© Libro N° 6261.
Los Grandes Misterios De La Historia. The History Channel Iberia. Emancipación. Julio 27
de 2019.
Título
original: © Los Grandes Misterios De La Historia. The History Channel
Iberia
Versión Original: © Los Grandes Misterios De La Historia. The History
Channel Iberia
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS GRANDES MISTERIOS DE LA HISTORIA
The History Channel Iberia
CONTENIDO
Prólogo
Civilizaciones
perdidas
Tesoros
ocultos
Fenómenos
inexplicables
Personajes
legendarios
Leyendas
nazis
Misterios
religiosas
Bibliografía
Prólogo
La
publicación de este libro me llena de orgullo. He sido testigo de su creación,
del moldeado de la idea, y encuentro apasionante el desafío de volcar tanto
contenido audiovisual en papel.
Se
produce la coincidencia de que en este momento se cumplen diez años de las
emisiones de Canal de Historia en España. Inmejorable manera de comenzar a
celebrar este aniversario.
Los
grandes misterios de la Historia está compuesto por treinta capítulos que
abordan temas tan diversos y tan diferentes entre sí como la construcción de
las pirámides de Egipto o la conexión entre Hitler y el nazismo con las
ciencias ocultas. Esta variedad temática, denominador común de la programación
de Canal de Historia, es el resultado de una humilde pretensión: la de
investigar algunos de los interrogantes más fascinantes de todos los tiempos,
muchos de los cuales continúan hoy sin explicación.
Nuestro
propósito es aportar un punto de vista, a veces sorprendente e inusual, sobre
cada uno de los enigmas. Seguramente, en nuestra selección se echarán en falta
algunos misterios. Les pido, estimados lectores, que nos disculpen. Estoy
seguro de que sabrán comprender la dificultad de nuestra tarea. Sin embargo,
les garantizo la máxima seriedad y rigor con los que cada estudio ha sido
abordado.
Comenzaba
estas líneas recordando la proximidad del décimo aniversario de las emisiones
de Canal de Historia en nuestro país. Los grandes misterios de la Historia
supone un paso más en esta larga trayectoria que comenzó en 1998. Desde
entonces, nuestro afán por recuperar y acercar el ayer y sus protagonistas a
nuestros espectadores desde una perspectiva entretenida y amena no ha dejado de
preocuparnos. Nuevos soportes, como el que ahora tienen entre manos, nos han
permitido a lo largo de estos años ofrecer nuestros contenidos desde un punto
de vista moderno y actual, haciendo posible disfrutar de nuestra rica y variada
temática a través de DVD, teléfonos móviles, internet o, incluso, videojuegos
de estrategia.
Nos
esforzamos en utilizar las últimas técnicas de recreación digital para traer al
presente civilizaciones desaparecidas siglos atrás; por encontrar, en
definitiva, nuevas técnicas narrativas que poco o nada tienen que ver con el
relato clásico de nuestra historia y que nos permiten llegar a diario a más de
tres millones de hogares en España.
Tres
premios consecutivos al «Mejor Canal Temático» otorgados por la Academia de las
Ciencias y las Artes de Televisión (ATV) han supuesto la confirmación
definitiva de que estamos en buen camino, y han convertido a Canal de Historia
en un referente no sólo dentro de la televisión temática de nuestro país sino
del panorama audiovisual en general.
Muchos
de los misterios que componen este libro pueden verse en la actualidad en Canal
de Historia. Desde estas páginas los invito, si todavía no nos conocen, a que
se asomen a nuestra pantalla. En ella encontrarán una ventana a la Historia
atractiva, rigurosa y entretenida.
Quisiera
agradecer a todos los que trabajan a diario en Canal de Historia por su entrega
y confianza en nuestra labor; en especial, a Esther Vivas, ya que sin su
iniciativa y dedicación, no estarían ahora leyendo estas páginas. También
agradecer a Ana Mattern su inestimable trabajo en la redacción y coordinación
del texto. Y por supuesto, a todos los que nos ven, ya que sin ellos, nada de
todo esto sería posible.
Poco
más quisiera añadir. Confío en que disfruten con la lectura del que espero sea
el primero de una larga colección de títulos.
DIEGO
CASTRILLO,
Director
General de Canal de Historia
Capítulo
1
Civilizaciones
perdidas
Contenido:
1.
Los secretos de Stonehenge
2.
La Atlántida el continente perdido
3.
El misterio de los Anazasi
4.
Las pirámides secretas de Japón
1.
Los secretos de Stonehenge
Stonehenge
es el monumento prehistórico más famoso de la Tierra; unas de las ruinas de
piedra más misteriosas en el mundo. Nunca ha sido «descubierto». Antes de que
llegaran los anglosajones, antes de los romanos, antes incluso de que
apareciera el lenguaje escrito, Stonehenge ya estaba allí. Desde hace miles de
años y de generaciones estos gigantescos bloques megalíticos han estado allí,
repletos de secretos. Se desconoce con exactitud la finalidad que tuvo la
construcción de este gran monumento, pero recientes investigaciones
arqueológicas han aportado algunas explicaciones científicas al cómo y por qué
se edificó y sobre quiénes, hace más de cinco mil años, comenzaron las obras de
este incomparable y valioso testimonio de la cultura prehistórica.
Situadas
en el condado de Wiltshire, a 48 kilómetros al norte del canal de la Mancha y a
13 kilómetros al noroeste de Salisbury, en medio de las suaves ondulaciones de
la campiña inglesa, estas ruinas han sido motivo de numerosas historias y
leyendas sobre grandes ceremonias y rituales. Por su carácter misterioso han
sido reivindicadas tanto por místicos modernos, que aseguran que se trata del
centro de una increíble fuente de energía, como por adoradores locales o,
incluso, bromistas «paranormales» que, no hace mucho, trazaron enormes
«círculos de cosecha» a modo de extrañas señales en los terrenos próximos con
ayuda de una cuerda y un pedazo de madera y después explicaron a todo el mundo
su farsa… Pero la verdadera historia de Stonehenge comenzó hace más de cinco
mil años y engloba mucho más que el monumento que ha llegado hasta nuestros
días.
§.
Enorme concentración de restos prehistóricos
Los
trabajos arqueológicos comenzaron en 1901, y se realizaron periódicamente hasta
1964. Entonces se decidió dejarlo tal cual, con el fin de preservar lo que aún
permanecía intacto, y las excavaciones fueron prohibidas por las autoridades.
Los científicos aún hoy en día intentan dar respuestas a varios de sus enigmas.
El
arqueólogo inglés Julian Richards, autor de uno de los estudios más exhaustivos
sobre el tema, destaca en sus investigaciones la importancia de los montículos
funerarios o túmulos que salpican los alrededores de Stonehenge, algo que sólo
se ha podido comprobar con una perspectiva aérea. Sobrevolando la zona, la
visión desde el cielo ha permitido ver los rasgos del paisaje que lo rodea. Es
el área que posee la concentración más alta de restos prehistóricos en todo el
Reino Unido, algunos más antiguos que el mismo Stonehenge. «Desde el cielo se
ha podido ver que no se trata de unas simples ruinas, sino que representan toda
una cultura», afirma Julian Richards.
En
unos pocos kilómetros cuadrados hallamos, por ejemplo, el Cursus, una calzada
que, hasta hace poco, se creía que era parte de un hipódromo romano hasta que
se descubrió que en realidad databa de dos mil años antes de la invasión
romana, y los Barrows, un campo de túmulos funerarios donde las excavaciones
han sacado a la luz esqueletos humanos y joyas de cobre y bronce.
La
parte más antigua de Stonehenge la forman una zanja y su terraplén, abiertos en
un suelo calizo que recién excavado brillaría con un intenso color blanco.
Tiene forma circular abierta al noroeste y unos treinta metros de diámetro.
Gracias a las pruebas del carbono 14 realizadas a las herramientas que sus
constructores dejaron en el fondo de la zanja primitiva, hoy sabemos que las
primeras obras se llevaron a cabo entre los años 3000 y 2920 a. C. Las
herramientas que se utilizaron, durante la Edad de Piedra y en el período
Neolítico, fueron picos fabricados con asta de ciervo.
La
zanja de Stonehenge no es especialmente profunda, por lo que quizá no resultara
demasiado complicado cavar con tan rudimentaria herramienta, pero en Grimes
Graves, a 320 kilómetros al noroeste de Stonehenge, estos mismos picos de asta
se utilizaron para cavar algo muy distinto: pozos mineros. En esta mina, los
arqueólogos han descubierto estrechos pasillos que profundizan hasta nueve
metros bajo tierra, tras los cuales el recorrido vuelve a la superficie. En
algunas galerías aún se ven las marcas que dejaba cada golpe sobre la piedra e
incluso huellas dactilares que datan de hace más de cinco mil años.
Grimes
Graves cuenta con cuatrocientos pozos neolíticos donde durante más de mil años
trabajaron duramente con estas sencillas astas de ciervo equipos de mineros en
busca del recurso mineral más preciado en la época, una variedad de roca de
sílice llamada sílex que encontraban en forma de nódulos de color negro
brillante, lo que conocemos como pedernal. El sílex era el recurso minero más
valioso en aquella época, la materia prima de una nueva economía. La extracción
y el comercio de esta piedra se convirtió en una de las fuerzas motoras del
mundo de Stonehenge, debido a que del sílex, convenientemente tallado, salían
hachas y otras herramientas. Lo cual supuso un gran salto tecnológico y social.
§.
El sílex y el nuevo estilo de vida
Contra
lo que pueda parecer, la talla lítica es un proceso muy técnico y preciso. Era
imprescindible tener algunos conocimientos y pericia para convertir un pedazo
de sílex en un hacha. Pero además a finales de la Edad de Piedra, estas
herramientas sirvieron para talar árboles a gran escala, de modo que los
pueblos nómadas que habían sido cazadores y recolectores se asentaron en
comunidades y se dedicaron a la agricultura y la ganadería, dado que los
bosques ya podían convertirse en granjas.
Al
mismo tiempo que los hombres del Neolítico cambiaban su estilo de vida,
comenzaba otra etapa en Stonehenge, que hasta entonces sólo era una zanja
primitiva cavada con picos de asta. La nueva tecnología del sílex permitió
levantar una estructura por el lado interior del talud compuesta por 56 vigas
de madera que seguían la misma forma circular. «No queda ninguna en pie, pero
los arqueólogos han analizado el tipo de tierra que rellena los 56 agujeros
sobre los que se asentaban, excavados también en el suelo calizo del lugar, y
se ha podido saber que en cada uno se fijaba una viga de madera. Lo que ya no
es posible adivinar es si, al igual que el posterior modelo en piedra, estos
postes tenían troncos por encima a modo de dinteles. No se trataría del único
monumento prehistórico construido principalmente con este material», asegura
Julian Richards.
A
unos escasos tres kilómetros de los bloques megalíticos de Stonehenge se
encuentra Woodhenge —henge es el nombre que los arqueólogos dan a este tipo de
edificaciones prehistóricas en forma circular—. Ambas ruinas prehistóricas
siguen un plano de círculos concéntricos muy similar. Hasta el año 1920 se
creyó que se trataba de los restos de un enorme túmulo funerario que hubiera
sido despojado de la tierra. Sin embargo, al tomar las primeras fotografías
aéreas se descubrió que cada uno de los puntos oscuros que aparecían marcados
en el terreno indicaban la posición de un poste de madera y que todos juntos
formaban un círculo.
Pero
este lugar encierra algo más que su similitud arquitectónica con Stonehenge. En
el transcurso de unas excavaciones en el centro de la circunferencia que forma
Woodhenge se desenterró el cadáver de un niño con el cráneo trepanado,
posiblemente fruto de algún sacrificio ritual del que sólo podemos imaginar
cómo pudo desarrollarse, pero no saberlo a ciencia cierta. «Alrededor de los
seis anillos concéntricos que lo componen —explica Julian Richards— se
encontraron objetos que iban desde huesos de animales hasta cerámica muy
ornamentada y, justo en el centro, la tumba del niño. Woodhenge contaba con una
estructura de madera claramente con algún tipo de función religiosa y, aunque
su construcción debió de suponer un gran esfuerzo, no dejaba de estar hecho a
base de simples troncos. Si se compara ambos conjuntos prehistóricos, Woodhenge
es el equivalente a la ermita de la aldea o a la parroquia local; Stonehenge,
con su estructura de piedra, sería la catedral».
En
Stonehenge, aclara Richards, no se han encontrado restos de sacrificios
humanos, pero sí numerosos de incineraciones dentro de los agujeros donde se
asentaban los primitivos postes de madera. Así que, durante cuatrocientos años,
antes de que se talaran los árboles, antes de que los pueblos neolíticos que
habitaban la zona reemplazaran la madera por los gigantescos bloques de piedra
que conocemos hoy, Stonehenge fue, primero, un cementerio del que ha llegado a
nuestros días incluso la ceniza de las piras funerarias.
§.
El enigmático arquero
Al
final de la Edad de Piedra apareció en los alrededores de Stonehenge un
enigmático hombre al que, actualmente, se ha dado en llamar el Arquero. Según
recientes investigaciones, se sabe que tuvo que realizar un peligroso viaje
hasta llegar a Inglaterra y que tenía las suficientes habilidades y
conocimientos para comenzar una revolución. Fue enterrado a unos cinco
kilómetros de Stonehenge, alrededor de 2.500 a. C.
En
el año 2002 de nuestra era, el doctor Andrew Fitzpatrick excavó su tumba y
examinó sus huesos y sus dientes, ya que a medida que crecemos en ellos se
almacena una huella química de nuestro entorno. Según este estudio, el Arquero
provenía de un lugar más frío que las islas Británicas; posiblemente de los
Alpes o Europa Central. Este largo viaje a través de Europa, cruzando el canal
de la Mancha, debió de ser extremadamente peligroso, pero el Arquero lo coronó
con éxito y se convirtió en un hombre de gran relevancia en su nuevo hogar.
«Quienes lo enterraron —indica Fitzpatrick— nos dejaron buena prueba de esto al
inhumarlo con casi cien objetos de valor, cuando lo habitual para una sepultura
rica eran unas diez posesiones». Junto con piezas de cerámica y utensilios del
Neolítico, se hallaron tres cuchillos de cobre y el oro más antiguo descubierto
en Gran Bretaña. El Arquero, en su viaje, llevó los conocimientos necesarios
para trabajar el metal. «El hallazgo más importante de su tumba —señala el
doctor Fitzpatrick— es, paradójicamente, la pieza más vulgar; una simple piedra
negruzca que contiene restos de oro y cobre, lo que demuestra que el mismo
Arquero sabía trabajar el metal».
En
opinión de este experto, el descubrimiento de la metalurgia en las islas
Británicas fue coetáneo a la llegada del Arquero, quien a su vez, fue testigo,
casi con seguridad, de la llegada de los grandes bloques de piedra y de la
épica construcción de Stonehenge. «Él trajo algo nuevo y supuso la oportunidad
de un nuevo orden. En su tiempo dos cosas coincidieron: el comienzo de la
construcción de un gran templo y la introducción del metal», explica
Fitzpatrick.
§.
Excavaciones mineras de más de 6.000 años
La
respuesta a cómo el descubrimiento del metal estaba transformando el mundo de
Stonehenge se encuentra en el norte de Gales, en una de las zonas mineras más
antiguas de Europa, y en la mina de cobre más grande del mundo: Great Orme. Se
estima que desde el año 4.000 a. C. ya se estaba extrayendo mineral en ella,
trabajos que duraron hasta aproximadamente 2900 a. C.
Great
Orme fue descubierta en 1987 y desde el primer momento los arqueólogos que la
estudiaban comprendieron que las minas estaban organizadas a una escala de
tales proporciones que superaba a cualquier otra explotación minera
prehistórica. Los extractores de mineral neolíticos retiraron más de cien mil
toneladas de mena de aquellos pozos gigantes y llegaron a cavar a más de
sesenta metros bajo tierra. Donde antes estaban las rocas con vetas de mineral
ahora hay enormes, pero impresionantes, cámaras vacías.
Nick
Jowett, director de la excavación arqueológica actual, cree que en Great Orme
pudieron haber trabajado más de mil personas durante sus picos máximos de
producción, mientras que en la explotación de sílex de Grimes Graves no lo
hacían más de veinte personas a la vez, y sobre un solo pozo. De hecho, a pesar
de que únicamente se ha investigado un 5 por ciento de Great Orme, hasta ahora
se han encontrado treinta mil huesos de animales y miles de martillos de piedra
—que pudieron ser las herramientas con las que se excavó la mina— y ocho mil
metros de túneles que datan de la Edad de Bronce. En las entrañas de estas
galerías se han hallado numerosas pruebas de cómo y con qué fines se organizó
este ingente número de trabajadores. «Por lo general —explica Nick Jowett— las
prospecciones mineras empezaban cuando se localizaba malaquita en la
superficie. En tal caso se comenzaba a profundizar en el suelo hasta que la
veta de mineral se agotaba. Entonces, los mineros simplemente buscaban otra.
Después sólo había que reducir la malaquita a polvo y mezclarla con carbón
igualmente machacado. De la reacción entre ambos surgía el cobre puro».
En
la mina de Great Orme eran maestros en el arte de la extracción del metal de
las rocas. Y con ello comenzó una nueva era. Con el cobre se fabricaban
millones de joyas y adornos rituales. El deseo de poseer estos objetos se
convirtió en el motor de una expansión económica sin precedentes y unos avances
tecnológicos que corrían a pasos agigantados.
Pero
¿qué importancia tiene el descubrimiento del metal en la historia de un
monumento que por aquel entonces se estaba construyendo en piedra? La respuesta
a esta pregunta la da el arqueólogo Julian Richards: «El aprovechamiento del
cobre dotó a sus constructores de grandes riquezas y altas cotas de poder en
una sociedad que estaba cambiando su definición de ambas. Quien podía trabajar
y comerciar con los metales se convertía en un potentado y ostentaba nuevos
símbolos de estatus. Del mismo modo que hoy llevamos joyas de oro o un reloj
llamativo, el hombre prehistórico portaba una daga de cobre brillante o una
bonita y reluciente hacha del mismo material. Las rocas de Stonehenge están
decoradas con imágenes de utensilios de metal, lo que da fe del valor que
tenían estos objetos para los pueblos de la Edad de Bronce. Pero el mayor
símbolo de estatus social y económico era el mismo Stonehenge».
§.
El traslado de los gigantescos bloques de piedra
Los
arqueólogos han demostrado que casi la mitad de los bloques que forman el
monumento llegaron desde la costa oeste de Gales, a 241 kilómetros de
Stonehenge. Hoy en día el mismo tipo de rocas, llamadas doleritas jaspeadas,
está desperdigado por la misma campiña galesa de donde salieron hacia
Stonehenge. La cuestión es cómo pudieron transportar trescientas toneladas de
roca hasta allí antes de la invención de la rueda.
Para
comenzar, lo primero que necesitaban eran cuerdas. Las fabricaban a partir de
las fibras del tallo de la ortiga, una planta muy corriente en la región y
recurso agrícola muy valioso y fundamental para muchos pueblos primitivos en
todo el planeta. El proceso era muy sencillo: de los tallos de la planta se
sacaban unas hebras que se enrollan, manteniéndolas en tensión, las retorcían
sobre sí mismas, hasta conseguir una cuerda muy prieta, de diferentes grosores,
muy eficaz y capaz de soportar mucha tensión. Así, con una gran cantidad de
fibra y los trabajadores necesarios se podían crear sin dificultad sogas
capaces de levantar megalitos del tamaño de los de Stonehenge.
El
hecho de que los constructores de Stonehenge poseyeran la tecnología suficiente
para realizar excavaciones con sus hachas de sílex y convertir fibras vegetales
en cordaje, no aclara el enigma de cómo pudieron mover las inmensas rocas que
se alzaron. El investigador Julian Richards cree que los obreros prehistóricos
construyeron plataformas de madera, una especie de trineos, para arrastrar las
piedras, una técnica que ya habían desarrollado para algunas de sus tumbas
primitivas erigidas con rocas de gran tamaño.
Sin
embargo, el uso de una plataforma de madera bajo la roca, que al moverse
reducía la fricción contra el suelo y hacía más fácil su transporte, no parecía
ser suficiente. La clave estaba en que estos pueblos primitivos también
disponían de técnicas de carpintería muy avanzadas que les permitieron
construir calzadas de madera con trabajos de ebanistería muy complejos, que
utilizaban, por ejemplo, para salvar áreas pantanosas. Si tenían la tecnología,
los recursos naturales y los trabajadores necesarios, no es nada descabellado
pensar que fueran capaces de montar una de estas vías de madera para
transportar la piedra hasta Stonehenge. Así, la teoría de Julian Richards es
que la plataforma de madera se deslizaba sobre una calzada igualmente de madera
mediante un sistema de rodillos, antecedente de la rueda, con lo cual se
reducía aún más la fricción y era posible transportarla a una velocidad
razonable entre varios hombres.
Con
estas investigaciones se sabe que, tan pronto como terminó la Edad de Piedra y
llegó la Edad del Bronce, el hombre primitivo fue capaz de levantar grandes
bloques de piedra y, sea como fuera, transportarlos con un enorme esfuerzo y
erigir todas las rocas del monumento.
Pero
¿con qué finalidad? En este punto surge otras de las incógnitas de Stonehenge.
§.
El primer observatorio astronómico
Lo
cierto es que es difícil saber con exactitud cómo era el aspecto que tendría
Stonehenge en aquella época; cómo fueron los mil quinientos años de evolución
desde una pequeña zanja en un montículo, a una estructura de madera, hasta
finalmente convertirse en una compleja construcción, como hoy se aprecia entre
los bloques que quedan en pie, abierta a una gran avenida orientada al
nordeste. Y es que, según aseguran muchos expertos, su especial orientación nos
desvela el enigma de la construcción de Stonehenge: se trata de un observatorio
astronómico; uno de los primeros construidos por el ser humano.
Se
cree que estas grandes rocas, conocidas como Sarsen, estaban dispuestas
alrededor de una circunferencia de 30 metros de diámetro. Dentro de ésta, otro
círculo de 23 metros de diámetro hecho con unas sesenta rocas azules de menor
tamaño, casi dos metros de altura aproximadamente. En el centro del complejo de
Stonehenge hay otras dos formaciones dispuestas a modo de herraduras, con la
particularidad de que la altura de los bloques de piedra estaba regulada desde
las más pequeñas en los extremos hasta las más altas en el centro de la
herradura. La abertura orientada al noroeste se siguió conservando, convertida
ya en una avenida para procesiones.
«Esta
orientación hacia la salida del sol no es en absoluto casual. Durante el día
más largo del año, el sol llega justo al centro de Stonehenge. Nuestros
antepasados más remotos festejaban este solsticio de verano utilizando la luz,
la piedra y la sombra», afirma Richards. Entonces, esto significa que conocían
un dato de enorme importancia cosmológica. Aquellos primitivos comprendieron el
ciclo que resulta del giro anual de la Tierra alrededor del Sol y la enorme
importancia de las estaciones en su supervivencia hasta el punto de llegar a
construir este impresionante monumento de piedras ciclópeas. Para ello hicieron
falta más de mil quinientos años y, aún hoy, cada 21 de junio, en el solsticio
del verano, Stonehenge nos recuerda que toda nuestra existencia se desarrolla
alrededor de los ciclos de la naturaleza.
Pero
además de su significado material, Stonehenge refleja un cambio en la
espiritualidad del hombre primitivo. Como dice el profesor de la Université de
Provence Gabriel Camps: «En el curso de la Edad del Bronce, esta veneración del
sol irá creciendo, acompañada de un simbolismo nuevo que invadirá todos los
dominios artísticos, tanto los grabados por incisión como la orfebrería y la
quincalla. Discos, colgantes diversos, motivos cruciformes testimonian por su
abundancia, a finales de la Edad del Bronce y principios de la del Hierro, el
triunfo de las creencias solares. Tenemos, por tanto, la impresión, aunque no
la certidumbre, de que las divinidades uránicas o cósmicas comienzan a
suplantar a los dioses y genios telúricos de la fertilidad, que anteriormente
derivaron de las creencias animistas».
2.
La Atlántida el continente perdido
Hace
dos mil cuatrocientos años, el filósofo Platón mencionó por primera vez la
historia de la Atlántida y de sus fabulosos pobladores.
En
el Diálogo llamado Timeo, considerado el más representativo del platonismo
desde la misma Academia de Platón, Critias, un amigo de Sócrates, le relata a
éste la historia que le había contado su abuelo, a quien se la había referido
el gran sabio y legislador Solón, que a su vez la había oído de un anciano
sacerdote egipcio.
Según
éste: «Nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la
marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el océano
Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel
océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así
decís, llamáis columnas de Heracles».
Las
columnas de Heracles o Hércules, si empleamos el nombre latino más familiar a
nosotros, son el estrecho de Gibraltar, pues como cuenta Baltasar de Vitoria en
su Teatro de los dioses de la gentilidad, «Hércules hizo aquí una hazaña de las
suyas, que fue dividir a aquel gran monte por medio, para que se juntasen los
dos mares, el océano Atlántico y el Mediterráneo».
Situada
geográficamente la Atlántida, el sacerdote egipcio precisaba luego sus
características: «Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de
entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme
(…) En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y
maravillosa que gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de
la tierra firme. Desde este continente dominaban también los pueblos de Libia,
hasta Egipto, y Europa, hasta Tirrenia».
Tras
referirse a un conflicto entre atlantes y griegos, el viejo sacerdote daba la
clave de la desaparición de la Atlántida: «Posteriormente, tras un violento
terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la
clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra, y la isla de
Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún
ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la
arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca
profundidad».
Todavía
en otro Diálogo, el Critias, se explaya Platón describiendo las maravillas de
la Atlántida, que en el reparto de la Tierra que habían hecho los dioses le
tocó en suerte a Poseidón, quien la pobló con los descendientes que hubo de una
mujer mortal.
Uno
de éstos, por cierto, era el rey Gadiro, de donde vendría el nombre de Gades
(Cádiz), pues reinaba en la región contigua al estrecho de Gibraltar.
El
Critias nos habla de los palacios, las riquezas, los minerales, las plantas y
los animales de la Atlántida, diciendo entre otros detalles fabulosos que «en
especial, la raza de los elefantes era muy numerosa», lo que luego veremos cómo
ha dado pábulo a ciertas teorías.
Sin
embargo, los atlantes llegaron a estar «llenos de injusta soberbia y de poder»,
por lo que Zeus, el padre de los dioses, «decidió aplicarles un castigo para
que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los
dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del
universo, tiene vista a todo lo que participa de la creación y, tras reunirlos,
dijo…».
Ahí
termina bruscamente el Critias; su continuación se perdió o simplemente Platón
abandonó su redacción, el caso es que nos quedamos sin conocer los detalles del
castigo divino que hundió a los atlantes en el mar.
A
falta de que Platón concluyese su relato, la Atlántida ha espoleado durante
siglos la curiosidad y la imaginación de todo tipo de investigadores, desde
científicos hasta farsantes.
Más
de dos mil cuatrocientos años después, en la actualidad, hay cinco expediciones
científicas en cinco zonas distintas del globo, empeñadas en descubrir los
restos que confirmen la existencia de este continente mítico. Mientras aparecen
esas pruebas irrefutables, la mayoría de los científicos se muestran
escépticos. Sin embargo, otros investigadores creen que hay nuevos indicios de
su existencia y que en el relato de Platón hay pistas que no sólo nos llevan
hasta el continente desaparecido y a encontrar los secretos de una civilización
legendaria, sino también a sus descendientes.
La
mayoría de los científicos convencionales concluyeron hace tiempo que la
Atlántida no era más que un mito salido de la fértil imaginación de Platón.
Consideran su relato como una ficción, una fábula moral destinada a advertir a
los atenienses de su mal comportamiento como ciudadanos.
Los
especialistas en Platón señalan en cambio que los discípulos inmediatos del
filósofo se tomaron en serio la historia de la Atlántida y la tenían por
auténtica; ya en época helenística, la escuela alejandrina veía, en general, en
la narración de Platón una alegoría, cosa que, por otra parte, no les impedía
creer en la existencia del legendario continente.
«Otros
lugares considerados como míticos, como la Troya de Homero, resultaron tener
una ubicación real, como Heinrich Schliemann demostró a finales del siglo XIX.
Descubrió la verdadera Troya y cinco niveles (nueve, entre los trabajos de
Schliemann y Dörpfeld) de construcción que tenían miles de años antigüedad. Por
supuesto que todos se mofaron de él y lo criticaron, pero al final demostró que
tenía razón», señala el antropólogo George Erikson, autor del libro Atlantis in
America. ¿Podría ser éste el caso de la Atlántida?
Platón
recalcó en sus escritos que su relato era realidad, no ficción, aunque eso es
un viejo recurso literario. Después de la condena a muerte de su maestro
Sócrates, Platón abandonó Atenas. No se conoce con precisión por dónde anduvo,
aunque muy probablemente fue a Egipto, cuya cultura tanto atraía a los griegos.
Es posible que allí escuchara el relato de la Atlántida, como historia o como
mito, por lo que entonces no sería propiamente un invento suyo.
Por
otra parte, la forma en que Platón aleja de sí la fuente —un anciano sacerdote
egipcio, que se lo cuenta a un personaje histórico del pasado como Solón, que
se lo cuenta al abuelo de Critias, que en la provecta edad de los noventa años
se lo cuenta a su nieto, que se lo cuenta a Sócrates, ya muerto cuando Platón
escribe— indica una pretensión de distanciamiento respecto a la historia que
está contando… Aunque también se puede interpretar al revés: un recurso para
dar credibilidad a lo relatado, poniéndolo en boca de prestigiosos transmisores
antiguos, como Solón.
§.
En busca de una civilización legendaria
Los
investigadores que toman al pie de la letra a Platón afirman que lo más lógico
sería buscar en Grecia y el área mediterránea, donde el filósofo vivió entre
428 y 347 a. C. Pero un grupo importante de científicos ha centrado su atención
en el corredor caribeño del Yucatán, siguiendo la pista dada por Platón de que
la Atlántida estaba en el océano Atlántico.
Los
doctores Greg y Lora Little forman uno de los grupos que intentan hallar
rastros arqueológicos del continente perdido, para ellos hundido en América,
exactamente en las Bahamas. Desde hace casi cuarenta años, este matrimonio
—ambos psicólogos y escritores— están explorando la zona en busca de restos de
los atlantes. Hasta el momento, el indicio que más se acerca es el llamado
Camino de Bimini, una formación rocosa de 480 metros de largo que se encuentra
bajo el mar en la costa de la isla del mismo nombre. Fue descubierto en 1968
por un piloto y en los años sesenta un geólogo dictaminó, tras tomar muestras
del interior de las rocas y para decepción de los buscadores de la Atlántida,
que se trataba de rocas naturales. Sin embargo, el Camino de Bimini es una
estructura que parece construida piedra a piedra, con bloques rectangulares y
cuadrados, como siguiendo lo establecido en un plano. Los doctores Greg y Lora
Little piensan que el Camino de Bimini pudo haber sido un rompeolas que cerraba
un puerto de la capital, Poseidópolis, donde los atlantes atracaban sus barcos
entre viaje y viaje por el mundo.
Además
de las rocas de Bimini, los exploradores en las islas Bahamas han realizado
varios descubrimientos: columnas de mármol, bloques de roca similares a los de
Stonehenge y restos de muro, así como formaciones submarinas, de entre 150 y
300 metros de diámetro, con forma de figuras geométricas o letras. El
matrimonio Little también se interesó por una de estas formaciones, pero cuando
descendieron a estudiarla descubrieron que no era más que una agrupación de
algas y esponjas, pasto de tortugas…
Seguir
pistas falsas no ha desanimado en absoluto a esta pareja de investigadores,
para quienes no se trata tanto de hallar la Atlántida como de encontrar la
verdad sobre los restos arqueológicos de las Bahamas. Con ayuda de una pequeña
cámara similar a las que la NASA envía a Marte, en el año 2003 encontraron otra
formación rocosa en la costa de la isla de Andros, a 160 kilómetros del Camino
de Bimini, que ellos bautizaron como Plataforma de Andros. Se trata de una capa
de rocas con una estructura similar al Camino, de unos 364 metros de longitud y
45 metros de ancho divididos en tres hileras de unos 15 metros cada una. Desde
que la descubrieron han vuelto cinco veces más a este lugar para cartografiar y
filmar su hallazgo. Greg y Lora Little creen que la Plataforma de Andros estuvo
oculta bajo la arena durante siglos hasta que el huracán Andrew la desenterró
en 1992 y opinan que no se trata de una formación natural, puesto que los
bloques de piedra están separados a intervalos muy regulares. Además, estos gigantescos
bloques de piedra descansan sobre otras rocas de playa y, a diferencia de las
naturales, tienen más altura a medida que aumenta la profundidad. Por
desgracia, la mala suerte hizo que la Plataforma de Andros volviera a
desaparecer bajo la arena del fondo marino en el año 2004, tras el paso del
huracán Jeanne y los Little no han podido concluir, de momento, sus
investigaciones.
§.
El rastro de los supervivientes
Lo
cierto es que, si los atlantes antaño atracaban sus barcos en esta bahía,
tendrían fácil acceso a los océanos del mundo entero. Sus viajes desde este
punto podrían haberlos llevado a tierras que ocuparían un lugar importante en
su futuro, tierras todavía perdidas en el tiempo, con sus antiguos secretos e
inquietantes misterios. En esta línea lleva veinticinco años indagando el
escritor y antropólogo George Erikson. A diferencia de otros, Erikson no busca
restos del continente perdido, sino el rastro de los supervivientes. Su libro
Atlantis in America: Navigators of the Ancient World, escrito en colaboración
con el profesor Ivar Zap, sostiene que algunos atlantes sobrevivieron a la
destrucción de su continente y se refugiaron en distintos enclaves de Sudamérica
y América Central, en concreto la península del Yucatán. «Se extendería
—explica Erikson— otros 240 kilómetros hacia el norte: junto con Cuba, el doble
de grande que hoy día, y las Bahamas que sería un gran banco de arena. Hace
once mil quinientos años toda esta zona estaba por encima del nivel del mar».
Según
las explicaciones más clásicas, la Atlántida se hundió bajo miles de metros
cúbicos de agua a causa de un gran terremoto… hace once mil quinientos años.
Sin embargo, y a pesar de no conocerse entre ellos, George Erikson y Greg y
Lora Little sostienen que la Atlántida tuvo otro final: una gran catástrofe de
enormes dimensiones causada probablemente por el impacto de un cometa que la
arrasó por completo, y que destruyó cualquier rastro de vida. Bastó un día para
que este poderoso imperio se hundiera.
¿Qué
opinan los astrónomos sobre la destrucción de la Atlántida? El doctor Mark
Hammergren, del Planetario Adler de Chicago, no cree posible que un cometa
destruyese la Atlántida: «Al examinar el historial geológico de la zona
—indica— no aparece nada que muestre el impacto de un cometa sobre la tierra
hace once mil años». Y si de verdad la Atlántida fue destruida de ese modo, es
imposible que ningún atlante pudiera haber sobrevivido a tal catástrofe para
contar a sus descendientes lo sucedido. «Eso constituye una gran pega en la
teoría de la Atlántida. Si el impacto fue lo bastante potente para aniquilar
por completo la isla, para borrarla por completo de la faz de la Tierra y
sumergirla en el mar, ¿cómo se explica que tras semejante impacto quedasen supervivientes
cerca de ese lugar?», se pregunta Mark Hammergren.
Sin
embargo, George Erikson sostiene que hubo supervivientes basándose en la
hipótesis de que unos cuantos habitantes del continente perdido lograron
escapar hacia el Yucatán. Los atlantes, como buenos marinos, estaban
acostumbrados a observar minuciosamente las estrellas. Quizá algún grupo vio
algún astro distinto, algo más brillante en el cielo. Tal vez, los animales,
que tienen la capacidad de captar los desastres naturales inminentes, estarían
más inquietos que de costumbre y unos cuantos habitantes atentos a estas
señales navegaron hacia el Yucatán, la tierra de los mayas.
Para
el antropólogo George Erikson, las misteriosas ruinas halladas en el Yucatán no
fueron construidas en principio por los mayas, sino por los atlantes
supervivientes, y para avalar su teoría se apoya en cuatro observaciones. En
primer lugar, el estilo arquitectónico de los mayas es diferente del de los
atlantes. «Hay pruebas —señala— de que la pirámide de Uxmal se reconstruyó en
cinco ocasiones. Nadie va a derribar esta estructura para desvelar las
construcciones primitivas, pero es normal en el mundo maya que las estructuras
más antiguas sean más perfectas, y precisamente éstas son más cercanas a la
época de la Atlántida».
Otra
prueba en la que basa su teoría Erikson es que no hay duda, según él, de la
existencia de imágenes de elefantes en los edificios mayas del Yucatán. Durante
el período maya, hace mil o tres mil años, no había elefantes en América
Central, pero recuérdese que Platón sí menciona que «la raza de los elefantes
era muy numerosa» en la Atlántida. Claro que la mayoría de los científicos
aseguran que las figuras de animales con trompa de elefante son en realidad
guacamayos, ave similar al loro. Pero Erikson aporta otro dato: las esculturas
de hombres con bigote y barba que se repiten en las rocas, cuando los mayas
carecían de vello facial; por último, la presencia de relieves e imágenes de
esculturas con formas budistas y de rasgos negroides, lo que probaría la
llegada de extranjeros a través del corredor navegable de la Atlántida, idea
también refrendada por las palabras de Platón, quien aseguraba que la Atlántida
se comunicaba con el resto de los mares de la Tierra. «Platón dijo varias veces
—afirma Erikson— que la Atlántida era una isla continental, que comunicaba los
océanos de los demás continentes del mundo. Y eso es exactamente lo que hace el
centro de las dos Américas», la zona de la península de Yucatán.
Estas
esculturas y bajorrelieves que para George Erikson son pruebas contundentes,
para Gary Feinman, conservador del Departamento de Antropología del Museo Field
de Historia Natural de Chicago, tienen otra explicación. Para él los mayas
cambiaron de estilo arquitectónico y escultórico a lo largo de su historia, y
los hombres con bigote o los elefantes serían en realidad figuras mayas
sobrenaturales y estilizadas al tratarse de representaciones de dioses. De
todos modos, los científicos calculan que hasta el momento apenas se ha
encontrado un 10 por ciento de las ruinas de Yucatán. La mayoría están
cubiertas aún por la densa vegetación de la jungla. Posiblemente, a medida que
se analicen más, en un futuro estos templos arrojen más luz al debate sobre la
existencia del continente perdido.
Una
hipótesis muy similar a la de George Erikson es la que guía al equipo de Greg y
Lora Little, quienes sostienen que en la Edad del Hielo existió una
civilización marítima en todo el Caribe y el golfo de México. Para ellos, el
norte de la isla de Andros pudo haber sido un puerto y Bimini otro, justo al
otro extremo de la costa. En el centro de Andros se localizaría un tercer
puerto, un lugar idóneo para atracar sus naves y divisar todos los canales de
navegación. En todo el continente americano, además, han proliferado leyendas
que hablan de antiguos navegantes provenientes de algún lugar en medio del
océano.
§.
Los sueños de un vidente
Hacia
mediados del siglo XX, las investigaciones sobre la Atlántida tomaron un nuevo
cariz, más enigmático si cabe, cuando un visionario llamado Edgar Cayce anunció
que la había visto en sueños y sabía exactamente dónde se ubicaba. Durante los
años treinta y cuarenta eran muchos los que consideraban a Cayce un Nostradamus
de la era moderna, y lo cierto es que realizó muchas predicciones acertadas
sobre las dos guerras mundiales, el crack del 29 o la independencia de la
India. Los sueños de Cayce incluían también una vívida descripción de los
logros atlantes, que habían llegado a dominar la cirugía láser, podían navegar
por el aire y bajo el agua, construían sus templos utilizando gases especiales
que les permitían levantar las piedras más pesadas e incluso tenían un ingenio
que mediante un potente cristal concentraba la energía del sol. Profetizó que a
finales de los años sesenta se descubrirían algunas partes de la Atlántida y,
efectivamente, en 1968 apareció el Camino de Bimini.
Después
de su muerte en 1945, la Fundación A. R. E. Edgar Cayce ha patrocinado varias
exploraciones en busca de la Atlántida. Actualmente, el equipo que forman Greg
y Lora Little son los principales investigadores a cargo de esta fundación. Sin
embargo, a pesar del apoyo de A. R. E. Edgar Cayce, se enfrentan a un gran
obstáculo: la falta de financiación, que les ha impedido hasta ahora
actuaciones tan sencillas como, por ejemplo, poder llevar a las islas a
geólogos que inspeccionen sus descubrimientos.
Además
del hallazgo de la Plataforma de Andros, la mayor de las islas Bahamas, este
matrimonio está interesado en una cueva submarina descubierta allí, en 1973,
por el explorador Herb Sawinski, quien afirmó que las paredes de la cueva
estaban llenas de jeroglíficos y, para demostrarlo, aportó diferente material
gráfico. Sin embargo, Greg y Lora Little no han podido encontrar estas posibles
pruebas y contrastarlas debido a que, bajo su superficie, toda la isla de
Andros es un laberinto de cuevas que, según cuentan los nativos, aparecen y
desaparecen periódicamente. Estos grabados en piedra dentro de las cuevas no
son comunes y, concretamente en la isla de Andros, constituiría, si se llegara
a documentar, el primer caso encontrado. De todos modos, en cada nuevo viaje a
las islas surgen nuevas pistas, nuevas investigaciones. La isla de Andros es un
rompecabezas todavía sin resolver.
«Este
lugar nos interesa, entre otros motivos, porque parece rebatir lo que la
arqueología tradicional dice sobre quiénes fueron los primeros pobladores de
esta zona», explica Greg Little. Los relatos de antiguos navegantes procedentes
de un lugar en medio del océano han circulado de generación en generación de
nativos, desde las Bahamas a Estados Unidos y Yucatán. Hay incluso quien cree
que hoy día sigue habiendo descendientes de los atlantes en el mundo.
Junto
con sus exploraciones sobre el terreno, Greg y Lora Little se basan en estudios
genéticos para corroborar su teoría de los supervivientes. En sus
investigaciones, recogidas en el libro Genética norteamericana y verdadero ADN
primitivo, intentan encontrar a los sucesores de esta civilización entre las
poblaciones actuales que poseen una variedad antigua de ADN llamada Haplogrupo
X. «En esencia lo que hemos hecho es examinar todos los estudios hechos sobre
el ADN mitocondrial. En los 42 grupos de ADN mitocondrial conocidos, incluso
hoy, el Haplogrupo X demuestra que todos los americanos nativos no llegaron por
el estrecho de Bering en 9500 a. C.», explica Greg Little. Lo más interesante
para estos dos expertos, es que aparece en los lugares a los que el visionario
Edgar Cayce aseguró que habían emigrado los atlantes. Los análisis realizados
por el matrimonio Little aseguran que se da entre los vascos, los iroqueses de
Norteamérica, en América Central y Sudamérica, y con menor incidencia en
Oriente Próximo.
§.
Descubrimientos en los cenotes
También
el cineasta y submarinista Wes Skiles ha centrado sus investigaciones en la
zona. En junio de 2002 descubrió una gruta submarina cerca del golfo de México,
llena de una gran cantidad de objetos en perfecto estado, y de esqueletos
humanos. Hay quien cree que antes de que los cubriera el agua en la Edad del
Hielo, estos pozos submarinos estaban habitados por humanos.
La
inmersión de Skiles y de los científicos mexicanos que lo acompañaron a bucear
en estas cuevas submarinas resultó ser bastante peligrosa. Para explorar
algunas zonas de estos cenotes (palabra que en lengua maya significa pozo o
abismo) algunos con bocas muy estrechas, tuvieron que quitarse todo el equipo,
incluso las bombonas de oxígeno, para poder acceder hasta el fondo en completa
oscuridad. Los buzos sólo tenían 40 minutos para llegar hasta la cueva, 20 para
trabajar en ella, y otros 40 para regresar antes de quedarse sin aire. Pero lo
que descubrieron al final acabaría compensando el riesgo corrido: en las
profundidades del pozo hallaron el primer esqueleto humano completo aparecido
en un cenote. En posteriores expediciones, los científicos mexicanos
localizarían más esqueletos.
Dos
años después, al realizar las pruebas de datación mediante radiocarbono se
averiguó que estos esqueletos tenían entre ocho y trece mil años de antigüedad,
en torno a la misma edad que el Hombre de Kennewick, encontrado en el estado de
Washington, norte de Estados Unidos. Es decir, los esqueletos eran unos cinco
mil años más antiguos que los mayas, y anteriores incluso al pueblo clovis, los
primeros pobladores conocidos del continente americano, así que decidieron
llamarlos pre-clovis.
El
antropólogo George Erikson, por su parte, lo denomina período de la Atlántida y
cree que estos restos humanos de cráneo dolicocéfalo y rostro alargado, en vez
de plano como sería lógico en un paleoindio, corresponderían a los
supervivientes de la Atlántida. Sumado a las pruebas anteriores, todo encaja
para este antropólogo: un esqueleto de diez mil años de antigüedad con rasgos
sin parecido alguno a los primeros nativos centroamericanos; esculturas de
razas no presentes en América de hace dos mil años; antiguos relieves de
hombres con barba y bigotes, cuando los mayas no tenían vello facial… Todos son
fragmentos de historia sin explicación y que cuestionan las teorías
tradicionales sobre las civilizaciones antiguas y que han convencido a
estudiosos como Erikson de que la Atlántida no sólo existió sino que hubo
sobrevivientes a la hecatombe que dejaron su huella para mostrarnos que
estuvieron allí.
§.
Leyendas ancestrales
Para
los investigadores que creen en la existencia de la Atlántida, la prueba más
contundente tal vez sean las leyendas populares transmitidas de generación en
generación como recuerdos colectivos de hechos reales. Los mayas hablan de una
llegada por mar para explicar su origen. Idénticos mitos fundacionales hallamos
en las leyendas incas de Kontiki y Viracocha e, incluso, en Egipto, donde se
cuenta que Tot llegó del oeste, surcando los mares, para crear las artes y la
civilización.
El
antropólogo Roberto Ramírez Rodríguez, de la Universidad de Veracruz, recoge en
su obra Atlanticú historias contadas por los indígenas. Una de ellas habla de
un pueblo que se hundió en el mar porque los dioses estaban disgustados con su
codicia, tal y como contaba Platón en el siglo IV a. C.
El
debate entre los científicos lleva varias décadas abierto. La prueba innegable
todavía no ha aparecido y a los investigadores que buscan la Atlántida les
queda aún un largo recorrido. Los científicos admitirían la existencia de la
Atlántida siempre y cuando hubiera algo más contundente que especulaciones o
teorías. Sabemos que a lo largo de la historia de las civilizaciones, los
centros urbanos nacen y mueren constantemente. Sin embargo, según muchos
historiadores, como el conservador del Departamento de Antropología del Museo
Field de Chicago, «son meras especulaciones sin fundamento pensar que la
destrucción de la Atlántida condujo a la creación de otras civilizaciones en
todo el planeta».
El
profesor Tad Brennan, del Departamento de Filosofía y Clásicas de la
Universidad de Northwestern, explica el fenómeno que lleva a tomar elementos
genéricos del mito y buscarlos después en el mundo real. «Con la búsqueda de la
Atlántida ocurre lo mismo que —afirma— si dentro de mil años alguien encontrara
un ejemplar del Mago de Oz y fuera a Kansas a buscar casas con refugios para
los tornados. Las encontraría sin dificultad, y quizá también se topara con
alguna niña llamada Dorothy, pero se equivocaría si de ello dedujera que los
munchkins y la Ciudad Esmeralda han existido en la realidad. Platón sólo
pretendía hacer un relato moral para denunciar los defectos de su ciudad,
Atenas».
El
caso de la Atlántida está muy lejos de cerrarse y no dejan de aparecer
constantemente indicios que apuntan a su existencia. En el año 2004 otro equipo
afirmó haber encontrado las ruinas de una ciudad antigua en Chipre, cuyas
características coincidían con sesenta de las pistas dejadas por Platón. En la
costa de la isla de Cuba, Paulina Zelintski, ingeniera oceanográfica que
buscaba navíos hundidos con un sonar, encontró a seiscientos metros bajo el mar
lo que parecen restos de otra ciudad antigua. Los arqueólogos cubanos que han
examinado los vídeos tomados por Zelintski dicen que en las estructuras se
aprecian símbolos y relieves. Está ubicado exactamente a 144 kilómetros de
Yucatán y a 208 de las Bahamas. El matrimonio Little cree posible que Cuba resuelva
en un futuro el misterio del continente perdido. Y aunque no se tratara de la
Atlántida tal y como les contó Platón a los atenienses, tanto ellos como George
Erikson y varios científicos en todo el mundo están dispuestos a demostrar que
hace once mil años existió una civilización esencialmente marítima que tras la
desaparición de sus tierras se implantó en otras zonas del planeta. «Estoy
convencido, como muchos otros —dice Greg Little—, de que la Atlántida abarcaba
muchas zonas. Ése es el problema. Era un imperio marítimo insular, y
probablemente tendría una capital que aún no se ha encontrado, pero un imperio
insular cuenta con puertos y ciudades en todas partes. Y creo que lo que se
está descubriendo en la costa de la India, en zonas de Sudamérica, probablemente
lo que estamos investigando en las Bahamas, lo que se ha encontrado incluso en
zonas del Mediterráneo, y en España y Francia, creo que todo pertenece a la
Atlántida».
Para
el antropólogo autor de Atlantis in America, George Erikson, «si la leyenda de
la Atlántida es cierta, y si las leyendas de los mayas son ciertas, que se
produce una destrucción periódica por la arrogancia del hombre, debemos
fijarnos en cómo nos estamos comportando hoy día, comprender que estamos
contaminando, creando una catástrofe ecológica en el planeta, igual que los
atlantes hicieron, y que Platón dijo que su arrogancia fue la causa de su
destrucción».
3.
El misterio de los anazasi
Mesa
Verde, al sudoeste de Colorado, es una tierra de cañones escarpados y elevadas
mesetas donde se asientan algunas de las ruinas prehistóricas más
impresionantes de Estados Unidos y unos de los mayores misterios de la
arqueología norteamericana. Desde que estos pueblos abandonados fueron
descubiertos a finales del siglo XIX, no han dejado de desconcertar a
visitantes y arqueólogos. Todavía nadie ha podido explicar por qué los indios
anasazi, antiguos habitantes del sudoeste de Estados Unidos, construyeron
increíbles asentamientos en acantilados para luego abandonarlos unas décadas
después y no regresar jamás. ¿Por qué esta avanzada civilización desapareció de
repente? Muchos arqueólogos piensan que los antiguos anasazi tenían un lado
oscuro, que se manifestó en forma de matanzas e incluso canibalismo. ¿Podrían
estos actos violentos explicar el traslado a los acantilados? Hoy en día,
arqueólogos e indios norteamericanos siguen discutiendo este misterio.
En
la región existen cientos de asentamientos similares a los de Mesa Verde. La
historia sigue siendo un misterio debido a la ausencia de rastros escritos. Sin
embargo, la arqueología permite establecer que el pueblo conocido como los
anasazi empezó a colonizar esta zona del sudoeste norteamericano en el año 1 d.
C. Durante la mayor parte de su historia, vivieron en pequeñas comunidades
repartidas en las mesetas y los valles. A partir del siglo X, sus pueblos
llegaron a alojar varias centenas de habitantes. Se situaron en mesetas como en
Cañón Chaco (años 950-1100).Pero a mediados del siglo XIII, ocurrió algo y los
anasazi empezaron a juntarse. Construyeron muros altos alrededor de sus
asentamientos o tomaron la sorprendente decisión de trasladar pueblos enteros a
los acantilados de los grandes cañones de Colorado, lugares de una inmensa
belleza pero donde las condiciones naturales dificultan la vida humana. Su
repliegue a los poblados trogloditas rudimentarios de Mesa Verde marcó el
deterioro de su cultura. Apenas cincuenta años después, también abandonaron
estas casas, dejando atrás la mayoría de sus posesiones, como si planeasen
volver. En lugar de eso, desaparecieron de la Historia.
§.
Éxodo a los acantilados
Existen
varias teorías para explicar por qué los anasazi se situaron bajo
impresionantes acantilados en el siglo XIII. La primera que surge es que se
produjo un cambio climático que amenazaba las cosechas o un deterioro que
redujo las tierras cultivables disponibles. Según Lorisa Qumawuun, guarda
forestal del Parque Nacional de Mesa Verde —declarado Patrimonio de la
Humanidad por la UNESCO en 1978— y perteneciente a la tribu hopi, que se
autoproclaman descendientes de los anasazi, la razón de este éxodo a los
acantilados fue la búsqueda de suministro de agua tras una enorme sequía. Sin
embargo, otros expertos no comparten esta hipótesis, ya que los anasazi podrían
haber tenido acceso a manantiales sin necesidad de vivir en la pared de estos
acantilados donde la aridez marcaba la mayor parte de la zona. ¿Por qué exponer
a toda una comunidad a semejante riesgo?
La
zona conocida como Four Corners, las Cuatro Esquinas, donde convergen Arizona,
Colorado, Utah y Nuevo México, fue el lugar donde habitaron los anasazi durante
más de cien años. Toda la meseta está repleta de escarpados cañones, remotos e
inhóspitos, bien disimulados entre las rocas. Los dos ríos más importantes que
recorren estas tierras son el río Grande y el Colorado. Hoy en día, la mayor
parte de esta región está cubierta de bosques de pinos piñoneros y enebros.
Pero hace novecientos años estaba lleno de campos de maíz, calabazas y judías.
Los arqueólogos creían que con los cultivos de esta zona, los anasazi
abastecían a cuarenta mil o cincuenta mil personas.
Gracias
a la arqueología se conoce una gran variedad de poblaciones anasazi. Vaughn
Hadenfeldt, experimentado alpinista y guía local, lleva los últimos veinte años
explorando las ruinas anasazi del sudeste de Utah, en la zona de Cedar Mesa, y
ha tenido un papel importante en la conservación y el descubrimiento de muchos
de los asentamientos más interesantes para los arqueólogos. En Cedar Mesa se
han hallado las primeras pruebas convincentes de que el miedo fue lo que había
incitado a los anasazi a trasladarse a los acantilados. La teoría de Vaughn
Hadenfeldt es que «buscaban protección y empezaron a asentarse en estos
pequeños sitios donde disponían de agua. La orientación de los pueblos los
protegía de la lluvia y la nieve en invierno, y de calores del verano. Además,
presentaban la ventaja de ser una protección natural frente a los ataques. Se
puede observar que en los asentamientos hay varias torres, lo que demuestra que
podrían estar vigilando su pequeño manantial o al enemigo», explica. En cambio,
la ubicación en los cañones los alejaban de los cultivos, haciéndolos menos
accesibles a los habitantes.
En
la cornisa rocosa Cedar Mesa existen unas peculiares ruinas en la cima de la
meseta con todas las paredes cubiertas de dibujos de osos, leones de montaña,
carneros con grandes cuernos y figuras antropomórficas, todo ello testimonio de
una cultura rica y dinámica. Lo que más asombra a los arqueólogos es que fueran
capaces de realizar tales obras y, después, lo abandonaran todo. Según Vaughn
Hadenfeldt, pasó algo que los forzó a huir. «Estoy seguro de que se produjeron
enfrentamientos. Tuvo que haber un motivo que los obligó a tener que empezar su
vida en estos lugares y, después, a alejarse. En aquellos acantilados, con
enormes precipicios, necesitaban masilla para construir, llevar agua para hacer
la masilla y juntar todas estas piedras. Es un esfuerzo increíble, sólo
justificable si estuvieran huyendo de algo», indica. Además el lugar está
repleto de aspilleras, que apuntan hacia direcciones diferentes. «Muchos
interpretan estas paredes agujereadas como un eficaz método de defensa. Desde
aquí podrían estar vigilando el agua, pero también podían estar vigilando la
cornisa de roca por donde alguien podría intentar entrar en el asentamiento,
posiblemente para atacarlos, o estar alerta ante cualquier cosa», explica. El
escondite de los anasazi parece como un puesto de avanzada o una torre de
vigilancia, pero ¿qué estaban vigilando? Hadenfeldt afirma que sus enemigos más
probables, los navajos, no llegaron a esta zona, al menos, hasta cien años
después. De hecho, no parece haber pruebas de que hubiese ninguna otra tribu
por esta zona en el siglo XIII. Entonces, ¿quién era el enemigo?
§.
Un pueblo violento y caníbal
En
Cortez, Colorado, justo bajando por la carretera que da entrada al Parque
Nacional de Mesa Verde, se han encontrado cuatrocientas ruinas, pueblos enteros
donde vivían las tribus antes de que se trasladaran a los acantilados. El
propietario, Archie Hansen, ha descubierto unos doscientos cincuenta
asentamientos en su terreno repletos de piezas arqueológicas que demuestran un
conocimiento de la cerámica, el tejido y la irrigación. El pueblo estrella es
un emplazamiento parcialmente reconstruido en el que probablemente vivían unas
veinte personas, alrededor de cuatro familias. Estuvo ocupado desde 650 hasta
1150 d. C. Uno de los hallazgos más fascinantes son unos túneles subterráneos
que conectaban las kivas con otras zonas del poblado. Las kivas eran habitaciones
comunes circulares excavadas en el suelo y recubiertas de un techo, dedicadas a
la práctica del culto o para reunir al consejo del pueblo.
Además,
en las excavaciones se han obtenido cientos de piezas de cerámica, restos
macrobotánicos, bioarqueología de restos desarticulados y restos de fauna. Los
descubrimientos de Archie Hansen y su equipo de arqueólogos no encajan
precisamente con la imagen tradicional de los anasazi como pueblo pacífico.
«Está claro —dice— que de aquí no se fueron pacíficamente. Este lugar,
evidentemente, marcó el final de un período para ellos. Aquí encontramos
pruebas de muerte y violencia». En el asentamiento había tres kivas
subterráneas. Eran centros en los que se reunía la comunidad anasazi y, según
parece, se convirtieron en el escenario de horribles matanzas. Se han
encontrado pruebas de violencia extrema y de canibalismo. «Hay indicios de
canibalismo bastante claros, como el brillo en el fondo de las vasijas; las
fracturas y los huesos totalmente rotos: la médula separada de los huesos, los
cuerpos desarticulados, la ausencia de cráneos, de vértebras, de manos, de
pies…», cuenta.
Éste
es un asunto polémico. Los indios norteamericanos se niegan rotundamente a que
se identifique a sus antepasados como caníbales. Pero muchos arqueólogos han
encontrado pruebas concluyentes en los asentamientos anasazi. Citan como tales
las pequeñas zonas de brillo que se forman cuando un hueso es cocinado en una
olla de barro y marcas de cortes y abrasiones en los restos humanos que son
idénticas a las que tienen los animales que han sido consumidos. Y el
asentamiento de Archie Hansen está lleno de estos indicios. «Hallamos —indica—
a un varón de 14 años y a otro de, aproximadamente, 21 años a los que
probablemente mataron y consumieron en el sitio, porque encontramos sus trozos
en la hoguera y en los bancos de alrededor de la hoguera». Después de la matanza,
las pruebas apuntan a que los demás habitantes abandonaron el pueblo. «Supongo
que lo que ocurrió fue que había enemigos exteriores. Podría tratarse de un
pueblo vecino, que no tenía suficiente comida y los atacaron porque ellos
tenían más recursos alimentarios, o también podrían ser tribus procedentes de
México, lo que sería bastante extraño en esa época», explica Archie Hansen.
Los
anasazi dejaron huesos sospechosos de canibalismo en unos cincuenta
asentamientos arqueológicos. Pero lo realmente curioso es que casi todas las
fechas de las pruebas son de ese mismo período, que comprende desde 900 d. C.
hasta alrededor del año 1150. Estas fechas corresponden exactamente al período
en el que la civilización anasazi estaba encabezada por un lugar llamado Cañón
Chaco… una ciudad tan misteriosa como grandiosa en medio de la nada; la ciudad
más extraña que los anasazi construyeron jamás, ahora convertida en unas
desoladas ruinas en el desierto de Nuevo México.
§.
Una ciudad misteriosa
Cañón
Chaco, en su apogeo, alrededor de 900 a 1150 de nuestra era, fue el centro
cultural más grande de las Cuatro Esquinas. La gente transportaba los bloques
de roca, desde varios kilómetros de distancia, para construir enormes conjuntos
de edificaciones, que a los conquistadores les recordaron los pueblos
españoles, por lo que llamaron «pueblos» tanto a las construcciones como a los
indios que las habitaban.
El
más grande de todos era Pueblo Bonito; tenía cuatro o cinco pisos y ochocientos
habitaciones. Los arqueólogos no tienen claro cuántas personas vivieron aquí. A
principios del siglo XX se calculaba que varios millares, de acuerdo con el
número de habitaciones. Posteriormente se pensó que era imposible que este
terreno sostuviese una población tan numerosa; de hecho había pocos rastros de
hogares para cocinar la comida familiar. Además, una buena parte de las
habitaciones eran demasiado pequeñas para ser habitables; estarían dedicadas a
almacenes u otros destinos, por lo que el número de habitantes hipotéticos se
redujo a unos cientos. Se piensa incluso que Pueblo Bonito no tenía función
residencial, sino ritual. En todo caso, hasta finales de 1800 se lo llamaba «el
edificio de pisos más grande del mundo». No había nada parecido en toda la
Norteamérica prehistórica.
Chaco
fue mucho más que una simple ciudad: era un centro ceremonial donde la gente
iba desde lugares lejanos y se reunía a adorar a sus dioses en grandes kivas.
Las grandes kivas de Chaco, donde se celebraban las fiestas religiosas
relacionadas con los ciclos agrícolas, tenían un diámetro de 18 metros y
estaban subdivididas en partes según los puntos cardinales. Pero en 1150 la
ciudad fue completamente abandonada y sus habitantes desaparecieron. Los
arqueólogos están aún intentando averiguar qué ocurrió. ¿Acaso fue la sequía?
¿Acaso había demasiada gente y pocos recursos? ¿O acaso sucedió algo más
siniestro que acabó con esta gran ciudad?
Tras
un análisis mediante técnicas de dendocronología —la ciencia que data la madera
estudiando sus anillos— realizado por el doctor Jeff Dean de las antiguas vigas
de madera de una de las escasas habitaciones que quedan intactas en Pueblo
Bonito, este experto cree que una combinación de tres factores podría ser la
causa del abandono del cañón: la sequía, la inundación de las tierras por la
crecida del río y el aumento de la población. Sin embargo, el pueblo de Cañón
Chaco había superado anteriormente fuertes sequías y los datos aportados por
los anillos de los árboles de Jeff Dean muestran que las sequías no detuvieron
la construcción de viviendas. Sin embargo, algo ocurrió en la sequía del año
1100.
El
Cañón Chaco parece representar para ciertos estudiosos un gran centro de
peregrinación para las poblaciones circundantes, pero otro de los misterios del
lugar es saber cómo fue posible que sus sacerdotes tuvieran tanto poder como
para construir el grandioso centro ceremonial. Según Archie Hansen, una de las
teorías dice que llegaron aquí algunos indios procedentes de México. Hay
arqueólogos que creen que tomaron Chaco, sembrando el terror entre sus gentes.
Podría haberse tratado de los toltecas o los aztecas, que practicaban rituales
sangrientos en los que se sacrificaba a humanos. Tal vez esto podría explicar
por qué de repente el canibalismo apareció en la historia de los anasazi. Pero
no es más que una de las teorías que se siguen barajando. Los anasazi no
dejaron ningún documento escrito. Sin embargo, los indios navajos, que hoy en
día habitan en las Cuatro Esquinas, siempre han estado alejados de Cañón Chaco.
Si se les pregunta por qué, afirman: «Allí sucedió algo malo».
Para
buscar las respuestas a tantas incógnitas en relación con Chaco, los
arqueólogos están investigando en las pequeñas comunidades que abastecían a la
gran ciudad. El doctor John Kantner y sus estudiantes de arqueología de la
Universidad Estatal de Georgia han realizado excavaciones en uno de estos
lugares, a aproximadamente unos ochenta kilómetros de Cañón Chaco. Se sabe que
Chaco tenía muy pocos recursos: poca agua, sólo para cultivar algunas cosas.
Está en medio de la nada y carecía de casi todo. Las comunidades próximas están
mucho mejor situadas: hacía mejor tiempo, había más piedra y más madera, por lo
que se encargaban de abastecer a Cañón Chaco. «Lo que estamos intentando
averiguar es qué había en Cañón Chaco para atraer a tanta gente. Creo, al igual
que la mayoría de los arqueólogos, que el lugar, poco a poco, se convirtió en
un centro de peregrinación bastante poderoso, de una religión que esta gente
profesaba y que los impulsaba a viajar hasta allí», explica el profesor John
Kantner.
Nadie
sabe a ciencia cierta cuál era la religión de los chacos, pero muchos
arqueólogos creen que tenían un lado oscuro y misterioso y que esto podría
explicar los actos de canibalismo y también el hecho de que la gente anduviese
más de ochenta kilómetros sólo para ir al poderoso centro ceremonial. Y la
población creía tanto en lo que fuera que estaba dispuesta a llevar bienes
hasta Chaco para que pudiese subsistir. «Después, creemos que Cañón Chaco
empezó a hacer lo que los antropólogos llaman una “materialización del sistema
religioso”. Y materializaron sus actos fabricando cosas que eran
imprescindibles para el sistema religioso, para los rituales y ceremonias, y de
esta manera podrían controlar a los creyentes. La gente de estas tierras
sentían que necesitaban esas cosas —que podrían ser piezas de hueso, coral o
azabache o piedras como la turquesa— y, para conseguirlas, tenían que ir hasta
Cañón Chaco donde las intercambiaban por una participación en ese sistema
religioso. Así se fue extendiendo con éxito este sistema religioso».
La
causa de que todo se desmoronara, según este experto, fue que cayó el poder y
la autoridad de los líderes religiosos de Cañón Chaco, posiblemente a causa de
una sequía que hubo a principios del año 1100. Fue una sequía relativamente
pequeña, sobre todo en comparación con otras que se habían producido en el
pueblo, pero suficiente para desencadenar los problemas. «Básicamente, se
produjo un vacío de poder y eso dio lugar a un enorme caos social —afirma John
Kantner—. Después, el caos social pudo dar lugar a la violencia, lo que condujo
a los anasazi a refugiarse en los acantilados, como una especie de refugios,
trasladándose hacia al norte a sitios como Mesa Verde», concluye.
§.
Los descendientes actuales
Pero
también hay otra versión de la misma historia: la de los indios del sur de las
Cuatro Esquinas que dicen ser los descendientes de los anasazi. Los indios zuni
y hopi tienen sus propias tradiciones orales sobre sus antepasados. Según la
versión hopi, al sudeste de Utah, en río San Juan, existen algunos petroglifos
—figuras estilizadas, grabadas en las rocas por los antiguos anasazi hace mil
quinientos años— donde además de figuras humanas a escala real están
representadas algunas espirales, signo inequívoco de que hubo una migración.
«Ellos abandonaron la zona porque les había llegado la hora de irse… no por el
caos social o la violencia», aseguran Wilton Kooyahoema y Dalton Taylor, dos
miembros de la reserva hopi de Arizona, al sur de las Cuatro Esquinas. Así,
para los hopi, el misterio de los anasazi es simplemente una historia de
migración.
Lo
cierto es que ni los autodenominados descendientes saben de dónde viene el
término anasazi. Se ignora, ya que no hay pruebas escritas, con qué nombre se
designaban a sí mismos los anasazi. Los indios hopi utilizan la palabra
Hisatsinom, que quiere decir «los antepasados», y consideran la palabra anasazi
como despectiva. Es una palabra navajo que significa «antiguos enemigos». En la
actualidad, la mayoría prefiere utilizar el término «antiguos pobladores» en
vez de anasazi. Los historiadores reagrupan con la designación anasazi a
distintas culturas similares que residieron en la misma zona: los hohokam, los
mogollón y los patayan, desaparecidos todos antes del siglo XVI y la llegada de
los españoles.
Wilton
Kooyahoema está muy seguro al negar la teoría de que era una tribu caníbal, ya
que «en la época en la que iniciaron la migración —dice— no había ningún
enemigo. Hasta que llegó el segundo grupo, el de los navajos y los paiute;
ellos fueron los que empezaron la guerra contra el pueblo hopi». Así, para los
indios hopi, no hubo enemigos antes de los navajos y ellos no llegaron a las
Cuatro Esquinas hasta mucho después de que los anasazi se hubieran ido, lo cual
hace suponer a algunos expertos que el enemigo no fue un invasor, sino que hubo
un enfrentamiento interno entre ellos. «Yo supongo que, probablemente, la
guerra se produjo entre la gente que vivía aquí y no necesariamente contra
enemigos exteriores. Quizá fuera la gente del cañón de al lado», señala Vaughn
Hadenfeldt.
Así,
según las investigaciones de sus vestigios monumentales y litúrgicos en
distintos lugares por parte de expertos como Vaughn Hadenfeldt, Archie Hansen y
John Kantner, la violencia y probablemente la guerra, fue lo que llevó a los
anasazi a huir a los acantilados. Pero es muy probable que su enemigo no fuera
otro… que los propios anasazi. Entonces, la historia de migración de los hopi
tendría sentido. Los anasazi no desaparecieron; simplemente se fueron de las
Cuatro Esquinas. Además, las investigaciones de Jeff Dean en los anillos de los
árboles muestran que a finales del siglo XIII se produjo una gran sequía en
esta zona y cansados de décadas de lucha, los supervivientes probablemente
hicieron lo que sus antepasados habían hecho años antes… emigrar al sur para
empezar una nueva vida. No obstante, todo son meras suposiciones. Quizá algún
día nuevas pruebas puedan resolver este misterio. Por ahora, los arqueólogos y
los actuales habitantes de estas tierras seguirán discutiendo sobre el tema y
buscando pistas en los dibujos de las paredes de roca roja de los cañones
norteamericanos.
4.
Las pirámides secretas de Japón
El
mar de la China oculta un tesoro de maravillas naturales, un mundo submarino
que apenas ha sido visitado por buceadores japoneses. Pero, además, en las
aguas que rodean la isla de Yonaguni, en el archipiélago de Ryukyu, a 480
kilómetros al sudoeste de Okinawa, yace una estructura sumergida con la
apariencia de una plataforma o estructura parcial de pirámide escalonada,
posiblemente obra de una civilización de hace diez mil años. Para algunos
investigadores, estas ruinas son el edificio más antiguo del mundo, un
territorio perdido de la historia de la humanidad.
Yonaguni
forma parte del archipiélago japonés de Ryukyu; es el terreno más occidental de
Japón, localizado a 150 kilómetros de Taiwan y al oeste de las islas Ishijaki e
Iriomote, al este del mar de la China. La pequeña isla mide unos diez
kilómetros de largo por tres de ancho, y su perímetro se puede recorrer en
coche en menos de cuarenta minutos. En 1987, el profesor de buceo Kihachiro
Aratake se dispuso a buscar el modo de atraer más buzos a la isla. Aratake
buscaba las zonas de reproducción de los peces martillo, muy abundantes en este
mar, a menos de un kilómetro de la costa. Pensaba que si daba a los buzos la
oportunidad de ver de cerca a estas criaturas conseguiría su objetivo. Pero en
lugar de eso, descubrió algo único, más espectacular de lo que él mismo podía
imaginar: unos megalitos de piedra que parecían restos de un antiguo templo.
«Cuando lo vi por primera vez —recuerda— me parecieron una ruina, así que
bauticé el lugar como Cabo Iseki, el Cabo de las Ruinas». Ante sus ojos divisó
una serie de formaciones topográficas únicas. Un montón de piedras que forman
una estructura que recuerda a las pirámides de Egipto. Una formación asimétrica
creada por gigantescos peldaños de piedra cuyo tamaño varía desde menos de
medio metro a varios metros de altura.
§.
El monumento más antiguo del mundo
Masaaki
Kimura, profesor del Departamento de Ciencias Físicas y Terrestres en la
Universidad de Ryukyu, fue en 1992 el primer científico que exploró este
conjunto submarino. Ha desarrollado un proyecto cartográfico submarino del
monumento Yonaguni, en el que se aprecia que la estructura principal mide más
de ciento cincuenta metros de longitud, casi el doble que un campo de fútbol, y
es más alto que un edificio de ocho pisos. Para Kimura y su equipo del Centro
Geológico Oceanográfico de la Universidad de Ryukyu, aquello era más que una
colección de piedras. «Nuestros estudios demuestran que ese monolito es
artificial, que fue hecho por el hombre». Si efectivamente estuviera en lo
cierto, Yonaguni constituiría el testimonio de una civilización hasta ahora desconocida,
de muy temprano desarrollo y muy avanzada. Pero sus investigaciones, publicadas
en japonés y divulgadas sólo entre su propia comunidad académica, no llegaron a
Occidente.
Sin
embargo, las fotos del lugar llamaron la atención de varios buzos occidentales.
Entre los primeros en acudir al lugar estaban Gary y Cecelia Hagland, un
matrimonio de fotógrafos submarinos que han realizado más de nueve mil
inmersiones en todo mundo. «La primera vez que nos sumergimos junto al
monumento me pareció que estaba en una película de ciencia ficción volando
sobre una ciudad, sobre una ciudad enorme, y cuando volví al barco no tuve
palabras para describirlo», explica Cecelia Hagland. Sin duda, Iseki es un
lugar mágico para bucear pero, a causa de las dificultades, es muy peligroso y
poco accesible.
Las
fotos de los Hagland impresionaron a Graham Hancock, periodista y antiguo
corresponsal del Economist y autor de una serie de libros sobre las estructuras
más antiguas conocidas, como Fingerprints of the Gods. Hancock, inmediatamente,
se matriculó en un curso de buceo para poder ver el monumento con sus propios
ojos. «Mi primera impresión, cuando vi la estructura principal de Yonaguni fue
de asombro. Ver lo que parece consecuencia del diseño y la organización en una
inmensa estructura submarina de piedra, los bordes de las piedras definidos
casi en ángulo recto, como formando una escalera, me hizo sentir una gran
emoción, como un misterio. Sólo se puede comparar a lo que se siente al entrar
en una gran catedral o en la Gran Pirámide de Egipto», describe Hancock, quien,
desde 1997, ha realizado más de ciento cincuenta inmersiones en Yonaguni y ha
descubierto más monumentos. En su opinión, se pueden apreciar distintas
estructuras con características anómalas y extraordinariamente curiosas que no
se pueden explicar sin la intervención del hombre. Se extienden a lo largo de 5
kilómetros, frente a la costa sur de Yonaguni, y todas ellas fueron construidas
alrededor del mismo período. «Creo sinceramente que se trata de una gran área
ceremonial religiosa», afirma.
El
hecho de que el monumento de Yonaguni se halle sumergido en el mar presenta un
problema extraordinariamente complejo. Si todas esas estructuras fueron creadas
por el hombre, debieron de ser levantadas cuando el terreno estaba por encima
del nivel de las aguas, es decir, en la época glaciar, cuando los niveles del
mar eran mucho más bajos debido a que la mayor parte del agua se encontraba
congelada en el hemisferio norte. Según las estimaciones de Kimura, eso
significaría que el monumento de Yonaguni debió de construirse sobre el octavo
milenio antes de Jesucristo, precediendo en más de cinco mil años a las
pirámides de Egipto. Incluso algunos expertos hablan de que el monumento podría
tener diez mil años de antigüedad, lo que lo convertiría en la estructura más
antigua del mundo, según Masaaki Kimura.
Sin
embargo, tal afirmación va en contra de la cronología actual oficialmente
aceptada por la arqueología. La construcción de una estructura tan enorme
requeriría un nivel de organización y planificación social que los
historiadores no están dispuestos a aceptar que existiera hace diez mil años.
«Si se confirmara esta antigüedad de diez mil años, nos obligaría a revisar la
Historia», dice Graham Hancock. Según los expertos, en el octavo milenio a. C.,
el hombre era cazador y recolector, nómada, vivía en clanes y sólo usaba
rudimentarias herramientas de piedra. Desde luego ésa no parece la clase de
sociedad capaz de haber creado el monumento de Yonaguni.
Las
condiciones para la existencia de lo que llamamos civilización o civilización
compleja, comenzaron a darse en Mesopotamia y Egipto hacia el tercer milenio a.
C., aunque en Jericó (Palestina) existía hace diez mil años una ciudad con
murallas de piedra, considerada la primera ciudad de la humanidad. Según el
escritor John Anthony West, especialista en monumentos de las primeras
civilizaciones, en nuestro planeta hay amplias evidencias que durante las
glaciaciones pudo existir una civilización avanzada. Una civilización descrita
en las historias orales de otras culturas durante milenios. Existen numerosas
leyendas que hablan de una civilización perdida que fue destruida por una
inundación. Pero hasta que se descubrió el monumento de Yonaguni no había ninguna
prueba de esos mitos ancestrales. «No había ninguna evidencia conocida de
estructuras megalíticas ni de edificios monumentales, ni siquiera en el tercer
milenio a. C. Así que si hablamos del sexto u octavo milenio a. C. son aún más
increíbles», explica el profesor Robert Schoch, geólogo de la Universidad de
Boston. El profesor Masaaki Kimura cree que la época en que se pudo crear el
monumento de Yonaguni fue alrededor del año 8.000 a. C., cuando esa parte de
Japón aún no estaba sumergida. Pero si los datos son correctos y el monumento
fue hecho por el hombre, ¿quiénes lo levantaron?
§.
Las leyendas sobre la Atlántida y otras civilizaciones sumergidas
En
el año 360 a. C., el filósofo griego Platón describió lo que por primera vez
hasta entonces no era más que un mito oral en Occidente: la leyenda de la
Atlántida, una civilización muy avanzada tecnológicamente que había florecido
hacia el décimo milenio a. C. Pero esa visión de una gran civilización
prehistórica no es exclusiva de Platón. En todos los continentes existen
leyendas similares a ésta. En Asia y el Pacífico Sur hay numerosos textos
antiguos que cuentan una historia asombrosamente similar. Los escritos chinos
más antiguos describen un lugar llamado Peng Jia, una isla situada al este y
habitada por seres humanos capaces de volar y que poseían una poción que les
daba la vida eterna. Los habitantes de la isla de Pascua se creen descendientes
de un reino de dioses al que llaman Hiva. Un antiguo cántico hawaiano narra la
llegada de una raza mágica, venida de una isla flotante situada en el oeste y
llamada Mu. Son numerosas las leyendas de una civilización prehistórica en el
océano Pacífico llamada Lemuria o Mu. Los japoneses llamaban a sus emperadores
prehistóricos Jim-Mu, Tim-Mu, Kam-Mu, etc., lo que quizá significa que sus
ancestros fueran supervivientes de esta civilización… Leyendas similares están
tan extendidas, que han llevado a algunos hombres a explorar la posibilidad de
que existiera una civilización bastante más antigua de lo que hablan los
historiadores. Yonaguni podría tener algo que ver con eso. «No hay estudios
suficientes para asegurar si pertenece o no a una protocultura o protocivilización
de la que todos descendamos», indica el profesor Robert Schoch.
Ya
se llame Mu, Peng Jia o Atlántida todos esos lugares legendarios tienen algo en
común: que la gran civilización de la que hablan fue destruida por una gran
inundación. Así, hay más de seiscientos mitos que hablan de inundaciones en
todo el mundo; son universales. En Yonaguni, las pruebas físicas halladas se
ajustan a la leyenda. Si el monumento de Yonaguni fue creado en tierra firme
durante una glaciación, es posible que no fuera destruido por el deshielo de
los casquetes polares. «El hielo se mantuvo congelado durante más de cien mil
años y, de pronto, hace unos diecisiete años, empezó a derretirse, un deshielo
que duró ocho mil años. Hubo tres grandes inundaciones a lo largo de este
tiempo. En una ocasión el nivel del mar subió casi treinta metros, prácticamente
de un día para otro en términos geológicos», cuenta Graham Hancock. Según las
leyendas, cuando aquella inundación sumergió la tierra, hubo supervivientes, y
fueron ellos los que emigraron, los que extendieron su leyenda y los
conocimientos de su civilización por todo el mundo.
Sin
embargo, incluso más importante que las pruebas físicas, las leyendas y los
mitos es la evidencia de unos conocimientos comunes. Investigadores, como John
Anthony West, creen que el hecho de que las grandes civilizaciones, que
nacieron hace más de siete mil años, construyeran estructuras similares no es
una coincidencia. Una especie de semejanza universal de diseños que se repite
en emplazamientos distintos y alejados. Así, a pesar de que las pirámides de
Egipto y los templos de Angkor Vat en Camboya estén a miles de kilómetros de
distancia poseen una asombrosa similitud entre ellos. También se repite esta
semejanza en Okinawa, donde está el castillo de Nakagusuku, un edificio
ceremonial construido en el primer milenio a. C. O en la isla de Pompay, en la
Micronesia, y su conjunto de antiguas ruinas conocidas como Nan Modal. Pero por
la apariencia de una plataforma de pirámide escalonada del monumento de
Yonaguni, tal vez, la coincidencia más curiosa sea con el Templo del Sol
hallado en Trujillo, Perú, un templo preincaico, de terrazas irregulares, y
levantado al otro lado del océano y de formas similares a estas ruinas. Pero no
sólo todas estas estructuras tienen una forma arquitectónica parecida, sino que
muchas de ellas poseían una función similar. «Es un hecho que muchas de las
estructuras megalíticas antiguas, ya sean en Stonehenge en Inglaterra o los
templos megalíticos en Malta, no sólo constan de grandes rocas cortadas y
talladas por el ser humano, sino que están organizadas y orientadas según una
relación solar o astronómica», explica Graham Hancock. También en esto parece
haber un paralelismo con el monumento de Yonaguni.
Hace
nueve mil o diez mil años, cuando Yonaguni estaba, probablemente, en tierra
firme, la isla se encontraba exactamente en lo que era entonces el Trópico de
Cáncer. Lo que puede considerarse una ubicación con un gran significado
astronómico. «El pueblo que construyó el monumento —indica Masaaka Kimura— pudo
emplearlo como brújula o podía haberle dado un significado astronómico. Cerca
del monumento hay una piedra a la que llamamos la Piedra del Sol que podría
haber sido usada como reloj o con algún propósito religioso, con una
orientación en sentido norte-sur». Esto plantea bastantes incógnitas. ¿Es
posible que el monumento de Yonaguni sea la causa de la leyenda de la
Atlántida? ¿O es simplemente un conjunto de rocas y de coincidencias? La
comunidad científica se inclina a creer lo último.
«A
los arqueólogos y los historiadores les gusta creer que conocen perfectamente
nuestro pasado. Así, la idea de que exista un episodio importante totalmente
olvidado, es una amenaza para ellos. Por tanto, cuando se encuentra algún
fenómeno curioso, como las estructuras submarinas de Yonaguni, en lugar de
investigarlo racionalmente y llegar a conclusiones, la mayoría de los
académicos lo soslayan y no quieren saber nada de ello», discrepa Graham
Hancock. La realidad demuestra que no siempre esto es así: existen casos en que
los académicos han explorado lugares míticos, y descubierto que no se trataba
de una leyenda. En 1870, el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann realizó una
excavación en unas ruinas cercanas a Hissarlik, en Turquía, y descubrió la
ciudad de Troya. En 1992, el radar del Challeger ayudó a descubrir la
legendaria ciudad de Ubar que, según la tradición islámica, había sido
destruida por Dios y tragada por el desierto. Una sorpresa similar podrían ser
las ruinas de Yonaguni si se investigaran con los medios y la tecnología
suficiente. En esta línea, Graham Hancock critica a la arqueología por ser «una
ciencia muy limitada, ya que centra su atención exclusivamente en las cosas
halladas en la superficie de la Tierra». Según él, se deberían estudiar las
áreas donde pudieron vivir seres humanos antes de la gran inundación, como
podría ser el monumento de Yonaguni.
Yonaguni
no es el primer monumento sumergido que parece estar relacionado con la
civilización perdida de la que hablan tantas leyendas. En la década de los
sesenta, unos aficionados a la arqueología bautizaron una formación rocosa en
el fondo del mar Caribe con el nombre Camino de Bimini, pensando que era un
camino artificial hacia la Atlántida. Los geólogos insistieron en que no eran
más que unas rocas quebradas. En los años ochenta, unos buzos rusos afirmaron
haber descubierto unas estructuras de unas proporciones gigantescas frente a
las Azores, en medio del Atlántico, pero nunca se han visto fotografías ni
pruebas de dicha expedición.
§.
¿Natural o artificial?
En
septiembre de 1997, el profesor Robert Schoch, doctor en geología y geofísica
por la Universidad de Yale, llegó a la isla de Yonaguni, y se convirtió en el
primer académico occidental que se sumergía para estudiar el monumento. Sus
investigaciones poco convencionales sobre monumentos antiguos databan de muchos
años atrás. En 1989 comenzó a estudiar la Gran Esfinge de Giza. Los científicos
habían datado la construcción de la esfinge hacia el año 2.500 a. C., pero,
tras estudiar las pautas de la erosión en la roca, la naturaleza del clima, y
realizar distintos análisis sísmicos, Schoch llegó a la conclusión de que la
parte más antigua de la esfinge data del año 5000 a. C. «Estaba abierto a la
posibilidad de que en Japón hubiera existido una civilización muy antigua»,
cuenta. En su primera inmersión, Schoch estuvo acompañado por Kihachiro
Aratake, el descubridor del monumento. También iban con ellos los escritores
John Anthony West y Graham Hancock. Durante el verano de 1998, Schoch regresó
como miembro del proyecto arqueológico submarino Equipo Atlantis.
El
equipo realizó una serie de filmaciones de estas estructuras rocosas, una de
las cuales mostraba una enorme formación piramidal de 80 metros. Algunas
estructuras tenían 25 metros de alto, y ángulos rectos perfectos formando
escaleras enclavadas en la roca. Otras se encontraban a sólo 10 metros de la
superficie de las aguas. Descubrieron que, a cada lado de una especie de
pasillo, se veían dos filas de megalitos, unos encima de los otros, y los
bloques horizontales tenían la misma forma que los de Stonehenge. Parecía que
las rocas se hubieran derrumbado de modo natural formando una especie de muro.
Al salir del pasillo, divisaron dos megalitos, que denominaron Las Torres
Gemelas, una estructura, asombrosamente regular, que la naturaleza difícilmente
podría haber colocado. «Tal y como está formado el lecho, las piedras se
quiebran en horizontal, y si esto se combina con fracturas verticales, la
erosión hace de ellas una estructura en forma escalonada», describe Robert
Schoch. Apreciaron cortes que parecían absolutamente perfectos, tanto
horizontales como verticales, y rocas que parecían movidas de las líneas de
fallas naturales «para producir esas extraordinarias formaciones», cuenta John
Anthony West.
En
el centro de donde está situado el monumento de Yonaguni las corrientes son
increíblemente fuertes, y la marea es capaz de partir la roca y de arrastrar
trozos formando diseños asombrosos. Así, para el geólogo Robert Schoch, los
ángulos casi rectos y bordes o esquinas bien determinadas no son prueba de la
intervención de la mano humana y pueden considerarse acciones naturales. Lo
cierto es que las rocas no se observan bien porque están cubiertas de corales,
esponjas y algas que homogeneizan la superficie. «Es como tener una superficie
áspera y enfoscada con cemento, en este caso con cemento natural formado por
bioorganismos. Esto hace que parezca más artificial, más regular», indica
Schoch. Además, el monumento Yonaguni yace en una región propensa a los
terremotos, «y éstos tienden a fracturar las rocas de manera regular», afirma.
En
sentido contrario se dirigen las investigaciones del físico y profesor Masaaki
Kimura quien, basándose en sus propias inmersiones, no cree la teoría de la
erosión natural. Hay zonas en la superficie del monumento que, según él, no
parecen causadas por la erosión ni han sido alisadas por los organismos
biológicos; así en tres agujeros alineados, de unos setenta centímetros de
diámetro y un metro de profundidad, se aprecia lo que parece un tramo de
escaleras. Se cree que pudieron utilizarse para colocar dos pilares hechos de
madera. «Dos de esos agujeros son redondos, pero el tercero es hexagonal, y esa
forma no se puede haber formado naturalmente. Creo que ese hueco se hizo para
sujetar una columna», asegura Masaaki Kimura. Un ángulo recto interior excavado
en la roca podría haber sido causado por la erosión de las olas, «pero
encontrar un agujero en ángulo recto en un lugar protegido resulta muy
curioso», señala Graham Hancock. Para el geólogo Schoch ese agujero también
podría haberse producido por una causa natural: «Mi hipótesis es que allí había
una unión débil o una capa blanda en la cual se han introducido organismos
vivos y éstos se extienden regularmente creando una serie de agujeros
regulares. Tienen una explicación natural».
Para
los partidarios de que las estructuras de Yonaguni están realizadas por la mano
del hombre hay más indicios, como poco, asombrosos. Por ejemplo, en la terraza
superior del monumento hay formas que parecen haber sido esculpidas; la
combinación de estos diseños distintos en una misma zona podrían significar
para Graham Hancock una prueba de la poca probabilidad de que hayan sido
formadas naturalmente. Pero al igual que Hancock y Schoch, un equipo de
filmación de Canal de Historia, del que se hablará a continuación, no es
categórico a la hora de asegurar cómo se crearon estas extrañas formaciones
rocosas. «Hay ciertas marcas que podrían ser artificiales. En mi opinión, no
podemos excluir la hipótesis de que el hombre le diera alguna utilidad, aunque
originalmente fuera una estructura natural», señala Robert Schoch. Así,
adelanta la hipótesis de que el monumento Yonaguni sería una construcción
natural; sin embargo, esto no impide que una ancestral cultura haya visto en
esta singular formación, que tal vez no se hallaba sumergida entonces, un lugar
sagrado, un santuario, escenario de remotos ritos. «Deberíamos considerar la
posibilidad de que el monumento Yonaguni sea fundamentalmente una estructura
natural que fue utilizada, aumentada y modificada por humanos en la antigüedad.
Incluso pudo haber sido una cantera de la cual se cortaron bloques de piedra
utilizando los planos naturales de estratificación, unión y fractura de la
roca, que después serían edificados y trasladados para edificar otras
construcciones que desaparecieron hace mucho tiempo», indica Schoch.
§.
Primeras imágenes
En
julio del año 2000, un equipo de filmación de Canal de Historia se sumergió en
Yunaguni para ver las ruinas de cerca. El equipo estaba formado por tres
buceadores locales, entre los que estaba Kihachiro Aratake, y tres cámaras,
entre ellos los veteranos Gary y Cecelia Hagland. Durante la inmersión se
vivieron las peores condiciones meteorológicas —con tifón incluido—
experimentadas en veinte años. Sin embargo, el operador de cámara Tom Holden
pudo captar la misteriosa belleza del monumento y su cámara fue la primera en
grabar una estructura recién descubierta llamada Escenario. El equipo de
televisión consiguió las primeras vistas claras de la costa del cabo Iseki. Las
imágenes mostraron que en el promontorio sur existían varias terrazas con una
ligera semejanza con el monumento hundido, situado a un kilómetro de distancia.
Pero lo más asombroso era la impresionante roca de 30 metros de altura en que
terminaba el cabo Iseki y que recordaba a los moai de la isla de Pascua. De
nuevo surgió la disparidad de opiniones sobre si se trataba de una formación
natural o no. Los buzos vieron una gran estructura plana con dos lados
elevados: el denominado Escenario, que puede que fuera un altar, un escenario o
un trono. El fotógrafo Tom Holden, incluso, asegura que junto al Escenario
había un rostro muy similar a las antiguas representaciones de América Central,
sobre todo parecido a algunas esculturas mayas.
El
equipo exploró el área que rodeaba al Escenario. Tomaron distintas medidas: la
plataforma medía 21 metros de largo por 70 metros de ancho. Además
fotografiaron una piedra solitaria que parecía haber sido colocada sobre una
gran tarima. Y Aratake descubrió lo que podría ser una escultura de una tortuga
y ciertas ranuras en las rocas que podían estar labradas. De momento, los
científicos no han intentado desvelar este misterio. «Las personas que vienen a
ver las ruinas, al principio, se muestran muy escépticas, pero cuando las ven,
bajo el agua, el 99 por ciento quedan fascinadas», dice Kihachiro Aratake.
En
uno de los cementerios más antiguos de la isla, situado en una colina, las
tumbas no fechadas muestran una semejanza estilística con los monumentos
submarinos que yacen a un kilómetro de la costa de Yonaguni. Son tumbas muy
distintas de las tradicionales de Okinawa, más antiguas, y están excavadas en
la piedra. «Creo que, aunque el monumento de Yonaguni sea totalmente natural,
es razonable asumir que pudo ser utilizado, visitado y admirado por alguna
antigua civilización que existió allí y que lo imitó al construir esas tumbas»,
señala Robert Schoch.
¿Es
el monumento de Yonaguni alguna formación rocosa natural que sirvió de
inspiración a los antiguos habitantes de la isla? ¿O se trata de la estructura
artificial más antigua del mundo obra de una legendaria civilización
prehistórica? De momento no hay nada más que especulaciones. En Japón sólo hay
unos cuantos arqueólogos que se hayan sumergido para estudiar estas anómalas
estructuras. Para conocer la verdadera importancia del monumento habría que
llevar a cabo un estudio completo por parte de científicos especializados, pero
hasta ahora no se ha planeado ninguno. Sólo el tiempo descubrirá el verdadero
significado, la auténtica importancia de este descubrimiento y, posiblemente,
eso cambiará nuestra percepción de la Historia.
Capítulo
2
Tesoros
ocultos
Contenido:
5.
El santo grial
6.
En busca de El Dorado
7.
El misterio del oro afgano
8.
El rescate del Titanic
9.
Los gemelos del Titanic
5.
El santo grial
La
búsqueda del Santo Grial ha sido una empresa acometida por autores y
aventureros desde que se originaron las primeras historias en torno al siglo
XII. La creencia más popular es que se trata de la copa que utilizó Cristo en
la Última Cena para simbolizar su sangre, la misma copa que empleó José de
Arimatea para recoger su sangre durante la crucifixión. Debido a su origen, la
leyenda sugiere que le concede poderes místicos a la persona que lo posee. Así,
se dice que el rey Arturo lo tuvo durante un tiempo; que el Tercer Reich,
impulsado por Hitler, lo buscó durante la Segunda Guerra Mundial, y que las
expediciones enviadas a buscarlo al Templo de Jerusalén se encontraron con
falsos muros, gases tóxicos y cuevas difíciles de alcanzar. El rompecabezas de
hipótesis y teorías, los misteriosos personajes empeñados en la búsqueda son
tan escandalosos e intrigantes que han cuestionado toda la doctrina cristiana.
¿Demostraría el Santo Grial que Jesús llevó una vida distinta de la que la
Historia nos ha hecho creer?
Rennes-le-Château
es un pequeño pueblo situado en la cima de una colina de los Pirineos, al sur
de Francia. Es un lugar tranquilo, rodeado de viñedos y castillos medievales…
El misterio ha permanecido sobre estas montañas como una nube desde hace
ochocientos años. Se dice que el Santo Grial (término que procede de Cataluña y
el sur de Francia, donde designaba un recipiente de uso doméstico; la primera
documentación es una escritura urgelense de 1010, escrita en latín medieval,
donde se cita en plural, «gradales»; de ahí derivarían la forma francesa graal,
la inglesa grail y la castellana «grial») una de las reliquias más sagradas y
veneradas por los cristianos, está enterrada allí. Antaño protegida por un
grupo de caballeros templarios que escalaron estas montañas para vigilarlo,
jamás lo ha encontrado nadie, ni siquiera hay una prueba fehaciente de que se
halla allí, pero existe una teoría y pistas suficientes para hacer que tanto
cazadores de tesoros como cristianos y turistas vuelvan repetidamente.
La
historia más extendida dice que el Santo Grial es el cáliz que Jesucristo
utilizó en la Última Cena para beber el vino que simbolizaba su sangre; de ahí
que se creyera que guardaba la verdadera sangre de Cristo. Además, quienes
creían que Jesús y María Magdalena tuvieron descendencia pensaban, como narra
El código Da Vinci, que el Grial incluso podría tratarse del mismo útero de la
Magdalena, ya que se habla de que tuvo una hija con Jesús. También se cree que
puede tratarse de la caldera de la abundancia, una antigua leyenda celta
cristianizada, o bien de otro objeto como puede ser una bandeja de plata, una
espada o el evangelio de san Juan.
Mito
o realidad, la búsqueda continúa.
§.
El párroco millonario de Rennes-le-Château
Todo
empezó en el siglo XIX, cuando el sacerdote del pueblo, François Bérenger
Saunière, se convirtió en un hombre rico. Antaño era un pobre cura párroco y,
de repente, comenzó a recibir en su casa a invitados de la alta sociedad y a
realizar costosos viajes a París. La historia que ha ido pasando de generación
en generación cuenta que Saunière encontró unos tubos de madera escondidos en
un pilar, que antes habían estado a un lado del altar de su iglesia, construida
sobre cimientos visigóticos del siglo VI. Enrollados en su interior había
cuatro manuscritos con mensajes escritos con una caligrafía antigua. Dos
documentos parecían pasajes de la Biblia pero con letras añadidas a las
palabras, como si estuvieran cifradas, posiblemente redactados por el abad Bigou,
un siglo antes del descubrimiento. Según parece, los otros dos documentos
databan de 1244 y 1644 y podrían ser genealogías sobre la descendencia
desconocida del rey merovingio Dagoberto II. ¿Logró Saunière descifrar el
antiguo código? Cien años después, y tras pasar por las manos de muchos
expertos, su significado sigue siendo un misterio. Algunos creen que podría
tratarse del mapa de un tesoro escondido. Pero eso no es lo que opinan los
miles de turistas que cada año acuden en peregrinación a este pequeño pueblo.
Creen que Saunière encontró algo que utilizó para chantajear a la Iglesia
católica, un secreto tan demoledor que hizo que se cuestionase toda la doctrina
cristiana. Están convencidos de que encontró el verdadero Santo Grial, y no era
el cáliz que Jesús pasó a sus discípulos en la Última Cena, ni la copa que
recogió su sangre cuando fue crucificado, sino algo completamente diferente.
Aseguran que Jesús se casó con María Magdalena y que el Santo Grial era la hija
que tuvieron juntos, el principio de su línea de sangre o linaje.
Michael
Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln propusieron esta teoría en su libro El
enigma sagrado, publicado en 1982. En su opinión, la copa es un símbolo de un
recipiente del más santo linaje, de la sangre más santa y, de hecho, «el
recipiente más evidente de la santa sangre fue María Magdalena al dar a luz a
un niño de la dinastía. Nuestro razonamiento es que el símbolo del cáliz es
simplemente un modo de disfrazar esta línea de descendencia de David», afirma
Baigent. Este experto no pone en duda que Jesús se casó con María Magdalena
porque en el antiguo judaísmo era la costumbre. Lo excepcional hubiera sido
precisamente que se quedara soltero. Así, en el libro interpreta el Santo Grial
como el linaje de David y, además, añade la hipótesis de que los templarios se
formaron como el lado defensivo de un grupo que deseaba mantener la integridad
y la importancia de ese linaje, que continuó después de Jesucristo. Es decir,
en el libro afirman que los caballeros templarios figuraron entre los más
importantes depositarios del secreto.
Pero
no fueron los precursores de esta teoría: Wolfram von Eschenbach, poeta alemán
del siglo XIII, fue el primero en afirmar que los templarios custodiaban este
objeto sagrado. Otro escritor medieval, Chrétien de Troyes, que residió en
Troyes, en cuyo concilio recibió la Orden su acta de nacimiento oficial, fue el
primero en hablar de esta pieza hacia 1187, fecha en la que los templarios
abandonaron Jerusalén, y en comenzar una larga tradición de leyendas y escritos
relacionados con el rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda.
Baigent
y el resto de los coautores de El enigma sagrado pasaron seis años investigando
para escribir su libro volcándose en la Biblia y en los escritos de los
primeros Padres de la Iglesia, acudiendo a documentos de colecciones privadas y
a diferentes bibliotecas de Inglaterra y Francia. Durante su búsqueda,
encontraron documentos secretos en la Biblioteca Nacional de Francia que
hablaban de una conspiración histórica de la Iglesia y de los descendientes de
Jesús como primeros reyes de Francia. Los historiadores académicos han puesto
en duda su teoría alegando que sus pruebas son insustanciales y absurdas.
Las
pistas que llevaron a Michael Baigent, junto a Richard Leigh y Henry Lincoln, a
formular sus asombrosas conclusiones en su libro produjeron reacciones tanto de
entusiasmo como de rechazo entre los lectores. Cuando se publicó, la obra se
ganó titulares en periódicos y muchas críticas de historiadores y de la Iglesia
católica. En 2003, cuando fue publicada la novela de Dan Brown, El código Da
Vinci, la teoría de Baigent se hizo enormemente popular. El best seller se
adentraba en una búsqueda del Santo Grial a través de María Magdalena, de Jesús
y de la teoría del matrimonio. Y la bibliografía no deja de aumentar; entre la
historia y el ocultismo, el Grial suscita hoy un vivo interés. Aparecieron dos
líneas de aproximación al tema: por un lado, la investigación histórica; por el
otro, la lectura ocultista de los «iniciados» y charlatanes.
En
el libro de Baigent, Leigh y Lincoln también se habla del sacerdote del pueblo
enriquecido con los manuscritos cifrados que halló escondidos en un pilar de su
iglesia. «Lo que argumentamos en nuestro libro, y creo que es lo que más se
aproxima a la verdad, es que le pagaron por buscar unos documentos genealógicos
de gran importancia, que los encontró, y que recibió mucho dinero. Hay muchas
pruebas que respaldan esta hipótesis». Según parece, dos de los cuatro
documentos descubiertos se perdieron en un incendio, y los otros dos han vuelto
a desaparecer. ¿Qué había en esos documentos? ¿Pruebas de que Jesús y María
Magdalena estaban casados y tuvieron hijos? ¿Un certificado de matrimonio? ¿Una
partida de nacimiento? ¿Y cómo llegaron al sur de Francia? Saunière falleció en
1917 dejando su secreto escondido en la historia. Pero antes de morir, algunos
aseguran que dejó sus propios mensajes cifrados para futuras generaciones.
Restauró su iglesia, consagrada a Santa María Magdalena, con algunos nuevos y
extraños añadidos, como decorarla con varias imágenes de demonios; e hizo
construir una torre al lado de la iglesia a la que llamó Torre Magdala, la
población palestina de donde derivaba el nombre de María Magdalena.
Los
habitantes del pueblo dicen que antes de morir, Saunière enterró algo debajo de
uno o de ambos edificios. Hasta ahora, y desde hace casi cien años, la
corporación municipal de Rennes-le-Château se negó a conceder permisos para
excavar en los edificios de Saunière. Recientemente, el actual alcalde acordó
permitir acceso a ellos para estudiarlos a un equipo internacional de
investigadores dirigido por Robert Eisenman, profesor de Religiones del Oriente
Medio de la Universidad Estatal de Long Beach (EE. UU.). Pero Robert Eisenman
buscaba algo totalmente distinto del Santo Grial: una relación con los
manuscritos del mar Muerto. «En algún momento de las Cruzadas, después de
veinte o veinticinco años, parece que surgió una nueva actividad de los
cruzados y lo hizo repentinamente. En mi opinión, tiene un tremendo parecido
con la ideología de la comunidad de Qumrán, donde se encontraron los
manuscritos del mar Muerto. Entre estos documentos, está el Rollo de la Guerra,
uno de los más famosos. Se habla de “la guerra de los hijos de la luz contra
los hijos de las tinieblas”. Una ideología de ese tipo está muy relacionada con
algunas de las cosas que sabemos sobre la orden templaria. Creo que algunas de
las ideas que pudieron surgir en la Edad Media tienen origen en estas ideas de
los manuscritos del mar Muerto. Y la clave podría estar enterrada en
Rennes-le-Château».
Aquellos
que creen que Saunière enterró documentos relacionados con el Santo Grial
tienen una prueba más que respalda su teoría: el interés de los caballeros
templarios por la zona. Los legendarios caballeros que se convirtieron en
heroicos monjes guerreros para luchar en el nombre de Dios en las Cruzadas,
construyeron tres sedes pocos kilómetros alrededor de Rennes-le-Château,
formando una especie de red de apoyo entre los emplazamientos de
Champagne-sur-Aude; el castillo de Blanchefort, donde nació uno de los más
influyentes maestres del Temple; y, más al sur, el castillo de
Saint-Just-et-le-Bézu, una de las mayores fortificaciones templarias. Los tres
unidos establecen lo que parece un perímetro estratégico alrededor de Rennes.
Nadie ha podido explicar por qué exactamente eligieron estos emplazamientos,
pero se especula con que tenía relación con su labor de guardianes del Santo
Grial.
Numerosos
historiadores defienden la teoría de que la tradición del Grial nace en el
contexto de la literatura sobre el rey Arturo, como el objeto divino hacia cuya
búsqueda deben encaminar sus pasos los caballeros de la Tabla Redonda, tal como
relatan el poema de Robert de Borron, compuesto hacia 1180, o el Conte du Graal
de Chrétien de Troyes, de la misma época.
Durante
la Edad Media fueron muy populares otras historias de este tipo, tales como
Grand St. Graal, Queste del St. Graal o Perlesvaus, todas ellas de la primera
mitad del siglo XIII.
Una
de las más notables composiciones épicas sobre el Grial, por haber inspirado
posteriormente la ópera de Wagner, es Parzival, escrita por el alemán Wolfram
von Eschenbach en el siglo XII. Según parece, Von Eschenbach visitó Jerusalén,
y cuando regresó, sin dar explicación alguna, dijo que los verdaderos
guardianes del Grial eran los templarios. Desde entonces se continúa
especulando con la posibilidad de que se les concediera a aquellos religiosos
militares la tarea de proteger el más sagrado de todos los símbolos cristianos.
Si fue así, ¿por qué fueron elegidos? La iglesia del Temple, en Londres,
construida por los caballeros templarios en 1185, puede aportar algunas pistas.
Allí los templarios construyeron un templo redondo que les recordara al Santo Sepulcro,
el lugar más sagrado de Jerusalén, donde lucharon en las Cruzadas en nombre de
la cristiandad. En la plaza del exterior de la iglesia hay una estatua moderna
de dos caballeros montando el mismo caballo, que simboliza la vida de pobreza y
hermandad que voluntariamente llevaron. En el suelo de la parte primitiva de la
iglesia, la rotonda, rodeadas de vidrieras de colores y protegidas por
gárgolas, se encuentran los monumentos funerarios de diez caballeros, en la
forma de estatuas yacentes, como las que se ven sobre tantas tumbas en las
iglesias europeas, aunque en este caso no tienen ningún enterramiento debajo.
§.
Excavaciones bajo la Torre Magdala
¿Y
qué fue del Santo Grial? Si los caballeros templarios realmente lo encontraron,
¿qué fue de él tras su desaparición? ¿Lo encontró el pobre sacerdote de un
pueblo del sur de Francia que chantajeó a la Iglesia para guardar el secreto, o
es la leyenda de Rennes-le-Château una fantasía al igual que tantas otras
historias sobre el Santo Grial? En la actualidad, no pocos enclaves se disputan
el honor de custodiar o esconder el auténtico Grial utilizado por Jesucristo en
la Última Cena. En el Museo Catedralicio Diocesano de Valencia se conserva un
vaso de piedra que ha sido identificado como un posible Grial, aunque la
Iglesia católica nunca se ha pronunciado al respecto. Además, está el Cáliz de
Antioquía en the Cloisters (los Claustros) del Metropolitan Museum of Art de
Nueva York, o la Sacra Catina de Génova.
Destacando
entre todos los lugares relacionados con el Santo Grial, la historia, envuelta
en la leyenda, de Rennes-le-Château es muy intrigante. En ella se mezcla un
sacerdote que encontró algo escondido en un pilar de su iglesia que lo hizo
rico, con el hecho de que los guardianes del Grial, los caballeros templarios,
tuvieran fuertes vínculos con esta zona del sur de Francia, y la controvertida
teoría de Baigent presentada en su libro Santa Sangre, Santo Grial, sobre que
María Magdalena y Jesús estaban casados, y que el Santo Grial es el linaje que
ellos produjeron; según algunos, la prueba podría estar en esta localidad. Para
obtener una respuesta a uno de los grandes misterios de todos los tiempos,
recientemente, el alcalde de Rennes-le-Château permitió realizar una excavación
bajo la Torre Magdala. En 1964, los cimientos de las casas del lugar eran tan
inestables debido a las excavaciones, que el alcalde de entonces las prohibió
por completo. El alcalde actual decidió que era hora de ver si había algo de
verdad en la historia.
En
su primera visita a Rennes, los científicos procedentes de California, Michigan
y Roma realizaron estudios por medio de un radar de penetración del suelo, o
GPR, tanto en la torre como en la iglesia. Empleando pulsaciones, alta
frecuencia y energía electromagnética, el GPR puede localizar objetos
enterrados sin excavar. Si no hay nada bajo la tierra, la superficie que
aparece en el radar es plana, pero cuando hay algo, la imagen muestra un pico.
Debajo de la torre, el análisis del suelo reveló la presencia de un objeto. No
se sabía qué clase de objeto; podría ser un cofre o ser un fregadero viejo
simplemente o una piedra grande. También se detectaron dos objetos bajo el
suelo de la iglesia. Había varias posibilidades sobre lo que podía ser. Dos de
los cuatro documentos que el sacerdote Saunière encontró en el pilar de su
iglesia aún no han aparecido. Podrían ser el mapa de un tesoro o una
explicación sobre lo que es el Santo Grial. Para saber de qué se trataba era
imprescindible excavar debajo. La iglesia es un monumento francés y el permiso
para la investigación tenía que ser dado por las autoridades gubernamentales.
Sin embargo, la Torre Magdala es propiedad privada y era más fácil comenzar por
aquí. Junto al profesor Robert Eisenman estuvieron presentes en la excavación
el científico Ron Dubai y el arqueólogo romano Andreas Buratalow. Muchos otros
científicos fueron reacios a acudir por lo que se ha convertido Rennes. Desde
que Saunière falleció en 1917, el misterio de Rennes se ha exagerado de tal modo
que ahora se dice que hay pistas en todo, incluyendo un lugar de geometría
sagrada, un camino hacia el mundo espiritual, incluso una zona de aterrizaje
para extraterrestres. La gente habla de una sensación mágica, de una fuerza
especial… Todo ello contribuye a aumentar el número de turistas, pero también
hace que una investigación seria sea más difícil.
Después
de tan sólo veinte minutos de iniciar las obras, los excavadores anunciaron que
habían tropezado con algo. Le mostraron al alcalde lo que habían encontrado:
astillas de madera. Y continuaron con las obras. Sin embargo, cinco minutos
después, el alcalde examinó las imágenes del GPR y solicitó una medición. Y
entonces, de improviso, ordenó a los excavadores que parasen. El alcalde alegó
que habían alcanzado la marca de las imágenes del GPR. El hallazgo fue
decepcionante: nada más que una roca grande. Lo asombroso fue que,
inexplicablemente, el alcalde anunció que la excavación había terminado. Un
siglo de especulación sobre la relación de este pueblo con el Santo Grial había
llegado a su final sin explicación alguna para las astillas de madera. El alcalde
decidió no seguir. Y surgen algunas preguntas apremiantes sobre la excavación.
¿Por qué se detuvo cuando encontraron unas astillas de madera? ¿Podría haber un
cofre enterrado a un lado del agujero? Tal vez, es eso simplemente lo que
queremos pensar. Los misterios sobre el Grial no se resuelven fácilmente, y a
éste, al de Rennes-le-Château, aún le falta mucho para su esclarecimiento. Dos
sepulcros escondidos bajo el suelo de una iglesia esperan dar una respuesta.
Mientras, el misterio que tanto fascinó y desarrolló la imaginación de los
cruzados, para muchos expertos ante todo es un símbolo de una idea de
misericordia y clemencia, y el Grial cristiano, receptáculo de la «sangre» de
Cristo es un símbolo arquetípico universal que se repite por doquier a lo largo
del planeta, en diferentes culturas, con diferentes nombres y en todas las
épocas conocidas.
6.
En busca de El Dorado
La
leyenda decía que El Dorado era una ciudad cubierta de oro con una riqueza como
jamás nadie había imaginado. Conquistadores, exploradores y aventureros la
buscaron incansablemente por toda Sudamérica atraídos por la idea de un lugar
donde el codiciado metal era algo tan común que se despreciaba. En su afán por
llegar a esa fabulosa ciudad de oro realizaron esfuerzos colosales y
descubrieron lugares insospechados, pero fracasaron en sus expectativas de
encontrar esos tesoros que se ocultaban en sitios extraordinarios esparcidos
por doquier. Muchos de ellos murieron en el intento, ya que las largas
expediciones transcurrían por la selva amazónica y casi sin provisiones. Se
tejieron leyendas e historias que hablaban del fabuloso oro, y la codicia y la
presunción de que era fácil obtenerlo encandilaban a quienes oían las noticias
hasta el punto de cruzar del Nuevo al Viejo Mundo y arriesgarlo todo en la
aventura. ¿Eran espejismos de esplendores extinguidos de los imperios inca y
azteca? ¿Eran historias inventadas? Hasta el día de hoy todavía es una
incógnita. Sin embargo, recientemente, un descubrimiento ha dado nuevas
esperanzas a los investigadores y a los cazadores de tesoros.
Hace
quinientos años, en los Andes, comenzó a circular una historia sobre un sitio
en las montañas repleto de oro. Los conquistadores españoles le pusieron el
nombre de El Dorado y lo buscaron durante siglos. Para ellos no era una
leyenda. Estaban convencidos de que era real porque ya habían descubierto
grandes cantidades de oro en Sudamérica. Durante el siglo XV los incas crearon
el imperio más grande y rico de la América precolombina, llamado en su lengua
el Tahauntinsuyu. Se extendía a lo largo de 5000 kilómetros, desde lo que es
hoy Ecuador hasta Chile, aunque era de forma alargada, siguiendo la línea de
los Andes y la costa del Pacífico, y no penetraba en el continente. El soberano
de este imperio se conocía por el Inca, de donde se generalizó el nombre para
sus súbditos, y era adorado por ser el descendiente del Sol. Vivía rodeado de
lujos y todos los días se vestía con adornos de oro, metal que también se
empleaba para realizar esfinges, ornamentos, joyas, vestidos… Parecía como si
para los incas este precioso metal nunca se terminara. Para los españoles, que
habían oído la historia, el oro inca era un sueño que podría hacerse realidad.
Estas leyendas impulsaron muchas expediciones de búsqueda por parte de los
conquistadores españoles y por parte de muchos cazatesoros. La mayoría acabó en
rotundos fracasos. ¿Existió de verdad El Dorado? ¿Qué hay de cierto en la
leyenda? ¿Por qué atrajo a tanta gente?
§.
La codicia del oro
El
mito empezó en el año 1530 en los Andes de lo que hoy es Colombia. Parece ser
que el nombre de El Dorado se atribuye al extremeño Sebastián de Belalcázar,
conquistador de Nicaragua y fundador de Quito, Guayaquil (en Ecuador), Popayán
y Cali (en Colombia). Fascinado por las narraciones viajó hasta la meseta de
Cundinamarca (Colombia), donde en 1539 coincidió con otras dos expediciones que
iban en busca de lo mismo: la de Gonzalo Jiménez de Quesada (fundador de Santa
Fe de Bogotá) y la de Nicolás de Federmann, aventurero alemán enviado por los
banqueros Welser, que habían conseguido los derechos de explotación de
Venezuela por parte de Carlos V. El conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada
encontró a los muiscas, una nación en lo que actualmente se conoce como el
altiplano Cundiboyacense. La historia de los rituales de este pueblo, mezclada
con la de los otros expedicionarios, se transformó en la leyenda del hombre
dorado, el indio dorado, el rey dorado… Después, El Dorado llegó a ser un
reino, un imperio, la ciudad de este rey legendario.
De
esas historias entre la tradición y la fantasía, sobresalía la de un rey tan
rico que todos los días revestía su cuerpo con oro y después se bañaba en un
lago como ofrenda a los dioses… La misma narración tenía lugar en diferentes
lagos y lagunas. En realidad el relato correspondía a la ceremonia de
entronización de los jefes entre los chibchas, en el norte de Colombia. Cada
nuevo cacique o zipa se consagraba al Sol untado su cuerpo con resina o barro y
lo espolvoreaban de pies a cabeza con un fino polvo de oro. Después, en una
balsa cargada de ofrendas preciosas, en el centro de la laguna de Guatavita, se
arrojaba a las aguas para entregar a los dioses el oro que lo cubría. Aunque
este ritual había desaparecido antes de la llegada de los españoles, transformado
en leyenda, pasó oralmente de generación en generación. La codicia convirtió la
historia en una ciudad completamente cubierta de oro, y desde 1530 se
organizaron expediciones para buscar la ciudad y el lago del rey dorado. Parece
que, mientras los españoles abrigaban la gran esperanza de enriquecerse con el
oro, muchas veces los propios indígenas de estas regiones fueron los difusores
de la idea de El Dorado como subterfugio para que los conquistadores se
alejaran de sus tierras, ya que El Dorado siempre estaba más allá, y los
olvidaran temporalmente.
Inicialmente
estos fabulosos lugares se situaron al oriente de la cordillera de los Andes.
En las diferentes versiones, El Dorado siempre era fuente de riqueza fácil e
inagotable. La leyenda sirvió en buena parte para descubrir y cartografiar gran
parte de ese continente. Sorprendidos por la llegada de los extranjeros, muchos
nativos recibieron a los visitantes como dioses que descendían del cielo, y les
ofrecieron el oro que los europeos tanto codiciaban. Más tarde, muchos
indígenas fueron obligados a entregar sus joyas a los conquistadores españoles.
El oro y las piedras preciosas eran un valioso presente del botín que se
repartían. «El 20 por ciento del oro encontrado iba a manos del rey de España
como su parte del botín de la conquista. Además, cada conquistador se llevó su
parte y muchos de ellos donaron gran cantidad a la Iglesia, porque eran muy
católicos. Así que gran porcentaje acabó en los altares de las iglesias. En
Cuzco, por ejemplo, levantaron un enorme altar de oro. Y cuando la gente de esa
época veía ese esplendor quedaba impresionada. Éste fue uno de los motivos de
utilizar el oro: para impresionar con el poder de la religión española a los
nativos», explica el historiador Peter Frost.
Según
este historiador, fue una astuta artimaña de los españoles: sabían que el oro
era algo sagrado para los incas, que lo utilizaban para elaborar ofrendas a su
dios, el Sol. Por tanto tenía un valor espiritual, lo que no quiere decir que
no lo tuviese también económico, pues al ser un material tan valioso se
convirtió en objeto de comercio y en medio para pagar los tributos de los
numerosos pueblos sojuzgados por los incas. Se identificaba con el Sol y su
resplandor, tenía carácter de sacrificio y ofrenda, era imagen de fecundidad,
vitalidad y poder, también de fuerza y entereza. «Los incas tuvieron que ver
cómo los españoles convertían sus reliquias sagradas en monedas y lingotes. Sus
símbolos les eran arrebatados y para ellos fue un trauma; parte del trauma de
la conquista», señala Frost. El inca era el dueño de todo el oro y también
recibía tributos de todas las tierras conquistadas. «Poseía una enorme fortuna
que le fue arrebatada por unos españoles pobres y que no eran nadie en sus
pueblos, de los que salieron para conquistar. Y de repente, eran más ricos de
lo que jamás hubieran soñado», añade Frost. El Dorado era la quimera del que no
tenía nada porque los primeros conquistadores consiguieron amasar grandes
fortunas. Esta historia llegó a España y a América Central, donde los colonos
españoles llevaban bastante tiempo. Entonces empezaron a organizar
expediciones. «Pero llegaban y no sabían dónde estaba el oro. La mayor parte
estaba en manos de los conquistadores, y ya se lo habían llevado. El Dorado se
convirtió en un sueño para los que vinieron después, algo en lo que creer»,
explica Peter Frost.
Entonces
El Dorado ingresó en los anales de la conquista del Nuevo Mundo, en el objetivo
de multitud de buscadores de tesoros, y la tierra de increíbles riquezas
siempre se encontraba oculta tras la siguiente montaña o al cruzar el siguiente
río. Algunas realidades, como las ceremonias de investidura del nuevo zipa en
la laguna de Guatavita, ayudaron a la formación de la leyenda de reinos de oro,
pero «se mantuvo viva porque los conquistadores querían creen fervientemente en
ella», opina Frost. De la misma manera, también la versión inca de la historia
se extendió mucho después de la invasión de Perú por los españoles en 1532. La
leyenda dice que, en la época final del Tahuantinsuyu, cuando los súbditos del
inca se enteraron que Atahualpa había muerto, salvaron parte de sus tesoros y
que se retiraron a una zona mítica de la selva tropical. La leyenda no dice
exactamente dónde se escondió el oro, pero muchas personas piensan que se
arrojó al fondo del lago Titicaca, del cual nunca se podrá sacar.
§.
El lago sagrado de los incas
Además
de los numerosos intentos a lo largo de varios siglos de encontrar oro en el
fondo de la laguna de Guatavita, también hace mucho tiempo que el lago Titicaca
se asocia a la leyenda. A casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, se
dice que hace quinientos años los reyes incas lanzaban a él tesoros, oro en
polvo y piedras preciosas como ofrenda. Cuando la leyenda se fue pasando de
boca en boca, inspiró la quimera que ha durado siglos. Así, recientemente, en
2004, una expedición al lago Titicaca con un sumergible guiado por control
remoto divisó en el fondo del lago una figura de oro de unos treinta y cuatro
kilos y se especula que hay muchas. Sin embargo, sumergirse en la zona es muy
difícil. A una temperatura de 9 ºC, la movilidad de los buzos es muy limitada y
sólo se puede permanecer bajo el agua durante veinticinco minutos. Varias
expediciones de buceadores lo han intentado, pero continúa el misterio sobre si
bajo las aguas del Titicaca están escondidas inmensas cantidades de oro. Una
historia de entre tantas, mientras El Dorado sigue vivo formando parte de
América y su historia.
§.
El templo de Coricancha
Tras
la llegada de los españoles, los templos nativos fueron transformados en
iglesias o conventos con la intención de convertir a los incas a la religión
católica. En el caso del Coricancha, el más importante recinto sagrado para los
incas, se conservó parte del templo dentro de la iglesia. Su historia se
remonta al Inca Pachacútec, quien ordenó su construcción en el año 1438. «El
recinto de oro», como era conocido, era un lugar sagrado donde se rendía
pleitesía al máximo dios inca: Inti (el Sol) y donde residía el willac umu,
máximo sacerdote del dios, quien se encargaba de las tareas astronómicas y
principales ceremonias religiosas del Imperio. En el interior del templo
estaban representados en oro y plata las principales deidades y la flora y
fauna del Perú. Estas esculturas, labradas por orfebres de origen chimú, fueron
saqueadas por los conquistadores españoles que llegaron al Cuzco en 1533. En la
fachada había un altar que sostenía la plancha de oro que reflejaba el sol del
amanecer que hoy está parcialmente destruida. Sin embargo, todavía se conserva
una parte del impresionante frontis, un hermoso muro hecho de fina cantería,
decorado únicamente por una banda continua de oro puro a 3 metros del suelo. La
base se utilizó para la construcción del convento de Santo Domingo.
La
forma en que se reflejaba el sol en el oro fue lo que sedujo a los incas.
Aprendieron a moldear el mineral creando diseños preciosos. Obtenían el oro
fácilmente de otras tribus, cambiándolo por sal y esmeraldas, que ellos tenían
en abundancia, o exigiéndolo en tributo. Su valor estaba en que permitía a sus
artesanos hacer joyas y ornamentos, decorar casas y templos. Como material de
culto y ornamento, el oro fue para los incas un factor de su economía tan
importante como para los españoles, aunque no le asignasen un valor
estrictamente monetario.
El
que sí encontró su El Dorado particular fue Francisco Pizarro, cuando arribó y
conquistó el Imperio de los incas. Pizarro era de origen humilde: de niño había
cuidado cerdos en su Extremadura natal y no había recibido instrucción, pero
tenía la inteligencia, el tesón y el valor que se requerían para ser
conquistador, y, por supuesto, la astucia y la crueldad necesarias para
triunfar en aquel mundo hostil. Llama la atención de los historiadores que
Pizarro pareció sentir la llamada del Nuevo Mundo muy tarde en su vida, pues no
empezó sus exploraciones hasta los 48 años, una edad que era prácticamente la
vejez en aquellos tiempos. Hasta 1523 se había dedicado a la actividad,
comparativamente tranquila, de colonizador en América Central, donde fue
regidor de la ciudad de Panamá, pero a partir de entonces empezó a intentar
expediciones hacia el sur con dudosa suerte, hasta que en 1532 llegó a
Cajamarca, una de las capitales del Inca, con unos doscientos hombres y setenta
caballos. Ocupaba el trono Atahualpa, después de una guerra sucesoria en la que
había dado muerte a su hermano Huáscar. Atahualpa, que contaba con un ejército
de treinta mil guerreros, fue al encuentro del extraño visitante de otro mundo.
Iba confiado por el pequeño número de los españoles, con un nutrido
acompañamiento de cuatro mil o cinco mil hombres, pero cuyo armamento no podía
medirse con el de los españoles. Pizarro lo conminó directamente a aceptar el
cristianismo y la autoridad del rey de España, y como Atahualpa respondiese con
comprensible desdén, atacó con determinación a su escolta e hizo prisionero al
hijo del Sol el 16 de noviembre de 1532.
Algunas
fuentes afirman que éste le ofreció una habitación repleta de oro y dos de
plata a cambio de su libertad. Otras, aseguran que fue Pizarro quien exigió
para liberar a Atahualpa su propia altura en oro dentro de un recinto de 6
metros de ancho por 8 de largo. Le dio a Atahualpa dos meses para conseguir esa
medida de oro marcada en la pared de su celda. «Junto a los indígenas, mandó a
cuatro de sus hombres a Cuzco, donde sabían que había gran cantidad de oro.
Entraron en Coricancha y vieron el esplendor del templo recubierto de oro.
Había un jardín repleto de todo tipo de flores y frutas, y animales hechos de
oro y plata. Así que lo arrancaron todo, no dejaron nada, y se lo llevaron para
fundirlo en lingotes», cuenta el historiador Peter Frost. Durante semanas,
llegó a la celda de Atahualpa oro procedente de todo el Imperio. A pesar de ese
fabuloso rescate, Pizarro lo mandó ajusticiar por los cargos de haber asesinado
a su hermano Huáscar y de sublevación, justo antes de conseguir que el oro
llegara a la línea marcada. De ahí nació la leyenda de que parte del tesoro
nunca llegó a manos de los españoles y que los incas lo escondieron en la
selva.
§.
La ciudad mítica de Paititi
Durante
cinco siglos la leyenda del hombre dorado ha fascinado y estimulado a
buscadores de tesoros y aventureros. Ninguno encontró un lago cuyo lecho
tuviera oro ni ciudades pavimentadas con el metal precioso. El explorador y
psicólogo Greg Deyermenjian, de Boston, sigue una nueva línea de investigación.
En el año 2001, el arqueólogo italiano Mario Polia descubrió en los archivos
del Vaticano una pista que ha aportado nuevos datos a esta búsqueda: una carta
escrita por un jesuita español, Andrés López, a mediados del siglo XVI. En ella
se describe un viaje a pie que realizaron los indios de esa época al reino de
Paititi, una ciudad donde había más oro que en Cuzco. «Es una prueba de que los
incas creían que había una ciudad más rica que Cuzco, que podría ser Paititi»,
cuenta Greg Deyermenjian. Así, este manuscrito inédito, que contiene una
autorización del Papa para la evangelización de los jesuitas en Paititi, supone
una prueba de la «existencia real» de la mítica ciudad, cuya localización
exacta los jesuitas trataron de mantener en secreto para evitar una «fiebre del
oro».
Los
incas creían ser los descendientes de un gran héroe llamado Inkari, que emergió
de las aguas del lago Titicaca, fundó Cuzco, y acabó retirándose a Paititi, en
lo más profundo de la selva. Cuando los españoles escucharon esta historia
empezaron a buscar este emplazamiento, creyendo que debía de ser el auténtico
El Dorado, pero nunca lo encontraron. La carta del jesuita podría dar crédito a
la idea de que Paititi existía «al nordeste de Cuzco, atravesando la densa
selva de Pantiacolla, un área vinculada a la leyenda peruana, y poco explorada
y en un lugar remoto del Imperio inca», según Greg Deyermenjian.
Paititi
es considerado en la actualidad por diversos investigadores como el enigma
arqueológico de Sudamérica. Todavía hoy se sigue afirmando que en las selvas de
Madre de Dios, en la zona sudoriental de Perú, existe una ciudad de piedra con
estatuas de oro; sigue siendo el objetivo de expediciones científicas y
particulares, en busca del oro del Imperio inca que habría sido escondido ante
la llegada de los españoles. La leyenda se hizo muy popular en siglo XVII.
Sin
embargo, las selvas en los márgenes del río Madre de Dios y de la meseta de
Pantiacolla son tan densas, repletas de follaje, pantanos y precipicios, que
son muy difíciles de explorar. Éste es el escenario del mito. Los lugareños y
aborígenes creen que el Paititi es el refugio de los últimos incas y que aún
permanecen allí, escondidos y alejados del mundo, preparándose para regresar e
implantar en Perú el antiguo culto a los antepasados quechuas. «En esta espera
se apoyó la leyenda del Paititi, y en ella se siguen apoyando muchas
comunidades andinas y amazónicas para mantener en alto sus sueños
reivindicativos y el anhelo de volver a instaurar el honor en un pueblo vencido
por las armas», afirma el historiador Fernando Jorge Soto Roland. El relato
hace referencia al «inca rey», un gobernante divino que opera como arquetipo en
los Andes desde épocas precolombinas: Inkari encarna a un héroe que
restablecerá el orden que los españoles destruyeron tras la invasión del siglo
XVI; la leyenda dice de él que levantó Cuzco y envió a sus hijos a poblar
diferentes regiones. Muchos años después Inkari decidió retirarse de Cuzco y se
internó en Paititi.
Al
sur de Madre de Dios se encuentran unas extrañas formaciones llamadas pirámides
de Paratoari. En la primera expedición realizada por Greg Deyermenjian, en
1996, no pudo determinar si se trataba de una formación natural o fueron
construidas por el hombre. Llegar hasta allí es muy complicado y es una
extensión muy amplia. Para acceder a la zona hay que atravesar el Valle
Sagrado, llamado así porque era donde vivía la nobleza inca, un lugar de
espectacular belleza y donde los descendientes de este pueblo siguen cultivando
la tierra y criando cabras y llamas de la misma manera que hace seiscientos
años. La zona, situada a unos 150 kilómetros de la ciudad de Choquecancha,
tiene un enorme potencial arqueológico y en ella se han encontrado caminos
empedrados, rocas talladas y ruinas incaicas, enigmáticos petroglifos (grabados
abstractos hechos en la pared de un saliente lítico), muestra del esplendor de
aquella civilización y sobre los cuales muy pocos especialistas se arriesgan a
especular acerca de su significado o función.
En
la ciudad de Choquecancha se pueden apreciar en la actualidad el esplendor de
la arquitectura inca, con muros que marcaban la frontera oriental del Imperio.
Más allá estaba la selva y la ciudad de Paititi. En la época inca esta parte
del Imperio se denominaba Antisuyu: era un territorio salvaje e inexplorado,
igual que hoy en día. La zona está atravesada por antiguos caminos incas que
parten de Choquecancha y van hacia el norte y el este. Los incas unieron su
Imperio con más de veinticuatro mil kilómetros de carreteras. Los mensajeros,
llamados chasquis, llevaban el correo y los paquetes de un lado a otro del
Imperio. Un equipo de estos correos podía recorrer casi quinientos kilómetros
en un solo día. En la actualidad, con medios de locomoción modernos, se tarda
en recorrer esa distancia en esa zona más tiempo.
Si
la ciudad secreta existe, según Greg Deyermenjian, tiene que estar al sur de
esta densa selva de Pantiacolla, donde halló las extrañas formaciones llamadas
las pirámides de Paratoari, en la última selva inexplorada del planeta, en
algún lugar río abajo del Amazonas. «Durante diez años he estado buscando
Paititi, con diferentes expediciones. En cierta manera es como una obsesión.
Como si cada metro que recorrieras estuvieras más cerca de hallarla», cuenta el
guía local Darwin Moscoso. La obsesión que ha inspirado a todos los
expedicionarios peruanos nació en 1911, en lo alto de las montañas de los
Andes, al noroeste de Cuzco, cuando Hiram Bingham, un profesor de 35 años,
estaba buscando la ciudad perdida inca. Después de varias semanas de enormes
esfuerzos y fracasos, un niño nativo lo condujo a lo alto de una montaña.
Resultó ser Machu Picchu. Lo que antes fue una ciudad perdida, ahora es
considerada como uno de los logros más importantes de la arqueología y cultura
incas. Desde los días de la conquista española al Perú en el siglo XVI, se ha
venido hablando de ciudades incas «perdidas» en las selvas amazónicas,
alrededor de Cuzco. Además de Machu Picchu en 1911, los descubrimientos de El
Pajatén en 1963, Vilcabamba La Vieja en 1964, Mamería en 1980 y Gran Vilaya en
1985, son pruebas efectivas de este Imperio en las planicies tropicales del
Perú y que animan a muchos a seguir explorando. En este sentido, las historias
que circulan sobre la ciudad de Paititi podrían tener una base real, según la
teoría que defiende Greg Deyermenjian y Fernando Jorge Soto Roland, aunque no
sea con las características mitológicas de la leyenda, y hacen que los
exploradores continúen adentrándose en la selva de Perú, que en cierta manera
sigue estando tan inexplorada como hace quinientos años.
§.
Últimos descubrimientos
Cientos
de exploradores han muerto en estas tierras, asesinados por nativos hostiles,
peligrosos animales y enfermedades, o crecidas de las decenas de afluentes del
río alto Madre de Dios, que puede inundarlo todo en pocos minutos. Muchas
expediciones se han adentrado por estos afluentes y han encontrado algunas
ruinas, que las convierten en pistas para seguir buscando Paititi, justo a diez
días de viaje de Cuzco, según indica la carta del religioso español escrita
hace cuatrocientos años. Pero la selva es tan densa que se puede estar a pocos
metros de las pirámides y no verlas. «Podemos estar buscando durante semanas y
pasar por alto algo que está sólo a cien metros», indica Greg Deyermenjian,
quien ha organizado varias expediciones para estudiar el terreno, incluso
sobrevolando cientos de kilómetros de selva con las Fuerzas Aéreas peruanas.
Fue él el descubridor de los enormes montículos en forma de pirámides de
Paratoari. «El que sean naturales o construidas por el hombre es algo que
todavía se está cuestionando. Junto al explorador y cartógrafo peruano Paulino
Mamani, fuimos los primeros en llegar allí a pie, en 1996. Pasamos cuatro días
y fue imposible examinarlas por completo. Sólo analizamos parte y descubrimos
que podrían ser de origen natural, pero nos quedó una gran parte sin explorar.
Hay posibilidades de que fueran construidas por el hombre, incluso que sean los
restos de una ciudad perdida», asegura.
Tras
dos visitas previas a la zona, y con el espaldarazo histórico de la carta del
siglo XVI encontrada en el archivo del Vaticano de la Compañía de Jesús, en el
año 2002, un equipo internacional de exploradores, encabezado por el
polaco-italiano Jacek Palkiewicz, y treinta investigadores anunciaron haber
encontrado la ciudad inca de Paititi. La expedición, que duró dos años,
verificó que la ciudad perdida se halla en una zona colindante con el parque
nacional del Manu, entre los departamentos del Cuzco y Madre de Dios, en el
sudeste de Lima, a diez días de camino del Cuzco, la antigua capital del
Imperio, tal y como indicaba el manuscrito. Y tal y como contaba la leyenda, la
ciudad está bajo una laguna, en una meseta de 4 kilómetros cuadrados cubierta
totalmente de vegetación. Especialistas de la Universidad de San Petersburgo
(Rusia) que integraron la expedición confirmaron con la ayuda de georradares
que bajo la laguna existe un entramado de cavernas y túneles, donde
supuestamente podrían estar los tesoros, y vestigios de construcciones
preincaicas, lo que indicaría que el lugar empezaba a ser ocupado por los
incas, que no pudieron culminar su tarea de conquista en la Amazonía por la
llegada de los conquistadores españoles. Desde entonces, ha habido varias
exploraciones científicas, y poco a poco, aumenta la información y los datos
adquiridos en las exploraciones anteriores. Pero no se ha encontrado ningún
tesoro.
Durante
dos décadas, Gregory Deyermenjian y Paulino Mamani han recorrido la meseta de
Pantiacolla, el extremo del Imperio inca. Su último descubrimiento fue en 2006,
en el río Taperachi, al norte del Yavero. Aquí encontraron los asentamientos
más lejanos hasta ahora identificados de los incas, más allá de los restos que
encontraron en las zonas montañosas en el «Último Punto» en 2004.
Hace
cinco siglos, la codicia por el oro de los conquistadores los impulsó a
arriesgar sus vidas en las selvas de Perú. Desde entonces exploradores y
aventureros siguen arriesgándose; el último, fue el antropólogo noruego Lars
Hafksjold, que en 1997 desapareció sin dejar ni rastro en el río Madidi. Pero
los exploradores de hoy en día no buscan el oro, sino la emoción del
descubrimiento. Se trata de hallar algo que lleva mucho tiempo perdido en la
Historia y resolver al fin su misterio.
7.
El misterio del oro afgano
En
el transcurso de la invasión de Afganistán por parte de Estados Unidos, justo
después del atentado de las Torres Gemelas, se bombardeó intensamente su
capital, Kabul, incluidos los alrededores del Banco Central. Pero a pesar de
estar perdiendo el control del país, los talibanes no se resignaban a dejar
allí el tesoro más valioso de Afganistán: un montón de oro procedente de la
época de Alejandro Magno y las colonias griegas de Asia, que se custodiaba en
una cámara acorazada del Banco Central. Aquel 12 de noviembre de 2001, un grupo
de mulás talibanes intentaron llevarse el tesoro. En la mejor tradición de las
historias de espionaje, uno de los empleados les aseguró que se habían hecho
siete llaves de esa cámara y se habían entregado a siete personas que vivían en
diferentes lugares del mundo. Para poder abrir la caja de seguridad, antes
había que reunirlas a todas. Los bombardeos enemigos aumentaban, pero ellos no
estaban dispuestos a irse sin el que consideraban su oro. Estaban firmemente
dispuestos a volar la puerta del Banco Central de Kabul, aunque con esta acción
destruyeran uno de los tesoros arqueológicos más antiguos y valiosos del mundo.
La
leyenda del oro de Afganistán nació en el Londres victoriano. Una noche de
1867, durante una cena entre compañeros, un numismático comentó que ese mismo
día un mendigo de Asia Central le había hablado de una antigua moneda de oro de
gran tamaño: más de 6 centímetros de diámetro y un peso de 169 gramos. El
coleccionista de monedas no hizo demasiado caso, puesto que ningún rey de la
antigüedad había acuñado moneda con el tamaño que el mendigo decía, y pronto
abandonaron el tema. Todos, excepto un numismático francés que después de la
cena localizó al indigente en un destartalado apartamento londinense y pudo ver
la moneda de la que se había hablado durante la cena. Pidió más detalles sobre
la increíble pieza, y el mendigo le contó que la encontraron entre siete
personas. Cinco habían fallecido, y los dos supervivientes decidieron lanzarla
al aire para decidir quién de los dos viajaría hasta Europa para venderla a
buen precio. El coleccionista francés ofreció por ella mil libras, pero
mantendría su oferta sólo durante veinte minutos. A punto de cumplir el plazo,
el mendigo aceptó. Recogió sus mil libras y entregó la moneda, una magnífica
pieza espléndidamente acuñada, al experto francés.
§.
Alejandro Magno y sus victorias
Esta
pieza, la moneda de oro más grande de la antigüedad, se manufacturó en la época
de Eucrátides, rey de Bactriana, en el siglo II a. C., que conquistó Aracosia
(actual Pakistán), perdió luego sus conquistas frente a los partos, y fue
asesinado por su propio hijo. Como muchas dinastías reinantes en Asia en la
época, la de Eucrátides era de ascendencia griega, fruto de la expansión
helénica en los tiempos de Alejandro Magno (356-323 a. C.). La civilización
griega había coincidido en la historia con el Imperio persa, indiscutible
primera potencia mundial hasta Alejandro. Durante siglos, alternados con épocas
de coexistencia e influencia mutua, había habido enfrentamientos entre griegos
y persas, en los que pese a ser éstos el pez grande no se habían podido comer
al chico; con Alejandro, un griego tardío y periférico, pues era de Macedonia,
se invirtieron los papeles. Partiendo del reino de Macedonia, el padre de
Alejandro, Filipo, se había apoderado de Grecia, provocando que el joven
príncipe se quejara porque su padre no le iba a dejar «nada que conquistar». El
objetivo natural de las ansias imperiales de Alejandro no podía ser otro que el
Imperio persa. Con este objetivo atravesó el Helesponto, que separa Asia de
Europa, en el año 334 y en una serie de campañas se apoderó del Mediterráneo
Oriental, incluido Egipto, conquistó en menos de cinco años el inmenso Imperio
persa, se internó en el corazón de Asia y llegó en 326 hasta el río Indo, en la
India.
En
el camino de Alejandro estaba una provincia persa llamada Bactria o Bactriana,
correspondiente al actual Afganistán, en la época un país muy diferente del
actual, fértil y rico. El país se encontraba en medio de la secular ruta
comercial entre China y el Mediterráneo, lo que luego se llamaría la Ruta de la
Seda, por lo que siempre circularon por su territorio riquezas y objetos
artísticos y afluyeron a él metales preciosos producidos por las regiones de
alrededor.
Dicen
que lo primero que vio allí Alejandro fueron cadáveres humanos dejados para que
los devorasen los animales como advertencia para los intrusos. Gobernaba
Bactria el sátrapa persa Beso, miembro de la familia real aqueménida, que había
participado en Gaugamela, la última batalla de Darío contra Alejandro, mandando
la caballería bactriana. Luego había emprendido la huida junto al Gran Rey de
los persas, pero no le tenía lealtad, sino que urdió un complot para asesinarlo
y suplantarlo. Los hombres de Alejandro encontraron a su gran enemigo Darío
abandonado en un carro, agonizante y con el cuerpo lleno de heridas de lanza.
Antes de morir, le envió su agradecimiento y un apretón de manos a Alejandro,
que se sintió obligado a vengar a tan noble adversario.
Beso
mientras tanto se había cubierto con la tiara, es decir, se había proclamado
Gran Rey de los persas adoptando el ya histórico nombre de Artajerjes.
Alejandro entró a sangre y fuego en su satrapía, y Beso no tuvo más remedio que
huir, atravesando el río Oxus (hoy Amu Daria) y refugiándose en Sogdiana, país
centroasiático correspondiente a la actual Uzbekistán. Allí fue apresado por
dos señores locales, Epitámenes y Datafernes, que para congraciarse con el
imparable conquistador le entregaron su prisionero. Alejandro fue terrible en
el castigo al traidor Beso, pues según cuenta Plutarco «lo descuartizó:
doblaron hasta juntar dos árboles enhiestos, le ataron a cada uno los miembros
y luego, al soltar los dos árboles, como se enderezaron con fuerza, cada uno se
quedó con los miembros que estaban atados a él».
El
sueño de Alejandro de conquistar todo el mundo conocido, la Ecumene, era
expresión de su ambición de poder hegemónico y fama imperecedera. No era por
tanto un conquistador vulgar que saquea y asuela, como era corriente en tiempos
antiguos, sino que pretendía construir un estado universal regido por la
cultura que él consideraba superior, la helénica, aunque incorporando a las
otras civilizaciones. Hizo que diez mil de sus soldados se casaran con
muchachas persas, para sentar las bases demográficas del nuevo pueblo y
construyó febrilmente ciudades por todas partes donde estuvo, dando el nombre
de Alejandría a decenas de éstas. La misma Kabul, la capital de Afganistán, fue
fundada por él con el nombre de Alejandría de Aracosia.
Precisamente
la región de Bactriana tiene el sobrenombre de «tierra de las mil ciudades». El
factor cultural fue fundamental para el enriquecimiento de la región, y de la
mezcla entre los invasores y las tradiciones locales nació la cultura greco
bactriana.
La
prosperidad material se hacía evidente en unas ciudades que atraían el oro y la
plata de los alrededores transformándolos en monedas, joyas y obras de arte. En
esta época de esplendor se acuñaron las monedas bactrianas que llevaban grabado
el rostro de los generales y reyezuelos de la región, así que a través de éstas
se puede saber quién gobernó en cada territorio.
A
pesar de las continuas victorias de Alejandro y su ambición imparable, la
muerte acabó con sus conquistas en el año 323 a. C., cuando murió con sólo 33
años en Babilonia, seguramente a causa de una encefalitis vírica. Entre las
muchas explicaciones legendarias que se han buscado a la temprana muerte de
quien parecía invencible, destacan las que la atribuyen a la maldición del oro
bactriano obtenido por medio de la traición y manchado de sangre.
Tras
la muerte de Alejandro, su imperio se fragmentó entre sus generales, los
diadocos. Después de una agitada historia de anexiones y separaciones con
gobernantes de distinta procedencia pero de común ascendencia helénica, el
reino helenístico de Bactriana cayó en el año 135 a. C., cuando los greco
bactrianos no pudieron contener a las tribus nómadas del norte. Los griegos,
pensando que quizá algún día pudieran regresar a sus antiguas tierras y
recuperar su modo de vida, enterraron sus tesoros de metales preciosos. Nunca
volvieron, y las monedas de oro y las joyas quedaron bajo tierra.
Mientras,
Bactriana era disputada por varias tribus que tomaban el poder con la misma
rapidez que lo perdían en favor de otra tribu rival hasta que llegaron los
kushan[1] hacia el año 80 de nuestra era. Los kushan eran el resultado de una
alianza de cinco poderosas tribus de Asia Central, creada con el propósito de
apoderarse de Bactriana. Lo lograron, saqueando todo lo que encontraron a su
paso, especialmente oro y joyas con las que les gustaba adornarse. Mataron a
los descendientes de los griegos que oponían alguna resistencia y camparon a
sus anchas por la región durante un siglo. No sólo se llevaron el patrimonio
que los reyes griegos habían reunido durante años, sino que también desapareció
la cultura bactriana y los restos documentales y arqueológicos que atestiguaban
su existencia, que se convirtieron en leyenda con el tiempo. En el año 241 de
nuestra era también desaparecieron los kushan, llevándose con ellos los
secretos de los griegos en Afganistán, hasta que en 1867 apareció en Londres la
misteriosa moneda antigua.
§.
Las legendarias mil ciudades de Bactriana
Tras
este episodio numismático surgió un creciente interés por aquellas regiones
asiáticas prácticamente desconocidas en Europa. Los arqueólogos comenzaron a
preguntarse por las legendarias «mil ciudades» de Bactriana, y en 1922 se
organizó la primera excavación a cargo del prestigioso arqueólogo francés
Alfred Fucher. Su reto personal no era la caza de tesoros, sino encontrar los
vestigios del reino griego en Asia, y para ello comenzó en los lugares más
obvios, como la ciudad de Bal, antigua capital de Bactriana. Sin embargo, no
encontró nada, ya que los restos estaban sepultados por capas y capas de
construcciones posteriores. Fucher continuó excavando en otros puntos de
Afganistán y, al final, tuvo que regresar a Francia sin haber hallado una sola
muestra de la cultura greco bactriana, a la que empezó a llamar «espejismo
greco bactriano».
Algunos
años después comenzaron a salir los primeros indicios a la luz. En Kunduz, al
norte del país, un grupo de guardias fronterizos descubrieron fortuitamente un
depósito lleno de monedas de plata que tuvieron que entregar al Museo de Kabul,
donde fueron analizadas por un grupo de expertos mundiales. Para Frank Holt,
profesor de historia en la Universidad de Houston y autor del libro En la
tierra de los huesos: Alejandro Magno en Afganistán, «esto es la prueba de dos
cosas: la riqueza que alcanzó Bactriana y el gran caos que obligó a los griegos
a huir al sur abandonando sus bienes». Aún tendrían que pasar quince años hasta
el siguiente descubrimiento que revelara algo más sobre esta civilización
perdida. Y, como suele ocurrir, fue fruto del azar.
El
rey de Afganistán, Mohamed Zahir Shah, solía cazar en Kunduz, en los
alrededores del río Oxus, hoy llamado Amu Daria. Cerca del pueblo de Ai Janum
tropezó con un objeto extraño: un triángulo gigante bajo el suelo. A pocos
centímetros de la superficie estaba el contorno de una ciudad entera. El
monarca informó enseguida a una misión arqueológica francesa que se encontraba
en el país. El doctor Paul Bérnard quiso investigar personalmente el hallazgo
del rey afgano y se desplazó a Ai Janum poco después, en 1961. En cuanto vio
los restos supo que se trataba de una ciudad griega y, además,
extraordinariamente grande. Se puso de inmediato manos a la obra para llevar a
cabo la ingente tarea de tamizar con todo cuidado y precisión dos mil años de
suelo. Finalmente logró sacar a la luz una ciudad rodeada de murallas de 10
metros de altura y 7 de grosor, con un enorme palacio en el centro dotado de
habitaciones reales, salas de audiencia, gimnasio, palestra y una sala del
tesoro. También se excavó un teatro con capacidad para cinco mil personas, el
mayor teatro griego que existía al este del Mediterráneo. Pero cuando Bérnard y
su equipo realizaron la excavación entre 1964 y 1978, ya no quedaba rastro
alguno del oro y las joyas bactrianos. A pesar de no haber hallado el
legendario tesoro, demostraron la existencia de un riquísimo reino griego en
Afganistán y encontraron valiosos testimonios de cómo era la vida en las
provincias helénicas. El oro bactriano acabó por ser hallado en unas
circunstancias muy diferentes de las de la excavación de Bérnard.
§.
Restos del imperio kushan
El
rey Zahir Shah gobernó prósperamente entre 1933 y 1973, hasta que fue depuesto
por su hermano el príncipe Dahud. A partir de esta fecha los comunistas
comenzaron a hacerse fuertes en el país. Sin embargo no contaban con el apoyo
de toda la población; muchos caudillos se propusieron hacerles frente y
buscaron financiar su lucha a base de saquear tesoros nacionales. El arqueólogo
soviético Victor Sarianidi aprovechó la situación y se fue a trabajar a una
excavación ya iniciada por soviéticos y afganos en el norte del país, zona poco
frecuentada por los occidentales debido a la peligrosidad del viaje. Allí,
cerca de la pequeña localidad de Shibargan estaba Yemshi Tepe, una gran ciudad
que los kushan heredaron de los griegos, por lo que había restos tanto de una
como de la otra civilización. Según avanzaba la investigación, los arqueólogos
se dieron cuenta de que se trataba de un emplazamiento clave en la organización
del Imperio kushan. Como ocurrió anteriormente en Ai Janum, apareció también un
gran palacio; éste estaba rodeado de edificios que ocupaban una superficie de
unas veinte hectáreas —entre ellos un cementerio—, así como de altas murallas
formando un anillo impenetrable de unos seiscientos metros de diámetro. El
palacio se hallaba sobre una elevación del terreno y podía verse desde todas
las direcciones, de lo que se deducía que Yemshi Tepe era una capital.
Victor
Sarianidi y los demás del equipo comenzaron a trabajar sobre restos medievales
en busca de los reyes kushan. En una colina llamada Tilya Tepe —que significa
la colina dorada—, encontraron unos alentadores fragmentos de cerámica pintada.
Ahondando en sus excavaciones dieron con lo que parecían las ruinas de un
templo, donde había numerosas piezas de hierro angulares que resultaron ser
parte del ensamblaje de ataúdes. En ese momento comenzó a llover y los trabajos
tuvieron que suspenderse hasta que escampara. Además de la lluvia, los señores
de la guerra afganos vigilaban estrechamente al grupo.
El
15 de noviembre, cuando reanudaron las excavaciones, uno de los trabajadores
distinguió una pieza brillante en su pala. Había encontrado una cámara
funeraria y los restos de una mujer cubierta de oro de los pies a la cabeza y
rodeada de una variada colección de objetos que representaban las grandes
culturas de su época. Llevaba un espejo de bronce de la dinastía china Jan, una
moneda del Imperio parto, una moneda de oro del emperador Tiberio de Roma, un
colgante de la diosa griega Atenea y una peineta de marfil india. Los kushan no
reparaban en gastos a la hora de honrar a sus muertos: vestían sus mejores
ropas, salpicadas de oro con frecuencia, y enterraban muy rápidamente los
cadáveres por la noche, de forma que a la mañana siguiente nadie supiera dónde
estaban, para proteger así las tumbas de los saqueadores.
Abrumado
ante su sensacional descubrimiento, Sarianidi viajó con algunas piezas a Kabul
para compartir su hallazgo y buscar consejo de otros arqueólogos. Uno de los
presentes era Paul Bérnard, que había estado buscando sin éxito durante diez
años lo que Sarianidi había encontrado en uno. Pero el gran tesoro no quedaba
reducido a una tumba, puesto que la zona resultó ser un emplazamiento funerario
en el que llegaron a excavarse seis enterramientos, uno de los mayores
yacimientos arqueológicos de objetos de oro jamás encontrados. Los mismos
afganos llegaban a Tilya Tepe en cualquier medio de transporte para ver la
«colina dorada», y la prensa comparó el descubrimiento con el de la tumba de
Tuntakhamón. Quienes creían que éste era el oro que mató a Alejandro, pensaron
ahora que se había vuelto a destapar la maldición.
§.
La maldición de la guerra
Maldito
o no, lo cierto es que Afganistán se encontraba en el año 1978 en uno de sus
momentos políticos más tensos, y esta situación de inestabilidad afectó
profundamente al curso de las excavaciones de Sarianidi. El gobierno filo
soviético encontró una fuerte resistencia en los grupos islamistas, y pronto
los muyahidines iniciaron una sangrienta guerra contra lo que consideraban un
gobierno extranjero. Estados Unidos vio la oportunidad de abrir un frente
contra la URSS y financió a los grupos islamistas. Durante la guerra se saqueó
gran parte de los yacimientos arqueológicos. Sarianidi cuenta cómo un día
llegaron los muyahidines hasta su excavación y «comenzaron a pisotear las
vallas que la protegían sin que nadie pudiera hacer nada, hasta que decidimos poner
guardas armados para proteger a los trabajadores». De todos modos, la ingente
cantidad de oro que se estaba encontrando hacía muy difícil confiar en el
equipo, y los arqueólogos tenían que regresar cada noche y dejar señales
estratégicamente colocadas para comprobar que nadie robaba mientras ellos
dormían.
El
equipo trabajaba a marchas forzadas y fue apareciendo gran parte de los
enterramientos: cinco mujeres, un varón y una séptima tumba que no dio tiempo a
excavar. Todos estaban orientados en la misma dirección y albergaban una
ingente cantidad de oro. Era una inquietante similitud, que revelaba que
prácticamente toda la realeza kunshan murió al mismo tiempo por alguna causa
desconocida. Uno de los cráneos se envió a Moscú, donde la antropóloga Nadezhda
Dubova lo reconstruyó y averiguó que se trataba de una mujer de entre 35 y 40
años. Los hallazgos eran impresionantes; sin embargo el equipo del que
Sarianidi formaba parte sólo pudo trabajar dos meses más. «Cada día nos
preguntábamos —cuenta— si acabarían atacando el lugar o cuándo llegaría la
guerra a Shibargan, la localidad más cercana a la excavación». Además, se
habían quedado sin fondos y sus visados estaban a punto de caducar. Desde la
colina veían las nubes de polvo que levantaban los muyahidines al acercarse;
los extranjeros, especialmente soviéticos, corrían el riesgo de ser
secuestrados o asesinados.
Tenían
que trabajar a marchas forzadas, y en esas adversas circunstancias descubrieron
la séptima tumba. Pero no hubo tiempo para acabar su trabajo: Sarianidi la
abandonó parcialmente desenterrada y el equipo, formado tanto por afganos como
por soviéticos, salió huyendo con todo lo que pudo. La excavación se quedó
desprotegida y con parte del tesoro bajo tierra, ya que según cree Sarianidi
había por lo menos diez tumbas. Fueron escoltados hasta el Museo de Kabul y
allí pasaron dos semanas contando y catalogando las 20.600 piezas de oro día y
noche. Era una colección de una espléndida variedad y calidad que contenía
piezas de diversas épocas y culturas. Junto con su valor económico, servían
también para reconstruir la historia de una cultura nómada de la que se tenía
escasa información.
En
1979, Sarianidi y su equipo decidieron esperar a la primavera siguiente para
reanudar la excavación, pero ese año marcó el inicio de veintitrés años de
guerra en Afganistán. La Unión Soviética había entrado en el país la última
semana de diciembre amparándose en su derecho a intervenir en cualquier país
del mundo bajo gobierno comunista para librarlo de las fuerzas
contrarrevolucionarias. Entre otros motivos, el presidente Breznev pretendía
impedir que el islam llegase hasta Asia Central. Los soldados de la URSS
tomaron en poco tiempo las principales ciudades afganas, pero no tenían control
sobre las zonas rurales, donde los caudillos habían decidido unirse frente a
los soviéticos. Un ejemplo de la inoperatividad de las fuerzas convencionales
de la gran potencia frente a los líderes locales se encontraba en la invasión
del valle de Panshir, territorio de Shah Masud, uno de los cabecillas de la
guerrilla afgana. Cuando los rusos aseguraron la zona y se retiraron con toda
tranquilidad, los afganos aparecieron por detrás de las rocas disparándoles y
las tropas soviéticas tuvieron que huir en desbandada. Episodios parecidos se
repitieron a lo largo de toda la guerra de Afganistán.
El
historiador Frank Holt encuentra ciertas semejanzas entre la campaña de
Alejandro y la invasión soviética. «En ambos casos, ejércitos modernos y
sofisticados, diseñados para librar grandes batallas, se enfrentaron a grupos
insurgentes dirigidos por señores de la guerra y caudillos tribales», explica.
En cuanto a clima y terreno, las condiciones de lucha también eran parecidas.
La diferencia está en que Alejandro triunfó donde los soviéticos fracasarían.
La URSS no logró, en efecto, controlar Afganistán, pese a que mantuvo allí un
ejército de 115 000 hombres y empleó un potente arsenal, especialmente el arma
aérea, que provocó gran número de víctimas, aunque la cifra de un millón de
muertos que aireó la propaganda norteamericana quizá fuera exagerada. Lo que sí
está comprobado es que más de un tercio de la población, cinco millones sobre
catorce, abandonó su tierra huyendo de la guerra y se refugió en los países
vecinos. Por parte soviética murieron 15.000 soldados.
§.
Saqueos para financiar la lucha
Los
muyahidines buscaban todos los posibles medios para financiar la guerra y
aprovecharon las zonas que no se habían excavado para buscar oro del que poder
beneficiarse. Mientras se luchaba en Afganistán, hay fotografías de las casas
de subastas Sotheby’s y Christie’s que muestran monedas y objetos que sólo
podían pertenecer al yacimiento de Tilya Tepe. Además de esta fuente de
ingresos, una serie de países como Estados Unidos, Arabia Saudí, Pakistán y
China decidieron que Afganistán era un escenario perfecto para atacar a la
Unión Soviética y empezaron a canalizar su ayuda a través de Pakistán.
En
1986, cuando los muyahidines empezaron a recibir misiles tierra-aire Stinger de
fabricación estadounidense, cambió el curso de la contienda. En un país extenso
y con pocas carreteras, los helicópteros eran imprescindibles para transportar
soldados y víveres, pero ahora, gracias a los misiles, los muyahidines podían
derribar las aeronaves soviéticas, y éstas perderían el control de los cielos.
Los insurgentes estaban comenzando a ganar la guerra y las bajas entre las
filas rusas eran cada vez más numerosas, hasta que en 1989 Mijaíl Gorbachov
tomó la decisión de retirarse de Afganistán. Muchos afganos creyeron entonces
que los soviéticos se habían llevado el oro bactriano. Sin embargo, el oro del
Museo de Kabul había sobrevivido milagrosamente a la guerra afgano-soviética.
Pocos
años después de la retirada soviética siguió el colapso del gobierno afgano
comunista, y el poder fue objeto de disputa entre los señores de la guerra,
jefes de grupos poco homogéneos de etnias y tendencias religiosas distintas que
abocaron nuevamente al país a otro enfrentamiento. En 1992, la guerra civil
entre las distintas facciones islamistas estaba prácticamente declarada y se
preparaba el ataque a la capital, Kabul.
Afganistán
no es un lugar seguro para custodiar restos arqueológicos de ningún tipo. El
mismo Museo Nacional de Afganistán, al sudoeste de Kabul, fue utilizado como
base de operaciones por diversas facciones rebeldes y cada señor de la guerra
que estuvo a cargo del museo aprovechó para saquearlo. De allí salían monedas
bactrianas y figuras de Buda constantemente, como si cualquiera pudiera
llevarse lo que le gustara, y se rumoreaba que se vendían a casas de subastas o
en el mercado negro a cambio de armas. Se llegó a un punto en el que cualquier
objeto de interés histórico podía desaparecer y, con él, una parte de la
cultura y la historia afganas.
Nayibulá,
el todavía presidente comunista, sabía lo que estaba ocurriendo y conocía bien
a las guerrillas islamistas y las motivaciones económicas que las empujaban a
la lucha, por lo que decidió poner a buen recaudo el oro bactriano. Nayibulá
era un laico que respetaba la religión predominante en Afganistán, pero deseaba
preservar los bienes culturales del país. Sabedor de la inminente destrucción
del Museo Nacional de Kabul, ocultó en secreto 90 millones de dólares en
lingotes de oro junto con el oro bactriano.
El
lugar elegido fue la cámara de seguridad del Banco Central de Afganistán, un
búnker subterráneo al que se llegaba a través de tres ascensores. La cámara fue
construida por una empresa alemana, a instancias del rey Nadir Shah, en los
años treinta. Era una auténtica obra maestra de la ingeniería civil. El
presidente Nayibulá convocó a siete personas de confianza como testigos del
momento en el que se guardaba el mayor tesoro afgano jamás encontrado. El oro
se repartió en siete baúles sellados que se escondieron en la cámara secreta de
una cripta impenetrable. La cripta estaba protegida por una puerta de acero con
siete cerraduras. A cada uno de los asistentes se le entregó una llave, y
después se dispersaron, algunos por el extranjero. Nadie sabía quiénes eran; de
otro modo los muyahidines podían encontrar a sus padres o sus hijos e
intercambiarlos por el oro. Por fin el tesoro bactriano parecía estar a salvo.
§.
La llegada de los talibanes
Pero
otro fenómeno explosivo aparecería en el ya de por sí inestable escenario
político afgano: el ascenso de los talibanes y la implantación en el país de la
red al-Qaida. En 1995 comenzó una destrucción y un expolio masivos del
patrimonio histórico-artístico afgano sólo comprensible desde las posturas
extremistas de los talibanes. En los seminarios del mulá Omar, que acabaría
siendo su líder, se estudiaba el islam, pero también la yijad —o guerra santa
contra los infieles—, llevada al límite: para ellos infiel era todo el que no
seguía su misma corriente teológica. En nombre de la religión obligaron a las
mujeres a llevar un burka cubriéndolas por completo hasta los pies, y a los
hombres, a dejarse barba sin afeitarse jamás, e incluso llegaron a prohibir a
los niños volar cometas por considerarlo una ofensa a Alá. Respecto al arte,
prohibían la representación de toda figura humana basándose en una
interpretación errónea y tajante del Corán, a la que añadían una política de
eliminación de todo resto preislámico. El 26 de febrero de 2001 se llegó al
extremo de que el mulá Omar dictó un decreto por el que todas las estatuas e
ídolos del país debían ser destruidos por ser dioses de los infieles.
El
oro bactriano también se encontraba en el punto de mira de los talibanes, de
modo que en septiembre de 1996 apresaron al ex presidente Mohamed Nayibulá y a
su hermano, sacándolos a rastras de una base de Naciones Unidas en Kabul. A
pesar de las torturas, Nayibulá no reveló dónde se encontraba el oro ni quién
tenía las llaves de la cripta del Banco Central. El ex presidente fue
torturado, castrado y colgado de la torre de control de tráfico en el centro de
Kabul, junto con su hermano. A pesar de todo, logró llevarse el secreto del oro
a la tumba.
Pero
los talibanes no cejaban en su empeño de encontrar el fabuloso tesoro
bactriano, y guiados por los rumores de la existencia de una cámara secreta
llena de lingotes de oro, irrumpieron un día en el Banco Central con sus
fusiles AK-47. Se llevaron bolsas de moneda extranjera y, con amenazas,
lograron que Mustafá, el jefe de divisas y responsable de la cámara secreta
durante más de treinta y cinco años, los llevara hasta ella después de
obligarlo a desconectar el sistema de seguridad. Mustafá se negó a dar ninguna
información y, mientras los talibanes se marchaban, introdujo una llave en su
cerradura y la rompió dentro de ella haciendo palanca, de modo que la cerradura
se quedó bloqueada con la mitad de la llave dentro. Nadie se percató de este
movimiento. Su negativa a revelarles el secreto de la cámara acorazada le valió
a Mustafá tres meses de cárcel y torturas.
El
oro bactriano había vuelto a sobrevivir, pero no así el resto del patrimonio
artístico del país. En marzo de 2001 se destrozaron tres mil estatuas del Museo
de Kabul con las miras puestas en el mercado del arte. El procedimiento que
seguían los talibanes era el siguiente: escogían un objeto, lo sacaban del
museo y después destruían los objetos similares con el propósito de conseguir
el precio más alto posible en el mercado negro. El mayor daño se lo llevarían
los Budas de Bamiyán, unas espectaculares estatuas gigantescas de piedra de más
de mil seiscientos años de antigüedad. En un ataque sin precedentes, los
talibanes utilizaron toneladas de dinamita para volar salvajemente las estatuas
budistas y arrasar las pinturas que había alrededor. El objetivo de al-Qaida y
los talibanes era hacer olvidar a los afganos su larga historia como uno de los
primeros centros de civilización del mundo y borrar su identidad, su cultura y
la posibilidad de conocer algo más sobre el pasado de Afganistán en el futuro.
Por
aquel entonces la comunidad arqueológica mundial, falta de información concreta
y veraz sobre los restos de Tilya Tepe, comenzó a temer lo peor. Corrían
rumores de que el oro estaba siendo trasladado de un sitio a otro, pero nadie
era capaz de probarlo.
Después
del anterior fracaso, los talibanes emprendieron un nuevo ataque contra el
Banco Central en el intento de hacerse con todo el oro guardado. Esta vez un
helicóptero armado sobrevolaba el banco y, con un plano en la mano, colocaron
el aparato justo encima de la cámara de seguridad y lanzaron varios cohetes con
la intención de romper el techo de la cámara. Volvieron a fracasar en el banco,
pero a cambio requisaron los sofisticados detectores de minas enviados por la
comunidad internacional con el fin de desactivar los cinco millones de minas
enterradas en Afganistán, y los utilizaron para localizar monedas de oro, plata
y cualquier cosa que se pudiera vender. Así, el yacimiento arqueológico de Ai
Janum se encontró jalonado de excavaciones ilegales. Parte de la antigua ciudad
enterrada no sobrevivió a los bombardeos, y se robaron muchas de sus grandes
columnas, algunas de las cuales se han visto decorando cafeterías. Con estos
precedentes, muchos arqueólogos e historiadores, tanto extranjeros como afganos,
creían que los talibanes habían fundido el antiguo oro bactriano para comprar
armas.
Entonces
llegó el 11 de septiembre de 2001. El ataque a Estados Unidos promovido por el
jefe de al-Qaida, Osama Bin Laden, puso en el punto de mira al régimen talibán.
Estados Unidos exigió la entrega de todos los líderes de al-Qaida que se
ocultaron en Afganistán, sin posibilidad de negociación ni discusión. El 7 de
octubre de 2001 comenzaron los primeros bombardeos norteamericanos contra las
bases de al-Qaida en suelo afgano. Estados Unidos y sus pequeñas unidades de
ataque provistas de armamento guiado por láser, luchando junto a la afgana
Alianza del Norte, empezaron a vencer a los talibanes y a desalojarlos del
poder.
§.
Tercer intento contra el banco central
A
pesar de las sucesivas derrotas, los talibanes prepararon su tercer asalto al
Banco Central de Kabul y volvieron a buscar al responsable de la cámara de
seguridad, Mustafa, quien pudo huir de su casa antes de que los talibanes lo
apresaran. Al final entraron por la fuerza en el Banco Central exigiendo que
les abrieran la cámara de seguridad. Un empleado les informó que para abrir la
puerta se necesitaban siete llaves que estaban en poder de otras tantas
personas, todas ellas repartidas por el mundo. En un primer momento, los
talibanes se apropiaron de trece millones de dólares y dieciocho mil millones
en moneda nacional. Sin embargo, buscaban el oro desesperadamente. Después
arrastraron a dos empleados hasta la puerta de la cámara. Uno de ellos estuvo a
punto de morir apaleado por no poder abrir la puerta. Los talibanes no se
resignaban a no encontrar la fórmula de conseguir tan deseado tesoro. Probaron
con todas las llaves que tenían los empleados, pero fue en vano; palancas,
martillos y sopletes tampoco dieron mejores resultados. A las seis horas de
intentarlo optaron por volar la cámara con dinamita. Cuando ya habían dado la
orden de apretar el detonador, uno de los empleados les gritó que se
detuvieran. La cámara había sido diseñada de forma que si alguien intentaba
volarla, todo el edificio del Banco Central se derrumbaría encima, no sólo
matando a quienes estuvieran allí, sino destruyendo todo su contenido.
Acorralados fuera del banco por las fuerzas norteamericanas, los talibanes
tuvieron que huir con su dinero en metálico, sin saber lo cerca que habían
estado del oro bactriano.
El
12 de noviembre de 2001 se derrocó el régimen talibán y se instauró un gobierno
interino para estabilizar el país, encabezado por el presidente Hamid Karzai.
El nuevo gobierno hizo un recuento de los activos del país en su intento de
reconstruir la nación. Unos meses más tarde, el 28 de agosto de 2002, el nuevo
presidente Karzai y los siete dignatarios en posesión de las siete llaves
bajaron hasta la cámara más protegida de Afganistán. Un cerrajero extrajo el
trozo de llave que el responsable de la cámara, Mustafa, había dejado en una de
las cerraduras durante la primera incursión de los talibanes en el banco. La
puerta de la cámara se abrió con sus siete llaves. Después de treinta años de
guerra ininterrumpida, nadie creía que aún pudiera existir allí algo de valor.
Su sorpresa fue mayúscula cuando encontraron los noventa millones de dólares en
lingotes de oro. Sin embargo, no había ni rastro del tesoro de Tilya Tepe. Una
inspección posterior reveló la existencia de otra cámara oculta, más pequeña.
Allí es donde el presidente Nayibulá —acusado en su día de haberlo vendido a
los rusos—, había escondido el tesoro en 1989. Milagrosamente, el rico legado
de los griegos y los nómadas kushan había sobrevivido a la guerra y a la
inestabilidad política más extremas, y con él también pervive la fascinante
historia de estas tierras que hoy conocemos con el nombre de Afganistán.
8.
El rescate del Titanic
La
portentosa proa del Titanic cubierta de óxido se ha convertido en un icono de
la última década del siglo XX. La historia de este barco se ha contado
infinidad de veces, pero continúa siendo una especie de seductora figura mítica
perdida. En las profundidades del lecho marino, a más de cuatro mil metros de
profundidad, el lugar en el océano Atlántico donde se hundió sigue fascinando
más de noventa años después. A pesar de no ser el barco donde han perecido más
personas, sí es el que más atracción y curiosidad conseguía. Durante setenta y
tres años permaneció en la oscuridad del océano, hasta que un grupo de
científicos e investigadores trajeron a la luz las primeras imágenes del pecio.
Desde entonces, se ha avanzado mucho en la tecnología oceanográfica submarina,
se han rescatado más de seis mil objetos y se han realizado exposiciones,
incluso viajes turísticos a bordo de pequeños sumergibles, que han levantado
gran polémica. El cementerio de millar y medio de personas continúa en nuestros
días siendo fuente de numerosas especulaciones entre los partidarios de dejarlo
descansar en el fondo marino como un gran monumento subacuático y aquellos que
prefieren reflotarlo, restaurarlo y mostrarlo al mundo entero.
La
historia de este mítico barco y la de la tecnología oceanográfica son
inseparables. El Titanic ha animado a los científicos a desarrollar nuevas
técnicas y ha servido de campo de pruebas para sus últimos equipos e
instrumentos. Entre todos los avances potenciados por el intento, primero, de
localizar exactamente dónde se hundió el barco y, después, de obtener las
primeras pruebas del pecio, destacan las investigaciones realizadas por los
científicos e ingenieros del Instituto Oceanográfico Woods Hole (WHOI) de
Massachusetts, el instituto oceanográfico independiente más grande e importante
de Estados Unidos. Woods Hole se dedica a la ciencia, no a buscar tesoros, así
que sus investigaciones del lugar del hundimiento siempre han estado animadas
por un fin científico. No toman parte en la recogida de objetos del hundimiento
de 1912, un lucrativo negocio que comenzó en 1987. Tampoco son muy partidarios
de las exposiciones de estas reliquias, que han alimentado desde entonces la
creciente epidemia de la «titanicmanía», un fenómeno que ha crecido desde que
en 1997 se estrenó la película dirigida por James Cameron, uno de los filmes de
mayor éxito de todos los tiempos. La cuestión que ahora se plantean los
científicos es el futuro del barco sumergido. Reflotarlo completo todavía es
tecnológicamente imposible, y en el fondo del mar no se sabe cuánto tiempo
puede resistir a la corrosión del agua y, sobre todo, al saqueo de los
cazatesoros.
§.
La fe ciega en la tecnología
No
hay duda: el Titanic es una cautivadora historia sobre la fe ciega en la
tecnología. Se construyó en una era dorada, una época de increíbles progresos.
La mayoría de los que viajaban en el Titanic habían vivido sin electricidad,
teléfono o automóviles. Parecía que el ser humano podía conquistarlo todo,
hasta las olas del mar. Así que lo que más se repetía en esos días era que se
trataba de un barco insumergible. Incluso el veterano capitán Edward John
Smith, el más experimentado y prestigioso de la White Star Line, se quedó
maravillado por sus novedosas técnicas constructivas y comentó para una revista
de la época que «no podía concebir una situación que pudiera causar el
hundimiento de un barco moderno. La construcción naval las ha superado».
Un
ambiente festivo recibió a los pasajeros cuando, el 10 de abril de 1912, se
embarcaron en el Royal Mail Steamship Titanic—«el buque maravilla»— en
Southampton, en Inglaterra, con destino a Nueva York. «Tenía once plantas de
altura, todas ellas cubiertas de deslumbrantes luces. Parecía un enorme y
lujoso edificio», recordaría la pasajera Edith Russel. Apodado «el favorito de
los millonarios», el navío era conocido por la opulenta decoración de primera
clase. Pocos recuerdan que fue registrado como buque de emigrantes. En su
tercera clase había gente de 24 nacionalidades.
Al
parecer, ni a emigrantes ni a millonarios les inquietaba lo que podría ser otro
«misterio del Titanic», una profecía de su catástrofe mucho más clara que las
de Nostradamus, y desde luego mucho más exacta que cualquiera de ellas en su
cumplimiento. Una profecía que en realidad no lo era, puesto que no se había
formulado como tal. En 1898 se había publicado una novela titulada Futility
(Futilidad), escrita por un antiguo marino, Morgan Robertson, que relataba el
naufragio de un gran transatlántico. Lo curioso no es que, adelantándose a lo
que era la construcción naval de su tiempo, Robertson describiese un barco cuyo
tamaño, tonelaje, número de pasajeros o velocidad fuesen muy parecidos, cuando
no idénticos, a los del Titanic. Lo asombroso es que el transatlántico de la
novela se llama Titán, que se hunde porque choca con un iceberg, y que el
naufragio tiene lugar en abril, el mismo mes en que se hundiría el Titanic, «el
barco insumergible».
Según
cuenta Charles A. Haas en su libro Titanic: A journey through time, la
clasificación de insumergible apareció por primera vez en una prestigiosa
revista de construcción naval británica donde al describir el navío decía que
el capitán podía activar un interruptor, cerrar los compartimientos estancos y
hacer que el barco fuera «prácticamente insumergible». La prensa
sensacionalista se quedó con esa frase y se las arreglaron para borrar la
palabra «prácticamente» y así nació la idea de «barco insumergible».
Los
propietarios nunca dijeron que el Titanic fuera insumergible, pero además de la
prensa, tripulantes y pasajeros lo tomaron como cierto. Su confianza fue
asegurada por la incorporación a bordo de un invento reciente: el telégrafo
inalámbrico de Marconi. Para poco sirvió que estuviera dotado con el equipo de
radio más sensible y potente del momento, que garantizaba un alcance de unos
cuatrocientos cincuenta kilómetros, aunque a plena potencia podían ser
setecientos cincuenta de día y unos tres mil setecientos kilómetros de noche.
El 14 de abril de 1912, el radiotelegrafista recibió numerosos avisos en código
Morse de otros buques en la zona sobre bloques de hielo. Una de las
transmisiones, procedente del cercano barco de vapor Californian, fue
completamente desatendida por el radiotelegrafista jefe Jack Phillips: «Callaos
—contestó—. Estoy ocupado», mientras retransmitía telegramas que los
millonarios a bordo enviaban a familiares y amigos.
A
las 23.40 horas el mayor navío sobre los mares, de 46.000 toneladas, chocaba a
una velocidad de 40 kilómetros por hora, a dos tercios de su camino, contra un
iceberg. Lo peor que podía pasar ocurrió: se produjo una gran brecha en el
casco del barco. El Titanic fue construido para afrontar ese daño y en realidad
soportó la inundación de cuatro compartimientos de la parte delantera. Por
desgracia, esa noche había seis compartimientos abiertos al mar y eso resultó
fatal para el navío insumergible.
Después
de medianoche, el capitán Smith dio orden de lanzar los botes salvavidas. La
temperatura del agua era de 2 ºC bajo cero y sólo había botes para apenas la
mitad de las 2.200 personas a bordo, aunque, incluso, muchos de ellos tocaron
agua incompletos. El barco insumergible se hundió bajo las olas a las 2.20
horas de la madrugada del 15 de abril de 1912. Se partió en dos y se precipitó
cuatro kilómetros bajo el fondo del Atlántico. Murieron unas mil quinientas
personas[2], entre las que se encontraban algunos de los más prósperos
empresarios de aquellos años, la gente más rica del mundo, famosas estrellas de
cine… y muchos inmigrantes de muy bajos recursos que esperaban comenzar una
nueva vida en el Nuevo Mundo. Hasta aquí la historia bastante conocida de este
trágico hundimiento.
§.
Primeros intentos de localizar el barco
Casi
de inmediato tras el hundimiento, se empezó a hablar sobre la localización y
posible reflotamiento del Titanic. El primer intento provino de Vincent Astor,
hijo de John Jacob Astor, uno de los tres hombres más ricos que viajaban en el
barco; los otros dos eran Isidor Straus, propietario de los almacenes Macy’s, y
Benjamin Gugenheim, «el rey del cobre». La fortuna de la familia Astor la había
comenzado el bisabuelo —el primer millonario norteamericano, creador del primer
trust de Estados Unidos— con el comercio en pieles, y se amplió en las
siguientes generaciones con la adquisición de grandes propiedades, industrias y
hoteles. Vincent Astor estaba muy interesado en recuperar el cuerpo de su padre
y quería montar una expedición con esa finalidad, pero ocho días después de la
tragedia el cadáver fue encontrado en el mar por el buque Mackay-Bennet, y el
hijo del millonario abandonó la idea.
A lo
largo de los años se elucubró con todo tipo de planes para reflotar el Titanic,
desde el empleo de electroimanes hasta una cómica teoría a base de pelotas de
ping-pong.
El
incentivo de la mayoría de los que planeaban esto no era científico, ni
histórico, ni sentimental, sino económico. El Titanic debía de guardar en su
interior un fabuloso tesoro. Se daba por hecho, por ejemplo, la existencia de
una caja fuerte con gemas valoradas en 125 millones de dólares que la
multinacional diamantífera sudafricana De Beers envió en aquella travesía.
Otros botines eran más especulativos: en la encuesta posterior al naufragio, un
estibador habló de que habían cargado una gran cantidad de lingotes de oro. Eso
dio origen a una de las más absurdas teorías sobre la tragedia del Titanic,
según la cual el oro estaba destinado a pagar armas compradas por el gobierno
británico en Estados Unidos, con vistas a la próxima Primera Guerra Mundial y,
en consecuencia, había sido un sabotaje alemán lo que hundió el transatlántico.
Sin
embargo, antes de nada había que localizar el barco. Por desgracia, los métodos
de navegación de la época implicaban calcular su velocidad en relación con la
posición de las estrellas y la hora. Hoy sabemos que la última posición
conocida del navío erraba en casi 22 kilómetros, lo que podría explicarse
debido a un error al mover las agujas de los relojes en el cambio de zona
horaria. De modo que en la nave insumergible falló la tarea más importante del
oficial de navegación y lo más importante que debía confirmar el capitán del
buque, enviando a los barcos de rescate al lugar equivocado.
Ya
en 1953 un equipo norteamericano intentó la búsqueda del Titanic, mientras que
en 1977 hubo un proyecto alemán de localizar y reflotar el transatlántico. Un
año después, adelantándose a los hechos, un ingeniero inglés llamado Douglas
Wooly reclamó en un juzgado la propiedad del Titanic, aprovechando que no
existía ningún propietario legal del mismo, lo que le sirvió para recabar
financiación para otro frustrado proyecto de búsqueda.
En
esos mismos años setenta, Robert D. Ballard, un joven científico del Instituto
Oceanográfico Woods Hole (WHOI), se impuso un objetivo: usar la tecnología que
estaban desarrollando sus colegas y él para solucionar el mayor misterio
marítimo de todos los tiempos. Su plan tomó forma en 1977, cuando la empresa
Alcoa cedió al Instituto su barco de salvamento. El barco disponía de una gran
sonda que podía enviar instrumentos a 900 metros de profundidad, cedida por la
empresa Westinghouse. La Marina norteamericana les suministró el sistema de
iluminación y equipo por valor de 600.000 dólares. Pero la primera salida del
barco fue un fracaso. Se rompió la sonda y el contrapeso se vino abajo e
impactó en la cubierta, destrozando el buque. No organizarían otra expedición
al Titanic durante casi una década.
Entretanto
aparecieron otros dos personajes a la caza del Titanic: el comandante John
Grattam y el petrolero Jack Grimm.
Grattam
era un antiguo oficial de la Marina británica que había participado en
numerosas operaciones de rescate de materiales hundidos. Grattam sostenía que
el Titanic no se había hundido en el lugar «oficial» —en lo que acertaba— y
pretendía haber calculado las coordenadas reales. Con sentido del espectáculo
depositó en un banco una caja fuerte donde se suponía encerrada tan valiosa
información. El caso es que negoció para su compañía Seawise and Titanic
Salvage el apoyo financiero de un consorcio japonés formado para la empresa,
Japanese Titanic Team, pero su proyecto no llegaría a materializarse.
Mucho
más serio resultó el intento del petrolero texano Jack Grimm, pese a ser un
excéntrico aventurero conocido como «jugador de póquer». Grimm incorporó a su
proyecto a dos figuras de prestigio científico en el mundo oceanográfico: el
doctor William B. F. Ryan, del Observatorio Geológico Lamont-Doherty de la
Universidad de Columbia (Nueva York), y el doctor Fred Spiess, director del
Laboratorio de Física Marina del Instituto Oceanográfico Scripps de California.
Pero
por otra parte se asoció con un personaje mucho más de su órbita, el aventurero
Mike Harris, presidente de un tinglado llamado International Expeditions Inc.,
que ya en 1974 había proyectado una expedición de búsqueda del Titanic, pero
que cuando descubrió las dificultades técnicas de la empresa —tras
supuestamente localizar el lugar de naufragio— desvió el proyecto a la búsqueda
del Arca de Noé en Turquía. Otra de las fantásticas empresas de Harris fue la
busca del tesoro de Pancho Villa.
Jack
Grimm deseaba encontrar el Titanic cuanto antes pero no había equipo disponible
en ese momento, así que se desarrolló toda la tecnología desde cero y financió
el diseño del Sea Marc, un nuevo y sofisticado sistema de sonar de barrido
lateral, que crea un haz de sonido. Lo que hacía del Sea Marc un aparato
revolucionario era la amplitud de su alcance, de casi cinco kilómetros de
anchura. El problema era que no proporcionaba resultados lo bastante precisos
para diferenciar un pecio de una formación marina natural.
La
primera expedición zarpó de Florida a mediados de julio de 1980. Grimm
determinó catorce lugares donde podían estar los restos del Titanic. Pero las
tempestuosas aguas y los problemas con el equipo lo forzaron a regresar a
tierra el 17 de agosto de 1980. Un año después, la segunda expedición contaba
con un sistema de sonar más preciso llamado Deep Tow, capaz de mostrar objetos
más pequeños. Se adentraron 1500 kilómetros en el Atlántico Norte y rastrearon
la zona donde se encontraban los catorce lugares ya identificados el año
anterior, y los fueron comprobando uno por uno. Se examinaron trece de los
catorce objetivos. Entonces ocurrió el desastre. El cabrestante que lanzaba y
recuperaba el Deep Tow se rompió antes de terminar la exploración. El equipo de
investigadores no sabría determinar si precisamente en ese punto bajo el agua
se encontraban los restos del Titanic. «Se puede decir que vislumbramos lo que
era el yacimiento del Titanic. Vimos el paisaje. Pero hasta que no se tiene un
identificador, no son más que elementos acústicos», explica Bill Ryan, del
Observatorio Geológico Lamont-Doherty, miembro en aquella expedición.
Entonces
Ryan decidió utilizar otro elemento del equipo que había financiado Grimm: el
sistema de vídeo en color de profundidad. Este vehículo estaba diseñado para
grabar al Titanic en vídeo, si lograban encontrarlo. No enviaba imágenes al
barco, pero sí podía grabarlas para un posterior visionado. Durante los cuatro
días de regreso a la costa, el equipo revisó las imágenes captadas. Detectaron
un enorme objeto curvo. «Mi reacción fue “hemos encontrado una enorme roca
glacial” pero Grimm gritó “es la hélice”», recuerda Bill Ryan.
Hasta
dos años después Grimm no organizó otra expedición. Era 1983 y la misión volvió
a fracasar en su intento de confirmar la existencia de la hélice. Las tres
expediciones de Grimm en los años ochenta estuvieron muy cerca de conseguir ver
el Titanic, aunque no fue posible. Sin embargo, dejaron una gran contribución a
la ciencia: el fabuloso equipo que utilizaron, gracias al cual se iluminó y se
pudo ver por primera vez el lecho marino con gran precisión.
§.
El gran descubrimiento
El 1
de septiembre de 1985, el doctor Robert Ballard y su equipo del Instituto
Oceanográfico Woods Hole realizaron el mayor descubrimiento de la historia
marítima: detectaron objetos cotidianos de los 2.200 pasajeros del Titanic,
reliquias que habían estado ocultas en la fría oscuridad del Atlántico durante
setenta y tres años. Su localización fue posible gracias a la nueva tecnología
utilizada.
Desde
años atrás, los científicos, ingenieros y técnicos de Woods Hole trabajaban en
un concepto que estaban convencidos abriría el mitificado fondo marino a los
ojos del mundo. Lo llamaron telepresencia y se basaba en llevar videocámaras a
las profundidades oceánicas. En 1982, la Oficina para la Investigación Naval de
EE. UU. contribuyó con 2.800.000 dólares al desarrollo de esta tecnología, en
especial del Argos, bautizado así por el mítico barco que llevó a los
argonautas en su búsqueda del vellocino de oro. A cambio, el equipo del doctor
Ballard tenía que ayudar a la Marina estadounidense a localizar dos submarinos
perdidos: el USS Thresher, hundido en 1963, y el USS Scorpion, que había
naufragado cinco años después a 400 millas al sudoeste de las islas Azores. La
Marina quería que Robert Ballard usara la nueva tecnología para conocer el
estado de los submarinos hundidos y la situación de sus reactores nucleares,
una misión clasificada como secreta.
Así,
con financiación adicional de la Marina, los ingenieros y técnicos de Woods
Hole comenzaron a trabajar en el Argos en 1982. Este armazón de 1800 kilogramos
y del tamaño de un automóvil, con tres cámaras de visión nocturna y sonar,
daría un salto cualitativo en la grabación de imágenes en las profundidades. En
1984, el Argos se estrenó en una misión secreta con el USS Thresher. Gracias a
las imágenes captadas desde la superficie, se vio que el submarino estaba
destrozado, completamente aplastado, en el fondo marino.
Una
vez cumplida esta misión, la idea de Ballard era adentrarse aún más en el
Atlántico para llegar al Titanic. Pero Woods Hole es una institución científica
y la dirección no estaba convencida de que buscar el Titanic, o cualquier nave
naufragada, fuera un uso adecuado de sus recursos. Además, era peligroso. Así
que antes Ballard tuvo que convencer a los directivos del Instituto de que
buscar el Titanic sería la mejor forma de probar su nueva tecnología y de
encontrar ayuda internacional. Al poco tiempo, el Instituto Francés para la
Investigación y Exploración del Mar, o IFREMER —el equivalente europeo al WHOI—
se unió a la búsqueda.
La
idea era que, primero, los franceses tenían que encontrar el pecio con su sonar
y, después, irían los ingenieros de WHOI a tomar imágenes. La primera parte de
la expedición se puso en marcha el 24 de junio de 1985. El científico de
IFREMER, Jean-Louis Michel comenzó la búsqueda del Titanic a bordo del barco de
investigación galo Le Sirve y con su nuevo sonar acústico remolcado SAR: un
sonar de barrido lateral que permitía rastrear hasta los seis mil metros de
profundidad; eso es lo que lo hacía tan innovador. Se empleó el SAR
directamente sobre el objetivo no explorado por Jack Grimm, pero al sumergirse,
el detector de metales que incorpora el sonar se disparó. La máquina necesitaba
ajustes, no funcionaba bien y regresaron a tierra.
Días
más tarde, el 12 de agosto, Ballard y Michel se unieron a la parte
estadounidense de la búsqueda en el barco Knorr, que zarpó del puerto de Ponta
Delgada, en las Azores. Pero antes de ir a la búsqueda del Titanic, de nuevo
Ballard debía cumplir un encargo de la Marina de Estados Unidos: la
investigación del otro submarino nuclear, el USS Scorpion, hundido 400 millas
al sudoeste de las Azores. Las cámaras del Argos permitieron captar que, a
diferencia del otro submarino, el Scorpion estaba prácticamente intacto en el
fondo marino.
Finalizada
esta misión secreta, el 24 de agosto, el Knorr, repleto de expectantes
científicos e investigadores galos y estadounidenses, llegó cerca de la zona
donde la búsqueda francesa había cesado. Ballard estaba convencido de que el
vídeo era mejor herramienta de búsqueda que el sónar. Pero pasaron los días sin
que encontraran nada. A tan sólo cuatro días de su regreso a casa parecía que
el Titanic había vuelto a esquivar a otra decidida y preparada expedición de
búsqueda. La tripulación estaba bastante desanimada. Entonces, a medianoche,
recién estrenado el 1 de septiembre, todo dio un vuelco: se empezaron a
detectar pequeños objetos en el fondo del mar. «Eran fragmentos de cosas muy
angulares. Y ocurrió, según demostró la historia, que las primeras imágenes que
obtuvimos fueron de las calderas, con un patrón muy reconocible de remaches en
la parte frontal», recuerda Catherine Offinger, navegante del Knorr. No había
error: el objeto era una caldera de un barco de vapor de principios del siglo
XX, pero todavía no se había conseguido captar la imagen para mostrar al mundo
el misterioso barco.
Maniobrar
el trineo, que es como llamaban al Argos, no era fácil, ya que podía quedar
atrapado en el pecio. La mayor dificultad que había que sortear eran los cables
que soportaban las gigantescas chimeneas del Titanic. «Las chimeneas —explica
Ballard— se habían desprendido, y con ellas todo el aparejo. Afortunadamente,
porque así teníamos la cubierta despejada. Estábamos llevando a cabo un trabajo
que nadie había hecho antes y sabíamos que teníamos lo último en tecnología. Lo
llevamos al límite y salimos indemnes. Allí estaba. No era un montón de
chatarra donde sólo se identifican algunas de sus partes. Estábamos ante el
Titanic».
Esperaban
encontrar el Titanic de una pieza, pero en medio del navío hallaron una confusa
masa de hierros retorcidos. Fue una sorpresa porque sólo un superviviente de la
noche del naufragio —el joven Jack Thayer— narró este hecho, y tenía razón. El
barco se había partido en dos entre la tercera y la cuarta chimenea, y ahora
yacían a 600 metros de distancia una de otra. Esas imágenes submarinas lo
confirmaban.
El 2
de septiembre de 1985, el equipo de investigadores, ante la posibilidad de que
el mal tiempo dañase el Argos, decidió continuar con un nuevo aparato de
investigación geológica submarina, el Angus, que fue sumergido bajo el Knorr.
En lugar de grabar vídeo tomaba imágenes en 35 milímetros, fotografías que sólo
podían revelarse a su regreso al barco. El Angus tomó miles de fotografías,
incluida la primera imagen de cerca de los restos del naufragio. Y la noticia
del hallazgo del Titanic apareció en la portada de todos los periódicos del
mundo.
§.
Bajar al fondo del mar
Al
año siguiente, Ballard y su equipo regresaron, en el Atlantis II, con la
intención de ver directamente las cosas por sí mismos y no a través de imágenes
captadas con cámaras. Bajaron hasta el mismo pecio mediante un submarino
especial, un vehículo de inmersión a gran profundidad, el Alvin, propiedad de
la Marina de EE. UU. pero operado por el WHOI. Además, contaban con el
prototipo de una pequeña sonda robótica diseñada para entrar en los tubos
lanzatorpedos del submarino nuclear hundido Scorpion y así examinar el estado
de cualquier arma nuclear activa que estuviera aún a bordo. El diminuto robot
fue llamado Jason Jr. y se unió al Alvin por una amarra. La idea era permitir
al sumergible enviar una cámara a zonas y espacios de difícil acceso o que
implicaban riesgo. Era una especie de «ojo que nada» para moverse dentro del
pecio.
A
las 8.30 horas de la mañana del día 13 de julio tuvo lugar la primera
inmersión; bajaron Robert Ballard, el piloto Ralph Hollis y el copiloto Dudley
Foster. Pero todo salió mal: se produjo una vía de agua en las baterías
bastante peligrosa, debido a la mezcla de agua salada con el ácido de las
baterías. Después, se perdió el sónar y tuvieron que moverse por el fondo
marino a ciegas. «Sólo veíamos unos doce metros por delante, por eso fue una
sorpresa cuando lo encontramos», cuenta Foster. «Nos hundíamos y estuvimos allí
como doce segundos, pero fue suficiente», recuerda Ballard.
En
total se hicieron doce inmersiones, la mayoría con gran éxito. Entre todos los
datos e imágenes compilados por los técnicos de WHOI destaca un documento
clave: una imagen-mosaico creada a partir de cien fotos seleccionadas de entre
las 57.000 tomadas por el dispositivo fotográfico Angus. Proporciona una visión
imposible de captar de otra forma porque no hay modo de iluminar la enorme
estructura en la oscuridad de 4000 metros de profundidad. Justo después de
aquellas expediciones al Titanic, el barco Atlantis II volvió a zarpar con
Alvin y con el robot Jason Jr. Fueron a explorar el Scorpion y el Thresher,
pero la prensa nunca lo supo.
§.
Los cazadores de tesoros
En
otoño de 1986, su posición ya no era un secreto, pero el Titanic continuaba
encerrando muchos misterios y, sobre todo, muchos objetos que gente de todo el
mundo mostraba interés por ver. El atractivo de este legendario barco parece
irresistible. Así, mientras los científicos del Instituto Oceanográfico Wood
Hole abandonaban el lugar porque para ellos ya no había nada más que
investigar, en 1987 el equipo del Instituto Oceanográfico Francés (IFREMER),
regresó sobre el Titanic con su sumergible de veinte millones de dólares, el
Nautilus —similar al Alvin— con el objetivo de recoger reliquias en asociación
con una empresa creada por inversores internacionales. En esta expedición se
llevaron a tierra cerca de mil ochocientos objetos, algo que fue muy criticado
por los científicos del WHOI por considerarlo una actividad que «carecía de un
fin histórico o arqueológico»; incluso sugirieron que se trataba de un acto de
profanación.
En
1993, la recuperación de reliquias del Titanic ya era un negocio floreciente y
se constituyó la empresa RMS Titanic Incorporated que, un año después, fue
declarada por el juez federal norteamericano Clark depositaria por rescate del
barco, es decir, fue reconocida como la organización con los derechos sobre las
posesiones del Titanic, lo que incluye el derecho a recuperar artefactos del
naufragio. El argumento del juez Clark fue que quería evitar la pelea por el
barco al estar en aguas internacionales, incluso que la gente pudiera llegar a
«matarse entre sí» ante los codiciados tesoros. La orden dictada por el
tribunal de Estados Unidos fue reconfirmada en 1996. Durante las siete
expediciones realizadas en 1987, 1993, 1994, 1996, 1998, 2000 y 2004, RMS Titanic,
Inc. ha recuperado cerca de seis mil objetos. Elementos como el silbato de
vapor de tres toneladas de peso, el mayor construido jamás, han comenzado a
exponerse de forma itinerante. Más de diez millones de personas, desde Londres
hasta Santiago de Chile, han visitado esta exposición y muchos historiadores y
museos empiezan a considerar una buena idea la posibilidad de rescatar más
objetos y estudiar cualquiera de las reliquias obtenidas.
El
largamente ansiado sueño de subir el Titanic a la superficie es prácticamente
imposible. Pero eso no impide que se intente un reflotamiento simbólico, con
avances tecnológicos que permiten la recuperación de piezas de este
impresionante transatlántico cada vez más grandes. En 1996, la compañía RMS
Titanic, Inc. anunció su intención de rescatar ocho de los 269 metros del casco
del barco. Hasta ese momento, sólo se habían recuperado trozos de carbón,
tazas, platos, joyas y otros pequeños objetos para su restauración. La «gran
pieza», como fue apodada, estaba compuesta de acero de entre dos y siete
centímetros de espesor.
El
método para elevarla fue mediante bolsas llenas de gasoil, que es menos denso
que el agua. En 1996, rodeado de atención mediática, un equipo franco-americano
enganchó ocho grandes bolsas a la pieza del casco, cada una con 19.000 litros
de gasoil. La plancha de acero estaba haciendo a la inversa el mismo camino que
ochenta y cuatro años antes cuando, a unos diez metros de la superficie, hubo
que soltar la pieza y dejarla volver al fondo porque un huracán se aproximaba a
la zona. La sección de la cubierta C, de los camarotes 79 al 81, regresó al
fondo del mar por segunda vez. Un año más tarde, el equipo de la RMS Titanic,
Inc. lo intentaría de nuevo. Tras un ascenso de media hora, por fin, una
generosa porción del Titanic —unas 20 000 de sus 46.000 toneladas— conseguiría
lo que el barco completo no logró: llegar a Estados Unidos. Tras ochenta y seis
largos años bajo el mar, fue recibida con una ceremonia al entrar en el puerto
de Boston el 21 de agosto de 1998.
Frente
a los defensores de ir sacando objetos del fondo del mar para exponerlos se
encuentran los partidarios de mantener un Titanic completo en las profundidades
del océano y, por ejemplo, mostrarlo en vídeo o película con el realismo que
permiten la tecnología actual de alta definición, a modo de «visita virtual
subacuática». Esta línea es la que defiende el oceanógrafo del WHOI David
Gallo. «Nuestra sensación —indica— es que sería muy emotivo ver el Titanic
yaciendo en el fondo del mar y tratarlo como un monumento, no como lugar donde
recuperar objetos». Para su descubridor Ballard también es preferible crear
museos submarinos a través de la telepresencia. «La clave reside —asegura— en
que uno quiere visitar el lugar donde ocurrió la historia».
§.
El futuro del delicado pecio
Los
especialistas del Instituto Oceanográfico WHOI continúan, desde 1985, grabando
imágenes que les permitan reunir información para ver cómo ha cambiado el barco
y han demostrado que sus cámaras de alta tecnología funcionan bajo las extremas
presiones a 4.000 metros de profundidad y logran compensar la oscuridad y el
cieno que se levanta al recibir la visita de un sumergible. Esta tecnología es
capaz de enviar imágenes de una definición nunca antes vista. Sin embargo, los
más pesimistas piensan que no importa lo buenas que sean las imágenes: la gente
siempre quiere una visión en vivo de este monumento a la historia. Ya hay
varias organizaciones que hacen visitas al pecio. Desde finales de los años
noventa, cualquiera que pueda permitirse gastar 36.000dólares puede alquilar un
submarino ruso MIR, uno de los pocos capaces de alcanzar la gran profundidad
del Titanic, y descender en él. La perspectiva de multitudes de turistas
visitando el delicado pecio origina la pregunta: ¿ha ido la tecnología
subacuática demasiado lejos?
El
estado general de los restos del Titanic preocupa cada vez más a la comunidad
científica ya que se ha verificado un aumento de la velocidad de corrosión,
pese a la escasa proporción de oxígeno en las frías aguas, debido a las fuertes
corrientes que recorren todo el fondo marino del sector. Nadie sabe con certeza
cuánto tiempo pasará hasta que el Titanic acabe desapareciendo. Se ha podido
comprobar que, tras noventa años, está comido por el óxido y existen evidencias
de que la superestructura es muy frágil. Además, las bacterias del óxido tienen
un particular gusto por los remaches que unen las planchas a la quilla del
barco. «Por eso lo más probable es que el pecio acabe por desmoronarse, quizá
en cinco o diez años», explica el escritor especialista en el Titanic Charles
A. Haas. Por tanto, tan dañino puede ser el paso del tiempo como el aumento de
actividad y de visitas.
Lo
que es seguro es que, incluso después de noventa años, la gente continúa
sintiéndose atraída por el Titanic. Algunos han invertido fortunas y otros han
arriesgado su reputación e incluso su vida. Desde las primeras imágenes en
blanco y negro hasta la claridad de las de alta definición actuales y la
increíble tecnología que logra reconstruir lo que pasó y llevarnos al pasado,
aún permanecemos atrapados en la historia del Titanic que sigue
reescribiéndose, año tras año, por quienes están dedicados a investigarlo. El
propio yacimiento es un monumento en memoria de aquellos que murieron.
9.
Los gemelos del Titanic
Los
grandes transatlánticos Olympic, Titanic y Britannic nacieron en la primera
década del siglo XX, cuando este tipo de majestuosas embarcaciones dominaba el
mundo. Los tres barcos, casi idénticos, tuvieron una existencia extraña y un
final trágico. Incluso se llegó a hablar de naves marcadas por la desgracia. El
final del Titanic y del Olympic está claramente documentado. Sin embargo,
tuvieron que pasar más de sesenta años antes de que Jacques Cousteau y su
equipo de intrépidos exploradores submarinos desvelaran qué ocurrió el 21 de
noviembre de 1916, cuando el barco hospital Britannic explotó misteriosamente y
se hundió en menos de una hora, en el canal Kea, en el Mediterráneo oriental.
Se esperaba que los restos encontrados por la expedición en diciembre de 1975
pudieran responder a los muchos misterios que rodeaban el naufragio y poder así
escribir el capítulo final del Britannic y sus famosos gemelos, los
transatlánticos Olympic y Titanic. Pero el puzle no pudo completarse hasta los
años noventa.
En
1910, la oleada de inmigrantes que se dirigían al Nuevo Mundo convirtió los
transatlánticos en un buen negocio. El tamaño de los barcos que surcaban el
Atlántico Norte era enorme. Los armadores de la época querían espacio
suficiente para el incesante flujo de pasajeros deseosos de llegar a Estados
Unidos, pero también pretendían que fueran naves lujosas. Sabían que este tipo
de viajeros los enriquecería, aunque la situación no iba a ser eterna: la
mayoría de los inmigrantes no regresaba y realizaba sólo un viaje en la vida.
La verdadera riqueza, los ingresos seguros, provenían de los acaudalados
pasajeros de primera clase que atravesaban regularmente el océano por negocios
o placer. En aquellos años, para atraer a esos clientes, las compañías de
transatlánticos, como Cunard Line y White Star Line, competían ferozmente por
construir los barcos más grandes, rápidos y lujosos.
§.
La rivalidad en el Atlántico
La
Cunard dominaba el negocio de pasajeros en el Atlántico y era una de las
compañías más importantes del mundo. Consecuencia de la batalla por mantener
esa supremacía y ante el temor del gobierno británico de perder el control de
su flota mercante a favor de la International Mercantile Marine Company del
financiero norteamericano J. P. Morgan, gobierno y armadores se pusieron de
acuerdo para construir dos transatlánticos rápidos: el Lusitania y el
Mauritania. Su entrada en servicio en 1907 supuso una amenaza para la White
Star Line, la naviera que hasta entonces había tenido los barcos más suntuosos
del Atlántico Norte. Su flota quedaba deslucida con la presentación del
Lusitania y «para la Cunard supuso una gran ventaja sobre la White Star Line
porque su nave era la más nueva, la más grande y la más rápida en surcar los
mares. Tenía más servicios que ningún otro barco del mundo y atrajo a ricos e
influyentes de ambos continentes», cuenta el historiador marítimo Eric Sauder.
El Lusitania y el Mauritania desplazaban 30 396 toneladas, tenían una eslora de
aproximadamente 232 metros, con velocidad máxima de 26,4 nudos y una potencia
de 70.000 caballos.
En
1902, J. Bruce Ismay se convirtió en el director de la compañía White Star. A
partir de 1907, y junto a lord James Pirrie, en un intento por romper el
dominio de la Cunard, decidieron diseñar los barcos más grandes y lujosos y
dejar de competir en velocidad con sus rivales para pasar a concentrar sus
esfuerzos únicamente en la comodidad, la fiabilidad y el precio de sus
operaciones. «A Ismay y a lord Pirrie sólo les preocupaba concebir grandes
barcos, de 45 000 toneladas, a los que se denominó clase Olympic, y que serían
los mayores del mundo, con diferencia», explica el historiador naval y escritor
John Maxtone Graham. El nombre de esos grandes barcos eran: Olympic, Titanic y
Gigantic, este último pasó a llamarse Britannic después de la catástrofe de su
hermano gemelo.
En
1908-1909 comenzó en los astilleros Harland & Wolff, en Belfast (Irlanda
del Norte) la construcción del Olympic y del Titanic. Era el inicio de los
supertransatlánticos y la primera vez que se construían simultáneamente y en el
mismo astillero dos barcos de este tipo. El Olympic fue el primero en
completarse. Se botó en los astilleros de Belfast el 20 de octubre de 1910 y
sorprendió por su tamaño y opulencia. Con 30 metros por encima de su rival más
cercano, en esos momentos ostentó con orgullo el título de barco más grande del
mundo. En comparación, el Lusitania y el Mauritania, de la compañía Cunard,
parecían barcos de juguete. Además, su interior contaba con un lujo y unas
instalaciones nunca vistas hasta entonces: gimnasio, baños turcos, cafés parisinos…
todo lo necesario para atraer a los pasajeros influyentes que viajaban con la
Cunard. A todo ello se unieron unas novedosas medidas de seguridad, como las
puertas herméticas eléctricas, que lo convertían en uno de los transatlánticos
más seguros del mundo. Su viaje inaugural hasta Nueva York fue todo un éxito.
El
Olympic tuvo su primer problema durante el quinto viaje, cerca de Southampton,
rumbo a la isla de Wright. Atravesando los estrechos canales de la zona, el
barco fue adelantado por un buque de guerra, el HMS Hawke, que llegó a
colisionar con el gigantesco transatlántico. Su proa rasgó un costado del
Olympic, destrozando un grupo de camarotes de segunda clase. El accidente
ocurrió a la hora de la comida, cuando la mayoría de los pasajeros estaban en
los comedores y, milagrosamente, nadie resultó herido. «Culparon al Olympic del
incidente porque dijeron que iba demasiado rápido. Pero en la zona ya se habían
producido otros accidentes entre transatlánticos y barcos de guerra demasiado
atrevidos y que se acercaban demasiado sin darse cuenta de la enorme succión
que atraía a los barcos pequeños», explica Maxtone Graham. Ambos barcos
quedaron inutilizados tras la insólita colisión. El Olympic sufrió daños
considerables y tardó seis meses en volver a estar operativo. Las reparaciones
exigieron que el personal del astillero Harland & Wolf se retrasase en la
construcción del Titanic. Los juicios determinaron la culpabilidad del oficial
al mando del HMS Hawke por no guardar la suficiente distancia entre ambos
buques.
En
enero de 1912, el Olympic sufrió la pérdida de una pala de la hélice de
estribor y tuvo que volver al astillero en Belfast para su reparación y, de
nuevo, se retrasó la entrega del Titanic. De esos días, marzo de 1912, datan
las únicas fotografías de los dos hermanos juntos: cuando el Olympic fue
entregado, amarró en el muelle de la White Start junto al nuevo Titanic, y los
fotógrafos, que seguían las historias de ambos barcos, los inmortalizaron
juntos.
§.
La mala suerte del Titanic
En
1912, la reputación del Titanic de transatlántico de lujo se extendió por todo
el mundo; ricos y famosos se apresuraron a engrosar la lista de pasajeros,
ansiosos por ser los primeros en embarcar. Para asegurarse de que estos
huéspedes especiales recibieran el impecable servicio que demandaban, el
presidente de la White Star Line desarrolló una estrategia única: cuando estaba
a punto de hacer su viaje inaugural, gran parte de la tripulación del Olympic
se transfirió al Titanic para tener contentos a los pasajeros; muchos de ellos
ya habían navegado en el Olympic y querían ser atendidos por la misma
tripulación y por los mismos camareros.
El
incidente del Olympic y del HMS Hawke, ocurrido un año antes, se olvidó pronto.
Hasta un año después, cuando su hermano más joven sufrió un accidente parecido
en su viaje inaugural. Era el 10 de abril de 1912 y el Olympic se preparaba
para zarpar de Nueva York en un viaje regular cuando, al otro lado del
Atlántico, su gemelo, el Titanic se hizo a la mar. La historia de este viaje es
de sobra conocida, pero el destino estuvo a punto de haber cambiado tras un
incidente a la salida de Southampton: el Titanic tuvo muchas dificultades para
salir del muelle, atestado de otros transatlánticos e, irónicamente, su viaje
inaugural a punto estuvo de no hacerse.
«El
Titanic zarpó y pasó demasiado rápido junto a dos barcos: el Oceanic y el New
York, que estaban amarrados en el muelle, donde se estrechaba el canal. El New
York se soltó de sus amarras y navegó a la deriva a un metro de la popa del
Titanic cuando uno de los seis remolcadores que habían sacado al transatlántico
se enredó con uno de los cabos y tiró de él», relata el historiador naval y
escritor Maxtone Graham. La suerte evitó la colisión. Si hubieran chocado, el
viaje inaugural habría terminado con un simple lamento en Southampton, pero no
fue así.
Superado
el incidente, el Titanic se dirigió al puerto francés de Cherburgo, donde llegó
al atardecer del 10 de abril. Al día siguiente, zarpó a primera hora hacia
Queenstown, en Irlanda, donde embarcaron y desembarcaron pasajeros y correo, y
puso rumbo a Nueva York. El 14 de abril de 1912, el Titanic se enfrentó a su
destino al chocar con un enorme iceberg y hundirse en menos de tres horas. A
750 kilómetros de allí, el Olympic fue uno de los primeros barcos en recibir
las desesperadas llamadas de socorro de su gemelo. Pero estaba demasiado lejos
para acudir en su ayuda.
El
terrible desastre del Titanic causó hondo estupor en la industria naval. El
Olympic fue retirado del servicio y modificado en un intento por hacerlo más
seguro. Algunos de los cambios que hizo la White Star fueron simples
concesiones para que el público no se sintiera mal viajando en una réplica del
Titanic. Las mamparas herméticas se ampliaron hasta diez metros para que
llegaran hasta cubierta. Se añadieron más botes salvavidas, una medida que sí
que era verdaderamente necesaria, porque en el Titanic no hubo los suficientes
botes para salvar a todos los que viajaban en él.
El
tercer hermano: el Britannic
El
casco parcialmente construido del tercer barco de la clase Olympic sufrió las
mismas modificaciones. Además de varias mejoras internas, se construyeron y
diseñaron enormes pescantes en las cubiertas de los que colgaban 46 botes
salvavidas. Con 10 metros de eslora cada uno, eran los más grandes vistos hasta
el momento y tenían espacio suficiente para albergar a todos los pasajeros y la
tripulación. Después de rigurosas pruebas e inspecciones, el tercer hermano de
la flota estaba en condiciones de navegar con una última modificación: «Le
cambiaron el nombre original de Gigantic porque sonaba demasiado pretencioso y
era como tentar al destino. Ese tipo de ostentación pasó de moda cuando
naufragó el Titanic. Y le llamaron Britannic», cuenta Maxtone Graham.
El
Britannic fue botado el 26 de febrero de 1914 con la idea de unirse a la ruta
transoceánica del Olympic, pero la Primera Guerra Mundial alteró para siempre
el destino de los hermanos gemelos del Titanic. Durante la contienda los
transatlánticos se convirtieron en transportes de tropas o en barcos hospitales
para repatriar a los heridos a Inglaterra. La Marina británica requisó los
grandes transatlánticos. Primero fueron decomisados el Mauritania y el
Aquitania, de la compañía rival, Cunard. Después, el Olympic se destinó a
transportar tropas. En noviembre de 1915 le tocó al Britannic. Como el
transatlántico seguía en los astilleros se decidió convertirlo en barco
hospital. Equipado con tanto lujo como el Olympic y el Titanic, sus valiosos
muebles y obras de arte fueron sustituidas por equipo quirúrgico y camas para
3.300 pacientes.
El
Britannic entró en servicio el 23 de diciembre de 1915. Desde principios de año
los aliados se veían envueltos en la desastrosa campaña de Gallípoli. Ésta es
una península en la costa europea de Turquía, donde en abril de 1915 desembarcó
un cuerpo expedicionario aliado (británicos, australianos, neozelandeses,
indios y franceses) en un intento de dominar desde tierra los Dardanelos, el
estrecho que da paso del Mediterráneo al mar de Mármara, para así amenazar a
Estambul. La operación fue un fracaso rotundo: las fuerzas expedicionarias
quedaron atascadas en las cabezas de puente, asediadas por los turcos, que las
sometían a bombardeos y ataques, y sufrieron más de doscientas mil bajas. La
misión del Britannic era evacuar el interminable flujo de soldados heridos a
los hospitales de Mudros, en la isla griega de Lemnos, en el Egeo.
La
zona representaba un gran peligro; estaba repleta de submarinos alemanes que
acechaban en silencio, listos para torpedear barcos desprevenidos. También
estaba llena de minas que se colocaban bajo el agua y eran imposibles de
detectar por los barcos. En principio los capitanes de los submarinos alemanes
no atacaban a los barcos hospitales, claramente identificados, porque así lo
prohibían los tratados firmados hasta el momento. Ambos bandos se adhirieron
oficialmente a la Convención de Ginebra que declaraba que los barcos hospitales
estaban protegidos de ataques, mientras se siguieran ciertas pautas. Así,
además del personal médico del barco, sólo podían subir a bordo soldados
heridos desarmados y debían cambiar sus uniformes por trajes azules del hospital.
Según
algunos historiadores, el Britannic incumplía ocasionalmente las normas
transportando refuerzos médicos militares desde y hacia el frente. Aunque no
era una violación directa de la Convención de Ginebra, el enemigo podía
malinterpretar fácilmente sus actos. En octubre de 1916, un ciudadano austríaco
que estaba siendo expatriado de Egipto a su país natal, afirmó haber sido
testigo del transporte de soldados en el Britannic. Cuando llegó a Austria no
tardó en informar a las autoridades de estas posibles infracciones a la
Convención. Tuviera o no relación con esa denuncia, el caso es que el 21 de
noviembre de 1916 el Britannic se hundió. El barco hospital enfilaba el canal
de Kea para recoger a pacientes heridos en Grecia y, de repente, una gran
explosión sacudió el plácido amanecer. La tripulación corrió a los botes
salvavidas. El capitán viró el barco hacia la costa sin darse cuenta de que ya
se habían lanzado dos botes. La succión generada por las hélices en movimiento
los arrastró hacia las cuchillas y los destrozó. Hubo 1036 sobrevivientes y
sólo 30 muertos. El Britannic se hundió en tan sólo cuarenta y cinco minutos,
así que pudieron morir muchos más; incluso la tragedia podría haber sido mayor
si el barco sanitario en lugar de dirigirse a Mudros para recoger a los
heridos, hubiera estado de vuelta. «Entonces, hubiera superado con creces el
número de muertos del Titanic», indica Maxtone Graham. La White Star había
perdido su segundo transatlántico de lujo y otro gigante de los mares se
transformaba en leyenda.
A
pesar de las mejoras hechas en el casco del barco, el Britannic se hundió en
menos de una hora, casi tres veces más deprisa que el Titanic, y aunque los
supervivientes fueron rescatados, los rumores y preguntas sobre el naufragio no
se hicieron esperar. Todos se cuestionaban por qué se sumergió tan rápido y, lo
que es más importante, qué provocó la explosión inicial. «Corrieron rumores
—explica el asesor técnico naval Bill Sauder— de que fue víctima de un torpedo
alemán. El Lusitania se había hundido sólo un año antes. Y aunque los alemanes
habían prometido no seguir torpedeando barcos, nadie les creyó». Hubo un cruce
de acusaciones entre británicos y alemanes. El corresponsal del periódico The
Times acusó a Alemania de hundir el Britannic para deshacerse de un barco que
podría resultar un gran competidor en el tráfico de pasajeros después de la
guerra. Berlín respondió sugiriendo que el Britannic transportaba personal
médico de combate incumpliendo la Convención de Ginebra. «Mandaron un
comunicado al London Times declarando: “No hundimos deliberadamente el barco
pero sospechamos que llevaba gran cantidad de personal militar a bordo”. Fue
suficiente para suscitar muchos interrogantes», señala Simon Mills, escritor y
propietario de los restos del Britannic.
La
precipitada investigación de la Marina inglesa hizo poco por acallar los
rumores. El informe final declaraba que los efectos de la explosión podrían
deberse a un torpedo, pero se inclinaba por que fuera una mina. Simon Mills
comenta: «El informe sobre el Britannic, si lo comparamos con la investigación
del Titanic, nunca se completó. Los funcionarios británicos encargados de
investigar la pérdida del barco tuvieron muchos problemas. Los supervivientes
fueron dispersados y repatriados rápidamente. Había pocos testigos y el informe
oficial publicado dos días después fue muy básico».
A
pesar de la controversia, el naufragio del Britannic desapareció pronto de la
conciencia popular. El emperador austríaco Francisco José I de
Habsburgo-Lorena, marido de la famosa emperatriz Sissi y el soberano que había
iniciado la Gran Guerra al declarar la guerra a Serbia, había muerto tras casi
setenta años de reinado y los titulares de la época se centraron en tan
dramático hecho. Fue necesario que pasaran más de sesenta años antes de que el
Britannic volviera a acaparar las portadas de las revistas y periódicos y se
revelara los muchos secretos que se había llevado a las profundidades.
§.
El destino final del Olympic
Al
contrario que sus hermanos, el Olympic navegó durante casi veinticinco años,
entre 1911 y 1935. En mayo de 1918, durante su vigésimo segunda misión, el
Olympic se hizo famoso por ser el único transatlántico capaz de hundir un
submarino alemán. Por muy increíble que pareciera, y aunque el barco no era muy
maniobrable, embistió a un submarino, el hundimiento fue el final épico de su
carrera militar. Unos meses después, Alemania se rindió y el Olympic regresó a
sus rutas comerciales habituales. Nunca recuperó su fama anterior a la guerra,
pero continuó surcando los océanos varios años más, con sus apodos: ElViejo
Confiable, El Gran Señor del Atlántico Norte y El Fiable. Pero el 15 de mayo de
1934 ni siquiera él pudo escapar a la maldición de los gemelos del Titanic.
Llevaba
más de dos décadas en activo, y el paso del tiempo se notaba en su estructura y
en su mecánica. El 15 de mayo de 1934, a su llegada a Nueva York, el Olympic,
por culpa de la niebla, alcanzó al barco faro Nantucket; lo partió en dos,
destrozando el barco y matando a los siete miembros de la tripulación. El
accidente fue el fin del transatlántico. En medio de la gran depresión, las
compañías White Star y Cunard, entonces ya fusionadas, decidieron que el viejo
barco ya no era rentable. En 1935, sus rutas finalizaron, tras 257 viajes a
Estados Unidos. El barco estuvo en Southampton seis meses, hasta que en
septiembre fue vendido por 500.000 dólares a sir John Jervis, miembro del
Parlamento británico, que tras verse afectado por la depresión de la época lo
vendió como chatarra a Thomas Ward & Sons Ship Breakers en Jarrow, Escocia.
Desmantelado entero y tras subastar más de cuatro mil quinientos objetos de su
interior, acabó sus días. «Fue un fin ignominioso para el transatlántico
promocionado en su día como el más grande del mundo», señala Maxtone Graham. En
la actualidad, los restos de los grandes interiores del Olympic son piezas
sueltas que adornan varios hoteles ingleses.
El
extraño caso de Violet Jessop
En
1911, la joven Violet Jessop, de 23 años, comenzó a trabajar en la White Star
Line como camarera en el Olympic y vivió el primer accidente de este
transatlántico en la isla de Wight, cuando colisionó contra el HMS Hawke. El
incidente no la desanimó lo más mínimo y, después, como camarera de primera
clase, se enroló en el Titanic. Según describió en sus memorias estaba ansiosa
por explorar las muchas mejoras que se habían incorporado en esta nave en
relación con su primer barco. El lujo del transatlántico, sus obras maestras de
ebanistería de Irlanda y Holanda y la larga lista de nombres distinguidos de
pasajeros de primera clase no la defraudaron. Pero no imaginó el trágico
destino de tanta belleza.
Violet
Jessop tuvo suerte: fue uno de los setecientos supervivientes del naufragio del
Titanic. Más del doble perecieron en las crueles y gélidas aguas del Atlántico
Norte. Según explica Maxtone Graham, sobrevivió al hundimiento logrando subir a
un bote salvavidas pero, a último momento, un oficial del barco le entregó un
bebé abandonado en la cubierta. A la mañana siguiente, Violet y el resto de los
supervivientes fueron rescatados por el Carpathia. «Cuando llegó al barco
apareció la madre. Se había salvado subiéndose a otro bote. La madre cogió a su
hijo pero nunca le dio las gracias», cuenta Graham.
Increíblemente,
la valiente Violet Jessop se unió a la tripulación del Britannic en diciembre
de 1915. Había sobrevivido a la colisión del Olympic y al hundimiento de
Titanic; con todo, se presentó voluntaria y fue destinada como enfermera al
tercer barco de la compañía White Star. El 21 de noviembre de 1916, cuando una
gran explosión hizo temblar al Britannic, ella estaba en la cocina; el impacto
la sobresaltó: «De repente, oímos un ruido ensordecedor. Todo el salón se
levantó de sus asientos… Me trajo recuerdos no tan distantes de la noche aciaga
del Titanic. La calma con la que nos enfrentamos a lo que ocurrió me dejó una
impresión que me ha acompañado siempre», explicaba en sus memorias.
Violet
Jessop saltó al mar y fue arrastrada por la succión de las hélices del
Britannic. Un bote salvavidas le golpeó en la cabeza, rompiéndole el cráneo.
Aturdida, la enfermera comenzó a hundirse y, en el último momento, rozó el
brazo de otro superviviente que tiró de ella hasta la superficie. «Cuando la
vida no era ya sino un zumbido, subí a la luz del día. Mi nariz sintió el
chapoteo de las olas. Abrí los ojos a una increíble mortandad, que me hizo
volver a cerrarlos», recordaba en su libro.
Sobrevivir
a estas dos tragedias habría sido suficiente para retirarse de la navegación,
pero Violet Jessop volvió a embarcarse en el Olympic tras el final de la
guerra, con el regreso de la nave a las rutas comerciales, y entró de nuevo en
el servicio de pasajeros en el Atlántico Norte. En 1950, con 63 años, dejó el
mar y se retiró lejos de la costa, a un pintoresco rincón inglés, Great
Ashfield, Suffolk, donde vivió sus últimos días, hasta que en 1971 murió de un
ataque al corazón. Pero antes, en medio de este bucólico entorno, Violet no
pudo escapar a un último encuentro con la maldición del Titanic y sus hermanos.
«Una
noche, Violet estaba en su casa y su teléfono empezó a sonar en medio de una
gran tormenta. Se levantó y cuando cogió el teléfono una voz de mujer preguntó
por ella. Cuando se identificó, la mujer le dijo: “¿Es usted la misma Violet
Jessop que salvó a un bebé en el Titanic?”. Ella contestó: “Sí, pero ¿quién
llama en medio de la noche?”. La mujer se rió y dijo: “Yo soy ese bebé” y
colgó», cuenta Maxtone Graham. «Le dije a Violet que quizá era algún niño del
pueblo gastándole una broma. Pero ella me dijo que era imposible porque nadie
conocía la historia más que yo. Es uno de esos misterios que nunca podremos
resolver».
§.
El hundimiento misterioso
El
Britannic nunca llegó a realizar un transporte de pasajeros; sólo navegó con
tropas y heridos. Y con sus 48 158 toneladas sigue siendo el mayor
transatlántico del mundo que descansa en el fondo del mar. Durante décadas, los
misterios que rodearon su naufragio continuaron intrigando a los historiadores
marinos. En 1975, casi sesenta años después del desastre, el famoso oceanógrafo
Jacques Cousteau decidió localizar los restos del barco. Al principio, Cousteau
no logró encontrar el lugar del naufragio. «No estaban donde dijo el
Almirantazgo. Se convirtió en toda una búsqueda. Se localizó a 12 kilómetros de
donde habían dicho», explica el historiador marítimo Eric Sauder. El extravío
del span style='line-height:150%;font-style:italic'>Britannic por parte del
Almirantazgo británico podría haber sido accidental, pero algunos expertos
señalan que también podría ser intencionado para seguir guardando algún
secreto. Pero ¿cuál?
Cuando
Jacques Cousteau localizó finalmente el Britannic a 130 metros de profundidad,
recostado sobre estribor, se sorprendió de encontrarlo en un excelente estado
de conservación en el fondo del mar. «Cuando un barco se hunde, comienza a
deteriorarse, pero el Britannic seguía casi igual que el día que se hundió»,
indica Eric Sauder. En los meses siguientes, el equipo de Cousteau usó la
última tecnología submarina para explorar el barco fantasma. Cuando bajó al
barco, descubrió graves daños a babor, junto a proa, justo bajo la cubierta. El
alcance y localización de la destrucción desconcertó a algunos expertos. Era
mucho mayor de lo que esperaban si hubiera sido causado por una simple mina o
un torpedo, provocando la especulación sobre una segunda explosión, esta vez
desde dentro del barco. Esa teoría acrecentó los rumores de que el Britannic
llevaba armas para los ingleses. Sin embargo, para el historiador marítimo
Sauder sólo fue el resultado de un gran impacto causado al chocar con el fondo
marino: el barco golpeó con el morro y las placas de acero salieron despedidas.
Sin
embargo, la profundidad de la tumba marina del Britannic no permitió que
Cousteau completara la investigación del naufragio. «Debido a las limitaciones
técnicas de la época, Cousteau sólo pudo pasar cinco minutos en el fondo. Para
un barco de 270 metros, no es tiempo suficiente para explorarlo
convenientemente», afirma Eric Sauder. El equipo de Cousteau salió del lugar
con más preguntas que respuestas.
En
1995, esperando encontrar lo que Jacques Cousteau había dejado sin explicación,
el doctor Robert Ballard y su equipo del Instituto Oceanográfico Woods Hole,
famoso descubridor del pecio Titanic en 1985, regresó al lugar con un gran
despliegue de equipos de nueva tecnología: llevó un submarino nuclear y dos
vehículos por control remoto que podían examinar diferentes partes del barco al
mismo tiempo. Bajó al pecio con los robots submarinos y localizó sus cuatro
chimeneas, pero no exploró su interior.
Las
cámaras de control remoto grabaron detalles inéditos del gigante
transatlántico. Varias imágenes revelaron que había un gran número de ojos de
buey abiertos. Entonces, los historiadores comenzaron a preguntarse por qué se
dejaron así y si podrían haber ayudado al rápido hundimiento del Britannic. La
explicación que da Simón Mills es sencilla: «El personal de enfermería dejó
abiertas las ventanillas para airear las salas. Si hubieran estado cerradas,
quizá el barco se habría salvado». También para Bill Sauder esta situación fue
el verdadero motivo de tan rápido hundimiento. «Todos los ojos de buey abiertos
dejaban pasar entre una tonelada y tonelada y media de agua por segundo. El
Britannic se hundía 1 centímetro por cada 75 toneladas de peso añadido. No sólo
tuvieron que enfrentarse a los daños, sino también a la inundación provocada
por los ojos de buey abiertos», explica.
Sin
embargo, una prueba se le escapó al equipo de Robert Ballard: no pudieron
encontrar el ancla en la que estaría fijada la supuesta mina culpable del
desastre. Era la prueba que proporcionaría una respuesta concreta a la pregunta
más inquietante sobre el Britannic. ¿Lo hundió una mina o un torpedo alemán?
«La mayor parte de las investigaciones gira en torno a documentación histórica
en vez de a análisis forenses de los restos. Así, basándonos en la
documentación, se puede decir que fue una mina», asegura Bill Sauder. En esta
misma línea son las conclusiones de Simon Mills y Maxtone Graham: «El Britannic
chocó contra una mina y se hundió».
En
2003, Carl Spencer dirigió el primer equipo que entró en el interior del pecio
y documentó los restos del naufragio. También descubrió varias anclas de minas
alemanas en el fondo del mar. Con cada exploración, encajaban nuevas piezas del
puzle del Britannic. «Según pudo comprobar uno de los submarinistas que entró
en el barco, donde estaba el daño de la mina, una puerta estanca no estaba
cerrada del todo y eso contribuyó al naufragio», indica Eric Sauder. Un buque
como el Britannic podía navegar con varios compartimientos inundados, pero el
agua no pudo ser contenida porque muchas compuertas herméticas se dañaron y no
se pudieron cerrar.
Algunos
investigadores creen que el mar nunca revelará todos sus secretos y que la
verdad tras las historias del Britannic y sus hermanos, el Olympic y el
Titanic, seguirá rodeada de un halo de misterio. Otros lo rebaten afirmando que
la verdad es conocida por todos; que los tres barcos fueron desafortunadas
víctimas en la eterna batalla del hombre por doblegar al implacable mar.
Capítulo
3
Fenómenos
inexplicables
Contenido:
10.
Pirámides: El misterio de su construcción
11.
El misterio del Triángulo de Las Bermudas
12.
Alaska y su Triángulo de las Bermudas
13.
El Roswell ruso
14.
El Enigma de los círculos de cosecha
15.
Cazadores de extraterrestres
10.
Pirámides: el misterio de su construcción
Durante
más de cinco mil años, las colosales pirámides y los formidables obeliscos
levantados por los faraones egipcios han asombrado al mundo. Estos monumentos
representan una proeza técnica de tal magnitud que arqueólogos y científicos
aún siguen buscando claves constructivas que expliquen cómo se levantaron. Para
los historiadores resulta terriblemente frustrante que los egipcios no
registrasen nada en este sentido. Conocen todos los detalles de su
civilización: saben cómo araban el campo, lo que comían y cómo lo preparaban;
pero no han encontrado representación alguna sobre la construcción de estas
maravillas arquitectónicas, consideradas el mayor monumento del mundo antiguo y
uno de los mayores misterios de todos los tiempos. En este sentido, la doctora
californiana Maureen Clemmons no comparte la teoría sobre la construcción de
las pirámides defendida hasta ahora por prácticamente todos los egiptólogos: la
idea de miles de esclavos trasladando gigantescas piezas de piedra mediante
rampas de madera, arena y ladrillo no le parece muy creíble. Para ella, ese
trabajo representa un esfuerzo tan titánico que difícilmente pudo llevarse a
cabo. Por eso, ha elaborado su propia hipótesis, que se basa en el
aprovechamiento de un elemento tan natural como el viento. Ahora toda la
comunidad científica considera verosímil que los constructores del Antiguo
Egipto utilizasen la energía eólica.
Los
antiguos egipcios eran marinos, y se servían de la fuerza del viento para
navegar por el río Nilo. De hecho, el uso de la energía eólica comenzó en esta
zona del planeta, pues es aquí donde se inventó la vela en una fecha anterior a
3500 a. C. Se cree que el egipcio fue el primer pueblo del mundo que consiguió
dominar el viento para propulsar sus barcos. No resulta, por tanto, aventurado
pensar que pudieran aprovechar la misma técnica de navegación para aplicarla
también en tierra. En 1997, la doctora estadounidense Maureen Clemmons,
convencida de ello, se opuso por primera vez a las convicciones tradicionales
acerca de la construcción de los grandes monumentos del Antiguo Egipto. Con una
persistencia ejemplar, se planteó un objetivo: demostrar que esa civilización
utilizó el viento para realizar sus proyectos de ingeniería. Así, lo que
comenzó siendo un experimento científico poco relevante, ha recorrido un largo
e interesante camino de pruebas y experimentos hasta convertirse en una teoría
más entre las muchas que se barajan en torno a las grandes pirámides. Y es que
no es tan sencillo, ni siquiera con los materiales y el conocimiento actuales,
levantar y trasladar una piedra de 11.000 kilos con la única ayuda de una
cometa.
§.
Un experimento humilde como punto de partida
Maureen
Clemmons no es ni egiptóloga ni arqueóloga, pero su pasión por la ciencia la ha
llevado a poner del revés los planteamientos convencionales con su innovadora
tesis doctoral. Por eso afirma con rotundidad: «La teoría más extendida es la
del trabajo manual y el uso de rampas. Yo estoy convencida de la inteligencia
de los egipcios, y pienso que utilizaron rampas, trabajo manual y, también,
cometas. No creo que una cosa excluya las otras. Creo que nuestra hipótesis
incide en las teorías actuales y las fortalece».
El
primer problema para la doctora Clemmons fue trasladar sus conjeturas del papel
a la práctica. En 1997, rodeada de familiares y amigos, ensayó su teoría por
primera vez. Intentó levantar un tronco de secuoya de 3 metros de largo con la
única ayuda de dos cometas y los vientos californianos de Santa Ana. Se trataba
de ponerse en el lugar de los antiguos constructores de pirámides: ¿qué
materiales tenían los egipcios? ¿Con qué tecnología contaban? Si estuviéramos
en su misma situación, ¿cómo utilizaríamos los elementos disponibles?
Los
egipcios tallaban sus obeliscos en una sola pieza. Eran pilares finos, en forma
de aguja. Creían en el carácter sagrado de estos objetos y los construían por
parejas para los templos del dios solar. Su aspecto y su diseño evolucionaron a
lo largo del tiempo. Los esbeltos obeliscos del Imperio Nuevo son muy
diferentes de los primitivos, de menor tamaño, construidos siglos atrás. Como
Mauren Clemmons y su equipo, parece que los egipcios también comenzaron con
obeliscos pequeños. Los primeros pesaban unos doscientos kilos.
En
California, el experimento con troncos de secuoya significó un humilde
comienzo, pero supuso el primer paso de un viaje de siete años de duración y
fue lo suficientemente importante como para que una investigadora
«extraoficial» atrajera la atención de otros estudiosos, entre ellos unos
ingenieros aeronáuticos de gran renombre y prestigio, como Hans Hornung,
director del laboratorio aeronáutico del Instituto de Tecnología Caltech, en
California. «Al principio nos sorprendió la idea tan extravagante de la doctora
Clemmons y fuimos reticentes, pero ella sólo nos preguntaba si eso era
posible», afirma. Maureen Clemmons fue muy persistente: «Respiré hondo, llené
mis pulmones de aire. Creo que estuve veinte minutos sin respirar a la espera
de una respuesta. Y cuando terminé vi que estaban haciendo ecuaciones sobre una
servilleta. Dijeron que lo único que necesitaban para levantar un obelisco de
cien toneladas eran: seis minutos y cuarenta y siete segundos», recuerda.
En
1999, el prestigioso Instituto Tecnológico de California (Caltech) firmó con
ella un acuerdo: había nacido el proyecto Cometa. La doctora Clemmons pudo
reunir un grupo de expertos en diferentes campos llamado a abordar uno de los
mayores misterios de la antigüedad: el doctor Mory Gharib, profesor de
aeronáutica; Daniel Correa, supervisor para la construcción; el estudiante de
aeronáutica Emilio Graff; el especialista en el desplazamiento de cargas
pesadas Troy Chaput; la doctora Elizabeth Barber, experta en tejidos, y hasta
contó con un meteorólogo de la NASA, Edward Teets.
§.
El proyecto cometa
El
objetivo de Clemmons era levantar dos obeliscos y mover piedras del tamaño de
las utilizadas en la construcción de las grandes pirámides. El lugar elegido
para los experimentos de campo fue el desierto de Mojave, en el sur de
California. Primero se probó con los obeliscos que, debido a su enorme peso y a
su forma de aguja, suponían un reto mayor. El profesor de aeronáutica Mory
Gharib lo explica así: «En un objeto en forma de aguja, el centro de gravedad
no está necesariamente en el centro, por lo que son varios los retos que se
presentan cuando se pretende levantar un cuerpo de estas características, tan
grande y pesado».
El
primer obelisco que los investigadores decidieron levantar pesaba tres
toneladas y media, más que una piedra normal de las pirámides. Si lo
conseguían, el siguiente obelisco sería tres veces mayor. El primer paso fue
diseñar un sistema de elevación estable, seguro y, sobre todo, adecuado a lo
que los antiguos egipcios habrían hecho con los conocimientos y materiales de
que disponían. Partieron, por tanto, con dos condiciones previas para el
diseño: primero, que resultara seguro y, después, que se pudiera construir sin
recurrir a elementos de alta tecnología.
En
la práctica, casi todas las teorías se desarrollan a partir de una evidencia
histórica que es comprobada a posteriori, pero en este caso el proceso
evolucionó al revés. El método se conoce como «de orden inverso»: los primeros
ensayos se hicieron con materiales modernos, que paulatinamente fueron
reemplazados por los que utilizaban los antiguos egipcios. «El proceso de orden
inverso tiene una cierta lógica, porque se sabe que los egipcios habían
dominado la fuerza del viento en sus barcos y que tenían materiales como la
madera para el armazón de las cometas, tela para revestirlas y cuerdas para su
manejo. El problema es que no podemos asegurar que los conectaran entre sí»,
afirma el egiptólogo Robert Partridge, presidente de la Manchester Ancient
Egypt.
Los
historiadores saben que para los antiguos egipcios, el viento era mucho más que
una parte de su tecnología: era algo mágico. Amón, uno de los principales
dioses del panteón egipcio, representaba también el viento. A pesar de esa
importancia, según el equipo de investigadores del proyecto Cometa, nunca se
profundizó en las pruebas a favor de su teoría del aprovechamiento del viento
en la construcción de las pirámides. Hasta ese momento, egiptólogos y
arqueólogos sólo habían dirigido su atención hacia un punto preestablecido.
§.
Cometas que trabajan como grúas
En
Tebas, la capital del Imperio Nuevo, la doctora Clemmons trabajó con un
arqueólogo e ingeniero en geología formado en la Universidad de Londres, Colin
Reader. A la sombra de los grandes monumentos intentaron relacionar sus
recientes logros científicos con las pistas históricas y arqueológicas que los
egipcios dejaron tras de sí. Sobre el terreno, su escepticismo creció.
«Necesitaron algún tipo de ayuda. Nuestra credulidad se ve muy forzada si
admitimos que hicieron todo esto valiéndose tan sólo de la fuerza humana. Cómo
encauzaron esa ayuda, de qué se sirvieron… Eso no lo sabemos. Pero exploremos
las avenidas, salgamos al campo, hagamos el trabajo práctico, y veamos qué
descubrimos, porque la respuesta tiene que estar en algún sitio», explica
Reader ante el gran misterio de la construcción de las pirámides.
En
Egipto, antes de las grandes pirámides, antes de los colosales obeliscos, antes
incluso de que los faraones gobernaran el país, era el viento el que imprimía
forma y vida al desierto; un aire fuerte que soplaba siempre en una misma
dirección. Como el cielo nocturno y las crecidas del Nilo, el viento era una de
las pocas constantes en la vida de los antiguos egipcios. El meteorólogo de la
NASA Edward Teets ha analizado los «patrones eólicos» del país y ha descubierto
que se producen regularmente con un ritmo constante de repetición anual.
Los
vientos, sobre todo los del noroeste y nordeste, por la situación del
Mediterráneo al norte de Egipto, se convirtieron en una importante herramienta
para los egipcios, ya que los barcos de vela transformaron su forma de viajar,
comerciar y comunicarse. Por eso, desde una época muy temprana, los egipcios
dominaron este elemento natural y usaron velas en sus barcos para viajar de
norte a sur. De sur a norte no las necesitaban, pues los impulsaba la corriente
del Nilo. No obstante, a pesar de la importancia del río, de la navegación a
vela y del viento, apenas existen testimonios escritos sobre ello, y tampoco
hay pruebas arqueológicas y se conservan muy pocas pinturas al respecto. Pero
se sabe que navegaban a vela y que tuvo que existir una industria.
Al
mirar las velas de un barco, la doctora Clemmons observó que tienen un gran
empuje y que, literalmente, arrastran el barco por el agua. En su
investigación, lo interesante de las cometas fue que no sólo producen empuje,
sino también alzamiento. Esto la llevó a trabajar tridimensionalmente. En los
laboratorios de experimentación del Instituto Tecnológico de California, los
investigadores calcularon el tamaño de las rocas egipcias, así como cuánta
fuerza se podía generar con diferentes velocidades del viento y cometas de
distinto tamaño. «Utilizamos dos sensores para medir la posición de las alas y
un cable principal para medir la fuerza generada por las cometas. Lo primero
que observamos es que la fuerza requerida para alzar el obelisco se vuelve
constante si se aplica verticalmente a lo largo de todo el proceso. Ante un
resultado que nos complace, como éste, siempre se piensa que, probablemente,
estemos en el buen camino», recuerda Emilio Graff, estudiante de aeronáutica en
Caltech y miembro del equipo de investigación.
Pero
no es lo mismo un estudio teórico en laboratorio que la experiencia posterior
en el campo de pruebas. Los ingenieros aeronáuticos demostraron que sabían
mucho de vientos, pero no tanto de cometas. Para su aplicación hubo que
recurrir a Tim Nelson, experto en el vuelo de cometas. Las primeras pruebas no
fueron sencillas y enseguida probaron que, cuando una cometa coge aire y se
hincha por primera vez, se produce una fuerza repentina hasta doce veces más
potente de lo normal. El experimento podría resultar peligroso. « ¿Cuántos
hombres se necesitan para arrancar un gran árbol? El viento puede hacerlo en
segundos. ¿Cuánto cuesta volcar un camión cisterna? El viento lo hace en
segundos. De esta fuerza es de lo que estamos hablando», afirma Maureen Clemmons.
Fue
en esta poderosa fuerza del viento en la que se apoyaron para alzar el primer
obelisco. Sujetaron una cometa de nailon de 140 metros cuadrados a un obelisco
de 3,5 toneladas colocado sobre una plataforma. Un bien pensado entramado de
cuerdas ligado a un sistema de frenado y otro de poleas tiró de la pesada
pieza. Se estudiaron los ángulos con el fin de no desperdiciar ni un ápice de
la fuerza del viento. La estructura debía guiar la piedra hasta ocupar su
lugar. Hasta ese momento todos los materiales usados en el experimento eran
modernos. Había una razón: el proceso de orden inverso. Es decir, empezaron con
elementos conocidos, retrocediendo después a lo desconocido, usando un elemento
cada vez, para estar seguros de encontrar el origen del problema que puede
llegar a presentarse. En la segunda etapa, como los egipcios no tenían nailon
ni acero, los investigadores emplearon materiales similares a los del diseño
original. Es probable que las cometas fueran de lino y que cualquier estructura
que hubiera fuese de madera. Además, tenían cuerdas que podrían haber usado
como tiro.
El
equipo utilizó al principio un sistema de poleas de metal; pero enseguida se
replantearon su uso. Los registros arqueológicos contienen datos de poleas
egipcias, generalmente de tambores o discos muy resistentes de madera. No
obstante, aún existen discrepancias sobre lo avanzado que llegaría a ser ese
sistema de poleas. «Si nosotros las usamos como un complemento mecánico, los
egipcios parece que las usaron como un medio para desviar o cambiar la
dirección de empuje y, también, como retroceso», afirma el egiptólogo Robert
Partridge.
§.
Las teorías más aceptadas
La
edad de oro del levantamiento de obeliscos en el Antiguo Egipto fue hace
treinta y tres siglos, en el Imperio Nuevo. En esa época se alzaron más de
noventa obeliscos para celebrar conquistas militares y honrar a Amón-Ra, el
dios solar. Cómo se realizó el levantamiento de estas monumentales piedras
sigue siendo un misterio y también un objeto de debate entre los historiadores.
El interés reside en que no nos han llegado registros sobre ello, como también
ocurre con las pirámides. No hay indicios de cómo lo hicieron.
La
teoría más ampliamente aceptada es la de los pozos de arena: los obeliscos eran
introducidos en un pozo de arena y, cuando se extraía ésta, bajaban hasta un
pedestal, en el fondo del pozo. En el último momento, se usaban cuerdas para
ponerlos en pie. Así no había problema de que el obelisco quedara colgando
libremente, con toda la presión ejercida sobre este punto, sino que estaba
sujeto y se deslizaba. Era un proceso muy simple y sencillo.
La
aplicación exclusiva de la fuerza bruta es la segunda teoría más aceptada. Pero
desde una perspectiva técnica, la idea de miles de hombres empujando no tiene
un sentido lógico. «Resulta inimaginable que tantos hombres trabajaran al
unísono para mover y colocar las piedras en el sitio previsto», opina el
profesor Mory Gharib y, como él, muchos historiadores.
De
la misma forma que los egipcios dieron un paso adelante con la construcción a
escala masiva, el equipo del proyecto Cometa quiso enfrentarse al gran reto de
incrementar el tamaño de las piedras y, al mismo tiempo, «degradar» su
tecnología hasta ponerla a la altura de la que tenían los faraones. Así, tras
casi dos años de investigaciones y mucha planificación, el equipo de la doctora
Clemmons, en abril de 2001, se preparó para levantar un obelisco de 3,5
toneladas. Sólo utilizaron un andamio y una cometa de 140 metros cuadrados. El
meteorólogo de la NASA Edward Teets se encargó de controlar el viento. Su
puesto era crucial, pues, para que todo funcionara sin problema era necesario
encontrar el momento justo en que la corriente alcanzara la velocidad ideal de
24 kilómetros por hora.
Finalmente,
los 3500 kilos del obelisco se alzaron. Se esperaba que se tardara menos de una
hora, pero costó mucho más y hubo que intentarlo de nuevo. Con los medios de
comunicación pendientes del experimento y con mucha expectación, en la prueba
final la cometa levantó la piedra de 3,5 toneladas en un tiempo récord de 25
segundos. Pero ni siquiera para unos especialistas de principios del siglo XXI
fue tan sencillo como parece que fue para los antiguos constructores de
pirámides. Este primer gran éxito en la primavera de 2001, lo rememora
satisfecho Emilio Graff: «La cifra oficial que salió en la prensa fue de 25
segundos empleados, algo impresionante si se piensa en que se trataba de una
piedra de 3,5 toneladas que finalmente terminó colgada de su estructura como un
péndulo».
§.
El reto de los viejos materiales
La
ciencia siguió trabajando. La doctora Clemmons creía estar muy cerca de
demostrar que los antiguos egipcios usaron el viento para levantar sus enormes
monumentos. Entonces intervino el supervisor de la construcción, Daniel Correa,
para ayudar al equipo a cimentar su éxito. Con la vista puesta en un reto aún
mayor, docenas de nuevos voluntarios se incorporaron al equipo. Durante los dos
meses siguientes, el campo de pruebas del desierto californiano de Mojave se
convirtió en una gran nave de construcción. En su centro, el nuevo obelisco de
cemento, con un tamaño que triplicaba el de su antecesor y un peso de 11
toneladas. Un tamaño todavía pequeño comparado con los obeliscos originales,
que pesaban entre 50 y 455 toneladas. En realidad, los egipcios usaban granito,
pero se trata de una piedra demasiado cara para el experimento. Así que, con el
fin de proporcionar mayor consistencia a la pieza, los investigadores utilizan
cemento reforzado con un enrejado de rebar, un subproducto del acero.
En
su viaje hacia el mundo antiguo, el equipo continuó reemplazando gradualmente
algunos materiales modernos por otros disponibles en el Egipto faraónico. Había
que sustituir las poleas de acero con cojinetes y las cometas de nailon, y se
pusieron manos a la obra para hacer desaparecer cualquier rastro de tecnología
actual. Lo primero en cambiar fue el andamio de metal, pues los egipcios no
conocían el acero y, desde luego, no eran soldadores. Lo más probable es que
utilizaran madera. En la antigüedad importaban de Líbano madera de cedro y de
pino. Por eso, con algunos postes telefónicos fabricaron un andamio en forma de
A y reemplazaron el acero del resto de la estructura. El reto era que la
estructura aguantara la presión de 11.000 kilos.
Por
otra parte, la evidencia arqueológica demuestra que los egipcios usaban cuerdas
de cáñamo. El equipo tuvo que recurrir a los test de laboratorio para que
determinaran su aguante. Primero se probó en seco en una máquina de resistencia
a la tracción, después se aplicó agua. Los datos indicaron que estos cordajes
podían ser efectivos con cargas similares a las que soporta el nailon siempre
que estuvieran mojados. Se evitaba así que los nudos se deshicieran y que la
cuerda se rompiera prematuramente.
La
sensación que provocó este proceso de regresión histórica en todo el grupo fue
de admiración unánime hacia los egipcios: este pueblo desarrolló durante miles
de años un sistema inequiparable para el levantamiento de piedras, que la
maquinaria y la tecnología modernas no han podido igualar en cuanto a eficacia
y pericia. «Nadie ha hecho nada así desde entonces. Ése es el problema.
Nosotros hemos perdido totalmente la tecnología y la destreza que ellos
usaron», indica el egiptólogo Robert Partridge.
Durante
un viaje a Egipto, el análisis de un obelisco inacabado que sigue en su lecho
de roca, abandonado por un desconocido faraón, proporcionó algunas pistas al
equipo de investigación. Si no se hubiera agrietado, habría sido el obelisco
más grande y pesado del mundo. Mucho más ancho que todos los conocidos hasta el
momento, puede que fuera un proyecto demasiado ambicioso, incluso para unos
constructores tan asombrosos como los egipcios, que no consiguieron
transportarlo. Todo el equipo de Maureen Clemmons se trasladó allí. Estaban
seguros de que la investigación de campo, aunque a una escala modesta, los
llevaría a conocer algunas técnicas y herramientas útiles para mover un objeto
tan enorme.
§.
Piedras de hasta ochenta toneladas
Otras
de las teorías convencionales sobre la construcción de las pirámides hablan de
rampas y trineos para el transporte de bloques de piedra de dos toneladas y
media como promedio. Los bloques se subían en un mecanismo formado por trineos
que rodean la pirámide o seguían una sola y larguísima rampa. Algunos cálculos
señalan que para llegar a la cúspide de la Gran Pirámide de Gizeh, teniendo en
cuenta el máximo gradiente para una rampa, tendría que haber medido más de un
kilómetro y medio de largo. Otro problema añadido es que el hombre puede
manejar los bloques pequeños, pero la Gran Pirámide contiene piedras enormes,
algunas de hasta ochenta toneladas, que desafían cualquier explicación
constructiva. Además, los criterios actuales chocan cuando se enfrentan a los
antiguos materiales. Estos grandes bloques debieron suponer un problema
especial para los constructores y no sabemos cómo lo resolvieron.
Las
piedras rectangulares de la pirámide son de manejo más sencillo que el
obelisco, cuya forma geométrica desplaza el centro de gravedad. Sin embargo, el
gran desafío es que las pirámides requieren múltiples movimientos y una
precisión casi inalcanzable. El profesor de aeronáutica Moy Gharib reconoce que
«desde el punto de vista técnico, las pirámides son un reto más allá de lo que
nuestra tecnología puede acometer».
Confiando
en que el alzamiento del obelisco de 11 toneladas daría más claves para
resolver esta cuestión, el equipo regresó al campo de pruebas en septiembre de
2002. Había pasado más de un año desde que levantaron el obelisco de 3,5
toneladas utilizando la fuerza del viento. Por primera vez iban a utilizar una
combinación de materiales modernos y antiguos: la cometa era antigua; las
poleas, de acero; el obelisco era mayor y toda la estructura era de madera.
Dos
expertos en cometas controlaron el tiempo y la estrategia. Para ellos, lo más
acertado era intentarlo después de las tres y media de la tarde, pues al
atardecer los vientos del desierto californiano son más fuertes. Las pruebas no
estaban exentas de peligro. Tenían que estar preparados y no dejar nada al
azar. Para ayudar a la piedra a deslizarse, untaron el trineo con grasa animal.
Pero los investigadores lamentaron esta idea cuando la arena en suspensión se
pegó a la estructura, pues se incrementaba enormemente la fricción. Aunque no
era un equipo de investigadores novatos —ayudados de la fuerza del viento
habían levantado ya un obelisco de 200 y otro de 3.500 kilos—, aprendieron que
todo puede cambiar en un segundo. Mientras trataban de dominar la fuerza del
viento, una racha repentina empujó la cometa hacia el suelo, justo en la
dirección donde se encontraba un espectador. Todo quedó en un susto sin mayores
consecuencias, pero el riesgo era demasiado grande. La tremenda potencia del
viento, sumada a la extraordinaria fuerza de la cometa, habían causado un
herido en las pruebas, y el equipo tenía que evitar que esto se repitiera.
Los
investigadores tuvieron que introducir cambios en su proyecto, y éstos se
inspiraron de nuevo en el mundo antiguo. La doctora Clemmons volvió a su mesa
de trabajo y a los jeroglíficos, y encontró la columna Yed. Se dice que este
pilar, tradicionalmente asociado con el dios Osiris, ayuda a los humanos a
transformarse en seres espirituales en la otra vida. La palabra yed significa
estabilidad. En sus estudios, la doctora observa en su ancha base y en las
estrías que parecen una especie de capitel, una aplicación práctica para la
construcción.
En
la colina Quartz, donde realizaron las pruebas, el equipo se puso manos a la
obra para fabricar pilares inspirados en la columna Yed, pero con postes
telefónicos. Tres pilares reemplazaron a los hombres con el fin de que todo el
sistema fuese más autónomo en su arranque y estabilización. Dos cuerdas
alineadas en paralelo a la dirección del viento aseguraban que nadie corriese
peligro.
§.
Pruebas que conectan dos mundos
En
mayo de 2003, ocho meses después del último trabajo de campo, lo volvieron a
intentar, pero había muchas más cosas diferentes en esta ocasión. Reincidiendo
en la técnica de retrospección histórica, el equipo estaba más cerca que nunca
de conectar su proyecto con el mundo antiguo. El viento racheado alcanzaba los
50 kilómetros por hora y parecía un buen presagio. Ayudaría a levantar la
piedra de 11 toneladas siempre y cuando la cometa no se cayera, porque nunca lo
habían intentado en condiciones parecidas. Ni con tantos cambios como habían
introducido en el experimento: el obelisco era mucho mayor; la torre era de
madera y no de acero; las poleas, también de este material, no llevaban
rodamientos; en vez de cuerdas de nailon usaban cáñamo de dos tipos, trenzado y
enrollado. El único material moderno que quedó fueron el freno de la cuerda y
la propia cometa, confeccionada con nailon, pero con un diseño que llamaba la
atención de los críticos.
Si
los egipcios habían usado cometas, la cuestión era descubrir cómo serían. Lo
más lógico es que utilizaran materiales muy simples, que a su vez producirían
una cometa también muy simple. Sin embargo, los investigadores optaron por una
solución alternativa, aunque inspirada en descubrimientos arqueológicos.
Eligieron un diseño que recordaba a las alas sobredimensionadas del ave que
adorna la cúspide de los antiguos templos egipcios. Su aspecto se parece más a
una cometa que a un pájaro, y, a los ojos de este equipo de investigadores,
demuestra que los egipcios poseían conocimientos de aerodinámica. «Observamos
que su envergadura es relativamente ancha comparada con la longitud del tronco
del ave, lo que conocemos por aspect ratio. Estas alas son las que más se
acercan en el vuelo a los 90 grados», afirma Emilio Graff. En una
representación egipcia, los investigadores intuyeron un sistema de poleas y
ocho hombres tirando de cuerdas, alzando una cometa hasta el cielo. Su
planteamiento es que, aunque no hubiera cometas representadas en el arte
egipcio, esto no significaba necesariamente que no las conocieran.
El
trabajo fue intenso durante todo 2003. En otoño, el equipo trabajó por primera
vez sujeto a un plazo de tiempo. Estaban obligados a terminar su proyecto antes
de que finalizase el año, pero los contratiempos fueron continuos. Estudiaron
la forma de anular la fricción de los materiales y modificaron los rodillos de
madera. Tan sólo necesitaban que la cometa recibiera un poco más de empuje. Sin
embargo, el viento más fuerte planteaba muchas dudas. Necesitaban que alcanzara
40 kilómetros por hora como máximo y en el desierto californiano soplaba a 80
durante los experimentos. No podían arriesgarse a tener algún accidente: si se
les hubiese roto la cuerda de cáñamo, habrían necesitado más tiempo de trabajo
y más dinero. Y no tenían ninguna de las dos cosas. El proyecto no disponía de
fondos propios y los experimentos eran muy costosos.
Entonces,
la doctora Clemmons volvió su mirada a la costa de California. De alguna manera
trataba de encontrar los principios de su teoría en la observación de los
marineros de hoy en día. Buscó pistas sobre las herramientas náuticas usadas
por los antiguos egipcios en los modernos barcos. Encontró una abrazadera, una
engañosa sujeción para cuerdas, que le recordaba un diseño similar que había
visto en los jeroglíficos. Observó que el sistema no sólo agarra, sino que
además, al penetrar, hace presión. Esto la convenció para retroceder otro paso
en la técnica. Encargó a un tallador que moldeara un nuevo freno para la
cuerda, y este elemento se convirtió en el fundamental para el control del
sistema de vuelo de la cometa. Todos los ángulos se pulieron con delicadeza con
el fin de darles el mismo acabado que en el dibujo antiguo.
La
idea tuvo éxito en el trabajo de campo, pero en el mundo de la egiptología no
convenció a todos. Muchos especialistas ya se habían mostrado escépticos ante
la innovadora interpretación del equipo de Maureen, que hablaba de cometas
donde ellos sólo veían alas. Ahora también se sorprendieron. Para ellos, el
diseño en zigzag de los jeroglíficos es sencillamente la interpretación del
agua. «En realidad es un canal, pero se parece mucho a una abrazadera. Yo creo
que se trata de una coincidencia más que de una auténtica conexión entre
ambos», opina Robert Partridge.
Tras
cinco intentos fallidos para levantar el gran obelisco de 11 toneladas, la
moral no decayó. El equipo de Clemmons continuó con sus investigaciones.
Quedaban tres meses para la expiración del plazo dado al proyecto, por lo que
la presión creció. No obstante, Maureen Clemmons no cambió nada en sus
planteamientos. Tan sólo incorporó otra polea al sistema y, finalmente, el
freno. Con ello, aunque de forma parcial, se consiguió levantar unos metros la
piedra de 11.000 kilos mediante la fuerza del viento y una cometa. Era algo que
nadie había conseguido en la época moderna. La prueba avivó el deseo de
continuar. Todavía faltaban los retos más difíciles: la conexión definitiva
entre el proyecto de los científicos modernos y la técnica más avanzada del
mundo antiguo, y buscar una fórmula para convencer al mundo de que algo así
ocurrió hace cinco mil años.
§.
El último intento
Quedaban
algunos detalles por pulir, como, por ejemplo, la cometa. Cuando los egipcios
emplearon la fuerza del viento para navegar, lo hicieron con velas de lino.
Como último paso del proceso de retroceso histórico, la doctora Clemmons acudió
con unas muestras a una experta en tejidos antiguos, la doctora Elizabeth
Barber. Quería saber qué clase de lino debía utilizar para la fabricación de
las velas. Finalmente optó por uno de los tipos más fuertes y compactos que
existen. Lo adquirió en el distrito Garment de Los Ángeles, y Ro Thall, un
fabricante de cometas de Oregón, se encargó de la construcción final.
En
un ensayo de campo preliminar, el equipo comprobó que el cordaje de cáñamo
añadía demasiado peso a la cometa de lino, pero no había tiempo para más
pruebas. Un revés frustrante. En esos momentos, dos semanas después del plazo,
decidieron volver a usar la cometa de nailon. «Cuando tratamos de usar esos
materiales antiguos no hubo más que problemas. Así es la ciencia: cuando tienes
respuesta para una cuestión, hay cincuenta más esperando para sorprenderte»,
observa Emilio Graff.
Limitados
una vez más por la falta de tiempo y de recursos, los integrantes del equipo
decidieron recuperar su proyecto sobre la construcción de las pirámides y
concentrarse en el transporte y levantamiento de una piedra de 2 toneladas. El
viento, esencial para conseguir demostrar su teoría con éxito, no parecía
colaborar. Al contrario que los vientos unidireccionales que soplan en Egipto
desde el noroeste, en el desierto californiano los investigadores se
enfrentaban a vientos cambiantes que, durante las pruebas, restaron eficacia a
la cometa. Pero, incluso con ésta a medio vuelo, el bloque de 2 toneladas se
movía con facilidad sobre los rodillos de madera. Fue la confirmación de los
experimentos previos de la doctora Clemmons, realizados con bloques de cemento
y cometas pequeñas. Pero mover la piedra no es lo mismo que levantarla: en las
pirámides cualquier error podría destruir el resto de la estructura.
Decidieron
construir un pequeño marco en forma de A alrededor de dos piedras que forman la
base de lo que iba a ser una pirámide de tres bloques. Los antiguos egipcios
hacían rampas con ladrillos de adobe. La que levantó el equipo de pruebas,
aunque de madera, era de una consistencia similar y de superficie suave. Y, a
pesar de que la construyeron mucho más inclinada que los 10 grados que
supuestamente usaron los egipcios, la piedra de 2 toneladas se movió.
El
plazo sólo les permite dedicar un día a la construcción de la mini pirámide,
mientras los egipcios emplearon cerca de veinticinco años para la Gran
Pirámide. Según se ha calculado, colocaban una piedra cada dos minutos.
«Nosotros conseguimos arrastrar una piedra de 2 toneladas por una rampa y
colocarla exactamente donde queríamos, sobre otras dos piedras del mismo peso.
¡Conseguimos la pirámide más pequeña del mundo!», recuerda la doctora Clemmons.
Bueno, hasta la Gran Pirámide de Gizeh debió de comenzar con tres piedras. La
prueba culminó con éxito pero eran conscientes de que el reto mayor seguía
pendiente.
En
enero de 2004, con el tiempo al límite, la presión era muy fuerte y la doctora
Clemmons sabía que todo dependía de la última jornada en el desierto. Tras
numerosas pruebas, el obelisco de 11 toneladas debía alzarse en esta ocasión a
más de 3 metros del suelo. La última vez que lo intentaron se alzó unos
cuarenta grados. Además, en el proceso se rompió una de las poleas y se atascó
la cuerda, y el obelisco cayó al suelo. En aquel experimento, tras observar
dónde habían estado los errores, se dieron cuenta de que había que devolverle
sus guías, colocar cuerdas nuevas, conseguir poleas mayores para que pudieran
usarse con este material… Además, como ya habían comprobado la resistencia del
material antiguo en el laboratorio, consideraron que en esta ocasión podían
utilizar nailon para esta prueba.
El
equipo estaba preparado para que siete años de investigación y trabajo de campo
dieran sus frutos. Troy Chaput, especialista en el desplazamiento de cargas
pesadas, estaba pendiente del viento, que soplaba muy racheado y se necesitaba
que llegara a 32 kilómetros por hora para comenzar la gran prueba. Como la vez
anterior, la magia opera en realidad entre 38 y 40 kilómetros. Por eso, cuando
empezó a moverse y levantarse el obelisco, a todos les pareció algo asombroso.
En veintisiete minutos el obelisco se situó a 3 metros sobre el suelo. La
última vez que llegó a esta altura, el bloque cayó. Hubo momentos en que el
ruido hizo pensar que la estructura no aguantaría y que el desastre iba a
ocurrir de nuevo. Pero esta vez continuó alzándose y, después, rodó hasta que
llegó hasta su punto de destino. Tras cincuenta y siete minutos, el obelisco se
quedó correctamente situado a la altura debida, a más de diez metros sobre el
suelo.
Esa
piedra pesaba 11.000 kilos, y haberla puesto en pie sin ayuda de la tecnología
moderna, sin grúas ni otro tipo de elementos, excepto el viento y una cometa,
hacía que el mundo pudiera observar la magnitud de los logros faraónicos bajo
una nueva perspectiva. No demostraba que los egipcios lo hicieran, pero sí que
pudieron haberlo hecho de esta forma. Y eso es lo más importante de todo. «Todo
lo que dicen sobre perseverancia, tenacidad, esperanza e imaginación es muy
importante. Los milagros no pueden producirse sin esas premisas», afirma
Maureen Clemmons. El proceso duró siete años y en él colaboraron cerca de cien
personas. Empezaron levantando pequeños monumentos, lo que las animó a
intentarlo con bloques más voluminosos…
La
teoría de la cometa presenta claras discrepancias con el pensamiento de la
mayoría de los egiptólogos. Sin embargo, haber demostrado que funciona, puede
que algún día la convierta en ortodoxa. De momento no es más inverosímil que
otras hipótesis. Al contrario, ha probado que es verosímil.
11.
El misterio del triángulo de Las Bermudas
Durante
siglos, las leyendas sobre extrañas desapariciones de naves se han centrado en
un área que va desde el sudeste de Miami hasta Puerto Rico, sube en dirección
nordeste hasta las islas Bermudas y regresa a Miami, abarcando cerca de un
millón de kilómetros cuadrados. Esta zona, conocida como el Triángulo de las
Bermudas desde que, en 1964, el periodista Vincent Gaddis tituló así su
artículo para la revista Argosy, ha estado asociada a desapariciones de aviones
y barcos sin dejar rastro y sin explicación ni motivo alguno, lo que ha
inspirado una de las más ricas fantasías y el mayor número de extrañas
historias marítimas y aéreas de todo el mundo. Ya Colón, cuando la atravesó en
sus viajes, recogió en su libro de navegación problemas en las brújulas y extrañas
luces en el cielo y, más tarde en los siglos XVI y XVII, los exploradores
europeos informaban de inexplicables hundimientos y de avistamientos de barcos
que flotaban a la deriva intactos y sin tripulación, este último, un motivo
recurrente en las leyendas de navegantes y viajeros. Las explicaciones, más o
menos exóticas y pintorescas, de tales fenómenos se han mezclado con teorías
científicas que acaban con toda fantasía mitológica o paranormal. Y, sin
embargo, la gente sigue creyendo que fuerzas extrañas y desconcertantes actúan
sobre la zona...
§.
El vuelo 19, el caso más conocido
El 5
de diciembre de 1945, la tripulación del vuelo 19 se preparaba para salir. Se
trataba de un vuelo de instrucción rutinario que consistía en recorrer unos
noventa kilómetros hacia las Bahamas y realizar un ejercicio de bombardeo de
baja intensidad sobre un barco hundido. Al mando de la escuadrilla se
encontraba el teniente Charles Taylor, instructor de vuelo y experimentado
piloto con más de dos mil quinientas horas de vuelo, al que acompañaban cuatro
oficiales más que pilotaban cada uno de los bombarderos Avenger. La tripulación
de los aviones se completaba, además, con otras dos personas: un operador de
metralleta y un artillero, excepto en uno de los aparatos, donde el artillero
Allen Cosner solicitó ser relevado del servicio, petición que después algunos
dijeron que fue provocada porque había tenido un presentimiento. El pronóstico
meteorológico oficial de la base aérea de Fort Lauderdale, en Florida, no era
excesivamente alarmante; indicaba que el viento soplaba hacia el este a una
velocidad de unos cincuenta y cinco kilómetros por hora y se estaban formando
nubes a distintas alturas.
A
las dos horas de haber iniciado la misión, comenzaron los problemas y la
climatología cambió radicalmente. La brújula del teniente Taylor dejó de
funcionar y, a pesar de que éste se puso en contacto inmediatamente con el
resto de la escuadrilla y compararon sus lecturas del instrumental, no lograron
ponerse de acuerdo sobre el punto cardinal hacia el que se dirigía. El teniente
Robert Cox volaba también por la zona y escuchó casualmente las llamadas del
teniente Taylor. Intentó orientar al instructor de vuelo hacia el norte,
mientras él se dirigía al sur para encontrarse con la escuadrilla. Sin embargo,
mientras sobrevolaba el sur de la península y los cayos de Florida en
condiciones de visibilidad máxima, Cox no descubrió ninguna pista que lo
llevase a los cinco bombarderos Avenger y la señal radiofónica del vuelo 19 se
debilitaba cada vez más.
Una
unidad de rescate de la Marina también captó una transmisión de radio entre los
pilotos del vuelo 19. Descubrieron que al menos uno de ellos creía que estaban
volando en la dirección equivocada. Todos los operadores radiofónicos de la
costa de Florida se esforzaban por establecer contacto con los pilotos en todas
las frecuencias, pero lo único que podían hacer era escuchar cómo los cinco
pilotos se enfrentaban a la tragedia que se avecinaba. La última orden que
recibieron del teniente Taylor fue anunciar a sus subordinados que cuando
alguno de ellos llegara a los últimos 40 litros de combustible, aterrizarían
todos sobre el agua… Las posibilidades de ser rescatados en medio del Atlántico
eran mayores si permanecían juntos. A las 7.04 de la tarde se recibió la última
señal desde el vuelo 19. No volvió a oírse nada más desde aquel momento.
En
pocos minutos, la Marina estadounidense dispuso un avión de salvamento Martin
Mariner con una tripulación de trece personas para buscar los cinco aviones
perdidos. Pero la comunicación con el Mariner también se cortó. Desde el
petrolero S. S. Gaines Mill, que navegaba al lago de Cabo Cañaveral, se pudo
observar una gigantesca bola de fuego cayendo lentamente sobre el océano. Sin
embargo, cuando la embarcación llegó al lugar del accidente sólo quedaban
manchas de aceite sobre la superficie del mar. Tras esta segunda desaparición,
se desplegaron más unidades de rescate para peinar exhaustivamente distintos
sectores marítimos en busca de cualquier resto que pudiera pertenecer a los
aparatos desaparecidos. No tuvieron éxito. En una sola noche se esfumaron seis
aviones y veintisiete personas sin dejar ningún rastro. Varias décadas después
continúan sin ser localizados.
La
búsqueda de los aviones se prolongó cinco días más, hasta finalizar el 10 de
diciembre de 1945. Entonces una comisión de investigación comenzó a recopilar
grabaciones, transcripciones, cartas de vuelo, datos meteorológicos y
testimonios personales para intentar averiguar qué funcionó mal. El 24 de enero
hicieron públicas sus conclusiones. La causa principal de la desaparición del
vuelo 19 fue «la desorientación y confusión del jefe del vuelo, Charles
Taylor».
Con
el paso del tiempo, el expediente del vuelo 19 ha sido revisado en varias
ocasiones por otros militares, investigadores o escritores especializados en
enigmas paranormales, haciendo crecer una leyenda sin la cual hoy,
probablemente, no hablaríamos del misterio del Triángulo de las Bermudas. Por
su magnitud dramática y las extrañas circunstancias en que se desarrolló, el
incidente del vuelo 19 se convirtió en el más célebre, aunque no fue ni mucho
menos la primera desaparición misteriosa en la zona.
§.
El origen del topónimo y del negocio
Durante
el siglo XIX hubo, al menos, tres avistamientos de barcos fantasmas: cargueros
y buques mercantes que fueron vistos surcando las olas pero sin ningún
tripulante a bordo. A lo largo del siglo XX hasta hoy se han esfumado aviones
comerciales, militares y privados. Se habla de incontables naufragios y
siniestros aéreos… El historiador y escritor Gian Quasar, una de las máximas
autoridades en el Triángulo de las Bermudas, asegura en su libro Los misterios
del Triángulo de las Bermudas que «aunque se suele decir que las desapariciones
están en torno a veinte aviones y cincuenta buques a lo largo de toda la
historia, actualmente la cifra podría elevarse a doscientas aeronaves y hasta
dos mil barcos».
El
Triángulo de las Bermudas no es un topónimo reconocido en la geografía oficial,
pero desde hace siglos los navegantes le han dado diferentes nombres. Siglos
atrás se conocía como el Mar de los Sargazos, el Cementerio del Atlántico, el
Triángulo de la Muerte o el Mar de la Perdición o del Diablo… Fue a raíz de la
desaparición del vuelo 19 cuando periodistas y escritores comenzaron a
relacionar estas leyendas antiguas con la reciente tragedia.
En
1950, la agencia Associated Press publicó un reportaje que recopilaba gran
parte de los accidentes inexplicados de la zona. A éste le siguieron otros
trabajos periodísticos similares. En 1952, George X. Sands escribió un artículo
titulado «El triángulo de agua», para la revista Fate, y durante la década de
los cincuenta la zona se conoció también como el Triángulo Mortal[3], ya que
hasta 1964 no recibiría el nombre por la que conocemos hoy esta porción del
Atlántico. El periodista Vincent Gaddis acuñó el término «Triángulo de las
Bermudas» en la revista Argosy y la leyenda comenzó a extenderse.
En
esos días, los medios de comunicación cubrían historias de barcos y aviones
perdidos, pero eran pocos los que iban más allá buscando alguna explicación a
estas misteriosas desapariciones. Hasta que Charles Berlitz escribió El
Triángulo de las Bermudas (1974), un auténtico éxito que llegó a vender cinco
millones de ejemplares. En sus páginas sugería que estos misteriosos accidentes
podían ser causados por extraterrestres, por la influencia de extrañas
anomalías energéticas, incluso por el desaparecido continente de la Atlántida.
En
la misma época, el director de cine Richard Winner produjo un documental en el
que hablaba del Triángulo Diabólico, ya que el nombre Triángulo de las
Bermudas, en su opinión «recordaba más a una luna de miel en compañía de una
suegra o un ex novio». Winner cuestionaba también la forma geométrica del área,
que para él es en realidad un trapecio y no un triángulo. En su filme recogía
testimonios de testigos que hablaban de extrañas alteraciones y tragedias
inexplicables, e inmediatamente se convirtió en una película de culto. El
Triángulo de las Bermudas y su historia centenaria ya se habían hecho un hueco
en la cultura popular.
§.
Primeros testimonios de sucesos inexplicables
Los
primeros navegantes que cruzaron el Atlántico en el siglo XV temían atravesar
una región llamada el Mar de los Sargazos, donde la conjunción de la inmensa
profundidad marina, la falta de viento y las corrientes circulares
inmovilizaban las naves y propiciaban el crecimiento de unas algas que los
marineros a veces tomaban por serpientes marinas. El escritor Gian Quasar
afirma que el mismo Cristóbal Colón notó algunos fenómenos extraños, y dejó
recogido en su cuaderno de bitácora que en tres ocasiones su brújula señalaba
inexplicablemente una dirección equivocada; que, a veces, el mar se levantaba
sin que hubiera viento, y que poco antes de llegar al Nuevo Mundo observó una
luz levitando en el horizonte que muchos historiadores han interpretado como un
meteorito. Si pensamos que Colón era un marino experto, el hecho de que dejara
constancia de estos acontecimientos habla por sí mismo de lo inusuales que
pudieron parecerle.
Claro
que no todo el mundo considera a Cristóbal Colón un genio de la navegación. En
1975, Larry Kusche, bibliotecario de la Universidad del Estado de Arizona,
piloto comercial e instructor de vuelo, decidió investigar sesenta de los casos
más significativos ocurridos en esta enigmática zona y el resultado fue su
libro El misterio del Triángulo de las Bermudas solucionado. Según sus
conclusiones, Colón y sus hombres sentían un miedo razonable ya que estaban
convencidos de que la Tierra era plana y podrían caer por uno de los bordes, y
por otra parte, porque el instrumental de la época —brújula y astrolabio— era
bastante impreciso en sus mediciones. Por lo tanto, no era de extrañar que
reflejara en sus libros estos sucesos motivado por el temor. Sin embargo, la
hipótesis de Kusche se basa en una premisa burdamente incorrecta. En la época
de Colón estaba ya muy generalizada la idea de que la Tierra era redonda, y
desde luego Colón estaba convencido de ello: era imprescindible la forma
esférica de la Tierra para su proyecto de alcanzar la India navegando hacia el
oeste.
Los
marinos decimonónicos llamaban familiarmente esta región la Tumba del Atlántico
y el Mar de la Perdición. Lo cierto es que los cayos de Florida son una especie
de cementerio de naufragios, donde se encuentran restos de naves desde el siglo
XVII hasta nuestros días. Uno de los primeros casos extraños documentado
ocurrió durante la guerra de la Independencia de Estados Unidos. En 1780
desapareció el barco de guerra estadounidense General Gates, pero ninguna nave
inglesa se atribuyó su hundimiento. Otro caso llamativo tuvo lugar en 1840. La
nave francesa Rosalie fue hallada a la deriva con todo su cargamento intacto,
pero nunca se encontró a la tripulación. Sin embargo, tras las investigaciones
realizadas por Larry Kusche, se ha comprobado que el Rosalie no constaba
registrado en ningún archivo de compañías aseguradoras de la época, por lo que
muchos expertos, incluido él, dudan de que realmente existiera. Treinta y dos
años después, el Mary Celeste fue hallado en condiciones parecidas. Todo estaba
en orden dentro del barco, incluso la comida servida sobre la mesa, pero su
tripulación de diez marineros había desaparecido dejando el café aún templado
en sus tazas. En este caso, «tampoco podemos hablar estrictamente de un
misterio bajo el influjo del Triángulo de las Bermudas —explica Larry Kusche—
ya que ocurrió a casi cinco mil kilómetros al este de esa área». No obstante,
incluso hasta hoy mismo, multitud de vuelos y naves han desaparecido sin dejar
huella en esta zona. Y en los casos reales recogidos en archivos, ¿a qué pueden
atribuirse estas enigmáticas desapariciones?
§.
Casos documentados
Se
ha tratado de encontrar explicaciones de todo tipo para este fenómeno: desde
causas naturales y científicamente probadas —como huracanes, terremotos
submarinos, naves obsoletas y fallos humanos— hasta otros motivos como
serpientes marinas, fenómenos electromagnéticos, fuentes de energía
provenientes de la Atlántida o alienígenas. Para la comunidad científica las
desapariciones tienen explicación y no ocultan ningún misterio. Para otros, en
cambio, hay fuerzas extrañas y desconocidas tras estos incidentes. No hay
ningún gobierno, incluido el de Estados Unidos, que reconozca que existe algo
fuera de lo normal en esta zona, y de hecho, la Comisión de Denominaciones
Geográficas ni siquiera reconoce el nombre «Triángulo de las Bermudas».
La
explicación más sencilla a estas desapariciones es que, en lo que concierne a
los primeros siglos, la piratería es un factor que debe tenerse en cuenta. El
Caribe ha sido uno de los campos de maniobras favoritos para los piratas más
famosos de la historia, entre los que se cuentan Barbanegra, Cálico Jack
—acompañado de dos mujeres piratas— o el César Negro. La zona era uno de los
pasos directos en las rutas comerciales hacia Europa, y una vez en alta mar no
había reglas. Alguna de estas naves misteriosamente desaparecidas pudieron
haber topado con piratas que saquearan los barcos y vendieran a la tripulación
como esclavos o, peor aún, los arrojaran por la borda. Ésta es la teoría que
defienden muchos historiadores, como la profesora de la Universidad de Indiana
Sarah Knott.
Otros
casos de barcos abandonados a la deriva, en los siglos XVII y XVIII, se
explican por la incidencia de enfermedades contagiosas transmitidas por los
esclavos que transportaban. «Era bastante corriente que tanto la tripulación
como los africanos contrajeran enfermedades como la oftalmia, que provoca la
ceguera. Hay casos documentados de muertes masivas entre la tripulación y los
esclavos que transportaban, e incluso de marinos completamente enloquecidos y
aterrorizados que preferían saltar por la borda antes que perder la vista para
el resto de sus días», señala la profesora Madeleine Burnside, directora de Mel
Fisher Maritime Heritage Society, de Florida.
No
obstante, ni la piratería ni las enfermedades pueden explicar la historia del
Cyclops, un barco carbonero de la Marina estadounidense, que salió el 4 de
marzo de 1918 de Barbados con destino a Norfolk, en el estado de Virginia,
donde nunca llegó. Medía más de 150 metros de eslora y llevaba a bordo 309
hombres. Sorprendentemente, a pesar de ser uno de los primeros barcos equipados
con radio, nunca llegó a hacer ninguna llamada de socorro. La Marina sospechó
que podía tratarse del ataque de un submarino enemigo.
La
existencia de un calamar o pulpo gigante es otra teoría fantástica que surgió
años más tarde para explicar la desaparición del Cyclops y otros navíos en
similares extrañas circunstancias. En 1896, unos muchachos encontraron en la
playa de San Agustín un enorme esqueleto —de 200 pies (unos 60 metros) de
largo, decían— e informaron del hallazgo a la Universidad de Yale. Los
científicos de la época identificaron los restos como pertenecientes a un pulpo
gigante.
Basándose
en parte en este hallazgo, en 1918 la literatura y los periodistas hablaban de
un cefalópodo gigante que salía de las aguas para engullir embarcaciones como
si fueran insectos diminutos. El Literary Digest especuló con la posibilidad de
que el Cyclops hubiera caído en los tentáculos de uno de estos animales. Al
poco tiempo, se descubrió que el esqueleto del animal encontrado en la playa de
San Agustín pertenecía a una ballena.
Por
muy peregrino que pueda parecer, la especie de cefalópodo llamada pulpo gigante
no es ningún mito, pero sólo se da en el nordeste del Pacífico. Hay otra
especie, el architeuthis, del cual se descubrió un ejemplar en el año 2005
cerca de Tokio, que tiene también grandes proporciones —mide cerca de nueve
metros de longitud— y además reacciona de forma extremadamente violenta al ser
capturado. Estos animales pueden hundir una pequeña embarcación, como un bote
de pescadores. Los pulpos más abundantes en las Bermudas son de pequeño tamaño
y suelen vivir en las zonas rocosas de la costa, nunca en la zona del
Triángulo, cuyo fondo es arenoso.
§.
¿Atraídos por la Atlántida?
Otra
teoría aún más extraña que la de los monstruos marinos tiene que ver con la
Atlántida, el mítico continente repleto de riquezas y adelantos que fue
arrasado y hundido, según narra Platón, por una catástrofe de origen volcánico.
El secreto de su existencia y su localización real ha inspirado tanto a
historiadores como a charlatanes, entre los que destaca Edgar Cayce, el célebre
vidente que en 1930 creyó haber resuelto el enigma de la Atlántida cuando el
alma de un atlante entró en contacto con él mientras se encontraba en trance.
Cayce
estaba convencido de que el continente perdido se hallaba bajo el mar, donde
hoy está la isla de Bimini, y profetizó que en 1968 emergería desde el fondo
del mar. Si fuera cierto que aquí existió una civilización avanzada, la
tecnología que usaban también se habría hundido con ellos en las profundidades.
Según Cayce y sus seguidores, los potentes cristales que los atlantes
utilizaban para obtener energía permanecerían aún enterrados. Los seguidores de
esta fabulosa teoría indican que posiblemente fueran fuentes de radiaciones
naturales que pueden afectar de algún modo a los aparatos de radio y las
brújulas próximas. Ésta podría ser la explicación de las anomalías en los
campos magnéticos que se han registrado a veces en el Triángulo de las
Bermudas, una posibilidad que no convence a todo el mundo.
Para
probar la existencia de la Atlántida, los seguidores de Edgar Cayce señalan el
Camino de Bimini, una formación rocosa regular que parece hecha por la mano del
hombre. El geólogo Eugene Shinn, miembro de la U. S. Geological Survey (USGS),
ha investigado durante más de treinta años esta zona. A mediados de la década
de los setenta se entregó al estudio del Camino de Bimini. Tomó muestras de
roca en varias partes de esta especie de calzada submarina y, en su
laboratorio, las sometió a un análisis exhaustivo con el fin de determinar su
origen, composición y antigüedad. No encontró nada que probara o siquiera
indicase que aquello era una obra humana.
Claro
que sin poder demostrar la existencia de la Atlántida, la hipótesis de los
cristales que emanan energía y que interrumpen el rumbo de barcos y aviones en
las Bermudas no dejan de ser una simple fantasía. «Lo único que tendrían en
común la Atlántida y el Triángulo de las Bermudas es su condición de historias
mitológicas», afirma el escritor experto en el continente perdido, Richard
Ellis.
§.
Especial meteorología en la zona
Hay
algo más tangible que los continentes perdidos y con más posibilidades de
causar accidentes, y son las especiales condiciones meteorológicas de la zona.
Las inclemencias del tiempo, la niebla y los vientos aparecen con gran rapidez
y muchos marineros no están preparados para ello. Si se analiza con
detenimiento los informes de Fort Lauderdale en el caso del vuelo 19, indican
que antes de que despegara el escuadrón predominaba un viento con dirección
sudeste, el habitual en el sur de Florida y las Bahamas, pero que durante el
vuelo las condiciones climáticas cambiaron bruscamente.
Está
comprobado que las tormentas de la zona pueden provocar anomalías en las
brújulas magnéticas, que dejan de funcionar correctamente, como le ocurrió al
instructor de vuelo Charles Taylor aquella tarde del 5 de diciembre de 1945. En
esta situación, para regresar a Florida los pilotos solían volar hacia el oeste
siguiendo al sol, pero inexplicablemente, Taylor no lo hizo, a pesar de que,
según se puede escuchar en las grabaciones conservadas, algunos de los pilotos
que lo acompañaban, mucho menos experimentados que él, sí intentaron proponerle
continuar hacia el oeste.
Las
autoridades finalmente atribuyeron la tragedia del escuadrón a la
desorientación y confusión de Taylor, pero unos meses después, el 23 de agosto
de 1946, ante el descontento y las presiones de los familiares de los
fallecidos, el fiscal militar de la Marina inició una revisión del caso que lo
llevó a afirmar que el teniente Taylor había sido erróneamente culpado de aquel
infortunado accidente y que los cinco aviones desaparecieron como resultado de
causas desconocidas.
El
investigador de accidentes aéreos Peter Leffe ha examinado toda la información
disponible para reconstruir el vuelo 19 minuto a minuto. Sus pesquisas han
descubierto que los problemas comenzaron antes incluso del despegue de los
cinco aviones. El teniente Taylor, jefe de la misión, pidió ser relevado de sus
obligaciones aquel día. De hecho, llegó tarde a la sala de reuniones y el vuelo
despegó con retraso. No se sabe exactamente por qué no quiso volar, pero el
motivo podría estar relacionado con que no se encontraba bien de salud o sufría
algún trastorno relacionado con el estrés.
A
pesar de su estado de salud, Taylor era un experto aviador, con unas dos mil
quinientas horas de vuelo a sus espaldas, aunque no estaba especialmente
familiarizado con la zona. El resto de los pilotos, por el contrario, contaban
con mucha menos experiencia. El itinerario fijado consistía en volar hacia el
este para realizar unas prácticas de bombardeo, después volar un número
determinado de kilómetros en dirección nor-noroeste y girar después al
sudoeste, lo que lo hubiera llevado de vuelta a Fort Lauderdale. La misión
también incluía un ejercicio de navegación aérea en el que debían prescindir
del radiocontrol de apoyo en tierra y basar sus cálculos en el tiempo, la
velocidad y la distancia.
Un
componente fundamental para la planificación de estos vuelos son las corrientes
aéreas predominantes, que añaden velocidad a los aparatos si soplan a favor.
Probablemente el vuelo 19, con viento del sudoeste a favor, se alejó más de lo
que tenía planeado. Menos de dos horas después de salir de la base, Taylor
comenzó a apreciar los primeros problemas. En la tercera etapa del vuelo,
cuando debían girar al noroeste, posiblemente el teniente descubrió que se
habían equivocado. A continuación, surgieron los problemas con la brújula y el
instructor del vuelo debió entonces guiarse por el horizonte. Taylor veía
tierra y quizá pensó que se encontraba sobre los cayos de Florida.
Las
grabaciones de las conversaciones de Taylor desvelan que otro piloto, el
teniente Cox, que sobrevolaba el continente lo oyó por casualidad. Taylor le
dijo que creía estar sobre los cayos y tenía que encontrar el camino de vuelta
a Fort Lauderdale. Mientras Cox volaba hacia el sur a su encuentro, la señal
emitida por la radio de Taylor se hacía cada vez más débil. Este dato hace
suponer, con bastante seguridad, que Taylor estaba adentrándose en el océano y
distanciándose de su emisora base. Se alejaban cada vez más porque Taylor
volaba sobre las Bahamas, islas que confundió con los cayos de Florida. Es más:
nunca estuvo cerca de los cayos. De hecho, los operadores de radio de la costa,
a partir de sus cálculos, señalaron la posición del vuelo 19 en pleno océano
Atlántico. Las últimas transmisiones interceptadas, situaban al escuadrón a 230
kilómetros de la costa.
§.
La confusión del piloto
Las
grabaciones de las transmisiones radiofónicas de los pilotos del vuelo 19
también descubren que las capacidades físicas de Taylor se fueron debilitando y
su confusión mental fue aumentando por momentos, hasta el punto de confundir en
varias ocasiones su nomenclatura, FT-28, m por MT-28. Un compendio de errores
trágicos se fueron acumulando. El cansancio y la confusión son un problema
grave para los pilotos, y si a ambos se suma ciertas limitaciones en el campo
de visión o un fallo en los instrumentos de navegación se produce la
desorientación espacial, una situación tan peligrosa que puede acabar en una
caída en picado al no poder controlar el aparato adecuadamente.
Según
lo que se sabe de los hechos ocurridos aquel día, mientras el sol desaparecía,
los bombarderos Avenger estaban cada vez más cerca de quedarse sin combustible.
Finalmente, Taylor decidió que en cuanto a uno de ellos estuviera cerca de
acabársele el combustible, todos juntos aterrizarían sobre el agua. A pesar de
las escasas posibilidades de supervivencia, el reglamento militar obligaba a
que los pilotos siguieran todas las instrucciones del jefe en este tipo de
vuelos de instrucción y a obedecerlo, aunque éste tomara decisiones
equivocadas. Todos lo siguieron. Taylor decidió este amerizaje conjunto porque
seguramente pensó que sería más fácil localizar a cinco aeronaves juntas.
Prácticamente es el último dato del vuelo 19, puesto que a las 7.04 de la tarde
se cortó toda comunicación con Taylor y sus pilotos.
Pocas
horas después, también se perdió el contacto con el avión Mariner que salió
para rescatar al escuadrón. Según la investigación de Peter Leffe, este avión
despegó de Florida, giró hacia el este, se adentró en el mar, y allí se esfumó
del radar. Hubo testigos que aseguraron ver una enorme bola de fuego
precipitándose sobre el océano. «No es muy frecuente, pero un avión lleno de
queroseno fácilmente inflamable puede explotar si alguien, por ejemplo,
enciende un cigarrillo en su interior», explica Leffe. Además, la conclusión de
sus investigaciones es que no hay nada anormal en el trágico accidente del
vuelo 19, sino una suma de problemas —como las condiciones meteorológicas
adversas, la desorientación y el instrumental que no funcionaba adecuadamente—,
que acabaron por desbordar la capacidad del piloto.
La
Guardia Costera de Estados Unidos tampoco es demasiado propensa a creer en
misterios paranormales, quizá porque desde las costas de Florida reciben cerca
de veinticinco llamadas de socorro al día, con una media mensual de setecientas
alarmas. Atribuyen la mayor parte de los accidentes a errores humanos —sobre
todo porque hay gente que no sabe navegar o lo hace bajo los efectos del
alcohol—, a los fallos mecánicos y a las duras condiciones meteorológicas de la
zona. Según Bart Hagermeyer, jefe del Servicio Nacional de Meteorología en
Melbourne, Florida, en la zona «chocan corrientes de aire cálidas y frías que
forman numerosas tormentas tropicales y huracanes. Muchas veces, estos
fenómenos evolucionan con extremada rapidez, de modo que toman por sorpresa
tanto a los servicios de meteorología como a los navegantes, ya sean expertos o
novatos». También son frecuentes —con unos quinientos cada año— los tornados
sobre la superficie del mar, en ocasiones capaces de levantar trombas de agua
que pueden alcanzar hasta los trescientos kilómetros por hora en su interior.
«A pesar de que se pueden esquivar, también es posible encontrarse dentro de
uno al menor descuido y, entonces, es muy fácil que el tornado haga desaparecer
por completo la embarcación atrapada», explica Hagermeyer.
Estos
peligrosos y caprichosos fenómenos meteorológicos incidieron claramente, según
muchos expertos, incluido Peter Leffe, en la trágica desaparición del vuelo 19,
máxime si se tiene en cuenta que en aquellos años no se contaba con los
complejos sistemas electrónicos actuales. Antes de que salieran los cinco
aviones se encontraron con vientos de entre 35 y 45 kilómetros a la hora y
nubes a poco más de 700 metros de altitud. Pero aquella tarde el tiempo empeoró
rápidamente y el escuadrón se metió en una borrasca. Tanto los truenos como la
electricidad estática generada por los rayos pudieron provocar problemas en las
comunicaciones por radio y mal funcionamiento en las brújulas y que el vuelo
19, atrapado dentro de la tormenta, perdiera la orientación. El desastre fue
causado, cree la mayoría de los investigadores, por una combinación de
climatología adversa y fallos humanos, como ocurre con frecuencia en todos los
accidentes de las Bermudas. Sin embargo, podrían existir otros motivos que nos
explicaran desapariciones aún sin aclarar del todo.
§.
El poder del mar
El
capitán John Willis salió en su lancha, Miss Charlotte, el 2 de mayo de 1998.
Las aguas estaban tranquilas, y después de navegar un buen trecho, Willis se
echó un rato a descansar antes de comenzar con la pesca. De repente, la lancha
se bamboleó violentamente, y una ola de grandes dimensiones lo arrojó de su
cama e hizo zozobrar al Miss Charlotte, llevándolo hasta el fondo del mar. La
investigación posterior reveló que este accidente fue causado por un fenómeno
conocido como «olas gigantes». Las costas de Florida y el entorno de las
Bermudas son célebres por estas olas extremas e impredecibles que alcanzan
alturas muy peligrosas. Las olas comunes miden entre 2 y 3 metros, y por cada
cien mil normales surge una que llega a los 8 metros. Su energía es, por tanto,
cuatro veces mayor que la de una ola normal, y muchas embarcaciones no son
capaces de resistirlo.
Junto
a estas olas asesinas las potentes corrientes marinas que recorren el Triángulo
de las Bermudas aumentan las posibilidades de naufragar. El profesor Arthur
Mariano, de la Universidad de Miami, asegura que la fuerza de estas corrientes
explica algunos casos legendarios de extrañas desapariciones, sobre todo si
tenemos en cuenta que no hace mucho los marineros se guiaban casi
exclusivamente por las estrellas, la luna, el sol y los astros. «Era muy fácil
—indica— que una corriente de este tipo desviase el rumbo de un navío. Si a
esta desorientación se le añade una tormenta en alta mar, las posibilidades de
naufragio aumentan considerablemente».
La
corriente más importante de la zona es la corriente del Golfo, una especie de
autopista líquida que lleva las aguas cálidas del sur hasta el norte y de este
a oeste atravesando el Triángulo de las Bermudas. Es una corriente muy rápida
que avanza a unos ocho kilómetros por hora y su presión puede dar lugar a
pequeños torbellinos de corta vida pero muy intensos que, al igual que los
tornados en el exterior, dificultan la navegación y crean grandes olas.
Otra
de las consecuencias de estos remolinos oceánicos es el fenómeno conocido como
dispersión turbulenta. Incluso si no hay una corriente muy fuerte, la
dispersión turbulenta disemina cualquier objeto que se encuentre en el agua a
lo largo de un área muy extensa y en muy poco tiempo, lo que explicaría la gran
dificultad en encontrar restos de un accidente marítimo o para localizar a
posibles supervivientes. En cuestión de tres días, los restos pueden esparcirse
por un área de 16 kilómetros cuadrados. La dispersión turbulenta, por tanto,
proporciona algunas claves científicas sobre por qué nunca se encontró ningún
cuerpo ni restos de los aparatos del desafortunado vuelo 19. La teoría de
Arthur Mariano sobre aquel accidente es que «los bombarderos Avenger cayeron al
agua destrozados por la tormenta y esparcidos en pequeñas piezas. Sus restos se
hundieron rápidamente en el océano debido a la acción de la dispersión
turbulenta».
§.
Sucesos paranormales
Mientras
que para la comunidad científica el Triángulo de las Bermudas no supone ningún
misterio y casi todos los sucesos más o menos inusuales ocurridos pueden
razonarse perfectamente en términos científicos, hay quien asegura que hay algo
fuera de lo normal en la zona, pero sus teorías muchas veces cruzan una delgada
línea entre lo racional y la ciencia ficción.
Bruce
Gernon experimentó un incidente al límite de lo racional, en 1970, que cambió
su vida para siempre. Estaba volando sobre las Bahamas, cuando se introdujo con
su avión en un extraño banco de nubes de forma circular. Gernon intentó salir
de éste volando por el borde en dirección sur. Sin embargo, según sus
impresiones, continuó trazando círculos sin hallar ninguna vía de escape.
«Entonces vi una especie de túnel a través de las nubes y pensé que sería mi
única salida. Cuando me adentré en él, ocurrió algo inesperado: las mismas
nubes formaban ahora franjas que se extendían a lo largo del círculo, mientras
rotaban lentamente en sentido contrario a las agujas del reloj», recuerda.
Bruce Gernon calculó que tardaría unos tres minutos en llegar al otro extremo
del túnel, pero no le llevó más de veinte segundos. Hoy en día está convencido
de que lo que realmente hizo fue «volar a través del material del que está
hecho el tiempo», por eso ha bautizado aquella fantasmagórica neblina con el
nombre de niebla electrónica.
Esta
niebla electromagnética que describe Gernon era de un color gris extraño y
causaba interferencias y mal funcionamiento del equipamiento electrónico y
magnético de su avión. También sostiene que en sólo tres minutos —el tiempo que
tardó en salir de la tormenta electrónica— hizo un recorrido que en
circunstancias normales duraría media hora. La explicación que da a este suceso
es que se trata claramente de un fenómeno conocido como «agujero de gusano»[4],
una hipotética conexión espacio-temporal entre regiones separadas, que en la
actualidad se investiga en el espacio. Es más: apoyándose en el mal
funcionamiento de las brújulas y en la desorientación de los pilotos, Bruce
Gernon cree que el vuelo 19 pudo haber topado con el mismo agujero de gusano en
el que él mismo se introdujo, exactamente a la misma hora pero veinticinco años
después que el escuadrón desaparecido.
El
físico John Hutchison asegura que vivió una experiencia similar a la de Gernon
cuando investigaba en el Triángulo de las Bermudas. Hutchison ha llegado a la
conclusión de que no toda el área del Triángulo de las Bermudas es activa, sino
que estamos ante una fuerza que se desplaza por la región. Sin embargo, la
mayor parte de la comunidad científica rechaza cualquier teoría que incluya
agujeros de gusano, viajes en el tiempo, niebla electrónica o magnetismos
extraños.
Tampoco
está previsto que el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos
investigue los episodios de niebla electrónica. Bart Hagermeyer —uno de sus
responsables más veteranos— afirma que bastante tienen con ocuparse de la
niebla meteorológica, «un fenómeno muy real y bien documentado que causa
verdaderos estragos cuando aviones y barcos intentan atravesarla» y el
Triángulo de las Bermudas ofrece las condiciones ideales para su aparición.
La
niebla se da cuando el aire se enfría hasta la temperatura del rocío. Si
tenemos un frente frío sobre la corriente del Golfo, que es cálida, nos
encontramos con que el agua y el aire cercano a la superficie del mar están a
unos 25 ºC y, por contra, el aire que pasa por encima sólo llega a unos 10 o
incluso menos. Esta diferencia térmica hace que la niebla surja hasta provocar,
incluso, condiciones de visibilidad nula en ciertas zonas. A veces resulta muy
densa y persistente en algunos puntos de la costa Este de Florida, pero que no
tiene nada de extraña y, de momento, es el único tipo de niebla que los
meteorólogos reconocen.
Desgraciadamente,
la falta de informes detallados y continuos, tal y como se hacen actualmente en
las estaciones climatológicas, no permiten averiguar el peso real que tuvo la
niebla regular en el fatídico desenlace del vuelo 19. Para el escritor Gian Quasar,
la relación está muy clara, ya que la costa de Florida estaba cubierta de
niebla aquella noche y los Avenger no disponían de luces para aterrizar. Quasar
propone además una explicación alternativa a las más comunes. Según sus
investigaciones, el vuelo 19 siguió volando hacia el oeste, cruzó la costa a la
altura de Flagler Beach y acabó estrellándose en el pantano de Okeefenokee, al
sur de Georgia. En algunos informes de la Jefatura de Transporte Aéreo
norteamericana a los que accedió el investigador, aquella misma noche del 5 de
diciembre de 1945 hay constancia de cinco aparatos sin identificar cerca del
pantano de Okeefenokee a las 8.50 horas. Desde las localidades de Jacksonville
y Brunswick también se informó del paso de cinco aeronaves, y un avión de carga
Solomon detectó entre cuatro y seis aviones atravesando la costa a las 19.00,
mientras aún se mantenía contacto con los Avenger. Para Quasar, muchos de estos
casos sin resolver, incluyendo el célebre vuelo 19, no se han estudiado con el
suficiente detalle y profundidad a pesar de que casos similares siguen dándose
una y otra vez.
Como
ocurrió en junio de 2005, cuando un avión Piper Aztec volvió a perderse dentro
del área del Triángulo de las Bermudas. Se trataba de un vuelo privado en el
que el piloto mantuvo contacto con un controlador durante todo el trayecto. La
guardia costera de Florida empleó algunos de sus barcos y helicópteros en la
localización del avión desaparecido, al mismo tiempo que se pedía a todos los
aparatos que sobrevolaban la zona que estuvieran atentos a cualquier señal ELT
(Transmisor de Localización de Emergencia en sus siglas en inglés) o, si
disponían de las condiciones de vuelo adecuadas, intentasen buscar a los
supervivientes. Pero tras veinticuatro extenuantes horas sin encontrar ni
restos ni supervivientes, se suspendió el operativo de búsqueda.
«Los
errores humanos, las condiciones meteorológicas adversas, las averías del
instrumental y causas similares pueden ser los motivos que explican el 90 por
ciento de las desapariciones en la zona. Sin embargo, hay un 10 por ciento que
nadie ha podido explicar ni descubrir qué ocurrió y por qué no se hallaron
restos», asegura el famoso ufólogo e investigador Rob Simone.
Capítulo
3
Fenómenos
inexplicables
Contenido:
12.
Alaska y su Triángulo de las Bermudas
13.
El Roswell ruso
14.
El Enigma de los círculos de cosecha
15.
Cazadores de extraterrestres
12.
Alaska y su triángulo de Las Bermudas
Muy
lejos de las cálidas aguas caribeñas de Bermudas, existe otro lugar tristemente
célebre por el peligro que conlleva atravesarlo en avión, una ruta obligada
para cualquiera que viva allí. La zona tiene forma ligeramente triangular, y
está situada al sudeste del estado de Alaska, en la zona que se extiende entre
la costa del Pacífico y Canadá. Una desaparición al mes, como media aproximada,
le ha valido el sobrenombre, entre los habitantes de Alaska, del Triángulo de
las Bermudas del Norte. Pero no sólo los norteamericanos instalados en la zona
hablan de estas desapariciones: también los esquimales inupak se refieren con
toda naturalidad desde hace siglos a estos extraños sucesos. En este vasto
territorio, entre sus habitantes son comunes las historias y leyendas de
vecinos, familiares y amigos que se embarcaron un día en una pequeña aeronave y
no volvieron jamás a sus casas…
Esto
es lo que les ocurrió a Kent, Jeff y Scott Roth, los tres hermanos de Jason
Roth. Acostumbrados a la vida en plena naturaleza, entre las tundras, montañas,
bosques y ríos de la infinita Alaska, los Roth eran muy aficionados a la caza,
la pesca, el esquí y a todo tipo de actividades al aire libre. Los hermanos
Roth tenían una especie de ritual que cumplían todos los años. En primavera
volaban desde su casa en Anchorage hasta Yakutat, en busca de los mejores ríos,
bosques y lagos y coincidiendo con la temporada de pesca de las truchas
arcoíris. La primera semana de mayo de 1992 tenían otro motivo más para seguir
la tradición. Scott Roth había perdido un ojo el año anterior y tanto sus
hermanos como sus amigos querían apoyarlo tratando de seguir con la misma vida
que había llevado hasta entonces. Así que organizaron un viaje en el que
participaron los cuatro hermanos Roth y tres amigos. La única diferencia fue
que ese año Scott prometió a su esposa que iría en un vuelo comercial, mientras
que sus hermanos y amigos volarían en dos aeroplanos.
El
viaje de ida no presentó ninguna incidencia, pero el 2 de mayo el tiempo
comenzó a empeorar, por lo que Jason Roth y uno de los amigos de la familia
decidieron volver a casa en una de las avionetas, peor preparada para el mal
tiempo, que el Cessna 340 bimotor que pilotaría de regreso Jeff Roth,
experimentado en todo tipo de situaciones climatológicas en Alaska. El resto
del grupo —compuesto por Jeff, Scott, Kent y otros dos amigos— aprovecharon
para tener una mañana más de pesca. A las seis de la tarde decidieron regresar
a Anchorage en la avioneta Cessna 340. Se trataba de un viaje de dos horas de
duración y llevaban combustible para volar tres horas. A los veinte minutos de
vuelo, Jeff se puso en contacto con la torre de Yakutat para transmitir un mensaje
rutinario, pero no se lo volvió a oír más.
§.
Extrañas coincidencias
Al
anochecer, las autoridades de la Administración Federal de Aviación (FAA)
notificaron el retraso del aeroplano a la familia Roth e informaron que en él
viajaban cinco personas y no las cuatro que se creía. Todos intuyeron desde el
primer momento que ese quinto pasajero era Scott Roth, que habría cambiado sus
planes de regreso con una línea aérea regular como había prometido. A la mañana
siguiente, se activó el dispositivo de búsqueda. La Guardia Costera inspeccionó
la bahía de Prince William, las Fuerzas Aéreas recorrieron la ruta del avión
desaparecido y la Patrulla Aérea Civil se encargó de rastrear montañas y
glaciares. Durante cinco semanas se rastrearon 155.000 kilómetros cuadrados y,
cuando la búsqueda oficial concluyó, varios voluntarios continuaron patrullando
por el cielo en busca de cualquier resto o pista sobre los cinco hombres
desaparecidos. A pesar de haber sido una de las operaciones de rescate más
largas y costosas de los últimos tiempos en Alaska, no encontraron nada.
Todavía en la actualidad no hay restos del accidente.
Veinte
años antes había ocurrido otro excepcional accidente en la zona, precisamente
en el mismo corredor de vuelo que utilizaron los hermanos Roth en mayo de 1992:
el llamado Victor 319, que recorre el Triángulo de Alaska dividiéndolo en dos.
En aquella ocasión, 16 de octubre de 1972, fueron dos políticos los que
desaparecieron; uno era el líder de la mayoría en la Cámara de Representantes,
Thomas Hale Boggs —la cuarta persona con más poder en el gobierno de Estados
Unidos detrás del presidente—, y otro era el prometedor congresista Nick
Begich, de 40 años de edad.
Boggs
no había nacido en Alaska ni tampoco residía en este estado, pero siempre había
tenido una especial relación con la zona desde que apoyó el proyecto de ley de
la concesión del estatus de estado de la Unión para Alaska. Como era líder de
la mayoría en la Cámara de Representantes, aquel 16 de octubre, Boggs
acompañaba al congresista Begich en su campaña de reelección como representante
de Alaska en el Senado de Estados Unidos. A diferencia del veterano Boggs, con
quince legislaturas a sus espaldas y miembro en su día de la Comisión Warren,
que en 1964 se encargó de la investigación del asesinato del presidente John F.
Kennedy, Nick Begich era un novato que estaba sacando adelante el que quizá
fuera el proyecto legal más importante en la historia de Alaska: la Ley de
Arbitraje de las Reclamaciones de los Indígenas de Alaska; el acuerdo de mayor
envergadura con los nativos norteamericanos jamás firmado en Estados Unidos.
Comprendía 178.000 kilómetros cuadrados de tierra y un presupuesto de algo
menos de mil millones de dólares.
A
las nueve de la mañana, Begich y Boggs, junto con el asistente Russell Brown,
subieron en Anchorage a bordo de un bimotor Cessna pilotado por Don Jonz, un
conocido piloto local de 38 años y con mucha experiencia en las duras
condiciones del Ártico, pero famoso también entre la profesión por su
arrogancia y su afición al riesgo. A los doce minutos de iniciar el vuelo, Jonz
detalló el plan de vuelo a la torre de control y confirmó que el avión contaba
con los dispositivos de emergencia necesarios. Fue la primera y última
comunicación que se estableció con el aparato. A las doce y media del mediodía
el aeropuerto de destino, en la ciudad de Juneau, anunció el retraso del vuelo.
Nadie se alertó en esos momentos porque los retrasos de este tipo son comunes
en aviones de pequeño tamaño y porque, además, los ocupantes del aeroplano
estaban en manos de un maestro en el aterrizaje de emergencia como Jonz. Al
caer la noche, aún no se sabía nada de los cuatro hombres, y se los dio por
desaparecidos. Se avisó a las respectivas familias y, ante la trascendencia de
los políticos, la noticia apareció en todos los noticiarios vespertinos del
país y se puso en marcha la mayor operación de búsqueda llevada a cabo en los
años setenta en Estados Unidos.
A
pesar del mal tiempo, el hielo y la nieve en la zona, un Hércules HC130 de las
Fuerzas Aéreas salió en busca de los desaparecidos, rastreando a través de las
nubes en plena noche con sus sistemas de infrarrojos. Mientras tanto, en el
estrecho paso de Portage, al sur de Anchorage —donde se escuchó el último
mensaje de Jonz y que es tristemente conocido por sus habitantes por la gran
cantidad de aviones allí accidentados—, una unidad de infantería con once
hombres exploró la zona a pie. Además, por si el desaparecido Cessna hubiese
cruzado hasta la bahía de Prince William, los barcos guardacostas patrullaron
las frías aguas, plagadas de icebergs, aunque las probabilidades de sobrevivir
en aguas con temperaturas por debajo de los 2 ºC se estimaba en apenas quince
minutos. Se utilizaron cámaras y sensores de última tecnología aún entonces en
estado experimental. Incluso, la Patrulla Aérea Civil de Alaska llegó a
desplegar por primera vez para una operación de búsqueda y rescate un avión
espía secreto, el SR 71, capaz de fotografiar la fecha de una moneda a 9000
metros de altura. No se escatimaron ni los medios humanos ni la tecnología más
avanzada en una gran operación, ordenada desde las más altas instancias del
gobierno estadounidense por los importantes cargos públicos de los
desaparecidos. Junto a los enormes recursos oficiales, también se sumaron gran
cantidad de voluntarios civiles que buscaron, a pie o en sus aviones
particulares, cualquier señal. Sin embargo, ni siquiera aparecieron los restos
del aeroplano.
En
este punto muerto de la operación de rescate, comenzaron a surgir pistas
increíbles a lo largo y ancho de todo Estados Unidos: desde personas con sueños
y premoniciones, pasando por operadores de radio que grababan voces extrañas, o
incluso un vidente de la lejana Kenia que aseguraba tener la visión de un
aeroplano intacto cubierto de follaje en algún lugar de Alaska. Pero al final,
tras treinta y nueve días de infructuosa lucha contra la geografía y el clima,
la búsqueda de los dos políticos se suspendió el 24 de noviembre de 1972. Un
oficial de alto rango de las Fuerzas Aéreas llegó a confesar lo que muchos
temían: que posiblemente jamás se encontraría el Cessna 310 y sus cuatro
ocupantes.
§.
¿Conspiración o accidente?
¿Por
qué, a pesar de los medios desplegados, nunca se encontró ni el avión ni los
cuerpos de los desaparecidos? Algunas personas pueden pensar que fue obra de
alguna fuerza paranormal que actúa en la zona de forma similar a las leyendas
del Triángulo de las Bermudas. Sin embargo, las pruebas históricas apuntan en
otra dirección menos esotérica. Cuando ocurrió el accidente de Boggs y Begich,
en Estados Unidos se estaba gestando uno de los mayores escándalos políticos
del siglo XX, el Watergate, aunque el famoso caso, que le costó la presidencia
a Nixon, no estalló hasta en enero de 1973. Thomas Hale Boggs sospechaba que la
Casa Blanca encubría algo. Según declaraciones de su hijo, Thomas Hale Boggs
Jr., su padre solía comentar por esos días que se aproximaba el fin de Nixon,
hasta el punto de que, más de treinta años después, se ha llegado a preguntar
si realmente fue sólo un accidente la desaparición del aeroplano. Sin duda,
como líder de la mayoría en la Cámara Baja, su padre tenía más de un enemigo en
las altas esferas de la Administración. Es más: en las grabaciones que
propiciaron la caída del presidente Nixon, éste no mencionaba a Boggs en
términos precisamente amistosos. J. Edgar Hoover, el director del FBI, lo tenía
aún en menos estima desde que, el 5 de abril de 1972, Boggs lo acusó de usar
métodos de vigilancia más propios de la policía política de Hitler o Stalin que
de una democracia moderna y pidió su dimisión.
Casualmente,
el FBI fue la única agencia de seguridad estatal que no siguió la operación de
búsqueda y rescate del avión accidentado en Alaska. Sin embargo, durante más de
dos décadas nadie fue capaz de demostrar ninguna conexión entre este
desgraciado accidente y el FBI. En 1992, las cosas cambiaron en virtud de la
Ley sobre la Libertad de Acceso a la Información, cuando se recabó información
en el FBI para un artículo sobre los veinte años de la desaparición de Boggs y
Begich. El artículo se publicó en la revista Roll Call de Washington. Gracias a
esta investigación periodística aparecieron varios télex y cartas del FBI que
nunca se habían visto antes. El primero de ellos relataba cómo un grupo de
voluntarios civiles pertrechados de equipos electrónicos habían encontrado lo
que podían ser restos de un accidente, y que sus detectores de calor indicaban
que podría haber dos supervivientes. Pero, inexplicablemente, nadie siguió esa
línea de investigación a pesar de que las autoridades estaban desesperadas por encontrar
el más mínimo rastro de los desaparecidos. Mientras tanto, el FBI atendió a las
pistas más estrambóticas y dudosas que ofrecían parapsicólogos y videntes.
Aunque quizá más llamativo que lo encontrado sea precisamente lo que falta de
los archivos del FBI sobre el accidente de 1972. Han desaparecido las
detalladas fotos que tomó el avión espía SR 71 de toda la zona.
La
desaparición de Nick Begich, el compañero de viaje de Boggs, también está
repleta de dudas para su hijo Nick, «sospechas basadas en la forma de actuar
habitual del director del FBI Hoover», afirma convencido de que esta agencia de
investigación ocultó los télex recibidos. Tampoco su hijo se explica cómo han
desaparecido las fotografías de una de las mayores operaciones de búsqueda y
rescate en la historia de Estados Unidos. «Desgraciadamente, sin esas imágenes
—señala— no se puede comprobar si hubo alguna posibilidad de encontrar a
alguien con vida, tal y como apuntaba la información descubierta». Tampoco ha
sido posible encontrar a ningún testigo de la cuadrilla de rescate, ya que los
nombres de los participantes fueron eliminados de todos los documentos. No
obstante, el material hallado en el FBI describe con bastante precisión el
posible lugar del accidente, uno de los mayores campos de hielo de Alaska, a
medio camino entre Anchorage y Juneau: el glaciar Malaspina, que lleva el
nombre del navegante español que a finales del siglo XVIII exploró las costas
de Alaska.
§.
La atracción del hielo
Hay
otro artículo periodístico de 1972 que puede arrojar algo de luz sobre el
accidente del Cessna, que fue escrito por el piloto Don Jonz para la revista
Flying Magazine. Por una macabra coincidencia apareció en el número de octubre,
justo al lado de las noticias sobre el avión desaparecido que él pilotaba. En
su artículo, Jonz ponía en duda el papel del hielo como factor de riesgo en la
aviación y llegaba a afirmar que pilotos «lo suficientemente inteligentes,
hábiles y escurridizos, podían evitar casi al 99 por ciento la amenaza del
hielo». ¿Intentó Jonz demostrar que él tenía todas esas cualidades?
Mike
O’Neill, otro piloto acostumbrado a las duras condiciones climáticas de Alaska,
recorrió una ruta paralela a la del aparato de Jonz el mismo día de su
accidente en 1972. O’Neill recuerda que tuvo que elevarse por encima de los
3600 metros de altura para «evitar las descargas de hielo que pueden
desestabilizar el morro de los aviones pequeños. Entra dentro de lo posible que
esto fuera lo que le ocurrió a Jonz», asegura. Para la mayoría de sus
compañeros, el artículo que Jonz publicó en Flying Magazine era una arrogante
demostración de superioridad, mientras que otros opinan que no era más que un
reflejo de su sarcástico sentido del humor. Pero ¿es posible que arriesgara
tanto como para ser el culpable de lo que ocurrió al Cessna 310?
No
obstante, aunque la actitud del piloto provocase en parte el accidente, todavía
queda por saber dónde están los restos de la aeronave. Y, aún más importante,
por qué después de más de treinta años no han aparecido aún. Los nativos
cliquot tienen una respuesta a esta pregunta: es obra de los kushtakas,
espíritus malignos, mitad hombre mitad nutria. Los kushtakas se aparecen a los
viajeros perdidos en los bosques y las aguas bajo diferentes apariencias —por
ejemplo, la de un familiar muerto hace tiempo— y logran así llevar a las
personas a su reino.
Menos
mágica y sobrenatural que esta explicación inspirada en las ancestrales
leyendas de la zona, es la teoría de que, probablemente, los numerosos
glaciares de Alaska tengan más culpa en las numerosas desapariciones que se dan
en el estado, que los espíritus kushtakas. Los glaciares no son exactamente
bloques de hielo sólido, sino que su interior está lleno de cámaras vacías y
enormes grietas, que a veces alcanzan el tamaño de un bloque de oficinas,
capaces de «tragarse» un avión caído en la nieve. Más de treinta años después,
el movimiento del glaciar Malaspina —donde se cree que cayó el vuelo de Boggs y
Begich— puede haber desplazado los cuerpos a varios kilómetros del punto de
impacto original. O bien, los restos pueden estar sepultados bajo toneladas y
toneladas de hielo y permanecer allí hasta que, dentro de varios siglos, el
glaciar los expulse de sus entrañas junto a los icebergs que arroja al mar cada
año. Y hasta que eso ocurra, nadie sabrá exactamente por qué aquella mañana del
16 de octubre de 1972 desapareció sin dejar rastro un avión con dos políticos
de Washington a bordo.
13.
El Roswell ruso
En
julio de 1947, un granjero de Roswell, Nuevo México, descubrió lo que
posteriormente muchos ufólogos calificaron como restos de un platillo volante,
y el gobierno de Estados Unidos como parte de un globo meteorológico. Este
hallazgo se consideró un hito en la naciente historia del estudio de los ovnis,
y comenzó a conocerse como el incidente Roswell. Menos de un año después de que
este suceso ocupara portadas de periódicos y revistas en medio mundo, la base
militar secreta Kapustin Yar, en la Unión Soviética, experimentó también su
propio encuentro con un objeto volador no identificado. Un avión de caza Mig
ruso que intentó enfrentarse a él fue atacado por el ovni y derribado; su
piloto murió. Esta historia nunca se contó en los medios de comunicación. Detrás
del Telón de Acero, a lo largo de las últimas décadas, se han escondido
innumerables secretos, misteriosos incidentes relacionados con naves no
identificadas, con combates aéreos contra ellas y laboratorios secretos donde
se estudiaba la tecnología extraterrestre… Algunos de estos enigmas empiezan a
salir a la luz pública. Por primera vez, en Rusia se puede hablar con testigos
de avistamientos y científicos expertos en ufología y documentar con asombrosas
e inéditas imágenes, fotografías e investigaciones hasta hace poco ocultas en
los informes secretos de la KGB.
Kapustin
Yar se construyó bajo la dirección personal de Stalin, unos noventa kilómetros
al sudoeste del antiguo Stalingrado y setecientos cincuenta al sur de Moscú.
Bautizada inicialmente con el nombre de Vladimirovka, es la base dedicada al
desarrollo de misiles más grande y más antigua de toda Rusia, y también la más
ultrasecreta y controvertida durante los últimos sesenta años.
El
19 de junio de 1948, señalan los informes, los controladores del espacio aéreo
de Kapustin Yar detectaron un objeto extraño en sus radares en el mismo momento
en el que el piloto de un Mig avistaba un objeto alargado y plateado a unos
diez kilómetros de la base. El piloto anunció por radio que una potente luz lo
estaba cegando. Se cree que recibió órdenes directas del comandante en jefe de
las Fuerzas Aéreas soviéticas, el mariscal Pavel Zhigarev, para que cerrara el
paso al aparato no identificado: el Mig lanzó un cohete que logró derribarlo.
Los informes sugieren que el piloto ruso, en un último intento de retomar el
control de su avión, fue alcanzado por las armas del ovni ya en el suelo, y
cayó junto con su Mig.
Bill
Birnes, ufólogo y editor de la revista norteamericana UFO Magazine, tiene su
explicación al suceso: «Los extraterrestres probablemente utilizaron un haz de
partículas como arma, mientras que el Mig atacaría con las armas que entonces
disponían los rusos: ametralladoras, cohetes y alguna versión primitiva de
misil, que fueron capaces de romper de alguna manera la capa anti gravedad que
rodearía al ovni, por lo que se estrelló». Sin embargo, a diferencia del
célebre incidente Roswell, este choque nunca llegó a los titulares de los
diarios. Según Bill Birnes los restos del aparato no identificado fueron
llevados al laboratorio subterráneo de Zhiktur y fue el comienzo del programa
secreto de ovnis en la Unión Soviética. Es más, a partir de entonces, los rusos
se embarcaron en misiones suicidas donde los pilotos de los Mig tenían que
abatir todo objeto desconocido que surcase sus cielos. El objetivo era
investigar esa avanzada tecnología de las naves extraterrestres.
§.
Primeros avistamientos documentados
Desde
que se construyó a principios de los años cuarenta del siglo XX, Kapustin Yar
ha estado rodeada del más absoluto hermetismo. Se decía que allí se enviaba a
los mejores investigadores, científicos y militares para desarrollar la
tecnología armamentística más avanzada de la Guerra Fría. También era el lugar
donde se probaban distintos tipos de misiles tierra-aire, tierra-tierra o
aire-aire, e incluso misiles para ser lanzados desde los submarinos rusos. La
construcción de la base se llevó tan encubiertamente que, incluso, en previsión
de que los habitantes de la pequeña población vecina de Zhiktur fueran testigos
de lo que ocurría en Kapustin Yar, fueron evacuados y la ciudad se eliminó sin
más.
Muchos
investigadores creen que el nombre de Zhiktur fue después asignado a un centro
secreto de investigación ufológica situado bajo la superficie de la base
Kapustin Yar, donde se piensa que se almacenarían los restos de ovnis caídos a
la tierra, así como los cuerpos de sus tripulantes. El ufólogo Bill Birnes
asegura que muchos países cuentan con centros similares —como el Área 51 en
Groom Lake, en Nevada— donde se guarda y estudia la tecnología de los ovnis con
el fin de poder practicar ingeniera inversa y así comprender cómo funcionan
estos aparatos.
Sin
embargo, el accidente de 1948 no fue el primero en el que los cielos rusos
veían un objeto volador no identificado. Ya en el año 950 de nuestra era,
cuenta Paul Stonehill, autor del libro UFOUSSR, el viajero musulmán Ibn Fatlan
y su expedición avistaron unos extraños fenómenos en el cielo que los
atemorizaron, y se encontraron con que los nativos, acostumbrados a las
batallas aéreas entre objetos no identificados, no hacían más que mofarse del
terror de la expedición extranjera. Pero hay muchas más leyendas sobre batallas
de luz en el cielo. En el siglo XVII, Rusia experimentó un brote de
avistamientos de ovnis que muchos testigos describían como «bolas de fuego con
forma de cometa». Uno de los episodios más célebres fue el de Robozero, cuando
un gigantesco disco llegó a un lago del norte de Rusia. Un testigo directo de
los hechos declaró que aquel 15 de agosto de 1663 se oyó un fuerte estruendo
que venía de los cielos, y en pleno mediodía comenzó a descender de un cielo
despejado una gran bola de fuego con dos puntiagudos rayos por delante. Iba del
sur al oeste y desapareció tras recorrer unos quinientos metros. Sin embargo,
luego regresó a Robozero, y permaneció cerca de hora y media sobre la
población, llenando de espanto a todo el que lo veía. El documento de este
testigo habla también de pescadores escaldados por el agua caliente del lago o
de peces luminosos que huían desesperadamente de la bola de fuego.
Este
tipo de historias era muy común en la Rusia prerevolucionaria, y también en el
resto de Europa. De hecho, se estima que aproximadamente el 50 por ciento de
los ovnis avistados pertenecía a este tipo esférico. En 1892 tuvo lugar otro
extraordinario suceso en Moscú. Esta vez apareció publicada la noticia completa
en el diario Svet, el 17 de marzo. Según un testigo presencial, se trataba de
una columna de luz con forma de cono de un color similar al de las llamas
normales y con un brillo considerable, como el de una farola del alumbrado
público. El punto desde el que aparecían los rayos estaba inmóvil y los rayos
permanecieron visibles durante unos veinte o veinticinco minutos.
§.
La destrucción de un bosque siberiano
Sin
embargo, a pesar de que el avistamiento de ovnis ha sido un fenómeno
relativamente común y extendido a lo largo de los siglos en Rusia, jamás
ninguno ha resultado tan devastador como el suceso que arrasó el bosque
siberiano de Tunguska en 1908. El 30 de junio, a las siete de la mañana, la
apacible calma del bosque de Tunguska fue interrumpida por una ensordecedora y
destructiva explosión de una fuerza equivalente a una bomba de hidrógeno de 40
megatones. Los árboles salieron volando por los aires como si fueran palillos y
sus efectos llegaron hasta Centroeuropa; incluso se detectaron cambios en los
campos magnéticos de la Tierra.
Para
explicar este extraño incidente se barajaron distintas posibilidades. En primer
lugar se pensó que la destrucción de Tunguska se debía al impacto de un
meteorito gigante contra la Tierra. Pero no se encontró el cráter ni en el
bosque ni en los alrededores. Además, el extraño objeto cambió de trayectoria y
voló en dirección contraria, algo que los meteoritos no suelen hacer. Hasta hoy
ningún científico ha dado con una explicación satisfactoria, mientras que,
según los expertos en fenómenos extraterrestres, hay muchas pruebas que apuntan
a que el desastre de Tunguska fue causado por la caída de un aparato que
realizó un trazo de maniobras que sólo puede hacer un objeto guiado
racionalmente; se cree incluso que fueron dos ovnis los que chocaron contra el
bosque.
Algunos
informes estudiados por investigadores como Paul Stonehill sugieren que el
mismo Stalin pensaba que la explosión de Tunguska fue causada por el
lanzamiento de armas experimentales desde algún objeto volador no identificado.
Stalin tenía un gran interés en saber si estos objetos venidos del espacio
exterior podían constituir una amenaza real para la Unión Soviética, de modo
que empleó a algunos de sus mejores científicos para evaluar el posible peligro
y, al mismo tiempo, para intentar reproducir estas naves alienígenas, con fines
militares, a partir de sus restos.
Uno
de los científicos rusos más prestigiosos de la época, Sergei Korolev se
propuso, igual que Stalin, resolver el misterioso caso de Tunguska. Korolev,
que pasaría a la historia por ser el padre de la carrera espacial soviética y
responsable del Sputnik, animado por sus observaciones, organizó por su propia
cuenta una expedición a Tunguska. Al sobrevolar el bosque, Sergei Korolev y su
equipo descubrieron señales de la gran explosión aún visibles. Sin embargo, el
hallazgo más sorprendente llegó en forma de fragmentos metálicos muy
radiactivos que no tenían nada en común con los de cualquier otro asteroide o
meteorito. Se descubrió también un enclave de unos trescientos metros cuadrados
donde no ha vuelto a crecer ni una planta y donde los animales mueren debido al
alto nivel de radiactividad presente. Los ufólogos rusos lo conocen hoy con el
nombre de la Tumba del Diablo y creen que puede ser el resultado de algún resto
metálico radiactivo del hipotético choque entre ovnis. O de la nave nodriza que
se estrellara contra el suelo, como apunta la hipótesis del editor de UFO
Magazine, Bill Birnes.
A
pesar de la similitud de sus intenciones, no hay ninguna prueba de que Korolev
y Stalin se reuniesen antes de la expedición del científico, pero se cree que
éste confesó a Stalin que los fragmentos que encontraron diseminados por el
área de Tunguska pertenecían a un ovni. Los informes oficiales del Partido
Comunista, sin embargo, cuentan otra versión muy distinta: el desastre de
Tunguska fue causado por un meteorito gigante.
Además,
surge una pregunta: ¿dónde se llevaron los fragmentos radiactivos encontrados
por Korolev? Bill Birnes y otros ufólogos insisten en que, al igual que otros
países, los rusos también tenían un lugar donde almacenar la tecnología
alienígena, y este lugar era Zhiktur, en los subterráneos de Kapustin Yar, base
militar dotada de un sistema de altísima seguridad. Pero ¿qué hacían
exactamente allí los científicos de Stalin con estos desechos de ovni? Algunos
investigadores, como el profesor Fred Culick del California Institute of
Technology (Caltech, universidad conectada a la NASA) avalan la hipótesis de
que los restos se estudiaban para obtener la tecnología que les permitiera
superar a los norteamericanos en la carrera espacial y mejorar su tecnología armamentística.
Este
extremo no es algo que se pueda asegurar a ciencia cierta, pero algunos
informes de la época confirman que tanto Stalin como su sucesor, Jruschev,
tenían contacto directo con los jefes del programa espacial soviético. También
confirman que desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, pocos años antes
del incidente de 1948, los pilotos de aviones Mig recibían la orden, de parte
de los más altos estamentos militares, de disparar a cualquier ovni. Hay que
recordar cuán importante fue la carrera espacial y establecer la superioridad
de un país sobre el otro en esos años de la Guerra Fría: el dominio tecnológico
podría venir de cualquier parte, incluso de las naves extraterrestres.
§.
El espionaje norteamericano
Estados
Unidos tampoco permanecía impasible a las investigaciones de la URSS y, a
medida que se extendía el rumor de las actividades llevadas a cabo en Zhiktur,
tanto sobre los restos del desastre de Tunguska como los del accidente de 1948,
la CIA se interesaba más y más por lo que estaba ocurriendo en aquel lugar. Ya
en 1950 algunos agentes estadounidenses hablaban de los avistamientos de ovnis
en la Unión Soviética. Lógicamente, tras el interés de la CIA también estaba la
investigación armamentística rusa. La primera misión que realizó el avión
norteamericano secretoU-2 fue sobrevolar y fotografiar Kapustin Yar.
A
principios de la Guerra Fría las actividades desarrolladas en la base de
Kapustin Yar incluían la construcción y prueba de sofisticadas armas, misiles y
cohetes. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos podía miniaturizar
hasta cierto punto sus armas, pero los soviéticos no tenían la tecnología
necesaria para producir armas atómicas de pequeño tamaño; por eso tenían que
construir grandes cohetes que las transportaran. Según explica el profesor Fred
Culick, lo que a priori era una desventaja les dio por el contrario una
posición privilegiada en la carrera espacial. Stanton Friedman, físico nuclear
y ufólogo, asegura que, tras investigar los archivos secretos soviéticos,
comprobó que «los rusos hicieron durante dieciocho meses más progresos en el
campo del armamento nuclear de lo que habían previsto para los cinco años
siguientes. Y eso ocurría en 1951», indica.
La
actividad de Kapustin Yar no pasó inadvertida para los servicios de
inteligencia de la superpotencia rival; la prueba de que era uno de los puntos
más vigilados por la CIA se encuentra en los numerosos documentos
desclasificados que hablan sobre la base soviética. No casualmente, la primera
misión de los célebres aviones espía U-2 fue a este lugar. Así se descubrió que
Kapustin Yar no era sólo un laboratorio donde se desarrollaban nuevas
tecnologías, sino también un campo de entrenamiento para las tropas
especializadas que utilizaban estas nuevas armas.
Hay
que señalar que esa orden general para los aviadores rusos de atacar a los
ovnis que entrasen en su espacio aéreo dio lugar a un incidente que no fue
cubierto por el habitual velo de silencio, sino públicamente aireado, el
llamado «caso del U-2». El acrónimo ovni significa «objeto volante no
identificado». Se lo ha considerado un sinónimo técnico de platillo volante,
pero no lo es; no tiene un carácter necesariamente extraterrestre, es más,
puede asegurarse que a las autoridades soviéticas les preocupaban más los ovnis
de procedencia terrestre, concretamente norteamericana, que los venidos del
espacio exterior.
Dentro
de esta política de defensa agresiva de su espacio aéreo, el 1 de mayo de 1960,
un misil tierra-aire soviético derribó un ovni sobre Sverdlovsk, ciudad situada
al este de los montes Urales, famosa por ser el lugar del asesinato de la
familia imperial, que hoy vuelve a llamarse Yekaterimburg. Ese ovni resultó ser
un avión-espía U-2 que había despegado de Peshawar (Pakistán), con la misión de
sobrevolar el mar de Aral y hacer un recorrido por el norte de la URSS, pasando
por los puertos árticos de Arjángelsk y Murmansk, para aterrizar en la base
noruega de Bödo.
El
piloto norteamericano, Francis Gary Powers, que pertenecía a la CIA, logró
salvarse lanzándose en paracaídas y fue capturado. El incidente, bien aireado
por Nikita Jruschev, provocó una crisis diplomática internacional, incluidas
protestas de los gobiernos de Pakistán, Turquía y Noruega frente a Estados
Unidos, exigiendo que no se utilizaran sus territorios para esas misiones de
espionaje aéreo. La conferencia cumbre entre los líderes de Occidente y
Jruschev, convocada en París para el mes de mayo, tuvo que ser suspendida, y
Estados Unidos, aun negando que el U-2 tuviese órdenes de realizar ese vuelo
espía, ofreció suspender las misiones de los U-2 para apaciguar a Moscú.
Jruschev orquestó perfectamente la propaganda, montando un juicio público para
el piloto Powers, que fue condenado a diez años de prisión, aunque dos años
después sería canjeado por un famoso espía ruso, el coronel Abel.
Es
decir, en el ambiente de la Guerra Fría, los norteamericanos estaban decididos
a llevar sus «ovnis» al espacio aéreo soviético, y los rusos a destruirlos sin
remilgos. Pese a ello, Estados Unidos se movió lo suficiente sobre la URSS como
para obtener un gran volumen de información. Según desvela un documento
conjunto de la CIA, las Fuerzas Aéreas y la Marina estadounidense, la base
soviética de Kapustin Yar que tanto les interesaba, ocupaba una superficie de
2250 kilómetros cuadrados. Las fotografías áreas tomadas en aquella época
desvelan que disponía de al menos cuatro lanzaderas de misiles, catorce
plataformas de lanzamiento, un radar de precisión, pistas de aterrizaje y
muchas otras áreas con una función sin identificar. A pesar del interés y del
esfuerzo de la CIA por descubrir los secretos de Kapustin Yar, había algo bajo
tierra que los vuelos de los U-2 no pudieron desvelar: si era o no un
laboratorio ufológico ruso. Para el especialista Bill Birnes no hay duda, y
describe el lugar como un lúgubre laboratorio típicamente soviético, lleno de
máquinas dignas de los inventos del tebeo y de hangares que albergaban ovnis
accidentados sometidos a ingeniería inversa por parte de los científicos rusos.
Dejando
aparte la imaginación del ufólogo, es un hecho comprobado que en la época
estalinista, y aun después, había una fiebre constructora de complejos
subterráneos secretos en la URSS. Dichas estructuras se extendían por todo el
país. La experta en historia urbana de Moscú, Tatiana Pigariova, documenta la
existencia de un metro secreto, paralelo al metro público, para uso de los
grandes jerarcas. Había —y hay— una línea para el uso exclusivo de Stalin (hoy
abierta al público) que llevaba desde el Kremlin a la dacha de Stalin en
Kúntsevo. Otros ramales, en cuya construcción se siguió trabajando hasta los
años sesenta, continúan siendo secreto de Estado, aunque se sabe que unen el
Kremlin con los edificios del gobierno de las Colinas de los Gorriones, y siguen
hasta el aeropuerto gubernamental de Vnúkovo y hasta Rámenki, una ciudad
militar… subterránea.
Otro
aspecto intrigante respecto a las instalaciones de Kapustin Yar son los
extraños trazos que hay en el suelo, los cuales, vistos desde el aire, forman
motivos geométricos, tipo «círculos de cosecha». Hay quien dice que los propios
Stalin y Korolev tomaron la idea de los dibujos y las pirámides que
construyeron los mayas, disponiendo estratégicamente distintas formas con la
intención de atraer y llamar la atención de seres de otro planeta.
Pero
a pesar del secretismo el que se desarrollaban, estas investigaciones podían
albergar una dimensión propagandística. Las autoridades soviéticas no podían
perder la ocasión de hacer pública ostentación de sus éxitos científicos. El 4
de octubre de 1957 lanzaron con éxito el primer satélite artificial al espacio
exterior. Era el Sputnik. Sólo cuatro años después la URSS volvió a superar a
Estados Unidos en la competitiva carrera espacial entre ambas potencias cuando
llevó al espacio al primer hombre, el célebre astronauta Yuri Gagarin. Después
vendrían la primera mujer en el espacio, el primer paseo espacial o el primer
encuentro entre dos naves, una situación de ventaja que duraría prácticamente
hasta el año 1981.
La
máxima autoridad rusa en ufología es un hombre tan popular que se lo conoce
simplemente por su apellido: Ajaja. Alcanzó la cúspide de su fama en las
décadas de los años sesenta y setenta, cuando no estaba expresamente prohibido
hablar de ovnis, pero tampoco podía hacerse en total libertad. Ajaja ha estado
muchas veces en el lugar del accidente de 1948. No muy lejos de allí se
estrelló otro ovni en 1961. Asegura que, tras varias mediciones de los campos
electromagnéticos de la zona, el área en cuestión tiene la misma forma de la
nave extraterrestre: un cilindro de 30 metros de largo por 6 de ancho. Si se
mide la energía en la zona, se puede comprobar que es una fuente «extraña y
desconocida, positiva en el centro del área y negativa en sus bordes. Los animales
lo rodean y nunca pastan en esta especie de cilindro invisible. Para los
humanos tampoco es mucho mejor: permanecer mucho tiempo allí afecta al pulso
cardíaco y produce un extraño cansancio», cuenta. La versión que da Ajaja sobre
este accidente es corroborada por los vecinos de las zonas cercanas, como
Shubenkiva Zoya, quien pudo ver desde su casa cómo aquella tarde de 1961 una
gran esfera de color rojo subía y bajaba sobre el río Skoudnya.
§.
Testimonios de pilotos y astronautas
¿Qué
relación tendrían estos accidentes con Kapustin Yar? No sólo la CIA o los
expertos estadounidenses les han encontrado un vínculo de conexión. Ajaja
también cree que había una especie de guerra contra los pilotos rusos, quienes
recibían órdenes de defender a toda costa el espacio aéreo de la URSS y
disparar a los ovnis que encontraran. Los testimonios más impresionantes sobre
estas supuestas luchas son de la famosa cosmonauta rusa Marina Popovich, quien
asegura haber asistido a combates entre ovnis y aviadores rusos. En 1964 en
concreto fue testigo de cómo «el instructor de vuelo militar Alexander Capagan
y uno de sus alumnos caían en picado tras el ataque de un ovni», asegura. La
heroína rusa Popovich también afirma que, en 1980, en el transcurso de una de
sus expediciones secretas avistó tres sospechosas luces en forma de triángulo.
El
caso de Popovich no es el único. El coronel Lev Mijailovich Vyatkin, piloto de
pruebas de aviones Mig, cuenta que fue capturado momentáneamente por un ovni el
7 de agosto de 1967. Aquella tarde estaba realizando un giro a la izquierda
cuando de repente vio una luz que llegaba desde arriba. Era un disco de
considerables dimensiones que comenzaba a iluminarse, y apenas tuvo tiempo para
inclinarse y evitar que el rayo de luz chocara con una de las alas. El aparato
sufrió una sacudida y los indicadores comenzaron a girar de derecha a
izquierda. Lo más extraño es que cuando aterrizó, uno de los mecánicos se dio
cuenta de que el ala tocada por el ovni brillaba, y así estuvo en el hangar
durante una semana, emitiendo una luz blanca que no desapareció hasta que fue
lavada con queroseno. En otras ocasiones, explican pilotos y ufólogos, eran los
mismos ovnis los que peleaban entre ellos. Una verdadera guerra en los cielos
de Rusia.
A
medida que estos incidentes aumentaban y llegaban a oídos de las autoridades
soviéticas a través de fuentes tanto militares como testigos civiles, el
gobierno se esforzaba cada vez más en acallar a los protagonistas, encubrir
información oficial y controlar a la prensa. En aquellos días, según cuenta
Vladimir Seminov, que trabajó veintiséis años en la KGB, la agencia de
espionaje rusa preparaba los informes oficiales sobre la cuestión. Conocido
como el expediente azul de la KGB, recogió una imponente colección de
documentos escritos durante veinte años: desde mediados de los sesenta hasta
bien entrada la década de los ochenta. Se trata del más completo informe
oficial sobre actividades ufológicas jamás encargado por ningún gobierno del
mundo. En él se mencionan miles de testimonios sobre avistamientos, accidentes
y luchas entre ovnis, todos ellos descritos con minuciosos detalles en sus
correspondientes fichas. Por ejemplo, el expediente azul menciona un
avistamiento simultáneo acaecido en una docena de ciudades rusas no lejos de
Kapustin Yar, entre las diez y las once y media de la noche del 21 de marzo de
1990. Fueron muchos los que vieron uno o dos ovnis, y un testigo en particular
pudo observar cómo uno de ellos lanzaba un rayo de luz hacia el suelo.
En
cierto modo, la presión de los rumores era tan fuerte que muchos investigadores
creen que la KGB publicó este informe para responder a ellos de forma oficial,
pero también aseguran que no es más que la punta del iceberg, y que la agencia
de espionaje soviética guarda mucha más información sobre el tema.
§.
Ataques de ovnis
La
situación política interna también tuvo su papel. De no haber caído la URSS a
principios de los noventa, posiblemente muchos de estos incidentes
permanecerían ocultos, como ocurrió con los inexplicables fallos que surgieron
en las pruebas espaciales realizadas en Kapustin Yar. Entre los ufólogos
circula una historia, según cuenta el físico nuclear y especialista en ovnis
Stanton Friedman, que dice que durante los años cincuenta y sesenta cuatro
lanzaderas explotaron en sus plataformas en la base Kapustin Yar, en una
especie de venganza extraterrestre por disparar contra platillos volantes.
Recientemente se han encontrado cintas rodadas por una cámara militar con
imágenes que muestran a dos ovnis esféricos chocando contra el suelo el 3 de
junio de 1960, cerca de Kapustin Yar, y a tres militares huyendo de la onda
expansiva. Los memorandos subsiguientes hablan de explosiones masivas en la
zona durante al menos una hora después del accidente de ambas naves alienígenas
y de cómo una de las esferas localizó y destruyó un depósito de combustible.
Los restos de ambos ovnis se enviaron inmediatamente al complejo subterráneo de
Zhiktur.
Pero
¿qué interés podrían tener los alienígenas en nosotros? El experto Bill Birnes
defiende que la tierra es para ellos «una especie de colonia subdesarrollada, y
del mismo modo en que superpotencias como la URSS y Estados Unidos dirimen sus
diferencias en terceros países, los ovnis vienen a la Tierra a luchar entre
ellos por nuestros recursos».
También
muchos ufólogos se preguntan aún por el motivo que llevó a la URSS a mantener
tan herméticamente el secreto de los ovnis. El hijo del presidente Nikita
Jruschev, Sergei, que pasó varios años como investigador en Kapustin Yar, apela
al poder represor del gobierno de Stalin: «Simplemente —dice— en aquellos años
enviaban a la gente a prisión».
Los
tiempos de Stalin, la Guerra Fría y la carrera espacial han pasado, pero los
fenómenos relacionados con los ovnis parecen tener aún una especial
predilección por las tierras rusas. En 1989 se vio otro ovni cayendo a tierra
en los alrededores de Kapustin Yar. En 1997 se trasladaron hasta la legendaria
base los restos de un ovni accidentado en Polonia. En mayo de 2005, Kim Murphy,
corresponsal del Los Angeles Times en Moscú, publicó cómo un lago de la zona
desapareció completamente en pocas horas; los testigos contaron que, a modo de
las ondas del desagüe de un lavabo, por el centro del lago se esfumó todo el
agua. Y la lista de sucesos misteriosos documentados no acaba…
En
los últimos años, con el gobierno de Putin, en Rusia la información sobre ovnis
no está tan disponible como antes. Para el ufólogo Bill Birnes esto tiene su
explicación: antes de que el ingente y valiosísimo volumen de investigación
ufológica generado por la antigua Unión Soviética desde finales de la Segunda
Guerra Mundial caiga en manos privadas, el presidente Putin está volviendo a
levantar otra vez el telón de acero sobre Kapustin Yar. Como en tiempos
pasados, la base rusa vuelve a rodearse de misterio y secretismo.
14.
El enigma de los círculos de cosecha
A
principios de los años ochenta aparecieron en Wiltshire, sur de Inglaterra,
unos círculos que parecían dibujados de forma extraña en los campos de cereal,
como si algo con un movimiento en el sentido de las manecillas del reloj se
hubiese posado y, suavemente, impreso los sembrados. A partir de entonces, el
fenómeno de los crop circles o círculos de cosecha estalló. Sobre campos de
trigo, avena, cebada, colza, incluso patata, cada vez más granjeros descubrían
estas marcas y, en años posteriores, pictogramas mucho más complejos. La fiebre
creció y estas formaciones fueron apareciendo en campos de todo el mundo; hay
más de diez mil círculos de cosecha documentados y fotografiados en treinta
países diferentes. Varían desde diseños geométricos simples hasta composiciones
complejas y cuidadosamente realizadas. El fenómeno ha captado la atención de
místicos y científicos. Las teorías de qué o quién los ha podido realizar van
desde los que aseguran que son mensajes dejados por los extraterrestres que nos
visitan, a los partidarios de que son creados por rayos de microonda, fenómenos
meteorológicos o, sencillamente, los que creen que son bromas hechas por
gamberros con más o menos aspiraciones artísticas.
El
misterio de los círculos de cosecha es algo familiar entre muchos granjeros del
mundo. Se han visto estas marcas, con tamaños desde los 60 centímetros a más de
1 kilómetro de diámetro, en Estados Unidos, Canadá, Bulgaria, Hungría, Japón,
Países Bajos… Normalmente, se trata de figuras geométricas, con diseños más o
menos complejos pero nunca aleatorios. Los primeros que se encontraron fueron
círculos simples y, después, fueron evolucionando con círculos tangentes a
círculos, o conectados por ejes, líneas paralelas inclinadas… La gran pregunta
es saber su procedencia. Y la respuesta ha causado acalorados debates, sobre
todo desde 1989, cuando por toda Inglaterra empezaron a descubrirse cientos de
formaciones de este tipo. El fenómeno se hizo tan popular que hasta la familia
real británica o el grupo de rock Led Zeppelin, además de los periódicos de
todo el Reino Unido, mostraron interés y emitieron su opinión sobre el asunto.
Sin embargo, según algunos expertos, el fenómeno se remonta a varios siglos atrás.
§.
Primeros indicios y especulaciones
Existen
antiguas crónicas que describen extrañas formaciones que aparecían de pronto
por la noche. En la Edad Media se referían a ellos como los «Círculos de los
duendes» o los «Círculos de las brujas». «La gente de aquella época los unía
siempre a acontecimientos nocturnos, de ahí que se atribuyeran a las hadas,
duendes o brujas que actúan sólo a la luz de la Luna», explica el experto
George Bishops del Centre for Crop Circle Studies (CCCS), en Gran Bretaña.
Entre
los documentos más antiguos sobre este fenómeno se encuentra la pintura
realizada en una roca por un aborigen en Australia hace miles de años. Si se
observa detalladamente, el dibujo representa una escena de un hombre con un
casco junto a algo que tiene forma de platillo volante. Es más: debajo se
aprecia claramente el dibujo de una espiral muy similar a la que se reproduce
en algunos círculos de las cosechas. Algunas personas interpretan la imagen
como la representación del encuentro de los humanos con unos extraterrestres.
Debajo del ovni que vuela, están dibujados unos anillos concéntricos en el
suelo, lo que podría ser, aseguran, el ancestro de los círculos encontrados en
varias localizaciones a lo largo de Gran Bretaña. ¿Podría existir alguna relación
entre los círculos de estas piedras y los de los campos de cultivo británicos?
«Existen
pruebas de que gran número de monumentos antiguos, como Stonehenge, tienen una
relación directa con el fenómeno de los círculos en los campos de cultivo. De
hecho, se especula con que los círculos de piedra se colocaron alrededor de los
círculos de cosecha. Si analizamos la geometría de aquellas formaciones vemos
que no son circulares, sino que se desvían un poco y forman un óvalo, o
elipsis, irregulares. Si medimos con precisión las marcas de los campos de
cultivo descubrimos exactamente la misma desviación. Además, la localización,
la dimensión y la forma de los círculos en el campo coinciden exactamente con
las marcas en las piedras», asegura Terry Wilson, autor de The Secret History
of Crop Circles. Por ahora, esta relación es pura especulación. Los antiguos
arquitectos de Stonehenge y de otros círculos con gigantescos bloques
megalíticos no dejaron ningún documento escrito y los historiadores ni siquiera
están seguros de cómo se construyeron, así que mucho menos se atreven a
asegurar por qué coinciden con los círculos de los campos de cultivo.
El
primer documento escrito del que se dispone podría ser uno del año 1678,
conocido como Mowingodevil (expresión pintoresca que podría traducirse como
«cortando el césped como un diablo» o «cortando el césped locamente»). La
antigua crónica habla de noticias de Hartfordshire, localidad cercana a
Londres, donde un granjero había tenido problemas con un trabajador porque
pedía demasiado dinero por segar su campo. La discusión terminó con una frase
lacónica: «Que lo siegue el diablo», arguyó el granjero. Y esa noche, según el
texto de 1678, se produjeron ciertos hechos diabólicos. Luces raras y sonidos
extraños se escucharon en el campo y, a la mañana siguiente, una sección del
terreno apareció completamente aplastada, formando un claro óvalo. Era como si
el diablo hubiera escuchado la maldición del granjero y hubiera aceptado el
reto. Esta historia, además del texto, se representó en una ilustración donde
aparece el demonio con una guadaña, rodeado de un campo plano y todos los
tallos en paralelo. «Todas las pruebas nos inducen a pensar que se trata de un
círculo típico, con el tipo de ilustración y narración en el texto que haríamos
si tuviéramos que describir un círculo de un campo de cultivo sin haber tenido
información previa de este tipo de fenómenos», explica Terry Wilson.
Después
de la publicación del texto y la ilustración de El diablo cortador de césped,
no apareció ninguna evidencia o historia sobre los círculos de cosecha durante
más de doscientos años. El fenómeno pareció quedar completamente olvidado y
sólo surgieron noticias esporádicas, como si la gente tuviera miedo a hablar de
estas marcas por si molestaban a las fuerzas sobrenaturales que podrían
esconderse tras los círculos de la cosecha. Claro que los escépticos aseguran
que no hubo noticias porque no había nada de que hablar. Sin embargo, en las
últimas décadas, los círculos en los campos han levantado pasiones conduciendo
a una variedad de elaboradas teorías.
§.
Estalla el fenómeno
Con
el siglo XX llegó la proliferación del transporte aéreo y la visión de las
granjas desde el cielo se hizo muy común. Y desde el aire los círculos de
cosecha comenzaron a quedar completamente expuestos. Por primera vez, los
científicos comenzaron a fijarse en el fenómeno. Cuando aparecieron los
círculos de Wiltshire, hubo todo tipo de conjeturas sobre el misterio. El lugar
era propicio para los misterios y para despertar la imaginación de los amantes
de lo paranormal: a pocas millas está el círculo de piedras de Avebury, una
construcción neolítica de más de cinco mil años que es hoy todavía un enigma;
también próximo se encuentra el mayor montículo artificial prehistórico en
Europa, la pirámide llamada Silbury Hill, y a su lado unos extraños caballos blancos
aparecen grabados en las rocas calizas circundantes y, al sur de estas
planicies, se encuentran las ruinas de piedra de Stonehenge, el monumento
prehistórico más famoso de la Tierra. Una zona con atracciones turísticas y
muchos seguidores del festival pagano de Lammas…
Los
caminos y campos de Wiltshire comenzaron a ser patrullados cada vez por más
investigadores del fenómeno. Uno de los más famosos es el ingeniero eléctrico
Colin Andrews, quien ya antes de analizar la zona, era conocido en Inglaterra
por su condición de ufólogo. Esos primeros círculos eran formas sencillas que
nada tenían que ver con las elaboradas figuras que empezaron a aparecer años
después. A Andrews lo intrigó tanto que, junto a Pat Delgado, un ingeniero
vecino de la región, escribieron, en 1989, Testimonios circulares, un libro que
se convirtió sorprendentemente en un best seller. A las pocas semanas de su
publicación, todo el mundo hablaba sobre los círculos y se especulaba con todo
tipo de teorías, incluida la visita de alienígenas. «Algo estaba sucediendo en
los campos del sur de Inglaterra. Además, comenzamos a recibir noticias que
confirmaban que fenómenos similares estaban apareciendo en otros lugares del
mundo», recuerda Colin Andrews, actualmente el experto en el tema más conocido
de Inglaterra.
El
temor llegó a las altas esferas. Al ejército británico lo preocupaba que naves
no identificadas estuvieran recorriendo su espacio aéreo. La Unión Nacional de
Granjeros inglesa ofreció una recompensa de mil libras por cualquier dato que
llevara a la detención de quien estuviera causando esos daños a la agricultura.
La iniciativa para la primera investigación oficial vino de la primera ministra
Margaret Thatcher. El encargo de la investigación recayó sobre Colin Andrews,
quien dedicó los siguientes diez años a estudiar el fenómeno. «Cada persona
interpreta estas marcas de forma diferente. Hay gente que piensa que son obras
de arte; otros, comunicación extraterrestre y otros, simple vandalismo. Yo creo
que está ocurriendo algo fascinante y de importancia crucial. Y la ciencia
debería averiguar de qué se trata y qué es lo que lo provoca», indica Andrews.
Las
marcas solían aparecer a la luz del día en lugares donde el día anterior no
había nada anormal. Durante la noche se montaron guardias con cámaras
infrarrojas, binoculares y grabadoras sensibles para registrar una posible
actividad inusual. Pero los equipos de visión nocturna no registraban nada,
pero a la mañana siguiente aparecían algunos círculos. También llamaba la
atención que en el suelo no se detectaban rastros o residuos, y las plantas de
los alrededores no estaban afectadas. «Pero lo más asombroso de todo era que no
se apreciaba que existiera ningún camino de acceso, ninguna huella o rastro de
tallos rotos en la espesura del campo alrededor de los círculos», cuenta
Andrews.
Se
puso en marcha una investigación científica. Se tomaron muestras de los
círculos de cosecha y se analizaron en el laboratorio dirigido por el biofísico
norteamericano Paul Levengood. Tras examinarlas, encontraron numerosas
anomalías, entre ellas que las semillas habían desaparecido. «No había semillas
en las vainas. Analizamos unas cuatrocientas cincuenta muestras procedentes de
ocho países diferentes. Y en todas ellas se detectaron todas y cada una de las
anormalidades detectadas en la primera muestra original. Las plantas mostraban
cuatro o cinco anomalías que somos incapaces de explicar», afirma la colega del
doctor Levengood, Nancy Talbott.
Una
de las deformaciones más reveladoras aparecía en las articulaciones de los
tallos, los nódulos. En las muestras tomadas en los círculos de algunos campos
de cultivo los nódulos habían estallado, habían reventado desde el interior,
algo parecido a lo que le sucede a un tejido vivo al que se mete en el
microondas. Se empezó a pensar en la teoría de que «un agente de calor, que
podría ser un microondas, estaba interactuando con los líquidos dentro de los
tallos de las plantas», explica Nancy Talbott. Algunos atribuyeron esta
radiación de alta frecuencia a naves extraterrestres que quemaban los campos
formando círculos con sus emisiones de energía de microondas. No se llegó a ver
ningún platillo sobre los campos ni se filmó ningún mensaje geométrico mientras
se realizaba, pero los partidarios de la teoría de los extraterrestres
destructores de las cosechas aseguraban que, de hecho, en la zona de los campos
de cultivo había bastantes avistamientos de ovnis. Hasta el punto de que
algunos investigadores aseguran que un tercio de todos los círculos de los
campos de cultivo pueden relacionarse con avistamientos de ovnis. También
hablan de niebla vista frecuentemente, poco después de una formación; y de
extraños sonidos agudos en los campos de los círculos.
Sin
embargo, la explicación del fenómeno del equipo de Levengood fue mucho más
prosaica. Según Nancy Talbott, los círculos son producidos por unas fuerzas
desconocidas llamadas plasmas, que no son más que masas de partículas de aire
electrificadas, causantes entre otros de los relámpagos y las auroras boreales.
«Los análisis de los terrenos y de las plantas revelan la presencia de fuertes
campos magnéticos, impulsos eléctricos y algún tipo de calor que, posiblemente
sean radiaciones por microondas», señala.
En
1990 surgió otra teoría. El físico y meteorólogo Terence Meaden indicó que la
causa de los círculos podría ser un fenómeno meteorológico. Para Meaden los
círculos solían aparecer en zonas donde el viento genera remolinos que se
cargarían eléctricamente a causa de fricciones internas. Sensibles a las
variaciones locales de los campos eléctricos, los remolinos se situarían sobre
los campos. Según su hipótesis, esa especie de torbellino o pequeño tornado
podría descender hasta la superficie del campo, donde permanecería
estacionario; al desvanecerse, en el terreno quedaría una pequeña depresión con
forma de caracol, resultado de los vientos en espiral, con todas las cosechas
inclinadas hacia abajo en un círculo, en el sentido de las agujas del reloj.
Por fin aparecía una teoría que tenía cierto sentido y que convencía a quienes
no aceptaban una explicación sobrenatural.
§.
Las formas se complican
Durante
algún tiempo, sobre todo en el ámbito científico, la teoría del torbellino
prevaleció hasta que los círculos se fueron convirtiendo en formas cada vez más
complicadas. En mayo de 1990, cuando de pronto aparecieron dos círculos
conectados por una línea recta, todo cambió. A partir de entonces comenzaron a
aparecer trazos de diseño elaborado y llamativos dibujos, algunos de tamaños
colosales. Entonces, la teoría del torbellino de Terence Meaden dejó de tener
sentido. Lo que antes eran diseños sencillos, se presentaban ahora como cruces
celtas que adoptaban la llamada geometría sagrada de las cinco formas en
equilibrio, componiendo galaxias espirales, fases de la luna, signos
astrológicos, símbolos mágicos y alfabetos desconocidos. Por su complicación y
diseño, no eran tramas que pudieran ser realizadas por la naturaleza. Año tras
año los diseños eran más complicados. Era como si una inteligencia superior
estuviera intentando llamar la atención. Algunas personas se lo tomaron muy en
serio convencidos de que un gran marcador de círculos intentaba enviar mensajes
para iniciar a los seres humanos en misterios cada vez más profundos. Otras
insistían en que ningún ser humano podría haber concebido una obra tan
magnífica y complicada.
A
principios de la década de los noventa, la circulomanía proliferaba en
Inglaterra por todas partes y cada verano aumentaban los seguidores e
investigadores devotos de los círculos con todo tipo de teorías. El fenómeno
comenzó cuando la gente acudía entusiasmada, una y otra vez, a visitar los
círculos. Se los empezó a llamar croppys o, en castellano, cerealólogos, y
procedían de todo el mundo. Los campos de trigo más remotos se convertían así
en puntos de encuentro internacionales, algo que no gustaba demasiado a los
granjeros, que veían en estos grupos a violadores de la propiedad privada, ya
que se metían en sus terrenos y pisoteaban sus campos. Incluso, algunos
granjeros, incapaces de alejar a los visitantes no invitados, colocaron buzones
para donaciones en las entradas a sus terrenos: de esta forma, los intrusos
podían compensar en parte el daño que causaban en los cultivos.
Personas
con distintos niveles de preparación científica inspeccionaron los lugares,
dieron multitud de explicaciones, fundaron revistas dedicadas en su totalidad
al tema… Los puntos de reunión de esta comunidad eran pubs, como el Barge Inn,
en Wiltshire, el centro neurálgico reconocido de todos los entusiastas del
misterio. Allí se creó un área de exposiciones y se colocaban tablones de
anuncios con las últimas noticias de los círculos. En la parte de atrás del
pub, los croppys acampaban cada verano, como si se tratara de una comuna hippy
de los años sesenta. En la actualidad todavía se reúnen. Lo que atrae a todos
esos peregrinos no es únicamente la belleza de los diseños. Se dice que los
interiores de los círculos son fuentes de una misteriosa energía y que se
experimentan cosas que desafían la realidad: los instrumentos electrónicos se
descontrolan, las baterías se descargan, las brújulas se desconciertan, los
relojes cambian rápidamente de hora… Incluso se les atribuye efectos
afrodisíacos, conocidos como «el efecto viagra», ya que hay bastantes hombres
que declaran haber tenido erecciones al pisar uno de estos círculos. Las
explicaciones a tales fenómenos van desde la radiación ambiental a los
traicioneros campos electromagnéticos, pero nadie sabe a ciencia cierta qué es
lo que causa estas reacciones.
§.
Más señales de alarma
En
junio de 1991 se descubrieron estos círculos en terrenos de la Casa Real
británica. El príncipe Carlos y lady Diana llamaron a consulta a Colin Andrews
y le pidieron que los acompañase a analizar los dibujos sobre el terreno. Sin
embargo, debido a la filtración publicada en el periódico Today, todos los
planes fueron cancelados, según afirma Colin Andrews. A los pocos meses, en
septiembre de 1991, el bombazo apareció en todos los periódicos. Dos jubilados
amigos de Southampton, llamados Doug Bower y Dave Chorley, anunciaron que
llevaban quince años haciendo figuras en las cosechas y reclamaron la
recompensa ofrecida por un periódico británico. Según Bower, la idea le surgió
en los años sesenta, cuando vivían en Australia y se comenzó a hablar de
avistamientos de ovnis relacionados con unas misteriosas marcas aparecidas en
la hierba o en el campo. En aquellos días a estos círculos se les denominaban
«nidos de ovnis». Tras trasladarse a Inglaterra en la época del boom de los
fenómenos de Wiltshire, en su pub habitual se juntó con su compañero de bromas,
David Chorley. Ambos encontraban muy graciosos los informes de ovnis y pensaron
que podría ser divertido engañar a los crédulos. Desde 1978 hasta 1990 se
dedicaron a hacer multitud de círculos de cosecha. Bower y Chorley hicieron
incluso una demostración ante la prensa de cómo hacían las formas insectoides
más elaboradas.
Los
primeros dibujos sólo les ocupaban unos minutos y los realizaban aplanando el
trigo con la pesada barra de acero que Bower utilizaba como mecanismo de
seguridad en la puerta trasera de su tienda de marcos de cuadros. Más adelante
utilizaron una plancha de madera atada a un trozo de cuerda y un ovillo de hilo
para las medidas. Entonces, cuando la teoría del físico Terence Meaden sobre
los torbellinos parecía haber convencido a todos, Doug Bower y Dave Chorley
decidieron llevar más allá el reto y, gradualmente, fueron diseñando y
ejecutando figuras cada vez más elaboradas, con círculos más complejos. La
teoría de Meaden quedó invalidada: no se podía explicar cómo aparecían crop
circles dentro de otros círculos, con barras y líneas rectas. De pronto, los círculos
en los cultivos comenzaron a aparecer en la prensa y a ser investigados por
ufólogos que se tragaron la broma y empezaron a propagar la teoría de que la
inteligencia humana no podían ser responsable de los dibujos tan sofisticados.
§.
Imitadores y artistas
Tras
confesar Bower y Chorley a la prensa su engaño, una ola de alivio recorrió la
opinión pública. Ellos dejaron de hacer círculos pero le siguieron muchos
imitadores. «Basta una guía para dibujar la geometría y un aplastador para
dejar plano el terreno», explica John Lundberg, conocido diseñador de círculos
que confiesa que ha dibujado más de cien formaciones, pero se niega a decir
cuáles, porque cree que parte del impacto que provocan se debe al aura de
misterio que las rodea. Sin embargo, John Lundberg podría estar involucrado,
junto a otro artista de vanguardia, Rod Dickenson, en la creación de uno de los
más famosos círculos: el de la plantación de trigo de Avebury, creado para el
periódico Daily Mail por dos artistas londinenses como parte de un experimento
que revelaría la extraordinaria predisposición de la gente a creer en cualquier
cosa. Parece ser incluso que Rod Dickenson y John Lundberg aprendieron a hacer
círculos en los cultivos gracias a los consejos de Doug Bower.
Lo
cierto es que hacer un círculo en un campo de cultivo es fácil: se fija la guía
para marcar el diámetro; después una persona coge la guía, mientras otra marca
el círculo sobre el trigo y, por último, el área se aplasta sencillamente con
una tabla de 1,20 metros, con una cuerda para arrastrarla. Los patrones más
complejos se consiguen haciendo muchos círculos y añadiéndoles florituras. Una
sola formación puede tener hasta mil quinientos círculos. A menudo, los
creadores marcaban sus diseños con sagradas geometrías y dibujos mágicos para
transmitir la sensación de misterio al público que los contemplaba.
Misterio
resuelto. Los círculos de los campos de cultivo quedaron justificados con la
explicación de Bower y Chorley. Pero para muchos investigadores su historia
presenta algunas lagunas inexplicables. Para comenzar, está la cuestión
geográfica. Ellos son los únicos que han reconocido trazar estos dibujos desde
1978 hasta comienzos de los noventa. Pero ¿cómo un fenómeno de escala mundial
puede explicarse por las acciones de dos hombres con una guía y una tabla?
«Ellos nunca explicaron cómo habían hecho los círculos que aparecieron en
Australia, Canadá, Estados Unidos o Rusia. Es evidente que no estamos hablando
de una conspiración internacional. Con lo que contaron Doug y Dave lo único que
hay es una explicación del fenómeno local. Ellos lo hicieron en Inglaterra,
pero ¿quién los trazó en tantos otros sitios?», se pregunta Colin Andrews.
También
está el hecho del análisis científico del estado de las plantas que, en algunos
casos, aparecieron destrozadas, pero en otros surgieron como si se hubieran
caído por sí mismas sin intervención humana alguna. «En los primeros círculos,
los tallos aparecían sin daño alguno, sin evidencias de haber sido aplastados»,
cuenta la experta Lucy Pringle, fundadora y miembro del Centre for Crop Circle
Studies. Entonces, surgió una nueva perspectiva sobre los hechos. Se comenzó a
hablar de que, por un lado, estaban los círculos realizados como engaños que,
generalmente, son los más complicados y realizados en el sur de Inglaterra.
Pero también estaban los llamados círculos originales de los campos de cultivo
localizados por todo el mundo y que solían tener diseños más sencillos y con
detalles muy sutiles, como por ejemplo, que no existían vías de acceso visibles
a ellos.
En
opinión de algunos expertos, hay una gran diferencia entre los que se
consideran fenómenos de la tierra y los falsos círculos realizados por la mano
del hombre. «Te quedas completamente desconcertado cuando ves con tus propios
ojo uno de estos círculos. No sé a qué atribuirlo. Estoy completamente
desorientado», cuenta Carl Kuhn, propietario de una granja situada entre
Alberta y Saskatchewan, en Canadá, donde en el verano de 1999, cuando
recolectaba el trigo, halló una gran brecha con las plantas aplastadas formando
una marca en forma de espiral en medio del campo. Formaban tres círculos, pero
lo más asombroso de todo era «que no se apreciaba que existiera ningún camino
de acceso, ninguna huella, ningún rastro de tallos rotos en la espesura del
trigo», asegura.
«Poco
a poco la historia de Bower y Chorley ha ido perdiendo fundamento y
credibilidad, y cada vez hay más gente que vuelve a preguntarse por qué siguen
ocurriendo estos fenómenos», afirma Andrews. De hecho, año tras año, siguen
apareciendo desconcertantes formaciones en los campos de grano maduro. Y con
estas apariciones, continúa la peregrinación de croppys. Increíblemente, se
está produciendo el regreso del fenómeno. En 2002, el director norteamericano
de origen indio M. Night Shyamalan volvió a rescatar los círculos de los campos
de cereales con el filme Señales, protagonizado por Mel Gibson. La película,
con menos éxito que su thriller psicológico El sexto sentido que lo catapultó a
la fama, volvía a la teoría de los extraterrestres con, según la crítica, un
uso poco imaginativo de los crop circles. Pero volvió a surgir la pregunta:
¿hay algo más que un engaño o la obra de algunos artistas detrás de estos
círculos?
§.
Últimos descubrimientos
Tras
la confesión de Bower y Chorley en 1991, el fenómeno pareció perder interés.
Para los científicos esto fue positivo. Si podían encontrar evidencias previas
a 1978, año en que según su confesión comenzaron a actuar, el argumento del
engaño quedaría completamente desacreditado. Algunos historiadores se pusieron
manos a la obra. Antes de 1980 hay registrados cerca de cuatrocientos círculos
en doscientos noventa casos extraños. «Puede que haya más casos, pero éstos son
los que están documentados», asegura George Bishop. La investigación que ha
realizado Terry Wilson demuestra sin lugar a dudas que el misterio de los
círculos se remonta mucho más allá de 1978, a varias décadas atrás. Entre los
casos documentados, está el ocurrido en 1975 en una granja de Minnesota, donde
un granjero encontró un ternero mutilado. Días antes, un fotógrafo desde una
avioneta fotografió largas cadenas de círculos: hasta cuarenta y siete dibujos
diferentes todos en el mismo terreno. «Fue un descubrimiento histórico: nunca
tuvimos un número de círculos tan alto, hasta entrados los años noventa»,
explica el escritor Terry Wilson. Y ocurrió antes de la actuación de Bower y
Chorley y a miles de kilómetros de Inglaterra. A partir de estos casos, el
fenómeno se volvió a situar en sus comienzos y surgió de nuevo la duda
original: ¿quién hacía esos círculos?
Desde
que, en 1999, aparecieron los tres círculos en la granja de Carl y Pat Kuhn,
para ellos el misterio no ha hecho más que aumentar. En dos de los tres
círculos no ha vuelto a crecer nada, ni hierbajos. «Me resulta extraño. Parece
que todo hubiera sido causado por una extraña fuerza, pero no tengo
explicación. No he visto nada parecido en todos mis años de granjero», cuenta
Carl Kuhn. Tan extraño que algunos aseguran que está fuera de la realidad.
Dicen que hay una cuarta dimensión, una dimensión paralela que la ciencia
convencional no puede explicar. Sería como una especie de proyección de lo que
percibimos como realidad y de la que sólo captamos impresiones aisladas como,
por ejemplo, los círculos de los campos de cultivo. Extrañas huellas que vienen
de otra dimensión y dejan marcas que aparecen por la noche y desaparecen con la
recolección. Otra teoría de la explicación sobrenatural del fenómeno.
En
agosto de 2000, Colin Andrews anunció los resultados de la investigación que
durante décadas había llevado a cabo. Sus conclusiones indican que un 80 por
ciento de los círculos ha sido trazado por la mano humana. Un descubrimiento
posible gracias a las técnicas detectivescas más antiguas: Andrews contrató a
un equipo de personas que vigilaron los campos. En algunos casos, los
embaucadores fueron grabados con cámaras de infrarrojos. «Tenemos grabado en
vídeo cómo se realizaron algunos de los círculos más laboriosos. Bajo las
plantas hemos descubierto los rastros escondidos de las vías de acceso, incluso
huellas de tractores que se adentraban en el campo. También hay huellas de ocho
centímetros de profundidad que coinciden con las marcas de los zapatos de
personas en los puntos exactos donde estuvieron paradas para trazar el dibujo»,
concluye Andrews.
Pero
¿qué explicación tiene el 20 por ciento restante? Según Andrews, un porcentaje
también podría ser obras fraudulentas y sólo en una minoría no hay pruebas de
la intervención humana. Según su explicación, los llamados círculos originales
son producto del electromagnetismo. Según parece, un potente campo
electromagnético no sólo elimina las plantas y produce el fallo de los aparatos
eléctricos, sino que también deja su rastro en el terreno. «Tras nuestro
análisis, hemos descubierto que el campo magnético en la tierra imita el patrón
del grano en el terreno. No sólo sigue fiel el modelo sino que amplía el grado
de magnetismo, la fuerza magnética y lo rota unos tres grados», explica
Andrews.
Sea
cual sea el origen de los crop circles, el fenómeno continúa hoy en día con
todo tipo de especulaciones al respecto. «Estamos hablando de un fenómeno de
cientos de años para el cual todavía no hemos encontrado una explicación
medianamente convincente», señala Andrews. Mientras, las organizaciones
cerealológicas han crecido y se han dividido. Tras Colin Andrews, Pat Delgado y
Terence Meaden, los cerealólogos más famosos del mundo, han empezado a surgir
otros expertos con teorías más prudentes o científicas. Meaden y Delgado
desertaron tras la confesión de los primeros engaños. Andrews, en 2002, incluso
denunció que la CIA estaba involucrada. Doug Bower, con cerca de 80 años, sigue
siendo en Inglaterra una estrella mediática de la contracultura paranormal. Su
compañero de travesura, Dave Chorley, murió en 1997. Ninguno de los dos previó
la enorme repercusión de sus dibujos. Para ellos no fue más que una broma. Sin
embargo, los círculos de cosecha son un poderoso símbolo contemporáneo: para
los que los consideran un regalo divino o de los alienígenas son, incluso,
objetos de culto, y para los escépticos, la mayor broma artística del siglo XX.
15.
Cazadores de extraterrestres
¿Estamos
solos? ¿Podría haber otra civilización inteligente en el universo? Son
cuestiones planteadas desde que el hombre miró el cielo, comenzó a enviar
señales al espacio y se paró a escuchar una respuesta. Durante siglos, los
astrónomos han orientado sus telescopios hacia el cielo preguntándose qué
estaría pasando en las estrellas y planetas lejanos. Científicos y soñadores
siguen tratando de responder a una pregunta: ¿hay alguien ahí fuera? Son
cazadores de extraterrestres, empeñados en descubrir hipotéticas formas de vida
que pueden haberse originado, existido o todavía vivir en otros lugares fuera
del planeta Tierra. Actualmente no existe prueba alguna que demuestre o
desmienta su existencia. Pese a ello, hay una cantidad impresionante de
trabajos y publicaciones serios sobre el tema. Sin embargo, éste continúa
siendo uno de los grandes misterios sin resolver por el ser humano.
El
30 de octubre de 1938, la noche anterior a Halloween, millones de personas en
Estados Unidos quedaron impresionadas ante lo que escucharon en la radio. En el
programa semanal de la cadena CBS, ocurrió un fenómeno que nunca antes había
sucedido. Un joven Orson Welles, junto al grupo de actores de la Mercury
Theater Company dramatizaron La guerra de los mundos, una obra de ciencia
ficción escrita, en 1898, por H. G. Wells. La narración estaba disfrazada de
programa musical interrumpido por noticias de unos astrónomos que acababan de
ver unas extrañas explosiones en Marte. Después, se informaba de que un
meteorito —que resultó ser una gigantesca nave— caía en New Jersey. La
atmósfera de la transmisión era de un realismo total. Los que no oyeron el
principio del programa donde se advertía que era una dramatización pensaron que
un ejército marciano estaba invadiendo la Tierra en naves dotadas de armas
destructoras y gases venenosos… El programa de Orson Welles produjo la alarma
general, sobre todo en las calles de New Jersey y Nueva York, y demostró tres
cosas: el extraordinario poder que tenía la radio para movilizar a las masas;
la genialidad del responsable de este curioso engaño, que catapultó a la cima
la carrera de Welles, y el convencimiento de muchas personas de la existencia
de seres inteligentes originarios de otros mundos fuera de la Tierra, una
posibilidad que está en la mente humana desde hace milenios.
«Desde
que la Humanidad alzó la vista a la noche estrellada existe ese anhelo en lo
más profundo del ser humano. Todo el mundo se ha parado a mirar el cielo y se
ha preguntado en alguna ocasión: ¿habrá alguien mirando desde ahí arriba?»,
indica Seth Shostak, astrónomo del Instituto SETI (Search for Extraterrestrial
Intelligence), una entidad que nació en los años setenta con el apoyo de la
NASA y que busca pautas que puedan servir de pruebas científicas de la
existencia de vida extraterrestre.
§.
Un milenario anhelo humano
En
el Antiguo Egipto se lo llamaba Ra, el dios Sol. Los griegos poblaban el cielo
de cientos de dioses y diosas que describen en su literatura como «seres de más
allá de la Tierra». Además, daban nombres y formas humanas a las
constelaciones: Sagitario, el arquero; Orión, el cazador; Hércules, el héroe…
También desde hace siglos el ser humano sabe que la Luna ejerce una enorme
influencia sobre la Tierra; afecta a las mareas, a las cosechas, incluso a las
emociones. Existen pruebas desde hace más de dos mil años de que hemos tratado
de comunicarnos con alguien de más allá de los confines terrestres. En las
altiplanicies peruanas, por ejemplo, se han encontrado gigantescos dibujos en
el suelo, algunos de más de 3,5 kilómetros y que sólo se pueden ver desde el
cielo. Estas líneas de Nazca, en las pampas de Jumana, son un conjunto de
figuras zoomorfas, fitomorfas y geométricas grabadas en la superficie de las
mesetas desérticas entre los años 300 a. C. y 600 d. C. por los pobladores de
la zona, quizá como un intento de comunicación con otras posibles formas de
vida. ¿Podría ser la primera pancarta de bienvenida del ser humano a los
extraterrestres?
En
el siglo XVI empezó a cambiar la percepción del ser humano con respecto al
universo. Aunque entonces la realidad se confundía con el mito y la
superstición, la incipiente ciencia de la astronomía sólo hacía aumentar la
convicción de que no estamos solos en el universo. A la cabeza de esta
disciplina estaba el astrónomo polaco Nicolás Copérnico. Su libro De
Revolutionibus Orbium Coelestium (De las revoluciones de las esferas celestes),
publicado póstumamente en 1543, es considerado como el punto inicial de la
astronomía moderna. Fue él quien «situó el Sol en el centro en lugar de a la
Tierra, lo que reemplazó la visión geocéntrica del mundo por una heliocéntrica.
Esto supuso, en relación con la vida extraterrestre, que la Tierra era otro
planeta más. La pregunta que surgió entonces fue ¿cuánto se parecerán todos
esos otros planetas, alrededor del Sol, a la Tierra?», indica Steven J. Dick,
historiador del Observatorio Naval de Estados Unidos.
A
principios del siglo XVII, el italiano Galileo Galilei llevó a cabo las
primeras observaciones astronómicas sistemáticas con telescopio y llegó a la
convicción de que la teoría copérnica —criticada como herética por la Iglesia
católica— era esencialmente válida, lo cual le comportaba ser procesado por
herejía. En la actualidad, esta teoría heliocéntrica es considerada como una de
las más importantes en la historia de la ciencia occidental.
§.
Primeras obras de ciencia ficción
Los
primeros en intentar resolver las cuestiones que se desprendían de la nueva
configuración del universo fueron los escritores y artistas a través de sus
creaciones. De sus mentes soñadoras nacieron los trabajos más tempranos de lo
que más tarde llamaríamos ciencia ficción. Mientras, los científicos exploraban
los cielos con lentes cada vez más potentes y hacían cálculos más exactos. En
1850 ya se habían descubierto cinco planetas, las manchas solares y un satélite
de Marte. En 1877, el astrónomo italiano Giovani Schiaparelli, a través del
gran espejo del telescopio del Observatorio de Brera (Milán), observó algo que
asombraría al mundo: los canales de Marte, unas líneas rectas que recorrían la
superficie del planeta y que, en aquellos días, dio mucho que pensar sobre la
probabilidad de que a 56 millones de kilómetros de distancia hubiera vida. Esta
mera posibilidad iba a ser suficiente para encender la imaginación de
científicos y soñadores de todo el mundo.
En
1865, el francés Julio Verne publicó De la Tierra a la Luna, anunciando lo que
sería realidad un siglo más tarde: el 12 de abril de 1961, el mayor soviético
Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en el espacio. El 5 de mayo de
1961, el comandante Alan Shepard fue el primer estadounidense que viajó al
espacio desde Cabo Cañaveral, en la costa de Florida, el principal centro de
las actividades espaciales de Estados Unidos desde el año 1950. Aquellos
primitivos «viajeros del espacio» fueron lanzados al espacio por medio de
cohetes que impulsaban cápsulas, un método parecido a la bala lanzada con un
enorme cañón del Viaje a la Luna ideado por la imaginación de Verne.
En
1901, el británico H. G. Wells escribió El primer hombre en la Luna sobre unos
astronautas que se encontraban con una sofisticada raza de criaturas parecidas
a insectos. Ya antes había escrito novelas con mucho éxito como La máquina del
tiempo (1895), El hombre invisible (1897) o la famosa obra dramatizada en la
radio por Orson Welles, La guerra de los mundos (1898).
En
1902, el director francés Georges Méliès inauguró el género de ciencia ficción
en el cine con su película de catorce minutos, en dieciséis fotogramas por
segundo, Viaje a la Luna (o en francés Le Voyage dans la Lune), basada en las
novelas De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, y El primer hombre en la Luna,
de H. G. Wells. Sus criaturas humanoides tenían cabeza de pollo y pinzas de
langosta. La imagen, en blanco y negro, de la cara de la Luna con un proyectil
clavado en el ojo se ha convertido en un icono de la cultura popular.
§.
Mensajes a otros planetas
Mientras
escritores y directores de cine europeos especulaban con la vida en otros
planetas, un astrónomo norteamericano creía estar muy cerca de confirmarlo:
Percival Lowell. Proveniente de una familia adinerada, se licenció en
matemáticas por la Universidad de Harvard en 1876, aunque desde niño estuvo
fascinado por la astronomía. Esta ciencia dejó de ser para él un pasatiempo en
1893 cuando, siendo un próspero hombre de negocios en Boston, Lowell leyó un
artículo sobre los canales de Marte de Schiaparelli que cambiaría su vida. Dejó
sus negocios y se dedicó por completo a la astronomía y al estudio del planeta
rojo. En 1895 publicó sus primeros descubrimientos y teorías en un libro
titulado Mars, que se convirtió en un best seller de la época. En él aseguraba
que había indicios evidentes sobre la existencia de seres más avanzados que
nosotros.
En
1896, Lowell construyó su observatorio en el lugar más elevado y oscuro al que
podía llevar su telescopio: en Flagstaff, Arizona y, al poco tiempo, se hizo
famoso al realizar la sorprendente afirmación de que había hallado unas
estructuras artificiales en Marte. Los intrincados rastros de los canales
dibujados por Giovanni Schiaparelli, según Lowell, fueron construidos por los
marcianos para transportar agua desde los casquetes polares al ecuador del
planeta. Una teoría que no fue aceptada por la mayoría de la comunidad
científica y durante muchos años fue motivo de burla. Pero Lowell no se
desanimó y pasó miles de horas observando y haciendo minuciosos bocetos de todo
lo que veía desde su telescopio. Después, convirtió los dibujos en mapas y en
globos marcianos, observaciones que recoge en Mars and its Canals (1906) y Mars
As the Abode of Lifeb (1908). El Observatorio Lowell, en Flagstaff, todavía
permanece activo en nuestros días; en sus archivos se mantienen guardados sus
manuscritos y mapas como tesoros y han servido como estímulo a otros
científicos.
A
partir de Lowell, la investigación extraterrestre tomó otro rumbo. Los
científicos comenzaron a alegar que, si nosotros los podíamos ver, tal vez
entonces, los extraterrestres también podrían vernos a nosotros. Sin embargo,
ya desde antes se habían propuesto iniciativas científicas de comunicación
interplanetaria. A finales del siglo XIX, el matemático alemán Karl Friedrich
(1777-1855) quiso plantar enormes franjas de trigo en la estepa siberiana, en
forma de un gran triángulo, como signo de vida inteligente en la Tierra para
aquellos que nos observaran desde el espacio exterior. El astrónomo austríaco
Joseph von Littrow propuso abrir una red de canales de metro y medio de
profundidad en el Sahara y prenderles fuego a modo de señales a nuestros
parientes extraterrestres. Littrow señalaba que la construcción de una
circunferencia perfecta indicaría mejor la presencia de inteligencia que la
escritura de símbolos matemáticos. En Francia, el científico autodidacta
Charles Cros (1842-1888) animó al gobierno galo para que construyera un espejo
gigante para reflejar la luz solar hacia Marte.
El
descubrimiento, en 1887, de las ondas de radio transformó todas las ramas de la
ciencia. La idea de que algo o alguien pudiera recibir o enviar mensajes
implicaba que había la posibilidad de comunicarnos con otros mundos. Éste era
el sueño de Nikola Tesla, un físico e ingeniero serbio afincado en Estados
Unidos. En 1899, realizando experimentos en Colorado Springs, creyó haber
detectado una señal. No anunció nada hasta 1901 por temor a desatar una
polémica. Pero ese año publicó un pequeño artículo <(«Talking with the
Planets»), en el que previó que la posibilidad de mandar mensajes entre
planetas sería uno de los asuntos de mayor interés del siglo XX. Manifestó que
había detectado señales que podrían deberse a un control inteligente. «Cada vez
estoy más convencido —escribió— de que he sido el primer ser humano en escuchar
un mensaje de bienvenida de un planeta a otro».
Estas
declaraciones tuvieron mucha repercusión y publicidad, pero en círculos
académicos la idea de una comunicación por radio con el espacio exterior fue
acogida con escepticismo, incluso con sarcasmo. Tuvieron que pasar otras dos
décadas para que se volviera a retomar la hipótesis de la comunicación
interplanetaria. Y fue gracias a otro pionero de la radio, Guglielmo Marconi.
«Marconi creyó haber detectado una señal por radio desde Marte. La noticia
apareció varias veces en las páginas del periódico The New York Times durante
1919 y en los comienzos de los años veinte», asegura el historiador Steven J.
Dick; aunque «… al final, Marconi perdió interés por el asunto y todos los
puntos y rayas que recibió continuaron siendo un misterio. Otras personas, sin embargo,
continuaron pensando que podrían significar algo».
Fue
el caso del astrónomo David Todd, especialista en eclipses solares, quien en la
década de los veinte comenzó a interesarse por la posibilidad de que los
marcianos pudieran comunicarse con la Tierra a través de ondas de radio. Ya en
1909 se le ocurrió la idea de lanzar un globo más allá de la atmósfera y
utilizar un aparato de radio desde allí para detectar posibles señales de
Marte. Entre el 29 y el 30 de agosto de 1924, Marte se encontraba en el punto
más cercano a la Tierra, lo que según Todd proporcionaba las óptimas
condiciones de comunicación con el planeta rojo. Solicitó al ejército
norteamericano que cerrase por unos minutos todas sus transmisiones de radio en
la zona de Washington y, asombrosamente, el ejército accedió. El jefe de las
Operaciones Navales envió un despacho a las estaciones de radio a su mando
pidiéndoles que se evitara toda transmisión innecesaria y que quedasen a la
escucha ante cualquier señal extraña.
Durante
el experimento de Todd, otro científico que trabajaba con él, C. Francis
Jenkins —quien había inventado una primitiva versión de televisión llamada
«máquina de transmisión continua de fotomensajes de radio»—, registró lo que
fue descrito como «una curiosa representación gráfica de un fenómeno de radio».
Era algo parecido a la imagen de un rostro. Pero Jenkins era mucho más
conservador que Todd, y declaró que no creía que tal fenómeno estuviera
relacionado con Marte. David Todd, siempre queriendo ir más allá, afirmó que
tal vez sí procedieran del planeta rojo.
Todavía
en la actualidad se puede ver la representación gráfica captada. Tiene nueve
metros de largo por más de quince centímetros de ancho. Algunas personas lo
interpretan como el perfil de un rostro humano. Otras hablan de la posibilidad
de que se trate de un código marciano que los extraterrestres esperan que
descifremos. Y lo intentó el jefe de criptografía de la Armada de Estados
Unidos, William Friedman —famoso por haber descifrado numerosos códigos
alemanes durante la Segunda Guerra Mundial—, pero no le dio tiempo porque murió
antes de descifrar la misteriosa película grabada por el primitivo aparato de
Jenkins.
§.
Nace la era de los ovnis
Entre
los años treinta y cuarenta, los científicos descubrieron varios cuerpos
celestes y mundos extraños; sistemáticamente se barajó la idea de que alguno de
ellos pudiera estar habitado. En 1947, el piloto del Servicio Forestal de
Estados Unidos Kenneth Arnold, mientras sobrevolaba el estado de Washington,
vio lo que describió como «discos voladores». Unos días después, en una
conferencia de prensa, el ejército de Estados Unidos pareció confirmar lo que
podría ser una invasión extraterrestre en Roswell, Nuevo México. Había nacido
la era de los ovnis. Las autoridades militares y civiles no pararon de recibir
miles de llamadas de personas que decían haber visto platillos volantes. Desde
siempre, el cine y la televisión no han dejado de difundir ideas sobre seres de
otros planetas que han visitado la Tierra, algo que aún hoy siguen haciendo; en
las producciones de Hollywood les gustaba mostrar qué aspecto podrían tener los
extraterrestres que pudieran llegar a visitarnos…
Era
el comienzo de la Guerra Fría y la gente tenía miedo a todo lo que sobrevolara
el cielo porque se pensaba que podrían ser aviones soviéticos que intentaban
bombardear Estados Unidos. Además, los norteamericanos estaban a punto de
lanzar un cohete al espacio y muchos pensaban que los alienígenas podrían hacer
lo mismo y enviar una nave a la Tierra. La gente acabó interpretando lo que
veía en el cielo como de origen extraterrestre y, sobre todo, hostil.
Desde
el principio, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos participaron de este fervor
popular. En 1947 llevaron a cabo secretamente un proyecto llamado Libro Azul
para investigar a los ovnis. En 1969, este proyecto saldría a la luz y se daba
por concluido con la afirmación de las Fuerzas Aéreas de que «no había pruebas
tangibles de que los ovnis fueran una amenaza para la seguridad nacional
estadounidense». Todos esos extraños fenómenos que desde hacía años cientos de
personas habían divisado en el cielo podían tener una explicación meteorológica
o electrónica, según los portavoces de las Fuerzas Armadas norteamericanas, y
no indicio de ningún peligro o invasión extraterrestre.
Entre
los astrónomos, la posibilidad de comunicación con otros mundos se mantiene
viva, alimentada no por la obsesión de los ovnis sino por la posibilidad de
encontrar pruebas científicas. El astrónomo pionero Edwin Hubble demostró que
hay otras galaxias más allá de la Vía Láctea y que el Universo está en
constante expansión. Esto abría posibilidades infinitas para la vida
inteligente en otros planetas. Hubble, considerado como el padre de la
cosmología observacional aunque su influencia en astronomía y astrofísica tocó
muchos otros campos, fue el primero en utilizar en 1948 el telescopio Hale del
observatorio Monte Palomar, en California, el telescopio más grande del mundo.
Murió en un accidente en 1953, pero poco antes manifestó que estaba convencido
de que «muchos de los planetas divisados por el Hale pueden ser aptos para la
vida».
A
mediados del siglo XX aumentó el interés por buscar la respuesta a cómo se
podía determinar científicamente la existencia de vida en otras partes de la
galaxia. En un intento de responder a esta cuestión nació la llamada «paradoja
de Fermi». El físico italiano Enrico Fermi, alrededor de 1950, se planteó que,
si había tantas civilizaciones en el espacio exterior, por qué no las veíamos
en la Tierra. Así, el razonamiento de Fermi era que, si consideramos que el
Universo tiene de 1200 o 1500 millones de años y si realmente hay
civilizaciones extraterrestres deberían haberse expandido y haber poblado ya la
galaxia. Pero mirando alrededor, no vio ninguna indicación de que estuvieran
por aquí. Y se planteó a sí mismo una pregunta: nuestra galaxia debería estar
repleta de civilizaciones, pero ¿dónde están? La respuesta de Fermi a su
paradoja fue que toda civilización avanzada de una galaxia desarrolla con su
tecnología el potencial de exterminarse y el hecho de no encontrar otras
civilizaciones extraterrestres implicaba para él un trágico final para la
Humanidad.
§.
La nueva astronomía
La
introducción de las técnicas fotográficas a partir del siglo XIX y el
desarrollo, a partir de la Segunda Guerra Mundial, de los detectores de ondas
de radio (radiotelescopio) impulsaron el desarrollo de la principal rama de la
astronomía: la astrofísica, y facilitó el estudio de la composición, estructura
y evolución de los cuerpos celestes. Algunos astrónomos norteamericanos
comenzaron a pensar que, tal vez, no se necesitaba un gran ojo sino un gran
oído para descubrir la vida extraterrestre. Así nació la llamada «nueva
astronomía», que postulaba que los cuerpos celestes irradian energía a lo largo
del espectro electromagnético de muchas formas, aparte de la óptica. Una nueva
generación de astrónomos se dedicó a estudiar esta teoría. Fueron los pioneros
del futuro SETI: el proyecto del gobierno de Estados Unidos para la búsqueda de
inteligencia extraterrestre.
Entre
estos nuevos científicos destacaron los trabajos de Frank Drake. En 1960,
después de doctorarse por la Universidad de Harvard, Drake empezó a trabajar en
el Observatorio Astronómico de la Radio Nacional, en Green Bank, Virginia.
«Siempre he tenido la seguridad de que no estamos solos. En nuestra galaxia hay
cuatrocientos mil millones de estrellas y una gran parte de ellas son como
nuestro Sol. Las condiciones para la vida que se dieron en la Tierra pudieron
también darse en otros lugares. Además, en el resto del Universo hay cien
millones de galaxias: no hay duda de que hay vida inteligente en algún lugar
del Universo», afirma Frank Drake.
Para
confirmar sus teorías utilizó un radio telescopio de 13,5 metros capaz de
localizar señales a 1420 megahercios. Es decir, en una frecuencia «marcador» o
en el «punto de encuentro» de un átomo de hidrógeno. Este proyecto se llamó
Ozma. En la primavera de 1969 se conectaron los receptores de Ozma e
inmediatamente este grupo de científicos obtuvo resultados. «Primero apuntamos
la antena a Tau Ceti. Después, enfocamos el telescopio a Epsilon Eridani, a
unos once millones de años luz, y oímos una señal que nunca habíamos escuchado
antes. Mi primer pensamiento fue que era demasiado fácil: ir a una primera
estrella y encontrar una señal. Enfocamos a otro punto, pero cuando volvimos al
punto de partida, ya no pudimos localizar la señal de nuevo», recuerda. Varias
semanas más tarde, localizaron una señal similar y descartaron la posibilidad
de que se tratara de interferencias de radio que provinieran de otro transmisor
en la Tierra. Entonces, ¿de qué se trataba?
El
proyecto Ozma suscitó un gran interés durante 1961. En la reunión anual de la
Academia Nacional de Ciencias, Drake reveló una ecuación que situaría la
búsqueda de extraterrestres a la cabeza de la investigación científica. «Era la
fórmula para calcular el número de civilizaciones que podría haber habido o hay
en el espacio», explica Drake. Su ecuación determina el valor de N, que
representa el número de civilizaciones de nuestra galaxia que tienen el
potencial para comunicarse por radio. Es una forma de cuantificar las
posibilidades que tenemos de recibir un mensaje del espacio exterior. Y, según
Drake, las posibilidades matemáticas son muy buenas. Este trabajo fue una
atrevida fórmula que conmocionó el serio mundo de la astronomía e influyó
notablemente en los trabajos del entonces joven astrónomo Carl Sagan y su
afirmación de que «hay mucho espacio disponible allí fuera».
Pero
también los soviéticos estaban interesados en estas investigaciones. En los
años sesenta, en lugar de buscar alrededor de estrellas cercanas, los
soviéticos prefirieron usar antenas casi omnidireccionales para observar
grandes extensiones del cielo, pensando en la existencia de algunas
civilizaciones avanzadas capaces de irradiar enormes cantidades de energía de
transmisión.
§.
La conquista de la luna y de Marte
En
1961, el astronauta John Glenn describió una órbita alrededor de la Tierra en
el espacio exterior comenzando así la era espacial y una carrera que, al igual
que nuestros más remotos antepasados, para la NASA tenía como objeto el deseo
de llegar a la Luna, y lo lograron el 21 de julio de 1969. Pero antes, desde
1964, sondas espaciales no tripuladas fueron enviadas al espacio para tomar
fotografías y estudiar los planetas. Algunas de ellas aterrizaron en Marte,
buscando indicios de vida. Algunas llevaban consigo mensajes de bienvenida
dirigidos a otras civilizaciones extraterrestres.
En
1974, investigadores no oficiales de platillos volantes anunciaron que poseían
pruebas de que la aviación estadounidense tenía doce cuerpos de alienígenas
ocultos en la base de las Fuerzas Aéreas de Wright Paterson en Dayton (Ohio).
Esto dio pie a un debate que se prolongó a lo largo de varios años y que
disparó la venta de libros de ciencia ficción… También ese año, Frank Drake
envió desde la mayor antena del mundo, la del radiotelescopio de Arecibo (304
metros), en Puerto Rico, un mensaje simbólico codificado de tres minutos por
radio hacia el cúmulo de estrellas M13 a 25.000 años luz de distancia; la
respuesta tardaría cincuenta mil años en llegar a la Tierra. En esos años, ese
tipo de mensajes para posibles alienígenas eran toda una novedad y la idea de
Drake influyó, incluso, en los guionistas de la película Encuentros en la
tercera fase de Steven Spielberg, que en 1977 incluyeron en el argumento las
originales e inquietantes notas musicales con las que los extraterrestres
querían establecer contacto con los humanos.
El
mensaje de Frank Drake, cuando se decodificaba adecuadamente, mostraba una
imagen que comenzaba con un sistema numérico y terminaba con la fórmula de una
molécula de ADN, la molécula básica de la vida humana. «Era un bosquejo del
aspecto de un ser vivo para que los extraterrestres vieran cómo somos y que,
básicamente, se hicieran una idea de que somos primates. Después, había un
dibujo del telescopio desde donde se mandó el mensaje para que tuvieran una
idea de nuestra tecnología», indica Frank Drake. Sin embargo, tres años más
tarde del envío del mensaje al espacio se recibió una respuesta. O, al menos,
eso creyeron los científicos de la Universidad de Ohio. «Fue una señal bastante
más potente de las que habíamos recibido en el pasado: unas cinco o seis veces
más potente. Y me quedé atónito», recuerda Jerry Ehman del Radio Observatorio
de la Universidad del Estado de Ohio.
La
búsqueda de inteligencia extraterrestre iba despertando gradualmente el interés
y el apoyo de la comunidad científica internacional. En 1980, el programa SETI
(Search for Extra Terrestial Intelligence) fue apoyado totalmente por el
gobierno estadounidense, hasta el punto que recibió fondos federales por encima
de los diez millones de dólares a principios de los años noventa. En 1992, las
cosas cambiaron radicalmente y el Congreso de Estados Unidos recortó el
presupuesto para el programa; en menos de un año, después de quince años de
búsqueda y más de sesenta millones de dólares gastados en investigación, SETI
se vio obligada a mendigar subvenciones en el sector privado. En 1993 se
convirtió en una sociedad sin ánimo de lucro: el Instituto SETI en Mountain
View, California, presidida por Frank Drake. Bill Hewlett y David Packard,
creadores de la compañía de ordenadores HP, proporcionaron la base financiera.
Gordon Moore, cofundador de Intel, y Paul Allen, cofundador de Microsoft,
hicieron cada uno donaciones de un millón de dólares. El Instituto entonces
lanzó el Proyecto Phoenix, nombre que hacía alusión a que SETI había surgido de
sus propias cenizas.
La
labor de SETI se centraba en analizar las señales electromagnéticas captadas
por distintos radiotelescopios distribuidos por el mundo y enviar mensajes de
distinta naturaleza al espacio, con la esperanza de que alguno de ellos tuviera
respuesta. Su estrategia, conocida como Búsqueda Orientada, era examinar
cuidadosamente las regiones alrededor de mil estrellas elegidas cercanas
similares al Sol, todas a menos de 200 años luz de distancia, buscando señales
entre los 1000 y 3000 megahercios. Utilizaban las mayores antenas del mundo:
Arecibo (304 metros), situada al norte de Puerto Rico, y la de Parkes (64
metros), en Australia.
En
previsión de un posible contacto, el Instituto creó, a finales de los noventa,
el protocolo SETI. El primer punto de actuación se basaba en asegurarse y
confirmar que la señal que se detecta es realmente extraterrestre y que no
proviene de algún satélite artificial o de alguna interferencia originada por
el hombre, usando para ello una segunda antena situada en otro lugar diferente.
El segundo punto señalaba que, en caso de descubrir cualquier indicio, había
que informar inmediatamente a todo el mundo. «De hecho, la información de una
tecnología extraterrestre es patrimonio del mundo y el Instituto SETI no tiene
la intención de mantenerlo en secreto», cuenta Jill Tarter, directora del
proyecto Phoenix. De momento, Phoenix ha examinado más de la mitad de las
estrellas de su lista de elegidas. Hasta ahora, no se ha encontrado ninguna
señal claramente extraterrestre.
§.
Viajes al planeta rojo
Pero
los telescopios de tierra tenían sus limitaciones, así que desde 1964, desde
las primeras misiones del Mariner, los científicos han tratado de acercarse a
esa posible vida extraterrestre mediante viajes a otros planetas; la primera
parada era Marte. En 1965, un cohete Atlas envía la sonda Mariner 4 a un viaje
de siete meses y de 520 millones de kilómetros a Marte. Desde hacía tiempo se
sabía que había agua y que tenía una atmósfera parecida a la Tierra, así que
tal vez hubiera vida allí también. Mariner 4 mandó las primeras imágenes de
cerca de un planeta que no era la Tierra.
Las
dos misiones del Mariner 6 y 7, en 1969, enfocaron sus cámaras a las
desconcertantes zonas polares del planeta y los científicos descubrieron que
las manchas blancas no eran hielo de agua sino de dióxido de carbono y que las
manchas negras no eran vegetación sino polvo en suspensión moviéndose. En 1971,
cuando el Mariner 9 comenzó a trazar una órbita geosincrónica alrededor de
Marte, se convirtió en la primera nave espacial que daba una vuelta completa a
un planeta que no era la Tierra. La carrera hacia Marte continuó y, en menos de
cinco años, los norteamericanos consiguieron pasearse mediante control remoto
por la superficie del planeta rojo.
La
primera sonda en posarse y enviar datos desde la superficie de otro planeta fue
la soviética Venera 7, que el 15 de diciembre de 1970 llegó a Venus, aunque
sólo envió datos durante poco más de veinte minutos. En 1976, las Viking<1 y
2 de la NASA se posaron suavemente sobre la superficie de Marte y transmitieron
a la Tierra imágenes del paisaje marciano. Estas dos sondas realizaron pruebas
en el suelo en busca de vida marciana durante algo más de seis años. «Se daban
todos los elementos necesarios para la vida y, sin embargo, cuando aterrizaron
las naves no había nada en absoluto. Es muy extraño: es como si todas las luces
estuvieran encendidas pero no hubiera nadie en casa», explica el científico de
la NASA Chris McKay.
Una
vez más, esta prueba real de la existencia de vida más allá de la Tierra se vio
eclipsada por el deseo del público de mezclar ciencia y ciencia ficción. El
interés de la gente se centró en una foto donde se apreciaba una estructura
aparentemente artificial en la superficie de Marte que guardaba un asombroso
parecido a un rostro humano. Sin embargo, más tarde se demostró que no eran más
que un montón de rocas fotografiadas al atardecer marciano.
Mientras
tanto, en la Tierra se había producido otro descubrimiento que sacudió a la
comunidad científica. En 1984, el gobierno norteamericano halló en la Antártida
un pequeño meteorito —no más grande que una patata— proveniente de Marte, con
materia orgánica, que podría indicar la presencia de vida en el pasado. En
1995, cuando observaron al microscopio al ALH 84001 se descubrieron restos de
materia orgánica que podría indicar la presencia de vida en el pasado. «El
equipo del Centro Espacial Johnson cree haber encontrado fósiles en este
fragmento. No sabemos con seguridad si son de Marte, pero ésta es una
posibilidad que nos hace pensar que la vida pudo pasar de Marte a la Tierra, o
viceversa», afirma el científico de la NASA.
A
finales de 1996, la NASA lanzó a Marte la nave no tripulada . Después, el 4 de
julio de 1997, la Mars Pathfinder aterrizaba en el planeta rojo, lo que supuso
el inicio de una nueva serie de expediciones al planeta vecino. El fracaso
llegó en diciembre de 1999, cuando la nave Polar Lander no pudo aportar pruebas
sobre la existencia de agua ni en los polos de Marte ni en su subsuelo, a causa
de un fallo técnico en la antena del aparato. «Cuanto más profundicemos en el
conocimiento de Marte, más posibilidades habrá de demostrar que una vez hubo
vida allí», explica McKay. «La pregunta de si hay vida en Marte, o en cualquier
otro lugar del Sistema Solar o fuera de éste, afecta nuestra posición en el
Universo. Una cosa es pensar en un Universo donde somos la única vida, y otra
cosa bien distinta es un Universo donde hubiera más vida», indica el
historiador Steven J. Dick.
En
julio de 2006, en Marte estaban operando los rovers Spirit y de la NASA, las
sondas Mars Global Surveyor, <2001 Mars Odyssey y Mars Reconnaissance
Orbiter, todas ellas de la NASA, además de la sonda Mars Express de la Agencia
Espacial Europea (ESA).
§.
¿Cada vez más cerca?
No
existe todavía prueba tangible de vida en otros mundos, y menos aún de vida
inteligente, pero ello no detiene a los investigadores. Según Frank Drake, «si
te paras a examinar la biología de la Tierra, te das cuenta de que una de las
características de la vida es su oportunismo, su adaptabilidad, pero con
nuestra forma de pensar conservadora tendemos a creer que la vida sólo puede
existir en planetas como la Tierra. Estoy seguro de que nos vamos a encontrar
con mundos que no siguen las leyes que conocemos». El astrónomo del Instituto
SETI Seth Shostak añade: «Sólo porque no los hayamos encontrado no quiere decir
que no estén».
Han
pasado más de cien años desde que Percival Lowell especuló acerca de la vida en
Marte y, aunque parece ser que en el planeta rojo no existe la avanzada
civilización que él profetizó, su obra es un buen legado para el pensamiento
actual basado en que la búsqueda de vida es lo más interesante del estudio de
las estrellas. Lowell, además, tuvo razón al suponer que Marte sería el primer
planeta que nos iba a proporcionar respuestas con sentido. Fue un visionario
que abrió el camino. Justo antes de su muerte en 1916, Percival Lowell observó
lo que creyó ser el noveno planeta del Sistema Solar. En 1930, los astrónomos
del Observatorio Lowell confirmaban la existencia del «planeta X» y, en honor a
su memoria, lo bautizaron con el nombre de Plutón, tomando las iniciales P y L
de este visionario.
La
búsqueda de vida extraterrestre continúa. Cuando tengamos la certeza de que
compartimos el Universo con otras criaturas inteligentes, no hay duda de que
cambiará profundamente el punto de vista del ser humano. Nadie puede asegurar
cuándo esta aspiración humana podrá dar su fruto. Todavía no se ha resuelto la
pregunta que siempre nos hemos planteado: ¿estamos solos? Tal vez, nos
empeñemos en buscar un tipo equivocado de vida y la civilización más avanzada
que la nuestra. No obstante, hasta que no haya una señal inequívoca e innegable
de la existencia de otra civilización, podemos seguir imaginando que nuestros
vecinos extraterrestres están intentando ponerse en contacto con nosotros o que
nosotros debemos buscarlos sin descanso.
Capítulo
4
Personajes
legendarios
Contenido:
16.
La vida secreta de Ramsés II
17.
La maldición de Tutankamón
18.
La leyenda del rey Arturo
19.
El Código de los Templarios
20.
El asesinato de los Médicis
21.
Un caso de conspiración: El asesinato de Robert Kennedy
16.
La vida secreta de Ramsés II
El
reinado de Ramsés II posiblemente sea el más prestigioso de la historia de
Egipto, tanto en el aspecto económico como en el cultural y militar. Ramsés II
es uno de los faraones más conocidos debido a la gran cantidad de monumentos e
inscripciones que dejó a lo largo de los sesenta y siete años de mandato.
Ningún otro faraón levantó tantas y tan grandiosas estatuas de sí mismo, ni ha
dejado tantos vestigios de su activa regencia. Sin embargo, más de tres mil
años después, historiadores, egiptólogos y arqueólogos todavía no han resuelto
muchos misterios de su larga vida, sus batallas, su relación con sus súbditos o
con su familia. Se sabe que el tercer faraón de la XIX Dinastía de Egipto
gobernó entre 1290 y 1224 —otros historiadores dicen 1279-1212 a. C., más
tiempo que ningún otro faraón lo hiciera antes ni después— y que tuvo numerosas
esposas y una extensa prole: sus vástagos podrían haber sido más de noventa.
Algunos expertos creen que es el faraón mencionado en el Éxodo bíblico, el
responsable de la expulsión de los judíos de Egipto. También a él le atribuyen
el primer tratado de paz que se firmó en la historia. Los sensacionales
descubrimientos hallados en los años noventa en la tumba KV-5 de El Valle de
los Reyes han aportado nuevas pistas sobre este esquivo personaje del antiguo
Egipto, pero, de momento, aún hay numerosas cuestiones sin aclarar sobre Ramsés
II o Ramsés el Grande.
§.
El ascenso al poder
En
1290 a. C., Ramsés II comenzó su reinado. En ese período, conocido como el
Imperio Nuevo, Egipto conoció su último y más brillante esplendor, gracias a
una etapa de prosperidad económica. Los jeroglíficos se usaban desde hacía
mucho tiempo. Las pirámides de Giza habían sido construidas unos mil años
antes. Y el sistema religioso que incluía diversos dioses se había convertido
en el foco espiritual de una población que creía firmemente en la vida después
de la muerte. Hubo muchos faraones antes y habría muchos más después de Ramsés
II, pero pocos pudieron igualarlo en el tiempo que pasó en el poder: durante
sesenta y siete años su presencia fue una fuente dominante de la civilización.
Al
contrario de muchos de sus predecesores, Ramsés II no nació dentro de la
realeza. Su familia formaba parte de la milicia egipcia. Pero cuando su abuelo
Ramsés I fue nombrado corregente del faraón Horemheb, que no tenía hijos, el
joven Ramsés II entró en la línea sucesoria del trono. En 1306 a. C., Horemheb
murió dejando su reino a Ramsés I y así comenzó la XIX Dinastía.
Durante
esta próspera época en la historia de Egipto, conocida como la era dorada,
todos los soberanos trataron de mantener la posición del Estado dentro y fuera
de sus fronteras, que había sufrido cambios importantes durante los años
anteriores. Uno de los más devastadores ocurrió durante la XVII Dinastía. El
lazo de unión más poderoso de Egipto, la religión, sufrió importantes cambios:
el faraón Ajnatón intentó imponer un sistema basado en la creencia de un solo
dios en lugar de los numerosos dioses egipcios, que fueron reemplazados por
Atón, el Sol. Fue un cambio muy drástico para los egipcios, que echaban de
menos sus sistemas de creencias, pero poco podían hacer contra el poder supremo
del faraón. A su muerte, los monarcas que lo sucedieron, incluido Tutankhamón,
pasaron mucho tiempo intentando reparar el mal causado por Ajnatón.
En
1306, Ramsés I, al igual que los faraones anteriores a él, intentó ganarse la
lealtad de sus súbditos con la reinstalación de las antiguas creencias en las
que muchos dioses presidían el país. Mientras tanto, su hijo Seti recibía
formación militar con el fin de recuperar el terreno perdido. El imperio de
Egipto estaba siendo reconstruido y tanto Seti I como su hijo Ramsés II fueron
fundamentales en ese resurgimiento del país.
En
1305, después de la muerte de su padre, Ramsés I, Seti I pasó a ocupar el
trono. En aquel momento, Ramsés II sólo tenía nueve años pero, como heredero,
ya era educado para su futuro puesto. Aprendió a leer, escribir, religión y
formación militar. Al cumplir diez años, su padre lo nombró general del
ejército. Pero no era más que un título, ya que, como futuro rey, su seguridad
era fundamental y cualquier acción que la pusiera en peligro, como una campaña
militar, estaba descartada. Alrededor de los 14 años, cuando su padre ya
llevaba siete años en el poder y siguiendo el ejemplo de los dos reinados
anteriores, Ramsés fue nombrado corregente, el puesto más importante en el
Antiguo Egipto, pues suponía compartir el trono con el faraón titular. Las
inscripciones de esa época lo describen como un «astuto joven dirigente». Las
intenciones de Seti estaban dirigidas a asegurar desde muy pronto la autoridad
de Ramsés en la mente del pueblo egipcio. Seti anunció en vida a sus súbditos
su intención de designarlo heredero y, vinculándolo al poder en calidad de
corregente, zanjó cualquier duda de quién sería el siguiente rey.
Al
joven príncipe le fue otorgado un palacio real y un importante harén: tener
muchas mujeres era necesario para poder asegurar el futuro de la XIX Dinastía.
Como heredero, concebir el mayor número de descendientes era una de sus
obligaciones. Y parece ser que se tomó muy en serio esta obligación. A lo largo
de su vida tuvo, al menos, media docena de esposas principales y varias mujeres
de menor rango, además de numerosas concubinas. Durante la década que duró el
reinado de su padre, Ramsés ya era padre de más de diez hijos y muchas hijas.
La descendencia estaba asegurada y, con ella, la continuidad de la XIX
Dinastía.
Además
de ser un padre joven, tenía otras muchas responsabilidades. Desde que fue
asociado al poder por su padre, lo acompañó en sus empresas militares. A los 15
años luchó a su lado en Libia. Un año después, junto a la frontera de Siria.
Con 22 años ya dirigía la guerra sin la ayuda de Seti. Sin embargo, las
campañas militares sólo le ocupaban dos o tres meses al año. Durante los meses
restantes, se encargaba de supervisar la explotación de canteras para la
construcción de los enormes monumentos que se han convertido en sinónimo de la
antigua civilización egipcia. Durante esos años, por ejemplo, supervisó lugares
como Aswan, y allí posiblemente nació su enorme interés por la construcción.
«Era ambicioso, y sus edificios son los más grandes que existen entre la Gran
Pirámide y la llegada de los romanos. Estaba empeñado en construir lo que nadie
antes había edificado», explica Kenneth A. Kitchen, arqueólogo y profesor de la
Universidad de Liverpool. Después de todo, tanto la construcción como la
estrategia militar y engendrar hijos formaban parte de las tareas de un faraón,
y Ramsés II fue excelente en estas tres ocupaciones.
§.
El faraón omnipotente
Ramsés
II estaba muy bien preparado cuando ascendió al trono tras la muerte de su
padre, en 1290. Se desconoce la edad exacta que tenía en el momento de ser
coronado tercer faraón de la XIX Dinastía, pero algunos estudiosos creen que
acababa de cumplir 20 años. Se había formado durante una década y cuando,
finalmente, llegó al poder una de sus primeras labores fue levantar
monumentales construcciones para proyectar su omnipotente imagen, algo a lo que
estaban obligados todos los faraones. «Quiso dejar su huella en todos los
lugares importantes. Como sus monumentos fueron tan grandes y él fue uno de los
últimos faraones, sus obras han sobrevivido mejor que las construcciones de
reyes anteriores», indica la conservadora de Arte Egipcio del Museo
Metropolitano de Arte de Nueva York, Catherine H. Roehring. «Fue muy longevo y,
por lo tanto, tuvo mucho tiempo para construir estatuas de sí mismo y, además,
más grandes y mejores que las de otros reyes», explica la egiptóloga y
escritora Barbara G. Mertz. Así, el nombre de ningún otro faraón se halla tan a
menudo en monumentos antiguos como el de Ramsés II.
El
objetivo de tanto monumento y esplendor era despertar en el pueblo —que tenía
escasas posibilidades de ver al faraón— admiración y, al mismo tiempo, temor.
«Sólo a través de las estatuas podían ver su magnificencia, su poder y su
grandeza», explica Rita Freed, conservadora de Arte Egipcio, Nubio y de Oriente
Próximo del Museo de Artes de Boston. «La mayor parte del arte y la literatura
egipcios —añade— es propaganda y, por lo tanto, tenemos sólo una visión
unilateral de las cosas: la imagen de héroe, gran militar y buen padre que
quería dejar Ramsés II». Así, esa especie de obsesión por construir templos
enormes y espectaculares era la forma de dejar perpetuado que se trataba de un
poderoso rey y tan grande como cualquier faraón anterior.
Muchas
de las mayores construcciones arquitectónicas egipcias fueron levantadas
durante el Imperio Nuevo. Majestuosos templos que se alinean en el paisaje y
que se han convertido en símbolos de la antigua civilización. Y los más
impresionantes se construyeron durante el reinado de Ramsés II. Su extenso
programa constructivo era símbolo evidente de poder en esa época. Así, no sólo
se dedicó a llenar las riberas del Nilo de hermosas y enormes construcciones,
sino que también usurpó la autoría de muchas de ellas a sus predecesores,
incluido su padre, y superó con creces en labor constructora a otros faraones.
Trasladó la capital a Pi-Ramsés, en el delta del Nilo, que ya había sido
capital durante la XV Dinastía, así como durante la dominación de los hicsos, que
la llamaron Avaris. Destruida en las guerras contra los hicsos, Ramsés II la
reconstruyó, empleando para ello el trabajo esclavo de los israelitas como
veremos más adelante; en la Biblia se la denomina simplemente Ramsés o Rameses.
También amplió el templo de Abidos, hizo importantes reformas en el templo de
Amenofis III, erigió el enorme complejo funerario del Ramesseum en Tebas, o los
templos en Nubia, entre los cuales el más famoso es el de Abu Simbel, el templo
tallado en roca más grande jamás construido. En él hay cuatro estatuas de
Ramsés sentado de más de veinte metros de altura. Era la manera de establecer
su posición: el tamaño indicaba importancia en el arte de Egipto. El templo
está dedicado a los dioses Amón y Ra, pero incluso el propio Ramsés aparece
como divinidad.
Hay
que recordar que en el Antiguo Egipto el rey era considerado un ser divino. Su
labor era interceder e intermediar entre los dioses y el pueblo. Y la más
importante responsabilidad del faraón, como dios viviente, era mantener el
orden en la civilización. Ramsés se tomó el papel de deidad muy en serio.
Aunque no fue el primer faraón en hacerse adorar como un dios, sí lo fue en
hacerlo tan obviamente y en dedicarse templos y estatuas de forma sistemática.
Además, fue de los pocos faraones —junto a Hatshepsut o Amenhotep III— que
realmente creían, o pretendían creer, que habían sido engendrados por el
todopoderoso dios Amón-Ra.
En
Abu Simbel, detrás de las cuatro estatuas sentadas, se levanta la entrada a un
templo que se interna unos sesenta metros en la montaña. En él se observan ocho
figuras de Ramsés con la imagen del dios de los muertos, Osiris, que vigila el
pasillo que termina en una cámara sagrada. Dentro de ésta, se erigen estatuas
de los grandes dioses de Egipto y Ramsés aparece sentado entre ellos. Es más,
según indica la conservadora Rita Freed, «aparece Ramsés el rey adorando a
Ramsés el dios, creando una imagen muy interesante ya que él mismo se dignifica
como dios. Ningún otro rey lo había hecho antes de forma tan descarada».
Por
todo, en Egipto todavía hoy se pueden encontrar incontables estatuas de Ramsés
II. Eran símbolos de un rey que en realidad era visto por muy pocos, pero era
idolatrado por todos. Aunque algunos eruditos consideran a Ramsés II como el
faraón de la opresión y no sólo por su notable actividad de construcción en
todo Egipto llevada a cabo por enormes cantidades de esclavos. Edward F. Wente,
egiptólogo y profesor en el Instituto Oriental de la Universidad de Chicago,
puntualiza: «Es un error ver al faraón como un tirano que se imponía a su
pueblo. Simboliza mucho más las aspiraciones del pueblo de alcanzar el cielo y
representa al pueblo ante los dioses. Si Egipto servía a los dioses, los dioses
servirían al pueblo y lo bendecían y le traerían prosperidad».
§.
El valiente guerrero
En
los primeros años de su reinado, los esfuerzos de Ramsés estuvieron encaminados
a mantener la paz interior alcanzada por sus predecesores. Durante los tres
primeros años, Ramsés II vivió una vida tranquila. Centró su atención en
construir enormes monumentos y tallando y retallando jeroglíficos y relieves
por todo el país. No emprendió su primera campaña militar como faraón hasta el
quinto año de su reinado. En 1286 empezó una expedición con la intención de
controlar la totalidad de la costa oriental del Mediterráneo y recuperar las
fronteras del imperio de la época de los Tutmosis. Sus esfuerzos resultaron un
éxito, y él y sus tropas regresaron victoriosos tras haber reconquistado a los
hititas una franja costera desde lo que hoy llamamos Suez hasta lo que sería el
norte del Líbano.
Los
hititas, al igual que los egipcios, tenían técnicas militares muy avanzadas y
temidas por sus enemigos. La invasión de sus tierras por Ramsés causó gran
tensión entre ambos países. Al año siguiente, las dos potencias se prepararon
para combatir, un enfrentamiento conocido por la batalla de Kadesh. Kadesh era
una ciudad fortificada hitita que cerraba el paso por el valle del río Orontes
(hoy Nahr-el-Asi), situada al norte de la actual Damasco, a la altura de la
ciudad libanesa de Trípoli. Se convertiría en la frontera de los imperios
egipcio e hitita, el freno de los intentos egipcios de reconquistar lo que
había sido el imperio de Tutmosis I, al inicio del siglo XV a. C., que llegó
hasta el Éufrates. Ni Seti ni Ramsés II lograrían pasar más allá de Kadesh.
Allí fue donde por fin se encontraron los ejércitos egipcios con la coalición
sirio-hitita del rey Muwatallis y uno de los momentos más celebrados del
reinado de Ramsés II y del que existe más información. Sin embargo, si se
analizan los diferentes documentos de la época, el desenlace de la batalla es
incierto: lo que ocurrió fue registrado por ambos lados y las versiones
difieren notablemente. Los expertos sostienen que, posiblemente, la verdad está
a medio camino entre lo que resaltaron los egipcios y lo que destacaron los
hititas.
Según
se cuenta, Ramsés separó a su ejército de veinte mil hombres en cuatro
unidades. La fuerza de avanzada capturó lo que creyeron espías hititas. Sin
embargo, estos supuestos espías en realidad fueron colocados ahí por los
hititas para tender una trampa a los egipcios haciéndoles creer que sus
enemigos se encontraban a más de 150 kilómetros. Ramsés, sin sospechar el
engaño, continuó guiando a su primera unidad hacia el norte, a una zona cercana
a Qadesh. Cruzando el arroyo de al-Mukadiyeh, acampó sobre la orilla
septentrional. Mientras estaban estableciendo el campamento, los egipcios
recibieron noticias aterradoras: los hititas, en realidad, estaban a menos de
tres kilómetros. Ramsés estaba enfurecido por haber caído en una emboscada. El
resto de su ejército estaba a mucha distancia cuando fueron atacados por los
hititas. Al final, los refuerzos llegaron justo a tiempo para salvar a su jefe.
El
resto de la historia es muy contradictoria. Tras tres mil quinientos años es
muy difícil estar seguros de los acontecimientos que se desencadenaron después
de que aparecieron los refuerzos militares de Ramsés. En los documentos de
ambos lados, las versiones cambian. «Al leer la descripción de los hechos según
Ramsés, se puede pensar que fue una de las estrategias militares más brillantes
de la historia, ya que adivinó lo que ocurriría y ordenó a su tropa que se
ocultara y aparecieran en el momento preciso», explica la egiptóloga Barbara G.
Mertz. Sin embargo, los historiadores aseguran que Ramsés desconocía la
estrategia de los hititas y que fue su valentía y la ayuda de sus ejércitos los
que hicieron que ganara la batalla. «No logró echar a los hititas. Se puede
decir que fue un empate para los dos países», cuenta Kenneth A. Kitchen,
profesor de arqueología en la Universidad de Liverpool. El hecho de que la
proclamación como vencedor de Ramsés fuese verdad o no es menos importante que
la forma en que él se presenta a sí mismo ante los dioses. Su hazaña se cantó
en una de las muestras más brillantes de la poesía épica egipcia: el Poema de
Kadesh, profusamente grabado en los templos de Luxor, Karnak y Abidos y donde
él siempre aparece como héroe. Las numerosas descripciones de la batalla, donde
se autoproclama vencedor —que tuvo que luchar prácticamente solo contra los
enemigos guiado por el dios Amón—, están realizadas con intención de transmitir
a los dioses que él merecía su poderosa posición como rey de un imperio, aunque
al final fuera incapaz de derrotar a los hititas.
«Después
de quince o veinte años de guerra, Ramsés se dio cuenta de que no conseguiría
ganar y decidió firmar la paz. De esta manera se inaugura un período de
prosperidad económica y cultural, una época dorada que duró varias
generaciones», señala el profesor Kitchen. Logró firmar con el rey hitita
Hattusil un tratado de paz, que algunos historiadores consideran el primero del
que se tiene noticia histórica aunque otros señalan que hay precedentes en las
relaciones egipcio-hititas. Esta declaración de paz se selló con un matrimonio.
Ramsés tomó como esposa a una princesa hitita para demostrar sus buenas
intenciones; sin embargo, su nueva esposa no fue más que una de tantas mujeres
de su vasto harén. Asegurada la paz, desde ese momento Ramsés se dedicó al mantenimiento
de su imperio que iba desde Sudán en el sur hasta el Mediterráneo al norte;
desde Libia en el oeste hasta el Orontes al este.
§.
Perpetuando la dinastía
Es
imposible viajar por Egipto sin ser testigo de las numerosas obras construidas
por Ramsés y comprobar su poder. Las inscripciones y relieves describen su
determinación por mantener su civilización y en las paredes de muchos templos
muestra lo orgulloso que estaba de sus numerosos hijos. Tenía una familia
enorme y contaba siempre a la vez con dos reinas principales. «Hay más nombres
de reinas registradas junto a Ramsés de los que hay junto a cualquier otro
monarca egipcio», indica la egiptóloga Barbara G. Mertz.
De
entre su más de media docena de esposas principales, una destaca sobre el
resto: Nefertari. De acuerdo con varios documentos antiguos, Nefertari fue la
mujer más querida por Ramsés. El faraón la honraba haciendo que su presencia
fuera conocida en todo el imperio. En Abu Simbel, junto al enorme templo, hay
otro más pequeño dedicado a la diosa egipcia Hathor y a su querida esposa donde
se hallaron dos figuras talladas idealizadas que representan a Nefertari y, a
su lado, otras cuatro estatuas de su devoto marido. Nefertari dio a Ramsés
numerosos hijos, pero como ella, ninguno le sobrevivió.
Ramsés
lloró durante años la muerte de su querida esposa y muestras de su devoción
están reflejadas en el lugar destinado para su entierro, en El Valle de las
Reinas. A 12 metros debajo de la superficie de la tierra se encuentra su tumba
de 1740 metros cuadrados maravillosamente decorados. La tumba de Nefertari, en
opinión de numerosos expertos, es la tumba más hermosa de cuantas se conocen.
La momia desapareció hace mucho tiempo, pero gracias a los esfuerzos de
conservación de la Organización de Antigüedades Egipcias y del Instituto Getty
de Conservación de Los Ángeles, muchos de los relieves han sido restaurados y
reparados. Siguiendo las creencias de la religión egipcia, las diferentes
escenas que Ramsés hizo pintar en las paredes son escenas que aseguraban a
Nefertari su paso al otro mundo sin encontrar ningún obstáculo. La riqueza del
lugar se interpreta como prueba del amor de Ramsés II, el cual quería que
Nefertari hiciera su viaje más allá de forma segura y con la esperanza de
reencontrarse algún día. El faraón la sobrevivió más de cuarenta años.
A
pesar de la tristeza por la pérdida de Nefertari, Ramsés II, como soberano de
un imperio, debía seguir procreando para asegurar la continuidad de uno de sus
hijos después de su muerte. La sucesión era fundamental. Antes de que llegara
al trono su abuelo hubo un período de gran confusión en relación con la
sucesión real. «Uno de los motivos por los que se nombra rey a Ramsés I fue
porque tenía un hijo y un nieto que aseguraban la sucesión», asegura la
conservadora Rita Freed. En la antigüedad, el elevado índice de mortalidad
requería tener grandes familias porque una elevada proporción de los hijos
morían. El faraón podía permitirse cuidar, educar y alimentar a una gran prole,
que después formaría parte de la élite de la administración real y del ejército.
Tras
la muerte temprana de su favorita Nefertari, Ramsés tuvo otras esposas, como
Isetnefret, que le dio cuatro hijos —entre ellos Merenpta, el sucesor—, la
princesa hitita Matnefrure, su propia hermana (o hija) Henutmira, la dama
Nebettauy, así como dos de sus más bellas hijas, una de Nefertari (Meritamón) y
otra de Isetnefret (Bint-Anat). Su existencia fue tan larga que sobrevivió a la
mayoría de las reinas principales, esposas secundarias y concubinas y de sus
descendientes, entre ellos a su hijo favorito Khaemuaset, reputado mago y gran
sacerdote de Ptah, hijo de Nefertari.
Se
cree que Ramsés II fue padre de más de noventa hijos y, a diferencia de otros
faraones, los exhibía con orgullo en muchos monumentos. Al tallarlos en piedra
no dejaba dudas en la mente de sus súbditos que la Dinastía XIX iba a continuar
mucho después de que él hubiera desaparecido. En el Ramasseum, su templo
funerario, muchos de sus descendientes aparecen de forma destacada. «Al mayor
de sus hijos le fue otorgado el título de Hijo Mayor del Rey, y como tal ayudó
a su padre en las funciones de faraón y en la administración real», explica
Kenneth A. Kitchen. Y es que a medida que el faraón envejecía, es posible que
necesitara ayuda de sus hijos para la toma de decisiones.
§.
El éxodo de los judíos
En
los casi sesenta y siete años que reinó Ramsés, China ya había desarrollado su
primer diccionario que incluía cuarenta mil caracteres. Siria y Palestina
habían comenzado la Edad del Hierro. Los griegos invadían Troya. También es el
período de la historia que se suele relacionar con el Éxodo de la Biblia, del
que, según muchos expertos, Ramsés II fue responsable. El nombre de Ramsés
aparece en la Biblia en varias ocasiones, aunque no para designar al
contrincante de Moisés, al que siempre se refiere como Faraón, sino para
nombrar lugares geográficos. La primera es el distrito «de lo mejor del país»,
en el delta del Nilo, donde José instaló a sus hermanos, según nos cuenta el
Libro del Génesis (47, 11). En el Éxodo (1, 11) se vuelve a citar ese nombre,
junto al de Pitom, como las dos «ciudades-tesoro», es decir, que servían de
almacenes para las campañas militares, en cuyas obras se obligó a trabajar a
los esclavizados israelitas. También aparecen en el libro de los Números (33, 3
y 33, 5), cuando se enumeran las etapas del éxodo israelita. «Debieron de
escapar, pero se dice que Ramsés los echó de Egipto», explica Kenneth A.
Kitchen.
§.
El descubrimiento de su tumba
En
1881 se encontró un escondite de momias reales, y la de Ramsés II era una de
ellas. La momia descubierta era la de un hombre viejo, de cara alargada y nariz
prominente, y actualmente se puede ver, protegida por una urna de cristal
presurizado, en el Museo de El Cairo. Fue encontrada en el Valle de los Reyes,
en la tumba KV7, en la mitad norte de la necrópolis, muy próxima a los
descansos eternos de sus hijos y nietos, en KV5 y KV8. Se cree que, al final de
la XXI Dinastía, el cuerpo de Ramsés II fue trasladado por los sacerdotes a un
lugar más seguro, destino que sufrieron prácticamente todos los faraones
enterrados en el Valle de los Reyes. En aquellos años, las momias eran reunidas
en un mismo sitio con la intención de evitar los saqueos. Estos cambios de
localización en relación con el lugar original en que fueron enterrados los
faraones han sido motivo de numerosas especulaciones. Algunos egiptólogos
sugieren que es imposible tener certeza sobre la verdadera identidad de las
momias. Otros expertos indican que hay pruebas suficientes para asegurar que
esos cuerpos pertenecían a monarcas poderosos del Antiguo Egipto. Si se tienen
en cuenta las peculiaridades de Ramsés II, hay pocas dudas sobre la
autenticidad de su momia. Así, se sabe que Ramsés tuvo un reinado muy largo y
hay muy pocas momias que muestren el cuerpo de un hombre mayor, según razona la
egiptóloga Rita Freed. «Murió posiblemente con más de 90 años. Al estudiar su
momia vemos que tenía artritis, que cojeó durante sus últimos años y que tenía una
infección en la mandíbula, que posiblemente le causó la muerte», señala Bob
Brier, egiptólogo de la Universidad de Long Island.
La
muerte de Ramsés marcó el final de una era. El poderoso imperio que había
mantenido durante décadas se vio gravemente conmocionado. Su hijo
decimotercero, Meremptah o Merneptah o Meneptah, que de las tres formas se
transcribe, heredó el trono. Los expertos sostienen que posiblemente tenía 50 o
60 años cuando comenzó a reinar, pero no llegó a estar a la altura del poderoso
legado de su padre. No gobernó durante mucho tiempo y cuando murió, su hijo,
que por derecho debía gobernar, tuvo que disputarse la sucesión con varios
hijos aún vivos de Ramsés II. Los historiadores creen que otro de los hijos de
Ramsés consiguió continuar la línea sucesoria tras la muerte de Meremptah. Los
numerosos conflictos que surgieron tras su muerte quizá no habrían ocurrido si
no hubiera sobrevivido a tantos hijos: dicen que Ramsés llegó a enterrar, al
menos, a doce de sus propios hijos antes de su muerte.
Hoy
en día, al contemplar el cuerpo de Ramsés II, el cadáver no muestra al
grandioso monarca que hizo erigir templos que deberían durar miles de años ni
al faraón que derrotó a los hititas. La momia muestra a un anciano nonagenario,
que sufría artritis, tenía la espalda curvada, las encías infectadas y los
dientes desgastados. Fue encontrada en la tumba número 7 —o KV-7— de el Valle
de Los Reyes y, lamentablemente, parte de su interior estaba destruida por
numerosas inundaciones. En ella todavía trabaja un equipo de arqueólogos
franceses que siguen buscando información sobre la vida de este monarca. Al
mismo tiempo, otro grupo de arqueólogos se centran en la tumba KV-5, otro
hallazgo relacionado directamente con Ramsés II.
El
descubrimiento de la tumba KV-5 data originalmente de 1825, cuando el
explorador británico James Burton excavó un túnel hacia las primeras cámaras.
La KV-5 estaba llena de escombros y muy dañada también por las inundaciones.
Burton cavó hacia lo alto de la tumba y esbozó la parte superior de lo que
parecían varias cámaras. Unos setenta y cinco años después, Howard Carter
—responsable del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón—, creyó que era un
lugar insignificante y descartó nuevas excavaciones. Utilizó KV-5 para guardar
los restos de otras excavaciones.
La
KV-5 fue básicamente olvidada otros ochenta y cinco años, hasta que en 1987 un
equipo de arqueólogos, que trabajaba en un proyecto de mapas, empezó a remover
los escombros dejados por Carter y que alcanzaban tres metros de piedras. En
1988, los arqueólogos usaron el espacio donde Burton se arrastraba para entrar
al interior de la KV-5. Durante los siguientes seis años, los arqueólogos se
centraron en despejar los escombros de dos cámaras. Descubrieron que las tumbas
estaban decoradas con importantes escenas históricas que mostraban a Ramsés II
presentando a varios hijos fallecidos a diferentes dioses egipcios. «A medida
que fuimos despejando el suelo de las cámaras, encontramos miles de piezas de
barro, cientos de joyas y restos momificados que demostraban que las tumbas
habían sido utilizadas para los hijos de Ramsés II. Después, descubrimos más y
más nombres de sus hijos. Claramente, la tumba tenía mucha más importancia de
la que James Burton o Howard Carter pensaban», explica el egiptólogo Kent Weeks,
de la Universidad Americana en El Cairo.
En
el invierno de 1994, los arqueólogos emprendieron una excavación a gran escala
y hallaron una tercera cámara, con dieciséis columnas; además, una puerta al
fondo indicaba que todavía había más. El 2 de febrero de 1995 descubrieron que
la KV-5 era enorme y con un pasillo de más de treinta metros. «Es la tumba más
grande del Valle de los Reyes y, posiblemente, la mayor de Egipto. Además,
tiene un diseño único y se puede considerar como el primer ejemplo de un
mausoleo familiar egipcio», indica Kent Weeks. Los arqueólogos afirman que al
menos cuatro de los hijos de Ramsés están enterrados allí. Incluso, se habla
que podrían encontrarse hasta cuarenta y ocho descendientes.
Lo
cierto es que pasarán varios años antes de que a través de la KV-5 se puedan
desvelar todos los secretos de Ramsés II y de su familia, de momento a salvo y
escondidos en las paredes de estas tumbas. Mientras, su vida seguirá
despertando la imaginación de muchos escritores, y su reinado y sus hazañas nos
seguirán llenando de admiración.
br>17.
La maldición de Tutankamón
Tras
más de cinco años de búsqueda, cuando el 26 de noviembre del año 1922 el
británico Howard Carter rompió con cautela el sello de la tumba que acababa de
descubrir, la luz de una vela le mostró uno de los más extraordinarios
hallazgos jamás realizados por un arqueólogo: la tumba de Tutankhamón. Este
descubrimiento resucitó a un jovencísimo rey ya olvidado, del que se conocía
muy poco, y despertó un gran interés por la magia y el misticismo de una
civilización antigua. En 1925, el mundo pudo ver la auténtica cara del faraón,
representada en una magnífica máscara de oro con incrustaciones de vidrios de
color y piedras finas. Su aspecto solemne y las riquezas que lo rodeaban eran
sorprendentes. El joven Tutankhamón, cuentan los historiadores, vivió durante
la época dorada de Egipto, cuando Luxor y Tebas eran la potencia hegemónica del
mundo civilizado, por lo que gobernó un país inmensamente rico. Pero poco más
se sabe de su esplendor. Todavía hoy los investigadores no han podido contestar
las múltiples preguntas y enigmas que ha generado el descubrimiento de su
tumba.
La
antigua civilización egipcia vivía en armonía con la Tierra. Cada cambio de
estación, cada anochecer y amanecer les permitían presenciar la continuidad del
ciclo de la vida, de la muerte y del renacimiento que tenían lugar en la
naturaleza que los rodeaba. Ante tal prueba de la capacidad del universo para
regenerarse, estos hombres profundamente espirituales adoptaron la creencia de
que ellos también volverían a nacer después de la muerte. El culto funerario
pasó a ser la obsesión de los vivos y determinó todos los aspectos de la
sociedad egipcia.
La
religión estaba tan omnipresente en esta civilización que, como señala el
arqueólogo Zahi Hawass, director de la Meseta de Giza, la zona donde están
localizadas las pirámides, «crearon las ciencias para ser útiles en otra vida,
mientras que actualmente nosotros creamos las ciencias para sernos útiles en
nuestra vida diaria. Ésa es la diferencia y explica por qué se edificaron las
pirámides, se creó la astronomía, el arte, la ciencia y todo lo que los
egipcios diseñaron para servir a la religión y a la vida en el otro mundo».
§.
La tumba, una casa para la eternidad
Según
la creencia egipcia, tras la muerte, se ponían en una balanza el corazón del
difunto y la pluma de Maat, la diosa de la verdad. Si pesaba más el corazón que
la pluma, el «monstruo engullidor» destruía enseguida el espíritu. Pero si
ambas quedaban en equilibrio, el alma podía deambular por la Tierra. «En lugar
de imaginar que sus almas se elevaban a un paraíso después de la muerte, los
egipcios se imaginaban a ellos mismos viviendo en este mundo pero como
espíritu, sin sufrir los trastornos inherentes al cuerpo físico, como pasar
calor o frío, sufrir de enfermedades o de hambre», señala James Allen,
conservador de Arte Egipcio del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
En
Egipto, la tumba permitía al espíritu o «doble» del difunto, también llamado
Ka, tener un lugar para descansar cada noche y un sitio donde almacenar lo que
necesitaría para sobrevivir en este otro mundo. Su interior reflejaba la
posición y riqueza de su propietario, y no se escatimaban gastos a la hora de
equiparlas para el más allá. Parece ser que, en realidad, a los egipcios no les
interesaban sus casas: podían vivir en ellas no más de cuarenta o cincuenta
años. Sin embargo, sus tumbas eran otra cosa: vivirían allí miles y miles de
años.
Las
más suntuosas tumbas pertenecían a los célebres faraones, incluyendo las
grandes pirámides del comienzo de la dinastía de los reyes. Sus arquitectos
diseñaron falsos pasillos y puertas secretas con el fin de proteger sus
preciosos contenidos para la eternidad. De forma regular, algunos ladrones de
aquellos tiempos consiguieron entrar y saquear las tumbas. Ninguna pirámide se
escapó del saqueo. Por esta razón, a partir del siglo XVI a. C., los faraones
optaron por la seguridad y mandaron construir en un valle rocoso fuera de Tebas
unas tumbas, no tan insignes como las que se habían visto hasta el momento,
pero más fáciles de guardar. Un valle poco acogedor pero fácil de vigilar
suponía una ventaja importante para cualquier necrópolis real. El arquitecto
Ineenee escribió dentro de la tumba de Tutmosis I esta inscripción: «He
edificado la tumba de mi majestad, nadie ve, nadie oye y nadie escucha». Al
menos, ése era su objetivo.
Esta
tierra estéril recibió el nombre de Valle de los Reyes porque en ella fueron
sepultados al menos cuarenta reyes y miembros de la realeza. Cuando las grandes
dinastías egipcias del Nuevo Reino pasaron a la historia, los guardianes del
lugar desaparecieron y todas las tumbas fueron saqueadas, una tras otra. Todas
menos una, que permaneció escondida durante más de tres mil años, incluso
después de entrar en escena un nuevo tipo de saqueador: el arqueólogo moderno.
§.
El sueño de Howard Carter
A
principios del siglo XX, Egipto se encontraba bajo el control de Gran Bretaña.
Muchos extranjeros acudían allí y se instalaban en hoteles clásicos como el
Palacio de Invierno de Luxor o llevaban a sus invitados en cruceros privados
por el Nilo. Durante el corto invierno, algunos de los turistas más ricos se
metían a arqueólogos llevados de una parte por la curiosidad científica y, de
otra, por la codicia. Todo lo que encontrasen tendría que dividirse en dos; el
gobierno egipcio se quedaba una parte y la otra mitad sería para el
descubridor. Por esta razón muchos museos y «arqueólogos» fueron a escarbar a
la zona.
El
hallazgo definitivo estaba aún por llegar: una tumba de faraón intacta. Howard
Carter, hijo de un pintor inglés, esperaba conseguirlo. Londinense, de
personalidad compleja y carácter enfermizo, viajó por primera vez, bajo la
tutela de lady Amherst, a Alejandría a los 17 años. Se enamoró de las antiguas
ruinas y se reveló como un arqueólogo competente. En 1909, George Herbert, lord
Carnarvon, contrató a Carter para supervisar una concesión que le permitía
excavar en la parte oeste de Tebas. De nacionalidad inglesa y gran fortuna,
Carnarvon era un hombre aficionado a la aventura. Llegó a Egipto para
recuperarse de un accidente de coche que había tenido en Alemania, y decidió
meterse en el negocio de la arqueología mientras estaba convaleciente.
El
temperamento tranquilo del aristócrata se reveló complementario con el carácter
serio de Carter, y juntos consiguieron hallazgos de cierto valor arqueológico.
Sin embargo, Carter no se mostraba satisfecho, siempre pendiente de los pasos
de Theodore Davis, un millonario estadounidense que trabajaba en el Valle de
los Reyes y que en 1906 había encontrado una copa de vidrio azul con una
inscripción con el nombre de Tutankhamón. La temporada siguiente halló en un
estrecho pozo polvos de embalsamamiento y unas vasijas con las mismas marcas.
En esta época, Tutankhamón era, en cierto modo, un desconocido. Se sabía que
había reinado un rey llamado así que no duró mucho en el trono, y se habían
encontrado algunos monumentos con su nombre escrito.
La
imagen del hipotético faraón obsesionaba a Carter. En 1914, lord Carnarvon
compró, a petición suya, la concesión del Valle de los Reyes. Carter obtuvo el
permiso legal para excavar allí a pesar de que los más reconocidos arqueólogos
pensaban que el lugar estaba agotado y que no quedaba nada por descubrir. Pero
Carter sentía que algo lo esperaba debajo de las rocas y los escombros de este
valle y no se dejó intimidar.
Los
efectos de la Primera Guerra Mundial dejaron los sueños de Howard Carter
pendientes: tuvo que esperar hasta 1917 para poder empezar a excavar en el
Valle de los Reyes. Comenzó a explorar cada rincón de la necrópolis con cientos
de trabajadores que removían toneladas de rocas y tierra. «El Valle estaba
lleno de escombros. Así que Carter trabajó sistemáticamente en varias partes
retirando rocas hasta llegar al suelo originario. Pensó que sólo así podría
asegurarse de que no había una entrada de una tumba», apunta T. G. H. James,
uno de sus biógrafos. Al mismo tiempo, varios especialistas reunían pruebas
procedentes de otras excavaciones en todo Egipto, empezaban a saber más sobre
el misterioso faraón Tutankhamón y se comenzó a pensar que podría estar enterrado
en algún lugar de estas colinas de piedras calizas.
§.
El desconocido rey Tut
Tutankhamón
vivió durante la época dorada de Egipto, cuando Luxor y Tebas eran la potencia
hegemónica del mundo civilizado. Gobernó un país muy rico, una próspera
civilización que se sitúa en la mitad del siglo XIV a. C., cuando corrientes de
agitación se levantaban en las aguas del Nilo. La diplomacia prudente del rey
Amenofis III había asegurado más de treinta años de paz sin interrupciones,
pero todo acabó cuando subió al trono su iconoclasta hijo Ajnatón. Éste decidió
abandonar el panteón de los dioses que su pueblo había venerado durante siglos
para venerar únicamente el poder de la luz representada en el círculo solar y
denominada «Aten» o «Atón». Cerró los templos antiguos en Tebas, lo que dio
motivo de rencor a los poderosos sacerdotes, y se trasladó a una nueva capital
dedicada a su dios Atón. Muchos especialistas opinan que Tutankhamón pudo ser
hijo del viejo Amenofis III o, quizá, el hijo del mismo Akhenatón.
Para
Gay Robins, profesor de arte antiguo egipcio en la Universidad de Emery, en
Atlanta (Estados Unidos), «Tutankhamón es un personaje frustrante porque no
sabemos exactamente quién es. Tenemos pruebas de que es de sangre real, que su
padre era un rey, pero nunca se menciona quién era ese rey. Aquí nace la gran
polémica entre egiptólogos».
El
príncipe Tut se crió seguramente entre los flamantes palacios de la nueva
ciudad, que se llamaba entonces Ajtatón, es decir, «viva imagen de Atón», la
actual Tell al-Amarna, a 400 kilómetros de El Cairo. Allí veía cómo su padre
rendía culto a Atón, el dios del disco solar, sobre quien había fundado una
religión monoteísta, y creció seguro del poder benéfico de sus rayos. Su padre
o suegro, o las dos cosas, Akhenatón, murió o perdió poder en el decimoséptimo
año de su reinado. Los historiadores discrepan sobre quién reinó después.
Coinciden en el hecho de que en el año 1333 aproximadamente Tutankhamón fue
coronado rey, aunque no se encontraron indicios de su edad. Con el país
dividido entre los sacerdotes de la antigua religión y las ideas radicales de su
antecesor, el nuevo faraón se enfrentaba a un futuro precario.
§.
El triunfo de la persistencia
En
la primavera del año 1922, Howard Carter llevaba ya cinco largos años
trabajando bajo el calor del desierto, removiendo cada roca, sin resultados,
por lo que lord Carnarvon, cansado ya, quería abandonar la búsqueda. Carter
pidió a su patrocinador que resistiera una temporada más. Le interesaba
especialmente un trozo de tierra que quedaba por investigar. Este terreno se
encontraba delante de la tumba del rey Ramsés VI, justo en el camino que
tomaban los visitantes para entrar en el valle y, por consiguiente, era un
sitio más difícil de excavar.
El 1
de noviembre de 1922, Carter inició la que iba a ser su última campaña en el
Valle de los Reyes. Los trabajadores tenían buen ánimo. El arqueólogo había
comprado un canario para alegrar la casa que se había construido fuera del
valle. Lo llamaban el «pájaro dorado» y todos estaban convencidos de que les
iba a traer suerte. Y parece que así fue. Tres días más tarde, el 4, cuando
Carter se dirigió hacia el lugar de excavación, justo después del desayuno,
escuchó un rumor nervioso: los trabajadores habían desenterrado un peldaño.
Pronto aparecieron quince escalones más que llevaban a una puerta con el sello
del chacal y de las nueve cautivas, el sello real de la necrópolis.
La
diligencia extraordinaria y el carácter persistente de Howard Carter
triunfaron: encontró la tumba real. Lord Carnarvon estaba en Inglaterra y, como
patrocinador, hubo de esperar dos largas semanas a que volviera. Finalmente, el
26 de noviembre de 1922, un pequeño grupo se juntó delante de la puerta.
Entonces Carter apartó los escombros restantes y rompió el sello de
Tutankhamón. Pero también encontró pruebas preocupantes de que alguien había
excavado antes. Tras la puerta apareció un túnel lleno de piedras. Para
consternación del equipo, parecía que, en realidad, se había abierto un pasaje
entre las rocas que luego había sido rellenado. La gran duda era si el ajuar
funerario se encontraría intacto o ya habría sido víctima de saqueo muchos años
atrás.
Llegaron
a una segunda puerta. Nervioso, Carter hizo un pequeño agujero en la esquina
superior izquierda. Encendió una vela para comprobar si había gases peligrosos,
y luego ensanchó el agujero y observó el interior. A sus espaldas, esperaban
Carnarvon; su hija, lady Evelyn Herbert, y un ayudante, Arthur Callender.
Carter pasó la luz dentro y metió la cabeza. Se quedó callado. Su silencio
pareció durar una eternidad para la gente que estaba allí, aunque probablemente
no pasarían más de unos segundos. Por fin lord Carnarvon, impaciente, le
preguntó sobre lo que estaba viendo. Carter murmuró: «Cosas maravillosas»,
palabras que ahora ya son célebres. Dentro, su luz iluminó el tesoro dorado del
más importante descubrimiento arqueológico de la Historia. En ese día decisivo
de noviembre de 1922, el arqueólogo Carter hizo realidad el sueño de hallar una
tumba real en el Valle de los Reyes, propiedad de un faraón poco conocido,
Tutankhamón, el joven rey Tut.
§.
Un tesoro inimaginable
Mientras
los ojos de Carter se iban acostumbrando a la luz, empezaron a surgir de las
sombras detalles del interior de la sala, animales extraños, estatuas y oro;
por todas partes el centelleo del oro. Se quedó sobrecogido por el asombro. El
grupo pasó a través de esa pequeña abertura y recorrió con precaución la
antecámara de la tumba. Ante los pies de Carter yacían los iconos religiosos y
los tesoros de la vida cotidiana de un rey de una época pasada. Su biógrafo T.
G. H. James, lo describe así: «En lenguaje familiar diríamos que se quedó
boquiabierto, pasmado. Nunca ningún excavador en Egipto se había encontrado
ante tan extraordinaria colección de material. Y, por supuesto, sólo era el
inicio de lo que se iba a descubrir».
El
tiempo parecía haberse detenido en esta pequeña cámara. Reinaba el desorden;
unos carros desmontados se amontonaban en un rincón. Algunos lechos
ceremoniales de gran tamaño se alineaban en la otra pared. Dos estatuas de
tamaño real, con toda probabilidad del rey, se enfrentaban a los dos lados de
una puerta, como dos guardianes de otro tiempo.
El
desorden demostraba que la tumba había recibido la visita de los salteadores,
aunque no la habían desvalijado, seguramente porque fueron sorprendidos por los
guardianes. «El robo debió de perpetrarse pocos años después del enterramiento
del rey, y los ladrones debieron de entrar por lo menos dos veces», anotó
Howard Carter.
Las
dos puertas de la antecámara tenían agujeros a nivel del suelo, pero eran
aberturas pequeñas, por las que sólo cabría un niño, y por donde únicamente
podían haber sacado objetos pequeños. La abertura de la puerta que, según
comprobarían luego, daba a la cámara mortuoria había sido tapada
posteriormente, mientras que el agujero de la otra se había quedado abierto. En
la pequeña sala o anexo que cerraba esta última puerta, reinaba el caos entre
los objetos que contenía, es decir, que allí se encontraba todo tal cual lo
habían dejado los ladrones. En cambio en la antecámara se había intentado
ordenar las cosas. Por cierto, éstas eran tan numerosas que harían falta siete
semanas para sacarlas.
Al
día siguiente, Carter notificó su descubrimiento a las autoridades locales, tal
como exigía la ley egipcia. El arqueólogo añadió que no planificaba explorar
más hasta que no se hubiera vaciado totalmente la antecámara. En realidad
mintió. A escondidas, Carter había penetrado en la cámara mortuoria y había
hecho un plano de las otras cámaras. En una fotografía de la época se puede ver
dónde colocó una cesta y un montón de escombros para esconder una de las
entradas. No quería que los egipcios se enteraran de todos los detalles.
Al
entrar en la cámara mortuoria, se quedaron asombrados al ver que un edículo
dorado llenaba prácticamente la sala. Alrededor tan sólo quedaba espacio para
unos objetos rituales que habían sido cuidadosamente colocados.
En
total, la tumba se componía de cuatro cámaras: la antecámara que servía de
distribuidor, el pequeño anexo revuelto por los ladrones, la cámara mortuoria
y, pasando a través de ella, la sala del Tesoro, en la que una estatua de
Anubis, el dios del mundo de los muertos, guardaba el cofre donde se habían
almacenado los órganos internos momificados del rey. En la cámara mortuoria,
Carter levantó con precaución los paneles del dorado edículo y se encontró con
un segundo edículo colocado dentro. Estaba cerrado con una cuerda y mostraba
todavía intacto el sello del faraón. Era la prueba definitiva de que los
ladrones no habían tocado el sarcófago. Y significaba que la momia de
Tutankhamón se encontraba todavía dentro… La noticia de este increíble
descubrimiento cautivó la imaginación de la gente en todo el mundo. Un público
embelesado seguía con entusiasmo cualquier noticia sobre el faraón.
Carter
y su equipo de conservadores planificaron trabajar únicamente durante los
suaves meses de invierno. Querían estudiar la antecámara antes del mes de
febrero de 1923, fecha del cierre de la temporada de excavación. Cada artefacto
nuevo les ofrecía una nueva visión sobre la historia misteriosa de la vida de
Tutankhamón. Innumerables estatuas rituales de la imagen del rey reflejaban la
estampa de un joven armado para luchar contra los tormentos en el más allá.
Los
objetos de la tumba eran una mezcla entre objetos fabricados específicamente
para el funeral y otros que el muerto utilizó en la vida cotidiana. «Algunas
cosas como sus sandalias llevan pintadas unos extranjeros atados. Esto venía a
significar que cuando las llevaba estaba pisando a sus enemigos», observa el
profesor Gay Robins. Entre los instrumentos de música y el material para
escribir se encontraron cuatro juegos de mesa, prueba de que eran el pasatiempo
favorito de muchos egipcios de la época.
En
un ataúd en miniatura se encontró un recuerdo conmovedor: un mechón de pelo
gris. Una inscripción lo identificaba como perteneciente a la reina Tiye,
posiblemente la abuela del joven rey. Muchos objetos tienen como adornos la
imagen de Tutankhamón y su mujer, Anjnesamón, hija menor del rey Ajnatón, quien
pudo haber sido la propia hermanastra del faraón. El conservador Zahi Hawass
subraya el cariño que se muestra la pareja: «En sus retratos parece muy
enamorado de su esposa, porque si contemplamos la escena en la que aparece
junto a ella, se puede ver que sólo llevan un zapato para demostrar que son una
misma persona». Además, se guardaron en un rincón unos arcos y flechas como
recuerdos de las guerras con los extranjeros que atormentaron el reino del joven
faraón, todavía conocido como Tutankhatón en los primeros tiempos de su
reinado.
§.
Un reinado corto y agitado
Cuando
Tut subió al trono en el año 1333 a. C., Egipto estaba bajo la amenaza del
enemigo. Los poderosos hititas estaban frente a sus fronteras y una serie de
plagas arrasaban el país. Muchos de sus súbditos creían que esa nueva religión
que veneraba el «disco solar» era la causa de los males de Egipto. El imperio
necesitaba un soberano unificador, pero ante los ojos de los egiptólogos, el
rey era demasiado joven para dirigir sin ayuda los asuntos del Estado. Su
principal consejero pudo haber sido Ay, un pariente mayor que él, con mucha
influencia sobre el joven Tutankhamón. «Sabemos también que otro hombre llamado
Horemheb, que fue general de Tutankhamón, pudo haber tenido mucho poder. Creo
que estos funcionarios reales, y quizá otros más, decidieron traer el orden
mediante el caos. Y me imagino que el pobre Tutankhamón no tenía derecho a
opinar sobre los acontecimientos», señala Gay Robins.
Algunos
años más tarde, Tut dejó la ciudad nueva de Ajtatón y empezó a reconstruir los
templos antiguos de Tebas. Cambió su nombre por Tutankhamón, lo que parece una
señal de que la vieja religión y la veneración de cientos de dioses habían
vuelto a ganar su favor. Sin embargo, al cumplirse el octavo año de su reinado,
se acabaron todas las esperanzas. El joven rey murió. Se embalsamó su cuerpo y
se colocaron los objetos mortuorios en su tumba. Ay, el viejo consejero de Tut,
nombrado nuevo faraón, tocó la boca, las orejas y los ojos de la momia,
abriéndolos para que el espíritu pudiera vagar en su vida futura. Finalmente,
se cerró el panteón, que no volvió a ser abierto hasta tres mil años después.
§.
Nacionalismo egipcio y tensiones
Con
la desaparición prematura de lord Carnarvon (de la que hablaremos más
adelante), Carter perdió más que un amigo. Su mundo se hundió. El conde era un
hombre importante en su entorno social y también influyente en la política de
esa época. Carter se encontró completamente solo frente a las constantes
interrupciones de los funcionarios del gobierno egipcio. Restringió el acceso
de los visitantes a la tumba, lo que provocó un aumento de la tensión. La pugna
por el control sobre las excavaciones se había abierto. Por una parte, el
arqueólogo británico y, por otra, el Servicio de Antigüedades egipcio.
Egipto
había estado bajo control extranjero durante dos mil años y en esos días un
amenazador partido nacionalista pretendía mostrar su fuerza. Era un asunto de
política y el arqueólogo británico era la persona menos adecuada para tratarlo.
Sus biógrafos señalan que no estaba especialmente dotado para la diplomacia.
Cuando Morcos Bey Hanna, el ministro egipcio de Obras Públicas, discutió con él
sobre los derechos de visita, un insensato Carter cerró la tumba, dejando la
tapa del sarcófago aún colgada de las cuerdas sobre el ataúd. «Carter fue un
arqueólogo muy bueno, pero también fue una persona muy rara y cometió muchos
errores. Para mí, su error más grande fue creer que la tumba era suya. No lo
era. La tumba pertenecía a Egipto», explica Zahi Hawass. El cierre favoreció
involuntariamente la posición de las autoridades egipcias. El Servicio de
Antigüedades tomó el control de la tumba y cambió rápidamente las cerraduras.
La medida fue muy bien recibida en todo el país.
Transcurrió
un año antes de que Carter pudiera volver a la excavación, para lo que se vio
obligado a hacer concesiones importantes. Sin el apoyo de la familia Carnarvon,
que «abandonaba cualquier demanda sobre los tesoros», el arqueólogo tuvo que
aceptar las normas impuestas por el gobierno egipcio. En octubre de 1925,
Carter levantó por fin la tapa del ataúd para descubrir otro ubicado dentro y
luego otro, y otro, y otro…
El
enterramiento del rey era como un juego de cajas chinas o como las capas de una
cebolla. Primero había cuatro edículos superpuestos, sin casi espacio entre
ellos, de madera dorada y llena de jeroglíficos. Luego venían tres sarcófagos
de piedra rosa adornados con planchas de oro, unos dentro de otros. A
continuación un sarcófago de madera bastante sencillo, y luego otro de madera
chapada de oro, con incrustaciones de piedras preciosas y cristales
multicolores. Y por fin, un sarcófago antropomorfo de 1,80 metros de largo,
hecho totalmente de oro, con los ojos de obsidiana y algunas incrustaciones de
lapislázuli, vidrio y coralina.
En
su interior reposaba la momia de Tutankhamón, con la cabeza encerrada en una
magnífica máscara mortuoria de oro incrustada de piedras preciosas y vidrios de
color.
Se
utilizaron unos cuchillos calientes para separar la máscara del cráneo. Por
fin, el arqueólogo inglés pudo contemplar los rasgos momificados del rey. El
aspecto solemne del joven rey dejó a Carter sin habla. También hallaron,
envueltas dentro del ataúd, más de un centenar de joyas, todas muy simbólicas,
con contenidos divinos.
§.
Una momia rodeada de incógnitas
La
apertura del sarcófago descubrió fabulosas riquezas, pero al mismo tiempo dio
lugar a muchas preguntas. La primera fue conocer la causa de la muerte del
faraón. En noviembre de 1925, doctores y arqueólogos se juntaron para empezar
la autopsia del cuerpo del rey Tut. Los restos se encontraban en pésimas
condiciones debido a una combustión química que transformó parte de las capas
en hollín. La piel, en su mayor parte, se había conservado muy mal y se
mostraba frágil y arrugada. Se habían envuelto cada uno de los dedos de los
pies y de las manos del rey, y sus brazos cruzados escondían una herida
embalsamada de unos nueve centímetros en el lado izquierdo de su abdomen. Un
estudio de la estructura de sus huesos llevó a los expertos a la conclusión de
que el rey tenía unos 18 años a su muerte.
En
caso de ser verdad, habría subido al trono siendo un niño de unos 8 o 9 años.
Este asunto levantó muchas más dudas aún entre los egiptólogos: ¿hasta qué
punto sus consejeros lo escuchaban? ¿Podían ellos ordenarle callar? ¿O más
bien, ahora que se lo había reconocido rey y tenía ese carácter divino
atribuido a los faraones, podía dar su opinión? Las investigaciones siguieron,
en principio, la línea marcada por los forenses. En el año 1968, unos análisis
revelaron un pequeño fragmento extraño dentro del cráneo. ¿Era esto sólo un
remanente del proceso de embalsamamiento o prueba de una herida mortal en la
cabeza? Muchos se preguntaron si no habría sido herido en una batalla. Incluso
se planteó la posibilidad de que fuera asesinado. De nuevo, todo eran especulaciones.
Para
Gay Robins, la hipótesis más simple es que, a medida que iba creciendo
Tutankhamón y empezó a tomar sus propias decisiones, algunos consejeros
pudieron pensar que no iba a necesitar más su ayuda. «Quizá algunos de estos
funcionarios no querían dejar ese poder. Así que resultaba más fácil matar al
rey», indica. Algunos egiptólogos apuntan al viejo consejero de Tut, Ay, como
el responsable de su hipotético asesinato. Después de todo, fue quien subió al
trono a la muerte del joven faraón. Otros apuntan al popular comandante en jefe
del ejército, el general Horemheb.
Un
experto como Zahi Hawass sugiere que la prueba decisiva se encuentra en una
carta escrita por la desesperada viuda de Tu t, Ankjesamón, en la cual suplica
a los enemigos mortales de Egipto, los hititas, que le ofrezcan una boda con un
príncipe real. «Después de su muerte, ella no quiere casarse con nadie en
Egipto. No se fiaba de nadie, quizá porque sabía lo que había ocurrido. Si su
esposo no hubiera sido asesinado, nunca habría pedido a un rey extranjero que
fuera y se uniera en matrimonio con ella. Por eso creo que como sabía que
habían asesinado al rey Tut, ella prefería no tener nada que ver con Ay o con
Horemheb», señala Zahi Hawass.
Sin
embargo, la joven viuda al final se casó con el nuevo rey, el consejero Ay, que
gobernó como faraón muy pocos años. A su muerte, el general Horemheb se quedó
con la corona y empezó a reconstruir el imperio. «Cuando finalmente Horemheb
fue coronado rey, se atribuyó el mérito de casi todo lo que Tutankhamón había
realizado. Borró su nombre de casi todas las inscripciones y lo sustituyó por
el suyo», apunta William J. Murname, profesor de historia antigua en la
Universidad de Memphis, en Tennessee (Estados Unidos).
No
obstante, otros especialistas en egiptología discrepan completamente de esta
versión, pues depende demasiado de la edad de la momia. James Allen,
conservador de Arte Egipcio en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York,
opina que «la edad se basa en el análisis de la momia y de la soldadura de los
huesos. Pero resulta que hay un margen de error posible de unos diez años, ya
que uno se desarrolla más lenta o más rápidamente dependiendo del lugar del
planeta donde se encuentre. Tutankhamón podría tener 27 años cuando murió, lo
que significa que podría haber subido al trono con 17 años y no con 9».
Sea
como fuere, la tumba es demasiado esplendorosa para tratarse de un rey menor,
no solamente en edad. ¿Fue Tut la fuerza que impulsó el intento de Egipto de
alejarse de la herejía de Ajnatón? Quizá eso explique por qué su tumba contenía
tantas riquezas. Para el profesor Murname, «lo que hizo Tutankhamón significó
tanto que en su funeral le ofrecieron una despedida especialmente rica. Le
proporcionaron unos equipos mortuorios excepcionalmente lujosos aun para las
normas de la época de la XVIII Dinastía. Puede que eso represente un dorado
apretón de manos de los dioses, como para agradecer un trabajo bien hecho».
§.
El trabajo meticuloso de Carter
Howard
Carter dedicó más de una década de su vida a trabajar en la tumba y a la
conservación de sus piezas. No obstante, nunca culminó la publicación
definitiva de sus descubrimientos. Murió de cáncer en 1939, a los 68 años y en
un relativo olvido. T. G. H. James, su biógrafo, lo describe como «un hombre
triste, quizá incluso desilusionado cuando murió. Había realizado probablemente
el descubrimiento más importante que se ha realizado nunca. Pero le pesó
demasiado».
Al
final, el legado de Carter se basa en la misma meticulosidad de su trabajo. Los
más de cinco mil objetos que sacó de la tumba de Tutankhamón atraen a cientos
de miles de personas al Museo de El Cairo cada año. «Carter tiene el mérito de
haber insistido en buscar la tumba. No se pueden buscar tesoros como Indiana
Jones. Un buen arqueólogo tiene que tener paciencia, y es lo que lo llevó al
éxito», afirma Zahi Hawass.
Pese
a su intenso trabajo y el de los investigadores que siguieron su estela,
todavía quedan muchas preguntas sin respuesta. La vida de Tutankhamón sigue
siendo un misterio. Howard Carter advirtió a aquellos que quisieran seguir los
pasos del faraón con esta frase: «Las sombras se mueven pero la oscuridad nunca
se levanta totalmente». La momia reposa en la cámara mortuoria originaria. Se
trata del único gran rey de Egipto que todavía está en el Valle de los Reyes.
El sarcófago de oro y su ajuar funerario, único vestigio de esplendor, asombran
a quienes los ven en el Museo de El Cairo, pero en realidad fue un faraón de la
XVIII Dinastía de importancia menor, olvidado durante siglos y siglos, que ha
regresado para ofrecer un ejemplo más de las maravillas que le esperan a quien
va en busca de la historia. Y a pesar de su prematura muerte, de que no dejó
herederos y de que su tumba no puede compararse con la de otros faraones,
Tutankhamón se ha convertido en el más conocido de los antiguos reyes egipcios.
La leyenda lo acompaña desde hace más de tres mil años, a la vez que una
implacable maldición persigue a quienes osaron profanar su tumba. En su
historia se mezclan el misterio de una novela dramática y tantas víctimas como
en una película de terror. La momia de Tutankhamón yació en la soledad de su
cámara mortuoria, rodeada de fabulosos tesoros, durante milenios. Hasta que en
1922, con la apertura de su sarcófago, comenzaron a producirse las misteriosas
muertes de quienes participaron en el descubrimiento. Ahora, más de ochenta y
cinco años después, la ciencia examina todos los detalles y busca nuevas pistas
para determinar qué hay de cierto tras uno de los mitos históricos más
duraderos de nuestro tiempo.
§.
La maldición de Tutankhamón
El
Cairo, la capital de Egipto, es una ciudad tan antigua que a veces la llaman
«la madre del mundo». En ella aún sobrevive el espíritu del Antiguo Egipto. No
lejos del centro, la modernidad de los rascacielos y el bullicio del bazar
ceden el paso a las pirámides. Pero quizá donde el pasado y el presente se unen
de un modo más íntimo es en la dorada máscara de la momia más famosa de Egipto,
la de Tutankhamón. Antes del descubrimiento de su tumba, este antiguo faraón
era prácticamente desconocido para los historiadores. Las preguntas que se
hacían sobre este rey giraban en torno a su posición histórica al final de la
XVIII Dinastía. Emily Teeter, egiptóloga del Instituto Oriental de la
Universidad de Chicago, afirma que «Tutankhamón es una especie de extraño
misterio por derecho propio. Era muy joven cuando llegó al trono y falleció
siendo muy joven por causas desconocidas. Vivió en una época muy curiosa y
turbulenta del Antiguo Egipto, por lo que hay una tremenda cantidad de
romanticismo y de mito que ha ido creciendo a su alrededor».
§.
1922: Un hito para la arqueología
Cuando
Tutankhamón murió, su cuerpo fue transportado al otro lado del Nilo. Según la
costumbre, la situación de la tumba era un secreto que muy pocos conocían. Con
el tiempo, el escondite fue olvidado y su rastro desapareció. El
redescubrimiento de la tumba en 1922 fue acogido como un gran triunfo
arqueológico. Cuando sacaron a la luz los tesoros enterrados con él, todo el
mundo fijó sus ojos en Tutankhamón. Los historiadores querían saber con
exactitud quién era aquel faraón, cuánto tiempo había gobernado y cómo había
muerto. Pero pronto surgió otra pregunta que nada tenía que ver con la
arqueología, y ésta era decididamente más siniestra: ¿por qué las personas
asociadas con el descubrimiento sufrían una muerte inusual y temprana?
Enfermedades
repentinas, un suicidio, un asesinato, varias muertes y diferentes extraños
sucesos se produjeron en personas que habían visto o tenían relación con el
sarcófago, hechos que se dieron a conocer como «algo más que simples
coincidencias». Para algunos todo ello tiene una explicación: la momia de
Tutankhamón está protegida por una mortífera maldición que se liberó en el
momento en que se abrió su tumba, una teoría que ha apasionado a la opinión
pública desde hace más de ocho décadas.
Mark
Nelson, epidemiólogo australiano de la Universidad de Monosh, es un ejemplo de
este entusiasmo. Con técnicas de investigación propias de un detective, Nelson
ha examinado viejas pistas y ha puesto a la leyenda bajo la rigurosa luz de la
ciencia. Experto en la prevención de enfermedades coronarias, ha sido el primer
investigador que ha analizado de un modo científico la veracidad de la leyenda
de la maldición de Tutankhamón. Hasta ese momento, todos los investigadores se
habían limitado a rechazar la posibilidad de que existiera tal cosa. «Por eso
decidí utilizar métodos de estudio epidemiológico en mis investigaciones sobre
la maldición —afirma Mark Nelson—. Lo interesante está en saber si se disipará
el mito al emplear un enfoque científico».
Por
lo general, el enfoque en este tipo de investigación pretende ver si existe una
asociación entre la exposición a «algo» y el desarrollo de la enfermedad. Así,
el primer paso para Nelson fue aprender todo lo posible sobre la maldición y
sus supuestas víctimas con la ayuda de la tecnología moderna. Las
investigaciones de Nelson comenzaron centrándose en quienes estuvieron más
expuestos a la maldición para averiguar cuánto tiempo vivieron y por qué
murieron. Si la maldición existe, los datos lo refrendarán. Sin embargo, esta
simple premisa no siempre se cumple cuando el objeto de exploración es la
Historia.
§.
Extraña sucesión de muertes
Tras
el descubrimiento, Carter y Carnarvon se convirtieron en celebridades
inmediatamente, pero su alegría iba a durar poco porque siete semanas después
de haber abierto oficialmente la cámara mortuoria, lord Carnarvon murió. Y aún
habría más muertes. La leyenda asegura que Howard Carter y su equipo
descubrieron, en 1922, las maravillas de la tumba de Tutankhamón pero también
despertaron a una maldición de 3500 años.
Los
diarios de la época contaron la historia en la que el patrocinador de la
expedición, lord Carnarvon, aparecía como la primera víctima de la maldición.
El descubrimiento todavía procuraba titulares, y el equipo era aclamado por el
mundo de la arqueología. Lord Carnarvon abandonó el Valle de los Reyes para
tomarse unos días de descanso. No regresó. La enfermedad llegó rápidamente: una
infección se extendió por todo su cuerpo. Cuando empeoró, fue trasladado de
inmediato a El Cairo. Llamaron a los médicos y su hija Evelyn acudió a
atenderlo. Murió el 5 de abril de 1923.
La
noticia de que Carnarvon había fallecido de neumonía recorrió el mundo. En ese
momento, la leyenda de la maldición de Tutankhamón tomó cuerpo. Se dijo que
«había profanado la tumba y había recibido su castigo». Según Emily Teeter, «le
da un aire romántico a la historia el hecho de que, supuestamente, la noche que
falleció lord Carnarvon se apagaran todas las luces de El Cairo y que su perro
en Inglaterra empezara a gemir y cayera muerto. Y ocurrieron un montón más de
cosas misteriosas. Aquello fue el principio de esta horrible maldición contra
cualquiera que hubiera trabajado en la tumba».
Al
poco tiempo, a las redacciones de los periódicos de todo el mundo llegaron
informes sobre varias muertes más, que sólo parecían tener una cosa en común:
su relación con la tumba de Tutankhamón. La primera de la serie era en realidad
anterior al fallecimiento de lord Carnarvon; fue la del canario de Howard
Carter, que se consideraba que había traído buena suerte a la excavación.
Parece que una cobra atacó y mató al pajarito el mismo día en que Carter abrió
la tumba. La cobra era un animal totémico asociado a los faraones, y los
trabajadores nativos empezaron a murmurar. Según ellos, el espíritu de
Tutankhamón no había muerto.
Seis
meses después de haber fallecido Carnarvon, su hermanastro Aubrey murió de una
infección tras una operación quirúrgica de poca importancia. Arthur Mace, un
ayudante próximo a Carter, tuvo que dejar de trabajar debido a su mala salud.
Murió de pleuresía antes de que la tumba hubiese sido despejada. Dos años más
tarde, en 1926, un egiptólogo francés, George Bendi, se cayó durante una visita
a la tumba y falleció poco después; un príncipe egipcio murió a tiros tras
haber visto el descubrimiento; la vida del egiptólogo James Henry Breasted
acabó por una infección bacteriana; el magnate de los ferrocarriles
estadounidenses George J. Gould se resfrió en la tumba y también murió de
neumonía… Y la lista no acaba aquí. El secretario personal de Howard Carter, Richard
Bethel, falleció de un infarto. Poco después, el padre de Bethel escribió una
nota diciendo que no podía soportar más horrores y se suicidó tirándose desde
una ventana.
Los
periodistas buscaban cualquier circunstancia y subrayaban la relación de todos
ellos con la tumba de Tutankhamón, por muy indirecta que ésta fuese. En 1924,
apenas un año después del gran descubrimiento, según algunos diarios, más de
veinte personas habían sido víctimas de la maldición. No es extraño que la
leyenda quedara firmemente arraigada en la tradición popular.
§.
Tablillas amenazantes para proteger sepulturas
El
siguiente paso en la investigación de Mark Nelson fue centrarse en la tumba.
Comenzó por los objetos encontrados en su interior para ver si podían contener
pruebas de una maldición. A pesar de la gran variedad de piezas de interés, el
hallazgo decepcionó a algunos historiadores. Les extrañaba la falta de
documentos escritos. En la tumba no encontraron papiros ni ningún otro tipo de
documentos históricos. También estaban desconcertados por la forma y el tamaño
de la tumba: sólo un corredor y cuatro salas, en total, menos de ciento diez
metros cuadrados. Muy poco para lo que estaban acostumbrados: la tumba de
Ramsés II, por ejemplo, es ocho veces mayor que ésta. La egiptóloga Emily
Teeter dice al respecto que, «cuando se compara la tumba de Tutankhamón con la
de otros faraones, más o menos contemporáneos, su tumba es minúscula, y parece
muy claro que no era real aunque fuera utilizada como sepulcro real».
Howard
Carter y su equipo fotografiaron, recogieron y catalogaron cuidadosamente los
tesoros de la tumba, pero existe un rumor que dice que uno de los hallazgos fue
escondido: una tablilla que contenía la maldición que prometía la muerte a
aquellos que profanaran la tumba. Si tal tabilla hubiera existido, sería una
prueba física de la maldición, lo que le habría dado más credibilidad. En el
Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, la investigadora Emily Teeter
confirma la existencia de tablillas con maldiciones: «En la pared de una tumba
construida alrededor del año 2400 a. C., mil años antes de Tutankhamón, aparece
una. No hay ninguna duda de lo que es este texto. Sale de la boca del
propietario de la tumba, que se llama Beu, y dice que cualquiera que entre en
esa tumba y la profane será agarrado por un ave, que le retorcerá el cuello y
lo matará».
Aunque
encontradas en pocas tumbas, en las maldiciones egipcias hay todo tipo de
amenazas, desde daños corporales hasta castigos de los dioses. La razón que
explica esta costumbre es que en el Antiguo Egipto existía una lamentable
tendencia a saquear las sepulturas. Se entraba en las tumbas para llevarse los
valiosos objetos que acompañaban al muerto, generalmente piezas muy apetecibles
para los ladrones. Por este motivo, según afirma Emily Teeter, «cuando la gente
construía una tumba, sabía que corría peligro de que la saquearan, e intentaba
protegerla. Sin embargo, teniendo en cuenta que prácticamente todas las tumbas
de Egipto fueron profanadas, las advertencias no fueron muy eficaces. En las
tumbas en las que hay maldiciones inscritas, por lo general, los textos son
claramente visibles. En la tumba de Tutankhamón había muy pocos ornamentos. La
cámara mortuoria está pintada, ni siquiera tiene bajorrelieves. En realidad, en
esa cámara no hay lugar alguno razonable para la inscripción de una maldición».
Los
arqueólogos creen que en la tumba de Tutankhamón robaron dos veces,
probablemente poco después de haber sido enterrado. Sus suposiciones se basan
en los distintos tipos de roca que llenan el pasillo. Los objetos pequeños, más
fáciles de transportar, eran los más codiciados. Se buscaba oro, perfumes y
tejidos, pues se podían vender sin problemas y sin levantar sospechas en
cualquier bazar.
Howard
Carter encontró varios anillos de oro envueltos en un trapo. Dedujo que se les
habían caído a los ladrones justo cuando los guardianes del Valle los
descubrieron, y que éstos, más tarde, rellenaron el pasillo que iba a la tumba
para evitar nuevos saqueos. Sin embargo, siempre negó los rumores sobre una
maldición escrita. Mark Nelson dice al respecto: «Carter era un hombre sincero
y meticuloso. Si hubiera encontrado un objeto con algo escrito, habría sido un
hallazgo importante, tanto si fuera una maldición como cualquier otra cosa».
Así que hay pocas posibilidades de que Carter lo ocultara a los ojos del mundo.
§.
Un maleficio con más de veinte víctimas
Siguiendo
la leyenda de que la muerte llegó rápidamente a quienes profanaron la tumba,
cualquier observador atento enseguida percibirá que la maldición se comporta de
un modo muy parecido al de una infección. Quien entra en la tumba «enferma» y,
como si se tratara de un grave resfriado o una neumonía, se muere. Por esta
razón el epidemiólogo Mark Nelson decidió estudiar la maldición con el mismo
método que utilizaría con cualquier otra enfermedad transmisible. Los artículos
periodísticos más sensacionalistas señalaban que el maleficio se había cobrado
más de veinte víctimas, pero su trabajo científico fue más allá de estos datos
con el fin de separar los hechos de la ficción.
Según
las investigaciones de este epidemiólogo australiano de la Universidad de
Monosh, tenía que haber una relación objetiva con el momento en el que los
afectados estuvieron expuestos; de lo contrario, si el solo hecho de visitar la
tumba dispara la maldición de la momia, todos los que habían estado en ella
desde los años veinte hasta la actualidad, evidentemente, estarían afectados.
Si había un espíritu malévolo o, en su caso, un agente infeccioso o un agente
tóxico, lo más probable según Nelson es que estuviera relacionado con el hecho
de abrir la tumba, o el sarcófago, o quizá con el examen de la momia.
Siguiendo
el razonamiento del epidemiólogo, hubo cuatro momentos en los que parecía más
probable que pudiera activarse la maldición: el primero fue cuando el equipo de
excavación entró en la cámara mortuoria. A propósito de esto, el arqueólogo y
director de las pirámides de Giza, Zahi Hawass, que ha presenciado varias
aperturas de tumbas antiguas, tiene su propia versión de cómo nace una
maldición de este género. «Si cierras una sala durante tres mil años —señala—,
contendrá gérmenes que no puedes ver. Luego, si la abres y entras
inmediatamente te infectarán estos gérmenes. Eso es lo que le ocurrió a lord
Carnarvon. Por esa razón, siempre aviso a mis colegas de que cuando descubran
una tumba tienen que abrir la puerta durante dos días hasta que el aire viciado
haya salido y haya entrado el aire fresco».
El
segundo momento en que la maldición puede activarse corresponde al instante de
abrir el primer sarcófago; el tercero, al levantamiento de la tapa del último
de los seis sarcófagos, y el cuarto, al examen de la momia de Tutankhamón.
Igualmente, es preciso definir el tipo de contacto con el fin de determinar qué
personas estuvieron expuestas a «algo» y separarlas de las que no tuvieron
exposición alguna.
Con
el objetivo de averiguar quiénes estaban delante cuando se dieron los cuatro
momentos de posible exposición, Mark Nelson acudió a los abundantes documentos
originales y diarios de trabajo que llevaban Howard Carter y el ayudante de
Arthur Mace. En los diarios y el libro que escribió poco después del
descubrimiento, titulado La tumba de Tutankhamón, Carter detalla a los
presentes el momento en que se rompieron los sellos, se abrió la puerta, se
abrió el sarcófago y se examinó la momia. En cada una de estas situaciones, o
en varias de ellas, estuvieron presentes veinticinco personas. La lista incluye
a lord Carnarvon, su hija, Howard Carter, Arthur Mace, Arthur Callender y a
otros veinte científicos y dignatarios. Todos estuvieron expuestos
potencialmente a la maldición. ¿Cuántos de estos personajes murieron al poco
tiempo? ¿Con exactitud cuándo falleció cada uno de ellos? Sabemos que lord
Carnarvon murió sólo siete semanas después de abrir la cámara mortuoria; ¿pudo
matarlo algo que había en la tumba?
Para
responder a estas preguntas, además de conocer la suerte de quienes en potencia
estuvieron expuestos, el doctor Nelson analizó a otros once occidentales de los
que se sabe que visitaron la zona a través de los escritos de Carter, pero no
estuvieron en la tumba durante los momentos de posible exposición. También a
varias mujeres, esposas y familiares de los científicos, pero no a los
trabajadores del país. El investigador excluyó a los posibles egipcios porque,
al proceder de una cultura y una población diferentes, tienen distintas
expectativas de vida, y porque de muchos de ellos no existen registro de
nacimientos y defunciones. Así, para que los datos fueran coherentes, se centró
en los occidentales, procedentes de Estados Unidos, Reino Unido y Francia,
principalmente. La idea era comparar a los dos grupos para ver si hay alguna
diferencia estadística importante en cuanto a la supervivencia entre ellos.
La
primera sorpresa es que el análisis del grupo que en potencia estuvo expuesto,
indica que sobrevivió una media de veintiún años tras la visita o el trabajo en
la tumba y como media llegó a los 70 años de edad. Por cada muerte prematura
inesperada, hubo varios que vivieron varias décadas. Es cierto que lord
Carnarvon falleció siete semanas después, pero su hija Evelyn, que estaba con
él aquel día, vivió otros cincuenta y siete años y falleció a los setenta y
ocho años de edad. Arthur Mace, potencialmente expuesto dos veces, falleció
cinco años más tarde, pero el fotógrafo de la expedición, Harry Burton, con
cuatro posibles exposiciones, vivió diecisiete años más y murió a los 60. Sir
Alan Gardner, que estuvo presente en dos ocasiones, falleció a los 84 años de
edad, cuarenta y un años después del descubrimiento de la tumba. «Si realmente
existiera la maldición de una momia —afirma Nelson—, la media de vida debería
ser muchísimo más baja».
La
segunda sorpresa aparece ante el grupo que no estuvo expuesto. Vivieron, como
media, hasta veintinueve años después de que la tumba se abriera y fallecieron,
como media, a los 75 años, cinco más que el grupo que estuvo expuesto. «En el
grupo que no estuvo expuesto —indica— había algunas mujeres, y eran más
jóvenes. Por lo general, en las sociedades occidentales, las mujeres viven de
seis a siete años más que los hombres. Si eliminamos las diferencias debidas a
la edad y al sexo, no hubo ninguna variación estadística importante entre los
dos grupos. El hecho de que esas personas vivieran de veinte a treinta años
más, hasta una media de 70 y 75 años de edad, respectivamente, sugiere que no
existió ninguna entidad física llamada la maldición de la momia».
§.
¿Fue el faraón el primer afectado?
Es
posible que nunca sepamos por qué ni cómo murió Tutankhamón, pero cuando se
investiga una maldición, hay que seguir todas las pistas. Y las más importantes
nos las podría aportar el propio faraón. Y aquí surge otra especulación sobre
si murió por causas naturales o si sufrió una muerte violenta. Los
historiadores saben que tuvo un matrimonio muy breve, una vida corta y falleció
joven y de un modo trágico. A medida que se conocen más datos, crecen las
dudas: ¿pudo tener algún papel en la maldición el tipo de muerte de
Tutankhamón? ¿Fue la primera víctima de la maldición?
Tutankhamón
era un muchacho muy joven cuando subió al trono, tal vez sólo tenía 9 años. Su
edad es una de las incógnitas sin resolver. Algunos historiadores indican que
murió a los 18 años. La combinación de una muerte temprana, un sepelio
apresurado y una pequeña tumba ha suscitado muchas preguntas a los egiptólogos
y cierta controversia entre los investigadores, pues no todos están de acuerdo.
Michael King y Gregory M. Cooper, criminólogos y coautores de ¿Quién mató a
Tutankhamón?, creen que el faraón fue asesinado. Para ambos, se pueden
desentrañar todas las dudas planteadas alrededor de la muerte del faraón
mediante las actuales técnicas de criminología, aunque éstas haya que
aplicarlas sobre un acto cometido hace tres milenios.
Primero
descartaron la muerte por accidente, enfermedad o suicidio, pues, según Michael
King, «lo que averiguamos al examinar los documentos históricos fue que no
había nada que pudiera indicar que Tutankhamón padeciera una enfermedad que le
pudiese haber causado la muerte, ni había ninguna indicación que demostrase que
había muerto inesperadamente. Y así nos fuimos alejando de la idea de una
muerte natural o por accidente. En cuanto al suicidio, tampoco hubo nada que
nos llevase a pasar de la mera teoría». De este modo, la única opción que
quedaba era el asesinato.
Para
demostrarlo, como si se tratase de un caso actual, King realizó a Tutankhamón
un análisis de nivel de riesgo. El funcionamiento es el siguiente: las víctimas
de alto riesgo, delincuentes o policías, por ejemplo, estadísticamente, tienen
más probabilidades de ser víctimas aleatorias de la oportunidad. Por el
contrario, las víctimas de «riesgo bajo», como las amas de casa y los niños,
tienen más posibilidades de conocer a sus agresores y de ser un objetivo
concreto para ellos. Un faraón joven y bien protegido encajaría en este último
grupo. Si fue asesinado, King cree que conocía a su asesino: «De algún modo,
murió en sus aposentos privados, y empezamos a investigar quién podía tener
acceso al rey en esos momentos. Y tenía que reducirse a su círculo de acompañantes
y funcionarios íntimos».
Basándose
en este método, en el motivo y la oportunidad, y tras haber examinado a todos
los individuos del círculo próximo de Tutankhamón, según estos dos
criminólogos, entre los posibles sospechosos destaca el consejero real, llamado
Ay, que se convirtió en rey tras la muerte del faraón. Además, pudo ser el
responsable de que Tutankhamón acabara en aquella pequeña tumba. «El trato que
recibió fue increíble —opina Michael King—. La falta de cuidado en la
preparación de su tumba tuvo una gran importancia para nosotros. Incluso la
falta de cuidado en los murales de las paredes y el suelo de la tumba parecía
no ser apropiada para un faraón, y eso nos indicó que podría ser consecuencia
de la ira y la frustración, como diciendo: “Acabemos con este tipo y quitémonoslo
de encima”».
James
E. Harris es un profesor de ortodoncia jubilado de la Universidad de Michigan,
en Estados Unidos. También es una de las pocas personas vivas que han tocado la
momia de Tutankhamón. Lo hizo en 1976 como parte de un proyecto para
radiografiar los cráneos de faraones egipcios. Según recuerda, «lo primero que
uno piensa es que el cuerpo parece muy pequeño, tal vez debido a que se
fragmentó cuando se retiraron los tesoros, por lo que la momia no está en
buenas condiciones. La cabeza está separada del resto del cuerpo, así que la
cogimos y la pusimos en nuestro cefalómetro e hicimos unas placas frontales y
laterales de ella. Todavía tenía restos de vendas alrededor del cráneo, pero se
podía ver que era un individuo de rasgos muy finos y muy joven».
Las
radiografías realizadas por el doctor Harris proporcionan un nuevo aspecto del
antiguo rey. Como ortodoncista, le prestó una atención particular a los
dientes. Tutankhamón tenía una dentadura perfecta. Pero estos antiguos dientes
también guardan una sorpresa más: para este especialista no pertenecen a un
hombre de 18 años. «Nuestras radiografías —mantiene Harris— indican que cuando
murió posiblemente tuviera 21 o 22 años de edad. Tutankhamón fue un rey niño al
principio, pero no era un rey niño cuando falleció. Era un adulto joven».
Tuviera
la edad que tuviese, los investigadores tampoco se ponen de acuerdo a la hora
de determinar exactamente cómo se produjo su muerte. El cadáver ha sido
examinado por médicos, por radiólogos y por numerosos expertos y cada cual da
sus explicaciones sobre por qué y cómo falleció. Un fragmento de hueso en el
interior del cráneo levanta sospechas y ha creado cierta controversia alrededor
de una posible muerte violenta. En contra de esta teoría se sitúa James E.
Harris. «El fragmento —afirma— estaba roto como si le hubieran dado un golpe
con un objeto en la cabeza, en particular en la base del cráneo; pero la
información que tenemos de los expertos que han examinado las radiografías es
que eso no fue la causa de su muerte». Es más probable que dicha ruptura pueda
haber sido provocada en el proceso de momificación, cuando se le retiró el
cerebro. En las radiografías se pueden ver muy bien las placas de las bóvedas
craneales, y nada indica una finura anormal, ni hay señales de fracturas.
Para
Emily Teeter, no hay ninguna prueba concluyente de que fuera asesinado. «Pudo
haber pillado una gripe y haberse muerto. Simplemente no lo sabemos, y creo
que, hasta que haya pruebas más concluyentes, prefiero decir: causa de muerte,
desconocida». Según esta eminente egiptóloga de la Universidad de Chicago, en
estos últimos años ha habido un esfuerzo por analizarlo todo «desde un punto de
vista más científico, huyendo de la idea de una maldición religiosa y buscando
otro motivo por el cual algunas personas que trabajaron con momias fallecieron
de forma prematura. Y básicamente se ha centrado todo en distintos tipos de
esporas, mohos o microbios que puedan estar presentes en las momias».
§.
La necesidad de misterio y romanticismo
El
Museo Field de Chicago alberga a varios cientos de momias. Como conservador de
la colección egipcia, el trabajo de Jim L. Phillips consiste en cuidarlas. Su
opinión al respecto es tajante: «No conozco a una sola persona que haya
enfermado por trabajar con momias». El propio proceso de momificación impide
que haya peligro en su manipulación. Los egipcios creían que necesitaban el
cuerpo en la otra vida. Querían mantenerlo entero para poder vivir la vida
eterna e idearon un sistema mediante el cual secaban el cuerpo para alejar de
él a las bacterias que normalmente destruirían la carne. Sin bacterias para
devorar la carne, una momia se puede conservar eternamente. Los hongos y mohos
dañinos no crecen fácilmente en ella.
Existe
una teoría que afirma que a lord Carnarvon lo mató el ántrax u otras esporas
mortíferas que dejaron para proteger la tumba. Pero para James L. Phillips, la
posibilidad de una guerra biológica es nula. «Si fuera verdad —dice—,
encontraríamos muertas a otras personas que entraron para robar lo que había en
la tumba, algo que los egipcios hicieron desde el principio de la momificación.
Y no conozco ningún caso en el que se hayan encontrado individuos muertos en
las tumbas por haber intentado robar hace mil años, o quinientos, o hace cien
años».
Emily
Teeter señala al respecto que se suele olvidar el hecho de que, inicialmente,
Carnarvon estaba en Egipto debido a su delicada salud y que estaba allí
convaleciente. Se sabe que había tenido un accidente de automóvil hacía unos
años y su médico lo había enviado a Egipto por motivos de salud. En aquella
época era muy común que los británicos ricos viajaran lejos del húmedo entorno
de las islas para ir al agradable, cálido y sano clima de Luxor. Sin embargo,
en el Egipto de los años veinte, antes de la penicilina, incluso algo tan
cotidiano como el afeitado podía resultar fatal. En el caso de Carnarvon, sólo
hizo falta una pequeña herida. Se cuenta que se rasuró una picadura de mosquito
al afeitarse y luego se le infectó el corte.
La
explicación médica la da el epidemiólogo de la Universidad de Monosh, Mark
Nelson: «En los trópicos o en climas cálidos como el de Egipto, las bacterias
que normalmente viven en la piel pueden aprovechar la oportunidad de una herida
para adentrarse en el tejido, extendiéndose e infectándolo. Y lo que
probablemente sucedió en ese caso fue que llegaron a un vaso sanguíneo y se
extendieron por todo el cuerpo. El término médico correcto es septicemia. Se
puede convertir en una infección terrible. Y es frecuente que, en esas
circunstancias, se contraiga una neumonía, que es una infección de los
pulmones. Es una muerte muy frecuente entre los ancianos porque su sistema
inmunitario, su cuerpo, está agotado». En el certificado de defunción de
Carnarvon consta que murió de neumonía.
Entre
los historiadores existe un acuerdo general sobre la maldición de Tutankhamón.
Peter Dorman lo explica así: «La maldición de Tutankhamón tiene el mismo
atractivo que la leyenda de Elvis Presley para la imaginación popular. En todas
partes hay gente que tiene la esperanza de que Elvis siga vivo en algún sitio,
y creo que también esperan que la maldición pueda tener cierta validez». La
teoría de Emily Teeter es que el oro fantástico, la belleza de los objetos
encontrados en la tumba y lo conmovedor de que se tratara de un faraón que
había muerto muy joven, no basta. «La gente quiere tener más misterio y más
romanticismo».
El
argumento más contundente contra la teoría de la maldición lo aporta el propio
Howard Carter. Estuvo allí durante todas las fases del descubrimiento original,
por lo que si había alguien destinado a la muerte, tenía que haber sido él. Sin
embargo, Carter falleció en 1939, a los 64 años de edad, cuando habían
transcurrido dieciséis años desde su descubrimiento, según los hallazgos de
Nelson. Y aunque toda la investigación de este epidemiólogo australiano ha sido
publicada en el British Medical Journal, el mito puede ser mucho más divertido
y aterrador que los hechos. «La maldición perdurará a pesar de lo que he
confirmado —afirma Nelson—, y el motivo es que la existencia del mito no tiene
nada que ver con los hechos reales del caso. Se debe al modo en que la sociedad
lo percibe. Aunque esa persona haya estado enterrada durante tres mil
quinientos años, hemos profanado su cadáver y su tumba y, por lo tanto, debería
sucedernos algo». De esta forma, a pesar del escepticismo de la ciencia y de
los descubrimientos de las nuevas tecnologías, la leyenda de Tutankhamón puede
perdurar, lo mismo que las historias de la muerte de lord Carnarvon y las de
todos aquellos que se cruzaron en el camino de aquel joven faraón.
18.
La leyenda del rey Arturo
Entre
los relatos perdurables a lo largo de los siglos en la civilización occidental
y que han llegado a nuestros días destaca uno cuyo origen data de la Alta Edad
Media, en una época de convulsas migraciones y de brutales guerras étnicas. Un
relato de héroes y grandes batallas, de un poderoso y magnánimo rey, de
fraternidad de nobles caballeros y su cruzada para crear un mundo perfecto.
Todos estos elementos han ido creciendo y enriqueciéndose con las aportaciones
de trovadores, juglares, escritores, novelistas o guionistas de cine, hasta
convertirse en una de las historias más conocidas de la cultura occidental: la
leyenda del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla (o mesa) Redonda. Al leer
las fantásticas versiones, incluso, contradictorias de la historia surgen las
dudas: ¿existió el rey Arturo? ¿Fue cierta esta leyenda?
Durante
más de un milenio los bardos británicos han cantado al gran Arturo, el rey
sabio que unió Britania y fundó el maravilloso reino de Camelot. El rey Arturo
y sus caballeros de la Tabla Redonda encarnaron los ideales de la caballería,
héroes dispuestos a sacrificar su vida por honor, por amor y por su país. Su
historia ha llegado a cada rincón del planeta. «Arturo es el rey ideal, el
símbolo de la monarquía, del rey que intentó hacer el bien; quien, con todo en
contra, luchó para crear una sociedad utópica. Para crear Camelot en una época
de gran violencia», explica Christopher Snyder, profesor de historia de la
Universidad de Marymount, en Arlington (Estados Unidos). Como en las antiguas
Grecia y Roma, la historia de Camelot se ha ido forjando a lo largo de los
siglos. Mucho se ha estudiado sobre la existencia auténtica de Arturo y su
mundo. Se han encontrado emplazamientos bretones de mediados del siglo V que se
han relacionado con algunos de los lugares que aparecen en las novelas:
Camelot, Glastonbury, Avalon… En este entorno de mito, ¿existió realmente un
Arturo histórico y real?
§.
La ficción romántica y la realidad histórica
La
leyenda de Arturo y sus caballeros tiene todos los ingredientes necesarios de
una historia imperecedera: poder, generosidad, intrigas palaciegas, guerreros,
nobles valientes, doncellas virtuosas, amistad y traición, hechicería, batallas
espectaculares… Todo un microcosmos que refleja las pasiones y los anhelos
humanos. Así, más de mil quinientos años después de que comenzara a forjarse
esta leyenda, la historia de Arturo sigue presente. Según los historiadores,
hay suficientes pruebas que evidencian que hubo algo de cierto. «El problema es
que el nombre de Arturo nunca existió», explica Scott Lloyd, autor de
Pendragon. The Origins of Arthur. «Eso no significa que no existiera un
personaje con ciertas características similares a la leyenda. Pero algo pasó a
finales del siglo V o principios del VI que ha quedado enterrado bajo el halo
de la ficción romántica», explica Bryn Walters, miembro de la Asociación de
Arqueología Romana.
En
1469, sir Thomas Malory, un empobrecido caballero inglés, escribió la historia
del mayor rey de Britania. Su libro Le Morte D’ Arthur consagró para siempre la
leyenda del rey Arturo. El relato de Malory comenzaba con una Britania dividida
y sin soberano. Los príncipes rivales estaban al borde de una guerra civil,
reclamando la corona del rey Uther Pendragon, quien a su muerte dejó el reino
sin un heredero reconocido. Para evitar un derramamiento de sangre y resolver
el conflicto, los príncipes se sometieron a una prueba mística: todos tendrán
la oportunidad de extraer la espada del rey, que el mago Merlín hizo aparecer
clavada en una piedra con una inscripción que decía: «Quien sacare esta espada
de esta roca, será el rey legítimo de Inglaterra». Muchos lo intentaron y todos
fracasaron. Esto propició que el trono de Inglaterra quedara vacante a la
espera de que apareciera quien había sido designado por la Providencia como el
gobernante.
Entonces,
un joven se acercó al arma: ninguno sabía —y él, mucho menos— que era el hijo y
heredero del monarca. Al conseguir liberar la espada de la piedra, probaba su
derecho a ser rey. Pero muchos de los caballeros no quisieron reconocer a
Arturo como el nuevo soberano, hasta que Merlín reveló la historia que hay
detrás del nacimiento del muchacho, demostrando así que por sus venas corría
sangre de los Pendragon, y que por tanto era el legítimo heredero al trono de
Inglaterra. Y es que Arturo «no conoció ni a su padre ni a su madre. Nació del
obstinado deseo de un hombre hacia una mujer que no podía ser suya», cuenta
Bonnie Wheeler, especialista en estudios artúricos.
El
padre de Arturo, el rey Uther, fue consumido por la pasión por Igraine, la
esposa de otro poderoso príncipe britano, el duque Gorlois de Cornualles. Para
conseguirla, el rey Uther hizo un pacto con el mago Merlín, quien por medio de
sus artes cambió la apariencia del rey para que todos lo confundieran con
Gorlois. Engañada, Igraine hizo el amor con quien creía su esposo y concibió un
hijo, consecuencia del adulterio, que fue entregado a Merlín. Lo bautizaron con
el nombre de Arturo y el mago se lo llevó para educarlo lejos de la corte.
El
libro de Malory cuenta cómo el joven rey Arturo dirigió a sus leales caballeros
en una victoriosa cruzada para unir su fragmentado reino. Su fama hizo que
muchos caballeros de todos los rincones de la cristiandad llegaran para ponerse
a sus órdenes. Su corte se convirtió en una poderosa ciudadela, Camelot.
Después, se casó con la princesa Ginebra y, con la dote de la reina, Arturo
recibió una gran mesa redonda, donde reunió a grandes héroes en un círculo de
fraternidad: sir Kay, sir Bedivere, los hermanos Gareth y Gawaine (Galván),
Percival, Tristán, Galahad… y, sobre todo, el paradigma del caballero, Lancelot
(Lanzarote) del Lago, llegado de «más allá del mar». Los caballeros de la Tabla
Redonda iluminaron el mundo con las glorias de sus gestas; lucharon por los
desvalidos, liberaron a los oprimidos, aplastaron a los perversos y depravados…
«Todos los caballeros europeos querían ir a la corte del rey Arturo, seguir al
más carismático de todos los reyes, el más ejemplar y admirable de los héroes»,
explica Bonnie Wheeler. Y entre todos sus caballeros, el que más luchó, amó y
sufrió fue Lancelot. Juró servir a su rey, pero su corazón pertenecía a la
reina Ginebra. Su amor abrió la puerta a un caos total y a la destrucción del
reino perfecto de Camelot.
§.
Lujuria y envidia
Según
la leyenda, la lujuria había consumido al propio rey. De joven, Arturo tuvo
relaciones con la mujer de otro hombre: lady Morgana. Pero su pecado superó el
simple adulterio porque Morgana era su hermanastra. De su incestuosa unión
nacería un hijo: el traidor Medraut o Mordred. Con el tiempo, los malvados
planes de Mordred destruirían a Arturo y traerían la desgracia al reino. Todo
esto también había sido profetizado por el mago Merlín antes de que finalmente
fuera traicionado por su aprendiz Nimué, quien lo encerró en el corazón de la
montaña Bryn Mirddim.
Según
el libro de Malory, el fin de Camelot comenzó una trágica noche, cuando Ginebra
y Lancelot cayeron víctimas de su pasión. Mordred les tendió una trampa y el
gran héroe de Camelot tuvo que luchar con sus amigos los caballeros, para
escapar con vida. Era la traición de un caballero y debía ser castigada con
severidad. La propia Ginebra era culpable de la traición. Arturo, con el
corazón roto, no tuvo más remedio que condenarla a la hoguera. Cuando se estaba
ejecutando la sentencia, Lancelot apareció para rescatar a Ginebra. El rescate
de la reina rompió la hermandad de la Tabla Redonda. En el caos posterior,
Mordred reunió un ejército y disputó el trono a su padre, el rey. Comenzó una
guerra entre los que apoyaban al viejo rey Arturo y los que defendían los
derechos del hijo no reconocido. En una terrible batalla en la fortaleza romana
de Camboglanna —la Camlann de las leyendas— situada junto al muro de Adriano,
se produjo el enfrentamiento decisivo que devoró a los héroes de Britania: los
grandes caballeros de la Tabla Redonda murieron. Al final sólo quedaban Arturo
y Mordred: el rey y su hijo bastardo enfrentados en un duelo a muerte. Heridos
ambos mortalmente, el cuerpo de Arturo fue trasladado «espiritualmente» por mar
hasta llegar a la isla de Avalon, donde dormiría en el tiempo, ni vivo ni
muerto, hasta que Britania volviera a necesitarlo de nuevo. Así terminaba la
leyenda de Arturo contada por sir Thomas Malory, a finales del siglo XV.
El
libro de Malory está basado en una historia milenaria que se remonta a la
Britania del siglo V. Pero en los primeros documentos, a Arturo no lo llamaban
rey. Hasta los siglos XII y XIII no hacían mención de ninguna Tabla Redonda ni
de Camelot. «A medida que nos remontamos en la historia, la figura de Arturo se
hace menos importante, más insignificante. Si seguimos hacia atrás, llegamos a
un momento en que la primera fuente que disponemos, ni siquiera lo menciona»,
indica el escritor e historiador Scott Lloyd. Para Jeremy Adams, profesor de
historia de la Universidad Metodista, «la gente del siglo XII creía que había
existido y que seguía ejerciendo algún tipo de influencia política, pero los
historiadores tenemos bastantes dificultades en descubrir la procedencia de
este rey Arturo». En lo que todos los eruditos coinciden es en que la historia
del rey Arturo no es el relato de un solo hombre o de un solo momento
histórico. Descubrir la verdad tras la leyenda requiere una búsqueda en el
tiempo para entender cómo el gran símbolo del pueblo britano se creó y creció a
lo largo de cientos de años.
§.
La prosperidad romana
La
verdadera historia de Arturo en el marco de Britania es la de cómo una isla
celta se convirtió en una provincia romana, después en un reino sajón, en un
territorio normando y, finalmente, en una nación unida y poderosa. Más allá del
mito de Camelot, en el centro de la historia está el recuerdo de un antiguo
príncipe guerrero, el héroe que salvó Britania en sus peores momentos: en la
Edad Oscura que siguió a la caída del Imperio romano.
Así,
mucho antes de que sir Thomas Malory describiera a Arturo como el rey de
Camelot, los bardos de Britania cantaban a un poderoso caudillo llamado Arturo.
Los historiadores han rastreado los orígenes de su historia hasta los siglos V
y VI, pero de momento no han encontrado pruebas de la existencia del héroe.
«Hay muchos investigadores que intentan descubrir quién fue el auténtico Arturo
porque hay muchos candidatos posibles, pero los historiadores no pueden
precisarlo porque ninguno tiene pruebas sobre su existencia», opina Christopher
Snyder. No existen textos de aquella época que mencionen al rey Arturo. Según
parece, la ausencia de documentos escritos y la propia leyenda son producto de
una oleada de guerras y migraciones que remodelaron Europa después de la caída
de Roma, en la llamada Edad Oscura. «Una época con un gran flujo de extranjeros
que se mezclaron y juntos formaron una nueva cultura y una nueva nación que
terminó siendo Inglaterra», explica el especialista Bryn Walters.
En
la antigüedad, la isla de Britania era el hogar de un conjunto de tribus
celtas. Compartían idioma y costumbres, pero nunca formaron una nación.
Entonces, las legiones romanas invadieron las islas en el siglo I d. C. Durante
los siguientes trescientos cincuenta años, las ciudades y leyes romanas
convirtieron la isla en una tierra poderosa: Britania. El Imperio romano trajo
una fuerte cultura, una civilización, un estado y un ejército unificado. La
Britania romana era una sociedad muy moderna: estaba muy estructurada; el
gobierno estaba jerarquizado, había calzadas y grandes edificios, las legiones
romanas construyeron carreteras, fuertes y puestos avanzados. Pero casi todo
desapareció en los siglos V y VI.
En
la próspera era antes de la caída de Roma, el Imperio luchó por integrar y
controlar a las tribus celtas de Britania. En la frontera septentrional, las
legiones levantaron el Muro de Adriano: una muralla de piedra de 120 kilómetros
para contener a las tribus bárbaras hostiles: los pictos, los salvajes
habitantes de Escocia. Como en todas las colonias romanas, los nativos britanos
tenían prohibido llevar armas. Para mantener la ley y el orden, los legionarios
de lejanas tierras —como Galia, Europa del Este y Oriente Próximo— eran
enviados a guarnecer las fortalezas de Britania. El nombre de «Arturo» se oyó
por primera vez en el grito de batalla de la caballería romana en el Muro de
Adriano. «El primer nombre conocido como Arturo es un comandante romano llamado
Lucius Artorius Castus, que llegó a Britania en el siglo II d. C., después de
una larga carrera militar. Su historia podría haber contribuido a la de
Arturo», cuenta Christopher Snyder. Ciudadano romano de lo que actualmente son
los Balcanes, Lucius Artorius Castus estaba al mando de una guarnición de
caballería sármata, jinetes de las orillas del mar Negro. En 185 d. C., los
pictos atacaron la muralla. Artorius Castus y sus hombres acudieron a rechazar
la oleada bárbara. Hay datos históricos que sugieren que Castus y sus tropas
estuvieron cerca del Muro de Adriano y algunos investigadores afirman que sus
hazañas y las de sus jinetes forjaron la base de la leyenda del rey Arturo.
El
comandante Artorius Castus podría ser un predecesor, o tal vez un antepasado,
pero sobre todo aporta un nombre a la búsqueda histórica de Arturo. Él es el
primero, pero no el último de los personajes que los historiadores creen que
forjaron la leyenda. Sin embargo, los primeros relatos artúricos apuntan a una
encrucijada posterior en el tiempo, tres siglos después de Artorius, y no en el
cenit del Imperio romano, sino durante su caída.
§.
El anhelo por la llegada de un héroe salvador
El
drama comenzó a principios del siglo V con un duro invierno y una devastadora
invasión de lo que hoy es Francia: la tierra romana de las Galias. En vísperas
de Año Nuevo de 406, tres tribus germánicas cruzaron el congelado río Rin y
arrasaron la Galia; las últimas legiones romanas en Britania abandonaron la
isla para unirse a la batalla. Fue el final del dominio romano de Britania.
Siglos de orden y prosperidad dieron paso al caos. Britania fue cercada. Por el
oeste, invasores irlandeses acechaban la costa. En el norte, los pictos
franqueaban el Muro de Adriano. Por el este, anglos, jutos y sajones atacaban
desde el mar. La historia de lo ocurrido quedó registrada en uno de los escasos
documentos que han sobrevivido de la época: un apasionado sermón escrito por un
clérigo británico, Gildas el Sabio. Pero el documento de Gildas, De excidio et
conquestu Britanniae, deja suelto un elemento crucial: no menciona a ningún
Arturo en sus textos. El clérigo aporta la historia de un país que suspiraba
por un héroe, Britania, sitiada por los bárbaros y dividida por la guerra
civil.
Cuando
Roma abandonó Britania, la provincia se fracturó en zonas tribales,
dividiéndose en un mosaico de principados enfrentados. Según Gildas, los nuevos
señores de Britania eran una plaga tan corrupta como los atacantes bárbaros,
con reyes tiranos, jueces pocos honrados y «siempre explotando al inocente».
Cuando la autoridad romana se disolvió, los tiranos locales que la sustituyeron
se dedicaron a expandir su poder tomando ciudades, regiones, provincias…
creando el escenario perfecto para la aparición de la historia de Arturo. Así,
cuando los ataques de los bárbaros y las luchas civiles sembraban el caos, los
britanos soñaban con un héroe que unificara el país, repeliera al enemigo y
recuperara la gloria perdida de la época de Roma.
Antes
de que apareciera la figura de Arturo, Britania tuvo que soportar al peor de
los reyes, un hombre que en lugar de combatir a los invasores, los invitó a
quedarse, todo un tirano y traidor: el rey Vortigern. Los historiadores debaten
sobre su nombre y sobre la fecha en que gobernó. Parece ser que Vortigern no es
un nombre, sino que se corresponde con un título que significa Superbus
tyrannus, el gran rey de los britanos. Era un hombre muy poderoso, capaz de
reunir un consejo para tomar una decisión para la defensa de Britania. Sin
embargo, en la leyenda, Vortigern se convirtió en un personaje despreciable, en
un terrible y detestable tirano. Todos los expertos coinciden en que fue un
poderoso terrateniente, que se hizo con la poca autoridad que quedó en la
Britania central del siglo V, tras la caída del Imperio romano. Vortigern
permitió a los mercenarios sajones establecerse en las tierras del reino,
usándolos como un ejército particular para reprimir cualquier tipo de
levantamiento en su contra y para defender Britania de una oleada de ataques
bárbaros. Su gobierno supuso un ciclo de acontecimientos que terminó con la
llegada de Arturo.
Según
Gildas el Sabio, decidió contar con el peor enemigo de Britania como ejército
privado: los sajones. Según crónicas posteriores, Vortigern forjaría su ruinosa
alianza con el más peligroso de los jefes bárbaros, Hengist, el legendario
caudillo de los sajones, intentando de esta forma enfrentar a unos bárbaros con
otros, siguiendo lo que era una práctica normal —aunque de negativas
consecuencias— en el Imperio romano, que en cierto momento llegó a depender
militarmente de la recluta de bárbaros. Pactó con los sajones y les regaló
tierras a condición de que lucharan contra otros bárbaros. El pacto de
Vortigern con Hengist haría que los sajones se apoderaran para siempre de las
ricas y fértiles tierras inglesas. Jutos, anglos y sajones llegaron en el siglo
V desde las tierras bajas costeras continentales, de lo que hoy es Dinamarca y
Alemania. La arqueología indica que no se produjo una invasión súbita, sino que
se trató de una migración lenta y constante porque sus propias tierras se
estaban inundando. Los sajones y frisios vivían en tierras muy bajas, en
terrenos húmedos e inundados porque la plataforma continental se estaba
desplazando y la zona septentrional de Europa se hundía. «Empezaron a llegar a
Britania como ladrones, pero poco a poco se fueron quedando. Necesitaban
tierras de labranza y en la costa oriental de Britania eran bastante buenas»,
explica Snyder. Matthew Bennet, experto de la Academia Militar de Sandhurst,
indica que los sajones tenían pequeñas barcas costeras, para surcar el litoral y
para atravesar el canal de la Mancha por Dover, justo el punto más estrecho, y
donde, según la tradición, desembarcaron los caudillos sajones Hengist y Horsa.
Las tierras de Kent se convirtieron en el primer reino germánico en Britania.
El
pacto de los sajones de servir como mercenarios al rey Vortigern desembocó en
una serie de guerras étnicas, una lucha épica que reclamaba la presencia de un
líder para rescatar a los britanos, vencer al usurpador y expulsar a los
invasores sajones de su territorio: el legendario rey Arturo. Así, el tirano
Vortigern está a caballo entre dos mundos diferentes: la historia documentada y
la fantasía del mito artúrico. Y es que la búsqueda de Arturo siempre se mueve
entre esta imprecisa frontera entre la realidad y la imaginación. «A principios
de la Edad Media, los historiadores pocas veces pensaban en la realidad
histórica, como en la actualidad. Distinguir entre realidad y ficción no era
algo que los preocupara demasiado», aclara Christopher Snyder.
Cientos
de años después, un personaje cargado de misterio y llamado Nennius escribió en
Gales, entre 796 y 830, una historia repleta de mitos sobre los britanos, la
Historia Britonum, en la que se hace la primera mención escrita de Arturo.
Según Nennius, el trato de Vortigern con los sajones fue un acuerdo desleal
alimentado por la lujuria. Vortigern se volvió loco de deseo por la hija de
Hengist, el jefe de los mercenarios: la bella y pagana Rowennah. El relato de
Nennius afirma que el caudillo sajón Hengist vendió a su hija a Vortigern por
el precio del reino inglés. Tras el trato, el rey yació con Rowennah. Con la
bendición de Vortigern, Hengist reunió cuarenta barcos de guerreros y tomó
Kent, las tierras de labranza más ricas de Britania. Esta melodramática
historia no fue escrita hasta trescientos años después de la muerte de
Vortigern.
La
historia de Gildas resulta más real: cuando los sajones fueron empleados por
los britanos como mercenarios, recibieron tierras y provisiones por sus
servicios, pero no se conformaron con ello y se rebelaron para conseguir más
tierras. Entonces, éstos se vieron obligados a dejar sus tierras a medida que
los sajones extendían sus asentamientos. Relatos legendarios cuentan que los
refugiados britanos, enfurecidos por la expansión sajona, volvieron su ira
contra el tirano Vortigern. Un ejército de britanos sitió su fortaleza y
algunos relatos afirman que le prendieron fuego, pero, según Nennius, el
castigo llegó del cielo y Vortigern pereció de forma miserable.
§.
El icono de la unidad
Otros
escritores aseguran que el asedio que terminó con Vortigern fue una victoria
del último romano que ostentó el poder en Britania, un héroe que unió a los
britanos y expulsó a los sajones: Ambrosius Aurelianus, un hombre que pudo ser
el modelo histórico del legendario rey Arturo. En la leyenda, el rey Arturo es
coronado tras pasar una prueba mística. La espada hincada en la piedra se
convertía en un icono de la unidad británica, el instrumento gracias al cual un
príncipe honesto haría resurgir a una tierra destruida. Pero, en la vida real,
la salvación de los britanos sólo fue posible tras un gran derramamiento de
sangre, la sangre de los sajones.
Ambrosius
Aurelianus era un terrateniente rico y poderoso, dueño de grandes extensiones
de tierra en el sur de Britania. Luchó para contener a los sajones e impedir
que penetraran en las ricas zonas agrícolas del sudeste. Ambrosius Aurelianus
es una de las últimas figuras documentadas de la Britania posromana. Su
historia abre una puerta a la época de Arturo y las guerras sajonas. Hasta
mediados del siglo V, los anglosajones estuvieron confinados en pequeñas
asentamientos en la costa. Poco a poco, se fueron recibiendo más colonos y las
fronteras se fueron ampliando. A principios del siglo VI, las tribus germánicas
eran dueñas de vastos territorios en toda la isla. «En el año 449, la
germanización en la baja Britania era tan elevada que la toma del poder se hizo
inevitable», explica el historiador Jeremy Adams. Los caudillos britanos no
suponían una amenaza. En lugar de unirse para luchar contra los invasores, los
príncipes rivales se enfrentaron unos a otros. Los britanos sólo podían soñar
con un héroe que llegara en su defensa.
Desesperados
e incapaces de frenar la matanza, la leyenda dice que los caudillos britanos se
reunieron con los sajones para hablar de paz. En la ficción, el círculo de
Stonehenge marcó el lugar del encuentro. Aunque estas piedras llevaban en pie
miles de años antes de la época artúrica, la leyenda dice que Stonehenge fue
erigido en el siglo V para marcar el gran acto de traición de las guerras
sajonas. La historia afirma que caudillos britanos y sajones accedieron a
deponer las armas y hablar de paz. «Todos acordaron ir desarmados, pero los
sajones aprovecharon el momento para matar a los caudillos britanos», explica
Adams. Según el escritor y clérigo del siglo XII Geoffrey de Monmouth, los
sajones asesinaron a un total de 460 barones y cónsules en la que se denominó
Matanza de los Ancianos, en cuya memoria se levantó el anillo gigante de
piedra. La incorporación de Stonehenge a la leyenda artúrica proviene, pues,
del autor que más contribuyó a crear el mito del rey Arturo.
«Arturo
procedía de una pequeña calle de Oxford, en la cual había vivido Geoffrey de
Monmouth hacia el año 1130. Cuando Geoffrey decidió escribir su Historia regum
Britanniae (Historia de los reyes de Britania) entre 1135 y 1139, tomó
elementos reales y relatos orales y los mezcló, dando lugar al Arturo de
ficción que todos conocemos y que centra el interés de todos los
historiadores», indica la especialista en estudios artúricos Bonnie Wheeler. El
libro de Geoffrey de Monmouth se remontaba a seiscientos años atrás para narrar
la historia de los reyes de Britania con una nueva perspectiva. Antes de
Geoffrey, Arturo era un oscuro guerrero de la Alta Edad Media; después de
Geoffrey, se transformó en un monarca modelo. «En el mundo actual es difícil
imaginar el gran impacto que tuvo este libro. Sabemos que terminó la Historia
entre 1136 y 1139. En 1150 había cientos de copias del manuscrito circulando
por Europa. Es algo extraordinario para un manuscrito medieval de su extensión
y complejidad», dice Wheeler. Según el escritor Scott Lloyd, el libro de
Geoffrey se hizo tan popular e influyente que dictó la historia de Britania
durante los siguientes doscientos o trescientos años.
§.
Primeras referencias literarias
En
el siglo XI, las leyendas de Arturo se extendieron por transmisión oral; en el
siglo XII se escribieron los importantes relatos de Geoffrey de Monmouth,
Chrétien de Troyes, Gottfried de Estrasburgo y Robert de Borron, éste ya a
principios del XIII, etc. El libro de Monmouth es el primer texto que recoge
una historia completa del legendario rey Arturo. También ilustra cómo la
historia británica está entrelazada con mitos celtas y prerromanos, como
Stonehenge. Monmouth usó la obra de Gildas como base, pero de ella eligió lo
que necesitaba para su libro y rechazó lo que no precisaba. En la historia de
Geoffrey aparece un héroe que venga la Matanza de los Ancianos: el rey guerrero
Arturo. Pero en la historia de Gildas —escrita en la misma época en que ocurrían
los sucesos—, el héroe no es Arturo sino Ambrosius Aurelianus, al que se
refiere como el último romano en Britania, cuya familia llevaba la púrpura, es
decir, que era de alto rango. «Ambrosius era un caudillo militar y puede que
fuera el precursor de Arturo o alguien en torno al cual se construyó la
leyenda. No sabemos mucho de él, pero sí que fue un importante dirigente de
finales del siglo V», indica Snyder.
Algunos
investigadores actuales creen que, como último romano, Ambrosius pudo haberse
aprovechado de los viejos fuertes, calzadas y tácticas romanas para formar una
nueva tradición militar. Su legado alcanzó tal fama que su nombre está presente
en todo el país. Así, lugares en Gran Bretaña actuales, como Ambrosden,
Amberley, Amesbury (antiguamente Ambresbery), parecen estar directamente
relacionados con el nombre de Ambrosius. Muchos historiadores creen que en su
día pudieron ser emplazamientos militares y Ambrosius pudo usarlos para
levantar una frontera ante la oleada de los pueblos germánicos.
Gildas
registró la reunificación de los britanos bajo el mando de Ambrosius y la forma
en la que empezaron a tener victorias sobre los sajones. Pero si Ambrosius es
Arturo, su carrera se extendería desde la legendaria Matanza de los Ancianos,
en el siglo V, hasta la batalla final de Arturo en el siglo VI, casi cien años.
«Puede que estemos hablando de dos personas: Ambrosius el Viejo y Ambrosius el
Joven. Entonces sería una dinastía», señala Bryn Walters, de la Asociación de
Arqueología Romana. En la mítica historia de Geoffrey de Monmouth, Ambrosius y
Arturo proceden del mismo árbol genealógico. Geoffrey dice que Ambrosius es el
hermano de Uther Pendragon, el padre mítico de Arturo. En algún momento del
siglo VI, el poder de Ambrosius tuvo que pasar a un hombre más joven. «En la
historia nos falta un personaje, el que transmitió la potestas, y su heredero
fue el que batalló. ¿Sería el misterioso Arturo el heredero de Ambrosius
Aurelianus? No puedo afirmarlo, pero existe la posibilidad de que sea así», añade
Walters.
§.
La ofensiva contra los sajones
Puede
que nunca se sepa si se trata de una leyenda. Lo que sabemos es dónde confluyen
las historias de Arturo y Britania: en la batalla de Mons Badonius, en inglés
moderno Badon Hill, la colina de Badon. Una batalla decisiva entre nativos
britanos y sajones, que forjó el destino de la isla en los años venideros y
produjo la leyenda del rey Arturo. La figura de Arturo está asociada con este
período y la mayoría de los expertos la sitúan a mediados de esta época, sobre
el año 500, justo cuando se cree que tuvo lugar la batalla de Badon Hill.
A
principios del siglo VI, la expansión sajona amenazaba con engullir toda la
isla. La arqueología, la historia y la leyenda coinciden en que, alrededor del
año 500, algo cambió el curso de los acontecimientos: podría tratarse de la
monumental batalla de Badon Hill. La leyenda dice que fue el momento en que los
britanos pasaron a la ofensiva contra los sajones y los vencieron tras una
serie de combates. La tradición cuenta que los britanos se unieron, al fin,
bajo el estandarte de un caudillo invencible. Nennius afirma que Arturo fue el
comandante de las batallas, el dux bellorum. En esta crónica, escrita cientos
de años más tarde, Arturo aparece primero como jefe de los britanos. Nennius
aporta una lista de doce batallas legendarias libradas supuestamente por el
enérgico Arturo. La batalla de la colina de Badon fue una de las más duras. La
leyenda describe a los enemigos como un poderoso ejército luchando en
territorio britano: si ganaban los sajones, los britanos estarían condenados y
el enemigo dominaría la isla.
Según
los textos, fueron tres días de feroz combate. Los guerreros anglosajones
lucharon principalmente a pie, lo que permitió a los britanos una ventaja
fundamental, ya que ellos utilizaron caballos. Desde la época de los romanos,
la caballería había sido decisiva para el control de Britania. A caballo, los
guerreros podían superar a los que luchaban a pie. «Britania era famosa por su
caballería, que podía controlar el tiempo, el lugar y el ritmo del conflicto.
En Badon Hill, los sajones no montaban. Podían ser fácilmente repelidos por una
fuerza móvil de jinetes bien armados», según indica Matthew Bennet, de la
Academia Militar de Sandhurst. Algunos historiadores afirman que éste fue el
originen de los caballeros del rey Arturo.
En
Badon Hill, con el destino de Britania en juego, la caballería dirigida por un
caudillo supremo, precursora de Arturo y sus caballeros, pudo cambiar la
historia, venciendo a sus enemigos sajones. Esta visión épica de esta batalla
proviene de Geoffrey de Monmouth y fue escrita más de seiscientos años después
de que sucediera. Pero si existió realmente un Arturo, en Badon Hill éste llevó
a los britanos a la victoria. El triunfo de la colina de Badon está confirmado
en el relato de Gildas el Sabio. «Tenemos pruebas de que Badon Hill ocurrió.
Además, hay evidencias arqueológicas que indican el estancamiento de la
expansión sajona a principios del siglo VI», afirma Snyder. Gildas se refiere a
esta batalla como un momento decisivo en la historia de los britanos. Tras
derrotar a los sajones, hubo un período de relativa paz y los britanos
disfrutaron de una generación de prosperidad y seguridad. Una edad de oro que
la leyenda atribuye a Arturo.
Fuera
Arturo o Ambrosius, según Gilas la paz sólo duró una generación. Al final del
siglo VI, la fuerza o el personaje que unió a los britanos y los llevó a la
victoria, el «espíritu de Arturo», se había perdido. Claro que, si hubo un
resurgimiento britano en el siglo VI, una «época artúrica», ¿por qué se ha
perdido la identidad del caudillo que los guió a la victoria? Una teoría apunta
al propio nombre de Arturo y a los estandartes y títulos de los que hacían
alarde los guerreros. Según Walters, Arturo es un nombre que proviene de un
título. Hay muchos títulos nobiliarios que comienzan por art’, arth’, arthel’
en los textos antiguos. Tenían que ver con un oso. «Hubo algún personaje en la
Historia que tuvo un estandarte con un oso y era conocido por ese símbolo»,
cree. De arth’, la palabra celta que significaba «oso», a Arturo, el rey, la
leyenda pudo haber evolucionado a partir de un hombre que ni siquiera se
llamaba Arturo. Con los siglos, trovadores y escritores transformaron el «oso»
de Badon Hill en un poderoso rey medieval, y la paz y la prosperidad del siglo
VI en la caballeresca gloria del Camelot de Arturo.
§.
La creación del mito
La
leyenda y la literatura sobre Arturo evolucionaron juntas. La imagen de sus
armas, sus nombres y sus armaduras reflejan los cambios de la tecnología y de
la política de los tiempos cambiantes. En el siglo XII, los relatos sobre
Arturo daban forma a la vida cotidiana en las cortes europeas. Un rey mítico y
sus legendarios caballeros se convirtieron en los modelos dominantes de la
época, símbolos de una época caballeresca: el rey Arturo y sus caballeros de la
Tabla Redonda.
Hubo
una figura misteriosa, que no tiene nombre, que mantuvo la estabilidad en
Britania y la paz durante una generación. En la oscuridad de esa época se
convirtió en una luz. La leyenda dice que aquel hombre acabó siendo rey y que
fundó una comunidad ideal: Camelot, con su Tabla Redonda, que sirvió de modelo
de gobierno benigno y bien estructurado y fue el arquetipo de las órdenes de
caballería. Con el tiempo, el héroe de Badon Hill adquirió el legendario nombre
de Arturo. Pero los documentos de esa época no mencionan las glorias de
Camelot, la fraternidad de la Tabla Redonda ni el amor de Lancelot y Ginebra,
piedras básicas del mito artúrico. Y es que el Arturo que ha fascinado durante
siglos es el que vive en la literatura, «en un mundo de utopías, al que
asociamos con la Tabla Redonda, la pompa de la corte y lo caballeresco, no con
una figura artúrica que pudo vivir en una choza en el siglo VI», explica Bonnie
Wheeler, especialista en estudios artúricos.
Pero
¿cómo se pasa de un guerrero terrenal a las glorias etéreas de la leyenda? A
través del mito. Contando una y otra vez sus relatos, los britanos remodelaron
su pasado. El mito comenzó cuando los caudillos de la época oscura
desaprovecharon la oportunidad de salvar a su país, luchando entre ellos.
«Britania era una zona políticamente destrozada. Había siete reinos sajones y
diez o doce reinos galeses. Estaba completamente dividida», señala Adams. A
finales del siglo VI, varios asentamientos anglosajones del siglo V se
convirtieron en siete reinos: Wessex, Mercia y Kent extendieron su poder y
crearon poderosos Estados. «Los jutos y los sajones regresaron. Ya no estaban
ni Arturo ni Ambrosius para proteger a los britanos y los sajones ganaron»,
señala Walters.
A
principios del siglo VII, el dominio de los sajones ya se extendía por toda la
isla y los britanos nativos se vieron confinados al oeste, en lo que hoy es
Gales y Cornualles. Otros huyeron cruzando el canal de la Mancha, al norte de
Francia, a lo que se ha llamado Bretaña. Sin un jefe que organizara la defensa,
la orgullosa tierra de Britania se marchitaba y moría. Los sajones se
afianzaron tanto en el país que se consideraban a sí mismos como nativos. En el
siglo X se habían unido para formar una nación: Inglaterra, la tierra de los
anglo-sajones. Despreciaban a los britanos calificándolos de intrusos, de
«galeses», la palabra que los sajones utilizaban para denominar al extranjero.
Los britanos, confinados en sus fortalezas del oeste, soñaban con las glorias
pasadas y con el rey que rechazó a los invasores. Los que sobrevivieron en
Gales y Cornualles, en el oeste de Britania, añoraban la época en la que tenían
el control de la isla. En casi todas las leyendas, ese período corresponde con
la época de Arturo.
A
medida que las generaciones transmitían las crónicas de las victorias, el héroe
de Badon Hill se fue convirtiendo en un guerrero invencible. Los trovadores lo
elogiaban y los monjes comenzaron a escribir su historia. Si nos remontamos a
las primeras fuentes, en la primera parte del siglo IX, ya se hablaba de Arturo
de forma legendaria: luchó en doce batallas y en todas resultó victorioso. En
una dio muerte a 960 soldados en un solo día. Las familias nobles galesas, con
sueños de grandeza, reivindicaban el legado del héroe y remontaban sus orígenes
a Arturo. «Según las fuentes escritas del período medieval, era tradición que
las familias aristocráticas de Britania llamaran Arturo a sus hijos y a los
reyes. También era costumbre en Gales, Escocia e, incluso, en Irlanda», señala
Snyder. Puede que cuando la nueva generación de príncipes llamados Arturo
alcanzara la mayoría de edad, sus hazañas se confundieran con la leyenda y
Arturo terminó siendo virtualmente inmortal. Su esfuerzo había sido tan
titánico y sus metas —la defensa de la paz, el orden, el imperio de la ley—
tenían tanta nobleza que la leyenda se apropiaría del personaje convirtiéndolo
en un símbolo nacional.
§.
La sombra en Francia
La
búsqueda de Arturo, de Camelot y de la Tabla Redonda nos transporta a muchas
épocas y lugares: a sangrientas batallas en Badon Hill, a fortalezas inglesas
en Gales y Cornualles, incluso al otro lado del canal de la Mancha, en las
tierras de Francia, donde los britanos en el exilio eran llamados bretones. Los
britanos que se vieron obligados a exiliarse en la costa de Francia, en la
región de Bretaña, se aferraron al legado de su patria. Sus canciones sobre
Arturo se fundieron con una nueva y poderosa cultura y tradición militar.
«Arturo era una figura muy importante en la colonia británica de Bretaña, donde
un enorme asentamiento britano había transformado el país. Los gobernantes de
Bretaña, en lugar de dividirse como los celtas, formaron un reino de gente que
hablaba celta y francés romance. Era una Bretaña más grande, porque incluía
además la mitad de lo que hoy es Normandía», explica Jeremy Adams, de la
Universidad Metodista.
Pasaron
los siglos. En la costa de Francia comenzó a surgir una gran fuerza militar,
mezcla de celtas y francos, hijos de caudillos vikingos y de los britanos
exiliados: los normandos. En el año 1066, el duque normando Guillermo puso sus
miras en las riquezas de la Inglaterra sajona, al otro lado del canal. Sus
tropas se dirigieron a Britania cantando a un príncipe que había humillado a
los sajones quinientos años antes. Y la leyenda de Arturo volvió a casa. En
tierras separadas, bretones y britanos alimentaban recuerdos de un mismo héroe.
Con el tiempo se convirtieron en relatos de gloria de un rey llamado Arturo y
sus caballeros. Así, los mitos de diverso origen se fusionaban en la historia
artúrica. Y cada escritor añadía algo nuevo, modificándola y contándola de una
forma diferente. «Arturo es un personaje importante en la literatura bretona.
Durante mucho tiempo se ha defendido que toda la tradición artúrica de la Edad
Media es el resultado de la poesía bretona», dice Adams.
Cinco
siglos después de la batalla de Badon Hill y cuatro después de que los sajones
se hicieran con el poder, la historia de Arturo y la de Britania llegaban a un
momento clave: la conquista de la isla por los normandos, que cruzaron el canal
de la Mancha en el año 1066. La fuerza invasora era una alianza, entre el duque
de Normandía, Guillermo el Conquistador con sus caballeros y su leal flanco
izquierdo, los bretones. En la batalla de Hastings, el 14 de octubre de 1066,
destruyeron a los sajones y tomaron la Corona de Inglaterra. «El ejército
bretón —cuenta Adams— estaba mandado por un tal Arturo. Los bretones se unieron
a los normandos en un acto de venganza». Las canciones bretonas sobre Arturo
llevadas desde Francia comenzaron a fundirse con el mito de Arturo proveniente
de Cornualles y Gales. Para reforzar su reino, los nuevos caudillos ingleses
representaron a los sajones como ocupantes peligrosos; el legado de Arturo fue
la propaganda perfecta.
El
narrador de la conquista normanda, el escritor, erudito y clérigo del siglo XII
Geoffrey de Monmouth, fusionó folclore galés con fábulas francesas para
reinventar a un rey Arturo justo. El héroe de Geoffrey estaba hecho a medida
del nuevo orden de Inglaterra. Según Adams, los orígenes de Geoffrey de
Monmouth no están claros, pero parece que su familia podía ser bretona y
galesa; para él, la tradición artúrica era un método de enfrentarse a la
resistencia sajona. «Su propósito era fortalecer el poder normando», afirma
Adams.
§.
Los caballeros y su tabla redonda
En
la época posterior a la conquista normanda, los relatos sobre el rey Arturo se
extendieron por todas las cortes europeas. Los trovadores de los siglos XII al
XV transformaron el antiguo guerrero britano en un monarca medieval. Sus
jinetes del siglo VI se convirtieron en caballeros, iconos de un nuevo modo de
comportamiento: la caballería. La evolución de la historia heroica de Arturo
reflejaba siglos de cambiantes modelos sociales. La imagen de sus leales
caballeros, sus ropajes y formas de luchar representan la historia de la
carrera de armamentos de la Edad Media.
En
el siglo XV, la cota de malla dio paso a elaboradas armaduras metálicas. Los
caballeros con su brillante coraza, icono artúrico de los caballeros, proceden
de esta era. Eran guerreros especializados que comenzaban a entrenarse a partir
de los 7 años, que dominaban todas las armas y aprendían a usar lanzas, escudos
y caballos. El entrenamiento y el combate culminaban en la aventura artúrica
por excelencia: dos hombres enfrentándose en la justa o torneo. Era sobre todo
un espectáculo. La idea era que la gente viera cómo deportistas bien entrenados
intentaban derribar de su montura a su adversario. Era una técnica muy difícil.
Los cronistas dieron forma a los legendarios compañeros de Arturo para reflejar
el mundo real de los caballeros de la época. Los verdaderos caballeros de las
cortes comenzaron a copiar lo descrito en la literatura y a imitar al arte. En
las historias artúricas todo era perfecto: la corte ideal, el rey perfecto, los
caballeros con su forma de comportarse… y, entonces, los caballeros reales para
reafirmar su prestigio y encumbrarse intentaban imitarlos.
La
fraternidad de los caballeros justos encontró su expresión en la legendaria
Tabla Redonda, el más tópico de los objetos relacionados con las historias
artúricas. Se trataba de una mesa hecha para que ninguno de sus miembros
estuviera en un lugar de presidencia. Aunque Arturo era el rey, todos los
caballeros tenían voz y podían ser escuchados. Algunos investigadores afirman
que los soldados celtas se reunían en círculos de fraternidad por las mismas
razones que los legendarios caballeros del rey Arturo. Pero la gran mesa de
madera del mito es pura ficción, creación de poetas franceses después de que el
Arturo de Geoffrey de Monmouth triunfara en toda Europa. «La Tabla Redonda
aparece alrededor del año 1200, producto de autores franceses. No sabemos exactamente
en qué se inspiraron, probablemente en los relatos de los trovadores de la Edad
Media, que llevaban en su repertorio historias sobre reuniones de guerreros que
dieron lugar al mito de los Caballeros», indica Snyder.
Muchos
expertos comparten la teoría de que el ciclo del rey Arturo se compone de
curiosas historias con las que los trovadores agradaban a las gentes de esa
oscura y triste época y que, con frecuencia, se transmitían leyendas cuyo
significado simbólico desconocían, añadiendo pasajes de su propia cosecha. Los
relatos del ciclo artúrico, de origen pagano, fueron cristianizados por
clérigos de la época para educar al pueblo y a los nobles. Las creencias ajenas
al cristianismo se convirtieron en santos cristianos; los druidas, en
sacerdotes; los guerreros, en caballeros cruzados, en el Santo Grial…
En
el mito, la Tabla Redonda actúa como un imán reuniendo a héroes e historias de
todas las tierras. La leyenda siguió creciendo en los siglos XII y XIII, y
empezaron a aparecer nuevos personajes. El núcleo de la Tabla Redonda se
construyó sobre tres antiguos nombres galeses: Cai, Bedwyr y Gwalchmai. Cai, un
pícaro soldado en el mito galés, se convirtió en sir Kay, el legendario hermano
adoptivo de Arturo. Bedwyr, un espadachín, terminó siendo sir Bedivere,
portador de la espada del rey. El mejor amigo de Arturo, Gwalchmai, se
convirtió en el temerario sobrino de Arturo, sir Gawaine.
Mientras
se confundían siglos de historias francesas e inglesas, aparecía un híbrido de
personajes que convirtieron la leyenda de Arturo en una tragedia épica. La
prometida de Arturo, Guenhumara en la tradición galesa, se convirtió en la
hermosa pero infiel reina Ginebra (Geneveve, Genoveva). Y de Francia llegó el
gran caballero de toda la recreación artúrica: el querido amigo de Arturo y
torturado rival, el amante de la reina: Lancelot del Lago. Finalmente, apareció
Medraut o Mordred, el más complejo de los compañeros galeses de Arturo:
camarada, sobrino, traidor, hijo y heredero. «Al final, se trata de la historia
de una familia desmembrada; de unos amigos enemistados, de Gawaine contra
Lancelot; de Mordred conspirando para destruir a Arturo», explica Wheeler.
§.
La caída de Camelot
Arturo
y Mordred enfrentados en un duelo mortal. Lancelot y Ginebra atrapados en un
amor adúltero… Toda una tragedia gótica, con la Tabla Redonda como punto de
partida, y el castillo más poderoso de la cristiandad como escenario: la
legendaria ciudad de Camelot. En la historia clásica del rey Arturo la envidia
y un amor prohibido provocan la caída de Camelot. La esposa de Arturo, la reina
Ginebra, y Lancelot son descubiertos por el hijo del rey, Mordred, haciendo el
amor. Éste maneja la traición de los amantes para socavar todo lo que Arturo ha
construido. Un melodrama que no tiene nada que ver con los momentos de
migración sajona y el conflicto étnico que condenó la era histórica de Arturo.
Pero si no fuera por la tragedia de Camelot, pocos investigadores continuarían
la búsqueda del antiguo rey Arturo.
Lancelot
y Ginebra revelan cómo los autores medievales convirtieron mitos britanos en la
ficción novelesca de Camelot. Así, muchas de las novelas del rey Arturo
describen personajes y situaciones adaptados, a veces idealmente, de otros
personajes o situaciones del siglo XII o de anteriores épocas. Camelot no es un
nombre inglés, sino una innovación de escritores franceses. El primero en
utilizarlo fue el poeta del siglo XII Chrétien de Troyes. «Hubo escritores que
escucharon canciones y mitos recitados por los trovadores y los incorporaron a
sus cuidadas y refinadas obras», indica Snyder. Los poetas franceses
concibieron Camelot como el escenario del comportamiento del código medieval:
la caballería. Y el centro de sus obras no era el rey británico, sino el
caballero francés Lancelot del Lago, creación de la cultura cortesana de la
Francia del siglo XII, un personaje puramente literario, que además de manejar
la lanza y la espada, escribía poemas y tenía unos exquisitos modales tanto en
la corte, como en el campo de batalla. El carácter y las hazañas de Lancelot
promovían los ideales de la época: fuerza física y valor en combate, servicio
leal al rey y a la cristiandad, sufrimientos y sacrificios sin esperar provecho
personal… Un superhéroe de la época de la caballería. Incluso su trágico y
prohibido amor por la reina fomenta el ideal caballeresco. «Su relación con la
reina personifica los ideales del amor cortesano. Se siente inspirado por su
reina Ginebra, hace grandes hazañas por su rey, por el reino y por la
cristiandad. Pero, al mismo tiempo, sabe que está traicionando a su mejor amigo
y a su rey, Arturo», explica Boulton.
Sin
embargo, esta historia no aparece en el texto que introduce a Arturo en el
mundo medieval: el libro de Geoffrey de Monmouth. Tampoco allí se menciona
Camelot ni a Lancelot. En su lugar, describe la caída de Arturo como el fruto
amargo de la insaciable ambición del rey y la traición de su pariente más
cercano, Mordred. «La historia de Mordred siempre recoge la extraña relación
con Arturo. A veces, era su hijo; otras, su sobrino, pero siempre estaba lleno
de enemistad y odio hacia Arturo», dice la especialista Bonnie Wheeler.
En
la historia de Monmouth, el camino a la perdición comenzaba con la búsqueda más
audaz de Arturo, una misión para conseguir las glorias de la ciudad santa de
Roma. Según Geoffrey, el emperador romano dio un ultimátum a Arturo para que
pagara tributo a Roma. Reacio a inclinarse ante el emperador, Arturo reunió sus
ejércitos para comenzar una cruzada que marchara sobre aquella ciudad. Así, el
rey se fue a Roma dejando a Mordred como lugarteniente de Britania. Pero en vez
de defender el reino, Mordred hizo un pacto con los enemigos de Arturo y se
apoderó del trono. En la crónica de Geoffrey, esta traición provoca que Arturo
deje Roma, regrese y desencadene la batalla final con Mordred, el conflicto que
dejaría Britania en ruinas.
Trescientos
años después, sir Thomas Malory retomó la historia, mezclando los relatos de
los poetas franceses con la crónica de Geoffrey. Según Malory, la traición de
Mordred nada tuvo que ver con Roma, sino con Lancelot y Camelot. En su libro
describía un melodrama clásico, en el que Mordred interpreta al informador que
revela la pasión prohibida entre Lancelot y la reina Ginebra. «No se trataba de
un simple acto de adulterio; socavaba los cimientos del Estado. Y con ello la
caída del Estado artúrico, a pesar de que era perfecto», explica Boulton. El
rey condenó a la reina a ser quemada en la hoguera. Lancelot lo arriesgaba todo
por salvarla de las llamas. El rescate de la reina desencadenaba la guerra
civil, un amargo conflicto orquestado por Mordred. La Tabla Redonda y Camelot
estaban condenados…
En
Camlann, según la leyenda, hace mil quinientos años el rey de Britania libró su
última batalla. Pero a diferencia de la batalla de Badon Hill, no hay rastros
en la historia de lo que ocurrió en Camlann. Sólo aparece, trescientos años
después, en una línea de una crónica galesa: en Annales Cambria se cita que «el
conflicto de Camlann, en el que murieron Arturo y Medraut provocó la
devastación de Britania». «En Annales Cambria —explica Adams— se dan las fechas
de las batallas de Badon y Camlann. Pero el texto nos induce a interpretar a
Arturo y a Medraut como amigos y no como enemigos. No nos da una interpretación
clara». Esta vaga y confusa referencia se convertiría con los siglos en una
mítica fábula sobre el bien y el mal. Cuando Geoffrey de Monmouth escribió su
crónica en el siglo XII, Camlann se había convertido en el Apocalipsis
británico. Los escritores artúricos posteriores describieron la batalla como
una guerra civil. Los britanos se volvieron contra ellos mismos y en ella el
personaje de Mordred traicionó a Arturo, provocando así su fin. Tras mil años
de mitos, sir Thomas Malory recogía la batalla como un detestable
enfrentamiento entre padre e hijo. Este peligroso duelo marcó el fin de una
época que nunca salió del todo de la sombra del mito.
§.
El rey inmortal
El
Arturo que conocemos hoy, basado en el cuento tejido por Malory en el siglo XV,
fue escrito en el tramo final de la era medieval, en un país devastado por la
guerra civil y acosado por los cambios. «Malory escribió en una época con
grandes fracturas en Inglaterra, con disputas entre la realeza, como la guerra
de las Dos Rosas, donde se disputaba quién iba a ser el rey de Inglaterra. El
Arturo de la historia de Malory es un hombre que puede curar las heridas de la
fractura, pero que al final es destruido por ellas», indica Bonnie Wheeler. A
finales del siglo XV, las dos casas, de Lancaster y York, dividieron Inglaterra
en la guerra de las Dos Rosas, una lucha por la Corona que duró veinte años. En
pleno baño de sangre, Thomas Malory reunió todas las versiones del mito de
Arturo en un relato épico. El libro de Malory se convirtió en el epitafio de
una era, una elegía para llorar el final de la edad de oro de la caballería. La
realidad es que en esa época la guerra incluía armas de fuego que supusieron el
final de la caballería. Los caballeros perdieron sus características y su
estatus social en el campo de batalla frente a los nuevos soldados con arcabuz.
Sin embargo, en el relato de sir Thomas, la edad de oro de los caballeros
termina con la batalla entre Arturo y Morded: padre e hijo, rey y heredero
malgastan su vida y el destino de la nación en una contienda familiar. Claro
que en el mito el rey no muere y sigue esperando en la isla de Avalon hasta su
regreso cuando Britania vuelva a necesitar a su rey. «El mito proviene
directamente de las valquirias. El Walhalla es la misma historia. Y la isla de
Avalon es como el Jardín de Alá, el Walhalla, o el Paraíso», dice Bryn Walters.
Después
de quince siglos, la misión de Arturo en Roma ha ofrecido a los historiadores
recientemente una nueva y tentadora pista. Un nuevo modelo de Arturo que ha
aparecido en los últimos años a partir de estudios de las crónicas romanas.
«Hay un rey británico bien documentado que hizo ciertas cosas atribuidas a
Arturo, como llevar un ejército al continente. Vivió en el mismo período. En mi
opinión podría ser el Arturo original tanto como cualquier otro», indica
Geoffrey Ashe, miembro del Comité de Investigación de Camelot. A finales del
siglo V, según estos documentos romanos, representantes del Imperio romano
solicitaron a los britanos ayuda frente al ataque de los bárbaros. Un rey
llamado Riothamus acudió a la llamada de Roma y con doce mil hombres cruzó el
mar. «La carrera militar de Riothamus en el continente ha hecho pensar a muchos
investigadores que Geoffrey de Monmouth pudo utilizarlo como modelo para la
descripción de su Arturo, y que, según contó, viajó de Britania al continente»,
afirma el historiador Christopher Snyder.
Riothamus
luchó por Roma, pero a diferencia del poderoso Arturo de Geoffrey, este
histórico rey de los britanos no regresó a su patria. Las crónicas sugieren que
Riothamus murió camino de una ciudad llamada Avalon. Al final, la búsqueda
siempre acaba en retazos de la historia. «Tenemos muchas fuentes, pero no nos
aportan suficiente información. No nos dan suficientes fechas para continuar.
No estamos seguros de dónde y cuándo ocurrió», afirma el escritor Scott Lloyd.
Los
hilos de la historia artúrica se han entrelazado a partir de innumerables
fuentes: desde la tradición celta hasta las glorias de Roma, pasando por las
odas de la Edad Media y la llegada de los sajones, a la conquista normanda y la
guerra de las Dos Rosas. Pero la búsqueda de un único personaje histórico en la
base de la leyenda resulta confusa. «La primera posibilidad es que nunca
existiera un personaje como Arturo. Otra teoría es que existiera pero que los
historiadores todavía no lo hemos podido identificar, y la tercera hipótesis es
que Arturo fuera una figura compuesta con elementos de personajes históricos y
legendarios. Entonces, su historia provendría de los hechos de muchos
personajes que existieron como Lucius Artorius Castus, el comandante romano del
siglo II d. C.; Ambrosius Aurelianus, el líder britano del siglo V mencionado
por Gildas, o Riothamus, el rey británico del siglo V. Todos ellos hicieron
cosas atribuidas a Arturo. Al final, la unión de todos ellos puede dar forma al
verdadero Arturo», indica Christopher Snyder.
Realidad
o ficción, nadie puede negar el poder de Arturo, rey de los britanos. Su
leyenda propició el auge de la caballería. Su legado forjó la historia de
Inglaterra y todo el que sueñe con un mundo justo y armonioso puede buscar la
inspiración en él. Sobrevivió durante siglos como un gran héroe y Arturo se
convirtió para siempre en inmortal.
19.
El código de los templarios
Todo
comenzó en 1096, cuando se inició lo que los musulmanes llamaron al-Hurub
al-Salibiya y los cristianos occidentales denominaron Cruzadas. El resultado de
esos doscientos años de lucha fueron alianzas y enemistades que duran hasta
hoy, pero también gran número de leyendas que tienen como protagonistas a
héroes, guerreros, mártires y reliquias sagradas, como la lanza de Longinos o
el Santo Grial. En esta intersección entre realidad, ficción y leyenda
encontramos la historia de los caballeros templarios. Todavía hoy surgen
múltiples interrogantes sobre su origen y misión. No fueron la primera orden
militar en fundarse en la región; sin embargo, desde sus comienzos hasta el
final de sus días fueron favorecidos por los gobernantes. Sin duda, los
Caballeros del Templo de Salomón son fuente de constante fascinación en la
imaginación contemporánea.
Los
objetivos de las expediciones militares de los cruzados eran, por una parte,
frenar las incursiones y el avance islámico en los reinos cristianos. Por otra,
recuperar Jerusalén, bajo dominio árabe y, posteriormente, turco desde el siglo
VII. La recuperación de Jerusalén conjugaba motivos religiosos, psicológicos y
sentimentales, además de causas más pragmáticas; fue una especie de guerra
preventiva contra la amenaza que suponían para Europa los turcos selyúcidas.
Las repercusiones de este conflicto modificarían profundamente las relaciones
entre el mundo islámico y el cristiano hasta nuestros días.
La
Primera Cruzada salió de Europa en 1096, después de que el papa Urbano II
exhortara durante el Concilio de Clermont (Francia) a todos los cristianos a
que viajasen a Tierra Santa para combatir a los musulmanes. Esta Primera
Cruzada se llamó también passio generalis, debido a que cualquiera, ya fuera
caballero, mercenario o un simple ladronzuelo, podía participar y además
disfrutar de una indulgencia eclesiástica que perdonaba penas de cárcel, deudas
y crímenes. En mayo de 1099, los cruzados llegaron a las fronteras
septentrionales de Palestina y al atardecer del 7 de junio acamparon a la vista
de las murallas de Jerusalén. El 15 de julio, después de tres años de
sangrientas batallas y matanzas indiscriminadas en las que turcos, árabes y
persas, divididos internamente, fueron perdiendo terreno frente a los
cristianos europeos, por fin se tomó la ciudad santa de Jerusalén.
§.
Una nueva orden religioso-militar
El
paso de Jerusalén a manos cristianas reabrió la ruta de los peregrinos hacia
los Santos Lugares del nacimiento y pasión de Cristo, pero esa afluencia de
viajeros atrajo enseguida a bandas de merodeadores sarracenos que los
asaltaban, robaban y mataban.
Hacia
1119, los cruzados gobernaban Jerusalén al mandato del rey Balduino II. Hugo de
Payens, un noble francés emparentado con los condes de Champagne, veterano de
la Primera Cruzada, con fama de piadoso y valiente, se ofreció para proteger,
junto a otros siete caballeros (Godofredo de Saint-Omer, Godofredo Roval,
Godofredo Bisol, Payens de Montdidier, Archimboldo de Saint-Aignan, Andrés de
Montbard y Gonremar, a los que se uniría luego el noveno «fundador», el conde
Hugo de Champagne), a los cristianos que peregrinaban desde el Mediterráneo
hasta los Santos Lugares.
La
idea de formar una especie de gendarmería o milicia permanente —no se puede
hablar de ejércitos profesionales en la época—, formada por caballeros, es
decir, miembros de la clase noble que desde la cuna eran educados para la
guerra, pero que a la vez profesasen la fe cristiana con el mismo fervor y
disciplina que las órdenes monásticas, puede decirse que estaba en el aire. En
1118, Raimundo del Puy, recién nombrado maestre de una orden ya existente, la
de los hospitalarios de San Juan, decidió extender su tarea de dar asistencia
sanitaria a los peregrinos en el Hospital de Jerusalén, y convertirla en una
orden militar, como iban a ser desde los comienzos los templarios. Unos y otros
profesaron en principio la regla benedictina, haciendo los tres clásicos votos
monásticos de castidad, pobreza y obediencia, a los que unían el de combatir a
los infieles.
Ésta
es la génesis de los templarios aceptada generalmente por la historiografía
académica, aunque los aficionados a las explicaciones esotéricas cuestionan en
la actualidad esta explicación del nacimiento de la Orden del Temple.
Algunos
interesados en el tema, como el escritor Tim Wallace-Murphy, coautor de
Guardian of the Secrets of the Holy Grail, dudan que defender las rutas de
peregrinación fuese la verdadera misión de Hugo de Payens y sus hombres: «Nueve
caballeros de mediana edad, ancianos para la época —explica Wallace-Murphy—
poco podían hacer para proteger a los viajeros en Tierra Santa». Además, no se
ha encontrado ningún documento escrito que les atribuya la función de custodiar
los caminos y proteger a los peregrinos. Lo cierto es que los primeros años de
los templarios en Tierra Santa resultan bastante oscuros.
Pocos
años después de su compromiso, Hugo de Payens y algunos de sus caballeros
visitaron al Papa para conseguir respaldo oficial de la Iglesia. El Concilio de
Troyes (Francia) aprobó en 1128 formalmente la regla de la Orden del Temple, de
cuya redacción se encargó san Bernardo, abad de Claraval (Clairvaux), el
personaje más influyente de toda la Iglesia, por encima incluso de los papas.
En
un principio, los caballeros templarios se encontraban en la más absoluta
pobreza, hasta el punto de que Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer tenían
que compartir el caballo. Así surgió lo que sería emblema de la Orden: dos
guerreros montados en un mismo caballo. El rey de Jerusalén, Balduino II, les
permitió instalarse en un ala del palacio real, en la explanada del antiguo
Templo de Salomón, de donde derivaría su denominación: «Pauperes conmilitones
Christi templique Salomonici», es decir, «Caballeros pobres de Cristo y del
Templo de Salomón».
Según
la Biblia, Salomón construyó un magnífico templo (Reyes, II, 6) para guardar el
Arca de la Alianza en un santuario recubierto de oro. La tradición habla de que
allí se guardaban también incontables tesoros y los secretos de la sabiduría de
Salomón. El templo ocupaba una gran explanada elevada respecto al resto de la
ciudad, pues de hecho se trataba del monte Moria, donde el Génesis cuenta
(capítulo 22) que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac. En el
año 587 a. C., los babilonios saquearon y destruyeron el Templo. Fue
reconstruido dos veces, la última por Herodes el Grande, y definitivamente
destruido, literalmente arrasado, por el romano Tito en el año 70 de nuestra
era. Tras la conquista árabe del siglo VII, los musulmanes eligieron ese
emplazamiento privilegiado para construir su mezquita principal, al-Aqsa, y la
Cúpula de la Roca, un santuario sobre la roca desde la que Mahoma subió al
Cielo.
Para
los cristianos, el lugar más sagrado de Jerusalén no era ése, sino el monte
Calvario, sobre el que se levanta la iglesia del Santo Sepulcro, aunque la
explanada del Templo o de las Mezquitas, es el escenario de las tentaciones del
Diablo a Jesucristo (Mateo, 4, 5-6). En todo caso, su clara ubicación dominante
indujo a los cruzados a convertir la mezquita de al-Aqsa en residencia del rey,
y por benevolencia de éste —que posteriormente haría otras muchas donaciones a
la Orden, al igual que hicieron sus súbditos— allí se instalaron los templarios
hasta la pérdida de Jerusalén en 1187. De hecho, la actual mezquita de las
mujeres, aneja a al-Aqsa, era la gran sala capitular de los templarios.
Sin
embargo, para algunos historiadores no es fácilmente explicable cómo a una
recién fundada orden de caballería le fue donado semejante emplazamiento, de
tal valor y extensión, teniendo en cuenta que sólo eran nueve hombres.
En
1867, en el transcurso de unas excavaciones en la explanada de las Mezquitas
(Monte del Templo para los judíos), se halló lo que podría dar alguna pista del
interés de los templarios por Jerusalén. Un equipo de arqueólogos británicos,
encabezados por el teniente Warren, del Cuerpo de Ingenieros Reales, descubrió
una serie de túneles que se extendían en forma de abanico desde la mezquita
blanca de al-Aqsa hasta la Cúpula de la Roca, donde se suponía que estuvo
anteriormente el Templo de Salomón. El equipo de Warren también localizó
algunas herramientas, armas y espuelas de los caballeros templarios, lo que
demostraba que estos pasadizos habían sido utilizados o, al menos, descubiertos
o excavados, por dichos caballeros.
La
leyenda siempre ha asociado esta orden religioso-militar con el poder, la
riqueza y la posesión de valiosos objetos sagrados. Algunas especulaciones los
relacionan con excavaciones secretas que llevaban a cabo en el subsuelo del
Templo, donde pudieron haber buscado el Arca de la Alianza. Así, los primeros
masones relacionaron a los templarios con el Arca y los tesoros del rey
Salomón. Investigadores actuales sostienen que, casi con seguridad, los
templarios buscaban reliquias cristianas escondidas. Y entre ellas, una de las
más importantes es el Santo Grial, siempre unido a la leyenda templaria.
Además
de la importancia religiosa de las reliquias en aquellos años, existía algo más
terrenal para explicar las excavaciones templarias en Jerusalén. La teoría más
aceptada apunta a que buscaban las joyas y metales preciosos que los judíos
enterraron allí en el año 66 d. C., durante la revuelta judía contra los
romanos. En esta línea, uno de los manuscritos del mar Muerto, el llamado Rollo
de Cobre, hallado en 1952, muestra, cincelados sobre una plancha de este metal,
una serie de símbolos que parecen enumerar el inventario del tesoro de los
judíos, calculado en más de doscientas toneladas de oro y plata que
desaparecieron completamente. No se sabe si Hugo de Payens y sus caballeros
dieron con el tesoro, pero algunos historiadores afirman que al concluir sus
excavaciones, en el año 1128, los templarios llegaron a Europa y se
convirtieron en una de las órdenes religioso-militares más ricas y poderosas. A
partir de ese momento se produjeron grandes cambios que afectaron a la Orden
del Temple y a toda Europa.
A
pesar de este poder político y económico, y de sus votos religiosos de
castidad, obediencia y pobreza, los templarios no eran aceptados por todos los
estamentos. Se veía con extrañeza y desconfianza que fueran guerreros y monjes,
lo cual no les impidió contar con el apoyo manifiesto de la Iglesia. San
Bernardo, abad de Claraval, monasterio de la orden de Cluny, desde 1115,
teólogo cristiano y uno de los hombres más influyentes en la Iglesia de su
tiempo, escribió: «Un caballero templario es un caballero valiente e íntegro en
cualquier circunstancia, porque su alma está protegida por la armadura de la
fe, igual que su cuerpo está protegido por la armadura de metal. Está
doblemente armado, y no tiene por qué temer a hombres y demonios». San
Bernardo, canonizado por el papa Alejandro III en 1174, era pariente de uno de
los nueve fundadores de la Orden, quienes estaban igualmente emparentados entre
sí, bien por lazos de sangre o matrimoniales. Gran parte de la vida de san
Bernardo se centró en convencer a los cristianos de que debían emprender una
Segunda Cruzada.
Tras
su regreso a Europa, los templarios llevaron a cabo una de las campañas con
mayor éxito de la historia, reclutando a hijos de familias nobles, junto con
sus posesiones y fortuna, para dedicarse a la causa del joven Reino Latino, o
Franco, de Jerusalén, un territorio políticamente muy inestable. En poco tiempo
comenzaron a recibir grandes extensiones de tierra en toda Europa a través de
donaciones, como la que hizo el rey de Aragón en 1130. Además, algunos de los
caballeros más fanáticos y mejor entrenados, generalmente de noble extracción,
ingresaron en la Orden formando lo que el sabio san Bernardo describiría «como
un puñado de honrados guerreros que podían vencer a cualquier sobrecogedora
horda». La victoria cristiana en la batalla de Montgisard, librada en 1177
contra el ejército del sultán Saladino, demostró lo acertado de las palabras
escritas por san Bernardo.
§.
Destreza, estrategia brillante y valentía
Saladino,
sultán de Egipto, Siria, Palestina, así como de zonas de Arabia, Yemen, Libia y
Mesopotamia, acaudilló un ejército de 26.000 musulmanes con el que invadió
Palestina, atravesando el Sinaí desde Egipto en noviembre de 1177. Los
templarios concentraron a todos los caballeros de la Orden que pudieron reunir
para defender Gaza, pero Saladino pasó de largo, hacia la fortaleza costera de
Ascalón. El rey Balduino IV, llamado el Leproso, que pese a su enfermedad era
un valiente guerrero, reunió quinientos caballeros que, bajo la protección de
la reliquia de la Vera Cruz, lograron llegar a Ascalón justo antes que
Saladino, y guarecerse tras sus murallas. El sultán fue, por una vez,
imprudente. Creyó tener vencidos a los cristianos, pues no había fuerzas ante
sí que le disputaran la entrada en Jerusalén, hacia donde se dirigió, dejando
una pequeña fuerza para vigilar a los encerrados en Ascalón.
El
rey Balduino salió entonces, reunió sus fuerzas con las de los templarios, y
juntos emprendieron la persecución de Saladino, cuyas tropas se habían ido
dispersando para saquear el territorio de los alrededores. El 25 de noviembre,
cuando el ejército de Saladino cruzaba un barranco junto al castillo de
Montgisard, en las cercanías de Ramala, los cristianos cayeron sobre él por
sorpresa. Fue un desastre para los musulmanes: los cristianos vieron al propio
san Jorge que los ayudaba en la batalla, y Saladino estuvo a punto de ser
capturado, salvándose sólo por el sacrificio de su guardia personal de esclavos
mamelucos. El ejército de Saladino huyó hacia Egipto, con enormes pérdidas,
mientras el ejército cristiano era recibido triunfalmente en Jerusalén.
La
victoria de Montgisard y batallas similares, que precisaban de una estrategia
brillante y un entrenamiento especializado, hicieron muy populares a los
caballeros templarios. Se convirtieron de hecho en el primer ejército
profesional desde la caída del Imperio romano, no porque tuvieran mejor
entrenamiento que otros caballeros europeos, pues en realidad toda la nobleza
de la época vivía para la guerra, sino porque en el sistema feudal imperante en
la Cristiandad, la disponibilidad de combatientes era muy incierta, mientras
que los templarios se dedicaban a su misión todo el tiempo, estaban siempre
listos para ser movilizados y entrar en combate.
Gracias
a la cantidad de bienes donados por todo Occidente, podían vanagloriarse de ser
uno de los ejércitos mejor equipados. En la batalla utilizaban, además de
lanzas, hachas o mazas, espadas normandas de gran tamaño, capaces de partir en
dos a un hombre de un solo tajo. Incluso sus caballos —robustos animales de
raza Destrier— estaban entrenados para patear, cocear y morder en medio del
combate. Pero su éxito como militares no se debía sólo a sus medios técnicos.
Los templarios juraban obediencia y lealtad hasta la muerte durante sus
ceremonias de iniciación. Una vez entraban en combate, nunca abandonaban el
campo de batalla. Si se rendían y eran capturados por el enemigo, tenían que
enfrentarse al cautiverio o a la ejecución, por lo que preferían luchar hasta
la muerte, convencidos de que su sacrificio los llevaría directamente al Cielo.
Esta conjunción de destreza militar, armamento y mentalidad suicida les hizo
ser temidos incluso por grandes jefes militares islámicos como el poderoso
Saladino.
Su
ascenso fue meteórico. Hacia el año 1300, la Orden que habían fundado los nueve
caballeros casi doscientos años antes, comenzaba a forjarse una leyenda debido
a su secretismo y se encontraba en el punto álgido de su poder terrenal. Con
miles de caballeros, la Orden logró establecer una sólida red de apoyo en
Occidente y mantuvo su presencia en Oriente. Otro ingrediente de su éxito fue
su gran capacidad operativa en caso de conflicto. Los templarios desempeñaron
un papel fundamental en las Cruzadas. Eran capaces de enviar trescientos
caballeros (lo que junto a sus escuderos, caballos, maestros armeros y
artesanos suponía en la época una considerable fuerza militar) a Tierra Santa
en menos de ocho meses. Luchaban al servicio de monarcas europeos como Ricardo
Corazón de León de Inglaterra o Luis VII de Francia, allí donde se los
solicitara, y sus tropas servían igual como efectivos de reemplazo que como
apoyo para la retaguardia o avanzadilla para romper las líneas enemigas.
§.
Las primeras «tarjetas de crédito»
A
partir del año 1150, los templarios idearon un ingenioso sistema para proteger
a los viajeros cristianos de los salteadores de caminos sin tener que vigilar
constantemente las rutas de peregrinación: viajar sin dinero ni objetos de
valor para evitar ser víctimas de un atraco. Así, antes de comenzar el viaje,
los peregrinos depositaban sus objetos valiosos y títulos de propiedad en cajas
custodiadas por los templarios. A cambio recibían una nota con un código
cifrado. Cada vez que necesitaban dinero a lo largo del camino, los viajeros
solicitaban efectivo en la encomienda local templaria, que les entregaba la
cantidad necesaria y escribía un nuevo código en la nota original. Al regreso,
viajeros y peregrinos recogían sus pertenencias con la misma nota o pagaban su
factura. La única forma de quitarles el dinero era descifrar el código, algo
prácticamente imposible dada la férrea disciplina templaria al respecto. Se
trataba, en definitiva, de una tarjeta de crédito.
Además,
los templarios también ofrecían servicios similares a los de las entidades
financieras actuales: transferencias, pagarés, alquiler de cajas fuertes,
planes de pensiones y unos controvertidos depósitos de alta rentabilidad, y
todo ello salvando las restrictivas disposiciones eclesiásticas sobre el
préstamo con interés y la usura. Para esquivar los preceptos de la Iglesia en
esta materia, los templarios no cobraban intereses a sus clientes, sino rentas
o alquileres. De todos modos, los templarios recibieron extraordinarias
prebendas de la Iglesia, que solía hacer la vista gorda ante sus negocios.
Hasta el punto de que en 1139 Inocencio III publicó una bula que concedía
privilegios sin precedentes a la Orden. Se les permitía atravesar fronteras,
fueron eximidos del pago de impuestos y estaban por encima de cualquier
autoridad, excepto la del Papa. A principios del siglo XIV, la Orden del Temple
constituía la más importante empresa bancaria mundial.
Existen
diversas teorías para explicar este trato de favor a los caballeros del Temple.
El agradecimiento de la Iglesia por proteger a los peregrinos parece a priori
la más razonable, pero expertos en historia medieval como George Smart se
muestran escépticos: «Posiblemente, tras esta alianza tan generosa había un
pacto de silencio contraído a causa de las reliquias y manuscritos que los
templarios hallaron en el Templo de Salomón: documentos que apuntaban a una
interpretación de las Sagradas Escrituras muy distinta de los dogmas de la
Iglesia, como la posible existencia de un matrimonio entre Jesús y María
Magdalena. También una interpretación diferente de la relación de Jesús con los
apóstoles o cualquier otra cosa que supusiera una diferencia con los cánones
aprobados».
Cualquiera
que fuera la razón que justificara estos privilegios, los templarios acumularon
gran poder e influencia en todos los aspectos de la vida en la Edad Media.
Construyeron iglesias y castillos, compraron tierras, granjas y fábricas y
participaron en el comercio internacional y los negocios de importación y
exportación. «Se calcula que tan sólo un escaso 5 por ciento de los caballeros
de la Orden luchaban en el frente», afirma el historiador Alan Butler. Cada
país tenía un maestre templario que ejercía la autoridad sobre los caballeros
de cada cuartel o encomienda. Sobre todos ellos estaba la autoridad del gran
maestre, elegido de forma vitalicia, que también se encargaba de controlar los
negocios de Occidente, gracias a los cuales se mantenían las Cruzadas en
Oriente.
§.
El principio del fin
Tras
varias décadas de lucha en el Mediterráneo, y mientras el imperio occidental de
los templarios se encontraba en su momento de máximo esplendor, comenzaron las
primeras disensiones de las fuerzas cristianas. El punto de inflexión llegó en
1187. En el oeste de Galilea se entabló una batalla decisiva para el futuro de
las Cruzadas y, por tanto, para la Orden Templaria: la batalla de los Cuernos
de Hattin, enclave llamado así por la forma de las dos colinas gemelas donde
tuvo lugar. El 4 de julio, unos ochenta caballeros templarios comandados por el
gran maestre Gérard de Ridfort se reunieron cerca de Seforia con otras unidades
cristianas hasta formar un ejército de veinte mil hombres, que se enfrentó una
vez más al sultán Saladino, jefe de un ejército algo mayor y con más
caballería, lo cual suponía una ligera desventaja para los cruzados. El calor
era sofocante y la retaguardia se veía continuamente acosada por los arqueros
montados de Saladino. Tras una reunión los jefes militares cristianos decidieron
que lo mejor sería esperar la llegada de las tropas enemigas desde una posición
fácilmente defendible y con abundante agua. Esta decisión, sin embargo, no
contó con el apoyo unánime de todos los jefes cruzados. Gérard de Ridfort, un
hombre de carácter colérico y no muy brillante como estratega, fue uno de los
disidentes.
El
gran maestre era un caballero flamenco que había llegado a Palestina en busca
de fortuna, como tantos otros. Uno de los grandes señores del reino, Raimundo,
conde de Trípoli, le había prometido darle en matrimonio a una rica heredera,
pero al final se la dio a otro. Despechado, y en vista de que no podía alcanzar
la riqueza por el matrimonio, decidió hacerlo por el celibato, y Gérard de
Ridfort ingresó en la Orden del Temple. Desde entonces le guardó una gran
hostilidad al conde de Trípoli. Puesto que era éste el principal defensor de
una estrategia prudente, Ridfort convenció al poco firme rey Guido de lo
contrario. «Como la decisión de esperar a Saladino partió de uno de sus
rivales, el gran maestre Ridfort prefirió seguir el camino contrario y emprender
el ataque», explica el escritor Tim Wallace-Murphy. En pleno día y sin agua ni
cobijo, el ejército cristiano comenzó la marcha por un terreno yermo en
dirección a Tiberíades, una ciudad en la orilla occidental del mar de Galilea.
Las tropas francas estaban exhaustas y sedientas y, otra vez por influencia del
gran maestre, el rey decidió detenerse a pasar la noche, en vez de hacer un
supremo esfuerzo y llegar al lago. En ese momento, fueron rodeados por las
fuerzas de Saladino, que prendieron fuego a las hierbas secas, asfixiando a los
cristianos con el humo. El ataque de Saladino, al amanecer del 4 de julio,
diezmó rápidamente a los cruzados, hasta el punto de que se dice que fue la
batalla más desastrosa en Tierra Santa. Los prisioneros fueron vendidos como
esclavos y el gran maestre Ridfort rompió el juramento de no permitir que el
enemigo lo capturase vivo, y en lugar de buscar la muerte para evitarlo,
negoció un rescate. Unos meses después, Gérard de Ridfort murió tras la batalla
de Acre, donde fue hecho prisionero y decapitado.
La
derrota de Cuernos de Hattin fue el principio del fin para los caballeros
cruzados. Manchada su reputación como orden militar, los templarios se
encontraron completamente desmoralizados, hecho agravado además por el rumor de
que durante la lucha también se había perdido una de las reliquias más
preciadas que llevaban, un fragmento de la Cruz de Cristo. Poco después,
Saladino tomó Jerusalén.
Los
cristianos siguieron luchando por Tierra Santa. Tuvo lugar una Tercera Cruzada
encabezada por tres soberanos: el emperador Federico Barbarroja, Felipe Augusto
de Francia y Ricardo Corazón de León de Inglaterra, que reconquistó Acre en
1191, pero no Jerusalén. Otro emperador, Federico II Hohenstaufen, logró
recuperar Jerusalén en 1229, aunque no por las armas, sino por negociaciones,
aunque duró poco en manos cristianas, pues en 1244 la perdieron definitivamente
frente a los turcos. Cuarenta y siete años más tarde cayó la última fortaleza
cristiana, San Juan de Acre, antiguo puerto de la bahía de Haifa. Las cruzadas
posteriores, bajo los auspicios de san Luis IX de Francia o Eduardo I de
Inglaterra, fracasaron por completo.
Como
apuntan los historiadores especialistas en la Edad Media y escritores Karen
Ralls y Tim Wallace-Murphy, la existencia de los templarios dependía en parte
de la existencia de Tierra Santa. Por un lado, tras la derrota, se interpretaba
que Dios no los había bendecido como habían hecho creer a todo el mundo. Por
otro, los templarios se habían organizado para mantener un ejército que
protegiera los territorios cristianos en Oriente, pero éstos ya habían
desaparecido, por lo que ya no eran necesarios. Quizá acuciado por esta
situación, el nuevo gran maestre Jacques de Molay visitó todas las cortes
europeas a principios del siglo XIV en el intento de organizar una nueva
cruzada. Habían pasado dieciséis años sin conflictos y no encontró apoyo en
ningún rey. Después de casi doscientos años de matanzas, la era de las Cruzadas
había acabado y la Orden del Temple pagaría un precio muy alto por haber sido
una Iglesia dentro de la Iglesia y un poderoso estado dentro del Estado. «Eran
completamente autónomos. Incuestionables para todos, excepto para el Papa»,
indica el historiador Sean Martin.
§.
La teoría de la conspiración
A
principios del siglo XIV, el rey Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso,
convocó una reunión para hablar sobre la posible fusión del Temple con otras
órdenes militares. Jacques de Molay llegó a París con un gran cargamento de
valiosos regalos y numerosos caballeros. Pero la reunión sólo era una trampa
para reunir a las altas jerarquías de la Orden. Aprovechando la situación, la
mañana del viernes, 13 de octubre de 1307, todos los establecimientos
templarios de Francia fueron atacados por sorpresa, sin tener en cuenta sus
privilegios, y los caballeros, hechos prisioneros y acusados de crímenes, en lo
que constituyó uno de los mayores escándalos públicos de la época. Entre los
arrestados se encontraba el gran maestre Jacques de Molay. El rey se incautó de
sus propiedades y se les imputaron delitos graves como negar a Cristo, escupir
y orinar sobre la Cruz o practicar la homosexualidad o el culto al diablo…
hasta llegar a más de cien cargos. ¿Estaban siendo los templarios víctimas de
una conspiración?
Para
explicar este cambio de actitud hacia la Orden, hay que recordar que por aquel
entonces ya no estaba abierto el frente de Oriente. Así, tener un ejército
permanente, sin base militar y sin batallas, era algo que provocaba cierta
inseguridad entre los dirigentes europeos. «El rey francés Felipe IV en
particular —señala Alan Butler— pocos años antes de 1307, había heredado la
región de Champagne, donde estaba el cuartel general de los templarios y temía
que éstos le reclamasen un nuevo territorio al sur». Su padre le legó una
nación empobrecida y maltrecha a causa de diversas operaciones militares
fracasadas, y el rey debía grandes sumas de dinero a los templarios. «Vio
claramente que si destruía la Orden, evitaría tener que pagar sus deudas»,
explica Alan Butler.
Respecto
a los cargos de herejía que se atribuyeron a los templarios, era práctica
corriente delatar a cualquiera ante la Inquisición por culto al diablo. El
mismo Felipe IV el Hermoso, que había sido excomulgado, acusó de fechorías
similares al papa Bonifacio VIII cuatro años antes, sólo porque quería imponer
en Roma a alguien más a su favor. El Papa de aquel momento, Clemente V, de
nombre Bertrand de Got, había sido elegido por el rey Felipe IV y estaba bajo
su protección, acuartelado en Francia en vez de ocupar la sede papal de Roma.
Jacques de Molay buscó la protección de Clemente V. La detención de los
templarios sin la autorización del pontífice, de quien dependía directamente la
Orden, hizo protestar a Clemente pero el rey Felipe lo convenció presentándole
las confesiones obtenidas bajo tortura y consiguió que el Papa promulgara la
bula Pastoralis praeminen que decretaba la detención de los templarios en todos
los territorios cristianos.
La
suerte de los templarios cayó en manos de la Inquisición, un organismo procesal
creado por la Iglesia en 1229 para combatir a los albigenses del sur de
Francia, que se puso posteriormente a disposición de los monarcas católicos.
Durante los cinco años siguientes al primer arresto, los métodos de la
Inquisición demostraron ser enormemente efectivos; se basaban en no derramar
sangre ni matar a los acusados, pero con la potestad de arrancar confesiones
bajo torturas, como mantener a los prisioneros colgados boca abajo, quemarles
las extremidades o clavarles tornillos. De esta forma, de 138 templarios
interrogados en París, 105 admitieron haber negado a Cristo durante sus
ceremonias de iniciación; 103, que el beso era parte de sus ceremonias y 123
confesaron haber escupido sobre la Cruz. «Muchas de las acusaciones se cebaron
en lo que ocurría durante las ceremonias de iniciación, aunque nunca se
encontró ninguna prueba física de mala conducta, ni testigos», afirma el
historiador George Smart.
Esta
vulnerabilidad de la Orden es la que aprovechó la Iglesia, que consideró
ilegales ciertos rituales que no fueran realizados en su seno y por sacerdotes.
El propio gran maestre, De Molay, se declaró culpable de la mayoría de los
delitos imputados, pero dos meses después se retractó de su confesión
asegurando que había sido torturado. La Inquisición lo obligó a repetir la
confesión en público, a lo que Jacques de Molay se negó, proclamando de nuevo
su inocencia el 18 de marzo de 1314, junto con Geoffrey de Charney, maestre de
Normandía. Fueron quemados en una hoguera a orillas del Sena. Las cenizas de
ambos se arrojaron al río. Así nadie tendría reliquias que venerar. Se dice que
antes de morir, el gran maestre lanzó una maldición contra el Papa y el rey de
Francia, anunciando que se reunirían con el Creador antes de finalizar el año.
«El papa Clemente V murió apenas un mes más tarde. Felipe IV, un hombre joven,
lo hizo en noviembre por culpa de un accidente de caza», señala Sean Martin. Se
investigó durante siglos si fue una prueba de los poderes demoníacos de los
templarios o una señal de justicia divina que avalaba su inocencia.
§.
El tesoro escondido
Otro
misterio acompañó a la desaparición de la Orden: dónde estaban las grandes
riquezas de los templarios. Cuando los hombres de Felipe IV se hicieron cargo
de todas las posesiones templarias, a lo largo y ancho de Francia, no
encontraron prácticamente nada. Se los llamaba Humildes Caballeros del Templo
de Jerusalén y no tenían posesiones individuales, pero eran más ricos que
cualquier reino europeo de la época. Llegó a haber dos mil encomiendas
templarias en Europa, formando parte activa de la sociedad medieval, puesto que
eran muchos los que trabajaban para ellos en granjas, molinos y viñedos, o bien
hacían negocios con los caballeros o depositaban sus ahorros en los fondos de
la Orden. Poseían además una flota de barcos que transportaba pasajeros y mercancías
entre Oriente y Occidente. «Llegaron a ser la primera multinacional y la
primera entidad bancaria europea», asegura la historiadora medieval Karen
Ralls.
Junto
con sus riquezas terrenales, se suponía que los templarios poseían un tesoro
sagrado compuesto por multitud de reliquias acumuladas durante sus años en
Tierra Santa. La leyenda decía que encontraron los restos de la Cruz de Cristo,
el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Algunos estudiosos han creído ver
indicios de ello estudiando escrupulosamente los cargos de la Inquisición
contra los templarios. Los delitos correspondientes a brujería, sodomía o
blasfemia eran genéricos y se utilizaban en casi cualquier proceso. Pero sólo
los templarios fueron acusados de venerar una cabeza que podría ser un rostro
con barba, una cabeza de tres caras o un busto parlante, según distintas
especulaciones. En la Alta Edad Media los cristianos atribuían grandes poderes
mágicos a las reliquias de santos, y eran muchos los ejércitos que las llevaban
en el campo de batalla, confiando en su protección. Muchos sospechaban que los
templarios tenían en su poder una de las reliquias más importantes y veneradas
de la Cristiandad: la cabeza de san Juan Bautista.
Aún
hoy hay organizaciones de distintos lugares que afirman poseer la auténtica
cabeza del Bautista. En el edificio templario, en Templecombe, en el sur de
Inglaterra, las pinturas muestran una cabeza sin cuello y con la mandíbula
desencajada, lo que para algunos parece ser un indicio de la existencia de esta
reliquia. Otros opinan, sin embargo, que podría representar la cabeza de Jesús
tal y como se ve en el Sudario de Turín, otros de los objetos sagrados cuyo
descubrimiento se atribuía a los caballeros en Constantinopla durante la Cuarta
Cruzada el año 1204, quienes lo trajeron a Europa desde Oriente. El sudario
apareció en la ciudad francesa de Lirey, cuarenta años después de la muerte del
rey Felipe IV el Hermoso. Lo encontró la familia francesa Charney, que
compartía apellido con Geoffrey de Charney, maestre de Normandía quemado en la
hoguera junto a Jacques de Molay.
Quizá
Felipe IV el Hermoso también buscaba estos tesoros de culto cuando asaltó los
cuarteles de la Orden en 1307. Lo cierto es que su deuda con los templarios
desapareció pero no logró resolver sus problemas económicos como había
esperado. El rey consiguió hacerse con algunas propiedades basándose en los
gastos que habían supuesto la prisión y las sesiones de tortura, pero al
disolver la Orden en 1312, el papa Clemente V pensó que todas las tierras y
bienes del Temple debían pasar a otras órdenes religiosas y no al rey. Se dice
que aquella mañana los hombres del monarca no encontraron apenas dinero y casi
ni rastro de algún documento. La clave de este misterio puede hallarse en los
caballeros supervivientes, miles de caballeros que nunca fueron procesados,
entre otras cosas, porque la mayoría de los arrestos tuvieron lugar en Francia
e Inglaterra. «Probablemente, sólo uno de cada diez caballeros templarios fue
capturado», señala Alan Butler. En Baviera fueron absueltos. En Portugal,
debido a la importante lucha que estaban desempeñando frente a los árabes en
aquella parte de la península Ibérica, se limitaron a cambiar de nombre y
pasaron a llamarse Caballeros de Cristo. Incluso en Francia, donde la
persecución fue más dura, muchos templarios escaparon a los arrestos masivos.
Gracias
a este trato desigual, según sus afinidades con la Iglesia en cada país, gran
parte de los miembros del Temple pudieron escapar antes de que la orden de
captura emitida desde Francia se hiciera pública. De tres mil templarios
franceses se capturó a 620, que fueron recluidos en la torre de Chinon, en el
valle del Loira. Durante su encierro cubrieron las paredes con símbolos
extraños: corazones, estrellas de David, figuras geométricas, rejas… Todavía en
la actualidad no se ha conseguido descifrar este código, y no se sabe si se
trata de un mapa del tesoro o instrucciones dirigidas a los templarios
supervivientes para una última misión.
El
historiador Alan Butler cree que estos supervivientes comenzaron a huir
lentamente hacia el este de Francia, a través de unas regiones montañosas
escasamente pobladas por granjeros y pastores. Los templarios conocían muy bien
la zona, puesto que llevaban más de cien años utilizando estas rutas
comerciales que partían de Francia y atravesaban los Alpes, hasta la Suiza
actual, un lugar aislado y difícil donde los ejércitos al uso no podían operar.
No existen pruebas de que los templarios huyeran a los Alpes con sus tesoros,
pero los habitantes de la zona sufrieron una curiosa transformación por la
misma época de la caída en desgracia de la Orden. «Tres pequeñas regiones en
los Alpes se unieron para luchar contra su señor, el duque Leopoldo I de
Austria», explica Alan Butler. Éste pretendía controlar el paso a Italia y
envió a cinco mil hombres armados para defender la región. En Morgarten los
esperaba una emboscada de 1500 campesinos que lograron vencer a un ejército muy
superior. «Se convirtieron en los hombres más temibles de Europa. Pero hasta
aquel momento no había constancia de que los campesinos suizos tuvieran
experiencia militar», cuenta Butler. Estos campesinos se convirtieron
rápidamente en soldados profesionales y fundaron comunidades que destacaban por
su pericia en los negocios financieros. Algunos cuentos populares de la época
hablan de caballeros vestidos de blanco que acudían en ayuda de los campesinos
durante la lucha. Alan Butler considera que esta evolución no puede tratarse de
una coincidencia, y apunta también a las peculiaridades del sistema bancario
suizo frente al resto de los sistemas occidentales, especialmente en lo que
concierne a lo que él denomina secretismo patológico.
§.
La huida a Escocia
Sin
embargo, la mayoría de los buscadores de tesoros templarios opinan que la
cuestión no está zanjada. Poseedores de una gran flota que utilizaban
inicialmente para el transporte y más tarde para el comercio, los templarios no
tenían por qué escapar por tierra. Así, por ejemplo, los dieciocho barcos
anclados en el puerto de La Rochelle desaparecieron el mismo 13 de octubre de
1307. Las especulaciones sobre la huida por vía marítima colocan a los barcos
templarios desde el Báltico hasta el mar de Arabia, y del Mediterráneo a las
costas de América del Norte, aunque la hipótesis que podría estar más cercana a
la realidad es la que sitúa a los templarios escapando hacia Escocia, reino que
había roto con el Papa en aquel momento.
Robert
the Bruce, el rey escocés, había sido excomulgado por el papa Clemente V, a
causa del asesinato de uno de sus rivales, perteneciente a la Iglesia. Ni la
corte ni la población se rebelaron contra Robert the Bruce, y el país entero
fue excomulgado. Así las cosas, era muy poco probable que Escocia llevara a
cabo la orden papal contra el Temple. Y de modo recíproco, los templarios
tenían motivos suficientes para apoyar a Escocia en su guerra contra
Inglaterra, lugar en el que sus dirigentes habían sido arrestados. Al igual que
ocurre con las leyendas suizas, la tradición escocesa dice que, en 1314, los
caballeros templarios se unieron a Robert the Bruce contra los ingleses en la
batalla de Bannockburn, y le dieron la victoria frente a un ejército tres veces
mayor que el suyo. Sin embargo, no existen pruebas contundentes de la
existencia de templarios escoceses después de la disolución de la Orden, ni
siquiera buceando en el pasado de un antiguo clan escocés: los Sinclair o Saint
Claire, una familia fundamental en la trama de El código Da Vinci, cuyos
descendientes, aún hoy, proclaman su pasado templario.
Los
Sinclair fueron una de las primeras familias en donar tierras cuando los
caballeros templarios comenzaron a buscar ayudas en Europa en 1120. A
principios del siglo XIV, la familia había construido el castillo de Rosslyn.
Dos siglos más tarde, en 1546, María de Guisa, regente de Escocia y madre de la
futura reina María Estuardo, escribió una carta a lord William Sinclair
mencionando la existencia de un gran secreto dentro de Rosslyn, que se
interpreta como una referencia a las reliquias y tesoros del Temple. En 1446,
los Sinclair encargaron la construcción de una capilla adyacente a unos
canteros, precursores de las logias masónicas. Esta capilla está recubierta de
grabados con símbolos cristianos, templarios e incluso paganos, que parecen
formar otro código secreto, lo que hace pensar a algunos investigadores que se
trata de un mapa que guía hasta una cripta bajo la capilla del castillo de
Rosslyn en la que se habrían enterrado importantes documentos religiosos.
Siguiendo estas pistas, a finales de la década de los noventa del siglo XX, un
grupo de investigadores compró las tierras adyacentes y alquiló taladros
hidráulicos para llegar a la cripta. Pero ante el peligro que corría el
castillo, las autoridades de la zona decidieron poner fin a esta búsqueda. En
la actualidad no permiten ya más planes de excavación.
§.
Evidencias en Estados Unidos
Rosslyn
no es un caso aislado, y los cazatesoros excavan en cualquier sitio del que
sospechen que alberga oro templario escondido. Un ejemplo de este empeño por
encontrar algún resto de sus riquezas es el conocido como Pozo del Dinero,
situado en una isla de Nueva Escocia, Canadá. Desde hace doscientos años, hay
quien asegura que los templarios llegaron a América siguiendo antiguas rutas
vikingas que conocían muy bien, ya que los normandos, de quienes habrían
aprendido a navegar, son descendientes de los vikingos. Según esta hipótesis no
sería de extrañar que se refugiaran en el Nuevo Continente.
En
1795, tres adolescentes de una isla llamada Oak, en la provincia canadiense de
Nueva Escocia, encontraron un agujero y comenzaron a cavar con la esperanza de
encontrar un tesoro. Lo que hallaron fue una estructura construida por la mano
del hombre, formada por capas de troncos y piedras colocadas a intervalos de
tres metros. Los muchachos abandonaron su búsqueda, pero en 1800, tres
consorcios distintos prosiguieron cada uno su propia excavación. Se dice que
llegaron a encontrar una piedra llena de símbolos codificados, que desapareció
poco después. Al llegar a los 27 metros de profundidad, el túnel comenzó a
inundarse. El Pozo del Dinero resultó ser una compleja trampa diseñada de tal
modo que si se cavaba a la profundidad suficiente, el agua marina comenzaba a
llenar el agujero. De esta manera, la única forma de recuperar el hipotético
tesoro que se encontrase allí era saber exactamente el recorrido del túnel y
excavar a su alrededor.
Desde
su descubrimiento se han perdido seis vidas en el intento de desvelar su
contenido. El primer trabajador murió en 1861 debido a la explosión de una
caldera; el segundo, en 1887, y los últimos cuatro exploradores fallecieron en
1965, cuando los alcanzó una fuga de gas en el túnel. En 1990, la batalla legal
entre los dos propietarios de la isla obligó a interrumpir las excavaciones. Ya
octogenarios, los dueños acordaron vender la isla a nuevos exploradores que
retomaran la búsqueda del tesoro de los templarios, del Santo Grial, del tesoro
del capitán Kidd o de lo que se encuentre bajo el pozo, convertido ya en una
leyenda que, al igual que la historia templaria, se resiste a morir.
La
causa que explica esta pervivencia de los templarios en la memoria histórica
occidental está en la propia naturaleza humana. La fascinación que ejercen
llevó a las logias masónicas, nacidas hace doscientos años, a adoptar sus
símbolos, jerarquía y ceremonias, con el objeto de proclamar su origen
templario. Y en pleno siglo XXI ha contribuido a la proliferación de productos
y obras sobre los misterios templarios, ya sean videojuegos, novelas, películas
o grupos de música. Sin embargo, esta atracción no siempre se ha producido. En
el siglo XIX, el novelista sir Walter Scott retrató a los templarios como
auténticos villanos en su obra histórica Ivanhoe; en 1960, el ocultista
Alistair Crowley afirmaba que eran seguidores del culto a Satán. En películas
como El Reino de los Cielos o El código Da Vinci aparecen retratados como
auténticos fanáticos. En resumen, la trayectoria de los Caballeros Pobres de
Cristo y del Templo de Salomón conjuga drama, misterio y un vacío documental en
el que los inventores de fábulas se han movido a sus anchas. Un vacío que,
posiblemente, crearon ellos mismos, cuando desapareció el archivo principal de
los templarios que el último gran maestre ordenó quemar y destruir por
completo. Una dramática pérdida para los historiadores pero muy favorable para
la creación de la leyenda.
20.
El asesinato de los Médicis
Los
Médicis fueron una de las familias más importantes del Renacimiento italiano.
De extraordinaria influencia en el arte, el comercio y la religión, sus
despiadadas tramas de influencias y alianzas les procuraron muchos enemigos que
los querían apartar del poder. En 1478, sus rivales se unieron para matar a los
hermanos Lorenzo y Juliano de Médicis en la catedral de Florencia, el Duomo.
Durante quinientos años, la versión popular del complot se interpretó como una
disputa entre dos potentes familias: los Médicis y sus rivales, los Pazzi. No
hay duda de que miembros de la familia Pazzi mataron a Juliano, y casi también
consiguieron eliminar a Lorenzo, pero en realidad el crimen de hace quinientos
años es un caso sin resolver. ¿Realmente fueron los Pazzi los cerebros de este
intento de asesinato y sólo fue una lucha local entre familias? En el año 2000,
un estudiante de la Universidad de Yale, Marcello Simonetta, encontró una carta
secreta en los archivos de Urbino que señala a las fuerzas impulsoras de este sangriento
hecho, describiéndolo como una compleja conspiración con tentáculos que
llegaban hasta el papado.
Hubo
un tiempo en que la república de Florencia era el latido cultural del mundo y
su corazón fueron los jóvenes hermanos Médicis, Lorenzo y Juliano. Su
influencia en la banca, la religión y la política se extendía a toda la
península Itálica; un poder que Lorenzo entendía muy bien a pesar de que tan
sólo tenía 20 años cuando llegó al poder. Culto, refinado, brillante y audaz,
muy seguro de sí mismo y dotado de gran inteligencia, Lorenzo de Médicis, digno
nieto de Cosme, realizó durante su principado (14691492) el ideal del
Renacimiento italiano: poeta, filósofo, mecenas y diplomático, era muy
«consciente del poder de la cultura florentina como herramienta diplomática»,
según asegura la historiadora Melissa Bullard, de la Universidad de Carolina
del Norte. Su hermano menor, Juliano —abierto, atractivo y nada político—, era
su asesor. La labor de los hermanos era muy diversa: auspiciar a artistas como
Miguel Ángel, designar cargos, ser la importantísima banca del papado,
conquistar nuevos territorios… Pero, por su juventud, daban la impresión de
vulnerabilidad y su inexperiencia les creaba enemigos.
«En
1470, Lorenzo cometió muchos errores políticos. Se distanció de mucha gente.
Los hermanos se enfrentaban a adversarios en todas las esferas de influencia»,
explica el historiador y conde Niccolo Capponi. En la banca, la familia Pazzi
recelaba de su poder y riqueza. En la Iglesia, el papa Sixto IV se ofendió por
la negativa de Lorenzo a concederle un préstamo. Y en política, otros señores,
como el duque de Urbino, mudaron su lealtad de la Florencia de Lorenzo a otras
ciudades, buscando siempre unir fuerzas contra quien poseía el mayor poder en
la Península en aquel momento.
Los
ingredientes de esta pócima de rencor eran sobradamente conocidos pero a lo
largo de los siglos ha prevalecido una historia sobre la conspiración de los
Pazzi, basada en el intento de matar a los dos hermanos durante la misa mayor
en el Duomo de Florencia. Sin embargo, culpabilizar sólo a los Pazzi simplifica
demasiado el asesinato haciendo que parezca que la familia de banqueros fue la
única responsable.
El
historiador Marcello Simonetta comenzó a investigar aquel suceso tras el
descubrimiento de una carta escrita en 1478 por Federico II de Montefeltro, IX
conde y primer duque de Urbino, supuesto amigo de los Médicis, a Cicco
Simonetta, regente de Milán e importante aliado de Lorenzo de Médicis, además
de antepasado renacentista del historiador. Investigando la vida de su
antepasado, encontró esa carta, un descubrimiento que aumentó su curiosidad.
Marcello Simonetta, entonces, comenzó una búsqueda para reconstruir los
acontecimientos anteriores a la conspiración y encontrar pistas sobre el
artífice de la trama.
La
siguiente pista se la aportó una segunda carta del duque de Urbino indicando a
Cicco que tuviera cuidado con Lorenzo y «advirtiéndole que no era un aliado
seguro. La carta describía a Lorenzo como enemigo secreto de Cicco Simonetta»,
explica Marcello Simonetta, actual historiador y profesor de la Universidad
Wesleyan. El duque de Urbino había capitaneado operaciones militares de Lorenzo
y actuaba a dos bandas, poniendo a Cicco en contra de Lorenzo. Esta
contradicción le hizo pensar a Marcello Simonetta que el duque tenía la clave
del misterio sobre el artífice de la llamada conspiración de los Pazzi. Pero
una cosa eran sus suposiciones y otra muy diferente conseguir las pruebas del
complot.
§.
Rivalidades familiares
En
el siglo XV, Italia distaba muchísimo de ser un país unificado, cosa que no
alcanzaría hasta la segunda mitad del siglo XIX. Roma, Florencia y Nápoles,
entre otras, eran capitales de Estados rivales, deseosos de apoderarse unos de
otros. Y para un mercenario como el duque de Urbino, la lealtad se vendía al
mejor postor. «La familia Pazzi tenía un interés personal en todo este asunto.
Querían ser los sustitutos de los Médicis porque era el clan con mayor poder
financiero de Florencia, después de los Médicis. Había una competición directa
entre las dos familias», señala Marcello Simonetta. En la época de Lorenzo el
Magnífico, Florencia era el principal centro financiero europeo, pero se había
quedado demasiado pequeña para dos familias tan ambiciosas como las de los
Médicis y los Pazzi.
No
hay duda: el poder de Lorenzo molestaba a la familia Pazzi porque ejercía el
patronazgo político. Lorenzo era el padrino de Florencia, intercambiaba favores
por poder y dinero y gobernaba la ciudad aunque sin cargo oficial, controlando
a la gente y, sobre todo, la elección de cargos. Era un sistema político
fundado generaciones atrás, desde que, a principios del siglo XV, su abuelo,
Cosme, el Viejo, subió al poder, ofendiendo a muchas familias establecidas con
anterioridad en Florencia, como los Pazzi.
Los
Médicis se convirtieron en los principales banqueros y comenzaron a desarrollar
empresas comerciales en las más importantes ciudades, no sólo de Italia, sino
de toda Europa y, sobre todo, operaban en Roma. «En Roma desarrollaron lo que
se convirtió en la auténtica base de su riqueza, proporcionando servicios
financieros al papado», explica la historiadora Melissa Bullard. De hecho, los
Médicis se convirtieron en los banqueros favoritos de la poderosa Santa Sede y,
a mediados del siglo XV, su banca obtenía más de la mitad de sus beneficios en
Roma. En 1430 y 1440 tenían mucho más dinero que ningún otro banquero de Europa
que, en aquel entonces, era decir del mundo.
El
joven Lorenzo de Médicis no dudaba en hacer valer sus influencias y poder. Como
buen político, manipulaba el sistema colocando a sus amigos en los puestos
clave, en detrimento de familias más importantes y establecidas como los Pazzi,
a quienes «Lorenzo tenía miedo. Eran demasiado grandes. Demasiado ricos. No se
atrevía a darles un puesto político en Florencia. Podía perder el control y por
eso les hacía el vacío. Esa actitud les molestaba profundamente y fue lo que
los llevó a la conspiración», indica el escritor Lauro Martines, autor de
Sangre de abril, un riguroso estudio sobre la conspiración de los Pazzi, el
intento de asesinar en 1478 a Lorenzo y Juliano.
Sin
duda la familia Pazzi tenía muchos motivos para desear sus muertes. Sin
embargo, los Médicis tenían una larga lista de enemigos, incluido el Papa. La
cuestión histórica era saber quiénes encabezaron la conspiración para matar a
los hermanos: el artífice del plan seguía siendo un misterio.
§.
La carta secreta
Marcello
Simonetta, como un detective, siguió la pista hasta un archivo poco conocido en
Urbino, la ciudad natal del duque que guardaba su correspondencia desde 1470 y
que nunca antes había sido estudiado. Tras años de incesantes negociaciones,
Marcello logró acceder al archivo y allí encontró una pequeña carpeta con
cartas del siglo XV. «La carpeta se había guardado en una caja aparte. Sabían
que contenía algo importante pero no sabían qué era», explica. Reconoció
inmediatamente la letra de la cancillería de Urbino y una carta en especial le
llamó poderosamente la atención: «Era muy larga y no tenía ningún sentido. Era
un incomprensible enredo de símbolos». Algunas frases eran un poco abstrusas,
de construcción rara porque, a diferencia de las cartas que ya había estudiado
en Yale, esta carta estaba codificada, repleta de números, letras griegas y
símbolos variados. Aunque no podía descifrarla, la fecha le resultó intrigante:
febrero de 1478, apenas dos meses antes del intento de asesinato de los todopoderosos
hermanos Médicis.
La
carta estaba dirigida al embajador del duque en Roma. Su misión era leer las
cartas, palabra a palabra, al Papa. Marcello Simonetta pensó que si podía
descifrarla, posiblemente se revelarían nuevos detalles sobre la conspiración
de los Pazzi contra Lorenzo y contra el poco conocido Juliano, un personaje muy
querido y admirado en Florencia pero que vivió siempre a la sombra de su
hermano mayor, uno de los intelectuales más destacados de la época y uno de los
mecenas a través de los cuales se forjó el Renacimiento italiano. Pero en medio
del conocido florecimiento artístico y cultural, tras la genialidad de Lorenzo
se escondía su ambición.
La
religión y la política impregnaban todos los aspectos de la vida del
Renacimiento, con líneas casi invisibles entre la Iglesia y el Estado. El Papa
servía no sólo como líder espiritual de la Iglesia católica sino también como
príncipe terrenal, sediento de poder y hambriento de territorios. Así, Sixto IV
era un formidable rival, que le pisó terreno a los Médicis en alguna ocasión
eligiendo a sus sobrinos, en vez de a Juliano, para puestos claves de la
Iglesia. La gota que colmó el vaso llegó cuando el pontífice quiso comprar
Imela, una ciudad en la región italiana de Emilia-Romaña, no muy lejos de
Florencia. Lorenzo la quería para sí y se negó rotundamente a prestarle el
dinero que necesitaba para su adquisición, enfureciendo al Papa. Sólo los más
confiados se atreverían a un movimiento tan arriesgado, retando a una fuerza
aparentemente inconquistable como el papado, que siempre conseguía lo que
quería.
Sixto
IV decidió entonces pedirle el dinero a otros banqueros, la familia Pazzi, que
ansiaban conseguir la gracia del papado y tener la oportunidad de vengarse de
Lorenzo, un enemigo que compartían con el Papa. «El Papa se puso en contra de
Lorenzo. Al año siguiente, en 1474, nombró a un nuevo arzobispo de Pisa, ciudad
que estaba bajo gobierno florentino, y lo hizo sin consultar a Lorenzo o ningún
miembro de los Médicis. Ahí empezaron todos los problemas entre Lorenzo y el
papa Sixto IV. Los banqueros Pazzi ya habían entrado en escena», describe Lauro
Martines. El nuevo arzobispo era Francesco Salviati, que desempeñaría un papel
principal en la conjura contra los Médicis. «El Papa —añade— sólo insistía en
que no hubiera derramamiento de sangre. En otras palabras, quería que se los
quitaran de en medio, pero no que los mataran».
Fuera
o no cierto, durante siglos se ha cuestionado el grado de implicación del Papa
en el intento de asesinato, pero no había pruebas. Tras el descubrimiento de
esa carta largo tiempo olvidada en el archivo de Urbino se podría arrojar luz
sobre un misterio de quinientos años de antigüedad y descubrir quién fue el
cerebro del complot contra los Médicis. Para ello, antes Marcello Simonetta
tuvo que descifrarla. Y no fue fácil porque el duque de Urbino era conocido
como el maestro de la escritura cifrada y su carta presentaba un reto
especialmente difícil.
El
historiador Simonetta descubrió una clave para descifrar los códigos ocultos
gracias al diario de su pariente Cicco Simonetta. Era un punto de partida:
Simonetta fue comparando la carta de su antecesor Cicco, que había servido como
canciller del aliado más importante de los Médicis, Milán, y la carta dirigida
al embajador del duque en Roma. Usando copias de la carta y las líneas maestras
de Cicco, halló algunas constantes, por ejemplo, cada letra podía estar
representada por dos símbolos diferentes. Y a cada persona correspondía un
símbolo: como el Papa… Lorenzo de Médicis… y el duque de Urbino.
§.
La deslealtad de Federico de Montefeltro
A lo
largo del siglo XV, Florencia competía por ocupar su lugar en las cambiantes
fronteras del sur de Europa. Como en un juego de ajedrez, cada gobernante
vigilaba los movimientos de sus vecinos. Por ejemplo, Lorenzo temía que Nápoles
pudiera unirse a Francia para invadir Florencia. El objetivo de Lorenzo pasó a
ser mantener unidos a todos sus aliados. «Lorenzo estaba seguro de que si algo
le ocurría a su ciudad, las fuerzas milanesas intervendrían en su ayuda. Esas
tropas protegían su régimen», indica Ricardo Fubini, historiador de la
Universidad de Florencia. La conspiración de los Pazzi ocurrió precisamente
cuando se rompieron todas esas alianzas.
Esta
inestable situación diplomática creó grandes oportunidades para mercenarios
como el duque de Urbino. Era usual que los soberanos de pequeñas
ciudades-estado redondeasen su presupuesto sirviendo como condotieros, es
decir, jefes de pequeños ejércitos o bandas armadas que alquilaban sus
servicios al mejor postor. Federico de Montefeltro era uno de tantos que
combatían a las órdenes de señores o repúblicas más importantes, como el Papa,
el rey de Nápoles, el duque de Milán, Florencia o Venecia. También podía
suceder que estos militares mercenarios utilizaran sus poco limpias ganancias
en la guerra para ser protectores de las Artes y las Humanidades en sus propias
ciudades. Ése era el caso, por ejemplo, de Ludovico Gonzaga, primer marqués de
Mantua, mecenas de Mantegna, o del propio Montefeltro, que quiso hacer de la
diminuta Urbino un centro artístico de gran nivel.
Federico
había recibido una exquisita educación en la afamada «escuela para príncipes»
del humanista Vittorino de Feltre, en Mantua, y se había formado militarmente
con un general prestigioso, Nicolò Piccinino, por lo que el florentino
Vespasiano da Bisticci lo consideraba el príncipe ideal, que combinaba la vida
contemplativa con la activa. Otro erudito contemporáneo, Paolo Cortese, escribe
que Montefeltro es, junto a Cosme el Viejo de Médicis, el más grande mecenas
del siglo XV. Gozaron del mecenazgo de Federico figuras de primera categoría
como Piero de la Francesca —de quien nos han llegado dos soberbios retratos del
duque—, Francesco de Laurana o Melozzo da Forli. No es casual que cuando
Castiglione escribió su famosísimo libro El cortesano, situara la acción en la
corte de Urbino.
Esta
exquisitez de espíritu no excluye que Federico de Montefeltro fuera, como todas
las figuras del Renacimiento, capaz de traiciones y crueldades inauditas, y que
su lealtad dependiera de su propio interés. Era el profesional de la condotta
más requerido de Italia, con una cotización que, debido a la fuerte oferta, fue
aumentando durante toda su vida, hasta alcanzar la cifra, muy elevada para la
época, de 165.000 ducados al año. Había servido con Lorenzo de Médicis en la
guerra de Volterra de 1472, pero no tuvo el mínimo escrúpulo en conspirar
contra él cuando el Médicis se enfrentó con el Papa. Éste era el señor natural
de Federico de Montefeltro, cuyos antepasados habían recibido el feudo papal de
Urbino en el siglo XII. Aparte de esa relación institucional —que también
podría haber sido traicionada—, Federico había sido condotiero al servicio
papal y Sixto IV lo ascendió de conde al muy exclusivo título de duque.
«En
1474 recibió el título de duque de manos del Papa. Se sintió muy agradecido y
decidió hacer todo lo que el Papa o el rey de Nápoles quisieran», afirma Lauro
Martines. «Florencia empezó a sospechar del duque de Urbino porque no creía que
fuera un capitán leal», cuenta el historiador Ricardo Fubini.
Y
además no ocultaba sus lazos con el Papa y hay una carta no cifrada en la que
agradece al santo pontífice la bonita cadena de oro que ha regalado a su hijo
Güidobaldo, cadena que el heredero luce en un cuadro que ha sido situado entre
febrero y abril de 1478. Un regalo de alguien con tanto poder como el Papa
indicaba la creciente influencia del duque y servía como confirmación de su
alianza con el pontífice. Además, el Papa casó a su sobrino predilecto,
Giovanni della Rovere, con la hija de Federico de Montefeltro, Giovanna. Así
que hay más que sospechas de que el duque y el Papa podrían haber estado
implicados en el complot. Pero el duque tenía una coartada porque cuando
ocurrió el asesinato en la catedral, él no estaba en Florencia, aunque sus
tropas sí estuvieron cerca. «El duque se defendió afirmando que el hecho de que
las tropas llevaran sus colores no significaba que él las hubiera enviado, ni
suponía que él estuviera implicado en la conspiración», afirma la historiadora
Melissa Bullard.
§.
Poder, traición, venganza y violencia
¿Qué
saben los historiadores de los hechos ocurridos en Florencia el 26 de abril de
1478? Parece ser que ese fin de semana muchos de los conspiradores llegaron a
la ciudad para una fiesta, un ardid planeado para atraer a los hermanos Médicis
al mismo lugar. «Lo difícil era encontrar la ocasión en la que ambos estuvieran
juntos en un sitio lo bastante público para que los asesinos pudieran
acercárseles. Matar a uno significaría que el otro huiría inmediatamente»,
afirma monseñor Timothy Veron, canónigo de la catedral de Florencia. Pero
Juliano decidió no asistir a la fiesta y hubo que cambiar el lugar. Sólo había
un sitio en el que los dos hermanos estarían juntos ese domingo después de
Semana Santa: en la misa mayor del Duomo. Los conspiradores convencieron al
condotiero Giovan Battista da Montesecco para que matara a Lorenzo. Pero cuando
se cambió el lugar de la conspiración, se echó atrás. No quería cometer ese
tipo de acto en un lugar sagrado.
Juliano
llegó a la catedral con Francesco dei Pazzi, su cuñado. El viejo Iacopo dei
Pazzi, cabeza de la familia rival, lo abrazó pero sólo para comprobar si iba
armado o llevaba peto. Iba completamente desprotegido. Por razones de
seguridad, los hermanos se separaron, situándose en lados opuestos del templo.
La señal del ataque era la consagración de la forma, el cuerpo de Cristo, un
momento perfecto porque todos los asistentes, incluidos los Médicis, estarían
centrados en el misterio de la Eucaristía. Cuando se alzó la hostia y todo el
mundo estaba atento a la celebración, los conspiradores sacaron sus dagas y
atacaron.
Francesco
dei Pazzi se abalanzó sobre Juliano asestándole al menos diecinueve puñaladas
ante el horror de su familia. A su lado, ayudándolo en el asesinato, estaba
Bernardino di Bandino Baroncelli. Otro grupo encabezado por dos sacerdotes
atacó a Lorenzo. Se abalanzaron sobre él, como para apuñalarlo con una daga
corta. En ese momento Lorenzo se dio la vuelta y se cubrió con la capa,
instante en el que fue herido detrás de la oreja. Entonces, los seguidores de
Lorenzo lo rodearon defendiéndolo. Se movieron rápidamente hacia la sacristía
de la catedral, cerraron las puertas de bronce y le salvaron la vida. El
guardaespaldas de Lorenzo fue alcanzado, y Juliano yacía muerto mientras su
sangre regaba el suelo sagrado de la catedral.
La
noticia sobre el intento de asesinato se extendió por la ciudad mientras Iacopo
dei Pazzi se dirigía al palacio de la Señoría gritando «Libertad, libertad», la
clásica invitación a la sublevación contra los tiranos. «Sin embargo, y según
la historia, los defensores de los Médicis respondieron con gritos de “palle!”,
refiriéndose a la insignia del escudo de armas de la familia», cuenta la
historiadora Melissa Bullard. El blasón de los Médicis presentaba, en efecto,
tres anillos entrelazados, a los que popularmente se les decía palle (bolas, en
italiano); el grito «palle!» se había convertido en una invocación medicea: es
célebre que cuando el hijo de Lorenzo el Magnífico fue elegido papa León X en
1513, el cardenal Farnesio salió del cónclave gritando «palle, palle!», con lo
que todo el mundo se enteró de la elección.
Ese
apoyo sorprendió a los conjurados que pensaban que Lorenzo era una persona
impopular y que habría una revolución espontánea. Pero ocurrió justo lo
contrario. Una hora después Lorenzo salió de la sacristía vivo. Enseguida se
dio cuenta de que debía aprovechar el momento; tenía que usar su casi milagrosa
supervivencia como un modo de consolidar su posición y poder en Florencia. Así
que su venganza fue brutal e inmediata. Un baño de sangre inundó la ciudad y se
sucedieron «tantas muertes —escribiría Maquiavelo— que las calles se llenaron
de restos humanos».
Francesco
dei Pazzi fue apresado, desnudado y asesinado. Su cuerpo se dejó pudrir bajo el
sol toscano. También Iacopo dei Pazzi fue ejecutado. Su cadáver sería
desenterrado dos veces; la primera, tras ser excomulgado, fue sacado del
panteón familiar y sepultado junto a la muralla, en tierra no santa. No
contentos con ello, lo exhumaron de nuevo y el cadáver desnudo fue arrastrado
por las calles de Florencia y arrojado al río Arno. Otros fueron decapitados y
la mayoría, descuartizados. Algunos sospechosos fueron arrojados desde las
ventanas superiores del Palazzo Vecchio y el arzobispo de Pisa, Francesco
Salviati, fue colgado de una ventana de la Señoría. Lorenzo se aseguró de que
todos supieran que no toleraba a los traidores y fueron asesinados sin piedad
los que tuvieron la más mínima relación con los conspiradores. «La ciudad era
un completo caos. Mataron a un total de cien personas», señala Marcello
Simonetta. «Todas las ejecuciones se hicieron en el corazón de la ciudad; la
idea era mostrar al populacho lo que le ocurría a ese tipo de gente y dar una
lección a otros posibles miembros de la oposición política en Florencia»,
explica Lauro Martines.
Al
resto de los miembros de la familia Pazzi los secuestraron y les confiscaron
todas sus pertenencias para venderlas, hasta el punto que pasaron a la
clandestinidad. Algunos, incluso, cambiaron de apellido. Lorenzo pretendía
extinguirlos y borrar su recuerdo para siempre porque él y su entorno
responsabilizan de todo a los Pazzi. Ese día de abril de 1478, Botticelli y
Leonardo se hallaban en Florencia y plasmaron la venganza de Lorenzo en su
obra. Leonardo dibujó a Bernardo Bandini Baroncelli ahorcado, y Botticelli
pintó a los más importantes conspiradores en la fachada de un edificio
principal, como parte del castigo.
Que
Lorenzo viviera iba a cambiar la historia. Le esperaban hechos memorables por
delante, ayudando a su hijo y a su sobrino a convertirse en papas —León X y
Clemente VII, respectivamente—. Sin su apoyo a Miguel Ángel, al que permitió
vivir en su palacio, éste no hubiera sido conocido y sus famosas esculturas no
vigilarían las tumbas de Lorenzo y Juliano, en la iglesia de San Lorenzo de
Florencia.
§.
El código cifrado, al descubierto
Si
volvemos a las últimas investigaciones para descubrir quién fue el artífice de
la conspiración para matar a los hermanos Médicis, el descubrimiento de
Marcello Simonetta del código de una carta escrita por el duque de Urbino ha
sido fundamental. Sus primeros experimentos fueron con grupos de letras y
palabras o «lo que parecían palabras —explica— porque realmente no sabía dónde
empezaban o terminaban». Para ayudarlo a ver el código de otra manera, Marcello
Simonetta asignó un número a cada símbolo. La frecuencia de los números le
ayudó a encontrar una serie de símbolos repetidos. A los caracteres que más se
repetían les asignó una vocal. Ya que la letra «A» es la más común en italiano,
la sustituyó por los símbolos que más se repetían y, como por arte de magia,
del galimatías empezaron a aparecer algunas palabras. «La palabra resultante
era “La sua santità”, que significa “su santidad”, el papa Sixto IV, a quien
iba dirigida la carta», explica. El descifrado dio sus frutos. Y apareció el
nombre de quien había servido de jefe de la conspiración de los Pazzi: el
propio duque organizó la matanza.
El
duque de Urbino decía en la carta: «Hazlo, deshazte de Lorenzo en cuanto
puedas. Yo te enviaré mis tropas y te ayudaré a escapar». Era la prueba que
Marcello Simonetta buscaba. «Esta carta cifrada demuestra que el Papa estuvo
informado en todo momento. Tuvo que saber que los soldados estaban implicados y
que se iba a usar la violencia contra los Médicis. Federico de Montefeltro
expuso la situación política; explicaba al Papa que había que hacerlo rápido y
bien, porque si fallaban, los implicados tendrían problemas. Después describía
asuntos prácticos, como el envío de las tropas», asegura Simonetta.
Según
este historiador, la carta detallaba que las tropas estaban listas, esperando
sostener al nuevo régimen, dirigido por marionetas de los Pazzi. El problema
después del asesinato habría sido establecer algún tipo de orden en la ciudad.
Y de eso se habrían encargado tropas de Federico de Montefeltro. Expertos
militares como el duque habrían ayudado a coordinar el golpe. Eso significaba
que el duque, no los Pazzi, había planeado el asesinato y la estrategia. Tuvo
los medios, los motivos y la oportunidad de llevar adelante el violento ataque.
«Cada vez estoy más convencido de que sin su ayuda, sin la garantía militar que
proporcionó a toda la operación, probablemente los conspiradores no se hubieran
atrevido a hacerlo», asegura Simonetta.
«Descifrando
la carta, el profesor Simonetta ha arrojado nueva luz sobre el hecho de que la
conspiración no fue una trama local urdida por la familia Pazzi contra sus
rivales de Florencia, los Médicis, sino que implicó a muchas de las grandes
figuras diplomáticas y políticas de Italia», indica Melissa Bullard. El
resultado de esta investigación ha sido alterar la visión de la conspiración
que se tuvo durante siglos: pasó de ser una contienda familiar a una intrincada
trama encabezada por políticos fuera del territorio florentino. Además, este
trabajo trazó un perfil diferente del duque de Urbino. «Los habitantes de
Urbino lo consideran un santo, a partir de cómo lo representaron los eruditos
del Renacimiento. No creo que el descubrimiento lo convierta en un demonio,
pero sí demuestra que fue un político implacable», dice Marcello Simonetta.
Pero
ni Federico de Montefeltro con su intriga, ni Lorenzo el Magnífico con su
brutal represión, hacían nada fuera de lo común en su tiempo. El Renacimiento
supuso un extraordinario avance de la civilización, se desarrollaron no sólo
las artes, sino también las humanidades y las ciencias. Pero esto no excluye
que fuera una época en que la política estaba impregnada de inmoralidad, y que
la crueldad constituyera una actitud aceptada, como lo venía siendo desde la
antigüedad y seguiría siendo hasta finales del siglo XVIII.
21.
Un caso de conspiración: El asesinato de Robert Kennedy
En
la sofocante tarde del 12 de junio de 1968, una caravana fúnebre abandonaba la
catedral de San Patricio y la ciudad de Nueva York. En el último vagón del tren
que se dirigía a Washington reposaba el ataúd del senador Robert F. Kennedy.
Junto a la comitiva, miles de personas esperaban junto a las vías a dar su
último adiós bajo un asfixiante calor. La muerte del senador y candidato a la
presidencia, con tan sólo 42 años, recordaba la consternación nacional que
siguió al asesinato de su hermano mayor, John Kennedy, ocurrida cinco años
antes. Pero había un consuelo para los que lloraban la pérdida de RFK: el
departamento de Policía de Los Ángeles, que investigaba el asesinato, aseguró
que no había dudas sobre el autor del crimen, a diferencia de lo que había
ocurrido a finales de 1963 en Dallas con el presidente. La noche del asesinato
de Robert Kennedy el palestino inmigrante, de 24 años, Sirhan Bishara Sirhan,
fue detenido con una pistola recién usada delante de más de setenta testigos.
La policía estaba segura de tener al culpable. Durante veinte años los archivos
clasificaron como cerrada la investigación del asesinato y la sencilla versión
de Sirhan Sirhan actuando solo sería aceptada como auténtica. Sin embargo, a
muchas personas todavía hoy les asaltan las dudas. ¿El asesinato de Robert
Kennedy fue el desesperado acto de un loco? ¿Fue producto de una conspiración a
gran escala? Sin duda, Robert Kennedy tenía enemigos con suficientes motivos
para querer asesinarlo.
Estados
Unidos en 1968 parecía dividido en dos por la guerra de Vietnam y los derechos
civiles. También era un año con elecciones presidenciales. En aquellos días,
entre los que ansiaban resolver los problemas del país se encontraba un recién
llegado con el mejor apellido posible en la política norteamericana: Kennedy.
Era senador por el estado de Nueva York y había ejercido el cargo de fiscal
general de Estados Unidos (equivalente a ministro de Justicia) desde 1961 hasta
1964. Además, durante la presidencia de su hermano, Bobby fue uno de sus
asesores más próximos, enfrentándose a problemas como la invasión de bahía de
Cochinos en Cuba, en 1961, o como la crisis de los misiles de Cuba dieciocho
meses más tarde. «En aquel momento Robert Kennedy no era el hermano del
hermano, era una figura mucho más valiente, con más empatía y con mucha más
pasión», recuerda Frank Mankiewicz, secretario de Prensa del senador. Animado
por esta pasión, desde que anunció su candidatura en marzo de 1968, la campaña
del joven Kennedy se convirtió en una especie de cruzada. El presidente Johnson
había anunciado que no buscaría la reelección y en la carrera presidencial
demócrata participaban el vicepresidente Hubert Humphrey, seguido muy de cerca
por el senador Eugene McCarthy y por Kennedy. Era una batalla por el control
del Partido Demócrata, además de por la presidencia. El candidato RKF optó por
atacar la creciente participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam.
Esperaba, además, erradicar las barreras raciales que dividían a la nación y
envió un mensaje de idealismo a sus seguidores. Defendió a los pobres y a los
que no tenían derecho al voto. Y, durante la campaña, se ganó la fidelidad de
multitudinarias y fervientes masas.
§.
El mismo apellido vuelve a hacer historia
El
sistema electoral estadounidense se basa en que los dos grandes partidos van
designando, en un prolongado proceso estado por estado, unos delegados para la
convención que designará a la candidatura presidencial del partido, bien
mediante caucus (asambleas de miembros), bien mediante elecciones llamadas
primarias. Los distintos estados tienen un número variable de delegados, según
su población.
En
mayo, el joven Kennedy obtuvo la victoria en las primarias de Indiana y
Nebraska, pero perdió en Oregón a favor del senador Eugene McCarthy. Este hecho
estableció el escenario para las cruciales elecciones primarias de California
—el estado con mayor número de delegados— el 4 de junio, una batalla que
marcaría su consagración o su ruina. Se trataba de una dura campaña electoral.
Para relajarse pasó ese día de votaciones en Malibú, en casa de un amigo, John
Frankenheimer, quien en 1962 había dirigido el thriller político El mensajero
del miedo (The Manchurian Candidate), que, de cierta manera, se anticipó a la
historia. Protagonizada por Frank Sinatra, la película transcurría en plena
Guerra Fría y reflejaba el clima de la era de Kennedy; los protagonistas habían
luchado en Corea, y se urdía un complot comunista para colocar un candidato
propio —aparentemente de extrema derecha— en la presidencia de Estados Unidos,
con lavado de cerebro incluido. Pero aquello no era más que ficción… La noche
del 4 de junio, el senador Robert Kennedy pensó quedarse en casa de
Frankenheimer y evitar así su planificada celebración de victoria en el hotel
Ambassador, de Los Ángeles. Pero cuando los periodistas se negaron a ir a
Malibú, él aceptó acudir al hotel.
Cuando
llegó no había policía protegiéndolo. En 1968, los candidatos a la presidencia
aún no recibían protección oficial por parte del Servicio Secreto. Y a petición
del candidato, no había ningún agente de policía en escena. Los consejeros de
Kennedy le habían sugerido que evitara al departamento de Policía de Los
Ángeles por el bien de su imagen. La policía utilizaba métodos crueles para
sofocar las manifestaciones contra la guerra y estos manifestantes eran el
electorado más importante para Robert Kennedy. «Querían que fuera el candidato
del pueblo, sin uniformes a su alrededor», cuenta Daryl Gates, jefe del
departamento de policía de Los Ángeles.
El 4
de junio de 1968 se apuntó la mayor victoria en su carrera hacia la nominación
demócrata al ganar las primarias en Dakota del Sur. Justo antes de medianoche
quedó claro que Kennedy había ganado también en California, acercándose un paso
más a la nominación para la presidencia del Partido Demócrata. Hasta esa fecha,
parecía que nada lo detendría para obtener la nominación oficial de su partido.
Tras
dejar la sala de baile donde había pronunciado su discurso de victoria, el
senador recorrió el camino hacia la cocina del hotel Ambassador. Pasaban quince
minutos de la medianoche. El candidato se dirigía a dar una conferencia de
prensa en la cercana sala Colonial. El camino más rápido era volver por la
cocina y atravesar la despensa. Entonces se oyeron unos disparos. Kennedy yacía
en el suelo, sangrando abundantemente por la cabeza. Una bala se incrustó en su
cerebro. «Lo que ocurrió sigue siendo un misterio. A pesar de los sesenta
testigos que se encontraban en la sala, todo fue tan rápido que la gente no
dejó de mirar en todas direcciones; hubo tantos heridos que los testigos no
pudieron ver realmente lo que pasó», indica Phillip Melanson, profesor de
ciencias políticas de la Universidad de Massachusetts además de escritor.
§.
La actuación policial
Cinco
víctimas yacían en la cocina. Entre ellos, el ayudante de Kennedy, Paul
Schrade, estaba herido en la cabeza. «Sentí —recuerda— como si me hubieran
electrocutado. Estaba entumecido y me dolía el pecho. La gente me había
pisoteado durante el caos que se produjo después». Un joven con una pistola de
calibre 22 en la mano y los ojos vidriosos permanecía entre la multitud que
gritaba. Hubo una dura lucha por quitarle la pistola y, en medio del caos,
alguien gritó « ¡Matadlo!». Finalmente, consiguieron reducir al pistolero.
Minutos después la policía llegaba a la escena del crimen y se apresuraba a
sacar al sospechoso del hotel Ambassador y meterlo en un coche. Lynn Compton,
ex fiscal del Estado, lo explica así: «Tenía la pistola y estaba cargada con
balas; no había duda de que una de ellas había matado a Kennedy».
Los
oficiales de policía se apresuraron a afirmar que no iba a ocurrir lo que en el
asesinato de su hermano en Dallas, donde el departamento de policía había hecho
el ridículo por permitir que Jack Ruby matara al presunto asesino del
presidente, Lee Harvey Oswald, antes de que se celebrara el juicio. «Aquello
causó un trauma y un ridículo nacional», explica Phillip Melanson.
La
posibilidad de una conspiración estaba en la mente de todos y las acciones de
la policía fueron objeto del mayor de los escrutinios y de todo tipo de
comentarios. Cuando los agentes metieron al sospechoso en una sala de
interrogatorios, él se sentó tranquilo pero se negó a decir su nombre. «Casi
empezó a disfrutar del interrogatorio. Se comportó como lo que nosotros
llamamos un chulo», cuenta Willian Jordan, sargento del departamento de Policía
de Los Ángeles.
A
última hora de la mañana, un joven apareció en el departamento de policía de
Pasadena; había visto una foto del agresor en el periódico y dijo a los agentes
que el sospechoso era su hermano. Se registró el hogar de la familia Sirhan en
Pasadena y, dentro de la habitación de Sirhan, los investigadores encontraron
lo que selló su destino: dos libros de notas, llenos de apuntes donde había
garabateado «RFK… RFK… y RFK debe morir el 5 de junio de 1968». Era prueba
suficiente.
Tras
veinticuatro horas de agonía, la mañana del 6 de junio el secretario de prensa
Frank Mankewicz emitió un trágico comunicado de la muerte de Robert Kennedy en
el hospital El Buen Samaritano de Los Ángeles. Lo habían matado tan sólo dos
meses después de que el líder de los derechos civiles, Martin Luther King Jr.,
también fuera asesinado en Memphis, Tennessee, por la bala de un rifle que
nadie está seguro quién disparó. Sirhan Sirhan fue acusado del asesinato de
Kennedy. Aquel joven delgado, desconocido y modesto, de repente fue catapultado
al centro de la opinión pública. Mientras el país se disponía a enterrar a otro
Kennedy asesinado, comenzaron los preparativos para el juicio de Sirhan. Tanto
la defensa como la acusación intentaron contestar a la pregunta que el libro de
notas no lograba descifrar: el motivo del asesinato.
El
acusado repitió numerosas veces a la policía que no recordaba nada sobre los
disparos. Dijo estar confuso sobre lo que había ocurrido aquella noche en el
Ambassador. Durante los meses siguientes, Sirhan fue sometido, tanto por parte
de la acusación como de la defensa, a varias sesiones de hipnosis en un intento
de hacerle recordar los hechos. Sirhan nunca admitió el asesinato de Robert
Kennedy, por lo que se dejó en manos de los fiscales determinar un posible
motivo. Como era palestino, insistieron en que la razón del asesinato era
debido al apoyo del senador a Israel y su promesa de que, si era elegido
presidente, suministraría a ese país aviones militares.
Cuando
comenzó el juicio, los abogados de Sirhan tomaron una importante decisión: no
se centrarían en la culpabilidad de su cliente o en las pruebas físicas. Por el
contrario, se apoyaron en demostrar sus mermadas facultades mentales.
Presentándolo como un asesino loco, sus abogados esperaban, al menos, salvarlo
de la pena de muerte. Sin embargo, la estrategia de defensa al cuestionar el
estado mental de Sirhan falló. En abril de 1969, Sirhan Sirhan fue acusado de
asesinato y condenado a muerte en la cámara de gas de California. La sentencia
fue conmutada más tarde por cadena perpetua, después de que el Tribunal Supremo
de Estados Unidos declarase inconstitucional la pena de muerte. Los
acontecimientos de aquella noche de junio de 1968 nunca fueron resueltos. El
departamento de Policía pidió al público que confiara en la versión oficial del
suceso. El caso fue cerrado, o eso parecía.
§.
Demasiadas incógnitas sin aclarar
En
el juicio, la labor policial y las pruebas nunca fueron cuestionadas. Los
críticos de la investigación insistieron en que quedaban lagunas sobre la
actuación de Sirhan en solitario. La primera cuestión que no estaba clara era
el recuento de balas. ¿Cuántas balas fueron disparadas realmente en la cocina
del hotel Ambassador? La pistola de Sirhan sólo podía albergar ocho proyectiles
y todos ellos fueron disparados, según la respuesta de la policía. El jefe de
criminología de la policía de Los Ángeles, DeWayne Wolfer supervisó la
reconstrucción de los hechos y diseñó un complicado diagrama para justificar la
teoría de las ocho balas disparadas desde el arma de Sirhan. Según este
análisis, una de las balas se perdió en el techo; cinco entraron en las víctimas
que sobrevivieron y dos balas impactaron en el cuerpo del senador Kennedy. Eso
hace un recuento del máximo de balas que podía albergar la pistola de Sirhan.
Pero
los testigos, incluyendo a William Bailey, uno de los oficiales del FBI en la
escena del crimen, dijeron que había pruebas de que se dispararon dos balas
más. Casi una docena de agentes de policía declararon haber visto lo que no
dudaron en calificar como agujeros de balas en el marco de una puerta, dos
proyectiles que no podía albergar la pistola de Sirhan. Incluso, hay
fotografías que muestran esos agujeros extras en la puerta señalados, en un
primer momento, por la policía como causados por balas. «Siempre nos
preguntamos por qué no se presentaron estas fotos como pruebas en el juicio»,
indica Paul Schrade, ayudante de Kennedy y víctima en el atentado.
Según
el escritor y profesor de ciencias políticas Phillip Melanson, la clave de todo
esto está en que, si realmente eran agujeros de bala, si se cuentan las balas,
Sirhan disparó diez. Algo difícil cuando la pistola del calibre 22 tenía una
capacidad de ocho balas. La explicación de la policía sobre las misteriosas
marcas fue completamente diferente: ninguno de los policías que vieron los
agujeros eran unos forenses especialistas y, por lo tanto, no podían saber si
las marcas estaban hechas por una bala o podrían estar provocadas por muchas
otras causas. Se necesitaba una persona cualificada para estudiarlo… pero nadie
lo hizo.
Aún
hay una segunda cuestión por resolver sobre el asesinato: ¿cuál fue la
distancia real entre el arma de Sirhan y el senador Kennedy? Según el coronel
Thomas Noguchi, que dirigió la autopsia de Kennedy, le dispararon a quemarropa.
Basó sus conclusiones en las pruebas físicas. Sin embargo, éstas entraban en
contradicción con los testimonios de los que allí estuvieron. La mayoría de los
testigos de la cocina dijeron que Sirhan se encontraba a varios metros de
Kennedy cuando le disparó. Para la policía esta discrepancia sólo es producto
de la confusión de los testigos.
Además,
surge otra duda: el informe de la autopsia estableció que la bala mortal fue
disparada desde atrás. Los testigos, sin embargo, afirmaron que Sirhan estuvo,
en todo momento, frente a Kennedy. ¿Cómo podría Sirhan entonces haber hecho el
disparo? Según Phillip Melanson, «ningún testigo vio cómo Sirhan disparó a
Kennedy». Es más: tampoco hubo pruebas de si coincidía la pistola y el
proyectil que lo mató. Después de un cuidadoso examen en el laboratorio
criminal de la policía, los expertos en balística descubrieron que la bala
estaba demasiado deformada como para permitir ningún análisis definitivo.
«Desde el punto de vista balístico, no podemos estar seguros de que las balas
de Sirhan mataran a Robert Kennedy. Logísticamente no podemos asegurarlo. Así,
cuando se habla de la posibilidad de que hubiera otra arma estamos queriendo
decir que el asesino del senador Robert Kennedy sigue libre», afirma Phillip
Melanson. En esta línea, algunos expertos indican que hubo dos asesinos la
madrugada del 5 de junio. Dos pistolas que acabaron con la vida de Kennedy
desde distintos lugares. Sirhan sólo tenía una y, por tanto, ¿dónde está la
otra pistola y quién la disparó?
Para
los más críticos al trabajo de investigación del departamento de policía
significaba que el asesinato del senador había conseguido justo lo contrario de
lo que pretendía evitar la policía: preguntas sin respuestas. «Las preguntas
siguen ahí: ¿existió un segundo revólver que fuera disparado aquella noche?
¿Hubo un segundo asesino, alguien que no fuera Sirhan Sirhan? Todavía no
conocemos la respuesta», señala Paul Schrade. Por el contrario, para el
sargento de policía Willian Jordan «es físicamente imposible que hubiera una
conspiración y no hemos encontrado ninguna prueba al respecto. Ningún
investigador ha podido probarlo».
§.
La mujer del vestido de lunares
Entre
los que insistieron en que el asesinato de Robert Kennedy podría ser producto
de una conspiración, se encontraban varios testigos que habían intentado dar
sentido a la caótica escena del hotel Ambassador. En este caso se comprobó que
la gran cantidad de testigos no hizo más fácil el trabajo de los
investigadores. Al contrario, cada cual dio una versión diferente de lo que
creía haber contemplado.
No
hay duda de que Sirhan Bishara Sirhan fue visto y, consecuentemente, capturado
con una pistola recién disparada. Sin embargo, los testigos vieron a una mujer
sospechosa en compañía de un hombre, junto con Sirhan, en la escena del
asesinato. Así lo aseguró Sandra Serrano, entonces una joven de 21 años,
colaboradora en la campaña de Kennedy. Ese día se encontraba en una de las
salidas de incendios cuando el político fue asesinado. Según Serrano, una
pareja joven salió corriendo, gritando que acababan de disparar al senador.
Ambos chillaron: « ¡Le hemos disparado, le hemos disparado!» y desaparecieron
antes de que tuviera tiempo de actuar. Menos de una hora después, ya se
especulaba sobre que el asesinato podría ser producto de una conspiración.
En
esos primeros momentos, nadie comprobó la información dada por Serrano. Contó
en la televisión su historia y se convirtió en la testigo más famosa de la
misteriosa mujer vestida con un traje de lunares. Dos semanas después del
asesinato, el 20 de junio, el sargento de policía Hank Hernández se citó a
cenar con Sandra Serrano. Después, se dirigieron al cuartel general para pasar
la prueba del polígrafo y Serrano volvió a contar la historia sobre el joven y
la mujer con un traje de lunares, pero bajo la presión del policía, se retractó
de su declaración. Hernández grabó el interrogatorio, una grabación que
permaneció en secreto en los archivos del departamento durante los siguientes
veinte años.
«Ella
terminó por negarlo bajo tanta presión. Era una persona honesta y no pretendía
mentir. A veces, los testigos intentan ayudar tan mal que dicen lo que creen
que quieres que digan. Es lo peor de un caso de conspiración. La gente quiere
ayudar, pero no es precisa», cuenta el sargento de policía William Jordan. En
su única intervención pública sobre el asunto en 1988, Serrano declaró a un
periodista de la radio que, en 1968, sólo dijo a la policía lo que ellos
querían oír.
Pero
Serrano no fue la única persona que dijo haber visto a una misteriosa mujer con
un vestido de lunares en el hotel Ambassador. El sargento de policía Paul
Sharaga también afirmó tener testigos de este hecho. Minutos después del
tiroteo, una afligida pareja que se identificó como los Bernstein le dio la
descripción de unos posibles sospechosos que coincidían con lo señalado por
Serrano. Y volvieron a repetir que la mujer llevaba un vestido de lunares.
Sharaga no tenía dudas de que la información de los Bernstein era auténtica
«porque fue una reacción espontánea, a los pocos minutos del asesinato, y no
habían tenido oportunidad de adornar lo que creyeron que vieron u oyeron»,
asegura. El departamento de policía nunca intentó encontrar a la pareja y los agentes
y sus superiores afirmaron no haber recibido nunca el informe de Sharaga con
sus declaraciones.
Pero
más inquietante fue el hecho de que otros testigos dijeran haber visto, en
diferentes lugares del hotel, a la mujer del vestido de lunares en compañía de
Sirhan. Pero, de nuevo, el departamento de policía tomó estos testimonios como
simples casos de confusión de identidad durante un momento de caos. Ocho meses
después del tiroteo, el misterio fue zanjado, al menos para la policía:
indicaron a la prensa que habían encontrado a la sospechosa y que no tenía nada
que ver con el asesinato, sino que se trataba de Valerie Schulte, una
voluntaria de la campaña de Kennedy. Claro que aquel nefasto día, Valerie iba
con muletas, algo que ningún testigo indicó haber visto durante toda la
investigación anterior en referencia a la mujer vestida de lunares. Además, Valerie
Schulte era rubia y no morena, como habían descrito los testigos. «La realidad
es que nunca se encontró a la mujer del vestido de lunares, nadie supo quién
era, ni su papel en la escena del crimen o como cómplice de Sirhan Sirhan»,
señala Phillip Melanson.
§.
Desaparecen las principales pruebas
Durante
los años siguientes al asesinato de Robert Kennedy, el departamento de policía
de Los Ángeles mantuvo un absoluto silencio sobre el contenido de los archivos
del FBI. Cuando pasaron los años setenta, la especulación, que ya había
comenzado después de la condena de Sirhan, se incrementó. La policía no se
cansaba de afirmar en público que era un caso resuelto, pero nunca sacaron a la
luz ni contaron a ningún periodista la información que tenían, sino que
guardaron todo en secreto. En 1987, la comisión de la policía de Los Ángeles se
rindió a la presión pública y a una serie de demandas ordenando que el jefe
Daryl Gates hiciera públicos los archivos del caso Kennedy. La apertura de los
archivos proporcionó a los críticos munición suficiente para acusarlos de
encubrimiento, ya que su contenido reflejaba bastantes dudas sobre el trabajo
de la policía o sus informes.
Las
evidencias y pruebas más importantes habían desaparecido, incluyendo el
material que podría haber resuelto las teorías que favorecían una conspiración.
Por ejemplo, en abril de 1969, sólo un mes después de la condena de Sirhan, se
supo que más de dos mil fotografías utilizadas en la investigación fueron
quemadas por la policía, que también destruyó en secreto los marcos de la
puerta de la despensa de la cocina donde tantos investigadores insistieron en
la existencia de dos impactos de bala de una segunda arma, y los paneles del
techo. La explicación de la policía fue «no tener suficiente espacio en la sala
de pruebas para almacenar más material». Para William Bailey, ex miembro del
FBI, «podían haber tenido más imaginación a la hora de explicar por qué habían
destruido pruebas tan importantes».
Con
la falta de pruebas y tantas preguntas sin respuestas sobre la investigación,
los defensores de una posible conspiración quedaron relegados al reino de la
especulación. Una de las conjeturas que se planteó fue la susceptibilidad de
Sirhan frente a la hipnosis y la posibilidad de que su mente estuviera alterada
durante el tiroteo. Algunos expertos que lo vieron tras el atentado piensan que
Sirhan estaba hipnotizado y había sido entrenado para desviar la atención de
los investigadores que buscaban una conspiración. «Sirhan demostró ser un
excelente sujeto hipnótico. Se sorprendieron de lo fácil que era hipnotizarlo y
lo difícil que fue hacerlo hablar tras el tiroteo. Se habló de que era una
persona que podría haber sido manipulada por otros a través de la hipnosis».
Las notas encontradas en su casa, llenas de escritos repetitivos sobre su deseo
de matar al senador, también parecían ser síntoma de algún tipo de hipnosis.
Sin embargo, en la actualidad, la idea de que Sirhan era un robot asesino, como
un personaje de El mensajero del miedo, es sólo un callejón sin salida. Más de
treinta años después del asesinato de Robert Kennedy, las pistas siguen
congeladas.
Los
que critican a la policía de Los Ángeles no encontraron otros posibles
sospechosos, aunque había muchos candidatos porque Robert Kennedy tenía
enemigos con motivos suficientes para querer asesinarlo. Jimmy Hoffa,
todopoderoso presidente del Sindicato de Camioneros, la organización sindical
más importante de Estados Unidos, turbio personaje de métodos gangsteriles y
comprobadas complicidades en los bajos fondos, había sido perseguido por Robert
Kennedy desde su puesto de Fiscal General, y estaba en la cárcel desde el año
anterior al asesinato, cumpliendo una condena de trece años. Significativamente
fue indultado en 1971, cuando sólo llevaba cuatro años preso, por Richard
Nixon, a quien la desaparición de Robert Kennedy le abrió un fácil pasillo a la
Casa Blanca. Tampoco se puede desdeñar la inquina que se tenían Bob Kennedy y
J. Edgar Hoover, el intocable jefe del FBI, un auténtico poder fáctico en
Estados Unidos durante cuarenta y ocho años.
Se
habló de la mafia, de renegados de la CIA, del Ku Klux Klan… Paul Schrade y
otros críticos creen que, a pesar de que los archivos de la policía están
incompletos, la búsqueda de las respuestas debería continuar. Para Phillip
Melanson, los informes tampoco responden a las preguntas de conspiración, a la
culpabilidad o inocencia de Sirhan y a la autoría del asesinato, y no debería
haberse cerrado el caso.
§.
El silencio del asesino
Durante
todos estos años, Sirhan ha guardado silencio y cada vez que ha solicitado la
libertad condicional su petición ha sido rechazada. Sirhan tuvo la oportunidad
de conseguirla por primera vez en 1986. Ante el tribunal expresó su
remordimiento por el crimen, pero negó que efectuara los disparos que mataron
al senador. En 1997 volvió a repetir que él no había matado a Robert Kennedy, y
aseguró que sólo era víctima de una trampa. Estas afirmaciones no lo han
beneficiado puesto que siempre se le ha denegado la condicional. Tampoco han
servido para que aclarara las preguntas sin respuestas que rodeaban al
asesinato de Robert Kennedy.
Mientras
para Daryl Gates, jefe del departamento de policía de Los Ángeles, el asesinato
está completamente aclarado y no hay misterio alguno en lo que hizo Sirhan,
para el ex miembro del FBI William Bailey ha habido que «aceptar la versión
oficial de lo que ocurrió y tomar como cierto algo que no lo es». Claro que
Lynn Compton, ex fiscal del Estado es más explícito: «Las teorías de la
conspiración sugieren dos cosas: o que éramos totalmente incompetentes o que
formábamos parte de la conspiración. Tendré que dejar pensar al público si yo
formé parte de la conspiración».
El
hotel Ambassador de Los Ángeles, escenario del asesinato, cerró sus puertas en
1989 y el edificio en que funcionó como hotel durante ochenta y cuatro años se
demolió completamente para construir una escuela secundaria. Robert Kennedy
está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, en el estado de
Virginia, a pocos kilómetros de Washington, junto a la tumba de su también
asesinado hermano, el presidente John F. Kennedy. Todavía hoy nadie sabe muy
bien cómo entró el asesino en la cocina y cómo descubrió el cambio de
recorrido, plan alterado en el último instante, que condujo al candidato por
ese lugar. Tampoco está claro si actuó solo, ni qué razones lo llevaron a
asesinar. Además hay dudas sobre el número de balas, su trayectoria, la
cercanía de los protagonistas y la forma en la que fueron heridas las víctimas.
Bastantes incógnitas, según mantienen los partidarios de la conspiración.
Mientras, el Departamento de Prisiones ha negado a Sirhan la libertad
condicional en diez ocasiones. A pesar de que su familia ha pedido que se abra
una investigación sobre el caso, no ha habido respuesta oficial y él sigue en
su celda californiana.
Capítulo
5
Leyendas
nazis
Contenido:
22.
Las profecías sobre el nazismo
23.
El expediente Odessa
24.
Hitler y el ocultismo
25.
El tren fantasma de los nazis
22.
Las profecías sobre el nazismo
El
fenómeno de la vertiginosa ascensión de Hitler al poder, la posterior guerra
mundial y la caída del nazismo han llamado la atención de todo tipo de
investigadores, desde los historiadores más rigurosos hasta los amantes de las
ciencias ocultas y la adivinación. Hay muchos que creen que la figura de Hitler
y sus siniestras hazañas fueron profetizadas en numerosos textos antiguos.
Incluso hay quienes opinan que ya la Biblia predijo la existencia de un hombre
que «destruiría a poderosos y al pueblo de los santos», en una clara alusión
del pueblo judío. Algunas predicciones las hicieron figuras muy conocidas, como
Nostradamus; otras, casi se perdieron para la historia, blanco de la
persecución del régimen nazi por sus blasfemas palabras y sus oscuros vaticinios.
En cualquier caso, todas estas profecías ofrecen el escalofriante retrato de
una fuerza malvada y siniestra que aterrorizaría el mundo.
Algunos
investigadores afirman que las primeras profecías que anuncian el auge y caída
de Hitler y los suyos están en el Antiguo Testamento. Los partidarios de esta
teoría se apoyan en un paralelismo entre Amán —figura que aparece en el libro
de Esther— y el fin de los jerarcas más relevantes de la Alemania nazi. Amán
era el ministro principal o valido de Asuero, nombre que dan los judíos a
Jerjes, Gran rey de los persas. Amán era «el segundo en honores después del
rey», según dice el Libro de Esther (13, 3), y había tenido que disputar ese
puesto con el judío Mardoqueo, tío de la nueva esposa de Asuero, la seductora
Esther, el cual, tras perder el pulso con Amán, siguió intrigando contra él. De
ahí viene sin duda la animadversión de Amán hacia los judíos y su intento de
neutralizar su influencia, que sin duda era grande en el reino de Asuero. Es
curioso que la política antisemita de los nazis tuviera la misma excusa:
neutralizar lo que según ellos era un excesivo y disimulado predominio hebreo
en la sociedad alemana.
Amán
acabó sus días colgado junto a sus diez hijos de las horcas que, en un
principio, se habían destinado a los judíos. En el texto hebreo aparecen,
además, tres letras que se han interpretado como equivalentes al año 5707 del
calendario judío, fecha que corresponde al año 1946 en el calendario actual.
En
1946, el tribunal internacional de Nüremberg sentenció a morir en la horca
precisamente a once jerarcas nazis, aunque hubo también una condena en
rebeldía: la del secretario de Hitler, Martin Bormann, desaparecido sin que se
sepa hasta la fecha si logró escapar o murió en la confusión de los últimos
días del Reich.
El
más destacado de los condenados era Hermann Göring, número dos del régimen por
su condición de delfín de Hitler y mariscal del Reich (es decir «el segundo en
honores después del rey», como dice el Libro de Esther refiriéndose a Amán, lo
que enriquece la teoría de la profecía). Además, era comandante en jefe de la
poderosa Luftwaffe o Fuerza Aérea y acumuló muy diversos altos cargos:
presidente del Reichstag, ministro del Interior de Prusia, montero mayor…
Göring
logró suicidarse con una cápsula de cianuro poco antes de la ejecución de la
sentencia, que sí se aplicó, en cambio, a los otros jerarcas nazis, diez en
número como los hijos de Amán, y reos, como éstos, de perseguir a los judíos:
Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores; Wilhelm Keitel, jefe
del Mando Supremo de las Fuerzas Armadas (OKW, Oberkomando der Wehrmacht);
Ernst Kaltenbrunner, jefe del Organismo Supremo de Seguridad del Reich (RSHA);
Alfred Rosemberg, ideólogo del racismo y ministro de Territorios Ocupados; Hans
Frank, gobernador general de Polonia; Wilhelm Frick, ministro del Interior
hasta 1943; Julius Streicher, director del periódico antisemita Der Stürmer;
Fritz Sauckel, comisario general para la Mano de Obra (eufemismo para el
trabajo forzado); Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas;
Arthur Seyss-Inquart, antiguo gauleiter (jefe del partido) de Austria y
comisario general de los Países Bajos.
En
la Biblia se encuentra lo que puede interpretarse como más pistas sobre el
nazismo en el Libro de Daniel, uno de los profetas menores. Entre otras cosas,
cuando Nabucodonosor persigue a los judíos que se niegan a adorar su estatua de
oro, ordena que los arrojen a un horno encendido (Daniel, 3, 8-22).
La
acción del Libro de Daniel se sitúa en el siglo VI a. C., aunque en realidad
fue escrito tres siglos más tarde y relata como profecías acontecimientos ya
históricos, relativos a los reyes persas Ciro, Cambises, Darío y Jerjes, a
Alejandro Magno y a las dinastías fundadas por los diadocos, los generales de
Alejandro que se repartieron su Imperio.
Entre
los selyúcidas que gobernaban la parte asiática, cita a Antíoco IV Epifanes,
del que dice: «Surgirá al fin en lugar de éste un hombre despreciable, a quien
no se conferirá la dignidad real, sino que se introducirá mediante la astucia y
se apoderará del reino a fuerza de intrigas. Las fuerzas enemigas serán
completamente derrotadas por él y aniquiladas, así como un jefe de la Alianza».
(Daniel, 11, 21-22).
La
Alianza se refiere al pueblo de la Alianza con Dios, es decir el pueblo hebreo,
y ese «jefe» que cita Daniel es el sumo pontífice del templo de Jerusalén Onías
III, que fue depuesto por Antíoco Epifanes. Los que creen en las profecías
bíblicas del nazismo ven una prefiguración de Hitler en dicho Antíoco, por la
forma en que éste llega al poder, sin derecho legítimo, mediante engaños e
intrigas, y por la persecución que desencadena contra sus súbditos judíos,
culminando en lo que para éstos es el mayor sacrilegio, «la abominación de la
desolación», la profanación del Templo.
Antíoco
está a punto de derrotar definitivamente al reino lágida de Egipto, cuando una
intervención exterior lo salva: «Vendrán contra él las naves de los quittim, y
tendrá que desistir de su propósito» (Daniel, 11, 30). Los quittim son los
romanos, y en la lógica profética prefigurarían a los estadounidenses, llegados
en sus naves para salvar a Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial. Pero el
versículo continúa de forma aún más dramática; Antíoco ve cómo la llegada de
los quittim le impide el triunfo, «pero desahogará su furor contra la alianza
santa». Como es sabido, los planes de exterminio de los judíos se aceleraron
conforme avanzaba la Segunda Guerra Mundial y la intervención de Estados Unidos
y la URSS iba haciendo patente que Hitler no lograría «su propósito».
§.
Las predicciones de Nostradamus
En
el siglo XVI de la era cristiana, vuelven los vaticinios sobre el ascenso del
nazismo y el poder de Hitler, al menos eso es lo que interpretan varios
expertos en los libros de Michel de Nostradamus. El célebre visionario
Nostradamus comenzó a escribir en el año 1555 sus Centurias, unos diez libros o
capítulos que contienen cien asombrosas predicciones cada una, escritas en
estrofas de cuatro versos, llamadas cuartetas. Sus seguidores creen firmemente
que el vidente predijo la Revolución francesa, el Gran Incendio de Londres, el
asesinato de John Fitzgerald Kennedy o los ataques del 11 de septiembre a las
Torres Gemelas. También aseguran que, en el primer volumen de sus Centurias,
Nostradamus auguró la aparición de tres Anticristos: el primero sería Bonaparte;
el segundo, Hitler, y el tercero está aún por venir, aunque los más
catastrofistas especulan con una posible tercera guerra mundial relacionada con
el integrismo islámico más radical.
Los
investigadores consideran que de toda la obra de Nostradamus hay cuatro
cuartetas que podrían hacer referencia explícita a Hitler o, al menos, guardan
un paralelismo directo con su trayectoria vital. En la primera de ellas,
Nostradamus escribió:
De
lo más profundo del Occidente de Europa,
de
gente pobre un joven niño nacerá
que
por su lengua seducirá a muchos.
Al
repasar la historia familiar de Hitler comienzan las primeras coincidencias.
Casualidades o no, lo cierto es que el origen de Hitler es muy humilde, «de
gente pobre». Su padre, Alois Hitler, era agente de aduanas en Braunau, un
puesto fronterizo entre Austria y Baviera donde nació Adolf el 20 de abril de
1889. En 1876, el hombre que habría de convertirse en el padre de Adolf Hitler
cambió su apellido Schicklgruber por el de Hitler. Los Schicklgruber fueron una
familia campesina durante muchas generaciones en Waldviertel, en la parte
noroccidental de la Baja Austria. Alois había nacido en la pequeña aldea de
Strones, en 1837, hijo ilegítimo de una sirvienta que trabajaba en casa de un
propietario supuestamente judío.
Se
casó con su sobrina Klara Pölz, también campesina, su tercera esposa y madre de
Adolf y de otros cinco hijos.
Prosiguiendo
la interpretación de los versos de Nostradamus, sus dotes para la retórica y la
demagogia política hacen que «por su lengua» seduzca a muchos. En este punto,
ningún historiador duda de la increíble capacidad de argumentación de Hitler
para defender sus ideales y, sobre todo, de su facultad de convencimiento y de
elocuencia. También fue cierto que «su fama aumentará en el reino de Oriente».
Lo
que puede interpretarse en un doble sentido: por una parte puede hacer alusión
a la fascinación que sintieron los austríacos ante su compatriota que había
llegado a canciller de Alemania, que permitió la anexión de Austria por el
Reich o Anschluss (11 de marzo de 1938) sin disparar un solo tiro, entre el
entusiasmo generalizado de la población austríaca. Hay que tener en cuenta que
el nombre nativo de Austria es Österreich, literalmente el imperio del Este o
de Oriente en alemán arcaico.
También
puede referirse a la triste notoriedad alcanzada por Hitler en Rusia, el país
más oriental de Europa, tras la invasión lanzada sin previa declaración de
guerra el 22 de junio de 1941. La campaña de Rusia alcanzó unos niveles de
crueldad y encarnizamiento sin parangón en el resto de Europa y costó la vida a
más de veinte millones de rusos. Los nazis realizaron durante su ocupación de
los territorios soviéticos una auténtica guerra de exterminio, pues
consideraban a la eslava una raza inferior, sólo un punto por encima de la
judía.
Para
muchos investigadores, la segunda cuarteta de Nostradamus es aún más clara.
Dice así:
Vendrá
a tiranizar la Tierra.
Hará
crecer un odio latente desde hace mucho.
El
hijo de Alemania no observa ley alguna.
Gritos,
lágrimas, fuego, sangre y guerra.
Los
dos primeros versos responderían al clima social que propició el ascenso de
Hitler al poder. Tras la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, Alemania fue
duramente castigada por el Tratado de Versalles, que estableció elevadas
reparaciones de guerra que debía satisfacer a los vencedores. Esas condiciones
no sólo pesaron terriblemente sobre la economía alemana, sino sobre la propia
dignidad nacional, cuando la imposibilidad de pagar las reparaciones llevó a
Francia y Bélgica a ocupar militarmente la cuenca minera del Ruhr, el corazón
industrial de Alemania.
Otra
de las humillaciones que salieron del Tratado de Versalles fue una serie de
restricciones militares, que limitaban a niveles inanes su ejército y su marina
e incluso prohibían que tuviese fuerza aérea.
El
pueblo alemán, frustrado ante las intromisiones extranjeras y la precaria
situación económica, buscó un jefe que le diera seguridad. Y eso precisamente
era lo que ofrecía Hitler: seguridad. Seguridad no sólo en el campo del orden
público —hasta entonces convulsionado por los enfrentamientos entre
izquierdistas y derechistas— o en el económico, con una política que creaba
empleo y daba fortaleza al marco, que había pasado por un proceso inflacionario
delirante. También ofrecía seguridad en el plano de la psicología colectiva: le
daba al pueblo alemán una explicación de su derrota en la Gran Guerra —algo que
a los alemanes les resultaba difícil comprender— y de las penurias posteriores:
todo se debe a la traición y a los manejos de los judíos, contra quienes
canalizó las frustraciones fruto de la mala situación económica y las
humillaciones de la política internacional.
Hitler
estaba convencido de que su Reich duraría mil años y sería el Tercer Imperio
(Reich significa «imperio» en alemán), después del Sacro Imperio de Carlomagno,
que duró hasta la época napoleónica, y del Imperio alemán puesto en pie por el
canciller Bismarck en el siglo XIX, que tuvo una vida mucho más corta, pues
sólo llegó hasta 1918.
Los
historiadores coinciden en que el poder de Hitler provino del pueblo de
Alemania, donde se presentó a sus seguidores como «el hombre del pueblo». Según
explica la experta Marla Stone, Hitler era un hábil demagogo, capaz de
presentar eficazmente a cada público el mensaje que quería oír. «Sin duda, la
mayoría del 33 por ciento de los alemanes que había votado en el año 1933 al
partido nazi —señala— no podía imaginar entonces que su voto provocaría seis
millones de judíos y veinticinco millones de soviéticos muertos. Así
gradualmente la población comenzó a temer a la Gestapo, a las SS y a la policía
secreta». O lo que es igual, la gente tenía miedo de enfrentarse al nazismo, al
«hijo de Alemania» que «no observa ley alguna».
La
tercera cuarteta es quizá la más fascinante y controvertida, debido a su
enigmático último verso. Nostradamus escribió:
Y su
revuelta verterá gran cantidad de sangre.
Bestias
enloquecidas de hambre los ríos atraviesan.
La
mayor parte del campo estará contra Hister.
Hitler
era el capitán germano que promete lo imposible, la revuelta es el nacimiento
del partido nazi y el derramamiento de sangre fue evidente. Para algunos
investigadores, las bestias salvajes que cruzan ríos puede referirse a las
invasiones de Polonia, Francia y Rusia, para las que hubo que salvar algunos de
los grandes ríos europeos, pero ¿qué es Hister? Una teoría defiende que Hister
es el apellido Hitler, fonéticamente próximo y basta con cambiar una letra para
que sea idéntico. Otros piensan que se refiere al río Danubio, cuyo nombre
latino es Ister, como referencia a Austria, país por donde pasa este río y
también lugar de nacimiento del dictador.
El
enigma aumenta al analizar la cuarta estrofa, aún más misteriosa. En ella
Nostradamus predice:
Cerca
del Rin, de las montañas austríacas,
Un
hombre que defenderá Hungría y Polonia
y
nunca se sabrá qué se hizo de él.
Identificar
a Hitler con «un hombre que defenderá Polonia» causa no poco desconcierto. Al
fin y al cabo, la Segunda Guerra Mundial se desencadenó por la agresión de la
Alemania nazi contra Polonia. Sin embargo, buena parte del territorio polaco
fue anexionado al Reich y fue posteriormente defendido por la Wehrmacht frente
al avance soviético. Los soldados alemanes defendieron también ferozmente
Hungría ante la ofensiva del Ejército Rojo.
De
todas formas aún se han hecho otras interpretaciones. Dado que las Centurias de
Nostradamus están escritas de forma deliberadamente oscura, en un francés
arcaico y pintoresco, entreverado de palabras en español, italiano, hebreo o
latín, algunos investigadores interesados en encontrar profecías interpretan
que esa cuarteta habla de un hombre que se defenderá de Hungría y Polonia.
Los
nazis, en efecto, justificaron su invasión de Polonia en 1939 fingiendo un
ataque previo polaco. Más difícil es encontrar sentido a «defenderse de
Hungría», puesto que Hungría era un aliado del Reich, que incluso entró en
guerra al lado de Alemania, participando en la invasión de Rusia. Solamente en
octubre de 1944, cuando el gobierno húngaro intentó firmar la paz con la URSS
por su cuenta, hubo un conflicto entre Hungría y Alemania, el cual provocó un
golpe de Estado utilizando a los elementos húngaros más filo nazis.
El
último verso de la cuarteta se interpreta como una alusión al final de Hitler,
dando pábulo sobre todo a quienes creen que su suicidio junto a Eva Braun, el
30 de abril de 1945, fue una farsa y que el cadáver que se mostró era el de uno
de los incontables dobles del Führer. De ser cierto, la huida de Hitler no sólo
sería una de las más extraordinarias de la historia, sino que además contaría
con el respaldo de una profecía de Nostradamus.
§.
Vaticinios del siglo XIX
Avanzando
en el tiempo, hemos de viajar hasta el siglo XIX para volver a encontrar
pruebas escritas de profecías sobre Hitler. En 1830, el adivino y místico
bávaro Matthias Stormberger manifestó una destacada precisión en sus
predicciones del mundo del siglo XX. Así, auguró el nacimiento del ferrocarril,
el automóvil y el avión. De ellos dijo que «se construirán artilugios de hierro
y monstruos férreos ladrarán por el bosque. Llegarán carros sin caballos ni
aparejo, y el hombre surcará el aire como un pájaro». También supo predecir la
Primera Guerra Mundial cien años antes, y dio los detalles sobre un conflicto
que se convirtió en la Segunda Guerra Mundial, sobre la Gran Depresión y una
tercera adversidad, otra guerra mundial. Stormberger dejó escrito estas
explícitas palabras:
Dos
o tres décadas después de la primera guerra vendrá una segunda aún más larga.
En ella se implicará la práctica totalidad de las naciones del mundo. Millones
de hombres perecerán, sin ser soldados. Del cielo caerá fuego y muchas grandes
ciudades serán destruidas.
Tal
y como él predijo, veinte años después del fin de la Primera Guerra Mundial
comenzaba la Segunda Guerra Mundial, que superó ampliamente los cuatro años de
duración de la primera, y en la que, por primera vez en la historia, la mayor
parte de los muertos no eran militares, sino civiles inocentes. Frente a los
medios militares anteriores, las nuevas formas de hacer la guerra desarrollaron
extraordinariamente los bombardeos aéreos intensivos sobre las grandes
ciudades.
Por
la misma época, otros personajes que no eran precisamente adivinos ni videntes
supieron adelantarse y prever los acontecimientos futuros. Uno de ellos, el
reconocido historiador Jacob Burckhardt, dejó escrito en su correspondencia un
retrato clarividente de los totalitarismos que asolarían Europa en el siglo XX:
Veo
una Europa gobernada por tergiversadores que harán que el pueblo marche en
ejércitos industrializados, en campos, al son de los tambores.
También
el poeta Heinrich Heine se adelantó en noventa años a los acontecimientos.
Nacido en Düsseldorf en 1797, en 1820 comenzó a hacer una serie de predicciones
en las que muchos ven el presagio del régimen nazi. La más famosa era una
advertencia dada en 1821 que decía:
Aquellos
que comienzan quemando libros acaban quemando hombres.
Hasta
1840, más de noventa años antes del III Reich, Heinrich Heine escribió
proféticas obras y sátiras, y las palabras del poeta hasta nuestros días han
alimentado la controversia, como su afirmación:
Tor
surgirá sacudiéndose el polvo de los ojos y blandiendo su martillo hará pedazos
las grandes catedrales góticas.
Hay
que señalar que Thor, como se escribe en lengua germánica, era sinónimo de
«trueno», mientras que el rayo se representaba con su martillo. Además el dios
Tor era el equivalente a Júpiter en el panteón germánico (por eso el jueves,
dies Jovis, día de Júpiter, se dice thursday en inglés) y como tal tenía el
poder de descargar rayos y truenos sobre la Tierra, una buena metáfora de los
bombardeos aéreos.
En
1933, la lista de los veinte mil volúmenes quemados por la Alemania nazi
incluía las predicciones de Stormberger, los escritos de Burkhardt y las obras
completas de Heine.
§.
Los teósofos y la superioridad de la raza
En
1860, más de medio siglo antes de la aparición de Hitler, surgió una nueva
filosofía religiosa que iba a convertirse en la ideología del III Reich. La voz
pertenecía a Helena Petrovna Blavatsky. Madame Blavatsky, como la llamaban, fue
uno de los profetas más influyentes y fascinantes de su época. En 1875 fundó la
Sociedad Teosófica, que aunaba conceptos religiosos de la Nueva Era, la
cristiandad, el paganismo y el ocultismo. Su libro más importante, La doctrina
secreta, pronto inspiró al nacionalsocialismo. En él presentaba una historia de
la humanidad dividida en siete etapas evolutivas que denominaba «razas raíces».
Para que la última raza, la superior —a la que llamó aria—, permaneciera, era
necesario eliminar las razas primitivas. Una derivación de la teosofía de
madame Blavatsky fue la ariosofía, doctrina que aseguraba que toda la sabiduría
y las civilizaciones más avanzadas provenían de los caucásicos o arios.
El
teósofo alemán Guido von List aunó ambas corrientes espirituales y se convirtió
en un fiel creyente en el poder y los derechos adquiridos de la raza aria. En
consecuencia, sus profecías destilan cierta esperanza en una figura salvadora,
lo cual no le resta una sorprendente cercanía con la realidad. En 1910, Von
List dijo:
Que
los acorazados de Odín disparen truenos, centellas y balas de cañón, y traigan
el orden a nuestro alrededor subyugando a las razas inferiores de este mundo.
También
proclamó una misteriosa profecía que decía lo siguiente:
Un
extraño llega de arriba trayendo el orden, sentándose a la mesa y provocando
aquiescencia y conformidad en todo.
Lo
importante no son las palabras en sí, sino los comentarios posteriores a ellas,
en las que List hablaba, en 1910, exactamente de un Führer que uniría no sólo a
Alemania y Austria sino a todo el pueblo germano. Según Nicholas
Goodrick-Clarke, catedrático de la Universidad de Exeter (Gran Bretaña) fue aún
más lejos. «Sugirió —afirma— que una fuerza milenaria regresaría en 1932 para
llevar la revolución a Alemania, y que no pasaría más de un año para la
proclamación del III Reich».
Los
ecos de la teosofía de madame Blavatsky, amplificados por la teoría de la
supremacía del pueblo ario de Von List, acabarían resonando en las ideas de
Lanz von Liebenfels, considerado por muchos historiadores el padre del
nacionalsocialismo. Liebenfels estaba convencido de que la quinta raza o raza
de la esperanza, su coetánea, alcanzaría en poco tiempo la cima de la
espiritualidad. Su actividad como propagandista fue incansable, y elaboró
incontables disertaciones y folletos sobre los que él llamaba «los claros» (die
Licht) y «los oscuros» (die Dunklen) con todo tipo de detalles sobre su
anatomía, sus conductas sexuales o su comportamiento en la guerra.
En
1904, Liebensfels ya hablaba de la raza aria como los «hombres de Dios» o
Gottmenschen y defendía la esterilización de los enfermos y las razas
inferiores, teoría que más tarde usarían los nazis para justificar las
atrocidades en campos de exterminio como el de Auschwitz. De entre todas sus
publicaciones destacaba la revista Ostara, un panfleto extremista que tenía en
el joven Hitler a uno de sus más ávidos lectores. Años más tarde, éste citaría
párrafos enteros de Ostara en su obra Mein Kampf (Mi lucha), escrita en 1924 y
considerada como el catecismo del movimiento nacionalsocialista. Peter Levenda,
autor del libro La alianza maléfica, recoge el testimonio de Liebensfels sobre
una visita que hizo Hitler a su oficina de Viena para discutir teorías ocultistas.
Al parecer, le dio tanta lástima de sus evidentes penurias económicas que
Liebensfels le regaló a Hitler varios ejemplares de la revista y le pagó el
billete de vuelta en autobús.
§.
Predicciones astrológicas
A
medida que se acerca la época histórica que ocupó el III Reich, las
predicciones se hacen cada vez más numerosas. Los años inmediatamente
posteriores a la Primera Guerra Mundial vieron una notable popularización de la
astrología. Elsbeth Ebertin era una de las más populares astrólogas de la
época, editora de la revista Mirada al futuro. En 1923, un lector le pidió que
predijera el futuro de su hijo, nacido el 20 de abril de 1889 (fecha real del
nacimiento de Adolf Hitler). En el número de julio del mismo año, Ebertin
publicó una predicción sorprendentemente cercana a lo que sería la trayectoria
hitleriana. El resumen de su carta astral comenzaba así:
Un
hombre de acción, nacido el 20 de abril de 1889 con el sol en 29 grados de
Aries en el momento de su nacimiento puede exponerse a un peligro por acciones
excesivamente incautas y probablemente hará estallar una crisis incontrolable.
A
ello añadió que la persona en cuestión, de la que no sabía más que sus datos de
nacimiento, sería tomada muy en serio y su destino era ser un valiente jefe
militar en batallas futuras, que se sacrificaría por la nación germana e
impulsaría un movimiento de liberación alemán. Aunque en 1923 sólo el círculo
más íntimo lo llamaba Führer, Ebertin usó esta misma palabra para definir a esa
persona nacida el 20 de abril de quien un lector pedía la carta astral.
Uno
de los personajes más decisivos en la vida de Hitler fue Dietrich Eckhart, sin
cuya colaboración posiblemente éste no hubiera llegado a ser lo que fue. Poeta
y traductor, tenía mucho talento, era brillante y ejercía una tremenda
influencia sobre el austríaco. Según Nicholas Goodrick-Clarke hasta el punto
que fue el mentor de Hitler y lo preparó para convertirse en un futuro líder.
Ambos se conocieron en 1919, cuando Hitler, soldado en el ejército alemán,
recibió la orden de infiltrarse en un grupúsculo radical que respondía al
nombre de Partido Obrero Alemán. Hitler acabó uniéndose a ellos y colaboró
activamente desde un principio, hasta que el grupo se transformó en el Partido
Nacionalsocialista Alemán o, más reducido, partido nazi.
Sin
embargo, Eckhart supo de Hitler mucho antes: durante una sesión de espiritismo
a la que asistió una noche de 1915. Según el propio Eckhart relata, una voz le
dijo que un alemán llevaría a la raza aria hasta la victoria final sobre los
judíos, y que era su misión guiar a ese mesías. En cuanto Eckhart vio a Hitler,
supo que era el hombre de quien le había hablado aquella voz años antes, que
cumpliría la profecía de un glorioso futuro de esplendor para los alemanes, y
se convirtió inmediatamente en su mentor.
Los
dos hombres no podían ser más distintos. Eckhart era un poeta y traductor,
consumidor habitual de drogas, y Hitler era vegetariano, abstemio y ni siquiera
fumaba, pero Eckhart se empeñó en llevarlo a todo tipo de reuniones y actos
sociales, presentándolo como el salvador de Alemania. También lo ayudó a
moldear su ideología y a utilizar todos los recursos del lenguaje corporal y
mejorar la oratoria persuasiva innata de Hitler. Su autoestima crecía
progresivamente, aunque Hitler en esa época se llamaba a sí mismo «el
tamborilero» —der Trammler—, el que tocaba para otro. Un día se dio cuenta de
que él era el salvador de Alemania, tal y como lo presentaba Eckhart en
público, y su actitud cambió radicalmente. Ahora él era el Führer. Y en 1923,
Eckhart agonizante por culpa de un ataque cardíaco, pedía a sus acólitos que
siguieran a Hitler con estas palabras: «Él bailará, pero soy yo quien canta la
canción».
Siete
años más tarde, en 1930, aparece otro vidente, Erik Jan Hanussen, el astrólogo
más famoso de Centroeuropa, una auténtica estrella de la época, propietario de
un Cadillac y un impresionante yate, que llegaría a ser conocido como el
Nostradamus de Hitler y el profeta del III Reich. Sus predicciones astrológicas
y sus sesiones de hipnotismo y mentalismo impresionaban enormemente al público
que acudía a sus espectáculos. Por aquel entonces, Hitler se había rodeado de
un pequeño grupo de fanáticos, pero el partido no estaba lo suficientemente
consolidado. Faltaba un pequeño empuje, y las profecías de Hanussen serían las
encargadas de proporcionárselo.
En
1932 comenzó a extenderse el rumor de que Hitler había tenido una serie de
encuentros con él, y en marzo de ese mismo año predijo públicamente que aquél
se convertiría en canciller de Alemania en un plazo de doce meses. En el
momento de esta predicción, la situación de Hitler no era precisamente
esperanzadora.
Las
elecciones de julio de 1932 le habían dado a los nacionalsocialistas 230
diputados, pero el canciller Von Papen disolvió enseguida las cámaras y, en una
nueva elección celebrada en noviembre, los nazis sufrieron un sensible
retroceso con la pérdida de dos millones de votos, mientras que los comunistas
ganaban terreno a costa de ellos. En el plano personal, la amante de Hitler
había tratado de suicidarse por primera vez; repetiría el intento en 1935.
Hitler recurrió desesperado a Hanussen. Según afirma en sus investigaciones
Peter Levenda, profesor en la Universidad del Sur de California, el vidente le
aconsejó que volviera a su lugar de nacimiento y arrancara una raíz de
mandrágora del cementerio a medianoche, el último día del año 1932. «Así
solucionaría todos sus problemas y el 30 de enero de 1933 sería el dueño de
toda Alemania». Según se cuenta, el 1 de enero de 1933, después de este
conjuro, Hanussen posó sus manos sobre el Führer y entró en un trance místico
del que salió asegurando que veía una victoria imparable para Hitler. Así
ocurrió. «El 30 de enero, Hitler ya era canciller de Alemania. En cuestión de
días, las predicciones de Hanussen se habían cumplido asombrosamente», cuenta
Peter Levenda.
Unos
días después, el adivino hizo otro pasmoso vaticinio. «Predijo —explica
Levenda— que un importante edificio del gobierno ardería, y que este desastre
traería un gran cambio en el futuro político germano. Cinco días más tarde —el
27 de febrero de 1933— se incendiaba el Reichstag (el Parlamento de Berlín),
suceso que Hitler aprovechó para culpar a los comunistas, dar un golpe de
Estado, declarar la ley marcial y tomar el poder absoluto».
El
vidente Hanussen murió asesinado en abril de 1933, a las afueras de un bosque
berlinés. No se sabe exactamente los motivos que llevaron a ordenar su
eliminación; quizá era un hombre que sabía demasiado, o quizá Hitler se
avergonzara de que su vidente personal se llamase en realidad Hermann
Steinschneider y fuera un judío checo.
§.
Esoterismo y esvásticas
Tras
su ascenso al poder, Hitler inició una campaña, hecha de megalomanía y
fanatismo, que lo llevará al dominio del mundo. Para defender el futuro de la
raza aria y su supremacía intentó buscar sus raíces en el pasado. Así nombró a
Heinrich Himmler jefe supremo —Reichsführer— de las SS, quien creó la Sociedad
de la Herencia Ancestral del Reich, con el propósito de encontrar pruebas
científicas y arqueológicas de los orígenes de la raza aria que demostraran los
derechos naturales de ésta. Himmler estaba especialmente interesado en rastrear
las que él llamaba culturas asilo. Para ello planeó expediciones a Perú,
Etiopía y una que, finalmente, llevó a cabo con éxito al Tíbet, donde buscaba
esvásticas en cualquier resto arqueológico para demostrar que los arios habían
estado allí.
«Himmler
creía firmemente en la idea de equiparar la pureza racial con el poder
espiritual. Hitler les dijo a sus allegados, a sus consejeros más cercanos y
amigos que su fin era crear un nuevo hombre. Éste es un concepto muy esotérico,
muy espiritual si se quiere, pero pretendía crear un nuevo ser humano para
purificar la raza que tenemos y llevarla a otro nivel de la evolución», explica
Peter Levenda.
Entre
los consejeros de Himmler se encontraba un miembro del partido, un hombre que
presumía de ser vidente y experto en esoterismo, llamado Karl Maria Wiligut, y
conocido como el Rasputín de Himmler, en referencia al legendario místico ruso
que tanto influyó en la familia Romanov, especialmente la zarina Alejandra.
Siguiendo las visiones de Wiligut —que afirmaba tener un contacto ancestral con
las antiguas tribus germanas—, Heinrich Himmler compró en 1934 un castillo en
ruinas en Westfalia, el castillo de Wewelsburg, que fue adoptado como el centro
de mando de las SS. El castillo de Wewelsburg se transformó en el Camelot de
los superhombres arios. Para Peter Levenda, el castillo se diseñó según el
modelo del rey Arturo y la Tabla Redonda artúrica, con doce asientos que los
oficiales de alto rango de las SS utilizaban para meditar. Allí también
asistían a todo tipo de rituales y ceremonias iniciáticas.
Pero
si parece extraño que los nazis se empeñasen en buscar las raíces de la raza
suprema o en recrear la corte del rey Arturo, hay que recordar que todavía
tenían creencias aún más asombrosas, como la de la existencia de una
civilización que vivía en el interior de la Tierra. Esta idea se basaba en una
popular novela de la época titulada Vril,el poder de la raza venidera, escrita
por Edward Bulwer-Lytton, el autor de Los últimos días de Pompeya y uno de los
autores más significativos de la época victoriana y considerado con aquella
obra pionero de la ciencia ficción y de la narrativa fantástica. En el libro se
hace un retrato de una sociedad totalmente deshumanizada, en la que la
tecnología y la manipulación del lenguaje por parte del poder anulan al hombre,
coartan su capacidad de pensar y de sentir, en él se cuestionan los conceptos
de progreso y civilización.
Por
muy asombroso que parezca, los seguidores de esta teoría de la Tierra Hueca
afirman que hay humanos viviendo bajo la superficie del planeta y que cuando
Alemania cayó, Hitler y sus hombres escaparon en un submarino. Algunos añaden
que en una de sus bases secretas, bajo el casquete polar, Hitler se unió a una
raza superior que viaja en ovnis por el interior del planeta. Una leyenda
contraria a la opinión de la abrumadora mayoría de los historiadores, que saben
que Hitler se suicidó junto a Eva Braun en su búnker de Berlín el 30 de abril
de 1945.
Esta
muerte, para algunos, también tiene significados ocultos. La fecha escogida por
Hitler era la víspera de una fiesta druida conocida como los Fuegos de Bel en
el calendario religioso de los antiguos celtas. Así su suicidio no sería un
acto de cobardía, sino un ritual de honor llamado «rito de Endura», que se
realizaba en pareja, como hizo Hitler y su reciente esposa Eva Braun. Aunque
tampoco hay que olvidar que otros dos de sus hombres de confianza, Karl
Haushoffer y Josef Goebbels, también se suicidaron con sus esposas y en actos
casi idénticos al de Hitler.
Por
otra parte, existe un hecho material que resulta absolutamente determinante
para conocer la fecha del suicidio de Hitler: en los últimos días de abril del
cuarenta y cinco, el Ejército Rojo había llegado a sólo trescientos metros del
búnker de la Cancillería donde se encontraba el Führer; si no se suicidaba,
corría riesgo de ser capturado vivo, algo que él había decidido que no
ocurriría, cuando supo la suerte de Mussolini. Es más, esa captura podría
haberse producido si los soviéticos hubiesen sabido que Hitler estaba escondido
tan cerca, pero no se enteraron hasta el mismo 30 de abril, según el testimonio
de la teniente intérprete del Estado Mayor Elena Rzhevskaya, encargada del
interrogatorio de prisioneros.
§.
Misterios sobre el tercer anticristo
El 8
de mayo de 1945, cinco años y medio después de la invasión de Polonia
—detonante de la Segunda Guerra Mundial—, el ejército alemán se rindió a los
aliados. Era el fin del Anticristo, pero ¿qué ocurría con las profecías?
¿Quedaría alguna por cumplirse aún y regresarían los nazis bajo otra forma para
acabar su misión? Los profetas del pasado auguraban terribles cataclismos para
el futuro. El profeta bávaro Stromberger escribió en el siglo XIX con
extraordinaria precisión:
Tras
la Segunda Gran Guerra, llegará una tercera conflagración universal que acabará
decidiéndolo todo. Habrá armas totalmente nuevas. En un día morirán más hombres
que en todas las guerras precedentes.
Y se
atreve a poner fecha a la contienda: ni sus hijos ni sus nietos la vivirán,
pero sí la generación siguiente. Hay quien fecha esta tercera generación entre
1990 y 2010. Pero él no estaba solo en sus profecías sobre un tercer cataclismo
de destrucción. También Nostradamus nombró un tercer Anticristo que causaría
grandes males en la Tierra, pero lo hizo utilizando palabras susceptibles de
múltiples interpretaciones:
Mabus
entonces muy pronto morirá, vendrá.
Luego,
de pronto, se verá la venganza.
Cien,
mano, sed, hambre, cuando corra el cometa.
¿Quién
es ese Mabus del que habla Nostradamus?
Escribiendo
al revés Mabus sale «Subam»; todavía hay que forzar un poco el vaticinio, y
darle la vuelta a la letra «b», para que resulte «d», en cuyo caso tenemos
«Sudam», que pronunciando la «u» como «a», como se hace a veces en inglés, nos
da el nombre de Sadam Husayn.
El
problema es que Sadam Husayn podía parecer el Anticristo mientras se mantuvo la
falacia de que poseía armas de destrucción masiva. Hoy, demostrada la
inexistencia de tales armas y tras su deposición, detención y muerte en la
horca, parece más bien un pobre diablo.
Para
Occidente, Osama Bin Laden sería el candidato a Anticristo más creíble en estos
momentos, aunque algunos aficionados a las profecías apocalípticas aseguran que
éste está por llegar.
La
interpretación de algunos investigadores es que si se suman las predicciones de
Nostradamus, realizadas en el siglo XVI, y las de Stromberger, en el XIX, el
resultado podría ser una tercera guerra mundial dirigida por un tercer
Anticristo. Aunque posiblemente la profecía más escalofriante la hizo, en 1940,
el propio Hitler al afirmar en un multitudinario mitin: «Nuestro deseo y
voluntad es que este Reich dure mil años. Estaremos contentos de saber que el
futuro será enteramente nuestro».
Claro
que el Reich de los Mil Años se quedó, simplemente, en el Reich de los Doce
Años.
23.
El expediente Odessa
El
desembarco en Francia de las fuerzas aliadas en junio de 1944 marcó el comienzo
del fin de la Segunda Guerra Mundial, aunque Hitler, desoyendo toda previsión,
ordenó a sus tropas que continuaran luchando a vida o muerte por la victoria.
Desde que comenzó la guerra en 1939, el Führer y sus seguidores ya habían
exterminado a millones de personas, siguiendo sus teorías de la supremacía de
la raza aria, pero ahora que se acercaba la derrota de Alemania y el final del
Tercer Reich, no todos sus colaboradores cercanos estaban de acuerdo con sus
fanáticos planes. Muchos nazis comenzaron a planear su supervivencia tras la
derrota que se preveía. Recién terminada la guerra, se creó una red de
colaboración desarrollada por grupos nazis para supuestamente ayudar a escapar
a miembros de las SS. A esa organización se la conoce por ODESSA (del alemán
Organisation der Ehemaligen SS-Angehörigen, esto es, Organización de Antiguos
Miembros de las SS) y, aunque tanto ex miembros de las Waffen-SS como del
partido nazi han negado que existiera, algunos de los altos cargos que tuvieron
contacto directo con Hitler y que abandonaron Alemania tras el final de la
Segunda Guerra Mundial encontraron ayuda para huir y sobrevivir fuera,
especialmente en España y Argentina. Si no existió una red de apoyo, ¿quién
ayudó a los fugitivos en el exilio?
Poco
después del día D, el 6 de junio de 1944, un grupo de los más importantes
hombres de negocios alemanes, encabezados por Hjalmar Schacht —un banquero que
había dirigido la economía de la Alemania nazi— se reunieron en el hotel Maison
Rouge de Estrasburgo (Francia), sin que el hasta entonces jefe supremo, Adolf
Hitler, supiera nada. El propósito de esta reunión era encontrar una salida
para todos los nazis y sus colaboradores después de la presumible derrota de
Alemania, puesto que intuían que, casi con toda seguridad, todos los bienes y
activos de Alemania caerían en manos de las fuerzas aliadas y los soviéticos.
El primer paso para poder recuperar sus riquezas después de la catástrofe era
sacar del país los lingotes de oro, divisas, joyas y obras de arte confiscadas
antes de que se cerrasen todas las rutas hacia el exterior.
Puede
que su intención fuera lavar todos los activos y capital posibles para poder
reconstruir el Reich después de la guerra. Sin embargo, según un documento
hallado sobre esta reunión, los hombres citados en el hotel Maison Rouge
sentaron las bases para crear una organización internacional que tendría como
objetivo ayudar a los jerarcas nazis a escapar de Alemania y proporcionarles
fácil acceso a los tesoros escondidos fuera del país.
§.
Preparados para huir
Cuando
comenzaron a descubrirse los primeros campos de concentración, los dirigentes y
máximos colaboradores del Reich no dudaron que debían escapar. La brutalidad y
el horror que encerraban eran de tal calibre que el por entonces general Dwight
D. Eisenhower temía que las generaciones futuras no fueran capaces de creer lo
que allí ocurrió. El mundo entero estaba escandalizado y pedía un justo
castigo, y éste llegó pocos meses después de la derrota alemana, cuando comenzó
el juicio de Nüremberg el 20 de noviembre de 1945. Allí comparecieron 22
jerarcas del Reich y del Partido Nacionalsocialista —en principio sólo iban a
ser diez, pero los soviéticos insistieron en aumentar la nómina de reos—
acusados de conspiración y crímenes de guerra, contra la paz y contra la
humanidad. En realidad faltaban casi todos los principales actores: Hitler,
Goebbels y Himmler se habían suicidado y Bormann había desaparecido. Un año
después, once de estos hombres, seguidos de otros muchos prisioneros de menor
fama, fueron condenados a la horca. Hermann Göring, el sucesor que había
designado Hitler, se suicidó con cianuro antes de ser llevado al cadalso.
Los
miles de fugitivos nazis que habían participado en los crímenes que habían sido
juzgados en Nüremberg captaron el mensaje tras estas ejecuciones ejemplares. A
quien tuviese la más mínima sospecha de que podría ser capturado, más le
valdría cambiar de nombre y arreglárselas para salir de Alemania. Muchos de
estos hombres prefirieron quedarse en su país, simplemente cambiando de
identidad y de vida. Otros decidieron ocultarse y un pequeño número optó por
abandonar Alemania. La huida no era tan fácil: las fronteras estaban
estrechamente vigiladas y plagadas de puntos de control; a ojos de los aliados,
prácticamente cualquier alemán varón y adulto era sospechoso. Sin embargo, a
pesar de estas medidas, se estima que miles de criminales de guerra lograron escapar
de la justicia.
Muchos
historiadores creen que pudieron fugarse de Alemania gracias a una especie de
red informal compuesta por nazis exculpados y simpatizantes varios, que se
escudaba bajo el nombre de asociaciones alemanas legales de cooperación
internacional. Su misión era proporcionar pasaportes falsos y rutas seguras
para la huida al extranjero a través de una vía clandestina conocida como «la
Araña» (Die Spinne, en alemán). La primera parte de la ruta consistía en llegar
a la frontera sur de Alemania sin ser descubiertos por los militares franceses,
británicos, estadounidenses o rusos. Para ello se habían dispuesto una serie de
alojamientos seguros —graneros, chozas o refugios de montaña— a lo largo del
camino, controlados por simpatizantes del depuesto régimen nazi. Desde allí los
fugitivos cruzaban los Alpes por caminos fronterizos y pasaban a Austria o
Suiza y, después, a Italia.
La
ruta de Die Spinne contaba también con unos aliados involuntarios: los
santuarios católicos de la llamada «ruta de los monasterios», donde los monjes
normalmente acogían a todos los fugitivos sin preguntarles si eran judíos que
huían de los nazis o nazis que huían de la justicia. Sin embargo, no todos los
religiosos católicos ayudaron a los nazis sin percatarse de ello. Existen
pruebas de que al menos un alto jerarca vaticano era algo más que un simple
simpatizante del nacionalsocialismo y de las teorías de Hitler: el obispo
alemán Alois Hudal estaba convencido de que el nazismo podía beneficiar a la
Iglesia católica como respuesta contra el comunismo, «un movimiento político en
el que la Iglesia veía al mismo demonio. Por eso, el obispo Hudal tuvo un especial
interés en ayudar a escapar a los criminales de guerra», asegura el novelista
Christopher Simpson.
Wilhelm
Hottl, un espía nazi superviviente, va más allá, al asegurar que «desde el
principio, el papa Pío XII —que había sido nuncio de Su Santidad (embajador del
Vaticano) en Alemania antes de ser elegido— era profundamente anticomunista y
conocía los tejemanejes del obispo Hudal». Es más, lo dejó actuar a su antojo,
pues en cierto modo era la forma de ayudar sin tener que involucrarse
personalmente. Por el contrario, hay quienes afirman, como Eli Rosenbaum, alto
cargo de la Oficina de Investigaciones Especiales del Departamento de Justicia
de Estados Unidos, que a pesar de las actividades de algunos miembros de la
jerarquía católica, «no era ésta la política oficial del Vaticano».
§.
La ayuda en el exilio
Una
vez que se lograba salir de Alemania y llegar a Italia, el riesgo de ser
capturado prácticamente desaparecía, y fueron muchos los países que acogieron
de buen grado a la élite del Tercer Reich. Algunos de sus integrantes optaron
por quedarse en España, entonces bajo la dictadura del general Franco. En
Egipto y Siria fueron bienvenidos y acabaron entrenando a las fuerzas militares
de estos países para luchar contra el enemigo común: el creciente número de
judíos que comenzaba a asentarse en Palestina. Otros se aventuraron a cruzar el
Atlántico y acabaron en algunos países de Latinoamérica, donde en muchos casos
se los recibió con los brazos abiertos.
En
Argentina, por ejemplo, ya existía una comunidad de origen alemán sólidamente
asentada en el país, muy influyente y en la que las tesis políticas del
nacionalsocialismo alemán habían ganado miles de adeptos. A ello habría que
sumar la figura de Juan Domingo Perón, el controvertido presidente populista
que confesaba públicamente su admiración por Adolf Hitler y que facilitó
pasaportes argentinos a los fugitivos, haciendo de este país el retiro ideal
para muchos ex nazis. Incluso, algunas fuentes han atribuido, sin evidencia
documentada, su colaboración con el grupo ODESSA.
Además
de la parte logística de la huida —búsqueda de rutas seguras, alojamiento o
pasaportes—, una operación de este tipo necesitaba millones de dólares de la
época, además de auténticos profesionales en el lado más oscuro de las
finanzas: el de los fondos robados, la falsificación de documentos y la amenaza
al estilo mafioso. Uno de estos hombres fue el ingeniero especialista en
operaciones especiales perteneciente a las Waffen-SS Otto Skorzeny. De 1,90
metros y con el rostro lleno de cicatrices de un hombre duro, encarnó el ideal
de militar nazi para Hitler, de quien era uno de los oficiales favoritos.
Skorzeny, en 1943, encabezó un comando que dirigió la operación para rescatar a
Mussolini, que había sido detenido por el gobierno monárquico del mariscal
Badoglio tras el «golpe de Estado legal» de julio. La operación, llamada
Unternehmen Eiche (Operación Roble), fue llevada a cabo con éxito. Más tarde,
siguiendo órdenes de Berlín, intentó asesinar al general Eisenhower en París.
En esta ocasión, aunque fracasó estrepitosamente, las fuerzas aliadas
comenzaron a llamarlo «el hombre más peligroso de Europa».
El 8
de mayo de 1945, con la guerra ya terminada, Otto Skorzeny se entregó al
ejército norteamericano. Los dos siguientes años fue recluido en un campo de
prisioneros, donde comenzó a organizar un grupo clandestino compuesto por
paracaidistas y por antiguos miembros de las SS, según se recoge en un informe
confidencial aliado. Se cree, además, que durante el tiempo en que estuvo
prisionero, Skorzeny participó en el nacimiento de una escisión de Die Spinne,
bautizada con el nombre de ODESSA.
A
pesar de sus antecedentes, un tribunal militar de Nüremberg lo absolvió en
septiembre de 1947, aunque aún estaba en busca y captura por criminal en Rusia,
Checoslovaquia y la nueva República Federal de Alemania. En 1949, mientras
esperaba a ser juzgado por todas las causas abiertas en su contra, logró
escapar del campo de prisioneros de Darmstadt, en Alemania, gracias a la ayuda
de antiguos contactos de las SS, disfrazado de soldado estadounidense. Algunas
fuentes aseguran que la ayuda para la huida fue de un comando de élite del SAS
(Special Air Service) británico. Lo que sí es cierto es que un famoso oficial
británico de servicios especiales, el teniente coronel Yeo-Thomas, que en el
tribunal de Nüremberg había dado un importante testimonio para incriminar a los
nazis de Buchenwald, prestó en cambio un testimonio favorable a Skorzeny que
fue decisivo para su absolución.
Se
cree que Skorzeny viajó por toda Europa e incluso pudo volver a entrar en
Alemania con otra identidad, la de Rolf Steinbauer. Posiblemente, de vuelta en
su país colaboró con la CIA, que en aquella época necesitaba urgentemente
hombres con experiencia en el contraespionaje y las operaciones clandestinas
para combatir el comunismo en la nueva Guerra Fría. Al final, todos los cargos
y acusaciones pendientes de Skorzeny fueron retirados.
Skorzeny
se estableció en Madrid y siguió ejerciendo la carrera de ingeniería. Hacia el
año 1949 comenzó a viajar a Argentina, acogido por el presidente Perón y su
esposa. Precisamente en el refugio de montaña de Evita Perón pasó algunas
temporadas, supuestamente estudiando instalaciones militares del gobierno
argentino. No obstante, se sabe que poco antes de su muerte, en 1952, Evita
Perón dejó a cargo de Skorzeny la Fundación Evita Perón y los cien millones de
dólares que la sostenían, posiblemente una mínima parte —usada como tapadera—
de todo el oro que salió de Alemania en los últimos días del Tercer Reich. Así,
Skorzeny financió a diversas organizaciones de extrema derecha y neonazis
durante casi treinta años, al tiempo que mantenía contacto con los nazis
fugados de Alemania en nombre de ODESSA. «Sin embargo, cuando se lo interrogaba
en público, negaba tener conocimiento de organización alguna con ese nombre»,
asegura el escritor Christopher Simpson. De cualquier forma, fuera o no
Skorzeny el máximo responsable de los tejemanejes de ODESSA y Die Spinne, el
engranaje de ambas funcionaba a la perfección: los nazis seguían huyendo de
Alemania y las riquezas del régimen estaban ya bien seguras en bancos
extranjeros.
§.
Contratación masiva de espías
Las
fuerzas aliadas, especialmente Estados Unidos e Inglaterra, también ayudaron a
muchos nazis a escapar, siempre y cuando después pudieran aprovecharse de sus
servicios. El fin de la Segunda Guerra Mundial dio paso a la Guerra Fría. Fue
la época en que, una vez derrotado el enemigo común, afloraron las tensiones
entre la Unión Soviética y las potencias occidentales y comenzó, en ambos
lados, una carrera desesperada por reclutar a oficiales nazis y antiguos espías
de la Gestapo. El pago por los servicios prestados solía incluir la retirada de
todos los cargos y causas pendientes con la justicia militar.
Klaus
Barbie, conocido como el Carnicero de Lyon y jefe de la Gestapo en esta ciudad
francesa, fue un buen ejemplo de lo que ocurría con los espías nazis. Enviado
por Estados Unidos a Alemania para controlar los crecientes movimientos
comunistas en el país, Barbie aportaba muy poca información valiosa y
aprovechable para la CIA. Sin embargo, en vez de reconocer su error y
extraditarlo cuando fue reclamado por el gobierno francés, Estados Unidos ayudó
a Barbie a escapar a través de la ruta de los monasterios.
El
clima político internacional se fue enrareciendo por momentos. Al comienzo de
la década de los cincuenta, la guerra que Estados Unidos libró en Corea frente
al bloque soviético desató en todo el mundo el temor a vivir una nueva
contienda mundial, con la diferencia de que esta vez sería bajo la terrible
amenaza de un conflicto nuclear. Mientras la opinión pública y las autoridades
de las potencias ganadoras en la Segunda Guerra Mundial dejaban de lado las
causas pendientes por crímenes de guerra, los antiguos nazis que aún quedaban
en Alemania vieron su última oportunidad para escapar, hasta el punto de que
Simon Wiesenthal, probablemente el «cazanazis» más célebre de la historia, dijo
en una ocasión que los únicos que realmente sacaron algún provecho de la Guerra
Fría fueron los criminales de guerra alemanes. Entre ellos se encontraban dos
de los hombres más buscados en toda Europa: Adolf Eichmann y Josef Mengele.
El
teniente coronel de las SS Adolf Eichmann no era un dirigente nazi que
interviniera en las decisiones políticas de la «solución final» (eliminación
total de los judíos de Europa), ni siquiera un alto mando de los que dirigieron
su puesta en marcha y ejecución. Era un eficaz mando intermedio de la rama
logística, el encargado del transporte de víctimas hacia los campos de
exterminio, uno de los engranajes del infame mecanismo del genocidio, sin cuya
labor «profesional» no se habrían podido alcanzar los elevadísimos números de
muertos, cifrados en seis millones.
El
doctor Mengele, por su parte, se había ganado el sobrenombre de Ángel de la
Muerte gracias a los desquiciados experimentos que llevaba a cabo entre algunos
de los miles de hombres, mujeres y niños que llegaban a Auschwitz. La mayoría
murieron o sufrieron graves secuelas de por vida. Ambos escogieron Argentina
como país donde asentarse tras la guerra. Entre otras razones, porque la cálida
acogida del matrimonio Perón a los expatriados nazis, y la numerosa comunidad
que ya vivía allí, hacían de este país el lugar más atractivo para iniciar una
nueva vida.
Al
contrario de lo que pudiera parecer en un principio, no todos elegían la
discreción en su país adoptivo. Mientras Eichmann —que se hacía llamar Ricardo
Klement, y decía ser un refugiado italiano de la región septentrional germano
parlante— desempeñó durante diez años tareas de poca relevancia pública, como
oficinista, gerente de lavandería, mecánico y encargado de una granja de
conejos, ganando lo justo para mantener a su esposa y sus cuatro hijos, a
finales de los años cincuenta Mengele se movía por Buenos Aires con su nombre
auténtico y llevaba una activa vida social debido en parte a que, a diferencia
de la mayoría de los nazis fugitivos, provenía de una familia acomodada y no
dependía, pues, de organizaciones como ODESSA.
A
pesar de vivir discretamente con el falso nombre de Ricardo Klement, en 1957
Eichmann fue descubierto por los servicios secretos de Israel (el Mossad),
quienes tardaron dos años en determinar su identidad nazi. Tras dos semanas de
vigilancia, el 11 de mayo de 1960 los espías israelíes lo secuestraron en plena
calle y lo enviaron a Israel. Allí se lo sometió a un polémico y largo juicio.
Mengele,
al conocer por los periódicos la noticia del arresto de Eichmann a manos de los
agentes israelíes, cerró su negocio farmacéutico de Buenos Aires y desapareció
de la faz de la Tierra. Cuando se volvió a saber algo de él, estaba en Paraguay
bajo la protección del general Stroessner, presidente de la dictadura militar
paraguaya desde 1954. El Ángel de la Muerte acabó asentándose en una remota
región de Brasil, camuflado con distintos nombres falsos y contando con la
única protección de una pistola. Se había convertido en el criminal más buscado
del mundo y su dinero ya no podía protegerlo como antes. En 1965 se encontró en
Uruguay el cadáver mutilado de su amigo y también nazi exiliado, Hubert Cukurs.
Se cree que Cukurs iba a entregar a Mengele a los servicios secretos israelíes
a cambio de una recompensa, pero fue secuestrado, torturado y asesinado por
miembros de ODESSA antes de que pudiera llevar a cabo la operación.
§.
Los perseguidores
Además
de los cazanazis independientes, ODESSA se enfrentaba a otro enemigo: los
servicios de inteligencia de un pequeño país nacido en 1948, Israel, uno de
cuyos primeros objetivos nacionales fue llevar a los nazis más buscados frente
a la justicia. Entre los cazadores de nazis independientes, el más célebre fue
el investigador judío austríaco Simon Wiesenthal, un superviviente de los
campos de exterminio —estuvo internado en doce campos de concentración durante
más de cuatro años y escapó de milagro de la ejecución en numerosas ocasiones—,
que dedicó más de cincuenta años de su vida a localizar, identificar y
encarcelar a criminales de guerra nazis que se encontraban fugitivos. De
profesión arquitecto, fue su libro publicado en 1967, Los asesinos entre nosotros,
el que desveló la existencia de ODESSA al gran público.
Según
Wiesenthal, la primera vez que oyó hablar de esta organización secreta fue en
boca de un antiguo oficial de los servicios secretos alemanes que conoció en
los juicios de Nüremberg. Posteriormente, gracias a esta fuente —de la cual
nunca reveló el nombre— y a sus exhaustivos trabajos de investigación,
Wiesenthal consiguió localizar e identificar en 1954, en Buenos Aires, a Adolf
Eichmann, e informó de ello al Centro de Investigación del Holocausto Yad
Vashem en Israel; finalmente el prófugo fue capturado por el Mossad. Sin
embargo, el jefe del Mossad, Isser Harel, aseguró en varias ocasiones que
Wiesenthal no tuvo ningún papel en la captura de Adolf Eichmann. Fuera o no
cierto, gracias a las investigaciones de Wiesenthal se pudieron localizar y
llevar ante la justicia a más de mil cien criminales de guerra y reos de la
humanidad en todo el mundo. Él murió durmiendo el 20 de septiembre de 2005 a
los 96 años, de los cuales cincuenta y ocho dedicó a perseguir a los
responsables del genocidio judío.
Lo
que sí es cierto es que la captura y posterior juicio de Eichmann tuvo que
suponer un fuerte contratiempo para ODESSA y sus simpatizantes, que aún soñaban
con el resurgir del Tercer Reich. Pero aún fue peor el temor a que Eichmann
contara datos comprometedores para la causa nazi. Para evitar que tanto los
judíos más deseosos de venganza como los mismos miembros de ODESSA pudieran
asesinarlo, el ex coronel de las SS pasó todo el juicio encerrado en una cabina
de vidrio antibalas. Fue condenado a morir en la horca por crímenes contra la
Humanidad, sentencia que se cumplió el 31 de mayo de 1962. Su relato sobre el
holocausto, sin asomo de remordimiento, inspiró a una nueva generación de
cazanazis que no habían vivido directamente la Segunda Guerra Mundial, como fue
el caso del matrimonio Klarsfeld.
A
finales del año 1970 se observó un cierto despertar de la memoria judía,
principalmente puesta en marcha por Beate —una alemana de confesión luterana— y
Serge Klarsfeld —un judío francés cuyo padre había muerto en Auschwitz—
quienes, gracias a sus búsquedas, reclamaron el juicio de los responsables
nazis y de sus colaboradores franceses.
Ambos
inventaron una nueva técnica de búsqueda basada en el enfrentamiento directo y
en un inteligente uso de los medios de comunicación. La primera vez que
acapararon portadas y titulares de los periódicos y revistas alrededor del
mundo fue cuando, en 1968, Beate Klarsfeld abofeteó al entonces canciller de la
República Federal de Alemania, Kurt Georg Kiesinger, vinculado al partido nazi
en su juventud, como más tarde pudo demostrar el matrimonio. Kiesinger fue
derrotado contundentemente en las siguientes elecciones a la cancillería. Pero
el mayor éxito de la pareja no fue tan inmediato. La captura de Klaus Barbie,
el Carnicero de Lyon, les llevaría doce años de extenuante trabajo.
Klaus
Barbie vivía entonces en Bolivia haciéndose llamar Klaus Altmann, arropado por
la inteligencia militar estadounidense —parece ser que deseosa de librarse de
él— y por los sucesivos dictadores a los que Barbie servía como consejero en
temas de seguridad, y que denegaban todas las peticiones formales de
extradición enviadas por el gobierno francés.
Junto
a las numerosas trabas burocráticas, el matrimonio Klarsfeld vivió varios
intentos de atentado. En 1979, un paquete bomba destruyó completamente su
vehículo aparcado en la puerta de su domicilio. En una nota, el grupo ODESSA se
declaraba responsable. Tras varias tentativas de asesinato y debido a las
constantes amenazas sobre toda la familia, Beate, Serge y sus hijos tuvieron
que vivir con constante protección policial durante más de un año. ODESSA nunca
antes había atacado a los cazanazis, motivo por el cual hay quien sugiere que
estas bombas fueron obra de una nueva generación de terroristas que utilizaban
el nombre de la mítica red de apoyo nazi para amedrentar a sus oponentes.
Por
fin, en 1983, tras la caída de la última junta militar que gobernó Bolivia, los
Klarsfeld convencieron a las autoridades bolivianas para que arrestaran a
Barbie antes de que éste pudiese escapar del país. Ya en prisión, Klaus Barbie
se empeñó en negar su identidad, pero un rápido proceso de extradición a
Francia, facilitado por el presidente Hernán Siles Zuazo, lo llevó de nuevo al
escenario de sus atrocidades, Lyon, donde lo esperaba un juicio tan
espectacular como el de Eichmann en Israel.
Entre
los defensores legales de Barbie se encontraban algunos de los mejores abogados
de Europa, incluido el famoso y muy polémico letrado francés Jacques Vergès,
que cobraron altos honorarios, aparentemente aportados por un millonario suizo
de ideología nazi. Durante el juicio corrió el rumor, nunca probado, de que
esta cara defensa estaba siendo costeada por ODESSA. Pero a pesar de su equipo
de letrados, Barbie fue condenado a cadena perpetua en 1987 y falleció en
prisión cuatro años más tarde.
§.
Nazis en Estados Unidos y Suiza
Estados
Unidos mantuvo una actitud ambigua respecto a los nazis fugitivos. Durante
algunos años después de la guerra, el gobierno estadounidense permitió la
entrada en el país de antiguos nazis, en su mayoría científicos, cuyos
conocimientos fueran de utilidad en el campo militar, de la información o de la
carrera espacial. Esta política de acogida fue completamente suprimida en 1979
con la creación de una Oficina de Investigaciones Oficiales, dependiente del
Departamento de Justicia. A partir de ese momento, ningún miembro del partido
nazi sospechoso de haber cometido crímenes de guerra podría permanecer
impunemente en Estados Unidos. Esta oficina ha llegado a investigar a más de
quinientas personas a la vez y ha llevado a juicio a decenas de criminales de
guerra. A los condenados se les retiraba su ciudadanía estadounidense y eran
deportados o extraditados.
Casi
cinco décadas después de su creación, ODESSA depararía aún alguna sorpresa. A
finales del siglo XX saltó a la luz la relación entre el gobierno neutral de
Suiza y el III Reich. Los banqueros suizos nunca han negado que en su poder se
encontraban multitud de cuentas bancarias de judíos que murieron en el
Holocausto, pero se comenzó a sospechar que estos bancos también custodiaban
millones de dólares que los nazis sustrajeron en los países anexionados o
conquistados durante la guerra. No hay pruebas firmes que lo avalen, pero se
especula con la hipótesis de que mucho después de la guerra, los bancos suizos
aún tenían abiertas las cuentas de numerosos criminales de guerra nazis, dinero
del que no tenían que dar ninguna explicación, amparados en el secreto
bancario. Hasta el punto de que todavía hoy hay quienes afirman que es posible
que el oro nazi se esté utilizando aún para financiar actividades neonazis a lo
largo y ancho del planeta.
§.
Un puzle sin encajar
Persistentemente
negada por algunos y ardientemente defendida por otros como una organización
secreta cuyo objetivo no era sólo rescatar a sus camaradas de la justicia de la
posguerra, sino fundar un IV Reich capaz de hacer realidad los sueños de
Hitler, lo cierto es que, en opinión de muchos expertos, las piezas dispersas
del rompecabezas de ODESSA aún no han terminado de encajar. Con el paso del
tiempo, la generación que creó ODESSA ha desaparecido. Otto Skorzeny, el
supuesto cerebro de la organización, murió de cáncer en Madrid en 1975, y Josef
Mengele se supone que falleció en 1979; ambos, sugieren algunos, protegidos en
todo momento por ODESSA. No obstante, más de medio siglo después, algunos
historiadores y testigos de aquella época aseguran que la amenaza del
nacionalsocialismo no se erradicó por completo tras la victoria aliada en la
Segunda Guerra Mundial.
En
esta línea argumental, en 1972, el famoso escritor británico Frederick Forsyth
publicó una novela inspirada en las actividades e historia de esta organización
secreta titulada Odessa, donde un reportero de Hamburgo, tras el suicidio de un
viejo judío, intenta encontrar una red de ex nazis en la Alemania moderna. La
novela de Forsyth —que usa técnicas de investigación periodística debido a su
experiencia como corresponsal de la agencia Reuter en la década de 1960— atrajo
inmediatamente la atención de millones de lectores en todo el mundo sobre esta
especie de Reich en la sombra.
Por
el contrario, también hay quienes, como el ex espía nazi Wilhelm Hottl, opinan
que ODESSA como organización fue sobrevalorada por los periodistas de la época.
«Funcionaba más bien —afirma— como una especie de institución benéfica para
facilitar la huida de Alemania a los líderes nazis en peligro de ser juzgados».
El escritor e investigador Christopher Simpson también cree que hay bastante
mitificación tras esta red: «Al igual que el FBI en un determinado momento hizo
creer que había un agente casi detrás de cada ciudadano, ODESSA ha explotado su
imagen de misterio, haciendo creer que en cada grupo de extrema derecha nazi se
encontraba uno de sus hombres».
24.
Hitler y el ocultismo
El
ascenso meteórico de Adolf Hitler, quien en poco menos de quince años pasó de
la más absoluta oscuridad a detentar todo el poder en la Alemania nazi, ha
planteado gran cantidad de interrogantes entre sus coetáneos y entre algunos
historiadores actuales, que se plantean si Hitler fue simplemente un hábil
maestro de las malas artes políticas o supo aprovecharse de algún tipo de poder
oculto. No obstante, lo que sí es cierto es que él, desde muy joven, parecía
poseer ya una firme convicción acerca de su elevada misión y que el nazismo
acabó constituyéndose como algo más que una simple doctrina política. El
partido nazi se inspiró en grupos ocultistas nacidos a finales del siglo XIX en
Alemania, cuyas ideas estaban relativamente extendidas en el país por aquellos
años y que se combinaron con la violenta reacción nacida a principios del siglo
XX, contra el materialismo y el positivismo, bajo la forma de una especie de
espiritualidad que abogaba por la vuelta a la naturaleza y por la búsqueda de
las verdaderas fuerzas de la vida. Ciertos círculos pseudo intelectuales
alemanes de finales del siglo XIX y principios del XX llegaron a obsesionarse
con movimientos de inclinaciones más o menos místicas, en escuelas y
tradiciones iniciáticas, rituales paganos e ideas acerca de la pureza nórdica
que influyeron en Hitler desde su juventud.
A
grandes rasgos, éste era el mundo en el que, en 1889, nacía Hitler, en Braunau
am Inn, «pequeña ciudad junto al río Inn, bávara por la sangre y austríaca por
la nacionalidad, iluminada por la luz del martirio alemán», según su propia
descripción. La lengua materna de su familia era el alemán, y a Alemania
—nación moderna e industrializada— es a la que Hitler se sintió firmemente
unido, incluso, idealizando su lejano y mítico pasado. Se sabe que de joven,
Hitler quiso dedicarse al arte, y con tal fin se trasladó a Viena en 1907, pero
no pudo superar las pruebas de ingreso a la prestigiosa Escuela de Bellas
Artes. En esa ciudad vivió una temporada gracias a una pequeña herencia y a la
venta de las acuarelas que pintaba, y allí fue donde descubrió una serie de
panfletos antisemitas llamados Ostara Hefte; Ostara era una divinidad germánica
muy poco conocida, diosa del Sol que se renueva en primavera según Beda el
Venerable. Los Ostara Hefte alentaban una visión ocultista del mundo, basada en
una grotesca lucha racial que comenzó en un pasado remoto. Una de sus teorías
consistía en que los hombres-simio judíos habían sido capaces de vencer a los
arios, raza de gigantes casi divinos, al ultrajar a las rubias mujeres arias.
De este modo, el judío estaba logrando degradar la raza aria. Otros de sus
postulados básicos era la firme creencia de un salvador, un mesías ario que
devolvería la grandeza al pueblo germano. A grandes rasgos, éstas fueron las
ideas de antisemitismo extremo que Hitler abrazó durante toda su vida.
§.
La primera señal misteriosa
En
mayo de 1913, Hitler abandonó Austria para instalarse en su querida Alemania,
donde se alistó en el ejército tan pronto como estalló la Primera Guerra
Mundial. Tras su paso por el frente, Hitler solía contar una milagrosa historia
para demostrar que la Providencia lo protegía. Según su relato, grabado en
documentos sonoros, un día en que estaba en una trinchera con otros camaradas,
escuchó de repente una voz que le dijo: «Levántate y ve hacia allá». El mensaje
era tan claro e insistente que el soldado Hitler obedeció de inmediato y,
cuando apenas había recorrido veinte metros a lo largo de la trinchera, un obús
cayó sobre la zona donde él había estado, matando a todos sus compañeros.
Muchos
ocultistas tomaron este episodio como un buen indicativo de que fuerzas
sobrenaturales guiaban al joven Hitler en su misión. Una salvación milagrosa
que no evitó que Alemania perdiera la Gran Guerra en 1918, lo que provocó un
profundo malestar social en el país y numerosas revueltas en las que se
enfrentaban las organizaciones obreras y los llamados Freikorps, milicias
nacionalistas formadas por los restos del ejército alemán derrotado,
especialmente por militares con empleos de oficial, de los que había decenas
desocupados. La derrota, pues, difundió tales sentimientos de furia,
desasosiego y humillación, que se convirtieron en condiciones imprescindibles
para el posterior desarrollo del partido que lideró Hitler.
Repasando
la historia, se sabe que, todavía como soldado, a Hitler se le encomendó
vigilar las reuniones de un pequeño grupo radical que pronto se convirtió en el
Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, un largo nombre
frecuentemente abreviado como partido nazi. En apenas tres años, Hitler
ascendió vertiginosamente en su organigrama hasta convertirse en el líder —el
Führer—, en 1921.
Consciente
del poder casi mágico de los símbolos, una de sus primeras obsesiones fue la de
crear un emblema tan potente, al menos, como la hoz y el martillo del Partido
Comunista. El elegido fue la cruz gamada o esvástica. Svastika es una palabra
sánscrita que significa «buen augurador» y designa un símbolo solar de la
antigua India. Su conocido diseño es una estilización del símbolo solar, y se
encuentra en culturas tan distintas como las de la vieja China o la América
precolombina. Ha aparecido en las ruinas de Troya y en vasos ibéricos
encontrados en Numancia o en lápidas de las tribus cántabras. Los griegos y los
romanos la utilizaban como elemento decorativo, como puede verse por ejemplo en
los mosaicos de la villa romana de Carranque (Toledo). También la adoptaron los
primitivos cristianos, y así aparece en las catacumbas de Roma; la
interpretación cristiana, según los escritores místicos medievales, es que se
trata de una representación de Cristo derivada de la omega griega. En tiempos
recientes, antes de que fuera desprestigiada por el nazismo, la esvástica era
el emblema de la Aviación de la República de Finlandia y de Letonia, pues su
figura sugiere un movimiento helicoidal. En Alemania, antes incluso de la
existencia del Partido Nacionalsocialista, ya era utilizada la cruz gamada por
grupos ultranacionalistas —como muestran fotografías anteriores a la aparición
de los nazis— de miembros de los Freikorps con esvásticas en los cascos.
Fue
el mismo Hitler quien modificó este antiguo símbolo para conferirle su
característico diseño: una bandera de fondo rojo —que simbolizaba la sangre y
el ideal social— con un disco blanco —en representación del nacionalismo y la
pureza de la raza— y, justo en medio, la cruz gamada negra.
No
es casual que los colores rojo, blanco y negro hubieran sido los de la bandera
del Imperio alemán, el II Reich (1870-1918),elegidos por su artífice Otto von
Bismarck, el Canciller de Hierro, una figura histórica admirada por Hitler. Los
colores nunca son inocentes. La República democrática de Weimar que sustituyó
al II Reich, cambió la bandera alemana por una de color negro, rojo y amarillo,
que había sido la enarbolada por los liberales y revolucionarios anteriores al
Imperio. Esa misma bandera sería elegida, tras la caída del III Reich
hitleriano, tanto por la República Federal de Alemania como por la República
Democrática Alemana.
En
aquellos días, el partido nazi se adentraba en su primera gran crisis, de la
que Hitler saldría aún más fortalecido. El 9 de noviembre de 1923 tuvo lugar el
llamado putsch de Munich o Bierkeller Putsch (golpe de la cervecería), en el
que participaron una amalgama de ultranacionalistas capitaneados por Hitler y
por el muy prestigioso general Erich Ludendorff, que había sido el cerebro
militar alemán durante la Gran Guerra.
Hitler
y sus secciones de asalto, las Sturmabteilung o SA, marcharon contra la sede
del ayuntamiento de Munich con la intención de tomar el poder y comenzar así
una revolución nacionalista. Sin embargo, la policía abortó el incipiente golpe
de Estado matando a dieciséis miembros del Partido Nacionalsocialista. Hitler
fue condenado por traición a la patria, pero el juicio se convirtió en una
verdadera plataforma de propaganda política para él y, a finales de 1924, ocho
meses después de ser encarcelado, estaba libre. Salió de la cárcel como un
verdadero patriota, defensor de Alemania frente a lo que él denominó la
traición de los judíos. Su creación personal, la esvástica, se convirtió en un
poderoso icono que simbolizaba a los mártires nazis caídos en Munich y se
exponía en todas las reuniones del partido que lideraba.
Por
aquel entonces, los acercamientos nazis al mundo de lo oculto procedían de sus
colaboradores directos más que por el propio Hitler. Sus compañeros ideológicos
Rudolf Hess, Goebbels y Heydrich, según algunos expertos, formaban una pequeña
«promoción» de estudiantes de ocultismo, a la que más tarde se unió Heinrich
Himmler. Rudolf Hess, encarcelado junto al Führer en el fuerte Landsberg, a
raíz del putsch de 1923, lo ayudó a sacar a la luz Mein Kampf (Mi lucha), su
obra más conocida: Hitler dictaba y Hess mecanografiaba capítulo tras capítulo.
Cuando Hess abandonó la prisión, unos meses después de Hitler, el Führer lo
nombró su lugarteniente, uno de los hombres más poderosos del NSDAP, el partido
nazi.
Todos
los biógrafos coinciden en que Hitler conoció al siniestro geógrafo y ocultista
Karl Haushofer por mediación de Rudolf Hess. A través de los ojos de Haushofer
surge una historia fantástica donde los arios son transformados en una raza
especial: astutos, inteligentes, humanos pero en contacto con jerarquías
espirituales que los entrenan, frente a los que las demás razas son inferiores.
Unas revelaciones que más tarde fueron aplicadas en el III Reich con fuerza en
la búsqueda del superhombre y el exterminio de los judíos.
§.
Ritos de iniciación
Al
salir de la cárcel, Hitler creó una nueva unidad paramilitar, la Schutzstaffel,
más conocida por las siglas SS. Sus miembros se distinguían por su uniforme
negro, su juramento de lealtad personal al Führer y por sus misteriosas
prácticas de iniciación y tortura. El jefe de este grupo, cuidadosamente
escogido por Hitler, fue Heinrich Himmler, un personaje iniciado en las
ciencias ocultas que llegó a ser considerado como el segundo hombre más
poderoso dentro del Reich. Si bien el hombre de confianza de Hitler, Rudolf
Hess, fue quien probablemente le sugirió la idea de que podría ser la figura
redentora del poder teutón de la que muchos de los grupos ocultistas y
antisemitas del siglo XIX hablaban, fueron las creencias de Himmler —que estaba
convencido de que Hitler era la reencarnación de varios héroes y guerreros de
la antigüedad germana— las que animaron aún más el mesianismo de líder nazi.
Fiel
a sus convicciones, Himmler buscaba sus oficiales entre quienes pudiesen
demostrar una ascendencia aria sin contaminar de, al menos, 175 años de
antigüedad. También entre sus creencias estaba el convencimiento de que los
niños concebidos en cementerios nórdicos heredaban el espíritu de los héroes
allí enterrados y, con tal finalidad, llegó a publicar una lista de cementerios
apropiados para la procreación.
Himmler
se adentró en el ocultismo a través de sus estudios del Santo Grial. Así, el
entrenamiento de los miembros de las SS, supervisado por él, consistía en un
ritual iniciático al estilo de las órdenes religiosas medievales, que tenía
lugar en el castillo de Wewelsburg, en Westfalia, que Himmler compró en ruinas
en 1934 y reconstruyó durante los once años siguientes, y en cuyo salón
principal había una mesa redonda decorada con cruces gamadas. Bajo el salón, se
encontraba el «vestíbulo de los muertos» donde Himmler tenía previsto instalar
doce urnas funerarias con los restos de los héroes de las SS, para su culto
posterior. Se trataba de claras referencias a la leyenda artúrica de los
Caballeros de la Tabla Redonda y a la épica de los Doce Pares de Carlomagno,
fundador del Sacro Imperio Romano-Germánico o Primer Reich, que subsistió hasta
la derrota del emperador Francisco II de Habsburgo en la batalla de Austerlitz
(1805).
«Esta
forma de engarzar el pasado y el presente —explica el historiador George
Mosse—, de mezclar los modelos teutones de la Edad Media con las SS es muy
importante en la doctrina ocultista y Himmler, por muy extraño que parezca dado
su genio racional para la organización, creía en las ciencias ocultas». Creía
en el magnetismo, el mesmerismo, la homeopatía, en los videntes, echadores de
cartas, curanderos, hipnotizadores y hechiceros, de los que se rodeó durante
toda su vida, hasta el punto, aseguran sus pocos biógrafos, de que muchas veces
no se atrevía a tomar una decisión sin consultarlos.
§.
Control mental
Las
autoridades alemanas prohibieron a Hitler, después de salir de la cárcel,
hablar en público. Durante este período aprovechó no sólo para crear las SS y
reorganizar la jerarquía del partido, sino también para preparar su regreso
triunfal, que tendría lugar en marzo de 1927, cuando de nuevo se le permitió
convocar mítines públicos de los que su autoridad y carisma saldrían aún más
fortalecidos.
Algunos
expertos aseguran que en este dominio de las masas tuvo mucho que ver la
misteriosa figura de Erik Jan Hanussen, un célebre prestidigitador, médium y
vidente y uno de los personajes más extraños de los primeros tiempos del
nazismo alemán. Sus exhibiciones paranormales constituyeron un tema habitual de
las polémicas berlinesas a principios de los años treinta. Hitler ya tenía un
buen dominio de la retórica, pero Hanussen le enseñó algo más sobre el
espectáculo y lo ayudó a perfeccionar una serie de poses teatrales bastante
eficaces en una época en la que el público no tenía la oportunidad de ver a los
oradores de cerca. Los ocultistas añaden que Hanussen también adiestró a Hitler
en técnicas de control mental y dominio de masas. Una influencia que no todos
sus colaboradores aceptaban: es sabido que Hanussen irritaba poderosamente a
Goebbels; el futuro ministro de la Propaganda veía en él a un charlatán de
feria convertido en un influyente asesor.
Ayudara
o no la experiencia de Hanussen, basta observar las grabaciones fílmicas de la
época para advertir el terrible poder que emanaba de las palabras de Hitler,
capaces de movilizar a masas enteras, hasta el punto que lo han comparado con
la sensibilidad de un médium y el magnetismo de un hipnotizador. Sin embargo,
la explicación de su poder de seducción oral y su extraordinaria habilidad para
influir en los demás, desde una perspectiva menos esotérica, es para numerosos
historiadores que a los alemanes, humillados por la derrota y empobrecidos por
la caótica situación económica, simplemente les gustaba escuchar lo que decía
Hitler.
Hitler
apoyaba su discurso racista y de supremacía contra los supuestos traidores a la
patria y enemigos de la raza aria, los judíos, en una serie de movimientos
políticos destinados a enemistar a los rivales del partido nazi entre ellos.
Aunque no logró la mayoría en las elecciones de 1932, Hitler aceptó la
cancillería (presidencia del Gobierno) en enero de 1933; su llegada a la cabeza
del gobierno alemán fue saludada por sus seguidores con numerosas reuniones
plagadas de banderas y esvásticas.
Fuera
o no consecuencia de prácticas ocultistas la llegada al poder del partido nazi,
lo cierto es que una vez que Hitler accedió al gobierno de Alemania, el partido
pudo continuar con sus planes de eliminación de la democracia, apoyado por
grandes capas de una población que apenas se resistió al proyecto de
reivindicación y regeneración nacional del líder nazi. Hasta los medios de
comunicación cambiaron de actitud hacia la mayoría de los políticos alemanes:
de acusarlos de los males del país antes de la subida de Hitler al poder,
pasaron a una luna de miel con el gobierno en la que todo eran elogios para la
labor de las autoridades hitlerianas.
§.
Conexión del presente con el pasado
Las
conexiones de Hitler con el pasado alemán pasan por su pasión por la obra del
compositor Wagner y sus heroicas sagas inspiradas en leyendas y mitos
germánicos. En más de una ocasión Hitler afirmó que su religión estaba basada
en el Parsifal wagneriano, ópera centrada en el caballero medieval germano —un
héroe nacional— que consagró su vida entera a la búsqueda del Santo Grial.
Dusty Sklar, autora del libro The Nazis and the Occult, asegura que a Hitler
«le atraía poderosamente la imaginería medieval, hasta el punto de haberse
fotografiado portando una armadura». Incluso fue impresa una tarjeta postal
propagandística titulada Der Bannerträger (el portaestandarte o abanderado) que
se hizo muy popular, en la que aparecía Hitler a caballo con armadura completa
y sosteniendo la bandera nazi.
Es
más: hay una leyenda muy difundida, pero con poca base real, que afirma que de
joven Hitler visitó la Schatzkammer (Cámara del Tesoro) del Hofburg o Palacio
Imperial de Viena, donde vio, entre las joyas históricas del Sacro Imperio, la
Santa Lanza. Hitler quedó fascinado por esta reliquia que pretendía ser la
lanza que se clavó en el costado de Cristo agonizante, según el Evangelio de
San Juan (19, 34): «… uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza
y seguidamente salió sangre y agua». La tradición cristiana le adjudica la
acción a Longinos, el centurión romano que presidía la ejecución según el
Evangelio apócrifo de Nicodemo, a quien cita el martirologio cristiano como
«San Longinos soldado, de quien se refiere que traspasó con una lanza el
costado del Señor». Esa Santa Lanza fue muy oportunamente encontrada en 1098,
durante la Primera Cruzada, en un momento en que los conquistadores cristianos
estaban en situación muy apurada, asediados en Antioquía. El hallazgo de la
reliquia infundió tal ánimo a los cruzados que arrollaron a los sitiadores y
continuaron su avance triunfal hacia Jerusalén. Supuestamente fue traída luego
a Europa y terminó formando parte del tesoro de los emperadores germánicos.
Hay,
no obstante, multitud de leyendas sobre la Santa Lanza que le atribuyen
peripecias diferentes. Una de ellas dice que estuvo en posesión de Parsifal o
Perceval, caballero de origen germánico que aparece en las leyendas del rey
Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda, y que guerreros teutónicos la
convirtieron en su talismán. Los ocultistas de la época sostenían que aquel que
tuviese en sus manos la lanza también tendría en sus manos el destino del
mundo. La leyenda cuenta que Hitler, que conocía su significado místico, quiso
apoderarse de ella: para la mentalidad ocultista, un instrumento usado para un
propósito tan importante se transforma en un foco de poder mágico. Así que el
14 de marzo de 1938, fecha de la anexión de Austria, Hitler ordenó que la lanza
fuera trasladada de Austria a Alemania. Junto a otros objetos del tesoro de los
Habsburgo, fue cargada en un tren blindado y protegido por las SS, y cruzó la
frontera alemana.
Bastante
más patente que este rumor histórico es la conexión que Hitler hizo entre el
cristianismo convencional y el ocultismo nazi. A pesar de que con frecuencia
denominaba a sus subordinados como sus «apóstoles», este uso de la iconografía
y los conceptos cristianos era meramente superficial, puesto que el Cristo de
Adolf Hitler era una figura nacional que apenas tenía lazos con el Jesús del
Nuevo Testamento ni, por supuesto, con el Antiguo: el superhombre ario. De
hecho, Hitler era violentamente anticristiano y describió el cristianismo como
la peor broma que los judíos habían gastado a la Humanidad. Según afirma
Manfred Rommel —hijo del célebre mariscal de campo alemán Erwin Rommel— Hitler
llegó a decirle a su padre, bastante creyente: «Tu Dios es para los débiles, y
el mío es para los fuertes».
§.
La creación de una nueva raza
Hasta
poder crear ese nuevo superhombre, los científicos nazis buscaron, mediante
exámenes, pruebas y mediciones de todo tipo, a los mejores de entre la juventud
alemana, erigidos en paradigma del ario perfecto, rubio y de ojos azules. Los
elegidos recibían una educación especial para desarrollar tanto su salud y
bienestar físico como el adecuado respeto a la autoridad. Claro que sus
intenciones iban más allá de la mera formación de la juventud: aspiraban a la
creación de una nueva raza de amos salidos del ideal ario, malinterpretando a
su favor la teoría de la selección natural de Darwin, por la cual sólo
sobreviven los ejemplares más fuertes y mejor adaptados al medio. En este caso,
la raza más fuerte era a la que pertenecía el superhombre ario.
El
comandante en jefe (Reichsführer) de las SS, Himmler, fue también el más
ferviente defensor de esta misión. Promovió el estudio del origen de la raza
aria encargando a antropólogos nazis, como Walter Darré, Shaffer y Sieberg,
investigaciones sobre el tema, algunas bastantes siniestras realizadas en los
campos de concentración. Y, según parece, además de arbitrar medidas destinadas
a la procreación de la raza pura y malinterpretar a Darwin para instigar el
genocidio sistemático que el III Reich emprendió en sus últimos años, tenía
otras extrañas costumbres. La escritora Dusty Sklar describe que «un profesor
de antropología, estudiando algunos testimonios de los juicios de Nüremberg,
descubrió que era una práctica corriente decapitar a algunos miembros de las SS
entre los que mejor cumplían el ideal ario para intentar comunicarse con los
maestros orientales a través de sus cabezas».
Los
nazis, empeñados en corroborar la teoría ocultista de que los alemanes
descendían de los superhombres arios, emplearon a un equipo de arqueólogos en
la búsqueda de pruebas físicas que demostraran la relación ente alemanes y
arios. Según la escritora Dusty Sklar, hubo una rama de las SS encargada de
rastrear entre la población de toda Europa los posibles descendientes de los
arios que aún conservaran su pureza de sangre. Incluso, llegaron a viajar al
Tíbet en su búsqueda. Sin embargo, este hecho es cuestionado por muchos autores
e investigadores. De lo que no cabe duda es que el sueño de Hitler de revivir
una raza de superhombres arios que dominasen el mundo desencadenó la Segunda
Guerra Mundial.
§.
Influencia de videntes y astrólogos
La
relación de Hitler con la astrología y la predicción en general se ha debatido
mucho debido a que no existe ninguna prueba de que Adolf Hitler consultara
jamás a ningún astrólogo, aunque muchos se han jactado de haber sido los gurús
del Führer. De hecho, alejaba de su entorno a cualquier tipo de profeta: con él
ya era suficiente y, además, tenía pánico a los malos presagios. Así, en 1934
se tomó la primera medida contra las prácticas ocultistas; la policía de Berlín
prohibió todas las formas de adivinación del futuro, desde los quirománticos de
feria hasta los astrólogos de sociedad. Después vino la supresión de todos los
grupos ocultistas.
A
pesar de ello, un oscuro astrólogo llamado Karl Krafft llegó a ser un personaje
clave de uno de los más enigmáticos episodios de la guerra. Krafft predijo el 2
de noviembre de 1939 —apenas dos meses después del inicio oficial de la
contienda—, que la vida de Hitler peligraría por culpa de una explosión. Seis
días después, un potente artefacto destruyó la tribuna que Hitler había
abandonado minutos antes. Esta predicción le valió a Krafft la confianza de un
miembro de la jerarquía nazi ya atrapado en las redes del misticismo: Rudolf
Hess, entonces segundo hombre en importancia dentro del gobierno nazi, después
del Führer.
Sin
embargo, los efectos de la posible influencia de Krafft y otros videntes en
Hess no fueron visibles hasta año y medio después de la predicción de Krafft,
en la primavera de 1941, cuando Alemania dominaba prácticamente toda Europa
Occidental y la lucha se centraba contra Gran Bretaña. Por motivos que se
desconocen, Hess estaba convencido de que sólo él sería capaz de firmar un
tratado de paz con el Reino Unido, y para ello se embarcó en un peligroso y
rocambolesco vuelo en solitario a través del mar del Norte, el 10 de mayo de
1941. Cargado con distintos símbolos esotéricos, Hess acabó cayendo en
paracaídas sobre Escocia, y se convirtió en el prisionero de guerra más famoso
del mundo. Los historiadores en su mayoría coinciden en señalar que Hitler era
completamente ajeno a los planes de Hess. Aquel día de mayo se había producido
la alineación de seis planetas con la luna llena, una predicción que Hess
consideró enormemente favorable para su misión. Tras su fracaso, Hitler renegó
de él, afirmando que se había vuelto loco por culpa de astrólogos y adivinos.
Como
consecuencia de este incidente, la inteligencia británica erróneamente creyó
que también el Führer se dejaba guiar por los designios astrales. Entraron en
contacto con Louis de Whol, un refugiado que afirmaba estar relacionado con el
«astrólogo favorito» de Hitler, Karl Krafft, el vidente que predijo la bomba de
1939. Investigaciones posteriores revelaron que Whol no conocía a Krafft, pero
los servicios secretos británicos aprovecharon el personaje y el momento para
crear 50 profecías falsas atribuidas a Nostradamus, el famoso astrólogo del
siglo XVI, en las que se auguraban catastróficos resultados para los planes del
III Reich. Las profecías escritas por Louis de Whol, impresas de forma que
parecían editadas legalmente en Alemania, se repartieron por todo el territorio
germano. Minar la moral del enemigo es otra forma de hacer la guerra…
§.
El apocalipsis final
En
1945, Alemania estaba completamente asfixiada por sus enemigos: las fuerzas
aliadas —Gran Bretaña y Estados Unidos— por un lado, y los rusos por otro. Con
este cambio de dirección en la contienda, Hitler prácticamente desapareció del
panorama público. Parte de su energía y su fuerza provenían directamente de las
masas, y su magnetismo se debilitaba a pasos agigantados, hasta que en enero de
1945 decidió retirarse a su búnker de Berlín, donde preparó su último plan: la
completa destrucción de Alemania. En primer lugar, ordenó la demolición de
todas las fábricas, centrales eléctricas, vías de ferrocarril, puentes,
carreteras, así como de los suministros de ropa y alimentos.
En
esta última etapa de la guerra, afirma Manfred Rommel, «Hitler solía repetir
que si los alemanes no eran capaces de ganar, merecían la muerte», una
sentencia que algunos ven inspirada en el pensamiento ocultista. Para el
historiador George Mosse esta mentalidad «tiene la peculiaridad de creer que el
devenir de los hechos acaba siempre de forma brusca en un gran Apocalipsis».
Así, cuando Alemania se acercaba al colapso la reacción de Hitler se
correspondió exactamente con lo que podía esperarse del pacto de un mago con
los poderes del mal y, basada en el sacrificio, comenzó una orgía de sangre y
destrucción.
Adolf
Hitler parecía estar obsesionado con esa idea terminal, y el 29 de abril se
casó con su amante, Eva Braun. Algunos historiadores indican que, posiblemente,
el elevado concepto que tenía sobre sí mismo y sobre su misión en la Tierra, le
impidieron hacerlo mucho antes. Al día siguiente, ambos se retiraron a la suite
privada del búnker y se suicidaron mientras las bombas rusas caían sobre
Berlín. La fecha de su muerte, 30 de abril, esconde una siniestra correlación,
hasta el punto de que hay quien cree que su elección no fue por azar: coincidía
con la noche de Walpurgis, una de las veladas más importantes para los
seguidores del satanismo. El efecto de la muerte del Führer sobre Alemania fue
como si un hechizo se hubiera deshecho. En una semana, la Alemania nazi se
había rendido incondicionalmente y el reino de la esvástica había tocado a su
fin.
Algunos
expertos no dudan en afirmar que el ocultismo residía en la médula de los
crímenes que diferenciaron al nazismo de otras dictaduras: la guerra contra los
judíos inspirada en una visión ocultista de la humanidad, dividida entre
superhombres y criaturas infrahumanas. La matanza sistemática de judíos fue el
objetivo principal de su régimen; un fin que Hitler plasmó en su testamento
político, dictado horas antes de su muerte, y en el cual todavía llamaba a la
lucha contra el judaísmo.
Años
más tarde, al intentar explicar por qué habían seguido el camino de crimen y
barbarie diseñado por Hitler, algunos ciudadanos alemanes alegaron que los
poderes ocultos de Adolf Hitler lograron imponerse a su voluntad. Frente a los
creyentes en la fuerza intrínseca de los rituales, los símbolos y la magia, los
escépticos defienden que el poder del ocultismo sólo reside en el dominio que
alguien tiene de aquellos que sí creen en él. En marzo de 1936 Hitler hizo una
declaración que resumía con precisión las creencias en fuerzas ocultas que
guiaban su espíritu: «Voy por donde la Providencia me dicta —dijo— con la
seguridad de un sonámbulo».
25.
El tren fantasma de los nazis
El
papel de la Resistencia en la Europa ocupada es objeto de distinta valoración
entre los historiadores. Únicamente en los Balcanes o en las inmensas áreas de
la Unión Soviética ocupadas tras la invasión alemana de 1941, hubo grupos
numerosos de partisanos que desarrollaran una acción militar importante en el
transcurso de la guerra, hasta el punto de que Yugoslavia, Albania y Grecia se
liberaron a sí mismas. En Europa Occidental hubo una implicación de la
población diferente según los países, desde la resistencia pasiva y pacífica,
pero casi unánime, de los daneses, hasta el caso de Francia, donde fue mucho
más común la colaboración que la Resistencia. No obstante, después del
desembarco aliado en Normandía (junio de 1944), cuando se vio clara la derrota
del Eje, se multiplicó tanto el número de resistentes como sus acciones.
En
general, puede decirse que en Europa Occidental la Resistencia no tuvo ninguna
incidencia militar notable, consistiendo su aporte a la causa aliada en
información y espionaje, sabotajes, y redes para proporcionar la huida, a
través de España o Suecia, de prisioneros escapados, aviadores aliados
derribados, perseguidos políticos y judíos.
En
Bélgica funcionó una red dedicada a rescatar a los pilotos aliados que caían
bajo fuego alemán, para ayudarlos a escapar por la Línea Comet, una ruta que
atravesaba toda Europa, hasta los Pirineos, compuesta por diversos contactos y
casas seguras donde poder esconderse. Los hombres y las mujeres de la Línea
Comet belga protagonizaron una de las historias más extraordinarias de la
guerra: la del convoy conocido como el Tren Fantasma.
Todo
comenzó cuando en 1940 los alemanes atravesaron las fronteras belgas venciendo
rápidamente tanto al ejército nacional como a las tropas británicas que habían
acudido en su ayuda. Al principio, el gobierno militar nazi instalado en
Bruselas intentó presentarse como el libertador de los belgas frente al
imperialismo británico.
Ayudó
a ello la actitud contemporizadora del rey frente a la ocupación y la
colaboración de muchos belgas, especialmente flamencos, seducidos por la
ideología fascista. Pero tras el desembarco de Normandía, en el verano de 1944,
la presión aliada se hizo cada vez más fuerte para las tropas de Hitler, y
Heinrich Himmler, al mando de la Gestapo, decidió entonces enviar a Richard
Jungclaus, un comandante más autoritario, para que se ocupara con mano de
hierro del gobierno belga. Como miembro de la policía política nazi, la
Gestapo, Jungclaus tendría que encargarse de sofocar cualquier acto subversivo
de la población civil, animada por el imparable avance de los aliados.
A su
llegada, Jungclaus se encontró con un problema logístico: la cárcel de
Saint-Gilles, en la capital belga, tenía ya mil quinientos prisioneros. ¿Qué
podía hacer con todos esos presos políticos ocupando la prisión? Como eran
enemigos del Reich, Jungclaus decidió aplicar la «solución final» y enviarlos a
todos a algún campo de exterminio alemán. Para ello ordenó encerrar a los
prisioneros —en su mayoría miembros de la resistencia belga, más unos cincuenta
pilotos aliados— en un tren especial compuesto por vagones de transporte de
ganado, donde apiñaron sin piedad a los presos.
§.
El apoyo de la resistencia
El
teniente estadounidense John Bradley se encontraba en 1944 en el último vagón,
ocupado por militares que, antes de ser capturados, se las habían arreglado
para esconderse, al menos durante un tiempo, de los alemanes. Su viaje hasta el
Tren Fantasma comenzó dos años antes, cuando se alistó en las Fuerzas Aéreas
con 25 años de edad. Su primer destino fue Inglaterra, donde llegó en 1943. El
5 de noviembre de ese mismo año, el piloto estadounidense salió de su base para
bombardear la ciudad de Gelsenkirchen. Su misión consistía en 25 salidas con su
avión, y la de aquel día era ya la número 24. Pero fue alcanzado y su aeroplano
comenzó a arder, por lo que abandonó el aparato en llamas saltando en
paracaídas. Cuando llegó al suelo —cuenta Bradley en un exhaustivo informe que
transcribió su esposa Bárbara mientras él se recuperaba de la tuberculosis al
final de la guerra—, preguntó por dónde se iba a Alemania y salió corriendo en
sentido contrario. A los pocos días, su esposa recibió un telegrama de las
Fuerzas Armadas lamentando la desaparición de Bradley en acto de servicio.
Bradley
había caído en Holanda. Disfrazado con un uniforme que un policía le prestó,
comenzó un viaje que lo llevó hasta Bruselas, donde albergaba la esperanza de
contactar con la Línea Comet para salir de Bélgica. Miembros de la Resistencia
lo escondieron en una casa de belgas antinazis junto con otro compatriota, el
sargento Royce Mac MacGillvary. Una noche, la Gestapo llamó a la puerta y los
dos tuvieron que huir, casi sólo con lo puesto, por la puerta trasera. Ambos
vagaron por los campos belgas, huyendo, unos cinco meses más, hasta que fueron
capturados.
El
capitán Alfred Sanders, piloto de un B-24, fue otro de los estadounidenses que
viajaron en aquel convoy. Durante un bombardeo relámpago sobre Leipzig, en
Alemania, el avión de Sanders fue alcanzado y, tras el fallo sucesivo de todos
sus motores, tanto él como su tripulación tuvieron que saltar en paracaídas,
dispersándose por los alrededores de la ciudad belga de Ronquières. El azar
hizo que un fotógrafo anónimo captara el momento y, después de la guerra,
Sanders recibió aquellas fotos por correo. El avión se incendió inmediatamente,
pero enseguida fueron rodeados por un gran número de belgas que se encargaron
de ocultarlos. Sanders llegó a vivir con catorce familias diferentes, personas
que eran conscientes del riesgo que corrían alojando a un militar enemigo.
Un
día, un agente infiltrado de la Gestapo lo engañó asegurándole que en el
Palacio de Justicia de Bruselas le proporcionarían los documentos necesarios
para salir del país. Sanders, como tantos otros, acabó en Saint-Gilles, la
cárcel de la Gestapo en la capital belga. A pesar de los intentos de los
oficiales alemanes, Sanders no facilitó información sobre los miembros y
actividades de la Resistencia. Por otra parte, los miembros de ésta tomaban
bastantes precauciones para que sus protegidos tuvieran la mínima información
posible que pudiera incriminarlos en caso de caer en manos alemanas; por tanto,
Sanders poco podía contar.
§.
La conexión entre supervivientes
El
canadiense Stuart Leslie fue otro de los pilotos prisioneros en el Tren
Fantasma. Con apenas 22 años ya pilotaba un avión Halifax de la Royal Canadian
Air Force. Al volver de un bombardeo en la frontera de Bélgica con Francia, fue
avistado y alcanzado por los aparatos alemanes. Único superviviente del
derribo, Stuart Leslie llegó a una granja en la que sólo se hablaba francés,
pero al lado vivía una joven, Elizabeth Regout, que podía comunicarse algo en
inglés. «Mi primera imagen de esos momentos —recuerda Leslie— es que me
llevaron una botella de ginebra y algo de ropa». Durante su estancia en la
granja, Leslie tenía una rutina peculiar. De día se quedaba tomando el aire en
la terraza de la granja, y de noche salía a pasear con Elizabeth o con Alice, su
hermana, pero siempre con una falda para que, visto a distancia, Leslie
pareciese una mujer.
Al
poco tiempo, la Resistencia lo envió a Bruselas para intentar buscarle una
salida del país. Allí pasó a estar bajo la protección de Louise Schouppe, una
activista de la Resistencia. Pero Leslie volvió otra vez al campo, donde siguió
huyendo y refugiándose durante un par de meses más. Un día encontró casualmente
a dos personas que no eran belgas como creía a primera vista: se trataba de
John Bradley y Royce MacGillvary, quienes llevaban varias semanas
escondiéndose. Los tres decidieron continuar la huida juntos, hasta que fueron
detenidos en Namur, al sur de Bélgica, por un control alemán. Estuvieron a
punto de conseguir engañarlos, pero uno de los policías nazis decidió volver a
registrar a los tres hombres y, en el último momento, descubrió la placa de
identificación de MacGillvary.
Los
pilotos fueron conducidos al Petit Château de Bruselas, lugar donde la
Luftwaffe, la aviación nazi, custodiaba a sus prisioneros. Según las normas de
la guerra, los militares que viajaban sin uniforme podían ser fusilados sin
miramientos bajo la acusación de espionaje, pero si confesaban la identidad de
quienes los habían ayudado a escapar y esconderse podían ser tratados como
prisioneros de guerra. Al final, los tres fueron enviados a la prisión de la
Gestapo, Saint-Gilles (Sint-Gillis).
Allí
también se encontraba Elizabeth Regout, muy implicada en las actividades de la
Resistencia desde que ayudó a Leslie a escapar. Según recuerda, las condiciones
en las que vivían eran dramáticas, «las celdas eran oscuras y asfixiantes,
estaban llenas de cucarachas y había sólo tres colchones para seis personas».
En aquel calabozo, Elizabeth descubrió un nombre escrito en la pared: Stuart
Leslie. El piloto canadiense había pasado antes por la misma celda que ahora
ocupaba ella.
Mientras
la cárcel de Saint-Gilles se saturaba paulatinamente de prisioneros, la lucha
cambió de cariz para los alemanes, que veían cómo las fuerzas aliadas iban
ganando terreno tras desembarcar en la región francesa de Normandía, el 6 de
junio de 1944. Aquel día, el cabecilla de la resistencia belga Herman Bodson y
sus hombres, expertos en sabotajes, escondidos en el bosque, tenían el encargo
de volar la línea telefónica entre París y Berlín. Especialista en explosivos,
Bodson consiguió cortar las líneas de comunicación alemanas. El signo de la
contienda era cada vez menos favorable para Alemania.
§.
Un viaje terrorífico
La
liberación de París a finales de agosto aumentó la presión que Richard
Jungclaus sentía ante los sucesivos fracasos y derrotas alemanas. Aprovechando
la reciente liberación de la capital francesa, varios diplomáticos de países
neutrales, como Suecia, trataron de negociar con Jungclaus una salida para los
prisioneros políticos de Bruselas, pero éste optó por la medida más drástica
posible, quizá en un último y desesperado intento por demostrar el poder nazi a
los aliados, cada vez más cerca de la capital belga.
El 1
de septiembre, Jungclaus ordenó que los prisioneros de Saint-Gilles fueran
llevados a Alemania en tren desde la Gare du Midi de Bruselas. A las dos de la
mañana se transportó a todos los encarcelados en camiones hasta la estación, y
allí fueron obligados a introducirse en vagones para ganado. Era un cautiverio
aún más inhumano que las celdas sin ventanas de Saint-Gilles. En cada vagón,
con una capacidad máxima para cuarenta personas, se apelotonaban más de cien y
sólo disponían de un cubo a modo de letrina. El aire y la luz sólo entraban por
las rendijas de los tablones de la pared.
Pero
no estaban solos en su dramático viaje. Los trabajadores del ferrocarril, a
quienes se había dado la orden de preparar el tren para su partida, se
encargaron de tranquilizar a los pasajeros, prometiéndoles que harían todo lo
posible para evitar que el tren partiera. Con el sabotaje de una bomba de
combustible, esa misma noche, comenzó una larga cadena de retrasos y averías
que iban enfureciendo gradualmente a los alemanes. Lo que en teoría no eran más
que unos sencillos preparativos rutinarios se fueron alargando hasta la mañana
siguiente. No sólo mecánicos y mozos estaban al tanto de la operación: el
ingeniero que debía relevar a su compañero de la noche aseguró estar
indispuesto, lo que retrasó unas horas más la revisión del tren y las vías
antes de salir hacia Alemania, hasta que por fin se encontró al ingeniero Louis
Verheggen. Años más tarde, Verheggen confesaría que los oficiales de las SS que
lo custodiaban se encargaron de hacerle entender desde el principio
—apuntándole repetidas veces con sus armas mientras trabajaba— que cualquier
intento de sabotaje por su parte le supondría la muerte.
Hasta
bien entrada la tarde, el tren no se puso en marcha. Los hombres de Jungclaus
habían ordenado que se dirigiese hacia Malinas, una ciudad a 20 kilómetros de
Bruselas, donde recogería a un grupo de judíos. Este viaje duró ocho horas. Las
dificultades a lo largo del camino fueron innumerables: las señales de las vías
lo obligaban a parar y los raíles lo desviaban hacia la vía equivocada. Hacia
la medianoche estaba prevista la llegada del tren.
§.
Dos desapariciones en pocas horas
Mientras,
los diplomáticos extranjeros proseguían las negociaciones con el inflexible
Jungclaus en Bruselas. Éste pareció ceder cuando un médico alemán le aseguró
que la Resistencia belga amenazaba con atacar a los soldados alemanes en sus
mismos trenes si no accedía a liberar a los prisioneros. Jungclaus decidió
finalmente no liberarlos, pero no los llevaría a Alemania, sino que los
entregaría a las autoridades belgas. En los ferrocarriles nadie, ni siquiera el
ingeniero Verheggen, estaba al tanto de la nueva orden de Jungclaus y todos
seguían intentando retrasar la marcha del tren.
Verheggen
sabía que en Malinas la torre de agua había sido destruida, y por ello, aunque
no le hacía falta, pidió agua con la intención de llevar el convoy hasta la
ciudad vecina de Muizen. Allí se detuvieron durante la noche, pero los
empleados de la estación olvidaron informar a Bruselas de que el tren se
encontraba allí en lugar de Malinas. A las doce de la noche en Bruselas,
Jungclaus cedió y envió un telegrama a Malinas ordenando el regreso del tren.
Pero el tren ya no estaba allí. Para las autoridades y los negociadores de
Bruselas, el convoy de prisioneros se había convertido en el Tren Fantasma.
El 3
de septiembre, tras varias horas de retraso, los oficiales de las SS de Muizen
recibieron el telegrama de Jugnclaus. Con los ingleses moviéndose rápidamente
en la frontera con Francia, y avanzando 120 kilómetros en once horas, la
administración nazi de Bruselas estaba contra las cuerdas. Jungclaus, gran
experto en las tácticas de represión policial, pero menos en las militares, fue
nombrado jefe militar de la región belga, pero no fue capaz de reagrupar a sus
hombres para repeler el ataque británico.
A su
vez, en la ciudad de Muizen, el ingeniero Louis Verheggen ponía en marcha el
tren rumbo a Bruselas en menos de treinta y cinco minutos. Sospechaba que la
orden de regresar era una trampa y, cuando se estaban acercando a la Gare du
Midi, tomó otro camino por sorpresa, y dejó el convoy en una cercana terminal
de carga llamada Petite-Île.
Los
nazis no parecían darse cuenta o, al menos, no les importaban demasiado las
idas y venidas del tren. La capital del país era un auténtico caos y los
ingleses estaban muy cerca de la ciudad. Se oían cañonazos y disparos, y los
alemanes corrían por todas partes. Excepto, precisamente, en la estación de
Petite-Île, un enclave aislado del resto de la ciudad. De nuevo se repitió la
historia: era la segunda vez en pocas horas que el tren de los prisioneros de
Saint-Gilles se perdía.
§.
La liberación y huida
Hasta
las once de la mañana, los miembros de la Cruz Roja no encontraron el Tren
Fantasma. Según recuerda Elizabeth Regout, «nos dijeron que habían negociado
nuestra liberación, pero que los alemanes aún merodeaban por la zona y cabía la
posibilidad de que nos disparasen si salíamos de allí». Dos horas más tarde, se
abrían las puertas de los vagones. Sin embargo la liberación de prisioneros no
se completó del todo: nadie abrió el vagón donde estaban encerrados los pilotos
aliados, posiblemente olvidados por su captores nazis que ya habían huido de la
estación.
Pasaron
otras seis horas más y llegó la noche del 3 de septiembre. Los pilotos
consiguieron abrir la puerta del vagón. Ajenos a la huida de los guardianes
nazis, comenzaron a escapar sigilosamente de uno en uno, por temor a que los
soldados alemanes los descubrieran. Stuart Leslie y Alfred Sanders recuerdan
que tenían tal miedo que estaban convencidos de que los alemanes les estaban
disparando por la espalda mientras huían.
Sanders
logró escapar atravesando los suburbios industriales de la ciudad hasta el
canal central de Bruselas, donde se reunió con John Bradley y Royce
MacGillvary. En cuanto vieron una barcaza atracada en el canal, se acercaron a
ella y, movidos por la discreción y la diferencia de idiomas, entablaron un
diálogo algo absurdo con su tripulación. El saludo del capitán holandés fue
«Reina Guillermina». La Reina Guillermina de Holanda, acompañada por su
gobierno, había abandonado su país cuando fue invadido por los alemanes.
Instalada en Londres, mantuvo en el exilio la legitimidad del Estado holandés.
Para los antinazis holandeses era todo un símbolo, justo al revés que el rey
Leopoldo III de Bélgica, que había permanecido en el trono durante la ocupación
y contemporizado con los nazis. Entonces, Alfred Sanders contestó
inmediatamente «Presidente Roosevelt», y el capitán de la barcaza respondió «mi
camarada», abrió la ventana para verlos y les preguntó en holandés qué querían.
John Bradley le dijo en inglés «aviador americano». El capitán entendió y, tras
esta breve conversación de identificación, los dejó entrar y pasar la noche
allí.
Esa
noche, mientras huían, los primeros hombres de la infantería motorizada
británica habían entrado en Bruselas. A la mañana siguiente, cuando los tres
pilotos aliados despertaron en la barcaza holandesa, la liberación de la ciudad
era un hecho. Las calles estaban llenas de gente que avanzaba y corría hacia el
centro, cada vez más concurrido. En la intersección entre dos grandes avenidas,
vieron por fin al ejército aliado en Bruselas.
Entretanto,
Jungclaus había logrado salir de Bélgica y regresar a Alemania, donde fue
degradado por sus superiores como castigo por haber perdido Bélgica. Enviado a
Yugoslavia, acabó sus días en el transcurso de una escaramuza con la
Resistencia, en 1945.
Hoy
en día, el teniente John Bradley está convencido de que la liberación del Tren
Fantasma fue todo un símbolo para la población belga, más allá de la
solidaridad con los prisioneros. A pesar de los años transcurridos desde
entonces, los amigos y camaradas que han sobrevivido estas décadas siguen
reuniéndose en la basílica nacional de Koekelberg, en Bruselas, para recordar
lo que vivieron allá por 1944 y homenajear a los compañeros de la Línea Comet
que ya no están entre ellos. El mismo Tren Fantasma ha sufrido también el
inevitable paso del tiempo. De él sólo se conservan dos vagones de madera que
descansan en un almacén de la compañía nacional de ferrocarriles belga.
Capítulo
6
Misterios
religiosos
Contenido:
26.
Los manuscritos del Mar Muerto
27.
En busca del Arca de Noé
28.
La sábana santa
29.
La búsqueda de la lanza sagrada
30.
El Código Da Vinci a examen
26.
Los manuscritos del Mar Muerto
En
1947, en los altos acantilados desde los que se domina el mar Muerto, electrizó
al mundo el mayor descubrimiento de manuscritos de la historia. Seis décadas
después, estos manuscritos siguen conservando todo su misterio. Fueron escritos
en hebreo, arameo y griego, y algunos recogían claramente los libros del
Antiguo Testamento. Sin embargo, los eruditos continúan debatiendo sobre
quiénes fueron sus autores. Algunos hablan de la rica historia de una comunidad
religiosa de hace más de dos mil años, los esenios, cuyas ideas parecen
precursoras del cristianismo. Por la época en la que se escribieron —alrededor
de la del nacimiento del cristianismo—, los investigadores esperaban que
pudieran aportar pruebas del Jesús histórico. Pero la búsqueda de ese vínculo
está siendo bastante complicada para los expertos. Actualmente, nuevos ojos
están mirando los antiguos pergaminos e, impulsados por seductoras pistas,
están dando forma a nuevas interpretaciones de los textos. Gracias al empleo de
nuevas tecnologías y de herramientas ideadas para los forenses modernos, los
investigadores siguen pistas hacia nuevas cuevas en las que puede haber más
textos. Utilizan el ordenador y rayos infrarrojos para descubrir palabras que
antes eran invisibles. Estos textos que, a diferencia del Nuevo Testamento,
nunca habían sido corregidos ni tocados, ¿podrían arrojar una nueva y
significativa luz o revelar algún secreto de la cristiandad o quizá hasta sobre
el propio Jesús? ¿Podrían contener algo comprometedor, algo que cuestionase, y
hasta refutase, las tradiciones establecidas?
A
395 metros bajo el nivel del mar, las orillas del mar Muerto son el lugar de
más baja altitud y más árido de la Tierra. En once cuevas, todas dentro de una
distancia de 3 kilómetros, en los espectaculares acantilados que se alzan
alrededor, fue donde se encontraron los manuscritos del mar Muerto. Estos
pergaminos revolucionaron al mundo arqueológico y les ha dado a historiadores y
traductores una labor gigantesca, que aún hoy en día no se ha terminado. Es
más: los expertos todavía esperan encontrar nuevos documentos y, regularmente,
hay algunas expediciones que trabajan en la zona con modernos radares de
penetración para buscar cuevas que se pudieron haber pasado por alto. El
potencial cultural e histórico del lugar es enorme según todos los expertos. La
simple idea de descubrir nuevos documentos que puedan proporcionar nuevas
pistas animan a seguir las investigaciones en este desierto; el desierto de
Judea mencionado en los evangelios por el que Jesús caminó y donde Juan el
Bautista habló de una voz.
§.
El descubrimiento
En
1947, un pastor beduino que buscaba una cabra perdida, llamado Mohamed ed-Dhib
(el Lobo), arrojó una piedra en la ahora llamada cueva número 1. Sonó como si
la piedra hubiese golpeado con cerámica, con algo artificial.
En
su interior, encontró diez vasijas; en una de ellas había varios fardos
cuidadosamente envueltos en lino. Al regresar al campamento, donde lo esperaban
sus primos mayores, Jumaa Mohamed y Jalil Musa, todos ellos pastores de la
tribu Taamireh, dedicados al contrabando entre Transjordania y Palestina,
desplegó una larga tira de piel en la que había unos extraños escritos. Los
beduinos sabían que su hallazgo era antiguo, pero desconocían cuál era su
verdadera antigüedad. Intentaron vender los pergaminos en Belén, donde se los
quedó un zapatero apodado Kando. Kando no podía apreciar su valor, pero era un
árabe cristiano del rito ortodoxo sirio, y le pareció que los manuscritos
estaban escritos en siríaco antiguo, por lo que decidió ofrecérselos al
metropolitano —titulo equivalente a arzobispo— Mar Athanasius Yeshue Samuel,
cabeza de la Iglesia Siria en Jerusalén. Las idas y venidas entre Belén y
Jerusalén duraron tres meses, y al final Mar Samuel pagó a Kando 24 libras
palestinas (97 dólares), de las que 16 fueron para los descubridores beduinos.
¿Quién
iba a imaginarse que esos sucios bultos hechos jirones representaban el mayor
hallazgo de manuscritos de la historia y permitían atisbar la mente de los
judíos que hace dos mil años luchaban por sus ideas religiosas en las calles de
Jerusalén? Fueron necesarios más de cincuenta años de investigaciones para
descifrarlos y todavía hoy los expertos tienen diferentes teorías a la hora de
dar una interpretación histórica de estos documentos ocultos.
Se
sabe que las cuevas donde se encontraron los textos fueron vaciadas
artificialmente con el propósito de almacenar manuscritos en ella. Están
repletas de orificios donde probablemente había estantes, igual que en una
biblioteca moderna. «En la cueva número 4 se encontró el mayor filón de
manuscritos del mar Muerto. Es posible que en sus orígenes hubiera en torno a
trescientos setenta y cinco mil fragmentos de textos amontonados casi hasta el
techo, mezclados con lodo, rocas, heces… todo lo que se fue acumulando con el
paso de los años», explica Robert Eisenman, profesor de la Universidad Estatal
de Long Beach (Estados Unidos) y autor de Santiago, el hermano de Jesús. En la
cueva se podía leer y, además, era «un buen lugar para cuando los atacaban
depositar aquí los manuscritos, o arrojarlos apresuradamente para protegerlos»,
señala el profesor James Vanderkam, de la Universidad de Notre Dame, miembro
del equipo internacional encargado de la edición y traducción de los
manuscritos y experto en escritos sagrados judíos.
La
mayoría de los manuscritos datan aproximadamente de entre los años 200 a. C. y
66 d. C., y entre ellos se encuentran los textos más antiguos de que se dispone
en lengua hebrea del Antiguo Testamento bíblico. Así, 24 manuscritos bíblicos
encontrados en la cueva número 4 —correspondientes a los libros de
Deuteronomio, Josué, Jueces y Reyes— son aproximadamente mil años más antiguos
que los textos hebreos conocidos hasta entonces. Además, entre los documentos
más antiguos e interesantes están los llamados textos sectarios o textos no
bíblicos, de los que se han descubierto más de seiscientos. Y ahí es donde
comienza el emocionante trabajo de interpretar lo que significan los
manuscritos. Se sabía lo que decían los textos bíblicos porque eran copias de
libros del Antiguo Testamento, pero los textos sectarios son totalmente nuevos
y proporcionan información sobre las condiciones existentes en Judea que dieron
origen al cristianismo. Las primeras lecturas de los expertos apuntaban a
grandes revelaciones. Estudiosos de la Escuela Americana de Investigación
Oriental, que examinaron los manuscritos, fueron los primeros en darse cuenta
de su antigüedad. Sin embargo, en la década de 1940, la confusa situación
política de la zona significó grandes dificultades para las investigaciones.
Las cuevas estaban en la zona del mandato británico de Palestina antes de la
creación del actual Israel. Cuando fueron descubiertos los manuscritos estalló
la guerra, que dividió el territorio del mandato entre Jordania, Egipto y el nuevo
Estado judío, quedando esa zona del mar Muerto bajo soberanía jordana. Casi
perdido entre las noticias sobre la contienda, el 12 de abril de 1948, un
comunicado hecho en Baltimore (Estados Unidos) por el cronista W. F. Albright
sacó los pergaminos a plena luz. Informó que eran de la época de los Macabeos,
de Herodes, y por lo tanto, de Jesús.
Durante
años hubo un parón en las investigaciones. La guerra en la zona no facilitó el
estudio de los manuscritos, aunque al saberse su valor se buscaron más en los
acantilados cercanos a donde se descubrieron y comenzó un mercadeo de
documentos de origen algo dudoso. Aunque la cueva número 4 fue la más
importante de todas, el padre De Vaux, de la Escuela Bíblica y Arqueológica
Francesa de Jerusalén, y G. Lankester Harding, del Departamento de Antigüedades
de Jordania, que en febrero de 1949 realizaron la primera expedición
científica, exploraron un total de 277 cuevas, en 37 de las cuales encontraron
restos de presencia humana; en muchas de ellas había manuscritos, lo que
significó que muchos fragmentos circulaban por el mercado negro de
antigüedades. Además, el equipo que descubrió la cueva número 4 se ofreció a
pagar a los beduinos 30 piastras por cada centímetro cuadrado de manuscrito que
encontraran. Fue un incentivo inadecuado porque rasgaron los pergaminos grandes
en pequeños trozos para que les pagaran más, destrozando los textos, lo cual ha
dificultado la labor de conservación y posterior interpretación. Los
historiadores, antes de poder completar el rompecabezas, tenían que conseguir
todos los trozos que fuera posible. A comienzos de 1949, en un paréntesis de la
guerra entre árabes y judíos al proclamarse el Estado de Israel, el Servicio
Arqueológico Jordano, con la colaboración del Museo Arqueológico de Palestina,
inició la exploración sistemática de las grutas y las excavaciones en el área
circundante a las cuevas de Qumrán, que se prolongó durante casi una década.
En
1954, el metropolitano Samuel publicó un anuncio en el Wall Street Journal
poniendo en venta cuatro manuscritos del mar Muerto. En febrero de 1955, el
Estado de Israel los compró anónimamente por 250.000 dólares y comenzó
inmediatamente un plan para la construcción del Santuario del Libro, un
pabellón del Museo de Israel diseñado especialmente para exhibir los
manuscritos del mar Muerto, con una construcción inspirada en las vasijas en
las que se encontraron. Los manuscritos se convirtieron en una seña de
identidad del nuevo Israel, que no ahorró medios para obtener la mayor parte
posible de ellos. En el Santuario del Libro se pueden contemplar algunos de los
más espectaculares, como el gran Rollo de Isaías desplegado en toda su
longitud, aunque también hay en exhibición copias y otros documentos judíos de
la época de la Segunda Rebelión (132-135 de nuestra era).
Los
manuscritos contenían todos los libros del Antiguo Testamento con la excepción
del de Esther, un magnífico tesoro para el judaísmo, más antiguos incluso que
la Biblia como la conocemos actualmente. Si ésta fue la simiente del judaísmo,
algunos investigadores pensaron que también podría ser la del cristianismo.
Así, desde el primer descubrimiento, se sabía que un tesoro casi tan importante
como los propios manuscritos sería encontrar en ellos una palabra: Jesús, como
conexión con el cristianismo. En la actualidad, todavía no finalizada la labor
de interpretación de los miles de fragmentos hallados, aún no se ha hallado ese
vínculo.
Pero
no todos los documentos que se encontraron son bíblicos. Uno de los hallazgos
más fascinantes fue el llamado Rollo de Cobre (actualmente en el Museo de
Amman), que tuvo que ser cortado en tiras para poder ser abierto; contenía una
lista de tesoros y sesenta localizaciones en diversos puntos de Palestina. Otro
manuscrito, llamado el Rollo del Templo, contenía una serie de normas de vida
de la secta esenia, dadas directamente por Dios, y detalladas instrucciones
para construir un Templo de Jerusalén que no tenía nada que ver con el
existente en la época, el de Herodes. Este rollo fue incautado por los
israelíes tras su victoria en la guerra de los Seis Días (1967) en Belén, donde
lo conservaba desde hacía muchos años el famoso zapatero Kando, que pretendía
1.300.000 de dólares por él.
§.
El judaísmo como base del cristianismo
Las
cuevas estaban cerca de una antigua comunidad llamada Qumrán, a orillas del mar
Muerto, en especial la cueva número 4. Hoy en día, las ruinas de Qumrán se
cuecen en silencio bajo el sol, pero para los arqueólogos, estas piedras hablan
como un libro abierto. El asentamiento terminó de forma violenta, evidentemente
destruido por un ataque militar, romano con toda probabilidad. Se cree que aquí
vivía un grupo judío heterodoxo, los esenios, aunque algunos expertos piensan
que también podían ser saduceos. Según el historiador Flavio Josefo, los
esenios eran uno de los tres grupos judíos principales de la época, junto con
los fariseos y los saduceos. Esta secta judía fue descrita en la época de Jesús
por el historiador romano Plinio y por los judíos Josefo y Filón. «Creo que se
los puede llamar radicales. Se consideraban a sí mismos conservadores del
estilo correcto de vida. Creían que eran ellos quienes interpretaban
correctamente la Ley de Moisés. Y además trataban de vivir de acuerdo con sus
interpretaciones de dicha ley», observa el profesor James Vanderkam.
En
obediencia a la Ley de Moisés, llevaban una vida estricta y creían en los baños
rituales de inmersión total en agua de tres a siete veces al día para
purificarse, algo que no resultaba fácil en el desierto. Por ello construyeron
un elaborado sistema que canalizaba el agua de lluvia desde Jerusalén, a unos
treinta kilómetros de allí, y la vertían desde los acantilados en unos pequeños
acueductos que llegaban hasta las cisternas donde la guardaban para su uso
personal y para los baños rituales. Entre el numeroso material arqueológico, en
las cuevas se descubrieron aljibes de inmersión, una especie de cisternas con
escalones para que la gente bajase por ellos y se sumergiera a modo de ritual
de purificación. «Si se examinan los documentos, sobre todo los de normas
comunitarias, se ve que era algo que se exigía diariamente a los miembros de la
comunidad», indica Robert Eisenman.
Los
esenios eran vegetarianos, no admitían mujeres y cedían todas sus posesiones a
la comunidad. Entre las ruinas, los arqueólogos han encontrado restos de lo que
algunos investigadores consideran un scriptorium en el que los escribas
pudieron haber copiado las sagradas escrituras del Antiguo Testamento. «Muchos
son textos poéticos como los salmos, pero expresan las ideas de este grupo.
Varios de ellos tratan sobre el futuro, hablan del mesías, del final de la
guerra…», indica James Vanderkam.
El
profesor de historia judía de la Universidad de Chicago Norman Golb cree que la
variedad de escritos contenidos en los manuscritos podría significar que no
fueran originarios de Qumrán, sino que pudieron ser llevados allí durante un
ataque de los romanos. «Los lugares en los que fueron encontrados —dice Golb—
están situados en el lecho del río Awatti o cerca de él, tras haber dejado
atrás Jerusalén. Siguiendo la historia de los judíos de Jerusalén en aquella
época, creo que se vieron obligados a sacar los manuscritos de la ciudad.
Siguieron los pasadizos secretos de los que Josefo habla en Las guerras judías,
y los escondieron en cuevas, cisternas y por todo el territorio próximo al mar
Muerto, con la esperanza de que aquel terror pasaría y podrían recuperarlos y
llevarlos de nuevo a Jerusalén». Pero, según este experto, posiblemente no
fueron los esenios quienes los transportaron ya que no tuvieron tanta
importancia en su época. «Josefo dijo que no había más de cuatro mil en toda
Palestina. Y eran una pequeña parte de una gran cantidad de habitantes judíos
de la ciudad».
Aunque
la opinión de Golb es respetada, la mayoría de los eruditos siguen
identificando a los conservadores de los escritos judíos del mar Muerto con el
grupo radical de los esenios que vivían en Qumrán.
Lo
cierto es que, tanto si proceden de Jerusalén como de los esenios de Qumrán,
son valiosos porque le dan un contexto histórico al siglo I de nuestra era.
«Nos muestra el pensamiento del pueblo judío en un momento crucial de su
historia», asegura Norman Golb. El período entre los dos primeros siglos antes
de nuestra era y el siglo I de nuestra era fue una época de monumentales
sucesos. Los romanos ocupaban Palestina y sobre el pueblo judío reinaba una
dinastía extranjera, sostenida por Roma. La Primera Rebelión judía del año 66
de nuestra era fue aplastada por Tito, que conquistó Jerusalén en el año 70 y
arrasó la ciudad y el Templo, que ya no era el de Salomón, sino el de Herodes,
pero que de todas formas era el símbolo de la nación judía. La última resistencia
hebrea se dio tres años después en Masada, y tuvo tintes apocalípticos. Masada
es un peñasco escarpado que alza sus 396 metros junto al mar Muerto, con las
faldas verticales y la cima plana, donde el rey Herodes había construido una
fortaleza inexpugnable para defenderse no de invasores, sino precisamente de su
pueblo, los judíos. Allí se refugiaron un millar de zelotes, como se llamaba a
los nacionalistas radicales. No había forma de atacar sus empinadas murallas,
pero los romanos, pacientemente, construyeron un inmenso terraplén, que todavía
hoy asombra a los visitantes, desde el llano hasta el amurallado borde de la
meseta, por donde pudieron subir sus máquinas de guerra para asaltar Masada.
Los zelotes no eran adversarios para los legionarios romanos y no intentaron
luchar por Masada; cuando comenzó el asalto la incendiaron y se suicidaron en
masa, sobreviviendo solamente dos mujeres y cinco niños que habían escapado del
suicidio ritual escondiéndose en los depósitos subterráneos de agua. Todavía hubo
una segunda rebelión entre los años 133 y 135, pero también fue aplastada con
contundencia por los romanos. En ambos casos, los supervivientes fueron
expulsados en masa de su tierra, dando lugar a la Diáspora judía.
Mientras
todo eso sucedía, los pensadores judíos intentaban reconciliar sus creencias y
la Ley de Moisés con los constantes desastres que sufrían. Gran parte de ello
está reflejada en los manuscritos sectarios del mar Muerto, donde se habla de
Apocalipsis, de una guerra final, del mesías que vendrá a ayudar… «Son ideas
singulares, preciosas, y se puede ver de dónde procede el cristianismo», afirma
Robert Eisenman.
§.
Similitudes entre los textos
Los
primeros eruditos en estudiar los manuscritos comprendieron que eran algo muy
valioso para el judaísmo, pero advirtieron que también afectaban al
cristianismo. Comenzaron a cotejar frases similares entre el Nuevo Testamento,
el añadido cristiano a la Biblia hebrea, y los manuscritos del mar Muerto.
Descubrieron que hay ideas en los pergaminos que tienen cierta relación con las
ideas de los primeros textos cristianos y que pertenecían claramente a los
antiguos judíos. Así, por ejemplo, en los Hechos de los Apóstoles (4, 32-37 y
5, 1-10), se describe cómo en la primitiva Iglesia, la llamada Iglesia de
Jerusalén, los seguidores de Jesús entregaban sus propiedades a la comunidad
para resolver cualquier necesidad económica que la gente pudiera tener. Para muchos
investigadores, ésta es una conexión con el grupo esenio asociado a los
manuscritos. Según los textos encontrados, este grupo debía entregar las
propiedades privadas para que no hubiera distinciones debidas a la riqueza.
Otras
similitudes existen, en opinión Robert Eisenman, entre el Documento de Damasco
y el Nuevo Testamento cristiano. El llamado Documento de Damasco es en realidad
un antecedente de los manuscritos del mar Muerto. Fue encontrado en 1897 en
lagenizah (depósito de textos inservibles) de una vieja sinagoga de El Cairo
por el erudito Solomon Schester. Databa de la Edad Media y encerraba una
información preciosa sobre la secta de los esenios, que en un momento dado
había salido huyendo de sus enemigos en Jerusalén hacia Damasco, de donde viene
su nombre. Sorprendentemente, en las cuevas del mar Muerto aparecieron nueve
copias fragmentarias del Documento de Damasco, mil años más antiguas que el
manuscrito de El Cairo.
Hay
varios textos del Nuevo Testamento que recuerdan pasajes del Documento de
Damasco: el que habla de arrojar redes, como simbolismo de los primeros
cristianos como pescadores (Mateo, 13, 47); las referencias al cáliz que «es la
nueva alianza en mi sangre» (Lucas 22, 20), según el relato de la Última Cena
que hacen los tres evangelios sinópticos y el texto del camino en el desierto.
Según James Vanderkam, ambos grupos adoptaron la profecía de Isaías 40, 3:
«Preparad en el desierto un camino para Yahvé».
«En
los manuscritos —explica Eisenman— están en el desierto de Judea dándonos a
entender que han ido allí a esperar la llegada de Dios. En el Nuevo Testamento,
en los cuatro evangelios, se habla de Juan Bautista y la voz que clamaba en el
desierto, preparando el camino del Señor». La posibilidad de que Juan el
Bautista hubiera pasado algún tiempo con la comunidad de Qumrán es verosímil
para algunos eruditos, ya que en los evangelios (Mateo 3, 1-3, Marcos 1, 4,
Lucas 1, 80 y 3, 2-4) se indica que estuvo un tiempo en el desierto cerca de
esta área.
«No
sabemos —añade— si algunos de los seguidores de Jesús leyeron los manuscritos,
pero lo que sí podemos decir es que en los textos encontramos algunas de las
ideas que aparecen en el Nuevo Testamento. Se repiten algunas de las frases.
Como que el grupo de los manuscritos se refiere a sí mismo como “los hijos de
la luz” y hablan de sus rivales como “los hijos de las tinieblas”, y esas
mismas expresiones son utilizadas en el Nuevo Testamento». En los manuscritos,
los esenios escribieron que Dios había dividido a la humanidad en dos bandos.
Uno, del que formaban parte ellos, era el de los hijos de la luz. Los que se
encontraban fuera de su comunidad eran los hijos de las tinieblas, a los que se
debía evitar por impuros: eran los distintos enemigos de los esenios, tal vez
los sacerdotes del Templo de Jerusalén, los fariseos, los saduceos, san Pablo,
los romanos o cualquiera que no se guiara estrictamente por la Ley de Moisés.
Jesucristo se refiere a los «hijos de la luz» en Lucas 16, 1-9
contraponiéndolos a «los hijos del mundo», y, según la interpretación de
algunos expertos, estos versículos podrían recoger su crítica a los esenios por
su forma de vida, por rechazar a los pecadores, frente a la idea del
cristianismo del amor universal.
En
esta línea, muchos investigadores afirman que los manuscritos son prueba de
algo que historiadores académicos contemplaban desde hace mucho: que el
nacimiento del cristianismo no supuso una innovación o una quiebra del sistema
judaico, sino que constituyó una continuación, aunque posteriormente
incorporase influencias cosmopolitas que lo diferenciaron del judaísmo. Para
Eisenman no hay ninguna duda: estos textos confirman que las raíces del
cristianismo son claramente judías. Según este experto, la versión del
cristianismo de Pablo de Tarso —un judío cosmopolita que vivía fuera del
estrecho ambiente de Palestina, entre gentiles, y era ciudadano romano— es una
modificación de las formas estrictamente judías, llevadas a Grecia y a Roma, y
convertidas en una religión universal que aceptaba a los gentiles. Pero los
primeros cristianos eran judíos y estaban imbuidos de la cultura, incluida la
cultura literaria y los pensamientos, de las personas entre las que vivían y
con las que se relacionaban. «Eso es lo que los manuscritos han revelado
—indica— que como mínimo el cristianismo tomó prestados conceptos, ideas y
textos de los manuscritos, pero que luego evolucionó y se convirtió en algo muy
distinto del judaísmo». El lenguaje era similar pero el contexto cambió según
fue evolucionando el cristianismo. «Creo que cualquiera que lea este documento
verá que las características del cristianismo están aquí una tras otra:
bautismo, inmersión en ríos, purificación del cuerpo, Espíritu Santo, bautismo
del alma, limpieza del alma, hacer un camino en el desierto… Pero el camino
está relacionado con las leyes impuestas por Moisés», indica Robert Eisenman.
Para
la mayoría de los eruditos, las referencias al Apocalipsis y el mesías son una
interpretación de los momentos que se vivían entonces de lucha contra un
ejército de ocupación, los romanos, y de cómo podían enfrentarse a las
turbulencias políticas con la ayuda de Dios.
Los
movimientos mesiánicos de los manuscritos no mencionan a Jesús, pero existen
pruebas de que «esperaban la llegada de dos mesías: uno que sería descendiente
de David, y el otro sería un sacerdote. En el Nuevo Testamento, Jesús es el
mesías descendiente de David según nos lo indican las genealogías de los
evangelios. Pero también tiene aspectos sacerdotales, sobre todo en la Epístola
a los Hebreos», dice James Vanderkam. Efectivamente, en esta carta de san
Pablo, dirigida probablemente a la comunidad cristiana de Jerusalén, se compara
a Cristo con el rey-sacerdote Melquisedec (Hebreos 7, 17).
§.
Un tesoro sin descubrir
Los
escribas del mar Muerto escribieron en pergaminos de piel de cabra y en papel
hecho de fibras de papiro. Aunque algunos de los manuscritos de dos mil años de
antigüedad se encuentran en un extraordinario buen estado, hay miles de otros
fragmentos que están muy deteriorados. En diversas instituciones arqueológicas,
desde hace años, los científicos trabajan como neurocirujanos para salvar
dichos fragmentos y utilizan las más modernas herramientas para desvelar los
secretos que encierran los manuscritos. La restauración ha sido continua desde
que se descubrieron. Su primera tarea consistió en corregir los errores de
conservadores anteriores, como unir los fragmentos con cinta adhesiva
corriente. Tras retirar la cola de los delicados fragmentos para poder conservarlos,
se están restaurando los soportes de cuero de los manuscritos debido a que la
enorme salinidad ambiental de la zona los ha deteriorado. Otros equipos
investigadores internacionales llevan años intentando resolver el mayor
rompecabezas del mundo. Y es que la labor de traducir estos antiguos
manuscritos está siendo muy complicada, no sólo debido a la enorme cantidad
encontrada y a que más de trescientos documentos están deteriorados y
fraccionados, sino además porque están escritos en una complicada caligrafía,
la cual carece de vocales, y donde las palabras suelen estar todas juntas, de
modo que según cómo se separen se les puede dar un sentido u otro.
Bruce
Zuckerman, profesor de la Universidad de Southern California, y su equipo han
creado un software para limpiar los textos difíciles de leer. «Muchas veces, en
los manuscritos del mar Muerto, igual que en otras inscripciones antiguas,
pueden variar temas enteros de historia y de religión según la lectura de una
sola letra. Leer bien esa letra, puede cambiar la historia», cuenta Zuckerman.
«A veces, mis colegas y yo estamos alrededor de una gran mesa trabajando con
setecientos rompecabezas, cada uno de los cuales tiene diez mil piezas, que
están todas revueltas». Esto da idea de la dificultad que los investigadores
están teniendo para interpretar los textos de los manuscritos. Por medio de su
trabajo con el ordenador, el profesor Zuckerman está iluminando zonas oscuras
de los mismos, abriendo nuevas palabras y un nuevo entendimiento, tras reparar
letras e incluso rellenar espacios en blanco. En su labor utilizan rayos de luz
infrarroja, como si fueran rayos X, para detectar y ver a través de la suciedad
que se ha ido acumulando con el paso del tiempo.
Uno
de los manuscritos estaba hecho sobre una delgada y larga lámina de cobre, algo
muy inusual. Mientras que el 25 por ciento de los otros documentos eran copias
de libros sagrados, el Rollo de Cobre era aparentemente el mapa de un tesoro,
con un inventario de riquezas e indicaciones sobre dónde estaban enterrados el
oro y la plata. El texto señala sesenta lugares distintos en los que se
encontrará otra copia de este documento con su interpretación. «Mi teoría
consiste en que hay dos documentos que son como una cerradura y una llave, y
ambos son necesarios para averiguar dónde está el tesoro», cuenta Bruce
Zuckerman. Es posible que el tesoro ni siquiera exista. Muchos han seguido las
indicaciones y todavía no se ha encontrado ninguno. Por eso sigue fascinando.
Ése
no es el único misterio de los manuscritos. Muchas de las referencias a lugares
y personas están escritas en una clave que los eruditos han tenido que
descifrar: un obstáculo más para llegar a su verdadero significado. Hay muy
pocos nombres escritos en ellos, lo que significa que no hay mención alguna de
Jesús, sino que los escribas emplearon palabras cifradas. Casi siempre se
refieren a pueblos e individuos por medio de claves o epítetos, incluyendo a
veces juegos de palabras para referirse a ellos y no siempre es evidente a
quién se refieren. Según muchos investigadores, el empleo de estas palabras
cifradas podría ser un método para protegerse y no ser perseguidos.
En
todos los manuscritos aparecen frases como Maestro de Justicia, sacerdote
malvado, Kittim (los asirios)… Aunque hay quien piensa que se refieren a Jesús
o a Juan Bautista en estas citas, los historiadores creen que no se pueden
aplicar a ellos, sino que lo más probable es que los escribas estuvieran
describiendo a sus propios enemigos o sus problemas. Como ejemplo, se cree que
el Maestro de Justicia es el fundador de los esenios; que el sacerdote malvado
podría ser alguien con quien no estaban de acuerdo o que estaba enseñando un
mensaje diferente. Lo que está claro es que no hay ningún manuscrito que
permita asegurar que existió una influencia fundamental sobre Jesús, Pedro o
sobre los primeros cristianos. Ése es el consenso de los investigadores, pero
en ese consenso también se admite que el verdadero valor de los manuscritos es
que constituyen una fuente histórica única sobre el pueblo judío en una época
muy problemática y determinante, en la que se produjeron las infructuosas
revueltas contra la ocupación romana señaladas anteriormente, cuyo resultado
final fue la disolución del reino judío, la destrucción de su principal seña de
identidad, el Templo de Jerusalén, y la deportación del pueblo hebreo, que
empezó así una diáspora de dos mil años. Paralelamente, uno de los muchos
grupos heterodoxos del judaísmo, los cristianos, se desgajó del tronco común y
comenzó una historia que lo llevaría a convertirse en la cultura dominante del
mundo.
«Los
únicos grupos que sobrevivieron fueron los cristianos que seguían las
enseñanzas de san Pablo, esto es, la Iglesia cristiana de san Pablo, que se
convirtió poco después de que Jesús fue crucificado». Eisenman cree que ése es
el cristianismo que hoy conocemos y que evolucionó a partir de los grupos
judíos que escribieron los manuscritos del mar Muerto. «Pablo fue preparado por
esa comunidad. Todo su vocabulario refleja su preparación en ese grupo. Es
evidente que tuvo desavenencias y lo abandonó. Cuando Pablo y otros como él
llevaron este material al extranjero, a un mundo grecorromano, dio un giro de
180 grados, absorbiendo los elementos de las religiones mistéricas, como el
culto a Osiris», pretende Eisenman. Y fue entonces cuando el cristianismo cambió,
cuando dejó de estar compuesto principalmente por miembros judíos, y las
tradiciones judías perdieron importancia. «Hubo cambios en las distintas formas
de pensar, pero creció a partir de una base judía», afirma James Vanderkam.
«Ninguno —de la comunidad de Qumrán— pudo volver porque todos fueron
exterminados, pero dejaron sus documentos, y nosotros hemos tenido la suerte de
haberlos descubierto en los siglos XX y XXI», añade Robert Eisenman. Para
muchos eruditos no hay duda: cristianos y judíos comparten un mismo pasado,
aunque a algunos no les guste especialmente la idea. La originalidad del
cristianismo y su ruptura con la tradición judaica no son tan grandes, como han
contribuido a demostrar los manuscritos del mar Muerto.
27.
En busca del arca de Noé
El
monte Ararat, a 5200 metros sobre el nivel del mar, es la cumbre más alta de
Turquía y la más grande del mundo por su volumen. Su nombre en armenio
significa «la madre del mundo»; los turcos lo llaman Agri Dagi, «el monte
áspero», mientras que los persas significativamente dicen Kuhi Nuh, «la montaña
de Noé».
La
cima está siempre cubierta por una capa de hielo de 40 000 metros cuadrados y
91 metros de alto. Si a esto se le suman temperaturas de hasta cuarenta grados
bajo cero y vientos de 160 kilómetros por hora, se crea un entorno complicado y
peligroso para la escalada. Está localizado en el este de Turquía, cerca de las
fronteras de Armenia e Irán y a sólo 240 kilómetros de Irak. La mayor parte de
la zona está militarizada y conseguir permiso para explorarla es muy difícil. A
pesar de todas estas dificultades, el Ararat ha sido la meca de los buscadores
del Arca de Noé durante todo el siglo XX, sin contar los múltiples testimonios,
que durante dos mil años, han asegurado haber encontrado pruebas que certifican
que el Arca encalló allí, tal y como indica el Antiguo Testamento. Más
recientemente, Rex Geissler, coeditor de Los exploradores del Ararat, afirma
haber reunido el testimonio de cerca de setenta personas que aseguran haber
visto con sus propios ojos un objeto con forma de barco debajo del hielo del monte
Ararat.
La
historia del Arca de Noé, según los capítulos sexto al noveno del libro del
Génesis, habla de una enorme embarcación construida por orden de Dios para
salvar del diluvio a Noé, su familia y «de los animales puros, y de los
animales que no son puros… sendas parejas de cada especie» (Génesis, 6, 19).
Cuando remitió el diluvio «el día diecisiete del séptimo mes quedó anclada el
Arca sobre los montes de Ararat». (8, 4).
El
sentimiento religioso de unos y el espíritu aventurero de otros ha llevado a
multitud de personas a realizar una ascensión llena de peligros al monte
Ararat, en busca de una reliquia cuya existencia está cuestionada por muchos
investigadores. Sin embargo, las religiones cristiana, judía y el islam creen
en Noé y su Arca.
Si
seguimos la narración de la Biblia, el versículo 15 del capítulo sexto del
Génesis dice que el Arca de Noé medía 300 codos de largo, lo que equivaldría a
entre 135 y 274 metros. En la exactitud de su tamaño hay bastantes
discrepancias entre los historiadores, ya que hay divergencias respecto a la
longitud exacta de esta unidad de medida. La mayoría de los estudiosos hebreos
cree que el codo medía aproximadamente 45 centímetros. Esto significa que el
Arca habría tenido 135 metros de largo, 22,5 metros de ancho y 13,5 metros de
altura; con un espacio de suelo disponible de más de 9000 metros cuadrados,
algo así como el tamaño de 20 canchas de baloncesto. La Biblia tampoco
especifica claramente dónde llega a parar el Arca. El Génesis dice que se
dirigió a las montañas de Ararat, pero no al monte. El problema de localización
surge al tener en cuenta que Ararat era también el nombre de un reino que, a
principios del segundo milenio antes de nuestra era, se extendía en un radio de
483 kilómetros alrededor del monte con el mismo nombre, entre los ríos Araxes y
Tigris. Es el Urartu de los documentos asirios, citado también en la Biblia
como el lugar adonde huyeron los hijos del rey Senaquerib tras asesinar a su
padre (II Libro de los Reyes 19, 37). De ahí la confusión de muchos de los
buscadores.
§.
Referencias históricas
Lo
cierto es que existen muchas historias parecidas sobre arcas flotantes en todas
partes del mundo. El Corán, siguiendo con bastante fidelidad al Génesis, hace
un relato pormenorizado del diluvio y de cómo Dios salva a Noé en la sura XI,
versículos 2751, y dice que «el Arca se posó sobre el monte Chudí» o Judi
(versículo 46), un macizo montañoso de casi cuatro mil metros de altitud
situado en la región de Mosul, en el Kurdistán iraquí.
El
Poema de Gilgamesh, encontrado en una tablilla cuneiforme en Nínive, la capital
asiria, y posiblemente la fuente que inspiró al relato bíblico, cuenta en
primera persona el desembarco de un arca en el monte Nisir, al nordeste de
Babilonia. El mito hindú del diluvio contenido en el Satapatha Brahmana se
refiere a una «montaña del Norte», donde Manu ata su barco a un árbol por
consejo de su amigo el pez gigante.
Los
griegos mencionan al monte Parnaso o las montañas de Tesalia, donde llegó la
nave de Decaulión y Pirra tras el diluvio de la mitología helénica. Leyendas
similares se narran desde Alaska hasta Perú. De hecho, básicamente todas las
civilizaciones antiguas tienen historias similares sobre la destrucción del
mundo a través de una gran inundación y sobre una nave salvadora, lo cual
induce a pensar que se trata de un mito fundacional para muchos pueblos
antiguos y que, posteriormente, fue adoptado por el cristianismo.
«Casi
todos los buscadores del Arca acuden a Ararat gracias a una mezcla entre su fe
y el reclamo sensacionalista del lugar», opina B. J. Corbin, investigador y
coeditor de Los exploradores del Ararat. Un reclamo que comenzó ya en el año
275 a. C., con uno de los relatos del diluvio mesopotámico escrito por Beroso,
un sacerdote caldeo del dios Bel, recogido por el erudito cristiano Eusebio de
Cesárea, «padre de la historia de la Iglesia». El historiador judío del siglo I
de nuestra era Flavio Josefo menciona las peregrinaciones a los restos del Arca
de Noé.
Entre
otros, habría intentado subir al monte Ararat para contemplar el Arca el
apóstol Santiago —patrón de Armenia, al igual que de España— por lo que se
levantó en su falda un monasterio armenio llamado de Santiago. El pequeño
monasterio estaba junto al pueblo de Arguri, que según las tradiciones armenias
se levantaba sobre el primer lugar donde se había instalado Noé tras el
Diluvio, en el que había construido un altar para ofrecer sacrificios a Dios.
De hecho, en lengua armenia, «él plantó la viña» se diría «argh urri», por lo
que el nombre de la población hacía referencia al famoso incidente de Noé con
el zumo de uva. Había un único árbol, el cual según los habitantes de Arguri
era un madero del Arca que, clavado en el suelo, había echado raíces. Árbol,
pueblo y monasterio fueron arrasados por una erupción volcánica en 1840 y no
queda rastro de ellos.
El
rey Haithon de Armenia escribió, en 1274, que en la cumbre del monte Ararat,
«el más alto que existe», se ve «un gran objeto negro» que es el Arca de Noé.
Marco Polo también describió en sus viajes haber encontrado testigos que
situaban el Arca en la cima del Ararat.
En
el año 1829 se volvieron a encontrar nuevos testimonios sobre el Arca. Tras su
expedición al monte Ararat, el explorador alemán Friedrich von Parrot —primer
occidental en llegar a la cima— contó en su libro Viaje a Ararat cómo en el
monasterio de Echmiazidin vio un fragmento del Arca. En 1876, cuarenta y siete
años después, el noble inglés James Bryce regresó de Ararat con —asegura él—
una prueba de la existencia de la embarcación bíblica. Se trataba de una pieza
de madera de algo más de un metro y con signos de haber sido trabajada por la
mano del hombre que encontró a 4000 metros de altitud. No obstante, al no poder
determinarse la antigüedad de su hallazgo, simplemente se desdeñó.
Después
de este episodio, la búsqueda del Arca cayó en desgracia. Las teorías de la
evolución de Darwin cuestionaban severamente las teorías bíblicas, y se optó
por otras expediciones arqueológicas más tangibles para atraer a la opinión
general, como las excavaciones de ciudades homéricas en el último tercio del
XIXo el descubrimiento de la tumba de Tutankhamón en 1920. En 1936, el joven
arqueólogo neozelandés Hardwicke Knight reactivó el interés por el Arca al
descubrir unos enormes maderos bajo el hielo en la cara norte del monte Ararat,
lo que dio pie a medio siglo de incesantes investigaciones, búsqueda de pruebas
y rumores sobre la existencia y localización del Arca de Noé, que duran hasta
nuestros días.
Tres
años después del descubrimiento de Hardwicke Knight, la revista cristiana The
New Eden publicó una historia singular según la cual en 1917 el piloto ruso
Vladimir Roskovitski pudo ver un barco del tamaño de un bloque de casas
mientras sobrevolaba el monte Ararat. Tras oír su testimonio, el zar Nicolás II
envió hasta allí una expedición militar que tomó fotografías e incluso se habla
de que llegó a rodar algunas tomas en película cinematográfica. Pero estos
documentos fueron enviados al zar unos días antes de la Revolución rusa y,
presuntamente, los bolcheviques se hicieron con todo el equipo de escalada y
las fotos durante las revueltas siguientes. Sin embargo, cuarenta y siete años
más tarde el editor deThe New Eden, Floyd Gurley, afirmó que él mismo inventó
la historia del piloto ruso, una farsa en la que muchos aun dicen haber
participado.
En
la década de los cuarenta continuó la aparición de restos del Arca de Noé en el
monte Ararat, hasta que en 1955, y por primera vez en la historia, se grabaron
imágenes del lugar. Estas imágenes forman parte de un documental realizado por
el ingeniero francés Fernand Navarra durante su visita a Ararat, acompañado de
su hijo de 13 años, Raphaël. Navarra narró su experiencia en el libro Yo
descubrí el Arca de Noé, donde, al igual que en el documental, cuenta cómo tras
cuatro días de escalada divisó lo que parecía ser madera en el fondo de una
grieta de 12 metros de profundidad. Navarra, convencido de que se trataba del
Arca, intentó llegar hasta allí, pero se dio cuenta de que, aunque la madera
era perfectamente visible, se encontraba dentro de una gruesa capa de hielo.
Aun así consiguió seccionar un pedazo de madera de 1,5 metros de longitud. En
los años cincuenta todavía no se había inventado la datación por carbono 14; no
obstante, las pruebas disponibles en la época arrojaron un resultado de
aproximadamente cinco mil años de antigüedad, lo suficiente para encajar en la
mayoría de las fechas propuestas por los historiadores bíblicos para el Diluvio
universal. Este descubrimiento, que no cuenta con el apoyo de ninguna autoridad
académica, motivó aún más a los buscadores del Arca.
§.
Nuevas pistas
La
búsqueda del Arca tomó un nuevo rumbo cuando en 1960 la revista Life publicó
unas imágenes facilitadas por un experto de la aviación turca, el capitán Ilhan
Durupinar. Se trataba de una depresión o huella —llamada desde entonces
Durupinar en honor a su descubridor— en forma de barca, excavada en la roca a
24 kilómetros al sur de Ararat, similar en formas y dimensiones a la que,
hipotéticamente, podría haber sido el verdadero Arca de Noé. Ese mismo año, la
Fundación de Investigaciones Arqueológicas se desplazó a Turquía para estudiar
esta estructura, dictaminando que se trataba probablemente de una formación de
lava y que no parecía tener la huella de ninguna embarcación.
Sin
embargo, la Fundación recaudó fondos para realizar una nueva expedición en
1969, que contaría con Fernand Navarra como guía. Sus excavaciones arrojaron el
resultado que buscaban: encontraron más madera bajo el hielo. Cuando se analizó
esa madera comparándola con la que Navarra extrajo en 1955, se descubrió que
eran idénticas en tipo y edad: una especie de roble que no existía en cientos
de kilómetros a la redonda. Y ésta es precisamente la prueba en la que se
apoyan los defensores de la existencia del Arca de Noé: si esta especie no es
originaria del Ararat, la forma más fácil de que llegara hasta esos 5000 metros
de altura era flotando sobre el agua. Sin embargo, años después, al realizar la
datación por radiocarbono, resultó que el roble tenía entre 1700 y 1900 años de
antigüedad, bastantes menos de lo que se había pensado al principio. El
descubrimiento resultó decepcionante para los buscadores del Arca: eran árboles
demasiado jóvenes como para haberse utilizado en la construcción de la nave.
La
Fundación no se desanimó y buscó una segunda opinión, la del inventor del
sistema de datación mediante carbono 14, Willard F. Libby. Según Elfred Lee,
uno de los integrantes de esta expedición, «Libby explicó que la prueba del
carbono 14 puede no ser fiable en ciertos casos, sobre todo si las muestras
estaban contaminadas, como parecían estar los fragmentos de madera extraídos
del Ararat». Pero esto tampoco fue suficiente para convencer a los escépticos,
y pronto comenzaron a alzarse voces desacreditando a Navarra, desde
historiadores islámicos que aseguraban que la zona había estado densamente
poblada de árboles antes del año 1000 después de Cristo, hasta un guía de la
primera expedición, de 1955, que aseguraba haber visto a Navarra comprar la
madera en una localidad cercana al monte Ararat. A pesar de las opiniones más
escépticas, este acontecimiento sirvió para que el debate y los testimonios
sobre el Arca de Noé afloraran.
Elfred
Lee, dibujante especializado en arqueología e integrante de la expedición de
1969, recibió en su casa de Estados Unidos la llamada de un anciano de origen
armenio, George Hagopian, quien le contó que en una época en que su villa natal
en Armenia llevaba sufriendo cuatro años de intensa sequía y la nieve de las
cumbres era apenas una pequeña mancha, uno de sus tíos le dijo que su abuelo y
otros patriarcas del lugar ya habían visto la embarcación de Noé. Aprovechando
la sequía, subieron al monte Ararat. El Arca estaba allí, al borde de un
precipicio y con una escalera que no llegaba a tocar el suelo en uno de sus
lados. Hagopian trepó hasta el tejado del Arca y se asomó por las —según su
testimonio— cerca de cincuenta grandes ventanas que tenía el Arca.
«Posiblemente el Arca del que hablaba George Hagopian se encuentre bajo el
hielo en el cañón Ahora», afirma Elfred Lee. El cañón Ahora es una profunda
hendidura de la cara norte del monte Ararat.
Pero
los testimonios de esta asombrosa visión no quedaron ahí. Ed Davis fue otro de
los testigos que acudieron a Lee asegurando haber visto el Arca desde una
distancia de menos de un kilómetro y medio. Perteneciente al Cuerpo de
Ingenieros del Ejército estadounidense, Davis estaba construyendo una ruta
logística a través de Irán en el verano de 1943. En un descanso, su amigo y
conductor, un joven llamado Badi, que era un chófer civil agregado al ejército,
lo llevó al monte Ararat para ver el Arca. Al igual que Hagopian, Ed Davis
mantuvo el secreto durante muchos años. No se conocían entre ellos, y Hagopian
ya había muerto hacía tiempo cuando Davis reveló lo que había visto. El Arca
descrita por el norteamericano se encontraba al fondo de una profunda sima,
partida en dos, muy probablemente a causa de uno de los frecuentes movimientos
sísmicos de la zona. Según su descripción, contenía grandes jaulas de madera de
varios tamaños y otras más pequeñas de hierro. Sin embargo, este metal no
empezó a utilizarse hasta el año 1500 a. C., por lo que, aceptando literalmente
la cronología bíblica, Noé habría podido descubrir el hierro casi mil años
antes, en 2300 a. C.
Las
vívidas experiencias e imágenes que dibujó Elfred Lee animaron a una nueva
generación de buscadores del Arca. Desgraciadamente para ellos, el
recrudecimiento del conflicto kurdo provocó el cierre de la zona a los
exploradores hasta su reapertura en 1982, gracias a los esfuerzos del ex
astronauta James B. Irwin, octavo hombre en llegar a la Luna y el primero en
conducir un buggy sobre la superficie lunar en 1971. Miembro del grupo
religioso High Flight Foundation, realizó siete expediciones al monte Ararat en
Turquía, en la década de los ochenta. En ninguna de ellas llegaron a encontrar
la prueba definitiva de la existencia del Arca. En 1991 falleció de un ataque
al corazón sin haber logrado su objetivo.
Desde
que la prohibición fue levantada en 1982, diversas expediciones científicas han
visitado el lugar sin poder encontrar pruebas concretas de la existencia de la
mítica Arca de Noé, ni revelar pistas concluyentes del lugar final de descanso
del Arca. Curiosamente, esta larga lista de infructuosas búsquedas y
descubrimientos tibiamente acogidos por la comunidad científica no ha hecho
sino acrecentar la fiebre del Arca. Entre 1985 y 1991 se contaron más de
veintisiete expediciones al monte Ararat y se comenzaron a difundir imágenes
fotográficas y vídeos de lo que antes sólo se había podido ver en dibujos. En
1989, el periodista turco Ahmet Ali Arslan, que había escalado el Ararat más de
cincuenta veces acompañando a exploradores extranjeros, tomó fotografías, a 200
metros de distancia, de una formación rectangular que se encontraba bajo el
hielo en la meseta oeste. Enseguida se organizó otra expedición, con un equipo
de expertos norteamericanos y turcos, para sondear la zona con radares, pero se
utilizaron aparatos tan primitivos que apenas se obtuvieron resultados. Antes
de que se pudieran llevar equipos más complejos, las autoridades turcas
volvieron a cerrar la montaña a los investigadores. A partir de ese momento,
los estudios que se pudieron realizar fueron bastante escasos: analizar
vorazmente las imágenes del cañón Ahora y la meseta oeste captadas desde un
helicóptero, pero tan borrosas que no son una prueba convincente.
§.
Los exploradores de los noventa y la CIA
Tras
los pobres resultados de las expediciones de los ochenta, exploradores como Ron
Wyatt y David Fasold volvieron sus miras a Durupinar, la formación geológica
con forma de barco descubierta por el capitán Durupinar, que fue anteriormente
descartada. A pesar de que sus métodos no eran muy ortodoxos para la mayoría de
la comunidad científica, lograron mostrar unas estriaciones en la roca con
forma de casco. Cerca de Durupinar se halló un fragmento de cerámica donde
aparecía una figura humana con un martillo en la mano y con la inscripción
NOACH escrita al revés, palabra que podría identificarle como Noé. A pocos
kilómetros, encontraron también un cementerio con lápidas que podrían haber
pertenecido al Arca de Noé; una de ellas tenía ocho cruces, símbolo quizá de
los ocho humanos que según el relato bíblico viajaban en el barco, y otras son
idénticas a las anclas de piedra usadas tradicionalmente por los hebreos.
Mientras
algunos investigadores intentaban localizar el Arca en Durupinar, comenzó otra
búsqueda muy diferente en los despachos de los servicios de inteligencia
estadounidenses. El rumor había comenzado a extenderse en los años setenta. Se
decía que existían fotografías militares e instantáneas tomadas desde satélites
de la CIA, que permanecían clasificadas. Un rumor que nadie sabía si era o no
cierto. Porcher Taylor, profesor en la Universidad de Richmond (Virginia) en la
actualidad, comenzó a interesarse por el misterio del Arca de Noé cuando era
cadete en la academia militar de West Point, allá por 1973. En ella se
comentaba que un satélite espía estadounidense KH-9 —a 643 kilómetros de la
Tierra— desvió accidentalmente la trayectoria de su cámara en el transcurso de
una misión rutinaria de vigilancia del corredor turco soviético: en lugar de
identificar los misiles de una base soviética, a 64 kilómetros del monte
Ararat, tomó imágenes del mismo monte. Los analistas fotográficos de la CIA
vieron en esas imágenes la proa de un barco sobresaliendo de un glaciar.
Veinte
años más tarde, cuando Taylor ejercía como abogado en Florida, asistió a una
conferencia impartida por el doctor George Carver, un antiguo alto cargo de la
CIA durante los setenta. Al abrirse el turno de preguntas, Taylor se atrevió a
preguntarle por aquellos rumores sobre el Arca de Noé escuchados durante su
estancia en West Point. «El doctor Carver contestó que la CIA no trabajaba en
el asunto del Arca de Noé, pero que, efectivamente, esas fotografías existían»,
cuenta Taylor. Aquel día de 1993, Carver invitó a Taylor a seguir el asunto del
Arca con él y éste aceptó. «Lo primero que me advirtió Carver es que jamás
debía pronunciar las palabras “Arca de Noé” si no quería ver que se me cerraban
todas las puertas en los servicios secretos», explica. Finalmente, en 1995,
tras dos años de peticiones formales y negociaciones en la sombra, Taylor y
Carver consiguieron que el Pentágono desclasificara algunas fotografías tomadas
por una misión de reconocimiento estadounidense, en 1949. Las fotos estaban catalogadas
con el título «La anomalía de Ararat». Esta anomalía parece ser algo enorme que
sobresale bajo el hielo en la esquina noroeste de la meseta oeste del monte
Ararat. En las fotos se apreciaba una estructura curvada y horizontal con
aspecto de haber sido fabricada por la mano del hombre. La prueba tampoco se
considera concluyente porque las imágenes no estaban tomadas lo suficientemente
cerca para determinar con exactitud qué era la misteriosa forma bajo el hielo.
Porcher
Taylor descubrió en los archivos del servicio secreto imágenes más precisas,
pero aún clasificadas como top secret, tomadas con aviones espías U-2 y
satélites KH-11, capaces de fotografiar un pomelo desde el espacio. «A pesar de
que desde dentro de los servicios de espionaje —cuenta Taylor— se reconoce en
voz baja que “la anomalía de Ararat” es un arca, todas mis peticiones para
lograr la desclasificación de las imágenes han sido denegadas». La explicación
de Taylor es que, si se tratara de una formación geológica, muchos podrían
alegar que el gobierno de Estados Unidos pierde el tiempo estudiando rocas por
el mundo, y «si verdaderamente existiera el Arca, habría quien criticase que el
gobierno se dedique a investigar objetos con significado religioso en vez de
verdaderos objetivos militares».
En
septiembre de 1999, Taylor se las ingenió para lograr sus propias imágenes de
alta resolución. Convenció a la compañía propietaria del Ikonos, un satélite
comercial de alta resolución, para que, durante su primer viaje, calibrara su
nuevo satélite utilizando las coordenadas del satélite espía estadounidense
para «la anomalía de Ararat». El 5 de octubre se vieron por primera vez,
públicamente, las imágenes más cercanas captadas desde el espacio; revelan una
figura rectangular que salía del lado noroeste de la meseta oeste del monte. La
mayoría de los expertos coincidieron en que es una formación que no sigue la
estructura del resto de la montaña, pero no todos son capaces de asegurar
tajantemente que se trate de una embarcación, o siquiera de algo construido por
el hombre. En septiembre de 2000 se tomó otra imagen del mismo lugar: en ella
aparecían una serie de agujeros. Un equipo de seis expertos en análisis
fotográfico dio su opinión profesional: tres de ellos creían que podría
tratarse de una estructura fabricada; otros dos llegaron a la conclusión de que
se trataba simplemente de una roca; el otro la encontró de dudosa
interpretación.
La
ola de calor del año 2003 derritió grandes cantidades de nieve del monte Ararat
y posibilitó tomar imágenes de satélite más claras que las existentes pero, por
el momento, es imposible asegurar que lo que existe en la cima del Ararat es el
Arca de Noé. El escritor y presidente de ArcImaging (Archaeological Imaging
Research Consortium, la primera organización que obtuvo permiso del gobierno
turco para investigar la montaña en 1981), Rex Geissler, propone continuar la
investigación pero con la tecnología adecuada. Para él «es imprescindible
utilizar radares de penetración potentes y explorar concienzudamente bajo el
glaciar que hipotéticamente cubre el Arca». De momento, su grupo de
investigación negocia con el gobierno turco para poder acceder otra vez a la
montaña. Uno de los motivos por los que el gobierno no permite el acceso a la
zona es porque es uno de los escondites preferidos por la guerrilla kurda;
según cuentan los habitantes de la montaña, el lugar favorito entre los
guerrilleros es una gran estructura rectangular a la que llaman el Arca
Sagrada. Y mientras Geissler logra ese permiso, siguen sin conseguirse las
pruebas científicas que demuestren la existencia de Noé y de su nave salvadora.
28.
La Sábana Santa
Desde
1578, atraídos por la reliquia más famosa del cristianismo, miles de creyentes
acuden a la ciudad italiana de Turín. Quieren ver un trozo de tela de poco más
de 4 metros de largo por 1,20 de ancho, donde se aprecia la imagen de frente y
de espaldas de un hombre muerto por crucifixión. Como tantos otros millones de
cristianos, están convencidos de que se trata del auténtico sudario de Jesús,
la «Sábana Santa» que envolvió su cuerpo tras su muerte. Algunos científicos
avalan esta creencia; opinan que su tenue imagen color sepia contiene datos
precisos sobre la forma en que murió Cristo: desde signos de violentos golpes
en las piernas y la abrasión de la cruz en su espalda hasta las marcas que la
corona de espinas dejó en su frente, pasando por las heridas producidas por los
clavos en las muñecas y los pies. Incluso se puede apreciar una herida abierta
en el costado. Sin embargo, no toda la comunidad científica está de acuerdo. La
prueba del carbono 14, realizada en 1988 con los auspicios de la Santa Sede,
donde se confirmaba la datación del sudario en la Edad Media, ha sido refutada
por varios expertos que afirman que no se hizo bien y, por tanto, ponen en duda
su valor. La controversia no acaba ahí. En la línea contraria, entre todas las
posiciones discrepantes, poco a poco se abre paso una controvertida teoría: la
que defiende que el sudario fue creado por Leonardo Da Vinci hace poco más de
quinientos años.
Según
la tradición cristiana, la Sábana Santa, o Sìndone, de Turín fue la tela en que
se envolvió el cuerpo de Jesús después de su muerte. Es una sábana de lino de
4,36 metros de largo y 1,10 metros de ancho, sobre la que se ven con claridad
dos líneas oscuras, triángulos blancos, marcas de quemaduras producidas durante
el incendio de Chambéry en 1532. También está representada la doble imagen, es
decir, frontal y dorsal de un hombre muerto por crucifixión. Sin embargo,
algunos científicos escépticos han puesto en cuestión estas creencias con
pruebas que contradicen la tradición cristiana.
§.
Primeras referencias históricas
Los
relatos bíblicos nos cuentan que Jesús fue enterrado según la tradición judía.
Cuando lo bajaron de la cruz, envolvieron el cadáver con una mortaja del tamaño
de un cuerpo humano. En el Evangelio de san Juan se cuenta que al enterarse de
que habían removido la piedra que cerraba la sepultura de Cristo «Pedro y otro
discípulo iban al sepulcro corriendo los dos juntos; el otro discípulo corrió
más que Pedro y llegó antes al sepulcro, y agachándose vio los lienzos tirados
y el sudario que había estado sobre su cabeza, no tirado con los lienzos, sino
recogido en un lugar aparte» (Juan, 20, 3-7). San Lucas por su parte dice:
«Pedro se levantó y se fue corriendo al sepulcro; se asomó y sólo vio los
lienzos» (Lucas, 24 12). «Si los relatos bíblicos son ciertos, la tumba de
Jesús no estaba totalmente vacía, ya que en ella se encontraba la mortaja. Pero
el Nuevo Testamento no hace mención de ninguna imagen milagrosa en el sudario»,
confirma el historiador del Nazareth College, Timothy M. Thimbodeau.
En
realidad, tuvieron que pasar décadas para que, ya en el siglo I, los textos
cristianos mencionasen algo. En estos documentos se hace referencia a una
sábana que se guardaba en Edesa, en Turquía Oriental. Después, el rastro del
Sudario se pierde durante más de un milenio. Hasta que en el siglo XIV
reapareció súbitamente: una sábana llamada la «auténtica sábana mortuoria de
Cristo» fue exhibida en 1355 en la población francesa de Lirey, unos doscientos
kilómetros al sudeste de París. Su propietario, el caballero Geoffroy de Charny
—perteneciente a una familia francesa relacionada con los caballeros
templarios, una orden militar conocida por proteger y comerciar con reliquias—
nunca aclaró cómo había llegado la pieza de lino a su poder; pero financió la
edificación de una iglesia para acoger la reliquia: Nuestra Señora de Lirey,
que atrajo a gran cantidad de peregrinos que convirtieron el supuesto sudario
de Cristo en un gran negocio. Henri de Poitiers, obispo de Troyes, logró
averiguar que se trataba de un lienzo astutamente pintado. El escándalo saltó
de inmediato. Su sucesor en el cargo, Pierre d’Arcis, exigió el cese de la
exhibición y, a finales de 1389, escribió al papa Clemente VII pidiendo su
ayuda para acabar con aquel engaño. Pero sorprendentemente el Papa dictaminó
que la sábana podía ser expuesta. El historiador Antonio Lombatti explica así
la decisión papal: «El clero necesitaba de estas cosas para ganar adeptos. Era
una época en que apenas había nadie que supiera leer y escribir. Un papa escribió
una vez que, para que la gente ignorante creyese, eran más importantes las
pinturas y reliquias que cien sermones». Además, en aquella época, la
prosperidad de monasterios y regiones enteras de Europa giraba en torno a las
reliquias que atraían a multitudes de fieles y convertían aldeas en
florecientes ciudades y enriquecían a órdenes religiosas y a señores feudales.
En
1453, la familia De Charny pasó por dificultades económicas, lo que la obligó a
vender el sudario al duque Luis I de Saboya, que continuó exhibiéndolo al
público. Tras medio siglo de exposiciones itinerantes, Sixto IV los autorizó a
levantar en Chambéry la Santa Capilla de la Sábana Sagrada. Allí un incendio en
1532 dañó parcialmente el sudario. Como la figura contenida en el paño se salvó
de la quema, la tela se rodeó de un halo milagroso. A partir de entonces, se
expuso en raras ocasiones. En octubre de 1578, el duque Emmanuel Filiberto de
Saboya trasladó la sábana a Turín para que fuese venerada por san Carlos
Borromeo, arzobispo de Milán y el sudario no volvió a Chambéry. Se instaló
definitivamente en la catedral de San Juan Bautista de Turín en 1694.
Los
partidarios de la llamada «teoría Leonardo», que defienden que se trata de una
obra del famoso artista del Renacimiento, afirman que en 1494 apareció una
nueva Sábana Santa en Vercelli, Italia. «Era una sábana diferente de la
denunciada mucho antes como una pintura fraudulenta. Ésta de 1494 está
realizada por Leonardo, y es el conocido Sudario de Turín de hoy en día»,
asegura convencida la escritora Lynn Picknett.
Una
de las hipótesis es que no se trata de una obra de arte. No está pintada, ni es
un entintado, sino algo muy parecido a una primitiva imagen fotográfica
confeccionada tres siglos antes de la invención de la fotografía. De hecho,
cuando en un ordenador se invierten las luces y sombras de la imagen, se
percibe la figura aún con mayor claridad. El fotógrafo Stephen Berkman ha
utilizado exclusivamente tecnología renacentista para confeccionar un facsímile
fotográfico de la reliquia y cree que hay evidencias suficientes para pensar
que podría ser obra de Leonardo. Sin embargo, quienes defienden la autenticidad
del Sudario afirman que hace quinientos años ningún artista podía hacer una
réplica con detalles tan precisos. Claro que si alguien hubiera sido capaz,
Leonardo, un verdadero genio, es un candidato perfecto. Inventó el carro de
combate, la bicicleta, máquinas volantes, el submarino y muchos ingenios más.
Además, al tener conocimientos de anatomía, sabía lo que le ocurría a un cuerpo
humano que había sido crucificado, y lo que ignoraba, lo podía imaginar.
§.
La primera fotografía de la historia
La
investigación de Stephen Berkman se adentra en el terreno científico: demostrar
el hecho de que Leonardo hubiera tomado la primera fotografía de la historia,
algo que plantea serias dudas en el mundo científico. «En el Renacimiento ya se
usaban lentes y gafas e, incluso, con anterioridad, en 1276, Roger Bacon las
menciona. Había, por tanto, conocimiento de las lentes y sus propiedades. Si
Leonardo diseñó un método fotográfico, cada una de las lentes utilizadas por él
formarían parte de una cámara oscura», asegura Berkman. Una cámara oscura es,
como su nombre indica, algo parecido a un cuarto oscuro, con una abertura que
deja penetrar la luz. Por una sencilla ley física, la luz viaja en línea recta.
Pero, cuando los rayos lumínicos reflejados por un objeto brillante pasan a
través de un hueco pequeño en un material delgado y opaco, no se dispersan,
sino que se cruzan formando una imagen invertida en la superficie paralela a la
rendija. Esta ley óptica de la cámara oscura se conoce desde el siglo V. Leonardo
podría haber sido un precursor en su aplicación al crear la espectral imagen
del Sudario. Su capacidad para fijar la imagen sería otra obra maestra del
genio del Renacimiento.
Para
comprobar esta teoría de la posibilidad de que Leonardo combinara una técnica
fotográfica, novedosa y desconocida, con un poco de pintura o incluso sangre
humana, el fotógrafo Stephen Berkman ha utilizado su propia cámara oscura de
tela negra y mezclado sustancias químicas a las que Leonardo habría tenido
acceso: sal común y nitrato de plata. Con estos ingredientes preparó una
emulsión sensible a la luz, y la aplicó a una tela del mismo tipo que la
utilizada para el Sudario: sarga con espiguilla de tres por uno. Un maniquí de
tamaño natural le sirvió de modelo pues, debido a que su cámara oscura precisa
de un tiempo de exposición muy largo, el objeto que había que fotografiar no
debía moverse en absoluto, porque hasta el movimiento de su respiración quedaría
reflejado. En el Sudario la imagen aparece muy sólida, firme como una piedra, y
Leonardo, que además era anatomista, podía perfectamente haber hecho un maniquí
de este tipo. Además, se sabe que experimentaba con cadáveres. El resto está en
seguir las indicaciones de los textos del Nuevo Testamento, donde se describen
con detalle todos los efectos de la crucifixión.
Durante
cuarenta y tres días, la cámara oscura de Stephen Berkman estuvo enfocando al
maniquí. A la débil luz de una bombilla color ámbar se comprueba que, sobre la
tela, se reprodujo una imagen del maniquí en tonos delicados, tenues. Se puede
percibir perfectamente la figura que se muestra cabeza abajo y en negativo,
pero una vez invertida se vuelve más clara y es sorprendentemente parecida a la
del Sudario. Con este experimento, Berkman considera que ha demostrado que es
posible hacer una fotografía mediante las técnicas existentes en época de
Leonardo. Claro que si Leonardo pudo crear su propio método fotográfico
trescientos años antes del nacimiento oficial de la fotografía, no parece
razonable que sus biógrafos no mencionaran un hecho de tanta trascendencia. La
explicación puede estar en el secretismo que envolvía todas las actuaciones del
genio. En más de una ocasión utilizó la escritura encriptada para ocultar
mensajes o a veces sólo se podían leer reflejados en un espejo. Los partidarios
de esta hipótesis sostienen que el genio tenía razones de peso para mantener su
logro en el más absoluto secreto. «Que no haya registros de su invento, al
crear una imagen fotográfica, se podría deber al peligro que eso entrañaba,
porque la Iglesia perseguía todo este tipo de cosas», opina Lynn Picknett, y
Stephen Berkman lo refrenda: «Operar con estos compuestos químicos lo habría
convertido en sospechoso de brujería o de alquimia, algo muy peligroso en la
época».
Los
partidarios de la autoría de Leonardo del Sudario se ratificaron aún más en su
planteamiento, cuando, en 1898, se produjo un descubrimiento que proporcionó la
primera pista sobre su realización. El abogado italiano Secundo Pia obtuvo
permiso para tomar la primera fotografía de la tela y quedó sorprendido ante
los negativos: el rostro y la figura de un hombre con bigote y barba, melena
larga y ojos cerrados. Era la cara de Jesús y se veía con mayor claridad en
dichos negativos que en la propia Sábana Santa. Era como si se hubiese
utilizado un procedimiento fotográfico para crear la imagen.
§.
¿Y si fuera el propio Leonardo da Vinci?
También
hay quien piensa que la Sábana Santa es en realidad un autorretrato de
Leonardo. «Mirando objetivamente el Sudario de Turín, incluso los que siguen
pensando que se trata de la imagen de Jesús murmuran en voz baja que se parece
a Leonardo Da Vinci. Se distinguen muy bien su cara, alargada, con una nariz
prominente y el nacimiento del pelo en las mejillas», indica Lynn Picknett.
Incluso algunos defensores de esta teoría creen que el artista añadió pintura a
la imagen para alterar el parecido.
Antropólogos
de la Universidad de Michigan se ofrecieron voluntariamente a estudiar el
Sudario y compararlo con la imagen de Leonardo. El método utilizado en este
caso fue una comparación de tipo forense dividida en dos etapas: en la primera
se realizó un análisis de los rasgos imagen a imagen, marcando los puntos clave
de la expresión; la segunda, fue un sencillo proceso de superposición para
comprobar que esos puntos clave coincidían. Precisamente ése fue el principal
objetivo: determinar la coincidencia de una serie de marcas faciales,
claramente definidas en el rostro sobre la pantalla del ordenador. En este
segundo paso, si el mapa de expresión personal que conformaban los puntos era
prácticamente idéntico, podría tratarse de la misma persona.
Antes
de usar esta técnica para comparar un retrato de Leonardo con la imagen del
sudario, los investigadores estadounidenses realizaron una prueba previa de
comprobación con dos autorretratos de Leonardo, dibujados por el artista en
épocas diferentes de su vida. «Cuando hicimos la superposición pudimos
demostrar que la proporción entre la imagen más temprana y la posterior era
prácticamente idéntica. Si se tratara de un caso forense, diríamos que la
evidencia es aplastante, que se trata de la misma persona», afirma el
antropólogo forense Norman Sauer. Más tarde aplicaron la misma técnica a una
imagen del Sudario y a un retrato de Leonardo Da Vinci, pero, debido a los
diferentes ángulos de la cara, con estas dos imágenes no se pudo realizar la
prueba de la superposición. No obstante, sí fue posible someterlas al análisis
comparativo: una al lado de la otra. Primero compararon la línea de los ojos;
después, la posición de la nariz y, por fin, la boca. En todos los casos la
proporción se mantuvo. El resultado del experimento fue confirmar que hay
similitudes en los rasgos expresivos de ambas imágenes. Los datos del análisis
facial ofrecieron resultados interesantes, pero no se consideraron definitivos.
De nuevo, las pruebas no fueron concluyentes, lo que preocupa a los estudiosos
del sudario desde hace décadas.
En
1976, el físico John Jackson quiso demostrar que la imagen del Sudario podía
haber sido impresa en la tela al colocarse sobre un objeto tridimensional, por
ejemplo, un cuerpo. Jackson, que trabajaba en los laboratorios de la Fuerza
Aérea estadounidense, decidió estudiar la posible aplicación de las técnicas de
mejora digital de imágenes a la Sábana Santa. Durante varios años trabajó en
colaboración con Eric Jumper, miembro del consejo ejecutivo de la Hermandad del
Santo Sudario, y consiguieron someter una fotografía de la reliquia a un
analizador de imágenes VP-8, un avance militar que servía en principio para
interpretar fotos de satélite. Jackson mostró lo que él consideró un esquema
primitivo de los detalles faciales del Sudario, y constató que las imágenes de
la Sábana Santa no se formaron por contacto sino de forma tridimensional. La
intensidad y el brillo de la imagen varían de un punto a otro. Así, por
ejemplo, la nariz aparece más brillante que las mejillas, lo que para este
investigador demostraba que la tela cubría un cuerpo tridimensional, ya que,
relacionando intensidad y distancia, se pueden computar los niveles reales de
intensidad que se ven en el Sudario. Para Jackson, los resultados de su
investigación que confirman la tridimensionalidad del Sudario fueron el
certificado de autenticidad de la reliquia sagrada.
§.
El ADN de Jesucristo
Décadas
después del experimento de Jackson, los diseñadores gráficos de una importante
empresa de animación de Los Ángeles utilizaron ordenadores mucho más potentes
para ampliar el estudio tridimensional de Jackson de 1976. Dentro del equipo
estaba Barrie Schwartz, un fotógrafo que ha trabajado intensamente con imágenes
en tres dimensiones. Él se encargó de quitar el color y pasar a una imagen
negativa en blanco y negro. Después, borraron la información gráfica que
consideran innecesaria, como los pliegues de la tela y las marcas triangulares
que aparecen cerca de los hombros, pues se produjeron en un incendio que casi
destruyó el Sudario en 1532. Gracias a la ayuda de programas informáticos
específicos que convierten las luces y sombras de la imagen en valores
espaciales, el resultado que obtuvieron ha animado a aquellos que creen en la
autenticidad de la Sábana Santa como mortaja de Jesús: el aspecto desvaído y
fantasmal de la imagen obtenida por esta investigación californiana es prueba
en pro de la autenticidad para los creyentes.
Dos
años más tarde, John Jackson realizó una nueva investigación. Esta vez, se
trató de estudiar el tejido de la Sábana Santa, para lo que pidió permiso a la
Iglesia católica, que consciente del poder hipnótico que tiene la reliquia
sobre las masas de creyentes, accedió. El 30 de septiembre de 1978,
coincidiendo con el 400º aniversario de la llegada de la Sábana Santa a Turín,
los científicos estadounidenses del Shroud of Turin Research Corporation
(Corporación de Investigación del Sudario de Turín, STURP) comenzaron a
estudiar el Sudario in situ. El equipo estaba formado, además de por muchos
voluntarios y creyentes relacionados con la religiosa Hermandad del Santo
Sudario, por 32 científicos de diferentes laboratorios estadounidenses, como el
Sandia National Laboratory, el Jet Propulsion Laboratory, Los Álamos National
Laboratory; de algunas industrias científicas, como Oriole Corporation, y de
varias universidades. Como en todas las ocasiones en que la Iglesia ha mostrado
el Sudario —más de tres millones de personas acudieron emocionadas a la
catedral de Turín durante la última exhibición pública en el año 2000— en aquel
experimento la expectación fue enorme.
Los
investigadores del STURP estuvieron examinando el Sudario durante ciento veinte
horas sin interrupción: cinco días seguidos del 8 al 13 de octubre de 1978. Una
de las pruebas más interesantes, basada en muestras de fibra, la realizó tres
meses más tarde el doctor Walter McCrone, un reputado experto, ya fallecido, en
el análisis microscópico, que se hizo famoso por autentificar numerosas obras
de arte. Sus estudios muestran una cantidad significativa de pigmentos en la
imagen: ocre rojo en las zonas del cuerpo y bermellón en las zonas de la
sangre; son pinturas utilizadas en la Edad Media. También halló restos de
sustancias rosadas, y partículas de pigmento pegadas entre sí gracias a un
fijador orgánico, que identificó como témpera al colágeno. De todo ello McCrone
dedujo que la imagen del Sudario era una pintura, y añadió que no contenía
restos de sangre. Los resultados del trabajo de McCrone no fueron, obviamente,
del agrado de los creyentes en la reliquia sagrada, ya que confirmaban la
hipótesis artística. Otros especialistas que examinaron después el lienzo
llegaron a la misma conclusión: no hay rastro de sangre, sino restos de óxido
de hierro.
Sin
embargo, para los defensores de la autenticidad de la Sábana Santa, el hecho de
que el Sudario presente ligeros trazos de pintura no quiere decir
necesariamente que sea una pintura. «En la Edad Media se hicieron muchas copias
del Sudario y, después de pintarlas en presencia del original, utilizándolo
como modelo, se superponían haciendo presión sobre el original. Era lo que se
llamaba una segunda reliquia, porque había estado en contacto con el original.
De ahí podrían provenir los restos de pintura», dice el escritor Mark Gustin.
La conclusión a que había llegado McCrone de que no había restos de sangre fue
refutada científicamente en 1980 por el doctor Allen Adler, miembro del STURP,
mediante pruebas químicas realizadas con las fibras del Sudario. Aseguró haber
encontrado proteínas de sangre. A pesar de ello, la polémica sobre si las
marcas son restos de sangre o de pintura sigue sin resolverse.
§.
Rayos gamma y carbono 14
Algunos
investigadores, como August D. Accetta, del Centro del Sudario de California
del Sur, aseguran que la imagen se formó por la proyección sobre el lino de una
intensa energía de rayos gamma, emitida en el preciso instante en que Jesús
resucitó: «Yo, como muchos de mis compañeros —dice Accetta—, creo que la Sábana
Santa es el sudario de Jesús, y que la imagen es el fruto de un fenómeno muy
extraño e inusual que ocurrió en las 36 horas siguientes a su muerte, y que se
corresponde con lo que históricamente conocemos como Resurrección». Para
comprobarlo, el doctor y otros voluntarios se inyectaron isótopos radiactivos
en dosis inocuas. Esperaron a que el preparado se extendiera por el cuerpo,
igual que si fuera oxígeno, y aplicaron un escáner de rayos gamma con el fin de
medir el voltaje en cualquier parte del cuerpo. Los resultados muestran una
imagen nuclear con varias similitudes objetivas con la Sábana Santa.
En
los años ochenta, otros científicos razonaron que el camino más directo hacia
la verdad era determinar la edad de la tela mediante la datación por carbono.
Así, en octubre de 1987, después de más de seis siglos de controversia, el
Vaticano autorizó algo insólito: el corte de una pequeña muestra de la reliquia
más famosa del mundo para someterlo a la datación mediante radiocarbono. En
presencia del cardenal Ballestrero, entonces arzobispo de Turín, fue cortada
una tira de 1 por 7 centímetros y cerca de 150 miligramos. En el método de
datación por carbono —ideado en los años cincuenta por Willard F. Libby, que
recibió en 1960 el premio Nobel de Química— hay que quemar la muestra para
recuperar el gas, que es el dióxido de carbono. Como el lino del Sudario es una
materia vegetal, contiene isótopos de carbono 14 y carbono 12. Mientras el
carbono 12 no se descompone en absoluto, el carbono 14 —que se encuentra en
todo ser vivo— se descompone en un plazo de tiempo conocido: según Libby
descubrió a partir del momento de la muerte, la cantidad de dicho isótopo se
reduce a la mitad cada 5568 años. Así, si se conoce la porción de radiocarbono
que hoy contiene el cuerpo de un hombre, por ejemplo, y se analiza el cadáver
de alguien que murió en el pasado, podrá determinarse cuándo vivió. Para fijar
la edad del Sudario, los científicos tenían que calcular la relación entre los
dos componentes. La muestra fue dividida en tres trozos y fueron analizados en
laboratorios especializados de Zurich, Oxford y Tucson, sin que los
investigadores encargados del trabajo supieran que estaban datando restos
procedentes del Sudario.
El
18 de septiembre de 1988, los medios informaron de los resultados y quienes
creían en la autenticidad del Sudario de Turín recibieron una demoledora
noticia: según los análisis científicos llevados a cabo en los tres
laboratorios, la Sábana Santa de Turín fue confeccionada entre los años 1260 y
1390. Cronología que se corresponde más o menos con la primera mención del
Sudario: comienzos del siglo XIV, en Francia. La prueba de carbono 14 se unía a
los documentos históricos, la iconografía, los materiales y las técnicas
empleadas que bastaban para situar la aparición de la sábana en Francia en el
siglo XIV. El radiocarbono daba así una explicación razonable para quienes
habían dudado de la autenticidad del Sudario. Y lo hizo con razones
científicas. «En tanto que científicos, sólo podemos ofrecer respuestas
objetivas, y creemos que éstas no permiten una duda razonable. Estos resultados
proporcionan evidencia concluyente sobre el origen medieval del lino del
sudario de Turín. Pero no podemos influir en lo que otras personas quieran o no
quieran creer», afirma Tom Brown, del Laboratorio Nacional de Lawre Livermore.
La Iglesia aceptó el veredicto de la ciencia, pero confirmó que el valor de la
imagen es preeminente respecto al eventual valor de muestra histórica.
En
1989, un informe publicado por una veintena de científicos en la revista Nature
confirmó el origen medieval de la Sábana Santa. Sin embargo, el caso del
Sudario de Turín permanece abierto porque, en enero de 2005, el científico del
STURP, Raymond Rogers, del Laboratorio Nacional de Los Álamos, publicó un
informe invalidando las muestras examinadas con carbono 14. Según su opinión,
las muestras habían sido tomadas en una zona del Sudario que había sido
reparada, por lo que no tenía nada que ver con la sábana original. El
microscopio de Rogers y los análisis químicos revelaron fibras de algodón,
tintes e hilos empalmados en la muestra analizada de un tipo de algodón que no
está en el Sudario. Sin embargo, otro eminente investigador, el físico John
Jackson, opina que Rogers se equivoca, porque si se hubiera realizado una
reparación del tejido, se apreciaría una interrupción de las hiladas que
conforman la trama del paño y no hay ningún tipo de interrupción en la tela.
Además, Jackson sigue refutando los resultados de la datación por carbono, pero
por razones muy diferentes. Para él, el incendio de 1532 pudo haber provocado
una interacción química con el dióxido de carbono natural que hay en la
atmósfera y formado estructuras químicas dentro del propio tejido.
También
como descrédito contra la prueba del radiocarbono, algunos investigadores
afirman que la muestra del lienzo fue cortada en un solo lugar, y que no se
hizo un muestreo estadístico de toda la superficie del lienzo como exige el
método o, al menos, de sus diferentes partes esenciales. Es más, para los que
la ciencia se topa con la fe, la prueba del radiocarbono de nada sirve para
determinar la antigüedad de la Sábana Santa, ya que la energía desprendida por
el cuerpo de Jesucristo en el momento de la resurrección habría alterado la
proporción de carbono 14. Así, desde 1990, tras los informes de científicos
independientes que cuestionaron la validez de la investigación con carbono 14,
el STURP y otros organismos se han dedicado a promover nuevas investigaciones
por las irregularidades que se produjeron en la toma de muestras para la
datación.
§.
Análisis policial
Con
las dudas relativas a las pruebas de datación por carbono, al menos para
algunos, los investigadores han elegido otras vías para buscar la verdad. Bob
Cornuke, ex policía y experto en investigaciones forenses, y Barie Goetz,
especialista en análisis de muestras de sangre en tejidos, evaluaron el Sudario
desde el punto de vista forense. Para ello examinaron la base y la dirección de
las marcas rojas para ver si eran más propias de sangre que de pintura y
aplicaron los mismos principios de análisis que utiliza la policía en los
escenarios de crímenes para investigar si el Sudario podía ser un retrato veraz
de Jesús tras su muerte. «Se ven con claridad las marcas de abrasión y los
cortes. Hay una marca oscura, que es muy similar a la que se produciría si alguien
se hiciera un corte y le frotasen la herida con papel de lija. Esto se
corresponde con la abrasión producida por el movimiento de un gran tablón de
madera en la espalda de Cristo mientras lo llevaban o cuando fue crucificado»,
afirma Bob Cornuke.
Las
marcas podrían determinar el tiempo que duró la tortura de Jesús, a partir de
las heridas que recibió. Pero es precisamente la perfecta colocación de los
restos de sangre lo que no convence plenamente a estos investigadores. «Una
herida en el cuero cabelludo oprime el pelo contra el cráneo, y no salta hacia
el exterior para caer lentamente. Y la sangre seca, como la de los brazos, no
pasaría nunca a la tela; sin embargo, está en el Sudario de Turín», asegura Joe
Nickel, de la revista Sceptical Enquirer. La búsqueda de la verdad analizando
un rastro de sangre sólo ha provocado nuevas preguntas.
Otra
de las pruebas forenses realizadas por un equipo estadounidense de diseñadores
gráficos, que confeccionó un modelo tridimensional de la figura de la Sábana
Santa de Turín, descubrió que algunas proporciones de la imagen del Sudario son
anatómicamente incorrectas. La figura humana empleada sólo coincide con la del
Sudario si se alarga deliberadamente. En este caso las proporciones de la
cabeza parecen algo deformes: la frente es demasiado corta, la cara demasiado
estrecha y los brazos son excesivamente largos. Los diseñadores explicaron las
erróneas proporciones de la imagen por la posición del cuerpo envuelto. Este
extremo podría venir refrendado porque en el siglo I, en los enterramientos
judíos, los cadáveres reposaban sobre una especie de almohada de piedra, lo que
provocaba que la cabeza basculase hacia delante. Pero, según estos expertos,
las manos tampoco tienen una postura correcta. Si se tiene en cuenta la falta
de movilidad muscular de todo cadáver, no puede mantener esa postura. No
obstante, los creyentes en la reliquia tienen para eso otra respuesta: un
cadáver puede mantener esa postura si el rigor mortis se había iniciado ya y le
rompieron los brazos para poder moverlos. Al igual que en el pasado, el
misterio de la tela de lino con su tenue imagen sigue sin ser resuelto.
Analizada por expertos forenses, sigue despertando muchas dudas acerca de su
naturaleza.
Frente
a los fervorosos creyentes en la autenticidad de la reliquia, están quienes
aseguran que la historia de la Sábana Santa es sólo una historia de escándalo,
que se remonta al siglo XIV. En cualquier caso, la Sábana Santa es como un
espejo: para unos refleja lo que sabemos; para otros, lo que creemos. Como
afirma John Jackson: «Esta imagen cierra algunas mentes y abre algunos
corazones».
29.
La búsqueda de la lanza sagrada
A lo
largo de la historia, uno de los objetos sagrados del cristianismo más venerado
y codiciado ha sido la lanza de Longinos, el arma con la que un centurión
romano atravesó el costado de Cristo cuando estaba en la cruz. Dice la leyenda
que la lanza tiene poderes que se transmiten a quien la posee. Desde Atila a
Constantino el Grande, pasando por Carlomagno y los emperadores germánicos,
incluso Hitler, han creído en estos poderes milagrosos. La historia se inicia
en el Nuevo Testamento, cuando el Evangelio de san Juan describe que en la
crucifixión un soldado traspasó el costado de Jesús con su lanza para
asegurarse de que estaba muerto. La leyenda bautiza a ese personaje como
Longinos y el arma pasó a ser venerada. La leyenda creció y cobró fuerza con el
paso de los siglos: se decía que cualquiera que poseyera la lanza tendría el
destino del mundo en sus manos para lo bueno y para lo malo.
La
crucifixión de Cristo, en el año 33 de nuestra era, es sin duda uno de los
acontecimientos más importantes de la Historia de la Humanidad. Es un punto de
partida de nuestra Historia. Para más de dos mil millones de cristianos, Jesús
es el hijo de Dios, que murió en la cruz por la redención de los seres humanos.
Esta creencia es tan sólida que otorga a los instrumentos de su ejecución una
importancia sagrada: la cruz, los clavos, la corona de espinas y la lanza de un
soldado romano que atravesó su costado tienen tanta importancia y poder de
atracción que han sido buscados y codiciados por los hombres más poderosos e
influyentes de la Historia.
La
pasión y crucifixión de Cristo aparece en los Evangelios de san Marcos, san
Mateo, san Lucas y san Juan. Pero las escenas de la crucifixión de Mateos,
Marcos y Lucas difieren bastante de las de Juan. San Juan, en el capítulo 19,
versículos 33-37 de su Evangelio, dice que los judíos, para que los ejecutados
no quedasen en la cruz el día sagrado del sábado, le pidieron a Pilatos que se
les quebraran las piernas —para que no escapasen si seguían vivos— y los
quitaran. «Mas al llegar a Jesús y verlo muerto, no le quebraron las piernas;
pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y seguidamente
salió sangre y agua» (versículos 33-34).
«La
parte de los Evangelios que describe la Pasión de Cristo y la escena del
soldado clavando la lanza a Jesús parece ser un hecho exacto en el relato de la
ejecución, la cual fue el episodio central de la vida de Jesús; el recuerdo de
este suceso se mantuvo muy vivo en los primeros cristianos. Según todos los
eruditos que estudian los Evangelios, es cierta», explica Thomas Parker,
profesor de historia de la Universidad Estatal de Carolina del Norte.
§.
El primer milagro
Los
Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) no refieren este suceso, aunque
hacen referencia a un centurión, es decir, un oficial romano cuyo cargo
equivaldría a capitán, al mando de los soldados que vigilaban la ejecución: «El
centurión situado frente a Él, al verlo expirar así, exclamó: “Verdaderamente
era Hijo de Dios”» (Marcos, 15, 39; en parecidos términos, Mateo, 27, 54 y
Lucas, 23, 47). A partir de las dos fuentes, la tradición griega identificó al
soldado que dio la lanzada con el centurión que, aparentemente, protagonizó la
primera conversión. El Evangelio apócrifo de Nicodemo, escrito en el siglo IV,
fue más lejos, y le puso nombre al centurión que reconoció la divinidad de
Jesús: Longinos. Se trata de un nombre derivado probablemente de la palabra
griega logjé, que significa «lanza», o sea, que el nombre del centurión
significa «el lancero».
El
martirologio romano, sin embargo, cita a «san Longinos, soldado, de quien se
refiere que traspasó con una lanza el costado del Señor». Fuera centurión o
simple soldado, las tradiciones cristianas han identificado por tanto al autor
de la lanzada y le han atribuido distintas acciones prodigiosas, desde que
advirtió a Pilatos del error que había cometido crucificando a Cristo, hasta
que tenía un ojo enfermo que se le curó con una salpicadura de la sangre de
Jesús. Luego se habría ido a Capadocia de eremita, donde alcanzaría el martirio
y se convertiría en san Longinos.
«En
el siglo XIII un dominico llamado Jacobo de la Vorágine recopiló todas las
historias relacionadas con Longinos en La leyenda dorada, gracias a lo cual en
la actualidad contamos con una colorista y detallada historia que aparece en
numerosas obras de arte de occidente», explica el padre Michael Morris, de la
Escuela Dominica de Berkeley (San Francisco).
No
hay prueba histórica alguna que deje constancia del arma que utilizó Longinos,
pero se sabe que pertenecía a un destacamento destinado en la fortaleza de
Jerusalén. El arma específica de los legionarios romanos era el pilum, un arma
arrojadiza, pero también se usaba el hasta longa, que responde al tipo más
convencional de lanza, y que habría sido la usada para herir el costado de
Cristo. Tenía una punta de hierro de unos 25-35 centímetros, astil de madera y
regatón metálico, midiendo en total entre 1,80 y 2,70 metros, aproximadamente.
Se
especula que esa lanza estaría en la armería de Jerusalén, pero en el año 66
los judíos se sublevaron contra la dominación romana y se apoderaron de todas
las instalaciones militares romanas, incluida la armería, que vaciaron para
equiparse. La tradición supone que en ese turbulento período la lanza de
Longinos permanecería oculta y protegida.
Cuando
Tito reconquistó Jerusalén en el año 70, no dejó piedra sobre piedra: la ciudad
fue literalmente arrasada y despoblada, y sobre sus ruinas se estableció el
campamento de la X Legión. Aunque se prohibió a los judíos residir en ella, con
el paso del tiempo muchos volvieron a su antigua capital. En el año 131 se
produjo una nueva rebelión de los zelotes, que lograron apoderarse de la
ciudad, y la mantuvieron hasta el año 135. Reconquistada de nuevo por Roma,
Adriano decidió crear una colonia, es decir, una ciudad romana poblada con
antiguos legionarios, como fórmula para acabar con la ciudad símbolo del
fundamentalismo judío. Así surgió Colonia Aelia Capitolina, donde de nuevo se
prohibió que residiesen judíos, aunque sí se toleró a los cristianos.
Por
aquellos días, el destino de la lanza se convirtió en un secreto cuidadosamente
guardado. Con el paso del tiempo, su leyenda fue creciendo. Pronto, se
convirtió en un símbolo de la fe: la gente creía que la lanza tenía poderes,
una creencia que se mantuvo durante mucho tiempo y se convirtió en objeto de
obsesión de muchos gobernantes europeos.
§.
La historia de la reliquia
La
lanza estuvo oculta durante los trescientos años después de la muerte de
Cristo. Se recuperó durante la mayor expedición arqueológica de la antigüedad:
la excavación de Jerusalén ordenada, tras un sueño, por santa Elena, la madre
del emperador Constantino. «En la ciudad había un templo dedicado a Venus.
Elena fue llevada hasta allí y ordenó su demolición. Bajo los cimientos del
templo encontraron una tumba que ella y otros creyeron que era la de Jesús. En
ese lugar está en la actualidad la basílica del Santo Sepulcro», señala el
historiador Thomas Parker.
Pero
santa Elena también descubrió los instrumentos utilizados en la ejecución de
Cristo: la corona de espinas, algunos de los clavos y la cruz de madera en la
que murió. Según la leyenda, santa Elena logró identificar la verdadera cruz de
Cristo tras un milagro. Se habían encontrado tres cruces cerca de lo que se
suponía el monte Calvario (donde actualmente está la basílica del Santo
Sepulcro). Santa Elena pensó que estaba sobre la pista buena, pues Cristo fue
crucificado junto a dos ladrones según los testimonios evangélicos, y decidió
hacer una prueba de fe.
«Llevó
a un hombre muerto, lo colocó sobre una cruz y no pasó nada. Después, sobre
otra y tampoco sucedió nada. Pero al posarlo sobre la tercera cruz el hombre se
levantó y resucitó. Tomaron aquel suceso como la validación divina de que se
trataba de la cruz de Cristo», cuenta Michael Morris. La historia parece
increíble y poco probable, pero fue extensamente documentada por testigos y
recogida por historiadores posteriores.
Algunas
tradiciones orales y escritos de los primeros cristianos aseguran que el rico
judío José de Arimatea, miembro del Sanedrín y seguidor de Jesús, que aparece
citado de forma unánime en los cuatro Evangelios como quien pidió y obtuvo de
Pilatos el cadáver del crucificado y le dio sepultura, se preocupó de preservar
la cruz, los clavos, la corona de espinas y el sudario de Cristo. José había
empezado su colección de objetos personales de Jesús después de la Última Cena,
guardándose la copa en la que Jesús había consagrado el vino. Así se atribuye a
José de Arimatea la conservación inicial del Santo Grial y de la Santa Lanza.
También hay historiadores que afirman que estas reliquias llegaron después a
manos de san Mauricio, comandante de la Legión Tebana martirizado por el
emperador Maximiliano. Por medio de las claves que dejaron José de Arimatea y
san Mauricio, santa Elena pudo redescubrir algunos de estos objetos en
Jerusalén.
Esto
ocurrió en la época del emperador Constantino, en el año 312, y para la gente
de la época los poderes mágicos de las reliquias sagradas estaban fuera de toda
duda: estaban impregnadas de santidad y por ende de fuerza. Entonces, y durante
todo el Medievo, eran considerados auténticos talismanes protectores, tenían
efectos curativos, además del magnetismo y poder que podían otorgar a sus
poseedores. Según cuenta el obispo Eusebio de Cesarea, biógrafo contemporáneo
de Constantino, en 312, antes de la batalla de Puente Milvio contra Magencio,
cuya victoria le daría el Imperio, Constantino tuvo una visión y un sueño. «Vio
con sus propios ojos, superpuesto al sol, un trofeo en forma de cruz construido
a base de luz, y al que estaba unida una inscripción que rezaba: “Con este
signo vence” (…) En sueños vio a Cristo, hijo de Dios, con el signo que
apareció en el cielo, y le ordenó que (…) se sirviera de él como de un bastión
en las batallas…» Constantino se hizo cristiano a raíz de la ayuda divina en la
batalla. Al año siguiente publicó el Edicto de Milán, que establecía la
libertad del culto cristiano, e hizo numerosas donaciones a la Iglesia que
fueron la base del poder material que ésta tendría ya a lo largo de toda la
historia.
Para
algunos historiadores, su conversión fue fruto de una verdadera experiencia
religiosa. En el año 312 después de Cristo no había razones prácticas para
convertirse. «El número de cristianos eran escaso, no eran poderosos ni estaban
relacionados», explica Thomas Parker.
Otro
importante sector de la historiografía opina justo lo contrario. Los cristianos
habían crecido bastante en número hasta formar una importante minoría. Hacia el
año 300 constituían al menos un 10 por ciento de la población del Imperio,
evaluada en sesenta millones de habitantes. Algunos autores elevan la cifra de
seis millones hasta quince millones de cristianos. Además era una comunidad muy
cohesionada, muy activa y solidaria con sus correligionarios, y tenía fuerte
presencia en la capital, Roma. En el contexto de guerra civil en que
Constantino le disputaba a Magencio el poder imperial a las puertas de Roma, la
alianza con los cristianos era una interesante opción política.
Elena
regresó a Roma y dejó la lanza en Jerusalén por temor a cometer un sacrilegio
si transportaba una reliquia. Junto a su hijo Constantino empezó la
construcción de grandes iglesias como acto de devoción. Se fomentó la visita de
peregrinos a los Santos Lugares de Palestina. Gracias al relato de uno de estos
primeros peregrinos se conserva el primer documento histórico escrito del
paradero de la lanza. Data del siglo VI, cuando un peregrino, llamado Antonino
—más tarde conocido como san Antonio de Piacenza— visitó la basílica del Monte
Sión en Jerusalén en el año 570 y vio una lanza erguida de tal forma que
parecía una cruz. Esta crónica registrada en un archivo ha sobrevivido hasta
nuestros días.
§.
La devoción de Constantino
Constantino
no tuvo la lanza, que se quedó en Jerusalén, pero sí los clavos de la
crucifixión de Cristo, que convirtió en símbolos del Imperio: uno fue fundido
para una corona (la llamada Corona de Hierro, que se conserva en la catedral de
Monza, Italia); el otro fue fundido para hacer una segunda lanza, que sería
llamada Lanza de Constantino. Algunas fuentes la relacionan con la fundación de
la ciudad que se convertiría en la capital de un poderoso imperio ya que
aseguran que esta lanza fue utilizada para trazar los límites de la nueva
capital, Constantinopla. Lo cierto es que la lanza y la cruz eran reliquias
sagradas que denotaban poder. Desde entonces, cuando el Imperio de Occidente
era atacado por tribus bárbaras, sus jefes, desde Alarico hasta Atila, pedían
la lanza como parte del tratado de paz con Roma. Incluso estos guerreros
paganos creyeron en los poderes místicos del arma. Pero ninguno de los
soberanos ni papas del siglo V entregaron ninguna de las reliquias consideradas
sagradas. Las dos lanzas, la de Jerusalén y la de Constantinopla, estaban bajo
control de los emperadores bizantinos hasta que los persas saquearon Jerusalén
en el año 614. Las sagradas reliquias de la Pasión cayeron en manos de los
paganos pero, según el Chronicon Paschale, la punta de la Santa Lanza, que
estaba partida, fue donada a Nicetas, quien la llevó a Constantinopla y la
depositó en la iglesia de Santa Sofía.
«Cuando
Jerusalén fue capturada, alguien consiguió arrancar la punta de la lanza y huir
a Constantinopla. Cuando el emperador bizantino Heraclio consiguió recuperar
Jerusalén, en el año 631 devolvió las reliquias a la basílica del Santo
Sepulcro, pero la punta de la lanza partida a principios de siglo se quedó en
Constantinopla», afirma el padre dominico Michael Morris. Así, la porción más
grande de la lanza, la vio el peregrino Arculpus en la iglesia del Santo
Sepulcro de Jerusalén alrededor de 670, donde debió de haber sido restaurada
por Heraclio. La lanza de Longinos estaba rota pero su poder místico no se
debilitó. Dos grupos reivindicaban la posesión de la Santa Lanza original: la
parte mayor, la del asta, se hallaba en Jerusalén; la punta rota, en la
catedral de Santa Sofía y, más tarde, en la capilla de los Faraones de
Constantinopla.
§.
Poder religioso y político
Carlomagno
fue proclamado emperador del Sacro Imperio Romano en 800, año en que lo coronó
el papa León III en Roma. La posesión de la Santa Lanza se convirtió en el
símbolo de su gobierno. Fue el primero de una larga lista de dirigentes que
utilizaron este poder religioso para unificar su imperio. En los siglos
siguientes, la Lanza ayudaría a los reyes sajones de Inglaterra, a Enrique I de
Alemania y al emperador Otón I. Todos llevaron la lanza en las batallas,
obtuvieron grandes victorias y rindieron homenaje al invencible poder del arma
e, incluso, lucharon hasta la muerte por conservarla.
Pero
¿cómo llegó a manos de Carlomagno la poderosa reliquia sagrada? A los 25 años
del reinado de Carlomagno, el Papa le regaló una lanza, supuestamente llevada
por Constantino en las batallas, conocida como de San Mauricio. Carlomagno
creyó que era la auténtica de Cristo, la Santa Lanza que poseía los poderes
divinos. «Se creía que el emperador que poseyera la Santa Lanza tendría
garantizada la victoria por el poder intrínseco que conllevaba. El emperador
tenía la misión de defender el imperio de Cristo contra todos su enemigos y
siempre saldría victorioso porque poseía las verdaderas armas, en forma de
reliquias, de Jesús», indica el historiador Hermann Fillitz, ex director del
Kunsthistorisches Museum de Viena.
La
lanza de San Mauricio tenía un diseño inconfundible del siglo VII, y por tanto
era poco probable que se tratara de la original de Constantino. Sin embargo, en
aquel entonces poco importaba: el Papa afirmaba que era la Santa Lanza y que
aún conservaba marcas de los clavos traídos de Jerusalén por santa Elena para
Constantino. Para los súbditos del Imperio era sagrada. «Según se creía, todo
aquel que se acercara a la reliquia, recibiría el don de la santidad. Por eso,
hubo una profusión de lanzas y clavos de Cristo», indica Michael Morris. Ésta
puede ser la explicación de por qué existen tradiciones distintas sobre los
avatares de la Lanza, que se pierden desde los orígenes del cristianismo. El
caso es que las grandes victorias de Carlomagno contra sajones y musulmanes
potenciaron el carácter sagrado de la lanza de San Mauricio, y sus soldados
creyeron que su emperador sería invencible mientras luchara con el arma. La
leyenda cuenta que un día, mientras el emperador cruzaba un arroyo, la lanza se
le cayó. Los soldados vieron en ello un terrible presagio, que se hizo
realidad. Carlomagno murió poco después, en el año 814.
A
partir de ahí, la Santa Lanza se convirtió en trofeo de los reyes de toda
Europa. A principios del siglo X formaba parte de los tesoros del rey sajón de
Inglaterra. La vendió a un conde italiano y éste se la regaló al rey Rodolfo de
Borgoña. Rodolfo, consciente del valor de talismán para el Imperio Romano
Germánico, hizo un trato con el rey Enrique I el Pajarero de Alemania,
canjeando la lanza de San Mauricio por todo el cantón de Bahl, en la actual
Suiza. Así el rey de Borgoña se hizo con la ciudad de Basilea a cambio del
arma.
§.
La atracción de los emperadores germánicos
Enrique
I el Pajarero, primer rey de Alemania de la Casa de Sajonia, es considerado el
fundador de la Alemania moderna y se convirtió en el primer gobernante alemán
en codiciar la Lanza. Creía haber sido elegido por Dios para ser el heredero
directo del Imperio romano de Constantino, pero el Papa no lo veía así. Para
demostrar su legitimación divina, Enrique hizo alarde de poseer la Santa Lanza
y comenzó una lucha entre el poder temporal y el eclesiástico que duraría
siglos. Enrique se dedicó a acumular reliquias sagradas y construyó una capilla
especial para exponer su colección. A su muerte, la Lanza pasó a su hijo Otón I
el Grande. En la batalla de Beergen, en el año 939, cuentan que rezó con la
Lanza hasta que su ejército se hizo con la victoria. «En el año 955 —explica
Robert Benson, historiador medieval y profesor en la Universidad de Los Ángeles
(UCLA)— consiguió una aplastante victoria contra los húngaros y acrecentó su
poder. Comenzaron los rumores de que era más que un rey y empezó a sonar en Alemania
que debería ser honrado con la dignidad imperial». Fue de hecho coronado
emperador por el papa Juan XII en 962. Otón el Grande sabía que la lanza de
Longinos, la otra Santa Lanza, estaba en Oriente. «Dio gracias a Dios por la
victoria, empezó a creer que se debía al poder de su lanza y regaló una copia
del arma a los reyes de Hungría y de Polonia. Los tres se hicieron amigos»,
explica el ex director del Kunsthistorisches Museum de Viena, Hermann Fillitz.
Su
nieto, Otón III, quiso aumentar los poderes de la lanza de San Mauricio y le
añadió —con hilos de oro, plata y cobre—, en el fragmento de la punta, un
clavo, pretendidamente uno de los que sujetaron a Cristo en la cruz. De nuevo,
en las batallas, los emperadores del Sacro Imperio lograron la victoria y la
Lanza volvió a convertirse en el símbolo divino del poder germánico. «En el
antiguo mundo germánico, la lanza era un símbolo de poder. El gobernante era de
alguna manera el representante de Dios en la Tierra. Esta arma confería
autoridad al nuevo dirigente en el momento de acceder al trono a través de una
ceremonia religiosa. Así la lanza se convirtió en un símbolo religioso y de
poder», señala el historiador medieval Robert Benson.
En
el siglo XIII, la lanza de San Mauricio, regalo del Papa a Carlomagno, quedó
vinculada a los emperadores germánicos y comenzó a ser identificada con
Longinos y con el Santo Grial. Las tradiciones germánicas afirman que esta
lanza, luego llamada de los Habsburgo, fue blandida como talismán por
Carlomagno, en el siglo IX, durante 47 campañas victoriosas. En 1227, el papa
Gregorio IX aseguró al emperador Federico II Hohenstauffen que era la que había
atravesado el costado de Cristo. En 1250, Federico II llevó el arma a
Nuremberg, donde estuvo 550 años —hasta la llegada de Napoleón— como parte de
los tesoros del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1350, Carlos IV, emperador
germánico de la Casa de Luxemburgo, grabó sobre la lanza lo que todos sus
súbditos creían, la inscripción que la destacaba como la auténtica reliquia de
Cristo. Así aplicó un remate de oro en el que se lee: «Lancea et Clavus Domini»
(Lanza y clavo del Señor, en latín) y el papa Inocencio VI estableció
oficialmente su veneración como la lanza de la Pasión. Sin embargo, siempre que
había una importante batalla que podía decidir el destino de algunos de los
reinos europeos, aparecía una Santa Lanza en el bando ganador.
§.
La caballería y las cruzadas
En
1095, el emperador de Oriente escribió una carta al papa Urbano II
solicitándole ayuda militar en su guerra contra los turcos selyúcidas. En el
penúltimo día del Concilio de Clermont (Francia), el 27 de noviembre de 1095,
el Papa usó esta carta para atacar el comportamiento de la nobleza de entonces,
llamándolos blasfemos y saqueadores. El Papa los retó a luchar valientemente
como caballeros de Cristo y salvar Jerusalén. Proclamó, al grito de «Dieu le
veult!» (¡Dios lo quiere!), la denominada Primera Cruzada (1096-1099). Un
ejército de caballeros normandos, occitanos y borgoñones dio respuesta a Urbano
II y acudieron a Tierra Santa.
«La
caballería de aquellos años significó un intento de la Iglesia para dominar a
la nobleza de los siglos X y XI, dándole una causa noble para luchar y la idea
de un nuevo modo de vida. Esto se expresó en los modelos de la literatura de la
época: el sueño de la búsqueda de las reliquias religiosas fue uno de los temas
constantes de los libros de caballería», señala el medievalista Robert Benson.
A partir de entonces, los escritores medievales, comenzando por el poeta
francés Chrétien de Troyes alrededor de 1180, y más tarde Robert de Boron,
ambos inspirándose en Godofredo de Monmouth, autor en 1136 de Historia de los
reyes de Britania, vincularon el destino del Santo Grial y de la Santa Lanza
con la aventura del rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda. Después,
entre 1200 y 1205, el alemán Wolfram von Eschenbach dio a conocer la odisea de
Parsifal, que completaba los mitos artúricos iniciados un siglo antes, y en el
que el músico Richard Wagner se inspiró en el XIXpara componer su ópera
Parsifal, que tanto impresionaría a Hitler.
A
fines del siglo XI la nobleza europea respondió al papa Urbano II enviando a
sus caballeros a salvar Tierra Santa y las reliquias de Cristo en manos de los
turcos. Miles de cruzados se unieron a la causa, partiendo de puntos tan
lejanos como Inglaterra o Flandes. Cuando llegaron a Constantinopla, el
emperador bizantino sintió más temor que alivio por su presencia, y procuró que
pasaran rápidamente hacia Oriente según iban llegando. En el invierno de 1097,
ya en Siria, estos Caballeros de Cristo pusieron sitio a la antigua ciudad
cristiana de Antioquía. En mayo de 1098, un comerciante introdujo a los
cruzados en la ciudad y se hicieron con ella tras siete meses de sitio.
Entonces llegó un ejército musulmán y los cruzados quedaron a su vez sitiados.
Cansados, hambrientos y diezmados, la situación empeoraba para los cristianos.
Un soldado dijo haber tenido una visión de san Andrés, que le dijo dónde
encontrar la Lanza Sagrada de Cristo. Ante la atenta mirada de los escépticos,
el soldado comenzó a cavar el suelo de la catedral de San Pedro y encontró una
antigua lanza de hierro. Los cruzados se sintieron llenos de un renovado ardor
y rompieron el cerco, derrotando a sus enemigos. «El descubrimiento de la Lanza
les dio una provocadora e inspiradora seguridad. El ejército musulmán era más
numeroso y estaba en su propio terreno. Los cruzados estaban cansados y fue una
hazaña extraordinaria, sólo explicable gracias a la pasión y el fervor
religiosos», afirma Robert Benson.
Los
cruzados atribuyeron la victoria al poder de la Lanza. Creyeron que era la
auténtica reliquia de Cristo. Un año después cayó Jerusalén. Al poco tiempo,
esta pica se convirtió en objeto de dudas y discrepancias sobre su
autenticidad. Pero los jefes de las cruzadas no hicieron caso de esta polémica
y ofrecieron al emperador de Oriente la Lanza de Antioquía. Sin duda, el
emperador tenía sus motivos para aceptarla, aunque en su poder estaba la
supuesta Lanza original desde hacía generaciones. Sin embargo, la aparición de
la lanza de Antioquía provocó gran confusión entre los cristianos armenios que
afirmaban tener la «auténtica reliquia de la crucifixión». Algunos escritores
sirios y armenios desarrollaron una serie de mitos y leyendas. Al final, la
lanza de Longinos encontrada por santa Elena, la lanza que Constantino hizo con
un clavo de Cristo, y la de Antioquía fueron a parar a Constantinopla.
En
1204, la IV Cruzada, traicionando su sentido inicial de ayudar al Imperio de
oriente frente a los turcos, atacó a dicho Imperio y tomó Constantinopla,
sometiéndola a saqueo; los cruzados establecieron el Imperio Latino de Oriente,
uno de cuyos emperadores, Balduino II, vendió en 1241 la punta de la Lanza de
Longinos al rey Luis IX de Francia, quien construyó la Santa Capilla en París
para guardarla. La punta permaneció allí hasta la Revolución francesa. El resto
del arma se quedó en Constantinopla. El viajero Jean de Mandeville, autor del
Libro de las maravillas del mundo, declaró en 1357 que había visto la reliquia
de la Santa Lanza en París y en Constantinopla, y que la de esta última ciudad
era mucho más antigua que la francesa.
Las
lanzas de Constantino y de Antioquía desaparecieron y se perdieron en la
historia. Cuando los turcos tomaron Constantinopla en 1453 el asta de la Lanza
cayó en su poder. En 1492, el papa Inocencio VIII hizo una oferta al sultán
turco: el hermano del sultán, que estaba cautivo, se intercambió por el asta de
la Lanza, que desde entonces está en poder del Vaticano. «Se encuentra en uno
de los cuatro pilares del crucero de la basílica de San Pedro», indica el padre
dominico Michael Morris.
Actualmente,
existen cuatro Lanzas Santas censadas. La que se conserva en el Vaticano. Otra
está en París, adonde fue llevada por san Luis en el siglo XIII, cuando regresó
de la VII Cruzada. La tercera es la que se custodia en la Schatzkammer o Cámara
del Tesoro del palacio imperial, en Viena, que es la que encandiló y sedujo a
Constantino el Grande, a Carlomagno, a Federico Barbarroja y a Hitler. La hoja
partida de doble filo de esta lanza no tiene asta; cuenta con tres remaches de
oro y plata y con la inscripción del siglo XIV «Lancea et Clavus Domini». Junto
a la Lanza, están la corona y otras joyas del Sacro Imperio Romano Germánico.
La cuarta Lanza Sagrada se conserva en la catedral de Cracovia (Polonia), pero
tan sólo es una copia de la vienesa que Otón regaló a Boleslav el Bravo.
§.
La obsesión de Hitler
La
adquisición del papa Inocencio VIII de la Lanza, en el siglo XV, marcó el final
de una era. La creencia en el poder de la reliquia que había dominado durante
toda la Edad Media desaparecía. El Sacro Imperio Romano Germánico, que había
comenzado con Carlomagno en el año 800, terminó mil años después, cuando
Napoleón venció en Austerlitz (1805) a Francisco II, el último emperador
germánico, que pasó a ser Francisco I de Austria. El Imperio Romano Germánico
quedó disuelto, y se creó el Imperio austríaco. Esa secuela del Sacro Imperio
siguió en poder de los Habsburgo, que habían ocupado el trono imperial sin
interrupción desde 1438, y que se consideraban continuadores históricos del
mismo, por lo que cuidaron y protegieron los antiguos trofeos imperiales en su
Cámara del Tesoro de Viena.
Tras
mil años en los que las reliquias del cristianismo se utilizaron como signos de
poder, el misticismo y la magia dio paso a la era de la razón y la ilustración,
que culmina en el llamado Siglo de las Luces, el XVIII. Sin embargo, en el
siglo XIX, tras las décadas de conmoción que supusieron la Revolución francesa
y las guerras derivadas de ella, hasta la batalla de Waterloo en 1815, se
produjo en Europa un movimiento recesivo en cuanto a lo racional, desencantado
con el presente y nostálgico del pasado. Es el Romanticismo.
«La
identidad nacional en Europa occidental cambió a principio del siglo XIX. El
Romanticismo tenía fuertes raíces en el pasado nacional y conformaba la fuente
de los valores humanos», señala el profesor de la Universidad de Los Ángeles,
Robert Benson. La literatura, la poesía y la música europea del siglo XIX
estaban inmersas en el Romanticismo. Los orígenes de las historias románticas
alemanas se encontraban en las antiguas leyendas del Sacro Imperio germano. Y
Richard Wagner encarnó el espíritu de la época.
Poco
a poco en Europa volvía a producirse una revaloración del interés por la Edad
Media. Empezaron a idealizarse las hazañas de los valientes caballeros que
arriesgaban su vida por su honor y su fe. «En los primeros años del siglo XIII
surgió el primer gran renacimiento literario en Alemania. Un renacimiento de la
lengua, la poesía y la literatura germanas. Wagner lo utilizó y explotó, usó su
energía e intentó crear una mitología germánica que inspirara sus obras y fuera
parte de la percepción nacional de los alemanes», describe Benson.
Richard
Wagner compuso Parsifal, su última ópera, a partir de una historia de la Edad
Media y de los caballeros teutones en busca del Santo Grial. Estrenada el 26 de
julio de 1882, un año antes de su muerte, Parsifal es su obra más
controvertida, repleta de connotaciones esotéricas y simbólicas, manifestación
escénica del misticismo tradicional. La clave del éxito era la posesión de la
Santa Lanza, la lanza de San Mauricio símbolo del emperador del Sacro Imperio
Romano Germánico. Cuentan que, en 1912, en una representación en Viena, Adolf
Hitler quedó fascinado por la ópera y la leyenda en que se basaba. Hitler
estaba muy familiarizado con la Lanza de los Habsburgo: había estado en poder
de sus héroes Federico Barbarroja y Otón el Grande, emperadores del I Reich, el
Sacro Imperio, que encarnaron la grandeza del pueblo germano. Y comenzó la
leyenda moderna de la Santa Lanza, también denominada después lanza del
destino.
Parece
ser que Hitler, ya desde 1913, cuando era estudiante de arte en Viena, era un
asiduo visitante del museo del Palacio Imperial y sentía una gran atracción por
el conjunto de piezas conocidas como «las insignias de los Habsburgo» o tesoro
sacro. Adolf Hitler prestaba especial atención a la Lanza que la leyenda
identifica con la que atravesó el costado de Cristo. El 8 de marzo de 1938,
Hitler entró en Viena y en septiembre, poco después de la anexión de Austria al
III Reich, ordenó el traslado de los tesoros de los Habsburgo a Nüremberg,
hogar espiritual del movimiento nazi. Es conocido el fetichismo del Führer por
los símbolos del poder germánico, y la Lanza podía ser una forma de legitimar
su régimen recurriendo al valor histórico del arma. «Para él, el tesoro del
Sacro Imperio Romano Germánico era importante para mostrar la tradición de ese
Imperio llevada a su propia idea de imperio alemán. Quería tener la Lanza como
símbolo de continuidad desde el siglo X hasta finales del siglo XX. Para los
nazis estas reliquias irradiaban una magia especial: todos aquellos que
entraban en contacto con ellas conseguirían fuerza y poder», explica el
especialista en antigüedades Willi Korte.
El
Sacro Imperio Romano Germánico duró mil años; el Tercer Reich de Hitler debía
durar otros mil. Pero el imperio de Hitler no fue ni sacro, ni romano. Hitler
despreciaba el cristianismo y tenía miedo del catolicismo. Su régimen tomaría
la forma expresada por su filósofo favorito, Nietzsche, quien formuló la
doctrina de la «voluntad de poder», por la cual una raza de superhombres se
levantaría sobre la plebe y gobernaría con mano de hierro. El filósofo pensaba
que la idea de los cristianos de ofrecer la otra mejilla era ridícula y hablaba
de Jesús de Nazaret como alguien que merecía morir a manos de los romanos.
Hitler fue consecuente con estas ideas.
En
1938, Hitler tomó posesión de la Lanza que supuestamente había herido a Jesús.
En sus manos no fue signo de redención y gobierno divino, sino de limpieza
étnica y tiranía. La expuso en la cripta de Santa Catalina, en Nuremberg,
escenario de las actividades de los Maestros Cantores de la Edad Media (sobre
los que Wagner compuso la ópera favorita del dictador). Tras una revelación,
Hitler finalmente la dejó bajo la custodia de oficiales de la SS y con un
acceso muy restringido. El entonces comandante en jefe (Reichsführer) de las SS
y posterior encargado del genocidio nazi, Heinrich Himmler, consideraba su
trabajo en las SS casi como una cuestión religiosa. La obsesión de Hitler con
la limpieza de la raza llevó a la creación de un centro dedicado a realizar
estudios científicos de todas las facetas de la identidad alemana: la Deutsches
Ahnenerbe, también conocida por «Herencia de los ancestros». Himmler se lo tomó
como algo personal, participando activamente en los estudios, recaudando fondos
y reclutando investigadores, arqueólogos e historiadores encargados de buscar
en los emplazamientos religiosos y encontrar las reliquias y los huesos de
Enrique I el Pajarero. Y es que Himmler admiraba a Enrique I. Creía ser
descendiente directo de este rey fundador de Alemania. Se hizo con la iglesia
donde Enrique I había guardado la Lanza y otras reliquias sagradas y allí
organizó ceremonias religiosas al estilo de las SS.
Pero
también Hitler era un admirador de este rey. En el famoso castillo de
Wewelsburg, en Westfalia, decoró las habitaciones con los estilos de las épocas
de sus emperadores favoritos: dormía en la habitación de Enrique I. El Führer
regaló a Himmler una copia del arma y expuso la verdadera lanza de San Mauricio
en la catedral de Santa Catalina de Nüremberg, ciudad donde la Lanza había
estado durante el Primer Reich, hasta que el ejército de Napoleón llegó a la
ciudad en 1796, que fue trasladada a Viena. Nüremberg había tenido mucho poder
durante los siglos del Sacro Imperio Romano Germánico y fue la primera capital
de Alemania. La Lanza se exhibió en mítines nazis en la ciudad durante los años
1938 y 1939. A partir de 1940, cuando la guerra se intensificó y comenzaron los
bombardeos aliados, se trasladó a una cámara acorazada. Su seguridad no estaba
garantizada, por lo que se construyó otra cámara acorazada a 150 metros debajo
de la fortaleza de Nüremberg. «Los nazis querían protegerla porque pensaban que,
cuando acabara la guerra, Alemania podría recuperar su poder, con los nazis o
sin ellos, y la Lanza volvería a ser un símbolo», afirma Willi Korte.
El
20 de abril de 1945, el general Mark Clark, del ejército de Estados Unidos,
descubrió la Lanza de los Habsburgo en el castillo de Nüremberg. Hitler y el
III Reich habían caído. El 7 de enero de 1946, la lanza de San Mauricio regresó
al Palacio Imperial de Viena, donde se conserva hoy. La copia que Otón el
Grande regaló al pueblo polaco continúa en la catedral de Cracovia. La Lanza
sagrada de Antioquía, descubierta por la revelación de san Andrés y que alentó
a los cruzados en 1098, se perdió al igual que la lanza de Constantino. La
reliquia preservada hoy celosamente en Etschmiadzin, en Armenia, es un tesoro
cultural del pueblo armenio y la Santa Lanza de Longinos continúa en el
Vaticano. La punta se trasladó, durante la Revolución francesa, de la Santa
Capilla de París a la Biblioteca Nacional de Francia, donde se perdió. Pero
¿dónde está la lanza original? No importa. Todo depende de la fe, una fe que se
remonta a un misterio que comenzó hace más de dos mil años en una yerma colina
a las afueras de Jerusalén, con la ejecución de un carpintero de Nazaret
llamado Jesús.
30.
El código da Vinci a examen
¿Cuál
es la verdadera historia que hay detrás de El código Da Vinci< y su
sorprendente retrato de Jesús y María Magdalena? ¿Es posible que los verdaderos
orígenes del cristianismo fueran ocultados o modificados por los fundadores de
la Iglesia? ¿Leonardo Da Vinci dejó pistas heréticas secretas en algunas de sus
obras de arte? ¿Hay algo real en el libro de Dan Brown? ¿Y en esas teorías de
complots urdidos en la sombra por poderes ocultos de la Iglesia católica, según
cuenta su libro?
El
código Da Vinci describe con audacia la leyenda del Santo Grial y cuestiona los
orígenes de la fe cristiana. Según la novela, existe una creencia secreta tan
poderosa que ha estado más de mil años custodiada por un misterioso culto
medieval. Se trata de una verdad tan revolucionaria que es incluso responsable
de la muerte de reyes. Esta herejía aparece codificada en las obras de uno de
los mejores artistas de la historia… Eso es lo que narra el libro. Sin duda el
argumento es sorprendente y fascinante y por ello ha seducido a millones de
lectores en todo el mundo. La obra combina con astucia la historia verdadera
con acontecimientos totalmente ficticios. En realidad, ningún material herético
u ortodoxo de El código Da Vinci es nuevo. Todo lleva siglos publicado en obras
teológicas e históricas. Para separar la verdad del mito, primero debemos
retroceder dos mil años y analizar la extraña historia alternativa sugerida en
la novela y comprobar qué partes son reales y cuáles son mera invención
literaria, inexactitudes históricas o deliberadas tergiversaciones.
El
código Da Vinci empieza con la muerte de un conservador del Museo del Louvre de
París, asesinado y colocado en la misma posición que el Hombre de Vitrubio,
dibujo realizado por Leonardo, que aparece en el suelo del museo, con un
mensaje críptico escrito a su costado y un pentágono dibujado en el pecho con
su propia sangre. A partir de ahí surgen una serie de acertijos, revelaciones,
iconos, rompecabezas e hipótesis narradas a un ritmo vertiginoso y con trama
policíaca en las más de quinientas páginas del libro. La primera pista lleva
hasta la iglesia del Temple de Londres donde se encuentra una serie de efigies
de antiguos caballeros que protegen un linaje sacro. Después, las claves están
en una iglesia de París con un monumento que sugiere el nacimiento en Egipto de
la hija de Jesús y de un linaje de descendientes. Más tarde, los secretos se
esconden en una capilla en Escocia llena de símbolos de una antigua
conspiración para conservar ese linaje sacro. Finalmente, un culto misterioso
tiene intención de revelar esta asombrosa verdad al mundo.
El
argumento de la novela de Dan Brown se basa en una historia que existía mucho
antes de que se escribiera El código Da Vinci y de la que ya se ha hablado en
estas páginas. En la obra se desarrolla la idea de que María Magdalena, una de
las seguidoras de Jesucristo, era también su pareja; de hecho, incluso,
llegaron a casarse. Esta teoría ha aparecido en numerosas leyendas que se
encuentran recogidas en el ensayo El enigma sagrado, escrito por Michael
Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, que ya se analizó en el capítulo 5. De
hecho, estos autores demandaron por plagio a los editores de El código Da
Vinci. «Es más posible que un hombre estuviese casado, tuviese hijos y
reivindicara un derecho al trono —afirma Richard Leigh— que hubiese nacido de
una virgen, anduviese sobre el agua y resucitase de los muertos».
Pero
El código Da Vinci va más allá y también asegura que en el momento de la
crucifixión, María Magdalena estaba embarazada y se vio obligada a huir para
salvar su vida y la de su hijo. Una leyenda francesa que data de alrededor del
año 900 dice que huyó a Egipto, donde su secreto permanecería a salvo. Allí,
dio a luz a una hija a la que llamó Sara, la única y verdadera descendiente de
Jesús y heredera de su reino en la Tierra. «El nombre de la niña, Sara, en
hebreo significa “princesa”. Así, creo que el nombre es una referencia al
linaje», explica la experta Margareth Starbird, autora del libro María
Magdalena y el Santo Grial.
§.
Tras el Santo Grial
Los
historiadores aseguran que no hay ninguna prueba de que exista un linaje de
Jesús hasta nuestros días. Aun así, la leyenda cuenta que, en el año 42 de la
era cristiana, Sara, con 12 años, María y otras personas cruzaron el
Mediterráneo y llegaron a la costa del sur de Francia en un barco sin remos
llevando consigo la «sangre real». Y a partir de ahí, El código Da Vinci afirma
que los descendientes de Sara emparentaron con el linaje de los reyes de
Francia en la Alta Edad Media, los merovingios.
Es
cierto que los merovingios reinaron en Francia durante cerca de trescientos
años (476-750). Pero en 751, su poder había pasado a la historia. Así que,
según El código Da Vinci, necesitaron realizar un nuevo esfuerzo para mantener
vivo el linaje sacro. Para el historiador y escritor Richard Leigh, los
intentos modernos de interpretar el convulso marco histórico en que se
desenvuelve la forma de pensar esotérica, gnóstica y caballeresca de la Edad
Media, inevitablemente han acabado en la creación de una sociedad secreta o
semi secreta conocida como Priorato de Sión. De hecho, en 1099, se fundó un
auténtico Priorato de Sión, pero en el mundo ficticio de El código Da Vinci su
objetivo es nada menos que proteger el linaje de Jesús y María Magdalena. Para
ello, el Priorato creó uno de los grupos más enigmáticos de la historia, los
caballeros templarios, monjes guerreros de las Cruzadas.
En
El código Da Vinci estos caballeros fueron enviados por el Priorato de Sión
para buscar documentos en las ruinas del Templo de Salomón, en Jerusalén, que
supuestamente recogían una genealogía de la descendencia de Jesús. Según la
novela, los documentos y la asombrosa verdad que contenían fueron posiblemente
utilizados por los templarios para chantajear a la Iglesia. En poco tiempo, los
templarios se hicieron ricos y poderosos y se convirtieron en enemigos que
había que eliminar. Así, el viernes 13 de octubre de 1307, el rey Felipe IV de
Francia, llamado el Hermoso, llevó a cabo un ataque sorpresa contra los
caballeros templarios en sus dominios. Sus miembros fueron encarcelados, y sus
jefes, torturados y ejecutados, lo que conmocionó a la Europa de entonces.
Como
ya se ha dicho en este libro, los caballeros templarios existieron realmente y
también su persecución. En lo que la novela de Dan Brown difiere de la historia
es en la interpretación de los motivos y los resultados de la matanza. En El
código Da Vinci, algunos consiguieron escapar y huir con los secretos de los
documentos de la Sangre Real. Los documentos fueron entregados al Priorato de
Sión para ser guardados en lugar seguro. Según la novela, la Iglesia inició una
búsqueda de los documentos con la intención de destruirlos. Esta búsqueda de
los documentos sobre la Sangre Real se convirtió en la búsqueda del Santo
Grial.
«Hoy
en día a menudo pensamos en dicha búsqueda como la de un objeto material: un
tesoro, un cáliz de oro, algo así. Pero en las versiones medievales de la
historia, era la búsqueda de algo trascendente o espiritual», señala Karen
Ralls, profesora de historia de la Universidad de Oxford. En el libro María
Magdalena y el Santo Grial, Margaret Starbird afirma que la idea del Santo
Grial como un cáliz o un recipiente que contuvo la sangre de Cristo es un
símbolo arquetípico de lo femenino. La tierra como recipiente, la madre como
recipiente, el útero como recipiente. Y es ahí donde la propia María Magdalena
podría ser el propio Santo Grial, como sugiere El código Da Vinci.
La
ficción continúa narrando que a través de los siglos, el Priorato de Sión
escondió esta verdad a la Iglesia, y que los manuscritos que demostraban el
linaje sacro fueron pasando de un gran maestre a otro hasta que, al final,
llegaron a las manos del gran maestre más famoso de todos, Leonardo Da Vinci… o
eso dice el libro. También asegura que Leonardo codificó este conocimiento
secreto en sus obras de arte. En La Última Cena, por ejemplo, la novela afirma
que la figura de aspecto femenino sentada a la derecha de Jesús no es san Juan,
como todo el mundo cree, sino una mujer: María Magdalena. A partir de ahí
continúan las especulaciones del autor. ¿Estaba Leonardo intentando decirnos
algo? ¿Realmente escondió pistas en sus cuadros? ¿Es éste el secreto más asombroso
de todos los tiempos que la Historia oficial se ha encargado de ocultar?
§.
El matrimonio de Jesús y María Magdalena
Los
primeros relatos sobre María Magdalena no incluidos en el Nuevo Testamento
estuvieron escondidos en el desierto durante casi dos mil años y fueron
descubiertos por un campesino en 1945 cerca de la población de Nag Hammadi, en
la región de Luxor, en Egipto. Allí se hallaron trece códices escritos después
de la muerte de Jesús, posiblemente en el siglo II, que arrojaban una nueva luz
sobre los primeros años del cristianismo y que contenían ideas sobre la
religión cristiana que no aparecen en la Biblia. Estos papiros despertaron el
interés de todos los especialistas del mundo, ya que son una de las pocas
fuentes directas existentes de los llamados «evangelios gnósticos», y cuentan
versiones muy poco ortodoxas sobre la vida de Jesús.
Entre
los más de cien textos cristianos —además de La República de Platón— que
contienen los códices, los estudiosos de las Escrituras le han dado especial
importancia al Evangelio de Tomás, al que algunos llegan a considerar «el
quinto Evangelio», aunque el actualmente más conocido por el gran público,
gracias a una fuerte campaña de prensa, es el Evangelio de Judas.
Según
propone El código Da Vinci, la idea de que María Magdalena pudo haber sido
esposa de Cristo y madre de su hija, fue al poco tiempo censurada por la
primera Iglesia, razón por la cual, supuestamente, estos Evangelios gnósticos
tuvieron que ser escondidos en los desiertos de Egipto.
María
Magdalena, así llamada porque era de Magdala (posiblemente la población de
Tariquea, en Galilea, junto al lago Tiberíades), es citada por los cuatro
Evangelios canónicos (es decir, de Mateo, Marcos, Lucas y Juan) como una de las
mujeres que, junto a los doce apóstoles, acompañaban a Jesús (Lucas, 8, 1). La
escritora Margaret Starbird señala que «es citada en ocho listas diferentes que
incluyen a otras mujeres; en siete de ellas es mencionada en primer lugar». Se
habla de ella casi exclusivamente al final del relato de la Pasión, como uno de
los testigos de la muerte en la cruz que luego intervinieron en los ritos
funerarios de Jesús, así como una de las personas a quienes se apareció Jesús
después de resucitar. En una ocasión, la aparición es a ella sola (Juan, 2,
11-18), lo que indicaría una especial distinción por parte de Cristo.
Aparte
de eso, no se cuenta nada de María Magdalena, salvo que Jesús «había sacado
siete demonios» de ella (Marcos, 16, 9, y Lucas, 8, 2), es decir, que le había
practicado un exorcismo.
El
nombre de María es en hebreo Miriam, que quiere decir «lugar alto donde reside
la divinidad». Es obvio que la Virgen que concibió en sus entrañas al Hijo de
Dios tenía que llamarse María. Se podría argumentar, por tanto, que el nombre
de María Magdalena también indica que llevó en su seno la semilla de la
divinidad, o sea, un hijo de Jesucristo. Sin embargo, la verdad es que ese
nombre, el de la hermana de Moisés en los tiempos antiguos, era muy común entre
los judíos de la época de Jesús. El Nuevo Testamento cita siete Miriams o
Marías; cinco —incluida la Virgen— en los Evangelios, otra distinta en los
Hechos de los Apóstoles, y otra más en la Epístola a los Romanos.
La
imagen con la que se asocia más a María Magdalena, la de prostituta
arrepentida, es un equívoco muy antiguo. De hecho, en las escrituras no hay
ninguna prueba de que María Magdalena fuese una prostituta. En el Evangelio de
san Lucas (6, 36-49) se narra que había una mujer en la ciudad que era una
pecadora, la cual fue a casa de Simón, donde estaba comiendo Jesús, «y llevando
un vaso de alabastro lleno de perfume, se puso por detrás, junto a sus pies, y
llorando comenzó a regarlos con sus lágrimas, y los enjugaba con los cabellos
de su cabeza, los besaba y ungía con el perfume». El relato, si lo sacáramos de
su contexto, tendría indudablemente un matiz erótico, lo que puede alimentar la
idea de que Jesús tuvo a María Magdalena como compañera sentimental.
El
problema es que Lucas no da ningún nombre. A la tradición le gusta proporcionar
nombres y, por tanto, en Occidente esta figura se identifica con la de María
Magdalena, según opina la teóloga y profesora del Nuevo Testamento Deirdre
Good, del Seminario General de Teología de Nueva York.
Los
padres de la Iglesia griegos distinguían tres personajes evangélicos distintos
en María Magdalena: María de Betania, la hermana de Lázaro y la pecadora sin
nombre. Los padres romanos y la tradición latina, en cambio, tendían a
confundir a las tres en una sola. El papa san Gregorio Magno identificó a la
prostituta del vaso de alabastro con María Magdalena en el siglo VI,
convirtiéndola así en uno de los grandes protagonistas del arte occidental. La
pintura europea, desde el Renacimiento al Barroco, ha representado innumerables
veces a María Magdalena ricamente vestida y alhajada, para indicar su lujuriosa
condición de ramera, o desnuda, más o menos cubierta con sus cabellos o con
alguna piel de animal, como penitente arrepentida. Es indudable que esta última
iconografía fue aprovechada por muchos artistas como excusa para pintar
desnudos y hacerlos pasar por cuadros de devoción. Sin duda la profusión de
desnudos de María Magdalena contribuyó a reafirmar la creencia de que era una
meretriz.
Pero
convirtiendo a la Magdalena en prostituta, san Gregorio no pretendía poner en
cuestión ese aspecto «feminista» del cristianismo. «Gregorio —explica Good— no
lo hizo para desprestigiar a las mujeres, sino para que la gente se diese
cuenta de que incluso a ese tipo de pecadores tan despreciados, Dios los amaba
lo suficiente para tenerlos en su gracia».
Tampoco
existe ninguna prueba de que los Evangelios gnósticos fueron deliberadamente
destruidos o escondidos; la mayoría de los historiadores creen que es muy
posible que estos textos simplemente se perdieran. Además, señalan que las
pocas referencias bíblicas a la relación de María Magdalena con Jesús en los
Evangelios canónicos ni prueban ni desmienten que estuviesen casados y tuviesen
una hija. Incluso si fuera así, no se trata de algo que necesariamente debiera
suprimirse, ya que era lo más común en esa época, como indica Margaret
Starbird: «A principios del siglo I, los padres judíos tenían el deber de
encontrar una mujer para su hijo antes de que el joven cumpliese los 20 años.
Había muy pocas excepciones».
Pero,
si no había nada que ocultar respecto a María Magdalena, ¿qué puede haber de
peligroso para la Iglesia oficial en los Evangelios gnósticos? El código Da
Vinci se basa en estos pasajes escritos por sectores del primer cristianismo,
que defendían la idea de encontrar a Cristo en el interior de cada uno en vez
de a través de la Iglesia, un concepto que distingue a los gnósticos de otros
cristianos y de la tradición heredada hasta nuestros días. Es esta noción lo
que suponía una amenaza importante para las autoridades eclesiásticas; eso hace
que la tesis de El código Da Vinci sobre una Iglesia que lleva dos mil años
deformando la historia sea algo factible. El libro de la doctora Elaine Pagels,
especializada en el estudio de los orígenes del cristianismo, Los Evangelios
gnósticos, publicado en 1980, es una de las principales fuentes de Brown para
esta teoría; incluso cita su estudio en El código Da Vinci.
§.
Leyendas francesas sobre la hija de Jesús
Las
historias del Grial aparecen por todas partes, desde Palestina hasta
Inglaterra. Pero una de las leyendas más extendidas narra que María Magdalena y
su hija buscaron refugio en Egipto con el tío de la Virgen María, José de
Arimatea. En Alejandría seguramente encontraron un ambiente judío al que se
habrían adaptado para vivir. Entonces, según la leyenda, alrededor del año 42
de nuestra era, María, Sara y José dejaron Egipto y navegaron en una barca sin
remos hasta la costa de las Galias, la provincia romana que actualmente es
Francia, concretamente a la región de Provenza. «Hay una leyenda que dice que
trajeron consigo la sangre real. La sangre real no se lleva en un bote con una
tapa, sino que se refiere a que fluye en las venas de la niña», asegura Margaret
Starbird. Algunas historias les siguen la pista hasta cerca del pueblo de
Saintes-Maries de la Mer, en la costa de Provenza. Aquí, María y su hija
vivieran el resto de su vida.
Hoy
en día, existe en dicha población una iglesia que data del siglo IX y conmemora
esta creencia. Está dedicada a dos figuras de las Escrituras: María Cleofás,
hermana de la Virgen María, y la madre de Santiago el Mayor y de San Juan, que
en los Evangelios es llamada simplemente Salomé, aunque la tradición la llama
María Salomé.
En
esta región provenzal se conservan otras leyendas que cuentan que el malvado
rey Herodes metió a varios seguidores de Jesús en barcas sin velas ni remos que
fueron empujadas mar adentro, para que sus pasajeros perecieran. Entre éstos se
citan a las dos Marías a las que está dedicada la iglesia local, a la
Magdalena, a Lázaro el resucitado y su hermana Marta, y hasta al ciego de
Jericó (Marcos 10, 46-52). A ellos se uniría Sara, que llegó a la barca andando
sobre las aguas. Algunos dicen que era una abadesa egipcia, lo que justificaría
el color oscuro que se le adjudica, aunque también se le han atribuido orígenes
más fantásticos. En otras versiones legendarias, Sara estaba en la costa del
sur de Francia, recibió allí a las Marías y se convirtió al cristianismo. Según
las leyendas francesas, los numerosos pasajeros se desperdigaron, quedándose en
la costa sólo María Cleofás y María Salomé, con Sara como sirvienta.
En
el templo de Saintes-Maries de la Mer se exhibe una imagen de rostro negro a la
que localmente se llama «Sara la egipcia». Los gitanos, por su parte, la llaman
María la Kali (la Negra en lengua caló) y la veneran especialmente.
Parece
que la teoría de la localización del Santo Grial de Dan Brown no coincide con
la creencia popular. Así, la idea más extendida de la localización del Santo
Grial no lo sitúa en Francia como indica El código Da Vinci sino en
Glastonbury, Inglaterra, donde se alza una majestuosa abadía del siglo XII,
levantada sobre restos de una iglesia anterior que se remontaría incluso al
tiempo de la llegada de los sajones en el siglo VII, que es supuestamente lugar
de enterramiento del mítico rey Arturo.
La
tradición asegura también que allí es donde José de Arimatea llevó el Grial
para guardarlo. José incluso dejó a la vista un recuerdo de su visita: clavó en
el suelo su cayado, y éste se convirtió en un arbusto espinoso de una especie
oriental, conocido como el Espino Sagrado de Glastonbury. Según la profesora de
historia de la Universidad de Oxford Karen Ralls, a mediados del siglo XIV, el
abad John de Glastonbury fue quien introdujo la leyenda sobre el Grial y José
de Arimatea, pero no fue hasta finales del siglo XV cuando los propios monjes
de la abadía empezaron a propagar esta historia. Incluso la leyenda habla que a
partir de entonces surge un manantial de un agua extraña, de color rojizo,
símbolo de la sangre de Cristo derramándose de la copa sagrada. Esta agua sigue
fluyendo desde el llamado Pozo del Cáliz, y creyentes y peregrinos llegan de
todas partes del mundo en busca de las propiedades sobrenaturales y curativas
del manantial.
§.
El concilio de Nicea
Una
de las tramas más famosas del libro de Dan Brown es la que sostiene que
Leonardo Da Vinci y otros artistas eran partícipes de una serie de herejías que
no se atrevían a expresar en público por miedo a represalias religiosas. Así la
obra de Leonardo estaría llena de pistas que apuntan a unos conocimientos
secretos sobre María Magdalena con la intención de mantener vivos los hechos
que las autoridades eclesiásticas habían obligado a ocultar. «Es muy posible
que haya algo de verdad en las leyendas. Yo creo que la unión sagrada de Cristo
y María Magdalena era el centro de la historia cristiana y que
desgraciadamente, incluso trágicamente, se perdió a principios del nacimiento
del cristianismo y no se incluyó dentro de la historia», defiende Margaret
Starbird.
Según
El código Da Vinci, en el año 325 de nuestra era, la adoración a María
Magdalena se vio relegada a la clandestinidad tras el Concilio de Nicea,
convocado por el emperador romano Constantino con el fin de construir una sola
Iglesia y encontrar una forma uniforme y simple de cristianismo con la que
todos los obispos, frecuentemente enfrentados, estuvieran de acuerdo. La
Iglesia condenó las creencias de los gnósticos como herejías y decidió lo que
es adoptado como texto oficial para el Nuevo Testamento. Por tanto, Constantino
ordenó que destruyeran los textos gnósticos, dejando sólo los Evangelios
canónicos que ahora podemos encontrar en la Biblia. De nuevo, esta teoría de El
código Da Vinci no es original. Según Timothy Freke, coautor del libro Los misterios
de Jesús, «la verdad sobre los orígenes del cristianismo se pierde porque sólo
se permite la supervivencia de una historia que es la escrita por el obispo
Eusebio, el relaciones públicas de Constantino, su propagandista».
Pero
parece ser que, según afirman la mayoría de los historiadores religiosos, en el
Concilio de Nicea no hubo ningún debate sobre la censura de ninguno de estos
textos, ni se seleccionaron los libros que se convertirían en la versión
oficial de la fe. Una vez más, no hay ningún documento de los concilios
cristianos que pruebe la inclusión o exclusión de los libros que se
identificarían con los textos no canónicos de la biblioteca de Nag Hammadi,
según señala, entre otros expertos, George Gorse, profesor de historia del arte
del Pomona College. En realidad, el canon evolucionó durante varios siglos y
los 27 libros que forman ahora el Nuevo Testamento no fueron recopilados hasta
cuarenta y dos años después del Concilio de Nicea. La afirmación de que otros documentos
sobre los orígenes cristianos fueron destruidos en este período es una mera
exageración. La quema de libros sucedió, pero se produjo siglos después y por
razones diferentes.
La
idea de El código Da Vinci de que la Iglesia quiere acabar con la leyenda de
María Magdalena ha encontrado apoyo en aquellos que la vinculan con un antiguo
mito egipcio. Basándose en esta teoría, la primera Iglesia estaría ansiosa por
borrar todo lo que conectaba la historia del Nuevo Testamento con rituales
paganos de adoración, como la divinidad egipcia Osiris y su esposa, la diosa
Isis, que en el cristianismo primitivo se habrían transformado en Jesús que
muere y resucita y en su esposa María Magdalena. Así, a los ojos de la primera
comunidad cristiana, puede que Cristo y la Magdalena fuesen la personificación
de ese mismo principio de unión sagrada que aparece en el mito de Isis y
Osiris. Sin embargo, los teólogos tradicionales aseguran que considerar a María
Magdalena como una diosa es ir más allá de lo que nos cuentan las fuentes
existentes. Además, la Iglesia considera santa a María Magdalena, y como tal la
celebra el día 22 de julio desde tiempos antiguos, antes del siglo X en Oriente
y a partir del siglo XII en Occidente, adquiriendo aún más fuerza su culto a
partir de la Contrarreforma. Existen multitud de templos dedicados a esta
advocación, y muchas monjas a lo largo del tiempo han elegido como nombre de
religión el de María Magdalena, alcanzando algunas de ellas a su vez la
canonización, de modo que en el Santoral romano hay varias Marías Magdalenas.
No cabe por tanto pensar que la Iglesia hubiera querido menospreciarla ni
borrarla de la Historia.
§.
Los reyes merovingios
Como
se explicó en el capítulo 5, el padre Bérenger Saunière, un humilde párroco de
pueblo, cuyo apellido adoptó Brown para dárselo a Jacques, el ficticio
conservador del Louvre asesinado en El código Da Vinci, inició una reforma de
su iglesia de Rennes-le-Château. Según cuenta la leyenda, durante la reforma,
Saunière encontró los llamados dossieres secretos, que apoyarían la idea de un
linaje sacro prolongado hasta nuestro tiempo a través de una dinastía de reyes
franceses medievales, monarcas que podrían ser descendientes de Jesucristo.
En
El enigma sagrado, los autores llegaron a la conclusión de que fue posible que
Jesús estuviera casado y hubiera tenido hijos, y que éstos se casaran para
pasar a formar parte de la dinastía merovingia, protagonista de increíbles
historias, como que tenían capacidad de curar con las manos y de hablar con las
bestias o de disfrutar de una especie de comunicación extrasensorial con el
mundo natural. El último de los merovingios fue Dagoberto II, que se casó con
una princesa visigoda y cuyo reino sólo duró tres años. Murió asesinado y
algunos historiadores creen que existen algunos indicios, no pruebas, de que la
Iglesia tuvo algo que ver en su muerte.
Los
merovingios y esta leyenda aparecen en los dossieres secretos encontrados en el
interior de una columna visigótica de Rennes-le-Château, de la que se hace eco
El código Da Vinci. En realidad, la conexión entre Jesús y Dagoberto, el último
de los merovingios, no está demostrada. Dagoberto existió, pero no hay pruebas
que indiquen su pertenencia a un linaje sacro, y otros relatos de su muerte
aseguran que fue víctima de un clan enemigo. Además, la columna visigótica
removida durante la reforma de Saunière no tiene un hueco lo suficientemente
grande como para que pudieran guardarse allí documentos secretos. Otra vez, un
misterio más de novela que de la realidad histórica.
§.
El Priorato de Sión y los Templarios
Las
historias sobre un linaje sacro no acaban aquí. Según El código Da Vinci, hay
otra serie de documentos mucho más antiguos que contienen nada menos que una
genealogía que se remontaría hasta Jesús y María Magdalena; estas antiguas
escrituras son llamadas los documentos del Sangraal; Sangraal, una palabra
medieval para designar al Santo Grial. Y es que cuando se menciona el Grial por
primera vez, es citado como una sola palabra, Sangraal. En la Edad Media,
alguien, de manera arbitraria, separó la palabra después de la «n» y antes de
la «g» y el resultado fue San Graal, Santo Grial. Sin embargo, si separamos la
palabra Sangraal después de la «g», sale Sang Raal o Sang Real, es decir,
Sangre Real. Al menos ésta es la teoría que defiende Richard Leigh en su libro
El enigma sagrado.
Con
los documentos del Sangraal la historia se traslada de Francia a Jerusalén, a
las ruinas del templo de Salomón, donde El código Da Vinci asegura que estaban
escondidos estos antiguos pergaminos. El jefe de la Primera Cruzada, Godofredo
de Bouillon, es, según Leigh, de ascendencia merovingia.
En
julio de 1099, los cruzados rompieron las defensas sarracenas de Jerusalén,
conquistaron la ciudad, y convirtieron al triunfante Godofredo de Bouillon en
soberano de Tierra Santa. Aunque rechazó la corona de rey, porque dijo no poder
llevarla donde Jesucristo había llevado una de espinas, Godofredo adoptó el
título de Protector del Santo Sepulcro. Según El código Da Vinci, ese mismo año
estableció el Priorato de Sión, la misteriosa sociedad encargada de proteger al
linaje sacro durante diez siglos.
Existen
pruebas documentadas de que en 1099, cuando Jerusalén fue capturada por los
cruzados, un grupo de jóvenes religiosos se instaló en una abadía situada en la
cima del monte Sión y formó una orden: la Orden de Sión. De hecho, un Priorato
de Sión medieval existió en realidad. Pero en la novela este Priorato tenía una
misión secreta: hacerse con los documentos del Sangraal; para llevárselos de
Jerusalén, el Priorato creó una unidad militar, una orden de caballeros
llamados los caballeros templarios. En El código Da Vinci, supuestamente, los
templarios entregaron los documentos del Sangraal a sus maestros, el Priorato
de Sión, guardianes del linaje sacro. Ellos conservarían el secreto.
Ya
sabemos que, en realidad, la Orden del Temple no tiene nada que ver con sectas
ni sociedades secretas. Era una institución de la Iglesia, lo que se llama una
orden militar, es decir, una orden religiosa cuyos miembros hacían los votos de
pobreza, castidad y obediencia, aunque en realidad fuesen guerreros, y la Orden
como tal tuviese como misión la guerra contra los infieles. Pero no existe
ninguna prueba de que algunos caballeros, tras la disolución de la orden,
escaparan hacia Jerusalén llevando los documentos del Sangraal, como pretende
El código Da Vinci. Lo mismo puede decirse de su pretendida relación con el
Priorato de Sión.
§.
Otras creencias heréticas: Los Cátaros
Otros
enemigos de la Iglesia oficial que han dado lugar a leyendas esotéricas son los
cátaros, nombre de origen griego que significa «puros». Los cátaros no eran
ninguna secta secreta, puesto que actuaban con toda normalidad a la luz del
día; eran una herejía del cristianismo o incluso, según algunos estudiosos,
llegaron a ser una religión distinta, tan grandes eran sus divergencias con la
doctrina católica. El catarismo se desarrolló en el siglo XII especialmente en
el sur de Francia, por lo que sus adeptos fueron también llamados albigenses,
por la ciudad de Albi, uno de sus centros principales. Era una herejía de
naturaleza dualista, es decir, que creía en la existencia de dos principios
enfrentados, el Bien y el Mal. Negaban la existencia de la Santísima Trinidad,
considerando que Jesucristo y el Espíritu Santo eran meras emanaciones de Dios.
Negaban la libertad de las criaturas humanas y no creían en la resurrección de
la carne ni en el Infierno. Criticaban los vicios y la avaricia de los miembros
del clero oficial y rechazaban los sacramentos, en vez de los cuales tenían
prácticas peculiares como el consolamentum, que tenía los efectos del bautismo,
la confesión y la comunión, o laendura, un ayuno que se llevaba hasta la muerte
y que los cátaros consideraban como una especie de martirio.
Con
tales creencias en una época en que no existía libertad religiosa, no es
extraño que la Iglesia pretendiese extirpar la doctrina cátara; tras varios
intentos infructuosos de reconversión de los cátaros, lanzó contra ellos en
1208 la llamada Cruzada albigense, solución militar seguida de la labor de
«limpieza» de la Inquisición, institución creada específicamente contra los
cátaros. En estas operaciones represivas, Roma contó con la colaboración del
rey de Francia, a quien le preocupaba el carácter también heterodoxo en lo
social de los cátaros, que amenazaba las estructuras del reino.
«Fue
la primera cruzada que tuvo lugar en Europa, en territorio europeo, en vez de
en Tierra Santa. También fue la primera cruzada que enfrentó a cristianos
contra otros cristianos», detalla Richard Leigh, autor de El enigma sagrado.
Los soldados del rey francés fueron enviados para defender la fe ortodoxa. La
cruzada albigense continuó durante cuatro décadas en las que redujeron todos
los pueblos cátaros del sur de Francia, lo que le sirvió al rey de Francia para
incautar sus propiedades.
Así,
se utilizó la herejía como una excusa para una apropiación masiva de las
tierras. En uno de los últimos ataques contra los cátaros, una leyenda vuelve a
aparecer. La historia data del siglo XIII, y dice que el día antes de la toma
de la fortaleza de Montségur por el senescal de Carcasona en 1244, tras largos
meses de sitio, cuatro monjes huyeron por el escarpado acantilado con un
misterioso tesoro cátaro que podrían ser los documentos del Sangraal que la
Iglesia quería destruir. Pero se trata de mera especulación. Un universitario
alemán nazi, Otto Rahn, que en los años treinta se instaló en la ciudad de
Ariège, en la antigua región cátara, fue quien, adelantándose siete décadas a
Dan Brown, conectó a los cátaros con el Grial, publicando un fantasioso libro
titulado La Corte de Lucifer.
§.
Las pistas escondidas en la última cena
El
artista florentino Leonardo Da Vinci es una figura muy carismática y
enigmática; según el best seller de Dan Brown, sería el gran maestre del
Priorato de Sión, cuyas creencias ocultas podrían estar expresadas en sus
pinturas, sobre todo en La Última Cena. Junto a Jesucristo, según la novela, la
figura que debería ser Juan es en realidad María Magdalena. Los dos, Jesús y
ella, están en el centro del cuadro, sugiriendo un papel de iguales. Además,
añade misterio el hecho de que en la pintura aparece la mano de Pedro con un
cuchillo apuntando hacia el lado izquierdo (la derecha de Cristo y los
apóstoles), representando quizá la hostilidad de algunos por el papel relevante
que Jesús otorgaba a María Magdalena. También aparece la mano de Tomás
levantada, con el índice estirado hacia arriba, en un gesto amenazante, tal vez
expresando los celos de los apóstoles hacia la Magdalena y su papel como pareja
de Cristo. En el centro de la pintura, la composición de las figuras de Cristo
y la supuesta Magdalena forma una V, un antiguo símbolo que representaba las
deidades femeninas de la fertilidad, lo que también puede interpretarse como
alusión a esa función portadora de la semilla de la estirpe de Jesús, de Santo
Grial viviente que habría sido María Magdalena.
«Leonardo
Da Vinci, como todos los artistas, incluía símbolos en sus obras de arte para
que el público reconociese su significado visual. Pero no se trataba de
símbolos heréticos introducidos en secreto en sus cuadros», explica George
Gorse, profesor de Historia del Arte del Pomona College. En el Renacimiento, se
pintaron numerosas <Últimas Cenas. Juan siempre está al lado de Cristo y
siempre tiene ese aspecto femenino, tanto en las cenas como en la numerosa
iconografía de la época que lo sitúa en escenas alrededor de la Pasión. Es el
único apóstol barbilampiño, lleva el cabello largo y tiene finas y bellas
facciones, lo que no quiere decir que sea una mujer. La androginia aparece por
otra parte en algunas obras de Leonardo, de quien se dice que sentía debilidad
por los efebos afeminados. Su san Juan es un provocativo ejemplo de ello y, por
cierto, levanta el dedo exactamente igual que el apóstol de La Última Cena.
Además, algunos historiadores del arte opinan que el cuchillo que sostiene
Pedro apunta claramente a Bartolomé, uno de los doce apóstoles cuyo martirio
consistió en que lo desollaran vivo.
Otra
de las teorías de Dan Brown que los historiadores rechazan es que la forma en V
sea el símbolo de lo sagrado femenino. La distribución de las figuras en el
cuadro de Leonardo es algo muy común en este artista, que siempre hacía una
composición dinámica. Así, la forma de V de la parte centro-izquierda del
cuadro sirve en realidad para crear un efecto dinámico que nada tiene que ver
con simbolismos de lo sagrado femenino.
La
conexión de Leonardo con el Santo Grial es históricamente poco probable. La
leyenda del Grial, conectada a las leyendas artúricas, tuvo gran popularidad en
la Edad Media, cuando, a partir de fuentes muy anteriores, Robert de Borron
compuso su poema hacia 1180, mientras que Chretien de Troyes escribió por esas
fechas Le Conte du Graal. Fue resucitada por el Romanticismo en el siglo XIX,
cuando se editaron algunas de las obras medievales, pero en la Italia del
Renacimiento despertaban poco interés. Por otra parte, Leonardo Da Vinci no
pudo haber sido un gran maestre del Priorato de Sión, ya que eso no encaja con
la personalidad solitaria e individualista del artista. «En los quince
manuscritos de Leonardo, cientos y cientos de frases escritas, no hay ninguna
prueba que demuestre que estuviese en ninguna organización religiosa secreta de
los siglos XV y XVI», señala el historiador George Gorse.
§.
Los Templarios en el Reino Unido
En
El código Da Vinci, un posible escondite del Santo Grial es la iglesia del
Temple en Londres, construida por los caballeros templarios y consagrada en
1185. Dentro de esta iglesia hay dos espacios diferenciados: una planta
tradicional que acaba en un altar, adornado con una vidriera en la que se
representan a dos templarios a lomos de un caballo y, al lado, se encuentra la
primitiva iglesia, de planta circular siguiendo un esquema peculiar de las
iglesias templarias, donde yacen en el suelo las figuras de diez caballeros
Lo
más importante es la forma circular de la construcción que, según El código Da
Vinci, se trataba originariamente de un templo pagano donde posiblemente se
llevaron a cabo rituales sexuales y donde los templarios buscaban refugio en un
mundo que rechazaba los documentos que ellos protegían y el linaje que juraron
defender. Para los historiadores, el lugar no tiene ningún misterio; el diseño
circular está inspirado en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, de
planta circular, que lógicamente inspiró la arquitectura de los templarios,
conectados desde su creación con ese santuario, cuya defensa era su razón de
ser original. La vinculación arquitectónica con el paganismo es del propio
Santo Sepulcro, inspirado en las más antiguas iglesias de Roma, a las que se da
el nombre de martirium, que a su vez seguían el modelo del mausoleo de Augusto,
de planta circular hasta el punto de que en el siglo XVII fue utilizado como
plaza de toros por los españoles de Roma.
Según
la novela, los documentos de la Sangre Real fueron guardados en este templo de
Londres sólo durante una noche antes de ser llevados al norte, a otro escondite
en Escocia: la capilla de Rosslyn, situada cerca de la ciudad de Edimburgo.
Supuestamente fue construida por los templarios en 1466 y en El código Da
Vincies conocida como «la catedral de los Códigos». Posee multitud de
fascinantes relieves de las tradiciones cristiana, judía, pitagórica,
rosacruciana y otros cánones esotéricos. Según asegura la novela, estos
relieves son pistas que unen a todos los grupos asociados con el linaje sacro.
Lo cierto es que la capilla de Rosslyn, en el distrito de Midlothian, fue
construida con los auspicios de sir William Saint Clair, último príncipe de
Orkney (14101484), descendiente de los merovingios. Incluso, en el templo hay
una losa funeraria que sugiere que este noble escocés era también un caballero
templario. Además, en la novela, los Saint Clair, que históricamente estuvieron
vinculados al Temple, como muestra el hecho histórico de que en los siglos XIII
y XIV hubiera dos miembros de la familia grandes maestres de esa orden, son
incluidos entre los primeros grandes maestres del Priorato de Sión. Por tanto,
Rosslyn es el punto que vincula a los merovingios con los templarios y el
Priorato.
La
mayoría de los historiadores consideran esta vinculación como pura
especulación: ni los relieves están relacionados con los templarios, ni la
estrella de cinco puntas —que en El código Da Vinci es símbolo de lo femenino—
con el Priorato de Sión, ni la losa funeraria es del fundador de Rosslyn,
porque ni siquiera se encontró allí, sino que fue trasladada desde otro lugar.
Tampoco la rosa —que es de donde supuestamente sale el nombre de Rosslyn— tiene
nada que ver con llamada Línea Rosa, que la novela identifica como el primer
meridiano que se usó como marcador geográfico de los husos horarios antes de
adoptarse el de Greenwich. En la ficción literaria, la Línea Rosa pasa por esta
capilla escocesa y justo por encima de la pirámide del Museo del Louvre, en
París, el lugar donde comienza la trama del libro. Según El código Da Vinci, la
Línea Rosa conecta una conspiración, a lo largo y ancho del continente, para
conservar la antigua verdad del linaje sacro. Pero la realidad es que el primer
meridiano no coincide con el meridiano que pasa por París y nunca se ha llamado
la Línea Rosa ni va desde el obelisco de la iglesia parisina de Saint-Sulpice a
Rosslyn.
§.
Dossieres no tan secretos
Llegados
a este punto todo parece desmontar la historia de una gran conspiración para
conservar el linaje sacro. Asimismo, hay una larga lista de afirmaciones no
demostradas; los templarios no fueron creados por el Priorato de Sión; el
Priorato no protegió el linaje sacro y no hay ninguna prueba que demuestre que
los documentos de la Sangre Real existiesen jamás. Entonces, ¿cómo empezó esta
increíble leyenda de dos mil años de antigüedad que acabó convirtiéndose en la
novela más vendida en los últimos años? La genialidad de El código Da Vinci es
su manera brillante de combinar historia, leyenda y fantasía en una intrigante
trama. Además, cuanto más se retrocede en la historia contada por Dan Brown más
razonables e interesantes son sus ideas. Pero, según los historiadores, cuanto
más se acerca a los tiempos actuales, más se aleja de los estudios reales y el
pensamiento académico.
De
hecho, hay una historia secreta detrás de El código Da Vinci que empieza con el
padre Berenguer Saunière, el misterio de Rennes-le-Château y el descubrimiento
de los dossieres secretos, fundamentales en el libro. Estos dossieres secretos
realmente salieron por primera vez a la luz pública en 1956, cuando un
periódico francés, La Dépêche Du Midi, publicó unos artículos sobre ellos tras
ser encontrados en la Biblioteca Nacional de Francia, en París. Resulta que
fueron depositados por una asociación que se registró oficialmente en 1956 con
el nombre de Priorato de Sión, una organización completamente moderna cuyo gran
maestre era un hombre llamado Pierre Plantard. Éste y su círculo eran
intelectuales de derechas y nacionalistas franceses que intentaban crear un
mito moderno, utilizando historias y partes de hechos y leyendas, y asegurando
que él mismo era parte de una sociedad secreta. Su grupo creó los dossieres
secretos, que consistían en su mayoría en páginas y páginas de genealogía con
el fin de demostrar que existe realmente un descendiente de los merovingios que
es un rey perdido.
Estos
documentos avivaron el interés de investigadores como Richard Leigh, que se
sintió intrigado por la idea de un antiguo Priorato de Sión y tuvo como
resultado la publicación de El enigma sagrado en 1982. Según afirma, hay
documentos antiguos de transferencia de tierras que demuestran que hubo un
priorato medieval así llamado, pero fue una orden católica bastante
insignificante y que duró hasta 1619. Hasta 1956 no volvió a aparecer ninguna
referencia histórica, con su renacimiento en el grupo de Pierre Plantard y su
objetivo de restablecer una dinastía de 1600 años de antigüedad. Esta historia
especulativa fue ingeniosamente incorporada en la ficción de El código Da Vinci
y constituye una estupenda trama. Pero en Francia, donde tiene lugar la mayor
parte de la leyenda, conocen muy bien la auténtica historia y pocas de las
ideas de El código Da Vinci son tomadas como hechos. Según el periodista e
historiador Jean-Luc Chaumeil, desde hace treinta años todo el mundo en Francia
sabía que esto era un fraude.
§.
Ficción basada en la historia
En
la novela, las acciones del Priorato de Sión obligan a que un grupo conservador
religioso que busca suprimir el conocimiento del linaje sacro entre en acción:
el Opus Dei. Se trata de una organización de la Iglesia católica cuyo nombre en
latín significa la Obra de Dios. El Opus Dei fue fundado en 1928 por el padre
Josemaría (escribía su nombre compuesto todo junto, para tener un nombre nuevo
en la nomenclatura cristiana cuando fuera canonizado, como ocurrió) Escrivá de
Balaguer, con el objetivo de difundir el mensaje de que todo el mundo puede
llegar a la santidad a través de su trabajo diario y las labores cotidianas.
Hoy en día cuenta con alrededor de sesenta mil miembros y está considerada por
muchos entre las voces más conservadoras del mundo católico. Sus fieles
sostienen que representan los valores tradicionales, pero sus detractores los
acusan de extremismo religioso.
El
código Da Vinci asegura que el Vaticano hizo una especie de acuerdo doloso con
el Opus Dei para que recibiera dinero de la Iglesia. «Ésta es una afirmación
muy perjudicial, la más indignante del libro y completamente falsa», afirma
Andrew Soane, portavoz del Opus Dei en el Reino Unido. En el libro se afirma
también que el grupo realiza prácticas medievales, como la auto mortificación,
para conseguir la salvación. Es cierto que en el Opus Dei se practican esas
penitencias, que no son exclusivamente medievales sino que han llegado hasta
nuestros días en el seno de la Iglesia oficial; algunos miembros usan a veces
el cilicio, una banda con pinchos metálicos que se coloca alrededor de la
pierna o el brazo. «La idea es que, si practicas mortificaciones, cuando llegue
la hora de caer en la tentación, tendrás más fuerza y aguantarás», explica
Soane. Cualquier cosa que uno piense de sus creencias, hay algo que está claro:
nunca existió una misión para extinguir el linaje sacro de la historia, sobre
todo porque el Opus Dei no cree que exista un linaje sacro.
Otra
incongruencia en el libro de Brown es que el malo de la novela es un monje
asesino miembro del Opus, cuando en el Opus no hay frailes, ni monjas, ni
miembros de ninguna orden religiosa, aunque sí sacerdotes seculares, integrados
en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Las
teorías que Brown sostiene en esta obra han despertado muchas críticas en los
medios académicos, incluyendo la redacción de varios libros que refutan uno a
uno sus argumentos históricos y artísticos. Los expertos tienen diversas
explicaciones sobre el éxito del libro, desde el gusto por las teorías sobre
una conspiración, hasta el hecho de que muchas personas en la actualidad están
intentando encontrar un vínculo con el pasado o llegar a los orígenes de la
verdad o están más abiertas a buscar una nueva interpretación del cristianismo.
Desde esta visión, esta novela de misterio en realidad ha servido como un gran
catalizador.
La
narración de Dan Brown, a pesar de estar supuestamente basada en hechos
históricos, es totalmente ficticia. Plantea muchos interrogantes y deja que el
lector saque sus propias conclusiones. Los más críticos aseguran que es muy
contradictoria y, realmente, no proporciona respuestas. Centra la trama en los
orígenes del cristianismo, en una época sobre la que la gente tiene mucha
curiosidad. Introduce el tema del papel de la mujer en la historia del
cristianismo y de la Iglesia y plantea la búsqueda del significado espiritual y
el sentido de la vida en el siglo XXI, algo que resulta muy atractivo para
millones de lectores, más si se lo cuentan con mucha acción y repleto de
misterios y conspiraciones.
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Notas:
[1]
También transcrito en español como kushanas o qushanas
[2]
El número exacto de víctimas del naufragio varía considerablemente según las
fuentes. La Enciclopedia Británica, en su edición de 1985, da 1513 muertos
[3]
Deadly Triangle. También se puede traducir como Triángulo Asesino.
[4]
Agujero de gusano o, como nombre más técnico, puente de Einstein-Rose.


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