© Libro No. 654. Del
frío al fuego (ellas a bordo). Trigo,
Felipe. Colección E.O. Marzo 15 de 2014.
Título original: © Del frío al fuego: (ellas a
bordo) Novela. Felipe Trigo
Versión Original: © Del frío al fuego: (ellas a bordo) Novela.
Felipe Trigo
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Del frío
al fuego:
(ellas a bordo)
Novela
Felipe Trigo
A Consuelo Seco y Fabre
Muchas de
las impresiones que forman este libro, fueron sentidas por nosotros dos juntos,
sobre el mar. Tú pasaste bajo los cielos anchos incognoscida, poderosa.
Sea el
libro la consagración de aquella rara vida intensa nuestra, enorme.
Él tiene
quizás rayos de sol, del sol de fuego; él tiene acaso fantásticos rayos de
luna.
Y tiene
sólo una verdad perenne: tu verdad.
Felipe Trigo
- I -
Al saltar
al bote siento la trascendencia de mi resolución y comprendo las
conmemoraciones. Mandaría esculpir en esa grada del embarcadero: «POR AQUÍ
SALIÓ AL OTRO LADO DEL MUNDO ANDRÉS SERVÁN»... Mi madre, mis hermanas, alguna
mujer acaso bien querida, podrían venir a ver en Barcelona la última piedra que
pisé de España -si no volviese.
-¿Al
Reus?
-Al Reus.
Juega el
timón y orienta el esfuerzo del remero por entre dos bergantines. La negra mole
del buque se destaca no lejos, coronada de humo. Permanece en mitad del puerto,
donde lo dejé por la mañana, sólo que ha vuelto a la ciudad la banda izquierda
y le rodean más lanchas.
Todo
igual. Troncos y algas flotantes en las sucias aguas, olor a limos y a
sardinas, vaporcillos y velas que cruzan, grandes barcos llenos de cordajes por
la extensa línea de los muelles... El viejo patrón rema con la misma
indiferencia que reinaron otros paseándome por las bahías en Cádiz, en
Santander... sino que esta vez no seré yo el que se queda envidiando a los que
van a surcar el Océano; voy también a los países del oriente, del sol y la
hermosura, del fuego y de la guerra... habiendo bastado para ello una instancia
al Ministerio escrita en una hora de mayor aburrimiento y con idéntico fastidio
que el parte de la guardia.
Ahora
está hecho: el mar me recoge por suyo. Tiene algo de temerario este rompimiento
con mis hábitos y mis cariños, fatalmente provocado por aquella firma, y que
continúa realizándose de pequeñez en pequeñez...; la real orden, el tren, las
fondas, este barco que me espera: todo ello bien simple, y en conjunto lo
extraordinario. Asómbrame lo que puede contener de irremisible consecuencia un
acto baladí, como aquel de mi instancia de aburrido y lo que existe de
inadvertido y fácilmente invitador por las sendas que conducen a lo heroico...
¿afrontaría nadie lo grande, lo extraordinario, lo heroico, si no hubiese
llegado insensiblemente a la situación irremediable de afrontarlo?...
Tal la
mía. El buque me atrae, esfinge monstruosa de la suerte. Me irrita un poco el
pensar que ya no podría dejar de ir a él aunque quisiese. Según me acerco lo
veo más negro y enorme, más enmarañado de mástiles y jarcias, más
seductoramente siniestro, para mi enojado amor, con sus ruidos y cabrías bajo
el humo de las anchas chimeneas. Luego, percibo su bandera de correo en la
popa, y en la borda muchos pasajeros, damas también, que miran hacia el bote.
Esto me restituye el orgullo y la responsabilidad de la empresa: con un acto,
en suma, de libre voluntad la he determinado.
No causa
mal efecto mi uniforme de capitán de Artillería... Miro el reloj: las cuatro;
media hora aún para zarpar. Sin duda llego el último.
En la
escala, rodeada de pequeñas embarcaciones, que danzan con el oleaje manso,
encuentro únicamente marineros que suben cajas y maletas. Me saluda arriba el
sobrecargo, recordándome. Por la próxima galería, desde el portalón,
disimulando entre la gente mi perplejidad, me dirijo al camarote..., por hacer
algo -tal vez con el fin de investigar qué compañeros tendré. Está al pie,
precisamente. Y en esto, me equivoco. El
segundo
de este lado, en este piso que corresponde a la baja cubierta, es el 34, y el
mío el 3. Voy a la otra banda... ¡es tan fácil desatinarse en un palacio que a
lo mejor da la vuelta!
El 3.
-Cae mi litera bajo la ventana. Sobre las de enfrente hay, en una, una
teresiana de húsar, y en la de encima un maletín de fina piel, que sólo me
indica el gusto de su dueño. Inspecciono la estrecha estancia.
Cerrado
el vidrio, flota en ella un cáustico olor a pinturas agrias y a no aireadas
gutaperchas. Las paredes, barnizadas de blanco como el techo, continúanse abajo
con retablos de caoba llenos de tiradores: los hago jugar descubriendo los
lavabos de Portland, provistos de sus grifos y depósitos. Entre los espejos
empotrados se ostenta un cilindro de latón con este aviso:
EN CASO
DE INCENDIO DERRÁMESE
ESTE
LÍQUIDO INCOMBUSTIBLE POR EL FUEGO.
Bien.
Fuera, pude leer esta mañana las prohibiciones de tener cerillas, alcohol...
Salgo, y
me interno en la galería, fisgonamente, aprovechando el estar arriba todo el
mundo. Puertas en fila. Una se cierra de un golpe, no sin haberme permitido
vislumbrar el tono rosa de un corsé y el tono blanco de una enagua. Sonrío.
Sigo adelante. Deben de ser irremediables las indiscreciones en tal vida de
compacta vecindad. -Salvando un pasadizo, a la derecha, me encuentro en un
rellano de escalera de partidos tramos y balaustrada elegante. Agrádanme la
discreta luz y el tibio confort del buque, sobre alfombras, aunque me persigue
por todas partes el olor acre a fiambres y a carbón de piedra, a maderas
guardadas, como sándalos y cedros. Otro cartel me para:
INSTRUCCIONES
PARA CASO DE INCENDIO
O DE
NAUFRAGIO.
El
reglamento de lo espantoso. Lo leo entero. Señala el puesto y el deber de cada
uno, tripulación y pasaje, en las catástrofes. Procuraré no olvidar que siendo
el 3 mi camarote, me corresponde el salvavidas 27 y el bote 6, de la banda de
estribor... ¡Estribor?... derecha?... me informaré.
Por lo
pronto, lo importante es dejar sabido que, siguiendo ante la muerte la cortesía
que en un baile, se deberían embarcar primero los niños, después las señoras, y
por último los hombres.
Un poco
me crispa de delicioso horror esta noción de peligro, bien hallada con mi idea
del viaje. Y me complace la suma previsión... Nada hay que me asuste más que lo
imprevisto. He creído muchas veces que sería capaz de matar un toro si el toro
me dejase meditar delante de él.
Con esta
idea, subo la escalera pensando que mis actos, mis movimientos, son quizá todos
voluntados, pasados por el cerebro..., sin que esté muy cierto de que ello sea
para mí una ventaja... Y siempre el temeroso pasquín:
SE
PROHÍBE TERMINANTEMENTE A LOS SEÑORES
PASAJEROS
TENER CERILLAS A BORDO.
Debajo un
buzón de petitorio:
SOCORRO
PARA LA
SOCIEDAD DE SALVAMENTO
DE
NÁUFRAGOS.
¡Bravo!
Por esta vez deberán echar los otros, por si el náufrago soy yo. Y no entiendo
bien cómo pudiesen ir a salvarme a mitad del Océano.
Penetrado
de la importancia de aquellas otras precauciones contra el fuego, arrojo al
agua la caja de cerillas, así que llego a la cubierta.
En una
ringlada de canapés y sillones de lona y de bejuco, reconozco el mío, mandado
embarcar por la mañana, con sus iniciales. Está desierto este lado. Un marinero
pasa.
-¡Oiga!,
¿la banda de babor es la derecha?
-No,
ésta, señor -contesta sin detenerse.
«Babor,
izquierda; babor, izquierda...» repito para fijarlo, marchando a la de estribor
por el descansillo de la escalera que se abre a ambas. Más al encontrar tanta
gente, desisto de buscar mi salvavidas 27 y el bote 6. Me acerco a la borda.
Barcelona
se espacia frente al extenso puerto, cerrándolo con sus altos edificios, detrás
de los embarcaderos y escolleras que pueden seguirse en líneas quebradas a lo
lejos como un vaporoso seto de mástiles.
El sol de
Diciembre, ya poniente, alumbra con fríos tonos de naranja la entrada de las
Ramblas, destellando en la gran bola de Colón. Corta sombrío el Montjuich a la
izquierda (babor-recuerdo) las lejanas costas, y sobre el agua ondulada
continúan danzando las lanchas y los vaporcillos -en torno al inconmovible
Reus, clavado como un peñón; en torno asimismo a otro gran vapor con bandera
verde y a un crucero de guerra. Sírveme la observación para esperar que estos
grandes trasatlánticos no se moverán tampoco en la mar demasiado... Mal viaje
el mío, si no: sin salir de la
bahía me
he marcado un poco en días de Sur, en Santander..., verdad que con olas
respetables.
Se me
observa. Me pongo a observar -a intervalos fugaces de la atención múltiple y
despierta que nos domina a todos. Nadie quiere perder detalles del embarque. De
tierra adentro, como yo, la mayoría, y muchos seguramente mirando el mar por
vez primera, esta vida tan nueva de a bordo cáusanos extrañeza.
Las grúas
que chirrían izando de las barcadas grandes bultos, un remolcador que acaba de
llegar trayendo pavos y hortalizas, los oficiales sonando sus silbatos, los
grumetes en los palos, el capitán que pasa, la limpia cubierta espaciosa como
la terraza de un hotel, la brisa, la humedad, las gaviotas...
Y sin
embargo hay curiosidad muy principal para nosotros mismos.
Trueca
cada cual por un talante digno su absorta admiración al sorprenderse
contemplado... ¡Desconocidos que llegamos al buque como a un desierto islote
para formar la íntima sociedad de un mes, donde deberá conquistarse su rango
cada uno, donde pronto tendrán que ser determinadas las categorías, las
jerarquías, las simpatías!...
He de
confesar que me desilusiona el conjunto. Predominan las caras ordinarias y los
estúpidos aspectos. Estas barcadas para la guerra, no han de ser de grandes de
España, precisamente. Mucho sargento recién ascendido a oficial, con sus
mujeres algunos, todavía sargentas. Tipos como de tenderos, familias como de
enriquecidos menestrales; y entre unos y otros, este y aquel matrimonio
distinguido, que hace corro aparte con sus chicos y sus amas, y tales cuales
jóvenes y señoritas elegantes. Los chiquillos son plaga, y me humilla que
tantos niños y niñeras, y tanta gente del montón, haya de formar mi compañía en
el viaje... heroico.
Hacia el
puente, donde abundan más las fachas estimables, dos rubias con sombreros
salmón, en un grupo de otras señoras, me dan cuando paso sus fragancias de
gardenia, de trébol... Una gran dama, enlutada en sedas opulentamente, departe
en otro grupo con un respetable señor...
De
improviso, ronca e imponente, suena larga la sirena, por dos veces, con rugidos
que alcanzarán dominadores los ámbitos del puerto y la ciudad. Se produce un
movimiento de prisas: es el segundo toque de marcha.
-La
escala se llena, hacia los botes, de gentes que temen ser arrebatadas a los
mares...
Abajo, a
lo largo del negro costado del Reus, que veo luciente y lleno de redondos
agujeros como el murallón de un fuerte, quedan pronto sueltas las lanchas, en
la ansiosa terquedad de los pañuelos contestados desde arriba.
Se alejan
las gabarras, de las grúas, ya ociosas. El barco-aljibe termina su descarga de
agua dulce. Se ve acercarse un esquife de guerra cuyos ocho remos se alzan a
compás, con honores de almirante. Los anteojos lo asestan. En sus bancos de
popa, alfombrados de rojo, y entre maletas y cavas de fulgentes níqueles,
vienen un joven, demasiado joven para poder ser alto jefe de tal consideración,
y una joven vestida de gris con simplicísimo buen tono.
Han
atracado.
Ambos son
altos, esbeltos, de indudable porte aristocrático -sobre todo, ella. Ni la
falta absoluta de parecido, ni la extrema cortesía con que él, incierto en la
insegura escala, le da la mano al subir, los revela como hermanos: recién
casados, sin duda.
El
capitán los recibe gorra en mano, y los guía por sí mismo al
interior.
-Es la
hija del contralmirante Ruiz, recién casada -me dice el doctor del buque; -él,
creo que va de juez a Filipinas.
Han
cruzado entre dos filas de curiosos. Se comprende desde luego que son lo más
chic del pasaje.
Pero, en
esto, una campana da las cinco, a dobles; se percata todo el mundo de que el
portalón se cierra, y se les olvida, con la atención a esta postrera maniobra,
de levantar la escala y recoger las anclas. La sirena resuena de nuevo
formidable, largamente, y bajo su ruido sin fin y las bocanadas de humo,
siéntese pronto trepidar el barco y empezar a removerse alrededor el agua
aceitosa en que resbala la espuma... Avanza ya
el vapor,
virando, dejando atrás en su oleaje las lanchas en que vuelven a agitarse los
pañuelos... Pasa cerca de otros buques...
Esto es
hecho... marcha... marcha, enfilando la boca del puerto, donde larga al fin un
cañonazo a la vista del mar libre...
-¡Adiós,
Barcelona! ¡Adiós, España! ¡Adiós...
Pronuncian
nombres mis labios. El vello erízaseme en la espalda, a un escalofrío que debe de recorrer a todos con
esta brisa fuerte que nos da de proa...
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La borda
ha sido largo rato una batería de anteojos de tres tubos, de gemelos de
campaña, de gemelos de teatro... Y cuando debajo del sol se esfuma por fin
completamente Barcelona en la apoteosis de un cegador polvo de oro, me doy
cuenta de que el ruido de la hélice es más rápido y vibrante, de que el agua
pasa por las bandas cortada con velocidad, de que el buque se lanza bravamente
al desierto de las aguas, y de que el suelo de madera me hunde y alza como si
fuesen mis pies en el dorso de un cetáceo cuyo respirar profundo aumentase en
su hundir las olas cada vez más encrespadas.
Hace
frío. Asusta lanzarse en pleno invierno a este baño de tristes
humedades
infinitas.
-¡Señorito,
al comedor!
Suenan
una campana..., timbres... Los mozos vienen personalmente advirtiendo que esto
llama a la mesa. Por la cubierta hay menos gente.
Guiado al
comedor a través de pasillos y anchas escaleras alfombradas y ornadas de
macetas, que parecen con sus bajos techos las del foyer de un teatro, ocupo el
primer sillón giratorio que encuentro. Están las mesas llenas, principalmente
las pequeñas, laterales, situadas perpendicularmente desde la central hasta
ambos costados de buque -pues coge su ancho la espaciosa cámara.
-¿Y los
niños? -pregunto a un camarero de frac y guante blanco.
Pienso
que se hayan quedado en el puerto, propio no más este viaje de corazones
esforzados. Aquí, bajo el rico artesonado de caoba, entre las columnas, los
dorados y las flores, no veo chiquillos ni tanta cara tosca.
Los niños
comen después, señor; es costumbre. Además, no cabrían ahora. Están los cien
puestos ocupados.
Entra el
capitán. Se sienta en el testero de la gran mesa, contra el piano. Como veo
sitios sin nadie junto a él, voy a uno. Calculo que por allí será más puntual
el servicio. Además, el capitán, un bilbaíno con quien ya he hablado en las
oficinas de la Compañía, es hombre de cincuenta años cuya corta barba gris,
cuidada con esmero, le da a la faz morena simpática expresión. Lo mismo deben
de reflexionar unos cuantos reflexivos, porque cambian también de puestos
inmediatamente -entre ellos la gentil
pareja de recién casados.
Empieza
la comida fríamente etiquetera; sobre todo, en torno al capitán. En resumen se
han instalado alrededor suyo gentes gratas. A la izquierda, el joven
matrimonio, un cómodamente de Estado Mayor y una rubia cubana -una rubia
escandalosamente teñida, con su marido y una polluela a quien nombran Sarah. A
su derecha, yo, la familia de un coronel de Ingenieros, con dos hijas de
figuras insignificantes, y un poco más lejos
un
teniente de Caballería (que debe ser el de mi camarote) y una mamá andaluza con
una preciosísima joven, que ya de serlo da fe al haberse atraído alrededor buen
golpe de solteros...
Veo con
pena que no vienen las dos rubias de los sombreros salmón, ni la dama
opulentamente enlutada.
Pero el
comedor, con todos sus ramos y su silencio de festín solemne, se mueve como un
restaurante-zaranda que tuviese un diablo socarrón entre las manos. Los haces
del poniente sol, tendidos por toda su extensión desde los circulares
ventanillos de una banda, oscilan en barras paralelas a cada cabeceo del buque,
arrancando chispas y mareadores centellazos a la cristalería, paseándonos su
luz por los ojos, por los platos... Creo que se les debe buena parte de la
seriedad casi fúnebre de los comensales...
Algunos
se marchan...
Terminada
la sopa, se han clareado las mesas por notable modo.
Son
inciertas figuras que salen como fantasmas escalera arriba.
El calor,
en pleno Diciembre, aquí abajo, sofoca.
El calor,
y el olor insoportable a hullas, a flores, a maderas.
Se
empieza a comprender.
A cada
nueva defección, el capitán sonríe. Observa luego de reojo a los que nos
obstinamos en mantenernos junto a él a todo trance...
El marido
de la hija del almirante, pálido, «olvidado de un pañuelo», va por él con
urgencia sospechosa.
Mi presunto
compañero, el húsar, sale disparado en demanda de aire libre; y la joven
andaluza, Pura -que la nombró su madre-, un tanto desencajadas las facciones,
ríe, sin embargo, bromeando ya con sus vecinos, que se han permitido los
primeros comentar las escapadas.
-¿Qué
tal, capitán? -me interroga el del barco.
-Oh,
bien, capitán, -le replico dominando mi cierta revolución interna.
Me ha
mirado sutilmente burlona la hija del almirante, esperando la respuesta.
Esta
mujer tiene una serenidad singularísima en los ojos. La única que conserva el
natural sonrosado en las mejillas. Más que bella aún, es inteligente su faz,
distinguida con una suprema distinción su figura toda.
Un
apuesto teniente de Cazadores parte a escape del lado de Purita.
-¡Pienso
que la dejan sola! -dícele a ésta mi vecina con discreta gentileza.
-¡Ah,
sí!..., ¡y a usted! -devuelve con agradecida arrogancia sin notar que hay en la
frase un matiz de compasión a su lividez y a su esfuerzo de dominio. -¡Su
marido también cayó!... ¡Qué hombres!, ¡no sirven para nada!...
Esto
generaliza la conversación.
Por no
aumentar con mi persona el ridículo desfile, yo no sé lo que daría.
Me
esfuerzo, me sereno río, bromeo también... Y en esto, oyendo detrás de un
macetón las descuajantes arcadas de uno que no ha tenido tiempo de alejarse,
Pura, cuya madre ya no está hace rato, lívida y perlada su frente de sudor, se
alza impulsiva, cruza como otro fantasma hasta una columna, primero, y después
a la escalera, desviada en zis-zás
su
indecisa marcha por un bamboleo del barco, y sube por fin aferrándose a la
balaustrada con ambas manos.
Todos nos
reímos afablemente, piadosos con la flaqueza humana que desvela el mar lo mismo
en los humildes que en los altivos y tocados de etiqueta.
Una
rápida y condescendiente confianza tiéndese entre todos los que habíamos ido
llegando al comedor con aire de cancillerescos convidados.
Quedamos
a los postres doce o catorce personas.
El
capitán, mi bellísima vecina, la familia de Cuba, yo...
-Oh,
capitán, ¿y lo mismo todo el viaje?
-No, mi
valiente artillero -díseme jovial-; ¡este golfo de Lión es de lo más bailadito,
siempre!
Me
consuelo. Sin embargo, siéntome tan débilmente seguro de mí propio, que apenas
sale mi aristocrática vecina en busca del marido, parto a la cubierta.
Hay para
formarse de la travesía un detestable concepto por estas primeras impresiones
¡Qué otro
el cuadro! Por las sillas, por los canapés, no se ven más que cuerpos como
muertos, y caras como la cera. Nadie hace caso de nadie.
Varias
señoras enseñan las piernas, sin reparo maldito, desplomadas, torcidas por el
vómito de mortales agonías. Acá y allá, los mozos recogen del piso con cubos y
escobones lo poco que se ha comido abajo...
Me acerco
a la borda. Enciendo un cigarro, con mecha. Puesto el sol, ya no se divisa
tierra. El Reus sigue hundiéndose de proa a popa y las olas grises se estrellan
contra él. Sopla un airazo seguidote y fresco... que es, de tanta desolación,
lo menos desagradable.
- II -
He
despertado temprano.
Un sueño
reparador mecido amorosamente.
Recordando
las dos horas de tedio en la noche, cuando echados de arriba por el frío tuve
en el fumadero que estar mirando las partidas de cartas que improvisaron
algunos, me felicito de haber traído en mi repuesto de novelas Die Graefin
Pataski y el diccionario alemán. Traduciré largos ratos.
Dejando
en el camarote mareado al húsar y al señor de las elegantes maletas, he subido
a buscar sobre cubierta un rincón para mis libros. La encuentro llena, por
todas partes; llena de estos mismos cuerpos tendidos y de estas caras pálidas
que miran con displicente horror al mar, como sus prisioneros engañados,
irritados, resignados... Muy pocos andamos firmes, pasado el peligro de perder
la cabeza y el estómago.
Los
niños, en brazos de sus madres, o al lado, en los sillones, me dan lástima.
-Oh, ya
los verá usted saltar, con mar llana. ¡Son los mareómetros de a bordo! -me
afirma el doctor.
No he
contado, al concebir el proyecto de trabajo, con esta dificultad de aislarme.
Bajo al
fumadero; hay gente; dos que juegan al tute. Bajo más, al comedor: los mozos
ponen la mesa.
Resuelto
a buscarme un rincón, salgo por el pasillo de mi camarote a la baja cubierta.
Deténgome a ver los tanques de agua y las provisiones vivas; jaulones de
gallinas, de pavos, de terneras...; todo para vomitarlo en pocos días.
Subo a la
proa. Entre dos ruedos de maromas y las cabrias de las anclas, que cuelgan
fuera enormes a ambos lados, junto a las letras doradas del nombre, CONDE DE
REUS, no hay nadie; pero sopla con molestísima violencia el viento de la
contramarcha...
En
seguida vuelvo a bajar la escalilla, de espaldas, según he advertido que hacen
para mayor comodidad los marineros, y entro nuevamente por la galena izquierda,
recto, recto; es decir, recto en lo que buenamente puede mi intención, abriendo
los pies, vigilando los balances y sin perjuicio de ir alguna vez a las
paredes... A la izquierda, la serie sin fin de puertecillas; a la derecha, a lo
último, los cuartos de baño, los retretes...; y saliendo a otro gran trecho
libre, en cuyo centro alza un palo hacia lo azul su maraña de cruces y de
cuerdas, contemplo por las dos abiertas escotillas de dos bodegas la negra
profundidad donde todavía ordenan los marineros la carga, trasladando fardos y
cajas a su fondo.
Empieza
inmediatamente otra galería larguísima, de la cámara de segunda. Ya lo
advierto, en el menor brillo de los barnices, de los dorados, y en la menor
limpieza proveniente de la concentración de los servicios incómodos: las
cocinas y despensas dan su tufo de grasas; el botiquín, de éter la barbería, de
pomadas rancias; la panadería y la entrada de las máquinas su ruido y su calor.
Parece todo esto una ciudad, una inmensa fonda que alguien ha apretado y
reducido entre las manos hasta dejar por estancias estas celdillas de un panal
enorme. Hay carbones por el suelo, y en el comedor, más pequeño que el nuestro,
un simple mobiliario con tapicerías de crines plomo, sin una maceta, sin un
adorno... Los pasajeros que encuentro son pocos, modestos, criadas del pasaje
de primera, algunos hombres...; una vistosa dama, también, con traje claro,
francesa, que me llama vivamente la atención.
-¡Buenos
días!
-«¡Bonjour,
monsieur!» -ha dicho pasando.
Por
último, salgo a la popa, entre soldados y emigrantes acampados en montón.
Diríase que traigo por el interior del buque un paseo de horas que estoy a una
legua de mi camarote, adonde no sabré volver.
Trepo al
castillo de popa, y veo el espumaje de la hélice y la cuerda de la corredera,
que hundiéndose en la estela, gira y mide la marcha. Las maniobras de la
marinería no abundan tanto en esta parte; decididamente mi mejor retiro, junto
al cañón, calmado el viento al resguardo de todo el laberinto del buque.
Lo miro y
me parece por sus cubiertas interminable. Bajo el humo que huye en densas
bocanadas nublando el sol, álzase la blanca balumba de ganchos, de botes, de
escalas, de tubos, de lumbreras, de ventiladores, de barandas, de cables, de
maromas, de poleas..., causándome la caprichosa impresión de un inmenso canasto
rebosante de loza rota, entre los tres mástiles enormes cuyas finas puntas
oscilan allá arriba armadas de
pararrayos...
Sobre un
arcón, entre dos bocoyes, me arrellano cómodamente.
Abro el
libro, apercibo el diccionario y el cuaderno, y empiezo: Der Buckkalter das
Kräslige Haus in KoIhen und Eisen Wittwe und Sohn...
Diez
veces leo la misma cosa.
El
espectáculo del mar, me distrae.
Pero me
distrae y me sigue sorprendiendo con su sencillez inverosímil; el cielo limpio,
cortado en redondo por un círculo gris, que siempre nos tiene en el centro, y a
cuyo límite dijérase que se puede alcanzar de una pedrada. Ni una nube, ni una
vela para referir y desenvolver lejanías. Daba mejor cualquier puerto la idea
de la llanura inmensa...
Der Buchhaller das Kräslige Haus in Kolhen und Eisen
Wittwe...
Pero algo
rechaza en mí tal desilusión de pura óptica, y acércome a la banda, procurando
ver y mirar con los ojos y con el pensamiento...
Así, sí.
Pasan las olas rozando el buque, veloces, deshechas; su oleaginosa
transparencia piérdese en tenebrosidades de abismo; y dentro, allá dentro, todo
otro mundo extraño, fabuloso: me figuro los humanos esqueletos de los
náufragos, los buques rotos y hundidos, por encima de los cuales cruzarán
lentos y negros los marinos monstruos como fatídicas aves.
Levantando
al cielo la vista, me sueño en el fondo de otro océano de aire cuya etérea
superficie surcarán esquifes de ángeles, de seres de la luz, por mi ceguedad
tan ignorados como yo mismo por los pulpos de estos fondos.
¿Cuánto
tardaría en llegar yo, cabeza abajo, al fondo del mar?
Sonrío, y
estremecido al fin de grandezas y misterios, lanzo a distancia la mirada, de
ola en ola, admirándome de su bullir inquieto, de su jugar de espumas, de su
rumor de movibles sedas, por todos lados...
Parecen
niñas.
No
concibo, últimamente, cómo puedan seguir jugando y moviéndose y rumorando besos
y alegrías, luego que, dejadas atrás por nuestro barco, no tengan ya quien las
oiga...
¡Oh, la
bulliciosa y enorme soledad!.... ¡son tan incomprensibles el ruido y la alegría
sin oídos y corazones que los sientan! No hay un pájaro en los aires; no hay
nada más en torno, que este saltar, mecerse, hervir, cubrirse unas a otras de
blancas gasas, las olas... Hácenme el efecto espectral e infinita y
suavísimamente triste, de almas de niñas eternamente condenadas a ignorar su
gozo y su belleza, en un limbo de claras vidas muertas alumbrado por el sol.
Tan sólo
atrás, la estela deja un plano camino recto desde el horizonte, como de olas
destrozadas, como de olas aplastadas que no volverán a levantarse...
Sea que
el hábito se establece, o que el mar se riza menos, empiezan por la tarde a no
verse tantos de aquellos cuerpos yacentes, como de condenados que aguardasen
con fosca resignación; y después de la comida, se inician grupos de tertulia en
la cubierta.
Tal
vuelta a la vida, devuelve también los conceptos del pudor y de la ajena
propiedad. Las señoras no enseñan las piernas, y mi largo canapé, pesado como
una antigua carabela, con sus cercos y cestillas en los brazos para el tabaco y
el café, se encuentra respetado al pie de la camareta de señoras.
Toda esta
zona abrigada al socaire en la banda de estribor, ha sido egoístamente
asaltada. Coge desde la oficina del sobrecargo hasta el final de la toldilla;
es decir, buena mitad de la cubierta de primera; y como es disputada sin reparo
a amontonarse, punto menos que sin atención a molestarse en la estrechez unos a
otros, pronto queda en dominio de los más... ¿qué diré? de los más
inaprensivos.
A partir
de ellos, otros se ordenan con mayor espacio hasta la entrada de la escalera; y
desde allí hasta el antepuente, sólo resta, contra la cámara del capitán y la
lucera del fumadero, un pequeño trecho abiertamente batido por el viento de la
proa.
Mi canapé
está respetado, pero inaccesible entre la gente.
-Haga el
favor. Coja aquella silla larga -le encargo a un mozo.
-Tenga la
bondad de llevármela a estribor -le suplico cuando la trae en alto.
Echo
delante. Paso a la banda opuesta por junto a las chimeneas. No hay nadie, y
aunque da el sol, sopla el viento, insoportable.
-Va usted
a tener frío, mi capitán -me avisa el mozo.
-No
importa.
-Y además
-añade con timidez de humilde profesor-, la banda de estribor es la otra, la
izquierda.
«Estribor,
izquierda; estribor, izquierda...» -me quedo yo de nuevo repitiendo.
Nunca lo
aprenderé. ¿Por qué hay conceptos y palabras que declaran su incompatibilidad
con mi memoria?... Desertor... pornografía... Teófilo...; para decir desertor,
titubeo, vacilo siempre, y o me detengo a buscar, o digo remontado, escapado,
cualquier cosa menos desertor; antes que pornográfico se me ocurre indecente,
lujurioso..., y a Teófilo, un amigo de Madrid, le llamaba de un modo fatal
Teólimo o Timoleo.
¡Jaas...
chés! ¡jaas...!
Estornudo.
Me alzo el astracán de la pelliza.
Pero,
dijo bien el mozo. Hace frío. Mi cigarro se lo fuma el aire.
Levantándome,
arrastro el canapé a la otra banda, por delante.
¡Oh,
sorpresa! Animados de igual horror al barullo, mis vecinos de mesa han formado
un corro, en este único espacio libre contra el puente -no tan desapacible como
el que acabo de dejar. Viéndome tan bravamente remolcar mi canapé, se me recibe
con ¡hurras!...
Me
siento, instado por el capitán. -Están, además de la rubia cubana y su marido y
su hija Sarah, Lucía y el suyo (Lucía, este nombre de la aristocrática joven,
no se me olvida) y el coronel de Ingenieros con su mujer y sus hijas, serias o
insignificantes. Me alegra que una razón de incomodidad haya servido para
distanciarnos de la turba del pasaje. Nos separa la puerta de la escalera, de
todos los demás. Y tratan de ello; el capitán sostiene con la sutilísima burla
de hombre educado a las intemperancias de los otros:
-El sitio
mejor. Dentro de tres días el calor hará esta brisa deseable, y envidiarán a
ustedes. Afirmen, para entonces, su derecho al sitio.
Sigue
hablando de los desengaños de a bordo. Los matrimonios, salvo los que por pagar
los de lujo o por tener familia para tres literas llenan un camarote (en uno u
otro caso están todos los del grupo), tienen que separarse: las esposas a
camarotes de señoras, con otras; los maridos a los de hombres...
-Y pueden
figurarse... un mes, ¡los pobres matrimonios! -añade conteniendo su malicia por
respeto a las tres tiernas jovencillas.
Pero yo
advierto en Sarah una perspicacísima sonrisa de ojos bajos, mientras las del
coronel, mayores que ella, siguen contemplando inocentemente al capitán.
-¡Ah, por
cierto, aquéllos! -exclama éste indicando discreto a una pareja que cruza-.
Tuvo que oír la de sus ruegos ayer! El pobre señor, decía que es diabético...,
que tiene que darle sellos por la noche su señora!
Se
sientan, no lejos. [texto no legible] marido al de mi litera de enfrente, al
del oloroso maletín. Un hombre recio, tosco, para cuya facha de pasmado buey
parece que los ojos grandes de su hermosa mujer piden disculpa. Ella,
peripuesta y presumiendo con su abrigo bronce y sus enormes perlas,
probablemente falsas, debe ser la que le fuerza a la
tiesura
del cuello blanco y brillador contra el cogote peloso; ella debe ser la que le
ha surtido del maletín, de las babuchas bordadas y de los flamantes estuches de
peines y tijeras que luce en el camarote.
Participo
estos detalles, y los reímos. Sin duda van a poner tienda de chorizos en
Oriente. Se le advierte a la gallarda esposa su estirpe de pescadera a quien le
duele parecerlo lejos del mostrador...
Estas
bromas, a costa de algún desdichado, estrechan la confianza que acaba de
pactarse entre nosotros al descubrirnos una suerte de comunidad de relaciones:
Lucía es amiga de marinos a quienes yo traté en Cádiz; su marido, Alberto, hijo
también de militar, amigo de generales a quienes el coronel y yo conocemos de
Madrid; Charo, la cubana, que halla modo de decirnos, apoyada en el heráldico
camafeo de un broche, su calidad de condesa de Fuentefiel, trató en la corte
gentes aristocráticas (Berta, Lulú, Margot...) de la intimidad de Lucía...
Y son
sobre todo encantadores, dislocantes, esta Charo, esta condesa de Fuentefiel
pintadísima, y su genial marido, que todo lo toma a beneficio de inventario,
incluso los desplantes y las pinturas de su cónyuge. Cuenta ella su vida, sus
correrías en la Habana, sus largas villeggiatures en un fresco ingenio del
Norte...
-¡Del
Norte!... ¡del norte de Cuba! -comenta él-, ¡fresco propiamente como el Sahara!
-¡Bueno,
bien! ¿qué sabes tú?... que diga Sarah...
-¡No, si
digo el Sahara!
-Y yo
digo nuestra hija.
-Pues
tampoco. No es tuya. Es mía y de aquella negra del ingenio...
¿La ven
ustedes? mulata; ¡comprenderán cuán imposible es que proceda de esta rubia
mitad mía, y cuánto tendría aquel sol de corruscante!
Reímos.
Charo, sin descomponerse, se incomoda conmigo porque no tuteo a Sarita, como el
coronel, como los demás... ¡digo, una chicuela de trece años!...
-¡No,
mamá!, ¡diez y seis!
-¡Niña!
-riñe el papá cómicamente; -¡a tu mamá no le conviene! ¡trece!
Haciendo
bocina al corro con las manos, añade:
-¡Ha
cumplido veintiuno!
Y como
parece disponerse a computar las fechas de su boda, «Pasados ya por Charo los
cuarenta y no habiendo tenido él de la negra esta niña hasta seis después...»;
según lo cual le van resultando a Charo cerca de setenta años... Charo acaba
pellizcándole y mandándole a buscar su partida de tresillo. Él lo está
deseando, y se larga.
Todos lo
sentimos. Pero este hombre, que va de gobernador a Manila, sabe motivar hasta
sus antojos, por lo visto, en gentil con deseen delicia. Es alto, de barba
rala, de cara ictérica y triste, de ojos grandes, melancólicos, con mucho
blanco sobre el párpado inferior, en los que su eterna broma adquiere por
contraste mayor fuerza. Lleva con desgarbada soltura un amplio chaqué, y posee,
a no dudarlo, don de gentes.
Antes de
diez minutos, volvemos a verle cruzar con el doctor de a bordo y otros dos
señores, que ha buscado a escape, sin saberse a dónde, para la partida.
Queda a
sus anchas la condesa, y continúa relatándonos con su lengua semiandaluza y su
volubilidad deliciosa, lances de su vida, a propósito
del buen
humor de Pepe, Don Lacio, como en festiva venganza le llama.
Contará
ella, efectivamente, sus cincuenta años; mas no quiere representar por encima
de treinta y ocho o treinta y nueve, de seguro. Sus labios, carmín auténtico;
sus mejillas, bermellón; su pelo, seda de oro gracias a la alquimia...; y sus
ojos negrísimos, parecen más ardientes en el exagerado blancor albayaldesco que
seguramente tapa la cara de aquella negra del ingenio, pequeña y desmedrada,
sin que contra esto le valgan mañas. Fina y no muy alta tampoco, Sarah, la
vivaracha chicuela, es linda e intensa de rostro, con su verdosa tez y sus
sombríos ojos profundos -todavía la blusa suelta en el talle, la trenza a la
espalda y la falda a media bota.
¿Qué edad
tiene, por fin?... lo han dejado en el misterio; mas aunque pase de los trece,
que desea su madre, y no llegue a los ansiados diez y seis años, harto se
advierte en ella, con la precocidad de América y con ese bajo mirar de
coquetería púdica, a la mujercita pesarosa de su apariencia infantil. Cuando yo
insisto en que debo llamarla de usted, me
lo
agradece con una mirada apasionada, inmensa.
Enciéndense
las eléctricas bombillas en la tolda.
Charo
continúa embelesándonos con sus cuentos peregrinos. Una vez, a ella ¡tan rubia!
¡tan blanca! le dio por ponerse negro el pelo, morena.
Parecía
otra. Salió con Pepe por la Habana y poco después recibió un anónimo ella misma
«advirtiéndola que Pepe la era infiel»...
Los
demás, reímos, callamos. Sólo el capitán y el coronel y Lucía le hacen el
juego. El marido de ésta quiere intervenir de tiempo en tiempo, pero torna a
dejarse caer en su sillón y a cerrar los ojos; no es su silencio,
indudablemente, hábito de poco hablar, como en la grave familia del ingeniero;
sino restos de mareo, aún. Le va a ser muy poco grato el viaje.
A ratos,
cuando su agradabilísima mujer, sin perder el dominio inteligente de sí propia
en el ambiente jovial, dícele a Charo bromas, o con respecto de Charo cruza con
el coronel o el capitán algunas que a él le parecen excesivas, yo le observo
mirarla severamente y removerse y quererla llamar al orden con toses y con
gestos.
Es un
feroz celoso, de fijo. Además, recojo bastantes detalles para poder afirmar
entre ambos una diferencia de educaciones lamentable. Lucía ostenta la firme
despreocupación de una mujer habituada al gran mundo. Alberto parece en cambio
resumir todos los burgueses conceptos de conveniencias y de virtud, hechos en
la clase media de hipócritas limitaciones. No recién casados, sino casados hace
un año, según han respondido a ingenuas preguntas de Charo, tal vez ha bastado
el breve plazo para que le pierda ella la estimación. De todos modos, un hombre
inferior, absolutamente vulgar, junto a una mujer de alto mérito. No tienen más
que equivalencias externas: sus gallardías, sus estaturas, la misma belleza
diferenciada viril y femeninamente en los trazos de sus caras...
Y llaman
al comedor, la campana... los timbres.
No se
piensa más que en comer, todo el día. Una obsesión. A las siete, desayuno. A
las diez, almuerzo fuerte. A las dos, refrescos y fiambres. A las cinco y
media, la comida. A las nueve, ahora, té con pastas...
- III -
El mar se
calma. Es más llano y más azul. Lo he visto por el ventanillo sentándome en la
litera.
Se mueve
el camarote menos. Mi vecino el húsar saluda, sonríe y habla. Se ha vestido,
intentando salir, pero torna a tenderse. Confía en que el día de hoy concluirá
de habituarle al buque.
Yo
desatornillo el vidrio y lo abro. Entra una brisa primaveral, que renueva el
aire confinado. El señor del equipaje flamante está en mangas de camisa,
jabonándose las manos, y tengo que cerrar.
-¿Cómo?
¿Hoy tampoco piensa usted salir? -le dice casi hosco al
húsar.
-Tampoco.
El húsar,
informado por mí, ya conoce la tribulación matrimonial de nuestro huésped. Le
ha contestado con cierta sequedad burlona.
Cuando
sale, contristado, comentamos su intención. Proyecta indudablemente traer a su
mujer aquí, en nuestra ausencia.
-¡No,
pues eso no! ¡Vive el cielo!
-¡Pondremos
vigías!
-Se lo
diremos al mozo, a la camarera, al capitán; no debe estar permitido.
-¡Que se
aguanten!
-Así como
nosotros, pobres pecadores, nos aguantamos, amén Jesús. ¿Y es guapa ella?
-Muy
guapa. ¡Salga usted, hombre, y ve el mundo!
-¡Pero,
qué diablo, si por allí fuera se echan los hígados! ¿Qué hacen ustedes para no
marearse?
-He oído
preconizar varios remedios; el más cierto ponerse a la sombra de un olivo.
Luego me
pregunta por la andaluza, Purita.
-Es más
valiente que usted; no ha vuelto a marearse. Ahora come a su lado el teniente
de Cazadores. Le ha ganado el puesto.
¡-Amigo!
En la guerra como en la guerra.
Nos
parece muy loca la niña e imbécil la madre.
Hija de
un médico titular de Zamboanga, van a reunírsele. Todo esto, y la posesión en
Filipinas «por más de cien mil pesos en fincas», y el deseo de casar a Purita
con un militar, para que no se encerrase en un pueblo ¡la hija de su alma!,
habíaselo referido la mamá al húsar aun antes de zarpar de Barcelona.
¡Oh,
infelices! Forman entre las dos, probablemente, una de esas conjunciones
femeninas de la estultez y la belleza, amasadas a un poco de malicia donosa, e
irremisiblemente destinadas al fuego...
Vuelve el
convecino. Sintiéndole toser, háceme seña el teniente y lee, como si ya
estuviese leyendo, en un cuadernete que saca del bolsillo:-Artículo 127. De los
matrimonios a bordo: Queda rigurosamente prohibido a los señores pasajeros
entrar bajo ningún pretexto en los camarotes de señoras, ni aun teniendo en
ellos a sus cónyuges. Igual se entenderá a la inversa, para las señoras, en los
camarotes donde se alojan sus maridos, castigándose la contravención con cepo o
multas y separación indefinida, según las circunstancias y los sexos.
-¿Cómo?...
¿qué es eso? -pregunta el recién llegado, que ha prestado atención prontamente.
-¿Esto?¡Horrible,
tiránico, cruel, amigo mío!... el reglamento de a bordo. Conviene tenerlo, a
fin de no meter la pata; todo restricciones; por menos de nada, al cepo. Ni se
puede fumar, ni puede uno emborracharse,
ni
puede...
-¡Cómo!...
¿el reglamento del... Reus?
-¡Sí,
señor, del Reus!
-¿Y lo
tiene el capitán?
-¡Claro!
Parte. Va
a buscar al capitán. Le pedirá el reglamento. Le consultará su caso (es hombre
para ello) concretamente, y obtendrá una respuesta parecida que libre de
malévolos designios nuestro casto camarote. Porque si no existe, debe existir
este artículo que ha leído el compañero en un... Escalafón del Arma de
Caballería.
No me
parece tan serena el agua cuando subo a la cubierta. Sin embargo, lo está más
que en los días pasados. A babor cruza un avión enorme...
-Es esto
babor, verdad? -asesórome de don José, del saladísimo don Lacio.
-¡Sí,
hombre!... ¡todavía! -replica admirando mí torpeza.
Porque ha
notado mi perenne confusión sobre este punto.
A babor
cruza lejos por enfrente de nosotros, con rumbo opuesto, el enorme naviote,
dando tumbos con su complejo y gigantesco velamen desplegado.
Un
acontecimiento en la vasta soledad. En su honor han vuelto a relucir los
anteojos.
Bajo por
el mío. -Póngome a mirarlo.
Negro,
breoso y sucio, brillando al sol con sus pingajos de jarcias y rodeado de
espumas, con su brava tripulación solitaria escondida bajo su alcázar
laberíntico de hinchadas lonas, yo lo contemplo como a un salvaje del mar.
Pienso
durante una hora en los asesinatos feroces, en los odios de las largas
travesías, en piratas, en lanchas de abordaje..., en toda la trágica leyenda.
Nuestro
esbelto y velocísimo Reus, empenachado de humo, se me antoja como una correcta
continuación del tren lanzado desde Madrid sobre las olas.
Allá va,
allá va esfumándose, perdiéndose, perdiéndose el fragatón ciclópeo, cargado de
algodón, de café, de sus hombres tétricos y rudos, viniendo a su albedrío de
todos los puertos del mundo... Es por último algo así como una tela de araña en
el tul del horizonte... Se pierde...
Y una
cosa aún más simple nos admira. Pasan dos gaviotas... ¿Tierra,
entonces?...
¿Cuál?
-¡Sicilia!
-nos dice a don José y a mí un marinero. -Se ve ya. Por la otra banda. Don
José, tira de mí, cantando:
-¡A
estribor!... ¡a estribor!... las aves marinas con rumbo hacia allá...
Al límite
del cielo dibujase la costa en cinta de nieblas.
Todos nos
van siguiendo, enterados poco a poco.
Surge
como un sueño la tierra, tras el hondo abandono de estos días, en que nos
creyéramos perdidos. Se duda de ella. «¡Son nubes!»... «¡Es bruma!»... Y cada
cual pone en la exclamación el ansia de engañarse, como si fuera indispensable
certificar con el corazón, con los ojos, la increíble y maravillante cosa de
que los marinos del Reus puedan seguir prefijadas rutas en el camino sin camino
de las aguas. Como yo, todos se
estarán
acordando de Colón; y es una especie de Colón este capitán nuestro que ha
descubierto a Sicilia.
El
observatorio queda establecido a estribor. Las señoras, según van levantándose,
senos reúnen -frescas, vaporosas, elegantes, con su leve primaveral elegancia
de céfiros y tules. Presenta la borda aspecto de la hilada de tribunas de un
Hipódromo.
-¡Es
tierra! ¡Es tierra!
-Se ven
velas. ¡Allí!
La costa
se va destacando con sus altos y sus tonos. Empieza a verdear. En algunas
puntas descubrimos faros. Seguimos acercándonos, pero habremos de sesgarla sin
tocarla, según el rumbo. Los vaporcillos y las lanchas marcan la extensión del
mar, ahora que la pierde. Flotan palos y hortalizas que nos dan más la
sensación de esta tierra.
A la hora
del almuerzo, distinguimos sin anteojo la franja verde interminable, sus
promontorios, las arenas de sus playas..., mas hay que bajar al comedor, aunque
se almuerce de prisa.
Citando
volvemos a subir, la costa se divisa con todos sus accidentes panorámicos. La
vamos corriendo a lo largo. Es siempre una franja de verdor ondeada por colinas
y sembrada de blanco caserío.
Querríamos
ver a las poéticas gentes felices de este paraíso; los anteojos no alcanzan a
detallar más que tal cual poblado, tal cual grupo de árboles..., y nos
figuramos a los sicilianos con sus gayas vestimentas de teatro, en pleno baile,
al son de las arpas y las flautas.
De tiempo
en tiempo las níveas viviendas dispersas por la fronda, se acercan, se agrupan,
se aprietan en aldea, en ciudad..., y de una de éstas, respaldada en un
desfiladero, distinguimos las torres monumentales de un templo...
¿Caltagironte?... ¿Girgenti?... Está no cerca del mar, tal vez a un par de
leguas... Mis conocimientos geográficos no alcanzan a más que tales dudas. Me
consuela que hay quien espera descubrir por esta parte sur el Etna.
-¡Oh,
Sarah!... ¡Vea!
-Qué.
-¡Qué
lindo juguete!
Le doy
mis gemelos. Entre festones de bosque se alzan los minaretes de un chalet, que
queda atrás.
Ella lo
mira, y luego me mira con su intenso mirar apasionado.
-Sí, ¡oh,
qué lindo! ¡Me quedaría de buena gana!
El
coronel dísela lo bien que la caería «para poner sus muñecas».Sarah se vuelve a
mi lado.
-La
muñeca de esa casa -dice-, sería yo. En una novela de mamá...
Se
interrumpe con uno de sus fáciles rubores de triste mujercita.
Únicamente
añade, bajando los ojos:
-¿Verdad
que usted también se quedaría, señor Serván?
-Oh,
señor Serván..., ¡por Dios, Sarah! ¡me hace usted un viejo!
-¡No!...
es que... ¡es que yo soy tan pequeña!
Calla.
Torna a dirigir los gemelos al chalet, que queda atrás.
Yo me
limito a contemplarla. Debe sufrir, la pobrecilla criatura a quien nadie da
importancia. No vienen jovencitos de su edad en cuyos ojos pueda encontrar su
misma interrogación ansiosa de los misterios del amor... de la vida...
Una hora
más tarde, vuelve a encontrarse otra vez a mi lado, y me nombra Andrés... con
voz dulce, llamándome la atención hacia unos torreones.
No acaba
esta costa de Sicilia, plana y monótonamente bella, y acabamos por sentarnos,
mirándola a intervalos de la conversación. La vemos con suave frescura de
color, en la distancia, como a través de un velo tenuísimo de brumas... El mar
se corta a lo lejos en franjas verdes que hay quien dice que son desembocaduras
de ríos... que hay quien dice
que son
volcánicas corrientes...
A las
doce, citando un oficial toma en el puente la hora del sol, miramos los
relojes, confirmando el diario retraso de casi veinte minutos.
Tres días
de navegación nos han enseñado muchas cosas; y entre ellas, ésta de ir ganando
tiempo hacia levante. Aplicados a los pequeños detalles queremos comprobar su
exactitud. Se espera con afán el medio día. Cada uno lleva su reloj según salió
de Barcelona, para estimar la diferencia total al fin del viaje.
Sabemos
asimismo que mientras haya palomitas, esto es, que mientras las olas rompan en
espuma, no obstante la quietud del aire, sigue la marejada de fondo -la de los
mareos y los balances odiosos. Y observando siempre en la rueda alta del timón
a un marinero que la mueve sin cesar, fijo en la proa, desde su avanzado
observatorio del puente, aprendemos que hay que afrontar ola por ola a fin de
que no batan al Reus de costado. El vigía se nos antoja, pues, la providencia,
y su misión algo sagrado de cuyo descuido dependemos todos.
No paran
aquí nuestras tareas, en esta vida de holganza como la de una playa, como la de
un flotante hotel de balneario -hasta el punto de que no he vuelto a coger el
alemán. Don Lacio, pasajero reincidente, nos habitúa a consultar cada noche el
cuadro de la marcha colgado sobre el buzón de petitorio; y varios llevan su
carnet de apuntación. Día tal...
Singladura...
340 millas... Consultamos los barómetros, los termómetros, los higrómetros del
comedor, en horas fijas, siendo cátedras de náutica los grupos, a menudo, donde
se empieza a apreciar el valor justo de un nudo, de una milla, de la extensión
del mar que se descubre, del tiempo que tardan en perderse de vista los
barcos...
-¡Babor,
derecha; estribor, izquierda! -termina siempre don Lacio, dirigiéndose a mí-. Y
además no siempre se dice el mar, sino la mar..., es más marinero.
Hacia las
tres de la tarde se hunde Sicilia en lejanías, confundida con las brumas.
Otra vez
«la mar», redonda y solitaria, que nos concentra nuevamente en la extraña
intimidad de desconocidos que ya nos sonreímos, nos queremos, nos odiamos...
¿Quizás
no estoy viendo al señor del maletín junto a su esposa, torvo y triste,
pensando en el teniente y en el capitán del Reus, y en la maldita y ridícula
tesitura del Reglamento de a bordo?
Ha
consultado, en efecto, al capitán, que le ha quitado la esperanza.
Y en
tertulia, oyendo al capitán, nos hemos burlado del infeliz.
«¡Oh, ya
ve usted, capitán -le argüía últimamente-, hay temperamentos, hay
temperamentos... que no se pueden pasar... sin caer uno hasta malo!... No la
señora, que le da igual, al fin como señora... Por mí..., los médicos...»
El viaje
heroico se me va transfigurando, pues, en una especie de sainete, y el barco en
una gran casa de vecinos.
- IV -
El Reus
marcha por un mar finamente abullonado de huecos de olas como conchas. Se mece
de un modo imperceptible. Los niños juegan por la cubierta, y la alegría va
renaciendo en las caras, gratamente abanicadas por la brisa, debajo de la
espaciosa toldilla, a la sombra de un sol casi estival.
Se han
dejado completamente los abrigos y abundan los trajes claros, ligeros. Es
sorprendente cómo pasamos de Diciembre a Julio en breve tiempo.
Yo he
tirado mis apuntes de la marcha, mandando al diablo las náuticas ocupaciones,
ante la grata amenidad de la tertulia, donde suelen hablar las damas de todo
menos del mar.
Debemos
ir cruzando al Sur de Grecia. Trato de imaginar el gris del agua como el tono
en que se tintan los mares de los mapas, y trazo en largas y quebradas curvas a
ambos lados las tierras y las islas que no veo. Recuerdo una gran carta del
colegio en donde Grecia era rosa, azules la Anatolia y Gandía y Chipre, y el
Egipto heliotropo...; así me los figuro aquí.
Se ha
hablado del vino de Chipre, de las rosas de Alejandría, en la mesa. Un erudito
ha resucitado el tiempo helénico. Esto es inevitable. La gallarda serenidad del
buque ha devuelto a cada uno sus manías, sus mezquindades, sus vanidades.
Gentes humildes, con traza de no haber comido en fonda jamás, sino por fiesta,
y que no vendrían en este lujo de viaje si no lo pagara el Gobierno, hallan
detestables los asados, y las salsas, puestos a no asombrarse del festín que
vienen a ser las comidas. Unos, alrededor nuestro, con el hambre sana de a
bordo, se reservan para cualquier título del francés rimbombante del menú -y
encuéntranse sorprendidos con sesos fritos... Otros, presumiendo de avisados,
llenan de una vez con el tinto macón la batería de copas que tienen por
delante: la del agua, la del vino, la del jerez, la del champaña, la del
coñac...
Nosotros,
entre tanto, el grupo distinguido nos reímos... con una distinción que oculta
un poco de la misma torpeza vanidosa.
Al fin es
esta vanidad de distinción lo que nos une, y la escondida fuerza que sigue
deslindando entre rabias y entre envidias las jerarquías que preví al embarcar.
No basta entre el pasaje de primera el común derecho a lo mejor del buque que
da el billete: hay que conquistarse derechos de clase dentro de la clase. Y las
delimitaciones son tan fijas,
en pocos
días, que igual que a la generalidad sublevaría ver venir a nuestras cámaras y
a nuestra cubierta pasajeros de la popa, enojaría en nuestra pequeña tertulia
un intruso.
Han sido
los primeros títulos para tal preeminente conquista, los dientes blancos, las
uñas bien pulidas, los trajes bien cortados, las joyas... los brillantes en los
dedos de los hombres y las grandes turquesas orladas de brillantes en las
orejas de las damas. Felices los que desde luego contamos, además, con un
uniforme respetable.
Alrededor
de este núcleo, constituido en aristocracia de a bordo, y que ha quedado como
alto otorgador de la admisión de «nuevos íntimos», se ha ido aumentando la
tertulia con pocas personas más: unas abonadas por la belleza, como Purita y su
madre; otras por su canto, por su música, y aun por una vieja miss de compañía,
como una india señorita y su papá, de netos tipos malayos, europeizados en
Francia.
El húsar,
tendido en su silla, apenas ya con mareo, mira de soslayo a Pura, que habla con
el teniente de cazadores... joven menudito, simpático, posesor de una pitillera
de frac, con monograma...
Sigue
admirándome la perfecta separación que marca hacia nosotros la entrada de la
escalera. Del lado allá, nos miran como elegidos los otros grupos. Podría jurar
que hay uno intermedio cuya ambición es nuestro trato. Uno contiguo, inseguro
de sí mismo, casi disperso, formado por varias familias y señoras y señores que
no cesan de comparar en hostil silencio sus blusas y sus topacios con nuestros
brillantes. Figuran los más próximos en él mi vecino el del maletín y su
hermosa pescadera (convenido que lo es, hasta probar lo contrario), siempre
engalanada. -Y, por lo menos, todos ellos se sienten y se saben, a su vez, bien
diferenciados de aquella extrema izquierda -según don Lacio-, cuya amontonada
instalación empieza en la oficina del sobrecargo, y que le da a
la
cubierta, con sus madres lactantes y sus niños corretones, a quienes reparten
galletas y frutas y aun trozos de tortilla salvados del comedor, aspecto de
romería. Charo charla, junto a Pura, que
háblale bajo al teniente; Lucía sigue leyendo su voluminosa novela junto a
mí... Y de pronto Charo dícele algo, muy quedo, a la señora del coronel, y
continúa charlando. Pero lo que Charo ha dicho, breve, misteriosa, hurtadamente
-pasa el corro deboca a oído y llega al mío en una musitación de Lucía:
-Se
hablan de tú. ¡Son ya novios!
-¡Oh!
No sé qué
me ha hecho lanzar la exclamación, la noticia o el pelo de
Lucía que
me ha rozado.
El marido
la contemplaba rencoroso, tendido en su sillón, más marcado que el húsar. Ella
ha vuelto a leer, en descuido de su acto indiferente.
Esta
mujer me causa respeto y simpatía. Yo querría ser su amigo antiguo. Por un
instante, trato de estudiar en su faz lo que hay de noble: es un serenísimo
resplandor de inteligencia. Comparo a Lucía con Pura, indudablemente más guapa,
y convénzome de que todo el deseo que podría encender con facilidad en mi
sangre la andaluza, por una hora, tiene un no sé qué en mi alma, hacia Lucía,
de ansiosa estimación fraternal.
Pura es
incomparablemente más guapa, Lucía es incomparablemente más bella.
Pura es
una de esas carnalísimas beldades que se encuentran alguna vez en los
cafés-concierto y en las postales de nuestra exportación a
París.
Cuanto puede y vale, lo tiene en el brillo negro de los ojos, en la blanca
piel, en la húmeda gracia roja de la boca y en las curvas airosísimas del
cuerpo. Su gallardía, como la de los caballos, está fuertemente acentuada por
una inconsciencia de brava brutalidad. No costaría gran pena creer que es
maciza, y asustaría pensar lo que quedase de ella en los brazos de un amante,
fatigado, apagados los deseos...
Contacto
de fuego, los de esa cara, los de esa boca... soportados pronto después como
contactos de una libra de carne de la plaza.
Lucía
tiene la frente alta, pálida, y nace sedoso en ella el cabello obscuro con una
idealidad casta y limpia. En la arcangélica paz de su semblante, miran sus ojos
con franca valentía, seguros de sí propios, responsables, y las líneas
delicadas de sus labios muestran un tic de amargor y de piedad al jugar a la
sonrisa con sus dientes grandes, blancos, blancos..., muy blancos y firmes y
levemente desiguales... Yo dudo que el marido sepa los tesoros de amistad que
hay en estos ojos; los tesoros de pasión que hay en esta boca... Y al mirarle
noto que me está mirando amenazadoramente, y comprendo mi imprudencia. No tengo
el menor derecho a crearle a su mujer una de estas historias de murmuración que
ya corren por el barco. -Sonríole y le ofrezco un cigarro con toda
cordialidad.
Porque es
cierto. Las murmuraciones empiezan a volar impías en la sociedad naciente, en
la diminuta ciudad flotante que cruza apretada en un casco por las aguas
solitarias. El comandante de Estado Mayor se dice que le inspira a Charo
preferencias; él es un hombre de cuarenta años, fino, feo, con la fealdad
simpática de un japonés. Se dice también que el capitán de a bordo mira a la
pescadera, y que ella no se cansa de mirar al
capitán.
Y es lo raro, sin embargo, que tales imputaciones de injuria, positivas
probablemente, no disminuyen la consideración a la condesa, y
antes se
la dan que se la quitan a la bien plantada pescadera, salvada en galantería. Le
ocurre igual al rico filipino, admitido, más aun que porque su desmedrada hija
cante y hable el francés y el inglés y traiga una miss, porque él trae en
segunda, respetuoso con la niña, una querida francesa, una cocota, que es sin
duda la que vi en mi excursión del otro día...
Pronto ha
corrido la nueva por el Reus, dándole al indio bravo las de la ley para
alternar en la «distinguida sociedad».Charo ha promovido discusión acerca del
papel social de la mujer.
Excitado
el marido de Lucía contra una intervención oportunísima de ella, a quien apoyó
el comandante, discute ahora con éste en forma descompuesta,
absoluta,
rígida como su criterio fósil...
-¡Éstos
se pegan! -me dice el capitán del buque marchándose-. Ya verá usted: al término
del viaje, llevo diez o doce duelos concertados.
Por no
oírlos, me levanto también y bajo al fumadero, entreteniéndome en ver jugar al
ajedrez, cerca de la mesa donde actúa de tresillista don Lacio.
Además
-debo confesármelo-, me ha hecho bajar, también, Sarah, la cubanilla. Me
inquieta con su atención. No cesa de mirarme. Le inspiro una curiosidad, una
gratitud extrañas... ¿Qué le pasa a esta criatura?... Soy el único que le dice
de usted, y que en la duda de tratarla como a niña o como a dama, le acerca en
la mesa los dulces, los sorbetes, parándose en las puertas para dejarla
pasar... ¡Bah, ella, la pobre, me admira y me agradece esta consideración que
ve formalmente en mis estrellas de capitán por vez primera!
Hoy, al
verme de paisano, lo expresó ingenua:
-¡Oh!
¿por qué se quitó el uniforme? ¡Le hacía tan bien!
-¡Pero me
ahogaba, Sarita! -respondí.
-¡Todo lo
van ustedes cambiando! ¡Qué lástima! ¡qué lástima! -añadió ella.
He
creído, sin embargo, observarle un rencor hacia Lucía, como si advirtiese y le
doliese que sea la mujer a quien hablo con agrado. ¿No resulta una
fiscalización fastidiosa?
Llega el
húsar. Tráeme con picaresco alborozo una noticia. ¡La pescadera acaba de ser
sentada en nuestro corro, por el capitán!
-¡Venga!
¡venga!
Subo,
picado de curiosidad, y hállolos, efectivamente, en nuestro corro.
Por esta
novedad, o porque se agotó de sí, la discusión ha terminado.
Tiene la
pescadera la palabra. Cuenta (no habla el marido) que es salamanquina, sobrina
del senador señor Montes no sé qué, y casada hace año y medio; Pascual, que
estaba en la Diputación de la provincia, va a
Manila,
ascendido, en Hacienda, protegido por el tío. -Sus finas maneras afectadas y
sus deseos de agradar, la dejan pronto bien recibida por Charo, por la pasiva
señora del coronel, por la misma Lucía -que la observa y la interroga un rato
con la especie de curiosidad de estudio que parece todo inspirarla. Yo confirmo
que Lucía tiene un temperamento de artista. Tal vez llegase a ser una
sutilísima escritora, sin Alberto, cuyo
juicio
intransigente quedó manifiesto hace poco. Cuando lee novelas, tiene entre los
dedos un pequeño lápiz de marfil y anota a menudo en las márgenes. Inspíranme
gran curiosidad esas notas.
Pascual
queda a un extremo de la tertulia, en actitud involuntariamente respetuosa de
guardia civil licenciado. Bien le lleva quince años a su mujer. No fuma más que
cuando el húsar, que se ha sentado entre él y ella, le ofrece susinis. Como el
capitán no suele pasar largo tiempo en la reunión, frecuentemente reclamado por
los servicios de a bordo, el húsar procura serles grato a la pescadera y a
Pascual. Ella se llama Aurora, pero le hemos dicho el apodo demás para que ya
lo pierda.
Muéstrase
gozosa y amable; agradecida al capitán, de quien ha ganado el honor de hallarse
entre nosotros, este joven con rubio bigote káiser y uniforme de platas,
plácela como un lazo afectuoso más que la afirma el triunfo.
De
sobremesa, esta tarde, hasta después de encender las luces, formase al piano un
concierto improvisado donde canta la india el che faro senza Eurídice.
Acuérdase Pascual de un joven relojero paisano suyo y consumado violinista, que
viene en segunda. Absuelto en gracia a ello de su categoría de clase, instase a
Pascual a que lo llame -y toca en efecto diestramente trozos de ópera,
acompañado por Charo y por Lucía.
Se me
antoja que disgusta a Aurora esta llamada..., tal vez porque descubre la índole
de amistades de su esposo..., tal vez porque la hace perder a ella,
desventajosamente con respecto a los demás, la calidad de posibles personajes
enigmáticos que afectamos todos. A cada nombre ilustre, famoso, nos es posible
sonreír con un «¡Ah, sí... fulano!»... que haga pensar a los demás: «¿Será
pariente?»...
Oímos, al
fin, por la hilera de ventanas abierta al mar, y a pesar del ruido trepidante
de la hélice y del agua, un tumulto de cantares y guitarras que cae de la
cubierta. Al subir hallamos grande animación. El cielo es de una transparencia
mágica. La luna traza espléndido camino de argenterías sobre las olas y
contrasta a lo largo de la borda su dulce fulgor con el rejozo de las
eléctricas lámparas derramado bajo el toldo.
Dos o
tres guitarras, tañida una por manos femeniles, acompañan malagueñas que
entonan alternativamente algunos jóvenes con aguda y grata voz. Y todo el mundo
se agolpa en torno, depuestas las animosidades, cediendo por primera vez aquí,
más que abajo, al poético encanto de la noche, de la música, del mar...
- V -
Nos hemos
dormido al fresco, don Lacio y yo. Nos despiertan marineros. Por la cubierta no
luce más que un farol, y la luna alta sigue plateando las aguas. Indícasela
claridad del alba por la proa.
El baldeo
va a empezar, ya apercibidas las bombas y amontonadas las sillas; y don Lacio
propone una ducha. Lo más cómodo. Diariamente podremos tomarla aquí,
ahorrándonos los cuartos ardientes y estrechos vaporados por cien cuerpos. No
hay más que bajar al camarote a ponerse las chinelas y un trajecillo de hilo.
Hallo
práctica la idea, y cuando volvemos a subir veo que no somos dos, sino varios
los fantasmas blancos que acuden al remojón: el médico, los oficiales de
guardia... Don Lacio está, pues, informado de las costumbres marinas.
Brilla
lejos una luz, contra el fulgor del oriente. Es otro buque, por el vigía
señalado, según dice el doctor, desde las once de la noche.
Marcha
menos; lo habremos de alcanzar... Pero las bombas funcionan y recibimos la
lluvia que sueltan los mangueros a todos lados.
Herméticamente
cerradas las portañuelas, las escotillas, inúndase la cubierta de verdaderos
torrentes que en sábana tornan al mar por las bandas.
Yo bajo a
continuar mi sueño, fresco. Es singular: a bordo se está dispuesto a comer
siempre, y a dormir. Antes me he tomado un cok tail de piperman, ron y huevo, y
no despierto hasta las diez... con perfecta hambre.
Se habla
en la mesa del buque a la vista. Es inglés, el Ophir: uno de los mejores
trasatlánticos que hacen travesía a la Australia; pero el capitán quiere
dejarle atrás con nuestro Reus, que tiene corte de quilla excelente. En
Port-Said, adonde fondearemos a las cinco, hemos de entrar primero. Da su
palabra.
Animese
el almuerzo, y hablamos de Port-Said. Se hará carbón. Habrá ocho o diez horas
para visitar la ciudad, para comer en hotel y dormir en tierra quien lo desee,
como descanso del barco. Óyelo Pascual, y desde su sitio, en otra mesa cercana,
por encima de toda una fila de cabezas, trata de asegurarse, ansiosamente, en
diálogo con el capitán..., Aurora, enojada de la ridícula ingenuidad, le
pincha, le toca el codo, le calla...
Se sigue
hablando regocijadamente de barcos, de puertos, de cosas marítimas. Se acuerda
don Lacio y apuesta diez pesos a que yo no sé cuál es la banda de estribor...
No acepto -y del pasillo, junto al piano, procedente del camarote, sale Charo
hecha una flor. Trae falda seda perla, cinturón de gran broche, blusa amapola,
y la cabeza de oro rutilante, espléndidamente renovado el tinte entre ondas y
entre rizos. ¡Bien tarda por adornarse! Se la recibe con plácemes, que ella
acoge esponjada. Sus labios no son menos rojos que la blusa. Es otra inversa
forma del ridículo matrimonial; pero don Lacio, a diferencia de la pescadera,
sopórtala con tino, anticipándose a la comedida zumba de los... íntimos. Apenas
se ha sentado ella, y tras un silencio en que aparenta cómicamente digno
abandonarla al asombro de belleza en los demás, se inclina y la dice respetuoso
al oído, para que lo oigamos todos:
-Charo,
me parece... ¿permites?
-Qué.
-Me
parece... que te has dejado algo más negra la ojera de babor.
-¡Vaya
usted al cuerno, don Lacio! -contéstale Charo dominando la general risotada,
riéndose ella más que nadie.
Y como
siempre, estas chirigotas sirven para que la famosísima Charo se desborde en
decires y alegrías. Es notable el polo de contacto en que han hallado su
armonía los dos esposos, los dos caracteres tan opuestos.
El
comandante de Estado Mayor la lisonjea. Va tomándola a broma también, mientras
más ella se le muestra tierna. Lucía duda que el rizado del pelo suntuoso no
sea hecho a fuego, igual que el de la negra cabeza de Sarita; pero ambas
niegan. ¡Oh, alcohol en el camarote! A Lucía la obligó a tirar el de su
maquinilla Alberto.
Pasamos
la mañana con la caza del Ophir. De hora en hora, pierde distancia. Aprendemos
que pertenece a la Oriental Steam Navigation Company. Marcha delante, a la
izquierda de nuestro rumbo.
El
capitán, obstinado en su empeño, no deja el puente.
Este
espectáculo de fuera, y la proximidad de un puerto, nos harían hoy olvidar los
chismorreos del pasaje, si no fuese porque Charo, sentada en un balancín y
meciéndose violenta enfrente del grupo de la borda que formamos varios, nos
enseña a cada vaivén las medias rojas. El viento de la proa ayuda alguna vez a
su intención y le revuela la falda y la celeste enagua a la rodilla. Ella sabe
que tiene bonitos el encaje del pantalón,
la
pierna, el tobillo, el pie, bien calzado en el gualdo zapatito... Si no
enciende esto al comandante, ¡adiós! Todo un teatro.
Por lo
menos anima al húsar, a Enrique, como le llamo en camarada, correspondiendo a
su efusión. Me torna el brazo y me lleva a pasear a la otra banda, desierta
siempre, ya por puro hábito, sin duda. -Ha hecho descubrimientos notables. El
joven del violín, paisano de la pescadera, le ha contado ¡oh!.. que no hay tal
sobrinazgo de senador del Reino.
Huérfana
ella de un protegido del senador, había sido la querida de éste, quien, al
dejarla en cinta, la casó con Pascual, conserje de la
Diputación
de Salamanca. El conserje apechugó con la boda a pleno conocimiento; pero llegó
a trascender al público que, habiéndole cobrado a su mujer cariño, soportó
luego su «menaje a tres» con tristeza, y que muerta la recién nacida y
compadecido o medroso el senador de aquella torva sumisión irritada para con él
y con las gentes (porque Aurora daba además mucho que hablar, aparte de ambos),
había decidido alejarlos, con este empleo de Ultramar...
-Total,
un amigo como hay tantos, este simpático violinista, y ella una chai, ¿sabe?
-díceme Enrique.
Y con una
agudeza de práctico y tenaz observador somático de las mujeres, que yo no
habría sospechado en su aturdimiento donjuanesco, confiésame que se alegra de
que el tenientito de Cazadores le haya evitado el peligro de la andaluza,
muchacha de rápido compromiso en su condición de señorita sensual, apasionada y
tonta.
Aparecen
como evocados, allá abajo, Pura y el tenientito.
Buena
moza, le lleva al novio la cabeza o poco menos. Se reclina en la borda, debajo
de un blanco bote que pende de sus garfios.
Por no
espantarlos, nos asomamos al mar igualmente en este extremo.
Cree el
húsar que el mucho comer y el mucho holgar y el trato de mañana a noche en el
barco, con aquella madre imbécil, podrán serle funesto a Pura... Al
contemplarla tan guapa, de espaldas, ceñida en su traje blanco de piqué que
acusa espléndidas redondeces, no estimo tan sincera la conformidad de mi
amigo...; pero él insiste en razonarla, hombre, además, según veo, incapaz de
concebir quince días de su vida sin aventuras amantes:
-Vale más
la pescadera, ¡qué diablo!... para un viaje. ¿Dónde andará?
¡No ha
subido esta mañana!... Tal vez bañándose... Aun en un fugaz lance con ella, sin
contar la enorme diferencia de responsabilidades, puede uno al menos quedar
tranquilo de eso tan terrible que consiste en dejar desencantada a una
inocente... por culpas de lo veloz...
¡Oh, en
esto tiene Enrique desabridas experiencias! Es un sensual «a fondo»... Se
explana. No comprende que se burle la pasión fuera de sus grandes escenarios de
reposo -y él se apasionaría tal vez demasiado de
Pura. La
otra, en cambio, la no pura, con arrestos para el capitán y para diez en
amigable concierto, es sin duda una de esas impasibles lanzadas a todos los
trances de la galantería con la frialdad de un maniquí que no supiera qué
hacerse en otro caso de sus galas...
-Lo
juraría! -añade- ¡es un leño! ¿No ve usted aquellos ojos grandes, apagados, de
estúpida seriedad de ídolo cuando ya...?
Alguien
llega, interrumpe... Son Pascual, el señor indio y el relojero-violinista.
Yo dejo
al húsar con ellos, estrechando relaciones.
Pero la
tertulia no se normaliza hoy, con la esperanza de tierra y la atención al buque
inglés.
Lo
alcanzamos, lo alcanzamos. A las doce leemos con gemelos claramente sus doradas
letras en el casco: Ophir.
Entre él
y nuestro buque chispea menudamente el mar lleno de sol.
El
capitán sigue en el puente. Me entero al fin. No es por pasar al Ophir, sino
porque no abandona jamás la vigilancia en las cercanías de costa. Habíame
parecido un tanto pueril tal regata.
Entro a
escribirle a mi madre en la camareta de señoras, convertida en escritorio
general ya que aquéllas no la ocupan, y encuentro por excepción a Charo y Sarah
con Lucía. Quiero dejarlas, pero me instan y escribo en la mesa del rincón.
Esta pieza aseméjase a un tranvía, con sus divanes grises, con sus ventanas
altas a los cuatro lados de la cubierta, armadas de persianas y cristales. Hay
en las mesas papel y tinteros, con el escudo de la fastuosa Compañía. -Sarah no
cesa de observarme, y me distrae. A mi pesar oigo frases sueltas. Me invade un
terror. Había yo advertido de sobra que todos tienen a bordo cerillas, menos
yo, y que el húsar, contra no importa qué prohibiciones y prudencias, fuma en
su litera. Ahora resulta que la condesa confiésale a Lucía que se riza el pelo
con tenazas, efectivamente, y que le brinda «un poco de alcohol para las
suyas...» Este alcohol ardiendo con su llamita azulada junto a las ropas y las
camas y las cortinas del estrecho camarote, acaba de hacerme reír de todas las
ordenanzas del mundo. Si hemos de achicharrarnos por una punta de cigarro o
porque una mujer se embellezca... ¡aún esto es preferible!
Cierro la
carta. Ya estoy solo. He llenado dos pliegos. Empiezo otra para alguien... que
no lo merece -y la rompo. Mas... no, no estoy solo; al salir veo a Sarah que ha
permanecido en el diván detrás de mí, leyendo un libro.
-Dispense...
¡oh, Sarah!
-¡Ah!
-¿Qué
lee?
-Mire.
Me
muestra. Un espanto. Del amor, del dolor, del vicio, por Gómez
Carrillo.
-¿Es de
usted?
-De mamá.
-¡Bah,
por Dios... no lea esto!. ¿Lleva mucho?
-¡Empezaba!
Cambia su
color.
-¿Es
malo? -pregunta.
-¡No...
Ea!... pero fuerte para una... para usted!
Cambia
más su color, más no al rosa, al pálido.
Yo,
saliendo, me planteo la duda de si empalidece porque la descubro leyendo un
libro que ella no creería tan poco inocente, o al revés, porque la creo por
demás inocente para el libro... ¡Eh, lo primero! ¡pobre chiquilla!... Sin
embargo, que no lo juzga el Fleury, demuéstralo su lectura aquí esquivada de la
madre.
Sorpréndeme
el Ophir, casi emparejado con nosotros.
Con los
gemelos se descubre su pasaje, que a su vez nos contempla.
Se
descubre mal, por la distancia -aun con un anteojo marino que me da don Lacio:
blancas y pequeñas figuritas de misses, entre la confusión blanca de los
toldos.
-¡Tierra!
-grita Lucía, bajando el catalejo, indicando el horizonte, gozosa de ser la
primera en descubrirla.
Es la
misma cinta lejana y tenue que en Sicilia. Miro el reloj. La una. A las cinco
ha dicho el capitán que estaremos en Port-Said.
Don Lacio
saluda con un chapurrado y berreado de la Africana a la costa egipcia:
spettácolo
divino.....
...
sognata terra....
Apenas
bajamos media hora al refresco de las dos, nos encontramos al tornar sobre
cubierta con el Ophir más apartado de nosotros, pero atrás, sin duda atrás...
Un ¡hurra! vencedor estalla... Y a continuación, a fiesta de alegría, las
guitarras surgen y empieza como en la pasada noche un gran tumulto de
canciones...
¡Oh, los
ingleses!
Aquel
buque blanco, fantástico, grande, silencioso, que marcha recto con sus palos
hacia el cielo, debe llevar un cargamento de tiesos autómatas... de
aburridos... de spleen ¡esta es la frase!- Nos damos cuenta, en efecto, de que
nuestro escandaloso y español Reus, desbordante de peteneras y de tangos, lleva
los mástiles un poco inclinados, con
cierto
aire de calavera que debe ser una gracia desde lejos..., especie de ómnibus que
vuelve de los toros brindándole juerga y salero al mundo... ¡viva España!
Mas
¡oh!... sin duda cada cosa requiere su escenario, y debe ser la noche azul el
de la guzla y la dulce malagueña. La juerga ha saltado al sol chulesca,
aguardentosa, desgarrada en las gargantas... Y muere pronto por fortuna,
ahogada de sí misma... El último tango canalla de zarzuela es disipado por el
extraño espectáculo de la costa a que nos vamos acercando.
Una
barrera larga y tendida a flor de olas, al otro lado de la cual divisamos
claramente otro mar maravillosamente tranquilo. El nuestro es plomizo. El de
allá, azul, de un azul de zafiro, terso como el cielo.
Esta
costa parece una escollera tortuosa, interminable. El Reus marcha
perpendicularmente a ella como para estrellarse. Dijérase que el capitán se ha
vuelto loco -que hace bien en venir ya atrás, muy lejos, el Ophir con toda su
pausa...
No es
costa, en suma. Es una lengua de arena que nos cierra el paso en mitad del mar.
Lo vemos según nos acercarnos. Por último, el doctor, único hombre de a bordo
que no está ocupadísimo en esta aproximación al puerto, nos dice que aquella
agua tranquila es el lago Manzaler, en cuya estrecha entrada de perforación
está Port-Said -y el canal empieza... sin canal... o lo que es lo mismo, sin
orillas...
Una hora
después, entre barcos, entre vueltas, tras un recodo de peñascos, se nos
aparece la ensenada de Port-Said. Una población como casi todas las marítimas,
sencillamente, en herradura hacia la playa. Apenas un airón de palmeras, entre
las casas blancas, entre los hotelitos levantados en la arena alrededor, nos
hablan del África ardorosa.
El sol,
sí, nos tuesta. Y en cambio, tan pronto como enfilamos el puerto, una turba de
piraguas nos acoge, nos sigue, con negros muchachos desnudos que gritan y
gesticulan pidiendo que se les arroje dinero al mar.
-¡Peseta!
¡Peseta!
-¡A la
mer! ¡a la mer!
-¡A la
mer! ¡Un franco!
-¡Peseta!
¡Peseta!
-¡Capitano,
un franco!
Les dicen
capitano a todo el mundo. Ven como linces, nadan como peces. Si la moneda no es
de plata, es inútil, no se sumergen tras ella.
Acá y
allá vuelven con la peseta entre los dientes, ganando las piraguas, que se
vuelcan.
-¡A la
mer! ¡a la mer!
-¡Capitano,
un franco!
-¡Peseta!
¡Peseta!... ¡a la mer!
Los hay
de todas las edades, en igual ágil competencia. De cinco años, de doce años, de
quince años. El liviano guiñapo que estos talludos se lían a la cadera, cae y
se desliza a cada instante en la furia del gritar, del nadar... Cerca de mí
está asomada Pura, que ríe y chilla algunas veces tapándose el rostro con los
dedos... Igual hacen otras damas a lo largo de la borda, Charo, Aurora, Sarah,
Lucía, la india y otras, y otras... Únicamente las niñas del coronel miran
serias, impávidas.
-¡La
naturaleza es inmoral! -dice gravemente don Lacio.
Y como
las damas recogen en absolución su sentencia, añade:
-¡Y sobre
todo, de viaje!
Hemos
parado en mitad del puerto. Con el bote de sanidad nos rodean y nos asaltan
muchas barcas pintorescas cuyos tripulantes convierten la cubierta, a escape,
en una feria oriental. Son negros no mucho más vestidos que los chicos, y que
venden magnolias, plumas de avestruz y pedazos de marfil; moros con
colorinescos bombachos y turbantes, que ofrecen joyas y sedas carmesíes; judíos
de cómica caperuza de palma que cambian duros por dollars; lavanderos mecánicos
que nos devolverán limpias
y
planchadas en dos horas las camisas... Y entre todos, saludando compatriotas,
garantizando servicios, el cónsul de España escoltado por un gigantesco
abisinio en cuyo turco uniforme de oro y cobalto cae terrible el combo
alfanje...
No nos
hemos dado cuenta de que el buque ha vuelto a andar, de que se para, de que
está abarloado en el muelle hacia el cual tiende desde el portalón sus
pasarelas.....
- VI -
Dan las
seis en no sé qué náutico edificio del puerto, cuando lo dejamos en pandilla la
condesa, su hija, Lucía y Alberto, el coronel con su familia, don Lacio y yo.
Contra la claridad del crepúsculo el gas, empieza a lucir en la recta calle
larguísima a cuyo frente está el Reus.
Debe de
ser la más importante de Port-Said completamente europea, llena de tiendas de
griegos.
Antes de
recorrer dos tramos, ya las señoras han sufrido la tentación de algunos
comercios, y bajo su dirección realizamos compras. Trajes de hilo, por medias
docenas, baratísimos -ventaja de puerto franco. Nuestro poco de francés nos
sirve a maravilla. Los horteras van enviando paquetes al buque, tomando
nuestros nombres y entregando en garantía sus tarjetas. Dos horas en compras.
Yo me aburro. Sospecho que no veré la ciudad, por acompañar a estas damas. Me
distraigo a las puertas, donde me acompañan Sarah y las hijas del coronel.
Están llenas de gente las aceras.
Por todo
«exotismo» lucen los hombres, con chaqueta o con chaquet, gorros turcos. Tal
cual negro, tal cual moro, pasan por la calzada con cargas, o vendiendo dátiles
y cocos. Pocas señoras. Abundan tipos que, si son indígenas, no lo dicen más
que en su morena tez y en sus negras cejas finas -que me empeño en ver
oblicuas. Nuestros compañeros de barco han ido pasando a bandadas. No ha debido
de quedar uno a bordo.
Por fin
arrancamos. A los cien metros, nos detienen los frescos stores de un restorán
que place a Charo. Entramos a cenar. Cocina inglesa, mucha salsa picante, carne
cruda... Charo, como siempre, trinca mucho.
Creo que
esta célebre condesa se pasa la vida chispa. Se encuentra a gusto. Han entrado
y han comido y se han largado dos caballeros morenos, y no acabamos nunca
nosotros. Al final champaña, y charteux con el café exquisito -esto sí. Los
cigarros son de paja.
Un
escándalo -salimos a las once. Cuando Charo rindió a todos con su hablar, se
puso con los mozos, la han informado de que es el ropero del mundo Port-Said.
Hacia Europa, los pasajes de los buques compran abrigos, lanas; hacia el Asia u
Oceanía, telas leves. Es raro el día que no pasan veinte correos de todas las
naciones, afluyendo al Canal o del Canal.
-Esto me
explica, otra vez en la calle animadísima, el cosmopolitismo y la falta de
carácter de la población, nada antigua -centro de mercaderes.
No hay
coches. En una cruz de esquinas vemos parejas de enormes burros blancos, con
sillas de montar, tenidos por beduinos, del diestro.
Un bazar
fotográfico invita al grupo a comprar vistas. Tiemblo; pero, menos mal, veré el
país en estampas. Charo parla y revuelve a sus glorias; le ha dicho al
comerciante que somos una compañía de Circo que va a
Manila.
-Des femmes! ¡des femmes! -pide. -Des costumes de l'harem!
-Muestra
el dependiente algo perplejo una reservada puerta, y nos lanzamos...; pero
Alberto vuelve a salir con los brazos en cruz, deteniendo a las señoras...Hemos
visto de una ojeada el harem bien el harem...
-¡Oh, el
Egipto es inmoral, señoras mías! -lamenta don Lacio calle arriba, guiando.
A
matemáticas distancias, otras calles rectas, menos alumbradas, cortan la que
seguimos interminablemente, sin fin, que se pierde de vista con sus tiendas y
sus luces. Los edificios, de dos, de tres pisos, tienen poco de monumentales.
Sin duda lo selecto de esta plutocracia habita en los sueltos hotelitos de la
playa.
Nos
llaman siempre la atención en las esquinas los beduinos, con sus parejas de
grandes burros. Reparamos que, indefectiblemente, de cada dos asnos, uno está con
silla de jinete, otro de amazona. Nos los brindan, mas no comprendemos para
qué; preguntamos, mas no nos entienden. Como no hay coches ni rastro de
tranvías, suponemos que sean el medio urbano de transporte.
¡-Burros
de junto! -dice don Lacio.
La
animación continúa, como de artesanos que saliesen del trabajo en tanta
sastrería. Deslúmbranos la blanca iluminación eléctrica de un chato palacete
con balconaje de piedra, con atrio de columnas, en cuyo piso alto suena música.
Subimos los hombres, exploradores, escarmentados del bazar, y hallamos una
especie de salón de Alambra lleno de mesas vacías, con discretos camarines al
fondo, con ancho estrado en el frente donde una orquesta femenina tañe violines
y liras y harpas. Al golpe de vista nos parece que hay en las artistas caras y
trajes de todos los países.
Únicamente
nuestros combarcanos el húsar y el tenientito (-¡Adiós!- saludamos con los
dedos) en un rincón, y un presunto alemán, en otro, toman refrescos en las
sendas compañías de dos turcas, de una georgiana... Y en tanto, sonando un
vals, las dulces orquestitas de trajes y pelos y senos de todos los matices,
nos sonríen...
-¡Horror!!!
-reniega don Lacio, reaccionándose de un desmayo para bajarme de estampía por
la escalera.- ¡Esto clama al cielo!... Será preciso ¡vive Dios!... dejar las
damas a bordo.
Tal
designio le domina -al aire libre otra vez, tras de haber alarmado el pudor de
las señoras con la misma exclamación. Nota Charo su prisa por hacerlas recorrer
la calle, a fin de retomarlas por igual camino al Reus, y le pellizca. No
importa. Él sigue, sigue, las fatiga. No hay teatros, no hay nada, no hay más
que ese antro del mal..., «¡horror!
¡furor!»...
Y esta calle infinita en Port-Said. Se queja del corazón.
Desea
descansar, en su querido barco... Estamos a un kilómetro. Tenduchos miserables,
ya, no más, de cordeles y babuchas...
Encontramos
a Pascual con su mujer y el paisano relojero. Él trae arte de dado al diablo.
Ella se alegra de hallarnos, simplemente; no muestra el menor asomo de
contrariedad por la compañía del amigo. Y nos volvemos juntos. Es la ocasión de
desandar lo andado.
Tornamos
a tropezar con los grupos de aburridos compatriotas. No se ve un carruaje
siquiera en la incesante animación. Pero de improviso, por el centro de la vía,
un tropel se nos acerca. Es una charanga que anuncia con gran farola de papel
un baile.
Algo más
abajo, otro tumulto de cosas rápidas nos sorprende y nos repliega a la acera.
Son los burros blancos a todo galope, con los beduinos detrás a palo limpio.
Diez, doce, veinte... seis más..., y encima de cada burro gigantesco un rubio
inglés o una blonda miss elegantísima cuyas gasas y flores del sombrero vuelan
entre risas y algazara...
El pasaje
del Ophir.
¡Oh!
Nos dejan
estupefactos, a los alegres españoles, a los juerguistas de los tangos, sobre
todo, que no cesan de pasar, de dos en dos, de tres en tres, como quintos.
-¡Qué
estúpidos! -comenta uno.
Es su
venganza. Ganarnos hasta en zambra y buen humor los sajones, es ya ganarnos en
todo.
Gente que
lo entiende. Lucía recuerda que este sport lo puso en moda en París el rey
Eduardo, siendo príncipe de Gales. Daudet lo alude en Les rois a l'exil.
Llegamos
al puerto. El Reus aparece negro de carbón, rodeado de acarreadores que entran
y salen por dos profundas escotillas de su panza.
El Ophir
está amarrado al pie, asaltado también de polvo y de hombres negros. -Acaso un
poco entristecidas las damas, por la española educación que no las consiente
las inglesas expansiones, van subiendo a encerrarse.
Pascual,
desde hace rato, no se separa de mí, con ganas de decirme algo difícil.
-¡No,
mira, espera! -le grita a su mujer.
Y a un
ademán, me aparta, y... no se atreve. Guarda un papel y un lápiz que traía en
la mano y cruza la pasarela tras de Aurora, cabizbajo.
Yo,
comprendo. El desdichado ha venido indagando qué idioma se habla aquí, mirando
rótulos, preguntando cómo se escribe fonda en francés y en inglés... Juraría
que habría querido que yo le escribiese una petición de cuarto para algún hotel
por algunas horas. El relojero antes, y ahora el miedo de no hacerse entender o
de quedarse en tierra, le traen desesperado. Son las doce. El Reus, según el
cartelón de aviso, debe zarpar a las tres de la mañana.
Sin
saberse cómo, yo, que quedo el último en el muelle, me siento embrazado por don
Lacio... «¡horror! ¡horror!» que tira de mí...
«¡horror!»...
que me arrastra. Le ha dado el quiebro en el mismo portalón a la condesa,
refugiada dentro a escape con todos los demás, huyéndole al carbón...
Toma dos
burros, de los que acuden al Ophir, salta, salto, picamos...
Y bien
pueden correr los beduinos al alcance.
-¡El
rapto de los pollinos! -grita don Lacio, calle arriba otra vez, apartando
gente, tratando inútilmente de guiar con los brazos, porque las cabalgaduras no
tienen bridas ni cosa que lo valga.
Torcemos,
o tuercen ellos, los burros, y nos llevan a placer por otras calles, por
plazas, por plazuelas, en vertiginoso desfilar de cosas y de casas... Algo de
barrio egipcio hemos debido cruzar, en el laberinto soledoso donde la luna
platea arcos y ajimeces..., con los beduinos detrás echando el hígado. De
tiempo en tiempo, las caravanas de ingleses, siempre a la carrera. Don Lacio
califica a su burro de burro-exprés. Ya que no
puede
guiarlo, lo espolea.
Vamos por
donde ellos quieren... Ahora nos pasan junto a una mezquita. Enseguida por una
fortaleza... Otras calles, más calles... gente de nuevo. Por fin la calle
principal, tomada por arriba, y los compatriotas que un si es no es nos
reconocen asombrados... Sólo que pasamos, pasamos como sombras... Y he aquí que
los burros se plantan, en
seco, y
nos admira ver a nuestros beduinos... ¡en el portal de la orquesta!
esperándonos. «¡Mesié! ¡Mesié!»
Han
debido de atajar, ciertos de que aquí darían los burros con nosotros. Se nos
acercan, mano tendida:
-¡Mesié!
¡Mesié!
Después
de pagar, bajamos, habiendo podido bajar por las orejas. La carrera ha
terminado. Debe de ser siempre igual, sabiamente seguida por los burros.
Y puesto
que la carrera itinerariamente acaba aquí, en este bar, o music-hall, o
café-tocante o lo que sea ello, bien animada al fin su terraza, sospechamos que
sean los del Ophir los que arriba suenan.
En
efecto, cada mármol nos muestra a los rubios ingleses y a las blondas misses en
torno a la cerveza y la soda. No tienen ellas en verdad traza de cocotas, con
sus castas y rosadas caras audaces que me retraen la de Lucía; no tienen, no,
sino muy señoril aspecto amable, aunque sean harto perdidas de todas las
tierras ardientes estas artistas de trajes bizarros. Hay música, y se limitan a
escuchar. Se guarda la forma del decoro, y les basta. Don Lacio cae en un
instante de seriedad y de amargura para lamentarlo inverso de la educación de
nuestras mujeres. Son gazmoñas, por culpa nuestra, ignorantes, hipócritas,
incapaces -aun los más capaces de toda grosería recatadamente-, de afrontar en
público con esta conciencia de ausencia, de dignidad, la más leve apariencia de
pecado ajeno. Yo sonrío, pues no me parece el problema tan sencillo. Pero
vuelve otro vals. Descubrimos al húsar y al tenientito. Nos sentamos. Las dos
turcas llegan, se sientan. Toda la nube de griegas, persas, tártaras, armenias,
circasianas, indias, chinas, japonesas, egipcias... recorren la concurrencia
con bandejitas donde caen monedas. Si se las invita, aceptan frutas heladas,
refrescos; si no, pasan... Don Lacio convida a una linda y pequeña macaca de
«ojos de almendra». Yo a una odalisca azul con aljófares al cuello y ajorcas en
las manos y en los pies... Dice «Cairo». Será del
Cairo. Se
quedan. Vuelven a volver... el juego es conocido. El tenientito se obstina en
hacerle hablar a su turca el caló, creyendo que todas estas orientales pueden
ser falsificadas con chulas madrileñas..., ¡que es creer en Port-Said!
A plazo
casi justo, tres y cincuenta, pues el capitán nos confidenció que había tiempo
hasta las cuatro y sólo anticipamos diez minutos
-llegamos
al buque un poco derrotados. Está en zafarrancho de baldeo y lo aprovechamos
para cambiar de ropa y recibir la ducha que nos purifica de orientalismo. Todos
duermen, menos la tripulación, lista a zarpar. Nos ha reanimado el agua y
resolvemos esperar a ver la entrada del canal famoso.
El calor,
en la calma clara de la noche, es asfixiante. El pantalón, la chaquetilla, las
chinelas, se nos secan en el cuerpo.
Ha
desamarrado el Reus y empieza a marchar.
El lago
nos recibe. Vamos a media máquina. No hay canal... pero el espectáculo es
magnífico; -lo marcan balizas, y del agua inmóvil de plata surgen focos
voltaicos de trecho en trecho. Una fantasía de luz en mitad del lago. La línea
de blancos focos piérdese infinita delante de nosotros, detrás de nosotros, en
la noche alumbrada más pálidamente por la luna. A espacios, se quiebra
rectilíneamente, y a ambos lados, luces rojas, verdes, de pontones de señales,
forman perspectivas de una iluminación fantástica, sin fin en el plano inmenso
del mar. El agua hendida suavemente, cruza ondulando dulce por las bandas,
abierta en hidras de fulgores nacarinos...
En las
lejanías, fuera del apoteósico trayecto marcado en luz como para una cabalgata
de nereidas, no se ve más que confusión azul, donde a ratos parecen esfumarse
costas bajas sembradas acá y allá de dispersas
luminarias.
Luego las percibimos más distintamente, se acercan, se buscan, se angostan, y
acaban por encerrarnos en verdadero canal donde apenas coge el buque. Son
bordes de arena, que se ostentan bien al vívido resplandor no interrumpido de
los focos -desesperadamente uniformes, desesperadamente iguales, que no se sabe
además si asoman del lago como bancos, pues se siguen con líquida planicie los
horizontes hasta la línea del cielo, tras ellos, a uno y otro lado.
No
sabemos, en fin, cómo vamos, ni por dónde vamos, ni cómo está hecho todo esto.
De rato en rato una linda casa flotante, con un apartadero donde una draga se
recoge, déjanos pasar... Sin duda el alba, que ya clarea, nos lo podrá decir
bellamente; pero... nos caemos de sueño y de fatiga...
-¡Oh por
Dios, no subamos juntos! -pide el tenientito, que se siente, con póstumo pesar,
novio infiel.
Y se
lanza el primero a la cubierta.
Hemos ido
llegando a la mesa a las once, en almuerzo extraordinario, él, Enrique y yo.
Cuando
subo con Enrique, nos sorprende el mar... un mar opaco... arena, los
desiertos... el canal todavía, que ya creeríamos bien pasado.
Un
asombroso paisaje de sencillez austera. ¡El mar, el desierto, todo lo grande
aparece tan sencillo!... Arena..., el ruedo inmenso de una plaza de toros sin
plaza, cortado al medio limpiamente con una cinta de agua por donde va el
buque... El canal, al sol, sin las fantasmagorías nocturnas, se parece, pues, a
los regatos que hacen los chiquillos en la calle después de una tormenta.
El
desierto... ¡ah! el desierto es una cosa harto simple en su desolación
monótona. Echo mis cuentas... babor, estribor... izquierda...: es éste el de la
Arabia, entonces. Y al ir a ver el africano, al lado opuesto, me encuentro a
don Lacio que me recibe delante del grupo de señoras:
-¡Hombre!
¡Perdido!... ¡Conque han tenido que retrasar anoche la marcha por esperar a
ustedes!... ¡Moritas! ¡moritas!... ¡qué juventud! ¡horror! ¡horror! Y así...
Le corta
y me anonada el chaparrón de medias frases y de sonrisas punzantes... Yo,
callando, recuerdo «la inconsciente osadía de las mujeres» comentada anoche por
don Lacio; pero estoy por darle a él un bofetón, al informarme: «Se ha
levantado, como siempre, a las nueve; jugó al tresillo y durmió en la cubierta,
como siempre»... Y capaz ha sido de hacérselo creer a su mujer -y como siempre,
el color bilioso de su triste faz, ni da ni quita sospecha, ¡al rapto de las
rabinas! -como enmendó a última hora.
Me
defiendo, y es tremenda la carga de bromas y de pullas... por
Charo,
por Aurora al frente... Consuélame ver que no está Lucía...
-¡Sí, sí,
sí! -falta Pura-, ¡como aquél!
Señala displicente
al tenientito, que está más lejos, mirando los desiertos con cara de fastidio.
Le ha
despedido del grupo. Le ha mandado a paseo, como él anoche se fue, dejándolas a
la madre y a ella en el barco. Por suerte, este resquemor de novia agraviada
desvía de mí la atención. Pura se queja asaz ingenuamente. ¡Señoras solas, no
tuvo el... buen amigo! la cortesía de invitarlas a Port-Said. Las únicas que no
lo han visto. Y luego por... por... Jura con los dedos en cruz no volver a
hablarle en la vida... por... por...
-¡Ejem!...
¡Oh miren! -tose el coronel.
Señala
una draga; pero todos le entienden y se habla de la draga -yo el primero. La
bellísima, Purita iba trocando la sonrisa en franca ira. Es capaz de
desbocarse...
Mas no
había yo juzgado cuerdamente el canal: tiene su hermosura, y sobre todo, su
tipo. Llega una de estas lindas casitas alzadas al borde en cada trecho y vemos
en su verandah, bajo el volado alero chino, unas damas que nos miran, de
blanco, rubias. Un pequeño macizo de palmeras procúrale sombra detrás,
derramadas encima airosamente. Las dragas trabajan. Nos entera el doctor de que
jamás cesan. El paso de cada buque basta a desmoronar las orillas, donde apenas
en cortos espacios su misma infijeza permite muros de contención, sobre los
cuales arrojan igual oleadas de arena los vientos del desierto. Y es tan
importante mantener franco el paso, dado el perjuicio que un simple estorbo de
días causase al comercio mundial y a la Compañía propietaria, que buque que
embarranca y no sale en pocas horas, se le vuela, Cada buque de alto bordo
viene a pagar por cada tránsito cuarenta y cinco mil duros, en oro, en cheques
sobre Londres, al entrar, como ya en Port-Said lo pagó el Reus.
Surge
como una aparición un beduino, por la orilla, aullando. Mal cubre su carne
obscura una corta y sucia chilava de lienzo. Los demás, ya deben saber, porque
veo que empiezan a dispararle desde la borda manzanas, naranjas, pedazos de
pan... que él recoge. Corre y nos sigue -tan despacio marcha el buque. Su
mechoncito de pelo en la cabeza rapada, flaméale en la coronilla. Va
depositando las provisiones en haldada del balandrán, que siempre, y canta, y
ríe y hace piruetas y zalemas. Nos acompaña una hora, infatigable... Y poco
después, otro aparece... Salvajes mendigos del canal, a quienes se les arroja
la comida como a fieras... Tal vez sus huellas marcadas en la arena, como de
feroces plantígrados, son las que muchos nos vamos empeñando en creer de tigres
y leones.
Mas, esta
vez, es clásica la perspectiva. Alcanzamos a una caravana.
Veinte o
treinta árabes con camellos. Un poco más adelante, mientras penosamente
remolcado con cables desde una lancha para y se entra el Reus en un apartadero,
para dar paso en contraria dirección a un crucero francés, vemos otras
caravanas acampadas en la orilla. Van ganando la opuesta en balsas. Por el lado
asiático se pierden otras en la llanura amarillenta que ahora, al menos, nos
deja ver al final siluetas de montes.
Vamos
contando los buques que encontramos, siempre ellos apartados, exceptuando el de
guerra, por ser correo el nuestro. A la una, yo he visto cinco. A las dos,
creemos llegar al mar, y no son más que otros lagos, los
Amargos.
Me dicen que se pasó otro esta mañana, viéndose de lejos Ismailia, donde está
el palacio de Lesseps. El joven relojero y violinista, que resulta pintor,
además, va sacando apuntes con su caja de colores.
Por fin,
a las tres y media llegamos a Suez, en cuya enorme rada fondea el barco para
dejar el práctico del canal y tornar el del mar Rojo y fogoneros árabes. Parece
que junto a la caldera harán falta estos hombres habituados al fuego y al clima
infernal. Hacemos la breve escala tan lejos del puerto, que apenas éste se
divisa. Y ahora sí, se advierte
que
estamos en la mar. Ya se mueve, dejando sentir su ancha bravura. Los gemelos
quieren descubrir el Sinaí en cada lejano pico de una sierra.
- VII -
Han
inducido a cambios muy notables la escala de Port-Said y estos días de mar
Rojo.
En primer
lugar, todos los hombres vamos de blanco, de un verano reducido a la más mínima
expresión de indumentaria, con la chaqueta de tira cerrada en el cuello sobre
la camisa sutil -gracias a las compras realizadas.
En
segundo lugar, podrá no ser rojo este mar, pero no le cede al golfo de Lión en
bailadito. Las olas vuelven a rizarse. Los niños, los mareómetros de a bordo,
yacen pálidos y serios por las sillas. El baile, hoy principalmente, es tal,
que nos hemos encontrado, la no mucha gente reunida al almuerzo, con los platos
casillados en cajones, en «pesebreras», para que no se vuelquen. Aun así, la
mayor escoradura causada en el Reus por toda la carga de carbón a una banda,
nos ha echado encima alguna vez las copas, las botellas, en los balanceos
furiosos.
Por
suerte cae la molesta danza tras de aquel ensayo de «aclimatación» del
principio, y los mareos redúcense, en la mayoría, al vago malestar que
trasciende en displicencia a los cuerpos y a las caras.
Sólo los
propiciatorios permanecen tumbados en los camarotes, con perfecto desdén del
Universo..., el marido de Lucía, el húsar, Pascual, que yo sepa. Sólo los
fuertes y probados persistimos en casi nuestro dominio: yo, Lucía, la
pescadera, Charo, Sarah, don Lacio, el comandante... sin perjuicio de marchar
muy mal por las galerías o la cubierta lejos de los pasamanos -cosa que nos
hace preferir estar quietos, leyendo.
El mar,
revuelto, azul, fuertemente azul contra la serenidad del cielo.
Todos
leemos, a este extremo de la proa de la desolada cubierta. El aire es cálido,
con silíceas aristas de los inmensos arenales -que cortan.
De tiempo
en tiempo divisamos una punta, un ribazo de costa muy distante, y volvemos a
leer. A ratos pasan algas bermejas, destejidas por las olas: son, según el
capitán, las que hacen a este mar digno de su nombre cuando abundan por la
serena superficie. Pocas veces se ve agitado, pero nos ha tocado así.
El mareo,
causa cósmica aquí bien ostensible, como otras causas ambientes invisibles en
todas partes, rigen sin duda buen puñado de grandes acciones humanas que se
achacan a la altiva voluntad. La hermosa pescadera, que vino por los lagos
contenta de las cortesías de Enrique, bajo el pabellón protector del marido y
en la ausencia del capitán reclamado por el puente, está hoy entregada a los
flirteos de éste en la plena libertad de aquéllos -que echan tal vez abajo las
tripas. Pura, la bella Pura gentil, que ayer ya empezaba desde largo a perdonar
al novio, consuélase y véngase a un tiempo de él, también mareado, hablando
amarteladamente con el relojero-violinista. ¡Hacen tan mal acorde las náuseas y
el amor!...
Y al fin
de cuentas, con este igualitarismo del blanco traje, que ha borrado rangos de
sastrería, el relojero está bien más elegante y airoso que el tenientito chic,
que todos, con su fina barba rizosa y su arrogancia de atleta. Pura y él son
las dos bellezas del barco.
Se han
juntado.
¡Cuántas
duquesas preferirían herreros a príncipes si se escogiese en pelota!
Leemos.
Incluso Sarah, versos de Rubén Darío. Incluso el comandante, allá solitario
junto a la borda y un poco despegado de Charo desde hace días... (creo que
desde uno en que se la vio en el cogote las raíces canas de su pelo mal
teñido). Un poco sueltos y apartados los lectores del grupo del amor que forman
la pescadera y Pura, con la madre de ésta entre ambas, silenciosa, y en los
lados el relojero y el capitán, los miramos y nos
miran
malignos de cuando en cuando. Yo estoy cerca de Lucía, que lee la insípida Niña
Dorrit, de Dickens. Pasa hojas. El marido no la consiente otros libros; pero la
he visto algunas tardes, en ratos ausentes de él, uno de Mirbeau: Journal d'une
femme de chambre. Yo estoy concluyendo Mirella, de Mistral, y lo cierro al fin.
-¿Qué es
eso? -pregúntame plegando con fastidio el suyo.
-Mirella.
-¡Ah!
La
exclamación es casi un bostezo, también hacia Mirella.
Hemos
hablado ya muchas veces de literatura, y he podido admirar cuánto ama la vida
esta mujer tan mal amada. Ella no comprende los idílicos o plácidos libros
pasados, en nuestra época. Gusta de psicologías y problemas hondos, y detesta,
más que nada, de los exquisitos del arte por el arte que no saben encarnar un
corazón -en odios, en pasiones, en todas las modernas recónditas fierezas que
surgen por las entrañas detrás de los aspectos escépticamente sonrientes. La he
oído frases que no olvidaré: «Lo que más necesita un escritor es un concepto
total y firme de la vida...» «Escribir novelas debe ser el arte de saber todo
aquello que no debe ser escrito»... «Una novela que no encierra toda la vida
aplicada a un caso particular, vale poco».
Me mira.
Ha vuelto de nuevo la cabeza hacia mí y está mirando la admiración de ella en
que caigo tan fácilmente; pero la ve tan alta, tan llena de noble fraternidad,
que la acepta amiga y confiada en sus serenos ojos valerosos. Habla:
-¿Quiere
usted prestarme la Lea, de Prevost, que leía ayer?
-Sí
-contesto- y usted déme Mensonges, si la acabó; no la conozco.
-Sí
-responde.
Y se
levanta, con su gracia ágil, y me levanto, y bajamos.
El barco
se mueve de tan horrible modo, que a pesar de la baranda, en que ella apoya la
mano izquierda en la escalera, me parece cortés darla el brazo. Lo acepta, y
dice abajo desenlazándose:
-No diga
a Alberto que el libro es mío.
Sigue
ella bajando hacia el comedor; yo tuerzo a mi camarote. Cuando volvemos,
salvadas con paso igual distancias equivalentes, nos encontramos en el arranque
de la escalera. Cambiamos los libros. Abre Lucía el que le doy, y detiénese
sobre la alfombra a mirarlo. Yo abro el suyo y noto que es imposible que ella
pueda leer a la luz difusa que cae de lo alto.
Entonces
sospecho que querrá que no nos vean volver aparecer arriba juntos.
-¡Sí!
-digo-. ¡Subo!
Pero no
comprende mi confidencial resolución; y simple, sencilla, con una completa
seguridad de su amable indiferencia, que me avergüenza un poco, me sigue, me
coge del brazo, que ofrezco maquinal al esperarla, y cruzamos así la cubierta
delante de la gente.
No sé qué
altiva diadema hay en la ancha y pura frente de Lucía, que nadie se permite la
menor sonrisa... Sólo Sarah, fingiendo un lento ademán de sueño, tras una
fulguración del rostro, gira a un lado de la poltrona y lo esconde sobre el
brazo entre los suyos cruzados...
Así
permanece. ¡Oh, la chiquilla! La observo desde mi sitio. De pronto levántase,
se marcha..., juraría que la he visto en la puerta llevarse aprisa el pañuelo a
los ojos al desaparecer.
Pero
olvido esto. Leo Mensonges.
Lucía lee
ávidamente. Se ha arrellanado en el sillón japonés, lleno de grecas y rizados
de bejuco, que ocupa ordinariamente su marido, y apoyándose en los codos,
sostiene el libro con ambas manos, delante de la cabeza recostada muy bajo en
el respaldo.
Yo leo
-hago que leo. No veo su cara. Huyo los ojos de este cuerpo esbelto lleno de
gracias, moldeado bajo la blusa de espumilla blanca y la sencillísima falda de
seda plomo. Huyo también; procuro huir de la delectación que me produce el
tener un libro, algo de la secreta propiedad de ella entre las manos.
Pero en
vez de entender los pensamientos de Bourget (¡pobres autores de novelas, si
supiesen cómo a veces se leen sus obras más queridas!), atroquelo en una
voluntad de generoso descuido, que corresponde al de Lucía, este juicio hecho
de todos los infinitos y menudos contentos miserables donde tal vez quiso
alzarse perversa mi esperanza: «Su
advertencia
de que le oculte a Alberto que la novela sea de ella, y que envuelve para él un
matiz de traición y de ridículo involuntarios, amargos, es prenda de
intelectualísima amistad: ha comprendido que adivino su alma y que no concederé
más que su justo valor noble a un ruego que tanto tiene de confesión».
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Acércansenos
el capitán, el cura y el médico. Vienen a darnos una noticia que nos parece
absurda en esta vida de pereza y de regalo. «Ha muerto uno en tercera»; deja a
su pobre mujer desamparada, y trátase de que iniciemos una suscripción en su
favor. Las señoras van a ver a la viuda; nosotros, un grupo de hombres, al
muerto. Se nos unen varios. Entre ellos un doctor Roque, cuyo nombre sé por la
tarjeta cosida a sus sillas, y con quien yo no he hablado nunca. Amigo del
filipino, sabemos de él, nada más, que ejerce en Manila hace tiempo, que es su
mujer la rica india feísima con la cual y con un hijo pequeño retorna de
España, y que permanece casi siempre aislado de todo trato, al lado de su
esposa, bien porque su experiencia de pasajero contumaz le haga aborrecer estas
chismosas tertulias de a bordo, ya por orgullo. Trátase, en efecto, de un
hombre alto, seco, rígido, no viejo aún, de vivos ojos altaneros, en su rostro
antipático y cetrino como de enfermo del hígado.
El
espectáculo del muerto, tapado sobre el lecho aún con una sábana, en el
camaranchón destartalado de la enfermería de tercera, me sorprende, me
contraría, como algo extraño a mis gustos.
Hay sin
duda un terrible egoísmo en nuestras vidas. Imaginamos que el universo está
dentro de nosotros, acordado con nuestras míseras emociones.
Yo, que
me había forjado la idea de ir registrando en mi atención cada latido del alma
de este pequeño mundo que forma el Reus, sin más que mirar y recoger de
alrededor sencillamente, veo ahora que apenas miraba y veía sino el
archirridículo sainete de nuestro «grupo distinguido».
¡Cuántas
pasiones, cuántos dramas e íntimas tragedias de harto mayor interés no irán
dando tumbos por las olas en estas gentes de la popa -ocultas en cada corazón
de estos rudos luchadores a quienes no dejan tregua el rigor y la miseria!
La viuda,
una rubia casi bella en el dolor de su desesperación, de su desamparo, es
arrancada al fin de junto al muerto. Su pena me hiela. El doctor Roque, a
pretexto de auxiliarla, vase con las camareras y las mujeres, que la acompañan
llorando. Descubro en la cara antipática del doctor yo no sé qué repugnante
piedad que enmascara lúbricos instintos de bruto, de fiera...
¿Y quién
es esa muchacha?... Ya lo sabemos: una honrada. Su cara no miente. El candor,
el pudor, pueden fingirse. La honradez, no tiene un semblante de modestia que
se extiende a todo el cuerpo. Sus dedos están picados de la aguja.
El
capitán, después que la hemos visto partir junto al doctor Roque, aléjame de la
cama del muerto y me dice efusivamente, con un nobilísimo afán de purificar sus
intenciones de aquellos otros vanos galanteos de nuestra cámara:
-Nada
hay, capitán, más despreciable que una mujer estúpida; pero no hay nada más
respetable que una mujer honrada. ¿Quiere usted iniciar la suscripción entre el
pasaje, para ésta?... Su marido, ese infeliz, iba de maquinista a la Colonia de
San Luis, en Joló. Ella tal vez querrá volverse a España desde el primer
puerto.
Acepto la
idea con entusiasmo. El capitán, tal vez, ha visto, como yo, las ansias de
lujuria de tantos hombres como encontraría en Manila esta infeliz. Es preciso,
en efecto, que se vuelva a España, o que no se encuentre al menos entregada al
egoísmo miserable de las gentes, sin recursos al desembarcar hasta que pueda
valerse por sí propia. Busco
inmediatamente
a Lucía y la intereso y la asocio a mis trabajos. Don Lacio se nos une; y antes
de una hora tenemos dos listas.
Lucía y
yo vamos a ver a la viuda a media tarde. Está en la cubierta de segunda, entre
otras mujeres mareadas. Alberto, totalmente mareado también, confinado en su
camarote, no ha podido seguir ayudándonos en la cuestación, que ya asciende a
ciento trece pesos. Ha vuelto el mar a alborotarse horriblemente, más que
nunca, y el cielo está surcado de anchas nubes densas, que el viento arrastra.
Sostiénele
a la joven el dolor, con harto feroz privilegio, el dominio de sí misma, entre
las demás mareadas. Nos mira con la mezcla de conmovida gratitud que le ha dado
el anhelo de un cariño y el recelo de
ver un
poco hollado su tormento por extrañas curiosidades. Nos sentamos, y pregúntanos
por el capitán. Querría saber dónde tienen el cadáver... querría que la
consintiesen verlo...
-¿Le han
vestido ya? -prosigue-. Le habrán puesto su ropa... Yo desearía que llevase un
traje nuevo que tengo en el baúl. Díganle al señor capitán que nosotros traemos
diez y ocho duros... que pueden pagar con ellos la caja...
La
tranquilizamos. Ignora totalmente los detalles de un entierro en el mar, y
sostengo su ilusión con mentiras: «La caja la ponen a bordo por cuenta del
buque; son de cinc y ya está soldada, a fin de que pueda esperar el desembarco
en Aden; no podrá verla; la colocan desde luego en un cerrado camarín, junto a
la capilla». -A seguida dícele Lucía que es a mí a quien debe agradecer el
trabajo de la cuestación, y ella me contempla entre lágrimas, exclamando:
-¡Ah,
gracias!... ¡gracias!
La
emoción de estas palabras me compensa. Interrogada por Lucía, nos cuenta que es
la mayor de nueve hermanos que abruman a sus padres, arrendatarios de una
pequeña huerta en Murcia. Preferiría continuar a Filipinas y trabajar en la
costura. La vuelta a su casa, a su campo, no haría más que aumentar la carga de
familia hasta que encontrase otra vez ocasión de ejercer en la ciudad su oficio
de modista. Pudo hacerse en poco tiempo clientela al lado de su marido, y ahora
iban llenos de esperanza, porque les habían afirmado que en Manila escaseaban
las modistas españolas.
Llora
desconsoladamente.
Es la
convicción de la forma de soledad más horrible; la que impone el destino en
medio de la esperanza de queridos seres a cuyo amor ha de llevarse el aumento
de fatigas y de angustias.
Es bella
esta muchacha; es dulce. La contemplo, la contempla también absorta Lucía,
respetando su pena... y... ¡horror!... siento de improviso la vergüenza del vil
pensamiento que me ha cruzado con el disfraz de piedad... ¡como el doctor
Roque! He pensado que de tantos hombres como querrán hacer de la desamparada
linda una querida, en la gran ciudad adonde ella llegará tan sola, yo podría
ser el que la encanallase menos, el que la respetase más... con mis caricias.
¡Oh, sí! ¡como el doctor
Roque!
¡como todos éstos del grupo distinguido que no han cesado de venir a ver a la
viuda rubia con pretextos compasivos, comentando luego picarescamente su
suerte!... Parézcome brutal, grosero, asqueroso..., de una iniquidad sin fin en
esta momentánea ansia de besos de lujuria y de dolor de dolores. Y una
convicción tremenda, horrible, que me inunda de algo repugnante, háceme ver en
mis entrañas el cieno de los demás. ¡Todos pensamos lo mismo... Y ellos sin
tanta interna hipocresía, que es la más abominable!...
Lucía
tira de mí. Hay en su faz una sorpresa. Ha adivinado tal vez mi intención, mi
maldad.
Alejándonos
por la cubierta, del brazo, me para de pronto hacia el mar y me dice:
-¡Eh!
¡no, no!... Pensaba, Andrés, una cosa que no debe realizarse: llevarme a esta
infeliz. Es modista; pudiera serme útil... mas yo no le daría en mi casa la
ganancia que ella obtendrá sin duda..., y obligada a mí por gratitud, sería mi
acción en suma un egoísmo envuelto en generosidades.
Como yo
no respondo, sorprendido, asombrado de no sé qué vagas semejanzas entre mi
intención y la de Lucía, ella insiste:
-¿No le
parece?
Yo invito
a continuar marchando.
-¡Ah,
Lucía! -exclamo al fin- ¡Es usted altiva, hasta para ser bondadosa! ¡Es usted
de sobra exigente consigo misma, hasta para la caridad!... ¡Un egoísmo... por
Dios!
-¡Oh!
¿qué? -me responde-, ¿cree usted?... Pues, es cierto. En el fondo, un egoísmo.
La caridad lo ha buscado, como siempre..., y dudo si doy a usted el derecho a
dudar si no se hubiese mi caridad desvanecido como sombra inútil de no encarnar
en conveniencia. Ciertamente que no debo llevarme a esa muchacha. Su porvenir
está en Manila, y mi marido y yo iremos a Iligan, a provincias.
Sonríe, y
su sonrisa tiene un hermoso color de humildad, como de perdón a su egoísmo
pasajero. Herido yo de esto tan dulce y arrogantemente humano que me explica a
mí propio súbitamente, siento el impulso de decirle que la admiro... que «es
cierto», que yo también soy el mismo miserable que ella se siente en el fondo,
y no más, ni menos, aunque hayan nacido con un disfraz de egoísmo más vivamente
pasional hacia la pobre
rubia mis
piedades...
Al bajar
la casi vertical escalerilla, yo primero, para dar la mano, la falda corta de
Lucía se prende en un peldaño, y ella luego la hace caer con un movimiento
naturalísimo... He visto la esbelta pierna perfecta estrechada en la media de
seda oscura. El aplomo de esta mujer para todo, vuelve a admirarme; creeríase
que una invisible coraza de alma la redime de torpes intenciones y la absuelve
de encogimientos. ¡Qué diferencia de esta íntima elegancia severa, que he visto
como pudiera haberla visto el brazo enguantado, y aquellas otras piernas
colorinescas que lucen sin cesar en los balancines de la proa Charo, Pura,
Aurora... en verdadero teatro de encajes y sensualidad!
Seguimos
silenciosamente por la baja borda de entre las dos cubiertas, y una ola se
estrella y nos salpica. Parece un bautismo de nuestra fraternidad, quizás
poblada de fantasmas de todas las pasiones.
Piedad,
sí -pienso sintiéndola el brazo y más cobarde que ella para darla el
pensamiento. Ha dicho bien, «piedad encarnada en egoísmo». Y veo la enorme
diferencia entre mí y los otros. Feliz el egoísmo que desde los antros de la
vida, donde rebulle en los demás guardando su furia de apetito, pudo en la mía
subir y extenderse en glorias de piedad. Belleza y dolor, en su colmo, en su
fuego, en su llama, la pobre rubia esa... ¿qué mucho que pudieran encenderme la
divina compasión perdida y dilatada en ansias de dar besos?... ¿quizá no es el
amor el beso así perdido en tules de alma?
Me
encuentro, pues, hermosamente miserable, restituido por la serenidad de esta
mujer a la justa humanidad. No tengo ya que huir de la idea de que a pesar de
mi purísimo desinterés por la linda rubia, yo la besaría la boca..., de que
besaría con inmensamente más agrado, con fe de eternidad, la de esta gentil
amiga tan castamente robada a mis deseos. -Sé que puede ser bruta mi
sensualidad, pero que no ha realizado jamás en
nombre
del amor ninguna villanía.
Llegamos
a la subida de nuestra cubierta. La amiga se despide hasta después. Va por la
baja galería a su camarote.
-
¡Gracias! -exclamo con tal vehemencia, que ella se detiene.
-¿De qué?
-Del bien
que me ha hecho. Estaba juzgándome implacable, a propósito de nuestra
protegida, un egoísta... harto más egoísta que usted!
Ella
divaga la vista en breve reflexión; se acerca:
-¡Oh, a
ver!... ¡dígame!
-¡Oh,
no!... ¡Adiós!
Soy yo el
que la deja. Subo la escala.
- VIII -
El resto
de la tarde lo empleo en mi cuestación caritativa, en compañía del capitán y
don Lacio, pero al anochecer, la mucha mar obliga al capitán a retirarse al
puente, y el fuerte mareo del pasaje entorpéceme no poco.
Contamos
el total, a las nueve de la noche, don Lacio y yo, en el comedor: quinientas
ochenta pesetas. Pero es un horror el barco; se mueve y cruje por todas partes
como desencajado a los furiosos vaivenes. El calor nos ahoga. Don Lacio, en
fin, no es capaz de continuar dictándome la cuenta de justificación que yo
escribo, y se retira al camarote... Prosigo solo, sacando fuerzas de flaqueza,
por no ceder a este girar de luces y de cosas, y últimamente termino,
encontrándome tan mal, que voy en demanda también de mi litera...
No hay
nadie por los pasillos. Tengo que asirme fuertemente a cada instante, para no
dar contra las paredes. A través de las pequeñas puertas de caoba, oigo gritos,
lamentos... Ha sido un desastre la comida de esta tarde -diez personas. La
vajilla no ha cesado de romperse, a pesar de las dichosas pesebreras...
Botellas que rodaban de las mesas, rimeros de platos y bandejas de copas que se
hacían añicos al caer los camareros de columna a columna, lanzados por los
balances.
De lejos,
a lo largo del alumbrado pasadizo, que más bien parece una ardiente cañería
cuadrada de calefacción, veo alejarse la silueta de otro pasajero, que resulta
diagonal en su verticalidad, con respecto al suelo y al techo, en la gran
inclinación que ha aumentado el Reus desde Port-Said.
El
camarote está imposible. Tumbados sin desnudarse Pascual y el húsar, ni
siquiera hablan. Cierran los ojos en las caras lívidas. Es un horno, sofoca,
asfixia. No hay que pensar en abrir el ventanillo; al revés, tengo que
atornillarlo más exactamente...: lo bate el agua sin cesar, y por los
resquicios de su circunferencia se ha ido infiltrando pared abajo. Sea de esto,
o de improvisadas fregaduras de aquellos hombres que se multiplican por el
barco con cubos y escobones, el suelo se ve húmedo; y de vez en cuando lo
cruzan las maletas de extremo a extremo, resbalándose en los más fuertes
balanceos..., en los que diríase que se agarran y retuercen también las
entrañas... haciéndonos de paso afirmarnos al borde de ataúd de la litera, para
no caer... Se inclina tanto algunas veces, que llego a creer que se me vendrán
encima desde la pared de enfrente, convertida en techo, el húsar, Pascual... En
suma, salto de la estrecha cama, no pudiendo soportar más tiempo esta atmósfera
limitada y pesadota en el cerrado cajón que sube y baja desniveladamente como
el de una montaña rusa...
Vuelta
atrás en el pasillo. Llego como puedo al fumadero. Unas señoras chillan, o tras
yacen acá y allá por los divanes, desajustadas, enseñando alguna vez en
contorsiones más de lo que convendría al recato, entre hombres que vomitan sin
maldito aprecio alrededor... La pescadera y Pura con su madre, rezan con fervor
junto a una mesa, donde todavía se muestran esparcidas las barajas. No hallo
más conocidas, al aislarme en un
rincón.
Lucía sabe hurtarse, la primera a estos cuadros lastimosos.
Me
explico la concurrencia aquí. Al menos, por la lumbrera, cuyas compuertas están
abiertas, baja aire. De rato en rato caen también por ella chispas de agua; y
una vez, a un hundirse y volcarse todo que se creería parar en el infierno, cae
una verdadera rociada de gotas que aumenta el chillar de las chillonas... Son
éstas un grupo de rebeldes más
ganadas
que por el marco por la rabia del terror... Sueltan cosas estupendas, contra el
capitán, contra el buque:
-¡Pero
esto es una barbaridad! ¿a qué seguir?
-¡Que se
acerquen a una costa!
-Al
revés, señora -ha dicho un oficial-; que conviene separarse para
evitar
los escollos.
-¡Pues
que me lleven a mí y sigan si les parece!
-¡O que
vuelvan para atrás; dicen que vamos con tra el viento! ¡Vaya unos marinos!
Las
infelices creen de buena fe que bogamos por un río en cuya orilla podríamos
esperar mejor tiempo. -Y a las once, cuando nos cierran desde arriba la
lumbrera a causa de los más frecuentes golpes de mar, vuelve a aumentarse mi
angustia con el calor, y siento, en verdad, la irritación de protesta
instintiva que ellas contra esta fatalidad de no poder
sustraernos
en modo alguno al danzar furioso del buque, que todo se mueve igual por todas
partes. En un teatro, en un templo, si alguien se desvanece de luces y
perfumes, se sale; en un coche, se apea... Aquí no hay más que «seguir,
seguir»... esto que horroriza a estas mujeres..., seguir a través de la negrura
del horror mismo de lo inquieto, sin un
momento
de reposo...
Hay una
idea que llega a atribularme. Siéntome desvanecido, y escuché días atrás al
capitán, en admiración mía, que resisto más que él propio...
¡Si él se
hubiese marcado y su gente también, en el puente, dejando sin gobierno al
Reus!... Mas como la rápida noción del peligro me serena, pienso inmediatamente
que más a ellos les dará fuerzas el espectáculo de la lucha y la conciencia de
la responsabilidad. Entonces me levanto y subo a la cubierta, prefiriendo
igualmente el cuadro del airado mar a esta angustia orgánica peor que todo.
En la
escalera, la boca siniestra del exterior, que se abre y se cierra un segundo
para dejar paso a un marinero, me aterra. Entran el agua y el huracán en
bocanada. Dudo si, aun afirmándome con fuerza, no seré barrido por el viento y
por las olas. Sin embargo, el alivio material que he sentido, me impulsa, y
salgo a probar fortuna.
Me aferro
a los pasamanos. Nunca como ahora se me justifican estos pasamanos que yo
juzgué prodigados con exceso por el buque. Mis ojos, habituados a la luz, no
ven sino tinieblas sacudidas en un fragor de infierno... El cielo está obscuro,
el mar está obscuro, en la cubierta no hay más que alguna linterna mortecina...
Y aunque el viento lleno de agua y de espuma sigue batiéndome, me doy cuenta al
fin de que exagero precauciones... Se puede incluso marchar suelto sin más
riesgo que una desviación o una leve caída, porque si bien son enormes las
subidas y bajadas del buque, son lentas, muelles, casi previstas...
Pronto
acomódanse mis ojos a la sombra, y veo. Es algo que participa de lo hermoso y
lo espantoso. El Reus parece avanzar entre gasas voladoras; las luces de los
mástiles, y la triple hilera de ventanillos de los camarotes, a todo lo largo
del costado, alumbran en su torno un romper de olas y de espumas curvadas en
láminas luminosas remolinadas sin cesar y siempre cambiantes en fantástico
aleteo de danza serpentina... Se hunde, se alza, se yergue gracioso y lento...,
es el barco una agilísima funámbula que va bailando su serpentina por la brava
negrura de la noche...
El viento
le cubre algunas veces de las gasas, de los blancos tules desgarrados...
Recorro
la cubierta, afianzándome en la borda. Voy hacia la popa, procurándome el
resguardo del vendaval en lo posible. Una sombra se destaca, inmóvil. No me
siente, en el estruendo horrísono de todo. Veo relucir en su mano un arma... Y
esto me detiene. ¿Quién es?... Ya me ha divisado. Estamos a tres pasos.
-Hola,
capitán, qué noche, ¿eh? -me dice.
Es un
hercúleo oficial reservista cuyo nombre ignoro. Ha tratado de ocultar la enorme
navaja albaceteña; y no pudiendo, decídese a mostrarla y explicarse:
- ¿Eh?...
No creo que está demás. Se lo aconsejo. La cosa está para un tumbo... Si el
caso llega... ¡zis! ¡zas!... oportunamente. Éste es mi salvavidas: el 30.
Leo el
número, efectivamente, en la blanca rosca amarrada a la baranda. El buen
hércules ostenta un ademán resueltamente egoísta que me hace sospechar si la
navaja no le serviría para defender también su salvavidas de hombres y
mujeres... contra toda previsión de aquel reglamento que ya veo que no he leído
solo. Háblame enseguida de que él podría salvarse sin bote, que no ve para qué
sirva con olas como montañas...; es nadador y confía en que no será muy ancho
este mar Rojo que recuerda de los mapas.
Paréceme
la caricatura de mí mismo. Hay, en efecto, en mí, larvas de las mismas
intenciones... Y yo no sé, quizás, si llegado el caso, defendería también mi
vida insulsa a coces y a mordiscos... Sólo que no creo el asunto para tanto, y
me despido, agradeciendo los consejos. Dígole que, como liado poco, prefiero
los salvavidas de chaleco que hay en los camarotes también.
Confortado
con tal forma original de cobardía, vuelvo hacia la proa, despacio. Durante un
rato me distrae esta sensación de subir y bajar un poco dislocada como si
estuviera en el extremo de un largo balancín. Al fin, me tiendo, pescando al
paso un sillón que va y viene con los demás en dulce deslizarse, a cada vaivén,
como los trastos del camarote. Por si acaso, lo sitúo no lejos de un asidero.
Y sí,
rueda un poco todavía, no obstante mi peso, en los rudos balances. Los demás
sillones no dejan de ir y volver desde la borda, acompasadamente, a cada tres o
cuatro bamboleos, que viene uno mayor. El calor es fuerte, pero la salpicadura
de las olas va compensándome la ducha. Estoy bajo el puente y diviso la baja
borda delantera. La cruza el mar, incesantemente, por encima de los portalones.
Las olas llegan, saltan, se extienden... vuelven a verterse en torrente por
ambos lados.
Las
pobres terneras y gallinas de nuestra provisión deben ir medio anegadas. El
viento me azota con salvaje ira, rugiendo, silbando, en una sinfonía a que se
juntan, con el estallar de las aguas, los crujidos del buque y el rechinar de
hierros y poleas por las alturas...
Algunas
veces, entre la espuma pulverizada que viene más terrible abierta desde la proa
como las dos blancas alas de un sudario que hubiesen al fin de envolvernos, el
barco se inclina, se inclina contra el mar que sube en montaña monstruosa y que
remonta la banda en abismo. Luego sube, sube la banda, baja el hinchado mar, y
es la proa la que cae de un tremendo zarpazo, puesta al aire por la ola...
Otras veces se siente como
en una
angustia del corazón el girar lejano y vago de la hélice en vacío...
El agua
me moja. Hay unos instantes en que adviérteme la intuición que si esto no es
una tempestad, puesto que ni llueve ni luce relámpagos el cielo en cerrazón por
todas partes, tampoco las celestes furias harán mucha falta para ponernos en
real peligro por sólo cuenta del mar, a nada que ya fuerce su furia. Marchamos
contra el mar, contra el viento, efectivamente, según dijeron abajo...; y sea
una ola por el timonel mal tomada, sea que fue más grande que ninguna la sima
que abrió a su pie, y que iluminaron verdosa y horrible las luces de la banda,
he visto al buque acostarse con una pesada pereza de indecisión y de cansancio
cual si no fuera más a levantarse...
Es
imponente este rodar en las tinieblas. Más allá de la zona débilmente alumbrada
por el barco, donde alternan los combos antros cristalinos con los juegos
formidables de las madejas de espuma, nada ven los ojos sino sombra, lejos,
encima... inmensa... Creo a ratos que la quilla rasca rocas..., que el Reus va
hacia un lado, rendido y suelto...
Pero las
dobles campanadas cada media hora, tranquilízanme; garantiza las demás esta
vigilancia del reloj que sigue realizando un marinero, tan exacta.
No una
borrasca -pienso-; un poco de marejada que el mar me brinda cortés, ya que lo
cruzo. Y aun dándome cuenta de esta positiva pedantería íntima y enorme de mi
realeza, «cortejada y festejada por el mar», me abandono a ella, por no ceder a
esa más enorme cosa que consiste en el anonadamiento de uno mismo ante las
grandezas espantosas, fundido a ellas como un átomo del aire, como una gota más
de agua. ¡Con qué tremenda
indiferencia
me tragaría este mar, como a un gallo arrebatado del jaulón, como a una
paja..., a mí, con mis dolores, con mi universo de cosas en la frente! Me finjo
entonces que el Reus es un colosal hipocampo que me lleva
sobre el
lomo, que me hace sentir el fuerte subir y bajar de su carrera por las crestas
de las olas, que me da el placer de mi destreza en ceñirle cuando se alza,
cuando se alza, cuando vuelca hacia abajo y me falta... como un caballo de
flexibles piernas poderosas galopando por montes y barrancos en medio de la
noche.
Y me
duermo..., persuadido de la firme triunfal seguridad de este galope que me mece
más suave... Me duermo...
. . . . .
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Una como
parada repentina del buque, me despierta.
¡Oh!...
alborea... Amanece, mejor dicho. ¡Cuán cambiado todo! Del cielo, apenas
franjeado por pabellones heliotropo, le caen al mar casi sereno, cansado, luces
de plata.
Yo,
olvidado del pobre muerto que debieron arrojar anoche, soñaba ahora que
acababan de arrojarlo por la borda...: mis ojos le seguían hasta el fondo, en
gran transparencia del agua, sombrío, envuelto por el saco, arrastrado por las
pesas de hierro, seguido de tiburones...
Pero el
barco da una vuelta, ciertamente... ¡Qué!... Miro. Nadie en la cubierta...
Vuelvo al otro lado la cabeza. Del castillete de proa baja un grupo... Y el
cura revestido y con la cruz delante...
¿Acaban
de arrojar el muerto?
Cierro
los ojos por no verlo hundirse, pasando... Mas ya lo vi ¡oh ensueño y
realidad!... Me doy cuenta de la maniobra; es la que explicó el capitán: el
buque para, se lanza el cadáver y se vira en redondo para darle tiempo a
sepultarse sin cogerlo con la hélice. Sin embargo, el capitán me dijo que sería
el entierro a la una.
No habrán
podido.
Es igual.
Todos deben dormir en el barco, tronchados por la noche cruel.
- IX -
Todo
pasó. Estamos leyendo con la misma indolencia de siesta bochornosa que antes de
morirse nadie y de haber estado a punto de hundirnos con el muerto. La pobre
rubia no es sino una pasajera más que ha tenido la rarísima fortuna de ganar
categoría con su desdicha: tercera preferente -cámara y cubierta de segunda-
gracias al capitán. Por las tardes van a acompañarla algunos ratos Lucía y
otras señoras. Acaban departir. Con su pañolillo de luto, con su humilde
compostura, sin el desaliño trágico y las sombras del dolor, su cara no es tan
bella... tiene algo de abultada rudeza campesina. -Sin embargo, con ocasión de
su desgracia, de la peregrinación que hubo al día siguiente hasta su cámara, y
ya que mi intervención y la de Lucía no dejaron que el doctor Roque pudiese
averiguar el éxito de su dinero contra la honradez de la muchacha, el doctor
Roque conoció, a la cocota francesa que trae su amigo y casi compatriota el
filipino; y parece que en la noche última ha debido intervenir la vigilancia de
a bordo: el filipino y el doctor llegaron casi al revólver, por no se sabe bien
qué intentos o sorpresas en aquellas apartadas galerías... Madama está
castigada a no salir en ocho días del
camarote.
¡Oh, los
amigos!
Cuando se
habla de anteanoche, se dice mirando con horror las olas, aún inquietas: la
noche de la tempestad. Abundan los tafetanes por las narices y las frentes,
encima de los chichones. Además, el mar arrancó del barco algunos bocoyes y dos
jaulas de gallinas. He tenido que inclinarme a la evidencia de estos
resultados, y sobre todo después de haberle oído ayer al capitán, en el
almuerzo: «Oh, sí, sí, una decente pelea. ¡Hubo sus ratos muy serios!»...
Vuelvo a
leer, dejando recuerdos. Vuelvo a alzar delante de los ojos Las vírgenes de las
rocas. Cerca de mí, tres sillas al medio, ha quedado solamente Pura,
dormitando, bostezando... esperando al relojero...
La novela
es de Lucía y está en italiano; las notas en inglés. Pero he realizado dos
descubrimientos: adivino el italiano, sin más que mis recuerdos de la ópera y
de las compañías dramáticas que van desde Roma a Madrid, y he ido además
testarudamente traduciendo el inglés, valiéndome de mi poco de alemán, mejor
que el alemán mismo. No teme igual, duda, Lucía, de su marido, a quien le
esquiva preferencias literarias y sus más
sutiles
pensamientos con estas políglotas habilidades.
Voy
repasando las notas manuscritas.
Dice
aquí:
«¡Oh,
soberano artista que me irrita!»
Aquí es
el pasaje de la irrupción de aguas en la fuente:
«¡Admirable!
¡Admirable!... No es posible fundir más el alma y la vida y el agua y la
piedra. Así la palabra inimitablemente dominada puede lograr, etéreamente, más
armónica fluidez, y plásticamente, más riqueza de color y de relieve, que la
música, que la pintura, que la escultura.»
Sin
embargo, es cierto: le irrita. Parece concederle una violenta admiración
rabiosa de no poder dejar de concedérsela:«Ni con todo el talento de D'Annunzio
se tiene derecho a una
ignorancia
tan completa del conjunto de la vida.»
Hay en
estos rápidos juicios de ingenuo rigor un aplomo indiferente... de mujer
dulcemente indómita, que me aturde. Parece que estoy oyendo su voz en el mismo
ritmo pausado con que la oí hablarle a Charo, el otro día, del alcohol de los
rizados; con que la he oído conversar acerca de los jaires de las faldas de
campana... ¿Y acaso suponen más las maravillas del arte que los lazos y los
rizos? He aquí, en efecto, otra nota que confunde gentilmente ambas cosas:
«Clara
Mill, elegante neoyorkina, discurrió vestirse siempre de verdes, ya que nadie
usaba este color; para ir como ninguna, según mi Moniteur de la Mode. Gustó en
París, y al año estaba de verde media Europa. Clara se volvió a su tierra
dispuesta a vestirse de negro y
amarillo.
Debe de ser terrible esto para un artista que no pueda igual mudarse de arte
que de frac.»
Pregunta
ahora, con llamada al pie de estos renglones: y yo, después de haber calmado
cada día con cualquier acto mi necesidad de predominio sobre los hombres, iría
a tu amor...
«¿No es
ésta la cruel incertidumbre de superioridad, teniendo que reafirmarse cada
veinticuatro horas?»
Otras
notas concretan, enlazan:
«Parece
un extraordinario original y no es casi constantemente más que un
extraordinario ejecutante de Wagner y de Nietzsche. Es el supra-artista que
corresponde al superhombre ridículamente genial.»
Otras se
refieren a la técnica, en sorprendente relación inesperada, al pie de la más
exquisita e ideal divagación:
«Labor al
revés de inventarismo zolesco. Persigues en tu interior - tu universo- la
vibración sensible, hasta dejarla agotada en un analicismo científico de sutil
psico-fisiologista que te quita sugestionabilidad, quitándole al lector toda
emocional colaboración. ¡Ah, si Zola y tú no fuerais los contrarios prolijos
prodigiosos!»
Otras,
largas, con mayor rencor, se extienden y se cruzan por las márgenes:
«Insuperablemente
conciso y exquisito cuando hunde su hipersensibilidad en las bellas cosas
directas que se la enfrenan y objetivan (las aguas de Venecia y los galgos, en
El fuego, y la fuente en este libro) es majestuosamente insoportable cuando se
desborda él mismo de sí mismo o sobre aquello que no le domina la imaginativa
exuberancia en gracia y naturalidad -como en el discurso del palacio de los
Dues y en la romería de mendigos del El triunfo de la muerte. La Vida: esto es
lo que no ha vivido jamás, intensamente, sino en el viejo arte de los otros, el
supra-artista. Tal mujer es la resurrección orgullosamente confesada de tal
mito, de tal dantesca visión, de tal gesto de Leonardo; tales manos, no son
como esto o aquello que pueda ver cualquiera en los cielos o la tierra, sino
«como los de la virgen de Rafael que está en el rincón tal de la sala cuál del
Vaticano» o «como las de las de la estatua de Fidias que yace sola en el murado
jardín de...»
Oigo:
-¡Qué
antipáticos se ponen ustedes con los libros!
Es Pura,
sola, no lejos de mí, tres sillas al medio, bostezando.
-¡Cómo!
¿No le gustan?
-¡Bah!
-¿Cuáles
ha leído?
-¿Yo?...
Ninguno. Estaba deseando a los doce años salir de la escuela por tirarlos.
-¿Y
entonces, en qué se distrae usted?
-¡Yo!
-dice asombrada de que yo venga como a juzgar necesarios a su distracción, los
libros...¡toma!.. pues... ¡mire!... pues... ¡bah!... Ni que acaso Dios no
hubiese...
Vuelvo la
cabeza, porque la he visto iluminarse súbitamente de alegría.
Es que
llega el relojero. Se sientan. Se hablan. Yo me marcho y me pongo a pasear.
Esta
muchacha ha hablado también en nombre de la vida con la ingenuidad de sus
bostezos. Acaso muchos le concedemos una importancia excesiva al arte de los
libros.
- X -
Han
barrido las olas. Se las ha llevado consigo el viento y no queda más que el
patio infinito de suelo de cristal en que ellas juegan a las niñas o a las
furias.
El mar
está vencido, dormido bajo el aire quieto, bajo el cielo de cúpula translúcida
de horno cuyo sol ardiente triunfa inmóvil en el cenit.
Yo no
había visto ni concebía siquiera el mar así. Y todo es de color de tersa plata
clarísima, el mar y el cielo -un chinato lanzado al agua engendraría el
perfecto círculo creciente que en un estanque.
El buque
va dejando a los costados la ondulación que dejaría el paso suave de una mano
en una tina.
Teníamos
la esperanza de algún alivio de frescura en la salida del Rojo, y es más grande
el fuego aquí, la llama fluida del ambiente, a pesar de llevar navegando muchas
horas por el estrecho de Badel-Mandeb, cuya tórrida costa septentrional
divisamos, de tiempo en tiempo, peñascosa y seca.
Hoy da lo
mismo el interior que la cubierta. Está todo penetrado por igual de calma y de
bochorno. Las ropas parecen recién acabadas de pasar por una plancha. Se toca
un hierro a la sombra, buscando su consuelo, y está más caliente que la mano.
Hay que tener los brazos separados del tronco, las piernas una de otra. Se
querría sudar y no se suda; la piel parece urticada; yo creo que encima de
ella, los hombres, las damas, llevamos nada más las blancas telas salvadoras de
Port-Said: cuando menos, de mí estoy seguro -y a través de una batista
sutilísima de Pura, habríamos jurado Enrique y yo que la hemos vislumbrado por
la espalda el tono limón del corsé directamente sobre el tono rosa de la carne.
No se
levanta ni el más leve soplo de contramarcha, a pesar de que, según el capitán,
corremos a veinte millas. Un fósforo encendido en nuestra eólica región de
junto al puente, ha mantenido recta su llama, casi invisible en el aire
flemoso, como al sol. Lo hemos apagado antes de lanzarlo fuera del barco, que
se diría que iba a encenderse como yesca; antes de lanzarlo al mar, que se
diría que puede arder como una balsa de petróleo.
¡Tierra!
¡Tierra!... otra vez.
Sí; una
punta gris, roquiza, perdida en la calma. Ni una gaviota, ni un pájaro.
Nos hemos
bañado dos veces, y puede afirmarse que medio pasaje espera al turno por las
galerías. Sensación harto africana. Los tresillistas no han tenido valor para
seguir. La cubierta está llena de mesitas, adonde no cesan de pedirse helados.
Don Lacio lleva seis, con éste que se bebe de un golpe. Propone al fin que nos
tiren a los pasajeros al mar, con calabrotes amarrados a la banda.
-¡Eso que
tocan es fresco! -grita después oyendo música abajo.
Descendemos.
Está Charo al piano, acompañando al relojero. Lucía canta, y al poco Sarah, él
titiritando de frío... de La leyenda del monje, a petición del auditorio.
Sirven
poco las mangueras, puestas en las filas abiertas de ventanillas del comedor.
Los abanicos mariposean con furia, y creeríase que no son capaces de alterar la
sofocante pesadez del aire. Yo oigo que
Pura le
explica al relojero que ella ha tomado tres duchas... «recibe el chorro en la
cintura, donde tiene brasas...» Claro es que se tutean: son novios.
¡Tierra!
¡Tierra otra vez!... a las tres de la tarde.
La vemos
por las ventanas, armadas de las mangueras como anteojos. Es una monótona
muralla de rocas color de cinc. No está largo. Sus grietas se divisan.
Y el caso
es que el relojero toca el violín con maestría. Ahora es la siciliana de Itgen,
que la india le acompaña... ¿Cómo puede tocar con tanta dulzura un necio?...
porque lo es, no cabe duda.
La pobre
india tiene los dedos llenos de brillantes, y una sonrisa muy dulce cuando mira
al relojero -que mira a ratos más a los brillantes que a las notas. Ella es la
única que no se queja del calor. Empieza a hallarse en su elemento.
A las
cuatro estamos nuevamente en la cubierta. Empiezan a cruzarnos, por delante del
torvo acantilado, que parece reseco y gris la escombrera de un mina donde
fueran echando las escorias encendidas, pequeños buques, bergantines; lanchotes
de grandes velas que indican la proximidad del puerto.
Efectivamente,
entramos media hora más tarde en Aden.
Vamos
llegando en silencio. Vamos acortando en silencio la marcha, sin apenas
curiosidad en nuestro ahogo. Tan sólo despiertan alguna, mezclada de recelo,
los ejercicios de cañón de un fuerte inglés, que domina lo más alto de las
broncíneas rocas. El blanco es una boya que está del lado opuesto a nuestra
ruta. Los proyectiles le caen cerca, a cada disparo, levantando surtidores de
agua. Piensan muchos que esperarán mientras cruzamos, y hay un momento de
ansiedad al ver la nubecilla de humo en el fuerte, precisamente cuando pasamos
su línea...: el proyectil cruza zumbando por encima de nosotros...
Y nada
más. Atrás, se queda el fuerte... sigue la cadena de rocas combándose en un
anfiteatro que nos muestra la ciudad.
Paramos
-lejos, muy lejos, en la abierta rada. No reina entre el pasaje el gozo. -El
calor y la advertencia que se nos ha hecho a todos de las piraterías de los
árabes, nos hace mirar al puerto siniestramente. De noche resulta temerario
volver al buque en las lanchas, y aun de día suelen los lancheros, a despecho
de la vigilancia inglesa, pararse en la mitad exigiendo triple o cuádruple del
alto precio convenido.
Por lo
demás, ni a tal riesgo creo que habría modo de visitar la población, tendida
enfrente cuesta arriba por los áridos peñascos y debajo de otros fuertes. Han
sonado las cadenas de las anclas y no se ve un barco hacia nosotros. Apenas un
vaporcillo distante, contra la tétrica valla petrosa de bronce obscuro a cuyo
pie llega el mar muertamente. Una decoración dantesca. Si hay algo en la tierra
capaz de recordar un desolado infierno, es este paisaje. Barcazas monstruosas,
con grandes velas negruzcas, que caen plegadas, se deslizan a remo al pie de la
costa horrible como por un lago de fundido plomo.
Diríase
que el calor, que aún nos parece más grande en tales quietud y abandono, nos
concentra en una rabia sensual que nos haría mordernos desesperadamente unos a
otros. Pura, a pretexto de abanicarse, va ensanchándose con la otra mano el
improvisado escote del matiné; y mucho será si el relojero no está viendo
curvas vivas. Charo, en un momento que
la
encuentro por la otra cubierta mirando al agua, se queja de la soledad:
-¡Ha
visto usted, capitán!... ¡qué escala!
-¡Oh,
condesa!
-¡Aquí ni
siquiera vienen esos chicos a la mer!... a la mer!... ¡Ha visto usted, capitán!
¡qué desdicha!
Sonríe,
mostrando la dentadura igual y blanquísima entre los labios secos, muy rojos.
Parece siempre esta mujer una de esas viejas partiquinas de ópera que aún
resultan gentiles jovencitas a cien pasos. Por no responderla otro calamburesco
disparate, contesto una tontería.
Bajamos a
comer. El capitán, con gran contrariedad de Pascual, sigue aconsejando que
nadie desembarque. La ciudad, con sus casas blancas y sus calles en cuesta, no
tiene de particular más que cuarteles, un cementerio y los grandes aljibes
descubiertos, que recogen y guardan como tesoro, pues no hay otra, el agua de
las lluvias. Suele llover cada tres años. Las nubes, aun las más ligeras, son
entre tanto la más rara novedad por este cielo desesperadamente limpio...
desteñido y pálido de tanta luz. El poblado indígena, situado al lado opuesto
del abrupto valladar, sólo puede visitarse a caballo, con peligro de ser robado
en el camino.
¡Oh,
Arabia deliciosa, decididamente no invitas al viajero! ¿Por qué entonces parar?
Nos faltan provisiones, carbón... este carbón maldito que tragan a toneladas
las máquinas.
Y se
engañaba la condesa.
-¿Eh?...
señora -le digo-, ya están ahí... a la mer!...
«¡A la
mer!»
«¡A la
mer!»
Lo oímos
por las ventanillas. En una aparece como un tití un chicuelo, que mira adentro
y desaparece, tirándose al mar de espaldas.
Una
especie de Abraham inmenso, vestido con una rayada túnica verde, asoma y se
detiene en la escalera, ofreciéndole al comedor estuches de joyas en las manos
extendidas...
-¡Jup!
-grita desde el frente el capitán lanzándole arriba, como a una bestia.
Y se oyen
gritos, barullo, en el exterior. Es la invasión mercantil que ha empezado.
Las
señoras abandonan las mesas, pronto.
Encontramos,
efectivamente, en la cubierta la misma feria que en
Port-Said,
sólo que más abundante y definitivamente instalada, contando sin duda los
mercaderes con la costumbre de los pasajes de no desembarcar.
Hay
animación. Fuera, rodean la escala los lanchotes cargados de repuesto y la
flotilla de buzos... «¡Peseta! ¡Peseta!... A la mer!...»
Dentro,
sobre telas extendidas, han puesto los árabes sus racimos de dátiles y
plátanos, sus marabúes, sus grandes plumas de avestruz rizadas y blancas. Más
allá, siguiendo la borda, son los hieráticos judíos que cambian plata inglesa y
brindan collares y sortijas de oro, cajitas llenas de zafiros, de jacintos, de
esmeraldas. Luego, negros estatuarios que venden abanicos tejidos de Palma en
hoja de corazón, cestos, sillones de bambú, largos canapés que van izando con
cordeles, según realizan, del depósito que flota afuera.
Estos
negros nos admiran. No entran en tipo alguno etnológico.
Cubiertos
por un calzón que les llega a las rodillas, tienen los dientes de un color
pulido y puro de caoba, y las largas cabelleras rubias, rubias, de un rubio
claro y limpio de llama de oro que deja tamañito al de nuestra espléndida
condesa. La trae don Lacio precisamente a que se informe...
-¡Vaya
usted al cuerno, caray! -repróchale la condesa tropical
singularísima.
Pero
escucha al sobrecargo, que explica cómo los negros cambian su negra lana
enmarañada en esta suave seda luminosa. Se cubren la cabeza con cal. Nos
muestra algunos, jovencillos, que todavía conservan blancos pegotones en su
pelo en transición, horriblemente jaspeado de obscuro y de lívidas mechas.
-Un
tocado de una vez, ¿eh? ya lo oyes -dice don Lacio-. ¡Dura siempre!
Sólo que
Charo se ha alejado a un tenderete de abanicos. En este artículo se carga. Una
hora después, todos los tenemos a manojos.
Recorro
los grupos. Lucía ajusta un boa de marabú. Su inglés le hace ser solicitada
como intérprete forzoso en varias transacciones.
Pascual,
en un rincón, trata por señas, con un judío, cambios de alhajas; mientras, su
mujer, valiéndose de la fácil mímica de Enrique, discute el precio de una gran
pluma archiduquesa, que puesta en un sombrero le llegará a la cintura...
Enrique, para entenderse, se sirve de monedas de distintas clases mostradas en
la mano.
¡Dollars!
¡Dollars!... ¡peseta!... dos, tres, quince, indicados con los dedos...; es lo
único que dicen los bizarros comerciantes.
Gritan,
procurándose público, a la otra banda, los pequeños nadadores. Realizan
prodigios y acaban por tenerlo todo al anochecer, cuando empieza la feria a
disolverse. Por piraguas traen pequeñas balsas de troncos atados, y reman con
astillas. Gatean inverosímilmente, subiendo
por el
casco hacia la borda, cogidos como no se sabe a los pequeños relieves de las
cuadernas y los remaches de los clavos, para lanzarse después en arcos
maravillosos desde enorme elevación.
Cuenta el
sobrecargo que, en el viaje anterior del Reus, uno de estos pequeños buzos no
salió más, cogido por mi tiburón...: sólo volvió a la superficie una manchita
de sangre...
Yo me
estremezco, pero la compasión va más a mi ridículo dile al muertecillo infeliz.
Miro a los compañeros suyos, a los negritos de rubias cabelleras que siguen
sonrientes sumergiéndose sin miedo a tiburones... En mi viaje heroico... he
aquí lecciones infantiles de heroísmo detrás de una peseta... -y se me ocurre
dudar si no estaría Nelsón pálido siquiera
delante
de Trafalgar.
Hace
señas uno que acaba audazmente de arrojarse desde un mástil, adonde le
persiguió un marinero. Porques estos héroes, roban si pueden, por lo visto
-«golfos de mar»: al bajar al camarote mis compras, he sabido que están
cerrados los huecos que dan afuera, a causa de que los osados chicuelos entran
hasta por las redondas ventanas, como lampreas... Hácele
entender
el muchacho, a su público, pronto fatigado de tirar monedas, que por una peseta
cruzará ahora nadando bajo el barco. Se la echan... se sumerge tras ella...
corremos a la opuesta banda, y tarda el chico...; es casi de noche... se ve
mal... por último rompe el agua tranquila su cabecita dorada, su carita negra,
sonriosa...
Más he
aquí otro extraño espectáculo que se acerca por la perlina penumbra en que se
ha borrado la ciudad y que hace sentenciar nuevamente a don Lacio, después de
fijarse un poco:
-¡El
Oriente es inmoral! ¡Ah, señoras!
Trátase
de tres enormes gabarras lentamente conducidas en reata por un remolcador. Tres
flotantes montañas de carbón, mejor dicho, encima de las cuales vienen cientos
de negros desnudos.
Afortunadamente
la semiobscuridad es púdica, y sólo algunas que otras siluetas se recortan
contra los rojos llamarazos de unas luminarias que trenzan sus lenguas de humo.
Trae cuatro de estos fuegos, cada gabarra, que pronto sueltas en rápida
maniobra que se realiza entre aullidos, lanzan cables a la borda, como
serpientes polvorientas... ahuyentando a las señoras...
Parece un
fantástico abordaje, por el gritar, por la febril agitación de los demonios
negros armados de sus palas, en hormigueo incesante entre las rojas lumbres...
Parecen las barcas de Caronte. Pronto también los marineros cogen las maromas y
arrastran hacia las carboneras de ambas bandas las diabólicas embarcaciones...
El remolcador se va. Hay tarea para la noche.
El humo
de las fogatas nos atosiga, el creciente y furioso chillar nos ensordece, y
nubes de polvo de carbón empiezan irremisiblemente a envolvernos por todos
lados.
La noche
cierra. Brillan las estrellas por el cielo inmenso como enérgicos tachones.
Brillan más, aquí, que en parte alguna; de tanto fulgor no son redondas, y el
mar, en su quietud soberana de espejo, las refleja todas limpiamente. Es
salvaje, la noche, pero es en la ficción de la luz y las tinieblas hermosamente
oriental. La ciudad muestra también a lo lejos sus luces, sus estrellas
glaucas; y las vemos reverberarse en el agua con las rojas y verdes linternas
de los barcos.
Mas, ¡oh,
qué sonata, Dios! Cerca de nosotros, al centro del Reus, entre los flameantes
braseros suspendidos, de hulla y brea, cuyo vivísimo fulgor traspasa el polvo
fingiéndoles a los carboneros una maga apoteosis, es donde está el intenso foco
de gritos fieros y sangrientos resplandores del soberbio panorama. Las
diablescas siluetas, en su rojo antro vaporoso de polvo y humo, no cesan de
cruzar en doble e inversa procesión la pasarela -unos cargados, al interior del
buque, otros con las seras vacías, saliendo a hacérselas llenar por las palas y
tridentes que atacan por todas partes la montaña negra...; todos deprisa, todos
al trote, los que van y los que vienen... un trote perfectamente rimado, como
una danza de fieras, en un canto salvaje que llega a ser casi dulce con su
estruendo, saliendo de todas las gargantas a compás:
«¡Ala-cok...
ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak!...»
Dicen
-subiendo y bajando sólo, en cada frase, la segunda nota.
¡Oh, qué
sonata!... Media hora, una hora, otra hora... Y siempre igual.
«¡Ala-cok...
ala-cak! ¡ala-cok... ala-cak!...»
Pero el
polvo acrece. Nos surmonta, nos envuelve. Mi blanco traje es gris. Se escribe
con el dedo en el antepecho de la borda. Y el calor, el polvo, nos asfixian.
A las
doce, no puedo más; bajo a mi camarote como la mayoría, echada de la cubierta.
No hay nadie. Es tostarse, en el aire confinado. Huele como nunca a sus
barnices, a sus resinosas maderas guardadas. Abro el redondo ventanillo y entra
polvo y no entra aire. Vuelvo a cerrar... ¡Un martirio!
Por
último prefiero tragar carbón bajo el cielo. Subo otra vez y arrastro mi canapé
lo más que puedo hacia la proa, bajo el puente. Veo dormir a otros, en los
suyos, acá y allá...
Me
acomodo en la almohadita.
«¡Ala-cok...
ala-cak!... ¡ala-cok... ala-cak!... ¡ala-cok...
ala-cak!»...
Este
estribillo me duerme.
«¡Ala-cok...
ala-cak!.. ¡ala-cok... ala...
. . . . .
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-¡Eh!
¡eh!... ¡mi capitán!
Despierto...
¡un negro!
¿Qué
quiere?... ¿por qué me zarandea?...Amanece...
-¡Arriba,
mi capitán!... ¡Ala-cok, ala-cak! ¡ala-cok! ala-cak!...
Un negro,
sí... un negro con toda la barba... ¡Don Lacio!
Se agita
don Lacio como un perro al salir del baño y desprende nubes negras que flotan y
caen pesadamente al suelo.
-¡Hombre,
que va usted a llenarme, don José!
-«¡Quítate,
que me tiznas!»¡Horror!... ¡otro negro, yo mismo!...
-¡Ahora
puede usted ir a todas partes! -me dice.
-¿Por
qué?
-¡Porque
tiene usted ropa negra, amigo!
Me
levanto. Despréndese de mí el polverío... Todo es negro alrededor.
Una
nevada negra que ha caído sobre el buque. Sólo es blanca la huella de mi cabeza
en la almohada. «Mi retrato, vaciado al carbón -un camafeo; o si se quiere una
cama fea, negra, cochina, asquerosa...» -según don Lacio.
Por
suerte han desaparecido las balsas con sus demonios, y una ligera brisa riza el
mar.
-¡No es
ducha la que nos van a dar esta mañana!
- XI -
Es
nuestro tercer domingo de a bordo, y oímos la misa, en la ancha entrecubierta
del palo mayor, frente al altar improvisado bajo un velacho a medio arriar en
sus cordajes, formando baldaquino. Gran concurrencia y caras alegres, gracias
al mar bien humorado. Es un tirano el padre mar, que se extiende ahora
planamente rosado al infinito: si ríe, todos gozosos; si se entristece, no hay
más remedio que imitarle.
Pero la
francesa no ha acudido, defraudando al grupo de «señores de misa de una», como
disculpa humorísticamente el capitán a estos que no vienen a oírla jamás,
«porque es temprano». No habrían venido hoy tampoco en no siendo por madama. No
la vemos; sigue, pues, la reclusión del camarote.
-Grave
debió de ser la falta -comenta don Lacio-, ¡ah, ladrón de doctor!
Sólo que
mira al húsar, al decirlo -porque como en el mar y en la tierra, según él, unos
cardan la lana y otros se llevan la fama, estamos ya más de tres en la
evidencia de que el pobre doctor Roque se pudo calzar el tiro por cuenta de
Enrique..., más y más anticipadamente aprovechado en el misterio de la
noches...
Acaba de
confesármelo, él propio, antes de venir a misa -viendo que ya algunos le
hacíamos objeto de indirectas a cargo de otras del capitán, entre amenazadoras
y afables, siempre que nos quedamos «los íntimos» hablando del suceso... o lo
que es igual, riéndonos del doctor.
-Bien
cuando vuelva a marearse, le haremos la guardia, querido
-insiste
don Lacio- ¡Da mucho de sí el mareo bien administrado!
Enrique
tira de mí, cuando bendice el cura.
¡Oh
portento!... es el hombre de las indagaciones. Hay a bordo incluso apartments
garnies todo reservados para el amor. Su diablo de mareo, que le va quitando
las conquistas, primero Pura, luego Aurora, le sirve al menos, mal que bien
administrado, para observar y resarcirse como puede. Me ha traído, seis más acá
del nuestro, ante un camarote de preferencia que nadie ocupa, ancho, lujoso,
con dorada cama. Él tiene un llavín que lo abre. ¿Por qué lo tiene?... secretos
de tanto o cuánto toma a un camarero, al mayordomo... Se guarda de abrirlo y
limitase a decirme enseñándome el llavín:
-¡A su
disposición, mi amigo! A usted le luce más... ¡no se marea!
¡Oh! me
inmuto. Habrá pensado que Lucía...
Siento
impulso de hablar, sincerándola; pero advierto la imprudencia de nombrarla ni
aludirla. Además, él pasa a su asunto:
-¿Ve
usted?... éste, ése, aquél: son los tres de preferencia de esta banda; usted lo
sabe... ¿eh? van desocupados... Mas, ¿por qué, entonces, vi una mañana, al
pasar, que hacía la camarera la cama, en el 15?... A la segunda vez que me
ocurrió lo mismo, entré, como por verlo... Entre las sábanas descubrí... ¡ah!
¡uf!
-¿Qué
descubrió?
-Ah,
horquillas, querido!... ésta entre otras.
Sacándola
del bolsillo, me la muestra.
Una
horquilla de concha, corrida en su curva por una metálica cintita en espiral.
-Pero
vámonos de aquí -añade con misterio-. ¿Es imprudente, verdad?
Y después
de tirar de mí, corredor adelante, hacia la proa, donde me detiene junto al
jaulón de los pavos, como mirando al mar, me da un susini, encendemos, y sigue:
-Comprenderá
que era un encuentro precioso: algo más que el hilo de la intriga... ¿a quién
pertenecía la horquilla?... Yo he advertido que mi zapatero de San Sebastián,
siempre que me encontraba, me miraba las botas...; pues, yo he estado
convertido algunos días en peluquero, mirándolos peinados... Estas horquillas
se usan por pares, por juegos de cuatro, de seis... Un día llegué a sospechar
que fuesen de Charo... Otro, ¡ah, la misma espiral metálica!... Y no dudé
más... ¡de Lucía!
-De...¡ella!
El
asombro me trastorna.
-La misma
cinta, el mismo color caramelo -prosigue el húsar, en quien advierto ahora que
me está hablando con cierta burlona insinuación-. ¡Qué horror de impaciencia la
mía!... Estaba sentada contra la lumbrera, en medio del grupo, y no podía
descubrir su cabeza sino a semiperfil, según la giraba hablando, ni me era
dable observarla por detrás... ¡Lucía!
¡Lucía!...
la altiva y bella Lucía ¡bocato di cardinali!... mas ¿quién el mortal feliz?..
¿su marido?... bah, ellos tienen un camarote igual, solos, en la cámara baja...
Y además se ve a cien leguas que le apesta...
Yo sufro.
Estoy decididamente nervioso, inquieto. Recuerdo efectivamente haberle visto
horquillas semejantes, a Lucía... El húsar se ha contenido; ve mi emoción y
trata escrutadoramente de interpretarla.
Teme
acaso haberme contrariado, sólo que puede más su aguda curiosidad y entre
ansioso y receloso pregúntame de pronto:
-¿Era
Lucía?
Me
estremezco.
Su
intención se me ha clavado como un dardo. ¡Oh, ella... ella!... La imagen del
capitán me cruza odiosa. Es, después de mí, la única persona con quien habla
siempre amable. Creo absurda, de todo punto absurda, no obstante, mi sospecha y
la de Enrique.
-Perdóneme,
capitán -continúa él cortés, pero serio-; aunque estas dulces historias de un
viaje no merecen gran reserva, tratándose de esa singular mujer de ese ente
ridículo de Alberto..., tratándose de usted, además, la he guardado...
Ha debido
de inmutarse mi gesto nuevamente en una vibración que
detiene a
Enrique; mas no es por él, sino de ira contra mí, contra Lucía, por aquel
concepto de excelsitud en que la he tenido... Una rabia canalla desbórdaseme:
-¡Ah,
Lucía!... ¡Tal vez... no sé!... Pero tiene usted razón, si es... ¡no el
marido... ciertamente!... Acaso el capitán... ¿no interrogó a la camarera?
-Temí ser
indiscreto, si estaba en papel de tercería... Me he limitado a observar... a
observar...
Yo
medito. Él me observa, no convencido todavía de que no le juego la comedia. Me
cree quizás apasionado... Y no lo estoy, el hecho de pensar que lo está
pensando, me serena... ¿qué me importa Lucía?... Y no está convencido Enrique;
sigue con tiento, como midiendo y calculando mi impresión de sus palabras:
-Me he
limitado a observarle... a usted, mi dulce amigo: anoche durmió sobre cubierta,
es verdad, junto o mí... Y despertó junto a mí, junto a don Lacio... ¿quién
juraría, sin embargo, que no tuvo usted su hora de dichosa ausencia durante el
sueño general?... Porque esta mañana, esta mañana, caro Serván, ha sido la
última que he visto hacer la cama del 15!
Sí, me es
indiferente Lucía. Lo conozco en la misma miserable vanidad que vuelve a
invadirme cuando se me confirma su amante afortunado... Una vanidad llena de
ira y desprecio a mí, y casi justa, porque en realidad yo
he podido
ser su amante si no hubiese sido un generoso imbécil con ella al brazo buque
abajo y buque arriba...¡cuánto ha debido reírse de mis delicadezas!
No ceja
Enrique:
-Bien.
Esta horquilla... es usted el primero que la ve en mis manos... el único. Le
pertenece si la quiere.
Me la alarga,
voy a cogerla, por no sé qué complejidad de sentimientos y ambiciones... Y la
rechazo al fin:
-¡No!...
Será de otro... ¡del capitán!... Désela.
-¡Oh!
-hace Enrique, guardándola, con fastidio-; ya ve que no debe dudar de mi
discreción. Estas cosas me sirven para aprovecharme, solamente: usted descubrió
esos camarotes deliciosos, yo descubrí que usted los descubrió, y me he
limitado a agenciarme el mío y a traerme a la francesa un par de noches...
¡lástima que me la tengan prisionera!... ¿No quiere usted la horquilla!...
¡Bien, como si fuese del capitán... del otro pobre viejo capitán!... ¡qué
capitán ni qué diablo!
-¡Cómo!
-pregunto- ¿Cree que no?
Porque
vuelve a parecerme absurdo todo esto.
-¡Quia!
Su
incredulidad me consuela. Enrique, además, ha dicho que no pudo verle bien a
Lucía el peinado, de frente, desde lejos.
-¿Llegó
usted a comprobar, al menos, que fuese de ella la horquilla?
-Casi no.
Casi sí, por lo mismo -responde maligno en la idea de que le burlo-. Confiésole
que fui torpe..., que a pesar de su despreocupada amistad con usted, yo había
pensado en todas menos en Lucía... En todas; en primer término, claro es, en la
pescadera; en Charo, en Pura, en la india, en la mujer incluso del coronel,
hasta en la francesa por último..., una a una en las mujeres del pasaje...
Precisamente tal investigación perpetua, llegó a hacerme sospechoso, al punto
de advertirse pronto reparada
Lucía en
aquella tarde queme llamaron sus horquillas la atención...
La vi
escamarse, llevarse la mano al pelo, atenta a mi fijeza..., darse cuenta quizás
del peligro y hundirse las horquillas en los bucles...
Cuando
anocheció, bajó a cambiarse de peinado... Y no ha vuelto a ponérselas.
El
detalle, recogido por Enrique, que es en efecto un puntual observador, torna a
irritarme.
-¡Hace
falta averiguar quién la despeina! -digo.
-Pero...
¿no es usted?
-No.
-¿Que no?
-Que no.
-¿Palabra?
-De
honor.
-¡Caracoles!!
-exclama, no teniendo más remedio que creerme.
Reflexionamos.
Por si se las vuelve a poner, debo conocer la horquilla. Me la deja. Es
amarillenta, de color carameloso y veteada de obscuro. La espiral dorada tiene
a todo su largo una guirnalda de diminutos pensamientos en relieve.
-¡No es
de Lucía! -profiero queriendo recordar que las de ella tienen enroscado un
áspid.
-¡Pues a
mirar, a indagar... será de otra!
-¡A
indagar! -digo menos intrigado.
Y viendo
en este instante a Juan, nuestro camarero, le llamo:
-¡Juan!¡Juan!
Trae
jarros de agua. Los deja en una puerta y acércasenos por la
galería.
-No será
éste el que ha dado a usted el llavín... -asegúrome antes.
-No es
éste.
-Bien,
acaso nos es más expedito oír que mirar. El caballero de la dama que pierde
horquillas, debe tener cierto derecho al camarote 15, puesto que hacen la cama
de día a vista de la gente.
-¡Posible!
-accede Enrique- ¡la mía me la hago yo!... fue condición al recibir la llave...
Sospechaba
esto, que corresponde a mi idea de la pescadera y el capitán en el departamento
contiguo, contra la creencia del húsar.
Juan
llega.
-Dime,
Juan...
-Señorito.
-He visto
que hay ahí tres camarotes grandes, seguidos, vacíos...; el nuestro es para
ahogarse, y además, don Pascual nos es a don Enrique y a mi antipático. ¿No
podrías tú mandarnos nuestros trastos a uno de ellos?
-Ah, son
primera preferente, señorito... No puede ser.
-Tendrás
tu propina, hombre.
-No puede
ser. Ya ven los señores que van des ocupados, no obstante la apretura del
pasaje,
-¿Desocupados?...
En el 15, Juan, duerme alguien.
-Sí,
señor, el capitán. Aunque el suyo está arriba, contra el puente, prefiere ese
algunas noches.
El húsar
y yo hemos cambiado una mirada rapidísima.
-¿Y sabes
por qué lo prefiere? ¿No es más cómodo el suyo? -pregunta Enrique a su vez.
-Sí,
señor, más grande, más fresco... Digo yo que sea por el ruido.
¡Como
arriba siempre hay charla!
- Está
bien, Juan. Anda con Dios. Se aleja. Vuelve a coger sus jarros.
-¿Eh?
-¡Oh!!
-contesta Enrique,
Y añade,
en consigna:
-Ahora...
a saber... ¿quién es ella?... ¡Podría auxiliarnos don
Lacio!
-¡Nunca!
¡Nada de casados!... Y que luego resultase la condesa...
-Verdad.
En todo caso, no hemos de quedarnos en peinados -díceme deteniéndome al partir.
La vigilancia discreta. Si usted ayuda, nos dividirnos la noche, de una para
arriba. Éste será el gran observatorio, a obscuras, entre estas cuerdas... con
todo el pasillo a la vista, alumbrado...
Cuando
anochece, hoy, hemos revisado de proa a popa todos los peinados de mujer,
inútilmente.
Y no
esperamos la una. Antes de media noche está Enrique de guardia.
Me gana
en afán..., aun persistiendo en mí más o menos vaga la duda de la amiga noble
cuya alta estimación sintiera tanto ver derrumbada en grosería...
Hemos
visto incluso a la francesa, ya puesta en libertad... Mi compañero se ha
apartado a saludarla y ella le ha pedido rápidamente por todos los santos de
Francia que no vuelva a hablarla nunca... ¡hay por parte del indio la amenaza
de abandono, en seco!...
Y por
injurias de la suerte, aunque sea blanco el húsar y el indio color de ciruela,
no puede el primero permitirse, como éste, el lujo de un trasplante de amor del
bulevar a la Oceanía.
-Pas
plus! Jamais... je vous en prie! -ha dicho carrément madama tornándole la
espalda.
- XII -
Resulta
Pascual un reflexivo que tiene su originalidad. No ejecuta un solo acto sin
compulsar su entera ramificación de consecuencias.
Revolviendo
en la exuberancia de sus chismes de tocador, de la mitad de los cuales
desconoce el uso, evidentemente, ha tirado de no sé qué estuche, en la
perchilla de red de sobre su litera, y ha hecho caer tres bayas de unas frutas
que compró en Aden. Coge dos, galante, y me las brinda. Yo estoy aún tumbado en
mi colchoneta, recibiendo con placer la
fresca
brisa que me enfoca la manguera del redondo ventanillo. Pero Pascual contiene
su ademán de morder la fruta que se ha reservado para sí.
Está en
camiseta, en babuchas. Tiéndeme el brazo:
-Oh, no
coma... ¡no sé!... guárdelas... Con este diablo de no hablar nadie español, no
pude preguntarle al moro si hacen daño con la leche.
Queda
perplejo. Su mayor tormento es que nadie le entiende por los puertos. Luego
dice:
-Hemos
tomado café con leche... más leche que café... Y esto es agrio... Parecen
guindas gordas... aunque no son guindas... El hueso, más bien de níspero...
¿Harán daño con leche?... ¡Tal vez no hagan daño!
Viendo
que ya he tirado al mar los huesos de una y que la emprendo con la otra,
continúa:
-Encima
de la leche, menos mal... es peor tomar antes lo acepto...; sin embargo, no las
como, por si acaso... Yo soy fuerte... mas ¿quién dice que una in digestión en
estos climas no traiga detrás la fiebre, el mal del hígado... ¡Oh! ¡oh!... he
visto en Salamanca a un primo que volvió de Cuba hinchado, de comer bananas y
aguardiente... ¡Era más fuerte que yo!
Tira la
fruta a la percha. Quítase de los dedos los anillos, para enjabonarse.
Mirando
uno de los anillos, pienso que vale más que las reflexiones de Pascual le
estorben casi siempre decidirse, porque cuando se decide, es peor. Tras dos
horas de imposible y regateado ajuste por señas, le dio en Aden al judío quince
duros y el mazacote medallón de la cadena, en forma de caja de caudales, que
bien valdría otros quince, por esta sortija de
oro que
luce un grueso topacio. Es tan incoloro, que él lo creyó un brillante. Vale
seis duros, a todo tirar. Cuando se lo dijimos al día siguiente, Pascual se
desesperó. No hay mañana que no hable del anillo.
En
efecto, al enjugarse y ponérselos, se acerca:
-¿Pero de
verdad, capitán, no es brillante?
-Reluciente,
nada más. Un topacio.
-¡Caramba!
-Han
engañado a usted.
-¡Me caso
con el moro!... Y la cuestión es que... él no me engañó... él no me dijo que
fuese brillante... Fuí yo que... ¡con este no hablar español!
Hace en
seguida un fragmentario discurso entre dientes, acerca de la ventaja que
reportaría el que hablasen español todos los franceses, los ingleses, los
moros... (para él son moros cuantos vamos encontrando en el camino)... Saca
brocha, polvos de jabón y navaja, y pónese a afeitarse. A cada movimiento, pide
perdones. Va llenando el diván, su litera, la de
Enrique,
de trastos. Es respetuoso como un guardia civil, limpio como un guardia civil,
torpe como un guardia civil.
Y en el
fondo un infelizote que se cae de bueno. Aunque los dos compañeros hemos
simpatizado con él, Enrique es quien cultiva predilectamente su amistad.
Convencido éste de que no puede ser sino Lucía la dueña de la horquilla,
dedícase a la pescadera con empeño. En efecto, el capitán, desocupado a todas
horas por este golfo de Bengala, que no obstante su fama hallamos tan amable
después de haber cruzado una noche entre la isla Socotora y el faro de
Guardafuí, permanece en la tertulia largos ratos sin cuidarse de la hermosota
Aurora..., cruzando apenas con ella tal sonrisa y cuál mirada en recuerdo de
los pasados flirteos -más bien atento a conversar y a parecerles cortés a Charo
y a Lucía.
No
muestra la más leve inquietud al ver al húsar junto a Aurora...
¡No es
ella, pues!... La idea de que sea Lucía, sigue pareciéndome absurda, sin
embargo... ¿por qué no Charo...?
Charo
cuádrale al fin mejor a su edad, a su responsabilidad del orden, a su probable
deseo de no empeñarse en aventuras de posible escándalo... -Charo es la mujer
más libremente suelta del Reus.
¿Por qué
no, Charo?
Hemos
hecho con rigor nuestro servicio de espías, en las dos últimas noches, Enrique
y yo. Al camarote 15 no ha bajado nadie. Ni el capitán.
Sí, sí,
¡absurdo!... Mirándole yo en la mesa, no he podido concebir que una mujer como
Lucía se le entregue -con sus cincuenta y tantos años, con su pelo gris... no
obstante sus finas maneras y sus restos de una pasada arrogancia.
«No es,
no puede ser Lucía» me he afirmado mirándola también tan descuidada y
noblemente serena cerca de él. Por mucha maña que quepa en el talento de una
hembra, es imposible reprimir en todo momento un gesto, una furtiva mirada de
gratitud, de recelo..., de afecto disimulado en la galante sonrisa con que se
acoge otra pequeña galante atención de un dulce, de un helado... Y yo respondo
de haberla observado bien... Lo sabe
Sarah...
¡qué chiquilla!... Sí, ¡oh, qué chiquilla!, me odia, no me miran ya más que con
odio sus sombríos ojos de eterna silenciosa...; ¡no podrá perdonarme jamás mi
olvido, por cualquier cosa, de aquellas mis pasadas cortesías que le daban en
sí misma honores de mujer!...
He visto
a Sarah, a la triste niña de trenza larga y falda corta, saltársele las
lágrimas..., partir repentinamente de la mesa, estar leyendo sola y esquivada
en cualquier rincón sin que nadie la haga caso.
-Ni yo
mismo. Ayer, encontrándola alejada en la cubierta, según iba yo en mi
inquisición de los peinados, la he dicho inadvertidamente: «¿Qué haces,
Sarita?».. Advirtiéndolo, corregí tardíamente llamándola de usted y pidiéndole
disculpa... «¡Oh no, no, por qué... soy tan niña, señor
Serván!...»
-me replicó...
Yo seguí
mi busca. Pura tenía horquillas de carey, la mujer del coronel, también...
pero, ¡bah!... distintas, ¡y por diversas razones, es tan necio pensar que una
u otra...!
Tras una
conferencia, cansados, le propuse a Enrique enseñar la horquilla por los
corros. Diciendo que acabábamos de hallarla, preguntaríamos de quién pudiera
ser, y no tardaría alguna en decir ¡mía! -que fuera como si nos dijese:
«¡Yo!»... ¿No era un medio bien sencillo?... Pero Enrique aborrece en estas
cosas lo sencillo y me hizo notar su riesgo: si la propietaria, que harto
habría advertido la pérdida, había advertido además nuestras investigaciones,
callaríase y daríase únicamente por avisada para multiplicar en adelante sus
secretos... ¡sus secretos ya no pocos ni insagaces para haber podido lograr
tanto misterio en la estrechez del Reus, en perfecta ignorancia del marido, de
la gente que lo llena todo a todas horas!
Así se
supo la intención de este torpe Pascual apenas meditada; así se supo la
aventura de la francesa, de máscara mejor o peor la verdad, apenas realizada.
Y lo
cierto es que, por exclusión, vuelvo también a la sospecha de Lucía. Desde que
está llano el mar, hace revelado en el celoso Alberto un defecto más grande
aún: es jugador; pero jugador ambicioso. La partida de tresillo, cara,
haciéndole perder cerca de dos mil pesetas, le absorbe en el desquite. Antes, a
las once subía por su mujer e iban ambos a acostarse. Ahora también, pero la
deja abajo y vuelve a su partida con don
Lacio
hasta el baldeo... Pura condescendencia del capitán esta del tresillo, pues
está prohibido jugar desde las once.
¡Oh!
Al menos,
la mujer de este guardia civil a quien sigo aquí viendo afeitarse está
descontada. Toda la torpeza de él y todo el pasado descoco de ella con el
capitán, no destruyen el hecho: Pascual, que no la deja a sol ni a sombra en el
día, aunque sólo sea para hacerle la muda guardia junto a Enrique, a las once y
media, cada noche, con puntualidad militar, la levanta, la acompaña hasta su
celda, espera a sentir que suene por dentro el picaporte, y viene a su vez a
encerrarse.
Fue la
última observación de Enrique. Bajando anoche por la escalilla del antepuente,
mientras ellos por la escalera, y apostados contra la jaula de los pavos, los
vio llegar pasillo adelante y dejarla en su camarote, quince o veinte más allá
del nuestro, en la misma banda. Un cuarto de hora después, Pascual, que había
llegado hasta éste mohíno y cabizbajo roncaba con la rica variedad de órgano
que nos ha hecho a nosotros, más todavía que el calor, preferir el sueño en la
cubierta. Lo comprobó Enrique; había tenido la bizarra ocurrencia de pensar si
el buen Pascual nos la estaría dando de bobo, incluso al capitán, usurpándole
su cámara de alternativa preferencia, sin más cuidado que volver la pescadera
a hacer
la cama antes de salir y sin perjuicio de dejarse en ella alguna horquilla.
¡Ah,
pobre Pascual! Todo reglamentista, no ha vuelto a pensar el desdichado en más
intentos de aventura con su mujer a bordo... Si no hubiese sido suficiente
aquel célebre artículo que Enrique le leyó, habría sobrado el escándalo y la
reclusión de la francesa.
Helo
aquí, que acaba de afeitarse, que limpia sus trebejos, y que suspira todavía:
-¡Qué
demonio, no hablar todo el mundo español!... créame usted, es un demonio para
los que no sabemos otra lengua.
¿Qué ha
estado pensando en tanto pasaba por su cara la navaja?... El tocador es
sensual; yo apostaría que en su mujer. -Además, hay indudablemente una
sugestión hipnótica del pensamiento en el silencio, y he debido transmitirle el
mío. Quiero cerciorarme:
-¿Piensan
ustedes bajar en Colombo?
Se
vuelve, con el estuche en la mano:
-Oh,
sí... no... No sé, sí, ¡ya veremos!... Precisamente lo ando meditando. Con tal
que arrime el capitán... Pero ya ve usted, luego en Port-Said... tanto
francés... después de costarle a Colón conquistar a estos salvajes... ¡Si yo
supiese francés!
Me acude
la idea del papel y del lápiz que no osó entregarme aquella noche este
geógrafo.
-Hay
vocabularios -le digo-, diálogos de conversación, con respuestas...
No me
entiende. Tengo que explicarle. Él ve el cielo abierto... pero en sus ojos se
nubla la súbita esperanza cuando sabe que yo no puedo darle un 1ibro así, que
no lo tengo.
De
pronto, conmovido, abierto ya para mí en sus más caras y hondas ansiedades,
siéntase en la litera de Enrique, y exclama:
-¡Sí, sí,
señor!... es intolerable, insoportable; tiene cosas tremendas, como decía
nuestro amigo el húsar, esta tiranía con los casados... ¿Por qué razón?...
Ustedes, jóvenes, libres, llegan a un puerto y... ¡vamos!, no es que yo sea un
vicioso, usted dispense... pero un
matrimonio
es un matrimonio... Y uno... Y hasta por la misma señora... ¡usted
dispense!.... ¿Comprende usted?
-Comprendo,
amigo Pascual.
Por el
ventanillo veo un buque que cruza. En fuerza de repetirse, el espectáculo no me
llama la atención. Además, me divierte y me da pena
Pascual,
que continúa:
-Y usted
dirá: «¿por qué no aprovecharon Port-Said?»... En primer lugar, por el tonto
del relojero, que se nos pegó... Mire que no le di una trompada por milagro...
¡gentes que no se hacen cargo de nada!... luego, porque... ya ve usted, pensaba
yo: ¿cómo decir en un hotel por señas... ésta... yo... un rato...
acostarnos?... ¿Nos entenderían?... ¿Y si el hotel no era más que simple
restorán?... ¿Y si se reían de nosotros?... vaya, parecía feo... ¡una cosa, sin
embargo, tan natural!... El hotel, por lo demás, podían cerrarlo de noche, y
dejarnos sin salir... El barco podía marcharse antes si acababa la carga de
carbón... Y qué canastos, nosotros en Port-Said y nuestros baúles y maletas por
estos mares danzando! ¿Podría servirnos siquiera el billete al paso de otro
vapor?... Ya ve usted, perdido el pasaje del Gobierno... ¡mil durazos por un
gusto, la señora y yo!
Lo dicho.
Pascual llega siempre a la última consecuencia. Está en perenne diálogo de
ingenuidades consigo propio, cuando no puede con cualquiera -y con su mujer, ni
delante de su mujer, no puede jamás. Ella le violenta en esta ficción de
señorío, y me ha dicho Enrique que estuvo a punto de arañarle porque una vez
aludió ante ella a su conserjería de
Salamanca.
-Si usted
quisiera ponerme en un papel... para Colombo... -me dice de improviso,
levantándose.
Es
práctico, a más de ingenuo. Me está mirando con la fervorosa súplica que a Dios
Todopoderoso. Le aturde mi sonrisa. Se ha mirado las manos. Tal vez duda y
medita si ganar mi suprema voluntad con la ofrenda del topacio...
-¡Sí,
hombre, sí! -le digo decididamente.
Y se
lanza a su cartera, y me da el papel, el lápiz... Yo escribo bilingües
preguntas y respuestas, que él lee y guarda al fin como un tesoro -cogiéndome
después ambas manos:
-¡Gracias,
capitán, mil gracias!... ¡y usted dispense!... Es por la señora mayormente,
¿sabe?... aunque también a uno... Pero no es que uno sea un vicioso, ¡créalo,
capitán!... Y perdone si las circunstancias me han hecho suplicarle una
intervención algo... ¡vamos!... algo indecente... ¡Por la señora más que
nada!¡Oh!.. estoy por quitarle el papel. No habría querido estimar así mi
oficio. Ya está hecho. Allá se las avenga Pascual.
Aprecio,
mientras él con los brazos abiertos se mete la camisa, cómo hay injurias que
son el colmo de la admiración o el encomio. No estoy cierto de que un libro es
excelente, hasta que plegándolo un momento contra los dedos, me obliga a
exclamar del autor:
«¡Qué
bárbaro!»
Mentalmente
le he aplicado a Pascual con plena admiración este mismo elogio mío, reservado
para los genios...
«¡Qué
bárbaro!»
- XIII -
Vuela el
buque.
Como
mirando al estribo en la ventanilla de un tren parece que es la tierra la que
huye bajo el coche trepidante, paréceme también, mirando a ras del casco, que
es el Reus una mole quieta y temblorosa en mitad de una viva corriente de
molino...
Corre,
pasa veloz y ondulada el agua rasando el casco, que armado de mangueras en
todas las ventallas, semeja ahora mejor un fuerte labrado en un peñón y erizado
de cañones... Trescientas veinte, trescientas cincuenta millas cada
singladura... cien leguas por día... Y nunca, en este tremendo correr, vemos
que avanzamos. Constantemente el breve círculo de mar cupulado de cielo, que
nos tiene al centro. Son las olas, son las islas y las costas, es España la que
se ha ido alejando de nosotros, hundida ya a mil quinientas leguas... ¡andando
una, yo sentí mayor entre fatigas y jarales la sensación de distancia en mis
cacerías de muchacho!
Cruzamos
por el Índico. A la otra banda, siento como cercana el Asia en el horizonte
igual. A ésta, tiendo la mirada por la extensión redonda y pienso con asombro
cuántas otras vastas rodelas solitarias tendríamos que encontrar abiertamente
hasta salvar el Ecuador, hasta salvar el paralelo de la punta de África por sus
orientales costas, hasta llegar al polo Sur por el líquido desierto
formidable...
¡Oh, el
mar!... qué pequeño en su grandeza; qué vario en su monotonía. Gris opaco en
Barcelona, azul plomo en Sicilia, azul cielo en los lagos, en Aden, luz de
calma de plata... -y aquí azul intenso, un bello, azul de talco que el sol
cayente riega de oros.
Tienen
inmensa fuerza de oración estos morires del sol sobre el mar.
El sol
del Asia es un viejo rey poeta decadente: muere con más pompa que nace.
Ya
empiezan las nubes bajas a formar el suntuoso pavés que él pronto tintará de
púrpuras. Mientras, derrámales sus miríadas de áureas flechas al mar -al mar
azul, azul de talco, llano, redondo, corrido por las brisas... corrido también
por sus tandas golondrinas en esta suerte de primaveral estío que nos ha
brindado tras los hornos de la Arabia.
Salen a
bandadas sus golondrinas. Surcan ligeras, rectas, el aire, por la arista de las
olas. Unas veces surgen del agua como espantadas del buque, y se alejan
volando, volando al confín, para hundirse nuevamente.
Otras
veces chocan contra el buque. Una nos cayó ayer en la cubierta a los pies...
¡Pez con alas!
-¡Jámala-ja!,
Pontífice. ¡Ala-cok!
Es don
Lacio. Salúdame con palabras del ángel persa. Yo he logrado con mi fe formar la
religión del sol, a bordo, y se me ha aclamado entre los heliófilos gran
Pontífice. Lucía es la gran sacerdotisa selénica.
Entre
ambos exaltamos un culto sabeísta, cuyo rito se realiza cada tarde, cada noche,
en esta batida abandonada. Gracias a los nuevos canapés como camas que hemos
venido comprando en los puertos, aleccionados por la necesidad de dormir bajo
estrellas, no hay que transportar los de la tertulia diurna para la yacente
adoración a este otro lado.
Van
llegando los fieles.
-¡Buena
puesta esta tarde!
-¡Buena
puesta!
Lucía.
Charo. -Se tumban.
Ha
confesado al fin la cubana que no hay en Cuba tan espléndidos crepúsculos. Ha
comprendido, como hemos comprendido todos, que pueda adorarse al sol en este
oriente donde reina tan soberbio. Empieza el astro a ocultarse en el borde de
las nubes. Van llegando el coronel y su familia, Aurora, Enrique, Pascual... el
comandante...
Éste
ocupa el canapé inmediato a la condesa. Hablan. Han parado los dos en una
amistad de cascabeles, descontados poco a poco sus lúbricos inicios. Diríase
que el comandante, desde sus cuarenta y ocho años, le habla en juego de
recuerdos a los cincuenta de Charo... Deben contentarse, a cierta altura, con
nadas de sombra de pecado las pasiones... -porque eso
sí,
diríase también que son amantes satisfechos de haberse dado en intención.
Inocencias de retorno. Don Lacio funda en ellas sin duda su descuido con la
esposa. ¿Por qué no entrar por un limbo infantil en la vejez, estas mujeres que
han sido niñas siempre?...
Mas, si
tal ante el feo y fino comandante piensa don Lacio de su cónyuge, a pesar de
todo el pelo de oro y todas las medias encarnadas, tampoco y menos deberá de
ser la electa misteriosa del capitán... ¿De quién la horquilla, entonces?
Llega el
capitán, precisamente marcial, con su traje blanco, con su gorra de anclas:
-Ala-cok?
-Ala-cok!
-le contestó.
Se
sienta. A bordo es un rey, y sabe llevar su cetro mundanamente afable. Yo no sé
que tienen sus ojos, algo rojos y oftálmicos del sol, del mar y del yodo de las
brisas, que cuando miran a una mujer creyérase que la penetran como a las
nieblas, creyérase que la desnudan...
Ayer.
¡ah, el viejo lobo galante!... ayer me ha expresado bien una rara sensación que
estaba en mí sin forma, y que me convenció, por lo tanto. Mirábamos desde la
borda al húsar, junto a Aurora y Pascual, en una parte, y a Pura, entre la
madre y el novio, más lejos... Es decir, miraba él a Pura, con su mirada
singular.
«¡Lástima
de muchacha -exclamó-, con esa madre! Yo, relojero, no podría casarme con ella
y abrazarla sin pensar que abrazaba a la mamá...
¿Se ha
fijado usted?... un parecido estupendo, en caricatura, en herpético, en
ridículo... ¡Oh, no, no podría besarla sin figurarme a la madre!... Recuerdo
que tuve así que dejar de chico, en Málaga, a una novia que era propiamente su
hermano el mayor -un chulo antipático!»
Sorprendido
quizás de explicarme la vaga repulsión que me ha inspirado Pura desde luego,
aproveché la oportunidad para mis indagaciones, no sin recordar, a mi vez, que
una magistral caricatura de un periódico me tornó repugnante para siempre a
cierta actriz famosa (y no
eran más
que los levísimos defectos, gracias en ella, exagerados como los de Pura en su
mamá, grotescamente); señalé a la pescadera y me permití decir:
«No así
aquélla, sin hermanos, sin mamá.»
El
capitán la miró y su gesto fue incoerciblemente nauseoso:
«Aquélla...
Tiene por otro estilo una cosa peor de ovocaciones: el marido. ¿Cómo olvidar a
ese pedazo de gaznápiro?... Yo me lo imagino... un burro... un burro...
¿sabe?...»
«¡Ah,
capitán!... A cuántas hartas de gaznápiros...» -le repliqué.
«¡Ah,
querido!... ojos que no ven...» -me contestó.
Y yo no
dudo, no eludo ya: explícame el desdén actual del capitán, a Aurora, el
desencanto adquirido en la breve intimidad pasada, según él fue despojando del
engaño de los cuellos la estampa bruta del conserje.
Pero
estas sutilezas del capitán, esta sonrisa de Lucía, que las estima
indudablemente, que le oye ahora encantada contar cómo en un viaje llevó fuego
en la bodega desde Quito a Río Janeiro, sin que se lo dijera al pasaje por no
alarmarlo, y teniendo al fin que inundar el estanco del latente incendio con un
barreno, en el puerto; estas sutilezas, esta sonrisa en que hay un poco de
admiración a la serena valentía del casi viejo de barba gris mantenido heroico
y ágil como un joven por su brava lucha con los mares, fúndensele esta vez en
sospecha vehemente a luces menos absurdas.
¿Podrá
ser?... ¡Ella!... ¡Lucía!... ¿Por qué no?... Habría en ello la infamia que se
quisiese, más dueña esta mujer de sí misma que otras, más consciente y
responsable; mas no por eso tosca la aventura con un hombre capaz de haberla
conducido romancescamente... con este romanticismo legendario y bravo de los
mares...
Despójome
de mis rencores, pensándolo, claro es -no puedo hacer más. Sólo que mientras
ella sonríe, escuchándole, a la luz perla del crepúsculo, que se acentúa
esplendoroso -yo me esfuerzo vanamente por hallarla en la sonrisa, en la
mirada, algo que yo no haya visto igualen
sonrisas
y en miradas para mí... Serenidad, confianza, tranquilo imperio,... ¡imperio
que tanto le sirve tal vez para esconder su alma!... Y lo mínimo que puedo
disculparle a mi rencor, es que hierva hondo en el pecho viendo el bello
cuerpo, al menos ostensible, tendido en el canapé con elegancia y lineado por
las ropas.
Apoya un
pie en la cubierta, y otro suspéndese en el aire, un poco.
Córrele
de uno a otro, al borde de la falda, una ligera fimbria de sedas pálidas, de
encajes. Sus muñecas finas concuerdan con sus tobillos finos, y recuerdo su
pierna esbelta. Dibújale un muslo vigoroso la batista. La he oído ponderar su
afición al ciclismo en larga temporada, en París...
Debe ser
gentil hechicería cada tono y cada trazo de este cuerpo. Yo, imagino. Tiene sin
duda la clave de todos sus escondidos encantos la cara de una mujer. La curva
dulce y audaz de su mejilla, de su mentón, afirman en ésta la dulce audacia del
pecho; sus cejas decisas y arqueadas, sus labios, su breve nariz, su ancha
frente, el suave y limpio nacimiento del cabello en la sien... ¡qué de otros
tesoros de gracia y de pudor no pregonan!
Ella
corta mi observación de improviso, señalando al occidente:
-¡Ah,
miren, qué hermoso!... ¡Gran teatro esta tarde!
En
efecto, deslumbra el resplandor, nos sume en su luz refleja como un escenario
esplendente en un gigantesco teatro. El buque no es más que un palco en el
fondo. El mar llano, la vasta sala vacía -y arriba el cielo, la bóveda limpia y
colosal del cielo en un mimoso azul de turquesa.
El
cortejo del sol son nubes como liladas banderas rotas que lo velan de trofeos.
Nubes flotantes en gloria de oro, densas y celosas ante el ígneo disco, que las
rompe y cruza con la abrasante explosión de sus rayos, de sus lanzas
encendidas... Síguenle por lo alto, a su descanso triunfal, otras nubes tenues,
tímidas en la magnificencia del oro polvillado, como coros de almas heliotropo,
como almas de vírgenes esclavas... Y abajo, sustentando y esperando toda
aquella etérea apoteosis de brillanteces que rasgan en transparencias que
tiemblan, extiéndese enlazada sucesión de cortinajes, de morados terciopelos
que pliegan acá y allá sus cayentes y pesadas puntas tras el mar, mostrando
infinitos interiores de alcázares en nacáreas claridades de naranja. Morada,
sucesión de pesantes colgaduras que se tiende, que se abre en despilfarro de
sedas por la línea redonda de las aguas..., que se dirían recta y
uniformemente
prendidas todas ellas en la barra fulmínea y apenas vacilante con que el astro
las frangea rasándolas en lumbre.
Formas
que no se sabe de dónde acuden, que se condensan y crecen como arcadas de la
ignota lejanía profunda, van juntando poco a poco las siluetas de un violáceo
ejército de guerreros vistos de frente con sus potros y sus cascos...,
inmóviles al fin y más negros, recortados en clarores ambarinos de una fluidez
infinita. El sol sigue descendiendo tras su trono de lilas festoneado por sus
llamas... Es una fastuosidad insolente que llena el cielo.
Asoma
aún, más abajo. Vemos su paso de dios grande y borracho de victoria, desde el
dosel al pavés. Se oculta. Los morados terciopelos, ondeados de oro, toman
delante carmíneas traslucencias, purpúreos pliegues, velos de amatista.
Debajo
sangre, hoguera, en el alcázar. Ya se ha hundido el sol. El trono se deshace en
velos en rojas pedrerías... -contra el lago de gualdas magias de alga en cuya
serena infinitud las almas heliotropo de vírgenes esclavas se han vuelto
cisnes, y el ejército de violáceos caballeros cárdenas rocas y tritones y
monstruos... Suelta guirnalda majestuosa y lúgubre por encima de la cual es de
otra verde diafanidad fantástica el cielo que derrama hacia la altura sus
palores en azul.
Dura poco
todo esto. Son breves los asiáticos crepúsculos.
Minutos
después no cuelgan del horizonte de ópalo más que los negros crespones.
- XIV -
No soy el
hombre de las observaciones -lo es Enrique; pero he observado que Lucía, no
baja al té algunas noches... precisamente estas en que su marido, ciego con el
tresillo, olvídase de subir por ella a la cubierta... ¿Disgusto a tal
descortesía..., o es que con el capitán aprovecha allá arriba la propicia
soledad para cambiar acuerdos?
El
capitán no viene nunca a estas horas al comedor; desde que anochece, hasta lo
menos las diez, se eclipsa, ocupado en organizar los relevos; y más en las
proximidades de tierra. Debemos llegar mañana a Colombo, bien temprano; hemos
cruzado esta tarde junto a las islas Maldivas; los camareros han quitado las
fundas a los divanes, a los muebles; han colgado en las portadas los
terciopelos con las cifras de la Compañía y los visillos nuevos en las ventanas
de la saleta de señoras; han puesto, en fin, al Reus, de puerto.
Tomo el
té frente a Pascual, que devora mortadela mientras charla a su lado Aurora con
Enrique. Esto marcha. Ver a la pescadera tan totalmente despreocupada del
capitán, me mortifica... ¡Oh, acaso arriba, ahora mismo conversan también!...
¿Qué me
importa? ¿qué deber ni qué derecho tengo para mezclar mis enojos a extraños?...
Extraños; hace diez y nueve días no sabíamos los unos de los otros ni los
nombres...; hace veinte, ni la existencia...
Se van
ladeando las tazas, las pastas, los fiambres... De otra mesa (yo las he huido
esta noche) trasládase el grupo de al piano. El comedor está fresco,
relativamente cruzado de aire por las mangueras... Canta Sarita. Son canciones
siempre, las suyas, de amor:
«¡Ay de
mí! ¡ay de mí!
si
acabaré llorando,
yo que
siempre reí...»
Pascual
se acerca y me levanto también, dejando en la mesa al húsar con Aurora.
Mas...,
no, puedo estar. Detrás de la infantil cantante, que sabe dar un diablo de
emoción a su queja, pienso en Lucía, en el capitán deslizándose tal vez un
segundo por el puente para cambiarle rápidas palabras, la cita... ¡Ah, sí, sí!
¡yo vigilaré toda la noche!
He sido
un necio. Dispuesta a una aventura de viaje, me hubiese preferido... ¿Por qué
la he respetado así?... ¡cuánto ha debido rabiar y reírse! Ahora me odia, sin
duda. Desde hace muchos, días no he vuelto a procurar con ella nuestra
intimidad.
Noto que
lo que me atosiga, principalmente, es que tenga de mí y haya yo de dejarle el
concepto de un estúpido, de un botarate espiritual... La frase aparéceseme
sangrienta.
¿Y por
qué?
Me
levanto, otra vez. Un pensamiento me ha cruzado: probarle lo contrario... Será
inútil ya, para alcanzar favores...; pero al menos me oirá entre rabias, con
palabras dulces, la intención de lo que pude haber ido insinuándola pleno de
esperanza.
Subo. No
concibo cómo pude concederle a Lucía el título de consciente virtuosa sin
haberla obligado siquiera al rechazo de la más leve tentación, de la más vaga
invitación -nunca envuelta en mis palabras.
Cruzando
ante el fumadero, sólo hallo otro que me gane a «idiota complicado»: Alberto,
que juega su partida rodeado de mirones. ¿De qué le sirven sus celos?... Harto
ha debido contar el capitán, para sus noches, con que a un vicioso lo clavan en
la silla.
Llego a
la cubierta.
Está
Lucía en la penumbra de entre dos bombillas distantes. Inmóvil, medio tendida
en un canapé, su blanca figura se alumbra y se obscurece a la luna velada y
desvelada alternativamente en los estratos de las nubes.
Allá
abajo no veo en esta banda más que al doctor Roque y su mujer, siempre
aislados... ¿Duerme o piensa? Tiene suavemente tendidos los brazos, cerrados
los ojos. Si piensa, su meditación es reposada como un sueño. Si duerme, su
sueño es noble como una meditación.
¡Me
impone su sueño reverencia! Traía la saña de odio bastante para haber podido
despertarla con un beso..., y no siento de la fugitiva impulsión sino su
bellaquería... Un afán de contemplarla me invade -una ansia de deplorar los
errores de mujer en tan bella y delicada figura, al fulgor argénteo. Pero al
reclinarme cauto en mi sillón, crujen los bejucos, y ella abre los ojos:
-¡Oh,
deja usted el concierto!
Se han
abierto sus ojos sin sorpresa, sin la menor contrariedad.
-Sí. Hace
calor. Creí que estaba usted con Charo.
-No, no
he bajado. ¿Quién canta?
-Sarita.
-Ah,
Sarita... ¿y usted se sube?... Pobre niña.
No quiero
ver la relación entre su piedad hacia Sarah y mi alejamiento. Alude Lucía por
vez primera a la tristeza singular de la chiquilla. Moléstame la idea de que
haya podido pensar que me divierto sadicamente en turbar a una criatura.
El canto,
en las notas del piano, nos llega confuso por la banda. Lo rima el sordo
estruendo del agua y de la hélice. En un fuerte, se oye:
«...si
acabaré llorando yo que siempre reí.»
Parece
que sube del mar.
-¿Dormía
usted? -pregunto acabando de apartar de Sarah nuestra atención.
-No,
meditaba -respóndeme Lucía fijándose en la luna-. Dos problemas, los dos
arduos... Uno, de cielo.
-¿Y el
otro?
-De la
tierra...; tonto, grave... también irresoluble. Mire, ¿ve las nubes? en grandes bandas paralelas, lenta,
diagonalmente.
-Son
blancas allá, -dice Lucía abarcando con un movimiento de la mano la mitad de la
bóveda infinita-; fíjese: tan pronto como pasan de la luna, se obscurecen.
Medio cielo blanco, otro medio obscuro. ¿Por qué?... Era mi problema.
Reflexiono...
Y confieso que me sorprende. Yo tampoco me lo explico.
Cada
franja nueva que va entrando en la luz, se entenebrece, sin embargo, y marca
con perfecta rectitud por todo el cielo, hasta que otra llega a aumentarla, la
sombría zona.
Callamos
-contemplando el espectáculo que muda por instantes. Son iguales los estratos
vaporosos, anchos, como hechos de igual acumulación de fofas huatas, y de
bordes deshilachados que dejan entre sí veladas cintas de azul.
Miramos,
fijamente... sin decir nada. A ratos está la luna oculta por las masas densas,
cuya sombra se nimba de plata vívida...; otros, queda en los espacios libres
con clarísimas rompientes que casi lastiman los ojos... Velos níveos, más altos
en el boquete siniestro de profundas claridades, la envuelven y la dejan, la
van fugaces tapando, con sus
labores
de encaje sutilísimo, la boca, la chata nariz de espléndida burlona, la
frente...Pequeñas briznas de otro celaje más alto, que se ennegrecen también
cruzando por delante, la fingen crespones luctuosos, bigotes, luengas
cabelleras de harpía...
Juega,
juega al clown, con una inclinada caperuza..., a una diosa calva que se baña
rodando su oval cabeza bruñida detrás de tétricos canchos; y el lago es azul
encima, diáfano, purísimo... Y sale sin cuerpo, jocosa... se esconde, aparece,
viajera silenciosa entre nubes que hubieran de decirse entristecidas con sus
burlas al pasar.
Intriga a
Lucía decididamente la súbita mutación de claro a obscuro.
-Oh...
¿por qué? -vuelve a excitarme.
Nótaseles
la opacidad a las nubes, por singular contrasentido, desde que van entrando en
la zona de máximo esplendor. Forman un tinte tostado, que alcanza a ser casi un
fulgor cobrizo, en algún punto del halo luminoso, cuando está detrás el
astro... Yo imagino, me esfuerzo... Las bandas blancas vienen uniformemente de
frente a la luna y así la cruzan,
así la
pasan... negras en seguida. -Comprendo al fin.
-¡Oh, sí!
-exclamo, mal disimulando el triunfo.- ¿Ve?... Penden las nubes oblicuas, casi
verticales, sin duda... ¡las bambalinas de un teatro!... Un solo foco de luz
colgado encima, en el centro, haríaselas ver al espectador, por las caras que
muestran, la mitad de atrás en luz,
la mitad
de delante en sombra, si no son transparentes...; y suponiendo que marcharan
todas a un mismo impulso del telar...
Ríe
Lucía. No me deja acabar, comprendiendo.
-¡Ah, sí,
sí!... ¡qué simpleza!... ¡qué simpleza!
No deja
por eso de sentir el gozo de una pequeña verdad descubierta, ni de concederle a
mi perspicacia su admiración.
En el
silencio que sigue, gustando a toda alma la inocencia del propósito que nos ha
entretenido un rato, yo, como el cielo, siento mi expandido ser dividirse en
dos: uno alto, etéreo y claro, que parece envolver en amistad infinita a esta
mujer tan audaz de voluntad y de pensamiento y tan niña de emociones; otra -que
ella no ve ni siente, que está debajo de mí como hundiéndose en el mar-, hecha
de miserias de hombre. Todavía, en esta torva parte de mi ser, para proclamar
monstruosamente necias sus pasadas dudas, tiene que concretar mi conciencia con
palabras: «No, nunca ha ocultado liviandades su gentil despreocupación, ni
hacia ti, ni hacia ninguno. Su voz no te hiere con los dardos de reserva y de
desprecio que la inspirarían un estúpido. Te habla como siempre, más amiga».
Ni
siquiera el otro problema «de la tierra», que llegó a infundirse desconfianza,
me la da ya. Cierto de que será digno de ella, sea el que fuere, digo con
llaneza:
-Venga el
otro problema. Uno, lo hemos resuelto.
-Lo ha
resuelto usted.
-Por
usted propuesto. Ver un problema, es más difícil que comprenderlo,
frecuentemente. ¿Y el otro?
Vuelve a
reír.
-El
otro... ¡ah! Más simple, más difícil, como tantas simples cosas de aquí
abajo... Un antojo de mero agrado de mis ojos, que es a bordo todo un secreto
horrible y formidable... ¡Y especialmente para mi marido!...
Perdóneme
si lo guardo.
Cállase,
en efecto, cambiando perezosamente de postura.
Yo callo
también, en súbita seriedad que no sé si es de espanto o de delicia. ¿Será
capaz esta mujer de llevar sus franquezas serenas y divinas hasta...?
Mírame
ella, extrañada de mi silencio casi hosco. Comprende la involuntaria osadía o
el equívoco de su frase, y desvanécelo pronta, no vacilando, con tal de
lograrlo a gran amplitud, en hacerme partícipe de una de sus delicadísimas
frivolidades de mujer.
Y hay un
sólido valor de estética en la confesión, estimada según sabe Lucía.
-Mi
marido -dice-, confía demasiado poco en mi prudencia; y siendo para mí un
tormento la fealdad, como para los antiguos griegos, no me gusto sin rizados en
el pelo. Cuando embarcamos, descubrió el alcohol de mis tenazas, y lo tiró al
mar. Ha resultado, al fin, que lo tienen todas.
Charo me
salvó dándome un poco de sus reservas, pero se me concluye.
Pensaba,
pues, cuál de los camareros tiene más cara de ser capaz de traerme un poco, de
Colombo, sin descubrirme y delatarme al capitán como presunta incendiaria...
-¡Bah!
Déjeme el encargo: el mío. Juan... Yo mismo, ¡si no! -atrévome a decir
maravillado.
-¡Oh!
-Acépteme
de cómplice para esta incendiaria traición al buque...
Pienso
también comprarme cerillas, Lucía.
Va a
protestar, y la enmudece una especie de blanca visión que se desprende no lejos
de la borda. Hemos reconocido a Sarah, torva, rígida, cruzando, sin mirarnos,
hacia la escalera, cerca de nosotros... Estaba
oyéndonos
tal vez. La distancia de su escondite de espía, tras la blanca boca de un
ventilador, no es tan corta, al menos, que haya podido escuchar íntegra nuestra
conversación en su insignificancia. Acaso ha entendido solamente mis sueltas
palabras de... «cómplice»... «traición»... o las antes pronunciadas por Lucía
de «marido»... «secreto formidable»...
La amiga
nobilísima concédele también al incidente la misma atención recelosa. Luego lo
desprecia; pero juzga preferible conmigo, sin embargo, otra jovial franqueza,
antes que verse forzada a penetrar la significación de la escena con más
personales e inútiles si no imprudentes comentarios.
-¡Pobre
criatura! -dice-. ¡Es usted con ella cruel!
-¿Yo?
¿Cruel?
-Sufre.
-¿Por...
qué?
-¡Oh,
bah!... ¡por usted! -replica dulce a mi asombro-. Usted lo
sabe...
Está enamorada... ¡pobrecilla!
-¡Lucía!
Se ha
vuelto a contemplarme, en una fraternal acusación de esquivez a sus franquezas.
Mas, es tal la espontaneidad de mi estupor y de mi enojo, que acababa por
vacilar.
-¡Cómo!...
¡De veras, Andrés, no lo había usted advertido!
-¡No!
-contesto ganado por su acento-. O al menos no había podido explicármelo...
Detállola
en seguida, con afán de entrega, lo que he imaginado con referencia al afecto y
la tristeza de Sarah muchas veces: mis cortesías, su gratitud por verse tratada
en mujercita... Veo entonces, contento, que
Lucía ha
ido interpretando igual desde el primer momento todo ello, y que no me agravia
ni con sombras de creer que he tenido el propósito de ilusionar a una chicuela.
Y vibran en sus frases tal solidaridad con mi hidalguía y tantas hondas
piedades al hablarme de la pobre Sarah con la madre imbécil, a la cual habrá
tenido que dejar por imposible don José, con todo su mundo y su talento, que
empiezan a convertírseme en congoja los absurdos de tanta injuria como ha
podido hacerme pensar de Lucía una horquilla despreciable...
-Tengo la
evidencia -afirma-, de que el hombre más sabio y de mayor tenacidad fracasará
en la educación de una hija si la madre es tonta, a menos de separarlas.
Llegan
los concertistas, Charo, Pura, el relojero, Aurora, Enrique...
No
muestra Lucía inquietud de que nos encuentren solos, ni aun después del
siniestro paso de Sarah -que no vienen con ellos.
- XV -
Boga
tranquilamente el Reus, como por un anchuroso lago, frente a las costas
paradisíacas que desde el amanecer nos envuelven en perfumes. Son siempre un
bajo y mullido bosque de vegetación asombrosa, cuyos festones de fronda rompen
airosamente penachos de cocos y palmeras. «Un bosque de nardos, de gardenias,
de magnolias, según se aroma el mar» -ha dicho
Lucía. Y
hemos comprendido el pleno Oriente, aquí.
Del lado
del agua, jalonan la extensión, con espaciados enormes, un monitor... un
vaporcillo... un transatlántico italiano que nos muestra su bandera verde, roja
y blanca... otro pequeño buque que apenas se distingue... una fragata que
pierde en el azul la mancha leve de sus velas... Por tierra, grandes aves de
purpúrea pluma pasan entre las gaviotas, y una ondulación suave de los festones
verdes, más distantes cada vez, juega con dilatada gracia a ir fundiendo sus
intensos tonos con el diáfano amatista de una barrera de montes que apenas
destácase del cielo.
Volvemos
los gemelos a la proa, hacia Colombo.
Hunde su
blancor en una curva inmensa de tranquilas aguas llena de embarcaciones. Lucía
busca el pico de Adán. Alberto no duda, como afirma un libro de la vieja y
menguada biblioteca de a bordo, que aquí estuvo el
Paraíso.
-¡Si no
estuvo, debió estarlo! -dice ella.
Hay
efectivamente algo de pérfida inocencia que emborracha de vida y de perfumes en
esta isla encantadora. Conforme nos acercamos, vamos viendo a la ciudad
desbordarse de sí misma en villas sepultadas por la tropical frondosidad... Y
un enojo se nos causa: paramos y echamos anclas a lo mejor del camino.
Esperábamos que atracaría el Reus a los muelles, llenos de buques. Pero explica
un oficial: no tendremos que tomar carbón, embarcado en Aden abundante: sólo
víveres, frutas frescas, agua... El espectáculo nos place. Todo es nuevo. No se
parece el puerto a los europeos. El olor a limos y mariscos, es fragancia de
azucenas; los barcos empiezan a acudir, así que parte la vapora sanitaria. Son
estrechas piraguas de obra muerta primorosamente construida sobre un labrado
tronco, que lanzan esbeltas de una banda el flotador y curvan inclinadas su
vela puntiaguda. Parecen heridas aves que arrastran un ala por el mar y alzan
la otra a la brisa.
Trato de
instalarme en una, aprovechando la confusión de mercaderes que ya invade la
cubierta. He decidido visitar a Colombo sin la traba de Port-Said con las
señoras. Nos colocamos treinta, de proa a popa, uno a uno en cada tabla de las
que cruzan la estrecha nave como cristales de un tímpano... Parte la ringlada
de viajeros.
La
piragua vuela. Nos cruzan otras como flechas. Son simplemente conocidos, los
que me acompañan. Mis rodillas, contra toda voluntad, van dando en la cintura
de la gruesa señora de un teniente; es una mujer que sería guapísima si no
fuese un monstruo de gordura. Lucía la llama Boule de suif, en honor de física
semejanza con la célebre de Maupassant. Y debo confesar que otra de las
principales razones de mi afán de venir solo, estriba en comprarle a Lucía el
alcohol.
Bajo un
desembarcadero cubierto, donde parece fuerza que concurran las piraguas, un
policeman vigila para que no cobren los barqueros demás ni un penique. Es
talludo y grave, este inglés, con su casco blanco.
Cuando yo
he puesto las monedas necesarias en la mano del barquero, él limita, con el
extremo de su pequeño látigo..., y el negro recélase a la proximidad del látigo
como una bestia.
Dejo a
mis combarcanos partir. Contemplo la explanada. Un ancho quai de palacetes
rientes, separados por jardines. La Custom-House aduana, a juzgar por los
fardos y bocoyes, bello edificio monumental, da buena idea de Colombo. Rehúso
un charolado car, que me ofrece un negro sirviéndole a un tiempo de cochero y
de caballo, y sigo la afluencia de gente, de
ingleses,
de blancos ingleses con casco y cogotera, hacia una ancha calle perpendicular
al puerto,
No es la
calle de Port-Said, cuajada de sastrerías, sino una avenida hermosa, con filas
de árboles, donde la luz reverbera en la británica limpieza de las fachadas.
Las casas, poco altas, lucen en sus arquitecturas modernas graciosas
concesiones a los estilos de Oriente.
Éntraseme,
como en la carne, una sensación del imperio de comodidades. Entre las cornisas
de áticos templetes y las torretas chinas, corren verandahs cubiertos con
tapices persas; y los egipcios ventanales y los ajimeces moros, se cubren lo
mismo de europeas persianas que de toldos y voladas cortinas japonesas,
turcas... Son tantas, que hace la ancha vía el efecto de estar engalanada con
gallardetes y banderas esperando a un rey...
Chocan el
orden y el silencio. Dijérase que la amplitud de las aceras respétase para los
ingleses. Los orientales, con sus vestimentas teatrales, marchan bajo los
árboles, al borde de la calzada en que corren libremente los cars y las gentes
que llevan carga.
Juzgando
por los pasantes, no sabría decir en cuál país estoy: árabes todavía, de
peladas testas y enfajadas túnicas; turcos de vistosos zaragüelles y encarnados
gorros; nubios gigantescos; hércules abisimos con turbante; fofos, hinchados
chinos... Pero la raza..., la raza ¡oh! ¡sin duda es ésta de los negros casi en
cueros! Negros que no son negros, sino
sencillamente
morenos de un moreno de cocido barro y de una belleza de cuerpo y de rostro
escultural.
Me
sorprende, sobre todo, en las mujeres. Poco aficionado a geografías ni crónicas
de viaje, no es talmente crasa mi ignorancia, sin embargo, que no pueda
memorarme de que me hallo en la tierra de las bayaderas, en este Ceilán
indostánico donde es fama que alcanza la línea
humana su
máxima perfección. Quisiera recordar, además, dónde he visto delicadísimas
muchachas como éstas, alguna vez, con sus telas leves y colgantes que les dejan
descubiertos los senos y las piernas... ¡Sí! ¡en todos los escaparates de
Madrid! ¡en estatuillas!. Yo he tenido una en mi despacho. Mas, ¡qué diferencia
cuando las estatuillas andan y enseñan los
blancos
dientes al reír!
Veo algo
que me irrita; que me hace, no obstante, comprender por qué los ingleses
dominan, reciamente dueños lo primero de sí mismos: una de las estatuillas, que
trae a la cabeza una arandela de plátanos, ha rozado leve con una hoja colgante
el hombro de un policeman... que le ha dado un latigazo; la infeliz ha huido al
centro de la calle con terror de esclava,
y le ha
dado un nuevo fustazo otro inglés que a poco la atropella con su Lady en un
car.
Daría por
una de estas muchachas... ¡Londres!
Tienen
una admirable singularidad: todas parecen jóvenes y todas se parecen,
igualmente finas y bonitas -como las alondras de un bando. Ellas serían las
diosas si fuésemos los amos de Ceilán los latinos -los españoles, los
portugueses, los franceses, los italianos... ¡oh carinas!
Pasan,
pasan... con el nudo alto de su pelo y sus túnicas ligeras que les dejan libres
los senos, las piernas.
En un
bar, los stores de junco medio levantados déjanme vislumbrará los ingleses que
se emborrachan con cerveza guardando al fresco un silencio panteónico. Miran
simplemente hacia la calle, meditando sus negocios, a los efluvios del
alcohol...
Y no,
aquí no hay sastrerías. Por las puertas, por las cornisas, por los entrepaños
de las ventanas, abundan las muestras de cristal y los dorados letreros que
pregonan el industrialismo de Colombo; pero son, las que voy viendo, ricas
vitrinas de joyistas, lujosas sederías y suntuosos bazares donde los turcos
queman en pebeteros de bronce resinas perfumadas.
Detrás de
los grandes vidrios con el rótulo en inglés, se tienden pieles de tigre y de
pantera, jarrones, kakímonos con ibis, maques con deliciosas figurillas de
marfil, elefantes de macizo ébano, sombrillas...La calle, el aire... todo huele
a sándalo, a gardenia.
Un gótico
templo protestante se alza a la mitad de la vía. Los cars, ocupados por sires,
por parejas de ladyes, siguen cruzando al trote de los negros. Son sin duda los
burros de punto, que dijo en Egipto don Lacio.
He
llegado a una gran plaza que se abre hacia mi izquierda. Su paseo central,
adornado con gazón, a la inglesa, naturalmente, sombréase de cactus colosales,
de palmas y de tamarindos. El olor a gardenia sigue, embriagador. Bajo la
espaldera de un helecho, donde hay un banco cerca de un cuartel de flores,
descansa en el suelo, sin embargo, una familia cingalesa compuesta de un
matrimonio y un niño. Me siento en el banco, a fumar y a ver las flores y el
niño. Tiene tres años y está en cueros. Al acercarme se ha enfoscado, dejando
de jugar para acogerse a su madre.
Es bello,
gordito, con una delicada belleza de hoyuelos; su rizada cabellera se enmaraña
en cortos bucles alrededor de su noble frente, de su cara dulce. Pienso que
habríalo modelado un escultor copiando en clara plombagina el más lindo
angelillo. Forma con la madre gentil grupo.
Me mira.
Sonríole y se esconde más, sin quitarme ojo. Pero tengo afán de darle un beso,
y me acerco. Llora y se oculta, aterrado. Le doy el beso, que recibe
últimamente serio y suspenso, a un grito imperativo del padre, mientras pugna
la morena mujer por alzármelo en sus brazos...
Dejándole
una moneda, me alejo, para ahorrarle susto... ¡pobrecillo!
Como a
nosotros nos espantaban de chicos: «¡que viene el negro!», a ellos les dirán:
«¡que viene el blanco!»... Mas no sé por qué me ha parecido leer en la sonrisa
de la hechicera muchacha que no se amedrenta de un blanco como su hijo. Plaza atrás, tomando luego por otra calle que cruza
a la que he traído, camino lento, pensando que estos negros, que estas negras,
tienen facciones de griega corrección. Si aquí nació Eva, y fue, india, no
hemos tenido los caucásicos mala suerte en perdurar siendo también sus nietos
predilectos. Quédome con este consuelo bíblico de parentesco ceilanés, ya que
no me consienten mejores disquisiciones mis etnologías... Al tenderme el
muchacho, irguiendo rectamente la joven madre el busto, he visto por su escote,
como una hechicería de perla plomo, su cintura fina y sus pechos estatuales.
Una tristísima saudade de las cingalesas me quedará toda la vida. Los rectos
ingleses inspíranme ahora un sombrío rencor con la rigidez de sus costumbres,
que no consienten siquiera la orquesta de
Port-Said.
Vale más olvidar, no mirar...
Trato de
comprarle a Lucía el alcohol. Empiezo a revisar comercios.
Ninguno
tiene traza de droguería... Salvo calles al azar, sin cuidado de extraviarme:
un puerto se encuentra siempre; además, me gusta andar a la ventura en una
desconocida ciudad. Un comercio de jabonería y perfumes, me invita. Entro. Dos
pebeteros arden junto al mostrador.
-¡Alcohol!
-digo suponiendo que la palabra es de todos los idiomas.
El turco
respóndeme en inglés.
-¡Alcohol!
-repito yo, involuntariamente más alto-. Un frasco... un flacon d'alcohol.
No
comprende. No dice nada. Parece en realidad un sordo. Hago todas las posibles
variaciones de chapuz políglota con mi francés, con mi alemán, cada vez más
fuerte... de l'alcohol... esprit du vin, sabe?..., spiessglas... haben Sie?...
¡fú, fú, que flambe!
Inútil.
Tengo que salir.
Encuentro
en otra calle otra tienda parecida donde despacha un griego. Debe de saber
francés, como aquellos sastres; pero no habla más que inglés y repítese la
escena. Ganoso de complacerme, saca peines, cepillos, frascos de esencia...
según yo indico la cabeza o la pomería, haciendo juegos con las manos...
Nuevamente
en las calles, cerciórome con horror da que todos los letreros son ingleses, de
que todas las bocas silban o emiten acentos extraños. Mi poco de francés, que
yo creía universalmente salvador; mi menos de alemán, no sirven para nada. Me
acude a la memoria Pascual, rodando seguramente por Colombo con su inútil
cuestionario... Creerá que le hablan gabacho y que me he burlado de él. ¡No,
no, bien sabe Dios que mido por mí mismo su triste condición de aislado entre
la gente!
Menos
mal; tropiezo al paso el edificio del correo, reconocido por sus buzones -en un
chaflán. Deposito las cartas, que no había querido dejar en el del buque.
De todos
modos, mi oferta a Lucía constituye un empeño de honor que habrá de realizarse.
Dejo atrás calles y calles. En una explanada que da al campo, encinturada a lo
lejos por el perenne boscaje de arbustos, deténgome a ver maniobrar un
regimiento de Infantería. La mitad ingleses, la mitad indígenas, con iguales
uniformes y cascos blancos. Algunas humildes casas de palo, acogidas en los
senos de la fronda, indícanme que empiezan quizás aquí dispersas las indias
barriadas.
Vuelvo
atrás. Colombo es grande. Si las calles no aparecen siempre suntuosas, tienen
esta recta y limpia espaciosidad de avenidas de jardín.
Son
frecuentes los edificios aislados por verjas, entre flores. -Bendigo luego la
fortuna de leer en un tendido transparente: «Pharmacy»... Ya dentro, deploro mi
olvido del latín; este farmacéutico inglés lo sabrá, puesto que rezan las
verdes etiquetas: «Acquae fontis»... «Oleum serpentorum terrarum»...
-¡Alcohol!...
un demi-litre d'alcohol!
¡Pas
plus, mon Dieu! -reniego en lengua de Zola. Un infiernillo me salva...: lánzome
a su lamparita y señalo: ... «de ça... voilá... alcohol... fú, fú!»
-¿No
basta? «¡Alcohol! ¡Alcuail!» -varío la frase por si se pronuncia como el jai
lai de mi dominio.
-¡Eh,
yes... veriguell... Antimoni!... ¡spirits of wain! -le escucho.
-Yes,
yes... spirits of wain! -me apresuro ansioso a recoger.
-¡Yes,
yes... alcohol!... yes...
El hombre
va al estante, coge un frasco... Y me pasma leer en él, sin que le falte una
letra: «ALCOHOL»... ¿Por qué, pues, no me entendían? ¡oh!... Con otro frasco
bien taponado y envuelto en coquetón papel flordelisado tórtola, vuelvo
triunfal a la calle. Miro el reloj; las
nueve.
Temprano para almorzar. Hemos madrugado a bordo con el alba.
Sigo
Colombo adelante. Tomo la probable dirección de la playa, que vi por una
esquina poco ha. Mas no he caminado cien pasos, cuando oigo a grandes voces
roncas, cual podría gritársele a un buey desmandado:
-¡Eh! ¡mi
capitán! ¡mi capitán!
Trátase
del fornido teniente de la reserva que en la noche de la tempestad le hizo
guardia de navaja al salva-vidas. Con la contera de un garrote, toca el hombro
del negro. Va en un car. 1o para, ya pasado.
-¡Hola mi
capitán, a la orden! Digo que si no ha almorzado usted, pregunte por el...
Hotel Europa. ¡Tenga la tarjeta!... A mí no me la vuelven a dar de misas,
¿sabe?... Le pregunté al sobrecargo. Intérprete y todo. ¡Da gusto! Aquí me
tiene usted como un inglés, de vuelta al buque.
¿Se
viene?
-Gracias.
Es temprano. No zarparemos hasta la tarde.
-Sí, a
las cinco. Pero en fin... vi antes pasar como hacia el puerto unas vaquitas,
que milagro no sean para nosotros, muy cucas, con joroba... ¡yo me voy! ¿Quiere
que le lleve eso?
-¡Hombre!
¡al pelo!... ¡sí!.. procure que no se rompa. Es cristal.
-Venga.
Le
entrego mi frasco, y toca al negro con la contera del garrote, arreando tras un
chasquido de lengua;
-¡Arsa!...
Mi buen
teniente se bambolea, en efecto, alegre como un inglés.
Continúo.
Tiro la tarjeta. Nada de Hotel Europa, que estará probablemente invadido por
gentes del barco; riada de intérpretes en la bella desconocida Colombo. Querría
encontrar ya, sin el estorbo del alcohol, a mis amigos, a Lucía... en cualquier
restorán confortable... pero ¿en cuál?
Poco
después, doy en la playa. Muchas caseta-sillas, y pocos bañándose. Advierto que
se halla recogida la elegante concurrencia en el amplio verandah de un
TEA-HOUSE, según dice bajo el chinesco tejado. Entro y pido vermouht, ya que
tiene en la mano la botella el camarero. El sitio es grato. Estoy, no obstante,
harto del mar -y preferiría otro para el almuerzo. Viejas inglesas beben
groods, fumando cigarrillos; otros grupos de jóvenes, charlan. Son feas en
general. Largas, distinguidas... con una sosería de efebos en los rostros.
Pago, salgo, y tomo a la puerta un car diciéndole al indio con el brazo en
dirección a la ciudad... «¡por ahí!»
El
hombre-caballo ha comprendido y me interna al centro. Suda su espalda. De rato
en rato cambia el trote por el paso -cuando cruza ante un cuartel, ante una
pagoda india, ante un paseo... y en uno de éstos, yo, que desespero al fin de
hallar al grupo de mi gente, que busco nada más algo con traza de aceptable
fonda, hágole parar ante una verja que muestra
detrás de
la arboleda un palacete y encima este letrero repetido en dos faroles y en el
arco:
ALEXANDRA
HOTEL
No me ha
engañado, en cuanto a confort, su risueña perspectiva. El piso bajo, dividido
en tres salones, tiene un comedor grande y fresco.
Temprano
aún; nadie está en las mesas. Forman tertulias y leen periódicos los huéspedes,
en las otras dos salas del fondo. Almuerzo. Mi hábito del barco tiéneme con
hambre. Los pankás no cesan de abanicar, sobre mi cabeza. Como frutas,
especialmente bananas, piña, chirimoya... Paso luego a tornar el café en la
tertulia.
Acomodado
en el hueco de una ventana, miro a dos señoritas y un caballero que juegan al
billar. Tantas veces como ellas tienen que estirarse un poco sobre la pequeña
mesa, enseñan las pantorrillas con una casta despreocupación que me recuerda a
Lucía. Serán estas inglesas
elegantes...
pero ¡oh! no son guapas... como Lucía, que lo reúne todo, como Pura, como
Aurora, como Sarah... ¡como estas cingalesas ideales! Una acaba de cruzar el
jardín.
De éste,
llegan rubias damas, señores solos, o parejas, paseando.
Todo un
parque, todo un bosque. Oigo pequeños disparos y creo entrever por el ramaje un
tiro al blanco. Como hay también veladorcillos fuera, indícole al negro
camarero, cuando llega con la taza, que me sirva en los jardines.
Quedo
instalado en una especie de enorme glorieta cenador abovedada de follaje, a
cuya sombra una familia inglesa distráese tirando con carabina de salón contra
cascarones de huevo que danzan en surtidores de agua. Un cerco de sillas y
veladorcitos los rodea, al borde de los troncos. Entre algunos de éstos se ven
hamacas, y desde una contempla el tiro una miss.
Pocos
estacionan en las sillas. Van desfilando al edificio, bien porque se les acerca
la hora del almuerzo, ya por que la brisa ha cesado y el calor es bochornoso
aun en la tupida sombra. Rato después no queda nadie, aburridos también los
tiradores de no hacer blanco jamás. La
jovencilla
de la hamaca bájase, ríe, corre y cae con la punta de la sombrilla los
cascarones, burlándose de sus hermanas, yéndose tras ellas.
Han
dejado una revista ilustrada en un velador. Me levanto, la cojo yo, voy a una
hamaca, miro los grabados... fumo... creo que me duermo...
Me
despierta un vuelo de catalas. El silencio es imponente, una vez que cesa el
ruido de alas en los árboles. El calor, tremendo en la siesta.
Huele a
pantano, a flores, a selva, en veneno delicioso. Una bandada de mariposas
voltigea sobre mí.
Parece
que duerme el parque, el hotel, el mundo. Y además estoy desorientado. Creyendo
ir hacia la casa, encuéntrome, al cruzar por la espesura, frente a un lago que
tiene en la opuesta orilla un pabellón arabesco. A sus bordes bajan del ramaje
velos de verdor por todas partes,
velos
como de sauces, de enredaderas, en picadas hojas, cruzados de bejucos. Está
llena el agua de juncos, de espadañas, de... lotos... ¡lotos!
¡Oh el
auténtico indio loto azul!
Él hace a
los extranjeros olvidarse de su patria.
Su fama
detiéneme a mirarlos. Realmente, son, robando su matiz al cielo, los nenúfares
de España; pero en su decoración grandiosa de selva tropical. Álzanse con
místico embeleso, del lago quieto, sobre el pavés de sus hojas, entre las que
las pompas del fondo rompen sonoras el silencio.
El loto
duerme, el lago duerme; duermen las alagartadas sanseviras en sus bordes;
duérmense por las grutas de ramaje los laureles, los rosales, las latanias, las
plicatas, a la sombra de los plátanos; duermen las
parásitas
orquídeas en los altos troncos de los ébanos, en las flecosas
lianas...
Lléganme a mí no obstante algunas flechas de sol, y quiero ir a contemplar los
lotos desde un banco rústico de enfrente, donde es más densa la umbría.
Al ir
dando la vuelta, una india se aparece... ¿otra? ¿la de antes?.. ¿por qué son
todas lo mismo?... Viene descalza, sin ruido, con un ánfora de carmíneo barro.
Ha surgido entre la fronda, y viéndome, se detiene, tuerce su ruta, se
acerca... me habla, sonríe... ¡no la entiendo! -Tal vez me dice que no se puede
pasar... Tal vez son estos cuartos del pabellón los de los huéspedes... Los ha
señalado, como preguntando si vengo a alguno.
Se aleja.
Es como las demás, divina. Yo no he hecho más que admirar su menuda boca, sus
dientes blancos, sus hombros desnudos, ideales...
Lleva en
el pelo un loto. Aturdido, pienso que acaba cruelmente el loto de herir de
sortilegio al extranjero para que olvide su patria, el buque, el mar... todo
menos este rincón letal de paraíso cruzado en su sombra y su silencio por el
amor sin esperanza. Siéntome en el banco. Miro con odio los azules lotos.
Pero...
¡vuelve!... La estatuilla reaparece en los colgantes velos de la fronda. Su
ánfora mojada, que brilla en los claros del sol, gotea en la túnica heliotropo
que hincha su cadera cayendo en pico que le arrastra por la arena junto a un
pie... La otra pierna descúbresele hasta la rodilla.
Se
acerca, pasa... parece que quiere aún hablarme... Advierte mi muda adoración, y
sigue con los ojos bajos.
La llamo
y le pido agua.
«¡Oah!»...
Comprende mi gesto, y corre por una copa de cristal. En el breve instante que
abrió una puerta, he visto que son cuartos de baño los del pabellón. Echa el
agua en la copa, mas yo la deseo en el ánfora, sostenida por sus manos... Y
humilde, pasiva, amable, lanzando grifillos un poco medrosos de pájaro,
accede... Mientras bebo, veo la luz extraña, acérea, de sus ojos, su sonrisa
-atenta, a no mojarme...
Saco un
dollar..., y ella lo rehúsa, sorprendida..., con aire dulce de inocencia que no
quiere comprender.
En
efecto, me ha cruzado como un fuego la intención, y ella lo ha visto, de darla
un beso, ocurra lo que ocurra en mi exabrupto..., ¡por no tener toda la vida el
dolor de haber pasado sin un beso por la tierra de las mujeres más bellas de la
tierra! Pero su actitud me contiene y guardo avergonzado la moneda...
Entonces,
la divina criatura me perdona, interrogándome respetuosa, con su mímica vivaz y
expresiva, que siempre acompaña de leves gritos, si vengo a bañarme... Digo que
sí. Trato de preguntarla dónde está el bañero... si lo es ella... Engendran
nuestros gestos algún equívoco, al señalarla yo, al señalarme y señalar el
pabellón... Y debo de tener en la faz tal grave, nerviosa expresión
contrariada, que veo a la seductora muchacha ante mí con un miedo esclavo de
entrega de voluntad que me recuerda los latigazos de la calle a aquella otra...
Invadido
de compasión, me levanto, brusco..., y ella se estremece...
Espera
quizás el latigazo... Ha cruzado las manos, y aterrada, «antes que le pegue»,
me brinda el beso... Yo...¡Se lo doy! Ah, sí, sí,... ¡Se lo doy!... ¡Es un
largo beso de amor y de piedad! ¡Lo siente la infeliz en la ternura de mis
labios y mis ojos!
Los suyos
van cambiando el espanto en gratitud... Y como la dejo de pronto, alejándome en
sentido opuesto al pabellón, ella lanza otro pequeño grito de hechizo que me
para y que me vuelve.
La veo
ahora sonreír con alma..., la veo explorar la soledad mirando alrededor las
frondas sobre el lago...
Dícenme
sus ojos de maga de la selva, que quiere amar al primer hombre que no toma a
latigazos sus caricias.
Sonríe.
Me guía
al baño...
- XVI -
¡Colombo!...
ni una bruma ya siquiera en que fingirte. ¡Otra vez el buque, con su limpia
azotea de la cubierta y sus blancas redecillas, con su ruido de palacio en
marcha huecamente rimada por la máquina, por la hélice, allá como en los
sótanos; otra vez el mar desierto.
Yo llevo
un loto azul en el bolsillo.
Vamos a
cinco grados del Ecuador, por este golfo de Bengala; abrasa el sol. Y sin
embargo, hoy, durante el almuerzo, nos ha dado el capitán una noticia
estupenda: dentro de muy poco será la Nochebuena!!!... Oh,
Noche-buena...
con tal furioso y torrefante julio, con estos trajes blancos, con este dormir
sin paz de los abanicos de palma la noche entera bajo el cielo!... Y ha sido
preciso rendirse a la absurda razón del almanaque: 19 DE DICIEMBRE.
Alguien
ha propuesto que la festejemos, y una comisión ha surgido...
La
comisión, de la cual se me ha conferido la presidencia, nos hemos quedado,
completamente a la española, sin saber qué hacer, sin que se nos ocurra qué
elementos diversivos podamos aportarle al pasaje, de las olas y los aires...;
pero pronto el relojero ha hablado de concierto, de baile el tenientito, y de
representación teatral un señor aficionado que trae en su maleta todo un
repertorio, y con ello, más el festín organizado por la cocina del barco, hemos
caído en la evidencia de que se basta y sobra el Reus, de que lleva un mundo en
sus entrañas.
En tres
horas puede decirse que hemos planteado y empezado a realizar todo el programa.
Habrá de pintarlo, para mayor fausto, el relojero en un cartón, orlándolo de
alegorías. Sarah, Lucía, Charo y la joven filipina cantarán, Pura hará con su
ex novio el tenientito Los monigotes; y Chateau-Margaux, otra de las obritas
que trae el aficionado, correrá a cargo de éste, como gallego, de Sarita, que
lo ha hecho en la Habana, y del húsar y del comandante. La única dificultad ha
estado en la característica... Y se la hemos endosado al fin a la filipina. Se
están sacando los papeles. Empezarán los ensayos por la noche.
A espera,
cumplidas por esta tarde mis tareas de presidente, paseo barco arriba y barco
abajo, meditando aún algo original para el programa.
La
pescadera no ha querido tomar parte. Es una de esas mujeres burras
absolutamente para todo, inhábiles..., y ella misma lo comprende y está
tristona ahora cerca de Enrique y Pascual. He hablado con éste, anoche.
Efectivamente,
mi cuestionario francés le fue inútil..., y no porque lo entendiesen o dejaran
de entenderlo, sino porque Enrique... «este buen amigo que tanto los distingue
-palabras del salamanquino-... pero que...
¡vaya, no
se hace cargo de las cosas! se empeñó en acompañarlos.»
El buen
hombre añadió:
-¡Le digo
a usted, señor Serván, que si como es don Enrique no es don
Enrique...
¡le doy una trompada!
El buen
hombre añadió todavía:
-Y
luego... ¡qué quiere usted, señor Serván..., no me explico a mi señora!...
Verdad es que ella es... ¡vamos! fría..., pero podía hacerse cargo de que
uno... desde España... ¿Por qué tanto palique en vez de callar y que don
Enrique se aburriese y nos dejase?... Le digo a usted que
si como
es mi señora no es mi señora... ¡le doy una trompada! Enrique me lo ha dicho también, burlándose.
Fue propósito de fastidiar a Pascual; fue, más que insinuación, casi un ruego
directo de Aurora... que está si cade o non cade...: cuestión de acabar de
decirla al camarote 15. -Por cuanto a la del capitán, está convencido el húsar,
cansado pronto de espiar, igual que yo: ni es Aurora ni es Lucía; probablemente
la francesa..., no habiendo significado todo aquello de su encierro más que un
ardid para reservársela mejor de todos durante el viaje entero... ¡ah cuántas
de éstas puede hacer a bordo un capitán, con su autoridad de rey!...
Da pena
la cara de Pascual. Vuelto al buque a las doce, «rabia y venganza de ver a su
señora tan distraída con Enrique», se dedicó a sus cambios, a sus compras. Pero
hoy, sobre este extremo, háseme mostrado victorioso: a unos vendedores de
piedras finas que habían cobrado a bordo el día anterior cada ojo de gato en
seis pesetas, le tomó él por tres, a última hora, docena y pico.
Me
siento.
La joven
india lee alto, y lee bien, una de las piececitas que van a ser representadas.
Sarah, que la conoce, distráese con un novelón de folletones. La trae a mal
traer su madre con las lecturas. No la dejó aquel Del amor, del dolor, del
vicio y le arrebató también hace pocos días
de las
manos El jardín de los suplicios... Claro es que hizo bien, dada la edad de la
muchacha. Fundábase en haber leído en los periódicos que la novela es inmoral.
Pero yo
observo que Sarita lee los folletones por el revés, toda atenta; es decir, por
la parte correspondiente a las planas de anuncios.
¡Bizarro
gusto! ¿qué la intriga?...
Un poco
más tarde, que ella va a no sé dónde, soltando, sobre la silla el cuaderno, yo
lo tomo y miro esos anuncios.
¡Ah, la
prensa moralista!
Un
horror.
Un horror
que me explica por qué la mayor parte de los grandes y pulcros periódicos «de
familia» que no admitirían folletines de Mirbeau, son devorados ávidamente por
las señoritas en sus cuatro planas.
Dicen los
folletones, acá y allá, por el revés, castamente:
MATRIMONIOS.
Todas se casan. Gran reserva. Se contestan todas las cartas. Hay viuda con seis
mil duros. Una joven rubia, agraciadísima, aceptará un señor con algún capital,
sin reparar edad ni achaques. -R.
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Estrella,
alma mía, supongo no pudiste anoche, ¡cuánto sufrí! Sabes te adoro contra
obstáculos. Coche sitio aquél, malo. Mejor detrás iglesia, frente entrada
sacristía. Ya sabes. Hasta mañana, corazón, no vivo sin tus ojos. H... pasó dos
veces. Prudencia, prudencia, rica. ¿Quieres llevar pantalón celeste?
-Zaratustra.
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Preside
todo esto la efigie de un señor sentado en un retrete y con cara de pascuas que
demuestra cómo las Píldoras Pun le están causando su grato efecto laxante... -y
gracias a que otro periódico desde la barba a las rodillas le oculta desnudeces
que sólo se ven un poco por los lados...
- XVII -
Cuando
hoy bajamos del baldeo don Lacio y yo, veo una silueta femenina que nos huye,
escondiéndose en el fumador... ¡Oh!... Don Lacio no la ha visto; yo nada le
digo... Pasamos... Nos separamos, cada uno a nuestro camarote. El interior del
buque yace en noche todavía, con luces por los pasillos.
¿Quién
es? ¿Por qué se esquiva?... No puedo saberlo. La blanca visión ha sido rápida,
al fondo de la escalera. Parecía subir, su intento.
-Deténgome
en mi puerta..., y entro al fin; la intención que me ha cruzado de ir a
descubrirla, aparéceseme villana... No importándome, no iría, en efecto, si en
vez de una mujer fuese un hombre dispuesto a castigar la indiscreción a
puñetazos. Además, estoy calado de agua como un perro acabado de bañar.
Múdome de
ropa. Me acuesto. La roja cortina, en la ventana, basta para ocultarme el
fulgor del alba. En la sombra ronca Pascual. Me impide el sueño, y envidio a
Enrique, que duerme.
¿Quién...
ella?... ¿nuestra misteriosa?.. Podría jurar que llegaba del comedor, y no de
este pasillo del camarote 15...; iba como a la cubierta.
Cierto
que en la cubierta está la cámara del capitán...: ¡pero fuese audacia
inverosímil buscarle al rayar el día!
Cuento.
Una, dos, tres... Trato de dormirme.
No puedo
admitir que sea Lucía... ¡jamás! Por esta negación pondría la vida.
Aparte de
que Alberto, como siempre, ha bajado a acostarse desde que dejó al baldeo don
Lacio el tresillo.
Ciento
uno, ciento dos, ciento tres...
No logro
dormirme, aunque llego a los dos mil... He dormido anoche desde las diez,
arriba, profundamente, según se duerme a bordo a cualquier
hora. El
mar mece y arrulla. Pasa el agua en un sordo correr de molino.
Chirrían
siempre los mismos hierros. Dicen perpetuamente igual los ruidos de la máquina,
de la hélice, allá en el sótano, tendidos a todo el Reus:
-Lo-renzo...
Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...
Sí,
preciso; esto, y no otra cosa: Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...
La frase,
justa, gangosa, rítmica, dijérase que cae de lo alto, cual si fuera
repitiéndola la misma voz lejana en un mástil.
Lo-ren-zo...
Lo-ren-zo...
¿Por qué
no ha de ser Fe-li-pe... Fe-li-pe?... ¿o Ma-rí-a...
Ma-rí-a...?
No, señor: Lorenzo.
¿Eh?...
me fijo... Lo-ren-zo... ¡está dicho!
Cuento
las veces que lo oigo.
Pienso en
los millones de veces que lo habré oído al silencio de las noches desde que
salí de Barcelona.
En la
llegada a los puertos, a media marcha el buque, lo expresa más despacio... pero
lo expresa con toda decisión: Lo-ren-zo... Lo-ren-zo...
Salto de
la litera y vuelvo a vestirme un leve traje; estas estúpidas obsesiones me
irritan. No tengo sueño.
Subiendo,
a pesar mío miro a las tinieblas del fumador. ¡Bah! La fugitiva estará ya a
salvo. No hay nadie. Cae por la lumbrera, sobre las mesas llenas de ceniza de
cigarro, una claridad azulina.
No hay
nadie tampoco en la cubierta, mojada, donde los marineros han dejado en orden
las sillas y canapés. Los veo ahora limpiando por la proa los bronces de las
escalillas, de los pasamanos. -Tiene esto algo de sorprendente y ancho como un
café por la mañana. Un fulgor suave de crepúsculo, donde brilla todavía un gran
lucero blanco, llena desde el oriente limpio y terso el barco, el mar... el mar
tendido como otro cielo.
Es una
extraña transparencia sobre el mar esta del alba. Parece que va el barco
hendiendo luces de perla, aire de perla, agua de perla. Parece que nos vamos
deslizando por una bruma de suavidad, donde nada es límite, donde todo es fondo
y extensión de una gloria de inocencia...
Parece
que vamos infinitamente perdidos por un alma...
Un alma
debe ser algo así tan dulce, tan grande, tan simple, tan lleno de calma y de
paz como este mar y como este cielo.
Y el
cielo y el mar y el buque, parecen míos, a esta hora. Nadie. Es la hora del
misterioso nacer de la alegría.
Alba con
trinos. Las pobres aves rojas de Colombo vuelan por las jarcias. No han muerto
aún desfallecidas. Nos siguen. Tienden contra el palidísimo azul sus alas
escarlata... Trazan círculos, medrosas de quedarse atrás en el líquido
desierto. ¡Pobres aves rojas! ¡ellas morirán,
mañana,
otro día, antes de llegar a nueva tierra! ¡Ellas serán los tristes juguetes de
los niños a cuenta de migajas, puestas por el hambre entre la esclavitud o la
muerte -en este bosque flotante que no advirtieron que las arrastraba al
Océano!
Paso,
lentamente, mirando el ondular de estanque de las turbadas aguas. La estela se
abre atrás como un abanico inmenso; le riza plumas el batir rumoroso de la
hélice. El humo de las chimeneas, tendido recto como un dosel, como un suave
toldo encima de la estela, tiene también el color de tórtola -de alma- de la
aurora.
Hay a
mitad de la cubierta un saliente de la borda, en balconcillo circular, que
domina más el horizonte. Se halla casi oculto entre las poleas y los blancos
amarres de una verga del trinquete... Pero al acercarme... veo que alguien lo
ocupa... ¡oh! una mujer... blanca, entre
los
cordajes blancos... negro su pelo, de un negro audaz inconfundible... es...
¡chiquilla!... ¡es Sarah!... ¡Oh! la pobre niña me dio la ilusión de aquella
ignota pecadora...
Mi
impulso es desviarme, pasar y partir de la cubierta. No he hecho sin embargo
más que detenerme. Estoy demasiado cerca para que no me haya estado viendo,
para que deje de darle a la muchacha una confusión más con mi fuga.
¿Qué hace
aquí? ¿De dónde viene?... ¿Es que al divisarme en la cubierta ha querido volver
a esconderse como abajo antes?... Quieta, la sien en la mano y en la borda el
codo, mira al mar, sin esquivar de mi lado la faz pálida -como para no decir
demasiado su voluntad de ocultarse-, en la actitud dolorosa de este encuentro
que no deseaba ella, sin duda. Revélame, no obstante, su indolencia triste, que
estaban en su pensamiento mi imagen y mi recuerdo... Simple cambio, pues, de
ilusión por realidad, que la ha sorprendido poco.
Sigo
acercándome, esperando en su mirada un saludo. Está peinada, con su peinado de
jovencilla que ella disimula anudándose en la nuca el pelo con un broche, y
tiene sobre los negrísimos bucles flojos de la frente una roja anémona, y otra
sobre el blanco crespón de la blusa. Entre las dos bermejas y anchas notas de
sangre, su cara luce bellísima lividez morena
de
enferma, acentuada por la sombra lirio de los párpados, de los ojos que arden
en seca fiebre de pasiones... Me aterra la chiquilla. Me aterra su mirada baja,
fija en el mar, y su enorme palidez en que le tiemblan los labios. No puede por
menos de estar viéndome, ya a seis pasos, y espera, espera..., espera
crispadamente quieta, pronta a la amargura de quedarse
convencida
de que soy, capaz de pasar disimulando haberla visto... Esta ostentación
singular de mudo reto hay en su quietud.
Yo,
llego. Temo no encontrar la frase frívola que nos conviene a los dos.
-Ah,
Sarah... ¡buenos días! -digo por último.
Y me
detengo, sin pasar al balconcillo.
-Oh,
Andrés... ¡buenos días! -exclama sin sorpresa, sin mirarme, con violenta
indiferencia.
Dejando
caer el brazo al antepecho y pasándose con fuerza los dedos de la otra mano por
la frente, por las sienes, cual si apartase entre los negrísimos rizos árido
ensueño, quiere decir algo, y no lo dice.
Queda
seria. Me ha mirado. Mira al mar. Yo he doblado los codos en la borda, y miro
también al mar.
Luego,
saco un cigarro y lo enciendo. Inspírame agria curiosidad la espontaneidad del
sentir de la muchacha. Querría oírla cómo explica su presencia aquí, a tal
hora; mas no habla ni parece sentir la tirantez del silencio. Los dos vemos
alejarse en la ondulación del oleaje, que promueve el buque, la envoltura del
paquete de cigarros que, al sacar el último, yo he arrojado.
Últimamente
es más cobarde mi callar, y lo interrumpo -un tanto dominado por el suyo:
-¡Ah,
Sarita!... ¿No ha dormido, aún?
El
diminutivo la hiere. No he debido emplearlo. He podido notar en sus labios la
fulguración del desagrado.
-Sí. He
dormido dice escuetamente.
Me lanza
el odio fugaz de una mirada, y añade:
-He
dormido. Yo madrugo... ¿sabe usted... señor Serván?
Vacilo.
¿A qué, no obstante, recogerle su ironía?
-¡Gran
madrugadora! ¡oh!... ¿Todos los días lo mismo?
-Lo
mismo. Todos los días.
-¿A qué
hora se acuesta entonces?
-A las
diez. Ya lo ve..., es decir, ya hubiera podido verlo... anoche... si en mí
reparase nadie... Cuando acabó el ensayo, quedeme en la saleta..., durmiendo...
hasta que bajó mamá. Igual que siempre.
-¿Hábito
suyo?
-¡De...
niña! Es la hora a que los niños se acuestan.
-¡Oh,
Sarah!
Calla,
arráncase la anémona del pecho; la huele, la rompen sus dedos, la tira...;
vémosla también marchar como en busca del paquete de cigarros.
En
seguida, dice:
-Hábito
mío... del barco. Es ventaja que tenemos las chiquillas..., podemos hacer
cuanto nos place. Ustedes, Lucía también, adoran al sol cuando se pone...; yo
al salir... Subo, cada día. Tengo sola también mis oraciones. Son gustos. A mí
me encanta la soledad... ¡señor Serván!
Va
pronunciando todo muy despacio. Me da miedo. Su boca tiembla, sus manos
tiemblan. Veo inmenso, feroz, el odio de sus ojos.
-Ustedes
-continúa-, no saben de mí... ¡Sarita!... cuando yo me sentaba de tertulia...
ah, los chiquillos!... Ahora que no me ven... no advierten que no estoy... Leo
por los rincones... juego...; mamá me dice que tengo trastrocado el sueño...
Verdad, señor Serván, que...
Se
interrumpe, en ira:
-¿A qué
ha subido usted?... ¿por qué diga, si es la hora en que duerme?
Vuelve a
interrumpirse en un desfallecimiento de sonrisa de martirio:
-¿Verdad,
señor Serván, que, usted también lo cree? ¿que soy una chiquilla?...
-¡Ah,
Sarah! ¡Por Dios!... Yo no creo...
Pero el
dolor, súbito, horrible, la ha agotado los enojos; y huida, de bruces sobre la
banda al lado opuesto del pequeño balconcillo circular como un púlpito,
llora... llora...
Una
desolada humildad de mártir hay en toda la niña blanca, que muéstrame, abrumada
entre sus brazos, la espalda, el negro pelo en el broche de oro, el borde corto
de la falda canalado y oscilante sobre las botas de lona, marcando el ritmo sin
ritmo del sufrir que retuerce su
cintura
de muñeca...
Mi
silencio la mata; mas yo no sé realmente qué decirla, ni sé acercarme... a
mentirle un...
-¡Sarah!...¡Oh,
chiquilla! ¡ahora sí!... ¿qué tiene? Su lloro aumenta. Aumentan sus sollozos,
en suma desesperación.
-¡Sarah!
¡Sarah!... ¿por qué llora?
No
responde. Se retuerce, recogida en sí misma. Y llora tanto, y gime tanto,
convulso y ahogado su pecho, que yo, movido de piedad, paso a su lado, en el
balcón, y sigo dulce y obstinado preguntándola, preguntándola..., tocándola al
fin un codo con los dedos para excitarla a que me hable.
-¿Qué
tiene? ¿Qué le pasa?, Sarah... ¡Diga! ¿qué tiene?
El ligero
contacto hácela erguirse, electrizada..., quedándola doblada atrás contra la
borda, don los hombros fuera, con los codos fuera, mirándome entre las lágrimas
súbitamente contenidas... Está apartada de mí, cuanto la estrechez de la
baranda le consiente... Pero yo, que he dejado el paso franco, a mi vez
recogido de polo a polo frente a cha, contemplándola en una sumisa y lamentable
indecisión, no sé aguantar el rayo de sus ojos sino con la misma pregunta
necia:
-¿Qué
tiene? ¿Qué tiene?... ¿Qué le pasa?
Me
estremezco. La veo salvar al ímpetu de un pie el breve diámetro que nos separa
y quédaseme delante, rígida, con las manos abiertas y convulsas hacia atrás...
ansiando y no pudiendo proferir, tan cerca de mis ojos, lo que rompe su
garganta...
-¿Qué
tengo? -dice al cabo bajando en fe de esclava la mirada y llevándose una mano
al corazón- ¡que me muero!... ¡¡QUE LE ADORO A USTED
CON TODA
MI ALMA!!
Parte, en
seguida. Déjame asombrado, inmóvil. Su trágico ademán, que me pasma y me
fulmina de centella; su trágico ademán bellísimo y terrible, en que ha puesto
la niña nuevas y enteras su alma y su vida y su carne de mujer... se ha
resuelto en una huida llena de calma loca y de mortal vacío que la aleja
tronchada y lenta, llorando esta vez callada y abundosamente hasta salir de la
cubierta...
Ni ha
vuelto la cabeza al desaparecer por la escalera.
Nadie.
Los
marineros allá, descalzos, limpiando cobres con sus negras pellas de cotón.
El mar
desierto. El sol iniciando su aurora de roja lumbre en el oriente.
Nadie ha
visto esta otra violenta aurora de mujer.
Pronto
estimo en la fuga de ella su mejor rasgo de alma ingenua, de alma franca... Yo
no habría sabido qué hacer si espera... yo no habría sabido qué decirla...; y
yo habría hecho acaso una vileza dándola por instantáneo consuelo el beso de
compasión o vanidad que vibra ahora en mis labios.
Inútilmente
permanezco quieto cinco, diez minutos, en tregua a mi pensamiento. No pienso
nada.
Sin saber
si quiero o no encontrarla, recorro al fin la otra cubierta, la escalera, el
comedor... Sí, sí, he de hablarla, yo no sé tampoco qué cosas formidablemente
amigas... formidablemente nobles y sinceras...: mi gratitud invádeme de una
gran serenidad...
Y vuelvo
a mi camarote y me duermo al fin arrullado por el agua, por la máquina... por
la alegría divina de la vida que da el saberse rey en otra alma... ¡aun siendo
tan pequeña! ¡tan pequeña!
«Sarah
está enferma». Lo ha dicho su madre. No viene al almuerzo.
¡Oh, si
se muriese Sarah!
Y como me
ha cruzado este afán, al oír a Charo, con una tentadora intensidad casi
voluptuosa, como en mi relámpago de yo no sé cuáles hondas bondades -bajo la
cabeza sobre el plato y quiero profundizar mi extraño sentimiento.
No puedo.
Distráenle Alberto, dándole a Pura bromas con el novio. Los de las comidas son
los únicos ratos que el bello relojero, en su condición de pasajero de segunda,
no está junto a la joven. Luego, ella me pregunta si me gusta el modo que tuvo
anoche de recitar su papel. Desconfía. Se cree sosa... Y no le falta razón. Por
frecuente paradoja, las más cómicas,
las más
espontáneas y graciosamente cómicas en su decir y accionar habituales, son las
peores actrices... Dijérase que tienen la gracia inconsciente de los gatos.
¡Si se
muriese Sarah!
No he
vuelto a pensarlo, pronto comprendiendo lo que su mal signifique; pero recuerdo
que lo pensé, antes con todo el ímpetu de un deseo, y aquí, ahora, he venido a
aislarme en el castillo de la popa, resuelto a desentrañar lo que pude guardar
en mi crueldad de generoso.
Me
inspiran curiosidad estas recónditas razones de «la alegría del mal ajeno» que
me asalta algunas veces. Recuerdo, por ejemplo, haberla sentido al saber que
había muerto un ministro general a cuyo influjo iba a deberle un comandante
amigo mío el acta de diputado. Mi comandante ya no sería diputado... ¿Por qué
mi regocijo?... sí, llegué a saberlo... por algo noble... Mi comandante,
absoluto cebollino, sería en el Parlamento una vergüenza más entre tanto
cebollino de la huerta de las leyes.
Me he
sentado en un ruedo de jarcias, a la sombra del cañón. Este pobre cañoncito de
salvas enfundado, me fastidia. Querría que lo hubiésemos tenido que emplear
defendiéndonos de piratas y ballenas...
¡Viaje
heroico!... Antójaseme que los humanos empequeñecemos un poco lo grande, la
tierra, el mar cuerda de la corredera sigue arrastrando en la estela, como un
rabo de burla que le hubiesen puesto al Reus en Barcelona...
¡Hala, el
Reus!... ¡Allá vas, relleno de ridículo, con tus novios, con tus fieles
tresillistas, con tus Charos y exconserjes... debajo de tus humos y tus palos y
tu aspecto de ambulante y terrible fortaleza!
Bien,
digo que Sarah... Sí, lo pienso y lo comprendo: ¡debía morirse!... Algo muy
hermoso ha habido en su libre arranque hacia el amor, en la libertad de sus
instintos, en la libertad del abandono de su madre, en la libertad de la
explosión de sus ansias de mujer bajo los cielos... Tigrecilla de América, ha
sabido saltar fiera y gentil hacia la vida...
¡Debía
morirse!... yo ganaría con ello, el bellísimo recuerdo singular e inolvidable
de un alma brava, y ella habría de ahorrarse ¡la infeliz!... todo el calvario
de tristeza y desengaño que está detrás de una pasión que nace ancha como el
mar y que tendrá que romperse o que infiltrarse o infectarse en hilos de arroyo
subterráneo por los aludes de sociales conveniencias...
Ya es
sabido, tales conveniencias: fango de joyosa hipocresía... de hipocresía
cínica, no importa... si sabe enseñar las ligas al descuido como Charo, si sabe
siquiera como Aurora procurarse un Pascual.
Y en mí
el primero -lo hipócrita, el respeto al qué dirán... Olvido el gesto de ingenua
gladiadora, y veo no más en este instante su falda corta, su trenza suelta a la
espalda...; y veo no más esta tarde, mañana, en los días que hubiese de venir
sin que el Reus siguiese conduciéndonos por un alba infinita a ella y a mí
solos, la ridícula pareja de novios que hiciesen frente al relojero y Pura,
frente a la pescadera y Enrique, frente al comandante y Charo, ¡esta morena
bebé con todo un capitán de Artillería!...
¡Oh!... Y
huyendo del ridículo, únicamente quedaría la senda oculta
de lo
infame...
¡Pobre
Sarah!
-¡Don
Andrés!
-¡Ah!
Hola.
-¡Digo!...
es usted don Andrés Serván... ¡dispense!...
-Yo soy.
¿Qué desea?
Es una
camarera que he visto rara vez por las galerías del comedor.
Sonríe y
saca una carta.
-Dispense.
La señorita Sarah me da esto para usted.
Cojo la
carta. El sobre no tiene escrito.
Lo rompo
en cuanto veo descender a la camarera por la escala, y leo
-en letra
firme, igual, con lápiz:
«Me
creería una niña. Me creerá una loca. No me importa; esto último, por usted. No
estoy mala, y estoy tan mala que me ahogo. Sin embargo, creo ahora ¡qué
rareza!... que no estoy tan mala ni tan loca como he estado hasta amanecer el
día de hoy. Parece que me alivia el que usted sepa ya mi mal y mi locura, y al
mismo tiempo me da miedo que lo sepa, porque yo estoy casi convencida de que en
estos días que lo ignoraba usted, en que Sarah no era para usted más que la
chiquilla triste y tonta que para todo el mundo, no me he tirado una noche al
mar por rabia de pensar que el barco seguiría sin mí y sin mi recuerdo y sin la
pena y el remordimiento en usted, siquiera, de haber sabido que por usted se
ahogaba una chiquilla rezando como una última oración: te adoro... te adoro...
te adoro... ¡y recoge tú el suspiro de mi alma!...
»Ahora,
no me tema. No volverá usted a verme. Le digo que soy casi feliz con sólo
haberle dicho que le adoro. Me estoy mirando a un espejo, y veo que no hay nada
en mí que no sea de usted... pero como usted ya lo sabe, parece que cada pedazo
de mi carne y de mi alma podrán ir muriéndose y dejándole la vida a su alma y a
su vida, para siempre, como en un
abrazo.
Si le estorba, si le enoja la chiquilla enamorada, no me tema; enferma para el
médico no volveré a salir del camarote; enferma, para usted, de cariño y de
vergüenza. Si no le enojo, dígamelo, escríbame por la camarera..., mande a la
que le adora, a la que le adora, a la que le
adora...
»Déjeme
decirlo una vez más, todavía... ¡a la que le adora!...SU ESCLAVA.»
Guardo el
pliego.
Me ha
invadido una emoción enorme.
Trato de
examinarme, y no puedo. Sobre la vibrante sacudida de mi ser, flota sólo una
idea fría y suelta, desprendida de todo lo demás:
«Sarah...
¡la chiquilla!», como Lucía, sería capaz, es capaz, ha escrito esta carta como
un artista escritor. ¿Es una artista?... ¡Oh, bah, a sus quince anos -¡ni con
sus veintitrés Lucía, en su inexperiencia!...
Sarah, y
Lucía, son dos mujeres de corazón, y el corazón escribe siempre en artista del
gran arte. Es sin duda que los grandes artistas lo son porque son siempre y
para todo lo ideal mujeres de corazón apasionado.
Y lo raro
es que la adquisición de esta verdad sobre la carta de Sarah, déjame tranquilo
en una tranquilidad de idiota que no sabe, que no sabrá resolver nada acerca de
ella.
Ni lo
intento, de sumo persuadido de mi torpeza.
Durante
un rato, veo el cordel de la corredera dando vueltas en las olas.
Alzo los
ojos y veo las pobres aves rojas de Colombo posadas en las crucetas, cansadas
de volar.
Voy,
llego a la borda, y miro el humo de un buque de dos palos que apenas se divisa
hacia el oeste. El sol brilla en el mar, casi redondo, de tan serena el agua,
como en un charco.
Diviso
dos mujeres, Conversan reclinadas en la borda de la cubierta de segunda. Una es
la dulce rubia, la pobre viuda; otra Lucía. La reconozco en su inconfundible
gentileza, a pesar de la distancia. Mi corazón (también lo tengo) díceme de un
golpe que Lucía, la amiga hermana, la mujer de corazón que tiene además tesoros
de bondad y de inteligencia, es la única que podrá darme un consejo de nobleza
y de bondad para esta otra pobre mujer niña que tiene nada más en su locura
vehemencia y corazón.
Bajo la
escala, cruzo la entrecubierta y subo al lado de Lucía.
Ella
advierte pronto mi preocupación, y deja a la rubia, alejándose conmigo,
paseando...
-¡Es de Sarah!
-la he advertido.
Al lado
de una ringlada de anchas trompas enhiestas de ventiladores, donde la cubierta
de segunda se estrecha con un servicio de grúas y de botes salvavidas plegados
y amarrados bajo manchas de aceite y polvo de carbón, nos detenemos.
Le doy la
carta. Antes que la lea, le cuento la escena del amanecer.
-Y bien,
¿qué piensa hacer? -pregúntame cuando ha leído, llena de una grave admiración
por la lectura.
-No lo
sé. En absoluto, no lo sé.
-¿Usted
la quiere?
-¡Ah,
Lucía... por Dios!... ¡una chicuela!... Además, yo... ¡una niña!... casarme,
pensar en casarme... ¡tengo acaso!...
-Sus
afectos.
-¡Es
posible!
Sonríe,
pero con una sonrisa triste. La he dicho una verdad, y no sabría contestarla si
me preguntara en dónde, en quién... Tal vez ella adivina esta misma vaguedad
mía.
-Bien,
Andrés. Hay tres modos de contestar a esta carta: dos honrados, sinceros; el
otro... disculpable al menos en su farsa... Usted puede escribirla y decirle
que tiene novia, en España, en Filipinas mejor; que le esperan para casarse...
-Sí, sí,
ese.
-No, no
-me corta-, el peor, el más cruel. Una mujer, una muchacha, no se hace cargo de
previos compromisos; y vería antes la rival... Y habría usted aumentado
inútilmente su martirio. El segundo sería hablarle sencillamente a su padre, si
usted creyese que Sarita podría llegar a ser su mujer algún día... Mas como no
lo piensa, no queda, por exclusión, sino
el más
falso, pero el más humano también y compasivo.
Calla, y
yo tiemblo ante esta mujer capaz quién sabe si de toda clase de indulgencias en
sus francas visiones de la vida. Tiemblo, porque su consejo siento que va a ser
la sentencia de Sarah, sea cual sea.
Maga
peregrina, adivinadora, como siempre, deshace mi confusión
-honrada,
dulce, firme, formidable en su bondad:
-Usted,
ya que no puede alzar a sus treinta años a esta niña que tiene, después de
todo, tesoros de ternura, debe, Andrés, bajar un poco a jugar con ella a los
chiquillos. No se mata, no, aunque usted la diga no te quiero: pero ¿a qué
tormentos, la infeliz, si tantos le guardan los años con esa madre y esa
alma?... ¡quién sabe si usted no le dará a su vida, toda pasión abierta a
usted, el asombro de altezas y delicadezas que no vio en su madre nunca... y
que sirviérala al fin para guiarla ennoblecida en respetos de sí propia!... Yo
creo que la primera página, en la historia emocional de una mujer, decide de su
suerte.
-¡Oh,
Lucía!
-Escríbala.
Dígale que quiere verla, que la adora. Que ha sufrido más que ella... Y que se
lo hubiera cien veces confesado, ante todo el mundo, sin el miedo de sus
padres... Dígale que esconda su pasión, que se escribirán los dos cada día...;
y luego, al término del viaje, ellos a su capital, usted... a otra; algunas
cartas más, con tierra al medio... Y acabó el idilio; teniendo la chiquilla su
ilusión calmada y un montoncillo de pliegos color rosa por noble devocionario
inolvidable del amor... ¿No, mi amigo?
-¡Oh, mi
amiga! -exclamo oprimiendo con mi alma entera, en mis manos, la suya al
entregarme la carta.
Y hay una
sonrisa y un grande y valiente mirar de sus ojos nobles... que yo no diera por
todos los besos de todas las mujeres del Reus.
- XVIII -
En verdad
que se ha animado el barco, con la fiesta. A la mesa se habla siempre de música
y teatro, y empiezan los ensayos en cuanto anochece. Siendo mi cargo el de
director de escena, aquí en la saleta de señoras, Sarah no me deja bajar al
comedor, ni aun cuando ella canta
-teniendo
que atender a ambas secciones -su Seade melancolique:
Ma
fenétre, helas, est fermée,
et ne
s'ouvrira que pour lui...
pourquo ne t'emue point ma tendresse?
elle-est
si grande, mon chéri!...
Bien aimé
ne t-en
fuis!
En
cambio, de que Lucía termina abajo su aria Il riso, y sube a vernos, Sarah, mi
novia... ¡mi novia! háceme salir. ¡Oh, tirana microscópica!
Aquí
estoy, fuera, temeroso más que obediente a sus gestos. Me aterra la histérica
muchacha. Sería capaz de delatarle a Alberto toda su fantasmagoría celosa. Es
el único peligro que tendré que conjurar: yo no puedo renunciar a mi amistad
con Lucía. Domaré a la fierecilla.
En sólo
veinticuatro horas, resuelta, antes que por mi deseo expreso, por su antojo, al
secreto de nuestro amor, ha sabido encontrar el modo de escribirme cinco
esquelas, de hablarme, de tutearme lanzándome un «¡te adoro!» en el cruce de un
pasillo, de estrecharme la mano contra su corazón... Y vive Dios que encima de
él, ingenua o hábil, debajo de su blusa de chiquilla, supo también hacerme
instantánea advertir elástica blandura cual dulce y no dudosa fe de bautismo de
sus diez y seis años.
¡Ah,
Sarah! Es una actriz nerviosa, punzante, harto expresiva.
Anoche, a
pretexto de ensayar en carácter su dama del Chateaux Margaux, desapareció de la
mesa y se nos presentó luego vestida de mujer, con un traje de su madre. Fue un
triunfo. Yo mismo la desconocí con su peinado alto, con sus botas de tacón, con
su talle mórbidamente moldeado en el corsé. Fue admirable cómo nos pareció a
todos más alta, tan alta como cualquier señorita de regular estatura..., más
alta que Charo... fue admirable la suelta coquetería con que manejó la falda...
Y Charo, al fin, corrida un poco de que la bebé de trece años llenase mejor que
ella el vestido, le prohibió terminantemente volver a ponérselo... hasta la
fiesta, si acaso... ¡Qué importaba! Ya Sarita había podido sonreírme,
triunfadora de la prueba solemne y terminante que me daba de no estar siendo
una muñeca sino «por capricho de mamá»...
-¡Bravo!
¡bravo... condesita! -habíala saludado también en dama el capitán, entrando a
última hora.
Hoy ha
vuelto a su melena a la espalda, a su floja blusa de niña, a sus reíres
aturdidos de alegría infantil que no habíamosla escuchado desde el principio
del viaje. Está contenta. Luce y vuela sus ropas de martirio con el callado
triunfo gozoso y casi perverso de saber que sé que dentro tiene un cuerpo de
esbelteces y elegancias... No la inquietan, pues, estas sobrias y castas
plegaduras de túnica de ángel, de peplo, con que cae su traje, ni la morena y
pálida enjutez bella de su cara engañadora.
Y a mí,
en cambio, me inquieta toda esta diestra osadía con tanto de rebelde, de
pérfidamente violento, de misterioso... porque dudo de si me será posible hacer
recibir a tal indómita vida concentrada, ardiendo sólo en sus instintos, la
benéfica influencia de calmas y delicadezas
recomendada
por Lucía. Tal vez ésta se engañó. Al menos, el papel de educador de alma que
me ha conferido, es superior a mis fuerzas... Mi última carta a Sarah, de esta
tarde, ha sido insípida, llena de vulgaridades, por cumplir, en rápida renuncia
del afán de noble dominador
con que
llené ayer mismo para ella dos pliegos -en desorientada respuesta a su 1arga
esquela última, tan viva de voluptuosidad, de carnal voluptuosidad, más
encerrada en la intención y el sentimiento que en el valor mismo de las frases,
que la rompí, por no tener que mostrarle con
ella a
Lucía mi derrota.
¡Claro
está que lo mismo le oculté el encuentro del pasillo!... Pero mi empeño
persiste. No es por Sarah, es por Lucía, que ha puesto en mí para la muchacha
una empresa digna de Lucía. El fracaso hubiera de humillarme ante la alta amiga
que también lo juzgó digno de mí.
Medito,
vuelto al mar. Es la borda el eterno balcón de todas nuestras preocupaciones.
El pasaje está repartido entre el comedor y la saleta, en cuyas abiertas
ventanas se agolpan los que no caben. Me llega al oído el recitado de Sarah...
de mi novia... (¡oh, no me acostumbro!... ), en diálogo que Enrique no lleva
mal. Abajo, por las mangueras del comedor,
suena el
violín del relojero.
Distráenme
las fosforescencias del mar. Son de llama, son de plata encendida en cuanto se
las hiere, estas aguas del golfo de Bengala. -Pero noto que ha cambiado al
gallego la voz que dialoga con Sarita, y veo a Enrique, que se acerca:
-Director,
¿y Aurora?... ¿la ha visto?
-No,
querido. Yo no la dirijo.
-Sí, por
eso; porque no tiene ella papel ni dirección en estas direcciones. ¿Dónde
está?... ¿Ha visto usted al capitán?...
-Tampoco.
Hace un
ademán de querer partir escapado. Se detiene.
-¡Bien,
bah! ¡que los zurzan! -dice invitándome a un cigarro.
Y tan
pronto como le doy fuego, se apoya junto a mí, y prosigue:
-Ese
Pascual está ahí hecho un asno... Hay novedades, ¿sabe?... Pues, sí, más valía
que buscase a su señora el bueno de Pascual.
Chupa.
Suelta el humo. Cerciórase alrededor de que nadie nos escucha, y sonriese
maligno:
-¡Hay
novedades!... Pero novedades, ¡qué diablo!... ¿Dónde estuvo usted ayer, y hoy
todo el día, que no hemos podido echar un párrafo?... Paréceme... que vais
chalando a Lucía...
-¡Ah,
Enrique, por favor! -le suplico...
-Bueno,
bueno, sí... merece la reserva. ¿Ve?... inconvenientes de picar tan alto... ¡yo
nada digo!... ¡Pues, sí... en cambio!... ¡qué caramba, Andrés... de estas cosas
la mitad es que lo sepan los amigos!... se convenció... se convenció la dulce
pescadera... Camarote 15,
anteanoche,
caro.
-¡Demonio!
-Y es una
bestia, Andrés: ni siente ni padece... ¡vale que me importa un pito!...
mejor... Hasta el alba... fue de ver. Ya sabe que ella tiene el camarote
también en el pasillo... el 18. Todo convenido. Todo bien. Mi compaña al
matrimonio, hasta el de ella, a las once...; quédase; ¡adiós, que ustedes
duerman!...; Pascual y yo, al nuestro. A las once y media, Pascual roncando...
a pleno órgano. Yo que salgo, yo que me cuelo en el 15..., y ya mi Aurora, a
quien di el llavín, en el tálamo dorado... esperándome, desde las once y diez,
sin más que fingir con las señoras del suyo haber bajado por un pañuelo... si
es que las halló despiertas. ¡Y éste es el primer capítulo, la primera entrega
de la historia!
-Bravo,
bravo... mi húsar vencedor... Buscaba sin duda ahora la segunda entrega...
-¡No!...
fue lo gracioso... la segunda, anoche, que si segunda con respecto a la mía,
quién sabe la cuántas para... para... En fin, Andrés, un horror... ¡una
chai!... ya se lo dije....: yo también, si no fuese mirando a que es... tan
pescadera... Sólo que viene mejor callarse. ¿Qué
más
da?... Anoche, anoche... Verá usted: estábamos esta mañana sentados allí los
tres: Aurora, Pascual y yo...; de pronto aparece por la puerta esa Rosario del
teniente... esa señora gorda...
-Bola de
sebo.
-Bola de
sebo, es verdad..., que es compañera de camarote de Aurora.
Creyó
ésta, por lo mismo que nunca se reúne con ellas, y por si acaso, que debía
decirle cualquier amabilidad, y la saludó sonriendo: «Muy buenas,
Rosario!...
¡qué calor! ¿ha visto?»... «¡Sí, qué calor!... es ahogarse
-contestó
bola de sebo-; bien hizo usted anoche en no bajar hasta el día».
-¡Cuadro!...
-«¡Cómo, hasta el día?» -inquirió cuernos en alto el marido, tan pronto como
pasó la otra y viendo turbarse a la señora... Por suerte, impulsivo, más
sereno, yo acorrí: «¡Oh, hasta el día!..., ¡pobre tenienta... se duerme con las
gallinas de la jaula!... cuando bajamos a las once se le debe figurar que sale
el sol!»... -Mi observación pareció bastarle al minotauro, que hizo un «¡ah!»
tragando saliva... Mas he aquí que cuando ya, satisfecho de mi maña, recibía la
gratitud de la mirada de Aurora, caigo en la cuenta ¡rediós!... de que mi noche
con ella no había sido anoche, sino anteanoche...; y como no había que soñar
que Pascual hubiese sido el agraciado... ¡zás, un rayo!... bajo, tomo la
horquilla, la famosa horquilla subo otra vez y se la presento: «Perdón, había
olvidado que la otra tarde, Aurora, encontré y guardé esta horquilla de
usted»...
-¿Y lo
era?
-¡Oh,
Andrés!... «Gracias -me replicó tomándola-, precisamente estaba loca de
buscarla, por no poderme poner la compañera»... Le digo a usted que, si como
está Pascual delante, no está Pascual -lo que él dice-, le suelto una trompada.
¡Grandísima... raposa!
-¡Hola!...
¡ella, la del capitán!...
-¡Gran
zorro, también... camarote 16... Y mucho aparentar que no le tiene con cuidado
que hablemos... ¡tapándole!... Por supuesto, que yo le largo a ella la
trompada, por Pascual, antes de Manila... Así como así, mejor... ¡dos
engañados! ¡ésta tiene para veinte!... Nuestro viejo capitán no se pensaría que
yo iba a llegar a mayores... La torna como yo ¡de
viaje!
-Señorito
-nos interrumpe un mozo-, que vaya usted, de parte de la señorita Pura, que va
a ensayar. Parto en cumplimiento de mis artísticos deberes. Esta Pura es torpe
y sosa de verdad. Antes de alejarme, me dice Enrique:
-Fíjese,
luego, cuando suba la interfecta... si no están ahora de 16 y vuelven a
perdérsele... ¡Tiene puestas las horquillas con toda la gracia del mundo!
Efectivamente,
las tiene, muy requete peinada, aquí mirando el ensayo en un diván, entre Charo
y las simples y borrosas y angélicas hijas del coronel. No estaba, pues, de 16.
Los celos, de mi loco amigo son un poco injustos. Es ella ahora la que me pregunta
por el húsar... En tanto, Sarita, cambiándome una rapidísima mirada, en que me
da, con toda su pasión, todas las seguridades de su sagacidad increíble para
esquivarla de las gentes, cesa de hacer un papel que está haciendo para que lo
aprenda la andaluza, y viene a mí cándidamente, echándose atrás la negra melena
lanosa con ambas manos, vuelta niña:
-¡Usted,
señor Serván! Yo dirigía en su ausencia.
-¡Vaya!
¡si es usted una profesora! -reclama Pura bobamente.
-¡Cuando
no está el profesor! -replica la cubanita con una humildad llena de gracia,
yendo a sentarse junto a Lucía.
Tomo el
libreto. Frente a la mesa tengo a Pura y el teniente.
Prefiero
apuntar, por darle siquiera a la detestable actriz el tono. En ademanes no hay
que pensar. Sus brazos son cosa muerta. Quiere abanico, por tener algo entre
las manos, y se lo dejaré, aunque la escena finge un frío con chimenea de mil
diantre... Únicamente cuando se acerca al maridito, al tenientito, para hacerle
mimos, cobra una sindéresis y una verdad extrañas...
-¡Así!
Así... ¡bravo!... ¿no ve usted? -la aplauden en uno de esos
momentos.
-¡Si no
hay más que ser natural! ¡Como si fuera cierto que usted se muere por besarle!
Esta
observación de don Lacio hace sonreír a todos, incluso al tenientito, que abre
los brazos replicando... «Bien, venga el beso... déjame estudiar»... Yo veo,
sin embargo, detrás de ellos, una figura torva: el relojero... Ha subido, al
concluir abajo la música, y está en
otro
diván del fondo, junto a la joven filipina.
-«¡Pepito!»
-«¡Qué!»
-«¡Pepitoóo!»
-«¡Qué,
mujer!»
-«¡Tú no
me quieres, Pepito!»
-«¡Mucho,
mujer... más que a mis ojos!»
Igual que
en tantas comedias, se juega en ésta, debajo, otra de realidad. ¿Por quién han
empezado los celos? ¿Son las miraditas aquellas de la india al violinista en el
piano..., las miraditas del violinista a los claros diamantes de la india, en
comparación (y repeso de posibles bodas) con las pobres amatistas de a diez
pesetas de la novia..., o son en la linda novia despertadas preferencias al
salado y desdeñoso tenientín de cazadores?
Probablemente
todo junto, sin que los mismos interesados puedan ya
darse
cuenta más que de sus mudas rabias...
-«¡Pepito!»
-«Qué.»
-«¡Nada,
Pepito... ya debías figurártelo... que quiero un beso!»
-«Bueno,
mujer... otro...; es que tengo que estudiar...»
-«Pues no
haberse casado...; pues no haberse escapado conmigo...
¡Jí...
jí...!»
-«Bueno,
mujer... allá voy... No llores. ¡Toma!...»
Y esta
vez, yo creo que se lo planta en la oreja, el truchimán del teniente, -según
está Pura fingiendo llorar de bruces contra el velador.
Yo no lo
he visto, porque ha tenido el actor buen cuidado de volverse hacia la sala...
pero lo han visto, han debido verlo aquellos dos de atrás, a juzgar por su
impresión: el relojero se ha levantado y ha salido de la saleta, bufando; la
filipina ha abierto el abanico delante de la cara, y ríe, o no sé qué.
El
público aplaude.
-¡Bravo!
¡bravo!
Continúa
el ensayo.
- XIX -
Esto ya
ni es barco, ni ir por la Indochina, ni más que un patio de conferencias que
igual podría estar en el Congreso hirviendo comentarios...
La
francesa tiene la culpa de la sorda tempestad que llevamos dentro, sobre el mar
sereno. Despierto el pasaje más temprano, por la campanilla del sacris, para la
misa de domingo, yo, en vista de que la Noche-buena se acerca, había propuesto
a mi sección dramática un ensayito antes de almorzar. En la saleta, rebosante
de matinales alegrías, prodújose de pronto un movimiento de estupor: la
francesa entraba... ¡la francesa, con una humilde vieja que le tiene para su
servicio el indio! La francesa, con uno de sus más llamativos trajes de sedas y
de blondas, ¡llena además de brillantes!... El estupor tradújose en protesta, y
aunque siguió el
ensayo,
fueron desfilando las damas y apenas si entre las del público quedó otra, con
la intrusa y con la vieja, que Lucía, hasta el final.
Lucía,
sí, permaneció..., enfrente, en su diván, indiferente a la pintada y llamativa
mujer de escándalo, con la cual, y contra lo que pensábamos de los miramientos
del indio a su hija y a la tiesa miss, la miss y el indio han formado grupo.
Y al
salir..., al volverse madama hacia su cámara, acompañada del indio... ¡oh, esto
es un huracán de indignaciones!... Por lo pronto hallo un corro de hombres, en
que todos los de nuestro pasaje se agolpan, oyendo acaloradamente discutir a
Alberto contra Enrique y el tenientito de cazadores. A gritos. Las rígidas
intransigencias de Alberto irritan y extreman también las respuestas de los
otros. Sostiene el uno en redondo, así, que no ya entre las señoras, que tú en
el barco debían admitirse mujeres de esta laya. Forman raza aparte... aparte de
la sociedad. Pues, allá ellas: si quieren venir a Filipinas, que se formen una
línea regular
de
navegación de... niñas, o que se vengan nadando! -Contéstanle que...
Nada de
sociedad aparte, ni de razas... desde el punto en que el gobierno las regula y
las hace pagar contribución. Un oficio, como otros. Llevan su dinero, ganado
legalmente, y no hay Compañía que pueda negarles el billete, como se lo negaría
a un ladrón... Y luego allá privadamente cada uno con su moralidad de su capa
un sayo... No tienen los Gobiernos que ver con sus moralidades, sino con
conveniencias: el ladrón no le conviene a las gentes, y lo suprime; la ramera
sí... base social... Alguien lo ha escrito y lo ha leído el húsar: la
prostitución es la salvaguardia de las familias. Alberto, vivo, replica:
-Justo, porque ellas no son familia; ¡a su vez... las rameras! -Pues si lo son,
recoge el tenientito -mal se hace en creerlas raza aparte! Pues si no lo son
-chilla Alberto -vean ustedes que son ustedes los que las creen ahora de otra
raza!...- ¡Cómo! yo no digo... -¡Es usted! -¡Yo no soy!...
Gritan,
gritan, liados... no se entienden. Yo me alejo, pensando que ninguno y los tres
tienen razón -admirado una vez más de cómo una polémica mal puesta, frente a
los absurdos criterios hechos de la moral antigua y del pretendido
«indiferentismo positivo y práctico» moderno de los Gobiernos, de los Estados,
tortura a la lógica. Es el mismo embrollo que
vi cien
veces en el casino de mi pueblo; la misma rabiosa escaramuza de que salían
exasperados e igualmente vencidos, sin confesión, los rivales, roncos de
gritar, diciéndose sin duda cada uno para sí, camino de su casa: ciertas cosas
no cabe razonarlas, cada cual su ley en paz!... -Sin perjuicio de volver a la
carga al día siguiente.
Veo, en
cambio, otro gran grupo de señoras hacia la proa, en discreto cónclave de
pudores alarmados. Como éste de los hombres ha venido a discutir con libertad
aquí junto a los ventiladores, al dirigirme a aquél, picado de curiosidad,
tengo que pasar de nuevo ante la saleta..., y frente a ella, en la borda,
disimulando con el libreto de Chateau Margaux en la mano, veo a Sarah, que me
llama con seña imperceptible.
-¡Hola,
Sarah! -le digo.
Y luego,
bajo:
-Adiós,
vidita. ¿Qué haces?
-Te
espero.
-Hoy no
te he escrito, ¿sabes?...
-¡Bah,
qué tontería!... a mí me gusta oírte. Hablaremos por las noches. ¿Quieres,
Andrés?
-¡Oh!...
¡cómo!... ¡dónde!...
-Mira,
fíjate... -dice mostrándome Chateau Margaux, con tal naturalidad que yo me fijo
en el verso que marca con la uña. Y ella añade, en el mismo acento, sin alzar
la vista de la página. -No; es por si nos miran. Digo que te fijes... ahí
enfrente..., en ese hueco que está entre la saleta y la lampistería.
Me fijo,
mientras ella finge con sonrisa y ademanes de enterada leer el verso. Es
admirable, es casi monstruosa la cantidad de disimulo que cabe en la chiquilla.
Confirmarlo, una vez más, me tranquiliza y me espanta.
-¿Ves?
-prosigue dándome con hábil descripción indicaciones, ya que no puede con la
mano ni los ojos-: por el lado acá lo cierra ese torno de grúa, por el lado
allá, cuerdas... Ahí cae una pequeña ventana de la saleta, la del testero;
entra luego y la verás... Y la lampistería, desde
el
anochecer, la cierran y no vuelve nadie... Tú, a las once, cuando ya la gente
se duerme por los canapés, a pretexto del ruido, del aire, de dormir más solo
en la cubierta, puedes traerte ahí dentro el tuyo... Podemos hablar más de una
hora, hasta que mi madre baja.
-¡Ah,
Sarah!... ¡tú ahí!... ¡si nos viesen!
-¡Quita,
tonto! -continúa volviendo una hoja. Desde luego, nadie te verá: a esa hora no
se ocupan más que de estar tendidos; y si te viesen, ya tienes las disculpas.
-Pero,
alma; ¿y tú?
-¿Yo?...
-exclama mirándome un instante. Y con la vista en el libreto otra vez, añade en
su son de rezo-: Toma, ¡qué tonto! A mí menos me verán.
Repáralo
después: el ventanillo, con un cristal que no se corre, tiene encima y debajo
dos tablas de persiana, para la ventilación; por estas hablamos, por el cristal
nos vemos; da la luz precisamente del farol de la lampistería..., a mí me gusta
verte ¿sabes?...; y está todo eso tan bajo, que tú podrás estar echado, fuera,
y yo también, dentro, en el diván de la saleta... En cuanto concluimos el
ensayo apagan y la cierran, pero sin llave... ¿sabes?...
Me
aturde. Quiero disuadirla. Quiero replicar... encuentro un argumento:
-¡Pero si
eso es tan chico que no coge el canapé!
Rápida,
responde:
-Coge.
Está visto. Y sobra. ¿No ves que pueden entrar y salir con la percha de las
linternas, que es más grande, por el otro lado?... Adiós, vete. ¡Hasta la
noche!
-¡Adiós,
hasta la noche! -replico alejándome como un autómata.
No
comprendo por qué me domina así... ¡la chiquilla! Me traigo un poco la sombra
de sus ojos, en un rencor, en una honda caricia erótica de oculto fuego... como
un remordimiento anticipado...
Por lo
menos, pláceme, de la singular entrevista, el que no me haya hablado de Lucía.
Lo temí, al llamarme. La carta mía esta mañana iba entera dedicada a
convencerla (evitando nombres, naturalmente), de que nuestras relaciones, para
que no sean descubiertas, no deben inducir cambio alguno en mis hábitos de a
bordo. Accede, puesto que calla. Puedo en trueque complacerla...; mas no sin el
enojo de que, de cosa en cosa, esta chicuela me vaya así imponiendo sus
caprichos, distanciando por minutos nuestro trato, más cada vez, de aquel
dominio mío de purezas proyectado.
¡Cómo le
diré a Lucía tampoco estas citas! Afortunadamente no está, en el corro de
señoras. Ha sabido digna y piadosa restarse, como de los cuadros lamentables
del mareo. Tiene el perfecto instinto de lo noble.
Me
acerco. Me siento, no incompatible -puesto que está el comandante junto a
Charo, y Pascual con su mujer.Pero me limito a escuchar.
Por lo
demás, no me hacen caso. Hállanse harto unánime y sofocadamente alarmadas por
símismas. Pura, las hijas y la mujer del coronel, escuchan. La madre de Pura,
Charo, Aurora y el comandante, llevan la voz.
Dice
Charo, con un acento en que no puede borrarse a pesar de ella la sonrisa de su
qué se me da a mí del Universo:
-Y luego,
parece que han tratado de humillarnos con sus joyas. Más le tiene que a su
hija. ¡Él es un desahogado de lo que anda poco!
-No,
condesa -replica el comandante-, ¡es que no tiene sentido común!
-¡Ni
vergüenza!
-¡Ni
vergüenza!
-¡Vaya,
que ponerse a hablarla delante de la hija... y de todos!
-insiste
el comandante, afirmado en las dos apoyaturas de la mamá de Pura y de la mujer
de Pascual.
Y ésta,
agrega:
-¡Ya ve
usted, aquí en una cáscara de nuez donde todos venimos en familia!... Desde
luego hicimos mal en no quejarnos de dejarla oír la misa entre nosotras.
-¡Eso!
-¡Justo!
-Bueno,
pero la misa -intercede Charo- ¡en misa no es igual!
-¡Es
verdad! -conviene Aurora, siempre al tono de la condesa.- ¡La misa no se le
niega a nadie!
-¡Bah,
señoras, por Dios! ¿y el ejemplo? ¿y nuestras hijas? -arguye la mamá de Pura
más independiente-; ¿y quieren decirme, además, qué misa de mi vida una mujer
así?
Miro, en
este momento, sin escuchar el largo discurso que el comandante empieza, bajando
un poco la voz; el tenientito, harto de discusión sin duda en el otro corro,
llega en amor y compaña de Pura -y se sientan solos en un banco, juntos,
hablándose amarteladamente. Ya me pareció a mí que el relojero en la disputa
aprobaba a Alberto por el tenientito... Recóbrale éste la novia, a no dudar.-
Luego, sin entender al comandante, que me da la espalda, sigo el efecto de su
plática en los grandes ojos serios y en la cara impávida, grave, de esta otra
jueza del tribunal de la opinión que se llama Aurora.
-¡Sí, sí,
por escrito! -la oigo exclamar definitiva cuando acaba el comandante-. Tiene
más fuerza la protesta por escrito, al capitán, que volverá a encerrarla... Y a
él... ¡yo la primera la firmo!
Y como el
capitán acaba de aparecer en la cubierta, Aurora, con una decisión y una
actitud de romana, se levanta, se le acerca, y pide -sobre el silencio general:
-¡Capitán!...
En nombre del pasaje de primera, ruego a usted que le ponga una corrección a
esa mujer francesa que ha osado subir aquí!... ¡En nombre de todos! ¡Yo lo
espero!
¡Ah,
debilidad!... La buena pescadera no ha sabido evitarse, hacia el final, la
sonrisilla de su íntima y orgullosa influencia sobre el capitán... que ha
sonreído también, haciendo sonreír a todos.
-¡Se la
amonestará, se la amonestará, señoras! -dice el capitán con su indulgente y
poderosa autoridad de rey.
Luego, ha
seguido hacia el puente, adonde iba; y Aurora, con su arrogancia, feliz y
pomposa de haber podido servir ella sola como una protesta llena de firmas, va
a sentarse al lado de la condesa de Fuentefiel, que la felicita amiga y
calurosamente estrechándola ambas manos.
Terminado
el incidente.
Surge a
continuación una charla candidísima acerca de las pobres aves rojas que van
hambrientas en los palos... las palabras, las sonrisas cobran una infantilidad
toda nimia y toda santa... como en el susto aún y la reacción de la racha de
impureza que ha pasado con madama por esta limpia cubierta de blancas
redecillas y de caobas y brillantes tiradores de metal...
Pero
Alberto viene, con el coronel -todavía rojo y jadeante de su lucha. Preséntale
la condesa a Aurora, como embajadora heroica que acaba de obtener del capitán
la satisfacción oportuna; y ambos, en paladines también de la moral, la
estrechan la mano efusivamente.
Ella
recibe el homenaje severa y dulce, con su inmóvil faz en sonrisa y sus grandes
ojos hacia el suelo... Es una actitud de magnánima emperatriz cuya realidad,
cuya profunda sinceridad me admira; cuya serena verdad admira a Pascual
contaminándola de orgullo... Contémplala el
Ex
conserje pasmado, adorando sorprendido con sus ojos francos de buey este
prestigio y esta rígida estampa de virtud que se le muestra y que
conságranle
las demás señoras y señores a... su señora. Yo podría jurar que en tal instante
de señorial triunfo consorte, da por bien llevada hasta su abstinencia,
Pascual.
Más. Yo
podría jurar -y asómbrame en ello la perspicacia de Enrique- que tengo delante,
en Aurora el símbolo de toda una forma singular de prostitución menos rara de
lo que podría creerse. Vibra toda, ahora, esta hermosa y estupidísima hembra,
de un placer de vanidades recóndito e inmenso... Sus provocaciones, sus
descaros, el don insensible de su carne al viejo senador de la historia y al
capitán y al húsar... Y a tantos que Dios sepa, son para esto, nada más...,
para lograr categoría, para introducirse y estar entre los categorizados bajo
no importa que equívoca bandera protectora... Sí, equívoca, ¡qué importa!... Y
así se la acepta aquí..., incluso por la inocente mujer del coronel... ¡El
equívoco tiene una gracia infinitamente perdonable... casi amable, casi
afable!... Yo podría jurar, aún, que esta mujer que se ha dado al capitán y al
húsar porque cada cual por su estilo son a bordo verdaderos personajes..., no
se
daría ni
por todas las lisonjas del mundo al relojero! -¡Ah, Pura, Aurora, bestias tan
hermosas... qué de enormes diferencias a poco que se ahonde en vuestra aparente
igualdad!
Pero se
acerca don Lacio, detiénese y escucha el nuevo flujo de irritaciones contra el
indio, contra la francesa «llena tan insolentemente de brillantes»..., y su
simple presencia, que ya ha bastado para amenguar la indignación en todos,
menos en su saladísima condesa, que sigue entre agrios y chanzas los dicterios,
acaba con los catonismos festivamente cuando se le ve tender un brazo, solemne,
exclamando:
-¡Basta!
Se cumple la justicia. Allá, frente a esta cubierta, al indio, a la francesa,
bajo el pantalón, alta la falda, amarrados de popa hacia nosotros, en pública
reparación y, por orada superior, se les están dando cien azotes. ¡Pueden ir a
verlo!
Una
carcajada y un cosquilloso chillar de las señoras echa estruendosamente a rodar
las frágiles severidades.
Y yo río
también, pensando si no vale más tomar a risa el mundo... a lo condesa..., a lo
don Lacio...
- XX -
-¿Me
quieres?
-Mucho.
-¿Cuánto?
-Como...
desde aquí a Barcelona.
-¡Bah! Yo
a ti, como... desde aquí a Barcelona dándole seis vueltas al mundo. ¿Cuántas
veces piensas en mí al día?
-Muchas.
¿Y tú?
-Una.
-¡Oh!
-Sí, no
interrumpida, dormida y despierta. Sueño contigo. Si vieses anoche, ¡qué sueño!
-Cuenta.
-¡Cá!
¡imposible!... ¡loco el sueño!
Alza los
ojos en una traviesa evocación. Coqueta, espera mi curiosidad -que yo domino.
Temo sus escapadas de anoche a lo osado (con que en ésta empieza) en el diálogo
que quise eterizarle de alma... La veo tras el cristal, alumbrada por el
reflector de aceite de la lampistería.
El sitio
es toda una elección de experta, como cuanto piensa, como cuanto dice -dándose
el caso de parecer yo el inocente conducido por sus mañas.
Tumbado
en el canapé, sin más que retrepar un poco la cabeza al respaldo; tumbada o
sentada ella en el diván del interior, hablamos por las dos listas de persiana,
viéndonos por el vidrio desde las narices.
Menos mal
que he comprobado que el vidrio no se puede descorrer; es un ventanillo poco
más grande que el del fondo de los coches, donde encuádrase la faz de Sarah
como un vivo retrato fantástico.
La veo
languidecer de su emoción dichosa y dejar pegada al vidrio la mejilla. En
seguida, vuelve la boca y aplasta sus labios al cristal...
Es un
beso... son largos besos mirándonos... Así se me despidió anoche también.
-¿Ves?...
-díceme luego- ¡A través del cristal, ¡sin romperlo ni mancharlo!
Y
suspira.
Pide más
-liberada de impurezas con el catecismal recuerdo. Yo consiento. Juego nuevo
-besos nuevos que tienen una infantil travesura digna de una excitadora
exquisita. ¿Cómo no confesar que me marean?... El vidrio se entibiece entre las
bocas mientras los ojos se clavan..., parece que tocan en él, los labios, otros
labios entregados y prohibidos... que tocan en su tersura marfil de dientes...
Pero una
vez, cuando ella aguarda con los rojos labios en capullo, ávidamente pegados al
plano diáfano, tras de haberlo limpiado los dos del velo de aliento que acaba
siempre anublándolo, al ir a acercarme retírase lenta y queda sólo en el
cristal el pico agudo de la lengua, más roja que los labios...
-¡Ah!...
¡Sarah!!
Un
desencanto indifinible se apodera de mí, haciéndome abatir al respaldo la
cabeza. Una ilusión, nacida apenas, ha muerto: la de este juego que me estaba
al menos pareciendo el de la espontaneidad de los instintos en una vida
salvajemente virgínea...; y han roto mi encanto la voluptuosidad aprendida...,
lo artificioso, lo perverso, lo monstruoso en una niña de falda corta...
Ella toma
mi esquivez por un desfallecimiento de dulzores, y bajando a la persiana, me
habla. El ruido del agua, del barco, se confunde con el soplo de su voz. Yo no
sé lo que me dice, y la corto al fin:
-Tú...
Sarita... ¿has besado muchas veces?
-¡Oh!
¡yo!! -respóndeme enojada, al exabrupto.
Sorprendida
de la pregunta -enojada y sorprendida más, acaso, del diminutivo del nombre que
he vuelto a darla en una rabia.
Y en otra
rabia, en otra inverosímil e histérica violencia irritada, dulce sin embargo su
irritación, como resarcida de antemano por el daño que va a hacerme, como
contenta si no ¡yo qué sé!... de darme un argumento contra su puerilidad... me
arroja:
-Pues,
sí... ¡he besado!... tú podrás creerme siempre una
chiquilla...
¡Sarita!
Enmudece,
y una exasperada curiosidad me invade por esta alma extraña; le pregunto y...
pónese a referirme en dulce tono, que tiene fierezas mal ocultas en el gesto
humilde por hacerse perdonar, una historia cínica. Miro casi espantado sus ojos
inclinados, caídos al borde
del
vidrio mientras cuenta... fue hace un año. Al salir de Cuba. Un francés -dueño
de un ingenio inmediato a la finca donde vivían ella y su madre, en tanto el
padre en Madrid. Observaba Sarah que miraba él desde el balcón de su casa, con
gemelos. Además, era visita. Cuando iba a verlas el francés, frecuentemente, la
madre, obstinada sin cesar en seguir
tratándola
como muchacha por no vestirla de largo, la echaba de la sala..., y ella
marchábase a esperarle al jardín... Así, poco a poco, se fueron encontrando...
se hablaron... se besaron...
-Besos al
pasar -concluye Sarah-; porque mamá no quería que yo quisiese al francés, que
era un hombre como tú, de treinta años... Y además porque... porque... ¡yo no
sé!... ¡él iba siempre en las siestas!... porque tendría celos...
-¡Tu
madre!
-...¡Sí,
yo creo que aquel francés era el «novio» de mamá!
Este
final, me aturde más que si la hubiera oído que se dio al francés ella misma.
No he visto tal afable carencia de sentido moral en nadie.
-Sí, lo
creo -insiste-, ¡mamá me odia desde entonces!... ¡si tú supieses cuánto sufro!
Múdame el
asombro en rápida piedad el asomo de dolor. La desgracia de la niña sin
ternuras, con esta condesa arlequina, háceme pensar cuánto en su vida pasional
concentrada podría una dulce dirección haber creado una alma hermosa. La figura
del padre se me aparece en su perpetuo sarcasmo de burla, como la de un
vencido..., como la de un vencido por la idiotez de
Charo. Es
la niña con quien hablo un híbrido engendro monstruoso..., sí, sí,
decididamente monstruoso -del gran corazón de don José y de la nunca bien reída
muñeca con medias escarlata... Y cae en mi mente con plena imposición el
tremendo error de los hombres que desdeñan y aun condenan toda intelectualidad
en la mujer, en las madres que han de darles a sus hijos herencias de educación
bien fatales. ¡Cuánta razón siempre Lucía!
Sólo que
está Sarah demás hecha a su desgracia para que puedan inquietarla sus dolores,
y plácida, contenta, diríase, de la oportunidad de confianzas lascivas en que
la ha lanzado la confesión del francés, díceme volviendo a nuestros besos:
-Díme,
Andrés... ¿y por qué me preguntabas eso?... Ya ves, a ti ¡por el cristal!... Se
conoce que eres listo.
Sonríe en
la sombra. Mi curiosidad se cruza del afán de recorrer la extensión de arrestos
de este espíritu, al que no podrán llevarle ya los más feroces diletantismos
del mío ninguna perversión.
Doy por
sabida de ella mi respuesta, e interrogo, nada más, sencillamente:
-Oye...
¿no hicisteis el francés y tú... más que besaros?
-¡Oh!
¡Qué me
oyó!
Brusca,
se ha separado del cristal, en el ímpetu que fulminan su boca, sus ojos. Ha
sido tremendo el efecto. Llora. La veo casi perderse en las tinieblas,
agobiarse sobre el blanco pañolillo que sus manos alzan...
Y veo por
último acercarse al vidrio el pañuelo delante de sus ojos, mientras se lamenta
herida:
-¡Oh!
¡Andrés!... ¡tú no me quieres!... ¿Por qué, di, entonces, me lo has dicho? ¿Por
qué subiste aquella mañana a buscarme?... ¿te llamaba yo?
¡Pudiste
haberme dejado en paz con mi pena... y no para decirme ahora eso... eso!...
¡como a una sinvergüenza!!
Llora
más, agitada de sollozos, sin mirarme... Siento remordimientos y empiezo una
sentida arenga de idealismos, entre disculpas y protestas, gozoso de haber
tocado un átomo de alma bajo la concreción horrible de indiferencias rotas de
un mazazo. Mas, cuando mi fe se inflama en su silencio, juzgándolo dominio mío
logrado al fin; cuando mi discurso va llegando casi a una sentimental
elocuencia, la faz de Sarah reaparece sonriente en el cristal, y escucho:
.
-¡Comprendo que hubieses pensado eso por ti, porque te adoro! ¡te adoro!...
¡Ah, qué listo tú!.. pero al francés... y mira, te voy a decir una cosa que se
me ocurrió esta mañana. Verás. Como me gusta hablarte viéndote los ojos, y como
con tanta gente en la cubierta tú no podrías entrar sin peligro aquí (donde
además estaríamos a obscuras, y no debe ser, claro está), pensé que podremos
hablar solos de día en la biblioteca.
No sé si
habrás reparado: la biblioteca cae al frente del pasillo de mi camarote... el
de la izquierda del piano, ¿sabes?... Nunca hay nadie. Un cuchitril. Tu puedes
ir a buscar libros cuando mi madre esté arriba. La camarera, ya ves, nos
guardará; es la que nos lleva las cartas... ¿quieres?
¡Ni me
atendía! Mientras yo peroraba elocuente, dialogaba ella con sus antojos de
niña-mujer que se muere por besos de unos labios sin estorbos de cristales. Me
invade entonces la rabia del ridículo, y la persuasión absoluta de mi impoderío
para el bien; y me gana al mismo tiempo, desde el corazón a la frente, el ansia
de ser malvado, de ser feroz en lo perverso, de ser la esencia misma de la
monstruosidad canalla ante lo inocentemente monstruoso. -A partir de aquí, yo
no sé ni lo que hablo ni de qué hablo, ni qué demoníaco espíritu me presta su
charlar de fácil seducción que hechiza a Sarah. Sólo sé que, entre palabras muy
dulces,
galantísimas, bien sonoras, hemos rehusado ella y yo, por baladíes, las
entrevistas en la biblioteca, y hemos hablado del camarote 15... cuyo llavín
tendré yo. Sólo sé que, al separarnos esta noche, ella me despide con este
coloquio de llanezas estupendas:
-Y dime,
¿no es mejor anochecido? Por la siesta nos verían.
-Sí.
Tienes razón. Anochecido. Entonces, pasado mañana, cuando hayamos pasado
Singapure.
-¡Ah!...
Y dime, ¿piensas bajar en Singapure?
-¿Por qué
no?
-¿Como en
Port-Said? ¿como en Colombo?... ¿por tu cuenta?... Pues no, niñito.
-¿Por qué
no? ¡Qué tontería!
-Sí,
tontería. Te lo prohíbo. Si bajas, con nosotras. Tú te piensas,
Andrés,
que no oí...: la orquesta, la egipcia de Port-Said..., la tú sabrás qué de
Colombo... ¡Tontería! y en tanto ¡justo!, nosotras en el vapor, como de palo...
¡Buena tontería nos dé Dios, y qué... poca tenéis los hombres!
Pone un
beso en el cristal, y escapa. No sé por dónde. Ni la siento abrir, ni pasar por
las cubiertas.
Salgo
poco después de mi escondrijo, y como veo gente en tertulia hacia el puente,
acércome a la borda, dando tiempo a que partan las señoras... El espectáculo
del agua, batida por la marcha, me distrae... las fosforescencias magníficas de
este golfo de Bengala.
La noche
es obscura, pero el mar se alumbra por sí propio. Flores de plata suben de su
fondo, y tiemblan y se deshacen en estrellas. Arde en cada arista del oleaje
una llama. Salta luz. Parece que el mar, tranquilo, sereno en torno, es un
manto negro que va rasgando a su marcha el Reus..., rasgándolo en jirones que
descubren antros de fantástica y ardiente
argentería...
Las madejas de luz surgen, flotan, se destejen a los lados... A veces toda la
banda corre por una onda de lívido fuego azul, que da la ilusión de un buque
salamandra corriendo por un incendio de luna...
Las damas
se han marchado. Sigue insólitamente la tertulia de hombres. -Decídome a ir en
busca de mi ancho canapé de sueño, recordando que el capitán nos anunció, a la
salida de Colombo, el cruce con otro trasatlántico de la Compañía, el Isla de
Mallorca, próximamente para la media noche, antes de la llegada a Singapure.
Sin duda esperan éstos
comprobar
hasta qué punto fue preciso el augurio del capitán. Les oigo hablar, cuando
llego; mas no de barcos... El camarero me tiene solícito la almohada en un
canapé, y yo me tumbo, escuchando. Es un picoteado de frases agrias entre el
relojero y el tenientito, de frente uno a otro en el corro de sillones donde
veo también al indio, al comandante, al doctor de a bordo, al señor que hace el
gallego del Margaux, a Enrique tomando un chin-cocktail. Por la lumbrera sube
la claridad de los que juegan al tresillo. Se habla de Pura. Se habla de la
madre Pura.
Se habla
de las dos con un cruel desgarrar de tigres.
-¡Por
supuesto, la dio usted el beso! -dice el comandante.
-¡Oh, no,
no! -salta en galán el tenientito, que encuentra un poco fuerte el descaro-; me
va usted a perdonar, mi comandante, pero no la di el beso. Es que así, en el
velador, al doblarme... como ella tiene tan hueco el pelo en la oreja...
-¡Vaya,
señor!... Y como la madre no estaba...
-Que no,
mi comandante.
-¿La
madre?... ¡Bah! -vuelve a intervenir el relojero mortificado aunque habla en la
alegre confidencia-. La madre no estorba, ¡qué diablo!
El
tenientito se agita, intranquilo... Se tose en el corro. Hay aquí lo que suele
en los corros darse con frecuencia; dos impulsivos y uno que se divierte en
excitarlos -y es éste el comandante. Aprovechando el silencio hostil, por
malignidad o curiosidad, o por ambas cosas juntas, anima al relojero:
-La chica
debe ser también de oro..., y nadie como usted para saberlo, amigo.
-¡Regular!
-responde el aludido petulantemente.
-Una
mañana -insiste el comandante- le he visto a usted vagar por junto a su
camarote.
-¡Sí...
recuerdo!...¡me saludó usted!... Pero, no, ¡nada! -añade importante y
perdonador el relojero-, en los camarotes de señoras solas... no se entra... no
debe entrarse... está prohibido.
-Hombre
bueno, ¡no digo que... tanto!
Vacila,
el novio desdeñado. La duda le enardece, en la atención general. Prorrumpe
últimamente:
-¿Tanto?...
Mire usted, quizás no...; pero, quién sepa por quién; en
Colombo
comimos juntos... la madre, la niña y yo... Y admitido que la madre... ¡igual
que una marmota!... En fin, a qué hablar, mi comandante..., ¡me da asco,
asco... lo que se dice asco, de las dos!
Ha hecho
un movimiento, tirando la punta de un puro, cuya lumbre se esparce al choque en
la cubierta, y se ha vuelto con arrogancia en el sillón, como quien
definitivamente huye de indiscreciones molestas... Mas, no ha contado con que,
lento, extrañamente firme y amenazador en el tranquilo aspecto de su figurita
menuda, se ha levantado el teniente y le toca el hombro con dos suaves
palmadas:
-Conque,
asco, ¿eh... amigo relojero? -le dice.
-Pues,
oiga... mal se compagina -añade calmando con un ademán el de los demás de
levantarse-, mal se compagina, que la señorita Pura... tan despreciada por
usted... le hayan mandado a freír espárragos en cuanto se me puso en la frente.
La señorita Pura... Porque ha de saber usted que ella es una «señorita», en
toda la extensión de la palabra, y usted... ¡un
perfecto
mamarracho, querido relojero!
Ahora sí,
nos hemos levantado todos, al insulto proferido seco y fuerte...; todos, menos
el relojero... que aplanado en su sillón y pálido como la paja... limítase a
balbucir:
-¡Ah,
usted!... ¡oh, usted... dice!... no sé a qué viene... ¡yo!...
-Digo
-termina el tenientito retirándose-, que no le doy a usted una bofetada, porque
me da asco... asco... así, literalmente.
Entonces,
al tornarse el jovencillo a su asiento, es cuando el relojero hace, siquiera
por mínima respuesta a la indignación de los demás ante tanta vileza y
cobardía, una leve intención de irse a él...; pero basta a contenerle el brazo
del indio, que interviene con bufas recomendaciones de paz...
Calla la
reunión, vuelto cada cual a su sitio. El tenientito saca con tranquilidad la
conversación del Isla de Mallorca, que va, por lo que advierto, debían de estar
viéndolo éstos en el horizonte, rato hace.
Mi mudo
entusiasmo por la conducta de mi colega en armas, se entristece un poco, luego,
cuando la trama del pensamiento me lleva a imaginar que, ciertamente, tendrá
más que temer la honra de Pura en las probables contingencias de sus relaciones
con este defensor audaz y caballeroso, que si las hubiese seguido con el hueco
e inhábil relojero y a pesar de sus difamaciones estúpidas... Brota ante mí la
triste sombra de la mujer padeciendo igual escarnio bajo el tiránico poder del
caballero y del canalla, y veo por un segundo al tenientito como un símbolo de
la horrenda confusión social en muchas cosas. Esto que ha mentido en intención
el uno, de la hija infeliz de la madre inocente, lo hará el otro sin mentirlo y
sin decirlo -y todos le seguirán estrechando la mano, allá, en Manila, cuando
ellas lloren...
Una
congoja de menosprecio a mí mismo se me alza en el pecho con la imagen de «mi
novia», y me prometo respetarla, contra toda su procacidad maligna, no menos
cándida, en el fondo, que esta ingenua «pesca del marido» de estas Purita y su
madre. Las citas de la biblioteca, y menos las del camarote -¡ah!, ¡qué
intentaba yo!-, no deben llegar nunca, pese a
mis
arranques necios de ganarle en ceguedades locas a tal loca criatura.
Habrá de
conformarse con la lampistería, y habrá de seguir siendo una inversa conquista
difícil, original, la mía en Sarah: la de la pureza forzosa a través de todas
sus ansias insensatas por dejar de serlo.
Y otra
imagen aún se me aparece en resplandores: ¡Lucía! -Lucía, que podrá haberse
equivocado al elegir al hombre de su amor, que podrá quizás, quizás, no haber
podido elegir, en la social limitación femenina, al que en realidad la
mereciese...; pero que es la mujer noble, la mujer inteligente, la mujer
fuerte, dueña de sí propia y de su suerte y en sí propia consolada en su
desdicha..., ¡nunca por sus instintos a merced de los demás!
Media
hora más tarde, desfila ante nosotros el Isla de Mallorca, como un castillo
agujereado de luces.
El Isla
de Mallorca y el Reus se saludan con sirenas, con faroles que suben y bajan
allá por la obscuridad del mar...
- XXI -
Gran
oficina de memorialistas, el Reus. Dondequiera hay gentes escribiendo, por el
comedor, por el fumadero, impidiendo las partidas de tresillo y de ajedrez; por
la cubierta, en sillas, con tinteros de muelle, no bastando los de a bordo. Al
arribo de los puertos se impone la breve
comunicación
con los ausentes queridos, cuyo recuerdo nos renueva y embuenece a todos en la
misma onda de ternura. Tengo en el bolsillo mis cartas, y veo desde la borda, a
través de una ventana de la saleta, cómo escribe Enrique. Su enérgica faz de
rubio domador, creyérase que va a inundarse de lágrimas. Yo medito cuán lejos
de él estarán aquellas sus teorías de «práctico sensualismo», entregado ahora
el corazón a su madre, a sus hermanas...; y sin embargo, también ellas son
mujeres que parecían incluidas en su generalidad. Con sólo que adivinase que
pienso esto determinadamente, me daría una bofetada, y se la daría yo a él en
caso inverso... ¡Pobres mujeres! ¡Cuánto tiene de irreflexivo y salvaje el modo
como os tratamos!... para cada uno, santas su hermana, su madre; brutas de
pechos y muslo de lujuria las otras... que son, no obstante, madres y hermanas
de los demás...
Huyo del
pensamiento volviendo a contemplar el maravilloso espectáculo de fuera. El más
bello del mundo -según el capitán. Encanta, efectivamente, como una magia.
Conforme navegamos hacia Singapure, nos van rodeando y estrechando los islotes,
los flotantes vergeles de tierra roja de
coral y de fina y varia vegetación de parque. Los lagos, es decir, las
extensiones de mar en que se ensanchan los canales, son verdes, verdes en su
calma dilatada, verdes de un verde lívido y fantástico, como las fosforescencias
de los ojos felinos. El cielo es verde, decididamente verde en su pálida
transparencia de ensueño. Acá y allá, por las islas, cerca, lejos, se ven
floridas colinas de la tierra de coral, por cuyas faldas bajan, entre fronda,
las casitas de madera, hasta grupos de ellas sumergidos en el agua, sobre
estacas... Aldeas divinas... Rústicas Venecias deliciosas.
Doblamos
una punta, y un buque hundido asoma su bauprés y las crucetas inclinadas de los
palos. Tiene por señal de aviso faroles encendidos, aunque no ha hecho el sol
más que ponerse. Está así hace años.
Ya había
hablado de él el capitán en la mesa. -¡A su vista voy figurándome los
Pascuales, las Auroras, las Charos que yacerán dentro del casco inmenso
dignificados por la muerte! ¡Cuántas veces el morir nos torna respetable una
vida estúpida!
«Excelentísima
señora condesa de Fuente-Fiel»..., leería entre los nombres de los náufragos
cualquier lector de periódico si nos hundiésemos; y soñaría, antes que esta
bufa partiquina repintada, cualquier augusta heroína de leyenda, como
D'Annunzio en sus retratos del Vinci.
Vuelvo
los gemelos a la proa. La rada enorme de Singapoore se desenvuelve, rodeada
enfrente por más islas. Vamos siempre entre piraguas, entre blancas velas,
entre vaporcitos que cruzan por todas partes. Un mar bien animado.
-¿Vas con
nosotras, eh?
¡Oh,
Sarah! Póneseme cerca, y asesta sus gemelos. Detrás llegan las damas,
Alberto,
don Lacio, que suben engalanados para el desembarco. Lucía trae un traje malva
de crespón, y un sombrero lleno de gasas y rosas, que la hace elegantísima. Son
del grupo también Pascual, Aurora y Enrique, y Pura y su madre con el teniente.
Fue Sarah esta mañana en el almuerzo la que decidió pérfidamente la comida en
restorán... «¿Qué, mamá, no comeremos en tierra? -lanzó- ¡estoy hastiada de
esta mesa de conservas!» -«¡Sí, sí!... ¿quiénes iremos?...: ¡guerra a los
pavos! ¡Suscripción!» -clamó al punto don Lacio. Y no pude menos de
suscribirme.
Consiste
la pena de don Lacio, y lo dice ahora relamiéndose, en no comer pescados
frescos... ¡en el mar! El puerto es vasto. Lo enfilan los anteojos. Se pierden
en el crepúsculo sus muelles lineados de grandes, buques, de grandes navíos de
vela, sin fin... Es indudablemente el más importante puerto comercial de la
Malacea, acaso del extremo Oriente, el de esta ciudad que asoma tras las
frondosas colinas, aquí saltadas por chalets, por pequeños reductos, por
observatorios marinos... Fondeando en medio de las aguas verdes descubrimos un
crucero español...
-¡Allí,
allí, miren... la bandera nuestra! -dice Lucía.- El Don Juan de Austria.
Y este
nuestra ha saltado orgulloso en sus labios; y esta bandera roja y amarilla, tan
lejos de la patria, crúzanos de una devoción de patriotismo casi santa... Don
Lacio, Alberto y el comandante se descubren.
Yo
también -todos los hombres; saludan las señoras con los pañuelos, mientras se
dan el bienhallados el Austria y el Reus, de largo, con gallardetes que izan y
arrían en los mástiles... Conoce Lucía los buques, en su calidad de hija de
almirante y cosmopolita gaditana que ha vivido en Francia y Nueva-York, amiga
de los mares... Ha visto en mis ojos una lágrima y se enjuga otra al
descuido... ¡Cómo se quiere a España, fuera de España!... Y fuese un miserable
quien creyese que yo no abrazaría a Lucía, en este instante, como a una hermana
predilecta... La efusión y la pureza del abrazo se han donado en nuestros ojos.
Nos tapan el Austria otros buques. Minutos después, estamos atracando en un
estrecho hueco que dejan en la muralla dos barcos de alto bordo.
Vemos
pronto la amenaza de los cerros de carbón, cargado aquí por chinos..., por
chinos altos, macilentos, obedientes al látigo del capataz. A la derecha, en la
explanada, entre la multitud, pasean inglesas; y de pronto, entre ellas,
divisamos una bellísima dama cuya gracia inconfundible nos hace exclamar:
-¡Española!
En efecto, vémosla dirigirse a un bote del Austria, con el señor que la
acompaña. -El cónsul, tal vez, y su mujer.
Poco
después, tres coches, cuyos cocheros nubios nos dicen a todos «papá», nos
llevan a Singapoore, por anchas carreteras bordeadas de arbustos y que tienen a
su izquierda los frondosos cerros de las villas, y a su derecha las dársenas y
no sé qué otras invasiones muradas del mar. Al subir, barqueros chinos, con sus
piraguas cargadas bajo un puente, nos han ofrecido nácares y caracoles de todas
formas, y cajas y lindos armaritos de maque, a buen mercado... Esto motiva una
pequeña detención para que
Charo y
Pascual, que todo lo compran, lleven a bordo sus conchas y armaritos.
Cuando
llegamos a la población, a pesar de estar cerca, se ha encendido la luz
eléctrica. Los crepúsculos son tan claros como cortos en estas latitudes.
Dejamos los coches, con el deseo de andar. Hemos embocado a Singapoore por el
barrio indígena. La calle, tortuosa, está formada, por tenduchos desastrados en
los bajos de las casas estrechas, altísimas, viejas, sucias -perforadas sin
orden por míseras ventanas. Un olor a fiera, a menagérie, llena el aire. La
mayor parte de las tiendas son zapaterías, cordelerías, y muchas familias
chinas comenarroz a las puertas.
Todo le
choca a Pura. La bella muchacha es imprudente, con sus risas locas, con sus
entretenimientos y su verdadera falta de educación, que trae asombrada a
Aurora. Primeramente se ha acercado a un grupo de chinos para verlos comer con
los palitos, inclinándoseles materialmente en el hombro, riéndoseles en las
narices. Luego se ha detenido a ver a otros que fuman opio en su largo tubo y
su anafrillo de ascuas, tumbados como cerdos, y nos ha mostrado entre los dedos
la coleta de uno, llamándole el Guerra... El chino, incorporado, la mira fosco,
sin atreverse a protestar...
-¡Qué
bruta! -me dice al lado Sarah, en su condición de comedida hija de condesa que
sabe tratar a las gentes.
Mas no
paran aquí los desafueros de Pura, que ya empiezan a alarmarnos. Bajo un globo
voltaico está adosado a la columna, inmóvil, un policeman vestido de blanco, un
gigantesco nubio como vez y media don Lacio, que es el más alto de nosotros.
Todavía aumenta su estatura una especie de peludo y monumental chacó de medio
metro. Atraída Pura por su
talla
enorme y por sus rizosas barbas, pónese a decirle a gestos que es guapo, que le
gusta... El nubio, grave con su gravedad britanizada, al principio, sonríela
pronto... Y yo estoy viendo al fin que abraza a la muchacha, despierto, dentro
de su uniforme, en africano por las carantoñas andaluzas... y estoy viendo que
mi bravo y minúsculo teniente de Cazadores, interpuesto al cabo cuando ya el
nubio se anima, vuela por los aires sin que le valgan para el coloso los
arrestos con que dejó tamañito al relojero...
Mediamos
oportunamente, y una regular reprimenda del novio y de la madre templan a la
revoltosa.
-¡Qué
bruta! -díceme Sarah otra vez.
Y don
Lacio corrígeme al oído:
-¡No!
¡qué... consonante con menos letras!
La
involuntaria ironía que le resulta, para su hija, múevenle a piedad.
Por un momento
dudo si este frecuente ridículo del lado serio de los hombres nace de una falsa
posición nuestra o de una real insensatez de las mujeres. A tratarse en vez de
un policeman de una policewoman, aun sin ser tan arrogante, cualquiera de
nosotros hubiese hecho más que Pura...; más, bastante más..., lo que en
Port-Said, lo que en Colombo -a ser posible. Y súbitamente, la reticencia que
anoche estimé en Sarah de repugnante osadía, se me aparece con un sentido nuevo
de queja justa y terrible que me aturde...: «...Y mientras, nosotras al
vapor..., ¡como de estuco!»... Igual en la inconsciente boca podía significar:
«...¡sedlo vosotros! ¡sed honrados! ¡si hemos de serlo nosotras
también!»...Cuando menos, bajo ahora la cabeza y niégome el derecho a abominar
de Sarah, de Pura, si son abominables. ¡Lástima que no pueda transferírselo a
estas incoloras vírgenes del coronel, que aun antes que buenas parecen
tontas!... ¡lástima que... Mas, no: ¡Lucía! ¡Siempre Lucía!... la buena, la
noble, la virtuosa inteligente en plena conciencia del bien y del mal, y de su
amable desprecio a todos.
Nos guía,
nos sirve, nos salva Lucía de la humana vergüenza de no entendemos entre
humanos -con su inglés. Háblasele a unos chinos que nos ofrecen cars como los
de Colombo. Útil y dulce, bella y audaz, perpetuamente flotando sobre lo tosco
en un indulgente sonreír de diosa resignada, la ven mis ojos en verdad como la
diosa-mujer de ignoro cuál nueva religión que habrá de redimirnos a los hombres
de impureza, de tiranía, de hipocresía, de vandalismo...
Dos a dos
montamos en los maqueados y ligeros cars. Conmigo ha subido don Lacio. Parten
los chinos al trote, entre las varas, tirando, por la gran plaza que tiene en
sus lejos de jardín de encanto la amplitud inglesa, francesa, rusa...
desconocida en España, como si siempre al
construir
nos faltase tierra. Hermosa, la población europea; pero sin carácter.
Aleccionado por Lucía, a la cual acompaña Alberto, su car, seguido de todos los
otros, recorre las principales calles... pasa ante
los
mejores edificios, la Iglesia protestante, la Logia masónica, el Palacio del
gobernador..., y por el Botánico, un paseo como el Retiro, abandonado ya, a las
nueve de la noche... El aire diáfano se agita en brisa entre las risas de la
leve y charolada cabalgata sin caballos.
Asómbranos
cómo los chinos, largos y enjutos, trotan tanto, resisten tanto. No se duelen
de sus piernas, trotan, trotan, lanzándose también entre ellos gritos jubilosos
como relinchos.
Es que el
olor de las flores, el aroma plástico y meloso que ni en el buque desde Colombo
nos ha vuelto a abandonar, embriaga a todos. Piensa don Lacio que están estos
jacos indo-chinos compensados de la fealdad de sus mujeres con la espléndida
hermosura de sus noches. Las estrellas lucen a miríadas, infinitas, como
tachonazos de lumbre. Los árboles olorosos, a nuestro alrededor, están
aureoleados a millones por luciérnagas con alas, como estrellas fugitivas...:
el fulgor que forma este polvo volante de estrellas sobre las copas de algunos
estan fuerte, que da sombra a los coches... Y óyese el rumor del mar.
Por
último, entre los esteros que fórmanle al parque como estanques las saladas
aguas, nos vuelven a la población los chinos y nos dejan ante la escalinata de
un Hotel.
Todo
facilidad, con Lucía. La mesa se nos sirve en un salón donde las aspas de un
gran ventilador eléctrico, debajo de la araña, sustituyen con ventas: al viejo
típico panká. Comemos frutas, mangostanes de una deliciosa pulpa en corona de
ajos dentro de una especie de casco de granada...; lanzones como perfumados
bombones de una goma exquisita...
Luego,
durante la cena, se alegra Charo, de champaña..., y junto a ella, frente a mí,
admírame ver tan niña, tan cándida, tan absolutamente despreocupada de su
Andrés, al diablito de Sarah -que bebe también, no obstante, como si se
quisiera ahogar algo de la misma ansia de besos y de abrazos que me ha
encendido a mí en la sangre la noche voluptuosa...
La trata
en pitusilla el comandante, que ahora no la enoja:
-¿No has
comprado una muñeca?
-No. No
la he comprado. China. ¡Con este correr!... Y cuando salgamos será tarde.
Apártase
atrás las melenas, de la sien, diciéndolo -tan inocente con el dolor de la
muñeca no comprada, que nadie pudiese sospechar qué otro juego de muñeca soñaba
conmigo anoche.
La larga
sobremesa, aquí encerrados, pasada un poco la explosión alegre de los vinos,
empieza a fastidiarnos. No hay que pensar en el buque. Es la una. Saldrá al
amanecer. Debe encontrarse aún en el trajín de los carbones... Y como Pura, que
antes ha venido siempre en el car con el novio y que ahora vuelve a sus sandias
imprudencias, vagando a su lado «distraída» se lo lleva a un gabinete contiguo,
la rígida pescadera tose, y Enrique propone pasear la población, hasta la
vuelta al barco. Se acepta.
Otros
chinos de otros cars nos toman a la puerta. Enrique monta conmigo. Sin embargo,
no tratándose esta vez sino de matar el tiempo, bajamos a menudo, a ver
jardinillos, fuentes..., y trocamos las parejas en los coches. He ido en un
trayecto con el coronel, luego con la famosa
pescadera,
mantenida al lado en la perfecta corrección de su ya bien ganada señoría...
Últimamente llegamos a una pagoda... Y está abierta, pese a la hora.
Es un
recinto de murallas, llenos sus lienzos de letras chinas. El lienzo principal
rómpese al agobio de una portada en atrio que soporta una gran torre
cuadrangular de cuatro cuerpos en disminución, de pura arquitectura indígena
muy recargada de adornos y relieves, y separados los cuerpos entre sí por
voladas cejas. Nos recibe el guardián. Dentro hay un espacioso patio donde
crece a su sabor la hierba, y un templete central sobre cuadradas columnas que
dejan entrada por todas partes. Sin embargo, hay que descalzarse para pasar, y
renunciamos, en gracia al pudor de las señoras... no sin grandes risas de Charo
al imaginar el cuadro del descalzamiento general... Y «medias también»... por
el suelo, pues no hay bancos. -Vamos dando la vuelta en el interior de la
muralla, investigando lo que más podemos en el obscuro laberinto de columnas, y
no logramos divisar más que una cabra sagrada que come en una espuerta. Don
Lacio, reclinado, le improvisa la oración:
«Virgen
cabra, madre de Brahma; virgen rabuda, madre de Buda, venga a nos, el tu
pienso...
La cabra
hace:
-Béeee...
Entonces
don Lacio se sobrecoge: ¡cómo! es cabra y bala como borrego... Las cabras,
según él, hacen estremecidamente:
-Bé, bé,
bé...
Entáblase
discusión, entre risotadas -temiendo yo que vamos a dar todos en la cárcel por
irreverentes. Gracias a que le pone fin Pascual, imitando el trémulo -Bé, bé,
bé... de las cabras, tan a la perfección, que la divina cabra le contesta con
toda claridad:-Bé, bé, bé...
Una
ovación a Pascual termina el incidente; y salimos -orgulloso don Lacio de lo
que llama nuestro diálogo con los dioses, para calmar la iniciada irritación de
Aurora por haber hecho la cabra, «el burro», Pascual... En cambio, Pura, a
quien la oración le ha caído en gracia, no cesa de repetir...«Virgen cabra,
virgen cabra...»
Sigue el
paseo, barrio chino adelante. A mitad de una calle, igual que todas desierta,
por tres altas ventanas oímos música... música singular, sartenera, del país...
Ya ha hecho parar don Lacio, que marcha
al
frente; y están las damas alarmadas, creyendo en... la orquesta de Port-Said.
Pero si lo es, vive el cielo que indecente -en tal casucón cuya fachada se
inclina roñosa y sucia para hundirse. Baila, alguien, arriba; una silueta salta
proyectada por la luz en la pared frontera; la
curiosidad
de lo indígena en su propia salsa nos excita; pero es el caso que estos chinos
de los cars no saben más inglés que dos docenas de palabras para uso de las
calles, y Lucía no los entiende. En vista de ello, repítese la previa
indagación de Port-Said. Se destacan don Lacio y el húsar..., vuelven a
bajar...
-¡Un
baile!
¡Bravo, a
él!... Realizada con pena la tenebrosa ascensión por un recto y larguísimo
tramo de escalera poco más cómoda que la de un albañil, invadimos un miserable
camaranchón colgado de telas rojas y divididas en dos por una mampara de
petates... Los chinos nos reciben con un silencio estupefacto. Descansan ahora.
Uno, en medio, viste túnica y caperuza de augur y le llegan a mitad del pecho
las guías lacias del bigote. Además, las chinas están detrás de los petates y
sólo asoman por encima las cabezas.
Inquirimos.
El asombro de ellos y el asombro nuestro es igual, en el silencio de intimidad
perturbada. Mas, puesto que si no nos invitan a nada tampoco nos echan,
permanecemos, en pie, en grupo, esperando.
Arde en
una cazuela una especie de aceite nauseabundo, delante del augur. Suena a golpe
de gong-gong la música, que no vemos; coge el chino dos puñales, y después de
rociar el piso de borujones de papeles rojos, pónese a danzar a grandes saltos.
-¡Juegos
de manos! -opina alguien en el grupo.
-¡Sí, sí,
un juglar!
Pero las
risas, la gozosa posesión que pronto establecemos sobre la siempre severa y
silenciosa concurrencia, tórnase luego en un histérico terror de las señoras,
de Purita sobre todo... El augur, furioso ya como un energúmeno, agita a cada
brinco los grandes puñales por el aire, cae sobre los papeles rojos,
clavándolos de un golpe sobre el piso de madera,
y los va
encendiendo en la cazuela, sin dejar de bailar, sin dejar de saltar, frenético,
espantoso... Luego los agita encendidos, y es milagro que no ardan cien veces
las túnicas de los concurrentes, el techo de reseca nipa, el suelo de viejas
tablas que botan bajo los pies como teclas de piano...
Y su
furor aumenta. Los agudos puñalones pasan descompuestos cerca del grupo...; y
una congoja, un casi desmayo de susto, al fin, de Pura, nos obliga a partir...
a tomar de nuevo la escalera alumbrándonos con fósforos... Sólo ahora logra
entender Lucía a los cocheros, con gran esfuerzo, ¡horror!... que es un
agonizante a quien exorcisan, según el
culto
búdico... Debió de hacerles una gracia muy grande nuestra gozosa irrupción de
turistas.
Vamos
subiendo a los cars. En el barullo, siento de pronto a Sarah en el mío. Un
abanico que, apenas en marcha, ella deja caer hábilmente, nos detienen lo
preciso para que nuestro cochero-caballo tenga ya que ir siempre tras de los
otros. La orden se ha dado, al Reus, en retirada; y el designio de la chiquilla
lo veo bien claro..., es decir, lo siento en
plena
boca (ya que no puedo verlo bien en la semioscuridad de la carretera), con el
calor de la suya al beso largo, mortal, interminable... en que sus brazos me
ahogan sin obstáculos de vidrio...
Ésta es
nuestra salida de Singapoore, siguiendo a los otros cars algo distantes,
mientras trota el indio entre las varas, advertido o no advertido de los
besos... ¡qué importa!...
Del beso,
porque no es más que uno, ansioso, sin término, en que Sarah contra mi hombro
se muere...
- XXII -
Con el
ajetreo de anoche, que nos salvó siquiera del carbón, ha habido sujeto que no
ha dado rumor de sí (como llámale Pascual al despertar) hasta las tres de la
tarde. El relojero pinta el cartel de la función -rodeado de un grupo de
mirones- en tertulia con la india y con el
indio y
con la miss, con la otra india del doctor Roque y con éste, quienes han formado
rancho aparte desde el día de la francesa; Lucía y yo acabamos por sentarnos
con ellos, lejos del grupo de la proa, donde está Sarah leyendo folletines
-Lucía por hablar en inglés con la miss, yo por ver pintar... y por oírle acaso
el inglés a Lucía.
No, no,
pinta bien este relojero. Tiene el cartón orlado de alegorías, con los felices
apuntes que ha ido tornando de Singapoore, de Colombo..., bajo una vista de
aquellos anchos lagos del canal. ¿Por qué, si es un demostrado badulaque, pinta
bien y toca no mal el violín?... Sin
duda la
pintura, en la categoría de copista, y la música en la de ejecutante, son artes
inferiores. Se tutean, él y la india, en voz baja: son novios...
¡Ah, el
amor en veloz competencia con las máquinas!... recuerdo aquello de Campoamor,
también en viaje: «... era tuyo en Valdemoro y en Aranjuez ya eras mía»... De
rato en rato ella tiende la mano sobre la caja, que él tiene delante de una
silla, para indicarle el matiz de las letras que va haciendo... «Esto en
azul»... «Esto en rojo»..., y los brillantes chispean en sus dedos amarillos,
flacos... Tal vez hace él combinaciones de tisis y de brillantes, que le
infundan corteses y halagadoras esperanzas. Lo indudable es que entre la dulce
fealdad gualda de la joven, la presencia de su padre, los diamantes gordos «sin
trampa ni cartón» (don Lacio) y la rociada del teniente, han hecho del bello
relojero una segunda edición de novio correctísimo con vistas a la iglesia.
-¡Esto en
negro! -dice la joven.
Es el
nombre de Pura. Odio femenil de rivales satisfechas en que ha venido
tranquilamente a reducirse la escena de la otra noche, tras dos días de
comentario general... En efecto, hasta el relojero y el teniente se hablan,
después de una sumisa explicación, ayer mañana, dada por el
primero,
y que fue para él una nueva rastrería.
Queda
terminado el programa a la hora de comer, y se cuelga encima del piano. Hay
últimos ensayos sueltos de música, entre la comida y el lunch de las ocho, e
inmediatamente se procede, en el comedor, al ensayo general.
Vemos con
asombro que el programa es enorme, cinco números de canto, dos de piano a
cuatro manos, dos con el violín, las dos piezas y unos juegos de manos que ha
brindado el doctor Roque.
Concluidas
las piezas a las doce, todavía falta que ensayar la romanza de la india y el
número que Charo le acompaña al violinista... La concurrencia sigue, pues, en
el salón, por las mesas, cuando Sarah pasando junto a mí, me desliza:
-¡Sube!
Y se
filtra a la cubierta.
No mucho
después, subo.
Tal vez
llevaba ella la esperanza de que nos encontraríamos solos, como media hora
antes, en que pudo, al menos, darme un rápido beso feroz, de los suyos; pero
hay gentes, dormitando, aquí y allá, y me espera donde siempre.
No hago
falta yo, abajo, ni ella. Quiere pues la charla del cristal.
Mas
apenas he instalado mi canapé en el hueco de la lampistería y nos hemos
saludado, siento dos que llegan, cubierta abajo, por estribor. Se sientan.
Pero se
han sentado tan cerca, en dos mecedoras allí encontradas, que no los separan de
mi cabeza más que las cuerdas del torno. No los conozco, a la semisombra, mas
sí por la voz: Pascual, Enrique.
-Quiero
hablar con usted largamente -ha dicho fúnebre Pascual.
Y
mientras ellos, en un grave silencio de espera, durante el cual el ex-conserje
ofrécele un cigarro de picado al húsar -cosa que me tranquiliza respecto a la
buena armonía de la entrevista; y mientras ellos lían y encienden despacio el
cigarro, en prólogo de mayores lentitudes, oigo tras la persiana la voz de
Sarah, que los ha oído también:
-¡Maldita
sea!... ¡Adiós, Andrés... ¡es tarde!
Yo no
puedo imitar a Sarah (que se salva por la puerta del otro lado), sin que al
moverme me delate... Además, intrígame qué cosa tenga que decirle a Enrique el
buen Pascual, que empieza así:
-He
tenido un anónimo.
-¡Ah!
-O mejor
dicho, dos. Uno en Colombo. Otro que me han entregado hoy, de la
correspondencia de Singapoore. Yo digo que serán de a bordo, porque ¿quien me
conoce a mí en estos pueblos?
-¡Claro
hombre!... Y ¿qué dicen?
-No, no,
traen el sello... mire, de color ladrillo -Enciende un fósforo y lee en el
sello, con trabajo-: Straits Settlements-Singapoore.
-Ahora
que yo también creo que puede haberlo escrito alguno del Reus.
Porque
¿quién me conoce a mí...?
-¡Pues!
¿quién duda, Pascual?... ¿y qué dicen?
-¡Oh, don
Enrique, una infamia!... Verá usted... de mi señora.
Suenan
torpemente los gruesos dedos en la caja de cerillas. Pascual, a pesar de
nuestra grande amistad con él, no ha podido prescindir de llamarnos don Andrés,
don Enrique, por un sentimiento invencible de «clase», de respeto, de guardia
civil licenciado. Enciende y lee:
-El de
Colombo: «Vigila a tu mujer, animal.» ¿Le parece a usted, qué palabra?...
-¡Vamos,
siga, que va a quemarse!
-No, si
no dice más. Y éste el de hoy: «El querido de tu mujer es el capitán, ¡ah
borrico!». Tampoco dice más. ¿Le parece a usted, Don Enrique, qué
palabrotas?... Vamos, le digo que más le vale a éste que no descubra quién es,
porque lo tiro al agua de cabeza como tres y dos son cinco.
Enrique
respira y ríe... Ha cogido los anónimos y examina la letra a la luz de otro
fósforo.
-¡Yo digo
que sea el relojero! -dice Pascual como en consulta.
-Cá,
hombre... ¡Y sea quien sea!... ¡no haga caso! Chismes y cuentos. Rompa usted
eso. ¿Usted no ve cómo se habla de Pura, de la condesa...? ¿eh?.... de la
condesa de Fuente fiel, nada menos... ¡nadie está libre!
-Bien,
pero... mi señora... ¡Ah, don Enrique!... soy muy desgraciado... Por eso le
digo a usted que es el relojero... que sabe naturalmente cosas de mi señora...
como paisano... Y mire, como luego aquí le han echado de la tertulia porque le
quiso pegar el teniente..., el hombre...
-Justo,...
envidias... rabias... Sin embargo; eso fue anteayer... Y
en
Colombo...
-Ya traía
la mala sangre de Port-Said, créame usted, don Enrique.
Allí bajó
con nosotros... por estorbarme... ¡Y mi señora le despreció! no le hizo caso
maldito... ¡él se imaginaba!
-¿Ve?...
Eso debe de satisfacerle con respecto a su señora.
-Ah, sí,
mi señora... pero es la cuestión que mi señora... ¡Ah, don Enrique!... ¡soy muy
desgraciado!... Mi señora ya tenía una niña cuando... cuando... ¡Son historias,
don Enrique!... ¡Yo soy muy desgraciado!...
Está qué
rabia por hablar del senador, por expansionarse con alguien, a plena
confidencia, a plena alma, este bruto de recónditas ternuras. Pero Enrique,
hábil en su extraña situación, le contiene:
-Oiga
-dice rápido fingiendo no haber apreciado sus anhelos-: más bien el indio...
¿sabe?... ¡El indio! La cosa está muy clara...: una invención en que lo toman
por instrumento de venganza contra el capitán..., rabioso el indio desde lo de
su francesa... y también por él,
a quien
le tocó del capitán un rapapolvo... ¡Sí, el indio! Pascual repite súbitamente
persuadido:
-¡Sí, el
indio! Y yo también exclamo en mis adentro sin dudarlo: «¡sí, el indio!». Y
cuando no sé qué admirar más, si la sagacidad de Enrique o la buena fortuna que
le depara un hecho sobre que apoyar con toda lógica para Pascual una
desorientación, me admiran aún hasta el colmo su aplomo, primero, y en seguida
la inconcebible y sandia ingenuidad del exconserje.
-¡El
indio! -ha repetido triunfante el húsar-. ¿No se lo dice a usted el hecho de
mezclar en el cuento al capitán?... El relojero, otro cualquiera, me hubiese
indicado a mí..., que al fin soy amigo de ustedes.
¡Bah,
bah... el capitán que apenas si les dice buenos días!... Rompa usted eso, ¡y
allá que el indio se las vea si le duele su francesa! Todavía la llevan
encerrada.
Pascual
no está convencido. Masca, mueve su gran cabeza bobina dolorosamente. Y es
ahora cuando él lleva al otro polo mi estupefacción:
-Mire
usted, don Enrique..., si aquí dijesen que usted... ¡pse!... no me importaría,
que bien sé que es nuestro amigo, y que está el día entero con nosotros, y que
baja al mismo tiempo a acostarse tranquilo en mi litera de encima...; porque
bien sé que usted, en fin, no tiene en el
barco
escondites, como los puede tener el capitán... cuando mi señora baja a bañarse,
por ejemplo, quedándonos a usted y a mí esperándola hechos unos papanatas.
Una risa
que Enrique disimula entre toses, oculta la mía. Si no, me descubren.
-Mire
usted, don Enrique -insiste con su voz terneril de bajo el exconserje-; mi
señora... mi señora... ¡ella es fría, en verdad... pero, caramba, que tanto,
desde Barcelona!... ¿Es que... el capitán... Y mi señora... ¡porque si no, no
se explica! Mejor fuese que no le hubieran
mentado,
y así no hice caso del primer anónimo... Pero al decir el de hoy «el
capitán»... Verá usted: yo había observado cosas del capitán, de mi señora...
aunque se creen que uno es tonto: en Aden ¿se acuerda?... fue donde compré este
anillo del topacio...; pues, bueno, yo quise comprarle al mismo, para mi
señora, unos aretes de perlas, y pedían caro...; seguí al moro, esperando que
bajase el precio cuando no le diesen más, y advertí que el capitán, aquí detrás
de la saleta, le tomaba los aretes... «vamos, para su señora» -pensé; y
figúrese mi pasmo de que al otro día veo salir... a la mía con ellos. «Vamos,
una fineza» -pensé; y como se lo dije
un poco
escamado, y ella me aseguró que los traía de España... Y además no volvieron a
juntarse ella y el capitán, que por entonces no nos dejaba, me quedé
contento... siquiera... de haber evitado... ¡Y figúrese usted, don
Enrique,
ahora mentarme al capitán, después de aquello!... al capitán, precisamente... Y
no a usted, que bien sé que es nuestro amigo.
Hace
punto el narrador.
Enrique
exclama:
-¡Hombre!
¡hombre!
Pascual
añade convencido:
-El
capitán y mi señora lo que han tomado a usted es por tapadera... ¡y nos la
están dando de primo, creáme! Sin duda Enrique muérdese los labios, por no
romper a carcajadas. Yo,
al menos,
me los muerdo. Además, algo de aquella rabia fugaz contra
Aurora,
contra el capitán, que me mostró el día de la horquilla, debe volverle, puesto
que le oigo abandonar a Pascual en su creencia, en su ira mansa ya vista
inofensiva:
-¡Demonio,
demonio!... Y tal vez sea cierto!... y... ¿cree usted... que estamos haciendo
los primos?... ¡Ah, las mujeres!
-¡No me
cabe duda! -contesta el infeliz transportando su ternura hasta casi un
remordimiento por la extensión del ridículo al amigo incauto.
Y la
comunidad de desgracia, que se diría que consuela, llévale a la confidencia
francamente:
-¡Yo soy
muy desgraciado, don Enrique!... Yo me casé con mi señora por salir de ruinas y
por sacarla a flote, cuando mi señora tenía una niña... de un senador..., de
otro... naturalmente... ¡historias, qué quiere usted!... Y ahora que esperaba
verla cambiada con este viaje... para vivir como Dios manda y con cariño...
¡mire usted!... ¡igual que en Salamanca!... ¿Y qué hago yo? ¿No estoy atado?...
Porque, sí, es muy sencillo en los dracmas del teatro: «ésa te engaña ¡hala con
ella!...»
Porque,
sí, yo podría haberme casado por... conveniencia..., pero llegué a quererla,
¡se lo digo!... Y si usted viese cómo cambian las cosas cuando uno quiere...
¿Qué hago?... ¿la cojo?... ¿le doy de trompadas?... Ni, ¿qué hago con el
capitán, tampoco? ¿lo cojo?... ¿lo tiro al agua de cabeza?...
-¡Hombre,
no!
-Ah, si
no tuviese más trabajo uno que agarrarle y tirarle como a un gato... Y esta
tarde, él allí... ¡allí!... solos los dos... mire usted, lo pensé... ¡y crea
que a no haber sido por la idea de que hace tanta falta a bordo... de que
quizás sin él nos romperíamos todos la crisma contra algún peñón!...
-¡De
seguro! -dice Enrique-. O iríamos a parar a las Quimbambas, en vez de a
Filipinas.
-Pues la
otra -sigue Pascual-, ¡peor!... Que le pego... que me aparto de ella... ¡y
llego a Filipinas, y cesantía al canto... en cuanto se entere el senador, y
heme aquí sin oficialiduría en Manila y hasta sin conserjería en Salamanca...,
¡que cualquiera vuelve a aquella Diputación con aquél, no siendo para darle de
trompadas!
-Oiga,
Pascual, estas cosas hay que tomarlas con calma ¿sabe?... O la tremenda, y
salga por donde quiera el sol, como en los «dracmas», o callarse y yo qué sé y
aquí no ha pasado nada...
-¡Eso
mismo digo yo! -corta Pascual, que más que consejos ha venido buscando, sin
duda, alivios y la aprobación a sus conformidades. Hay gentes que necesitan
dialogar, oír a otro para no embrollarse y poder oírse a sí mismos en sus
mentales conflictos- ¡Eso mismo he dicho yo!...
Después
de todo no cabe mejor cosa que callarse, que aguantarse... ¡y fuese preferible
que uno no pensase las cosas si las ha de hacer!...
Aparte el
cariño a mi señora, que es guapa y fina como una marquesa, aunque me esté mal
el decirlo..., ¿quiere usted ayudarme a sentir, don Enrique, si la dejo... si
yo encuentro en Manila un destinillo... por misericordia de Dios... por
misericordia de ustedes los amigos...? ¿quiere decirme qué vida la mía,
teniendo otra vez que buscármelas en casas de pendonas, como antes de
casarme...? Claro, uno es fuerte, robusto... y joven aún... ¡ya comprende!...
¿Qué?... Va uno a ésas, y allá van pesetas, y a ver dónde están cinco pesetas
cada día. ¡Dios sabe a cuenta de qué!...
Toma uno
una criadita... le roba..., se le hace a usted el ama... Se echa una querida...
pero ¿y los cuartos?... Esto es caro, amigo..., y en fin de cuentas, ninguna
que sirva para descalzará mi señora..., que es después de todo mujer propia, y
guapa y fino su cuerpo como habrá podido repararle por las manos... ¿se ha
fijado usted?... ¡Oh, oh, don Enrique, en cuanto a
eso!...
Viene la
gente del ensayo. Es lástima -iba entrando la confidencia en un cómico
divertidísimo... Este Pascual es «un temperamento» que me explica ahora su modo
de ser, a toda luz... El hombre ¡qué diablo!... es fuerte, robusto, joven
aún... y...
Oigo a
Aurora:
-¿Eh?...
¿Dónde se meten? La una y media... ¿No dormimos esta noche?
-Vamos,
vamos, hija mía. Sí, ya es tarde. ¿Se viene usted, don Enrique?
-Sí.
-¡Vamos!
No sé
cómo se aleja Pascual, pero apostaría a que le haya tomado el brazo a «su
señora» por irse deleitando a través de la batista con su piel incomparable.
- XXIII -
Diciembre
24. -Nochebuena -nos ha dicho hoy el almanaque.
Y es
preciso creerlo, ahogado, aquí, viendo este blanco y sutil celaje inmóvil de
tormenta, viendo correr por el agua quieta las manadas de delfines que también
parecen salir a respirar mientras aguardo como un ansiado bien mi segunda ducha de antes del
almuerzo.
El cielo
tiene una luminosidad siniestra de amenaza, sobre la calma del mar.
-¡Señorito!
-Hola,
Juan. ¿Ya?
-Sí,
señorito. No está compuesta la avería, pero pueden bañarse los señores en un
baño de señoras. Lo ha dicho el sobrecargo.
Bajo,
delante de Juan. Entro en el camarín que se me indica, y cierro. Esto de
refrescarse lo solemos tomar despacio, el que le toca, con desesperación de los
demás. Noto, sin embargo, que está el cuartito hecho un desastre. Los
carpinteros y plomeros han interrumpido su obra, y yace el suelo lleno de
aserrín, de clavos, de tacos de madera, hasta de
herramientas.
Arrancada la percha, sin otra silla, no sé dónde poner las ropas.
Fumo. He
colgado la chaqueta en el extremo retorcido de un tubo roto, y no tengo donde
soltar el cigarro. De pronto paréceme que la ducha se abre..., vuelvo la
cabeza, y no: es en el cuartito vecino; veo sobre la pila, al lado de mi ducha,
junto al techo, un boquete de paso de otros tubos arrancados.
Al mismo
tiempo siento el resoplar de impresión de quien sufre el agua, y una femenina
tos que juraría que es de Aurora... La idea de verla me asalta... a ella...
¡qué demonio!... no hay grandes traiciones de pudor con tal mujer... Y dicho y
hecho, velo un tanto con la cortinilla la
ventana,
subo al borde de la pila y miro...
¡Ah!...
está enfrente..., ninfa deliciosa... ¿quién es?... ¡No es la pescadera!... es
menos gruesa... ¿Pura?... No, tampoco... menos gruesa, ésta, asimismo... cubre
su cara con ambas manos. Una idea me cruza de verdadera traición... Y luego,
apártome a un lado del boquete...
Mas, no,
no, gran Dios... no es tampoco Lucía... ¡Lucía es más alta!...
Y como ha
sido divina la visión... Y como el mal de indiscreción ya estaría hecho...
vuelvo a mirar, pensando que será cualquiera de aquellas mujeres o muchachas
humildes del pasaje de quienes no ha hecho aprecio nuestro orgullo... Hay, en
efecto, una modesta hija de un ex-sargento, de un teniente, vestida de
percales, que bien puede tener debajo de ellos esta escultura ideal.
No se
mueve la figurita linda, acogida entre los líquidos hilos de la lluvia, entera
y recta alzada sobre los pies muy juntos al centro de la pila, como una bella
columna simétrica, como una cariátide de fuente.
Goteante
el pelo en obscuras sierpes que el cristalino varillaje sacude por detrás de
los costados, aplástasele a la cabeza erguida para recibir en plena frente el
agua, siempre protegida por ambas manos la faz. Las puntas de los codos,
separados hacia mí y a la altura de los hombros, déjanme ver y ofrecen también
a la frescura las puntas altivas de sus senos...
Me invade
la casi casta adoración de la belleza pura, de la belleza intacta y virginal de
esta ignota hija del ex-sargento, del teniente...; la noble adoración de la
humana forma, en diosa de inocencia, no manchada en mí esta vez ni siquiera por
aquellas vagas perspectivas de amantes proyecciones con que fuí por fin
envileciendo mi admiración a la rubia desdichada... ¡Oh tú, bella modesta de
quien no tengo otro recuerdo que el de tus ojos dulces, sencillos..., nunca
sabrás con cuál celeste admiración ha contemplado tus hechizos un hombre!
Feliz
pereza de edén, esta delicia de diosa en el baño. Su cuerpo, maravillosamente
lineado, maravillosamente azul a la luz que entra oblicua y directa del cielo
por la redonda ventana; su cuerpo lavado en gracia, absuelve sin embargo a la
mujer que es, bien mujer, la hechicera, sumiendo sus rincones de amor, tocados
de obscuro musgo, en discretas sombras que le dan la limpia pureza morena de
una estatua. Sin la negrura intensa del cabello, sería perfecta la ilusión.
Ya que
les quitan uno, para nosotros, han tenido al menos en el barco la atención de
guardar para las damas los cuartos menos trastornados en la obra. Aquí no hay
martillos por el suelo. Todo en orden. La roja colgadura de la puerta, frente
al ventanillo, refleja su fulgor de sangre sobre la mitad izquierda del cuerpo
gentilísimo, así repartido entre dos caricias de luz... Y humilla ahora la
frente, ella, curvada un poco a recibir 1a lluvia en la espalda. Sus manos
adelantan soñosas el pelo por encima de un hombro, y durante un segundo le
oculta el vientre un roto velo de madejas deshechas y temblantes en el raudal
de agua... Un seno de éstos, que no son en el marmóreo busto más que leves
gracias henchidas, parte una de las guedejas negras, negras, que se ciñen a la
carne al erguirse ella otra, vez, y queda asomando... Y... y... ¡qué veo!...
¡oh qué miro!... ¡por
Dios!...
¡ella!... ¡ella!!
¡¡Es
Sarah!!
¡Es
Sarah!
La magia,
el escamoteo en mis ojos, resulta incomprensible... ¡Sarah!... ¡Sarah!... y sí,
bien, Sarah... la niña... ¡esta mujer!... La estoy viendo sonriosa, con los
labios apretados, con los ojos cerrados, entregada libre ahora la faz a la
violenta frescura... Su cuerpo harto me ha dicho con rizosas falacias de
inocencia cuánto es flor, madura fruta su joven carne tropical..., cuánto es
injusto el tormento de máscara infantil a que la tiene forzada por no
confesarse declarada vieja la condesa.
¡Ah,
cuerpo de lumbre, linda y pequeña ninfa ardiente por mitad celeste, por mitad
encarnada, cómo te besa enamorada la luz de arriba abajo con pálidos clarores
azules en las sombras purpúreas de las rosas!
¡Cómo me
enciendes al fin todo en llama del fuego recordado de tus besos!
De
pronto, Sarah... ¡mi novia!... cierra la ducha. Salta de la tina.
Yo he
huido la cabeza... temiendo ser visto.
¡Mi
novia!
¿Por qué
dice el corazón la frase de otro modo?
Cuando
vuelvo a mirar, la veo envuelta en un esponjoso ropón como un manto de níveos
crisantemos. Con los brazos fuera, se enjuga el pelo en la toalla. Luego,
veloz, se coge, se anuda el pelo, como quien espera en su camarote arreglarse
más despacio; tira el ropón, se ciñe el blanco y breve corsé sobre la carne,
mojada en perlas: se pone por toda ropa una falda,
sin
camisa, sin enaguas, y en seguida una blusa de batista..., y sale.
Bajo yo.
Mis ojos,
mi sangre están fulminados.
No debo
ver más hoy a esta chiquilla... a esta preciosa mujercita... ¡ya sí que no lo
dudo!... si no he de invitarla yo mismo a... un disparate.
Poco
después, alguien pasa, al contiguo baño.
«¿Aquí,
señora?»
«Aquí.
Ésa es el agua caliente. Y la ducha.»
«No, no,
Yo quiero baño, a placer... Hasta luego.»
El gran
Pascual.
Maldita
la gana que tengo ahora de asomarme.
Me
desnudo todo lo aprisa que puedo; tomo mi ducha, todo lo larga posible, para
calmar mi interna y loca sed de Sarah- y voy a mi camarote.
El húsar,
que acaba de despertar, quiere referirme el coloquio de anoche, y yo le corto
manifestándole que lo escuché... Tengo una gana rabiosa, cuando él me pregunta
qué hacía detrás del torno, de contárselo y de contarle la visión del baño...,
pero me domino.
En la
mesa encuentro a Sarah, niña en su disfraz infantil, que ahora hasta con la
expresión la place completar... Tiene aún el pelo húmedo, suelto desde un
lacito verde en la nuca... -Se ríe, se charla de cien cosas, y ni me mira...
Sólo al final habla de que siendo la fiesta esta noche, esta noche sí, tendrá
que vestirse de mujer... la dama del Chateau Margaux.
Y yo no
sé qué chispa de sus ojos parece suplicarme que la quiera así, prometiéndome
que así habré de tenerla, con galas de mujer, en el camarote 15, esta noche...
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Paso el
día más inquieto de mi vida. He recorrido el barco diez veces, de proa a popa.
He ido observando cómo poco a poco se turba la serenidad del mar, se trueca en
conchas, en espumas, en un movido oleaje, al anochecer, que nos mece bajo el
cielo lleno de cirros.
El viento
que iba levantándose, se calma; pero el leve balanceo sigue, a la hora de la
colación con que, a ruegos del capellán, se ha sustituido la comida, a fin de
celebrar la función hasta las doce, y servir después el banquete sin pecar
comiendo carne.
Sarah
viene a la mesa «de mujer»... Está provocadora, bellísima con su artístico
peinado y su gran bata de encajes... Es tal su aspecto, que involuntariamente
la llaman de usted algunos..., el capitán... Alberto...
-Perdónala
su madre en gracia a que se le ha ocurrido ponerse sobre el pelo una diadema de
brillantes de la cual se hacen elogios... Es de Charo, también; sin esto no
hubiéramos sabido que tiene tan rica joya, tan rica bata... «para andar por
casa en Cuba»...
-¡Ah, yo
podría vestir con mis baúles diez comedias!...
Y sin
embargo, un desastre, la función. Menos a la francesa, se ha invitado al pasaje
entero, que desborda en la cubierta donde se está celebrando... porque al ir
esta tarde a quitar las mesas del comedor, se vio que había que desatornillar
además las sillas, y prefirió el capitán
que se
subiese el piano. El mar se mueve, y hay mucha gente que, si no mareada, está
angustiosa. Además, en el escenario improvisado con lonas junto al puente, y
adornado con banderas, arrojan los balances a los actores y actrices unos
contra otros.
Unido
esto a su torpeza y sosería, no se puede oír a Pura. A lo mejor se interrumpe
para quejarse en alta voz de los balances... Viene después la parte lírica. A
Sarah se le aplaude la intención de su
«Ma
fenêtre, helas, est fermée,
et ne
s'ouvrirá que pour lui...»
Yo,
pienso que esta ovación picaresca es una sanción anticipada de todos mis
insensatos antojos... Decididamente hay una idiotez general que nos empuja a lo
enorme. -Luego aplauden a Lucía calurosamente. Gusta también el relojero. Y se
entra en la segunda parte con Chateau Margaux, deslucida, a pesar de la gracia
infinita de Sarah, por Enrique, medio
mareado...
Yo detrás de la escena, donde hago las veces de transpunte, según van subiendo
las actrices vestidas por la escalilla de proa, siento de pronto que Sarah, al
salir, me da un beso ávidamente, en un momento de propicia soledad...
Vuelve la
segunda parte musical y duran todavía al dar las doce los pobres juegos de
manos del doctor... del doctor Roque, que aburre a todos, y a quien se abandona
al fin, camino del banquete. Y es aquí, es ahora cuando el buque se serena, lo
cual al fin desborda la alegría mal tenida en la función... ¡Todo un festín!...
Se vota un pláceme al jefe de cocinas... Los corchos del champaña, saltan... Se
bebe, se brinda, se grita... Al amanecer hay alegres grupos por todos lados,
por el comedor, por el fumadero, por la cubierta en plena extraordinaria
iluminación... allí también, junto a la saleta.
No ha
podido Sarah decirme su rabia de no hablarnos esta noche, más que con una frase
del brindis de Traviata, copa en alto, cantándola y llenándose de espuma...,
entre la confusión de alegrías:
Il segreto per esser felice
so io per prova
Pinsegno
agle amici...
¡Ah, la
osada!... Mas, ¡qué importa!... de quienes la escuchamos, de quienes la
aplaudimos... dos nada más la hemos comprendido su audacia; Lucía y yo, que nos
miramos de un modo singular... de sorpresa... de vergüenza...
- XXIV -
El mar de
la China recobra sus fueros de mal genio y mueve nuestro barco, dejando de ser
el cristal inconmovible que hemos corrido casi sin cesar desde la Arabia. Sin
embargo, lo mueve discretamente, como para advertirnos nada más, como para
volver al bello azul cobalto de Sicilia diciéndonos que siempre es uno y el
mismo. Los celestes presagios de tormenta, se han borrado, y el sol traza su
senda de luz en las olas.
He vuelto
yo también esta tarde a desear lo sencillo, tras el sueño inquieto de la mañana
entera en que ha rendido la fiesta al pasaje. Enrique acaba de contarme que a
las tres «durmió a Pascual, y que terminó la noche... con aurora». Hubo además
sus borracheras, sus escándalos, sobre cubierta -lo supo él, que es el hombre
de las observaciones: dos se pegaron, y en la saleta, a obscuras, parece que
llegaron a entrar Pura y el tenientito, encontrándose allí dolorosamente
sorprendidos con un durmiente que había vomitado las trufas y el champaña...
He vuelto
a desear lo sencillo con el instintivo asco profundo que en la fatiga de vinos
y deseos dejan las báquicas lascivias de los demás.
Casi una
repugnancia de cada átomo de mi ser en ansia de purificaciones..., y huyendo de
las gentes, de Sarah, de la niña-mujer que fue asimismo en la hipócrita bacanal
mi tentación y mi martirio, he buscado en este extremo de la popa, junto a mi
limpio cañón enfundado, al pie de la corredera que sigue dando vueltas en la
estela, otras castas y anchas compañías de las verdaderas almas de niña que son
las olas en sus rumorosos juegos del silencio... Ellas bullen, saltan, se
tocan, se lanzan espumas...
He traído
tal vez la esperanza de Lucía, en sus diarias visitas a la rubia. Algunas
tardes las he visto juntas aquí, mirando cómo el sol despliega sus crepúsculos
grandiosos. Me hiciera bien hablar con ambas de las aguas y del cielo..., me
hiciera bien hablar con ella noblemente de lo
que ella
¡la humana! querrá quizás reprocharme del brindis de Traviata...
Y me
admira, viendo cómo la corredera da vueltas, sin haber perdido una mientras
marcha el Reus, mientras dormimos nosotros, como igualmente según su condición
son inmutables e incesantes las tendencias en las almas: la misma, Lucía, a
través del medio corruptor del buque, que el día que la vi arribar en el blanco
esquife en Barcelona: la misma, sonriosa y gentil... imperturbable -como esta
corredera, como esta hélice tampoco fatigada en su girar, como este pobre
corazón que todos llevamos en el pecho y que late segundo por segundo en sueños
y en las vigilias desde el nacer hasta la muerte... ¡La misma, como un cuerpo
de alma que guarda en sí propio la firmeza de su fin y su destino!
¡Pobre
corazón!... tú lates... lates... en tanto cruza el alma los mares varios de la
vida... Yo querría verte ahora y tocarte con mis labios, diciéndote que sigas,
que no te canses aún, que no haces vivir en
mí
completamente a un miserable...
Doblo
hacia él la frente y quédome pensando, aquí abrumado sobre el ruedo de maromas,
que no me será ya muy difícil eludir, en los cuatro días que de viaje restan,
la estúpida provocación de Sarah. Cáusome a mí propio el efecto, en el vuelo de
pesares nobles, de la cansada ramera que resiste por hastío y por una mezcla de
desprecio y de piedad la testaruda
invitación
de un jovencillo al cual puede darle desdicha sin recibir nada nuevo... ni la
poesía de su pudor. -Sarah, ese jovencillo; y su pasión, vicio procaz bien
limitado, bien exaltado por mi indiferencia de hombre, de «ramera», a su
aparente niñez... Son iguales nuestras ansias cuando ella me las infunde con la
boca... Y ambos quedaríamos probablemente en el mismo tedio después de los
abrazos... Sí; noto ahora, con horror de ese alma de muñeca, que ni un momento
hace preocupado del porvenir..., de boda..., de adónde iré... de todo eso que
teme y trata de afirmarse siquiera en juramentos la amorosa que se entrega...
Oigo la
hélice, y veo su palpitación de espuma. Percibo con mi mano diestra mi corazón.
Mi corazón y la máquina van moviendo en mi ser y en el buque la misma
monstruosa confusión de cosas y de almas... Yo también llevo un rincón de
Lucía, de altezas, en el pecho casi ridículo entre tanta escoria de la carga.
Éntrame
el afán de ver las máquinas, ya que no puedo mi corazón. Una curiosidad que no
había tenido en veinticinco días de a bordo, cuando tantas necedades me
absorbieron.
Bajo a la
entrecubierta.
Entro en
la galería.
El foso
de las máquinas tiene frente a un almacén su acceso, cerca de las cocinas. Paso
a él.
En la
baranda de la escalera de hierro que va descendiendo adosada a sus paredes de
cisterna, deténgome a considerar la negra profundidad. La inflada manga de lona
de un ventilador baja oscilante por el hueco, desde la lumbrera de la cubierta
de segunda. Abajo, entre el rojo resplandor de luces artificiales, veo una
biela poderosa que hace girar un volante...
Y
vuélvome de pronto. Me llaman desde el pasillo. Llega a mí la vieja camarera de
las cartas... con otra.
-¡De
parte de la señorita!
Vase
furtivamente la camarera, y rompo el sobre:
«Esto es horrible. Ni ayer ni anteayer hablamos. Ven a la biblioteca».
¡Oh,
Dios!
Una
impresión francamente repulsiva me toma con la idea de esta chiquilla errante y
sola por el barco como una gata atormentada de lujuria.
Mi
impulso es no ir.
¡Sarah!
¡Oh, escondido cuerpo grácil de estatua... ¿qué importa tu material pureza si
te faltan la gracia del amor y la inocencia..., si aun para ser aquella otra
india estatuilla te faltan hasta su docilidad y su dulzura cuanto te sobran el
descaro y la doblez?...¡Ah, sí, sí tú me haces sentir, rara virgen, la infamia
de la ramera -que al menos tiene una moneda por disculpa-, con tu limitada
solicitación de placer en mi carne!... Siento bien lo que es ceder sin
voluntad, en tu asedio repugnante..., y debes conformarte, sin saberlo, con
haberle dado a un hombre, acaso la primera, esta extraña sensación!
Pero...
¿por qué sin saberlo?... La imagen de Lucía pasa en niebla llamándome
cobarde... Al menos realizaré este empeño, de la empresa alta, en la
biblioteca... ¡Sabré decirle a Sarah cómo es horrible, esto sí, una flor de
virginidad abriendo en vicio!...
Desisto
de las máquinas. Salgo y cruzo galerías. Está arriba todo el mundo. Huele
siempre en nuestra cámara a las flores que enloquecen... sampaguitas. -Vacilo
en el comedor, tomo el pasillo de la izquierda del piano y reconozco la
biblioteca enfrente, por dos pequeños estantes.
Las tres
puertas de camarotes del pasillo están cerradas. La «biblioteca» es un tabuco a
cuyas cuatro paredes se aspa con los brazos.
Tiene
como una docena de libros. Los miro: El arte de creer, de Augusto Nicolás, ¿Se
opone la fe a la razón?, por X, La Europa salvaje, por Flit... Comprendo que
los pasajeros la ignorásemos. En otra tabla están las obras de Julio Verne, y
al lado ¡menos mal! una lujosa edición de La Divina Comedia... Alcanzo el tomo
del Infierno y hojeo los magníficos grabados de Doré: el texto, a dos mitades,
está en español y en italiano...
Un ruido,
me torna; una puerta, del camarote de al pie, ha sido abierta... Y Sarah, de un
salto cae en mi pecho.
-¡Mi
Andrés!
No me ha
dejado decir ni su nombre..., me estrecha, me estruja, me busca la boca... se
muere estremecida en el beso ávido, largo, interminable...
-¡Sarah!...
por... Dios... que pueden venir...
-¡No!
¡Nadie!
Y en la
huida de mis labios, los busca otra vez, con los suyos, colgada de mi cuello...
sin término, sin fin... Luego, a su peso y a la dulce cobardía de que va
llenándome el ardiente contacto de su cuerpo, caemos desfallecidos en el beso
sobre el pequeño diván... Artera, o
realmente
por la violencia desbrochada, veo su garganta y la curva de su seno moreno y
firme... Me doblo y lo muerdo..., y entonces grita, en grito ahogado,
quedándose desmayada en abandono...
-No,
mira, Sarah... -digo de pronto levantándome, trémulo, frenético-, arriba, en el
camarote, ¿sabes?... Tengo la llave en el mío...
¡Sube
después de comer!
Ella,
solloza y suspira, la espalda contra el respaldo... Tiene el pelo en madeja, y
un blanco peinador lleno de gasas la cubre.
-¿Sabes?
-insisto.
Y
cogiendo el tomo del Dante, por precaución de disculpa, salgo.
Pero me
alcanza, ligera, y me da otro breve beso de dominio, diciéndome aprisa en
seguida: -Baja la llave, y ponla en un candelabro del piano. Avísame tocando el
vals que tocas tú... ¿Qué número es?
-El 15.
En cuanto
cierra el camarote, donde he visto una dorada cama igual que la del de arriba,
subo a la cubierta en busca de Enrique, que está con un grupo de hombres.
Llámole aparte y le digo que «han soltado a la francesa... en furia»; que vengo
de hablarla y de quedar con ella para la alta noche en el... si el... «¡Buena
guardia!» -me interrumpe en lenguaje militar, dándome el llavín. Vuelvo a bajar
y lo pongo en el piano... en un hueco del dorado candelabro cuyos colgantes de
vidrio vibran unas notas de mi vals...
No
pienso..., y sin embargo, existo. Todo para lo brutal, ciego y loco, sin que
haya otra reflexión que me dé vueltas sobre las vagas impresiones de las
láminas del Dante, que hojeo aquí en el solitario sitio de nuestras tertulias
de la noche, más que ésta: «¡Qué más da!... Selo tú, si ha de ser alguno el
primero fatalmente»... Y una confusa y baja conciencia en donde está también
desnuda Sarah, según la vi en la ducha, como estas bellas condenadas de Doré,
me afirma ahora con bestias complacencias que ella intacta vale más que la
francesa, que Aurora, que
Pura, que
la estatuilla de Colombo y que la egipcia de Port-Said...
Bastante
más que todas estas hembras de placer del Reus y de los puertos... en la gama
tan diversa de mujeres en cuyo centro están las vírgenes tontas del coronel y
en cuyo extremo de idealidad y excelsitud está Lucía. De una mujer a una mujer
hay, pues, más diferencia que de un sapo a una Diosa. Por eso se puede decir de
ellas todo lo necio y lo
grande
con razón.
«Lasciati ogni speranza».
¡Oh! ¡Es
simbólico para mí también ahora el libro de los símbolos!
Bien, sí:
io lascio... -buena o mala, he aquí la aplicación de mi acústico italiano a la
boca de otro infierno de indignidad.
Y sigo
mirando los santos del Infierno. Compláceme también mentalmente con escarnio el
calambur.
La
campana.
A comer.
Llego el
primero. Van llenándose pronto las mesas. Sarah no está. Nadie hace caso...
Claro, oh... «la chiquilla!»...
Pura,
enfrente, muestra hoy singular melancolía al lado del teniente.
Esto, de
ésta, sí, parece preocupar a las amables malicias.
Yo pienso
que tal vez las dos vírgenes locas del pasaje han venido en misteriosa competencia
por dejar de serlo..., ¡y que no se han ganado mucha delantera!
Sarah,
llega. Nadie la hace caso. Solamente el comandante la coge en mimo por la
barba.
-¿Dónde
andas?
-Oh...
¡ahí!... acabando de arreglarme.
Sonríe,
con los ojos bajos, dejándose agitar la barbilla por el paternal comandante.
Por mucho que sea de éste el perverso agrado en su paternidad, no podrá
comprender el sentido del «acabando de arreglarme»... dicho para mí. Viene tan
perfumada, que desde el frente de la mesa me ha dado el olor de su Chipre, de
su ilán, aun en este comedor que sofoca de
perfumes.
Y no la miro, por complacerla no viéndola más en traje de chiquilla; por seguir
imaginándola como en la ducha; por recordar mejor la brava esquela que volvió
con la camarera a enviarme hace un rato:
«He visto
el camarote. Tarda tú un poco en ir. Yo estaré dentro, encerrada. Para no
exponerme a contestar o abrirle a otro, llama con las uñas. Quiero que me
encuentres de mujer, para que hablemos sin que te parezca más la chiquilla.
Llevaré ropa de mamá, y la diadema... como en Chateau Margaux. ¿Te gusté?...
Tendré que vestirme dentro: por eso te digo que tardes..., pero no mucho. Rompe
esto.»
Sin
mirarla, la observo, la siento: no cesa de beber agua con hielo.
Siento
además a Lucía, como si me contemplase grave a intervalos: me ha dirigido la
palabra y he debido contestarla torpe...
Pasa
junto al piano el doctor Roque al terminar la comida, con dos botellas, una
copa y tres cucuruchos de papel, anunciando que va a hacer el escamoteo del
agua y el vino, y otros que no le salieron anoche. Hay quien desfila, pero
queda, entre muchos, la gente de nuestra tertulia, invitada con predilección...
Unos minutos después, no veo a Sarah. Y yo me escamoteo también y voy a esperar
en la cubierta.
Pésame en
seguida, porque dudo si la reunión del comedor la entorpecerá al tener que
pasar ocultando la bata del Chateau Margaux, o si ya la habrá subido esta
tarde... En la duda, aguardo un rato más. Estoy realmente temblando como un
ladrón. Nunca he sido hábil para estos subterfugios..., temo que van a
vernos... Y llega don Lacio, renegando del doctor y de sus juegos y hablándome
después de la cuestión del día:
Purita.
-Sus bromas tienen la amarga compasión inmensa con que parece cruzar por la
vida, jocoso y resignado..., tienen en esta hora para mí, sobre todo, un filo de acero que me toca el
corazón... Afortunadamente vienen a llamarlo de parte del doctor que quiere que
le vea sus juegos.
-No le
invito... ¡Feliz, querido!-me dice. -¡Pídale a Dios que acorte mi tormento!
Va.
¿Es que
en las situaciones horribles hay frases con un sentido de adivinación dolorosa
o es que mi angustia se lo encuentra a lo insignificante?... El ruego en broma,
me llena de amargor... Yo puedo, en verdad, librarle de posibles tormentos
harto más reales que el del
médico...
Mi voluntad parece que va a determinarse al asesinato de una honra de más valía
que la de Sarah..., al frío y aleve asesinato de la honra de un vencido donde
yo asestaré la puñalada final.
Y sin
embargo, me levanto, marcho, voy al fin... aunque no va ya en mi cuerpo
tembloroso el amante... más que debajo del miedo y la ignominia del ladrón y el
asesino. Llego a la puertecilla de la escalera...
-¡Oh!!
-Qué...
¡Andrés!
Lucía y
yo acabamos de encontrarnos.
Nunca
sabré decir por qué he tenido este pánico de sorpresa... ante ella... Nunca
sabré decir qué ha leído en mi semblante... Ella, en la puertecilla, yo un paso
atrás, en la cubierta, nos miramos. Luego sonríe indulgente, investigando
alrededor cualquier otra silueta fugitiva,
adivinando
mínimamente lo que le sería imposible concebir en toda su inverosímil realidad.
-¡Oh,
Andrés!... ¿qué tiene?... Diríase que soy... una conciencia.
-¡Lucía!
Ella
sigue, con su alma valiente y generosa:
-...
aquélla... ¡a quien no ha querido usted continuar hablándole de Sarah!... Adiós
-añade buena aún, amiga, hermana, consejera; déjela
bajar...
hay ya ojos en el salón que echan a ustedes de menos.
-¡Ah!...
¡yo... Lucía...! ¡Sarah no está aquí!
Y como
ella se encamina a los sillones donde con pérfida alegría veo aún, abierto bajo
la ampolla de la luz el tomo del Dante, yo la sigo, y nos sentamos.
He
logrado recogerme a la astucia, en el trayecto breve.
-Mire
-digo-: leía esto.
La
admirable mujer, serena siempre, no estima mis palabras. Yo no oso insistir, en
vergüenza que háceme bajar los ojos... Va a decirme algo y le temo..., le temo
a su solemne pausa de compulsaciones.
-Andrés...
perdóneme si intervengo en cosas cuya mayor responsabilidad es al fin mía,
determinada por mi inducción en la voluntad de usted hacia una chiquilla
insensata... Sería yo mala amiga si no le advirtiese lealmente lo que ni usted
ni ella pueden advertir; lo que nunca advierten hasta el momento irremediable
aquellos a quienes les importa; lo que no han advertido tampoco de ellos Pura y
su novio, aunque como usted sabe lo comenta en torno de ambos todo el barco...
Pues, bien, el escándalo del día, no es uno, son dos, a bordo: Sarah también...
Anoche, tras el telón del fondo, alguien les vio a ustedes... la vio a ella
tomarse confianzas excesivas...
-¿Quién?
-La
india, desde la escena misma, donde Sarah retrasó su entrada. La que hoy se lo
ha dicho a todo el mundo.
Un
bochorno inmenso me invade. No me queda otra mental actividad que la memoria,
para recordar que ella me dio efectivamente el beso al salir, junto a la
bandera replegada de la puerta... Por no caer ante Lucía de rodillas, por no
decirla si no en una brusca confesión dónde y cómo me está Sarah esperando,
prefiero confiarme a un expiativo silencio, y
exclamo,
anonadado, extinguido:
-¡Lucía!...
¡Oh, Lucía!... ¿me cree usted muy despreciable?
-No
-responde amarga-. Antes yo la imprudente, que le lancé a una empresa imposible
con una chiquilla loca... ¡con una loca indomable! Sin mí, Andrés, ella habría
rabiado a su solas, mas no estaría en evidencia: quiso usted no hacerla caso...
¡Y habría sido mejor!
Alzando
la frente, que se ha inclinado también hacia su pecho, me mira dulce y
pregúntame, recogiendo para sí la misma desolación de mi alma:
-¿Me cree
usted muy imprudente, Andrés?
-¡Oh!
No he
podido contestar más, con un escalofrío de asombro a la inmensa bondad y a la
amplísima comprensibilidad de esta mujer. Con mi exclamación ha ido mi mano a
coger la suya, estrechándola, de dorso, sobre el bambú del sillón que ella
tiene empuñado... No me doy cuenta del contacto, más que como de una caricia
infinita y apasionadamente fraternal que ella acepta con llaneza... Sólo
después de algunos segundos desliza de bajo la mía la mano, y dice vaga:
-Por
fortuna la edad de ella, y el respeto quizás a su padre, y a usted mismo,
Andrés, han contenido la murmuración en los límites de una pueril ligereza...,
de una precoz perversidad de la muchacha frente a la pasiva perplejidad de un
hombre puesto por la inconsciencia en situación difícil... Sin embargo, me
atrevo a aconsejar a usted que no prolongue
estas
dobles ausencias de usted y de Sarah entre las gentes... La maledicencia está
ahora mismo allí abajo más despierta contra Sarah que para las
prestidigitaciones de doctor.
Nada
digo.
Lucía
insiste:
-¡Haga
usted, Andrés, que Sarah baje!
-¡Oh,
Lucía!... Sarah... no estaba aquí... no está en la cubierta- ¡Y como es la
única parte de verdad que puedo decir de lo indecible, lo he dicho firmemente!
-Baje
usted, al menos. Es lo mismo.
Voy a
obedecer... pero vuelvo a sentarme. He tenido el impulso de pedirla que me
acompañe también... como guardia de la débil voluntad y de la vida miserable
que bien podrían torcer su marcha desde el comedor al camarote... ¡Ah,
únicamente al lado de esta luz de alma podré sustraerme a la atracción del
cuerpo en fuego que va de cierto sufre y llora en su misteriosa prisión! Sí, yo
querría ir siquiera a avisarla... ¡Y no sabría resistir sus besos mi débil
voluntad, mi vida miserable!...
-Lucía...
¿quiere usted que no nos preocupemos más de esa chiquilla?... Ni para forzarme
yo ahora mismo en dar inútiles satisfacciones... ¿a qué? Yo estoy con usted...
con Aquélla a cuyo lado se está siempre en ambiente de respeto... Y mire, me
están viendo: también hay gentes aquí... allá... allá...
Confía en
mi decisión, después de lo que ella cree fracaso de las suyas, y yo,
míseramente dichoso del alto concepto que de mí conserva con sólo haber sabido
callar, la oigo en triste y sencilla complacencia hablarme del mar, de la luna
que vemos por tercera vez menguante en
nuestras
noches del viaje, como un arete que no alumbra, perdida entre luceros. Luego
conversamos del término del viaje mismo: hemos visto pasar tantos pueblos y
tantas gentes y tantas cosas desde la borda, que se diría que estamos en otro
mundo... en otro mundo fabuloso de este extremo de la Tierra adonde vamos
llegando, habiendo en suma andado menos, que en cualquier tarde madrileña de
paseo por el Retiro. La paradoja de lo simple nos abruma, y adquirimos la
noción de que le hemos tornado afecto al barco, que tendremos que dejar ya
dentro de tres días... Hay una melancolía de todo lo que acaba, que nos lleva,
pudiera decirse, con sorpresa, a reparar en nuestros destinos diversos... ella
va a Iligan, en la isla de Mindanao, no a Ilo-Ilo como me dijo no sé quién en
Barcelona...: yo iré a las órdenes del general Rey, a quien vengo recomendado,
no, sé adónde... mas ¿por qué no quizás a Mindanao, centro de la guerra también
con los moros y los indios?... Nos hace callar no sé qué dilatada visión de
tristezas, de guerra, de peligros... de lo terrible y lo heroico que veo por
fin en este instante ante la proa del Reus.
La
campana de a bordo da las siete y media. Crúzame lejana, hundida, la imagen de
la desesperada esperando. La había olvidado ya.
¡Sarah!
Partió de
la mesa a las seis. Llorará... se habrá cansado... En el comedor suena música
hace rato. A nuestra espalda, por la lumbrera del fumadero, sube alguna vez el
tintineo de las monedas del tresillo.
-¿Qué
leía usted? -díceme Lucía rompiendo su abstracción y tomando del inmediato
canapé el enorme libro abierto.
Bajo el
papel de seda que protege cada lámina, veo el hermoso grabado en que Doré
presenta plenamente desnuda una mujer.
-¡Oh,
Dante! -dice Lucía volviendo el transparente para mirar el pasaje de Francesca.
He
dominado un ademán de volver las hojas, cual si la contemplación del blanco
cuerpo, que coge toda la plana, pudiese revelarle cómo evocaba yo el de Sarah
en la ducha... La artística desnudez de los amantes está impregnada todavía,
para mis ojos, de lujuria; pero no la contempla Lucía así, en su alma altísima:
le evoca a ella arte, nada más.
-He visto
en París -la oigo- el famoso cuadro con este mismo asunto, de Archer Ary. Paolo
toca más delicadamente aún a Francesa, ante el negro torbellino que arrastra
sus desesperaciones... Aquí también está, precisamente, la estrofa más hermosa
del poema.
-Sí...
«Caí como un cuerpo muerto cae».
-¡Oh,
pero en italiano!... Oiga. Usted lo entiende:
«Cuando
leggemmo il disiato riso
esser
bachiato da cotanto amante,
questi,
che mai da me mon fia diviso,
la bocca
mi bació tutto tremante:
Galeotto
fu'l libro è chi lo scrisse:
quel
giorno piá non vi leggemmo avante
Mentre
che l'uno spirto questo disse,
l'altro
piangeva si, ché di pietade
i'venni men cossi com'io morisse
è caddi, come corpo morto cade.»
-¡Ah!!
-he exclamado alzándome del libro, casi del hombro de Lucía, casi de haber
sentido su aliento, en el encanto del nada sentir; con la avidez también de
aquellos versos pronunciados en tutto tremante canto de entusiasmo por la boca
divina que no he visto...; y al reclinarme atrás llevando en el corazón en
congoja un dardo de arte... del arte del poeta, y del arte de la intérprete de
su sentir, maravillosa..., otro ¡Ah! de una brusca emoción indefinible arranca
en mi garganta la blanca y calma silueta diabólica que está detrás mirándonos a
ambos... ¡Sarah!!
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Sarah,
rígida, terrible con su impasibilidad violenta, a un paso de nosotros!
Lucía se
ha apartado de mí con un instinto de terror.
-¿Leyendo?
-dice Sarah.
La
chiquilla nos domina. Se acerca y mira, sobre la falda de Lucía, la estampa de
Doré.
-¡Oh!
-hace a su vez cubriéndose púdica la cara entre las manos.
Y sin
decir nada más, absolutamente nada más... gira, marcha lenta el poco espacio
que hay a la escalera, en su actitud de niña avergonzada... Y desaparece...
Yo la he
seguido en la sombra de los ojos todo el odio... todo el odio de su impávida
faz sonriente, de trágica, de cómica increíble...
-¡Oh,
Andrés! -exclama Lucía solamente, interrogándome, aterrada de mi espanto, más
que del suyo.
-¡Sí!...
-le confieso; ella esperaba... me esperaba. ¡Ah, la
chiquilla!...
-¿Dónde?
-Me
esperaba, me esperaba... Desde que usted llegó... cuando yo iba miserable a...
¡me esperaba!
Y
mientras yo callo y lucho y voy tal vez a resolverme a contar dónde esperaba,
para darle a Lucía la franca idea de mi situación, y acaso del peligro de
calumnia para ambos por los celos de la horrible..., oigo vagamente la voz de
Sarah, por la lumbrera abierta, entre los ruidos del buque... Me levanto y
miro...: está de pie, junto a la mesa donde juegan Alberto y su padre... Le
habla a éste desde enfrente... Y no puedo entender... La indiferencia del
diálogo en las sonrisas, en el seguir don
Lacio
mirando y echando sus cartas, podría tranquilizarme, pero... De pronto ha dicho
ella algo a Alberto, y sale. -Algo muy astuto y tremendamente inocente...
puesto que él se ha alterado... Y termina trémulo su baza... Y se levanta al
fin...
-Oh,
Lucía... ¡Adiós!... Viene... ¡viene!
-¿Quién?
-pregunta la que ha seguido con desorientado afán mis ansias.
-¡Él!...
¡Alberto!... ¡su marido!
-¡Ah!!
-Ella le
habló... no sé qué maldad... que haya... ¡adiós!
Pero
Lucía me detiene, casi por el brazo:
-¡Siéntese!...
¿qué nos importa?
Yo
obedezco... Oírnos en la escalera pisar. Se ha inclinado ella al libro y vuelve
a leer, serenamente, con una tranquila dignidad a la que en vano querría
restarle un ápice lo que tiene de mañoso, esta repetición de la lectura:
«...questi,
che mai da me non fia diviso, la bocca mi bació tutto tremante...
Y se
interrumpe para mirar a Alberto, para decirle «¡hola!»... Y termina:
«Galeotto
fu'l libro è chi lo scrisse:
quel
giorno piu non vi leggemmo avante.»
-¡Qué
lees!
-Dante.
El Infierno.
Él se
inclina tratando de comprender en lo escrito el sentido que no pudo coger del
todo en la voz. En seguida ve el grabado, y clava en mí una mirada rabiosa.
-Oh, qué
estampas... ¡qué libro!... ¿De usted?
-No, del
barco -respondo. -¿No lo ha leído?
El simple
hecho de no ser mío, parece calmarle un poco.
-De todos
modos -dice en severa reconvención a su mujer, desdeñando contestarme- no me
parecen estas láminas las más propias para... para...
Ven,
Lucía; haz el favor... ¡con el permiso de usted!
Quítale
el libro, que deja en el sillón; la alza, y llévasela del brazo por la
escalera.
«¡Con el
permiso de usted!» -ha repetido ella poniendo en la frase toda la digna
cortesía que él me trocó en desprecio.
Esto, al
menos, me confía en que confía ella en su honradez y en su altivez para no
temerle...; me borra al instantáneo impulso de seguirlos... ¡ah, porque si este
hombre tocase a esa mujer... no sé... yo no sé...!
Sólo sé
que sé ahora, como Bécquer, «¡por qué se muere y por qué se mata!»...
- XXV -
Días
vanos -ayer, anteayer. No ha podido Sarah hacer mejor. No he vuelto a verla:
mareada (¡ella!) en su camarote. Sigue mareada, en su prisión voluntaria de
odio -aun hoy que quiere el mar despedirnos menos bravo enfrente de las tierras
filipinas.
Mareado
Alberto (él sí), pidió a sus celos ridículos la fuerza para estar
constantemente al lado de Lucía; y sigue constituido en tardío y fosco
vigilante que la irrita, dentro de la inalterable cortesía con que ella le
habla a todos... a mí también.
Un barco
que llega es una casa en mudanza. Se despierta y no se piensa más en ese
arraigo de profunda intimidad que está en la habitación.
Han hecho
las camas, las camareras; mas por las puertas abiertas las he visto inundadas
de cajas, de maletas, de cabás que aguardan allá abajo mientras aquí arriba
esperamos con el espíritu fuera del mar.
Se recoge
cada cual a su egoísmo. Las caras y los trajes son otros. Diríase que otra vez
la mayoría nos desconocemos, relegada anticipadamente a recuerdo transitorio
esta familiar comunidad de un mes, ante la vida nueva presente a nuestros ojos.
Sólo
restan los afectos mantenidos de esperanza: la india con su relojero -que ya
han hablado de boda, casi; Aurora junto a la condesa, cuya amistad quiere sin
duda conservar para Manila... Amistad de la gobernadora... nuevo afán de otros
capitanes de a bordo y de otros
Enriques
que la afirmen «en la buena sociedad», puesto que éstos irán el uno a España,
el otro, a la isla de Joló. Han terminado afablemente «sin trompada», la
pescadera y Enrique: él no charla hoy con Pascual, sino acá y allá con el grupo
volante de hombres donde ahora está don Lacio.
También,
más triste, la pobre Pura, sola con su madre, se da cuenta de cómo a cada
instante los arreglos de equipaje apartan de su lado al tenientito; en el grupo
de don Lacio brinda ahora cigarrillos el despierto tenientito, de su pequeña
pitillera de frac, con monograma... Hay cosas de
un viaje
de un mes que no puede olvidarse en una vida.
Yo,
igualmente las llevo: ardientes y penosas como la de esa Sarah infeliz, que
allá abajo llora y odia mis noblezas, y vagas e infinitas como las de esta
mujer con el nombre de Lucía, que ha pasado por mi lado en fantasma de
intangible felicidad...
Acércaseme
el comandante. Estalla de risa. Viene de donde don Lacio, con fúnebre gravedad,
le está proporcionando una maravilla de negocio a un comerciante, excompañero
de tresillo. El comandante me lo cuenta interrumpiéndose con carcajadas.
Consiste en explotar la producción de lanas, sin dehesas, ni ganados ni
pastores... «Una ganadería de perros de lana». Sabe don Lacio que abundan en
Manila, y no tendrán más que comprar... quinientos, seiscientos... poniéndoles
un local donde acudan por la noche... soltándolos de día a fin de que se
mantengan al merodeo por las calles...: y cada tres meses... ¡zas! la esquila.
Voy con
el comandante, que no cesa de reír.
Don Lacio
informa a su interlocutor, que escucha como un bobo.
-El toque
en los negocios, don Cástor, es inventar... ¡lo nuevo! y esto no se le había
ocurrido a nadie... El huevo de Colón. ¿Me quiere decir por qué no ha de
aprovecharse en trajes la lana de los perros?
-Tendrán
ustedes que sacar patente -interviene el tenientito.
Las risas
acaban de escamar al comerciante, y se escurre, se nos deshace la reunión... Se
desliza con su calma figurita de besugo y su gorra de ensaimada y su negro
bigotito de caricatura tudesca.
Pasamos
con frecuencia cerca de islotes desiertos, llenos de bosque, como macetas
flotantes, que no nos llaman la atención. Apenas si distraen un rato nuestro
afán del término del viaje en que empezará otra vida...
La
campana llama al comedor. Última comida la de esta tarde, triste como todo lo
último.
Bajo. No
falta un pasajero, y adviértese no obstante esa disociación de los espíritus
que no anima las conversaciones. El capitán llega a la mitad. Yo observo. Pura
apenas toca los platos, junto al novio: he visto una lágrima en los ojos de
ella... Es Aurora la que está posesionada de toda su importancia, llevando el
tono de la charla alrededor nuestro, con
aires de
princesa de zarzuela. Hasta Pascual se permite sus intervenciones.
De pronto
se mueve una de las colgaduras cerca del piano y aparece Sarah..., llega, se
sienta. La hablan, y responde con su niña melancolía de enferma, con los ojos
bajos. Yo me inquieto, pero acaba por parecerme su presencia menos violenta que
su sillón tétricamente vacío. Luego come ávidamente, sin haberme mirado ni una
sola vez. La chiquilla... ¡la mujer
tan
horriblemente desairada! se engañó... ¡oh, comprendió! al encontrarme con
Lucía. -¡Comprendió quizás en su horror y en su instinto de celosa más de lo
que nosotros comprendíamos de nosotros mismos!
¿He
inspirado realmente a Lucía... -¡Oh, cómo su serenidad me desorienta! He creído
aún que mira si miro a Sarah... ¡prohibitiva, ansiosa!... y no hace más que
sonreír su faz tranquila y cortés igual que el día aquel que aquí comimos la
primera vez al salir de Barcelona.
El
coronel, Alberto, el comandante, se informan de hoteles. El capitán da como
indiscutiblemente mejor el Hotel de Oriente, en un hermoso barrio de
extramuros, y luego, mas ya en inferior categoría, la Fonda de España, al
extremo de la Escolta. Todos muestran, naturalmente, preferencia hacia el
mejor.
-¿A cuál
irá usted, capitán? -pregúntame Alberto.
Su
pregunta es tan inopinada, tan brusca..., que yo sorprendo las más secas y
toscas tenebrosidades de sus torpes celos. Quiere saberlo para ir a otro.
Podría jugar fácilmente con su argucia, pero la idea de forzar a Lucía a una
mala fonda, o de aparecer en la de ellos prolongándole esta mortificación casi
injuriosa del marido en mi proximidad, me hace
contestar
sincero, ante la atención un punto a mí suspensa de Sarah, de Lucía -que me
están ambas mirando:
-A
cualquiera, menos al de Oriente.
Paréceme en seguida haberme ceñido con sobrada displicencia, casi de
menosprecio, a la fiscal pregunta del fiscal, y explico:
-¡La
misma concurrencia excesiva suele hacer incómodos los grandes hoteles!
He
acertado con una sonrisa de indiferencia o de humildad que place a Alberto.
Dícenos
el capitán que vamos cruzando los promontorios de entrada de la bahía... Muchos
van a las ventanas, otros a la cubierta. No se espera al fin el café, por ver
Manila. Solo que a dos o tres, que no nos hemos movido, nos noticia el capitán
que aún no veríamos nada: la bahía es enorme, y habremos de navegar horas
todavía antes de descubrir el puerto, y aun las costas de estribor...
-De la
derecha; ¿sabe? -búrlaseme don Lacio.
Como
Sarah permanece, retardándose en los postres, después que han partido su padre
y el capitán, yo hago tiempo, tomando café a cucharaditas. Desea sin duda una
explicación que yo no debo esquivarle sin rayar en lo implacable..., tal vez
una reconciliación... Mas, no. He aquí
que parte
hacia su camarote sin mirar, saludando sólo al comandante con una inclinación
de cabeza.
¡Me odia!
Es cuanto deseaba decirme, y me lo ha dicho así.
No
volvería jamás a obtener sus amabilidades.
¡Y qué
extraña cosa tiene este absoluto de lo jamás que ahora me entristece!
Sin
embargo, subo a la cubierta, y mi pena, de la misma laya pero enormemente más
honda y ancha, se me aumenta a la vista de Lucía. Casi no he osado acercarme a
la fila donde la hace centinela Alberto...; me he quedado a la otra punta.
Quiero hablarla, oír un rato su voz por última vez, y no hallo la frase de
trivial galantería que pudiese disculpar mi aproximación, un tanto expresa, por
detrás de ambos en la hilera de la borda... Esta necesidad de buscar motivos,
disculpas, ¡oh! revélame al fin que siento por esta extraordinaria mujer más
que amistad... ¡sí, sí, de una vez y bien sentido con mi dolor de
arrancamiento!... ¡que yo la adoro!! -¿Atorméntala quizás la misma lucha?... No
habla apenas. Llévase a los ojos con frecuencia los gemelos, como para esconder
ternuras de llanto... Me interesa vivaz la observación y veo efectivamente ante
nosotros la línea desierta de las aguas, en la bahía extensísima...; sólo
detrás quedan ya lejanas las costas de su acceso; una pregunta, un problema -de
tortura: -«¿alza tanto el anteojo por ocultar en realidad ternuras de sus
párpados... o es que sencillamente se busca más aquello que aún no se ve y que
se espera?» Por la justa respuesta a la pregunta simple creo que daría años de
mi vida..., y no puedo encontrarla, y me atormento... Y veo volar el buque por
la bahía tranquila donde le quisiera parar... ¡Ah Sarah, Sarah, si sufres...
¡harto te está vengando el amor!
Parto de
aquí. Me alejo por la cubierta. Un premioso antojo de adiós a estos sitios que
he recorrido con ELLA, me lleva a bajar escalas, a subir escalas, hacia la
popa... Por aquí la he conducido del brazo... Ya no está la joven viuda en la
cubierta de segunda, sino allá, en la
nuestra,
esperando el desembarco al lado de la condesa de Fuentefiel.
La pobre
corredera, sigue; sigue dando vueltas, y la hélice, y también mi corazón. El
cañón está desenfundado, y un marinero al pie, dispuesto al disparo de arribada
en cuanto divise el puerto. Contemplo largo rato cómo izan las grúas, de las
bodegas abiertas, los racimos de baúles. Ya no es para volverlos a guardar,
como los sábados, cuando los sacaban a fin de surtirnos de ropa las maletas.
Recuerdo
repentinamente que en la mía debo de haber encerrado el libro de D'Annunzio
anotado por Lucía en inglés, y miro al cielo en gratitud del motivo que por fin
me proporciona para hablarla. Parto como un rayo. Cruzo el barco. Llego al
camarote y pierdo justa media hora en revisar el equipaje. Últimamente, hallo
el libro, en la caja del ros.
Subo. Es
tal vez la última vez que subo esta escalera... ¡Ah, cómo me persigue horrible
el concepto último... su sensación!
Lucía y
Alberto se han sentado con los demás, por última vez, en el sitio habitual de
la tertulia. Lucía está en el centro, con la condesa y Aurora.
-¡Oh
Lucía! Un libro de usted. He estado a punto de robarla.
Me mira,
y yo no sé qué sorpresa y quizás qué miedo de doble sentido halla en mi frase
ingenua. Ha sido un instante de íntimo terror de gratitud en que me ha pasado
su alma. Baja los ojos y dice:
-¡Ah!
¡era igual!... Gracias, Andrés.
Suena en
sus labios mi nombre... a caricia.
No dice
más. Yo me siento. Alberto le coge el libro y lo hojea. En el semblante de
Lucía sigo mientras sus emociones... si no es la ilusión de las mías lo que
sigo: ha temido un instante ella que yo pueda haber puesto algún imprudente
papel entre las hojas; ha confiado inmediatamente en mí, y hase puesto a hablar
con Charo de trajes... perfectamente dominada,
serena...
No tengo luego ni tiempo de reprocharme esta estúpida tendencia mía a pensar
que tenga ella que dominarse... Como Charo háceme intervenir en su conversación
de modas, Alberto se levanta y toma casi brutal a Lucía del brazo:
-¡Ven,
hay que acabar de arreglar las maletas!
Y se la
lleva.
El húsar,
en cambio, me lleva a mí.
-¡Tiene
celos! -me dice. -¡Vamos, que la francesa de aquella noche!...
-¡Por
Dios, Enrique! -le atajo. -No he dicho jamás a esta mujer nada.
Palabra
de honor ¡mi palabra! -repito golpeándome el pecho, según me ha parado el
disgusto.
Y él no
duda. Ha visto brotar en mis labios nuestro juramento militar, por segunda vez,
como bajo una bandera.
Pensando
a continuación que hallamos podido también Lucía y yo ser la hablilla del
buque, se lo pregunto:
-No.
Nadie. Antes Sarita... ya sabe, con su beso. Y habríasela yo computado al 15...
si no fuese una bebé.
-¡Bah!
Descubrimos
las costas, por los faros.
Media
hora después, suena el cañonazo..., que conmueve y pone al pasaje en
movimiento. Hay quien sube sobre cubierta sus maletas, como si se tratase de
bajar de un tren en cuanto pare.
Las luces
de Manila se divisan, y los barcos anclados... Es una hermosa noche, soberana,
de estrellas como fuegos, de aromas como mieles.
Cuando
suenan las cadenas del Reus, y nos dejan inmóviles, suben de las lanchas, en
vez de aquellos mercaderes del camino, jóvenes y señoritas españolas, cuyos
trajes, completamente blancos, les da una elegancia ligera, de mariposas...
Sólo traen a la cabeza, ellos, sombreritos de paja o gorras blancas, también,
según no son o son militares; ellas pamelas adornadas con rosas... Son las
diez. Vienen a recibir el buque de España, paseando, sin conocer a nadie...
Apenas algunos saludan al capitán, y un grupo a don Lacio y su familia... en
cortesana recepción del gobernador que ha vuelto a la respetabilidad de su
saqué negro, como los demás a nuestros uniformes. Le veo serio por primera vez,
grave... Y son los primeros que desembarcan, en bote especial, con algún
carruaje que les espera para conducirlos al Gobierno...
-¡Adiós!
¡Adiós!
En la
prisa, en el barullo, en mi permanencia de estatua junto al portalón,
insensible a cuanto no sea volver los ojos en busca de Lucía..., noto tarde,
cuando ya el bote se aleja de la escala, que no sé cómo Sarah habrá pasado
junto a mí sin saludarme, sin que sea la suya una de estas
manos que
yo he estrechado maquinal.
Espero.
Los agentes de desembarco van reclutando gente. No quiero ser yo el que se
separe de Lucía como de mí Sarah. He de verla. «¡Adiós! ¡adiós!»... Y estrecho
manos. «Se queda aún... ¡adiós, capitán!»... La india, el relojero... Dos
tenientes... el tenientito... «¡Adiós!»...
Arriba he
visto a Pura abrazando a su padre. Sale otro bote. Va en él la familia del
coronel. La afluencia crece. Las cajas y maletas lo entorpecen todo, alrededor,
por la escala... Miro enfrente los faroles del muelle, del río... el Pasig. El
doctor de a bordo me dice que son de la Luneta, un hermoso paseo de la playa,
las hileras de luces que contornean la ciudad.
-Hasta
después, hasta mañana, hasta pronto -me dice Enrique, que al partir me abraza,
en este buque de nuestra afectuosa amistad- ¿se empeña usted en no ir al
Oriente?
-No sé.
¡Veremos! -le digo. -Realmente tengo ganas de soledad, tras el barco.
Baja
Enrique.
En la
portada de la galería aparecen Lucía y Alberto. Ella mira, buscándome entre la
confusión. He elegido mal sitio. Van a pasar al otro lado de la gente. ¿Debo
ir?... ¡Ah! de pronto me ve Alberto y vuelve la cabeza; su ademán, casi su
tirón de fuga, advierte a Lucía de mí... Es ella ¡brava!... la que se ha
desenlazado del marido y se me acerca... serenísima, tendiéndome la mano:
-Adiós,
¡Andrés!
-Adiós,
¡Lucía!
No hemos
dicho más, antes que llegue el marido, pero su mano, mi mano, se han
estrechado... ¡oh, Dios mío, con qué rápido afán de angustia se han estrechado
nuestras manos!
-Capitán,
¡hasta más ver! -díceme en seguida Alberto con una frialdad que me subraya el
cariño... la amistad valerosa de Lucía.
Miro, y
aún la veo abajo saludarme con el pañuelo, breve.
El bote
sale. Un bote expreso para los dos.
¿Por qué
la sombra de la noche me la roba tan pronto?...Veo en el agua la silueta
obscura del bote... confúndese con otras después... Miro y ya no sé dónde
está... dónde estará nunca... ¡nunca!
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
-Adiós,
capitán... y usted perdone si en algo hemos faltado.
No es a
mí, es al del buque... es Pascual que se despide. Mi capitán ha tenido la
atención de acompañar al portalón a Aurora. Pascual añade:
-Ya sabe
usted: Hotel de Oriente... por si nos quiere mandar.
No me ha
visto, y quédome envidiando a este idiota Pascual que va al Hotel de Oriente...
que aún podrá mirarla... que aún podrá comer en la misma mesa que ELLA algunos
días,...
- XXVI -
Por la
regia escalera de un palacio de madera de un rey de este país... donde parecen
todos reyes y todo provisionalmente magnífico, llego al salón. Tocan el piano;
otros leen, otros charlan... Y siento el horror de encontrarme alguien del
barco, y, aun sin esto, el de ser recibido por
ELLA...
en visita. No entro; despido al bata. Iré a la habitación, cuyo número le
escuché al portero... ¿Imprudencia?... ¡oh!
-¿18?
-cerciórome- De este piso.
-Sabe,
señor.
Doy
vuelta a la galería, siguiendo la numeración descendente; llego..., toco con
tanta timidez que no se me contesta. ¿Se habrá acostado?... Miro el reloj: las
diez... El desierto corredor, más alumbrado por la clara luna del patio que por
las discretas lámparas, lleno de puertas, me hace el efecto de pertenecer a
otro buque colosal.
Por un
instante, dudo. ¿No es gran indiscreción la mía?... Mi corazón late... Vuelvo a
llamar.
-¿Quién?
¡Su
voz!... ¡Sus pasos!...
La llave
suena. La puerta se entreabre... ELLA, un poco inundada de sorpresa, tarda en
acabar de conocerme, con mi blanco uniforme, con mi blanca gorra de galones.
-¡Andrés!
-¡Lucía!...buenas
noches.
Su acento
ha sido franco, apenas tocado del asombro; pero, mi aspecto debe de ser de tal
torva emoción cobarde, que vacila, que casi ha hecho leve el ademán de cerrar.
Y no se mueve, ni para salir al salón ni para dejarme paso.
-¡Oh,
usted!... ¿cómo le va?... Creí no verle... He leído en El
Comercio
que partía mañana para Imús, con su batería... ¡Creí no verle y lo habría
sentido!...pero... mi marido... ¡Alberto, no está!
-Ah,
Lucía... perdón. No he querido partir sin saludarla. Perdone mi imprudencia. No
he podido antes ni a otra hora. Sólo quería esto: decirla adiós. Y tiéndole la
mano. Su mano esta yerta..., suelta la mía y abre y me invita a entrar con
resuelto acento que es ya el suyo:
-Pase,
Andrés.
Y apenas
he obedecido, hallándome en la penumbra de la especie de gabinetillo que forman
a este extremo de la vasta estancia dos biombos, por cuya cima nos llega un
suave resplandor, añade, parada, tras la puerta:
-¡Ya ve
usted! A veces complácese la fatalidad en prestarle equívocos aspectos de
recato a la amistad! Charo y don José acaban de marcharse. Me han dicho que al
venir, en el Puente de España, encontraron a usted y le hablaron de nosotros...
Ellos le han dicho que Alberto embarcó anteayer para Iligan, en el Lezo...; y
yo le mentiría a usted si le ocultase que temía y esperaba su visita.
-¿¡Temerla!?
-Sí.
¡Habría de tener por fuerza este viso de imprudencia peligrosa, para los demás,
en su modo de buscarme, en mi modo de recibirle... si no he de arrostrar la
imprudencia aún mayor, y cierta desde luego, de recibirle en el salón, ante
conocidos, o de no recibirle dejándole alejarse con la idea: de que estas
cuatro paredes y esta soledad hubieran bastado al fin para hacerme desconfiar
de su hidalguía y de mi nobleza!
-¡Oh,
Lucía! ¡Lucía!!
Me
estremece, me fascina de sacratísimo respeto.
-¡Ahora,
ni aun aquí!... ¡no hay luz! -dice indicando al techo, y guiándome.- Pase. A
toda intimidad... ¿qué importa?... Dispensará un poco este desorden de hotel...
Está hecho e instalado con los pies: un camaranchón donde podría efectivamente
haber el gabinete y el dormitorio y el ropero que simulan los biombos; y vea la
lámpara en la alcoba... no pensando quizás que se haya de recibir a nadie desde
que anochece.
Es tan
honda la estancia, en verdad, ampliamente ventilada por tres ventanas donde
penden stores de paja y seda, que el octógono fanal de vidrios perla no envía
sino muy débil su luz allado allá de los biombos ni a este opuesto extremo a
donde hemos entrado y donde hay un libro, sobre una de las mecedoras situadas
en el cuadro de luna de la última
ventana
que tiene alzado el stor.
Yo he
visto al pasar una bañera de jaspe artificial llena de agua y de pétalos de
flores..., un tocador lleno de pomos... Y sigo viendo a la luz del fanal, una
de estas aparatosas camas imperiales filipinas, cuya blanca gasa recogida en el
testero muestra sobre las sábanas blanquísimas los almohadones y los
cilíndricos rollos también enfundados de blanco y tendidos desde la cabeza a
los pies...: un no sé cuál perfume de hermana envíanle a mi corazón el lecho
cuyo cuadrado dosel semeja el de un altar de pureza..., el traje, la falda de
Lucía, que es toda a la luna de una casi quimérica blancura azul.
-¡Qué
noches! ¡qué espléndidas! -la oigo.- ¡Qué país éste de terror y de
hermosura!... ¡cómo lo encontramos! En un mes, de España a aquí, hemos podido
arribar sin saberlo al extranjero. ¡La guerra dicen que se extiende aún más de
cuanto se dice!... El martes llegó el Álava, de Mindanao, con la mujer y los
hijos de un capitán herido en Fuerte-Briones. Están en el hotel... Cuentan
cosas terribles: los rebeldes sitian a Iligan, y las familias españolas se han
refugiado en la costa. Por eso, Alberto, sin más remedio que marchar a su
destino, no ha podido llevarme. ¿Y usted embarca mañana?
-A las
nueve -respondo apartando los ojos de la ventana, donde he reconocido la gran
plaza de la fachada principal. Al frente, por encima de los altos edificios,
piérdese la vista en marismas de esteros y boscajes y en un plano horizontal al
fin como de agua. Luces rojas, verdes, blancas, de barcos sin duda, brillan en
el fondo de la noche.
-A las
nueve, repito -a las siete habré de estar en el cuartel: vea que no hubiese
podido mañana despedirme. Yo no volveré a Manila.
Guardo
silencio, y ella dobla la frente. Pensamos ambos sin duda en la guerra, en lo
ignoto del destino.
Por unos
instantes oímos el gritar de los niños que juegan en la plaza cuidados por las
malayas, el rodar de los minúsculos coches de esta ciudad de los innúmeros
coches y caballitos de juguete. Algunos alitactacs de los que circundan a
miríadas las copas de los árboles, voltijean con su fosfórea luz en la ventana.
Quiero volver a nosotros, apartando al mismo tiempo de las tristezas de la
guerra el pensamiento de Lucía.
-No han
salido..., no la he visto, en la Escolta, en la Luneta...
-No.
Apenas.
-Menos a
usted, cien veces he encontrado a todos los del barco.
También a
Alberto, una mañana en Malacagnan... cuando fue sin duda a presentarse al
general.
-¿Se
saludaron? -pregunta vivamente.
-No;
fingió no verme. Fue en la antesala. Había varios. Yo lo hubiese deseado por...
por ganarme en su confianza la venia de esta visita..., que no ha tenido más
remedio que tener por último un sarcasmo de traición y de secreto... ¡tiene
usted razón; qué ironías de la suerte!
Sonríe
con un gesto de forzada clemencia a su marido. Luego dice, amable:
-Lo he
sentido, aunque se lo agradezca a usted, por la violencia que le ha impuesto...
¿donde se aloja?
-Hotel de
Australia.
¿Confortable?
-Pasable.
Intramuros. La ciudad vieja es una cárcel. Aquí al menos tiene aire, espacio...
lo menos que se le puede pedir al espléndido país de la hermosura.
-Oh, eso
sí. Aquí me gusta estar, a esta ventana, de noche... Mire
-dice
alzándose- no podemos quejamos por cielo.
En la
ventana, a donde me asomo también, señala con largo ademán del brazo la inmensa
bóveda azul llena de luna y de estrellas. Aspiramos brisa, infinito. Es un aire
que emborracha de tibiezas y perfumes. Los árboles de la plaza tienen cada uno
su aureola movediza de luciérnagas, que van, que pasan, se juntan, se dilatan,
tejiendo velos de luz. Durante un rato charlamos de esta obsesión de los
aromas. Yo no sé qué flores, qué plantas las tienen; las rosas, las magnolias,
las sampaguitas, los cafetos... Cree Lucía que todo, los plátanos, las piñas,
las mangas... hasta el vino que nos traen quizá de España en toneles
olorosos...
-¿Se ha
fijado?... se bebe y se respira esencia. Habrá comido un plátano dacatán, color
de oro, pequeñito... tan fuerte, que hay que acostumbrarse...: duda una si está
mascando cold-cream... A las mujeres, aquí, yo creo que nos sobran los
perfumes: huelen siempre las ropas a sándalo sin más que los roperos...
Alza su
antebrazo en un fugaz movimiento de comprobación para oler la sedilla de su
blusa, y percibo, también en los volados encajes el olor a sándalo, a limones,
a ilán, a té... a toda esta orgía cálida y perpetua de aromas orientales... Un
beso, que yo no he dado aún en Filipinas, debe causar la ardiente sensación de
otros labios de ascua -y diríase que hay
una
avidez de besos en las bocas de todas esas pálidas y abrasadas españolas que yo
he encontrado en los lindos cochecillos...
Mas...
¿por qué he pensado esto? ¿qué ha podido en mi pensamiento, en mi faz, adivinar
Lucía, que sonríe piadosa, como perdonadora, y se entra de la ventana?... Un
reloj da las once, cuando voy también a sentarme junto a ella, y me detengo...:
es acaso tarde para prolongar la visita...
Sólo que
ella, sin contar la hora, antes de concluir las campanadas, dice con tal
indiferencia de descuido: «las once» como en respuesta a mi inquietud, que
cierto ya de que no la contrarío, me siento.
Hay un
silencio. Ambos queremos indudablemente interrogarnos de aquello que evitan
nuestras curiosidades...; estamos mirándonos, en el espacio de las mecedoras
frente a frente..., y ella se resuelve:
-¿Y
Sarah?
-¡Ah,
Sarah!
-¿Ha
vuelto a verla?
-No.
¿Usted sí?
-Tampoco.
Han estado aquí dos veces la condesa y don José; Alberto y
yo otras
dos en el Gobierno. No ha venido, no ha salido... Pregunté a su madre: -«¡Oh,
no sé!... jugando... ¡una criatura!»... la mandó buscar, no apareció...
-¡Pobre
Sarah!
Mírame
fija Lucía, con su dominado gesto inescrutable en la sonrisa.
-¿Qué
pena le queda de Sarah, Andrés? -pregúntame de pronto.
Y no sé
responderla. Ni yo podría concretar en una frase la resultante emocional de mis
recuerdos, asaz reciente y aún mezclada en odios y piedades a actuales
impresiones, ni Lucía pudiera comprenderme sin conocer en toda su verdad la
historieta inverosímil. Un afán de referírsela me invade en ansiedad de
absoluciones, en plena restitución de sinceridades de la alta amiga... Pero se
me ha secado la boca; tengo sed, tengo sed, tengo casi amargor en la lengua, y
únicamente acierto a suplicar:
-Oh,
Lucía perdóneme... ¡yo he sido un miserable!
-¿Eh?
-gime ella de sorpresa.
He alzado
la frente, a su queja, y advierto el excesivo rigor con que me he calificado.
La lleva a juzgar demasiadamente...
-¡No!...
¡escúcheme!... ¿Quiere, Lucía? ¿Quiere oírme detalles... detalles de mi
relación con Sarah, que yo le oculté a usted... ¿por vergüenza? Sí, sí, he sido
al menos un poco miserable!
Sin
responder, esquiva el semblante tras el abanico de palma.
Querría
callar; ya no puedo. Ni ella quiso dejar de recibirme en esta absoluta
intimidad, casi en este abandono, porque no me llevase para siempre la falsa
idea de sus temores a mi hidalguía y a su nobleza ante un poco de soledad no
mucho mayor que las de nuestras horas del buque, ni yo puedo querer dejarla con
la vaga impresión de que haya sido más malvado
que lo
que he sido.
-¿Quiere
oírme, Lucía?.... Se lo ruego. De los hechos inferirá, mejor que el juicio mío
pudiera resumirla, mi respuesta a su pregunta «¿qué pena le deja Sarah?»... -No
lo sé: pena de mí; pena de ella... En lo que en ella hubiese de tormento de
mujer, hace falta ser mujer para juzgarlo.
-Hábleme
-me invita soltando en la falda el abanico, mostrando ahora sin reservas su
bella faz de espera llena de serenidades.
-Hábleme
-repite dulce, sutil... con una sutil dulzura que me toca el corazón como una
punta:
-¡La
historia me corresponde de derecho... ¡recabo mi parte de pesar!...
Y aún
termina, amarga y seria repentinamente:
-Sarah es
perversa... ¿quiénes no lo somos?... Yo misma, Andrés, usted mismo... ¡no
podríamos tal vez decir ahora, en nuestras conciencias, si estamos más altos
que los demás o... no tan alto, contra todas nuestras voluntades y arrogancias!
Vagan sus
ojos en el cielo, y yo no he comprendido... no comprendo esta súbita impresión
de tristeza y ansiedad. En mi pecho, a un hachazo de franqueza formidable, se
han movido mis pasiones..., mis impulsos de gritarla que la adoro. Por no coger
su mano y romperla de pasión entre las mías, me las oprimo yo, violentamente...
-¡Lucía!...
¡explíqueme esa duda!! -casi la impongo.
Pero ella
se recobra, y vuelve a mí los serenos ojos que dan la paz:
-¡Andrés!...
una duda no tiene explicación... o no lo es. Ha pasado y se ha escondido y se
ha perdido en el tumulto de ideas contrarias levantadas en mi ser, como si en
todo mi ser estuviese el pensamiento al instantáneo chocar de cuanto pensarían
los demás y lo que sabemos nosotros de esta amistosa entrevista. ¡Ha cruzado!
¡se ha perdido!... Ya no dudo,
pues,
¡vuelta a nosotros!... ¡Hábleme, de Sarah!
Reposo y
la obedezco.
Sin temor
alguno al tiempo, seguro de Lucía, seguros de nosotros, empiezo lento mi
narración por el beso que Sarah me dio en la mano, el día de las primeras
cartas... Fue el primer secreto que esquivé a la amiga. Le cuento sus
procacidades, nuestros íntimos coloquios de la noche en el cristal, y ella me
cree no puede menos de creerme, y se asombra con idénticos asombros que a mí me
iban invadiendo ante la íntima Sarah inconcebible... Nada reservo, ni el
incidente de car en Singapoore, ni la escena de la ducha... Estoy sintiendo y
pensando en alta voz, sin evitar los desprecios de mí mismo... «Sí, sí, una
mujer plenamente... ¡no una niña!»...
-Un
momento huí los ojos... ¡creí que fuese usted! ¡jamás me hubiese perdonado!
-¡Oh!!
-hace Lucía, a un instintivo impulso de pudor que la recoge los brazos cual si
en realidad yo la hubiese visto desnuda... cual si ahora lo estuviese.
Luego
sonríe, vuelve a abatirse al respaldo, vuelve a entornar los párpados, y desde
la sombra de la luna, más alta en el cielo -que ya le coge a cabeza, me invita:
-Siga.
Sigo.
-Lento, intensamente calmoso, porque hay en toda la aparente ajena historia una
honda dedicación a Lucía, y va cayendo a su alma abierta, -sin palabras de mis
labios. Evoco cada acto, cada hecho, con una fuerza de relieve como no tendrían
mayor por sí mismos cuando fueron sucediendo. Mi tarde de la proa, mis luchas,
en la rara tentación de la osada voluntad y de la «escondida mujer en linda
estatua», con los «extraños respetos a la amiga altísima, a la noble
consejera»... «pura y dulce en sus vagares de fantasma por mi espíritu como un
arcángel de la guarda, aun para aquella que la odió»...
Hemos
oído una hora y otra hora. Ignoramos la que sea, y no nos importa. Lucía,
inmóvil, atrás siempre en el respaldo, con los ojos cerrados siempre, para
recoger mejor el concepto de mí que vacila en su conciencia, me escucha. Yo
hablo, y hablo, y estoy inclinado adelante en
la luna,
y miro bien cerca, al hablar humilde, las manos de ella, inertes, abandonadas
como lacias azucenas en la falda. -Es el momento en que me aguardaba Sarah en
el camarote -en que yo había sufrido en la cubierta la breve presencia de su
padre como un remordimiento anticipado de la inicua voluntad de ladrón y de
asesino que me alzó por último, que me empujó a bajar con sarcasmo impoderoso a
detener mis pies... -Detengo en cambio ahora mi narración, cruel con Lucía,
pues quiero que sienta mi misma emoción casi horrible, casi deliciosa de aquel
minuto..., y sólo después de comprobar, aun en la sombra, la trémula palidez de
espanto de su cara, termino leve, muy bajo:
-Fue la
noche, Lucía..., fue el instante aquel providencial, en que usted quedó
asombrada de mi asombro y mi terror a nuestro encuentro inopinado en la
escalera... ¿Recuerda bien?... Hablamos... mucho tiempo, mucho tiempo... luego
me leyó la estancia que he aprendido...: «questi, che mai di me non fia diviso,
-la bocca mi bació tutto tremante»... ¿Se acuerda?... eso me leía, y no hallé
que fu galeotto il libro e qui lo scrise, porque besé con besos de mi alma por
mis manos a sus manos, a sus alas..., ¡todo crispado de ver cómo el arcángel
con un canto de amor y del infierno salvaba a aquella que tremante y disperata
en otro infierno me esperaba!... ¡Yo no fuí!
-¡Ah!!
-grita Lucía, triunfal..., oprimiéndome las manos, vehementísima, con sus manos
que he cogido como muertas azucenas en su falda.
-¿Comprende
ya la extensión de mi terror..., la demoníaca extensión, más tarde, del odio y
la ira de Sarah... al sorprendernos?
-¡Oh!
¡Andrés! -gime erguida clavándome en los ojos la alegría inmensa de sus ojos;
la alegría de la vuelta a la vida en su congoja mortal.
Y yo me
inclino, me doblo, beso sus manos, y las suelto.
Hemos
caído los dos cada cual a su respaldo. Callamos. Está entre ambos quizás el
mismo sobrecogimiento repentino de una sustitución total de imágenes, de
impresiones: Sarah ha desaparecido...; la luna desde el traje blanco de Lucía
-de una blancura azul casi quimérica- hasta mi traje blanco; desde su frente a
mi frente; desde su alma a mi alma, hace flotar la gloria desierta y blanca de
claridades en que diríase que va a brotar
OTRO
AMOR... Todo lo anuncia: nuestra sorpresa augusta y vaga de terrores, el reposo
divino de la noche, el vasto silencio de la enorme plaza desierta ya y en
sombras, del hotel, de la ciudad, del mundo... No vive, con su vida profunda y
misteriosa, más que lo que siendo del cielo o de los aires, anuncia los naceres
de grandezas...: la luna, las estrellas y las luciérnagas de plata que tejen y
destejen en los árboles sus velos nupciales de luz.
De
pronto, la del fanal, se apaga.
-¡Ah!
-dice Lucía irguiéndose primero, levantándose después- ¡Las dos!
La
campana: del ignoto reloj da las dos.
Ella
indica el eléctrico fanal, y explica:
-Siempre
cortan a esta hora la corriente.
-¿Debo
marchar?
Y puesto
que no me he movido al decirlo, amargo, suplica ella hundida en la penumbra que
la luna refleja por el cuarto:
Oh,
Andrés... Sí. Los amigos nos hemos despedido: además, aunque nunca lo dudé, sé
mejor desde esta noche su generosidad y su nobleza... hacia esa Sarah. Valen
más, al fin, probadas, la dignidad y la honradez.
Pero debe
partir. Es tarde.
-¡Tarde!...
¿Tarde... con respecto a qué respetos o etiquetas, debidas a quién, por
nosotros? -digo despacio, levantándome más despacio, en obediencia, sin
embargo.
Y el
pensamiento de que voy a salir, de que un segundo después no la veré, de que no
volveré a verla más en mi vida, me da un frío de miedo que me hace arrojarle a
su turbación:
-¡Olvida
usted, Lucía, que habría sido igualmente tarde a las diez, que no sería, más
tarde al alba, cuando yo la hubiese oído de Alberto cosas que me importan por
la amiga, como a ella las de Sarah por mí; olvida que diciéndonos estas cosas,
de alma a alma, estamos, un minuto
igual que
muchas horas, bajo la fatalidad que para las gentes condena al secreto y casi a
la traición nuestra entrevista!
-¡Ah!
¡Cierto, sí! -conviene acercándose.
Mas como
el asenso está en su acento y no en la voluntad, ni en el ademán que sigue
temeroso sin volver a invitarme a que me siente, yo la miro suspensa de
irresolución al lado de su mecedora..., y yo siento, profusas y no sé qué
evidencias, por mi ser entero, de que si nos separásemos en este instante nos
dejaríamos los dos no sé cuáles impresiones de insinceridad, de falsía, de
cobardía.
Me ahoga
el ansia de como ella antes a mí su vaga duda audaz perfumada de pureza...
Calla, e ignoro yo adónde va a llevarme el impulso, pero me entrego a él -con
rabia;
-Eran en
verdad, amiga mía, un poco más grandes que yo, que usted misma, nuestros
abandonos de gentil ingenuidad y de franqueza... Debían hallar un límite, y ya
lo ve... acaban de encontrarlo..., ¡en lo más nimio
y punto
menos que previsto..., en un poco más de sombra, en un poco más de hora en el
reloj, en un poco más de soledad en esa plaza!
Deténgome,
porque tengo que ir recogiendo en fondos profundos de mí mis sensaciones.
Separándonos tres pasos, y ella escucha con la cabeza baja, con la mano en el
respaldo... un poco también en la abrumada actitud que si oyese a una
conciencia,... -como ella me dijo aquella noche.
Parécela,
indudablemente, que lo que digo, que lo que haya de decir, lo arranco también
de su carne, de su alma...
Y digo
-sin más que trasladar de mi alma y de mi carne sus lamentos:
-Yo
partiría, y partiría ahora con una imagen rota en mezquinos miedos: la de
usted. Aquella mujer impávida que yo hubiese tenido siempre en la memoria como
admirable y raro femenino paladín de todas las gallardías... ¡de todas!... de
todas... incluso la de saber escuchar dueña de sí y dominada y sin turbarse ni
de pasiones ni de espantos (como cualquier Sarah o como cualquier tímida) que
yo, que yo, Lucía, la... la
adoro...
-¡Ah!
-gime, tendiendo, como a acallar mi voz, una mano y doblando a la otra la
frente.
Gime... y
llora. Ha caído pronto el brazo que me tendía, a lo largo de su cuerpo.
Y eran
otros gemidos más de mi ser los que iban a proferir mis labios, y no renuncian:
-Aquella
mujer, hubiera de quedar en mi recuerdo humana y débil, torpe o artera ella
misma, para sí misma, dudando o aparentando no saber que yo no fui generoso con
Sarah por nobleza y honradez... ¡No Lucía! ¡no quiero a mi vez quedar en su
recuerdo con falsas galas... que usted supiera que son falsas! ¡no quiero dejar
picada de hipocresías, que en la
mía y en
su reflexión tardasen poco en volverla odiosa, esta inolvidable entrevista de
amistad... de amor, si usted lo quiere... pues que no es el amor sitio la
amistad completa de toda una vida a toda otra vida... Y esa amistad total,
absoluta, de cada átomo de mi carne y de mi alma, para los de su alma, y su
ser... fue lo que ya en aquella noche, y más en presencia
de usted,
no me dejó ninguno para Sarah!
Llora.
Solloza. Esconde su amor o su dolor contra el pañuelo.
-Ahora,
ya me ha oído... lo que usted sabía. Ahora ya puedo alejarme seguro de que dejo
en su alma con más verdad la impresión de mi nobleza, de mi grandeza...
¡Adiós!...
Parto, y
mi propósito de no mirar atrás, siquiera, se entorpece, en la semisombra
perfumada, por la incerteza de en cuál silla dejaría mi gorra antes. Miro,
pues, a pesar mío, y veo en el cuadro de luna la silueta blanca del fantasma de
mi amor vuelta hacia mí...
-¡Oh,
Andrés! ¡amigo mío! -oigo que suspira.
-¡Adiós!
Es su voz
su confesión -una caricia.
Entonces,
voy a ella, más lento... Llego a ella, y con sólo coronar sus hombros con mis
brazos, ella cae muerta de llanto en mi hombro... mientras yo beso su pelo...,
santo y religioso, como se besan las reliquias... como se besa una ilusión...
-porque son las almas nuestras que se abrazan y se lloran...
Las almas
nuestras que sienten estrechadas un segundo la eternidad de la ausencia...; las
vidas nuestras que contemplan desde un instante de horrible felicidad toda la
felicidad que habrían vivido perteneciéndose, toda la felicidad de paz que no
tendrán jamás robándola al marido..., que no podrían ya robarle siquiera al
celoso más que esta noche quedándola en llama del horrendo no verse más
desesperado...
El alma
arde, y el abrasado cuerpo desfallece contra mí. Lloran los ojos silenciosas
lágrimas de amor y de amargura que humedecen mi hombro, cayéndome como al
corazón en espantable consuelo..., y yo siento el súbito
y bien
preciso afán de amarla toda y morir después... ¡esta noche!... Mis labios
buscan su frente, sus ojos, bebiendo llanto..., buscan su boca, y tocan mis
labios a sus labios... Es un aliento de fuegos, es un beso mortal, y yo la
siento, su pecho, su busto, toda ella, y yo la ciño y la llevo borracho no sé
adónde...
-¡No,
Andrés!... ¡no! ¡por Dios!... Y luego... ¡mañana!... -gime, parada y crispada
como en una evocación de horror.
-¡Sí,
Lucía!... Mañana... ¡qué importa!... morirse de tristeza...
-Morirse
de la pena que no mata... de la ausencia en el martirio de
los
años... ¡qué horrible!
Y en mi
brazo su cintura se dobla atrás, y ve mi alma en su cara cubierta con la mano
el positivo horror de esta vida enérgica y divina que no irá, en efecto, con la
pena, más que a vivir de muerte sin morir..., de muerte de sombra eterna de
alegría. -¿Y por qué? Mi ansia se rebela.
-¿Y por
qué? ¿por qué alejarnos? -pido- Nos hizo Dios para nosotros.
¡Mañana...
partir los dos!
-¡Ah!
-lamenta en un lamento que me muestra la locura, lo imposible..., su esclavitud
de un hombre, mi esclavitud de una patria.
-¡Si no,
yo volvería... a VER-TE!... ¡A vernos siempre..., donde mi BIEN, donde Alberto!
-¡Ah, con
él! -dice, y se desenlaza de mí...
Siempre
dulce, siempre amarga, vuelve a la mecedora y déjase caer.
Mirando
la luz de la luna, que ya apenas toca al borde de su falda, insiste,
-¡Más
imposible!
Y al
acercarme yo, continúa:
-¡Siéntese...
USTED! ¡oh!... Seamos lo que fuimos. Esté el amigo a mi lado cuanto quiera...
en esta noche, de amor... ¡de amor que nunca olvidarán nuestras memorias!...
¿verdad, Andrés?...
-¡Lucía!
¡Lucía!
Rechaza
mis manos, cogiéndolas suave dándolas un beso, y parece que un aura de las
suyas me envía a sentarme enfrente. En seguida, bella dominadora sobre mi
docilidad, sigue:
-Esté a
mi lado cuanto quiera el amigo amante de la amistad inmensa de amores..., en
esta noche de traición para el ausente, y que habría sido de doble traición
para nuestras sinceridades, para nuestras noblezas, para nuestros sentimientos,
si nos hubiésemos obstinado ya inútilmente en ocultarlos. Yo sé, Andrés, que no
le haría más traición a mi marido entregándole a usted mi cuerpo. Ni es el
respeto a Alberto, ni es mi afán quien lo estorba... ¡quien lo estorba! óigalo
bien... quien hubiera hasta de impedirlo violentamente si yo al acogerle aquí
no hubiese estado tan cierta como estoy de que usted no necesita mis
violencias...: es el respeto de... a ... mí, y a ¡nuestro AMOR, sí!, un respeto
muy extraño que, dándome el orgullo de una gloria esta noche entre sus
brazos..., ¡darla ya siempre después a mi carne una vergüenza de traición a
usted, prostituida cada vez que se sintiera en los de Alberto!... Hoy, como
ayer, el alma que usted se lleva, que mi marido aborrece, Andrés, puede y pudo
estar bien lejos de la «esposa acariciada»...; déjeme, Andrés, que pueda mañana
mi carne, en su deber de pasiva cariciosa, estar lo mismo, sin sentir, esclava
ella, que le roba y le traiciona al amor... lo que al amor no le diese por no
sentirse impura en el lecho de la esposa, no en el lecho de la amante...
¿Comprende ya cuánta más completa donación a NUESTRO AMOR hay en esta esquivez
que en mi abandono?... ¡Oh, diese! Andrés, ¡yo querría que usted lo
comprendiese! ¡qué usted partiese esta noche de mi lado para siempre, puesto
que todo lo demás es imposible, creyéndolo... ¡creyéndome!... ¡Yo juro a usted
que soy tan suya, con todas las voluntades de mi alma y de mi carne, como lo
sería si juntas mi carne y mi alma lo hubieran sido!
Lucía
parécele a mis ojos asombrados, a mi ser hundido en anonadamientos infinitos
-que resplandece en la sombra, de sí misma. Es su resplandor de inmensa paz, de
inmenso amor, el que me alza y el que me hace llegarme a ella miserable con mis
miserias de hombre, deslumbrado de MUJER, de la única mujer divinizada en la
plena posesión del humano pensamiento que han visto hasta ahora mis ojos; el
que me hace cogerla una mano, cayendo de rodillas, y decirla como a un Dios:
-¡Creo en
TI!
Luego me
levanto, y sé que cuanto pudiera querer saber mi curiosidad del marido de esta
esposa, lo sabe mi corazón sin que ELLA tenga que bajar del pedestal para
contarlo..., del pedestal, del trono de divina en que está ahora y en que debo
haberla visto por vez última al separarnos para siempre.
Beso su
mano, su frente... besa ella mi frente como en un beso de idea... Y me alzo, y
ya no miro... ante ella:
-Adiós,
Lucía. El amigo de usted parte. El amante... te jura no volver a buscarte, a
verte jamás... si jamás quiere el destino que puedas ser solo para mí. ¡Él, de
lejos, seguirá la sombra de tu vida!
Giro.
Salgo. Ella no se mueve.
Todavía,
al desaparecer, vuélvome un punto y la saludo:
-Adiós,
Lucía.
-Adiós,
Andrés.
Ha dejado
caer a la diestra mano la cabeza, en la penumbra de la luna.
. . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
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Un minuto
después me encuentro en la gran plaza desierta, poblada nada más de luna y de
perfumes, y donde suenan contra la acera mis pasos como en un inmenso panteón
de toda la tierra bajo el cielo.
No me
atrevo ni a pararme ni a volverme para ver quizás en la ventana una forma
blanca que es mi alma... que es mi vida...

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