© Libro No. 655. Aguas Primaverales. Turguenev, Iván. Colección
E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © Iván Turguenev. Aguas
Primaverales. Revisado por: Gema Guada
Versión Original: © Iván Turguenev. Aguas Primaverales. Revisado por:
Gema Guada
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Iván Turguenev
Aguas Primaverales
Revisado por: Gema
Guada
Iván Turgueniev
(Iván Sergueievich Turguénev o Turgueniev; Oriol,
Rusia, 1818 - Bougival, Francia, 1883) Escritor ruso. Perteneciente a una
familia noble rural, pasó su infancia en la hacienda materna, hasta que se
trasladó a Berlín para seguir estudios superiores, momento en que entró en
contacto con la filosofía hegeliana.
Iván Turgueniev
De vuelta a su país, inició su carrera literaria con
relatos que se inscriben dentro de la estética posromántica del momento (años
treinta), mientras trabajaba como funcionario público, cargo que abandonó en
1843 por un gran amor, Pauline Viardot, cantante rusa constantemente en gira,
con la que Turgueniev mantuvo una apasionada relación.
Con la publicación en 1852 de Apuntes de un cazador
consolidó su fama de escritor, al tiempo que era condenado al destierro de sus
propiedades por parte del gobierno con motivo de un artículo sobre Gogol, autor
considerado subversivo. Siguió escribiendo relatos hasta que publicó su primera
novela, Rudin (1856), en la que desarrolla por extenso su teoría de los hombres
«superfluos», jóvenes intelectuales formados en la universidad e inflamados de
ideas revolucionarias, incapaces, sin embargo, de operar en la sociedad.
Siguen la misma línea las novelas Nido de hidalgos
(1859), donde defiende ideas eslavófilas, y Vísperas (1860). En parte como
respuesta a las acusaciones (recibidas por esta última) de no crear héroes
positivos, escribió Padres e hijos (1862), en la que retoma sus ideas sobre los
nuevos hombres progresistas, que él denominó «nihilistas», y con la que le
llegó el reproche de los críticos sobre su condición de rentista que alienta de
forma prudente, y sólo con la pluma, ideologías reformistas.
Turgueniev, dolido, se mantuvo a partir de entonces
alejado de las controversias ideológico-políticas del momento. Mientras tanto,
se había instalado ya definitivamente fuera de Rusia, a caballo entre Alemania
y Francia, donde continuó escribiendo algunas novelas cortas (Aguas
primaverales, 1870), relatos y algún drama y poemas en prosa. Murió en Francia
al lado de Pauline, la familia de ella y algunos amigos escritores.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/t/turgueniev.htm
A eso de la una de la madrugada regresó a su
gabinete de trabajo, despidió al criado que había encendido las velas. Y
sentándose en una butaca junto al fuego, cubrióse el rostro con ambas manos.
Nunca había sentido tal desfallecimiento físico y
moral. Había pasado la velada con amables damas e inteligentes caballeros.
Muchas de aquellas damas eran bonitas; la mayor parte de los caballeros
distinguíanse por el talento y el ingenio; él mismo se había mostrado en la
conversación interlocutor agradable y hasta brillante... y a pesar de todo eso,
nunca se había encontrado tan irresistiblemente acometido y opreso por aquel taedium vitae de que hablaban ya los
antiguos romanos.
Si hubiese sido más joven, hubiera llorado de
fastidio, de angustia y de enervamiento; un amargor corrosivo y urente, como el
del ajenjo, llenaba su alma entera; cierto no sé qué denso, helado, tétrico, le
envolvía por todas partes como una oscura noche, y no sabía cómo desembarazarse
de esa oscuridad, de ese amargor. Era inútil recurrir al sueño, presentía que
el sueño no iba a venir en su auxilio.
Insensiblemente se sumió en largas y lentas
reflexiones, deshilvanadas y tristes.
Meditó acerca de lo vano, inútil y vulgarmente
embustero de las cosas humanas. Todas las épocas de la vida -acababa de cumplir
cincuenta y dos años- desfilaron unas en pos de otras ante los ojos de su
pensamiento, y ninguna de ellas encontró gracia delante de él. ¡Agitarse
siempre en el vacío y la nada, andar siempre dando tajos y mandobles al aire,
siempre embelesarse medio cándida, medio conscientemente con el señuelo de
vanas quimeras! “Poco importa lo que contenta a un niño, con tal de que no
llore”, dice un proverbio ruso. Luego, de pronto, cual nieve que nos cae en la
cabeza, ver llegar la vejez y con ella su compañero, el temor a la muerte, ese
temor que nos zapa y nos roe sin cesar...; después, por último, ¡el chapuzón en
el abismo!
¡Y aun
dichoso si transcurre así la vida! Porque más de una vez, . antes del fin, como
la herrumbre ataca al hierro, llegan los achaques y el sufrimiento...
La vida no se le aparecía como ese mar de olas
tumultuosas que describen los poetas; se la representaba llana como un espejo,
inmóvil, transparente hasta en sus más oscuras profundidades; sentado él en una
barquichuela vacilante, y abajo, en el fondo del abismo oscuro y fangoso,
entreveía vagamente, a semejanza de peces enormes, formas monstruosas: eran
todas las miserias de la vida, enfermedades, pesares, demencia, ceguera,
pobreza... Y ante su vista sale de las tinieblas uno de esos monstruos; sube, sube
sin cesar; se hace cada vez más visible, cada vez más horriblemente distinto...
Un momento más, y, levantada por el lomo del monstruo, va a zozobrar la barca.
Pero de nuevo parece hacerse más vaga la forma, desciende el monstruo, se vuelve al fondo y
se queda allí tendido, agitando apenas su oscura cola... Sin embargo, tiene que
venir el día fatal en que se tumbe la barca.
Sacudió la cabeza, levantóse de un salto de la
butaca, dio un par de vueltas por la estancia y tomó asiento detrás de la mesa
de escritorio; después, abriendo uno tras otro todos los cajones, se puso a
revolver papeles, cartas antiguas, la mayor parte cartas de mujeres. Él mismo
ignoraba por qué hacía eso, pues no buscaba ninguna cosa. Su único objeto era
librarse, por medio de cualquier
ocupación, de los pensamientos, que le perseguían como una pesadilla.
Desdobló al acaso algunas cartas. Una de ellas
contenía una flor seca, rodeada por una cinta ajada. Se encogió de hombros,
echó un vistazo a la chimenea y puso aparte las cartas, como si se hubiese
dispuesto a entregar a las llamas esas inútiles reliquias.
Siguieron sus manos explorando febrilmente los
cajones; de pronto abrió los ojos de par en par y atrajo suavemente hacia sí
una cajita octógona, de forma anticuada, y levantó despacio la tapa. Dentro de
esa caja, entre dos capas de algodón en rama amarillento, hallábase una
crucecita de granates.
Durante breve rato examinó esa cruz con aspecto
trascordado; luego, de pronto, dio un débil grito... Lo que se retrató en su
rostro no fue pesar ni júbilo; era cual si hubiese encontrado de improviso un
ser tiernamente amado en otro tiempo, perdido de vista desde mucho atrás,
reconocible aún, y, sin embargo, cambiado enteramente por los años.
Levantóse, volvió a sentarse junto a la chimenea, y
de nuevo escondió la cara entre las manos... “¿Por qué hoy, por qué hoy
precisamente?”, pensó. Y viniéronle a la memoria muchas cosas pasadas largo
tiempo antes.
He aquí lo que recordaba...
Pero primero es necesario que os diga su apellido y
sus nombres de pila y patronímico. Nuestro protagonista se llamaba Dimitri
Pavlovitch Sanin.
He aquí de qué se acordaba:
I
Era en el verano de 1840. Sanin acababa de cumplir
veintidós años; volvía de Italia a Rusia, y hallábase de paso en Francfort. Sin
familia casi, poseía una fortuna independiente, si no muy cuantiosa. Habiéndole
dejado un pariente lejano algunos miles de rublos en herencia, resolvió
gastárselos en el extranjero antes de ingresar en la administración, antes de
ponerse a lomo la albarda oficial necesaria para asegurarle la subsistencia. En
efecto, Sanin había puesto en planta su proyecto; y tal maña se dio, que el
mismo día de llegar a Francfort tenía el dinero justo para volver a San
Petersburgo. En 1840 eran escasos los caminos de hierro; los señores viajeros
iban en diligencia. Sanin sacó su billete, pero la diligencia no partía hasta
las once de la noche. Quedábale mucho tiempo que gastar. Por fortuna, el día
era magnífico; y Sanin, después de haber almorzado en la fonda del Cisne
Blanco, célebre a la sazón, salió a callejear por la ciudad. Fue a
ver la Ariadna
de Dannecker, y no le pareció ni fu ni fa; visitó la casa de Goethe
(entre paréntesis, sólo había leído de este poeta el Werther, y para eso en una
traducción francesa); paseó por la orilla del Mein y se aburrió como debe
hacerlo un concienzudo viajero de recreo; por último, hacia las seis de la
tarde, fatigado, llenos de polvo los zapatos, encontróse en una de las calles
menos importantes de Francfort, calle que, sin embargo, estaba destinada a no
despintársele de la memoria en largo tiempo.
En la fachada de una de las pocas casas de esa
calle, vio una muestra que anunciaba a los transeúntes la “Confitería Italiana
de Giovanni Roselli”. Entró a tomar un vaso de limonada. En la primera pieza,
detrás de un modesto mostrador, en las tablas de una alacena pintada, se
ostentaban simétricamente, como en una farmacia, algunas botellas con rótulos
dorados y botes de cristal de boca ancha llenos de bizcochos, pastillas de
chocolate y caramelos. No había nadie en esa pieza; sólo un gato gris roncaba guiñando
los ojos y amasando blandamente con las patitas una alta silla de paja puesta
junto a la ventana; una canastilla de madera calada yacía boca abajo en el
suelo, y junto a ella un grueso ovillo de estambre rojo resplandecía en un rayo oblicuo de sol poniente. Un ruido
confuso, extraño, salía de la estancia inmediata. Sanin esperó a que la
campanilla de la puerta hubiese concluido de tocar, y dijo en voz alta:
-¿No hay nadie aquí?
En el mismo instante abrióse la
puerta de la pieza vecina... Sanin se estremeció de asombro.
II
Una joven de unos diecinueve años, con los negros
cabellos flotando, esparcidos sobre los hombros desnudos, se precipitó en la
tienda extendiendo ante sí los brazos, igualmente desnudos. Vio a Sanin,
lanzóse hacia él, le agarró una mano y trató de llevárselo consigo, diciéndole
con voz entrecortada:
-¡Pronto,
pronto, por aquí, sálvelo usted!
Sanin no siguió a la joven; no porque vacilase en
obedecerla, sino porque el exceso de su asombro le dejó clavado en el sitio.
Jamás había visto semejante belleza. Volvióse ella hacia él, y su voz, su
mirada, el movimiento de las manos juntas oprimiendo su mejilla pálida
expresaban tal desesperación mientras le repetía: “¡Pero venga usted!” que se
precipitó en pos de ella por la entornada puerta.
En la segunda estancia vio tendido en un diván de
crin pasado de moda a un muchacho de catorce años, parecidísimo a la joven;
evidentemente era su hermano. Aquel niño estaba muy pálido, blanco más bien,
con reflejos amarillos como la cera o como un mármol antiguo. Tenía los ojos
cerrados; la sombra de sus espesos cabellos negros le cubrían la frente inmóvil
y lisa, las cejas finamente dibujadas e inertes; veíanse brillar los dientes
apretados entre los labios azulencos. Tenía la apariencia de no respirar ya;
uno de los brazos estaba debajo de la cabeza, y el otro colgando pesadamente
hasta el suelo. El niño estaba vestido de pies a cabeza y abotonado de arriba
abajo; tenía puesta la corbata, oprimiéndole el cuello.
La joven se lanzó hacia él exhalando un grito de
angustia. -¡Está muerto, está muerto! Ahora mismo estaba sentado ahí;
charlábamos juntos... De pronto se ha caído, y no ha hecho ya ningún
movimiento... ¡Dios mío! ¿Es posible que no se le pueda socorrer? ¡Y mamá que
no está aquí!... ¡Pantaleone! ¡Pantaleone! ¡Vamos! ¿Y el doctor? -añadió en
italiano-. ¿Has ido en busca del doctor?
-Signora, no he ido; he enviado a Luisa hijo una voz cascada,
detrás de la puerta.
Y un vejete, vestido con un frac de color de lila y
botones negros, con alta corbata blanca, pantalón de nankin muy corto y medias
de lana azul, entró en el cuarto renqueando con las piernas torcidas. Su
pequeñísima cara desaparecía casi por completo bajo una inmensa maraña de
cabellos grises como acero. Erizados en todos sentidos y cayendo en mechones
despeluznados, esos cabellos daban a la fisonomía del viejo cierta semejanza
con la de una gallina moñuda, semejanza tanto más chocante cuanto que bajo esa
pelambrera gris oscura sólo podían distinguirse una nariz picuda y unos ojos
amarillos y redondos por completo.
-Luisa tiene buenas piernas, y yo no puedo correr
prosiguió en italiano el viejecillo, levantando uno tras otro los pies gotosos
y planos, calzados con zapatos de cordones-. Pero he traído agua.
Con los dedos flacos y nudosos apretaba el estrecho
gollete de una botella.
-¡Pero Emilio se morirá entre tanto! -exclamó la
joven, y extendió las manos hacia Sanin-. ¡Oh caballero! O mein herr! ¿No puede
usted socorrerlo?
-Hay que sangrarle; esto es un ataque de apoplejía
hizo observar el viejo llamado Pantaleone.
Sanin no tenía ni las más ligeras nociones de
medicina, pero sabía que los niños de catorce años no suelen tener ataques de
apoplejía.
-Esto es un síncope y no... lo que usted pretende
-dijo a Pantaleone-. ¿Tiene usted cepillos?
El viejo volvió hacia él su carita.
-¿Cómo?
-¡Cepillos, cepillos! -repitió Sanin en alemán y en
francés; y haciendo el ademán de quien cepilla ropa, volvió a repetir-:
¡Cepillos!
El vejete acabó por comprender.
-¡Ah, cepillos! ¿Spazzete? Ciertamente, tenemos
cepillos. Tráigalos usted aquí, vamos a quitarle la corbata y el paletot, y
después le daremos friegas.
-¡Bien... benone! ¿Y no hay que echarle agua por
la cabeza? No... más tarde. Por ahora, vaya usted muy pronto a buscar los
cepillos.
Pantaleone dejó en el suelo la botella, salió a
escape y regresó enseguida con dos cepillos, uno para la ropa y otro para la
cabeza. Acompañábale un perro de aguas, rizado de lanas, quien meneando de
prisa la cola se puso a mirar curioso al viejo, a la joven y hasta a Sanin,
como si hubiera querido saber qué significaba todo aquel bullebulle.
Sin perder tiempo, Sanin quitó el paletot al
muchacho siempre inmóvil, le desabrochó el cuello levantó las mangas de la
camisa, y armado con un cepillo, se puso a darle friegas con todas sus fuerzas
en el pecho y en los brazos. Pantaleone paseaba no menos enérgicamente el otro
cepillo, el cepillo de cabeza, por sus botas y sus pantalones. La joven se
había arrodillado junto al diván, y con la cabeza entre ambas manos,
contemplaba a su hermano con los ojos fijos,
sin pestañear siquiera. Sanin frotaba siempre y la miraba a veces de reojo.
¡Dios, qué hermosura era!
III
Tenía la nariz un poco grande, pero de bella forma
aguileña; un ligero bozo sombreaba imperceptiblemente su labio superior. Su tez
de un mate uniforme y una palidez de ámbar, las ondas lustrosas de sus
cabellos, recordaban la Judith de Allori, en el palacio Pitti. ¡Y qué ojos, sobre todo! Ojos de un gris oscuro con
un círculo negro en la pupila, ojos magníficos,
ojos triunfantes, aun en ese momento
en que el espanto y el dolor apagaban su brillo. Involuntariamente le vino a
Sanin a la memoria el maravilloso país que acababa de abandonar. Pero ni aun en
Italia misma había encontrado nunca nada parecido. La respiración de la joven
era rara y desigual; hubiérase dicho que para respirar aguardaba cada vez a que
su hermano recobrase el aliento.
Sanin
frotaba sin descanso. No se limitaba a mirar a la joven: llamábale la atención
la original figura de Pantaleone. Desfallecido, sin resuello, el viejo se
estremecía a cada movimiento de cepillos, exhalando un gañido quejumbroso; y
sus enormes mechones de pelo, bañados en sudor, balanceábanse con pesadez de un
lado a otro, como las raíces de alguna planta grande descalzadas por una
corriente de agua.
-Quítele usted las botas; por lo menos -iba a
decirle Sanin... El perro de aguas, probablemente trastornado por el carácter
extraordinario de estos sucesos, agachóse sobre las patas delanteras y se puso
a ladrar.
-¡Tartaglia, Canaglia! -cuchicheó el viejo en tono
amenazador.
Pero en ese momento, el rostro de la joven se
transfiguró: alzáronse sus cejas, agrandáronse aún más sus grandes ojos, radiantes de júbilo...
Miró Sanin... La cara del muchacho iba adquiriendo
un poco de color, los párpados habían oscilado, retemblaron las ventanillas de
la nariz; aspiró el aire a través de los dientes, apretados aún, y exhaló un
suspiro.
-¡Emilio! -exclamó la joven-. ¡Emilio mío!
Abriéronse los negros ojos de Emilio; aún miraban
con vaguedad, pero sonreían ya débilmente. La misma sonrisa cruzó por sus
labios pálidos; en seguida movió el brazo que colgaba y con un esfuerzo lo puso
junto al pecho.
-¡Emilio! -repitió la joven, levantándose.
Su rostro tenía una expresión tan viva y tan
intensa, que parecía pronta a deshacerse en lágrimas o a soltarse a reír.
-¡Emilio! ¿Qué hay? ¡Emilio! -dijo una voz en la
pieza inmediata.
Y una señora pulcramente vestida, morena, de pelo
entrecano, entró con paso rápido. La seguía un hombre de cierta edad, y por
encima de su rostro mostrábase la cabeza de una criada.
La joven corrió a su encuentro.
-¡Está salvado, mamá! ¡Vive! -exclamó estrechando
convulsa entre sus brazos a la señora que acababa de entrar.
-Pero, ¿qué ha sucedido? -repitió ésta-. Venía yo a
casa y me encuentro al señor doctor con Luisa...
Mientras la joven contaba lo que había pasado, el
doctor se acercó al enfermo, quien iba volviendo cada vez más en sí, y
continuaba sonriéndose con aire un poco forzado, cual si estuviese confuso por
el miedo de que había sido causa.
-Por lo que veo dijo el doctor a Sanin y a
Pantaleone- le han frotado ustedes con cepillos; han hecho ustedes muy bien,
fue una idea acertadísima. Veamos ahora qué remedio...
Pulsó al joven, y le dijo: -Saque usted la lengua.
La señora se inclinó con solicitud hacia su hijo,
quien se sonrió más francamente, levantó la vista hacia ella y se puso
encarnado. Sanin se hizo la cuenta de que estaba de más, y pasó a la tienda.
Pero antes de poner la mano en el pestillo de la puerta exterior, apareciósele
de nuevo la joven y le detuvo.
-¿Se va usted? -dijo, mirándole de frente con gentil
mirar-. No le detengo; pero es absolutamente preciso que venga usted a vernos
esta noche. Le estamos tan agradecidísimos (tal vez ha salvado usted la vida a
mi hermano), que queremos darle las gracias. Mamá es quien se lo ruega. Debe
decirnos usted quién es, y venir a participar de nuestra alegría.
-Pero, ¡si hoy mismo salgo para Berlín! -Tartamudeó
Sanin.
-Le sobrará a usted tiempo -replicó la joven con
presteza-. Venga usted dentro de una hora, a tomar una jícara de chocolate con
nosotros... ¿Me lo promete usted? Tengo que volverme junto a mi hermano,
¿Vendrá usted?
¿Qué podía hacer Sanin? Vendré -respondió.
La joven le apretó la mano con rapidez y volvióse
atrás corriendo. Sanin se encontró en la calle.
IV
Hora y media después estaba Sanin de vuelta en la
confitería de Roselli, donde le recibieron como de la familia. Emilio estaba
sentado en el mismo diván en que le dieron las friegas. El doctor había
partido, dejando una receta y recomendando que le preservasen con esmero de las
emociones vivas, a causa de su temperamento nervioso y predispuesto a las
enfermedades del corazón. Emilio había sufrido otros desmayos de ese género,
pero no tan profundos ni tan prolongados. Por lo demás, el doctor declaraba que
por el momento había desaparecido todo el peligro.
Emilio, cual conviene a un convaleciente, estaba
arropado en una amplia bata, y su madre le había puesto al cuello un pañuelo de
lana azul; pero tenía una expresión alegre, casi como en día de fiesta. En una
mesita puesta frente al diván erguíase una enorme cafetera de porcelana, llena
de aromático chocolate, en torno de la cual se desplegaban pocillos, paquetes
de jarabe, platos llenos de bizcochos y molletes de pan, y hasta ramos de
flores. Seis velas finas ardían en dos candelabros de plata de forma antigua. A
un lado del diván hallábase un mullido sillón a lo Voltaire,
donde se vio obligado Sanin a
sentarse. Todos los moradores de la confitería, con quienes había entablado
conocimiento aquella tarde, se encontraban allí reunidos, sin exceptuar el gato
y el perro Tartaglia, y todos tenían cara de pascuas: el mismo perro
estornudaba de gozo: sólo el gato continuaba haciendo arrumacos y guiños.
Fue preciso que Sanin dijese su apellido, nombres y
calidad, así como el sitio donde nació. Al saber que era ruso, las dos damas
prorrumpieron en exclamaciones de asombro, y ambas a una voz declararon que
pronunciaba perfectamente bien el alemán; pero añadieron que si prefería hablar
en francés, podía emplear este idioma que ellas mismas comprendían y hablaban
con facilidad. Sanin aprovechó en el acto este ofrecimiento. “¡Sanin, Sanin!”.
Jamás habían podido imaginar las dos damas que tan fácil de pronunciar fuese un
apellido ruso. No menos les agradó su nombre bautismal “Dimitri”.
La señora dijo que en su juventud había oído cantar
una ópera magnífica, Demetrio e Polibio; pero declaró que
Dimitri era mucho más agradable que Demetrio.
Sanin habló así cerca de una hora. Por su parte, las
damas le iniciaron en todos los detalles de su existencia. La del cabello gris,
la madre, era quien más hablaba. Hizo saber a Sanin que se llamaba Leonora
Roselli, que había perdido a su marido, Giovanni Battista Roselli, quien
veinticinco años antes se estableció en Francfort, de confitero; que Giovanni
Battista era natural de Vincenza y un hombre buenísimo, aunque un poco vivo de
genio, pendenciero y encima ¡republicano! Al decir estas palabras, la señora
Roselli señalaba con el dedo un retrato al óleo, colgado encima del diván. Debe
suponerse que el pintor (también “republicano”, añadió suspirando la señora
Roselli) no había acertado a reproducir por completo el parecido, pues el
retrato del difunto Giovanni Battista representaba un bandolero sombrío y con
gesto de vinagre, por el estilo de un Rinaldo Rinaldini. En cuanto a la señora
Roselli, había nacido en “la antigua y soberbia ciudad de Parma, donde existe
aquella magnífica cúpula pintada por el inmortal Correggio”; pero su larga
permanencia en Alemania la había germanizado casi por completo. Después,
moviendo tristemente la cabeza, añadió que ya no le quedaban más que aquella
hija y aquel hijo (los indicó por turno con el dedo), que la hija se llamaba
Gemma y el hijo Emilio, que los dos eran buenos muchachos y obedientes, Emilio
sobre todo...
Y yo, ¿no soy obediente? -interrumpió la hija.
-¡Oh! Tú... tú eres también una republicana
-respondió la madre.
Después dijo que, naturalmente, los negocios iban
menos bien que en tiempo de su marido, maestro en el arte de la confitería... (¡Un
grand’uomo!, gruñó Pantaleone con aire sombrío); pero que, sin
embargo, gracias al cielo, aún se encontraban medios para vivir.
V
Gemma escuchaba a su madre, y tan pronto reía, tan
pronto suspiraba, como le pasaba suavemente la mano por el hombro o le dirigía
amenazas joviales con el dedo, y algunas veces miraba a Sanin. Levantóse por
último, estrechó a su madre entre los brazos y la besó en el cuello, debajo de
la barba. La madre rióse mucho y hasta dio un leve grito.
Sanin trabó también más amplio conocimiento con
Pantaleone. Supo que éste había sido antaño cantante de ópera, en los papeles
de barítono, pero que hacía mucho tiempo que había abandonado la carrera
teatral, y ocupaba en la familia Roselli un término medio entre un sirviente y
un amigo de la casa. A pesar de su larga residencia en Alemania, no había
aprendido nada del idioma del país; sólo conocía los términos injuriosos y los
destrozaba sin piedad. Ferrofutto spiccebubbio decía de casi
todos los alemanes. Hablaba el italiano con perfección, habiendo nacido en
Sinigaglia, donde se oye la lingua toscana in bocca romana.
Emilio dejábase mimar y se abandonaba a las
agradables impresiones de un convaleciente o de alguien que acaba de librarse
de un grave peligro; por lo demás, aparte de eso, era fácil ver que todos los
de casa le mimaban. Dio gracias con timidez a Sanin y se dedicó más que nada al
jarabe y a las golosinas. Sanin se vio obligado a tomar dos jícaras de
chocolate excelente y a comer una considerable cantidad de bizcochos; no hacía
más que tragar uno, cuando ya le presentaba otro Gemma. ¿Cómo rehusárselo? Bien
pronto se sintió a sus anchas, como en su casa; las horas corrían con una
rapidez inverosímil. Le hicieron tratar de muchos asuntos: acerca de Rusia en
general, el clima, la sociedad, los campesinos rusos (y en particular los
cosacos), la guerra de 1812, Pedro el Grande, El Kremlin, las campanas y las canciones rusas. Las dos damas no
tenían más que una idea muy vaga de esa región inmensa y remota. La señora
Rose111 (o, como solían llamarla por lo común, Frau Lenore) dejó
estupefacto a Sanin al preguntarle si aún existía la célebre casa de hielo
construida en San Petersburgo el siglo pasado, y a propósito de la cual había
leído un artículo tan interesante en uno de los libros de su difunto esposo: Bellezze
delle arti. Y como Sanin exclamase: “¿De veras se figura usted que
no hay verano en Rusia?”. Frau Lenore le explicó cómo se había
presentado hasta entonces ese país: nieves eternas, todo el mundo envuelto en
pieles y todos los hombres militares, pero una extremada hospitalidad y
campesinos muy sumisos. Sanin se esforzó en darle, así como a su hija, informes
más precisos. La conversación recayó acerca de la música rusa; y al punto le
rogaron que cantase un aire ruso cualquiera, y le indicaron en un rincón de la
pieza un pianito en que las teclas blancas estaban reemplazadas por negras, y
viceversa. Obedeció sin hacerse rogar, y acompañándose bien o mal con los dedos
de la mano derecha y tres de la izquierda (el pulgar, el del corazón y el
meñique) cantó un poco nasalmente y con vocecilla de tenor, primero el Sarafán
y después Po ulitse mostowoy. Las damas le elogiaron por su voz y su
música, pero admiraron sobre todo la dulzura y la sonoridad de la lengua rusa,
y le rogaron que tradujese el texto. Sanin satisfizo su deseo; pero como las
palabras del Sarafán y de Po ulitse mostowoy (que traducía con poca
elegancia. “Por una calle empedrada, iba una joven por agua”) no podían
hacerles formar una gran idea de la poesía rusa declaró, tradujo y cantó, no
sin degollarla un poco en las coplas en tono menor, la romanza de Puchkin, Recuerdo
esas horas divinas, puesta en música por Glinka. Las damas quedaron
entonces entusiasmadas, y Frau Lenore hasta descubrió en la lengua
rusa pasmosas relaciones con la italiana: Mognovenie (ó viani), sa mnoi (siam no¡), etcétera.
Los mismos apellidos de Glinka y Puchkin, que pronunciaba Puski, pareciéronle
tener una armonía familiar para su oído.
Sanin, a su vez, rogó a las damas que le cantasen
alguna cosa. Tampoco hicieron melindres con él. Frau Lenore se puso al
piano y cantó con su hija algunos dúos y stornelli. La madre debió haber te nido
en sus tiempos una buena voz de contralto; la voz de la joven, aunque un poco
débil, sin embargo, era agradable.
VI
Pero lo que admiraba Sanin no era la voz de Gemma,
sino a Gemma misma. Sentado detrás y un poco al lado de la joven, decíase que
jamás palmera ninguna, ni aun en las estrofas de Beneditof, poeta de moda
entonces, hubiera podido competir en elegancia con las felices proporciones de
su talle. Cuando en los pasajes expresivos alzaba los ojos al techo,
preguntábase él qué cielos no hubieran podido abrirse ante tal mirada.
Apoyado contra el quicio de la puerta, con la barba
y la boca sepultadas en su inmensa corbata, o escuchando muy serio con el aire
de un inteligente, el viejo Pantaleone mismo admiraba la belleza de la joven y
se extasiaba, aun cuando hubiera debido estar habituado a ella.
Habiendo concluido Frau Lenore de cantar sus
dúos, advirtió que Emilio tenía una hermosa voz, de timbre argentino, pero que
estaba en la edad de mudarla (en efecto, hablaba con voz de bajo, con
detonaciones constantes en falsete), y, por consiguiente, no debía cantar. Pero
invitó a Pantaleone a sacudir la nieve de los años en honor de su huésped.
Pantaleone tomó en seguida un aire arisco, frunció
las cejas, desgreñó sus melenas y declaró que desde mucho tiempo atrás había
renunciado a todo eso. Por lo demás -añadió-, en su juventud no hubiera
retrocedido ante un reto, porque pertenecía a aquella gran época en que existía
una verdadera escuela de canto y verdaderos cantantes, cantantes clásicos que
nada tenían de común con los chillones de ahora. Él mismo en persona, Pantaleone
Cippatola da Varese, recibió un día en Módena el homenaje de una corona
de laurel, y en aquella ocasión hasta soltaron palomas blancas en el teatro; y
un príncipe ruso, el príncipe Tarbusski, con quien tuvo en
otro tiempo relaciones de íntima amistad, le invitaba siempre después de cenar
a que se fuese a Rusia, prometiéndole montañas de oro... ¡montañas! Pero él no
había querido abandonar il paese del Dante. Verdad es que más
tarde circunstancias desgraciadas... sus propias imprudencias... Aquí se
interrumpió el viejo, suspiró profundamente y bajó la cabeza; después empezó
otra vez a hablar de la época clásica del canto y sentía una admiración tan
honda como desmedida.
-¡Qué hombre! Il gran García nunca se rebajó hasta
cantar de falsete, como lo hacen los pésimos tenores, los tenoracci de nuestros
días. ¡De pecho, nada más que de pecho! ¡Voce di petto, si!
El viejo, con sus dedillos flacos, se golpeó enérgicamente
el buche.
-¡Y qué actor, un volcán! ¡Signori miei, un volcán,
un
Vesubio! ¡Tuve el honor y el gusto de cantar con él en la ópera dell’illustrissimo
maestro Rossini, en el Otello! García cantaba el papel de
Otelo, yo el de Yago. Y cuando cantó esta frase...
Al llegar aquí, Pantaleone tomó una postura trágica
y se puso a cantar con voz temblorosa y ronca, pero aún muy expresiva, sin
embargo:
L’ira d’avverso fato
io piú non temerò!
“El teatro se venía abajo, signori miei. Pero yo no
me quedé cortó, y repliqué después de él:
L’ira d’avverso fato
temer più non doviò.
“Y él, después, de pronto, como una rayo, como un
tigre:
Morrò!... ma
vendicato...
“Y fijense ustedes, cuando cantaba... cuando cantaba
la célebre cavatina de Il matrimonio segreto:
Pria che spunti Palba...
Entonces él, il gran García, después de estas
palabras:
I cavalli di
galoppo
hacía sobre estas palabras:
Senza posa caccierá
hacía... oigan ustedes qué prodigioso es esto, com ‘é
stupendo!... hacía...
El viejo salió con una fioritura dificilísima;
pero al llegar a la décima nota, se hizo un lío, se puso a toser y se volvió
bruscamente, diciendo:
-¡Déjenme en paz! ¿Por qué me atormentan ustedes?
Gemma saltó de la silla, aplaudiendo; y gritando: “¡Bravo,
bravo! “, corrió hacia el pobre Yago retirado y le plantó
bonitamente las dos manos en los hombros.
Sólo Emilio se reía hasta desternillarse. “Esa edad
no tiene compasión”, dijo la Fontaine.
Sanin trató de consolar al pobre cantante, y se puso
a charlar con él en italiano. Había adquirido una leve tintura de esta lengua
durante su último viaje. Habló de ir paese del Dante, dove il si suona. Esta
frase, con el Lasciate ogni speranza, constituía en lengua italiana, todo
el bagaje poético del joven viajero.
Pero Pantaleone no respondió a esas atenciones.
Hundiendo más profundamente que nunca la barba en la corbata y abriendo mucho
los ojos con aire mohíno, parecía de nuevo un ave, y hasta un ave encolerizada,
un cuervo o un milano. Entonces Emilio, con un leve y repentino rubor, como es
costumbre en los niños mimados de quince años, se dirigió a su hermana y le
dijo que si quería distraer a su huésped, nada mejor podía encontrar sino
leerle una de esas comedias de Maltz que tan bien leía ella. Gemma se echó a reír,
dando un golpecito en la mano a Emilio, y exclamó que no había nadie como él
para tener semejante ocurrencia. Sin embargo, apresuróse a ir a su cuarto,
regresó con un libro en la mano, se sentó delante de la mesa en el diván, alzó
el dedo para imponer silencio con un ademán enteramente italiano, y comenzó la
lectura.
VII
Maltz era uno de los literatos franceses-furtenses
del período de 1830. Sus sainetes, cortos y ligeramente planeados, escritos en
el dialecto local, describían los tipos de la comarca de una manera burlesca y
atrevida, aunque el humorismo no fuese muy profundo.
Gemma leía de una manera notable, lo mismo que un
buen actor. Sostenía perfectamente, con todos sus matices el carácter de cada
personaje, y desplegaba cualidades de mímica que había heredado con la sangre
italiana. Cuando se trataba de representar alguna vieja en la chochez o algún
burgomaestre imbécil, hacía las muecas y chillaba, sin piedad ninguna para con
su voz delicada y su lindo rostro.
Nunca se reía al leer; pero si los oyentes, excepto
Pantaleone, que se apresuraba a marcharse con aspecto de mal humor así que se
hablaba de quel ferrofutto tedesco; si
los oyentes la interrumpían con una carcajada simpática, entonces dejaba caer
el libro en las rodillas y reíase también ella a mandíbula batiente, echando
atrás la cabeza, mientras que los rizos de sus negros cabellos saltaban sobre
su nuca y sus hombros, sacudidos por la hilaridad. Pero en cuanto se había
acabado de reír, cogía otra vez el libro, daba nueva expresión conveniente a
las facciones y continuaba en serio la lectura.
Sanin no podía saciarse de admirarla. Chocábale una
cosa, sobre todo: ¿por qué misterio, aquella cara tan idealmente hermosa podía
tomar de pronto una expresión cómica y a veces hasta trivial?
Gemma era menos hábil en el modo de leer los papeles
de muchachas, de “damas jóvenes”. Las escenas de amor, sobre todo, no las hacía
bien. Ella misma lo notaba; por eso les daba un leve matiz irónico, como si no
creyese en esos pomposos juramentos, en esas frases sublimes, de que el autor,
además, absteníase todo lo posible. Pasaban las horas sin advertirlo Sanin, y
no se acordó de su viaje hasta que dieron las diez en el reloj. Botó de la
silla como si le hubiesen pinchado.
-¿Qué tiene usted? -preguntó Frau Lenore.
-Tenía que salir hoy para
Berlín, y tenía reservado asiento en la diligencia.
-¿Cuándo sale la diligencia? A
las diez y media.
Entonces
ya es demasiado tarde dijo Gemma-. Quédese usted y le leeré alguna otra cosa.
-¿Había usted pagado el billete
entero, o nada más dado señal? preguntó Frau
Lenore, con un poco de curiosidad.
-¡Todo entero! -gimió Sanin con
gesto lastimero.
Gemma le
miró, entornando los ojos, y se echó a reír.
-¡Cómo es eso! -le dijo su madre
con tono de represión-. Este joven acaba de perder dinero, ¿y eso te hace reír?
-¡Bah! -respondió Gemma-. No se
quedará arruinado por eso, y trataremos de consolarle. ¿Quiere usted limonada?
Sanin tomó un vaso de limonada, Gemma reanudó la
lectura de Maltz, y todo fue de nuevo lo mejor del mundo.
Dieron las doce de la noche. Sanin empezó a
despedirse. -Debe usted permanecer algunos días en Francfort -le dijo Gemma-.
¿Por qué tanta prisa? Ninguna otra ciudad le parecerá a usted más agradable.
Hizo una
pausa, y repitió sonriéndose:
Ninguna
otra, verdaderamente.
Sanin no respondió nada, y pensó que lo vacío de su
bolsa le obligaba a permanecer en Francfort hasta que tuviese contestación de
un amigo de Berlín, a quien había resuelto pedir dinero prestado.
-Quédese usted, quédese -dijo a
su vez Frau Lenore-; le haremos
entablar conocimiento con el prometido de Gemma, el señor Karl Klüber. Hoy no ha podido venir, porque está ocupadísimo en sus
almacenes. Probablemente habrá visto usted en la Zeile un gran almacén de paños y sedas: pues bien, allí está de
dependiente principal. Quedará contentísimo de presentar a usted sus respetos.
Sanin,
sabe Dios por qué, se sintió un poco contrariado.
“¡Feliz prometido!”, pensó, mirando a Gemma. Y creyó
advertir en los ojos de la joven una expresión burlona.
Saludó de
nuevo a aquellas damas.
-¡Hasta mañana, hasta mañana!
-respondió Sanin.
Emilio, Pantaleone y Tartaglia le acompañaron hasta la esquina de la calle. Pantaleone
no pudo menos de manifestar su disgusto acerca del modo de leer que había
tenido Gemma. -¿Cómo no le daba vergüenza? ¡Qué es eso, hacer muecas, chillar! ¡Una caricatura! Hubiera podido elegir Merope o Clitemnestra, algo grande,
trágico; ¡y no que prefería imitar a una bruja alemana cualquiera! “Yo también
puedo hacer otro tanto... Mertz, kertz,
smertz”, dijo con voz ronca, alargando la cara hacia adelante y
esparrancando los dedos. El viejo les volvió bruscamente la espalda.
Sanin volvió a la fonda del Cisne Blanco, donde le esperaba su equipaje en un rincón de la gran
sala de espera. Hallábase en un estado de espíritu bastante confuso. Aún le
zumbaban en los oídos todas aquellas conversaciones ¡talo-franco-tudescas.
“¡Prometida! -murmuró, metiéndose en la cama del
modesto dormitorio que había pedido-. ¡Y qué hermosa es! Pero, ¿por qué me he
quedado?
Sin embargo, al siguiente día escribió una carta a
su amigo de Berlín.
VIII
No había acabado de vestirse, cuando un camarero de
la fonda le anunció la visita de dos señores. Uno de ellos era Emilio; el otro,
un joven buen mozo, con la cara más regular que pudiera verse, era Herr Karl Klüber, el novio de la hermosa Gemma.
Todo induce a suponer que por
aquel entonces no había en ningún comercio de Francfort un primer dependiente
tan cortés, tan bien educado, tan
imponente, tan amable como Herr Klüber.
Lo intachable de su vestir tenía igual en lo digno de su apostura y en lo
elegante de sus maneras, elegancia un poco espetada, según la moda inglesa
(había pasado dos años en Inglaterra), pero exquisita, sin embargo. A primera
vista se notaba claramente que ese guapo mozo, un poco severo, bien educado y
muy relamido, tenía costumbre de obedecer a sus superiores y tratar a
baquetazos a sus inferiores, y que detrás del mostrador no podía menos que
inspirar respeto hasta a los parroquianos. No podía concebirse la menor duda
respecto a su honradez; bastaba ver el abandonado cuello que le sostenía la
barba. Y su voz era tal como pudiera apetecerse, llena y grave como la de un
hombre que tiene confianza en sí mismo, no demasiado fuerte, sin embargo, y
hasta llena de cierta dulzura de timbre. Era una voz excelente para dar órdenes
a los dependientes inferiores: “¡Enseñe usted aquella pieza de terciopelo de Lyon
punzó!” O bien: “¡Ponga usted una silla a la señora! “.
El señor Klüber comenzó por presentar sus
cumplimientos, y al hacer las reverencias se inclinó tan noblemente, resbaló
los pies de un modo tan agradable y entrechocó ambos tacones con tal urbani
dad, que no podía vacilarse en decir: “Este es un hombre que tiene ropa blanca
y virtudes morales, todo de primera calidad”. En la mano izquierda, calzada con
guante de Suecia, tenía un sombrero reluciente como un espejo y en el fondo de
él estaba el otro guante; la mano derecha, desnuda, que alargó a Sanin con ademán
modesto, pero resuelto, estaba tan bien acabada que superaba a toda idea
preconcebida: cada una de las uñas era la perfección misma en su especie. Luego
declaró, con los términos más selectos de la lengua alemana, que había deseado
presentar sus respetos y la seguridad de su gratitud al señor extranjero que
había prestado un señalado servicio a un futuro pariente suyo, al hermano de su
prometida esposa. Al decir estas palabras, extendió la mano izquierda, la que
sostenía el sombrero, en dirección a Emilio, quien, perdiendo el lino, se
volvió hacia la ventana y se metió el dedo índice en la boca. Herr Klüber añadió que se consideraría
muy feliz si por su parte pudiera hacer alguna cosa que le fuese grata al señor
extranjero.
Sanin respondió, también en alemán, pero no sin
algunas dificultades, que estaba encantado... que el servicio era de poca
importancia, y rogó a sus huéspedes que tomasen asiento. Herr Klüber le dio las gracias, y levantándose en un periquete los
faldones de la levita, se sentó en una silla, pero tan ligeramente y de una
manera tan poco segura, que era imposible no decirse: “He ahí un hombre que se
ha sentado por pura fórmula y que va a levantar el vuelo al instante”.
En efecto, levantó el vuelo unos pocos minutos
después, y dando discretamente dos pasitos adelante como en la contradanza,
explicó con aire modesto que, con gran pesar suyo, no podía permanecer más
tiempo porque se iba al almacén -¡los negocios ante todo!-, pero que siendo
domingo el día siguiente, con aprobación de Frau
Lenore y de Fraülein Gemma, había
organizado una gira de recreo a Soden, a la cual tenía el honor de invitar al
señor extranjero, y que alimentaba la esperanza de que éste se dignaría “embellecerla”
con su presencia. Sanin no rehusó “embellecerla”. Herr Klüber le hizo enseguida unas cortesías y salió, luciendo sus
pantalones del matiz más delicado, gris perla; las suelas de las botas,
nuevecitas, chillaban no menos agradablemente.
IX
En cuanto su futuro cuñado hubo salido, Emilio, que
aún después de la invitación hecha por Sanin de “tomarse la molestia de
sentarse”, no había cesado de mirar por la ventana, dio media vuelta a la
izquierda, y ruborizándose, con un mohín de afectación infantil, preguntó a
Sanin si podía quedarse aún un poco.
-Me siento mucho mejor hoy -añadió-, pero el doctor
me ha prohibido trabajar.
Quédese, no me estorba usted de ningún modo -exclamó
enseguida Sanin, encantado, como todo verdadero ruso, de aceptar la primera
proposición que pudiese dispensarle de hacer él mismo alguna cosa.
Emilio dio las gracias, y en un instante tomó
posesión de Sanin y de su cuarto: examinó los objetos de la pertenencia de su
huésped y preguntó acerca de todo lo que veía: “¿Dónde lo ha comprado usted?
¿Cuánto le costó esto?” Le ayudó a afeitarse, le dijo que hacía mal en no
dejarse el bigote, y, por último, le contó una multitud de particularidades
acerca de su madre, de su hermana, de Pantaleone, hasta de Tartaglia, y toda la manera de vivir de ellos. Había desaparecido
todo connato de timidez en Emilio, quien sintió súbitamente un afecto
extraordinario por Sanin, no a causa de que éste le hubiera salvado la vida el
día antes, sino por... “¡era tan simpático!” No tardó en confiarle todos sus
secretos, insistiendo en particular sobre un tema. Mamá quería hacerle a toda
costa comerciante, y él sabía, sabía sin
género ninguno de duda que había nacido artista, músico, cantante, ¡que el
teatro era su verdadera vocación! El mismo Pantaleone le animaba; pero Herr Klüber sostenía el parecer de mamá,
sobre la cual tenía gran influencia. La idea de convertirle en un “hortera” era propia de Herr Klüber, en cuyo caletre nada podía compararse con la profesión
de mercader. Vender paño y terciopelo, estafar al público, hacerle pagar Narren oder Russen-Preise (precios de
imbéciles o de rusos): ¡he aquí su ideal!
Pero ya es hora de irnos a casa -exclamó en cuanto
Sanin hubo concluido de arreglarse y escrito su carta a Berlín.
Aún es
muy pronto -dijo Sanin.
-Eso no importa -replicó Emilio
con zalamería-. Vamos a Correos, y de allí a casa. Genuna se pondrá muy contenta de
verle a usted. Almuerce usted con nosotros... Hable usted a mamá de mí, de mi
carrera...
-Vamos dijo Sanin. Y partieron.
X
Pareció Gemma, en efecto, contentísima de verle, y Frau Lenore le recibió muy amistosa,
Visiblemente, había producido en ella una impresión favorable la víspera.
Emilio corrió a ocuparse del almuerzo, no sin haber cuchicheado al oído de
Sanin esta recomendación:
-¡No lo olvide usted!
En ello
pienso -respondió Sanin.
Frau Lenore no se encontraba del todo bien; tenía
jaqueca, y medio tumbada en un sillón, trataba de moverse lo menos posible.
Gemma llevaba un peinador amarillo, sujeto a la cintura con un cinturón de
cuero; tenía también aspecto fatigado, y una ligera palidez cubría sus
mejillas; sus ojos estaban un poco ojerosos, pero su brillo no se había
aminorado; y aquella palidez daba algo de misterio y dulzura a las facciones de
su rostro, de una pureza y una severidad clásica. Ese día chocóle a Sanin en
particular la extraordinaria belleza de su mano... Cuando la levantaba para
arreglarse y sujetar los rizos oscuros y lustrosos de sus cabellos, no podía
apartar la vista de esos dedos largos y flexibles, separados unos de otros como
los de la Fornarina de Rafael.
Hacía mucho calor por fuera. Sanin quería irse
después de almorzar, pero le hicieron ver que con semejante día lo mejor era
quedarse donde estaba. Convino en ello, y se quedó. Un agradable fresco reinaba
en la estancia de atrás, donde sus huéspedes y él se habían instalado, y cuyas
ventanas daban a un jardincito plantado de acacias. Un ávido enjambre de
abejas, avispas y zánganos azacanados zumbaban entre el frondoso follaje de las
flores de oro. Ese incesante murmullo que penetraba en la habitación por las
celosías entreabiertas y las cortinas echadas, hablaba del calor de afuera y
hacía parecer aún más suave el fresco de aquella casa cerrada y hospitalaria.
Sanin habló mucho, como la víspera, pero ya no de
Rusia ni de la vida rusa. Con el fin de complacer a su amiguito, a quien habían
mandado a casa de Herr Klüber
enseguida del almuerzo, para ejercitarse en la teneduría de libros, llevó la
conversación al terreno de las ventajas y los inconvenientes comparativos del
arte y del comercio. Esperaba ver a Frau Lenore
tomar la defensa de esta última profesión; pero su mayor extrañeza fue el ver
que también Gemma participase de tales opiniones.
-Si se es artista, sobre todo
cantante -insistió con ademán enérgico-, es preciso ocupar el primer puesto. El
segundo nada vale. ¿Y quién sabe si ha de llegar a ese primer puesto?
Pantaleone, que tomaba parte en la conversación
(porque en su calidad de viejo servidor antiguo, tenía el privilegio de
sentarse en compañía de los dueños de la casa: los italianos, en general, no
son de etiqueta muy severa). Pantaleone, naturalmente, defendía el arte con
todas sus fuerzas. A decir verdad, sus argumentos eran harto flojos: repetía de
continuo la necesidad de hallarse dotado de “cierto ímpetu de inspiración”, d’un certo estro d’inspirazione. Frau Lenore
le objetó que probablemente él mismo había poseído ese estro, y que, sin embargo...
-Tuve enemigos -respondió
Pantaleone con aire tétrico.
-¿Y cómo puedes estar seguro (ya
se sabe que los italianos se tutean a menudo), cómo puedes estar seguro de que
Emilio, aun suponiendo que estuviese dotado de ese estro, no tendría enemigos?
-¡Pues bien, hacedle
mercanchifle! -dijo despechado Pantaleone-. ¡Pero Giovanni Battista no se
hubiera conducido así, a pesar de ser confitero!
-Giovanni Battista, mi marido,
era un hombre razonable; y si en su primera juventud pudo dejarse arrastrar...
Pero el
viejo no escuchaba; alejóse, murmurando con aire hosco:
-¡Ah! ¡Giovanni Battista!
Gemma exclamó que si Emilio sentía en sí el amor a
la patria, y si quería consagrar sus fuerzas a la independencia de Italia,
podía ciertamente sacrificar la seguridad de su porvenir por un fin tan noble y
elevado, pero no por el teatro. Al decir esto, Frau Lenore, inquieta, suplicó a su hija que, a lo menos, no
arrastrase a su hermano fuera del buen camino. ¿No bastaba con que ella misma
fuese una republicana furibunda?... Después de haber pronunciado estas
palabras, Frau Lenore exhaló un
suspiro quejumbroso y dijo que sufría mucho, que su cabeza estaba próxima a
estallar. (Frau Lenore, por cortesía
para con su huésped, hablaba en francés con su hija.) Gemma se puso enseguida a
hacerla carantoñas, soplándole con delicadeza en la frente después de
humedecérsela con agua de Colonia; la besó con dulzura en las mejillas, arregló
la cabeza encima de la almohada, le prohibió que hablase y la besó de nuevo.
Después, dirigiéndose a Sanin, se puso a contarle, medio en broma, medio
sentimental, qué admirable madre era la suya y cuán hermosa había sido.
-¡Pero, ¿qué digo? ¡Aún lo es, y hermosísima! ¡Vea
usted, vea usted, vea usted qué ojos!
Gemma sacó del bolsillo un pañuelo blanco, lo puso
encima de la cara de su madre, y tirando de él hacia abajo poco a poco,
descubrió primero la frente, después las cejas y los ojos de Frau Lenore,
hizo una pequeña pausa y le dijo que mirase. Obedeció ésta, y Gemma dio un
grito de admiración. (Los ojos de Frau Lenore eran en verdad hermosos.)
Hizo resbalar rápidamente el pañuelo por la parte inferior de la cara, menos
regular que la superior, y volvió a empezar a llenarla de besos. Frau Lenore,
sonriéndose, se volvió un poco e hizo como que rechazaba a su hija con
esfuerzo. Gemma fingió también luchar con su madre y se puso a acariciarla no
con la felina zalamería de las francesas, sino con la gracia italiana, bajo la
cual siempre se adivina la fuerza.
Por fin
dijo Frau
Lenore que estaba fatigada. Gemma le aconsejó dormirse un poco en el
sillón.
Y yo
-dijo-, con el caballero ruso, nos estaremos quietos, muy tranquilos, como
ratoncitos.
Frau Lenore le dirigió una sonrisa por única respuesta,
cerró los ojos, respiró hondamente dos
o tres veces y se adormeció. Gemma se sentó a escape junto a ella en una
banqueta, y sosteniendo la al mohada donde descansaba la cabeza de su madre, se
quedó inmóvil, llevando solamente de vez en cuando a sus labios un dedo de la otra
mano, para recomendar silencio, y mirando a Sanin con el rabillo del ojo cada
vez que se permitía el menor movimiento. Concluyó éste por inmovilizarse
también y permaneció como hechizado; dejando a su alma admirar con todas sus
fuerzas el cuadro que ante él se ofrecía. Aquella estancia medio a oscuras,
donde como puntos luminosos brillaban acá y allá frescas rosas muy abiertas en
antiguos vasos de color verde; aquella mujer dormida, con las manos
modestamente cruzadas, con su bondadoso rostro rendido y rodeado por la suave
blancura de la almohada; aquella joven que la miraba con atención, también tan
buena, pura y admirablemente hermosa, con sus ojos negros, profundos, llenos de
sombra y, sin embargo, de fulgores... ¿eran un ensueño o un cuento de hadas?...
¿Y cómo estaba él allí?
XI
Sonó la campanilla de la puerta exterior. Un joven
campesino, con chaleco rojo y gorra de piel, entró en la confitería. Era el
primer comprador de aquel día.
-He aquí cómo va el comercio había dicho Frau Lenore
a Sanin, dando un suspiro, durante el almuerzo.
Continuaba dormida. No atreviéndose Gemma a sacar la
mano de debajo de la almohada, dijo muy quedo a Sanin:
-Vaya usted a despachar en lugar mío.
Sanin, andando de puntillas, pasó enseguida a la
tienda. El joven labriego pidió un cuarterón de pastillas de menta.
-¿Qué le cobró? -dijo Sanin a media voz a través de
la puerta.
-Seis kreutzers -murmuró Gemma.
Sanin pesó las pastillas, buscó papel, hizo un
cucurucho, lo llenó, lo desparramó, lo rehizo, lo desparramó otra vez, concluyó
por entregarlo y recibió el dinero... El joven aldeano le miraba estupefacto,
dándole vueltas a la gorra contra el pecho, mientras que en la otra habitación
Gemma ahogaba la risa apretándose la boca con la mano. Aún no había salido este
comprador, cuando entró otro, luego un tercero...
Parece
que tengo buena mano -dijo para sí Sanin.
El segundo parroquiano pidió un vaso de horchata, el
tercero media libra de bombones. Sanin les sirvió, armando un barullo de
cucharas y platillos, y metiendo animoso los dedos en los cajones y en los
botes de cristal de ancha boca. Hecha la cuenta, resultó que había vendido la
horchata demasiado barata, y cobrado de más, en los bombones, dos kreutzers.
Gemma no cesaba de reírse quedito; en cuanto a Sanin, sentía una
animación desusada y una disposición de ánimo verdaderamente feliz. ¡Hubiera
vivido así eternidades vendiendo bombones y horchata detrás de aquel mostrador
mientras que desde la trastienda le miraba aquella encantadora criatura con
ojos amistosamente burlones; mientras que el sol estival, a través del espeso
follaje de los castaños que crecían delante de las ventanas, llenaba toda la
estancia con el oro verdoso de sus rayos y de sus sombras; y mientras que su
corazón se mecía con la dulce languidez de la pereza, del quietismo y de la
juventud, de la primera juventud!
El cuarto parroquiano pidió una taza de café. Hubo
que dirigirse a Pantaleone. Emilio no había vuelto aún del almacén de Herr Klüber.
Sanin
volvió a sentarse junto a Gemma. Frau Lenore
continuaba dormida, con gran contento de su hija...
-Cuando mamá duerme, se le quita la jaqueca hizo
observar. Sanin se puso a hablar con ella en voz baja, como antes, por
supuesto. Habló de su “comercio”. Se informó muy formal acerca del precio de
los diferentes “artículos del ramo de confitería”. Gemma se los indicó con
idéntica formalidad; y sin embargo, ambos se reían para sus adentros, de buena
fe, como si se confesasen a sí mismos que representaban una divertidísima
comedia. De pronto, en la calle se puso a tocar un organillo el aria de Freyschütz:
“A través
de los campos y llanos...”
Los
sonidos, gemebundos y temblones, rechinaban en el aire inmóvil. Gemma se
estremecía:
-¡Va a despertar a mamá!
Sanin se apresuró a salir e hizo desaparecer al
músico ambulante, poniéndole en la mano algunos kreutzers. A su vuelta, Gemma le dio las gracias con una ligera
seña de cabeza; luego con una sonrisa meditabunda, tarareó con voz apenas
perceptible la linda melodía en que Max expresa todas las vacilaciones del
primer amor. Enseguida preguntó a Sanin si conocía el Freyschütz, si le gustaba Weber; y añadió que, a pesar de su origen
italiano, le gustaba esa música más que ninguna. De Weber, la conversación fue
insensiblemente a parar a la poesía, al romanticismo, a Hoffman, que todo el
mundo leía entonces aún...
Sin embargo, Frau
Lenore seguía durmiendo, y hasta roncaba ligeramente; y los rayos del sol,
que pasaban como rayas estrechas a través de los resquicios de las persianas,
iban cambiando de sitio y viajaban con un movimiento imperceptible, pero
continuo, sobre el piso, sobre los muebles, sobre la falda de Gemma, sobre las
hojas y los pétalos de las flores.
XII
Gemma no
gustaba en manera alguna de Hoffman, y hasta lo encontraba... aburrido. El
elemento nebuloso y fantástico de esos relatos del Norte no era accesible a su
naturaleza meridional y enteramente impregnado de sol. “¡Esos no son sino
cuentos de chiquillos!” -afirmaba, no sin desdén. Comprendía vagamente que
Hoffman carece de poesía.
Sin embargo, le gustaba mucho uno de aquellos
cuentos, de cuyo título no podía acordarse. A decir verdad, lo que le gustaba
era el principio de dicho cuento, pues se le había olvidado el final o tal vez
no lo hubiese leído nunca. Era la historia de un joven que encontraba no sé
dónde, acaso en una confitería, una joven griega de asombrosa belleza,
acompañada por un viejo de aire extraño, misterioso y cruel. El joven se
enamora a primera vista de la señorita; ésta le mira con aire lastimero, como
pidiéndole que la liberte. Aléjase él un momento, y al volver enseguida a la
confitería, ya no encuentra a la joven ni al viejo. Lánzase en su busca,
descubre a cada instante indicios de su presencia, prosigue su persecución, y
por más que hace, nunca logra alcanzarlos en ninguna parte. La hermosa
desconocida ha desaparecido para siempre, y él no tiene fuerzas para olvidar
aquella mirada suplicante; atorméntale la idea de que quizá se le ha escurrido
de entre las manos toda la felicidad de la vida...
No es seguro que Hoffman termine el relato de este
modo; pero Gemma, sin tener conciencia de ello, lo arregló así y lo retuvo en
la memoria.
-Me parece -dijo-, que encuentros y separaciones de
este género son más frecuentes de lo que creemos.
Sanin permaneció en silencio algunos instantes;
luego habló de Herr Klüber. Era la
primera vez que pronunciaba su nombre; hasta aquel momento, ni siquiera había
pensado en ese personaje.
A su vez, Gemma se salió un instante, mordiéndose,
con aire pensativo, la uña del dedo índice; apartó la vista, luego hizo un
elogio de su futuro, habló de la gira de recreo proyectada para el día
inmediato, y echando una rápida ojeada a Sanin, volvió a quedarse silenciosa.
Sanin ya no sabía sobre qué sacar conversación.
Emilio entró bruscamente y despertó a Frau
Lenore... Sanin se puso contento al verle llegar.
Frau Lenore se levantó del sillón. Presentóse Pantaleone,
y dijo que la comida estaba servida. El amigo de la casa, ex cantante y
sirviente, desempeñaba también las funciones de cocinero.
XIII
Sanin permaneció aún después de comer. Se habían
negado a dejarle partir, so pretexto de que hacía un calor horrible; y cuando
hubo caído un poco el calor, le propusieron salir al jardín a tomar el té, a la
sombra de las acacias. Sanin aceptó; sentíase completamente feliz. Las horas
apacibles y de dulce monotonía de la vida guardan exquisitos goces, y se
entregaba a ellos con delicia, sin pensar en mañana. ¡Qué encanto sólo la
presencia de una joven como Gemma! Iba a separarse de ella muy pronto, y quizá
para siempre; pero mientras la misma barquilla, como en los versos de Uh1and,
te mece sobre las ondas serenas de la vida, ¡sé feliz, viajero; deléitate!
¡Feliz viajero! Todo le parecía amable y encantador.
Frau Lenore le propuso medirse con ella y Pantaleone al
juego del tresette; le enseñó este juego italiano poco complicado,
ganóle ella algunos kreutzers, y quedó hechizado él. A
petición de Emilio, Pantaleone obligó al perro Tartaglia que hiciese
todas sus habilidades: Tartaglia saltó por encima de una palo,
habló (es decir, ladró), estornudó, cerró la puerta con el hocico, trajo a su
amo una zapatilla vieja, y, por último, con un chacó en la cabeza, representó
al mariscal Bernadotte y escuchando las sangrientas acusaciones que Napoleón le
dirige por su traición. Naturalmente, Pantaleone era quien hacía de Napoleón,
¡y con suma fidelidad, a fe mía! Con los brazos cruzados ante el pecho y un
tricornio metido hasta las cejas, hablaba con tono seco y áspero en francés, ¡y
en qué francés, santo Dios! Frente a su amo, sentado Tartaglia sobre las patas
traseras, encogido y apretando la cola entre las piernas, hacía guiños con aire
humilde y confuso bajo la visera del chacó metido de través. De rato en rato,
cuando Napoleón alzaba la voz, erguíase sobre las patas de atrás. “¡Fuori
traditore!” -exclamó por último Napoleón, olvidando, en el exceso de
su cólera, que debía sostener hasta el fin su papel en francés-; y Bernadotte
huyó a todo correr debajo del diván, de donde salió casi enseguida ladrando
alegre, como para hacer saber a todos que la función había concluido. Los
espectadores se rieron mucho, y Sanin más que los demás.
Cuando Gemma se reía, mezclaba con las risas unos
gemiditos de lo más divertido del mundo... Sanin estaba en sus glorias con esa
risa. Acabó por sentir un loco deseo de comérsela a besos por esos gemiditos.
Por fin, llegó la noche. ¡Hay que ser razonable!
Después de haberse despedido de todos y repetido a cada uno “hasta mañana”
(hasta abrazó a Emilio), Sanin regresó a la fonda, llevando en el corazón la
imagen de aquella joven, ya risueña, ya pensativa,
ya apacible hasta la indiferencia, pero siempre encantadora. Sus hermosos ojos,
a veces muy abiertos, brillantes y alegres como el día, otras medio velados por
las pestañas, oscuros y profundos como la noche, estaban tenazmente ante su
vista, mezclándose con todas las demás imágenes, con todos los otros recuerdos.
En lo que no pensó ni una sola vez fue en Herr Klüber,
en las razones que le habían retenido en Francfort, en una palabra, en todo lo
que le había agitado la víspera.
XIV
Preciso es que digamos algunas palabras acerca del
mismo Sanin. En primer término, no era mal parecido; talle proporcionado y
elegante, facciones agradables aunque un poco indecisas, ojos azules claros, de
cariñosa expresión, cabellos con reflejos de oro, piel blanca y sonrosada, y,
sobre todo, ese aire ingenuamente alegre, confiado, abierto, un poco bobo a
primera vista, en el cual reconocíase antaño sin trabajo a los hijos de los
nobles de la estepa, los “hijos de familia”, los jóvenes de buena casa, nacidos
y engordados al aire libre en las feraces comarcas del Sur; bonito andar, un
poco vacilante, leve ceceo al hablar, una sonrisa infantil en cuanto le
miraban..., en fin, buen humor, salud, molicie, molicie y más molicie: tal era
Sanin de cuerpo entero. Además, no estaba desprovisto de talento ni de
instrucción. Había conservado su frescura de impresiones, a pesar de su viaje
al extranjero; para él eran casi desconocidos los sentimientos tumultuosos que
perturbaban a la mejor parte de la juventud de entonces.
En nuestros días, después de una minuciosa rebusca
de “hombres nuevos”, nuestra literatura se ha puesto a producir tipos jóvenes
decididos a guardar su frescura, a conservarse frescos e intactos... cueste lo
que cueste, frescos como las ostras que de Flensburgo llevan a Rusia. Sanin no
tenía nada de común con ellos: era naturalmente fresco. De compararle con algo,
hubiera sido menester hacerlo con un manzano nuevo, de hojas rizadas, recién
injerto, de nuevos viveros de tierras negras, o mejor aún, con un potro de tres
años, nacido en las antiguas yeguadas de señores, bien cuidado y reluciente,
uno de esos potros de piernas mal desbastadas, que apenas empiezan a aprender
el trote largo. Los que han encontrado
a Sanin más tarde, baqueteado por la vida, perdida de mucho tiempo atrás la
“flor” de la juventud, esos han conocido otro hombre.
Al día siguiente, aún estaba Sanin en la cama,
cuando Emilio, vestido de fiesta, trascendiendo a pomada y con un junquillo en
la mano, se metió de rondón en el dormitorio y anunció que Herr Klü ber iba a llegar
con el coche, que el día prometía ser magnífico, que todo estaba dispuesto en
casa, pero que mamá no iba a ir, porque le había vuelto a dar la jaqueca de la
víspera. Se puso a dar prisa a Sanin, asegurándole que no había un minuto que
perder. En efecto, Herr Klüber encontró aún a Sanin
arreglándose. Llamó a la puerta, entró, inclinó y enderezó su noble talle,
declaró hallarse dispuesto a esperar todo cuanto se quisiera y tomó asiento,
con el sombrero elegantemente apoyado en una rodilla. El guapo dependiente se
había emperejilado hasta lo imposible; cada uno de sus movimientos desprendía
fuertes efluvios de los más suaves olores. Había venido en una gran carretela
descubierta, un landó enganchado con dos caballos de mala estampa, pero de
alzada y fuerza. Un cuarto de hora después, Sanin, Klüber y Emilio deteníanse
triunfalmente a la puerta de la confitería. La señora Rosselli se negaba de un
modo resuelto a tomar parte en el paseo. Gemma quiso quedarse con su madre,
pero esta misma la empujó al coche.
No necesito de nadie, dormiré -dijo-. De buena gana
hubiera enviado con ustedes a Pantaleone, pero se necesita alguno para
despachar a los parroquianos.
-¿Podemos llevarnos a Tartaglia?
-¿Qué duda tiene?
Al punto se lanzó Tartaglia alegremente al pescante, y se instaló allí relamiéndose.
Se veía que estaba familiarizado con esa gimnástica.
Gemma se había puesto un gran sombrero de paja con
cintas pardas, cuyo borde bajaba por delante, resguardándole casi toda la cara
contra los rayos del sol. La línea de
la sombra terminaba precisamente en la boca, brillaban sus labios con un
encarnado suave y fino como los pétalos de la rosa de cien hojas, y sus dientes
despedían cándidos reflejos como en los niños. Gemma tomó asiento junto a Sanin;
Klüber y Emilio enfrente de ellos. El pálido rostro de Frau Lenore apareció en una ventana; Gemma le hizo una señal de
despedida con su pañuelo blanco, y el coche arrancó.
XV
Soden es un pueblecito situado a media hora de
Francfort, en un paraje encantador, en las faldas de Taunus. Entre nosotros,
los rusos, goza de renombre a causa de sus aguas minerales, eficaces en las
enfermedades del pecho, según se asegura. Los francfurtenses nunca van allí
sino para giras de recreo, porque Soden posee un magnífico parque y
restaurantes donde puede tomarse café y cerveza a la sombra de los tilos y de
los arces.
El camino de Francfort a Soden, orillado de árboles
frutales, costea la margen derecha del Mein. Mientras el coche rodaba
tranquilamente por aquel camino magnífico, Sanin observaba a hurtadillas la
acción de Gemma respecto a su futuro: Era la primera vez que los veía juntos.
La actitud de la joven era serena y sencilla, pero con un poco más de reserva y
seriedad que de costumbre; Klüber tenía el porte de un superior indulgente que
se permite a sí mismo, y permite a su subordinado, un placer discreto y de buen
tono. Sanin no observó en él ninguna particular atención para con Gemma, nada
de lo que los franceses llaman empressement
(obsequiosidad). Evidentemente, Herr Klüber
consideraba el asunto como trato hecho, y no veía ningún motivo para molestarse
y hacer el galán; en cambio, su condescendencia no le abandonaba ni un minuto,
y hasta en el gran paseo que dieron antes de comer, más allá de Soden, a través
de las montañas y de los valles frondosos, mientras saboreaba las bellezas de
la Naturaleza, miraba el paisaje con aquel invariable aire de indulgencia a
través del cual se traslucía de vez en cuando la severidad natural en un
superior. Así, hizo notar que cierto riachuelo corría harto en línea recta, en
vez de dar pintorescos rodeos; hasta desaprobó la conducta de un pajarillo que
variaba muy poco su canto. Gemma no se aburría, y hasta experimentaba una_
visible satisfacción. Sin embargo, Sanin no encontraba ya en ella la Gemma de la víspera; y no porque la más leve sombra
oscureciese su hermosura (nunca había estado más resplandeciente), sino porque
su alma parecía haberse escondido en lo más recóndito de su ser. Elegantemente
enguantada y con la sombrilla abierta en la mano, andaba con aplomo sin
apresurar, como hacen las señoritas bien educadas, y hablaba poco. Emilio
tampoco estaba a sus anchas, y Sanin aún menos. Entre otras cosas que
contribuían a molestarle, había la de que la conversación se sostuvo todo el
tiempo en alemán.
Sólo Tartaglia
estaba enteramente alegre. Corría dando furiosos ladridos tras de los
tordos que levantaba al paso; cruzaba los barrancos, saltaba por encima de los
troncos y de las raíces, se tiraba al agua lamiéndola con avidez; se sacudía,
gimoteaba, luego salía disparado otra vez como una flecha, dejando colgar su
lengua roja hasta encima del hombro. Por su parte, Herr Klüber hacía todo lo que juzgaba necesario para divertir a la
sociedad. Invitó a sus compañeros a sentarse a la sombra de un copudo roble, y
sacando del bolsillo un librito titulado Knallerbsen,
oder du sollst
wirst lachen (Petardos, o ¡Debes
reírte y te vas a reír) se creyó en el caso de leer las anécdotas escogidas de
que ese libro estaba lleno. Leyó una docena sin provocar mucha alegría. Sólo
Sanin, por urbanidad, enseñaba los dientes. En cuanto a Herr Klüber, después de cada anécdota, dejaba oír una risita de
pedagogo, modificada como siempre por un tinte de condescendencia. Hacia
mediodía volvieron todos a Soden al mejor restaurante de la comarca.
Tratábase
de tomar disposiciones para la comida.
Herr Klüber propuso realizar este acto en un pabellón
cerrado por todas partes, im gartensalon; pero Gemma se sublevó de
pronto contra esto, y dijo que no comería sino al aire libre, en el jardín, en
una de las mesitas puestas delante del restaurante; que le aburría ver siempre
las mismas caras, y que deseaba tener otras a la vista. Varios grupos de recién
venidos se habían sentado ya alrededor de esas mesitas.
Mientras Klüber, sometiéndose con condescendencia
“al capricho de su futura”, iba a entenderse con el camarero en jefe, Gemma
permaneció de pie, inmóvil, con los ojos bajos y los labios apretados; sentía
que Sanin no apartaba de ellas su mirada, casi interrogadora, y hubiérase dicho
que eso le causaba enfado. Por fin regresó Klüber, anunciando que la comida
estaría dispuesta dentro de media hora, y propuso jugar una partida de bolos
para esperar.
Eso es muy bueno para abrir el apetito, ¡je, je, je!
-añadió. Jugaba a los bolos magistralmente; al arrojar las bolas, tomaba
posturas magníficas, hacía valer la musculatura de los brazos y piernas,
balanceándose con gracia en un pie. Era un atleta en su género; estaba
sólidamente configurado. Y luego, ¡eran tan blancas, tan bellas, sus manos! ¡Y
se las enjugaba con tan rico pañuelo de seda de la India, con flores de color
amarillo de oro!
Llegó la
hora de comer, y toda la compañía se puso a la mesa.
XVI
Sabido es de lo que consta una comida alemana: una
sopa de aguachirle con canela y unas bolitas de pasta cubiertas de gibosidades;
carne cocida, seca como corcho, rodeada de remolachas fofas, de rábano picado y
patatas viscosas, envueltas en una grasa blanquizca; una anguila azulada con
salsa de alcaparras en vinagre; un asado con conservas en vinagre, y el
imprescindible mehlspeise; especie de pudding rociado con una salsa roja agrilla; en cambio, vino
y cerveza muy presentables: Tal era la comida que el fondista de Soden presentó
a sus huéspedes.
Por lo demás, esa comida pasó muy bien. En verdad,
no se hizo notar por una animación particular, aun cuando Herr Klüber brindó: “¡Por
lo que nos es querido! (Was wir feben!) Todo se realizó de la manera más decente y digna.
Después de la comida sirvióse un café ácido y rojizo, un verdadero café alemán.
Herr Klüber,
como galante caballero, pedía a Gemma permiso para fumar un cigarro, cuando de
pronto ocurrió una cosa imprevista, una cosa verdaderamente desagradable y
hasta indigna...
Algunos oficiales de la guarnición de Maguncia se
habían instalado en una de las mesas próximas. Por sus miradas y cuchicheos,
podía adivinarse sin esfuerzo que les había llamado la atención la hermosura de
Gemma. Uno de ellos, que probablemente había estado en Francfort, miraba a la
joven como se mira a una persona conocida; era claro que sabían quién era. De
pronto se levantó vaso en mano -los señores oficiales habían hecho ya numerosas
libaciones, y el mantel estaba cubierto de botellas delante de ellos- y
acercóse a la mesa donde estaba sentada Gemma. Era un jovenzuelo con cejas y
pestañas de un rubio soso, aunque con una fisonomía agradable y hasta
simpática, pero sensiblemente alterada por el vino que había bebido. Sus
mejillas estaban estiradas e inflamados los ojos que vagaban de acá para allá
con una expresión insolente. Sus camaradas, después de intentar contenerle, le
dejaron ir. Empezado el melón, era preciso ver en qué paraba aquello.
El oficial, tambaleándose un poco, se detuvo delante
de Gemma, y con voz que querría hacer segura, pero en la cual, a pesar suyo, se
revelaba una lucha interior, exclamó:
-¡Brindo por la salud de la más hermosa botillera
que hay en Francfort y en el mundo entero! (De un sorbo se tragó todo el
contenido del vaso). ¡Y en recompensa, tomo esta flor cogida por sus divinos
dedos!
Y cogió una rosa que había junto al plato de Gemma.
Asombrada al pronto y asustada, ésta se puso pálida como una muerta; después,
trocándose en ira su espanto, se ruborizó hasta la raíz de sus cabellos. Sus
ojos, fijos en el insultante, se oscurecieron de tinieblas y relámpagos de una
indignación desbordada...
El oficial, turbado al parecer por esa mirada,
murmuró algunas palabras incoherentes, saludó y se fue a donde estaban sus
amigos, quienes le acogieron con sonrisas y ligeros aplausos.
Herr Klüber se levantó bruscamente, se irguió con toda su
estatura, y calándose el sombrero, dijo con dignidad, pero no muy alto: -¡Esto
es inaudito! ¡Es una insolencia inaudita! (Unerhórt! unerhórt! Frechheit)
Enseguida llamó al mozo con voz severa, y no sólo
pidió que le trajesen en el acto la cuenta, sino que además ordenó que
enganchasen el coche, y añadió que era imposible que personas distinguidas
viniesen a este establecimiento, puesto que en él se insultaba. Al oír Gemma
estas palabras, inmóvil en su sitio una respiración jadeante sacudía su pecho-,
dirigió los ojos a Herr Klüber, y fijó en él la misma
mirada que había arrojado al oficial, Emilio temblaba de rabia.
Levántese usted, mein
Fraülein -profirió Herr Klüber,
siempre con idéntica severidad-, no conviene que permanezca usted aquí. Vamos a
meternos en el interior del restaurante.
Gemma se levantó sin decir nada. Le presentó él su
torneado brazo, puso ella el suyo encima, y
Herr Klüber se dirigió entonces al restaurante con un andar majestuoso,
cada vez más majestuoso y arrogante conforme se alejaba del teatro de los
sucesos. El pobre Emilio siguió todo trémulo.
Pero mientras que Herr Klüber ajustaba la cuenta con el mozo, a quien no dio ni un kreutzer de propina, para castigarle por
lo sucedido, Sanin se había acercado rápidamente a la mesa de los oficiales, y
dirigiéndose al que había insultado a Gemma, y que en aquel momento daba a oler
su rosa a los demás, uno tras otro, con voz clara, pronunció en francés estas
palabras:
-¡Caballero, lo que acaba usted
de hacer es indigno de un hombre de honor, indigno del uniforme que viste; y
vengo a decirle a usted que es un fatuo mal educado!
El joven dio un salto; pero otro oficial de más edad
le detuvo con un ademán, le hizo sentarse, y dirigiéndose a Sanin le preguntó,
en francés también, si era hermano, pariente o novio de aquella joven.
Nada tengo que ver con ella -exclamó Sanin-. Soy un
viajero ruso, pero no he podido ver a sangre fría tal insolencia. Por lo demás,
aquí están mi nombre y mis señas; el caballero oficial sabrá dónde encontrarme.
Al decir estas palabras, Sanin echó en la mesa su
tarjeta de visita y con rápido ademán cogió la rosa de Gemma que uno de los
oficiales había dejado caer en un plato. El joven oficialete hizo un nuevo
esfuerzo para levantarse de la silla, pero su compañero le retuvo por segunda
vez diciéndole:
-¡Quieto, Donhof! (Dönhof, sei still!)
Luego se levantó él mismo, y llevándose la mano a la
visera de la gorra, no sin un matiz de cortesía en la voz y en la actitud, dijo
a Sanin que en la mañana siguiente uno de los oficiales de su regimiento
tendría el honor de presentánsele. Sanin respondió con un breve saludo y se
apresuró a reunirse con sus amigos.
Herr Klüber fingió no haber notado la ausencia de Sanin
ni sus explicaciones con los oficiales; daba prisa al cochero que enganchaba
los caballos, e irritábase en extremo contra su lentitud. Gemma tampoco dijo
nada a Sanin; no le miró siquiera. Por sus cejas fruncidas, sus labios pálidos
y apretados, su misma inmovilidad, adivinábase lo que sucedía en su alma. Sólo
Emilio tenía visibles deseos de hablar con Sanin y de interrogarle: le había
visto acercarse a los oficiales, darles una cosa blanca, un pedazo de papel,
carta o tarjeta... Palpitábale el corazón al pobre muchacho, le abrasaban las
mejillas; estaba pronto a echarse al cuello de Sanin, pronto a llorar, o
arrojarse con él para reducir a polvo a todos aquellos abominables oficiales.
Sin embargo, se contuvo y se limitó a seguir con atención cada uno de los
movimientos de su noble amigo ruso.
Por fin, el cochero acabó de enganchar los caballos;
subieron los cinco al coche. Emilio, precedido por Tartaglia, trepó al pescante; allí estaba más libre y no le quitaba
la vista a Klüber, a quien no podía ver a sangre fría.
Durante todo el camino discurseó Herr Klüber... y habló él sólo: nadie le
interrumpió ni le hizo ninguna señal de aprobación. Insistió especialmente en
lo mal que hicieron en no escucharle cuando propuso comer en un gabinete
reservado. ¡De ese modo no hubiera habido ningún disgusto! Enseguida enunció
juicios severos y hasta con ribetes de liberalismos acerca de la imperdonable
indulgencia del gobierno con los oficiales; les acusó de descuidar el
sostenimiento de la disciplina y de no respetar bastante el elemento civil en
la sociedad (das bürgerliche element in der
societät). Después dijo cómo
con el tiempo esto produciría descontento general; que de eso a la revolución
no había más que un paso, como lo atestiguaba (aquí exhaló un suspiro
compasivo, pero severo) el triste, el tristísimo ejemplo de Francia. Sin
embargo, al punto añadió que personalmente se inclinaba ante el poder, y que no
sería revolucionario jamás de los jamases; pero que no podía menos de
manifestar su desaprobación respecto a tanta licencia. Luego entró en
consideraciones generales sobre los principios y la falta de principios, la
moralidad, las conveniencias y el sentimiento de la dignidad.
Durante el paseo que precedió a la comida, Gemma no
había parecido enteramente satisfecha de Herr
Klüber, y por eso mismo habíase mantenido un poco apartada de Sanin, como
si la presencia de éste la hubiese turbado; pero a la vuelta, mientras
escuchaba la fraseología de su futuro, era visible que tenía vergüenza de él.
Al final del viaje experimentaba un verdadero sufrimiento, y de pronto dirigió
una mirada suplicante a Sanin, con quien no había reanudado la conversación.
Por su parte, Sanin experimentaba más compasión hacia ella que descontento
contra Klüber; y hasta, sin confesárselo del todo, regocijábase en secreto por
todo lo acontecido aquel día, aun cuando esperaba un cartel de desafío para la
siguiente mañana.
Sin embargo, aquella penosa “gira de recreo”
concluyó. Al ayudar a Gemma a apearse del coche a la puerta de la confitería,
sin decir una palabra,
Sanin le puso en la mano la rosa que había rescatado. Ruborizóse ella, le
apretó la mano e inmediatamente ocultó la flor. Aunque apenas era de noche, ni
él tuvo ganas de entrar en la casa, ni ella le invitó a que lo hiciese. Además,
apareció en el quicio de la puerta Pantaleone y anunció que Frau Lenore
estaba durmiendo, Emilio dijo un tímido adiós a Sanin: casi le tenía miedo,
¡tanta era la admiración que le produjo! Klüber acompañó a Sanin en coche hasta
la fonda y le dejó haciéndole un saludo afectado. A pesar de toda su
suficiencia, ese alemán, organizado en toda regla, sentíase un poco molesto. En
fin, que todos ellos, quien más, quien menos, estaban a disgusto.
Preciso es decir que ese sentimiento de malestar se
disipó en seguida en Sanin y se trocó en un estado de ánimo bastante vago, pero
alegre y hasta triunfal. Se puso a silbar paseándose por su cuarto. Estaba
contentísimo de sí mismo.
XVII
Aguardaré las explicaciones del caballero oficial
hasta las diez -pensaba al arreglarse por la mañana al día siguiente-, y
después que me busque si le da la gana.
Pero los alemanes se levantan temprano; antes de que
el reloj señalase las nueve, el criado entró a anunciar a Sanin que el señor
subteniente (der Her Seconde Lieutenant) von Richter deseaba verle.
Sanin se puso a escape un redingot y dijo que le
hiciese pasar. En contra de lo que Sanin esperaba, von Richter era un
jovenzuelo, casi un niño. Esforzábase en dar aire de importancia a su rostro
imberbe, aunque sin conseguirlo, ni siquiera fue capaz de ocultar su emoción, y
habiéndosele enredado los pies en el sable, en poco estuvo que no cayera al
sentarse. Después de muchas vacilaciones y con gran tartamudeo, declaró a Sanin
en muy mal francés, que era portador de un mensaje de parte de su amigo el
barón von Dónhof; que su misión consistía en exigir excusas al caballero von Sanin
por las expresiones ofensivas empleadas por él la víspera; y que en caso de que
el caballero von Sanin se negase a lo pedido, el barón von Dónhof exigía
satisfacción.
Sanin respondió que no tenía el propósito de
presentar excusas y que estaba dispuesto a dar satisfacción.
Entonces, el caballero von Richter, siempre
tartamudeando, le preguntó con quién, dónde y a qué hora podrían celebrarse las
conferencias indispensables.
Sanin le respondió que podía volver dentro de un par
de horas, y que de allí a entonces trataría Sanin de hallar un testigo.
“¿A quién
diablos tomaré de testigo?”, pensaba entre tanto.
El caballero von Richter se levantó y saludó para
despedirse. Pero al llegar a los umbrales de la puerta, se detuvo como presa de
un remordimiento de conciencia, y dirigiéndose a Sanin le dijo que su amigo el
barón von Dónhof no dejaba de comprender que hasta cierto punto había sido
culpa suya los sucesos de la víspera, y que por consiguiente se contentaría con
muy poco:
-Bastarían ligeras excusas (exghises léchères).
Sanin contestó a eso que no considerándose culpable
de nada, no estaba dispuesto a presentar ninguna clase de excusas, ni ligeras
ni pesadas.
-En ese caso -replicó el
caballero von Richter, poniéndose aún más encarnado-, habrá que cruzar unos
pistoletazos amistosos (des goups te bisdolet à
l’amiâple).
No comprendo ni pizca de lo que usted quiere decir
-observó Sanin-. Supongo que no se trata de tirar al aire.
-¡Oh, no, no! -tartamudeó el
subteniente, desorientado por completo-. Pero suponía que ventilándose el
asunto entre hombres distinguidos... (Aquí se interrumpió.) -Hablaré con el
testigo de usted... -dijo, y se retiró.
En cuanto
hubo salido, Sanin se dejó caer en una silla, con los ojos fijos en el suelo,
diciéndose:
¡Vaya una guasa que es la vida, con sus bruscas
vueltas de rueda! Pasado y porvenir, todo desaparece como por arte de
birlibirloque; ¡y lo único que saco en limpio es que me voy a batir en
Francfort con un desconocido y a propósito de no sé qué!
Se acordó que había tenido una anciana tía loca, que
bailaba de continuo cantando estas palabras extravagantes:
Subteniente
rebonito,
Pepinito,
Cupidito,
Báilame, mi
pichoncito.
Echóse a
reír y se puso a cantar también: “Subteniente rebonito, báilame, mi
pichoncito”.
“Pero no
hay tiempo que perder; hay que moverse”, exclamó en voz alta, levantándose.
Y vio delante de él a Pantaleone, con una esquela en
la mano. He llamado ya varias veces, pero no me ha oído usted. Yo creí que
había usted salido -dijo el viejo, dándole la carta-. De parte de la señorita
Gemma...
Sanin cogió maquinalmente la carta, la abrió y la
leyó. Gemma le escribía que estaba muy intranquila con el asunto consabido, y
que deseaba verle inmediatamente.
-La signorina está inquieta -dijo Pantaleone,
que por lo visto conocía el contenido de la esquela-. Me ha dicho que me
informe de lo que hace usted, y que lo lleve conmigo junto a ella.
Sanin
miró al viejo italiano y se puso pensativo: una idea repentina cruzaba por su
mente. A primera vista le pareció extraña, imposible... “Sin embargo, ¿por qué
no?” -se dijo a sí propio.
-Señor Pantaleone -exclamó en
voz alta.
Estremecióse
el viejo, sepultó la barba en la corbata y fijó los ojos en Sanin.
-¿Sabe usted lo que pasó ayer?
-prosiguió éste.
Pantaleone
sacudió su enorme moño, mordiéndose los labios, y dijo:
-Lo sé.
Apenas de regreso, Emilio se lo
había contado todo.
-¡Ah, lo sabe usted! Pues bien;
he aquí de qué se trata. Ese insolente de ayer me provoca a duelo. He aceptado,
pero no tengo testigo. ¿Quiere usted ser mi testigo?
Pantaleone
se puso trémulo y levantó tanto las cejas que desaparecieron bajo sus mechones
colgantes.
-¿Pero no tiene usted más
remedio que batirse? -dijo en italiano; hasta entonces había hablado en
francés.
Es
preciso. Negarme a ello sería cubrirme de oprobio para siempre.
-¡Hum! Si me niego a servirle a
usted de testigo, ¿buscará usted otro?
-De seguro.
Pantaleone
bajó la cabeza.
-Pero permítame usted que le
pregunte, signor de Zanini, si ese duelo no echará una mancha
desfavorable sobre la reputación de cierta persona.
-Supongo que no; pero, aunque
así fuese, no hay más remedio que resignarse con ello.
-¡Hum...! (Pantaleone había desaparecido por completo dentro de su corbata.)
Pero ese ferrof uto Kluberio, ¿no interviene en eso?
-exclamó de pronto, levantando la nariz al aire.
-¿Él? Nada.
-¡Che! Pantaleone se encogió de hombros
con aire despreciativo, y dijo con voz insegura-: En todo caso, debo dar a
usted las gracias, porque en medio de mi actual rebajamiento ha sabido usted
reconocer en mí un hombre decente, un galant’ uomo. Con eso demuestra usted mismo
ser un galant’ uomo. Pero necesito reflexionar su
proposición.
No hay
tiempo que perder, querido señor Ci... Cippa...
...tola -concluyó el viejo-. No le pido a usted más
que una hora para reflexionar. Este asunto atañe a los intereses de la hija de
mis bienhechores... ¡por eso es un deber, una obligación para mí el
reflexionar...! Dentro de una hora, de tres cuartos de hora, conocerá usted mi
resolución.
-Bueno, esperaré.
-Y ahora, ¿qué respuesta llevo a
la signorina Gemma? Sanin cogió un pliego de
papel y escribió:
“No tenga usted miedo, mi querida amiga. Dentro de
tres horas iré a verla, y todo se explicará. Le doy a usted las gracias con
toda mi alma por el interés que me manifiesta”.
Y entregó
esta esquela a Pantaleone.
Éste la puso con cuidado en el bolsillo interior de
su paletot,
y después de repetir otra vez: “¡Dentro de una hora!”, se dirigió a
la puerta; pero bruscamente volvió pies atrás, corrió hacia Sanin, le agarró la
mano y estrechándosela contra su buche, con los
ojos levantados al cielo, exclamó:
-¡Nobil
giovinotto, gran cuore! ¡Permita usted a un débil viejo (a un vechiotto) estrecharle su valerosa mano! (la vostra valorosa destra).
Dando
enseguida algunos pasos de espalda, agitó ambos brazos y salió.
Sanin le siguió con la vista... después cogió un
periódico y creyóse en el caso de leer. Pero por más que sus ojos se empeñaban
en recorrer las líneas, no comprendió nada de lo que leía.
XVIII
Al cabo
de una hora, el mozo entregó a Sanin una tarjeta, vieja, mugrienta, que decía:
PANTALEONE
CIPPATOLA DE VARESE.
Cantante di Camera de S. A. R. il Duca di
Modena
Y Pantaleone en persona entró siguiendo los pasos
del camarero. Habíase cambiado de ropa de pies a cabeza. Llevaba un frac negro
con las costuras de color de ala de mosca, y un chaleco de piqué blanco, sobre
el cual una cadena dorada hacía eses. Un pesado sello de comerina bajaba hasta
sus pantalones ajustados; de antigua moda, “de puente”. Tenía en la mano
derecha un sombrero negro de pelo de conejo, y en la mano izquierda un par de
grandes guantes de gamuza. La corbata aún era más ancha y más alta que de costumbre,
y en su almidonada chorrera brillaba un alfiler adornado con un ojo de gato. El
índice de la mano derecha ostentaba un anillo formado por dos manos enlazadas
alrededor de un corazón echando llamas. Toda la persona del viejo exhalaba olor
a baúl, olor de alcanfor y almizcle; y la preocupación, la solemnidad de su
porte, hubiera chocado hasta a un espectador indiferente. Sanin se levantó y
salió a su encuentro.
-Seré su testigo -dijo
Pantaleone en francés, e inclinó todo el cuerpo hacia adelante, después de lo
cual puso los pies en la primera posición, como un maestro de baile-. Vengo a
tomar sus instrucciones. ¿Desea usted batirse sin cuartel?
-¿Por qué sin cuartel, mi
querido Pantaleone? ¡Por nada del mundo retiraría las expresiones que ayer
proferí, pero no soy un bebedor de sangre!
“Por lo demás, aguarde usted; pronto va a venir el
testigo de mi adversario, y se entenderá usted con él. Quede usted convencido
de que nunca olvidaré este servicio, por el cual le doy las gracias con todo mi
corazón.
-¡El honor ante todo! -respondió
Pantaleone, y se arrellanó en una butaca sin esperar a que Sanin le rogara que
se sentase-. ¡Si ese ferrofluto
spiccebubbio, ese hortera de Klüber no sabe compren
der el primero de sus deberes, o si tiene miedo,
tanto peor para él...! ¡Alma vil!, eso es todo. En cuanto a las condiciones del
duelo, soy testigo de usted y sus intereses son sagrados para mí. Cuando vivía
yo en Padua, había allí un regimiento de dragones blancos y estaba relacionado
con varios oficiales... Todo su código me es familiar; y a menudo he hablado de
estos asuntos con el compatriota de usted, el
príncipe Tarbusski... ¿Vendrá pronto ese testigo?
-Le espero de un momento a
otro... y aquí viene ya -añadió, mirando por la ventana.
Pantaleone se levantó, miró la hora que era en su
reloj, se arregló las melenas, y se dio prisa a meterse dentro del zapato una
cinta que le salía por abajo del pantalón. Entró el subteniente, siempre tan
encendido y tan turbado.
Sanin
presentó uno a otro los testigos:
Von
Richter, subteniente... El señor Cippatola, artista...
El subteniente experimentó alguna sorpresa al ver al
viejo.... ¡Qué hubiera dicho si alguien le hubiese cuchicheado al oído que “el
artista” en cuestión practicaba también el arte culinario...! Pero Pantaleone
tenía tal aire de prosopopeya, que un duelo parecía ser para él una cosa
habitual y corriente. En aquella circunstancia, los recuerdos de carrera
teatral vinieron probablemente en su auxilio, y representó el papel de testigo
precisamente como un papel. El subteniente y él guardaron silencio un instante.
-¡Vamos, empecemos! dijo a la
postre Pantaleone, jugando al descuido con su sello de comerina.
-¡Comencemos! -respondió el
subteniente-. Pero... la presencia de uno de los adversarios...
-Señores, dejo a ustedes
-exclamó Sanin, saludándoles, entró en su dormitorio y cerró la puerta.
Echóse en la cama y se puso a pensar en Gemma...
Pero la conversación de los testigos, a pesar de estar cerrada la puerta,
llegaba a sus oídos. Empleaban el idioma francés, destrozándolo ambos sin
compasión, cada cual a su antojo. Pantaleone hablaba de los dragones de Padua y
de il principe Tarbusski; el
subteniente había vuelto a lo de las exghises
léchéres (ligeras excusas) y los goups
te bisdolet á l’amiáple (pistoletazos de amigo). Pero el viejo no quiso oír
hablar de ningún género de exghises. Con
gran espanto de Sanin, se puso de pronto a hablar de una joven señorita... oune zeune damigella innoncenta qu’ella sola
dans soun peti doa vale pinque toutt le zouffüssié del mondo. Y varias
veces repitió con animación: ¡E ouna
onta, ouna onta! (es una vergüenza). Al principio, el subteniente no prestó
a ello ninguna atención; pero después oyóse la voz del joven, haciendo
observar, temblando de cólera, que no había venido a oír sentencias morales...
A la edad
de usted siempre es útil oír cosas justas -exclamó Pantaleone.
La discusión se hizo tempestuosa varias veces entre
los señores testigos. Al cabo de una hora de disputas, convinieron en las
condiciones siguientes: el barón von Dónhof y el señor Sanin se encontrarían al
día siguiente, a las diez de la mañana, en un bosquecillo cerca de Hanau;
tirarían a veinte pasos, teniendo cada uno derecho a hacer dos disparos, a una
señal dada por los testigos. Serviríanse de pistolas ordinarias.
Von Richter se retiró. Pantaleone abrió la puerta del dormitorio y comunicó
a Sanin el resultado de la entrevista, exclamando:
-¡Bravo ruso, bravo
giovinotto, serás
vencedor!
Pocos
instantes después se encaminaban a la confitería Roselli.
Sanin tuvo la precaución de exigir a Pantaleone el
más profundo secreto acerca del duelo. Como respuesta, el viejo alzó un dedo y
repitió dos veces guiñando los ojos:
-Segretezza!
Se había rejuvenecido visiblemente y andaba con paso
más firme. Todos aquellos sucesos extraordinarios, aunque poco agradables, le
recordaban con viveza la época en que enviaba y recibía él mismo carteles de
desaEo, verdad es que en escena. Sabido es que los barítonos, en su papel, a
menudo tienen ocasiones de hacer el gallito.
XIX
Emilio salió al encuentro de Sanin -le estaba
acechando hacía más de una hora- y le dijo a escape, al oído, que su madre
ignoraba todos los disgustos de la víspera y que era preciso no hablar de
ellos; que a él le mandaban al almacén, pero que en vez de ir allá se
escondería no importa dónde. Después de haber dado estas noticias en pocos
segundos, se arrojó bruscamente al cuello de Sanin; le abrazó con entusiasmo y
desapareció corriendo. Sanin encontró a Gemma en la tienda. Quería decirle ella
alguna cosa, pero no pudo hablar. Temblábanle los labios ligeramente, y sus
párpados oscilaban sobre los inciertos ojos. Para tranquilizarla, apresuróse él
a asegurar que todo había terminado, que aquel asunto no era más que una chiquillada.
-¿No ha ido a verle a usted hoy
nadie? preguntó ella. Estuvo un caballero, nos explicamos, y... hemos llegado
al acuerdo más satisfactorio.
Gemma se
volvió a ir detrás del mostrador.
“No me
cree”, pensó Sanin... Sin embargo, pasó al aposento inmediato, donde encontró a
Frau Lenore.
Ésta ya no tenía jaqueca, pero se encontraba en una
melancólica disposición de ánimo. Sonriéndole con cordialidad, le previno que
se aburriría aquel día, pues no se hallaba capaz para ocuparse de él. Al
sentarse junto a ella, notó que tenía rojos e hinchados los párpados.
-¿Qué tiene usted. Frau Lenore?
¿Ha llorado usted?
-¡Chito! -dijo, indicando por
señas con la cabeza la estancia ‘donde se encontraba su hija-. ¡No diga usted
eso... en voz alta!
-Pero, ¿por qué ha llegado
usted?
-¡Ah, señor Sanin, yo misma no
lo sé!
-¿No le ha dado a usted nadie
ningún disgusto?
-¡ Oh, no...! Me he sentido
triste de pronto... He pensado en Giovanne Battista... ¡en mi juventud! ¡Qué
pronto pasó todo eso! Me hago vieja, amigo mío, y no puedo acostumbrarme a esta
idea. Me parece que soy siempre la misma de antes... y llega la vejez... ¡ya la
tengo encima! Brotaron las lágrimas en los ojos de Frau Lenore-. Me mira usted con
extrañeza-, lo veo... ¡También usted se hará viejo, amigo mío, y verá cuán
amargo es eso!
Sanin se esforzó por consolarla hablándole de sus
hijos, en los cuales veía revivir su juventud. Hasta trató de embromarla,
diciendo que buscaba el medio de obligar a que le echasen piropos. Pero ella le
impuso silencio con tono serio; y por primera vez adquirió él el convencimiento
de que nada puede consolar ni distraer de la pena causada por la proximidad de
la vejez; hay que esperar a que esa pena se calme por sí misma. Sanin propuso a
Frau Lenore
jugar al tresette; no hubiera podido imaginar nada mejor. Consintió al
punto y pareció aclararse su negro humor.
Sanin jugó con ella antes y después de la comida.
También Pantaleone tomó parte en el juego. ¡Nunca le había caído tan abajo el
copete sobre la frente, nunca se le había hundido tan adentro de la corbata la
barbilla! Todos sus movimientos indicaban una importancia tan reconcentrada,
que al mirarle preguntábase cualquiera:
“¿Qué
secreto podrá ser el que con tanta firmeza guarda ese hombre?”
Pero segretezza, segretezza.
Durante todo el transcurso de aquel día se esforzó
por manifestar a Sanin la más extremosa consideración; en la mesa le servía el
primero, antes que a las damas, con aire solemne y resuelto; durante la partida
de naipes, le cedió su vez y no se permitió obligarle a plantarse; por último,
declaró en redondo, sin venir a pelo, que la nación rusa era la más magnánima,
la más brava y la más atrevida del mundo. “¡Anda, viejo cómido! “, dijo Sanin
para sus adentros.
Si la disposición de ánimo de la señora Roselli le
asombraba, no menos le sorprendía el modo de conducirse Gemma con él. Y no
porque le evitase... antes por el contrario, nunca se sentaba muy lejos de él,
y le oía hablar mirándole; sino que, decididamente, no quiso entablar con él
conversación, y en cuanto Sanin le dirigía la palabra, levantábase ella con
dulzura y se alejaba algunos instantes; volvía después y se colocaba en algún
rincón, donde permanecía inmóvil como quien medita o, más bien, como quien duda.
Por fin, la misma Frau Lenore notó lo extraño de sus maneras y le preguntó en
dos ocasiones qué tenía.
No es
nada -respondió Gemma-. Ya sabes que algunas veces soy así.
-Es verdad -dijo la madre.
De ese modo transcurrió aquel día, ni animado, ni
lánguidamente, ni alegre, ni triste. Si Gemma se hubiese conducido de otro
modo, ¿quién puede asegurar que Sanin no hubiese cedido a la tentación de
fachendear un poco? Quizá se hubiera abandonado sencillamente a la tristeza, en
el momento de una separación que podía ser eterna... Pero falto de posibilidad
para hablar con Gemma, tuvo que limitarse antes de tomar café por la noche, a
tocar acordes, en tono menor, durante un cuarto de hora, en el piano.
Emilio volvió tarde, y para evitar toda pregunta
relativa a Herr Klüber se acostó en seguida. Llegó el momento de irse
Sanin.
Al decir adiós a Gemma, acordóse de la separación de
Lensky y Olga, en Eugenio Oneguín. Le apretó con mucha fuerza la mano y trató de
verle de frente la cara: pero ella se volvió un poco y retiró los dedos.
XX
El cielo estaba del todo estrellado cuando salió
Sanin. ¡Y qué de estrellas por todas partes, grandes, pequeñas, amarillas,
azules, rojas, blancas, que centelleaban e irradiaban cruzando sus resplandores
intermitentes! No había luna en el cielo; pero no por eso se veían menos bien
los objetos en aquella semioscuridad transparente y sin sombras. Sanin llegó al
cabo de la calle... No tenía gana de volverse tan temprano a la fonda, sentía
la necesidad de tomar el aire. Volvió pies atrás, y antes de llegar a la casa
donde estaba la confitería de Roselli, se abrió bruscamente una de las ventanas
de la planta baja que daba a la calle. En el rectángulo oscuro que dibujaba (no
había luz en el cuarto) apareció una forma femenina, y oyó que le llamaban:
-¡Señor Demetrio!
Precipitóse
hacia la ventana... Era Gemma, puesta de codos en el alféizar e inclinada
adelante.
-Señor Demetrio dijo en voz baja-, durante todo el
día he querido darle a usted una cosa...; pero no me he atrevido. Ahora, al
verle a usted de una manera tan inesperada, he dicho para mí que probablemente
estaba escrito...
Sin que su voluntad interviniese para nada en ello,
Gemma se detuvo en esta palabra. Le impidió proseguir una cosa extraordinaria
que ocurrió en aquel momento.
En medio de una tranquilidad profunda y bajo un
cielo completamente sin nubes, alzóse de pronto un ventarrón tan fuerte que la
misma tierra tembló bajo sus pies; la tenue claridad de las estrellas
estremecióse y onduló, la atmósfera pareció rodar sobre sí mismo. Un
torbellino, no frío, sino cálido y casi ardiente descargó sobre los árboles y
el tejado de la casa, chocó contra las fachadas de toda la calle, se llevó con
rapidez el sombrero de Sanin, retorció y enmarañó los negros rizos del cabello
de Gemma. Sanin tenía la cabeza al nivel de la repisa de la ventana;
involuntariamente se encaramó a ella, y Gemma, cogiéndole con ambas manos por
los hombros, cayó de pecho sobre el rostro de él. Todo aquel desorden, aquella
batahola y aquel estruendo duraron apenas un minuto... Luego huyó
tumultuosamente aquel torbellino, cual una bandada de enormes aves... y
restablecióse la más profunda tranquilidad.
Sanin levantó la cabeza y vio encima de sí unos
grandes ojos, tan magníficos y terribles, una cara tan pasmosamente hermosa con
su expresión de turbación y de espanto, que sintió desmayársele el alma:
oprimió contra los labios un fino rizo de cabellos que se había soltado hasta
el pecho de ella, y no pudo decir más que dos palabras: -¡Oh, Gemma!
-¿Qué ha sucedido? ¿Un relámpago? --preguntó ésta,
abriendo muchísimo los ojos y sin retirar los desnudos brazos de encima de los
hombros de Sanin.
-¡Gemma! -repitió él.
Estremecióse ella, miró tras de sí a la estancia, y
con rápido ademán, sacándose del corsé una rosa marchita, se la echó a Sanin.
-Querría darle a usted esa flor... Sanin reconoció la rosa que había
reconquistado la víspera... Pero la ventana se había cerrado ya, y no había
ninguna forma blanca visible detrás de las vidrieras oscuras.
Sanin
regresó a la fonda sin sombrero; ni siquiera notaba que se le había perdido.
XXI
No se durmió hasta el alba. Nada tiene esto de
particular: con la racha de aquel cálido torbellino que tan repentinamente
había pasado sobre ellos, había sentido también de repente, no que Gemma era
hermosa y que la admiraba él, porque esto ya lo sabía, sino que estaba casi...
que estaba, sin casi, enamorado. Aquel amor le había envuelto de pronto, como
el torbellino de la víspera. ¡Y ahora ese duelo estúpido! Fúnebres
presentimientos le asaltaron. Aun suponiendo que no quedase muerto, ¿qué podía
ser de su amor hacia aquella joven prometida esposa de otro? Ese “otro” era
poco de temer: conformes. Gemma podía amar a Sanin y quizá le amase ya... Pero,
aun así, ¿qué podía resultar de todo aquello?
¡Qué importa! Cuando se trata de una hermosura semejante...
Dio algunas vueltas por el cuarto, se sentó delante
de la mesa, cogió un pliego de papel, escribió algunas líneas y las borró
enseguida. Parecíale que volvía a ver en aquella ventana a oscuras, bajo la
claridad de las estrellas, la figura de Gemma, ondulante entre aquel cálido
torbellino, que volvía a ver sus marmóreos brazos parecidos a los de las diosas
del Olimpo; sentía su peso vivo encima de sus hombros... Enseguida cogió la
rosa que ella le había echado y se figuró que sus pétalos, medio marchitos, exhalaban
un aroma más sutil que el de las otras rosas.
¿Y si fuese a quedar muerto o estropeado?
No volvió a la cama, sino que se durmió vestido
sobre el diván. Alguien le tocó en el hombro.
Abrió los ojos y vio a Pantaleone.
-¡Duerme como Alejandro de Macedonia la víspera del combate de Babilonia! -exclamó el viejo pobre hombre.
-¿Qué hora es? preguntó Sanin.
-Las siete menos cuarto... Desde
aquí hay dos horas de carruaje hasta Hanau, y es preciso que lleguemos ahí los
primeros: los rusos se anticipan siempre a sus enemigos. He alquilado el mejor
coche de Francfort.
Sanin
comenzó a arreglarse, y dijo: -¿Y las pistolas?
Ese ferrofuto
tedesco las llevará, como también un cirujano. Pantaleone se las echaba de
plantacheta, como la víspera. Pero cuando se hubo sentado en el coche con
Sanin, cuando el cochero hizo restallar la fusta y los caballos partieron a
galope, prodújose un cambio repentino en el ex cantante amigo de los dragones
de Padua. Sintióse turbado, le entró miedo: diríase que algo se derrumbaba
dentro de él, como un muro mal construido.
-Pero qué hacemos, gran Dios, Santísima
Madonna! -exclamó de pronto con voz
lacrimosa, tirándose de los pelos-. ¡Qué hago yo, viejo imbécil, viejo loco, frenético!
Sanin, asombrado al principio, eehóse a reír; y
cogiendo ligeramente por la cintura a Pantaleone, le recordó el proverbio: Cuando se ha echado el vino, hay que
beberlo.
-Sí, sí -respondió el viejo-,
participemos del cáliz, pero eso no impide que sea yo un insensato. ¡Sí, un
insensato! Todo estaba tan tranquilo, tan agradable, y de pronto ¡patatrás,
tralará!
-Como en un tullí de orquesta -añadió Sanin, con
una risa forzada-. Pero usted no tiene la culpa.
-¡Ya lo sé que no tengo la
culpa! ¡Pues no faltaba más! Sino que... aquel proceder incalificable... ¡Diavolo,
diavolo! repitió
suspirando y sacudiendo las melenas.
Y el
coche rodaba, rodaba sin parar.
Hacía una magnífica mañana. Las calles de Francfort,
que empezaban a animarse apenas, tenían un aspecto limpio y hospitalario; las
ventanas de las casas brillaban y relucían como papel dorado; y no bien hubo
salido el coche a las afueras, cuando del cielo, pálido aún, bajaron los trinos
sonoros de las alondras. De pronto, por un recodo del camino apareció tras de
un gran álamo blanco una forma humana, dio unos pasos adelante y se detuvo.
Miró Sanin... ¡Santo Dios, era Emilio!
-¿Sabía, pues, alguna cosa?
preguntó Sanin a Pantaleone. -¡Cuándo le decía a usted que soy un loco!
-exclamó desesperadamente y casi con un grito de dolor el infeliz italiano-.
¡Ese malhadado muchacho me dio tormento toda la noche; y, a la postre, esta
mañana se lo he dicho todo!
-¡Vaya con su segretezza!
pensó Sanin.
El carruaje había alcanzado a Emilio, pálido, tan
pálido como el día de su desmayo, se acercó con paso incierto. Apenas podía
tenerse de pie.
-¿Qué hace usted aquí? -le
preguntó con severidad Sanin-. ¿Por qué no está usted en casa?
-Permítame... permítame que vaya
con usted tartamudeó Emilio con voz trémula, juntando las manos y
castañeteándole los dientes como en un acceso de calentura-. ¡No estorbaré!
Pero ¡lléveme! ¡Oh, lléveme usted consigo!
-Si me tiene usted el menor
aprecio, el menor cariño -respondió Sanin-, vuélvase enseguida a su casa o al
almacén de Klüber, no diga nada a nadie, y espere usted mi regreso.
-¡Su regreso! -dijo Emilio con
voz parecida a un gemido-. Pero, ¿y si usted...?
-Emilio -interrumpió Sanin,
señalándole el cochero con la vista-; ¡tenga usted cuidado! Emilio, se lo
suplico, váyase a casa. Óigame, amigo mío. Dice usted que me quiere; pues bien,
váyase, se lo ruego.
Y le alargó la mano. Precipitóse Emilio hacia él
sollozando, apretó aquella mano contra sus labios, y apartándose del camino,
huyó a campo traviesa en dirección a Francfort.
-¡Noble corazón también! murmuró Pantaleone.
Pero Sanin le miró con aire de reconvención. El
viejo se arrinconó en el ángulo del coche, comprendiendo su falta. Además, su
asombro iba creciendo por minutos: ¿era verdaderamente él quien iba a ser
testigo de un duelo, quien había encargado los caballos, tomado todas las
disposiciones y abandonado su apacible morada antes de las seis de la mañana? A
la vez, empezaban a dolerle los gotosos pies.
Sanin se
creyó en el deber de consolarle, halló precisamente lo que convenía decirle.
-¿Dónde está su antiguo valor respetable signor Cippatola?
¿L’antico
valor?
Irguióse
il signor
Cippatola y sacudió las melenas.
-¿L’antico valor? -dijo con voz de bajo-. ¡Non é ancora spento, l’antico valor!
(Aún no se ha extinguido el antiguo valor.)
Tomó un aire digno, habló de su carrera, de la
Ópera, de García, y llegó a Hanau con guapeza. ¡Lo que somos...! No hay nada en
la tierra tan fuerte... ni tan débil como la palabra.
XXII
El bosquecillo que debía ser teatro del duelo se
encontraba a un cuarto de milla de Hanau. Sánin y Pantaleone llegaron los
primeros, como había dicho éste: dejaron el carruaje en un lindero del bosque y
se dirigieron más allá, bajo la sombra de una espesura frondosa. Aguardaron
como una hora...
Aquella espera no tuvo nada de penosa para Sanin;
paseábamos de arriba abajo por el sendero, escuchando el canto de las aves,
siguiendo con la vista el vuelo de las libélulas: y, como la mayoría los rusos
en semejante circunstancia se esforzaba por no pensar absolutamente en nada.
Sólo una vez hízose una triste reflexión al ver en su camino un tilo joven,
roto acaso por la borrasca de la víspera. El árbol estaba muriéndose; todas sus
hojas colgaban, marchitas ya... “¿Qué significa esto? ¿Un presagio?”. Esta idea
cruzó por su mente como un relámpago fugaz; pero se puso a silbar una
piececilla, y saltando por encima del mismo tilo, prosiguió su marcha.
Pantaleone rezongaba, gañía, maldecía de los alemanes y se frotaba, cuándo las
espaldas, cuándo las rodillas. Hasta bostezaba de agitación nerviosa, lo cual
daba a su carita avellanada la expresión más graciosa del mundo. Al mirarle,
costábale a Sanin no poco trabajo no soltar la carcajada.
Oyóse al
fin un ruido de ruedas por el arenoso camino.
-¡Ya están aquí! -dijo Pantaleone, quien se
enderezó, no sin un rápido temblor nervioso que se apresuró a disimular,
diciendo: -¡Birr, vaya una mañanita fresca que hace!
Abundante
rocío bañaba aún las hierbas y las hojas, pero penetraba ya el calor en el
bosque.
Bien pronto aparecieron los dos oficiales,
acompañados por un hombrecillo regordete, de rostro flemático, casi dormido;
era un cirujano del ejército. Llevaba en la mano una jarra de barro llena de
agua, para todo evento; de su hombro derecho colgaba una cartera llena de
instrumentos quirúrgicos y de vendajes. Veíasele fácilmente que tenía la mayor
costumbre de esas excursiones, que formulaba uno de los orígenes de sus
ingresos; cada duelo le producía ocho ducados, que los combatientes pagaban a
medias. El caballero von Richter llevaba la caja de pistolas; el caballero von
Dónhorf hacía molinetes con un junquillo entre los dedos, sin duda para más
chic.
-Pantaleone -dijo quedo Sanin al viejo-, sí... si
soy muerto, que todo es posible; coja usted un papel que hay en el bolsillo
izquierdo. Ese papel contiene una flor. Désele usted a la signora Gemma. ¿Oye usted?
¿Me lo promete usted?
El viejo le miró con tristeza, e hizo con la cabeza
una señal afirmativa. Pero sabe Dios si había comprendido lo que le dijo Sanin.
Los adversarios y sus testigos cruzaron el saludo de costumbre. El doctor no
pestañeó, y sentóse en el césped bostezando, como si se dijese: “¿Qué necesidad
tengo de desplegar una cortesía caballeresca?” El caballero von Richter propuso
al caballero Tschibadola que eligiera sitio. El señor Tschibadola, a quien
costaba trabajo menear la lengua, respondió: “Caballero, hágalo usted, que yo
lo examinaré... “. Hubiérase dicho que “el muro” volvía a empezar a derrumbarse
dentro de él.
Von Richter puso manos a la obra. Encontró en el
bosque una linda praderita salpicada de flores; contó los pasos, indicó los dos
puntos extremos con dos varitas cortadas a escape, sacó del estuche las armas,
se agachó para meter las balas; en una palabra, trabajó con todas sus fuerzas,
enjugándose sin cesar con un pañuelito blanco el rostro bañado en sudor.
Pantaleone, que no le abandonaba, tenía por el contrario aspecto de tiritar.
Durante el curso de esos preparativos, los dos adversarios se mantenían
apartados como dos colegiales en penitencia, que están de hocico con el
profesor de estudios.
Llegó el
momento decisivo... Como dice el poeta ruso:
Cada cual empuñó su pistola...
Pero, al llegar aquí, el caballero von Richter hizo
notar a Pantaleone que, según las reglas del duelo, antes de pronunciar el
fatal “Uno, dos, tres”, correspondíale a él, como testigo de más edad, dirigir
a los combatientes la ostrera exhortación para tratar de reconciliarlos; aunque
esta proposición nunca surte ningún efecto, ni tiene más importancia que la de
una simple formalidad, sin embargo, al cumplir con ella el caballero Cippatola
se descargaría de cierta responsabilidad. Por lo demás -añadió-, pronunciar esa
perorata era deber de un testigo desinteresado (un partheüscher zenge); pero, como no habían tenido tiempo de
proporcionarse uno, él, el caballero von Richter, cedía con sumo gusto ese
privilegio a su “honorable colega”. Pantaleone, que había conseguido ya
ocultarse detrás de unas matas para no ver al oficial causante de todo el daño;
comenzó por no entender ni una palabra del discurso del caballero von Richter,
tanto más cuanto que éste hablaba con las narices; luego se estremeció de
pronto, dio con rapidez dos pasos adelante, y dándose convulso un puñetazo en
el pecho, gañó con voz ahogada, en su lenguaje altisonante:
-A la la la... ¡Che bestialitá! ¿Deux zeum’hommes comme ca que si battono perche? ¿Che diabolo? ¡Andate a casa!
No
consiento en ninguna reconciliación -se apresuró a decir Sanin.
-Y yo tampoco -añadió su
adversario.
Entonces,
grite usted... ¡una, dos, tres! -dijo von Richter al trastornado Pantaleone.
Éste se zambulló precipitadamente detrás de los
jarales; y desde el fondo de ese refugio, con la cara contraída, los ojos
cerrados y volviendo la cabeza, gritó de lejos hasta desgañitarse:
-¡ Una... due... e tre!
Sanin tiró el primero y erró el tiro; oyóse el
choque de su bala contra un árbol. El barón von Dónhorf disparó inmediatamente
después, pero al aire y con deliberado propósito.
Hubo un
penoso momento de silencio. Nadie se movía. Pantaleone exhaló un débil gemido.
-¿Hay que continuar? --dijo por
fin Dónhorf.
-¿Por qué ha disparado usted al
aire? -preguntó Sanin.
-Eso es asunto mío.
-¿Tirará usted al aire la
segunda vez?
-Acaso, pero no sé nada.
-Permitan, permitan ustedes,
caballeros -dijo von Richter-. Los combatientes no tienen derecho a hablar
entre sí; eso es de todo punto contrario a las reglas.
-Renuncio a mi segundo disparo
-dijo Sanin, tirando la pistola a tierra.
No quiero continuar ya el duelo -exclamó Dónhorf,
arrojando también su arma-. Y ahora, concluido el lance, estoy pronto a
confesar que obré mal anteayer.
Hizo un movimiento y alargó vacilante la mano a
Sanin, quien se acercó con presteza y se la estrechó. Ambos jóvenes se miraron,
sonriéndose y se pusieron encarnados.
-¡Bravi bravi! -exclamó de repente Pantaleone;
y palmoteando como un loco salió de detrás de las malezas como un huracán.
El doctor, que estaba sentado sobre un tronco de
árbol caído, se levantó en seguida, derramó el jarro de agua sobre el césped, y
se dirigió con perezoso andar al lindero del bosque.
-El honor queda satisfecho; el
duelo está terminado pomposamente von Richter.
-¡Fuori! vociferó Pantaleone, por un
recuerdo de su antiguo oficio.
Al sentarse en su coche Sanin, después de cruzar un
saludo de despedida con los caballeros oficiales preciso es confesar que sintió
en todo su ser, ya que no satisfacción, a lo menos una vaga impresión de alivio
consecutiva a una operación bien soportada. Pero otro sentimiento se mezclaba
con éste: un sentimiento análogo a la vergüenza... El duelo en el cual acababa
de representar un papel, prodújole el efecto de una farsa estudiantil, de una
broma de guarnición, amañada de antemano. Sanin se acordó del flemático doctor
y del modo que tuvo de sonreírse, o por lo menos de fruncir la nariz, al ver a
los adversarios salir del bosque casi de bracero. ¡Y más tarde, cuando
Pantaleone había pagado los cuatro ducados a aquel doctor...! Decididamente,
más valía no pensar en ello.
Sí, Sanin estaba un poco confuso, un poco
avergonzado... Por otra parte, ¿qué hubiera podido hacer? No podía dejar impune
la impertinencia de aquel oficialete, hubiera sido rebajarse al nivel de Herr Klüber. Había protegido a Genuna,
la había defendido... Sea; pero, a pesar de todo, no estaba satisfecho,
sentíase confuso y hasta avergonzado.
Pantaleone, en cambio, iba en triunfo. Un inmenso
orgullo le había invadido de repente. ¡Jamás general victorioso, al regreso de
una batalla ganada, paseó en torno suyo miradas más altivas y más satisfechas!
La conducta de Sanin durante el duelo le había llenado de entusiasmo. Hacía de
él un héroe, sin querer oír sus amonestaciones ni aun sus ruegos. ¡Le comparaba
con un monumento de mármol o de bronce, con la estatua del comendador en el Don Juan! En cuanto a sí mismo,
confesaba haber sentido alguna turbación.
-Pero yo soy un artista, una
naturaleza nerviosa -decía-, al paso que usted... ¡Usted es hijo de las nieves
y de los peñascos de granito!
Sanin ya
no sabía cómo calmar la excitación del artista.
Casi en el mismo sitio del camino donde dos horas antes
habían encontrado a Emilio, nuestros viajeros le vieron salir de un salto de
detrás de un árbol, gritando y triscando de gozo, agitando la gorra por encima
de la cabeza. Corrió hacia el coche, y a pique de caerse debajo de las ruedas,
sin aguardar a que parasen los caballos, saltó por encima de la portezuela,
cayó sobre Sanin y se agarró a él exclamando:
-¿Está usted vivo? ¿No está
usted herido? Perdóneme que no le obedeciera y que no haya vuelto a
Francfort... ¡No podía! Le he esperado aquí. ¡Cuénteme usted lo sucedido! ¿Le
ha muerto usted?
Pantaleone, radiante de satisfacción, le refirió con
un flujo de palabras todos los detalles del duelo, y no perdió la ocasión de
hablar del monumento de bronce y de la estatua del comendador. Hasta se levantó
y separando las piernas para conservar el equilibrio, se cruzó de brazos,
sacando el pecho y mirando desdeñosamente por encima del hombro, para
representar con exactitud “el comendador Sanin”.
Emilio escuchaba arrobado, ya interrumpiendo el
relato con una exclamación, ya levantándose de un modo brusco y arrojándose al
cuello de su heroico amigo para abrazarle.
Las ruedas del carruaje resonaron en el empedrado de
Francfort y concluyeron por detenerse delante de la fonda donde vivía Sanin.
Seguido de sus dos compañeros de camino, había llegado al primer tramo de la
escalera, cuando vio a una mujer cubierta con un velo salir con rapidez de un
pequeño corredor oscuro; detúvose delante de él, pareció vacilar un instante,
exhaló un largo suspiro, bajó corriendo la escalera y desapareció en la calle,
con gran asombro del camarero, quien aseguró que “aquella dama esperaba desde
hacía más de una hora la vuelta del señor extranjero”.
Por corta que fuese la aparición, Sanin tuvo tiempo
de reconocer a Gemma: había conocido sus ojos bajo el tupido velo de gasa
negra.
-¡Conque lo sabía Fraülein
Gemma! dijo, en
alemán y con voz enojada, a Emilio y a Pantaleone, que le seguían paso a paso.
Emilio se puso encarnado y se turbó
-Me vi en el caso de decírselo
todo por fuerza tartamudeó-: ella lo había adivinado, y yo no pude... Pero,
ahora ya no importa - añadió con viveza-; todo ha concluido lo mejor posible, y
ella le ha visto a usted sano y salvo.
Sanin se
volvió a un lado.
-¡Qué parlanchines son ustedes!
-dijo con mal humor, entrando en su cuarto y sentándose.
No se
enfade usted, se lo ruego -dijo Emilio con voz suplicante.
-Pues bien, ¡pase! no me
enfadaré. -(Sanin no tenía verdaderas ganas de incomodarse; y en último
término, ¿podía desear con sinceridad que Gemma no supiese absolutamente
nada?)-. Bueno, concluyan ustedes de abrazarme. Ahora, váyanse ustedes. Quiero
quedarme sólo. Me voy a dormir: estoy fatigado.
-¡Excelente idea! -exclamó
Pantaleone-. Necesita usted descanso. ¡Bien se lo merece usted, nobile
signore! Vámonos
de puntillas. Emilio, quedito, ¡Chiss...!
Al decir Sanin que tenía ganas de dormir, deseaba
sencillamente desembarazarse de sus compañeros. Pero cuando se quedó solo,
sintió realmente gran cansancio en todos los miembros; apenas había cerrado los
ojos la noche anterior: Por eso, en cuanto se hubo echado en la cama, se durmió
con un sueño profundo.
XXIII
Durmió varias horas seguidas sin despertarse. Luego
se puso a soñar que se batía otra vez en duelo, pero ahora con Herr Klüber por adversario, y que
Pantaleone, empingorotado encima de un pinabete y en forma de guacamayo,
repetía haciendo chascar su pico: Una... due... e tre.
¡Una... due... e tre!
¡Uno, dos, tres! oyó aún, pero tan claramente, que
abrió los ojos y levantó la cabeza... Llamaban a la puerta.
-¡Adelante!
Era el
camarero, quien le anunció que una dama deseaba con vivas instancias verle al
momento.
“¡Gemma!
“, pensó con prontitud.
Pero la dama no resultó ser Gemma, sino su madre,
Frau Lenore. Apenas hubo entrado, se dejó caer en una silla y se puso a llorar.
-¿Qué tiene usted, mi buena y querida señora Roselli?
-dijo Sanin sentándose a su lado y acariciándole con dulzura las manos-. ¿Qué
hay? Sosiéguese usted, se lo suplico.
-¡Ah, Herr Demetrio, soy muy desgraciada,
desgraciadísima!
-¿Desgraciada usted?
-¡Ah, sí! ¿Cómo había de
figurármelo? De repente, como el trueno en un cielo sereno...
Apenas
podía respirar.
Pero ¿qué pasa? ¡Explíquese usted! ¿Quiere usted un
vaso de agua?
No, gracias.
Frau Lenore se enjugó los ojos con el pañuelo y se
puso a llorar más fuerte que nunca.
Lo sé todo... ¡todo! Es decir... ¿cómo todo?
-¡Todo lo que hoy ha sucedido! Y
la causa... ¡la conozco también! Se ha conducido usted como un hombre de
honor... pero ¡qué desdichado concurso de circunstancias! ¡Razón tenía yo para
no ver con buenos ojos ese paseo a Soden... sobrada
razón! -(Fray Lenore no había manifestado nada semejante el día del paseo, pero
ahora le parecía en realidad que “todo” lo había presentido)-. He venido en su
busca porque es usted un hombre de honor, un amigo; aun cuando sólo hace cinco
días que le vi por primera vez... Pero ¡estoy sola, sola en el mundo! Mi
hija...
Las
lágrimas ahogaron la voz de Frau Lenore. Sanin no sabía qué pensar.
-¿Su hija de usted? -repitió.
-Mi hija Genuna... -(Estas palabras salieron como un
gemido por debajo del pañuelo empapado en lágrimas)- Genuna me ha declarado hoy
que no quiere casarse con M. Klüber, y que es preciso que yo se lo participe a
él.
Sanin
tuvo un ligero sobresalto: no se esperaba eso.
-No hablo de la vergüenza—continuó Frau Lenora-,
porque eso de que una prometida rehuse casarse con su futuro es una cosa que no
se ha visto jamás; pero para nosotros ¡es la ruina, Herr Demetrio!
Frau Lenore convirtió cuidadosamente su pañuelo en un
pequeño, pequeñísimo tapón muy duro, como si quisiera encerrar en él todo su
dolor.
-¿No podemos vivir de lo que nos
produce la tienda, Herr Demetrio? Klüber es muy rico y
se enriquecerá aún más. ¿Y por qué romper con él? ¿Porque no ha defendido a su
novia? Admitamos que eso no esté bien hecho por su parte; pero, después de
todo, es un paisano, no ha hecho estudios en la Universidad, y en su calidad de
comerciante serio debía menospreciar esa calaverada tonta de un oficialillo
desconocido. ¿Y qué ofensa ve usted en eso, Herr Demetrio?
-Dispense usted, Frau Lenore, pero a quien condena
usted es a mí...
A usted no le condeno, no le condeno de ningún modo.
¡En usted eso es otro asunto! Usted es ruso, usted es un militar... Dispense
usted, pero no lo soy, ni por asomos...
Es usted un extranjero, un viajero, y le estoy muy
agradecida -continuó Frau Lenore sin escuchar a Sanin.
Estaba jadeante, abría y cerraba las manos; luego
desplegó el pañuelo y se sonó; nada más que por la manera de expresar su dolor
podía verse que no había nacido bajo el cielo del Norte. Y continuó:
-¿Cómo realizaría Herr Klüber
sus negocios en la tienda si se batiese con los compradores? ¡Eso no puede
imaginarse! ¿Y ahora es preciso que yo le despida? Pero, ¿de qué viviremos? En
otro tiempo sólo nosotros hacíamos pasta de malvavisco y almendrado de
alfónsigos, y venían a comprarnos mucho a casa; pero ahora, ¡todo el mundo hace
pasta de malvavisco en la suya! Píenselo usted; se hablará bastante de su duelo
en la ciudad... ¿Pueden ocultarse esas cosas? ¡Y ahí tiene usted roto el
matrimonio! ¡Eso es un chasco, una verdadera campanada, un escándalo! Gemma es
una excelente hija, me quiere mucho; pero es una terca, una republicana;
desafía a la opinión de los demás. ¡Sólo usted puede persuadirla!
El
asombro de Sanin aumentó.
-¿Yo, Frau Lenore?
-Sí; sólo usted... Usted sólo.
Por eso he venido a verle: no se me ha podido ocurrir nada mejor. ¡Es usted tan
sabio, es usted un joven tan bueno! Ha tomado usted su defensa; creerá lo que
usted le diga. “Debe” creerlo; porque usted ha arriesgado su vida por ella.
¡Persuádala usted, yo no puedo más! ¡Pruébele usted que sería la causa de la
perdición de todos nosotros y de ella misma! ¡Y ha salvado usted a mi hijo;
sálveme también a mi hija! Dios le ha enviado a usted aquí. Estoy dispuesta a
pedírselo a usted de rodillas...
Frau Lenore
estaba ya media levantada del asiento para caer a los pies de Sanin. Éste la
contuvo.
-¡Frau Lenore! En nombre del cielo,
¿qué hace usted? Ella le agarró convulsivamente las manos, diciendo:
-¿Me lo promete usted?
Frau Lenore,
fíjese usted: ¿a asunto de qué iría yo...?
-¿Me lo promete usted? ¿No
quiere usted que me caiga muerta ante sus ojos, aquí mismo?
Sanin ya no sabía lo que le pasaba. Era la primera
vez en su vida que tenía que habérselas con un carácter italiano sobreexcitado.
-¡Haré todo lo que usted quiera!
-exclamó-. Hablaré a Fraülein Genuna...
Frau Lenore dio un grito de alegría.
Pero,
verdaderamente prosiguió Sanin-, no sé de ningún modo qué resultado...
-¡Ah, no se niegue usted, no se
niegue usted! -dijo Frau Lenore con
voz suplicante-. ¡Ya me lo ha prometido usted! De seguro que resultará una cosa
excelente. En todo caso, ¡yo no puedo hacer ya nada más! ¡No me obedece!
-¿Le ha declarado a usted de una
manera positiva que se niega a casarse con Herr
Klüber? preguntó Sanin después de un breve silencio.
-¡Oh, ha cortado la cuestión
como con un cuchillo! ¡Es el vivo retrato de su padre! ¡No se anda con paños
calientes!
-¿Ella? preguntó Sanin.
-Sí... sí... Pero, aparte de
eso, es un ángel. Le atenderá a usted, hará lo que usted le diga. ¿Va usted a
venir? ¿Ahora mismo? ¡Oh mi querido amigo ruso! --(Frau Lenore se levantó bruscamente de la silla y agarró no menos
bruscamente la cabeza de Sanin, sentado, delante de ella)-. ¡Reciba usted la
bendición de una madre!... y deme usted un poco de agua.
Sanin presentó un vaso de agua a la señora Roselli,
y le prometió por su honor ir enseguida. La acompañó hasta la calle, y de
regreso en su cuarto juntó las manos y abrió cuanto pudo los ojos.
“¡Bueno!
pensó-. ¡Ahora ha dado otra vuelta la rueda de mi vida! Gira tan veloz, que me
da vértigos”.
No trató
de leer dentro de sí mismo para darse cuenta de lo que pasaba. Era insensato,
eso es todo.
-¡Qué día! murmuraban
involuntariamente sus labios-. No se anda con paños calientes, dice su madre.
¿Y es preciso que yo le dé consejos a ella? ¿Aconsejarle el qué?
Dábale vueltas la cabeza, en efecto. Pero, por
encima de ese torbellino de impresiones diversas, de sentimientos y de ideas
sin concluir, flotaba la imagen de Gemma, esa imagen que se había grabado
indeleble en su memoria durante esa cálida noche, cargada de electricidad en
esa ventana oscura, bajo los fulgores de innumerables estrellas.
XXIV
Sanin se aproximó con irresoluto paso a la casa de
la señora Roselli. Le palpitaba con fuerza el corazón, lo sentía fácilmente
golpear contra sus
costillas. ¿Qué iba a decir a Gemma? ¿De qué modo iba a hablarle? Entró en la
casa, no por la tienda, sino por la puerta secreta. Encontró a Frau Lenore en la primera piececita
púsose ella muy contenta al verlo y a la vez un poco intranquila.
-Le esperaba ya -dijo en voz
baja, apretándole una tras otra ambas manos entre las suyas-. Ésta en el
jardín, vaya usted. Cuidadito, que con usted cuento.
Sanin se
fue al jardín.
Gemma estaba sentada en un banco, al borde de un
paseo de árboles, y elegía en un cestito las cerezas más maduras apartándolas
en un plato. El sol estaba bajo, sobre el horizonte: eran cerca de las siete de
la tarde, y en los anchos rayos oblicuos con que inundaban de luz el jardincito
de la señora Roselli había más púrpura que oro. De vez en cuando se oía el
cuchicheo, apenas perceptible y como perezoso, de las hojas entre sí, el breve
zumbido de las abejas retrasadas arrastránse de flor en flor, y el arrullo
monótono e infatigable de alguna tórtola lejana.
Gemma llevaba puesto en la cabeza el mismo sombrero
que el día del paseo a Soden. Miró a Sanin por debajo del ala inclinada del
sombrero y se dobló de nuevo hacia el cestito.
Sanin se aproximó a ella, acortando
involuntariamente el paso... y no se le ocurrió nada mejor que decir, sino
esto:
-¿Por qué elige usted esas
cerezas? Gemma no se dio prisa a contestarle.
Éstas, las más maduras -dijo por fin-, se pondrán
confitadas; y con esas otras se harán pastelillos, ¿sabe usted?, de esos
pastelillos redondos que vendemos.
Mientras decía estas palabras, Gemma dobló la cabeza
aún más baja; y su mano derecha, que tenía dos cerezas entre los dedos,
detúvose en el aire, entre el canastillo y el plato.
-¿Puedo sentarme junto a usted?
preguntó Sanin.
-Sí.
Gemma se
hizo un poco a un lado, para dejarle sitio en el banco. Sanin se sentó junto a
ella.
“¿Por qué
comenzaré?” -pensaba-. Pero Gemma le sacó de apuros.
-¿Conque hoy se ha batido usted
en duelo? -dijo ella con vivacidad, volviendo hacia él su hermoso rostro,
encendido todo él de rubor. (¡Y qué profunda gratitud brillaba en sus ojos!)-.
¿Y se halla usted tan tranquilo? ¿De modo que para usted no existe el peligro?
Dispense usted... No he recorrido ningún peligro.
Todo ha pasado de la manera más feliz e inofensiva por completo.
Gemma
movió el dedo índice a derecha e izquierda delante de la cara. Esté es otro
ademán italiano.
No, no
diga usted eso. ¡No me engaña usted! Pantaleone me lo ha contado todo.
-¡Vaya un testigo digno de
confianza!. ¿Me ha comparado a la estatua del Comentador?
Las expresiones que emplea pueden ser cómicas, pero
no sus sentimientos, no lo que usted ha hecho hoy. Y todo eso a propósito de
mí... por mí... No lo olvidaré jamás.
Le
aseguro a usted, Fraülein Gemma...
No lo olvidaré -repitió después de un pequeño
intervalo, mirándole fijamente; luego se volvió de lado.
Sanin podía ver en aquel momento su perfil fino y
puro, y díjose que nunca había contemplado nada semejante, ni sentido impresión
comparable a la que sentía entonces. Iba a hablar...
Un
relámpago cruzó por su mente: “¿Y mi promesa?”.
-Fraülein Gemma... dijo, después de breve
vacilación.
-¿Qué?
En lugar de volverse hacia él, continuó escogiendo
las cerezas, quitando las hojas y cogiendo delicadamente las frutas por los
rabillos... ¡Pero qué afectuosa confianza respiraba esa sola palabra: “¿Qué?”
-¿No le ha dicho a usted nada su
madre... a propósito de...
-¿A propósito de quién?
De mí.
Gemma
volvió a echar bruscamente en el canastillo la cereza que tenía en la mano.
-¿Ha hablado con usted?
-preguntó ella a su vez.
-Sí.
-¿Qué le ha dicho?
-Me ha dicho que usted... que
usted ha resuelto de pronto cambiar sus primeras intenciones.
La cabeza de Gemma se inclinó de nuevo y desapareció
del todo bajo su sombrero; sólo se veía su cuello flexible como el tallo de una
gran flor.
-¿Mis intenciones? ¿Cuáles?
-Sus intenciones... respecto al
futuro arreglo de su vida.
-Es decir... ¿habla usted de Herr Klüber?
-Sí.
¿Le ha
dicho a usted mamá que no quiero casarme con Herr Klüber?
-Sí.
Gemma hizo un movimiento en su banco. Deslizóse el
canastillo, cayó al suelo y algunas cerezas rodaron por el sendero. Pasó un
minuto, después otro...
-¿Por qué le ha hablado a usted
de eso? -dijo al cabo.
Como un momento antes, ya no veía Sanin más que su
cuello. El pecho de Gemma subía y bajaba más de prisa.
-¿Por qué...? Como en tan poco
tiempo hemos llegado a ser, puede decirse, amigos, como ha demostrado usted
confianza en mí, su madre ha pensado que pudiera yo darle a usted algún consejo
útil y que pudiera usted seguirlo.
Las manos de Gemma se deslizaron lentamente para sus
rodillas... Se puso a arreglar los pliegues de la falda.
-¡Qué consejo me da usted, señor
Demetrio? -preguntó después de un corto silencio.
Sanin veía temblar los dedos de Gemma sobre sus
rodillas... No arreglaba los pliegues de la falda sino para disimular aquella
agitación. Puso él con dulzura la mano sobre esos dedos temblorosos, y dijo:
-Gemma, ¿por qué no me mira
usted?
Echóse vivamente atrás el sombrero y fijó en él sus
ojos, llenos de gratitud y de confianza como antes.
Esperaba la respuesta de Sanin, pero éste se quedó
trastornado, o, más bien, al pie de la letra, deslumbrado con el aspecto de sus
facciones: la cálida luz del sol poniente iluminaba aquel rostro juvenil, cuya
expresión era aún más luminosa y más resplandeciente que aquella claridad.
-Le escucho a usted, señor
Dimitri -dijo con una sonrisa insegura y un poco levantadas las cejas-. ¿Qué
consejo va usted a darme?
-¿Qué consejo? -repitió Sanin-.
Mire usted, su madre piensa que rehusar a Herr Klüber únicamente porque
anteayer no dio muestras de un gran valor...
-¿Únicamente por eso?
-interrumpió Gemma... Bajóse, levantó el canastillo y lo puso en el banco junto
a ella.
No, desde todos los puntos de vista... en general...
rechazarlo sería por parte de usted una cosa poco razonable. Su madre añade que
ese es un paso cuyas consecuencias deben pensarse con esmero; en fin, que el
mismo estado de los negocios de ustedes impone ciertas obligaciones a cada uno
de los miembros de su familia. Todas esas son las ideas de mamá... -interrumpió
de nuevo Gemma-; son sus propias palabras. Todo eso ya lo sé. Pero, ¿cuál es el
parecer de usted?
-¿El mío?
Sanin se calló un momento.
Sentía en la garganta algo que le cortaba la respiración.
Yo también pienso... dijo con
esfuerzo.
Gemma se levantó.
-¡Usted...! ¿También usted?
-Sí... es decir...
Positivamente,
Sanin no podía pronunciar una palabra más.
-Bien -dijo Gemma-. Si usted,
como amigo, me aconseja que renuncie a lo que tenía resuelto, es decir, que no
modifique mi primera decisión... lo pensaré.
Sin
advertirlo, volvía a poner en el canastillo las cerezas que se encontraban en
el plato.
-Mamá -continuó- espera que
seguiré los consejos de usted... ¿Por qué no? Posible es que los siga.
-Permítame usted, Fraülein Gemma, quisiera saber en primer término las razones que le han
inducido...
-Seguiré sus consejos, le
obedeceré -repitió Gemma, con las cejas fruncidas, pálidas las mejillas y
mordiéndose el labio inferior-. Ha hecho usted tanto por mí, que me veo
obligada a hacer lo que usted quiera, obligada a doblegarme a sus deseos. Diré
a mamá... lo pensaré. Pero, precisamente, aquí viene.
En efecto, apareció Frau Lenore en el quicio
de la puerta que daba al jardín. Llena de impaciencia, no pudo permanecer en su
sitio. Según sus cálculos, Sanin debía haber concluido largo tiempo antes su
conversación con Gemma, aun cuando sólo duraba un cuarto de hora.
-¡No, no, no! -exclamó Sanin
precipitado y casi con temor-. ¡Por el amor de Dios, no le diga usted nada
todavía! Espere usted; yo diré a usted... yo le escribiré... Hasta entonces, no
tome usted ninguna resolución... ¡Espere usted!
Apretó la mano a Gemma, se levantó del banco, y con
suma sorpresa de Frau Lenore se cruzó con ella sin detenerse; limitándose a
saludarla con el sombrero, tartamudeó algunas palabras ininteligibles y se fue.
Frau Lenore se
aproximó a su hija, diciendo: -Gemma, dime, te lo suplico...
Ésta se
levantó bruscamente, y cogiéndola en sus brazos, exclamó:
-Mi querida mamá, ¿puede usted esperar un poco... un
poquito... hasta mañana? ¿Sí? ¿Y no decirme hasta mañana ni una palabra acerca
de esto?... ¡Ah!...
De pronto, sin que ella misma se lo esperase,
brotaron de sus ojos lágrimas tan ligeras como gotas de rocío. Frau Lenore
se extrañó tanto más cuanto que el rostro de la joven, muy lejos de parecer
triste, radiaba de júbilo.
-¿Qué te sucede? -le dijo-. Tú
que nunca lloras, nunca, ahora de pronto...
-Esto no es nada, mamá, no es
nada. Sólo que espere usted. Las dos tenemos que esperar. No me pregunte usted
hasta mañana, y mientras no se oculte el sol, escojamos las cerezas.
-Pero ¿serás razonable?
-¡Oh, sí, muy razonable! -dijo
Gemma, moviendo la cabeza con ademán significativo.
Se puso de nuevo a hacer ramitos de cerezas, que
levantaba a la altura de su cara enrojecida. No se enjugó las lágrimas...
secáronse ellas solas.
XXV
Casi a la carrera Sanin regresó a la fonda.
Comprendía perfectamente que a menos de hallarse a solas, no podría desentrañar
el caos que dentro de él se agitaba. En efecto, apenas hubo entrado en su
cuarto, sentóse detrás del escritorio, se puso de codos en él, escondiendo la
cara entre las manos, y exclamó con voz sorda y dolorosa:
-¡La amo! ¡La amo locamente!
Y todo su ser interior se abrasó como un carbón
hecho ascua, cuya envoltura de muertas cenizas dispersa un rápido soplo.
Transcurrido un instante, no comprendía ya cómo pudo
permanecer sentado junto a ella, ¡junto a ella! y hablarle, y no sentir que
adoraba hasta la cenefa de su vestido, que estaba dispuesto “a morir a sus
pies” como dicen los jovenzuelos. Aquella última entrevista en el jardín lo
decidió todo. Desde entonces, al pensar en ella, no se la representaba ya con
los rizos sueltos, a la serena claridad de las estrellas, sino que la veía
sentada en el banco, echarse atrás el sombrero con rápido ademán y mirarle con sus
hermosos ojos confiados... Aquella imagen hacía correr por sus venas el hervor,
la sed de la pasión. Acordóse de la rosa que había conservado en el bolsillo
desde la antevíspera: la cogió y llevósela a los labios con una fuerza tan
febril, que involuntariamente hizo un gesto de dolor. ¡Para pensar y
reflexionar, para calcular y prever estaba entonces! Desprendiéndose del pasado
entero, lanzábase de lleno al porvenir. Desde la ribera triste y solitaria de
su vida de joven zambullíase en ese torrente espumoso y alegre y rápido, sin
inquietarse de saber a dónde le llevaría y si no le estrellaría contra algún
peñasco. No eran ya las apacibles ondas de la poesía de Uhland, sobre las
cuales mecíase en otro tiempo... ¡Eran olas no domadas, irresistibles, que se
precipitaban saltando hacia delante y le arrastraban con ellas!
Cogió un
pliego de papel, y, sin enmienda, casi de una plumada, escribió:
“Querida
Gemma:
“Sabe usted qué consejo había adquirido la
responsabilidad de darle; sabe usted lo que desea su madre y lo que me había
pedido; pero lo que usted no sabe, lo que ahora le digo, es que amo a usted,
que la amo con toda la pasión de un alma que ama por vez primera. ¡Este fuego
me ha abrasado de pronto, pero con tal fuerza, que no hallo palabras con qué
decirlo! Cuando su madre vino a pedirme que hablase a usted, aún estaba
envuelto entre ceniza, sin lo cual, como hombre honrado, no hubiese admitido
esa comisión. La declaración que ahora hago a usted, también es la de un hombre
honrado. Es preciso que sepa usted con quién trata; entre nosotros no deben
existir errores. Ya ve usted que no puedo darle ningún consejo. ¡La amo, la
amo!, y no tengo más que esto en la cabeza y en el corazón.
Dm. Sanin”.
Después de doblar y cerrar esta esquela, Sanin se
dispuso a llamar al mozo y enviarle a llevarla... ¡No, eso no podía ser!...
¿Por conducto de Emilio?... Pero tampoco era posible ir a buscarle a su tienda,
entre los demás dependientes. Además, había llegado la noche, y tal vez hubiera
salido ya del comercio. Al hacer estas reflexiones, púsose Sanin el sombrero y
salió. Dio vueltas a una esquina, después a otra; y ¡gozo indecible!, vio a
Emilio delante de sí. Con la cartera debajo del brazo y un rollo de papeles en
la mano, el joven entusiasta regresaba con rápido paso a su domicilio.
-¡Razón hay para decir que cada
enamorado tiene su estrella! -dijo Sanin para sus adentros, y llamó a Emilio,
quien se volvió e inmediatamente le echó los brazos al cuello.
Sin darle Sanin tiempo de regocijarse, le dio la
carta y le explicó a quién cómo tenía que entregársela... Emilio le escuchaba
con atención.
-¿Es preciso que nadie la vea?
-preguntó, dando a su rostro una expresión misteriosa y significativa, como si
dijese: “¡Comprendo la cosa!”
-Sí, mi querido amigo respondió
Sanin, un poco confuso, dándole
un golpecito cariñoso en la mejilla...- Y si hay respuesta... me la traerá
usted, ¿no es así? Me quedo en casa.
-No se inquiete usted por eso -murmuró Emilio con
aire alegre, saliendo a la carrera; y mientras corría, le hizo otra seña con la
cabeza.
Sanin volvióse a la fonda, y, sin encender la luz,
se echó en el diván, cruzó las ruanos detrás de la cabeza y se abandonó a esas
impresiones del amor recién revelado, impresiones que es inútil describir:
quien las ha sentido, conoce sus ansias y dulzuras; quien no las ha
experimentado no las comprendería.
Abrióse
la puerta, y apareció la cabeza de Emilio...
-¡La traigo! -dijo en voz baja-.
¡Aquí está la respuesta! Enseñaba y movía por encima de la cabeza un papelito
doblado. Sanin saltó del diván y se lo arrancó de la mano. La pasión hablaba
muy alto en él; no pensaba en la discreción, ni en las conveniencias, ni
siquiera ante aquel niño, hermano de ella. Hubiera querido contenerse, tener
vergüenza de conducirse así delante de él; pero no podía.
Aproximóse a la ventana, y a la luz de un farol que
había en la calle delante de la casa, leyó las líneas siguientes:
“Le ruego, le suplico que no venga a casa, que no se presente en todo el día de mañana. Es
preciso, absolutamente preciso, y entonces todo se resolverá. Sé que no me
negará esto, porque...
Gemma”
Sanin leyó dos veces aquella carta. ¡Cuán bonita y
atractiva le pareció su letra! Meditó un poco, dirigióse a Emilio (quien, para
probar que era un joven reservado, estaba de cara a la pared, raspándola con
las uñas) y le llamó en voz alta.
Emilio
acudió al instante junto a Sanin, diciendo:
-¿Qué quiere usted?
-Escuche, mi querido amigo...
-Señor Demetrio -interrumpió con
voz plañidera-, ¿por qué no me llama usted de tú?
Sanin se
echó a reír.
-Bueno, conforme. Oye, mi
querido amigo... (Emilio dio un brinquito de alegría); oye, allá abajo, ¿comprendes?, dirás allá abajo que todo se cumplirá
escrupulosamente. –(Emilio se mordió los labios y meneó la cabeza con aire un
poquillo grave.)- Y tú... ¿qué haces mañana?
-¿Qué hago yo? ¿Qué desea usted
que haga?
-Si puedes, ven mañana por la
mañana temprano, y nos iremos de paseo por los alrededores de Francfort, hasta
la noche. ¿Quieres? Emilio dio otro brinco.
-¡Que si quiero! ¿Hay nada más
agradable en el mundo? Pasearme con usted... ¡eso es encantador! Vendré, con
seguridad.
-¿Y si no te lo permiten?
-Me lo permitirán.
-Oye... no digas allá abajo que
te he rogado que vengas por todo el día.
-¿Por qué decirlo? Me iré sin
permiso. ¡Valiente apuro!
Emilio
abrazó a Sanin con todas sus fuerzas y se marchó corriendo.
Sanin se paseó mucho tiempo por el cuarto y se
acostó tarde. Abandonábase a esas impresiones penosas y dulces, a esa ansiedad
regocijada que precede a una era nueva. Además, Sanin estaba satisfechísimo de
su idea de haber invitado a Emilio a pasear con él el día inmediato se parecía
mucho a su hermana.
“Emilio
me recordará a Gemma” -dijo para sí.
Pero lo que más le asombraba era pensar que la
víspera no era el mismo que ese día. Parecíale haber amado siempre a Gemma, y
haberla amado precisamente como aquel día la amaba.
XXVI
Al día siguiente, llevando a Tartaglia en traílla,
dirigióse Emilio a casa de Sanin. Si hubiese sido de pura raza alemana, no
hubiera estado más puntual. En casa había armado un embolismo, diciendo que
iría a pasear con Sanin hasta la hora de almorzar, y que después se presentaría
en el almacén.
Mientras que Sanin se vestía, Emilio, no sin vacilar
mucho, intentó sacar conversación acerca de Gemma y de su ruptura con Herr
Klüber. Pero Sanin, por única respuesta, se limitó a guardar un silencio
austero; y queriendo Emilio demostrar que comprendía por qué no debiera ni
mentarse ese grave asunto, no hizo la menor alusión a él, tomando de rato en
rato un aire reconcentrado y hasta serio.
Después de tomar el café, ambos amigos naturalmente,
a pie- se dirigieron hacia Hausen, aldehuela poco lejana de Francfort y rodeada
de bosques. Toda la cordillera de Taumus veíase desde allí cual si hubiese
estado al alcance de la mano. El tiempo era magnífico: brillaba el sol y
difundía su calor, pero sin quemar; un viento fresco rumoreaba alegre entre el
verde follaje; las sombras de algunas nubecillas que se cernían en lo alto del
cielo corrían sobre la tierra como manchitas redondas, con un movimiento uniforme
y rápido. Bien pronto halláronse los jóvenes fuera de la ciudad, y anduvieron
con paso firme y alegre por la carretera esmeradamente barrida. Al entrar en el
bosque, dieron mil vueltas por él; después almorzaron fuerte en una posada de
aldea. Enseguida subieron por la montaña, admirando el paisaje; echaron a rodar
pedruscos por la pendiente, haciendo palmas al verlos rebotar como conejos, con
saltos extravagantes y cómicos, hasta que un transeúnte, invisible para ellos,
les dirigía desde el camino de abajo denuestos con voz fuerte y sonora.
Tumbáronse encima de un musgo corto y seco, de un color amarillo violáceo;
bebieron cerveza en otro figón, después, corrieron y saltaron a cual más.
Descubrieron un eco y le dieron conversación; cantaron, gritaron, lucharon,
rompieron ramas de árboles, adornaron los sombreros con guirnaldas de helecho,
y hasta acabaron por bailar.
Tartaglia tomaba parte en todas esas diversiones en
cuanto cabía en su poder y en su inteligencia. Verdad es que no tiró piedras,
pero se precipitaba dando volteretas en pos de las que lanzaban los jóvenes;
aulló mientras éstos cantaban, y hasta bebió cerveza, aunque con una
repugnancia visible. Esta última ciencia le había sido inculcada por un
estudiante que con anterioridad había sido su dueño. Por lo demás, no obedecía
a Emilio -éste no era su amo Pantaleone-; y cuando el mocito le decía que
“hablase” o que “estornudase”, limitábase a menear el rabo y hacer un cucurucho
de su lengua.
También hablaron entre sí los jóvenes. Al comienzo
del paseo, Sanin, en calidad de mayor y, por consiguiente, más apto para
razonar, había comenzado un discurso acerca del fatum, acerca del destino del
hombre y de lo que lo constituye; pero bien pronto la conversación tomó un giro
menos serio. Emilio se puso a interrogar a su amigo y protector sobre los
destinos de Rusia; le preguntó cómo se batían en duelo en ese país, si eran
guapas las mujeres, cuánto tiempo sería preciso para aprender el idioma ruso,
qué impresiones había sentido cuando el oficial le apuntó. A su vez. Sanin
interrogó a Emilio respecto a su padre, a su madre, a los asuntos de su
familia, librándose bien siempre de pronunciar el nombre de Gemma y no pensando
más que en ella. Propiamente hablando no era en ella en lo que pensaba sino en
el día siguiente, en aquel mañana misterioso que debía traerle una ventura
indecible, inaudita. Parecíale ver flotar ante su vista un cortinaje fino y
ligero, y detrás de esa cortina sentía la presencia de un rostro juvenil,
inmóvil, divino rostro de labios tiernamente risueños y párpados severamente
caídos -severidad fingida-. ¡Ese rostro no era el de Genuna, sino el de la
misma felicidad! Pero al fin ha llegado su hora; córrese la cortina, se
entreabren los labios, los párpados se levantan; la divinidad le ha visto, ¡y
llega un deslumbramiento y una claridad semejante a las del sol, una embriaguez
y una dicha sin límites y sin fin! Pensaba en ese mañana y su alma se moría de
gozo, en medio de la creciente angustia de la espera.
Esa espera, esa impaciencia, no eran penosas para
él; acompañaban todos sus movimientos, pero sin estorbarlos; no le impidieron
comer perfectamente con Emilio en su tercer mesón. Sólo de vez en cuando, como
fugaz relámpago, cruzaba esa idea por su mente: ¡si alguien lo supiese! Esto no
le impidió jugar al paso con Emilio, después de comer, en una verde pradera...
¡Y cuál no fue el asombro, la confusión de Sanin, cuando, advertido por los
ladridos furiosos de Tartaglia, en el momento en que con las
piernas, graciosamente separadas, pasaba como un ave por encima de la espalda
de Emilio, doblado por la cintura, vio de pronto delante de él, en el extremo
de la pradera, a dos oficiales, en quienes reconoció a su vez enemigo de la
víspera, el caballero von Dñnhof, y su testigo el caballero von Richter! Se
habían puesto cada uno un cuadradito de cristal delante de los ojos, y le
miraban sonriéndose...
Al caer de pie Sanin, se apresuró a ponerse el paletot que
se había quitado, dijo con presteza dos palabras a Emilio, quien se puso a escape
la chaqueta, y se alejaron con paso rápido.
Regresaron
a Francfort al atardecer.
-Me regañarán -dijo Emilio al despedirse de Sanin-;
pero lo mismo me da... ¡He pasado un día tan bueno, tan bueno!
De regreso en la fonda, Sanin encontró en ella una
carta de Gemma, dándole cita para el día siguiente, a las siete de la mañana,
en uno de los jardines públicos que por todas partes rodean a Francfort.
¡Qué
brinco le dio el corazón! ¡Cómo se aplaudía por haberla obedecido sin vacilar!
¡Ah, santo Dios!
¿Qué le prometía ese día de mañana, inaudito, único,
imposible, no imaginable? O más bien, ¿qué no le prometía?
Devoraba con los ojos
la carta de Gemma. El largo perfil curvo de la G, letra inicial de su
nombre, le recordaba los lindos dedos, la mano de la joven... Se dijo a sí
mismo que aún no había acercado nunca esa mano a sus labios...
“Digan lo que quieran -pensó-; las italianas son
castas y severas... ¡pero Gemma es otra cosa más! Es una emperatriz... una
diosa... un mármol puro y virginal... Pero un día llegará... Y ese día está
próximo...
Aquella noche no hubo en todo Francfort un hombre
más feliz que él. Durmió, pero hubiera podido decir, como el poeta:
Es cierto que
estoy dormido,
Mas vela mi corazón...
Palpitábale el corazón tan ligero como bate las alas
una mariposa puesta sobre una flor y bañada por el sol.
XXVII
Sanin estuvo de pie a las cinco de la mañana; a las
seis estaba vestido, a las seis y media se paseaba por el jardín público,
frente al cenadorcito de que Gemma le hablaba en su esquela.
La mañana era tranquila, tibia y húmeda. A veces
hubiérase jurado que llovía; pero extendiendo la mano advertíase el error, y
sólo mirándose la ropa se podía notar la existencia de finas gotas semejantes a
menudas perlas de vidrio; aun así, aquella humedad no duró largo tiempo. En
cuanto al viento, como si nunca lo hubiese habido en el mundo. Los sonidos
parecían extenderse en todas direcciones a la vez. Un ligero vapor blanquecino
flotaba en lontananza, y el aire estaba saturado de aromas de las resedas y de
las flores de acacia blanca.
En las calles no estaban abiertas aún las tiendas;
sin embargo, había ya transeúntes, y a intervalos oíase el rodar de un coche
aislado... En el parque, ni un solo paseante; un jardinero rastrillaba con
dejadez una senda, y una anciana decrépita cruzaba cojeando la calle de
árboles. Sanin no podía un solo instante tomar por Gemma a aquella horrible
vieja; sin embargo, le palpitó el corazón, y siguió atentamente con la vista
aquella forma oscura que se alejaba.
Dieron
las siete en el reloj de la torre.
Sanin se detuvo. “¡Si no viniese!” Tuvo como un
escalofrío. Un instante después le repitió el escalofrío, pero esta vez por
otra causa... Sanin oía detrás de sí un paso menudo y el roce de una falta...
Se volvió: era ella.
Gemma le seguía por el estrecho sendero. Llevaba un
abriguito gris y un sombrerito de color oscuro. Miró a Sanin, volvió la cabeza
y se le adelantó con rapidez.
-¡Gemma! -dijo él, con voz apenas perceptible.
Hizo ella
una imperceptible señal con la cabeza, y continuó adelante. Siguióla él.
Respiraba
con anhelo, las piernas se negaban a servirle.
Gemma pasó del cenador, torció a la derecha, costeó
una fuentecilla de donde hacía saltar el agua poco profunda un gorrión que se bañaba en la alberca, y se dejó caer en un banco
detrás de una espesura de lilas. El sitio era cómodo y al resguardo de las
miradas. Sanin se sentó junto a ella.
Transcurrió un minuto, y ni él ni ella pronunciaron
una sola palabra. Ella no le miraba, y él miraba, no su rostro, sino sus dos
manos juntas que sostenían una sombrilla pequeña. ¿A qué venía ha blar? ¿Qué
palabras hubieran sido tan elocuentes como su sola presencia en aquel sitio,
juntos, a una hora tan de mañana, y tan cerquita el uno del otro?
-¿No me tiene usted mala
voluntad por eso? dijo al cabo Sanin-. Difícilmente hubiera podido decir
ninguna cosa menos oportuna... Lo comprendía él mismo... pero, a lo menos,
quedaba roto el silencio.
-¿Yo? -respondió ella-. ¡No!
¿Por qué había de tenerle mala voluntad?
-¿Y me cree usted...? prosiguió
él. -¿Lo que usted me ha escrito?
-Sí.
Gemma bajó la cabeza y no contestó. Escapósele de
entre los dedos la sombrilla; pero la cogió con presteza, sin dejarla llegar al
suelo.
-¡Ah, créame usted, créame lo
que le he escrito! -exclamó Sanin.
Toda su
timidez había desaparecido; hablaba con calor.
-Si hay en el mundo una verdad,
cierta, sagrada, superior a toda sospecha, es la de que amo a usted, Gemma; es
la de que la amo a usted apasionadamente.
Echóle
ella una mirada furtiva, y en poco estuvo que otra vez dejase caer la
sombrilla.
-Créame, tenga usted fe en mí
repetía suplicante y con las manos extendidas hacia ella, sin atreverse a
tocarla-. ¿Qué quiere usted que haga para convencerla?
Miróle
ella de nuevo, y por fin dijo:
-Dígame usted, -monsieur Dimitri, cuando anteayer fue usted a exhortarme, ¿no sabía usted aún con
evidencia... no sentía usted...? -Sentía
-interrumpió Sanin-, pero no sabía. ¡Yo la amaba a usted desde que por primera
vez la vi, pero no he comprendido enseguida lo que para mi era usted! Y luego,
sabía que estaba usted prometida... En cuanto a la comisión que su madre me
confió, al pronto ¿cómo negarme a ella? Y además he cumplido esa misma comisión
de tal suerte, que ha podido usted adivinar...
Dejáronse oír pasos pesados. Un hombre bastante
robusto, con una cartera de viaje cruzada por el pecho, evidentemente un
extranjero, desembocó por detrás de las lilas, y con la frescura de un viajero
de paso, dejó caer a plomo una mirada a la pareja, tosió con estrépito y prosiguió
su camino.
-Su madre -continuó Sanin así
que hubo cesado el ruido de los pasos- me había dicho que la negativa de usted
causaría escándalo (Gemma frunció ligeramente el entrecejo), que en parte había
dado yo pretexto para juicios desfavorables, y que, por consiguiente, hasta
cierto punto, estaba yo obligado a exhortarla a usted que no rechazase a su
futuro Herr Klüber...
Monsieur Dimitri -dijo Gemma, pasándose con lentitud la mano por los
cabellos hacia el lado de Sanin-, se lo suplico: no llame usted a Herr Klüber
mi futuro... Nunca seré su mujer: me he negado.
-¿Le ha despedido usted?
¿Cuándo?
-Ayer.
-¿Se lo dijo usted a él mismo?
A él
mismo, en casa... Volvió a presentarse.
-Gemma, entonces, ¿me ama usted?
Volvióse ella de cara hacia él y murmuró:
-Sin eso, ¿estaría yo aquí?
Y sus dos
manos abiertas cayeron sobre el banco.
Sanin se apoderó de ambas manos inertes y las apretó
contra sus ojos, contra sus labios... ¡El velo que había visto la víspera en
sus ensueños se levantaba! ¡Aquélla era la dicha, su faz resplandeciente!
Alzó la cabeza, y miró a Gemma a los ojos con
atrevimiento. Ella también le miró, un poco fija. Apenas brillaban sus ojos semiabiertos,
ligeramente húmedos con lágrimas de placer. No se sonreía... reíase con una
risa muda y enervada.
-¡Oh Gemma! -Exclamó Sanin-.
¡Podría yo pensar que tú... (su corazón vibró como la cuerda de un arpa, cuando
sus labios pronunciaron ese tú por vez primera)... que tú me amarías?
-Yo misma no lo esperaba -dijo Gemma en voz baja.
-¿Podría yo pensar -continuó Sanin-, al llegar a Francfort, donde sólo pensaba
permanecer unas cuantas horas, que había de encontrar aquí la felicidad de toda
mi vida?
-¿De toda tu vida? ¿De veras?
De toda
mi vida, ¡hasta el último día! exclamó Sanin con nuevo arranque.
De
pronto, a dos pasos de su banco, dejóse oír el ruido de la pala del jardinero.
-Volvamos a casa murmuró Gemma-;
entremos juntos, ¿Quieres?
Si le hubiera dicho en aquel momento “¡Arrójate al
mar! ¿Quieres? “ se hubiera tirado de
cabeza al abismo, antes de que ella hubiese concluido la última palabra.
Salieron juntos del jardín y se encaminaron a casa,
pasando no por las calles de la ciudad sino por la ronda.
XXVIII
Sanin marchaba, cuando junto a Gemma, cuando un poco
detrás, mirándola siempre sin cesar de sonreír. Gemma parecía a la vez
apresurarse y contenerse. A decir verdad, ambos, él todo pálido y ella toda
encendida de emoción andaban como entre niebla. Ese trueque de almas que
acababan de hacer, producía en ellos una impresión tan nueva y tan fuerte, que
era casi penosa: todo había hecho tal cambio de frente en su existencia, que no
podían encontrar el equilibrio. Sólo notaban una cosa: que iban envueltos en un
torbellino análogo a aquel otro torbellino nocturno que casi les había echado
en brazos uno de otro. Sanin, al seguirla, sentía que miraba a Gemma con otros
ojos; en un momento advirtió en el paso y en los movimientos de Gemma muchas
particularidades en que hasta entonces no había reparado. ¡Cuán adorables y
hechiceras le parecían todas esas menudencias! Y ella, por su parte, sentía que
Sanin la miraba así.
Ambos amaban por la vez primera: todas las
maravillas del primer amor se realizaban en ellos. Un primer amor se parece a
una revolución. El orden regular y monótono de la vida queda roto y destruido
en un momento; la juventud sube a la barricada, hace ondular en el aire su
esplendente bandera, y sea lo que fuere lo que le reserve el porvenir, la
muerte o una nueva vida, lanza a todo y a todos su llamamiento apasionado.
-¡Mira, diríase que es
Pantaleone! -dijo Sanin, apuntando con el dedo una figura encapuchonada que se
deslizó rápidamente por una callejuela, como para evitar ser vista.
En el colmo de su felicidad, Sanin experimentaba la
necesidad de hablar con Gemma, no de su amor, puesto que era cosa convenida,
consagrada, sino de cosas indiferentes.
-Sí, es Pantaleone -respondió
Gemma con tono alegre y placentero-. Probablemente ha salido a espiarme; ayer,
todo el día me siguió los pasos... Algo sospechaba.
-¡Que sospecha algo! -repitió
Sanin con arrobamiento.
Por
supuesto, con el mismo deliquio hubiera repetido cualquiera otra frase de
Gemna.
Luego le
rogó que le contase con detalles todo lo acontecido la víspera.
Al punto comenzó con premura un relato un poco
embrollado, con mezcla de sonrisas y suspirillos, mientras que sus límpidos
ojos cruzaban con Sanin miradas furtivas y radiantes. Le contó cómo su madre,
después de una conversación de tres horas, había querido obtener de ella algo
positivo; cómo a la postre se había separado de Frau Lenore con la promesa de darle a conocer su resolución antes
de finalizar el día; cómo le había costado sumo trabajo obtener ese plazo
moratorio; cómo de una manera enteramente inesperada, había llegado Klüber con
más humos y más bambolla que nunca; cómo había expresado su descontento contra
ese extranjero desconocido, cuya conducta era imperdonable, digna de un
chiquillo y hasta profundamente ofensiva (así decía) para él, Klüber.
Aludía a tu duelo -advirtió Gemma-, y exigía que
inmediatamente se te cerrase la puerta de casa. “Porque, decía él (y aquí Gemma
remedó un poco la voz y los modales del negociante), esto echa una mancha sobre
mi honor, ¡como si yo no fuese capaz tan bien como cualquier otro de defender a
mi novia, si lo creyese necesario o simplemente útil! Todo Francfort sabrá
mañana que un extranjero se ha batido con un oficial por mi futura. ¡Cómo puede
interpretarse eso? ¡Eso mancha mi honor!” Mamá era de su parecer ¡Figúrate!
Pero yo le declaré sin ambages que hacía mal en inquietarse por su honor y por
su persona, y en ofenderse por lo que dijesen acerca de su futura, en atención
a que yo no era ya su futura ¡y nunca sería su mujer! A decir verdad, hubiera
querido, en primer término, hablar con usted... contigo, antes de darle las
calabazas en regla; pero vino, y no pude contenerme. Mamá prorrumpió en gritos
de espanto; yo me fui a otra habitación a coger su anillo de esponsales (¿no
has notado que desde hace dos días no lo llevo puesto?) y se lo devolví. Se
ofendió terriblemente; mas, como también son terribles su amor propio y
su presunción, partió sin darnos la lata. Naturalmente, he tenido que aguantar
muchos cargos de mamá; me daba pena verla tan afligida, y me dije que me había
dejado llevar harto de prisa de mis prontos, pero tenía tu carta, y además
sabía yo antes.. .
-¿Qué te amo?
-¡Sí, ya me amabas tú!
Así hablaba Gemma, confusa y sonriente, bajando la
voz y aun callándose de pronto cuando alguien pasaba junto a ellos. Sanin
escuchaba en éxtasis y admiraba el sonido de su voz, como la víspera había
admirado su carácter de letra.
-Mamá está que la ahogan con un
cabello -prosiguió Gemma (Y afluían las palabras a sus labios)-; no quiere
comprender que Herr Klüber me era odioso; que le había aceptado no
porque le ama se, sino por acceder a las súplicas de ella... Sospecha de
usted... digo de ti... o, más bien,
para no mentir, está convencida de que yo te amaba, y eso la contraría tanto
más, cuanto que anteayer aun no se le había puesto en la cabeza ninguna idea de
este género, y precisamente a ti había encomendado que me hicieses
reflexionar... Era una extraña embajada, ¿no es así? Ahora te trata de hombre
astuto y solapado; dice que defraudaste su confianza, y me predice que
defraudarás la mía...
-Pero Gemma -exclamó Sanin-,
¿acaso no le has dicho...?
-Nada le he dicho. ¿Tenía
derecho a hablar yo antes de haberte visto?
Sanin
palmoteó de gozo.
-Gemma, espero que a lo menos
ahora se lo dirás todo y me presentarás a ella... ¡Quiero probarle que yo no
engaño!
Mientras decía estas palabras, henchíase su pecho,
lleno hasta desbordarse de sentimientos nobles y generosos.
Gemma le
miró de hito en hito.
-¿De veras quieres venir conmigo
a casa a ver a mi madre, la cual pretende que... lo que estaría bien hecho...
es imposible entre nosotros y nunca podrá realizarse?
Había una palabra que Gemma no podía decidirse a
decir, aunque le abrasaba los labios. Apresuróse Sanin a pronunciarla. -Quiero
casarme contigo, Gemma; quiero ser tu marido. No conozco en el mundo una
felicidad más grande que esa.
No veía
límites a su amor, a los nobles impulsos de su alma, a la energía de sus
resoluciones.
Al oír estas palabras, Gemma, que había retardado un
instante su andar, lo aceleró aún más que antes... Hubiérase dicho que trataba
de huir de esa ventura, harto grande y harto inesperada.
Pero, de pronto, le flaquearon las piernas: Herr Klüber, engalanado con un sobretodo
y un paletot nuevos, flamantes; tieso
como un poste y rizado como un perro de aguas, acababa de aparecer a la vuelta
de una esquina, en una calleja, a cinco o seis pasos de ellos. Conoció a Gemma
y conoció a Sanin. Rezongando por dentro, digámoslo así, e irguiendo el
flexible talle, salióles al encuentro, contoneándose con aire descarado.
Sanin
vaciló un segundo, pero echó una mirada al rostro de Herr
Klüber, quien afectaba un aire desdeñoso y hasta de lástima,
miró aquella cara rubicunda y vulgar... una oleada de ira subióle al corazón, y
dio un paso adelante.
Gemma le agarró con presteza de la mano. Tranquila y
resuelta, se cogió del brazo de Sanin, mirando cara a cara a su antiguo novio.
Los ojos de éste parpadearon indecisos y contrajéronse sus facciones. Se apartó
a un lado, mascullando entre dientes: “¡Así concluye siempre la canción!” (¡Das alte Ende von Liede!) Y se alejó
con el mismo paso pretencioso y saltarín.
-¿Qué ha dicho el majadero?
-preguntó Sanin.
Quiso correr tras de Klüber, pero Gemma le contuvo y
prosiguió su marcha sin retirar la mano que había pasado bajo el brazo de
Sanin.
Apareció
ante ellos la confitería Roselli. Gemma se detuvo por última vez y dijo:
-Demetrio, aún no hemos entrado,
aún no hemos visto a mamá... Si aún quieres reflexionar, sí, todavía eres
libre, Demetrio. Por única respuesta, Sanin apretó con fuerza el brazo de Gemma
contra su pecho, y la impulsó adelante.
-Mamá -dijo ella, entrando con Sanin en la estancia
donde se hallaba Frau Lenore-, ¡te
traigo mi verdadero prometido!
XXIX
Si Gemma hubiese anunciado que traía el cólera o la
misma muerte en persona, preciso es creer que Frau Lenore no hubiera acogido la noticia con una desesperación más
grande. Sentóse inmediatamente en un rincón, vuelta la cara a la pared, y se
deshizo en llanto, casi a gritos, igual que una campesina rusa sobre el ataúd
de su hijo o de su marido. En el primer momento se puso Gemma tan
desconcertada, que no se atrevió a acercarse a su madre y se quedó inmóvil en
medio de la pieza, como una estatua. Sanin, alicaído, estaba a punto de llorar
también. ¡Aquel dolor inconsolable duró una hora, una hora entera! Pantaleone
juzgó lo más oportuno cerrar la puerta de la calle de la confitería, de miedo a
que alguien entrase; por fortuna, la hora era muy temprana. El viejo estaba
receloso, y en todo caso poco satisfecho de la precipitación con que Sanin y
Gemma habían procedido. Por supuesto, no tomó sobre sí el vituperarlos, antes
hallábase dispuesto a prestarles ayuda y protección en caso necesario: ¡odiaba
tan de corazón a Klüber! Emilio teníase por el intermediario entre su hermana y
su amigo; en poco estuvo que no se enorgulleciese al ver que todo había salido
tan bien. Incapaz de comprender por qué se desolaba su mamá, tentado estaba a
decidir en su fuero interno que todas las mujeres, hasta las mejores, carecen
en el fondo de sentido común. Sanin fue, de todos, quien más tuvo que sufrir.
En cuanto se acercaba a ella, Frau Lenore
soltaba gritos de pavo real y agitaba los brazos para apartarle. En vano trató
él de decir en alta voz varias veces, manteniéndose a una distancia respetuosa:
-¡Pido a usted la mano de su hija!
Frau Lenore no podía consolarse,
especialmente “de haber estado tan ciega para no ver nada”.
-¡Si mi Giovanni Battista viviera aún -decía a
través de sus lágrimas-, nada de esto hubiera sucedido!
-¡Dios mío! --exclamaba para sus adentros Sanin-.
Pero ¿qué es esto? En último término, ¡esto es absurdo!
No se atrevía a mirar a Gemma, quien, por su parte,
tampoco se determinaba a levantar la vista hacia él. Contentábase con acariciar
pacienzudamente a su madre, la cual había comenzado también por rechazarla...
Al cabo se apaciguó poco a poco la tormenta. Frau Lenore cesó de llorar, permitió a
Gemma sacarla del rincón donde se había refugiado, instalarla en una butaca
cerca de la ventana, y que le hiciese beber agua con unas gotas de azahar.
Permitió a Sanin no aproximarse -¡oh, eso no!-, sino a lo menos que permaneciese
en la estancia (antes no cesaba de exigir que se marchase), y ya no le
interrumpió al hablar. Sanin aprovechó en el acto esos síntomas de sosiego, y
desplegó una elocuencia pasmosa: no hubiera sabido expresar sus intenciones y
sentimientos con un calor más convincente a la misma Gemma. Sus sentimientos
eran los más sinceros, sus intenciones las más puras, como las de Almaviva, en El barbero de Sevilla. No disimuló a Frau Lenore más que a sí mismo el lado
desfavorable de esas intenciones; pero esas desventajas, añadió, sólo existían
en apariencia... Era extranjero, conocíanle de poco tiempo, no se sabía nada
positivo acerca de su persona ni de sus recursos: todo esto era verdad. Pero
estaba dispuesto a dar todas las pruebas necesarias para dejar sentado que era
de buena familia y poseedor de algunos bienes ‘de fortuna; para ello se
proporcionaría los certificados más fehacientes por parte de sus compatriotas.
Esperaba que Gemma sería feliz con él, y se esforzaría en dulcificar para ella
la pena de estar separada de su familia.
La idea de la separación, la palabra “separación”
nada más, estuvo en poco que no echase a perder el negocio. Frau Lenore manifestó suma agitación.
Sanin se apresuró a añadir que esa separación sólo sería temporal, y que, en
último extremo, quizá no se llevase a efecto.
La elocuencia de Sanin no quedó perdida. Frau Lenore comenzó a mirarle con aire
de tristeza y de amargura, pero no con la repulsión y la ira de antes; luego le
permitió aproximarse y sentarse junto a ella (Gemma estaba sentada al otro
lado); después se puso a dirigirles cargos, no sólo con la mirada sino con
palabras, indicio de que se dejaba ablandar su corazón. Comenzó por condolerse,
pero sus quejas se calmaron y se suavizaron gradualmente, cediendo el puesto a
preguntas hechas ya a su hija, ya a Sanin; después le permitió que le cogiese
la mano, sin retirarla al punto; luego volvió a lloriquear, pero esas lágrimas
eran muy diferentes de las primeras; luego se sonrió con tristeza y se dolió de
la ausencia de Giovanni Battista, pero en otro sentido muy diverso que el de
antes. Momentos después, los dos culpables, Sanin y Gemma, estaban de rodillas
ante ella, quien les ponía una tras otra las manos sobre la cabeza; otro
instante después, abrazábanla a cual más; y Emilio, con la faz radiante de
entusiasmo, entraba corriendo en el cuarto y se arrojaba en medio de ese grupo
estrechamente abrazado.
Pantaleone echó una mirada a esa escena, sonrióse y
se enfurruñó a la vez; y atravesando la tienda, fue a abrir la puerta de la
calle.
XXX
El tránsito de la desesperación a la tristeza y de
la tristeza a una dulce resignación no había sido muy largo en Frau Lenore; pero esa misma resignación
no tardó en transformarse en una recóndita alegría, que, sin embargo, trató de
disimular y contener por salvar las apariencias. Desde el primer día, Sanin
había sido simpático a Frau Lenore:
una vez acostumbrada a la idea de tenerlo por yerno, no encontró en ello nada
particularmente desagradable, aunque considerase como un deber el conservar en
su rostro una expresión de ofendida... o más bien, de escamona. Además, ¡había
sido tan extraordinario todo lo pasado en aquellos últimos días! ... ¡Qué de
cosas, unas tras otras! En su calidad de mujer práctica y de madre, Frau Lenore se creyó en el deber de
dirigir a Sanin diversos interrogatorios. Y Sanin, que al ir por la mañana a su
cita con Gemma, no tenía la menor idea de casarse con ella (a decir verdad, no
pensaba en nada entonces, y se dejaba arrastrar por su pasión), Sanin entró
resueltamente en su papel de prometido esposo, y respondió a todas las
preguntas con agrado y de una manera puntual y detallada. Habiendo comprendido Frau Lenore, sin género alguno de duda,
que era de buena nobleza hereditaria y hasta
un poco extrañada de que no fuese príncipe, tomó un aire serio y “le previno de
antemano” que tendría con él una franqueza brutal, ¡porque el sagrado deber de
madre la obligaba a ello! A lo cual respondió Sanin que eso mismo pedía él, y
que le suplicaba con instancia que no se quedase corta.
Entonces Frau Lenore le hizo observar que Herr Klüber
(al pronunciar ese apellido suspiró ligeramente, mordiéndose los labios y
vaciló un poco), el antiguo novio de Gemma, poseía ya ocho
mil florines de renta, y que esta suma iría creciendo rápidamente de año en
año... Y él, Herr Sanin, ¿con qué ingresos contaba?
-Ocho mil florines -repitió
lentamente Sanin-, en moneda rusa vienen a ser quince mil rublos en
asignados... Mis rentas son mucho menores. Poseo una pequeña hacienda en el
gobierno de Tula... Con una buena administración, puede y debe producir cinco o
seis mil rublos... Y si entro al servicio del Estado, puedo fácilmente
conseguir un sueldo de dos mil rublos.
-¿Al servicio de Rusia?
--exclamó Frau Lenore-. ¡Tendré que separarme
de Gemma!
-Podría entrar en la diplomacia
-replicó Sanin-. Tengo algunas buenas relaciones... en ese caso hay empleos en
el extranjero. Pero he aquí lo que también pudiera hacerse, y sería lo mejor:
ven der mis tierras y emplear el capital que produzca esa venta en algunas
empresas lucrativas, por ejemplo, en ampliar el negocio de esta confitería.
No se le ocultaba a Sanin que decía un absurdo. Pero
¡estaba poseído de una audacia incomprensible! Miraba a Gemma, quien desde el
principio de aquella conversación práctica se levantaba a cada instante, daba
algunos pasos por la estancia y volvía a sentarse. Mirábale, y ya no conocía
obstáculos; estaba dispuesto a arreglarlo todo al minuto, del modo más
acomodaticio, con tal de que ella no experimentase ninguna inquietud.
Herr Klüber también tenía el propósito de darme una
pequeña suma para arreglar la tienda de confitería dijo Frau Lenore, después de
una ligera vacilación.
-¡Madre mía, por amor de Dios!
¡Madre! -exclamó Gemma en italiano.
-Es preciso hablar por
anticipado de esas cosas, hija mía -respondió Frau Lenore en el mismo idioma.
Prosiguiendo su conversación con Sanin, le preguntó
cuáles son en Rusia las leyes relativas al matrimonio; si no habría nada que se
opusiese a su unión con una católica, como en Prusia. (Por aquel tiempo, en
1840, toda Alemania tenía presentes aún las disensiones entre el gobierno
prusiano y el arzobispo de Colonia, acerca de los matrimonios mixtos.) Cuando Frau Lenore
supo que su hija misma adquiriría la nobleza por su enlace con un noble ruso,
dio muestras de alguna satisfacción.
-Pero antes dijo- ¿tendrá que ir
a Rusia?
-¿Por qué?
-¿Por qué?... Para obtener
licencia de su emperador para casarse. Sanin le explicó que eso era
completamente inútil; pero que se vería tal vez obligado a ir, en efecto, por
un tiempo brevísimo, a Rusia, antes de la boda (mientras decía esas palabras
oprimiósele dolorosamente el corazón; y Gemma, que le miraba, comprendió su
angustia, se ruborizó y se puso pensativa), y que aprovecharía esa estancia en
su patria para vender sus tierras. En todo caso traería el dinero necesario.
-Entonces, me atrevería a
suplicarle -dijo Frau Lenore-, que me trajese una
bonita piel de astrakán para hacerme un abrigo; dícese que por allá esas pieles
son asombrosamente bonitas y baratas.
-Así es; le traeré una a usted,
con el mayor gusto, ¡y también a Gemma! -exclamó Sanin.
-Y a mí un gorro de tafilete
bordado con plata -dijo Emilio pasando la cabeza por el marco de la puerta de
la habitación inmediata.
-Bueno, te traeré uno... y unas
zapatillas para Pantaleone.
-Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para
qué? hizo observar Frau Lenore-. Ahora hablamos de cosas
serias. Estábamos -añadió aquella mujer práctica- en que decía usted: “Venderé
mis bienes”. ¿Cómo lo hará usted? ¿Venderá usted los colonos?
Sanin se estremeció como si le hubiesen dado un
puñetazo en los vacíos. Acordóse de que hablando con la señora Roselli y su
hija, había manifestado sus opiniones acerca de la servidumbre que, según
decía, excitaba en él profunda indignación, y les había asegurado en diversas
ocasiones que jamás y bajo ningún pretexto vendería sus colonos, pues
consideraba este acto como una cosa inmoral.
-Trataré de vender mis tierras a
un hombre cuyos méritos me sean conocidos -dijo, no sin vacilar-, o acaso mis
siervos quieran ellos mismos comprar su rescate.
-Eso sería lo mejor -se apresuró
a decir Frau Lenore-. ¡Porque vender hombres
vivos...!
-¡Barbari! -gruñó Pantaleone, que había
aparecido en la puerta detrás de Emilio.
Sacudióse
las melenas y desapareció.
“¡Diablo, diablo! -se dijo Sanin mirando a
hurtadillas a Gemma, quien
tenía aspecto de no haber oído sus últimas palabras-. Entonces dijo para sí:
-¡Bah, eso no importa nada!”
La conversación práctica se prolongó así casi hasta
la hora de comer. Hacia el final, Frau Lenore,
completamente sosegada, llamaba Demetrio a Sanin y le amenazaba amistosamente
con el dedo pro metiéndole vengarse de la partida serrana que le había jugado.
Hizo que le diese muchos detalles acerca de su parentela, porque “eso es
también importantísimo” -decía-, también quiso que describiese la ceremonia del
casamiento tal como se ejecuta según los ritos de la Iglesia rusa, y se extasió
de antemano con la idea de ver a Gemma vestida de blanco y con una corona de
oro en la cabeza.
-Mi hija es hermosa como una
reina -dijo con un sentimiento de orgullo materno-, -, y, ni aun
así, hay en el mundo una reina tan hermosa.
-¡No hay otra Gemma en el mundo!
-añadió Sanin.
-¡También por eso es Gemma!
Sabido es que Gemma,
en italiano, significa piedra
preciosa. Gemma se echó al cuello de su madre. Sólo a partir de este
instante tuvo aspecto de respirar a sus anchas, y pareció caérsele el peso que
oprimía su alma.
Sanin se sintió de pronto en extremo feliz: una
infantil alegría llenó su corazón... ¡Realizábanse los ensueños a que en otro
tiempo se había entregado en aquel aposento! Tal era su alegría, que en el acto
se fue a la tienda; hubiera querido a toda costa vender cualquier cosa detrás
del mostrador, como algunos días antes...
-Ahora tengo derecho para
hacerlo ¡Ya soy de la casa!
Se instaló de veras detrás del mostrador, y de veras
vendió alguna cosa; es decir, entraron dos muchachos a comprar una libra de
bombones, por lo cual entregó lo menos dos libras y no cobró más que media.
En la comida, ocupó junto a Gemma el sitio oficial
de prometido. Frau Lenore continuó
sus consideraciones prácticas. Emilio se reía por cualquier cosa e insistía con
Sanin para que le llevase a Rusia. Convínose en que Sanin partiría al cabo de
dos semanas. Sólo Pantaleone puso gesto de vinagre; tanto, que la misma Frau Lenore se lo echó en cara.
-¡Él, que ha sido testigo!
Pantaleone la miró de reojo.
Gemma guardaba casi siempre silencio, pero nunca
había estado su rostro más resplandeciente y más bello. Después de comer, llamó
a Sanin al jardín por un minuto; y deteniéndose junto al banco donde la
antevíspera había estado escogiendo las cerezas, le dijo:
-Demetrio, no te enfades
conmigo, pero una vez más quiero decirte que no debes considerarte como ligado
en nada...
Sanin no
la dejó acabar. Gemma volvió la cara.
Y en cuanto a lo que mamá ha dicho, ¿sabes?,
respecto a la religión, ¡toma...! (Agarró una crucecita de granates pendiente
de su cuello por un cordoncillo; tiró con fuerza del cordón, que se rompió,
y entregó a Sanin la cruz.) -Puesto que nos
pertenecemos, nuestra fe ha de ser la misma.
Los ojos de Sanin estaban húmedos, aun cuando
regresó con Gemma.
Durante la velada, todo entró en el carril de
costumbre y hasta se jugó al tressette.
XXXI
Al día siguiente, Sanin se despertó muy temprano.
Encontrábase en el pináculo de la alegría humana, pero no era esto lo que le
impedía dormir; lo que turbaba su reposo era la cuestión fatal, la cuestión
vital. ¿Cómo vender sus tierras lo más pronto y lo más caro posible? Cruzaban
por su mente los planes más diversos, pero nada se decidía aún con claridad.
Salió de la fonda a tomar el aire y a despejarse; no quería presentarse delante
de Genima sino con un proyecto ya maduro.
¿Quién es ese personaje pesadote sobre sus patazas,
aunque correctamente vestido, que va delante de Sanin con un movimiento de
vaivén? ¿Dónde ha visto él aquella nuca cubierta de rubios pelillos, aquella
cabeza encajada entre los hombros, aquellas espaldotas atocinadas, aquellas
manos colgantes y morcilludas? ¿Es posible que sea Polozoff, su antiguo
condiscípulo de colegio, a quien ha perdido de vista desde hace cinco años?
Sanin se adelantó bien pronto al personaje que iba delante de él, y se
volvió... Esa caraza amarilla, esos ojuelos de cerdo, con cejas y pestañas
blanquizcas, esa nariz corta y ancha, esa barbilla sin bozo, imberbe, y toda la
expresión de aquel rostro a la vez agrio, perezoso y desconfiado: sí, es él,
Hipólito Polozoff.
Una idea
repentina cruzó por la mente de Sanin.
“¿No es
mi estrella quien lo trae?”, pensó. Y dijo: -Polozoff, Hipólito Sidorovitch,
¿eres tú?
Detúvose el personaje, levantó sus ojuelos, vaciló
un instante y despegando al fin los labios, dijo con voz de falsete:
-¿Demetrio Sanin?
-¡El mismo que viste y calza!
-exclamó Sanin estrechando una de las manos de Polozoff, calzadas con estrechos
guantes de color gris claro (colgaban inertes,
como antes, a lo largo de sus muslazos)-. ¿Hace mucho tiempo que estás aquí?
¿De dónde vienes? ¿En dónde paras?
-Ayer llegué a Wiesbaden -respondió Polozoff sin apresurarse- con el fin de hacer unas
comprillas para mi mujer, y hoy mismo me vuelvo a Wiesbaden.
-¡Ah, sí! Es verdad: te has casado, y dicen que con una mujer guapísima.
Polozoff
giró los ojos. -Sí, eso dicen. Sanin se echó a reír.
-Veo que siempre eres el mismo,
tan flemático como en el colegio.
-¿Por qué habría de cambiar?
Y
dicen—añadió Sanin recalcando la palabra “dicen”- que tu mujer es muy rica.
-También eso se dice.
Pero tú,
Hipólito Sidorovitch, ¿no sabes nada de eso?
-¿Yo, mi buen amigo Demetrio...
Pavlovitch...? Sí, Pavlovitch, no me mezclo en los asuntos de mi mujer.
-¿No te mezclas en ellos? ¿En
ningún negocio? Polozoff volvió a
girar los ojos.
-En ninguno, amigo mío... Ella
va por un lado... y yo voy por otro.
Y ahora,
¿adónde vas?
Ahora no voy a ninguna parte; estoy en medio de la
calle, hablando contigo, y en cuanto hayamos acabado, me iré a mi cuarto, en la
fonda, y almorzaré.
-¿Me quieres de compañero?
-¿Para qué asunto? ¿Para el
almuerzo?
-Sí.
-Muy bien; comer dos juntos es
mucho más agradable. No eres parlanchín, ¿no es cierto?
No lo
creo.
-Pues entonces, muy bien.
Polozoff siguió adelante, y Sanin se puso en marcha
a su lado. Polozoff se había vuelto a coser los labios, resollando con fuerza y
contoneándose en silencio. Sanin pensaba:
“¿Cómo demonios ha hecho este gaznápiro para pescar
una mujer rica y guapa? No es rico, ni instruido, ni de talento; en el colegio
le teníamos por un mocete flojo y bruto, dormilón y tragaldabas, y le pusimos
“baboso” de apodo. ¡Esto es muy extraordinario! Pero puesto que su mujer es tan
rica (dícese que es hija de un arrendatario del impuesto sobre los alcoholes),
¿por qué no habría de comprarme mis tierras? Por más que dice que él no se mete
para nada en los negocios de su mujer, ¡eso no es creíble...! En ese caso,
pediré un precio razonable, ¡un buen precio! ¿Por qué no intentarlo? Quizá sea
mi buena estrella... Dicho y hecho: probaré.
Polozoff condujo a Sanin a una de las mejores fondas
de Francfort, donde no hay que decir que había tomado la mejor habitación. Las
mesas y las sillas estaban atestadas de carpetas, cajas, líos... -Todo esto,
amigo mío, son compras para María Nicolavna. Así se llamaba la mujer de
Hipólito Sidorovitch.
Polozoff se dejó caer en una butaca, gimió un “¡Qué
calor!”, se aflojó la corbata, llamó al primer camarero y le encargó
minuciosamente un almuerzo de los más opíparos.
-¡Que el coche esté dispuesto
para la una! ¿Oye usted? ¡Para la una en punto!
El primer
camarero saludó obsequioso y desapareció como un esclavo de los cuentos de
hadas.
Polozoff se desabrochó el chaleco. Nada más que por
el modo de levantar las cejas y fruncir la nariz podía comprenderse que el
hablar sería para él cosa penosísima; y que esperaba, no sin alguna ansiedad, a
ver si Sanin le obligaría a darle a la sin hueso, o si se echaría sobre sí
propio la carga de sostener la conversación.
Sanin se caló el estado de ánimo de su amigo y se
libró muy bien de abrumarlo a preguntas; se contentó con los informes más
necesarios. Supo que Polozoff había estado dos años en el servicio mi litar, en
un regimiento de lanceros (¡estaría precioso con la chaquetilla corta de
uniforme!); llevaba tres años de casado y dos años de viajes por el extranjero
con su mujer, que estaba curándose en Wiesbaden sabe Dios de qué, y se proponía ir enseguida a
París. Sanin, por su parte, le habló poquísimo de su vida pasada y de sus
planes para lo futuro; se fue derecho al grano, es decir, le participó su
propósito de vender sus tierras.
Polozoff le escuchaba en silencio y miraba de vez en
cuando la puerta por donde tenía que venir el almuerzo... El almuerzo llegó por
fin. El primer camarero, acompañado por otros dos mozos, trajo muchos platos
cubiertos con campanas de plata.
-¿Es tu hacienda del gobierno de
Tula? -dijo Polozoff poniéndose a la mesa y pasándose la punta de la servilleta
por dentro de la trilla de la camisa.
-Sí.
-Cantón de Efremoff, ya sé.
-¿Conoces mi Alesievska?
-preguntó Sanin sentándose también
-Ciertamente que la conozco.
-(Polozoff se metió en la boca un trozo de tortilla con trufas)-. María
Nicolavna, mi mujer, tiene allí cerca una finca... ¡Camarero, destape usted
esta botella! ... La tierra no es mala, pero los campesinos te han talado el bosque.
¿Por qué la vendes?
Necesito
dinero. No la vendo cara. Si la comprases tú, vendría de molde.
Polozoff sorbió un vaso de vino, se limpió con la
servilleta y se puso otra vez a mascar despacio y con ruido. Por fin dijo:
-Sí, yo no compro tierras, no
tengo dinero... Dame la manteca... Acaso la compre mi mujer. Háblale de eso. Si
no pides caro... Por supuesto que ella ni se para en barras por eso... Pero
¡qué burros son estos alemanes! ¡Ni siquiera saben cocer un pescado! Y, sin
embargo, ¿hay algo más sencillo? Y tienen la poca lacha de hablar de la
unificación de su Vaterland... ! ¡Mozo, llévese usted esta
porquería!
-¿De veras se ocupa tu mujer
misma de la administración de sus bienes? preguntó Sanin.
-Sí, ella misma... Por lo menos,
¡buenas chuletas! Te las recomiendo... Ya te he dicho, Demetrio Pavlovitch, que
no me meto para nada en los negocios de mi mujer; y vuelvo a repetirlo.
Polozoff continuó comiendo con chasquidos de labios.
-¡Hum...! Pero
¿cómo podría yo hablarle, Hipólito Sidorovitch?
Pues... muy sencillo, Demetrio Pavlovitch. Vete a Wiesbaden;
no está lejos de aquí... ¡Mozo! ¿Hay
mostaza inglesa? ¿No? ¡Qué brutos... ! Pero no pierdas tiempo; nos vamos pasado
mañana... Permite que te sirva un vaso de este vino. No es aguapié; tiene
aroma.
Enrojecióse el rostro de Polozoff y se animó, lo
cual sólo le sucedía cuando estaba comiendo... o bebiendo.
-En verdad -murmuró Sanin-: no
sé cómo arreglármelas.
-Pero, ¿qué es lo que tanto te
apremia?
-Querido, es que justamente estoy
apremiado.
-¿Necesitas una suma cuantiosa?
-Sí, tengo... ¿cómo te lo
diré...? Tengo el propósito de casarme. Polozoff dejó en la mesa el vaso que
iba a llevarse a los labios.
-¿Casarte? -dijo con voz ronca
de asombro, y cruzó las abotagadas manos sobre el estómago-. ¿Tan
prematuramente?
-Sí, enseguida.
-Supongo que estará en Rusia tu
prometida.
-No, no está en Rusia.
-Pues entonces, ¿dónde? :
-Aquí, en Francfort.
-¿Quién es ella?
Una
alemana; es decir, no, una italiana establecida aquí.
-¿Con dote?
-Sin dote.
Entonces,
preciso es que sientas un amor violentísimo
-¡Qué guasón eres...! Sí, muy
violento.
-¿Y para eso necesitas dinero?
-Pues, ¡sí, sí y sí!
Polozoff tragó el vino, se enjugó la boca, se lavó
las manos, se las enjugó a conciencia en la servilleta, sacó un cigarro y lo
encendió. Sanin le miraba en silencio.
-No veo más que un medio -dijo
por fin Polozoff, echando atrás la cabeza y dejando salir por entre los labios
una tenue bocanada de humo-. Vete a ver a mi mujer... Si quiere, con su blanca
mano reparará todo el mal.
-Pero, ¿cómo arreglármelas para
verla? ¿No dices que os vais pasado mañana?
Polozoff
cerró los ojos.
Escucha dijo dando vueltas al cigarro entre los
labios y resoplando-: vete a tu casa, vístete lo más de prisa posible y vuelve
aquí. Me voy dentro de una hora; mi coche es muy espacioso; te llevo conmigo.
Eso es lo mejor. Y ahora, voy a echar un sueño. Querido, cuando como, necesito
imprescindiblemente dormir después. Mi temperamento lo exige, y yo no me opongo
a ello. No me lo estorbes, si te place.
Sanin
meditó, meditó... y de pronto alzó la cabeza. Se había decidido.
-Bueno, consiento en ello, y te
doy las gracias. A las doce y media estaré aquí, y nos iremos juntos a Wiesbaden. Espero que tu mujer no me tomará ojeriza...
Pero Polozoff roncaba ya,
murmurando: -¡No me molestes!
Agitó las piernas y se durmió
como un recién nacido.
Sanin echó otra mirada a su amazacotada persona, a
su cabeza, su cuello, su barba al aire, redonda como una manzana; salió de la
fonda y dirigióse a paso largo a la confitería Roselli. Necesitaba advertir a
Gemma.
XXXII
La encontró en la tienda con su madre. Frau Lenore, inclinada adelante, medía
la distancia entre las ventanas, con un metro articulado. Al ver a Sanin, se
enderezó y le saludó alegre, aunque con un poco de cortedad.
-Desde lo que me dijo usted
ayer, no hago más que revolverme los sesos pensando en los medios de embellecer
nuestra tienda. Creo que convendría poner aquí dos armaritos con tablas de
cristal azogado. ¿Sabe usted? Eso es de moda hoy. Y además...
-Muy bien, muy bien -interrumpió
Sanin-; habrá que pensar en todo eso... Pero, venga usted acá; tengo que
decirle una cosa.
-Dio el brazo a las dos damas y
las condujo a la trastienda. Frau Lenore, intranquila, dejó caer el metro que tenía en
la mano. Gemma no estaba lejos de alarmarse también, pero se tranquilizó al
mirar a Sanin con más atención. Su rostro, aunque preocupado, expresaba
resolución y una especie de audacia alegre. Rogó a las dos mujeres que se
sentasen y él permaneció de pie ante ellas. Con muchos ademanes, con el pelo
desgreñado, se lo contó todo: su encuentro con Polozoff, su proyectado viaje a Wiesbaden, la posibilidad de vender su hacienda, exclamando por
último:
-¡Imagínense mi felicidad! El
asunto ha tomado tal giro que acaso no tenga ni aun necesidad de ir a Rusia, y
podremos celebrar la boda mucho más pronto de lo que yo suponía.
-¿Cuándo te marchas? -preguntó
Gemma.
Hoy, dentro
de una hora; mi amigo tiene coche y me lleva consigo.
-¿Nos escribirás?
-En seguida... Así que hable con
esa señora, cogeré la pluma.
-¿Dice usted que es rica esa
señora? preguntó Frau Lenore, siempre práctica.
Inmensamente... Su padre era millonario, y se lo
dejó todo. -¿Todo? ¿A ella solita? Vamos, tiene usted buena sombra. Sólo que
¡mucho ojo! No venda usted sus tierras muy baratas; sea usted razonable y
firme. ¡No se deje usted arrebatar! Comprendo sus deseos de ser marido de Gemma
lo antes posible, pero ante todo, ¡prudencia! No lo olvide: cuanto más cara
venda su finca, más dinero habrá para los dos y... para vuestros hijos.
Gemma
volvió la cabeza con apuro, y Sanin volvió a empezar con sus ademanes.
-Puede usted, Frau Lenore, confiar en mi prudencia.
Aparte de que no voy a chalanear. Diré el justo precio: si me lo da, muy bien;
y si no, ¡vaya bendita de Dios!
-¿Conoces a esa señora? preguntó
Gemma.
-En mi vida la he visto
-¿Y cuándo volverás?
-Si no se arregla el negocio,
vuelvo pasado mañana; pero si todo va bien, tal vez tenga que estar uno o dos
días más. En todo caso, no perderé un minuto. ¡Dejo aquí mi alma, bien lo
sabes...! Pero me voy a retrasar hablando con ustedes, y aún tengo que pasarme
por casa antes de partir. Deme usted la mano, Frau Lenore, para darme buena suerte:
es costumbre nuestra en Rusia.
-¿La derecha o la izquierda?
-La izquierda, la mano del
corazón. Vuelvo pasado mañana... ¡con el escudo, o sobre el escudo! Algo me
dice que vendré vencedor. Adiós, mis buenas, mis queridas amigas...
Abrazó a Frau Lenore,
y rogó a Gemma que pasase con él a su cuarto un minuto, porque tenía que
comunicarle una cosa importantísima. Quería sencillamente despedirse de ella a
solas. Frau Lenore lo comprendió, y
no tuvo la curiosidad de preguntar qué asunto tan importante era aquél...
Sanin no había entrado nunca en el dormitorio de
Gemma. Todo el encanto del amor, todos sus ardores, su entusiasmo, su dulce
temor, todo ello brotó y se derramó en su alma así que hubo traspuesto los
umbrales de aquel sagrado recinto... Echó en torno suyo una mirada enternecida,
cayó a los pies de la hechicera joven y escondió el rostro entre los pliegues
de su falda.
-¿Eres mío? murmuró ella-.
¿Volverás pronto?
-Tuyo soy, volveré... -repitió
él, palpitante.
-Te espero, mi bien amado.
Algunos instantes después, estaba Sanin en la calle
para irse a su fonda. Ni siquiera reparó que Pantaleone, más desgreñado que
nunca, se había precipitado en seguimiento suyo desde el quicio de la
confitería, gritándole alguna cosa, y, al parecer, amenazándole con el brazo
levantado.
A la una menos cuarto en punto, entró Sanin en el
alojamiento de Polozoff Su coche, enganchado con cuatro caballos, estaba ya en
la puerta de la fonda. Al ver a Sanin, limitóse Polozoff a decir:
-¡Ah! ¿Te has decidido?
En seguida se puso el sombrero, el abrigo y los
chanclos, metióse algodón en rama en las orejas, aunque era en pleno verano, y
se dirigió al pórtico. Obedientes a sus órdenes, los mozos de la fonda
colocaron sus numerosas compras dentro del carruaje, rodearon de
almohadoncitos, de sacos de mano y de paquetes el asiento que iba a ocupar,
pusieron a los pies un cesto lleno de víveres y ataron una maleta en el
pescante. Polozoff les pagó con largueza; y sostenido respetuosamente por
detrás por el oficioso portero, entró por fin en el coche gimoteando, tomó
asiento, apretó y amontonó muy cómodamente todo lo que le rodeaba, eligió y
encendió un cigarro. Sólo entonces hizo seña con el dedo a Sanin, diciéndole:
-¡Vamos, sube tú también!
Sanin se colocó junto a él. Por conducto del
portero, Polozoff ordenó al postillón que anduviese aprisa, si quería ganarse
una buena propina; resonó el estribo al doblarse, cerróse con estrépito la
portezuela, y el coche empezó a rodar.
XXXIII
En nuestros días, entre Francfort y Wiesbaden
no hay una hora por ferrocarril; pero
por aquellos tiempos, había tres horas de camino por la posta, y cinco relevos
de caballos. Polozoff, medio dormido, se zangoloteaba suavemente con un cigarro
en los labios; hablaba muy poco y no miró ni una sola vez por la ventanilla;
los puntos de vista ‘pintorescos no tenían para él nada de interesantes, y
hasta declaró que “¡la naturaleza le aburría mortalmente!” Sanin tampoco decía
nada, y no admiraba el paisaje: tenía otra cosa en la cabeza. Estaba absorto en
sus pensamientos y recuerdos. A cada parada, Polozoff ajustaba sus cuentas,
comprobaba el tiempo, según su celo. A la mitad del camino, sacó dos naranjas
del cesto de las provisiones, eligió la mejor y ofreció la otra a Sanin. Éste
miró fijamente a su compañero de camino, y de pronto soltó el trapo a reír.
-¿De qué te ríes? preguntó
Polozoff, mondando con esmero su naranja, con ayuda de sus uñas blancas y
cortas.
-¿De qué? -repitió Sanin-. De
este viaje que hacemos juntos.
-¡Bueno! ¿Y qué? insistió
Polozoff, metiéndose en la boca un gajo de naranja.
-¡No es extraño este viaje!
Ayer, lo confieso, lo mismo me acordaba de ti que del emperador de China;
hoy marcho contigo a vender mis tierras a tu mujer, a quien no conozco ni poco
ni mucho.
Todo sucede en la vida -respondió Polozoff-.
Conforme tengas más años, verás otras muchas cosas. Por ejemplo: ¿me ves ahora
en formación? Pues he estado; iba a caballo, y cátate que el gran duque Miguel
Pav1ovitch manda:” ¡Al trote! ¡Ese alférez gordo, al trote! ¡Alargue usted el
trote!”.
Sanin se
rascaba la oreja.
Dime, si te place, Hipólito Sidorovitch, ¿qué clase
de persona es tu mujer? ¿Cuáles son sus ideas? Eso es lo que necesito saber...
-A él nada le costaba mandar:
“¡Al trote!- --continuó Polozoff con una súbita explosión de ira-.
Pero a mí... ¡a mí...! Entonces me dije: “¡Quedaos con vuestros grados y
charreteras...! ¡Al demonio todo esto!”. Sí... ¿me hablabas de mi mujer? Pues
bien; mi mujer, es una mujer como todas las demás. Ya sabes el proverbio: “No
te metas los dedos en la boca.” Lo esencial es que hables mucho... para que por
lo menos haya algo de qué reírse unas miajas. Oye cuéntale de tus amores...
pero de un modo un poco ridículo, ¿sabes?
-¿Cómo un poco ridículo?
-¡Pues claro! ¿No me has dicho
que estás enamorado y que te quieres casar? Pues bien, ¡cuéntale eso!
Sanin se
sintió ofendido.
-¿Qué encuentras en eso de
ridículo?
Polozoff
giró un poco los ojos por única respuesta; chorreábale por la barba el zumo de
naranja.
-¿Es tu mujer quien te ha
enviado a Francfort para hacer compras? -dijo Sanin después de un rato de
silencio.
-En persona.
-¿Qué clase de compras?
-¡Caramba, juguetes!
-¿Juguetes? ¿Tenéis hijos?
Polozoff
retrocedió pasmado.
-¡Vaya una idea! ¿Tener yo
hijos? Ringorrangos de mujer... Adornos... Objetos de tocador...
-¿De modo que entiendes tú de
eso?
-Ciertamente.
-¿Pero no me has dicho que no te
mezclas para nada en los asuntos de tu mujer?
No me meto en sus otros negocios; pero en esto...
esto marcha por sí solo. No teniendo nada que hacer, ¿por qué no? Y mi mujer se
fía de mi gusto; además, sé regatear como se debe.
Polozoff
comenzaba a hablar a trompicones: estaba fatigado ya.
-¿Y es muy rica tu mujer?
-Como rica, lo es; pero, sobre
todo, para ella misma.
-Sin embargo, me parece que no
puedes quejarte.
-¿No soy su marido? ¡Pues no
fallaría más sino que no me aprovechase de ello! Y le soy muy útil; conmigo
todo va en su provecho.
-¡Soy muy acomodaticio!
Polozoff se secó la cara con un pañuelo de seda y
resolló con trabajo. Parecía decir: “¡Apiádate de mí; no me obligues a
pronunciar una palabra más. Ya ves qué trabajo me cuesta!”
Sanin le
dejó descansar y volvió a sumirse en sus meditaciones.
El hotel delante del cual paró el coche en Wiesbaden
era un verdadero palacio. En el acto
empezaron a tocar en el interior una porción de campanillas. Todo fue inquietud
y movimiento. Elegantes “caballeros” con frac negro se precipitaron hacia la
entrada principal. Un suizo, galoneado de oro, abrió de par en par la
portezuela del carruaje. Polozoff bajó de él como un triunfador, y comenzó la
tarea de subir la escalera perfumada y cubierta de alfombra. Un criado, también
vestido correctamente, pero de fisonomía rusa, su ayuda de cámara, se lanzó
delante de él. Anuncióle Polozoff que en lo sucesivo le llevaría siempre, pues
la víspera, en Francfort, habían descuidado llevarle agua caliente para la
noche. El rostro del criado expresó una consternación profunda, y se apresuró a
bajarse para sacarle los chanclos a su amo.
-¿Está en casa María Nicolavna?
preguntó Polozoff.
-Sí, señor... La señora se está
vistiendo... Come en casa de la condesa Lassunsa.
-¡Ah, en casa de ésa... !
Espera... Hay unos líos en el coche; sácalos y tráelos tú mismo... Y tú,
Demetrio Pavlovitch -añadió Polozoff-, vete a elegir dormitorio y vuelve dentro
de tres cuartos de hora... Comeremos juntos.
Polozoff continuó majestuosamente su camino. Sanin
eligió un dormitorio modesto, y después de arreglar el desorden de su tocado y
de descansar un rato, dirigióse a las inmensas habitaciones que ocupaba Su
Alteza (Durchlaucht) el príncipe von
Polozoff.
Encontró a este “príncipe” arrellanado en la más
lujosa de las butacas de terciopelo, en medio de un salón espléndido. El
flemático amigo de Sanin había tenido tiempo de tomar un baño y ponerse una
suntuosa bata de raso, cubríale la cabeza un fez de color de grosella. Sanin se
aproximó a él y lo estuvo contemplando durante algún tiempo. Polozoff
permanecía inmóvil como un ídolo; ni siquiera dirigió la cara hacia su lado, no
pestañeó, no produjo ningún sonido: aquello era verdaderamente un espectáculo
lleno de solenmidad. Después de haberlo admirado durante unos dos minutos, iba
Sanin a hablar, a romper aquel fatídico silencio, cuando de pronto abrióse la
puerta de la estancia inmediata y apareció en el umbral una señora joven y
guapa, vestida de seda blanca con encajes negros y diamantes en los brazos y en
el cuello: era María Nicolavna en persona. Sus espesos
cabellos castaños caían a los dos lados de la cabeza, trenzados, pero sin
levantar.
XXXIV
-¡Ah! -exclamó con una sonrisa medio cortada, medio
burlona, cogiendo con rapidez la punta de una de sus trenzas y clavando en
Sanin sus ojazos de un gris luminoso-. ¡Perdón! No sabía que estaba usted ya
aquí.
-Sanin Demetrio Pav1ovitch, mi amigo de la infancia
dijo Polozoff sin levantarse y sin mirar tampoco a Sanin, limitándose a
indicarlo con el dedo.
-Sí... ya sé... ya me habías hablado de este
caballero. Mucho gusto en conocer a usted... Pero oye, Hipólito Sidorovitch,
quería rogarte... Es tan torpe mi doncella...
-¿Quieres que te peine yo?
-Sí, sí, te lo suplico... Dispense usted -repitió
con la misma sonrisa, dirigiendo a Sanin un leve saludo de cabeza.
Giró sobre sí misma y desapareció, dejando tras de
sí la impresión armoniosa y fugitiva de un cuello encantador, unos hombros
admirables y un talle precioso.
Levantóse
Polozoff y salió por la misma puerta, con su paso tardo y patoso.
Sanin no dudó un minuto de que la dama estaba
advertida de su presencia en el salón del “príncipe Polozoff”. Ese tejemaneje
no había tenido más objeto que lucir su cabellera, que, en efecto, era
bellísima. Sanin hasta se regocijó en sus adentros de aquella salida de la
señora Polozoff.
“Ha querido fascinarme, deslumbrarme... ¿Quién sabe?
tal vez nos arreglemos acerca del precio de mis tierras.”
Su alma estaba tan ocupada por Gemma, que las demás
mujeres ya no tenían interés para él; apenas notaba la existencia de ellas. Por
aquella vez, se limitó a pensar:
“No me
habían engañado respecto a esta señora: no es del todo maleja!”
Si no se hubiese hallado en una tan excepcional
disposición de ánimo, su observación hubiera tomado sin duda otra forma. María
Nicolavna Kalychin de Polozoff era realmente una mujer muy digna de excitar la
atención. Y no porque fuese de una hermosura cabal: traslucíanse harto en ella
los inequívocos signos de su origen plebeyo. Tenía la frente baja, la nariz
algo carnosa y arremangada; no podía presumir por la finura de la piel, ni por
la elegancia de las extremidades. Pero ¿qué importaba eso? Al encontrársela,
todo hombre se hubiera detenido, no ante “la sacra majestad de la belleza”
(para decirlo como Puchin), sino ante la fuerza y la gracia de un buen palmito
de mujer en toda su florescencia, tipo medio ruso, medio bohemio; y no hubiera
sido “involuntario” ese homenaje de admiración.
Pero la
imagen de Gemma protegía a Sanin, como el “triple broncíneo escudo” de Horacio.
Al cabo de diez minutos, reapareció María Nicolavna
acompañada por su marido. Adelantóse hacia Sanin con esos andares cuyos
hechizos habían bastado para hacer perder la chaveta a muchos entes originales
de aquel tiempo, ¡ah!, tan lejano del actual. “Cuando esa mujer avanza hacia
uno, parece que le trae toda la felicidad de su vida” -pretendía uno de ellos.
Adelantóse hacia Sanin alargándole la mano, y le dijo en ruso con voz cariñosa
y contenida a la vez: Me esperaba usted, ¿no es así? Pronto vuelvo.
Sanin se inclinó respetuoso, pero María Nicolavna
desaparecía ya tras el cortinaje de la puerta. Volvió ella la cabeza por encima
de su hombro con rápida sonrisa, y desapareció dejando en pos de sí la misma
impresión de armonía.
Al sonreírse, no era uno ni dos, sino tres, los
hoyuelos que se le formaban en cada una de sus mejillas, y sus ojos se sonreían
aún más que sus labios, labios bermejos, regordetes y sabrosos, realzados en el
ángulo izquierdo por dos lunarcillos.
Polozoff atravesó con pesadez el salón y volvió a
dejarse caer de nuevo en la butaca. Permaneció silencioso como antes; pero, de
vez en cuando, una extraña mueca hinchaba sus carrillos descoloridos y surcados
por arrugas precoces.
Tenía aspecto avejentado, aunque sólo llevaba tres
años a Sanin. La comida que dio a Sanin y que (dicho está) hubiera satisfecho
al inteligente más difícil de gusto, pareció a Sanin de una duración
insoportable. Polozoff comía con lentitud, con reflexión y conocimiento de
causa, inclinábase con aire atento sobre su plato, y husmeaba, digámoslo así,
cada bocado. Al beber, se enjuagaba la boca con el vino antes de tragarlo, y
después hacía castañear los labios... Después del asado, emprendió sin más ni
más un largo discurso (¡pero, sobre qué asunto!) acerca de los carneros
merinos, de los cuales pensaba adquirir un rebaño completo, y habló de eso con
infinitos detalles, empleando los más tiernos diminutivos. Sorbió el café
ardiendo, no sin repetir muchas veces al mozo de comedor, con voz iracunda y
lacrimosa, que la víspera le habían servido frío el café, ¡frío como un
sorbete! Luego, con sus dientes amarillos y mal alineados, mordió la punta de
un tabaco habano y se durmió, según costumbre, con gran regocijo de Sanin, que
se puso a pasear sobre la blanda alfombra, soñando con el género de vida que
llevaría con Gemma y pensando en las noticias que iba a llevarle. Sin embargo,
Polozoff se despertó mucho más pronto que de costumbre, según él mismo hizo
observar; no había dormido más que una horita y media. Bebió un vaso de agua de
Seltz con hielo y se tragó siete u ocho grandes cucharadas de dulce, de dulce
ruso, que su ayuda de cámara le trajo en un verdadero bote de Kiev, de vidrio
verde oscuro, y sin los cuales decía que no hubiera podido vivir; después de lo
cual fijó sus ojuelos hinchados en Sanin y le preguntó si quería jugar con él duraki. Sanin aceptó con sumo gusto:
temblábanle las carnes ante el temor de que Polozoff empezase otra vez a
hablarle de los corderitos y de las ovejitas, y de las grasientas colitas de
treinta libras de peso.
El anfitrión y su huésped volvieron juntos a la
sala; un criado les llevó naipes y empezase la partida, naturalmente sin
traviesa.
Al regresar la señora Polozoff de casa de la condesa
Lassunsa, los halló entregados a esa distracción inocente.
En cuanto entró, al ver la baraja soltó una
estrepitosa carcajada. Sanin se levantó con prontitud, pero ella le dijo:
-¡Quédense y jueguen! No hago más que cambiar de
traje y vuelvo.
Luego
desapareció, quitándose los guantes y andando con un ruido de sedas.
En efecto, casi al momento regresó. Su elegante
vestido habíase trocado por una amplia bata de seda de color de lila, con manga
perdida; un grueso cordón de nudos y retorcido le apretaba la cintura. Sentóse
junto a su marido y aguardó a que éste perdiese la partida, para decirle:
-Vamos, mi gran boliche, basta ya. (Al oír Sanin
esta expresión de “boliche”, la miró con asombro, y ella le devolvió mirada por
mirada con alegre sonrisa que hizo aparecer todos sus hoyuelos.) -Ya basta
prosiguió-; veo que tienes ganas de dormir; bésame la mano y vete. Tenemos que
hablar Sanin y yo.
-No tengo ganas de dormir -dijo Polozoff,
levantándose con trabajo de la butaca-. Pero en cuanto a besarte la mano y
marcharme, no digo que no.
Presentóle
ella la palma de la mano, sin cesar de sonreírse y de mirar a Sanin.
También
le miró Polozoff, y salió sin decirle buenas noches.
-Ahora, hable, cuénteme -dijo la señora Polozoff con
vivacidad, poniendo a la vez en la mesa ambos codos desnudos y chocando unas con otras las uñas con aire de
impaciencia-. ¿Es cierto eso? Dicen que se casa usted.
Hecha esta pregunta, María Nicolavna inclinó la
cabeza un poco de lado para clavar en los ojos de Sanin una mirada más fija y
penetrante.
XXXV
La desenvoltura de los modales de la señora Polozoff
hubiera trastornado probablemente a Sanin desde el primer momento (aun cuando
no era enteramente novato y había corrido ya un poco de mundo), si no hubiese
creído ver en esa confianza y en esa familiaridad un feliz augurio para el buen
éxito de sus proyectos.
“Halaguemos los caprichos de esta millonaria” -dijo
para sí resueltamente; y con el mismo desenfado con que ella había hecho la
pregunta, respondió él:
-Sí, me caso.
-¿Con quién? ¿Con una
extranjera?
-Sí, señora.
-¿Hace poco que la conoce usted?
¿Vive en Francfort?
-Exacto.
-¿Y quién es ella? ¿Puede
saberse?
-Sin duda... Es la hija de un
confitero.
La señora
Polozoff enarcó las cejas, abriendo tamaños ojos, y dijo con lentitud:
-¡Eso es encantador! ¡Es admirable! ¡Yo creía que no se
encontraban en la tierra jóvenes como usted! ¿La hija de un confitero?
-Veo que eso le asombra a usted
dijo Sanin con aire digno-. Pero, en primer lugar, yo no tengo esas
preocupaciones.
-Ante todo -interrumpió la
señora Polozoff-, eso no me asombra de ninguna, y yo no tengo las menores
preocupaciones... Yo misma soy hija de un campesino. ¡Ah! ¿Qué dice usted a
esto? Lo que me pasma y me hechiza es ver a un hombre que no teme amar. Porque
usted la ama, ¿no es cierto?
-Sí.
-¿Es muy bonita, sin duda?
Esta
última pregunta apuró un poco a Sanin, pero ya no era tiempo de retroceder.
-Señora, ya sabe usted que cada
cual prefiere a todos los demás el rostro de aquella a quien ama; pero mi
prometida es verdaderamente muy bella.
-¿De veras? ¿Qué tipo tiene?
¿Italiana? ¿Clásica?
-Sí, tiene una perfecta
regularidad de facciones.
-¿No tiene usted su retrato?
-No.
Por
aquella época aún no existía la fotografía; apenas comenzaba a difundirse el
daguerrotipo.
-¿Cuál es su nombre de pila?
-Gemma.
-¿Y el de usted? -Demetrio.
-¿Y además?
-Pavlovitch.
-¿Sabe usted una cosa? -dijo la
señora Polozoff, siempre con la misma lentitud-. Me gusta usted mucho, Demetrio
Pavlovitch. Debe ser usted un hombre galante. Choque usted esa mano. Seamos
amigos.
Sus lindos dedos, blancos y robustos, apretaron con
vigor los dedos de Sanin. Su mano no era mucho más pequeña que la del joven,
pero era más tibia, más suave, y, por decirlo así, más viva.
-¿Sabe usted -dijo ella- qué
idea se me ocurre?
-¿Qué?
-¿No se enfadará usted? ¿No?
Dice usted que es su futura esposa... pero... ¿le es a usted eso absolutamente
necesario?
Sanin
frunció las cejas.
-Señora, no la comprendo a
usted.
María Nicolavna se echó a reír quedito, y con un
movimiento de cabeza echó atrás los cabellos que le caían sobre las mejillas.
-Decididamente es encantador
-dijo con aire meditabundo y distraído a la vez-. ¡Un verdadero caballero!
Después de esto, ¡vaya usted a creer a las gentes que
sostienen que ya no hay idealistas!
La señora Polozoff hablaba en ruso con una pureza
perfecta, el verdadero ruso de Moscú, la lengua del pueblo y no la de los
salones. -Estoy segura de que se ha educado usted en casita, en el seno de una
familia piadosa y patriarcal. ¿De qué gobierno es usted?
-Del de Tula.
-¡Ah! En ese caso, somos
paisanos. Mi padre... ¿Sabe usted, no es cierto, lo que era mi padre?
-Sí, lo sé.
-Era natural de Tula... Era un
Tulla. Vamos bien. -Pronunció enteramente al estilo del pueblo, y con intención
marcada, la palabra rusa que significa “bien”-. ¡Y ahora pongámonos manos a la
obra! -¡A la obra!... ¿Qué debo entender por esa frase?
Pero ¿qué
ha venido usted a hacer aquí?
Cuando entornaba así los ojos hacíase muy zalamera
su expresión, con un si es no es burlona; al abrirlos ¡cuán grandes eran! Su
brillo luminoso, casi frío, dejaba transpirar un no sé qué perverso y
amenazador. Lo que daba a sus ojos particular hermosura eran las cejas,
espesas, un poco prominentes y suaves como piel de marta cabellina.
-¿Quiere usted que le compre su
hacienda? prosiguió-. Necesita usted dinero para casarse, ¿no es verdad?
En
efecto.
-¿Necesita usted mucho?
Unos cuantos miles de francos para los gastos
primeros. Su marido conoce mis propósitos. Podría usted consultarle... Pediré
un precio muy módico.
La señora
Polozoff hizo con la cabeza un gesto negativo.
En primer lugar -comenzó a decir, tras una pequeña
pausa, dando golpecitos con las yemas de los dedos en la manga de Sanin-, no
tengo costumbre de consultar a mi marido, como no sea para asuntos de tocador,
en los cuales es maestro consumado; en segundo lugar, ¿por qué me dice usted
que me pedirá un precio muy módico? No quiero aprovecharme de que usted se
halla ahora enamorado y dispuesto a todos los sacrificios... ¡Qué! En vez de
alentarle en... (¿cómo lo diría yo bien eso...?) en sus nobles sentimientos,
¿iba yo a despojarle como se le quita a un tilo la corteza para hacer laptis?
Eso no se aviene con mis hábitos.
“En
ocasiones se me ocurre burlarme de las gentes, pero no de esa manera.”
Sanin no podía adivinar si se guaseaba o hablaba en
serio, pero decía para sí. “¡Oh, ahora es cuando hay que aguzar el oído!” Entró
un criado, trayendo en una gran bandeja un samovar ruso, un servicio de té,
crema, bizcochos, etcétera; puso todo ello encima de la mesa, entre Sanin y la
señora Polozoff, y se retiró.
La señora
Polozoff sirvió a su huésped una tasa de té.
-¿Le da a usted lo mismo esto?
-dijo, poniéndole el azúcar con los dedos... -Y, sin embargo, las tenacillas
del azucarero estaban encima de la mesa.
-¡Cómo! De una mano tan
hermosa...
No pudo acabar la frase, y por poco se ahoga con un
sorbo de té. Ella le tenía subyugado con un claro y fijo mirar.
-Si le hablé a usted de baratura
-continuó él-, es porque como en estos momentos se encuentra usted en el
extranjero, no debo suponer que tenga usted mucho dinero disponible; y además
comprendo que la venta... o la compra de una finca en tales condiciones tiene
algo de anormal, y debo tener esto en cuenta. Embarullábase Sanin y se atascaba
en sus frases, mientras que la señora Polozoff, que se había reclinado en el
respaldo de la butaca muellemente, le miraba cruzada de manos, con el mismo
claro y atento mirar. Concluyó él por detenerse.
-Siga, siga usted -dijo ella,
como para acudir en su auxilio-, le escucho, tengo sumo placer en oírle;
continúe usted.
Sanin se puso a describir su hacienda, indicó la
superficie, la situación topográfica, las dependencias; calculó qué renta podía
sacarse de ella... Hasta habló de la pintoresca posición de la casa, y la se
ñora Polozoff continuaba fijando en él su mirada cada vez más clara y
penetrante; y sus labios tenían ligeros temblores, en vez de sonrisas, y se los
mordía. Sanin concluyó por sentirse turbado, y se interrumpió por segunda vez.
-Demetrio Pavlovitch dijo la
señora Polozoff, reflexionó un instante, y repitió-: Demetrio Pavlovitch, ¿sabe
usted una cosa? Estoy convencida de que la compra de sus tierras será para mí
un ne gocio ventajosísimo y de que nos entenderemos. Pero necesito que me
otorgue usted... un par de días para pensarlo. Vamos, ¿es usted capaz de estar
dos días separado de su novia? No le detendré más tiempo si no quiere quedarse;
le doy mi palabra. Pero, si necesita usted hoy mismo dinero, le prestaría con
mucho gusto cinco o seis mil francos y luego los descontaríamos.
Sanin se
levantó exclamando:
No sé cómo agradecer, María Nicolavna, la cordial
benevolencia de que me da usted pruebas, a mí que soy casi desconocido... Sin
embargo, si usted se empeña en ello, prefiero aguardar su resolución acerca de
mi finca, y me quedaré aquí dos días.
-Sí, lo deseo, Demetrio
Pavlovitch. ¿Y le costará a usted mucho eso? ¿Mucho? Diga usted.
Amo a mi
prometida, y confieso a usted que la separación será un poco dura para mí.
-¡Ah! Es usted un hombre como no
los hay -dijo la señora Polozoff, exhalando un suspiro-. Le prometo no dejarle
languidecer demasiado. ¿Se va usted?
-Ya es tarde hizo observar
Sanin.
-Y le hace falta descanso
después de ese viaje, después de esa partida de naipes con mi marido. Diga
usted, ¿tenía usted mucha amistad con Hipólito Sidorovitch, mi marido?
Nos hemos
educado en el mismo colegio.
-¿Y era ya “tan así” en el
colegio?
-¿Cómo, “tan así”?
La señora Polozoff soltó una carcajada tan fuerte,
que todo el rostro se le puso encendido; llevóse el pañuelo a los labios, se
levantó luego de la butaca, fue al encuentro de Sanin contoneándose un poco con
dejadez, como una persona fatigada, y le alargó la mano.
Se
despidió Sanin de ella, y se dirigió a la puerta.
-Trate usted mañana de venir
temprano, ¿oye? -le gritó en el momento de trasponer los umbrales.
Echó él una mirada atrás, y la vio tendida en la
butaca con las dos manos puestas detrás de la cabeza. Las anchas mangas de la
bata se habían corrido hasta el nacimiento de los hombros; y era imposible no
decirse que la postura de esos brazos y todo aquel conjunto era de una
admirable belleza.
XXXVI
Largo tiempo después de medianoche, aún ardía la
lámpara en el cuarto de Sanin. Sentado detrás de la mesa, estaba escribiendo a
Gemma. Contábaselo todo: le describía los Polozoff, marido y mujer; por
supuesto, pintó sus propios sentimientos, y concluyó diciendo: “hasta la vista
¡¡¡dentro de tres días!!!- (con tres signos de admiración). A la
mañana siguiente llevó muy temprano la carta al correo y se fue a pasear al
jardín del Kursaal, donde estaba ya la orquesta tocando. Aún había poca gente.
Detúvose delante del quiosco de la orquesta, oyó una pieza con los principales
temas de Riberto il Diavolo, tomó café, y luego buscó una alameda
solitaria y se puso a meditar sentado en un banco.
El mango
de una sombrilla le pegó con viveza y hasta bastante fuerte en un hombro. Se
estremeció...
Vestida con un traje ligero, de un color gris
tirando a verde, con un sombrero de tul blanco, calzadas las manos con guantes
de piel de Suecia, fresca y sonrosada cual una aurora de estío, y presentando
aún en sus movimientos y miradas los vestigios de un sueño tranquilo y
reparador, estaba delante de él la señora Polozoff.
-Buenos días -dijo ésta-. Mandé hoy en su busca, pero ya había salido usted.
Acabo de beber mi segundo vaso... Figúrese: me ordenan tomar las aguas!...
¡Sabe Dios por qué! ¿Tengo facha de enferma? Y tengo que pasear durante una
hora entera. ¿Quiere usted ser mi acompañante? Tomaremos juntos el café.
-Ya lo he tomado—dijo Sanin,
levantándose-, pero sería para mí un encanto dar un paseo con usted.
-Entonces, venga el brazo...
Nada tema usted; no está aquí su novia, no le verá.
Sanin respondió con una sonrisa forzada. Cada vez
que la señora Polozoff le hablaba de su futura, sentía una impresión
desagradable. Sin embargo, se inclinó con aire sumiso... El brazo de María
Nicolavna se posó muelle y lentamente en el suyo, resbalando y adhiriéndose a
él.
-Vamos por aquí -dijo echándose
al hombro la sombrilla abierta-. Estoy como en mi casa en este parque, voy a
enseñarle los sitios bonitos. Y ¿sabe usted una cosa? (empleaba a menudo esta
muletilla)... Ahora no hablaremos de su asunto; nos ocuparemos de él, como es
sabido, después del desayuno. Ahora hábleme de sí mismo... a fin de que sepa yo
con quién trato. Y luego, si usted quiere, le hablaré de mí. ¿Quiere usted?
-Pero, María Nicolavna, ¿qué
puede haber de interesante?... -Espere, espere, no me ha comprendido bien no crea que quiero hacerme la
coqueta con usted—dijo la señora Polozoff, encogiéndose de hombros-. He aquí un
hombre que tiene por novia una verdadera estatua antigua; ¿e iba yo a coquetear
con él? No hay más sino que usted vende y yo compro. Y quiero conocer su
mercancía. Pues bien, ¡hágamela usted ver! No sólo quiero saber lo que compro,
sino también a quién se lo compro. Ésa es la regla de conducta de mi padre.
Veamos, comience... no nos remontaremos a su nacimiento; pero, por ejemplo,
¿hace mucho tiempo que se encuentra usted en el extranjero? ¿Dónde ha estado
usted hasta ahora? Pero no ande tan de prisa, que nadie nos corre.
Llego de
Italia, donde he pasado algunos meses.
-Por lo que veo, se pina usted
por todo lo italiano. Es muy raro que no encontrase usted por allá el objeto de
sus ansias. ¿Le gustan a usted las artes? ¿Qué prefiere, los cuadros o la
música? -Me gusta el arte en general. Amo todo lo bello. -¿Y la música?
-También la música.
-A mí no me gusta ni pizca. Sólo
me gustan las canciones rusas: y para eso en el campo, y sólo en primavera,
cuando se baila, ¿sabe usted?... Los adornos de abalorios, las camisetas rojas,
la hierba tiernecita en la pradera, el olorcillo grato a heno que sale de las isbas... ¡Eso es delicioso! Pero no se trata de mí. ¡Hable, pues! ¡Cuénteme
usted!
Al andar, la señora Polozoff miraba con tenaz empeño
a Sanin. Era buena moza, y su cara llegaba casi a la altura de la de su
caballero.
Púsose él a narrar desde luego, bien o mal y casi a
pesar suyo; abandonóse después, y acabó por hablar largo y tendido. Oíalo la
señora Polozoff con aire de inteligencia... y luego, tenía ella tal aspecto de
franqueza, que forzaba a ser francos a los demás. Poseía ese “terrible don de
la familiaridad” de que habla el cardenal de Retz. Habló Sanin de sus viajes,
de su vida en Petersburgo, de su juventud... Si María Nicolavna hubiese sido
una mujer de sociedad, de maneras refinadas, nunca se hubiese franqueado él
así; pero ella misma se había puesto ante él como un buen muchacho enemigo de
ceremonias. Sin embargo, ese “buen muchacho” iba junto a él con andar felino,
pesando leve sobre su brazo, y estudiando a hurtadillas la expresión de su
rostro; marchaba junto a él bajo la figura de una mujer joven, inspirando ese
atractivo ardiente y dulce, lánguido y lleno de embriaguez, que ciertas
naturalezas eslavas poseen, para perdición de nosotros, pobres pecadores; sólo
ciertas naturalezas, y aun así después de un cruce de razas conveniente.
Prolongóse aquella conversación durante más de una
hora. No se detuvieron un momento: andaban y andaban sin parar por las
interminables alamedas del parque, ya subiendo por la montaña y admirando el
paisaje, ya volviendo a descender y ocultándose en la sombra impenetrable del
valle, y siempre del brazo. Sanin hasta sentía por eso impulsos de despecho:
nunca se había paseado tan largo tiempo con Gemma, con su adorada Gemma... ¡Y
aquella mujer lo había acaparado!
-¿No está usted fatigada?
-preguntó más de una vez.
-Nunca me fatigo -respondía
ella.
Cruzáronse con escasos paseantes: casi todos la
saludaban, unos con respeto, otros con obsequiosidad. A uno de ellos, un joven
moreno, muy guapo mozo y elegantemente vestido, gritóle ella desde lejos con el
más puro acento parisiense:
-Conde, no hay que ir a verme,
¿sabe?, ni hoy ni mañana.
El Conde
se quitó en silencio el sombrero e hizo una profunda reverencia.
-¿Quién es? -interrogó Sanin,
dejándose llevar de esa mala costumbre de curiosidad preguntona, propia de
todos los rusos. -¿Ése? ¡Un franchutillo...! Hay muchos mariposeando por
aquí... También él me corteja. Pero llegó la hora de tomar el café. Volvamos a
casa: paréceme que ya ha habido tiempo para que le entre a usted apetito. A la
hora que es, mi hombre debe haber abierto sus ventanas.
“¡Mi hombre! ¡Sus ventanas! repitió Sanin para sus
adentros...- ¡Y decir que habla con tanta elegancia francés! ... ¡Qué pícara de
mujer!”
Tenía razón la señora Polozof£ Cuando ella y Sanin
llegaron al hotel, “su hombre”, o mejor dicho de otro modo, “su boliche”,
estaba ya sentado ante una mesa servida, con su inmutable fez de color de grosella
en la cabeza.
-¡Ya no te esperaba! -exclamó,
gesticulando con cara de pocos amigos-. Había resuelto tomarme el café. sin ti.
-Eso no le hace, nada importa
eso -dijo ella alegremente-. ¿Te has enfurruñado? Eso es magnífico para tu
salud. Sin eso correrías peligro de que se te juntasen las mantecas por
completo. Ya ves, te traigo un huésped. ¡Llama a escape! ¡Vamos, tomemos café,
del mejor, en tazas de porcelana de Sajonia, y sobre un mantel como el ampo de
la nieve!
Quitóse el sombrero y los guantes, y golpeó una mano
contra otra. Polozoff la miraba con el rabillo del ojo.
-¿Qué demonios tienes, María
Nicolavna, que tanto te rebulles hoy? dijo a media voz.
-Eso no te importa, Hipólito
Sidorovitch. ¡Llama! Siéntese, Demetrio Pavlovitch, y tome la segunda taza de
café. ¡Ah, qué divertido es mandar! ¡No conozco mayor placer en el mundo!
-Cuando te obedecen -rezongó el marido.
-¡Exacto: Cuando me obedecen!
Eso es precisamente lo que me hace gracia. Sobre todo, contigo; ¿no es así,
boliche? ¡Ah, aquí está el café!
Había un anuncio de teatro en la enorme bandeja que
traía el criado. Al momento se apoderó de él la señora Polozoff.
-¡Un drama! --dijo con enfado-.
¡Un drama alemán! En último término, siempre es menos malo que una comedia
alemana. Haz que me tomen un palco, una platea, no...un palco de los
extranjeros, la Fremden-Loge dijo al
criado.
-Pero, ¿y si la Fremden-Loge
está ya apartada para Su Excelencia el señor gobernador de la ciudad? (Seine Excelenz
der Herr Stadt-Director?) preguntó
el criado.
-Dale diez táleros a Su
Excelencia; pero necesito el palco, ¿oyes?
El criado bajó la cabeza con
aire sumiso.
-Demetrio Pavlovitch, vendrá usted conmigo al
teatro. Los actores alemanes son detestables, pero vendrá usted... ¿Sí? ¡Sí!
¡Qué amable! Y tú, boliche, ¿no vendrás?
-Como gustes -respondió Polozoff
hablando dentro de la taza, que se había aproximado a la boca.
-¿Sabes una cosa? No vengas. No
haces más que dormir en el teatro; y luego no entiendes gran cosa el alemán. He
aquí más bien lo que deberás hacer: escribe a nuestro administrador, ¿sabes?, a
propósito de nuestro molino, a propósito de la molienda de los aldeanos. Dile
que ¡no quiero, no quiero y no quiero! Ya tienes ocupación para toda la
velada...
-Bueno, bueno -respondió
Polozoff.
Vamos, perfectamente, eres buen chico. Y ahora,
señores, puesto que ya hemos hablado del administrador, ocupémonos de nuestro
gran negocio. Demetrio Pavlovitch, en cuanto el mozo haya llevado el servicio,
nos dirá usted todo lo que concierne a su hacienda, en qué consiste, qué precio
pide usted por ella, cuánto quiere usted como arras, en una palabra, todo,
todo. (¡Al cabo! -pensó Sanin-, ¡gracias a Dios!) Ya me había dicho usted
cuatro palabras, lo recuerdo; me describió admirablemente el jardín, pero
“boliche” no estaba con nosotros... Que escuche; siempre dirá alguna cosa. Me
es muy grato pensar que puedo facilitar su boda... Le había prometido ocuparme
de usted después del desayuno, y cumplo siempre mis promesas, ¿no es así,
Hipólito Sidorovitch?
-La verdad, verdad: no engañas a
nadie.
-¡Nunca! Y jamás engañaré a
nadie. Vamos, Demetrio Pavlovitch, exponga su asunto, como decimos nosotros en
el Senado. Sanin se puso a exponer su asunto, es decir, a describir de nuevo su
finca; pero entonces ya no habló de la belleza del paisaje, y se limitó a
hablar de “hechos y cifras”, invocando de tiempo en tiempo el testimonio de
Polozoff para confirmar sus dichos. Pero Polozoff no respondía sino con
gruñidos y cabezadas. ¿Aprobaba o desaprobaba? El mismo demonio nada hubiera
puesto en claro. Por lo demás, la señora Polozoff se pasaba muy bien sin la
ayuda de su marido. ¡Dio pruebas de tales aptitudes comerciales y
administrativas, que había para quedarse en Babia! Conocía al dedillo todos los
secretos de la gerencia de un dominio, se informaba cuidadosamente de todo,
entraba en todos los detalles, cada una de sus preguntas iba derecha al fin y
ponía puntos a las íes. Sanin no esperaba semejante examen, y no se había
preparado para él. Y ese examen duró hora y media. Sanin experimentó todas las
emociones de un acusado en el banquillo de los reos, ante un juez severo y
perspicaz. “¡Pero esto es un interrogatorio!” -decíase con angustia-. Al
preguntarle, se reía la señora Polozoff como para decir que aquello era una
broma; mas no por eso estaba a gusto Sanin, y le goteaba el sudor en la frente
cuando en el curso de aquel interrogatorio se veía obligado a dejar ver que
comprendía con harta vaguedad los términos técnicos rusos que significan
“hijuela” o “tierra de labor”.
-¡Muy bien! -dijo por fin la
señora Polozoff-. Ahora conozco su posesión... lo mismo que usted. ¿Cuánto pide
usted por alma?
(Por aquella época, como se sabe, el valor de una
propiedad rústica se fundaba en el número de colonos siervos que contenía).
-Pues... me parece... que no se
puede pedir menos de... quinientos rublos -dijo Sanin con esfuerzo.
-(¡Oh, Pantaleone, Pantaleone! ¿Dónde estabas?
Entonces hubiera sido el verdadero momento oportuno para que exclamases: ¡Barbari!).
María
Nicolavna alzó los ojos al cielo para
reflexionar, y dijo por fin:
-A fe mía, no me parece
exagerado el precio. Pero me he tomado dos días de plazo, y tendrá que esperar
usted hasta mañana. Creo que nos entenderemos, y entonces me dirá usted cuánto
quiere de arras. Y ahora ¡basta cosi! -dijo con viveza, al ver que
Sanin iba a hablar-. Basta de ocuparse del vil metal. ¡Para mañana los
negocios! ¿Sabe usted? Ahora le permito irse hasta... (miró la hora en un
relojito esmaltado que llevaba en la cintura... hasta las tres. Hay que darle a
usted tiempo de respirar. Váyase a la ruleta.
No juego
a ningún juego de azar -dijo Sanin.
-¡Imposible! Pero decididamente
es usted la perfección en persona. Por supuesto, yo tampoco juego. Pero vaya
usted a la sala de juego y mire las caras. Las hay de mistó. Verá una vieja
patilluda y bigotuda magnífica. Va también un príncipe, paisano nuestro, que
tampoco es malejo: tiene una testa majestuosa y nariz aguileña; y cuando pone
en el tapete un thaler, se hace a escondidas la señal de
la cruz debajo del chaleco. Lea usted los periódicos, paséese, haga lo que
quiera, en una palabra... Y a las tres, le espero... a pie
firme. Tendremos que
comer más temprano. Entre estos pícaros de alemanes, los teatros se abren a las
seis y media. Tendióle ambas manos, diciéndole-: Sin rencor, ¿no es así?
-¡Oh, María Nicolavna! ¿Por qué la he de querer mal?
Porque le he martirizado. Aguarde, que otras cosas ha de ver muy diferentes.
¡Hasta la vista! -añadió entornando los ojos; y todos sus hoyuelos
aparecieron a la vez en sus mejillas, que se pusieron como la grana.
Inclinóse Sanin y salió. Alegre carcajada resonó
detrás de él, y he aquí la escena que vio reflejarse en un espejo por delante
del cual pasaba a la sazón: la señora Polozoff había metido el fez de color de
grosella hasta las narices de su marido, quien se resistía dando manotazos al
aire débilmente con ambas manos.
XXXVII
¡Oh, qué hondo suspiro de alegría exhaló Sanin al
encontrarse en su cuarto! Sí, María Nicolavna había dicho la verdad: necesitaba
respirar, descansar de todos estos nuevos conocimientos, encuentros y
conversaciones, de ese extraño vapor que se le subía al cerebro y al corazón,
de aquella medio intimidad con una mujer que no era absolutamente nada para él.
¿Y en qué momento sucedía eso? ¡Casi al siguiente día en que Gemma le confesara
su amor, en que se había hecho su prometido! Pero ¡eso era un sacrilegio! En el
fondo de su alma pidió mil veces perdón a su casta y pura paloma, aunque no
pudo formular ninguna acusación precisa contra sí mismo; mil veces besó la
crucecita que ella le había dado. Si no hubiese tenido la esperanza de terminar
pronto y bien el asunto que le trajo a Wiesbaderi, hubiera huido a todo correr
hacia su dulce Francfort, hacia aquella querida casa que era la suya, hacia su
Gemma, para arrojarse a sus pies adorados... Pero ¿qué hacer? Era preciso
apurar el cáliz hasta las heces, vestirse, ir a comer y desde allí al teatro...
¡Con tal de que al siguiente día pudiera quedarse libre temprano!
Otra cosa le tenía trastornado y de mal temple.
Pensaba con amor, con ternura, con transportes de gratitud, en su querida
Gemma, en su existencia cuando viviesen juntos los dos, en la felicidad que le
aguardaba en lo venidero; y entre tanto aquella extraña mujer, aquella señora
Polozoff se erguía sin descanso... ¡qué digo, se erguía!... se le metía
incesantemente por los ojos (así se expresaba Sanin en su despecho, en su
cólera); no podía desprenderse de su imagen, ni dejar de oír su voz y sus
discursos, ni aun orearse de la impresión del perfume particularísimo, fresco,
sutil y penetrante como el aroma de los lirios. Es evidente que esa mujer se
proponía engatusarle y burlarse de él... Pero ¿con qué fin? ¿Qué quería? ¿Y qué
clase de hombre era ese marido? ¿En qué relaciones estaba con su mujer? ¿Y a
asunto de qué se le ponían en la cabeza tales problemas a él, a Sanin, que no
tenía ninguna razón para importarle un bledo de Polozoff ni de su mujer? ¿Y por
qué no podía conseguir desechar esa imagen importuna, ni aun en los momentos en
que dirigía todas las aspiraciones de su alma hacia otra imagen luminosa y pura
como la claridad del día? Aquellos ojos atrevidos, de iris acerado, aquellos
hoyuelos en las mejillas, aquellas trenzas serpenteadoras, todo aquello, ¿se
había verdaderamente agarrado tanto a él, que no tuviese ya fuerzas para
sacudirlo, para arrojarlo lejos de sí?
“¡Necedades!;
-se dijo-. Todo eso desaparecerá sin dejar vestigios... Pero ¿me dejará partir
mañana?”
Mientras se hacía todas estas preguntas, acercábase
la hora de las tres. Se puso la levita negra; y después de un paseo por el
parque, dirigióse a las habitaciones de los Polozoff.
Encontró en su salón un secretario de Embajada,
alemán, alto como un espárrago, rubio, con perfil acaballado y rayita en el
testuz (eso era una novedad por aquel tiempo). Y... ¡oh sorpresa! ... se
encontró con su Dónhof, el oficial con quien se había batido pocos días antes.
Lo que menos esperaba era encontrarlo en aquel salón; sin embargo, reprimiendo
una involuntaria turbación, cruzó con él un saludo.
-¿Se conocían ustedes? -preguntó
la señora Polozoff, a quien no se le había pasado por alto el desasosiego de
Sanin.
-Sí, ya he tenido el honor... -dijo Dónhof--. E
inclinándose ligeramente hacia María
Nicolavna, añadió a media voz con una sonrisa-: Es él mismo... el compatriota...
el ruso de que he hablado...
-¡Imposible! -dijo ella en el
mismo tono, amenazándole con el dedo.
Y enseguida se creyó en el caso de despedirlo, así
como al secretario larguirucho, quien, según todas las apariencias, estaba de
ella enamorado hasta morir, porque cada vez que la miraba abría una boca de a
palmo. Dónhof se retiró en el acto, con la amable sumisión de un amigo de la
casa que comprende con media palabra lo que de él se exige. En cuanto al
secretario, tenía ganas de remolonear, pero María Nicolavna lo despachó sin la
menor ceremonia del mundo.
-Váyase usted con su soberana
-le dijo-. (Por aquel entonces hallábase en Wiesbaden cierta princesa di Monaco). ¿Qué tiene usted que hacer en
casa de una plebeya como yo?
-Permítame usted, señora
-replicó el malaventurado secretario-: todas las princesas del mundo...
Pero la
señora Polozoff no tuvo piedad. Marchóse el secretario, con su raya cogotera y
todo.
María Nicolavna iba puesta aquel día como más le
“favorecía”, según modismo de nuestra abuela. Llevaba un traje de tafetán de
color de rosa, con mangas á la Fontange, y un gran brillante en cada
oreja. No relumbraban menos sus ojos que sus diamantes; parecía estar de buen
humor y en un día feliz.
Hizo a Sanin sentarse junto a ella y se puso a
hablarle de París, adonde iba a marchar dentro de pocos días; de los alemanes,
que la cargaban, y (según su dicho) son necios cuando quieren parecer lis tos,
y tienen ingenio a contratiempo cuando quieren ser bestias. De pronto, le
preguntó a quemarropa:
-¿Es cierto que hace poco se
batió usted por una dama, con ese oficial que ahora mismo estaba aquí?
-¿Cómo lo sabe usted? -preguntó
Sanin, estupefacto.
-No hay cosa que yo no sepa, Demetrio Pavlovitch.
Pero también sé que tenía usted razón una y mil veces, y que se condujo como un
cumplido caballero. Dígame, ¿era su novia aquella dama? Sanin frunció
ligeramente el entrecejo.
-No digo nada, ya no digo nada más -apresuróse a
añadir la señora Polozoff-. Eso le disgusta a usted; perdóneme, ¡no lo volveré
a hacer más! ¡No se enfade.
En ese
momento salió Polozoff de la estancia inmediata, con un periódico en la mano.
-¿Qué se te ocurre? ¿Está puesta
la mesa?
-Enseguida van a servir la
comida. Pero mira lo que acabo de leer en La
Abeja del Norte... el príncipe Grobomoy ha muerto.
La señora
Polozoff levantó la cabeza.
-¡Dios lo tenga en la gloria!
Todos los años -prosiguió, dirigiéndose a Sanin-, en el aniversario de mi
nacimiento, por febrero, llenaba de camelias todas mis habitaciones. Pero eso
no bastaría para hacerme pasar el invierno en Petersburgo. ¿Qué edad tenía?
¿Sesenta cumplidos? -preguntó a su marido.
-¡Sí! Describen su entierro en
el periódico. Toda la corte estuvo en él. Y mira unos versos que con ese motivo
ha hecho el príncipe Kovrichkin.
-¡Ah! Muy bien.
-¿Quieres que te los lea? El
príncipe le llama hombre de buen consejo.
No me conformo. ¡Hombre de buen consejo! Era
sencillamente el hombre de Tatiana Jurievna. (La señora Polozoff hacía un
equívoco con la palabra rusa, que significa a la vez hombre y marido.) Vamos a
comer. Los vivos deben pensar en vivir. Demetrio Pavlovitch, su brazo.
La comida fue espléndida, como la víspera, y
animadísima. La señora Polozoff sabía narrar muy bien; raro don en las mujeres,
sobre todo en las mujeres rusas. No se paraba en barras para expresar su
pensamiento; sobre todo, a sus compatriotas no les dejó hueso sano. Más de una
frase atrevida y oportuna provocó la risa de Sanin. Lo que detestaba más que
nada era la hipocresía, las frases pretenciosas y la mentira... ¡Y la
encontraba en casi todas partes! Halló en los recuerdos de su infancia
anécdotas bastante extrañas de su parentela. Hacía gala y tenía vanidad del
humilde medio donde había comenzado su vida, diciendo:
-Yo he gastado zuecos de corteza (laptis), como Natalia Kirilovna
Narychkin, la madre de Pedro el Grande.
Sanin pudo convencerse de que ella había pasado ya
por muchas más pruebas que la mayoría de las mujeres de su edad.
Polozoff comía con reflexión, bebía con atención y
se limitaba a fijar de vez en cuando en Sanin y en su mujer una mirada de sus
pupilas blanquecinas, en apariencia ciegas y en realidad muy penetrantes.
-¡Qué galante eres! -exclamó la
señora Polozoff, dirigiéndose a él-. ¡Qué bien has hecho mis encargos en
Francfort! En recompensa, te hubiera besado en la frente, pero no tendrás
empeño en ello, ¿eh?
‘No tengo
empeño en ello -respondió Polozoff, cortando con cuchillo de plata una piña de
América.
María
Nicolavna le miró, tocando el tambor en la mesa con las puntas de los dedos.
-¿Entonces, subsiste nuestra
apuesta? -dijo ella con aire significativo.
-Subsiste.
-Perfectamente. Tú perderás.
Polozoff
sacó hacia delante la quijada, y dijo:
-¡Hum! Por esta vez, María
Nicolavna, por más que eches mano de todos tus recursos, se me figura que
perderás.
-A propósito, ¿de qué es esa
apuesta? ¿Se puede saber? -preguntó Sanin.
-No... ¡todavía no! -respondió la
señora Polozoff, soltando el trapo a reír.
Dieron las siete. El criado anunció que el coche
estaba a la puerta. Polozoff dio algunos pasos para acompañar a su mujer, y
volvióse inmediatamente a su butaca.
-¡Mucho ojo, no te olvides de la
carta al administrador! -le dijo a gritos la señora Polozoff desde la antesala.
-Escribiré. Vete tranquila. Yo
soy un hombre de orden.
XXXVIII
En 1940, el teatro de Wiesbaden
era de ruin aspecto; y la compañía, en
su pomposa y mísera vulgaridad, en su rutina trivialmente concienzuda no
excedía el grueso de un pelo de nieve normal de todos los teatros alemanes de
hoy, nivel de que en estos últimos tiempos daba exacta medida la compañía de
Karlsruhe, bajo “la ilustre dirección de Herr
Duvrient”.
Detrás del palco tomado por “su alteza la señora von Polozoff” (¡sabe Dios cómo se las
arreglaría el criado para conseguirlo, pues claro es que no iría a revendérselo
el Stadt-Director!), detrás de ese
palco había una piececita rodeada de divanes. Antes de entrar allí, la señora
Polozoff rogó a Sanin que levantase las pantallas que separaban el palco del
teatro.
-No quiero que me vean -dijo-; de lo contrario,
todos van a venir.
Le hizo colocarse junto a ella, vueltos de espalda
al teatro, de manera que el palco pareciese vacío.
La orquesta tocó la obertura de Le Nozze di Figaro. Alzóse el telón y comenzó la obra.
Era una de esas innumerables lucubraciones
dramáticas en que autores eruditos, pero sin talento, desenvolvían, con sumo
trabajo e igual desmaña, con un lenguaje castigado y sin vida, alguna idea
“profunda” o “de interés palpitante”, y donde, al presentar lo que llamaban un
conflicto trágico, producían un aburrimiento... que tentado estoy de llamar
asiático, como hay un cólera de este nombre. La señora Polozoff escuchó con
paciencia la mitad del acto; pero cuando, habiendo sabido el primer galán la
traición de su amada (iba vestido con un redingot
de color de canela, de mangas anchas y cuello de velludo, chaleco a rayas
con botones de nácar, calzón verde con polaina de cuero charolado y guantes de
gamuza), cuando el primer galán, poniéndose ambas manos en el pecho y sacando
los codos en ángulo recto, se puso a aullar exactamente lo mismo que un perro,
ya no pudo aguantar la señora Polozoff.
El último actor francés del último teatrillo de
provincias representa mejor y con más naturalidad que la primera de las
celebridades alemanas -exclamó indignada y se retiró al antepalco; y dan do con
la mano en el sitio vacío junto a ella en el diván, dijo a Sanin-: Venga usted
a sentarse aquí; charlemos un poco. Obedeció Sanin, y la señora Polozoff se le
quedó mirando: Es usted dócil, por lo que veo; su mujer le encontrará de buen
componer. Ese furioso -continuó, señalando con el abanico al actor que seguía
en sus aullidos (representaba un papel de preceptor)-, ese furioso me recuerda
mi juventud. Yo también estuve enamorada de un preceptor. Era mi primera; no,
mi segunda pasión. La primera vez fue de un hermano lego del monasterio de
Donskoy. Tenía yo diez años y sólo le veía los domingos. Llevaba puesta una
sotanilla de terciopelo, perfumábase con agua de alhucema, y cuando cruzaba por
entre el gentío, incensario en mano, decía en francés a las señoras: pardon exhinsez.
Nunca levantaba la vista, y tenía unas
pestañas, mire usted, ¡así de largas! (La señora Polozoff midió con la uña del
pulgar la mitad del dedo meñique de la misma mano). Mi preceptor se llamada monsieur Gaston.
Debo decir a usted que era un hombre
terriblemente sabio y muy severo, un suizo. ¡Y qué enérgica cabeza, patillas
negras como el ébano, perfil griego y labios que parecían de hierro cincelado!
¡Le tenía un miedo! Es el único hombre de quien he tenido miedo en mi vida. Era
preceptor de mi hermano, quien murió después... ¡ahogado! Una gitana me predijo
también que moriría yo de muerte violenta; pero ésas son necedades. No creo en
esas cosas. Figúrese usted a Hipólito Sidorovitch ¡con un puñal en la mano! ...
-Se puede morir de otro modo que
de una puñalada -objetó Sanin.
-Ésas son tonterías. ¿Es usted
supersticioso? Yo, ni pizca. Y luego, no se evita usted lo que tiene que
suceder. Monsieur Gaston vivía en nuestra casa, encima de
mi cuarto. Acontecíame a veces despertarme de noche y oír sus pasos -se
acostaba muy tarde-, y mi corazón sentía un deliquio de veneración... o de otro
sentimiento muy diferente. Mi padre apenas sabía leer y escribir, pero nos hizo
dar una buena educación. ¿Sabe usted que comprendo el latín? -¡Usted! ¿El
latín?
-Sí... yo. Me lo enseñó monsieur Gaston: he leído con él toda la Eneida. Es
muy aburrida, pero tiene algunos pasajes bonitos. ¿Recuerda usted cuando Dido y
Eneas, en el bosque...?
-Sí, sí lo recuerdo -dijo a
escape Sanin. Hacía mucho tiempo que tenía olvidada “la lengua de Lacio” y
nunca se familiarizó con la Eneida.
Miróle la
señora Polozoff, según su costumbre, un poco de lado y de arriba abajo.
-Sin embargo, no vaya usted a
creer que soy una sabihonda. ¡Oh, eso sí que no! No soy marisabidilla y no
poseo ningún talento. Apenas si sé escribir, ¡de veras! No sé recitar en voz
alta, ni tocar el piano, ni dibujar, ni coser, ¡nada! Ahora, ya me conoce
usted, ¡se acabó! -dijo separando los brazos-. Le cuento a usted todo esto, en
primer término por no oír a esos gaznápiros -dijo señalando el escenario donde
el actor había cedido el puesto a una actriz que aullaba lo mismo que él,
también con los codos adelante-, y después, porque estaba en deuda con usted:
¡ayer de mañana no me habló usted más que de sí propio!
-Tuvo usted a bien interrogarme
-objetó Sanin. María Nicolavna se volvió bruscamente hacia él.
-¿Y usted no tiene deseo de
saber qué clase de mujer soy? Por supuesto, no me extraña -añadió dejándose
otra vez caer en los almohadones del diván-. Un hombre que va a casarse, y
además por amor, y después de un desafío, ¡cómo ha de tener tiempo de pensar en
otra cosa!
Con aire pensativo, la señora Polozoff se puso a
morder el mango del abanico con sus dientes un poco grandes, pero iguales y
blancos como la leche. Y Sanin aún sentía subírsele a la cabeza aquel vapor que
le parecía envolverle desde la víspera. La conversación entre la señora
Polozoff y él era a media voz, casi cuchicheando; y eso le turbaba y agitaba
aún más...
¿Cuándo
concluiría todo aquello?
Los caracteres débiles nunca concluyen nada por sí
solos; siempre esperan que venga por sí mismo el final.
En ese instante, alguien estornudó en el escenario;
el autor había acotado en su obra ese estornudo, a manera de “elemento o
momento cómico”. Claro está que ése era el único “elemento” cómico de la pieza;
y echáronse a reír los espectadores a quienes contentaba ese “momento”.
También
esa risa encolerizó a Sanin.
En ciertos ratos no sabía de un modo positivo si
estaba alegre o furioso, si se aburría o se recreaba. ¡Ah, si Gemma le hubiese
visto! -¡Verdaderamente, es muy extraño! -dijo de pronto María Nicolavna-. Un
hombre dice lo más tranquilo del mundo: “Tengo la intención de tirarme al
agua”. Y sin embargo, ¿qué diferencia hay? Esto es extraño, ¡de veras!
Sanin
hizo un movimiento de paciencia.
-¡Hay gran diferencia, señora!
Hay gentes que de ningún modo temen tirarse al agua: los que saben nadar. En
cuanto a la extrañeza de ciertos matrimonios... puesto que hemos llegado a
hablar de eso...
Detúvose
y se mordió la lengua.
La señora
Polozoff le dio en la palma de la mano un golpecito con el abanico.
--Siga usted, Dimitri
Pavlovitch, siga. Sé lo que me va a decir: “Puesto que hemos llegado a hablar
de eso, tenga la bondad, señora, de decirme si puede imaginarse nada más
estrafalario que su casa miento, puesto que conozco a su marido desde la
infancia”. Eso es lo que me iba a decir usted, que sabe nadar.
Dispénseme...
-¡Qué! ¿No es así, no es así?
-repitió con insistencia-. Vamos, míreme de frente y dígame si me equivoco.
Sanin ya no supo dónde esconder los ojos y al cabo
dijo: -Pues bien... ¡sí!... es verdad, puesto que me exige usted que sea franco
en absoluto.
María
Nicolavna meneó la cabeza.
-Sí... sí... ¿Y no se pregunta
usted, que sabe nadar tan bien, cuál ha podido ser el motivo de una acción
tan... estrambótica, por parte de una mujer que no es pobre, ni tonta... ni
fea? Eso a usted tal vez no le interese. No importa: le diré el motivo; no
ahora, sino dentro de poco, cuando se acabe el entreacto. Siempre estoy con
miedo de que entre alguno.
En efecto, no bien hubo dicho esta frase la señora
Polozoff, entreabrióse la puerta exterior del palco y vieron penetrar en él una
cara rubicunda y reluciente, joven aún pero desdentada ya, de nariz colgante,
melenas largas y lacias; orejas enormes como las de un murciélago, y unos
ojillos miopes y curiosos tras de los lentes de sus quevedos de oro. Dio un
vistazo en redondo al palco, vio a la señora Polozoff, tomó una expresión
obsequiosa y se inclinó. Alargóse enseguida un pescuezo surcado por gruesas venas
salientes...
La señora
Polozoff agitó con rapidez el pañuelo, como para ahuyentar un insecto
inoportuno.
-¡No estoy aquí! (Ich bin nicht za Hause... ¡Kch! ¡Kch!)
La carátula se sonrió con aire de asombro y de contrariedad
diciendo con voz hiposa, a imitación de Lizt, a los pies del cual se había
arrastrado:
-¡Muy bien, muy bien! (¡Sehr gut! ¡Sehr gut!) -desapareció.
-¿Quién es ese personaje?
preguntó Sanin.
-¿Eso?... Es el crítico de Wiesbaden: Litterat o lacayo, como usted guste. Por
ahora, está a sueldo del empresario; y, por consiguiente, tiene la obligación
de elogiarlo todo y extasiarse con motivo de todo; pero en el fondo, es un
amasijo de horrible bilis, que ni siquiera se atreve’a derramar. No estoy
tranquila. Horriblemente chismoso, va a ir por todas partes contando que estoy
en el teatro. ¡Bah! ¡Tanto peor!
La orquesta tocó un vals; levantóse el telón... En
el escenario volvieron a empezar a más y mejor las contorsiones y los aullidos.
-Vamos -dijo la señora Polozoff,
yéndose de nuevo a recostar en los cojines del diván-; puesto que le tengo
cogido y se ve obligado a hacerme compañía, en vez de disfrutar de la sociedad
de su novia... No gire usted los ojos, ni se encolerice...; le comprendo a
usted, y ya le he prometido devolverle su libertad plena y absoluta, pero ahora
escuche mi confesión. ¿Quiere usted saber lo que amo por encima de todas las
cosas?
-¡La libertad!
Al oír esta respuesta, la señora Polozoff puso su
mano sobre la mano de Sanin, y dijo con particular acento y una voz grave
impregnada de evidente franqueza:
-Sí, Demetrio Pavlovitch; la
libertad, ante todo y sobre todo. Y no se figure que haga gala: no, no hay por
qué alardear; sólo que así es para mí, y así será hasta el día de mi muerte. En
mi infancia vi muy cerca la servidumbre y he sufrido en demasía por esa causa.
Mi preceptor, monsieur Gaston, fue quien me abrió los ojos. Tal vez comprenda usted ahora por qué me he casado con Hipólito
Sidorovitch: con él soy libre, ¡completamente libre, como el aire, como el
viento!... Y yo sabía esto antes de casarme: sabía que con él iba a ser libre
como un cosaco nunca avasallado.
La señora
Polozoff guardó silencio un instante, y dejó a un lado el abanico; luego
prosiguió así:
-Otra cosa le diré: no detesto
el meditar... es divertido y, además, para eso se nos ha dado el entendimiento.
Pero en cuanto a reflexionar las consecuencias de mis acciones, jamás lo hago;
y no me importa un bledo de mí misma, y no me quejo... ¿para qué me serviría?
Tengo un proverbio para mi uso: “Esto no tiene consecuencias”. No sé cómo
traducir esto al ruso. Y en verdad, ¿qué es lo que tiene consecuencia? Aquí, en
la tierra, no me pedirán cuenta de mis acciones; y allá arriba (levantó un
dedo)... allá arriba que suceda lo que Dios quiera. ¿Me escucha usted? ¿No le
aburre esto?
Sanin
escuchaba inclinado; levantó la cabeza.
Esto no me aburre de ningún modo, María Nicolavna, y
la escucho con curiosidad. Sólo que... lo confieso... me pregunto por qué me
dice usted todo esto.
La señora
Polozoff se aproximó a él imperceptiblemente.
-Se pregunta usted... ¿Es usted
tan tardo de comprensión... o tan modesto?
Sanin
levantó más la cabeza.
Le digo
todo esto -continuó María Nicolavna con un tono tranquilo nada en armonía con
la expresión de su cara- porque me gusta usted mucho. Sí, no se asombre, no es
broma; porque después de haberle encontrado, desagradaríame el pensar que usted
conservase de mí una impresión... no favorable ni desfavorable, eso me sería
igual... sino falsa. Por eso le he traído aquí; por eso estoy a solas con usted
y le hablo con tanta franqueza... Sí, sí, con franqueza. Yo no miento. Y fíjese
usted bien, Demetrio Pavlovitch; sé que se halla usted enamorado de otra y que
va a casarse con ella... Así, ¡haga usted justicia a mi desinterés!
Echóse a reír, pero se detuvo de pronto y permaneció
inmóvil, como ensimismada en sus propias palabras; sus ojos, por lo común tan
alegres y atrevidos, adquirieron por un instante una expresión como de timidez
y hasta de tristeza.
“¡Serpiente!
¡Ah, qué serpiente! -dijo Sanin para sus adentros-. ¡Qué hermosa serpiente!”
-Deme usted mis gemelos -dijo de
pronto la señora Polozoff-. Tengo ganas de ver si esa dama joven es en realidad
tan fea. De veras, parece que el gobierno la ha elegido con un propósito moral,
con el fin de moderar el ardimiento de la juventud.
Sanin le dio los gemelos. Al cogerlos ella, envolvió
con ambas manos los dedos del joven, con una presión fugaz y casi insensible.
No tenga usted esa cara tan mustia -murmuró sonriéndose-. Atienda: yo no tolero
que se me pongan cadenas, pero tampoco quiero encadenar a los demás. Me gusta
la libertad y rechazo las ligaduras, pero no para mí sola. Y ahora, apártese un
poco y oigamos la comedia.
La señora Polozoff asestó los gemelos al escenario y
Sanin hizo lo mismo sentado junto a ella en la penumbra del palco y revolviendo
en la cabeza, de un modo, involuntario, todo lo que aquella mujer le había
dicho en el transcurso de la velada, sobre todo en los postreros minutos.
XXXIX
La representación duró aún más de una hora, pero
Sanin y la señora Polozoff no tardaron en separar la vista del escenario.
Reanudóse entre ellos la conversación, siempre sobre el mismo asunto; pero
aquella vez estuvo menos silencioso Sanin. Interiormente se sentía molesto
contra sí mismo y contra la señora Polozoff, esforzándose en probarle la poca
solidez de su “teoría”: ¡como si a ella se le diese un ardite de teorías! Se
puso a discutir con ella, cosa que la regocijó en sus adentros: cuando se
discute, se hacen concesiones o se van a hacer.
Los muy conocedores de la señora Polozoff aseguraban
que cuando su firme y potente naturaleza parecía de pronto teñirse con una
especie de reservada ternura y casi de pudor virginal (no se sabía de dónde lo
sacaba), entonces, ¡oh!, entonces, el asunto tomaba un giro peligroso.
Evidentemente, aquella noche se encontraba en ese
caso con Sanin... ¡Cómo se hubiera despreciado éste si hubiese podido mirarse
por dentro a sí mismo! Pero no tenía tiempo de mirarse por dentro, ni de
menospreciarse.
Ella, por su parte, no perdía un segundo. ¡Y todo,
únicamente porque Sanin era guapísimo mozo! Algunas veces no se puede menos que
decir: “¡De qué depende la pérdida o la salvación!” Terminada la obra, la
señora Polozoff rogó a Sanin que le pusiese el chal. Luego se cogió del brazo
de Sanin, salió al corredor, y en poco estuvo que no diese un grito: en la
misma puerta del palacio surgió Dónhof como un fantasma, y detrás la ruin
persona del crítico wiesbadenés. La oleosa cara del Litterat irradiaba maligna
satisfacción.
-¿Quiere usted, señora, que haga
acercar su coche? -dijo el oficialito con un temblor de ira mal reprimida en la
voz.
No,
gracias; mi lacayo se ocupará de eso respondió ella en voz alta y añadió
quedo, con voz imperiosa:
-¡Déjeme!
Y se
alejó con presteza, arrastrando consigo a Sanin.
-¡Váyase usted al diablo! ¿Por
qué me lo encuentro a usted hasta en la sopa? vociferó de pronto Dónhof,
encarándose con el Litterat; necesitaba descargar contra
alguien su rabia.
-¡Sehr gut, sehr gut! masculló el Litterat, eclipsándose.
El lacayo, que esperaba en el vestíbulo, hizo
acercarse el coche en un santiamén; subió ligera la señora Polozoff, y Sanin se
lanzó en pos de ella. Cerróse con estrépito la portezuela, y María Nicolavna
soltó la carcajada.
-¿De qué se ríe usted?
-¡Ah! perdóneme, se lo ruego...;
pero se me ha ocurrido la idea de que si Dónhof se batiese con usted por
segunda vez y por mi causa... Eso sería muy chusco, ¿no es así?
-¿Tiene usted mucha intimidad
con él? -preguntó Sanin.
-¿Con él? ¿Con ese mocoso? Me
hace el oso, nada más. Estése usted tranquilo...
-¡Pero si estoy perfectamente
tranquilo!
-Sí, sé que usted está tranquilo
-dijo la señora Polozoff, exhalando un suspiro-. Pero voy a decirle una cosa...
Usted, que es tan galante, no puede rechazar mi último ruego. No olvide que
parto dentro de tres días para París, y que usted regresa a Francfort. ¡Quién
sabe cuándo volveremos a vernos!
-¿Qué petición me quiere usted
hacer?
-¿De seguro que sabrá usted montar
a caballo?
-Sí.
-Pues bien; hela aquí. Mañana por la mañana me lo
llevo a usted conmigo; iremos a darnos un paseo por las afueras de la ciudad.
Llevaremos excelentes caballos. Volveremos después, terminamos el negocio y...
Amén. No reclame usted, no me diga que eso es un capricho, que estoy loca.
Quizá todo ello sea verdad, pero limítese a decir: “Acepto”.
La señora Polozoff se había vuelto de cara a él. El
interior del carruaje estaba oscuro, pero sus ojos brillaban en la oscuridad.
-Pues bien; acepto -dijo Sanin suspirando.
-¡Ah, suspira usted! -dijo la
señora Polozoff imitándole-. Ese suspiro significa: han echado vino, hay que
beberlo. Pues no, no... usted es galante, encantador, y yo cumpliré mi promesa.
He aquí mi promesa. He aquí mi mano sin guante, la mano derecha, la mano que
firma. Cójala usted y crea en su apretón. Qué clase de mujer soy, no lo sé;
pero soy un hombre formal, y pueden cerrarse tratos conmigo.
Sin darse muy exacta cuenta de lo que hacía, Sanin
se llevó a los labios aquella mano. La señora Polozoff la retiró con dulzura y
no dijo ya nada más hasta que el carruaje se detuvo.
-¡Hasta mañana! murmuró María
Nicolavna en la escalera, iluminada por cuatro velas de un candelabro, que a su
llegada había cogido un criado todo galoneado de oro. Tenía ella los ojos
bajos:
-¡Hasta mañana!
De regreso a su cuarto, Sanin encontró encima de la
mesa una carta de Gemma. Tuvo un impulso de miedo, seguido muy pronto de otro
impulso de alegría, con el cual se ocultó a sí mismo el temor que acababa de
experimentar. La carta sólo era de cuatro líneas. Gemma se congratulaba de ver
tan bien empezado el asunto, le aconsejaba paciencia, añadiendo que todos
estaban buenos y se regocijaba de antemano con la idea de su regreso. Sanin
halló un poco seca esa carta; sin embargo, cogió pluma y papel... dejándolos en
seguida.
“¿A qué
viene el escribir? Mañana regreso... ¡Aún hay tiempo! ¡Hay tiempo!
Metióse en la cama sin tardanza, e hizo todos los
esfuerzos posibles por dormirse muy pronto. Si hubiese permanecido de pie y
despierto, de seguro que hubiera pensado en Gemma; pero sentía una especie de
vergüenza de pensar en ella, de evocar su imagen. Su conciencia estaba
desasosegada. Pero se tranquilizaba, diciéndose que todo estaría concluido por
completo mañana, que se alejaría para siempre de aquella antojadiza mujer, y
que olvidaría todas esas estupideces.
Las
personas débiles, cuando hablan consigo mismas, se complacen en emplear
expresiones enérgicas.
Y
además... “¡Eso no tiene consecuencias!”
XL
Esto era lo que pensaba Sanin a la hora de
acostarse. Pero la historia no dice nada acerca de las reflexiones que hizo a
la mañana siguiente, cuando la señora Polozoff, llamando a su puerta con
algunos golpecitos impacientes dados con el puño de. coral del
latiguillo, apareció en el quicio de
la puerta del cuarto, con la cola de su amazona de tela azul oscura recogida en
un brazo, un sombrerito de hombre puesto sobre los gruesos rizos de sus
cabellos, el velo echado atrás, y los labios, los ojos y todo el rostro iluminados por una sonrisa provocativa.
-¡Vamos! ¿Está usted dispuesto? -dijo con voz
alegre.
Por única respuesta, Sanin se abrochó el redingot y cogió el sombrero. La señora
Polozoff le echó una mirada intensa y viva, hizo una seña con la cabeza y bajó
rápida la escalera, Sanin se lanzó en pos de ella.
Los caballos esperaban ya delante del pórtico. Había
tres: uno alazán dorado, una yegua de pura sangre, de cabeza enjuta, ojos negros a flor de cara, piernas de
ciervo, un poco flaca, pero elegante de formas y ardiente como el fuego, era
para la señora Polozoff; el segundo, grande, robusto, de un negro sin mancha,
de belfo delgado y que enseñaba los dientes, era para Sanin; el tercero para el
lacayito, María Nicolavna montó con ligereza en su bruto, que gallardeó en el
sitio, levantando la cola y haciendo piernas; pero la señora Polozoff,
excelente jinete, lo dominó. Aún había que despedirse de Polozoff, quien con su
fez inmutable y su flotante bata había aparecido en el balcón; agitaba un
pañuelo de batista, preciso es decir que con aire poco risueño y hasta
enfurruñado. Montó Sanin, María Nicolavna saludó a Polozoff con la punta del
latiguillo, y cruzó de un latigazo el cuello arqueado y liso de su
cabalgadura. Esta se encabritó, dio un salto de carnero; y después, domada,
estremecióse, tascando el freno, sorbiendo aire y resollando jadeante,
principió a andar con paso menudo y firme. Sanin la siguió, mirando a María
Nicolavna, cuyo talle esbelto y flexible, modelado por un corsé que lo dibujaba
sin oprimirlo, cimbrábase con aplomo y gracia. Volvió la cabeza y le llamó con
la mirada. Sanin se reunió con ella.
-¿Ve usted qué hermosura? Se lo digo por última vez
antes de separarnos: “Es usted adorable, y no se arrepentirá”.
Apoyó estas últimas palabras con un afirmativo meneo
de cabeza repetido muchas veces, como para hacerle comprender mejor su
significado.
Parecía tan dichosa, que Sanin se quedó absorto. Su
cara hasta había tomado esa expresión seria que se advierte en los niños cuando
están en el colmo de la satisfacción.
Fueron al paso hasta la próxima ronda; después
lanzáronse a trote largo por la carretera. El día era espléndido, un verdadero
día de verano. Un viento ligero y alegre les acariciaba el rostro, murmuran do
y zumbando en sus oídos. De minuto en minuto se apoderaba de ellos una
sensación de juventud y de vida enérgica, de libres e impetuosos arranques, y
la saboreaban con delicia.
María
Nicolavna refrenó el caballo y lo sacó al paso, imitándola Sanin.
-He aquí
dijo ella con un hondo suspiro de beatitud-, la única cosa por la cual vale la
pena vivir: ¡haber logrado hacer lo que se deseaba, lo que se creía imposible,
y meterse en ello hasta aquí! (Su dedo, rápidamente pasado por la garganta,
acabó su pensamiento.) ¡Y qué buena se siente una entonces! Yo, por ejemplo,
¡qué buena soy ahora! Creo que besaría al mundo entero. Es decir... no, a todo
el mundo, no. Mire por ejemplo, ¡lo que es a ése no lo besaría! (Indicó con la
punta del latiguillo un viejo miserablemente vestido que iba por el borde del
camino.) Pero estoy dispuesta a hacerle feliz. ¡Tenga, tome! -le gritó en
alemán, echándole una bolsa a los pies.
El pesado saquito (aún no se conocían los
portamonedas) cayó bruscamente en el camino. El transeúnte se detuvo asombrado.
La señora Polozoff soltó la risa y puso al galope su yegua.
-¿Tanto le gustan, a usted los paseos a caballo? -le
preguntó Sanin alcanzándola.
María
Nicolavna paró en firme de nuevo la yegua. No tenía otro modo de pararla.
-Sólo quise evitar las muestras de agradecimiento.
Los que me dan las gracias me estropean mi placer. No lo hago por ellos, sino
por mí. ¿Cómo se atreven a permitirse darme las gracias? ¿Me preguntaba usted
algo hace un momento? No lo he oído.
-Le he preguntado... quería saber por qué es usted
hoy tan feliz.
-¿Sabe usted una cosa? dijo María Nicolavna, que no
oyó la nueva pregunta de Sanin, o acaso no tuvo por conveniente el contestar a
ella-. Me carga ver trotar detrás de nosotros a ese lacayo. De seguro que sólo
piensa en la hora a que sus amos regresarán a casa. ¿Cómo nos lo quitaremos de
delante? (María Nicolavna sacó del bolsillo a escape un cuadernito.) ¿Le
enviaré a que vaya a llevar una esquela a la ciudad? No; mal medio. ¡Ah, ya lo
encontré! ¿Qué es aquello que se ve allá abajo, delante de nosotros? ¿Un mesón?
Sanin
miró en la dirección indicada.
-Creo que sí.
-¡Muy bien! Voy a ordenarle que
se detenga ahí, y que beba cerveza esperando nuestro regreso.
Pero...
¿qué va a pensar?
¿Qué nos importa? Pero ¿bah! No pensará
absolutamente nada: beberá cerveza, y pare usted de contar. Vamos, Sanin (era
la primera vez que le llamaba así familiarmente): ¡adelante, al trote!
Así que llegaron delante de la posada, la señora
Polozoff llamó al lacayo y le dio instrucciones. El lacayo, un groom
inglés de origen y por temperamento,
sin decir una palabra, se llevó la mano a la visera de la gorrilla y se apeó
del caballo, conduciéndolo de la brida. -¡Ya estamos ahora libres como los
pájaros! -exclamó María Nicolavna-. ¿A qué parte nos dirigiremos? ¿Al Norte, al
Mediodía, al Poniente, al Oriente? Mire: soy como el rey de Hungría el día de
su coronación (enseñaba con la punta del latiguillo los cuatro puntos
cardinales). Todo nos pertenece. No... ¿Sabe una cosa? ¡Mire las hermosas
montañas allá lejos, y qué bosques! Vámonos allí, arriba, arriba... In die
Borge wo die Freiheit thront. (Sobre
las alturas, donde reina la libertad.)
Abandonó la carretera y tomó al galope por un
estrecho sendero apenas trillado, que, en efecto, parecía dirigirse a la
montaña. Sanin la siguió a galope también.
XLI
El camino convirtióse bien pronto en una senda y
desapareció por completo, cortado por un foso. Sanin habló de volver atrás.
-¡No! dijo la señora Polozoff-.
¡Quiero ir a la montaña! ¡Sigamos adelante, a vuelo de pájaro!
Hizo que la yegua saltase el foso, y Sanin la imitó.
Por detrás de la trinchera extendíanse unos prados, al principio secos, luego
húmedos y que más lejos se transformaban en un pantano; filtrábase el agua por
todas partes, formando charcas, a través de las cuales tenía gusto la señora
Polozoff en meter a su yegua.
-¡Hagamos novillos! -dijo con
alegres carcajadas-. ¿Sabe lo que se llama en Rusia cazar salpicando?
-Sí.
A mi tío le gustaba esa caza, la caza a la carrera
en primavera, cuando por todas partes hay agua. Yo le acompañaba. ¡Era
delicioso! ¡Y también nosotros dos vamos salpicando!...
Sólo que veo una
cosa: usted es ruso y quiere casarse con una
italiana. Pero eso es a usted a quien le interesa. ¡Ah! ¿Qué es esto? ¡Otro
foso! ¡Hop!
La yegua saltó por encima del obstáculo, pero María
Nicolavna perdió el sombrero. El cabello desparramósele en rizos por los
hombros. Sanin quería apearse para recoger el objeto caído, pero ella exclamó:
-¡No lo toque! ¡Yo misma lo
cogeré!
Inclinóse muy abajo desde la silla, enganchó la
punta del latiguillo y recogió, en efecto, el sombrero, poniéndoselo en la
cabeza sin arreglarse el cabello; después prosiguió a más y mejor su loca
carrera, dando el grito gutural del cosaco al cargar contra el enemigo.
Sanin iba tras ella, saltando zanjas, setos y
arroyos, bajando a los valles, subiendo las cuestas, hundiéndose en los
barrizales, saliendo del paso bien o mal él y su caballo, y siempre con los
ojos puestos en la señora Polozoff.
En aquella cara todo estaba abierto: los ojos
luminosos y devoradores, que brillaban con un ardor salvaje, la boca y las
ventanillas de la nariz dilatadas, aspirando con avidez al viento que la
azotaba de lleno. Miraba de frente, y hubiérase dicho que su alma quería
tragarse todo, conquistar todo lo que veía, la tierra, el cielo, el sol y hasta
el aire, y parecía no sentir sino un solo pesar: el de que fuesen tan poca cosa
los peligros, para darse el gusto de vencerlos todos.
-¡Sanin! -exclamó- ¡Esto es
enteramente como en la Lenore de
Bürger, sólo que usted no está muerto! ¿Verdad que usted no está muerto?... ¡Yo
estoy viva!
Todo cuanto en ella había de audacia, de ímpetu y de
fuerza, todo se había desencadenado. Ya no era una amazona lanzando a su
caballo a galope tendido, era una joven centaura que triscaba, medio alimaña
montaraz y medio diosa, y la comarca honrada y apacible que hollaba con sus
pies, en su impetuosidad desenfrenada, la veía pasar con asombro.
Por fin detuvo a la yegua, cubierta de espuma y
salpicaduras de lodo, que se rendía bajo su peso. El brioso, pero pesado
semental de Sanin, resollaba jadeante.
-¡Vamos! ¿Y esto, le gusta?
murmuró ella quedo, muy quedo.
-¡Que si me gusta...! -respondió
Sanin con un arrebato de exaltación.
Comenzaba
a hervirle la sangre en las venas.
-¡Espere, no hemos concluido!
-dijo ella, extendiendo la mano, cuyo guante estaba hecho tiras-. Le dije que
le llevaría al bosque, a la montaña... ¡Ahí está la montaña!
En efecto, a doscientos pasos del sitio donde se
habían detenido los audaces jinetes, comenzaban a erguirse altos montes,
cubiertos de grandes bosques.
-Mire un camino -prosiguió
ella-. ¡Juntos y adelante! Pero al paso: es preciso dejar que respiren nuestras
cabalgaduras. Pusiéronse en marcha. Con un solo movimiento de mano, María
Nicolavna se echó atrás vigorosamente los cabellos. Luego se miró los guantes y
se los quitó diciendo:
-Me van a oler a cuero las
manos; pero eso le es igual, ¿no es cierto?
La señora Polozoff se sonreía, y Sanin le sonrió
también. -¿Qué edad tiene usted? -le preguntó de pronto.
-Veintidós años.
-¡Toma, toma! También yo tengo
veintidós años. ¡Bonita edad! Poniendo juntos nuestros años, aún falta mucho
para la vejez. Pero hace mucho calor. ¿Estoy encarnada?
-Como una amapola.
María
Nicolavna se pasó el pañuelo por la cara.
-Lleguémonos nada más que al
bosque, allí hará fresco. Un bosque antiguo es como un amigo viejo. ¿Tiene
usted amigos? Sanin reflexionó un instante, y dijo:
-Sí... pero no muchos; y ni un
solo amigo verdadero.
-Yo los tengo verdaderos, sólo
que no son viejos... Y mire, un caballo también es un amigo. ¡Con qué
precauciones nos llevan! ¡Ah, qué buen estar hace aquí! ¡Y cuando pienso que
pasado mañana estaré en París!
-¡Sí... cuando se piensa eso!
-repitió Sanin. -¿Y usted en Francfort?
En
Francfort, con seguridad.
-Pues bien; sea lo que Dios
quiera. En cambio, el día de hoy es nuestro... nuestro... ¡nuestro!
Los jinetes saltaron la linde y se metieron en el
bosque, que los envolvió con su sombra húmeda y profunda.
-¡Oh! ¡Pero esto es un paraíso!
-exclamó María Nicolavna-. ¡Metámonos más adentro, en esa espesura, Sanin!
Los caballos “se metían en aquella espesura”
lentamente, cabeceando y dando relinchos apagados. La senda por donde iban hizo
un brusco recodo y los condujo a un desfiladero bastante angosto, donde los
helechos y los brezos, la resina de los pinos y las hojas medio enmohecidas del
año anterior llenaban el aire de aromas intensos y adormecedores. Grandes rocas
pardas exhalaban por sus grietas una frescura profunda. A los dos lados del
camino veíanse acá y allá colinas redondeadas, cubiertas de verde musgo.
-¡Alto! -exclamó la señora Polozoff-. Quiero sentarme y descansar en este
terciopelo. Ayúdeme a apearme.
Sanin bajó a escape del caballo y acudió. Apoyóse
ella en sus hombros, saltó con ligereza al suelo y fue a sentarse en uno de los
musgosos terromonteros. Sanin, de pie ante ella, tenía de las riendas ambos
caballos.
María
Nicolavna le miró, y dijo: -Sanin, ¿sabe usted olvidar?
Sanin se
acordó de su conversación de la víspera... de su prometida que le esperaba.
-Eso, ¿es una pregunta o un
cargo?
-En mi vida he hecho cargos a
nadie. Y dígame: ¿cree usted en los filtros?
-¿En qué?
-En los filtros, ¿sabe?, de que
hablan nuestros cantares, nuestros cantares campesinos.
-¿Ah!, se refería usted a eso
-dijo con lentitud Sanin. -Sí, a eso. Yo sí, yo creo en ellos... y usted
creerá.
-Los filtros, los sortilegios,
todo es posible en este mundo -repitió Sanin-. En otro tiempo no creía en eso,
ahora creo. Ya no me conozco.
María
Nicolavna miró en torno suyo con atención.
-Me parece que conozco este
sitio. Mire, Sanin, ¿hay o no hay detrás de este gran roble una cruz de madera
roja?
Sanin dio
algunos pasos, y dijo:
-¡Sí, ahí está la cruz!
La señora
Polozoff se sonrió.
-¡Ah, muy bien! Ya sé dónde
estamos. Hasta ahora, por lo menos, no nos hemos perdido aún. ¿Qué ruido se oye
a lo lejos? ¿Un leñador?...
Sanin
miró por entre la espesura.
-Sí... por allá hay alguien
cortando ramas secas. Entonces tengo que cogerme el pelo.
Se quitó el sombrero y se puso a trenzar sus largas
matas de cabellos, con aire formal y sin decir una palabra. Sanin continuaba de
pie delante de ella... Las líneas armoniosas de su cuerpo se dibujaban bajo los
oscuros pliegues del vestido, al que se habían agarrado acá y allá algunas
pequeñas briznas de musgo.
De pronto, uno de los caballos resolló con fuerza
detrás de Sanin, quien se estremeció involuntariamente de pies a cabeza. Todo
él trastornado, y sus nervios tensos como cuerdas. No se equivocó al decir: “Ya
no me conozco”. Realmente, estaba hechizado. Todo su ser estaba reconcentrado
en un solo pensamiento, en un solo deseo. María Nicolavna le miró fijamente.
-Vamos, ahora está todo como
debe estar dijo volviendo a ponerse el sombrero-. ¿No se sienta usted? Mire,
aquí. No; espere... no se siente. ¿Qué es eso que oigo?
Una
vibración sorda y prolongada pasaba sobre las copas de los árboles y por el
aire del bosque.
-¿Será un trueno?
-Creo que sí -respondió Sanin.
-¡Ah, pues entonces esto es una
fiesta, una verdadera fiesta! Sólo esto nos faltaba.
Un trueno
sordo se dejó oír por segunda vez, creciendo y retumbando con estruendo.
-¡Bravo! ¡Que se repita! ¿Se acuerda usted? Ayer le hablaba de la Eneida.
También ellos fueron sorprendidos por la
tempestad en un bosque. Pero tenemos que buscar donde guarecernos.
Se
levantó con rapidez, diciendo:
-Tráigame la yegua. Extienda la
mano... así. No soy muy pesada. Saltó a la silla como un pájaro. También Sanin
montó a caballo. -¿Quiere usted... volverse atrás? preguntó con voz insegura.
-¡Volverme atrás! -respondió ella tras breve pausa, cogiendo las riendas; y
añadió con tono duro, casi brutal-: ¡Sígame!
Volvió al camino, dejó a un lado la cruz roja, bajó
la ladera hasta una encrucijada, torció a la derecha y volvió a subir por la
colina... Evidentemente sabía a dónde iba a parar aquel camino, que penetraba
cada vez más y más por la espesura del bosque. Sin pronunciar una palabra, sin
volver la cabeza, avanzaba ella en línea recta con aire imperioso; y él,
humilde y sumiso, la seguía sin una chispa de voluntad en el flaco corazón.
Comenzó a
caer la lluvia en gotas aún escasas.
Unas cuantas horas más tarde, María Nicolavna y
Sanin regresaban a Wiesbaden, con el groom detrás, dormido en la silla. Polozoff, con la carta
del administrador en la mano, recibió a su mujer con una mirada ligeramente
inquisitiva; nublóse un poco el rostro y hasta dijo entre dientes:
-¿Habré perdido mi apuesta?
María
Nicolavna se limitó a encogerse de hombros.
Y el
mismo día, dos horas después, enloquecido y absorto, estaba Sanin de pie ante
la señora Polozoff.
-¿A dónde vas? -dijole ella-. ¿A
París... o a Francfort?
-Iré donde tú vayas, y no te
abandonaré sino cuando me arrojes -respondió él desesperadamente.
Una sonrisa de triunfo culebreó por sus labios y en
sus dilatados ojos, claros hasta parecer blancos, leíase tan sólo la saciedad y
la implacable inmovilidad de la victoria. Cuando el gavilán clava las garras en
los ijares de su víctima, ésos deben ser sus ojos.
XLII
Todo esto fue lo que se le vino a la memoria a
Demetrio Sanin, cuando en el silencio del gabinete, revolviendo entre sus
papeles antiguos, se le vino a las manos la crucecita de granates. Los
acontecimientos que acabamos de referir, se dibujaron con claridad ante los
ojos de su alma... Pero al llegar a la hora en que había dirigido a la señora
Polozoff aquella humillante súplica, en que había comenzado su esclavitud, en
que se había puesto a los pies de aquella mujer, apartóse de aquellas imágenes
evocadas y ya no quiso recordar más. Y no es que le fuese infiel la memoria,
no; sabía bien, harto bien lo que siguió a aquella hora fatal; pero la
vergüenza le ahogaba, aun entonces, al cabo de tantos años transcurridos. Temía
ese sentimiento de irresistible menosprecio de sí mismo, que estaba seguro de
que había de acometerle, y que semejante a una ola sumergiría en él cualquier
otro sentimiento si no hacía callar a su memoria. Pero por grande que fuera su
empeño en luchar contra los recuerdos que ante él se alzaban, no podía
ahogarlos por completo. Acordábase de aquella lastimosa y miserable carta,
llena de mentiras y de lágrimas viles, que había escrito a Gemma y que no tuvo
ninguna respuesta... Respecto a presentarse delante de ella, volver a su lado
después de tal engaño, después de semejante traición, ¡no, eso no!, todo lo que
aún quedaba en él de conciencia y de honradez se había opuesto a ello. Y luego,
¿no había perdido toda confianza en sí mismo, toda estimación en sí propio?
¿Cómo se atrevería en lo sucesivo a dar su palabra de honor?
Acordábase también Sanin, ¡oh, vergüenza!, de cómo
había enviado uno de los lacayos de Polozoff a Francfort en busca de su
equipaje; cómo, en su cobarde inquietud, sólo pensaba en una cosa, en partir
cuanto antes, en marchar a París; cómo por orden de María Nicolavna, se había
esforzado en granjearse el afecto de Hipólito Sidorovitch y se había hecho
amigo de Dünhof, en el dedo del cual había visto un anillo de hierro
¡enteramente igual al que le dio a él la señora Polozoff! Después vinieron los
recuerdos más dolorosos, más vergonzosos aún... Un criado le trae una tarjeta
de visita que dice: Pantaleone, cantante
de cámara de Su Alteza el duque de Módena. Se niega a recibir al viejo,
pero no puede evitar el encontrarlo, cuya melena gris se eriza indignada y
flamígera, cuyos ojos rodeados de arrugas brillan como ascuas encendidas; oye
rezongar exclamaciones amenazadoras, imprecaciones de ¡Maledizione!, terribles insultos: ¡Cobardo! ¡Infame traditore!
Sanin cierra los ojos y mueve la cabeza para
intentar otra vez eximirse de sus recuerdos, pero en vano: se vuelve a ver
sentado en la estrecha banqueta delantera de una magnífica silla de postas,
mientras que María Nicolavna e Hipólito Sidorovitch se arrellanan en los
blandos almohadones de la testera... y cuatro caballos trotando con paso igual
por el empedrado de Wiesbaden, los conducen a París. ¡París! Hipólito Sidorovitch
se come una pera que Sanin había, mondado; y María Nicolavna, al mirar a ese
hombre convertido en una cosa de ella, sonríese con esa sonrisa que ya conoce
él, sonrisa de amo y señor...
Pero, ¡santo Dios! ¡Qué ve allá lejos, en la esquina
de una calle, un poco antes de salir de la ciudad? ¿.No es Pantaleone? Alguien
le acompaña; ¿será Emilio? Sí, él es: su amiguito devoto y entusiasta. Pocos
días ha, ese corazón juvenil le veneraba como un héroe, como un ideal; y ahora
el desprecio y el odio encienden ese noble rostro, pálido y bello, tan bello
que María Nicolavna se ha fijado en él y se asoma por la ventanilla de la
portezuela. Sus ojos, tan parecidos a
los de ella, a los ojos de su hermana, están fijos en Sanin, y
sus labios comprimidos se separan de pronto para proferir una injuria...
Y Pantaleone extiende el brazo y señala a Sanin, ¿a
quién?, a Tartaglia que está detrás de él. Y Tartaglia aúlla contra
Sanin; y hasta el ladrido del honrado perro de aguas resuena en sus oídos como
un intolerable insulto... ¡Horrible pesadilla!
Luego, la vida en París, y todos los rebajamientos,
todos los oprobiosos suplicios del esclavo a quien ni siquiera se le permite
estar celoso ni quejarse, ¡y al que, por fin, se arroja como un vestido
viejo...!
Después, el regreso a la patria, una existencia
envenenada y vacía, mezquinos cuidados y agitaciones, un arrepentimiento amargo
y estéril, un olvido no menos estéril ni menos amargo; un castigo vago, pero
incesante y eterno, análogo a un sufrimiento poco agudo, pero incurable, a una
deuda que se paga ochavo a ochavo sin poder finiquitarla nunca.
El cáliz
estaba lleno hasta los bordes... ¡Basta!
¿Por qué casualidad había permanecido en poder de
Sanin la crucecita que le dieron? ¿Por qué no la había devuelto? ¡Cómo hasta
este día no la había visto nunca? Largo tiempo estuvo absorto en sus
pensamientos; y aunque instruido por la apariencia de tantos años pasados desde
entonces acá, no pudo llegar a comprender cómo había abandonado a Gemma,
querida tan tierna y apasionadamente, por una mujer a quien no amaba ni mucho
ni poco, sino nada...
Al siguiente día produjo grande asombro en sus
amigos y conocidos al anunciarles que salía para el extranjero. Este asombro se
difundió pronto por toda la buena sociedad. Sanin abandonaba Peters burgo en el
riñón del invierno, en el momento en que acababa de alquilar y amueblar unas
magníficas habitaciones; y, lo que es más, renunciaba a su abono en la Opera
Italiana, a las representaciones de la señora Patti, de la Patti en persona,
¡ese ideal, esa última palabra de la tabaquera de música! Sus amigos y conocidos
no comprendían nada de aquello. Pero los hombres no tienen costumbre de
ocuparse mucho de asuntos ajenos; y cuando Sanin partió para el extranjero, la
única persona que le acompañó a la estación del ferrocarril fue su sastre
francés, con la esperanza de hacer ajustar una cuentecita “por un abrigo de
viaje, de terciopelo negro, elegantísimo”.
XLIII
Al decir Sanin a sus amigos que salía para el
extranjero, no indicó el punto de destino... No costará trabajo a los lectores
adivinar que se fue en derechura a Francfort. Gracias a los ferrocarriles que
surcan toda Europa, llegó a los tres días de haber partido. Era su primera
visita a Francfort desde 1840. La fonda del Cisne Blanco no había cambiado de sitio
y continuaba floreciente, aunque no estuviera ya en primera fila; la Zeile,
aquella gran arteria de Francfort, había sufrido pocos cambios; pero ya no
quedaban vestigios de la casa de Roselli, ni aun de la calle donde estuvo la
confitería. Sanin anduvo errante como un loco por aquellos lugares con los
cuales tan familiarizado estuvo antaño, sin conseguir orientarse: las antiguas
construcciones habían desaparecido; nuevas calles las reemplazaban, formando
filas interminables de grandes casas y elegantes palacios; y en el mismo jardín
público donde había tenido su entrevista decisiva con Gemma, habían crecido
tanto los árboles y se había transformado todo hasta tal punto, que Sanin se
preguntaba si aquel jardín era, en efecto, el mismo.
¿Qué hacer? ¿Qué marcha seguir en sus indagaciones?
Habían transcurrido desde entonces treinta años... ¡Cuántas dificultades! Ni
uno solo de aquellos a quienes se dirigió había oído ni siquiera pronunciar el nombre de Roselli. El dueño de la fonda
le aconsejó que fuese a informarse a la Biblioteca Pública.
Allí
encontrará usted le dijo- todos los periódicos antiguos.
Pero le
costó sumo trabajo que le explicase de qué podrían servirle esos periódicos
antiguos.
A la desesperada, preguntó Sanin por Herr Klüber. Nuevo desengaño, por más
que el dueño de la fonda conocía mucho este apellido. El elegante hortera había
tenido al principio mucho lujo y se había elevado a la alcurnia de capitalista;
después, habiendo hecho malos negocios, concluyó por declararse en quiebra y
murió en la cárcel... Por supuesto, esa noticia no causó ninguna pena a Sanin.
Comenzaba a convencerse de que había emprendido muy
de ligero el viaje, cuando un día, recorriendo el “Almanaque de las señas”,
topó con el apellido de von Dónhof, comandante retirado (Major a. D.).
En seguida tomó un coche para
dirigirse a la casa indicada. Nada le probaba que ese Dónhof hubiera de ser por
necesidad aquel a quien había conocido; y por otra parte, aun suponiendo que
fuese el mismo, ¿cómo podría darle noticias de la familia Roselli? No importa:
un hombre que se ahoga, se agarra al menor tallo de hierba.
Sanin encontró en su casa al comandante von Dónhof, y reconoció a su antiguo
adversario en el hombre de los cabellos grises que le recibió. También éste le
reconoció y hasta se puso contentísimo de volver a verle, pues le recordaba su
juventud y sus calaveradas de antaño. Hizo saber a Sanin que hacía mucho tiempo
que la familia Roselli había emigrado a América y establecióse en Nueva York;
que Gemma se había casado con un negociante; que Dónhof tenía un amigo, también
del comercio, y que probablemente sabría las señas del marido de Gemma, porque
tenía muchos negocios con América. Sanin suplicó a Dónhof que fuese a ver a ese
caballero, y ¡oh dicha! Dónhof le trajo las señas: “M. J. Slocum, Nueva York,
Brodway, número 501 “. Sólo que esas señas eran del año 1863.
-¡Esperemos -exclamó Dónhof- que nuestra antigua
hermosura franco-furtense viva aún, y no haya abandonado Nueva York! A
propósito -añadió, bajando la voz-; ¿vive todavía aquella dama rusa, ¿sabe
usted? Que estaba en Wiesbaden por aquel entonces, la señora Po... von Polozoff?
No
-respondió Sanin-; hace mucho que ha muerto.
Dónhof levantó los ojos; pero al ver que Sanin había
vuelto la cara con aire sombrío, se retiró sin añadir una palabra.
Aquel mismo día Sanin escribió a la señora Gemma
Slocum, en Nueva York. Le dijo en su carta que le escribía desde Francfort,
donde había ido para buscar sus huellas; que sabía muy bien hasta qué punto
había perdido el derecho a pedir alguna respuesta; que por nada había merecido
el perdón de ella, y que sólo tenía una esperanza, y es que en medio de la
ventura de que ella gozaba, hubiese perdido desde largo tiempo hasta el
recuerdo de su existencia. Añadió que, sin embargo, se había decidido a
acordarse de ella a consecuencia de una circunstancia fortuita que había
despertado en él vivamente la memoria del pasado; le habló de su vida
solitaria, sin familia, sin goces, le suplicó que comprendiese los motivos que
le impelían a dirigirse a ella, que no le dejase llevar a la tumba la amarga
conciencia de una falta expiada desde mucho tiempo atrás, pero no perdonada
aún, y que se dignase dirigirle cuatro letras diciéndole cuál era su vida en
ese nuevo mundo donde se había establecido. “Escribiendo esas cuatro letras,
terminaba Sanin, hará usted una buena obra, digna de su hermosa alma, y le daré
gracias por ello hasta mi último suspiro. Permaneceré aquí, en la fonda del Cisne Blanco (subrayó estas dos
palabras), esperando su respuesta hasta la primavera próxima.”
Escribió esta carta y se decidió a esperar. Pasó en
la fonda seis semanas largas, sin salir casi de su cuarto y sin ver a nadie.
Ninguno podía escribirle de Rusia ni de cualquiera otra parte, lo cual era de
su agrado. Cuando llegase una carta a su nombre, sabría de antemano que era la
que esperaba. Leía desde la mañana a la noche, no periódicos, sino libros
serios, obras históricas. Esas lecturas prolongadas, ese silencio, esa
existencia retirada, esa vida de molusco, todo eso estaba muy de acuerdo con la
disposición de su ánimo. Sólo por eso hubiera dado gracias a Gemma. Pero ¿vivía
aún? ¿Le respondería?
Por fin recibió una carta con franqueo americano,
una carta de Nueva York. El carácter de letra del sobre era inglés... y luego
buscó, ante todo, la firma. ¡Gemma! Brotaron lágrimas de sus ojos. Ese
nombre bautismal solo, sin apellido de familia, era para él una prenda de
perdón y de reconciliación. Desdobló el pliego de papel, fino y azulado... y
cayó una fotografía. Recogióla enseguida y se quedó estupefacto. ¡Gemma, la
misma Gemma joven, tal como la había conocido treinta años antes! ¡Los mismos ojos, los mismos
labios, el mismo tipo de cara! En el dorso de la tarjeta fotográfica leyó: “Mi
hija Mariana”.
Toda la carta era muy sencilla y muy bondadosa.
Gemma daba las gracias a Sanin por no haber dudado en dirigirse a ella, por
haber tenido confianza; no le ocultaba que, en efecto, después de aquella
brusca ruptura, había pasado momentos muy penosos; pero añadía que, a pesar de
todo, consideraba y había considerado su encuentro con él como una cosa feliz,
pues era lo quede había impedido casarse con Herr Klüber; y, por
consiguiente, aunque de una manera indirecta aquel encuentro había sido causa
de su enlace con su marido actual, de quien era, desde veintiocho años a la
fecha, compañera perfectamente dichosa. Su casa era rica y muy conocida en todo
Nueva York. Genima añadía tener cuatro hijos varones y una hija de dieciocho,
prometida ya, cuyo retrato le enviaba, puesto que, según opinión general,
parecíase mucho a su madre. Gemma había reservado para el final de su carta las
noticias aflictivas, Frau Lenore había muerto en Nueva York,
adonde había ido con su hija y su yerno; pero antes de morir había tenido tiempo
de gozar de la felicidad de sus hijos y las caricias de sus nietos. También Pantaleone había querido
partir para América, pero murió antes de poder abandonar Francfort. “Y Emilio,
nuestro querido, nuestro incomparable Emilio, murió gloriosamente en Sicilia
por la independencia de la patria. Hemos llorado amargamente la muerte de
nuestro adorable hermano; pero, al llorarle, estábamos orgullosos de él, y
siempre lo estaremos de conservar su memoria, sagrada para nosotros. ¡Su alma
noble y desinteresada era digna de la corona del martirio! Después expresaba
Gemma su sentimiento de que la vida de Sanin, por lo que él decía, fuese tan
triste; le deseaba ante todo el sosiego y la paz del alma, y decíale que
hubiera tenido sumo gusto en verle, aunque confesaba que semejante entrevista
tenía pocas probabilidades de realización...
No describiremos los sentimientos que la lectura de
esta carta hizo experimentar a Sanin. Ninguna expresión podría manifestar de
una manera suficiente esos sentimientos profundos y poderosos, pero harto poco
claros para poder expresarse con palabras; sólo la música podría traducirlos.
Sanin respondió inmediatamente y envió a Mariana Slocum, como regalo a la joven
desposada, de parte de un amigo desconocido, la crucecita de granates
pendientes de un collar de perlas finas. Este regalo, aunque muy precioso, no
le arruinó. Durante los treinta años transcurridos desde su primera estancia en
Francfort había reunido una bonita fortuna. Regresó a Petersburgo en los
primeros días de mayo, no para mucho tiempo. Dícese que vende todas sus
propiedades y que se prepara a partir para América.

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