© Libro N° 4054. Viaje Al Oriente. Hesse, Hermann. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
Título
original: © Die Morgenlandfahrt
Versión Original: © Viaje Al Oriente. Hermann
Hesse
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Miranda
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VIAJE AL ORIENTE
Hermann Hesse
Como en todos los viajes
iniciáticos, en El viaje al Oriente lo que cuenta no es la meta esquiva e
imprecisa, sino el recorrido en sí mismo, el proceso que lleva a sus
protagonistas hacia el descubrimiento de una nueva realidad, que pasa por la
muerte simbólica y el renacimiento espiritual.
Ésta novela es, junto con
Siddhartha, la más importante contribución de Hermann Hesse al tema del
desarrollo interior del hombre y la búsqueda del sentido de la existencia. Se
trata de una novela breve claramente alegórica, en el que un singular viaje colectivo
hacia Oriente, una especie de mística Cruzada emprendida por una misteriosa
hermandad, sirve de base para un vigoroso y poético alegato a favor de otro
tipo de relaciones, más auténticas y profundas, con uno mismo y con el mundo.
Es un viaje fantástico que,
como los viajes de la imaginación y de los sueños, se salta las barreras del
espacio y del tiempo, pues su objetivo no es otro que el de englobar la
experiencia humana en un todo armonioso y significativo.
Título
original: Die Morgenlandfahrt
Hermann
Hesse, 1932
Traducción:
Victor Scholz
A Hans C. Bodmer y su esposa
Elsy
CAPÍTULO I
Fue el destino quien me
deparó aquella fabulosa aventura. Pertenecía al Círculo y, como miembro del
mismo, participé en aquel viaje único, cuyos milagrosos incidentes brillaron
como meteoros, para sumirse rápidamente en el olvido por el camino del descrédito.
Ésta coyuntura me anima hoy a intentar la descripción, breve y concisa, de
aquella increíble odisea; odisea que desde los tiempos de Hüon y de Roldán el
Furioso no ha sido llevada a cabo por ningún hombre hasta el presente: esta
época turbia, llena de desesperanza y, a la vez, fructífera de la posguerra. No
creo engañarme al respecto a las enormes dificultades, no me refiero tan sólo a
las que pueden surgir desde un punto de vista subjetivo, aun admitiendo que,
por sí solas, ya han de ser considerables. Piensen que no, dispongo de ningún
punto de apoyo firme —dato, documento, diario de viaje—, y que, en el
transcurso de estos difíciles años, rebosantes de infortunios, enfermedades y
desgracias, se han esfumado también gran parte de mis recuerdos. Los golpes
adversos del destino, los continuos descorazonamientos, han ido minando mi
memoria, así como la ciega confianza que antaño tenía depositada en ella, hasta
debilitarla lamentablemente. Pero, prescindamos de estas cuestiones personales.
Aun así, me encuentro ligado por mi antiguo juramento, y si bien tal juramento
no me priva en absoluto narrar mis aventuras personales, me prohíbe en cambio,
revelar cualquier secreto referente al Circulo. No ignoro que, al parecer desde
hace tiempo, el Círculo no tiene una existencia visible. Sin embargo, pese a
que no he vuelto a ver a ninguno de sus miembros, ninguna tentación o amenaza
podría obligarme a quebrantar mi juramento. Por el contrario, si en el presenté
o en el futuro fuera conducido ante un tribunal militar y me colocasen en la
alternativa de dejarme matar o de revelar los secretos del Círculo, ¡con qué
ardiente alegría moriría sin despegar los labios!
Quiero hacer constar aquí,
de un modo incidental, que desde la publicación del Diario de Viaje del conde
Keyserling, han aparecido diversos libros, cuyos autores, unas veces sin
percatarse de ello, otras deliberadamente, producen la impresión de ser miembros
del Círculo y de haber participado en el viaje a Oriente. Las extravagantes
descripciones turísticas de Ossendowski también cayeron bajo esta honrosa
sospecha. Pero todas estas publicaciones no guardan la menor relación con el
Círculo y con nuestro viaje a Oriente. A sus autores, en el mejor de los casos,
les unen con el Círculo las mismas relaciones marginales que ligan a los
predicadores de pequeñas sectas religiosas con el Salvador, los Apóstoles y el
Espíritu Santo, y cuyos favores especiales aseguran disfrutar.
Es muy posible que el conde
Keyserling haya dado la vuelta al mundo rodeado de las máximas comodidades,
también es probable que Ossendowski recorriera todos los países que menciona,
pero no cabe la menor duda de que en ambos casos sus viajes no fueron ninguna
maravilla y que tampoco descubrieron regiones desconocidas. Por el contrario,
en varias etapas de nuestro peregrinaje por Oriente, sin recurrir a los
vulgares medios de comunicación modernos utilizados para el transporte en masa
—los trenes, los barcos, el telégrafo, el coche, el avión—, nosotros penetramos
realmente en las esferas de lo heroico y de lo mágico. Fue poco después de la
terminación de la Guerra Mundial, cuando en el modo de pensar de los pueblos
vencidos se había producido un estado extraordinario de irrealidad, una
predisposición hacia todo lo sobrenatural, aunque concretamente, sólo en muy
pocos lugares fueron arrolladas las fronteras y se intentasen algunos pequeños
avances en el reino de la futura Psicocracia. Nuestra travesía del mar de la
Luna hacia Famagusta, bajo la dirección de Alberto el Grande, el descubrimiento
de la Isla de las Mariposas, doce líneas detrás de Zipangu, la sublime fiesta
del Círculo ante la tumba de Ruediger; todo esto constituyen hechos y aventuras
como sólo una vez les fueron dadas vivir a los hombres de nuestro tiempo y de
nuestro continente.
Aquí, según veo, tropiezo
con una de las mayores dificultades de mi narración. Sería relativamente fácil
hacer comprender al lector la región en que se desarrollaron nuestras hazañas,
la parte del alma a que pertenecían, si me fuera posible revelarle los secretos
íntimos del Círculo. Pero el juramento sella mis labios y, debido a esto,
muchas cosas, tal vez todas, le parecerán increíbles e incomprensibles al
lector. Pero, aunque parezca paradójico, lo que en sí mismo es imposible, debe
de ser intentado siempre de nuevo. Estoy en todo de acuerdo con Siddhartha,
nuestro sabio amigo de Oriente, que una vez dijo: «Las palabras no sirven para
explicar un sentido secreto; siempre lo modifican algo, lo falsifican, lo
ridiculizan. Esto es indudable, pero también lo es que aquello que para un
hombre representa su tesoro y su sabiduría, le parece a otro una locura».
Ya hace siglos que los
miembros y los historiadores de nuestro Círculo se vieron ante esta misma
dificultad, aunque supieron afrontarla valientemente. Uno de ellos, uno de los
Grandes, lo ha expresado de la siguiente forma en sus versos inmortales:
Quien mucho ha viajado,
habrá visto a menudo cosas,
muy lejos de aquello que
consideraba como verdad.
Si luego lo narra por los
prados de su patria,
casi siempre le tildarán de
embustero,
pues el cretino no se fía de
nada
si no lo ve por sí mismo
claro y detallado;
ya imagino que la
inexperiencia
dará muy poco crédito a mi
canción.
Ésta «inexperiencia» ha
motivado también que nuestro viaje no sólo haya sido olvidado por la opinión
pública, siendo así que antaño excitó la imaginación de millares de hombres
hasta el éxtasis, sino que su recuerdo sea considerado hoy tabú. Pero en fin,
la historia nos ofrece muchos ejemplos semejantes. La historia de la Humanidad
me parece a veces un enorme pliego de láminas que reflejasen la nostalgia más
vigorosa y obcecada del hombre: la nostalgia del olvido. ¿No intenta borrar
cada generación todo lo que a la anterior le parecía más importante, empleando
para ello la coerción, el silencio y la burla? ¿No lo acabamos de vivir
últimamente? Recordemos la forma en que una guerra terrible, cruel y larga ha
sido olvidada, negada, reprimida y borrada por pueblos enteros, y cómo estos
mismos pueblos, ahora que se han recuperado un poco, tratan de recordar de
nuevo mediante excitantes novelas de guerra aquello que ellos mismos provocaron
y sufrieron. Llegará también el día en que las hazañas y los padecimientos de
nuestro Círculo, hoy olvidados o bien ridiculizados por el mundo, sean
descubiertos de nuevo. Mis anotaciones servirán para ello.
Una de las peculiaridades de
nuestro peregrinaje a Oriente fue que, a pesar de perseguir con este viaje unos
fines colectivos muy concretos y elevados (los mismos pertenecen a los secretos
del Círculo y me es imposible revelarlos aquí), cada uno de los participantes
podía tener al mismo tiempo sus propios objetivos. Es más, debía de tenerlos,
ya que nadie podía participar en el viaje sin estos objetivos particulares.
Cada uno de nosotros, mientras parecía perseguir un ideal y un objetivo comunes
y combatir bajo una misma bandera, llevada en sí como fuerza intrínseca y como
último consuelo, sus propios y necios sueños de la infancia. El objetivo
particular que me impulsara a mí a emprender el viaje, y por el cual fui
preguntado antes de mi admisión en el Círculo por la Gran Silla, era
extremadamente sencillo, en tanto que otros miembros se habían propuesto
alcanzar fines que, aunque yo respetaba, no acababa de comprender del todo. Uno
de ellos, por ejemplo, era buscador de tesoros y en su mente no alberga otro
pensamiento que el de descubrir un gran tesoro al que llamaba «Tao»; a otro, se
le había metido en la cabeza cazar una determinada serpiente, la cual, según
decía, poseía poderes mágicos y a la que él llamaba «Kundalini». La finalidad
que yo me había propuesto presentaba el objetivo de toda mi vida; que era
realizar el sueño de mis años de adolescentes: ver a la princesa Fatme y, si
ello me era posible, conquistar su amor.
Por la época en que tuve el
honor de ser admitido en el Círculo, es decir, poco después de la terminación
de la Gran Guerra, nuestro país estaba lleno de salvadores, de profetas y
discípulos, así como de presentimientos del próximo fin del mundo y de esperanzas
en el comienzo del Tercer Reich. Conmovidos por la guerra, desesperados por la
miseria y el hambre, profundamente defraudados ante todos los sacrificios de
sangre y bienes materiales, al parecer inútiles, nuestro pueblo se sentía
predispuesto a las falsas lucubraciones mentales, lo mismo que a seguir las
nobles aspiraciones del alma. Se creaban sociedades de baile en las que tenían
lugar verdaderas bacanales, mientras que los anabaptistas organizaban sus
fuerzas de combate. Poderes ocultos impulsaban a muchos hacia el más allá y
hacia los milagros. Existía, al propio tiempo, un interés enorme por conocer
los secretos y los cultos de la India, de la vieja Persia y de otros países
orientales, y fue precisamente esto lo que llevó a mucha gente a pensar que
nuestro Círculo, este Círculo tan antiguo, era simplemente una de esas plantas
que la moda propaga rápidamente para luego de unos años de vigencia,
despreciarlas y tildarlas de absurdas, hasta hacerlas caer en el olvido. Pero
para los fieles, para sus discípulos, esto no tiene gran importancia.
¡Recuerdo perfectamente
aquellos solemnes momentos, cuando, después de un año de prueba, pude
presentarme ante la Gran Silla! Iniciado por el Orador en el plan del viaje a
Oriente, al que desde un principio me entregué en cuerpo y alma, me
interrogaron amablemente acerca de lo que yo esperaba de aquel viaje al país de
las maravillas. Enrojecí, pero, sincero y sin el menor titubeo, expuse ante los
Superiores reunidos mi deseo de ver a la princesa Fatme con mis propios ojos.
El Orador entonces, interpretando los signos de los encapuchados, posó su mano
sobre mi frente, me bendijo y pronunció las palabras de ritual que confirmaban
mi admisión como hermano del Círculo.
—«Anima pía» —me dijo, y me
exhortó a la fidelidad en la creencia, al valor del héroe en el peligro y al
amor fraternal.
Preparado concienzudamente
durante mi año de prueba, presté juramento, y abjuré del mundo y de sus
creencias equívocas. A continuación colocaron en mi dedo el anillo del Círculo,
en el que aparecían cinceladas las palabras de uno de los más bellos capítulos
de la historia de nuestro Círculo:
En la tierra y en el aire,
en el agua y en el fuego,
le están sometidos los
espíritus;
su presencia asusta y domina
a los monstruos más feroces,
y el mismo Anticristo,
temblando se le acerca, etc., etc.
Una vez admitido, sentí, con
gran alegría que se me caía una de las vendas colocadas ante mis ojos, tal como
se me había anunciado. Obedeciendo las instrucciones de los superiores, me uní
a uno de los grupos de diez que continuamente cruzaban el país para reunirse
con la gran cruzada del Circulo. Inmediatamente penetré en uno de los secretos
de nuestro viaje. En el acto me percaté de que si bien en apariencia me había
sumado a una peregrinación a Oriente, a un viaje concreto y único, en realidad,
en el sentido más elevado y genuino, la cruzada a Oriente no era simplemente
aquella en la que yo intervenía y no sólo la presente, sino que participaba de
una cruzada de los creyentes hacia el Este hacia la patria de la luz, que
estaba haciendo su camino desde hacía siglos. Era una marcha eterna hacia la
luz y hacia el milagro, y cada uno de nosotros, cada uno de los componentes del
grupo, todo nuestro ejército —una simple ola en la eterna marejada de las
almas—, era la eterna nostalgia de los espíritus hacia Oriente, hacia la
patria. Éste conocimiento me atravesó como un rayo, despertando en mi corazón
las palabras que había aprendido durante mi año de prueba y que siempre me
habían gustado tanto, aunque sin llegar a comprenderlas en realidad, las
palabras del poeta Novalis:
«¿A dónde vamos? Siempre a
casa».
Entretanto, nuestro grupo
había emprendido la marcha. Pronto tropezamos con otros, y cada vez que esto
sucedía nos alegrábamos ante el sentimiento de unidad y finalidad comunes.
Fieles a las prescripciones, todos vivíamos como peregrinos, sin hacer uso de
ninguna de esas instituciones procedentes de un mundo entontecido por el
dinero, los números y el tiempo, y que vacían la vida de todo su contenido; me
refiero al mundo de las máquinas, tales como los ferrocarriles, los relojes y
cosas por el estilo. Otra de nuestras prescripciones, tomada por acuerdo
unánime, nos obligaba a visitar y a honrar todos aquellos lugares y monumentos
que tuvieran alguna relación con la vieja historia de nuestro Círculo y sus
creencias. Todos los parajes y monumentos sagrados, iglesias, tumbas que
encontrábamos por el camino, eran visitadas y festejadas por nosotros.
Adornábamos las capillas y los altares con flores, honrábamos las ruinas con
canciones o con una muda contemplación, y recordábamos a los muertos con
músicas y plegarias. Muchas veces fuimos molestados y ridiculizados por los
infieles, pero también otras muchas sucedía lo contrario: los capellanes nos
bendecían y nos invitaban a sus mesas; los niños se adherían alegremente a
nuestra comitiva, aprendiendo nuestras canciones y despidiéndonos con lágrimas
en los ojos cuando llegaba el momento de la partida; algunos ancianos nos
descubrían monumentos del pasado olvidados o nos relataban las leyendas de su
región; y muchos jóvenes nos acompañaban durante un trecho de nuestro
peregrinaje, a la vez que nos exponían sus deseos de llegar a pertenecer algún
día a nuestro Círculo. A todos les dábamos consejos y les explicábamos los
primeros ejercicios y las costumbres del noviciado. Los primeros milagros
llegaron a nosotros directamente o bien nos enteramos de ellos por relatos o
leyendas. Un día —yo todavía era un novicio—, se habló de que en la tienda de
nuestros jefes se encontraba de visita el gigante Agramant, quien trataba de
convencerles para que nos dirigiéramos a África con el fin de libertar a cierto
número de los nuestros que estaban prisioneros de los moros.
Pero el primer hecho mágico
que vi realmente con mis propios ojos fue el siguiente:
Habíamos reposado y elevado
nuestras plegarias al cielo en una semiderruida capilla de Oberamt Spaichendor.
En la única muralla de la capilla que permanecía en pie, había una gran pintura
de san Cristóbal. Sobre sus espaldas, diminuto y medio borrado por el tiempo,
se veía al Niño Jesús. Nuestros jefes, como solían hacerlo con frecuencia, no
dispusieron inmediatamente la ruta que debíamos seguir, proponiéndonos, por el
contrario, que nosotros mismos diéramos nuestro parecer sobre el asunto. Del
lugar donde se alzaba la capilla partían tres caminos, y nosotros teníamos que
decidir. Muy pocos de los nuestros expusieron su opinión o dieron su consejo, y
sólo uno señaló concretamente el camino de la izquierda, rogándonos
fervorosamente que siguiéramos sus indicaciones. Nada dijimos los demás,
esperando la resolución de nuestros jefes. Y fue entonces cuando san Cristóbal
levantó la tosca vara que sostenía con su mano y señaló hacia la izquierda, tal
como nos lo había propuesto el hermano. Contemplamos a éste sin pronunciar
palabra alguna; nuestros jefes emprendieron el camino señalado y todos les
seguimos silenciosos y rebosantes de la más profunda alegría.
Hacía poco que habíamos
emprendido nuestra marcha a través de Suabia, cuando percibimos la influencia
de un poder oculto con el que no contábamos y cuyo ascendiente sobre nosotros
duró largo tiempo, sin que lográsemos averiguar jamás si se trataba de una
influencia nefasta o favorable. Era el poder de los guardadores de la corona,
quienes, desde tiempo inmemorial, cuidan del recuerdo y de la herencia de los
Hohenstaufen. Ignoro si nuestros jefes sabían más de lo que denotaban saber o
si tenían instrucciones especiales. Tan sólo puedo afirmar que en diversas
ocasiones recibimos de aquel poder estímulos y advertencias, como la vez en que
encontrándonos en una colina del camino hacia Bopfingen, vino a nuestro
encuentro un anciano cubierto con una armadura; con los ojos cerrados, movió su
canosa cabeza y desapareció de súbito sin dejar rastro visible. Nuestros jefes
tuvieron en cuenta la advertencia, dimos la vuelta inmediatamente y no pasamos
por Bopfingen. A esta escena muda sucedió otra más expresiva en las cercanías
de Urach. Un emisario de los guardadores de la corona apareció, como surgido
del suelo, en la tienda de nuestros jefes, y con promesas y amenazas intentó
convencerles para que nuestro grupo entrara al servicio de los Staufen, a fin
de preparar conjuntamente la conquista de Sicilia. Dicen que, al rechazar
nuestros jefes abiertamente tal proposición, el emisario lanzó una terrible
maldición sobre nuestro Círculo y sobre nuestra cruzada. Mencionó aquello que
entre nosotros mismos sólo nos atrevíamos a comentar en voz baja; los jefes
jamás hicieron la menor alusión a estos hechos. De todos modos, creo muy
probable que fueran nuestras relaciones poco amistosas con los guardadores de
la corona las que motivaron el que durante cierto tiempo nuestro Círculo gozase
de la inmerecida fama de ser una sociedad secreta que trataba de conseguir la
restauración de la monarquía.
En cierta ocasión pudo ver
cómo uno de nuestros camaradas se arrepentía, pisoteaba su juramento y volvía
de nuevo a la incredulidad. Se trataba de un hombre joven, a quien yo apreciaba
bastante. El motivo personal que le había impulsado a emprender el viaje a
Oriente era su deseo de conocer la tumba del profeta Mahoma, del cual había
oído decir que, debido a un poder mágico, permanecía suspendida en el aire. En
una de aquellas pequeñas ciudades suabias o alemánicas donde permanecimos unos
días porque una oposición entre Saturno y la Luna nos impedía proseguir la
marcha, tropezó este infeliz, que desde hacía algún tiempo se mostraba triste y
oprimido, con uno de sus antiguos profesores, por el que había sentido siempre,
desde sus años de escolar, un gran afecto. El viejo maestro consiguió
presentarle nuestra causa tal como se les aparece a los infieles. El pobre
hombre, luego de una visita al profesor, regresó a nuestro campamento presa de
una terrible excitación y con el rostro descompuesto. Comenzó a gritar delante
de la tienda de nuestros jefes, y cuando apareció el Orador, arremetió contra
él vociferando que ya estaba harto de seguir la estúpida cruzada que jamás nos
llevaría a Oriente, harto de tener que interrumpir durante días enteros nuestro
viaje por necias combinaciones astrológicas, cansado de la ociosidad, de los
desfiles infantiles, de las fiestas florales, de aquel darse importancia con la
magia y de la absurda combinación de vida y de poesía; harto de todo ello.
Arrojó el anillo a los pies de los jefes y se despidió para coger el acreditado
ferrocarril y reintegrarse al trabajo útil y a su patria. Resultó un
espectáculo triste y angustioso, ante el que nuestros corazones se sintieron
oprimidos por la vergüenza y la compasión hacia el ofuscado. El Orador le
escuchó amablemente, se inclinó para recoger el anillo y dijo con una voz
serena, que debió de avergonzar al infiel:
—Te has despedido de
nosotros y volverás, por lo tanto, al ferrocarril, a la razón y al trabajo
útil. Te has despedido de nuestro Círculo, te has despedido de nuestra marcha
hacia Oriente, de la magia, de las fiestas florales, de la poesía. Eres libre;
te has desligado de tu juramento.
—¿También de la obligación
del silencio? —gritó el infiel en tono violento.
—También de la obligación
del silencio —le respondió el Orador—. Recuerda: hiciste juramento de silenciar
los secretos del Círculo ante los infieles. Y si, como parece, has olvidado el
secreto, no podrás comunicárselo a nadie.
—¿Qué yo he olvidado algo?
¡No he olvidado nada! —replicó el joven.
Pero se le notaba vacilante,
y cuando el Orador le volvió la espalda para penetrar de nuevo en la tienda,
emprendió rápidamente la huida.
Nos causó mucha pena la
deserción. Pero aquellos días estuvieron tan repletos de acontecimientos, que
lo olvidé todo con asombrosa rapidez. Tiempo después, cuando ya nadie pensaba
en aquel muchacho, los habitantes de los pueblos y de las ciudades que atravesábamos
nos fueron dando noticias del descarriado. Decían que habían visto a un joven
—nos lo describían exactamente tal como era e incluso sabían su nombre—, que
nos andaba buscando por todas partes. Primero, les decía que formaba parte de
nuestro grupo y que se había rezagado, perdiendo todo contacto con nosotros.
Pero luego rompía a llorar y confesaba que se había vuelto infiel y desertado,
si bien ahora comprobaba que le era imposible vivir fuera de nuestro Círculo;
quería y tenía que encontrarnos de nuevo para postrarse de hinojos ante
nuestros jefes y pedirles perdón. Aquí y allá, por todas partes nos contaban la
misma historia; a cualquier sitio que llegáramos nos daban noticias del
infeliz. Entonces le preguntamos al Orador que opinaba él y lo que sucedería
con el joven.
—No creo que nos encuentre
—respondió el Orador secamente.
Y así fue. Jamás nos
encontró; nunca más volvimos a verle.
Un día, en el transcurso de
una charla confidencial con uno de nuestros jefes, me armé de valor y le
pregunté qué ocurriría con aquel hermano que nos había sido infiel.
—Está arrepentido y nos
busca —dije yo—. Debería ayudársele a reparar su falta, seguros de que, en
adelante, será el hermano más fiel del Círculo.
El jefe opinó:
—Será una gran alegría para
nosotros si encuentra el camino. Pero nosotros no se lo podemos allanar. El
mismo ha colocado ante sí grandes dificultades para que pueda recuperar la
creencia, y temo que, aunque pase muy cerca de nosotros, no nos reconozca. Se
ha tornado ciego. El arrepentimiento por sí solo no sirve de nada; no se puede
conseguir el perdón por el arrepentimiento, el perdón no se puede comprar con
nada de este mundo. Lo mismo ha sucedido ya con otros muchos hombres; grandes y
célebres personajes siguieron el mismo camino que este joven. En su juventud
fueron súbitamente iluminados por la luz, vislumbraron la verdad y siguieron su
estrella, pero llegó la razón y con ella la burla del mundo, la cobardía;
sufrieron fracasos, cansancio y desengaños y se extraviaron de nuevo,
tornándose ciegos. Algunos de ellos han pasado toda su vida buscándonos sin
poder dar con nosotros y al final lanzaron al mundo la consigna de que nuestro
Círculo era sólo una bonita leyenda, aunque desgraciadamente falsa, y por la
que el hombre no debía dejarse seducir. Otros se convirtieron en enemigos
violentos nuestros, difamando y haciendo todo el daño posible a nuestro
Círculo.
Cada vez que tropezábamos
con algún otro grupo del gran ejército de nuestro Círculo, vivíamos unos días
maravillosos, pletóricos de entusiasmo. En el campamento se reunían a menudo
centenares de millares de fieles. Esto se debía a que nuestra cruzada no avanzaba
en un orden concreto, formando una columna cerrada y en una sola dirección. Por
el contrario, había infinitos grupos en caminos al mismo tiempo, y cada uno
seguía a sus jefes y a su estrella; cada uno de estos grupos estaba dispuesto
en todo momento a integrarse en una agrupación mayor y figurar algún tiempo en
la misma, como también a seguir completamente solos la ruta. Incluso había
algunos fieles que hacían solitarios su camino. Yo mismo marché a trechos solo
cuando una señal o llamamiento me indicaba que debía seguir aislado de los
demás.
Me acuerdo con todo detalle
de un escogido grupo junto con el que caminamos un día entero y con el que
acampamos. Sus componentes se habían propuesto rescatar a nuestros hermanos,
así como a la princesa Isabel, que se hallaba en poder de los moros. Se decía
que poseían el cuerno de Hüon y entre ellos se encontraba mi amigo el poeta
Lauscher y los pintores Klingsor y Paul Klee; no hablaban más que de África y
de la princesa cautiva, y su biblia era el libro de las hazañas de Don Quijote,
en cuyo honor pensaban emprender el camino a través de España.
Siempre constituía un placer
tropezar con un grupo así de amigos, convivir con ellos, asistir a sus fiestas,
invitándoles a su vez a las nuestras; escuchar sus hazañas y sus planes,
bendecirles cuando partían y saber que seguirían adelante su camino, como
nosotros el nuestro. Cada uno tenía un ideal, un deseo puro que cobijaba en lo
más íntimo de su corazón y, a pesar de ello, todos formábamos parte de la gran
cruzada, teníamos el mismo profundo respeto hacia la misma creencia y habíamos
prestado igual juramento. Encontré a Jup, que pensaba hallar la felicidad de su
vida en Kaschmir; conocí a Collofino, el mago del humo, que recitaba su párrafo
predilecto del aventurero Simplizzisimus; vi a Luis el Cruel, cuyo sueño
estribaba en llegar a plantar un jardín de olivos en Tierra Santa y tener
esclavos; iba cogido del brazo de Anselmo, que buscaba el lirio azul de su
juventud. Encontré y amé a Ninón, conocida por la Extranjera, cuyos negros ojos
brillaban bajo sus negros cabellos; tenía celos de Fatme, la princesa de mis
sueños, aunque seguramente era Fatme sin ella saberlo. De la misma manera que
nosotros ahora, antaño habían caminado los peregrinos, los emperadores y los
componentes de las Cruzadas para liberar la tumba del Salvador o para estudiar
la magia de los árabes; habían seguido el mismo camino caballeros españoles y
sabios alemanes, monjes irlandeses y poetas franceses.
Como yo era violinista y
narrador de cuentos de profesión, tenía a mi cargo el cuidado de la música en
nuestro grupo, y fue entonces cuando descubrí que una época grande eleva al
individuo insignificante y aumenta sus poderes. No sólo tocaba el violín y dirigía
nuestros coros, sino que me dedicaba también a coleccionar viejas canciones y
motivos corales, escribía madrigales para seis y ocho voces y los ensayaba en
mi grupo. Pero no es esto lo que quiero contar ahora.
Muchos de mis camaradas y de
mis superiores llegaron a serme en extremo queridos. Pero ninguno de ellos,
aunque por aquel entonces parecía llamar muy poco mi atención, ocupó más tarde
mi recuerdo tan profundamente como Leo. Leo era uno de nuestros criados, los
cuales, naturalmente, eran todos voluntarios, como nosotros. Nos ayudaba a
llevar el equipaje y muy a menudo prestaba servicios personales al Orador. Éste
hombre, que pasaba siempre inadvertido, poseía algo tan agradable en toda su
persona que se hacía querer por todos. Realizaba alegremente su trabajo,
silbando o cantando casi sin interrupción, y sólo hacía acto de presencia
cuando se le necesitaba; en fin, era el criado perfecto. También los animales
le querían; casi siempre llevábamos con nosotros un perro que había seguido a
Leo; Leo sabía, además, domesticar a los pájaros y atraer a las mariposas. Lo
que a él le impulsaba hacia Oriente era el deseo de aprender el lenguaje de los
pájaros por medio de las claves de Salomón. Al lado de varios miembros de
nuestro Círculo, que prescindiendo de su valor personal y de su fidelidad a la
organización, tenían algo de exagerados, de extraños, de solemnes o de
fantásticos, Leo destacaba por su carácter sencillo y natural, con sus mejillas
siempre sonrosadas y su modo de ser alegre y modesto a la vez.
Lo que más dificulta mi
narración es sin duda la gran diversidad de recuerdos. Ya he dicho que a veces
nuestro pequeño grupo marchaba solo, pero que otras formábamos una masa ingente
al extremo de constituir en ocasiones un verdadero ejército. También he hecho
constar que cubrí algunas jornadas en compañía de escasos camaradas, o solo por
completo, sin tienda, sin jefe, sin Orador. Otra dificultad es, y grande, que
no sólo cruzábamos espacios, sino también épocas. Marchábamos hacia Oriente,
pero al mismo tiempo penetrábamos también en la Edad Media o en la Edad del
Oro, cruzábamos Italia o Suiza, pero en ocasiones acampábamos en pleno siglo X,
junto con los patriarcas o las hadas. En la época de mi peregrinaje solitario,
hallé a menudo personas y países de mi vida pasada. Me paseaba con una antigua
novia por las orillas del Rin superior, bebía vino con unos amigos de juventud
en Tubingen, en Basilea o en Florencia, o era un escolar que hacía excursiones
con los compañeros de clase para cazar mariposas o buscar lagartijas. Entre los
compañeros de viaje recuerdo también a los personajes de mis libros favoritos:
Almanzor y Parsifal montaban a, caballo a mi lado, y también Witiko o
Goldmundo, Sancho Panza y los Barkemidas, que me invitaron a marchar con ellos.
Cuando tropezaba de nuevo con nuestro grupo, cuando volvía a escuchar las
canciones de nuestro Círculo y acampaba ante la tienda de los jefes, entonces
veía con diáfana claridad que mi retorno a la infancia o mi paseo con Sancho
Panza pertenecían necesariamente a aquel viaje; ya que nuestro objetivo no tan
sólo era Oriente, o, mejor dicho, nuestro Oriente no sólo era un país y un
concepto geográfico, sino la patria y la juventud del alma, la inmensidad y la
nada, el conjunto de todos los tiempos. Pero esto sólo lo comprendía muy de
tarde en tarde y en ello estribaba precisamente mi felicidad; en no disfrutar
de ella de continuo. Había instantes en que de mí espíritu desaparecía esta
sensación inefable, y, aunque lograse abarcar todos sus detalles éstos perdían el
significado y el sentido anteriores. Me sucedía algo así como cuando se pierde
algo muy bello e irrecuperable y nos parece despertar de un sueño. En mi caso
este sentimiento era exacto. Mi felicidad residía realmente en el mismo secreto
que constituye la felicidad de los sueños: la libertad de vivir todo lo
imaginable simultáneamente, sin cambiar el interior y el exterior, apartando el
tiempo y el espacio como simples decorados. Así como cruzábamos el mundo sin
valernos de coches ni de barcos, del mismo modo que convertíamos el mundo
destrozado por la guerra en un paraíso, de idéntica manera conjurábamos el
pasado, el futuro y lo poético en el presente.
En Suabia, junto al
Bodensee, en Suiza, por cualquier lugar que pasábamos, tropezábamos con gentes
que nos comprendían y que de un modo u otro agradecían nuestra presencia,
congratulándose de que nuestro Círculo existiera y de que lleváramos a cabo la
cruzada a Oriente. Y así, en medio de los tranvías y las casas de Banco de
Zurich, nos encontramos con Hans C., el descendiente de los noachidas, el amigo
de las artes, que conducía valerosamente el arca de Noé guardada por unos
cuantos perros muy viejos que atendían todos por el mismo nombre. Y estuvimos
en Winterthur —un piso debajo del gabinete mágico de Stoecklin—, visitando el
templo chino, y vimos, al pie de la diosa de bronce, arder los palitos de humo
mientras escuchábamos el profundo sonido del gong junto al suave tañir de la
flauta que tocaba el rey negro. Otra vez, junto al Sonnenberg, encontramos Suon
Mali, una colina del rey de Siam, donde, ante los Budas de piedra y de hierro,
ofrecimos nuestras plegarias y nuestros sacrificios.
Pero uno de los
acontecimientos más bellos, fue sin duda la fiesta que dio nuestro Círculo en
Bremgarten, rodeados por una estrecha aura mágica. Recibidos por los dueños del
castillo, Max y Tilly, nos extasiamos con Othmar, que interpretó obras de
Mozart en el piano de cola, y recreamos nuestra vista en el jardín poblado de
papagayos y otras aves parladoras. Al lado del manantial cristalino oímos
cantar al hada Armida, y junto a la grave cabeza del mago Longus contemplamos
el amable rostro de Heinrich von Ofterdingen. Por los jardines se paseaban los
pavos reales, y Luis conversó en español con el gato con botas, mientras que
Hans Resom, conmovido por el juego de máscaras de la vida, prometió emprender
una peregrinación a la tumba de Carlos V. Fue uno de los mayores triunfos de
nuestro viaje: habíamos llevado con, nosotros la ola mágica. Los indígenas
alababan de rodillas la belleza; el dueño del castillo recitó una poesía que
enaltecía nuestras hazañas; junto a las murallas del castillo nos escuchaban los
animales del bosque y por el río se deslizaban, en solemne procesión, los
peces, a quienes obsequiamos con pasteles y vino.
Naturalmente, estos sucesos
sólo pueden impresionar a aquellas personas que estén poseídas por nuestro
mismo espíritu. Por esto tal vez los hechos relatados suenen pobres y necios en
los oídos profanos; pero todos y cada uno de los que vivimos aquellos días
mágicos de Bremgarten, podrían confirmar cuanto he dicho, añadiendo por su
cuenta mil detalles a cual más bello. Siempre recordaré aquellos días: el
reflejo de las colas de los pavos reales en los árboles cuando se mostraba la
luna; el brillo de las sirenas junto a las bronceadas rocas de la orilla del
río; la figura enjuta de Don Quijote montando la primera guardia bajo los
castaños; el brillo de los últimos cohetes por encima de la torre del castillo,
bajo el manto negro de la noche; detalles maravillosos que jamás olvidaré.
También recuerdo a mi colega Pablo, coronado de rosas, que tañía la flauta
persa ante un grupo de muchachas. ¡Oh, quién podía sospechar entonces que
nuestro Círculo mágico se desharía tan pronto, que casi todos nosotros! —¡yo
también, también yo!— ¡nos extraviaríamos de nuevo en los silenciosos desiertos
de la realidad, del mismo modo que los empleados y los comerciantes, después de
una bulliciosa fiesta o de una excursión dominguera, vuelven, sombríos y
serios, a inclinarse sobre su tarea, reintegrándose a los quehaceres
cotidianos!
Pero durante aquellos días a
ninguno de nosotros se le ocurrieron tales pensamientos. El perfume de las
lilas penetraba en mi dormitorio, situado en la torre del castillo. A través de
los árboles oía murmurar al río. Yo me deslizaba por la ventana, y rebosante de
felicidad y nostalgia, en la profundidad de la noche, pasaba frente al
caballero que montaba la guardia, y me dirigía, sin prestar atención a la
gente, a la orilla del río, allí donde el rumor de las aguas era más sonoro.
Sirenas blancas y deslumbrantes salían a mi encuentro y con ellas me sumergía
en un mundo de cristal, donde jugábamos con las coronas y cadenas de oro de sus
tesoros. Cuando volvía a salir de aquellas brillantes profundidades y ganaba la
orilla a nado tenía la sensación de que habían transcurrido muchos meses y, no
obstante, percibía de nuevo, en el jardín, lejano, el sonido de la flauta de
Pablo. La luna pendía muy alta aún en el firmamento, y veía a Leo con su cara
infantil, resplandeciente de alegría, que jugaba con perros blancos. Más allá
encontraba a Longus, sentado entre los árboles, con un libro de hojas de
pergamino sobre las rodillas, absorto en la tarea de anotar signos griegos y
hebreos: palabras de las cuales surgían dragones y se alzaban serpientes de
múltiples colores. No me veía, y continuaba dibujando su mágica escritura de
dragones y serpientes. Durante largo rato contemplaba por encima de su hombro
las páginas abiertas del libro y asistía al espectáculo que ofrecían aquellos
monstruos que nacían y se perdían en el oscuro bosque:
—¡Longus —murmuraba en voz
baja—, querido amigo!
No me oía; se encontraba muy
lejos de mi mundo, estaba abstraído. Más allá paseaba Anselmo bajo los árboles,
un lirio en la mano, contemplando, fijo y sonriente, el cáliz violeta de la
flor.
Algo que ya había observado
con anterioridad en el transcurso de nuestro viaje, aunque sin llegar a meditar
profundamente sobre ello, volvió a llamarme la atención durante los días de
Bremgarten.
Había entre nosotros
numerosos artistas, pintores, músicos y poetas; entre nosotros estaba el
brillante Klingsor y el inquieto Hugo Wolff, el conciso Lauscher y el profundo
Brentano. Pero aunque todos estos artistas, o buena parte de ellos, eran
personas sumamente vivaces o agradables, los personajes inventados por ellos
resultaban, sin excepción, mucho más vivos, bellos y alegres, y, en cierto
modo, más exactos y reales que sus mismos creadores. Pablo aparecía, en su
alegre ingenuidad, lleno de vida, tocando su flauta, mientras que su poeta,
cual una sombra, vagaba silencioso junto a la orilla del río buscando la
soledad. Inquieto y bastante embriagado, Hoffmann andaba entre los invitados
hablando sin cesar, pequeño, extraño y, como todos sus colegas, se mostraba
impreciso, difuminado, en tanto que el archivero Lindhorst, que para bromear se
hacía pasar por un dragón, lanzaba auténtico fuego por la boca y resoplaba como
una fragua. Pregunté a Leo por qué razón los artistas aparecían en aquella
penumbra, mientras que sus creaciones resultaban mucho más reales. Leo me
contempló extrañado; depositó en el suelo al perrito que llevaba en brazos y
respondió:
—Con las madres ocurre lo
mismo. Cuando han parido a sus hijos y les han dado su leche, su belleza y su
fuerza, pierden importancia y ya nadie pregunta por ellas.
—Pero eso es muy triste
—respondí yo, sin meditar mucho sobre el asunto.
—Yo creo que no es más
triste que todo lo demás —contestó Leo—. Tal vez sea triste, pero también es
hermoso. La ley lo exige así.
—¿La ley? —pregunté con
repentina curiosidad—. ¿Qué ley, Leo?
—La ley del sacrificio.
Quien quiera vivir largo tiempo, ha de estar dispuesto al sacrificio. Pero
quien quiera mandar, no vivirá mucho tiempo.
—¿Por qué entonces hay
tantas personas que ambicionan el poder?
—Porque no lo saben. Hay muy
pocos que hayan nacido para mandar, y éstos viven sanos y alegres. Pero los
otros, los que sólo por su ambición han llegado al poder, éstos terminan en la
nada.
—¿En qué nada, Leo?
—Por ejemplo, en los
sanatorios.
Comprendí muy poco de lo que
dijo, pero las palabras quedaron grabadas en mi memoria, despertando en mi
corazón la sospecha de que Leo sabía muchas cosas, que tal vez supiese mucho
más que nosotros, que éramos sus señores.
CAPÍTULO II
A todos los que intervinimos
en aquel inolvidable viaje nos extrañó sobremanera la súbita desaparición de
Leo, que nos abandonó en medio del terrible desfiladero de Morbio Inferiore.
Tan sólo mucho más tarde llegué a comprender, abarcándolos en su conjunto, una
parte de los verdaderos motivos y las profundas relaciones de aquellos
acontecimientos, quedando demostrado que este suceso, la desaparición de Leo,
al parecer baladí, pero, en realidad, de una importancia suma, no era en modo
alguno una simple casualidad, sino un eslabón más de la cadena de persecuciones
con la que nuestro eterno enemigo trataba de hacer fracasar nuestra empresa.
Cuando echamos a faltar a nuestro fiel Leo aquella fría mañana de otoño y las
pesquisas para hallarle resultaron infructuosas, no fui yo el único que por
primera vez tuvo el presentimiento de futuras desgracias y sucesos
amenazadores.
Concretando, la situación en
aquel momento era la siguiente:
Tras una heroica cruzada por
media Europa y un período de la Edad Media, acampamos en un profundo valle, un
desfiladero salvaje próximo a la frontera italiana, y nos dedicamos a la
búsqueda de nuestro criado Leo, desaparecido de una forma harto extraña. Cuanto
más le buscábamos y más se esfumaban nuestras esperanzas de dar con él, tanto
más nos sentíamos dominados todos por la opresiva sensación de que la
desaparición de Leo no tenía ninguna relación con las ideas de accidente, fuga
o rapto, sino que aquello significaba el principio de una lucha, constituía el
primer síntoma de una tormenta que se cernía sobre nuestras cabezas. Todo aquel
primer día lo dedicamos, hasta el anochecer, a la búsqueda infructuosa de Leo.
Mientras estas pesquisas nos agotaban físicamente, aumentando al propio tiempo
la sensación de desfallecimiento y de inutilidad, causaba asombro comprobar
que, de hora en hora, iba creciendo en importancia la pérdida de nuestro
criado, que Leo significaba más y más para nosotros cada vez. No se trataba
sólo de que a todos los peregrinos, y sin duda alguna también a toda la
servidumbre, nos doliera la desaparición de aquel joven servicial unánimemente
apreciado, sino que, cuanto más se confirmaban nuestros temores, tanto más
imprescindible nos parecía su persona: sin Leo, sin su buen humor y sus
canciones, sin su rostro agradable, sin su gran entusiasmo por nuestra causa, a
todos nos parecía que la empresa en sí perdía, por causas desconocidas, algo de
su valor. Por lo menos, así me sucedía a mí. Durante el transcurso de aquellos
meses, a pesar de los continuos esfuerzos y de algunos pequeños desengaños, no
había sufrido ni un momento de desfallecimiento o de duda. Ningún caudillo
triunfante, ningún pájaro en su emigración hacia Egipto, podía sentirse más
seguro de su objetivo, de su misión, más convencido de la certidumbre de su
actuación y de sus aspiraciones, que yo durante aquel viaje. Pero desde la
desaparición de Leo, mi ánimo se mostraba inquieto. Esperaba lleno de ansiedad
el regreso de algún mensajero, y durante aquel largo día de otoño, azul y
dorado, estuve pendiente de los gritos y de las señales, de nuestros guardianes
en el funesto, desfiladero, mientras aguardaba la llegada de algún parte o
noticia con una tensión que iba paulatinamente en aumento, para sufrir cada vez
un nuevo desengaño; mientras contemplaba los rostros desconcertados de mis
compañeros, sentí por primera vez en mi corazón algo muy semejante a la
tristeza y la duda. Al crecer estos sentimientos se afirmó en mi la certeza de
que no era sólo la pérdida de Leo lo que me angustiaba, sino el comprobar que
todo se tornaba impreciso y dudoso, que el valor inmutable de las cosas
amenazaba con derrumbarse, que todo perdía su sentido: nuestra camaradería,
nuestra fe, nuestro juramento, nuestro viaje a Oriente, nuestra vida, en fin.
Aunque me equivocara al
suponer en los demás la existencia de los mismos sentimientos que a mí me
dominaban, aunque más adelante me engañase respecto a mis propias ideas y a mis
vivencias y en muchas cosas que sucedieron en realidad, bastante más tarde y
que yo subjetivamente situé en aquella fecha, a pesar de todo, existe el hecho
asombroso del equipaje de Leo. Prescindiendo de mis impresiones personales,
ocurrió algo extraño, fantástico que vino a aumentar considerablemente nuestros
temores. Fue lo siguiente: En el curso de nuestra estancia en el desfiladero de
Morbio, mientras proseguíamos la infatigable búsqueda del desaparecido, notó
primero uno, luego otro, y bien pronto todos, la desaparición de algo
importante, de alguna cosa imprescindible en su equipaje. No fue posible
encontrar dichos objetos por ninguna parte, y cada cosa que se echaba a faltar
se sabía con certeza que tenía que encontrarse en el equipaje de Leo. Pero el
equipaje de Leo, como el de todos, se reducía a una simple mochila de excursionista.
Sin embargo, no había duda posible, todas aquellas cosas importantes que cada
uno de nosotros llevaba consigo en el viaje, se hallaban ahora en la misteriosa
mochila que desapareció con su dueño. Aunque se trate de la conocida debilidad
humana, que valora excesivamente y considera imprescindible un objeto en el
momento preciso de su pérdida aunque en realidad alguno de aquellos objetos que
notamos a faltar en el desfiladero de Morbio y cuya desaparición tanto nos
había consternado se encontrase de nuevo y su falta no resultara realmente de
tanta importancia, nosotros no lo sentíamos así y, con una inquietud
justificada, vivíamos pendientes de la desaparición de una serie de objetos que
reputábamos de suma importancia. Y sucedió que, poco a poco, fuimos encontrando
de nuevo, entre nuestras provisiones, aquellos objetos que injustamente
habíamos dado por perdidos y sobre cuyo valor nos habíamos equivocado. Si hemos
de exponer aquí lo esencial y dejar constancia de lo absurdo de nuestra
situación, baste con decir que, en el transcurso del viaje y para bochorno
nuestro, muchos de los instrumentos, joyas, mapas y documentos que encontramos
a faltar, se nos revelaron después como totalmente inútiles. Parecía como si
cada uno de nosotros hubiera forzado a su imaginación a considerar las pérdidas
de su pasaporte, otro de sus mapas, un tercero de la carta de crédito para el
califa, otros de esto o de aquello, como irreparables, tomando la desaparición
de un objeto cualquiera de su pertenencia como lo más importante del mundo. Al
final, cuando volvió a recuperarse todo pieza por pieza y se reconoció la
escasa importancia y valor de los objetos perdidos, pudimos confirmar, con toda
seguridad y de un modo definitivo, la pérdida de un documento de un valor
incalculable, un documento básico e imprescindible para nuestro Círculo. Pero,
en esta cuestión divergían las opiniones. ¿Se hallaba realmente el tal
documento en el equipaje de Leo? ¿Lo llevábamos realmente con nosotros? Aunque
existiera unanimidad absoluta sobre el gran valor del documento y la gran
importancia de su pérdida, muy pocos se atrevieron, entre ellos yo, a afirmar
que lo lleváramos con nosotros desde el principio del viaje. Unos opinaban que
en la mochila de Leo iba algo parecido, pero que en modo alguno se trataba del
documento original, y sí sólo de una copia; los demás estaban dispuestos a
jurar que jamás se había tenido intención de llevar el documento original o la
copia con nosotros, afirmando que tal cosa hubiera significado una burla al
sentido de nuestro viaje. Esto originó calurosas discusiones que trajeron
aparejadas una gran cantidad de opiniones contradictorias sobre el lugar donde
realmente se encontraba el original, no sabiendo si realmente habíamos poseído
la copia o si la habíamos perdido. El documento, se afirmaba, había sido
depositado en el Gobierno de Kyhauser. «No —replicaban algunos—, está enterrado
junto con la urna que contiene las cenizas de nuestro Maestro». «¡Tonterías!
—replicaban otros—. Éste documento fundamental del Círculo fue manuscrito por
el Maestro con la escritura especial para esta clase de documentos que sólo él
conocía y, por su expresa voluntad, fue quemado conjuntamente con su cadáver».
La cuestión relativa a dónde pudiera hallarse el documento no tenía la menor importancia,
ya que después de la muerte del Maestro ningún ojo humano hubiera podido
descifrarlo. De todas formas, era muy conveniente saber dónde se encontraban
las cuatro —otros decían seis— traducciones del original, que en tiempos del
Maestro y bajo su dirección habían sido hechas. Se afirmaba que existía una en
chino, otra en griego, una tercera en hebreo y una cuarta en latín, depositadas
todas en las cuatro capitales antiguas. Se expusieron aún muchas opiniones y
muchos puntos de vista; algunos mantuvieron tercamente sus afirmaciones, otros
se dejaron convencer por la argumentación que les ofrecía la parte contraria,
para cambiar a poco de punto de vista. En fin, a partir de entonces ya no
existió ninguna seguridad y unidad en nuestra comunidad, a pesar de que la gran
Idea nos mantenía aún unidos a todos.
Me acuerdo perfectamente de
aquellas primeras disputas. ¡Era algo tan nuevo e increíble en nuestro Círculo,
hasta entonces tan indestructiblemente unido! Desde luego, las desavenencias no
influyeron en el mutuo respeto y cortesía: al principio al menos, no se
produjeron peleas, reproches personales o insultos; para el mundo exterior
éramos una comunidad entrañablemente unida. Oigo todavía las voces, veo aún el
lugar donde estábamos acampados y en donde tuvieron lugar las disputas. Las
primeras hojas doradas del otoño se desprendían de los árboles para caer en la
tierra suavemente. Evoco aquellos rostros desacostumbradamente graves y veo
todavía una hoja abarquillada que se posa sobre mi rodilla. Estaba allí y
escuchaba las discusiones, sintiéndome cada vez más triste y oprimido. Entre
aquellas discrepancias, yo mantenía con gran entereza la fe en mi creencia, la
triste certidumbre de que, en efecto, el documento original se encontraba en la
mochila de Leo y de que había desaparecido y perdido irremisiblemente junto con
el criado. Por desconcertante que parezca, mi credulidad sobre este punto era
inconmovible y ello me prestaba una cierta firmeza. Por aquel entonces creí
poder trocar esta creencia por otra más esperanzadora. Sólo más tarde, cuando
perdí definitivamente esta certidumbre y asimilaba cualquier punto de vista
ajeno, comprendí lo que en el fondo significaba este último refugio de mi fe.
Pero ahora advierto que
estos hechos no se pueden explicar como yo lo hago. Sin embargo, ¿cómo relatar
la historia de este viaje único, la historia de una comunidad de almas, la
historia de una vida tan sublime y tan repleta de elevados sentimientos? Como
uno de los últimos supervivientes de la cruzada, quisiera salvar algo del
recuerdo de aquella gran empresa; tengo la impresión de ser uno de aquellos
humildes siervos que acompañaban a sus señores —por ejemplo, a Carlomagno— y
que conservaban en su memoria una brillante serie de hazañas y de maravillas
acaecidas a su señor, pero cuyas imágenes y recuerdos desaparecían con ellos,
si no lograban retener parte de los mismos por medio de un cuadro o de la
palabra, si no conseguían transmitirlos a la posteridad valiéndose de la
canción o del relato oral. Pero ¿cómo, de qué forma, por medio de qué arte me
será posible a mí explicar la historia de nuestro viaje a Oriente? No lo sé. Ya
este primer intento, este comienzo emprendido con las mejores intenciones del
mundo, me conduce hacia lo incomprensible e inexpresable. Sólo trataba de
reseñar lo que había retenido en mi memoria de los distintos acontecimientos e
incidentes de nuestro viaje. Al principio, el intento lo reputé fácil. Pero
ahora, cuando aún no me ha sido posible explicar gran cosa, me encuentro
perdido en este fútil episodio de la desaparición de Leo, con la sensación de
que tengo entre mis manos, en lugar de un fino tejido, una complicada madeja de
infinitos hilos, para desenredar la cual se precisaría la labor de cien manos
durante cien años, sin contar con que cada uno de estos hilos, cuando se le
toca y se intenta tirar de él, es tan terriblemente frágil que al menor
esfuerzo se rompe entre nuestros dedos.
Imagino que a cualquier
historiador que trate de anotar los acontecimientos de una época y tenga
intención de decir la verdad, debe ocurrirle algo semejante. ¿Dónde encontrar
el término justo, que aclare todos los acontecimientos, el denominador común, algo
que podamos considerar como punto de apoyo y que dé sentido a la totalidad de
los detalles? Para que surja algo que aclare relaciones distintas y
aparentemente dispares, algo que transforme la casualidad en casualidad, a fin
de que los acontecimientos adquieran sentido en este mundo, el historiador
tiene que inventar la unidad: un héroe, un pueblo, una idea.
Pero si ya resulta difícil
narrar una serie de sucesos realmente sucedidos y confirmados, mucho más ardua
es la tarea que yo me he propuesto, pues todos los hechos que relato se
deslizan hacia la duda tan pronto fijo mi atención en ellos; todo se borra y se
diluye, de la misma manera que nuestra comunidad, la más fuerte de este mundo,
pero hoy esfumada, inexistente. Y en parte alguna descubro una unidad, un
centro, un eje alrededor del cual pueda girar la rueda.
Nuestro viaje a Oriente y la
comunidad que llevó a efecto la empresa, nuestro Círculo, son las cosas más
importantes, lo único importante de mi vida, algo ante lo que mi propia persona
queda completamente anulada. Y ahora, cuando intento anotar y retener los
recuerdos de aquella mágica empresa, o al menos una parte de los mismos, tan
sólo descubro ante mí un conjunto de imágenes que tiran cada una por su lado.
Se reflejan en algo y este algo es mi propio yo, un espejo al que, cuando le
interrogo, demuestra ser la nada, la pura superficie de un cristal. Dejo la
pluma, con la intención y la esperanza de proseguir mañana o cualquier otro
día, quizá para empezar de nuevo desde el principio. Pero detrás de mis
intenciones y esperanzas, detrás de esta voluntad inquebrantable de narrar
nuestra historia, se alza una duda mortal. La misma que comenzó con la búsqueda
de Leo en el desfiladero de Morbio. Ésta duda no sólo me hace la pregunta: «¿Es
explicable tu historia?». También me interroga de este modo: «¿Pudo ser vivida?».
Consolémonos pensando que los combatientes de la Guerra Mundial, a quienes sin
duda no les faltaban hechos concretos, ni episodios confirmados por los demás,
también llegaron a conocer esta clase de duda.
CAPÍTULO III
Desde que escribí lo
anterior no he cesado de meditar sobre mi intento, tratando de llevarlo a feliz
término. Por desgracia, no he dado aún con una solución; me encuentro frente al
caos. Pero me he jurado no ceder, y mi propósito irrevocable me ha llevado a
vislumbrar, durante brevísimos instantes, la imagen de un recuerdo que me
ilumina como un súbito rayo de sol. Recordé que, igual que ahora, albergaba en
mi corazón los mismos sentimientos de duda cuando emprendimos la cruzada a
Oriente; también entonces abordamos una empresa al parecer imposible, también
entonces avanzamos a través de la oscuridad, sin rumbo determinado y sin las
menores perspectivas. A pesar de ello, brillaba en nuestro corazón, más fuerte
que cualquier realidad o cualquier posibilidad, la fe en el sentido y en la
necesidad de nuestra aventura. Como un escalofrío me sacudía la añoranza de
aquellos sentimientos, y en tales instantes todo lo veía claro, y de nuevo todo
me pareció posible.
Suceda lo que suceda: he
decidido llevar a término mi intento. Aunque tuviese que empezar mi inenarrable
historia una y otra y cien mil veces de nuevo, para acabar abocado al mismo
abismo, mil veces tornaría a la fatigosa tarea; y aunque las imágenes no formasen
un conjunto con sentido propio, siempre trataría de retener con tanta fidelidad
como me fuera posible cada partícula de estas imágenes, recordando el primer
principio de nuestra gran época, en la que todavía hoy sea posible: no contar
nunca, no dejarse engañar nunca por causas razonables, considerar siempre la fe
viva más fuerte que la fría realidad.
He de reconocer sinceramente
que, entretanto, ya he realizado un intento para aproximarme de un modo
práctico y razonable a mi objetivo. He visitado a un amigo de juventud que vive
aquí, en la ciudad. Se llama Lukas y es director de un periódico de la localidad.
Lukas tomó parte en la Guerra Mundial y ha escrito un libro sobre el tema, que
ha tenido bastante éxito. Me recibió amistosamente y mostró una evidente
alegría al volver a ver a un antiguo compañero de colegio. He sostenido dos
largas conversaciones con él.
Intenté hacerle comprender
de lo que se trataba. Para ello prescindí de todos los rodeos. Le conté que
había sido uno de los participantes en aquella gran empresa, de la que sin duda
debía tener noticias, el llamado «Viaje al Oriente» o la «Cruzada del Círculo»,
o como quiera que entonces fuera denominada nuestra gran empresa por la opinión
pública.
—¡Oh, sí! —dijo sonriendo
con amable ironía.
Naturalmente que se acordaba
de ello; entre sus amigos se conocía nuestra curiosa aventura con el nombre
poco respetuoso de «la cruzada de los niños». Por supuesto, no habían tomado
muy en serio nuestras empresa, comparándola con una manifestación teosófica o
un movimiento para la unión de todos los pueblos. De todos modos, les habían
producido un cierto asombro algunos de los éxitos alcanzados, conmoviéndoles
las noticias de nuestra heroica marcha a través de la Suabia superior, nuestro
triunfo en Bremgarten, la rendición del pueblo de Tessino e, incluso, alguna
vez habían pensado, si no sería posible encauzar nuestro movimiento y ponerlo
al servicio de una política republicana. Desgraciadamente, todo pareció
esfumarse en el aire; muchos de los jefes abandonaron más tarde la empresa como
si se sintieran avergonzados de haber pertenecidos a ella, y no querían ya ni
recordarla. Desde entonces, las noticias fueron cada vez más escuetas y
contradictorias. A la vista de la situación, habían archivado el asunto, no
preocupándose más de él y olvidándolo como a tantos otros movimientos
políticos, religiosos o artísticos de los años de la posguerra, época propicia
al nacimiento de toda suerte de sociedades secretas con esperanzas y
aspiraciones mesiánicas, pero que indefectiblemente caían en el olvido sin
dejar el menor rastro.
Su punto de vista era claro:
opinaba como un benévolo escéptico. Lo mismo que Lukas debían de pensar sobre
el Círculo y su viaje a Oriente todos aquellos que, sin haber tomado parte en
la gran empresa, hubieran oído mencionar su historia. No era mi intención
convertir a Lukas; de todas formas, le di unas cuantas informaciones
aclaratorias; por ejemplo, le expliqué que nuestro Círculo no era un producto
esporádico de la posguerra, sino un movimiento salvador permanente que cruzaba
la historia de la Humanidad, a veces de un modo subterráneo, pero siempre
continua e ininterrumpidamente; que ciertas fases de la Guerra Mundial no
fueron más que unas etapas en la historia de nuestro Círculo, y, además, que
Zoroastro, Lao-Tsé, Platón, Xenofonte, Pitágoras, Alberto el Magno, Don
Quijote, Tristán Shandy, Novalis, Baudelaire, habían sido cofundadores y
miembros de nuestro Círculo. Sonrió con la sonrisa característica que yo
conocía de sobra.
—Bien —le dije—. No he
venido para instruirle, sino para aprender. Tengo el firme propósito de
pergeñar un breve relato de nuestro viaje, ya que escribir con todo detalle la
historia de nuestro Círculo es tarea que sobrepasa mis fuerzas y para la que se
precisaría un ejército de sabios profundamente documentados. Ahora bien; por
más esfuerzos que realizo no consigo acercarme a mi objetivo. No se trata aquí
de capacidad literaria; creo poseerla, aunque, por otra parte, no tenga
ambiciones de este tipo. Se trata de lo siguiente: la realidad, aquella
realidad que viví con mis compañeros, ya no existe, y aunque los recuerdos de
ese viaje constituye lo más valioso y vivo de mi existencia, los veo tan
lejanos a mí que los sucesos que rememoran se me antojan ocurridos en otro
planeta o en otros siglos, algo así como sueños fruto del delirio.
—Ya conozco esa sensación
—exclamó Lukas vivamente, y noté que empezaba a interesarle mi charla—. ¡Oh!
También yo la he experimentado al intentar revivir mis experiencias como
combatiente de la Gran Guerra. Creí haber vivido la guerra de una manera fiel y
exacta, estaba sobrecargado de imágenes, la cinta de la película en mi cerebro
parecía tener muchos kilómetros de largo. Pero cuando me senté en una silla,
ante la mesa, debajo de un techo, cuando cogí la pluma entre mis dedos,
entonces los pueblos y bosques arrasados, la miseria y la grandeza, el miedo y
el valor, los vientres y los cráneos destrozados, el terror a la muerte y el
humor, todo esto me pareció de pronto tan lejano como un sueño que no tuviera
relación con nada real y al que no me era posible asir. Usted sabe que, a pesar
de todo, he escrito un libro sobre la guerra, y que este libro ha sido leído y
bastante comentado. Pues bien: no creo que diez libros de éstos, aunque fueran
más detallados y estuviesen mejor escritos, pudieran dar al lector mejor
predispuesto una idea aproximada de lo que fue la guerra si el lector no
participó en ella. Y no son tantos los que la han vivido. Bastantes de los que
«participaron» en ella no la vieron. Por otra parte, muchos, aunque la hayan
vivido… la han olvidado. Tal vez porque al hombre, junto con la apetencia de
vivir, le domina el ansia, tan fuerte como aquélla del olvido.
Enmudeció de pronto. Ahora
estaba cabizbajo y meditabundo. Las palabras que había pronunciado confirmaban
mis propias experiencias y pensamientos. Con suma preocupación pregunté pasado
un tiempo:
—Pero ¿cómo le fue posible a
usted, a pesar de todo lo que dice, escribir su libro?
Meditó un momento, de
regreso de sus propios pensamientos.
—Logré escribir el libro
—repuso simplemente— porque el libro era necesario. Tenía que escribir el libro
o desesperarme; era la única posibilidad de salvación ante la nada, ante el
caos, ante el suicidio. Bajo esta presión comencé mi trabajo, el cual me ha
proporcionado la salvación que buscaba, sencillamente por esto, porque el libro
ha sido escrito. Poco me importa si es bueno o malo; esto es secundario.
Mientras escribía no pensaba en los lectores, sino en mí mismo, o, de vez en
cuando, en algún compañero de armas. Pero nunca paré atención en aquellos que
viven todavía, sino en los que cayeron para siempre en los campos de batalla.
Mientras escribía el libro parecía un hombre que delirara o un demente, rodeado
por tres o cuatro muertos con los cuerpos destrozados. Así fue creado mi libro.
Guardó un breve silencio y,
de repente, dio un imprevisto remate a esta nuestra primera entrevista:
—Perdóneme usted, no le
puedo decir nada más. No; ni una palabra, ni una sola palabra más… Ni puedo, ni
quiero. ¡Hasta la vista!
Y me acompañó hasta la
puerta.
En el curso de nuestra
segunda charla se manifestó seguro de sí mismo y tranquilo, volvió a mostrar
aquella su sonrisa irónica y pareció tomarse cierto interés por mi intento, que
aseguraba comprender muy bien. Me dio unos cuantos consejos que me han ayudado
bastante. Y, por último, sin concederle gran importancia, al final de nuestra
segunda charla, me dio un consejo:
—Escúcheme; observo que
siempre vuelve al episodio del criado Leo, que parece haberse convertido para
usted en una idea fija. No me gusta eso, que puede convertirse en un
impedimento que obstaculice sus propósitos. Líbrese de ese recuerdo: arrójelo
por la borda.
Quise replicarle que sin
ideas fijas no se pueden escribir libros, pero él no me escuchaba. Y, sin
responderme, me asustó al hacerme esta pregunta inesperada:
—¿Se llamaba realmente Leo?
El sudor perlaba mi frente.
—Claro que sí —respondí—.
Seguro que se llamaba Leo.
—¿Y de nombre?
Ahora dudé.
—No; de nombre se llamaba…,
se llamaba… No lo recuerdo, lo he olvidado. Leo era un apellido, todos le
llamábamos así…
Continué hablando.
Entretanto, Lukas había cogido un grueso volumen que estaba encima de su mesa
de escritorio y lo hojeaba. Con asombrosa rapidez encontró lo que buscaba. Su
dedo índice se posó sobre una de las páginas. Era una guía de direcciones. Allí
donde señalaba su dedo, vi escrito el nombre de Leo.
—Mire usted —me dijo
sonriendo—: aquí tenemos ya a un Leo. Andrés Leo, Seilergraben 69 A. El nombre
es bastante raro; tal vez este Leo sepa algo sobre el que usted conoció. Vaya a
verle; quizá le explique algo de lo que usted busca. Yo no puedo hacer más,
dispongo de muy poco tiempo, perdóneme. Me he alegrado mucho…
Cuando cerraron la puerta
detrás de mí, permanecí inmóvil, lleno de asombro y estupor. Lukas tenía razón;
él no podía hacer más.
Aquél mismo día me dirigí a
la Seilergraben, busqué la casa e inquirí noticias sobre el tal Andrés Leo.
Vivía en una habitación del tercer piso. Todas las noches y los domingos
durante todo el día acostumbraba permanecer en casa; el resto de la semana trabajaba.
Era manicuro y callista, y también daba masajes; asimismo fabricaba cremas y
brebajes medicinales, y cuando tenía poco trabajo, en las épocas malas, se
dedicaba a cortar el pelo a los perros y a adiestrarlos. Cuando entré en casa
tenía la intención de no entrevistarme jamás con aquel individuo o, por lo
menos, de no hablarle jamás de mis intenciones. De todas formas sentía una viva
curiosidad por conocerle. Desde entonces, han sido mucho los días que he pasado
frente a su casa con la esperanza de conocerle. Hasta ahora no he conseguido
verle. Pero no desespero. Y hoy volveré allí con la esperanza de tropezármelo,
a fin de ver el rostro de Andrés Leo.
¡Ay! Todo este asunto está
conduciéndome a la desesperación y, al mismo tiempo me hace feliz, o por lo
menos, me excita, me pone en tensión. Me parece que mi vida vuelve a adquirir
cierto significado y esto es precisamente lo que tanto precisaba en los últimos
tiempos.
Es muy posible que los
psicólogos tengan razón al derivar toda la actuación humana de los instintos
egotistas. Sin embargo, no acabo de comprender del todo cómo un hombre que
durante toda su vida sirve a una idea y renuncia a las diversiones y al bienestar
y se sacrifica, actúe impulsado por el mismo resorte que mueve a otros a tratar
con esclavos y con municiones y que sólo invierte sus ingresos en su bienestar
particular. Presiento que si discutiera con uno de esos psicólogos saldría
perdiendo y que al fin conseguiría convencerme, ya que los psicólogos son de
esa clase de hombres que siempre tienen razón. Por mi parte, pueden tenerla.
Ahora pienso que todo aquello que yo consideré tan bello y sublime, y por lo
que siempre me sacrifiqué, ha sido solamente producto de un deseo egoísta. En
mi intento de narrar nuestro viaje a Oriente, mi egoísmo aparece cada día más
evidente; al principio creía que dedicaba mi esfuerzo al servicio de una noble
causa; más poco a poco, se afirma en mí la idea de que en la descripción del
viaje no me guía otra intención que la que impulsó al señor Lukas a escribir su
libro de guerra: salvar mi vida dándole de nuevo un sentido.
¡Si cuando menos viera el
camino a seguir! ¡Si cuando menos diera un paso adelante!
Recuerdo ahora las palabras
de Lukas: «Arroje a Leo por la borda, libérese de Leo». Y pienso que de la
misma manera podría arrojar mi cabeza o mi estómago enfermos por la borda para
liberarme de ellos.
¡Dios mío, ayúdame!
CAPÍTULO IV
De nuevo lo contemplo todo
bajo una luz distinta aunque no sé todavía si esto me servirá de estímulo o no
en mi intento. He visto algo, he tropezado con algo que nunca hubiera soñado
encontrar… Pero ¿no lo estaba esperando? ¿No lo presentía? ¿No lo deseaba y lo
temía al mismo tiempo? Realmente… A pesar de todo, resulta maravilloso e
increíble.
He paseado veinte veces o
más por la Seilergraben a las horas que me parecían más adecuadas. He vagado
muchas veces frente a la casa número 69 A, dominado siempre por el mismo
pensamiento: «Lo intentaré otra vez, y si no logro verle hoy, no volveré nunca
más por aquí».
Pues bien, volví; y anteayer
por la noche vi colmados mis deseos. Pero ¡de qué manera!
Conozco una por una todas
las grietas de aquella fachada de color gris verdoso. Cuando me acerqué a la
casa oí a través de una de las ventanas superiores silbar la melodía de una
canción o de un baile, una melodía popular que estaba en boga. Todavía no sabía
nada. Yo la escuchaba con una especie de vaga añoranza, cuando el recuerdo
empezó a despertar lentamente en mi interior. Era una música trivial, pero sus
notas sonaban en mis oídos tan dulces, tan suaves y tan delicadas, que me
parecía estar escuchando el canto de algún pájaro maravilloso. Absorto,
permanecía de pie saboreando la melodía, sintiendo que algo trataba de
desprenderse de mi interior. No creo que pensara en nada. Si acaso, intuía que
aquel hombre que sabía silbar de un modo tan prodigioso debía de ser por fuerza
muy feliz y merecedor del mayor efecto. Escuché como hechizado durante unos
minutos en medio del callejón. Un anciano de rostro demacrado y enfermizo pasó
por delante de mí. Me miró, escuchó unos momentos y luego sonrió comprensivo,
al tiempo que reanudaba su camino. Aquél viejo de ojos cansados parecía querer
decirme:
—Haces bien en escuchar; eso
no se oye todos los días.
Sentí que se alejara. Su
mirada había puesto alegría en mi corazón. Durante aquellos segundos comprendí
que aquella melodía representaba la culminación de todos mis deseos, y me dije
que aquel hombre no podía ser otro que Leo.
Oscurecía, pero en ninguna
de las ventanas brillaba aún la menor luz. La melodía, con sus ingenuas
variaciones, había terminado ya. «Ahora encenderán la luz», pensé. Pero allá
arriba todo permanecía a oscuras. Oí que se abría una puerta y al mismo tiempo
sentí pasos en la escalera. La puerta de la calle se abrió lentamente y salió
alguien cuyo andar tenía las mismas características que la melodía: era un
andar ligero, juguetón, aunque elástico, sano y juvenil. El hombre, pequeño y
esbelto, iba destocado y silbaba. En aquel preciso instante le reconocí: era
Leo, nuestro estimado compañero de viaje, nuestro fiel criado Leo, el que hacía
diez años o más había desaparecido en aquel funesto desfiladero, y cuya
ausencia nos llenó a todos de preocupación y desconsuelo. En aquel momento de
alegría me hubiera abalanzado sobre él para abrazarle. Recordé la cantidad de
veces que le había oído silbar durante nuestro viaje a Oriente. Era la misma
entonación de entonces, la misma melodía, pero ¡qué diferente sonaba ahora en
mis oídos! Un doloroso sentimiento parecía llenarme el corazón: ¡Cómo había
cambiado todo desde entonces! El cielo, el aire, las estaciones, los sueños, el
dormir, el día, la noche… ¡Cuán profunda y terriblemente debía haber cambiado
yo para que una simple melodía o el ritmo de unos pasos hicieran estremecer de
tal manera mi ser interno para que el recuerdo de aquellos lejanos tiempos me
produjese tanta alegría y tanto dolor al mismo tiempo!
Leo pasó muy cerca de mí;
caminaba alegre y elástico con unas ligeras sandalias. Le seguí sin intención
determinada. ¿Hubiera podido obrar de otra forma? Descendió por el callejón;
aunque su paso seguía siendo fácil y ligero, caminaba ahora pausadamente, al
mismo ritmo que el sol se hundía en el ocaso, armonizándolo con aquella hora
crepuscular, con los ruidos apagados que venían del centro de la ciudad, con el
fulgor de los primeros faroles que en aquel momento comenzaban a brillar.
Se dirigió hacia un pequeño
jardín, junto al portal de san Pablo, desapareciendo entre los altos y redondos
arbustos, y yo apresuré mi paso para no perderle de vista. Allí estaba de
nuevo; le vi pasearse entre las lilas y las acacias. Él camino se extendía
serpenteando por el bosquecillo y pasaba junto a un par de bancos colocados
junto al césped. Debajo de los árboles, la oscuridad era ya bastante densa. Leo
pasó frente al primer banco, ocupado por una pareja de enamorados; el segundo
estaba libre y se sentó en él. Se apoyó en el respaldo, inclinó la cabeza hacia
atrás y durante un rato se dedicó a contemplar las nubes a través de las ramas
de los árboles. Luego, sacó una pequeña caja redonda del bolsillo de su
americana, una caja de metal blanco, y con los dedos extrajo lentamente algo de
su interior, que se llevó a la boca y pareció saborear con placer. Entretanto,
yo me paseaba por la entrada del pequeño jardín. Finalmente, me acerqué al
banco ocupado por Leo y me senté en el otro extremo. Leo me contempló con sus
ojos grises y claros y continuó comiendo. Eran frutas secas; un par de ciruelas
y unos trozos de melocotón. Los cogía cuidadosamente con dos dedos, los palpaba
un poco, se los llevaba a la boca y los masticaba lentamente, con verdadero
placer. Así continuó durante largo rato, hasta que acabó con el último trozo.
Al terminar, cerró la caja, se la metió en el bolsillo de su chaqueta y
tornándose a apoyar en el respaldo del banco, estiró las piernas. Sus zapatos
eran de tela y tenían la suela de cáñamo.
—Ésta noche lloverá —dijo de
improviso, y yo no supe si me lo decía a mí o bien hablaba consigo mismo.
—Es posible —contesté, no
sin cierta emoción, pensando que si no me había reconocido por mi figura, podía
muy bien ocurrir, así al menos lo esperaba yo, que me identificase por la voz.
Pero no, tampoco me
reconoció por la voz. Sentí un profundo desengaño. ¡No me reconocía! Durante el
transcurso de estos diez años, Leo no había cambiado nada en absoluto, pero
conmigo sucedía todo lo contrario. Quizá fuese ésta la causa.
—Silba usted de un modo
maravilloso —le dije—. Acabo de oírle en la Seilergraben. Me ha gustado mucho.
Yo mismo también he sido músico.
—¿Músico? —preguntó
amablemente—. Es una bonita profesión. ¿Ahora no se dedica usted a la música?
—Si, de vez en cuando. Pero
he vendido mi violín.
—¿Sí? ¡Qué lástima!
¿Precisaba usted dinero? Quiero decir: ¿tiene usted hambre? Aún tengo algo de
comida en casa y también un par de marcos en el bolsillo.
—No, no —respondí
precipitadamente—. No lo decía por eso. Dispongo todavía de dinero, tengo más
del que necesito. Pero, de todas formas, se lo agradezco, ha sido usted muy
amable al invitarme. Es raro encontrar personas tan amables.
—¿Cree usted? Bien, tal vez
tenga usted razón. Los hombres son muy diferentes, a veces muy extraños.
También usted es extraño.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Tiene usted dinero, pero a
pesar de ello, vende su violín. ¿Es que la música ya no le produce placer?
—¡Oh, sí! Pero a veces, un
hombre pierde la ilusión por algo que antaño apreció de veras. Y entonces puede
suceder que un músico venda su violín o lo lance contra la pared, o que un
pintor queme un buen día todos sus cuadros. ¿Le parece inverosímil?
—No, no. Le comprendo; es
debido a la desesperación. Ocurre algunas veces. Dos conocidos míos se
suicidaron. Los hombres son estúpidos; sólo podemos sentir compasión hacia
ellos; no es posible ayudarles. Pero ¿a qué se dedica usted ahora, si ha
vendido su violín?
—A diversas cosas. Pero,
sinceramente, no hago nada que valga la pena. Ya no soy joven y a menudo me
encuentro enfermo. ¿Por qué me habla con tanta insistencia del violín? En el
fondo, no tiene importancia.
—¿El violín? Es que pensaba
en el rey David.
—¿En quién? ¿En el rey
David? ¿Qué tiene que ver con el violín?
—Fue músico también. Cuando
era joven tocaba para el rey Saúl, y muchas veces disolvió el mal humor del
monarca con su música. Más tarde, él mismo se convirtió en rey, un gran rey
lleno de preocupaciones y de caprichos. Llevaba una corona sobre su cabeza.
Hizo la guerra y muchas otras cosas más. Cometió también una serie de enormes
injusticias y llegó a ser muy célebre. Pero la más bella imagen de toda su
larga historia es aquella que presenta al joven David tocando el arpa para el
pobre rey Saúl, y fue una verdadera lástima que más tarde se convirtiera en
rey. Era mucho más feliz y mucho más hermoso cuando sólo era un músico.
—Seguramente —exclamé con
cierta precipitación—. Seguramente que entonces sería joven, hermoso y feliz.
Pero el hombre no se conserva eternamente joven, e incluso su David se hubiera
transformado con el transcurrir del tiempo en un hombre viejo, feo y lleno de
preocupaciones, aunque hubiese continuado siendo músico. Pero, en vez de esto,
se convirtió en el gran rey David, llevó a cabo sus hazañas y compuso sus
salmos. La vida no es solamente juego.
Leo se levantó y me saludó.
—Ya empieza a anochecer
—dijo—, y pronto comenzará a llover. No sé gran cosa de las hazañas que llevó a
cabo David, e ignoro si realmente fueron tan grandes como aseguran. Y, con toda
sinceridad, tampoco conozco mucho sus salmos. No quisiera decir nada en contra
de ellos. Pero de que la vida sea algo más que juego, de esto no me convencerá
ni el mismo David. La vida es bella y feliz precisamente cuando es esto: juego.
Naturalmente, que podemos hacer de la vida todo lo imaginable; podemos
convertirla en un deber, en una guerra o en una cárcel, pero no por ello se
hace más hermosa. ¡Hasta la vista; he tenido un gran placer…!
Se puso en marcha con su
andar ligero, mesurado, y ya estaba a punto de desaparecer en la oscuridad de
la noche, cuando de pronto abandoné mi actitud pasiva, perdiendo por completo
el dominio de mí mismo. Corrí tras él y le supliqué con el corazón angustiado:
—¡Leo! ¡Leo! ¡Pero si es
usted Leo! ¿No se acuerda ya de mí? ¡Hemos sido miembros del Círculo y todavía
deberíamos pertenecer al mismo! Los dos tomamos parte en el viaje a Oriente.
Leo, ¿es posible que usted ya no me recuerde? ¿No se acuerda ya de los guardadores
de la corona de Klingsor y de Goldmundo, de la fiesta en Bremgarten, del
desfiladero del Morbio Inferiore? ¡Leo, compadézcase usted de mí!
No se alejó como yo temía,
pero tampoco se detuvo; continuó tranquilamente su camino, como si nada hubiera
oído, dándome tiempo para alcanzarle, y no hizo la menor muestra de extrañeza
cuando de nuevo me coloqué a su lado.
—Está usted muy
apesadumbrado y muy nervioso —me dijo con suavidad—. Esto no está bien.
Descompone el rostro y nos enferma. Caminaremos lentamente; esto le
tranquilizará a usted. Y estas pocas gotas que caen —maravilloso, ¿verdad?—,
nos rocían desde la atmósfera como agua de Colonia.
—¡Leo! —le supliqué—. ¡Tenga
usted compasión! Dígame una sola palabra: ¿Se acuerda usted todavía de mí?
—Bien —dijo de nuevo,
intentando calmarme dirigiéndose a mí como a un enfermo o a un beodo—. Ya está
usted mucho más tranquilo; todo ha sido efecto de la excitación. ¿Me pregunta
usted si le conozco? ¿Quién es el hombre que puede vanagloriarse de conocer a
otro hombre y quién es el que se conoce a sí mismo? Mire usted, yo mismo no soy
ningún buen fisonomista. Ni me interesa serlo. Los perros sí; a éstos los
conozco muy bien, como también a los pájaros y a los gatos. Pero a usted,
realmente, no le conozco, señor.
—Pero ¿no pertenece usted al
Círculo? ¿No participó usted en nuestro viaje?
—Yo estoy siempre de viaje,
señor, yo siempre pertenezco al Círculo. Unos vienen y otros se van, nos
conocemos y no nos conocemos. Con los perros es mucho más sencillo. Deténgase
un momento y atienda.
Alzó el dedo a modo de
advertencia. Nos detuvimos en medio del sendero del parque, cada vez más mojado
por la llovizna que caía. Leo silbó; emitió un sonido amplio, vibrante, suave;
luego esperó unos momentos, silbó de nuevo y, de repente, entre los arbustos,
surgió un perro lobo que se acercó gruñendo alegremente a la verja; yo me
estremecí asustado. Leo metió la mano entre las estacas y los alambres para
acariciarlo. Verdes y claros, los ojos del animal brillaban; cada vez que su
mirada se encontraba con la mía, un gruñido surgía de la profundidad de su
garganta como un trueno lejano, un gruñido apenas perceptible.
—Es el perro lobo Necker
—dijo, Leo, mientras jugueteaba con el animal—. Somos muy buenos amigos.
Necker, este señor es un antiguo violinista, no debes hacerle nada, ni gruñir
siquiera.
Leo continuaba acariciando
cariñosamente la húmeda pelambrera del perro a través de la verja. Era una
hermosa escena; me complacía aquella amistad de Leo con el animal y la alegría
que le producía el encuentro nocturno; pero al mismo tiempo, me dolía hasta
casi no poderlo soportar, ver como Leo gozaba de aquella amistad íntima con el
perro lobo, y posiblemente también con todos los demás perros del barrio, en
tanto que a nosotros nos separaba un mundo heterogéneo. Aquélla amistad
inefable, aquella confianza ciega que yo tan humildemente solicitaba de él, Leo
parecía concedérsela, no tan sólo a Necker, sino a todos los animales, a cada
gota de lluvia que caía, a cada pedazo de tierra que pisaba. Producía la
impresión de entregarse confiadamente, de mantener relaciones continuas,
fluidas, con todo lo que le rodeara; se me antojaba que lo conocía todo y que
por todos era conocido y estimado. Sólo hacia mí, que tanto le apreciaba y que
tan necesitado estaba de su ayuda, sólo hacia mí parecía no conducirle ninguno
de aquellos caminos afectivos. Tuve la sensación de que deseaba desprenderse de
mí. Me contemplaba de una manera fría; no me permitía penetrar en su corazón;
me había borrado de su memoria.
Proseguimos lentamente
nuestro camino. El perro nos acompañaba por el otro lado de la verja emitiendo
gruñidos de alegría y de sumisión, sin olvidar por ello mi molesta presencia,
ya que sólo por amor a Leo reprimió varias veces aquel sordo gruñido defensivo
y hostil.
—Perdóneme —empecé de
nuevo—. Estoy abusando de su paciencia y de su amabilidad. Sin duda tiene usted
intención de regresar a su casa y de meterse en la cama.
—Pero ¿por qué? —exclamó Leo
sonriendo—. No tengo ningún inconveniente en pasearme durante toda la noche;
dispongo de tiempo sobrante y tampoco me faltan ganas de hacerlo. Si es que
usted no acaba por cansarse.
Lo dijo de un modo amable,
sin concederle la mayor importancia, y estoy seguro de que sin doble intención.
Pero apenas pronunció estas palabras, sentí de repente un profundo cansancio.
Me pesaba la cabeza y me dolían las articulaciones. ¡Qué pesados me parecían
cada uno de mis pasos! Experimentaba un profundo desaliento ante aquel vagar
absurdo e inútil a través de la noche húmeda y oscura.
—Tiene usted razón —dije
abatido—. Estoy muy cansado. Ahora lo noto. Y, no tiene sentido pasearse por la
noche bajo la lluvia, constituyendo una carga para otra persona.
—Como usted quiera —replicó
Leo cortésmente.
—¡Leo, Leo!, durante nuestro
viaje a Oriente no me hablaba usted de esta manera. ¿Es posible que se haya
olvidado de todo? Bien, es inútil, no quiero entretenerle más. Buenas noches
tenga usted.
Desapareció rápidamente en
la oscuridad. Yo quedé solo, como si acabaran de darme un mazazo en la cabeza.
Había perdido la partida. No me conocía ni quería reconocerme: se divertía
jugando conmigo.
Regresé por el mismo camino;
Necker ladraba furiosamente detrás de la verja. En aquella noche cálida de
verano temblé de cansancio, de tristeza y de soledad.
Ya había pasado por trances
semejantes. Cada uno de estos desesperantes momentos me trasladaban a la
situación de un peregrino que hubiera errado su camino, un peregrino que
hubiese caminado hasta el fin del mundo y que una vez allí no encontrara otra
salida que la de renunciar a su ideal y precipitarse en el vacío, en la muerte.
Bastantes veces en mi vida había sentido esta sensación, pero en los últimos
tiempos, esta apetencia de suicidio había aminorado un tanto, al extremo de
haber desaparecido de mí. La muerte ya no era para mí la nada, el vacío, la
negación. Habían cambiado mucho las cosas. Los momentos de desesperación los
acogía ahora como un fuerte dolor corporal: los soportaba quejándome o con
despecho; sentía cómo crecían y cómo me consumía lentamente, al propio tiempo
que me dominaba una curiosidad a veces furibunda, a veces irónica, por saber
hasta dónde me conducirían, qué intensidad alcanzaría el dolor.
Todos los disgustos y
desengaños que sufrí en mi vida desde mi regreso del fracasado viaje a Oriente,
me parecían cada vez menos importantes y menos descorazonadores, la nostalgia
llena de envidia y de arrepentimientos hacia aquellos maravillosos tiempos que
tuve la fortuna de vivir; todo esto, crecía como un dolor, crecía tan
vigorosamente como un árbol, como una montaña, se propagaba sin cesar y se
refería a mi trabajo actual, mi comenzada historia del viaje a Oriente.
El trabajo en sí no me
parecía ya tan deseable ni, por otra parte, de tanto valor. Lo único que poseía
valor era la esperanza: por medio de mi trabajo y de mis esfuerzos tenía que
revivir el recuerdo de aquella gran época purificando mi interior, y, liberado
del todo, volver a entrar en relación con el Círculo y con todo lo que él
significaba.
Apenas llegué a casa,
encendí la luz. Con el traje mojado y el sombrero puesto, me senté ante la mesa
y escribí una carta; llené diez, doce, veinte páginas pidiendo perdón,
lamentándome; supliqué humildemente a Leo que tuviera compasión de mí. Le
describí mi situación, le conjuré con el recuerdo de lo que ambos habíamos
vivido, de nuestros comunes amigos; le conté las innumerables y diabólicas
dificultades con las que tropezaba en mi trabajo. Mientras escribía me ardía la
cabeza, pero en mí había desaparecido toda huella de cansancio. A pesar de
todas las dificultades —así le decía en la carta— estaba dispuesto a soportar
lo peor antes que revelar ninguno de los secretos del Círculo. Y por nada en el
mundo renunciaría a mi tarea en recuerdo del viaje a Oriente, en glorificación
del Círculo. Dominado por la fiebre, llené página tras página, con una
escritura rápida y nerviosa. Prodigué las quejas, las acusaciones, a veces
contra mí mismo. Y todo esto fluía como el agua fluye de un cántaro roto; sin
esperanzas de recibir contestación, impulsado sólo por el afán de librarme de
un peso atroz. Aquélla misma noche eché la extensa y caótica carta en el buzón
más próximo. Finalmente, cuando empezaba a amanecer, apagué la luz, me dirigí
al cuartucho que me servía de dormitorio y me metí en la cama. Inmediatamente
me sumí en un sueño que fue profundo y largo.
CAPÍTULO V
Después de una noche agitada
e inquieta en extremo, me desperté a la mañana siguiente bastante descansado,
aunque con un fuerte dolor de cabeza. Inmediatamente me tiré del lecho y me dirigí
a la habitación que me servía de sala, y allí, con enorme sorpresa, encontré a
Leo. Le miré con tanta alegría como desconcierto. Estaba sentado en el borde de
una silla y parecía esperarme desde hacía algún tiempo.
—¡Leo! —exclamé—. ¿Cómo ha
venido usted?
—Me han enviado a buscarle
—me repuso—. Vengo de parte del Círculo. Usted me escribió una carta a este
respecto, que yo entregué a los Superiores. La Gran Silla le espera. ¿Podemos
ponernos en camino?
Me calcé los zapatos
apresuradamente. Mi mesa escritorio ofrecía aún el aspecto revuelto de la noche
anterior. En aquel momento no recordaba lo que había escrito hacía tan sólo
unas horas de una manera angustiosa y violenta. En fin, lo importante era que
no había sido en vano. Algo había ocurrido; Leo estaba allí.
Y, de repente, comprendí el
sentido de sus palabras. Existía todavía un Círculo del cual yo nada sabía, un
Círculo que no contaba conmigo, que ni siquiera me consideraba como uno de sus
miembros. El Círculo era una realidad, como la Gran Silla con sus Superiores,
que habían mandado a buscarme. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al oír la
noticia. Durante semanas y meses había vivido en esta ciudad, tratando de
narrar la historia del Círculo y de su viaje a Oriente sin saber que aún
quedaban restos de él, sin sospechar dónde pudiera hallarles, si es que
existían; incluso había llegado a creer que yo era el único superviviente. Si
he de ser sincero, debo confesar que muchas veces dudé de que el Círculo y mi
pertenencia a él fueran hechos reales y no fantasías mías. Y ahora aparecía
Leo, que venía a buscarme enviado por el Círculo. Se acordaban de mí, me
llamaban, querían escucharme, tal vez exigirme cuentas. Bien; estaba dispuesto;
dispuesto a demostrar que nunca había sido infiel al Círculo, dispuesto a obedecer
ciegamente. Tanto si los Superiores querían castigarme como perdonarme, estaba
resuelto a aceptarlo todo de antemano, a darles la razón en todo y prestarles
absoluta obediencia.
Nos pusimos en camino. Leo
marchaba delante, y de nuevo, como hacía años, al contemplar su agradable
figura me admiraba su buen porte y su oficiosidad de perfecto criado. Con paso
elástico y tranquilo marchaba delante de mí por los callejones que recorríamos,
mostrándome el camino, como un guía, como un criado que cumple a conciencia un
encargo de su dueño; estaba en funciones. De todas formas, puso mi paciencia a
prueba. El Círculo me llamaba, la Gran Silla me esperaba, todo estaba en juego,
se iba a decidir mi futuro y toda mi vida pasada adquiriría de nuevo sentido o
se perdería irremisiblemente. Pero una sensación de angustia indecible me
oprimía el pecho, y yo temblaba de excitación, de alegría y de miedo. En mi
impaciencia, el camino por el que me conducía Leo me parecía infinitamente
largo e insoportable. Durante más de dos horas caminé detrás de mi guía, que
llevaba a cabo los rodeos más maravillosos y, al parecer, por puro capricho. En
dos ocasiones tuve que esperarle durante un largo rato en la puerta de dos
iglesias, pues Leo entró en ellas a rezar. En otra, se detuvo abstraído ante la
fachada del Ayuntamiento y me contó su historia y fundación, en el siglo XV,
por un célebre miembro del Círculo. A pesar de que caminaba rápido y seguro, me
volvía loco con los continuos rodeos que daba para conducirme al lugar en donde
yo tanto ansiaba verme. De este modo, invertimos casi toda la mañana en un
recorrido que normalmente hubiésemos cubierto en un cuarto de hora a lo sumo.
Finalmente me condujo a un
apartado callejón de uno de los suburbios de la ciudad, en donde se alzaba un
enorme y silencioso edificio. Desde fuera producía la impresión de pertenecer a
algún organismo gubernamental o ser un museo. Parecía completamente abandonado
y tanto los corredores como las escaleras que cruzábamos, donde retumbaban
nuestros pasos solitarios, estaban desiertos. Leo me condujo a través de los
corredores, las escaleras y las estancias. Luego abrió con el mayor cuidado una
puerta muy grande y contemplamos el taller de un pintor. Ante el caballete
estaba trabajando, en mangas de camisa, Klingsor, el pintor Klingsor, cuyo
estimado rostro no veía desde hacía muchos años. Pero no me atreví a saludarle;
quizá fuera inoportuno. Por otra parte me esperaban, me habían citado. Klingsor
casi no reparó en nosotros; saludó distraídamente a Leo, y, sin reconocerme,
reanudó su tarea, rogándonos que le dejásemos solo.
Finalmente llegamos a una de
las altas buhardillas de aquel inmenso edificio que olía a papel y a cartón.
Allí, a lo largo de centenares de metros, aparecían una serie de estanterías
empotradas en las paredes atestadas de libros y gruesos legajos; era un archivo
inmenso, una escribanía enorme. Nadie se preocupó por nuestra presencia y todo
el mundo siguió su trabajo en silencio.
Tuve la impresión que desde
aquel lugar gobernaban el mundo y el firmamento, o cuando menos, que desde allí
lo registraban y dirigían todo. Durante largo rato estuvimos esperando; frente
a nosotros cruzaban los archiveros y los bibliotecarios con catálogos y papeles
en las manos; apoyaban las pequeñas escaleras de mano en las paredes y se
encaramaban por ellas; hacían funcionar unos pequeños montacargas y conducían
silenciosamente unas carretillas de mano de un extremo a otro de la inmensa
nave. Leo empezó a cantar. Escuché conmovido aquellas notas que antaño me
fueron tan familiares, reconociendo en ellas la melodía de una de las canciones
del Círculo.
Al oírla, todo el mundo se
puso en movimiento; los empleados se retiraron; la sala se alargó hasta
perderse en una oscura lejanía; pequeños y casi irreales, los componentes de
aquella aplicada muchedumbre siguieron trabajando en el fondo del inmenso paisaje
lleno de archivos. En el centro aparecieron rigurosamente ordenadas diversas
filas de sillones; surgiendo del fondo de la sala o de las innumerables
puertas, aparecían los Superiores, que se acercaban remisos a los sillones,
para dejarse caer finalmente en ellos. Una tras otra, todas las hileras de
sillones fueron ocupadas. Todas aquellas filas formaban una construcción que se
alzaba hacia el fondo, en cuya cúspide se elevaba un trono. Leo me dirigió una
mirada significativa, recomendándome paciencia, silencio y respeto. Después,
sin que pudiera darme cuenta de cómo y por donde, desapareció entre los
Superiores, y ya no le volví a ver. Entre los Superiores, que se hallaban
reunidos formando la Gran Silla, vi rostros conocidos que ahora aparecían
graves o sonrientes. Allí estaba Alberto el Magno, el conductor Vasudeva, el
pintor Klingsor y muchos otros más.
Al cabo, rodeado por un
silencio absoluto, se adelantó el Orador. Yo permanecía de pie ante la Gran
Silla, dispuesto a todo, lleno de angustia, pero plenamente identificado de
antemano con todo lo que sucediera o se resolviese allí.
La voz del Orador sonó clara
y tranquila en el ámbito de la sala: «Autoacusación de un miembro desertor del
Círculo», le oí anunciar. Las rodillas me temblaban. Se trataba de mi vida.
Pero era mucho mejor así, pues todo recobraría su orden. El Orador continuó:
—¿Se llama usted H. H.?
¿Participó usted en la marcha a través de la Suabia Superior? ¿Estuvo usted
presente durante los festivales en Bremgarten? ¿Desertó usted poco después de
nuestra estancia en Morbio Inferiore? ¿Confiesa estar escribiendo una historia
del viaje a Oriente? ¿Se cree coartado en su trabajo por el juramento que hizo
de no revelar los secretos del Círculo?
Contesté afirmativamente a
cada una de las preguntas, incluso a aquéllas que me parecieron incomprensibles
y absurdas.
Durante unos instantes los
Superiores hablaron en voz baja gesticulando entre ellos, luego se adelantó
nuevamente el Orador y dijo:
—Autorizamos al autoacusado
a revelar públicamente cualquier ley o secreto del Círculo que conozca. Además,
ponemos a su disposición todo el archivo del Círculo que le sea necesario para
su trabajo.
El Orador se retiró de
nuevo; los Superiores se separaron y desaparecieron por las profundidades de la
sala y por las puertas. La inmensa estancia se sumió en un completo silencio.
Miré asustado a mi alrededor y, de pronto, mis ojos tropezaron con una mesa
sobre la que aparecían unas hojas de papel. Las reconocí en el acto. Se trataba
de mi máxima preocupación, de mi trabajo, del manuscrito que había comenzado
con tantas vacilaciones y angustias. «Historia del viaje a Oriente, narrado por
H. H.», podía leerse sobre la cubierta azul. Me abalancé sobre él, recorrí sus
páginas de escaso texto, escritas con una letra muy apretada y llenas de
enmiendas y tachaduras. Tenía prisa, me dominaba el ansia del trabajo, era
poseído por una alegría febril, convencido de que ahora podría terminar
finalmente mi trabajo con la autorización superior, con el apoyo del Círculo.
Jamás mi empresa me pareció tan grande y honrosa como ahora, al pensar que
ningún juramento me ligaba ya al silencio, ni tan fácil, puesto que podía disponer
de todo el archivo, de aquella inagotable cámara de tesoros.
Recorrí las páginas de mi
manuscrito, y debo decir que ni en las horas de mayor desesperanza juzgué mi
trabajo tan inútil y erróneo como en aquellos instantes. Todo me parecía
confuso, sin sentido alguno; las conexiones más claras aparecían desfiguradas,
había olvidado lo más elemental y las cosas más fútiles y menos importantes
habían sido colocadas en lugar preferente. Tenía que empezar de nuevo la tarea.
Mientras recorría el manuscrito, fui tachando frase por frase, y al borrarlas
se disolvían sobre el papel. Las claras y puntiagudas letras se descomponían en
fragmentos juguetones, líneas y puntos, círculos, florecillas y estrellas. Las
páginas se convirtieron entonces en tapices cuajados de bellos adornos
caprichosos, sin sentido alguno. Bien pronto desapareció todo el texto,
quedando tan sólo una serie de hojas en blanco. Me puse a pensar, recapacité.
Si hasta entonces no me había sido posible hacer una exposición clara e
imparcial del tema propuesto, era debido a mi juramento, el cual me vedaba referirme
a los secretos cuya revelación me estaba absolutamente prohibida. Por esta
razón había prescindido de la exposición histórica objetiva, concretándome a
mis experiencias personales, sin intentar establecer conexiones superiores con
los altos objetivos y propósitos del Círculo. Pero ya había podido verse adónde
me conducía mi propósito. Felizmente, ahora ya no tenía ninguna obligación de
guardar silencio y, por lo tanto, ninguna limitación pesaba sobre mí. Me habían
autorizado oficialmente y, al propio tiempo, podía disponer del inagotable
archivo para mis trabajos.
Resultaba claro, pues, que
aunque todo mi trabajo no se hubiera descompuesto en adornos, tenía que
iniciarlo de nuevo, fundamentándolo y construyéndolo sobre las nuevas bases.
Decidí comenzar con una breve historia del Círculo, desde su fundación o constitución.
Los catálogos que se encontraban sobre las mesas —kilómetros, enormes, que se
perdían en la lejanía y en la penumbra— debían darme una contestación a cada
una de mis preguntas.
Primeramente decidí examinar
el archivo realizando unas pruebas al azar; tenía que aprender a manejar aquel
enorme aparato informativo. Como es lógico, lo primero que busqué fue la Carta
del Círculo. «Carta del Círculo», decía el catálogo, «véase compartimiento
Chrysostimos, ciclo V, párrafo 39, 8». Encontré el compartimiento, el ciclo y
el párrafo sin el menor esfuerzo: el archivo estaba maravillosamente ordenado.
Cuando tuve la Carta del Círculo entre mis manos, vi que me sería imposible
leerla. Aquél documento, según me pareció, estaba escrito en caracteres
griegos; el griego lo entiendo bastante bien, pero aquélla era una escritura
muy antigua y extraña, cuyos signos no pude descifrar a pesar de su aparente
claridad. El texto parecía haber sido redactado en un dialecto; quizás en el
lenguaje secreto de los adeptos, y sólo de vez en cuando, alcanzaba a
comprender alguna palabra por el sonido o por la analogía. Pero aún no me sentí
descorazonado. Aunque no pudiera leer la Carta, aquellos signos me sugerían poderosas
y vivas imágenes de mi vida de antaño; vi, por ejemplo, a mi amigo Longus junto
a mí, dibujando signos griegos y hebraicos en el jardín, y de nuevo los signos
se transmutaban en pájaros, dragones y serpientes que se perdían en las
profundidades de la noche.
Me estremecí al comprobar lo
que representaba para mí hojear aquel catálogo. Tropecé con varias palabras
conocidas, con nombres que me eran familiares. Como fulminado por un rayo, leí
mi propio nombre, pero no me atreví a consultar el archivo. ¿Quién sería capaz
de escuchar sin inmutarse la sentencia pronunciada por un tribunal infalible
sobre uno mismo? Encontré también el nombre del pintor Paul Klee, a quien
recordara del viaje, y que era amigo de Klingsor. Busqué su número en el
archivo. Hallé allí una placa de oro esmaltada, al parecer muy antigua, en la
que aparecía dibujado o grabado con hierro candente un trébol. En una de sus
hojas figuraba un barco de una sola vela pintado de azul; en la segunda, un pez
de escamas de colores; la tercera parecía un impreso telegráfico y en él
aparecía escrito lo siguiente:
So blau wie Schnee
So Paul wie Klee[1]
Me produjo una alegría
melancólica leer lo referente a Klingsor, a Longus, a Max y a Tilly. Tampoco
resistí a la tentación de saber algo más acerca de Leo. En el catálogo se
decía:
¡Cave!
Archiespisc. XIX. Diacon. D.
VII
¡Cave!
Cornu A mon. 6.
La doble advertencia «Cave»
me impresionó; no me atrevía a penetrar en su misterio. A cada nuevo intento
que hacía me llenaba de asombro la cantidad increíble de material, de saber, de
fórmulas mágicas que contenía aquel archivo. En resumidas cuentas: quedé
convencido de que allí se almacenaba todo cuanto tenía relación con el mundo.
Después de felices y
desconcertantes investigaciones por muchos de aquellos ficheros del saber,
varias veces retorné al compartimiento Leo, poseído por una curiosidad
creciente, cada vez más intensa. Pero siempre me repelía aquel doble «Cave».
Estando hojeando otro catálogo descubrí la palabra Fatme, con la indicación:
princ. orient. 2
noct. mili. 983
hort. delic. 07
Busqué y encontré el lugar
correspondiente. Ante mis ojos apareció un pequeño medallón que podía abrirse y
que contenía una miniatura, la imagen arrebatadora de una bellísima princesa,
que me recordó inmediatamente Las mil y una noches, todos los cuentos de mi
época de adolescente, todos los sueños y anhelos de aquella época mágica,
cuando, para poder ver a Fatme, serví durante un año como novicio y al cumplir
el plazo me presenté para mi admisión en el Círculo. El medallón estaba
envuelto en un tejido muy fino, de color violeta. Lo olí; poseía un perfume
increíblemente lejano y sutil, un perfume de ensueño de princesa oriental,
inimaginable. Mientras aspiraba aquel perfume mágico, sentí la sensación de una
pérdida irreparable. Recordé el mágico influjo con que había emprendido mi
peregrinaje hacia el Este, peregrinaje que fracasó ante unos obstáculos
misteriosos y en el fondo desconocidos; me lamenté de que aquel hechizo se
hubiera esfumado en mi corazón, sumiéndome en el abandono y en la más fría
desesperación. En esto se había convertido para mí el aire que respiraba, el
pan que comía, lo que bebía.
No podía ver el tejido ni la
imagen, tan denso era el velo de lágrimas que cubría mis ojos. Hoy ya sé que no
bastaría el cuadro de la princesa árabe para obligarme a desafiar al mundo y al
infierno, convirtiéndome en caballero andante y en cruzado; hoy precisaría otra
magia mucho más poderosa. ¡Qué dulce, inocente y sagrado fue aquel sueño que
persiguiera en mis años de juventud y que me había convertido en un narrador de
cuentos, en músico, más tarde en novicio, para conducirme finalmente a Morbio
Inferiore!
Unos ruidos me despertaron
de mi ensimismamiento; desde los profundos espacios me contemplaba el misterio.
Y un nuevo pensamiento; un nuevo dolor me atravesó como un relámpago. Yo,
ingenuo de mí, había tratado de escribir la historia del Círculo cuando no me
era posible descifrar ni comprender la milésima parte de aquellos millones de
escritos —libros, papeles, cuadros, signos— que constituían el fabuloso
archivo. Abrumado, estupefacto, incapaz de comprenderme a mí mismo, me sentía
increíblemente ridículo al verme rodeado por todas aquellas cosas con las que
me había permitido jugar un poco en mi insensata pretensión de interpretar el
significado del Círculo y de mi propia vida.
Súbitamente, por todas las
puertas, surgieron un número infinito de Superiores. A algunos de ellos todavía
pude reconocerles a través de mis lágrimas. Así, vi al mago Jup, al archivero
Lindhorst, a Mozart vestido de Pablo… Los componentes de aquella impresionante
reunión fueron tomando asiento en las múltiples hileras de sillones; sobre el
alto tronco vi resplandecer un dorado baldaquín.
El Orador se adelantó y
anunció:
—El Círculo está dispuesto a
dictar sentencia por medio de sus Superiores sobre el autoacusado H., que se
creyó obligado a silenciar los secretos del Círculo, y que ha reconocido lo
maravillosa e imposible que era su intención de narrar la historia de un viaje
cuando no se dispone de suficiente capacidad. Al mismo tiempo, intentó escribir
la historia de este Círculo, en el cual ya no creía y al que había dejado de
ser fiel.
Se dirigió a mí y gritó con
su voz clara de heraldo:
—Autoacusado H., ¿está usted
dispuesto a reconocer este tribunal y a someterse a sus fallos?
—Sí —respondí.
—¿Está conforme, autoacusado
H. —continuó el Orador—, con que el tribunal de los Superiores dicte sentencia
sin que presida el Superior de los Superiores, o exige que el mismo Superior le
juzgue?
—Estoy conforme —repuse yo—
con la sentencia de los Superiores, presida o no el Superior de los Superiores.
El Orador iba a continuar,
pero en aquel momento se alzó en la parte más profunda de la sala una voz
suave:
—El Superior de los
Superiores está dispuesto a dictar él mismo la sentencia.
El sonido de aquella voz
suave produjo en todo mi ser un estremecimiento maravilloso. Desde la
profundidad de la sala, desde los horizontes del archivo, se adelantó un
hombre; su caminar era pausado y suave, su traje resplandecía de oro. Se fue
acercando envuelto en el profundo silencio de los reunidos, y reconocí su
andar, sus movimientos, su rostro, en fin. ¡Era Leo! Arrastrando su túnica
dorada, como un Papa, ascendía a través de las hileras de Superiores hacia la
Gran Silla. Sus joyas brillaban como flores extrañas y fastuosas, mientras
subía solemnemente por la escalinata. Hilera a hilera fueron levantándose a su
paso para saludarle. Sumiso y servicial, exhibía su deslumbrante dignidad con
toda humildad, como lleva sus insignias un santo Papa o un patriarca.
Yo me sentía profundamente
conmovido e impresionado en espera de la sentencia, que estaba dispuesto a
acatar humildemente, tanto si me era favorable como no. Pero no menos
impresionado y afligido me sentía al comprobar que Leo, el antiguo criado y
portador de equipajes, era precisamente el Superior de los Superiores, y que
era él quien iba a dictar la sentencia. Sin embargo, mi impresión mayor me la
había producido el gran descubrimiento de aquel día: el Círculo existía, era
tan inquebrantable y poderoso como antaño, no había sido Leo ni el Círculo los
que me habían abandonado y desengañado, sino que yo, débil y estúpido, había
llegado a poner en duda mis propias aventuras, la existencia del Círculo,
considerando fracasada la cruzada, juzgándome el único, superviviente y
cronista de una historia que creía ya concluida. En el fondo no era más que
esto: un desertor, un infiel, un renegado. En este reconocimiento existía a la
vez desesperación y felicidad. Ínfimo y sumiso, aparecía yo ahora a los pies de
la Gran Silla, que en otro tiempo me admitió como miembro del Círculo, y de la
que había recibido la bendición del noviciado y el anillo del Círculo,
autorizándome a emprender aquel gran viaje. Al mismo tiempo, reconocía un nuevo
pecado, una falta inexcusable, una nueva vergüenza que pesaba terriblemente
sobre mi corazón: no poseía ya el anillo del Círculo, lo había perdido, no
recordando dónde ni cómo. Pero el hecho era éste. Y me llenaba de asombro no
haberme percatado de su falta hasta aquel preciso instante.
Entretanto, el Superior de
los Superiores comenzó a hablar con su voz suave y armoniosa. Felices, las
palabras fluían de sus labios hacia mí, luminosas y certeras como el resplandor
del sol.
—El autoacusado —decía la
voz desde el trono— ha tenido ocasión de liberarse de algunos de sus errores.
Hay muchas cosas que le acusan. Podemos comprender y disculpar su infidelidad
al Círculo, el que hiciera recaer sobre nosotros sus propios pecados y torpezas,
que pusiera en duda nuestra existencia, que sintiera la increíble ambición de
convertirse en el historiador del Círculo. Todo esto no tiene gran importancia.
Son, permítame el acusado la expresión, simples tonterías de novicio.
Olvidémoslas con una sonrisa.
Respiré profundamente. Una
ligera sonrisa asomó a los rostros de todos los honorables reunidos. Aquélla
declaración aligeró enormemente mi ánimo, colocándome de nuevo en mi exacta
posición, al considerar que el peor de mis pecados, mi locura al creer el Círculo
extinguido y ser él único superviviente del mismo, era calificado por el
Superior de los Superiores como algo carente de importancia, una niñería que
sólo merecía una sonrisa comprensiva.
—Pero —continuó Leo, esta
vez en tono grave y solemne— existen otros pecados mucho más graves, siendo lo
peor del caso que, por lo que respecta a esos pecados, no aparece H. como
autoacusado, ya que parece ignorarlos. Se siente profundamente arrepentido de
haber tratado con manifiesta injusticia al Círculo en su pensamiento, se
reprocha amargamente no haber reconocido en el criado Leo al Superior de los
Superiores y está a punto de comprender toda la magnitud de su infidelidad
hacia el Círculo. Pero, mientras tomaba demasiado en serio todos estos pecados
de pensamiento, todas estas naderías y ve ahora que podemos perdonarlas con una
sonrisa, olvida tercamente sus verdaderas culpas, cuyo número son legión, y
cada una de las cuales es suficiente para merecer grandes castigos.
El corazón empezó a latirme angustiosamente.
Leo se dirigió a mí:
—Acusado H., más adelante
tendrá usted ocasión de lanzar una mirada sobre sus pecados; se le enseñará
también el camino para, evitar que en lo sucesivo recaiga en ellos. Sólo para
demostrarle su escasa comprensión de ellos, le pregunto: ¿Recuerda usted su
marcha a través de la ciudad junto con el criado Leo, que debía conducirle ante
la Gran Silla? Sí, usted se acuerda de ello. Y, ¿recuerda usted, cuando pasamos
ante el Ayuntamiento, frente a la iglesia de San Pablo y la catedral, que el
criado Leo penetró en el templo para arrodillarse unos momentos y rezar,
mientras usted, no sólo renunció a penetrar en la catedral y orar, sino que, en
contra de lo que dispone el párrafo cuarto del juramento del Círculo,
permaneció, impaciente y aburrido, ante la puerta, esperando que concluyera
aquella aburrida ceremonia, que tan inútil le parecía y sin otro significado
que poner a prueba su impaciencia egoísta? ¡Recuérdelo! Con su actuación frente
a la catedral, pisó usted todas las prescripciones fundamentales y costumbres
del Círculo, despreció la religión, despreció a un hermano, renunció
voluntariamente a aprovechar aquella ocasión para la plegaria y la
contemplación interior. Si no existieran circunstancias atenuantes especiales,
este pecado sería imperdonable.
Me tenía cogido. Acababa de
sacar a relucir lo más importante, no sólo lo secundario, no tan sólo las
sencillas tonterías. Le sobraba razón. Pero me había golpeado en el mismo
corazón.
—No queremos —continuó el
Superior de los Superiores— anotar todas las faltas del acusado, no vamos a
juzgar por el sentido estricto de la letra, y sabemos muy bien que sólo es
precisa nuestra advertencia para despertar la conciencia del acusado y convertirle
en un arrepentido autoacusado.
»No obstante, autoacusado
H., le aconsejo que examine aún unos pecados ante el tribunal de su conciencia.
He de recordarle aquella noche en que buscó al criado Leo y en la cual deseó
ser reconocido como miembro del Círculo, pese a que esto era imposible, puesto
que usted mismo se había hecho irreconocible como tal. ¿He de recordarle
aquello que usted mismo contó al criado Leo? ¿La venta del violín? ¿La vida
llena de desesperación, estúpida, estrecha, suicida que lleva desde años?
»Y hay todavía otra cosa,
hermano H., que no puedo en modo alguno silenciar. Es muy posible que el criado
Leo fuera injusto con sus pensamientos aquella noche. Aceptemos que realmente
sea así. El criado Leo fue tal vez demasiado severo, demasiado razonable, no
sintió la suficiente conmiseración y amabilidad hacia usted y su situación.
Pero hay unas instancias superiores y unos jueces más imparciales que mi criado
Leo. ¿Cuál fue el fallo de la naturaleza sobre usted, acusado? ¿Se acuerda del
perro llamado Necker? ¿Se acuerda del fallo condenatorio y negativo que dictó
sobre su persona? El animal es insobornable, no toma partido por nadie, no es
miembro del Círculo.
Hizo una pausa. Sí, el perro
lobo Necker. Era cierto que me había rechazado y condenado. Afirmé. La
sentencia había sido dictada ya por el perro lobo, por mí mismo.
—Autoacusado H. —empezó Leo
de nuevo, y la voz procedente del baldaquín dorado me sonó tan fría, clara y
penetrante como la del comendador cuando aparece en el tercer acto ante la
puerta de Don Juan—. Autoacusado H., usted me ha oído, usted ha dicho que sí.
Por lo tanto, suponemos que usted mismo se ha dictado ya la sentencia.
—Sí —repuse en voz baja—,
sí.
—¿Es, tal como suponemos,
una sentencia condenatoria?
—Sí —susurré.
Leo se levantó de su trono y
extendió suavemente sus brazos.
—Me dirijo a vosotros,
Superiores de la Gran Silla. Ya habéis oído. Sabéis lo que le ha ocurrido al
hermano H. Su vida no os es desconocida, muchos de vosotros habéis seguido la
misma trayectoria. El acusado no ha sabido hasta este momento que su infidelidad
y su desconcierto era un examen. Ha resistido duramente. Durante mucho tiempo
ha soportado no saber nada del Círculo, ha vivido aislado y ha visto
derrumbarse todo aquello en lo que había depositado su fe. Pero al fin no ha
podido resistir más tiempo esta vida de abandono y de opresión; su dolor ha
sido demasiado intenso, y vosotros sabéis que cuando el dolor es demasiado
intenso no se conocen los límites. El hermano H. ha sido arrastrado a la
desesperación por su examen; la desesperación es el resultado de cada intento
que se hace de tomarse en serio la comprensión y la justificación de la vida
del nombre. La desesperación es el resultado de pretender tomarse en serio la
vida con todas sus bondades, la justicia y la razón, y de cumplir con sus
exigencias. La desesperación es como un río; en una orilla están los niños; en
la otra los hombres maduros, los que han despertado ya de su letargo. El
acusado H. no es ya un niño, pero aún no ha despertado del todo. Está en medio
de la corriente. Cruzará la línea de demarcación y cumplirá, por lo tanto, un
segundo noviciado. De nuevo le damos la bienvenida en el Círculo, cuyos
objetivos le serán fáciles de comprender ahora. Le devolvemos el anillo que
había perdido y que el criado Leo conservó para él.
El Orador vino hacia mí, me
besó en la mejilla y me puso el anillo en el dedo. Apenas lo vi, apenas sentí
el contacto del frío metal en mi dedo, miles de recuerdos se agolparon en mi
mente y miles de incomprensibles fallos fueron subsanados. Recordé de nuevo que
el anillo constaba de cuatro piedras colocadas a idéntica distancia una de otra
—así lo establecían las prescripciones y nuestro juramento al Círculo—; todo
miembro debía de dar una vuelta al anillo por lo menos una vez al día y,
mientras contemplaba cada una de las cuatro piedras tenía que meditar sobre los
cuatro párrafos fundamentales de nuestro juramento. No tan sólo había perdido
el anillo y no había vuelto a pensar jamás en él, sino que durante el
transcurso de aquellos años no me había acordado ni meditado sobre los cuatro
párrafos fundamentales de nuestro juramento. Intenté repetir aquellas palabras
en voz baja, para mí mismo. Tenía que recordarlas aún; las presentía; como una
palabra que tenemos en la punta de la lengua, que pronunciaremos al cabo de
unos instantes, pero que de momento nos es imposible pronunciar. Pero no; por
más esfuerzos que hacía no conseguía acordarme de las palabras: estaban
olvidadas. ¡Hacía ya tantos años que no había cumplido los cuatro párrafos
fundamentales de nuestro Círculo, aun estando convencido de su santidad y de mi
pertenencia a él como siervo fiel!
Al observar mi desconcierto
y mi profunda vergüenza, el Orador me dio unos golpecitos en el hombro,
tranquilizándome. El Superior de los Superiores volvió a hablar.
—Acusado y autoacusado H.,
ha sido usted absuelto. Un hermano que ha sido absuelto, luego de un proceso de
esta índole, está obligado a entrar a formar parte del grupo de los Superiores
y ocupar uno de sus asientos tan pronto haya sufrido un examen de fe y
obediencia. Dejemos a la libre elección del hermano la prueba a que desea
someterse. Contésteme el hermano H. a las siguientes preguntas: ¿Está
dispuesto, como prueba de su fe, a domesticar un perro salvaje?
Sorprendido por la pregunta,
me tambaleé.
—No, no podría —respondí
impresionado.
—¿Está dispuesto, siguiendo
nuestras órdenes, a quemar ahora mismo parte de nuestro archivo, tal como se lo
indicará el Orador?
El Orador se puso en pie,
metió las manos en aquellos compartimentos tan bien ordenados y las retiró
llenas de papeles, de cientos de papeles. Mientras yo le contemplaba
horrorizado, él fue quemándolos lentamente en una estufa de carbón.
—No —exclamé—. Tampoco de
eso soy capaz.
—Cave frater —gritó el
Superior de los Superiores, dirigiéndose a mí—. Ten cuidado, impetuoso hermano.
He comenzado con las pruebas más sencillas, para el cumplimiento de las cuales
se precisa de una fe mínima. Cada prueba será más y más difícil. Conteste:
¿Está dispuesto a consultar la opinión de nuestro archivo sobre su persona?
Un escalofrío recorrió mi
cuerpo. Pareció como si fuera a faltarme la respiración. Había comprendido: las
preguntas se harían cada vez más difíciles. No había otra posibilidad que
aceptar, o bien exponerse a tener que pasar por otra prueba aún más ardua.
Respiré profundamente y contesté en sentido afirmativo.
El Orador me condujo hacia
la mesa donde se hallaban ordenados los catálogos; busqué y hallé la letra H, y
revolví las fichas hasta encontrar mi nombre: primero el de mi antepasado
Eoban, que también fue miembro del Círculo hace cuatrocientos años; luego leí
el mío, que tenía la siguiente indicación:
Chattorum r. gest. XV.
civ. Calv. indif. 49.
El papelito me temblaba en
las manos. Entretanto, los Superiores fueron levantándose de sus asientos, me
estrecharon las manos y me miraron a los ojos, saliendo inmediatamente. La Gran
Silla quedó vacía. Finalmente se me acercó el Superior de los Superiores,
apretó mi mano, cruzó su mirada con la mía, sonrió humildemente y, sumiso,
salió el último de la estancia. Me quedé solo con el papelito en la mano
izquierda, dispuesto a consultar el archivo.
Pero no tuve valor
suficiente para dar en seguida el paso decisivo. En medio de la gran sala,
contemplaba indeciso los departamentos, los armarios, las estanterías y las
mesas, aquel conglomerado en el que podía encontrar todo lo que pudiera
interesarme, todo lo relacionado con el viaje a Oriente y con nuestro Círculo.
Lleno de temor, me entretuve un poco antes de dar aquel paso para la
realización de la prueba. En realidad, mi narración del viaje a Oriente había
sido ya condenada y enterrada antes de que estuviese terminada. Pero de todos
modos experimentaba una creciente oscuridad.
De uno de los archivos
sobresalía un papelito. Me acerqué y leí:
Morbio Inferiore.
Ninguna palabra hubiera
podido dar en el blanco de mi curiosidad como estas dos. Con un ligero palpitar
de mi corazón, busqué el compartimiento indicado en el catálogo. Era un
departamento lleno de papeles. Encima estaba la copia de una descripción del desfiladero
de Morbio Inferiore extraída de un antiguo libro italiano. Luego, venía una
hoja de papel en la que era mencionada la importancia que Morbio Inferiore
había tenido para el Círculo. Casi todas las notas se referían al viaje a
Oriente y especialmente a aquella etapa y a aquel grupo al que yo pertenecí.
Nuestro grupo, así constaba allí, había llegado en su marcha hasta el
desfiladero de Morbio Inferiore, siendo sometido allí a una prueba —la
desaparición de Leo—, ante la cual no se había mostrado a la altura esperada. A
pesar de que las leyes del Círculo seguían vigentes para tales casos, estando
previsto que si un grupo se encontraba sin jefe, tenía que proseguir
impertérrito su ruta —instrucción que ya nos había sido remachada antes de
nuestra partida—, a pesar de todo, desde el instante mismo en que descubrimos
la desaparición de Leo, perdimos la fe, empezamos a dudar y a discutir
inútilmente; hasta que, al final, contraviniendo las prescripciones del
Círculo, nuestro grupo se dividió en varias secciones, para más tarde
disolverse totalmente. Ésta explicación de la desgracia de Morbio Inferiore no
podía asombrarme ya. Por el contrario, estaba sumamente interesado en el tema y
continué leyendo lo que se decía sobre la división de nuestro grupo. Tres de
los miembros que habían participado en la marcha hasta Morbio Inferiore,
intentaron más tarde describir nuestro viaje y dar una explicación de los
acontecimientos de Morbio Inferiore. Uno de ellos era yo; una copia de mi
manuscrito se encontraba en el compartimiento. Presa de un sentimiento extraño,
leí los otros dos manuscritos. Los otros dos autores describían el
acontecimiento de manera muy semejante a la mía. Pero, a pesar de todo, qué
diferentes sonaban en mis oídos. Uno decía:
«La desaparición del criado
Leo reveló la profunda desunión y desconcierto que existían en nuestro grupo,
destrozó nuestra unión, indestructible, al parecer, hasta entonces. Algunos de
nosotros supieron o presintieron en el acto que Leo no había sufrido ningún
accidente, ni tampoco desertado, sino que había sido llamado en secreto por los
Superiores. Ninguno de nosotros puede recordar sin vergüenza y arrepentimiento
el fracaso de la prueba a que fuimos sometidos. Apenas nos dejó Leo,
desaparecieron la fe y la unidad de nuestro grupo; fue como si se hubiera
esfumado un buen espíritu del hogar, como si la sangre fluyera de nuestro grupo
por una herida desconocida.
»Se produjeron las primeras
desavenencias, se iniciaron las primeras discusiones violentas sobre cuestiones
absurdas y ridículas. Me acuerdo, por ejemplo, de que nuestro apreciado
director de orquesta, el violinista H. H., afirmó dé pronto que Leo se había
llevado en su mochila la Carta del Círculo, el manuscrito del Maestro. Durante
días enteros discutimos esta cuestión. Desde un punto de vista simbólico, la
afirmación de J. H., tenía cierta consistencia: era evidente que después de la
desaparición de Leo, parecíamos haber perdido la bendición de nuestro grupo; se
había esfumado el sentimiento de unidad. Un convincente ejemplo de lo que digo
nos lo proporcionó aquel músico H. H. Hasta los días de Morbio Inferiore fue
uno de los más fieles y creyentes miembros del Círculo, siendo muy estimado
como músico, y, a pesar de algunas debilidades de su carácter, uno de los más
fervorosos partidarios. Desde que desapareció Leo, H. H. fue víctima de una
depresión y una desconfianza crecientes, mostrándose cada día más negligente en
su cargo, hasta llegar a transformarse en una persona meditabunda, nerviosa,
insoportable, que de continuo andaba buscando cuestiones. Un día se retrajo en
la marcha, y no volvió a reunirse con nosotros; había emprendido la huida.
Desgraciadamente, no fue el único, y al final no quedaba nadie de nuestro
pequeño grupo».
El otro historiador escribía
lo siguiente:
«De igual modo que con la
muerte de César se derrumbó el Imperio romano, de la misma forma que la
deserción de Wilson trajo el derrumbamiento del ideal democrático universal,
así fue destruido nuestro Círculo después de los funestos días de Morbio Inferiore.
Si se ha de achacar la culpa y la responsabilidad de este fracaso a alguien,
entonces habremos de citar a dos de nuestros miembros, al parecer completamente
inocentes: el músico H. H. y el criado Leo. Éstos dos hermanos, hasta aquel
instante dos de los más fervientes servidores del Círculo, aunque no poseían
una gran comprensión del significado universal de nuestra gran idea, desertaron
un día sin dejar rastro, no sin llevarse objetos de valor y documentos
importantes, lo que hace suponer que fueran sobornados por poderosos enemigos
del Círculo…».
Aunque la memoria de este
historiador se mostraba un tanto turbia y, no obstante su evidente buena fe,
presentaba todo de un modo bastante distinto de como ocurrió en realidad,
¿dónde residía el valor de mis propias anotaciones? Si diez historiadores hubieran
comentado los días de Morbio Inferiore, cada uno hubiese contradicho a los
nueve restantes. No, no era necesario proseguir mis esfuerzos como historiador.
Tampoco era necesario leer aquellos relatos; todos bien podían pudrirse en sus
archivos.
¡Temblé a la idea de todo lo
que podía aún saber en aquella hora. Cómo cambiaba, se transformaba y se
descomponía todo al ser mirado desde puntos de vista diferentes, de qué manera
más despectiva e inasequible se ocultaba la faz de la verdad detrás de aquellos
informes!
¿Qué era lo que todavía era
verdad? ¿En qué podíamos creer aún? Y, ¿qué sucedería cuando consultara el
archivo sobre mi propia persona, sobre mi historia?
Debía de mantenerme contra
todo. De súbito, no pude resistir más aquella incertidumbre y aquella espera.
Me dirigí al departamento Chattorum res gestae, busqué mi ficha y mi número y
hallé el compartimiento correspondiente a mi nombre. Era un pequeño cajón, pero
cuando lo abrí no encontré ningún papel escrito dentro de él. No contenía nada
más que una figurita una estatuilla de madera o de cera, de colores pálidos;
una especie de ídolo bárbaro o de una divinidad pagana; una figura
completamente incomprensible para mí. Era una figura formada por dos, unidas
por las espaldas. Durante un rato la contemplé desilusionado y asombrado. En
aquel instante descubrí una vela metida en un candelabro de metal. La encendí;
la figurilla quedó entonces completamente iluminada.
Lentamente se me reveló su
significado. Empecé a sospechar y a reconocer lo que trataba de representar.
Aquélla figurilla era yo mismo, pero aquel retrato mío aparecía indeciblemente
pálido y débil, tenía los rasgos borrosos y ofrecía un continente débil en una
actitud moribunda, una actitud sin la menor firmeza. Parecía una pequeña
estatuilla a la que hubieran dado el nombre de «Fugacidad», «Putrefacción» o
algo parecido. Por el contrario, la otra figurilla, la que estaba unida con la
mía, era de colores y formas vigorosas, y al contemplarla más detenidamente
reconocí que se trataba del criado Leo, el Superior de los Superiores. En aquel
momento descubrí otra vela en el cajón, la cual encendí también. Ahora no sólo
podía ver claramente las dos figuras, que pretendían representar a Leo y a mí,
sino que podía contemplar el interior de ambas, pues sus superficies eran
transparentes, del mismo modo como podemos mirar a través del cristal de una
botella o de una copa. Y en el interior de las dos figurillas vi agitarse algo
lentamente, muy lentamente, tal como se mueve una serpiente adormecida. Era un
movimiento muy lento y suave, algo como un fluir ininterrumpido o como el
fundirse de un metal. Del interior de la figurilla que intentaba representarme
fluía o se fundía algo hacia la efigie de Leo, y comprendí que el conjunto se
disolvería cada vez más en la figurilla de Leo: le nutría, le fortalecía. Con
el tiempo, toda la sustancia de mi cuerpo fluiría hacia el de Leo, y sólo
sobreviviría uno de los dos: Leo. Él crecería, yo sucumbiría.
Mientras contemplaba y
trataba de comprender todo aquello, recordé una conversación que sostuve con
Leo durante los festivales en Bremgarten. Hablamos de que los personajes de la
ficción son más vivos y reales que sus mismos creadores.
Las velas se apagaron, me
sentí dominado por un cansancio enorme y grandes deseos de cerrar los ojos, y
me alejé en busca de un lugar donde poder reposar y dormir.
FIN
Notas
[1] Juego de palabras: Tan
azul como la nieve — tan Pablo como Trébol. <<
HERMANN HESSE. Nació el 2 de
julio de 1877 en Calw, Alemania y murió en Montagnola, Cantón del Tesino,
Suiza, el 9 de agosto de 1962. Novelista y poeta alemán, nacionalizado suizo. A
su muerte, se convirtió en una figura de culto en el mundo occidental, en
general, por su celebración del misticismo oriental y la búsqueda del propio
yo.
Hijo de un antiguo
misionero, ingresó en un seminario, pero pronto abandonó la escuela; su
rebeldía contra la educación formal la expresó en la novela Bajo las ruedas
(1906). En consecuencia, se educó él mismo a base de lecturas. De joven trabajó
en una librería y se dedicó al periodismo por libre, lo que le inspiró su
primera novela, Peter Camenzind (1904), la historia de un escritor bohemio que
rechaza a la sociedad para acabar llevando una existencia de vagabundo.
Durante la I Guerra Mundial,
Hesse, que era pacifista, se trasladó a Montagnola, Suiza; se hizo ciudadano
suizo en 1923. La desesperanza y la desilusión que le produjeron la guerra y
una serie de tragedias domésticas, y sus intentos por encontrar soluciones, se
convirtieron en el asunto de su posterior obra novelística. Sus escritos se
fueron enfocando hacia la búsqueda espiritual de nuevos objetivos y valores que
sustituyeran a los tradicionales, que ya no eran válidos. Demian (1919), por
ejemplo, estaba fuertemente influenciada por la obra del psiquiatra suizo Carl
Jung, al que Hesse descubrió en el curso de su propio (breve) psicoanálisis. El
tratamiento que el libro da a la dualidad simbólica entre Demian, el personaje
de sueño, y su homólogo en la vida real, Sinclair, despertó un enorme interés
entre los intelectuales europeos coetáneos (fue el primer libro de Hesse
traducido al español, y lo hizo Luis López Ballesteros en 1930). Las novelas de
Hesse desde entonces se fueron haciendo cada vez más simbólicas y acercándose
más al psicoanálisis. Por ejemplo, Viaje al Este (1932) examina en términos
junguianos las cualidades míticas de la experiencia humana. Siddhartha (1922),
por otra parte, refleja el interés de Hesse por el misticismo oriental —el
resultado de un viaje a la India—; es una lírica novela corta de la relación
entre un padre y un hijo, basada en la vida del joven Buda. El lobo estepario
(1927) es quizás la novela más innovadora de Hesse. La doble naturaleza del
artista-héroe —humana y licantrópica— le lleva a un laberinto de experiencias
llenas de pesadillas; así, la obra simboliza la escisión entre la
individualidad rebelde y las convenciones burguesas, al igual que su obra
posterior Narciso y Goldmundo (1930). La última novela de Hesse, El juego de
abalorios (1943), situada en un futuro utópico, es de hecho una resolución de
las inquietudes del autor. También en 1952 se han publicado varios volúmenes de
su poesía nostálgica y lúgubre. Hesse, que ganó el Premio Nobel de Literatura
en 1946, murió el 9 de agosto de 1962 en Suiza.


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