatíamos también el aburrimiento de la prisión
con charadas y enigmas, que gozaban de gran favor entre nosotros en el
Synedrion. Los recién venidos trajeron cartas, y el whist, que se acababa de
poner en moda en Rusia, ocupó bien pronto algunos camaradas, que se pasaban
ju-gando los días y las noches. Pero en general, las cartas tenían poco éxito.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 307.
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DBUTSCH
Los ejercicios físicos eran también muy agra-dables
á la mayo'ría, pero en tanto que el Gato gobernó la prisión, fue imposible
hacerlos libre-mente. Todo lo que nos permitió fue organizar en el patio
durante el invierno carreras con los pati-nes que habíamos construido.
Uno de los sucesores de Nikolin consintió en la
instalación del jardín: así en la primavera si-guiente esta fue nuestra
ocupación favorita. Algu-nos, muy aficionados á la Naturaleza, se entrega-ron
con ardor á esta tarea; cultivaban su cuadro con el más grande cuidado,
regaban, limpiaban y escardaban sin cesar, y se ocupaban de cada planta en
particular como si hubiese sido un niño querido. Pronto fuimos dueños de un
gran núme-ro de legumbres y flores. Yo tenía una predilec-ción especial por los
girasoles, que me recordaban mi patria, la Rusia meridional, y plantaba sus
semillas por todas partes. Llegado el verano, mis plantas se elevaron
majestuosamente en el aire y sus tallos sólidos se extendían en línea recta á
lo largo de nuestro bulevar, como llamábamos á la empalizada á través de la
cual se veía la calle y la casa del comandante mirando por los agujeros. Cuando
las plantas abrieron sus discos de luz, parecían mirarnos con compasión y
decirnos: «¡Pobres inocentes! Pasáis la mitad de vuestra vida y los mejores
años de vuestra juventud en prisión, sólo porque habéis soñado en trabajar por
la felicidad de vuestra patria. Pero no perdáis el valor. Día vendrá en que con
la frente alta en-tréis en vuestros hogares. ¡Siempre de cara al sol y á la
luz!»
El sucesor de Nikolin fue el jefe de escuadrón
Iakovlev, é hizo todos los esfuerzos para dulcificar el régimen de la prisión.
Nos hizo el efecto de un
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 308.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SlliERIA 81
hombre bastante humano que seguía á la letra
las órdenes recibidas, pero que no buscaba el medio
de agravarlas con vanas formalidades y exageraciones inútiles.
Puede ser que su conducta estuviera dictada por el
hecho de que no había de ocupar largo tiempo el puesto, y estuviese preocupado
con el deseo de tener los menores quehaceres posibles con nosotros. Pertenecía
á la categoría de gentes que se encuentran con frecuencia en Rusia y en Siberia
y que tienen una debilidad: la bebida. Tomaba algunos vasitos más de lo que la
razón le aconsejaba, pero sea como quiera, respiramos bajo su administración y
vimos llegar con pena al nuevo comandante.
El coronel Masjukoff entró en funciones seis meses
después, en el curso del invierno de 1887, ó hizo su entrada en la prisión
acompañado de Iakovlev.
Era un hombre de pequeña estatura, sin bar-ba, con
los cabellos entrecanos y bigote. A pesar de sus cincuenta años pasados, su
paso era ágil, tenía una voz de falsete desagradable y hacía el efecto de una
vieja gallina desplumada. Había en toda su manera de ser alguna cosa que
denuncia-ba al hombre débil y sin caráeter. Así fue, desgra-ciadamente para
nosotros y para él. Masjukoff ft*o respondía á lo que debe ser un oficial de
gendar-mes, pues no era á propósito para el servicio ac-tivo, como él mismo reconocía.
Se había hecho gendarme por un encadenamiento de circunstan-cias desagradables.
Pequeño propietario de nacimiento, había sido
oficial de la guardia, volvió después á sus tierras, entregándose á una vida de
disipación y g, Gracias al dinero que ofreció fue elegido r
TOMO II
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 309.
82 LEÓN
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de la nobleza en su distrito y pudo poner en orden
sus asuntos y pagar sus deudas.
Aceptó en seguida una plaza de oficial de
gen-darmería, seducido por las ventajas que tienen sobre los oficiales que
desempeñan cargos análo-gos, sobre todo si alcanzan la suerte de ser en-viados
á puestos como Kara.
El comandante de nuestra prisión recibía de cuatro
á cinco mil rublos por año, además casa, luz, servidumbre y caballos á su
disposición. En calidad de antiguo oficial de la guardia y de ma-riscal de la
nobleza, Masjukoff había sido nom-brado coronel y beneficiado con el puesto de
Kara. Nos decía que su deseo más vivo era dulci-ficar nuestra suerte en la
medida de lo posible, pero no eran más que palabras; el camino del infierno
está empedrado de buenas intenciones, y los prisioneros políticos no han tenido
jamás que sufrir bajo los comandantes más tiránicos tanto como bajo la
administración de este alegre vi-vidor.
Pero no conviene anticiparnos. En los prime-ros
tiempos del régimen de Masjukoff notamos, en efecto, algunas ventajas. Gomo se
sabe, había-mos hecho un jardín, y las puertas de las habita-ciones no se
cerraban en todo el día; podíamos circular libremente en el patio. En tiempo
del Gato una cámara estaba vacía y había prohibido, no sé por qué, que fuese
ocupada. Se nos permi-tió ocuparla durante el verano, así como la parte del
edificio en que había varias celdas separadas. De esta suerte tuvimos un gran
espacio á nuestra disposición y pudimos instalarnos cómodamente. Los que
buscaban la soledad tenían donde reti-rarse algunas horas del día. Señalamos
una de estas celdas para los músicos y sus instrumentos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 310.
DIEZ Y SEIS ANOS EN S1BEU1A 83
de tortura, y asi no fuimos tan molestados por
ellos.
Se mostró también menos escrupuloso para
prohibirnos herramientas, nos pudimos procurar algunas, y la ingeniosidad
mecánica de los cama-radas halló libre el campo. Un fotógrafo aficiona-do se
encontraba entre nosotros, y con ayuda de todos se le instaló un tablero,
aunque los servi-cios que nos hacía no fueran de los más aprecia bles.
El comandante se esforzaba por satisfacer nuestros
deseos en la medida de lo posible. Nos permitió cambiar de cámara cuando
quisiéramos, y mi amigo Stefanowitch y yo aprovechamos in-mediatamente la
autorización. Una estancia de dos años y medio en el Synedrion nos lo habla
hecho insoportable al uno y al otro, por lo que nos instalamos en la habitación
llamada laciudad y también el hospital. Era más cómoda, porque los lechos de
campaña estaban separados y en cada catre había pequeños almohadones.
Durante los tres primeros años que pasé en Kara, el
número de detenidos fue casi el mismo. Cuando algunos eran enviados á la
colonia pe-nitenciaria, otros venían á reemplazarlos. Los habitantes de una
estancia no cambiaban volun-tariamente de domicilio, á lo que nosotros
lla-mábamos «patriotismo de habitación». La que nosotros ocupábamos no parecía
estar muy pene-trada de este espíritu de cuerpo: la mayor parte pertenecían á
la clase de nómadas, que habían ya cambiado varias veces de domicilio, y cada uño
se ocupaba en pasarlo lo mejor que podía. Nos-otros nos aislamos voluntarios, y
como la mayor parte se ocupaba en trabajos serios, había pocas risas y
conversaciones generales.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 311.
84 LEÓN
DBUTSCH
Uno de los tipos más interesantes de esta cá-mara
era León Zlatopolski, un verdadero original, del que diré aquí algunas
palabras.
Había estudiado en el Instituto Tecnológico de
Petersburgo; después fue complicado en el proceso de los veinte en 1882, y lo
condenaron á veinte años de trabajos forzados. No había sido jamás
revolucionario activo, pero como era un matemático y un técnico notable, había
secunda-do á los terroristas en el dominio puramente cien-tífico. Estudiante,
se había revelado inventor, y esta-manía no hizo más que desenvolverse en la
prisión,y no había descubrimiento que no hubiese hecho. Durante cierto tiempo
pensó en construir una ciudad en forma de círculo, en la que todo funcionaría
por la electricidad; hasta las plantas debían nacer y crecer por medios
artificiales, por-que la luz y el calor del sol le parecían cosas de-masiado
simples. Luego acarició el proyecto de un aparato aerostático, que debía, no
solamente elevarnos á las alturas de la atmósfera, sino tam-bién precipitar los
movimientos de la tierra. Los pequeños detalles prosaicos le ocupaban tanta
como los altos descubrimientos, así es que había inventado un nuevo método para
lavar la ropa, mondar las patatas y fabricar los zapatos. Cons-truyó fogones de
un sistema especial, y realizaba combinaciones imprevistas para los juegos de
cartas; en suma, había encontrado el medio de hacer cosa nueva en todos los dominios
y revo-lucionar las costumbres, los hábitos y las viejas rutinas. Este trabajo
genial no tenía más que un defecto; era absolutamente imposible llevarlo á la
práctica. Naturalmente, él no quería convencerse;
á sus ojos sus
invenciones eran perfectas y reali-zables; lo que no le impedía, al cabo de
cierta
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 312.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIISERIA 85
tiempo, perseguir con ahinco algún otro problema.
Todos reían deél y secontaban anécdotas extraor-dinarias. Apesar de eso, era un
hombre de gran ciencia, al que le faltaba poco para ser un genio. Según
lasteorías de Lombroso, lo habíamos cla-sificado en el número de aspirantes á
la locura.
En lasdos prisiones de Kara, la dehombres y la de
mujeres, habían ingresado todos los que en diferentes épocas se mezclaron en
procesos polí-
ticos, desde el de Njetschajeff, en 1871, hasta el
de Lopatin y Sigida, en 1887. Como cada uno de los
prisioneros hablaba de los acontecimientos en que tomó parte, de aquí que los
sucesos de la lucha revolucionaria constituyeran el tema más interesante de las
conversaciones; la prisión de Kara formaba, por decirlo así, la crónica viva de
la Revolución. Era el sólo sitio donde se podía realmente estudiar el
movimiento revolucionario ruso por los testigos oculares. Pero como ningu no de
nosotros pensaba que tendría alguna vezla ocasión de hacer uso de losdatos que
reunía y de escribirlos, el conocimiento de un gran número
de detalles muy interesantes se ha perdido para
todos.
Durante mi cautiverio, no quedaba en la pri-sión
ninguno de losmezclados en el primer pro-ceso, en la época de la fase de
propaganda del movimiento, es decir, después de 1870. Todos es-taban en el
destierro, pero yohabía conocido per sonalmente á la mayoría de los
revolucionarios de aquel tiempo cuando estábamos los unos y los otros en
libertad.
Me encontré en las prisiones al mismo tiempo que
los compañeros que habían sido juzgados al-rededor de 1880 por actos de
violencia, lasrebe-liones á mano armada v los atentados contra el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 313.
86 LEÓN
DEIJTSCH
zar. Los principales agitadores habían muerto en el
cadalso ó vivían enterrados vivos en la fortale-za de Pedro y Pablo y en la de
Schlüsselburg, pero yo había estado en relaciones con un gran número de ellos:
hombres y mujeres habían pa-gado todos con su vida el amor a la libertad. Yo
podría hoy escribir de memoria todo lo que sabía
á propósito
del movimiento terrorista entre 1870 y 1880, pero esto sería aquí largo, y me
limito á recordar brevemente los acontecimientos más im-portantes.
Entre las personalidades más eminentes del
movimiento propagandista se contaban Woyno-ralski y Kowalik: los dos habían
sido jueces de paz. Cuando estaban detenidos en la prisión pre-ventiva de
Petersburgo, sus compañeros quisieron librarlos. En Msyo de 1876 se evadieron
de su celda y escaparon por una ventana del corredor, merced á una escala de
cuerda. Estaban ya casi en salvo, cuando un empleado que pasaba les vio.
Creyendo que eran presos de derecho común dio la voz de alarma, y los dos
fugitivos fueron captu-rados. Más tarde los complicaron en el procesode los 193
y los condenaron á trabajos forzados, pero los compañeros intentaron de nuevo
ponerlos en libertad. Se quería facilitar su evasión en el curso de su viaje á
Karkow, donde se mandaba entonces
á los
prisioneros más peligrosos, y resolvieron atacar á los gendarmes á mano armada.
En efec-to, el 1.° de Julio de 1878 los dos gendarmes que escoltaban el coche
fueron envueltos por un nú-mero de hombres armados y á caballo. Uno de los
gendarmes fue muerto de un tiro. El plan de los conjurados estaba próximo á
triunfar, cuando los caballos del coche, asustados de los tiros, sa-lieron á
escape y se reunieron al grueso de la ex-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 314.
DIEZ Y SEIS Aí)OS EN SIBERIA 87
pedición. Todo se había perdido. Los dos presos
estuvieron algunos años en las cárceles de Rusia europea, después fueron
enviados á Kara en com-pañía de otros revolucionarios, cumplieron su pena y en
seguida los desterraron al país de los Yakoutes. La mayoría de los desterrados
hallaron su tumba en Siberia, pero Woynoralski y Kowa-lik vieron sonar la hora
de su libertad. En el curso del invierno de 1898 99 volvieron a Europa y el
primero murió poco después de entrar en su hogar.
Las tentativas de evasión que acabo de contar
tuvieron malas consecuencias. La tarde misma del ataque al coche, uno de los
conjurados á ca-ballo, Alejo Medwedjeff, fue preso en la estación de Karkow.
Pudo escapar de la prisión preventiva de dicha ciudad al mismo tiempo que un
cierto número de presos de derecho común, que practi-caron un agujero bajo los
muros; pero como no tenía socorro fuera, no le quedó otro recurso que ocultarse
en la selva próxima, donde fue bien pronto descubierto. Sus compañeros decidieron
librarlo y adoptaron el plan siguiente: Dos jóve-nes, Beresnjuk y Rachko, se
presentaron disfra-zados de gendarmes en la prisión, llevando una orden,
fabricada por ellos mismos, para conducir al detenido á la prisión de
gendarmería, á fin de interrogarlo. Mas sea por denuncia, como preten-dían los
jóvenes, sea que el director de la prisión concibió dudas á propósito de los
gendarmes, se les arrestó allí mismo y también á Yatzewitch, que esperaba
delante de la cárcel para ayudar en la fuga. Entre ellos- se contaba
Medwedjeff, que fue, como otros compañeros, condenado á muer-te, y después les
conmutaron la pena por cadena perpetua. Gomo se temían de su parte nuevas
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 315.
88 TJSÓTÜ DBUTSCH
tentativas de evasión, se le tuvo estrechamente
encerrado en las prisiones de la Siberia occi-dental, después en la fortaleza
de Pedro y Pa-blo en Petersburgo y por fin fue enviado á Kara en 1884.
Medwedjeff era hombre de valor extraordina-rio,
siempre pronto á desafiar el peligro y expo-nerse á las aventuras más
peligrosas. Habla sido cochero y no tenía más que una instrucción
rudi-mentaria, pero estaba bien dotado y había exten-dido sus conocimientos en
la prisión. Tenía el don innato de la mecánica y una habilidad de manos
sorprendente. En los calabozos de la pri-sión de Petersburgo había modelado
secreta-mente una estatuíta con miga de pan, y era tan perfecta que provocaba
la admiración de los gen-darmes, del comandante de la fortaleza y de otros
funcionarios. Debía en gran parte á esta estatuíta ver la pena de trabajos
forzados conmutada por veinte años solo y haber sido enviado á Kara. Se mostró
artista consumado y obrero de los más diestros. Era un excelente sastre,
cordonero, gra-bador y encuadernador; cuando más tarde quedó sólo sometido á
relegación, se hizo relojero y or-febre. Desgraciadamente, á poco de dejar la
pri-sión sucumbió de resultas de un mal incurable que le había sido transmitido
con la sangre: la borrachera. Todos los esfuerzos que hizo para dejar el vicio
resultaron inútiles y al cabo de dos años estaba perdido.
Al mismo tiempo que tenía lugar en Kharkow esta
tentativa de evasión, los revolucionarios de Petersburgo estaban en un estado
de sobrexcita-ción espantosa. Un gran número de condenados del proceso de los
193 esperaban en la fortaleza de Pedro y. Pablo su envío á Siberia. A causa de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 316.
DIEZ Y SEIS
AÑOS BS SIBERIA 89
los malos tratamientos á que estaban sometidos
resolvieron organizar una protesta por el hambre. La mayoría deentre ellos
llevaba ya másde un año de prisión preventiva, y los sufrimientos por el hambre
podían serles fatales. El plan se había puesto en ejecución desde algunos días
cuando fue conocido de los miembros de la asociación «Semlja Volja», y uno de
ellos, el exsubteniente de artillería Krawtschinski, declaró inmediata-mente
que tomaría venganza del jefe de gendar-mes Mezentzelf, al que incumbía la responsabili-dad
de las persecuciones políticas. Quería cumplir este acto de justicia solo, en
público, sin buscar salvarse después del atentado, exactamente como había hecho
Wera Zassulitch, cuando el 24 de Enero de 1878 disparó contra el jefe de
policía Trepoff; pero cierto número de compañeros, entre los que me contaba yo,
se opusieron al proyecto, porque el general no merecía semejante sacrifi-cio.
Buscamos una combinación quepermitía á la vez matar á Mezentzeff y salvar á su
matador. Con este objeto se extendió una red alrededor del general y se supo á
qué hora salía de su casa. Un coche esperaba cerca deallí, tirado por Bar-bar,
uncaballo admirable, que había ya salvado la vida al príncipe Pedro Kropotkine
cuando se evadió delhospital en 1876. El día 4 de Agosto de 1878 el general fue
muerto de una puñalada en una de las calles más concurridas dePeters-burgo, y
Krawtschinski, así como Barannikoff, que lo acompañaba, pudieron salvarse
gracias á. la agilidad deBarbar. Un gran número de perso-nas fueron presas á
causa deeste atentado, entre ellas Adrián Michailoff, al que se acusaba de
haber conducido el carruaje disfrazado de co-chero. Fue condenado á veinte años
de trabajos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 317.
90 LEÓN
DBUTSCH
forzados y conducido á Kara, donde fuimos largo
tiempo compañeros de habitación.
Michailoff era de los más inteligentes entre los
presos. Tenía un gran deseo de instruirse y una memoria verdaderamente
prodigiosa. Anti-guo estudiante de medicina, poseía profundos co-nocimientos de
historia natural y de otras cien-cias; nosotros le llamábamos la Enciclopedia
viva, y no había pregunta á la cual no fuese capaz de dar una respuesta
satisfactoria. Sabía las fechas de todos los grandes acontecimientos
históricos, retenía perfectamente cuanto había leído y no se dejaba embarazar
por ningún problema. Era de un carácter resuelto, intratable, enérgico, y
gra-cias á su superioridad intelectual ejercía gran in-fluencia sobre sus
camaradas.
Séame permitido recordar aquí á Yemeljanoff, uno de
los conjurados que tomaron parte en el atentado contra Alejandro II. Se sabe
que el zar fue muerto por una bomba que Grynewitsky arrojó bajo su carruaje.
Este joven y Russakoff subieron al cadalso. Yemeljanoff había tomado una parte
directa en el atentado, tenía una bomba preparada, de la que no hizo uso,
po'rque se con-venció personalmente de que el zar había muerto, pues estaba
cerca del sitio donde tuvo lugar la explosión. Fue complicado en el proceso de
los 20 y condenado á muerte con otros diez; pero de ellos sólo el oficial de
marina Suchanoff fue eje-cutado; á los otros cómplices se les conmutó la pena
por trabajos forzados á perpetuidad. Yemel-janoff había sido encerrado con los
demás en la fortaleza de Pedro y Pablo, pero como sufría una cruel enfermedad
se le relegó á Kara en 1884.
Era hijo de un sacristán, y había frecuentado en su
juventud la escuela manual; después estuvo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 318.
DIBZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 91
á expensas del
Estado en París, donde desempe-ñaba las funciones de chantre en la capilla de
la embajada rusa. A la edad de veinte años volvió al imperio y se afilió al
partido terrorista, toman-do parte, como ya he dicho, en el atentado del 1.° de
Marzo de 1881. Era un hombre inteligente, que había logrado con el tiempo una
instrucción de las mas completas. Cuando yo le traté se había vuelto escéptico
y hablaba irónicamente de las ideas revolucionarias. A ejemplo de Fomitcheff y
de algunos otros, estaba penetrado de la idea de la potencia y la grandeza del
zarismo ruso.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 319.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 320.
CAPITULO XXVI
Departamento de las mujeres.—Comienzo de un drama
Entre los recuerdos más tristes de mi prisión en
Kara, figura el drama que se desarrolló en medio de nuestras infortunadas
compañeras.
Estábamos informados de todo lo que pasaba en el
departamento de las mujeres, porque á pe-sar de la prohibición de la autoridad
cambiába-mos continuamente cartas.
Cuando llegué á Kara, á fin de 1885, habla diez
mujeres presas, entre ellas la señorita Lebedjeff, que murió al pcfco tiempo.
Entre las mártires de las luchas revolucionarias se hacía notar Sofía
Lces-chern von Herzfeld, entonces de edad de cuarenta y seis años. Era hija de
un general, y sus parien-tes pertenecían al círculo de la corte. A principios
de 1873 Sofía se unió al movimiento propagandis-ta. Vestida de aldeana se fue á
vivir al campo, ensayando el modo.de esparcir las ideas del so-cialismo pacífico.
La arrestaron y fue condenada á deportación en Siberia a causa del proceso de
los i93. Gracias á una de sus parientas, dama de honor de la zarina, obtuvo el
indulto en 1878, época en que yo la conocí en Petersburgo; pero no debía gozar
mucho tiempo de libertad. Un año después fue arrestada en Kiew, en el curso de
una escaramuza á mano armada, y compareció ante el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 321.
94 LEÓN
DBUTSCH
tribunal militar, que la condenó á muerte en unión
de Ossinski. Éste desdichado sufrió la última pena y á Sofía se la conmutaron
por la de traba-jos forzados á perpetuidad, y fue deportada a Kara en 1879. Me
hacía la impresión de una mujer tímida, salvaje y replegada en sí misma.
Había también conocido en 1879 en Peters-burgo á su
amiga Ana Korba, recién llegada del teatro de la guerra contra Turquía, donde
desem-peñó funciones de cantinera. Pertenecía á una fa-milia de origen ruso
-alemán, de la que formaban parte muchos altos dignatarios. Casada con un
extranjero, se había dedicado á numerosas obras filantrópicas y era la
providencia y el niño queri-do de todos los habitantes de la población en que
residía; pero una amarga experiencia le había hecho conocer que los esfuerzos aislados
eran impotentes contra las circunstancias y que pocos resultados se obtenían
con el trabajo pacífico. Así es que el año 1880 se afilió al partido de la
«Na-rodnaja Volja». Era la época en que la lucha des-esperada contra el zarismo
habla llegado á su punto culminante. Ana vio á un gran número de sus amigos
presos, enviados al cadalso ó enterra-dos vivos en las prisiones. El terror
blanco estaba en toda su intensidad. En 1882, el jefe de policía secreta no
quiso arrestar á todos los terroristas, que después del feliz atentado contra
Alejandro II habían aumentado. Ana resolvió continuar la lu-cha con los últimos
mohicanos é instaló en Peters-burgo un laboratorio secreto para la fabricación
de bombas de dinamita. De resultas de esto fue arrestada en 1882 al mismo
tiempo que Garats-chewski, el oficial Butzwitch y los esposos Pryby-lyeff. En
la primavera siguiente los condenaron á veinte años de trabajos forzados. Ana
era una
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 322.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN S1BKRIA 95
mujer de brillante educación, carácter fuerte,
igual y perseverante. Sus aspiraciones son hoy las mis-mas que el dia en que
estaba en plena lucha. Su confianza inquebrantable en las ideas impone res-peto
hasta á los que no participan de ellas.
Antes de pintar á las otras detenidas en la prisión
de mujeres de Kara, es preciso recordar un acontecimiento, que en aquella época
excitó viva emoción en el público habituado á leer pe-riódicos. Hacia fines de
Febrero de 1881, la poli-cía de Petersburgo sospechó que se tenían
conci-liábulos secretos en la tienda de un vendedor de quesos, situada en una
de las calles más comer-ciales de la ciudad, pero la visita domiciliaria no
hizo descubrir nada sospechoso.
A la mañana siguiente tuvo lugar el atentado contra
el zar, y tres días después el almacén de quesos fue .bruscamente abandonado
por sus pro-pietarios, los esposos Kobozeff, aldeanos del inte-rior de la
Rusia, cuyos papeles estaban en regla. La policía procedió á nuevos registros y
descu-brió esta vez bajo el almacén un pasaje subterrá-neo que terminaba en la
Malaja Sadowaja, una calle por la que el zar pasaba con frecuencia. El túnel
debía servir para hacer saltar el coche del soberano en caso que las bombas no
hubiesen producido efecto. Se puede imaginar lo que sufri-rían los dos
revolucionarios que se ocultaban con el nombre de Kobozeff cuando la policía
hizo su primer registro.
El pasaje subterráneo estaba cubierto con grandes
toneles y cajas de quesos. Si se hubieran tomado el trabajo de levantarlos, la
entrada se hu-biera descubierto.
La mujer que en el almacén servía á la clien-tela
con las apariencias de la aldeana Kobozeff
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 323.
96 LEÓN
DBUTSCH
era hija de un sacerdote del rito griego, Ana
Ya-kimoff. Había sido maestra de escuela en una aldea, pero había ido al
pueblo, la complicaron en el proceso de los 193, y aunque absuelta por el
tri-bunal, la enviaron al Norte.de Rusia por la vía administrativa. En 1879 se
había evadido para ve-nir & Petersburgo, donde hice su conocimiento. Un
poco más tarde se afilió á la «Narodnaja Vol-ja» y tomó parte activa en una
serie de atentados contra el zar. De acuerdo con Scheljaboff, durante el otoño
de 1879 minaron la estación de Alexan-drowskaja, que el zar debía atravesar.
Presa á con-secuencia de esto, la condenaron á muerte en el proceso de los
veinte; por gracia se la encerró en la fortaleza de Pedro y Pablo y desde allí
fue enviada en 1884 á Kara.
No hay necesidad de decir que Ana Yakimoff era una
personalidad de gran fuerza de carácter y de una voluntad inquebrantable.
Todas las mujeres que tomaron parte en el
movimiento revolucionario de 1870 á 1880 tienen un tipo bien especial.
Praskowja Iwanowskaja y Nadeschda Smirnizkaja, que fueron juzgadas en 1883,
entran también en esta categoría.
Las mujeres formaban un grupo muy unido en la
prisión de Kara: una gran amistad reinaba entre ellas, tenían las mismas
aspiraciones y sus caracteres y temperamentos estaban en armonía.
Se hallaban también en esta prisión Isabel
Kowalskaja, Sofía Bogomolez y Elena Rossikoff, transportadas de Irkoutsk á Kara
en 1885. Gomo se sabe, María Kaljuschnaja había llegado al mis-mo tiempo que
nosotros.
Se puede decir que la prisión abrigaba una
verdadera aristocracia femenina. Mientras que muchos jóvenes prisioneros habían
sido enviados
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 324.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBEIA 97
á Siberia por
un sistema absurdo de persecucio-nes y no tenían ninguna opinión, las mujeres
eran todas revolucionarias, de sentimientos é ideas bien definidas. Se
necesitan las condiciones espe-ciales en que se desenvuelve la Rusia para que
tan gran número de mujeres pertenecientes á las clases elevadas de la sociedad
se hubieran así mezclado con entusiasmo al movimiento revolu-cionario.
El régimen de las mujeres en la prisión era un poco
más dulce que el de los hombres. Cada una tenía una celda para ella sola. Las
celdas era» estrechas y húmedas, pero tenían así la facultad de poder aislarse
y no estaban obligadas á sopor-tar continuamente la presencia de unas y otras:
cuando querían reunirse, podían hacerlo en una gran habitación común á todas,
pues sus celdas no estaban jamás cerradas durante el día. Estaban también mejor
tratadas desde el punto de vista material, porque recibían más dinero, y esto
les permitía procurarse algunas comodidades. En va-rias ocasiones enviaron
dinero á nuestra caja. Naturalmente, no se les afeitaba la cabeza y las dejaban
llevar sus vestidos ordinarios. Sin em-bargo, las particularidades de su
carácter, su modo especial üt pensar, su voluntad indomable y las condiciones
de la vida penitenciaria, no hacían más que exasperarlas, amenazando alguna vez
conflictos muy serios entre ellas y las autoridades.
Diferían diametralmente con respecto á la ac-titud
que debían guardar frente al reglamento y los funcionarios. Mientras que Sofía
y Elena consideraban como un deber, desde el punto de vista político, hacer una
oposición permanente y sistemática á las órdenes que recibían, las otras
opinaban que era absolutamente inútil provocar
TOMO II 7
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 325.
98 LEÓN
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conflictos que no conducían á nada. Esta
diversi-dad de pareceres amenazaba frecuentemente con establecer alguna
frialdad en sus cordiales rela-ciones.
A la llegada á Kara, las mujeres eran registra-das
por una vigilante, para ver si llevaban sobre ellas objetos prohibidos, y la
vigilante cumplía su misión como una simple formalidad; pero Elena y Sofía
declararon que no se dejarían registrar. El director de la cárcel las exhortó á
conformarse con los reglamentos, y le respondieron:
—No es á nosotras á quien se debía registrar, sino
á vosotros, cuadrilla de ladrones. Vosotros coméis á costa del Estado, tenéis
los bolsillos lle-nos de dinero y todavía le pegáis fuego á los al-macenes para
robar el pan de los prisioneros.
Esto no dio otro resultado que hacer emplear con
ellas la violencia. En cuanto á las otras mu-jeres, consideraban improcedente
este género de protesta.
En la primavera de 1887 María Kowale-wskaja fue
transportada de Irkoutsk á Kara. Llego en el preciso momento en que los
disgustos entre las mujeres alcanzaban mayor intensidad, hasta el punto de que
cuatro de ellas pedían al coman-dante que las separara de las otras.
En esta época se produjo el incidente que sigue.
Era en Agosto de 1888: el gobernador gene-ral, barón Korf, visitaba las
prisiones de Kara. Cuando hizo su entrada en la cárcel de mujeres, Isabel
Kowalskaja estaba sentada en un banco al aire libre. Aunque el gobernador se
aproximó á ella, siguió tranquilamente sentada, sin dignarse mirarlo. El le
hizo observar secamente «que debía levantarse en su presencia, porque era el
más alto funcionario de la provincia».
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 326.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBEIA 99
—No es por mí por quien le han confiado á us-ted
ese puesto—replicó Isabel con el aire más na-tural y sin hacer el menor
movimiento.
El alto dignatario enrojeció de ira y dijo al
co-mandante que enviaría instrucciones escritas para hacer ver cómo se debía
tratar á los prisioneros rebeldes. En efecto, á los pocos días vino orden de
trasladar á Isabel á la prisión central de Werhny-Udinsk, «porque su actitud
inconvenien-te ejercía influencia deplorable sobre las otras compañeras».
Las amigas de Isabel afirmaban que ella había
provocado el conflicto con el sólo objeto de ha-cerse enviar á otra prisión,
pues la larga estancia en Kara se le hacía odiosa. Así la orden del go-bernador
le causaba gran placer, pero la estupidez del comandante dio á la cosa otro
aspecto. El se imaginó que Isabel y sus compañeras opondrían resistencia y
resolvió sacar á la prisionera con el mayor secreto.
Una mañana, muy temprano, cuando dormían aún en la
prisión, los gendarmes, ayudados por prisioneros de derecho común, entraron en
la celda de Isabel y aprovechando su sueño se apo-deraron de ella y la llevaron
al despacho de la cárcel, sin más ropa que la camisa, y sólo allí le
permitieron vestirse para salir en seguida para su nuevo destino. Naturalmente,
la joven así sorpren-dida empezó á gritos; las otras presas se desper-taron,
saltaron de sus lechos y fueron testigos de la innoble escena de violencia. Un
concierto de maldiciones estalló contra el comandante. Las mujeres vieron en
este trato salvaje un atentado contra su pudor.
* **
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 327.
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DBUTSCH
Durante algún tiempo, rumores vagos circula-ron
entre nosotros sobre este hecho, porque nues-tro correo secreto no funcionaba
entonces de un modo regular. Supimos más tarde los detalles por la mediación
del mariscal de la casa, Golubsov.
Este era un sencillo carcelero que apenas sabía
leer y escribir, pero tenía gran importancia en nuestra prisión. Era un hombre
prudente, lleno de tacto. Las relaciones diarias con los prisione-ros durante
largos años le habían hecho conocer nuestras costumbres, nuestros hábitos y
nuestra manera de sentir. Esto y su tacto especial le dio un gran ascendiente
sobre el ignorante Masjukofi Cuando vino la orden del gobernador general y el
comandante, en su estupidez, concibió la desdi-chada idea de trasladar á la
pobre mujer á viva fuerza, él trató de disuadirlo; pero el comandante no hizo
caso de su subordinado hasta el día en que las mujeres recurrieron al triste
procedimien-to de la protesta por el hambre. Golubtsov le aconsejó que acudiera
á nuestra intervención.
Se encontraba entre nosotros el hermano de una de
las protestantes, María Kaljushnaja. Anti-guo estudiante de la Universidad de
Karkow, era un muchacho instruido, espiritual y de buen ca-rácter, un excelente
camarada y el niño mimado de la mayor parte de los prisioneros. Había sido
condenado al mismo tiempo que su mujer á quince años de trabajos forzados, como
terrorista, en 1883. Su hermana y su mujer habían sido tes-tigos de la escena
escandalosa y las dos tomaban parte en la protesta que les dictaba la desespera-ción.
El mariscal aconsejó al comandante escoger como intermediario á este hombre,
que era á la vez. hermano y esposo.
Masjukoff fue bastante razonable para consen-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 328.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 101
tirio é hizo llamar á su despacho á Kaljushni y le
contó exactamente todo cuanto había pasado. Por último le dijo que su mujer y
su hermana rehusa-ban el alimento desde algunos días antes, y le pidió que
fuese á Ust-Kara para calmarlas y ob-tener que renunciaran á la protesta,
prometién-doles todas las satisfacciones que desearan. Gomo Kaljishni nos contó
más tarde, el comandante deploraba realmente lo sucedido.
Kaljushni respondió que necesitaba consultar
á los
camaradas antes de aceptar la misión que le proponían, y solicitó autorización
para someter el hecho á una reunión general.
Nos reunimos en asamblea, que nunca se ha visto en
la prisión de Kara, en el patio de la gen-darmería. Los detalles que nos contó
Kaljushni produjeron entre nosotros una viva impresión y un silencio de muerte
siguió á sus palabras. Yatzwitch, que de ordinario guardaba silencio, tomó el
primero la palabra, y después de una corta discusión se decidió que uno de
nosotros se uniría á Kaljushni en calidad de delegado y se haría todo lo
posible para obtener de las protes-tantes lo que se deseaba. Por el momento exigi-mos
que el comandante presentase sus excusas á las mujeres.
Los dos delegados se trasladaron, bajo la guardia
de los gendarmes, á la prisión de mujeres, que distaba quince verstas de la
nuestra, cosa absolutamente contraria al reglamento. Cuando volvieron nos
reunimos de nuevo y supimos que las mujeres, que morían de hambre, no se
con-tentaban con excusas y anunciaban que no renun-ciarían á su protesta si no
dejaba la prisión el comandante.
La mayoría vimos que esta exigencia era irrea-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 329.
102 LEÓN
DBUTSCH
lizable. El gobierno reaccionario, al frente del
cual se encontraba el conde Dimitri Tolstoi, no relevaría al comandante aunque
todos los prisio-neros de Siberia pereciesen de hambre. Creímos arreglar el
asunto rogándole que pidiese él mismo su traslado con un pretexto cualquiera.
El co-mandante y las mujeres aceptaron el arreglo, pero las últimas declararon
categóricamente que si en el transcurso de algunos meses no se iba Masju-koff,
rehusarían de nuevo todo alimento, y esta vez llevarían su protesta hasta el
último límite.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 330.
CAPÍTULO XXVII
Los "colonos,,.—incidentes en la prisión de
mujeres
El verano de 1888 amenazaba con aconteci-mientos
muy desagradables en la prisión de hom-bres, pero no tenían comparación con el
drama que se desarrollaba en la de mujeres.
En la habitación del hospital había en aquella
época un antiguo oficial llamado Wlastopoulo, que en 1879, en Odesa, había sido
condenado á la pena de quince años de prisión, cuya condena se había agravado á
la de trabajos forzados á perpe-tuidad por tentativa de evasión. Inteligente,
bas-tante instruido, de una gran fuerza de carácter, en extremo orgulloso y
ambicioso, era un terro-rista inquebrantable en sus convicciones. Los
ca-maradas tenían la más grande confianza en él y lo apreciaban en el más alto
grado, hasta el punto que fue elegido dos veces administrador.
En 1888, los compañeros de habitación, entre los
cuales me contaba, notamos que empezaba á ponerse lunático y sobrexcitado. En
esta época, un funcionario de seguridad general, el consejero de Estado
Russinoff, hizo una visita á Kara. Las visitas de este género eran frecueutes y
tenían por objeto arrancar á los prisioneros el testimonio de su
arrepentimiento, después de lo cual se les ha-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 331.
104 LEÓN
DBUTSCH
cía firmar una solicitud de gracia. Estas eran con
frecuencia coronadas por el éxito, y ciertos prisio-neros, que no tenían una
gran fuerza de carácter, entonaban el mea culpa. Un rasgo característico es que
jamás este caso se había dado en la pri-sión de mujeres.
Poco tiempo después, Wlastopoulo abandonó la
prisión en compañía de dos gendarmes, dejan-do un papel escrito á los
camaradas. La lectura de este papel nos aterró. Wlastopoulo nos decla-raba que
había perdido su fe en el movimiento revolucionario y decidía arrodillarse al
pie deltro-no, lo que en nuestro lenguaje significaba dirigir al zar una
petición de gracia. Ningún hecho aná-logo había causado en nosotros impresión
tan profunda. Wlastopoulo era una persona notable, y su ejemplo podía influir
en muchos.
Ya he dicho que en esta época la más furiosa
reacción reinaba.en Rusia, y llegaban hasta nos-otros las noticias á través de
los muros de la pri-sión.
El hecho de que la reacción era todopoderosa podía
inducir á ciertos de nosotros á actos de su-misión, á los cuales un prisionero
está demasia-do dispuesto. Se comienza á dudar del ideal so-ñado, que
consideramos como una cosa santa, y se llega hasta lo que nos parece increíble.
Un día supimos que uno de los jefes más populares de la «Narodnaja Volja», León
Tichomiroff, se habia convertido en apóstata. Este hombre, que escapó por una
casualidad al cadalso, logró evadirse en 1882, y en 1887 escribió un folleto
intitulado Por
qué he cesado de ser revolucionario, en el cual
rene-
gaba de todas sus ideas pasadas; esto le hizo
ob-tener la gracia del zar. Recibió la autorización de volver á Rusia, donde
puso inmediatamente su
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 332.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 105
pluma al servicio de la reacción más abyecta, en la
que continúa aún.
Este ejemplo de apostasía, único en la historia del
movimiento revolucionario ruso, produjo en todo el imperio una impresión
desagradable. Es-cuché decir un día á uno de mis camaradas:
—Cuando Tichomiroff mismo se ha hecho mo-nárquico y
se ha pasado al zarismo, ¿debo yo, pobre soldado de última fila, quedar
revolucio-nario siempre?
Nuestros temores no tardaron en confirmarse: nueve
siguieron bien pronto el ejemplo de Wlas-topoulo. Entre éstos se contaban
hombres como Yemeljanof, que había querido lanzar una bomba contra el zar, y
Posen, uno de los espíritus más libres de la prisión.
Cuando un preso firmaba la petición de gra-cia, la
administración tenía cuidado de ponerlo en prisión separada hasta que decidían
las auto-ridades de Petersburgo.
Nosotros rompíamos inmediatamente toda re-lación
con él, y algunas veces se provocaban esce-nas violentas. En nuestro argot,
dirigir una peti-ción de gracia significaba «querer ser enviado á las
colonias», y hoy todavía la palabra colono se emplea en Siberia en un sentido
ultrajante, como sinónimo de renegado.
# *
Durante este tiempo, la lucha no había con-cluido
en la prisión de mujeres: por el contrario, se hacía cada vez más dura.
La autoridad no parecía dispuesta á trasladar
á Masjukoff, y
las mujeres decidieron, al expirar el plazo, recurrir de nuevo á la protesta
por el
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 333.
106 LEÓN
DETJTSCH
hambre. Cuando lo supimos resolvimos asociar-nos a
la protesta y nos negamos á tomar todo alimento.
Declaramos que esta decisión nos la dictaba sólo un
sentimiento de piedad hacia las mujeres, porque desde otro punto de vista las
excusas pre-sentadas por el comandante nos parecían sufi-cientes.
En estos días nuestra prisión presentaba un
espectáculo extraordinario; todo trabajo se había suspendido; la hucha de las
provisiones estaba cerrada y la cocina desierta. En el patio paseaban los
prisioneros, que durante varios días no habían tomado nada, pero no querían
dejar adivinar el estado de abatimiento físico en que se encontra-ban. Nos era
más fácil morir de hambre que abrir la boca para comer, porque no queríamos
dejar & nuestras compañeras sufrir solas.
No le hicimos saber nada al comandante, yél, por su
parte, guardaba silencio; pero al cabo de tres días llamó á nuestro
administrador y le pre-guntó el objeto de nuestra protesta. Nos hizo de-cir,
por medio del administrador, así como á las mujeres, que sería trasladado bien
pronto, porque había dirigido una nueva petición y había recibido contestación
favorable; para corroborar sus afir-maciones nos mostró telegramas que trataban
del asunto.
Obtuvimos de las mujeres que tomasen algún alimento
al cabo de ocho días de riguroso ayuno, pero no renunciaron á su protesta
contra Mas-jukoff.
Desde el traslado de Isabel, el comandante no osaba
entrar en el departamento de mujeres; ellas decidieron romper hasta la
comunicación indi-recta, y para eso se impusieron los más duros sa-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 334.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 107
orificios. Rehusaron enérgicamente todo envío
postal que hubiera de ser hecho por su media-ción; no recibieron su dinero, sus
libros y sus pe-riódicos. Quedaron reducidas al régimen extricto de la prisión,
rompieron toda relación con sus familias y renunciaron á leer un solo
periódico, que era su única distracción.
La consecuencia natural de todo esto es que las
pobres criaturas cayeran en el más lastimoso estado físico y moral, en un
abatimiento absoluto. Lo que les hacía sufrir terriblemente era no reci-bir
noticias de sus familias. El comandante, por su parte, estaba obligado á
devolver los envíos postales rehusados por los destinatarios; se puede imaginar
la agonía y el sufrimiento de las fami-lias. El pensar que ocasionaban crueles
tormen-tos á los que querían, debilitaba el espíritu de re-sistencia de las prisioneras.
Una de las que sufrían más con estas cosas era
Nadejda Sigida, una de las recién llegadas á Kara. Yo no la he conocido
personalmente, pero por lo que he oído decir de ella á los camaradas, era una
joven simpática y de un corazón abierto á todas las impresiones de ternura y de
bondad. Tenía un cariño profundo á sus padres, que vivían en Taganrog, pequeña
ciudad del Sur de Rusia. Antes de su matrimonio era maestra en una es-cuela del
Estado. Después tomó parte directa en el movimiento revolucionario y fue condenada
á ocho años de trabajos forzados, porque le encon-traron en el cuarto que
habitaba con su marido una caja con materiales sospechosos. El marido fue
condenado á la pena capital, conmutada des-pués por la de trabajos forzados á
perpetuidad, y había muerto en el camino, cuando lo conducían á la isla de
Sakhaline.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 335.
108 LEÓN
DEUTSCH
El destino se encarnizaba con esta pobre mu-jer.
Condenada injustamente, había perdido á su marido y llegaba á las prisiones de
Siberia en cir-cunstancias de tomar parte en un drama terrible.
La ruptura de relaciones con los que amaba era para
ella una pena cruel. El recuerdo de su madre y sus hermanas la sumia en una
desespe-ración profunda. Se imaginaba la desolación de las pobres mujeres
cuando recibieran las cartas que no habían sido abiertas y se encontraran en la
imposibilidad de tener noticias suyas.
No era posible prolongar esta abominable
si-tuación; un año había ya transcurrido desde el traslado de Isabel, y aún era
comandante Masju-koff. Las mujeres estaban en un estado de sobrex-citación
desesperado; no podían resignarse y re-solvieron provocar un fin pronto,
costara lo que costara.
Tuvieron nuevo consejo y por tercera vez pen-saron
en el suplicio del hambre.
—¿Qué esperáis obtener con eso?—les dijo Na-dejda
Sigida.—El gobierno se entretiene por no ce-der; nuestra protesta no hará más
que aumentar el número de víctimas. Puesto que no podemos resistir este género
de vida, ¿no es mejor que una sola se sacrifique por todas?
Sigida resolvió salvar á sus camaradas. Un día dijo
al gendarme de servicio que tenía una comu-nicación que hacer al comandante y
deseaba verlo. Masjukoff no vio nada sorprendente en esta de-manda y ordenó que
la condujesen á su des-pacho.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 336.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBEIA 109
Algunos de nosotros fueron testigos aquel día de
una escena extraña á través de la empalizada.
Un coche conduciendo á una joven y dos gen-darmes
se detuvo delante de la casa del coman-dante. La joven penetró en el interior y
algunos segundos después el comandante, con la cabeza descubierta, en un
violento estado de sobrexcita-ción, saltó al patio por la ventana del piso
bajo.
Con gran asombro de los espectadores, la joven
apareció de nuevo hablando en alta voz y muy animada con los gendarmes. Por sus
ademanes se comprendía que instaba á que mandasen un tele-grama, pero ellos
parecían indiferentes. Luego se la vio besar al niño de un vigilante.
Todo esto era extraño y enigmático para nos-otros,
pero no tardamos en tener la explicación. Así que Sigida se encontró delante de
Masjukoff, le escupió en la cara, diciéndole:
—¡Esto es para el comandante!
Nuestro héroe, á pesar de la presencia de los
gendarmes, se puso á temblar como una liebre y saltó por la ventana, huyendo.
Sigida creía que el comandante buscaba no dar parte
de lo sucedido y por eso reclamaba im-periosamente que se telegrafiase á las
autoridades competentes. Contaba, como es costumbre en Rusia, con que un
oficial que ha sido degradado no puede continuar en su cargo. En cuanto á ella,
sabía que la condenarían á muerte, y estaba resignada. Todas las conjeturas
fueron vanas y la desgraciada hizo un sacrificio inútil.
*
* *
El año 1889 marcó para nosotros, como para todos
los que estaban en Siberia, una fecha in-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 337.
110 LEÓN
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olvidable, porque además de los sucesos de Kara
hubo un drama sangriento en Irkoutsk.
El ruido de este acontecimiento se extendió al
través de todo el mundo civilizado, y provocó una violenta indignación contra
la barbarie del go-bierno del zar.
He aquí cómo el drama se produjo: Se habían
internado en Irkoutsk cierto número de jóvenes y mujeres, los cuales debían ser
transportados mucho más al Norte por la vía administrativa á algunos de esos
lugares perdidos en el mapa de Siberia que se designan con el nombre de
ciuda-des, tales como Verchny-Kolymsk, Nijni Kolymsk ó Werchojansk.
Entre estos jóvenes, que pertenecían á las
universidades, se encontraban algunos menores de edad, á los que conforme las
leyes rusas, no se les puede imputar ningún delito.
El vicegobernodor Ostachkin, que administra-ba
entonces el gobierno de Irkoutsk, había dado orden de conducir á todo el mundo
al lugar de su destino, pero empleando procedimientos que de-bían hacer el
transporte extraordinariamente pe-noso. Cuando los condenados se enteraron,
hicie-ron objeciones respecto al peligro á que se les exponía, bien de morir de
hombre, bien de quedar enterrados entre las soledades de nieve.
Se les ordenó no discutir sobre esto. Entonces
solicitaron ver al jefe de policía. En lugar de este funcionario vino un
gendarme encargado de con-ducirlos al despacho.
Los deportados creyeron que querían llevárse-los
inmediatamente, sin hacer caso de su reclama-ción, y se negaron á obedecer la
orden.
Entonces entraron los soldados, bajo el mando de un
oficial, y una carnicería, que desafía toda
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 338.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 111
descripción, tuvo lugar: los golpearon á culatazos;
los pasaron con las bayonetas y descargaron las armas contra estos desgraciados
sin defensa. Seis cadáveres quedaron sobre el suelo, entre ellos el de una
mujer en cinta. Todos los otros estaban heridos y cruelmente maltratados. A
pesar de eso, se les arrojó en un calabozo y les formaron con-sejo de guerra.
Tres fueron condenados á muerte y ejecutados en Irkoutsk, y nueve á trabajos
for-zados á perpetuidad. Tal es, en pocas palabras, la historia de la
carnicería de Irkoutsk.
Nosotros supimos estas atrocidades en el mo-mento
en que nuestra situación era excepcional-mente crítica. Nuestra compasión á las
inocen-tes víctimas y nuestra cólera contra sus verdugos, nos hicieron concebir
serios temores respecto á nuestro propio asunto. Nos decíamos: «Cuando e!
gobierno se conduce de esa manera tan terrible con individuos completamente
inocentes, ¿qué no puede permitirse contra nosotros, que estamos privados de
todos los derechos y encerrados en calabozos de los cuales ninguna noticia puede
sa-berse fuera?»
La cruel realidad que siguió, vino á confirmar
nuestros temores.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 339.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 340
CAPÍTULO XXV1I1
El centenario de la Revolución francesa.—Sergio
Bobochoff.
Ei fin del drama
Ha quedado, sin embargo, un recuerdo agra-dable del
año 1889: el de la fiesta celebrada entre nosotros para conmemorar el
centenario de la demolición de la Bastilla.
Algunas docenas de hombres condenados y prisioneros
del zar de todas las Rusias, perdidos en uno de los rincones más desiertos del
mundo, decidieron asociarse á la alegría del pueblo fran-cés que festejaba con
entusiasmo el centenario de su gran Revolución.
Nuestra fiesta fue de las más modestas: té y pastas
que pudimos procurarnos entre todos. La sala del festín era el patio, adonde
trasladamos las mesas de todas las habitaciones para sentarnos alrededor. Allí
evocamos los recuerdos de la gran victoria de la Revolución y de todos los
héroes.
Nos preguntábamos unos á otros:
—¿Llegará para nosotros el día en que el pueblo
ruso pueda demoler nuestras bastillas; la forta-leza Pedro y Pablo, la
ciudadela de Varsovia y otras cárceles donde el zarismo encierra á sus
enemigos? ¿Habrá alguno de nosotros vivo aún ese día?
TOMO II 8
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 341.
114 LEÓN
DBUTSCH
—Al comienzo del siglo XX, Rusia habrá con-quistado
su libertad—decían los optimistas.
—¡Quién sabe si no lo logrará nunca!—añadían los
escépticos.
Había debates y conversaciones animadas. Muchos de
ellos, que entonces estaban llenos de esperanza, reposan hoy en la tierra;
otros vege-tan todavía tristemente en los desiertos de la Si-beria.
Pero volvamos á los tristes acontecimientos que
tuvieron lugar entonces.
Cuando Sigida escupió al comandante, las mu-jeres
comenzaron su protesta por el hambre, la tercera y la más terrible. Se
aferraban obstinada-mente é la idea de que Masjukoff debía irse ó morir ellas.
Esta vez no tomaron el menor ali-mento en diez y seis días consecutivos, y
Sigida resistió veintiún días, como supimos más tarde. El médico de la prisión
había declarado que no respondía de sus vidas; el gobernador de la pro-vincia
dio la orden de alimentarlas artificialmen-te. No sé si esa orden fue ejecutada.
Corrió el ru-mor de un incidente entre el médico y María Kowalskaja. Entró en
su celda cuando ella es-taba tendida en la cama estenuada por el ham-bre. Pensó
que deseaban usar de la violencia, y desesperada abofeteó el rostro del doctor.
Este era un hombre de una gran humanidad, tomó la cosa como resultado de la
situación en que so encontraba la pobre mujer, y no la creyó respon-sable. Le
dijo que estaba equivocada, que no te-nía la menor intención de hacerle
violencia, y ella se excusó. El doctor contó después á sus conoci-dos que no
había visto jamás una mujer de un carácter tan admirable, tan elevado espíritu
y arre-batadora elocuencia.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 342.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 115
En fin, viendo que las mujeres estaban próxi-mas á
la muerte y que irían hasta el final, las autoridades superiores declararon que
Masjukoff no sería trasladado para que no se pudiera decir que se habían
impuesto las prisioneras; pero el gobernador hizo que Sigida, Kowalskoja,
Smir-nizkaja y Kaljujnaja no estuviesen bajo el mando del comandante, sino de
la administración gene-ral de prisiones, y se las condujo al departamento
reservado á las presas de derecho común. Las prisioneras se mostraron satisfechas
de esta me-dida y renunciaron á su protesta, pero su marti-rio no había
terminado y debían sufrir pruebas muy crueles.
En la primera quincena de Octubre, Masju-koff, que
no se había dejado ver desde que le escupió Sigida, entró en nuestra prisión.
Venía rodeado de una escolta armada, como no lo hizo nunca antes. Cuando
estuvimos reunidos en el corredor nos leyó con voz trémula un papel que decía:
«que á consecuencia de los tumultos que habían estallado entre los prisioneros
políticos de Kara, el gobernador haría emplear las represiones más severas y
hasta los castigos corporales».
Los prisioneros políticos estaban acostumbra-dos á
sufrir vejaciones, pero no hubieran podido humillarse hasta aguantar los
castigos corporales; la sola amenaza de semejante trato nos produjo el efecto
de un ultraje que no podía lavarse más que con sangre. Este modo de ver
encontró elo-cuente intérprete en Sergio Bobochoff, excelente joven que
representa un papel inolvidable en la historia de las revoluciones rusas desde
el día en que los tiranos de la Siberia nos arrojaron al ros-tro esta odiosa
provocación.
Sergio Bobochoff era de las regiones del Vol-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 343.
116 LEÓN
DEUTSCH
ga y había frecuentado la escuela de Veterinaria de
Petersburgo. En 1870 tomó parte en una manifes-tación dirigida contra el
profesor Tion, que hizo gran ruido en la época. Condenado á destierro, había
sido llevado por la vía administrativa á los desiertos del gobierno de
Arkángel, y en 1878 hizo una tentativa de evasión y disparó contra los que le
persiguieron un tiro de revólver. Esperaba que le harían comparecer ante un
tribunal y podría de-nunciar los abusos cometidos por la administra-ción, pero
lo condenaron sin oirlo á veinte años de trabajos forzados, y, en 1879, lo
enviaron á Kara.
Durante los treinta años que he estado entre
re-volucionarios rusos, he conocido más de un hom-bre notable, pero ninguno que
pueda compararse moralmente con Bobochoff.
Tierno de corazón, leal á toda prueba, serio y
pronto á servir á los amigos, tales eran sus cuali-dades dominantes. Era-el
hombre más modesto que se puede pensar, pero cuando se trataba de hacer
respetar el honor revolucionario, era intra-table y estaba inflamado de toda la
pasión de un profeta. No había nunca la menor contradicción entre sus actos y
sus palabras. De todos los revo-lucionarios rusos, era el más lógico y el más
firme en sus principios. Nada de admirar tiene que este hombre de tal temperamento
impusiera deferen-cia y respeto hasta á los que no participaban de sus
opiniones.
Cuando llegó á Kara, era un joven penetrado por las
ideas que reinaban entonces, es decir, las de Buntari, las del más puro
anarquismo, y que-dó fiel á ellas hasta la muerte.
La prisión y el destierro son, desde este punto de
vista, eminentemente conservadores. Los prin-cipios con que un hombre entra en
prisión se fijan
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 344.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 117
y resisten inmutables durante todo lo que dura
el cautiverio. Bobochoff leía mucho y se arrojaba
con pasión á todo lo que presentaba un interés desde el punto social y
político; pero, como otros muchos hombres inteligentes, no tomaba de cada libro
más que los argumentos que fortificaban su manera de ver. Asi, los problemas de
la democra-cia social le interesaban en el más alto grado, pero su pasado le
impedía sacar bien todas las consecuencias y estaba en discusión perpetua con
los partidarios de esa doctrina.
Ño éramos compañeros de habitación, pero durante
los paseos en el patio teníamos debates sin fin sobre este tema. Era un
terrible adversario, muy atento, sabiéndose contener, jamás agresivo ni
descendiendo á personalidades.
Bobochoff se sintió más impresionado que los otros
camaradas por la amenaza de los castigos corporales. Imaginó el plan siguiente,
para el que hizo una propaganda inmediata. Quería enviar un telegrama al
ministro del Interior, diciéndole que si la amenaza del gobernador general no
era reti-rada, estábamos dispuestos á suicidarnos uno después de otro. Nos
propuso que en caso de que el ministro no accediera a la suplicarnos suicida
ramos por el turno que decidiera la suerte.
Bobochoff combatió enérgicamente todas las razones
que le di.
—Amo la vida tanto como usted—me dijo,—y estoy
pronto á afrontar la muerte, á manera de protesta; espero que los demás harán
otro tanto. Sin la situación en que me pone la suerte, es de-cir, sin la
obligación moral, mi protesta no sería necesaria; si los demás no me imitan, mi
sacrificio sería inútil y ninguna influencia ejercería en el ánimo del
gobernador.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 345.
118 LEÓN
DBUTSCH
Después de esta conversación saqué el
conven-cimiento de que Bobochoff amaba la vida y no tenía deseos de suicidarse.
Pero su suerte y la de algunos camaradas estaba ya decidida.
Supimos que por orden del gobernador gene-ral,
Sigida había sido sometida á castigo corporal por la ofensa infligida al
comandante. Esto nos parecía increíble. Nada semejante había en la historia del
movimiento revolucionario; entre los hombres, Bogoljuboff, que había sido
condena-do á trabajos forzados á causa de la manifesta-ción de la plaza de
Kazan en 1876, fue el único que se conformó con semejante afrenta. Desde que
Wera Sassulitch hizo fuego sobre el jefe de policía Trepoff, ninguna nueva
tentativa se había hecho para someter los condenados políticos á penas
corporales durante los doce años transcu-rridos.
Se habían verificado numerosas tentativas de
evasión para incurrir en dicha pena, y se conten-taron con prolongar el tiempo
de prisión algunos años más. Nadie podía suponer que se sometiera
á una mujer á
semejante castigo, mas el ejemplo de la carnicería de Irkoutsk, cuyas víctimas
eran todas jóvenes y mujeres, simplemente condenados por la vía administrativa,
nos hacía temer los ac-tos más bárbaros por parte del gobierno del zar de
lapas.
Los más terribles días empezaron para nos-otros,
pero la incertidumbre no duró largo tiempo;
á principios
de Noviembre supimos que la sen-tencia de la joven había sido ejecutada.
Imposible describir nuestro estado de alma, nuestra
terrible indignación. Guardamos, sin em-bargo, una calma aparente para no
despertar sos-pechas en los gendarmes.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 346.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN" SIBBR1A 119
Un día corrió el rumor de que Sigida había muerto
poco después de la ejecución del castigó-los unos decían que había sucumbido de
una cri-sis nerviosa, otros que se había envenenado. Al poco tiempo se nos hizo
saber que Kaljuschnaja, Kowalskaja y Smirnizkaja habían tomado una droga y
estaban muertas en el hospital de la pri-sión. A esta noticia, un cierto número
de entre nosotros resolvimos en silencio, y sin ninguna discusión previa,
seguir el ejemplo de las mujeres. Nos proporcionamos el veneno y decidimos
to-marlo después de la revista de la noche. Ninguno pidió á otro que se
asociara á su idea; los que es-taban decididos á morir tomaron el opio que se
encontraba sobre la mesa de cada habitación y lo absorbieron.
Bobochoíf estaba durante algunos días tan tranquilo
como si nada de extraordinario ocurrie-se, siempre serio y sobrio de palabras.
Kaljusch-ni parecía tener desde largo tiempo una resolu-ción irrevocable; esto
los aproximaba y les hizo íntimos amigos. De treinta y tres que éramos, diez y
siete resolvimos renunciar á la vida. Se fijó el día, y poco después de la
revista de la tarde se escucharon los ecos de un canto en la habitación de los
Yakoutes, donde se encontraban Bobochoff, Kaljuschni y la mayoría de los
conjurados para suicidarse. Había algunos en cada habitación y dos en la
nuestra. Este canto fue la señal. Los que debían morir se despidieron de los
camaradas, absorbieron el veneno y se acostaron sobre el jergón, convencidos de
que todo había acabado.
Yo no había tomado veneno; pero creo que era más
fácil envenenarse que ser espectador de esle drama. La impresión que produjo
sobre mí fue terrible; me acometieron dolores de cabeza, y los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 347.
120 LEÓN
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médicos descubrieron que tenía síntomas de
en-venenamiento. A pesar de esto, los camaradas que tomaron el veneno no
consiguieron su objeto; el opio estaba descompuesto y no fue bastante á
matarlos. Los desgraciados se levantaron á la manada siguiente con atroces
sufrimientos, pero esto no les hizo ceder en su empresa y decidieron tomar un
veneno más activo, tal como la morfina. Sólo tres se arrepintieron.
A la noche siguiente las escenas de despedida se
renovaron; los nervios de los sobrevivientes es-taban todavía más excitados que
la víspera y la si-tuación era de las más penosas. Esta vez también la morfina
estaba alterada, y la mayoría de ellos estuvieron muy graves, pero se
restablecieron. Sólo Bobochoff y Kaljuschni, que habían absorbi-do dosis
triples, quedaron pronto sin conocimien-to. Durante la noche, Bobochoff se
levantó y sintió
á Kaljuschni
que trataba de incorporarse; lo abra-zó y le cubrió el rostro de besos. Así que
se con-venció de que su amigo no se levantaría más, tomó otro puñado de
morfina, se acostó cerca de él y cerró los ojos para siempre.
A la mañana siguiente, cuando los vigilantes
hicieron la ronda con los gendarmes, se encontró
á los
camaradas inanimados; el médico, llamado
á toda prisa,
declaró que la agonía había comen-zado ya. Kaljuschni murió la tarde misma y
Bobo-choff al día siguiente. Los cadáveres fueron con-ducidos al hospital y
enterrados en el cementerio, al lado de las cuatro mujeres que acababan de
morir.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 348.
CAPÍTULO XXIX
Rumores alarmantes.—Una visita del gobernador
general.
Fuera de la prisión
El suicidio de nuestros dos camaradas dio por
resultado provocar la visita de numerosos funcio-narios. Primero vino el
procurador, después el coronel de gendarmería y por último el goberna-dor de la
provincia. Nosotros no tuvimos ninguna conversación con ellos y no respondíamos
é nin-guna de las preguntas que nos hicieron. Se reti-raron sin podernos
arrancar una sílaba.
Ninguna medida nueva fue tomada y todo quedó en el
estado que antes, pero los trágicos acontecimientos nos habían completamente
cam-biado. Todos los cantos concluyeron, las risas se habían extinguido, todo
juego estaba en suspenso, hasta el ajedrez. Nuestros nervios habían recibido
una sacudida demasiado brutal. Estábamos como bajo el peso de un fardo penoso.
Así transcurrió el invierno de 1889 90; el
silen-cio de las autoridades era de mal agüero. Estába-mos seguros de que el
drama de Kara provocaría represalias. La cuestión de las penas corporales no se
había terminado, aunque contaba ya seis mártires. En la primavera, muy
excitados, nuestros camaradas pensaron recurrir ot
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 349.
122 LEÓN
DEUTSCH
suicidio para probar al gobierno que los
prisione-ros políticos no renunciaban á protestar contra las amenazas que se
les habían hecho. Pero los otros les hicimos aplazar su proyecto hasta que el
comandante, que era siempre Masjukoff, no nos hiciera conocer la respuesta.
Este nos hizo saber \a llegada de una nueva orden, prohibiendo los castigos
corporales para las mujeres; en cuan-to á los hombres, los que no pertenecían á
las clases elevadas tenían que someterse. Así, pues, todo sacrificio había sido
inútil: el sistema persis-tía, pero podíamos esperar que las autoridades no
llegarían nunca á emplearlo.
Desde hacía algunos años corría el rumor de que se
estaba construyendo una nueva cárcel en Ákatui, localidad distante de Kara
cerca de 300 verstas, y que se enviarían á ella los detenidos en esta última
ciudad. Se decía que se iba á inaugu-rar en esta prisión un régimen desconocido
hasta entonces en Rusia.
En el curso de los últimos acontecimientos, el
número de prisioneros había disminuido; muchos habían sido enviados á la
colonia penitenciaria, entre ellos mi amigo Jacobo Stefanowitch.
En los últimos años no habían tenido nuevos
camaradas de Rusia, porque desde 1888 el gobier-no no hacía comparecer á los
revolucionarios ante el tribunal, de modo que ninguna sentencia se había
pronunciado contra ellos. Se había, por el contrario, adoptado el sistema
administrativo, que permitía deportarlos por un tiempo indefini-do bien en
Siberia, bien en la isla Sakhaline. La mayoría de los que durante el verano de
1890 se encontraban en nuestra prisión, tenían el derecho absoluto de ser
enviados á residencia libre, pero seguíamos prisioneros contra toda legalidad,
por-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 350.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 123
que estaba resuelto limitar á quince el número de
residentes libres.
Yo tenía el derecho desde ese mismo año; pero había
perdido la esperanza mucho tiempo antes. Desde la llegada á Kara me resigné a
la idea de cumplir toda mi pena en la prisión, y en mis sue-ños no pensé nunca
en la colonia penitenciaria. Creía sólo en que cuando mi pena hubiera
termi-nado, me deportarían á algún rincón de la Sibe-ria. La vida no se me
presentaba de color de rosa, pero á pesar de eso esperaba con impaciencia el
día en que estaría libre de la prisión. A semejan-za de ciertos personajes de
los Recuerdos de la casa de los muertos, de Dostoíewski, contaba los años, los
días y las horas que me quedaban de estar en prisión. Cuantos más años pasaran
me-nos me quedaban; los días me parecían largos, y más largo aún el tiempo que
debía transcurrir hasta la hora de mi libertad.
La estancia en la prisión ejercía con los años su
influencia deprimente sobre mí; mis nervios estaban aplanados; sentía un fardo
penoso pesar sobre los hombros; mi cerebro apenas trabajaba. La apatía y el
disgusto de todo constituían mi es-tado habitual. El porvenir se me presentaba
con los más sombríos colores.
En el mes de Agosto de 1890 se acentuó el rumor de
que íbamos á ser trasladados á Aka-tui. Esta noticia sacudió nuestra
indiferencia,
y el tema
habitual de las conversaciones fue
la vida que nos esperaba en el nuevo
estableci-miento.
Nos parecía imposible que la crueldad del go-bierno
hubiera hallado el medio de agravar la suerte de los prisioneros, cuya mayoría
habían ya pasado diez años en los calabozos y probaron
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 351.
124 LEÓN
DEUTSCH
todos los tormentos posibles. Todo lo que pudi-
mos saber era que el régimen en la prisión de
Akatui era terriblemente severo.
Un día supimos que el gobernador general
había llegado á Kara. Recibimos orden de re-unirnos
en el patio, y el barón Korf no tardó en aparecer rodeado de su estado mayor y
su escolta de gendarmes y soldados armados.
Noscomunicó que había recibido de Peters-burgo
orden de enviarnos á Akatui. El reglamen-to de la nueva prisión era como sigue:
Los prisio-neros políticos serían tratados sobre el mismo pie de igualdad que
los criminales de derecho común; debíamos vivir con ellos en las mismas
habitacio-nes, trabajar juntos en el lavado de la plata y tener el mismo
alimento. «En una palabra—concluyó el gobernador,—ninguna diferencia existirá
entre ellos y ustedes, y esta instrucción será rigurosa-mente ejecutada.»
El barón Korf se abandonó á un flujo de pala-bras,
pero no nos pareció muy contento de la mi-sión que se le hacía cumplir. En
cuanto á nos-otros, estábamos aterrados. Nuestros temores se confirmaban, pero
ninguno había supuesto que se le asimilara á los criminales de derecho común.
Esta medida significaba, sobre todo, que quedába-mos sometidos á las penas
corporales, como los otros prisioneros.
Guardamos silencio largo tiempo, porque no
queríamos hablar con el hombre que había dado la orden ignominiosa de pegarle á
una mujer. Varias veces nos preguntó si no teníamos nada que objetar: siempre
le repuso el mismo despre-ciativo silencio.
El barón Korf hubiera querido entablar
con-versación con nosotros, y su situación era de las
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 352.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 125
más molestas. En fin, en el momento en que se iba á
retirar, Mirski rompió el silencio. Bajo una forma de las más políticas, le
preguntó si habla entendido bien las palabras «que seríamos iguales en todo á
los criminales de derecho común». Y añadió que el número de esos criminales que
de-bían ser enviados á la colonia penitenciaria no estaba limitado.
Visiblemente contento de que consintieran en hablar
con él, el barón Korf respondió que desde ese punto de vista particular,
ninguna dife-rencia existiría en el porvenir eutre ellos y nos-otros. Una
discusión de las más vivas se entabló entre el gobernador y Mirski; Yakubowitch
tam-bién tomó parte. Con voz alta y grandes gestos, declaró que si se nos
igualaba á los criminales de derecho común, ninguno de nosotros sufriría que le
infligieran castigos corporales.
El gobernador intentó calmar nuestros temo-res;
ninguno de nosotros había sido sometido á un trato semejante, y esperaba que no
ocurriría jamás en el porvenir.
Estaba decidido á no tomar parte en la
con-versación, pero cuando oí las últimas palabras, sin poderme contener, casi
á pesar mío, grité con voz tonante:
—¿Y Sigida? |Una mujer!
Era el suyo el recuerdo más penoso. El barón no
parecía esperar la pregunta y habló con gran viveza para disculparse.
—¿Qué hemos de hacer?—dijo.—¡Se nos ultraja
y debemos
guardar silencio! No somos los prime-ros en recurrir 6. las violencias
personales.
— Vosotros tenéis el poder—respondí yo,—pero no
debéis humillarnos hasta ese punto.
El gobernador general balbuceó alguna? pala-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 353.
126 LEÓN
DBUTSOH
bras casi ininteligibles; creímos comprender que
quería decir que no se debía hablar del pasado y que él no era responsable de
los tristes aconteci-mientos de Kara.
Cuando el gobernador se hubo alejado, entra-mos en
nuestras habitaciones y nos sentimos hu-millados por la extraña decisión que se
había tomado respecto á nosotros.
Aquel día debíamos tener nuevas emociones. A la
tarde, el vigilante Pacharukoff pasó á las habitaciones la revista habitual é
hizo llamar á los prisioneros en compañía de algunos gendarmes. Yo me
encontraba en el corredor y quise entrar en mi habitación al mismo tiempo que
ellos. Fo-mitscheff estaba también en el corredor y se man-tuvo cerca de la
puerta; cuando el gendarme iba
á abrir, vi
alguna cosa agitarse en el aire; un golpe terrible siguió, y el vigilante rodó
por tierra. Los gendarmes, llenos de pánico, emprendieron la fuga y lo dejaron
en el suelo. Corrí detrás de ellos y les grité que no debían tener miedo y que
era preciso socorrer al herido; pero hizo falta algún tiempo para decidirlos.
He de hacer notar que Golubzoff, hombre lleno de
finura y de tacto, del cual ya he tenido ocasión de hablar, no ocupaba ya el
puesto de vigilante. Cuando comenzó nuestra protesta por hambre se hizo enviar
al departamento de reos de derecho común, porque había presentido que las cosas
acabarían mal con Masjukoff. Su sucesor era un hombre estúpido y descarado.
Obtuve que abrie-ran la habitación donde estaba Prybylyeff, nuestro módico:
éste hizo transportar al herido á la enfer-mería y le prodigó los primeros socorros.
El vigi-lante había recibido un golpe en la cabeza con un instrumento muy duro.
Estaba sin conocimiento
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 354.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 127
y no se podía precisar inmediatamente si la heri-da
era peligrosa.
Como el comandante estaba ausente (acompa-ñaba al
gobernador general y no debía venir hasta por la mañana), fuimos los
prisioneros los que tuvimos que mantener el orden. Los gendarmes habían perdido
la cabeza y nos obedecieron pasi-vamente. Cuando hicimos transportar al herido
en una camilla 6 su casa nos ocupamos de nues-tro compañero, que pidió él mismo
ser separado de nosotros y lo encerraran en una celda del edi-ficio próximo.
El acto de Fomitscheff nos parecía absoluta-mente
inexplicable, porque el vigilante era un simple subordinado, individuo sin
importancia, del que no nos habíamos jamás ocupado.
La única idea que nos vino á la mente fue que había
perdido de repente la razón al saber el nuevo trato que nos estaba reservado.
Se podía tanto menos esperar este hecho de su parte cuan-to era, como ya he
dicho, un monárquico ardien-te. Nuestra suposición estaba confirmada por el
hecho de que había tenido ya varias veces violen-tos accesos de cólera. Pero
estábamos en un error. A la mañana siguiente, él mismo nos dio la explicación
de su atentado. Algunos meses antes, cuando se encontraba en la enfermería de
la pri-sión, donde Pacharukoff era vigilante, había sido testigo de una escena
que le indignó. Dos prisio-neros barrieron el patio y el vigilante pretendía
que no lo habían dejado bien limpio. Con este motivo les dio de palos hasta
hacerles saltar san-gre; la ejecución había tenido lugar bajo las ven-tanas de
la celda donde Fomitscheff estaba enfer-mo. Había concebido desde esa época un
gran odio contra ese hombre, pero no pensaba en ven-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 355.
128 LEÓN
DEUTSCH
garse. Ahora, cuando oyó al gobernador decir que
seríamos tratados como los criminales de derecho común, había recordado, como á
propósito de una bagatela, que algunos prisioneros podían ser so-metidos á los
más bárbaros tratos por capricho de un funcionario imbécil, y decidió tomar
vengan-za del vigilante para demostrar, al mismo tiempo, cuál sería nuestra
actitud en caso de que nos apli-caran la pena del knout.
Temíamos que el gobernador general conside-rase
este hecho como resultado de un complot tramado entre nosotros. Esperábamos
represalias, y durante algunos días estuvimos en cruel incer-tidumbre. El
médico declaró que nuestro compa-ñero había perdido la razón bajo la influencia
de la noticia que el gobernador nos comunicara aquella mañana, y felizmente el
golpe recibido por el vigilante no era mortal. El hombre se curó, pero quedó
sordo de un oído. En fin, el goberna-dor, que se consideraba dichoso de que su
visita
á la prisión
no hubiera tenido peores consecuen-cias, se contentó con someter á Fomitscheff
á observación en la enfermería, y su atentado no tuvo más consecuencias que
prolongar otros dos años su prisión.
Después de las declaraciones que el goberna-dor
general Korf nos había hecho, podíamos es-perar que todos los que teníamos
derecho de ser enviados á lacolonia penitenciaria, en número de veinte, no
iríamos á Akatui.
En cuanto á mí, no podía creer que tendría término
mi prisión y que gozaría de libertad, por escasa que fuera. Había aprendido á
mis expen-sas en Friburgo cuan fácilmente se desvanecen las esperanzas;
rechazaba toda visión de un por-venir dichoso; me obstinaba, por el contrario,
en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 356.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBEIA 129
representármelo con los colores más sombríos. Pero
no tardó en saberse que, en efecto, todos los que teníamos derecho seríamos
excarcelados,
y que se había ya formado la lista.
Es así que un día, de improviso, fueron
excar-celados tres de nosotros: Luri, Rechnyevski y Soukhomlin, á los que
habían seguido sus muje-res hasta allí. Casi en seguida apareció Masjukoff en
nuestro departamento en compañía de su su-cesor Tominin. Los dos nos
comunicaron que diez y siete de nosotros serían puestos en libertad, y mi
nombre figuraba en la lista.
Hicimos un paquete con nuestros pobres efec-tos y
nos despedimos de los camaradas que á la mañana siguiente debían partir para
Akatui. El pensamiento de que algunos de nosotros iban á ver agravarse su
situación, atenuaba la alegría de nuestra libertad.
Otras veces mis camaradas y yo nos habíamos
imaginado con los colores más risueños el mo-mento deseado, y ahora, al llegar
la embriaguez soñada, experimentaba como un desencanto. Te-nía una sensación de
pena al dejar una casa que se me había hecho querida. Partíamos con la cabeza
alta, pero el rostro triste y sin entusiasmo.
La puerta se abrió y un grupo de hombres dejó la
cárcel. Era la libertad de la Siberia con todas sus restricciones. ¡Pero era la
libertad!
TOMO II
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 357.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 358.
CAPITULO XXX
Nijnaja-Kara.—Vida nueva.—Los ladrones de oro
La localidad de Nijnaja-Kara, donde se encon-traba
la colonia penitenciaria, producía una im-presión especial.
Las habitaciones se extendían á algunos mi-nutos de
la prisión por las pendientes de una colina, cerca de la ribera del Kara, que
arrastraba arenas de oro, y cuyo lecho estaba casi seco en el verano. Ni por
sus edificios ni por su población parecía una aldea rusa. Los prisioneros de
dere-cho común, hombres y mujeres, estaban en ma-yoría. Había gran número de
descendientes de ios prisioneros y aldeanos que se ocupaban en el lavado de
oro, «aldeanos del zar». Un batallón entero de cosacos á pie montaba la guarnición,
y por último, los oficiales de cosacos y una parte de empleados penitenciarios
completaban la po-blación.
La variedad de edificios correspondía á la
va-riedad de habitantes. Los criminales de derecho común que no estaban casados
se acuartelaban en grandes edificios, que partían con los cosacos. Oficiales y
empleados habitaban casitas pequeñas y limpias, que pertenecían al Estado. Los
políti-cos y los criminales de derecho común casados
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 359.
132 LEÓN
DEUTSCH
ocupaban chozas de madera, malas y medio caí-das.
Habla tres tiendas de quincalla y comes-tibles.
Los primeros días tuvimos gran trabajo para
instalarnos, porque no había bastantes casas para albergar á veinte hombres que
dejábamos la pri-sión á un tiempo. Teníamos numerosas incomo-didades, pero el
solo hecho de no tener ante los ojos á los aborrecidos carceleros era una gran
alegría; por otra parte, escapábamos por la pri-mera vez á la humillación de
hacernos afeitar la barba y los cabellos; podíamos vestirnos á nuestro gusto,
se nos dejaba en libertad de ejercer un ofi-cio cualquiera, pero las profesiones
liberales esta-ban prohibidas. El registro de la correspondencia era menos
riguroso; podíamos escribir personal-mente á nuestras familias y recibir gran
número de folletos y periódicos prohibidos en la prisión. Pero lo mejor para
nosotros era poder movernos con toda libertad y según nuestro capricho y
pa-sear en los alrededores de la aldea.
Desde que dejamos la cárcel estábamos bajo la
vigilancia de la administración penitenciaria. Cada mañana y cada tarde un
vigilante de la pri sión hacía su ronda por nuestras habitaciones, y todos
firmábamos en un libro; de esta manera se hacía constar que ninguno se había
fugado. No podíamos alejarnos más de diez verstas sin la autorización especial
del administrador, que era el mismo Pacharukoff al que Fomitscheff había
herido.
Nuestra situación, desde el punto de vista
ma-terial, era mejor que en la cárcel. Además de los víveres que recibíamos del
Estado y del dinero que mandaban nuestros parientes, podíamos pro-curarnos
algunos recursos con el trabajo.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 360.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBEPvIA 133
De una manera general habíamos conservado la
organización adoptada en la cárcel, la que su-fría, como es natural, ciertas
modificaciones im-puestas por las circunstancias. Teníamos queocu-parnos de una
porción de cosas desconocidas en la prisión. El otoño era para los hombres la
época de los trabajos más penosos: se necesitaba ir á cortar en el bosque la
leña necesaria para calen-tarnos durante el invierno y el heno destinado á la
manutención de nuestras bestias, porque te-níamos seis vacas de leche y cuatro
caballos. En la primavera nos ocupábamos de los trabajos de jardinería; en
verano sembrábamos el heno en la pradera. Los que trabajamos en común hacíamos
igualmente reunidos la cocina.
Todo el mundo tenía en qué ocuparse, porque el
trabajo no faltaba. Los trabajos del invierno me parecían muy rudos. Con
frecuencia había que ir con los trineos hasta diez ó doce verstas de dis-tancia
á buscar la leña ó el heno necesarios, y al-gunas veces no se regresaba hasta
bien de noche. Teníamos que levantarnos para dar pienso á los ca-ballos, y con
los fríos siberianos esto es cosa peno-sísima." Cuando íbamos á las selvas
éramos dos para cargar las grandes carretas de heno y condu-cirlas á la casa.
Teníamos las manos destrozadas por esta tarea, á la que no estábamos
acostumbra-dos; con frecuencia se rompían las cuerdas ó los caballos perdían el
camino. Podíamos apenas movernos en nuestros pesados trajes de piel de carnero
y las botas forradas. Cuando llegábamos
á casa íbamos
cubiertos de sudor, á pesar del frío.
Algunas veces este trabajo presentaba cierto
encanto: era una sensación extraña recorrer de noche la llanura cubierta de
nieve y sumirse en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 361.
134 LEÓN
DEUTSCH
las tinieblas de la selva. Reinaba un silencio de
muerte, interrumpido sólo por los crujidos de la nieve, que se rompía bajo las
patas de los caballos y las ruedas del trineo, ó de tiempo en tiempo por el
lejano aullido de los lobos. Miríadas de estrellas centelleaban en el
firmamento; alrededor de nos-otros ni la menor traza de vida humana. Pero el
frío cruel, que era más riguroso por la mañana, nos hacía olvidar bien pronto
toda poesía. El hielo penetraba á través de nuestras pieles y nos sen-tíamos como
traspasados por millares de alfileres. Con frecuencia la brisa era tan aguda,
que el aguardiente que llevábamos se helaba en las bo-tellas; á pesar de todas
las precauciones que to-mábamos, el líquido se convertía en un témpano de
hielo.
Por suerte las expediciones no eran muy
fre-cuentes, y á la vuelta se probaba la impresión de-liciosa de entrar en
nuestra casa. La pequeña choza de aldeanos que ocupaba me hacía el efecto de un
palacio, y sentía en ella un bienestar exqui-sito. Un tercio de la estancia lo
ocupaba un vasto hogar ruso, que por desdicha hacía demasiado humo. Las
ventanas y las puertas cerraban mal, los muros y el techo dejaban pasar el
viento por las junturas, aunque yo estaba siempre ocupado en calafatearlo con
el mayor cuidado; pero todo esto no eran más que pequeños detalles. Sólo se
comprende la alegría de tener una casa cuando se ha sufrido por large tiempo el
martirio de no estar jamás solo, siempre bajo miradas extrañas. Para guardar
este placer todo entero me sometí solo á las fatigas que los otros evitaban,
partién-dolas entre dos cuando eran amigos íntimos. Mu-chos preferían imponerse
los trabajos de barrer, encender el hogar é ir á buscar el agua, por gozar
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 362.
DIEZ T SEIS AÑOS EN SIBBRIA 135
el privilegio de vivir solos. Mi choza, que me
en-tregaron casi derruida, era propiedad del Estado. La había reparado por mí
mismo. Estaba situada cerca de otras construcciones, al fin de la aldea y sobre
el declive de una colina, al lado del cemen-terio. Al principio me preocupó el
estado de la puerta, que se podía abrir de un puntapié. Esto no era muy
tranquilizador en la vecindad de tan-tos condenados de derecho común, pero no
he tenido jamás ocasión de quejarme de ellos, y aun-que me retiraba tarde de noche
por los senderos más solitarios, me sentía tan tranquilo como en las ciudades
mejor vigiladas por la policía.
Entre los criminales de derecho común que se
encontraban en la colonia figuraba un cierto Lysenko. Se decía de él que había
matado á toda una familia; no tenia mal aspecto y era extraordi-nariamente
devoto. Cuando se le conocía perso-nalmente, no se podía imaginar que este
hombre hubiese matado criaturas inocentes.
Sentí curiosidad de saber si eran ciertos los
rumores que circulaban respecto á él, y hallé un día ocasión de preguntarle.
—Sí, todo eso es verdad—me respondió.
—¿Y cómo tuvo usted valor de matar los niños? —le
preguntó uno de mis amigos.
—Ellos daban gritos delirantes, pero eso no me
impidió matarlos, porque esa era la voluntad de Dios. Si Dios no hubiera
querido, yo nos los hu-biera matado. Es Dios el que me inspiró esta
re-solución.
Tal fue su respuesta. Mi amigo, por el cual
Lysenko parecía tener simpatía, le dijo:
—¿Y si yo me encontrara en un sitio solitario, me
asesinaría usted también?
—Si sabía que llevaba usted dinero, no dudaría
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 363.
136 LEÓN
DEUTSCH
en retorcerle el pescuezo—respondió él con alegre
franqueza.—Pero no lo haría jamás sin serias ra-zones.
En esta época Lysenko hacía un comercio bas-tante
peligroso, y que estaba severamente prohi-bido: compraba lo que se llama oro
robado y" lo cambiaba por aguardiente.
Se debe hacer notar que los habitantes de Kara
vivían entonces en condiciones bastante es-peciales, porque en todas partes se
encontraban pedazos de oro. Armados de un cesto y un cuchi-llito curvo, hombres
y mujeres iban á la orilla del Kara ó de los otros riachuelos y sacaban
fácil-mente dos ó tres rubios de polvo de oro. Esto es-ba rigurosamente
prohibido por la administra-ción, pero, á pesar de eso, se practicaba casi
continuamente sin ocultarse. El que no iba por sí mismo á buscar el oro, hacía
el tráfico; de modo que toda la población de la colonia, salvo los po-líticos,
no tenía otra ocupación. A excepción de algunos honrados funcionarios, nadie
tenía es-crúpulo de violar el reglamento. He conocido fa-mihas que se dedicaban
á la busca del oro como si se tratara de un oficio. Todo el mundo encon-traba
natural que los buscadores de oro guarda-ran para ellos los tesoros que
arrancaban á la tierra, y se preocupaban poco de que la ley reco-nociera que
esos tesoros eran propiedad privada del zar, ó, para hablar en el lenguaje
oficial, del Gabinete de Su Majestad. Era evidente que á pesar de todos los
trabajos que se tomaba la autoridad local para defender los yacimientos de sus
distri-tos, se sacaba más oro por los procedimientos prohibidos que por los
legales; recogedores é in-termediarios encontraban el medio de hacerlo pasar
por la frontera de la China, donde obtenían
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 364.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 137
mejor premio que el ofrecido por el Gabinete. Todos
los hombres competentes están de acuerdo en reconocer que los ladrones de oro
prestaban servicios inapreciables al Estado. Eran ellos los primeros en trazar
senderos en la taiga ó selva virgen, para ir á buscar el precioso metal en
todas direcciones, y gracias á esto se descubrían nume-rosos yacimientos. Los
aventureros se aprovechan poco del dinero que conquistan; la mayoría de entre
ellos son incorregibles borrachos, que que-dan toda su vida esclavos de las
deudas que con-traen con recogedores é intermediarios. Tengo interesantes
detalles que dar de la vida y las cos-tumbres de los buscadores de oro; baste
por el momento con decir que constituyen un mundo aparte, un Estado en el
Estado, con sus tradicio-nes especiales y sus leyes rigurosamente respe-tadas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 365.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 366.
CAPÍTULO XXXI
El viaje del heredero del trono á Siberia.—Nuestra
vida la colonia penitenciaria.—El cruel pristaw
El tiempo transcurría mucho más de prisa en la
colonia que en la prisión. Vimos pasar rápida-mente el verano y el otoño: la
primavera de 1891, primera que pasaba en libertad después de largos años de
prisión, dejó en mí recuerdos imborra-bles, y nos trajo la esperanza de una
inesperada y próxima libertad.
Un día se supo que el zar Alejandro III había
resuelto publicar un manifiesto con ocasión del viaje del heredero del trono á
Siberia. Se decía que este manifiesto concedería la gracia á nume-rosos
condenados y la medida sería extensiva á los políticos. El telegrama oficial
estaba redactado en términos tan enigmáticos, que nos permitió pensar en una
libertad próxima. A creer la nueva, se nos consideraría pronto, no como
condenados, sino como desterrados; esto podía mejorar nues-tra situación,según
las localidades áque nos envia-ran. La mayor parte de los prisioneros de Estado
son expedidos hacia el país de los Yakoutes y las condiciones de existencia son
menos favorables que en Kara. La población es más escasa y se está más lejos
del mundo civilizado que en las
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 367.
140 LEÓN
DEUTSCH
regiones del Transbaíkal, donde se encuentra Kara.
Los compañeros tenían allí más privacio nes que nosotros. El correo llegaba con
menos frecuencia, el clima era más rudo y el invierno más largo. En muchos
distritos los artículos de lujo, como té, tabaco y petróleo, no podían
intro-ducirse y era difícil hasta procurarse un pan ne-gro, que cuesta
carísimo.
Hay localidades donde el pan negro se consi-dera
como un regalo que se debe ofrecer á los huéspedes importantes.
La principal, ó, por mejor decir, la exclusiva
alimentación de los habitantes, consiste en carne y pescado. Hasta las
habitaciones son mucho más primitivas que en Kara. Los mrien, como les lla-man
los yakoutes, son chozas hechas con ramas y brozas. A pesar de eso, la mayor
parte de nos-otros estábamos dispuestos á ir á esas regiones inhospitalarias.
Se esperaba que con el tiempo, gracias á la condición de desterrados, se nos
en-viaría á país mejor. Lo que sobre todo nos sedu-cía era la libertad de circular
en un perímetro más grande.
Además, se enviaban allí frecuentemente con-voyes
de desterrados administrativos y se podían saber por ellos noticias del país,
mientras que ningún deportado político llegaba á la colonia penitenciaria de
Kara. Por último, los desterra-dos en el país de los Yakoutes tenían la
posibili dad de dar en el porvenir un nuevo paso, hacerse empadronar en la
clase de los aldeanos, y enton-ces tenían libertad de ir y venir por toda la
Sibe-ria. Sin duda estas mejoras no eran cosa rápida: se necesitaba por lo menos
una docena de años, pero se aprende á tener paciencia en la Siberia y varios de
nosotros dejaban ir el pensamiento ha-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 368.
TJIEZ Y SEIS AÑOS EX S1BEHIA 141
cia el porvenir. ¡Diez años! Alguna vez había
ma-nifiestos del zar, y después de quince ó veinte años podía pensarse en la
lejana vuelta al hogar. Yo mismo me dejaba mecer por la esperanza, aun-que
sabía qué escasas eran las gracias concedidas por el zar.
El manifiesto de la corona estaba lleno de
restricciones, y esta vez, como de costumbre, la gracia no se extendería á
todos. Había acabado por salir de la prisión; quizá alcanzaría ser en-viado al
destierro, y entre la duda y la esperanza los pensamientos más optimistas se
presentaban á mi espíritu.
Mientras se discutían en Petersburgo la forma y el
contenido del manifiesto para ver cuáles se-rían los favorecidos y los que
habían de excluirse, las autoridades de la Siberia tenían preocupa-ciones mucho
más perentorias. Necesitaban ver las vías y los medios de librar al heredero
del trono de todo peligro durante su viaje á un país donde vivían las víctimas
implacables del zaris-mo. Los señores funcionarios resolvieron el pro-blema de
una manera muy sencilla: á lo largo del camino que había ds recorrer el
príncipe se me-tieron en prisión todos los detenidos en las colo-nias. Aunque
Kara estuviese á veinte verstas del camino, fuimos aprisionados un día antes de
pa-sar el zarewitch y libertados un día después. Es-perábamos con ansiedad la
llegada del correo, que venía cada siete ó diez días, para tener noticias del
manifiesto; pero en las oficinas reales no se daban prisa y los detenidos
tuvieron que sufrir largo tiempo el tormento y la inquietud.
Un año entero transcurrió antes que se nos hiciera
saber que habíamos obtenido una mejora y hasta dónde llegaba la clemencia del
zar.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 369.
142 LEÓN
DBUTSCH
Nuestra decepción fue cruel; la mitad de los
detenidos en Kara eran excluidos y los otros no obtuvieron más que una pequeña
disminución de la pena. Me encontraba entre los totalmente olvidados, y me
debía resignar á estar otros cua-tro años en el mismo puesto. La desilusión era
dura, tanto más penosa cuanto que habíamos ol-vidado la alegría de la salida de
la cárcel y nues-tra vida nos parecía de nuevo monótona y tan inútil como otras
veces. Nos sentíamos más des-graciados que en la prisión. Allá abajo estábamos
obligados á renunciar á todo lo que tenía apa-riencias de vida; en la colonia,
al contrario, nos hallábamos en plena actividad. En la cárcel toda ocupación
razonable nos estaba prohibida: con-denados á tirar penosamente de una
existencia sin fin, atrofiados, como privados de toda excita-ción mental. En la
colonia era muy diferente: nos sentíamos vivir, despertar del letargo que nos
aniquilaba en la prisión. Veíamos á los hombres agitarse alrededor nuestro,
luchar por sus intere-ses, batallar por la existencia, y estábamos redu-cidos á
las ocupaciones domésticas, á trabajos que no podían satisfacer nuestra
actividad. La mayoría de entre nosotros hubiera deseado hacer útil empleo de
sus fuerzas no sólo en cortar leña y coger hierba.
En apariencia teníamos el derecho de mezclar-nos en
muchas cosas que estaban prohibidas en la prisión, pero en realidad nos era
imposible ocuparnos en nada de inteligencia.
Nos sentíamos humillados de tener que dedi-car toda
nuestra actividad á bagatelas, tales como la organización de nuestras
viviendas, que en las condiciones que nos encontrábamos absorbían todo nuestro
tiempo, sobre todo al principio, hasta
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 370.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 143
el punto que durante semanas nos fue imposible
abrir un libro ó leer un periódico. Para los hom-bres instruidos era un
verdadero suplicio. La sola ocupación intelectual un poco interesante,
consis-tía en observar las costumbres particulares de los habitantes del país.
En las cárceles había podido estudiar las condiciones de los prisioneros en sus
celdas y en sus talleres; ahora.veía cómo viven en las colonias. Se acababa de
abandonar la costum-bre de utilizar á los detenidos en el lavado del oro,
porque ese trabajo era demasiado costoso. Se les empleaba en lo que se llaman
trabajos domésticos y se servían de ellos como bestias de carga para los
transportes de materiales.
El espectáculo de hombres y mujeres uncidos
á los carros y
tirando de ellos como bueyes, era demasiado repugnante.
Cerca de un año
después de nuestra llegada
á la colonia,
los trabajos forzados en Kara fueron suprimidos. Una parte de los condenados se
ocu-paba en la construcción del camino de hierro tran-siberiano, que acababa de
comenzar, y los otros fueron enviados á la isla de Sakhaline y á otras
penitenciarías. Los vigilantes, los cosacos y hasta los mismos funcionarios
siguieron á los prisione ros. Nuestra colonia quedó, por consecuencia,
completamente despoblada y la existencia se hizo más monótona. Teníamos en
cambio la ventaja de poder utilizar las habitaciones abandonadas, y nuestra
instalación nos ofrecía más comodidad.
Nuestras relaciones con los pocos habitantes que
habían quedado eran los más cordiales; en-señábamos á los niños, les dábamos
consejos y les prestábamos nuestro concurso en calidad de médicos y abogados,
porque para esas pobres gentes la palabra político era sinónimo de sabio, y
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 371.
144 LEÓN
DBUTSCH
cada vez que se presentaba ocasión recurrían á
nuestras luces.
Nos estaba prohibido ejercer oficios que tuvie-ran
analogía con lo que se llama profesioneslibe-rales; no debíamos, pues,
desempeñar las profe-siones de maestros de escuela y médicos; pero las
circunstancias eran tales, que algunas veces los funcionarios mismos se veían
obligados á hacer-nos llamar, á pesar de las prescripciones del re-glamento.
Después de esto no se podía hacernos responsables de nuestras relaciones con
los pre-sos civiles. Una vez sola me amenazó un conflicto que voy á contar en
pocas líneas. Un aldeano de los alrededores había venido á nosotros
exponién-donos el hecho siguiente: El nuevo pristaw (funcio-nario
administrativo y de policía), acompañado del alcalde y de otros funcionarios,
se había presenta-do en su casa y sin ningún motivo procedió á un registro
domiciliario. En su comedor encontraron algunas libras de tabaco, té, azúcar y
otras provi-siones. El pristaw se había apoderado de todo con el pretexto de
que este aldeano debía haber adquirido aquello para cambiarlo por oro robado, ó
que él jugaba el papel de recogedor.
Cuando más tarde el aldeano compareció por orden
suya en la casa del funcionario, éste le exi-gió cincuenta rublos por la
restitución de los ob-jetos que le habían sido confiscados. Esta recla-mación
parecía impudente al aldeano, y, por consejo de uno de sus vecinos, vino á mí á
pedir-me le redactara una queja contra el funcionario prevaricador. Me contó
una larga historia para explicarme que las provisiones eran de su uso personal;
las había comprado durante el invier-no, porque en esa época le era más fácil,
pues durante el verano tenía que ocuparse de los nu-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 372.
DIEZ Y SEIS AÑOS BK SIBBRIA 145
merosos trabajadores que empleaba. Todo esto-era un
cuento inventado, y nuestro hombre perte-necía indudablemente a la honrada
corporación de buscadores de oro, pero era claro como la luz que el funcionario
había cometido una grave in-corrección y un abuso queriendo obtener dinero del
aldeano. Yo había oído decir que este sátrapa recientemente nombrado era una
calamidad para toda la población de la provincia. Se le había con-fiado el
gobierno ilimitado de este país, cuya ex-tensión pasaba de la de ciertos Estados
alemanes, y no tenía otra mira que la de llenar su bolsillo. Por las noches
hacía irrupción en las casas, y con gran sorpresa de los habitantes, se llevaba
todo lo que caía bajo su mano y fijaba el rescate a su gusto. Al mismo tiempo,
siguiendo las buenas tradiciones de los funcionarios rusos, intimidaba
á los aldeanos
jurando y blasfemando como un poseído. Su dicho favorito era:
—Aprended, cuadrilla de bribones, que yo soy para
vosotros el zar y Dios.
Me seducía la idea de dar una lección á este
tirano, pero no quería representar el papel de abogado. Dudé un poco y aconsejé
al aldeano que recurriera á otras personas, á gentes que tienen por oficio
escribir cartas ó redactar quejas; pero él me declaró que esas gentes no
querían hacerlo porque temían las represalias del pristaw. En-tonces me decidí
á ejecutarlo; mas para no pasar por denunciador secreto escribí debajo de la
que-ja, que sabía perfectamente no tenía derecho á formular por otro: «Escrito y
firmado por el dete-nido político León Deutsch, ó ruegos de un que-rellante
iletrado.» Le hice notar al aldeano que yo no era hombre de enviar denuncias
anónimas y que esperaba que las autoridades se ocuparían
TOMO II 10
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 373.
146 LEÓN
DBUTSCH
del negocio. El aldeano se mostró muy satisfecho,
me dio calurosamente las gracias y quiso é viva fuerza ponerme en la mano un
rubio, que yo re-chacé enérgicamente.
No oí hablar del asunto durante algunas se-manas,
pero un día el alcalde de la colonia vino á mi casa y me invitó á seguirle á su
despacho, donde el pristaw quería hablarme. Esto era ab-solutamente ilegal,
porque en calidad de prisione-ro político no estaba, sometido á más autoridad
que á nuestro administrador, y no á los funciona-rios de policía. Le respondí
brevemente:
—Diga usted á su pristaw que no tengo nada que ver
con él; si desea hablarme no tiene más que venir.
Le hice repetir mis palabras hasta que las tuvo
bien grabadas en la memoria, para repetirlas al funcionario. Desempeñó bien su
comisión y se puede imaginar la cólera de este zar y Dios cuan-do le dio mi
respuesta delante de las autoridades municipales y un gran número de aldeanos.
Como supe más tarde, enrojeció de rabia, y jurando como un condenado dio orden
de encadenarme y conducirme á su presencia.
A pesar de la orden categórica, sus gentes du-daron
en obedecer. Algunas horas después, tres representantes de la municipalidad
vinieron á mi casa y me suplicaron que les acompañara. Les hice observar que el
pristaw no tenía derecho de ejercer autoridad sobre mí y sólo podía entrar en
relaciones conmigo por medio del administrador de la colonia. Los enviados se
manifestaron muy satisfechos de mi respuesta y fueron contentos á comunicar al
pristaw que yo no estaba bajo su dependencia.
Algunos días después supe por nuestro admi-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 374.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBBRIA 147
nistrador que el pristaw quería simplemente
co-municarme una carta que había recibido á propó-sito de la queja redactada
por mí, detalle que, en verdad, no me interesaba.
Todo este negocio terminó, como de costum-bre, sin
ningnna consecuencia. La carta en cues-tión se reducía á pedir al magistrado
prevaricador que se justificara. Pero algunos años después, cuando yo dejé
Kara, el aldeano no estaba aún en posesión de sus provisiones. Continuaban aún
bajo la excelente guarda del pristaw. ¡Se adivina en qué estado!
El asunto no tuvo consecuencias desagrada-bles para
mi. Al cabo de algunos meses recibí un comunicado del gobernador en el que me
advertía que me estaba prohibido redactar quejas en nom-bre de los habitantes
del país. Si nuestras relacio-nes con la población no hubieran sido tan
cordia-les, hubiera podido acabar mal para mí.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 375.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 376.
CAPITULO XXXII
La ¡muerta del lar.—Nuevos manifiestos.—El censo de
la
población
—¿Sabe usted la novedad? El zar está enfermo; se
dice que los médicos desconfían de salvarlo.
Un oficial conocido mío me saludó un día con estas
palabras. La noticia inesperada me llenó de asombro. Se creía generalmente que
Alejandro III, con su talla hercúlea y temperamento robusto, llegaría á edad
avanzada y ejercería durante mu-cho tiempo aún el régimen reaccionario. He aquí
que de pronto un rayo de esperanza brillaba para mí, porque es costumbre en
Rusia que todo here-dero del trono sea objeto de nuevas esperanzas.
En Noviembre de 1894 supimos que el zar había
muerto, y poco después se publicaron dos manifiestos, uno por el matrimonio de
Nicolás II y el otro por su coronación.
Esta vez yo no fui excluido. Según el primer
manifiesto, la duración de la pena fue rebajada en cuatro años y algunos meses;
pero esta gracia vino cuando ya no me quedaban más que diez meses que cumplir.
El segundo manifiesto redu-cía de diez á cuatro años el tiempo para poder
cambiar mi condición por la de aldeano. Al mismo tiempo se me advirtió que
podía ser trasladado
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 377.
150 LEÓN
DEUTSCII
como cumplido al pais de los Yakoutes; pero por
diferentes circunstancias yo no hice uso de los beneficios que me concedían los
dos manifies-tos, y por razones de familia continué en Kara.
*
Una fría mañana de Diciembre del año 1896 escuché
el ruido de un trineo que se detenía de-lante de mi casa. La puerta se abrió, y
entró un hombre vestido de piel de carnero y envuelto en un dokha (manto cuyo
interior y forro son de pie-les). Cuando se hubo desembarazado de sus abri-gos
conocí á nuestro alcalde, personalidad sa-liente y conocida en todos los
alrededores. Su habilidad y su firmeza le granjeaban una conside-ración
general. Tenía gran fuerza de carácter y de independencia, y se decía que era
hábil y enér-gico, pero al mismo tiempo un poco duro y de una moralidad no del
todo irreprochable.
Habitaba cerca de treinta verstas de mi casa y no
había venido a verme hasta entonces ni una sola vez. Se necesitaba una
circunstancia especial para decidirse á hacer tan largo recorrido con un frío
tan terrible. Siguiendo la costumbre siberia-na, no me dijo el objeto de su
visita hasta que hubo tomado algunas tazas de té bien caliente. Después me
expuso lo que sigue:
Él gobierno había ordenado hacer un censo general
de la población del inmenso imperio, y debía estar terminado en un día fijo.
Esta opera-ción exigía gran número de gentes aptas, difíciles de encontrar en
Rusia, y más todavía en Siberia. Las autoridades administrativas estaban
bastante preocupadas con esto, y el presidente de nuestro
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 378.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 151
distrito había hecho llamar á sus subordinados para
ver cómo resolverían el problema.
Guando esta cuestión fue discutida en Kara y en las
localidades vecinas, nuestro alcalde respon-dió que él se encargaría de este
cuidado, á condi-ción de que le dejaran recurrir á mí. Yo era, se-gún creía, la
sola persona capaz de los alrededores. Mi nombre era conocido del presidente
del distri-to, á causa de la queja que había firmado por el aldeano, y declaró
que estaba conforme. El pris-taw, contra quien iba dirigida la queja, no hizo
ninguna objeción, aunque formaba parte del Con-sejo.
El alcalde me expuso todos estos hechos y me pidió
que consintiera en ayudarle. Le respondí que sí inmediatamente, porque esta
nueva ocupa-ción traería alguna variedad á mi monótona exis-tencia, y era un
trabajo interesante y útil. Un solo punto me preocupaba: me encontraría
continua-mente con el pristaw y podía ocurrir algún roza-miento. El alcalde me
aseguró que el funcionario lamentaba lo pasado y había olvidado por comple-to
nuestra diferencia, sin guardarme rencor algu-no. Quedaba aún otro obstáculo: era
preciso ob-tener el permiso de la administración de la colonia penitenciaria,
pero el funcionario se encargó de arreglarlo por sí mismo.
El asunto estuvo pronto arreglado, y así yo,
criminal político, me encontré de la noche á la mañana revestido de un cargo
público. Me encar-garon del censo en una aldea que estaba a quince verstas de
mi casa y cuya población contaba cerca de mil habitantes. Hice también el censo
de otra aldea de acuerdo con el pope (sacerdote del rito griego). Era muy
interesante para mí visitar aque-llas gentes y hacer conocimientos con ellas.
Había
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 379.
152 LEÓN
DEUTSCH
episodios cómicos y numerosas equivocaciones; pero
también observaciones penosas, por no decir trágicas.
Mis trabajos fueron bien recompensados; los
habitantes me manifestaron su simpatía de dife-rentes maneras, y los
funcionarios quedaron ad-mirados de la rapidez con que habla desempeña-do la
comisión.
Pasó algún tiempo, hasta que un día, en Enero •de
1897, el alcalde me hizo otra visita. El buen hombre tenía otra cosa que
pedirme. El presiden-te de las operaciones del distrito reunía un cierto
•número de sus colaboradores para comprobar los
.resultados y enviar la noticia general. El jefe de
mi distrito era, como ya he dicho, el severo pris-taw, y había insistido para
que yo representase en •el comité á Schilkinskaja Volost.
La proposición me sedujo; no había dejado á Kara
una sola vez en doce años y no conocía más que las aldeas cercanas. Ahora se me
ofrecía oca-sión de hacer un viaje de varios cientos de verstas
á través de un
país que debía ser interesante. El •cuidado de arreglar el censo me atraía
igualmente, pero se necesitaba vivir en la sociedad de un hom-bre que no era mi
amigo. El alcalde, con su habi-lidad, se encargó de arreglarlo todo, y acepté
el ofrecimiento que me hacía. Obtuve sin trabajo la autorización del gobierno
para dejar mi domicilio y me puse en camino.
Viajaba á expensas del Estado; me dieron un
pasaporte firmado por el gobernador, que me au-torizaba á tener caballos en
todas partes por don-de pasara y á hospedarme en los edificios del Estado. En
una palabra, me trataban como un funcionario viajando enseroicio.
Semejante expedición no era cosa sencilla en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 380.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBRIA 158
•el invierno siberiano. Me había puesto su vestido
de piel de carnero y un dokha; estaba tan cargado •de pieles que no podía
moverme en mi trineo. El camino atravesaba regiones casi desiertas,
ligera-mente montuosas y cubiertas de selvas impene-trables. Los caballos
arrastraban el coche con trabajo. Cada treinta ó cuarenta verstas llegába-mos á
una estación, donde había cambio de tiro. Recibía en todas partes una acogida
tan expresi-va como si yo hubiese sido un alto personaje, lo que tenía mucho de
cómico. En el primer pueblo donde pasé la noche, el habitante de más
impor-tancia me testimonió su celo. Había llegado bas-tante tarde, y al entrar
en mi habitación, el hom-bre llegó corriendo detrás de mí.
—¿Tiene alguna orden que darme Su Excelen-cia?—me
preguntó.
Le rogué que hiciese de modo que los caballos
estuvieran prontos á partir al ser de día; pero esto no le pareció suficiente y
me preguntó si deseaba que llamase á los que en la aldea se ocuparon del censo.
Yo no tenía intención de molestar á tantas buenas gentes á una hora tan
avanzada de la noche, y me costó gran trabajo detenerlo. Los habitantes de las
otras localidades me asombra-ron también por el exceso de su celo. No me lo
podía explicar hasta que supe que el severo pris-taw había recorrido el mismo camino
algunos días antes y dio orden formal á sus subordinados de recibir con todos
los honores de enviado de Schilkinskaja, como me llamaban. Y lo cumplie-ron
puntualmente de buena voluntad.
Cuando estaba próximo al fin de mi viaje, en-contré
en las estaciones otros señores que se-guían el mismo camino para ir á la
conferencia. Corría el rumor entre todos de que el presidente
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 381.
154 LEÓN
DEUTSCH
del distrito no encontró las listas completas y las
había devuelto, y que, por consiguiente, sería ne-cesario volver a hacer todo
el trabajo. Mis colegas estaban asustados porque era una tarea que ne-cesitaba
varios días, habían dejado sus asuntos, y además estaban descontentos porque
apenas habían recibido algunos rublos, cuando deseaban una medalla del
gobierno.
Dos días después llegué á Stanitza Aigunskaja,.
donde la conferencia había de tener lugar. En el curso de mi viaje me había
preocupado de mi primera entrevista con el pristaw, y él me parece que estuvo
no menos inquieto que yo, porque apenas me había levantado á la mañana
siguiente que llegué, cuando un cosaco vino y me hizo saber que el pristaw
deseaba hablar con el enviado de Schilkinskaja. Le respondí que iría todo lo
más pronto posible. Me hice la toilette y tomé mi des-ayuno; pero al poco
tiempo el pristaw en persona hizo su aparición. Era un hombre grueso, de cerca
de cincuenta años, vestido de oficial de policía; se presentó bajo el nombre de
Bibikoff, presiden-te de la comisión del censo del distrito de X. Por mi parte
yo me presenté como el señor Deutsch y conversamos de la manera más amistosa,
como si nada hubiera pasado entre nosotros. Me con-fesó que le era imposible
llevar bien la comisión de que se había encargado, porque se perdía en-tre las
órdenes, instrucciones y circulares que le enviaban las diferentes autoridades
y no sabía cómo hacer el censo general de su distrito. Todas las listas eran
insuficientes. Me pidió que colabo-rase con él, pues conocía la rapidez con que
cum-plí la comisión en mi distrito, y que era el solo hombre que podía ayudarle
á conducir el asunto á buen fin. Un cierto número de compañeros me
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 382.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 155
rogaban lo mismo. Acepté después de algunas
instancias, y mi antiguo enemigo me expresó su agradecimiento.
Cuando llegamos á casa de este funcionario el
despacho estaba lleno de gente: escribanos, de-pendientes, maestros de escuela
y sobre todo co-sacos. Cuando vieron al pristaw, lo rodearon, su-plicándole que
los dejase irse lo más pronto posible.
—¿Ve usted?—me dijo el pristaw.—Todos los días es
lo mismo; hay para volverse loco.
Me hice llevar todas las listas y busqué el
desembrollarlas. Como había previsto, la cosa no era tan difícil ni tan
complicada como le parecía al pristaw, pero era un trabajo al que no estaba
habituado. Después de un estudio de algunas horas puse las cosas en orden, y
pude explicarle lo que había de hacerse.
La presencia de los otros compañeros era ya inútil.
Pudieron irse á sus casas al día siguiente, de lo que se mostraron muy
contentos. Yo tuve que quedarme catorce días para expedir todos los escritos.
Trabajé desde la mañana hasta la noche muy tarde en compañía del pristaw.
Durante todo el tiempo, este hombre fue para mí la amabilidad misma. Nadie
hubiera creído que poco antes ha-bía dado orden de encadenarme y conducirme á
viva fuerza delante de él. Como puede suponerse, jamás hablamos de este
incidente.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 383.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 384.
CAPITULO XXXIII
Un monumento misterioso.—MI partida de Kara.—La
vida en Stretjensk.—Mi traslado á Blagowestchensk.—Matan* za de chinos.
Durante mi estancia en Nijnaja-Kara tuve lugar de
tomar parte en una expedición, con el objeto de descubrir un monumento de la
más alta anti-güedad. Uno de nuestros compañeros, llamado Kusnezoff, que á
causa de sus estudios arqueo-lógicos era una persona muy conocida en Siberia»
me había escrito á este propósito. Según el testi-monio de diversas personas,
existía en la vecin-dad de Kara un monumento cortado en la roca que estaba
cubierto de inscripciones antiguas,, grabadas en caracteres rojos. Había sido ya
ob-jeto este resto del pasado de investigaciones de parte de la Sociedad
Geográfica de Irkoutsk, pero no se había descrito ese detalle. Kusnezoff me
pro-puso ir á visitar esta roca y tomar fielmente todas las inscripciones.
Acepté con placer la misión.
Nos pusimos en camino dos camaradas y yo,, en una
hermosa mañana de primavera, guiando-nos por las indicaciones que habíamos
podido re coger. No conocíamos más que imperfectamente la dirección; estuvimos
buscando el monumento por espacio de tres días y tuvimos que volver sobre.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 385.
158 LEÓN
DBUTSCH
nuestros pasos sin haber descubierto nada. Du-rante
largo tiempo me informé de los habitantes de la localidad, sobre todo de los
Numerosos ca-zadores, y prometí una recompensa al que me condujera hasta la
piedra en cuestión.
Dos años más tarde escuché decir que dos aldeanos
de una localidad próxima habían visto un monumento semejante al que yo buscaba.
El rumor se confirmó, y la piedra con sus inscrip-ciones rojas había sido
descubierta. Un rebusca-dor de oro muy conocido me propuso acompa-ñarme, y esta
vez hicimos la excursión en trineo, porque estábamos en invierno.
El monumento era, indudablemente, de una época muy
antigua: consistía en una especie de pared lisa y vertical, tallada en la roca,
y sobre la que había inscripciones pintadas en rojo. Estas inscripciones
consistían en caracteres y dibujos que recordaban los que se ven en las
catacumbas; una parte de estos signos se había borrado, pero en general se
conservaban bastante bien; los ha-bían defendido del mal tiempo las rocas que
lo ocultaban. Lo dibujamos todo lo más fielmente po-sible. Algún tiempo después
un fotógrafo se pasó por Kara y tomó vistas de la roca y sus inscripcio-nes. Yo
lo envié todo á Kusnezoff, pero no he sabido jamás si logró descifrar el
sentido de las inscripciones.
*
* *
El cambio que se operaba en mi condición económica,
cuando á consecuencia de los mani-fiestos del nuevo zar dejé de ser un colono
peni-tenciario, tenía para mí una importancia tanto más grande, porque al mismo
tiempo perdía los soco-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 386.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 159
rros del Estado. A partir de este momento
necesi-taba subvenir solo á mis necesidades. Esto no era tosa fácil, porque la
población de Kara había disminuido considerablemente. La familia cuyos niños
instruí durante iargos años había dejado la ciudad, y me era imposible hallar
otra ocupa-ción. Mis parientes no me enviaban nada, y me encontraba en una
situación bastante crítica. Con-traje algunas deudas para poder vivir.
En esta época los trabajos del camino de hierro
transiberiano empezaron en la stanitsa (aldea ha-bitada por los cosacos) de
Stretjensk, cerca de cien oerstas de Kara. El gobernador me concedió la
autorización necesaria y dejé á Kara para siem-pre el 20 de Mayo de 1897.
La stanitsa de Stretjensk, situada á las orillas
del Schilka, gran río navegable, ofrecía entonces un cuadro muy animado. La
cifra de la población se elevaba é cuatro ó cinco mil habitantes; había tiendas
de buena apariencia y numeroso comer-cio; los cosacos y los judíos formaban la
mayor parte de la población. Los trabajos de la vía férrea habían atraído á las
gentes de las profesiones más diversas.
Bien pronto encontró, en el camino de hierro, una
ocupación ventajosa. Redactaba y escribía las diferentes órdenes, avisos y
circulares, pero tenía la sensación de estar todavía más prisionero que en
Kara, porque pesaba sobre mí un enorme tra-bajo y no hallaba persona con quien
poder soste-ner relaciones.
En Kara tenía compañeros con quienes poder
conversar de asuntos que nos interesaban; en Stretjensk, al contrario, aunque
conocía á todos los habitantes por sus nombres, no había nadie con quien
departir de otra cosa que de las tareas
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 387
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DEUTSCH
diarias. El tema más frecuente, por no decir el
único, de las conversaciones, era el dinero. Los-capitales que habían afluido
al país para la cons-trucción del camino despertaron en todos una sed y una
fiebre de hacerse ricos. En poco tiempo se realizaron grandes fortunas; los
engaños y los robos estaban á la orden del día, y el ejemplo de los
funcionarios no ayudaba poco á la desmorali-zación pública. El aguardiente y el
juego eran las únicas distracciones. En una población de varios miles de
habitantes no había ni una sola escuela de niños. Cuando las necesidades del
servicio me-obligaban á relacionarme con la sociedad local, conocía que estaba
en un mundo extraño para mi. Comprendía por primera vez el sentido pro-fundo de
estas palabras: «He sido arrastrado por el medio.» Era absolutamente imposible
a un hombre joven é inteligente vivir en semejante at-mósfera sin volverse un
borracho ó un jugador desenfrenado.
En Stretjensk tenía más libertad de movimien-to que
en Kara. Durante los dos últimos años que he pasado allí, he recorrido el país
en todos senti-dos, y en el curso de mis expediciones pude cono cer las
costumbres y los asuntos de la localidad.
Durante un largo viaje que realicé en 1899, me
encontré con uno de mis correligionarios políticos-que había sido enviado allí
por la vía adminis-trativa. Era el primer demócrata social recién llegado de la
Rusia que yo veía, y se puede imagi-nar el placer que me procuro este
encuentro.. Hablamos casi toda la noche. Me refirió el des-arrollo considerable
que el movimiento obrero-había tomado en la Rusia durante los últimos diez años
y los rápidos progresos que hacían las ideas socialistas. Estaba sobre todo asombrado.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 388.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEKIA 161
de lo que me decía, á propósito de la agitación que
reinaba en las masas de trabajadores judíos de las provincias del Oeste.
Lo que me contó redoblaba en mí el deseo de volver
á mi hogar. Este deseo dormía en lo pro-fundo de mi alma durante largo tiempo,
y ahora estallaba de nuevo. ¿Pero cómo realizarlo? El pro-blema era difícil de
resolver. Hacía catorce años que estaba en Siberia, y desde mi arresto en
Fri-burgo habían transcurrido quince años.
Según los términos de los manifiestos, podría
volver á mi casa al cabo de siete años más, y hasta podía ser que alguna
circunstancia favora-ble abreviara el plazo. Pero ¿se me podría asegu-rar que
estaría vivo en esa época y que la ley me conservaría el derecho de volver á
Rusia? La'vida en Stretjensk se me hacía intolerable y resolví ir á
Blagowestchensk, ciudad situada á orillas del Amor. Después de numerosas
dificultades obtuve autorización de trasladarme, y en otoño de 1899 entré en
esta ciudad relativamente im-portante.
En Blagowestchensk encontré mejor ocupa-ción.
Trabajaba en uno de los periódicos, y este trabajo era más agradable que la
redacción de avisos y circulares de todo género que constituían mi ocupación en
Stretjensk. La sociedad era tam-bién mejor; había gentes instruidas y muchos
des-terrados políticos. La ciudad tenía escuelas, una biblioteca pública, un
teatro, teléfono; en una pa-labra, Blagowestchensk, desde el punto de vista de
la cultura intelectual, no estaba más atrasada^ que ciertas grandes ciudades de
la Rusia europeí
* **
TOMO II
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 389.
162 LÍEÓN
DEUTSCH
En este tiempo se habló mucho de Blagowest-chensk á
propósito de la matanza de varios milla-res de chinos pacíficos. Yo llegué un
año antes y fui testigo involuntario de esta carnicería, de la cual el gobierno
ruso ha enviado á todo el uni-verso detalles falsos. En nombre de la verdad voy
á contar aquí lo que he presenciado.
Primero diré algunas palabras sobre la ciudad. Es
la capital, ó por mejor decir, la sola ciudad de la inmensa cuenca del Amor,
cuya extensión es más grande que la de muchos Estados europeos reunidos. Está
situada en una llanura sobre la orilla derecha del Amor, que marca en un largo
espacio las fronteras de los imperios ruso y chino. Antes de la guerra de China
la población era de 38.000 habitantes. La mayor parte de las casas son de
madera, y la ciudad no está fortificada. Casi enfrente, en la otra orilla, se
encuentra la ciudad china de Sakhaline. Chinos y rusos se en-tregaban á un
perpetuo comercio de una ribera á otra; en verano en barcos, en invierno sobre
el hielo, porque chinos y mandchurios eran para los habitantes de
Blagowestchensk los principales proveedores, especialmente de legumbres y
carne. Hasta ia primavera de 1900, las relaciones habían sido muy cordiales por
ambas partes, pero des-pués de la muerte del ministro alemán von Kettler, se
anunciaba la movilización del ejército siberia-no por el gobierno ruso. El 24
de Junio el descon-tento yJa inquietud comenzaron á reinar.
Sobre la ribera china, en Sakhaline, se
verifica-ban todas las tardes ejercicios militares, se escu-chaba la retreta, y
el aire nos traía el eco de los cañonazos.
A la pregunta de las autoridades respecto de esto,
contestaron que había acampado allí cerca
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 390.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEEIA 163
un pequeño destacamento durante el verano. Esta
respuesta tranquilizó completamente á la admi-nistración, pero no del todo á
los habitantes de Blagowestchensk. Muchos decían que no era por eso por lo que
los chinos hacían ejercicios de cañón, y se veía con los anteojos que
trabajaban en fortificaciones. A todas las advertencias, el gobernador militar
del territorio del Amor contes-taba que eran detalles sin importancia.
En esta época había pocos soldados en la ciu-dad;
dos ó tres regimientos de infantería, un regi-miento de cosacos y una brigada
de artillería; pero el 11 de Julio, á consecuencia de una orden del gobernador
general Grodekoff, casi toda la guarnición fue enviada á Khabarowsk, y no
que-daron para proteger la ciudad más que una com-pañía de soldados, cien
cosacos y dos cañones, de los cuales el uno estaba inservible. Había en la
ciudad cerca de dos mil reservistas, que habían sido llamados cuando se proclamó
la moviliza-ción, pero carecían de armas y municiones y no podían prestar, en
caso de necesidad, ningún so-corro.
La partida de la guarnición, en un gran núme-ro de
barcas y vapores, se verificó con gran pompa. Esta circunstancia no se había
escapado á los chinos de Sakhaline, que tuvieron el convencimien-to de que
Blagowestchensk estaba indefensa.
A treinta verstas, en el valle del Amor, se
en-cuentra la pequeña población china de Aigun; cuando el 12 de Julio las
tropas rusas se encon-traron en esta localidad, los chinos no hicieron ninguna
oposición y dejaron pasar los buques; pero rompieron el fuego sobre el último
vapor, donde iban las municiones, y lo obligaron á retro-ceder hasta
Blagowestchensk, así como al subte-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 391.
164 LEÓN
DBUTSCH
niente Kohlschmidt, comisario de fronteras, y los
mecánicos que se encontraban á bordo.
El ruido del incidente de Aigun se extendió por la
ciudad la noche del 13 de Julio y causó gran inquietud. Las autoridades
parecían tam-bién comenzar a alarmarse.
El 14 de Julio por la mañana, una reunión
extraordinaria de la Asamblea comunal se verifi có por orden del gobernador
militar. En esta Asamblea no tomaron parte sólo los consejeros-municipales,
sino también gran número de habi tantes, diversos funcionarios, directores de
bancos y otros; yo me encontraba allí en calidad de re-pórter. Él coronel
Orfenoff tomó la palabra en nombre del gobierno, y después que hizo conocer los
débiles medios de defensa que poseían las autoridades militares, rogó á la
Asamblea que to-mase ella misma la iniciativa de organizar la de-fensa en -caso
de ataque por parte de los chinos. Aunque se supiera que después de la partida
de la guarnición no quedaban soldados en la ciudad, no se creía que la
situación era tan mala. La de-claración sincera del coronel sorprendió á la
ma-yoría de los presentes. Muchos quedaron pálidos, con los rostros
descompuestos, y la voz de los consejeros llamados á tomar la palabra temblaba
de emoción; se preguntaban qué debían hacer, y después de una breve discusión
decidieron dirigir un llamamiento á los voluntarios. La ciudad es-taba dividida
en varias regiones militares y cada una tenía un administrador y dos ayudantes.
Algunos delegados municipales fueron enviados al gobernador militar para darle
parte de la deci-sión tomada.
Supe más tarde que el general Gribsky dio gracias á
la administración comunal por su des-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 392.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 165
prendimiento en querer organizar la defensa, pero
les tranquilizó respecto al peligro que creían les amenazaba de parte de China.
Ellos preguntaron al gobernador si no juzgaba necesarias algunas medidas de
precaución cerca de los chinos, que habitaban en gran número la ciudad y sus
alre-dedores, pero el general declaró que todas las me-didas excepcionales las
consideraba superfluas, porque la guerra entre Rusia y China no estaba
declarada. Dijo que los representantes de los celes-tes domiciliados en la ciudad,
habían ido á pre-guntarle si debían salir de su recinto, y les había hecho
saber que podían permanecer tranquilos, pues se hallaban en el gran imperio de
las Rusias, cuya administración no consentiría jamás que se molestaseá
extranjeros,pacíficos. En conclusión, el general dijo que partiría aquella
misma tarde en persona para Aigun con una compañía de solda-dos y los cientos
de cosacos que aun quedaban en la ciudad, para asegurar a los barcos rusos la
libre navegación del Amor. No pudo realizar este plan, porque las hostilidades
empezaron más pronto de lo que se esperaba.
Aquella misma tarde, un público numeroso se dirigió
al Ayuntamiento para hacerse inscribir como voluntarios, cuando se dejaron oir
algunos tiros de fusil y de cañón en la ribera china. Yo me encontraba en una
de las ventanas del muni-cipio y vi una inmensa multitud que venía del río
corriendo y gritando:
—¡Los chinos disparan! ¡Los chinos nos atacan!
Los voluntarios que se hallaban en aquel mo-mento
allí, oyeron los gritos y pensaron que los chinos atacaban en el instante mismo
la ciudad sin defensa. Un pánico indescriptible se produjo. Los unos corrían á
través de las calles, gritando:
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 393.
166 LEÓN
DBUTSCH
«¡A. las armas! ¡Dadnos armas!», y los otros se
pre-cipitaban sobre el almacén del Ayuntamiento, donde había algunos centenares
de fusiles viejos, insuficientes para armar á todos los voluntarios. El resto
de la multitud, casi toda compuesta de la parte más pobre de la población,
invadía las tien-das particulares que, como era domingo, estaban cerradas, y se
apoderaron de cuantas armas caían en sus manos.
La ciudad estaba en pleno pánico.
Un gran número de habitantes reunían todos sus
objetos de valor y escapaban á pie ó á caballo para ir á demandar refugio á los
parientes y ami-gos que habitaban en casas de piedra á gran dis-tancia del río,
donde el peligro de las bombas y las balas era menos grande. El pensamiento de
que si los chinos penetraban en la ciudad inde-fensa le prenderían fuego y se
entregarían á toda clase de crueldades, sembraba la desesperación más
espantosa.
No era difícil para un ejército un poco
disci-plinado destruir en algunas horas á Í31agowest-chensk. Pero por fortuna
para la población, los chinos eran malos tiradores, la mayoría de sus
proyectiles no llegaban á la ciudad y caían en el Amor, donde no explotaban.
Así es que durante el bombardeo sólo hubo unas veinte personas muertas ó
heridas.
El segundo día de sitio la ciudad ofrecía un
lamentable espectáculo: las ventanas y las puertas estaban cerradas y no se
veían en las calles mas que raros transeúntes. En el primer día se cons tituyó
uno guarnición de voluntarios, apostada sobre la ribera del Amor, en una
extensión de varias verstas, que vigilaba los movimientos de los chinos y hacía
imposible una sorpresa; pero
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 394.
DIEZ Y SEIS AÑOS EX SIBBRIA 167
muchos creía el peligro más grande, no en los
chinos, sino en la población misma.
* **
En la ciudad y los alrededores vivían desde largo
tiempo chinos y mandchurios, pequeños y grandes comerciantes, criados ó
jornaleros. Se les había asignado un barrio aparte, donde todas sus casas
guardaban el carácter nacional y se llamaba «barrio de los chinos». Un gran
número de estos chinos y mandchurios vivían amistosamente con nosotros desde
algunas docenas de años y pres-taban servicios reales á la población con su
tra-bajo.
De un celo extraordinario, muy moderados en sus
maneras, estos extranjeros no habían come-tido jamás el menor delito ni la más
pequeña in-fracción. La probidad y la conciencia eran sus rasgos dominantes, y
en los más grandes estable-cimientos, en numerosas casas de comercio y en
domicilios particulares se les utilizaba como em-pleados ó como sirvientes, y
todos tenían en ellos una gran confianza. En algunas casas las jóvenes chinas
que servían de criadas eran tan queridas como parientes. Extraordinariamente
activas y aplicadas, hacían grandes progresos en la escri-tura y la lectura, á
la cual eran muy aficionadas.
Pero entre la parte inculta de la población los
chinos gozaban de pocas simpatías. El pueblo veía en ellos representantes de
una raza ex.treña que iba á mezclarse con los rusos, y los trabajadores
hallaban en ellos una terrible competencia. Se de-cía que si no hubiera chinos,
los salarios de los obreros rusos serían más elevados.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 395.
168 LEÓN
DBUTSCH
Todas esas causas, unidas á la brutalidad na-
tural del pueblo, hacían que con frecuencia, aun
en tiempo de paz y sin la menor provocación de
su parte, los chinos fueran maltratados en la calle
por los rusos, que les pegaban ó les tiraban de la trenza de sus cabellos. Con
frecuencia los pobres chinos iban en queja de los malos tratos que les
infligían á la prensa local.
Las violencias se habían acentuado desde al-gún
tiempo antes, cuando los reservistas fueron llamados al servicio. Con
frecuencia, cuando en estado de embriaguez encontraban á los chinos, los
apaleaban sin piedad, gritando:
—Gracias á vosotros, cuadrilla de brutos, nos han
hecho dejar nuestro trabajo y nuestras fami-lias para enviarnos á la muerte. A
los ojos de las gentes del pueblo, los chinos no eran hombres, sino animales.
Esto da un mentís á las afirma-ciones de los rusófllos, á cuya cabeza está el
prín-cipe Ouchtomski, redactor de Peterburskja W/'e-domosti, que pretenden que
el pueblo ruso, á diferencia de todos los demás, otorga dulce hospi-talidad á
los- subditos de las otras naciones.
Todas estas brutalidades hicieron dar al go-bierno
una proclama, en la que se amenazaba castigar con extraordinario rigor á los
que insul-taran á los chinos pacíficos. Esta conducta de parte de la más alta
autoridad local, afirmó á los chinos en la creencia de que no tenían nada que
temer.
Desde el 14 de Julio, cuando los primeros tiros se
escucharon en la ribera opuesta del Amor, y la multitud, espantada, escapaba
por todos lados, se pudo ver la manera que los rusos tendrían de tratar á los
celestes. Chinos y mandchurios erra-ban á través de la ciudad buscando un
abrigo
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 396.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 109
donde estar con seguridad. La tarde del mismo día,
dos fueron muertos en la calle. Personas dig-nas de fe afirmaban que los
agentes de policía mismos habían aconsejado á las gentes matar á los chinos en
caso de que osaran presentarse de noche en público. Creían que todos los
celestes habitantes en el territorio ruso debían prender fuego a la ciudad para
hacer causa común con sus compatriotas del otro lado del Amor, y nació la idea
de que era necesario tomar medidas serias contra los que habitaban Blagowestchensk
y los alrededores. Las gentes de sangre fría y sin pa-sión afirmaban que era
suficiente dejar en paz a los chinos cuyos patronos rusos salieran garan-tes, y
en cuanto a los otros relegarlos á un dis-trito determinado sujetos á una
vigilancia especial. Pero las autoridades fueron de opinión diferente.
El segundo día de bombardeo se pudo ver á los
cosacos y los agentes de policía entrar en to-das las casas y preguntar si se
encontraban chi-nos en ellas. Guando los habitantes contestaron que para qué
los querían, respondieron que era preciso reunirlos para entregarlos á la
policía. No se presagiaba nada buano.
Así es que muchos habitantes-que tenían chi-nos en
sus casas los ocultaban en cuevas, graneros y otros sitios retirados, pero con
frecuencia los vecinos los denunciaban y los brutales cosacos •exigían con
amenazas, y algunas veces tirando de los sables, que se los entregasen. Esta
captura de chinos duró varios días.
Imposible describir el estado de espanto de esos
desgraciados cuando se les dijo que tenían que comparecer ante la policía.
Recogían los ob jetos de más valor; pedían á sus dueños ó á las personas que
les habían dado asilo que les guar-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 397.
170 LEÓN
DBUTSCH
darán el dinero y otros objetos; les encargaban
pagar sus menores deudas y abandonaban sus casas y sus almacenes, llenos de
toda clase de muebles y mercancías, para seguir á los cosacos, pálidos y
temblorosos. Preveían el triste fin que les estaba reservado y algunos
preguntaban en el camino:
—¿Nous kantami? (¿Nos vais á cortar el cuello?) Los
desgraciados no se equivocaban, porque los mataron de la manera más abominable.
Sería preciso remontarnos hasta la Edad Media, á los tiempos de la Inquisición
y las persecuciones de los judíos y los moros en España, para encon-trar algo
semejante á las crueles ejecuciones en
masa.
A algunas verstas de Blagowestchensk, sobre la
ribera izquierda del Amor, se encuentra un cam-pamento de cosacos, y allí,
antes de salir el sol, bajo la guardia de los cosacos y de los policías, fueron
reunidos algunos millares de chinos, entre los que habla ancianos, enfermos,
mujeres y ni-ños. Cuando la debilidad ó la fatiga les impedían avanzar, eran
empujados á golpes de lanza por los cosacos en medio del camino. Uno de ellos,
re-presentante de la gran casa china Li "Wa-Tchan, se negó á ir más lejos,
pidiendo ser conducido de-lante del gobernador, que había garantizado la
li-bertad de todos los chinos establecidos en territo-rio ruso, pero por toda
respuesta fue muerto por los cosacos. El comisario de policía Chabaroff es-taba
presente y no impidió este acto de salvajismo.
Cuando se tuvo á todos los chinos en las ori-llas
del Amor, se dio orden de arrojarlos al río, el cual tiene una profundidad de
cinco metros y una corriente muy rápida. Se puede imaginar el es-panto que se
apoderaría de los pobres diablos.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 398.
DIEZ y SEIS
AÑOS EN SIBBRIA 171
Caían de rodillas con las manos elevadas al cielo,
hacían la señal de la cruz y llorando suplicaban que no les hicieran morir de
ese modo; algunos prometían convertirse al cristianismo y ser subdi-tos rusos,
pero por toda respuesta los verdugos, que cumplían las órdenes de la autoridad,
los arro-jaban al río á culatazos ó con la punta de las ba-yonetas y los
sables. Los que estaban arrodillados y no querían marchar fueron muertos allí
mismo. I.os testigos oculares de estas escenas de carnice-ría, que se reprodujeron
varios días, cuentan co-sas que deshacen el corazón.
Una familia de mandchurios fue arrojada al agua; se
componía del marido, la mujer y dos niños; cada uno de los padres tomó un niño
sobre los hombros é hizo todos los esfuerzos para nadar, pero al cabo de poco
tiempo todos desapa-recieron. En otra familia había un niño; la madre suplica á
los verdugos que dejen vivir á la criatu-rita, pero nadie escucha su plegaria.
Entonces ella lo pone en la orilla del río y se arroja al agua, pero no tarda
en volver, lo toma en brazos y vuelve á echarse al río y á salir más lejos para
depositarlo en la ribera. Los cosacos dieron fin á su martirio matándola á
sablazos. Para no com-partir el suplicio de esta madre y de todos los otras
personas tratadas de esta suerte, sería pre-ciso estar desprovisto de toda
piedad humana. Hasta el comisario de policía Ghabanof cuenta que le faltaba
corazón durante todas esas escenas muerte.
Algunos hombres sólo, de los más fuertes y más
hábiles nadadores, consiguieron aproximarse
á la ribera
china, pero muy pocos de entre ellos se salvaron. Guando los cosacos veían á
los nada-dores á punto de ganar la orilla opuesta, algunas
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 399.
172 LEÓN
DBÜTSCH
balas bien enviadas los retenían en el río. Los
tiradores chinos, ocultos detrás de los accidentes •del terreno, hacían también
fuego sobre los nada-dores, ya porque los tomaran por rusos, ya por-que les
guardasen rencor á sus compatriotas por vivir en territorio ruso tanto tiempo.
Mucho antes de comenzar las hostilidades se les había conmi-nada á no volver á
entrar en su patria.
Cuando el 17 de Julio se vio por primera vez las
grandes cantidades de cadáveres flotar sobre las aguas del Amor, fue claro para
todos que se ha-bía ahogado á los infelices desarmados á quienes el mismo
gobernador aconsejó no volver á China, garantizándoles su seguridad. Dos días
después, el mismo general Gribsky había hecho traición
á su promesa,
dando de viva voz la orden de expedir á su país los subditos chinos.
Una gran indignación reinaba entre las gentes
honradas. Más de uno contaba con lágrimas en los ojos la crueldad con que los
inocentes y pací fieos chinos habían sido tratados. Se hubiera de-seado hacer
una protesta y dar libre curso á la cólera. ¿Pero es esto posible en Rusia? El
día mismo que se les ahogó, el 17 de Julio, se había proclamado el estado de
sitio en la ciudad y, todo el territorio del Amor. Por consecuencia, el que
hubiera osado elevar una protesta, hubiera sido llevado ante un tribunal
militar. Algunos, merced
á altas
protecciones, consiguieron salvarse, entre ellos el rico negociante Yun Dha
San, que antes del bombardeo había hablado con el gobernador en calidad de
representante de los chinos; se dice que distribuyó grandes cantidades entre
los poli-cías. Este chino, educado á la europea, que habla-ba francés y ruso y
estaba en relaciones con toda la alta sociedad, tuvo que sufrir en los diez y
ocho
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 400.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBKRIA 173
días de arresto toda suerte de tormentos y veja-
ciones, hasta el punto de que dice que de haberlo
sabido, hubiese preferido mejor morir en el río.
Una dama muy conocida en la ciudad, la se-ñora
Makejewa, se dirigió al gobernador, que co-nocía personalmente, y le suplicó
que le dejara un joven criado chino, que desde hacía cinco años estaba en su
casa. El muchacho había dado mu-chas pruebas de adhesión á la familia; si
alguno caía malo, lo cuidaba con las más delicadas aten-ciones y velaba noches
enteras á su cabecera. Cuando el general supo que la señora Makejewa se
interesaba por un chino, le gritó:
—¡Un chino! ¡Mire usted lo que nosotros hace-mos
con ellos!
E hizo con la mano el gesto de cortarle el cuello,
Pero como la dama insistía, afirmando que desde
mucho tiempo antes el joven había mani-festado su deseo de convertirse al
cristianismo, el gobernador le respondió:
—Yo no me ocupo ni del arresto ni de la liber-tad
de los chinos; eso no me incumbe.
Con esta declaración el general Gribsky bus-caba
arrojar sobre sus subordinados el jefe de policía Batarewitch y el coronel
Wolkowinsky toda la responsabilidad de las matanzas.
La dama recibió análoga acogida del arzobis-po, que
era la más alta autoridad eclesiástica. Le pidió de rodillas que consintiera en
bautizar al chino, pero el pastor, que no brillaba por su cari-dad cristiana,
le declaró secamente que no debía mezclarse en favor de los chinos y concluyó
di-ciéndole que acudiese á las autoridades locales. Así las autoridades
espirituales y temporales se enviaban las unas á las otras á la pobre supli-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 401.
174 LEÓN
DEUTSCH
cante. En fin, después de trabajos infinitos, la
señora Makejewa logró salvar á su protegido, pero pocas gentes pusieron el
mismo empeño que ella en defender á los desgraciados. Yo no he conocido más que
cuatro casos de rusos que con-siguieron salvar en las mismas condiciones á sus
criados chinos, aunque he preguntado á muchas personas. En cuanto á los chinos
y mandchurios, que en número de varios millares habitaban el barrio que les
estaba destinado, no encontraron ningún protector y fueron todos ahogados ó
des-pedazados.
No sólo las autoridades locales eclesiásticas, sino
muchas personas cultas, médicos, abogados y jueces, encontraban que esta manera
de tratar á los pobres chinos, pacíficos é indefensos, era in-evitable.
—Todas esas gentes hubieran puesto fuego á nuestras
casas y nos hubieran cortado el cuello si hubieran estado en nuestro
lugar—decían.— Ademas, nosotros no podíamos alimentarlos aho-ra que el pan nos
va á faltar.
Pero todos esos vanos pretextos no tenían
fundamento, porque los celestes no ofrecían en realidad ningún peligro, y en
cuanto á su alimen-to, contaban con bastantes provisiones, que fue-ron robadas
más tarde por la policía y el popu-lacho.
Para excusar su incalificable conducta, la poli-cía
esparció el rumor de que habían encontrado en sus casas y almacenes armas,
pólvora y hasta dinamita, pero no era cierto. La verdad es que la matanza de
los chinos fue dictada por la rapaci-dad de los que tenían interés en
destruirlos. Como gran número de rusos eran sus deudores, esta fue buena manera
de liquidar las cuentas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 402.
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SIBERIA 175
Los cosacos y los policías cuando iban á
arres-tarlos les robaban los objetos devalor yconse-guían un rico botín;
personas dignas de crédito dicen que se partía con los altos dignatarios.
Tendría mucho que hablar si quisiera decir los
procedimientos empleados por los honrados comerciantes para procurarse las
mercancías gra-tis. Citaré algunos hechos característicos.
Un rico llamado Bujanoff, propietario de un gran
molino á vapor, al que los chinos le habían alquilado el granero, aprovechó la
matanza para construir un almacén. Otro propietario hizo cons-truir un
subterráneo entre su casa y la tienda de un chino situada cerca y se apoderó de
los bienes del ahogado. Un tercero, el negociante Prikats-chikoff, hizo
transportar á su casa en carros, por estar á gran distancia, todo lo que había
en el almacén de un chino. Estos dos últimos casos fueron llevados á los tribunales
y castigados los dos culpables. Pero no se descubrió la inmensa cantidad de
pillajes semejantes; las autoridades tenían interés en hacer el silencio.
Después de la matanza delos chinos conservaban bajo su guar-dia las
propiedades. Terminada la guerra, vendie-ron por sumas superiores á su valor lo
que que-daba á los parientes que se presentaban como herederos. No eran
reconocidos como talespor los documentos que podían presentar, sinopor las
sumas que ofrecían. El pristaw Chabanoff su-primió al juez depaz, que había
sido nombrado administrador de los bienes de un chino, y lo reemplazó en sus
funciones.
Para todos los habitantes de Blagowestchensk era
claro que el gobernador había favorecido el pillaje contra los chinos y muchos
estaban con-vencidos de que recibía también suparte de botín.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 403.
176 LEÓN
DBUTSCH
Creo que esta afirmación era bastante justificada*
Cuando los herederos se presentaron no encon" traron más que un montón de
restos sin valor.
Durante varios días el Amor arrastró los cada'
veres de los ahogados. La corriente los arrojaba ya en grandes cantidades, ya
unidos dos á dos por las trenzas de los cabellos. Eran tan numero-sos que hacía
imposible contarlos. Durante todo este tiempo no se habló una palabra del
siniestro suceso en todos los periódicos de la ciudad. El cuarto ó quinto día
apareció un artículo indignado contra los bárbaros tratamientos de que los chi
nos habían sido víctimas en la «provincia del Amor». Este artículo fue reproducido
por la pren-sa de las grandes ciudades; así el mundo civilizado supo la matanza
de millares de inocentes.
El otro periódico de la localidad, La Gaceta del
Amor, dirigido por un cierto A. B. Kirchner, se limitó á decir que «se había
expulsado á los chinos domiciliados en la provincia y se había propuesto
transportarlos al otro lado del río». Así una gaceta oficial, afecta á la
autoridad, contaba el hecho de haber arrojado al agua á culatazos y punta de
sable y bayoneta tantos millares de gen-tes indefensas, de viejos, enfermos,
mujeres y niños.
Según los telegramas de las agencias
guberna-mentales, Grodokoff, el gobernador general de la provincia del Amor,
había dirigido al citado mayor general de Petersburgo una comunicación en la
que le decía que «los chinos habían arrojado sus muertos y heridos en el río y
se contaba una cua-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 404.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 177
rentena de cadáveres». He aquí cómo se escribe
entre nosotros la historia. Los funcionarios rusos contaron con la misma
veracidad los hechos de la guerra rusochina. Hablaron de batallas que nunca se
verificaron, de ejércitos chinos que decían ha-ber destruido, cuando en general
los rusos sólo habían encontrado delante de ellos mujeres y niños.
Se hicieron muchos elogios del coronel
Kano-novitch, que anunció que en Pjatajá Padi había tomado la plaza, defendida
por una importante guarnición china, hecho que le valió recibir una orden
militar. Se supo más tarde que en dicha localidad Kanonovitch no había
encontrado más que dos mujeres japonesas.
Pero volvamos á los sucesos de Blagowast-chensk. No
había duda de que no sólo la matan-za de los chinos se había verificado con
consen-timiento del gobierno, sino de que el gobernador militar, general
Gribsky, dio la orden de ella. Para alejar de sí toda sospecha y para preparar
una jus-tificación á todo acontecimiento publicó, algunos días después de las
ejecuciones en masa, un aviso en el cual decía que «después de los rumores que
se habían extendido de hechos de violencia y muerte ejercidos sobre chinos sin
armas, críme-nes cometidos por algunos habitantes de la locali-dad, por
aldeanos de las villas próximas y por cosacos, provocados por la conducta de
los chi-nos, que habían abierto las hostilidades contra Rusia, todo acto de
violencia contra esos indivi-duos desarmados será castigado severamente», Y al
mismo tiempo que este aviso, el general Gribsky, después de la toma de
Sakhaline por los rusos, publicó una segunda orden en calidad de jefe de
cosacos, mandando ir á la ribera opuesta
TOMO II 12
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 405.
178 LEÓN
DBUTSCH
y «destruirlos bandos chinos», ó, en otros
térmi-nos, autorizando á los cosacos para matar á los chinos pacíficos que
quedaban sobre la plaza, porque después de la toma de Sakhaline no había bandos
chinos en la orilla derecha del Amor.
El general llevó tan lejos su hipocresía, que hizo
abrir una instrucción sobre «los hechos de violencia y muerte cometidos contra
los chinos pacíficos», pero como en el curso de la informa-ción no se hacían
constar los ahogados y los muertos por orden verbal del gobernador, no sa pudo,
como es natural, descubrir nada preciso. Así, algunos meses después, el general
Gribsky declaró en el proceso verbal á que se le sometió que había podido
esclarecer ciertas causas de los acontecimientos, y que una era la falta de
inteli-gencia délos funcionarios encargados por él da ocuparse de ciertos
asuntos.
Esta declaración, repetida casi palabra por
palabra, fue la que hizo el zar Nicolás II cuando, depués de la catástrofe de
Ghodinski, declaró qua era preciso atribuir á falta de capacidad las
dis-posiciones tomadas por los funcionarios. El gene-ral Gribsky parecía querer
decir que si en el curso de ciertos grandes acontecimientos, tales como la
coronación del zar, las ejecuciones en masa no se habían podido evitar, no se
debía hacer á nadie responsable de la muerte de «algunos chinos» du-rante el
sitio de Blagowestchensk. Ninguno de los funcionarios ni agentes de policía fue
perseguido por la matanza de los celestes: el general Gribsky y todos sus
subordinados quedaron en sus pues-tos, y, sin embargo, estaba probado que
ciertos altos funcionarios enviaron órdenes escritas para destruir los chinos
en la provincia del Amor, y que por eso las matanzas, ya en masa, ya en par-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 40
DIEZ Y SEIS
AÑOS EN SI11BEIA 179
ticular, se habían realizado por los aldeanos de
numerosos lugares y por los cosacos.
Entre los personajes conocidos por haber dado esas
órdenes á sus subordinados, quedaron famo-sos en la provincia de Amor el
coronel de cosa eos Valkovinsky, el capitán Tuslokoff y el pristaw Valkoff.
* *
Después del tratado de Aigun, que fue concluí-do en
1858 entre el conde Mourawieff Amourski y los representantes del gobierno
chino, toda la región situada sobre la orilla izquierda del Amor pasó á las
manos de la Rusia. Una pequeña len gua de tierra de ese territorio, situada
sobre el río *Seja, cerca de su desembocadura en el Amor y no lejos de
Blagowestchensk, fue exclusivamente ha-bitada por los mandchurios. Esta banda
de tierra se llamaba oficialmente «territorio de los mand-churios sobre el
Seja», y desde hacía largo tiem-
po habitaba allí una población mongólica
impor-tante, que no contaba menos de veinte mil habi-tantes, en sesenta y ocho
aldeas.
Aunque esta población se encontraba en terri-torio
ruso, era administrada, según los términos del tratado de Aigun, por la China,
y los mand-churios se contaban como subditos chinos y pa-gaban sus impuestos al
gobierno de Pekin. Se ocupaban especialmente de la cría de animales y de la
agricultura, y llevaban á Blagowestchensk sus productos, sosteniendo las más
cordiales rela-ciones con los rusos que habitaban en las aldeas vecinas.
Cuando comenzó la guerra, las autoridades
multiplicaron las órdenes de aniquilará todos los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 407.
180 LEÓN
DEUTSCH
subditos chinos, y los aldeanos y cosacos se
con-formaban con la voluntad de los jefes. Así, pues,, empezaron á matar
mandchurios, incendiar sus casas y robar sus propiedades.
No me detendré 6 describir todas las atrocida-des
que se cometieron en el territorio del Seja. Me contentaré con decir que las
sesenta y ocho aldeas fueron arrasadas, y los habitantes en parte ahogados, en
parte muertos de la manera más bárbara, y todos los bienes robados.
En una aldea llamada Alim, algunas docenas de
mandchurios se ocultaron en una casa china cuando vieron aproximarse á los
rusos, que seña-laban con fuego y sangre su paso. Los rusos pren-dieron fuego a
la casa, y las llamas y el humo obligaron á los infelices refugiados á buscar
la salvación en la fuga. Comenzaron á saltar unos después de otros por las
ventanas, pero los rusos, apostados debajo, los iban matando uno á uno según
aparecían. El más viejo de la aldea contaba después que había él solo matado á
sesenta de aquellas criaturas. En otro lugar una banda de afaeanos sorprendió
un grupo de celestes ni borde de un abismo y precipitaron en él á los pobres
diablos. Los verdugos llevaron su sed de sangre hasta descender en seguida al
fondo del abismo y rematar á los que aun daban señales de vida.
Cumplían así, por las órdenes de la autoridad y por
su propia iniciativa, actos brutales, persua-didos de que eran buenas personas.
—Nosotros servimos así al zar y á la patria.
Y con estos términos de un candor salvaje,
numerosos héroes contaban sus hazañas. Hom-bres de buen corazón, que sn estado
normal sen-tían piedad hasta de las bestias, se tornaban en estos días
lamentables en brutos sin entrañas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 408.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEEIA 181
Véanse, por ejemplo, algunas escenas:
En una aldea rusa vivía desde largo tiempo un viejo
chino que ejercía el oficio de pastor y era amigo de todos los habitantes.
Cuando se exten-dió el rumor de que era preciso matar los chinos, tuvo lugar
una asamblea general y se discutió qué debía hacerse del pastor, único chino
que ha-bitaba la aldea. El viejecito era simpático a todos y reconocían que era
un buen hombre, pero á pesar de esto decidieron ejecutarlo. Cuando las gentes
de la casa en que el desgraciado habitaba le hicieron conocer la decisión
popular, se resig-nó con su suerte y pidió sólo que le acompaña-sen hasta el
lugar del suplicio.
—Yo soy un pobre viejo solitario —dijo;—no tengo
mujer ni hijos; reemplazad á mi familia y conducidme hasta la fosa, como es uso
entre nos-otros.
Sus huéspedes, marido y mujer, accedieron á la
súplica y lo acompañaron hasta la salida de la aldea, donde lo esperaban para
matarlo.
Un aldeano encontró en el campo una mujer
mandchuria que acababa de ser asesinada; á su lado, sobre el charco de sangre,
lloraba un niño de pocos meses buscando en vano el pecho de la madre. Cuando el
aldeano, de vuelta á su casa, contó la espantosa escena, todos le reprocharon
vivamente que no hubiera acabado con el pobre pequeñuelo.
Durante mucho tiempo se encontraron en los campos y
en las orillas del Amor cadáveres es-pantosamente mutilados; mas á pesar del
celo de aldeanos y cosacos, todos los chinos no perecie-ron; algunos lograron
huir y buscaron refugio en la selva, en las montañas y en las grutas. Cerca de
dos semanas después, cuando los verdugos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 409.
182 LEÓN
DBUTSCH
estuvieron hartos de carne y las autoridades
ce-saron de consentir las monstruosidades, los chi-nos, desfallecidos por el
hambre y los sufrimien-tos, empezaron á mostrarse de nuevo en la ciudad; los
pobres diablos, que á causa de las privaciones soportadas apenas se podían
sostener, eran todo lo más un ciento. Eso fue lo que quedó de los muchos
millares de celestes que habitaban en Blagowestchensk y sus alrededores.
* * *
Es fácil conocer el carácter de salvajismo que
tomaría la guerra el día que los soldados y cosa-cos pasaron al territorio
chino. Apenas nuestro ejército franqueó el Amor y tomó posesión de la villa de
Sakhaline, prendieron fuego a todo. Du-rante dos días las llamas del incendio
iluminaron en una gran extensión la corriente del río; en lugar de la ciudad
próspera, que alimentaba á bajo precio á la población de Biagowestchensk, no se
veían ahora más que escombros calcinados por el fuego.
Pero cuando penetró en la Mandchuria, nues-tro
ejército no se contentó con incendiar, no res-petó nada: mujeres, niños y
viejos eran asesina-dos sin piedad, y las jóvenes muertas á sablazos después de
violarlas. Tales fueron los altos he-chos de nuestros valientes, como les
llamaba en un telegrama el gobernador general Grodekoff, declarando que no
encontraba palabras para ex-presar la admiración por su heroísmo. Sin embar-go,
muchos oficiales estaban disgustados de los instintos sanguinarios de esos brutos,
cuyo valor se ha probado con mujeres, niños y viejos sin armas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 410
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 183
La valiente campaña del general Rennen-kampf en
Zizikar, que fue, como nuestra prensa rusófila afirma, acogida con
exclamaciones de en-tusiasmo, puede compararse á la invasión de los hunnos y de
los vándalos: un territorio rico y populoso fue en pocos meses transformado en
desierto, donde no se veían más que acá y allá restos calcinados y cadáveres
que servían de ali-mento á perros y vacadas.
Cuando alguno se arriesgaba á manifestar su
indignación por estas carnicerías, escuchaba esta respuesta justificativa:
—Mirad los actos de salvajismo que los fran-ceses,
alemanes é ingleses cometieron en China. Cuando los pueblos civilizados se
conducen de este modo, ¿qué puede esperarse de nosotros, pobres rusos, que no
estamos á su altura?
No se encontraba qué objetar. La raza blanca, que
tiene orgullo de su civilización frente á la China semibárbara, ha probado su
cultura inte-lectual en el curso de esta guerra de exterminio. En los albores
del siglo XX, los europeos no se han mostrado menos salvajes que otras veces
las hordas de Tamerlan y de GengisKhan.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 411.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 412.
CAPÍTULO XXXIV
Fin del viaje alrededor del mundo
La muerte de tantos millares de inocentes había
producido sobre mí y sobre otras muchas personas una impresión de las más
penosas. La estancia en Blagowestchensk se tornó tan odiosa, que algunos
habitantes abandonaron la ciudad al fin del bombardeo.
Yo no podía, por desgracia, seguir su ejemplo, pero
estaba decidido, en la primera ocasión que se presentara, a trasladarme mas
hacia el Este, región que desde largo tiempo despertaba mi in-terés; quería ir
á vivir á la ciudad comercial de Vladivostok y esperar pacientemente allí el
día en que conforme a la ley podría volver á mi ho-gar. Esperaba obtener el
consentimiento de la administración, y entretanto el deseo de dejar Siberia era
cada día más ardiente y pensaba mu-chas veces en la posibilidad de una fuga,
pero me preguntaba si valía la pena de comprometer la libertad relativa que tan
cara había comprado después de diez años de estancia en las prisiones
siberianas. En el coso de que mi evasión no ter-minara bien, debía esperar toda
la severidad de la administración, y yo no estaba en la edad en
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 413.
186 LEÓN
DEUTSCII
que se soportan como en la juventud las más duras
privaciones, porque había ya pasado de los cuarenta años. Dudé así hasta la
primavera de 1901. En esta época, ciertas consideraciones me impulsaron á tomar
la decisión definitiva de burlar lavigilancia de miscarceleros y escapar-me
cuando comenzara la navegación sobre el Amor. Las circunstancias me
favorecieron. Uno de mis amigos, que tenía numerosas relaciones, me ofreció su
ayuda.
Formamos el plan siguiente, que era comple-tamente
realizable: Yo debía llegar hasta Khaba-rovsk sin ser notado y después basta
Vladivos-tok, y en esta ciudad encontraría ocasión de tomar pasaje á bordo de
algún barco extranjero que me conduciría al Japón. El proyecto serealizó con
ayuda demi amigo.
No puedo escribir todas las particularidades • de
mi evasión deSiberia, donde estaba sometido
á la más
rigurosa vigilancia por parte de la po-licía.
Baste decir quecuando me encontraba ya á bordo del
barco que me debía conducir á Khaba-rovsk, se hallaba también á bordo un
comisario de la sección en que yo estaba inscrito para la vigilancia de la
policía. En el primer instante quedé espantado, porque pensé que sehabía
des-cubierto el plan, pero poco después me convencí
de que el funcionario había ido allí á despedir á
algunos amigos que salían en el mismo barco, y no tuvo la idea^de que me
evadiera deBlagowest-chensk en su propia nariz; creyó que estaba á bordo con el
mismo objeto que él. Me las arreglé de manera que me perdiera de vista, ysin
duda en el momento de la partida creyó que había vuelto á mi casa. Encontré en
el barco algunos
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 414.
DIEZ Y
SEIS AÑOS EN SIBERIA 137
conocidos, todos habitantes de la ciudad, pero
estaban a cien leguas de creer que iba á dejar la Siberia para siempre.
Nuestro barco era un remolcador y avanzaba muy
lentamente; se detenia en todas las aldeas escalonadas á las orillas del río y
gastó cinco días para transportarnos á Khabarovsk. Allí experi-menté una de las
sensaciones más terribles de mi existencia, porque en el momento de saltar á
tie-rra todos los viajeros debían mostrar su pasa-porte, y naturalmente, yo
carecía de él. Arreglé la dificultad quedándome á dormir en el barco y á la
mañana siguiente fui a casa de uno de mis amigos, que vino á buscarme á bordo,
así como á mi equipaje, y me ofreció hospitalidad mientras estuve en
Khabarovsk.
En el curso de mi fuga hacia el Este encontré
ocasión de ver que la construcción del camino de hierro daba al país un
desenvolvimiento conside-rable. Las aldeas florecían como el campo des-pués de
la lluvia y no tardaban en transformarse en ciudades. Khabarovsk, que no era al
principio más que una localidad sin importancia en la con-fluencia del Ussuri y
el Amor, se transformó bien pronto en una ciudad que servía de residencia al
gobernador general de la provincia del Amor. La situación de la capital del inmenso
y rico distrito es muy pintoresca. Está situada sobre una gran ele-vación de
terreno cortado á pico, que avanza como un inmenso castillo entre los dos ríos.
El interior da la impresión de un gran cuartel; la mayor parte de los edificios
están construidos por el plano oficial, y no se ven más que militares por todas
partes. Como en la mayoría de las ciudades rusas, las calles no están
pavimentadas, y en cuanto llueve se ponen intransitables. De noche
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 415.
188 LEÓN
DBUTSCH
están débilmente iluminadas por faroles de
pe-tróleo, muy distantes unos de otros, pero tiene un museo bastante bien
instalado.
Acepté con gusto la invitación de mi amigo, que me
pedía ir á verlo á Nikolsk Ussuriisk, que se encontraba en mi camino. Esta
aldea se había elevado desde el año anterior á la categoría de ciudad. Así como
otras numerosas plazas de la región del Amor, estaba llena de militares, lo que
demostraba claramente que no había acabado todo con la China y que se hacían
los preparati-vos en espera de una guerra con el Japón. Como esta comarca está
entre la China, la Corea y el Ja-pón, podía ser un excelente teatro de
operaciones militares: el gobierno ruso tomaba sus medidas desde largo tiempo
antes, y esto hacía que todo el país ofreciera el aspecto de un inmenso
campa-mento.
Después de una estancia de veinticuatro horas en
Nikolsk- Ussuriisk, continué mi camino hacia Vladivostok, puerto comercial muy
pintoresco, que cuenta cerca de íreinta mil habitantes y al que se predice, no
sin razón, un brillante porvenir. Su situación es espléndida, y en cuanto á su
instala-ción general, es mejor con mucho, no sólo que las ciudades siberianas,
sino que muchas de Rusia. Estuve tres días en Vladivostok, esperando la
pró-xima partida de un paquebot extranjero. Por fin vi llegar la última noche
que pasaría sobre el suelo siberiano. No dormí un momento, pensando que
á la mañana
siguiente saldría de aquel país, al que ya me había habituado, y con el temor
de ver mi evasión fracasar en el último momento. Tantas sorpresas y azares
habían trastornado los planes mejor combinados en mi vida, que siempre
espe-raba un resultado fatal. Pero todo salió bien. Por
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 416.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBKIA 189
la mañana temprano me encontré á bordo del barco
que partía para el Japón.
Cuando levó anclas y no estuve amenazado de ningún
peligro, me invadió una extraña tristeza. Dejaba el destierro y la prisión,
pero también una patria que me era querida. Así el hombre se ha-bitúa á todo,
hasta la servidumbre y la esclavitud. Mi tristeza estaba justificada por el
hecho de que renunciaba, tal vez para siempre, á la esperanza de volver á mi
hogar.
* *
Era un día sombrío; espesas nubes ocultaban el
cielo, y la lluvia caía á torrentes. Nuestro barco se balanceaba con violencia
y numerosos pasaje-ros se veían atacados de mareo.
El navio navegaba á lo largo de la costa de la
Corea y nos detuvimos veinticuatro horas en cada uno de los dos puertos de la
península: Gensan y Fusan.
Salté á tierra con otros pasajeros y visité las
ciudades, que se parecen mucho á las del Japón; tienen su influencia moral y
económica, justificada por la situación geográfica, y cuantos esfuerzos haga la
Rusia por combatirla resultarán inútiles.
Además de las dos ciudades citadas, visité una
aldea cerca de Gensan y quedé sorprendido por su aspecto completamente
primitivo. Estaba cons-tituida por una sola calle extraordinariamente estrecha
y rodeada de casas viejas con los techos de paja. No tenían ni puertas ni
ventanas, Ins cuales se reemplazaban por planchas movibles, y toda la población
vivía en plena calle; allí des-empeñaban los oficios, comían y guisaban.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 417.
190 LEÓN
DEUTSCH
Cinco días después de la partida de Vladivos-tok,
el navio se detuvo en la bahía de Nagasaki. Luego que los médicos hubieran
cumplido la visita de sanidad, tomé puesto en una de las nu-merosas chalupas
que estaban alineadas cerca del barco y me hice conducir á un bote próximo. En
comparación con los establecimientos rusos del mismo género, éste me pareció
bien instalado, limpio y económico; los camareros sabían algu-nas palabras
rusas. Necesitaba decidir en Naga-saki el camino que había de seguir para
volver á Europa. Podía ir por Suez y detenerme en alguno de los puertos
occidentales, que era lo más corto y menos caro, pero yo quería aprovechar la
oca-sión para conocer América del Norte, y de esta manera realizaba un viaje,
hecho á pesar mío, alrededor del mundo. Pregunté cuándo salía un barco para San
Francisco y supe que dentro de nueve días. Resolví aprovechar este tiempo en
vi-sitar la ciudad.
Nagasaki es una población bastante grande, que
cuenta con más de cien mil habitantes; está graciosamente extendida sobre
varias colinas que rodean una bahía muy extensa. La mayoría de las calles son
tan estrechas, que no pueden pasar carruajes. Los caballos son reemplazados por
hombres, que tiran de cochecitos de dos ruedas llamados kurnei. Estos hombres
caballos son tan numerosos, que se les encuentra en la puerta de todas las
casas ó formando grupos delante de los almacenes y hoteles. Rodean á los extranjeros
y les ofrecen sus servicios, procurando hacerse en tender por señas ó por
algunas palabras de una jerga rusa é inglesa.
Mediante la módica suma de diez sen (cerca de
veinticinco céntimos) por una carrera ó de
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 418.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBBHIA 191
•veinte sen la hora, el kurnei lleva á su cliente
de una colina á la otra con la ligereza de un caballo. Algunas veces un europeo
civilizado les da golpes con el bastón ó el paraguas para animarlos.
El pobre diablo, que trabaja como una bestia de
carga, está obligado á dar una parte de su ga-nancia al propietario del coche y
pagar una con-tribución á la ciudad para obtener el derecho de ganarse la vida
en este triste oficio.
Su alimento se compone de arroz y pescado de la
peor calidad.
Pero volvamos á la ciudad.
La mayor parte de las casas son de madera y tienen
dos pisos. El piso bajo lo ocupa, por lo ge-neral, un almacén, un restaurant ó
un taller. Yo me he preguntado cómo tan innumerables tien-das pueden encontrar
clientela y cuál es el secreto de su existencia.
En mis paseos á lo largo de las calles, yo era el
sólo comprador en una larga fila de almacenes: cuando por casualidad entraba en
uno, era acogi-do como un objeto de curiosidad.
Las casas del barrio japonés están construi-das de
una manera maravillosa, ligeras y aéreas, como si no debieran servir más que
para residen-cia de verano. En toda la ciudad reinaba un orden sorprendente:
las calles estaban bien pavimenta-das, cuidadosamente barridas y limpias por
los vecinos de las casas que las forman. No existe polvo; el aire,
maravillosamente puro y dulce, hace dilatar los pulmones. Un gran número de
rusos
é ingleses han
escogido á Nagasaki para estable-cer á los enfermos del pecho.
Un barrio europeo, que se extiende no lejos del
malecón, está formado de hoteles, restaurants, bancos v casas de comercio. Las
calles son mu-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 419.
192 LEÓN
DEUTSCH
cho más anchas, las casas sólidamente construi-das
con el piso bajo de piedra, y muchas de entre ellas embellecidas por verjas y
jardincitos. La vida en Nagasaki es extraordinariamente econó-mica, pero muy
monótona, sobre todo para los extranjeros que no conocen la lengua del país. No
hay muchas cosas que ver: dos ó tres templos de Budha con estatuas gigantescas
de Cakya-Mou-ni, un museo nacional lleno de muestras de los productos del país
y las famosas casas de té, son lo único que merece llamar la atención del
viaje-ro. Los alrededores son muy pintorescos; á cada paso se puede admirar el
trabajo y la paciencia de los japoneses, que no dejan improductiva la menor
parte de la tierra. A excepción de las rocas y las montañas, todo está
cultivado con gran es-mero. A pesar del entusiasmo que el indígena pone en su
trabajo, hay en su existencia algo de fantástico y de heroico. En este país de
encantos y de ensueños, parece que nada es real y que las imágenes se suceden
ante los ojos como en un cinematógrafo. La gente, hombres y mujeres, y sobre
todo las jóvenes japonesas, contribuyen á que se forme esta ilusión.
Los progresos realizados por el Japón en la segunda
mitad del último siglo son muy nota-bles, pero se han exagerado por ciertos
europeos, y sobre todo por los japoneses mismos. Una parte pequeña de la
población se ha beneficiado de la civilización europea, los que viven en los
puertos.
No sólo las creencias, sino las costumbres y los
usos y hasta la manera de vivir, no ha variado en el campo y las aldeas de lo
que era hace años. La honradez y la confianza que reinan en todo son las
señales más evidentes de las costumbres pri-mitivas; hoy todavía en el Japón
ninguna casa ni
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 420.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN 8IBERIA 193
almacén está cerrado durante la noche; nadie quita
nada á otro, y los objetos encontrados por azar son inmediatamente devueltos á
sus propie-tarios. Pero enlos puertos de mar, donde la civi-lización europea se
deja sentir, los naturales no tienen ya el mismo concepto dela honradez.
Dejé Nagasaki á bordo del gigantesco paque-bot
China, que pertenecía á una compañía ameri-cana de transportes. Tomé billete de
una clase intermedia, entre segunda y tercera, que me cos-tó 180 yens, cerca de
450 francos. A pesar del pre-cio elevado, la instalación y el alimento eran
de-testables: los platos estaban mal preparados. Seis personas partían cada
camarote, incómodos y estrechos como calabozos, divididos en tres
com-partimentos; no había sitio donde pasear y era preciso pasar veintiún días
en estas condiciones lamentables.
Me detuve dos días en Yokohama y visité Tokio, la
capital del Japón, que no dista de la primera más que veinte minutos en camino
de hierro. No me extenderé sobre mis impresiones, porque mi estancia fuecorta y
son superficiales. Durante los cinco primeros días de mi viaje hasta Yokohama
no pude hablar con ninguno de los compañeros porque nosabía el inglés; luego
nos reunimos un francés, un alemán y un japonés que conocía un poco el alemán y
constituímos una interesante sociedad internacional; lascon-versaciones, las
risas y las anécdotas ocuparon todo el tiempo que noconsagramos al sueño y la
lectura.
Al séptimo día llegamos á Honolulú, capital de las
islas Hawai, donde debíamos hacer una escala de veinticuatro horas.
En Blagowestchensk había sabido porcasuali
TOMO II 13
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 421.
194 LEÓN
DEUTSCH
dad que uno de mis buenos amigos, el doctor.
N. Rossel, habitaba en una de esas islas; cuando
echamos pie á tierra decidí hacerle una visita, en caso de que estuviera en
esta ciudad. Con ayuda de mi compañero de viaje francés, supe aquella tarde
misma que Rossel vivía en otra isla, pero que por el momento se encontraba en
Honolulú.
Fui á su casa, y como no le encontré le dejé una
carta en que le manifestaba que uno de sus viejos amigos que hacía el viaje de
Siberia á Europa, sería muy dichoso de verlo y le rogaba que fuese á la mañana
siguiente abordo del China y preguntase por el Ruso. No quise firmar con mi
nombre porque deseaba ver si me reconocía des-pués de veinte años que no nos
habíamos visto.
A la mañana siguiente me hallaba sobre el puente
del barco cuando vi venir un hombre de cabellos grises, vestido de blanco; me
acerqué á él, dudando si era mi camarada de otras veces y le vi que buscaba al
Ruso. Le llamé por su nom-bre y le pregunté si sabía quién era. Me miró largo
tiempo, pero no pudo reconocerme, tanto había cambiado desde la última
entrevista. Enton-ces le dije mi nombre.
—|Es usted Deutsch! ¿Cómo se halla usted
aquí?—exclamó estrechándome en sus brazos.
Le conté en pocas palabras la historia de mi
evasión y le dije que volvía á Europa.
—¿Y quiere usted partir hoy mismo? ¡No, no puede
ser! Quedará usted aquí dos días conmigo y luego vendrá á mi quinta de Hawai.
Su invitación era tan cordial que hubiera acep-tado
de buena gana, pero no podía perder la suma de doscientos francos que costaba
la trave-sía desde Honolulú á San Francisco. Cuando se lo dije así, el doctor
Rossel gritó:
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 422.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBEBIA 195
—¡Qué tonteríal Eso no debe importarle; si está
usted escaso de dinero yo pagaré la travesía.
Después de una corta vacilación me rendí á sus
instancias y le acompañé á tierra.
* * *
Supe que el doctor Rossel no sólo era módico en
Hawai, sino miembro del Senado, y que se encontraba en Honolulú para tomar
parte en las discusiones de esta asamblea.
Estuve algunos días en esta ciudad, que cuen-ta con
40.000 habitantes, y en ese tiempo admiró sus maravillosas bellezas. Después
partimos re-unidos para la isla de Hawai, donde la señora Rossel nos esperaba
en la quinta. Estuve seis semanas con mi amigo y pude conocer las con-diciones
económicas y el pasado de estas islas encantadoras.
La vida de los primeros ocupantes, los cana-cas,
ofrece numerosos detalles, á la vez pintorescos y trágicos, pero no tengo
espacio para contarlos todos; baste decir que á causa de los procedimien-tos
especiales de civilización que los americanos introdujeron en el país, los
aborígenes murieron con increíble rapidez.
De 400.000 habitantes sanos y fuertes que con-tenía
el archipiélago en el momento en que fue descubierto por el capitán Cook, no
quedaban des pues de dos siglos más que unos 20.000, llenos de enfermedades que
eran desconocidas antes de la llegada de los europeos. Los misioneros de
Boston, que han venido á implantar el cristianis-mo, se han apoderado por la
violencia y la igno-rancia de las mejores tierras y sacan todos los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 423.
196 LEÓN
DBUTSCH
años varios millones de francos de las lujurian-tes
plantaciones de caña de azúcar.
Mi estancia en casa del doctor Rossel fue de las
más agradables. Hicimos numerosas excur-siones por todas partes de las islas
para admirar sus bellezas, en especial al volcan Kilauea. Visi-tamos las
plantaciones y las casas de los aborí-genes, y en nuestra conversación teníamos
á veces como milagroso habernos encontrado en las leja-nas islas del Océano
Pacífico.
* * *
En fin, hacia los últimos días de Julio em-prendí
mi viaje, esta vez en un barco de vela. La travesía de Hawai á San Francisco no
duró me-nos de veintiséis días.
Durante todo el viaje tuvimos un tiempo
ma-ravilloso, pero los días eran aburridos y me sentí feliz cuando el 25 de
Agosto por la tarde entramos en el puerto de San Francisco.
El doctor Rossel me había dado cartas para algunos
amigos que tenía en la ciudad, y gracias
á ellos pude
orientarme en la capital de Califor-nia. Diez días después lo había visto todo
y des-cansado de las fatigas continué mi camino por Chicago y Nueva York.
En Chicago, gracias á las recomendaciones que me
habían precedido, me recibieron dos pola-cos socialistas que habían emigrado de
su país y habitaban en esta ciudad. Me hicieron una aco-gida muy cordial, pero
no pude estar más que dos días con ellos. Mac Kinley, el presidente de los
Estados Unidos, había sido asesinado precisa-mente la víspera de mi llegada á
Chicago; los
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 424.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 197
americanos parecían haber perdido la cabeza y
perseguían a los socialistas pacíficos lo mismo que á los anarquistas; mis
amigos me aconseja-ron que fuera prudente durante mi estancia en América y no
diera á conocer mis opiniones polí-ticas.
En Nueva York, un compañero, el doctor In-germann,
me ofreció hospitalidad en su casa. Di-ferentes razones me decidieron á
quedarme algún tiempo con él, y cuatro semanas después tomé pasaje á bordo del
steamer inglés Satrapía, que debía conducirme á Liverpool.
No contaré nada de mi viaje al través del Océano
Atlántico, de los trece días que pasé en Londres, ni de París, donde me detuve
dos sema-nas, porque nada de particular me ocurrió en ese tiempo. Encontré en
todas partes antiguos cama-radas que durante los largos años de separación
habían cambiado mucho; algunos no me recono-cían y todos me miraban como si
viniera del otro mundo.
A principios de Noviembre dejé París para ir
á Zurich. Este
era el término de mi viaje, que había durado seis meses desde Blagowestchensk.
Era allí donde habitaban mis amigos, la familia Axelrod, de los que había
estado separado du-rante diez y siete años. Llegué á su casa el 5 de Noviembre,
después de un viaje alrededor del mundo que no había realizado por mi voluntad.
—¡Mira; si no ha cambiado nada!—gritó Axel-rod
volviéndose hacia su mujer y señalándome con el dedo.
Pero no era más que la impresión del primer momento
en que me volvía á ver.
* **
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 425.
198 LEÓN
DEUTSCH
Dos años han pasado desde queras es permi-
tido vivir en un país libre é ir de una ciudad a
otra. He podido durante este tiempo instruirme de las condiciones sociales y
económicas de Euro-pa occidental, pero lo que me interesa sobre todo son los
acontecimientos que han precedido á mi instalación en Zurich.
Veinte años son un corto espacio de tiempo en la
vida de todo un pueblo, pero en este intervalo se han introducido en Rusia
modificaciones dig-nas de llamar la atención hasta de un observador
superficial.
En la época de mi arresto en Friburgo, sólo la
juventud de las escuelas se revolvía contra las condiciones sociales y
políticas que oprimen á Rusia. Poco á poco esta oposición fue desapare-ciendo,
y en 1890 volvía á reinar la más abyecta reacción; pero un movimiento en
sentido contra-rio se produjo durante los últimos años.
Se puede valuar en varios millones el número de
folletos que se habían editado en las imprentas secretas y fueron esparcidos
desde allí á través del inmenso imperio ruso, para excitar á la rebelión contra
la autocracia del zar. Encontraban favorable acogida entre la población de las
grandes ciudades y de los centros industriales. Grandes masas de trabajadores
se unían á los estudiantes para reivin-dicar la libertad política y la
supresión de la tira-nía. El zar y los ministros no retrocedían ante los medios
más violentos y más enérgicos de sofocar el incendio que amenazaba devastar
todo el país. La ley marcial fue proclamada en una gran parte del imperio; los
calabozos no bastaban á contener tantos prisioneros, y trenes enteros conducían
á Siberia é los que osaban protestar. Todas las re-presalias eran impotentes
para reprimir el movi-
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 426.
DIEZ Y SEIS AÑOS EN SIBERIA 199
miento. ¡Bien pronto sonará la hora de que Ja
autocracia no sea más que un recuerdo histórico, y entonces se podrá decir, por
la primera vez, que todas las ejecuciones de Rusia y Siberia no han sido
estériles!
*
* *
Cambios importantes se han verificado tam bien
durante los veinte años últimos en numero sos países de la Europa occidental,
que forman contraste con los de Rusia. En Alemania, la ley de excepción contra
la democracia social ha sido revocada, y esta circunstancia no tiene sólo una
gran influencia sobre una parte, sino sobre la to-talidad del pueblo alemán.
En un punto sólo Alemania no ha hecho nin-gún
progreso; siempre está pronta á ponerse al servicio del despotismo ruso. Lo
mismo que yo, que no había cometido nunca el menor delito en Alemania y fui
hace diez y ocho años entregado al gobierno ruso, uno de mis compatriotas ha
tenido la misma suerte en ese país.
Mientras que yo corrijo las pruebas de estas
impresiones de mi vida, el antiguo estudiante ruso Kalajef ha sido sin ningún
motivo arrestado en Myslowitz y puesto entre las manos de los gendarmes rusos.
El curso de los años no ha mo-dificado los procedimientos de la policía
prusia-na, pero en honor de la gran nación germánica, debo decir que la prensa
toda entera ha protesta-do con indignación del servilismo de la Alemania
oficial para con el gobierno ruso.
¿Y la Francia?
Allí también se han realizado varios cambios,
pero...
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 427.
200 LEÓN
DBUTSCH
Veinte años antes, cuando mi última estancia
en París, la joven República, apenas curada de
Ias4ieridas que le causaron los soldados
prusia-nos, estaba lejos de buscar una alianza con Rusia.
Recuerdo que en 1880 la Francia, que tenía á su
frente á Gambetta, rehusó valientemente á Ale-jandro II entregarle al
terrorista Hortmann, arres-tado en París bajo la acusación de un atentado
contra el zar.
Y ahora la generosa y heroica nación es aliada de
la más cruel y déspota; la gran República del continente sostiene moral y
materialmente la llama de la reacción, el más triste estado de cosas en el
imperio de los zares.
Sin su apoyo, el gobierno de Petersburgo hu-biera,
caído hace largo tiempo bajo los golpes de la población sublevada.
Pero los capitalistas franceses dan al
aulocra-tismo ruso la posibilidad de oprimir millones de hombres <por medio
de los gendarmes, las bayo-netas y las prisiones. Es Francia la que provee al
zar de los medios necesarios para continuar una guerra vergonzosa, pero esta
aventura abrirá sin duda los ojos á la gran nación y romperá esta alianza
anormal.
Entonces caerá el gobierno venal y corrompido y el
sol de la libertad lucirá sobre la desgraciada Rusia, enrojecida con la sangre
de sus hijos.
FIN
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 428.
DIPUTACIÓN
D t ALMERÍA
ÍNDICE DEL
TOMO SEGUNDO
Ctopftvdea. PigB.
XX.—De Krasnoyarsk á Irkoutsk.—Inútil conflic-
to.—Las mujeres mártires en la prisión
de Irkoutsk 5
XXI.—Una
lección al jefe de policía.—Encuen-
tro con compañeros deportados.—De Ir-
koutsk á Kara.—Cadenas robadas.—To-
davía un conflicto.—Llegada á Kara. . . Í7
XXII.—Los
primeros días de prisión en
Kara.—
Viejos y nuevos conocimientos 33
XXIII.—La organización de nuestra vida en común.
—Los sirios.—Apuesta 45
XXIV.—Historia de la prisión de Kara.—El Gato.
—La cámara del Synedryon.—La prima-
vera 57
XXV.—Estado de espíritu y pasatiempos en la pri-
sión.—Dos comandantes nuevos.—El hos-
pital.—Resistencia á mano armada. . . 73
XXVIi—Departamento de las mujeres.—Comienzo
de un drama 93
XXVU.—Los colonos.—Incidentes en la prisión
de
mujeres 103
XXVHI.—El centenario de la Revolución francesa.—
Sergio Bebochoff.— El fin del drama. . . 113
XXIX.—Rumores
alarmantes.—Una visita del go-
bernador general.—Fuera de la prisión. . 121
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 429.
Capítulos.
XXX.—Nijnaja-Kara.—Vida nueva.—Los ladrones
de oro 191
XXXI.—El viaje del heredero del trono á Siberia.—
Nuestra vida en la colonia penitenciaria.
—El cruel pristaw 139
XXXII.—La muerte del zar.—Nuevos manifiestos.—
El censo de la población 149
XXXIII.—Un monumento misterioso.—Mi partida de
Kara.—La vida en Stretjensk.—Mi tras-
lado á Blagowestchensk.—Matanza de
chinos , 1B7
XXXIV.—Fin del viaje alrededor del mundo. . . . 185
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 430.
F. Sempere y Comp.a, Editores.—VALENCIA
Una peseta el tomo
E L HORLA,
por Guy de Maupassant 1
LA MUERTE DE
LOS DIOSES, por Merejkowski 2
L A MANCEBÍA
(La Maison Tellier), por Maupassant.
. . 1
LA CONQUISTA
DEL PAN, por Kropotkine 1
SEBASTIÁN ROCH (La
educación jesuítica), por Octavio
Mirbeau 1
PALABRAS BE UN REBELDE, por Kropotkine 1
EVOLUCIÓN Y REVOLUCIÓN, por Eliseo Reclus 1
LA CORTESANA
DE ALEJANDRÍA (Tais), por A.
Franoe. . 1
E L DOLOK
UNIVERSAL, por Sebastián Faure 2
NOVELAS Y PENSAMIENTOS (Músicos, filósofos y
poetas),
por Ricardo Wagner 1
E L MANDATO
D E LA MUERTA, por Emilio Zola 1
EPÍSCOPO Y COMPAÑÍA, por Gabriel D'Annunzio . . . . 1
L A
VERDADERA VIDA, por León Tolstoi 1
. F L O R D E MAYO, por Vicente Blasco Ibáfiez 1
CUENTOS AMOROSOS Y PATRIÓTICOS, por A. Daudet. . . 1
L A S CRUELDADES DEL AMOR, por Judith Gautier. . . . 1
¡CENTINELA,
ALERTA! ... por Matilde Serao 1
CUENTOS D E L JÚCAR, por José María de la Torre . . . . 1
DICCIONARIO FILOSÓFICO, por Voltaire 6
CAMPOS, FÁBRICAS Y TALLERES, por Kropotkine. . . . 1
L A RAMERA
E L I S A , por E. de Goncourt 1
A R R O Z Y TARTANA, por Vicente Blasco Ibáñez 1
L A RESURRECCIÓN
D E LOS DIOSES, por Merejkowski. . . 2
L A S CHICAS
DELAMIGO L E F É V R E , por Paul Alexis. . . 1
Lo s EX - HOMBRES, por Máximo Gorki 1
CÓMO T E MUERE, por Emilio Zola 1
E L HIJO
D E LOS BOERS, por Rider Haggard 1
E S T U D I O S RELIGIOSOS, por Ernesto Renán . 1
Así HABLABA ZORRAPASTRO, por el Comandante J*^ . .
1 N O L I MBTAKGERE (El país de los frailes), por J . Rizal. . 1
L A HOKTAÑA,
por Eliseo Reclus 1
SINGOALA, por Víctor Rydberg 1
E L CAMIKO
D E LOS GATOS, por H . Sudennann 1
E L DESEO,
por H . Sudermann 1
L A AURORA
BOREAL, por Henry Rochefort 1
C U E N T O S É HISTORIAS, por G. Pérez Arroyo 1
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 431.
Tomos.
L A MUJER GRIS, por H. Sudermann 1
E M I UO
ZOLA (SU vida y sus obras), por Paul Alexis,
Luis Bonafoux y Vicente Blasco Ibáñez 1
E L SUENO
DEL PAPA, por Víctor Hugo 1
Los HUGONOTES, porPróspero Merimée 1
FILOSOFÍA DEL ANARQUISMO, por Carlos Malato. ... 1
A RAS DETIERRA, por Manuel Bueno 1
E L
SATIKICÓN, por Petronio 1
LAS BODAS DE YOLANDA, por H. Sudermann 1
L A SOCIEDAD FUTURA, por Juan Grave 2
E L AMOR, LAS MUJERES Y LA MUERTE, por
Schopenhauer. 1
E L ORIGEN
DEL HOMBRE, por Carlos Darwin 1
U N VÍAJK POR ESPAÑA, por Teófilo Gautier 1
CUENTOS VALENCIANOS, porVicente Blasco Ibáñez. . .
1 Los BNiftMAS DEL UNIVERSO, por Ernesto Haeckel. . . 2
Mi VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO, por Carlos
Darwin. . 2
E L COLECTIVISMO,
porEmilio Vandervelde 1
E L MOLINO
SILENCIOSO, por H. Sudermann 1
Dios Y EL ESTADO, porMiguel Bakounine 1
ORIGEN DE LAS ESPECIES, por Carlos Darwin 3
Mis EXPLORACIONES EN AMÉRICA, por Elíseo Reclus.
. . 1
Los ESPECTROS.—HEDDA GABLER, por Enrique
Ibsen. . 1
LAS PRISIONES, por Kropotkine. 1
L A EXPULSIÓN
DELOS JESUÍTAS, por el Conde Fabraquer. 1
CONFLICTOS ENTRE LARELIGIÓN Y LA CIENCIA, por Juan
G. Draper 1
E L ARROYO, porEliseo Reclus 1
EMPERADOR Y GALILEO.—JULIANO EMPERADOR, por En-
rique Ibsen 2
E L PORVENIR
DE LACIENCIA, por Ernesto Renán. . . . 2
¿QUÉ ES LA PROPIEDAD?, por P . J. Proudhon 1
FUERZA YMATERIA, por Luis Büchner 1
E L REY, por Bjoernstjerne Bjcernson 1
L A LIBERTAD, porArturo Schopenhauer 1
DRAMA DEFAMILIA, por Jacinto O. Picón. .
. . . . 1
MOISÉS, JESÚS Y MAHOMA, por el Barón
d'Holbach. . . 1
ORIGEN DE LAS PROFESIONES, por H. Spencer 1
E L MAL DEL SIGLO, por Max Nordau. 2
LITERATOS EXTRANJEROS, por Ángel Guerra 1
E L CAPITAL,
por Carlos Marx 1
Luz YVIDA, porLuis Büchner 1
L A COMEDIA
DEL AMOR.—Los GUERREROS EN HBLGE-
LAND,
porEnrique Ibsen 1
Los SATÍRICOS LATINOS, por Germán Salinas 2
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 432.
Tomos.
E L TESORO
DE LOS HUMILDES, por Mseterlinck 1
JUNTO Á LAS MÁQUINAS, por Luis López Ballesteros.
. . 1
LA ESCUELA DE YASNA'ÍA-POLIANA, por León
Tolstoi. . 1
Los CACHIVACHES DE ANTAÑO, por Roberto Robert. .
. 1
LOS PROBLEMAS DE LA NATURALEZA, pOr A. LaUgel. . . 1
VANKA, por Antón Tchekhov . . 1
E L ANTICRISTO, por Ernesto Renán 2
LA MONARQUÍA
JESUÍTA, por Melchor Inchofer (Jesuíta). 1
E L
INDIVIDUO CONTRA EL ESTADO, por H. Spencer. . . 1
LOS PROBLEMAS DEL ALMA, por A. Laugel 1
L A GUERRA,
por Vsevolod Garchine 1
VISIONES DE ESPAÑA, por Manuel Ugarte 1
ORIGEN DE LAFAMILIA, D E LA PROPIEDAD PRIVADA Y DEL
ESTADO, por Federico Engels 2
PEQUEÑA GUARNICIÓN, por el Teniente 0 . Bilse. . . . 1
Los PROBLEMAS DE LA VIDA, por A. Laugel 1
CREACIÓN Y EVOLUCIÓN, por H. Spencer 1
PASADOS POR AGUA, por Luis Moróte 1
DETERNINISMO Y RESPONSABILIDAD, por A. Hamon. . . 1
P O R LOS CAMPOS Y LAS PLAYAS, por Gustavo
Flaubert. . 1
L A INFERIORIDAD MENTAL DE LA MUJER, porP . J .
Moebius. 1
Los EVANGELIOS Y LA SEGUNDA GENERACIÓN CRISTIANA,
por Ernesto Renán 2
L A GUERRA
RUSO-JAPONESA, por León Tolstoi 1
PROGRESO Y MISERIA, por Enrique George 2
PSICOLOGÍA DEL MILITAR PROFESIONAL, por A. Hamon. .
1 L A EXPRESIÓN DE LAS EMOCIONES EN EL HOMBRE Y EN LOS
ANIMALES, por Carlos Darwin 2
L A S MENTIRAS CONVENCIONALES DE LA CIVILIZACIÓN,
por
Max Nordau 2
L A SOCIEDAD MORIBUNDA Y LA ANARQUÍA, por J . Grave
.. 1
PÁGINAS ROJAS, por Séverine 1
L A SIMULACIÓN EN LA LUCHA POR LA VIDA, por J . Ingeg-
nieros 1
MATRIMONIOS MORGANÁTICOS, por Max Nordau 2
E L TABLADO DE ARLEQUÍN, por Pío Baroja 1
COSAS DE ESPAÑA, por Próspero Merimée 1
CUADROS HISTÓRICOS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA,
por
Chamfort 1
L A ANARQUÍA Y EL COLECTIVISMO, por A. N a q u e t
. . . 1
L A ANTIGUA Y LA NUEVA F E , por D.-F. Strauss
. .
. . 1
E L A R T B
Y LA DEMOCRACIA, por Manuel Ugarte.
. . . 1
L A COMEDIA DEL SENTIMIENTO, por Max Nordau. .
. . 1
REBAÑO DE ALMAS, por Luis Moróte 1
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 433.
L A IGLESIA
CRISTIANA, por Ernesto Eenán 1
LA DICHA
DE LAVIDA, por John Lubbock 1
PROBLEMAS SOCIALES, por Enrique George 1
FBDERALISMO,
SOCIALISMO Y ANTITEOLOGISMO
(Cartas
sobre
elpatriotismo), porKropotkine 1
E L ÚNICO Y SUPROPIEDAD, por Max Stirner 2
VIDA NUEVA..., por E. Rodríguez Mendoza 1
E L ANTICRISTO, porDimitry de Merejkowski 2
ESTUDIOS LITERARIOS Y RELIGIOSOS, por Strauss. . . 1
L A GRAN
HUELGA, por Carlos Malato . 2
EN MARCHA,
por Severine 1
DISCANTES Y CONTRAPUNTOS, por Rafael Mitjana.. . . 1
PSICOLOGÍA DEL SOCIALISTA-ANARQUISTA, por A. Hamon.
1 MARCO AURELIO Y EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO, por Er-
nesto Renán 2
ITALIA EN LA VIDA, EN LA CIENCIA Y EN EL ARTE, por
José Ingegnieros 1
OBRAS FILOSÓFICAS, por Diderot 1
E N EL MAGRBB-EL-AKSA, por Rafael Mitjana 1
EDUCACIÓN INTELECTUAL, MORAL Y FÍSICA, por Herbert
Spencer 1
DEBERES DEL HOMBRE, por José Mazzini 1
E L PORVENIR
DELOS SINDICATOS OBREROS, por Georges
Sorel 1
Los ANARQUISTAS,
porJuan Enrique Maokay 1
DESFILE DEVISIONES, por E. Gómez Carrillo 1
AVES SIN NIDO, por Clorinda Matto de Turner. .
. . 1
D E LAALEMANIA, porEnrique Heine 2
LAS DIEZ Y
UNANOCHES, porJosé Alcalá Galiano.
. . 1
LA DUMA
(2.* parte de «Rebaño de Almas»), por Luis
Moróte '. 1
Los HORRORES
DEL ABSOLUTISMO, por José Nákens. . 1
Los DIOSES
EN EL DESTIERRO, por Enrique Heine.
. . 1
E L GUANTE.—MÁS
ALLÁ DE LAS FUERZAS HUMANAS, por
Bjoernstjerne Bjoernson 1
REFORMA Y REVOLUCIÓN SOCIAL (La crisis práctica
del
Partido Socialista), porArturo Labriola 1
MODELOS DE CARTAS, arreglados por Carmen de Burgos
Seguí (Colombine).—Un tomo: UNA peseta.
ACCIDENTES" DEL TRABAJO, porJosé Manáut
Nogués.^-Un tomo: DOS pesetas.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 434.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 435.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 436.
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Una peseta el tomo
Mazzini (José).—Deberes del hombre.
Merimée.—Los hugonotes.
Merimée.—Cosas de España.
Merejkowski.—La muerte de los dioses.
2 tomos.
Merejkowski.—La resurrección de los dioses. 2
tomos.
Merejkowski.— El Anticristo (Pedro y Alejo). 2
tomos.
Mirbeau.—Sebastián Roch (La educa-ción jesuítica).
Mitjana (Rafael).—Discantes y contra-puntos.
Mitjana (Jiafael).—En el Mngreb-ol-Aksa (Viaje á
Marruecos).
Moróte (Luis).—Pasados por agua.
Moróte (IMÍS).—liebaño de almas.
Naquet (Alfredo).—La Anarquía y el
Colectivismo.
Octavio Picón.—Drama do familia.
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Moebius.—La inferioridad men-tal de la mujer.
Pérez Arroyo.—Cuentos é historias. Petronio. —El
satiricen. Proudhon.—¿Qué es la propiedad? Fio Baroja.—El tablado de Arlequín.
Eeclús.—Evolución y revolución. Reelús.—La montaña.
Reelús.—Mis exploraciones enAmé-rica.
Reelús.—El arroyo.
Renán.—Estudios religiosos.
Renán.—El porvenir do la Ciencia. 2 t.
Renán.—El Anticristo. 2 tomos.
Renán.—Los Evangelios
y la segunda
generación cristiana. '2tomos.
Renán.— La iglesia cristiana.
Renán—Marco Aurelio
y el fin del
Mundo Antiguo. 2 tomos.
Rizal (José).—Noli me tángere (El país de los
frailes).
Rochefort.—La aurora boreal.
Ktibert (Roberto).— Los cachivaches de
antaño.
Rodríguez Mendoza.—Vida nueva...
Rydberg.—Singoala.
Salinas (Germán).—Los satíricos lati-nos. 2 tomos.
Schopenhauer.—La libertad. Schopenhauer. — El amor,
las mujeres y
la muerte.
Serao (Matilde).—¡Centinela, alerta! Sorel
(Georges).—El porvenir de los
Sindicatos Obreros.
Spencer.—Origen de las profesiones.
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tado.
Spencer.—Creación y evolución. Spencer.—Educación
intelectual, mo-
ral y física.
Sudermann.—El
camino de los gatos.
Sudermann.—El deseo.
Sudermann.—I jas bodas de Yolanda.
Sudermann.—Kl molino silencioso.
Sudermann.—La
mujer gris.
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Strauss.—Estudios Literarios
y Reli-
giosos.
Strauss.—La
antigua y la nueva Fe.
Tchekhov.—Vanka.
Tolstoi.—La verdadera vida. Tolstoi.—La guerra
ruso-japonesa. Tolstoi.— La escuela Yasnaía-Poliana. Teniente O. Bilse.—
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ción.
ligarte (Manuel).—Visiones de España. ligarte
(Manuel).—M Arte y la Demo-
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Vandervelde. —El colectivismo.
Voltaire.—Diccionario ñlosóiico. (i t.
Wacjner.—Novelas y pensamientos.
Zola.—El mandato de la muerta.
Zola.—Cómo se muere.
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V o l t a i r e .— IÁXDoncella(I tomo). Una peseta.
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Aventuras (I tomo). Una peseta.
A p u l e y o .—El Asno de Oro (La Metamorfosis) (1
tomo). Una peseta Longo.—Dafnia y Cloe(1 tomo). Una pesera.
Diputación de Almería — Biblioteca. Diez y Seis
Años en Siberia, p. 437.
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ÚLTIMAS OBRAS PUBLICADAS Á UNA PESETA EL TOMO
Matto de Tivrngr (Clorimla).—Aves sin nido
(nóyelapcruana). Si
Heine (Enrique).—De la Alemania. 2 tomos.
Kropofkine (Pedro).—El apoyo mutuo.
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la evolución. 2 tomos.
Moróte (Luis).—La Duma. (Segunda parte de «Rebaño
de Almas»),
Alculá (raViano {.Tosí).—Las diez y una noches
(Cuentos occidentales).
Gómez Carrillo.—Desfilo de visiones. Niíkens
(José).—Los horrores del abso-
lutismo.
Heine (JUnrique).—Los dioses en eldes-•** tierro.
Bjmrnstjerne Bjcernxon.—El guante.— Mas allá de las fuerzas humanas. hnbrinla (Arturo). —Reforma y
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don social. (La crisis ]U'ú<-tica di1! Partido
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Haeekel.—Historia de la Creación
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Ferrándiz.—Tin tomo en 4.",
tres pesetas.
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herencia morbosa en
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que '•omprenden
('itodos los conociinií'iifos humanos. — Un tomo en
•!.", tres pesetas.
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ción (le José Ferrándiz. — Dos tomos en ].",
seis pesetas.
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