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Libro N° 14645. En Llamas. Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal. Klein, Naomi.



© Libro N° 14645. En Llamas. Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal. Klein, Naomi. Emancipación. Diciembre 27 de 2025

 

Título Original: © En Llamas. Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal. Naomi Klein

 

Versión Original: © En Llamas. Un (Enardecido) Argumento A Favor Del Green New Deal. Naomi Klein

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/en-llamas-naomi-klein/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EN LLAMAS

Un (Enardecido) Argumento

A Favor Del Green New Deal

Naomi Klein


En Llamas

Un (Enardecido) Argumento

A Favor Del Green New Deal

Naomi Klein

Durante más de veinte años, Naomi Klein ha sido la cronista más importante de la guerra económica que se ha librado contra las personas y el planeta, y ha defendido incansablemente un plan ecológico de gran alcance cuyo eje principal es la justicia. Entre sus elegantes reportajes, escritos desde la primera línea de catástrofes naturales contemporáneas, encontramos una serie de ensayos intensos e indispensables para el público que nos traen advertencias proféticas y urgentes sobre el futuro que nos espera si nos negamos a actuar, así como destellos de esperanza por un futuro mucho mejor. En llamas reúne, por primera vez, más de una década de sus apasionados artículos y material inédito sobre las abrumadoras consecuencias de nuestras elecciones políticas y económicas inmediatas.

Estos extensos artículos nos muestran la versión más profética y losó ca de Klein, quien investiga la crisis climática no solo como un profundo desa o político sino también como un reto espiritual e imaginativo. Profundiza en asuntos que abarcan desde el con icto entre el tiempo ecológico y nuestra cultura del «ahora perpetuo» hasta la inspiradora historia de la capacidad de los humanos de cambiar y evolucionar rápidamente cuando se enfrentan a graves amenazas, pasando por el ascenso de la supremacía blanca y las fronteras convertidas en fortalezas como una forma de «barbarie climática», en lo que constituye una llamada a la acción para salvar a un planeta que se encuentra al

borde del abismo.

Con crónicas desde la fantasmal Gran Barrera de Coral o los cielos sofocados por el humo año tras año en el noroeste del Pací co, desde un Puerto Rico azotado por un huracán o un Vaticano que trata de instigar una «conversión ecológica» sin precedentes, Klein nos dice que solo lograremos estar a la altura del reto existencial

planteado por el cambio climático si estamos dispuestos a transformar los sistemas que han provocado esta crisis.

Estas páginas son una investigación de gran alcance que considera que la lucha por un mundo más sostenibleno puede separarse de la lucha por nuestras vidas. Así, En llamas captura la sofocante urgencia de la crisis climática, así como la ardiente energía de un movimiento político en alza que exige un catalítico Green New Deal.

Naomi Klein

En Llamas

Un (Enardecido) Argumento

A Favor Del Green New Deal

ePub r1.0

Titivillus 20.05.2025

Título original: On Fire

Naomi Klein, 2019

Traducción: Ana Pedrero Verge y Francisco J. Ramos Mena

Diseño de la portada: Jackie Seow

Ilustración de la portada: Serhii Brovko

Editor digital: Titivillus

ePub base r3.0 (ePub 3)

Para una óptima experiencia de lectura, use la opción Fuente Original / Fuente del editor / Predeterminada.

Índice de contenido

Introducción: «Nosotros somos el fuego»

Un agujero en el mundo

El capitalismo contra el clima

Geoingeniería: tanteando las aguas

Cuando la ciencia dice que la revolución política es nuestra única esperanza

El tiempo climático versus el ahora constante

Deja de intentar salvar el mundo tú solo

¿Un Vaticano radical?

¡Que se ahoguen! La violencia de la alterización en un mundo que se calienta Los años del «salto»: cómo poner n al relato de la in nitud

Respuesta en caliente sobre un planeta caliente Temporada de humo

Lo que está en juego en nuestro momento histórico

Fue el capitalismo el que mató nuestro impulso climático, no la «naturaleza humana»

La catástrofe de Puerto Rico no tiene nada de natural

Serán los movimientos los que con guren, o destruyan, el Green New Deal El arte del Green New Deal

Epílogo: breve argumentación en favor de un Green New Deal Agradecimientos

Créditos de los textos publicados

Sobre la autora

Para Arthur Manuel

1951-2017

El futuro no está predestinado a seguir un curso inevitable. Al contrario: podríamos causar la sexta gran extinción masiva en la historia de la Tierra o podríamos construir una civilización próspera y sostenible a largo plazo. Cualquiera de las dos opciones es posible a partir de ahora.

KIM STANLEY ROBINSON

INTRODUCCIÓN:

«NOSOTROS SOMOS EL FUEGO»

UN VIERNES DE MEDIADOS DE MARZO de 2019 salieron de los colegios formando riachuelos, burbujeantes por la emoción y el desa o que suponía aquel acto ilícito de absentismo escolar. Aquellos riachuelos desembocaban en grandes avenidas y bulevares, donde se unían a otras corrientes de niños y adolescentes que coreaban y charlaban, vestidos con mallas de leopardo, impecables uniformes o cualquier otro atuendo imaginable.

Esos riachuelos no tardaron en convertirse en ríos caudalosos: cien mil asistentes en Milán, cuarenta mil en París, ciento cincuenta mil en Montreal.

Sobre el oleaje humano se mecían carteles de cartón: ¡NO

TENEMOS UN PLANETA B! NO QUEMÉIS NUESTRO FUTURO. ¡NUESTRA CASA ESTÁ EN LLAMAS!

Algunas pancartas eran más complejas. En la ciudad de Nueva York, una niña sostenía un exuberante dibujo de delicados abejorros, ores y animales de la jungla. Desde lejos parecía un mural escolar sobre la biodiversidad; visto de cerca, era un lamento sobre la sexta extinción masiva: HEMOS PERDIDO EL 45  % DE

LOS INSECTOS COMO CONSECUENCIA DEL CAMBIO CLIMÁTICO. EL 60  % DE LOS ANIMALES HAN DESAPARECIDO EN LOS ÚLTIMOS CINCUENTA AÑOS. En el

centro había pintado un reloj de arena en el que el tiempo estaba a punto de agotarse.

Para los jóvenes que participaron en la primera huelga de estudiantes por el clima a escala global, aprender se ha convertido en un acto de radicalización. Con sus primeros cuentos, los libros de texto y las grandes producciones de documentales aprendieron sobre la existencia de los antiguos glaciares, de los deslumbrantes arrecifes de coral y los mamíferos exóticos que conforman el sin n de maravillas que ofrece nuestro planeta. Y entonces, casi al mismo tiempo —gracias a sus profesores, hermanos mayores o a las segundas entregas de esos mismos documentales—, descubrieron que gran parte de aquella belleza ya ha desaparecido, y que gran parte de la que queda gurará en la lista de «extinguidos» antes de que ellos cumplan treinta años.

Pero saber de la existencia del cambio climático no fue lo único que llevó a aquellos jóvenes a abandonar en masa las aulas. A muchos de ellos también los motivó el hecho de estar viviéndolo. A las puertas del Parlamento de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, cientos de jóvenes en huelga exigieron a coro a sus líderes electos que dejaran de aprobar proyectos de extracción de combustibles fósiles. No hacía más de un año que esta ciudad de cuatro millones de habitantes había padecido una sequía de tal gravedad que tres cuartas partes de la población se enfrentó a la posibilidad de abrir el grifo y que no saliera ni una gota de agua. CIUDAD DEL CABO SE ACERCA AL «DÍA CERO» DE LA SEQUÍA, rezaba uno de tantos titulares de entonces. Para esos niños, el cambio climático no era algo sobre lo que habían leído en los libros o a lo que temer desde la distancia, sino que estaba tan presente en sus vidas y era tan urgente como la propia sed.

Ese fue también el caso en la huelga por el clima celebrada en el país insular de Vanuatu, en el Pací co, cuyos residentes viven con el miedo a que la costa se erosione todavía más. Sus vecinas del Pací co, las Islas Salomón, ya han perdido cinco islas por culpa de la subida del nivel del mar, y seis más corren un alto riesgo de desaparecer para siempre.

«¡Elevad la voz, no el nivel del mar!», coreaban los alumnos. En la ciudad de Nueva York, diez mil niños y niñas de decenas

de colegios se dieron cita en Columbus Circle y marcharon hacia la Trump Tower al canto de «¡El dinero no importará cuando hayamos muerto!». Los adolescentes más mayores de los allí presentes tenían recuerdos vívidos de cuando la megatormenta Sandy azotó su ciudad costera en 2012. «Mi casa se inundó y yo no entendía nada —recordaba Sandra Rogers—. Eso me motivó a investigar, porque en el colegio no te enseñan estas cosas.»

La inmensa comunidad puertorriqueña de la ciudad de Nueva York también salió en masa aquel día atípicamente caluroso para esa época del año. Algunos niños llegaron envueltos con la bandera de Puerto Rico para recordar que sus familiares y amigos siguen sufriendo las consecuencias del huracán María: la tormenta de 2017 que dejó sin electricidad y agua a grandes fracciones del territorio durante casi un año, en lo que constituyó un colapso total de las infraestructuras que se cobró las vidas de aproximadamente tres mil personas.

Los ánimos también estaban caldeados en San Francisco, donde más de mil alumnos en huelga explicaron que padecen asma crónica por culpa de las industrias contaminantes que hay en sus barrios, y cuya salud empeoró todavía más cuando el humo de un incendio forestal ahogó al Área de la Bahía tan solo unos meses antes de la huelga. Los testimonios fueron parecidos en las salidas de las aulas en la región del Noroeste del Pací co, donde el humo de unos incendios sin precedentes bloqueó el sol durante dos veranos seguidos. Poco tiempo antes, al otro lado de la frontera norte, en Vancouver, la presión ejercida por los jóvenes había surtido efecto al lograr que el Ayuntamiento declarara la existencia de una «emergencia climática».

A más de once mil kilómetros de distancia, en Delhi, los alumnos en huelga hicieron frente a la siempre presente polución en el aire (a menudo la peor del mundo) para gritar desde el interior de sus mascarillas quirúrgicas blancas: «¡Habéis vendido nuestro futuro para obtener bene cios!». Al ser entrevistados, algunos hablaron de las devastadoras inundaciones en Kerala que acabaron con la vida de más de cuatrocientas personas en 2018.

El ministro de recursos australiano, a quien tanto carbón parece haber confundido, declaró: «Lo mejor que aprenderéis yendo a una manifestación es cómo hacer cola en el paro». Lejos de ser disuadidos por semejantes declaraciones, ciento cincuenta mil jóvenes acudieron a las plazas de Sídney, Melbourne, Brisbane, Adelaida y otras ciudades. Esta generación de australianos ha decidido que, sencillamente, no puede ngir que todo va bien. Y menos cuando, a principios de 2019, la ciudad sureña australiana de Puerto Augusta alcanzó los 49,5 °C, una temperatura propia de un horno. Y menos cuando la mitad del Gran Arrecife de Coral, la estructura natural compuesta de criaturas vivas más grande del mundo, se ha convertido en una fosa común submarina en plena descomposición. Y menos cuando, en las semanas anteriores a la huelga, vieron cómo la conjunción de varios incendios forestales se convirtió en una gran masa de llamas en el estado de Victoria y obligó a miles de personas a abandonar sus hogares mientras, en Tasmania, una serie de incendios incontrolados destruyeron bosques pluviales milenarios incomparables a cualquier otro ecosistema del mundo. Y menos cuando, en enero de 2019, una combinación de cambios extremos de temperatura y una mala gestión del agua hizo que el país entero se levantara una mañana y se encontrara con imágenes apocalípticas del río Darling atascado por culpa del millón de cadáveres de peces que otaban en su super cie.

«Nos habéis fallado de forma estrepitosa —dijo la organizadora de la huelga Nosrat Fareha, de quince años, dirigiéndose a la clase política en su conjunto—. Merecemos más que esto. Los jóvenes ni siquiera podemos votar, pero tendremos que convivir con las consecuencias de vuestra inacción.»

En Mozambique no hubo huelgas estudiantiles; el 15 de marzo, el día de la huelga global, el país entero se estaba preparando para el impacto del ciclón Idai, una de las peores tormentas de la historia de África que llevó a la población a buscar refugio en las copas de los árboles a medida que subía el agua, y que terminó cobrándose las vidas de más de mil personas. Y tan solo seis semanas después, mientras todavía estaban limpiando los escombros, el país sería azotado por el ciclón Kenneth, otra tormenta sin precedentes.

Vivan en el lugar del mundo en el que vivan, los miembros de esta generación tienen algo en común: son los primeros para quienes las perturbaciones climáticas a escala planetaria no suponen una amenaza futura, sino una realidad vivida. Y no solo en algunos lugares desafortunados, sino en todos y cada uno de los continentes, y todas ellas están sucediendo a un ritmo signi cativamente más acelerado de lo predicho por la mayoría de los modelos cientí cos.

Los océanos se están calentando un 40  % más rápido de lo que predijeron las Naciones Unidas hace tan solo cinco años. Y un extenso estudio sobre el estado del Ártico que se publicó en abril de 2019 en la revista Environmental Research Letters, encabezado por el reconocido glaciólogo Jason Box, descubrió que el hielo en sus distintas formas se está derritiendo con tal rapidez que «ya es un hecho que el sistema bio sico ártico se está alejando de las tendencias de su estado en el siglo XX para acercarse a un estado sin precedentes cuyas implicaciones no se limitarán únicamente a la región ártica». En mayo de 2019, la Plataforma Intergubernamental Cientí co-Normativa sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas de las Naciones Unidas publicó un informe sobre la asombrosa pérdida de fauna y ora en todo el mundo en el que advertía de que un millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción. «La salud de los ecosistemas de los que dependemos nosotros y todas las demás especies se está deteriorando más rápidamente que nunca —dijo el presidente de la Plataforma, Robert Watson—. Estamos erosionando los propios cimientos de las economías, de los sustentos, de la seguridad alimentaria, de la salud y de la calidad de vida en todo el mundo. Hemos perdido el tiempo. Debemos actuar de inmediato.»

Y así, mientras que en Estados Unidos los niños crecen practicando «simulacros de tiroteos» a partir de la guardería, a muchos de esos alumnos se les han cancelado días de colegio por culpa del humo de los incendios forestales, o han aprendido a preparar una bolsa de evacuación en caso de huracán. Son muchos los niños que han sido obligados a abandonar sus hogares para siempre porque una sequía prolongada ha puesto n al modus vivendi de sus padres en Guatemala o ha contribuido al estallido de una guerra civil en Siria.

Han pasado más de tres décadas desde que los Gobiernos y los cientí cos empezaron a reunirse o cialmente para discutir la necesidad de reducir las emisiones de gas de efecto invernadero y reducir así los peligros de la crisis climática. En los años que han transcurrido desde entonces, hemos oído cómo han instado in nitas veces a la acción re riéndose a «nuestros hijos», a «nuestros nietos» y a las «generaciones futuras». Nos dijeron que, por su bien, debíamos movernos con rapidez y abrazar el cambio. Nos advirtieron que estábamos fracasando en nuestro deber más sagrado, el de protegerlos. Se predijo que nos juzgarían con dureza si no actuábamos en su nombre.

Pues bien, ninguna de aquellas emotivas súplicas convenció a nadie, o al menos no a los políticos y a sus inversores corporativos, quienes podrían haber actuado de forma contundente para detener las perturbaciones climáticas que hoy todos estamos sufriendo. Por el contrario, desde el inicio de aquellas reuniones gubernamentales en 1988, las emisiones globales de CO2 se han intensi cado en más del 40 %, y siguen creciendo. El planeta se ha calentado aproximadamente 1 °C desde que empezamos a quemar carbón a escala industrial, y las temperaturas medias van por el camino de aumentar en la misma proporción hasta cuatro veces antes de que este siglo llegue a su n; la última vez que hubo tanto dióxido de carbono en la atmósfera como hoy, los humanos no existíamos.

¿Y qué hay de todos esos hijos y nietos y generaciones futuras que se invocaban con tanta soltura? Ya no son meros recursos retóricos. Ahora hablan (y gritan y se declaran en huelga) por sí mismos. Y están alzando la voz los unos en nombre de los otros como parte de un movimiento internacional emergente de niños y de una red global de criaturas que incluye a todos los que se enamoraron de esos asombrosos animales y maravillas naturales solo para terminar descubriendo que todo está desapareciendo.

Y sí, estos niños están preparados para presentar su veredicto moral ante todas las personas e instituciones que eran perfectamente conscientes del peligroso y diezmado mundo que heredarían y aun así decidieron no actuar.

Saben lo que opinan de Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil y Scott Morrison en Australia y de todos los demás líderes que incendian el planeta con una alegría desa ante mientras niegan un conocimiento tan básico que estos niños han entendido sin problemas a los ocho años. Y su veredicto es igual de condenatorio, o incluso más, cuando se trata de los líderes que pronuncian discursos apasionados y emotivos sobre la necesidad imperiosa de respetar el Acuerdo de París sobre el clima y «hacer que el planeta vuelva a ser maravilloso» (como Emmanuel Macron de Francia, Justin Trudeau de Canadá y muchos otros), pero que luego riegan de subvenciones, apoyos nancieros y licencias a los gigantes de la industria agraria y de los combustibles fósiles que fomentan la crisis ecológica.

Los jóvenes de todo el mundo están abriendo en canal el corazón de la crisis climática al hablar de su profundo anhelo por un futuro que creían poseer, pero que desaparece un poco más cada día que los adultos dejan pasar sin hacer nada respecto al hecho de que nos encontramos ante una emergencia.

Este es el poder del movimiento de los jóvenes contra el cambio climático: a diferencia de tantos adultos que ocupan posiciones de autoridad, a ellos todavía no les ha enseñado nadie a enmascarar los insondables riesgos de este momento con un lenguaje burocrático y de excesiva complejidad. Comprenden que están luchando por el derecho fundamental de vivir vidas plenas; unas vidas en las que, en palabras de Alexandria Villaseñor, estudiante de trece años en huelga por el clima, no tengan que «escapar de las catástrofes».

Los organizadores estiman que ese día de marzo de 2019 se convocaron casi dos mil cien huelgas por el clima en ciento veinticinco países, en las que participaron un millón seiscientos mil jóvenes. No está nada mal para un movimiento que nació apenas ocho meses antes de la mano de una chica de quince años en Estocolmo, Suecia.

EL «SUPERPODER» DE GRETA

La chica en cuestión es Greta unberg, y su historia nos enseña una serie de lecciones importantes sobre qué hará falta para proteger la posibilidad de un futuro habitable, pero no para esa idea abstracta de las «generaciones futuras», sino para miles de millones de personas que viven aquí y ahora.

Como muchos otros jóvenes, Greta empezó a aprender sobre el cambio climático cuando tenía unos ocho años. Leyó libros y vio documentales sobre el colapso de las especies y el derretimiento de los glaciares. Se obsesionó. Aprendió que el uso de combustibles fósiles y la alimentación basada en la carne desempeñaban un papel crucial en la desestabilización planetaria. Descubrió que existe un asincronismo entre nuestras acciones y las reacciones del planeta, lo que signi ca que un mayor calentamiento ya está asegurado, al margen de lo que hagamos.

A medida que fue creciendo y aprendiendo, se centró en las predicciones cientí cas sobre los cambios radicales que habrá experimentado la Tierra en 2040, 2060 y 2080 si seguimos por el camino actual. Calculó mentalmente lo que esto supondría para su vida: las conmociones a las que tendría que enfrentarse, la muerte que la rodearía, las formas de vida que desaparecerían para

siempre, los horrores y las privaciones que aguardarían a sus propios hijos, si decidiera tenerlos.

Greta también aprendió de los cientí cos que estudian el cambio climático que el peor de los supuestos no era un desenlace inevitable: si actuáramos de forma radical ahora mismo, reduciendo las emisiones un 15  % al año en los países ricos como Suecia, la posibilidad de que su generación y las que vinieran después tuvieran un futuro seguro aumentaría drásticamente. Todavía podríamos salvar algunos de los glaciares. Todavía podríamos proteger a muchos países insulares. Todavía podríamos evitar un fracaso masivo de las cosechas que obligaría a millones de personas, si no a miles de millones, a abandonar sus hogares.

Si todo eso fuera cierto, pensó, entonces «no estaríamos hablando de otra cosa […]. Si el uso de combustibles fósiles fuera tan nocivo que amenazara nuestra propia existencia, ¿cómo podríamos seguir como siempre? ¿Por qué no se restringe ese uso? ¿Por qué no se ilegaliza?».

No tenía ningún sentido. Resultaba obvio que los Gobiernos, especialmente en los países ricos en recursos, deberían encabezar la lucha por implementar una transición ágil en el transcurso de una década de forma que, cuando ella tuviera unos veinticinco años, los patrones de consumo y las infraestructuras sicas se hubiesen transformado profundamente.

Y, aun así, su Gobierno, un supuesto líder en la cuestión climática, estaba reaccionando a un ritmo mucho más lento y, de hecho, las emisiones globales seguían en aumento. Era una locura: el mundo ardía y, mirara adonde mirara, Greta veía que la gente se dedicaba a cotillear sobre famosos, a hacerse fotos imitándolos y a comprarse coches y ropa nueva que no necesitaban, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo para extinguir las llamas.

A los once años, había caído en una profunda depresión. Fueron muchos los factores que contribuyeron a su situación, algunos relacionados con el hecho de ser diferente en un sistema educativo que espera que todos los niños sean prácticamente iguales. («Era la niña invisible al fondo de la clase.») Pero también sentía una tristeza y una impotencia inmensas acerca del estado de rápido deterioro del planeta y de la inexplicable falta de acción de quienes ostentaban el poder para hacer algo al respecto.

unberg dejó de hablar y de comer. Cayó gravemente enferma. Con el tiempo, se le diagnosticó mutismo selectivo, un trastorno obsesivo-compulsivo y una forma de autismo antes conocida como síndrome de Asperger. Este último diagnóstico ayudó a explicar por qué todo lo que había aprendido sobre el cambio climático le había afectado mucho más y de una forma más personal que a muchos de sus compañeros.

Las personas con autismo tienden a ser enormemente literales y, como consecuencia, suelen tener problemas a la hora de lidiar con la disonancia cognitiva, es decir, todas esas brechas entre lo que sabemos intelectualmente y lo que realmente hacemos y que tan presentes están en la vida moderna. Muchas personas que se encuentran dentro del espectro del autismo también suelen ser menos propensas a imitar los comportamientos sociales de quienes los rodean —a menudo ni siquiera perciben su presencia— y, por el contrario, tienden a forjarse un camino propio y único. A menudo, esto los lleva a concentrarse con gran intensidad en los campos que les despiertan un interés especial, y es frecuente que les cueste dejar de lado dichos campos de interés (un comportamiento que se conoce como compartimentación). «Para quienes nos encontramos dentro del espectro —explica unberg —, casi todo es blanco o negro. No se nos da muy bien mentir y, por lo general, no nos gusta participar en ese juego social del que tanto parecéis disfrutar los demás.»

Estos rasgos explican por qué algunas personas que comparten el diagnóstico de Greta se convierten en consumados cientí cos o intérpretes de música clásica, puesto que su gran capacidad de concentración facilita que consigan grandes resultados. También ayudan a entender por qué, cuando unberg centró su imperturbable atención en la crisis climática, se sintió completamente abrumada y totalmente incapaz de protegerse del miedo y la tristeza. Veía y sentía todas las repercusiones de la crisis y no podía dejar de pensar en ellas. Además, las personas con quienes trataba (compañeros, padres y profesores) parecían relativamente indiferentes a esa crisis, lo cual no le transmitía — como sí ocurre con los niños cuya conexión social es más sólida— ninguna señal tranquilizadora que le hiciera pensar que la situación no era tan grave. La aparente despreocupación de su entorno solo lograba aterrorizarla todavía más.

Tal como Greta y sus padres lo cuentan, salir de aquella peligrosa depresión dependió en parte de encontrar formas de reducir la insoportable disonancia cognitiva entre lo que había aprendido acerca de la crisis planetaria y el estilo de vida que llevaban ella y su familia. Convenció a sus padres de que se unieran a ella y se hicieran veganos, o al menos vegetarianos, y por encima de todo, de que dejaran de volar. (Su madre es una conocida cantante de ópera, de forma que el sacri cio no fue pequeño.)

Pero la cantidad de carbono que no acababa en la atmósfera como consecuencia de estos cambios en su estilo de vida era ín mo. Greta era plenamente consciente de ello, pero convencer a su familia de vivir de una forma que empezara a re ejar la emergencia planetaria ayudó a aliviar su tensión mental hasta cierto punto. Al menos ahora, con sus pequeñas contribuciones, no estaban ngiendo que todo iba bien.

Sin embargo, el cambio más importante que llegó de la mano de unberg no tuvo nada que ver con comer o volar, sino con hallar una forma de demostrar al resto del mundo que había llegado el momento de dejar de actuar como si todo lo que hacíamos fuera normal, cuando lo normal nos estaba llevando de cabeza al desastre. Si lo que ansiaba desesperadamente era que los políticos con poder adoptaran el enfoque propio de una emergencia en la lucha contra el cambio climático, debía asegurarse de que su vida re ejara dicho estado de emergencia.

Así es como, a la edad de quince años, decidió dejar de hacer lo que se espera que todos los niños hagan cuando todo es normal: ir al colegio a prepararse para su futuro como adultos.

«¿Por qué —se preguntaba Greta— deberíamos estudiar para un futuro que podría desaparecer pronto, cuando nadie está haciendo nada en absoluto para salvar dicho futuro? ¿Y qué sentido tiene aprender datos en el sistema educativo, cuando es evidente que los hechos más importantes aportados por la ciencia más so sticada salida de ese mismo sistema educativo no importan lo más mínimo a nuestros políticos y a la sociedad?»

Así que, en agosto de 2018, cuando empezó el curso escolar, unberg no fue a clase. Fue al Parlamento de Suecia y acampó en la puerta con un cartel pintado a mano que rezaba: EN HUELGA ESCOLAR POR EL CLIMA. Volvió un viernes tras otro, y pasaba allí todo el día. Al principio, Greta, con su sudadera azul de segunda mano y sus enmarañadas trenzas castañas, fue ignorada por completo, como si se tratara de una incómoda mendiga que tiraba de la

conciencia de personas estresadas y agobiadas.

Poco a poco, su quijotesca protesta se granjeó algo de atención mediática, y otros estudiantes, así como algunos adultos, empezaron a acudir con sus propias pancartas. Luego llegaron las invitaciones para dar conferencias, primero en manifestaciones sobre el clima, luego en congresos de la ONU, en la Unión Europea, en TEDxEstocolmo, en el Vaticano, en el Parlamento británico. La invitaron incluso a subir a aquella famosa montaña de Suiza para que se dirigiera a los ricos y poderosos en el Foro Económico Mundial de Davos.

En todas las ocasiones, sus intervenciones eran breves, sin adornos y enormemente mordaces. «No son ustedes lo su cientemente maduros como para llamar a las cosas por su nombre —les dijo a los negociadores sobre el cambio climático en Katowice, Polonia—. Incluso de esa carga nos hacen responsables a nosotros, los niños.» A los miembros del Parlamento británico les preguntó: «¿Se entiende mi inglés? ¿Está encendido el micrófono? Porque estoy empezando a preguntármelo».

A los ricos y poderosos de Davos que la elogiaron por haberles infundido esperanza, les contestó: «No quiero su esperanza… Quiero que sientan pánico. Quiero que sientan el miedo que yo siento todos los días. Quiero que actúen. Quiero que actúen como lo harían ante una crisis. Quiero que actúen como si la casa estuviera en llamas, porque lo está».

A un ilustre público compuesto por directores ejecutivos, famosos y políticos que hablaban de las perturbaciones climáticas como si se tratara de un problema universal de cortedad de miras humana, les espetó: «Si todo el mundo es culpable, entonces no hay nadie a quien culpar, pero sí que tenemos a quien culpar […]. Algunas personas, algunas empresas, algunos dirigentes en concreto son plenamente conscientes de los inestimables valores que han estado sacri cando para seguir amasando cantidades inimaginables de dinero. —Hizo una pausa, cogió aire y añadió—: Y creo que muchos de los que estáis hoy aquí pertenecéis a ese grupo».

En el mayor de los reproches que hizo al grupo de Davos no hubo ni siquiera palabras. En lugar de alojarse en una de las habitaciones del hotel de cinco estrellas que le ofrecían, plantó cara a temperaturas de −18 °C para dormir afuera, en una tienda de campaña, acurrucada en un saco de dormir de un intenso color amarillo. («No le tengo demasiado aprecio al calor», me confesó.)

Al hablar ante aquellas salas repletas de adultos encorbatados que aplaudían y la grababan en vídeo con sus teléfonos móviles como si se tratara de una estrella de circo, a unberg raramente le temblaba la voz, pero la profundidad de sus sentimientos —de pérdida, de miedo y de amor por el mundo natural— jamás pasaba desapercibida. «Se lo suplico —dijo en un emotivo discurso dirigido a los miembros del Parlamento Europeo en abril de 2019

—. Por favor, no fracasen en esto.» Página 22

Y aunque los discursos no cambiaron de forma radical las acciones de los legisladores de aquellas majestuosas salas, sí alteraron las acciones de un gran número de personas fuera de ellas. Prácticamente todos los vídeos de esta chica de ojos encendidos se hicieron virales. Fue como si al gritarle «¡Fuego!» a nuestro abarrotado planeta, Greta hubiese infundido a un enorme número de personas la con anza que necesitaban para obedecer a sus propios sentidos y oler el humo que se colaba por debajo de todas esas puertas cerradas a cal y canto.

Pero ahí no acabaron sus logros. Escuchar a Greta explicar que la inacción colectiva en cuanto al clima casi le había arrebatado las ganas de vivir pareció contribuir a que otros sintieran el fuego de la supervivencia en sus propias entrañas. La claridad de la voz de Greta validaba el intenso terror que tantos de nosotros hemos estado reprimiendo y compartimentando sobre lo que signi ca vivir en medio de la sexta gran extinción y rodeados de advertencias cientí cas que nos advierten que, sencillamente, se nos ha acabado el tiempo.

De pronto, los niños de todo el mundo habían tomado como referente a Greta, la niña que no percibe pistas sociales, y empezaron a organizar sus propias huelgas estudiantiles. En sus manifestaciones, muchos sostenían pancartas en las que se leían algunas de sus palabras más punzantes: «QUIERO QUE SINTÁIS PÁNICO, NUESTRA CASA ESTÁ EN LLAMAS». En una multitudinaria huelga de estudiantes en Düsseldorf, Alemania, los manifestantes sostenían en alto un enorme muñeco de papel maché que representaba a Greta, con el ceño fruncido y las trenzas colgando, como la santa patrona de los niños cabreados de todo el mundo.

El viaje de Greta —de ser una alumna invisible a la voz global de la conciencia— es extraordinario, y si lo analizamos de cerca, tiene mucho que enseñarnos sobre lo que tendremos que hacer para llegar a un puerto seguro. La exigencia imperante de Greta es que toda la humanidad haga lo mismo que hizo ella con su vida y en su familia: reducir el abismo entre el conocimiento sobre la urgencia

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de la crisis climática y nuestro comportamiento. El primer paso es ponerle el nombre de emergencia, porque solo cuando adoptemos la actitud propia de las emergencias hallaremos la capacidad de hacer lo necesario para solucionarlo.

En cierto sentido, nos está pidiendo, a quienes tenemos un cerebro de disposición más típica —menos propenso a una concentración extraordinaria y más capaz de vivir con contradicciones morales— que seamos más como ella. Y no le falta razón.

En épocas normales carentes de emergencias, la capacidad de la mente humana de racionalizar, de compartimentar y de distraerse con facilidad es una importante estrategia de afrontamiento. Estos tres trucos mentales nos ayudan a superar el día a día. Asimismo, nos resulta enormemente útil jarnos de forma inconsciente en quienes nos rodean y en nuestros referentes para decidir cómo sentirnos y actuar; de hecho, gracias a estas «pistas sociales» hacemos amistades y construimos comunidades cohesionadas.

Sin embargo, cuando se trata de dar la talla ante la realidad del desastre climático, es fácil percatarse de que estos rasgos se convierten en nuestra ruina. Nos tranquilizan cuando no deberíamos estar tranquilos, nos distraen cuando no deberíamos distraernos y apaciguan nuestras conciencias cuando no deberían ser apaciguadas.

En parte, eso se debe a que si decidiéramos tomarnos las perturbaciones climáticas en serio, prácticamente todos los aspectos de nuestra economía deberían cambiar, y existen poderosos intereses a los que les gustan las cosas tal como están; sobre todo a las corporaciones de combustibles fósiles, que llevan décadas nanciando una campaña de desinformación, confusión y evidentes mentiras sobre la realidad del cambio climático.

Como consecuencia de ello, cuando la mayoría de nosotros miramos a nuestro alrededor en busca de con rmación social sobre lo que nuestros corazones y mentes nos dicen sobre las perturbaciones climáticas, nos enfrentamos a todo tipo de señales

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contradictorias que nos aseguran que no nos preocupemos, que estamos exagerando, que hay una in nidad de problemas más acuciantes, una in nidad de objetos más brillantes en los que centrarnos, que en cualquier caso nosotros no podremos cambiar las cosas, etcétera. Y, desde luego, no ayuda que estemos tratando de surcar una crisis de la civilización como esta en un momento en el que algunas de las mentes más brillantes de nuestro tiempo están dedicando enormes esfuerzos a concebir herramientas cada vez más ingeniosas que nos hagan correr en círculos digitales persiguiendo el próximo chute de dopamina.

Puede que todo ello explique el extraño lugar que la crisis climática ocupa en el imaginario colectivo, incluso para aquellos a quienes el colapso climático nos tiene aterrorizados. Ya podemos estar compartiendo artículos sobre el apocalipsis de los insectos y vídeos virales de morsas cayéndose por un precipicio porque el deshielo ha destruido su hábitat, que al momento siguiente nos pondremos a comprar por internet y a convertir con empeño nuestras mentes en un queso suizo al repasar Twitter o Instagram. O, si no, estamos dándonos atracones de series de Net ix sobre el apocalipsis zombi que convierten nuestro terror en entretenimiento, a la vez que con rmamos de forma tácita que, en cualquier caso, en el futuro nos aguarda un colapso, así que ¿para qué molestarnos en tratar de detener lo inevitable? También puede explicar por qué es posible que algunas personas serias entiendan, por un lado, lo cerca que nos encontramos de un punto de in exión irreversible y, por el otro, sigan tachando de poco realistas e ingenuas a las personas que piden que tratemos la situación como una emergencia.

«Creo que, en muchos sentidos, los autistas somos normales y el resto de la gente es bastante extraña», ha a rmado unberg, antes de añadir que le resulta útil no distraerse con facilidad o que las racionalizaciones no la tranquilicen. «Porque si las emisiones deben cesar, entonces debemos conseguir que las emisiones cesen. Para mí, es o blanco o negro. No hay zonas grises cuando se trata

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de la supervivencia. O bien avanzamos como civilización, o bien no avanzamos. Tenemos que cambiar.» Vivir con autismo es cualquier cosa menos fácil; para muchos, es «una lucha eterna contra los colegios, los lugares de trabajo y los abusones. Pero bajo las circunstancias adecuadas y contando con los ajustes necesarios, puede convertirse en un superpoder».

La oleada de movilizaciones juveniles que irrumpió en la escena mundial en marzo de 2019 no surge de una niña y su particular forma de ver el mundo. Greta se apresura a puntualizar que la inspiración le vino de otro grupo de adolescentes que se alzaron contra otro tipo de fracaso relacionado con la protección de su futuro: los alumnos de Parkland, Florida, quienes lideraron una oleada nacional de abandono de las aulas para exigir controles severos sobre la posesión de armas después de que diecisiete personas fueran asesinadas en su colegio en febrero de 2018.

Y Greta tampoco es la primera persona de enorme claridad moral en gritar «¡Fuego!» ante la crisis climática. Ha ocurrido multitud de veces durante las últimas décadas; en realidad, es una especie de ritual de los foros anuales de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Pero quizá porque aquellas primeras voces pertenecían a personas negras o de piel oscura de Filipinas, las Islas Marshall y Sudán del Sur, sus llamadas de atención altas y claras fueron historias de un día, como mucho. unberg también señala que las huelgas por el clima fueron fruto del trabajo de miles de líderes estudiantiles, sus profesores y organizaciones de apoyo, muchas de las cuales llevaban años haciendo sonar las alarmas climáticas.

Tal como dice un mani esto publicado por alumnos británicos que secundaron la huelga por el clima: «Puede que Greta unberg fuera la chispa, pero nosotros somos el fuego».

Durante una década y media, desde los reportajes que hice en Nueva Orleans con agua hasta la cintura tras el huracán Katrina,

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he tratado de descubrir qué está inter riendo con el instinto de supervivencia básico de la humanidad, por qué hay tantas personas que no se comportan como si nuestra casa estuviera en llamas cuando es tan evidente que lo está. He escrito libros, grabado documentales, dado una in nidad de conferencias y cofundado una organización ( e Leap) que se dedica, de una forma u otra, a explorar esta cuestión y a tratar de ayudar a alinear nuestra reacción colectiva con la escala de la crisis climática que vivimos.

Desde el principio me di cuenta de que las teorías predominantes sobre cómo hemos llegado al lo del abismo eran totalmente insu cientes. No estábamos actuando —se decía—, porque los políticos estaban atrapados en ciclos electorales a corto plazo, o porque el cambio climático parecía demasiado lejano, o porque ponerle freno salía demasiado caro, o porque las tecnologías limpias todavía no estaban listas. Todas las explicaciones tenían algo de cierto, pero fueron perdiendo veracidad con el tiempo. La crisis no estaba lejos; estaba echando la puerta abajo. El precio de los paneles solares se ha desplomado, y ahora compite con los de los combustibles fósiles. Las tecnologías limpias y las energías renovables crean mucho más empleo que el carbón, el petróleo y el gas natural. Y en cuanto a los supuestos precios prohibitivos de las energías limpias, se han invertido miles de millones en guerras eternas, rescates bancarios y subsidios para los combustibles fósiles, en los mismos años en que las arcas han estado prácticamente vacías para llevar a cabo la transición climática. Tenía que haber, pues, algo más.

Este libro, que reúne artículos extensos, opiniones argumentadas y conferencias públicas escritas durante una década, re eja mi intento de investigar la existencia de otro tipo de barreras, algunas económicas, otras ideológicas, y otras relacionadas con historias más profundas sobre el derecho de ciertas personas a dominar la Tierra y las personas que viven en ella, y que son las historias que sustentan la cultura occidental.

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Los ensayos que aquí presento a menudo recurren a los tipos de respuestas que podrían lograr derribar dichas narrativas, ideologías e intereses económicos, respuestas que entretejen crisis aparentemente independientes (económicas, sociales, ecológicas y democráticas) para construir una historia común de transformación de la civilización. Hoy, esta visión osada de las cosas se integra cada vez más bajo el estandarte del llamado «Green New Deal».

He decidido organizar las piezas de este libro según cuándo fueron escritas; por eso, el mes y año originales aparecen al principio. Es una estructura que, a pesar de implicar el regreso ocasional a un mismo tema, re eja la evolución de mi propio análisis a medida que ponía a prueba cada idea en el mundo real y trabajaba en colaboración con in nidad de amigos y compañeros dentro del movimiento global de justicia climática. A excepción de

los ensayos nales, centrados especí camente en el Green New Deal, que he ampliado de forma signi cativa, me he resistido a la

necesidad de modi car los textos y los he conservado prácticamente intactos, al margen de aclaraciones sobre marcos temporales y algunos datos nuevos en forma de notas al pie y epílogos puntuales.

Organizar las piezas en orden cronológico ofrece un bene cio añadido importante: es un inquietante recordatorio de que nos hallamos inmersos en una crisis vertiginosa, aunque no siempre lo parezca. En la breve década que abarca este libro, el planeta ha sufrido daños colosales e irreparables, desde el rápido deshielo del mar Ártico hasta la extinción masiva de las barreras de coral. El lugar del mundo del que procede mi familia, la costa oeste de la Columbia Británica, ha sido testigo del colapso de ciertas especies de salmón del pací co de las que dependen toda una serie de magní cos ecosistemas.

El mapa político también ha sufrido grandes cambios en esta década. Ha presenciado el resurgimiento de una derecha dura y cada vez más violenta, una fuerza que está ganando poder por todo

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el mundo al avivar el odio contra las minorías étnicas, religiosas y raciales; un odio que a menudo se mani esta en forma de xenofobia contra el creciente número de personas que se han visto obligadas a dejar sus países de origen. Estoy convencida de que estas tendencias planetarias y políticas mantienen una especie de diálogo letal entre ellas.

Las referencias temporales presentes en este libro se asemejan al reloj de arena de la pancarta de aquella estudiante en huelga: son una prueba fehaciente de que, mientras nuestras sociedades no se comportan como si la casa estuviera en llamas, esta no arde sin más como si se tratara de un GIF jo y en bucle. La con agración acumula cada vez más calor, y hay partes irreemplazables de la casa que están quedando reducidas a cenizas. Son partes que han desaparecido para siempre.

En este libro, pongo el énfasis en los países a los que a veces se denomina el mundo anglosajón (Estados Unidos, Canadá, Australia y el Reino Unido) y en algunas partes no anglófonas de Europa. En parte, es fruto de la casualidad, ya que actualmente vivo y trabajo en Estados Unidos, he pasado la mayor parte de mi vida en Canadá y he participado ampliamente en debates e iniciativas sobre el cambio climático en Australia, el Reino Unido y otras partes de la Europa occidental. Sin embargo, este énfasis surge sobre todo de mi constante intento de comprender por qué los Gobiernos de estos países se muestran especialmente beligerantes cuando se trata de emprender acciones climáticas signi cativas. Todavía existe un importante segmento de la población (aunque por suerte es cada vez menor) en cada uno de esos países que niega el hecho básico de que la actividad humana está provocando que el planeta se caliente de forma peligrosa, una verdad cegadora que no genera controversias ni oposición en la mayoría de los lugares del mundo.

Incluso cuando la negación total recula y parece nacer una época más progresista en lo que al medio ambiente se re ere (en Estados Unidos con Obama, en Canadá con Justin Trudeau), sigue

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siendo extraordinariamente di cil que estos Gobiernos acepten la acuciante evidencia cientí ca de que debemos dejar de ampliar la frontera de los combustibles fósiles y que, de hecho, tenemos que empezar a reducir de forma paulatina su actual producción. Australia, a pesar de su riqueza, insiste en ampliar de forma masiva la producción de carbón; Canadá ha hecho lo mismo con las arenas bituminosas; Estados Unidos, lo mismo con el petróleo de Bakken, con la fracturación hidráulica para extraer gas natural y con la perforación en aguas profundas, convirtiéndose así en el primer país del mundo en volumen de exportaciones de petróleo; y el Reino Unido ha tratado de imponer operaciones de fracturación hidráulica a pesar del enorme rechazo que suscitan y de las evidencias que la relacionan con los terremotos.

Para tratar de encontrarle algún sentido a todo esto, he explorado algunas de las formas en que estas naciones encabezaron la creación de la cadena de suministro global que dio lugar al capitalismo moderno, el sistema económico del consumo ilimitado y la destrucción ecológica que se encuentra en el corazón de la crisis climática. La historia empieza con el robo de personas en África y el robo de tierras de los pueblos indígenas, dos prácticas brutales de expropiación tan vertiginosamente rentables que generaron el excedente de capital y el poder necesarios para iniciar la revolución industrial alimentada por los combustibles fósiles y, con ella, el cambio climático provocado por la actividad humana. Desde el primer momento, este proceso requirió de teorías pseudocientí cas y también teológicas sobre la supremacía blanca y cristiana, razón por la cual el ya fallecido teórico político Cedric Robinson planteó que el sistema económico nacido de la convergencia de esos in ernos debería recibir el nombre más apropiado de «capitalismo racial».

Las teorías que racionalizaban que se tratara a las personas como si fueran materias primas capitalistas que había que agotar y de las que había que abusar sin límites coexistían con otras que justi caban que se tratara al mundo natural (bosques, ríos,

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animales terrestres y acuáticos) exactamente de la misma manera. Milenios y milenios de sabiduría humana acumulada sobre cómo proteger y regenerar la naturaleza, desde los bosques hasta las migraciones de los peces, quedaron relegados en bene cio de la novedosa idea de que la capacidad de la humanidad para controlar el mundo natural y la cantidad de riqueza que podía extraerse de él, sin miedo ni consecuencias, no tenían límites.

Estas ideas sobre la eterna abundancia de la naturaleza no son casuales en los países del mundo anglosajón; son mitos fundacionales, arraigados en los relatos nacionales. Las tierras que se convertirían en Estados Unidos, Canadá y Australia y sus enormes riquezas naturales fueron vistas, desde los primeros contactos con las naves europeas, como si fueran hermanas mellizas de los poderes coloniales que se estaban quedando sin naturaleza que explotar en sus respectivos países. Pero con el «descubrimiento» de esos «nuevos mundos» aparentemente ilimitados, Dios les había concedido un indulto: Nueva Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Ámsterdam y Nueva Gales del Sur se convirtieron en la prueba irrefutable de que los europeos jamás se quedarían sin naturaleza que explotar. Y cuando una franja de ese nuevo territorio quedara mermada o sobrepoblada, se limitarían a mover la frontera y a nombrar y reivindicar nuevos «nuevos mundos».

En estas páginas exploro este pecado original e imaginativo porque guarda relación con la crisis climática desde muchos puntos de vista: la muerte negra del petróleo de BP que se extendió por el golfo de México; el Vaticano y la «conversión ecológica» del papa Francisco; los Estados Unidos de Trump que cogen lo que quieren y se van; la extinción de la Gran Barrera de Coral, donde la nave del capitán James Cook (un carguero de carbón reconvertido) quedó encallada, entre otros. También trato de desentrañar la relación entre estas mitologías que se desmoronan —a medida que la naturaleza demuestra que no es en absoluto inmune a la explotación y a la extracción ilimitadas— y el aterrador

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resurgimiento de los elementos más espantosos y violentos de los relatos coloniales por todo el mundo anglosajón; es decir, los elementos que de enden el derecho de los cristianos blancos, supuestamente superiores, a in igir una tremenda violencia sobre aquellos a quienes han decidido clasi car como inferiores en una brutal jerarquía humana.

No estoy diciendo que esos países sean los únicos impulsores del colapso ecológico, ya que ese no es en absoluto el caso. Esta crisis es global, y muchos otros países han contaminado de forma temeraria durante el mismo período. (Véase lo que sucede en cualquier petroestado o en cómo se han disparado las emisiones en China e India). Pero la rápida aceleración del colapso climático, además de coincidir en el tiempo con la exitosa globalización del elevado estilo de vida de los consumidores en los países sobre los que hablo en este libro, también ha sido una consecuencia directa de esa misma globalización. Además, esos son también los países que han estado contaminando a niveles extremadamente elevados durante siglos y que, por lo tanto, estaban obligados, según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que rmaron sus Gobiernos, a encabezar la reducción de emisiones antes que los países en vías de desarrollo. Tal como solían decir los o ciales de Estados Unidos durante la invasión de Irak en 2003: «Lo rompimos, lo compramos».

UNA EMERGENCIA POPULAR

Y aun así, a pesar de la profundidad de esta crisis, algo igualmente profundo está cambiando, y a una velocidad que me asombra. Mientras escribo estas líneas, el planeta no es lo único que está en llamas. También lo están los movimientos sociales que se alzan para declarar, desde abajo, una emergencia popular. Además de las huelgas estudiantiles que se propagaron como el fuego, hemos visto el auge de Extinction Rebellion, que estalló en la escena mundial y dio lugar a una oleada de acciones directas no violentas

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y de desobediencia civil, entre ellas los cortes de grandes partes del centro de Londres. Extinction Rebellion está exigiendo a los Gobiernos que traten el cambio climático como una emergencia, que implementen una rápida transición hacia el uso de energías cien por cien renovables según la climatología, y que desarrollen de forma democrática un plan sobre cómo implementar dicha transición por medio de asambleas ciudadanas. Pocos días después de sus acciones más radicales, en abril de 2019, Gales y Escocia declararon el estado de «emergencia climática», y el Parlamento británico, presionado por los partidos de la oposición, pronto siguió su ejemplo.

En el mismo período, en Estados Unidos hemos sido testigos del meteórico auge del movimiento Sunrise, que irrumpió en el escenario político al ocupar el despacho de Nancy Pelosi, la demócrata más poderosa de Washington, DC, una semana después de que su partido hubiese recuperado la Cámara de Representantes en las elecciones de mitad de mandato de 2018. Sin desperdiciar ni un minuto en felicitaciones, los miembros de Sunrise acusaron al partido de carecer de un plan para reaccionar ante la emergencia climática. Apelaron al Congreso para que adoptara de inmediato un plan de descarbonización rápida que fuera tan ambicioso en cuanto a velocidad y alcance como el New Deal de Franklin D. Roosevelt, el extenso conjunto de políticas diseñadas para luchar contra la pobreza durante la Gran Depresión y el colapso ecológico del Dust Bowl («Cuenco de polvo»).

Como autora y organizadora, formo parte del movimiento climático global desde hace años, y mi implicación me ha llevado a muchas manifestaciones de gran envergadura y acciones masivas, entre las que se cuenta la Marcha por el Clima celebrada en la ciudad de Nueva York en 2014, que reunió a cuatrocientas mil personas. He cubierto y participado en los principales foros sobre el clima de las Naciones Unidas en los que se hicieron las nobles promesas de estar a la altura del desa o existencial de la

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humanidad (Copenhague en 2009, París en 2014). Como miembro del comité de la organización por el clima 350.org, formé parte del arranque del movimiento por la desinversión que, en diciembre de 2018, logró que un grupo de inversores que representaban un volumen de capital de ocho billones de dólares se comprometieran a retirar sus inversiones en empresas de combustibles fósiles. También he formado parte de varios movimientos, algunos de ellos fructíferos, para evitar la instalación de nuevos oleoductos.

El activismo que estamos presenciando hoy día es parte de esta historia y también modi ca la ecuación por completo. Aunque muchas de las iniciativas mencionadas fueron de gran envergadura, no dejaban de implicar principalmente a personas que se identi caban como ecologistas y activistas climáticos. Si llegaban a personas externas a dichos círculos, su implicación raramente se prolongaba más allá de una única manifestación o lucha contra un oleoducto. Fuera del movimiento climático, todavía era posible que la crisis planetaria cayera en el olvido durante meses y meses o que apenas se mencionara en campañas electorales cruciales.

El momento actual es notablemente distinto por partida doble: en parte tiene que ver con un creciente sentimiento de peligro, y en parte, con una nueva y desconocida sensación de esperanza.

EL PODER RADICALIZADOR DE LA CLIMATOLOGÍA

Un mes antes de que los miembros de Sunrise ocuparan el despacho de la que pronto se convertiría en la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publicó un informe que tuvo un impacto mayor que cualquier otra publicación en los treinta y un años de historia de esta organización galardonada con el premio Nobel de la Paz.

El informe examinaba las implicaciones de mantener el aumento del calentamiento planetario por debajo de 1,5 °C. A la luz

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del incremento de los desastres naturales que ya estamos viendo con un calentamiento de aproximadamente 1  °C, el informe determinaba que mantener las temperaturas por debajo del umbral de 1,5  °C de incremento es lo mejor que puede hacer la humanidad para evitar un desenlace a todas luces catastró co.

Pero conseguirlo resultaría extremadamente di cil. Según la Organización Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas, si seguimos como hasta ahora, habremos calentado el planeta entre 3 y 5  °C para nales de siglo. Cambiar el rumbo de nuestro barco económico a tiempo para mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C requeriría, según observaron los autores del IPCC, reducir las emisiones globales aproximadamente a la mitad en tan solo doce años —al cierre de este libro, quedan once— y llegar a 2050 con una huella de carbono cero. No solo en un país, sino en todas las economías importantes. Y puesto que el dióxido de carbono presente en la atmósfera ya ha sobrepasado con mucho los niveles seguros, también requeriría la retirada de gran cantidad de dióxido de carbono, ya sea mediante costosas tecnologías de captura de carbono que no han sido probadas o mediante los métodos tradicionales: plantando miles de millones de árboles y vegetación capaces de secuestrar carbono.

El informe establece que no es posible llevar a término este cese acelerado de la contaminación empleando enfoques tecnocráticos individuales como los impuestos sobre el carbono, aunque esas herramientas deban utilizarse; sino que es necesario cambiar de forma deliberada e inmediata los métodos usados en nuestras sociedades para la producción de energía, el cultivo de alimentos, el transporte y la construcción de edi cios. En la primera frase del informe se a rma que lo que necesitamos es implementar «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad».

Este no fue en absoluto el primer informe aterrador sobre el clima, ni la primera vez que reconocidos cientí cos instaban a la reducción radical de emisiones. Mis estanterías están repletas de

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estudios con conclusiones semejantes. Pero al igual que los discursos de Greta unberg, la crudeza de los drásticos cambios sociales exigidos por el IPCC y la brevedad de la línea temporal que esbozó para implementarlos enfocaron la mirada del ojo público como nunca antes había sucedido.

En gran medida, eso se debe a la fuente del informe. Después de que los Gobiernos se unieran en 1988 para reconocer la amenaza del calentamiento global, las Naciones Unidas crearon el IPCC para proporcionar a los legisladores la información más able posible sobre la que fundamentar sus decisiones. Por eso, el grupo sintetiza los mejores estudios cientí cos para establecer predicciones que deben contar con el consenso de un gran número de cientí cos antes salir a la luz, e incluso entonces, nada puede hacerse público antes de que los propios Gobiernos den su aprobación.

Como consecuencia de este laborioso proceso, las predicciones del IPCC han sido, por lo general, notoriamente conservadoras y a menudo han subestimado los riesgos de forma peligrosa. Y aun así, ahí estaba ese informe —nutrido de unas seis mil fuentes, creado por casi cien autores y revisores— en el que se a rmaba con claridad meridiana que si los Gobiernos hacían tan poco para reducir las emisiones como actualmente se habían comprometido a hacer, estábamos destinados a enfrentarnos a una serie de consecuencias que incluyen una subida del nivel del mar que arrasaría ciudades costeras, la extinción total de las barreras de coral y sequías que acabarían con las cosechas en vastas extensiones en todo el mundo.

Los jóvenes que hoy están en edad de ir al instituto seguirán en la veintena cuando las emisiones globales ya deberían haberse reducido a la mitad para evitar tales consecuencias. Y, sin embargo, las decisiones determinantes sobre si se implementará dicha reducción —unas decisiones que moldearán sus vidas por completo— se están tomando mucho antes de que la mayoría tenga incluso derecho a voto.

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Ese fue el telón de fondo de la cascada de movilizaciones masivas a favor del clima que tuvieron lugar en 2019. Una y otra vez, en las huelgas y las manifestaciones, se repetían las palabras «Solo nos quedan doce años». Gracias a la claridad inequívoca del IPCC, así como a las experiencias directas y reiteradas de una meteorología sin precedentes, nuestra conceptualización de esta crisis está cambiando. Son muchas más las personas que están empezando a comprender que la lucha no se centra en una entidad abstracta llamada «la Tierra». Estamos luchando por nuestras vidas. Y ya no nos quedan doce años; ahora solo nos quedan once. Y pronto solo serán diez.

EL GREEN NEW DEAL ENTRA EN ESCENA

A pesar del gran impacto que el informe del IPCC ha ejercido, puede que haya otro factor relacionado con el subtítulo de este libro todavía más importante: las pugnas desde muchos distritos de Estados Unidos y de todo el mundo para que los Gobiernos respondan a la crisis climática mediante un Green New Deal de gran alcance. La idea es sencilla: a la par que transformamos las infraestructuras de nuestras sociedades a la velocidad y escala que exigen los cientí cos, la humanidad tiene una de esas oportunidades que solo se presentan una vez cada cien años para reparar un modelo económico que está defraudando a la mayoría de las personas de muchas y distintas formas. Porque los factores que están destruyendo el planeta también están destruyendo la calidad de vida en muchos sentidos: desde la congelación de los salarios hasta las grandes desigualdades, o los servicios que se están viniendo abajo, o la destrucción de cualquier cosa que guarde algún tipo de parecido con la cohesión social. Hacer frente a estas fuerzas subyacentes nos brinda la oportunidad de resolver a la vez varias crisis que están entrelazadas.

Al abordar la crisis climática podemos crear cientos de millones de empleos de calidad en todo el mundo, invertir en las

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comunidades y en los países a los que se excluye de forma sistemática, y garantizar la sanidad y el cuidado de los niños, entre otras muchas cosas. Estas transformaciones darían como resultado unas economías construidas tanto para proteger y regenerar los sistemas de soporte vital del planeta como para respetar y sustentar a las personas que dependen de ellos. También contribuirían a una cosa más abstracta, pero igual de importante: en un momento en el que nos encontramos cada vez más divididos en burbujas de información selladas herméticamente, sin apenas ideas compartidas sobre en qué podemos con ar e incluso qué es real, el Green New Deal podría infundirnos un sentido de propósito colectivo; es decir, un conjunto de objetivos concretos en cuya consecución trabajamos todos juntos. En escala, aunque no en los detalles, la propuesta del Green New Deal se inspira en el New Deal original de Franklin Delano Roosevelt, el cual ofrecía una respuesta a la pobreza y el colapso provocados por la Gran Depresión por medio de una serie de políticas e inversiones públicas, desde la introducción de la seguridad social y de legislación sobre salarios mínimos hasta la separación bancaria, la instalación de redes eléctricas en las zonas rurales de Estados Unidos y la construcción de viviendas de bajo coste en las ciudades, así como la plantación de más de dos mil millones de árboles y la implementación de programas de protección del suelo en las regiones asoladas por el Dust Bowl.

Los distintos planes que han surgido para una transformación al estilo del Green New Deal imaginan un futuro en el que habremos aceptado el duro trabajo de la transición, incluidos los sacri cios relacionados con el consumo basado en el derroche. Pero, a cambio, la vida diaria de las personas trabajadoras habrá mejorado en una in nidad de sentidos, pues habrá más tiempo para dedicar al ocio y al arte, la vivienda y el transporte públicos serán verdaderamente accesibles y asequibles, las profundas brechas salariales raciales y de género acabarán de una vez por

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todas, y la vida en la ciudad dejará de ser una batalla eterna contra el trá co, el ruido y la contaminación.

Mucho antes del informe del 1,5  °C del IPCC, el movimiento climático se había centrado en el peligroso futuro que nos aguardaba si los políticos no actuaban. Popularizamos y compartimos los datos cientí cos aterradores más recientes. Dijimos que no a la construcción de nuevos oleoductos, a los yacimientos de gas y a las minas de carbón; no a que las universidades, los Gobiernos locales y los sindicatos invirtieran donaciones y pensiones en las empresas que respaldaban esos proyectos; no a los políticos que negaban la existencia del cambio climático y no a los políticos que decían lo que queríamos oír pero hacían todo lo contrario. Todo eso fue crucial, y sigue siéndolo. Pero, aunque hicimos sonar las alarmas, solo el relativamente pequeño sector del movimiento preocupado por la «justicia climática» centró su atención en el tipo de economía y de sociedad a las que aspirábamos.

Este fue el revulsivo de la irrupción del Green New Deal en el debate político en noviembre de 2018. Vestidos con camisetas que rezaban «TENEMOS DERECHO A TENER UN BUEN EMPLEO Y UN FUTURO

DIGNO», cientos de jóvenes del movimiento Sunrise corearon lemas a favor del Green New Deal, colocados en hileras a lo largo de los pasillos del Congreso, poco después de las elecciones de mitad de legislatura. Por n se oyó un «sí» alto y claro junto a los muchos «no» del movimiento climático; la historia de cómo podría ser el mundo después de habernos embarcado en una profunda transformación y un plan sobre cómo llegar hasta él.

El enfoque del Green New Deal con respecto a la crisis climática, que parte de la base del compromiso con la sociedad, no es nuevo. Este tipo de marco basado en la «justicia climática» (en contraposición a la «acción climática», más genérica) lleva muchos años utilizándose a escala local, y sus orígenes se remontan a los movimientos de justicia medioambiental de Latinoamérica y Estados Unidos. Y el concepto de un Green New Deal ha formado

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parte de los programas de un puñado de pequeños partidos verdes de todo el mundo.

Mi libro de 2014, Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima, exploraba este tipo de enfoque holístico en profundidad. El precedente histórico que utilicé entonces procedía de una negociadora sobre asuntos climáticos de Bolivia llamada Angélica Navarro Llanos, que pronunció una vehemente intervención en un foro climático de las Naciones Unidas en 2009: «Necesitamos la movilización masiva de mayor envergadura de la historia. Necesitamos un Plan Marshall para la Tierra», declaró, re riéndose a cómo Estados Unidos, temeroso de la ascendente Unión Soviética, había ayudado a reconstruir grandes partes de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. «Este plan debe movilizar una transferencia nanciera y tecnológica a una escala nunca vista. Debe llevar la tecnología a todos los países para asegurarnos de que reducimos las emisiones a la vez que mejoramos la calidad de vida de las personas. Y solo tenemos una década.»

Malgastamos toda la década que siguió a ese llamamiento entreteniéndonos con remiendos y negaciones, y jamás recuperaremos las maravillas que se han perdido como consecuencia de ello, ni las vidas y los sustentos que han sido destruidos por la misma razón. Navarro Llanos y sus compatriotas bolivianos han visto cómo los majestuosos glaciares que proporcionan agua dulce al área metropolitana de La Paz (que acoge a dos millones trescientos mil habitantes) menguan a una velocidad alarmante. En 2017, los pantanos estaban tan bajos que se implementó el racionamiento de agua en la capital y se declaró un estado de emergencia en todo el país.

Pero esa década perdida no hace que la profética llamada de Navarro Llanos sea menos relevante, sino todo lo contrario, dado que, tal como el informe del IPCC dijo con total claridad, cientos de millones de vidas penderán de un hilo con cada medio grado de calentamiento que permitamos o evitemos.

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Hay otra cosa que ha cambiado desde que se lanzó aquel llamamiento hace una década. Antes, cuando los movimientos sociales y los Gobiernos de países pequeños exigíamos este tipo de cosas, parecía que gritábamos ante un vacío político. No contábamos con ningún cómplice en los Gobiernos de los países más ricos del planeta que estuviera dispuesto a plantearse este tipo de enfoque de emergencia para hacer frente a la crisis climática. Lo único que se ofrecía eran mecanismos de mercado de efecto derrame, y cuando aparecía una recesión económica, incluso esas proposiciones insu cientes e inadecuadas se evaporaban.

Pero, hoy, ya no es ese el caso. Ahora existe un nuevo bloque de políticos en Estados Unidos, Europa y el resto del mundo, algunos tan solo diez años mayores que los jóvenes activistas reunidos en las calles, que están preparados para traducir la urgencia de la crisis climática en políticas concretas y para unir los puntos entre las múltiples crisis de nuestro tiempo. Entre esta nueva generación política destaca Alexandria Ocasio-Cortez, quien, a los veintinueve años, se convirtió en la mujer electa para el Congreso de Estados Unidos más joven de la historia.

La implementación de un Green New Deal era un punto del programa de su candidatura. Poco después de ganar las elecciones, varias integrantes del pequeño grupo de mujeres congresistas jóvenes a veces llamado «el escuadrón» prometieron dar apoyo a su atrevida iniciativa, especialmente Rashida Tlaib, de Detroit, y Ayanna Pressley, de Boston.

Así, cuando cientos de integrantes del movimiento Sunrise fueron a Washington tras las elecciones de mitad de legislatura para manifestarse y hacer sentadas, estas representantes recién elegidas no guardaron una distancia de seguridad entre ellas y los manifestantes. Por el contrario, lo que hicieron fue unirse a ellos: Tlaib hizo un parlamento en una de aquellas manifestaciones (y llevó caramelos para que los allí reunidos conservaran las fuerzas) y Ocasio-Cortez se sumó a la sentada en el despacho de Nancy Pelosi.

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«Solo quería deciros lo orgullosa que me siento de cada uno de vosotros por poneros a vosotros mismos, a vuestros cuerpos y a todo lo demás en primera línea para asegurarnos de que salvemos al planeta, a nuestra generación y a nuestro futuro», les dijo a los manifestantes, a quienes recordó que «mi camino hasta aquí empezó en Standing Rock», en referencia a su decisión de presentarse como candidata para el Congreso tras participar en las protestas contra los oleoductos encabezadas por los sioux de Standing Rock.

Tres meses después, Ocasio-Cortez, junto al senador Ed Markey, de Massachusetts, presentó frente al Capitolio una propuesta formal para un Green New Deal en la que se esbozaban los puntos clave de la transformación. La propuesta del Green New Deal empieza citando los aterradores datos cientí cos aportados y los breves plazos establecidos en el informe del IPCC, e insta a Estados Unidos a adoptar un enfoque radical con respecto de la descarbonización y a tratar de alcanzar una huella de carbono cero en tan solo una década, en consonancia con la meta de que el mundo entero llegue a ese punto para mediados de siglo.

En el marco de esta extensa transición, esta propuesta exige enormes inversiones en energías renovables, e ciencia energética y medios de transporte limpios. Para conseguirlo, de ende que los niveles salariales y los bene cios de los trabajadores que dejen los sectores de altas emisiones de carbono para unirse a los sectores verdes deben ser protegidos, y considera que se debe garantizar un empleo a todo aquel que desee trabajar. También exige que las comunidades que han padecido los efectos más tóxicos de los sectores contaminantes (muchas de ellas comunidades indígenas, negras y de piel oscura), se bene cien de las transiciones y contribuyan a diseñarlas a escala local. Y por si no fuera su ciente, termina con una serie de exigencias clave procedentes del creciente sector socialista democrático del Partido Demócrata: sanidad universal, cuidado de los niños y educación superior, todo ello gratuito.

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En comparación con los borradores anteriores, este resultaba sorprendentemente atrevido y progresista, pero tras él había tal ímpetu, especialmente entre los votantes jóvenes, que rápidamente se convirtió en una prueba de fuego para grandes sectores del partido. En mayo de 2019, cuando la campaña para presidir el Partido Demócrata estaba en pleno apogeo, la mayoría de los candidatos presidenciales más aventajados a rmaban darle apoyo, entre ellos Bernie Sanders, Elizabeth Warren, Kamala Harris, Cory Booker y Kirsten Gillibrand. Mientras tanto, había sido respaldado por ciento cinco miembros de la Cámara de Representantes y del Senado.

La aparición del Green New Deal signi ca que ahora no solo disponemos del marco político para alcanzar los objetivos del IPCC en Estados Unidos, sino también de un camino claro (aunque arduo) para convertirlo en ley. El plan es bastante sencillo: se elige a un férreo defensor del Green New Deal en las primarias demócratas; se entra en la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado en 2020; y se empieza a desplegar el primer día de la nueva administración (igual que Roosevelt hizo con el New Deal primigenio en los famosos «primeros cien días», cuando el presidente recién electo logró que quince leyes importantes se aprobaran en el Congreso).

Si el informe del IPCC fue la atronadora alarma contraincendios que captó la atención del mundo entero, el Green New Deal es el inicio de un plan de seguridad y prevención antiincendios. No se trata de un enfoque incompleto que se limita a apuntar una pistola de agua a un incendio implacable, como tantas veces hemos visto en el pasado, sino de un plan integral y holístico que pretende apagar el fuego de una vez por todas. Especialmente si la idea se extiende por todo el mundo, algo que ya está empezando a suceder.

Siguiendo esa misma línea, en enero de 2019, la coalición política Primavera Europea (una extensión de un proyecto llamado DiEM25, de cuyo grupo asesor formo parte) lanzó un

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Green New Deal para Europa, un plan detallado y de gran calado para integrar un programa para la rápida descarbonización dentro de un programa de justicia social y económica más amplio: «Desde un programa de inversión verde para atravesar la transición ecológica mundial hasta un plan de nido para abordar la pobreza en nuestro continente; desde un Pacto de Trabajadores a una Convención Europea sobre los Derechos de las Mujeres y mucho más, el Green New Deal es el documento de referencia para cualquiera que desee terminar con el dogma de que “No existe ninguna alternativa” y devolver la esperanza a nuestro continente», anunció la coalición.

En Canadá, una amplia coalición de organizaciones se ha unido para exigir un Green New Deal, y el líder del Nuevo Partido Democrático ha adoptado este marco (aunque no la totalidad de sus ambiciones) como un punto de su programa político. Lo mismo ha ocurrido en el Reino Unido, donde el partido de la oposición, el Partido Laborista, se encuentra (mientras escribo estas líneas) enfrascado en una intensa negociación sobre si deben adoptar un programa al estilo del Green New Deal, similar al que se está proponiendo en Estados Unidos.

Las distintas versiones del Green New Deal que han surgido en el último año tienen todas algo en común. Frente a las políticas anteriores, que no eran más que pequeñas modi caciones de incentivos diseñados para provocar las mínimas alteraciones en el sistema, el enfoque del Green New Deal consiste en un cambio total del sistema operativo; es un plan para remangarnos y hacer lo que hay que hacer. Los mercados desempeñan indudablemente un papel en esta visión, pero no son los protagonistas de la historia: los protagonistas son las personas. Los trabajadores que construirán las nuevas infraestructuras, los residentes que respirarán aire limpio, los que vivirán en viviendas ecológicas y asequibles y se bene ciarán del transporte público de bajo coste (o gratuito).

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A los que defendemos este tipo de programas transformadores, en ocasiones, se nos acusa de utilizar la crisis climática para promover una agenda socialista o anticapitalista que antecede a nuestro interés por la crisis climática. Mi respuesta es sencilla. Durante toda mi vida adulta he estado involucrada en movimientos que hacían frente a la in nidad de formas en que nuestro sistema económico actual despedaza las vidas de las personas y el medio ambiente en una despiadada búsqueda de bene cios. Mi primer libro, No logo, publicado hace casi veinte años, documentaba los costes humanos y ecológicos de la globalización de las multinacionales, desde los talleres de explotación laboral en Indonesia hasta los yacimientos de petróleo en el delta del Níger. He visto a chicas adolescentes ser utilizadas como si fueran máquinas para que fabricaran nuestras máquinas, y montañas y bosques convertidos en vertederos para llegar al petróleo, el carbón y los metales que yacen debajo.

Resultaba imposible negar los impactos dañinos e incluso letales de tales prácticas; simplemente se aseguraba que eran los costes necesarios de un sistema que estaba produciendo tanta riqueza que, con el tiempo, los bene cios se ltrarían hacia abajo y mejorarían las vidas de prácticamente todas las personas del planeta. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que la indiferencia por la vida que manifestaba la explotación de los trabajadores de las plantas de producción y la aniquilación de montañas y ríos ha

otado hacia arriba hasta tragarse el planeta entero, y ha convertido tierras fértiles en salares y hermosas islas en escombros, y aniquilado la vida y el color de unas barreras de coral que antaño estuvieron llenas de vitalidad.

Admito abiertamente que no entiendo la crisis climática como algo que se pueda separar de las crisis más localizadas provocadas por el mercado que he documentado a lo largo de los años; la diferencia reside en la escala y el alcance de la tragedia, puesto que el único hogar del que dispone la humanidad pende de un hilo. Siempre he sentido que la necesidad de cambiar de modelo

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económico hacia otro mucho más humano era de una urgencia apremiante. Pero, ahora, esa urgencia ha adquirido una nueva dimensión, porque se da la circunstancia de que todos estamos presentes en el último momento posible en el que cambiar de rumbo puede salvar vidas a una escala verdaderamente inimaginable.

Esto no signi ca que todas las políticas climáticas deban desarticular el capitalismo o, de lo contrario, deban ser ignoradas (tal como algunos críticos han a rmado absurdamente). Necesitamos todas las acciones posibles para reducir las emisiones, y las necesitamos ya. Pero lo que sí signi ca, tal como el IPCC ha con rmado con tanta vehemencia, es que no lograremos nuestro objetivo a menos que estemos dispuestos a abrazar un cambio sistémico económico y social.

LA HISTORIA COMO MAESTRA Y COMO ADVERTENCIA

Los expertos sobre la reducción de las emisiones llevan mucho tiempo debatiendo qué precedentes históricos se deben invocar para incentivar el tipo de transformaciones económicas de gran alcance que exige la crisis climática. Hay muchos que se posicionan claramente a favor del New Deal de Franklin D. Roosevelt porque demostró que las infraestructuras y los valores que rigen una sociedad se pueden alterar de forma drástica en tan solo una década. Y no cabe duda de que los resultados fueron asombrosos. Durante la década del New Deal, más de diez millones de personas fueron contratadas directamente por el Gobierno; la mayor parte de las zonas rurales de Estados Unidos tuvieron electricidad por primera vez; se construyeron cientos de miles de nuevos edi cios y estructuras; se plantaron dos mil trescientos millones de árboles; se establecieron ochocientos nuevos parques estatales, y se crearon cientos de miles de obras de arte públicas.

Además de los bene cios inmediatos de sacar de la pobreza a millones de familias que habían sido duramente castigadas por la

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Gran Depresión, este frenético período de inversión pública dejó un legado duradero que, a pesar de décadas de intentos de desmantelamiento, todavía sigue vivo. El historiador Neil Maher, en su libro Nature’s New Deal [El New Deal para la naturaleza], lo ilustra de una forma muy útil:

Hoy conducimos por las carreteras construidas por la Works Progress Administration, dejamos a nuestros hijos en colegios y sacamos libros de bibliotecas construidas por la Public Works Administration, e incluso bebemos agua que nos llega de los embalses construidos por la Tennessee Valley Authority. Estos y otros programas del New Deal […] transformaron drásticamente el medio ambiente. También alteraron las políticas estadounidenses al presentar el New Deal al público estadounidense de formas que acentuaron el apoyo por el estado del bienestar liberal de Roosevelt.

Otros insisten en que los únicos precedentes que re ejan la escala y la velocidad del cambio necesario en este escenario de crisis climática son las movilizaciones de la Segunda Guerra Mundial, que llevaron a los poderes occidentales a transformar sus sectores de fabricación y hábitos de consumo para luchar contra la Alemania de Hitler. Es innegable que el alcance del cambio fue vertiginoso: se cambiaron las herramientas de las fábricas para que produjeran barcos, aviones y armas. Para que el ejército no careciera de alimentos y combustible, los ciudadanos cambiaron radicalmente su estilo de vida: en Gran Bretaña, prácticamente dejaron de conducir a menos que fuera por necesidad; entre 1938 y 1944, el uso del transporte público aumentó en un 87  % en Estados Unidos y en un 95  % en Canadá. En 1943, veinte millones de familias estadounidenses (tres quintas partes de la población) plantaron «jardines de la victoria» en sus hogares y cultivaron el equivalente al 42 % de las verduras y hortalizas frescas consumidas ese año.

Otros a rman que, más que en los esfuerzos que se hicieron durante la guerra, encontramos una analogía mejor en la reconstrucción que siguió a la guerra y, más concretamente, en el Plan Marshall, una especie de New Deal para la Europa occidental y del sur. El Gobierno de Estados Unidos invirtió miles de millones

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de dólares para reconstruir una economía mixta en la Alemania Occidental que se ganara el amplio apoyo de la población y dirimiera el creciente respaldo al socialismo (a la vez que proporcionara un mercado para las exportaciones estadounidenses en expansión). Con ello se logró la creación de empleo directo por parte del Estado, grandes inversiones en el sector público, nanciación para las empresas alemanas y el apoyo de sindicatos laborales sólidos. En general, esta acción se percibió como la iniciativa diplomática de mayor éxito jamás llevada a cabo por Washington.

En cada uno de los mencionados precedentes encontramos debilidades y contradicciones agrantes. Según la Union of Concerned Scientists (Unión de Cientí cos Preocupados), el Ejército de Estados Unidos es, por sí solo, «el mayor consumidor institucional de petróleo del mundo». Y los con ictos armados no constituyen, por los devastadores costes que representan para la humanidad, la naturaleza y la democracia, un modelo para el cambio social. Además, la amenaza climática nunca se percibirá tan amenazadora como los nazis des lando, o al menos no hasta que quede demasiado poco tiempo para que nuestro comportamiento tenga un impacto signi cativo.

Las movilizaciones en tiempos de guerra y los colosales trabajos de reconstrucción posteriores fueron ciertamente ambiciosos, pero también fueron transformaciones altamente centralizadas y verticalistas. Si deferimos a los Gobiernos centrales de esta forma la iniciativa frente a la crisis climática, es posible que veamos medidas sumamente corruptas que concentren todavía más el poder y la riqueza en manos de un grupo reducido de grandes actores, sin mencionar los ataques sistémicos contra los derechos humanos, un fenómeno que he documentado reiteradamente en mis investigaciones sobre el capitalismo del desastre en los períodos posteriores a las guerras, a l o s shocks económicos y a los fenómenos meteorológicos extremos. La doctrina del shock del cambio climático es un peligro

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real y presente, los primeros indicios del cual expongo en estas páginas.

El New Deal también representa una ideología que se encuentra lejos de ser óptima. La mayoría de sus programas y protecciones se diseñaron tras una negociación con los movimientos sociales y no se implementaron desde arriba como las medidas de los tiempos de guerra. Pero el New Deal se quedó corto a la hora de sacar a la economía de Estados Unidos de la recesión económica, que era su objetivo principal, y sus programas favorecieron de forma desproporcionada a los hombres blancos trabajadores. Los trabajadores domésticos y agricultores (muchos de ellos negros) quedaron excluidos, así como muchos inmigrantes mexicanos (un millón de ellos fueron deportados a nales de la década de 1920 y en 1930), y el Cuerpo Civil de Conservación segregaba a los participantes afroamericanos y excluía a las mujeres (excepto uno en el que las mujeres aprendían a hacer conservas y otras tareas domésticas). Y a pesar de que los pueblos indígenas obtuvieron ciertos bene cios gracias a los programas del New Deal, los derechos sobre sus tierras fueron violados tanto a manos de enormes proyectos de infraestructuras como de algunas iniciativas de conservación. Las agencias de ayuda del New Deal, especialmente en los estados sureños, eran famosas por sus sesgos contra las familias afroamericanas y mexicanas que se encontraban en situación de desempleo.

La propuesta del Green New Deal de Ocasio-Cortez y Markey se esfuerza considerablemente en esbozar cómo pretende evitar que se repitan las mismas injusticias, y cita como uno de sus objetivos principales «poner n, evitar la repetición y asegurar la reparación de las opresiones históricas y actuales de los pueblos indígenas, las comunidades de color, las comunidades migrantes, las comunidades desindustrializadas, las comunidades rurales despobladas, los trabajadores pobres y de rentas bajas, las mujeres, los ancianos, los sintecho, los discapacitados y los jóvenes». Tal como dijo la congresista Ayanna Pressley en una asamblea pública

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en Boston: «No se trata solo de una oportunidad de arreglar […] el primer New Deal, sino también de transformar la economía».

La mayor limitación de todas estas comparaciones históricas, desde el New Deal hasta el Plan Marshall, es que todas estas medidas juntas iniciaron y propagaron a gran escala un estilo de vida basado en el crecimiento suburbano descontrolado y el consumo de desechables que se caracteriza por las altas emisiones de carbono y que constituye el factor principal de la crisis climática actual. La cruda realidad, tal como expresa explícitamente ese informe del IPCC que cayó como una bomba, es que «no existe un precedente histórico de la escala de las transiciones que necesitamos, y en particular de su dimensión sostenible en lo social y económico» (una referencia al hecho de que las emisiones globales solo han disminuido de forma signi cativa durante los períodos de profundas crisis económicas, como la Gran Depresión y tras el colapso de la Unión Soviética, y de que las guerras que incitaron transformaciones sociales trepidantes constituyeron catástrofes humanitarias y ecológicas).

Mi opinión es que, por muy defectuosas que innegablemente sean cada una de estas analogías históricas, estudiarlas e invocarlas sigue siendo de utilidad. Todas ellas, a su manera, nos ofrecen un marcado contraste en comparación con las respuestas gubernamentales que hemos visto hasta la fecha en relación con el colapso climático. En cuestión de algo más de dos décadas, hemos sido testigos de la creación de complejos mercados del carbono; de puntuales y reducidos impuestos sobre el carbono; de la sustitución de un combustible fósil (el carbón) por otro (el gas natural); de una serie de incentivos para que los consumidores compremos distintos tipos de bombillas y electrodomésticos de e ciencia energética; y ofertas de empresas que nos permiten optar por alternativas más ecológicas si estamos dispuestos a pagar un precio más elevado. Y, aun así, tan solo algunos países (entre los que destacan especialmente Alemania y China) han invertido con la seriedad su ciente en el sector de las energías

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renovables para que su despliegue se ajuste a la velocidad necesaria.

Lentamente, empezamos a ver un cambio hacia un enfoque regulador más agresivo en un algunos de países, siempre como consecuencia de fuertes presiones por parte de los movimientos sociales. Algunos países, estados y provincias han implementado prohibiciones o moratorias sobre la fracturación hidráulica para extraer gas natural. Resulta signi cativo que el Gobierno de Nueva Zelanda haya anunciado que no se van a conceder más licencias para perforaciones petrolíferas en alta mar. El Gobierno de Noruega ha anunciado sus planes para prohibir la venta de coches de motor de combustión interna a partir de 2025, una decisión que no cabe duda acelerará el cambio hacia los vehículos eléctricos si sus agresivos objetivos se extienden a otros países. Pero ningún Gobierno nacional de un país rico se ha mostrado dispuesto a mantener un debate franco sobre la necesidad de que los grandes consumidores consuman menos o de que las empresas de combustibles fósiles paguen para arreglar el desastre que han creado.

¿Acaso podría ser de otro modo? Los últimos cuarenta años de historia económica se han caracterizado por el debilitamiento sistemático del poder de las esferas públicas, el desmembramiento de los organismos reguladores, la bajada de impuestos para los ricos y la venta de servicios esenciales al sector privado. Y, mientras tanto, el poder sindical ha quedado seriamente mermado y se ha educado al público en materia de impotencia: sea cual sea la magnitud del problema —se nos ha dicho—, lo mejor es que lo dejemos en manos del mercado o de los lántropos-capitalistas multimillonarios, que nos quitemos de en medio, que dejemos de intentar arreglar los problemas desde la raíz.

Esa es fundamentalmente la razón por la que los precedentes históricos desde la década de 1930 y hasta la década de 1950 siguen siendo útiles. Nos recuerdan que un enfoque distinto ante una crisis profunda siempre ha sido posible, todavía lo es. Ante las

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emergencias colectivas que marcaron aquellas décadas, la respuesta consistió en involucrar a sociedades enteras, tanto a los consumidores individuales como a los trabajadores, a los grandes fabricantes y a todos los estamentos del Gobierno, en una profunda transición con unos objetivos claros y compartidos.

Las mentes que solucionaron los problemas del pasado no buscaron una única «bala de plata» o una «aplicación asesina», y tampoco se limitaron a poner remiendos y esperar a que el mercado proporcionara soluciones. En todos los casos, los Gobiernos activaron un torrente de herramientas políticas robustas: desde la creación directa de empleo en las infraestructuras públicas hasta la plani cación industrial o la banca pública. Estos capítulos históricos nos demuestran que, si se alinean objetivos ambiciosos con mecanismos políticos contundentes, es posible cambiar prácticamente todos los aspectos de la sociedad en un plazo de tiempo extraordinariamente ajustado, que es lo que necesitamos hacer hoy frente al colapso climático. Si no se hace es porque no se quiere, y no porque se trate de una inevitabilidad de la naturaleza humana. En palabras de Kate Marvel, climatóloga de la Universidad de Columbia y del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la Nasa: «No estamos condenados (a menos que decidamos estarlo)».

Estos precedentes nos recuerdan algo igual de importante: no hace falta que tengamos todos los detalles pensados antes de empezar. En todas y cada una de estas movilizaciones pasadas hubo falsos inicios, improvisaciones y correcciones de rumbo. Y, como veremos más adelante, las respuestas más progresistas se implementaron únicamente como consecuencia de la infatigable presión ejercida por poblaciones organizadas. Lo que importa es que pongamos en marcha el proceso de forma inmediata. Como a rma Greta unberg: «No se puede resolver una emergencia sin tratarla como una emergencia».

Ahora bien, esto no signi ca que vaya a bastar con un New Deal pintado de verde o un Plan Marshall con placas solares.

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Necesitamos cambios de cualidades y naturaleza distintas. Necesitamos energía eólica y solar distribuida y, siempre que sea posible, de propiedad comunitaria, a diferencia del sistema energético del New Deal (hidráulico y de combustibles fósiles; asesino de ríos, centralizado y altamente monopolístico). Necesitamos viviendas urbanas de diseño atractivo que aseguren la integración racial y la huella de carbono cero, y cuya construcción cuente con aportaciones democráticas procedentes de las comunidades de color, que sustituyan a los suburbios blancos de rápido crecimiento y a los proyectos de viviendas urbanas segregados por razas de la posguerra. Necesitamos transferir poderes y recursos a las comunidades indígenas, a los pequeños agricultores, rancheros y pescadores sostenibles para que puedan encabezar el proceso de plantar miles de millones de árboles, rehabilitar humedales y renovar el suelo, en lugar de entregar todo el control de la conservación a las agencias militares y federales, tal como ocurrió de forma tan generalizada con el Cuerpo Civil de Conservación del New Deal.

Y a la vez que insistimos en que hay que llamar a la emergencia por su nombre, debemos vigilar constantemente que este estado de emergencia no se convierta en un estado de excepción en el que los poderosos intereses fuercen falsas soluciones para amasar bene cios y exploten el miedo y el pánico de la población para restringir unos derechos que tantos esfuerzos costó conseguir.

En otras palabras, debemos hacer algo que no hemos hecho nunca, y para ello deberemos recuperar el sentido de posibilidad y el espíritu entusiasta de que se puede hacer que tanto hemos echado de menos desde que Ronald Reagan anunció que «las nueve palabras más peligrosas de la lengua inglesa son “Hola, soy del Gobierno y he venido a ayudar”». Revivir el recuerdo histórico de este y otros períodos de cambios colectivos acelerados puede ayudar a infundir una gran esperanza y a extraer valiosas advertencias.

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Una advertencia de las décadas de 1930 y 1940 que haríamos bien en recordar es que, cuando las crisis sistémicas abren vacíos políticos e ideológicos, como está ocurriendo hoy en día, las ideas más humanas y esperanzadoras como el Green New Deal no son las únicas que cogen fuelle, sino que también lo hacen las ideas violentas y llenas de odio. Y así se demostró con una fuerza aterradora en las primeras huelgas estudiantiles globales el 15 de marzo de 2019.

EL ESPECTRO DEL ECOFASCISMO

En Christchurch, Nueva Zelanda, la huelga de estudiantes por el clima empezó de una forma muy parecida a la que se vio en tantas otras ciudades y pueblos: alumnos alborotados salieron del colegio en pleno día, portando pancartas que exigían una nueva era de acción climática. Algunas eran bonitas y sinceras (YO ESTOY A FAVOR

DE LA TIERRA), y otras lo eran menos (¡LIMPIA LA TIERRA IGUAL QUE TE LIMPIAS EL CULO!).

Sobre la una del mediodía, unos dos mil estudiantes se habían dirigido a la plaza de la catedral, en el centro de la ciudad, donde se agruparon alrededor de un escenario improvisado y un equipo de sonido que les habían prestado para que pudieran oírse los parlamentos y la música.

Se habían reunido alumnos de todas las edades, y todo un colegio maorí se había unido a la huelga. «Me sentí muy orgullosa de todo Christchurch —me dijo una de las organizadoras, Mia Sutherland, de diecisiete años—. Todos habían sido muy valientes. No era fácil salir a la calle.» El momento álgido, dijo, fue cuando toda la multitud cantó el himno de la huelga Rise Up [Álzate], escrito por Lucy Gray, de doce años, la primera en convocar la huelga de Christchurch. «Todo el mundo estaba muy contento», recordaba Sutherland, puntualizando que se trataba de una imagen poco frecuente en el país con los índices de suicidios de personas jóvenes más elevados del mundo industrializado.

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Sutherland, una adolescente enamorada de la naturaleza, empezó a preocuparse por las perturbaciones climáticas cuando se dio cuenta de que afectaría a partes del mundo natural que ella amaba; pero a medida que fue aprendiendo más cosas sobre la subida del nivel del mar y la fuerza de los ciclones, y sobre el hecho de que países enteros del Pací co estaban en riesgo, se convirtió para ella en un problema de derechos humanos. «En Nueva Zelanda formamos parte de la familia de las islas del Pací co — dijo—. Son nuestros vecinos.»

Ese día, en la plaza no solo se reunieron estudiantes; también se les unió un puñado de políticos, incluida la alcaldesa. Pero Sutherland y los demás organizadores decidieron que no interviniesen: aquel día tocaba que los niños cogieran el micrófono y los políticos escucharan. Como maestra de ceremonias, el cometido de Sutherland era ir llamando a otros estudiantes para que fueran subiendo al escenario a hablar, cosa que hizo, una y otra vez.

Justo cuando Sutherland se estaba preparando mentalmente para pronunciar el último testimonio del día, una de sus amigas tiró de ella y le dijo: «Tienes que terminar. ¡Ya!». Sutherland no entendía nada. ¿Habían hecho demasiado ruido? ¡Estaban en su derecho! Y entonces, de repente, un agente de policía subió al escenario y le arrebató el micrófono. «Todo el mundo fuera de la plaza —se oyó decir al agente a través del equipo de sonido—. Marchaos a casa. Volved al colegio. Pero que nadie se acerque a Hagley Park.»

Un par de centenares de alumnos decidieron des lar hacia el ayuntamiento para que la manifestación siguiera viva. Sutherland, todavía confundida, se fue a coger el autobús; fue entonces cuando vio un titular en su teléfono sobre un tiroteo a diez minutos de allí.

Tendrían que pasar varias horas antes de que los jóvenes huelguistas comprendieran la magnitud del horror de lo que había sucedido aquel día, y por qué les habían dicho que no fueran al

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parque cercano a la mezquita Al Noor. Ahora sabemos que, a la misma hora que los estudiantes celebraban su huelga por el clima, un hombre de veintiocho años, natural de Australia y residente en Nueva Zelanda, cogió el coche y se dirigió a la mezquita, entró en ella a pie y, durante la oración de los viernes, abrió fuego. Tras seis minutos de matanza, salió tranquilamente de Al Noor, se dirigió a otra mezquita y allí siguió con su carnicería. Para cuando terminó, cincuenta personas habían fallecido, entre ellas un niño de tres años. Otro moriría unas semanas más tarde en el hospital. Cuarenta y nueve personas más resultaron gravemente heridas. Fue la mayor masacre de la historia moderna de Nueva Zelanda.

En su mani esto (publicado en varias redes sociales) y en las inscripciones de su arma, el asesino expresaba su admiración por los hombres que cometieron otras masacres similares: en el centro de Oslo y en un campamento de verano en Noruega en 2011 (setenta y siete muertos); en la iglesia metodista africana Emanuel de Charleston, Carolina del Sur, en 2015 (nueve personas asesinadas); en una mezquita de Quebec en 2017 (seis personas asesinadas), y en la sinagoga Árbol de la Vida, Pittsburgh, en 2018 (once personas asesinadas). Igual que todos estos terroristas, el tirador de Christchurch estaba obsesionado con el concepto del «genocidio blanco», una supuesta amenaza provocada por la creciente presencia de poblaciones no blancas en países mayoritariamente blancos, de lo cual culpaba a los «invasores» inmigrantes.

El horror de Christchurch encaja con el patrón claro y en auge de crímenes de odio perpetrados por la extrema derecha, pero también se desmarcó en ciertos sentidos. Uno de ellos fue la forma en que el asesino planeó y ejecutó la masacre como si fuera un espectáculo pensado para internet. Antes de iniciar su asalto, anunció en la plataforma de mensajes 8chan que «ya es hora de dejar de colgar mierdas y de publicar una acción real», como si una matanza masiva no fuera más que un meme especialmente chocante esperando a ser compartido. Entonces, gracias a un casco

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con cámara, procedió a retransmitir sus asesinatos en directo a través de Facebook mientras narraba la acción a sus seguidores imaginarios tanto en dicha red social como en YouTube y Twitter («Muy bien, que empiece la esta») y aderezaba el ataque con referencias super ciales a bromas internas de internet («Chicos, no olvidéis suscribiros a PewDiePie», dijo, imitando el cebo estratégico de una de las celebridades más importantes de YouTube).

Mientras el vídeo se emitía en directo, los espectadores no denunciaron el crimen que se estaba produciendo, sino que lo animaron con un torrente de emoticonos, memes con dibujos de temática nazi y comentarios alentadores como «Así se dispara, vaquero». Fue como si estuvieran viendo un juego de tiros en primera persona, una analogía a la que el asesino ya se había adelantado en tono de burla en su mani esto, donde bromeó sarcásticamente sobre que los videojuegos lo habían empujado a hacerlo. El metahumor no cesó tras su detención, ya que el asesino aprovechó su primera comparecencia ante el juez para hacer el gesto de «OK» con la mano ante las cámaras, un gesto pensado para desencadenar una oleada de debates necios sobre si todo aquel que haya utilizado dicho gesto alguna vez era o no un supremacista blanco reprimido.

En todas sus fases, este asesinato estuvo pensado para que se hiciera viral, cosa que naturalmente consiguió, y dio pie a que los simpatizantes del tirador saltaran a la acción para jugar al gato y el ratón con los censores y moderadores de Facebook, YouTube y Reddit, entre otras páginas. Más tarde, YouTube informó de que aquel vídeo snu había sido subido una vez por segundo durante las primeras veinticuatro horas que siguieron al ataque.

El carácter hipermediatizado de la masacre de Christchurch, junto al evidente intento del asesino de gami car su «publicación de acción real», chocaba de una forma insoportable con la dolorosa realidad de su terrible crimen; la realidad de las balas atravesando cuerpos, de las familias rotas por el dolor y del mensaje dirigido a

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la comunidad musulmana global: no estaban seguros en ningún lugar, ni siquiera en el espacio sagrado de la oración.

Este crimen también representó un choque desgarrador con la convocatoria de los jóvenes que habían secundado la huelga climática y que se habían reunido a la misma hora con un propósito totalmente distinto. Mientras el asesino jugaba alegremente con las fronteras entre los hechos, la cción y la conspiración, como si la idea misma de la verdad fuera #FakeNews, los manifestantes insistían una y otra vez en que las realidades como las de los gases de efecto invernadero acumulados y las huellas de carbono y las extinciones vertiginosas importaban de verdad, y exigían que los políticos cerraran la creciente brecha entre sus palabras y sus acciones.

Greta unberg había contribuido a que una gran cantidad de estudiantes abrieran los ojos ante la gravedad de este momento de la historia, que dejaran de distanciarse de sus miedos más profundos y lucharan pací camente por los derechos de todos los niños. El asesino de Christchurch empleó una violencia extrema para arrebatar a categorías enteras de personas su humanidad, incluso mientras parecía encogerse de hombros como si, en realidad, nada de todo eso le importara.

Cuando hablé con ella seis semanas después de ese fatídico día, a Mia Sutherland todavía le costaba separar la huelga de la masacre; de algún modo, se habían fusionado en su memoria. «Nadie los ve como hechos independientes», me dijo, y su voz era apenas un suspiro.

Cuando dos o más acontecimientos intensos ocurren en poco tiempo, la mente humana suele tratar de establecer conexiones que no existen; es un fenómeno conocido como apofenia. Pero, en este caso, en realidad, sí hubo conexiones. De hecho, la huelga y la masacre se pueden entender como reacciones opuestas ante algunas de las mismas fuerzas históricas, lo cual tiene que ver con el otro sentido en que el asesino de Christchurch se diferencia de otros supremacistas blancos asesinos en masa en quienes él se

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inspiró abiertamente. A diferencia de ellos, se identi ca de forma explícita como «ecofascista y etnonacionalista». En su farragoso mani esto, enmarcó sus acciones dentro de una especie de ecologismo retorcido al clamar contra el crecimiento de la población y a rmar que: «La inmigración continuada que entra en Europa es una guerra medioambiental».

Quiero dejar claro que lo que motivó al asesino no fue la preocupación por el medio ambiente, sino un odio racista sin adulterar, pero el colapso ecológico fue uno de los factores que parecía avivar su odio, igual que está actuando como acelerante del odio y la violencia en los con ictos armados de todo el mundo. Lo que yo me temo es que, a menos que la forma en que nuestras sociedades afrontan la crisis ecológica cambie signi cativamente, seremos testigos con mucha más frecuencia de este tipo de ecofascismo supremacista blanco, convertido en una racionalización rabiosa de la negación de asumir nuestras responsabilidades climáticas colectivas.

En gran parte, ello se debe al cálculo innegable del calentamiento. Esta crisis la han provocado, en una proporción abrumadora, los estratos más ricos de la sociedad: el 10  % más rico de la población mundial genera casi el 50  % de las emisiones globales, mientras que el 20  % más rico es responsable del 70  %. Pero los más pobres son los primeros y principales afectados por las consecuencias de estas emisiones, las cuales están obligando a desplazarse a cantidades cada vez más elevadas de personas (y a muchas más que están por venir). Un estudio del Banco Mundial publicado en 2018 estima que, para 2050, más de ciento cuarenta millones de personas del África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica se desplazarán a causa de las presiones del clima, una estimación que muchos consideran conservadora. La mayoría se quedarán en sus países, abarrotando ciudades y barrios bajos ya sobrepoblados, pero muchos buscarán una vida mejor en otro lugar.

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En cualquier universo moral guiado por los principios de los derechos humanos básicos, las víctimas de una crisis provocada por otros serían merecedoras de justicia. Y dicha justicia adoptaría —debe adoptar— muchas formas. Para empezar, la justicia exige que el 10-20  % más rico ponga n a la causa subyacente de una crisis que no hace más que empeorar mediante la reducción de las emisiones a la máxima velocidad que permita la tecnología (que es la premisa del Green New Deal). La justicia también exige que nos hagamos eco del llamamiento a un «Plan Marshall para la Tierra» que la negociadora por el clima de Bolivia exigió hace una década: el despliegue de recursos en el sur global para que las comunidades se puedan blindar contra los fenómenos meteorológicos extremos, salir de la pobreza con tecnologías limpias y proteger sus modos de vida en la medida de lo posible.

Cuando la protección no sea posible —en los casos en que la tierra esté demasiado seca para cultivarla y cuando el nivel de los mares suba demasiado rápido como para contenerlos—, la justicia exigirá que reconozcamos inequívocamente que todas las personas gozan del derecho humano de desplazarse y ponerse a salvo. Esto signi ca que se les deberá garantizar asilo y estatus en cuanto lleguen. En realidad, entre tanta pérdida y sufrimiento, es mucho más lo que se les debe: se les debe amabilidad, compensación y una disculpa sincera.

En otras palabras, las alteraciones climáticas exigen un ajuste de cuentas en el terreno que más disgusta a las mentes conservadoras: el de la redistribución de la riqueza, la compartición de los recursos y las reparaciones. Y un número cada vez mayor de personas pertenecientes a la derecha dura son plenamente conscientes de ello, y por eso están desarrollando toda una serie de razones perversas que expliquen por qué todo esto no puede ocurrir.

La primera fase es gritar «conspiración socialista» y negar rotundamente la realidad. Hace ya tiempo que nos encontramos en esta fase. Fue el rumbo que tomó Anders Breivik, el sociópata

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que abrió fuego en un campamento de verano noruego en 2011. Breivik estaba convencido de que, además de con la inmigración, la cultura occidental estaba siendo debilitada mediante los llamamientos a que Europa y el mundo anglosajón pagaran sus «deudas con el clima». En un apartado de su mani esto titulado «El verde es el nuevo rojo: ¡Acabemos con el ecocomunismo!», donde cita a una serie de famosos negacionistas climáticos, Breivik cali ca a las exigencias sobre la nanciación climática de un intento de «“castigar” a los países europeos (Estados Unidos incluido) por el capitalismo y el éxito». La acción climática, a rma, «es la nueva redistribución de la riqueza».

Pero si la negación rotunda les pareció una estrategia viable entonces, nueve años más tarde (de los cuales seis se han encontrado entre los diez más calurosos jamás registrados), lo es menos. Sin embargo, eso no signi ca que los negacionistas de entonces de pronto vayan a aceptar una respuesta ante la crisis climática basada en marcos internacionales pactados. Es bastante más probable que muchos de los que hoy a rman negar el cambio climático adopten la visión del mundo respaldada por el asesino de Christchurch, el reconocimiento de que es cierto que nos enfrentamos a un futuro convulso y que precisamente por eso los países ricos y mayoritariamente blancos deben forti car sus fronteras, así como su identidad como cristianos blancos, y hacer la guerra contra cualquier «invasor».

Dejarán de negar el cambio climático; lo que ahora negarán será la idea de que los países que han emitido las cantidades de carbono más elevadas a lo largo de la historia les deben algo a las personas negras y de piel oscura que se han visto afectadas por dicha polución. Lo negarán esgrimiendo la única razón posible: que las personas no blancas y no cristianas son inferiores, los «otros», invasores peligrosos.

En gran parte de Europa y del mundo anglosajón, este endurecimiento de las posiciones ya lleva tiempo produciéndose. La Unión Europea, Australia y Estados Unidos han implementado

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políticas de inmigración que no son más que variantes de la «prevención mediante la disuasión». Su despiadada lógica consiste en tratar a los migrantes con tal brutalidad y crueldad que las personas desesperadas no se planteen cruzar las fronteras para tratar de ponerse a salvo.

Con esto en mente, se está dejando que los migrantes se ahoguen en el Mediterráneo o mueran deshidratados en el desierto de Arizona. Y si sobreviven, son sometidos a condiciones equivalentes a la tortura en las diversas partes del mundo: en los campamentos de Libia, a los que los países europeos ahora envían a los migrantes que tratan de llegar a sus costas; en los campos de detención que Australia ha habilitado en una isla; en el cavernoso Walmart convertido en cárcel de niños en Texas. En Italia, si los migrantes logran llegar a un puerto, lo habitual es que se les impida desembarcar y se los mantenga en cautiverio en barcos de rescate en unas condiciones que un tribunal ha dictaminado equivalentes a un secuestro.

Mientras tanto, el primer ministro de Canadá comparte en Twitter fotogra as de sí mismo recibiendo a refugiados y visitando mezquitas al tiempo que su Gobierno invierte grandes sumas de dinero en la militarización de la frontera y estrecha la soga del acuerdo de tercer país seguro, el cual impide que los solicitantes de asilo pidan protección en los cruces o ciales de la frontera canadiense si vienen del supuestamente país «seguro» que es el Estados Unidos de Trump.

El objetivo de esta forti cación de Europa y del mundo anglosajón es evidente: convencer a las personas de que permanezcan donde están, por muy lamentables que sean sus condiciones, por muy letales que resulten. En esta visión del mundo, la emergencia no radica, pues, en el sufrimiento de las personas, sino en su incómodo deseo de huir de dicho sufrimiento.

Esa es la razón que permitió, apenas unas horas después de la masacre de Christchurch, que Donald Trump se desentendiera ante el aumento de la violencia de la extrema derecha y desviara la

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atención inmediatamente hacia la «invasión» migrante en la frontera del sur de Estados Unidos para así declarar una «emergencia nacional», con lo cual podía liberar miles de millones para construir un muro fronterizo. Tres semanas más tarde, Trump tuiteó: «¡Nuestro país está LLENO!». Lo hizo después de que el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, respondiera a la llegada de un pequeño grupo de migrantes que habían sido rescatados en el mar con el tuit: «Nuestros puertos estaban y permanecen CERRADOS».

Murtaza Hussain, un periodista de investigación que estudió el mani esto del asesino de Christchurch en profundidad, insiste en que está repleto de ideas que se encuentran lejos de ser marginales. Sus palabras, escribe Hussain, suenan «tan lúcidas como inquietantemente familiares. Su forma de referirse a los inmigrantes como invasores se hace eco del lenguaje utilizado por el presidente de Estados Unidos y por los líderes de extrema derecha europeos. […] Quienes se pregunten dónde se radicalizó [el asesino], la respuesta es aquí, delante de todos. En los medios y en la política, donde las minorías, musulmanas o no, son denostadas día sí y día también».

LA BARBARIE CLIMÁTICA

Los motores que impulsan las migraciones masivas son complejos: la guerra, la violencia entre bandas, la violencia sexual, una pobreza cada vez mayor. Una cosa está clara, y es que las alteraciones climáticas están intensi cando todas esas otras crisis que no harán sino agravarse a medida que aumente el calor. Pero en lugar de ayudar, los países más ricos del planeta parecen resueltos a empeorar la crisis en todos los frentes.

No están ayudando a los países más pobres de formas nuevas y signi cativas para que puedan protegerse a sí mismos de los fenómenos meteorológicos extremos. Cuando el empobrecido y endeudado Mozambique fue azotado por el ciclón Idai, el Fondo

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Monetario Internacional le ofreció ciento dieciocho millones de dólares, un préstamo (que no una subvención) que, de alguna forma, tendría que devolver; la organización Jubilee Debt Campaign describió el gesto como «un durísimo golpe por parte de la comunidad internacional». En marzo de 2019, Trump hizo algo todavía peor al anunciar que pretendía imponer un recorte de setecientos millones de dólares en las ayudas actuales a Guatemala, Honduras y El Salvador, parte de los cuales estaban destinados a programas de ayuda para que los agricultores hicieran frente a la sequía. En otra de nición de prioridades igual de explícita, en junio de 2018, al inicio de la temporada de huracanes, el Departamento de Seguridad Nacional desvió diez millones de dólares de la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés), cuya misión es responder ante las catástrofes naturales en Estados Unidos, y se los asignó al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos para costear la detención de inmigrantes.

Que nadie se equivoque: son los albores de la barbarie climática. Y a menos que se imponga un cambio radical no solamente en la política en sí, sino también en los valores que la apuntalan y la rigen, así es como el mundo rico se «adaptará» a las crecientes perturbaciones climáticas: dando rienda suelta a las ideologías tóxicas que clasi can el valor relativo de las vidas humanas para justi car el monstruoso rechazo de grandes sectores de la humanidad. Y no cabe ninguna duda de que lo que empieza siendo brutalidad en la frontera terminará contagiando a sociedades enteras.

Estas ideas supremacistas no son nuevas; tampoco han desaparecido nunca. Quienes pertenecemos al mundo anglosajón sabemos que están profundamente arraigadas en los fundamentos jurídicos de la propia existencia de nuestros países (desde la doctrina del descubrimiento cristiano hasta el terra nullius). Su poder ha ido uctuando a lo largo de las historias de cada país, en función de qué comportamientos inmorales necesitaran una

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justi cación ideológica. Y de la misma forma que estas ideas tóxicas proliferaron cuando hicieron falta para racionalizar la esclavitud, la expoliación de tierras y la segregación, ahora están volviendo a hacerlo ante la necesidad de justi car la contumacia sobre el clima y la barbarie en las fronteras.

Es imposible exagerar la crueldad que tanto y tan rápido se está exacerbando en el momento presente, así como el daño a largo plazo que sufrirá el inconsciente colectivo si no hacemos nada al respecto. Ante la farsa de los Gobiernos que niegan el cambio climático y los que aseguran estar haciendo algo para detenerlo mientras forti can sus fronteras contra las consecuencias que se derivan de él, nos enfrentamos a una pregunta general: en el agreste y escabroso futuro que ya ha empezado, ¿qué tipo de personas vamos a ser? ¿Compartiremos lo que quede y trataremos de cuidarnos los unos a los otros? ¿O, por el contrario, trataremos de acumular lo que quede, cuidaremos de «los nuestros» y cerraremos la puerta a todos los demás?

En estos tiempos en los que sube el mar y sube el fascismo, estas son las duras disyuntivas que se nos presentan. Existen alternativas a una barbarie climática desatada, pero viendo lo mucho que nos hemos adentrado ya en ese camino, no tiene sentido ngir que van a ser fáciles. No va a bastar ni de lejos con un impuesto sobre el carbón o el comercio de derechos de emisión. Vamos a tener que librar una guerra sin cuartel contra la contaminación y la pobreza y el racismo y el colonialismo y la desesperación, todo al mismo tiempo.

Y quizá lo más importante que deberemos hacer, si pretendemos evitar un futuro marcado por la creciente y brutal culpabilización de los más vulnerables e inocentes, es hallar la fuerza necesaria para enfrentarnos cara a cara con los poderosos actores que más culpa tienen de la crisis climática. Plantar cara al sector de los combustibles fósiles puede resultar enormemente sobrecogedor, ya que dispone de dinero a espuertas para presionar a los políticos para que aprueben leyes draconianas que afecten a

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los activistas y para contratar publicidad que contamine las ondas de radio públicas. Y, sin embargo, este sector es mucho más vulnerable a ciertos tipos de presión de lo que parece a primera vista.

Durante los últimos cinco años, una de las estrategias vertebradoras del movimiento por la justicia climática ha consistido en demostrar que estas empresas son actores inmorales cuyos bene cios son ilegítimos porque su modelo de negocio depende de la desestabilización de la civilización humana. Esta estrategia ha llevado a cientos de instituciones a adoptar el compromiso de retirar sus inversiones en empresas de combustibles fósiles. Más recientemente, el movimiento Sunrise y otros movimientos se han concentrado en lograr que los políticos electos adquieran el compromiso de no aceptar «dinero procedente de los combustibles fósiles», un compromiso que más de la mitad de los candidatos a la presidencia del Partido Demócrata enseguida aceptaron rmar. Si un partido en el poder actuara con arreglo a una política de rechazo ante las donaciones procedentes del sector de los combustibles fósiles así como de los grupos de presión de dichos sectores, el control que ejerce esta industria sobre la elaboración de políticas quedaría gravemente debilitado. Y si, frente a presiones públicas y reguladoras, los medios de comunicación dejaran de emitir publicidad de empresas de combustibles fósiles, igual que hicieron con los anuncios de tabaco en el pasado, la desproporcionada in uencia del sector quedaría todavía más deteriorada.

Si hubiese menos información errónea que distorsiona los debates y una clara separación entre el petróleo y el Estado, la senda de las sólidas regulaciones que reinarían rápidamente en este sector carente de escrúpulos estaría mucho más clara, dado que todas las empresas de extracción operan dentro de un marco innegociable que se rige por el modelo de «crecer o morir»: necesitan asegurar a sus inversores que su producto tendrá mucha demanda, no solo hoy, sino también a largo plazo. Esa es la razón

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por la cual uno de los elementos centrales de la valoración de cualquier empresa de combustibles fósiles no se apoya únicamente en los proyectos que se están desarrollando en la actualidad, sino en el volumen de petróleo y de gas que tienen «en sus reservas», es decir, en los depósitos que han descubierto y adquirido pensando en su desarrollo a décadas vista.

Según explica Stephen Kretzmann, director ejecutivo de la empresa Oil Change International, con sede en Washington, en cuanto los Gobiernos dejen de conceder licencias de exploración y perforación alegando la necesidad de una transición ágil hacia las energías cien por cien renovables, los inversores empezarán a abandonar el barco. «La naturaleza de los límites nancieros y políticos del sector pone de mani esto su mito más persistente: que siempre lo necesitaremos. En realidad, la situación se da a la inversa. Los verdaderos líderes climáticos de la próxima década tendrán que atreverse a retirar literalmente todas las licencias del sector (sociales, políticas y jurídicas), a detener el crecimiento del sector, y a gestionar el declive de la producción en las próximas décadas de una forma justa y ecuánime para con los trabajadores y las comunidades que se encuentran en primera línea.» También puede que sea necesario hacerse con el control de algunas de estas empresas para garantizar que los bene cios se inviertan en la descontaminación del suelo y del agua y en las pensiones de los trabajadores, y que no terminen en los bolsillos de los inversores. Lo que, a su vez, exige un cambio de rumbo decisivo que nos aleje del fundamentalismo del libre mercado que en tantos sentidos ha moldeado los últimos cincuenta años.

El mensaje que transmiten las huelgas de estudiantes es que son muchos los jóvenes que están preparados para este tipo de cambio profundo. Son plenamente conscientes de que la sexta extinción masiva no es la única crisis que han heredado. También están creciendo entre los escombros de la euforia del mercado, un lugar en el que los sueños sobre la subida in nita del nivel de vida han dado paso a una austeridad desenfrenada y a la inseguridad

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económica. Y el utopismo tecnológico, que antaño imaginó un futuro de conexión y comunidad in nita y sin fricciones, se ha metamorfoseado en adicciones a los algoritmos de la codicia, en la implacable vigilancia de las empresas y en un aumento descontrolado de la misoginia y la supremacía blanca en internet.

«Una vez que has hecho los deberes —dice Greta unberg—, te das cuenta de que necesitamos políticas nuevas. Necesitamos una economía nueva en la que el presupuesto de carbono del que disponemos se tenga en cuenta para todo, ya que es extremadamente limitado y está menguando con enorme rapidez. Pero con eso no basta. Necesitamos pensar de una forma completamente nueva. […] Debemos dejar de competir los unos contra los otros. Tenemos que empezar a cooperar y a compartir los recursos que quedan en el planeta de una manera justa.»

Porque nuestra casa está en llamas, y nadie debería sorprenderse de ello. Construida sobre falsas promesas, futuros menospreciados y víctimas expiatorias, desde el principio estuvo destinada a explotar. Es demasiado tarde para salvar todas nuestras pertenencias, pero todavía podemos salvarnos los unos a los otros, además de a muchas otras especies. Apaguemos el fuego y construyamos algo distinto en su lugar. Algo con una decoración un poco menos cuidada, pero con espacio su ciente para todos los que necesitan refugio y cuidados.

Forjemos un Green New Deal global, y que esta vez sea para todos.

UN AGUJERO EN EL MUNDO

El agujero que hay en el fondo del océano es más que un accidente de ingeniería o una máquina rota. Es una herida violenta en el organismo vivo que es la Tierra.

El 20 de abril de 2010, la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, de BP, estalló en el golfo de México mientras perforaba a la mayor profundidad en la que jamás se había intentado. Once miembros del personal fallecieron en la rabiosa explosión y el cabezal del pozo se rompió, lo que hizo que el petróleo brotara de manera incontrolada desde el fondo marino. Tras muchos intentos fallidos, el pozo quedó por fin sellado el 15 de julio, dejando tras de sí cuatro millones de barriles (seiscientos treinta y cuatro millones de litros) de crudo, el mayor vertido jamás registrado en aguas estadounidenses.

JUNIO DE 2010

A TODAS LAS PERSONAS QUE HABÍAN acudido a la reunión municipal se les había indicado en repetidas ocasiones que debían mostrarse corteses con los caballeros de BP y del Gobierno federal. Estos distinguidos señores habían hecho un hueco en sus apretadas agendas para acudir un martes a última hora de la tarde al gimnasio de un instituto de Plaquemines Parish, Luisiana, una de las muchas comunidades costeras en cuyas ciénagas se estaba in ltrando un veneno marrón, una de las consecuencias de lo que ha pasado a cali carse como el desastre medioambiental más importante de la historia de Estados Unidos.

«Hablad a los demás como queréis que os hablen a vosotros», suplicó una última vez el presidente de la reunión antes de abrir el turno de preguntas.

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Y durante un rato, la multitud, compuesta principalmente por familias de pescadores, guardó la compostura de forma considerable. Escucharon con paciencia a Larry omas, el simpático agente de prensa y relaciones públicas de BP, mientras les hablaba de su compromiso para «mejorar» la gestión de sus reclamaciones por pérdida de ingresos, y luego pasó la palabra a un subcontratista notablemente menos afable para que les diera todos los detalles. Escucharon también al representante de la Agencia de Protección Ambiental, quien les informó de que, al contrario de lo que habían leído sobre la carencia de pruebas y la prohibición del producto en Gran Bretaña, el dispersante químico que se estaba rociando sobre el petróleo en cantidades ingentes en realidad era perfectamente seguro.

Pero la paciencia empezó a agotarse cuando Ed Stanton, capitán de los guardacostas, tomó la palabra por tercera vez para asegurarles que «el objetivo de los guardacostas es asegurarse de que BP limpie el vertido».

«¡Ponlo por escrito!», gritó alguien. El aire acondicionado ya se había apagado y en las neveras de Budweiser las reservas escaseaban. Un pescador de gambas llamado Matt O’Brien se acercó al micrófono. «No queremos seguir oyendo nada de esto», declaró con las manos en las caderas. Cualquier consuelo que les ofrecieran no importaba porque, tal como dijo: «¡No nos amos de vosotros!». Y con ello se levantó tal ovación entre las gradas que parecía que los Oilers (el equipo de fútbol americano del instituto, de nombre desafortunado) hubieran anotado un touchdown.

La mejor forma de describir aquella confrontación es decir que fue catártica. Durante semanas, los residentes habían sido sometidos a un aluvión de charlas motivadoras y extravagantes promesas procedentes de Washington, Houston y Londres. Cada vez que encendían el televisor, veían al jefe de BP, Tony Hayward, dar su palabra de honor de que lo «arreglaría». O si no, salía el presidente Barack Obama expresando su total con anza en que su Administración «dejaría la costa del golfo en mejores condiciones

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que antes», que estaba «asegurándose» de que «salga más fortalecida de lo que estaba antes de esta crisis».

Todo sonaba muy bien. Pero para las personas cuyas formas de vida estaban en contacto directo con la delicada composición química de los humedales, también sonaba completamente ridículo, hasta el punto de resultar exasperante. En cuanto el petróleo cubre la base de las hierbas pantanosas, como ya había hecho a tan solo unos kilómetros de allí, no existe ninguna máquina milagrosa o mejunje químico capaz de eliminarlo de forma segura. El petróleo se puede retirar de la super cie de aguas abiertas, y también se puede rastrillar en una playa de arena, pero una ciénaga cubierta de petróleo se quedará tal como está y morirá lentamente. Las larvas de incontables especies que desovan en las ciénagas (gambas, cangrejos, ostras y peces) quedarán envenenadas.

Y eso ya estaba ocurriendo. Ese mismo día visité algunas ciénagas cercanas en una barca de aguas poco profundas. Los peces saltaban en aguas cercadas por absorbentes blancos, las almohadillas de algodón grueso y rejilla que BP estaba utilizando para recoger el petróleo. El círculo de material fétido parecía estrecharse alrededor de los peces como una horca. No muy lejos, un mirlo de alas rojas se posaba en una brizna de hierba de dos metros de altura contaminada por el petróleo. La muerte subía con sigilo por el tallo; para el pajarito, habría sido lo mismo posarse en un cartucho de dinamita encendido.

Y luego está la propia hierba, o el carrizo, que es el nombre que reciben estas altas y a ladas briznas. Si el petróleo cala con la profundidad su ciente en la ciénaga, no solo matará la hierba que crece en la super cie, sino también las raíces. Y esas raíces son lo que mantiene la ciénaga unida, asilo que evita que los terrenos de color verde intenso de los alrededores se hundan en el delta del río Misisipi y el golfo de México. Por eso, lugares como Plaquemines Parish se enfrentan a perder no solo su pesca, sino también una gran parte de las barreras sicas que rebajan la intensidad de

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tormentas furibundas como el huracán Katrina; y eso podría llevarlos a perderlo todo.

¿Cuánto tardará un ecosistema tan asolado como este en ser «restaurado y sanado», tal como el ministro de Interior del presidente Obama prometió hacer? No está nada claro que lograrlo sea remotamente posible, o al menos no en una escala temporal que nos resulte fácil de comprender. La industria pesquera de Alaska todavía no se ha recuperado totalmente del vertido de petróleo del Exxon Valdez en 1989, y algunas especies de peces no han vuelto. Hoy, los cientí cos del Gobierno estiman que una cantidad de petróleo equivalente a la del vertido del Exxon Valdez podría estar todavía penetrando las aguas costeras del golfo cada cuatro días. Y un pronóstico todavía peor surge del vertido de petróleo de la guerra del Golfo en 1991, cuando se estima que se arrojaron once millones de barriles de petróleo al golfo Pérsico en lo que constituyó el mayor vertido de la historia. Ese petróleo llegó a los humedales y permaneció allí, llegando a profundidades cada vez mayores gracias a los hoyos cavados por los cangrejos. No es una comparación perfecta, dadas las pocas tareas de limpieza que se llevaron a cabo, pero de acuerdo con un estudio elaborado doce años después de la catástrofe, cerca del 90  % de las fangosas marismas salinas y de los manglares seguían estando profundamente dañados.

Lo que sí sabemos es que, lejos de «sanarse», lo más probable es que la costa del Golfo quede deteriorada. En sus ricas aguas y poblados cielos habrá menos vida de la que hay hoy. El espacio sico que ocupan muchas comunidades en el mapa quedará mermado por culpa de la erosión. Y la legendaria cultura de la costa se contraerá y marchitará todavía más. Y es que las familias pesqueras de la costa no solo recolectan alimentos, sino que sostienen una intrincada red de tradiciones familiares, gastronomía, música, arte e idiomas en peligro de desaparición, y tienen un papel comparable a las raíces de la hierba que sostiene la tierra de los humedales. Sin la pesca, estas culturas únicas pierden

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su sistema de raíces, el propio suelo que pisan. (BP, por su parte, es plenamente consciente de las limitaciones de la recuperación. Su Plan de Respuesta ante Derrames de Petróleo Regionales en el golfo de México da instrucciones precisas a sus empleados para que no hagan «promesas sobre la vuelta a la normalidad de las propiedades, la ecología o cualquier otro aspecto», lo que explica por qué utilizan una y otra vez expresiones simplonas del tipo «haremos lo correcto».)

Si el Katrina puso de mani esto la realidad del racismo en Estados Unidos, el desastre de BP pone de mani esto un aspecto que ha permanecido mucho más oculto: el poco control que incluso las personas más brillantes son capaces de ejercer sobre las asombrosas fuerzas naturales y la complejidad de sus interrelaciones, en las que, sin embargo, tan alegremente nos entrometemos. Durante semanas, BP ha fracasado en sus intentos de tapar el agujero que ha abierto en la tierra. Los líderes políticos no pueden ordenar a las especies de peces que sobrevivan, o a manadas enteras de del nes nariz de botella que no mueran. Ninguna indemnización económica podrá reemplazar a una cultura que ha perdido sus raíces. Y mientras los políticos y los líderes de las empresas siguen sin aceptar estas dolorosas verdades, las personas cuyo aire, agua y modos de vida han sido contaminados son cada vez más conscientes de que no se enfrentan a un espejismo.

«Todo se está muriendo —dijo una mujer cuando la reunión municipal estaba tocando a su n—. ¿Cómo se atreven a decirnos que nuestro golfo es resistente y que se recuperará? Porque ninguno de ustedes tiene ni idea de lo que le va a pasar al golfo. Se sientan frente a nosotros con cara de póker y actúan como si lo supieran, pero no lo saben.»

La crisis de la costa del Golfo abarca muchas cosas: corrupción, desregularización y la adicción a los combustibles fósiles, pero, en el fondo, ilustra sobre todo las consecuencias terriblemente peligrosas de una convicción de nuestra cultura: que poseemos un

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conocimiento y un control de la naturaleza tan profundos que podemos manipularla y rediseñarla libremente, y que el riesgo al que sometemos a los sistemas naturales que nos sostienen es mínimo. Pero, tal como el desastre de BP ha puesto de mani esto, la naturaleza siempre es más impredecible de lo que los modelos matemáticos y geológicos más so sticados son capaces de imaginar. Al testi car ante el congreso, Hayward, de BP, dijo que «las mejores mentes y los expertos más cuali cados están trabajando» en la crisis, y que «quizá a excepción del programa espacial de la década de 1960, es di cil pensar en la constitución de un equipo de mayor volumen y competencia técnica en un mismo lugar en tiempos de paz». Y, aun así, en lo que respecta a lo que la geóloga Jill Schneiderman ha descrito como el «pozo de Pandora», dicho equipo ha actuado como los hombres que estaban frente a la furiosa multitud de aquella reunión municipal: actúan como si supieran, pero no saben.

LA DECLARACIÓN DE OBJETIVOS DE BP

En la historia de la humanidad, la idea de que la naturaleza es una máquina que podemos rediseñar a conveniencia es un concepto relativamente nuevo. En el revolucionario libro e Death of Nature [La muerte de la naturaleza], publicado en 1980, la historiadora ambiental Carolyn Merchant recordaba a los lectores que, hasta el siglo XVII, la Tierra se consideraba un ente vivo que solía adoptar la forma de una madre. Los europeos, igual que los pueblos indígenas de todo el mundo, creían que el planeta era un organismo vivo que poseía innumerables poderes para engendrar vida a la vez que un temperamento furioso. Como consecuencia de ello, existían fuertes tabús alrededor de las acciones que deformaban o profanaban a «la madre» naturaleza, entre ellas la minería.

La metáfora cambió cuando se descifraron algunos (pero ni mucho menos todos) misterios de la naturaleza durante la

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revolución cientí ca del siglo XVII. Ahora que la naturaleza se consideraba una máquina carente de misterio o divinidad, las partes que la componían podían ser dañadas, extraídas y rehechas con total impunidad. En ocasiones, todavía se representaba a la naturaleza como mujer, pero ahora era una mujer a la que se podía dominar y someter fácilmente. Sir Francis Bacon sintetizó a la perfección este nuevo ethos al escribir en 1623, en su obra De dignitate et augmentis scientiarum, que la naturaleza debe «contenerse, moldearse y explotarse como si fuera nueva mediante el arte y la mano del hombre».

Sus palabras bien podrían constituir la declaración de objetivos empresariales de BP. Asentándose con osadía en lo que la empresa llamó «la frontera energética», se aventuró a sintetizar microbios productores de metano y anunció que la geoingeniería marcaría «una nueva era de investigación». Y, naturalmente, alardeó de que, en el yacimiento Tiber en el golfo de México, ahora disponía del «pozo más profundo jamás perforado por el sector del petróleo y del gas natural», de una profundidad bajo el fondo marino equivalente a la altura a la que vuelan los aviones en el cielo.

Las mentes corporativas dedicaron muy poco de su precioso tiempo a imaginar y prepararse para lo que podría ocurrir si sus experimentos para modi car los cimientos de la vida y la geología fracasaban. Como hemos visto, cuando la plataforma de Deepwater Horizon explotó, la empresa no había implementado ningún sistema para reaccionar e cazmente ante la situación. Al explicar por qué ni siquiera la cúpula de contención, que terminó por no servir de nada, había estado lista para ser activada en la costa, uno de los portavoces de BP, Steve Rinehart, dijo: «No creo que nadie previera la circunstancia a la que nos enfrentamos ahora». Por lo visto, «parecía inconcebible» que el sistema de prevención de explosiones pudiera explotar, así que ¿para qué prepararse?

No cabe duda de que negarse a contemplar la posibilidad del fracaso venía de arriba. Un año antes, el director ejecutivo

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Hayward dijo ante un grupo de alumnos de la Universidad Stanford que tiene una placa en su escritorio que reza: «SI SUPIERAS QUE NO VAS A FRACASAR, ¿QUÉ INTENTARÍAS HACER?». Lejos de ser un

eslogan inspirador benigno, era una descripción precisa de cómo BP y sus competidores se comportaban en el mundo real. En unas audiencias celebradas recientemente en el Capitolio de Estados Unidos, el congresista Ed Markey, de Massachusetts, sometió a escrutinio a los representantes de las grandes empresas de petróleo y gas natural acerca de sus reveladoras formas de asignar recursos. A lo largo de tres años, habían invertido «treinta y nueve mil millones de dólares en exploraciones en busca de nuevos yacimientos de petróleo y gas natural. Por otro lado, la inversión media en tareas de investigación y desarrollo de la seguridad, la prevención de accidentes y la respuesta ante vertidos supuso la irrisoria suma de veinte millones de dólares anuales».

Estas prioridades ayudan de forma signi cativa a explicar por qué el plan inicial de exploración que BP había presentado al Gobierno federal para el funesto pozo de Deepwater Horizon suena tanto a tragedia griega sobre la soberbia humana. La frase «bajo riesgo» aparece cinco veces. Incluso en el caso de un vertido, BP predice tajantemente que, gracias a sus «equipos y tecnologías de e cacia demostrada», los efectos adversos serán mínimos. El informe, en el que se presenta a la naturaleza como un socio menor predecible y dispuesto (o quizá como si fuera un subcontratista), explica alegremente que, de ocurrir un vertido, «las corrientes y la degradación microbiana eliminarían el petróleo de la columna de agua o diluirían sus componentes hasta alcanzar los niveles de base». Los efectos sobre los peces, por otro lado, «probablemente serían subletales» dada «la capacidad de los peces y crustáceos adultos de evitar el vertido [y] metabolizar los hidrocarburos». (Según el relato de BP, en lugar de constituir una amenaza nefasta, un vertido es un bufé libre para la vida acuática.)

Y lo mejor de todo es que, en el caso de que ocurriera un vertido, parece que había «un riesgo bajo de contacto o impacto en

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la línea de costa» gracias a la ágil respuesta diseñada por la empresa (¡!) y «dada la distancia [desde la plataforma] hasta la costa» (unos setenta y siete kilómetros). Esta es la a rmación más asombrosa de todas. En un golfo en el que suele haber vientos de más de setenta kilómetros por hora, y eso sin hablar de los huracanes, BP mostró tan poco respeto hacia la capacidad del océano de generar ujos y re ujos y de subir y bajar que no pensó que el petróleo podría viajar la ridícula distancia de setenta kilómetros. (Un fragmento de los detritus de Deepwater Horizon apareció en una playa de Florida, a trescientos seis kilómetros de distancia.)

Sin embargo, ninguna de estas chapuzas habría sido posible si BP no hubiese presentado sus predicciones ante una clase política ansiosa por creer que, en efecto, la naturaleza había sido dominada. Algunos, como la republicana Lisa Murkowski, estaban más ansiosos que otros. La senadora de Alaska quedó tan impresionada por las imágenes sísmicas en cuatro dimensiones que ofreció BP que proclamó que las perforaciones en alta mar habían alcanzado la cúspide de la arti cialidad controlada. «Es mejor que Disneyland en lo que se re ere a cómo se pueden utilizar las tecnologías para ir a buscar un recurso de miles de años de antigüedad de una forma totalmente respetuosa con el medio ambiente», a rmó ante el comité energético del Senado.

Por supuesto, perforar sin pensar ha sido la política del Partido Republicano desde mayo de 2008. Cuando los precios del gas natural alcanzaron cotas sin precedentes, el líder conservador Newt Gingrich estrenó el eslogan «Perfora aquí, perfora ahora, paga menos», con énfasis en el «ahora». Aquella campaña, extremadamente popular, fue una consigna contra la prudencia, contra el estudio y contra las acciones comedidas. Tal como Gingrich lo explicaba, perforar en el país, dondequiera que se encontraran el petróleo y el gas natural —atrapados en la lutita de las Montañas Rocosas, en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico o en las profundidades marinas— era una forma infalible

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de bajar los precios en los surtidores, crear empleo y darles una patada en el culo a los árabes, todo a la vez. Ante esta victoria triple, preocuparse por el medio ambiente era cosa de blandengues: en palabras del senador Mitch McConnell, «en Alabama y Misisipi y Luisiana y Texas, la gente cree que las plataformas petrolíferas son hermosas». Para cuando la infame Convención Nacional Republicana bajo el lema «Perfora, baby, perfora» se celebró en 2008, el frenesí por los combustibles fósiles extraídos en Estados Unidos estaba tan extendido entre las bases del partido que, si alguien hubiese llevado un taladro lo su cientemente grande, habrían perforado incluso en el suelo del recinto.

Obama terminó cediendo. En el peor momento imaginable, apenas tres semanas antes de la explosión de Deepwater Horizon, el presidente anunció que abriría partes del país anteriormente protegidas a la perforación submarina. La práctica no era tan arriesgada como había creído, explicó. «Por regla general, las plataformas petrolíferas de hoy no provocan vertidos. Su tecnología está muy avanzada.» Sin embargo, a Sarah Palin no le bastaba con eso, y se mofó de los planes de la Administración de llevar a cabo más estudios antes de perforar en ciertas zonas. «Por Dios, amigos, estas zonas se han estudiado hasta la muerte», dijo en la Conferencia de Liderazgo Republicana del Sur en Nueva Orleans once días antes de la explosión. «¡Hay que perforar, baby, perforar, no postergar, baby, no postergar!» Y el júbilo se desató entre la multitud.

En su declaración ante el Congreso, Hayward, de BP, dijo: «Tanto nosotros como el sector en su conjunto aprenderemos de este fatídico suceso». Y uno podría pensar que una catástrofe de tales magnitudes infundiría en los ejecutivos de BP y en el grupo del «Perforar ahora» un nuevo sentido de la humildad. Sin embargo, no hay indicios de que ese sea el caso. La respuesta ante el desastre por parte del Gobierno y de la industria ha estado

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infestada del mismo tipo de arrogancia y de predicciones exageradamente positivas que dieron lugar a la explosión.

«El golfo de México es un océano muy grande —oímos decir a Hayward—. La cantidad de volumen de petróleo y dispersante que estamos vertiendo es minúsculo en relación con el volumen total de agua.» En otras palabras: no os preocupéis, el océano puede con ello. El portavoz John Curry, mientras tanto, insistía en que los hambrientos microbios consumirían el petróleo que se encontrara en el ecosistema acuático porque «la naturaleza sabe cómo ayudar a arreglar la situación». Pero la naturaleza no le ha seguido el juego. El pozo surtidor que se encuentra en alta mar ha reventado todos los intentos de contención por parte de BP, las llamadas «campanas», «cúpulas de contención» e «inyecciones de basura». [Tres meses después de la explosión, el cabezal del pozo por n quedó tapado.] Los vientos y las corrientes del océano también se han burlado de las almohadillas ligeras que BP ha colocado para que absorban el petróleo. «Se lo advertimos —dijo Byron Encalade, el presidente de la Asociación de Ostreros de Luisiana—. El petróleo pasará por encima o por debajo de las almohadillas.» Y así fue. El biólogo marino Rick Steiner, que ha seguido de cerca las tareas de limpieza, estima que «el 70 o el 80 % de las almohadillas no están sirviendo absolutamente de nada».

Y luego estaban los polémicos dispersantes químicos: siguiendo la actitud característica del «¿Qué puede salir mal?» de la empresa, se vertieron más de cuatro millones novecientos mil litros. Tal como señalaron los furibundos residentes en la reunión municipal de Plaquemines Parish, se habían llevado a cabo pocas pruebas, y los estudios sobre los efectos que una cantidad nunca vista de petróleo dispersado tendrá sobre la vida marina son escasos. Y tampoco existe forma alguna de limpiar la mezcla tóxica de petróleo y químicos bajo la super cie. Sí, los microbios de rápida multiplicación devoran el petróleo que se encuentra bajo el agua, pero al hacerlo también absorben el oxígeno del agua, lo que supone una nueva amenaza para la salud del mar.

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BP incluso se había atrevido a pensar que podría evitar que las poco favorecedoras imágenes de playas y aves cubiertas de petróleo salieran de la zona del desastre. Por ejemplo, cuando me encontraba en el agua con un equipo de televisión, se nos acercó otro barco cuyo capitán preguntó: «¿Trabajáis para BP?». Cuando dijimos que no, su respuesta, en mar abierto, fue: «Pues no podéis estar aquí». Pero, por supuesto, estas tácticas de mano dura han fracasado, como todas las demás. Sencillamente, hay demasiado petróleo en demasiados sitios. «No puedes decirle al viento de Dios hacia dónde soplar, y tampoco le puedes decir al agua hacia dónde

uir», me dijo la activista por la justicia medioambiental Debra Ramírez. Es una lección que aprendió de vivir en Mossville, Luisiana, rodeada por catorce plantas petroquímicas que vomitaban emisiones sin parar, y de ver cómo las enfermedades se propagaban vecino a vecino.

La corriente de la negación no muestra signos de calmarse. Los políticos de Luisiana se opusieron con indignación al alto temporal que Obama impuso a las perforaciones en aguas profundas, acusándolo de destruir el único sector importante que quedaba en pie ahora que la pesca y el turismo estaban en crisis. Palin compartió en Facebook la re exión de que «ningún empeño humano carece de riesgo», mientras que el congresista republicano por Texas John Culberson describía el desastre como una «anomalía estadística». Pero, de largo, la reacción más sociópata fue la del veterano comentarista de Washington Llewellyn King: en lugar de dar la espalda a los grandes riesgos de la ingeniería, dijo que deberíamos pararnos a «asombrarnos ante nuestra capacidad de construir máquinas tan extraordinarias que pueden levantar la tapa del inframundo».

DETENER EL SANGRADO

Afortunadamente, son muchos los que han aprendido una lección muy diferente a partir del desastre y no se asombran ante el poder

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de la humanidad para moldear la naturaleza, sino ante nuestra incapacidad de gestionar las feroces fuerzas naturales que desatamos. Pero eso no es todo. También está el sentimiento de que el boquete que hay al fondo del océano es más que un accidente de ingeniería o una máquina que se rompió. Es una herida violenta en el organismo vivo que es la Tierra. Y gracias a las imágenes que BP emite en directo con una cámara submarina, todos podemos ver cómo a nuestro planeta se le salen las entrañas a borbotones, en tiempo real, veinticuatro horas al día.

John Wathen, conservador de la Waterkeeper Alliance, fue uno de los pocos observadores externos que sobrevoló el vertido a los pocos días del desastre. Tras grabar las densas vetas rojas de petróleo que los guardacostas, muy educados, describen como «iridiscencias», Wathen vio lo que muchos habían sentido: «Es como si el golfo estuviera sangrando». Esta imagen se repite una y otra vez en conversaciones y entrevistas. Monique Harden, abogada de derecho medioambiental de Nueva Orleans, se niega a llamar al desastre «vertido de petróleo» y, en su lugar, dice que «tenemos una hemorragia». Otros hablan de la necesidad de «detener el sangrado». Personalmente, algo que a mí me impresionó fue que, al sobrevolar con los guardacostas de Estados Unidos la franja del océano en la que se había hundido la Deepwater Horizon, los remolinos que dibujaba el petróleo hacían que las olas se parecieran mucho a las pinturas rupestres: un pulmón plumoso respirando con di cultad, ojos mirando hacia arriba y un pájaro prehistórico. Mensajes desde las profundidades.

Y seguramente el giro más extraño de la odisea de la costa del Golfo es que parece estar abriéndonos los ojos ante el hecho de que la Tierra jamás fue una máquina. Cuatrocientos años después de haberla declarado muerta, y entre tantísima muerte, en Luisiana, la Tierra está volviendo a la vida.

La experiencia de seguir el avance del petróleo a lo largo del ecosistema es, en sí misma, un curso acelerado en ecología profunda. Todos los días descubrimos que algo que parece ser un

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problema espantoso en una parte aislada del mundo, en realidad se propaga de formas que jamás podríamos haber imaginado. Un día nos enteramos de que el petróleo podría llegar a Cuba; luego, que podría alcanzar Europa. Lo siguiente que oímos es que los pescadores de arriba del todo del Atlántico, en la Isla del Príncipe Eduardo, en Canadá, están preocupados porque los atunes rojos que pescan en sus costas nacen a miles de kilómetros de distancia, en las aguas manchadas de petróleo del golfo de México. Y nos enteramos también de que, para las aves, los humedales de la costa del Golfo son el equivalente a un aeropuerto intercambiador. Todos parecen hacer escala aquí: ciento diez especies de pájaros cantores migratorios y el 75 % de las aves acuáticas migratorias de Estados Unidos.

Una cosa es que un incomprensible teórico del caos te cuente que una mariposa que bate las alas en Brasil puede desatar un tornado en Texas, y otra ver cómo la teoría del caos se materializa ante tus propios ojos. Así es como Carolyn Merchant explica esta lección: «El problema, tal como BP ha descubierto de forma trágica y tardía, es que la naturaleza es una fuerza activa que no admite tanta contención». Los resultados predecibles son poco habituales en los sistemas ecológicos, mientras que los «sucesos impredecibles y caóticos [son] habituales». Y por si acaso todavía no lo habíamos entendido, hace unos días un rayo alcanzó un barco de BP como dibujando un signo de exclamación y lo obligó a suspender las acciones de contención que estaba llevando a cabo. Y nadie se atreve a especular sobre qué haría un huracán con el caldo tóxico de BP.

Y es que —merece la pena insistir— hay algo excepcionalmente retorcido en esta particular senda hacia el conocimiento. Se dice que los estadounidenses aprenden a situar los países extranjeros en el mapa a base de bombardearlos. Ahora parece que todos estamos aprendiendo sobre los sistemas circulatorios de la naturaleza a base de envenenarlos.

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A nales de 1990, los titulares de todo el mundo se hicieron eco de un aislado grupo de indígenas de Colombia y un con icto casi propio de Avatar. Desde su remoto hogar en los bosques nubosos andinos, los u’wa informaron de que si Occidental Petroleum ejecutaba sus planes de perforar en busca de petróleo en su territorio, saltarían desde un precipicio en lo que constituiría un suicidio ritual en masa. Los ancianos de la comunidad explicaron que el petróleo forma parte de la ruiria, «la sangre de la Madre

Tierra». Creen que toda la vida, incluida la suya, uye de la ruiria, y extraer el petróleo implicaría para ellos su destrucción. (La empresa terminó retirándose de la región so pretexto de que no había tanto petróleo como se había estimado inicialmente.)

Prácticamente todas las culturas indígenas cuentan mitos sobre deidades y espíritus que viven en el mundo natural —en las rocas, en las montañas, en los glaciares o en los bosques—, igual que se había creído en Europa antes de la revolución cientí ca. Katja Neves, antropóloga de la Universidad Concordia, señala que esta práctica responde a un propósito práctico. Decir que la Tierra es «sagrada» es una forma de expresar humildad ante todas esas fuerzas que no terminamos de comprender. Cuando algo es sagrado, exige que actuemos con cautela e incluso temor.

Si muchos de nosotros asimiláramos por n esta lección, las implicaciones serían profundas. El apoyo público del aumento de las perforaciones en alta mar se está desplomando, y ha caído un 22 % desde el cénit del frenesí del «Perforar ahora». Pero el asunto todavía no ha muerto, muchos todavía insisten en que, gracias a la ingeniosa tecnología y las nuevas regulaciones estrictas, ahora es perfectamente seguro perforar en el Ártico, donde cualquier tarea de limpieza bajo el hielo resultaría in nitamente más compleja que la que se está llevando a cabo en el golfo. Pero quizá esta vez no lograrán tranquilizarnos tan fácilmente ni nos daremos tanta prisa en jugarnos los pocos remansos protegidos que nos quedan.

Y lo mismo ocurre con la geoingeniería. A medida que transcurran las negociaciones sobre el cambio climático,

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deberíamos estar preparados para oír nuevas aportaciones del doctor Steven Koonin, el vicesecretario de energía para la ciencia de Obama. Es uno de los principales defensores de la idea de que el cambio climático se puede combatir con trucos tecnológicos como la liberación de partículas de sulfato y aluminio en la atmósfera, cosa que, naturalmente, es totalmente segura, ¡igualito que Disneyland! Resulta que, además, es el antiguo cientí co en jefe de BP: el hombre que, tan solo quince meses antes del accidente, todavía supervisaba la tecnología sobre la que se fundamentaba la incursión supuestamente segura de BP en la perforación en aguas profundas. Tal vez en esta ocasión optaremos por no dejar que el buen doctor experimente con la sica y la química de la Tierra y decidamos reducir nuestro consumo y empezar a utilizar energías renovables que tienen la virtud de que sus fracasos, cuando los hay, son modestos.

La consecuencia más positiva que podría surgir de este desastre no sería solo la aceleración de las fuentes de energías renovables como la eólica, sino la adopción del principio de precaución de la ciencia. Este principio, que es el opuesto perfecto al credo de Hayward —«Si supieras que no vas a fracasar»—, sostiene que «cuando una actividad amenaza con dañar al medio ambiente o a la salud humana», hay que ir con cuidado y actuar como si el fracaso fuera posible e incluso probable. Puede incluso que podamos regalarle a Hayward una placa nueva que pueda contemplar mientras rma cheques de indemnizaciones: «ACTÚAS COMO SI SUPIERAS LO QUE HACES, PERO NO LO SABES».

EPÍLOGO

Cuando visité la costa del Golfo para este artículo, el vertido seguía activo y la mayoría de los impactos duraderos todavía se desconocían. Nueve años después, es evidente que se demostró que algunas de las predicciones más funestas eran acertadas. Los estudios llevados a cabo por la Federación Nacional de Vida

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Silvestre (NWF, por sus siglas en inglés) indican que tres cuartas partes de las hembras del nes nariz de botella embarazadas no dieron a luz a crías viables en los años posteriores al desastre. En 2015 se publicaron informes que señalaban el derrame de petróleo como un factor que había in uido en las muertes de al menos cinco mil mamíferos, muchos de los cuales eran del nes.

Además, entre dos y cinco billones de peces jóvenes perecieron como consecuencia del desastre, junto a más de ocho mil millones de ostras. Ello contribuyó a que el volumen de pérdidas para el sector de la pesca se acercara a los doscientos cuarenta y siete millones de dólares en bene cios anuales, según un informe publicado en 2015 por el Consejo para la Defensa de Recursos Naturales (NRDC, por sus siglas en inglés). Y tal como las comunidades de pescadores con las que había hablado se temían, el petróleo contaminó aproximadamente el 12  % de las larvas de atún rojo del golfo durante la estación de desove del año 2020, según un estudio del NRDC, y los efectos a largo plazo que ello supondrá para la población de estos peces todavía se desconocen.

A las aves que vi posarse en la hierba cubierta de petróleo en los cenagales tampoco les fue bien. Estudios llevados a cabo en 2013 por la Universidad Estatal de Luisiana observaron que solo el 5 % de los nidos de gorrión que se encontraban en las partes cubiertas de petróleo de los humedales sobrevivieron tras el vertido, en comparación con el aproximadamente 50 % de los que estaban en humedales no afectados directamente por el petróleo. Las observaciones de la Iniciativa de Investigación del golfo de México constatan que las hierbas pantanosas que se encontraban hasta a nueve metros de distancia de la orilla quedaron destruidas, y que una gran cantidad de petróleo permaneció enterrado en el sedimento, de donde el huracán Harvey lo sacó al remover el suelo en 2012 (y de donde probablemente volverá a salir en catástrofes futuras). Según un estudio llevado a cabo en 2017 por la Universidad Estatal de Florida, la pérdida de biodiversidad en el

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sedimento costero afectado por el vertido se sitúa en un angustioso 50 %.

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EL CAPITALISMO CONTRA EL CLIMA

Sencillamente, no existe forma alguna de lograr que un sistema de creencias que desprecia la acción colectiva y venera la libertad total del mercado encaje con un problema que exige acciones colectivas a una escala nunca vista y el control drástico de las fuerzas del mercado que crearon la crisis y la están agravando.

NOVIEMBRE DE 2011

UN SEÑOR QUE ESTÁ SENTADO EN cuarta la tiene una pregunta.

Se presenta como Richard Rothschild. Explica al público que se presentó a comisionado del condado en Carroll County, en Maryland, porque había llegado a la conclusión de que las políticas diseñadas para combatir el calentamiento global en realidad eran «un ataque contra el capitalismo estadounidense de clase media». Su pregunta para los ponentes, reunidos en un Hotel Marriot de Washington, DC, es la siguiente: «¿Hasta qué punto este movimiento es un mero caballo de Troya verde con la tripa llena de doctrinas rojas socioeconómicas marxistas?».

Aquí, en la VI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático organizada por el Instituto Heartland, el encuentro más importante para quienes se dedican a negar el abrumador consenso cientí co sobre el hecho de que la actividad humana está calentando el planeta, la suya se considera una pregunta retórica. Es como preguntar en una reunión de ejecutivos de bancos centrales alemanes si se puede con ar en los griegos. Y, aun así, los

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ponentes no van a dejar escapar la oportunidad de decirle a quien ha formulado la pregunta cuánta razón lleva.

Chris Horner, un alto miembro del Competitive Enterprise Institute experto en acosar a cientí cos que estudian el clima con onerosas demandas y peticiones de publicación de información con arreglo a la Ley de Libertad de Información, se acerca el micrófono de la mesa a la boca. «Puedes creer que se trata del clima —dice enigmáticamente—, y mucha gente así lo cree, pero no es una creencia razonable.» A Horner, cuyo cabello prematuramente canoso le hace parecer un Anderson Cooper de derechas, le gusta citar a Saul Alinsky: «El problema no es el problema». El problema, según parece, es que «ninguna sociedad libre se haría a sí misma lo que requiere este plan […]. El primer paso para lograrlo es eliminar todas esas incómodas libertades que no dejan de estorbar».

Asegurar que el cambio climático es un complot para arrebatar las libertades de los estadounidenses es bastante moderado para lo que es Heartland. A lo largo de esta conferencia de dos días, aprenderé que la promesa de campaña de Obama de respaldar re nerías de biocombustibles de propiedad local en realidad se trataba de «comunitarismo verde», semejante al plan «maoísta» de poner «altos hornos en los jardines de cada casa» (Patrick Michaels, del Instituto Cato); que el cambio climático es «un caballo de acecho para el nacionalsocialismo» (Harrison Schmitt, exsenador republicano y astronauta jubilado); y que los ecologistas son como los sacerdotes aztecas, quienes sacri caron a tantísimas personas para contentar a los dioses y cambiar el clima (Marc Morano, editor de la página web de cabecera de los negacionistas, ClimateDepot).

Sin embargo, lo que más oiré serán versiones de la opinión expresada por el comisionado del condado de la cuarta la: que el cambio climático es un caballo de Troya diseñado para abolir el capitalismo y sustituirlo con algún tipo de ecosocialismo. Tal como el conferenciante Larry Bell lo explica brevemente en su

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nuevo libro, Climate of Corruption [Clima de corrupción], el cambio climático «tiene muy poco que ver con el estado del medio ambiente y mucho con poner trabas al capitalismo y transformar el estilo de vida estadounidense en aras de la distribución global de la riqueza».

Sí, es cierto que pretenden hacer creer que el origen del rechazo de la climatología por parte de los delegados está en su profundo desacuerdo con los datos. Y los organizadores se esfuerzan por recrear congresos cientí cos serios, poniéndole al encuentro el título de «La reinstauración del método cientí co» e incluso adoptando el acrónimo organizacional ICCC, que se diferencia en una sola letra de la autoridad más importante en el campo del cambio climático, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Pero las teorías cientí cas que aquí se presentan son antiguas y hace mucho que quedaron desacreditadas. Tampoco se hace ningún esfuerzo por explicar por qué cada ponente parece contradecir al siguiente. (¿No hay calentamiento, o sí lo hay pero no supone un problema? Y si no lo hay, ¿entonces qué es todo eso sobre manchas solares que hacen que aumenten las temperaturas?)

La verdad es que varios miembros del público, en su mayoría personas mayores, parecen dar cabezadas mientras se proyectan los grá cos que muestran las temperaturas. Solo regresan al mundo de los vivos cuando las estrellas del rock del movimiento salen al escenario (no los cientí cos de segunda división, sino los guerreros ideológicos de primera división, como Morano o Horner). Este es el verdadero objetivo del encuentro: proporcionar un foro a los negacionistas más conservadores para que se hagan con los bates de béisbol retóricos con los que aporrearán a los ecologistas y a los climatólogos durante las semanas y los meses siguientes. Los argumentos que se ponen a prueba aquí antes que en ningún sitio serán los que abarrotarán las secciones de comentarios de todos los artículos y vídeos de YouTube que contengan la frase «cambio climático» o «calentamiento global».

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También saldrán de las bocas de cientos de comentaristas y políticos de derechas, desde los candidatos republicanos a la presidencia, como Rick Perry y Michele Bachmann, hasta los comisionados del condado, como Richard Rothschild. En una entrevista concedida ya fuera del marco de estas sesiones, un orgulloso Joseph Bast, el presidente del Instituto Heartland, se atribuye el mérito de los «miles de escritos y artículos de opinión y conferencias […] escritos o motivados por alguien que acudió a una de estas conferencias».

El Instituto Heartland, un laboratorio de ideas con sede en Chicago que se dedica a «promover soluciones de libre mercado», lleva celebrando estas charlas desde 2008, en ocasiones incluso dos veces al año. Y su estrategia parece estar surtiendo efecto. Al nal del primer día, Morano —cuya fama le viene de haber sacado a la luz la historia del grupo político Swi Boat Veterans for Truth, que hundió la campaña presidencial de John Kerry en 2004— invita al público a dar una serie de vueltas de honor. Comercio de derechos de emisión: ¡abajo con ellos! Obama en la cumbre de Copenhague: ¡un fracaso! El movimiento por el clima: ¡un suicidio! Llega incluso a proyectar un par de citas de activistas climáticos que se auto agelan (algo que tan bien se les da a los progresistas) y exhorta al público: «¡Congratulaos!».

Del techo no caen globos ni confeti, pero si así hubiese sido, tampoco habría sido de extrañar.

Cuando la opinión pública cambia acerca de las grandes cuestiones sociales y políticas, los cambios suelen ser relativamente graduales; de hecho, los cambios abruptos, cuando se dan, suelen precipitarse debido a acontecimientos dramáticos. Por eso precisamente los encuestadores no salen de su asombro ante lo que ocurrió con las percepciones sobre el cambio climático en Estados Unidos en un período de tan solo cuatro años. Una encuesta llevada a cabo por Harris en 2007 observó que el 71  % de los

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estadounidenses creían que el uso prolongado de los combustibles fósiles provocaría cambios en el clima. En 2009, la cifra había caído hasta un 51 %. En junio de 2011, la cifra de estadounidenses que estaban de acuerdo con dicha a rmación se había reducido al 44  %, muy por debajo de la mitad de la población. Según Scott Keeter, director de investigación por encuestas en el Centro de Investigación Pew para el Pueblo y la Prensa, «este cambio se encuentra entre los más notables que se hayan observado en un breve período de tiempo en la historia reciente de la opinión pública».[1]

Lo que resulta todavía más sorprendente es que este cambio se ha producido casi íntegramente en uno de los extremos del espectro político. Hace muy poco, en 2008 (el año en que Newt Gingrich salió en un anuncio de televisión sobre el cambio climático junto a Nancy Pelosi), esta cuestión todavía parecía contar con el apoyo de ambos partidos en Estados Unidos. De nitivamente, esos días pertenecen al pasado. Hoy, el 70-75 % de las personas que se identi can como demócratas y liberales creen que los humanos están cambiando el clima, una cifra que se ha mantenido estable o ha aumentado ligeramente en la última década, lo cual contrasta marcadamente con los republicanos, especialmente los miembros del Tea Party, cuya inmensa mayoría ha decidido rechazar el consenso cientí co. En algunas regiones, tan solo cerca del 20  % de las personas que se identi can como republicanas aceptan lo que dice la ciencia.[2]

El cambio en el grado de intensidad emocional resulta igual de signi cativo. La mayoría de la gente solía decir que el cambio climático le preocupaba… pero tampoco tanto. Cuando se pedía a los estadounidenses que indicaran sus preocupaciones políticas en orden de prioridad, el cambio climático siempre aparecía en último lugar.[3]

Pero ahora existe una cohorte signi cativa de republicanos que ha hecho del cambio climático una de sus grandes preocupaciones, hasta el punto de obsesionarse con él, aunque lo que les importa es

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destapar que se trata de un «engaño» orquestado por los liberales para obligarles a cambiar las bombillas, vivir en bloques de pisos de estilo soviético y entregar sus todoterrenos. Para este sector de la derecha, oponerse al cambio climático se ha convertido en un elemento tan central de su visión del mundo como los impuestos reducidos, la tenencia de armas y la oposición al aborto. Muchos cientí cos dedicados al estudio del clima a rman haber recibido amenazas de muerte, igual que les ocurre a los autores de artículos sobre cuestiones tan aparentemente inocuas como la conservación de la energía. (Tal como el autor de una de esas cartas le dijo a Stan Cox, que ha publicado un libro crítico con el aire acondicionado, «Si quieres mi termostato, tendrás que pasar por encima de mi cadáver».)

La actual intensidad de la guerra cultural es la peor noticia de todas, porque cuando cuestionas la posición de alguien en un aspecto central de su identidad, los hechos y los argumentos se consideran poco más que un nuevo ataque fácilmente sorteable. (Los negacionistas incluso han hallado la forma de rechazar un nuevo estudio que con rma la realidad del calentamiento global y que fue parcialmente nanciado por los hermanos Koch, multimillonarios conservadores, y encabezado por un cientí co próximo a la posición «escéptica».)

Las consecuencias de esta intensidad emocional se han manifestado en todo su esplendor en la carrera para liderar el Partido Republicano. Tan solo unos días después de dar inicio a su campaña presidencial y con su estado natal literalmente en llamas por culpa de los incendios, el gobernador de Texas Rick Perry deleitó a las bases al declarar que los cientí cos del clima estaban manipulando los datos «para asegurarse de que entran dólares en sus proyectos». Mientras tanto, la campaña del único candidato que defendía sistemáticamente la climatología, Jon Huntsman, murió antes de empezar. Y, en parte, lo que rescató la campaña de Mitt Romney fue que se alejó de a rmaciones previas en las que

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había mostrado apoyo al consenso cientí co sobre el cambio climático.

Pero los efectos de las conspiraciones de derechas sobre el clima no se limitan en absoluto al Partido Republicano. Los demócratas se han quedado prácticamente mudos al respecto para no perder el apoyo de los independientes. Y los medios de comunicación y la industria cultural han seguido su ejemplo. En 2007, los famosos se presentaron en la ceremonia de los Óscar en híbridos. Ese mismo año, Vanity Fair publicó un número anual sobre ecología, y las tres cadenas de televisión más importantes de Estados Unidos emitieron ciento cuarenta y siete reportajes sobre el cambio climático. Pero eso es agua pasada. En 2010, las cadenas más importantes emitieron apenas treinta y dos reportajes sobre el cambio climático; las limusinas se han vuelto a poner de moda en los Óscar, y el número «anual» de Vanity Fair sobre ecología se publicó por última vez en 2008.

Este incómodo silencio ha persistido hasta el nal de la década más cálida de la historia y durante otro verano repleto de catástrofes naturales anormales y un calor que ha batido récords en todo el mundo. Mientras tanto, la industria de los combustibles fósiles se apresura invertir miles de millones de dólares en infraestructuras nuevas para extraer petróleo, gas natural y carbón de algunas de las fuentes más arriesgadas y contaminantes del continente (entre las cuales, el oleoducto Keystone XL, de siete mil millones de dólares, solo es el ejemplo más notorio). En las arenas bituminosas de Alberta, en el mar de Beaufort, en los yacimientos de gas natural de Pensilvania y en los yacimientos de Wyoming y Montana, la industria está apostándolo todo a que la posibilidad de una legislación climática seria está prácticamente muerta.

Si el carbono enterrado que estos proyectos están listos para extraer es expulsado a la atmósfera, las posibilidades de desatar un cambio climático catastró co aumentarán de forma drástica (según el experto James Hansen, de la NASA, solo con extraer todo

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el petróleo de las arenas bituminosas de Alberta ya estaríamos haciéndole «básicamente jaque mate» al clima).

Todo esto signi ca que el movimiento por el clima tiene que volver a lo grande. Y, para ello, la izquierda va a tener que aprender de la derecha. Los negacionistas ganaron impulso al convertir el clima en un asunto económico: la acción climática destruirá el capitalismo, dicen, a la par que acabará con el empleo y hará que los precios se pongan por las nubes. Pero en un momento en el que cada vez más personas están de acuerdo con los manifestantes de Occupy Wall Street, muchos de los cuales de enden que el capitalismo de siempre es la causa de la inseguridad laboral y de la esclavitud de la deuda, tenemos una oportunidad enorme de ganarle terreno económico a la derecha. Para ello, necesitaríamos un argumentario convincente que defendiera que las soluciones reales de la crisis climática también son nuestra mayor esperanza para construir un sistema económico más justo y mucho más tolerante, un sistema que ponga n a las profundas desigualdades, refuerce y transforme la esfera pública, genere empleo digno y abundante y ponga freno al poder corporativo. También exigiría alejarnos de la idea de que la acción por el clima no es otra cosa que un punto más en la interminable lista de causas nobles que compiten por la atención de los progresistas. Igual que el negacionismo climático se ha convertido en un rasgo identitario elemental para la derecha, íntimamente vinculado a la defensa de los sistemas actuales del poder y la riqueza, la realidad cientí ca del cambio climático, en lo que a los progresistas se re ere, debe ocupar un lugar central en un relato coherente sobre los peligros de la avaricia descontrolada y la necesidad de contar con alternativas reales.

Construir un movimiento tan transformador como este puede ser menos di cil de lo que parece a primera vista. De hecho, si le preguntas a la cuadrilla de Heartland, el cambio climático hace que el surgimiento de algún tipo de revolución de izquierdas sea prácticamente inevitable, y por eso precisamente están tan

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resueltos a negar la realidad. Tal vez deberíamos prestar más atención a sus teorías, ya que puede que hayan entendido algo que a la mayoría todavía se nos escapa.

Los negacionistas no decidieron que el cambio climático es una conspiración de la izquierda porque descubrieron un complot socialista encubierto. La idea les viene de jarse atentamente en lo que debería hacerse para reducir las emisiones al drástico y acelerado ritmo que exige la climatología. Han llegado a la conclusión de que solo podremos alcanzar dicho objetivo si reorganizamos radicalmente los sistemas económicos y políticos de formas totalmente opuestas a su sistema de creencias «de libre mercado». Tal como ha señalado James Delingpole, el bloguero británico y parroquiano de Heartland: «El ecologismo moderno consigue promover muchas de las causas estimadas por la izquierda: la redistribución de la riqueza, unos impuestos más elevados, una mayor intervención y regulación gubernamental». Bast, de Heartland, todavía se anda menos por las ramas: para la izquierda, «el cambio climático es ideal. […] Es la razón por la que deberíamos estar haciendo todo lo que [la izquierda] quería hacer de todos modos».

He aquí mi verdad incómoda: no se equivocan. Antes de seguir, permitidme que hable con total claridad: tal como atestiguan el 97  % de los cientí cos sobre el clima, el grupo de Heartland se equivoca de medio a medio en cuanto a la ciencia. Los gases de efecto invernadero que se emiten a la atmósfera mediante el uso de combustibles fósiles y el vaciado de los bosques ya están provocando el aumento de las temperaturas. Si para nales de esta década no nos encontramos en una senda energética radicalmente distinta, nos espera un mundo lleno de sufrimiento.

Pero cuando hablamos de las consecuencias políticas de estos descubrimientos cientí cos, y especí camente del tipo de cambios necesarios no solo en lo referente al consumo de energía, sino en

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lo que respecta a la lógica subyacente de nuestro sistema económico, puede que el público que acudió al Hotel Marriot se encuentre en una fase de negación considerablemente menos avanzada que muchos ecologistas profesionales, esos que predicen un calentamiento climático apocalíptico para luego asegurarnos que podemos evitar la catástrofe comprando productos «ecológicos» y creando astutos mercados que se aprovechan de la contaminación.

El hecho de que la atmósfera terrestre no es capaz de absorber de forma segura la cantidad de carbono que le estamos inyectando es un síntoma de una crisis mucho mayor, una crisis que tiene su origen en la cción elemental en la que se apoya nuestro modelo económico: que la naturaleza es ilimitada, que siempre podremos encontrar más de lo que necesitamos y que, si algo se acaba, se puede sustituir sin problemas por otro recurso que podremos extraer eternamente. Y la atmósfera no es lo único que hemos explotado hasta sobrepasar su capacidad de recuperación. Estamos haciendo lo mismo con los océanos, el agua dulce, la capa superior del suelo y la biodiversidad. Lo que la crisis climática cuestiona es la mentalidad extractora y expansionista que durante tanto tiempo ha gobernado nuestra relación con la naturaleza. La abundancia de estudios cientí cos que demuestran que hemos explotado la naturaleza más allá de sus propias limitaciones exige mucho más que productos ecológicos y soluciones basadas en el mercado; exige un nuevo paradigma de civilización que no se fundamente en la dominación de la naturaleza sino en el respeto por sus ciclos naturales de renovación y que sea plenamente consciente de los límites naturales, incluidos los límites de la inteligencia humana.

Así pues, en cierto modo, Chris Horner tenía razón cuando dijo ante sus compañeros de Heartland que el cambio climático no es «el problema». En realidad, no es un problema en absoluto. El cambio climático es un mensaje, un mensaje que nos dice que muchas de las ideas que tanto aprecia la cultura occidental han

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dejado de ser viables. Todas estas revelaciones resultan enormemente di ciles de asimilar para todos los que hemos crecido bajo los ideales de progreso de la Ilustración y que no estamos acostumbrados a que ningún límite natural condicione nuestras ambiciones. Y esto es así tanto para la izquierda estatalista como para la derecha neoliberal.

Aunque la cuadrilla de Heartland gusta de invocar el espectro del comunismo para aterrorizar a los estadounidenses sobre la acción climática (el expresidente checo Václav Klaus, un favorito de las conferencias de Heartland, a rma que los intentos de evitar el calentamiento global se asemejan a «las ambiciones de los plani cadores centrales comunistas que querían controlar a la sociedad en su conjunto»), lo cierto es que el socialismo de Estado de la época soviética fue desastroso para el clima. Devoró recursos con el mismo entusiasmo que el capitalismo y escupió desechos con la misma negligencia: antes de la caída del Muro de Berlín, las huellas de carbono por cápita de los checos y los rusos eran todavía más elevadas que las de sus homólogos en Gran Bretaña, Canadá y Australia. Y aunque hay quienes recurren a la vertiginosa expansión de los programas de energías renovables de China para defender que solo los regímenes de control centralizado son capaces de ser estrictos con las políticas verdes, la economía del mando y control de China sigue utilizándose para librar una batalla sin cuartel contra la naturaleza mediante la construcción de presas colosales y enormemente disruptivas, superautopistas y proyectos energéticos de extracción, especialmente de carbón.[4]

Es cierto que reaccionar ante la amenaza climática exige la voluntad de llevar a cabo una plani cación industrial y una contundente acción gubernamental en todos los niveles. Pero algunas de las soluciones climáticas más fructuosas son las que dirigen este tipo de intervenciones hacia la dispersión y la transferencia del poder y del control a las comunidades, ya sea mediante energías renovables controladas por la comunidad,

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agricultura ecológica o sistemas de transporte que verdaderamente rindan cuentas ante los usuarios.

He aquí lo que el grupo de Heartland hace bien en temer: para llegar a estos nuevos sistemas, tendremos que hacer trizas la ideología de libre mercado que ha dominado la economía global durante más de tres décadas. Lo que sigue es un esbozo a grandes rasgos de lo que constituiría un programa serio en estos seis aspectos: infraestructuras públicas, plani cación económica, regulación corporativa, comercio internacional, consumo e impuestos. Para los ideólogos de derechas como los que se reunieron en la conferencia de Heartland, los resultados son poco menos que un cataclismo intelectual.

1. REVIVIR Y REINVENTAR LA ESFERA PÚBLICA

Tras años de reciclaje, compensaciones de carbono y cambios de bombillas, es evidente que esta acción nunca constituirá una respuesta adecuada ante la crisis climática. El cambio climático es un problema colectivo y requiere una acción colectiva. Uno de los ámbitos en los que dicha acción colectiva debe llevarse a cabo es el de las grandes inversiones diseñadas para reducir las emisiones a escala masiva. Y esto signi ca redes de metros, tranvías y trenes ligeros que no solo lleguen a todas partes, sino que sean asequibles para todo el mundo, incluso tal vez gratuitos; viviendas económicas de e ciencia energética alrededor de las líneas de transporte; redes eléctricas inteligentes que transporten energía renovable, y un trabajo de investigación masivo para asegurarnos de que estamos usando los mejores métodos posibles.

El sector privado no es el indicado para proporcionar la mayoría de estos servicios porque requieren de grandes inversiones por adelantado, y, si de verdad van a ser accesibles para todos, es muy probable que algunos no generen bene cios. Sin embargo, no cabe duda de que son de interés público, y precisamente por eso deberían proceder del sector público.

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Desde siempre, las luchas por proteger la esfera pública son cali cadas de con ictos entre izquierdistas irresponsables que quieren gastar sin límites y realistas prácticos que comprenden que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades económicas. Pero la gravedad de la crisis climática pide a gritos una concepción radicalmente nueva del realismo y una comprensión muy diferente de los límites. Los dé cits de los presupuestos públicos no son ni la mitad de peligrosos que los dé cits que hemos creado en los complejos sistemas naturales. Para cambiar nuestra cultura de manera que respete dichos límites —para desengancharnos de los combustibles fósiles y apuntalar las infraestructuras comunes para las tormentas que vendrán— nos hará falta contar con la fuerza colectiva.

2. ACORDARSE DE LA PLANIFICACIÓN

Además de revertir una tendencia privatizadora que ha durado treinta años, cualquier respuesta seria ante la amenaza climática implica recuperar un arte que ha sido vilipendiado sin descanso a lo largo de estas décadas de fundamentalismo de mercado: la plani cación. Plani cación, plani cación y más plani cación: plani cación industrial y plani cación del uso de los terrenos. Y no solo a escala nacional e internacional. Todas las ciudades y comunidades del mundo deben tener un plan que paute cómo van a ir abandonando el uso de los combustibles fósiles: lo que el movimiento Transition Town llama «un plan de acción para el descenso energético». En las ciudades y municipios que han aceptado esta responsabilidad con la seriedad debida, el proceso ha abierto espacios poco frecuentes de democracia participativa, y los vecinos abarrotan las reuniones de consulta en los ayuntamientos para compartir ideas sobre cómo reorganizar sus comunidades para reducir las emisiones y ser más fuertes ante los duros tiempos que se avecinan.

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El cambio climático también exige otras formas de plani cación, especialmente para los trabajadores cuyos empleos irán quedando obsoletos a medida que nos destetemos de los combustibles fósiles. Con organizar unas cuantas formaciones sobre «trabajos verdes» no basta. Estos trabajadores deben saber que habrá empleos reales esperándolos, lo cual conlleva recuperar la idea de planear las economías pensando en las prioridades colectivas y no en la rentabilidad corporativa; por ejemplo, proporcionando a los empleados de las fábricas de coches y las minas de carbón que hayan sido despedidos las herramientas y los recursos que necesiten para encontrar empleos igual de seguros en la fabricación de vagones de metro, la instalación de turbinas eólicas y la limpieza de los yacimientos de extracciones. Algunos de estos empleos pertenecerán al sector privado, otros, al plano público, y otros, a cooperativas (en este sentido, las cooperativas ecológicas de Cleveland, gestionadas por los trabajadores, podrían servir como modelo). También tendremos que resucitar la plani cación de la agricultura si queremos abordar la triple crisis de la erosión del suelo, la meteorología extrema y la dependencia de los combustibles fósiles. Wes Jackson, el visionario fundador del e Land Institute en Salina, Kansas, ha estado exigiendo un «proyecto agrario para los próximos cincuenta años». Ese es el tiempo que Jackson y sus colaboradores Wendell Berry y Fred Kirschenmann estiman necesario para llevar a cabo estudios y desarrollar infraestructuras para sustituir muchas cosechas de cereales anuales que degradan el suelo (cultivadas en monocultivos) por cosechas perennes (cultivadas en policultivos). Dado que no hay que replantar las cosechas perennes año tras año, sus largas raíces son mucho más efectivas cuando se trata de almacenar agua escasa, mantener el suelo en su sitio y secuestrar carbono. Los policultivos también son menos vulnerables a las plagas y a la ya actual meteorología extrema. Un bene cio añadido de este tipo de cultivo es que requiere un trabajo mucho más intensivo que la agricultura industrial, lo que signi ca que la

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agricultura puede volver a convertirse en una fuente de empleo importante para las comunidades rurales a las que se ha descuidado durante tanto tiempo.

Al margen de lo que se diga en la conferencia de Heartland y otros encuentros de ideología similar, el regreso de la plani cación no es algo que debamos temer. El experimento de treinta y tantos años con la economía no regulada del lejano Oeste no está funcionando para la gran mayoría de las personas de todo el mundo. Estos fracasos sistémicos son precisamente la razón por la que tantos se están rebelando contra las élites y exigiendo salarios dignos, el n de la corrupción y una democracia real. El cambio climático no entra en absoluto en con icto con exigir un nuevo tipo de economía, sino que, en realidad, aporta un imperativo existencial.

3. CONTROLAR A LAS CORPORACIONES

Un elemento clave de la plani cación que debemos llevar a cabo tiene que ver con regulaciones nuevas y rápidas del sector corporativo. Es mucho lo que se puede lograr a base de incentivos, como, por ejemplo, subsidios para las energías renovables y la administración responsable de las tierras. Pero también vamos a tener que retomar el hábito de prohibir los comportamientos que sean descaradamente peligrosos y destructivos. Eso signi ca interponerse en el camino de las corporaciones en muchos frentes, desde imponer límites estrictos a los volúmenes de carbono que pueden emitir las corporaciones hasta prohibir aperturas de fábricas alimentadas por carbón, tomar medidas contra las explotaciones ganaderas de engorde o eliminar de forma gradual los proyectos contaminantes de extracción energética (empezando por la cancelación de nuevos oleoductos y otros proyectos de infraestructuras que, de construirse, asegurarían sus planes de expansión).

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Solo un pequeño sector de la población cree que cualquier restricción que se imponga a las corporaciones o a los consumidores nos llevará por el camino de servidumbre de Hayek, y no es una coincidencia que precisamente este sector de la población ocupe la primera línea del negacionismo climático.

4. RELOCALIZAR LA PRODUCCIÓN

Si la regulación estricta de las corporaciones como respuesta ante el cambio climático suena a medida más o menos radical, ello se debe a que, desde principios de la década de 1980, se ha considerado un artículo de fe que el papel del Gobierno consiste en dejar vía libre al sector corporativo, especialmente en lo que concierne al comercio internacional. Las devastadoras consecuencias que el libre comercio ha comportado para la fabricación, las empresas locales y la agricultura son por todos conocidas, pero es probable que sea la atmósfera la que se haya llevado la peor parte. Los barcos cargueros, los aviones jumbo y los camiones pesados que transportan materias primas y productos acabados a lo largo y ancho del mundo devoran combustibles fósiles y escupen gases de efecto invernadero. Y los productos baratos que se fabrican —hechos para ser sustituidos, casi nunca reparados— consumen una enorme variedad de otros recursos no renovables a la vez que generan muchos más desperdicios de los que se pueden absorber de forma segura.

De hecho, este modelo es tan derrochador que anula todos los modestos avances que se han logrado en materia de reducción de emisiones. Por ejemplo, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publicó hace poco un estudio sobre las emisiones de los países industrializados que rmaron el Protocolo de Kioto en el que se había observado que, a pesar de que las emisiones se habían estabilizado, ello se debía en parte a que el comercio internacional había permitido que dichos países trasladaran su producción contaminante a lugares como China.

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Los investigadores concluyeron que el aumento de las emisiones surgido de los productos que se fabricaron en países en vías de desarrollo para su consumo en países industrializados era «seis veces superior» a las reducciones de las emisiones de los países industrializados.

En una economía diseñada para respetar los límites de la naturaleza, el uso del transporte de largo recorrido y el gran consumo energético deberían racionarse de forma que se reservaran para determinados productos que no se pueden producir de forma local, o en los casos en los que la producción local dependa más del carbón. (Por ejemplo, cultivar alimentos en invernaderos en zonas frías de Estados Unidos a menudo conlleva un mayor consumo energético que cultivarlos en el sur y transportarlos mediante trenes ligeros.)

El cambio climático no exige que se ponga n al comercio. Lo que sí exige es que demos un repaso general al temerario estilo del «libre comercio» que se aplica a todos los acuerdos bilaterales de comercio y al que se acoge la Organización Mundial del Comercio. Si se hace con criterio, serán buenas noticias para los trabajadores desempleados, para los granjeros que son incapaces de competir con las importaciones baratas, para las comunidades que han visto cómo sus fábricas locales se han trasladado al extranjero y los pequeños comercios han sido sustituidos por hipermercados. Pero no debemos subestimar el desa o que ello supone para el proyecto capitalista, ya que implica revertir la tendencia de los últimos treinta años de eliminar todos los límites posibles al poder corporativo.

5. TERMINAR CON EL CULTO A LAS COMPRAS

Las últimas tres décadas de libre comercio, desregularización y privatización no nacieron únicamente de un grupo de avariciosos que querían incrementar su lucro empresarial. También surgieron como respuesta a la «estan ación» de la década de 1970, que generó

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una fuerte presión por hallar nuevas vías de crecimiento económico rápido. La amenaza era real: en nuestro modelo

económico  actual, una caída en la producción supone,  por

de      nición,        una crisis, es decir, una recesión o, de ser lo

su      cientemente grave, una depresión, con toda la desesperación y

di      cultades que implican dichas palabras.        

         Esta necesidad imperiosa de crecimiento está detrás        del

enfoque que siempre adoptan los economistas convencionales en relación con la crisis climática y que sintetizan en la siguiente pregunta: ¿cómo reducimos las emisiones a la vez que mantenemos un crecimiento sólido del PIB? La respuesta habitual es mediante la «disociación», la idea de que la energía renovable y unas e ciencias más elevadas nos permitirán desacoplar el crecimiento económico de su impacto en el medio ambiente. Y los defensores del «crecimiento verde», como omas Friedman, nos aseguran que el proceso de desarrollar nuevas tecnologías ecológicas y de instalar infraestructuras verdes proporcionarán un enorme impulso económico, aumentarán de forma exponencial el PIB y generarán la riqueza necesaria para «hacer de Estados Unidos un país más saludable, rico, innovador, productivo y estable».

Pero aquí es donde se complican las cosas. Existe un corpus de investigación económica cada vez más extenso sobre el con icto entre el crecimiento económico desenfrenado y una política climática sólida, encabezado por el economista ecológico Herman Daly, de la Universidad de Maryland, Peter Victor, de la Universidad de York, Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, y el experto en derecho y políticas medioambientales Gus Speth. Todos expresan serias dudas sobre la viabilidad de que los países industrializados alcancen los profundos recortes de emisiones exigidos por la ciencia —alcanzar la huella de carbono cero antes de mediados de siglo— a la vez que siguen impulsando el crecimiento de sus economías incluso al desacelerado ritmo actual. Según Victor y Jackson, una e ciencia mayor

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sencillamente no puede seguir el ritmo del crecimiento, en parte porque una mayor e ciencia casi siempre viene acompañada de más consumo, lo que reduce o incluso contrarresta los avances (algo que a menudo se conoce como la «paradoja de Jevons»). Y mientras que los ahorros obtenidos de una mayor e ciencia energética y material se sigan invirtiendo en el impulso del crecimiento exponencial de la economía, la reducción de las emisiones totales se verá frustrada. Tal como plantea Jackson en Prosperity Without Growth [Prosperidad sin crecimiento]: «Los que promueven la disociación como una vía de escape del dilema del crecimiento deben prestar más atención a las evidencias históricas y a la aritmética básica del crecimiento».

La conclusión es que una crisis ecológica cuyas raíces se encuentran en el consumo excesivo de los recursos naturales no se puede abordar solo desde la optimización de la e ciencia de las economías, sino que también depende de la reducción del volumen de objetos materiales que consumen el 20  % de las personas más ricas del planeta. Pero esta idea es un anatema para las grandes corporaciones que dominan la economía global, que a su vez están controladas por inversores poco comprometidos que exigen unos bene cios más elevados año tras año. Así las cosas, nos encontramos atascados en un insostenible aprieto en el que, en palabras de Jackson, o bien «destruimos el sistema o destrozamos el planeta».

La única salida es abrazar una transición gestionada hacia otro paradigma económico sirviéndonos de todas las herramientas de plani cación que acabamos de mencionar. Los aumentos de consumo deberían reservarse para todos los países que todavía están saliendo de la pobreza. Mientras, en el mundo industrializado, cualquier sector que no se rija por el objetivo de obtener bene cios anuales cada vez mayores (el sector público, las cooperativas, los pequeños negocios o las organizaciones sin ánimo de lucro) verían ampliada su participación en la actividad económica total, y lo mismo ocurriría en los sectores que generan

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un impacto ambiental mínimo pero que proporcionan enormes bene cios para el bienestar (como la enseñanza, las profesiones de cuidados y las actividades de ocio). De esta forma se crearía una gran cantidad de empleo, pero el papel del sector corporativo, con su exigencia estructural de incrementos en las ventas y los bene cios, debería contraerse, especialmente los segmentos cuyas fortunas están asociadas de forma inextricable a la extracción de recursos.

Por lo tanto, cuando la cuadrilla de Heartland reacciona ante las evidencias del cambio climático provocado por la actividad humana como si el propio capitalismo estuviera siendo amenazado, no es porque sean paranoicos, sino porque están prestando atención.

6. COBRAR IMPUESTOS A LOS RICOS Y A LOS SUCIOS

Es más o menos aquí cuando cualquier líder sensato preguntaría: ¿cómo demonios vamos a costear todo esto? Antes, la respuesta habría sido sencilla: con más crecimiento. Y es que, para las élites, una de las ventajas más importantes de las economías basadas en el crecimiento es que se pueden permitir eludir de forma continuada cualquier exigencia sobre justicia económica, ya que dicen que, si seguimos haciendo crecer el pastel, al nal habrá para todos. Eso siempre ha sido mentira, tal como lo demuestra la crisis de desigualdad actual, pero en un mundo que se está topando con toda una serie de límites ecológicos, esta premisa es ya del todo impensable. Y por eso la única forma de nanciar una reacción signi cativa ante la crisis ecológica es ir adonde está el dinero.

Es decir: hay que imponer impuestos al carbón y a la especulación nanciera; hay que subir los impuestos a las corporaciones y a los ricos; recortar los in ados presupuestos de los ejércitos y eliminar los absurdos subsidios para la industria de los combustibles fósiles (veinte mil millones de dólares al año solo

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en Estados Unidos). Y los Gobiernos tendrán que coordinar sus respuestas para que las corporaciones no tengan dónde esconderse. (Este tipo de robusta arquitectura de regulación internacional es a lo que se re ere el grupo de Heartland cuando advierten de que el cambio climático impondrá un siniestro «Gobierno mundial».)

Sin embargo, lo más importante es ir tras los bene cios de las principales corporaciones culpables de habernos metido en este lío. Las cinco empresas petroleras más grandes del mundo obtuvieron novecientos mil millones de dólares de bene cios en la última década; ExxonMobil por sí sola es capaz de agenciarse unos bene cios de diez mil millones de dólares en un trimestre. Durante años, estas empresas han prometido utilizar sus bene cios para invertir en el cambio hacia energías renovables (el ejemplo más sonado fue la campaña de cambio de imagen de BP llamada «Beyond Petroleum»). Pero según un estudio llevado a cabo por el Centro para el Progreso Estadounidense (CAP, por sus siglas en inglés), solo el 4 % de los bene cios obtenidos en 2008 por estas cinco principales empresas, que sumaron cien mil millones de dólares, se invirtieron en «proyectos de energías renovables y alternativas». En lo que sí han invertido sus bene cios es en seguir llenando los bolsillos de sus accionistas, en salarios escandalosos para ejecutivos y en nuevas tecnologías diseñadas para extraer combustibles fósiles todavía más contaminantes y peligrosos. También se han gastado grandes sumas en contratar los servicios de grupos de presión para echar por tierra todas y cada una de las legislaciones climáticas que han asomado la cabeza, y en nanciar el movimiento negacionista que se reúne en el Hotel Marriott.

De igual forma que se ha obligado a las tabacaleras a asumir los costes derivados de ayudar a la gente a dejar de fumar, y BP ha tenido que costear gran parte de las tareas de limpieza en el golfo de México, ya es hora de que el principio «contaminador-pagador» se aplique al cambio climático. Además de imponer unos impuestos más elevados a los contaminadores, los Gobiernos

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tendrán que negociar unas tasas de regalía mucho más elevadas para que una menor extracción de combustibles fósiles genere más ingresos públicos para costear el camino hacia nuestro futuro poscarbono (y los elevados costes del cambio climático que ya tenemos encima). Puesto que podemos estar seguros de que las corporaciones se opondrán a cualquier nueva regulación que afecte a sus bene cios, la nacionalización, ese gran tabú del libre mercado, no se puede descartar.

Cuando la cuadrilla de Heartland a rma, como hace con frecuencia, que el cambio climático es un complot para «redistribuir la riqueza» y desatar la lucha de clases, este es el tipo de políticas a las que más temen. También entienden que, en cuanto se reconozca la realidad del cambio climático, la riqueza deberá ser transferida no solo dentro de los países ricos, sino también desde los países ricos cuyas emisiones crearon la crisis a los países pobres que se encuentran en primera línea ante sus efectos. Lo cierto es que la razón por la que los conservadores (y muchos liberales) están tan ansiosos por enterrar las negociaciones climáticas de las Naciones Unidas es que estas han hecho resurgir un sentimiento anticolonial en algunos países en vías de desarrollo que muchos creían que había desaparecido para siempre. Armados con verdades cientí cas irrefutables sobre en quién recae la responsabilidad del cambio climático y quiénes están siendo los primeros afectados y los más castigados por sus consecuencias, países como Bolivia y Ecuador están tratando de zafarse del papel de «deudor» que se les ha impuesto a base de décadas de créditos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y se están autoproclamando acreedores a quienes se les debe no solo dinero y tecnología para hacer frente al cambio climático, sino también «espacio atmosférico» en el que poder desarrollarse.

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Recapitulemos. Responder al cambio climático exige que rompamos todas las reglas del manual de estrategia del libre mercado y que lo hagamos a la máxima brevedad posible. Tendremos que reconstruir la esfera pública, revertir privatizaciones, relocalizar grandes parcelas de la economía, reducir el consumo excesivo, recuperar la plani cación a largo plazo, regular e imponer impuestos contundentes a las corporaciones e incluso tal vez nacionalizar algunas de ellas, recortar el gasto militar y reconocer nuestras deudas con el sur global. Naturalmente, las esperanzas de que todo esto ocurra serán nulas a menos que venga acompañado de un esfuerzo masivo y transversal por reducir drásticamente la in uencia de las corporaciones sobre los procesos políticos, lo cual signi ca, como mínimo, que las elecciones se nancien con fondos públicos y que se elimine el estatus de «persona» de las corporaciones ante la ley. En pocas palabras: el cambio climático fortalece los argumentos preexistentes de prácticamente todas las exigencias progresistas y las uni ca bajo un programa coherente cuyos cimientos son un claro imperativo cientí co.

Y, sobre todo, el cambio climático materializa el mayor «Te lo dije» político desde que Keynes predijo la reacción negativa de Alemania ante el Tratado de Versalles. Marx escribió sobre la «ruptura irreparable» del capitalismo con «las leyes naturales de la propia vida», y muchos integrantes de la izquierda han sostenido que un sistema económico que se basa en dar carta blanca a los voraces apetitos del capital terminaría desbordando los sistemas naturales de los que depende la vida. Y, por supuesto, los pueblos indígenas venían advirtiendo de los peligros de interrumpir los ciclos naturales desde mucho antes. El hecho de que los residuos del capitalismo industrial que otan en el aire estén calentando el planeta con resultados potencialmente catastró cos signi ca que, al nal, los del otro bando llevaban razón. Y todos los que dijeron «Venga, vamos a eliminar todas las reglas y a sentarnos a ver cómo

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se obra el milagro» estaban terrible y devastadoramente equivocados.

Tener razón sobre algo tan aterrador no le hace ilusión a nadie. Pero a los progresistas nos hace sentir responsables, porque signi ca que nuestras ideas, moldeadas tanto por las enseñanzas indígenas como por los fracasos del socialismo de Estado industrial, son más importantes que nunca. Signi ca que la visión del mundo verde y de izquierdas que rechaza el mero reformismo y planta cara al centralismo del bene cio de nuestra economía es la que ofrece a la humanidad la esperanza más prometedora de superar estas crisis solapadas.

Pero imaginemos por un momento cómo ve todo esto alguien como Joseph Bast, el presidente de Heartland, alguien que estudió economía en la Universidad de Chicago y que me dijo que su vocación personal era «liberar a unos de la tiranía de los otros». A sus ojos, parece el n del mundo. Y desde luego que no lo es, pero a todos los efectos, sí es el n de «su» mundo. El cambio climático hace volar por los aires el andamio ideológico que sostiene al conservadurismo contemporáneo. Sencillamente, es imposible que un sistema de creencias que vilipendia la acción colectiva y venera la libertad total del mercado se adecúe a un problema que exige una acción colectiva de una envergadura nunca vista y un control drástico de las fuerzas del mercado que crearon y siguen empeorando la crisis.

En la conferencia de Heartland, donde todos —desde el Ayn Rand Institute hasta la Heritage Foundation— tienen un puesto para vender libros y pan etos, este nerviosismo está a or de piel. Bast habla abiertamente de que la campaña de Heartland contra la climatología surgió del miedo ante las políticas que exigiría la ciencia. «Cuando observamos este problema, decimos: “Es una receta para un agrandamiento colosal del Gobierno. […] Antes de dar ese paso, repasemos la ciencia”. Así que los grupos

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conservadores y libertarios, creo, pararon y dijeron: “No nos limitemos a aceptar esto como un artículo de fe; hagamos nuestros propios estudios”.» Es de vital importancia entender esto: lo que guía a los negacionistas no es la oposición a las verdades cientí cas del cambio climático, sino la oposición a las implicaciones de dichas verdades en el mundo real.

Aunque no sea consciente de ello, Bast está describiendo un fenómeno que está llamando mucho la atención a un creciente subgrupo de cientí cos sociales que trata de explicar los drásticos cambios de opinión acerca del cambio climático. Los investigadores del Cultural Cognition Project [Proyecto de Cognición Cultural] de la Universidad de Yale han observado que la visión política  /  cultural personal explica «las creencias de los individuos sobre el calentamiento global con mucha más e cacia que cualquier otra característica individual».

Las personas cuya visión del mundo es eminentemente «igualitaria» y «comunitaria» (caracterizada por la inclinación hacia la acción colectiva y la justicia social, la preocupación por las desigualdades y la descon anza hacia el poder corporativo) aceptan mayoritariamente el consenso cientí co sobre el cambio climático. Por el contrario, quienes sostienen una visión del mundo eminentemente «jerárquica» e «individualista» (caracterizada por la oposición a que el Gobierno atienda a las personas pobres y a las minorías, un respaldo inequívoco a la industria y la creencia de que cada uno tiene lo que se merece) rechazan mayoritariamente el consenso climático.

Por ejemplo, entre el segmento de la población estadounidense que presenta una visión «jerárquica» más acusada, solo el 11  % considera que el cambio climático es un «riesgo grave», en comparación con el 69  % del segmento que presenta una visión «igualitaria» más acusada. El profesor de derecho de la Universidad de Yale Dan Kahan, autor principal de este estudio, atribuye la fuerte correlación entre «la visión del mundo» y la aceptación de la climatología a la «cognición cultural». Este

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concepto hace referencia al proceso mediante el cual todas las personas, independientemente de nuestras inclinaciones políticas, ltramos la información nueva de formas diseñadas para proteger nuestra «visión preferida de cómo es una buena sociedad». Tal como Kahan explicó en Nature, «a las personas nos resulta desconcertante creer que un comportamiento que consideramos noble es en realidad perjudicial para la sociedad, y que el comportamiento que consideramos vulgar es en realidad bene cioso. Dado que aceptar esta idea podría crear una brecha entre nosotros y quienes nos rodean, presentamos una fuerte predisposición emocional a rechazarla». En otras palabras: siempre es más fácil negar la realidad que ver cómo tu visión del mundo se hace añicos, algo que aplica tanto a los estalinistas más fervientes en el momento álgido de las purgas como a los negacionistas climáticos libertarios de hoy.

Cuando se cuestiona una ideología robusta con evidencias concluyentes procedentes del mundo real, raramente se extingue por completo, sino que más bien pasa a convertirse en sectaria y marginal. Siempre quedan creyentes acérrimos que se dicen unos a otros que el problema no era la ideología, sino la debilidad de los líderes que no aplicaron las reglas con el rigor necesario. Encontramos a este tipo de personas en la izquierda estalinista, y también las hay en la derecha neonazi. Llegados a este punto de la historia, los fundamentalistas del libre mercado deberían haber sido exiliados a un estatus parecido de marginalidad en el que se dedicaran a acariciar sus estimadas copias de Libre para elegir y La rebelión de Atlas en la oscuridad; pero se han salvado de tal destino porque sus ideas sobre un Gobierno mínimo, por muy demostrado que haya quedado que están reñidas con la realidad, siguen resultando tan sumamente bene ciosas para los multimillonarios de todo el mundo que tipos como Charles y David Koch y ExxonMobil siguen procurándoles vestimenta y alimentos en sus laboratorios de ideas.

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Esto apunta a los límites de teorías como la cognición cultural. Los negacionistas no se están limitando a proteger su visión cultural del mundo, sino que están protegiendo unos poderosos intereses que se bene cian enormemente de enturbiar las aguas del cambio climático. Los lazos entre los negacionistas y dichos intereses son por todos conocidos y están bien documentados. Heartland ha recibido más de un millón de dólares de ExxonMobil y de fundaciones vinculadas a los hermanos Koch y a Richard Mellon Scaife (y seguramente muchos más, pero este laboratorio de ideas ha dejado de publicar los nombres de sus donantes con la excusa de que esta información estaba distrayendo la atención de los «méritos de nuestras posiciones»).[5]

Y casi todos los cientí cos que dan charlas en las conferencias climáticas de Heartland están tan rodeados de dólares procedentes de los combustibles fósiles que prácticamente se puede oler el humo. Para citar solo dos ejemplos, Patrick Michaels, del Instituto Cato, principal ponente de la conferencia, una vez declaró a la CNN que el 40  % de los bene cios de su consultoría procedía de empresas petrolíferas, y quién sabe qué proporción del resto procede del carbón. Una investigación de Greenpeace sobre otro de los ponentes de la conferencia, el astro sico Willie Soon, reveló que entre 2002 y 2011, el cien por cien de sus nuevas becas de investigación había procedido de fuentes con intereses en los combustibles fósiles. Y las empresas de combustibles fósiles no son los únicos intereses económicos con grandes motivaciones para sabotear la climatología. Si resolver esta crisis exige someter el orden económico al tipo de cambio profundo que he descrito, entonces todas y cada una de las grandes corporaciones que se bene cian de una regulación poco estricta, del libre comercio y de unos impuestos bajos tienen razones para tener miedo.

Con tanto en juego, a nadie debería sorprenderle que los negacionistas climáticos sean, en su mayoría, los que están más enraizados en el statu quo económico tan sumamente desigual y disfuncional en que vivimos. Una de las observaciones más

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interesantes que nos proporcionan los estudios sobre percepciones climáticas es la evidente conexión entre la negación a aceptar los datos cientí cos del cambio climático y el privilegio social y económico. En su gran mayoría, los negacionistas climáticos no solo son conservadores, sino que también son blancos y hombres, un grupo cuyos ingresos se encuentran por encima de la media. Y tienen más posibilidades que otros adultos de sentirse muy seguros de sus opiniones, por muy mani estamente falsas que sean. Un artículo que armó mucho revuelo sobre este tema, escrito por Aaron McCright y Riley Dunlap (al que pusieron el memorable título de Cool Dudes [Tíos guais]), observó que era seis veces más probable que los hombres blancos conservadores seguros de sí mismos, como grupo, creyeran que el cambio climático «no ocurrirá nunca» que el resto de los adultos encuestados. McCright y Dunlap explican esta discrepancia de una manera muy sencilla: «Los hombres blancos conservadores han ocupado posiciones de poder de forma desproporcionada en nuestro sistema económico. Dado el amplio desa o que el cambio climático plantea al sistema económico capitalista industrial, no debería sorprendernos que las fuertes actitudes que los hombres blancos conservadores emplean para justi car el sistema se activen para negar el cambio climático».

Pero el relativo privilegio económico y social de los negacionistas no solo signi ca que tengan más que perder ante un orden económico nuevo, sino que les proporciona una razón para ser más entusiastas sobre los riesgos del cambio climático. Esta idea se me ocurrió mientras escuchaba cómo otro ponente de la conferencia de Heartland demostraba lo que solo se puede describir como una profunda falta de empatía para con las víctimas de las perturbaciones climáticas. Larry Bell, cuya biogra a lo describe como «arquitecto espacial», arrancó un montón de carcajadas al decir al público que un poco de calor no está tan mal: «¡Yo me mudé a Houston precisamente por eso!» (en ese momento, Houston se encontraba inmerso en lo que

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terminaría siendo el año con la peor sequía registrada en la historia del estado). El geólogo australiano Bob Carter dijo que «en realidad, desde el punto de vista humano, al mundo le va mejor en las épocas cálidas». Y Patrick Michaels a rmó que las personas que se preocupan por el cambio climático deberían seguir el ejemplo de lo que hicieron los franceses tras la devastadora ola de calor de 2003 que mató a catorce mil ciudadanos de Francia: «descubrieron Walmart y el aire acondicionado».

Escuchar todas estas ocurrencias mientras se estimaba que trece millones de personas del Cuerno de África luchan contra el hambre en unas tierras completamente secas resultaba de lo más inquietante. Lo que da pie a esta frialdad es la rme creencia de que, si los negacionistas se equivocan en cuanto al cambio climático, unos cuantos grados de calentamiento no es algo por lo que los ricos de los países industrializados deban preocuparse. («Cuando llueve, nos resguardamos. Cuando hace calor, nos ponemos a la sombra», explicó el congresista de Texas Joe Barton en una audiencia ante el subcomité de energía y medio ambiente.)

Y bueno, en cuanto a todos los demás, deberían dejar de buscar limosnas y ocuparse de salir de la pobreza. Cuando le pregunté a Michaels si los países ricos tenían la responsabilidad de ayudar a los pobres a costear su adaptación a un clima más cálido, se mofó de la idea y dijo que no había que dar dinero a los países pobres «porque, por alguna razón, su sistema político es incapaz de adaptarse». La solución real, defendió, pasa por incrementar el libre comercio.

Es aquí donde la intersección entre la ideología de extrema derecha y la negación climática se vuelve verdaderamente peligrosa. No es solo que estos «tíos guais» nieguen la climatología porque amenaza con derrocar su visión del mundo basada en la dominación, sino que esta visión del mundo les proporciona las herramientas intelectuales necesarias para dar por perdidos a

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grandes segmentos de población procedente de países en vías de desarrollo. Es un imperativo que reconozcamos la amenaza que supone esta mentalidad exterminadora de empatía, porque el cambio climático pondrá a prueba nuestra fuerza moral como pocos otros momentos de la historia. La Cámara de Comercio de Estados Unidos, en su empeño por evitar que la Agencia de Protección Ambiental regule las emisiones de carbono, argumentó en una petición que, en un escenario de calentamiento global, «las poblaciones pueden habituarse a unos climas más cálidos mediante una serie de adaptaciones de comportamiento, psicológicas y tecnológicas». Y estas adaptaciones son las que más me preocupan.

¿Cómo nos adaptaremos a las personas que pierdan sus hogares y empleos a manos de unos desastres naturales cada vez más intensos y frecuentes? ¿Cómo trataremos a los refugiados climáticos que lleguen a nuestras costas en barcas agujereadas? ¿Abriremos las fronteras y reconoceremos que hemos creado la crisis de la que huyen? ¿O construiremos fortalezas de tecnología cada vez más avanzada y adoptaremos unas leyes antiinmigración todavía más draconianas? ¿Cómo lidiaremos con la escasez de recursos?

Ya conocemos las respuestas. La cruzada corporativa por hacerse con unos recursos escasos se volverá más rapaz, más violenta. Las tierras arables de África seguirán siendo expoliadas para proporcionar alimentos y combustible a los países más ricos. Las sequías y la hambruna seguirán usándose como pretexto para fomentar el uso de semillas genéticamente modi cadas, lo que endeudará todavía más a los agricultores. Trataremos de superar el pico petrolero y de gas utilizando tecnologías cada vez más peligrosas para extraer las últimas gotas, convirtiendo fragmentos cada vez más grandes de nuestro planeta en zonas de sacri cio. Forti caremos nuestras fronteras e intervendremos en con ictos de otros países en busca de recursos, o bien iniciaremos los con ictos nosotros mismos. Las llamadas «soluciones climáticas

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de libre mercado» serán un imán para la especulación, el fraude y el capitalismo de amigotes, como ya estamos viendo con el comercio de carbono y el uso de los bosques como compensadores de carbono. A medida que el cambio climático empiece a afectar no solo a los pobres, sino también a los ricos, recurriremos cada vez más a las soluciones tecnológicas para bajar las temperaturas, lo que traerá consigo unos riesgos colosales e impredecibles.

A medida que el mundo se caliente, la ideología reinante del sálvese quien pueda que nos dice que las víctimas se merecen lo que les toque, y que podemos dominar la naturaleza, nos llevará a un lugar verdaderamente frío. Y seguirá enfriándose a medida que las teorías de superioridad racial, apenas ocultas en ciertos sectores del movimiento negacionista, regresen con fuerza. Porque esas teorías no son opcionales, sino que son necesarias para justi car el endurecimiento de los corazones ante las víctimas del calentamiento global, en su mayoría inocentes, del sur global y de ciudades predominantemente afroamericanas como Nueva Orleans.

En La doctrina del shock (2007) exploro cómo la derecha se ha servido sistemáticamente de crisis tanto reales como fabricadas para impulsar un proyecto ideológico brutal que no está diseñado para resolver los problemas que crearon la crisis, sino para enriquecer a las élites. Cuando se empiece a notar la mordida del cambio climático, no será una excepción. Lo que va a suceder es absolutamente predecible. El sistema actual ha sido diseñado para hallar nuevas formas de privatizar los bienes comunes y bene ciarse de las catástrofes.

El único comodín que queda sobre la mesa es ver si algún movimiento popular compensatorio dará un paso hacia delante para proporcionar una alternativa viable a este sombrío futuro. Y eso no signi ca únicamente plantear un conjunto alternativo de propuestas políticas, sino una visión alternativa del mundo que plante cara a la visión vertebradora de la crisis ecológica; es decir, una perspectiva que se fundamente en la interdependencia y no en

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el hiperindividualismo, en la reciprocidad y no en la dominancia, en la cooperación y no en la jerarquía.

Es cierto que cambiar los valores culturales no es tarea fácil. Requiere el tipo de visión ambiciosa por la que los movimientos solían luchar hace un siglo, antes de que todo se clasi cara como «problemas» individuales que debían ser abordados por el sector correspondiente de organizaciones no gubernamentales de mentalidad empresarial. El cambio climático es, según las palabras del Stern Review on the Economics of Climate Change, «el mayor ejemplo del fracaso de un mercado jamás visto». Lo lógico sería que esta realidad hinchara las velas del proyecto progresista con convicción e infundiera una energía y una urgencia renovadas en las batallas que llevamos tanto tiempo librando contra el libre comercio corporativista, la especulación nanciera, la agricultura industrial o las deudas del Tercer Mundo, mientras integramos con elegancia estas luchas en un relato coherente sobre cómo debemos proteger la vida en la Tierra.

Pero eso no ha pasado, o al menos no todavía. La agria ironía está en que mientras que el grupo de Heartland está ocupado a rmando que el cambio climático es una conspiración de la izquierda, la mayoría de las personas de izquierdas todavía no se han dado cuenta de que la climatología les ha proporcionado el argumento más poderoso contra el capitalismo desde los «oscuros molinos satánicos» de William Blake (unos molinos que, por supuesto, marcaron el inicio del cambio climático). Cuando los manifestantes condenan la corrupción de sus Gobiernos y de las élites corporativistas en Atenas, Madrid, El Cairo, Madison y Nueva York, el cambio climático no suele provocar más que una herida super cial, cuando debería ser el golpe de gracia.

La mitad del problema es que los progresistas, hasta arriba de trabajo con la lucha contra las exclusiones económicas y raciales sistémicas, por no hablar de una y otra guerra, tienden a asumir

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que los grandes grupos ecologistas tienen la cuestión climática bajo control. La otra mitad es que muchos de los grupos ecologistas más grandes han rehuido, con precisión fóbica, todo debate serio sobre las raíces de las crisis climáticas más evidentes: la globalización, la desregularización y la búsqueda del crecimiento perpetuo del capitalismo contemporáneo (las mismas fuerzas que son responsables de tanta destrucción en el resto de la economía). La consecuencia es que los que se enfrentan a los fracasos del capitalismo y los que luchan por la acción climática siguen siendo dos grupos aislados, y solo el movimiento pequeño pero ambicioso que lucha por la justicia climática está tendiendo algunos puentes oscilantes entre ellos (al establecer conexiones entre el racismo, la desigualdad y la vulnerabilidad medioambiental).

Y mientras, la derecha ha tenido vía libre para explotar la crisis económica global que estalló en 2008 y presentar la acción climática como una receta para el apocalipsis económico, es decir, como la forma segura de incrementar el coste de la vida cotidiana y de bloquear la creación de empleos nuevos y muy necesarios en la extracción de petróleo y en la instalación de nuevos oleoductos. Y dada la ausencia casi absoluta de voces que ofrezcan una visión diferente que explique cómo un nuevo paradigma económico podría sacarnos de las crisis económica y ecológica, al discurso del miedo no le han faltado adeptos.

Lejos de aprender de los errores del pasado, una facción poderosa del movimiento ecologista está presionando para que se siga avanzando en el mismo calamitoso camino con el argumento de que, para ganar la batalla climática, hay que hacer que la causa sea más digerible para los valores conservadores. Esto es lo que

de ende el Breakthrough Institute, una institución deliberadamente centrista que está llamando al movimiento a apoyar la agricultura industrial y la energía nuclear en detrimento de la agricultura agroecológica y las energías renovables descentralizadas. También lo oímos de varios de los investigadores

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que estudian el auge de la negación climática. Algunos, como Kahan, de la Universidad de Yale, señalan que, aunque las personas que presentan un per l marcadamente «jerárquico» e «individualista» frenan en seco ante cualquier mención de regulación, suelen simpatizar con las tecnologías centralizadas de gran envergadura que con rman su creencia de que los humanos pueden dominar la naturaleza. Por eso, según Kahan y otros, los ecologistas deberían empezar a centrarse en respuestas como las energías nucleares y la geoingeniería (es decir, la intervención deliberada en el sistema climático para contrarrestar el calentamiento global) y dar importancia a las preocupaciones sobre la seguridad nacional.

El primer problema de esta estrategia es que no funciona. Durante años, los grandes grupos ecologistas han planteado la acción climática como una forma de imponer la «seguridad energética», mientras que las «soluciones de libre mercado» son prácticamente las únicas que están sobre la mesa en Estados Unidos. Y, mientras tanto, el negacionismo ha subido como la espuma. Sin embargo, el problema más preocupante de este enfoque es que, más que plantar cara a los valores aviesos que alimentan el negacionismo, los refuerza. La energía nuclear y la geoingeniería no son formas de solucionar la crisis ecológica: lo que hacen es redoblar exactamente el tipo de pensamiento arrogante a corto plazo que nos ha metido en este lío.

Un movimiento social transformador no tiene la obligación de tranquilizar a los miembros de una élite aterrorizada y megalómana diciéndoles que siguen siendo los amos del universo. Tampoco es necesario hacerlo. Es cierto que este grupo demográ co está abrumadoramente sobrerrepresentado en las posiciones de poder, pero la solución al problema no pasa por que la mayoría de la gente cambie de ideas y de valores. La solución está en tratar de cambiar la cultura para que esta minoría, pequeña pero in uyente de una forma desproporcionada, y su

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temeraria visión del mundo, ejerzan un poder signi cativamente menor.

Algunos miembros del bando a favor del clima están presionando con fuerza contra la estrategia del apaciguamiento. Tim DeChristopher, que pasó dos años en la cárcel en Utah por alterar una licitación de servicios petrolíferos y de gas, se pronunció acerca del argumento de la derecha de que la acción climática supondría un vuelco para la economía. «Creo que deberíamos aceptar los cargos —dijo en una entrevista—. No, no queremos desbaratar la economía, pero sí, queremos darle la vuelta. No debemos esconder la visión de lo que queremos cambiar, del mundo saludable y justo que queremos crear. No buscamos cambios pequeños: queremos un cambio radical de la economía y de la sociedad. —A lo que añadió—: Creo que en cuanto empecemos a hablar de ello, encontraremos más aliados de los que creemos.»

Cuando DeChristopher articuló su idea de un movimiento climático fusionado con un movimiento que exija una transformación económica profunda, a la mayoría le sonó a fantasía. Hoy suena profético. Y resulta que hay muchas personas que han estado sedientas de este tipo de transformación en muchos frentes, desde los más prácticos a los espirituales.

Y ya se están formando nuevas conexiones políticas. La organización Rainforest Action Network, que ha enfocado sus acciones en el Bank of America porque nancia la industria del carbón, ha unido su causa con los activistas de Occupy que se están enfrentando al banco por sus ejecuciones inmobiliarias. Los activistas que se oponen a la fracturación hidráulica han señalado que el mismo modelo económico que está detonando los cimientos de la Tierra para que el gas siga uyendo está también detonando los cimientos de la sociedad para que los bene cios sigan uyendo. Y luego es el movimiento histórico contra el Oleoducto

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Keystone XL, que este otoño ha sacado el movimiento climático de los despachos de los grupos de presión con decisión y lo ha llevado a la calle (y a la cárcel). Los miembros del movimiento anti-Keystone han dicho que todo aquel a quien le preocupe que las corporaciones se hagan con el control de la democracia no tiene más que jarse en el proceso corrupto que llevó al Departamento de Estado a concluir que instalar un oleoducto que transportara petróleo de arenas bituminosas contaminante a lo largo de algunos de los terrenos más sensibles del país generaría «escasos impactos ambientales adversos». En palabras de Phil Aroneanu, de 350.org: «Si Wall Street está ocupando el Departamento de Estado del presidente Obama y las salas del Congreso, ha llegado el momento de que el pueblo ocupe Wall Street».

Pero estas conexiones van más allá de una crítica compartida del poder corporativo. Mientras que los miembros de Occupy se plantean qué tipo de economía debería construirse para apartar la que se está desmoronando a nuestro alrededor, muchos hallan inspiración en la red de economías alternativas ecológicas que ha echado raíces en la última década (en los proyectos de energías renovables controlados por las comunidades, en la agricultura y los mercados de productos frescos respaldados también por las comunidades, en iniciativas económicas de ámbito local que han devuelto muchas calles principales a la vida, y en el sector cooperativista).

Estos modelos económicos no solo generan empleo y revitalizan comunidades a la vez que reducen las emisiones, sino que lo hacen de una forma que distribuye el poder; son la antítesis de la economía del y para el 1  %. Omar Freilla, uno de los fundadores de Green Worker Cooperatives, de South Bronx, me dijo que la experiencia de democracia directa en la que miles de personas se están involucrando en las plazas y los parques en el contexto de los movimientos contra la austeridad económica ha sido, para muchos, «como utilizar un músculo que no sabías que tenías». Y ahora, asegura, quieren más democracia, no solo en sus

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reuniones, sino en la plani cación de sus comunidades y en sus lugares de trabajo.

En otras palabras, los valores culturales están empezando a cambiar. Los líderes jóvenes de hoy quieren cambiar las políticas, pero comprenden que, antes de que eso ocurra, debemos enfrentarnos a los valores subyacentes de avaricia e individualismo desenfrenados que crearon la crisis económica. Y, para ello, lo primero es personi car, del modo más mani esto posible, unas formas radicalmente distintas de tratarse unos a otros y de interactuar con el mundo natural.

Este intento deliberado de cambiar los valores culturales no tiene nada que ver con la «política del estilo de vida» y tampoco pretende distraer de las luchas «reales». Porque en el turbulento futuro que ya hemos convertido en inevitable, la creencia rme en la igualdad de derechos de todas las personas y en la capacidad de una profunda empatía serán lo único que separe a la humanidad del salvajismo. El cambio climático, con su fecha límite inamovible, puede actuar como catalizador de esta profunda transformación social y ecológica.

Porque, después de todo, la cultura es uida. Puede cambiar; ya lo ha hecho muchas veces a lo largo de la historia. Los delegados de la conferencia de Heartland lo saben, y por eso están tan decididos a ocultar el cúmulo de evidencias que demuestran que su visión del mundo supone una amenaza para la vida en la Tierra. Lo que debemos hacer los demás es creer, apoyándonos en esas mismas evidencias, que una visión del mundo totalmente diferente puede ser nuestra salvación.

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GEOINGENIERÍA:

TANTEANDO LAS AGUAS

¿Acaso no sería mejor cambiar nuestro comportamiento —reducir nuestro consumo de combustibles fósiles— antes de empezar a toquetear los sistemas de soporte vital elementales del planeta?

OCTUBRE DE 2012

DURANTE CASI VEINTE AÑOS HE IDO pasando temporadas en una zona abrupta de la costa de la Columbia Británica llamada Sunshine Coast. Hace algunos meses tuve una experiencia que me recordó por qué amo este lugar y por qué decidí tener un hijo en esta parte tan solitaria del mundo.

Eran las cinco de la madrugada y mi marido y yo estábamos despiertos con nuestro hijo de tres semanas. Con la vista puesta en el océano, vimos dos aletas dorsales negras y enormes: orcas, o ballenas asesinas. Luego, vimos otras dos. Nunca habíamos visto orcas en esta parte de la costa, y desde luego, no a tan solo unos metros de la orilla. El estado de privación del sueño en el que nos encontrábamos hizo que nos pareciera un milagro, como si el niño nos hubiese despertado para asegurarse de que no nos perdiéramos aquella visita tan poco habitual.

La posibilidad de que aquel avistamiento fuera el resultado de algo menos providencial no se me pasó por la cabeza hasta hace poco, cuando leí una serie de informes sobre un extraño experimento oceánico en las costas de las islas de Haida Gwaii, a varios centenares de kilómetros del lugar en el que vimos las orcas.

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Fue allí donde un emprendedor estadounidense llamado Russ George vertió ciento veinte toneladas de polvo de hierro al agua desde el casco de un barco pesquero de alquiler. Su plan era crear una oración de algas que secuestraran el carbono y, por tanto, combatieran el cambio climático.

George es uno más del creciente número de geoingenieros que promueven intervenciones técnicas de alto riesgo y a gran escala que, fundamentalmente, modi can los océanos y los cielos para reducir los efectos del calentamiento global. Además del plan de George de fertilizar el océano con hierro, hay otras estrategias de geoingeniería que están siendo estudiadas y que incluyen la inyección de aerosoles de sulfato en la atmósfera superior para imitar los efectos de enfriamiento de una gran erupción volcánica y hacer que las nubes «brillen» para que re ejen más rayos solares hacia el espacio.

Los riesgos son enormes. La fertilización de los océanos podría crear zonas muertas y generar mareas tóxicas, y son muchas las simulaciones que han predicho que imitar los efectos de un volcán interferiría con los monzones en Asia y África, lo que podría poner en peligro el abastecimiento de agua y alimento de miles de millones de personas.

Hasta la fecha, estas propuestas no han sido más que alimento para modelos informáticos y artículos cientí cos, pero, tras la aventura oceánica de George, no hay duda de que la geoingeniería se ha escapado del laboratorio. Si nos creemos lo que George cuenta acerca de la misión, sus acciones propiciaron una oración de algas en una zona del tamaño de la mitad de Massachusetts y atrajo a una gran variedad de vida acuática de toda la región, incluidas las ballenas, las cuales podían «contarse por decenas».

Cuando leí lo de las ballenas, empecé a preguntarme: ¿podría ser que las orcas que había visto nadando hacia el norte estuvieran yendo a alimentarse de las algas de George? Esa posibilidad, por pequeña que sea, nos permite entrever una de las perturbadoras repercusiones de la geoingeniería: en cuanto empecemos a

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interferir de forma deliberada con los sistemas climáticos de la Tierra, ya sea bajando la intensidad del sol o fertilizando los mares, todos los fenómenos naturales podrán empezar a adquirir un matiz antinatural. Una ausencia que podría haber parecido un cambio cíclico en los patrones migratorios o una presencia sentida como un regalo, de pronto, pueden resultar siniestras, como si toda la naturaleza estuviera siendo manipulada entre bastidores.

En las noticias suelen describir a George como un geoingeniero «que va por libre». Pero lo que a mí me preocupa, tras investigar esta cuestión durante dos años, es que hay otros cientí cos mucho más serios, respaldados por bolsillos mucho más profundos, que parecen estar preparados para alterar activamente los sistemas naturales impredecibles y complejos que sustentan la vida en la Tierra y que tienen un poder desmesurado para desencadenar consecuencias no deseadas.

En 2010, el presidente del Comité de Ciencia, Espacio y Tecnología de la Cámara Baja de Estados Unidos recomendó que se investigara más sobre geoingeniería y el Gobierno británico ya ha empezado a invertir dinero público en este campo. Bill Gates ha inyectado millones de dólares en investigaciones sobre geoingeniería.[1] Y también ha invertido en una empresa, Intellectual Ventures, que está desarrollando al menos dos herramientas de geoingeniería: el StratoShield, una manguera de unos treinta kilómetros de longitud suspendida con globos de helio que arrojaría partículas de dióxido de azufre en el cielo para bloquear el sol, y una herramienta que, supuestamente, tiene el poder de rebajar la fuerza de los huracanes.

Es fácil entender por qué la geoingeniería resulta atractiva, puesto que ofrece la tentadora promesa de una solución para el cambio climático que nos permitiría seguir llevando un estilo de vida devorador de recursos eternamente. Y luego está el miedo. Cada semana parece traer consigo noticias climáticas aterradoras, desde placas de hielo que se están derritiendo con mayor celeridad de la que se había predicho hasta océanos que se están acidi cando

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mucho más rápido de lo esperado. Mientras tanto, las emisiones siguen por las nubes. ¿A quién le sorprende, pues, que muchos estén depositando sus esperanzas en una opción a la que solo le falta el cartel de «romper el cristal en caso de emergencia» que los cientí cos han estado cocinando en sus laboratorios?

Pero ahora que tenemos geoingenieros pícaros correteando con toda libertad, es un buen momento para detenernos y preguntarnos, colectivamente, si queremos seguir el camino de la geoingeniería. Porque lo cierto es que la geoingeniería es, en sí misma, una proposición que va por libre. Por de nición, las tecnologías que alteran las composiciones químicas de los océanos y de la atmósfera a escala planetaria nos afectan a todos. Y, sin embargo, es imposible alcanzar nada parecido a un consentimiento unánime en lo referente a tales intervenciones. Y tampoco es que dicho consentimiento pudiera jamás basarse en ningún tipo de conocimiento sobre la materia, dado que ni sabemos ni podremos saber cuáles son los riesgos totales asociados hasta que se haga un uso real de estas tecnologías de modi cación planetaria.

Por un lado, las negociaciones climáticas de las Naciones Unidas parten de la premisa de que los países deben consensuar una respuesta conjunta a un problema inherentemente compartido, mientras que, por otro lado, la geoingeniería plantea una idea distinta por completo. Por mucho menos de mil millones de dólares, una «coalición de la voluntad», un país por sí solo o incluso una persona adinerada podría decidir tomarse el clima por su mano. Jim omas, de ETC Group, una organización de vigilancia ecológica, resume así el problema: «La geoingeniería dice: “Nosotros lo vamos a hacer y tú vas a vivir con las consecuencias”».

Lo más aterrador es que los modelos sugieren que muchas de las personas que podrían salir más perjudicadas como consecuencia de estas tecnologías ya son ahora las más vulnerables ante los impactos del cambio climático. Imagina esto:

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Norteamérica decide enviar sulfato a la estratosfera para reducir la intensidad del sol con la esperanza de salvar sus cosechas de maíz, a pesar de la posibilidad más que real de que hacerlo desencadene sequías en Asia y África. En pocas palabras, la geoingeniería nos daría (al menos a algunos) el poder de exiliar a grandes grupos de personas para sacri car zonas enteras con solo pulsar un interruptor cuyas consecuencias serían muy reales.

Las repercusiones geopolíticas son inquietantes. El cambio climático ya está haciendo di cil discernir si los fenómenos que antiguamente se entendían como «obra de Dios» (una ola de calor fuera de lo común en marzo o una Frankenstormenta en Halloween) siguen perteneciendo a esa categoría. Pero si empezamos a trastear con el termostato de la Tierra y convertimos los océanos en una masa turbia verdosa para que secuestre el carbono y blanqueamos los cielos para bloquear el sol, estaremos llevando nuestro nivel de in uencia demasiado lejos. Una sequía en India pasará a considerarse, con razón o no, el resultado de una decisión consciente que un grupo de ingenieros del otro lado del planeta ha tomado para poner en peligro la temporada de monzones anual de la región. Lo que antaño fue mala suerte, ahora pasará a considerarse un complot malévolo o un ataque imperialista.

Pero habrá otras consecuencias viscerales que nos cambiarán la vida. Un estudio publicado esta primavera en Geophysical Research Letters observó que si inyectamos aerosoles de sulfato en la estratosfera para rebajar la intensidad del sol, el cielo no solo será más blanco y signi cativamente más brillante, sino que también tendríamos la suerte de ver unos atardeceres «volcánicos» más intensos. Pero ¿qué tipo de relación podemos esperar tener con unos cielos tan hiperrealistas? ¿Nos llenarían de asombro o de una cierta inquietud? ¿Sentiríamos lo mismo cuando criaturas salvajes maravillosas se cruzaran en nuestro camino de forma inesperada, como nos ocurrió a mí y a mi familia este verano? En un célebre libro sobre el cambio climático, Bill McKibben advirtió de que nos

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enfrentamos al « n de la naturaleza». En la era de la geoingeniería, puede que también tengamos que enfrentarnos al n de los milagros.

Ahora que la geoingeniería amenaza con escapar del laboratorio en una escala mucho mayor que una mera oración de algas arti cial, la pregunta a la que de verdad nos enfrentamos es: ¿no sería mejor cambiar nuestro comportamiento —reducir el consumo de combustibles fósiles— antes de ponernos a jugar con los sistemas de soporte vital elementales del planeta?

Porque, a menos que cambiemos de rumbo, ya podemos prepararnos para oír muchas más noticias sobre bloqueadores del sol y manipuladores de los océanos como Russ George, cuya hazaña de volcado de hierro supuso mucho más que poner a prueba una tesis sobre fertilización oceánica: también tanteó las aguas para otros experimentos de geoingeniería futuros. Y a juzgar por las quedas respuestas que hemos visto hasta ahora, los resultados de la prueba de George están claros: procedan, geoingenieros; al traste con los riesgos.

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CUANDO LA CIENCIA DICE QUE LA REVOLUCIÓN POLÍTICA ES NUESTRA ÚNICA ESPERANZA

En su mayoría, estos cientí cos se estaban dedicando a hacer su labor tranquilamente, midiendo los testigos de hielo, estableciendo modelos climáticos y estudiando la acidi cación de los océanos, y todo para terminar descubriendo que estaban «desestabilizando sin querer el orden político y social».

OCTUBRE DE 2013

EN DICIEMBRE DE 2012, UN INVESTIGADOR de sistemas complejos de pelo rosa llamado Brad Werner se abrió paso entre una multitud de veinticuatro mil cientí cos estudiosos de la Tierra y el espacio en el congreso de otoño de la Unión Americana de Geo sica que se celebra anualmente en San Francisco. El congreso de aquel año contaba con participantes de renombre, desde Ed Stone, del proyecto Voyager de la NASA, que explicó un nuevo hito en el campo del espacio interestelar, hasta el cineasta James Cameron, que habló de sus aventuras en sumergibles de gran profundidad.

Pero la intervención de Werner era la culpable de gran parte de la excitación. Llevaba por título Is Earth F**ked? [¿Está jod*da la Tierra?] (título íntegro: ¿Está jod*da la Tierra? La futilidad dinámica de la gestión medioambiental global y las posibilidades de sostenibilidad mediante el activismo de acción directa).

Al frente de la sala de conferencias, el geo sico de la Universidad de California en San Diego explicó al público el avanzado modelo informático que estaba utilizando para

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responder dicha pregunta. Habló de los límites de los sistemas, de perturbaciones, de disipación, de atractores, de bifurcaciones y de toda una serie de cosas mayormente incomprensibles para los no iniciados en la teoría de los sistemas complejos. Pero la esencia estaba clara: el capitalismo global había conseguido que agotar los recursos resultara tan fácil, práctico y accesible que los «sistemas terrestres-humanos» se estaban desestabilizando peligrosamente como consecuencia de ello. Ante la presión de un periodista que quería una respuesta clara para la pregunta «¿estamos jod*dos?», Werner dejó el argot a un lado y contestó: «Más o menos».

Sin embargo, había una dinámica en el modelo que daba pie a la esperanza. Werner la había bautizado como «resistencia»: movimientos de «personas o grupos de personas» que «adoptan cierto tipo de dinámicas que no encajan con la cultura capitalista». Según dice la sinopsis de su presentación, eso incluye «acción directa medioambiental, resistencia ejercida desde fuera de la cultura dominante, como las manifestaciones, los bloqueos y los sabotajes por parte de pueblos indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos activistas».

En los encuentros cientí cos serios no suele haber llamamientos a la resistencia política en masa, y mucho menos a la acción directa y al sabotaje. Pero lo cierto es que Werner no estaba haciendo tal llamamiento, sencillamente estaba observando que los levantamientos masivos de personas (en la línea del movimiento abolicionista, el movimiento por los derechos civiles u Occupy Wall Street) representan la fuente más probable de «fricción» para desacelerar el funcionamiento de una máquina económica que está descarrilando muy deprisa. Se sabe que «los movimientos sociales del pasado han ejercido una in uencia enorme sobre […] la evolución de la cultura dominante», apuntó Werner. Así que parece lógico que «si estamos pensando en el futuro de la Tierra, y en el futuro de nuestra adaptación al medio ambiente, debemos incluir la resistencia como parte de la

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dinámica». Y esto, argumentó Werner, no se trata de una opinión, sino que «en realidad, es un problema geo sico».

Son muchos los cientí cos a quienes los hallazgos de sus investigaciones los han empujado a actuar en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos se han puesto en primera línea de movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear, las guerras y la contaminación química. Y en noviembre de 2012, la revista Nature publicó un artículo escrito por el nanciero y

lántropo medioambiental Jeremy Grantham en el que urgía a los cientí cos a seguir su ejemplo y «ser detenido si es necesario», porque el cambio climático «no es solo la crisis de nuestra vida, sino que también es una crisis que amenaza la existencia de nuestra especie».

A algunos cientí cos no hace falta convencerlos. El padrino de la climatología moderna, James Hansen, es un activista formidable que ha sido detenido media docena de veces por oponer resistencia a la minería de carbón en las cimas de las montañas y los oleoductos de arenas bituminosas. (Incluso abandonó su puesto en la NASA este año en parte para disponer de más tiempo para seguir luchando.) Hace dos años, cuando me detuvieron frente a la Casa Blanca en una acción masiva contra el oleoducto de arenas bituminosas Keystone XL, uno de los ciento sesenta y seis detenidos ese día fue un glaciólogo llamado Jason Box, experto mundial en los casquetes de hielo que se están derritiendo en Groenlandia. «No habría sido capaz de mirarme al espejo si no hubiese ido —dijo Box entonces, antes de añadir—: Votar no parece su ciente en este caso. También tengo que ser ciudadano.»

Y todo eso es loable, pero lo que Werner está haciendo con su modelo es otra cosa. No está diciendo que sus investigaciones lo llevaron a actuar para detener una política concreta; está diciendo que sus investigaciones demuestran que todo nuestro paradigma económico supone una amenaza para la estabilidad ecológica. Y, con ello, que plantar cara al paradigma económico actual

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mediante la oposición de resistencia de movimientos masivos es lo mejor que puede hacer la humanidad para evitar una catástrofe.

No se anda con minucias, pero tampoco está solo. Werner forma parte de un grupo reducido pero cada vez más in uyente de cientí cos cuyas investigaciones sobre la desestabilización de los sistemas naturales, especialmente del sistema climático, los está conduciendo a unas conclusiones igual de transformadoras, incluso revolucionarias. Y a cualquier revolucionario reprimido que haya soñado alguna vez con sustituir el orden económico actual por otro que haga que sea un poquito menos probable que los pensionistas italianos se ahorquen en sus casas (como ocurrió recientemente, en plena debacle de la crisis del país a causa de la austeridad), este trabajo le resultará especialmente interesante. Porque consigue que abandonar este sistema cruel en bene cio de algo mani estamente más justo deje de ser una cuestión de mera preferencia ideológica, sino de necesidad existencial para toda la especie.

Como líder de esta manada de nuevos cientí cos revolucionarios tenemos a uno de los expertos climáticos más importantes de Gran Bretaña, Kevin Anderson, el vicedirector del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático, que no ha tardado en erigirse en unas de las instituciones de investigación climática más importantes del Reino Unido. Lleva décadas tratando con in nidad de entidades, desde el Departamento de Desarrollo Internacional hasta el Ayuntamiento de Mánchester, traduciendo pacientemente las implicaciones de los últimos hallazgos de la climatología ante políticos, economistas y activistas. En un lenguaje claro y comprensible, traza una rigurosa hoja de ruta para alcanzar la reducción de las emisiones, una reducción que nos proporcione una oportunidad aceptable de mantener el aumento de la temperatura global por debajo del límite que la mayoría de los Gobiernos han determinado que mantendría a raya la catástrofe.

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En los últimos años, sin embargo, los artículos y las presentaciones de diapositivas de Anderson se han vuelto más alarmantes. Con títulos como «Cambio Climático: Más que peligroso […] cifras brutales y poca esperanza», señala que las probabilidades de que nos mantengamos dentro de algo parecido a unas temperaturas seguras están disminuyendo a toda velocidad.

Junto a su colega Alice Bows, experta en mitigación climática del Centro Tyndall, Anderson señala que hemos perdido tanto tiempo por culpa de la inacción política y de políticas climáticas débiles —todo ello mientras el consumo global (y las emisiones) se incrementan—, que ahora nos enfrentamos a recortes tan drásticos que desa an a la lógica fundamental de dar máxima prioridad al crecimiento del PIB.

Anderson y Bows nos informan de que el objetivo de mitigación a largo plazo que se suele citar —un recorte del 80  % de las emisiones por debajo de los niveles de 1990 para 2050— se ha seleccionado solo por cuestiones de conveniencia política y que «carece de base cientí ca». Esto es así porque los impactos climáticos no solo provienen de lo que emitimos hoy y emitiremos mañana, sino de las emisiones acumulativas que se van concentrando en la atmósfera con el tiempo. Y advierten de que, si nos centramos en objetivos a décadas vista en lugar de en qué podemos hacer para reducir el carbono de forma repentina e inmediata, existe el grave riesgo de que permitamos que las emisiones sigan por las nubes durante años y que, así, nos carguemos el «presupuesto de carbono» del que disponemos y nos pongamos en una situación insostenible a medida que avance el siglo.

En esto precisamente se apoyan Anderson y Bows cuando

a rman que si los Gobiernos de los países desarrollados de veras quieren alcanzar el objetivo que se ha acordado a escala internacional de mantener el calentamiento por debajo de los 2 °C, y si las reducciones pretenden respetar algún tipo de principio de

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equidad, deberán ser mucho más profundas e implementarse con mucha más antelación.

Anderson, Bows y muchos otros advierten que 2  °C de calentamiento ya implica que deberemos enfrentarnos a toda una serie de impactos climáticos enormemente dañinos y que sería mucho más seguro adoptar un objetivo de 1,5  °C. Y aun así, para tener siquiera un cincuenta por ciento de posibilidades de alcanzar el objetivo de los 2 °C, los países industrializados deben empezar a reducir sus emisiones de gases invernadero alrededor de un 10 % al año (o más, si quieren alcanzar la meta del 1,5 °C), y deben empezar ahora mismo. Pero Anderson y Bows van todavía más allá al señalar que este objetivo no se alcanzará con los moderados precios del carbono o las soluciones tecnológicas verdes que a menudo de enden los grupos ecologistas grandes. No cabe duda de que dichas medidas ayudarán, pero, sencillamente, no bastan: reducir las emisiones un 10  % año tras año es algo prácticamente nunca visto desde que empezamos a alimentar las economías con carbón. De hecho, las reducciones de más de un 1  % por año «se han asociado históricamente solo con los períodos de recesión económica o de agitación política», tal como dijo el economista Nicholas Stern en un informe del año 2006 para el Gobierno británico.

Incluso tras el derrumbe de la Unión Soviética no se vieron reducciones de esa duración y magnitud. (Los países exsoviéticos experimentaron unas reducciones anuales medias de aproximadamente el 5 % durante un período de diez años.) Tras el colapso de Wall Street en 2008, no ocurrieron. (Los países ricos experimentaron una caída en las emisiones de un 7 % durante 2008 y 2009, pero sus emisiones de CO2 volvieron a la carga con ganas en 2010, y las emisiones en China e India no han dejado de aumentar.) Por ejemplo, en Estados Unidos solo se vio una caída de las emisiones de más del 10 % durante varios años consecutivos en el período inmediatamente posterior al gran colapso del mercado de 1929, según los datos históricos del Centro de Análisis de

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Información sobre Dióxido de Carbono. Pero es que aquella fue la peor crisis económica de la época moderna.

Si queremos evitar una carnicería semejante al tiempo que cumplimos con los objetivos de reducción de emisiones dictados por la ciencia, debemos gestionar con cautela la reducción del carbono mediante lo que Anderson y Bows describen como «estrategias radicales e inmediatas de decrecimiento en Estados Unidos, la Unión Europea y otros países ricos». Y eso está muy bien, a no ser porque resulta que tenemos un sistema económico que está obsesionado con aumentar el PIB por encima de todas las cosas sin tener en cuenta las consecuencias humanas o ecológicas, y en el cual la clase política neoliberal ha renunciado por completo a su responsabilidad de gestionar cualquier cosa (puesto que el mercado es el genio invisible al que debemos con árselo todo).

Así las cosas, lo que Anderson y Bows están diciendo en realidad es que todavía tenemos tiempo de evitar un calentamiento catastró co, pero no bajo las reglas del capitalismo tal como están establecidas en la actualidad. Y puede que jamás haya existido un argumento mejor para cambiar dichas reglas.

En un ensayo que apareció en la in uyente revista cientí ca Nature Climate Change en 2012, Anderson y Bows parecieron retar a algunos de sus colegas cientí cos al acusarlos de no ser francos sobre los cambios que el cambio climático exige a la humanidad. Merece la pena citar un fragmento extenso de dicho ensayo:

[…] Al desarrollar los supuestos de las emisiones, los cientí cos rebajan repetida y gravemente las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de evitar un aumento de 2  °C, la palabra «imposible» se traduce como «di cil, pero factible», mientras que la expresión «urgente y radical» aparece como «complejo»; todo por

tranquilizar al dios de la economía (o, para ser más precisos, de las nanzas). Por ejemplo, para evitar sobrepasar el ritmo máximo de la reducción de las emisiones dictado por los economistas, se asumen picos de emisiones «terriblemente» tempranos, junto a las ingenuas nociones sobre ingeniería «a gran escala» y los ritmos de despliegue de infraestructuras bajas en carbono. Lo más inquietante de todo es que, a la vez que los presupuestos del carbono menguan, la geoingeniería se propone cada vez más para garantizar que el dictado de los economistas siga siendo incontestable.

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En otras palabras: con tal de mostrarse como personas razonables dentro de los círculos económicos neoliberales, los cientí cos han venido restando gran importancia a las implicaciones de sus investigaciones. Ya en agosto de 2013, Anderson estaba dispuesto a ser todavía más tajante, y escribió que ya habíamos perdido la oportunidad de subirnos al tren del cambio gradual.

Quizá en el momento de la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso a principios del milenio, los niveles de mitigación para los 2  °C se podrían haber alcanzado mediante signi cativos «cambios evolutivos dentro de la hegemonía política y económica». Pero ¡el cambio climático es un problema acumulativo! Ahora, en 2013, los países (pos)industriales de altas emisiones nos enfrentamos a una situación muy distinta. Nuestra prodigalidad continua de carbono ha dilapidado cualquier oportunidad de implementar esos «cambios evolutivos» que nos podíamos permitir con el presupuesto de carbono anterior (y más abultado) de los 2  °C. Hoy, tras dos décadas de faroles y mentiras, el presupuesto de los 2  °C restante exige «cambios revolucionarios en la hegemonía política y económica». (El destacado es del original.)

Probablemente no debería sorprendernos que a algunos climatólogos les inquieten ligeramente las implicaciones radicales de sus propias investigaciones. La mayoría de ellos no hacían otra cosa que dedicarse a su labor tranquilamente, midiendo los testigos de hielo, estableciendo modelos climáticos y estudiando la acidi cación de los océanos, y todo para terminar descubriendo, en palabras de Clive Hamilton, autor y experto australiano en climatología, que estaban «desestabilizando sin querer el orden político y social».

Pero muchas personas son plenamente conscientes del carácter revolucionario de la climatología. Por eso algunos Gobiernos que han decidido deshacerse de sus compromisos climáticos y seguir desenterrando más carbono han tenido que recurrir a métodos cada vez más burdos para silenciar e intimidar a los cientí cos de sus países. Esta estrategia ya empieza a ser mani esta en Gran Bretaña, donde el asesor cientí co en jefe del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales Ian Boyd escribió recientemente que los cientí cos deberían evitar «sugerir que las políticas son buenas o malas» y deberían expresar sus

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puntos de vista «colaborando con asesores integrados (como yo mismo) y siendo la voz de la razón, y no de la disidencia, en la esfera pública».

Pero la verdad está saliendo a la luz de todas formas. Que perseguir los bene cios y el crecimiento como si no pasara nada está desestabilizando la vida en la Tierra ya no es algo sobre lo que leemos en las revistas cientí cas: los primeros indicios están ocurriendo ante nuestros ojos, y cada vez somos más los que reaccionamos ante ellos, ya sea obstruyendo las operaciones de fracturación hidráulica en Balcombe, Inglaterra; inter riendo en las preparaciones para perforar en aguas rusas (como ha hecho Greenpeace); llevando a juicio a los operadores de arenas bituminosas por violar la soberanía de los pueblos indígenas; y mediante in nitos actos de resistencia, pequeños y grandes. En el modelo informático de Brad Werner, esta es la «fricción» necesaria para desacelerar las fuerzas desestabilizadoras; algo a lo que el gran activista climático y autor Bill McKibben considera «anticuerpos» que se activan para luchar contra «el pico febril» del planeta.

Todavía no es una revolución, pero es un principio y, de extenderse, puede que nos proporcione el tiempo su ciente para encontrar la manera de vivir en un planeta que esté mani estamente menos jod*do.

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EL TIEMPO CLIMÁTICO VERSUS EL

AHORA CONSTANTE

La crisis climática nos estalló en las manos en un momento de la historia en que las circunstancias políticas y sociales eran excepcionalmente hostiles ante un problema de esta naturaleza y magnitud; dicho momento fue el último coletazo de la década de 1980, un tiempo de bonanza: el momento del despegue de la cruzada para extender el capitalismo desregulado por todo el mundo.

ABRIL DE 2014

ESTA HISTORIA TRATA DE momentos inoportunos.

Una de las maneras más perturbadoras en que la extinción propulsada por el cambio climático ya se está haciendo visible surge mediante algo que los ecologistas llaman «discordancia» o «destiempo». Se trata del proceso que provoca que el calentamiento lleve a los animales a perder la sincronía con una fuente de alimento esencial, especialmente en las épocas de apareamiento, cuando la imposibilidad de encontrar su ciente alimento puede comportar rápidas mermas en la población.

Los patrones migratorios de muchas especies de aves, por ejemplo, han evolucionado durante milenios para que los huevos eclosionen precisamente cuando las fuentes de alimento, como las orugas, son más abundantes, lo que proporciona a los progenitores una gran cantidad de alimento para sus crías. Pero dado que ahora la primavera suele adelantarse, las orugas también nacen antes, lo que signi ca que, en algunas regiones, son menos abundantes cuando nacen los polluelos, lo que a su vez comporta todo un abanico de posibles impactos a largo plazo en su supervivencia.

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Asimismo, en la Groenlandia occidental, cuando los caribús llegan a los lugares de parto, se encuentran en asincronismo con las plantas alimenticias con las que han contado durante miles de años y que ahora crecen antes gracias a las subidas de las temperaturas. Esto provoca que las hembras de caribú dispongan de menos energía para la lactancia y la reproducción, una discordancia que se ha relacionado con las repentinas bajadas en las tasas de nacimientos y supervivencia de las crías.

Los cientí cos están estudiando los casos de destiempos relacionados con el clima en decenas de especies, desde las golondrinas árticas hasta los papamoscas cerrojillo. Pero se están dejando una especie importante: nosotros. Los homo sapiens. Nosotros también estamos sufriendo un caso de destiempo climático grave, por mucho que su naturaleza sea más cultural-histórica que biológica. Nuestro problema es que la crisis climática nos estalló en las manos en un momento de la historia en que las circunstancias políticas y sociales eran excepcionalmente hostiles ante un problema de esta naturaleza y magnitud; dicho momento fue el último coletazo de la década de 1980, un tiempo de bonanza: el momento del despegue de la cruzada para extender el capitalismo desregulado por todo el mundo. El cambio climático es un problema colectivo que exige una acción colectiva a una escala que la humanidad jamás ha logrado acometer, un problema que entró a formar parte de la conciencia colectiva mientras se libraba una guerra ideológica contra el propio concepto de la esfera colectiva.

Este destiempo terriblemente desafortunado ha limitado nuestra capacidad de reaccionar con e cacia ante esta crisis de muchas maneras. Ha conducido a que el poder corporativo estuviera en auge en el preciso momento en que necesitábamos ejercer unos controles nunca vistos sobre el comportamiento corporativo para proteger la vida en la Tierra; ha conducido a que el término regulación se convirtiera en una palabra sucia justo cuando más falta nos hacía disponer de ese poder; ha conducido a

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que seamos gobernados por una clase política que solo sabe desmantelar y cerrar el grifo a las instituciones públicas cuando más deben ser forti cadas y repensadas; y ha conducido también a que nos hayan endilgado un sistema de acuerdos de «libre mercado» que deja con las manos atadas a los legisladores justo cuando necesitan máxima exibilidad para ejecutar una transición energética masiva.

Luchar contra estas limitaciones estructurales que afectan a la economía que ha de venir y articular una visión cautivadora sobre el estilo de vida en un mundo poscarbono es la tarea más importante de cualquier movimiento climático serio. Pero no es la única. También debemos enfrentarnos al hecho de que la discordancia entre el cambio climático y la dominación del mercado haya creado unas limitaciones dentro de nuestro fuero interno que hacen que nos cueste jarnos en la crisis humanitaria más urgente de todas sin que sea con miradas furtivas y aterrorizadas. Tanto el mercado como el triunfalismo tecnológico han alterado nuestras vidas cotidianas de tal manera que nos han arrebatado muchas de las herramientas de observación que necesitamos para convencernos de que el cambio climático es, en efecto, una emergencia; por no hablar de la seguridad necesaria para creer que otro estilo de vida es posible.

Y a quién sorprende que justo cuando más necesitábamos unirnos, la esfera pública se desintegrara; que justo cuando más necesitábamos rebajar nuestro consumo, el consumismo tomara las riendas de prácticamente todos los aspectos de nuestra vida; que justo cuando más necesitábamos bajar el ritmo y abrir los ojos, acelerásemos; y que justo cuando más necesitábamos unos horizontes temporales más amplios, solo fuéramos capaces de ver el futuro inmediato, atrapados en el presente eterno del siempre actualizado contenido de las redes sociales.

Esta es nuestra discordancia climática, una discordancia que no afecta únicamente a nuestra especie, sino que tiene el potencial de in uir también en todas las demás especies del planeta.

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La buena noticia es que, a diferencia de los renos y los pájaros, los humanos hemos sido bendecidos con una capacidad de razonamiento avanzado y, por lo tanto, tenemos la capacidad de adaptarnos de una forma más deliberada, es decir, de cambiar los viejos patrones de comportamiento con una agilidad sorprendente. Si las ideas que gobiernan nuestra cultura están impidiendo nuestra propia salvación, en nuestra mano está cambiarlas. Pero antes de que eso pueda ocurrir, debemos entender la naturaleza de nuestra discordancia climática personal.

SOLO NOS CONOCEMOS COMO CONSUMIDORES

El cambio climático exige que consumamos menos, pero no nos conocemos como otra cosa que como consumidores. El cambio climático no es un problema que pueda solucionarse únicamente cambiando lo que compramos: un híbrido en lugar de un todoterreno o compensaciones de carbono cuando nos subimos a un avión. En lo más fundamental, esta crisis ha surgido del consumo excesivo de las personas comparativamente ricas, lo que signi ca que los consumidores más ávidos del mundo son los que van a tener que consumir menos para que los demás tengan lo justo para poder vivir.

El problema no es «la naturaleza humana», como se nos dice tan a menudo. No nacimos necesitando comprar tantas cosas y, en el pasado reciente, hemos sido igual de felices (en muchos casos, incluso más) consumiendo signi cativamente menos. El problema está en el desproporcionado papel que el consumo ha llegado a tener en nuestros tiempos.

El capitalismo tardío nos enseña a construirnos mediante nuestras elecciones de consumo: comprar es nuestra forma de con gurar nuestra identidad, de formar comunidades y expresarnos. Por eso, decirle a la gente que no puede comprar tanto como quiera porque los sistemas de soporte del planeta están sobrecargados puede entenderse como una especie de ataque, casi

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como si se les dijera que no pueden ser ellos mismos. Y posiblemente esa sea la razón por la cual, de las «tres erres» originales del ecologismo (reducir, reutilizar y reciclar), solo la tercera ha tenido cierto nivel de acogida, ya que nos permite seguir comprando lo que queramos siempre que coloquemos los desperdicios en el contenedor correspondiente.[1] De las otras dos, que exigen una reducción en el consumo, podríamos decir que murieron antes de nacer.

EL CAMBIO CLIMÁTICO ES LENTO; NOSOTROS SOMOS RÁPIDOS

Cuando atraviesas un paisaje rural en un tren de alta velocidad, parece como si todo lo que estás viendo estuviera quieto: las personas, los tractores, los coches de las carreteras secundarias. Naturalmente, no es así; se están moviendo, pero lo hacen a una velocidad tan lenta en comparación con la del tren, que parece que estén inmóviles.

Lo mismo ocurre con el cambio climático. Nuestra cultura, propulsada por combustibles fósiles, es ese tren, que avanza a toda velocidad hacia el próximo informe trimestral, el próximo ciclo electoral, la próxima dosis de diversión o de validación personal que obtenemos de nuestros smartphones o tabletas. El clima cambiante es como el paisaje que vemos por la ventana: desde nuestro rapidísimo punto de vista, puede parecer inmóvil, pero se está moviendo, y su lento progreso se hace patente en el deshielo de los glaciares, en las subidas en los niveles de las aguas y en los aumentos progresivos de las temperaturas. Si seguimos ignorándolo, es de esperar que el cambio climático termine acelerándose lo su ciente como para atraer nuestra fragmentada atención: los países insulares que desaparecen del mapa y las megatormentas que anegan ciudades enteras tienden a tener ese efecto. Pero, para entonces, puede que sea demasiado tarde como para que nuestras acciones tengan repercusión alguna, porque la era de los momentos críticos probablemente ya habrá empezado.

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EL CAMBIO CLIMÁTICO ES LOCALIZADO, PERO NOSOTROS ESTAMOS EN TODAS PARTES

El problema no es solo que avancemos demasiado rápido, sino que, además, el ámbito en el que el cambio climático está sucediendo es intensamente local: una planta concreta que orece demasiado pronto, una capa de hielo inusualmente delgada sobre un lago, la savia que no uye en un arce o la llegada tardía de un ave migratoria. Advertir este tipo de cambios sutiles requiere una conexión íntima con un ecosistema especí co. Este tipo de comunión solo se da cuando tenemos un conocimiento profundo del lugar, no solo como escenario, sino también como sustento, y cuando el conocimiento local se transmite de generación en generación con un espíritu de «deber sagrado».

Pero esto ocurre cada vez menos en el mundo urbanizado e industrializado. Somos pocos los que vivimos en el mismo lugar donde están enterrados nuestros antepasados, y muchos los que abandonamos nuestros hogares por trabajo, por estudios o por amor. Y, al hacerlo, nos alejamos de todo el conocimiento del lugar que hemos logrado acumular en la parada anterior, y del conocimiento acumulado por nuestros antepasados (quienes, en mi caso y en el de muchos otros, también migraron en repetidas ocasiones).

E incluso en el caso de quienes se quedan donde han vivido siempre, la existencia diaria está cada vez más desconectada de los lugares sicos que habitamos. Vivimos gran parte de nuestras vidas a través de los portales que abren las pantallas, y nos movemos por el mundo sico sin usar nuestros sentidos, sino los mapas en miniatura de nuestros teléfonos.

Protegidos de los elementos como estamos en nuestros hogares, lugares de trabajo y coches climatizados, puede suceder que los cambios que están ocurriendo en el mundo natural se nos pasen por alto. Puede que no tengamos ni la menor idea de que una sequía gravísima esté afectando a los cultivos de las granjas que

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rodean nuestros hogares suburbanos, ya que los supermercados siguen proporcionándonos pilas de productos frescos importados que un camión viene a reponer varias veces al día. Hace falta que ocurra algo enorme —un huracán que rebase las marcas máximas de agua anteriores o una inundación que destruya miles de hogares— para que nos demos cuenta de que algo no marcha nada bien. E incluso entonces nos cuesta tener presente ese conocimiento durante un tiempo, ya que se nos empuja hacia la próxima crisis rápidamente, antes de poder siquiera tener la oportunidad de asimilar estas verdades.[2]

Mientras tanto, el cambio climático se ocupa todos los días de engordar los grupos de personas desarraigadas, ya que las catástrofes naturales, las cosechas fallidas, los ganados que se mueren de hambre y los con ictos étnicos alimentados por los problemas climáticos obligan a cada vez más personas a abandonar sus hogares ancestrales. Y con cada migración humana se pierden nuevas conexiones cruciales con lugares especí cos, dejando todavía a menos personas con las herramientas necesarias para escuchar a la tierra con atención.

OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE

Los contaminantes del clima son invisibles, y muchos hemos dejado de creer en lo que no podemos ver. Cuando el antiguo director ejecutivo de BP Tony Hayward declaró a los periodistas que no debíamos preocuparnos demasiado por el petróleo y los dispersantes químicos que entraban a borbotones en el golfo de México tras el desastre de Deepwater Horizon porque «es un océano muy grande», no hizo más que expresar una de las creencias más preciadas y extendidas de nuestra cultura: que lo que no vemos no puede dañarnos y que, en realidad, apenas existe.

Nuestra economía se apoya enormemente en la suposición de que siempre hay un «ahí afuera» al que mandar los desechos. Está el «afuera» al que va la basura cuando se la llevan de la acera, y el

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«afuera» al que van los desperdicios cuando bajan por las cañerías. Está el «afuera» del que se extraen los minerales y los metales con los que se fabrican nuestros productos, y el «afuera» donde estas materias primas se convierten en productos acabados. Pero la lección que nos dejó el vertido de BP, tal como lo expresó el teórico ecológico Timothy Morton, es que el nuestro es «un mundo en el que no hay un “afuera”».

Cuando publiqué No logo a principios de este siglo, los lectores se quedaron estupefactos al descubrir las condiciones abusivas bajo las que se fabricaban sus prendas y aparatos electrónicos. Pero, desde entonces, la mayoría hemos aprendido a vivir con ello; no es que lo aprobemos exactamente, pero sí vivimos en un estado de olvido permanente en cuanto a los costes que supone nuestro consumo en el mundo real. Los «afueras» de esas fábricas casi han caído en el olvido por completo.

Esta es una de las ironías en las que caen quienes dicen que vivimos en un mundo de conexión sin precedentes. Es cierto que podemos comunicarnos a lo largo y ancho de enormes distancias con una facilidad y rapidez inimaginables hace tan solo una generación. Pero, aun inmersos en esta red global de parloteo, de algún modo logramos estar «menos» conectados con las personas con quienes estamos más íntimamente relacionados: las mujeres jóvenes de las fábricas (o más bien de las trampas mortales) de Bangladés que confeccionan las prendas que llevamos puestas, o los niños de la República Democrática del Congo cuyos pulmones están llenos de polvo de tanto extraer cobalto para los teléfonos que se han convertido en extensiones de nuestros brazos. La nuestra es una economía de fantasmas, de ceguera deliberada.

El aire es lo más invisible de todo, y los gases de efecto invernadero que lo calientan son los fantasmas más esquivos. El lósofo David Abram señala que, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, fue precisamente esta calidad de invisible lo que le con rió al aire su poder e hizo que nos inspirara respeto. «Los inuits lo llamaban sila, el viento-mente del mundo;

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los navajos lo llamaban nilch’i o Viento Sagrado; los hebreos antiguos lo llamaban ruaj o espíritu en movimiento», y la atmósfera era «la dimensión más misteriosa y sagrada de la vida».

Pero en nuestros tiempos «raramente reparamos en la atmósfera que se arremolina entre dos personas». Al habernos olvidado del aire, escribe Abram, lo hemos convertido en nuestra alcantarilla, «el vertedero perfecto para los productos secundarios de nuestras industrias. […] Incluso el humo más opaco y acre que escupen las chimeneas se disipará y se dispersará, siempre para terminar disolviéndose en lo invisible. Ha desaparecido. Ojos que no ven, corazón que no siente».

LOS MARCOS TEMPORALES QUE SE NOS ESCAPAN

Otro aspecto que hace que a muchos nos cueste tantísimo comprender el cambio climático es que vivimos en la cultura del presente perpetuo, una cultura que se separa deliberadamente del pasado que nos creó y del futuro que estamos moldeando con nuestras acciones. El cambio climático signi ca que lo que hicimos generaciones atrás nos afectará de forma inexorable no solo en el presente, sino también durante muchas generaciones futuras. Estos marcos temporales son un lenguaje que muchos hemos desaprendido en estos tiempos digitalizados.

La cuestión no es juzgar a nadie ni fustigarnos a nosotros mismos por nuestra super cialidad, desarraigo o el debilitado estado de nuestra capacidad de atención, sino reconocer que la mayoría de los que vivimos en los centros urbanos y en los países ricos somos el producto de un proyecto industrial que está vinculado íntima e históricamente a los combustibles fósiles y al cual las tecnologías digitales convirtieron en supernova.

Y del mismo modo que cambiamos en el pasado, podemos cambiar ahora. Tras asistir a una conferencia del gran agricultor-poeta Wendell Berry sobre cómo cada uno de nosotros tenemos la obligación de amar el «lugar que es nuestro hogar» más que

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cualquier otro, le pregunté si tenía algún consejo para las personas desarraigadas, como mis amigos y yo, que desaparecemos en nuestras pantallas y siempre parecemos andar buscando la comunidad perfecta en la que deberíamos echar raíces. «Detente en algún lugar —respondió—, e inicia el proceso de mil años que lleva conocerlo.»

Es un buen consejo en muchos sentidos porque, para ganar la mayor lucha de nuestras vidas, todos necesitamos un lugar que defender.

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DEJA DE INTENTAR SALVAR

EL MUNDO TÚ SOLO

La idea misma de que cada uno de nosotros, como individuos atomizados, podríamos desempeñar un papel importante para estabilizar el clima del planeta es, objetivamente, una locura.

JUNIO DE 2015:

DISCURSO DE GRADUACIÓN EN EL COLLEGE OF THE ATLANTIC

NORMALMENTE, LOS DISCURSOS DE graduación pretenden proporcionar a los graduados una brújula moral para la vida tras la universidad. Uno oye historias que terminan con lecciones claras como «el dinero no compra la felicidad», «sed nobles» o «no temáis al fracaso».

Pero mi percepción es que sois muy pocos los que vais dando tumbos tratando de diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Es de admirar que supierais no solo que queríais ir a una universidad excelente, sino a una que, además de excelente, estuviera comprometida social y ecológicamente. Una universidad rodeada de diversidad biológica y compuesta de una enorme diversidad humana, con alumnos procedentes de todos los rincones del mundo. También sabíais que una comunidad sólida importaba más que casi cualquier cosa. Eso demuestra que poseíais más autoconocimiento y autonomía que muchas personas al terminar la universidad, y que vosotros, de algún modo, ya las teníais en el instituto.

Por eso me voy a ahorrar el sermón y voy a ir directa al grano:

el momento histórico en el que desembocáis al graduaros; un

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momento en el que el cambio climático, la concentración de la riqueza y la violencia racializada están alcanzando sus puntos álgidos.

¿Cómo ayudamos más? ¿Cuál es la mejor contribución para reparar este mundo roto? Sabemos que el tiempo apremia, especialmente cuando se trata del cambio climático. Oímos de fondo el tic tac del reloj resonando con fuerza.

Pero eso no signi ca que el cambio climático esté por encima de todo lo demás, sino que debemos construir soluciones integradas que rebajen las emisiones de forma drástica al tiempo que aborden la desigualdad estructural y, además, mejoren palpablemente la vida de la mayoría. Y esto no es una quimera; hay ejemplos actuales de los que podemos aprender. La transición energética de Alemania ha creado cuatrocientos mil empleos en el sector de la energía renovable en algo más de una década; además, no solo han limpiado la energía, sino que la han hecho más justa, y muchas redes eléctricas pertenecen y son controladas por cientos de ciudades, pueblos y cooperativas. Todavía les queda camino por recorrer para eliminar el uso del carbón, pero ahora han empezado el proceso de veras. La ciudad de Nueva York acaba de anunciar un plan climático que, de ser implementado, habrá sacado de la pobreza a ochocientas mil personas para 2025 mediante colosales inversiones en medios de transporte y viviendas asequibles, y subiendo el salario mínimo.

El salto holístico que debemos dar está a nuestro alcance. Y sabed que no hay mejor forma de prepararse para este grandioso proyecto que la formación profundamente interdisciplinaria en ecología humana que habéis recibido. Estáis hechos para vivir este momento. No, en realidad, eso no es del todo cierto: de alguna forma supisteis cómo haceros a vosotros mismos para vivir este momento.

Pero es mucho lo que depende de las elecciones que tomemos en los próximos años. Puede que «no temáis al fracaso» sea una lección vital típica de los discursos de graduación, pero no sirve

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para los que formamos parte del movimiento por la justicia climática, en el que es de lo más racional temer al fracaso.

Porque, afrontémoslo: las generaciones anteriores a la vuestra agotaron algo más que la fracción de espacio atmosférico que os correspondía; también agotamos la partida de grandes fracasos que os pertenecía. Puede que esa sea la mayor injusticia intergeneracional de todas. Pero eso no signi ca que ya no podamos equivocarnos. Podemos y lo haremos. Pero tal como dice Alicia Garza, una de las admirables fundadoras de Black Lives Matter, debemos «cometer errores nuevos».

Concedeos un momento para asimilarlo. Dejemos de cometer los mismos errores de siempre. He aquí algunos, pero con o en que añadiréis otros que se os ocurran en silencio: proyectar fantasías mesiánicas en los políticos; pensar que el mercado lo arreglará todo; construir un movimiento compuesto única y exclusivamente por blancos de clase media-alta y luego preguntarse por qué las personas de color no quieren unirse a «nuestro movimiento» o hacernos pedazos sin piedad los unos a los otros porque resulta más sencillo que ir tras las fuerzas que más culpa tienen de haber creado este desastre. Todo ello son tópicos del cambio social y ya empiezan a cansar.

No tenemos el derecho de exigir perfección a los demás, pero sí tenemos el derecho de esperar avances. De exigir evolución. Así que cometamos errores nuevos. Cometamos errores nuevos mientras echamos abajo nuestros silos y construimos el tipo de movimiento maravilloso, diverso y sediento de justicia que de verdad tenga una oportunidad de salir victorioso y ganar la batalla a los poderosos intereses que quieren que sigamos fracasando.

Teniendo todo esto en cuenta, quiero hablar de un viejo error que no deja de resurgir. Tiene que ver con la idea de que, puesto que los intentos de implementar grandes cambios sistémicos han fracasado, debemos limitarnos a actuar a pequeña escala. Algunos estaréis de acuerdo; otros, no; pero sospecho que todos tendréis que lidiar con esta tensión en vuestro trabajo futuro.

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Una historia: cuando tenía veintiséis años, fui a Indonesia y a Filipinas a investigar para mi primer libro, No logo. Mi objetivo era sencillo: conocer a las trabajadoras que fabricaban las prendas y los dispositivos electrónicos que comprábamos mis amigos y yo. Y eso hice: pasé noches sentada en los suelos de hormigón de las miserables habitaciones compartidas donde aquellas adolescentes, dulces y risueñas, pasaban sus escasas horas libres. Ocho, incluso diez por habitación. Me contaron historias sobre no poder dejar sus máquinas para ir al servicio, sobre jefes que las golpeaban y las acosaban, y sobre no tener el dinero su ciente para comprar pescado seco para acompañar el arroz.

Eran conscientes de la grave explotación a la que estaban sometidas: sabían que las prendas y los dispositivos que estaban fabricando se vendían por más de lo que ganarían en un mes. Una chica de diecisiete años me dijo: «Fabricamos ordenadores, pero no sabemos usarlos».

Por eso, hubo algo que me pareció ligeramente discordante, y es que algunas de esas mismas trabajadoras vestían con prendas adornadas con distintivos falsos de las mismas multinacionales que eran responsables de sus condiciones: personajes de Disney o el símbolo de Nike. En un momento dado, saqué el tema con un organizador sindical: ¿no le parecía extraño, contradictorio?

Tardó un buen rato en entender la pregunta. Cuando por n la entendió, me miró como compadeciéndose. Porque, veréis, para él y sus compañeros de trabajo, no se consideraba que el consumo individual formara parte del ámbito político en absoluto. El poder no residía en lo que uno hacía como individuo, sino en lo que hacía junto a muchas personas, como miembro de un movimiento amplio, organizado y enfocado. Para él, eso signi caba organizar a

los trabajadores para que hicieran huelga con el n de lograr unas condiciones mejores, y con el tiempo signi có conquistar el derecho a sindicarse. Lo que comieras a mediodía o cómo te vistieras carecía de relevancia.

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Aquello me sorprendió mucho, porque era exactamente lo contrario a lo que sucedía en mi cultura de origen, Canadá. En mi país, uno expresaba sus creencias políticas, en primer y muy a menudo último lugar, mediante las elecciones que con guraban su estilo de vida personal: proclamando que era vegetariano, comprando productos de comercio justo y de proximidad y boicoteando a las malvadas grandes marcas.

Estas comprensiones tan dispares del cambio climático surgieron una y otra vez un par de años más tarde, tras la publicación de mi libro. Daba conferencias sobre la necesidad de que existieran protecciones internacionales que garantizaran el derecho a sindicarse y sobre la necesidad de recon gurar el sistema de comercio global para que no anime a las empresas a competir por los costes más bajos. Y, sin embargo, las primeras preguntas del público siempre eran: «¿Qué zapatillas deportivas debo comprar?», «¿Qué marcas son éticas?», «¿Dónde te compras la ropa?» o «¿Qué puedo hacer, como individuo, para cambiar el mundo?».

Quince años después de publicar No logo, todavía se me hacían preguntas muy similares. Actualmente doy conferencias sobre cómo el mismo modelo económico que tanto energizó a las multinacionales a que buscaran mano de obra barata en Indonesia y China también sobrealimentó las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Y no hay día en que no se alce una mano y alguien pregunte: «dígame qué puedo hacer como individuo» o tal vez «como empresario».

La cruda realidad es que la respuesta a la pregunta «¿qué puedo hacer yo, como individuo, para detener el cambio climático?» es «nada». No puedes hacer nada. De hecho, la idea misma de que cada uno, como individuo atomizado, por muchos individuos atomizados que seamos, podríamos desempeñar un papel importante para estabilizar el clima del planeta o cambiar la economía global es, objetivamente, una locura. Solo podremos

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resolver este colosal desa o juntos, como miembros de un movimiento global, masivo y organizado.

La ironía reside en que las personas que ostentan un poder relativamente pequeño suelen entenderlo mucho mejor que quienes ostentan un poder considerablemente mayor. Los trabajadores a quienes conocí en Indonesia y en Filipinas eran conscientes de que los Gobiernos y las corporaciones no valoraban su voz e incluso sus vidas como individuos. Y eso era lo que los motivaba no solo a actuar juntos, sino en un ámbito político de dimensiones signi cativas. Trataban de cambiar las políticas de las fábricas que emplean a miles de trabajadores, o en zonas de exportación que emplean a decenas de miles. O luchaban por modi car la legislación laboral de un país compuesto por millones de personas. Su sensación de impotencia individual los empujaba a ser ambiciosos en la política, a exigir cambios estructurales.

Por el contrario, aquí, en los países ricos, se nos dice una y otra vez lo poderosos que somos como individuos. Como consumidores. E incluso como activistas individuales. Y el resultado es que, a pesar de nuestro poder y privilegio, a menudo terminamos actuando en ámbitos que son innecesariamente reducidos: el ámbito de nuestro propio estilo de vida, o quizá el ámbito de nuestro vecindario o pueblo. Y, al hacerlo, dejamos que sean otros quienes se ocupen de los cambios estructurales y de la tarea política y legal.

Con esto no pretendo subestimar el activismo local. Lo local es esencial: la organización local está ganando grandes batallas contra la fracturación hidráulica y los oleoductos, lo local nos está demostrando qué aspecto tiene y cómo funciona la economía poscarbono.

Además, los cambios pequeños sirven de inspiración para que surjan otros más grandes. College of the Atlantic fue una de las primeras universidades en retirar sus inversiones en empresas de combustibles fósiles. Y, según me han contado, la decisión se tomó en una semana. Hizo falta que las universidades pequeñas que

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conocían bien sus valores dieran el paso para que otras instituciones que son, digamos, más inseguras, siguieran su ejemplo. Como la Universidad Stanford o la Universidad de Oxford o la familia real británica o la familia Rockefeller. Todas se han unido al movimiento desde que vosotros lo hicisteis. Por eso digo que lo local importa, pero con lo local no basta.

Cuando visité Red Hook, en Brooklyn, inmediatamente después de ser azotado por la megatormenta Sandy, hubo algo que me hizo recordar esta idea de una forma muy grá ca. Red Hook fue uno de los vecindarios más afectados por la tormenta, y también es el hogar de una granja comunitaria extraordinaria, un lugar que enseña a los niños de las viviendas públicas de alrededor a cultivar alimentos sanos, proporciona abono a una gran cantidad de residentes, celebra un mercadillo semanal de productos frescos y ofrece un maravilloso programa agrícola gestionado por la comunidad. En pocas palabras, esta granja lo estaba haciendo todo bien: había aumentado la proximidad de los alimentos, se había alejado del uso del petróleo, secuestraba carbono en el suelo, reducía los desechos mediante la elaboración de abono, y luchaba contra la desigualdad y la inseguridad alimenticia.

Pero en cuanto llegó la tormenta, todo eso dejó de importar. Se perdió la cosecha entera y se temía que el agua de la tormenta convirtiera el suelo en tóxico. Podían comprar suelo nuevo y volver a empezar, pero los agricultores con quienes hablé sabían que, a menos que hubiese otras personas ahí fuera luchando por reducir las emisiones a escala global y sistémica, seguirían enfrentándose a este tipo de pérdidas una y otra vez.

No es que una esfera importe más que la otra; es que tenemos que actuar en ambas, en la local y en la global. Tenemos que oponer resistencia y ofrecer alternativas: establecer los «noes» contra lo que no vamos a sobrevivir y encontrar los «síes» que necesitamos para progresar.

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Antes de irme, quisiera insistir en otra cosa. Y, por favor, prestad atención porque es importante. Es cierto que tenemos que actuar en todos los frentes, que tenemos que cambiarlo todo. Pero vosotros, personalmente, no tenéis que hacerlo todo. Todo no depende de vosotros.

Uno de los mayores peligros de ser unos jóvenes tan admirables y sensibles que oyen el tic tac del clima que resuena con fuerza es que podéis terminar responsabilizándoos de demasiadas cosas. Lo que no deja de ser otra manifestación de ese sentido in ado de nuestra propia importancia.

Puede parecer que todas y cada una de las decisiones que toméis —si queréis trabajar en una ONG nacional o en un proyecto de permacultura local o una empresa emergente ecológica; si queréis trabajar con animales o personas; si queréis ser cientí cos o artistas; si queréis seguir estudiando o tener hijos— sean de vital importancia para el mundo.

Me quedé asombrada ante la descomunal carga que algunos os imponéis a vosotros mismos cuando una estudiante australiana de ciencias de veintiún años llamada Zoe Buckley Lennox contactó conmigo hace poco. Estaba acampada encima de la torre de perforación en el ártico que Shell tiene en medio del océano Pací co. Era una de los seis activistas de Greenpeace que habían escalado la enorme torre para tratar de ralentizar su tarea y llamar la atención sobre la locura que es perforar el ártico en busca de petróleo. Y allí permanecieron, entre el ulular de los vientos, durante una semana.

Mientras todavía estaban allí, quise llamar al teléfono por satélite de Greenpeace para darle las gracias a Zoe personalmente por su valentía. ¿Sabéis qué hizo? Me preguntó: «¿Cómo sabes que estás haciendo lo correcto? Porque también están las desinversiones, los grupos de presión y la conferencia climática de París».

Su seriedad me conmovió, pero también tuve ganas de llorar. Allí estaba Zoe, haciendo una de las cosas más increíbles jamás

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imaginables, congelándose hasta el tuétano para tratar de detener la perforación en el ártico sicamente con su propio cuerpo. Y allí, bajo sus siete capas de abrigo y su equipo de escalada, seguía fustigándose y preguntándose si debería estar haciendo otra cosa.

Le dije lo mismo que os voy a decir a vosotros: lo que estáis haciendo es maravilloso, y lo que haréis a continuación también lo será. Porque no estáis solos, formáis parte de un movimiento. Y este movimiento se está organizando en las Naciones Unidas y presentándose a las elecciones y logrando que las universidades retiren sus inversiones en combustibles fósiles y tratando de bloquear la perforación en el Ártico en el Congreso y en los tribunales. Y en el mar abierto. Todo a la vez.

Y es cierto que tenemos que crecer más rápido y hacer más, pero nadie debe cargar con todo el peso del mundo sobre sus hombros: ni vosotros ni Zoe ni yo. La fuerza del proyecto transformador del que millones de personas ya forman parte es la que carga con ese peso.

Eso signi ca que somos libres de hacer el tipo de trabajo que nos proporcione sustento para que podamos formar parte de este movimiento a largo plazo. Porque eso es lo que hará falta.

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¿UN VATICANO RADICAL?

Las personas de fe, especialmente de religiones misioneras, creen rmemente en algo que muchas personas laicas no tienen tan claro: que todos los seres humanos son capaces de cambiar en lo más profundo. […] Después de todo, esa es la esencia de la conversión.

29 DE JUNIO DE 2015: LA MALETA

CUANDO ME PIDIERON QUE participara en una rueda de prensa en el Vaticano sobre la encíclica sobre el cambio climático que el papa Francisco había publicado recientemente, Laudato sì, estaba segura de que no tardarían en anular la invitación. Pero ahora ya solo quedan dos días para la rueda de prensa, seguida de un simposio de dos días para explorar la encíclica; va a pasar, va a pasar de verdad.

Como suelo hacer antes de los viajes estresantes, proyecto toda mi ansiedad en el vestuario. La predicción del tiempo en Roma para la primera semana de julio muestra temperaturas sofocantes de hasta 35 °C. Las mujeres que visitan el Vaticano deben vestir con ropa modesta, sin enseñar las piernas o los brazos. La elección más obvia son prendas de algodón, largas y anchas; el único problema es que siento aversión hacia cualquier cosa que me huela a hippy aunque sea en lo más mínimo.

Seguro que la sala de prensa del Vaticano está climatizada, pero lo que pasa es que Laudato sì habla especí camente del aire acondicionado como uno de los «muchos hábitos perjudiciales de consumo que, en lugar de disminuir, parecen aumentar cada vez más». ¿Se asegurarán los poderes fácticos de apagar el aire solo

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para esta rueda de prensa? ¿O lo dejarán encendido y aceptarán la contradicción, igual que estoy haciendo yo al avalar el valiente documento del papa en el que habla de que reaccionar ante la crisis climática exige que implementemos cambios profundos en nuestro modelo económico impulsado por el crecimiento, al tiempo que discrepo de sus ideas en muchas otras cuestiones?

Para recordarme a mí misma por qué la ocasión merece tantas preocupaciones, releo algunos pasajes de la encíclica. Además de explicar la realidad del cambio climático, dedica un espacio considerable a explorar cómo la cultura del capitalismo tardío hace que sea excepcionalmente di cil abordar, o incluso concentrarse, en este desa o cuya magnitud incumbe a toda nuestra civilización. «La naturaleza está llena de palabras de amor —escribe el papa Francisco—, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa o del culto a la apariencia?»

Miro avergonzada al contenido desparramado de mi armario. (Oye, no todos tenemos la suerte de poder ponernos el mismo atuendo blanco para cualquier ocasión…)

1 DE JULIO: ESA PALABRA QUE EMPIEZA POR «F»

Somos cuatro los ponentes invitados a la rueda de prensa del Vaticano, entre ellos uno de los presidentes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU. Todos son católicos, menos yo. En su presentación, el padre Federico Lombardi, director de la O cina de Prensa de la Santa Sede, se re ere a mí como «feminista judía secular», un término que utilicé en los apuntes que preparé, pero que no esperaba que él repitiera. El padre Lombardi hace su intervención exclusivamente en italiano, excepto estas tres palabras, las cuales pronuncia lentamente y en inglés, como para enfatizar su naturaleza foránea.

La primera pregunta que recibo es de Rosie Scammell, del Religion News Service: «Me preguntaba qué les diría a los católicos

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preocupados por su implicación en esto, y a las personas que no estén de acuerdo con ciertas enseñanzas católicas».

Se re ere al hecho de que algunos tradicionalistas han protestado ante la presencia de paganos, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y una larga lista de climatólogos, entre estas ancestrales paredes en las vísperas de la publicación de la encíclica. Existe el temor de que el diálogo sobre la sobrecarga del planeta conduzca al debilitamiento de la oposición de la Iglesia a los métodos anticonceptivos y al aborto. Tal como el editor de una famosa página web italiana católica dijo hace poco, «el camino que está siguiendo la Iglesia es precisamente este: aprobar sigilosamente el control de la población mientras habla de otra cosa».

Contesto que no estoy aquí para negociar la fusión del movimiento climático secular y el Vaticano; sin embargo, si el papa Francisco tiene razón en que responder ante la crisis climática requiere implementar una serie de cambios fundamentales en nuestro modelo económico —y yo creo que sí la tiene—, entonces hará falta un movimiento enormemente amplio que exija dichos cambios, un movimiento que sea capaz de abrirse camino entre las discrepancias políticas.

Después de la rueda de prensa, una periodista de Estados Unidos me dice que lleva «veinte años cubriendo el Vaticano, y jamás pensé que oiría la palabra feminista pronunciada en ese escenario».

Y, para que conste, el aire acondicionado estaba encendido. Los embajadores de Gran Bretaña y Países Bajos en la Santa

Sede celebran una cena para los organizadores y los ponentes de la rueda de prensa. Regada con vino y alimentada por salmón a la plancha, la conversación gira en torno a las implicaciones políticas del próximo viaje del papa a Estados Unidos. Uno de los invitados que más preocupado se muestra por esta cuestión procede de una in uyente organización católica estadounidense.

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«El Santo Padre no nos lo está poniendo fácil al pasar primero por Cuba», comenta.

Le pregunto cómo está yendo la difusión del mensaje del Laudato sì en Estados Unidos. «El momento no ha sido propicio — asegura—. Salió en el mismo momento en que el Tribunal Supremo tomó su decisión sobre el matrimonio homosexual, y ahí es donde se han posado todas las miradas.» No le falta razón. Muchos obispos estadounidenses celebraron la encíclica, pero ni por asomo con el fervor católico que se exhibió una semana más tarde para condenar la decisión del Tribunal Supremo.

Este contraste pone de mani esto lo lejos que habrá de llegar el papa Francisco para materializar su visión de una Iglesia católica que dedique menos tiempo a criticar a los demás en relación con el aborto, los anticonceptivos y con quién se casan, y más a luchar por las víctimas del yugo de un sistema económico desigual e injusto sobremanera. Cuando la justicia climática se vio en la tesitura de tener que luchar con las críticas del matrimonio homosexual por espacio en los medios, no tuvo ni la más mínima oportunidad.

De camino al hotel, con los ojos puestos en las columnas y la cúpula iluminadas de la basílica de San Pedro, se me ocurre que esta lucha de voluntades puede ser la verdadera razón por la que hayan invitado a un grupo tan ecléctico de personas ajenas a este enclaustrado mundo. Estamos aquí porque son muchos los miembros poderosos de la Iglesia en los que no se puede con ar para que de endan el transformador mensaje climático del papa Francisco, y no cabe duda de que a algunos les alegraría verlo enterrado junto a los muchos otros secretos que se han sepultado en este amurallado enclave.

Antes de irme a dormir, dedico algo más de tiempo al Laudato sì y hay algo que me llama la atención. En el párrafo introductorio, el papa Francisco escribe que «nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos». Cita el Cántico de las

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criaturas de san Francisco de Asís, que dice así: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre Tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas ores y hierba».

Algunos párrafos más adelante, la encíclica recuerda que san Francisco «entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las ores “invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón”». Según san Buenaventura, dice la encíclica, el fraile del siglo XIII «daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».

Más adelante, citando varias directrices bíblicas sobre el cuidado de los animales que proporcionan alimento y trabajo, el papa Francisco concluye que «la Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas».

Si para los ecologistas cuestionar el antropocentrismo es algo rutinario, para la cumbre de la Iglesia católica es algo muy distinto. Es di cil encontrar una visión más antropocéntrica que la persistente interpretación judeocristiana de que Dios creó el mundo entero especí camente para satisfacer todas y cada una de las necesidades de Adán. En cuanto a la idea de que formamos parte de una familia que consta de todos los seres vivientes, y que la Tierra es la madre que nos da la vida, también es un tema manido para cualquier ecologista. Pero no para la Iglesia: la erradicación del paganismo, el animismo y el panteísmo perseguía precisamente sustituir el concepto de la Madre Tierra por un Dios Padre y arrebatar al mundo natural todos sus poderes sagrados.

Al a rmar que la naturaleza posee valor propio, el papa Francisco está revirtiendo siglos y siglos de una interpretación teológica que profesaba una hostilidad abierta contra el mundo natural, ya que lo consideraba un sufrimiento que debía ser trascendido y una «tentación» que debía ser resistida. Naturalmente, ha habido sectores del cristianismo que han insistido en que la naturaleza era algo valioso que debía guardarse y protegerse —algunas incluso le rendían homenaje—, pero la

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consideraban, sobre todo, un conjunto de recursos para sostener a los humanos.

El papa Francisco no es el primer pontí ce que se muestra profundamente preocupado por el medio ambiente, pues esa fue también la postura de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Pero ellos no solían referirse a la Tierra como nuestra «hermana, madre» ni a rmaban que las ardillas y las truchas son nuestras hermanas.

2 DE JULIO: REGRESAR DE LA JUNGLA

En la plaza de San Pedro, las tiendas de recuerdos venden tazas, calendarios y delantales con la cara del papa Francisco, además de pilas y pilas de copias encuadernadas del Laudato sì disponibles en muchos idiomas. En las ventanas hay lonas que anuncian el libro. A primera vista, no parece más que otra fruslería papal y no un documento que podría transformar la doctrina eclesiástica.

Esta mañana se inaugura Las personas y el pueblo primero: la imperativa de cambiar el rumbo, un encuentro de dos días cuyo objetivo es diseñar un plan de acción alrededor del Laudato sì organizado por la Alianza Internacional de Agencias Católicas de Desarrollo y el Consejo Ponti cio Justicia y Paz. Entre los ponentes se encuentran Mary Robinson, expresidenta de Irlanda, y el enviado especial de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, Enele Sopoaga, primer ministro de Tuvalu, un país insular cuya existencia se encuentra amenazada por la subida del nivel del mar.

Un obispo de voz suave de Bangladés guía una oración introductoria, y el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, uno de los mayores impulsores de la encíclica, es el primero en intervenir. A sus sesenta y seis años, Turkson tiene las sienes canosas, pero las mejillas redondas todavía irradian juventud. Muchos especulan con que él podría ser el sucesor del papa Francisco, de setenta y ocho años, con lo que se convertiría en el primer papa africano.

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En el discurso de Turkson predominan las citas a encíclicas papales previas como precedentes del Laudato sì. Su mensaje es claro: esto no es cosa de un papa concreto, sino que forma parte de la tradición católica de considerar la Tierra como un sacramento y reconocer un «pacto» (y no una mera conexión) entre los seres humanos y la naturaleza.

Asimismo, el cardenal señala que «la palabra custodia solo aparece dos veces» en la encíclica. La palabra cuidado, en cambio, se menciona decenas de veces. No es casualidad, nos dice el cardenal. Mientras que la custodia denota una relación basada en el deber, «cuando uno cuida de algo, lo hace con pasión y con amor».

Esta pasión por el mundo natural forma parte de lo que se ha llamado «el factor Francisco», y es evidente que emana de un cambio en el poder geográ co dentro de la Iglesia católica. El papa Francisco es de Argentina y Turkson es de Gana. Uno de los pasajes más apasionados de la encíclica —«¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?»— es una cita de una declaración de la Conferencia de Obispos Católicos de Filipinas.

Esto re eja la realidad de que, en grandes regiones del Sur Global, los elementos más antropocéntricos de la doctrina cristiana jamás llegaron a calar del todo. Especialmente en América Latina, hogar de grandes poblaciones indígenas, el catolicismo no logró desplazar del todo las cosmologías que giraban en torno a una Tierra viviente y sagrada, y a menudo el resultado fue una Iglesia que fusionaba puntos de vista cristianos e indígenas. Con el Laudato sì, esta fusión, por n, ha llegado a los peldaños más altos de la Iglesia.

Al mismo tiempo, Turkson parece advertir con delicadeza que no hay que dejarse llevar. Algunas culturas africanas «dei caron» la naturaleza, pero eso no es lo mismo que el «cuidado». Puede que la Tierra sea nuestra madre, pero Dios sigue siendo el jefe. Puede que los animales sean nuestros parientes, pero los humanos no son

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animales. Y, aun así, si una enseñanza papal o cial cuestiona algo tan fundamental como el dominio humano sobre la Tierra, ¿acaso es posible controlar qué vendrá después?

El sacerdote y teólogo católico-irlandés Seán McDonagh, quien estuvo implicado en el proceso de redacción de la encíclica, presenta el argumento con convicción. Su voz resuena entre el público para instarnos a que no nos escondamos ante el hecho de que el amor por la naturaleza en que la encíclica está embebida representa un cambio profundo y radical con respecto del catolicismo tradicional. «Nos estamos encaminando hacia una teología nueva», declara.

Para demostrarlo, traduce una oración en latín que en el pasado solía recitarse tras la comunión durante el Adviento: «Enséñanos a despreciar las cosas de la Tierra y a amar las cosas del Cielo». Dejar atrás siglos de desprecio por el mundo material no es una tarea nimia, y —asegura McDonagh—, subestimar el trabajo que queda por delante no ayuda a nadie.

Es emocionante presenciar una discusión sobre cuestionamientos teológicos radicales entre las paredes curvadas de madera de un auditorio bautizado con el nombre de San Agustín, el teólogo cuyo escepticismo acerca de todo lo corpóreo y material moldeó en gran medida a la Iglesia. Pero imagino que, para los hombres perceptiblemente callados y vestidos con sotanas negras de la primera la, que estudian y enseñan en este edi cio, también debe de resultar ligeramente aterrador.

Esta noche, la cena es mucho más informal: una terraza en una trattoria con un puñado de franciscanos de Brasil y Estados Unidos, además de McDonagh, a quien los demás tratan como a un miembro honorario de la orden.

Los hombres con quienes comparto cena se encuentran entre los mayores alborotadores que ha habido entre las las de la Iglesia durante años, y son quienes más en serio se toman las enseñanzas protosocialistas de Jesucristo. Patrick Carolan, el director ejecutivo de la Red de Acción Franciscana a ncado en

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Washington, DC, es uno de ellos. Con una sonrisa de oreja a oreja, me dice que, al nal de su vida, Vladimir Lenin supuestamente dijo que lo que de verdad le había faltado a la Revolución rusa no eran más bolcheviques, sino diez san Franciscos de Asís.

Ahora, de pronto, estos inadaptados comparten muchas de sus posturas con el católico más poderoso del mundo, el líder de un rebaño de mil doscientos millones de personas. El actual pontí ce no solo sorprendió a todos al adoptar el nombre de Francisco, cosa que ningún papa anterior había hecho, sino que, además, parece decidido a revivir las enseñanzas franciscanas más radicales. Moema de Miranda, una in uyente líder social brasileña cuyo cuello está adornado con una cruz franciscana de madera, dice que siente «como si por n nos estuvieran escuchando».

A McDonagh, los cambios que se están produciendo en el Vaticano le resultan todavía más asombrosos. «La última vez que tuve una audiencia papal fue en 1963 —me dice con un plato de spaghetti alle vongole delante—. Dejé que pasaran tres papas.» Y ahora aquí está, de vuelta en Roma, habiendo contribuido a redactar la encíclica más comentada que cualquiera pueda recordar.

McDonagh señala que los latinoamericanos no son los únicos que encontraron la manera de reconciliar al Dios cristiano con la Tierra mística. La tradición celta irlandesa también logró conservar una dimensión de «lo divino en el mundo natural. Las fuentes de agua poseían divinidad. Los árboles poseían divinidad». Pero en gran parte del resto del mundo católico, todo eso desapareció. «Estamos presentando las cosas como si hubiera continuidad, pero no la había. Funcionalmente, esa teología se perdió.» (Muchos conservadores están advirtiendo este juego de manos. «PAPA FRANCISCO, LA TIERRA NO ES MI HERMANA», reza un titular

reciente de e Federalist, una revista de derechas en línea.)

Por lo que a McDonagh respecta, está encantado con la encíclica, aunque desearía que hubiese ido todavía más lejos al cuestionar la idea de que la Tierra fue creada como un regalo para

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los humanos. ¿Cómo podría ser eso posible cuando sabemos que la Tierra existía miles de millones de años antes de que llegáramos nosotros?

Le pregunto cómo podrá sobrevivir la Biblia a tantos cuestionamientos fundamentales; ¿no llega un punto en el que todo se derrumba? Se encoje de hombros y me dice que las escrituras siempre están en evolución y que deben ser interpretadas de acuerdo con el contexto histórico. Si resulta que el Génesis necesita una precuela, tampoco es para tanto. De hecho, tengo la sensación de que no le importaría en absoluto formar parte de ese comité de redacción.

3 DE JULIO: IGLESIA, EVANGELÍZATE

Me despierto pensando en el tesón. ¿Por qué algunos franciscanos como Patrick Carolan y Moema de Miranda aguantaron tanto tiempo en una institución que no re ejaba muchas de sus creencias y valores más profundos, para presenciar de pronto un cambio repentino que muchos aquí solo son capaces de explicar mediante alusiones a lo sobrenatural? Carolan me explicó que un sacerdote abusó de él cuando tenía doce años. Los encubrimientos lo enfurecen, pero aun así no dejó que la situación lo apartara permanentemente de su fe. ¿Qué le impulsó a quedarse?

Hablo de ello con Miranda cuando la veo tras la conferencia de Mary Robinson. (Robinson había criticado ligeramente la encíclica por no enfatizar de forma adecuada el papel de las mujeres y de las niñas en el desarrollo humano.)

Miranda me corrige diciendo que, en realidad, ella no es de las que llevan gran parte de sus vidas aguantando. «Durante muchos años fui atea, era comunista, maoísta. Hasta los treinta y tres años. Entonces, me convertí.» Me describió un momento de puro esclarecimiento: «Vaya, Dios existe. Y todo cambió».

Le pregunto qué precipitó esa situación; duda y se ríe un poco. Me dice que estaba atravesando un momento muy di cil de su vida

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cuando se cruzó con un grupo de mujeres «que tenían algo distinto, incluso en su sufrimiento. Y empezaron a hablar sobre la presencia de Dios en sus vidas de un modo que me hizo escucharlas. Y, de pronto, lo vi: Dios está ahí. En cuestión de minutos, pasó de ser algo que me resultaba imposible concebir, a estar ahí».

La conversión… Se me había pasado totalmente por alto. Y, con todo, puede que sea la clave para comprender el poder y el potencial del Laudato sì. El papa Francisco dedica un capítulo entero de la encíclica a la necesidad de que haya una «conversión ecológica» entre los cristianos «que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana».

Una evangelización ecológica —pienso— es lo que he estado viendo tomar forma durante los últimos tres días en Roma, en todas las menciones acerca de «difundir la buena nueva de la encíclica», de «llevar la Iglesia a la calle», de un «peregrinaje del pueblo» para ayudar al planeta, en las explicaciones de Miranda sobre sus planes de difundir la encíclica en Brasil a través de anuncios en la radio, vídeos en internet y pan etos que puedan usarse como recurso en los grupos de estudio de las parroquias.

Un engranaje de milenios de antigüedad diseñado para evangelizar y convertir a los no cristianos se está preparando ahora para dirigir su fervor apostólico hacia su propio seno, cuestionando y cambiando las creencias fundacionales sobre el lugar de la humanidad en el mundo entre los que ya son eles. En la sesión de clausura, el padre McDonagh propone «un sínodo trienal sobre la encíclica» para educar a los miembros de la Iglesia sobre esta nueva teología basada en la interconexión y la «ecología integral».

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Son muchos los que le han estado dando vueltas a cómo el Laudato sì puede ser tan sumamente crítico con el presente a la vez que se muestra tan esperanzado sobre el futuro. La fe de la Iglesia en el poder de las ideas y su imponente capacidad de difundir información a escala global tienen un papel muy importante cuando se trata de explicar esta tensión. Las personas de fe, especialmente de religiones misioneras, creen rmemente en algo que muchas personas laicas no tienen tan claro: que todos los seres humanos son capaces de cambiar en lo más profundo. Están convencidos de que la combinación adecuada de argumentos, emociones y experiencias puede desencadenar transformaciones que cambian vidas. Después de todo, esa es la esencia de la conversión.

Es muy posible que el ejemplo más notable de esta capacidad de cambio se halle en el Vaticano del papa Francisco. Y su modelo no es válido solo para la Iglesia, porque si una de las instituciones más antiguas y apegadas a la tradición del mundo es capaz de cambiar sus enseñanzas y prácticas de una forma tan radical y rápida como está tratando de lograr el papa Francisco, no cabe duda de que todo tipo de instituciones más recientes y moldeables también pueden cambiar.

Y si eso ocurre —si la transformación es tan contagiosa como parece ser—, puede que tengamos una oportunidad de detener al cambio climático.

EPÍLOGO

De todos los fragmentos recogidos para este libro, la relectura de este fue la que más me afectó, porque a pesar del valor que demostró el papa Francisco al llamar la atención de todos los Gobiernos del mundo sobre su negligencia ecológica y su brutal desconsideración por las vidas de los migrantes, el Vaticano ha fracasado a la hora de exigir responsabilidades a sus propios líderes por el abuso sexual sistémico de niños y monjas y por los

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encubrimientos deliberados de dichos crímenes. Esta negación de la justicia ha atormentado a muchos eles de la Iglesia y ha minado la autoridad moral del papa como guía en otros asuntos, incluida la crisis climática. Cuanto menos, esto debería servir para recordarnos a todos la apremiante necesidad de enfocar el cambio social y político desde una perspectiva multidisciplinar: si escogemos a nuestro antojo qué crisis urgentes queremos abordar con seriedad, el resultado nal será la incapacidad de lograr el cambio en ninguna de ellas. Solo un enfoque valiente y holístico que no sacri que ningún asunto en el altar de otro será capaz de traer la profunda transformación que necesitamos.

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¡QUE SE AHOGUEN! LA VIOLENCIA DE LA ALTERIZACIÓN EN UN MUNDO QUE SE CALIENTA

Una cultura que valora tan poco las vidas de los negros y mulatos que está dispuesta a dejar que desaparezcan seres humanos bajo las olas, o que se prenda fuego en centros de internamiento, también estará dispuesta a dejar que los países donde viven personas negras y mulatas desaparezcan bajo las olas o se sequen bajo un calor árido.

MAYO DE 2016:

CONFERENCIA EN MEMORIA DE EDWARD W. SAID, LONDRES

EDWARD SAID NO ERA PRECISAMENTE un «abrazaárboles» (como se denomina a veces coloquialmente a los ecologistas radicales). Este gran intelectual, descendiente de comerciantes, artesanos y profesionales, en cierta ocasión se describió a sí mismo como «un caso extremo de palestino urbano cuya relación con la tierra es básicamente metafórica». En A er the Last Sky, su meditación sobre las fotogra as de Jean Mohr, exploraba los aspectos más íntimos de la vida palestina, desde la hospitalidad hasta los deportes, pasando por la decoración del hogar. El más mínimo detalle (la colocación del marco de una foto o la postura desa ante de un niño) desataba en Said todo un torrente de ideas. Sin embargo, cuando se veía confrontado a imágenes de granjeros palestinos (cuidando sus rebaños, trabajando los campos, etcétera), de repente aquella capacidad de detalle se evaporaba. ¿Qué plantas se cultivaban? ¿Cuál era el estado del suelo? ¿Y la disponibilidad de agua? Ni una palabra. «Sigo percibiendo una población de campesinos pobres, sufrientes, a veces pintorescos,

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inmutable y colectiva», confesaba Said. Aquella era —reconocía— una percepción «mítica», pero persistía.

Si la actividad agropecuaria era otro mundo para Said, parece que quienes dedicaban su vida a asuntos tales como la contaminación del aire y del agua era como si habitaran en otro planeta. Hablando con su colega Rob Nixon, entonces en la Universidad de Columbia, en cierta ocasión describió el ecologismo como «la indulgencia de unos abrazaárboles mimados que carecen de una causa apropiada». Sin embargo, los retos medioambientales de Oriente Próximo resultan imposibles de ignorar para cualquiera que esté inmerso en su geopolítica, como lo estaba Said. Esta es una región extremadamente vulnerable al estrés térmico e hídrico, al aumento del nivel del mar y la deserti cación. Un reciente artículo publicado en Nature Climate Change predice que, a menos que reduzcamos de forma radical las emisiones, y lo hagamos rápido, es probable que a nales de este siglo extensas zonas de Oriente Próximo «experimenten niveles de temperatura que resultan intolerables para los humanos». Y para lo que suele ser habitual entre los climatólogos, eso es ser bastante contundente. Sin embargo, en la región, los problemas medioambientales todavía tienden a tratarse como aspectos secundarios o causas propias de gente rica y ociosa. Eso no se debe a ignorancia o indiferencia; es solo una cuestión de prioridades. El cambio climático es una amenaza grave, pero sus impactos más aterradores están todavía a varios años de distancia. En el aquí y el ahora siempre hay amenazas mucho más acuciantes que afrontar: ocupación militar, ataques aéreos, discriminación sistémica, embargo, etcétera. Nada puede competir con eso; ni debería intentarlo siquiera.

Hay otras razones por las que el ecologismo podía parecerle a Said una especie de patio de recreo burgués. Desde hace largo tiempo el Estado israelí ha revestido su proyecto de construcción nacional de una pátina verde: fue un elemento clave del espíritu pionero del «retorno a la tierra» del sionismo. Y en ese contexto,

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los árboles, concretamente, se han contado entre las armas más potentes de la usurpación y la ocupación de tierras. No se trata solo de los innumerables olivos y alfóncigos arrancados de cuajo para dar paso a asentamientos y carreteras de uso exclusivo de Israel; también están los extensos bosques de pinos y eucaliptos que se han plantado sobre las antiguas arboledas y aldeas palestinas. El actor más notorio en ese sentido ha sido el Fondo Nacional Judío (KKL, por sus siglas en hebreo), que, bajo el lema «Reverdecer el desierto», se jacta de haber plantado doscientos cincuenta millones de árboles en Israel desde 1901, muchos de ellos de especies no autóctonas. También ha nanciado directamente infraestructuras clave para el ejército israelí, incluso en el propio desierto del Néguev. En su material publicitario, el KKL se anuncia como una ONG ecologista más, preocupada por la gestión de los bosques y el agua, los parques y el esparcimiento. Pero también resulta ser el mayor terrateniente privado del Estado de Israel, y, pese a una serie de complicados problemas legales, sigue negándose a arrendar o vender tierras a personas que no sean judías.

Yo crecí en una comunidad judía donde todas las ocasiones especiales (nacimiento y muerte, Día de la Madre, bar mitzvá, y demás) se celebraban con la orgullosa compra de un árbol del KKL en honor a la persona homenajeada. No fue hasta la edad adulta cuando empecé a ser consciente de que aquellas lejanas coníferas que tan bien nos hacían sentir, y cuyos certi cados de compra empapelaban las paredes de mi escuela primaria en Montreal, no tenían nada de bene cioso; no eran algo que se planta y más tarde se abraza. En realidad, esos árboles se cuentan entre los símbolos más agrantes del sistema de discriminación o cial de Israel, un sistema que es necesario desmantelar para que sea posible la coexistencia pací ca.

El KKL es un ejemplo extremo y reciente de lo que algunos denominan «colonialismo verde». Pero el fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Israel. El continente americano tiene una larga y

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dolorosa historia de convertir hermosas extensiones de naturaleza en áreas protegidas y utilizar luego esa denominación para evitar que los pueblos indígenas accedan a sus territorios ancestrales para cazar y pescar, o simplemente para vivir. Ha sucedido una y otra vez. Una versión contemporánea de este fenómeno son las llamadas «compensaciones de carbono». Muchos pueblos indígenas, desde Brasil hasta Uganda, están descubriendo que algunas de las usurpaciones de tierras más agresivas las están llevando a cabo precisamente organizaciones conservacionistas. De repente se recali ca un bosque como una compensación de carbono, y, en consecuencia, este queda fuera del alcance de quienes tradicionalmente lo habitaban. Como resultado, el mercado de compensaciones de carbono ha creado una clase enteramente nueva de violaciones ecológicas de los derechos humanos, en las que granjeros e indígenas son sicamente atacados por guardas forestales o agentes de seguridad privada cuando intentan acceder a esas tierras. El comentario de Said sobre los abrazaárboles debe entenderse en este contexto.[1]

Pero aún hay más. En el último año de vida de Said, Israel estaba levantando la denominada barrera de separación, usurpando enormes franjas de Cisjordania y aislando a los trabajadores palestinos de sus trabajos, a los agricultores de sus campos, a los pacientes de los hospitales, y dividiendo brutalmente a las familias. No faltaban razones para oponerse al muro por una cuestión de derechos humanos. Sin embargo, en aquel momento algunas de las principales voces disidentes entre los judíos israelíes preferían centrarse en otras cosas. A Yehudit Naot, entonces ministra israelí de Medio Ambiente, le preocupaba más un informe que declaraba que «la valla de separación […] es perjudicial para el paisaje, la ora y la fauna, los corredores ecológicos y el drenaje de los arroyos».

«Desde luego, no quiero detener ni retrasar la construcción de la valla», declaró; pero «me inquieta el daño medioambiental que entraña». Como observaba más tarde el activista palestino Omar

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Barghouti, «el ministerio [de Naot] y la Autoridad de Protección de Parques Nacionales han llevado a cabo diligentes esfuerzos de rescate para salvar una reserva de iris afectada trasladándola a una reserva alternativa. También han creado pequeños pasajes [a través del muro] para animales».

Probablemente esto sitúa el escepticismo con respecto al movimiento verde en el contexto adecuado. La gente tiende a desanimarse cuando ve que su vida se trata con menos respeto que las ores y los reptiles. Aun así, el legado intelectual de Said contiene muchos elementos que ilustran y clari can las causas subyacentes de la crisis ecológica global, hasta el punto de esbozar posibles formas de respuesta que resultan mucho más inclusivas que los modelos que rigen las actuales campañas: formas de respuesta que no piden a la gente que sufre que deje de lado sus preocupaciones con respecto a la guerra, la pobreza y el racismo sistémico y empiece por «salvar al mundo», sino que, en cambio, revelan de qué modo todas estas crisis están interconectadas y cómo podrían estarlo también las soluciones a ellas. En suma, puede que Said no pudiera dedicar tiempo a los abrazaárboles, pero es urgente que los abrazaárboles dediquen tiempo a Said y a muchos otros pensadores poscoloniales antiimperialistas, porque, sin ese conocimiento, no hay forma de entender cómo hemos terminado en este peligroso lugar ni de averiguar cuáles son las transformaciones necesarias para llevarnos a un lugar más seguro. Lo que viene a continuación son, pues, algunas ideas —sin la pretensión de ser exhaustivas— sobre lo que podemos aprender leyendo a Said en un mundo que se calienta.

Said fue y sigue siendo uno de nuestros teóricos más dolorosamente elocuentes del exilio y la nostalgia; pero él siempre dejó claro que la suya era la nostalgia de un hogar que había sido tan radicalmente alterado que en realidad ya no existía. Su postura era compleja: defendía con ahínco el derecho de retorno

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de los palestinos, pero nunca a rmó que su hogar estuviera preestablecido. Lo que importaba era el principio de respeto hacia todos los derechos humanos por igual y la necesidad de una justicia reparadora que informara nuestras acciones y políticas. Esa perspectiva resulta profundamente relevante en esta época nuestra de costas erosionadas, de naciones que desaparecen bajo el aumento del nivel de los mares, de decoloración de arrecifes de coral que sostienen a culturas enteras y de un Ártico cada vez más cálido. Ello es así porque el sentimiento de anhelo de una patria radicalmente alterada, un hogar que puede que ya ni siquiera exista, es un fenómeno que se está globalizando de manera tan veloz como trágica.

En marzo de 2016, dos importantes estudios cientí cos avalados por el sistema de revisión paritaria advertían de que el aumento del nivel del mar podría producirse con una velocidad mucho mayor de lo que se había creído hasta entonces. Uno de los autores del primer estudio era James Hansen, probablemente el climatólogo más respetado del mundo, quien advertía que, de seguir con nuestra trayectoria actual de emisiones, estamos abocados a la «pérdida de todas las ciudades costeras, la mayoría de las grandes urbes del mundo y toda su historia»; y no dentro de miles de años, sino en este mismo siglo. En otras palabras: si no exigimos un cambio radical, nos encaminamos hacia un planeta entero de personas que anhelan un hogar que ya no existe.

Said también nos ayuda a imaginar cómo podría ser eso. Él solía invocar la palabra árabe sumud («mantenerse inmóvil, resistir») para referirse a la rme negativa a abandonar la propia tierra pese a los más desesperados intentos de desalojo e incluso cuando uno está rodeado de un constante peligro. Es un término asociado sobre todo a lugares como Hebrón y Gaza, pero hoy podría aplicarse igualmente a miles de residentes de la costa de Luisiana que han levantado sus hogares sobre pilotes para no tener que ser evacuados, o a los isleños del Pací co cuya consigna es «Nosotros no nos ahogamos: luchamos». En los territorios

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situados bajo el nivel del mar, como las Islas Marshall, Fiyi y Tuvalu, saben que el aumento del nivel del mar que supone el deshielo polar es ya tan importante que sus países probablemente no tengan futuro. Pero se niegan a preocuparse solo por la logística de la reubicación, y no se reubicarían aunque hubiera países más seguros dispuestos a abrir sus fronteras, lo cual es decir mucho, dado que actualmente el derecho internacional no reconoce a los refugiados climáticos. En lugar de ello, han optado por una resistencia activa: bloqueando a los buques carboneros australianos con canoas tradicionales, perturbando las negociaciones internacionales sobre el clima con su incómoda presencia o exigiendo una acción climática mucho más agresiva. Si hay algo que merece la pena celebrar en el Acuerdo de París sobre el clima —aunque no sea su ciente—, es gracias a este tipo de acción fundamentada en principios: el sumud climático.

Pero esto apenas logra arañar la super cie de todo lo que podemos aprender leyendo a Said en un mundo que se calienta. Ni que decir tiene que era un auténtico gigante en el estudio de la «alterización», que en su libro de 1978 Orientalismo de nía como «despreciar, esencializar, denudar la humanidad de otra cultura, pueblo o área geográ ca». Y una vez que se ha establecido rmemente esa «alteridad», se ha abonado el terreno para cualquier posible transgresión: expulsión violenta, usurpación de tierras, ocupación, invasión…, puesto que el objetivo de la alterización es que el otro no tenga los mismos derechos, la misma humanidad, que quienes formulan tal distinción.

¿Y qué tiene eso que ver con el cambio climático? Probablemente todo.

Ya hemos calentado peligrosamente nuestro mundo, y nuestros Gobiernos siguen negándose a adoptar las medidas necesarias para frenar esa tendencia. Hubo un tiempo en que muchos tenían derecho a alegar ignorancia, pero en las últimas tres décadas, desde que se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático y se iniciaron las negociaciones en torno al

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clima, esa negativa a reducir las emisiones ha venido acompañada de una plena conciencia de los peligros que entraña. Y ese tipo de temeridad habría sido funcionalmente imposible sin el racismo institucional, aunque solo fuera latente. Habría sido imposible sin el orientalismo, sin toda la panoplia de potentes herramientas que permiten a los poderosos ignorar las vidas de quienes lo son menos. Dichas herramientas —que clasi can el valor relativo de los humanos— son las que permiten desechar naciones enteras y antiguas culturas. Y fueron las que permitieron ya de entrada la extracción de todo ese carbono.

Los combustibles fósiles no constituyen el único factor impulsor del cambio climático —también están la agricultura industrial y la deforestación—, pero sí el más importante. Y el problema de dichos combustibles es que son tan intrínsecamente sucios y tóxicos que requieren de la existencia de poblaciones y lugares «sacri ciales»; es decir, personas cuyos pulmones y cuerpos se puedan sacri car trabajando en las minas de carbón, gentes cuyas tierras y recursos hídricos se puedan sacri car a cambio de minas a cielo abierto y vertidos de petróleo. Todavía en una fecha tan reciente como la década de 1970, los cientí cos que asesoraban al Gobierno estadounidense se referían abiertamente a ciertas partes del país como «zonas de sacri cio nacional». Un ejemplo de ello son los montes Apalaches, dinamitados para extraer carbón porque la llamada «minería de las cumbres montañosas» resulta más barata que excavar agujeros en el subsuelo. Hicieron falta teorías de alterización que justi caran el sacri cio de una geogra a entera; teorías que sostenían que las gentes que vivían allí eran tan pobres y atrasadas que su vida y su cultura no merecían protección. Al n y al cabo, si no eres más que un «paleto», ¿a quién le importan tus montañas?

Convertir todo ese carbón en electricidad también requirió una nueva capa de alterización, esta vez dirigida a los barrios urbanos

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situados junto a las re nerías y a las plantas eléctricas. En Norteamérica, estas son en su abrumadora mayoría comunidades de color, negras e hispanas, obligadas a soportar la carga tóxica de nuestra adicción colectiva a los combustibles fósiles con tasas marcadamente superiores de cánceres y enfermedades respiratorias. Fue precisamente en la lucha contra este tipo de racismo medioambiental que nació el movimiento pro justicia climática.

Las zonas de sacri cio de los combustibles fósiles están repartidas por todo el globo. Tomemos, por ejemplo, el delta del Níger, envenenado cada año con una cantidad de petróleo equivalente al vertido del Exxon Valdez, un proceso que Ken Saro-Wiwa —antes de ser asesinado por el Gobierno— cali có de «genocidio ecológico». Las ejecuciones de líderes comunitarios, a rmaba, eran «en aras de la Shell». En mi país, Canadá, la decisión de extraer en Alberta arenas bituminosas —una forma especialmente pesada de petróleo— ha requerido cargarse diversos tratados con las Naciones Originarias, tratados rmados con la Corona británica que garantizaban a los pueblos indígenas el derecho a seguir cazando, pescando y viviendo según la forma tradicional en sus tierras ancestrales. Y ha sido así porque esos derechos no tienen ningún sentido cuando la tierra está profanada, cuando los ríos están contaminados, y los alces y los peces están llenos de tumores. Y las cosas van a peor: Fort McMurray, la población que representa el corazón de esta ebre de las arenas bituminosas, donde viven muchos de los trabajadores y donde se gasta gran parte del dinero, recientemente se ha visto diezmada por un infernal incendio, con barrios enteros arrasados. Tal es el calor y la sequedad del clima. Y ese exceso de calor tiene algo que ver con la sustancia enterrada que allí se extrae.

Pero aun sin acontecimientos tan dramáticos, este tipo de extracción de recursos constituye una forma de violencia, puesto que causa tanto daño a la tierra y al agua que termina por acarrear el n de una forma de vida, la muerte lenta de culturas que son

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inseparables de la tierra. Cortar la conexión de los pueblos indígenas con su cultura fue antaño la política estatal de Canadá, impuesta mediante el alejamiento forzoso de los niños indígenas de sus familias para trasladarlos a internados donde se prohibían sus prácticas lingüísticas y culturales, y donde los abusos sicos y sexuales estaban a la orden del día. Un reciente informe de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación sobre las denominadas «escuelas residenciales» las consideraba parte de un sistema de «genocidio cultural».

El trauma asociado a estas diversas capas de separación forzada —de la tierra, de la cultura, de la familia— se halla directamente vinculado a la epidemia de desesperación que hoy en día asola a tantas comunidades de las Naciones Originarias. En abril de 2016, en una sola noche de sábado, once personas intentaron quitarse la vida en la comunidad de Attawapiskat (de unos dos mil habitantes). Mientras esto sucede, el grupo DeBeers gestiona una mina de diamantes en el territorio tradicional de dicha comunidad; como todos los proyectos extractivos, habían prometido esperanza y oportunidades.

«¿Y por qué la gente no coge y se va?», se preguntan los políticos y los expertos. Muchos lo hacen. Y esa marcha está vinculada, en parte, a los miles de mujeres indígenas que han sido asesinadas o han desaparecido en Canadá, a menudo en las grandes ciudades. Las noticias de prensa rara vez establecen una conexión entre la violencia contra las mujeres y la violencia contra la tierra (a menudo para extraer combustibles fósiles), pero dicha conexión existe.

Cada nuevo Gobierno canadiense llega al poder prometiendo una nueva era de respeto por los derechos indígenas. Luego no cumple sus promesas porque esos derechos, tal como se de nen en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, incluyen el derecho a rechazar proyectos extractivos, incluso cuando dichos proyectos fomenten el crecimiento económico nacional. Y eso es un problema, dado que

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el crecimiento es nuestra religión, nuestra forma de vida. De modo que incluso Justin Trudeau, el joven y concienciado primer ministro canadiense, está obligado y decidido a llevar a cabo nuevos proyectos relacionados con los combustibles fósiles — nuevas minas, nuevos oleoductos y nuevas terminales de exportación— en contra de los deseos explícitos de las comunidades indígenas que no quieren poner en riesgo sus recursos hídricos ni contribuir a desestabilizar más el clima.

La clave es esta: nuestra economía, alimentada por combustibles fósiles, requiere zonas de sacri cio. Así ha sido siempre. Y no puedes tener un sistema basado en el sacri cio de lugares y poblaciones a menos que existan y persistan teorías intelectuales que justi quen dicho sacri cio: desde la doctrina del descubrimiento cristiana hasta la del destino mani esto, desde la terra nullius hasta el orientalismo, desde los paletos atrasados hasta los no menos atrasados indios. A menudo escuchamos que el cambio climático se atribuye a la «naturaleza humana», a la codicia y la cortedad de miras intrínsecas de nuestra especie. O se nos dice que hemos alterado tanto la Tierra, y lo hemos hecho a tal escala planetaria, que hoy vivimos en el Antropoceno, la era del hombre. Esas formas de explicar nuestras circunstancias actuales tienen un signi cado muy concreto, por más que velado: que los humanos son todos de un mismo tipo, que los rasgos causantes esta crisis se pueden atribuir a la esencia de la propia naturaleza humana. Con ello se legitiman los sistemas que crearon ciertos humanos y a los que otros humanos se resistieron con rmeza. El capitalismo, el colonialismo, el patriarcado…, ese tipo de sistemas.

Este tipo de diagnósticos también liquidan la propia existencia de los sistemas humanos que organizan la vida de manera distinta, sistemas que insisten en que los humanos deben pensar a siete generaciones vista; que deben ser no solo buenos ciudadanos, sino también buenos antepasados; que no deben tomar más de lo que necesitan y pueden devolver a la tierra a n de proteger y aumentar los ciclos de regeneración. Esos sistemas han existido y

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persisten contra viento y marea, pero los liquidamos cada vez que decimos que la alteración del clima es una crisis propia de la «naturaleza humana» y que estamos viviendo en la «era del hombre».[2] Y son objeto de un ataque muy real cuando se construyen megaproyectos como la presa hidroeléctrica del río Gualcarque, en Honduras, un proyecto que, entre otras cosas, le arrebató la vida a la activista pro defensa de la tierra Berta Cáceres, asesinada en marzo de 2016.

Algunas personas insisten en que no tiene por qué ser tan malo. Podemos hacer más limpia la extracción de recursos; no tenemos que hacerlo forzosamente como se ha hecho en los casos de Honduras, el delta del Níger o las arenas bituminosas de Alberta. Pero el hecho es que nos estamos quedando sin formas baratas y fáciles de acceder a los combustibles fósiles, y eso ha sido lo que nos ha llevado ya de entrada a presenciar el aumento de la fracturación hidráulica, la perforación en aguas profundas y la extracción de arenas bituminosas. Esto, a su vez, está empezando a poner en entredicho el original pacto fáustico de la era industrial: que los riesgos más graves se externalizarían, se descargarían en el otro, tanto en la periferia extranjera como dentro de nuestras propias naciones. Este pacto se está haciendo cada vez menos sostenible. La fracturación hidráulica amenaza hoy algunas de las zonas más pintorescas de Gran Bretaña a medida que se expande la zona de sacri cio, tragándose toda clase de lugares que se imaginaban seguros. De modo que no se trata solo de dejar escapar un grito ahogado por lo feas que son las grandes balsas de decantación de residuos de Alberta, sino más bien de reconocer que no hay una forma limpia, segura y no tóxica de gestionar una economía alimentada por combustibles fósiles. De hecho, nunca la hubo.

Y existe una auténtica avalancha de evidencias de que tampoco hay una forma pací ca. El problema es estructural. Los

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combustibles fósiles, a diferencia de las formas de energía renovables, como la eólica y la solar, no están distribuidos de forma generalizada, sino altamente concentrados en lugares muy concretos, y esos lugares tienen la mala costumbre de estar situados en países habitados por otras personas. Ese es especialmente el caso del más potente y precioso de todos los combustibles fósiles: el petróleo. De ahí que el proyecto del orientalismo, de la alterización de los pueblos árabes y musulmanes, haya sido desde un primer momento el socio en la sombra de nuestra dependencia del petróleo, y, por lo tanto, resulte inseparable de ese efecto negativo de la dependencia de los combustibles fósiles que es el cambio climático.

Si se de ne a ciertas naciones y pueblos como «otros» — exóticos, primitivos y sedientos de sangre, como documentaba Said en la década de 1970—, resulta mucho más fácil librar guerras y organizar golpes de Estado cuando se les ocurre la descabellada idea de que deberían controlar su propio petróleo en bene cio de sus propios intereses. En 1953, fue la colaboración británico-estadounidense la que derrocó al Gobierno democráticamente electo de Mohammad Mosaddeq después de que este nacionalizase la Anglo-Persian Oil Company (hoy BP). En 2003, cincuenta años después, hubo una nueva coproducción entre el Reino Unido y Estados Unidos: la invasión y ocupación ilegal de Irak. Las repercusiones de ambas intervenciones siguen agitando nuestro mundo como lo hacen las repercusiones de todo el petróleo quemado. Hoy Oriente Próximo está atrapado por la pinza de violencia generada por la búsqueda de combustibles fósiles, por un lado, y el impacto de la combustión de esos combustibles, por otro.

En su libro e Con ict Shoreline [La costa del con icto], el arquitecto israelí Eyal Weizman plantea una visión innovadora de cómo se entrecruzan esas fuerzas. Nuestra concepción de dónde reside el límite del desierto en Oriente Próximo y el Norte de África —explica— se basa en la denominada línea de aridez: una serie de áreas donde hay una media de 200 milímetros de lluvia al

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año, que se considera el mínimo imprescindible para el cultivo de cereales a gran escala sin necesidad de regadío. Esos límites meteorológicos no son jos: han uctuado por diversas razones, ya sea por los intentos de Israel de «reverdecer el desierto» empujándolos en una dirección, o por la sequía cíclica que extiende el desierto en la dirección opuesta. Y ahora, con el cambio climático, la intensi cación de la sequía puede tener todo tipo de impactos en esa línea.

Weizman señala que la ciudad fronteriza siria de Daraa se sitúa en la línea de aridez. Fue allí donde la sequía más intensa jamás registrada en Siria generó un gran número de granjeros desplazados en los años previos al estallido de la guerra civil en dicho país, y fue también donde se produjo la revuelta de 2011. Obviamente, la sequía no es el único factor que ha provocado tensiones. Pero el hecho de que hubiera 1,5 millones de desplazados internos en Siria como resultado de la sequía desempeñó un papel importante.

La conexión entre el estrés hídrico y térmico y el con icto es un patrón recurrente e intensi cador que se extiende por toda la línea de aridez: a lo largo de ella se ven lugares marcados por la sequía, la escasez de agua, las temperaturas abrasadoras y los con ictos militares, desde Libia, pasando por Palestina, hasta algunos de los campos de batalla más sangrientos de Afganistán, Pakistán y Yemen.

Pero eso no es todo.

Weizman también descubrió lo que él cali ca de «asombrosa coincidencia». Cuando se marcan en el mapa los objetivos de los ataques occidentales con drones producidos en la región, se comprueba que «muchos de esos ataques —desde Waziristán del Sur hasta el norte de Yemen, Somalia, Mali, Irak, Gaza y Libia— se sitúan directamente en la línea de aridez o dentro de un margen de 200 mm de precipitaciones».

La línea del mapa representa la línea de aridez, mientras que

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los puntos señalan algunas de las áreas donde se han concentrado los ataques. Para mí, este es el intento más clari cador realizado hasta ahora de visualizar el paisaje brutal de la crisis climática.

Todo esto se presagiaba hace ya una década en un informe militar estadounidense publicado por el Centro de Análisis Navales: «Oriente Próximo —observaba— siempre se ha asociado a dos recursos naturales, el petróleo (debido a su abundancia) y el agua (debido a su escasez)». Una visión bastante acertada. Y ahora ciertos patrones se han hecho del todo evidentes: primero los aviones de combate occidentales fueron tras la abundancia de petróleo, mientras que hoy los drones occidentales siguen de cerca la falta de agua en la medida en que la sequía exacerba el con icto.

Al igual que las bombas siguen el rastro del petróleo y los drones el de la sequía, los barcos los siguen a ambos: barcos cargados de refugiados que huyen de las casas situadas en la línea de aridez, devastada por la guerra y la sequía. Y la misma capacidad de

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deshumanizar al otro que justi caba las bombas y los drones se ceba ahora en esos migrantes, al presentar su necesidad de seguridad como una amenaza a la nuestra, y su desesperada huida como una especie de ejército invasor. Las re nadas tácticas empleadas en Cisjordania y otras zonas de ocupación están llegando ahora a Norteamérica y Europa. Cuando quiere vender la idea de su muro en la frontera con México, a Donald Trump le gusta decir: «Pregúntenle a Israel: el muro funciona». En Calais las excavadoras arrasan los campamentos llenos de migrantes. Cada año se ahogan miles de personas en el Mediterráneo.[3] Y el Gobierno australiano retiene a supervivientes de guerras y regímenes despóticos en campos situados en las remotas islas de Nauru y Manus. En Nauru las condiciones son tan desesperadas que el mes pasado un migrante iraní murió después de prenderse fuego para tratar de atraer la atención del mundo. Otra migrante, una mujer de veintiún años de Somalia, hizo lo mismo unos días después.

Malcolm Turnbull, el primer ministro, advierte que en estas cosas los australianos «no podemos dejarnos llevar por el sentimentalismo» y «debemos mostrarnos muy claros y rmes en nuestro objetivo nacional». Vale la pena tener a Nauru en mente la próxima vez que un columnista de un periódico de Murdoch declare, como hizo la comentarista de extrema derecha Katie Hopkins el año pasado, que ha llegado el momento de que Gran Bretaña «se vuelva australiana. Saque los aviones, obligue a los migrantes a regresar a sus costas y queme los botes».[4]

En otro tipo de simbolismo, Nauru es una de las islas del Pací co más vulnerables al aumento del nivel del mar. De modo que, después de ver que sus hogares se convertían en cárceles para otros, muy posiblemente sus residentes tendrán que emigrar, pero de momento esos futuros refugiados climáticos han sido reclutados como funcionarios de prisiones.

Hemos de entender que lo que está ocurriendo «en» Nauru y lo que le está ocurriendo «a» ella son expresiones de una misma

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lógica. Una cultura que valora tan poco las vidas de los negros y mestizos que está dispuesta a dejar que desaparezcan seres humanos bajo las olas, o se prendan fuego en centros de internamiento, también estará dispuesta a dejar que los países donde viven personas negras y mestizas desaparezcan bajo las olas o se sequen bajo un calor árido. Cuando eso suceda, se echará mano de las teorías de la jerarquía humana —que debemos cuidar ante todo de nosotros mismos, que los migrantes intentan destruir «nuestra forma de vida»— para racionalizar esas monstruosas decisiones. De hecho, ya estamos haciendo esa racionalización, si bien de manera implícita. Aunque en última instancia el cambio climático constituirá una amenaza existencial para toda la humanidad, a corto plazo ya sabemos que discrimina, pues golpea a los pobres primero y con más fuerza, ya sea abandonados en los tejados de Nueva Orleans durante el huracán Katrina o entre los treinta y seis millones de personas que según las Naciones Unidas están pasando hambre debido a la sequía en África meridional y oriental.

Esta es una emergencia, una emergencia actual, no futura; pero actuamos como si no lo fuera. El Acuerdo de París se compromete a mantener el calentamiento por debajo de los 2  °C, que es un objetivo más que imprudente. Cuando se postuló por primera vez, en Copenhague, en 2009, muchos delegados africanos lo cali caron como «una sentencia de muerte». La consigna de varios países insulares cuyo territorio está por debajo del nivel del mar es «1,5 para seguir vivos». En el último minuto se añadió una cláusula al Acuerdo de París que dice que los países harán un «esfuerzo por limitar el aumento de temperatura a 1,5 °C».

Ese objetivo no solo no es vinculante, sino que, además, es mentira: no estamos haciendo tales esfuerzos. Los Gobiernos que formularon esa promesa hoy presionan en favor de que se incremente la fracturación hidráulica y la extracción de los

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combustibles fósiles con mayor contenido de carbono del planeta, acciones que resultan del todo incompatibles con limitar el calentamiento a 2  °C, y no digamos ya a 1,5  °C. Y esto sucede porque las personas más ricas de los países más ricos del mundo creen que van a estar bien, que serán otros quienes asuman los mayores riesgos; y que, incluso cuando el cambio climático llame a su puerta, alguien cuidará de ellas.

Cuando se demuestra que no es así, las cosas se ponen aún más feas. Tuvimos un vívido atisbo de ese futuro cuando en diciembre de 2015 se produjo una crecida en Inglaterra que inundó dieciséis mil hogares. Las comunidades afectadas no solo tuvieron que lidiar con el diciembre más lluvioso del que se tiene constancia; también hubieron de afrontar el hecho de que el Gobierno había lanzado un ataque implacable contra los organismos públicos y los municipios que forman la primera línea de defensa frente a las inundaciones. De modo que, comprensiblemente, hubo muchos que quisieron desviar la atención de ese fracaso. ¿Por qué Gran Bretaña —se preguntaban— gasta tanto dinero en refugiados y ayuda exterior cuando debería cuidar de sí misma? «Da igual la ayuda exterior —leíamos en el Daily Mail—. ¿Qué hay de la ayuda nacional?»

«¿Por qué —inquiría un editorial del e Telegraph— los contribuyentes británicos tienen que seguir nanciando defensas contra inundaciones en el extranjero cuando el dinero se necesita aquí?» No lo sé; ¿quizá porque Gran Bretaña inventó la máquina de vapor alimentada con carbón y lleva más tiempo quemando combustibles fósiles a escala industrial que ninguna otra nación de la Tierra?… Pero estoy divagando. Lo importante aquí es que ese podría haber sido un buen momento para entender que el cambio climático nos afecta a todos, y debemos actuar juntos y de manera solidaria. Pero no fue así, puesto que el cambio climático no solo hace que las cosas se vuelvan más cálidas y húmedas: en el marco de nuestro actual orden económico y político, también implica que se vuelvan cada vez más malas y más feas.

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La lección más importante que cabe extraer de todo esto es que no hay modo de afrontar la crisis climática como un problema tecnocrático, de forma aislada. Debe verse en el contexto de la austeridad y la privatización, del colonialismo y el militarismo, y de los diversos sistemas de alterización necesarios para sustentarlos. Las conexiones e interrelaciones entre estos factores son evidentes, y, sin embargo, muy a menudo la resistencia frente a ellos se halla extremadamente compartimentada. Quienes están contra la austeridad rara vez hablan del cambio climático; quienes luchan contra el cambio climático rara vez hablan de guerra o de ocupación. Demasiados de nosotros somos incapaces de establecer la conexión entre, por una parte, las armas de fuego que se cobran vidas de negros en las calles de las ciudades estadounidenses o cuando están bajo custodia policial, y, por otra, las fuerzas mucho mayores que en todo el mundo aniquilan tantas vidas de negros en tierras áridas y embarcaciones precarias.

Superar esas desconexiones, reforzar las vinculaciones que unen nuestros diversos problemas y movimientos, constituye — diría— la tarea más apremiante para cualquier persona interesada en la justicia social y económica. Es la única forma de construir un contrapoder lo bastante robusto como para vencer a las fuerzas que protegen un statu quo extremadamente rentable pero cada vez más insostenible. El cambio climático actúa como un acelerador de muchos de nuestros males sociales (desigualdad, guerras, racismo, violencia sexual…), pero también puede actuar en sentido contrario, como un acelerador de las fuerzas que trabajan por la justicia económica y social y contra el militarismo. De hecho, la crisis climática, al plantear a nuestra especie una amenaza existencial y ponernos una fecha límite rme e in exible basada en la ciencia, podría ser el catalizador que necesitamos para aunar un buen número de movimientos potentes vinculados por la creencia en la importancia y el valor intrínsecos de todas las personas y unidos por el rechazo a la mentalidad subyacente a las zonas de sacri cio, ya se apliquen a personas o a lugares.

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Afrontamos tantas crisis superpuestas e interrelacionadas que no podemos permitirnos el lujo de solucionarlas una a una. Necesitamos soluciones integradas, soluciones que reduzcan radicalmente las emisiones al tiempo que crean enormes cantidades de puestos de trabajo sindicalizados y de calidad, y ofrecen una justicia signi cativa a quienes se han visto más maltratados y excluidos en la actual economía extractiva.

Said falleció el año de la invasión de Irak, y vivió para ver cómo se saqueaban sus bibliotecas y museos mientras se protegía con celo su ministerio del petróleo. En medio de aquellos ultrajes, encontró esperanza en el movimiento antibelicista global y en las nuevas formas de comunicación de base abiertas por la tecnología; señaló «la existencia de comunidades alternativas en todo el globo, informadas por fuentes de noticias alternativas, y profundamente conscientes de los impulsos medioambientales, de derechos humanos y libertarios que nos unen en este pequeño planeta». En efecto, «medioambientales»: su visión incluso tenía un lugar para los abrazaárboles.

Recordé estas palabras hace poco mientras leía sobre las inundaciones producidas en Inglaterra. En medio de un montón de textos donde todos se señalaban con el dedo y buscaban chivos expiatorios, me tropecé con una publicación de un hombre llamado Liam Cox que, al mostrar su contrariedad por la forma en que algunos medios de comunicación estaban utilizando el desastre para exacerbar el sentimiento antiextranjero, declaraba:

Yo vivo en Hebden Bridge, Yorkshire, una de las zonas más afectadas por las inundaciones. Es una mierda, todo se ha llenado de agua. Pero… yo estoy vivo. Estoy a salvo. Mi familia está a salvo. No vivimos con miedo. Soy libre. No pasan balas volando de un lado a otro. No estallan bombas. No me veo obligado a huir de mi hogar, no me rechaza el país más rico del mundo ni me critican sus residentes.

Todos vosotros, los retrasados mentales que vomitáis vuestra xenofobia… acerca de cómo el dinero debería gastarse únicamente «en nosotros», deberíais miraros atentamente al espejo. Os pido que os hagáis una pregunta muy importante… ¿Soy un ser humano decente y honorable? Porque el hogar no es solo el Reino Unido, el hogar está en cualquier parte de este planeta.

Creo que estas palabras son una muy buena forma de concluir. Página 190

LOS AÑOS DEL «SALTO»: CÓMO PONER FIN AL

RELATO DE LA INFINITUD

Cuando uno se ha desviado del rumbo tanto como nosotros, las acciones moderadas no conducen a resultados moderados: conducen a resultados peligrosamente radicales.

SEPTIEMBRE DE 2016:

CONFERENCIA ANUAL DEL SIMPOSIO LAFONTAINE-BALDWIN,

TORONTO

MI OSCURO SECRETO CANADIENSE —y, por favor, no me echen de esta preciosa sala por ello— es que en realidad soy estadounidense. Incluso he traído mi pasaporte para demostrarlo. También tengo uno canadiense. Por ley, cuando viajo a Estados Unidos tengo que enseñar el que lleva el águila, mientras que cuando viajo de regreso a Toronto enseño el que lleva ese elaborado escudo de armas con un montón de elementos británicos (aparte de un puñado de hojas de arce que en realidad ni se distinguen).

Permítanme que les explique esta dualidad. Mis padres son ambos estadounidenses, nacidos en Estados Unidos, lo que por entonces otorgaba a sus hijos la ciudadanía estadounidense de facto. Por mi parte, yo nací en Montreal y he vivido toda mi vida en Canadá, con la única excepción de unos pocos años antes de cumplir los cinco. A mis veintitantos y treinta y tantos siempre tuve muy claro que mi naturaleza estadounidense era un mero tecnicismo, no una identidad. Raramente la mencionaba, ni siquiera a mis mejores amigos. Marcaba siempre la casilla de

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«Canadá» en los formularios y me ponía en la cola de «Canadá» en el aeropuerto. Cuando daba conferencias y hacía entrevistas en Estados Unidos, hablaba siempre de «su Gobierno», no del «nuestro». Y aunque mis padres me habían explicado que tenía derecho a hacerlo, nunca solicité un pasaporte estadounidense. Digamos que me gustaba no tener pruebas sicas de mi pertenencia a Estados Unidos.

Entonces ¿qué fue lo que cambió? En 2011 estuve en Washington, en una protesta contra el oleoducto Keystone XL, que, de construirse, llevará alquitrán procedente de arenas bituminosas desde Alberta hasta la costa del Golfo.[1] La acción en Washington incluía la desobediencia civil: la decisión, asumida por miles de personas a lo largo de un período de dos semanas, de entrar pací camente en la zona restringida frente a la Casa Blanca y dejarse detener. Se suponía que quienes no eran estadounidenses no iban a participar en la parte de desobediencia civil de la acción, ya que ser detenido en Estados Unidos puede tener consecuencias serias para tus posibilidades de volver a entrar en el país.

Pero algo sucedió aquel día en Washington: una delegación de indígenas de la región del norte de Alberta —cuyo territorio tradicional se ha visto seriamente dañado por el desarrollo del petróleo y el gas— decidió arriesgarse a las consecuencias y dejarse detener de todos modos. Impulsivamente, y sin avisar a mi esposo, Avi (cosa que él siempre me recuerda), decidí unirme a ellos.

Fue un buen día. Conocí a algunas personas increíbles en el furgón policial y luego en el bar. Cuando nos pusieron en libertad a todos, se me ocurrió que quizá ahora podría tener problemas para sacarme el pasaporte estadounidense. No es que me importara mucho, pero decidí ver qué ocurría si lo intentaba. Para mi sorpresa, me salió bien, y así es como nalmente obtuve un pasaporte estadounidense a los cuarenta y tantos años.

Eso explica, pues, la parte de Estados Unidos, pero no explica por qué mi familia estadounidense se trasladó a Canadá. Esa es otra historia completamente distinta, en la que también

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interviene la cárcel. Corría el año 1967, mi padre estaba terminando de estudiar en la Facultad de Medicina, y tanto él como mi madre participaban activamente en la oposición a la guerra de Vietnam. Como muchos de sus compañeros, mi padre hizo todo lo posible por evitar que lo reclutaran: solicitó que le reconocieran el estatus de objetor de conciencia, trató de encontrar una forma de servicio alternativa, lo que fuera. Pero nada funcionó, y se vio abocado a decidir entre ir a Vietnam, ir a la cárcel o ir a Canadá. Así que… aquí estamos.

De pequeños, durante los viajes en coche, mis padres nos entretenían con historias de su fuga, que a nosotros nos sonaban como un thriller de alto voltaje: la carta del ejército, la boda deprisa y corriendo, el secretismo para evitar implicar a otros en su delito… Así supimos que habían cogido un vuelo nocturno que aterrizó en Montreal a medianoche porque habían oído que los agentes de aduanas francófonos, que solían ser antiestadounidenses, eran los que hacían el turno de noche. Al llegar —¡uf!— les hicieron pasar de inmediato. Así es como mi padre recuerda su llegada: «¡En veinte minutos fuimos inmigrantes residentes, de camino a la ciudadanía canadiense!».

Crecer en Canadá con unos padres estadounidenses de izquierdas me dio una imagen bastante halagüeña de este país. Oí hablar mucho de las razones por las que dejaron Estados Unidos: el militarismo, el patrioterismo, los millones de personas sin seguro médico… Y sobre las cosas que les atraían de Canadá y hacían que nos quedáramos aquí. Como el hecho de que el primer ministro Pierre Trudeau declarara Canadá «un refugio del militarismo», o la atención médica universal, o el apoyo público a las artes y los medios de comunicación (mi madre encontró un trabajo jo en la

O cina Nacional de Cinematogra a, donde el Estado le pagaba por hacer documentales feministas subversivos). Visto retrospectivamente, fue un poco como crecer en una de esas películas de Michael Moore que representan a Canadá como una versión utópica de Estados Unidos donde nadie cierra la puerta

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con llave, a nadie le disparan, nadie tiene que esperar para que le visite el médico y todos son siempre superamables con los demás.

Las cosas no eran en absoluto tan caricaturescas. Pero lo cierto es que había muchos elementos ausentes en aquellas historias de Canadá pasadas por el ltro estadounidense que dieron forma a mi infancia y a mi propio orgullo nacional. Ahora sé, por ejemplo, que mientras que los canadienses se consideraban virtuosos por no participar en la guerra de Vietnam y dar la bienvenida a los insumisos, había empresas de Canadá vendiendo armas y otros materiales por valor de miles de millones para abastecer y hacer posible el esfuerzo bélico estadounidense, incluyendo napalm y agente naranja. Eso de nadar y guardar la ropa es en cierto modo una tradición militar canadiense. Lo hicimos de nuevo en 2003, cuando Canadá no participó públicamente en la invasión de Irak porque el ataque no contaba con la aprobación de la ONU, pero luego, mucho menos públicamente, apoyó la ocupación posterior con o ciales de respaldo y buques de guerra.

Puede resultar doloroso examinar con demasiada atención las historias que hacen que nos sintamos bien, sobre todo cuando estas se enmarcan en las narraciones íntimas que moldean nuestra identidad. Todavía tengo problemas con eso. Coincido con mis padres en que nuestro sistema de atención médica y el apoyo a los medios públicos y a las artes forman parte de lo que nos diferencia de Estados Unidos. Pero también es cierto que esas instituciones y tradiciones están profundamente mermadas tras décadas de abandono. A día de hoy, mi padre pasa una gran parte del tiempo de su jubilación trabajando para defender nuestro sistema de salud pública frente a la invasión de las privatizaciones al estilo estadounidense.

Hay algo más acerca de mi feliz historia canadiense que requiere un poco de atención. Aquella experiencia del aeropuerto en la que todo fue sobre ruedas: veinte minutos para obtener el estatus de inmigrante residente. Es muy probable que aquello tuviera mucho que ver con el hecho de que mis padres, como

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muchos de los insumisos, eran blancos, de clase media y con educación universitaria. De hecho, estas no fueron las únicas personas que huían de la guerra a las que Canadá acogió en ese período: también recibimos a sesenta mil refugiados vietnamitas.

Pero esa ventana de apertura fue relativamente breve, y en parte constituía una respuesta a nuestra vergonzosa negativa a aceptar refugiados judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En las últimas décadas, resulta altamente improbable que las personas negras y mestizas que sufren los bombardeos de las guerras ilegales, incluidas las que nosotros mismos hemos ayudado a alimentar con armas, soldados o ambas cosas, obtengan el estatus de inmigrantes residentes en veinte minutos y queden libres para empezar a trabajar el lunes por la mañana. Miles de personas son encarceladas durante años, sin que se las acuse de absolutamente ningún delito. Muchas de ellas están en cárceles de máxima seguridad, sin tener idea de cuándo serán liberadas, una práctica que ha sido criticada de forma reiterada por las Naciones Unidas.

Las historias que contamos acerca de quiénes somos como nación, y los valores que nos de nen, no son inamovibles. Cambian a medida que lo hacen los hechos. Cambian a medida que lo hace el equilibrio de poder en la sociedad. Esa es la razón por la que la gente de la calle, y no solo los Gobiernos, debe participar activamente en el proceso de recontar y reimaginar nuestros relatos, símbolos e historias colectivas.

Y eso también está ocurriendo. Por ejemplo, en todo Toronto, donde nos reunimos, el Proyecto Ogimaa Mikana ha estado reemplazando los letreros o ciales de las calles por sus versiones en lengua anishinaabe. También pusieron una valla publicitaria cerca de donde vivo en la que se recordaba a los transeúntes que nuestro barrio, que se está aburguesando rápidamente, entra dentro del llamado «Pacto del Cinturón Wampum del Plato con Una Cuchara», un antiguo acuerdo entre pueblos indígenas para compartir y cuidar pací camente la tierra y el agua. Se trata de un

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intento público de cambiar la historia colectiva o, más exactamente, de reavivar antiguas historias que todavía siguen vigentes, pero que a menudo se ven ahogadas por el aluvión de mensajes más potentes y novedosos que nos llegan día tras día.

Reexaminar las historias que siempre hemos dado por sentadas es saludable, especialmente las que resultan reconfortantes. Cuando las narraciones y las mitologías todavía se perciben como útiles y verdaderas, también es saludable decidir crear otras y vivir de acuerdo con ellas. Pero cuando ya no nos sirven, cuando se interponen en el camino hacia el lugar adonde debemos ir, tenemos que estar dispuestos a dejarlas descansar y contar otras historias distintas.

EL «SALTO»

Teniendo esto en mente, quiero compartir con ustedes algunas re exiones sobre un intento de relectura y reinterpretación colectiva, y acerca de cómo este chocó con algunos relatos nacionales muy potentes que residen en el núcleo de la crisis ecológica global. Este proyecto en el que he participado se denomina Mani esto «Dar el salto». Muchos de ustedes lo conocen. Sé que algunos incluso lo han rmado. Pero la historia que hay detrás de ese mani esto es menos conocida.[2]

El «Salto» surgió de una reunión que se celebró en Toronto en mayo de 2015, a la que asistieron sesenta teóricos y activistas de todo el país que representaban a una muestra transversal de movimientos: laborales, climáticos, religiosos, indígenas, de migrantes, de mujeres, antipobreza, antiprisiones, pro justicia alimentaria, pro derecho a la vivienda, transporte y tecnología verde. El catalizador de la reunión fue un descenso repentino del precio del petróleo que había provocado una conmoción en nuestra economía debido a la dependencia de esta de los ingresos derivados de la exportación de crudo a precios altos. El principal objetivo de nuestra reunión era ver cómo podíamos aprovechar

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aquella conmoción económica —que mostraba vívidamente los peligros de basar toda nuestra fortuna en recursos brutos volátiles

— para impulsar un cambio rápido hacia una economía basada en energías renovables. Durante mucho tiempo nos habían dicho que teníamos que elegir entre un medio ambiente saludable y una economía fuerte; pero cuando el precio del petróleo se desplomó, terminamos sin ninguna de las dos cosas. Parecía un buen momento para proponer un modelo radicalmente distinto.

En la época en la que nos reunimos se estaba preparando una campaña electoral federal, y por entonces ya estaba claro que ninguno de los principales partidos iba a basarse en una plataforma de cambio rápido hacia una economía poscarbono. Tanto los liberales como el Nuevo Partido Democrático (NPD), que a la sazón competían por desbancar al Gobierno conservador, seguían el manual que dictaba que tenías que demostrar tu «seriedad» y pragmatismo eligiendo al menos un nuevo gran oleoducto y apostando por él. Se hicieron vagas promesas en materia de acción climática, pero nada con una base cientí ca, y nada que presentara la transición a una economía verde como una oportunidad para crear cientos de miles de empleos de calidad para la gente que más los necesita.

De modo que decidimos intervenir en el debate y redactar una especie de plataforma popular, el tipo de cosas por las que queríamos poder votar, pero que aún no estaban sujetas a votación. Y cuando nos sentamos en círculo durante dos días y nos miramos unos a otros a los ojos, nos dimos cuenta de que aquel era un territorio nuevo para los movimientos sociales contemporáneos. Todos nosotros, o la mayoría, habíamos formado parte antes de amplias coaliciones, oponiéndonos a la agenda de austeridad de un político particularmente impopular o uniéndonos para luchar contra un acuerdo comercial no deseado o una guerra ilegal.

Pero aquellas eran coaliciones del «no», mientras que nosotros queríamos probar algo distinto: una coalición del «sí». Y eso

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signi caba que necesitábamos crear un espacio apropiado para hacer algo que nunca hacemos, que es soñar juntos sobre el mundo que realmente queremos.

A veces se me cali ca como la autora del Mani esto «Dar el salto», pero eso no es cierto. Mi papel consistió en escuchar y señalar los temas comunes. Uno de los más claros fue la necesidad de abandonar el relato nacional con el que muchos de nosotros habíamos crecido, que se basaba en un supuesto derecho divino de extraer interminablemente recursos del mundo natural como si no hubiera límite y no existiera un punto de ruptura. Nos parecía que lo que teníamos que hacer era dejar de lado esa historia y contar otra distinta basada en la obligación de cuidar: de cuidar de la tierra, el agua y el aire, y de cuidar unos de otros.

Debido en gran parte a la diversidad de los congregados en la sala, también éramos conscientes de que, si queríamos una coalición del «sí» auténticamente amplia, no podíamos recurrir a una visión nostálgica o retrospectiva: al edénico anhelo de una nación —la de la década de 1970— que nunca respetó la soberanía indígena y excluyó las voces de tantas comunidades de color, que a menudo depositó una fe excesiva en un estado centralizado y nunca reconoció de hecho ningún límite ecológico.

De modo que, en lugar de mirar atrás, iniciamos nuestra plataforma estableciendo el lugar donde queríamos terminar:

Podríamos vivir en un país que se valiera solo de energías verdaderamente renovables, interconectado gracias a un sistema de transporte público accesible; un país en el que durante esta transición los puestos de trabajo y las oportunidades se generen con el n de eliminar de manera sistemática la desigualdad racial y de género. El cuidado mutuo y del planeta podrían ser los sectores de mayor crecimiento en nuestra economía. Muchas más personas tendrían salarios más altos trabajando menos horas, lo que redunda en una mayor cantidad de tiempo para disfrutar de los seres queridos y desarrollarnos en plenitud en nuestras comunidades.[3]

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La idea era primero describir una imagen clara de hacia dónde queríamos ir, y luego entrar en el meollo de lo que haría falta para conseguirlo. Pero antes de abordar esos detalles, quisiera volver al cuestionamiento de los relatos o ciales.

Como su propio nombre indica, el lector habrá deducido que el «Salto» tiene que ver con un cambio a la vez rápido e importante. De ahí que lo eligiéramos como título: porque sabemos que en lo relativo al cambio climático hemos ido posponiendo las cosas durante tanto tiempo, y hemos empeorado hasta tal punto el problema que, si a estas alturas nos limitamos a dar pequeños pasitos, por más que vayan en la dirección correcta, seguiremos terminando de todos modos en un profundísimo agujero. Sin embargo, al de nir el nuestro como un proyecto transformador, en lugar de gradualista, también adoptamos una postura de oposición frontal a un relato especialmente querido y valorado por una gran cantidad de poderosos intereses en este país: el de que somos un pueblo moderado y alérgico a los cambios radicales. En un mundo de exaltados, nos gusta pensar que nosotros somos ecuánimes y elegimos siempre la vía intermedia. Para nosotros no hay movimientos bruscos; y, desde luego, no hay saltos.

De acuerdo, es un relato muy bonito, y la moderación es siempre un activo en todo tipo de circunstancias. Es un buen enfoque, por ejemplo, frente al consumo de alcohol o los helados cubiertos de chocolate caliente. El problema, y la razón de que eligiéramos ese título tan poco moderado de manera consciente, es que en el caso del cambio climático, el gradualismo y la moderación en realidad representan un enorme problema, porque, paradójicamente, nos llevarán a un futuro muy extremo, caliente y cruel. Cuando uno se ha desviado del rumbo tanto como nosotros, las acciones moderadas no conducen a resultados moderados: conducen a resultados peligrosamente radicales.

Esto no ha sido siempre así. La primera reunión intergubernamental para hablar sobre la crisis climática y la necesidad de que las naciones industrializadas redujeran las

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emisiones se celebró en 1988. Canadá fue la sede de aquella reunión. Tuvo lugar en esta misma ciudad, y de allí surgieron algunas recomendaciones fantásticas. Si las hubiésemos escuchado, si todos hubiéramos empezado a reducir nuestras emisiones hace tres décadas, podríamos haber ido avanzando poco a poco y con calma: ir disminuyendo nuestra huella de carbono a base de reducir un par de puntos porcentuales cada año. Una eliminación progresiva extremadamente moderada, gradual y centrista.

Pero no lo hicimos. Nadie lo hizo: ni nuestro país, ni prácticamente ninguna de las naciones ricas que en ese momento estaban experimentando un rápido desarrollo. De hecho, mientras los Gobiernos se reunían año tras año para hablar de la reducción de emisiones, estas aumentaron en más de un 40  %. Aquí, en Canadá, ampliamos enormemente las fronteras en materia de combustibles fósiles y desarrollamos tecnología para desenterrar parte del petróleo con mayor contenido en carbono del planeta. No solo no redujimos los factores impulsores de la alteración del clima, sino que los duplicamos. Eso no fue precisamente muy moderado, sino más bien bastante extremo.

De manera que ahora el problema es mucho peor. Peor porque las emisiones se han disparado, así que tenemos que reducirlas mucho más para llevarlas a niveles seguros. Y peor porque no nos queda tiempo, de modo que debemos iniciar esas reducciones de inmediato. Eso es lo que siempre ocurre cuando se dejan las cosas para mañana una y otra vez: al nal hay correr.

Así pues, ahora necesitamos realmente emprender una acción radical. Una acción abrupta y radical, independientemente de en qué medida entre en con icto con esas reconfortantes historias que nos contamos a nosotros mismos sobre nuestras almas centristas. Llámenlo como quieran: un Green New Deal, la Gran Transición o un Plan Marshall para el planeta Tierra. Pero no se equivoquen: esto no es un mero añadido, un elemento más en una lista gubernamental de tareas pendientes; ni el planeta representa

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tan solo otro interés concreto al que hay que satisfacer. El tipo de transformación que ahora se requiere únicamente se producirá si se trata como una «misión» civilizadora, tanto en nuestro país como en todas las principales economías del planeta.

Algo de lo que éramos muy conscientes cuando redactamos el Mani esto «Dar el salto» es que las emergencias son vulnerables a los abusos del poder, y los progresistas no son inmunes a ello en absoluto. Existe una larga y dolorosa tradición de ecologistas que, de manera implícita o explícita, transmiten el mensaje de que «Nuestra causa es muy importante y muy urgente, y dado que abarca a todos y a todo, debe tener prioridad sobre todo y sobre todos los demás». Entre líneas: «Primero salvaremos el planeta, y luego ya nos preocuparemos por la pobreza, la violencia policial, la discriminación de género y el racismo».

En realidad, esta es una excelente forma de construir un movimiento muy pequeño, débil y homogéneo. Porque la pobreza, la guerra, el racismo y la violencia sexual son todas ellas amenazas existenciales si tú y tu comunidad estáis en el punto de mira. De modo que, inspirándonos en el movimiento pro justicia climática que se desarrollaba en todo el mundo, nosotros decidimos probar otra cosa. Resolvimos que, si habíamos de cambiar radicalmente nuestra economía para hacerla mucho más limpia frente a la catástrofe climática, teníamos que aprovechar la oportunidad para hacerla al mismo tiempo más justa en todos esos frentes distintos. De ese modo no se pedía a nadie que eligiera qué amenaza existencial le importaba más. Les daré algunos ejemplos.

Como era de esperar en un documento centrado en el clima, pedíamos que se hicieran grandes inversiones en infraestructuras verdes: energías renovables, e ciencia, transporte, trenes de alta velocidad, etcétera. Todo ello para llegar a una economía cien por cien renovable a mediados de siglo y tener una energía cien por cien renovable mucho antes. Sabíamos que todo eso iba a generar una enorme cantidad de empleos: invertir en estos sectores crea entre seis y ocho veces más puestos de trabajo que invertir el

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mismo dinero en petróleo y gas. De modo que pedíamos inversión pública para reconvertir a los trabajadores que afrontaran la posibilidad de perder su empleo en los sectores extractivos a n de que estuvieran preparados para trabajar en la próxima economía, y, por otra parte, los sindicatos presentes en las reuniones nos dijeron que era esencial que los propios trabajadores participaran de forma democrática en el diseño de los programas de reconversión. De modo que todo eso está en la plataforma: los principios básicos de una transición basada en la justicia.

Pero también queríamos algo más. Cuando hablamos de «empleos verdes» —y hablamos mucho de ellos—, la mayoría de nosotros nos imaginamos a un tipo con un casco montando una placa solar. Cierto, ese es un tipo de empleo verde, y necesitamos un montón de ellos, pero existen muchos otros trabajos que ya de por sí tienen bajas emisiones de carbono. Por ejemplo, cuidar a las personas mayores y a los enfermos no quema mucho carbono. Hacer arte no quema mucho carbono. Enseñar a los niños es bajo en emisiones. Las guarderías son bajas en emisiones. Y, sin embargo, estos trabajos, realizados en su abrumadora mayoría por mujeres, tienden a estar infravalorados y mal pagados, y con frecuencia son objeto de recortes por parte de la Administración pública. De modo que decidimos ampliar deliberadamente la de nición habitual de empleo verde a n de incluir cualquier cosa que resulte útil y enriquecedora para nuestras comunidades y a la vez no queme una gran cantidad de combustible fósil. Como dijo uno de los participantes en las reuniones: «La enfermería es energía renovable. La educación es energía renovable». Además, este tipo de trabajo hace que nuestras comunidades sean más fuertes, más humanas y, en consecuencia, más capaces de sortear las conmociones que nos aguardan en un futuro con alteraciones climáticas.

Otro elemento clave del Mani esto «Dar el salto» es lo que se conoce como «democracia energética»: la idea de que las energías renovables, siempre que sea posible, deberían ser de propiedad

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pública o comunitaria y estar controladas por la Administración o la comunidad a n de que las ventajas y los bene cios de las nuevas industrias estén mucho menos concentrados de lo que ocurre ahora con los combustibles fósiles. En ese aspecto nos inspiramos en la transición energética alemana, que ha supuesto que cientos de ciudades grandes y pequeñas recuperaran el control de sus redes de energía de manos de las empresas privadas, junto con una explosión de cooperativas de energía verde que ha hecho que los bene cios de la generación de energía permanezcan en la comunidad y se utilicen para pagar servicios esenciales.

Pero nosotros decidimos que necesitábamos algo más que democracia energética, también necesitamos justicia energética, e incluso reparaciones energéticas. Porque la forma en que se ha desarrollado la generación de energía y otras industrias sucias en los últimos dos siglos ha forzado a las comunidades más pobres a soportar una parte enormemente desproporcionada de las cargas medioambientales que ello entrañaba, al tiempo que obtenían a cambio demasiado poco en términos de bene cios económicos. De ahí que el Mani esto «Dar el salto» a rme que «los pueblos indígenas deberían ser los primeros en recibir apoyo público para sus propios proyectos de energías limpias, al igual que las comunidades que hoy afrontan graves problemas de salud debido a la actividad industrial contaminante».

Para algunos, este tipo de conexiones resultan desalentadoras. Reducir las emisiones —se nos dice— ya resulta de por sí bastante di cil: ¿por qué complicarlo aún más tratando de arreglar tantas otras cosas al mismo tiempo? Nuestra respuesta es que, si pretendemos reparar nuestra relación con la tierra apartándonos de la interminable extracción de recursos, ¿por qué no aprovechamos para reparar también nuestras interrelaciones? Durante mucho tiempo se nos han ofrecido políticas que amputan las crisis ecológicas de los sistemas económicos y sociales que las fomentan. Ese es justo el modelo que no ha dado resultados. Y, en

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cambio, la transformación holística nunca se ha intentado a escala nacional.

Otro ejemplo. El «Salto» reconoce explícitamente el papel que han desempeñado —y siguen desempeñando— las políticas exteriores de nuestro Gobierno con el n de presionar a la gente para que abandone sus hogares y busque asilo en otros países. Algunos se ven empujados por las graves repercusiones económicas de acuerdos comerciales que nuestro Gobierno ha respaldado; otros, por minas que han construido nuestras empresas; y otros, por guerras que nuestro Gobierno ha contribuido a librar o a nanciar.

Todos esos factores —los acuerdos comerciales, las guerras y las minas— se cuentan entre los principales impulsores del incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero a escala mundial, y actualmente el propio cambio climático también está obligando a la gente a abandonar sus hogares. Esa es la razón por la que decidimos reformular los derechos de los migrantes como un problema de justicia climática, y a rmamos que necesitamos abrir nuestras fronteras a muchos más migrantes y refugiados, y que todos los trabajadores, independientemente de su estatus migratorio, deben tener plenos derechos y protección laboral. Tenemos que hacerlo, no por caridad o como una expresión de la bondad de nuestros corazones, sino porque el cambio climático, en su complejidad global, nos enseña que nuestros destinos están —y han estado siempre— interconectados. En el fondo se trata de qué clase de personas queremos ser cuando los impactos de nuestra acción colectiva resultan innegables. Es una cuestión moral y espiritual tanto como económica y política.

Sabíamos que el principal obstáculo que afrontaría nuestra plataforma era la fuerza inherente a la lógica de la austeridad: el mensaje que nos han transmitido a todos, durante décadas, de que los Gobiernos están en quiebra permanente, y, por lo tanto, ¿para qué molestarse en soñar con una sociedad equitativa? Teniendo esta idea en mente, trabajamos en estrecha colaboración con un

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equipo de economistas a n de elaborar un documento paralelo que mostrara con rigor cómo pensábamos aumentar los ingresos para nanciar nuestro plan.

Antes de difundir la plataforma entre la opinión pública, nos acercamos a numerosas organizaciones e individuos prominentes. Y una y otra vez escuchamos: sí, eso es lo que queremos ser. Presionemos, pues, a nuestros políticos. ¡Al in erno la prudencia canadiense! Varios iconos nacionales nos mostraron su apoyo sin vacilar: Neil Young, Leonard Cohen… El novelista Yann Martel escribió que nuestra propuesta debería «gritarse desde los tejados». Aquel era un raro documento que pudieron rmar a la vez Greenpeace, el jefe del Congreso Laboral Canadiense o ancianos indígenas, como el famoso portavoz de los haida y maestro tallador Gujaaw; en total, más de doscientas organizaciones.

LA REACCIÓN

Dado este entusiasmo inicial, lo cierto es que nos sorprendió un poco lo que sucedió cuando lanzamos la plataforma al mundo en general. Decir que fue una «campaña de linchamiento» sería quedarse cortos.

Para empezar, nuestro ex primer ministro Brian Mulroney abandonó su retiro para declarar que el «Salto» era «una nueva loso a de nihilismo económico» a la que «hay que resistir y derrotar». Luego, después de que el Nuevo Partido Democrático (NPD) votara a favor de respaldar el espíritu de la propuesta y debatir sus detalles, los primeros ministros en activo en tres provincias canadienses —que pertenecían a tres partidos políticos distintos— optaron por denunciarlo. «Cientos de pueblos serían borrados del mapa. Mañana. Y convertidos en pueblos fantasma»,

a rmaba uno de ellos. «Una amenaza existencial», declaraba otro. Y, por último, el que entonces era primer ministro de Alberta (del NPD) proclamaba: «Una traición».

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Curiosamente, nada de todo eso parece haber tenido un gran impacto en las bases. La gente sigue añadiendo su nombre a la plataforma. Sigue montando secciones locales del «Salto». Y un sondeo realizado en el momento álgido de aquella virulenta reacción reveló que la mayoría de los votantes de los verdes, el NPD y los liberales apoyaban las tesis centrales del Mani esto; e incluso lo hacían un 20  % de los conservadores. Creo que esto revela la existencia de una división bastante interesante: un montón de gente de diferentes tendencias políticas leyó el «Salto» y le pareció bastante sensato, incluso inspirador; pero nuestras élites, independientemente de las diferencias entre partidos, coincidieron en que sonaba como si anunciara el n del mundo.

¿Qué podemos hacer, pues, para salvar esa brecha? En realidad, la mayor parte del alboroto la había causado una única línea del Mani esto, que declaraba: «Ya no tenemos excusas para seguir construyendo nuevos proyectos de infraestructura [de combustibles fósiles] que nos condenen a más décadas de extractivismo». En otras palabras: no más oleoductos ni gasoductos.

Examinemos esta a rmación un poco más de cerca. Desde una perspectiva cientí ca, no tiene nada de controvertida. En París, los Gobiernos negociaron un tratado sobre el clima en el que se comprometían a mantener el calentamiento por debajo de los 2 °C al tiempo que proseguían sus «esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5  °C» (fue precisamente el equipo de Justin Trudeau el que más luchó para conseguir que la declaración incluyera ese lenguaje un tanto más ambicioso).

Para poner todo esto en perspectiva, digamos que ya hemos calentado el planeta aproximadamente 1  °C en relación con el punto en el que estábamos antes de que los humanos empezáramos a quemar carbón a escala industrial. De modo que, si nuestra meta son 1,5-2 °C, eso nos sitúa en un presupuesto de carbono bastante limitado. Mantenerse en estos márgenes —y los cientí cos han sido muy claros al respecto— requiere que dejemos muchas de

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nuestras actuales reservas de carbono donde están, en el suelo. Y en lo que respecta a las formas particularmente sucias de combustible fósil, como el bitumen de Alberta, signi ca que alrededor del 85-90 % tiene que quedarse donde está. Así lo a rma una investigación avalada por el sistema de revisión paritaria publicada en la revista Nature y en otros lugares; nadie lo cuestiona.

Lo mismo vale para la expansión de la frontera de los combustibles fósiles con tecnologías como la fracturación hidráulica. Y nuestros políticos no lo discuten: admiten que sus actuales metas en cuanto a reducción de emisiones —y eso no solo se aplica a Canadá— nos llevan más allá de los objetivos de temperatura que se establecieron en París. No se traducen en un presupuesto de carbono de 1,5-2 °C, sino en un calentamiento de 3-4 °C; y eso suponiendo que lográramos cumplir tales metas, lo cual es mucho suponer.

Podemos tener un debate acerca de si merece la pena dar los di cilísimos pasos necesarios para evitar que el planeta se caliente 3-4  °C (lo que, por cierto, los climatólogos han a rmado que es incompatible con cualquier cosa que pueda cali carse de civilización organizada). Sería un debate interesante. Pero no es ese el debate que estamos teniendo. Es más, cuando la gente aboga en favor de políticas climáticas que se guíen por la ciencia y por los objetivos públicamente declarados de nuestro propio Gobierno, se le manda callar y se le dice que deje de destruir el país.

UN DEBATE PECULIARMENTE RESTRINGIDO

Esto no es así en todas partes. Otros países están avanzando, con algunas políticas que realmente re ejan realidades cientí cas. Alemania y Francia, por ejemplo, ya han prohibido la fracturación hidráulica. Ambos países tienen todavía un largo camino por recorrer para situar sus emisiones en sintonía con los objetivos de temperatura del Acuerdo de París, pero en Europa la aversión a

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hablar de dejar carbono en el suelo no es tan fuerte como aquí. Y no podemos echar la culpa solo al hecho de que nosotros tenemos un gran sector petrolífero y gasístico con muchos puestos de trabajo vinculados a él. Otros países también lo tienen y han avanzado mucho más que nosotros. Incluso Emiratos Árabes Unidos, un país al que se puede cali car directamente de «petroestado», se está preparando ya para el n del petróleo, canalizando decenas de miles de millones de riqueza petrolífera hacia nuevas inversiones en energías renovables.

Pero Canadá no es el único país donde no parece haber un debate racional en torno a los límites ecológicos. El debate está similarmente desquiciado en Australia y en Estados Unidos, donde hay grandes segmentos de la clase política y numerosos expertos que niegan las a rmaciones cientí cas; y cuanto más sucede esto, más vacila el resto del mundo. He estado dándole vueltas a la cuestión de qué es lo que explica esas discrepancias geográ cas. Y creo que se remonta al punto de partida: a esos relatos nacionales

o ciales que indican a los países qué valores los de nen, y el tipo de estructuras de poder que alimentan y mantienen dichos relatos.

EL RELATO DE LA INFINITUD

Cuando lanzamos la propuesta del «Salto», nos topamos con un relato que discurre en un plano muy profundo, anterior a la fundación de países jóvenes como el nuestro. Empieza con la llegada de los exploradores europeos en un momento en el que sus países de origen se habían estrellado contra sus propios límites ecológicos: grandes bosques desaparecidos, grandes animales cazados hasta la extinción, etcétera.

Fue en ese contexto en el que el llamado Nuevo Mundo se concibió como una especie de continente de repuesto, una fuente de piezas de recambio (no en vano lo llamaron Nueva Francia y Nueva Inglaterra).

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¡Y menudas piezas! Aquí parecía haber un tesoro inagotable: peces, aves, pieles, árboles gigantes y, más tarde, metales y combustibles fósiles. En Norteamérica y, después, en Australia, esas riquezas cubrían territorios tan vastos que parecía imposible concebir sus límites. Éramos la tierra de la in nitud, y cada vez que empezaban a escasear los recursos, nuestros Gobiernos simplemente desplazaban la frontera un poco más hacia el oeste.

La propia existencia de estas tierras parecía ser una señal que transmitía un mensaje divino: olvidad los límites ecológicos. Gracias a este continente que hacía de «doble», daba la impresión de que no había forma de agotar la generosidad de la naturaleza. Examinando de forma retrospectiva las primeras descripciones europeas de lo que se convertiría en Canadá, resulta evidente que los exploradores y los primeros colonos creían de verdad que su temor a la escasez se había desvanecido para siempre. Las aguas de la costa de Terranova estaban tan llenas de peces que «obstaculizaban el paso» de los barcos de John Cabot. Para el padre Charlevoix, en la Quebec de 1720 «el número [de bacalaos] parece igual al de granos de arena que cubren la orilla». Y luego estaban las grandes alcas: las plumas de estas aves, similares a los pingüinos, eran especialmente codiciadas como relleno de colchones, y en las islas rocosas, especialmente en Terranova, se encontraban en abundancia. Como decía Jacques Cartier en 1534, había islas «tan llenas de pájaros como lo está de hierba cualquier campo o prado».

Una y otra vez se utilizaban las palabras inagotable e in nito para describir los bosques orientales de grandes pinos, los cedros gigantes del Noroeste del Pací co, todo tipo de peces… Otra cantinela habitual era que la exuberancia de la naturaleza era tan grande que en realidad no tenía sentido alguno preocuparse por administrar ese tesoro para evitar su agotamiento. Tal abundancia permitía la gloriosa libertad de ser descuidado. omas Huxley (el biólogo inglés apodado «el bulldog de Darwin») declaraba en la Exposición Internacional de Pesca celebrada en Londres en 1883

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que «la pesca del bacalao […] es inagotable; es decir, nada de lo que hacemos afecta seriamente a la cantidad de peces. En consecuencia, cualquier intento de regular esos caladeros parece […] ser inútil».

Todas esas no son más que frases lapidarias dado lo que hoy sabemos; dado que en 1800 las grandes alcas fueron completamente aniquiladas; dado que poco después las poblaciones de castores del este de Canadá empezaron a desmoronarse; dado que en 1992 el bacalao supuestamente inagotable de Terranova fue declarado «comercialmente extinto». Y en lo que se re ere a nuestros inagotables bosques primigenios: prácticamente arrasados aquí, en el sur de Ontario, y más del 91 % de las mejores y más grandes arboledas de la isla de Vancouver desaparecidas.

Obviamente, gran parte de este fenómeno no es exclusivo de Canadá. La economía estadounidense más temprana también fue brutalmente extractiva.[4] Sin embargo, hubo algunas diferencias clave. La economía esclavista del sur se basó en la extracción de mano de obra forzosa, utilizada para roturar y cultivar tierras a n de alimentar a un norte que se industrializaba con rapidez. Aunque también hubo esclavitud en Canadá, nuestro principal papel en el comercio trasatlántico de esclavos fue el de proveedor: gran parte de aquel bacalao supuestamente inagotable se salaba y se enviaba a las Indias Occidentales Británicas (Jamaica, Barbados, Guayana británica, Trinidad, Granada, Dominica, San Vicente y Santa Lucía). Para los ricos propietarios de las plantaciones, aquel bacalao era una inestimable fuente de proteínas baratas para los africanos esclavizados.

Nuestro nicho económico siempre ha devorado la naturaleza con voracidad, tanto su fauna como su ora. Antes de llegar a ser un país, Canadá fue una empresa extractiva dedicada al comercio de pieles, la Compañía de la Bahía de Hudson. Y eso nos ha con gurado de formas que todavía hemos de empezar a afrontar, y en cierto modo explica por qué causó tanto alboroto que un grupo

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de nosotros se reuniera y dijera: lo cierto es que hemos alcanzado los límites de lo que la Tierra puede soportar; tenemos que dejar los recursos en el suelo, aunque todavía sean rentables. Ha llegado el momento de un nuevo relato, y de un nuevo modelo económico.

Dado que en Norteamérica se han amasado tan enormes fortunas basadas puramente en la explotación de animales salvajes y bosques intactos, y en la extracción de metales enterrados y de combustibles fósiles, nuestras élites económicas se han acostumbrado a concebir el mundo natural como una despensa otorgada por la gracia divina. Lo que nosotros descubrimos con el «Salto» es que, cuando aparece alguien o algo (como la climatología) que cuestiona esa concepción, no se toma simplemente como una verdad di cil de asumir, sino que se interpreta como un ataque existencial.

El historiador y economista Harold Innis (que nunca asimiló el papel crucial de Canadá en el trá co de esclavos) advirtió de ello hace ya casi un siglo. La extrema dependencia de Canadá de la exportación de recursos naturales en bruto —sostenía— atro ó el desarrollo de nuestro país en «la fase de las materias primas». Esto vale también para grandes sectores de la economía estadounidense, como Luisiana y Texas en el caso del petróleo, o como Virginia Occidental en el del carbón. Esa dependencia de los recursos en bruto hace que las economías resulten extremadamente vulnerables a los monopolios y a las crisis económicas externas. De ahí que el término «república bananera» no se considere precisamente un cumplido.

Aunque Canadá no se concibe como tal, y de hecho algunas regiones se han diversi cado, nuestra historia económica cuenta un relato distinto. Durante siglos hemos oscilado entre la superabundancia y la ruina. A nales de 1800, el comercio de castores se desmoronó cuando las élites europeas abandonaron de un día para otro su gusto por los sombreros de piel y se pasaron a la seda, que resultaba más suave. El año pasado, la economía de Alberta entró en caída libre debido a un descenso repentino del

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precio del petróleo. Antes nos veíamos arrastrados por los caprichos de los aristócratas británicos; ahora son los príncipes saudíes. No estoy segura de que eso cuente como progreso.

El problema no es solo esa montaña rusa de las materias primas. Es que con cada ciclo de auge y caída aumentan las apuestas: el frenesí del bacalao arruinó una especie; el frenesí de las arenas bituminosas, el petróleo y el gas de fracturación están contribuyendo a arruinar el planeta.

Y, sin embargo, pese a la enormidad de las apuestas, parece que no podamos parar. La dependencia de las materias primas sigue con gurando el cuerpo político de los estados coloniales como Canadá, Estados Unidos y Australia. Y en los tres países ese hecho seguirá frustrando los intentos de sanar las relaciones con las Naciones Originarias. Ello se debe a que la dinámica de poder básica —el hecho de que nuestros países dependan de la riqueza incrustada en sus tierras— permanece inamovible. Por ejemplo, cuando el comercio de pieles constituía la espina dorsal de la producción de riqueza en las áreas septentrionales de este continente, la cultura indígena y sus relaciones con la tierra se convirtieron en una profunda amenaza para el ansia extractiva (sin importar el hecho de que nunca habría existido dicho comercio sin las habilidades indígenas en materia de caza e instalación de trampas). De ahí que los intentos de cortar dichas relaciones con la tierra fueran tan sistemáticos. Las llamadas escuelas residenciales eran solo una parte de ese sistema; como también lo eran los misioneros que acompañaron a los comerciantes de pieles y que predicaban una religión que consideraba las cosmologías indígenas formas pecaminosas de animismo (sin importar, una vez más, que las cosmovisiones que intentaban erradicar tuvieran una enorme cantidad de cosas que enseñarnos acerca de cómo regenerar el mundo natural en lugar de agotarlo constantemente).

Hoy, en Canadá, tenemos Gobiernos federales y provinciales que hablan mucho de «verdad y reconciliación» en torno a esos

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crímenes. Pero todo eso no pasará de ser una broma cruel si los canadienses no indígenas no afrontan el «porqué» que subyace a esas violaciones de los derechos humanos. Y ese porqué, como dice el informe o cial de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, es bastante simple: «El Gobierno canadiense practicó esa política de genocidio cultural porque deseaba librarse de sus obligaciones legales y nancieras para con los pueblos aborígenes y obtener el control de sus tierras y recursos».

El objetivo, en otras palabras, siempre fue eliminar todas las barreras que impidieran la extracción de recursos sin restricciones. En todo el país, los derechos territoriales indígenas siguen constituyendo el principal obstáculo para una extracción de recursos que desestabiliza el planeta, desde los oleoductos y los gasoductos hasta la corta a tala rasa. Seguimos intentando hacernos con la tierra y con lo que hay debajo. Podemos ver también el mismo fenómeno al sur de la frontera, en la lucha sin cuartel de los sioux de la reserva Standing Rock contra el oleoducto Dakota Access. Así era hace doscientos años y así sigue siendo hoy.

Cuando los Gobiernos hablan de verdad y reconciliación, y luego impulsan proyectos de infraestructuras que nadie quiere, recuerden esto: no puede haber verdad a menos que admitamos el «porqué» subyacente a siglos de abusos y usurpación de tierras. Y no puede haber reconciliación cuando los delitos siguen vigentes.

Solo cuando tengamos el coraje de contar la verdad sobre nuestros viejos relatos llegarán otros nuevos para guiarnos. Relatos que reconozcan que el mundo natural y todos sus habitantes tienen límites. Relatos que nos enseñen a cuidar unos de otros y a regenerar la vida dentro de esos límites. Relatos que pongan n de una vez por todas al mito de la in nitud.

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RESPUESTA EN CALIENTE SOBRE UN

PLANETA CALIENTE

La nuestra es una cultura de interminable apropiación, como si no hubiera nal ni consecuencias. Una cultura de acaparamiento. Y ahora esa cultura ha llegado a su conclusión lógica: la nación más poderosa de la Tierra ha elegido a un acaparador en jefe.

NOVIEMBRE DE 2016:

DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL PREMIO SÍDNEY DE LA PAZ

MIENTRAS TOMABA NOTAS PARA esta conferencia durante las dos últimas semanas, era consciente de que tenía que preparar dos versiones: la versión «gana Hillary» y la versión «gana Trump».

La cuestión es que fui absolutamente incapaz de escribir la versión «gana Trump». Mis dedos se declararon en huelga y se negaron a teclear. Sabía que iba a dirigirme a ustedes apenas cuarenta y ocho horas después de conocerse los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses, así que, retrospectivamente, debo decir que he sido más que negligente con mis deberes. Y me disculpo si lo que sigue parece apresurado; de hecho, es apresurado. Una respuesta en caliente, como se dice ahora, sobre un planeta caliente.

Si cabe extraer una lección general de la victoria de Trump, quizá sea esta: nunca, nunca subestimes el poder del odio. Jamás subestimes el poder de los llamamientos directos a ejercer poder sobre «el otro»: los migrantes, los musulmanes, los negros o las mujeres. Especialmente en tiempos de di cultades económicas. Porque cuando un gran número de hombres blancos se sienten

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asustados e inseguros, y esos hombres se criaron en un sistema social basado en elevar su humanidad por encima de la de todos esos otros, muchos de ellos se enfurecen. Y el hecho de enfurecerse no tiene nada de malo en sí mismo; de hecho, hay mucho por lo que enfurecerse.

Pero en una cultura que sitúa de forma sistemática unas vidas por encima de otras, la ira lleva a muchos de esos hombres, y mujeres, a ponerse en manos de cualquier demagogo del momento que les ofrezca recuperar una ilusión de dominio, por fugaz que sea. Construye un muro. Enciérralos. Depórtalos a todos. Atrápalos donde quieras y enséñales quién manda.

¿Qué otras lecciones podemos extraer de la que es nuestra realidad desde hace dos días: la de que ahora vivimos en un mundo con un presidente Trump?

Una lección: que el dolor económico es real y no desaparece. Cuatro décadas de políticas neoliberales corporativas de privatización, desregulación, libre comercio y austeridad se han asegurado de ello.

Otra lección: los líderes que representan ese consenso fallido no son rival para los demagogos y neofascistas que a rman derrocarlo. No tienen nada tangible que ofrecer, y se los considera, bastante acertadamente, los responsables de gran parte de esta dislocación económica.

Solo una agenda audaz y genuinamente redistributiva puede tener la esperanza de hablar a ese dolor y redirigirlo hacia su verdadero objetivo: las élites compradoras de políticos que con tanta extravagancia se bene ciaron de la subasta de la riqueza pública; la contaminación de la tierra, el aire y el agua, y la desregulación de la esfera nanciera.

Pero hay una lección más profunda que debemos aprender urgentemente de los acontecimientos de esta semana: si queremos vencer a los personajes como Trump —y cada país tiene su Trump de cosecha propia—, tenemos que afrontar y combatir con urgencia el racismo y la misoginia, en nuestra cultura, en nuestros

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movimientos y en nosotros mismos. No hablamos aquí en absoluto de un elemento secundario, de un añadido, porque resulta esencial para que alguien como Trump pueda llegar al poder. Muchas personas han dicho que han votado por él «a pesar de» sus reprobables declaraciones en materia de raza y de género. Les gustaba lo que decía sobre el comercio y la recuperación de la industria manufacturera, y lo de que él no era uno de esos «iniciados de Washington».

Lo siento, pero eso no basta. No puedes votar por alguien que tan abiertamente está incitando odios basados en la raza, el género y la capacidad sica, a menos que de una manera u otra creas que esas cuestiones no son tan importantes. Sencillamente no puedes hacerlo. No puedes hacerlo a menos que estés dispuesto a sacri car al «otro» en tu propio (y esperado) bene cio.

Pero aquí no se trata solo de los votantes de Trump y de los relatos que estos puedan haberse contado a sí mismos. También hemos llegado a este peligroso momento por culpa de los relatos sobre «el otro» que se cuentan en el lado progresista del espectro político. Como el que sostiene que, cuando luchamos contra la guerra, el cambio climático y la desigualdad económica, eso bene ciará sobre todo a los negros y a los indígenas porque son los más victimizados por el sistema actual.

Tampoco eso funciona. Existe un historial demasiado largo y doloroso de movimientos izquierdistas en favor de la justicia económica que han dejado de lado a los trabajadores de color, los pueblos indígenas y el trabajo de las mujeres.

Construir un movimiento auténticamente inclusivo requiere una visión genuinamente inclusiva que parta de los más maltratados y excluidos y sea liderada por ellos. Hace un par de meses, Rinaldo Walcott, un gran escritor e intelectual canadiense, lanzó un desa o a los liberales blancos e izquierdistas. Escribió:

Los negros están muriendo en nuestras ciudades, atravesando los océanos, en guerras por los recursos que no hemos inventado nosotros. […] De hecho, parece evidente que las vidas de los negros resultan desechables de una forma y manera radicalmente distinta de otros grupos a escala mundial.

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A partir de esta cruda realidad de marginación, quiero proponer que cualesquiera nuevas acciones políticas en el contexto norteamericano tengan que superar la que llamaré la «prueba negra». La prueba negra es sencilla: exige que cualquier política cumpla con el requisito de mejorar las nefastas condiciones de vida de los negros. […] Si una política no supera esta prueba, será una política fallida desde la primera instancia de su propuesta.

Merece la pena re exionar detenidamente sobre esto. Sé que con demasiada frecuencia mi propio trabajo ha sido incapaz de superar esa prueba. Pero ahora más que nunca, aquellos de nosotros que hablamos de paz, justicia e igualdad debemos afrontar ese reto.

En lo referente a la acción climática, está muy claro que no lograremos obtener el poder necesario para ganar a menos que incorporemos la justicia —especialmente la justicia racial, pero también la justicia de género y económica— en el núcleo de nuestras políticas de reducción de carbono. La «interseccionalidad» —término acuñado por la jurista y feminista negra Kimberlé Crenshaw— constituye el único camino que seguir. No podemos jugar a que «mi crisis es más urgente que la tuya»: la guerra gana al clima; el clima gana a la clase social; la clase social gana al género; el género gana a la raza… Jugando a ese juego de «triunfos», amigos míos, es cómo terminas teniendo un Trump.[1]

O luchamos por un futuro del que todos podamos formar parte, empezando por quienes hoy se ven más maltratados por la injusticia y la exclusión, o seguiremos perdiendo. Y no tenemos tiempo para eso. Además, cuando establecemos estas conexiones entre distintas cuestiones (clima, capitalismo, colonialismo, supremacía blanca y misoginia), se produce una especie de liberación. Porque en realidad todo está conectado, todo forma parte del mismo relato.

Percibí esta verdad de modo muy intenso la semana pasada cuando visité la Gran Barrera de Coral. Estuve allí haciendo un cortometraje con la gente del e Guardian sobre esta maravilla natural, que actualmente sufre una vasta mortandad ligada al

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calentamiento de los océanos.[2] Mientras observaba una gran cantidad de coral decolorado y muerto, descubrí que la mayor parte de mis pensamientos se dirigían a mi hijo de cuatro años, Toma, que todavía no sabe nadar y que muy probablemente nunca llegará a ver un arrecife oreciente en su vida.

No cabe duda de que las emociones más intensas que albergo con respecto a la crisis climática tienen que ver con él y su generación: con el tremendo expolio intergeneracional en curso. Experimento momentos de puro pánico cuando pienso en el clima extremo al que ya hemos condenado a esos niños. Pero aún más intenso que este miedo es el sentimiento de tristeza por lo que nunca llegarán a conocer. Están creciendo en medio de una extinción masiva, privados de la cacofónica compañía de tantas formas de vida que desaparecen con rapidez. ¡Parece una soledad tan desesperante…!

Pero no pensaba solo en eso. Flotando en las aguas de Port Douglas, también me encontré pensando, como suele ocurrir, en el capitán James Cook; pensando en todas las fuerzas que se aunaron justo en el momento en que el Endeavour navegaba por aquellas mismas aguas.

Como saben todos los buenos estudiantes de historia australiana, Cook llegó a Queensland en 1770. Solo seis años después salió al mercado la versión comercial de la máquina de vapor de Watt, una máquina que aceleró enormemente la revolución industrial, impulsada por una potente combinación de mano de obra esclava en las colonias y el carbón que alimentaba las máquinas de vapor comerciales. Ese mismo año, 1776, Adam Smith publicaba La riqueza de las naciones, el texto fundacional del capitalismo contemporáneo, justo a tiempo para que Estados Unidos declarara su independencia de Gran Bretaña.

Colonialismo, esclavitud, carbón, capitalismo…, todo ello estrechamente unido en un lapso de seis años para crear el mundo moderno.

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Este país llamado Australia nació justo en los albores del capitalismo alimentado por combustibles fósiles. Deberíamos unir los puntos, puesto que de hecho están conectados: las usurpaciones de tierras, los combustibles fósiles que empezaron a alterar nuestro clima, las teorías económicas y sociales que lo racionalizaron todo… Todos vivimos, en un sentido muy real, en el clima del capitán Cook; o cuando menos en un clima en cuya creación sus fatídicos viajes oceánicos desempeñaron un papel absolutamente crucial.

Un detalle me llamó poderosamente la atención cuando investigaba para preparar esta conferencia: el Endeavour no empezó su vida como un buque de la marina o un barco cientí co encargado de desvelar misterios astrológicos y biológicos, y, en sus ratos libres, reclamar vastas extensiones de territorio para la Corona británica sin el consentimiento de los indígenas. No, el Endeavour se construyó en 1764 para transportar carbón a través de las vías uviales de Inglaterra. Cuando lo compró la marina, el barco tuvo que sufrir una extensa (y costosa) remodelación a n de adecuarlo para el viaje de Cook y Joseph Banks. De alguna manera, parece apropiado que el navío que reclamó los territorios que pasarían a conocerse como Nueva Gales del Sur y Queensland comenzara su vida como un barco carbonero.

¿Resulta extraño, entonces, que su Gobierno tenga una antinatural relación amorosa con el carbón? ¿Resulta extraño que ni siquiera la catastró ca decoloración de la Gran Barrera de Coral, una de las maravillas del mundo, haya inspirado al Gobierno de Queensland a reconsiderar su dependencia de esa negra roca?

Como declaró Vandana Shiva al aceptar este mismo premio hace seis años, las raíces de nuestra crisis residen «en una economía que no respeta los límites ecológicos ni éticos». Los límites son un problema para nuestro sistema económico. La nuestra es una cultura de interminable apropiación, como si no hubiera nal ni consecuencias. Una cultura de acaparamiento.

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Y ahora esa cultura de acaparamiento ha llegado a su conclusión lógica: la nación más poderosa de la Tierra ha elegido a Donald Trump como su acaparador en jefe: un hombre que se jacta abiertamente de apropiarse de las mujeres sin su consentimiento; que dice, hablando de la invasión de Irak, que «Deberíamos habernos llevado su petróleo» y que le den al derecho internacional.

Obviamente, este desenfrenado acaparamiento no es algo exclusivo de Trump. Hoy vivimos una epidemia de acaparamiento: acaparamiento de tierras, de recursos…; incluso del cielo, contaminándolo tanto que ya no queda espacio atmosférico para que los pobres se desarrollen.

Y ahora hemos topado contra el muro que marca el límite del acaparamiento máximo. Eso es lo que nos dice el cambio climático. Eso es lo que nos dicen nuestras interminables guerras. Eso es lo que nos dice la victoria electoral de Trump. Es hora de dedicar todos nuestros esfuerzos a pasar de una cultura de apropiación interminable a una cultura de consentimiento y cuidado.

Cuidando del planeta y cuidando unos de otros.

Cuando supe que me habían otorgado el Premio Sídney de la Paz por mi labor en favor del clima, me sentí muy honrada. Este es un premio que han recibido algunos de mis héroes personales: Arundhati Roy, Noam Chomsky, Vandana Shiva o Desmond Tutu, entre muchos otros. Una muy buena tribu de la que formar parte.

De modo que cuando recibí la llamada me emocioné. Pero cuando se me pasó un poco la emoción surgieron las dudas. Una de ellas era: ¿por qué a mí? Mis escritos se basan en el trabajo de muchos miles de activistas en favor de la justicia climática en todo el mundo, muchos de los cuales llevan trabajando mucho más tiempo que yo. Otra duda era de índole más práctica: ¿puedo justi car realmente la contaminación derivada del transporte

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requerido para aceptar un premio por aportar mi granito de arena para luchar contra la contaminación? Para ser del todo sincera con ustedes, todavía no estoy segura de que pueda justi carse.

Pero lo consulté con amigos y colegas australianos, y estos me señalaron que su Gobierno es el principal exportador de carbón del mundo, que vende directamente a aquellos países cuyas emisiones aumentan con mayor rapidez, y que también llevan camino de desempeñar el mismo papel de liderazgo con respecto al gas natural licuado.

Incluso cuando otros países están congelando y reduciendo su producción de carbón, su primer ministro se muestra desa ante.

A rma que el plan es mantener el rumbo con el carbón «durante muchas muchas décadas futuras», mucho más allá del momento en el que todos vamos a necesitar prescindir de ese sucio combustible si queremos tener alguna posibilidad de cumplir los objetivos climáticos de París. A principios de esta semana declaré que Australia se está quedando cada vez más sola en ese sucio gesto que hace al mundo alzando su tiznado dedo corazón. Por desgracia, tengo que enmendar esa declaración: a partir de enero, cuando Donald Trump se mude a la Casa Blanca, Malcolm Turnbull va a tener compañía. ¡Ay!

Los amigos australianos con quienes consulté me dijeron que disponer del megáfono que proporciona este premio podría contribuir a respaldar su trabajo: sus esfuerzos cruciales para detener nuevos proyectos basados en combustibles fósiles como la gigantesca mina de carbón Carmichael, en el territorio de los wangan y los jagalingou; y para detener el Gasoducto del Norte, que abriría vastas extensiones del Territorio del Norte a la fracturación hidráulica industrial.

Esta resistencia reviste una importancia global, dado que esos megaproyectos afectan a enormes reservas de lo que actualmente llamamos «carbono no combustible», dióxido de carbono y metano que, si se extraen y se queman, no solo acabarán con los ín mos compromisos climáticos de Australia, sino también con el

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presupuesto mundial de carbono. Las cifras al respecto son muy claras: en París, nuestros Gobiernos (incluido el suyo) acordaron el objetivo de mantener el calentamiento por debajo de los 2  °C al tiempo que hacían «esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C».

Ese objetivo —que es bastante ambicioso— sitúa a toda la humanidad dentro de los límites establecidos por un presupuesto de carbono, que representa la cantidad total de carbono que se puede emitir si queremos alcanzar tales objetivos y dar a las naciones insulares una oportunidad de sobrevivir. Y hoy sabemos, gracias a las innovadoras investigaciones de Oil Change International, una organización con sede en Washington, que solo con que quemáramos todo el petróleo, el gas y el carbón de los yacimientos y minas que ya están en producción, superaríamos muy probablemente los 2 °C de calentamiento y, sin ninguna, duda los 1,5 °C.

Lo que no podemos hacer bajo ninguna circunstancia es justamente lo que la industria de los combustibles fósiles está decidida a hacer y lo que su Gobierno tiene la intención de ayudarles a hacer: excavar «nuevas» minas de carbón, abrir «nuevos» yacimientos de fracturación hidráulica y anclar «nuevas» plataformas de perforación en el mar. Todo eso tiene que permanecer en el suelo.

Por el contrario, está claro lo que sí debemos hacer: ir reduciendo poco a poco y de manera meticulosa todos los proyectos relacionados con los combustibles fósiles existentes, al mismo tiempo que incrementamos rápidamente las energías renovables hasta que a mediados de este siglo logremos reducir a cero las emisiones a escala global. Lo bueno es que podemos hacerlo con las tecnologías existentes; lo bueno es que en ese cambio a una economía poscarbono podemos crear millones de empleos bien remunerados en todo el mundo: en energías renovables, en transporte público, en e ciencia, en reequipamientos, en la limpieza de tierras y aguas contaminadas…

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Pero lo mejor de todo es que, al transformar nuestra forma de generar energía, de movernos, de cultivar los alimentos y de vivir en las ciudades, tenemos una oportunidad histórica para construir una sociedad más justa en todos los frentes y donde se valore a todo el mundo. Así es como se hace: asegurándonos de que, siempre que sea posible, nuestra energía renovable provenga de proveedores y cooperativas controlados por la comunidad, a n de que las decisiones sobre el uso de la tierra se tomen democráticamente, y los bene cios derivados de la producción de energía se utilicen para pagar los servicios más necesarios.

Sabemos que nuestra dependencia de energías sucias en los últimos doscientos años ha repercutido sobre todo en los más pobres y vulnerables, personas de color en su abrumadora mayoría, muchas de ellas indígenas, aquellas cuyas tierras han sido robadas y envenenadas por la minería. Y son las comunidades urbanas pobres las que tienen las re nerías y las plantas de energía más contaminantes en sus barrios.

Por lo tanto, podemos y debemos insistir en que las comunidades indígenas y otras que se cuentan entre las más afectadas sean las primeras en recibir fondos públicos que les permitan poseer y controlar sus propios proyectos de energía verde, de modo que los puestos de trabajo, los bene cios y las habilidades que generen se queden en dichas comunidades. Esta ha sido una demanda central del movimiento pro justicia climática, liderado por comunidades de color y que, de hecho, ya está empezando a materializarse en casos concretos. Pero con demasiada frecuencia se deja la responsabilidad de recaudar la nanciación necesaria en manos de unas comunidades que ya de por sí carecen de fondos su cientes. Eso es el mundo al revés: la justicia climática dicta que a esas comunidades se les deben fondos públicos, aunque solo sea como una mera gota en un océano de reparaciones.

La justicia climática también dicta que los trabajadores de los sectores con altas emisiones de carbono, muchos de los cuales han

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sacri cado su salud en minas de carbón y re nerías de petróleo, deben participar de manera plena y democrática en esta transición fundamentada en la justicia. El principio rector debe ser: que ningún trabajador se quede atrás.

He aquí un par de ejemplos de mi país. En los yacimientos de arenas bituminosas de Alberta, un grupo de trabajadores del petróleo han creado una organización llamada Iron & Earth («Hierro y Tierra»). Piden a nuestro Gobierno que facilite la reconversión de los trabajadores del petróleo que han sido despedidos y los ponga a trabajar de nuevo instalando paneles solares, empezando por los edi cios públicos, como las escuelas. Es una idea elegante que suscita el apoyo de casi todos los que oyen hablar de ella.

Paralelamente, nuestro sindicato de trabajadores postales ha afrontado una campaña en favor de cerrar o cinas de correos, restringir el reparto y quizá incluso vender todo el servicio postal a FedEx. La austeridad de siempre. Pero en lugar de luchar para conseguir el mejor trato posible en el marco de esta lógica fallida, han elaborado un plan visionario para que cada o cina de correos del país se convierta en un centro de transición ecológica: un lugar donde puedes recargar vehículos eléctricos y hacer un quiebro a los grandes bancos obteniendo un préstamo para montar una cooperativa energética; y donde toda la ota de reparto no solo es eléctrica y fabricada en Canadá, sino que también hace algo más que limitarse a repartir el correo: ofrece productos de cultivo local y vela por los ancianos.

Todos estos son planes concebidos democráticamente desde abajo de cara a una transición basada en la justicia que nos aleje de los combustibles fósiles. Y necesitamos que se desarrollen planes parecidos en todos los sectores (desde la atención médica hasta la educación y los medios de comunicación) y que se multipliquen por todo el mundo.

¿Les parece caro? Afortunadamente vivimos en una época de riqueza privada sin precedentes. De entrada, podemos y debemos

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aprovechar los bene cios de los últimos días de los combustibles fósiles para gastarlos en justicia climática. Para subvencionar un transporte público gratuito y una energía renovable asequible. Para ayudar a los países pobres a saltarse los combustibles fósiles y pasar directamente a las renovables. Para apoyar a los migrantes desplazados de sus tierras por las guerras del petróleo, los malos acuerdos comerciales, la sequía y otros efectos cada vez más graves del cambio climático, además del envenenamiento de sus tierras por parte de las compañías mineras, muchas de ellas con sede en países ricos como el de ustedes y el mío.

La conclusión es esta: en la misma medida en que seamos limpios tenemos que ser también justos. Más aún: en la medida en que seamos limpios, podremos empezar a reparar los crímenes fundacionales de nuestras naciones: usurpación de tierras, genocidio, esclavitud… Sí, eso es lo más di cil. Porque durante todos estos años no solo hemos estado postergando la acción climática; también hemos estado postergando y demorando las demandas más básicas en materia de justicia y reparación. Y estamos en tiempo de descuento en todos los frentes.

Todo esto debe hacerse porque es lo justo y lo correcto, pero también porque es lo inteligente. Esta es la pura verdad: los ecologistas solos no podemos ganar la lucha por la reducción de emisiones. Decirlo no es menospreciar a nadie; es solo que hay que reconocer que la tarea es ingente. Esta transformación representa una revolución en nuestra forma de vivir, de trabajar y de consumir.

Para lograr ese tipo de cambio se necesitarán rmes alianzas con todos y cada uno de los sectores de la coalición progresista: sindicatos, derechos de los migrantes, derechos indígenas, derechos de vivienda, transporte, maestros, enfermeras, médicos, artistas, y demás. Para cambiarlo todo hacen falta todos.

Y para construir ese tipo de coalición hay que hablar de justicia: justicia económica, justicia racial, justicia de género, justicia para los migrantes, justicia histórica, etcétera. No como

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elementos complementarios, sino como principios vivi cantes. Y eso solo ocurrirá cuando aceptemos el liderazgo real de los más afectados. Murrawah Johnson, un increíble y joven líder indígena que encarna la lucha contra la mina Carmichael, lo expresaba muy bien la otra noche aquí en Sídney: «La gente tiene que aprender a dejarse guiar».

No porque sea «políticamente correcto», sino porque la justicia aquí y ahora es lo único que ha motivado siempre a los movimientos populares para entregarse en cuerpo y alma a su lucha. No estoy hablando de organizar una marcha o rmar una petición, aunque también hay lugar para eso. Estoy hablando de la tarea sostenida, diaria y de largo alcance de la transformación social. Es la sed de justicia —la desesperada necesidad corporal de justicia— la que genera esa clase de movimientos.

En esta lucha necesitamos guerreros, y los guerreros no se alzan «en contra» de la acumulación de carbono en la atmósfera, o no solo en cualquier caso. Los guerreros se alzan «en favor» del derecho al agua potable, a tener buenas escuelas, a los puestos de trabajo decentemente remunerados que tanto se necesitan, a la atención médica universal. Los guerreros se alzan en favor de la reuni cación de las familias separadas por la guerra y por las crueles políticas de inmigración.

Ustedes ya saben bien que no puede haber paz sin justicia: tal es el principio rector de la Fundación por la Paz de Sídney. Pero también hemos de entender esto: tampoco habrá avances sustanciales en materia de cambio climático sin justicia.

Quizá debería disculparme por esta especie de arenga belicista en un evento que celebra la paz. Pero debemos tener claro que esta es una lucha; una lucha que necesita desesperadamente de un espíritu guerrero. Porque por mucho que pueda ganar la humanidad en esta batalla, las empresas de combustibles fósiles tienen un montón de cosas que perder. Billones en ingresos representados por todo ese carbono no combustible; el carbono de

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sus reservas actuales y de las nuevas reservas que gastan decenas de miles de millones en buscar cada año.

Y también los políticos que han colaborado con esos intereses tienen mucho que perder. Donaciones de campaña, desde luego. Y también los bene cios de esa puerta giratoria que existe entre el cargo electo y el sector extractivo. Pero lo que quizá es aún más importante: el dinero que te cae del cielo cuando no tienes que pensar o plani car, solo excavar. En este momento Australia está obteniendo bene cios inesperados de la exportación de carbón a China. No es la única forma de llenar las arcas públicas, pero sin duda es la más indolente: sin necesidad de una molesta plani cación industrial y sin necesidad de aumentar los impuestos o las regalías sobre las corporaciones y los multimillonarios con recursos su cientes para librar interminables campañas agresivas.

Lo único que hay que hacer es otorgar los permisos, revertir unas cuantas leyes medioambientales, imponer nuevas restricciones draconianas a las protestas, cali car las disputas legítimas en los tribunales de «guerra judicial» por parte de los verdes, poner a parir constantemente a los ecologistas en la prensa de Murdoch, y listos.

Por esa razón no debería sorprendernos la mordaz evaluación que nos ofreció el mes pasado Michael Forst, el relator especial de la ONU sobre la situación de los defensores de los derechos humanos. Después de una visita a Australia, escribió:

Me sorprendió observar la creciente evidencia de una serie de medidas acumulativas que han ejercido una enorme presión sobre la sociedad civil australiana. […] Me quedé perplejo al observar lo que se ha convertido en una frecuente denigración pública de los defensores de los derechos por parte de altos funcionarios del Gobierno, en un aparente intento de desacreditarlos, intimidarlos y desalentarlos de su legítima tarea.

Lo más llamativo es que muchas de las personas que realizan la labor más crucial en este país —proteger a los más vulnerables y defender las frágiles ecologías de la embestida industrial— tengan que enfrentarse a una especie de guerra sucia. Y sabemos demasiado bien que no hace falta mucho para que este tipo de

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guerra política y mediática se convierta en una guerra sica, con bajas muy reales.

Lo vemos en todo el mundo cuando los defensores de la tierra intentan parar las minas, la deforestación y la construcción de presas faraónicas, desde Honduras hasta Brasil. Lo vemos cuando las comunidades de India y Filipinas se han opuesto a las centrales eléctricas de carbón porque constituyen una amenaza para sus humedales y sus recursos hídricos. No es una guerra metafórica, sino real, en la que se disparan mortíferas balas de verdad contra los cuerpos de las personas que se interponen en el camino de las excavadoras.

Según la ONG Global Witness, esta guerra mundial está empeorando. La organización informa de que «en 2015 murieron asesinadas más de tres personas cada semana defendiendo sus tierras, bosques y ríos contra las industrias destructivas. […] Estas cifras son impactantes, y evidencian que el medio ambiente se está revelando como un nuevo campo de batalla en torno a los derechos humanos. En todo el mundo, la industria presiona de manera creciente para penetrar en nuevos territorios. […] Cada vez más, las comunidades que se posicionan [en contra] se encuentran en la línea de fuego de la seguridad privada de las empresas, las fuerzas del Estado y un próspero mercado de asesinos a sueldo». Según estima esta oenegé, alrededor del 40  % de las víctimas son indígenas.[3]

Y no nos engañemos pensando que esto solo sucede en los llamados países en desarrollo. Estamos presenciando cómo la guerra por el planeta se intensi ca ahora mismo en Estados Unidos, en Dakota del Norte, donde la policía y una seguridad privada que parece recién salida del campo de batalla de Faluya reprimen brutalmente un movimiento indígena no violento que intenta proteger sus recursos hídricos.

Los sioux de la reserva Standing Rock intentan detener la construcción de un oleoducto que representa una amenaza muy real para su abastecimiento de agua y que, si se construye,

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aceleraría nuestro camino hacia un calentamiento totalmente desestabilizador para el planeta. Pese a ello, a estos defensores de la tierra completamente desarmados se les han disparado balas de goma, se les ha rociado con gas pimienta y otros gases, se les ha ensordecido con cañones de sonido, se les ha atacado con perros, se les ha encerrado en lo que se ha cali cado de auténticas perreras, se les ha obligado a desnudarse para registrarlos y se les ha detenido.

Mi temor es que la denigración de los defensores de la tierra que estamos presenciando aquí en Australia —los diversos intentos paralelos de deslegitimación, sumados a las representaciones abiertamente racistas de los indígenas en los medios de comunicación, junto con un estado de seguridad cada vez más draconiano— esté abonando el terreno para este tipo de ataques.

De modo que, por más que siga sintiéndome intranquila por el carbono que he quemado en el vuelo, estoy más que contenta de estar aquí, aunque solo sea para desempeñar el papel de la desconcertada entrometida extranjera, esa que dice: «¡Un momento! Sabemos adónde lleva esto, y están siguiendo ustedes un camino peligroso». Este hermoso y hermosamente diverso país merece algo mejor.

¡Ah!, ¿y qué hay de esa idea de que de alguna manera el carbón australiano constituye un regalo humanitario para los pobres de India? Eso tiene que acabar. India está sufriendo más por la contaminación del carbón y el cambio climático que esta provoca que casi cualquier otro lugar de la Tierra. Hace unos meses hizo tanto calor en Delhi que el asfalto de algunas carreteras se fundió. Desde 2013 han muerto más de cuatro mil indios en olas de calor. Esta semana han cerrado todas las escuelas de Delhi porque la contaminación era tan densa que ha obligado a declarar una situación de emergencia.

Mientras tanto, el precio de la energía solar ha caído un 90 %, y actualmente constituye una opción más viable para la

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electri cación que el carbón, especialmente porque requiere menos infraestructura y se presta mejor al control comunitario. Muchas comunidades lo están exigiendo, pero en India, como en otros lugares, el principal obstáculo es el nexo existente entre los grandes intereses gubernamentales y los grandes intereses del carbono: cuando la gente puede generar su propia electricidad instalando paneles en el techo, e incluso enviar esa energía a una microrred, deja de ser cliente de las gigantescas empresas de servicios públicos para convertirse en su competidora. No es de extrañar que se pongan tantos obstáculos: nada les gusta más a las corporaciones que un mercado cautivo.

Es este tinglado el que el movimiento en favor de los derechos indígenas y la justicia climática amenaza con derribar. Y lo derribaremos; pero tengamos claro, mientras celebramos la paz, que esa será la lucha de nuestras vidas.

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TEMPORADA DE HUMO

Empieza a sorprenderme lo precario que resulta todo este asunto de no estar en llamas.

SEPTIEMBRE DE 2017

ESTOS DÍAS LAS NOTICIAS SOBRE el mundo natural tienen que ver sobre todo con el agua, y es comprensible que así sea.

Oímos hablar de la cantidad de agua sin precedentes que el huracán Harvey ha vertido sobre Houston y otras ciudades y pueblos del golfo, la cual, al mezclarse con productos petroquímicos, ha provocado una contaminación y un envenenamiento incalculables. También oímos hablar (aunque no lo su ciente) de las gigantescas inundaciones que han provocado cientos de miles de desplazados en lugares que van desde Bangladés hasta Nigeria. Y en este momento estamos presenciando una vez más la temible fuerza del agua y del viento cuando el huracán Irma, una de las tormentas más potentes jamás registradas, siembra la devastación en el Caribe, con Florida ahora en su punto de mira.

En cambio, hay grandes extensiones de Norteamérica, Europa y África en las que este verano no ha habido agua, en absoluto. De hecho, las noticias han tenido que ver con la ausencia de agua: la tierra está tan seca y el calor es tan opresivo que los bosques montañosos han estallado como si fueran volcanes. Ha habido incendios lo bastante feroces para atravesar el río Columbia, lo bastante veloces para iluminar las afueras de Los Ángeles como un ejército invasor, y lo bastante intensos para amenazar tesoros

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naturales como las más altas y antiguas secuoyas o el Parque Nacional de los Glaciares.

Para millones de personas, desde California hasta Groenlandia, desde Oregón hasta Portugal, desde la Columbia Británica hasta Montana, desde Siberia hasta Sudáfrica, el verano de 2017 ha sido el verano del fuego. Y, sobre todo, ha sido el verano del humo, omnipresente e ineludible.

Durante años, los climatólogos nos han advertido de que un mundo que se calienta es un mundo extremo, en el que la humanidad se ve afectada tanto por los brutales excesos como por las sofocantes ausencias de los elementos esenciales que han mantenido en equilibrio algo tan frágil como la vida durante milenios. A nales del verano de 2017, con grandes ciudades sumergidas bajo el agua y otras lamidas por las llamas, estamos viviendo, de hecho, una convincente evidencia de este mundo extremo; un mundo en el que los extremos naturales se encuentran cara a cara con los de índole social, racial y económica.

#FAKEWEATHER

Consulté la predicción meteorológica antes de viajar a Sunshine Coast, en la Columbia Británica, una franja costera irregular salpicada de sombríos bosques de hoja perenne que lindan con acantilados rocosos y playas cubiertas de madera de deriva, los simpáticos restos otantes de varias décadas de negligentes operaciones de tala. Accesible solo mediante transbordador o hidroavión, esta es la parte del mundo donde viven mis padres, donde nació mi hijo y donde están enterrados mis abuelos. Aunque seguimos considerándola nuestro hogar, actualmente solo pasamos allí unas pocas semanas al año.

El sitio web de meteorología del Gobierno de Canadá pronosticaba que la semana siguiente sería espléndida: una sucesión ininterrumpida de sol, cielos despejados y temperaturas

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superiores a la media. Imaginé tardes calurosas remando en el Pací co, y noches tranquilas y estrelladas.

Pero al llegar, a primeros de agosto, un turbio manto blanco ha engullido la costa, y la temperatura es lo bastante fría como para tener que ponerse un suéter. Los pronósticos del tiempo suelen fallar bastante, pero esta vez el asunto es más complejo. En algún lugar allá arriba, por encima de toda esa porquería, el cielo está «realmente» despejado de nubes; el sol «de verdad» calienta. Sin embargo, en esas verdades se ha interpuesto un factor que los meteorólogos no habían tenido en cuenta: enormes cantidades de humo, desplazadas a lo largo de más de 600 kilómetros desde el interior de la provincia, donde unos ciento treinta incendios forestales arden sin control.

Ha descendido el su ciente humo para hacer que el cielo pase de ser una azulada extensión de un color similar al de la vincapervinca a convertirse en este bajo e ininterrumpido manto blanco. El su ciente humo para re ejar una buena parte del calor del sol de vuelta al espacio, lo que hace que bajen arti cialmente las temperaturas. El su ciente humo para transformar el propio sol en un rabioso punto de fuego rojo rodeado de un extraño halo, incapaz de atravesar la implacable bruma. El su ciente humo para borrar las estrellas. El su ciente humo para tragarse cualquier posible puesta de sol: al nal del día, la bola roja simplemente desaparece de forma abrupta, solo para ser reemplazada por una extraña luna de un color anaranjado oscuro.

El humo ha creado su propio sistema meteorológico, lo bastante potente como para transformar el clima no solo en el lugar donde nos encontramos, sino en una extensión de territorio que parece abarcar aproximadamente 250.000 kilómetros cuadrados. Y ese humo, una gigantesca mancha en las imágenes de satélite, no respeta fronteras: no solo se está as xiando alrededor de un tercio del territorio de la Columbia Británica, sino que también le está ocurriendo lo mismo a una gran parte del Noroeste del Pací co, incluidos Seattle, Bellingham y Portland, en Oregón.

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En la era de las «noticias falsas», las #FakeNews, afrontamos aquí también un #FakeWeather, un «falso clima»: un caos generado en el cielo, en gran medida, por ignorancia tóxica y mala praxis política.

A lo largo de toda la costa, el Gobierno ha emitido diversos avisos sobre la calidad del aire, y ha instado a la gente a evitar las actividades extenuantes. Más allá de cierto umbral, las partículas en suspensión de la atmósfera son o cialmente insalubres, lo bastante malas como para causar problemas de salud. En varias zonas de Vancouver las partículas del aire triplican ese umbral de salubridad, mientras que en algunas comunidades costeras más pequeñas la situación es bastante peor. Se insta a las personas mayores y a otros grupos de población especialmente sensibles a quedarse en casa; o mejor aún, a dirigirse a algún lugar que tenga un sistema de ltrado de aire decente. Un funcionario local incluso recomienda una excursión a algún centro comercial.

LOS INFIERNOS DEL INTERIOR

En el epicentro del desastre, donde las llamas están cada vez más cerca, la calidad del aire es mucho peor. Cualquier cantidad que supere los 25 microgramos por metro cúbico de partículas en suspensión se considera insalubre. Kamloops, la ciudad que actualmente acoge a muchos de los evacuados, tiene una media de 684,5 microgramos por metro cúbico, una cifra que rivaliza con las de Pekín en algunos de sus peores días. Las aerolíneas cancelan vuelos, y las urgencias hospitalarias se llenan de personas con problemas respiratorios.

Desde que se inició este desastre, han estallado unos ochocientos cuarenta incendios distintos, lo que hasta ahora, según estimaciones de la Cruz Roja, ha obligado a evacuar a unas cincuenta mil personas de sus hogares. A principios de julio el Gobierno había adoptado la medida excepcional de declarar el estado de emergencia; cuando llegamos nosotros, este ya se ha

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prorrogado dos veces. Cientos de estructuras han sido arrasadas, y hay comunidades enteras, incluidas reservas indígenas, que han quedado en su mayor parte reducidas a cenizas.

Hasta ahora se han quemado alrededor de 4.500 kilómetros cuadrados de bosques, granjas y pastizales. Esto convierte la actual serie de incendios en la segunda peor de toda la historia de la Columbia Británica; y dado que sigue aumentando, está cerca de batir el récord absoluto.

Llamo por teléfono a un amigo que tengo en Kamloops: «Todo el que puede se está llevando lejos a sus hijos, especialmente a los más pequeños».

Eso nos da una perspectiva real de las cosas a quienes estamos en la costa: puede que esto esté lleno de humo, pero lo cierto es que tenemos mucha suerte.

YA AMAINARÁ

Desde el día de año nuevo y la nueva Administración estadounidense no me he tomado un solo día libre, por no hablar de un n de semana. Como tantos otros, he asistido a demasiadas reuniones, y he participado en marchas hasta que me salían ampollas en los pies. Escribí un libro casi sin darme cuenta, y luego hice una gira para presentarlo. Y mi esposo, Avi, y yo ayudamos a poner en marcha e Leap («El Salto»), una nueva organización política. Durante todo el invierno y la primavera nuestro mantra familiar fue: «¡En agosto, a la Columbia Británica!». Esa era nuestra meta (por más que transitoria), y planeábamos disfrutar plenamente de ella. También fue el modo de contar con la colaboración de Toma, nuestro hijo de cinco años. En las frías noches de la costa este, señalábamos en el mapa los recorridos que íbamos a hacer por el bosque, los viajes en canoa, los lugares donde íbamos a nadar… Imaginábamos las moras que recogeríamos, los postres que hornearíamos; repasábamos la lista

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de los abuelos, tías, tíos, primos y viejos amigos a los que veríamos…

Así, este breve descanso (o «autocuidado», en la jerga de mis compañeros de trabajo más jóvenes) había adquirido cierto matiz mítico en nuestra casa. Por eso tardo un poco en darme cuenta de la gravedad de los incendios, y del humo.

El primer día estoy segura de que a mediodía el brillo del sol disipará la bruma. Por la tarde anuncio que a la mañana siguiente habrá amainado, permitiendo vislumbrar cuando menos el cielo real. Durante la primera semana saludo cada día con esperanza, convencida de que la tenue luz que se ltra a través de las cortinas obedece solo a la niebla matutina. Pero cada día me equivoco.

El plácido pronóstico meteorológico que parecía tan prometedor antes de que emprendiéramos nuestro viaje resulta ser una maldición. El tiempo soleado y sin viento hace que el humo, una vez que se halla por encima de nosotros, se estacione sobre nuestras cabezas como una especie de inamovible techo exterior. Así durante días y días y días.

Mis alergias se están desquiciando. Me inundo los ojos de gotas, y tomo antihistamínicos mucho más allá de la dosis recomendada. Toma sufre brotes de urticaria tan fuertes que tenemos que darle esteroides.

Constantemente tengo que quitarme las gafas para limpiarlas, frotándolas primero con la blusa, luego con un paño de micro bra y luego con un líquido especial para limpiar lentes. Nada sirve. Nada hace desaparecer la mancha.

EL AZUL PERDIDO

Tras una semana de bruma, el mundo empieza a empequeñecer.

La vida más allá del humo comienza a parecer tan solo un rumor.

En la orilla del océano, por regla general se puede ver la isla de

Vancouver al otro lado del mar de los Salish; ahora nos cuesta

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incluso divisar un a oramiento rocoso situado a unas decenas de metros de la costa.

He pasado en esta costa inviernos enteros en los que apenas veíamos el sol. Aprendí a amar su acerada belleza, los in nitos tonos de gris cincelados en las montañas; el cielo bajo y el movimiento de la niebla. Pero esto es diferente. El humo tiene algo de exánime: simplemente permanece ahí, inmóvil y monótono.

Las capas de esmog son algo con lo que muchos habitantes de este planeta han aprendido a vivir en las grandes ciudades contaminadas como Pekín, Nueva Delhi, São Paulo y Los Ángeles. El humo de los incendios forestales es un poco distinto. En parte porque sabes que no estás respirando la contaminación de las centrales eléctricas o los gases de escape de los automóviles, sino, en cambio, el humo de unos árboles que hasta hace poco estaban vivos. Estás respirando el bosque.

Deduzco que los animales están deprimidos. Las focas parecen sacar la cabeza de una manera puramente utilitaria, solo para tomar aliento y luego desaparecer nuevamente bajo la super cie grisácea. Pero no juegan. Las águilas —estoy convencida— vuelan por mera necesidad, no por diversión; no por el placer de alzar el vuelo y remontar el viento. Obviamente, tan solo estoy imaginando todo esto, proyectando, antropomor zando; es una mala costumbre que tengo.

Le envío un correo electrónico a un amigo que tengo en Seattle, un destacado ecologista, para preguntarle cómo lleva lo del humo. Me explica que los pájaros han dejado de cantar y él está constantemente enfadado. Al menos no soy la única.

¿Y SI SOMOS LOS SIGUIENTES?

Empieza a sorprenderme lo precario que resulta todo este asunto de no estar en llamas.

Esta parte de la Columbia Británica, técnicamente un bosque templado húmedo, es un polvorín. En lo que va de verano ha caído

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poco más de un centímetro de lluvia. El sotobosque, generalmente húmedo y blando, está seco y amarillento, y cruje bajo los pies. Se puede oler la in amabilidad.

Las carreteras están anqueadas de letreros amarillos que anuncian la absoluta prohibición de encender fuego. Cuando ponemos la radio, oímos comunicados, cada vez más frenéticos, que advierten a la gente de que no encienda fuego al aire libre, no arroje colillas desde los vehículos en marcha ni encienda fuegos arti ciales. Un tipo se ganó una noche en la cárcel y más de mil dólares en multas después de que se emborrachara y celebrara que su casa había sobrevivido a un incendio forestal disparando fuegos de arti cio, lo que podría haber provocado muy bien otro incendio.

Es evidente que una tormenta eléctrica, o un par de campistas descuidados, bastarían para echar a perder este lugar. De hecho, ya hemos estado cerca. Hace dos años, un grave incendio forestal amenazó parte de la costa a unos veinte minutos de aquí, y se cobró la vida de un lugareño que ayudaba a combatir las llamas. Sin embargo, pese a todos los años que he pasado viviendo aquí, hasta esta semana nunca había pensado realmente en lo que implicaría que un incendio como ese llegara a descontrolarse. Ahora lo hago, y resulta inquietante. La zona de Sunshine Coast tiene durante todo el año una población constante de 30.000 per-sonas abastecidas únicamente por una carretera que termina en el muelle del transbordador. ¿Cómo demonios se hace una evacuación de emergencia en un lugar sin vías de escape?

Se lo pregunto a algunos amigos de aquí. Parecen preocupados, y solo hablan sobre quién tiene barcos de pesca y de qué tipo.

MUERTE EN UN CAMPO DE ARÁNDANOS

Tras nueve días de bruma llegan noticias terribles. Un trabajador agrícola de Sumas, Washington (una población sofocada por el humo y situada a menos de un kilómetro y medio de la frontera

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canadiense), ha muerto en un hospital de Seattle. Honesto Silva Ibarra llegó a Estados Unidos desde México con un visado temporal H-2A para trabajar durante la temporada de la cosecha. Tenía veintiocho años, y había estado recogiendo arándanos en la nca Sarbanand Farms, propiedad de la empresa Munger Farms,

con sede en California, cuando empezó a sentirse mal.

Los compañeros de trabajo de Silva atribuyen su muerte a las insalubres condiciones laborales: largas jornadas, pocos descansos, comida y agua potable insu cientes, etcétera, todo ello agravado por el espeso humo que llegaba desde la Columbia Británica. «Los trabajadores han trabajado en exceso, han estado mal alimentados, no se han hidratado lo su ciente, y esto ha estado sucediendo durante semanas», declaraba Rosalinda Guillén, directora de la organización Community to Community Development. Según les dijeron a los periodistas, algunos trabajadores se habían desmayado en el trabajo.

Un representante de Munger Farms sostiene que Silva murió porque se había quedado sin su medicamento para la diabetes, y que el calor y el humo de los incendios forestales no tuvieron «nada que ver» con ello. La empresa también a rma que hizo todo lo posible para salvarlo.

Cualquiera que sea la causa (o causas) de la muerte, la forma en que la empresa trató a los compañeros de trabajo de Silva cuando estos le plantearon sus quejas constituye una escalofriante visión de lo precaria que puede llegar a ser la vida para los miles de trabajadores extranjeros de Estados Unidos. Cuando Silva fue hospitalizado, los trabajadores organizaron una jornada de huelga para exigir respuestas y mejores condiciones. Sesenta y seis de ellos fueron despedidos de manera fulminante por insubordinación: se encontraron sin medios para regresar a su hogar en México y sin la paga correspondiente a sus últimos días de trabajo. Después de establecer un campamento de protesta, organizaron una marcha hasta las o cinas de la compañía; luego, tras lograr atraer la atención de los medios locales, recuperaron su

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paga atrasada, y, según un portavoz de Munger, la empresa «se ha ofrecido voluntariamente a proporcionar un transporte seguro para que todos los trabajadores despedidos puedan volver a casa».

Aun así, no recuperaron el trabajo que tanto necesitaban. Munger es proveedora de varias conocidas cadenas de tiendas estadounidenses, como Walmart, Whole Foods, Safeway y Costco.

Al norte de la frontera hay noticias similares de temporeros que se desmayan y enferman en el trabajo, y donde aparentemente el humo sí que tiene algo que ver. Y quienes de enden sus derechos señalan que, en lugar de atender debidamente a los trabajadores enfermos, los empleadores promotores de su traslado a menudo los mandan a casa como productos defectuosos. Según la Corporación Canadiense de Radiodifusión, en la calurosa y humeante Columbia Británica ha habido al menos diez trabajadores a los que se ha enviado de regreso a sus países — México y Guatemala— tras ser «considerados demasiado enfermos para trabajar».

UN DESASTRE CON REPERCUSIONES DESIGUALES, COMO DE COSTUMBRE

Aprendemos la misma lección una y otra vez: en las sociedades extremadamente desiguales, con profundas injusticias derivadas de forma sistemática de diferencias raciales, los desastres no sirven para unirnos a todos en una difusa pero única familia humana. Al contrario: lo que hacen es profundizar aún más las divisiones preexistentes, por lo que las personas que peor lo pasaban antes del desastre reciben dosis adicionales de dolor durante y después de este.

Ya hemos podido comprobar bastante bien cómo funcionan las cosas en las tormentas como Katrina, Sandy, Harvey e Irma; en cambio, en lo que respecta al fuego, nuestro conocimiento es más limitado. Pero eso está cambiando. Hoy sabemos, por ejemplo, que

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mientras que California lucha con una temporada de incendios que ahora parece interminable, el estado se ha vuelto extremadamente dependiente de la mano de obra penitenciaria, y que sus reclusos cobran la cantidad asombrosamente baja de un dólar la hora por desempeñar algunas de las tareas más peligrosas en la lucha contra el fuego. Sabemos que en 2016 se contrató a cientos de trabajadores sudafricanos para ayudar a combatir el incendio de Fort McMurray, en Alberta, y que, sin embargo, dejaron de trabajar en masa al descubrir que se les pagaba bastante menos que a sus homólogos canadienses, y menos de lo que las noticias publicadas en la prensa a rmaban que se les pagaba. De modo que se les envió rápidamente de vuelta a casa.

También sabemos que, al igual que ocurre en las inundaciones, nuestros medios de comunicación brindan mucha más cobertura a las mascotas domésticas rescatadas en incendios forestales en Estados Unidos y Canadá que a las vidas humanas que se cobran otros incendios más devastadores producidos, por ejemplo, en Indonesia y Chile. Un estudio realizado en 2012 en todo el mundo estimaba que cada año mueren más de trescientas mil personas como resultado del humo y la contaminación atmosférica derivados de los incendios forestales, principalmente en el África subsahariana y el Sureste Asiático.

Y este verano, en la Columbia Británica, hemos aprendido aún más sobre la forma en que se acentúan las desigualdades en un contexto ardiente. Varios líderes indígenas expresaron su preocupación por el hecho de que, en las situaciones de emergencia por incendios, sus comunidades no reciban el mismo nivel de respuesta urgente que las comunidades no indígenas, ya fuera para combatir las llamas o para la reconstrucción posterior. Teniendo esto en cuenta, varias reservas indígenas directamente amenazadas por el fuego se negaron a evacuar a su población, y parte de ellas se quedaron atrás para combatir las llamas, algunas con sus propios equipos de bomberos entrenados y dotados del equipamiento adecuado, otras con poco más que mangueras de

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jardín y aspersores. En al menos un caso, la policía respondió amenazando con entrar y arrancar a los niños de manos de sus familias; unas palabras con reminiscencias traumáticas en un país que no hace mucho se llevaba sistemáticamente a los niños indígenas de sus hogares en el marco de sus políticas públicas.

Al nal no se allanaron los hogares de las Naciones Originarias, y muchos de ellos se salvaron gracias a las brigadas de incendios organizadas por las propias reservas. Ryan Day, jefe de la reserva Bonaparte, una de las amenazadas por el fuego, declaró: «Si nos hubieran evacuado a todos, en esta reserva ya no tendríamos casas».

UN MUNDO CON DOS SOLES

Llevamos cerca de una semana ahumados, y se acerca la luna llena. Por aquí la gente se toma muy en serio la luna llena: se celebran bailes en el bosque aderezados con drogas y excursiones en kayak a altas horas de la noche aprovechando la iluminación adicional.

Pero cuando aparece la luna ya casi llena, a primeros de agosto, al principio la confundo con el sol: tiene la misma forma y casi el mismo color.

Durante unos cuatro días es como si estuviéramos en un planeta distinto; uno con dos soles rojos y sin luna.

FRUTO AMARGO

Estamos en la segunda semana de humo, y nalmente las moras están maduras. Decidimos recogerlas. Parece extraño seguir este despreocupado ritual veraniego con una atmósfera tan densa y unas noticias tan sombrías, pero lo hacemos de todos modos. Hacer una buena caminata comiendo sin parar constituye una de las actividades favoritas de Toma.

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Resulta una decepción. Con tan poca lluvia y un sol tan débil para calentarlas, incluso las bayas más maduras tienen un sabor amargo. Toma pierde rápidamente el interés y se niega a seguir intentándolo. Llegamos a casa con las espinillas llenas de arañazos y un cubo vacío.

Sin embargo, no dejamos de caminar. Todos los días pasamos varias horas andando por los rodales de cedros y abetos de Douglas cubiertos de musgo, respirando el aire cargado de oxígeno. Me encantan estos bosques, y siempre he valorado su belleza primigenia. Pero ahora me encuentro al borde de la adoración: no solo les estoy agradecida por limpiar el aire, o por la sombra y el secuestro de carbono que proporcionan (los denominados «servicios ecosistémicos» en la jerga del ecologismo empresarial), sino por su mera capacidad de resistencia. Por no unirse a sus hermanos en llamas. Por seguir con nosotros pese a nuestros defectos. Al menos hasta ahora.

HOLA DE NUEVO

Ya he respirado antes este humo. No exactamente esas mismas partículas suspendidas en el aire, obviamente, pero sí el humo de muchos de los mismos incendios forestales. Y lo extraño es que lo respiré a unos 900 kilómetros al este de aquí, en otra provincia distinta.

A mediados de julio estuve en Alberta, ayudando a impartir un curso sobre elaboración de informes medioambientales en el Centro Ban para las Artes y la Creatividad.

Esta vez, también, el pronóstico meteorológico parecía perfecto: días soleados, cálidos y despejados. Y esta vez, también, el pronóstico se vio frustrado desde el primer día por una nube de humo, una neblina que oscureció las espectaculares montañas del Parque Nacional Ban y provocó avisos sobre la calidad del aire, dolores de cabeza y la sensación de tener un nudo en la garganta. Más #FakeWeather.

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En julio los vientos soplaban en dirección este, lo que hizo que una de las vertientes de las Montañas Rocosas se llenara de humo. En Calgary, la capital petrolera de Canadá, este era tan denso que oscurecía el horizonte urbano, formado por relucientes torres de cristal con los logotipos de Shell, BP, Suncor y TransCanada. Pero el humo no se detuvo allí: siguió viajando en dirección este hasta el centro del continente, hasta Saskatchewan y Manitoba, y en dirección sur hasta Dakota del Norte y Montana (la NASA publicó una impactante imagen de la nube, de 800 kilómetros de extensión).

Luego, justo cuando mi familia se dirigía a la costa de la Columbia Británica, los vientos cambiaron abruptamente y empezaron a empujar la nube en dirección oeste, al tiempo que las Rocosas actuaban ahora como una gigantesca raqueta de tenis que proyectaba el humo hacia el Pací co.

Inhalar el humo proveniente de los mismos bosques incine-rados por segunda vez en un mismo verano —a pesar de haber recorrido 900 kilómetros y haber cruzado una frontera provincial

— resultaba una experiencia espeluznante. Sentí que de alguna manera aquella nube me acechaba, como el monstruo de humo de la serie Perdidos.

UN MUNDO EN LLAMAS

Parte del aspecto esencial de todo esto reside en la mera magnitud del desastre, tanto a escala temporal como espacial. Incluso los huracanes más devastadores como el Harvey tienden a concentrar su impacto en un área geográ ca restringida. Y el evento en sí (aunque no sus secuelas) es relativamente breve.

Pero estos incendios, que duran meses, son de un orden completamente distinto. Primero están las repercusiones directas del fuego. Las grandes extensiones de tierra carbonizada. Las decenas de miles de vidas alteradas por las órdenes de evacuación. Los hogares, las granjas y las cabezas de ganado perdidos. Las

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industrias (desde operadores turísticos hasta aserraderos) que se ven obligadas a cerrar.

Y luego están también las repercusiones menos directas de todo ese humo errante. Durante los meses de julio y agosto, el humo de los mencionados incendios cubrió una extensión aproximada de 1.800.000 kilómetros cuadrados: un área mayor que toda la super cie de Francia, Alemania, Italia, España y Portugal juntas, afectada toda ella por el rápido desplazamiento de las consecuencias de este desastre.

Y esa es solo una instantánea de una temporada de incendios mucho más extendida. A nales de verano ardían grandes extensiones del oeste de Estados Unidos. Un incendio producido en Los Ángeles resultó ser el mayor jamás registrado dentro de los límites de la ciudad; y en todos los condados del estado de Washington se declaró una situación de emergencia. En Montana, un conjunto de incendios forestales al que se bautizó como «Complejo Lodgepole» quemó unos 1.100 kilómetros cuadrados de territorio, lo que lo convirtió en el tercer incendio más grande del que se tiene constancia en toda la historia de la región. Esto se enmarca en un incremento más amplio tanto de la cantidad de incendios como del período del año en el que estos se producen: en Estados Unidos, según un análisis de la organización Climate Central, actualmente la temporada de incendios dura 105 días más que en la década de 1970.

El área de Europa que se ha quemado esta temporada de incendios ha triplicado la media, y todavía no ha terminado. El centro de Portugal fue la región que experimentó las consecuencias más mortíferas: en junio murieron más de sesenta personas en un incendio producido en las inmediaciones de Pedrógão Grande.[1] En Siberia se quemaron cientos de hogares. En Chile, durante los meses de verano, el país luchó contra el mayor incendio forestal del que se tiene constancia en toda su historia, que obligó a desplazarse a miles de personas. En junio, en Sudáfrica, una misma tormenta provocó inundaciones en Ciudad

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del Cabo y avivó las llamas de varios incendios forestales de una virulencia sin precedentes en las poblaciones cercanas. Incluso un país helado como Groenlandia ha presenciado este verano incendios forestales tan extensos como insólitos. Jason Box, un climatólogo de renombre mundial especializado en el estudio de la capa de hielo de Groenlandia, señaló que actualmente «las temperaturas en Groenlandia son probablemente las más altas [que han tenido en] los últimos ochocientos años».

SÍ, ES EL CAMBIO CLIMÁTICO

Que el clima sea más cálido y seco no es el único factor relevante. Otro es el perenne y arrogante intento de rediseñar fuerzas naturales que son mucho más poderosas que nosotros. El fuego es una parte crucial del ciclo forestal: dejados a su suerte, los bosques arden periódicamente, con lo que despejan el camino para un nuevo rebrote y reducen la cantidad de maleza y madera seca, ambos altamente in amables («combustible», en la jerga de los bomberos). Muchas culturas indígenas han utilizado el fuego durante mucho tiempo como una parte fundamental de sus actividades de cuidado de la tierra. Pero en Norteamérica la moderna gestión forestal ha suprimido sistemáticamente los incendios cíclicos con el n de proteger los árboles más rentables destinados a los aserraderos, y por temor a que los pequeños incendios se propaguen a las zonas habitadas (cuyo número no deja de aumentar).

Sin la presencia de fuegos naturales regulares, los bosques se llenan de combustible, lo que provoca incendios descontrolados. Y encima ahora hay muchísimo más combustible como resultado de las infestaciones de barrenillos o escarabajos perforadores de la corteza, que han dejado enormes rodales de árboles muertos, secos y quebradizos. Existen indicios convincentes de que la epidemia de barrenillos se ha visto exacerbada por el calor y la sequía relacionados con el cambio climático.

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Y por encima de todo está el sencillo hecho de que un clima más cálido y seco (lo cual está directamente ligado al cambio climático) crea las condiciones óptimas para que se produzcan incendios forestales. De hecho, estas fuerzas se han combinado para convertir los bosques en una especie de hogueras de campamento perfectamente formadas, donde la tierra seca actúa como un periódico arrugado, los árboles muertos son la leña y el aumento del calor proporciona la cerilla. Mike Flannigan, experto en incendios forestales de la Universidad de Alberta, se muestra contundente en ese sentido: «El aumento de la super cie quemada en Canadá es un resultado directo del cambio climático causado por el hombre. Los sucesos individuales resultan un poco más di ciles de conectar, pero en Canadá la super cie quemada se ha duplicado desde la década de 1970 como resultado del incremento de las temperaturas». Y según un estudio realizado en 2010, se calcula que en este país el número de incendios aumentará en un 75 % para nales de siglo.

He aquí lo realmente alarmante: en 2017 ni siquiera se produjo el fenómeno del Niño, el evento cíclico de calentamiento natural que habitualmente se consideraba un factor clave en los enormes incendios que el año pasado devastaron el sur de California y el norte de Alberta.

Al no poder echarle la culpa al Niño, algunos medios de comunicación han decidido dejar de andarse con rodeos; citando a la cadena alemana Deutsche Welle: «El cambio climático prende fuego al mundo».

CUENTOS DE HADAS Y BUCLES DE REALIMENTACIÓN

«Parece que está nevando», declara Toma solemnemente con la cara pegada al cristal de la ventana, al otro lado de la cual la atmósfera es blanca y densa.

Desde que dejamos Alberta, su mente de cinco años se ha estado esforzando en entender ese humo que ha marcado su verano. En

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tratar de darle sentido a mi tos crónica y a su rabiosa erupción cutánea. En sobrellevar, sobre todo, esa banda sonora de conversaciones inquietas que sostienen los adultos que están presentes en su vida.

Su respuesta pasa por varias fases: por las noches lo despiertan las pesadillas; además escribe canciones con letras como «¿Por qué todo va mal?»; y también ríe mucho sin venir a cuento.

Al principio le entusiasmó la idea de los incendios forestales, que confundía con fogatas de campamento, lo que a su vez le llevaba a pedir postre de malvavisco tostado al fuego. Luego su abuelo le explicó que el sol se había convertido en aquel punto extraño y brillante porque era el propio bosque el que estaba en llamas. Estaba herido. «¿Y qué pasa con los animales?»

Hemos desarrollado técnicas para controlar la preocupación. Comienzan con respiraciones profundas, y lo hacemos varias veces al día. Pero se me ocurre que respirar cantidades adicionales de este aire en concreto probablemente no sea muy bueno, especialmente para unos pequeños pulmones que ya son propensos a la infección.

Avi y yo nunca hablamos con Toma sobre el cambio climático, lo que puede parecer extraño si tenemos en cuenta que yo escribo libros y Avi dirige películas sobre el tema, y que ambos pasamos la mayor parte de nuestras horas de vigilia centrados en la necesidad de dar una respuesta transformadora a la crisis. De lo que sí hablamos es de la contaminación, aunque a una escala que Toma pueda entender. Como con el plástico, y por qué tenemos que recogerlo y utilizar menos debido a que enferma a los animales. O bien observamos los gases que salen de los tubos de escape de los automóviles y los camiones, y hablamos acerca de cómo puedes aprovechar la energía del sol y del viento y almacenarla en baterías. Un niño pequeño puede entender este tipo de conceptos y saber exactamente lo que habría que hacer (mejor que muchos adultos). Pero la idea de que la Tierra entera sufre una ebre que podría llegar a ser tan alta que sus convulsiones acabarían con una

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gran parte de la vida del planeta me parece una carga demasiado pesada para pedirle a un niño pequeño que la soporte.

Este verano marca el nal de su protección en ese aspecto. No es una decisión de la que me sienta orgullosa, ni siquiera una decisión que recuerde haber tomado. Simplemente ha ocurrido que ha escuchado a demasiados adultos obsesionarse por aquel cielo extraño y por las verdaderas razones de los incendios, y nalmente ha atado cabos.

En un parque infantil envuelto en bruma, me encuentro con una joven madre que me ofrece consejo acerca de cómo tranquilizar a los niños inquietos. Ella les dice a sus hijos que los incendios forestales son una parte positiva del ciclo de renovación del ecosistema: la quema da paso a un nuevo rebrote, que alimenta a los osos y los ciervos.

Yo asiento con la cabeza, sintiéndome como una madre fallida. Pero también sé que miente. Es cierto que el fuego es una parte natural del ciclo de la vida, pero los incendios que en este momento ocultan el sol en el Noroeste del Pací co son justamente lo contrario: forman parte de una espiral de muerte planetaria. Muchos son tan calurosos e intensos que a su paso dejan la tierra calcinada.[2] Los ríos de agentes ignífugos de color rojo que se lanzan desde los aviones se ltran en las vías uviales, lo que constituye una amenaza para los peces. Y tal como teme mi hijo, los animales están perdiendo su hogar en los bosques.

Sin embargo, el mayor peligro de los incendios forestales son las emisiones de carbono que producen. Tres semanas después de que el humo descendiera sobre la costa, nos enteramos de que, como resultado de los incendios, las emisiones anuales totales de gases de efecto invernadero correspondientes a la provincia de la Columbia Británica se habían triplicado, y siguen aumentando.

Este drástico incremento de las emisiones forma parte del fenómeno al que se re eren los climatólogos cuando advierten sobre los denominados bucles de realimentación: la combustión de carbono produce temperaturas más cálidas y largos períodos

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sin lluvia, lo que a su vez provoca más incendios, lo que a su vez libera más carbono a la atmósfera, lo que a su vez genera unas condiciones climatológicas aún más secas y calurosas, y todavía más incendios.

Otro de estos letales bucles de realimentación es el que se está produciendo en los incendios forestales de Groenlandia. Los incendios producen hollín negro (también conocido como «carbón negro») que se deposita en las capas de hielo y las tiñen de un color negro o grisáceo. El hielo así oscurecido absorbe más calor que el hielo blanco, que tiene más propiedades re ectantes, lo que hace que se derrita con mayor rapidez, lo que a su vez aumenta el nivel del mar y libera grandes cantidades de metano, lo que a su vez provoca un mayor calentamiento y más incendios, con la consecuencia de que aumenta el hielo oscurecido y derretido.

De modo que no, no voy a decirle a Toma que los incendios son una afortunada parte del ciclo de la vida. Nos conformamos con medias verdades y evasivas para suavizar la pesadilla: «Los animales saben cómo escapar de los incendios. Corren hacia los ríos, arroyos y otros bosques».

Hablamos de que tenemos que plantar más árboles para que los animales vuelvan a casa. Eso ayuda, al menos en parte.

UNA LLAMADA DE ATENCIÓN… PARA ALGUNOS

Una de las regiones más duramente afectadas por los incendios es un lugar que conozco bien: el territorio de la nación secwepemc, que abarca una enorme extensión de tierra en la zona interior de la Columbia Británica, gran parte de la cual está ahora en llamas. El difunto Arthur Manuel, un antiguo jefe secwepemc, era un amigo por quien sentía un gran afecto y que me acogió en varias ocasiones. Hasta el momento de redactar estas líneas, en 2017, he visitado dos veces su territorio: una para asistir al funeral de Manuel y otra para participar en la reunión que él estaba organizando cuando un ataque cardíaco acabó con su vida.

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La reunión tenía por objetivo concitar una respuesta conjunta a la decisión del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, de aprobar un proyecto de 7.400 millones de dólares que casi multiplicaría por tres la capacidad del Trans Mountain, un oleoducto de la empresa Kinder Morgan que transporta petróleo derivado de arenas bituminosas —con un alto contenido de carbono— desde Alberta hasta la Columbia Británica. La red de tuberías ampliada atravesaría docenas de vías uviales del territorio secwepemc, y muchos terratenientes tradicionales se oponen enérgicamente a ella. Arthur creía que la lucha tenía el potencial de convertirse en una especie de «versión septentrional» de la icónica victoria de la reserva india Standing Rock.

Cuando se iniciaron los incendios, este verano, la familia y los amigos de Manuel no perdieron el tiempo argumentando que construir más infraestructuras para combustibles fósiles mientras el mundo arde resulta tan absurdo como imprudente. El Grupo de Trabajo Secwepemc sobre Soberanía Alimentaria Indígena emitió una declaración en la que mostraba su oposición al proyecto de expansión del oleoducto y exigía el cierre inmediato del oleoducto existente, más pequeño, a n de reducir el riesgo de un accidente con consecuencias catastró cas si el fuego y el petróleo llegaban a encontrarse.

«Nos hallamos en un estado crítico de emergencia lidiando con las repercusiones del cambio climático —señalaba la maestra secwepemc Dawn Morrison—. La salud de nuestras familias y comunidades depende en gran medida de nuestra capacidad para pescar salmones salvajes y tener acceso al agua potable; y ambas cosas están en riesgo si el oleoducto de Kinder Morgan se rompe o se ve afectado por los incendios.»

Es cuestión de sentido común: cuando las propias infraestructuras del petróleo y el gas se encuentran en la diana de los efectos acumulativos de la combustión de tanto combustible fósil (piénsese en las plataformas petrolíferas afectadas por tormentas devastadoras o en la ciudad de Houston inundada),

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todos deberíamos hacer lo que hicieron los secwepemc: tratar el desastre como una llamada de atención sobre la necesidad de construir una sociedad más segura, y pronto.

HAGAS LO QUE HAGAS, NO HABLES DEL PETRÓLEO

Pero nuestros sistemas políticos y económicos no funcionan así; de hecho, están diseñados para anular este tipo de respuesta de supervivencia. De modo que Kinder Morgan ni siquiera se ha molestado en responder a las inquietudes de la comunidad. Es más, la compañía se está preparando para iniciar las obras de expansión este mismo mes, con los incendios todavía activos.

Y lo que es aún peor: algunas industrias extractivas están aprovechando esta abrasadora situación de emergencia para hacer cosas que resultan imposibles en época normal. Por ejemplo, Taseko Mines lleva años luchando para construir una mina de oro y cobre a cielo abierto extremadamente polémica en una de las zonas de la Columbia Británica más afectadas por los incendios. Hasta ahora, la era oposición que este tóxico proyecto ha suscitado en la nación tsilhqot’in ha logrado impedir que se lleve a cabo, y se ha traducido en varias victorias clave en materia de regulación.

Pero este mes de julio, cuando se ha dado la orden de evacuar varias de las comunidades tsilhqot’in afectadas, mientras que otras han tenido que concentrarse en combatir los incendios por sí mismas, el Gobierno saliente de la Columbia Británica, célebre por ser una especie de «salvaje oeste» del soborno político, ha hecho algo asombroso: en su última semana en funciones, tras sufrir una humillante derrota electoral, ha otorgado a Taseko una serie de permisos para avanzar en su explotación. «Escapa a toda comprensión que, mientras que nuestra gente lucha por nuestras vidas y hogares, [el Gobierno de] la Columbia Británica otorgue permisos que destruirán todavía más nuestras tierras sin posibilidad de reparación», declaraba Russell Myers Ross, un jefe

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tsilhqot’in; a lo que un representante del Gobierno saliente se limitó a responder: «Entiendo que esto pueda llegar en un momento di cil para ustedes dada la situación de los incendios forestales que afectan a algunas de sus comunidades». Pese a las tensiones que los incendios están generando entre su gente, los tsilhqot’in están luchando contra la medida en los tribunales, y la empresa ya se ha visto obligada a suspender sus planes de perforación debido a problemas legales.

Sin embargo, cualquiera que albergara la esperanza de que los incendios podrían instar al primer ministro Justin Trudeau a adoptar medidas serias de carácter climático se ha visto enormemente decepcionado. Al primer ministro canadiense le encanta dejarse fotogra ar retozando en medio de la naturaleza espectacular de la Columbia Británica (preferiblemente sin camisa), mientras que su esposa, Sophie Grégoire, ha desatado un auténtico aluvión de emoticonos tras publicar una foto suya surfeando en la isla de Vancouver (era durante los incendios y el cielo aparece brumoso).

Sin embargo, pese a sus entusiastas comentarios sobre los bosques y las aguas costeras de la Columbia Británica, cuando se trata de la expansión de oleoductos y arenas alquitranadas, Trudeau no duda en apretar el acelerador a fondo. «Ningún país que encontrara 173.000 millones de barriles de petróleo en el suelo se limitaría a dejarlos ahí», declaraba ante una entregada multitud de ejecutivos del petróleo y el gas congregada en Houston en marzo de 2017. Desde entonces no ha cedido un ápice. No importa que la ciudad de Houston se haya inundado debido a una tormenta sin precedentes, o que una tercera parte de su propio país sea pasto de las llamas. Este mismo mes, uno de sus principales ministros declaraba, en relación con la aprobación del oleoducto de Kinder Morgan: «Nada de lo que ha sucedido desde entonces ha alterado nuestra opinión de que esta es una decisión acertada». En lo relativo a los combustibles fósiles, Trudeau está en modo piloto automático, y, al parecer, nada lo hará desviarse de su rumbo.

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Luego está el presidente estadounidense, Donald Trump, cuyos delitos climáticos resultan demasiado extensos y complejos para mencionarlos aquí. No obstante, vale la pena mencionar que ha elegido justamente este verano de inundaciones e incendios para disolver el grupo consultivo federal que evaluaba los impactos del cambio climático en Estados Unidos y para dar luz verde a la perforación en el mar de Beaufort, en el Ártico.[3]

EL TIPO QUE PERDIÓ DOS CASAS

Los políticos no son los únicos que están condenados y decididos a no aprender de los evidentes mensajes de la naturaleza.

En plena situación de emergencia por los incendios, la Corporación Canadiense de Radiodifusión se topó con una noticia de interés humano: encontró a un hombre llamado Jason Schurman, cuya cabaña de troncos se había quemado en la Columbia Británica y que un año antes también había perdido una casa en los incendios producidos en Fort McMurray, en Alberta. Dos casas, dos incendios, un mismo tipo. La cadena publicó las fotos de sus propiedades carbonizadas (separadas por 1.300 kiló-metros) una al lado de la otra. En ambos casos, solo quedaba en pie el hogar y la chimenea.

El reportaje sobre los estragos humanos que causan estos desastres contiene muchos detalles conmovedores: la interminable burocracia, los recuerdos traumáticos, el estrés familiar, etcétera. Pero no se menciona en absoluto el cambio climático. Esto no deja de ser un hecho notable, dado que Schurman trabaja como supervisor de obra en las arenas bituminosas de Alberta, y, pese a ello, al periodista no se le ocurrió preguntarle si perder dos casas y estar a punto de perder también a su hijo le había llevado a formularse alguna pregunta sobre la industria en la que trabajaba (una de las pocas industrias de Canadá o Estados Unidos que todavía paga a sus trabajadores manuales unos salarios que les permiten llevar una vida de clase

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media). Lejos de ello, el relato del hombre «que tropezó dos veces en el mismo incendio» se planteó como una extravagante historia de interés humano, junto con otra sobre un bombero que se había casado en mitad de las llamas.

Cuando la revista Vice se hizo eco de la irresistible historia, esta vez el periodista sí le planteó la cuestión del cambio climático a Schurman, quien reconoció que podía ser uno de los factores que contribuyen a esos devastadores incendios. Sin embargo, en el característico estilo de Vice, el grueso del artículo se centraba en cómo aquel trabajador del petróleo afrontaba sus pérdidas mediante una forma especialmente barroca de arte corporal: «El constante dolor de un tatuaje también te distrae por completo… de haber perdido todo lo que tengo».

AL FINAL TE ACOSTUMBRAS

¿Acaso no somos todos culpables, de una forma u otra, de caminar como sonámbulos hacia el apocalipsis? El matiz desenfocado que aquí el humo aporta a la vida parece agudizar aún más esta negación colectiva. Aquí en la costa, este mes de agosto, todos parecemos sonámbulos: trabajamos y hacemos los recados a trompicones, hacemos vacaciones en medio de una densa nube de humo y ngimos que no oímos la alarma que suena de fondo.

Después de todo, el humo no es fuego. No es una inundación. No llama tu atención de forma inmediata ni te obliga a huir. Puedes vivir con él, aunque no vivas tan bien. Al nal te acostumbras.

Y eso es lo que hacemos.

Remamos en medio del humo y actuamos como si fuera niebla. Llevamos cerveza y sidra a la playa, y comentamos que lo bueno es que apenas necesitas protector solar.

Sentada en la playa bajo ese cielo falso y lechoso, de repente me vienen a la memoria imágenes de familias tomando el sol en playas inundadas de petróleo en pleno desastre de la plataforma

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petrolífera de BP Deepwater Horizon. Y eso me afecta: somos nosotros, negándonos a dejar que un incendio descontrolado y de proporciones inéditas inter era en nuestras vacaciones familiares.

Durante los desastres, suelen escucharse un montón de elogios sobre la capacidad de resistencia humana. Y, sin duda, somos una especie notablemente resistente. Pero eso no siempre es bueno. Parece que muchos de nosotros podemos llegar a acostumbrarnos a casi cualquier cosa, incluso a la aniquilación constante de nuestro propio hábitat.

UNA VENTANA A UN PLANETA JAQUEADO

Una semana después de lo que un periódico local de Sunshine Coast ha denominado nuestros «días de bruma», la revista e Atlantic publica un despreocupado artículo titulado: «Para detener el calentamiento global, ¿debería la humanidad oscurecer el cielo?».

El reportaje se centra en un método a menudo conocido como gestión de la radiación solar, que consistiría en rociar dióxido de azufre en la estratosfera con el n de crear una barrera entre la Tierra y la luz solar, forzando con ello una reducción de las temperaturas. La retirada de Trump del Acuerdo de París —señala el artículo— está haciendo que haya más Gobiernos, incluido el de China, que se toman en serio lo de oscurecer el sol.

La primera mención de los posibles riesgos no aparece hasta el vigésimo párrafo, donde el periodista reproduce las palabras de un climatólogo diciendo que «jaquear» así el planeta «podría provocar sequías o inundaciones o cosas por el estilo». Sí, sería un fastidio. En realidad, existen una gran cantidad de investigaciones avaladas por el sistema de revisión paritaria que revelan que esta forma de geoingeniería podría interferir con los monzones en Asia y África, amenazando así la provisión de alimentos y agua de miles de millones de personas.

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Ahora imagine un escenario en el que se diera plenos poderes a hombres como Trump, el primer ministro indio, Narendra Modi, y el «líder supremo» de Corea del Norte, Kim Jong-un, para desplegar este tipo de tecnologías capaces de alterar el clima como armas no convencionales, sumiéndonos en una era de guerras climáticas no declaradas en la que un país sacri caría las precipitaciones de otro para salvar sus cultivos, y el otro se vengaría provocando gigantescas inundaciones.

Algunos aspirantes a jaquear el planeta insisten en que esos riesgos propios del peor escenario posible pueden gestionarse (aunque nunca explican cómo). Sin embargo, todos aceptan que hay desventajas menores. Rociar dióxido de azufre en la estratosfera crearía casi con toda certeza una permanente bruma de un color blanco lechoso y haría que el cielo azul fuera cosa del pasado para todo el planeta. La bruma podría impedir asimismo que los astrónomos observaran las estrellas y planetas con claridad, y el debilitamiento de la luz del sol podría reducir también la capacidad de producir energía de los paneles solares.

Cuando se piensa en eso de manera abstracta, puede parecer un precio pequeño a cambio de comprar «algo más de tiempo para aunar esfuerzos» de cara a controlar la contaminación, tal como lo expresa el artículo del Atlantic. Pero resulta completamente distinto leer acerca de la posibilidad de oscurecer de forma deliberada el cielo bajo un cielo que ya está arti cialmente oscurecido por un humo omnipresente que empaña literalmente la vida cotidiana.

Perder el cielo no es poca cosa. Todos damos por sentado que incluso en las ciudades más pobladas podemos mirar hacia arriba y ver el mundo que hay fuera de nuestro alcance; sí, hay aviones y satélites, pero más allá están los cielos, lo desconocido, lo que hay «ahí fuera en última instancia». En casi todos los rincones del Noroeste del Pací co, este mes de agosto, cuando alzábamos la vista al cielo, no veíamos nada de esa extensión. Solo nos veíamos a nosotros mismos, más detritos de nuestro propio y quebrantado

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sistema. En la capa de humo teníamos un techo, no un cielo; y parecía una as xiante tapadera que obstruyera la propia posibilidad de tenerlo.

Me escucho a mí misma sugiriéndole frenéticamente a Avi que deberíamos conducir hacia el norte hasta que el aire esté limpio. Y luego recuerdo que, si lo hiciéramos, nos encontraríamos cara a cara con el permafrost, que se está derritiendo con rapidez. Nos quedamos donde estamos.

EL VIENTO CAMBIA

Después de casi dos semanas enteras ahumados, algo cambia. Primero lo oigo; luego veo moverse las ramas: viento. Una repentina bajada de la temperatura. Y a mediodía, auténticas franjas de azul, separadas por nubes. Había olvidado cuán distintas son estas de la bruma: más altas, para empezar, y con toda clase de delicadas formas y movimientos.

El humo no se ha despejado por completo, pero el viento se ha llevado el su ciente para hacer que de pronto el mundo parezca más nítido. ¿Saben esa especie de euforia que uno experimenta cuando nalmente supera una larga ebre? Pues así me siento.

El día siguiente trae lluvia; no mucha, pero la su ciente para esperar un ligero alivio para los 2.400 exhaustos y sobrecargados bomberos. Mis alergias desaparecen, y Toma empieza a dormir de nuevo durante toda la noche.

Pero las noticias que llegan del interior son desastrosas. El mismo viento que nalmente ha liberado la capa de humo en la costa ha avivado las llamas en el epicentro de los incendios. Resulta que la quietud que aquí ha mantenido el humo atrapado durante tanto tiempo era el único elemento que favorecía a los bomberos. Pero ahora ha terminado, y, por otra parte, no hay su ciente lluvia.

Durante la semana siguiente, la Columbia Británica se abre paso en los libros de récords. A mediados de agosto los incendios

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baten el récord provincial de la mayor cantidad de tierra quemada en un año: 8.943 kilómetros cuadrados.[4] En cuestión de días, varios incendios distintos aúnan sus fuerzas para crear el mayor incendio de toda la historia de esta provincia canadiense.

DEMASIADO PRONTO

Cuando llega el eclipse solar, no siento más que temor. Tenemos cielos despejados, un lugar de observación casi perfecto, y sé, en teoría, que lo que está a punto de suceder es una maravilla natural. Pero no estoy lista para despedirme de nuevo del sol, ni siquiera por unos minutos. Apenas acabamos de recuperarlo.

Me paso todo el eclipse sentada sola, fuera, contemplando el horizonte, aferrada a la luz moribunda. Una semana después de que los neonazis marcharan con antorchas en Charlottesville, Virginia, y con gran parte del planeta envuelto en auténticos in ernos, este repentino oscurecimiento de nuestro mundo parece demasiado literal.

EL SISTEMA GLOBAL DE ALARMA DE INCENDIOS SE HA ESTROPEADO

El n de semana del Día del Trabajo[5] siguen ardiendo más de 160 incendios en la Columbia Británica. El clima extremadamente caluroso, seco y ventoso ha conspirado para crear las condiciones idóneas para que estallaran un montón de nuevos incendios forestales de gran magnitud, además de expandir de forma exponencial los ya activos. Las autoridades anuncian cada día nuevas evacuaciones; según el último recuento, a lo largo del verano unas 60.000 personas desplazadas se han registrado como evacuadas en la Cruz Roja. La declaración de estado de emergencia se ha prorrogado por cuarta vez.

Pero incluso en Canadá es imposible que esta noticia compita con las devastadoras consecuencias del huracán Harvey; los

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montones de muertos y los millones de personas afectadas por las inundaciones sin precedentes registradas en Asia Meridional y Nigeria, y ahora la furia del huracán Irma. Luego están los incendios que acaparan los titulares en Los Ángeles, la situación de emergencia que vive el estado de Washington y las nuevas evacuaciones ordenadas desde el Parque Nacional de los Glaciares hasta el norte de Manitoba. Una imagen de satélite de principios de septiembre muestra toda la extensión del continente cubierta de humo: #FakeWeather desde el Pací co hasta un Atlántico agitado por las tormentas.

Apenas puedo seguir los pasos a todas esas constantes convulsiones, y eso que es mi trabajo hacerlo. Pero hay algo que sé: nuestra casa colectiva está en llamas, con todas las alarmas sonando a la vez, sonando desesperadamente para atraer nuestra atención. ¿Seguiremos tropezando y jadeando medio a oscuras, actuando como si no tuviéramos ya la emergencia encima? ¿O bastarán las advertencias para obligarnos a muchos más a escuchar? ¿A responder como los secwepemc, que, aun en medio de una nube de humo, se juegan su integridad sica para impedir que se construya un oleoducto en sus tierras marcadas por el fuego?

Esas son las preguntas que siguen otando en el aire al nal de este verano de humo.

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LO QUE ESTÁ EN JUEGO

EN NUESTRO MOMENTO HISTÓRICO

Ustedes nos demostraron a todos que pueden ganar, y ahora «tienen» que ganar.

SEPTIEMBRE DE 2017:

CONGRESO DEL PARTIDO LABORISTA, BRIGHTON

HA SIDO UN AUTÉNTICO PRIVILEGIO formar parte de esta histórica convención; sentir su energía y optimismo.

Porque, amigos, ahí fuera el panorama es desolador. ¿Cómo empiezo a describir un mundo que está patas arriba? Desde jefes de Estado que tuitean amenazas de aniquilación nuclear hasta regiones enteras que se ven sacudidas por el caos climático, pasando por miles de migrantes que se ahogan en las costas de Europa o partidos abiertamente racistas que ganan terreno — Alemania representa el caso más reciente y alarmante—; la mayoría de los días simplemente hay demasiadas cosas que asimilar. De modo que quiero empezar con un ejemplo que puede parecer algo de pequeña escala en un contexto tan vasto como el que acabo de esbozar.

El Caribe y el sur de Estados Unidos se hallan en medio de una temporada de huracanes sin precedentes, golpeados por una tormenta tras otra, todas ellas de una magnitud inédita. Mientras nosotros estamos aquí reunidos, Puerto Rico —afectado primero por el huracán Irma y luego por el María— está sin electricidad, y podría seguir así durante meses. Sus sistemas hídricos y de comunicaciones también están gravemente comprometidos. Tres

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millones y medio de ciudadanos estadounidenses que viven en esa isla necesitan desesperadamente la ayuda de su Gobierno.

Pero al igual que ocurrió durante el huracán Katrina, la caballería está desaparecida en combate. Donald Trump está demasiado ocupado intentando hacer que despidan a los atletas negros a los que acusa de atreverse a llamar la atención de la opinión pública sobre la violencia racista.

Como si todo esto no bastara, ahora acechan los buitres. La prensa económica está plagada de artículos que explican que la única forma en que Puerto Rico pueda volver a encender las luces es vender sus servicios públicos de electricidad. Y quizá también sus puentes y caminos.

Este es un fenómeno al que he denominado la «doctrina del shock»: aprovecharse de crisis desgarradoras para colar de forma subrepticia políticas que devoran la esfera pública y enriquecen aún más a una pequeña élite. Vemos repetirse una y otra vez este sombrío ciclo. Lo vimos tras la crisis nanciera de 2008. Y lo estamos viendo ya en el modo como los conservadores británicos planean explotar el Brexit para impulsar, sin opción a debate, acuerdos comerciales desastrosos que solo favorecen a determinadas empresas.

La razón por la que hago hincapié en Puerto Rico es porque allí la situación es apremiante, pero también porque representa un microcosmos de una crisis global más amplia, pero que contiene muchos de los mismos elementos que se dan en el caso de Puerto Rico: aceleración del caos climático, militarismo, relatos colonialistas, una esfera pública débil y descuidada, y una democracia completamente disfuncional. Y por encima de todo ilustra la, en apariencia, in nita capacidad de ignorar las vidas de un enorme número de personas negras y mestizas. La nuestra es una época en la que resulta imposible separar una crisis de todas las demás. Todas se han fusionado, reforzándose e intensi cándose mutuamente como una desgarbada bestia

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multicéfala. Creo que es útil pensar en el actual presidente estadounidense en esos mismos términos.

Es di cil acertar a resumirlo de la manera adecuada, así que permítanme que pruebe con un ejemplo local. ¿Saben esa cosa horrible que actualmente está obstruyendo las alcantarillas de Londres, creo que lo llaman fatberg? Bueno, pues Trump es su equivalente político: una fusión de todo lo que resulta nocivo en la cultura, la economía y el Estado, todo ello aglomerado formando una especie de grasa autoadhesiva. Y se nos está haciendo muy muy di cil desalojarlo del poder. Resulta tan desalentador que tenemos que tomárnoslo a risa. Pero no se equivoquen: ya se trate del cambio climático o de la amenaza nuclear, Trump representa una crisis cuyas repercusiones podrían extenderse a través de las eras geológicas.

Sin embargo, hoy mi mensaje para ustedes es este: los momentos de crisis no tienen por qué seguir la vía de la doctrina del shock; no tienen por qué convertirse en oportunidades para que quienes ya son obscenamente ricos puedan acaparar aún más.

También puede ocurrir lo contrario.

Pueden ser momentos en los que encontremos nuestro mejor yo, en los que descubramos reservas de fuerza y lucidez que ignorábamos que teníamos. Lo vemos a nivel de base cada vez que ocurre un desastre. Todos lo presenciamos tras la catástrofe de la torre Grenfell.[1] Al ver que los responsables no daban la cara, los miembros de la comunidad se unieron, asumieron el cuidado unos de otros, organizaron las donaciones y defendieron a los vivos (además de a los muertos). Y todavía siguen haciéndolo, más de cien días después del incendio, cuando aún no se ha hecho justicia y, de manera escandalosa, solo se ha reubicado a un puñado de supervivientes.

Pero no solo a nivel de base constatamos que los desastres despiertan algo extraordinario en nosotros. Contamos también con una larga y orgullosa historia de crisis que han desencadenado una transformación progresista en el conjunto de la sociedad.

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Piensen en las victorias obtenidas por los trabajadores estadounidenses durante la Gran Depresión en materia de viviendas sociales y pensiones de jubilación en el marco del New Deal. O en el Servicio Nacional de Salud, aquí en el Reino Unido, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

Hechos como estos debería recordarnos que los momentos de gran crisis y peligro no tienen necesariamente que hacernos retroceder: también pueden catapultarnos hacia delante.

Nuestros antepasados progresistas lo hicieron en momentos clave de la historia. Y nosotros podemos hacerlo de nuevo en este momento en el que todo está en juego. Pero lo que sabemos de la Gran Depresión y el período de posguerra es que no obtuvimos esas victorias transformadoras limitándonos a resistir, limitándonos a decir no al último ultraje.

Para ganar en un momento de auténtica crisis también necesitamos un «sí» audaz y con visión de futuro, un plan de reconstrucción que a su vez dé respuesta a las causas subyacentes de la crisis. Y ese plan debe ser convincente, creíble y, sobre todo, cautivador. Hemos de ayudar a una opinión pública hastiada y recelosa a imaginarse en ese mundo mejor.

Y justo por esa razón me siento tan honrada de estar hoy con ustedes. Porque eso ha sido exactamente lo que ha hecho el Partido Laborista en las últimas elecciones. eresa May hizo una campaña cínica basada en la explotación del miedo y la conmoción

a n de acaparar más poder: primero el miedo a un mal acuerdo de Brexit, luego el miedo que siguió a los terribles atentados terroristas perpetrados en Mánchester y Londres. En cambio, su partido y su líder respondieron centrándose en las causas fundamentales: la fallida «guerra contra el terror», la desigualdad económica y el debilitamiento de la democracia.

Pero ustedes hicieron algo más que eso.

Ustedes presentaron a los votantes un mani esto audaz y detallado en el que se establecía un plan para que millones de personas experimentaran una mejora tangible de su vida:

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escolarización gratuita, atención médica plenamente nanciada, acción climática agresiva, etcétera. Después de décadas de expectativas menguadas e imaginación política as xiada, los votantes tenían algo esperanzador y emocionante a lo que decir que sí. Y muchos de ellos hicieron justamente eso, y pusieron patas arriba las predicciones de todo tipo de expertos.[2] Ustedes han demostrado que la era de la manipulación y las componendas ha terminado. La opinión pública ansía un cambio profundo: lo pide a gritos. El problema es que en demasiados países solo la extrema derecha se lo ofrece, o parece hacerlo, con esa combinación tóxica de engañoso populismo económico y un racismo muy real.

Ustedes nos han mostrado otro camino: un camino que habla el lenguaje de la decencia y la equidad; que llama por su nombre a las auténticas fuerzas que más responsabilidad tienen en este desastre, por poderosas que sean; y que no teme a algunas de esas ideas que nos habían dicho que habían desaparecido para siempre, como la redistribución de la riqueza y la nacionalización de los servicios públicos esenciales. Ahora, gracias a su audacia, sabemos que esta no es solo una estrategia moral: puede ser también una estrategia ganadora. Enardece a las bases y activa a sectores del electorado que hace mucho tiempo dejaron de votar.

Pero en estas últimas elecciones ustedes también nos han enseñado otra cosa que es igualmente importante. Nos han enseñado que los partidos políticos no tienen por qué temer la creatividad y la independencia de los movimientos sociales; y que, de manera similar, los movimientos sociales tienen muchísimo que ganar participando en la política electoral.

Eso no es poca cosa. Porque, seamos sinceros: los partidos políticos tienden a ser un tanto fanáticos del control, mientras que los movimientos de base reales tenemos mucho apego a nuestra independencia y somos prácticamente imposibles de controlar. Pero lo que estamos presenciando en la notable relación entre el Partido Laborista y Momentum,[3] así como con otras maravillosas organizaciones activistas, es que es posible combinar lo mejor de

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ambos mundos. Si nos escuchamos mutuamente y aprendemos unos de otros, podemos crear una fuerza que resulte ser a la vez más fuerte y más ágil que todo lo que pueda lograr por sí solo cualquier partido o movimiento.

Quiero que sepan que lo que han logrado aquí está teniendo repercusiones en todo el mundo. Muchos de nosotros observamos extasiados el experimento que están ustedes llevando a cabo. Y, obviamente, lo que ha sucedido aquí forma parte a su vez de un fenómeno global. Es una oleada liderada por jóvenes que llegaron a la edad adulta justo cuando el sistema nanciero global se desmoronaba y justo cuando la alteración del clima echaba la puerta abajo.

Muchos proceden de movimientos sociales como Occupy Wall Street o el movimiento español de los Indignados. Empezaron diciendo que no a la austeridad, a los rescates bancarios, a las guerras y la violencia policial, a la fracturación hidráulica y la construcción de oleoductos y gasoductos, etcétera. Pero luego comprendieron que el mayor reto es superar la forma en que el neoliberalismo ha librado la guerra contra nuestra imaginación colectiva, contra nuestra capacidad de creer realmente en algo que está más allá de sus desoladoras fronteras.

Y así, estos movimientos empezaron a soñar juntos y plantearon visiones audaces y diferentes del futuro y vías creíbles para salir de la crisis. Y lo más importante: empezaron a colaborar con los partidos políticos para tratar de ganar el poder. Lo vimos en la histórica campaña de Bernie Sanders en las primarias demócratas estadounidenses de 2016, impulsada por mileniales conscientes de que la segura política centrista no les ofrece ningún tipo de futuro seguro.

En estos casos, y en otros, las campañas electorales se in amaron a una velocidad pasmosa, más deprisa de lo que he visto hacer en toda mi vida a cualquier programa político genuinamente transformador en Europa o Norteamérica. Pero aun así, en cada caso, no lo bastante. De modo que en este período

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entre elecciones vale la pena pensar en cómo estar absolutamente seguros de que la próxima vez todos nuestros movimientos se lancen a fondo.

Gran parte de la respuesta es: persistiendo; sigamos construyendo ese «sí».

Pero llevándolo aún más lejos.

Lejos del calor de una campaña hay más tiempo para profundizar en las relaciones entre los problemas y los movimientos, de modo que nuestras soluciones aborden múltiples crisis a la vez. En todos nuestros países, podemos y debemos esforzarnos más en unir los puntos que conectan la injusticia económica, la injusticia racial y la injusticia de género. Hemos de poder entender y explicar cómo todos esos feos sistemas que sitúan a un grupo en una posición de dominio sobre otro (basándose en el color de la piel, la religión, el género o la orientación sexual) sirven sistemáticamente a los intereses del poder y del dinero, y lo han hecho siempre. Lo hacen manteniéndonos divididos a nosotros al tiempo que se protegen a sí mismos.

Debemos esforzarnos en tener presente que nos hallamos en un estado de emergencia climática cuyas raíces se encuentran en el mismo sistema de ilimitada avaricia que subyace a nuestra emergencia económica. Pero recordemos que los estados de emergencia pueden ser catalizadores de profundas victorias progresistas.

Desentrañemos, pues, los vínculos entre la gig economy (o «economía de bolos», por analogía a las actuaciones cortas que realizan los grupos musicales; es decir, trabajos esporádicos de corta duración y en los que el trabajador se encarga de una labor especí ca dentro de un proyecto), que trata a los seres humanos como un recurso en bruto del que extraer riqueza para luego desecharlo, y la dig economy (o «economía de excavaciones»), en la que las empresas extractivas tratan al planeta exactamente con ese mismo desdén. Y mostremos de manera precisa cómo podemos

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pasar de esa economía de «bolos y excavaciones» a una sociedad basada en los principios del cuidado y la reparación; en la que se respete y se valore el trabajo de nuestros cuidadores y de nuestros protectores de la tierra y el agua; un mundo en el que no se deseche a personas ni lugares, ya sea en urbanizaciones que resultan ser una auténtica trampa en caso de incendios o en islas devastadas por huracanes.

Aplaudo la postura inequívoca que han adoptado los laboristas en contra de la fracturación hidráulica y en favor de las energías limpias. Ahora debemos ser más ambiciosos y mostrar exactamente de qué modo la lucha contra el cambio climático representa una oportunidad única en este siglo de construir una economía más justa y democrática. Porque si llevamos a cabo una rápida transición para alejarnos de los combustibles fósiles, no podemos reproducir la concentración de riqueza y las injusticias de la economía del petróleo y el carbón, en la que se han privatizado cientos de miles de millones en bene cios al tiempo que se socializaban unos riesgos tremendos.

Podemos y debemos diseñar un sistema en el que quienes contaminen paguen una gran parte del coste de la transición para alejarnos de los combustibles fósiles, y donde mantengamos la energía verde en manos públicas y comunitarias. De ese modo, los ingresos permanecerán en sus comunidades, para nanciar la atención infantil, los cuerpos de bomberos y otros servicios esenciales. Y esa es la única forma de asegurarse de que los empleos verdes que se creen gocen de la protección de los sindicatos y se remuneren con un salario digno.

El lema ha de ser: «Dejad el petróleo y el gas en el suelo, pero no dejéis a ningún trabajador atrás». ¿Y lo mejor de todo? No tienen ustedes que esperar a llegar a Westminster para iniciar esta gran transición. Pueden utilizar los resortes de los que ya disponen.

Pueden convertir los ayuntamientos que ya controlan los laboristas en faros que nos guíen hacia ese mundo transformado. Un buen comienzo sería desligar sus pensiones de los

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combustibles fósiles e invertir ese dinero en viviendas sociales con bajas emisiones de carbono y cooperativas de energía verde. De ese modo la gente puede empezar a experimentar los bene cios de la nueva economía antes de las próximas elecciones, y saber por experiencia propia que sí, que hay, y ha habido siempre, una alternativa.

Para terminar, quiero subrayar, como su oradora internacional en esta convención, que nada de todo esto va de convertir una nación en una especie de museo o baluarte progresista. En los países ricos, como el suyo y el mío, necesitamos políticas que re ejen nuestra deuda con el Sur Global, que asuman la responsabilidad de nuestro papel en la desestabilización, durante muchos años, de las economías y las ecologías de los países más pobres.

Por ejemplo, durante esta excepcional temporada de huracanes hemos oído hablar mucho de las «Islas Vírgenes Británicas», las «Islas Vírgenes Neerlandesas», el «Caribe francés», etcétera. Pero raramente se ha juzgado relevante observar que esto no re eja los lugares donde les gusta ir de vacaciones a los europeos, sino el hecho de que una gran parte de la vasta riqueza del imperio se extrajo de esas islas como resultado directo del cautiverio humano; una riqueza que sobrealimentó la revolución industrial de Europa y Norteamérica, y nos convirtió en los supercontaminadores que actualmente somos. Y eso se halla íntimamente ligado al hecho de que actualmente el propio futuro de esas naciones insulares corre un serio riesgo por la triple amenaza de las supertormentas, el aumento del nivel del mar y la muerte de los arrecifes de coral.

¿Qué debería implicar hoy esta dolorosa historia para nosotros?

Implica dar la bienvenida a los migrantes y a los refugiados. E implica pagar la parte que nos toca para ayudar a muchos más países a acelerar su propia transición ecológica basada en la justicia. El triunfo de granujas como Trump no es excusa para

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exigirnos menos a nosotros mismos en el Reino Unido y en Canadá, o, para el caso, en cualquier otro lugar del planeta. Implica justo lo contrario: que debemos ser más exigentes con nosotros mismos para tomar las riendas hasta que Estados Unidos logre desatascar su sistema de alcantarillado.

Creo rmemente que todo este trabajo, por desa ante que sea, es una parte crucial del camino hacia la victoria; que cuanto más ambiciosos, coherentes y holísticos logren ser ustedes a la hora de dibujar una imagen del mundo transformado, más creíble resultará un gobierno laborista.

Porque ustedes nos demostraron a todos que pueden ganar, y ahora «tienen» que ganar.

Todos debemos hacerlo.

Ganar es un imperativo moral. Hay demasiado en juego, y muy poco tiempo para conformarse con menos.

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FUE EL CAPITALISMO EL QUE MATÓ NUESTRO IMPULSO CLIMÁTICO, NO LA «NATURALEZA HUMANA»

Justo a tiempo, se presenta una nueva vía política hacia la seguridad.

AGOSTO DE 2018

ESTE DOMINGO, EL New York Times Magazine estará compuesto íntegramente por un solo artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora de afrontar la crisis climática global en la década de 1980, un momento en el que la ciencia tomó partido y la política pareció alinearse con ella. Al leerlo, este trabajo de historia lleno de revelaciones privilegiadas sobre posibilidades no materializadas, escrito por Nathaniel Rich, me ha hecho soltar un juramento en varias ocasiones. Y para que no quede ninguna duda sobre la magnitud de este fracaso de tan extraordinaria trascendencia, las palabras de Rich van acompañadas de fotogra as aéreas a toda página, realizadas por George Steinmetz, que documentan de forma desgarradora el rápido desmoronamiento de los sistemas planetarios, desde la presencia de corrientes de agua en lugares donde antes había hielo en Groenlandia hasta las masivas

oraciones de algas en el tercer lago más grande de China.

El artículo, largo como una novela, representa el tipo de compromiso por parte de los medios que la crisis climática merece desde hace tiempo, pero que casi nunca ha obtenido. Todos hemos oído las diversas excusas con las que se pretende justi car por qué ese pequeño asunto de la expoliación de nuestro único hogar

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simplemente no constituye una noticia llamativa: «El cambio climático está demasiado lejos en el futuro»; «Resulta inapropiado hablar de políticas cuando la gente está perdiendo la vida a causa de huracanes e incendios»; «Los periodistas siguen las noticias, no las crean, y los políticos no hablan del cambio climático»; y, por supuesto, «Cada vez que lo intentamos nos cargamos los índices de audiencia».

Ninguna de esas excusas puede encubrir el incumplimiento del deber. Los grandes medios de comunicación siempre han tenido la posibilidad de decidir por sí mismos que la desestabilización planetaria constituye, de hecho, una noticia de enorme importancia, sin duda la más trascendente de nuestra época. Siempre han tenido la capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos para conectar la ciencia abstracta con los extremos fenómenos meteorológicos vividos. Y si hicieran eso de forma sistemática, disminuiría la necesidad de que los periodistas se adelantaran a la política, puesto que, cuanto más informada esté la opinión pública sobre la amenaza y las potenciales soluciones tangibles, más presionará a sus representantes electos para que tomen medidas enérgicas.

De ahí que resultara tan emocionante ver cómo el Times respaldaba el trabajo de Rich con toda la fuerza de su maquinaria editorial, anunciándolo con un vídeo promocional, lanzándolo con un evento en vivo en el Times Center y acompañándolo de diversos materiales didácticos. Y de ahí también que uno no pueda por menos que enfurecerse al ver que el artículo yerra de manera espectacular en su tesis central.

Según Rich, entre los años 1979 y 1989 la ciencia básica subyacente al cambio climático se entendía y se aceptaba; aún no se había producido la división partidista sobre el tema, las empresas de combustibles fósiles todavía no habían iniciado en serio su campaña de desinformación, y existía un enorme impulso político global de cara a forjar un acuerdo internacional para la reducción de emisiones que fuera a la vez enérgico y vinculante.

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Aludiendo al período clave de nales de la década de 1980, sostiene Rich: «Las condiciones no podrían haber sido más favorables para el éxito».

Y, sin embargo, la pi amos: «nosotros», los seres humanos, que aparentemente somos demasiado miopes para salvaguardar nuestro propio futuro. Por si no nos ha quedado claro a quién y a qué hay que echar la culpa de que ahora estemos «perdiendo la Tierra», la respuesta de Rich se presenta en una frase destacada a toda página: «Conocíamos todos los hechos y nada se interponía en nuestro camino. Es decir, nada excepto nosotros mismos».

Sí, usted y yo, según Rich, no las empresas de combustibles fósiles que participaron en todas las grandes reuniones de formulación de políticas públicas que se mencionan en el artículo. (Imagine que el Gobierno estadounidense invitara repetidamente a los ejecutivos del tabaco a elaborar políticas destinadas a implantar la prohibición de fumar. Al ver que de esas reuniones no salía nada sustantivo, ¿concluiríamos que la razón es que los humanos simplemente quieren morir? ¿No es posible que resolviéramos, en cambio, que el sistema político es corrupto y está averiado?)

Muchos climatólogos e historiadores han señalado este error de interpretación desde que se publicó el artículo en internet.[1] Otros han hecho hincapié en las descabelladas invocaciones a la «naturaleza humana» y el uso de un mayestático «nosotros» para referirse en realidad a un grupo de poderosos actores estadounidenses ridículamente homogéneo. En todo el relato de Rich no se escucha ni una palabra de los líderes políticos del Sur Global que exigían una acción vinculante en aquel período clave y después de él; que de alguna manera eran capaces de preocuparse por las generaciones futuras a pesar de ser humanos. Al mismo tiempo, en el texto de Rich las voces de las mujeres son casi tan raras como los avistamientos del picamaderos picomar l (una especie en peligro de extinción), y cuando aparecen las damas, se

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trata principalmente de las sufridas esposas de hombres trágicamente heroicos.

De todos esos defectos ya se ha hablado bastante, de modo que no los voy a repetir aquí. Me centraré, en cambio, en la premisa central del artículo: que a nales de la década de 1980 se dieron unas condiciones que «no podrían haber sido más favorables» para emprender una vigorosa acción climática. Todo lo contrario: apenas cabe imaginar un momento más inoportuno en la evolución humana para que nuestra especie afrontara cara a cara la dura verdad de que las comodidades del moderno capitalismo de consumo estaban erosionando sistemáticamente la habitabilidad del planeta. ¿Y por qué? Pues porque a nales de la década de 1980 se produjo el apogeo absoluto de la cruzada neoliberal, el momento de máxima supremacía ideológica del proyecto económico y social que se propuso denigrar de forma deliberada la acción colectiva en nombre de los liberadores «mercados libres» en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no hace mención alguna de esta doble agitación paralela en el pensamiento económico y político.

Cuando profundicé en esta misma historia del cambio climático, hace unos años, también yo llegué a la conclusión — como hace Rich— de que la coyuntura clave en la forja del impulso mundial hacia un acuerdo global serio y con base cientí ca la marcó el año 1988. Fue entonces cuando James Hansen, entonces director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, declaró ante el Congreso estadounidense que creía, con «un noventa y nueve por ciento de certeza», que existía «una tendencia de calentamiento real» vinculada a la actividad humana. Más tarde, aquel mismo mes, cientos de cientí cos y responsables políticos celebraron la histórica Conferencia Mundial sobre los Cambios en la Atmósfera en Toronto, donde se discutieron los primeros objetivos de cara a la reducción de emisiones. A nales de aquel mismo año (en noviembre de 1988), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la

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ONU, el principal organismo cientí co que asesora a los Gobiernos sobre la amenaza climática, celebraba su primera sesión.

Pero por entonces el cambio climático no constituía una preocupación exclusiva de los políticos y estudiosos: era algo de lo que todo el mundo hablaba, hasta el punto de que, cuando los editores de la revista Time anunciaron su «Persona del año» de 1988, optaron por elegir el «Planeta del año: la Tierra en peligro de extinción». En la portada aparecía una imagen del globo envuelta con una cuerda, mientras el sol se ponía amenazadoramente al fondo. «Ningún individuo, ningún acontecimiento, ningún movimiento ha cautivado tanto la imaginación o ha dominado tanto los titulares —explicaba el periodista omas Sancton— como ese montón de roca, tierra, agua y aire que constituye nuestra casa común.»

(Curiosamente, y a diferencia de Rich, Sancton no culpaba a la «naturaleza humana» del expolio planetario. Él profundizaba más y atribuía su origen al mal uso del concepto judeocristiano de «dominio» sobre la naturaleza y al hecho de que este hubiera suplantado la idea precristiana en la que «la tierra se veía como una madre, una fértil fuente de vida. La naturaleza —el suelo, el bosque y el mar— estaba dotada de divinidad, y los mortales estaban subordinados a ella».)

Cuando examiné las noticias relativas al clima publicadas en ese período, parecía que había un profundo cambio a la vuelta de la esquina. Pero luego, trágicamente, todo se desvaneció: Estados Unidos salió de las negociaciones internacionales, y el resto del mundo optó por acuerdos no vinculantes basados en dudosos «mecanismos de mercado» como el comercio de derechos de emisión y las compensaciones de carbono, y, en algunos casos raros, un pequeño impuesto sobre el carbono. De modo que, sin duda, merece la pena preguntar, como hace Rich: ¿qué diablos ocurrió?, ¿qué alteró la sensación de urgencia y la determinación que emanaban simultáneamente de todas aquellas instituciones de élite a nales de la década de 1980?

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Rich concluye —aunque no ofrece ninguna evidencia social ni cientí ca de ello— que algo llamado «naturaleza humana» irrumpió y lo estropeó todo. «Los seres humanos —escribe—, ya sea en organizaciones globales, democracias, industrias, partidos políticos o como individuos, son incapaces de sacri car la comodidad actual para evitar una penalización impuesta a las generaciones futuras.» Parece que estamos programados para «obsesionarnos con el momento presente, preocuparnos por el medio plazo y desechar el largo plazo de nuestra mente como quien escupe un veneno».

Sin embargo, cuando examiné ese mismo período, yo llegué a una conclusión muy distinta: que lo que a primera vista parecía nuestra mejor oportunidad de emprender una acción climática con el potencial de salvar vidas, visto retrospectivamente resultaba ser un caso clamoroso de falta de oportunidad histórica. Al volver la vista atrás y examinar aquella coyuntura, resulta evidente que, justo cuando los Gobiernos se estaban uniendo para tomarse en serio el control del sector de los combustibles fósiles, la revolución neoliberal global entró en su momento de máximo esplendor, y ese proyecto de remodelación económica y social chocaba frontalmente a cada paso con los imperativos tanto de la climatología como de la regulación corporativa.

El hecho de no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra tendencia global que se desarrollaba a nales de la década de 1980 representa un punto ciego de profundidad insondable en el artículo de Rich. Al n y al cabo, el principal bene cio de revisitar un período del pasado reciente como periodista es que puedes ver tendencias y patrones que todavía no eran visibles para las personas que vivieron esos tumultuosos acontecimientos en tiempo real. La comunidad climática de 1988, por ejemplo, no tenía forma alguna de saber que se hallaba en el momento álgido de una convulsiva revolución económica que iba a cambiar todas las grandes economías del planeta.

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Pero nosotros lo sabemos. Y una cosa que queda meridianamente clara cuando vuelves la vista atrás a nales de la década de 1980 es que, lejos de ofrecer unas «condiciones [que] no podrían haber sido más favorables para el éxito», el período 1988-1989 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera que iba a tomarse en serio poner la salud del planeta por encima de los bene cios.

Recordemos qué más ocurría por aquel entonces. En 1988, Canadá y Estados Unidos rmaron su Tratado de Libre Comercio, un prototipo del futuro TLCAN y los innumerables acuerdos que seguirían. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, un acontecimiento del que los ideólogos de la derecha estadounidense supieron sacar partido como supuesta evidencia del « n de la historia», y que interpretaron como una licencia para exportar la receta Reagan- atcher a base de privatización, desregulación y austeridad económica a todos los rincones del mundo.

Fue tal convergencia de tendencias históricas —el surgimiento de una arquitectura global que se suponía que iba a abordar el cambio climático y el surgimiento de una arquitectura global, mucho más poderosa, que tenía por objetivo liberar el capital de cualquier tipo de restricción— la que hizo descarrilar el impulso que tan acertadamente identi ca Rich. Porque, como él mismo señala repetidas veces, afrontar el reto del cambio climático habría requerido la imposición de regulaciones estrictas a los contaminadores, al tiempo que se invertía en la esfera pública para transformar la forma en que hacemos avanzar nuestras vidas, vivimos en las ciudades y nos movemos de un lado a otro.

Todo esto era posible en las décadas de 1980 y 1990 —como hoy sigue siéndolo—, pero habría exigido enfrentarse abiertamente al proyecto del neoliberalismo, que en ese momento estaba librando una auténtica guerra contra la idea misma de la «esfera pública»

(«No existe esa cosa llamada sociedad», sentenció atcher). Paralelamente, los acuerdos de libre comercio que se rmaron en ese período contribuyeron de forma activa a que muchas

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iniciativas sensatas en materia climática (como subvencionar y ofrecer un tratamiento preferente a las industrias verdes locales, y rechazar muchos proyectos contaminantes como la fracturación hidráulica y los oleoductos) resultaran ilegales en virtud del derecho del comercio internacional.

Como escribí en Esto lo cambia todo:

No hemos dado los pasos necesarios para reducir las emisiones porque esos pasos entran frontalmente en con icto con el capitalismo desregulado, la ideología reinante durante todo el período en el que hemos estado luchando por encontrar una salida a esta crisis. Estamos estancados porque las acciones que nos darían la mejor oportunidad de evitar una catástrofe, y que bene ciarían a la inmensa mayoría, resultan extremadamente amenazadoras para una minoría elitista que tiene un control absoluto sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación.

¿Por qué es signi cativo que Rich no mencione ese choque y, en cambio, a rme que nuestro destino ha quedado sellado por la «naturaleza humana»? Es importante porque, si la fuerza que interrumpió aquel impulso en favor de la acción fuimos «nosotros mismos», entonces ese título fatalista de «Perder la Tierra» resulta realmente merecido.[2] Si la incapacidad de sacri carse a corto plazo para apostar por la salud y la seguridad en el futuro cercano está grabada en nuestro ADN colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a tiempo para evitar un calentamiento realmente catastró co.

Si, por el contrario, los humanos realmente estuvimos a punto de salvarnos en la década de 1980, pero nos vimos anegados por una ola de fanatismo elitista en favor del libre mercado al que se opusieron millones de personas en todo el mundo, entonces hay algo bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos enfrentarnos a ese orden económico e intentar reemplazarlo por algo que hunda sus raíces en la seguridad humana y planetaria; que no tenga como centro la búsqueda del crecimiento y el bene cio a toda costa.

La buena noticia —en efecto, la hay— es que actualmente, a diferencia de 1989, en Estados Unidos está abriéndose paso un

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joven y creciente movimiento de socialdemócratas verdes que tienen exactamente esa visión. Y eso representa algo más que una mera alternativa electoral: es nuestro único salvavidas planetario.

Sin embargo, hemos de tener claro que el salvavidas que necesitamos no es algo que se haya probado antes, al menos no a la escala requerida ni mucho menos. Cuando el Times tuiteó su anuncio de promoción del artículo de Rich sobre «la incapacidad de la humanidad para abordar la catástrofe del cambio climático», la excelente sección de justicia ecológica de los Socialistas Democráticos de América se apresuró a ofrecer esta corrección: «*CAPITALISMO* Si se propusieran en serio investigar qué fue lo que salió tan mal, se hablaría de “la incapacidad del capitalismo para abordar la catástrofe del cambio climático”. Fuera del capitalismo, la *HUMANIDAD* es plenamente capaz de organizar sociedades que prosperen dentro de los límites ecológicos».

Su visión es buena, aunque incompleta. No tiene nada de intrínseco para los humanos vivir bajo el capitalismo; los humanos somos capaces de organizarnos en todo tipo de órdenes sociales distintos, incluidas sociedades con horizontes mucho más lejanos en el tiempo y mucho más respetuosos con los sistemas naturales que sustentan la vida. De hecho, hemos vivido así durante la gran mayoría de nuestra historia, y muchas culturas indígenas mantienen vivas todavía hoy cosmologías centradas en la Tierra. El capitalismo es solo un pequeño accidente en la historia colectiva de nuestra especie.

Pero no basta con culpar al capitalismo. Es absolutamente cierto que el impulso en favor de un crecimiento y un bene cio ilimitados se opone al imperativo de una rápida transición que nos aleje de los combustibles fósiles. Es absolutamente cierto que el despliegue global de esa forma desatada de capitalismo conocida como neoliberalismo en las décadas de 1980 y 1990 ha sido el factor que más ha contribuido al desastroso aumento de las emisiones a escala global en las últimas décadas, y ha representado el principal obstáculo para abordar una acción climática de base cientí ca

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desde que los Gobiernos empezaron a reunirse para hablar (y hablar y hablar) sobre la reducción de emisiones. Y, de hecho, todavía sigue siendo el mayor obstáculo, incluso en países que se publicitan como líderes en la lucha contra el cambio climático.

Pero debemos admitir con absoluta honestidad que el socialismo industrial autocrático también ha sido un auténtico desastre para el medio ambiente, como demuestra —de la forma más dramática— el hecho de que las emisiones de carbono se desplomaran brevemente cuando las economías de la antigua Unión Soviética se desmoronaron a comienzos de la década de 1990. Y el petropopulismo de Venezuela constituye un recordatorio de que no hay nada intrínsecamente verde en el autoproclamado socialismo.

Reconozcamos este hecho, al tiempo que señalamos que los países con una fuerte tradición de socialismo democrático (como Dinamarca, Suecia y Uruguay) cuentan con algunas de las políticas medioambientales más visionarias del mundo. De ello podemos concluir que el socialismo en sí no es necesariamente ecológico, pero que una nueva forma de ecosocialismo democrático, con la su ciente humildad para aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para con las generaciones futuras y la interconexión de toda forma de vida, parece ser la mejor baza de la humanidad de cara a la supervivencia colectiva.

Tal es la apuesta de la oleada de políticos surgidos de movimientos y candidatos de partidos que actualmente propugnan una visión ecosocialista democrática, uniendo los puntos que conectan la depredación económica causada por décadas de supremacía neoliberal y la devastada situación de nuestro mundo natural. Juntos, abogan por un Green New Deal que satisfaga las necesidades materiales básicas de todos y ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de género, todo ello al tiempo que cataliza una rápida transición a energías cien por cien renovables. Muchos también se han comprometido a no

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aceptar dinero de las empresas de combustibles fósiles, y prometen, en cambio, llevarlas ante los tribunales.

Esta nueva generación de líderes políticos rechaza el centrismo neoliberal del establishment del Partido Demócrata —con sus tibias «soluciones mercantilistas» a la crisis ecológica— y la guerra total contra la naturaleza de Donald Trump, al tiempo que presenta una alternativa concreta a los socialistas extractivistas tanto del pasado como del presente. Y lo que quizá resulta aún más importante: esta nueva generación de líderes no está interesada en hacer de la «humanidad» el chivo expiatorio de la codicia y la corrupción de una pequeña élite. Pretende, en cambio, ayudar a la humanidad, en especial a sus miembros sistemáticamente más desoídos e ignorados, a encontrar su propia voz y su propio poder colectivos a n de enfrentarse a esa élite.

Nosotros no estamos perdiendo la Tierra, pero la Tierra se está calentando tan deprisa que lleva camino de perdernos a muchos de nosotros. Por suerte, justo en el último momento, se presenta una nueva vía política que abre un camino hacia la seguridad. No es hora de lamentar las décadas perdidas: es hora de lanzarse de cabeza por esa vía.

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LA CATÁSTROFE DE PUERTO RICO

NO TIENE NADA DE NATURAL

Cuando sistemáticamente estrangulas y descuidas el propio esqueleto de una sociedad, haciéndola disfuncional ya cuando las cosas van bien, esa sociedad no tiene absolutamente ninguna capacidad de capear una verdadera crisis.

SEPTIEMBRE DE 2018,

UN AÑO DESPUÉS DEL HURACÁN MARÍA

DURANTE UN PAR DE DÉCADAS he estado investigando las diversas formas en que quienes ya son ricos y poderosos explotan sistemáticamente el dolor y el trauma de las conmociones colectivas (como las supertormentas o las crisis económicas) con el n de construir una sociedad aún más desigual y antidemocrática.

Mucho antes de la llegada del huracán María, Puerto Rico era un ejemplo de manual. Antes de que llegaran esos vientos devastadores, la deuda del país (ilegítima y en gran parte ilegal) era la excusa utilizada para imponer un programa brutal de sufrimiento económico; lo que el gran autor argentino Rodolfo Walsh, escribiendo unas cuatro décadas antes, denominó —en una expresión que se haría célebre— «miseria plani cada».

Este programa atacaba de forma sistemática el propio pegamento que mantiene cohesionada a toda sociedad: la educación en todos sus niveles, la atención médica, los servicios de agua y electricidad, los sistemas de transporte, las redes de comunicaciones y demás.

El plan suscitaba un rechazo tan generalizado que no se podía con ar en que ningún representante electo portorriqueño lo

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llevara a cabo, por lo que en 2016 el Congreso estadounidense aprobó la Ley de Supervisión, Administración y Estabilidad Económica de Puerto Rico, conocida como PROMESA (por sus siglas en inglés). Esta ley era el equivalente a un golpe de Estado nanciero, que ponía la economía del territorio directamente en manos de una Junta de Supervisión y Administración Financiera no electa, a la que en Puerto Rico denominan simplemente «la Junta».

Esta terminología económico-empresarial resulta de lo más apropiado. Como decía el antiguo ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, antes se derrocaba a los Gobiernos con tanques y «ahora se hace con bancos».

Fue en ese contexto, con todas las instituciones portorriqueñas sacudidas ya por los ataques de la Junta, en el que irrumpieron con un ruido ensordecedor los devastadores vientos de María. Fue una tormenta tan potente que habría hecho tambalearse incluso a la más sólida de las sociedades. Pero Puerto Rico no solo se tambaleó, sino que se vino abajo.

No solo el pueblo de Puerto Rico, sino todos los sistemas a los que ya se había llevado de forma deliberada al límite: energía, salud, agua, comunicación, alimentos, etcétera. Todos esos sistemas se desmoronaron. Las últimas investigaciones sitúan el número de vidas perdidas como resultado del huracán María en unas tres mil, una cifra que el gobernador de Puerto Rico ha aceptado o cialmente. Pero seamos claros: María no mató a todas esas personas. Fue la combinación de una austeridad demoledora y un huracán de proporciones extraordinarias la que se cobró tantas preciadas vidas.

Algunas vidas se perdieron por culpa del viento y el agua, es cierto; pero la gran mayoría de las víctimas murieron porque cuando sistemáticamente estrangulas y descuidas el propio esqueleto de una sociedad, haciéndola disfuncional ya cuando las cosas van bien, esa sociedad no tiene absolutamente ninguna capacidad de capear una verdadera crisis. Eso es lo que nos dicen

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las investigaciones, esos estudios que Donald Trump niega tan a la ligera: la mayoría de las muertes se debieron a que los equipamientos médicos no funcionaban porque la red eléctrica estuvo inactiva durante meses, al tiempo que las redes sanitarias estaban tan menguadas que no podían suministrar medicamentos para tratar enfermedades perfectamente curables. Murió gente porque se dejó que bebiera agua contaminada por un legado de racismo medioambiental. Murió gente porque se la abandonó a su suerte y sin esperanza durante tanto tiempo que al nal el suicidio parecía la única opción.

Esas muertes no fueron el resultado de una «catástrofe natural» sin precedentes ni tampoco de «la voluntad de Dios», como escuchamos tan a menudo.

Honrar a los muertos empieza por decir la verdad. Y la verdad es que esta catástrofe no tiene nada de natural. Y si uno cree en Dios, es mejor dejarlo también al margen.

No fue Dios quien despidió a miles de trabajadores cuali cados de las empresas eléctricas en los años previos a la tormenta, o el que fue incapaz de mantener adecuadamente la red eléctrica con reparaciones básicas. No fue Dios quien adjudicó contratos de importancia vital en materia de ayuda humanitaria y reconstrucción a empresas políticamente conectadas, algunas de las cuales ni siquiera tenían la intención de hacer su trabajo. No fue Dios quien decidió que Puerto Rico —un archipiélago bendecido con algunos de los suelos más fértiles del mundo— debía importar el 85 % de sus alimentos. No fue Dios quien decidió que Puerto Rico —un conjunto de islas bañadas por el sol, azotadas por el viento y rodeadas de olas, todo lo cual podía proporcionarle de sobra energía renovable barata y limpia— debía obtener el 98 % de su energía de combustibles fósiles importados.

Esas decisiones las tomaron personas que trabajaban en favor de intereses poderosos.

Porque durante quinientos años seguidos el papel de Puerto Rico y los portorriqueños en la economía mundial ha consistido

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en enriquecer a otras gentes, ya sea con la extracción de mano de obra barata o recursos baratos, o bien actuando como mercado cautivo de alimentos y combustibles importados.

Una economía colonial es, por de nición, una economía dependiente; una economía centralizada, desequilibrada y distorsionada. Y, como hemos visto, también una economía extremadamente vulnerable.

Y ni siquiera es correcto cali car a la propia tormenta de «catástrofe natural». Ninguna de estas tormentas de proporciones inéditas es ya un fenómeno natural: Irma y María, Katrina y Sandy, Haiyan y Harvey, ahora Florence y el supertifón Mangkhut… La razón de que veamos que estos fenómenos baten cifras récord una y otra vez es que los océanos están más calientes y las mareas son más altas. Y tampoco eso es culpa de Dios.

Es un cóctel letal: no solo una tormenta, sino una tormenta sobrealimentada por el cambio climático que se lanza de cabeza contra una sociedad deliberadamente debilitada por una década de implacable austeridad superpuesta a varios siglos de extracción colonial, con esfuerzos de ayuda humanitaria que ni siquiera intentaban ocultar el hecho de que en nuestro sistema global la vida de los pobres sufre una fuerte depreciación.

María sopló con tal fuerza que arrancó los elegantes disfraces de esos brutales sistemas igual que despojaba de hojas a los árboles, dejándolos desnudos a la vista de todos. El huracán y los constantes fracasos de la FEMA (la Agencia Federal estadounidense para la Gestión de Emergencias) llevaron al límite a Puerto Rico. Pero debemos afrontar la cuestión de por qué ya de entrada este territorio se hallaba de forma tan precaria al borde del precipicio.

También hemos de dejar de cali car esos fracasos de mera incompetencia. Porque, si se tratara de incompetencia, se habría hecho algún esfuerzo para arreglar los sistemas subyacentes que originaron tales fracasos; para reconstruir la esfera pública, diseñar un sistema alimentario y energético más seguro, y detener

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una contaminación por carbono que garantiza que en las próximas décadas habrá tormentas aún más devastadoras.

En cambio, hemos presenciado justamente lo contrario. Tan solo hemos visto cómo el capitalismo del desastre utilizaba la experiencia traumática de la tormenta para propiciar recortes masivos en educación, el cierre de centenares de escuelas, ola tras ola de ejecuciones hipotecarias y la privatización de algunos de los activos más valiosos de Puerto Rico. Y exactamente igual que Trump niega la realidad de miles de muertes de portorriqueños, también niega la realidad del cambio climático, que es justo lo que su Administración debe hacer para impulsar docenas de políticas tóxicas que empeoran aún más la crisis.

Tal es la respuesta o cial a esta catástrofe moderna: haz todo lo posible para asegurarte de que suceda una y otra vez. Haz todo lo posible para conseguir un futuro en el que las catástrofes climáticas lleguen tan deprisa y sean tan devastadoras que incluso el mero hecho de reunirse para llorar a los muertos en aniversarios teñidos de dolor podría llegar a parecer un lujo inalcanzable para nuestros hijos. Cuando quieran darse cuenta, se hallarán ya en medio de la próxima emergencia, como les ocurre ahora mismo a los habitantes de Carolina del Norte y Carolina del Sur, India del Sur y Filipinas, exactamente un año después de que María tocara tierra.

Esa es la razón de que docenas de organizaciones portorriqueñas, agrupadas en el colectivo Junte Gente, se hayan alzado para exigir un futuro distinto. No solo un poquito mejor, sino radicalmente mejor. Su mensaje es claro: que la tormenta debe ser una llamada de atención, un catalizador histórico que favorezca una recuperación justa y una transición justa hacia la próxima economía. Aquí y ahora.

Esto empieza por auditar y, en última instancia, eliminar la deuda ilegal de la isla, además de destituir a la Junta, cuya propia existencia constituye una afrenta a los principios más básicos del autogobierno. Solo entonces habrá espacio político para rediseñar

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los sistemas de alimentación, energía, vivienda y transporte que han fallado a tanta gente, y reemplazarlos por instituciones que sirvan de verdad al pueblo portorriqueño.

Este movimiento en pro de una recuperación justa se basa en la brillante capacidad autóctona y en el conocimiento local que se ha preservado a n de sacar el máximo partido de la riqueza del suelo para poder alimentar a la gente y del sol y el viento para proporcionar energía al archipiélago.

Hoy me vienen a la mente las palabras de Dalma Cartagena, una de las grandes líderes del movimiento agroecológico de Puerto Rico, que ha sido la punta de lanza de los llamamientos para que la isla deje de depender de la importación de alimentos y para incrementar la resiliencia del país reviviendo las prácticas agrícolas tradicionales. «El huracán María nos ha golpeado duramente —declaró—, pero ha fortalecido nuestras convicciones. Nos ha dado a conocer el camino correcto.»

La era de la miseria plani cada y la dependencia deliberadamente diseñada está tocando a su n. Es hora de plani car la alegría y diseñar la liberación, para que, cuando llegue la próxima tormenta —que sin duda lo hará—, los vientos rujan y los árboles se inclinen, pero Puerto Rico muestre al mundo que no se lo puede doblegar.

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SERÁN LOS MOVIMIENTOS LOS QUE CONFIGUREN, O DESTRUYAN, EL GREEN NEW DEAL

Nos han enseñado a ver nuestros problemas como si estuvieran aislados en silos, pero nunca ha ido así.

FEBRERO DE 2019

«¡NO ME GUSTAN NI UN PELO esas políticas suyas de prescindir del coche, prescindir de los vuelos en avión, de “vamos en tren a California” o “ya no se puede tener vacas”!»

Así bramaba el presidente Donald Trump en El Paso, Texas, en su primera salva de campaña contra la resolución relativa al Green New Deal de la diputada Alexandria Ocasio-Cortez y el senador Ed Markey.

Vale la pena señalar ese momento, porque esas podrían ser las últimas y lapidarias palabras de un presidente de un solo mandato que subestimó enormemente el ansia de la opinión pública por una acción transformadora en la triple crisis de nuestro tiempo: el inminente desmoronamiento ecológico, la enorme desigualdad económica (incluidas las brechas de riqueza racial y de género) y el auge de la supremacía blanca. Pero también podrían ser el epita o de un clima habitable en el caso de que las mentiras y la estrategia del miedo de Trump lograran pisotear ese marco que tan desesperadamente se necesita, lo cual podría o bien ayudarle a ganar la reelección o bien hacer que termináramos con algún tímido demócrata en la Casa Blanca sin el coraje ni el mandato democrático para llevar a cabo un cambio profundo. Cualquiera

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de los dos escenarios implicaría perder los pocos años que nos quedan para realizar las transformaciones necesarias para mantener las temperaturas por debajo de niveles catastró cos.

En octubre de 2018, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático publicó su histórico informe en el que nos explicaba que las emisiones globales debían reducirse a la mitad en menos de doce años, un objetivo que simplemente no puede cumplirse sin que la principal economía del mundo desempeñe un liderazgo que cambie las reglas de juego. Si en enero de 2021 hay una nueva Administración dispuesta a asumir ese papel, cumplir con esos objetivos seguirá resultando extraordinariamente di cil, pero al menos será técnicamente posible, sobre todo si mientras tanto las grandes ciudades y estados como Nueva York y California siguen potenciando sus ambiciosos planes en ese sentido, junto con la Unión Europea, que se halla en pleno debate en torno a su propio Green New Deal. Ahora bien, perder otros cuatro años con un republicano o un demócrata corporativo y no ponernos manos a la obra hasta 2026, sería, en dos palabras, un chiste.

De modo que, o bien Trump acierta en su estrategia y la cuestión del Green New Deal lleva políticamente las de perder, de tal modo que puede desprestigiarla hasta borrarla del mapa, o se equivoca, y en ese caso un candidato que haga del Green New Deal el centro de su plataforma ganará las primarias demócratas y luego derrotará al actual presidente en las generales, con un claro mandato democrático de destinar niveles de inversión propios de los tiempos de guerra a combatir nuestra triple crisis desde el primer día. Es muy probable que eso inspirara al resto del mundo a seguir nalmente el ejemplo de una política climática enérgica, lo que nos daría una oportunidad a todos.

Lo bueno es que en el momento de redactar estas líneas algunos de los candidatos que compiten por el liderazgo del Partido Demócrata —en especial Bernie Sanders y Elizabeth Warren— no solo han dado su apoyo al Green New Deal, sino que, además,

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tienen un probado historial de plantar cara a las dos industrias más poderosas que intentan bloquearlo: las empresas de combustibles fósiles y los bancos que las nancian. Estos líderes — y los movimientos que los han impulsado— son conscientes de un factor clave de la transición que necesitamos: no todo el mundo saldrá ganando. Para que esto suceda, las empresas de combustibles fósiles, que han obtenido escandalosos bene cios durante muchas décadas, tendrán que empezar a perder, y a perder algo más que las exenciones scales y las subvenciones a las que están tan acostumbradas. También tendrán que perder los nuevos contratos de perforación y minería que anhelan; habrá que negarles los permisos para construir los oleoductos, gasoductos y terminales de exportación que tanto desean. Tendrán que dejar en el suelo billones de dólares en reservas de combustibles fósiles ya detectadas. Es posible que incluso tengan que destinar los bene cios que les queden a pagar el desastre que han causado a sabiendas, como varias demandas judiciales están intentando establecer.

En paralelo, si decidimos poner en marcha políticas inteligentes para fomentar la proliferación de paneles solares en los tejados, las grandes compañías eléctricas perderán una parte signi cativa de sus ganancias, ya que sus antiguos clientes pasarán a entrar en el negocio de la generación de energía. Esto crearía, sin lugar a dudas, enormes oportunidades para desarrollar una economía más equilibrada y, en última instancia, reducir la factura de los servicios públicos; pero una vez más habrá poderosos grupos de interés que tendrán que perder: las enormes compañías de servicios públicos alimentadas con carbón, que no tienen el menor interés en ver cómo sus antiguos clientes, hasta entonces cautivos, se convierten en competidores y pasan a vender energía a la red.

Los políticos que estén dispuestos a in igir tales pérdidas a las empresas de combustibles fósiles y sus aliados no pueden limitarse a no ser activamente corruptos, sino que deben estar dispuestos a

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librar el combate del siglo y han de tener absolutamente claro qué bando debe ganar. Pero aun entonces hay un elemento más que no debemos olvidar: cualquier Administración que intente implementar un Green New Deal necesitará contar con potentes movimientos sociales que la respalden y la empujen a ir más allá.

De hecho, en los próximos años, el factor decisivo a la hora de determinar si la movilización en favor de un Green New Deal nos aleja o no del precipicio climático serán las acciones emprendidas por los movimientos sociales. Porque por importante que sea elegir a políticos que estén dispuestos a emprender esa lucha, las cuestiones decisivas no van a resolverse únicamente en la liza electoral, ya que, en esencia, tienen que ver con la construcción de poder político: el su ciente poder como para transformar el cálculo de lo que es posible.

Esa es la lección general que cabe extraer de los pocos y aislados capítulos de la historia en los que los Gobiernos de los países ricos han acordado introducir grandes cambios en los componentes básicos de sus economías. No debemos olvidar que el presidente Franklin D. Roosevelt lanzó el New Deal en medio de una oleada histórica de con ictividad laboral, con acontecimientos como la rebelión del sindicato de camioneros y la huelga general de Mineápolis en 1934, el cierre durante ochenta y tres días de los puertos de la Costa Oeste por parte de los trabajadores portuarios ese mismo año, o las sentadas de los trabajadores de automoción de Flint, Míchigan, en 1936 y 1937.

Durante ese mismo período, diversos movimientos de masas, en respuesta al sufrimiento causado por la Gran Depresión, exigieron medidas sociales radicales, como la Seguridad Social y el seguro de paro, al tiempo que los socialistas proclamaban que las fábricas abandonadas debían entregarse a sus trabajadores y convertirse en cooperativas. En 1934, Upton Sinclair, el periodista especializado en escándalos y autor de La jungla, se presentó a gobernador de California con una plataforma que argumentaba que la clave para erradicar la pobreza era la nanciación estatal

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completa de las cooperativas de trabajadores. Obtuvo casi novecientos mil votos, pero, tras haber sido brutalmente atacado por la derecha y debilitado por el establishment demócrata, no logró recabar su ciente apoyo para ocupar el puesto de gobernador. Un creciente número de estadounidenses también prestaban especial atención a Huey Long, un senador populista de Luisiana que creía que todos los estadounidenses debían recibir una renta anual garantizada de 2.500 dólares. Al explicar por qué había añadido nuevas prestaciones asistenciales al New Deal en 1935, Roosevelt dijo que quería «eclipsar a Long».

Todo esto nos recuerda que Roosevelt adoptó el New Deal en un momento de una militancia progresista e izquierdista tan intensa que sus programas (que resultan radicales incluso para los actuales estándares) parecían ser la única forma de frenar una revolución a gran escala.

Una dinámica similar fue la que estaba en juego en 1948, cuando Estados Unidos decidió nanciar el Plan Marshall. Con la infraestructura europea hecha añicos y sus economías en crisis, al Gobierno estadounidense le preocupaba la posibilidad de que gran parte de Europa occidental considerara que las promesas igualitarias del socialismo representaban su mejor esperanza y cayera bajo la in uencia de la Unión Soviética. De hecho, después de la guerra fueron tantos los alemanes que se sintieron atraídos por el socialismo que las potencias aliadas decidieron dividir Alemania en dos en lugar de arriesgarse a perderla entera en manos de los soviéticos.

Fue en ese contexto en el que el Gobierno estadounidense decidió que no reconstruiría Alemania Occidental a base de un capitalismo salvaje (como intentaría hacer cinco décadas después, cuando se desintegró la Unión Soviética, con resultados desastrosos). Lejos de ello, Alemania se reconstruiría siguiendo un heterogéneo modelo socialdemócrata, con apoyos a la industria local, unos sindicatos fuertes y un robusto Estado del bienestar. Como en el caso del New Deal, la idea era construir una economía

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de mercado con los su cientes elementos socialistas como para despojar de su atractivo a cualquier posible enfoque de cariz más revolucionario. Carolyn Eisenberg, autora de una elogiada historia del Plan Marshall, subraya que este planteamiento no fue fruto del altruismo: «La Unión Soviética era como una pistola cargada. La economía estaba en crisis, existía una izquierda alemana signi cativa, y ellos [Occidente] tenían que ganarse pronto la lealtad del pueblo alemán».

Esta presión de la izquierda, en forma de movimientos militantes y partidos políticos, fue la que proporcionó los elementos más progresistas tanto del New Deal como del Plan Marshall. Es importante recordarlo, puesto que los planes que actualmente ofrecen los partidos políticos en Norteamérica y Europa en el marco del Green New Deal todavía adolecen de importantes debilidades, y habrán de reforzarse y ampliarse, tal como hizo el New Deal original con el tiempo.

La resolución de Ocasio-Cortez y Markey marca un contexto un tanto impreciso, y por más que se haya criticado en la prensa por incluir demasiadas cosas, la realidad es que todavía deja muchas fuera. Por ejemplo, cualquier posible Green New Deal tiene que ser más explícito con respecto a la necesidad de mantener el carbono en el suelo, el papel central del ejército estadounidense en el aumento de las emisiones, el hecho de que el carbón y la energía nuclear nunca serán «limpios», y la deuda que los países ricos como Estados Unidos y las grandes corporaciones como Shell y Exxon tienen con las naciones más pobres que deben afrontar las repercusiones de una crisis en cuya creación apenas han intervenido.

Y lo que resulta aún más fundamental: cualquier posible Green New Deal que pretenda tener un mínimo de credibilidad necesita un plan concreto que garantice que los salarios de todos los empleos verdes de calidad que creará no se traduzcan de inmediato en estilos de vida de alto consumo que, de forma inadvertida, terminen incrementando las emisiones: un escenario

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en el que todo el mundo tiene un buen empleo y un montón de renta disponible, y todo se gasta en basura desechable importada de China y destinada al vertedero.

Ese es el problema del que podríamos denominar «keynesianismo climático» emergente: el auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial reavivó unas economías debilitadas, pero también marcó el comienzo de la expansión descontrolada de las periferias urbanas y desencadenó una oleada de consumo que acabaría exportándose a todos los rincones del globo. Lo cierto es que los responsables políticos todavía están dando vueltas a la cuestión de si hablamos simplemente de improvisar unos cuantos paneles solares en los tejados de las cadenas como Walmart y darles el distintivo de «verdes», o si de verdad estamos listos para abordar una re exión más profunda sobre los límites de un estilo de vida que considera las compras como la principal forma de con gurar una identidad, una comunidad y una cultura.

Esa conversación se halla íntimamente relacionada con los tipos de inversión que prioricemos en nuestro Green New Deal. Lo que necesitamos son transiciones que reconozcan los límites de la extracción y que al mismo tiempo creen nuevas oportunidades para que la gente mejore su calidad de vida y obtenga placer fuera del ciclo del consumo interminable, ya sea a través del arte y la recreación urbana nanciados con fondos públicos o del acceso a la naturaleza a través de nuevos mecanismos de protección de los parajes naturales. Eso implica asegurarse necesariamente de que las semanas laborales sean más cortas para brindar a la gente el tiempo necesario para poder disfrutar de esas cosas, en lugar de verse atrapada en la rutina del exceso de trabajo que requiere soluciones fáciles como la comida rápida o las distracciones embrutecedoras.

Ya sabemos que estos son los tipos de cambios de estilo de vida y las actividades de ocio que incrementan de manera tangible la felicidad y la realización personal; sin embargo, especialmente en

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Estados Unidos, los debates en torno a la acción climática siguen atrapados en un paradigma que equipara la calidad de vida con la prosperidad personal y la acumulación de riqueza. Si pretendemos romper los obstáculos políticos que impiden avanzar hacia un Green New Deal, también hay que romper esa ecuación.

Como señala George Monbiot, del e Guardian , los recursos de nuestro planeta bastan para proporcionarnos «su ciencia privada y lujo público» en forma de «maravillosos parques y zonas de juegos infantiles, centros deportivos y piscinas públicos, galerías de arte, huertos urbanos y redes de transporte público». Pero la Tierra no puede sostener el sueño imposible del lujo privado para todos. Eso es lo que propugna la economista Kate Raworth en su libro Economía rosquilla: «satisfacer las necesidades de todos dentro de los medios del planeta» en el marco de economías que «nos hagan prosperar, independientemente de que crezcan o no».

En ese sentido, tenemos mucho que aprender de los movimientos liderados por los indígenas de Bolivia y Ecuador, que en sus llamamientos en favor de la transformación ecológica han asignado un papel esencial al concepto de «buen vivir», que se centra en el derecho a tener una buena vida, en lugar de una vida cada vez más y más larga en un contexto de consumo y obsolescencia programada siempre crecientes.

Podemos contar con que los detractores del Green New Deal seguirán agitando el fantasma de que lo que se propone es en realidad un futuro austero marcado por las constantes privaciones y controles gubernamentales. La respuesta no puede consistir en negar que habrá cambios en la forma en la que ha llegado a vivir el 10-20  % más rico de la humanidad. Los habrá; habrá áreas en las que aquellos de nosotros que se sitúen en esa categoría deberán asumir restricciones —como los viajes en avión, el consumo de carne o el gasto excesivo de energía—, pero también habrá nuevos placeres y nuevos espacios donde podamos generar abundancia.

Mientras abordamos estos di ciles debates, también debemos recordar que la salud de nuestro planeta es el factor decisivo más

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importante en la calidad de vida de todos nosotros. Y después de haber presenciado destrucción más que de sobra a consecuencia de huracanes y supertormentas, desde el Katrina hasta el Sandy y el María, y de haber inhalado demasiado aire plagado de las partículas en suspensión de demasiados bosques en combustión espontánea, puedo a rmar con toda certeza que un futuro alterado por el clima es un futuro sombrío y austero, capaz de convertir todas nuestras posesiones materiales en escombros o cenizas a una velocidad aterradora. Podemos ngir que prolongar el actual statu quo en el futuro, sin cambio alguno, es una de las opciones de las que disponemos, pero eso es una fantasía. El cambio se acerca de una forma u otra. Nuestra única opción es si tratamos de modelar ese cambio a n de obtener el máximo bene cio para todos, o nos limitamos a aguardar pasivamente mientras las fuerzas del desastre climático, la escasez y el miedo al «otro» nos remodelan a nosotros.

Es por eso por lo que debe haber estrictos mecanismos de control y equilibrio —que incluyan auditorías regulares de los niveles de carbono— integrados en el Green New Deal de cada país

a n de garantizar que realmente alcanzamos los rigurosos objetivos de reducción de emisiones establecidos por la ciencia. Si nos limitamos a suponer que empezando a utilizar energías renovables y construyendo viviendas e cientes desde el punto de vista energético el cambio se producirá por sí solo, podríamos terminar en la situación tremendamente irónica de iniciar un pico de emisiones en el contexto de un Green New Deal.

En suma: el Green New Deal será necesariamente un trabajo en constante evolución, cuya robustez dependerá de la medida en que los movimientos sociales, los sindicatos, los cientí cos y las comunidades locales que presionan en su favor sean capaces de materializar su promesa. En este momento la sociedad civil no es ni de lejos tan fuerte ni está tan organizada como en la década de 1930, cuando se obtuvieron las enormes concesiones de la era del New Deal; pero, ciertamente, hay algunos signos de fortaleza, que

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van desde los movimientos contra los encarcelamientos y las deportaciones en masa hasta el #MeToo, pasando por la oleada de huelgas de docentes, los bloqueos de oleoductos liderados por indígenas, la desinversión en combustibles fósiles, las marchas de mujeres, las huelgas escolares en favor del clima, el movimiento Sunrise, el impulso de Medicare for All en Estados Unidos, y muchos otros.

Aun así, queda un largo camino por recorrer para construir el tipo de poder externo requerido para lograr y proteger un Green New Deal auténticamente transformador; de ahí que resulte tan crucial que utilicemos el marco existente como una poderosa herramienta para construir ese poder: una visión que nos permita no solo aunar movimientos entre los que actualmente no existe interrelación, sino también ampliar de forma drástica todas sus bases.

Un aspecto central de este proyecto es convertir lo que se cali ca despectivamente como la «lista de la lavandería» o la «lista de deseos» de la izquierda en un irresistible relato del futuro, uniendo los puntos que conectan los numerosos aspectos de la vida cotidiana que deben transformarse, desde la atención sanitaria hasta el empleo, desde las guarderías hasta las cárceles, desde el aire limpio hasta el tiempo libre.

En este momento, el Green New Deal se caracteriza por ser una especie de caja de sorpresas no relacionadas entre sí debido a que a la mayoría de nosotros se nos ha enseñado a eludir un análisis sistémico e histórico del capitalismo, y a dividir, en cambio, prácticamente todas las crisis que genera nuestro sistema (desigualdad económica, violencia contra las mujeres, supremacía blanca, guerras interminables y desmoronamiento ecológico) en compartimentos estancos. Desde el interior de esa rígida mentalidad es fácil desechar una visión amplia y transversal como la del Green New Deal, y considerarla una mera «lista de la lavandería» verde de todo lo que la izquierda ha querido siempre.

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Por eso, una de las tareas más urgentes que tenemos por delante es la de utilizar todas las herramientas posibles para explicar que nuestras crisis superpuestas están de hecho inextricablemente unidas, y solo pueden superarse con una visión holística de la transformación social y económica. Podemos señalar, por ejemplo, que independientemente de cuán rápido avancemos para reducir las emisiones, las temperaturas serán cada vez más altas y las tormentas, cada vez más devastadoras. Cuando esas tormentas se topan con unos sistemas de atención sanitaria estrangulados por décadas de austeridad, miles de personas pagan el precio con su vida, tal como ocurrió trágicamente en Puerto Rico tras el huracán María. De ahí que incorporar la atención sanitaria universal al Green New Deal no sea un mero añadido oportunista, sino una parte esencial de cómo mantendremos nuestra humanidad en el tormentoso futuro que se avecina.

Se pueden establecer muchas más conexiones. Quienes se quejan de que la política climática está sobrecargada de exigencias supuestamente no relacionadas con ella, como, por ejemplo, las relativas a la atención infantil o la gratuidad de la enseñanza superior, harían bien en recordar que las profesiones asistenciales (la mayoría de ellas dominadas por mujeres) tienen unos niveles de emisiones de carbono relativamente bajos, que pueden reducirse aún más con una plani cación inteligente. En otras palabras, merecen considerarse «empleos verdes», y gozar de los mismos mecanismos de protección, las mismas inversiones y los mismos salarios dignos que los puestos de trabajo predominantemente masculinos de los sectores de las energías renovables, la e ciencia energética y el transporte público. En paralelo, para reducir el predominio masculino de dichos sectores son imprescindibles los permisos de paternidad y la igualdad salarial, por lo que ambos están incluidos en la resolución sobre el Green New Deal. Nos han enseñado a ver nuestros problemas como si estuvieran aislados en silos; pero nunca ha sido así.

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Establecer estas conexiones de formas que capten la atención de la opinión pública requerirá un ejercicio masivo de democracia participativa. Un primer paso en ese sentido sería que los trabajadores de todos los sectores (hospitales, escuelas, universidades, tecnología, fabricación, medios de comunicación y demás) elaborasen sus propios planes con respecto al modo de llevar a cabo una rápida descarbonización, al tiempo que se promueve la misión del Green New Deal de erradicar la pobreza, crear empleos de calidad y salvar las actuales brechas de riqueza racial y de género. La resolución del Green New Deal aboga explícitamente en favor de este tipo de liderazgo democrático y descentralizado, y hacerlo realidad contribuirá en gran medida a crear la amplia base de apoyo que necesitará este marco para hacer frente a las poderosas fuerzas elitistas que ya se están alineando contra él.

Y se pueden establecer muchos otros vínculos. Un empleo garantizado, lejos de ser una mera coletilla socialista sin relación alguna con la lucha por el cambio climático, constituye un elemento esencial de cara a lograr una transición rápida y justa, porque reduciría de inmediato la intensa presión que sufren los trabajadores para aceptar trabajos que desestabilizan nuestro planeta, puesto que todos ellos gozarían de la libertad de tomarse el tiempo necesario para reciclarse y buscar trabajo en uno de los numerosos sectores que experimentarán una drástica expansión.

Todas estas disposiciones básicas (en materia de seguridad laboral, atención sanitaria, atención infantil, educación y vivienda) pretenden fundamentalmente crear un contexto en el que se aborde de raíz la galopante inseguridad económica de nuestra época. Y eso lo tiene todo que ver con nuestra capacidad para hacer frente a la alteración climática, porque, cuanto más segura se sienta la gente —sabiendo que a su familia no le faltan alimentos, medicinas ni un techo bajo el que guarecerse—, menos vulnerable será ante las fuerzas de la demagogia racista que tratarán de explotar los temores que invariablemente acompañan

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a los tiempos de grandes cambios. Dicho de otro modo: así es como vamos a abordar la crisis de empatía en un mundo que se calienta.

Mencionaré una última conexión que tiene que ver con el concepto de «reparación»; un concepto que exige crear empleos bien remunerados, «restaurar y proteger los ecosistemas amenazados, frágiles y en peligro», y «limpiar los residuos peligrosos existentes y las zonas de explotación abandonadas, a la vez que se garantiza su desarrollo económico y sostenibilidad».

En Estados Unidos hay muchas zonas de este tipo, paisajes enteros que se han abandonado a su suerte cuando han dejado de ser útiles para la fracturación hidráulica, la minería o la perforación. Este modo de tratar los espacios es muy parecido al modo como esta cultura trata a la gente. Y, sin duda, así es como se nos ha enseñado a tratar nuestras cosas: úsalas una vez, o hasta que se rompan, luego tíralas y ve a comprarte otras. También es similar a lo que se les ha hecho a tantos trabajadores en el período neoliberal: agotarlos, y luego abandonarlos a la adicción y a la desesperación. De eso va también toda la maquinaria del estado carcelario: encerrar a grandes sectores de la población que resultan económicamente más valiosos como mano de obra penitenciaria y como cifras en la contabilidad de una prisión privada que como trabajadores libres.

Hay aquí un relato esencial que contar en torno al deber de reparación: reparación de nuestra relación con la tierra y reparación de nuestras relaciones mutuas. Porque si bien es cierto que el cambio climático es una crisis producida por un exceso de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también es, en un sentido más profundo, una crisis causada por una mentalidad extractiva, por una forma de concebir no solo el mundo natural, sino también la mayoría de sus habitantes, como meros recursos de usar y tirar. Yo denomino a esto gig and dig economy (o «economía de bolos y excavaciones»), y creo rmemente que no saldremos de esta crisis sin un cambio de cosmovisión en todos los ámbitos. Es necesaria una transformación hacia una nueva escala

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de valores basada en el cuidado y la reparación: reparando la tierra, reparando nuestras cosas, reparando sin miedo nuestras relaciones tanto en el interior de los países como entre unos países y otros.

No hay que olvidar nunca que la era de los combustibles fósiles tuvo su origen en una violenta cleptocracia, con dos expolios fundacionales —el robo de personas y el robo de tierras— que iniciaron una nueva era de expansión aparentemente ilimitada. El camino hacia la renovación pasa por encarar y reparar: encarar nuestro pasado y reparar las relaciones con quienes pagaron el precio más alto de la primera revolución industrial.

La incapacidad de afrontar verdades di ciles hace tiempo que se traduce en la negación de cualquier noción de un «nosotros» colectivo; pero solo cuando las encaremos sin miedo nuestras sociedades serán libres de buscar un propósito común. De hecho, la principal promesa del Green New Deal probablemente sea la de ofrecernos ese propósito colectivo. Porque no solo los sistemas de soporte vital del planeta se están desmoronando ante nuestros ojos, sino que está ocurriendo lo mismo con nuestro tejido social, y en muchos frentes a la vez.

Los signos de fractura están por todas partes, desde el auge de las noticias falsas y teorías de la conspiración descabelladas hasta la esclerotización de nuestro cuerpo político. En este contexto, un potencial Green New Deal, precisamente debido a su escala, ambición y urgencia radicales, podría ser el propósito colectivo que contribuyera a superar muchas de esas divisiones.

No es un remedio mágico para el racismo, la misoginia, la homofobia o la transfobia: seguiremos teniendo que encarar esos males. Pero si se convirtiera en ley, a pesar de todos los poderes en contra, a muchos nos brindaría la percepción de que estamos trabajando de forma conjunta en pro de algo más grande que nosotros; algo de lo que todos formamos parte. Y nos brindaría un destino común: un lugar claramente mejor que aquel en el que

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estamos ahora. Ese tipo de misión compartida es algo que nuestra cultura del capitalismo tardío necesita con urgencia aquí y ahora.

Si la capacidad de establecer este tipo de conexiones más profundas entre una población fracturada y un planeta que se calienta con rapidez parece estar fuera del alcance de los responsables políticos, vale la pena recordar el papel absolutamente esencial de los artistas en la era del New Deal. Dramaturgos, fotógrafos, muralistas y novelistas contribuyeron todos ellos en su día a narrar la historia de lo que era posible. Para que el Green New Deal tenga éxito, también nosotros necesitaremos las habilidades y la pericia de muchos tipos de narradores distintos: artistas, psicólogos, líderes religiosos, historiadores y tantos otros.

Al Green New Deal le queda mucho camino por recorrer antes de que todo el mundo vea en él su futuro. Ya se han cometido errores, y aún se cometerán más, pero ninguno de ellos es tan importante ni puede hacernos olvidar lo que este proyecto político en rápido crecimiento está haciendo realmente bien.

Habrá que someter al Green New Deal a la vigilancia y a la presión constantes de expertos que sepan exactamente qué va a hacer falta para reducir nuestras emisiones con la rapidez que exige la ciencia, así como de aquellos movimientos sociales que llevan décadas soportando la peor parte de la contaminación y las falsas soluciones climáticas. Pero en esta permanente vigilancia, también debemos tener cuidado, porque deberíamos evitar que los árboles nos impidan ver el bosque; es decir, el hecho de que este programa es un potencial salvavidas que todos tenemos la responsabilidad sagrada y moral de materializar.

Los jóvenes organizadores del movimiento Sunrise, que tanto han hecho para favorecer el impulso del Green New Deal, de nen este momento colectivo como lleno a la vez de «promesas y peligros». Así es exactamente. Y cuanto suceda en adelante debería sopesar ambas cosas.

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EL ARTE DEL GREEN NEW DEAL

«No solo cambiamos la infraestructura. Cambiamos la forma de hacer las cosas. Nos convertimos en una sociedad que no solo era moderna y rica, sino también digna y humana.»

ABRIL DE 2019

A VECES UN PROYECTO SE CONVIERTE en una fuerza tan poderosa que desborda con mucho las expectativas de sus creadores. Eso fue lo que ocurrió con un vídeo de siete minutos que produje y concebí con la artista Molly Crabapple, cuyo título rezaba «Un mensaje desde el futuro, con Alexandria Ocasio-Cortez».

Narrado por la congresista e ilustrado por Crabapple, el vídeo se desarrolla dentro de un par de décadas. Comienza con Ocasio-Cortez, con un mechón canoso en el cabello, viajando en un tren bala de Nueva York a Washington. Por la ventana discurre a toda velocidad el futuro creado gracias al éxito de la implementación de un Green New Deal.

Este proyecto surgió de una conversación que mantuve con Crabapple —una brillante ilustradora, escritora y cineasta— poco después de que en Estados Unidos empezara a cobrar fuerza la idea de un Green New Deal. Estábamos en plena lluvia de ideas para ver cómo podíamos involucrar a más artistas en el proyecto. Al n y al cabo, la mayoría de las formas de arte tienen niveles de emisiones de carbono bastante bajos, y el New Deal de Franklin D. Roosevelt propició un renacimiento del arte nanciado con fondos públicos

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que llevó a artistas de todas las tendencias a participar directamente en las transformaciones de la época.

Queríamos tratar de atraer de nuevo a los artistas a ese mismo tipo de misión social, pero no dentro de algunos años, si el Green New Deal llegaba a convertirse en una ley federal; no, queríamos arte ya, a n de contribuir a ganar la batalla para conquistar los corazones y las mentes que determinarían si el Green New Deal tenía posibilidades de salir victorioso.

Entonces Crabapple sugirió hacer una película sobre el Green New Deal con Ocasio-Cortez como narradora y ella misma como ilustradora. La cuestión era: ¿cómo íbamos a contar la historia de algo que aún no había sucedido?

A medida que proponíamos ideas nos fuimos dando cuenta de que no bastaría con un Vídeo «explicativo» estándar. El principal obstáculo al tipo de cambio transformador que prevé el Green New Deal no es que la gente no entienda lo que se está proponiendo (aunque sin duda mucha información errónea circula por ahí), sino que muchos están convencidos de que la humanidad nunca podrá lograr algo de esa magnitud y con tanta rapidez. Y mucha gente ha llegado a creer que la distopía es la conclusión inevitable.

Es un escepticismo comprensible. La idea de que las sociedades puedan decidir colectivamente adoptar cambios rápidos y fundamentales en el transporte, la vivienda, la energía, la agricultura, la silvicultura y demás —exactamente lo que se necesita para evitar el colapso climático— no es algo de lo que la mayoría de nosotros tengamos una experiencia directa. Hemos crecido bombardeados por el mensaje de que no hay alternativa posible a esta mierda de sistema que está desestabilizando el planeta y acumulando una inmensa riqueza en la parte alta de la pirámide. Hemos oído decir a la mayoría de los economistas que somos unidades esencialmente egoístas que solo buscan la grati cación, al tiempo que escuchamos de labios de los historiadores que el cambio social siempre ha sido obra de grandes hombres singulares.

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Tampoco Hollywood ha sido de mucha ayuda. Casi todas las visiones del futuro que nos ofrecen las películas de ciencia cción de gran presupuesto dan por sentado algún tipo de apocalipsis ecológico y social. Es casi como si colectivamente hubiéramos dejado de creer que va a haber un futuro, y no digamos ya que este podría ser mejor, en muchos aspectos, que el presente.

Sin embargo, no todo el arte da por sentado ese colapso. Desde hace tiempo existen creadores marginales, en ámbitos que van desde el afrofuturismo hasta la literatura fantástica feminista, que intentan acabar con la idea de que el futuro será parecido al presente, solo que empeorado y con robots sexuales. Uno de esos visionarios fue la gran escritora de ciencia cción Ursula K. Le Guin, que en 2014, cuatro años antes de su muerte, pronunció un apasionado discurso al recibir la medalla de la Fundación Nacional del Libro estadounidense. Dijo entonces:

Se acercan tiempos di ciles en los que anhelaremos las voces de escritores capaces de ver alternativas al modo como vivimos ahora, capaces de ver, más allá de nuestra sociedad azotada por el miedo y sus tecnologías obsesivas, otras formas de ser, e incluso de imaginar motivos reales para la esperanza. Necesitaremos escritores capaces de recordar la libertad; poetas, visionarios; realistas de una realidad más amplia. […] Vivimos en el capitalismo, su poder parece ineludible, pero también lo parecía el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede hallar resistencia y ser transformado por seres humanos. La resistencia y la transformación a menudo empiezan en el arte.

El poder del arte para inspirar la transformación es uno de los legados más persistentes del New Deal original. Curiosamente, en la década de 1930 aquel proyecto transformador también fue objeto de un implacable ataque en la prensa, pese a lo cual no perdió impulso.

Desde un primer momento, los críticos de la élite ridiculizaron los planes de Roosevelt con todo tipo de cali cativos: desde fascismo progresista hasta comunismo encubierto. En lo que vendría a ser el equivalente de 1933 a «¡Vienen a quitarte tus hamburguesas!», el senador republicano Henry D. Hat eld, de Virginia Occidental, escribió a un colega diciendo: «Esto es

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despotismo, esto es tiranía, esto es la aniquilación de la libertad. El estadounidense normal y corriente se ve reducido así al estatus de un robot». A su vez, un antiguo ejecutivo de DuPont se quejaba de que, debido a que el Gobierno ofrecía empleos con salarios dignos, «esta primavera cinco negros se negaron a trabajar en mi residencia de Carolina del Sur… y un cocinero de mi casa otante de Fort Myers lo dejó porque el Gobierno le pagaba un dólar la hora como pintor».

Se formaron milicias de extrema derecha; incluso hubo un chapucero complot de un grupo de banqueros para derrocar a Roosevelt.

Los autodenominados centristas adoptaron una táctica más sutil: en editoriales y artículos de opinión publicados en la prensa, advirtieron al presidente de que redujera la marcha y la envergadura del proyecto. La historiadora Kim Phillips-Fein, autora de Invisible Hands: e Businessmen’s Crusade Against the New Deal, me comentó que los paralelismos con los actuales ataques contra el Green New Deal en medios como el New York Times resultan evidentes. «No se oponían frontalmente, pero en muchos casos argumentaban que no es bueno hacer tantos cambios a la vez, que era demasiado grande y demasiado rápido. Que la Administración debería esperar a estudiarlo mejor.»

Sin embargo, pese a sus numerosas contradicciones y exclusiones, la popularidad del New Deal siguió aumentando, lo que permitió a los demócratas obtener una mayoría más amplia en el Congreso en las elecciones de mitad de mandato y a Roosevelt lograr una aplastante reelección en 1936.

La principal razón por la que los ataques de la élite no lograron volver a la opinión pública en contra del New Deal fue que sus programas estaban ayudando a la gente. Pero había otro motivo relacionado con el incalculable poder del arte, que estaba incardinado en prácticamente todos los aspectos de las transformaciones de la época. Los partidarios del New Deal consideraban que los artistas eran trabajadores como todos los

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demás: personas que, en lo más profundo de la Depresión, merecían la ayuda directa del Gobierno para poder ejercer su profesión. Como declaró el director de la Works Progress Administration (WPA), Harry Hopkins, en una frase que se haría célebre: «¡Demonios, bien tienen que comer igual que los demás!».

A través de los denominados «proyectos federales» —como el de Arte, el de Música, el de Teatro y el de Escritores (todos ellos en el marco de la WPA)—, así como la Sección de Pintura y Escultura del Tesoro y varios otros organismos, decenas de miles de pintores, músicos, fotógrafos, dramaturgos, cineastas, actores, escritores y una enorme variedad de artesanos pudieron realizar una labor signi cativa, con un apoyo sin precedentes a los artistas afroamericanos e indígenas.

El resultado fue una explosión de creatividad y una asombrosa cantidad de trabajo. Solo el Proyecto Federal de Arte produjo casi cuatrocientas setenta y cinco mil obras de arte visual, incluidos más de dos mil carteles, dos mil quinientos murales y cien mil lienzos destinados a espacios públicos. El grupo de artistas estables del programa incluía a Jackson Pollock y Willem de Kooning. Por su parte, entre los autores que participaron en el Proyecto Federal de Escritores guraban Zora Neale Hurston, Ralph Ellison y John Steinbeck. Asimismo, el Proyecto Federal de Música patrocinó doscientas veinticinco mil actuaciones, que llegaron a unos ciento cincuenta millones de estadounidenses.

Gran parte del arte producido en el marco de los programas del New Deal pretendía simplemente proporcionar alegría y belleza a una población que sufría los estragos de la Depresión, al tiempo que se ponía en tela de juicio la idea predominante de que el arte era solo cosa de ricos. Como declaraba el propio Roosevelt en una carta escrita en 1938 al autor Hendrik Willem van Loon: «Yo también tengo un sueño: mostrar a la gente que vive en lugares apartados, en algunos casos no solo en pequeñas aldeas, sino en rincones de la ciudad de Nueva York […] algunas pinturas, impresiones y grabados reales, y algo de música real».

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Algunas de las obras de arte del New Deal se propusieron ser un espejo en el que el desbaratado país pudiera verse re ejado, y de paso presentar argumentos irrebatibles en favor de la necesidad de los programas de ayuda. El resultado fue un trabajo icónico, con obras visuales que van desde las fotogra as que hizo Dorothea Lange de familias afectadas por el denominado Dust Bowl, envueltas en nubes de inmundicia y obligadas a emigrar, hasta las desgarradoras imágenes de aparceros de Walker Evans que poblaban las páginas del libro Elogiemos ahora a hombres famosos, publicado en 1941, pasando por la innovadora visión fotográ ca de Gordon Parks de la vida cotidiana en Harlem.

Otros artistas produjeron creaciones más optimistas, incluso utópicas, utilizando arte grá co, cortometrajes y enormes murales para documentar la transformación que se estaba produciendo al amparo de los programas del New Deal: cuerpos vigorosos construyendo nuevas infraestructuras, plantando árboles y recogiendo los pedazos de su nación.

Justo cuando Crabapple y yo empezábamos a re exionar en torno a la idea de realizar un cortometraje sobre el Green New

Deal inspirado en el arte utópico del New Deal original, e Intercept publicó un relato de Kate Arono cuya acción transcurría

en el año 2043. Ambientado en un futuro en el que el Green New Deal se había hecho realidad, contaba cómo era la vida de un personaje de cción llamado Gina, que había crecido en el mundo que habían posibilitado dichas políticas: «Tuvo una infancia relativamente estable. Sus padres aprovecharon parte del año de permiso por paternidad al que tenían derecho, y después la inscribieron en un programa de guardería gratuito». Tras nalizar la universidad también gratuita, «pasó seis meses restaurando humedales y otros seis trabajando como voluntaria en una guardería muy similar a aquella a la que ella misma había ido».

El relato daba en el clavo, en gran parte porque imaginaba un futuro que no era la enésima versión de unos guerreros estilo Mad Max luchando contra bandas itinerantes de caudillos militares

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caníbales. Crabapple y yo decidimos que nuestra película podría hacer algo similar, pero esta vez desde el punto de vista de Ocasio-Cortez. Narraría la historia de cómo la sociedad había optado por ser valiente en lugar de tirar la toalla, y pintaría una imagen del mundo después del Green New Deal —que la congresista había defendido— hecho realidad.

El resultado nal es una postal del futuro de siete minutos de duración, codirigida por dos colaboradores habituales de Crabapple, Kim Boekbinder y Jim Batt, y con guion de la propia Ocasio-Cortez y el cineasta y activista pro justicia climática Avi Lewis (que resulta ser también mi esposo). Es una historia que narra cómo, en el momento justo, una masa crítica de la humanidad en la mayor economía de la Tierra llegó a creer que realmente valía la pena salvarnos.

Los pinceles de Crabapple representan un país a la vez familiar y completamente nuevo. Las ciudades están conectadas por trenes bala, los ancianos indígenas ayudan a los jóvenes a restaurar humedales, millones de personas encuentran trabajo remodelando viviendas de bajo coste… y cuando las supertormentas inundan las grandes ciudades, los residentes no responden con patrullas vecinales y recriminaciones, sino con cooperación y solidaridad. Sobre el fondo de estas exuberantes pinturas, se escucha la voz de Ocasio-Cortez:

Mientras combatíamos inundaciones, incendios y sequías, éramos conscientes de la suerte que teníamos por haber empezado a actuar cuando lo hicimos. No solo cambiamos las infraestructuras. Cambiamos la forma de hacer las cosas. Nos convertimos en una sociedad que no solo era moderna y rica, sino también digna y humana. Al comprometernos con derechos universales como una atención sanitaria y un trabajo digno para todos, dejamos de tener tanto miedo al futuro. Dejamos de tenernos miedo unos a otros. Y encontramos un propósito común.

La respuesta desbordó por completo nuestras expectativas. La película se colgó en internet el 17 de abril. Al cabo de cuarenta y ocho horas había tenido más de seis millones de visualizaciones. Al cabo de setenta y dos se proyectaba en las salas de estar de más de un millar de personas en el marco de una gira nacional

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destinada a dar impulso al Green New Deal organizada por el movimiento Sunrise. La gente aplaudía una frase de cada dos. En el plazo de una semana, muchos maestros (desde primaria hasta la universidad) nos dijeron que ya la habían mostrado en clase.

«Nuestros estudiantes están hambrientos de esperanza»,

a rmaba un informe bastante representativo de la tónica general. Cientos de personas nos escribieron y nos dijeron que habían llorado en sus escritorios… por todo lo que ya se había perdido y por todo lo que aún podía ganarse.

Observando retrospectivamente este proyecto, y la velocidad con la que recorrió el mundo, me da la sensación de que estamos empezando a presenciar el verdadero poder de de nir nuestra respuesta colectiva al cambio climático como un Green New Deal pese a todas las limitaciones de esa analogía histórica. Al evocar la transformación industrial y social real de Roosevelt hace casi un siglo para imaginar cómo será potencialmente nuestro mundo dentro de otro medio siglo, nuestros horizontes temporales se amplían.

De repente ya no somos prisioneros de un presente interminable en nuestras redes sociales. Formamos parte de un largo y complejo relato colectivo en el que los seres humanos no

son un conjunto de atributos, jos e inmutables, sino más bien una obra en constante evolución, capaz de cambios profundos. Al dirigir nuestra mirada varias décadas hacia atrás y hacia delante simultáneamente, dejamos de estar solos a la hora de afrontar este momento histórico decisivo. Estamos rodeados a la vez de antepasados que nos susurran que podemos hacer lo que nuestro momento exige, tal como hicieron ellos, y de generaciones futuras que nos recuerdan que no merecen menos.

Creo que muchos están respondiendo con tanta intensidad a este horizonte temporal extendido como a la propia visión esperanzadora del futuro que representa el Green New Deal. Porque no hay nada que resulte más desorientador que encontrarse otando en el tiempo, sin puntos de referencia ni en el

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futuro ni en el pasado. Solo cuando sepamos de dónde venimos y adónde queremos ir tendremos un suelo rme en el que sostenernos en pie.

Solo entonces creeremos, como dice Ocasio-Cortez en el vídeo, que nuestro futuro aún no se ha escrito y que «podemos ser lo que tengamos el coraje de imaginar».

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EPÍLOGO: BREVE ARGUMENTACIÓN EN FAVOR DE UN GREEN NEW DEAL

LOS CRÍTICOS DEL GREEN NEW DEAL plantean un montón de argumentos acerca de por qué todo esto está condenado al fracaso. La parálisis política en Washington es real. Incluso en un mundo donde los republicanos negacionistas del cambio climático fueran barridos del poder, seguiría habiendo un montón de demócratas centristas convencidos de que sus electores no tenían el menor interés en un cambio radical. Los planes son costosos, y lograr que se aprobaran los presupuestos sería un esfuerzo hercúleo.

Se nos dice que una línea de acción preferible sería avanzar en políticas climáticas que atrajeran a mucha gente de la derecha, como pasar del carbón a la energía nuclear, o establecer un pequeño impuesto sobre el carbono que devolviera los ingresos en forma de «dividendo» a todos los ciudadanos.

El principal problema de estos enfoques gradualistas es que simplemente no pueden lograr su objetivo. Si se pretende obtener el apoyo de los republicanos empapados en dinero procedente de los combustibles fósiles, el precio del carbono tendría que ser demasiado bajo para causar un gran impacto. Por otra parte, la energía nuclear es cara y lenta de implementar en comparación con las energías renovables, y eso sin mencionar los riesgos asociados a la extracción de uranio y el almacenamiento de los residuos.

Lo cierto es que no podemos reducir las emisiones de forma tan rápida y abrupta como haría falta para desviarnos de nuestra

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peligrosa trayectoria sin llevar a cabo una remodelación radical tanto a escala industrial como de infraestructuras. La buena noticia es que el Green New Deal no es ni de lejos tan poco práctico o tan poco realista como a rman sus numerosos críticos. Ya he explicado por qué es así a lo largo de este libro, pero a continuación daré nueve razones más por las que el Green New Deal tiene la posibilidad de salir airoso: una posibilidad que se incrementará cada vez que salgamos en su defensa.

1. CREARÁ MUCHOS PUESTOS DE TRABAJO

Todos los lugares del mundo donde se ha hecho una importante inversión en energías renovables y e ciencia energética han descubierto que estos sectores resultan ser mucho más potentes que los combustibles fósiles a la hora de crear puestos de trabajo. Cuando el estado de Nueva York se comprometió a obtener la mitad de su energía a partir de renovables para el año 2030 (lo que en realidad no resulta lo bastante rápido), inmediatamente presenció un aumento en la creación de empleo.

El acelerado calendario del Green New Deal en Estados Unidos lo convertirá en una auténtica máquina de crear empleo. Aun sin el apoyo federal —de hecho, con el sabotaje activo de la Casa Blanca—, la economía verde ya está creando muchos más puestos de trabajo que el petróleo y el gas. Según revelaba en 2018 el Informe sobre Energía y Empleo de Estados Unidos, los puestos de trabajo en energía eólica y solar, e ciencia energética y otros sectores de energía limpia superaban en número a los empleos en la industria de los combustibles fósiles en una proporción de tres a uno. Eso se debe a una combinación de incentivos estatales y municipales y a la caída de los costes de las energías renovables. El Green New Deal aprovecharía la expansión del sector al tiempo que garantizaría que los trabajos tuvieran salarios y bene cios comparables a los ofrecidos en los sectores del petróleo y el gas.

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Abundan las investigaciones que sustentan este argumento. Por ejemplo, un estudio realizado en 2019 sobre las repercusiones laborales de un posible programa estilo Green New Deal en el estado de Colorado descubrió que se crearían muchos más empleos de los que se perderían. El estudio, publicado por el Departamento de Economía y el Instituto de Investigación de Economía Política de la Universidad de Massachusetts Amherst, analizaba lo que le costaría a dicho estado lograr una reducción del 50  % en las emisiones para el año 2030. La conclusión fue que se perderían alrededor de quinientos ochenta y cinco empleos no directivos, pero que, con una inversión de 14.500 millones de dólares anuales en energía limpia, «Colorado generará cada año unos cien mil empleos en el estado».

Hay muchos más estudios con conclusiones igualmente sorprendentes. Un plan presentado por BlueGreen Alliance, un organismo estadounidense que agrupa a sindicatos y ecologistas, calculaba que una inversión anual de 40.000 millones de dólares en transporte público y ferrocarril de alta velocidad a lo largo de seis años produciría más de 3,7 millones de empleos durante ese período. Y según un informe de la Federación Europea de Trabajadores del Transporte, implementar políticas integrales para reducir en un 80  % las emisiones en el sector del transporte crearía siete millones de nuevos puestos de trabajo en todo el continente, mientras que otros cinco millones de empleos en energía limpia en Europa podrían reducir en un 90 % las emisiones del sector eléctrico.

2. PAGARLO CREARÁ UNA ECONOMÍA MÁS JUSTA

Como dejaba claro el informe elaborado en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en relación con el objetivo de mantener el calentamiento global por debajo de 1,5  °C, si no emprendemos una acción transformadora de cara a reducir las emisiones, los costes serán

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astronómicos. El grupo calcula que los perjuicios económicos de permitir que las temperaturas aumenten 2  °C (en lugar de 1,5  °C) alcanzarían los 69 billones de dólares en todo el mundo.

Obviamente, implementar un Green New Deal también tendría costes importantes, y en ese sentido los defensores del plan han señalado diversas posibilidades para nanciarlo. Alexandria Ocasio-Cortez ha dicho que, en el caso de Estados Unidos, debería nanciarse del mismo modo que se ha hecho hasta ahora con cualquier gasto de emergencia: bastaría con que el Congreso estadounidense autorizara los fondos, respaldados con divisas del Tesoro como prestatario de última instancia. Según New Consensus, un laboratorio de ideas estrechamente relacionado con las propuestas políticas de la congresista, dado que «el Green New Deal producirá nuevos bienes y servicios para compensar los gastos y absorber otros nuevos, no hay más razón para dejar que los temores relativos a la nanciación frustren los progresos que las que habría para dejar que frustraran guerras o recortes

scales».

Paralelamente, la propuesta de Green New Deal formulada por la plataforma política Primavera Europea aboga en favor de un tipo impositivo global mínimo para las empresas a n de recaudar los ingresos tributarios que los Apples y Googles del mundo actualmente esquivan mediante el uso de estructuras transnacionales. También demanda una reversión de la ortodoxia monetaria, con una inversión pública basada en bonos verdes

otantes respaldados por los bancos centrales. «Para abordar la verdadera amenaza existencial que hoy afrontamos, debemos revertir las políticas económicas que nos llevaron al límite en el que nos encontramos. Austeridad signi ca extinción». Algunos analistas, como Christian Parenti, han subrayado que los Gobiernos federales pueden favorecer la transición con sus políticas de compra.

En suma, existen toda clase de formas de obtener nanciación, incluyendo algunas que abordan los niveles insostenibles de

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concentración de la riqueza y trans eren la carga a quienes mayor responsabilidad tienen con respecto a la contaminación climática. Y no es di cil descubrir quiénes son. Gracias a las investigaciones de la organización Climate Accountability Institute, sabemos que nada menos que el 71 % del total de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas desde 1988 tienen su origen en apenas un centenar de gigantes corporativos y estatales relacionados con los combustibles fósiles, los denominados «Grandes del Carbono».

Teniendo esto en cuenta, se pueden abordar diversas medidas basadas en la premisa de que «quien contamina paga» para garantizar que quienes son más responsables de esta crisis sean también los que más contribuyen a nanciar la transición, por ejemplo, mediante la reclamación de perjuicios compensables, la imposición de regalías más cuantiosas o la reducción de subvenciones. Las subvenciones directas a los combustibles fósiles representan alrededor de 775.000 millones de dólares al año en todo el mundo, y más de 20.000 millones solo en Estados Unidos. Lo primero que debería ocurrir es que estas subvenciones se transformen en inversiones en energías renovables y e ciencia energética.

Pero no son solo las empresas de combustibles fósiles las que han situado durante décadas sus propios superbene cios por encima de la seguridad de nuestra especie; también lo han hecho las instituciones nancieras que han respaldado sus inversiones con pleno conocimiento de los riesgos que entrañaban. En consecuencia, aparte de eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles, los Gobiernos podrían exigir una compensación más que justa por los enormes bene cios obtenidos por el sector nanciero gravándolo con un impuesto sobre las transacciones, con el que, según los cálculos del Parlamento Europeo, podrían recaudarse 650.000 millones de dólares en todo el mundo.

Luego está el ejército. Según las cifras aportadas por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, si se

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redujeran en un 25 % los presupuestos militares de los diez países que más gastan en este concepto, se dispondría de 325.000 millo-nes de dólares anuales que podrían invertirse en la transición energética y en preparar a las comunidades para el clima extremo que nos espera.

Paralelamente, según las Naciones Unidas, gravar a los milmillonarios con un impuesto de tan solo un 1  % permitiría recaudar 45.000 millones de dólares anuales en todo el mundo, por no hablar del dinero que podría recaudarse si se hiciera un esfuerzo a escala internacional para acabar con los paraísos

scales. Según James S. Henry, asesor principal de la Red para la Justicia Fiscal —una coalición independiente con sede en el Reino Unido—, en 2015 se estimaba que la riqueza nanciera privada oculta en los paraísos scales de todo el mundo se situaba entre los 24 y los 36 billones de dólares. Acabar con algunos de dichos paraísos contribuiría en gran medida a cubrir el precio de la transición industrial que tanto necesitamos.

3. APROVECHA EL PODER QUE ENTRAÑA UNA SITUACIÓN DE EMERGENCIA

El planteamiento del Green New Deal no aborda la crisis climática como un tema más en una lista de prioridades encomiables, sino que se hace eco del llamamiento de Greta unberg a «actuar como si tu casa estuviera en llamas. Porque lo está». Lo cierto es que la fecha límite establecida por la ciencia para llevar a cabo una transformación profunda está tan cerca que, si no se produce un cambio radical cada año durante los próximos treinta, habremos desaprovechado el pequeño margen del que disponemos para evitar un calentamiento realmente catastró co. Tratar una emergencia como tal implica destinar todas nuestras energías a entrar en acción, en lugar de limitarse a clamar a voz en grito sobre la necesidad de acción, que es lo que está ocurriendo ahora.

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Ello, a su vez, nos liberaría a todos de la debilitante disonancia cognitiva que requiere vivir en una cultura que niega la realidad de una crisis tan profunda. El Green New Deal nos pone a todos en situación de emergencia: por más aterrador que pueda resultar para algunos, la catarsis y el alivio que supondría para muchos otros, especialmente los jóvenes, constituirían una potente fuente de energía.

4. NO ADMITE DILACIONES

Hay quien ha criticado la resolución del Green New Deal por a rmar que Estados Unidos debe abandonar los combustibles fósiles en el plazo de tan solo una década. Los cientí cos han dicho que el mundo tiene que lograr el objetivo de reducir las emisiones netas a cero para 2050, así que ¿para qué correr tanto? La primera respuesta es: por una cuestión de «justicia»; en los países ricos que han llegado a serlo contaminando de forma ilimitada, la descarbonización debe producirse con mayor rapidez a n de que en los países más pobres, donde la mayoría de la población todavía carece de elementos tan básicos como el agua potable y la electricidad, la transición pueda ser más gradual.

Pero la segunda respuesta es estratégica: un plazo de diez años implica que no puede haber más dilaciones. Hasta la formulación d e l Green New Deal, todas las respuestas políticas a la crisis climática jaban sus objetivos más ambiciosos a varias décadas vista, mucho después de que los políticos que hacían tales promesas hubieran dejado el cargo. En cambio, las tareas que se atribuían esos políticos eran, en comparación, relativamente fáciles, como la introducción de sistemas de límites máximos y comercio de derechos de emisión, o el desmantelamiento de viejas plantas de carbón para reemplazarlo por gas natural. Así, la ardua tarea de hacer frente de manera integral al modelo de negocio de la industria de los combustibles fósiles se delegaba constantemente en los sucesores en el cargo.

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Adoptar un calendario de transición de diez años no implica que deba hacerse todo en una década. La resolución establece un plazo ambicioso, pero añade una y otra vez la coletilla «en la medida en que resulte tecnológicamente factible». Eso signi ca que, por lo menos, ya no estamos dejándolo todo para mañana. La generación actual de políticos que nalmente implementen un Green New Deal estaría diciendo: «Nosotros somos los que vamos a hacer el trabajo. Nadie más».

Dados los perjuicios que la tentación de dejarlo todo para mañana ha causado ya a nuestro planeta, esto supone un gran paso.

5. ES INMUNE A LA RECESIÓN

En las últimas tres décadas, uno de los mayores obstáculos para lograr un progreso sostenido en materia de acción climática ha sido la inestabilidad del mercado. Durante los buenos tiempos económicos generalmente existe una cierta predisposición a suscribir políticas medioambientales que impliquen pagar un poco más por el gas, la electricidad y los productos «verdes». Pero una y otra vez, esta predisposición se desvanece, comprensiblemente, tan pronto como la economía experimenta una dolorosa recesión.

Y ese puede ser el mayor bene cio de basar nuestro enfoque climático en el New Deal de Roosevelt, el estímulo económico más famoso de todos los tiempos, nacido en el apogeo de la peor crisis económica de la historia moderna. Cuando la economía global experimente otra recesión u otra crisis, lo que seguramente ocurrirá, el apoyo al Green New Deal no se desplomará como ha ocurrido con todas las demás iniciativas verdes de cierta importancia emprendidas durante las recesiones del pasado. Al contrario, cabe esperar que el apoyo aumente, puesto que un estímulo a gran escala con la capacidad de crear millones de

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empleos se convertirá en la mayor esperanza de abordar la penuria económica de la gente.

6. NO GENERA REACCIONES VIOLENTAS

Con demasiada frecuencia, cuando los políticos aplican políticas climáticas divorciadas de una agenda más amplia de justicia económica, dichas políticas resultan ser injustas, y la opinión pública responde en consecuencia. Véase, por ejemplo, el caso de Francia con el Gobierno de Emmanuel Macron, denostado por sus detractores por ser el «presidente de los ricos». Macron ha aplicado una agenda clásica de «libre mercado» en su país, ha reducido los impuestos a los ricos y las empresas, ha revocado prestaciones laborales arduamente ganadas y ha hecho menos accesible la enseñanza superior, todo ello después de años de austeridad bajo las Administraciones anteriores.

Fue en este contexto en el que, en 2018, introdujo un impuesto sobre el combustible diseñado para hacer que viajar en vehículo privado resultara más costoso, con lo que redujo el consumo y recaudó algunos fondos para destinarlos a programas climáticos.

Pero no funcionó como se esperaba. Enormes cantidades de trabajadores franceses, que ya se hallaban bajo una intensa presión económica a consecuencia de las otras políticas de Macron, vieron ese enfoque mercantilista de la crisis climática como un ataque directo contra ellos: ¿por qué tenían que pagar más por ir en coche al trabajo cuando los superricos no tenían problemas para llenar de combustible sus aviones privados para viajar a sus paraísos scales? Decenas de miles de trabajadores franceses salieron a la calle enfurecidos, muchos de ellos ataviados con chalecos de seguridad amarillos (gilets jaunes), y varias protestas desembocaron en disturbios a gran escala.

«Al Gobierno le preocupa el n del mundo —coreaban muchos gilets jaunes—. A nosotros nos preocupa llegar a n de mes.» Tratando de recuperar el control del país de forma desesperada,

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Macron revocó su impuesto sobre el combustible e introdujo un aumento del salario mínimo, entre otras concesiones, al tiempo que reprimía brutalmente el movimiento.

Uno de los principales puntos fuertes del planteamiento del Green New Deal es que no generará este tipo de reacción. No hay nada en este marco que obligue a la gente a elegir entre preocuparse por el n del mundo o por llegar a n de mes. El objetivo es diseñar políticas que nos permitan a todos preocuparnos por ambas cosas, políticas que reduzcan al mismo tiempo las emisiones y la presión económica sobre los trabajadores, y garanticen que todos puedan conseguir un buen empleo en la nueva economía; que tengan acceso a prestaciones sociales básicas como la atención sanitaria, la educación y los servicios de guardería; y que los empleos verdes sean de calidad, cuenten con el respaldo de los sindicatos y favorezcan la conciliación familiar con subsidios y vacaciones. Ciertamente habrá que poner un precio al carbono, pero ese incremento tendrá muchas más posibilidades de sobrevivir si la gente que paga ese aumento no está con el agua al cuello.

7. PUEDE RECLUTAR A UN EJÉRCITO DE PARTIDARIOS

Desde su formulación inicial, la crítica más frecuente que se ha hecho al Green New Deal es que, al centrarse tanto en la justicia económica y social, está haciendo que la acción climática resulte un producto más di cil de vender que un plan más estrictamente centrado en las emisiones de carbono. «Mi corazón está con los verdes —escribía omas Friedman en el e New York Times—. Pero mi cabeza dice que no se pueden transformar nuestro sistema energético y nuestro sistema socioeconómico de golpe a tal escala. Tenemos que dar prioridad a la energía y el clima. Porque, para el medio ambiente, después será demasiado tarde. Ese después ya ha sido o cialmente descartado.»

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Esta idea parte del supuesto de que los componentes socioeconómicos del Green New Deal constituyen un lastre, pero en realidad es al contrario.

A diferencia de los enfoques que trans eren los costes de la transición a los trabajadores, el Green New Deal se centra en tratar conjuntamente la reducción de la contaminación y las principales prioridades de los trabajadores más vulnerables y las comunidades más marginadas. Esa es la ventaja decisiva de tener en el Congreso a representantes implicados en las luchas de la clase trabajadora por unos empleos con salarios dignos y un aire y un agua no tóxicos; como, por ejemplo, Rashida Tlaib, que ayudó a librar una exitosa batalla contra la nociva montaña de coque de petróleo de Koch Industries en Detroit.

Si formas parte de la clase privilegiada de la economía y te nancian personas aún más privilegiadas, como les ocurre a tantos políticos, tus intentos de elaborar una legislación climática tenderán a regirse por la idea de que el cambio debe ser lo más reducido posible y cuestionar lo menos posible el statu quo. Al n y al cabo, ese mismo statu quo os está funcionando muy bien tanto a ti como a tus donantes. Ese fue precisamente el planteamiento que llevó al Senado estadounidense a no apoyar el sistema de límites máximos y comercio de derechos de emisión durante la Administración Obama, y el planteamiento que le explotó en la cara a Macron en Francia.

En cambio, los líderes enraizados en comunidades a las que el sistema actual está fallando de forma estrepitosa tienen la libertad de adoptar un enfoque muy distinto. Sus políticas climáticas pueden incluir un cambio profundo y sistémico porque ese cambio profundo es precisamente lo que necesitan sus bases para prosperar.

Durante décadas, el principal obstáculo para conseguir una legislación climática ha sido un enorme desajuste de poder. La oposición a la acción de las empresas de combustibles fósiles era encarnizada, creativa y tenaz, pero las políticas climáticas

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mercantilistas que llegaban a la agenda política, débiles y con mucha frecuencia injustas, en el mejor de los casos apenas suscitaban un apoyo tibio.

El Green New Deal, en cambio, ya está demostrando que tiene la capacidad de suscitar un movimiento de masas transversal; no a pesar de su ambición radical, sino justamente gracias a ella. Tal como las organizaciones pro justicia climática llevan muchos años argumentando, cuando quien lidera el movimiento son las comunidades que más tienen que ganar con el cambio van a por todas.

8. FORJARÁ NUEVAS ALIANZAS… Y SOCAVARÁ A LA DERECHA

Uno de los problemas del Green New Deal es que, al vincular la acción climática a tantos otros objetivos políticos progresistas, los conservadores se mostrarán más convencidos de que en realidad el calentamiento global no es más que un complot para colar subrepticiamente el socialismo en la política, de modo que la polarización política se intensi cará.

No hay duda de que en Washington los republicanos seguirán pintando el Green New Deal como una receta para convertir Estados Unidos en Venezuela; de eso podemos estar seguros. Pero esa inquietud pasa por alto uno de los mayores bene cios de abordar la emergencia climática como un vasto proyecto de infraestructura y regeneración de la tierra: nada cura más deprisa las divisiones ideológicas que un proyecto concreto que aporte empleos y recursos a las comunidades perjudicadas.

Una persona que supo entender muy bien esto fue Franklin D. Roosevelt. Cuando desplegó la red de campamentos que conformaban el Cuerpo Civil de Conservación, por ejemplo, concentró deliberadamente muchos de ellos en zonas rurales que habían votado contra él en las elecciones presidenciales. Cuatro años después, cuando esas comunidades habían experimentado de cerca los bene cios del New Deal, se habían hecho mucho menos

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vulnerables al fantasma de una potencial usurpación socialista del Gobierno agitado por los republicanos, y muchas votaron por los demócratas.

Cabe esperar que una implementación masiva de proyectos de infraestructura verde y rehabilitación de tierras que generen empleo tenga hoy un efecto similar. Algunas personas seguirán convencidas de que el cambio climático es una patraña; pero si es una patraña que crea puestos de trabajo de calidad y desintoxica el medio ambiente, especialmente en aquellas zonas donde la única alternativa de desarrollo económico que se ofrece es una prisión de máxima seguridad, ¿en realidad qué más da?

9. HEMOS NACIDO PARA VIVIR ESTE MOMENTO

Con mucho, el mayor obstáculo al que nos enfrentamos es la desesperanza, la sensación de que es demasiado tarde, de que lo hemos estado postergando durante demasiado tiempo y ahora es imposible hacer lo que tenemos que hacer en un plazo tan breve.

Y todo eso sería cierto si el proceso de transformación partiera de cero. Pero el hecho es que hay decenas de miles de personas y un montón de organizaciones que llevan décadas preparándose para dar un gran paso adelante al estilo del Green New Deal (siglos, en el caso de las comunidades indígenas que han estado protegiendo su forma de vida). Estas fuerzas han ido diseñando discretamente modelos locales y poniendo a prueba políticas encaminadas a dotar a la justicia de un papel esencial en nuestra respuesta climática; esto es, en la forma en que protegemos los bosques, generamos energía renovable, diseñamos el transporte público, y mucho más.

«¿Quién es la sociedad? —preguntaba en 1987 la entonces primera ministra británica Margaret atcher, justi cando su implacable ataque a los servicios sociales—. ¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias.»

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Esa sombría visión de la humanidad —que no somos más que una colección de individuos atomizados y familias nucleares, incapaces de hacer nada valioso y empeñados únicamente en hacernos la guerra unos a otros— ha dominado de forma absoluta el imaginario de la opinión pública durante mucho tiempo. No es de extrañar que muchos de nosotros creamos que nunca podremos afrontar con éxito el reto climático.

Pero más de treinta años después podemos a rmar, con la misma certeza con la que sabemos que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desintegran, que también esa ideología de «libre mercado» se está desvaneciendo. En su lugar, está surgiendo una nueva visión de lo que la humanidad puede llegar a ser. Surge de las calles, de las escuelas, de los lugares de trabajo e incluso de las sedes de los Gobiernos. Es una visión que a rma que somos todos nosotros, juntos, quienes conformamos el tejido de la sociedad.

Y cuando el futuro de la vida está en juego, no hay nada que no podamos lograr.

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AGRADECIMIENTOS

JONATHAN KARP, DE SIMON & SCHUSTER, participó en este libro desde su concepción hasta su publicación. Le agradezco su fe en mí, sus numerosas y útiles ideas editoriales, y su percepción de la necesidad de actuar con urgencia en relación con el estado de nuestro mundo. Lake Bunkley nos ayudó en cada paso del camino, y Jenna Dolan nos proporcionó una meticulosa corrección del original. Ha sido un placer trabajar una vez más con quien desde hace tiempo es mi editora, colaboradora y querida amiga Louise Dennys, de Penguin Random House Canada, que aportó muchas observaciones interesantes a este libro. Y todos estamos encantados de haber colaborado con el entregado equipo de Penguin Random House UK.

Mi amigo Anthony Arnove actuó como mi agente y encontró felices hogares de acogida para las traducciones del libro en todo el mundo, además de proporcionarme valiosos comentarios editoriales. Jackie Joiner mantuvo todas las piezas en movimiento, desde el lanzamiento del sitio web hasta la plani cación de la gira de presentación. Estaría perdida si no la tuviera como colega. A su vez, ambas estamos agradecidas a Julia Prosser, Shona Cook, Annabel Huxley y demasiadas otras personas para poder nombrarlas aquí a todas.

Rajiv Sicora, mi brillante colaborador desde Esto lo cambia todo, me ayudó en la investigación previa a la mayoría de los ensayos del libro. Sharon J. Riley fue la investigadora en «Temporada de humo» y «Los años del “Salto”». Jennifer Natoli y Nicole Weber realizaron una enorme contribución con nuevas investigaciones y actualizaciones. Doy las gracias asimismo a Eyal Weizman por permitirme utilizar su mapa de la línea de aridez tal como aparece en Forensic Architecture.

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Johann Hari fue un primer lector maravillosamente astuto, además de un afectuoso amigo. Vaya también mi agradecimiento a los editores originales de los artículos aquí reproducidos, especialmente a quienes desde hace tiempo son mis colegas y amigos: Betsy Reed, Roger Hodge, Richard Kim y Katharine Viner. No podría haber recorrido este camino sin la sabiduría y el apoyo de otros amigos y familiares, entre ellos Kyo Maclear, Bill McKibben, Eve Ensler, Nancy Friedland, Andréa Schmidt, Astra Taylor, Keeanga-Yamahtta Taylor, Harsha Walia, Molly Crabapple, Janice Fine, Seumas Milne, Jeremy Scahill, Cecilie Surasky, Melina Laboucan-Massimo, Bonnie Klein, Michael Klein, Seth Klein, Misha Klein, Christine Boyle, Michele Landsberg y el indomable Stephen Lewis. Courtney Butler y Fatima Lima protegieron el espacio que me permitió trabajar.

Durante todo el proceso de elaboración de este libro he contado con el respaldo de mi nueva comunidad de colegas de la Universidad Rutgers, entre ellos Jonathan Potter, Dafna Lemish, Juan González, Mary Chayko, Lisa Het eld y especialmente Kylie Davidson. Estoy en deuda con Gloria Steinem, quien con toda una vida de trabajo creó el puesto que actualmente ostento. Vaya asimismo mi agradecimiento a todos los miembros de e Intercept por dedicarse a un periodismo valiente y brindar un hogar tan cálido a mi trabajo; y lo mismo con respecto a Type Media Institute (anteriormente e Nation Institute), una entidad de la que soy miembro. El magní co equipo de e Leap trabaja todo el día, y todos los días, para convertir la visión expresada en estas páginas en una realidad viva para todos nosotros. Ellos constituyen para mí una inenarrable fuente de inspiración, al tiempo que nuestro equipo directivo, integrado por Leah Henderson, Katie McKenna y Bianca Mugyenyi, nos guía con incansable ambición y con anza.

Este libro está dedicado a la memoria de mi amigo y maestro Arthur Manuel, cuya ausencia ha dejado un vacío en mi vida y en los movimientos globales en favor de la justicia climática y la

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soberanía indígena. Doy las gracias a los miembros de toda la familia Manuel, que mantienen vivo su legado y nos muestran a todos qué es un auténtico liderazgo.

Mi esposo, Avi Lewis, me proporcionó maravillosos consejos editoriales, como ha hecho con todos los libros que he escrito. El hecho de que estuviera ocupado rodando documentales sobre el Green New Deal y ayudando a crear nuevas coaliciones en torno a este proyecto en varios países resultó de lo más divertido. Nuestro hijo, Toma, nos recuerda diariamente a ambos que el fracaso no es una opción.

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Créditos de los textos publicados

De algunos de los textos que componen el presente volumen existen otras versiones publicadas con anterioridad, con diversas modi caciones, bajo los siguientes títulos:

«Gulf Oil Spill: A Hole in the World», e Guardian, 18 de junio de 2010.

«Capitalism vs. the Climate», e Nation, 9 de noviembre de 2011.

«Geoengineering: Testing the Waters», e New York Times, 27 de octubre de 2012.

«How Science Is Telling Us All to Revolt», New Statesman America, 29 de octubre de 2013.

«Climate Change Is the Fight of Our Lives: Yet We Can Hardly Bear to Look at It», e Guardian, 23 de abril de 2014.

«Climate Change Is a Crisis We Can Only Solve Together», discurso de graduación de la promoción de 2015, College of the Atlantic, Bar Harbor (Maine), 6 de junio de 2015.

«A Radical Vatican», e New Yorker, 10 de julio de 2015.

«Let em Drown: e Violence of Othering in a Warming World», conferencia en memoria de Edward W. Said, Londres, 5 de abril de 2016; publicada en London Review of Books, 2 de junio de 2016.

«We Are Hitting the Wall of Maximum Grabbing», discurso de aceptación del Premio Sídney de la Paz, 11 de noviembre de 2016; publicado en e Nation, 14 de diciembre de 2016.

«Season of Smoke: In a Summer of Wild res and Hurricanes, My Son Asks “Why Is Everything Going Wrong?”», e Intercept, 9 de septiembre de 2017 (ayudante de investigación: Sharon J. Riley).

«Speech to the 2017 Labour Party Conference», Congreso Anual del Partido Laborista, Brighton (Reino Unido), 26 de septiembre de 2017.

«Capitalism Killed Our Climate Momentum, Not “Human Nature”», e Intercept, 3 de

agosto de 2018.

« ere’s Nothing Natural About Puerto Rico’s Disaster», e Intercept, 21 de septiembre

de 2018; artículo basado en los comentarios realizados el 20 de septiembre en la

concentración «Un año después de María», celebrada en el Parque Union Square de

Nueva York y organizada por UPROSE y OurPowerPRnyc.

« e Battle Lines Have Been Drawn on the Green New Deal», e Intercept, 13 de febrero

de 2019.

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Naomi Klein. Nacida en Montreal, Canadá, el 8 de mayo de 1970, es una periodista, investigadora y escritora de gran in uencia en el movimiento antiglobalización y el socialismo democrático.

Caracterizada por su trabajo independiente en los medios periodísticos, colaboró como columnista para los periódicos de corte progresista como el e Guardian de Londres y e Globe and Mail de Toronto. Naomi Klein ha participado en charlas en la sociedad Miliband de la London School of Economics y es doctora honoris causa en Derecho por la Universidad de King's College, de Nova Scotia. Alcanzó el puesto undécimo, el más alto logrado por una mujer, en el Sondeo Global de Intelectuales, un listado de los intelectuales más relevantes del mundo que confecciona la revista Prospect junto a la revista Foreign Policy.

Su ruptura con la globalización implicó el estudio de las in uencias del capitalismo de nales del siglo XX y del sistema de la

Tercera Vía, así como en el impulso del sistema de economía neoliberal y sus efectos en la cultura moderna de masas. Fruto de sus investigaciones, ha escrito varios libros como No Logo (2001),

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Vallas y ventanas (2003), La doctrina del shock (2007), Esto lo cambia todo (2014), Decir no no basta (2017), el guion del documental La Toma /  e Take (dirigido por Avi Lewis, centrado en la toma de una fábrica recuperada por sus trabajadores bajo control obrero como forma de lucha en contra de la globalización en el marco de la crisis argentina y las movilizaciones ciudadanas entre 2001 y 2002) y un gran número de artículos periodísticos y políticos.

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Notas

[1]. Las cifras se han recuperado desde entonces, y a principios de 2019 experimentaron un cambio rápido. Un estudio de enero de 2019 del Programa de Yale sobre la Comunicación del Cambio Climático observó que el 72 % de los estadounidenses describían el cambio climático como una cuestión «personalmente importante», lo que suponía un aumento de nueve puntos desde marzo de 2018. Una clara mayoría también entendía que el cambio climático ha sido provocado principalmente por la actividad humana. El estudio también observó que «casi la mitad de los estadounidenses (el 46  %) dicen que han experimentado personalmente los efectos del calentamiento global, un aumento de 15 puntos porcentuales desde marzo de 2015». También cabe destacar que una encuesta llevada a cabo en 2017 por el Centro de Investigaciones Pew observó que el 65  % de los estadounidenses apoyan la expansión de fuentes de energía libres de combustibles no fósiles, mientras que tan solo el 27 % apoyan el incremento del uso de combustibles fósiles. <<

[2]. La división entre partidos sigue siendo acusada: tan solo el 26  % de los republicanos conservadores creen en el consenso cientí co sobre el cambio climático. Sin embargo, entre los republicanos que se consideran liberales/moderados, la negación ha caído signi cativamente, ya que el 55 % ya acepta el papel de la humanidad en el calentamiento global, según un estudio llevado a cabo por la Universidad de Yale.

[3]. Puede que este sea el mayor cambio reciente de todos: una encuesta llevada a cabo en 2019 por el Centro de Investigaciones Pew indicó que el 44  % del electorado estadounidense cree que el cambio climático debería ser una prioridad principal, en comparación con el 26  % de 2011. Cabe también destacar que una encuesta llevada a cabo por la CNN en abril de 2019 sugiere que el cambio climático ya se ha convertido en la cuestión más importante para los votantes registrados del Partido Demócrata para las primarias presidenciales, por encima incluso de la sanidad.

[4]. El Centro sobre Políticas Energéticas Globales de la Universidad de Columbia informa de algunas tendencias recientes esperanzadoras: China ya se ha convertido en el líder mundial en energía eólica, solar e hidráulica. El consumo de carbón, que no había dejado de aumentar, cayó en un 3-4 % en 2017. Sin embargo, a pesar de que la indignación pública ante la contaminación tóxica del aire logró que se cerraran muchas plantas eléctricas alimentadas por carbón en China y que se detuviera la construcción de muchas otras, se informa de que se están construyendo cien plantas nuevas en otros países con participación china. En otras palabras, igual que Norteamérica y Europa reubicaron gran parte de sus emisiones en China junto con su producción, ahora China está reubicando una fracción de sus emisiones en otras partes más pobres del planeta. <<

[5]. Este es un problema sistémico. Según un estudio de 2014 publicado en Climate Change, los laboratorios de ideas que respaldan el negacionismo climático y otros grupos de defensa de intereses que constituyen lo que el sociólogo Robert Brulle llama «el contramovimiento del cambio climático» están reuniendo entre todos más de novecientos millones de dólares al año para su participación en toda una serie de causas de derechas, la mayoría en forma de «dinero oscuro», es decir, fondos de fundaciones conservadoras que no se pueden rastrear por completo.

[1]. Gates es uno de los fundadores de un grupo de investigación de la Universidad de Harvard que ha anunciado que acometerá un experimento de campo revolucionario basado en la inyección de aerosoles en la estratosfera en 2019, un plan que ha levantado considerable polémica y que ha sido pospuesto en varias ocasiones. Según el in uyente cientí co Kevin Trenberth, «la geoingeniería solar no es la respuesta» ante el fracaso en la reducción de emisiones. «Rebajar la radiación solar recibida afecta al clima y al ciclo hidrológico. Estimula las sequías, desestabiliza las circunstancias y podría provocar guerras. Los efectos secundarios son muchos y, sencillamente, nuestros modelos no son lo su cientemente buenos como para predecir los resultados.»

[1]. Ahora sabemos que gran parte de esa tercera «erre» no ha servido de nada: en las ciudades de todo Norteamérica vemos cómo montañas de envases de comida para llevar y publicidad que los consumidores creyeron que iban a ser enviadas a centros de reciclaje para ser convertidas en objetos más útiles son transportadas directamente a vertederos o son incineradas (ambas vías son grandes fuentes de gases de efecto invernadero). Esto ocurre porque China, en 2018, redujo de forma considerable la cantidad de desechos reciclables que estaba dispuesta a aceptar tras descubrir los graves impactos en la salud y el medio ambiente que esta industria de bajo margen estaba provocando.

[2]. Escribí a una amiga de Los Ángeles para ver cómo estaba después de que una gran lengua de fuego hubiese invadido la ciudad como una bestia del Apocalipsis. «Hubo días en los que el cielo era tan denso que sabía como el humo de segunda mano de las discotecas de los ochenta, y en todas partes solo se hablaba sobre planes de evacuación —me dijo—. Pero ahora todo el mundo ha vuelto a la normalidad, lo que hace que me pregunte qué tendrá que pasar para que la gente… no haga eso.» Ciertamente: ¿qué tendrá que pasar?

[1]. Este contexto debe ocupar un lugar prioritario en el diseño y la implementación de cualquier posible Green New Deal contemporáneo. Para evitar la repetición de esas pautas coloniales, habrá que integrar desde un primer momento el conocimiento y el liderazgo indígena, especialmente en lo relativo a los ambiciosos proyectos de plantación de árboles y restauración ecológica que tan necesarios son para reducir el carbono y proporcionar protección contra las tormentas a gran escala.

[2]. La idea de que el colapso climático no es obra de la humanidad como una unidad homogénea, sino más bien de una serie de proyectos imperialistas concretos, recibió un fuerte espaldarazo histórico a principios de 2019. En esa fecha, un equipo de cientí cos del University College de Londres publicó un artículo en Quaternary Science Reviews en el que se argumentaba de forma convincente que el período de enfriamiento global conocido como la «Pequeña Edad de Hielo», que tuvo lugar principalmente en los siglos XVI y XVII, se debió en parte al genocidio de pueblos indígenas de América que siguió al contacto europeo. Los cientí cos sostienen que, debido a los millones de muertes producidas por enfermedades y matanzas, enormes extensiones de tierra que anteriormente se habían utilizado para la agricultura fueron invadidas de nuevo por plantas y árboles silvestres, que capturaron carbono y enfriaron todo el planeta. «La Gran Mortandad de los Pueblos Indígenas de América condujo al abandono de la su ciente cantidad de tierra roturada como para que la absorción de carbono terrestre resultante tuviera un impacto detectable tanto en el CO2 atmosférico como en las temperaturas globales del aire en super cie», señala el artículo. El profesor Mark Maslin, uno de los coautores, se re ere a este fenómeno en términos escalofriantes como un «descenso del CO2 generado por un genocidio». <<

[3]. Según la Organización Internacional para las Migraciones, en 2016, el año en que se pronunció esta conferencia, murieron en la travesía la cifra récord de 5.143 migrantes.

[4]. En los últimos años, Europa ha adoptado con entusiasmo el modelo australiano. En un esfuerzo por restringir la inmigración, el Gobierno italiano ha colmado a la notoriamente ilegal Guardia Costera libia de fondos, entrenamiento, apoyo logístico y equipamiento, todo para que pueda interceptar los barcos de migrantes antes de que lleguen a aguas europeas. Al amparo de este nuevo sistema, los migrantes que sobreviven —miles de ellos siguen ahogándose— son conducidos por la fuerza de regreso a Libia y a lo que con frecuencia se describe como «campos de concentración», lugares donde la tortura, la violación y otras formas de abuso son generalizadas. Mientras tanto, varias organizaciones humanitarias internacionales, como Médicos sin Fronteras (MSF), que anteriormente habían salvado a miles de migrantes en el mar, se enfrentan a la criminalización y a la incautación de sus embarcaciones. A nales de 2018, cuando MSF se vio obligada a interrumpir las operaciones de su barco de rescate Aquarius, la directora general de la organización, Nelke Manders, comentaba: «Hoy es un día sombrío. Europa no solo ha sido incapaz de proporcionar su propia capacidad de búsqueda y rescate, sino que, además, ha saboteado activamente los intentos de salvar las vidas de otros. El n del Aquarius signi ca que habrá más muertes en el mar, y más muertes innecesarias que pasarán desapercibidas». <<

[1]. Pese a los múltiples intentos de Donald Trump de acelerar la construcción del oleoducto, de 8.000 millones de dólares, mediante una orden ejecutiva, en el momento de publicar este libro el proyecto permanece atascado en varios procesos judiciales.

[2]. El «Salto» fue, en muchos sentidos, una especie de plan proto Green New Deal, un intento de vincular una ambiciosa acción climática con una transición a una economía mucho más justa e inclusiva. Las fortalezas y las aquezas de nuestro experimento pueden revelarse útiles en la medida en que diversos países están intentando implementar el modelo del Green New Deal.

[3]. Véase <https://leapmanifesto.org/en/the-leap-manifesto/espanol>. (N. del t.)

[4]. Como ha argumentado recientemente el historiador Greg Grandin en e End of the Myth: From the Frontier to the Border Wall in the Mind of America, la promesa de avanzar a través de una frontera abierta en perpetua expansión ha sido la principal forma en que los políticos estadounidenses han resuelto los con ictos sociales y ecológicos. Cada vez que la agricultura irresponsable agotaba el suelo, o que un grupo de inmigrantes pobres (blancos) exigía mayor igualdad, la respuesta consistía en apoderarse violentamente de más tierras de los amerindios y expandir la esfera. Pero ahora se ha alcanzado el muro metafórico y ya no hay frontera disponible, sea geográ ca, nanciera o atmosférica. Grandin sostiene que Donald Trump y su muro deben entenderse como una reacción al desmoronamiento del mito de la frontera: sin frontera alguna que conquistar, Trump centra ahora toda su atención en atesorar la riqueza de Estados Unidos para su grupo de elegidos, mientras cierra la puerta a todos los demás. Esta es la razón por la que no es posible dejar morir tranquilamente los relatos nacionales obsoletos: hay que cuestionarlos con nuevos relatos que re ejen cómo ha evolucionado nuestro conocimiento y quiénes queremos ser; de lo contrario, se volverán infecciosos y aún más peligrosos. <<

[1]. Hay aquí un juego de palabras, puesto que, como es sabido, en inglés trump signi ca «triunfo». (N. del t.)

[2]. En 2016 y 2017, debido al calentamiento de las temperaturas oceánicas, la Gran Barrera de Coral experimentó una decoloración masiva que convirtió lo que antaño había sido una explosión de vida de colores brillantes en un blanco y sobrecogedor cementerio de aspecto fantasmal. Aproximadamente la mitad del vasto coral del arrecife murió en ese período. En abril de 2019 se publicó una nueva investigación que revelaba que el arrecife no se estaba recuperando. Como informaba la revista New Scientist: «En 2018 la cantidad de larvas de coral del arrecife se redujo en un 89  %, y alcanzó niveles históricos. “El coral muerto no tiene crías”, sostiene Terry Hughes, de la Universidad James Cook de Australia, que dirigió el trabajo».

[3]. Esta guerra ha entrado en una nueva fase, más letal, con la elección de Jair Bolsonaro como presidente de Brasil. Bolsonaro ha convertido en una prioridad la apertura de la Amazonia a un desarrollo sin restricciones y ha atacado los derechos sobre la tierra de los indígenas, y ha declarado amenazadoramente que «vamos a dar un ri e y un permiso de armas a cada granjero».

[1]. Esta cifra de muertos se vería superada solo un año después en la vecina Grecia, donde murieron unas cien personas en una serie de fuegos que arrasaron diversas zonas costeras a partir de Ática en el que sería el incendio más devastador en la historia de la Europa moderna. Al borde de un acantilado se encontraron los restos de una familia numerosa con los brazos y las piernas entrelazados: se habían abrazado unos a otros mientras se acercaban las llamas. «Instintivamente, al ver que se acercaba el n, se abrazaron», declaró el director de la Cruz Roja griega, Nikos Economopoulos, a un equipo de televisión.

[2]. Como ocurrió en noviembre de 2018 en Paradise, California, una población de 27.000 habitantes que quedó arrasada en el incendio más devastador de toda la historia de este estado.

[3]. Un año después, en 2018, el entonces secretario de Interior de Trump utilizó los incendios forestales récord de California para abrir con discreción grandes extensiones de bosque a la tala. Eso no era nada nuevo para Ryan Zinke, quien, en 2015, cuando era miembro del Congreso, copatrocinó una ley que amenazaba la protección medioambiental de los bosques públicos. Tres años después seguía repitiendo el mantra de que la deforestación era la mejor opción para frenar los incendios forestales. «Todos los años vemos arder nuestros bosques, y cada año se pide que se tomen medidas. Sin embargo, cuando se toman esas medidas y tratamos de limpiar los bosques de madera muerta o moribunda, o intentamos obtener madera de forma sostenible en áreas densamente pobladas y propensas a los incendios, se nos ataca con frívolos litigios de ecologistas radicales que preferirían ver arder forestas y comunidades antes que ver a un leñador en el bosque». No hay duda de que California necesita tanto una mejor gestión forestal como una política de uso de la tierra más sensata. Pero teniendo en cuenta el papel indispensable que desempeñan los árboles para mantener el carbono fuera de la atmósfera, lo último que deberíamos hacer es aumentar la deforestación en nombre de la prevención de incendios. <<

[4]. Ese sombrío récord se rompería tan solo un año después, durante la histórica temporada de incendios de 2018.

[5]. En Estados Unidos y Canadá se celebra el primer lunes de septiembre. (N. del t.)

[1]. En junio de 2017 se produjo un incendio en un edi cio de veinticuatro plantas de viviendas de protección o cial en North Kensington, Londres, en el que murieron más de setenta personas. La investigación posterior reveló que varias negligencias habían contribuido a que el edi cio resultara especialmente vulnerable a las llamas, entre ellas el revestimiento plástico que se había instalado para mejorar el aspecto externo de la torre —que resultó ser hiperin amable—, el escaso mantenimiento del equipamiento contra incendios, el mal funcionamiento del sistema de ventilación y la falta de salidas de incendios.

[2]. En las elecciones generales de 2017, el Partido Laborista incrementó su porcentaje de votos más que en ningunas otras elecciones desde 1945. Por su parte, los conservadores perdieron la mayoría, pero se aferraron al poder formando una coalición con el Partido Unionista Democrático de Irlanda (DUP).

[3]. Momentum es un movimiento de base asociado al Partido Laborista que apoya a candidatos progresistas y hace que el partido se incline hacia la izquierda.

[1]. Cuando Rich amplió el artículo, en un libro publicado en 2019, corrigió la omisión.

[2]. El libro que, como menciona la autora, publicó Rich en 2019 basándose en el artículo al que aquí hace referencia lleva por título Losing Earth: e Decade We Could Have Stopped Climate Change [Perder la Tierra: la década en la que podríamos haber parado el cambio climático]. (N. del t.)


FIN

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