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EN LLAMAS
Un (Enardecido) Argumento
Naomi Klein
En Llamas
Un
(Enardecido) Argumento
A Favor Del
Green New Deal
Naomi Klein
Durante más
de veinte años, Naomi Klein ha sido la cronista más importante de la guerra
económica que se ha librado contra las personas y el planeta, y ha defendido
incansablemente un plan ecológico de gran alcance cuyo eje principal es la
justicia. Entre sus elegantes reportajes, escritos desde la primera línea de
catástrofes naturales contemporáneas, encontramos una serie de ensayos intensos
e indispensables para el público que nos traen advertencias proféticas y
urgentes sobre el futuro que nos espera si nos negamos a actuar, así como
destellos de esperanza por un futuro mucho mejor. En llamas reúne, por primera
vez, más de una década de sus apasionados artículos y material inédito sobre
las abrumadoras consecuencias de nuestras elecciones políticas y económicas
inmediatas.
Estos
extensos artículos nos muestran la versión más profética y losó ca de Klein,
quien investiga la crisis climática no solo como un profundo desa o político
sino también como un reto espiritual e imaginativo. Profundiza en asuntos que
abarcan desde el con icto entre el tiempo ecológico y nuestra cultura del
«ahora perpetuo» hasta la inspiradora historia de la capacidad de los humanos
de cambiar y evolucionar rápidamente cuando se enfrentan a graves amenazas,
pasando por el ascenso de la supremacía blanca y las fronteras convertidas en
fortalezas como una forma de «barbarie climática», en lo que constituye una
llamada a la acción para salvar a un planeta que se encuentra al
borde del
abismo.
Con
crónicas desde la fantasmal Gran Barrera de Coral o los cielos sofocados por el
humo año tras año en el noroeste del Pací co, desde un Puerto Rico azotado por
un huracán o un Vaticano que trata de instigar una «conversión ecológica» sin
precedentes, Klein nos dice que solo lograremos estar a la altura del reto
existencial
planteado
por el cambio climático si estamos dispuestos a transformar los sistemas que
han provocado esta crisis.
Estas
páginas son una investigación de gran alcance que considera que la lucha por un
mundo más sostenibleno puede separarse de la lucha por nuestras vidas. Así, En
llamas captura la sofocante urgencia de la crisis climática, así como la
ardiente energía de un movimiento político en alza que exige un catalítico
Green New Deal.
Naomi Klein
En Llamas
Un
(Enardecido) Argumento
A Favor Del
Green New Deal
ePub r1.0
Titivillus
20.05.2025
Título
original: On Fire
Naomi
Klein, 2019
Traducción:
Ana Pedrero Verge y Francisco J. Ramos Mena
Diseño de
la portada: Jackie Seow
Ilustración
de la portada: Serhii Brovko
Editor
digital: Titivillus
ePub base
r3.0 (ePub 3)
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Índice de
contenido
Introducción:
«Nosotros somos el fuego»
Un agujero
en el mundo
El
capitalismo contra el clima
Geoingeniería:
tanteando las aguas
Cuando la
ciencia dice que la revolución política es nuestra única esperanza
El tiempo
climático versus el ahora constante
Deja de
intentar salvar el mundo tú solo
¿Un
Vaticano radical?
¡Que se
ahoguen! La violencia de la alterización en un mundo que se calienta Los años
del «salto»: cómo poner n al relato de la in nitud
Respuesta
en caliente sobre un planeta caliente Temporada de humo
Lo que está
en juego en nuestro momento histórico
Fue el
capitalismo el que mató nuestro impulso climático, no la «naturaleza humana»
La
catástrofe de Puerto Rico no tiene nada de natural
Serán los
movimientos los que con guren, o destruyan, el Green New Deal El arte del Green
New Deal
Epílogo:
breve argumentación en favor de un Green New Deal Agradecimientos
Créditos de
los textos publicados
Sobre la
autora
Para Arthur
Manuel
1951-2017
El futuro
no está predestinado a seguir un curso inevitable. Al contrario: podríamos
causar la sexta gran extinción masiva en la historia de la Tierra o podríamos
construir una civilización próspera y sostenible a largo plazo. Cualquiera de
las dos opciones es posible a partir de ahora.
KIM STANLEY
ROBINSON
INTRODUCCIÓN:
«NOSOTROS
SOMOS EL FUEGO»
UN VIERNES
DE MEDIADOS DE MARZO de 2019 salieron de los colegios formando riachuelos,
burbujeantes por la emoción y el desa o que suponía aquel acto ilícito de
absentismo escolar. Aquellos riachuelos desembocaban en grandes avenidas y
bulevares, donde se unían a otras corrientes de niños y adolescentes que
coreaban y charlaban, vestidos con mallas de leopardo, impecables uniformes o
cualquier otro atuendo imaginable.
Esos
riachuelos no tardaron en convertirse en ríos caudalosos: cien mil asistentes
en Milán, cuarenta mil en París, ciento cincuenta mil en Montreal.
Sobre el
oleaje humano se mecían carteles de cartón: ¡NO
TENEMOS UN
PLANETA B! NO QUEMÉIS NUESTRO FUTURO. ¡NUESTRA CASA ESTÁ EN LLAMAS!
Algunas
pancartas eran más complejas. En la ciudad de Nueva York, una niña sostenía un
exuberante dibujo de delicados abejorros, ores y animales de la jungla. Desde
lejos parecía un mural escolar sobre la biodiversidad; visto de cerca, era un
lamento sobre la sexta extinción masiva: HEMOS PERDIDO EL 45 % DE
LOS
INSECTOS COMO CONSECUENCIA DEL CAMBIO CLIMÁTICO. EL 60 % DE LOS ANIMALES HAN
DESAPARECIDO EN LOS ÚLTIMOS CINCUENTA AÑOS. En el
centro
había pintado un reloj de arena en el que el tiempo estaba a punto de agotarse.
Para los
jóvenes que participaron en la primera huelga de estudiantes por el clima a
escala global, aprender se ha convertido en un acto de radicalización. Con sus
primeros cuentos, los libros de texto y las grandes producciones de
documentales aprendieron sobre la existencia de los antiguos glaciares, de los
deslumbrantes arrecifes de coral y los mamíferos exóticos que conforman el sin
n de maravillas que ofrece nuestro planeta. Y entonces, casi al mismo tiempo
—gracias a sus profesores, hermanos mayores o a las segundas entregas de esos
mismos documentales—, descubrieron que gran parte de aquella belleza ya ha
desaparecido, y que gran parte de la que queda gurará en la lista de
«extinguidos» antes de que ellos cumplan treinta años.
Pero saber
de la existencia del cambio climático no fue lo único que llevó a aquellos
jóvenes a abandonar en masa las aulas. A muchos de ellos también los motivó el
hecho de estar viviéndolo. A las puertas del Parlamento de Ciudad del Cabo, en
Sudáfrica, cientos de jóvenes en huelga exigieron a coro a sus líderes electos
que dejaran de aprobar proyectos de extracción de combustibles fósiles. No
hacía más de un año que esta ciudad de cuatro millones de habitantes había
padecido una sequía de tal gravedad que tres cuartas partes de la población se
enfrentó a la posibilidad de abrir el grifo y que no saliera ni una gota de
agua. CIUDAD DEL CABO SE ACERCA AL «DÍA CERO» DE LA SEQUÍA, rezaba uno de
tantos titulares de entonces. Para esos niños, el cambio climático no era algo
sobre lo que habían leído en los libros o a lo que temer desde la distancia,
sino que estaba tan presente en sus vidas y era tan urgente como la propia sed.
Ese fue
también el caso en la huelga por el clima celebrada en el país insular de
Vanuatu, en el Pací co, cuyos residentes viven con el miedo a que la costa se
erosione todavía más. Sus vecinas del Pací co, las Islas Salomón, ya han
perdido cinco islas por culpa de la subida del nivel del mar, y seis más corren
un alto riesgo de desaparecer para siempre.
«¡Elevad la
voz, no el nivel del mar!», coreaban los alumnos. En la ciudad de Nueva York,
diez mil niños y niñas de decenas
de colegios
se dieron cita en Columbus Circle y marcharon hacia la Trump Tower al canto de
«¡El dinero no importará cuando hayamos muerto!». Los adolescentes más mayores
de los allí presentes tenían recuerdos vívidos de cuando la megatormenta Sandy
azotó su ciudad costera en 2012. «Mi casa se inundó y yo no entendía nada
—recordaba Sandra Rogers—. Eso me motivó a investigar, porque en el colegio no
te enseñan estas cosas.»
La inmensa
comunidad puertorriqueña de la ciudad de Nueva York también salió en masa aquel
día atípicamente caluroso para esa época del año. Algunos niños llegaron
envueltos con la bandera de Puerto Rico para recordar que sus familiares y
amigos siguen sufriendo las consecuencias del huracán María: la tormenta de
2017 que dejó sin electricidad y agua a grandes fracciones del territorio
durante casi un año, en lo que constituyó un colapso total de las
infraestructuras que se cobró las vidas de aproximadamente tres mil personas.
Los ánimos
también estaban caldeados en San Francisco, donde más de mil alumnos en huelga
explicaron que padecen asma crónica por culpa de las industrias contaminantes
que hay en sus barrios, y cuya salud empeoró todavía más cuando el humo de un
incendio forestal ahogó al Área de la Bahía tan solo unos meses antes de la
huelga. Los testimonios fueron parecidos en las salidas de las aulas en la
región del Noroeste del Pací co, donde el humo de unos incendios sin
precedentes bloqueó el sol durante dos veranos seguidos. Poco tiempo antes, al
otro lado de la frontera norte, en Vancouver, la presión ejercida por los
jóvenes había surtido efecto al lograr que el Ayuntamiento declarara la
existencia de una «emergencia climática».
A más de
once mil kilómetros de distancia, en Delhi, los alumnos en huelga hicieron
frente a la siempre presente polución en el aire (a menudo la peor del mundo)
para gritar desde el interior de sus mascarillas quirúrgicas blancas: «¡Habéis
vendido nuestro futuro para obtener bene cios!». Al ser entrevistados, algunos
hablaron de las devastadoras inundaciones en Kerala que acabaron con la vida de
más de cuatrocientas personas en 2018.
El ministro
de recursos australiano, a quien tanto carbón parece haber confundido, declaró:
«Lo mejor que aprenderéis yendo a una manifestación es cómo hacer cola en el
paro». Lejos de ser disuadidos por semejantes declaraciones, ciento cincuenta
mil jóvenes acudieron a las plazas de Sídney, Melbourne, Brisbane, Adelaida y
otras ciudades. Esta generación de australianos ha decidido que, sencillamente,
no puede ngir que todo va bien. Y menos cuando, a principios de 2019, la ciudad
sureña australiana de Puerto Augusta alcanzó los 49,5 °C, una temperatura
propia de un horno. Y menos cuando la mitad del Gran Arrecife de Coral, la
estructura natural compuesta de criaturas vivas más grande del mundo, se ha
convertido en una fosa común submarina en plena descomposición. Y menos cuando,
en las semanas anteriores a la huelga, vieron cómo la conjunción de varios
incendios forestales se convirtió en una gran masa de llamas en el estado de
Victoria y obligó a miles de personas a abandonar sus hogares mientras, en Tasmania,
una serie de incendios incontrolados destruyeron bosques pluviales milenarios
incomparables a cualquier otro ecosistema del mundo. Y menos cuando, en enero
de 2019, una combinación de cambios extremos de temperatura y una mala gestión
del agua hizo que el país entero se levantara una mañana y se encontrara con
imágenes apocalípticas del río Darling atascado por culpa del millón de
cadáveres de peces que otaban en su super cie.
«Nos habéis
fallado de forma estrepitosa —dijo la organizadora de la huelga Nosrat Fareha,
de quince años, dirigiéndose a la clase política en su conjunto—. Merecemos más
que esto. Los jóvenes ni siquiera podemos votar, pero tendremos que convivir
con las consecuencias de vuestra inacción.»
En
Mozambique no hubo huelgas estudiantiles; el 15 de marzo, el día de la huelga
global, el país entero se estaba preparando para el impacto del ciclón Idai,
una de las peores tormentas de la historia de África que llevó a la población a
buscar refugio en las copas de los árboles a medida que subía el agua, y que
terminó cobrándose las vidas de más de mil personas. Y tan solo seis semanas
después, mientras todavía estaban limpiando los escombros, el país sería
azotado por el ciclón Kenneth, otra tormenta sin precedentes.
Vivan en el
lugar del mundo en el que vivan, los miembros de esta generación tienen algo en
común: son los primeros para quienes las perturbaciones climáticas a escala
planetaria no suponen una amenaza futura, sino una realidad vivida. Y no solo
en algunos lugares desafortunados, sino en todos y cada uno de los continentes,
y todas ellas están sucediendo a un ritmo signi cativamente más acelerado de lo
predicho por la mayoría de los modelos cientí cos.
Los océanos
se están calentando un 40 % más rápido de lo que predijeron las Naciones
Unidas hace tan solo cinco años. Y un extenso estudio sobre el estado del
Ártico que se publicó en abril de 2019 en la revista Environmental Research
Letters, encabezado por el reconocido glaciólogo Jason Box, descubrió que el
hielo en sus distintas formas se está derritiendo con tal rapidez que «ya es un
hecho que el sistema bio sico ártico se está alejando de las tendencias de su
estado en el siglo XX para acercarse a un estado sin precedentes cuyas
implicaciones no se limitarán únicamente a la región ártica». En mayo de 2019,
la Plataforma Intergubernamental Cientí co-Normativa sobre Biodiversidad y
Servicios de los Ecosistemas de las Naciones Unidas publicó un informe sobre la
asombrosa pérdida de fauna y ora en todo el mundo en el que advertía de que un
millón de especies de animales y plantas están en peligro de extinción. «La
salud de los ecosistemas de los que dependemos nosotros y todas las demás
especies se está deteriorando más rápidamente que nunca —dijo el presidente de
la Plataforma, Robert Watson—. Estamos erosionando los propios cimientos de las
economías, de los sustentos, de la seguridad alimentaria, de la salud y de la
calidad de vida en todo el mundo. Hemos perdido el tiempo. Debemos actuar de
inmediato.»
Y así,
mientras que en Estados Unidos los niños crecen practicando «simulacros de
tiroteos» a partir de la guardería, a muchos de esos alumnos se les han
cancelado días de colegio por culpa del humo de los incendios forestales, o han
aprendido a preparar una bolsa de evacuación en caso de huracán. Son muchos los
niños que han sido obligados a abandonar sus hogares para siempre porque una
sequía prolongada ha puesto n al modus vivendi de sus padres en Guatemala o ha
contribuido al estallido de una guerra civil en Siria.
Han pasado
más de tres décadas desde que los Gobiernos y los cientí cos empezaron a
reunirse o cialmente para discutir la necesidad de reducir las emisiones de gas
de efecto invernadero y reducir así los peligros de la crisis climática. En los
años que han transcurrido desde entonces, hemos oído cómo han instado in nitas
veces a la acción re riéndose a «nuestros hijos», a «nuestros nietos» y a las
«generaciones futuras». Nos dijeron que, por su bien, debíamos movernos con
rapidez y abrazar el cambio. Nos advirtieron que estábamos fracasando en
nuestro deber más sagrado, el de protegerlos. Se predijo que nos juzgarían con
dureza si no actuábamos en su nombre.
Pues bien,
ninguna de aquellas emotivas súplicas convenció a nadie, o al menos no a los
políticos y a sus inversores corporativos, quienes podrían haber actuado de
forma contundente para detener las perturbaciones climáticas que hoy todos
estamos sufriendo. Por el contrario, desde el inicio de aquellas reuniones
gubernamentales en 1988, las emisiones globales de CO2 se han intensi cado en
más del 40 %, y siguen creciendo. El planeta se ha calentado aproximadamente
1 °C desde que empezamos a quemar carbón a escala industrial, y las
temperaturas medias van por el camino de aumentar en la misma proporción hasta
cuatro veces antes de que este siglo llegue a su n; la última vez que hubo
tanto dióxido de carbono en la atmósfera como hoy, los humanos no existíamos.
¿Y qué hay
de todos esos hijos y nietos y generaciones futuras que se invocaban con tanta
soltura? Ya no son meros recursos retóricos. Ahora hablan (y gritan y se
declaran en huelga) por sí mismos. Y están alzando la voz los unos en nombre de
los otros como parte de un movimiento internacional emergente de niños y de una
red global de criaturas que incluye a todos los que se enamoraron de esos
asombrosos animales y maravillas naturales solo para terminar descubriendo que
todo está desapareciendo.
Y sí, estos
niños están preparados para presentar su veredicto moral ante todas las
personas e instituciones que eran perfectamente conscientes del peligroso y
diezmado mundo que heredarían y aun así decidieron no actuar.
Saben lo
que opinan de Donald Trump en Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil y Scott
Morrison en Australia y de todos los demás líderes que incendian el planeta con
una alegría desa ante mientras niegan un conocimiento tan básico que estos
niños han entendido sin problemas a los ocho años. Y su veredicto es igual de
condenatorio, o incluso más, cuando se trata de los líderes que pronuncian
discursos apasionados y emotivos sobre la necesidad imperiosa de respetar el
Acuerdo de París sobre el clima y «hacer que el planeta vuelva a ser
maravilloso» (como Emmanuel Macron de Francia, Justin Trudeau de Canadá y
muchos otros), pero que luego riegan de subvenciones, apoyos nancieros y
licencias a los gigantes de la industria agraria y de los combustibles fósiles
que fomentan la crisis ecológica.
Los jóvenes
de todo el mundo están abriendo en canal el corazón de la crisis climática al
hablar de su profundo anhelo por un futuro que creían poseer, pero que
desaparece un poco más cada día que los adultos dejan pasar sin hacer nada
respecto al hecho de que nos encontramos ante una emergencia.
Este es el
poder del movimiento de los jóvenes contra el cambio climático: a diferencia de
tantos adultos que ocupan posiciones de autoridad, a ellos todavía no les ha
enseñado nadie a enmascarar los insondables riesgos de este momento con un
lenguaje burocrático y de excesiva complejidad. Comprenden que están luchando
por el derecho fundamental de vivir vidas plenas; unas vidas en las que, en
palabras de Alexandria Villaseñor, estudiante de trece años en huelga por el
clima, no tengan que «escapar de las catástrofes».
Los
organizadores estiman que ese día de marzo de 2019 se convocaron casi dos mil
cien huelgas por el clima en ciento veinticinco países, en las que participaron
un millón seiscientos mil jóvenes. No está nada mal para un movimiento que
nació apenas ocho meses antes de la mano de una chica de quince años en
Estocolmo, Suecia.
EL
«SUPERPODER» DE GRETA
La chica en
cuestión es Greta unberg, y su historia nos enseña una serie de lecciones
importantes sobre qué hará falta para proteger la posibilidad de un futuro
habitable, pero no para esa idea abstracta de las «generaciones futuras», sino
para miles de millones de personas que viven aquí y ahora.
Como muchos
otros jóvenes, Greta empezó a aprender sobre el cambio climático cuando tenía
unos ocho años. Leyó libros y vio documentales sobre el colapso de las especies
y el derretimiento de los glaciares. Se obsesionó. Aprendió que el uso de
combustibles fósiles y la alimentación basada en la carne desempeñaban un papel
crucial en la desestabilización planetaria. Descubrió que existe un
asincronismo entre nuestras acciones y las reacciones del planeta, lo que signi
ca que un mayor calentamiento ya está asegurado, al margen de lo que hagamos.
A medida
que fue creciendo y aprendiendo, se centró en las predicciones cientí cas sobre
los cambios radicales que habrá experimentado la Tierra en 2040, 2060 y 2080 si
seguimos por el camino actual. Calculó mentalmente lo que esto supondría para
su vida: las conmociones a las que tendría que enfrentarse, la muerte que la
rodearía, las formas de vida que desaparecerían para
siempre,
los horrores y las privaciones que aguardarían a sus propios hijos, si
decidiera tenerlos.
Greta
también aprendió de los cientí cos que estudian el cambio climático que el peor
de los supuestos no era un desenlace inevitable: si actuáramos de forma radical
ahora mismo, reduciendo las emisiones un 15 % al año en los países ricos como
Suecia, la posibilidad de que su generación y las que vinieran después tuvieran
un futuro seguro aumentaría drásticamente. Todavía podríamos salvar algunos de
los glaciares. Todavía podríamos proteger a muchos países insulares. Todavía
podríamos evitar un fracaso masivo de las cosechas que obligaría a millones de
personas, si no a miles de millones, a abandonar sus hogares.
Si todo eso
fuera cierto, pensó, entonces «no estaríamos hablando de otra cosa […]. Si el
uso de combustibles fósiles fuera tan nocivo que amenazara nuestra propia
existencia, ¿cómo podríamos seguir como siempre? ¿Por qué no se restringe ese
uso? ¿Por qué no se ilegaliza?».
No tenía
ningún sentido. Resultaba obvio que los Gobiernos, especialmente en los países
ricos en recursos, deberían encabezar la lucha por implementar una transición
ágil en el transcurso de una década de forma que, cuando ella tuviera unos
veinticinco años, los patrones de consumo y las infraestructuras sicas se
hubiesen transformado profundamente.
Y, aun así,
su Gobierno, un supuesto líder en la cuestión climática, estaba reaccionando a
un ritmo mucho más lento y, de hecho, las emisiones globales seguían en
aumento. Era una locura: el mundo ardía y, mirara adonde mirara, Greta veía que
la gente se dedicaba a cotillear sobre famosos, a hacerse fotos imitándolos y a
comprarse coches y ropa nueva que no necesitaban, como si tuviéramos todo el
tiempo del mundo para extinguir las llamas.
A los once
años, había caído en una profunda depresión. Fueron muchos los factores que
contribuyeron a su situación, algunos relacionados con el hecho de ser
diferente en un sistema educativo que espera que todos los niños sean
prácticamente iguales. («Era la niña invisible al fondo de la clase.») Pero
también sentía una tristeza y una impotencia inmensas acerca del estado de
rápido deterioro del planeta y de la inexplicable falta de acción de quienes
ostentaban el poder para hacer algo al respecto.
unberg dejó
de hablar y de comer. Cayó gravemente enferma. Con el tiempo, se le diagnosticó
mutismo selectivo, un trastorno obsesivo-compulsivo y una forma de autismo
antes conocida como síndrome de Asperger. Este último diagnóstico ayudó a
explicar por qué todo lo que había aprendido sobre el cambio climático le había
afectado mucho más y de una forma más personal que a muchos de sus compañeros.
Las
personas con autismo tienden a ser enormemente literales y, como consecuencia,
suelen tener problemas a la hora de lidiar con la disonancia cognitiva, es
decir, todas esas brechas entre lo que sabemos intelectualmente y lo que
realmente hacemos y que tan presentes están en la vida moderna. Muchas personas
que se encuentran dentro del espectro del autismo también suelen ser menos
propensas a imitar los comportamientos sociales de quienes los rodean —a menudo
ni siquiera perciben su presencia— y, por el contrario, tienden a forjarse un
camino propio y único. A menudo, esto los lleva a concentrarse con gran
intensidad en los campos que les despiertan un interés especial, y es frecuente
que les cueste dejar de lado dichos campos de interés (un comportamiento que se
conoce como compartimentación). «Para quienes nos encontramos dentro del
espectro —explica unberg —, casi todo es blanco o negro. No se nos da muy bien
mentir y, por lo general, no nos gusta participar en ese juego social del que
tanto parecéis disfrutar los demás.»
Estos
rasgos explican por qué algunas personas que comparten el diagnóstico de Greta
se convierten en consumados cientí cos o intérpretes de música clásica, puesto
que su gran capacidad de concentración facilita que consigan grandes
resultados. También ayudan a entender por qué, cuando unberg centró su
imperturbable atención en la crisis climática, se sintió completamente abrumada
y totalmente incapaz de protegerse del miedo y la tristeza. Veía y sentía todas
las repercusiones de la crisis y no podía dejar de pensar en ellas. Además, las
personas con quienes trataba (compañeros, padres y profesores) parecían
relativamente indiferentes a esa crisis, lo cual no le transmitía — como sí
ocurre con los niños cuya conexión social es más sólida— ninguna señal tranquilizadora
que le hiciera pensar que la situación no era tan grave. La aparente
despreocupación de su entorno solo lograba aterrorizarla todavía más.
Tal como
Greta y sus padres lo cuentan, salir de aquella peligrosa depresión dependió en
parte de encontrar formas de reducir la insoportable disonancia cognitiva entre
lo que había aprendido acerca de la crisis planetaria y el estilo de vida que
llevaban ella y su familia. Convenció a sus padres de que se unieran a ella y
se hicieran veganos, o al menos vegetarianos, y por encima de todo, de que
dejaran de volar. (Su madre es una conocida cantante de ópera, de forma que el
sacri cio no fue pequeño.)
Pero la
cantidad de carbono que no acababa en la atmósfera como consecuencia de estos
cambios en su estilo de vida era ín mo. Greta era plenamente consciente de
ello, pero convencer a su familia de vivir de una forma que empezara a re ejar
la emergencia planetaria ayudó a aliviar su tensión mental hasta cierto punto.
Al menos ahora, con sus pequeñas contribuciones, no estaban ngiendo que todo
iba bien.
Sin
embargo, el cambio más importante que llegó de la mano de unberg no tuvo nada
que ver con comer o volar, sino con hallar una forma de demostrar al resto del
mundo que había llegado el momento de dejar de actuar como si todo lo que
hacíamos fuera normal, cuando lo normal nos estaba llevando de cabeza al
desastre. Si lo que ansiaba desesperadamente era que los políticos con poder
adoptaran el enfoque propio de una emergencia en la lucha contra el cambio
climático, debía asegurarse de que su vida re ejara dicho estado de emergencia.
Así es
como, a la edad de quince años, decidió dejar de hacer lo que se espera que
todos los niños hagan cuando todo es normal: ir al colegio a prepararse para su
futuro como adultos.
«¿Por qué
—se preguntaba Greta— deberíamos estudiar para un futuro que podría desaparecer
pronto, cuando nadie está haciendo nada en absoluto para salvar dicho futuro?
¿Y qué sentido tiene aprender datos en el sistema educativo, cuando es evidente
que los hechos más importantes aportados por la ciencia más so sticada salida
de ese mismo sistema educativo no importan lo más mínimo a nuestros políticos y
a la sociedad?»
Así que, en
agosto de 2018, cuando empezó el curso escolar, unberg no fue a clase. Fue al
Parlamento de Suecia y acampó en la puerta con un cartel pintado a mano que
rezaba: EN HUELGA ESCOLAR POR EL CLIMA. Volvió un viernes tras otro, y pasaba
allí todo el día. Al principio, Greta, con su sudadera azul de segunda mano y
sus enmarañadas trenzas castañas, fue ignorada por completo, como si se tratara
de una incómoda mendiga que tiraba de la
conciencia
de personas estresadas y agobiadas.
Poco a
poco, su quijotesca protesta se granjeó algo de atención mediática, y otros
estudiantes, así como algunos adultos, empezaron a acudir con sus propias
pancartas. Luego llegaron las invitaciones para dar conferencias, primero en
manifestaciones sobre el clima, luego en congresos de la ONU, en la Unión
Europea, en TEDxEstocolmo, en el Vaticano, en el Parlamento británico. La
invitaron incluso a subir a aquella famosa montaña de Suiza para que se
dirigiera a los ricos y poderosos en el Foro Económico Mundial de Davos.
En todas
las ocasiones, sus intervenciones eran breves, sin adornos y enormemente
mordaces. «No son ustedes lo su cientemente maduros como para llamar a las
cosas por su nombre —les dijo a los negociadores sobre el cambio climático en
Katowice, Polonia—. Incluso de esa carga nos hacen responsables a nosotros, los
niños.» A los miembros del Parlamento británico les preguntó: «¿Se entiende mi
inglés? ¿Está encendido el micrófono? Porque estoy empezando a preguntármelo».
A los ricos
y poderosos de Davos que la elogiaron por haberles infundido esperanza, les
contestó: «No quiero su esperanza… Quiero que sientan pánico. Quiero que
sientan el miedo que yo siento todos los días. Quiero que actúen. Quiero que
actúen como lo harían ante una crisis. Quiero que actúen como si la casa
estuviera en llamas, porque lo está».
A un
ilustre público compuesto por directores ejecutivos, famosos y políticos que
hablaban de las perturbaciones climáticas como si se tratara de un problema
universal de cortedad de miras humana, les espetó: «Si todo el mundo es
culpable, entonces no hay nadie a quien culpar, pero sí que tenemos a quien
culpar […]. Algunas personas, algunas empresas, algunos dirigentes en concreto
son plenamente conscientes de los inestimables valores que han estado sacri
cando para seguir amasando cantidades inimaginables de dinero. —Hizo una pausa,
cogió aire y añadió—: Y creo que muchos de los que estáis hoy aquí pertenecéis
a ese grupo».
En el mayor
de los reproches que hizo al grupo de Davos no hubo ni siquiera palabras. En
lugar de alojarse en una de las habitaciones del hotel de cinco estrellas que
le ofrecían, plantó cara a temperaturas de −18 °C para dormir afuera, en una
tienda de campaña, acurrucada en un saco de dormir de un intenso color
amarillo. («No le tengo demasiado aprecio al calor», me confesó.)
Al hablar
ante aquellas salas repletas de adultos encorbatados que aplaudían y la
grababan en vídeo con sus teléfonos móviles como si se tratara de una estrella
de circo, a unberg raramente le temblaba la voz, pero la profundidad de sus
sentimientos —de pérdida, de miedo y de amor por el mundo natural— jamás pasaba
desapercibida. «Se lo suplico —dijo en un emotivo discurso dirigido a los
miembros del Parlamento Europeo en abril de 2019
—. Por
favor, no fracasen en esto.» Página 22
Y aunque
los discursos no cambiaron de forma radical las acciones de los legisladores de
aquellas majestuosas salas, sí alteraron las acciones de un gran número de
personas fuera de ellas. Prácticamente todos los vídeos de esta chica de ojos
encendidos se hicieron virales. Fue como si al gritarle «¡Fuego!» a nuestro
abarrotado planeta, Greta hubiese infundido a un enorme número de personas la
con anza que necesitaban para obedecer a sus propios sentidos y oler el humo
que se colaba por debajo de todas esas puertas cerradas a cal y canto.
Pero ahí no
acabaron sus logros. Escuchar a Greta explicar que la inacción colectiva en
cuanto al clima casi le había arrebatado las ganas de vivir pareció contribuir
a que otros sintieran el fuego de la supervivencia en sus propias entrañas. La
claridad de la voz de Greta validaba el intenso terror que tantos de nosotros
hemos estado reprimiendo y compartimentando sobre lo que signi ca vivir en
medio de la sexta gran extinción y rodeados de advertencias cientí cas que nos
advierten que, sencillamente, se nos ha acabado el tiempo.
De pronto,
los niños de todo el mundo habían tomado como referente a Greta, la niña que no
percibe pistas sociales, y empezaron a organizar sus propias huelgas
estudiantiles. En sus manifestaciones, muchos sostenían pancartas en las que se
leían algunas de sus palabras más punzantes: «QUIERO QUE SINTÁIS PÁNICO,
NUESTRA CASA ESTÁ EN LLAMAS». En una multitudinaria huelga de estudiantes en
Düsseldorf, Alemania, los manifestantes sostenían en alto un enorme muñeco de
papel maché que representaba a Greta, con el ceño fruncido y las trenzas
colgando, como la santa patrona de los niños cabreados de todo el mundo.
El viaje de
Greta —de ser una alumna invisible a la voz global de la conciencia— es
extraordinario, y si lo analizamos de cerca, tiene mucho que enseñarnos sobre
lo que tendremos que hacer para llegar a un puerto seguro. La exigencia
imperante de Greta es que toda la humanidad haga lo mismo que hizo ella con su
vida y en su familia: reducir el abismo entre el conocimiento sobre la urgencia
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de la
crisis climática y nuestro comportamiento. El primer paso es ponerle el nombre
de emergencia, porque solo cuando adoptemos la actitud propia de las
emergencias hallaremos la capacidad de hacer lo necesario para solucionarlo.
En cierto
sentido, nos está pidiendo, a quienes tenemos un cerebro de disposición más
típica —menos propenso a una concentración extraordinaria y más capaz de vivir
con contradicciones morales— que seamos más como ella. Y no le falta razón.
En épocas
normales carentes de emergencias, la capacidad de la mente humana de
racionalizar, de compartimentar y de distraerse con facilidad es una importante
estrategia de afrontamiento. Estos tres trucos mentales nos ayudan a superar el
día a día. Asimismo, nos resulta enormemente útil jarnos de forma inconsciente
en quienes nos rodean y en nuestros referentes para decidir cómo sentirnos y
actuar; de hecho, gracias a estas «pistas sociales» hacemos amistades y
construimos comunidades cohesionadas.
Sin
embargo, cuando se trata de dar la talla ante la realidad del desastre
climático, es fácil percatarse de que estos rasgos se convierten en nuestra
ruina. Nos tranquilizan cuando no deberíamos estar tranquilos, nos distraen
cuando no deberíamos distraernos y apaciguan nuestras conciencias cuando no
deberían ser apaciguadas.
En parte,
eso se debe a que si decidiéramos tomarnos las perturbaciones climáticas en
serio, prácticamente todos los aspectos de nuestra economía deberían cambiar, y
existen poderosos intereses a los que les gustan las cosas tal como están;
sobre todo a las corporaciones de combustibles fósiles, que llevan décadas
nanciando una campaña de desinformación, confusión y evidentes mentiras sobre
la realidad del cambio climático.
Como
consecuencia de ello, cuando la mayoría de nosotros miramos a nuestro alrededor
en busca de con rmación social sobre lo que nuestros corazones y mentes nos
dicen sobre las perturbaciones climáticas, nos enfrentamos a todo tipo de
señales
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contradictorias
que nos aseguran que no nos preocupemos, que estamos exagerando, que hay una in
nidad de problemas más acuciantes, una in nidad de objetos más brillantes en
los que centrarnos, que en cualquier caso nosotros no podremos cambiar las
cosas, etcétera. Y, desde luego, no ayuda que estemos tratando de surcar una
crisis de la civilización como esta en un momento en el que algunas de las
mentes más brillantes de nuestro tiempo están dedicando enormes esfuerzos a
concebir herramientas cada vez más ingeniosas que nos hagan correr en círculos
digitales persiguiendo el próximo chute de dopamina.
Puede que
todo ello explique el extraño lugar que la crisis climática ocupa en el
imaginario colectivo, incluso para aquellos a quienes el colapso climático nos
tiene aterrorizados. Ya podemos estar compartiendo artículos sobre el
apocalipsis de los insectos y vídeos virales de morsas cayéndose por un
precipicio porque el deshielo ha destruido su hábitat, que al momento siguiente
nos pondremos a comprar por internet y a convertir con empeño nuestras mentes
en un queso suizo al repasar Twitter o Instagram. O, si no, estamos dándonos
atracones de series de Net ix sobre el apocalipsis zombi que convierten nuestro
terror en entretenimiento, a la vez que con rmamos de forma tácita que, en
cualquier caso, en el futuro nos aguarda un colapso, así que ¿para qué molestarnos
en tratar de detener lo inevitable? También puede explicar por qué es posible
que algunas personas serias entiendan, por un lado, lo cerca que nos
encontramos de un punto de in exión irreversible y, por el otro, sigan tachando
de poco realistas e ingenuas a las personas que piden que tratemos la situación
como una emergencia.
«Creo que,
en muchos sentidos, los autistas somos normales y el resto de la gente es
bastante extraña», ha a rmado unberg, antes de añadir que le resulta útil no
distraerse con facilidad o que las racionalizaciones no la tranquilicen.
«Porque si las emisiones deben cesar, entonces debemos conseguir que las
emisiones cesen. Para mí, es o blanco o negro. No hay zonas grises cuando se
trata
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de la
supervivencia. O bien avanzamos como civilización, o bien no avanzamos. Tenemos
que cambiar.» Vivir con autismo es cualquier cosa menos fácil; para muchos, es
«una lucha eterna contra los colegios, los lugares de trabajo y los abusones.
Pero bajo las circunstancias adecuadas y contando con los ajustes necesarios,
puede convertirse en un superpoder».
La oleada
de movilizaciones juveniles que irrumpió en la escena mundial en marzo de 2019
no surge de una niña y su particular forma de ver el mundo. Greta se apresura a
puntualizar que la inspiración le vino de otro grupo de adolescentes que se
alzaron contra otro tipo de fracaso relacionado con la protección de su futuro:
los alumnos de Parkland, Florida, quienes lideraron una oleada nacional de
abandono de las aulas para exigir controles severos sobre la posesión de armas
después de que diecisiete personas fueran asesinadas en su colegio en febrero
de 2018.
Y Greta
tampoco es la primera persona de enorme claridad moral en gritar «¡Fuego!» ante
la crisis climática. Ha ocurrido multitud de veces durante las últimas décadas;
en realidad, es una especie de ritual de los foros anuales de las Naciones
Unidas sobre el cambio climático. Pero quizá porque aquellas primeras voces
pertenecían a personas negras o de piel oscura de Filipinas, las Islas Marshall
y Sudán del Sur, sus llamadas de atención altas y claras fueron historias de un
día, como mucho. unberg también señala que las huelgas por el clima fueron
fruto del trabajo de miles de líderes estudiantiles, sus profesores y
organizaciones de apoyo, muchas de las cuales llevaban años haciendo sonar las
alarmas climáticas.
Tal como
dice un mani esto publicado por alumnos británicos que secundaron la huelga por
el clima: «Puede que Greta unberg fuera la chispa, pero nosotros somos el
fuego».
Durante una
década y media, desde los reportajes que hice en Nueva Orleans con agua hasta
la cintura tras el huracán Katrina,
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he tratado
de descubrir qué está inter riendo con el instinto de supervivencia básico de
la humanidad, por qué hay tantas personas que no se comportan como si nuestra
casa estuviera en llamas cuando es tan evidente que lo está. He escrito libros,
grabado documentales, dado una in nidad de conferencias y cofundado una
organización ( e Leap) que se dedica, de una forma u otra, a explorar esta
cuestión y a tratar de ayudar a alinear nuestra reacción colectiva con la
escala de la crisis climática que vivimos.
Desde el
principio me di cuenta de que las teorías predominantes sobre cómo hemos
llegado al lo del abismo eran totalmente insu cientes. No estábamos actuando
—se decía—, porque los políticos estaban atrapados en ciclos electorales a
corto plazo, o porque el cambio climático parecía demasiado lejano, o porque
ponerle freno salía demasiado caro, o porque las tecnologías limpias todavía no
estaban listas. Todas las explicaciones tenían algo de cierto, pero fueron
perdiendo veracidad con el tiempo. La crisis no estaba lejos; estaba echando la
puerta abajo. El precio de los paneles solares se ha desplomado, y ahora
compite con los de los combustibles fósiles. Las tecnologías limpias y las
energías renovables crean mucho más empleo que el carbón, el petróleo y el gas
natural. Y en cuanto a los supuestos precios prohibitivos de las energías
limpias, se han invertido miles de millones en guerras eternas, rescates
bancarios y subsidios para los combustibles fósiles, en los mismos años en que
las arcas han estado prácticamente vacías para llevar a cabo la transición
climática. Tenía que haber, pues, algo más.
Este libro,
que reúne artículos extensos, opiniones argumentadas y conferencias públicas
escritas durante una década, re eja mi intento de investigar la existencia de
otro tipo de barreras, algunas económicas, otras ideológicas, y otras
relacionadas con historias más profundas sobre el derecho de ciertas personas a
dominar la Tierra y las personas que viven en ella, y que son las historias que
sustentan la cultura occidental.
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Los ensayos
que aquí presento a menudo recurren a los tipos de respuestas que podrían
lograr derribar dichas narrativas, ideologías e intereses económicos,
respuestas que entretejen crisis aparentemente independientes (económicas,
sociales, ecológicas y democráticas) para construir una historia común de
transformación de la civilización. Hoy, esta visión osada de las cosas se
integra cada vez más bajo el estandarte del llamado «Green New Deal».
He decidido
organizar las piezas de este libro según cuándo fueron escritas; por eso, el
mes y año originales aparecen al principio. Es una estructura que, a pesar de
implicar el regreso ocasional a un mismo tema, re eja la evolución de mi propio
análisis a medida que ponía a prueba cada idea en el mundo real y trabajaba en
colaboración con in nidad de amigos y compañeros dentro del movimiento global
de justicia climática. A excepción de
los ensayos
nales, centrados especí camente en el Green New Deal, que he ampliado de forma
signi cativa, me he resistido a la
necesidad
de modi car los textos y los he conservado prácticamente intactos, al margen de
aclaraciones sobre marcos temporales y algunos datos nuevos en forma de notas
al pie y epílogos puntuales.
Organizar
las piezas en orden cronológico ofrece un bene cio añadido importante: es un
inquietante recordatorio de que nos hallamos inmersos en una crisis
vertiginosa, aunque no siempre lo parezca. En la breve década que abarca este
libro, el planeta ha sufrido daños colosales e irreparables, desde el rápido
deshielo del mar Ártico hasta la extinción masiva de las barreras de coral. El
lugar del mundo del que procede mi familia, la costa oeste de la Columbia
Británica, ha sido testigo del colapso de ciertas especies de salmón del pací
co de las que dependen toda una serie de magní cos ecosistemas.
El mapa
político también ha sufrido grandes cambios en esta década. Ha presenciado el
resurgimiento de una derecha dura y cada vez más violenta, una fuerza que está
ganando poder por todo
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el mundo al
avivar el odio contra las minorías étnicas, religiosas y raciales; un odio que
a menudo se mani esta en forma de xenofobia contra el creciente número de
personas que se han visto obligadas a dejar sus países de origen. Estoy
convencida de que estas tendencias planetarias y políticas mantienen una
especie de diálogo letal entre ellas.
Las
referencias temporales presentes en este libro se asemejan al reloj de arena de
la pancarta de aquella estudiante en huelga: son una prueba fehaciente de que,
mientras nuestras sociedades no se comportan como si la casa estuviera en
llamas, esta no arde sin más como si se tratara de un GIF jo y en bucle. La con
agración acumula cada vez más calor, y hay partes irreemplazables de la casa
que están quedando reducidas a cenizas. Son partes que han desaparecido para
siempre.
En este
libro, pongo el énfasis en los países a los que a veces se denomina el mundo
anglosajón (Estados Unidos, Canadá, Australia y el Reino Unido) y en algunas
partes no anglófonas de Europa. En parte, es fruto de la casualidad, ya que
actualmente vivo y trabajo en Estados Unidos, he pasado la mayor parte de mi
vida en Canadá y he participado ampliamente en debates e iniciativas sobre el
cambio climático en Australia, el Reino Unido y otras partes de la Europa
occidental. Sin embargo, este énfasis surge sobre todo de mi constante intento
de comprender por qué los Gobiernos de estos países se muestran especialmente
beligerantes cuando se trata de emprender acciones climáticas signi cativas.
Todavía existe un importante segmento de la población (aunque por suerte es
cada vez menor) en cada uno de esos países que niega el hecho básico de que la
actividad humana está provocando que el planeta se caliente de forma peligrosa,
una verdad cegadora que no genera controversias ni oposición en la mayoría de
los lugares del mundo.
Incluso
cuando la negación total recula y parece nacer una época más progresista en lo
que al medio ambiente se re ere (en Estados Unidos con Obama, en Canadá con
Justin Trudeau), sigue
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siendo
extraordinariamente di cil que estos Gobiernos acepten la acuciante evidencia
cientí ca de que debemos dejar de ampliar la frontera de los combustibles
fósiles y que, de hecho, tenemos que empezar a reducir de forma paulatina su
actual producción. Australia, a pesar de su riqueza, insiste en ampliar de
forma masiva la producción de carbón; Canadá ha hecho lo mismo con las arenas
bituminosas; Estados Unidos, lo mismo con el petróleo de Bakken, con la
fracturación hidráulica para extraer gas natural y con la perforación en aguas
profundas, convirtiéndose así en el primer país del mundo en volumen de
exportaciones de petróleo; y el Reino Unido ha tratado de imponer operaciones
de fracturación hidráulica a pesar del enorme rechazo que suscitan y de las evidencias
que la relacionan con los terremotos.
Para tratar
de encontrarle algún sentido a todo esto, he explorado algunas de las formas en
que estas naciones encabezaron la creación de la cadena de suministro global
que dio lugar al capitalismo moderno, el sistema económico del consumo
ilimitado y la destrucción ecológica que se encuentra en el corazón de la
crisis climática. La historia empieza con el robo de personas en África y el
robo de tierras de los pueblos indígenas, dos prácticas brutales de
expropiación tan vertiginosamente rentables que generaron el excedente de
capital y el poder necesarios para iniciar la revolución industrial alimentada
por los combustibles fósiles y, con ella, el cambio climático provocado por la
actividad humana. Desde el primer momento, este proceso requirió de teorías
pseudocientí cas y también teológicas sobre la supremacía blanca y cristiana,
razón por la cual el ya fallecido teórico político Cedric Robinson planteó que
el sistema económico nacido de la convergencia de esos in ernos debería recibir
el nombre más apropiado de «capitalismo racial».
Las teorías
que racionalizaban que se tratara a las personas como si fueran materias primas
capitalistas que había que agotar y de las que había que abusar sin límites
coexistían con otras que justi caban que se tratara al mundo natural (bosques,
ríos,
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animales
terrestres y acuáticos) exactamente de la misma manera. Milenios y milenios de
sabiduría humana acumulada sobre cómo proteger y regenerar la naturaleza, desde
los bosques hasta las migraciones de los peces, quedaron relegados en bene cio
de la novedosa idea de que la capacidad de la humanidad para controlar el mundo
natural y la cantidad de riqueza que podía extraerse de él, sin miedo ni
consecuencias, no tenían límites.
Estas ideas
sobre la eterna abundancia de la naturaleza no son casuales en los países del
mundo anglosajón; son mitos fundacionales, arraigados en los relatos
nacionales. Las tierras que se convertirían en Estados Unidos, Canadá y
Australia y sus enormes riquezas naturales fueron vistas, desde los primeros
contactos con las naves europeas, como si fueran hermanas mellizas de los
poderes coloniales que se estaban quedando sin naturaleza que explotar en sus
respectivos países. Pero con el «descubrimiento» de esos «nuevos mundos»
aparentemente ilimitados, Dios les había concedido un indulto: Nueva
Inglaterra, Nueva Francia, Nueva Ámsterdam y Nueva Gales del Sur se
convirtieron en la prueba irrefutable de que los europeos jamás se quedarían
sin naturaleza que explotar. Y cuando una franja de ese nuevo territorio
quedara mermada o sobrepoblada, se limitarían a mover la frontera y a nombrar y
reivindicar nuevos «nuevos mundos».
En estas
páginas exploro este pecado original e imaginativo porque guarda relación con
la crisis climática desde muchos puntos de vista: la muerte negra del petróleo
de BP que se extendió por el golfo de México; el Vaticano y la «conversión
ecológica» del papa Francisco; los Estados Unidos de Trump que cogen lo que
quieren y se van; la extinción de la Gran Barrera de Coral, donde la nave del
capitán James Cook (un carguero de carbón reconvertido) quedó encallada, entre
otros. También trato de desentrañar la relación entre estas mitologías que se
desmoronan —a medida que la naturaleza demuestra que no es en absoluto inmune a
la explotación y a la extracción ilimitadas— y el aterrador
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resurgimiento
de los elementos más espantosos y violentos de los relatos coloniales por todo
el mundo anglosajón; es decir, los elementos que de enden el derecho de los
cristianos blancos, supuestamente superiores, a in igir una tremenda violencia
sobre aquellos a quienes han decidido clasi car como inferiores en una brutal
jerarquía humana.
No estoy
diciendo que esos países sean los únicos impulsores del colapso ecológico, ya
que ese no es en absoluto el caso. Esta crisis es global, y muchos otros países
han contaminado de forma temeraria durante el mismo período. (Véase lo que
sucede en cualquier petroestado o en cómo se han disparado las emisiones en
China e India). Pero la rápida aceleración del colapso climático, además de
coincidir en el tiempo con la exitosa globalización del elevado estilo de vida
de los consumidores en los países sobre los que hablo en este libro, también ha
sido una consecuencia directa de esa misma globalización. Además, esos son
también los países que han estado contaminando a niveles extremadamente
elevados durante siglos y que, por lo tanto, estaban obligados, según la
Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que rmaron
sus Gobiernos, a encabezar la reducción de emisiones antes que los países en
vías de desarrollo. Tal como solían decir los o ciales de Estados Unidos
durante la invasión de Irak en 2003: «Lo rompimos, lo compramos».
UNA
EMERGENCIA POPULAR
Y aun así,
a pesar de la profundidad de esta crisis, algo igualmente profundo está
cambiando, y a una velocidad que me asombra. Mientras escribo estas líneas, el
planeta no es lo único que está en llamas. También lo están los movimientos
sociales que se alzan para declarar, desde abajo, una emergencia popular.
Además de las huelgas estudiantiles que se propagaron como el fuego, hemos
visto el auge de Extinction Rebellion, que estalló en la escena mundial y dio
lugar a una oleada de acciones directas no violentas
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y de
desobediencia civil, entre ellas los cortes de grandes partes del centro de
Londres. Extinction Rebellion está exigiendo a los Gobiernos que traten el
cambio climático como una emergencia, que implementen una rápida transición
hacia el uso de energías cien por cien renovables según la climatología, y que
desarrollen de forma democrática un plan sobre cómo implementar dicha
transición por medio de asambleas ciudadanas. Pocos días después de sus
acciones más radicales, en abril de 2019, Gales y Escocia declararon el estado
de «emergencia climática», y el Parlamento británico, presionado por los
partidos de la oposición, pronto siguió su ejemplo.
En el mismo
período, en Estados Unidos hemos sido testigos del meteórico auge del
movimiento Sunrise, que irrumpió en el escenario político al ocupar el despacho
de Nancy Pelosi, la demócrata más poderosa de Washington, DC, una semana
después de que su partido hubiese recuperado la Cámara de Representantes en las
elecciones de mitad de mandato de 2018. Sin desperdiciar ni un minuto en
felicitaciones, los miembros de Sunrise acusaron al partido de carecer de un
plan para reaccionar ante la emergencia climática. Apelaron al Congreso para
que adoptara de inmediato un plan de descarbonización rápida que fuera tan
ambicioso en cuanto a velocidad y alcance como el New Deal de Franklin D.
Roosevelt, el extenso conjunto de políticas diseñadas para luchar contra la
pobreza durante la Gran Depresión y el colapso ecológico del Dust Bowl («Cuenco
de polvo»).
Como autora
y organizadora, formo parte del movimiento climático global desde hace años, y
mi implicación me ha llevado a muchas manifestaciones de gran envergadura y
acciones masivas, entre las que se cuenta la Marcha por el Clima celebrada en
la ciudad de Nueva York en 2014, que reunió a cuatrocientas mil personas. He
cubierto y participado en los principales foros sobre el clima de las Naciones
Unidas en los que se hicieron las nobles promesas de estar a la altura del desa
o existencial de la
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humanidad
(Copenhague en 2009, París en 2014). Como miembro del comité de la organización
por el clima 350.org, formé parte del arranque del movimiento por la
desinversión que, en diciembre de 2018, logró que un grupo de inversores que
representaban un volumen de capital de ocho billones de dólares se
comprometieran a retirar sus inversiones en empresas de combustibles fósiles.
También he formado parte de varios movimientos, algunos de ellos fructíferos,
para evitar la instalación de nuevos oleoductos.
El
activismo que estamos presenciando hoy día es parte de esta historia y también
modi ca la ecuación por completo. Aunque muchas de las iniciativas mencionadas
fueron de gran envergadura, no dejaban de implicar principalmente a personas
que se identi caban como ecologistas y activistas climáticos. Si llegaban a
personas externas a dichos círculos, su implicación raramente se prolongaba más
allá de una única manifestación o lucha contra un oleoducto. Fuera del
movimiento climático, todavía era posible que la crisis planetaria cayera en el
olvido durante meses y meses o que apenas se mencionara en campañas electorales
cruciales.
El momento
actual es notablemente distinto por partida doble: en parte tiene que ver con
un creciente sentimiento de peligro, y en parte, con una nueva y desconocida
sensación de esperanza.
EL PODER
RADICALIZADOR DE LA CLIMATOLOGÍA
Un mes
antes de que los miembros de Sunrise ocuparan el despacho de la que pronto se
convertiría en la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, el Grupo
Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas
en inglés) publicó un informe que tuvo un impacto mayor que cualquier otra
publicación en los treinta y un años de historia de esta organización
galardonada con el premio Nobel de la Paz.
El informe
examinaba las implicaciones de mantener el aumento del calentamiento planetario
por debajo de 1,5 °C. A la luz
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del
incremento de los desastres naturales que ya estamos viendo con un
calentamiento de aproximadamente 1 °C, el informe determinaba que mantener las
temperaturas por debajo del umbral de 1,5 °C de incremento es lo mejor que
puede hacer la humanidad para evitar un desenlace a todas luces catastró co.
Pero
conseguirlo resultaría extremadamente di cil. Según la Organización
Meteorológica Mundial de las Naciones Unidas, si seguimos como hasta ahora,
habremos calentado el planeta entre 3 y 5 °C para nales de siglo. Cambiar el
rumbo de nuestro barco económico a tiempo para mantener el calentamiento por
debajo de 1,5 °C requeriría, según observaron los autores del IPCC, reducir las
emisiones globales aproximadamente a la mitad en tan solo doce años —al cierre
de este libro, quedan once— y llegar a 2050 con una huella de carbono cero. No
solo en un país, sino en todas las economías importantes. Y puesto que el
dióxido de carbono presente en la atmósfera ya ha sobrepasado con mucho los
niveles seguros, también requeriría la retirada de gran cantidad de dióxido de
carbono, ya sea mediante costosas tecnologías de captura de carbono que no han
sido probadas o mediante los métodos tradicionales: plantando miles de millones
de árboles y vegetación capaces de secuestrar carbono.
El informe
establece que no es posible llevar a término este cese acelerado de la
contaminación empleando enfoques tecnocráticos individuales como los impuestos
sobre el carbono, aunque esas herramientas deban utilizarse; sino que es
necesario cambiar de forma deliberada e inmediata los métodos usados en
nuestras sociedades para la producción de energía, el cultivo de alimentos, el
transporte y la construcción de edi cios. En la primera frase del informe se a
rma que lo que necesitamos es implementar «cambios rápidos, de gran alcance y
sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad».
Este no fue
en absoluto el primer informe aterrador sobre el clima, ni la primera vez que
reconocidos cientí cos instaban a la reducción radical de emisiones. Mis
estanterías están repletas de
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estudios
con conclusiones semejantes. Pero al igual que los discursos de Greta unberg,
la crudeza de los drásticos cambios sociales exigidos por el IPCC y la brevedad
de la línea temporal que esbozó para implementarlos enfocaron la mirada del ojo
público como nunca antes había sucedido.
En gran
medida, eso se debe a la fuente del informe. Después de que los Gobiernos se
unieran en 1988 para reconocer la amenaza del calentamiento global, las
Naciones Unidas crearon el IPCC para proporcionar a los legisladores la
información más able posible sobre la que fundamentar sus decisiones. Por eso,
el grupo sintetiza los mejores estudios cientí cos para establecer predicciones
que deben contar con el consenso de un gran número de cientí cos antes salir a
la luz, e incluso entonces, nada puede hacerse público antes de que los propios
Gobiernos den su aprobación.
Como
consecuencia de este laborioso proceso, las predicciones del IPCC han sido, por
lo general, notoriamente conservadoras y a menudo han subestimado los riesgos
de forma peligrosa. Y aun así, ahí estaba ese informe —nutrido de unas seis mil
fuentes, creado por casi cien autores y revisores— en el que se a rmaba con
claridad meridiana que si los Gobiernos hacían tan poco para reducir las
emisiones como actualmente se habían comprometido a hacer, estábamos destinados
a enfrentarnos a una serie de consecuencias que incluyen una subida del nivel
del mar que arrasaría ciudades costeras, la extinción total de las barreras de
coral y sequías que acabarían con las cosechas en vastas extensiones en todo el
mundo.
Los jóvenes
que hoy están en edad de ir al instituto seguirán en la veintena cuando las
emisiones globales ya deberían haberse reducido a la mitad para evitar tales
consecuencias. Y, sin embargo, las decisiones determinantes sobre si se
implementará dicha reducción —unas decisiones que moldearán sus vidas por
completo— se están tomando mucho antes de que la mayoría tenga incluso derecho
a voto.
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Ese fue el
telón de fondo de la cascada de movilizaciones masivas a favor del clima que
tuvieron lugar en 2019. Una y otra vez, en las huelgas y las manifestaciones,
se repetían las palabras «Solo nos quedan doce años». Gracias a la claridad
inequívoca del IPCC, así como a las experiencias directas y reiteradas de una
meteorología sin precedentes, nuestra conceptualización de esta crisis está
cambiando. Son muchas más las personas que están empezando a comprender que la
lucha no se centra en una entidad abstracta llamada «la Tierra». Estamos
luchando por nuestras vidas. Y ya no nos quedan doce años; ahora solo nos
quedan once. Y pronto solo serán diez.
EL GREEN
NEW DEAL ENTRA EN ESCENA
A pesar del
gran impacto que el informe del IPCC ha ejercido, puede que haya otro factor
relacionado con el subtítulo de este libro todavía más importante: las pugnas
desde muchos distritos de Estados Unidos y de todo el mundo para que los
Gobiernos respondan a la crisis climática mediante un Green New Deal de gran
alcance. La idea es sencilla: a la par que transformamos las infraestructuras
de nuestras sociedades a la velocidad y escala que exigen los cientí cos, la
humanidad tiene una de esas oportunidades que solo se presentan una vez cada
cien años para reparar un modelo económico que está defraudando a la mayoría de
las personas de muchas y distintas formas. Porque los factores que están
destruyendo el planeta también están destruyendo la calidad de vida en muchos
sentidos: desde la congelación de los salarios hasta las grandes desigualdades,
o los servicios que se están viniendo abajo, o la destrucción de cualquier cosa
que guarde algún tipo de parecido con la cohesión social. Hacer frente a estas
fuerzas subyacentes nos brinda la oportunidad de resolver a la vez varias
crisis que están entrelazadas.
Al abordar
la crisis climática podemos crear cientos de millones de empleos de calidad en
todo el mundo, invertir en las
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comunidades
y en los países a los que se excluye de forma sistemática, y garantizar la
sanidad y el cuidado de los niños, entre otras muchas cosas. Estas
transformaciones darían como resultado unas economías construidas tanto para
proteger y regenerar los sistemas de soporte vital del planeta como para
respetar y sustentar a las personas que dependen de ellos. También
contribuirían a una cosa más abstracta, pero igual de importante: en un momento
en el que nos encontramos cada vez más divididos en burbujas de información
selladas herméticamente, sin apenas ideas compartidas sobre en qué podemos con
ar e incluso qué es real, el Green New Deal podría infundirnos un sentido de
propósito colectivo; es decir, un conjunto de objetivos concretos en cuya
consecución trabajamos todos juntos. En escala, aunque no en los detalles, la
propuesta del Green New Deal se inspira en el New Deal original de Franklin
Delano Roosevelt, el cual ofrecía una respuesta a la pobreza y el colapso
provocados por la Gran Depresión por medio de una serie de políticas e
inversiones públicas, desde la introducción de la seguridad social y de
legislación sobre salarios mínimos hasta la separación bancaria, la instalación
de redes eléctricas en las zonas rurales de Estados Unidos y la construcción de
viviendas de bajo coste en las ciudades, así como la plantación de más de dos
mil millones de árboles y la implementación de programas de protección del
suelo en las regiones asoladas por el Dust Bowl.
Los
distintos planes que han surgido para una transformación al estilo del Green
New Deal imaginan un futuro en el que habremos aceptado el duro trabajo de la
transición, incluidos los sacri cios relacionados con el consumo basado en el
derroche. Pero, a cambio, la vida diaria de las personas trabajadoras habrá
mejorado en una in nidad de sentidos, pues habrá más tiempo para dedicar al
ocio y al arte, la vivienda y el transporte públicos serán verdaderamente
accesibles y asequibles, las profundas brechas salariales raciales y de género
acabarán de una vez por
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todas, y la
vida en la ciudad dejará de ser una batalla eterna contra el trá co, el ruido y
la contaminación.
Mucho antes
del informe del 1,5 °C del IPCC, el movimiento climático se había centrado en
el peligroso futuro que nos aguardaba si los políticos no actuaban.
Popularizamos y compartimos los datos cientí cos aterradores más recientes.
Dijimos que no a la construcción de nuevos oleoductos, a los yacimientos de gas
y a las minas de carbón; no a que las universidades, los Gobiernos locales y
los sindicatos invirtieran donaciones y pensiones en las empresas que
respaldaban esos proyectos; no a los políticos que negaban la existencia del
cambio climático y no a los políticos que decían lo que queríamos oír pero
hacían todo lo contrario. Todo eso fue crucial, y sigue siéndolo. Pero, aunque
hicimos sonar las alarmas, solo el relativamente pequeño sector del movimiento
preocupado por la «justicia climática» centró su atención en el tipo de
economía y de sociedad a las que aspirábamos.
Este fue el
revulsivo de la irrupción del Green New Deal en el debate político en noviembre
de 2018. Vestidos con camisetas que rezaban «TENEMOS DERECHO A TENER UN BUEN
EMPLEO Y UN FUTURO
DIGNO»,
cientos de jóvenes del movimiento Sunrise corearon lemas a favor del Green New
Deal, colocados en hileras a lo largo de los pasillos del Congreso, poco
después de las elecciones de mitad de legislatura. Por n se oyó un «sí» alto y
claro junto a los muchos «no» del movimiento climático; la historia de cómo
podría ser el mundo después de habernos embarcado en una profunda
transformación y un plan sobre cómo llegar hasta él.
El enfoque
del Green New Deal con respecto a la crisis climática, que parte de la base del
compromiso con la sociedad, no es nuevo. Este tipo de marco basado en la
«justicia climática» (en contraposición a la «acción climática», más genérica)
lleva muchos años utilizándose a escala local, y sus orígenes se remontan a los
movimientos de justicia medioambiental de Latinoamérica y Estados Unidos. Y el
concepto de un Green New Deal ha formado
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parte de
los programas de un puñado de pequeños partidos verdes de todo el mundo.
Mi libro de
2014, Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima, exploraba este tipo
de enfoque holístico en profundidad. El precedente histórico que utilicé
entonces procedía de una negociadora sobre asuntos climáticos de Bolivia
llamada Angélica Navarro Llanos, que pronunció una vehemente intervención en un
foro climático de las Naciones Unidas en 2009: «Necesitamos la movilización
masiva de mayor envergadura de la historia. Necesitamos un Plan Marshall para
la Tierra», declaró, re riéndose a cómo Estados Unidos, temeroso de la
ascendente Unión Soviética, había ayudado a reconstruir grandes partes de
Europa tras la Segunda Guerra Mundial. «Este plan debe movilizar una
transferencia nanciera y tecnológica a una escala nunca vista. Debe llevar la
tecnología a todos los países para asegurarnos de que reducimos las emisiones a
la vez que mejoramos la calidad de vida de las personas. Y solo tenemos una
década.»
Malgastamos
toda la década que siguió a ese llamamiento entreteniéndonos con remiendos y
negaciones, y jamás recuperaremos las maravillas que se han perdido como
consecuencia de ello, ni las vidas y los sustentos que han sido destruidos por
la misma razón. Navarro Llanos y sus compatriotas bolivianos han visto cómo los
majestuosos glaciares que proporcionan agua dulce al área metropolitana de La
Paz (que acoge a dos millones trescientos mil habitantes) menguan a una
velocidad alarmante. En 2017, los pantanos estaban tan bajos que se implementó
el racionamiento de agua en la capital y se declaró un estado de emergencia en
todo el país.
Pero esa
década perdida no hace que la profética llamada de Navarro Llanos sea menos
relevante, sino todo lo contrario, dado que, tal como el informe del IPCC dijo
con total claridad, cientos de millones de vidas penderán de un hilo con cada
medio grado de calentamiento que permitamos o evitemos.
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Hay otra
cosa que ha cambiado desde que se lanzó aquel llamamiento hace una década.
Antes, cuando los movimientos sociales y los Gobiernos de países pequeños
exigíamos este tipo de cosas, parecía que gritábamos ante un vacío político. No
contábamos con ningún cómplice en los Gobiernos de los países más ricos del
planeta que estuviera dispuesto a plantearse este tipo de enfoque de emergencia
para hacer frente a la crisis climática. Lo único que se ofrecía eran
mecanismos de mercado de efecto derrame, y cuando aparecía una recesión
económica, incluso esas proposiciones insu cientes e inadecuadas se evaporaban.
Pero, hoy,
ya no es ese el caso. Ahora existe un nuevo bloque de políticos en Estados
Unidos, Europa y el resto del mundo, algunos tan solo diez años mayores que los
jóvenes activistas reunidos en las calles, que están preparados para traducir
la urgencia de la crisis climática en políticas concretas y para unir los
puntos entre las múltiples crisis de nuestro tiempo. Entre esta nueva
generación política destaca Alexandria Ocasio-Cortez, quien, a los veintinueve
años, se convirtió en la mujer electa para el Congreso de Estados Unidos más
joven de la historia.
La
implementación de un Green New Deal era un punto del programa de su
candidatura. Poco después de ganar las elecciones, varias integrantes del
pequeño grupo de mujeres congresistas jóvenes a veces llamado «el escuadrón»
prometieron dar apoyo a su atrevida iniciativa, especialmente Rashida Tlaib, de
Detroit, y Ayanna Pressley, de Boston.
Así, cuando
cientos de integrantes del movimiento Sunrise fueron a Washington tras las
elecciones de mitad de legislatura para manifestarse y hacer sentadas, estas
representantes recién elegidas no guardaron una distancia de seguridad entre
ellas y los manifestantes. Por el contrario, lo que hicieron fue unirse a
ellos: Tlaib hizo un parlamento en una de aquellas manifestaciones (y llevó
caramelos para que los allí reunidos conservaran las fuerzas) y Ocasio-Cortez
se sumó a la sentada en el despacho de Nancy Pelosi.
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«Solo
quería deciros lo orgullosa que me siento de cada uno de vosotros por poneros a
vosotros mismos, a vuestros cuerpos y a todo lo demás en primera línea para
asegurarnos de que salvemos al planeta, a nuestra generación y a nuestro
futuro», les dijo a los manifestantes, a quienes recordó que «mi camino hasta
aquí empezó en Standing Rock», en referencia a su decisión de presentarse como
candidata para el Congreso tras participar en las protestas contra los
oleoductos encabezadas por los sioux de Standing Rock.
Tres meses
después, Ocasio-Cortez, junto al senador Ed Markey, de Massachusetts, presentó
frente al Capitolio una propuesta formal para un Green New Deal en la que se
esbozaban los puntos clave de la transformación. La propuesta del Green New
Deal empieza citando los aterradores datos cientí cos aportados y los breves
plazos establecidos en el informe del IPCC, e insta a Estados Unidos a adoptar
un enfoque radical con respecto de la descarbonización y a tratar de alcanzar
una huella de carbono cero en tan solo una década, en consonancia con la meta
de que el mundo entero llegue a ese punto para mediados de siglo.
En el marco
de esta extensa transición, esta propuesta exige enormes inversiones en
energías renovables, e ciencia energética y medios de transporte limpios. Para
conseguirlo, de ende que los niveles salariales y los bene cios de los
trabajadores que dejen los sectores de altas emisiones de carbono para unirse a
los sectores verdes deben ser protegidos, y considera que se debe garantizar un
empleo a todo aquel que desee trabajar. También exige que las comunidades que
han padecido los efectos más tóxicos de los sectores contaminantes (muchas de
ellas comunidades indígenas, negras y de piel oscura), se bene cien de las
transiciones y contribuyan a diseñarlas a escala local. Y por si no fuera su
ciente, termina con una serie de exigencias clave procedentes del creciente
sector socialista democrático del Partido Demócrata: sanidad universal, cuidado
de los niños y educación superior, todo ello gratuito.
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En
comparación con los borradores anteriores, este resultaba sorprendentemente
atrevido y progresista, pero tras él había tal ímpetu, especialmente entre los
votantes jóvenes, que rápidamente se convirtió en una prueba de fuego para
grandes sectores del partido. En mayo de 2019, cuando la campaña para presidir
el Partido Demócrata estaba en pleno apogeo, la mayoría de los candidatos
presidenciales más aventajados a rmaban darle apoyo, entre ellos Bernie
Sanders, Elizabeth Warren, Kamala Harris, Cory Booker y Kirsten Gillibrand.
Mientras tanto, había sido respaldado por ciento cinco miembros de la Cámara de
Representantes y del Senado.
La
aparición del Green New Deal signi ca que ahora no solo disponemos del marco
político para alcanzar los objetivos del IPCC en Estados Unidos, sino también
de un camino claro (aunque arduo) para convertirlo en ley. El plan es bastante
sencillo: se elige a un férreo defensor del Green New Deal en las primarias
demócratas; se entra en la Casa Blanca, la Cámara de Representantes y el Senado
en 2020; y se empieza a desplegar el primer día de la nueva administración
(igual que Roosevelt hizo con el New Deal primigenio en los famosos «primeros
cien días», cuando el presidente recién electo logró que quince leyes
importantes se aprobaran en el Congreso).
Si el
informe del IPCC fue la atronadora alarma contraincendios que captó la atención
del mundo entero, el Green New Deal es el inicio de un plan de seguridad y
prevención antiincendios. No se trata de un enfoque incompleto que se limita a
apuntar una pistola de agua a un incendio implacable, como tantas veces hemos
visto en el pasado, sino de un plan integral y holístico que pretende apagar el
fuego de una vez por todas. Especialmente si la idea se extiende por todo el
mundo, algo que ya está empezando a suceder.
Siguiendo
esa misma línea, en enero de 2019, la coalición política Primavera Europea (una
extensión de un proyecto llamado DiEM25, de cuyo grupo asesor formo parte)
lanzó un
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Green New
Deal para Europa, un plan detallado y de gran calado para integrar un programa
para la rápida descarbonización dentro de un programa de justicia social y
económica más amplio: «Desde un programa de inversión verde para atravesar la
transición ecológica mundial hasta un plan de nido para abordar la pobreza en
nuestro continente; desde un Pacto de Trabajadores a una Convención Europea
sobre los Derechos de las Mujeres y mucho más, el Green New Deal es el
documento de referencia para cualquiera que desee terminar con el dogma de que
“No existe ninguna alternativa” y devolver la esperanza a nuestro continente»,
anunció la coalición.
En Canadá,
una amplia coalición de organizaciones se ha unido para exigir un Green New
Deal, y el líder del Nuevo Partido Democrático ha adoptado este marco (aunque
no la totalidad de sus ambiciones) como un punto de su programa político. Lo
mismo ha ocurrido en el Reino Unido, donde el partido de la oposición, el
Partido Laborista, se encuentra (mientras escribo estas líneas) enfrascado en
una intensa negociación sobre si deben adoptar un programa al estilo del Green
New Deal, similar al que se está proponiendo en Estados Unidos.
Las
distintas versiones del Green New Deal que han surgido en el último año tienen
todas algo en común. Frente a las políticas anteriores, que no eran más que
pequeñas modi caciones de incentivos diseñados para provocar las mínimas
alteraciones en el sistema, el enfoque del Green New Deal consiste en un cambio
total del sistema operativo; es un plan para remangarnos y hacer lo que hay que
hacer. Los mercados desempeñan indudablemente un papel en esta visión, pero no
son los protagonistas de la historia: los protagonistas son las personas. Los
trabajadores que construirán las nuevas infraestructuras, los residentes que
respirarán aire limpio, los que vivirán en viviendas ecológicas y asequibles y
se bene ciarán del transporte público de bajo coste (o gratuito).
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A los que
defendemos este tipo de programas transformadores, en ocasiones, se nos acusa
de utilizar la crisis climática para promover una agenda socialista o
anticapitalista que antecede a nuestro interés por la crisis climática. Mi
respuesta es sencilla. Durante toda mi vida adulta he estado involucrada en
movimientos que hacían frente a la in nidad de formas en que nuestro sistema
económico actual despedaza las vidas de las personas y el medio ambiente en una
despiadada búsqueda de bene cios. Mi primer libro, No logo, publicado hace casi
veinte años, documentaba los costes humanos y ecológicos de la globalización de
las multinacionales, desde los talleres de explotación laboral en Indonesia
hasta los yacimientos de petróleo en el delta del Níger. He visto a chicas
adolescentes ser utilizadas como si fueran máquinas para que fabricaran
nuestras máquinas, y montañas y bosques convertidos en vertederos para llegar
al petróleo, el carbón y los metales que yacen debajo.
Resultaba
imposible negar los impactos dañinos e incluso letales de tales prácticas;
simplemente se aseguraba que eran los costes necesarios de un sistema que
estaba produciendo tanta riqueza que, con el tiempo, los bene cios se ltrarían
hacia abajo y mejorarían las vidas de prácticamente todas las personas del
planeta. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que la indiferencia por la vida que
manifestaba la explotación de los trabajadores de las plantas de producción y
la aniquilación de montañas y ríos ha
otado hacia
arriba hasta tragarse el planeta entero, y ha convertido tierras fértiles en
salares y hermosas islas en escombros, y aniquilado la vida y el color de unas
barreras de coral que antaño estuvieron llenas de vitalidad.
Admito
abiertamente que no entiendo la crisis climática como algo que se pueda separar
de las crisis más localizadas provocadas por el mercado que he documentado a lo
largo de los años; la diferencia reside en la escala y el alcance de la
tragedia, puesto que el único hogar del que dispone la humanidad pende de un
hilo. Siempre he sentido que la necesidad de cambiar de modelo
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económico
hacia otro mucho más humano era de una urgencia apremiante. Pero, ahora, esa
urgencia ha adquirido una nueva dimensión, porque se da la circunstancia de que
todos estamos presentes en el último momento posible en el que cambiar de rumbo
puede salvar vidas a una escala verdaderamente inimaginable.
Esto no
signi ca que todas las políticas climáticas deban desarticular el capitalismo
o, de lo contrario, deban ser ignoradas (tal como algunos críticos han a rmado
absurdamente). Necesitamos todas las acciones posibles para reducir las
emisiones, y las necesitamos ya. Pero lo que sí signi ca, tal como el IPCC ha
con rmado con tanta vehemencia, es que no lograremos nuestro objetivo a menos
que estemos dispuestos a abrazar un cambio sistémico económico y social.
LA HISTORIA
COMO MAESTRA Y COMO ADVERTENCIA
Los
expertos sobre la reducción de las emisiones llevan mucho tiempo debatiendo qué
precedentes históricos se deben invocar para incentivar el tipo de
transformaciones económicas de gran alcance que exige la crisis climática. Hay
muchos que se posicionan claramente a favor del New Deal de Franklin D.
Roosevelt porque demostró que las infraestructuras y los valores que rigen una
sociedad se pueden alterar de forma drástica en tan solo una década. Y no cabe
duda de que los resultados fueron asombrosos. Durante la década del New Deal,
más de diez millones de personas fueron contratadas directamente por el
Gobierno; la mayor parte de las zonas rurales de Estados Unidos tuvieron
electricidad por primera vez; se construyeron cientos de miles de nuevos edi
cios y estructuras; se plantaron dos mil trescientos millones de árboles; se
establecieron ochocientos nuevos parques estatales, y se crearon cientos de
miles de obras de arte públicas.
Además de
los bene cios inmediatos de sacar de la pobreza a millones de familias que
habían sido duramente castigadas por la
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Gran
Depresión, este frenético período de inversión pública dejó un legado duradero
que, a pesar de décadas de intentos de desmantelamiento, todavía sigue vivo. El
historiador Neil Maher, en su libro Nature’s New Deal [El New Deal para la
naturaleza], lo ilustra de una forma muy útil:
Hoy
conducimos por las carreteras construidas por la Works Progress Administration,
dejamos a nuestros hijos en colegios y sacamos libros de bibliotecas
construidas por la Public Works Administration, e incluso bebemos agua que nos
llega de los embalses construidos por la Tennessee Valley Authority. Estos y
otros programas del New Deal […] transformaron drásticamente el medio ambiente.
También alteraron las políticas estadounidenses al presentar el New Deal al
público estadounidense de formas que acentuaron el apoyo por el estado del
bienestar liberal de Roosevelt.
Otros
insisten en que los únicos precedentes que re ejan la escala y la velocidad del
cambio necesario en este escenario de crisis climática son las movilizaciones
de la Segunda Guerra Mundial, que llevaron a los poderes occidentales a
transformar sus sectores de fabricación y hábitos de consumo para luchar contra
la Alemania de Hitler. Es innegable que el alcance del cambio fue vertiginoso:
se cambiaron las herramientas de las fábricas para que produjeran barcos,
aviones y armas. Para que el ejército no careciera de alimentos y combustible,
los ciudadanos cambiaron radicalmente su estilo de vida: en Gran Bretaña,
prácticamente dejaron de conducir a menos que fuera por necesidad; entre 1938 y
1944, el uso del transporte público aumentó en un 87 % en Estados Unidos y en
un 95 % en Canadá. En 1943, veinte millones de familias estadounidenses (tres
quintas partes de la población) plantaron «jardines de la victoria» en sus
hogares y cultivaron el equivalente al 42 % de las verduras y hortalizas
frescas consumidas ese año.
Otros a
rman que, más que en los esfuerzos que se hicieron durante la guerra,
encontramos una analogía mejor en la reconstrucción que siguió a la guerra y,
más concretamente, en el Plan Marshall, una especie de New Deal para la Europa
occidental y del sur. El Gobierno de Estados Unidos invirtió miles de millones
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de dólares
para reconstruir una economía mixta en la Alemania Occidental que se ganara el
amplio apoyo de la población y dirimiera el creciente respaldo al socialismo (a
la vez que proporcionara un mercado para las exportaciones estadounidenses en
expansión). Con ello se logró la creación de empleo directo por parte del
Estado, grandes inversiones en el sector público, nanciación para las empresas
alemanas y el apoyo de sindicatos laborales sólidos. En general, esta acción se
percibió como la iniciativa diplomática de mayor éxito jamás llevada a cabo por
Washington.
En cada uno
de los mencionados precedentes encontramos debilidades y contradicciones
agrantes. Según la Union of Concerned Scientists (Unión de Cientí cos
Preocupados), el Ejército de Estados Unidos es, por sí solo, «el mayor
consumidor institucional de petróleo del mundo». Y los con ictos armados no
constituyen, por los devastadores costes que representan para la humanidad, la
naturaleza y la democracia, un modelo para el cambio social. Además, la amenaza
climática nunca se percibirá tan amenazadora como los nazis des lando, o al
menos no hasta que quede demasiado poco tiempo para que nuestro comportamiento
tenga un impacto signi cativo.
Las
movilizaciones en tiempos de guerra y los colosales trabajos de reconstrucción
posteriores fueron ciertamente ambiciosos, pero también fueron transformaciones
altamente centralizadas y verticalistas. Si deferimos a los Gobiernos centrales
de esta forma la iniciativa frente a la crisis climática, es posible que veamos
medidas sumamente corruptas que concentren todavía más el poder y la riqueza en
manos de un grupo reducido de grandes actores, sin mencionar los ataques
sistémicos contra los derechos humanos, un fenómeno que he documentado
reiteradamente en mis investigaciones sobre el capitalismo del desastre en los
períodos posteriores a las guerras, a l o s shocks económicos y a los fenómenos
meteorológicos extremos. La doctrina del shock del cambio climático es un
peligro
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real y
presente, los primeros indicios del cual expongo en estas páginas.
El New Deal
también representa una ideología que se encuentra lejos de ser óptima. La
mayoría de sus programas y protecciones se diseñaron tras una negociación con
los movimientos sociales y no se implementaron desde arriba como las medidas de
los tiempos de guerra. Pero el New Deal se quedó corto a la hora de sacar a la
economía de Estados Unidos de la recesión económica, que era su objetivo
principal, y sus programas favorecieron de forma desproporcionada a los hombres
blancos trabajadores. Los trabajadores domésticos y agricultores (muchos de
ellos negros) quedaron excluidos, así como muchos inmigrantes mexicanos (un
millón de ellos fueron deportados a nales de la década de 1920 y en 1930), y el
Cuerpo Civil de Conservación segregaba a los participantes afroamericanos y
excluía a las mujeres (excepto uno en el que las mujeres aprendían a hacer
conservas y otras tareas domésticas). Y a pesar de que los pueblos indígenas
obtuvieron ciertos bene cios gracias a los programas del New Deal, los derechos
sobre sus tierras fueron violados tanto a manos de enormes proyectos de
infraestructuras como de algunas iniciativas de conservación. Las agencias de
ayuda del New Deal, especialmente en los estados sureños, eran famosas por sus
sesgos contra las familias afroamericanas y mexicanas que se encontraban en
situación de desempleo.
La
propuesta del Green New Deal de Ocasio-Cortez y Markey se esfuerza
considerablemente en esbozar cómo pretende evitar que se repitan las mismas
injusticias, y cita como uno de sus objetivos principales «poner n, evitar la
repetición y asegurar la reparación de las opresiones históricas y actuales de
los pueblos indígenas, las comunidades de color, las comunidades migrantes, las
comunidades desindustrializadas, las comunidades rurales despobladas, los
trabajadores pobres y de rentas bajas, las mujeres, los ancianos, los sintecho,
los discapacitados y los jóvenes». Tal como dijo la congresista Ayanna Pressley
en una asamblea pública
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en Boston:
«No se trata solo de una oportunidad de arreglar […] el primer New Deal, sino
también de transformar la economía».
La mayor
limitación de todas estas comparaciones históricas, desde el New Deal hasta el
Plan Marshall, es que todas estas medidas juntas iniciaron y propagaron a gran
escala un estilo de vida basado en el crecimiento suburbano descontrolado y el
consumo de desechables que se caracteriza por las altas emisiones de carbono y
que constituye el factor principal de la crisis climática actual. La cruda
realidad, tal como expresa explícitamente ese informe del IPCC que cayó como
una bomba, es que «no existe un precedente histórico de la escala de las
transiciones que necesitamos, y en particular de su dimensión sostenible en lo
social y económico» (una referencia al hecho de que las emisiones globales solo
han disminuido de forma signi cativa durante los períodos de profundas crisis
económicas, como la Gran Depresión y tras el colapso de la Unión Soviética, y
de que las guerras que incitaron transformaciones sociales trepidantes
constituyeron catástrofes humanitarias y ecológicas).
Mi opinión
es que, por muy defectuosas que innegablemente sean cada una de estas analogías
históricas, estudiarlas e invocarlas sigue siendo de utilidad. Todas ellas, a
su manera, nos ofrecen un marcado contraste en comparación con las respuestas
gubernamentales que hemos visto hasta la fecha en relación con el colapso
climático. En cuestión de algo más de dos décadas, hemos sido testigos de la
creación de complejos mercados del carbono; de puntuales y reducidos impuestos
sobre el carbono; de la sustitución de un combustible fósil (el carbón) por
otro (el gas natural); de una serie de incentivos para que los consumidores
compremos distintos tipos de bombillas y electrodomésticos de e ciencia
energética; y ofertas de empresas que nos permiten optar por alternativas más
ecológicas si estamos dispuestos a pagar un precio más elevado. Y, aun así, tan
solo algunos países (entre los que destacan especialmente Alemania y China) han
invertido con la seriedad su ciente en el sector de las energías
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renovables
para que su despliegue se ajuste a la velocidad necesaria.
Lentamente,
empezamos a ver un cambio hacia un enfoque regulador más agresivo en un algunos
de países, siempre como consecuencia de fuertes presiones por parte de los
movimientos sociales. Algunos países, estados y provincias han implementado
prohibiciones o moratorias sobre la fracturación hidráulica para extraer gas
natural. Resulta signi cativo que el Gobierno de Nueva Zelanda haya anunciado
que no se van a conceder más licencias para perforaciones petrolíferas en alta
mar. El Gobierno de Noruega ha anunciado sus planes para prohibir la venta de
coches de motor de combustión interna a partir de 2025, una decisión que no
cabe duda acelerará el cambio hacia los vehículos eléctricos si sus agresivos
objetivos se extienden a otros países. Pero ningún Gobierno nacional de un país
rico se ha mostrado dispuesto a mantener un debate franco sobre la necesidad de
que los grandes consumidores consuman menos o de que las empresas de
combustibles fósiles paguen para arreglar el desastre que han creado.
¿Acaso
podría ser de otro modo? Los últimos cuarenta años de historia económica se han
caracterizado por el debilitamiento sistemático del poder de las esferas
públicas, el desmembramiento de los organismos reguladores, la bajada de
impuestos para los ricos y la venta de servicios esenciales al sector privado.
Y, mientras tanto, el poder sindical ha quedado seriamente mermado y se ha
educado al público en materia de impotencia: sea cual sea la magnitud del
problema —se nos ha dicho—, lo mejor es que lo dejemos en manos del mercado o
de los lántropos-capitalistas multimillonarios, que nos quitemos de en medio,
que dejemos de intentar arreglar los problemas desde la raíz.
Esa es
fundamentalmente la razón por la que los precedentes históricos desde la década
de 1930 y hasta la década de 1950 siguen siendo útiles. Nos recuerdan que un
enfoque distinto ante una crisis profunda siempre ha sido posible, todavía lo
es. Ante las
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emergencias
colectivas que marcaron aquellas décadas, la respuesta consistió en involucrar
a sociedades enteras, tanto a los consumidores individuales como a los
trabajadores, a los grandes fabricantes y a todos los estamentos del Gobierno,
en una profunda transición con unos objetivos claros y compartidos.
Las mentes
que solucionaron los problemas del pasado no buscaron una única «bala de plata»
o una «aplicación asesina», y tampoco se limitaron a poner remiendos y esperar
a que el mercado proporcionara soluciones. En todos los casos, los Gobiernos
activaron un torrente de herramientas políticas robustas: desde la creación
directa de empleo en las infraestructuras públicas hasta la plani cación
industrial o la banca pública. Estos capítulos históricos nos demuestran que,
si se alinean objetivos ambiciosos con mecanismos políticos contundentes, es
posible cambiar prácticamente todos los aspectos de la sociedad en un plazo de
tiempo extraordinariamente ajustado, que es lo que necesitamos hacer hoy frente
al colapso climático. Si no se hace es porque no se quiere, y no porque se
trate de una inevitabilidad de la naturaleza humana. En palabras de Kate
Marvel, climatóloga de la Universidad de Columbia y del Instituto Goddard de
Estudios Espaciales de la Nasa: «No estamos condenados (a menos que decidamos
estarlo)».
Estos
precedentes nos recuerdan algo igual de importante: no hace falta que tengamos
todos los detalles pensados antes de empezar. En todas y cada una de estas
movilizaciones pasadas hubo falsos inicios, improvisaciones y correcciones de
rumbo. Y, como veremos más adelante, las respuestas más progresistas se
implementaron únicamente como consecuencia de la infatigable presión ejercida
por poblaciones organizadas. Lo que importa es que pongamos en marcha el
proceso de forma inmediata. Como a rma Greta unberg: «No se puede resolver una
emergencia sin tratarla como una emergencia».
Ahora bien,
esto no signi ca que vaya a bastar con un New Deal pintado de verde o un Plan
Marshall con placas solares.
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Necesitamos
cambios de cualidades y naturaleza distintas. Necesitamos energía eólica y
solar distribuida y, siempre que sea posible, de propiedad comunitaria, a
diferencia del sistema energético del New Deal (hidráulico y de combustibles
fósiles; asesino de ríos, centralizado y altamente monopolístico). Necesitamos
viviendas urbanas de diseño atractivo que aseguren la integración racial y la
huella de carbono cero, y cuya construcción cuente con aportaciones
democráticas procedentes de las comunidades de color, que sustituyan a los
suburbios blancos de rápido crecimiento y a los proyectos de viviendas urbanas
segregados por razas de la posguerra. Necesitamos transferir poderes y recursos
a las comunidades indígenas, a los pequeños agricultores, rancheros y
pescadores sostenibles para que puedan encabezar el proceso de plantar miles de
millones de árboles, rehabilitar humedales y renovar el suelo, en lugar de
entregar todo el control de la conservación a las agencias militares y
federales, tal como ocurrió de forma tan generalizada con el Cuerpo Civil de
Conservación del New Deal.
Y a la vez
que insistimos en que hay que llamar a la emergencia por su nombre, debemos
vigilar constantemente que este estado de emergencia no se convierta en un
estado de excepción en el que los poderosos intereses fuercen falsas soluciones
para amasar bene cios y exploten el miedo y el pánico de la población para
restringir unos derechos que tantos esfuerzos costó conseguir.
En otras
palabras, debemos hacer algo que no hemos hecho nunca, y para ello deberemos
recuperar el sentido de posibilidad y el espíritu entusiasta de que se puede
hacer que tanto hemos echado de menos desde que Ronald Reagan anunció que «las
nueve palabras más peligrosas de la lengua inglesa son “Hola, soy del Gobierno
y he venido a ayudar”». Revivir el recuerdo histórico de este y otros períodos
de cambios colectivos acelerados puede ayudar a infundir una gran esperanza y a
extraer valiosas advertencias.
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Una
advertencia de las décadas de 1930 y 1940 que haríamos bien en recordar es que,
cuando las crisis sistémicas abren vacíos políticos e ideológicos, como está
ocurriendo hoy en día, las ideas más humanas y esperanzadoras como el Green New
Deal no son las únicas que cogen fuelle, sino que también lo hacen las ideas
violentas y llenas de odio. Y así se demostró con una fuerza aterradora en las
primeras huelgas estudiantiles globales el 15 de marzo de 2019.
EL ESPECTRO
DEL ECOFASCISMO
En
Christchurch, Nueva Zelanda, la huelga de estudiantes por el clima empezó de
una forma muy parecida a la que se vio en tantas otras ciudades y pueblos:
alumnos alborotados salieron del colegio en pleno día, portando pancartas que
exigían una nueva era de acción climática. Algunas eran bonitas y sinceras (YO
ESTOY A FAVOR
DE LA
TIERRA), y otras lo eran menos (¡LIMPIA LA TIERRA IGUAL QUE TE LIMPIAS EL
CULO!).
Sobre la
una del mediodía, unos dos mil estudiantes se habían dirigido a la plaza de la
catedral, en el centro de la ciudad, donde se agruparon alrededor de un
escenario improvisado y un equipo de sonido que les habían prestado para que
pudieran oírse los parlamentos y la música.
Se habían
reunido alumnos de todas las edades, y todo un colegio maorí se había unido a
la huelga. «Me sentí muy orgullosa de todo Christchurch —me dijo una de las
organizadoras, Mia Sutherland, de diecisiete años—. Todos habían sido muy
valientes. No era fácil salir a la calle.» El momento álgido, dijo, fue cuando
toda la multitud cantó el himno de la huelga Rise Up [Álzate], escrito por Lucy
Gray, de doce años, la primera en convocar la huelga de Christchurch. «Todo el
mundo estaba muy contento», recordaba Sutherland, puntualizando que se trataba
de una imagen poco frecuente en el país con los índices de suicidios de
personas jóvenes más elevados del mundo industrializado.
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Sutherland,
una adolescente enamorada de la naturaleza, empezó a preocuparse por las
perturbaciones climáticas cuando se dio cuenta de que afectaría a partes del
mundo natural que ella amaba; pero a medida que fue aprendiendo más cosas sobre
la subida del nivel del mar y la fuerza de los ciclones, y sobre el hecho de
que países enteros del Pací co estaban en riesgo, se convirtió para ella en un
problema de derechos humanos. «En Nueva Zelanda formamos parte de la familia de
las islas del Pací co — dijo—. Son nuestros vecinos.»
Ese día, en
la plaza no solo se reunieron estudiantes; también se les unió un puñado de
políticos, incluida la alcaldesa. Pero Sutherland y los demás organizadores
decidieron que no interviniesen: aquel día tocaba que los niños cogieran el
micrófono y los políticos escucharan. Como maestra de ceremonias, el cometido
de Sutherland era ir llamando a otros estudiantes para que fueran subiendo al
escenario a hablar, cosa que hizo, una y otra vez.
Justo
cuando Sutherland se estaba preparando mentalmente para pronunciar el último
testimonio del día, una de sus amigas tiró de ella y le dijo: «Tienes que
terminar. ¡Ya!». Sutherland no entendía nada. ¿Habían hecho demasiado ruido?
¡Estaban en su derecho! Y entonces, de repente, un agente de policía subió al
escenario y le arrebató el micrófono. «Todo el mundo fuera de la plaza —se oyó
decir al agente a través del equipo de sonido—. Marchaos a casa. Volved al
colegio. Pero que nadie se acerque a Hagley Park.»
Un par de
centenares de alumnos decidieron des lar hacia el ayuntamiento para que la
manifestación siguiera viva. Sutherland, todavía confundida, se fue a coger el
autobús; fue entonces cuando vio un titular en su teléfono sobre un tiroteo a
diez minutos de allí.
Tendrían
que pasar varias horas antes de que los jóvenes huelguistas comprendieran la
magnitud del horror de lo que había sucedido aquel día, y por qué les habían
dicho que no fueran al
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parque
cercano a la mezquita Al Noor. Ahora sabemos que, a la misma hora que los
estudiantes celebraban su huelga por el clima, un hombre de veintiocho años,
natural de Australia y residente en Nueva Zelanda, cogió el coche y se dirigió
a la mezquita, entró en ella a pie y, durante la oración de los viernes, abrió
fuego. Tras seis minutos de matanza, salió tranquilamente de Al Noor, se
dirigió a otra mezquita y allí siguió con su carnicería. Para cuando terminó,
cincuenta personas habían fallecido, entre ellas un niño de tres años. Otro
moriría unas semanas más tarde en el hospital. Cuarenta y nueve personas más
resultaron gravemente heridas. Fue la mayor masacre de la historia moderna de
Nueva Zelanda.
En su mani
esto (publicado en varias redes sociales) y en las inscripciones de su arma, el
asesino expresaba su admiración por los hombres que cometieron otras masacres
similares: en el centro de Oslo y en un campamento de verano en Noruega en 2011
(setenta y siete muertos); en la iglesia metodista africana Emanuel de
Charleston, Carolina del Sur, en 2015 (nueve personas asesinadas); en una
mezquita de Quebec en 2017 (seis personas asesinadas), y en la sinagoga Árbol
de la Vida, Pittsburgh, en 2018 (once personas asesinadas). Igual que todos
estos terroristas, el tirador de Christchurch estaba obsesionado con el
concepto del «genocidio blanco», una supuesta amenaza provocada por la
creciente presencia de poblaciones no blancas en países mayoritariamente blancos,
de lo cual culpaba a los «invasores» inmigrantes.
El horror
de Christchurch encaja con el patrón claro y en auge de crímenes de odio
perpetrados por la extrema derecha, pero también se desmarcó en ciertos
sentidos. Uno de ellos fue la forma en que el asesino planeó y ejecutó la
masacre como si fuera un espectáculo pensado para internet. Antes de iniciar su
asalto, anunció en la plataforma de mensajes 8chan que «ya es hora de dejar de
colgar mierdas y de publicar una acción real», como si una matanza masiva no
fuera más que un meme especialmente chocante esperando a ser compartido.
Entonces, gracias a un casco
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con cámara,
procedió a retransmitir sus asesinatos en directo a través de Facebook mientras
narraba la acción a sus seguidores imaginarios tanto en dicha red social como
en YouTube y Twitter («Muy bien, que empiece la esta») y aderezaba el ataque
con referencias super ciales a bromas internas de internet («Chicos, no
olvidéis suscribiros a PewDiePie», dijo, imitando el cebo estratégico de una de
las celebridades más importantes de YouTube).
Mientras el
vídeo se emitía en directo, los espectadores no denunciaron el crimen que se
estaba produciendo, sino que lo animaron con un torrente de emoticonos, memes
con dibujos de temática nazi y comentarios alentadores como «Así se dispara,
vaquero». Fue como si estuvieran viendo un juego de tiros en primera persona,
una analogía a la que el asesino ya se había adelantado en tono de burla en su
mani esto, donde bromeó sarcásticamente sobre que los videojuegos lo habían
empujado a hacerlo. El metahumor no cesó tras su detención, ya que el asesino
aprovechó su primera comparecencia ante el juez para hacer el gesto de «OK» con
la mano ante las cámaras, un gesto pensado para desencadenar una oleada de
debates necios sobre si todo aquel que haya utilizado dicho gesto alguna vez
era o no un supremacista blanco reprimido.
En todas
sus fases, este asesinato estuvo pensado para que se hiciera viral, cosa que
naturalmente consiguió, y dio pie a que los simpatizantes del tirador saltaran
a la acción para jugar al gato y el ratón con los censores y moderadores de
Facebook, YouTube y Reddit, entre otras páginas. Más tarde, YouTube informó de
que aquel vídeo snu había sido subido una vez por segundo durante las primeras
veinticuatro horas que siguieron al ataque.
El carácter
hipermediatizado de la masacre de Christchurch, junto al evidente intento del
asesino de gami car su «publicación de acción real», chocaba de una forma
insoportable con la dolorosa realidad de su terrible crimen; la realidad de las
balas atravesando cuerpos, de las familias rotas por el dolor y del mensaje
dirigido a
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la
comunidad musulmana global: no estaban seguros en ningún lugar, ni siquiera en
el espacio sagrado de la oración.
Este crimen
también representó un choque desgarrador con la convocatoria de los jóvenes que
habían secundado la huelga climática y que se habían reunido a la misma hora
con un propósito totalmente distinto. Mientras el asesino jugaba alegremente
con las fronteras entre los hechos, la cción y la conspiración, como si la idea
misma de la verdad fuera #FakeNews, los manifestantes insistían una y otra vez
en que las realidades como las de los gases de efecto invernadero acumulados y
las huellas de carbono y las extinciones vertiginosas importaban de verdad, y
exigían que los políticos cerraran la creciente brecha entre sus palabras y sus
acciones.
Greta
unberg había contribuido a que una gran cantidad de estudiantes abrieran los
ojos ante la gravedad de este momento de la historia, que dejaran de
distanciarse de sus miedos más profundos y lucharan pací camente por los
derechos de todos los niños. El asesino de Christchurch empleó una violencia
extrema para arrebatar a categorías enteras de personas su humanidad, incluso
mientras parecía encogerse de hombros como si, en realidad, nada de todo eso le
importara.
Cuando
hablé con ella seis semanas después de ese fatídico día, a Mia Sutherland
todavía le costaba separar la huelga de la masacre; de algún modo, se habían
fusionado en su memoria. «Nadie los ve como hechos independientes», me dijo, y
su voz era apenas un suspiro.
Cuando dos
o más acontecimientos intensos ocurren en poco tiempo, la mente humana suele
tratar de establecer conexiones que no existen; es un fenómeno conocido como
apofenia. Pero, en este caso, en realidad, sí hubo conexiones. De hecho, la
huelga y la masacre se pueden entender como reacciones opuestas ante algunas de
las mismas fuerzas históricas, lo cual tiene que ver con el otro sentido en que
el asesino de Christchurch se diferencia de otros supremacistas blancos
asesinos en masa en quienes él se
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inspiró
abiertamente. A diferencia de ellos, se identi ca de forma explícita como
«ecofascista y etnonacionalista». En su farragoso mani esto, enmarcó sus
acciones dentro de una especie de ecologismo retorcido al clamar contra el
crecimiento de la población y a rmar que: «La inmigración continuada que entra
en Europa es una guerra medioambiental».
Quiero
dejar claro que lo que motivó al asesino no fue la preocupación por el medio
ambiente, sino un odio racista sin adulterar, pero el colapso ecológico fue uno
de los factores que parecía avivar su odio, igual que está actuando como
acelerante del odio y la violencia en los con ictos armados de todo el mundo.
Lo que yo me temo es que, a menos que la forma en que nuestras sociedades
afrontan la crisis ecológica cambie signi cativamente, seremos testigos con
mucha más frecuencia de este tipo de ecofascismo supremacista blanco,
convertido en una racionalización rabiosa de la negación de asumir nuestras
responsabilidades climáticas colectivas.
En gran
parte, ello se debe al cálculo innegable del calentamiento. Esta crisis la han
provocado, en una proporción abrumadora, los estratos más ricos de la sociedad:
el 10 % más rico de la población mundial genera casi el 50 % de las emisiones
globales, mientras que el 20 % más rico es responsable del 70 %. Pero los más
pobres son los primeros y principales afectados por las consecuencias de estas
emisiones, las cuales están obligando a desplazarse a cantidades cada vez más
elevadas de personas (y a muchas más que están por venir). Un estudio del Banco
Mundial publicado en 2018 estima que, para 2050, más de ciento cuarenta
millones de personas del África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica se
desplazarán a causa de las presiones del clima, una estimación que muchos
consideran conservadora. La mayoría se quedarán en sus países, abarrotando
ciudades y barrios bajos ya sobrepoblados, pero muchos buscarán una vida mejor
en otro lugar.
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En
cualquier universo moral guiado por los principios de los derechos humanos
básicos, las víctimas de una crisis provocada por otros serían merecedoras de
justicia. Y dicha justicia adoptaría —debe adoptar— muchas formas. Para
empezar, la justicia exige que el 10-20 % más rico ponga n a la causa
subyacente de una crisis que no hace más que empeorar mediante la reducción de
las emisiones a la máxima velocidad que permita la tecnología (que es la
premisa del Green New Deal). La justicia también exige que nos hagamos eco del
llamamiento a un «Plan Marshall para la Tierra» que la negociadora por el clima
de Bolivia exigió hace una década: el despliegue de recursos en el sur global
para que las comunidades se puedan blindar contra los fenómenos meteorológicos
extremos, salir de la pobreza con tecnologías limpias y proteger sus modos de
vida en la medida de lo posible.
Cuando la
protección no sea posible —en los casos en que la tierra esté demasiado seca
para cultivarla y cuando el nivel de los mares suba demasiado rápido como para
contenerlos—, la justicia exigirá que reconozcamos inequívocamente que todas
las personas gozan del derecho humano de desplazarse y ponerse a salvo. Esto
signi ca que se les deberá garantizar asilo y estatus en cuanto lleguen. En
realidad, entre tanta pérdida y sufrimiento, es mucho más lo que se les debe:
se les debe amabilidad, compensación y una disculpa sincera.
En otras
palabras, las alteraciones climáticas exigen un ajuste de cuentas en el terreno
que más disgusta a las mentes conservadoras: el de la redistribución de la
riqueza, la compartición de los recursos y las reparaciones. Y un número cada
vez mayor de personas pertenecientes a la derecha dura son plenamente
conscientes de ello, y por eso están desarrollando toda una serie de razones
perversas que expliquen por qué todo esto no puede ocurrir.
La primera
fase es gritar «conspiración socialista» y negar rotundamente la realidad. Hace
ya tiempo que nos encontramos en esta fase. Fue el rumbo que tomó Anders
Breivik, el sociópata
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que abrió
fuego en un campamento de verano noruego en 2011. Breivik estaba convencido de
que, además de con la inmigración, la cultura occidental estaba siendo
debilitada mediante los llamamientos a que Europa y el mundo anglosajón pagaran
sus «deudas con el clima». En un apartado de su mani esto titulado «El verde es
el nuevo rojo: ¡Acabemos con el ecocomunismo!», donde cita a una serie de
famosos negacionistas climáticos, Breivik cali ca a las exigencias sobre la
nanciación climática de un intento de «“castigar” a los países europeos
(Estados Unidos incluido) por el capitalismo y el éxito». La acción climática,
a rma, «es la nueva redistribución de la riqueza».
Pero si la
negación rotunda les pareció una estrategia viable entonces, nueve años más
tarde (de los cuales seis se han encontrado entre los diez más calurosos jamás
registrados), lo es menos. Sin embargo, eso no signi ca que los negacionistas
de entonces de pronto vayan a aceptar una respuesta ante la crisis climática
basada en marcos internacionales pactados. Es bastante más probable que muchos
de los que hoy a rman negar el cambio climático adopten la visión del mundo
respaldada por el asesino de Christchurch, el reconocimiento de que es cierto
que nos enfrentamos a un futuro convulso y que precisamente por eso los países
ricos y mayoritariamente blancos deben forti car sus fronteras, así como su
identidad como cristianos blancos, y hacer la guerra contra cualquier
«invasor».
Dejarán de
negar el cambio climático; lo que ahora negarán será la idea de que los países
que han emitido las cantidades de carbono más elevadas a lo largo de la
historia les deben algo a las personas negras y de piel oscura que se han visto
afectadas por dicha polución. Lo negarán esgrimiendo la única razón posible:
que las personas no blancas y no cristianas son inferiores, los «otros»,
invasores peligrosos.
En gran
parte de Europa y del mundo anglosajón, este endurecimiento de las posiciones
ya lleva tiempo produciéndose. La Unión Europea, Australia y Estados Unidos han
implementado
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políticas
de inmigración que no son más que variantes de la «prevención mediante la
disuasión». Su despiadada lógica consiste en tratar a los migrantes con tal
brutalidad y crueldad que las personas desesperadas no se planteen cruzar las
fronteras para tratar de ponerse a salvo.
Con esto en
mente, se está dejando que los migrantes se ahoguen en el Mediterráneo o mueran
deshidratados en el desierto de Arizona. Y si sobreviven, son sometidos a
condiciones equivalentes a la tortura en las diversas partes del mundo: en los
campamentos de Libia, a los que los países europeos ahora envían a los
migrantes que tratan de llegar a sus costas; en los campos de detención que
Australia ha habilitado en una isla; en el cavernoso Walmart convertido en
cárcel de niños en Texas. En Italia, si los migrantes logran llegar a un
puerto, lo habitual es que se les impida desembarcar y se los mantenga en
cautiverio en barcos de rescate en unas condiciones que un tribunal ha
dictaminado equivalentes a un secuestro.
Mientras
tanto, el primer ministro de Canadá comparte en Twitter fotogra as de sí mismo
recibiendo a refugiados y visitando mezquitas al tiempo que su Gobierno
invierte grandes sumas de dinero en la militarización de la frontera y estrecha
la soga del acuerdo de tercer país seguro, el cual impide que los solicitantes
de asilo pidan protección en los cruces o ciales de la frontera canadiense si
vienen del supuestamente país «seguro» que es el Estados Unidos de Trump.
El objetivo
de esta forti cación de Europa y del mundo anglosajón es evidente: convencer a
las personas de que permanezcan donde están, por muy lamentables que sean sus
condiciones, por muy letales que resulten. En esta visión del mundo, la
emergencia no radica, pues, en el sufrimiento de las personas, sino en su
incómodo deseo de huir de dicho sufrimiento.
Esa es la
razón que permitió, apenas unas horas después de la masacre de Christchurch,
que Donald Trump se desentendiera ante el aumento de la violencia de la extrema
derecha y desviara la
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atención
inmediatamente hacia la «invasión» migrante en la frontera del sur de Estados
Unidos para así declarar una «emergencia nacional», con lo cual podía liberar
miles de millones para construir un muro fronterizo. Tres semanas más tarde,
Trump tuiteó: «¡Nuestro país está LLENO!». Lo hizo después de que el ministro
del Interior italiano, Matteo Salvini, respondiera a la llegada de un pequeño
grupo de migrantes que habían sido rescatados en el mar con el tuit: «Nuestros
puertos estaban y permanecen CERRADOS».
Murtaza
Hussain, un periodista de investigación que estudió el mani esto del asesino de
Christchurch en profundidad, insiste en que está repleto de ideas que se
encuentran lejos de ser marginales. Sus palabras, escribe Hussain, suenan «tan
lúcidas como inquietantemente familiares. Su forma de referirse a los
inmigrantes como invasores se hace eco del lenguaje utilizado por el presidente
de Estados Unidos y por los líderes de extrema derecha europeos. […] Quienes se
pregunten dónde se radicalizó [el asesino], la respuesta es aquí, delante de
todos. En los medios y en la política, donde las minorías, musulmanas o no, son
denostadas día sí y día también».
LA BARBARIE
CLIMÁTICA
Los motores
que impulsan las migraciones masivas son complejos: la guerra, la violencia
entre bandas, la violencia sexual, una pobreza cada vez mayor. Una cosa está
clara, y es que las alteraciones climáticas están intensi cando todas esas
otras crisis que no harán sino agravarse a medida que aumente el calor. Pero en
lugar de ayudar, los países más ricos del planeta parecen resueltos a empeorar
la crisis en todos los frentes.
No están
ayudando a los países más pobres de formas nuevas y signi cativas para que
puedan protegerse a sí mismos de los fenómenos meteorológicos extremos. Cuando
el empobrecido y endeudado Mozambique fue azotado por el ciclón Idai, el Fondo
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Monetario
Internacional le ofreció ciento dieciocho millones de dólares, un préstamo (que
no una subvención) que, de alguna forma, tendría que devolver; la organización
Jubilee Debt Campaign describió el gesto como «un durísimo golpe por parte de
la comunidad internacional». En marzo de 2019, Trump hizo algo todavía peor al
anunciar que pretendía imponer un recorte de setecientos millones de dólares en
las ayudas actuales a Guatemala, Honduras y El Salvador, parte de los cuales
estaban destinados a programas de ayuda para que los agricultores hicieran
frente a la sequía. En otra de nición de prioridades igual de explícita, en
junio de 2018, al inicio de la temporada de huracanes, el Departamento de
Seguridad Nacional desvió diez millones de dólares de la Agencia Federal para
la Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés), cuya misión es
responder ante las catástrofes naturales en Estados Unidos, y se los asignó al
Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos para costear la
detención de inmigrantes.
Que nadie
se equivoque: son los albores de la barbarie climática. Y a menos que se
imponga un cambio radical no solamente en la política en sí, sino también en
los valores que la apuntalan y la rigen, así es como el mundo rico se
«adaptará» a las crecientes perturbaciones climáticas: dando rienda suelta a
las ideologías tóxicas que clasi can el valor relativo de las vidas humanas
para justi car el monstruoso rechazo de grandes sectores de la humanidad. Y no
cabe ninguna duda de que lo que empieza siendo brutalidad en la frontera
terminará contagiando a sociedades enteras.
Estas ideas
supremacistas no son nuevas; tampoco han desaparecido nunca. Quienes
pertenecemos al mundo anglosajón sabemos que están profundamente arraigadas en
los fundamentos jurídicos de la propia existencia de nuestros países (desde la
doctrina del descubrimiento cristiano hasta el terra nullius). Su poder ha ido
uctuando a lo largo de las historias de cada país, en función de qué
comportamientos inmorales necesitaran una
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justi
cación ideológica. Y de la misma forma que estas ideas tóxicas proliferaron
cuando hicieron falta para racionalizar la esclavitud, la expoliación de
tierras y la segregación, ahora están volviendo a hacerlo ante la necesidad de
justi car la contumacia sobre el clima y la barbarie en las fronteras.
Es
imposible exagerar la crueldad que tanto y tan rápido se está exacerbando en el
momento presente, así como el daño a largo plazo que sufrirá el inconsciente
colectivo si no hacemos nada al respecto. Ante la farsa de los Gobiernos que
niegan el cambio climático y los que aseguran estar haciendo algo para
detenerlo mientras forti can sus fronteras contra las consecuencias que se
derivan de él, nos enfrentamos a una pregunta general: en el agreste y
escabroso futuro que ya ha empezado, ¿qué tipo de personas vamos a ser?
¿Compartiremos lo que quede y trataremos de cuidarnos los unos a los otros? ¿O,
por el contrario, trataremos de acumular lo que quede, cuidaremos de «los
nuestros» y cerraremos la puerta a todos los demás?
En estos
tiempos en los que sube el mar y sube el fascismo, estas son las duras
disyuntivas que se nos presentan. Existen alternativas a una barbarie climática
desatada, pero viendo lo mucho que nos hemos adentrado ya en ese camino, no
tiene sentido ngir que van a ser fáciles. No va a bastar ni de lejos con un
impuesto sobre el carbón o el comercio de derechos de emisión. Vamos a tener
que librar una guerra sin cuartel contra la contaminación y la pobreza y el
racismo y el colonialismo y la desesperación, todo al mismo tiempo.
Y quizá lo
más importante que deberemos hacer, si pretendemos evitar un futuro marcado por
la creciente y brutal culpabilización de los más vulnerables e inocentes, es
hallar la fuerza necesaria para enfrentarnos cara a cara con los poderosos
actores que más culpa tienen de la crisis climática. Plantar cara al sector de
los combustibles fósiles puede resultar enormemente sobrecogedor, ya que
dispone de dinero a espuertas para presionar a los políticos para que aprueben
leyes draconianas que afecten a
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los
activistas y para contratar publicidad que contamine las ondas de radio
públicas. Y, sin embargo, este sector es mucho más vulnerable a ciertos tipos
de presión de lo que parece a primera vista.
Durante los
últimos cinco años, una de las estrategias vertebradoras del movimiento por la
justicia climática ha consistido en demostrar que estas empresas son actores
inmorales cuyos bene cios son ilegítimos porque su modelo de negocio depende de
la desestabilización de la civilización humana. Esta estrategia ha llevado a
cientos de instituciones a adoptar el compromiso de retirar sus inversiones en
empresas de combustibles fósiles. Más recientemente, el movimiento Sunrise y
otros movimientos se han concentrado en lograr que los políticos electos
adquieran el compromiso de no aceptar «dinero procedente de los combustibles
fósiles», un compromiso que más de la mitad de los candidatos a la presidencia
del Partido Demócrata enseguida aceptaron rmar. Si un partido en el poder
actuara con arreglo a una política de rechazo ante las donaciones procedentes
del sector de los combustibles fósiles así como de los grupos de presión de
dichos sectores, el control que ejerce esta industria sobre la elaboración de
políticas quedaría gravemente debilitado. Y si, frente a presiones públicas y
reguladoras, los medios de comunicación dejaran de emitir publicidad de
empresas de combustibles fósiles, igual que hicieron con los anuncios de tabaco
en el pasado, la desproporcionada in uencia del sector quedaría todavía más
deteriorada.
Si hubiese
menos información errónea que distorsiona los debates y una clara separación
entre el petróleo y el Estado, la senda de las sólidas regulaciones que
reinarían rápidamente en este sector carente de escrúpulos estaría mucho más
clara, dado que todas las empresas de extracción operan dentro de un marco
innegociable que se rige por el modelo de «crecer o morir»: necesitan asegurar
a sus inversores que su producto tendrá mucha demanda, no solo hoy, sino
también a largo plazo. Esa es la razón
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por la cual
uno de los elementos centrales de la valoración de cualquier empresa de
combustibles fósiles no se apoya únicamente en los proyectos que se están
desarrollando en la actualidad, sino en el volumen de petróleo y de gas que
tienen «en sus reservas», es decir, en los depósitos que han descubierto y
adquirido pensando en su desarrollo a décadas vista.
Según
explica Stephen Kretzmann, director ejecutivo de la empresa Oil Change
International, con sede en Washington, en cuanto los Gobiernos dejen de
conceder licencias de exploración y perforación alegando la necesidad de una
transición ágil hacia las energías cien por cien renovables, los inversores
empezarán a abandonar el barco. «La naturaleza de los límites nancieros y
políticos del sector pone de mani esto su mito más persistente: que siempre lo
necesitaremos. En realidad, la situación se da a la inversa. Los verdaderos
líderes climáticos de la próxima década tendrán que atreverse a retirar
literalmente todas las licencias del sector (sociales, políticas y jurídicas),
a detener el crecimiento del sector, y a gestionar el declive de la producción
en las próximas décadas de una forma justa y ecuánime para con los trabajadores
y las comunidades que se encuentran en primera línea.» También puede que sea
necesario hacerse con el control de algunas de estas empresas para garantizar
que los bene cios se inviertan en la descontaminación del suelo y del agua y en
las pensiones de los trabajadores, y que no terminen en los bolsillos de los
inversores. Lo que, a su vez, exige un cambio de rumbo decisivo que nos aleje
del fundamentalismo del libre mercado que en tantos sentidos ha moldeado los
últimos cincuenta años.
El mensaje
que transmiten las huelgas de estudiantes es que son muchos los jóvenes que
están preparados para este tipo de cambio profundo. Son plenamente conscientes
de que la sexta extinción masiva no es la única crisis que han heredado.
También están creciendo entre los escombros de la euforia del mercado, un lugar
en el que los sueños sobre la subida in nita del nivel de vida han dado paso a
una austeridad desenfrenada y a la inseguridad
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económica.
Y el utopismo tecnológico, que antaño imaginó un futuro de conexión y comunidad
in nita y sin fricciones, se ha metamorfoseado en adicciones a los algoritmos
de la codicia, en la implacable vigilancia de las empresas y en un aumento
descontrolado de la misoginia y la supremacía blanca en internet.
«Una vez
que has hecho los deberes —dice Greta unberg—, te das cuenta de que necesitamos
políticas nuevas. Necesitamos una economía nueva en la que el presupuesto de
carbono del que disponemos se tenga en cuenta para todo, ya que es
extremadamente limitado y está menguando con enorme rapidez. Pero con eso no
basta. Necesitamos pensar de una forma completamente nueva. […] Debemos dejar
de competir los unos contra los otros. Tenemos que empezar a cooperar y a
compartir los recursos que quedan en el planeta de una manera justa.»
Porque
nuestra casa está en llamas, y nadie debería sorprenderse de ello. Construida
sobre falsas promesas, futuros menospreciados y víctimas expiatorias, desde el
principio estuvo destinada a explotar. Es demasiado tarde para salvar todas
nuestras pertenencias, pero todavía podemos salvarnos los unos a los otros,
además de a muchas otras especies. Apaguemos el fuego y construyamos algo
distinto en su lugar. Algo con una decoración un poco menos cuidada, pero con
espacio su ciente para todos los que necesitan refugio y cuidados.
Forjemos un
Green New Deal global, y que esta vez sea para todos.
UN AGUJERO
EN EL MUNDO
El agujero
que hay en el fondo del océano es más que un accidente de ingeniería o una
máquina rota. Es una herida violenta en el organismo vivo que es la Tierra.
El 20 de
abril de 2010, la plataforma petrolífera Deepwater Horizon, de BP, estalló en
el golfo de México mientras perforaba a la mayor profundidad en la que jamás se
había intentado. Once miembros del personal fallecieron en la rabiosa explosión
y el cabezal del pozo se rompió, lo que hizo que el petróleo brotara de manera
incontrolada desde el fondo marino. Tras muchos intentos fallidos, el pozo
quedó por fin sellado el 15 de julio, dejando tras de sí cuatro millones de
barriles (seiscientos treinta y cuatro millones de litros) de crudo, el mayor
vertido jamás registrado en aguas estadounidenses.
JUNIO DE
2010
A TODAS LAS
PERSONAS QUE HABÍAN acudido a la reunión municipal se les había indicado en
repetidas ocasiones que debían mostrarse corteses con los caballeros de BP y
del Gobierno federal. Estos distinguidos señores habían hecho un hueco en sus
apretadas agendas para acudir un martes a última hora de la tarde al gimnasio
de un instituto de Plaquemines Parish, Luisiana, una de las muchas comunidades
costeras en cuyas ciénagas se estaba in ltrando un veneno marrón, una de las
consecuencias de lo que ha pasado a cali carse como el desastre medioambiental
más importante de la historia de Estados Unidos.
«Hablad a
los demás como queréis que os hablen a vosotros», suplicó una última vez el
presidente de la reunión antes de abrir el turno de preguntas.
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Y durante
un rato, la multitud, compuesta principalmente por familias de pescadores,
guardó la compostura de forma considerable. Escucharon con paciencia a Larry
omas, el simpático agente de prensa y relaciones públicas de BP, mientras les
hablaba de su compromiso para «mejorar» la gestión de sus reclamaciones por
pérdida de ingresos, y luego pasó la palabra a un subcontratista notablemente
menos afable para que les diera todos los detalles. Escucharon también al
representante de la Agencia de Protección Ambiental, quien les informó de que,
al contrario de lo que habían leído sobre la carencia de pruebas y la
prohibición del producto en Gran Bretaña, el dispersante químico que se estaba
rociando sobre el petróleo en cantidades ingentes en realidad era perfectamente
seguro.
Pero la
paciencia empezó a agotarse cuando Ed Stanton, capitán de los guardacostas,
tomó la palabra por tercera vez para asegurarles que «el objetivo de los
guardacostas es asegurarse de que BP limpie el vertido».
«¡Ponlo por
escrito!», gritó alguien. El aire acondicionado ya se había apagado y en las
neveras de Budweiser las reservas escaseaban. Un pescador de gambas llamado
Matt O’Brien se acercó al micrófono. «No queremos seguir oyendo nada de esto»,
declaró con las manos en las caderas. Cualquier consuelo que les ofrecieran no
importaba porque, tal como dijo: «¡No nos amos de vosotros!». Y con ello se
levantó tal ovación entre las gradas que parecía que los Oilers (el equipo de
fútbol americano del instituto, de nombre desafortunado) hubieran anotado un
touchdown.
La mejor
forma de describir aquella confrontación es decir que fue catártica. Durante
semanas, los residentes habían sido sometidos a un aluvión de charlas
motivadoras y extravagantes promesas procedentes de Washington, Houston y
Londres. Cada vez que encendían el televisor, veían al jefe de BP, Tony
Hayward, dar su palabra de honor de que lo «arreglaría». O si no, salía el
presidente Barack Obama expresando su total con anza en que su Administración
«dejaría la costa del golfo en mejores condiciones
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que antes»,
que estaba «asegurándose» de que «salga más fortalecida de lo que estaba antes
de esta crisis».
Todo sonaba
muy bien. Pero para las personas cuyas formas de vida estaban en contacto
directo con la delicada composición química de los humedales, también sonaba
completamente ridículo, hasta el punto de resultar exasperante. En cuanto el
petróleo cubre la base de las hierbas pantanosas, como ya había hecho a tan
solo unos kilómetros de allí, no existe ninguna máquina milagrosa o mejunje
químico capaz de eliminarlo de forma segura. El petróleo se puede retirar de la
super cie de aguas abiertas, y también se puede rastrillar en una playa de
arena, pero una ciénaga cubierta de petróleo se quedará tal como está y morirá
lentamente. Las larvas de incontables especies que desovan en las ciénagas
(gambas, cangrejos, ostras y peces) quedarán envenenadas.
Y eso ya
estaba ocurriendo. Ese mismo día visité algunas ciénagas cercanas en una barca
de aguas poco profundas. Los peces saltaban en aguas cercadas por absorbentes
blancos, las almohadillas de algodón grueso y rejilla que BP estaba utilizando
para recoger el petróleo. El círculo de material fétido parecía estrecharse
alrededor de los peces como una horca. No muy lejos, un mirlo de alas rojas se
posaba en una brizna de hierba de dos metros de altura contaminada por el
petróleo. La muerte subía con sigilo por el tallo; para el pajarito, habría
sido lo mismo posarse en un cartucho de dinamita encendido.
Y luego
está la propia hierba, o el carrizo, que es el nombre que reciben estas altas y
a ladas briznas. Si el petróleo cala con la profundidad su ciente en la
ciénaga, no solo matará la hierba que crece en la super cie, sino también las
raíces. Y esas raíces son lo que mantiene la ciénaga unida, asilo que evita que
los terrenos de color verde intenso de los alrededores se hundan en el delta
del río Misisipi y el golfo de México. Por eso, lugares como Plaquemines Parish
se enfrentan a perder no solo su pesca, sino también una gran parte de las
barreras sicas que rebajan la intensidad de
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tormentas
furibundas como el huracán Katrina; y eso podría llevarlos a perderlo todo.
¿Cuánto
tardará un ecosistema tan asolado como este en ser «restaurado y sanado», tal
como el ministro de Interior del presidente Obama prometió hacer? No está nada
claro que lograrlo sea remotamente posible, o al menos no en una escala
temporal que nos resulte fácil de comprender. La industria pesquera de Alaska
todavía no se ha recuperado totalmente del vertido de petróleo del Exxon Valdez
en 1989, y algunas especies de peces no han vuelto. Hoy, los cientí cos del
Gobierno estiman que una cantidad de petróleo equivalente a la del vertido del
Exxon Valdez podría estar todavía penetrando las aguas costeras del golfo cada
cuatro días. Y un pronóstico todavía peor surge del vertido de petróleo de la
guerra del Golfo en 1991, cuando se estima que se arrojaron once millones de
barriles de petróleo al golfo Pérsico en lo que constituyó el mayor vertido de
la historia. Ese petróleo llegó a los humedales y permaneció allí, llegando a
profundidades cada vez mayores gracias a los hoyos cavados por los cangrejos. No
es una comparación perfecta, dadas las pocas tareas de limpieza que se llevaron
a cabo, pero de acuerdo con un estudio elaborado doce años después de la
catástrofe, cerca del 90 % de las fangosas marismas salinas y de los manglares
seguían estando profundamente dañados.
Lo que sí
sabemos es que, lejos de «sanarse», lo más probable es que la costa del Golfo
quede deteriorada. En sus ricas aguas y poblados cielos habrá menos vida de la
que hay hoy. El espacio sico que ocupan muchas comunidades en el mapa quedará
mermado por culpa de la erosión. Y la legendaria cultura de la costa se
contraerá y marchitará todavía más. Y es que las familias pesqueras de la costa
no solo recolectan alimentos, sino que sostienen una intrincada red de
tradiciones familiares, gastronomía, música, arte e idiomas en peligro de
desaparición, y tienen un papel comparable a las raíces de la hierba que
sostiene la tierra de los humedales. Sin la pesca, estas culturas únicas
pierden
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su sistema
de raíces, el propio suelo que pisan. (BP, por su parte, es plenamente
consciente de las limitaciones de la recuperación. Su Plan de Respuesta ante
Derrames de Petróleo Regionales en el golfo de México da instrucciones precisas
a sus empleados para que no hagan «promesas sobre la vuelta a la normalidad de
las propiedades, la ecología o cualquier otro aspecto», lo que explica por qué
utilizan una y otra vez expresiones simplonas del tipo «haremos lo correcto».)
Si el
Katrina puso de mani esto la realidad del racismo en Estados Unidos, el
desastre de BP pone de mani esto un aspecto que ha permanecido mucho más
oculto: el poco control que incluso las personas más brillantes son capaces de
ejercer sobre las asombrosas fuerzas naturales y la complejidad de sus
interrelaciones, en las que, sin embargo, tan alegremente nos entrometemos.
Durante semanas, BP ha fracasado en sus intentos de tapar el agujero que ha
abierto en la tierra. Los líderes políticos no pueden ordenar a las especies de
peces que sobrevivan, o a manadas enteras de del nes nariz de botella que no
mueran. Ninguna indemnización económica podrá reemplazar a una cultura que ha
perdido sus raíces. Y mientras los políticos y los líderes de las empresas siguen
sin aceptar estas dolorosas verdades, las personas cuyo aire, agua y modos de
vida han sido contaminados son cada vez más conscientes de que no se enfrentan
a un espejismo.
«Todo se
está muriendo —dijo una mujer cuando la reunión municipal estaba tocando a su
n—. ¿Cómo se atreven a decirnos que nuestro golfo es resistente y que se
recuperará? Porque ninguno de ustedes tiene ni idea de lo que le va a pasar al
golfo. Se sientan frente a nosotros con cara de póker y actúan como si lo
supieran, pero no lo saben.»
La crisis
de la costa del Golfo abarca muchas cosas: corrupción, desregularización y la
adicción a los combustibles fósiles, pero, en el fondo, ilustra sobre todo las
consecuencias terriblemente peligrosas de una convicción de nuestra cultura:
que poseemos un
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conocimiento
y un control de la naturaleza tan profundos que podemos manipularla y
rediseñarla libremente, y que el riesgo al que sometemos a los sistemas
naturales que nos sostienen es mínimo. Pero, tal como el desastre de BP ha
puesto de mani esto, la naturaleza siempre es más impredecible de lo que los
modelos matemáticos y geológicos más so sticados son capaces de imaginar. Al
testi car ante el congreso, Hayward, de BP, dijo que «las mejores mentes y los
expertos más cuali cados están trabajando» en la crisis, y que «quizá a
excepción del programa espacial de la década de 1960, es di cil pensar en la
constitución de un equipo de mayor volumen y competencia técnica en un mismo
lugar en tiempos de paz». Y, aun así, en lo que respecta a lo que la geóloga Jill
Schneiderman ha descrito como el «pozo de Pandora», dicho equipo ha actuado
como los hombres que estaban frente a la furiosa multitud de aquella reunión
municipal: actúan como si supieran, pero no saben.
LA
DECLARACIÓN DE OBJETIVOS DE BP
En la
historia de la humanidad, la idea de que la naturaleza es una máquina que
podemos rediseñar a conveniencia es un concepto relativamente nuevo. En el
revolucionario libro e Death of Nature [La muerte de la naturaleza], publicado
en 1980, la historiadora ambiental Carolyn Merchant recordaba a los lectores
que, hasta el siglo XVII, la Tierra se consideraba un ente vivo que solía
adoptar la forma de una madre. Los europeos, igual que los pueblos indígenas de
todo el mundo, creían que el planeta era un organismo vivo que poseía
innumerables poderes para engendrar vida a la vez que un temperamento furioso.
Como consecuencia de ello, existían fuertes tabús alrededor de las acciones que
deformaban o profanaban a «la madre» naturaleza, entre ellas la minería.
La metáfora
cambió cuando se descifraron algunos (pero ni mucho menos todos) misterios de
la naturaleza durante la
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revolución
cientí ca del siglo XVII. Ahora que la naturaleza se consideraba una máquina
carente de misterio o divinidad, las partes que la componían podían ser
dañadas, extraídas y rehechas con total impunidad. En ocasiones, todavía se
representaba a la naturaleza como mujer, pero ahora era una mujer a la que se
podía dominar y someter fácilmente. Sir Francis Bacon sintetizó a la perfección
este nuevo ethos al escribir en 1623, en su obra De dignitate et augmentis
scientiarum, que la naturaleza debe «contenerse, moldearse y explotarse como si
fuera nueva mediante el arte y la mano del hombre».
Sus
palabras bien podrían constituir la declaración de objetivos empresariales de
BP. Asentándose con osadía en lo que la empresa llamó «la frontera energética»,
se aventuró a sintetizar microbios productores de metano y anunció que la
geoingeniería marcaría «una nueva era de investigación». Y, naturalmente,
alardeó de que, en el yacimiento Tiber en el golfo de México, ahora disponía
del «pozo más profundo jamás perforado por el sector del petróleo y del gas
natural», de una profundidad bajo el fondo marino equivalente a la altura a la
que vuelan los aviones en el cielo.
Las mentes
corporativas dedicaron muy poco de su precioso tiempo a imaginar y prepararse
para lo que podría ocurrir si sus experimentos para modi car los cimientos de
la vida y la geología fracasaban. Como hemos visto, cuando la plataforma de
Deepwater Horizon explotó, la empresa no había implementado ningún sistema para
reaccionar e cazmente ante la situación. Al explicar por qué ni siquiera la
cúpula de contención, que terminó por no servir de nada, había estado lista
para ser activada en la costa, uno de los portavoces de BP, Steve Rinehart,
dijo: «No creo que nadie previera la circunstancia a la que nos enfrentamos
ahora». Por lo visto, «parecía inconcebible» que el sistema de prevención de
explosiones pudiera explotar, así que ¿para qué prepararse?
No cabe
duda de que negarse a contemplar la posibilidad del fracaso venía de arriba. Un
año antes, el director ejecutivo
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Hayward
dijo ante un grupo de alumnos de la Universidad Stanford que tiene una placa en
su escritorio que reza: «SI SUPIERAS QUE NO VAS A FRACASAR, ¿QUÉ INTENTARÍAS
HACER?». Lejos de ser un
eslogan
inspirador benigno, era una descripción precisa de cómo BP y sus competidores
se comportaban en el mundo real. En unas audiencias celebradas recientemente en
el Capitolio de Estados Unidos, el congresista Ed Markey, de Massachusetts,
sometió a escrutinio a los representantes de las grandes empresas de petróleo y
gas natural acerca de sus reveladoras formas de asignar recursos. A lo largo de
tres años, habían invertido «treinta y nueve mil millones de dólares en
exploraciones en busca de nuevos yacimientos de petróleo y gas natural. Por
otro lado, la inversión media en tareas de investigación y desarrollo de la
seguridad, la prevención de accidentes y la respuesta ante vertidos supuso la
irrisoria suma de veinte millones de dólares anuales».
Estas
prioridades ayudan de forma signi cativa a explicar por qué el plan inicial de
exploración que BP había presentado al Gobierno federal para el funesto pozo de
Deepwater Horizon suena tanto a tragedia griega sobre la soberbia humana. La
frase «bajo riesgo» aparece cinco veces. Incluso en el caso de un vertido, BP
predice tajantemente que, gracias a sus «equipos y tecnologías de e cacia
demostrada», los efectos adversos serán mínimos. El informe, en el que se
presenta a la naturaleza como un socio menor predecible y dispuesto (o quizá
como si fuera un subcontratista), explica alegremente que, de ocurrir un
vertido, «las corrientes y la degradación microbiana eliminarían el petróleo de
la columna de agua o diluirían sus componentes hasta alcanzar los niveles de
base». Los efectos sobre los peces, por otro lado, «probablemente serían
subletales» dada «la capacidad de los peces y crustáceos adultos de evitar el
vertido [y] metabolizar los hidrocarburos». (Según el relato de BP, en lugar de
constituir una amenaza nefasta, un vertido es un bufé libre para la vida
acuática.)
Y lo mejor
de todo es que, en el caso de que ocurriera un vertido, parece que había «un
riesgo bajo de contacto o impacto en
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la línea de
costa» gracias a la ágil respuesta diseñada por la empresa (¡!) y «dada la
distancia [desde la plataforma] hasta la costa» (unos setenta y siete
kilómetros). Esta es la a rmación más asombrosa de todas. En un golfo en el que
suele haber vientos de más de setenta kilómetros por hora, y eso sin hablar de
los huracanes, BP mostró tan poco respeto hacia la capacidad del océano de
generar ujos y re ujos y de subir y bajar que no pensó que el petróleo podría
viajar la ridícula distancia de setenta kilómetros. (Un fragmento de los
detritus de Deepwater Horizon apareció en una playa de Florida, a trescientos
seis kilómetros de distancia.)
Sin
embargo, ninguna de estas chapuzas habría sido posible si BP no hubiese
presentado sus predicciones ante una clase política ansiosa por creer que, en
efecto, la naturaleza había sido dominada. Algunos, como la republicana Lisa
Murkowski, estaban más ansiosos que otros. La senadora de Alaska quedó tan
impresionada por las imágenes sísmicas en cuatro dimensiones que ofreció BP que
proclamó que las perforaciones en alta mar habían alcanzado la cúspide de la
arti cialidad controlada. «Es mejor que Disneyland en lo que se re ere a cómo
se pueden utilizar las tecnologías para ir a buscar un recurso de miles de años
de antigüedad de una forma totalmente respetuosa con el medio ambiente», a rmó
ante el comité energético del Senado.
Por
supuesto, perforar sin pensar ha sido la política del Partido Republicano desde
mayo de 2008. Cuando los precios del gas natural alcanzaron cotas sin
precedentes, el líder conservador Newt Gingrich estrenó el eslogan «Perfora
aquí, perfora ahora, paga menos», con énfasis en el «ahora». Aquella campaña,
extremadamente popular, fue una consigna contra la prudencia, contra el estudio
y contra las acciones comedidas. Tal como Gingrich lo explicaba, perforar en el
país, dondequiera que se encontraran el petróleo y el gas natural —atrapados en
la lutita de las Montañas Rocosas, en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del
Ártico o en las profundidades marinas— era una forma infalible
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de bajar
los precios en los surtidores, crear empleo y darles una patada en el culo a
los árabes, todo a la vez. Ante esta victoria triple, preocuparse por el medio
ambiente era cosa de blandengues: en palabras del senador Mitch McConnell, «en
Alabama y Misisipi y Luisiana y Texas, la gente cree que las plataformas
petrolíferas son hermosas». Para cuando la infame Convención Nacional
Republicana bajo el lema «Perfora, baby, perfora» se celebró en 2008, el
frenesí por los combustibles fósiles extraídos en Estados Unidos estaba tan
extendido entre las bases del partido que, si alguien hubiese llevado un
taladro lo su cientemente grande, habrían perforado incluso en el suelo del
recinto.
Obama
terminó cediendo. En el peor momento imaginable, apenas tres semanas antes de
la explosión de Deepwater Horizon, el presidente anunció que abriría partes del
país anteriormente protegidas a la perforación submarina. La práctica no era
tan arriesgada como había creído, explicó. «Por regla general, las plataformas
petrolíferas de hoy no provocan vertidos. Su tecnología está muy avanzada.» Sin
embargo, a Sarah Palin no le bastaba con eso, y se mofó de los planes de la
Administración de llevar a cabo más estudios antes de perforar en ciertas
zonas. «Por Dios, amigos, estas zonas se han estudiado hasta la muerte», dijo
en la Conferencia de Liderazgo Republicana del Sur en Nueva Orleans once días
antes de la explosión. «¡Hay que perforar, baby, perforar, no postergar, baby,
no postergar!» Y el júbilo se desató entre la multitud.
En su
declaración ante el Congreso, Hayward, de BP, dijo: «Tanto nosotros como el
sector en su conjunto aprenderemos de este fatídico suceso». Y uno podría
pensar que una catástrofe de tales magnitudes infundiría en los ejecutivos de
BP y en el grupo del «Perforar ahora» un nuevo sentido de la humildad. Sin
embargo, no hay indicios de que ese sea el caso. La respuesta ante el desastre
por parte del Gobierno y de la industria ha estado
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infestada
del mismo tipo de arrogancia y de predicciones exageradamente positivas que
dieron lugar a la explosión.
«El golfo
de México es un océano muy grande —oímos decir a Hayward—. La cantidad de
volumen de petróleo y dispersante que estamos vertiendo es minúsculo en
relación con el volumen total de agua.» En otras palabras: no os preocupéis, el
océano puede con ello. El portavoz John Curry, mientras tanto, insistía en que
los hambrientos microbios consumirían el petróleo que se encontrara en el
ecosistema acuático porque «la naturaleza sabe cómo ayudar a arreglar la
situación». Pero la naturaleza no le ha seguido el juego. El pozo surtidor que
se encuentra en alta mar ha reventado todos los intentos de contención por
parte de BP, las llamadas «campanas», «cúpulas de contención» e «inyecciones de
basura». [Tres meses después de la explosión, el cabezal del pozo por n quedó
tapado.] Los vientos y las corrientes del océano también se han burlado de las
almohadillas ligeras que BP ha colocado para que absorban el petróleo. «Se lo
advertimos —dijo Byron Encalade, el presidente de la Asociación de Ostreros de
Luisiana—. El petróleo pasará por encima o por debajo de las almohadillas.» Y
así fue. El biólogo marino Rick Steiner, que ha seguido de cerca las tareas de
limpieza, estima que «el 70 o el 80 % de las almohadillas no están sirviendo
absolutamente de nada».
Y luego
estaban los polémicos dispersantes químicos: siguiendo la actitud
característica del «¿Qué puede salir mal?» de la empresa, se vertieron más de
cuatro millones novecientos mil litros. Tal como señalaron los furibundos
residentes en la reunión municipal de Plaquemines Parish, se habían llevado a
cabo pocas pruebas, y los estudios sobre los efectos que una cantidad nunca
vista de petróleo dispersado tendrá sobre la vida marina son escasos. Y tampoco
existe forma alguna de limpiar la mezcla tóxica de petróleo y químicos bajo la
super cie. Sí, los microbios de rápida multiplicación devoran el petróleo que
se encuentra bajo el agua, pero al hacerlo también absorben el oxígeno del
agua, lo que supone una nueva amenaza para la salud del mar.
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BP incluso
se había atrevido a pensar que podría evitar que las poco favorecedoras
imágenes de playas y aves cubiertas de petróleo salieran de la zona del
desastre. Por ejemplo, cuando me encontraba en el agua con un equipo de
televisión, se nos acercó otro barco cuyo capitán preguntó: «¿Trabajáis para
BP?». Cuando dijimos que no, su respuesta, en mar abierto, fue: «Pues no podéis
estar aquí». Pero, por supuesto, estas tácticas de mano dura han fracasado,
como todas las demás. Sencillamente, hay demasiado petróleo en demasiados
sitios. «No puedes decirle al viento de Dios hacia dónde soplar, y tampoco le
puedes decir al agua hacia dónde
uir», me
dijo la activista por la justicia medioambiental Debra Ramírez. Es una lección
que aprendió de vivir en Mossville, Luisiana, rodeada por catorce plantas
petroquímicas que vomitaban emisiones sin parar, y de ver cómo las enfermedades
se propagaban vecino a vecino.
La
corriente de la negación no muestra signos de calmarse. Los políticos de
Luisiana se opusieron con indignación al alto temporal que Obama impuso a las
perforaciones en aguas profundas, acusándolo de destruir el único sector
importante que quedaba en pie ahora que la pesca y el turismo estaban en
crisis. Palin compartió en Facebook la re exión de que «ningún empeño humano
carece de riesgo», mientras que el congresista republicano por Texas John
Culberson describía el desastre como una «anomalía estadística». Pero, de
largo, la reacción más sociópata fue la del veterano comentarista de Washington
Llewellyn King: en lugar de dar la espalda a los grandes riesgos de la
ingeniería, dijo que deberíamos pararnos a «asombrarnos ante nuestra capacidad
de construir máquinas tan extraordinarias que pueden levantar la tapa del
inframundo».
DETENER EL
SANGRADO
Afortunadamente,
son muchos los que han aprendido una lección muy diferente a partir del
desastre y no se asombran ante el poder
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de la
humanidad para moldear la naturaleza, sino ante nuestra incapacidad de
gestionar las feroces fuerzas naturales que desatamos. Pero eso no es todo.
También está el sentimiento de que el boquete que hay al fondo del océano es
más que un accidente de ingeniería o una máquina que se rompió. Es una herida
violenta en el organismo vivo que es la Tierra. Y gracias a las imágenes que BP
emite en directo con una cámara submarina, todos podemos ver cómo a nuestro
planeta se le salen las entrañas a borbotones, en tiempo real, veinticuatro
horas al día.
John
Wathen, conservador de la Waterkeeper Alliance, fue uno de los pocos
observadores externos que sobrevoló el vertido a los pocos días del desastre.
Tras grabar las densas vetas rojas de petróleo que los guardacostas, muy
educados, describen como «iridiscencias», Wathen vio lo que muchos habían
sentido: «Es como si el golfo estuviera sangrando». Esta imagen se repite una y
otra vez en conversaciones y entrevistas. Monique Harden, abogada de derecho
medioambiental de Nueva Orleans, se niega a llamar al desastre «vertido de
petróleo» y, en su lugar, dice que «tenemos una hemorragia». Otros hablan de la
necesidad de «detener el sangrado». Personalmente, algo que a mí me impresionó
fue que, al sobrevolar con los guardacostas de Estados Unidos la franja del océano
en la que se había hundido la Deepwater Horizon, los remolinos que dibujaba el
petróleo hacían que las olas se parecieran mucho a las pinturas rupestres: un
pulmón plumoso respirando con di cultad, ojos mirando hacia arriba y un pájaro
prehistórico. Mensajes desde las profundidades.
Y
seguramente el giro más extraño de la odisea de la costa del Golfo es que
parece estar abriéndonos los ojos ante el hecho de que la Tierra jamás fue una
máquina. Cuatrocientos años después de haberla declarado muerta, y entre
tantísima muerte, en Luisiana, la Tierra está volviendo a la vida.
La
experiencia de seguir el avance del petróleo a lo largo del ecosistema es, en
sí misma, un curso acelerado en ecología profunda. Todos los días descubrimos
que algo que parece ser un
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problema
espantoso en una parte aislada del mundo, en realidad se propaga de formas que
jamás podríamos haber imaginado. Un día nos enteramos de que el petróleo podría
llegar a Cuba; luego, que podría alcanzar Europa. Lo siguiente que oímos es que
los pescadores de arriba del todo del Atlántico, en la Isla del Príncipe
Eduardo, en Canadá, están preocupados porque los atunes rojos que pescan en sus
costas nacen a miles de kilómetros de distancia, en las aguas manchadas de
petróleo del golfo de México. Y nos enteramos también de que, para las aves,
los humedales de la costa del Golfo son el equivalente a un aeropuerto
intercambiador. Todos parecen hacer escala aquí: ciento diez especies de
pájaros cantores migratorios y el 75 % de las aves acuáticas migratorias de
Estados Unidos.
Una cosa es
que un incomprensible teórico del caos te cuente que una mariposa que bate las
alas en Brasil puede desatar un tornado en Texas, y otra ver cómo la teoría del
caos se materializa ante tus propios ojos. Así es como Carolyn Merchant explica
esta lección: «El problema, tal como BP ha descubierto de forma trágica y
tardía, es que la naturaleza es una fuerza activa que no admite tanta
contención». Los resultados predecibles son poco habituales en los sistemas
ecológicos, mientras que los «sucesos impredecibles y caóticos [son]
habituales». Y por si acaso todavía no lo habíamos entendido, hace unos días un
rayo alcanzó un barco de BP como dibujando un signo de exclamación y lo obligó
a suspender las acciones de contención que estaba llevando a cabo. Y nadie se
atreve a especular sobre qué haría un huracán con el caldo tóxico de BP.
Y es que
—merece la pena insistir— hay algo excepcionalmente retorcido en esta
particular senda hacia el conocimiento. Se dice que los estadounidenses
aprenden a situar los países extranjeros en el mapa a base de bombardearlos.
Ahora parece que todos estamos aprendiendo sobre los sistemas circulatorios de
la naturaleza a base de envenenarlos.
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A nales de
1990, los titulares de todo el mundo se hicieron eco de un aislado grupo de
indígenas de Colombia y un con icto casi propio de Avatar. Desde su remoto
hogar en los bosques nubosos andinos, los u’wa informaron de que si Occidental
Petroleum ejecutaba sus planes de perforar en busca de petróleo en su
territorio, saltarían desde un precipicio en lo que constituiría un suicidio
ritual en masa. Los ancianos de la comunidad explicaron que el petróleo forma
parte de la ruiria, «la sangre de la Madre
Tierra».
Creen que toda la vida, incluida la suya, uye de la ruiria, y extraer el
petróleo implicaría para ellos su destrucción. (La empresa terminó retirándose
de la región so pretexto de que no había tanto petróleo como se había estimado
inicialmente.)
Prácticamente
todas las culturas indígenas cuentan mitos sobre deidades y espíritus que viven
en el mundo natural —en las rocas, en las montañas, en los glaciares o en los
bosques—, igual que se había creído en Europa antes de la revolución cientí ca.
Katja Neves, antropóloga de la Universidad Concordia, señala que esta práctica
responde a un propósito práctico. Decir que la Tierra es «sagrada» es una forma
de expresar humildad ante todas esas fuerzas que no terminamos de comprender.
Cuando algo es sagrado, exige que actuemos con cautela e incluso temor.
Si muchos
de nosotros asimiláramos por n esta lección, las implicaciones serían
profundas. El apoyo público del aumento de las perforaciones en alta mar se
está desplomando, y ha caído un 22 % desde el cénit del frenesí del «Perforar
ahora». Pero el asunto todavía no ha muerto, muchos todavía insisten en que,
gracias a la ingeniosa tecnología y las nuevas regulaciones estrictas, ahora es
perfectamente seguro perforar en el Ártico, donde cualquier tarea de limpieza
bajo el hielo resultaría in nitamente más compleja que la que se está llevando
a cabo en el golfo. Pero quizá esta vez no lograrán tranquilizarnos tan
fácilmente ni nos daremos tanta prisa en jugarnos los pocos remansos protegidos
que nos quedan.
Y lo mismo
ocurre con la geoingeniería. A medida que transcurran las negociaciones sobre
el cambio climático,
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deberíamos
estar preparados para oír nuevas aportaciones del doctor Steven Koonin, el
vicesecretario de energía para la ciencia de Obama. Es uno de los principales
defensores de la idea de que el cambio climático se puede combatir con trucos
tecnológicos como la liberación de partículas de sulfato y aluminio en la
atmósfera, cosa que, naturalmente, es totalmente segura, ¡igualito que
Disneyland! Resulta que, además, es el antiguo cientí co en jefe de BP: el
hombre que, tan solo quince meses antes del accidente, todavía supervisaba la
tecnología sobre la que se fundamentaba la incursión supuestamente segura de BP
en la perforación en aguas profundas. Tal vez en esta ocasión optaremos por no
dejar que el buen doctor experimente con la sica y la química de la Tierra y
decidamos reducir nuestro consumo y empezar a utilizar energías renovables que
tienen la virtud de que sus fracasos, cuando los hay, son modestos.
La
consecuencia más positiva que podría surgir de este desastre no sería solo la
aceleración de las fuentes de energías renovables como la eólica, sino la
adopción del principio de precaución de la ciencia. Este principio, que es el
opuesto perfecto al credo de Hayward —«Si supieras que no vas a fracasar»—,
sostiene que «cuando una actividad amenaza con dañar al medio ambiente o a la
salud humana», hay que ir con cuidado y actuar como si el fracaso fuera posible
e incluso probable. Puede incluso que podamos regalarle a Hayward una placa
nueva que pueda contemplar mientras rma cheques de indemnizaciones: «ACTÚAS
COMO SI SUPIERAS LO QUE HACES, PERO NO LO SABES».
EPÍLOGO
Cuando
visité la costa del Golfo para este artículo, el vertido seguía activo y la
mayoría de los impactos duraderos todavía se desconocían. Nueve años después,
es evidente que se demostró que algunas de las predicciones más funestas eran
acertadas. Los estudios llevados a cabo por la Federación Nacional de Vida
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Silvestre
(NWF, por sus siglas en inglés) indican que tres cuartas partes de las hembras
del nes nariz de botella embarazadas no dieron a luz a crías viables en los
años posteriores al desastre. En 2015 se publicaron informes que señalaban el
derrame de petróleo como un factor que había in uido en las muertes de al menos
cinco mil mamíferos, muchos de los cuales eran del nes.
Además,
entre dos y cinco billones de peces jóvenes perecieron como consecuencia del
desastre, junto a más de ocho mil millones de ostras. Ello contribuyó a que el
volumen de pérdidas para el sector de la pesca se acercara a los doscientos
cuarenta y siete millones de dólares en bene cios anuales, según un informe
publicado en 2015 por el Consejo para la Defensa de Recursos Naturales (NRDC,
por sus siglas en inglés). Y tal como las comunidades de pescadores con las que
había hablado se temían, el petróleo contaminó aproximadamente el 12 % de las
larvas de atún rojo del golfo durante la estación de desove del año 2020, según
un estudio del NRDC, y los efectos a largo plazo que ello supondrá para la
población de estos peces todavía se desconocen.
A las aves
que vi posarse en la hierba cubierta de petróleo en los cenagales tampoco les
fue bien. Estudios llevados a cabo en 2013 por la Universidad Estatal de
Luisiana observaron que solo el 5 % de los nidos de gorrión que se encontraban
en las partes cubiertas de petróleo de los humedales sobrevivieron tras el
vertido, en comparación con el aproximadamente 50 % de los que estaban en
humedales no afectados directamente por el petróleo. Las observaciones de la
Iniciativa de Investigación del golfo de México constatan que las hierbas
pantanosas que se encontraban hasta a nueve metros de distancia de la orilla
quedaron destruidas, y que una gran cantidad de petróleo permaneció enterrado
en el sedimento, de donde el huracán Harvey lo sacó al remover el suelo en 2012
(y de donde probablemente volverá a salir en catástrofes futuras). Según un
estudio llevado a cabo en 2017 por la Universidad Estatal de Florida, la
pérdida de biodiversidad en el
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sedimento
costero afectado por el vertido se sitúa en un angustioso 50 %.
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EL
CAPITALISMO CONTRA EL CLIMA
Sencillamente,
no existe forma alguna de lograr que un sistema de creencias que desprecia la
acción colectiva y venera la libertad total del mercado encaje con un problema
que exige acciones colectivas a una escala nunca vista y el control drástico de
las fuerzas del mercado que crearon la crisis y la están agravando.
NOVIEMBRE
DE 2011
UN SEÑOR
QUE ESTÁ SENTADO EN cuarta la tiene una pregunta.
Se presenta
como Richard Rothschild. Explica al público que se presentó a comisionado del
condado en Carroll County, en Maryland, porque había llegado a la conclusión de
que las políticas diseñadas para combatir el calentamiento global en realidad
eran «un ataque contra el capitalismo estadounidense de clase media». Su
pregunta para los ponentes, reunidos en un Hotel Marriot de Washington, DC, es
la siguiente: «¿Hasta qué punto este movimiento es un mero caballo de Troya
verde con la tripa llena de doctrinas rojas socioeconómicas marxistas?».
Aquí, en la
VI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático organizada por el Instituto
Heartland, el encuentro más importante para quienes se dedican a negar el
abrumador consenso cientí co sobre el hecho de que la actividad humana está
calentando el planeta, la suya se considera una pregunta retórica. Es como
preguntar en una reunión de ejecutivos de bancos centrales alemanes si se puede
con ar en los griegos. Y, aun así, los
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ponentes no
van a dejar escapar la oportunidad de decirle a quien ha formulado la pregunta
cuánta razón lleva.
Chris
Horner, un alto miembro del Competitive Enterprise Institute experto en acosar
a cientí cos que estudian el clima con onerosas demandas y peticiones de
publicación de información con arreglo a la Ley de Libertad de Información, se
acerca el micrófono de la mesa a la boca. «Puedes creer que se trata del clima
—dice enigmáticamente—, y mucha gente así lo cree, pero no es una creencia
razonable.» A Horner, cuyo cabello prematuramente canoso le hace parecer un
Anderson Cooper de derechas, le gusta citar a Saul Alinsky: «El problema no es
el problema». El problema, según parece, es que «ninguna sociedad libre se
haría a sí misma lo que requiere este plan […]. El primer paso para lograrlo es
eliminar todas esas incómodas libertades que no dejan de estorbar».
Asegurar
que el cambio climático es un complot para arrebatar las libertades de los
estadounidenses es bastante moderado para lo que es Heartland. A lo largo de
esta conferencia de dos días, aprenderé que la promesa de campaña de Obama de
respaldar re nerías de biocombustibles de propiedad local en realidad se
trataba de «comunitarismo verde», semejante al plan «maoísta» de poner «altos
hornos en los jardines de cada casa» (Patrick Michaels, del Instituto Cato);
que el cambio climático es «un caballo de acecho para el nacionalsocialismo»
(Harrison Schmitt, exsenador republicano y astronauta jubilado); y que los
ecologistas son como los sacerdotes aztecas, quienes sacri caron a tantísimas
personas para contentar a los dioses y cambiar el clima (Marc Morano, editor de
la página web de cabecera de los negacionistas, ClimateDepot).
Sin
embargo, lo que más oiré serán versiones de la opinión expresada por el
comisionado del condado de la cuarta la: que el cambio climático es un caballo
de Troya diseñado para abolir el capitalismo y sustituirlo con algún tipo de
ecosocialismo. Tal como el conferenciante Larry Bell lo explica brevemente en
su
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nuevo
libro, Climate of Corruption [Clima de corrupción], el cambio climático «tiene
muy poco que ver con el estado del medio ambiente y mucho con poner trabas al
capitalismo y transformar el estilo de vida estadounidense en aras de la
distribución global de la riqueza».
Sí, es
cierto que pretenden hacer creer que el origen del rechazo de la climatología
por parte de los delegados está en su profundo desacuerdo con los datos. Y los
organizadores se esfuerzan por recrear congresos cientí cos serios, poniéndole
al encuentro el título de «La reinstauración del método cientí co» e incluso
adoptando el acrónimo organizacional ICCC, que se diferencia en una sola letra
de la autoridad más importante en el campo del cambio climático, el Grupo
Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Pero las
teorías cientí cas que aquí se presentan son antiguas y hace mucho que quedaron
desacreditadas. Tampoco se hace ningún esfuerzo por explicar por qué cada
ponente parece contradecir al siguiente. (¿No hay calentamiento, o sí lo hay
pero no supone un problema? Y si no lo hay, ¿entonces qué es todo eso sobre
manchas solares que hacen que aumenten las temperaturas?)
La verdad
es que varios miembros del público, en su mayoría personas mayores, parecen dar
cabezadas mientras se proyectan los grá cos que muestran las temperaturas. Solo
regresan al mundo de los vivos cuando las estrellas del rock del movimiento
salen al escenario (no los cientí cos de segunda división, sino los guerreros
ideológicos de primera división, como Morano o Horner). Este es el verdadero
objetivo del encuentro: proporcionar un foro a los negacionistas más
conservadores para que se hagan con los bates de béisbol retóricos con los que
aporrearán a los ecologistas y a los climatólogos durante las semanas y los
meses siguientes. Los argumentos que se ponen a prueba aquí antes que en ningún
sitio serán los que abarrotarán las secciones de comentarios de todos los
artículos y vídeos de YouTube que contengan la frase «cambio climático» o
«calentamiento global».
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También
saldrán de las bocas de cientos de comentaristas y políticos de derechas, desde
los candidatos republicanos a la presidencia, como Rick Perry y Michele
Bachmann, hasta los comisionados del condado, como Richard Rothschild. En una
entrevista concedida ya fuera del marco de estas sesiones, un orgulloso Joseph
Bast, el presidente del Instituto Heartland, se atribuye el mérito de los
«miles de escritos y artículos de opinión y conferencias […] escritos o
motivados por alguien que acudió a una de estas conferencias».
El
Instituto Heartland, un laboratorio de ideas con sede en Chicago que se dedica
a «promover soluciones de libre mercado», lleva celebrando estas charlas desde
2008, en ocasiones incluso dos veces al año. Y su estrategia parece estar
surtiendo efecto. Al nal del primer día, Morano —cuya fama le viene de haber
sacado a la luz la historia del grupo político Swi Boat Veterans for Truth, que
hundió la campaña presidencial de John Kerry en 2004— invita al público a dar
una serie de vueltas de honor. Comercio de derechos de emisión: ¡abajo con
ellos! Obama en la cumbre de Copenhague: ¡un fracaso! El movimiento por el
clima: ¡un suicidio! Llega incluso a proyectar un par de citas de activistas
climáticos que se auto agelan (algo que tan bien se les da a los progresistas)
y exhorta al público: «¡Congratulaos!».
Del techo
no caen globos ni confeti, pero si así hubiese sido, tampoco habría sido de
extrañar.
Cuando la
opinión pública cambia acerca de las grandes cuestiones sociales y políticas,
los cambios suelen ser relativamente graduales; de hecho, los cambios abruptos,
cuando se dan, suelen precipitarse debido a acontecimientos dramáticos. Por eso
precisamente los encuestadores no salen de su asombro ante lo que ocurrió con
las percepciones sobre el cambio climático en Estados Unidos en un período de
tan solo cuatro años. Una encuesta llevada a cabo por Harris en 2007 observó
que el 71 % de los
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estadounidenses
creían que el uso prolongado de los combustibles fósiles provocaría cambios en
el clima. En 2009, la cifra había caído hasta un 51 %. En junio de 2011, la
cifra de estadounidenses que estaban de acuerdo con dicha a rmación se había
reducido al 44 %, muy por debajo de la mitad de la población. Según Scott
Keeter, director de investigación por encuestas en el Centro de Investigación
Pew para el Pueblo y la Prensa, «este cambio se encuentra entre los más
notables que se hayan observado en un breve período de tiempo en la historia
reciente de la opinión pública».[1]
Lo que
resulta todavía más sorprendente es que este cambio se ha producido casi
íntegramente en uno de los extremos del espectro político. Hace muy poco, en
2008 (el año en que Newt Gingrich salió en un anuncio de televisión sobre el
cambio climático junto a Nancy Pelosi), esta cuestión todavía parecía contar
con el apoyo de ambos partidos en Estados Unidos. De nitivamente, esos días
pertenecen al pasado. Hoy, el 70-75 % de las personas que se identi can como
demócratas y liberales creen que los humanos están cambiando el clima, una
cifra que se ha mantenido estable o ha aumentado ligeramente en la última
década, lo cual contrasta marcadamente con los republicanos, especialmente los
miembros del Tea Party, cuya inmensa mayoría ha decidido rechazar el consenso
cientí co. En algunas regiones, tan solo cerca del 20 % de las personas que se
identi can como republicanas aceptan lo que dice la ciencia.[2]
El cambio
en el grado de intensidad emocional resulta igual de signi cativo. La mayoría
de la gente solía decir que el cambio climático le preocupaba… pero tampoco
tanto. Cuando se pedía a los estadounidenses que indicaran sus preocupaciones
políticas en orden de prioridad, el cambio climático siempre aparecía en último
lugar.[3]
Pero ahora
existe una cohorte signi cativa de republicanos que ha hecho del cambio
climático una de sus grandes preocupaciones, hasta el punto de obsesionarse con
él, aunque lo que les importa es
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destapar
que se trata de un «engaño» orquestado por los liberales para obligarles a
cambiar las bombillas, vivir en bloques de pisos de estilo soviético y entregar
sus todoterrenos. Para este sector de la derecha, oponerse al cambio climático
se ha convertido en un elemento tan central de su visión del mundo como los
impuestos reducidos, la tenencia de armas y la oposición al aborto. Muchos
cientí cos dedicados al estudio del clima a rman haber recibido amenazas de
muerte, igual que les ocurre a los autores de artículos sobre cuestiones tan
aparentemente inocuas como la conservación de la energía. (Tal como el autor de
una de esas cartas le dijo a Stan Cox, que ha publicado un libro crítico con el
aire acondicionado, «Si quieres mi termostato, tendrás que pasar por encima de
mi cadáver».)
La actual
intensidad de la guerra cultural es la peor noticia de todas, porque cuando
cuestionas la posición de alguien en un aspecto central de su identidad, los
hechos y los argumentos se consideran poco más que un nuevo ataque fácilmente
sorteable. (Los negacionistas incluso han hallado la forma de rechazar un nuevo
estudio que con rma la realidad del calentamiento global y que fue parcialmente
nanciado por los hermanos Koch, multimillonarios conservadores, y encabezado
por un cientí co próximo a la posición «escéptica».)
Las
consecuencias de esta intensidad emocional se han manifestado en todo su
esplendor en la carrera para liderar el Partido Republicano. Tan solo unos días
después de dar inicio a su campaña presidencial y con su estado natal
literalmente en llamas por culpa de los incendios, el gobernador de Texas Rick
Perry deleitó a las bases al declarar que los cientí cos del clima estaban
manipulando los datos «para asegurarse de que entran dólares en sus proyectos».
Mientras tanto, la campaña del único candidato que defendía sistemáticamente la
climatología, Jon Huntsman, murió antes de empezar. Y, en parte, lo que rescató
la campaña de Mitt Romney fue que se alejó de a rmaciones previas en las que
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había
mostrado apoyo al consenso cientí co sobre el cambio climático.
Pero los
efectos de las conspiraciones de derechas sobre el clima no se limitan en
absoluto al Partido Republicano. Los demócratas se han quedado prácticamente
mudos al respecto para no perder el apoyo de los independientes. Y los medios
de comunicación y la industria cultural han seguido su ejemplo. En 2007, los
famosos se presentaron en la ceremonia de los Óscar en híbridos. Ese mismo año,
Vanity Fair publicó un número anual sobre ecología, y las tres cadenas de
televisión más importantes de Estados Unidos emitieron ciento cuarenta y siete
reportajes sobre el cambio climático. Pero eso es agua pasada. En 2010, las
cadenas más importantes emitieron apenas treinta y dos reportajes sobre el
cambio climático; las limusinas se han vuelto a poner de moda en los Óscar, y
el número «anual» de Vanity Fair sobre ecología se publicó por última vez en
2008.
Este
incómodo silencio ha persistido hasta el nal de la década más cálida de la
historia y durante otro verano repleto de catástrofes naturales anormales y un
calor que ha batido récords en todo el mundo. Mientras tanto, la industria de
los combustibles fósiles se apresura invertir miles de millones de dólares en
infraestructuras nuevas para extraer petróleo, gas natural y carbón de algunas
de las fuentes más arriesgadas y contaminantes del continente (entre las
cuales, el oleoducto Keystone XL, de siete mil millones de dólares, solo es el
ejemplo más notorio). En las arenas bituminosas de Alberta, en el mar de
Beaufort, en los yacimientos de gas natural de Pensilvania y en los yacimientos
de Wyoming y Montana, la industria está apostándolo todo a que la posibilidad
de una legislación climática seria está prácticamente muerta.
Si el
carbono enterrado que estos proyectos están listos para extraer es expulsado a
la atmósfera, las posibilidades de desatar un cambio climático catastró co
aumentarán de forma drástica (según el experto James Hansen, de la NASA, solo
con extraer todo
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el petróleo
de las arenas bituminosas de Alberta ya estaríamos haciéndole «básicamente
jaque mate» al clima).
Todo esto
signi ca que el movimiento por el clima tiene que volver a lo grande. Y, para
ello, la izquierda va a tener que aprender de la derecha. Los negacionistas
ganaron impulso al convertir el clima en un asunto económico: la acción
climática destruirá el capitalismo, dicen, a la par que acabará con el empleo y
hará que los precios se pongan por las nubes. Pero en un momento en el que cada
vez más personas están de acuerdo con los manifestantes de Occupy Wall Street,
muchos de los cuales de enden que el capitalismo de siempre es la causa de la
inseguridad laboral y de la esclavitud de la deuda, tenemos una oportunidad
enorme de ganarle terreno económico a la derecha. Para ello, necesitaríamos un
argumentario convincente que defendiera que las soluciones reales de la crisis
climática también son nuestra mayor esperanza para construir un sistema
económico más justo y mucho más tolerante, un sistema que ponga n a las
profundas desigualdades, refuerce y transforme la esfera pública, genere empleo
digno y abundante y ponga freno al poder corporativo. También exigiría
alejarnos de la idea de que la acción por el clima no es otra cosa que un punto
más en la interminable lista de causas nobles que compiten por la atención de
los progresistas. Igual que el negacionismo climático se ha convertido en un
rasgo identitario elemental para la derecha, íntimamente vinculado a la defensa
de los sistemas actuales del poder y la riqueza, la realidad cientí ca del
cambio climático, en lo que a los progresistas se re ere, debe ocupar un lugar
central en un relato coherente sobre los peligros de la avaricia descontrolada
y la necesidad de contar con alternativas reales.
Construir
un movimiento tan transformador como este puede ser menos di cil de lo que
parece a primera vista. De hecho, si le preguntas a la cuadrilla de Heartland,
el cambio climático hace que el surgimiento de algún tipo de revolución de
izquierdas sea prácticamente inevitable, y por eso precisamente están tan
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resueltos a
negar la realidad. Tal vez deberíamos prestar más atención a sus teorías, ya
que puede que hayan entendido algo que a la mayoría todavía se nos escapa.
Los
negacionistas no decidieron que el cambio climático es una conspiración de la
izquierda porque descubrieron un complot socialista encubierto. La idea les
viene de jarse atentamente en lo que debería hacerse para reducir las emisiones
al drástico y acelerado ritmo que exige la climatología. Han llegado a la
conclusión de que solo podremos alcanzar dicho objetivo si reorganizamos
radicalmente los sistemas económicos y políticos de formas totalmente opuestas
a su sistema de creencias «de libre mercado». Tal como ha señalado James
Delingpole, el bloguero británico y parroquiano de Heartland: «El ecologismo
moderno consigue promover muchas de las causas estimadas por la izquierda: la
redistribución de la riqueza, unos impuestos más elevados, una mayor intervención
y regulación gubernamental». Bast, de Heartland, todavía se anda menos por las
ramas: para la izquierda, «el cambio climático es ideal. […] Es la razón por la
que deberíamos estar haciendo todo lo que [la izquierda] quería hacer de todos
modos».
He aquí mi
verdad incómoda: no se equivocan. Antes de seguir, permitidme que hable con
total claridad: tal como atestiguan el 97 % de los cientí cos sobre el clima,
el grupo de Heartland se equivoca de medio a medio en cuanto a la ciencia. Los
gases de efecto invernadero que se emiten a la atmósfera mediante el uso de
combustibles fósiles y el vaciado de los bosques ya están provocando el aumento
de las temperaturas. Si para nales de esta década no nos encontramos en una
senda energética radicalmente distinta, nos espera un mundo lleno de
sufrimiento.
Pero cuando
hablamos de las consecuencias políticas de estos descubrimientos cientí cos, y
especí camente del tipo de cambios necesarios no solo en lo referente al
consumo de energía, sino en
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lo que
respecta a la lógica subyacente de nuestro sistema económico, puede que el
público que acudió al Hotel Marriot se encuentre en una fase de negación
considerablemente menos avanzada que muchos ecologistas profesionales, esos que
predicen un calentamiento climático apocalíptico para luego asegurarnos que
podemos evitar la catástrofe comprando productos «ecológicos» y creando astutos
mercados que se aprovechan de la contaminación.
El hecho de
que la atmósfera terrestre no es capaz de absorber de forma segura la cantidad
de carbono que le estamos inyectando es un síntoma de una crisis mucho mayor,
una crisis que tiene su origen en la cción elemental en la que se apoya nuestro
modelo económico: que la naturaleza es ilimitada, que siempre podremos
encontrar más de lo que necesitamos y que, si algo se acaba, se puede sustituir
sin problemas por otro recurso que podremos extraer eternamente. Y la atmósfera
no es lo único que hemos explotado hasta sobrepasar su capacidad de
recuperación. Estamos haciendo lo mismo con los océanos, el agua dulce, la capa
superior del suelo y la biodiversidad. Lo que la crisis climática cuestiona es
la mentalidad extractora y expansionista que durante tanto tiempo ha gobernado
nuestra relación con la naturaleza. La abundancia de estudios cientí cos que
demuestran que hemos explotado la naturaleza más allá de sus propias
limitaciones exige mucho más que productos ecológicos y soluciones basadas en
el mercado; exige un nuevo paradigma de civilización que no se fundamente en la
dominación de la naturaleza sino en el respeto por sus ciclos naturales de
renovación y que sea plenamente consciente de los límites naturales, incluidos
los límites de la inteligencia humana.
Así pues,
en cierto modo, Chris Horner tenía razón cuando dijo ante sus compañeros de
Heartland que el cambio climático no es «el problema». En realidad, no es un
problema en absoluto. El cambio climático es un mensaje, un mensaje que nos
dice que muchas de las ideas que tanto aprecia la cultura occidental han
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dejado de
ser viables. Todas estas revelaciones resultan enormemente di ciles de asimilar
para todos los que hemos crecido bajo los ideales de progreso de la Ilustración
y que no estamos acostumbrados a que ningún límite natural condicione nuestras
ambiciones. Y esto es así tanto para la izquierda estatalista como para la
derecha neoliberal.
Aunque la
cuadrilla de Heartland gusta de invocar el espectro del comunismo para
aterrorizar a los estadounidenses sobre la acción climática (el expresidente
checo Václav Klaus, un favorito de las conferencias de Heartland, a rma que los
intentos de evitar el calentamiento global se asemejan a «las ambiciones de los
plani cadores centrales comunistas que querían controlar a la sociedad en su
conjunto»), lo cierto es que el socialismo de Estado de la época soviética fue
desastroso para el clima. Devoró recursos con el mismo entusiasmo que el
capitalismo y escupió desechos con la misma negligencia: antes de la caída del
Muro de Berlín, las huellas de carbono por cápita de los checos y los rusos
eran todavía más elevadas que las de sus homólogos en Gran Bretaña, Canadá y
Australia. Y aunque hay quienes recurren a la vertiginosa expansión de los
programas de energías renovables de China para defender que solo los regímenes
de control centralizado son capaces de ser estrictos con las políticas verdes,
la economía del mando y control de China sigue utilizándose para librar una
batalla sin cuartel contra la naturaleza mediante la construcción de presas
colosales y enormemente disruptivas, superautopistas y proyectos energéticos de
extracción, especialmente de carbón.[4]
Es cierto
que reaccionar ante la amenaza climática exige la voluntad de llevar a cabo una
plani cación industrial y una contundente acción gubernamental en todos los
niveles. Pero algunas de las soluciones climáticas más fructuosas son las que
dirigen este tipo de intervenciones hacia la dispersión y la transferencia del
poder y del control a las comunidades, ya sea mediante energías renovables
controladas por la comunidad,
Página 97
agricultura
ecológica o sistemas de transporte que verdaderamente rindan cuentas ante los
usuarios.
He aquí lo
que el grupo de Heartland hace bien en temer: para llegar a estos nuevos
sistemas, tendremos que hacer trizas la ideología de libre mercado que ha
dominado la economía global durante más de tres décadas. Lo que sigue es un
esbozo a grandes rasgos de lo que constituiría un programa serio en estos seis
aspectos: infraestructuras públicas, plani cación económica, regulación
corporativa, comercio internacional, consumo e impuestos. Para los ideólogos de
derechas como los que se reunieron en la conferencia de Heartland, los
resultados son poco menos que un cataclismo intelectual.
1. REVIVIR
Y REINVENTAR LA ESFERA PÚBLICA
Tras años
de reciclaje, compensaciones de carbono y cambios de bombillas, es evidente que
esta acción nunca constituirá una respuesta adecuada ante la crisis climática.
El cambio climático es un problema colectivo y requiere una acción colectiva.
Uno de los ámbitos en los que dicha acción colectiva debe llevarse a cabo es el
de las grandes inversiones diseñadas para reducir las emisiones a escala
masiva. Y esto signi ca redes de metros, tranvías y trenes ligeros que no solo
lleguen a todas partes, sino que sean asequibles para todo el mundo, incluso
tal vez gratuitos; viviendas económicas de e ciencia energética alrededor de
las líneas de transporte; redes eléctricas inteligentes que transporten energía
renovable, y un trabajo de investigación masivo para asegurarnos de que estamos
usando los mejores métodos posibles.
El sector
privado no es el indicado para proporcionar la mayoría de estos servicios
porque requieren de grandes inversiones por adelantado, y, si de verdad van a
ser accesibles para todos, es muy probable que algunos no generen bene cios.
Sin embargo, no cabe duda de que son de interés público, y precisamente por eso
deberían proceder del sector público.
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Desde
siempre, las luchas por proteger la esfera pública son cali cadas de con ictos
entre izquierdistas irresponsables que quieren gastar sin límites y realistas
prácticos que comprenden que estamos viviendo por encima de nuestras
posibilidades económicas. Pero la gravedad de la crisis climática pide a gritos
una concepción radicalmente nueva del realismo y una comprensión muy diferente
de los límites. Los dé cits de los presupuestos públicos no son ni la mitad de
peligrosos que los dé cits que hemos creado en los complejos sistemas
naturales. Para cambiar nuestra cultura de manera que respete dichos límites
—para desengancharnos de los combustibles fósiles y apuntalar las
infraestructuras comunes para las tormentas que vendrán— nos hará falta contar
con la fuerza colectiva.
2.
ACORDARSE DE LA PLANIFICACIÓN
Además de
revertir una tendencia privatizadora que ha durado treinta años, cualquier
respuesta seria ante la amenaza climática implica recuperar un arte que ha sido
vilipendiado sin descanso a lo largo de estas décadas de fundamentalismo de
mercado: la plani cación. Plani cación, plani cación y más plani cación: plani
cación industrial y plani cación del uso de los terrenos. Y no solo a escala
nacional e internacional. Todas las ciudades y comunidades del mundo deben
tener un plan que paute cómo van a ir abandonando el uso de los combustibles
fósiles: lo que el movimiento Transition Town llama «un plan de acción para el
descenso energético». En las ciudades y municipios que han aceptado esta
responsabilidad con la seriedad debida, el proceso ha abierto espacios poco
frecuentes de democracia participativa, y los vecinos abarrotan las reuniones
de consulta en los ayuntamientos para compartir ideas sobre cómo reorganizar
sus comunidades para reducir las emisiones y ser más fuertes ante los duros
tiempos que se avecinan.
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El cambio
climático también exige otras formas de plani cación, especialmente para los
trabajadores cuyos empleos irán quedando obsoletos a medida que nos destetemos
de los combustibles fósiles. Con organizar unas cuantas formaciones sobre
«trabajos verdes» no basta. Estos trabajadores deben saber que habrá empleos
reales esperándolos, lo cual conlleva recuperar la idea de planear las
economías pensando en las prioridades colectivas y no en la rentabilidad
corporativa; por ejemplo, proporcionando a los empleados de las fábricas de
coches y las minas de carbón que hayan sido despedidos las herramientas y los
recursos que necesiten para encontrar empleos igual de seguros en la
fabricación de vagones de metro, la instalación de turbinas eólicas y la
limpieza de los yacimientos de extracciones. Algunos de estos empleos
pertenecerán al sector privado, otros, al plano público, y otros, a
cooperativas (en este sentido, las cooperativas ecológicas de Cleveland,
gestionadas por los trabajadores, podrían servir como modelo). También
tendremos que resucitar la plani cación de la agricultura si queremos abordar
la triple crisis de la erosión del suelo, la meteorología extrema y la
dependencia de los combustibles fósiles. Wes Jackson, el visionario fundador
del e Land Institute en Salina, Kansas, ha estado exigiendo un «proyecto
agrario para los próximos cincuenta años». Ese es el tiempo que Jackson y sus
colaboradores Wendell Berry y Fred Kirschenmann estiman necesario para llevar a
cabo estudios y desarrollar infraestructuras para sustituir muchas cosechas de
cereales anuales que degradan el suelo (cultivadas en monocultivos) por
cosechas perennes (cultivadas en policultivos). Dado que no hay que replantar
las cosechas perennes año tras año, sus largas raíces son mucho más efectivas
cuando se trata de almacenar agua escasa, mantener el suelo en su sitio y
secuestrar carbono. Los policultivos también son menos vulnerables a las plagas
y a la ya actual meteorología extrema. Un bene cio añadido de este tipo de
cultivo es que requiere un trabajo mucho más intensivo que la agricultura
industrial, lo que signi ca que la
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agricultura
puede volver a convertirse en una fuente de empleo importante para las
comunidades rurales a las que se ha descuidado durante tanto tiempo.
Al margen
de lo que se diga en la conferencia de Heartland y otros encuentros de
ideología similar, el regreso de la plani cación no es algo que debamos temer.
El experimento de treinta y tantos años con la economía no regulada del lejano
Oeste no está funcionando para la gran mayoría de las personas de todo el
mundo. Estos fracasos sistémicos son precisamente la razón por la que tantos se
están rebelando contra las élites y exigiendo salarios dignos, el n de la
corrupción y una democracia real. El cambio climático no entra en absoluto en
con icto con exigir un nuevo tipo de economía, sino que, en realidad, aporta un
imperativo existencial.
3.
CONTROLAR A LAS CORPORACIONES
Un elemento
clave de la plani cación que debemos llevar a cabo tiene que ver con
regulaciones nuevas y rápidas del sector corporativo. Es mucho lo que se puede
lograr a base de incentivos, como, por ejemplo, subsidios para las energías
renovables y la administración responsable de las tierras. Pero también vamos a
tener que retomar el hábito de prohibir los comportamientos que sean
descaradamente peligrosos y destructivos. Eso signi ca interponerse en el
camino de las corporaciones en muchos frentes, desde imponer límites estrictos
a los volúmenes de carbono que pueden emitir las corporaciones hasta prohibir
aperturas de fábricas alimentadas por carbón, tomar medidas contra las
explotaciones ganaderas de engorde o eliminar de forma gradual los proyectos contaminantes
de extracción energética (empezando por la cancelación de nuevos oleoductos y
otros proyectos de infraestructuras que, de construirse, asegurarían sus planes
de expansión).
Página 101
Solo un
pequeño sector de la población cree que cualquier restricción que se imponga a
las corporaciones o a los consumidores nos llevará por el camino de servidumbre
de Hayek, y no es una coincidencia que precisamente este sector de la población
ocupe la primera línea del negacionismo climático.
4.
RELOCALIZAR LA PRODUCCIÓN
Si la
regulación estricta de las corporaciones como respuesta ante el cambio
climático suena a medida más o menos radical, ello se debe a que, desde
principios de la década de 1980, se ha considerado un artículo de fe que el
papel del Gobierno consiste en dejar vía libre al sector corporativo,
especialmente en lo que concierne al comercio internacional. Las devastadoras
consecuencias que el libre comercio ha comportado para la fabricación, las
empresas locales y la agricultura son por todos conocidas, pero es probable que
sea la atmósfera la que se haya llevado la peor parte. Los barcos cargueros,
los aviones jumbo y los camiones pesados que transportan materias primas y
productos acabados a lo largo y ancho del mundo devoran combustibles fósiles y
escupen gases de efecto invernadero. Y los productos baratos que se fabrican
—hechos para ser sustituidos, casi nunca reparados— consumen una enorme
variedad de otros recursos no renovables a la vez que generan muchos más
desperdicios de los que se pueden absorber de forma segura.
De hecho,
este modelo es tan derrochador que anula todos los modestos avances que se han
logrado en materia de reducción de emisiones. Por ejemplo, la revista
Proceedings of the National Academy of Sciences publicó hace poco un estudio
sobre las emisiones de los países industrializados que rmaron el Protocolo de
Kioto en el que se había observado que, a pesar de que las emisiones se habían
estabilizado, ello se debía en parte a que el comercio internacional había
permitido que dichos países trasladaran su producción contaminante a lugares
como China.
Página 102
Los
investigadores concluyeron que el aumento de las emisiones surgido de los
productos que se fabricaron en países en vías de desarrollo para su consumo en
países industrializados era «seis veces superior» a las reducciones de las
emisiones de los países industrializados.
En una
economía diseñada para respetar los límites de la naturaleza, el uso del
transporte de largo recorrido y el gran consumo energético deberían racionarse
de forma que se reservaran para determinados productos que no se pueden
producir de forma local, o en los casos en los que la producción local dependa
más del carbón. (Por ejemplo, cultivar alimentos en invernaderos en zonas frías
de Estados Unidos a menudo conlleva un mayor consumo energético que cultivarlos
en el sur y transportarlos mediante trenes ligeros.)
El cambio
climático no exige que se ponga n al comercio. Lo que sí exige es que demos un
repaso general al temerario estilo del «libre comercio» que se aplica a todos
los acuerdos bilaterales de comercio y al que se acoge la Organización Mundial
del Comercio. Si se hace con criterio, serán buenas noticias para los
trabajadores desempleados, para los granjeros que son incapaces de competir con
las importaciones baratas, para las comunidades que han visto cómo sus fábricas
locales se han trasladado al extranjero y los pequeños comercios han sido
sustituidos por hipermercados. Pero no debemos subestimar el desa o que ello
supone para el proyecto capitalista, ya que implica revertir la tendencia de
los últimos treinta años de eliminar todos los límites posibles al poder
corporativo.
5. TERMINAR
CON EL CULTO A LAS COMPRAS
Las últimas
tres décadas de libre comercio, desregularización y privatización no nacieron
únicamente de un grupo de avariciosos que querían incrementar su lucro
empresarial. También surgieron como respuesta a la «estan ación» de la década
de 1970, que generó
Página 103
una fuerte
presión por hallar nuevas vías de crecimiento económico rápido. La amenaza era
real: en nuestro modelo
económico actual, una caída en la producción supone, por
de nición, una
crisis, es decir, una recesión o, de ser lo
su cientemente grave, una depresión, con toda
la desesperación y
di cultades que implican dichas palabras.
Esta necesidad imperiosa de crecimiento
está detrás del
enfoque que
siempre adoptan los economistas convencionales en relación con la crisis
climática y que sintetizan en la siguiente pregunta: ¿cómo reducimos las
emisiones a la vez que mantenemos un crecimiento sólido del PIB? La respuesta
habitual es mediante la «disociación», la idea de que la energía renovable y
unas e ciencias más elevadas nos permitirán desacoplar el crecimiento económico
de su impacto en el medio ambiente. Y los defensores del «crecimiento verde»,
como omas Friedman, nos aseguran que el proceso de desarrollar nuevas
tecnologías ecológicas y de instalar infraestructuras verdes proporcionarán un
enorme impulso económico, aumentarán de forma exponencial el PIB y generarán la
riqueza necesaria para «hacer de Estados Unidos un país más saludable, rico,
innovador, productivo y estable».
Pero aquí
es donde se complican las cosas. Existe un corpus de investigación económica
cada vez más extenso sobre el con icto entre el crecimiento económico
desenfrenado y una política climática sólida, encabezado por el economista
ecológico Herman Daly, de la Universidad de Maryland, Peter Victor, de la
Universidad de York, Tim Jackson, de la Universidad de Surrey, y el experto en
derecho y políticas medioambientales Gus Speth. Todos expresan serias dudas
sobre la viabilidad de que los países industrializados alcancen los profundos
recortes de emisiones exigidos por la ciencia —alcanzar la huella de carbono
cero antes de mediados de siglo— a la vez que siguen impulsando el crecimiento
de sus economías incluso al desacelerado ritmo actual. Según Victor y Jackson,
una e ciencia mayor
Página 104
sencillamente
no puede seguir el ritmo del crecimiento, en parte porque una mayor e ciencia
casi siempre viene acompañada de más consumo, lo que reduce o incluso
contrarresta los avances (algo que a menudo se conoce como la «paradoja de
Jevons»). Y mientras que los ahorros obtenidos de una mayor e ciencia
energética y material se sigan invirtiendo en el impulso del crecimiento
exponencial de la economía, la reducción de las emisiones totales se verá
frustrada. Tal como plantea Jackson en Prosperity Without Growth [Prosperidad
sin crecimiento]: «Los que promueven la disociación como una vía de escape del
dilema del crecimiento deben prestar más atención a las evidencias históricas y
a la aritmética básica del crecimiento».
La
conclusión es que una crisis ecológica cuyas raíces se encuentran en el consumo
excesivo de los recursos naturales no se puede abordar solo desde la
optimización de la e ciencia de las economías, sino que también depende de la
reducción del volumen de objetos materiales que consumen el 20 % de las
personas más ricas del planeta. Pero esta idea es un anatema para las grandes
corporaciones que dominan la economía global, que a su vez están controladas
por inversores poco comprometidos que exigen unos bene cios más elevados año
tras año. Así las cosas, nos encontramos atascados en un insostenible aprieto
en el que, en palabras de Jackson, o bien «destruimos el sistema o destrozamos
el planeta».
La única
salida es abrazar una transición gestionada hacia otro paradigma económico
sirviéndonos de todas las herramientas de plani cación que acabamos de
mencionar. Los aumentos de consumo deberían reservarse para todos los países
que todavía están saliendo de la pobreza. Mientras, en el mundo
industrializado, cualquier sector que no se rija por el objetivo de obtener
bene cios anuales cada vez mayores (el sector público, las cooperativas, los
pequeños negocios o las organizaciones sin ánimo de lucro) verían ampliada su
participación en la actividad económica total, y lo mismo ocurriría en los
sectores que generan
Página 105
un impacto
ambiental mínimo pero que proporcionan enormes bene cios para el bienestar
(como la enseñanza, las profesiones de cuidados y las actividades de ocio). De
esta forma se crearía una gran cantidad de empleo, pero el papel del sector
corporativo, con su exigencia estructural de incrementos en las ventas y los
bene cios, debería contraerse, especialmente los segmentos cuyas fortunas están
asociadas de forma inextricable a la extracción de recursos.
Por lo
tanto, cuando la cuadrilla de Heartland reacciona ante las evidencias del
cambio climático provocado por la actividad humana como si el propio
capitalismo estuviera siendo amenazado, no es porque sean paranoicos, sino
porque están prestando atención.
6. COBRAR
IMPUESTOS A LOS RICOS Y A LOS SUCIOS
Es más o
menos aquí cuando cualquier líder sensato preguntaría: ¿cómo demonios vamos a
costear todo esto? Antes, la respuesta habría sido sencilla: con más
crecimiento. Y es que, para las élites, una de las ventajas más importantes de
las economías basadas en el crecimiento es que se pueden permitir eludir de
forma continuada cualquier exigencia sobre justicia económica, ya que dicen
que, si seguimos haciendo crecer el pastel, al nal habrá para todos. Eso
siempre ha sido mentira, tal como lo demuestra la crisis de desigualdad actual,
pero en un mundo que se está topando con toda una serie de límites ecológicos,
esta premisa es ya del todo impensable. Y por eso la única forma de nanciar una
reacción signi cativa ante la crisis ecológica es ir adonde está el dinero.
Es decir:
hay que imponer impuestos al carbón y a la especulación nanciera; hay que subir
los impuestos a las corporaciones y a los ricos; recortar los in ados
presupuestos de los ejércitos y eliminar los absurdos subsidios para la
industria de los combustibles fósiles (veinte mil millones de dólares al año
solo
Página 106
en Estados
Unidos). Y los Gobiernos tendrán que coordinar sus respuestas para que las
corporaciones no tengan dónde esconderse. (Este tipo de robusta arquitectura de
regulación internacional es a lo que se re ere el grupo de Heartland cuando
advierten de que el cambio climático impondrá un siniestro «Gobierno mundial».)
Sin
embargo, lo más importante es ir tras los bene cios de las principales
corporaciones culpables de habernos metido en este lío. Las cinco empresas
petroleras más grandes del mundo obtuvieron novecientos mil millones de dólares
de bene cios en la última década; ExxonMobil por sí sola es capaz de agenciarse
unos bene cios de diez mil millones de dólares en un trimestre. Durante años,
estas empresas han prometido utilizar sus bene cios para invertir en el cambio
hacia energías renovables (el ejemplo más sonado fue la campaña de cambio de
imagen de BP llamada «Beyond Petroleum»). Pero según un estudio llevado a cabo
por el Centro para el Progreso Estadounidense (CAP, por sus siglas en inglés),
solo el 4 % de los bene cios obtenidos en 2008 por estas cinco principales
empresas, que sumaron cien mil millones de dólares, se invirtieron en
«proyectos de energías renovables y alternativas». En lo que sí han invertido
sus bene cios es en seguir llenando los bolsillos de sus accionistas, en
salarios escandalosos para ejecutivos y en nuevas tecnologías diseñadas para
extraer combustibles fósiles todavía más contaminantes y peligrosos. También se
han gastado grandes sumas en contratar los servicios de grupos de presión para
echar por tierra todas y cada una de las legislaciones climáticas que han
asomado la cabeza, y en nanciar el movimiento negacionista que se reúne en el
Hotel Marriott.
De igual
forma que se ha obligado a las tabacaleras a asumir los costes derivados de
ayudar a la gente a dejar de fumar, y BP ha tenido que costear gran parte de
las tareas de limpieza en el golfo de México, ya es hora de que el principio
«contaminador-pagador» se aplique al cambio climático. Además de imponer unos
impuestos más elevados a los contaminadores, los Gobiernos
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tendrán que
negociar unas tasas de regalía mucho más elevadas para que una menor extracción
de combustibles fósiles genere más ingresos públicos para costear el camino
hacia nuestro futuro poscarbono (y los elevados costes del cambio climático que
ya tenemos encima). Puesto que podemos estar seguros de que las corporaciones
se opondrán a cualquier nueva regulación que afecte a sus bene cios, la
nacionalización, ese gran tabú del libre mercado, no se puede descartar.
Cuando la
cuadrilla de Heartland a rma, como hace con frecuencia, que el cambio climático
es un complot para «redistribuir la riqueza» y desatar la lucha de clases, este
es el tipo de políticas a las que más temen. También entienden que, en cuanto
se reconozca la realidad del cambio climático, la riqueza deberá ser
transferida no solo dentro de los países ricos, sino también desde los países
ricos cuyas emisiones crearon la crisis a los países pobres que se encuentran
en primera línea ante sus efectos. Lo cierto es que la razón por la que los
conservadores (y muchos liberales) están tan ansiosos por enterrar las
negociaciones climáticas de las Naciones Unidas es que estas han hecho resurgir
un sentimiento anticolonial en algunos países en vías de desarrollo que muchos
creían que había desaparecido para siempre. Armados con verdades cientí cas
irrefutables sobre en quién recae la responsabilidad del cambio climático y
quiénes están siendo los primeros afectados y los más castigados por sus
consecuencias, países como Bolivia y Ecuador están tratando de zafarse del
papel de «deudor» que se les ha impuesto a base de décadas de créditos del
Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y se están autoproclamando
acreedores a quienes se les debe no solo dinero y tecnología para hacer frente
al cambio climático, sino también «espacio atmosférico» en el que poder
desarrollarse.
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Recapitulemos.
Responder al cambio climático exige que rompamos todas las reglas del manual de
estrategia del libre mercado y que lo hagamos a la máxima brevedad posible.
Tendremos que reconstruir la esfera pública, revertir privatizaciones,
relocalizar grandes parcelas de la economía, reducir el consumo excesivo,
recuperar la plani cación a largo plazo, regular e imponer impuestos
contundentes a las corporaciones e incluso tal vez nacionalizar algunas de
ellas, recortar el gasto militar y reconocer nuestras deudas con el sur global.
Naturalmente, las esperanzas de que todo esto ocurra serán nulas a menos que
venga acompañado de un esfuerzo masivo y transversal por reducir drásticamente
la in uencia de las corporaciones sobre los procesos políticos, lo cual signi
ca, como mínimo, que las elecciones se nancien con fondos públicos y que se
elimine el estatus de «persona» de las corporaciones ante la ley. En pocas
palabras: el cambio climático fortalece los argumentos preexistentes de
prácticamente todas las exigencias progresistas y las uni ca bajo un programa
coherente cuyos cimientos son un claro imperativo cientí co.
Y, sobre
todo, el cambio climático materializa el mayor «Te lo dije» político desde que
Keynes predijo la reacción negativa de Alemania ante el Tratado de Versalles.
Marx escribió sobre la «ruptura irreparable» del capitalismo con «las leyes
naturales de la propia vida», y muchos integrantes de la izquierda han
sostenido que un sistema económico que se basa en dar carta blanca a los
voraces apetitos del capital terminaría desbordando los sistemas naturales de
los que depende la vida. Y, por supuesto, los pueblos indígenas venían
advirtiendo de los peligros de interrumpir los ciclos naturales desde mucho
antes. El hecho de que los residuos del capitalismo industrial que otan en el
aire estén calentando el planeta con resultados potencialmente catastró cos signi
ca que, al nal, los del otro bando llevaban razón. Y todos los que dijeron
«Venga, vamos a eliminar todas las reglas y a sentarnos a ver cómo
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se obra el
milagro» estaban terrible y devastadoramente equivocados.
Tener razón
sobre algo tan aterrador no le hace ilusión a nadie. Pero a los progresistas
nos hace sentir responsables, porque signi ca que nuestras ideas, moldeadas
tanto por las enseñanzas indígenas como por los fracasos del socialismo de
Estado industrial, son más importantes que nunca. Signi ca que la visión del
mundo verde y de izquierdas que rechaza el mero reformismo y planta cara al
centralismo del bene cio de nuestra economía es la que ofrece a la humanidad la
esperanza más prometedora de superar estas crisis solapadas.
Pero
imaginemos por un momento cómo ve todo esto alguien como Joseph Bast, el
presidente de Heartland, alguien que estudió economía en la Universidad de
Chicago y que me dijo que su vocación personal era «liberar a unos de la
tiranía de los otros». A sus ojos, parece el n del mundo. Y desde luego que no
lo es, pero a todos los efectos, sí es el n de «su» mundo. El cambio climático
hace volar por los aires el andamio ideológico que sostiene al conservadurismo
contemporáneo. Sencillamente, es imposible que un sistema de creencias que
vilipendia la acción colectiva y venera la libertad total del mercado se adecúe
a un problema que exige una acción colectiva de una envergadura nunca vista y
un control drástico de las fuerzas del mercado que crearon y siguen empeorando
la crisis.
En la
conferencia de Heartland, donde todos —desde el Ayn Rand Institute hasta la
Heritage Foundation— tienen un puesto para vender libros y pan etos, este
nerviosismo está a or de piel. Bast habla abiertamente de que la campaña de
Heartland contra la climatología surgió del miedo ante las políticas que
exigiría la ciencia. «Cuando observamos este problema, decimos: “Es una receta
para un agrandamiento colosal del Gobierno. […] Antes de dar ese paso,
repasemos la ciencia”. Así que los grupos
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conservadores
y libertarios, creo, pararon y dijeron: “No nos limitemos a aceptar esto como
un artículo de fe; hagamos nuestros propios estudios”.» Es de vital importancia
entender esto: lo que guía a los negacionistas no es la oposición a las
verdades cientí cas del cambio climático, sino la oposición a las implicaciones
de dichas verdades en el mundo real.
Aunque no
sea consciente de ello, Bast está describiendo un fenómeno que está llamando
mucho la atención a un creciente subgrupo de cientí cos sociales que trata de
explicar los drásticos cambios de opinión acerca del cambio climático. Los
investigadores del Cultural Cognition Project [Proyecto de Cognición Cultural]
de la Universidad de Yale han observado que la visión política / cultural
personal explica «las creencias de los individuos sobre el calentamiento global
con mucha más e cacia que cualquier otra característica individual».
Las
personas cuya visión del mundo es eminentemente «igualitaria» y «comunitaria»
(caracterizada por la inclinación hacia la acción colectiva y la justicia
social, la preocupación por las desigualdades y la descon anza hacia el poder
corporativo) aceptan mayoritariamente el consenso cientí co sobre el cambio
climático. Por el contrario, quienes sostienen una visión del mundo
eminentemente «jerárquica» e «individualista» (caracterizada por la oposición a
que el Gobierno atienda a las personas pobres y a las minorías, un respaldo
inequívoco a la industria y la creencia de que cada uno tiene lo que se merece)
rechazan mayoritariamente el consenso climático.
Por
ejemplo, entre el segmento de la población estadounidense que presenta una
visión «jerárquica» más acusada, solo el 11 % considera que el cambio
climático es un «riesgo grave», en comparación con el 69 % del segmento que
presenta una visión «igualitaria» más acusada. El profesor de derecho de la
Universidad de Yale Dan Kahan, autor principal de este estudio, atribuye la
fuerte correlación entre «la visión del mundo» y la aceptación de la
climatología a la «cognición cultural». Este
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concepto
hace referencia al proceso mediante el cual todas las personas,
independientemente de nuestras inclinaciones políticas, ltramos la información
nueva de formas diseñadas para proteger nuestra «visión preferida de cómo es
una buena sociedad». Tal como Kahan explicó en Nature, «a las personas nos
resulta desconcertante creer que un comportamiento que consideramos noble es en
realidad perjudicial para la sociedad, y que el comportamiento que consideramos
vulgar es en realidad bene cioso. Dado que aceptar esta idea podría crear una
brecha entre nosotros y quienes nos rodean, presentamos una fuerte
predisposición emocional a rechazarla». En otras palabras: siempre es más fácil
negar la realidad que ver cómo tu visión del mundo se hace añicos, algo que aplica
tanto a los estalinistas más fervientes en el momento álgido de las purgas como
a los negacionistas climáticos libertarios de hoy.
Cuando se
cuestiona una ideología robusta con evidencias concluyentes procedentes del
mundo real, raramente se extingue por completo, sino que más bien pasa a
convertirse en sectaria y marginal. Siempre quedan creyentes acérrimos que se
dicen unos a otros que el problema no era la ideología, sino la debilidad de
los líderes que no aplicaron las reglas con el rigor necesario. Encontramos a
este tipo de personas en la izquierda estalinista, y también las hay en la
derecha neonazi. Llegados a este punto de la historia, los fundamentalistas del
libre mercado deberían haber sido exiliados a un estatus parecido de
marginalidad en el que se dedicaran a acariciar sus estimadas copias de Libre
para elegir y La rebelión de Atlas en la oscuridad; pero se han salvado de tal
destino porque sus ideas sobre un Gobierno mínimo, por muy demostrado que haya
quedado que están reñidas con la realidad, siguen resultando tan sumamente bene
ciosas para los multimillonarios de todo el mundo que tipos como Charles y
David Koch y ExxonMobil siguen procurándoles vestimenta y alimentos en sus
laboratorios de ideas.
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Esto apunta
a los límites de teorías como la cognición cultural. Los negacionistas no se
están limitando a proteger su visión cultural del mundo, sino que están
protegiendo unos poderosos intereses que se bene cian enormemente de enturbiar
las aguas del cambio climático. Los lazos entre los negacionistas y dichos
intereses son por todos conocidos y están bien documentados. Heartland ha
recibido más de un millón de dólares de ExxonMobil y de fundaciones vinculadas
a los hermanos Koch y a Richard Mellon Scaife (y seguramente muchos más, pero
este laboratorio de ideas ha dejado de publicar los nombres de sus donantes con
la excusa de que esta información estaba distrayendo la atención de los
«méritos de nuestras posiciones»).[5]
Y casi
todos los cientí cos que dan charlas en las conferencias climáticas de
Heartland están tan rodeados de dólares procedentes de los combustibles fósiles
que prácticamente se puede oler el humo. Para citar solo dos ejemplos, Patrick
Michaels, del Instituto Cato, principal ponente de la conferencia, una vez
declaró a la CNN que el 40 % de los bene cios de su consultoría procedía de
empresas petrolíferas, y quién sabe qué proporción del resto procede del
carbón. Una investigación de Greenpeace sobre otro de los ponentes de la
conferencia, el astro sico Willie Soon, reveló que entre 2002 y 2011, el cien
por cien de sus nuevas becas de investigación había procedido de fuentes con
intereses en los combustibles fósiles. Y las empresas de combustibles fósiles
no son los únicos intereses económicos con grandes motivaciones para sabotear
la climatología. Si resolver esta crisis exige someter el orden económico al
tipo de cambio profundo que he descrito, entonces todas y cada una de las
grandes corporaciones que se bene cian de una regulación poco estricta, del
libre comercio y de unos impuestos bajos tienen razones para tener miedo.
Con tanto
en juego, a nadie debería sorprenderle que los negacionistas climáticos sean,
en su mayoría, los que están más enraizados en el statu quo económico tan
sumamente desigual y disfuncional en que vivimos. Una de las observaciones más
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interesantes
que nos proporcionan los estudios sobre percepciones climáticas es la evidente
conexión entre la negación a aceptar los datos cientí cos del cambio climático
y el privilegio social y económico. En su gran mayoría, los negacionistas
climáticos no solo son conservadores, sino que también son blancos y hombres,
un grupo cuyos ingresos se encuentran por encima de la media. Y tienen más
posibilidades que otros adultos de sentirse muy seguros de sus opiniones, por
muy mani estamente falsas que sean. Un artículo que armó mucho revuelo sobre
este tema, escrito por Aaron McCright y Riley Dunlap (al que pusieron el
memorable título de Cool Dudes [Tíos guais]), observó que era seis veces más
probable que los hombres blancos conservadores seguros de sí mismos, como
grupo, creyeran que el cambio climático «no ocurrirá nunca» que el resto de los
adultos encuestados. McCright y Dunlap explican esta discrepancia de una manera
muy sencilla: «Los hombres blancos conservadores han ocupado posiciones de
poder de forma desproporcionada en nuestro sistema económico. Dado el amplio
desa o que el cambio climático plantea al sistema económico capitalista
industrial, no debería sorprendernos que las fuertes actitudes que los hombres
blancos conservadores emplean para justi car el sistema se activen para negar
el cambio climático».
Pero el
relativo privilegio económico y social de los negacionistas no solo signi ca
que tengan más que perder ante un orden económico nuevo, sino que les
proporciona una razón para ser más entusiastas sobre los riesgos del cambio
climático. Esta idea se me ocurrió mientras escuchaba cómo otro ponente de la
conferencia de Heartland demostraba lo que solo se puede describir como una
profunda falta de empatía para con las víctimas de las perturbaciones
climáticas. Larry Bell, cuya biogra a lo describe como «arquitecto espacial»,
arrancó un montón de carcajadas al decir al público que un poco de calor no
está tan mal: «¡Yo me mudé a Houston precisamente por eso!» (en ese momento,
Houston se encontraba inmerso en lo que
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terminaría
siendo el año con la peor sequía registrada en la historia del estado). El
geólogo australiano Bob Carter dijo que «en realidad, desde el punto de vista
humano, al mundo le va mejor en las épocas cálidas». Y Patrick Michaels a rmó
que las personas que se preocupan por el cambio climático deberían seguir el
ejemplo de lo que hicieron los franceses tras la devastadora ola de calor de
2003 que mató a catorce mil ciudadanos de Francia: «descubrieron Walmart y el
aire acondicionado».
Escuchar
todas estas ocurrencias mientras se estimaba que trece millones de personas del
Cuerno de África luchan contra el hambre en unas tierras completamente secas
resultaba de lo más inquietante. Lo que da pie a esta frialdad es la rme
creencia de que, si los negacionistas se equivocan en cuanto al cambio
climático, unos cuantos grados de calentamiento no es algo por lo que los ricos
de los países industrializados deban preocuparse. («Cuando llueve, nos
resguardamos. Cuando hace calor, nos ponemos a la sombra», explicó el
congresista de Texas Joe Barton en una audiencia ante el subcomité de energía y
medio ambiente.)
Y bueno, en
cuanto a todos los demás, deberían dejar de buscar limosnas y ocuparse de salir
de la pobreza. Cuando le pregunté a Michaels si los países ricos tenían la
responsabilidad de ayudar a los pobres a costear su adaptación a un clima más
cálido, se mofó de la idea y dijo que no había que dar dinero a los países
pobres «porque, por alguna razón, su sistema político es incapaz de adaptarse».
La solución real, defendió, pasa por incrementar el libre comercio.
Es aquí
donde la intersección entre la ideología de extrema derecha y la negación
climática se vuelve verdaderamente peligrosa. No es solo que estos «tíos guais»
nieguen la climatología porque amenaza con derrocar su visión del mundo basada
en la dominación, sino que esta visión del mundo les proporciona las
herramientas intelectuales necesarias para dar por perdidos a
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grandes
segmentos de población procedente de países en vías de desarrollo. Es un
imperativo que reconozcamos la amenaza que supone esta mentalidad exterminadora
de empatía, porque el cambio climático pondrá a prueba nuestra fuerza moral
como pocos otros momentos de la historia. La Cámara de Comercio de Estados
Unidos, en su empeño por evitar que la Agencia de Protección Ambiental regule
las emisiones de carbono, argumentó en una petición que, en un escenario de
calentamiento global, «las poblaciones pueden habituarse a unos climas más
cálidos mediante una serie de adaptaciones de comportamiento, psicológicas y
tecnológicas». Y estas adaptaciones son las que más me preocupan.
¿Cómo nos
adaptaremos a las personas que pierdan sus hogares y empleos a manos de unos
desastres naturales cada vez más intensos y frecuentes? ¿Cómo trataremos a los
refugiados climáticos que lleguen a nuestras costas en barcas agujereadas?
¿Abriremos las fronteras y reconoceremos que hemos creado la crisis de la que
huyen? ¿O construiremos fortalezas de tecnología cada vez más avanzada y
adoptaremos unas leyes antiinmigración todavía más draconianas? ¿Cómo
lidiaremos con la escasez de recursos?
Ya
conocemos las respuestas. La cruzada corporativa por hacerse con unos recursos
escasos se volverá más rapaz, más violenta. Las tierras arables de África
seguirán siendo expoliadas para proporcionar alimentos y combustible a los
países más ricos. Las sequías y la hambruna seguirán usándose como pretexto
para fomentar el uso de semillas genéticamente modi cadas, lo que endeudará
todavía más a los agricultores. Trataremos de superar el pico petrolero y de
gas utilizando tecnologías cada vez más peligrosas para extraer las últimas
gotas, convirtiendo fragmentos cada vez más grandes de nuestro planeta en zonas
de sacri cio. Forti caremos nuestras fronteras e intervendremos en con ictos de
otros países en busca de recursos, o bien iniciaremos los con ictos nosotros
mismos. Las llamadas «soluciones climáticas
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de libre
mercado» serán un imán para la especulación, el fraude y el capitalismo de
amigotes, como ya estamos viendo con el comercio de carbono y el uso de los
bosques como compensadores de carbono. A medida que el cambio climático empiece
a afectar no solo a los pobres, sino también a los ricos, recurriremos cada vez
más a las soluciones tecnológicas para bajar las temperaturas, lo que traerá
consigo unos riesgos colosales e impredecibles.
A medida
que el mundo se caliente, la ideología reinante del sálvese quien pueda que nos
dice que las víctimas se merecen lo que les toque, y que podemos dominar la
naturaleza, nos llevará a un lugar verdaderamente frío. Y seguirá enfriándose a
medida que las teorías de superioridad racial, apenas ocultas en ciertos
sectores del movimiento negacionista, regresen con fuerza. Porque esas teorías
no son opcionales, sino que son necesarias para justi car el endurecimiento de
los corazones ante las víctimas del calentamiento global, en su mayoría
inocentes, del sur global y de ciudades predominantemente afroamericanas como
Nueva Orleans.
En La
doctrina del shock (2007) exploro cómo la derecha se ha servido
sistemáticamente de crisis tanto reales como fabricadas para impulsar un
proyecto ideológico brutal que no está diseñado para resolver los problemas que
crearon la crisis, sino para enriquecer a las élites. Cuando se empiece a notar
la mordida del cambio climático, no será una excepción. Lo que va a suceder es
absolutamente predecible. El sistema actual ha sido diseñado para hallar nuevas
formas de privatizar los bienes comunes y bene ciarse de las catástrofes.
El único
comodín que queda sobre la mesa es ver si algún movimiento popular
compensatorio dará un paso hacia delante para proporcionar una alternativa
viable a este sombrío futuro. Y eso no signi ca únicamente plantear un conjunto
alternativo de propuestas políticas, sino una visión alternativa del mundo que
plante cara a la visión vertebradora de la crisis ecológica; es decir, una
perspectiva que se fundamente en la interdependencia y no en
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el
hiperindividualismo, en la reciprocidad y no en la dominancia, en la
cooperación y no en la jerarquía.
Es cierto
que cambiar los valores culturales no es tarea fácil. Requiere el tipo de
visión ambiciosa por la que los movimientos solían luchar hace un siglo, antes
de que todo se clasi cara como «problemas» individuales que debían ser
abordados por el sector correspondiente de organizaciones no gubernamentales de
mentalidad empresarial. El cambio climático es, según las palabras del Stern
Review on the Economics of Climate Change, «el mayor ejemplo del fracaso de un
mercado jamás visto». Lo lógico sería que esta realidad hinchara las velas del
proyecto progresista con convicción e infundiera una energía y una urgencia
renovadas en las batallas que llevamos tanto tiempo librando contra el libre
comercio corporativista, la especulación nanciera, la agricultura industrial o
las deudas del Tercer Mundo, mientras integramos con elegancia estas luchas en
un relato coherente sobre cómo debemos proteger la vida en la Tierra.
Pero eso no
ha pasado, o al menos no todavía. La agria ironía está en que mientras que el
grupo de Heartland está ocupado a rmando que el cambio climático es una
conspiración de la izquierda, la mayoría de las personas de izquierdas todavía
no se han dado cuenta de que la climatología les ha proporcionado el argumento
más poderoso contra el capitalismo desde los «oscuros molinos satánicos» de
William Blake (unos molinos que, por supuesto, marcaron el inicio del cambio
climático). Cuando los manifestantes condenan la corrupción de sus Gobiernos y
de las élites corporativistas en Atenas, Madrid, El Cairo, Madison y Nueva
York, el cambio climático no suele provocar más que una herida super cial,
cuando debería ser el golpe de gracia.
La mitad
del problema es que los progresistas, hasta arriba de trabajo con la lucha
contra las exclusiones económicas y raciales sistémicas, por no hablar de una y
otra guerra, tienden a asumir
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que los
grandes grupos ecologistas tienen la cuestión climática bajo control. La otra
mitad es que muchos de los grupos ecologistas más grandes han rehuido, con
precisión fóbica, todo debate serio sobre las raíces de las crisis climáticas
más evidentes: la globalización, la desregularización y la búsqueda del
crecimiento perpetuo del capitalismo contemporáneo (las mismas fuerzas que son
responsables de tanta destrucción en el resto de la economía). La consecuencia
es que los que se enfrentan a los fracasos del capitalismo y los que luchan por
la acción climática siguen siendo dos grupos aislados, y solo el movimiento
pequeño pero ambicioso que lucha por la justicia climática está tendiendo
algunos puentes oscilantes entre ellos (al establecer conexiones entre el
racismo, la desigualdad y la vulnerabilidad medioambiental).
Y mientras,
la derecha ha tenido vía libre para explotar la crisis económica global que
estalló en 2008 y presentar la acción climática como una receta para el
apocalipsis económico, es decir, como la forma segura de incrementar el coste
de la vida cotidiana y de bloquear la creación de empleos nuevos y muy
necesarios en la extracción de petróleo y en la instalación de nuevos
oleoductos. Y dada la ausencia casi absoluta de voces que ofrezcan una visión
diferente que explique cómo un nuevo paradigma económico podría sacarnos de las
crisis económica y ecológica, al discurso del miedo no le han faltado adeptos.
Lejos de
aprender de los errores del pasado, una facción poderosa del movimiento
ecologista está presionando para que se siga avanzando en el mismo calamitoso
camino con el argumento de que, para ganar la batalla climática, hay que hacer
que la causa sea más digerible para los valores conservadores. Esto es lo que
de ende el
Breakthrough Institute, una institución deliberadamente centrista que está
llamando al movimiento a apoyar la agricultura industrial y la energía nuclear
en detrimento de la agricultura agroecológica y las energías renovables
descentralizadas. También lo oímos de varios de los investigadores
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que
estudian el auge de la negación climática. Algunos, como Kahan, de la
Universidad de Yale, señalan que, aunque las personas que presentan un per l
marcadamente «jerárquico» e «individualista» frenan en seco ante cualquier
mención de regulación, suelen simpatizar con las tecnologías centralizadas de
gran envergadura que con rman su creencia de que los humanos pueden dominar la
naturaleza. Por eso, según Kahan y otros, los ecologistas deberían empezar a
centrarse en respuestas como las energías nucleares y la geoingeniería (es
decir, la intervención deliberada en el sistema climático para contrarrestar el
calentamiento global) y dar importancia a las preocupaciones sobre la seguridad
nacional.
El primer
problema de esta estrategia es que no funciona. Durante años, los grandes
grupos ecologistas han planteado la acción climática como una forma de imponer
la «seguridad energética», mientras que las «soluciones de libre mercado» son
prácticamente las únicas que están sobre la mesa en Estados Unidos. Y, mientras
tanto, el negacionismo ha subido como la espuma. Sin embargo, el problema más
preocupante de este enfoque es que, más que plantar cara a los valores aviesos
que alimentan el negacionismo, los refuerza. La energía nuclear y la
geoingeniería no son formas de solucionar la crisis ecológica: lo que hacen es
redoblar exactamente el tipo de pensamiento arrogante a corto plazo que nos ha
metido en este lío.
Un
movimiento social transformador no tiene la obligación de tranquilizar a los
miembros de una élite aterrorizada y megalómana diciéndoles que siguen siendo
los amos del universo. Tampoco es necesario hacerlo. Es cierto que este grupo
demográ co está abrumadoramente sobrerrepresentado en las posiciones de poder,
pero la solución al problema no pasa por que la mayoría de la gente cambie de
ideas y de valores. La solución está en tratar de cambiar la cultura para que
esta minoría, pequeña pero in uyente de una forma desproporcionada, y su
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temeraria
visión del mundo, ejerzan un poder signi cativamente menor.
Algunos
miembros del bando a favor del clima están presionando con fuerza contra la
estrategia del apaciguamiento. Tim DeChristopher, que pasó dos años en la
cárcel en Utah por alterar una licitación de servicios petrolíferos y de gas,
se pronunció acerca del argumento de la derecha de que la acción climática
supondría un vuelco para la economía. «Creo que deberíamos aceptar los cargos
—dijo en una entrevista—. No, no queremos desbaratar la economía, pero sí,
queremos darle la vuelta. No debemos esconder la visión de lo que queremos
cambiar, del mundo saludable y justo que queremos crear. No buscamos cambios
pequeños: queremos un cambio radical de la economía y de la sociedad. —A lo que
añadió—: Creo que en cuanto empecemos a hablar de ello, encontraremos más
aliados de los que creemos.»
Cuando
DeChristopher articuló su idea de un movimiento climático fusionado con un
movimiento que exija una transformación económica profunda, a la mayoría le
sonó a fantasía. Hoy suena profético. Y resulta que hay muchas personas que han
estado sedientas de este tipo de transformación en muchos frentes, desde los
más prácticos a los espirituales.
Y ya se
están formando nuevas conexiones políticas. La organización Rainforest Action
Network, que ha enfocado sus acciones en el Bank of America porque nancia la
industria del carbón, ha unido su causa con los activistas de Occupy que se
están enfrentando al banco por sus ejecuciones inmobiliarias. Los activistas
que se oponen a la fracturación hidráulica han señalado que el mismo modelo
económico que está detonando los cimientos de la Tierra para que el gas siga
uyendo está también detonando los cimientos de la sociedad para que los bene
cios sigan uyendo. Y luego es el movimiento histórico contra el Oleoducto
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Keystone
XL, que este otoño ha sacado el movimiento climático de los despachos de los
grupos de presión con decisión y lo ha llevado a la calle (y a la cárcel). Los
miembros del movimiento anti-Keystone han dicho que todo aquel a quien le
preocupe que las corporaciones se hagan con el control de la democracia no
tiene más que jarse en el proceso corrupto que llevó al Departamento de Estado
a concluir que instalar un oleoducto que transportara petróleo de arenas
bituminosas contaminante a lo largo de algunos de los terrenos más sensibles
del país generaría «escasos impactos ambientales adversos». En palabras de Phil
Aroneanu, de 350.org: «Si Wall Street está ocupando el Departamento de Estado
del presidente Obama y las salas del Congreso, ha llegado el momento de que el
pueblo ocupe Wall Street».
Pero estas
conexiones van más allá de una crítica compartida del poder corporativo.
Mientras que los miembros de Occupy se plantean qué tipo de economía debería
construirse para apartar la que se está desmoronando a nuestro alrededor,
muchos hallan inspiración en la red de economías alternativas ecológicas que ha
echado raíces en la última década (en los proyectos de energías renovables
controlados por las comunidades, en la agricultura y los mercados de productos
frescos respaldados también por las comunidades, en iniciativas económicas de
ámbito local que han devuelto muchas calles principales a la vida, y en el
sector cooperativista).
Estos
modelos económicos no solo generan empleo y revitalizan comunidades a la vez
que reducen las emisiones, sino que lo hacen de una forma que distribuye el
poder; son la antítesis de la economía del y para el 1 %. Omar Freilla, uno de
los fundadores de Green Worker Cooperatives, de South Bronx, me dijo que la
experiencia de democracia directa en la que miles de personas se están
involucrando en las plazas y los parques en el contexto de los movimientos
contra la austeridad económica ha sido, para muchos, «como utilizar un músculo
que no sabías que tenías». Y ahora, asegura, quieren más democracia, no solo en
sus
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reuniones,
sino en la plani cación de sus comunidades y en sus lugares de trabajo.
En otras
palabras, los valores culturales están empezando a cambiar. Los líderes jóvenes
de hoy quieren cambiar las políticas, pero comprenden que, antes de que eso
ocurra, debemos enfrentarnos a los valores subyacentes de avaricia e
individualismo desenfrenados que crearon la crisis económica. Y, para ello, lo
primero es personi car, del modo más mani esto posible, unas formas
radicalmente distintas de tratarse unos a otros y de interactuar con el mundo
natural.
Este
intento deliberado de cambiar los valores culturales no tiene nada que ver con
la «política del estilo de vida» y tampoco pretende distraer de las luchas
«reales». Porque en el turbulento futuro que ya hemos convertido en inevitable,
la creencia rme en la igualdad de derechos de todas las personas y en la
capacidad de una profunda empatía serán lo único que separe a la humanidad del
salvajismo. El cambio climático, con su fecha límite inamovible, puede actuar
como catalizador de esta profunda transformación social y ecológica.
Porque,
después de todo, la cultura es uida. Puede cambiar; ya lo ha hecho muchas veces
a lo largo de la historia. Los delegados de la conferencia de Heartland lo
saben, y por eso están tan decididos a ocultar el cúmulo de evidencias que
demuestran que su visión del mundo supone una amenaza para la vida en la
Tierra. Lo que debemos hacer los demás es creer, apoyándonos en esas mismas
evidencias, que una visión del mundo totalmente diferente puede ser nuestra
salvación.
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GEOINGENIERÍA:
TANTEANDO
LAS AGUAS
¿Acaso no
sería mejor cambiar nuestro comportamiento —reducir nuestro consumo de
combustibles fósiles— antes de empezar a toquetear los sistemas de soporte
vital elementales del planeta?
OCTUBRE DE
2012
DURANTE
CASI VEINTE AÑOS HE IDO pasando temporadas en una zona abrupta de la costa de
la Columbia Británica llamada Sunshine Coast. Hace algunos meses tuve una
experiencia que me recordó por qué amo este lugar y por qué decidí tener un
hijo en esta parte tan solitaria del mundo.
Eran las
cinco de la madrugada y mi marido y yo estábamos despiertos con nuestro hijo de
tres semanas. Con la vista puesta en el océano, vimos dos aletas dorsales
negras y enormes: orcas, o ballenas asesinas. Luego, vimos otras dos. Nunca
habíamos visto orcas en esta parte de la costa, y desde luego, no a tan solo
unos metros de la orilla. El estado de privación del sueño en el que nos
encontrábamos hizo que nos pareciera un milagro, como si el niño nos hubiese
despertado para asegurarse de que no nos perdiéramos aquella visita tan poco
habitual.
La
posibilidad de que aquel avistamiento fuera el resultado de algo menos
providencial no se me pasó por la cabeza hasta hace poco, cuando leí una serie
de informes sobre un extraño experimento oceánico en las costas de las islas de
Haida Gwaii, a varios centenares de kilómetros del lugar en el que vimos las
orcas.
Página 124
Fue allí
donde un emprendedor estadounidense llamado Russ George vertió ciento veinte
toneladas de polvo de hierro al agua desde el casco de un barco pesquero de
alquiler. Su plan era crear una oración de algas que secuestraran el carbono y,
por tanto, combatieran el cambio climático.
George es
uno más del creciente número de geoingenieros que promueven intervenciones
técnicas de alto riesgo y a gran escala que, fundamentalmente, modi can los
océanos y los cielos para reducir los efectos del calentamiento global. Además
del plan de George de fertilizar el océano con hierro, hay otras estrategias de
geoingeniería que están siendo estudiadas y que incluyen la inyección de
aerosoles de sulfato en la atmósfera superior para imitar los efectos de
enfriamiento de una gran erupción volcánica y hacer que las nubes «brillen»
para que re ejen más rayos solares hacia el espacio.
Los riesgos
son enormes. La fertilización de los océanos podría crear zonas muertas y
generar mareas tóxicas, y son muchas las simulaciones que han predicho que
imitar los efectos de un volcán interferiría con los monzones en Asia y África,
lo que podría poner en peligro el abastecimiento de agua y alimento de miles de
millones de personas.
Hasta la
fecha, estas propuestas no han sido más que alimento para modelos informáticos
y artículos cientí cos, pero, tras la aventura oceánica de George, no hay duda
de que la geoingeniería se ha escapado del laboratorio. Si nos creemos lo que
George cuenta acerca de la misión, sus acciones propiciaron una oración de
algas en una zona del tamaño de la mitad de Massachusetts y atrajo a una gran
variedad de vida acuática de toda la región, incluidas las ballenas, las cuales
podían «contarse por decenas».
Cuando leí
lo de las ballenas, empecé a preguntarme: ¿podría ser que las orcas que había
visto nadando hacia el norte estuvieran yendo a alimentarse de las algas de
George? Esa posibilidad, por pequeña que sea, nos permite entrever una de las
perturbadoras repercusiones de la geoingeniería: en cuanto empecemos a
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interferir
de forma deliberada con los sistemas climáticos de la Tierra, ya sea bajando la
intensidad del sol o fertilizando los mares, todos los fenómenos naturales
podrán empezar a adquirir un matiz antinatural. Una ausencia que podría haber
parecido un cambio cíclico en los patrones migratorios o una presencia sentida
como un regalo, de pronto, pueden resultar siniestras, como si toda la
naturaleza estuviera siendo manipulada entre bastidores.
En las
noticias suelen describir a George como un geoingeniero «que va por libre».
Pero lo que a mí me preocupa, tras investigar esta cuestión durante dos años,
es que hay otros cientí cos mucho más serios, respaldados por bolsillos mucho
más profundos, que parecen estar preparados para alterar activamente los
sistemas naturales impredecibles y complejos que sustentan la vida en la Tierra
y que tienen un poder desmesurado para desencadenar consecuencias no deseadas.
En 2010, el
presidente del Comité de Ciencia, Espacio y Tecnología de la Cámara Baja de
Estados Unidos recomendó que se investigara más sobre geoingeniería y el
Gobierno británico ya ha empezado a invertir dinero público en este campo. Bill
Gates ha inyectado millones de dólares en investigaciones sobre
geoingeniería.[1] Y también ha invertido en una empresa, Intellectual Ventures,
que está desarrollando al menos dos herramientas de geoingeniería: el
StratoShield, una manguera de unos treinta kilómetros de longitud suspendida
con globos de helio que arrojaría partículas de dióxido de azufre en el cielo
para bloquear el sol, y una herramienta que, supuestamente, tiene el poder de
rebajar la fuerza de los huracanes.
Es fácil
entender por qué la geoingeniería resulta atractiva, puesto que ofrece la
tentadora promesa de una solución para el cambio climático que nos permitiría
seguir llevando un estilo de vida devorador de recursos eternamente. Y luego
está el miedo. Cada semana parece traer consigo noticias climáticas
aterradoras, desde placas de hielo que se están derritiendo con mayor celeridad
de la que se había predicho hasta océanos que se están acidi cando
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mucho más
rápido de lo esperado. Mientras tanto, las emisiones siguen por las nubes. ¿A
quién le sorprende, pues, que muchos estén depositando sus esperanzas en una
opción a la que solo le falta el cartel de «romper el cristal en caso de
emergencia» que los cientí cos han estado cocinando en sus laboratorios?
Pero ahora
que tenemos geoingenieros pícaros correteando con toda libertad, es un buen
momento para detenernos y preguntarnos, colectivamente, si queremos seguir el
camino de la geoingeniería. Porque lo cierto es que la geoingeniería es, en sí
misma, una proposición que va por libre. Por de nición, las tecnologías que
alteran las composiciones químicas de los océanos y de la atmósfera a escala
planetaria nos afectan a todos. Y, sin embargo, es imposible alcanzar nada
parecido a un consentimiento unánime en lo referente a tales intervenciones. Y
tampoco es que dicho consentimiento pudiera jamás basarse en ningún tipo de
conocimiento sobre la materia, dado que ni sabemos ni podremos saber cuáles son
los riesgos totales asociados hasta que se haga un uso real de estas
tecnologías de modi cación planetaria.
Por un
lado, las negociaciones climáticas de las Naciones Unidas parten de la premisa
de que los países deben consensuar una respuesta conjunta a un problema
inherentemente compartido, mientras que, por otro lado, la geoingeniería
plantea una idea distinta por completo. Por mucho menos de mil millones de
dólares, una «coalición de la voluntad», un país por sí solo o incluso una
persona adinerada podría decidir tomarse el clima por su mano. Jim omas, de ETC
Group, una organización de vigilancia ecológica, resume así el problema: «La
geoingeniería dice: “Nosotros lo vamos a hacer y tú vas a vivir con las
consecuencias”».
Lo más
aterrador es que los modelos sugieren que muchas de las personas que podrían
salir más perjudicadas como consecuencia de estas tecnologías ya son ahora las
más vulnerables ante los impactos del cambio climático. Imagina esto:
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Norteamérica
decide enviar sulfato a la estratosfera para reducir la intensidad del sol con
la esperanza de salvar sus cosechas de maíz, a pesar de la posibilidad más que
real de que hacerlo desencadene sequías en Asia y África. En pocas palabras, la
geoingeniería nos daría (al menos a algunos) el poder de exiliar a grandes
grupos de personas para sacri car zonas enteras con solo pulsar un interruptor
cuyas consecuencias serían muy reales.
Las
repercusiones geopolíticas son inquietantes. El cambio climático ya está
haciendo di cil discernir si los fenómenos que antiguamente se entendían como
«obra de Dios» (una ola de calor fuera de lo común en marzo o una
Frankenstormenta en Halloween) siguen perteneciendo a esa categoría. Pero si
empezamos a trastear con el termostato de la Tierra y convertimos los océanos
en una masa turbia verdosa para que secuestre el carbono y blanqueamos los
cielos para bloquear el sol, estaremos llevando nuestro nivel de in uencia
demasiado lejos. Una sequía en India pasará a considerarse, con razón o no, el
resultado de una decisión consciente que un grupo de ingenieros del otro lado
del planeta ha tomado para poner en peligro la temporada de monzones anual de
la región. Lo que antaño fue mala suerte, ahora pasará a considerarse un
complot malévolo o un ataque imperialista.
Pero habrá
otras consecuencias viscerales que nos cambiarán la vida. Un estudio publicado
esta primavera en Geophysical Research Letters observó que si inyectamos
aerosoles de sulfato en la estratosfera para rebajar la intensidad del sol, el
cielo no solo será más blanco y signi cativamente más brillante, sino que
también tendríamos la suerte de ver unos atardeceres «volcánicos» más intensos.
Pero ¿qué tipo de relación podemos esperar tener con unos cielos tan
hiperrealistas? ¿Nos llenarían de asombro o de una cierta inquietud?
¿Sentiríamos lo mismo cuando criaturas salvajes maravillosas se cruzaran en
nuestro camino de forma inesperada, como nos ocurrió a mí y a mi familia este
verano? En un célebre libro sobre el cambio climático, Bill McKibben advirtió de
que nos
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enfrentamos
al « n de la naturaleza». En la era de la geoingeniería, puede que también
tengamos que enfrentarnos al n de los milagros.
Ahora que
la geoingeniería amenaza con escapar del laboratorio en una escala mucho mayor
que una mera oración de algas arti cial, la pregunta a la que de verdad nos
enfrentamos es: ¿no sería mejor cambiar nuestro comportamiento —reducir el
consumo de combustibles fósiles— antes de ponernos a jugar con los sistemas de
soporte vital elementales del planeta?
Porque, a
menos que cambiemos de rumbo, ya podemos prepararnos para oír muchas más
noticias sobre bloqueadores del sol y manipuladores de los océanos como Russ
George, cuya hazaña de volcado de hierro supuso mucho más que poner a prueba
una tesis sobre fertilización oceánica: también tanteó las aguas para otros
experimentos de geoingeniería futuros. Y a juzgar por las quedas respuestas que
hemos visto hasta ahora, los resultados de la prueba de George están claros:
procedan, geoingenieros; al traste con los riesgos.
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CUANDO LA
CIENCIA DICE QUE LA REVOLUCIÓN POLÍTICA ES NUESTRA ÚNICA ESPERANZA
En su
mayoría, estos cientí cos se estaban dedicando a hacer su labor tranquilamente,
midiendo los testigos de hielo, estableciendo modelos climáticos y estudiando
la acidi cación de los océanos, y todo para terminar descubriendo que estaban
«desestabilizando sin querer el orden político y social».
OCTUBRE DE
2013
EN
DICIEMBRE DE 2012, UN INVESTIGADOR de sistemas complejos de pelo rosa llamado
Brad Werner se abrió paso entre una multitud de veinticuatro mil cientí cos
estudiosos de la Tierra y el espacio en el congreso de otoño de la Unión
Americana de Geo sica que se celebra anualmente en San Francisco. El congreso
de aquel año contaba con participantes de renombre, desde Ed Stone, del
proyecto Voyager de la NASA, que explicó un nuevo hito en el campo del espacio
interestelar, hasta el cineasta James Cameron, que habló de sus aventuras en
sumergibles de gran profundidad.
Pero la
intervención de Werner era la culpable de gran parte de la excitación. Llevaba
por título Is Earth F**ked? [¿Está jod*da la Tierra?] (título íntegro: ¿Está
jod*da la Tierra? La futilidad dinámica de la gestión medioambiental global y
las posibilidades de sostenibilidad mediante el activismo de acción directa).
Al frente
de la sala de conferencias, el geo sico de la Universidad de California en San
Diego explicó al público el avanzado modelo informático que estaba utilizando
para
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responder
dicha pregunta. Habló de los límites de los sistemas, de perturbaciones, de
disipación, de atractores, de bifurcaciones y de toda una serie de cosas
mayormente incomprensibles para los no iniciados en la teoría de los sistemas
complejos. Pero la esencia estaba clara: el capitalismo global había conseguido
que agotar los recursos resultara tan fácil, práctico y accesible que los
«sistemas terrestres-humanos» se estaban desestabilizando peligrosamente como
consecuencia de ello. Ante la presión de un periodista que quería una respuesta
clara para la pregunta «¿estamos jod*dos?», Werner dejó el argot a un lado y
contestó: «Más o menos».
Sin
embargo, había una dinámica en el modelo que daba pie a la esperanza. Werner la
había bautizado como «resistencia»: movimientos de «personas o grupos de
personas» que «adoptan cierto tipo de dinámicas que no encajan con la cultura
capitalista». Según dice la sinopsis de su presentación, eso incluye «acción
directa medioambiental, resistencia ejercida desde fuera de la cultura
dominante, como las manifestaciones, los bloqueos y los sabotajes por parte de
pueblos indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos activistas».
En los
encuentros cientí cos serios no suele haber llamamientos a la resistencia
política en masa, y mucho menos a la acción directa y al sabotaje. Pero lo
cierto es que Werner no estaba haciendo tal llamamiento, sencillamente estaba
observando que los levantamientos masivos de personas (en la línea del
movimiento abolicionista, el movimiento por los derechos civiles u Occupy Wall
Street) representan la fuente más probable de «fricción» para desacelerar el
funcionamiento de una máquina económica que está descarrilando muy deprisa. Se
sabe que «los movimientos sociales del pasado han ejercido una in uencia enorme
sobre […] la evolución de la cultura dominante», apuntó Werner. Así que parece
lógico que «si estamos pensando en el futuro de la Tierra, y en el futuro de
nuestra adaptación al medio ambiente, debemos incluir la resistencia como parte
de la
Página 131
dinámica».
Y esto, argumentó Werner, no se trata de una opinión, sino que «en realidad, es
un problema geo sico».
Son muchos
los cientí cos a quienes los hallazgos de sus investigaciones los han empujado
a actuar en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos se han puesto
en primera línea de movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear,
las guerras y la contaminación química. Y en noviembre de 2012, la revista
Nature publicó un artículo escrito por el nanciero y
lántropo
medioambiental Jeremy Grantham en el que urgía a los cientí cos a seguir su
ejemplo y «ser detenido si es necesario», porque el cambio climático «no es
solo la crisis de nuestra vida, sino que también es una crisis que amenaza la
existencia de nuestra especie».
A algunos
cientí cos no hace falta convencerlos. El padrino de la climatología moderna,
James Hansen, es un activista formidable que ha sido detenido media docena de
veces por oponer resistencia a la minería de carbón en las cimas de las
montañas y los oleoductos de arenas bituminosas. (Incluso abandonó su puesto en
la NASA este año en parte para disponer de más tiempo para seguir luchando.)
Hace dos años, cuando me detuvieron frente a la Casa Blanca en una acción
masiva contra el oleoducto de arenas bituminosas Keystone XL, uno de los ciento
sesenta y seis detenidos ese día fue un glaciólogo llamado Jason Box, experto
mundial en los casquetes de hielo que se están derritiendo en Groenlandia. «No
habría sido capaz de mirarme al espejo si no hubiese ido —dijo Box entonces,
antes de añadir—: Votar no parece su ciente en este caso. También tengo que ser
ciudadano.»
Y todo eso
es loable, pero lo que Werner está haciendo con su modelo es otra cosa. No está
diciendo que sus investigaciones lo llevaron a actuar para detener una política
concreta; está diciendo que sus investigaciones demuestran que todo nuestro
paradigma económico supone una amenaza para la estabilidad ecológica. Y, con
ello, que plantar cara al paradigma económico actual
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mediante la
oposición de resistencia de movimientos masivos es lo mejor que puede hacer la
humanidad para evitar una catástrofe.
No se anda
con minucias, pero tampoco está solo. Werner forma parte de un grupo reducido
pero cada vez más in uyente de cientí cos cuyas investigaciones sobre la
desestabilización de los sistemas naturales, especialmente del sistema
climático, los está conduciendo a unas conclusiones igual de transformadoras,
incluso revolucionarias. Y a cualquier revolucionario reprimido que haya soñado
alguna vez con sustituir el orden económico actual por otro que haga que sea un
poquito menos probable que los pensionistas italianos se ahorquen en sus casas
(como ocurrió recientemente, en plena debacle de la crisis del país a causa de
la austeridad), este trabajo le resultará especialmente interesante. Porque
consigue que abandonar este sistema cruel en bene cio de algo mani estamente
más justo deje de ser una cuestión de mera preferencia ideológica, sino de
necesidad existencial para toda la especie.
Como líder
de esta manada de nuevos cientí cos revolucionarios tenemos a uno de los
expertos climáticos más importantes de Gran Bretaña, Kevin Anderson, el
vicedirector del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático, que
no ha tardado en erigirse en unas de las instituciones de investigación
climática más importantes del Reino Unido. Lleva décadas tratando con in nidad
de entidades, desde el Departamento de Desarrollo Internacional hasta el
Ayuntamiento de Mánchester, traduciendo pacientemente las implicaciones de los
últimos hallazgos de la climatología ante políticos, economistas y activistas.
En un lenguaje claro y comprensible, traza una rigurosa hoja de ruta para
alcanzar la reducción de las emisiones, una reducción que nos proporcione una
oportunidad aceptable de mantener el aumento de la temperatura global por
debajo del límite que la mayoría de los Gobiernos han determinado que
mantendría a raya la catástrofe.
Página 133
En los
últimos años, sin embargo, los artículos y las presentaciones de diapositivas
de Anderson se han vuelto más alarmantes. Con títulos como «Cambio Climático:
Más que peligroso […] cifras brutales y poca esperanza», señala que las
probabilidades de que nos mantengamos dentro de algo parecido a unas
temperaturas seguras están disminuyendo a toda velocidad.
Junto a su
colega Alice Bows, experta en mitigación climática del Centro Tyndall, Anderson
señala que hemos perdido tanto tiempo por culpa de la inacción política y de
políticas climáticas débiles —todo ello mientras el consumo global (y las
emisiones) se incrementan—, que ahora nos enfrentamos a recortes tan drásticos
que desa an a la lógica fundamental de dar máxima prioridad al crecimiento del
PIB.
Anderson y
Bows nos informan de que el objetivo de mitigación a largo plazo que se suele
citar —un recorte del 80 % de las emisiones por debajo de los niveles de 1990
para 2050— se ha seleccionado solo por cuestiones de conveniencia política y
que «carece de base cientí ca». Esto es así porque los impactos climáticos no
solo provienen de lo que emitimos hoy y emitiremos mañana, sino de las
emisiones acumulativas que se van concentrando en la atmósfera con el tiempo. Y
advierten de que, si nos centramos en objetivos a décadas vista en lugar de en
qué podemos hacer para reducir el carbono de forma repentina e inmediata,
existe el grave riesgo de que permitamos que las emisiones sigan por las nubes
durante años y que, así, nos carguemos el «presupuesto de carbono» del que
disponemos y nos pongamos en una situación insostenible a medida que avance el
siglo.
En esto
precisamente se apoyan Anderson y Bows cuando
a rman que
si los Gobiernos de los países desarrollados de veras quieren alcanzar el
objetivo que se ha acordado a escala internacional de mantener el calentamiento
por debajo de los 2 °C, y si las reducciones pretenden respetar algún tipo de
principio de
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equidad,
deberán ser mucho más profundas e implementarse con mucha más antelación.
Anderson,
Bows y muchos otros advierten que 2 °C de calentamiento ya implica que
deberemos enfrentarnos a toda una serie de impactos climáticos enormemente
dañinos y que sería mucho más seguro adoptar un objetivo de 1,5 °C. Y aun así,
para tener siquiera un cincuenta por ciento de posibilidades de alcanzar el
objetivo de los 2 °C, los países industrializados deben empezar a reducir sus
emisiones de gases invernadero alrededor de un 10 % al año (o más, si quieren
alcanzar la meta del 1,5 °C), y deben empezar ahora mismo. Pero Anderson y Bows
van todavía más allá al señalar que este objetivo no se alcanzará con los
moderados precios del carbono o las soluciones tecnológicas verdes que a menudo
de enden los grupos ecologistas grandes. No cabe duda de que dichas medidas
ayudarán, pero, sencillamente, no bastan: reducir las emisiones un 10 % año
tras año es algo prácticamente nunca visto desde que empezamos a alimentar las
economías con carbón. De hecho, las reducciones de más de un 1 % por año «se
han asociado históricamente solo con los períodos de recesión económica o de
agitación política», tal como dijo el economista Nicholas Stern en un informe
del año 2006 para el Gobierno británico.
Incluso
tras el derrumbe de la Unión Soviética no se vieron reducciones de esa duración
y magnitud. (Los países exsoviéticos experimentaron unas reducciones anuales
medias de aproximadamente el 5 % durante un período de diez años.) Tras el
colapso de Wall Street en 2008, no ocurrieron. (Los países ricos experimentaron
una caída en las emisiones de un 7 % durante 2008 y 2009, pero sus emisiones de
CO2 volvieron a la carga con ganas en 2010, y las emisiones en China e India no
han dejado de aumentar.) Por ejemplo, en Estados Unidos solo se vio una caída
de las emisiones de más del 10 % durante varios años consecutivos en el período
inmediatamente posterior al gran colapso del mercado de 1929, según los datos
históricos del Centro de Análisis de
Página 135
Información
sobre Dióxido de Carbono. Pero es que aquella fue la peor crisis económica de
la época moderna.
Si queremos
evitar una carnicería semejante al tiempo que cumplimos con los objetivos de
reducción de emisiones dictados por la ciencia, debemos gestionar con cautela
la reducción del carbono mediante lo que Anderson y Bows describen como
«estrategias radicales e inmediatas de decrecimiento en Estados Unidos, la
Unión Europea y otros países ricos». Y eso está muy bien, a no ser porque
resulta que tenemos un sistema económico que está obsesionado con aumentar el
PIB por encima de todas las cosas sin tener en cuenta las consecuencias humanas
o ecológicas, y en el cual la clase política neoliberal ha renunciado por
completo a su responsabilidad de gestionar cualquier cosa (puesto que el
mercado es el genio invisible al que debemos con árselo todo).
Así las
cosas, lo que Anderson y Bows están diciendo en realidad es que todavía tenemos
tiempo de evitar un calentamiento catastró co, pero no bajo las reglas del
capitalismo tal como están establecidas en la actualidad. Y puede que jamás
haya existido un argumento mejor para cambiar dichas reglas.
En un
ensayo que apareció en la in uyente revista cientí ca Nature Climate Change en
2012, Anderson y Bows parecieron retar a algunos de sus colegas cientí cos al
acusarlos de no ser francos sobre los cambios que el cambio climático exige a
la humanidad. Merece la pena citar un fragmento extenso de dicho ensayo:
[…] Al
desarrollar los supuestos de las emisiones, los cientí cos rebajan repetida y
gravemente las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de evitar un
aumento de 2 °C, la palabra «imposible» se traduce como «di cil, pero
factible», mientras que la expresión «urgente y radical» aparece como
«complejo»; todo por
tranquilizar
al dios de la economía (o, para ser más precisos, de las nanzas). Por ejemplo,
para evitar sobrepasar el ritmo máximo de la reducción de las emisiones dictado
por los economistas, se asumen picos de emisiones «terriblemente» tempranos,
junto a las ingenuas nociones sobre ingeniería «a gran escala» y los ritmos de
despliegue de infraestructuras bajas en carbono. Lo más inquietante de todo es
que, a la vez que los presupuestos del carbono menguan, la geoingeniería se
propone cada vez más para garantizar que el dictado de los economistas siga
siendo incontestable.
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En otras
palabras: con tal de mostrarse como personas razonables dentro de los círculos
económicos neoliberales, los cientí cos han venido restando gran importancia a
las implicaciones de sus investigaciones. Ya en agosto de 2013, Anderson estaba
dispuesto a ser todavía más tajante, y escribió que ya habíamos perdido la
oportunidad de subirnos al tren del cambio gradual.
Quizá en el
momento de la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso a principios del milenio,
los niveles de mitigación para los 2 °C se podrían haber alcanzado mediante
signi cativos «cambios evolutivos dentro de la hegemonía política y económica».
Pero ¡el cambio climático es un problema acumulativo! Ahora, en 2013, los
países (pos)industriales de altas emisiones nos enfrentamos a una situación muy
distinta. Nuestra prodigalidad continua de carbono ha dilapidado cualquier
oportunidad de implementar esos «cambios evolutivos» que nos podíamos permitir
con el presupuesto de carbono anterior (y más abultado) de los 2 °C. Hoy, tras
dos décadas de faroles y mentiras, el presupuesto de los 2 °C restante exige
«cambios revolucionarios en la hegemonía política y económica». (El destacado
es del original.)
Probablemente
no debería sorprendernos que a algunos climatólogos les inquieten ligeramente
las implicaciones radicales de sus propias investigaciones. La mayoría de ellos
no hacían otra cosa que dedicarse a su labor tranquilamente, midiendo los
testigos de hielo, estableciendo modelos climáticos y estudiando la acidi
cación de los océanos, y todo para terminar descubriendo, en palabras de Clive
Hamilton, autor y experto australiano en climatología, que estaban
«desestabilizando sin querer el orden político y social».
Pero muchas
personas son plenamente conscientes del carácter revolucionario de la
climatología. Por eso algunos Gobiernos que han decidido deshacerse de sus
compromisos climáticos y seguir desenterrando más carbono han tenido que
recurrir a métodos cada vez más burdos para silenciar e intimidar a los cientí
cos de sus países. Esta estrategia ya empieza a ser mani esta en Gran Bretaña,
donde el asesor cientí co en jefe del Departamento de Medio Ambiente,
Alimentación y Asuntos Rurales Ian Boyd escribió recientemente que los cientí
cos deberían evitar «sugerir que las políticas son buenas o malas» y deberían
expresar sus
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puntos de
vista «colaborando con asesores integrados (como yo mismo) y siendo la voz de
la razón, y no de la disidencia, en la esfera pública».
Pero la
verdad está saliendo a la luz de todas formas. Que perseguir los bene cios y el
crecimiento como si no pasara nada está desestabilizando la vida en la Tierra
ya no es algo sobre lo que leemos en las revistas cientí cas: los primeros
indicios están ocurriendo ante nuestros ojos, y cada vez somos más los que
reaccionamos ante ellos, ya sea obstruyendo las operaciones de fracturación
hidráulica en Balcombe, Inglaterra; inter riendo en las preparaciones para
perforar en aguas rusas (como ha hecho Greenpeace); llevando a juicio a los
operadores de arenas bituminosas por violar la soberanía de los pueblos
indígenas; y mediante in nitos actos de resistencia, pequeños y grandes. En el
modelo informático de Brad Werner, esta es la «fricción» necesaria para desacelerar
las fuerzas desestabilizadoras; algo a lo que el gran activista climático y
autor Bill McKibben considera «anticuerpos» que se activan para luchar contra
«el pico febril» del planeta.
Todavía no
es una revolución, pero es un principio y, de extenderse, puede que nos
proporcione el tiempo su ciente para encontrar la manera de vivir en un planeta
que esté mani estamente menos jod*do.
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EL TIEMPO
CLIMÁTICO VERSUS EL
AHORA
CONSTANTE
La crisis
climática nos estalló en las manos en un momento de la historia en que las
circunstancias políticas y sociales eran excepcionalmente hostiles ante un
problema de esta naturaleza y magnitud; dicho momento fue el último coletazo de
la década de 1980, un tiempo de bonanza: el momento del despegue de la cruzada
para extender el capitalismo desregulado por todo el mundo.
ABRIL DE
2014
ESTA
HISTORIA TRATA DE momentos inoportunos.
Una de las
maneras más perturbadoras en que la extinción propulsada por el cambio
climático ya se está haciendo visible surge mediante algo que los ecologistas
llaman «discordancia» o «destiempo». Se trata del proceso que provoca que el
calentamiento lleve a los animales a perder la sincronía con una fuente de
alimento esencial, especialmente en las épocas de apareamiento, cuando la
imposibilidad de encontrar su ciente alimento puede comportar rápidas mermas en
la población.
Los
patrones migratorios de muchas especies de aves, por ejemplo, han evolucionado
durante milenios para que los huevos eclosionen precisamente cuando las fuentes
de alimento, como las orugas, son más abundantes, lo que proporciona a los
progenitores una gran cantidad de alimento para sus crías. Pero dado que ahora
la primavera suele adelantarse, las orugas también nacen antes, lo que signi ca
que, en algunas regiones, son menos abundantes cuando nacen los polluelos, lo
que a su vez comporta todo un abanico de posibles impactos a largo plazo en su
supervivencia.
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Asimismo,
en la Groenlandia occidental, cuando los caribús llegan a los lugares de parto,
se encuentran en asincronismo con las plantas alimenticias con las que han
contado durante miles de años y que ahora crecen antes gracias a las subidas de
las temperaturas. Esto provoca que las hembras de caribú dispongan de menos
energía para la lactancia y la reproducción, una discordancia que se ha
relacionado con las repentinas bajadas en las tasas de nacimientos y
supervivencia de las crías.
Los cientí
cos están estudiando los casos de destiempos relacionados con el clima en
decenas de especies, desde las golondrinas árticas hasta los papamoscas
cerrojillo. Pero se están dejando una especie importante: nosotros. Los homo
sapiens. Nosotros también estamos sufriendo un caso de destiempo climático
grave, por mucho que su naturaleza sea más cultural-histórica que biológica.
Nuestro problema es que la crisis climática nos estalló en las manos en un
momento de la historia en que las circunstancias políticas y sociales eran
excepcionalmente hostiles ante un problema de esta naturaleza y magnitud; dicho
momento fue el último coletazo de la década de 1980, un tiempo de bonanza: el
momento del despegue de la cruzada para extender el capitalismo desregulado por
todo el mundo. El cambio climático es un problema colectivo que exige una
acción colectiva a una escala que la humanidad jamás ha logrado acometer, un
problema que entró a formar parte de la conciencia colectiva mientras se
libraba una guerra ideológica contra el propio concepto de la esfera colectiva.
Este
destiempo terriblemente desafortunado ha limitado nuestra capacidad de
reaccionar con e cacia ante esta crisis de muchas maneras. Ha conducido a que
el poder corporativo estuviera en auge en el preciso momento en que
necesitábamos ejercer unos controles nunca vistos sobre el comportamiento
corporativo para proteger la vida en la Tierra; ha conducido a que el término
regulación se convirtiera en una palabra sucia justo cuando más falta nos hacía
disponer de ese poder; ha conducido a
Página 140
que seamos
gobernados por una clase política que solo sabe desmantelar y cerrar el grifo a
las instituciones públicas cuando más deben ser forti cadas y repensadas; y ha
conducido también a que nos hayan endilgado un sistema de acuerdos de «libre
mercado» que deja con las manos atadas a los legisladores justo cuando
necesitan máxima exibilidad para ejecutar una transición energética masiva.
Luchar
contra estas limitaciones estructurales que afectan a la economía que ha de
venir y articular una visión cautivadora sobre el estilo de vida en un mundo
poscarbono es la tarea más importante de cualquier movimiento climático serio.
Pero no es la única. También debemos enfrentarnos al hecho de que la
discordancia entre el cambio climático y la dominación del mercado haya creado
unas limitaciones dentro de nuestro fuero interno que hacen que nos cueste
jarnos en la crisis humanitaria más urgente de todas sin que sea con miradas
furtivas y aterrorizadas. Tanto el mercado como el triunfalismo tecnológico han
alterado nuestras vidas cotidianas de tal manera que nos han arrebatado muchas
de las herramientas de observación que necesitamos para convencernos de que el
cambio climático es, en efecto, una emergencia; por no hablar de la seguridad
necesaria para creer que otro estilo de vida es posible.
Y a quién
sorprende que justo cuando más necesitábamos unirnos, la esfera pública se
desintegrara; que justo cuando más necesitábamos rebajar nuestro consumo, el
consumismo tomara las riendas de prácticamente todos los aspectos de nuestra
vida; que justo cuando más necesitábamos bajar el ritmo y abrir los ojos,
acelerásemos; y que justo cuando más necesitábamos unos horizontes temporales
más amplios, solo fuéramos capaces de ver el futuro inmediato, atrapados en el
presente eterno del siempre actualizado contenido de las redes sociales.
Esta es
nuestra discordancia climática, una discordancia que no afecta únicamente a
nuestra especie, sino que tiene el potencial de in uir también en todas las
demás especies del planeta.
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La buena
noticia es que, a diferencia de los renos y los pájaros, los humanos hemos sido
bendecidos con una capacidad de razonamiento avanzado y, por lo tanto, tenemos
la capacidad de adaptarnos de una forma más deliberada, es decir, de cambiar
los viejos patrones de comportamiento con una agilidad sorprendente. Si las
ideas que gobiernan nuestra cultura están impidiendo nuestra propia salvación,
en nuestra mano está cambiarlas. Pero antes de que eso pueda ocurrir, debemos
entender la naturaleza de nuestra discordancia climática personal.
SOLO NOS
CONOCEMOS COMO CONSUMIDORES
El cambio
climático exige que consumamos menos, pero no nos conocemos como otra cosa que
como consumidores. El cambio climático no es un problema que pueda solucionarse
únicamente cambiando lo que compramos: un híbrido en lugar de un todoterreno o
compensaciones de carbono cuando nos subimos a un avión. En lo más fundamental,
esta crisis ha surgido del consumo excesivo de las personas comparativamente
ricas, lo que signi ca que los consumidores más ávidos del mundo son los que
van a tener que consumir menos para que los demás tengan lo justo para poder
vivir.
El problema
no es «la naturaleza humana», como se nos dice tan a menudo. No nacimos
necesitando comprar tantas cosas y, en el pasado reciente, hemos sido igual de
felices (en muchos casos, incluso más) consumiendo signi cativamente menos. El
problema está en el desproporcionado papel que el consumo ha llegado a tener en
nuestros tiempos.
El
capitalismo tardío nos enseña a construirnos mediante nuestras elecciones de
consumo: comprar es nuestra forma de con gurar nuestra identidad, de formar
comunidades y expresarnos. Por eso, decirle a la gente que no puede comprar
tanto como quiera porque los sistemas de soporte del planeta están
sobrecargados puede entenderse como una especie de ataque, casi
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como si se
les dijera que no pueden ser ellos mismos. Y posiblemente esa sea la razón por
la cual, de las «tres erres» originales del ecologismo (reducir, reutilizar y
reciclar), solo la tercera ha tenido cierto nivel de acogida, ya que nos
permite seguir comprando lo que queramos siempre que coloquemos los
desperdicios en el contenedor correspondiente.[1] De las otras dos, que exigen
una reducción en el consumo, podríamos decir que murieron antes de nacer.
EL CAMBIO
CLIMÁTICO ES LENTO; NOSOTROS SOMOS RÁPIDOS
Cuando
atraviesas un paisaje rural en un tren de alta velocidad, parece como si todo
lo que estás viendo estuviera quieto: las personas, los tractores, los coches
de las carreteras secundarias. Naturalmente, no es así; se están moviendo, pero
lo hacen a una velocidad tan lenta en comparación con la del tren, que parece
que estén inmóviles.
Lo mismo
ocurre con el cambio climático. Nuestra cultura, propulsada por combustibles
fósiles, es ese tren, que avanza a toda velocidad hacia el próximo informe
trimestral, el próximo ciclo electoral, la próxima dosis de diversión o de
validación personal que obtenemos de nuestros smartphones o tabletas. El clima
cambiante es como el paisaje que vemos por la ventana: desde nuestro rapidísimo
punto de vista, puede parecer inmóvil, pero se está moviendo, y su lento
progreso se hace patente en el deshielo de los glaciares, en las subidas en los
niveles de las aguas y en los aumentos progresivos de las temperaturas. Si
seguimos ignorándolo, es de esperar que el cambio climático termine
acelerándose lo su ciente como para atraer nuestra fragmentada atención: los
países insulares que desaparecen del mapa y las megatormentas que anegan
ciudades enteras tienden a tener ese efecto. Pero, para entonces, puede que sea
demasiado tarde como para que nuestras acciones tengan repercusión alguna,
porque la era de los momentos críticos probablemente ya habrá empezado.
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EL CAMBIO
CLIMÁTICO ES LOCALIZADO, PERO NOSOTROS ESTAMOS EN TODAS PARTES
El problema
no es solo que avancemos demasiado rápido, sino que, además, el ámbito en el
que el cambio climático está sucediendo es intensamente local: una planta
concreta que orece demasiado pronto, una capa de hielo inusualmente delgada
sobre un lago, la savia que no uye en un arce o la llegada tardía de un ave
migratoria. Advertir este tipo de cambios sutiles requiere una conexión íntima
con un ecosistema especí co. Este tipo de comunión solo se da cuando tenemos un
conocimiento profundo del lugar, no solo como escenario, sino también como
sustento, y cuando el conocimiento local se transmite de generación en
generación con un espíritu de «deber sagrado».
Pero esto
ocurre cada vez menos en el mundo urbanizado e industrializado. Somos pocos los
que vivimos en el mismo lugar donde están enterrados nuestros antepasados, y
muchos los que abandonamos nuestros hogares por trabajo, por estudios o por
amor. Y, al hacerlo, nos alejamos de todo el conocimiento del lugar que hemos
logrado acumular en la parada anterior, y del conocimiento acumulado por
nuestros antepasados (quienes, en mi caso y en el de muchos otros, también
migraron en repetidas ocasiones).
E incluso
en el caso de quienes se quedan donde han vivido siempre, la existencia diaria
está cada vez más desconectada de los lugares sicos que habitamos. Vivimos gran
parte de nuestras vidas a través de los portales que abren las pantallas, y nos
movemos por el mundo sico sin usar nuestros sentidos, sino los mapas en
miniatura de nuestros teléfonos.
Protegidos
de los elementos como estamos en nuestros hogares, lugares de trabajo y coches
climatizados, puede suceder que los cambios que están ocurriendo en el mundo
natural se nos pasen por alto. Puede que no tengamos ni la menor idea de que
una sequía gravísima esté afectando a los cultivos de las granjas que
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rodean
nuestros hogares suburbanos, ya que los supermercados siguen proporcionándonos
pilas de productos frescos importados que un camión viene a reponer varias
veces al día. Hace falta que ocurra algo enorme —un huracán que rebase las
marcas máximas de agua anteriores o una inundación que destruya miles de
hogares— para que nos demos cuenta de que algo no marcha nada bien. E incluso
entonces nos cuesta tener presente ese conocimiento durante un tiempo, ya que
se nos empuja hacia la próxima crisis rápidamente, antes de poder siquiera
tener la oportunidad de asimilar estas verdades.[2]
Mientras
tanto, el cambio climático se ocupa todos los días de engordar los grupos de
personas desarraigadas, ya que las catástrofes naturales, las cosechas
fallidas, los ganados que se mueren de hambre y los con ictos étnicos
alimentados por los problemas climáticos obligan a cada vez más personas a
abandonar sus hogares ancestrales. Y con cada migración humana se pierden
nuevas conexiones cruciales con lugares especí cos, dejando todavía a menos
personas con las herramientas necesarias para escuchar a la tierra con
atención.
OJOS QUE NO
VEN, CORAZÓN QUE NO SIENTE
Los
contaminantes del clima son invisibles, y muchos hemos dejado de creer en lo
que no podemos ver. Cuando el antiguo director ejecutivo de BP Tony Hayward
declaró a los periodistas que no debíamos preocuparnos demasiado por el
petróleo y los dispersantes químicos que entraban a borbotones en el golfo de
México tras el desastre de Deepwater Horizon porque «es un océano muy grande»,
no hizo más que expresar una de las creencias más preciadas y extendidas de
nuestra cultura: que lo que no vemos no puede dañarnos y que, en realidad,
apenas existe.
Nuestra
economía se apoya enormemente en la suposición de que siempre hay un «ahí
afuera» al que mandar los desechos. Está el «afuera» al que va la basura cuando
se la llevan de la acera, y el
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«afuera» al
que van los desperdicios cuando bajan por las cañerías. Está el «afuera» del
que se extraen los minerales y los metales con los que se fabrican nuestros
productos, y el «afuera» donde estas materias primas se convierten en productos
acabados. Pero la lección que nos dejó el vertido de BP, tal como lo expresó el
teórico ecológico Timothy Morton, es que el nuestro es «un mundo en el que no
hay un “afuera”».
Cuando
publiqué No logo a principios de este siglo, los lectores se quedaron
estupefactos al descubrir las condiciones abusivas bajo las que se fabricaban
sus prendas y aparatos electrónicos. Pero, desde entonces, la mayoría hemos
aprendido a vivir con ello; no es que lo aprobemos exactamente, pero sí vivimos
en un estado de olvido permanente en cuanto a los costes que supone nuestro
consumo en el mundo real. Los «afueras» de esas fábricas casi han caído en el
olvido por completo.
Esta es una
de las ironías en las que caen quienes dicen que vivimos en un mundo de
conexión sin precedentes. Es cierto que podemos comunicarnos a lo largo y ancho
de enormes distancias con una facilidad y rapidez inimaginables hace tan solo
una generación. Pero, aun inmersos en esta red global de parloteo, de algún
modo logramos estar «menos» conectados con las personas con quienes estamos más
íntimamente relacionados: las mujeres jóvenes de las fábricas (o más bien de
las trampas mortales) de Bangladés que confeccionan las prendas que llevamos
puestas, o los niños de la República Democrática del Congo cuyos pulmones están
llenos de polvo de tanto extraer cobalto para los teléfonos que se han
convertido en extensiones de nuestros brazos. La nuestra es una economía de
fantasmas, de ceguera deliberada.
El aire es
lo más invisible de todo, y los gases de efecto invernadero que lo calientan
son los fantasmas más esquivos. El lósofo David Abram señala que, durante la
mayor parte de la historia de la humanidad, fue precisamente esta calidad de
invisible lo que le con rió al aire su poder e hizo que nos inspirara respeto.
«Los inuits lo llamaban sila, el viento-mente del mundo;
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los navajos
lo llamaban nilch’i o Viento Sagrado; los hebreos antiguos lo llamaban ruaj o
espíritu en movimiento», y la atmósfera era «la dimensión más misteriosa y
sagrada de la vida».
Pero en
nuestros tiempos «raramente reparamos en la atmósfera que se arremolina entre
dos personas». Al habernos olvidado del aire, escribe Abram, lo hemos
convertido en nuestra alcantarilla, «el vertedero perfecto para los productos
secundarios de nuestras industrias. […] Incluso el humo más opaco y acre que
escupen las chimeneas se disipará y se dispersará, siempre para terminar
disolviéndose en lo invisible. Ha desaparecido. Ojos que no ven, corazón que no
siente».
LOS MARCOS
TEMPORALES QUE SE NOS ESCAPAN
Otro
aspecto que hace que a muchos nos cueste tantísimo comprender el cambio
climático es que vivimos en la cultura del presente perpetuo, una cultura que
se separa deliberadamente del pasado que nos creó y del futuro que estamos
moldeando con nuestras acciones. El cambio climático signi ca que lo que
hicimos generaciones atrás nos afectará de forma inexorable no solo en el
presente, sino también durante muchas generaciones futuras. Estos marcos
temporales son un lenguaje que muchos hemos desaprendido en estos tiempos
digitalizados.
La cuestión
no es juzgar a nadie ni fustigarnos a nosotros mismos por nuestra super
cialidad, desarraigo o el debilitado estado de nuestra capacidad de atención,
sino reconocer que la mayoría de los que vivimos en los centros urbanos y en
los países ricos somos el producto de un proyecto industrial que está vinculado
íntima e históricamente a los combustibles fósiles y al cual las tecnologías
digitales convirtieron en supernova.
Y del mismo
modo que cambiamos en el pasado, podemos cambiar ahora. Tras asistir a una
conferencia del gran agricultor-poeta Wendell Berry sobre cómo cada uno de
nosotros tenemos la obligación de amar el «lugar que es nuestro hogar» más que
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cualquier
otro, le pregunté si tenía algún consejo para las personas desarraigadas, como
mis amigos y yo, que desaparecemos en nuestras pantallas y siempre parecemos
andar buscando la comunidad perfecta en la que deberíamos echar raíces.
«Detente en algún lugar —respondió—, e inicia el proceso de mil años que lleva
conocerlo.»
Es un buen
consejo en muchos sentidos porque, para ganar la mayor lucha de nuestras vidas,
todos necesitamos un lugar que defender.
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DEJA DE
INTENTAR SALVAR
EL MUNDO TÚ
SOLO
La idea
misma de que cada uno de nosotros, como individuos atomizados, podríamos
desempeñar un papel importante para estabilizar el clima del planeta es,
objetivamente, una locura.
JUNIO DE
2015:
DISCURSO DE
GRADUACIÓN EN EL COLLEGE OF THE ATLANTIC
NORMALMENTE,
LOS DISCURSOS DE graduación pretenden proporcionar a los graduados una brújula
moral para la vida tras la universidad. Uno oye historias que terminan con
lecciones claras como «el dinero no compra la felicidad», «sed nobles» o «no
temáis al fracaso».
Pero mi
percepción es que sois muy pocos los que vais dando tumbos tratando de
diferenciar lo que está bien de lo que está mal. Es de admirar que supierais no
solo que queríais ir a una universidad excelente, sino a una que, además de
excelente, estuviera comprometida social y ecológicamente. Una universidad
rodeada de diversidad biológica y compuesta de una enorme diversidad humana,
con alumnos procedentes de todos los rincones del mundo. También sabíais que
una comunidad sólida importaba más que casi cualquier cosa. Eso demuestra que
poseíais más autoconocimiento y autonomía que muchas personas al terminar la
universidad, y que vosotros, de algún modo, ya las teníais en el instituto.
Por eso me
voy a ahorrar el sermón y voy a ir directa al grano:
el momento
histórico en el que desembocáis al graduaros; un
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momento en
el que el cambio climático, la concentración de la riqueza y la violencia
racializada están alcanzando sus puntos álgidos.
¿Cómo
ayudamos más? ¿Cuál es la mejor contribución para reparar este mundo roto?
Sabemos que el tiempo apremia, especialmente cuando se trata del cambio
climático. Oímos de fondo el tic tac del reloj resonando con fuerza.
Pero eso no
signi ca que el cambio climático esté por encima de todo lo demás, sino que
debemos construir soluciones integradas que rebajen las emisiones de forma
drástica al tiempo que aborden la desigualdad estructural y, además, mejoren
palpablemente la vida de la mayoría. Y esto no es una quimera; hay ejemplos
actuales de los que podemos aprender. La transición energética de Alemania ha
creado cuatrocientos mil empleos en el sector de la energía renovable en algo
más de una década; además, no solo han limpiado la energía, sino que la han
hecho más justa, y muchas redes eléctricas pertenecen y son controladas por
cientos de ciudades, pueblos y cooperativas. Todavía les queda camino por
recorrer para eliminar el uso del carbón, pero ahora han empezado el proceso de
veras. La ciudad de Nueva York acaba de anunciar un plan climático que, de ser
implementado, habrá sacado de la pobreza a ochocientas mil personas para 2025
mediante colosales inversiones en medios de transporte y viviendas asequibles,
y subiendo el salario mínimo.
El salto
holístico que debemos dar está a nuestro alcance. Y sabed que no hay mejor
forma de prepararse para este grandioso proyecto que la formación profundamente
interdisciplinaria en ecología humana que habéis recibido. Estáis hechos para
vivir este momento. No, en realidad, eso no es del todo cierto: de alguna forma
supisteis cómo haceros a vosotros mismos para vivir este momento.
Pero es
mucho lo que depende de las elecciones que tomemos en los próximos años. Puede
que «no temáis al fracaso» sea una lección vital típica de los discursos de
graduación, pero no sirve
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para los
que formamos parte del movimiento por la justicia climática, en el que es de lo
más racional temer al fracaso.
Porque,
afrontémoslo: las generaciones anteriores a la vuestra agotaron algo más que la
fracción de espacio atmosférico que os correspondía; también agotamos la
partida de grandes fracasos que os pertenecía. Puede que esa sea la mayor
injusticia intergeneracional de todas. Pero eso no signi ca que ya no podamos
equivocarnos. Podemos y lo haremos. Pero tal como dice Alicia Garza, una de las
admirables fundadoras de Black Lives Matter, debemos «cometer errores nuevos».
Concedeos
un momento para asimilarlo. Dejemos de cometer los mismos errores de siempre.
He aquí algunos, pero con o en que añadiréis otros que se os ocurran en
silencio: proyectar fantasías mesiánicas en los políticos; pensar que el
mercado lo arreglará todo; construir un movimiento compuesto única y
exclusivamente por blancos de clase media-alta y luego preguntarse por qué las
personas de color no quieren unirse a «nuestro movimiento» o hacernos pedazos
sin piedad los unos a los otros porque resulta más sencillo que ir tras las
fuerzas que más culpa tienen de haber creado este desastre. Todo ello son
tópicos del cambio social y ya empiezan a cansar.
No tenemos
el derecho de exigir perfección a los demás, pero sí tenemos el derecho de
esperar avances. De exigir evolución. Así que cometamos errores nuevos.
Cometamos errores nuevos mientras echamos abajo nuestros silos y construimos el
tipo de movimiento maravilloso, diverso y sediento de justicia que de verdad
tenga una oportunidad de salir victorioso y ganar la batalla a los poderosos
intereses que quieren que sigamos fracasando.
Teniendo
todo esto en cuenta, quiero hablar de un viejo error que no deja de resurgir.
Tiene que ver con la idea de que, puesto que los intentos de implementar
grandes cambios sistémicos han fracasado, debemos limitarnos a actuar a pequeña
escala. Algunos estaréis de acuerdo; otros, no; pero sospecho que todos
tendréis que lidiar con esta tensión en vuestro trabajo futuro.
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Una
historia: cuando tenía veintiséis años, fui a Indonesia y a Filipinas a
investigar para mi primer libro, No logo. Mi objetivo era sencillo: conocer a
las trabajadoras que fabricaban las prendas y los dispositivos electrónicos que
comprábamos mis amigos y yo. Y eso hice: pasé noches sentada en los suelos de
hormigón de las miserables habitaciones compartidas donde aquellas
adolescentes, dulces y risueñas, pasaban sus escasas horas libres. Ocho,
incluso diez por habitación. Me contaron historias sobre no poder dejar sus
máquinas para ir al servicio, sobre jefes que las golpeaban y las acosaban, y
sobre no tener el dinero su ciente para comprar pescado seco para acompañar el
arroz.
Eran
conscientes de la grave explotación a la que estaban sometidas: sabían que las
prendas y los dispositivos que estaban fabricando se vendían por más de lo que
ganarían en un mes. Una chica de diecisiete años me dijo: «Fabricamos
ordenadores, pero no sabemos usarlos».
Por eso,
hubo algo que me pareció ligeramente discordante, y es que algunas de esas
mismas trabajadoras vestían con prendas adornadas con distintivos falsos de las
mismas multinacionales que eran responsables de sus condiciones: personajes de
Disney o el símbolo de Nike. En un momento dado, saqué el tema con un
organizador sindical: ¿no le parecía extraño, contradictorio?
Tardó un
buen rato en entender la pregunta. Cuando por n la entendió, me miró como
compadeciéndose. Porque, veréis, para él y sus compañeros de trabajo, no se
consideraba que el consumo individual formara parte del ámbito político en
absoluto. El poder no residía en lo que uno hacía como individuo, sino en lo
que hacía junto a muchas personas, como miembro de un movimiento amplio,
organizado y enfocado. Para él, eso signi caba organizar a
los
trabajadores para que hicieran huelga con el n de lograr unas condiciones
mejores, y con el tiempo signi có conquistar el derecho a sindicarse. Lo que
comieras a mediodía o cómo te vistieras carecía de relevancia.
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Aquello me
sorprendió mucho, porque era exactamente lo contrario a lo que sucedía en mi
cultura de origen, Canadá. En mi país, uno expresaba sus creencias políticas,
en primer y muy a menudo último lugar, mediante las elecciones que con guraban
su estilo de vida personal: proclamando que era vegetariano, comprando
productos de comercio justo y de proximidad y boicoteando a las malvadas
grandes marcas.
Estas
comprensiones tan dispares del cambio climático surgieron una y otra vez un par
de años más tarde, tras la publicación de mi libro. Daba conferencias sobre la
necesidad de que existieran protecciones internacionales que garantizaran el
derecho a sindicarse y sobre la necesidad de recon gurar el sistema de comercio
global para que no anime a las empresas a competir por los costes más bajos. Y,
sin embargo, las primeras preguntas del público siempre eran: «¿Qué zapatillas
deportivas debo comprar?», «¿Qué marcas son éticas?», «¿Dónde te compras la
ropa?» o «¿Qué puedo hacer, como individuo, para cambiar el mundo?».
Quince años
después de publicar No logo, todavía se me hacían preguntas muy similares.
Actualmente doy conferencias sobre cómo el mismo modelo económico que tanto
energizó a las multinacionales a que buscaran mano de obra barata en Indonesia
y China también sobrealimentó las emisiones globales de gases de efecto
invernadero. Y no hay día en que no se alce una mano y alguien pregunte:
«dígame qué puedo hacer como individuo» o tal vez «como empresario».
La cruda
realidad es que la respuesta a la pregunta «¿qué puedo hacer yo, como
individuo, para detener el cambio climático?» es «nada». No puedes hacer nada.
De hecho, la idea misma de que cada uno, como individuo atomizado, por muchos
individuos atomizados que seamos, podríamos desempeñar un papel importante para
estabilizar el clima del planeta o cambiar la economía global es,
objetivamente, una locura. Solo podremos
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resolver
este colosal desa o juntos, como miembros de un movimiento global, masivo y
organizado.
La ironía
reside en que las personas que ostentan un poder relativamente pequeño suelen
entenderlo mucho mejor que quienes ostentan un poder considerablemente mayor.
Los trabajadores a quienes conocí en Indonesia y en Filipinas eran conscientes
de que los Gobiernos y las corporaciones no valoraban su voz e incluso sus
vidas como individuos. Y eso era lo que los motivaba no solo a actuar juntos,
sino en un ámbito político de dimensiones signi cativas. Trataban de cambiar
las políticas de las fábricas que emplean a miles de trabajadores, o en zonas
de exportación que emplean a decenas de miles. O luchaban por modi car la
legislación laboral de un país compuesto por millones de personas. Su sensación
de impotencia individual los empujaba a ser ambiciosos en la política, a exigir
cambios estructurales.
Por el
contrario, aquí, en los países ricos, se nos dice una y otra vez lo poderosos
que somos como individuos. Como consumidores. E incluso como activistas
individuales. Y el resultado es que, a pesar de nuestro poder y privilegio, a
menudo terminamos actuando en ámbitos que son innecesariamente reducidos: el
ámbito de nuestro propio estilo de vida, o quizá el ámbito de nuestro
vecindario o pueblo. Y, al hacerlo, dejamos que sean otros quienes se ocupen de
los cambios estructurales y de la tarea política y legal.
Con esto no
pretendo subestimar el activismo local. Lo local es esencial: la organización
local está ganando grandes batallas contra la fracturación hidráulica y los
oleoductos, lo local nos está demostrando qué aspecto tiene y cómo funciona la
economía poscarbono.
Además, los
cambios pequeños sirven de inspiración para que surjan otros más grandes.
College of the Atlantic fue una de las primeras universidades en retirar sus
inversiones en empresas de combustibles fósiles. Y, según me han contado, la
decisión se tomó en una semana. Hizo falta que las universidades pequeñas que
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conocían
bien sus valores dieran el paso para que otras instituciones que son, digamos,
más inseguras, siguieran su ejemplo. Como la Universidad Stanford o la
Universidad de Oxford o la familia real británica o la familia Rockefeller.
Todas se han unido al movimiento desde que vosotros lo hicisteis. Por eso digo
que lo local importa, pero con lo local no basta.
Cuando
visité Red Hook, en Brooklyn, inmediatamente después de ser azotado por la
megatormenta Sandy, hubo algo que me hizo recordar esta idea de una forma muy
grá ca. Red Hook fue uno de los vecindarios más afectados por la tormenta, y
también es el hogar de una granja comunitaria extraordinaria, un lugar que
enseña a los niños de las viviendas públicas de alrededor a cultivar alimentos
sanos, proporciona abono a una gran cantidad de residentes, celebra un
mercadillo semanal de productos frescos y ofrece un maravilloso programa
agrícola gestionado por la comunidad. En pocas palabras, esta granja lo estaba
haciendo todo bien: había aumentado la proximidad de los alimentos, se había
alejado del uso del petróleo, secuestraba carbono en el suelo, reducía los desechos
mediante la elaboración de abono, y luchaba contra la desigualdad y la
inseguridad alimenticia.
Pero en
cuanto llegó la tormenta, todo eso dejó de importar. Se perdió la cosecha
entera y se temía que el agua de la tormenta convirtiera el suelo en tóxico.
Podían comprar suelo nuevo y volver a empezar, pero los agricultores con
quienes hablé sabían que, a menos que hubiese otras personas ahí fuera luchando
por reducir las emisiones a escala global y sistémica, seguirían enfrentándose
a este tipo de pérdidas una y otra vez.
No es que
una esfera importe más que la otra; es que tenemos que actuar en ambas, en la
local y en la global. Tenemos que oponer resistencia y ofrecer alternativas:
establecer los «noes» contra lo que no vamos a sobrevivir y encontrar los
«síes» que necesitamos para progresar.
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Antes de
irme, quisiera insistir en otra cosa. Y, por favor, prestad atención porque es
importante. Es cierto que tenemos que actuar en todos los frentes, que tenemos
que cambiarlo todo. Pero vosotros, personalmente, no tenéis que hacerlo todo.
Todo no depende de vosotros.
Uno de los
mayores peligros de ser unos jóvenes tan admirables y sensibles que oyen el tic
tac del clima que resuena con fuerza es que podéis terminar responsabilizándoos
de demasiadas cosas. Lo que no deja de ser otra manifestación de ese sentido in
ado de nuestra propia importancia.
Puede
parecer que todas y cada una de las decisiones que toméis —si queréis trabajar
en una ONG nacional o en un proyecto de permacultura local o una empresa
emergente ecológica; si queréis trabajar con animales o personas; si queréis
ser cientí cos o artistas; si queréis seguir estudiando o tener hijos— sean de
vital importancia para el mundo.
Me quedé
asombrada ante la descomunal carga que algunos os imponéis a vosotros mismos
cuando una estudiante australiana de ciencias de veintiún años llamada Zoe
Buckley Lennox contactó conmigo hace poco. Estaba acampada encima de la torre
de perforación en el ártico que Shell tiene en medio del océano Pací co. Era
una de los seis activistas de Greenpeace que habían escalado la enorme torre
para tratar de ralentizar su tarea y llamar la atención sobre la locura que es
perforar el ártico en busca de petróleo. Y allí permanecieron, entre el ulular
de los vientos, durante una semana.
Mientras
todavía estaban allí, quise llamar al teléfono por satélite de Greenpeace para
darle las gracias a Zoe personalmente por su valentía. ¿Sabéis qué hizo? Me
preguntó: «¿Cómo sabes que estás haciendo lo correcto? Porque también están las
desinversiones, los grupos de presión y la conferencia climática de París».
Su seriedad
me conmovió, pero también tuve ganas de llorar. Allí estaba Zoe, haciendo una
de las cosas más increíbles jamás
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imaginables,
congelándose hasta el tuétano para tratar de detener la perforación en el
ártico sicamente con su propio cuerpo. Y allí, bajo sus siete capas de abrigo y
su equipo de escalada, seguía fustigándose y preguntándose si debería estar
haciendo otra cosa.
Le dije lo
mismo que os voy a decir a vosotros: lo que estáis haciendo es maravilloso, y
lo que haréis a continuación también lo será. Porque no estáis solos, formáis
parte de un movimiento. Y este movimiento se está organizando en las Naciones
Unidas y presentándose a las elecciones y logrando que las universidades
retiren sus inversiones en combustibles fósiles y tratando de bloquear la
perforación en el Ártico en el Congreso y en los tribunales. Y en el mar
abierto. Todo a la vez.
Y es cierto
que tenemos que crecer más rápido y hacer más, pero nadie debe cargar con todo
el peso del mundo sobre sus hombros: ni vosotros ni Zoe ni yo. La fuerza del
proyecto transformador del que millones de personas ya forman parte es la que
carga con ese peso.
Eso signi
ca que somos libres de hacer el tipo de trabajo que nos proporcione sustento
para que podamos formar parte de este movimiento a largo plazo. Porque eso es
lo que hará falta.
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¿UN
VATICANO RADICAL?
Las
personas de fe, especialmente de religiones misioneras, creen rmemente en algo
que muchas personas laicas no tienen tan claro: que todos los seres humanos son
capaces de cambiar en lo más profundo. […] Después de todo, esa es la esencia
de la conversión.
29 DE JUNIO
DE 2015: LA MALETA
CUANDO ME
PIDIERON QUE participara en una rueda de prensa en el Vaticano sobre la
encíclica sobre el cambio climático que el papa Francisco había publicado
recientemente, Laudato sì, estaba segura de que no tardarían en anular la
invitación. Pero ahora ya solo quedan dos días para la rueda de prensa, seguida
de un simposio de dos días para explorar la encíclica; va a pasar, va a pasar
de verdad.
Como suelo
hacer antes de los viajes estresantes, proyecto toda mi ansiedad en el
vestuario. La predicción del tiempo en Roma para la primera semana de julio
muestra temperaturas sofocantes de hasta 35 °C. Las mujeres que visitan el
Vaticano deben vestir con ropa modesta, sin enseñar las piernas o los brazos.
La elección más obvia son prendas de algodón, largas y anchas; el único
problema es que siento aversión hacia cualquier cosa que me huela a hippy
aunque sea en lo más mínimo.
Seguro que
la sala de prensa del Vaticano está climatizada, pero lo que pasa es que
Laudato sì habla especí camente del aire acondicionado como uno de los «muchos
hábitos perjudiciales de consumo que, en lugar de disminuir, parecen aumentar
cada vez más». ¿Se asegurarán los poderes fácticos de apagar el aire solo
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para esta
rueda de prensa? ¿O lo dejarán encendido y aceptarán la contradicción, igual
que estoy haciendo yo al avalar el valiente documento del papa en el que habla
de que reaccionar ante la crisis climática exige que implementemos cambios
profundos en nuestro modelo económico impulsado por el crecimiento, al tiempo
que discrepo de sus ideas en muchas otras cuestiones?
Para
recordarme a mí misma por qué la ocasión merece tantas preocupaciones, releo
algunos pasajes de la encíclica. Además de explicar la realidad del cambio
climático, dedica un espacio considerable a explorar cómo la cultura del
capitalismo tardío hace que sea excepcionalmente di cil abordar, o incluso
concentrarse, en este desa o cuya magnitud incumbe a toda nuestra civilización.
«La naturaleza está llena de palabras de amor —escribe el papa Francisco—, pero
¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción
permanente y ansiosa o del culto a la apariencia?»
Miro
avergonzada al contenido desparramado de mi armario. (Oye, no todos tenemos la
suerte de poder ponernos el mismo atuendo blanco para cualquier ocasión…)
1 DE JULIO:
ESA PALABRA QUE EMPIEZA POR «F»
Somos
cuatro los ponentes invitados a la rueda de prensa del Vaticano, entre ellos
uno de los presidentes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático de la ONU. Todos son católicos, menos yo. En su presentación, el
padre Federico Lombardi, director de la O cina de Prensa de la Santa Sede, se
re ere a mí como «feminista judía secular», un término que utilicé en los
apuntes que preparé, pero que no esperaba que él repitiera. El padre Lombardi
hace su intervención exclusivamente en italiano, excepto estas tres palabras,
las cuales pronuncia lentamente y en inglés, como para enfatizar su naturaleza
foránea.
La primera
pregunta que recibo es de Rosie Scammell, del Religion News Service: «Me
preguntaba qué les diría a los católicos
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preocupados
por su implicación en esto, y a las personas que no estén de acuerdo con
ciertas enseñanzas católicas».
Se re ere
al hecho de que algunos tradicionalistas han protestado ante la presencia de
paganos, entre ellos el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y una larga
lista de climatólogos, entre estas ancestrales paredes en las vísperas de la
publicación de la encíclica. Existe el temor de que el diálogo sobre la
sobrecarga del planeta conduzca al debilitamiento de la oposición de la Iglesia
a los métodos anticonceptivos y al aborto. Tal como el editor de una famosa
página web italiana católica dijo hace poco, «el camino que está siguiendo la
Iglesia es precisamente este: aprobar sigilosamente el control de la población
mientras habla de otra cosa».
Contesto
que no estoy aquí para negociar la fusión del movimiento climático secular y el
Vaticano; sin embargo, si el papa Francisco tiene razón en que responder ante
la crisis climática requiere implementar una serie de cambios fundamentales en
nuestro modelo económico —y yo creo que sí la tiene—, entonces hará falta un
movimiento enormemente amplio que exija dichos cambios, un movimiento que sea
capaz de abrirse camino entre las discrepancias políticas.
Después de
la rueda de prensa, una periodista de Estados Unidos me dice que lleva «veinte
años cubriendo el Vaticano, y jamás pensé que oiría la palabra feminista
pronunciada en ese escenario».
Y, para que
conste, el aire acondicionado estaba encendido. Los embajadores de Gran Bretaña
y Países Bajos en la Santa
Sede
celebran una cena para los organizadores y los ponentes de la rueda de prensa.
Regada con vino y alimentada por salmón a la plancha, la conversación gira en
torno a las implicaciones políticas del próximo viaje del papa a Estados
Unidos. Uno de los invitados que más preocupado se muestra por esta cuestión
procede de una in uyente organización católica estadounidense.
Página 160
«El Santo
Padre no nos lo está poniendo fácil al pasar primero por Cuba», comenta.
Le pregunto
cómo está yendo la difusión del mensaje del Laudato sì en Estados Unidos. «El
momento no ha sido propicio — asegura—. Salió en el mismo momento en que el
Tribunal Supremo tomó su decisión sobre el matrimonio homosexual, y ahí es
donde se han posado todas las miradas.» No le falta razón. Muchos obispos
estadounidenses celebraron la encíclica, pero ni por asomo con el fervor
católico que se exhibió una semana más tarde para condenar la decisión del
Tribunal Supremo.
Este
contraste pone de mani esto lo lejos que habrá de llegar el papa Francisco para
materializar su visión de una Iglesia católica que dedique menos tiempo a
criticar a los demás en relación con el aborto, los anticonceptivos y con quién
se casan, y más a luchar por las víctimas del yugo de un sistema económico
desigual e injusto sobremanera. Cuando la justicia climática se vio en la
tesitura de tener que luchar con las críticas del matrimonio homosexual por
espacio en los medios, no tuvo ni la más mínima oportunidad.
De camino
al hotel, con los ojos puestos en las columnas y la cúpula iluminadas de la
basílica de San Pedro, se me ocurre que esta lucha de voluntades puede ser la
verdadera razón por la que hayan invitado a un grupo tan ecléctico de personas
ajenas a este enclaustrado mundo. Estamos aquí porque son muchos los miembros
poderosos de la Iglesia en los que no se puede con ar para que de endan el
transformador mensaje climático del papa Francisco, y no cabe duda de que a
algunos les alegraría verlo enterrado junto a los muchos otros secretos que se
han sepultado en este amurallado enclave.
Antes de
irme a dormir, dedico algo más de tiempo al Laudato sì y hay algo que me llama
la atención. En el párrafo introductorio, el papa Francisco escribe que
«nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la
existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos». Cita el
Cántico de las
Página 161
criaturas
de san Francisco de Asís, que dice así: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana
nuestra madre Tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos
frutos con coloridas ores y hierba».
Algunos
párrafos más adelante, la encíclica recuerda que san Francisco «entraba en
comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las ores “invitándolas a
alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón”». Según san Buenaventura,
dice la encíclica, el fraile del siglo XIII «daba a todas las criaturas, por
más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».
Más
adelante, citando varias directrices bíblicas sobre el cuidado de los animales
que proporcionan alimento y trabajo, el papa Francisco concluye que «la Biblia
no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás
criaturas».
Si para los
ecologistas cuestionar el antropocentrismo es algo rutinario, para la cumbre de
la Iglesia católica es algo muy distinto. Es di cil encontrar una visión más
antropocéntrica que la persistente interpretación judeocristiana de que Dios
creó el mundo entero especí camente para satisfacer todas y cada una de las
necesidades de Adán. En cuanto a la idea de que formamos parte de una familia
que consta de todos los seres vivientes, y que la Tierra es la madre que nos da
la vida, también es un tema manido para cualquier ecologista. Pero no para la
Iglesia: la erradicación del paganismo, el animismo y el panteísmo perseguía
precisamente sustituir el concepto de la Madre Tierra por un Dios Padre y
arrebatar al mundo natural todos sus poderes sagrados.
Al a rmar
que la naturaleza posee valor propio, el papa Francisco está revirtiendo siglos
y siglos de una interpretación teológica que profesaba una hostilidad abierta
contra el mundo natural, ya que lo consideraba un sufrimiento que debía ser
trascendido y una «tentación» que debía ser resistida. Naturalmente, ha habido
sectores del cristianismo que han insistido en que la naturaleza era algo
valioso que debía guardarse y protegerse —algunas incluso le rendían homenaje—,
pero la
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consideraban,
sobre todo, un conjunto de recursos para sostener a los humanos.
El papa
Francisco no es el primer pontí ce que se muestra profundamente preocupado por
el medio ambiente, pues esa fue también la postura de Juan Pablo II y de
Benedicto XVI. Pero ellos no solían referirse a la Tierra como nuestra
«hermana, madre» ni a rmaban que las ardillas y las truchas son nuestras
hermanas.
2 DE JULIO:
REGRESAR DE LA JUNGLA
En la plaza
de San Pedro, las tiendas de recuerdos venden tazas, calendarios y delantales
con la cara del papa Francisco, además de pilas y pilas de copias encuadernadas
del Laudato sì disponibles en muchos idiomas. En las ventanas hay lonas que
anuncian el libro. A primera vista, no parece más que otra fruslería papal y no
un documento que podría transformar la doctrina eclesiástica.
Esta mañana
se inaugura Las personas y el pueblo primero: la imperativa de cambiar el
rumbo, un encuentro de dos días cuyo objetivo es diseñar un plan de acción
alrededor del Laudato sì organizado por la Alianza Internacional de Agencias
Católicas de Desarrollo y el Consejo Ponti cio Justicia y Paz. Entre los
ponentes se encuentran Mary Robinson, expresidenta de Irlanda, y el enviado
especial de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, Enele Sopoaga, primer
ministro de Tuvalu, un país insular cuya existencia se encuentra amenazada por
la subida del nivel del mar.
Un obispo
de voz suave de Bangladés guía una oración introductoria, y el cardenal Peter
Kodwo Appiah Turkson, uno de los mayores impulsores de la encíclica, es el
primero en intervenir. A sus sesenta y seis años, Turkson tiene las sienes
canosas, pero las mejillas redondas todavía irradian juventud. Muchos especulan
con que él podría ser el sucesor del papa Francisco, de setenta y ocho años,
con lo que se convertiría en el primer papa africano.
Página 163
En el
discurso de Turkson predominan las citas a encíclicas papales previas como
precedentes del Laudato sì. Su mensaje es claro: esto no es cosa de un papa
concreto, sino que forma parte de la tradición católica de considerar la Tierra
como un sacramento y reconocer un «pacto» (y no una mera conexión) entre los
seres humanos y la naturaleza.
Asimismo,
el cardenal señala que «la palabra custodia solo aparece dos veces» en la
encíclica. La palabra cuidado, en cambio, se menciona decenas de veces. No es
casualidad, nos dice el cardenal. Mientras que la custodia denota una relación
basada en el deber, «cuando uno cuida de algo, lo hace con pasión y con amor».
Esta pasión
por el mundo natural forma parte de lo que se ha llamado «el factor Francisco»,
y es evidente que emana de un cambio en el poder geográ co dentro de la Iglesia
católica. El papa Francisco es de Argentina y Turkson es de Gana. Uno de los
pasajes más apasionados de la encíclica —«¿Quién ha convertido el maravilloso
mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?»— es
una cita de una declaración de la Conferencia de Obispos Católicos de
Filipinas.
Esto re eja
la realidad de que, en grandes regiones del Sur Global, los elementos más
antropocéntricos de la doctrina cristiana jamás llegaron a calar del todo.
Especialmente en América Latina, hogar de grandes poblaciones indígenas, el
catolicismo no logró desplazar del todo las cosmologías que giraban en torno a
una Tierra viviente y sagrada, y a menudo el resultado fue una Iglesia que
fusionaba puntos de vista cristianos e indígenas. Con el Laudato sì, esta
fusión, por n, ha llegado a los peldaños más altos de la Iglesia.
Al mismo
tiempo, Turkson parece advertir con delicadeza que no hay que dejarse llevar.
Algunas culturas africanas «dei caron» la naturaleza, pero eso no es lo mismo
que el «cuidado». Puede que la Tierra sea nuestra madre, pero Dios sigue siendo
el jefe. Puede que los animales sean nuestros parientes, pero los humanos no
son
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animales.
Y, aun así, si una enseñanza papal o cial cuestiona algo tan fundamental como
el dominio humano sobre la Tierra, ¿acaso es posible controlar qué vendrá
después?
El
sacerdote y teólogo católico-irlandés Seán McDonagh, quien estuvo implicado en
el proceso de redacción de la encíclica, presenta el argumento con convicción.
Su voz resuena entre el público para instarnos a que no nos escondamos ante el
hecho de que el amor por la naturaleza en que la encíclica está embebida
representa un cambio profundo y radical con respecto del catolicismo
tradicional. «Nos estamos encaminando hacia una teología nueva», declara.
Para
demostrarlo, traduce una oración en latín que en el pasado solía recitarse tras
la comunión durante el Adviento: «Enséñanos a despreciar las cosas de la Tierra
y a amar las cosas del Cielo». Dejar atrás siglos de desprecio por el mundo
material no es una tarea nimia, y —asegura McDonagh—, subestimar el trabajo que
queda por delante no ayuda a nadie.
Es
emocionante presenciar una discusión sobre cuestionamientos teológicos
radicales entre las paredes curvadas de madera de un auditorio bautizado con el
nombre de San Agustín, el teólogo cuyo escepticismo acerca de todo lo corpóreo
y material moldeó en gran medida a la Iglesia. Pero imagino que, para los
hombres perceptiblemente callados y vestidos con sotanas negras de la primera
la, que estudian y enseñan en este edi cio, también debe de resultar
ligeramente aterrador.
Esta noche,
la cena es mucho más informal: una terraza en una trattoria con un puñado de
franciscanos de Brasil y Estados Unidos, además de McDonagh, a quien los demás
tratan como a un miembro honorario de la orden.
Los hombres
con quienes comparto cena se encuentran entre los mayores alborotadores que ha
habido entre las las de la Iglesia durante años, y son quienes más en serio se
toman las enseñanzas protosocialistas de Jesucristo. Patrick Carolan, el
director ejecutivo de la Red de Acción Franciscana a ncado en
Página 165
Washington,
DC, es uno de ellos. Con una sonrisa de oreja a oreja, me dice que, al nal de
su vida, Vladimir Lenin supuestamente dijo que lo que de verdad le había
faltado a la Revolución rusa no eran más bolcheviques, sino diez san Franciscos
de Asís.
Ahora, de
pronto, estos inadaptados comparten muchas de sus posturas con el católico más
poderoso del mundo, el líder de un rebaño de mil doscientos millones de
personas. El actual pontí ce no solo sorprendió a todos al adoptar el nombre de
Francisco, cosa que ningún papa anterior había hecho, sino que, además, parece
decidido a revivir las enseñanzas franciscanas más radicales. Moema de Miranda,
una in uyente líder social brasileña cuyo cuello está adornado con una cruz
franciscana de madera, dice que siente «como si por n nos estuvieran
escuchando».
A McDonagh,
los cambios que se están produciendo en el Vaticano le resultan todavía más
asombrosos. «La última vez que tuve una audiencia papal fue en 1963 —me dice
con un plato de spaghetti alle vongole delante—. Dejé que pasaran tres papas.»
Y ahora aquí está, de vuelta en Roma, habiendo contribuido a redactar la
encíclica más comentada que cualquiera pueda recordar.
McDonagh
señala que los latinoamericanos no son los únicos que encontraron la manera de
reconciliar al Dios cristiano con la Tierra mística. La tradición celta
irlandesa también logró conservar una dimensión de «lo divino en el mundo
natural. Las fuentes de agua poseían divinidad. Los árboles poseían divinidad».
Pero en gran parte del resto del mundo católico, todo eso desapareció. «Estamos
presentando las cosas como si hubiera continuidad, pero no la había.
Funcionalmente, esa teología se perdió.» (Muchos conservadores están
advirtiendo este juego de manos. «PAPA FRANCISCO, LA TIERRA NO ES MI HERMANA»,
reza un titular
reciente de
e Federalist, una revista de derechas en línea.)
Por lo que
a McDonagh respecta, está encantado con la encíclica, aunque desearía que
hubiese ido todavía más lejos al cuestionar la idea de que la Tierra fue creada
como un regalo para
Página 166
los
humanos. ¿Cómo podría ser eso posible cuando sabemos que la Tierra existía
miles de millones de años antes de que llegáramos nosotros?
Le pregunto
cómo podrá sobrevivir la Biblia a tantos cuestionamientos fundamentales; ¿no
llega un punto en el que todo se derrumba? Se encoje de hombros y me dice que
las escrituras siempre están en evolución y que deben ser interpretadas de
acuerdo con el contexto histórico. Si resulta que el Génesis necesita una
precuela, tampoco es para tanto. De hecho, tengo la sensación de que no le
importaría en absoluto formar parte de ese comité de redacción.
3 DE JULIO:
IGLESIA, EVANGELÍZATE
Me
despierto pensando en el tesón. ¿Por qué algunos franciscanos como Patrick
Carolan y Moema de Miranda aguantaron tanto tiempo en una institución que no re
ejaba muchas de sus creencias y valores más profundos, para presenciar de
pronto un cambio repentino que muchos aquí solo son capaces de explicar
mediante alusiones a lo sobrenatural? Carolan me explicó que un sacerdote abusó
de él cuando tenía doce años. Los encubrimientos lo enfurecen, pero aun así no
dejó que la situación lo apartara permanentemente de su fe. ¿Qué le impulsó a
quedarse?
Hablo de
ello con Miranda cuando la veo tras la conferencia de Mary Robinson. (Robinson
había criticado ligeramente la encíclica por no enfatizar de forma adecuada el
papel de las mujeres y de las niñas en el desarrollo humano.)
Miranda me
corrige diciendo que, en realidad, ella no es de las que llevan gran parte de
sus vidas aguantando. «Durante muchos años fui atea, era comunista, maoísta.
Hasta los treinta y tres años. Entonces, me convertí.» Me describió un momento
de puro esclarecimiento: «Vaya, Dios existe. Y todo cambió».
Le pregunto
qué precipitó esa situación; duda y se ríe un poco. Me dice que estaba
atravesando un momento muy di cil de su vida
Página 167
cuando se
cruzó con un grupo de mujeres «que tenían algo distinto, incluso en su
sufrimiento. Y empezaron a hablar sobre la presencia de Dios en sus vidas de un
modo que me hizo escucharlas. Y, de pronto, lo vi: Dios está ahí. En cuestión
de minutos, pasó de ser algo que me resultaba imposible concebir, a estar ahí».
La
conversión… Se me había pasado totalmente por alto. Y, con todo, puede que sea
la clave para comprender el poder y el potencial del Laudato sì. El papa
Francisco dedica un capítulo entero de la encíclica a la necesidad de que haya
una «conversión ecológica» entre los cristianos «que implica dejar brotar todas
las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo
que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte
esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un
aspecto secundario de la experiencia cristiana».
Una
evangelización ecológica —pienso— es lo que he estado viendo tomar forma
durante los últimos tres días en Roma, en todas las menciones acerca de
«difundir la buena nueva de la encíclica», de «llevar la Iglesia a la calle»,
de un «peregrinaje del pueblo» para ayudar al planeta, en las explicaciones de
Miranda sobre sus planes de difundir la encíclica en Brasil a través de
anuncios en la radio, vídeos en internet y pan etos que puedan usarse como
recurso en los grupos de estudio de las parroquias.
Un
engranaje de milenios de antigüedad diseñado para evangelizar y convertir a los
no cristianos se está preparando ahora para dirigir su fervor apostólico hacia
su propio seno, cuestionando y cambiando las creencias fundacionales sobre el
lugar de la humanidad en el mundo entre los que ya son eles. En la sesión de
clausura, el padre McDonagh propone «un sínodo trienal sobre la encíclica» para
educar a los miembros de la Iglesia sobre esta nueva teología basada en la
interconexión y la «ecología integral».
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Son muchos
los que le han estado dando vueltas a cómo el Laudato sì puede ser tan
sumamente crítico con el presente a la vez que se muestra tan esperanzado sobre
el futuro. La fe de la Iglesia en el poder de las ideas y su imponente
capacidad de difundir información a escala global tienen un papel muy
importante cuando se trata de explicar esta tensión. Las personas de fe,
especialmente de religiones misioneras, creen rmemente en algo que muchas
personas laicas no tienen tan claro: que todos los seres humanos son capaces de
cambiar en lo más profundo. Están convencidos de que la combinación adecuada de
argumentos, emociones y experiencias puede desencadenar transformaciones que
cambian vidas. Después de todo, esa es la esencia de la conversión.
Es muy
posible que el ejemplo más notable de esta capacidad de cambio se halle en el
Vaticano del papa Francisco. Y su modelo no es válido solo para la Iglesia,
porque si una de las instituciones más antiguas y apegadas a la tradición del
mundo es capaz de cambiar sus enseñanzas y prácticas de una forma tan radical y
rápida como está tratando de lograr el papa Francisco, no cabe duda de que todo
tipo de instituciones más recientes y moldeables también pueden cambiar.
Y si eso
ocurre —si la transformación es tan contagiosa como parece ser—, puede que
tengamos una oportunidad de detener al cambio climático.
EPÍLOGO
De todos
los fragmentos recogidos para este libro, la relectura de este fue la que más
me afectó, porque a pesar del valor que demostró el papa Francisco al llamar la
atención de todos los Gobiernos del mundo sobre su negligencia ecológica y su
brutal desconsideración por las vidas de los migrantes, el Vaticano ha
fracasado a la hora de exigir responsabilidades a sus propios líderes por el
abuso sexual sistémico de niños y monjas y por los
Página 169
encubrimientos
deliberados de dichos crímenes. Esta negación de la justicia ha atormentado a
muchos eles de la Iglesia y ha minado la autoridad moral del papa como guía en
otros asuntos, incluida la crisis climática. Cuanto menos, esto debería servir
para recordarnos a todos la apremiante necesidad de enfocar el cambio social y
político desde una perspectiva multidisciplinar: si escogemos a nuestro antojo
qué crisis urgentes queremos abordar con seriedad, el resultado nal será la
incapacidad de lograr el cambio en ninguna de ellas. Solo un enfoque valiente y
holístico que no sacri que ningún asunto en el altar de otro será capaz de
traer la profunda transformación que necesitamos.
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¡QUE SE
AHOGUEN! LA VIOLENCIA DE LA ALTERIZACIÓN EN UN MUNDO QUE SE CALIENTA
Una cultura
que valora tan poco las vidas de los negros y mulatos que está dispuesta a
dejar que desaparezcan seres humanos bajo las olas, o que se prenda fuego en
centros de internamiento, también estará dispuesta a dejar que los países donde
viven personas negras y mulatas desaparezcan bajo las olas o se sequen bajo un
calor árido.
MAYO DE
2016:
CONFERENCIA
EN MEMORIA DE EDWARD W. SAID, LONDRES
EDWARD SAID
NO ERA PRECISAMENTE un «abrazaárboles» (como se denomina a veces coloquialmente
a los ecologistas radicales). Este gran intelectual, descendiente de
comerciantes, artesanos y profesionales, en cierta ocasión se describió a sí
mismo como «un caso extremo de palestino urbano cuya relación con la tierra es
básicamente metafórica». En A er the Last Sky, su meditación sobre las fotogra
as de Jean Mohr, exploraba los aspectos más íntimos de la vida palestina, desde
la hospitalidad hasta los deportes, pasando por la decoración del hogar. El más
mínimo detalle (la colocación del marco de una foto o la postura desa ante de
un niño) desataba en Said todo un torrente de ideas. Sin embargo, cuando se
veía confrontado a imágenes de granjeros palestinos (cuidando sus rebaños,
trabajando los campos, etcétera), de repente aquella capacidad de detalle se
evaporaba. ¿Qué plantas se cultivaban? ¿Cuál era el estado del suelo? ¿Y la
disponibilidad de agua? Ni una palabra. «Sigo percibiendo una población de
campesinos pobres, sufrientes, a veces pintorescos,
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inmutable y
colectiva», confesaba Said. Aquella era —reconocía— una percepción «mítica»,
pero persistía.
Si la
actividad agropecuaria era otro mundo para Said, parece que quienes dedicaban
su vida a asuntos tales como la contaminación del aire y del agua era como si
habitaran en otro planeta. Hablando con su colega Rob Nixon, entonces en la
Universidad de Columbia, en cierta ocasión describió el ecologismo como «la
indulgencia de unos abrazaárboles mimados que carecen de una causa apropiada».
Sin embargo, los retos medioambientales de Oriente Próximo resultan imposibles
de ignorar para cualquiera que esté inmerso en su geopolítica, como lo estaba
Said. Esta es una región extremadamente vulnerable al estrés térmico e hídrico,
al aumento del nivel del mar y la deserti cación. Un reciente artículo
publicado en Nature Climate Change predice que, a menos que reduzcamos de forma
radical las emisiones, y lo hagamos rápido, es probable que a nales de este
siglo extensas zonas de Oriente Próximo «experimenten niveles de temperatura
que resultan intolerables para los humanos». Y para lo que suele ser habitual
entre los climatólogos, eso es ser bastante contundente. Sin embargo, en la
región, los problemas medioambientales todavía tienden a tratarse como aspectos
secundarios o causas propias de gente rica y ociosa. Eso no se debe a
ignorancia o indiferencia; es solo una cuestión de prioridades. El cambio
climático es una amenaza grave, pero sus impactos más aterradores están todavía
a varios años de distancia. En el aquí y el ahora siempre hay amenazas mucho
más acuciantes que afrontar: ocupación militar, ataques aéreos, discriminación
sistémica, embargo, etcétera. Nada puede competir con eso; ni debería
intentarlo siquiera.
Hay otras
razones por las que el ecologismo podía parecerle a Said una especie de patio
de recreo burgués. Desde hace largo tiempo el Estado israelí ha revestido su
proyecto de construcción nacional de una pátina verde: fue un elemento clave
del espíritu pionero del «retorno a la tierra» del sionismo. Y en ese contexto,
Página 172
los
árboles, concretamente, se han contado entre las armas más potentes de la
usurpación y la ocupación de tierras. No se trata solo de los innumerables
olivos y alfóncigos arrancados de cuajo para dar paso a asentamientos y
carreteras de uso exclusivo de Israel; también están los extensos bosques de
pinos y eucaliptos que se han plantado sobre las antiguas arboledas y aldeas
palestinas. El actor más notorio en ese sentido ha sido el Fondo Nacional Judío
(KKL, por sus siglas en hebreo), que, bajo el lema «Reverdecer el desierto», se
jacta de haber plantado doscientos cincuenta millones de árboles en Israel
desde 1901, muchos de ellos de especies no autóctonas. También ha nanciado
directamente infraestructuras clave para el ejército israelí, incluso en el propio
desierto del Néguev. En su material publicitario, el KKL se anuncia como una
ONG ecologista más, preocupada por la gestión de los bosques y el agua, los
parques y el esparcimiento. Pero también resulta ser el mayor terrateniente
privado del Estado de Israel, y, pese a una serie de complicados problemas
legales, sigue negándose a arrendar o vender tierras a personas que no sean
judías.
Yo crecí en
una comunidad judía donde todas las ocasiones especiales (nacimiento y muerte,
Día de la Madre, bar mitzvá, y demás) se celebraban con la orgullosa compra de
un árbol del KKL en honor a la persona homenajeada. No fue hasta la edad adulta
cuando empecé a ser consciente de que aquellas lejanas coníferas que tan bien
nos hacían sentir, y cuyos certi cados de compra empapelaban las paredes de mi
escuela primaria en Montreal, no tenían nada de bene cioso; no eran algo que se
planta y más tarde se abraza. En realidad, esos árboles se cuentan entre los
símbolos más agrantes del sistema de discriminación o cial de Israel, un
sistema que es necesario desmantelar para que sea posible la coexistencia pací
ca.
El KKL es
un ejemplo extremo y reciente de lo que algunos denominan «colonialismo verde».
Pero el fenómeno no es nuevo ni exclusivo de Israel. El continente americano
tiene una larga y
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dolorosa
historia de convertir hermosas extensiones de naturaleza en áreas protegidas y
utilizar luego esa denominación para evitar que los pueblos indígenas accedan a
sus territorios ancestrales para cazar y pescar, o simplemente para vivir. Ha
sucedido una y otra vez. Una versión contemporánea de este fenómeno son las
llamadas «compensaciones de carbono». Muchos pueblos indígenas, desde Brasil
hasta Uganda, están descubriendo que algunas de las usurpaciones de tierras más
agresivas las están llevando a cabo precisamente organizaciones
conservacionistas. De repente se recali ca un bosque como una compensación de
carbono, y, en consecuencia, este queda fuera del alcance de quienes
tradicionalmente lo habitaban. Como resultado, el mercado de compensaciones de
carbono ha creado una clase enteramente nueva de violaciones ecológicas de los
derechos humanos, en las que granjeros e indígenas son sicamente atacados por
guardas forestales o agentes de seguridad privada cuando intentan acceder a
esas tierras. El comentario de Said sobre los abrazaárboles debe entenderse en
este contexto.[1]
Pero aún
hay más. En el último año de vida de Said, Israel estaba levantando la
denominada barrera de separación, usurpando enormes franjas de Cisjordania y
aislando a los trabajadores palestinos de sus trabajos, a los agricultores de
sus campos, a los pacientes de los hospitales, y dividiendo brutalmente a las
familias. No faltaban razones para oponerse al muro por una cuestión de
derechos humanos. Sin embargo, en aquel momento algunas de las principales
voces disidentes entre los judíos israelíes preferían centrarse en otras cosas.
A Yehudit Naot, entonces ministra israelí de Medio Ambiente, le preocupaba más
un informe que declaraba que «la valla de separación […] es perjudicial para el
paisaje, la ora y la fauna, los corredores ecológicos y el drenaje de los
arroyos».
«Desde
luego, no quiero detener ni retrasar la construcción de la valla», declaró;
pero «me inquieta el daño medioambiental que entraña». Como observaba más tarde
el activista palestino Omar
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Barghouti,
«el ministerio [de Naot] y la Autoridad de Protección de Parques Nacionales han
llevado a cabo diligentes esfuerzos de rescate para salvar una reserva de iris
afectada trasladándola a una reserva alternativa. También han creado pequeños
pasajes [a través del muro] para animales».
Probablemente
esto sitúa el escepticismo con respecto al movimiento verde en el contexto
adecuado. La gente tiende a desanimarse cuando ve que su vida se trata con
menos respeto que las ores y los reptiles. Aun así, el legado intelectual de
Said contiene muchos elementos que ilustran y clari can las causas subyacentes
de la crisis ecológica global, hasta el punto de esbozar posibles formas de
respuesta que resultan mucho más inclusivas que los modelos que rigen las
actuales campañas: formas de respuesta que no piden a la gente que sufre que
deje de lado sus preocupaciones con respecto a la guerra, la pobreza y el
racismo sistémico y empiece por «salvar al mundo», sino que, en cambio, revelan
de qué modo todas estas crisis están interconectadas y cómo podrían estarlo
también las soluciones a ellas. En suma, puede que Said no pudiera dedicar
tiempo a los abrazaárboles, pero es urgente que los abrazaárboles dediquen
tiempo a Said y a muchos otros pensadores poscoloniales antiimperialistas,
porque, sin ese conocimiento, no hay forma de entender cómo hemos terminado en
este peligroso lugar ni de averiguar cuáles son las transformaciones necesarias
para llevarnos a un lugar más seguro. Lo que viene a continuación son, pues,
algunas ideas —sin la pretensión de ser exhaustivas— sobre lo que podemos
aprender leyendo a Said en un mundo que se calienta.
Said fue y
sigue siendo uno de nuestros teóricos más dolorosamente elocuentes del exilio y
la nostalgia; pero él siempre dejó claro que la suya era la nostalgia de un
hogar que había sido tan radicalmente alterado que en realidad ya no existía.
Su postura era compleja: defendía con ahínco el derecho de retorno
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de los
palestinos, pero nunca a rmó que su hogar estuviera preestablecido. Lo que
importaba era el principio de respeto hacia todos los derechos humanos por
igual y la necesidad de una justicia reparadora que informara nuestras acciones
y políticas. Esa perspectiva resulta profundamente relevante en esta época
nuestra de costas erosionadas, de naciones que desaparecen bajo el aumento del
nivel de los mares, de decoloración de arrecifes de coral que sostienen a
culturas enteras y de un Ártico cada vez más cálido. Ello es así porque el
sentimiento de anhelo de una patria radicalmente alterada, un hogar que puede
que ya ni siquiera exista, es un fenómeno que se está globalizando de manera
tan veloz como trágica.
En marzo de
2016, dos importantes estudios cientí cos avalados por el sistema de revisión
paritaria advertían de que el aumento del nivel del mar podría producirse con
una velocidad mucho mayor de lo que se había creído hasta entonces. Uno de los
autores del primer estudio era James Hansen, probablemente el climatólogo más
respetado del mundo, quien advertía que, de seguir con nuestra trayectoria
actual de emisiones, estamos abocados a la «pérdida de todas las ciudades
costeras, la mayoría de las grandes urbes del mundo y toda su historia»; y no
dentro de miles de años, sino en este mismo siglo. En otras palabras: si no
exigimos un cambio radical, nos encaminamos hacia un planeta entero de personas
que anhelan un hogar que ya no existe.
Said
también nos ayuda a imaginar cómo podría ser eso. Él solía invocar la palabra
árabe sumud («mantenerse inmóvil, resistir») para referirse a la rme negativa a
abandonar la propia tierra pese a los más desesperados intentos de desalojo e
incluso cuando uno está rodeado de un constante peligro. Es un término asociado
sobre todo a lugares como Hebrón y Gaza, pero hoy podría aplicarse igualmente a
miles de residentes de la costa de Luisiana que han levantado sus hogares sobre
pilotes para no tener que ser evacuados, o a los isleños del Pací co cuya
consigna es «Nosotros no nos ahogamos: luchamos». En los territorios
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situados
bajo el nivel del mar, como las Islas Marshall, Fiyi y Tuvalu, saben que el
aumento del nivel del mar que supone el deshielo polar es ya tan importante que
sus países probablemente no tengan futuro. Pero se niegan a preocuparse solo
por la logística de la reubicación, y no se reubicarían aunque hubiera países
más seguros dispuestos a abrir sus fronteras, lo cual es decir mucho, dado que
actualmente el derecho internacional no reconoce a los refugiados climáticos.
En lugar de ello, han optado por una resistencia activa: bloqueando a los
buques carboneros australianos con canoas tradicionales, perturbando las
negociaciones internacionales sobre el clima con su incómoda presencia o
exigiendo una acción climática mucho más agresiva. Si hay algo que merece la
pena celebrar en el Acuerdo de París sobre el clima —aunque no sea su ciente—,
es gracias a este tipo de acción fundamentada en principios: el sumud
climático.
Pero esto
apenas logra arañar la super cie de todo lo que podemos aprender leyendo a Said
en un mundo que se calienta. Ni que decir tiene que era un auténtico gigante en
el estudio de la «alterización», que en su libro de 1978 Orientalismo de nía
como «despreciar, esencializar, denudar la humanidad de otra cultura, pueblo o
área geográ ca». Y una vez que se ha establecido rmemente esa «alteridad», se
ha abonado el terreno para cualquier posible transgresión: expulsión violenta,
usurpación de tierras, ocupación, invasión…, puesto que el objetivo de la
alterización es que el otro no tenga los mismos derechos, la misma humanidad,
que quienes formulan tal distinción.
¿Y qué
tiene eso que ver con el cambio climático? Probablemente todo.
Ya hemos
calentado peligrosamente nuestro mundo, y nuestros Gobiernos siguen negándose a
adoptar las medidas necesarias para frenar esa tendencia. Hubo un tiempo en que
muchos tenían derecho a alegar ignorancia, pero en las últimas tres décadas,
desde que se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático y se iniciaron las negociaciones en torno al
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clima, esa
negativa a reducir las emisiones ha venido acompañada de una plena conciencia
de los peligros que entraña. Y ese tipo de temeridad habría sido funcionalmente
imposible sin el racismo institucional, aunque solo fuera latente. Habría sido
imposible sin el orientalismo, sin toda la panoplia de potentes herramientas
que permiten a los poderosos ignorar las vidas de quienes lo son menos. Dichas
herramientas —que clasi can el valor relativo de los humanos— son las que
permiten desechar naciones enteras y antiguas culturas. Y fueron las que
permitieron ya de entrada la extracción de todo ese carbono.
Los
combustibles fósiles no constituyen el único factor impulsor del cambio
climático —también están la agricultura industrial y la deforestación—, pero sí
el más importante. Y el problema de dichos combustibles es que son tan
intrínsecamente sucios y tóxicos que requieren de la existencia de poblaciones
y lugares «sacri ciales»; es decir, personas cuyos pulmones y cuerpos se puedan
sacri car trabajando en las minas de carbón, gentes cuyas tierras y recursos
hídricos se puedan sacri car a cambio de minas a cielo abierto y vertidos de
petróleo. Todavía en una fecha tan reciente como la década de 1970, los cientí
cos que asesoraban al Gobierno estadounidense se referían abiertamente a
ciertas partes del país como «zonas de sacri cio nacional». Un ejemplo de ello
son los montes Apalaches, dinamitados para extraer carbón porque la llamada
«minería de las cumbres montañosas» resulta más barata que excavar agujeros en
el subsuelo. Hicieron falta teorías de alterización que justi caran el sacri
cio de una geogra a entera; teorías que sostenían que las gentes que vivían
allí eran tan pobres y atrasadas que su vida y su cultura no merecían
protección. Al n y al cabo, si no eres más que un «paleto», ¿a quién le
importan tus montañas?
Convertir
todo ese carbón en electricidad también requirió una nueva capa de
alterización, esta vez dirigida a los barrios urbanos
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situados
junto a las re nerías y a las plantas eléctricas. En Norteamérica, estas son en
su abrumadora mayoría comunidades de color, negras e hispanas, obligadas a
soportar la carga tóxica de nuestra adicción colectiva a los combustibles
fósiles con tasas marcadamente superiores de cánceres y enfermedades
respiratorias. Fue precisamente en la lucha contra este tipo de racismo
medioambiental que nació el movimiento pro justicia climática.
Las zonas
de sacri cio de los combustibles fósiles están repartidas por todo el globo.
Tomemos, por ejemplo, el delta del Níger, envenenado cada año con una cantidad
de petróleo equivalente al vertido del Exxon Valdez, un proceso que Ken
Saro-Wiwa —antes de ser asesinado por el Gobierno— cali có de «genocidio
ecológico». Las ejecuciones de líderes comunitarios, a rmaba, eran «en aras de
la Shell». En mi país, Canadá, la decisión de extraer en Alberta arenas
bituminosas —una forma especialmente pesada de petróleo— ha requerido cargarse
diversos tratados con las Naciones Originarias, tratados rmados con la Corona
británica que garantizaban a los pueblos indígenas el derecho a seguir cazando,
pescando y viviendo según la forma tradicional en sus tierras ancestrales. Y ha
sido así porque esos derechos no tienen ningún sentido cuando la tierra está
profanada, cuando los ríos están contaminados, y los alces y los peces están
llenos de tumores. Y las cosas van a peor: Fort McMurray, la población que
representa el corazón de esta ebre de las arenas bituminosas, donde viven
muchos de los trabajadores y donde se gasta gran parte del dinero,
recientemente se ha visto diezmada por un infernal incendio, con barrios
enteros arrasados. Tal es el calor y la sequedad del clima. Y ese exceso de
calor tiene algo que ver con la sustancia enterrada que allí se extrae.
Pero aun
sin acontecimientos tan dramáticos, este tipo de extracción de recursos
constituye una forma de violencia, puesto que causa tanto daño a la tierra y al
agua que termina por acarrear el n de una forma de vida, la muerte lenta de
culturas que son
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inseparables
de la tierra. Cortar la conexión de los pueblos indígenas con su cultura fue
antaño la política estatal de Canadá, impuesta mediante el alejamiento forzoso
de los niños indígenas de sus familias para trasladarlos a internados donde se
prohibían sus prácticas lingüísticas y culturales, y donde los abusos sicos y
sexuales estaban a la orden del día. Un reciente informe de la Comisión para la
Verdad y la Reconciliación sobre las denominadas «escuelas residenciales» las
consideraba parte de un sistema de «genocidio cultural».
El trauma
asociado a estas diversas capas de separación forzada —de la tierra, de la
cultura, de la familia— se halla directamente vinculado a la epidemia de
desesperación que hoy en día asola a tantas comunidades de las Naciones
Originarias. En abril de 2016, en una sola noche de sábado, once personas
intentaron quitarse la vida en la comunidad de Attawapiskat (de unos dos mil
habitantes). Mientras esto sucede, el grupo DeBeers gestiona una mina de
diamantes en el territorio tradicional de dicha comunidad; como todos los
proyectos extractivos, habían prometido esperanza y oportunidades.
«¿Y por qué
la gente no coge y se va?», se preguntan los políticos y los expertos. Muchos
lo hacen. Y esa marcha está vinculada, en parte, a los miles de mujeres
indígenas que han sido asesinadas o han desaparecido en Canadá, a menudo en las
grandes ciudades. Las noticias de prensa rara vez establecen una conexión entre
la violencia contra las mujeres y la violencia contra la tierra (a menudo para
extraer combustibles fósiles), pero dicha conexión existe.
Cada nuevo
Gobierno canadiense llega al poder prometiendo una nueva era de respeto por los
derechos indígenas. Luego no cumple sus promesas porque esos derechos, tal como
se de nen en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los
pueblos indígenas, incluyen el derecho a rechazar proyectos extractivos,
incluso cuando dichos proyectos fomenten el crecimiento económico nacional. Y
eso es un problema, dado que
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el
crecimiento es nuestra religión, nuestra forma de vida. De modo que incluso
Justin Trudeau, el joven y concienciado primer ministro canadiense, está
obligado y decidido a llevar a cabo nuevos proyectos relacionados con los
combustibles fósiles — nuevas minas, nuevos oleoductos y nuevas terminales de
exportación— en contra de los deseos explícitos de las comunidades indígenas
que no quieren poner en riesgo sus recursos hídricos ni contribuir a
desestabilizar más el clima.
La clave es
esta: nuestra economía, alimentada por combustibles fósiles, requiere zonas de
sacri cio. Así ha sido siempre. Y no puedes tener un sistema basado en el sacri
cio de lugares y poblaciones a menos que existan y persistan teorías
intelectuales que justi quen dicho sacri cio: desde la doctrina del
descubrimiento cristiana hasta la del destino mani esto, desde la terra nullius
hasta el orientalismo, desde los paletos atrasados hasta los no menos atrasados
indios. A menudo escuchamos que el cambio climático se atribuye a la
«naturaleza humana», a la codicia y la cortedad de miras intrínsecas de nuestra
especie. O se nos dice que hemos alterado tanto la Tierra, y lo hemos hecho a
tal escala planetaria, que hoy vivimos en el Antropoceno, la era del hombre.
Esas formas de explicar nuestras circunstancias actuales tienen un signi cado
muy concreto, por más que velado: que los humanos son todos de un mismo tipo,
que los rasgos causantes esta crisis se pueden atribuir a la esencia de la
propia naturaleza humana. Con ello se legitiman los sistemas que crearon
ciertos humanos y a los que otros humanos se resistieron con rmeza. El
capitalismo, el colonialismo, el patriarcado…, ese tipo de sistemas.
Este tipo
de diagnósticos también liquidan la propia existencia de los sistemas humanos
que organizan la vida de manera distinta, sistemas que insisten en que los
humanos deben pensar a siete generaciones vista; que deben ser no solo buenos
ciudadanos, sino también buenos antepasados; que no deben tomar más de lo que
necesitan y pueden devolver a la tierra a n de proteger y aumentar los ciclos
de regeneración. Esos sistemas han existido y
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persisten
contra viento y marea, pero los liquidamos cada vez que decimos que la
alteración del clima es una crisis propia de la «naturaleza humana» y que
estamos viviendo en la «era del hombre».[2] Y son objeto de un ataque muy real
cuando se construyen megaproyectos como la presa hidroeléctrica del río
Gualcarque, en Honduras, un proyecto que, entre otras cosas, le arrebató la
vida a la activista pro defensa de la tierra Berta Cáceres, asesinada en marzo
de 2016.
Algunas
personas insisten en que no tiene por qué ser tan malo. Podemos hacer más
limpia la extracción de recursos; no tenemos que hacerlo forzosamente como se
ha hecho en los casos de Honduras, el delta del Níger o las arenas bituminosas
de Alberta. Pero el hecho es que nos estamos quedando sin formas baratas y
fáciles de acceder a los combustibles fósiles, y eso ha sido lo que nos ha
llevado ya de entrada a presenciar el aumento de la fracturación hidráulica, la
perforación en aguas profundas y la extracción de arenas bituminosas. Esto, a
su vez, está empezando a poner en entredicho el original pacto fáustico de la
era industrial: que los riesgos más graves se externalizarían, se descargarían
en el otro, tanto en la periferia extranjera como dentro de nuestras propias
naciones. Este pacto se está haciendo cada vez menos sostenible. La
fracturación hidráulica amenaza hoy algunas de las zonas más pintorescas de
Gran Bretaña a medida que se expande la zona de sacri cio, tragándose toda
clase de lugares que se imaginaban seguros. De modo que no se trata solo de
dejar escapar un grito ahogado por lo feas que son las grandes balsas de
decantación de residuos de Alberta, sino más bien de reconocer que no hay una
forma limpia, segura y no tóxica de gestionar una economía alimentada por
combustibles fósiles. De hecho, nunca la hubo.
Y existe
una auténtica avalancha de evidencias de que tampoco hay una forma pací ca. El
problema es estructural. Los
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combustibles
fósiles, a diferencia de las formas de energía renovables, como la eólica y la
solar, no están distribuidos de forma generalizada, sino altamente concentrados
en lugares muy concretos, y esos lugares tienen la mala costumbre de estar
situados en países habitados por otras personas. Ese es especialmente el caso
del más potente y precioso de todos los combustibles fósiles: el petróleo. De
ahí que el proyecto del orientalismo, de la alterización de los pueblos árabes
y musulmanes, haya sido desde un primer momento el socio en la sombra de
nuestra dependencia del petróleo, y, por lo tanto, resulte inseparable de ese
efecto negativo de la dependencia de los combustibles fósiles que es el cambio
climático.
Si se de ne
a ciertas naciones y pueblos como «otros» — exóticos, primitivos y sedientos de
sangre, como documentaba Said en la década de 1970—, resulta mucho más fácil
librar guerras y organizar golpes de Estado cuando se les ocurre la
descabellada idea de que deberían controlar su propio petróleo en bene cio de
sus propios intereses. En 1953, fue la colaboración británico-estadounidense la
que derrocó al Gobierno democráticamente electo de Mohammad Mosaddeq después de
que este nacionalizase la Anglo-Persian Oil Company (hoy BP). En 2003,
cincuenta años después, hubo una nueva coproducción entre el Reino Unido y
Estados Unidos: la invasión y ocupación ilegal de Irak. Las repercusiones de
ambas intervenciones siguen agitando nuestro mundo como lo hacen las
repercusiones de todo el petróleo quemado. Hoy Oriente Próximo está atrapado
por la pinza de violencia generada por la búsqueda de combustibles fósiles, por
un lado, y el impacto de la combustión de esos combustibles, por otro.
En su libro
e Con ict Shoreline [La costa del con icto], el arquitecto israelí Eyal Weizman
plantea una visión innovadora de cómo se entrecruzan esas fuerzas. Nuestra
concepción de dónde reside el límite del desierto en Oriente Próximo y el Norte
de África —explica— se basa en la denominada línea de aridez: una serie de
áreas donde hay una media de 200 milímetros de lluvia al
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año, que se
considera el mínimo imprescindible para el cultivo de cereales a gran escala
sin necesidad de regadío. Esos límites meteorológicos no son jos: han uctuado
por diversas razones, ya sea por los intentos de Israel de «reverdecer el
desierto» empujándolos en una dirección, o por la sequía cíclica que extiende
el desierto en la dirección opuesta. Y ahora, con el cambio climático, la
intensi cación de la sequía puede tener todo tipo de impactos en esa línea.
Weizman
señala que la ciudad fronteriza siria de Daraa se sitúa en la línea de aridez.
Fue allí donde la sequía más intensa jamás registrada en Siria generó un gran
número de granjeros desplazados en los años previos al estallido de la guerra
civil en dicho país, y fue también donde se produjo la revuelta de 2011.
Obviamente, la sequía no es el único factor que ha provocado tensiones. Pero el
hecho de que hubiera 1,5 millones de desplazados internos en Siria como
resultado de la sequía desempeñó un papel importante.
La conexión
entre el estrés hídrico y térmico y el con icto es un patrón recurrente e
intensi cador que se extiende por toda la línea de aridez: a lo largo de ella
se ven lugares marcados por la sequía, la escasez de agua, las temperaturas
abrasadoras y los con ictos militares, desde Libia, pasando por Palestina,
hasta algunos de los campos de batalla más sangrientos de Afganistán, Pakistán
y Yemen.
Pero eso no
es todo.
Weizman
también descubrió lo que él cali ca de «asombrosa coincidencia». Cuando se
marcan en el mapa los objetivos de los ataques occidentales con drones
producidos en la región, se comprueba que «muchos de esos ataques —desde
Waziristán del Sur hasta el norte de Yemen, Somalia, Mali, Irak, Gaza y Libia—
se sitúan directamente en la línea de aridez o dentro de un margen de 200 mm de
precipitaciones».
La línea
del mapa representa la línea de aridez, mientras que
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los puntos
señalan algunas de las áreas donde se han concentrado los ataques. Para mí,
este es el intento más clari cador realizado hasta ahora de visualizar el
paisaje brutal de la crisis climática.
Todo esto
se presagiaba hace ya una década en un informe militar estadounidense publicado
por el Centro de Análisis Navales: «Oriente Próximo —observaba— siempre se ha
asociado a dos recursos naturales, el petróleo (debido a su abundancia) y el
agua (debido a su escasez)». Una visión bastante acertada. Y ahora ciertos
patrones se han hecho del todo evidentes: primero los aviones de combate
occidentales fueron tras la abundancia de petróleo, mientras que hoy los drones
occidentales siguen de cerca la falta de agua en la medida en que la sequía
exacerba el con icto.
Al igual
que las bombas siguen el rastro del petróleo y los drones el de la sequía, los
barcos los siguen a ambos: barcos cargados de refugiados que huyen de las casas
situadas en la línea de aridez, devastada por la guerra y la sequía. Y la misma
capacidad de
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deshumanizar
al otro que justi caba las bombas y los drones se ceba ahora en esos migrantes,
al presentar su necesidad de seguridad como una amenaza a la nuestra, y su
desesperada huida como una especie de ejército invasor. Las re nadas tácticas
empleadas en Cisjordania y otras zonas de ocupación están llegando ahora a
Norteamérica y Europa. Cuando quiere vender la idea de su muro en la frontera
con México, a Donald Trump le gusta decir: «Pregúntenle a Israel: el muro
funciona». En Calais las excavadoras arrasan los campamentos llenos de
migrantes. Cada año se ahogan miles de personas en el Mediterráneo.[3] Y el
Gobierno australiano retiene a supervivientes de guerras y regímenes despóticos
en campos situados en las remotas islas de Nauru y Manus. En Nauru las
condiciones son tan desesperadas que el mes pasado un migrante iraní murió
después de prenderse fuego para tratar de atraer la atención del mundo. Otra
migrante, una mujer de veintiún años de Somalia, hizo lo mismo unos días
después.
Malcolm
Turnbull, el primer ministro, advierte que en estas cosas los australianos «no
podemos dejarnos llevar por el sentimentalismo» y «debemos mostrarnos muy
claros y rmes en nuestro objetivo nacional». Vale la pena tener a Nauru en
mente la próxima vez que un columnista de un periódico de Murdoch declare, como
hizo la comentarista de extrema derecha Katie Hopkins el año pasado, que ha
llegado el momento de que Gran Bretaña «se vuelva australiana. Saque los
aviones, obligue a los migrantes a regresar a sus costas y queme los botes».[4]
En otro
tipo de simbolismo, Nauru es una de las islas del Pací co más vulnerables al
aumento del nivel del mar. De modo que, después de ver que sus hogares se
convertían en cárceles para otros, muy posiblemente sus residentes tendrán que
emigrar, pero de momento esos futuros refugiados climáticos han sido reclutados
como funcionarios de prisiones.
Hemos de
entender que lo que está ocurriendo «en» Nauru y lo que le está ocurriendo «a»
ella son expresiones de una misma
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lógica. Una
cultura que valora tan poco las vidas de los negros y mestizos que está
dispuesta a dejar que desaparezcan seres humanos bajo las olas, o se prendan
fuego en centros de internamiento, también estará dispuesta a dejar que los
países donde viven personas negras y mestizas desaparezcan bajo las olas o se
sequen bajo un calor árido. Cuando eso suceda, se echará mano de las teorías de
la jerarquía humana —que debemos cuidar ante todo de nosotros mismos, que los
migrantes intentan destruir «nuestra forma de vida»— para racionalizar esas
monstruosas decisiones. De hecho, ya estamos haciendo esa racionalización, si
bien de manera implícita. Aunque en última instancia el cambio climático
constituirá una amenaza existencial para toda la humanidad, a corto plazo ya
sabemos que discrimina, pues golpea a los pobres primero y con más fuerza, ya
sea abandonados en los tejados de Nueva Orleans durante el huracán Katrina o
entre los treinta y seis millones de personas que según las Naciones Unidas
están pasando hambre debido a la sequía en África meridional y oriental.
Esta es una
emergencia, una emergencia actual, no futura; pero actuamos como si no lo
fuera. El Acuerdo de París se compromete a mantener el calentamiento por debajo
de los 2 °C, que es un objetivo más que imprudente. Cuando se postuló por
primera vez, en Copenhague, en 2009, muchos delegados africanos lo cali caron
como «una sentencia de muerte». La consigna de varios países insulares cuyo
territorio está por debajo del nivel del mar es «1,5 para seguir vivos». En el
último minuto se añadió una cláusula al Acuerdo de París que dice que los
países harán un «esfuerzo por limitar el aumento de temperatura a 1,5 °C».
Ese
objetivo no solo no es vinculante, sino que, además, es mentira: no estamos
haciendo tales esfuerzos. Los Gobiernos que formularon esa promesa hoy
presionan en favor de que se incremente la fracturación hidráulica y la
extracción de los
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combustibles
fósiles con mayor contenido de carbono del planeta, acciones que resultan del
todo incompatibles con limitar el calentamiento a 2 °C, y no digamos ya a 1,5
°C. Y esto sucede porque las personas más ricas de los países más ricos del
mundo creen que van a estar bien, que serán otros quienes asuman los mayores
riesgos; y que, incluso cuando el cambio climático llame a su puerta, alguien
cuidará de ellas.
Cuando se
demuestra que no es así, las cosas se ponen aún más feas. Tuvimos un vívido
atisbo de ese futuro cuando en diciembre de 2015 se produjo una crecida en
Inglaterra que inundó dieciséis mil hogares. Las comunidades afectadas no solo
tuvieron que lidiar con el diciembre más lluvioso del que se tiene constancia;
también hubieron de afrontar el hecho de que el Gobierno había lanzado un
ataque implacable contra los organismos públicos y los municipios que forman la
primera línea de defensa frente a las inundaciones. De modo que,
comprensiblemente, hubo muchos que quisieron desviar la atención de ese
fracaso. ¿Por qué Gran Bretaña —se preguntaban— gasta tanto dinero en
refugiados y ayuda exterior cuando debería cuidar de sí misma? «Da igual la
ayuda exterior —leíamos en el Daily Mail—. ¿Qué hay de la ayuda nacional?»
«¿Por qué
—inquiría un editorial del e Telegraph— los contribuyentes británicos tienen
que seguir nanciando defensas contra inundaciones en el extranjero cuando el
dinero se necesita aquí?» No lo sé; ¿quizá porque Gran Bretaña inventó la
máquina de vapor alimentada con carbón y lleva más tiempo quemando combustibles
fósiles a escala industrial que ninguna otra nación de la Tierra?… Pero estoy
divagando. Lo importante aquí es que ese podría haber sido un buen momento para
entender que el cambio climático nos afecta a todos, y debemos actuar juntos y
de manera solidaria. Pero no fue así, puesto que el cambio climático no solo
hace que las cosas se vuelvan más cálidas y húmedas: en el marco de nuestro
actual orden económico y político, también implica que se vuelvan cada vez más
malas y más feas.
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La lección
más importante que cabe extraer de todo esto es que no hay modo de afrontar la
crisis climática como un problema tecnocrático, de forma aislada. Debe verse en
el contexto de la austeridad y la privatización, del colonialismo y el
militarismo, y de los diversos sistemas de alterización necesarios para
sustentarlos. Las conexiones e interrelaciones entre estos factores son
evidentes, y, sin embargo, muy a menudo la resistencia frente a ellos se halla
extremadamente compartimentada. Quienes están contra la austeridad rara vez
hablan del cambio climático; quienes luchan contra el cambio climático rara vez
hablan de guerra o de ocupación. Demasiados de nosotros somos incapaces de
establecer la conexión entre, por una parte, las armas de fuego que se cobran
vidas de negros en las calles de las ciudades estadounidenses o cuando están
bajo custodia policial, y, por otra, las fuerzas mucho mayores que en todo el
mundo aniquilan tantas vidas de negros en tierras áridas y embarcaciones
precarias.
Superar
esas desconexiones, reforzar las vinculaciones que unen nuestros diversos
problemas y movimientos, constituye — diría— la tarea más apremiante para
cualquier persona interesada en la justicia social y económica. Es la única
forma de construir un contrapoder lo bastante robusto como para vencer a las
fuerzas que protegen un statu quo extremadamente rentable pero cada vez más
insostenible. El cambio climático actúa como un acelerador de muchos de
nuestros males sociales (desigualdad, guerras, racismo, violencia sexual…),
pero también puede actuar en sentido contrario, como un acelerador de las
fuerzas que trabajan por la justicia económica y social y contra el
militarismo. De hecho, la crisis climática, al plantear a nuestra especie una
amenaza existencial y ponernos una fecha límite rme e in exible basada en la
ciencia, podría ser el catalizador que necesitamos para aunar un buen número de
movimientos potentes vinculados por la creencia en la importancia y el valor
intrínsecos de todas las personas y unidos por el rechazo a la mentalidad
subyacente a las zonas de sacri cio, ya se apliquen a personas o a lugares.
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Afrontamos
tantas crisis superpuestas e interrelacionadas que no podemos permitirnos el
lujo de solucionarlas una a una. Necesitamos soluciones integradas, soluciones
que reduzcan radicalmente las emisiones al tiempo que crean enormes cantidades
de puestos de trabajo sindicalizados y de calidad, y ofrecen una justicia signi
cativa a quienes se han visto más maltratados y excluidos en la actual economía
extractiva.
Said
falleció el año de la invasión de Irak, y vivió para ver cómo se saqueaban sus
bibliotecas y museos mientras se protegía con celo su ministerio del petróleo.
En medio de aquellos ultrajes, encontró esperanza en el movimiento
antibelicista global y en las nuevas formas de comunicación de base abiertas
por la tecnología; señaló «la existencia de comunidades alternativas en todo el
globo, informadas por fuentes de noticias alternativas, y profundamente
conscientes de los impulsos medioambientales, de derechos humanos y libertarios
que nos unen en este pequeño planeta». En efecto, «medioambientales»: su visión
incluso tenía un lugar para los abrazaárboles.
Recordé
estas palabras hace poco mientras leía sobre las inundaciones producidas en
Inglaterra. En medio de un montón de textos donde todos se señalaban con el
dedo y buscaban chivos expiatorios, me tropecé con una publicación de un hombre
llamado Liam Cox que, al mostrar su contrariedad por la forma en que algunos
medios de comunicación estaban utilizando el desastre para exacerbar el
sentimiento antiextranjero, declaraba:
Yo vivo en
Hebden Bridge, Yorkshire, una de las zonas más afectadas por las inundaciones.
Es una mierda, todo se ha llenado de agua. Pero… yo estoy vivo. Estoy a salvo.
Mi familia está a salvo. No vivimos con miedo. Soy libre. No pasan balas
volando de un lado a otro. No estallan bombas. No me veo obligado a huir de mi
hogar, no me rechaza el país más rico del mundo ni me critican sus residentes.
Todos
vosotros, los retrasados mentales que vomitáis vuestra xenofobia… acerca de
cómo el dinero debería gastarse únicamente «en nosotros», deberíais miraros
atentamente al espejo. Os pido que os hagáis una pregunta muy importante… ¿Soy
un ser humano decente y honorable? Porque el hogar no es solo el Reino Unido,
el hogar está en cualquier parte de este planeta.
Creo que
estas palabras son una muy buena forma de concluir. Página 190
LOS AÑOS
DEL «SALTO»: CÓMO PONER FIN AL
RELATO DE
LA INFINITUD
Cuando uno
se ha desviado del rumbo tanto como nosotros, las acciones moderadas no
conducen a resultados moderados: conducen a resultados peligrosamente
radicales.
SEPTIEMBRE
DE 2016:
CONFERENCIA
ANUAL DEL SIMPOSIO LAFONTAINE-BALDWIN,
TORONTO
MI OSCURO
SECRETO CANADIENSE —y, por favor, no me echen de esta preciosa sala por ello—
es que en realidad soy estadounidense. Incluso he traído mi pasaporte para
demostrarlo. También tengo uno canadiense. Por ley, cuando viajo a Estados
Unidos tengo que enseñar el que lleva el águila, mientras que cuando viajo de
regreso a Toronto enseño el que lleva ese elaborado escudo de armas con un
montón de elementos británicos (aparte de un puñado de hojas de arce que en
realidad ni se distinguen).
Permítanme
que les explique esta dualidad. Mis padres son ambos estadounidenses, nacidos
en Estados Unidos, lo que por entonces otorgaba a sus hijos la ciudadanía
estadounidense de facto. Por mi parte, yo nací en Montreal y he vivido toda mi
vida en Canadá, con la única excepción de unos pocos años antes de cumplir los
cinco. A mis veintitantos y treinta y tantos siempre tuve muy claro que mi
naturaleza estadounidense era un mero tecnicismo, no una identidad. Raramente
la mencionaba, ni siquiera a mis mejores amigos. Marcaba siempre la casilla de
Página 191
«Canadá» en
los formularios y me ponía en la cola de «Canadá» en el aeropuerto. Cuando daba
conferencias y hacía entrevistas en Estados Unidos, hablaba siempre de «su
Gobierno», no del «nuestro». Y aunque mis padres me habían explicado que tenía
derecho a hacerlo, nunca solicité un pasaporte estadounidense. Digamos que me
gustaba no tener pruebas sicas de mi pertenencia a Estados Unidos.
Entonces
¿qué fue lo que cambió? En 2011 estuve en Washington, en una protesta contra el
oleoducto Keystone XL, que, de construirse, llevará alquitrán procedente de
arenas bituminosas desde Alberta hasta la costa del Golfo.[1] La acción en
Washington incluía la desobediencia civil: la decisión, asumida por miles de
personas a lo largo de un período de dos semanas, de entrar pací camente en la
zona restringida frente a la Casa Blanca y dejarse detener. Se suponía que
quienes no eran estadounidenses no iban a participar en la parte de
desobediencia civil de la acción, ya que ser detenido en Estados Unidos puede
tener consecuencias serias para tus posibilidades de volver a entrar en el
país.
Pero algo
sucedió aquel día en Washington: una delegación de indígenas de la región del
norte de Alberta —cuyo territorio tradicional se ha visto seriamente dañado por
el desarrollo del petróleo y el gas— decidió arriesgarse a las consecuencias y
dejarse detener de todos modos. Impulsivamente, y sin avisar a mi esposo, Avi
(cosa que él siempre me recuerda), decidí unirme a ellos.
Fue un buen
día. Conocí a algunas personas increíbles en el furgón policial y luego en el
bar. Cuando nos pusieron en libertad a todos, se me ocurrió que quizá ahora
podría tener problemas para sacarme el pasaporte estadounidense. No es que me
importara mucho, pero decidí ver qué ocurría si lo intentaba. Para mi sorpresa,
me salió bien, y así es como nalmente obtuve un pasaporte estadounidense a los
cuarenta y tantos años.
Eso
explica, pues, la parte de Estados Unidos, pero no explica por qué mi familia
estadounidense se trasladó a Canadá. Esa es otra historia completamente
distinta, en la que también
Página 192
interviene
la cárcel. Corría el año 1967, mi padre estaba terminando de estudiar en la
Facultad de Medicina, y tanto él como mi madre participaban activamente en la
oposición a la guerra de Vietnam. Como muchos de sus compañeros, mi padre hizo
todo lo posible por evitar que lo reclutaran: solicitó que le reconocieran el
estatus de objetor de conciencia, trató de encontrar una forma de servicio
alternativa, lo que fuera. Pero nada funcionó, y se vio abocado a decidir entre
ir a Vietnam, ir a la cárcel o ir a Canadá. Así que… aquí estamos.
De
pequeños, durante los viajes en coche, mis padres nos entretenían con historias
de su fuga, que a nosotros nos sonaban como un thriller de alto voltaje: la
carta del ejército, la boda deprisa y corriendo, el secretismo para evitar
implicar a otros en su delito… Así supimos que habían cogido un vuelo nocturno
que aterrizó en Montreal a medianoche porque habían oído que los agentes de
aduanas francófonos, que solían ser antiestadounidenses, eran los que hacían el
turno de noche. Al llegar —¡uf!— les hicieron pasar de inmediato. Así es como
mi padre recuerda su llegada: «¡En veinte minutos fuimos inmigrantes
residentes, de camino a la ciudadanía canadiense!».
Crecer en
Canadá con unos padres estadounidenses de izquierdas me dio una imagen bastante
halagüeña de este país. Oí hablar mucho de las razones por las que dejaron
Estados Unidos: el militarismo, el patrioterismo, los millones de personas sin
seguro médico… Y sobre las cosas que les atraían de Canadá y hacían que nos
quedáramos aquí. Como el hecho de que el primer ministro Pierre Trudeau
declarara Canadá «un refugio del militarismo», o la atención médica universal,
o el apoyo público a las artes y los medios de comunicación (mi madre encontró
un trabajo jo en la
O cina
Nacional de Cinematogra a, donde el Estado le pagaba por hacer documentales
feministas subversivos). Visto retrospectivamente, fue un poco como crecer en
una de esas películas de Michael Moore que representan a Canadá como una
versión utópica de Estados Unidos donde nadie cierra la puerta
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con llave,
a nadie le disparan, nadie tiene que esperar para que le visite el médico y
todos son siempre superamables con los demás.
Las cosas
no eran en absoluto tan caricaturescas. Pero lo cierto es que había muchos
elementos ausentes en aquellas historias de Canadá pasadas por el ltro
estadounidense que dieron forma a mi infancia y a mi propio orgullo nacional.
Ahora sé, por ejemplo, que mientras que los canadienses se consideraban
virtuosos por no participar en la guerra de Vietnam y dar la bienvenida a los
insumisos, había empresas de Canadá vendiendo armas y otros materiales por
valor de miles de millones para abastecer y hacer posible el esfuerzo bélico
estadounidense, incluyendo napalm y agente naranja. Eso de nadar y guardar la
ropa es en cierto modo una tradición militar canadiense. Lo hicimos de nuevo en
2003, cuando Canadá no participó públicamente en la invasión de Irak porque el
ataque no contaba con la aprobación de la ONU, pero luego, mucho menos
públicamente, apoyó la ocupación posterior con o ciales de respaldo y buques de
guerra.
Puede
resultar doloroso examinar con demasiada atención las historias que hacen que
nos sintamos bien, sobre todo cuando estas se enmarcan en las narraciones
íntimas que moldean nuestra identidad. Todavía tengo problemas con eso.
Coincido con mis padres en que nuestro sistema de atención médica y el apoyo a
los medios públicos y a las artes forman parte de lo que nos diferencia de
Estados Unidos. Pero también es cierto que esas instituciones y tradiciones
están profundamente mermadas tras décadas de abandono. A día de hoy, mi padre
pasa una gran parte del tiempo de su jubilación trabajando para defender
nuestro sistema de salud pública frente a la invasión de las privatizaciones al
estilo estadounidense.
Hay algo
más acerca de mi feliz historia canadiense que requiere un poco de atención.
Aquella experiencia del aeropuerto en la que todo fue sobre ruedas: veinte
minutos para obtener el estatus de inmigrante residente. Es muy probable que
aquello tuviera mucho que ver con el hecho de que mis padres, como
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muchos de
los insumisos, eran blancos, de clase media y con educación universitaria. De
hecho, estas no fueron las únicas personas que huían de la guerra a las que
Canadá acogió en ese período: también recibimos a sesenta mil refugiados
vietnamitas.
Pero esa
ventana de apertura fue relativamente breve, y en parte constituía una
respuesta a nuestra vergonzosa negativa a aceptar refugiados judíos durante la
Segunda Guerra Mundial. En las últimas décadas, resulta altamente improbable
que las personas negras y mestizas que sufren los bombardeos de las guerras
ilegales, incluidas las que nosotros mismos hemos ayudado a alimentar con
armas, soldados o ambas cosas, obtengan el estatus de inmigrantes residentes en
veinte minutos y queden libres para empezar a trabajar el lunes por la mañana.
Miles de personas son encarceladas durante años, sin que se las acuse de
absolutamente ningún delito. Muchas de ellas están en cárceles de máxima
seguridad, sin tener idea de cuándo serán liberadas, una práctica que ha sido
criticada de forma reiterada por las Naciones Unidas.
Las
historias que contamos acerca de quiénes somos como nación, y los valores que
nos de nen, no son inamovibles. Cambian a medida que lo hacen los hechos.
Cambian a medida que lo hace el equilibrio de poder en la sociedad. Esa es la
razón por la que la gente de la calle, y no solo los Gobiernos, debe participar
activamente en el proceso de recontar y reimaginar nuestros relatos, símbolos e
historias colectivas.
Y eso
también está ocurriendo. Por ejemplo, en todo Toronto, donde nos reunimos, el
Proyecto Ogimaa Mikana ha estado reemplazando los letreros o ciales de las
calles por sus versiones en lengua anishinaabe. También pusieron una valla
publicitaria cerca de donde vivo en la que se recordaba a los transeúntes que
nuestro barrio, que se está aburguesando rápidamente, entra dentro del llamado
«Pacto del Cinturón Wampum del Plato con Una Cuchara», un antiguo acuerdo entre
pueblos indígenas para compartir y cuidar pací camente la tierra y el agua. Se
trata de un
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intento
público de cambiar la historia colectiva o, más exactamente, de reavivar
antiguas historias que todavía siguen vigentes, pero que a menudo se ven
ahogadas por el aluvión de mensajes más potentes y novedosos que nos llegan día
tras día.
Reexaminar
las historias que siempre hemos dado por sentadas es saludable, especialmente
las que resultan reconfortantes. Cuando las narraciones y las mitologías
todavía se perciben como útiles y verdaderas, también es saludable decidir
crear otras y vivir de acuerdo con ellas. Pero cuando ya no nos sirven, cuando
se interponen en el camino hacia el lugar adonde debemos ir, tenemos que estar
dispuestos a dejarlas descansar y contar otras historias distintas.
EL «SALTO»
Teniendo
esto en mente, quiero compartir con ustedes algunas re exiones sobre un intento
de relectura y reinterpretación colectiva, y acerca de cómo este chocó con
algunos relatos nacionales muy potentes que residen en el núcleo de la crisis
ecológica global. Este proyecto en el que he participado se denomina Mani esto
«Dar el salto». Muchos de ustedes lo conocen. Sé que algunos incluso lo han
rmado. Pero la historia que hay detrás de ese mani esto es menos conocida.[2]
El «Salto»
surgió de una reunión que se celebró en Toronto en mayo de 2015, a la que
asistieron sesenta teóricos y activistas de todo el país que representaban a
una muestra transversal de movimientos: laborales, climáticos, religiosos,
indígenas, de migrantes, de mujeres, antipobreza, antiprisiones, pro justicia
alimentaria, pro derecho a la vivienda, transporte y tecnología verde. El
catalizador de la reunión fue un descenso repentino del precio del petróleo que
había provocado una conmoción en nuestra economía debido a la dependencia de
esta de los ingresos derivados de la exportación de crudo a precios altos. El
principal objetivo de nuestra reunión era ver cómo podíamos aprovechar
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aquella
conmoción económica —que mostraba vívidamente los peligros de basar toda
nuestra fortuna en recursos brutos volátiles
— para
impulsar un cambio rápido hacia una economía basada en energías renovables.
Durante mucho tiempo nos habían dicho que teníamos que elegir entre un medio
ambiente saludable y una economía fuerte; pero cuando el precio del petróleo se
desplomó, terminamos sin ninguna de las dos cosas. Parecía un buen momento para
proponer un modelo radicalmente distinto.
En la época
en la que nos reunimos se estaba preparando una campaña electoral federal, y
por entonces ya estaba claro que ninguno de los principales partidos iba a
basarse en una plataforma de cambio rápido hacia una economía poscarbono. Tanto
los liberales como el Nuevo Partido Democrático (NPD), que a la sazón competían
por desbancar al Gobierno conservador, seguían el manual que dictaba que tenías
que demostrar tu «seriedad» y pragmatismo eligiendo al menos un nuevo gran
oleoducto y apostando por él. Se hicieron vagas promesas en materia de acción
climática, pero nada con una base cientí ca, y nada que presentara la
transición a una economía verde como una oportunidad para crear cientos de
miles de empleos de calidad para la gente que más los necesita.
De modo que
decidimos intervenir en el debate y redactar una especie de plataforma popular,
el tipo de cosas por las que queríamos poder votar, pero que aún no estaban
sujetas a votación. Y cuando nos sentamos en círculo durante dos días y nos
miramos unos a otros a los ojos, nos dimos cuenta de que aquel era un
territorio nuevo para los movimientos sociales contemporáneos. Todos nosotros,
o la mayoría, habíamos formado parte antes de amplias coaliciones, oponiéndonos
a la agenda de austeridad de un político particularmente impopular o uniéndonos
para luchar contra un acuerdo comercial no deseado o una guerra ilegal.
Pero
aquellas eran coaliciones del «no», mientras que nosotros queríamos probar algo
distinto: una coalición del «sí». Y eso
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signi caba
que necesitábamos crear un espacio apropiado para hacer algo que nunca hacemos,
que es soñar juntos sobre el mundo que realmente queremos.
A veces se
me cali ca como la autora del Mani esto «Dar el salto», pero eso no es cierto.
Mi papel consistió en escuchar y señalar los temas comunes. Uno de los más
claros fue la necesidad de abandonar el relato nacional con el que muchos de
nosotros habíamos crecido, que se basaba en un supuesto derecho divino de
extraer interminablemente recursos del mundo natural como si no hubiera límite
y no existiera un punto de ruptura. Nos parecía que lo que teníamos que hacer
era dejar de lado esa historia y contar otra distinta basada en la obligación
de cuidar: de cuidar de la tierra, el agua y el aire, y de cuidar unos de
otros.
Debido en
gran parte a la diversidad de los congregados en la sala, también éramos
conscientes de que, si queríamos una coalición del «sí» auténticamente amplia,
no podíamos recurrir a una visión nostálgica o retrospectiva: al edénico anhelo
de una nación —la de la década de 1970— que nunca respetó la soberanía indígena
y excluyó las voces de tantas comunidades de color, que a menudo depositó una
fe excesiva en un estado centralizado y nunca reconoció de hecho ningún límite
ecológico.
De modo
que, en lugar de mirar atrás, iniciamos nuestra plataforma estableciendo el
lugar donde queríamos terminar:
Podríamos
vivir en un país que se valiera solo de energías verdaderamente renovables,
interconectado gracias a un sistema de transporte público accesible; un país en
el que durante esta transición los puestos de trabajo y las oportunidades se
generen con el n de eliminar de manera sistemática la desigualdad racial y de
género. El cuidado mutuo y del planeta podrían ser los sectores de mayor
crecimiento en nuestra economía. Muchas más personas tendrían salarios más
altos trabajando menos horas, lo que redunda en una mayor cantidad de tiempo
para disfrutar de los seres queridos y desarrollarnos en plenitud en nuestras
comunidades.[3]
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La idea era
primero describir una imagen clara de hacia dónde queríamos ir, y luego entrar
en el meollo de lo que haría falta para conseguirlo. Pero antes de abordar esos
detalles, quisiera volver al cuestionamiento de los relatos o ciales.
Como su
propio nombre indica, el lector habrá deducido que el «Salto» tiene que ver con
un cambio a la vez rápido e importante. De ahí que lo eligiéramos como título:
porque sabemos que en lo relativo al cambio climático hemos ido posponiendo las
cosas durante tanto tiempo, y hemos empeorado hasta tal punto el problema que,
si a estas alturas nos limitamos a dar pequeños pasitos, por más que vayan en
la dirección correcta, seguiremos terminando de todos modos en un profundísimo
agujero. Sin embargo, al de nir el nuestro como un proyecto transformador, en
lugar de gradualista, también adoptamos una postura de oposición frontal a un
relato especialmente querido y valorado por una gran cantidad de poderosos
intereses en este país: el de que somos un pueblo moderado y alérgico a los
cambios radicales. En un mundo de exaltados, nos gusta pensar que nosotros
somos ecuánimes y elegimos siempre la vía intermedia. Para nosotros no hay
movimientos bruscos; y, desde luego, no hay saltos.
De acuerdo,
es un relato muy bonito, y la moderación es siempre un activo en todo tipo de
circunstancias. Es un buen enfoque, por ejemplo, frente al consumo de alcohol o
los helados cubiertos de chocolate caliente. El problema, y la razón de que
eligiéramos ese título tan poco moderado de manera consciente, es que en el
caso del cambio climático, el gradualismo y la moderación en realidad
representan un enorme problema, porque, paradójicamente, nos llevarán a un
futuro muy extremo, caliente y cruel. Cuando uno se ha desviado del rumbo tanto
como nosotros, las acciones moderadas no conducen a resultados moderados:
conducen a resultados peligrosamente radicales.
Esto no ha
sido siempre así. La primera reunión intergubernamental para hablar sobre la
crisis climática y la necesidad de que las naciones industrializadas redujeran
las
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emisiones
se celebró en 1988. Canadá fue la sede de aquella reunión. Tuvo lugar en esta
misma ciudad, y de allí surgieron algunas recomendaciones fantásticas. Si las
hubiésemos escuchado, si todos hubiéramos empezado a reducir nuestras emisiones
hace tres décadas, podríamos haber ido avanzando poco a poco y con calma: ir
disminuyendo nuestra huella de carbono a base de reducir un par de puntos
porcentuales cada año. Una eliminación progresiva extremadamente moderada,
gradual y centrista.
Pero no lo
hicimos. Nadie lo hizo: ni nuestro país, ni prácticamente ninguna de las
naciones ricas que en ese momento estaban experimentando un rápido desarrollo.
De hecho, mientras los Gobiernos se reunían año tras año para hablar de la
reducción de emisiones, estas aumentaron en más de un 40 %. Aquí, en Canadá,
ampliamos enormemente las fronteras en materia de combustibles fósiles y
desarrollamos tecnología para desenterrar parte del petróleo con mayor
contenido en carbono del planeta. No solo no redujimos los factores impulsores
de la alteración del clima, sino que los duplicamos. Eso no fue precisamente
muy moderado, sino más bien bastante extremo.
De manera
que ahora el problema es mucho peor. Peor porque las emisiones se han
disparado, así que tenemos que reducirlas mucho más para llevarlas a niveles
seguros. Y peor porque no nos queda tiempo, de modo que debemos iniciar esas
reducciones de inmediato. Eso es lo que siempre ocurre cuando se dejan las
cosas para mañana una y otra vez: al nal hay correr.
Así pues,
ahora necesitamos realmente emprender una acción radical. Una acción abrupta y
radical, independientemente de en qué medida entre en con icto con esas
reconfortantes historias que nos contamos a nosotros mismos sobre nuestras
almas centristas. Llámenlo como quieran: un Green New Deal, la Gran Transición
o un Plan Marshall para el planeta Tierra. Pero no se equivoquen: esto no es un
mero añadido, un elemento más en una lista gubernamental de tareas pendientes;
ni el planeta representa
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tan solo
otro interés concreto al que hay que satisfacer. El tipo de transformación que
ahora se requiere únicamente se producirá si se trata como una «misión»
civilizadora, tanto en nuestro país como en todas las principales economías del
planeta.
Algo de lo
que éramos muy conscientes cuando redactamos el Mani esto «Dar el salto» es que
las emergencias son vulnerables a los abusos del poder, y los progresistas no
son inmunes a ello en absoluto. Existe una larga y dolorosa tradición de
ecologistas que, de manera implícita o explícita, transmiten el mensaje de que
«Nuestra causa es muy importante y muy urgente, y dado que abarca a todos y a
todo, debe tener prioridad sobre todo y sobre todos los demás». Entre líneas:
«Primero salvaremos el planeta, y luego ya nos preocuparemos por la pobreza, la
violencia policial, la discriminación de género y el racismo».
En
realidad, esta es una excelente forma de construir un movimiento muy pequeño,
débil y homogéneo. Porque la pobreza, la guerra, el racismo y la violencia
sexual son todas ellas amenazas existenciales si tú y tu comunidad estáis en el
punto de mira. De modo que, inspirándonos en el movimiento pro justicia
climática que se desarrollaba en todo el mundo, nosotros decidimos probar otra
cosa. Resolvimos que, si habíamos de cambiar radicalmente nuestra economía para
hacerla mucho más limpia frente a la catástrofe climática, teníamos que
aprovechar la oportunidad para hacerla al mismo tiempo más justa en todos esos
frentes distintos. De ese modo no se pedía a nadie que eligiera qué amenaza
existencial le importaba más. Les daré algunos ejemplos.
Como era de
esperar en un documento centrado en el clima, pedíamos que se hicieran grandes
inversiones en infraestructuras verdes: energías renovables, e ciencia,
transporte, trenes de alta velocidad, etcétera. Todo ello para llegar a una
economía cien por cien renovable a mediados de siglo y tener una energía cien
por cien renovable mucho antes. Sabíamos que todo eso iba a generar una enorme
cantidad de empleos: invertir en estos sectores crea entre seis y ocho veces
más puestos de trabajo que invertir el
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mismo
dinero en petróleo y gas. De modo que pedíamos inversión pública para
reconvertir a los trabajadores que afrontaran la posibilidad de perder su
empleo en los sectores extractivos a n de que estuvieran preparados para
trabajar en la próxima economía, y, por otra parte, los sindicatos presentes en
las reuniones nos dijeron que era esencial que los propios trabajadores
participaran de forma democrática en el diseño de los programas de
reconversión. De modo que todo eso está en la plataforma: los principios
básicos de una transición basada en la justicia.
Pero
también queríamos algo más. Cuando hablamos de «empleos verdes» —y hablamos
mucho de ellos—, la mayoría de nosotros nos imaginamos a un tipo con un casco
montando una placa solar. Cierto, ese es un tipo de empleo verde, y necesitamos
un montón de ellos, pero existen muchos otros trabajos que ya de por sí tienen
bajas emisiones de carbono. Por ejemplo, cuidar a las personas mayores y a los
enfermos no quema mucho carbono. Hacer arte no quema mucho carbono. Enseñar a
los niños es bajo en emisiones. Las guarderías son bajas en emisiones. Y, sin
embargo, estos trabajos, realizados en su abrumadora mayoría por mujeres,
tienden a estar infravalorados y mal pagados, y con frecuencia son objeto de
recortes por parte de la Administración pública. De modo que decidimos ampliar
deliberadamente la de nición habitual de empleo verde a n de incluir cualquier
cosa que resulte útil y enriquecedora para nuestras comunidades y a la vez no
queme una gran cantidad de combustible fósil. Como dijo uno de los
participantes en las reuniones: «La enfermería es energía renovable. La
educación es energía renovable». Además, este tipo de trabajo hace que nuestras
comunidades sean más fuertes, más humanas y, en consecuencia, más capaces de
sortear las conmociones que nos aguardan en un futuro con alteraciones
climáticas.
Otro
elemento clave del Mani esto «Dar el salto» es lo que se conoce como
«democracia energética»: la idea de que las energías renovables, siempre que
sea posible, deberían ser de propiedad
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pública o
comunitaria y estar controladas por la Administración o la comunidad a n de que
las ventajas y los bene cios de las nuevas industrias estén mucho menos
concentrados de lo que ocurre ahora con los combustibles fósiles. En ese
aspecto nos inspiramos en la transición energética alemana, que ha supuesto que
cientos de ciudades grandes y pequeñas recuperaran el control de sus redes de
energía de manos de las empresas privadas, junto con una explosión de
cooperativas de energía verde que ha hecho que los bene cios de la generación
de energía permanezcan en la comunidad y se utilicen para pagar servicios
esenciales.
Pero
nosotros decidimos que necesitábamos algo más que democracia energética,
también necesitamos justicia energética, e incluso reparaciones energéticas.
Porque la forma en que se ha desarrollado la generación de energía y otras
industrias sucias en los últimos dos siglos ha forzado a las comunidades más
pobres a soportar una parte enormemente desproporcionada de las cargas
medioambientales que ello entrañaba, al tiempo que obtenían a cambio demasiado
poco en términos de bene cios económicos. De ahí que el Mani esto «Dar el
salto» a rme que «los pueblos indígenas deberían ser los primeros en recibir
apoyo público para sus propios proyectos de energías limpias, al igual que las
comunidades que hoy afrontan graves problemas de salud debido a la actividad industrial
contaminante».
Para
algunos, este tipo de conexiones resultan desalentadoras. Reducir las emisiones
—se nos dice— ya resulta de por sí bastante di cil: ¿por qué complicarlo aún
más tratando de arreglar tantas otras cosas al mismo tiempo? Nuestra respuesta
es que, si pretendemos reparar nuestra relación con la tierra apartándonos de
la interminable extracción de recursos, ¿por qué no aprovechamos para reparar
también nuestras interrelaciones? Durante mucho tiempo se nos han ofrecido
políticas que amputan las crisis ecológicas de los sistemas económicos y
sociales que las fomentan. Ese es justo el modelo que no ha dado resultados. Y,
en
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cambio, la
transformación holística nunca se ha intentado a escala nacional.
Otro
ejemplo. El «Salto» reconoce explícitamente el papel que han desempeñado —y
siguen desempeñando— las políticas exteriores de nuestro Gobierno con el n de
presionar a la gente para que abandone sus hogares y busque asilo en otros
países. Algunos se ven empujados por las graves repercusiones económicas de
acuerdos comerciales que nuestro Gobierno ha respaldado; otros, por minas que
han construido nuestras empresas; y otros, por guerras que nuestro Gobierno ha
contribuido a librar o a nanciar.
Todos esos
factores —los acuerdos comerciales, las guerras y las minas— se cuentan entre
los principales impulsores del incremento de las emisiones de gases de efecto
invernadero a escala mundial, y actualmente el propio cambio climático también
está obligando a la gente a abandonar sus hogares. Esa es la razón por la que
decidimos reformular los derechos de los migrantes como un problema de justicia
climática, y a rmamos que necesitamos abrir nuestras fronteras a muchos más
migrantes y refugiados, y que todos los trabajadores, independientemente de su
estatus migratorio, deben tener plenos derechos y protección laboral. Tenemos
que hacerlo, no por caridad o como una expresión de la bondad de nuestros
corazones, sino porque el cambio climático, en su complejidad global, nos
enseña que nuestros destinos están —y han estado siempre— interconectados. En
el fondo se trata de qué clase de personas queremos ser cuando los impactos de
nuestra acción colectiva resultan innegables. Es una cuestión moral y espiritual
tanto como económica y política.
Sabíamos
que el principal obstáculo que afrontaría nuestra plataforma era la fuerza
inherente a la lógica de la austeridad: el mensaje que nos han transmitido a
todos, durante décadas, de que los Gobiernos están en quiebra permanente, y,
por lo tanto, ¿para qué molestarse en soñar con una sociedad equitativa?
Teniendo esta idea en mente, trabajamos en estrecha colaboración con un
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equipo de
economistas a n de elaborar un documento paralelo que mostrara con rigor cómo
pensábamos aumentar los ingresos para nanciar nuestro plan.
Antes de
difundir la plataforma entre la opinión pública, nos acercamos a numerosas
organizaciones e individuos prominentes. Y una y otra vez escuchamos: sí, eso
es lo que queremos ser. Presionemos, pues, a nuestros políticos. ¡Al in erno la
prudencia canadiense! Varios iconos nacionales nos mostraron su apoyo sin
vacilar: Neil Young, Leonard Cohen… El novelista Yann Martel escribió que
nuestra propuesta debería «gritarse desde los tejados». Aquel era un raro
documento que pudieron rmar a la vez Greenpeace, el jefe del Congreso Laboral
Canadiense o ancianos indígenas, como el famoso portavoz de los haida y maestro
tallador Gujaaw; en total, más de doscientas organizaciones.
LA REACCIÓN
Dado este
entusiasmo inicial, lo cierto es que nos sorprendió un poco lo que sucedió
cuando lanzamos la plataforma al mundo en general. Decir que fue una «campaña
de linchamiento» sería quedarse cortos.
Para
empezar, nuestro ex primer ministro Brian Mulroney abandonó su retiro para
declarar que el «Salto» era «una nueva loso a de nihilismo económico» a la que
«hay que resistir y derrotar». Luego, después de que el Nuevo Partido
Democrático (NPD) votara a favor de respaldar el espíritu de la propuesta y
debatir sus detalles, los primeros ministros en activo en tres provincias
canadienses —que pertenecían a tres partidos políticos distintos— optaron por
denunciarlo. «Cientos de pueblos serían borrados del mapa. Mañana. Y
convertidos en pueblos fantasma»,
a rmaba uno
de ellos. «Una amenaza existencial», declaraba otro. Y, por último, el que
entonces era primer ministro de Alberta (del NPD) proclamaba: «Una traición».
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Curiosamente,
nada de todo eso parece haber tenido un gran impacto en las bases. La gente
sigue añadiendo su nombre a la plataforma. Sigue montando secciones locales del
«Salto». Y un sondeo realizado en el momento álgido de aquella virulenta
reacción reveló que la mayoría de los votantes de los verdes, el NPD y los
liberales apoyaban las tesis centrales del Mani esto; e incluso lo hacían un
20 % de los conservadores. Creo que esto revela la existencia de una división
bastante interesante: un montón de gente de diferentes tendencias políticas
leyó el «Salto» y le pareció bastante sensato, incluso inspirador; pero
nuestras élites, independientemente de las diferencias entre partidos,
coincidieron en que sonaba como si anunciara el n del mundo.
¿Qué
podemos hacer, pues, para salvar esa brecha? En realidad, la mayor parte del
alboroto la había causado una única línea del Mani esto, que declaraba: «Ya no
tenemos excusas para seguir construyendo nuevos proyectos de infraestructura
[de combustibles fósiles] que nos condenen a más décadas de extractivismo». En
otras palabras: no más oleoductos ni gasoductos.
Examinemos
esta a rmación un poco más de cerca. Desde una perspectiva cientí ca, no tiene
nada de controvertida. En París, los Gobiernos negociaron un tratado sobre el
clima en el que se comprometían a mantener el calentamiento por debajo de los
2 °C al tiempo que proseguían sus «esfuerzos para limitar el aumento de la
temperatura a 1,5 °C» (fue precisamente el equipo de Justin Trudeau el que más
luchó para conseguir que la declaración incluyera ese lenguaje un tanto más
ambicioso).
Para poner
todo esto en perspectiva, digamos que ya hemos calentado el planeta
aproximadamente 1 °C en relación con el punto en el que estábamos antes de que
los humanos empezáramos a quemar carbón a escala industrial. De modo que, si
nuestra meta son 1,5-2 °C, eso nos sitúa en un presupuesto de carbono bastante
limitado. Mantenerse en estos márgenes —y los cientí cos han sido muy claros al
respecto— requiere que dejemos muchas de
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nuestras
actuales reservas de carbono donde están, en el suelo. Y en lo que respecta a
las formas particularmente sucias de combustible fósil, como el bitumen de
Alberta, signi ca que alrededor del 85-90 % tiene que quedarse donde está. Así
lo a rma una investigación avalada por el sistema de revisión paritaria
publicada en la revista Nature y en otros lugares; nadie lo cuestiona.
Lo mismo
vale para la expansión de la frontera de los combustibles fósiles con
tecnologías como la fracturación hidráulica. Y nuestros políticos no lo
discuten: admiten que sus actuales metas en cuanto a reducción de emisiones —y
eso no solo se aplica a Canadá— nos llevan más allá de los objetivos de
temperatura que se establecieron en París. No se traducen en un presupuesto de
carbono de 1,5-2 °C, sino en un calentamiento de 3-4 °C; y eso suponiendo que
lográramos cumplir tales metas, lo cual es mucho suponer.
Podemos
tener un debate acerca de si merece la pena dar los di cilísimos pasos
necesarios para evitar que el planeta se caliente 3-4 °C (lo que, por cierto,
los climatólogos han a rmado que es incompatible con cualquier cosa que pueda
cali carse de civilización organizada). Sería un debate interesante. Pero no es
ese el debate que estamos teniendo. Es más, cuando la gente aboga en favor de
políticas climáticas que se guíen por la ciencia y por los objetivos
públicamente declarados de nuestro propio Gobierno, se le manda callar y se le
dice que deje de destruir el país.
UN DEBATE
PECULIARMENTE RESTRINGIDO
Esto no es
así en todas partes. Otros países están avanzando, con algunas políticas que
realmente re ejan realidades cientí cas. Alemania y Francia, por ejemplo, ya
han prohibido la fracturación hidráulica. Ambos países tienen todavía un largo
camino por recorrer para situar sus emisiones en sintonía con los objetivos de
temperatura del Acuerdo de París, pero en Europa la aversión a
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hablar de
dejar carbono en el suelo no es tan fuerte como aquí. Y no podemos echar la
culpa solo al hecho de que nosotros tenemos un gran sector petrolífero y
gasístico con muchos puestos de trabajo vinculados a él. Otros países también
lo tienen y han avanzado mucho más que nosotros. Incluso Emiratos Árabes
Unidos, un país al que se puede cali car directamente de «petroestado», se está
preparando ya para el n del petróleo, canalizando decenas de miles de millones
de riqueza petrolífera hacia nuevas inversiones en energías renovables.
Pero Canadá
no es el único país donde no parece haber un debate racional en torno a los
límites ecológicos. El debate está similarmente desquiciado en Australia y en
Estados Unidos, donde hay grandes segmentos de la clase política y numerosos
expertos que niegan las a rmaciones cientí cas; y cuanto más sucede esto, más
vacila el resto del mundo. He estado dándole vueltas a la cuestión de qué es lo
que explica esas discrepancias geográ cas. Y creo que se remonta al punto de
partida: a esos relatos nacionales
o ciales
que indican a los países qué valores los de nen, y el tipo de estructuras de
poder que alimentan y mantienen dichos relatos.
EL RELATO
DE LA INFINITUD
Cuando
lanzamos la propuesta del «Salto», nos topamos con un relato que discurre en un
plano muy profundo, anterior a la fundación de países jóvenes como el nuestro.
Empieza con la llegada de los exploradores europeos en un momento en el que sus
países de origen se habían estrellado contra sus propios límites ecológicos:
grandes bosques desaparecidos, grandes animales cazados hasta la extinción,
etcétera.
Fue en ese
contexto en el que el llamado Nuevo Mundo se concibió como una especie de
continente de repuesto, una fuente de piezas de recambio (no en vano lo
llamaron Nueva Francia y Nueva Inglaterra).
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¡Y menudas
piezas! Aquí parecía haber un tesoro inagotable: peces, aves, pieles, árboles
gigantes y, más tarde, metales y combustibles fósiles. En Norteamérica y,
después, en Australia, esas riquezas cubrían territorios tan vastos que parecía
imposible concebir sus límites. Éramos la tierra de la in nitud, y cada vez que
empezaban a escasear los recursos, nuestros Gobiernos simplemente desplazaban
la frontera un poco más hacia el oeste.
La propia
existencia de estas tierras parecía ser una señal que transmitía un mensaje
divino: olvidad los límites ecológicos. Gracias a este continente que hacía de
«doble», daba la impresión de que no había forma de agotar la generosidad de la
naturaleza. Examinando de forma retrospectiva las primeras descripciones
europeas de lo que se convertiría en Canadá, resulta evidente que los
exploradores y los primeros colonos creían de verdad que su temor a la escasez
se había desvanecido para siempre. Las aguas de la costa de Terranova estaban
tan llenas de peces que «obstaculizaban el paso» de los barcos de John Cabot.
Para el padre Charlevoix, en la Quebec de 1720 «el número [de bacalaos] parece
igual al de granos de arena que cubren la orilla». Y luego estaban las grandes
alcas: las plumas de estas aves, similares a los pingüinos, eran especialmente
codiciadas como relleno de colchones, y en las islas rocosas, especialmente en
Terranova, se encontraban en abundancia. Como decía Jacques Cartier en 1534,
había islas «tan llenas de pájaros como lo está de hierba cualquier campo o
prado».
Una y otra
vez se utilizaban las palabras inagotable e in nito para describir los bosques
orientales de grandes pinos, los cedros gigantes del Noroeste del Pací co, todo
tipo de peces… Otra cantinela habitual era que la exuberancia de la naturaleza
era tan grande que en realidad no tenía sentido alguno preocuparse por
administrar ese tesoro para evitar su agotamiento. Tal abundancia permitía la
gloriosa libertad de ser descuidado. omas Huxley (el biólogo inglés apodado «el
bulldog de Darwin») declaraba en la Exposición Internacional de Pesca celebrada
en Londres en 1883
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que «la
pesca del bacalao […] es inagotable; es decir, nada de lo que hacemos afecta
seriamente a la cantidad de peces. En consecuencia, cualquier intento de
regular esos caladeros parece […] ser inútil».
Todas esas
no son más que frases lapidarias dado lo que hoy sabemos; dado que en 1800 las
grandes alcas fueron completamente aniquiladas; dado que poco después las
poblaciones de castores del este de Canadá empezaron a desmoronarse; dado que
en 1992 el bacalao supuestamente inagotable de Terranova fue declarado
«comercialmente extinto». Y en lo que se re ere a nuestros inagotables bosques
primigenios: prácticamente arrasados aquí, en el sur de Ontario, y más del 91 %
de las mejores y más grandes arboledas de la isla de Vancouver desaparecidas.
Obviamente,
gran parte de este fenómeno no es exclusivo de Canadá. La economía
estadounidense más temprana también fue brutalmente extractiva.[4] Sin embargo,
hubo algunas diferencias clave. La economía esclavista del sur se basó en la
extracción de mano de obra forzosa, utilizada para roturar y cultivar tierras a
n de alimentar a un norte que se industrializaba con rapidez. Aunque también
hubo esclavitud en Canadá, nuestro principal papel en el comercio trasatlántico
de esclavos fue el de proveedor: gran parte de aquel bacalao supuestamente
inagotable se salaba y se enviaba a las Indias Occidentales Británicas
(Jamaica, Barbados, Guayana británica, Trinidad, Granada, Dominica, San Vicente
y Santa Lucía). Para los ricos propietarios de las plantaciones, aquel bacalao
era una inestimable fuente de proteínas baratas para los africanos
esclavizados.
Nuestro
nicho económico siempre ha devorado la naturaleza con voracidad, tanto su fauna
como su ora. Antes de llegar a ser un país, Canadá fue una empresa extractiva
dedicada al comercio de pieles, la Compañía de la Bahía de Hudson. Y eso nos ha
con gurado de formas que todavía hemos de empezar a afrontar, y en cierto modo
explica por qué causó tanto alboroto que un grupo
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de nosotros
se reuniera y dijera: lo cierto es que hemos alcanzado los límites de lo que la
Tierra puede soportar; tenemos que dejar los recursos en el suelo, aunque
todavía sean rentables. Ha llegado el momento de un nuevo relato, y de un nuevo
modelo económico.
Dado que en
Norteamérica se han amasado tan enormes fortunas basadas puramente en la
explotación de animales salvajes y bosques intactos, y en la extracción de
metales enterrados y de combustibles fósiles, nuestras élites económicas se han
acostumbrado a concebir el mundo natural como una despensa otorgada por la
gracia divina. Lo que nosotros descubrimos con el «Salto» es que, cuando
aparece alguien o algo (como la climatología) que cuestiona esa concepción, no
se toma simplemente como una verdad di cil de asumir, sino que se interpreta
como un ataque existencial.
El
historiador y economista Harold Innis (que nunca asimiló el papel crucial de
Canadá en el trá co de esclavos) advirtió de ello hace ya casi un siglo. La
extrema dependencia de Canadá de la exportación de recursos naturales en bruto
—sostenía— atro ó el desarrollo de nuestro país en «la fase de las materias
primas». Esto vale también para grandes sectores de la economía estadounidense,
como Luisiana y Texas en el caso del petróleo, o como Virginia Occidental en el
del carbón. Esa dependencia de los recursos en bruto hace que las economías
resulten extremadamente vulnerables a los monopolios y a las crisis económicas
externas. De ahí que el término «república bananera» no se considere
precisamente un cumplido.
Aunque
Canadá no se concibe como tal, y de hecho algunas regiones se han diversi cado,
nuestra historia económica cuenta un relato distinto. Durante siglos hemos
oscilado entre la superabundancia y la ruina. A nales de 1800, el comercio de
castores se desmoronó cuando las élites europeas abandonaron de un día para
otro su gusto por los sombreros de piel y se pasaron a la seda, que resultaba
más suave. El año pasado, la economía de Alberta entró en caída libre debido a
un descenso repentino del
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precio del
petróleo. Antes nos veíamos arrastrados por los caprichos de los aristócratas
británicos; ahora son los príncipes saudíes. No estoy segura de que eso cuente
como progreso.
El problema
no es solo esa montaña rusa de las materias primas. Es que con cada ciclo de
auge y caída aumentan las apuestas: el frenesí del bacalao arruinó una especie;
el frenesí de las arenas bituminosas, el petróleo y el gas de fracturación
están contribuyendo a arruinar el planeta.
Y, sin
embargo, pese a la enormidad de las apuestas, parece que no podamos parar. La
dependencia de las materias primas sigue con gurando el cuerpo político de los
estados coloniales como Canadá, Estados Unidos y Australia. Y en los tres
países ese hecho seguirá frustrando los intentos de sanar las relaciones con
las Naciones Originarias. Ello se debe a que la dinámica de poder básica —el
hecho de que nuestros países dependan de la riqueza incrustada en sus tierras—
permanece inamovible. Por ejemplo, cuando el comercio de pieles constituía la
espina dorsal de la producción de riqueza en las áreas septentrionales de este
continente, la cultura indígena y sus relaciones con la tierra se convirtieron
en una profunda amenaza para el ansia extractiva (sin importar el hecho de que
nunca habría existido dicho comercio sin las habilidades indígenas en materia
de caza e instalación de trampas). De ahí que los intentos de cortar dichas
relaciones con la tierra fueran tan sistemáticos. Las llamadas escuelas
residenciales eran solo una parte de ese sistema; como también lo eran los
misioneros que acompañaron a los comerciantes de pieles y que predicaban una
religión que consideraba las cosmologías indígenas formas pecaminosas de
animismo (sin importar, una vez más, que las cosmovisiones que intentaban
erradicar tuvieran una enorme cantidad de cosas que enseñarnos acerca de cómo
regenerar el mundo natural en lugar de agotarlo constantemente).
Hoy, en
Canadá, tenemos Gobiernos federales y provinciales que hablan mucho de «verdad
y reconciliación» en torno a esos
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crímenes.
Pero todo eso no pasará de ser una broma cruel si los canadienses no indígenas
no afrontan el «porqué» que subyace a esas violaciones de los derechos humanos.
Y ese porqué, como dice el informe o cial de la Comisión para la Verdad y la
Reconciliación, es bastante simple: «El Gobierno canadiense practicó esa
política de genocidio cultural porque deseaba librarse de sus obligaciones
legales y nancieras para con los pueblos aborígenes y obtener el control de sus
tierras y recursos».
El
objetivo, en otras palabras, siempre fue eliminar todas las barreras que
impidieran la extracción de recursos sin restricciones. En todo el país, los
derechos territoriales indígenas siguen constituyendo el principal obstáculo
para una extracción de recursos que desestabiliza el planeta, desde los
oleoductos y los gasoductos hasta la corta a tala rasa. Seguimos intentando
hacernos con la tierra y con lo que hay debajo. Podemos ver también el mismo
fenómeno al sur de la frontera, en la lucha sin cuartel de los sioux de la
reserva Standing Rock contra el oleoducto Dakota Access. Así era hace
doscientos años y así sigue siendo hoy.
Cuando los
Gobiernos hablan de verdad y reconciliación, y luego impulsan proyectos de
infraestructuras que nadie quiere, recuerden esto: no puede haber verdad a
menos que admitamos el «porqué» subyacente a siglos de abusos y usurpación de
tierras. Y no puede haber reconciliación cuando los delitos siguen vigentes.
Solo cuando
tengamos el coraje de contar la verdad sobre nuestros viejos relatos llegarán
otros nuevos para guiarnos. Relatos que reconozcan que el mundo natural y todos
sus habitantes tienen límites. Relatos que nos enseñen a cuidar unos de otros y
a regenerar la vida dentro de esos límites. Relatos que pongan n de una vez por
todas al mito de la in nitud.
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RESPUESTA
EN CALIENTE SOBRE UN
PLANETA
CALIENTE
La nuestra
es una cultura de interminable apropiación, como si no hubiera nal ni
consecuencias. Una cultura de acaparamiento. Y ahora esa cultura ha llegado a
su conclusión lógica: la nación más poderosa de la Tierra ha elegido a un
acaparador en jefe.
NOVIEMBRE
DE 2016:
DISCURSO DE
ACEPTACIÓN DEL PREMIO SÍDNEY DE LA PAZ
MIENTRAS
TOMABA NOTAS PARA esta conferencia durante las dos últimas semanas, era
consciente de que tenía que preparar dos versiones: la versión «gana Hillary» y
la versión «gana Trump».
La cuestión
es que fui absolutamente incapaz de escribir la versión «gana Trump». Mis dedos
se declararon en huelga y se negaron a teclear. Sabía que iba a dirigirme a
ustedes apenas cuarenta y ocho horas después de conocerse los resultados de las
elecciones presidenciales estadounidenses, así que, retrospectivamente, debo
decir que he sido más que negligente con mis deberes. Y me disculpo si lo que
sigue parece apresurado; de hecho, es apresurado. Una respuesta en caliente,
como se dice ahora, sobre un planeta caliente.
Si cabe
extraer una lección general de la victoria de Trump, quizá sea esta: nunca,
nunca subestimes el poder del odio. Jamás subestimes el poder de los
llamamientos directos a ejercer poder sobre «el otro»: los migrantes, los
musulmanes, los negros o las mujeres. Especialmente en tiempos de di cultades
económicas. Porque cuando un gran número de hombres blancos se sienten
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asustados e
inseguros, y esos hombres se criaron en un sistema social basado en elevar su
humanidad por encima de la de todos esos otros, muchos de ellos se enfurecen. Y
el hecho de enfurecerse no tiene nada de malo en sí mismo; de hecho, hay mucho
por lo que enfurecerse.
Pero en una
cultura que sitúa de forma sistemática unas vidas por encima de otras, la ira
lleva a muchos de esos hombres, y mujeres, a ponerse en manos de cualquier
demagogo del momento que les ofrezca recuperar una ilusión de dominio, por
fugaz que sea. Construye un muro. Enciérralos. Depórtalos a todos. Atrápalos
donde quieras y enséñales quién manda.
¿Qué otras
lecciones podemos extraer de la que es nuestra realidad desde hace dos días: la
de que ahora vivimos en un mundo con un presidente Trump?
Una
lección: que el dolor económico es real y no desaparece. Cuatro décadas de
políticas neoliberales corporativas de privatización, desregulación, libre
comercio y austeridad se han asegurado de ello.
Otra
lección: los líderes que representan ese consenso fallido no son rival para los
demagogos y neofascistas que a rman derrocarlo. No tienen nada tangible que
ofrecer, y se los considera, bastante acertadamente, los responsables de gran
parte de esta dislocación económica.
Solo una
agenda audaz y genuinamente redistributiva puede tener la esperanza de hablar a
ese dolor y redirigirlo hacia su verdadero objetivo: las élites compradoras de
políticos que con tanta extravagancia se bene ciaron de la subasta de la
riqueza pública; la contaminación de la tierra, el aire y el agua, y la
desregulación de la esfera nanciera.
Pero hay
una lección más profunda que debemos aprender urgentemente de los
acontecimientos de esta semana: si queremos vencer a los personajes como Trump
—y cada país tiene su Trump de cosecha propia—, tenemos que afrontar y combatir
con urgencia el racismo y la misoginia, en nuestra cultura, en nuestros
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movimientos
y en nosotros mismos. No hablamos aquí en absoluto de un elemento secundario,
de un añadido, porque resulta esencial para que alguien como Trump pueda llegar
al poder. Muchas personas han dicho que han votado por él «a pesar de» sus
reprobables declaraciones en materia de raza y de género. Les gustaba lo que
decía sobre el comercio y la recuperación de la industria manufacturera, y lo
de que él no era uno de esos «iniciados de Washington».
Lo siento,
pero eso no basta. No puedes votar por alguien que tan abiertamente está
incitando odios basados en la raza, el género y la capacidad sica, a menos que
de una manera u otra creas que esas cuestiones no son tan importantes.
Sencillamente no puedes hacerlo. No puedes hacerlo a menos que estés dispuesto
a sacri car al «otro» en tu propio (y esperado) bene cio.
Pero aquí
no se trata solo de los votantes de Trump y de los relatos que estos puedan
haberse contado a sí mismos. También hemos llegado a este peligroso momento por
culpa de los relatos sobre «el otro» que se cuentan en el lado progresista del
espectro político. Como el que sostiene que, cuando luchamos contra la guerra,
el cambio climático y la desigualdad económica, eso bene ciará sobre todo a los
negros y a los indígenas porque son los más victimizados por el sistema actual.
Tampoco eso
funciona. Existe un historial demasiado largo y doloroso de movimientos
izquierdistas en favor de la justicia económica que han dejado de lado a los
trabajadores de color, los pueblos indígenas y el trabajo de las mujeres.
Construir
un movimiento auténticamente inclusivo requiere una visión genuinamente
inclusiva que parta de los más maltratados y excluidos y sea liderada por
ellos. Hace un par de meses, Rinaldo Walcott, un gran escritor e intelectual
canadiense, lanzó un desa o a los liberales blancos e izquierdistas. Escribió:
Los negros
están muriendo en nuestras ciudades, atravesando los océanos, en guerras por
los recursos que no hemos inventado nosotros. […] De hecho, parece evidente que
las vidas de los negros resultan desechables de una forma y manera radicalmente
distinta de otros grupos a escala mundial.
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A partir de
esta cruda realidad de marginación, quiero proponer que cualesquiera nuevas
acciones políticas en el contexto norteamericano tengan que superar la que
llamaré la «prueba negra». La prueba negra es sencilla: exige que cualquier
política cumpla con el requisito de mejorar las nefastas condiciones de vida de
los negros. […] Si una política no supera esta prueba, será una política
fallida desde la primera instancia de su propuesta.
Merece la
pena re exionar detenidamente sobre esto. Sé que con demasiada frecuencia mi
propio trabajo ha sido incapaz de superar esa prueba. Pero ahora más que nunca,
aquellos de nosotros que hablamos de paz, justicia e igualdad debemos afrontar
ese reto.
En lo
referente a la acción climática, está muy claro que no lograremos obtener el
poder necesario para ganar a menos que incorporemos la justicia —especialmente
la justicia racial, pero también la justicia de género y económica— en el
núcleo de nuestras políticas de reducción de carbono. La «interseccionalidad»
—término acuñado por la jurista y feminista negra Kimberlé Crenshaw— constituye
el único camino que seguir. No podemos jugar a que «mi crisis es más urgente
que la tuya»: la guerra gana al clima; el clima gana a la clase social; la
clase social gana al género; el género gana a la raza… Jugando a ese juego de
«triunfos», amigos míos, es cómo terminas teniendo un Trump.[1]
O luchamos
por un futuro del que todos podamos formar parte, empezando por quienes hoy se
ven más maltratados por la injusticia y la exclusión, o seguiremos perdiendo. Y
no tenemos tiempo para eso. Además, cuando establecemos estas conexiones entre
distintas cuestiones (clima, capitalismo, colonialismo, supremacía blanca y
misoginia), se produce una especie de liberación. Porque en realidad todo está
conectado, todo forma parte del mismo relato.
Percibí
esta verdad de modo muy intenso la semana pasada cuando visité la Gran Barrera
de Coral. Estuve allí haciendo un cortometraje con la gente del e Guardian
sobre esta maravilla natural, que actualmente sufre una vasta mortandad ligada
al
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calentamiento
de los océanos.[2] Mientras observaba una gran cantidad de coral decolorado y
muerto, descubrí que la mayor parte de mis pensamientos se dirigían a mi hijo
de cuatro años, Toma, que todavía no sabe nadar y que muy probablemente nunca
llegará a ver un arrecife oreciente en su vida.
No cabe
duda de que las emociones más intensas que albergo con respecto a la crisis
climática tienen que ver con él y su generación: con el tremendo expolio
intergeneracional en curso. Experimento momentos de puro pánico cuando pienso
en el clima extremo al que ya hemos condenado a esos niños. Pero aún más
intenso que este miedo es el sentimiento de tristeza por lo que nunca llegarán
a conocer. Están creciendo en medio de una extinción masiva, privados de la
cacofónica compañía de tantas formas de vida que desaparecen con rapidez.
¡Parece una soledad tan desesperante…!
Pero no
pensaba solo en eso. Flotando en las aguas de Port Douglas, también me encontré
pensando, como suele ocurrir, en el capitán James Cook; pensando en todas las
fuerzas que se aunaron justo en el momento en que el Endeavour navegaba por
aquellas mismas aguas.
Como saben
todos los buenos estudiantes de historia australiana, Cook llegó a Queensland
en 1770. Solo seis años después salió al mercado la versión comercial de la
máquina de vapor de Watt, una máquina que aceleró enormemente la revolución
industrial, impulsada por una potente combinación de mano de obra esclava en
las colonias y el carbón que alimentaba las máquinas de vapor comerciales. Ese
mismo año, 1776, Adam Smith publicaba La riqueza de las naciones, el texto
fundacional del capitalismo contemporáneo, justo a tiempo para que Estados
Unidos declarara su independencia de Gran Bretaña.
Colonialismo,
esclavitud, carbón, capitalismo…, todo ello estrechamente unido en un lapso de
seis años para crear el mundo moderno.
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Este país
llamado Australia nació justo en los albores del capitalismo alimentado por
combustibles fósiles. Deberíamos unir los puntos, puesto que de hecho están
conectados: las usurpaciones de tierras, los combustibles fósiles que empezaron
a alterar nuestro clima, las teorías económicas y sociales que lo
racionalizaron todo… Todos vivimos, en un sentido muy real, en el clima del
capitán Cook; o cuando menos en un clima en cuya creación sus fatídicos viajes
oceánicos desempeñaron un papel absolutamente crucial.
Un detalle
me llamó poderosamente la atención cuando investigaba para preparar esta
conferencia: el Endeavour no empezó su vida como un buque de la marina o un
barco cientí co encargado de desvelar misterios astrológicos y biológicos, y,
en sus ratos libres, reclamar vastas extensiones de territorio para la Corona
británica sin el consentimiento de los indígenas. No, el Endeavour se construyó
en 1764 para transportar carbón a través de las vías uviales de Inglaterra.
Cuando lo compró la marina, el barco tuvo que sufrir una extensa (y costosa)
remodelación a n de adecuarlo para el viaje de Cook y Joseph Banks. De alguna
manera, parece apropiado que el navío que reclamó los territorios que pasarían
a conocerse como Nueva Gales del Sur y Queensland comenzara su vida como un
barco carbonero.
¿Resulta
extraño, entonces, que su Gobierno tenga una antinatural relación amorosa con
el carbón? ¿Resulta extraño que ni siquiera la catastró ca decoloración de la
Gran Barrera de Coral, una de las maravillas del mundo, haya inspirado al
Gobierno de Queensland a reconsiderar su dependencia de esa negra roca?
Como
declaró Vandana Shiva al aceptar este mismo premio hace seis años, las raíces
de nuestra crisis residen «en una economía que no respeta los límites
ecológicos ni éticos». Los límites son un problema para nuestro sistema
económico. La nuestra es una cultura de interminable apropiación, como si no
hubiera nal ni consecuencias. Una cultura de acaparamiento.
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Y ahora esa
cultura de acaparamiento ha llegado a su conclusión lógica: la nación más
poderosa de la Tierra ha elegido a Donald Trump como su acaparador en jefe: un
hombre que se jacta abiertamente de apropiarse de las mujeres sin su
consentimiento; que dice, hablando de la invasión de Irak, que «Deberíamos
habernos llevado su petróleo» y que le den al derecho internacional.
Obviamente,
este desenfrenado acaparamiento no es algo exclusivo de Trump. Hoy vivimos una
epidemia de acaparamiento: acaparamiento de tierras, de recursos…; incluso del
cielo, contaminándolo tanto que ya no queda espacio atmosférico para que los
pobres se desarrollen.
Y ahora
hemos topado contra el muro que marca el límite del acaparamiento máximo. Eso
es lo que nos dice el cambio climático. Eso es lo que nos dicen nuestras
interminables guerras. Eso es lo que nos dice la victoria electoral de Trump.
Es hora de dedicar todos nuestros esfuerzos a pasar de una cultura de
apropiación interminable a una cultura de consentimiento y cuidado.
Cuidando
del planeta y cuidando unos de otros.
Cuando supe
que me habían otorgado el Premio Sídney de la Paz por mi labor en favor del
clima, me sentí muy honrada. Este es un premio que han recibido algunos de mis
héroes personales: Arundhati Roy, Noam Chomsky, Vandana Shiva o Desmond Tutu,
entre muchos otros. Una muy buena tribu de la que formar parte.
De modo que
cuando recibí la llamada me emocioné. Pero cuando se me pasó un poco la emoción
surgieron las dudas. Una de ellas era: ¿por qué a mí? Mis escritos se basan en
el trabajo de muchos miles de activistas en favor de la justicia climática en
todo el mundo, muchos de los cuales llevan trabajando mucho más tiempo que yo.
Otra duda era de índole más práctica: ¿puedo justi car realmente la
contaminación derivada del transporte
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requerido
para aceptar un premio por aportar mi granito de arena para luchar contra la
contaminación? Para ser del todo sincera con ustedes, todavía no estoy segura
de que pueda justi carse.
Pero lo
consulté con amigos y colegas australianos, y estos me señalaron que su
Gobierno es el principal exportador de carbón del mundo, que vende directamente
a aquellos países cuyas emisiones aumentan con mayor rapidez, y que también
llevan camino de desempeñar el mismo papel de liderazgo con respecto al gas
natural licuado.
Incluso
cuando otros países están congelando y reduciendo su producción de carbón, su
primer ministro se muestra desa ante.
A rma que
el plan es mantener el rumbo con el carbón «durante muchas muchas décadas
futuras», mucho más allá del momento en el que todos vamos a necesitar
prescindir de ese sucio combustible si queremos tener alguna posibilidad de
cumplir los objetivos climáticos de París. A principios de esta semana declaré
que Australia se está quedando cada vez más sola en ese sucio gesto que hace al
mundo alzando su tiznado dedo corazón. Por desgracia, tengo que enmendar esa
declaración: a partir de enero, cuando Donald Trump se mude a la Casa Blanca,
Malcolm Turnbull va a tener compañía. ¡Ay!
Los amigos
australianos con quienes consulté me dijeron que disponer del megáfono que
proporciona este premio podría contribuir a respaldar su trabajo: sus esfuerzos
cruciales para detener nuevos proyectos basados en combustibles fósiles como la
gigantesca mina de carbón Carmichael, en el territorio de los wangan y los
jagalingou; y para detener el Gasoducto del Norte, que abriría vastas
extensiones del Territorio del Norte a la fracturación hidráulica industrial.
Esta
resistencia reviste una importancia global, dado que esos megaproyectos afectan
a enormes reservas de lo que actualmente llamamos «carbono no combustible»,
dióxido de carbono y metano que, si se extraen y se queman, no solo acabarán
con los ín mos compromisos climáticos de Australia, sino también con el
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presupuesto
mundial de carbono. Las cifras al respecto son muy claras: en París, nuestros
Gobiernos (incluido el suyo) acordaron el objetivo de mantener el calentamiento
por debajo de los 2 °C al tiempo que hacían «esfuerzos para limitar el aumento
de la temperatura a 1,5 °C».
Ese
objetivo —que es bastante ambicioso— sitúa a toda la humanidad dentro de los
límites establecidos por un presupuesto de carbono, que representa la cantidad
total de carbono que se puede emitir si queremos alcanzar tales objetivos y dar
a las naciones insulares una oportunidad de sobrevivir. Y hoy sabemos, gracias
a las innovadoras investigaciones de Oil Change International, una organización
con sede en Washington, que solo con que quemáramos todo el petróleo, el gas y
el carbón de los yacimientos y minas que ya están en producción, superaríamos
muy probablemente los 2 °C de calentamiento y, sin ninguna, duda los 1,5 °C.
Lo que no
podemos hacer bajo ninguna circunstancia es justamente lo que la industria de
los combustibles fósiles está decidida a hacer y lo que su Gobierno tiene la
intención de ayudarles a hacer: excavar «nuevas» minas de carbón, abrir
«nuevos» yacimientos de fracturación hidráulica y anclar «nuevas» plataformas
de perforación en el mar. Todo eso tiene que permanecer en el suelo.
Por el
contrario, está claro lo que sí debemos hacer: ir reduciendo poco a poco y de
manera meticulosa todos los proyectos relacionados con los combustibles fósiles
existentes, al mismo tiempo que incrementamos rápidamente las energías
renovables hasta que a mediados de este siglo logremos reducir a cero las
emisiones a escala global. Lo bueno es que podemos hacerlo con las tecnologías
existentes; lo bueno es que en ese cambio a una economía poscarbono podemos
crear millones de empleos bien remunerados en todo el mundo: en energías
renovables, en transporte público, en e ciencia, en reequipamientos, en la
limpieza de tierras y aguas contaminadas…
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Pero lo
mejor de todo es que, al transformar nuestra forma de generar energía, de
movernos, de cultivar los alimentos y de vivir en las ciudades, tenemos una
oportunidad histórica para construir una sociedad más justa en todos los
frentes y donde se valore a todo el mundo. Así es como se hace: asegurándonos
de que, siempre que sea posible, nuestra energía renovable provenga de
proveedores y cooperativas controlados por la comunidad, a n de que las
decisiones sobre el uso de la tierra se tomen democráticamente, y los bene cios
derivados de la producción de energía se utilicen para pagar los servicios más
necesarios.
Sabemos que
nuestra dependencia de energías sucias en los últimos doscientos años ha
repercutido sobre todo en los más pobres y vulnerables, personas de color en su
abrumadora mayoría, muchas de ellas indígenas, aquellas cuyas tierras han sido
robadas y envenenadas por la minería. Y son las comunidades urbanas pobres las
que tienen las re nerías y las plantas de energía más contaminantes en sus
barrios.
Por lo
tanto, podemos y debemos insistir en que las comunidades indígenas y otras que
se cuentan entre las más afectadas sean las primeras en recibir fondos públicos
que les permitan poseer y controlar sus propios proyectos de energía verde, de
modo que los puestos de trabajo, los bene cios y las habilidades que generen se
queden en dichas comunidades. Esta ha sido una demanda central del movimiento
pro justicia climática, liderado por comunidades de color y que, de hecho, ya
está empezando a materializarse en casos concretos. Pero con demasiada
frecuencia se deja la responsabilidad de recaudar la nanciación necesaria en
manos de unas comunidades que ya de por sí carecen de fondos su cientes. Eso es
el mundo al revés: la justicia climática dicta que a esas comunidades se les
deben fondos públicos, aunque solo sea como una mera gota en un océano de
reparaciones.
La justicia
climática también dicta que los trabajadores de los sectores con altas
emisiones de carbono, muchos de los cuales han
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sacri cado
su salud en minas de carbón y re nerías de petróleo, deben participar de manera
plena y democrática en esta transición fundamentada en la justicia. El
principio rector debe ser: que ningún trabajador se quede atrás.
He aquí un
par de ejemplos de mi país. En los yacimientos de arenas bituminosas de
Alberta, un grupo de trabajadores del petróleo han creado una organización
llamada Iron & Earth («Hierro y Tierra»). Piden a nuestro Gobierno que
facilite la reconversión de los trabajadores del petróleo que han sido
despedidos y los ponga a trabajar de nuevo instalando paneles solares,
empezando por los edi cios públicos, como las escuelas. Es una idea elegante
que suscita el apoyo de casi todos los que oyen hablar de ella.
Paralelamente,
nuestro sindicato de trabajadores postales ha afrontado una campaña en favor de
cerrar o cinas de correos, restringir el reparto y quizá incluso vender todo el
servicio postal a FedEx. La austeridad de siempre. Pero en lugar de luchar para
conseguir el mejor trato posible en el marco de esta lógica fallida, han
elaborado un plan visionario para que cada o cina de correos del país se
convierta en un centro de transición ecológica: un lugar donde puedes recargar
vehículos eléctricos y hacer un quiebro a los grandes bancos obteniendo un
préstamo para montar una cooperativa energética; y donde toda la ota de reparto
no solo es eléctrica y fabricada en Canadá, sino que también hace algo más que
limitarse a repartir el correo: ofrece productos de cultivo local y vela por
los ancianos.
Todos estos
son planes concebidos democráticamente desde abajo de cara a una transición
basada en la justicia que nos aleje de los combustibles fósiles. Y necesitamos
que se desarrollen planes parecidos en todos los sectores (desde la atención
médica hasta la educación y los medios de comunicación) y que se multipliquen
por todo el mundo.
¿Les parece
caro? Afortunadamente vivimos en una época de riqueza privada sin precedentes.
De entrada, podemos y debemos
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aprovechar
los bene cios de los últimos días de los combustibles fósiles para gastarlos en
justicia climática. Para subvencionar un transporte público gratuito y una
energía renovable asequible. Para ayudar a los países pobres a saltarse los
combustibles fósiles y pasar directamente a las renovables. Para apoyar a los
migrantes desplazados de sus tierras por las guerras del petróleo, los malos
acuerdos comerciales, la sequía y otros efectos cada vez más graves del cambio
climático, además del envenenamiento de sus tierras por parte de las compañías
mineras, muchas de ellas con sede en países ricos como el de ustedes y el mío.
La
conclusión es esta: en la misma medida en que seamos limpios tenemos que ser
también justos. Más aún: en la medida en que seamos limpios, podremos empezar a
reparar los crímenes fundacionales de nuestras naciones: usurpación de tierras,
genocidio, esclavitud… Sí, eso es lo más di cil. Porque durante todos estos
años no solo hemos estado postergando la acción climática; también hemos estado
postergando y demorando las demandas más básicas en materia de justicia y
reparación. Y estamos en tiempo de descuento en todos los frentes.
Todo esto
debe hacerse porque es lo justo y lo correcto, pero también porque es lo
inteligente. Esta es la pura verdad: los ecologistas solos no podemos ganar la
lucha por la reducción de emisiones. Decirlo no es menospreciar a nadie; es
solo que hay que reconocer que la tarea es ingente. Esta transformación
representa una revolución en nuestra forma de vivir, de trabajar y de consumir.
Para lograr
ese tipo de cambio se necesitarán rmes alianzas con todos y cada uno de los
sectores de la coalición progresista: sindicatos, derechos de los migrantes,
derechos indígenas, derechos de vivienda, transporte, maestros, enfermeras,
médicos, artistas, y demás. Para cambiarlo todo hacen falta todos.
Y para
construir ese tipo de coalición hay que hablar de justicia: justicia económica,
justicia racial, justicia de género, justicia para los migrantes, justicia
histórica, etcétera. No como
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elementos
complementarios, sino como principios vivi cantes. Y eso solo ocurrirá cuando
aceptemos el liderazgo real de los más afectados. Murrawah Johnson, un
increíble y joven líder indígena que encarna la lucha contra la mina
Carmichael, lo expresaba muy bien la otra noche aquí en Sídney: «La gente tiene
que aprender a dejarse guiar».
No porque
sea «políticamente correcto», sino porque la justicia aquí y ahora es lo único
que ha motivado siempre a los movimientos populares para entregarse en cuerpo y
alma a su lucha. No estoy hablando de organizar una marcha o rmar una petición,
aunque también hay lugar para eso. Estoy hablando de la tarea sostenida, diaria
y de largo alcance de la transformación social. Es la sed de justicia —la
desesperada necesidad corporal de justicia— la que genera esa clase de
movimientos.
En esta
lucha necesitamos guerreros, y los guerreros no se alzan «en contra» de la
acumulación de carbono en la atmósfera, o no solo en cualquier caso. Los
guerreros se alzan «en favor» del derecho al agua potable, a tener buenas
escuelas, a los puestos de trabajo decentemente remunerados que tanto se
necesitan, a la atención médica universal. Los guerreros se alzan en favor de
la reuni cación de las familias separadas por la guerra y por las crueles
políticas de inmigración.
Ustedes ya
saben bien que no puede haber paz sin justicia: tal es el principio rector de
la Fundación por la Paz de Sídney. Pero también hemos de entender esto: tampoco
habrá avances sustanciales en materia de cambio climático sin justicia.
Quizá
debería disculparme por esta especie de arenga belicista en un evento que
celebra la paz. Pero debemos tener claro que esta es una lucha; una lucha que
necesita desesperadamente de un espíritu guerrero. Porque por mucho que pueda
ganar la humanidad en esta batalla, las empresas de combustibles fósiles tienen
un montón de cosas que perder. Billones en ingresos representados por todo ese
carbono no combustible; el carbono de
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sus
reservas actuales y de las nuevas reservas que gastan decenas de miles de
millones en buscar cada año.
Y también
los políticos que han colaborado con esos intereses tienen mucho que perder.
Donaciones de campaña, desde luego. Y también los bene cios de esa puerta
giratoria que existe entre el cargo electo y el sector extractivo. Pero lo que
quizá es aún más importante: el dinero que te cae del cielo cuando no tienes
que pensar o plani car, solo excavar. En este momento Australia está obteniendo
bene cios inesperados de la exportación de carbón a China. No es la única forma
de llenar las arcas públicas, pero sin duda es la más indolente: sin necesidad
de una molesta plani cación industrial y sin necesidad de aumentar los
impuestos o las regalías sobre las corporaciones y los multimillonarios con
recursos su cientes para librar interminables campañas agresivas.
Lo único
que hay que hacer es otorgar los permisos, revertir unas cuantas leyes
medioambientales, imponer nuevas restricciones draconianas a las protestas,
cali car las disputas legítimas en los tribunales de «guerra judicial» por
parte de los verdes, poner a parir constantemente a los ecologistas en la
prensa de Murdoch, y listos.
Por esa
razón no debería sorprendernos la mordaz evaluación que nos ofreció el mes
pasado Michael Forst, el relator especial de la ONU sobre la situación de los
defensores de los derechos humanos. Después de una visita a Australia,
escribió:
Me
sorprendió observar la creciente evidencia de una serie de medidas acumulativas
que han ejercido una enorme presión sobre la sociedad civil australiana. […] Me
quedé perplejo al observar lo que se ha convertido en una frecuente denigración
pública de los defensores de los derechos por parte de altos funcionarios del
Gobierno, en un aparente intento de desacreditarlos, intimidarlos y
desalentarlos de su legítima tarea.
Lo más
llamativo es que muchas de las personas que realizan la labor más crucial en
este país —proteger a los más vulnerables y defender las frágiles ecologías de
la embestida industrial— tengan que enfrentarse a una especie de guerra sucia.
Y sabemos demasiado bien que no hace falta mucho para que este tipo de
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guerra
política y mediática se convierta en una guerra sica, con bajas muy reales.
Lo vemos en
todo el mundo cuando los defensores de la tierra intentan parar las minas, la
deforestación y la construcción de presas faraónicas, desde Honduras hasta
Brasil. Lo vemos cuando las comunidades de India y Filipinas se han opuesto a
las centrales eléctricas de carbón porque constituyen una amenaza para sus
humedales y sus recursos hídricos. No es una guerra metafórica, sino real, en
la que se disparan mortíferas balas de verdad contra los cuerpos de las
personas que se interponen en el camino de las excavadoras.
Según la
ONG Global Witness, esta guerra mundial está empeorando. La organización
informa de que «en 2015 murieron asesinadas más de tres personas cada semana
defendiendo sus tierras, bosques y ríos contra las industrias destructivas. […]
Estas cifras son impactantes, y evidencian que el medio ambiente se está
revelando como un nuevo campo de batalla en torno a los derechos humanos. En
todo el mundo, la industria presiona de manera creciente para penetrar en
nuevos territorios. […] Cada vez más, las comunidades que se posicionan [en
contra] se encuentran en la línea de fuego de la seguridad privada de las
empresas, las fuerzas del Estado y un próspero mercado de asesinos a sueldo».
Según estima esta oenegé, alrededor del 40 % de las víctimas son indígenas.[3]
Y no nos
engañemos pensando que esto solo sucede en los llamados países en desarrollo.
Estamos presenciando cómo la guerra por el planeta se intensi ca ahora mismo en
Estados Unidos, en Dakota del Norte, donde la policía y una seguridad privada
que parece recién salida del campo de batalla de Faluya reprimen brutalmente un
movimiento indígena no violento que intenta proteger sus recursos hídricos.
Los sioux
de la reserva Standing Rock intentan detener la construcción de un oleoducto
que representa una amenaza muy real para su abastecimiento de agua y que, si se
construye,
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aceleraría
nuestro camino hacia un calentamiento totalmente desestabilizador para el
planeta. Pese a ello, a estos defensores de la tierra completamente desarmados
se les han disparado balas de goma, se les ha rociado con gas pimienta y otros
gases, se les ha ensordecido con cañones de sonido, se les ha atacado con
perros, se les ha encerrado en lo que se ha cali cado de auténticas perreras,
se les ha obligado a desnudarse para registrarlos y se les ha detenido.
Mi temor es
que la denigración de los defensores de la tierra que estamos presenciando aquí
en Australia —los diversos intentos paralelos de deslegitimación, sumados a las
representaciones abiertamente racistas de los indígenas en los medios de
comunicación, junto con un estado de seguridad cada vez más draconiano— esté
abonando el terreno para este tipo de ataques.
De modo
que, por más que siga sintiéndome intranquila por el carbono que he quemado en
el vuelo, estoy más que contenta de estar aquí, aunque solo sea para desempeñar
el papel de la desconcertada entrometida extranjera, esa que dice: «¡Un
momento! Sabemos adónde lleva esto, y están siguiendo ustedes un camino
peligroso». Este hermoso y hermosamente diverso país merece algo mejor.
¡Ah!, ¿y
qué hay de esa idea de que de alguna manera el carbón australiano constituye un
regalo humanitario para los pobres de India? Eso tiene que acabar. India está
sufriendo más por la contaminación del carbón y el cambio climático que esta
provoca que casi cualquier otro lugar de la Tierra. Hace unos meses hizo tanto
calor en Delhi que el asfalto de algunas carreteras se fundió. Desde 2013 han
muerto más de cuatro mil indios en olas de calor. Esta semana han cerrado todas
las escuelas de Delhi porque la contaminación era tan densa que ha obligado a
declarar una situación de emergencia.
Mientras
tanto, el precio de la energía solar ha caído un 90 %, y actualmente constituye
una opción más viable para la
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electri
cación que el carbón, especialmente porque requiere menos infraestructura y se
presta mejor al control comunitario. Muchas comunidades lo están exigiendo,
pero en India, como en otros lugares, el principal obstáculo es el nexo
existente entre los grandes intereses gubernamentales y los grandes intereses
del carbono: cuando la gente puede generar su propia electricidad instalando
paneles en el techo, e incluso enviar esa energía a una microrred, deja de ser
cliente de las gigantescas empresas de servicios públicos para convertirse en
su competidora. No es de extrañar que se pongan tantos obstáculos: nada les
gusta más a las corporaciones que un mercado cautivo.
Es este
tinglado el que el movimiento en favor de los derechos indígenas y la justicia
climática amenaza con derribar. Y lo derribaremos; pero tengamos claro,
mientras celebramos la paz, que esa será la lucha de nuestras vidas.
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TEMPORADA
DE HUMO
Empieza a
sorprenderme lo precario que resulta todo este asunto de no estar en llamas.
SEPTIEMBRE
DE 2017
ESTOS DÍAS
LAS NOTICIAS SOBRE el mundo natural tienen que ver sobre todo con el agua, y es
comprensible que así sea.
Oímos
hablar de la cantidad de agua sin precedentes que el huracán Harvey ha vertido
sobre Houston y otras ciudades y pueblos del golfo, la cual, al mezclarse con
productos petroquímicos, ha provocado una contaminación y un envenenamiento
incalculables. También oímos hablar (aunque no lo su ciente) de las gigantescas
inundaciones que han provocado cientos de miles de desplazados en lugares que
van desde Bangladés hasta Nigeria. Y en este momento estamos presenciando una
vez más la temible fuerza del agua y del viento cuando el huracán Irma, una de
las tormentas más potentes jamás registradas, siembra la devastación en el
Caribe, con Florida ahora en su punto de mira.
En cambio,
hay grandes extensiones de Norteamérica, Europa y África en las que este verano
no ha habido agua, en absoluto. De hecho, las noticias han tenido que ver con
la ausencia de agua: la tierra está tan seca y el calor es tan opresivo que los
bosques montañosos han estallado como si fueran volcanes. Ha habido incendios
lo bastante feroces para atravesar el río Columbia, lo bastante veloces para
iluminar las afueras de Los Ángeles como un ejército invasor, y lo bastante
intensos para amenazar tesoros
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naturales
como las más altas y antiguas secuoyas o el Parque Nacional de los Glaciares.
Para
millones de personas, desde California hasta Groenlandia, desde Oregón hasta
Portugal, desde la Columbia Británica hasta Montana, desde Siberia hasta
Sudáfrica, el verano de 2017 ha sido el verano del fuego. Y, sobre todo, ha
sido el verano del humo, omnipresente e ineludible.
Durante
años, los climatólogos nos han advertido de que un mundo que se calienta es un
mundo extremo, en el que la humanidad se ve afectada tanto por los brutales
excesos como por las sofocantes ausencias de los elementos esenciales que han
mantenido en equilibrio algo tan frágil como la vida durante milenios. A nales
del verano de 2017, con grandes ciudades sumergidas bajo el agua y otras
lamidas por las llamas, estamos viviendo, de hecho, una convincente evidencia
de este mundo extremo; un mundo en el que los extremos naturales se encuentran
cara a cara con los de índole social, racial y económica.
#FAKEWEATHER
Consulté la
predicción meteorológica antes de viajar a Sunshine Coast, en la Columbia
Británica, una franja costera irregular salpicada de sombríos bosques de hoja
perenne que lindan con acantilados rocosos y playas cubiertas de madera de
deriva, los simpáticos restos otantes de varias décadas de negligentes
operaciones de tala. Accesible solo mediante transbordador o hidroavión, esta
es la parte del mundo donde viven mis padres, donde nació mi hijo y donde están
enterrados mis abuelos. Aunque seguimos considerándola nuestro hogar,
actualmente solo pasamos allí unas pocas semanas al año.
El sitio
web de meteorología del Gobierno de Canadá pronosticaba que la semana siguiente
sería espléndida: una sucesión ininterrumpida de sol, cielos despejados y
temperaturas
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superiores
a la media. Imaginé tardes calurosas remando en el Pací co, y noches tranquilas
y estrelladas.
Pero al
llegar, a primeros de agosto, un turbio manto blanco ha engullido la costa, y
la temperatura es lo bastante fría como para tener que ponerse un suéter. Los
pronósticos del tiempo suelen fallar bastante, pero esta vez el asunto es más
complejo. En algún lugar allá arriba, por encima de toda esa porquería, el
cielo está «realmente» despejado de nubes; el sol «de verdad» calienta. Sin
embargo, en esas verdades se ha interpuesto un factor que los meteorólogos no
habían tenido en cuenta: enormes cantidades de humo, desplazadas a lo largo de
más de 600 kilómetros desde el interior de la provincia, donde unos ciento
treinta incendios forestales arden sin control.
Ha
descendido el su ciente humo para hacer que el cielo pase de ser una azulada
extensión de un color similar al de la vincapervinca a convertirse en este bajo
e ininterrumpido manto blanco. El su ciente humo para re ejar una buena parte
del calor del sol de vuelta al espacio, lo que hace que bajen arti cialmente
las temperaturas. El su ciente humo para transformar el propio sol en un
rabioso punto de fuego rojo rodeado de un extraño halo, incapaz de atravesar la
implacable bruma. El su ciente humo para borrar las estrellas. El su ciente
humo para tragarse cualquier posible puesta de sol: al nal del día, la bola
roja simplemente desaparece de forma abrupta, solo para ser reemplazada por una
extraña luna de un color anaranjado oscuro.
El humo ha
creado su propio sistema meteorológico, lo bastante potente como para
transformar el clima no solo en el lugar donde nos encontramos, sino en una
extensión de territorio que parece abarcar aproximadamente 250.000 kilómetros
cuadrados. Y ese humo, una gigantesca mancha en las imágenes de satélite, no
respeta fronteras: no solo se está as xiando alrededor de un tercio del
territorio de la Columbia Británica, sino que también le está ocurriendo lo
mismo a una gran parte del Noroeste del Pací co, incluidos Seattle, Bellingham
y Portland, en Oregón.
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En la era
de las «noticias falsas», las #FakeNews, afrontamos aquí también un
#FakeWeather, un «falso clima»: un caos generado en el cielo, en gran medida,
por ignorancia tóxica y mala praxis política.
A lo largo
de toda la costa, el Gobierno ha emitido diversos avisos sobre la calidad del
aire, y ha instado a la gente a evitar las actividades extenuantes. Más allá de
cierto umbral, las partículas en suspensión de la atmósfera son o cialmente
insalubres, lo bastante malas como para causar problemas de salud. En varias
zonas de Vancouver las partículas del aire triplican ese umbral de salubridad,
mientras que en algunas comunidades costeras más pequeñas la situación es
bastante peor. Se insta a las personas mayores y a otros grupos de población
especialmente sensibles a quedarse en casa; o mejor aún, a dirigirse a algún
lugar que tenga un sistema de ltrado de aire decente. Un funcionario local
incluso recomienda una excursión a algún centro comercial.
LOS
INFIERNOS DEL INTERIOR
En el
epicentro del desastre, donde las llamas están cada vez más cerca, la calidad
del aire es mucho peor. Cualquier cantidad que supere los 25 microgramos por
metro cúbico de partículas en suspensión se considera insalubre. Kamloops, la
ciudad que actualmente acoge a muchos de los evacuados, tiene una media de
684,5 microgramos por metro cúbico, una cifra que rivaliza con las de Pekín en
algunos de sus peores días. Las aerolíneas cancelan vuelos, y las urgencias
hospitalarias se llenan de personas con problemas respiratorios.
Desde que
se inició este desastre, han estallado unos ochocientos cuarenta incendios
distintos, lo que hasta ahora, según estimaciones de la Cruz Roja, ha obligado
a evacuar a unas cincuenta mil personas de sus hogares. A principios de julio
el Gobierno había adoptado la medida excepcional de declarar el estado de
emergencia; cuando llegamos nosotros, este ya se ha
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prorrogado
dos veces. Cientos de estructuras han sido arrasadas, y hay comunidades
enteras, incluidas reservas indígenas, que han quedado en su mayor parte
reducidas a cenizas.
Hasta ahora
se han quemado alrededor de 4.500 kilómetros cuadrados de bosques, granjas y
pastizales. Esto convierte la actual serie de incendios en la segunda peor de
toda la historia de la Columbia Británica; y dado que sigue aumentando, está
cerca de batir el récord absoluto.
Llamo por
teléfono a un amigo que tengo en Kamloops: «Todo el que puede se está llevando
lejos a sus hijos, especialmente a los más pequeños».
Eso nos da
una perspectiva real de las cosas a quienes estamos en la costa: puede que esto
esté lleno de humo, pero lo cierto es que tenemos mucha suerte.
YA AMAINARÁ
Desde el
día de año nuevo y la nueva Administración estadounidense no me he tomado un
solo día libre, por no hablar de un n de semana. Como tantos otros, he asistido
a demasiadas reuniones, y he participado en marchas hasta que me salían
ampollas en los pies. Escribí un libro casi sin darme cuenta, y luego hice una
gira para presentarlo. Y mi esposo, Avi, y yo ayudamos a poner en marcha e Leap
(«El Salto»), una nueva organización política. Durante todo el invierno y la
primavera nuestro mantra familiar fue: «¡En agosto, a la Columbia Británica!».
Esa era nuestra meta (por más que transitoria), y planeábamos disfrutar
plenamente de ella. También fue el modo de contar con la colaboración de Toma,
nuestro hijo de cinco años. En las frías noches de la costa este, señalábamos
en el mapa los recorridos que íbamos a hacer por el bosque, los viajes en
canoa, los lugares donde íbamos a nadar… Imaginábamos las moras que
recogeríamos, los postres que hornearíamos; repasábamos la lista
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de los
abuelos, tías, tíos, primos y viejos amigos a los que veríamos…
Así, este
breve descanso (o «autocuidado», en la jerga de mis compañeros de trabajo más
jóvenes) había adquirido cierto matiz mítico en nuestra casa. Por eso tardo un
poco en darme cuenta de la gravedad de los incendios, y del humo.
El primer
día estoy segura de que a mediodía el brillo del sol disipará la bruma. Por la
tarde anuncio que a la mañana siguiente habrá amainado, permitiendo vislumbrar
cuando menos el cielo real. Durante la primera semana saludo cada día con
esperanza, convencida de que la tenue luz que se ltra a través de las cortinas
obedece solo a la niebla matutina. Pero cada día me equivoco.
El plácido
pronóstico meteorológico que parecía tan prometedor antes de que emprendiéramos
nuestro viaje resulta ser una maldición. El tiempo soleado y sin viento hace
que el humo, una vez que se halla por encima de nosotros, se estacione sobre
nuestras cabezas como una especie de inamovible techo exterior. Así durante
días y días y días.
Mis
alergias se están desquiciando. Me inundo los ojos de gotas, y tomo
antihistamínicos mucho más allá de la dosis recomendada. Toma sufre brotes de
urticaria tan fuertes que tenemos que darle esteroides.
Constantemente
tengo que quitarme las gafas para limpiarlas, frotándolas primero con la blusa,
luego con un paño de micro bra y luego con un líquido especial para limpiar
lentes. Nada sirve. Nada hace desaparecer la mancha.
EL AZUL
PERDIDO
Tras una
semana de bruma, el mundo empieza a empequeñecer.
La vida más
allá del humo comienza a parecer tan solo un rumor.
En la
orilla del océano, por regla general se puede ver la isla de
Vancouver
al otro lado del mar de los Salish; ahora nos cuesta
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incluso
divisar un a oramiento rocoso situado a unas decenas de metros de la costa.
He pasado
en esta costa inviernos enteros en los que apenas veíamos el sol. Aprendí a
amar su acerada belleza, los in nitos tonos de gris cincelados en las montañas;
el cielo bajo y el movimiento de la niebla. Pero esto es diferente. El humo
tiene algo de exánime: simplemente permanece ahí, inmóvil y monótono.
Las capas
de esmog son algo con lo que muchos habitantes de este planeta han aprendido a
vivir en las grandes ciudades contaminadas como Pekín, Nueva Delhi, São Paulo y
Los Ángeles. El humo de los incendios forestales es un poco distinto. En parte
porque sabes que no estás respirando la contaminación de las centrales
eléctricas o los gases de escape de los automóviles, sino, en cambio, el humo
de unos árboles que hasta hace poco estaban vivos. Estás respirando el bosque.
Deduzco que
los animales están deprimidos. Las focas parecen sacar la cabeza de una manera
puramente utilitaria, solo para tomar aliento y luego desaparecer nuevamente
bajo la super cie grisácea. Pero no juegan. Las águilas —estoy convencida—
vuelan por mera necesidad, no por diversión; no por el placer de alzar el vuelo
y remontar el viento. Obviamente, tan solo estoy imaginando todo esto,
proyectando, antropomor zando; es una mala costumbre que tengo.
Le envío un
correo electrónico a un amigo que tengo en Seattle, un destacado ecologista,
para preguntarle cómo lleva lo del humo. Me explica que los pájaros han dejado
de cantar y él está constantemente enfadado. Al menos no soy la única.
¿Y SI SOMOS
LOS SIGUIENTES?
Empieza a
sorprenderme lo precario que resulta todo este asunto de no estar en llamas.
Esta parte
de la Columbia Británica, técnicamente un bosque templado húmedo, es un
polvorín. En lo que va de verano ha caído
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poco más de
un centímetro de lluvia. El sotobosque, generalmente húmedo y blando, está seco
y amarillento, y cruje bajo los pies. Se puede oler la in amabilidad.
Las
carreteras están anqueadas de letreros amarillos que anuncian la absoluta
prohibición de encender fuego. Cuando ponemos la radio, oímos comunicados, cada
vez más frenéticos, que advierten a la gente de que no encienda fuego al aire
libre, no arroje colillas desde los vehículos en marcha ni encienda fuegos arti
ciales. Un tipo se ganó una noche en la cárcel y más de mil dólares en multas
después de que se emborrachara y celebrara que su casa había sobrevivido a un
incendio forestal disparando fuegos de arti cio, lo que podría haber provocado
muy bien otro incendio.
Es evidente
que una tormenta eléctrica, o un par de campistas descuidados, bastarían para
echar a perder este lugar. De hecho, ya hemos estado cerca. Hace dos años, un
grave incendio forestal amenazó parte de la costa a unos veinte minutos de
aquí, y se cobró la vida de un lugareño que ayudaba a combatir las llamas. Sin
embargo, pese a todos los años que he pasado viviendo aquí, hasta esta semana
nunca había pensado realmente en lo que implicaría que un incendio como ese
llegara a descontrolarse. Ahora lo hago, y resulta inquietante. La zona de
Sunshine Coast tiene durante todo el año una población constante de 30.000
per-sonas abastecidas únicamente por una carretera que termina en el muelle del
transbordador. ¿Cómo demonios se hace una evacuación de emergencia en un lugar
sin vías de escape?
Se lo
pregunto a algunos amigos de aquí. Parecen preocupados, y solo hablan sobre
quién tiene barcos de pesca y de qué tipo.
MUERTE EN
UN CAMPO DE ARÁNDANOS
Tras nueve
días de bruma llegan noticias terribles. Un trabajador agrícola de Sumas,
Washington (una población sofocada por el humo y situada a menos de un
kilómetro y medio de la frontera
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canadiense),
ha muerto en un hospital de Seattle. Honesto Silva Ibarra llegó a Estados
Unidos desde México con un visado temporal H-2A para trabajar durante la
temporada de la cosecha. Tenía veintiocho años, y había estado recogiendo
arándanos en la nca Sarbanand Farms, propiedad de la empresa Munger Farms,
con sede en
California, cuando empezó a sentirse mal.
Los
compañeros de trabajo de Silva atribuyen su muerte a las insalubres condiciones
laborales: largas jornadas, pocos descansos, comida y agua potable insu
cientes, etcétera, todo ello agravado por el espeso humo que llegaba desde la
Columbia Británica. «Los trabajadores han trabajado en exceso, han estado mal
alimentados, no se han hidratado lo su ciente, y esto ha estado sucediendo
durante semanas», declaraba Rosalinda Guillén, directora de la organización
Community to Community Development. Según les dijeron a los periodistas,
algunos trabajadores se habían desmayado en el trabajo.
Un
representante de Munger Farms sostiene que Silva murió porque se había quedado
sin su medicamento para la diabetes, y que el calor y el humo de los incendios
forestales no tuvieron «nada que ver» con ello. La empresa también a rma que
hizo todo lo posible para salvarlo.
Cualquiera
que sea la causa (o causas) de la muerte, la forma en que la empresa trató a
los compañeros de trabajo de Silva cuando estos le plantearon sus quejas
constituye una escalofriante visión de lo precaria que puede llegar a ser la
vida para los miles de trabajadores extranjeros de Estados Unidos. Cuando Silva
fue hospitalizado, los trabajadores organizaron una jornada de huelga para
exigir respuestas y mejores condiciones. Sesenta y seis de ellos fueron
despedidos de manera fulminante por insubordinación: se encontraron sin medios
para regresar a su hogar en México y sin la paga correspondiente a sus últimos
días de trabajo. Después de establecer un campamento de protesta, organizaron
una marcha hasta las o cinas de la compañía; luego, tras lograr atraer la
atención de los medios locales, recuperaron su
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paga
atrasada, y, según un portavoz de Munger, la empresa «se ha ofrecido
voluntariamente a proporcionar un transporte seguro para que todos los
trabajadores despedidos puedan volver a casa».
Aun así, no
recuperaron el trabajo que tanto necesitaban. Munger es proveedora de varias
conocidas cadenas de tiendas estadounidenses, como Walmart, Whole Foods,
Safeway y Costco.
Al norte de
la frontera hay noticias similares de temporeros que se desmayan y enferman en
el trabajo, y donde aparentemente el humo sí que tiene algo que ver. Y quienes
de enden sus derechos señalan que, en lugar de atender debidamente a los
trabajadores enfermos, los empleadores promotores de su traslado a menudo los
mandan a casa como productos defectuosos. Según la Corporación Canadiense de
Radiodifusión, en la calurosa y humeante Columbia Británica ha habido al menos
diez trabajadores a los que se ha enviado de regreso a sus países — México y
Guatemala— tras ser «considerados demasiado enfermos para trabajar».
UN DESASTRE
CON REPERCUSIONES DESIGUALES, COMO DE COSTUMBRE
Aprendemos
la misma lección una y otra vez: en las sociedades extremadamente desiguales,
con profundas injusticias derivadas de forma sistemática de diferencias
raciales, los desastres no sirven para unirnos a todos en una difusa pero única
familia humana. Al contrario: lo que hacen es profundizar aún más las
divisiones preexistentes, por lo que las personas que peor lo pasaban antes del
desastre reciben dosis adicionales de dolor durante y después de este.
Ya hemos
podido comprobar bastante bien cómo funcionan las cosas en las tormentas como
Katrina, Sandy, Harvey e Irma; en cambio, en lo que respecta al fuego, nuestro
conocimiento es más limitado. Pero eso está cambiando. Hoy sabemos, por
ejemplo, que
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mientras
que California lucha con una temporada de incendios que ahora parece
interminable, el estado se ha vuelto extremadamente dependiente de la mano de
obra penitenciaria, y que sus reclusos cobran la cantidad asombrosamente baja
de un dólar la hora por desempeñar algunas de las tareas más peligrosas en la
lucha contra el fuego. Sabemos que en 2016 se contrató a cientos de
trabajadores sudafricanos para ayudar a combatir el incendio de Fort McMurray,
en Alberta, y que, sin embargo, dejaron de trabajar en masa al descubrir que se
les pagaba bastante menos que a sus homólogos canadienses, y menos de lo que
las noticias publicadas en la prensa a rmaban que se les pagaba. De modo que se
les envió rápidamente de vuelta a casa.
También
sabemos que, al igual que ocurre en las inundaciones, nuestros medios de
comunicación brindan mucha más cobertura a las mascotas domésticas rescatadas
en incendios forestales en Estados Unidos y Canadá que a las vidas humanas que
se cobran otros incendios más devastadores producidos, por ejemplo, en
Indonesia y Chile. Un estudio realizado en 2012 en todo el mundo estimaba que
cada año mueren más de trescientas mil personas como resultado del humo y la
contaminación atmosférica derivados de los incendios forestales, principalmente
en el África subsahariana y el Sureste Asiático.
Y este
verano, en la Columbia Británica, hemos aprendido aún más sobre la forma en que
se acentúan las desigualdades en un contexto ardiente. Varios líderes indígenas
expresaron su preocupación por el hecho de que, en las situaciones de
emergencia por incendios, sus comunidades no reciban el mismo nivel de
respuesta urgente que las comunidades no indígenas, ya fuera para combatir las
llamas o para la reconstrucción posterior. Teniendo esto en cuenta, varias
reservas indígenas directamente amenazadas por el fuego se negaron a evacuar a
su población, y parte de ellas se quedaron atrás para combatir las llamas,
algunas con sus propios equipos de bomberos entrenados y dotados del
equipamiento adecuado, otras con poco más que mangueras de
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jardín y
aspersores. En al menos un caso, la policía respondió amenazando con entrar y
arrancar a los niños de manos de sus familias; unas palabras con reminiscencias
traumáticas en un país que no hace mucho se llevaba sistemáticamente a los
niños indígenas de sus hogares en el marco de sus políticas públicas.
Al nal no
se allanaron los hogares de las Naciones Originarias, y muchos de ellos se
salvaron gracias a las brigadas de incendios organizadas por las propias
reservas. Ryan Day, jefe de la reserva Bonaparte, una de las amenazadas por el
fuego, declaró: «Si nos hubieran evacuado a todos, en esta reserva ya no
tendríamos casas».
UN MUNDO
CON DOS SOLES
Llevamos
cerca de una semana ahumados, y se acerca la luna llena. Por aquí la gente se
toma muy en serio la luna llena: se celebran bailes en el bosque aderezados con
drogas y excursiones en kayak a altas horas de la noche aprovechando la
iluminación adicional.
Pero cuando
aparece la luna ya casi llena, a primeros de agosto, al principio la confundo
con el sol: tiene la misma forma y casi el mismo color.
Durante
unos cuatro días es como si estuviéramos en un planeta distinto; uno con dos
soles rojos y sin luna.
FRUTO
AMARGO
Estamos en
la segunda semana de humo, y nalmente las moras están maduras. Decidimos
recogerlas. Parece extraño seguir este despreocupado ritual veraniego con una
atmósfera tan densa y unas noticias tan sombrías, pero lo hacemos de todos
modos. Hacer una buena caminata comiendo sin parar constituye una de las
actividades favoritas de Toma.
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Resulta una
decepción. Con tan poca lluvia y un sol tan débil para calentarlas, incluso las
bayas más maduras tienen un sabor amargo. Toma pierde rápidamente el interés y
se niega a seguir intentándolo. Llegamos a casa con las espinillas llenas de
arañazos y un cubo vacío.
Sin
embargo, no dejamos de caminar. Todos los días pasamos varias horas andando por
los rodales de cedros y abetos de Douglas cubiertos de musgo, respirando el
aire cargado de oxígeno. Me encantan estos bosques, y siempre he valorado su
belleza primigenia. Pero ahora me encuentro al borde de la adoración: no solo
les estoy agradecida por limpiar el aire, o por la sombra y el secuestro de
carbono que proporcionan (los denominados «servicios ecosistémicos» en la jerga
del ecologismo empresarial), sino por su mera capacidad de resistencia. Por no
unirse a sus hermanos en llamas. Por seguir con nosotros pese a nuestros
defectos. Al menos hasta ahora.
HOLA DE
NUEVO
Ya he
respirado antes este humo. No exactamente esas mismas partículas suspendidas en
el aire, obviamente, pero sí el humo de muchos de los mismos incendios
forestales. Y lo extraño es que lo respiré a unos 900 kilómetros al este de
aquí, en otra provincia distinta.
A mediados
de julio estuve en Alberta, ayudando a impartir un curso sobre elaboración de
informes medioambientales en el Centro Ban para las Artes y la Creatividad.
Esta vez,
también, el pronóstico meteorológico parecía perfecto: días soleados, cálidos y
despejados. Y esta vez, también, el pronóstico se vio frustrado desde el primer
día por una nube de humo, una neblina que oscureció las espectaculares montañas
del Parque Nacional Ban y provocó avisos sobre la calidad del aire, dolores de
cabeza y la sensación de tener un nudo en la garganta. Más #FakeWeather.
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En julio
los vientos soplaban en dirección este, lo que hizo que una de las vertientes
de las Montañas Rocosas se llenara de humo. En Calgary, la capital petrolera de
Canadá, este era tan denso que oscurecía el horizonte urbano, formado por
relucientes torres de cristal con los logotipos de Shell, BP, Suncor y
TransCanada. Pero el humo no se detuvo allí: siguió viajando en dirección este
hasta el centro del continente, hasta Saskatchewan y Manitoba, y en dirección
sur hasta Dakota del Norte y Montana (la NASA publicó una impactante imagen de
la nube, de 800 kilómetros de extensión).
Luego,
justo cuando mi familia se dirigía a la costa de la Columbia Británica, los
vientos cambiaron abruptamente y empezaron a empujar la nube en dirección
oeste, al tiempo que las Rocosas actuaban ahora como una gigantesca raqueta de
tenis que proyectaba el humo hacia el Pací co.
Inhalar el
humo proveniente de los mismos bosques incine-rados por segunda vez en un mismo
verano —a pesar de haber recorrido 900 kilómetros y haber cruzado una frontera
provincial
— resultaba
una experiencia espeluznante. Sentí que de alguna manera aquella nube me
acechaba, como el monstruo de humo de la serie Perdidos.
UN MUNDO EN
LLAMAS
Parte del
aspecto esencial de todo esto reside en la mera magnitud del desastre, tanto a
escala temporal como espacial. Incluso los huracanes más devastadores como el
Harvey tienden a concentrar su impacto en un área geográ ca restringida. Y el
evento en sí (aunque no sus secuelas) es relativamente breve.
Pero estos
incendios, que duran meses, son de un orden completamente distinto. Primero
están las repercusiones directas del fuego. Las grandes extensiones de tierra
carbonizada. Las decenas de miles de vidas alteradas por las órdenes de
evacuación. Los hogares, las granjas y las cabezas de ganado perdidos. Las
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industrias
(desde operadores turísticos hasta aserraderos) que se ven obligadas a cerrar.
Y luego
están también las repercusiones menos directas de todo ese humo errante.
Durante los meses de julio y agosto, el humo de los mencionados incendios
cubrió una extensión aproximada de 1.800.000 kilómetros cuadrados: un área
mayor que toda la super cie de Francia, Alemania, Italia, España y Portugal
juntas, afectada toda ella por el rápido desplazamiento de las consecuencias de
este desastre.
Y esa es
solo una instantánea de una temporada de incendios mucho más extendida. A nales
de verano ardían grandes extensiones del oeste de Estados Unidos. Un incendio
producido en Los Ángeles resultó ser el mayor jamás registrado dentro de los
límites de la ciudad; y en todos los condados del estado de Washington se
declaró una situación de emergencia. En Montana, un conjunto de incendios
forestales al que se bautizó como «Complejo Lodgepole» quemó unos 1.100
kilómetros cuadrados de territorio, lo que lo convirtió en el tercer incendio
más grande del que se tiene constancia en toda la historia de la región. Esto
se enmarca en un incremento más amplio tanto de la cantidad de incendios como
del período del año en el que estos se producen: en Estados Unidos, según un
análisis de la organización Climate Central, actualmente la temporada de
incendios dura 105 días más que en la década de 1970.
El área de
Europa que se ha quemado esta temporada de incendios ha triplicado la media, y
todavía no ha terminado. El centro de Portugal fue la región que experimentó
las consecuencias más mortíferas: en junio murieron más de sesenta personas en
un incendio producido en las inmediaciones de Pedrógão Grande.[1] En Siberia se
quemaron cientos de hogares. En Chile, durante los meses de verano, el país
luchó contra el mayor incendio forestal del que se tiene constancia en toda su
historia, que obligó a desplazarse a miles de personas. En junio, en Sudáfrica,
una misma tormenta provocó inundaciones en Ciudad
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del Cabo y
avivó las llamas de varios incendios forestales de una virulencia sin
precedentes en las poblaciones cercanas. Incluso un país helado como
Groenlandia ha presenciado este verano incendios forestales tan extensos como
insólitos. Jason Box, un climatólogo de renombre mundial especializado en el
estudio de la capa de hielo de Groenlandia, señaló que actualmente «las
temperaturas en Groenlandia son probablemente las más altas [que han tenido en]
los últimos ochocientos años».
SÍ, ES EL
CAMBIO CLIMÁTICO
Que el
clima sea más cálido y seco no es el único factor relevante. Otro es el perenne
y arrogante intento de rediseñar fuerzas naturales que son mucho más poderosas
que nosotros. El fuego es una parte crucial del ciclo forestal: dejados a su
suerte, los bosques arden periódicamente, con lo que despejan el camino para un
nuevo rebrote y reducen la cantidad de maleza y madera seca, ambos altamente in
amables («combustible», en la jerga de los bomberos). Muchas culturas indígenas
han utilizado el fuego durante mucho tiempo como una parte fundamental de sus
actividades de cuidado de la tierra. Pero en Norteamérica la moderna gestión
forestal ha suprimido sistemáticamente los incendios cíclicos con el n de
proteger los árboles más rentables destinados a los aserraderos, y por temor a
que los pequeños incendios se propaguen a las zonas habitadas (cuyo número no
deja de aumentar).
Sin la
presencia de fuegos naturales regulares, los bosques se llenan de combustible,
lo que provoca incendios descontrolados. Y encima ahora hay muchísimo más
combustible como resultado de las infestaciones de barrenillos o escarabajos
perforadores de la corteza, que han dejado enormes rodales de árboles muertos,
secos y quebradizos. Existen indicios convincentes de que la epidemia de
barrenillos se ha visto exacerbada por el calor y la sequía relacionados con el
cambio climático.
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Y por
encima de todo está el sencillo hecho de que un clima más cálido y seco (lo
cual está directamente ligado al cambio climático) crea las condiciones óptimas
para que se produzcan incendios forestales. De hecho, estas fuerzas se han
combinado para convertir los bosques en una especie de hogueras de campamento
perfectamente formadas, donde la tierra seca actúa como un periódico arrugado,
los árboles muertos son la leña y el aumento del calor proporciona la cerilla.
Mike Flannigan, experto en incendios forestales de la Universidad de Alberta,
se muestra contundente en ese sentido: «El aumento de la super cie quemada en
Canadá es un resultado directo del cambio climático causado por el hombre. Los
sucesos individuales resultan un poco más di ciles de conectar, pero en Canadá
la super cie quemada se ha duplicado desde la década de 1970 como resultado del
incremento de las temperaturas». Y según un estudio realizado en 2010, se
calcula que en este país el número de incendios aumentará en un 75 % para nales
de siglo.
He aquí lo
realmente alarmante: en 2017 ni siquiera se produjo el fenómeno del Niño, el
evento cíclico de calentamiento natural que habitualmente se consideraba un
factor clave en los enormes incendios que el año pasado devastaron el sur de
California y el norte de Alberta.
Al no poder
echarle la culpa al Niño, algunos medios de comunicación han decidido dejar de
andarse con rodeos; citando a la cadena alemana Deutsche Welle: «El cambio
climático prende fuego al mundo».
CUENTOS DE
HADAS Y BUCLES DE REALIMENTACIÓN
«Parece que
está nevando», declara Toma solemnemente con la cara pegada al cristal de la
ventana, al otro lado de la cual la atmósfera es blanca y densa.
Desde que
dejamos Alberta, su mente de cinco años se ha estado esforzando en entender ese
humo que ha marcado su verano. En
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tratar de
darle sentido a mi tos crónica y a su rabiosa erupción cutánea. En sobrellevar,
sobre todo, esa banda sonora de conversaciones inquietas que sostienen los
adultos que están presentes en su vida.
Su
respuesta pasa por varias fases: por las noches lo despiertan las pesadillas;
además escribe canciones con letras como «¿Por qué todo va mal?»; y también ríe
mucho sin venir a cuento.
Al
principio le entusiasmó la idea de los incendios forestales, que confundía con
fogatas de campamento, lo que a su vez le llevaba a pedir postre de malvavisco
tostado al fuego. Luego su abuelo le explicó que el sol se había convertido en
aquel punto extraño y brillante porque era el propio bosque el que estaba en
llamas. Estaba herido. «¿Y qué pasa con los animales?»
Hemos
desarrollado técnicas para controlar la preocupación. Comienzan con
respiraciones profundas, y lo hacemos varias veces al día. Pero se me ocurre
que respirar cantidades adicionales de este aire en concreto probablemente no
sea muy bueno, especialmente para unos pequeños pulmones que ya son propensos a
la infección.
Avi y yo
nunca hablamos con Toma sobre el cambio climático, lo que puede parecer extraño
si tenemos en cuenta que yo escribo libros y Avi dirige películas sobre el
tema, y que ambos pasamos la mayor parte de nuestras horas de vigilia centrados
en la necesidad de dar una respuesta transformadora a la crisis. De lo que sí
hablamos es de la contaminación, aunque a una escala que Toma pueda entender.
Como con el plástico, y por qué tenemos que recogerlo y utilizar menos debido a
que enferma a los animales. O bien observamos los gases que salen de los tubos
de escape de los automóviles y los camiones, y hablamos acerca de cómo puedes
aprovechar la energía del sol y del viento y almacenarla en baterías. Un niño
pequeño puede entender este tipo de conceptos y saber exactamente lo que habría
que hacer (mejor que muchos adultos). Pero la idea de que la Tierra entera
sufre una ebre que podría llegar a ser tan alta que sus convulsiones acabarían
con una
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gran parte
de la vida del planeta me parece una carga demasiado pesada para pedirle a un
niño pequeño que la soporte.
Este verano
marca el nal de su protección en ese aspecto. No es una decisión de la que me
sienta orgullosa, ni siquiera una decisión que recuerde haber tomado.
Simplemente ha ocurrido que ha escuchado a demasiados adultos obsesionarse por
aquel cielo extraño y por las verdaderas razones de los incendios, y nalmente
ha atado cabos.
En un
parque infantil envuelto en bruma, me encuentro con una joven madre que me
ofrece consejo acerca de cómo tranquilizar a los niños inquietos. Ella les dice
a sus hijos que los incendios forestales son una parte positiva del ciclo de
renovación del ecosistema: la quema da paso a un nuevo rebrote, que alimenta a
los osos y los ciervos.
Yo asiento
con la cabeza, sintiéndome como una madre fallida. Pero también sé que miente.
Es cierto que el fuego es una parte natural del ciclo de la vida, pero los
incendios que en este momento ocultan el sol en el Noroeste del Pací co son
justamente lo contrario: forman parte de una espiral de muerte planetaria.
Muchos son tan calurosos e intensos que a su paso dejan la tierra calcinada.[2]
Los ríos de agentes ignífugos de color rojo que se lanzan desde los aviones se
ltran en las vías uviales, lo que constituye una amenaza para los peces. Y tal
como teme mi hijo, los animales están perdiendo su hogar en los bosques.
Sin
embargo, el mayor peligro de los incendios forestales son las emisiones de
carbono que producen. Tres semanas después de que el humo descendiera sobre la
costa, nos enteramos de que, como resultado de los incendios, las emisiones
anuales totales de gases de efecto invernadero correspondientes a la provincia
de la Columbia Británica se habían triplicado, y siguen aumentando.
Este
drástico incremento de las emisiones forma parte del fenómeno al que se re eren
los climatólogos cuando advierten sobre los denominados bucles de
realimentación: la combustión de carbono produce temperaturas más cálidas y
largos períodos
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sin lluvia,
lo que a su vez provoca más incendios, lo que a su vez libera más carbono a la
atmósfera, lo que a su vez genera unas condiciones climatológicas aún más secas
y calurosas, y todavía más incendios.
Otro de
estos letales bucles de realimentación es el que se está produciendo en los
incendios forestales de Groenlandia. Los incendios producen hollín negro
(también conocido como «carbón negro») que se deposita en las capas de hielo y
las tiñen de un color negro o grisáceo. El hielo así oscurecido absorbe más
calor que el hielo blanco, que tiene más propiedades re ectantes, lo que hace
que se derrita con mayor rapidez, lo que a su vez aumenta el nivel del mar y
libera grandes cantidades de metano, lo que a su vez provoca un mayor
calentamiento y más incendios, con la consecuencia de que aumenta el hielo
oscurecido y derretido.
De modo que
no, no voy a decirle a Toma que los incendios son una afortunada parte del
ciclo de la vida. Nos conformamos con medias verdades y evasivas para suavizar
la pesadilla: «Los animales saben cómo escapar de los incendios. Corren hacia
los ríos, arroyos y otros bosques».
Hablamos de
que tenemos que plantar más árboles para que los animales vuelvan a casa. Eso
ayuda, al menos en parte.
UNA LLAMADA
DE ATENCIÓN… PARA ALGUNOS
Una de las
regiones más duramente afectadas por los incendios es un lugar que conozco
bien: el territorio de la nación secwepemc, que abarca una enorme extensión de
tierra en la zona interior de la Columbia Británica, gran parte de la cual está
ahora en llamas. El difunto Arthur Manuel, un antiguo jefe secwepemc, era un
amigo por quien sentía un gran afecto y que me acogió en varias ocasiones.
Hasta el momento de redactar estas líneas, en 2017, he visitado dos veces su
territorio: una para asistir al funeral de Manuel y otra para participar en la
reunión que él estaba organizando cuando un ataque cardíaco acabó con su vida.
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La reunión
tenía por objetivo concitar una respuesta conjunta a la decisión del primer
ministro canadiense, Justin Trudeau, de aprobar un proyecto de 7.400 millones
de dólares que casi multiplicaría por tres la capacidad del Trans Mountain, un
oleoducto de la empresa Kinder Morgan que transporta petróleo derivado de
arenas bituminosas —con un alto contenido de carbono— desde Alberta hasta la
Columbia Británica. La red de tuberías ampliada atravesaría docenas de vías
uviales del territorio secwepemc, y muchos terratenientes tradicionales se
oponen enérgicamente a ella. Arthur creía que la lucha tenía el potencial de
convertirse en una especie de «versión septentrional» de la icónica victoria de
la reserva india Standing Rock.
Cuando se
iniciaron los incendios, este verano, la familia y los amigos de Manuel no
perdieron el tiempo argumentando que construir más infraestructuras para
combustibles fósiles mientras el mundo arde resulta tan absurdo como
imprudente. El Grupo de Trabajo Secwepemc sobre Soberanía Alimentaria Indígena
emitió una declaración en la que mostraba su oposición al proyecto de expansión
del oleoducto y exigía el cierre inmediato del oleoducto existente, más
pequeño, a n de reducir el riesgo de un accidente con consecuencias catastró
cas si el fuego y el petróleo llegaban a encontrarse.
«Nos
hallamos en un estado crítico de emergencia lidiando con las repercusiones del
cambio climático —señalaba la maestra secwepemc Dawn Morrison—. La salud de
nuestras familias y comunidades depende en gran medida de nuestra capacidad
para pescar salmones salvajes y tener acceso al agua potable; y ambas cosas
están en riesgo si el oleoducto de Kinder Morgan se rompe o se ve afectado por
los incendios.»
Es cuestión
de sentido común: cuando las propias infraestructuras del petróleo y el gas se
encuentran en la diana de los efectos acumulativos de la combustión de tanto
combustible fósil (piénsese en las plataformas petrolíferas afectadas por
tormentas devastadoras o en la ciudad de Houston inundada),
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todos
deberíamos hacer lo que hicieron los secwepemc: tratar el desastre como una
llamada de atención sobre la necesidad de construir una sociedad más segura, y
pronto.
HAGAS LO
QUE HAGAS, NO HABLES DEL PETRÓLEO
Pero
nuestros sistemas políticos y económicos no funcionan así; de hecho, están
diseñados para anular este tipo de respuesta de supervivencia. De modo que
Kinder Morgan ni siquiera se ha molestado en responder a las inquietudes de la
comunidad. Es más, la compañía se está preparando para iniciar las obras de
expansión este mismo mes, con los incendios todavía activos.
Y lo que es
aún peor: algunas industrias extractivas están aprovechando esta abrasadora
situación de emergencia para hacer cosas que resultan imposibles en época
normal. Por ejemplo, Taseko Mines lleva años luchando para construir una mina
de oro y cobre a cielo abierto extremadamente polémica en una de las zonas de
la Columbia Británica más afectadas por los incendios. Hasta ahora, la era
oposición que este tóxico proyecto ha suscitado en la nación tsilhqot’in ha
logrado impedir que se lleve a cabo, y se ha traducido en varias victorias
clave en materia de regulación.
Pero este
mes de julio, cuando se ha dado la orden de evacuar varias de las comunidades
tsilhqot’in afectadas, mientras que otras han tenido que concentrarse en
combatir los incendios por sí mismas, el Gobierno saliente de la Columbia
Británica, célebre por ser una especie de «salvaje oeste» del soborno político,
ha hecho algo asombroso: en su última semana en funciones, tras sufrir una
humillante derrota electoral, ha otorgado a Taseko una serie de permisos para
avanzar en su explotación. «Escapa a toda comprensión que, mientras que nuestra
gente lucha por nuestras vidas y hogares, [el Gobierno de] la Columbia
Británica otorgue permisos que destruirán todavía más nuestras tierras sin
posibilidad de reparación», declaraba Russell Myers Ross, un jefe
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tsilhqot’in;
a lo que un representante del Gobierno saliente se limitó a responder:
«Entiendo que esto pueda llegar en un momento di cil para ustedes dada la
situación de los incendios forestales que afectan a algunas de sus
comunidades». Pese a las tensiones que los incendios están generando entre su
gente, los tsilhqot’in están luchando contra la medida en los tribunales, y la
empresa ya se ha visto obligada a suspender sus planes de perforación debido a
problemas legales.
Sin
embargo, cualquiera que albergara la esperanza de que los incendios podrían
instar al primer ministro Justin Trudeau a adoptar medidas serias de carácter
climático se ha visto enormemente decepcionado. Al primer ministro canadiense
le encanta dejarse fotogra ar retozando en medio de la naturaleza espectacular
de la Columbia Británica (preferiblemente sin camisa), mientras que su esposa,
Sophie Grégoire, ha desatado un auténtico aluvión de emoticonos tras publicar
una foto suya surfeando en la isla de Vancouver (era durante los incendios y el
cielo aparece brumoso).
Sin
embargo, pese a sus entusiastas comentarios sobre los bosques y las aguas
costeras de la Columbia Británica, cuando se trata de la expansión de
oleoductos y arenas alquitranadas, Trudeau no duda en apretar el acelerador a
fondo. «Ningún país que encontrara 173.000 millones de barriles de petróleo en
el suelo se limitaría a dejarlos ahí», declaraba ante una entregada multitud de
ejecutivos del petróleo y el gas congregada en Houston en marzo de 2017. Desde
entonces no ha cedido un ápice. No importa que la ciudad de Houston se haya
inundado debido a una tormenta sin precedentes, o que una tercera parte de su
propio país sea pasto de las llamas. Este mismo mes, uno de sus principales
ministros declaraba, en relación con la aprobación del oleoducto de Kinder
Morgan: «Nada de lo que ha sucedido desde entonces ha alterado nuestra opinión
de que esta es una decisión acertada». En lo relativo a los combustibles
fósiles, Trudeau está en modo piloto automático, y, al parecer, nada lo hará
desviarse de su rumbo.
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Luego está
el presidente estadounidense, Donald Trump, cuyos delitos climáticos resultan
demasiado extensos y complejos para mencionarlos aquí. No obstante, vale la
pena mencionar que ha elegido justamente este verano de inundaciones e
incendios para disolver el grupo consultivo federal que evaluaba los impactos
del cambio climático en Estados Unidos y para dar luz verde a la perforación en
el mar de Beaufort, en el Ártico.[3]
EL TIPO QUE
PERDIÓ DOS CASAS
Los
políticos no son los únicos que están condenados y decididos a no aprender de
los evidentes mensajes de la naturaleza.
En plena
situación de emergencia por los incendios, la Corporación Canadiense de
Radiodifusión se topó con una noticia de interés humano: encontró a un hombre
llamado Jason Schurman, cuya cabaña de troncos se había quemado en la Columbia
Británica y que un año antes también había perdido una casa en los incendios
producidos en Fort McMurray, en Alberta. Dos casas, dos incendios, un mismo
tipo. La cadena publicó las fotos de sus propiedades carbonizadas (separadas
por 1.300 kiló-metros) una al lado de la otra. En ambos casos, solo quedaba en
pie el hogar y la chimenea.
El
reportaje sobre los estragos humanos que causan estos desastres contiene muchos
detalles conmovedores: la interminable burocracia, los recuerdos traumáticos,
el estrés familiar, etcétera. Pero no se menciona en absoluto el cambio
climático. Esto no deja de ser un hecho notable, dado que Schurman trabaja como
supervisor de obra en las arenas bituminosas de Alberta, y, pese a ello, al
periodista no se le ocurrió preguntarle si perder dos casas y estar a punto de
perder también a su hijo le había llevado a formularse alguna pregunta sobre la
industria en la que trabajaba (una de las pocas industrias de Canadá o Estados
Unidos que todavía paga a sus trabajadores manuales unos salarios que les
permiten llevar una vida de clase
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media).
Lejos de ello, el relato del hombre «que tropezó dos veces en el mismo
incendio» se planteó como una extravagante historia de interés humano, junto
con otra sobre un bombero que se había casado en mitad de las llamas.
Cuando la
revista Vice se hizo eco de la irresistible historia, esta vez el periodista sí
le planteó la cuestión del cambio climático a Schurman, quien reconoció que
podía ser uno de los factores que contribuyen a esos devastadores incendios.
Sin embargo, en el característico estilo de Vice, el grueso del artículo se
centraba en cómo aquel trabajador del petróleo afrontaba sus pérdidas mediante
una forma especialmente barroca de arte corporal: «El constante dolor de un
tatuaje también te distrae por completo… de haber perdido todo lo que tengo».
AL FINAL TE
ACOSTUMBRAS
¿Acaso no
somos todos culpables, de una forma u otra, de caminar como sonámbulos hacia el
apocalipsis? El matiz desenfocado que aquí el humo aporta a la vida parece
agudizar aún más esta negación colectiva. Aquí en la costa, este mes de agosto,
todos parecemos sonámbulos: trabajamos y hacemos los recados a trompicones,
hacemos vacaciones en medio de una densa nube de humo y ngimos que no oímos la
alarma que suena de fondo.
Después de
todo, el humo no es fuego. No es una inundación. No llama tu atención de forma
inmediata ni te obliga a huir. Puedes vivir con él, aunque no vivas tan bien.
Al nal te acostumbras.
Y eso es lo
que hacemos.
Remamos en
medio del humo y actuamos como si fuera niebla. Llevamos cerveza y sidra a la
playa, y comentamos que lo bueno es que apenas necesitas protector solar.
Sentada en
la playa bajo ese cielo falso y lechoso, de repente me vienen a la memoria
imágenes de familias tomando el sol en playas inundadas de petróleo en pleno
desastre de la plataforma
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petrolífera
de BP Deepwater Horizon. Y eso me afecta: somos nosotros, negándonos a dejar
que un incendio descontrolado y de proporciones inéditas inter era en nuestras
vacaciones familiares.
Durante los
desastres, suelen escucharse un montón de elogios sobre la capacidad de
resistencia humana. Y, sin duda, somos una especie notablemente resistente.
Pero eso no siempre es bueno. Parece que muchos de nosotros podemos llegar a
acostumbrarnos a casi cualquier cosa, incluso a la aniquilación constante de
nuestro propio hábitat.
UNA VENTANA
A UN PLANETA JAQUEADO
Una semana
después de lo que un periódico local de Sunshine Coast ha denominado nuestros
«días de bruma», la revista e Atlantic publica un despreocupado artículo
titulado: «Para detener el calentamiento global, ¿debería la humanidad
oscurecer el cielo?».
El
reportaje se centra en un método a menudo conocido como gestión de la radiación
solar, que consistiría en rociar dióxido de azufre en la estratosfera con el n
de crear una barrera entre la Tierra y la luz solar, forzando con ello una
reducción de las temperaturas. La retirada de Trump del Acuerdo de París
—señala el artículo— está haciendo que haya más Gobiernos, incluido el de
China, que se toman en serio lo de oscurecer el sol.
La primera
mención de los posibles riesgos no aparece hasta el vigésimo párrafo, donde el
periodista reproduce las palabras de un climatólogo diciendo que «jaquear» así
el planeta «podría provocar sequías o inundaciones o cosas por el estilo». Sí,
sería un fastidio. En realidad, existen una gran cantidad de investigaciones
avaladas por el sistema de revisión paritaria que revelan que esta forma de
geoingeniería podría interferir con los monzones en Asia y África, amenazando
así la provisión de alimentos y agua de miles de millones de personas.
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Ahora
imagine un escenario en el que se diera plenos poderes a hombres como Trump, el
primer ministro indio, Narendra Modi, y el «líder supremo» de Corea del Norte,
Kim Jong-un, para desplegar este tipo de tecnologías capaces de alterar el
clima como armas no convencionales, sumiéndonos en una era de guerras
climáticas no declaradas en la que un país sacri caría las precipitaciones de
otro para salvar sus cultivos, y el otro se vengaría provocando gigantescas
inundaciones.
Algunos
aspirantes a jaquear el planeta insisten en que esos riesgos propios del peor
escenario posible pueden gestionarse (aunque nunca explican cómo). Sin embargo,
todos aceptan que hay desventajas menores. Rociar dióxido de azufre en la
estratosfera crearía casi con toda certeza una permanente bruma de un color
blanco lechoso y haría que el cielo azul fuera cosa del pasado para todo el
planeta. La bruma podría impedir asimismo que los astrónomos observaran las
estrellas y planetas con claridad, y el debilitamiento de la luz del sol podría
reducir también la capacidad de producir energía de los paneles solares.
Cuando se
piensa en eso de manera abstracta, puede parecer un precio pequeño a cambio de
comprar «algo más de tiempo para aunar esfuerzos» de cara a controlar la
contaminación, tal como lo expresa el artículo del Atlantic. Pero resulta
completamente distinto leer acerca de la posibilidad de oscurecer de forma
deliberada el cielo bajo un cielo que ya está arti cialmente oscurecido por un
humo omnipresente que empaña literalmente la vida cotidiana.
Perder el
cielo no es poca cosa. Todos damos por sentado que incluso en las ciudades más
pobladas podemos mirar hacia arriba y ver el mundo que hay fuera de nuestro
alcance; sí, hay aviones y satélites, pero más allá están los cielos, lo
desconocido, lo que hay «ahí fuera en última instancia». En casi todos los
rincones del Noroeste del Pací co, este mes de agosto, cuando alzábamos la
vista al cielo, no veíamos nada de esa extensión. Solo nos veíamos a nosotros
mismos, más detritos de nuestro propio y quebrantado
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sistema. En
la capa de humo teníamos un techo, no un cielo; y parecía una as xiante
tapadera que obstruyera la propia posibilidad de tenerlo.
Me escucho
a mí misma sugiriéndole frenéticamente a Avi que deberíamos conducir hacia el
norte hasta que el aire esté limpio. Y luego recuerdo que, si lo hiciéramos,
nos encontraríamos cara a cara con el permafrost, que se está derritiendo con
rapidez. Nos quedamos donde estamos.
EL VIENTO
CAMBIA
Después de
casi dos semanas enteras ahumados, algo cambia. Primero lo oigo; luego veo
moverse las ramas: viento. Una repentina bajada de la temperatura. Y a
mediodía, auténticas franjas de azul, separadas por nubes. Había olvidado cuán
distintas son estas de la bruma: más altas, para empezar, y con toda clase de
delicadas formas y movimientos.
El humo no
se ha despejado por completo, pero el viento se ha llevado el su ciente para
hacer que de pronto el mundo parezca más nítido. ¿Saben esa especie de euforia
que uno experimenta cuando nalmente supera una larga ebre? Pues así me siento.
El día
siguiente trae lluvia; no mucha, pero la su ciente para esperar un ligero
alivio para los 2.400 exhaustos y sobrecargados bomberos. Mis alergias
desaparecen, y Toma empieza a dormir de nuevo durante toda la noche.
Pero las
noticias que llegan del interior son desastrosas. El mismo viento que nalmente
ha liberado la capa de humo en la costa ha avivado las llamas en el epicentro
de los incendios. Resulta que la quietud que aquí ha mantenido el humo atrapado
durante tanto tiempo era el único elemento que favorecía a los bomberos. Pero
ahora ha terminado, y, por otra parte, no hay su ciente lluvia.
Durante la
semana siguiente, la Columbia Británica se abre paso en los libros de récords.
A mediados de agosto los incendios
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baten el
récord provincial de la mayor cantidad de tierra quemada en un año: 8.943
kilómetros cuadrados.[4] En cuestión de días, varios incendios distintos aúnan
sus fuerzas para crear el mayor incendio de toda la historia de esta provincia
canadiense.
DEMASIADO
PRONTO
Cuando
llega el eclipse solar, no siento más que temor. Tenemos cielos despejados, un
lugar de observación casi perfecto, y sé, en teoría, que lo que está a punto de
suceder es una maravilla natural. Pero no estoy lista para despedirme de nuevo
del sol, ni siquiera por unos minutos. Apenas acabamos de recuperarlo.
Me paso
todo el eclipse sentada sola, fuera, contemplando el horizonte, aferrada a la
luz moribunda. Una semana después de que los neonazis marcharan con antorchas
en Charlottesville, Virginia, y con gran parte del planeta envuelto en
auténticos in ernos, este repentino oscurecimiento de nuestro mundo parece
demasiado literal.
EL SISTEMA
GLOBAL DE ALARMA DE INCENDIOS SE HA ESTROPEADO
El n de
semana del Día del Trabajo[5] siguen ardiendo más de 160 incendios en la
Columbia Británica. El clima extremadamente caluroso, seco y ventoso ha
conspirado para crear las condiciones idóneas para que estallaran un montón de
nuevos incendios forestales de gran magnitud, además de expandir de forma
exponencial los ya activos. Las autoridades anuncian cada día nuevas
evacuaciones; según el último recuento, a lo largo del verano unas 60.000
personas desplazadas se han registrado como evacuadas en la Cruz Roja. La
declaración de estado de emergencia se ha prorrogado por cuarta vez.
Pero
incluso en Canadá es imposible que esta noticia compita con las devastadoras
consecuencias del huracán Harvey; los
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montones de
muertos y los millones de personas afectadas por las inundaciones sin
precedentes registradas en Asia Meridional y Nigeria, y ahora la furia del
huracán Irma. Luego están los incendios que acaparan los titulares en Los
Ángeles, la situación de emergencia que vive el estado de Washington y las
nuevas evacuaciones ordenadas desde el Parque Nacional de los Glaciares hasta
el norte de Manitoba. Una imagen de satélite de principios de septiembre
muestra toda la extensión del continente cubierta de humo: #FakeWeather desde
el Pací co hasta un Atlántico agitado por las tormentas.
Apenas
puedo seguir los pasos a todas esas constantes convulsiones, y eso que es mi
trabajo hacerlo. Pero hay algo que sé: nuestra casa colectiva está en llamas,
con todas las alarmas sonando a la vez, sonando desesperadamente para atraer
nuestra atención. ¿Seguiremos tropezando y jadeando medio a oscuras, actuando
como si no tuviéramos ya la emergencia encima? ¿O bastarán las advertencias
para obligarnos a muchos más a escuchar? ¿A responder como los secwepemc, que,
aun en medio de una nube de humo, se juegan su integridad sica para impedir que
se construya un oleoducto en sus tierras marcadas por el fuego?
Esas son
las preguntas que siguen otando en el aire al nal de este verano de humo.
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LO QUE ESTÁ
EN JUEGO
EN NUESTRO
MOMENTO HISTÓRICO
Ustedes nos
demostraron a todos que pueden ganar, y ahora «tienen» que ganar.
SEPTIEMBRE
DE 2017:
CONGRESO
DEL PARTIDO LABORISTA, BRIGHTON
HA SIDO UN
AUTÉNTICO PRIVILEGIO formar parte de esta histórica convención; sentir su
energía y optimismo.
Porque,
amigos, ahí fuera el panorama es desolador. ¿Cómo empiezo a describir un mundo
que está patas arriba? Desde jefes de Estado que tuitean amenazas de
aniquilación nuclear hasta regiones enteras que se ven sacudidas por el caos
climático, pasando por miles de migrantes que se ahogan en las costas de Europa
o partidos abiertamente racistas que ganan terreno — Alemania representa el
caso más reciente y alarmante—; la mayoría de los días simplemente hay
demasiadas cosas que asimilar. De modo que quiero empezar con un ejemplo que
puede parecer algo de pequeña escala en un contexto tan vasto como el que acabo
de esbozar.
El Caribe y
el sur de Estados Unidos se hallan en medio de una temporada de huracanes sin
precedentes, golpeados por una tormenta tras otra, todas ellas de una magnitud
inédita. Mientras nosotros estamos aquí reunidos, Puerto Rico —afectado primero
por el huracán Irma y luego por el María— está sin electricidad, y podría
seguir así durante meses. Sus sistemas hídricos y de comunicaciones también
están gravemente comprometidos. Tres
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millones y
medio de ciudadanos estadounidenses que viven en esa isla necesitan
desesperadamente la ayuda de su Gobierno.
Pero al
igual que ocurrió durante el huracán Katrina, la caballería está desaparecida
en combate. Donald Trump está demasiado ocupado intentando hacer que despidan a
los atletas negros a los que acusa de atreverse a llamar la atención de la
opinión pública sobre la violencia racista.
Como si
todo esto no bastara, ahora acechan los buitres. La prensa económica está
plagada de artículos que explican que la única forma en que Puerto Rico pueda
volver a encender las luces es vender sus servicios públicos de electricidad. Y
quizá también sus puentes y caminos.
Este es un
fenómeno al que he denominado la «doctrina del shock»: aprovecharse de crisis
desgarradoras para colar de forma subrepticia políticas que devoran la esfera
pública y enriquecen aún más a una pequeña élite. Vemos repetirse una y otra
vez este sombrío ciclo. Lo vimos tras la crisis nanciera de 2008. Y lo estamos
viendo ya en el modo como los conservadores británicos planean explotar el
Brexit para impulsar, sin opción a debate, acuerdos comerciales desastrosos que
solo favorecen a determinadas empresas.
La razón
por la que hago hincapié en Puerto Rico es porque allí la situación es
apremiante, pero también porque representa un microcosmos de una crisis global
más amplia, pero que contiene muchos de los mismos elementos que se dan en el
caso de Puerto Rico: aceleración del caos climático, militarismo, relatos
colonialistas, una esfera pública débil y descuidada, y una democracia
completamente disfuncional. Y por encima de todo ilustra la, en apariencia, in
nita capacidad de ignorar las vidas de un enorme número de personas negras y
mestizas. La nuestra es una época en la que resulta imposible separar una
crisis de todas las demás. Todas se han fusionado, reforzándose e intensi
cándose mutuamente como una desgarbada bestia
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multicéfala.
Creo que es útil pensar en el actual presidente estadounidense en esos mismos
términos.
Es di cil
acertar a resumirlo de la manera adecuada, así que permítanme que pruebe con un
ejemplo local. ¿Saben esa cosa horrible que actualmente está obstruyendo las
alcantarillas de Londres, creo que lo llaman fatberg? Bueno, pues Trump es su
equivalente político: una fusión de todo lo que resulta nocivo en la cultura,
la economía y el Estado, todo ello aglomerado formando una especie de grasa
autoadhesiva. Y se nos está haciendo muy muy di cil desalojarlo del poder.
Resulta tan desalentador que tenemos que tomárnoslo a risa. Pero no se
equivoquen: ya se trate del cambio climático o de la amenaza nuclear, Trump
representa una crisis cuyas repercusiones podrían extenderse a través de las
eras geológicas.
Sin
embargo, hoy mi mensaje para ustedes es este: los momentos de crisis no tienen
por qué seguir la vía de la doctrina del shock; no tienen por qué convertirse
en oportunidades para que quienes ya son obscenamente ricos puedan acaparar aún
más.
También
puede ocurrir lo contrario.
Pueden ser
momentos en los que encontremos nuestro mejor yo, en los que descubramos
reservas de fuerza y lucidez que ignorábamos que teníamos. Lo vemos a nivel de
base cada vez que ocurre un desastre. Todos lo presenciamos tras la catástrofe
de la torre Grenfell.[1] Al ver que los responsables no daban la cara, los
miembros de la comunidad se unieron, asumieron el cuidado unos de otros,
organizaron las donaciones y defendieron a los vivos (además de a los muertos).
Y todavía siguen haciéndolo, más de cien días después del incendio, cuando aún
no se ha hecho justicia y, de manera escandalosa, solo se ha reubicado a un
puñado de supervivientes.
Pero no
solo a nivel de base constatamos que los desastres despiertan algo
extraordinario en nosotros. Contamos también con una larga y orgullosa historia
de crisis que han desencadenado una transformación progresista en el conjunto
de la sociedad.
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Piensen en
las victorias obtenidas por los trabajadores estadounidenses durante la Gran
Depresión en materia de viviendas sociales y pensiones de jubilación en el
marco del New Deal. O en el Servicio Nacional de Salud, aquí en el Reino Unido,
tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Hechos como
estos debería recordarnos que los momentos de gran crisis y peligro no tienen
necesariamente que hacernos retroceder: también pueden catapultarnos hacia
delante.
Nuestros
antepasados progresistas lo hicieron en momentos clave de la historia. Y
nosotros podemos hacerlo de nuevo en este momento en el que todo está en juego.
Pero lo que sabemos de la Gran Depresión y el período de posguerra es que no
obtuvimos esas victorias transformadoras limitándonos a resistir, limitándonos
a decir no al último ultraje.
Para ganar
en un momento de auténtica crisis también necesitamos un «sí» audaz y con
visión de futuro, un plan de reconstrucción que a su vez dé respuesta a las
causas subyacentes de la crisis. Y ese plan debe ser convincente, creíble y,
sobre todo, cautivador. Hemos de ayudar a una opinión pública hastiada y
recelosa a imaginarse en ese mundo mejor.
Y justo por
esa razón me siento tan honrada de estar hoy con ustedes. Porque eso ha sido
exactamente lo que ha hecho el Partido Laborista en las últimas elecciones.
eresa May hizo una campaña cínica basada en la explotación del miedo y la
conmoción
a n de
acaparar más poder: primero el miedo a un mal acuerdo de Brexit, luego el miedo
que siguió a los terribles atentados terroristas perpetrados en Mánchester y
Londres. En cambio, su partido y su líder respondieron centrándose en las
causas fundamentales: la fallida «guerra contra el terror», la desigualdad
económica y el debilitamiento de la democracia.
Pero
ustedes hicieron algo más que eso.
Ustedes
presentaron a los votantes un mani esto audaz y detallado en el que se
establecía un plan para que millones de personas experimentaran una mejora
tangible de su vida:
Página 264
escolarización
gratuita, atención médica plenamente nanciada, acción climática agresiva,
etcétera. Después de décadas de expectativas menguadas e imaginación política
as xiada, los votantes tenían algo esperanzador y emocionante a lo que decir
que sí. Y muchos de ellos hicieron justamente eso, y pusieron patas arriba las
predicciones de todo tipo de expertos.[2] Ustedes han demostrado que la era de
la manipulación y las componendas ha terminado. La opinión pública ansía un
cambio profundo: lo pide a gritos. El problema es que en demasiados países solo
la extrema derecha se lo ofrece, o parece hacerlo, con esa combinación tóxica
de engañoso populismo económico y un racismo muy real.
Ustedes nos
han mostrado otro camino: un camino que habla el lenguaje de la decencia y la
equidad; que llama por su nombre a las auténticas fuerzas que más
responsabilidad tienen en este desastre, por poderosas que sean; y que no teme
a algunas de esas ideas que nos habían dicho que habían desaparecido para
siempre, como la redistribución de la riqueza y la nacionalización de los
servicios públicos esenciales. Ahora, gracias a su audacia, sabemos que esta no
es solo una estrategia moral: puede ser también una estrategia ganadora.
Enardece a las bases y activa a sectores del electorado que hace mucho tiempo
dejaron de votar.
Pero en
estas últimas elecciones ustedes también nos han enseñado otra cosa que es
igualmente importante. Nos han enseñado que los partidos políticos no tienen
por qué temer la creatividad y la independencia de los movimientos sociales; y
que, de manera similar, los movimientos sociales tienen muchísimo que ganar
participando en la política electoral.
Eso no es
poca cosa. Porque, seamos sinceros: los partidos políticos tienden a ser un
tanto fanáticos del control, mientras que los movimientos de base reales
tenemos mucho apego a nuestra independencia y somos prácticamente imposibles de
controlar. Pero lo que estamos presenciando en la notable relación entre el
Partido Laborista y Momentum,[3] así como con otras maravillosas organizaciones
activistas, es que es posible combinar lo mejor de
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ambos
mundos. Si nos escuchamos mutuamente y aprendemos unos de otros, podemos crear
una fuerza que resulte ser a la vez más fuerte y más ágil que todo lo que pueda
lograr por sí solo cualquier partido o movimiento.
Quiero que
sepan que lo que han logrado aquí está teniendo repercusiones en todo el mundo.
Muchos de nosotros observamos extasiados el experimento que están ustedes
llevando a cabo. Y, obviamente, lo que ha sucedido aquí forma parte a su vez de
un fenómeno global. Es una oleada liderada por jóvenes que llegaron a la edad
adulta justo cuando el sistema nanciero global se desmoronaba y justo cuando la
alteración del clima echaba la puerta abajo.
Muchos
proceden de movimientos sociales como Occupy Wall Street o el movimiento
español de los Indignados. Empezaron diciendo que no a la austeridad, a los
rescates bancarios, a las guerras y la violencia policial, a la fracturación
hidráulica y la construcción de oleoductos y gasoductos, etcétera. Pero luego
comprendieron que el mayor reto es superar la forma en que el neoliberalismo ha
librado la guerra contra nuestra imaginación colectiva, contra nuestra
capacidad de creer realmente en algo que está más allá de sus desoladoras
fronteras.
Y así,
estos movimientos empezaron a soñar juntos y plantearon visiones audaces y
diferentes del futuro y vías creíbles para salir de la crisis. Y lo más
importante: empezaron a colaborar con los partidos políticos para tratar de
ganar el poder. Lo vimos en la histórica campaña de Bernie Sanders en las
primarias demócratas estadounidenses de 2016, impulsada por mileniales
conscientes de que la segura política centrista no les ofrece ningún tipo de
futuro seguro.
En estos
casos, y en otros, las campañas electorales se in amaron a una velocidad
pasmosa, más deprisa de lo que he visto hacer en toda mi vida a cualquier
programa político genuinamente transformador en Europa o Norteamérica. Pero aun
así, en cada caso, no lo bastante. De modo que en este período
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entre
elecciones vale la pena pensar en cómo estar absolutamente seguros de que la
próxima vez todos nuestros movimientos se lancen a fondo.
Gran parte
de la respuesta es: persistiendo; sigamos construyendo ese «sí».
Pero
llevándolo aún más lejos.
Lejos del
calor de una campaña hay más tiempo para profundizar en las relaciones entre
los problemas y los movimientos, de modo que nuestras soluciones aborden
múltiples crisis a la vez. En todos nuestros países, podemos y debemos
esforzarnos más en unir los puntos que conectan la injusticia económica, la
injusticia racial y la injusticia de género. Hemos de poder entender y explicar
cómo todos esos feos sistemas que sitúan a un grupo en una posición de dominio
sobre otro (basándose en el color de la piel, la religión, el género o la
orientación sexual) sirven sistemáticamente a los intereses del poder y del
dinero, y lo han hecho siempre. Lo hacen manteniéndonos divididos a nosotros al
tiempo que se protegen a sí mismos.
Debemos
esforzarnos en tener presente que nos hallamos en un estado de emergencia
climática cuyas raíces se encuentran en el mismo sistema de ilimitada avaricia
que subyace a nuestra emergencia económica. Pero recordemos que los estados de
emergencia pueden ser catalizadores de profundas victorias progresistas.
Desentrañemos,
pues, los vínculos entre la gig economy (o «economía de bolos», por analogía a
las actuaciones cortas que realizan los grupos musicales; es decir, trabajos
esporádicos de corta duración y en los que el trabajador se encarga de una
labor especí ca dentro de un proyecto), que trata a los seres humanos como un
recurso en bruto del que extraer riqueza para luego desecharlo, y la dig
economy (o «economía de excavaciones»), en la que las empresas extractivas
tratan al planeta exactamente con ese mismo desdén. Y mostremos de manera
precisa cómo podemos
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pasar de
esa economía de «bolos y excavaciones» a una sociedad basada en los principios
del cuidado y la reparación; en la que se respete y se valore el trabajo de
nuestros cuidadores y de nuestros protectores de la tierra y el agua; un mundo
en el que no se deseche a personas ni lugares, ya sea en urbanizaciones que
resultan ser una auténtica trampa en caso de incendios o en islas devastadas
por huracanes.
Aplaudo la
postura inequívoca que han adoptado los laboristas en contra de la fracturación
hidráulica y en favor de las energías limpias. Ahora debemos ser más ambiciosos
y mostrar exactamente de qué modo la lucha contra el cambio climático
representa una oportunidad única en este siglo de construir una economía más
justa y democrática. Porque si llevamos a cabo una rápida transición para
alejarnos de los combustibles fósiles, no podemos reproducir la concentración
de riqueza y las injusticias de la economía del petróleo y el carbón, en la que
se han privatizado cientos de miles de millones en bene cios al tiempo que se
socializaban unos riesgos tremendos.
Podemos y
debemos diseñar un sistema en el que quienes contaminen paguen una gran parte
del coste de la transición para alejarnos de los combustibles fósiles, y donde
mantengamos la energía verde en manos públicas y comunitarias. De ese modo, los
ingresos permanecerán en sus comunidades, para nanciar la atención infantil,
los cuerpos de bomberos y otros servicios esenciales. Y esa es la única forma
de asegurarse de que los empleos verdes que se creen gocen de la protección de
los sindicatos y se remuneren con un salario digno.
El lema ha
de ser: «Dejad el petróleo y el gas en el suelo, pero no dejéis a ningún
trabajador atrás». ¿Y lo mejor de todo? No tienen ustedes que esperar a llegar
a Westminster para iniciar esta gran transición. Pueden utilizar los resortes
de los que ya disponen.
Pueden
convertir los ayuntamientos que ya controlan los laboristas en faros que nos
guíen hacia ese mundo transformado. Un buen comienzo sería desligar sus
pensiones de los
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combustibles
fósiles e invertir ese dinero en viviendas sociales con bajas emisiones de
carbono y cooperativas de energía verde. De ese modo la gente puede empezar a
experimentar los bene cios de la nueva economía antes de las próximas
elecciones, y saber por experiencia propia que sí, que hay, y ha habido
siempre, una alternativa.
Para
terminar, quiero subrayar, como su oradora internacional en esta convención,
que nada de todo esto va de convertir una nación en una especie de museo o
baluarte progresista. En los países ricos, como el suyo y el mío, necesitamos
políticas que re ejen nuestra deuda con el Sur Global, que asuman la
responsabilidad de nuestro papel en la desestabilización, durante muchos años,
de las economías y las ecologías de los países más pobres.
Por
ejemplo, durante esta excepcional temporada de huracanes hemos oído hablar
mucho de las «Islas Vírgenes Británicas», las «Islas Vírgenes Neerlandesas», el
«Caribe francés», etcétera. Pero raramente se ha juzgado relevante observar que
esto no re eja los lugares donde les gusta ir de vacaciones a los europeos,
sino el hecho de que una gran parte de la vasta riqueza del imperio se extrajo
de esas islas como resultado directo del cautiverio humano; una riqueza que
sobrealimentó la revolución industrial de Europa y Norteamérica, y nos
convirtió en los supercontaminadores que actualmente somos. Y eso se halla
íntimamente ligado al hecho de que actualmente el propio futuro de esas
naciones insulares corre un serio riesgo por la triple amenaza de las supertormentas,
el aumento del nivel del mar y la muerte de los arrecifes de coral.
¿Qué
debería implicar hoy esta dolorosa historia para nosotros?
Implica dar
la bienvenida a los migrantes y a los refugiados. E implica pagar la parte que
nos toca para ayudar a muchos más países a acelerar su propia transición
ecológica basada en la justicia. El triunfo de granujas como Trump no es excusa
para
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exigirnos
menos a nosotros mismos en el Reino Unido y en Canadá, o, para el caso, en
cualquier otro lugar del planeta. Implica justo lo contrario: que debemos ser
más exigentes con nosotros mismos para tomar las riendas hasta que Estados
Unidos logre desatascar su sistema de alcantarillado.
Creo
rmemente que todo este trabajo, por desa ante que sea, es una parte crucial del
camino hacia la victoria; que cuanto más ambiciosos, coherentes y holísticos
logren ser ustedes a la hora de dibujar una imagen del mundo transformado, más
creíble resultará un gobierno laborista.
Porque
ustedes nos demostraron a todos que pueden ganar, y ahora «tienen» que ganar.
Todos
debemos hacerlo.
Ganar es un
imperativo moral. Hay demasiado en juego, y muy poco tiempo para conformarse
con menos.
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FUE EL
CAPITALISMO EL QUE MATÓ NUESTRO IMPULSO CLIMÁTICO, NO LA «NATURALEZA HUMANA»
Justo a
tiempo, se presenta una nueva vía política hacia la seguridad.
AGOSTO DE
2018
ESTE
DOMINGO, EL New York Times Magazine estará compuesto íntegramente por un solo
artículo sobre un único tema: el fracaso a la hora de afrontar la crisis
climática global en la década de 1980, un momento en el que la ciencia tomó
partido y la política pareció alinearse con ella. Al leerlo, este trabajo de
historia lleno de revelaciones privilegiadas sobre posibilidades no
materializadas, escrito por Nathaniel Rich, me ha hecho soltar un juramento en
varias ocasiones. Y para que no quede ninguna duda sobre la magnitud de este
fracaso de tan extraordinaria trascendencia, las palabras de Rich van
acompañadas de fotogra as aéreas a toda página, realizadas por George
Steinmetz, que documentan de forma desgarradora el rápido desmoronamiento de
los sistemas planetarios, desde la presencia de corrientes de agua en lugares
donde antes había hielo en Groenlandia hasta las masivas
oraciones
de algas en el tercer lago más grande de China.
El
artículo, largo como una novela, representa el tipo de compromiso por parte de
los medios que la crisis climática merece desde hace tiempo, pero que casi
nunca ha obtenido. Todos hemos oído las diversas excusas con las que se
pretende justi car por qué ese pequeño asunto de la expoliación de nuestro
único hogar
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simplemente
no constituye una noticia llamativa: «El cambio climático está demasiado lejos
en el futuro»; «Resulta inapropiado hablar de políticas cuando la gente está
perdiendo la vida a causa de huracanes e incendios»; «Los periodistas siguen
las noticias, no las crean, y los políticos no hablan del cambio climático»; y,
por supuesto, «Cada vez que lo intentamos nos cargamos los índices de
audiencia».
Ninguna de
esas excusas puede encubrir el incumplimiento del deber. Los grandes medios de
comunicación siempre han tenido la posibilidad de decidir por sí mismos que la
desestabilización planetaria constituye, de hecho, una noticia de enorme
importancia, sin duda la más trascendente de nuestra época. Siempre han tenido
la capacidad de aprovechar las habilidades de sus reporteros y fotógrafos para
conectar la ciencia abstracta con los extremos fenómenos meteorológicos
vividos. Y si hicieran eso de forma sistemática, disminuiría la necesidad de
que los periodistas se adelantaran a la política, puesto que, cuanto más
informada esté la opinión pública sobre la amenaza y las potenciales soluciones
tangibles, más presionará a sus representantes electos para que tomen medidas
enérgicas.
De ahí que
resultara tan emocionante ver cómo el Times respaldaba el trabajo de Rich con
toda la fuerza de su maquinaria editorial, anunciándolo con un vídeo
promocional, lanzándolo con un evento en vivo en el Times Center y
acompañándolo de diversos materiales didácticos. Y de ahí también que uno no
pueda por menos que enfurecerse al ver que el artículo yerra de manera
espectacular en su tesis central.
Según Rich,
entre los años 1979 y 1989 la ciencia básica subyacente al cambio climático se
entendía y se aceptaba; aún no se había producido la división partidista sobre
el tema, las empresas de combustibles fósiles todavía no habían iniciado en
serio su campaña de desinformación, y existía un enorme impulso político global
de cara a forjar un acuerdo internacional para la reducción de emisiones que
fuera a la vez enérgico y vinculante.
Página 272
Aludiendo
al período clave de nales de la década de 1980, sostiene Rich: «Las condiciones
no podrían haber sido más favorables para el éxito».
Y, sin
embargo, la pi amos: «nosotros», los seres humanos, que aparentemente somos
demasiado miopes para salvaguardar nuestro propio futuro. Por si no nos ha
quedado claro a quién y a qué hay que echar la culpa de que ahora estemos
«perdiendo la Tierra», la respuesta de Rich se presenta en una frase destacada
a toda página: «Conocíamos todos los hechos y nada se interponía en nuestro
camino. Es decir, nada excepto nosotros mismos».
Sí, usted y
yo, según Rich, no las empresas de combustibles fósiles que participaron en
todas las grandes reuniones de formulación de políticas públicas que se
mencionan en el artículo. (Imagine que el Gobierno estadounidense invitara
repetidamente a los ejecutivos del tabaco a elaborar políticas destinadas a
implantar la prohibición de fumar. Al ver que de esas reuniones no salía nada
sustantivo, ¿concluiríamos que la razón es que los humanos simplemente quieren
morir? ¿No es posible que resolviéramos, en cambio, que el sistema político es
corrupto y está averiado?)
Muchos
climatólogos e historiadores han señalado este error de interpretación desde
que se publicó el artículo en internet.[1] Otros han hecho hincapié en las
descabelladas invocaciones a la «naturaleza humana» y el uso de un mayestático
«nosotros» para referirse en realidad a un grupo de poderosos actores
estadounidenses ridículamente homogéneo. En todo el relato de Rich no se
escucha ni una palabra de los líderes políticos del Sur Global que exigían una
acción vinculante en aquel período clave y después de él; que de alguna manera
eran capaces de preocuparse por las generaciones futuras a pesar de ser
humanos. Al mismo tiempo, en el texto de Rich las voces de las mujeres son casi
tan raras como los avistamientos del picamaderos picomar l (una especie en peligro
de extinción), y cuando aparecen las damas, se
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trata
principalmente de las sufridas esposas de hombres trágicamente heroicos.
De todos
esos defectos ya se ha hablado bastante, de modo que no los voy a repetir aquí.
Me centraré, en cambio, en la premisa central del artículo: que a nales de la
década de 1980 se dieron unas condiciones que «no podrían haber sido más
favorables» para emprender una vigorosa acción climática. Todo lo contrario:
apenas cabe imaginar un momento más inoportuno en la evolución humana para que
nuestra especie afrontara cara a cara la dura verdad de que las comodidades del
moderno capitalismo de consumo estaban erosionando sistemáticamente la
habitabilidad del planeta. ¿Y por qué? Pues porque a nales de la década de 1980
se produjo el apogeo absoluto de la cruzada neoliberal, el momento de máxima
supremacía ideológica del proyecto económico y social que se propuso denigrar
de forma deliberada la acción colectiva en nombre de los liberadores «mercados
libres» en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, Rich no hace mención
alguna de esta doble agitación paralela en el pensamiento económico y político.
Cuando
profundicé en esta misma historia del cambio climático, hace unos años, también
yo llegué a la conclusión — como hace Rich— de que la coyuntura clave en la
forja del impulso mundial hacia un acuerdo global serio y con base cientí ca la
marcó el año 1988. Fue entonces cuando James Hansen, entonces director del
Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, declaró ante el Congreso
estadounidense que creía, con «un noventa y nueve por ciento de certeza», que
existía «una tendencia de calentamiento real» vinculada a la actividad humana.
Más tarde, aquel mismo mes, cientos de cientí cos y responsables políticos
celebraron la histórica Conferencia Mundial sobre los Cambios en la Atmósfera
en Toronto, donde se discutieron los primeros objetivos de cara a la reducción
de emisiones. A nales de aquel mismo año (en noviembre de 1988), el Grupo
Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la
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ONU, el
principal organismo cientí co que asesora a los Gobiernos sobre la amenaza
climática, celebraba su primera sesión.
Pero por
entonces el cambio climático no constituía una preocupación exclusiva de los
políticos y estudiosos: era algo de lo que todo el mundo hablaba, hasta el
punto de que, cuando los editores de la revista Time anunciaron su «Persona del
año» de 1988, optaron por elegir el «Planeta del año: la Tierra en peligro de
extinción». En la portada aparecía una imagen del globo envuelta con una
cuerda, mientras el sol se ponía amenazadoramente al fondo. «Ningún individuo,
ningún acontecimiento, ningún movimiento ha cautivado tanto la imaginación o ha
dominado tanto los titulares —explicaba el periodista omas Sancton— como ese
montón de roca, tierra, agua y aire que constituye nuestra casa común.»
(Curiosamente,
y a diferencia de Rich, Sancton no culpaba a la «naturaleza humana» del expolio
planetario. Él profundizaba más y atribuía su origen al mal uso del concepto
judeocristiano de «dominio» sobre la naturaleza y al hecho de que este hubiera
suplantado la idea precristiana en la que «la tierra se veía como una madre,
una fértil fuente de vida. La naturaleza —el suelo, el bosque y el mar— estaba
dotada de divinidad, y los mortales estaban subordinados a ella».)
Cuando
examiné las noticias relativas al clima publicadas en ese período, parecía que
había un profundo cambio a la vuelta de la esquina. Pero luego, trágicamente,
todo se desvaneció: Estados Unidos salió de las negociaciones internacionales,
y el resto del mundo optó por acuerdos no vinculantes basados en dudosos
«mecanismos de mercado» como el comercio de derechos de emisión y las
compensaciones de carbono, y, en algunos casos raros, un pequeño impuesto sobre
el carbono. De modo que, sin duda, merece la pena preguntar, como hace Rich:
¿qué diablos ocurrió?, ¿qué alteró la sensación de urgencia y la determinación
que emanaban simultáneamente de todas aquellas instituciones de élite a nales
de la década de 1980?
Página 275
Rich
concluye —aunque no ofrece ninguna evidencia social ni cientí ca de ello— que
algo llamado «naturaleza humana» irrumpió y lo estropeó todo. «Los seres
humanos —escribe—, ya sea en organizaciones globales, democracias, industrias,
partidos políticos o como individuos, son incapaces de sacri car la comodidad
actual para evitar una penalización impuesta a las generaciones futuras.»
Parece que estamos programados para «obsesionarnos con el momento presente,
preocuparnos por el medio plazo y desechar el largo plazo de nuestra mente como
quien escupe un veneno».
Sin
embargo, cuando examiné ese mismo período, yo llegué a una conclusión muy
distinta: que lo que a primera vista parecía nuestra mejor oportunidad de
emprender una acción climática con el potencial de salvar vidas, visto
retrospectivamente resultaba ser un caso clamoroso de falta de oportunidad
histórica. Al volver la vista atrás y examinar aquella coyuntura, resulta
evidente que, justo cuando los Gobiernos se estaban uniendo para tomarse en
serio el control del sector de los combustibles fósiles, la revolución
neoliberal global entró en su momento de máximo esplendor, y ese proyecto de
remodelación económica y social chocaba frontalmente a cada paso con los
imperativos tanto de la climatología como de la regulación corporativa.
El hecho de
no hacer siquiera una referencia pasajera a esta otra tendencia global que se
desarrollaba a nales de la década de 1980 representa un punto ciego de
profundidad insondable en el artículo de Rich. Al n y al cabo, el principal
bene cio de revisitar un período del pasado reciente como periodista es que
puedes ver tendencias y patrones que todavía no eran visibles para las personas
que vivieron esos tumultuosos acontecimientos en tiempo real. La comunidad
climática de 1988, por ejemplo, no tenía forma alguna de saber que se hallaba
en el momento álgido de una convulsiva revolución económica que iba a cambiar
todas las grandes economías del planeta.
Página 276
Pero
nosotros lo sabemos. Y una cosa que queda meridianamente clara cuando vuelves
la vista atrás a nales de la década de 1980 es que, lejos de ofrecer unas
«condiciones [que] no podrían haber sido más favorables para el éxito», el
período 1988-1989 fue el peor momento posible para que la humanidad decidiera
que iba a tomarse en serio poner la salud del planeta por encima de los bene
cios.
Recordemos
qué más ocurría por aquel entonces. En 1988, Canadá y Estados Unidos rmaron su
Tratado de Libre Comercio, un prototipo del futuro TLCAN y los innumerables
acuerdos que seguirían. El Muro de Berlín estaba a punto de caer, un
acontecimiento del que los ideólogos de la derecha estadounidense supieron
sacar partido como supuesta evidencia del « n de la historia», y que
interpretaron como una licencia para exportar la receta Reagan- atcher a base
de privatización, desregulación y austeridad económica a todos los rincones del
mundo.
Fue tal
convergencia de tendencias históricas —el surgimiento de una arquitectura
global que se suponía que iba a abordar el cambio climático y el surgimiento de
una arquitectura global, mucho más poderosa, que tenía por objetivo liberar el
capital de cualquier tipo de restricción— la que hizo descarrilar el impulso
que tan acertadamente identi ca Rich. Porque, como él mismo señala repetidas
veces, afrontar el reto del cambio climático habría requerido la imposición de
regulaciones estrictas a los contaminadores, al tiempo que se invertía en la
esfera pública para transformar la forma en que hacemos avanzar nuestras vidas,
vivimos en las ciudades y nos movemos de un lado a otro.
Todo esto
era posible en las décadas de 1980 y 1990 —como hoy sigue siéndolo—, pero
habría exigido enfrentarse abiertamente al proyecto del neoliberalismo, que en
ese momento estaba librando una auténtica guerra contra la idea misma de la
«esfera pública»
(«No existe
esa cosa llamada sociedad», sentenció atcher). Paralelamente, los acuerdos de
libre comercio que se rmaron en ese período contribuyeron de forma activa a que
muchas
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iniciativas
sensatas en materia climática (como subvencionar y ofrecer un tratamiento
preferente a las industrias verdes locales, y rechazar muchos proyectos
contaminantes como la fracturación hidráulica y los oleoductos) resultaran
ilegales en virtud del derecho del comercio internacional.
Como
escribí en Esto lo cambia todo:
No hemos
dado los pasos necesarios para reducir las emisiones porque esos pasos entran
frontalmente en con icto con el capitalismo desregulado, la ideología reinante
durante todo el período en el que hemos estado luchando por encontrar una
salida a esta crisis. Estamos estancados porque las acciones que nos darían la
mejor oportunidad de evitar una catástrofe, y que bene ciarían a la inmensa
mayoría, resultan extremadamente amenazadoras para una minoría elitista que
tiene un control absoluto sobre nuestra economía, nuestro proceso político y la
mayoría de nuestros principales medios de comunicación.
¿Por qué es
signi cativo que Rich no mencione ese choque y, en cambio, a rme que nuestro
destino ha quedado sellado por la «naturaleza humana»? Es importante porque, si
la fuerza que interrumpió aquel impulso en favor de la acción fuimos «nosotros
mismos», entonces ese título fatalista de «Perder la Tierra» resulta realmente
merecido.[2] Si la incapacidad de sacri carse a corto plazo para apostar por la
salud y la seguridad en el futuro cercano está grabada en nuestro ADN
colectivo, entonces no tenemos ninguna esperanza de cambiar las cosas a tiempo
para evitar un calentamiento realmente catastró co.
Si, por el
contrario, los humanos realmente estuvimos a punto de salvarnos en la década de
1980, pero nos vimos anegados por una ola de fanatismo elitista en favor del
libre mercado al que se opusieron millones de personas en todo el mundo,
entonces hay algo bastante concreto que podemos hacer al respecto. Podemos
enfrentarnos a ese orden económico e intentar reemplazarlo por algo que hunda
sus raíces en la seguridad humana y planetaria; que no tenga como centro la
búsqueda del crecimiento y el bene cio a toda costa.
La buena
noticia —en efecto, la hay— es que actualmente, a diferencia de 1989, en
Estados Unidos está abriéndose paso un
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joven y
creciente movimiento de socialdemócratas verdes que tienen exactamente esa
visión. Y eso representa algo más que una mera alternativa electoral: es
nuestro único salvavidas planetario.
Sin
embargo, hemos de tener claro que el salvavidas que necesitamos no es algo que
se haya probado antes, al menos no a la escala requerida ni mucho menos. Cuando
el Times tuiteó su anuncio de promoción del artículo de Rich sobre «la
incapacidad de la humanidad para abordar la catástrofe del cambio climático»,
la excelente sección de justicia ecológica de los Socialistas Democráticos de
América se apresuró a ofrecer esta corrección: «*CAPITALISMO* Si se propusieran
en serio investigar qué fue lo que salió tan mal, se hablaría de “la
incapacidad del capitalismo para abordar la catástrofe del cambio climático”.
Fuera del capitalismo, la *HUMANIDAD* es plenamente capaz de organizar
sociedades que prosperen dentro de los límites ecológicos».
Su visión
es buena, aunque incompleta. No tiene nada de intrínseco para los humanos vivir
bajo el capitalismo; los humanos somos capaces de organizarnos en todo tipo de
órdenes sociales distintos, incluidas sociedades con horizontes mucho más
lejanos en el tiempo y mucho más respetuosos con los sistemas naturales que
sustentan la vida. De hecho, hemos vivido así durante la gran mayoría de
nuestra historia, y muchas culturas indígenas mantienen vivas todavía hoy
cosmologías centradas en la Tierra. El capitalismo es solo un pequeño accidente
en la historia colectiva de nuestra especie.
Pero no
basta con culpar al capitalismo. Es absolutamente cierto que el impulso en
favor de un crecimiento y un bene cio ilimitados se opone al imperativo de una
rápida transición que nos aleje de los combustibles fósiles. Es absolutamente
cierto que el despliegue global de esa forma desatada de capitalismo conocida
como neoliberalismo en las décadas de 1980 y 1990 ha sido el factor que más ha
contribuido al desastroso aumento de las emisiones a escala global en las
últimas décadas, y ha representado el principal obstáculo para abordar una
acción climática de base cientí ca
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desde que
los Gobiernos empezaron a reunirse para hablar (y hablar y hablar) sobre la
reducción de emisiones. Y, de hecho, todavía sigue siendo el mayor obstáculo,
incluso en países que se publicitan como líderes en la lucha contra el cambio
climático.
Pero
debemos admitir con absoluta honestidad que el socialismo industrial
autocrático también ha sido un auténtico desastre para el medio ambiente, como
demuestra —de la forma más dramática— el hecho de que las emisiones de carbono
se desplomaran brevemente cuando las economías de la antigua Unión Soviética se
desmoronaron a comienzos de la década de 1990. Y el petropopulismo de Venezuela
constituye un recordatorio de que no hay nada intrínsecamente verde en el
autoproclamado socialismo.
Reconozcamos
este hecho, al tiempo que señalamos que los países con una fuerte tradición de
socialismo democrático (como Dinamarca, Suecia y Uruguay) cuentan con algunas
de las políticas medioambientales más visionarias del mundo. De ello podemos
concluir que el socialismo en sí no es necesariamente ecológico, pero que una
nueva forma de ecosocialismo democrático, con la su ciente humildad para
aprender de las enseñanzas indígenas sobre los deberes para con las
generaciones futuras y la interconexión de toda forma de vida, parece ser la
mejor baza de la humanidad de cara a la supervivencia colectiva.
Tal es la
apuesta de la oleada de políticos surgidos de movimientos y candidatos de
partidos que actualmente propugnan una visión ecosocialista democrática,
uniendo los puntos que conectan la depredación económica causada por décadas de
supremacía neoliberal y la devastada situación de nuestro mundo natural.
Juntos, abogan por un Green New Deal que satisfaga las necesidades materiales
básicas de todos y ofrezca soluciones reales a las desigualdades raciales y de
género, todo ello al tiempo que cataliza una rápida transición a energías cien
por cien renovables. Muchos también se han comprometido a no
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aceptar
dinero de las empresas de combustibles fósiles, y prometen, en cambio,
llevarlas ante los tribunales.
Esta nueva
generación de líderes políticos rechaza el centrismo neoliberal del
establishment del Partido Demócrata —con sus tibias «soluciones mercantilistas»
a la crisis ecológica— y la guerra total contra la naturaleza de Donald Trump,
al tiempo que presenta una alternativa concreta a los socialistas
extractivistas tanto del pasado como del presente. Y lo que quizá resulta aún
más importante: esta nueva generación de líderes no está interesada en hacer de
la «humanidad» el chivo expiatorio de la codicia y la corrupción de una pequeña
élite. Pretende, en cambio, ayudar a la humanidad, en especial a sus miembros
sistemáticamente más desoídos e ignorados, a encontrar su propia voz y su
propio poder colectivos a n de enfrentarse a esa élite.
Nosotros no
estamos perdiendo la Tierra, pero la Tierra se está calentando tan deprisa que
lleva camino de perdernos a muchos de nosotros. Por suerte, justo en el último
momento, se presenta una nueva vía política que abre un camino hacia la
seguridad. No es hora de lamentar las décadas perdidas: es hora de lanzarse de
cabeza por esa vía.
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LA
CATÁSTROFE DE PUERTO RICO
NO TIENE
NADA DE NATURAL
Cuando
sistemáticamente estrangulas y descuidas el propio esqueleto de una sociedad,
haciéndola disfuncional ya cuando las cosas van bien, esa sociedad no tiene
absolutamente ninguna capacidad de capear una verdadera crisis.
SEPTIEMBRE
DE 2018,
UN AÑO
DESPUÉS DEL HURACÁN MARÍA
DURANTE UN
PAR DE DÉCADAS he estado investigando las diversas formas en que quienes ya son
ricos y poderosos explotan sistemáticamente el dolor y el trauma de las
conmociones colectivas (como las supertormentas o las crisis económicas) con el
n de construir una sociedad aún más desigual y antidemocrática.
Mucho antes
de la llegada del huracán María, Puerto Rico era un ejemplo de manual. Antes de
que llegaran esos vientos devastadores, la deuda del país (ilegítima y en gran
parte ilegal) era la excusa utilizada para imponer un programa brutal de
sufrimiento económico; lo que el gran autor argentino Rodolfo Walsh,
escribiendo unas cuatro décadas antes, denominó —en una expresión que se haría
célebre— «miseria plani cada».
Este
programa atacaba de forma sistemática el propio pegamento que mantiene
cohesionada a toda sociedad: la educación en todos sus niveles, la atención
médica, los servicios de agua y electricidad, los sistemas de transporte, las
redes de comunicaciones y demás.
El plan
suscitaba un rechazo tan generalizado que no se podía con ar en que ningún
representante electo portorriqueño lo
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llevara a
cabo, por lo que en 2016 el Congreso estadounidense aprobó la Ley de
Supervisión, Administración y Estabilidad Económica de Puerto Rico, conocida
como PROMESA (por sus siglas en inglés). Esta ley era el equivalente a un golpe
de Estado nanciero, que ponía la economía del territorio directamente en manos
de una Junta de Supervisión y Administración Financiera no electa, a la que en
Puerto Rico denominan simplemente «la Junta».
Esta
terminología económico-empresarial resulta de lo más apropiado. Como decía el
antiguo ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, antes se derrocaba a los
Gobiernos con tanques y «ahora se hace con bancos».
Fue en ese
contexto, con todas las instituciones portorriqueñas sacudidas ya por los
ataques de la Junta, en el que irrumpieron con un ruido ensordecedor los
devastadores vientos de María. Fue una tormenta tan potente que habría hecho
tambalearse incluso a la más sólida de las sociedades. Pero Puerto Rico no solo
se tambaleó, sino que se vino abajo.
No solo el
pueblo de Puerto Rico, sino todos los sistemas a los que ya se había llevado de
forma deliberada al límite: energía, salud, agua, comunicación, alimentos,
etcétera. Todos esos sistemas se desmoronaron. Las últimas investigaciones
sitúan el número de vidas perdidas como resultado del huracán María en unas
tres mil, una cifra que el gobernador de Puerto Rico ha aceptado o cialmente.
Pero seamos claros: María no mató a todas esas personas. Fue la combinación de
una austeridad demoledora y un huracán de proporciones extraordinarias la que
se cobró tantas preciadas vidas.
Algunas
vidas se perdieron por culpa del viento y el agua, es cierto; pero la gran
mayoría de las víctimas murieron porque cuando sistemáticamente estrangulas y
descuidas el propio esqueleto de una sociedad, haciéndola disfuncional ya
cuando las cosas van bien, esa sociedad no tiene absolutamente ninguna
capacidad de capear una verdadera crisis. Eso es lo que nos dicen
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las
investigaciones, esos estudios que Donald Trump niega tan a la ligera: la
mayoría de las muertes se debieron a que los equipamientos médicos no
funcionaban porque la red eléctrica estuvo inactiva durante meses, al tiempo
que las redes sanitarias estaban tan menguadas que no podían suministrar
medicamentos para tratar enfermedades perfectamente curables. Murió gente
porque se dejó que bebiera agua contaminada por un legado de racismo
medioambiental. Murió gente porque se la abandonó a su suerte y sin esperanza
durante tanto tiempo que al nal el suicidio parecía la única opción.
Esas
muertes no fueron el resultado de una «catástrofe natural» sin precedentes ni
tampoco de «la voluntad de Dios», como escuchamos tan a menudo.
Honrar a
los muertos empieza por decir la verdad. Y la verdad es que esta catástrofe no
tiene nada de natural. Y si uno cree en Dios, es mejor dejarlo también al
margen.
No fue Dios
quien despidió a miles de trabajadores cuali cados de las empresas eléctricas
en los años previos a la tormenta, o el que fue incapaz de mantener
adecuadamente la red eléctrica con reparaciones básicas. No fue Dios quien
adjudicó contratos de importancia vital en materia de ayuda humanitaria y
reconstrucción a empresas políticamente conectadas, algunas de las cuales ni
siquiera tenían la intención de hacer su trabajo. No fue Dios quien decidió que
Puerto Rico —un archipiélago bendecido con algunos de los suelos más fértiles
del mundo— debía importar el 85 % de sus alimentos. No fue Dios quien decidió
que Puerto Rico —un conjunto de islas bañadas por el sol, azotadas por el
viento y rodeadas de olas, todo lo cual podía proporcionarle de sobra energía
renovable barata y limpia— debía obtener el 98 % de su energía de combustibles
fósiles importados.
Esas
decisiones las tomaron personas que trabajaban en favor de intereses poderosos.
Porque
durante quinientos años seguidos el papel de Puerto Rico y los portorriqueños
en la economía mundial ha consistido
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en
enriquecer a otras gentes, ya sea con la extracción de mano de obra barata o
recursos baratos, o bien actuando como mercado cautivo de alimentos y
combustibles importados.
Una
economía colonial es, por de nición, una economía dependiente; una economía
centralizada, desequilibrada y distorsionada. Y, como hemos visto, también una
economía extremadamente vulnerable.
Y ni
siquiera es correcto cali car a la propia tormenta de «catástrofe natural».
Ninguna de estas tormentas de proporciones inéditas es ya un fenómeno natural:
Irma y María, Katrina y Sandy, Haiyan y Harvey, ahora Florence y el supertifón
Mangkhut… La razón de que veamos que estos fenómenos baten cifras récord una y
otra vez es que los océanos están más calientes y las mareas son más altas. Y
tampoco eso es culpa de Dios.
Es un
cóctel letal: no solo una tormenta, sino una tormenta sobrealimentada por el
cambio climático que se lanza de cabeza contra una sociedad deliberadamente
debilitada por una década de implacable austeridad superpuesta a varios siglos
de extracción colonial, con esfuerzos de ayuda humanitaria que ni siquiera
intentaban ocultar el hecho de que en nuestro sistema global la vida de los
pobres sufre una fuerte depreciación.
María sopló
con tal fuerza que arrancó los elegantes disfraces de esos brutales sistemas
igual que despojaba de hojas a los árboles, dejándolos desnudos a la vista de
todos. El huracán y los constantes fracasos de la FEMA (la Agencia Federal
estadounidense para la Gestión de Emergencias) llevaron al límite a Puerto
Rico. Pero debemos afrontar la cuestión de por qué ya de entrada este
territorio se hallaba de forma tan precaria al borde del precipicio.
También
hemos de dejar de cali car esos fracasos de mera incompetencia. Porque, si se
tratara de incompetencia, se habría hecho algún esfuerzo para arreglar los
sistemas subyacentes que originaron tales fracasos; para reconstruir la esfera
pública, diseñar un sistema alimentario y energético más seguro, y detener
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una
contaminación por carbono que garantiza que en las próximas décadas habrá
tormentas aún más devastadoras.
En cambio,
hemos presenciado justamente lo contrario. Tan solo hemos visto cómo el
capitalismo del desastre utilizaba la experiencia traumática de la tormenta
para propiciar recortes masivos en educación, el cierre de centenares de
escuelas, ola tras ola de ejecuciones hipotecarias y la privatización de
algunos de los activos más valiosos de Puerto Rico. Y exactamente igual que
Trump niega la realidad de miles de muertes de portorriqueños, también niega la
realidad del cambio climático, que es justo lo que su Administración debe hacer
para impulsar docenas de políticas tóxicas que empeoran aún más la crisis.
Tal es la
respuesta o cial a esta catástrofe moderna: haz todo lo posible para asegurarte
de que suceda una y otra vez. Haz todo lo posible para conseguir un futuro en
el que las catástrofes climáticas lleguen tan deprisa y sean tan devastadoras
que incluso el mero hecho de reunirse para llorar a los muertos en aniversarios
teñidos de dolor podría llegar a parecer un lujo inalcanzable para nuestros
hijos. Cuando quieran darse cuenta, se hallarán ya en medio de la próxima
emergencia, como les ocurre ahora mismo a los habitantes de Carolina del Norte
y Carolina del Sur, India del Sur y Filipinas, exactamente un año después de
que María tocara tierra.
Esa es la
razón de que docenas de organizaciones portorriqueñas, agrupadas en el
colectivo Junte Gente, se hayan alzado para exigir un futuro distinto. No solo
un poquito mejor, sino radicalmente mejor. Su mensaje es claro: que la tormenta
debe ser una llamada de atención, un catalizador histórico que favorezca una
recuperación justa y una transición justa hacia la próxima economía. Aquí y
ahora.
Esto
empieza por auditar y, en última instancia, eliminar la deuda ilegal de la
isla, además de destituir a la Junta, cuya propia existencia constituye una
afrenta a los principios más básicos del autogobierno. Solo entonces habrá
espacio político para rediseñar
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los
sistemas de alimentación, energía, vivienda y transporte que han fallado a
tanta gente, y reemplazarlos por instituciones que sirvan de verdad al pueblo
portorriqueño.
Este
movimiento en pro de una recuperación justa se basa en la brillante capacidad
autóctona y en el conocimiento local que se ha preservado a n de sacar el
máximo partido de la riqueza del suelo para poder alimentar a la gente y del
sol y el viento para proporcionar energía al archipiélago.
Hoy me
vienen a la mente las palabras de Dalma Cartagena, una de las grandes líderes
del movimiento agroecológico de Puerto Rico, que ha sido la punta de lanza de
los llamamientos para que la isla deje de depender de la importación de
alimentos y para incrementar la resiliencia del país reviviendo las prácticas
agrícolas tradicionales. «El huracán María nos ha golpeado duramente —declaró—,
pero ha fortalecido nuestras convicciones. Nos ha dado a conocer el camino
correcto.»
La era de
la miseria plani cada y la dependencia deliberadamente diseñada está tocando a
su n. Es hora de plani car la alegría y diseñar la liberación, para que, cuando
llegue la próxima tormenta —que sin duda lo hará—, los vientos rujan y los
árboles se inclinen, pero Puerto Rico muestre al mundo que no se lo puede
doblegar.
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SERÁN LOS
MOVIMIENTOS LOS QUE CONFIGUREN, O DESTRUYAN, EL GREEN NEW DEAL
Nos han
enseñado a ver nuestros problemas como si estuvieran aislados en silos, pero
nunca ha ido así.
FEBRERO DE
2019
«¡NO ME
GUSTAN NI UN PELO esas políticas suyas de prescindir del coche, prescindir de
los vuelos en avión, de “vamos en tren a California” o “ya no se puede tener
vacas”!»
Así bramaba
el presidente Donald Trump en El Paso, Texas, en su primera salva de campaña
contra la resolución relativa al Green New Deal de la diputada Alexandria
Ocasio-Cortez y el senador Ed Markey.
Vale la
pena señalar ese momento, porque esas podrían ser las últimas y lapidarias
palabras de un presidente de un solo mandato que subestimó enormemente el ansia
de la opinión pública por una acción transformadora en la triple crisis de
nuestro tiempo: el inminente desmoronamiento ecológico, la enorme desigualdad
económica (incluidas las brechas de riqueza racial y de género) y el auge de la
supremacía blanca. Pero también podrían ser el epita o de un clima habitable en
el caso de que las mentiras y la estrategia del miedo de Trump lograran
pisotear ese marco que tan desesperadamente se necesita, lo cual podría o bien
ayudarle a ganar la reelección o bien hacer que termináramos con algún tímido
demócrata en la Casa Blanca sin el coraje ni el mandato democrático para llevar
a cabo un cambio profundo. Cualquiera
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de los dos
escenarios implicaría perder los pocos años que nos quedan para realizar las
transformaciones necesarias para mantener las temperaturas por debajo de
niveles catastró cos.
En octubre
de 2018, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático
publicó su histórico informe en el que nos explicaba que las emisiones globales
debían reducirse a la mitad en menos de doce años, un objetivo que simplemente
no puede cumplirse sin que la principal economía del mundo desempeñe un
liderazgo que cambie las reglas de juego. Si en enero de 2021 hay una nueva
Administración dispuesta a asumir ese papel, cumplir con esos objetivos seguirá
resultando extraordinariamente di cil, pero al menos será técnicamente posible,
sobre todo si mientras tanto las grandes ciudades y estados como Nueva York y
California siguen potenciando sus ambiciosos planes en ese sentido, junto con
la Unión Europea, que se halla en pleno debate en torno a su propio Green New
Deal. Ahora bien, perder otros cuatro años con un republicano o un demócrata
corporativo y no ponernos manos a la obra hasta 2026, sería, en dos palabras,
un chiste.
De modo
que, o bien Trump acierta en su estrategia y la cuestión del Green New Deal
lleva políticamente las de perder, de tal modo que puede desprestigiarla hasta
borrarla del mapa, o se equivoca, y en ese caso un candidato que haga del Green
New Deal el centro de su plataforma ganará las primarias demócratas y luego
derrotará al actual presidente en las generales, con un claro mandato
democrático de destinar niveles de inversión propios de los tiempos de guerra a
combatir nuestra triple crisis desde el primer día. Es muy probable que eso
inspirara al resto del mundo a seguir nalmente el ejemplo de una política
climática enérgica, lo que nos daría una oportunidad a todos.
Lo bueno es
que en el momento de redactar estas líneas algunos de los candidatos que
compiten por el liderazgo del Partido Demócrata —en especial Bernie Sanders y
Elizabeth Warren— no solo han dado su apoyo al Green New Deal, sino que,
además,
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tienen un
probado historial de plantar cara a las dos industrias más poderosas que
intentan bloquearlo: las empresas de combustibles fósiles y los bancos que las
nancian. Estos líderes — y los movimientos que los han impulsado— son
conscientes de un factor clave de la transición que necesitamos: no todo el
mundo saldrá ganando. Para que esto suceda, las empresas de combustibles
fósiles, que han obtenido escandalosos bene cios durante muchas décadas,
tendrán que empezar a perder, y a perder algo más que las exenciones scales y
las subvenciones a las que están tan acostumbradas. También tendrán que perder
los nuevos contratos de perforación y minería que anhelan; habrá que negarles
los permisos para construir los oleoductos, gasoductos y terminales de exportación
que tanto desean. Tendrán que dejar en el suelo billones de dólares en reservas
de combustibles fósiles ya detectadas. Es posible que incluso tengan que
destinar los bene cios que les queden a pagar el desastre que han causado a
sabiendas, como varias demandas judiciales están intentando establecer.
En
paralelo, si decidimos poner en marcha políticas inteligentes para fomentar la
proliferación de paneles solares en los tejados, las grandes compañías
eléctricas perderán una parte signi cativa de sus ganancias, ya que sus
antiguos clientes pasarán a entrar en el negocio de la generación de energía.
Esto crearía, sin lugar a dudas, enormes oportunidades para desarrollar una
economía más equilibrada y, en última instancia, reducir la factura de los
servicios públicos; pero una vez más habrá poderosos grupos de interés que
tendrán que perder: las enormes compañías de servicios públicos alimentadas con
carbón, que no tienen el menor interés en ver cómo sus antiguos clientes, hasta
entonces cautivos, se convierten en competidores y pasan a vender energía a la
red.
Los
políticos que estén dispuestos a in igir tales pérdidas a las empresas de
combustibles fósiles y sus aliados no pueden limitarse a no ser activamente
corruptos, sino que deben estar dispuestos a
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librar el
combate del siglo y han de tener absolutamente claro qué bando debe ganar. Pero
aun entonces hay un elemento más que no debemos olvidar: cualquier
Administración que intente implementar un Green New Deal necesitará contar con
potentes movimientos sociales que la respalden y la empujen a ir más allá.
De hecho,
en los próximos años, el factor decisivo a la hora de determinar si la
movilización en favor de un Green New Deal nos aleja o no del precipicio
climático serán las acciones emprendidas por los movimientos sociales. Porque
por importante que sea elegir a políticos que estén dispuestos a emprender esa
lucha, las cuestiones decisivas no van a resolverse únicamente en la liza
electoral, ya que, en esencia, tienen que ver con la construcción de poder
político: el su ciente poder como para transformar el cálculo de lo que es
posible.
Esa es la
lección general que cabe extraer de los pocos y aislados capítulos de la
historia en los que los Gobiernos de los países ricos han acordado introducir
grandes cambios en los componentes básicos de sus economías. No debemos olvidar
que el presidente Franklin D. Roosevelt lanzó el New Deal en medio de una
oleada histórica de con ictividad laboral, con acontecimientos como la rebelión
del sindicato de camioneros y la huelga general de Mineápolis en 1934, el
cierre durante ochenta y tres días de los puertos de la Costa Oeste por parte
de los trabajadores portuarios ese mismo año, o las sentadas de los
trabajadores de automoción de Flint, Míchigan, en 1936 y 1937.
Durante ese
mismo período, diversos movimientos de masas, en respuesta al sufrimiento
causado por la Gran Depresión, exigieron medidas sociales radicales, como la
Seguridad Social y el seguro de paro, al tiempo que los socialistas proclamaban
que las fábricas abandonadas debían entregarse a sus trabajadores y convertirse
en cooperativas. En 1934, Upton Sinclair, el periodista especializado en
escándalos y autor de La jungla, se presentó a gobernador de California con una
plataforma que argumentaba que la clave para erradicar la pobreza era la
nanciación estatal
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completa de
las cooperativas de trabajadores. Obtuvo casi novecientos mil votos, pero, tras
haber sido brutalmente atacado por la derecha y debilitado por el establishment
demócrata, no logró recabar su ciente apoyo para ocupar el puesto de
gobernador. Un creciente número de estadounidenses también prestaban especial
atención a Huey Long, un senador populista de Luisiana que creía que todos los
estadounidenses debían recibir una renta anual garantizada de 2.500 dólares. Al
explicar por qué había añadido nuevas prestaciones asistenciales al New Deal en
1935, Roosevelt dijo que quería «eclipsar a Long».
Todo esto
nos recuerda que Roosevelt adoptó el New Deal en un momento de una militancia
progresista e izquierdista tan intensa que sus programas (que resultan
radicales incluso para los actuales estándares) parecían ser la única forma de
frenar una revolución a gran escala.
Una
dinámica similar fue la que estaba en juego en 1948, cuando Estados Unidos
decidió nanciar el Plan Marshall. Con la infraestructura europea hecha añicos y
sus economías en crisis, al Gobierno estadounidense le preocupaba la
posibilidad de que gran parte de Europa occidental considerara que las promesas
igualitarias del socialismo representaban su mejor esperanza y cayera bajo la
in uencia de la Unión Soviética. De hecho, después de la guerra fueron tantos
los alemanes que se sintieron atraídos por el socialismo que las potencias
aliadas decidieron dividir Alemania en dos en lugar de arriesgarse a perderla
entera en manos de los soviéticos.
Fue en ese
contexto en el que el Gobierno estadounidense decidió que no reconstruiría
Alemania Occidental a base de un capitalismo salvaje (como intentaría hacer
cinco décadas después, cuando se desintegró la Unión Soviética, con resultados
desastrosos). Lejos de ello, Alemania se reconstruiría siguiendo un heterogéneo
modelo socialdemócrata, con apoyos a la industria local, unos sindicatos
fuertes y un robusto Estado del bienestar. Como en el caso del New Deal, la
idea era construir una economía
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de mercado
con los su cientes elementos socialistas como para despojar de su atractivo a
cualquier posible enfoque de cariz más revolucionario. Carolyn Eisenberg,
autora de una elogiada historia del Plan Marshall, subraya que este
planteamiento no fue fruto del altruismo: «La Unión Soviética era como una
pistola cargada. La economía estaba en crisis, existía una izquierda alemana
signi cativa, y ellos [Occidente] tenían que ganarse pronto la lealtad del
pueblo alemán».
Esta
presión de la izquierda, en forma de movimientos militantes y partidos
políticos, fue la que proporcionó los elementos más progresistas tanto del New
Deal como del Plan Marshall. Es importante recordarlo, puesto que los planes
que actualmente ofrecen los partidos políticos en Norteamérica y Europa en el
marco del Green New Deal todavía adolecen de importantes debilidades, y habrán
de reforzarse y ampliarse, tal como hizo el New Deal original con el tiempo.
La
resolución de Ocasio-Cortez y Markey marca un contexto un tanto impreciso, y
por más que se haya criticado en la prensa por incluir demasiadas cosas, la
realidad es que todavía deja muchas fuera. Por ejemplo, cualquier posible Green
New Deal tiene que ser más explícito con respecto a la necesidad de mantener el
carbono en el suelo, el papel central del ejército estadounidense en el aumento
de las emisiones, el hecho de que el carbón y la energía nuclear nunca serán
«limpios», y la deuda que los países ricos como Estados Unidos y las grandes
corporaciones como Shell y Exxon tienen con las naciones más pobres que deben
afrontar las repercusiones de una crisis en cuya creación apenas han
intervenido.
Y lo que
resulta aún más fundamental: cualquier posible Green New Deal que pretenda
tener un mínimo de credibilidad necesita un plan concreto que garantice que los
salarios de todos los empleos verdes de calidad que creará no se traduzcan de
inmediato en estilos de vida de alto consumo que, de forma inadvertida,
terminen incrementando las emisiones: un escenario
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en el que
todo el mundo tiene un buen empleo y un montón de renta disponible, y todo se
gasta en basura desechable importada de China y destinada al vertedero.
Ese es el
problema del que podríamos denominar «keynesianismo climático» emergente: el
auge económico posterior a la Segunda Guerra Mundial reavivó unas economías
debilitadas, pero también marcó el comienzo de la expansión descontrolada de
las periferias urbanas y desencadenó una oleada de consumo que acabaría
exportándose a todos los rincones del globo. Lo cierto es que los responsables
políticos todavía están dando vueltas a la cuestión de si hablamos simplemente
de improvisar unos cuantos paneles solares en los tejados de las cadenas como
Walmart y darles el distintivo de «verdes», o si de verdad estamos listos para
abordar una re exión más profunda sobre los límites de un estilo de vida que
considera las compras como la principal forma de con gurar una identidad, una
comunidad y una cultura.
Esa
conversación se halla íntimamente relacionada con los tipos de inversión que
prioricemos en nuestro Green New Deal. Lo que necesitamos son transiciones que
reconozcan los límites de la extracción y que al mismo tiempo creen nuevas
oportunidades para que la gente mejore su calidad de vida y obtenga placer
fuera del ciclo del consumo interminable, ya sea a través del arte y la
recreación urbana nanciados con fondos públicos o del acceso a la naturaleza a
través de nuevos mecanismos de protección de los parajes naturales. Eso implica
asegurarse necesariamente de que las semanas laborales sean más cortas para
brindar a la gente el tiempo necesario para poder disfrutar de esas cosas, en
lugar de verse atrapada en la rutina del exceso de trabajo que requiere
soluciones fáciles como la comida rápida o las distracciones embrutecedoras.
Ya sabemos
que estos son los tipos de cambios de estilo de vida y las actividades de ocio
que incrementan de manera tangible la felicidad y la realización personal; sin
embargo, especialmente en
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Estados
Unidos, los debates en torno a la acción climática siguen atrapados en un
paradigma que equipara la calidad de vida con la prosperidad personal y la
acumulación de riqueza. Si pretendemos romper los obstáculos políticos que
impiden avanzar hacia un Green New Deal, también hay que romper esa ecuación.
Como señala
George Monbiot, del e Guardian , los recursos de nuestro planeta bastan para
proporcionarnos «su ciencia privada y lujo público» en forma de «maravillosos
parques y zonas de juegos infantiles, centros deportivos y piscinas públicos,
galerías de arte, huertos urbanos y redes de transporte público». Pero la
Tierra no puede sostener el sueño imposible del lujo privado para todos. Eso es
lo que propugna la economista Kate Raworth en su libro Economía rosquilla:
«satisfacer las necesidades de todos dentro de los medios del planeta» en el
marco de economías que «nos hagan prosperar, independientemente de que crezcan
o no».
En ese
sentido, tenemos mucho que aprender de los movimientos liderados por los
indígenas de Bolivia y Ecuador, que en sus llamamientos en favor de la
transformación ecológica han asignado un papel esencial al concepto de «buen
vivir», que se centra en el derecho a tener una buena vida, en lugar de una
vida cada vez más y más larga en un contexto de consumo y obsolescencia
programada siempre crecientes.
Podemos
contar con que los detractores del Green New Deal seguirán agitando el fantasma
de que lo que se propone es en realidad un futuro austero marcado por las
constantes privaciones y controles gubernamentales. La respuesta no puede
consistir en negar que habrá cambios en la forma en la que ha llegado a vivir
el 10-20 % más rico de la humanidad. Los habrá; habrá áreas en las que
aquellos de nosotros que se sitúen en esa categoría deberán asumir
restricciones —como los viajes en avión, el consumo de carne o el gasto
excesivo de energía—, pero también habrá nuevos placeres y nuevos espacios
donde podamos generar abundancia.
Mientras
abordamos estos di ciles debates, también debemos recordar que la salud de
nuestro planeta es el factor decisivo más
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importante
en la calidad de vida de todos nosotros. Y después de haber presenciado
destrucción más que de sobra a consecuencia de huracanes y supertormentas,
desde el Katrina hasta el Sandy y el María, y de haber inhalado demasiado aire
plagado de las partículas en suspensión de demasiados bosques en combustión
espontánea, puedo a rmar con toda certeza que un futuro alterado por el clima
es un futuro sombrío y austero, capaz de convertir todas nuestras posesiones
materiales en escombros o cenizas a una velocidad aterradora. Podemos ngir que
prolongar el actual statu quo en el futuro, sin cambio alguno, es una de las
opciones de las que disponemos, pero eso es una fantasía. El cambio se acerca
de una forma u otra. Nuestra única opción es si tratamos de modelar ese cambio
a n de obtener el máximo bene cio para todos, o nos limitamos a aguardar
pasivamente mientras las fuerzas del desastre climático, la escasez y el miedo
al «otro» nos remodelan a nosotros.
Es por eso
por lo que debe haber estrictos mecanismos de control y equilibrio —que
incluyan auditorías regulares de los niveles de carbono— integrados en el Green
New Deal de cada país
a n de
garantizar que realmente alcanzamos los rigurosos objetivos de reducción de
emisiones establecidos por la ciencia. Si nos limitamos a suponer que empezando
a utilizar energías renovables y construyendo viviendas e cientes desde el
punto de vista energético el cambio se producirá por sí solo, podríamos
terminar en la situación tremendamente irónica de iniciar un pico de emisiones
en el contexto de un Green New Deal.
En suma: el
Green New Deal será necesariamente un trabajo en constante evolución, cuya
robustez dependerá de la medida en que los movimientos sociales, los
sindicatos, los cientí cos y las comunidades locales que presionan en su favor
sean capaces de materializar su promesa. En este momento la sociedad civil no
es ni de lejos tan fuerte ni está tan organizada como en la década de 1930,
cuando se obtuvieron las enormes concesiones de la era del New Deal; pero,
ciertamente, hay algunos signos de fortaleza, que
Página 296
van desde
los movimientos contra los encarcelamientos y las deportaciones en masa hasta
el #MeToo, pasando por la oleada de huelgas de docentes, los bloqueos de
oleoductos liderados por indígenas, la desinversión en combustibles fósiles,
las marchas de mujeres, las huelgas escolares en favor del clima, el movimiento
Sunrise, el impulso de Medicare for All en Estados Unidos, y muchos otros.
Aun así,
queda un largo camino por recorrer para construir el tipo de poder externo
requerido para lograr y proteger un Green New Deal auténticamente
transformador; de ahí que resulte tan crucial que utilicemos el marco existente
como una poderosa herramienta para construir ese poder: una visión que nos
permita no solo aunar movimientos entre los que actualmente no existe
interrelación, sino también ampliar de forma drástica todas sus bases.
Un aspecto
central de este proyecto es convertir lo que se cali ca despectivamente como la
«lista de la lavandería» o la «lista de deseos» de la izquierda en un
irresistible relato del futuro, uniendo los puntos que conectan los numerosos
aspectos de la vida cotidiana que deben transformarse, desde la atención
sanitaria hasta el empleo, desde las guarderías hasta las cárceles, desde el
aire limpio hasta el tiempo libre.
En este
momento, el Green New Deal se caracteriza por ser una especie de caja de
sorpresas no relacionadas entre sí debido a que a la mayoría de nosotros se nos
ha enseñado a eludir un análisis sistémico e histórico del capitalismo, y a
dividir, en cambio, prácticamente todas las crisis que genera nuestro sistema
(desigualdad económica, violencia contra las mujeres, supremacía blanca,
guerras interminables y desmoronamiento ecológico) en compartimentos estancos.
Desde el interior de esa rígida mentalidad es fácil desechar una visión amplia
y transversal como la del Green New Deal, y considerarla una mera «lista de la
lavandería» verde de todo lo que la izquierda ha querido siempre.
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Por eso,
una de las tareas más urgentes que tenemos por delante es la de utilizar todas
las herramientas posibles para explicar que nuestras crisis superpuestas están
de hecho inextricablemente unidas, y solo pueden superarse con una visión
holística de la transformación social y económica. Podemos señalar, por
ejemplo, que independientemente de cuán rápido avancemos para reducir las
emisiones, las temperaturas serán cada vez más altas y las tormentas, cada vez
más devastadoras. Cuando esas tormentas se topan con unos sistemas de atención
sanitaria estrangulados por décadas de austeridad, miles de personas pagan el
precio con su vida, tal como ocurrió trágicamente en Puerto Rico tras el
huracán María. De ahí que incorporar la atención sanitaria universal al Green
New Deal no sea un mero añadido oportunista, sino una parte esencial de cómo
mantendremos nuestra humanidad en el tormentoso futuro que se avecina.
Se pueden
establecer muchas más conexiones. Quienes se quejan de que la política
climática está sobrecargada de exigencias supuestamente no relacionadas con
ella, como, por ejemplo, las relativas a la atención infantil o la gratuidad de
la enseñanza superior, harían bien en recordar que las profesiones
asistenciales (la mayoría de ellas dominadas por mujeres) tienen unos niveles
de emisiones de carbono relativamente bajos, que pueden reducirse aún más con
una plani cación inteligente. En otras palabras, merecen considerarse «empleos
verdes», y gozar de los mismos mecanismos de protección, las mismas inversiones
y los mismos salarios dignos que los puestos de trabajo predominantemente
masculinos de los sectores de las energías renovables, la e ciencia energética
y el transporte público. En paralelo, para reducir el predominio masculino de
dichos sectores son imprescindibles los permisos de paternidad y la igualdad
salarial, por lo que ambos están incluidos en la resolución sobre el Green New
Deal. Nos han enseñado a ver nuestros problemas como si estuvieran aislados en
silos; pero nunca ha sido así.
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Establecer
estas conexiones de formas que capten la atención de la opinión pública
requerirá un ejercicio masivo de democracia participativa. Un primer paso en
ese sentido sería que los trabajadores de todos los sectores (hospitales,
escuelas, universidades, tecnología, fabricación, medios de comunicación y
demás) elaborasen sus propios planes con respecto al modo de llevar a cabo una
rápida descarbonización, al tiempo que se promueve la misión del Green New Deal
de erradicar la pobreza, crear empleos de calidad y salvar las actuales brechas
de riqueza racial y de género. La resolución del Green New Deal aboga
explícitamente en favor de este tipo de liderazgo democrático y
descentralizado, y hacerlo realidad contribuirá en gran medida a crear la
amplia base de apoyo que necesitará este marco para hacer frente a las
poderosas fuerzas elitistas que ya se están alineando contra él.
Y se pueden
establecer muchos otros vínculos. Un empleo garantizado, lejos de ser una mera
coletilla socialista sin relación alguna con la lucha por el cambio climático,
constituye un elemento esencial de cara a lograr una transición rápida y justa,
porque reduciría de inmediato la intensa presión que sufren los trabajadores
para aceptar trabajos que desestabilizan nuestro planeta, puesto que todos
ellos gozarían de la libertad de tomarse el tiempo necesario para reciclarse y
buscar trabajo en uno de los numerosos sectores que experimentarán una drástica
expansión.
Todas estas
disposiciones básicas (en materia de seguridad laboral, atención sanitaria,
atención infantil, educación y vivienda) pretenden fundamentalmente crear un
contexto en el que se aborde de raíz la galopante inseguridad económica de
nuestra época. Y eso lo tiene todo que ver con nuestra capacidad para hacer
frente a la alteración climática, porque, cuanto más segura se sienta la gente
—sabiendo que a su familia no le faltan alimentos, medicinas ni un techo bajo
el que guarecerse—, menos vulnerable será ante las fuerzas de la demagogia
racista que tratarán de explotar los temores que invariablemente acompañan
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a los
tiempos de grandes cambios. Dicho de otro modo: así es como vamos a abordar la
crisis de empatía en un mundo que se calienta.
Mencionaré
una última conexión que tiene que ver con el concepto de «reparación»; un
concepto que exige crear empleos bien remunerados, «restaurar y proteger los
ecosistemas amenazados, frágiles y en peligro», y «limpiar los residuos
peligrosos existentes y las zonas de explotación abandonadas, a la vez que se
garantiza su desarrollo económico y sostenibilidad».
En Estados
Unidos hay muchas zonas de este tipo, paisajes enteros que se han abandonado a
su suerte cuando han dejado de ser útiles para la fracturación hidráulica, la
minería o la perforación. Este modo de tratar los espacios es muy parecido al
modo como esta cultura trata a la gente. Y, sin duda, así es como se nos ha
enseñado a tratar nuestras cosas: úsalas una vez, o hasta que se rompan, luego
tíralas y ve a comprarte otras. También es similar a lo que se les ha hecho a
tantos trabajadores en el período neoliberal: agotarlos, y luego abandonarlos a
la adicción y a la desesperación. De eso va también toda la maquinaria del
estado carcelario: encerrar a grandes sectores de la población que resultan
económicamente más valiosos como mano de obra penitenciaria y como cifras en la
contabilidad de una prisión privada que como trabajadores libres.
Hay aquí un
relato esencial que contar en torno al deber de reparación: reparación de
nuestra relación con la tierra y reparación de nuestras relaciones mutuas.
Porque si bien es cierto que el cambio climático es una crisis producida por un
exceso de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también es, en un
sentido más profundo, una crisis causada por una mentalidad extractiva, por una
forma de concebir no solo el mundo natural, sino también la mayoría de sus
habitantes, como meros recursos de usar y tirar. Yo denomino a esto gig and dig
economy (o «economía de bolos y excavaciones»), y creo rmemente que no
saldremos de esta crisis sin un cambio de cosmovisión en todos los ámbitos. Es
necesaria una transformación hacia una nueva escala
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de valores
basada en el cuidado y la reparación: reparando la tierra, reparando nuestras
cosas, reparando sin miedo nuestras relaciones tanto en el interior de los
países como entre unos países y otros.
No hay que
olvidar nunca que la era de los combustibles fósiles tuvo su origen en una
violenta cleptocracia, con dos expolios fundacionales —el robo de personas y el
robo de tierras— que iniciaron una nueva era de expansión aparentemente
ilimitada. El camino hacia la renovación pasa por encarar y reparar: encarar
nuestro pasado y reparar las relaciones con quienes pagaron el precio más alto
de la primera revolución industrial.
La
incapacidad de afrontar verdades di ciles hace tiempo que se traduce en la
negación de cualquier noción de un «nosotros» colectivo; pero solo cuando las
encaremos sin miedo nuestras sociedades serán libres de buscar un propósito
común. De hecho, la principal promesa del Green New Deal probablemente sea la
de ofrecernos ese propósito colectivo. Porque no solo los sistemas de soporte
vital del planeta se están desmoronando ante nuestros ojos, sino que está
ocurriendo lo mismo con nuestro tejido social, y en muchos frentes a la vez.
Los signos
de fractura están por todas partes, desde el auge de las noticias falsas y
teorías de la conspiración descabelladas hasta la esclerotización de nuestro
cuerpo político. En este contexto, un potencial Green New Deal, precisamente
debido a su escala, ambición y urgencia radicales, podría ser el propósito
colectivo que contribuyera a superar muchas de esas divisiones.
No es un
remedio mágico para el racismo, la misoginia, la homofobia o la transfobia:
seguiremos teniendo que encarar esos males. Pero si se convirtiera en ley, a
pesar de todos los poderes en contra, a muchos nos brindaría la percepción de
que estamos trabajando de forma conjunta en pro de algo más grande que
nosotros; algo de lo que todos formamos parte. Y nos brindaría un destino
común: un lugar claramente mejor que aquel en el que
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estamos
ahora. Ese tipo de misión compartida es algo que nuestra cultura del
capitalismo tardío necesita con urgencia aquí y ahora.
Si la
capacidad de establecer este tipo de conexiones más profundas entre una
población fracturada y un planeta que se calienta con rapidez parece estar
fuera del alcance de los responsables políticos, vale la pena recordar el papel
absolutamente esencial de los artistas en la era del New Deal. Dramaturgos,
fotógrafos, muralistas y novelistas contribuyeron todos ellos en su día a
narrar la historia de lo que era posible. Para que el Green New Deal tenga
éxito, también nosotros necesitaremos las habilidades y la pericia de muchos
tipos de narradores distintos: artistas, psicólogos, líderes religiosos,
historiadores y tantos otros.
Al Green
New Deal le queda mucho camino por recorrer antes de que todo el mundo vea en
él su futuro. Ya se han cometido errores, y aún se cometerán más, pero ninguno
de ellos es tan importante ni puede hacernos olvidar lo que este proyecto
político en rápido crecimiento está haciendo realmente bien.
Habrá que
someter al Green New Deal a la vigilancia y a la presión constantes de expertos
que sepan exactamente qué va a hacer falta para reducir nuestras emisiones con
la rapidez que exige la ciencia, así como de aquellos movimientos sociales que
llevan décadas soportando la peor parte de la contaminación y las falsas
soluciones climáticas. Pero en esta permanente vigilancia, también debemos
tener cuidado, porque deberíamos evitar que los árboles nos impidan ver el
bosque; es decir, el hecho de que este programa es un potencial salvavidas que
todos tenemos la responsabilidad sagrada y moral de materializar.
Los jóvenes
organizadores del movimiento Sunrise, que tanto han hecho para favorecer el
impulso del Green New Deal, de nen este momento colectivo como lleno a la vez
de «promesas y peligros». Así es exactamente. Y cuanto suceda en adelante
debería sopesar ambas cosas.
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EL ARTE DEL
GREEN NEW DEAL
«No solo
cambiamos la infraestructura. Cambiamos la forma de hacer las cosas. Nos
convertimos en una sociedad que no solo era moderna y rica, sino también digna
y humana.»
ABRIL DE
2019
A VECES UN
PROYECTO SE CONVIERTE en una fuerza tan poderosa que desborda con mucho las
expectativas de sus creadores. Eso fue lo que ocurrió con un vídeo de siete
minutos que produje y concebí con la artista Molly Crabapple, cuyo título
rezaba «Un mensaje desde el futuro, con Alexandria Ocasio-Cortez».
Narrado por
la congresista e ilustrado por Crabapple, el vídeo se desarrolla dentro de un
par de décadas. Comienza con Ocasio-Cortez, con un mechón canoso en el cabello,
viajando en un tren bala de Nueva York a Washington. Por la ventana discurre a
toda velocidad el futuro creado gracias al éxito de la implementación de un
Green New Deal.
Este
proyecto surgió de una conversación que mantuve con Crabapple —una brillante
ilustradora, escritora y cineasta— poco después de que en Estados Unidos
empezara a cobrar fuerza la idea de un Green New Deal. Estábamos en plena
lluvia de ideas para ver cómo podíamos involucrar a más artistas en el
proyecto. Al n y al cabo, la mayoría de las formas de arte tienen niveles de
emisiones de carbono bastante bajos, y el New Deal de Franklin D. Roosevelt
propició un renacimiento del arte nanciado con fondos públicos
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que llevó a
artistas de todas las tendencias a participar directamente en las
transformaciones de la época.
Queríamos
tratar de atraer de nuevo a los artistas a ese mismo tipo de misión social,
pero no dentro de algunos años, si el Green New Deal llegaba a convertirse en
una ley federal; no, queríamos arte ya, a n de contribuir a ganar la batalla
para conquistar los corazones y las mentes que determinarían si el Green New
Deal tenía posibilidades de salir victorioso.
Entonces
Crabapple sugirió hacer una película sobre el Green New Deal con Ocasio-Cortez
como narradora y ella misma como ilustradora. La cuestión era: ¿cómo íbamos a
contar la historia de algo que aún no había sucedido?
A medida
que proponíamos ideas nos fuimos dando cuenta de que no bastaría con un Vídeo
«explicativo» estándar. El principal obstáculo al tipo de cambio transformador
que prevé el Green New Deal no es que la gente no entienda lo que se está
proponiendo (aunque sin duda mucha información errónea circula por ahí), sino
que muchos están convencidos de que la humanidad nunca podrá lograr algo de esa
magnitud y con tanta rapidez. Y mucha gente ha llegado a creer que la distopía
es la conclusión inevitable.
Es un
escepticismo comprensible. La idea de que las sociedades puedan decidir
colectivamente adoptar cambios rápidos y fundamentales en el transporte, la
vivienda, la energía, la agricultura, la silvicultura y demás —exactamente lo
que se necesita para evitar el colapso climático— no es algo de lo que la
mayoría de nosotros tengamos una experiencia directa. Hemos crecido
bombardeados por el mensaje de que no hay alternativa posible a esta mierda de
sistema que está desestabilizando el planeta y acumulando una inmensa riqueza
en la parte alta de la pirámide. Hemos oído decir a la mayoría de los
economistas que somos unidades esencialmente egoístas que solo buscan la grati
cación, al tiempo que escuchamos de labios de los historiadores que el cambio
social siempre ha sido obra de grandes hombres singulares.
Página 304
Tampoco
Hollywood ha sido de mucha ayuda. Casi todas las visiones del futuro que nos
ofrecen las películas de ciencia cción de gran presupuesto dan por sentado
algún tipo de apocalipsis ecológico y social. Es casi como si colectivamente
hubiéramos dejado de creer que va a haber un futuro, y no digamos ya que este
podría ser mejor, en muchos aspectos, que el presente.
Sin
embargo, no todo el arte da por sentado ese colapso. Desde hace tiempo existen
creadores marginales, en ámbitos que van desde el afrofuturismo hasta la
literatura fantástica feminista, que intentan acabar con la idea de que el
futuro será parecido al presente, solo que empeorado y con robots sexuales. Uno
de esos visionarios fue la gran escritora de ciencia cción Ursula K. Le Guin,
que en 2014, cuatro años antes de su muerte, pronunció un apasionado discurso
al recibir la medalla de la Fundación Nacional del Libro estadounidense. Dijo
entonces:
Se acercan
tiempos di ciles en los que anhelaremos las voces de escritores capaces de ver
alternativas al modo como vivimos ahora, capaces de ver, más allá de nuestra
sociedad azotada por el miedo y sus tecnologías obsesivas, otras formas de ser,
e incluso de imaginar motivos reales para la esperanza. Necesitaremos
escritores capaces de recordar la libertad; poetas, visionarios; realistas de
una realidad más amplia. […] Vivimos en el capitalismo, su poder parece
ineludible, pero también lo parecía el derecho divino de los reyes. Cualquier
poder humano puede hallar resistencia y ser transformado por seres humanos. La
resistencia y la transformación a menudo empiezan en el arte.
El poder
del arte para inspirar la transformación es uno de los legados más persistentes
del New Deal original. Curiosamente, en la década de 1930 aquel proyecto
transformador también fue objeto de un implacable ataque en la prensa, pese a
lo cual no perdió impulso.
Desde un
primer momento, los críticos de la élite ridiculizaron los planes de Roosevelt
con todo tipo de cali cativos: desde fascismo progresista hasta comunismo
encubierto. En lo que vendría a ser el equivalente de 1933 a «¡Vienen a
quitarte tus hamburguesas!», el senador republicano Henry D. Hat eld, de
Virginia Occidental, escribió a un colega diciendo: «Esto es
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despotismo,
esto es tiranía, esto es la aniquilación de la libertad. El estadounidense
normal y corriente se ve reducido así al estatus de un robot». A su vez, un
antiguo ejecutivo de DuPont se quejaba de que, debido a que el Gobierno ofrecía
empleos con salarios dignos, «esta primavera cinco negros se negaron a trabajar
en mi residencia de Carolina del Sur… y un cocinero de mi casa otante de Fort
Myers lo dejó porque el Gobierno le pagaba un dólar la hora como pintor».
Se formaron
milicias de extrema derecha; incluso hubo un chapucero complot de un grupo de
banqueros para derrocar a Roosevelt.
Los
autodenominados centristas adoptaron una táctica más sutil: en editoriales y
artículos de opinión publicados en la prensa, advirtieron al presidente de que
redujera la marcha y la envergadura del proyecto. La historiadora Kim
Phillips-Fein, autora de Invisible Hands: e Businessmen’s Crusade Against the
New Deal, me comentó que los paralelismos con los actuales ataques contra el
Green New Deal en medios como el New York Times resultan evidentes. «No se
oponían frontalmente, pero en muchos casos argumentaban que no es bueno hacer
tantos cambios a la vez, que era demasiado grande y demasiado rápido. Que la
Administración debería esperar a estudiarlo mejor.»
Sin
embargo, pese a sus numerosas contradicciones y exclusiones, la popularidad del
New Deal siguió aumentando, lo que permitió a los demócratas obtener una
mayoría más amplia en el Congreso en las elecciones de mitad de mandato y a
Roosevelt lograr una aplastante reelección en 1936.
La
principal razón por la que los ataques de la élite no lograron volver a la
opinión pública en contra del New Deal fue que sus programas estaban ayudando a
la gente. Pero había otro motivo relacionado con el incalculable poder del
arte, que estaba incardinado en prácticamente todos los aspectos de las
transformaciones de la época. Los partidarios del New Deal consideraban que los
artistas eran trabajadores como todos los
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demás:
personas que, en lo más profundo de la Depresión, merecían la ayuda directa del
Gobierno para poder ejercer su profesión. Como declaró el director de la Works
Progress Administration (WPA), Harry Hopkins, en una frase que se haría
célebre: «¡Demonios, bien tienen que comer igual que los demás!».
A través de
los denominados «proyectos federales» —como el de Arte, el de Música, el de
Teatro y el de Escritores (todos ellos en el marco de la WPA)—, así como la
Sección de Pintura y Escultura del Tesoro y varios otros organismos, decenas de
miles de pintores, músicos, fotógrafos, dramaturgos, cineastas, actores,
escritores y una enorme variedad de artesanos pudieron realizar una labor signi
cativa, con un apoyo sin precedentes a los artistas afroamericanos e indígenas.
El
resultado fue una explosión de creatividad y una asombrosa cantidad de trabajo.
Solo el Proyecto Federal de Arte produjo casi cuatrocientas setenta y cinco mil
obras de arte visual, incluidos más de dos mil carteles, dos mil quinientos
murales y cien mil lienzos destinados a espacios públicos. El grupo de artistas
estables del programa incluía a Jackson Pollock y Willem de Kooning. Por su
parte, entre los autores que participaron en el Proyecto Federal de Escritores
guraban Zora Neale Hurston, Ralph Ellison y John Steinbeck. Asimismo, el
Proyecto Federal de Música patrocinó doscientas veinticinco mil actuaciones,
que llegaron a unos ciento cincuenta millones de estadounidenses.
Gran parte
del arte producido en el marco de los programas del New Deal pretendía
simplemente proporcionar alegría y belleza a una población que sufría los
estragos de la Depresión, al tiempo que se ponía en tela de juicio la idea
predominante de que el arte era solo cosa de ricos. Como declaraba el propio
Roosevelt en una carta escrita en 1938 al autor Hendrik Willem van Loon: «Yo
también tengo un sueño: mostrar a la gente que vive en lugares apartados, en
algunos casos no solo en pequeñas aldeas, sino en rincones de la ciudad de
Nueva York […] algunas pinturas, impresiones y grabados reales, y algo de
música real».
Página 307
Algunas de
las obras de arte del New Deal se propusieron ser un espejo en el que el
desbaratado país pudiera verse re ejado, y de paso presentar argumentos
irrebatibles en favor de la necesidad de los programas de ayuda. El resultado
fue un trabajo icónico, con obras visuales que van desde las fotogra as que
hizo Dorothea Lange de familias afectadas por el denominado Dust Bowl,
envueltas en nubes de inmundicia y obligadas a emigrar, hasta las desgarradoras
imágenes de aparceros de Walker Evans que poblaban las páginas del libro
Elogiemos ahora a hombres famosos, publicado en 1941, pasando por la innovadora
visión fotográ ca de Gordon Parks de la vida cotidiana en Harlem.
Otros
artistas produjeron creaciones más optimistas, incluso utópicas, utilizando
arte grá co, cortometrajes y enormes murales para documentar la transformación
que se estaba produciendo al amparo de los programas del New Deal: cuerpos
vigorosos construyendo nuevas infraestructuras, plantando árboles y recogiendo
los pedazos de su nación.
Justo
cuando Crabapple y yo empezábamos a re exionar en torno a la idea de realizar
un cortometraje sobre el Green New
Deal
inspirado en el arte utópico del New Deal original, e Intercept publicó un
relato de Kate Arono cuya acción transcurría
en el año
2043. Ambientado en un futuro en el que el Green New Deal se había hecho
realidad, contaba cómo era la vida de un personaje de cción llamado Gina, que
había crecido en el mundo que habían posibilitado dichas políticas: «Tuvo una
infancia relativamente estable. Sus padres aprovecharon parte del año de
permiso por paternidad al que tenían derecho, y después la inscribieron en un
programa de guardería gratuito». Tras nalizar la universidad también gratuita,
«pasó seis meses restaurando humedales y otros seis trabajando como voluntaria
en una guardería muy similar a aquella a la que ella misma había ido».
El relato
daba en el clavo, en gran parte porque imaginaba un futuro que no era la
enésima versión de unos guerreros estilo Mad Max luchando contra bandas
itinerantes de caudillos militares
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caníbales.
Crabapple y yo decidimos que nuestra película podría hacer algo similar, pero
esta vez desde el punto de vista de Ocasio-Cortez. Narraría la historia de cómo
la sociedad había optado por ser valiente en lugar de tirar la toalla, y
pintaría una imagen del mundo después del Green New Deal —que la congresista
había defendido— hecho realidad.
El
resultado nal es una postal del futuro de siete minutos de duración, codirigida
por dos colaboradores habituales de Crabapple, Kim Boekbinder y Jim Batt, y con
guion de la propia Ocasio-Cortez y el cineasta y activista pro justicia
climática Avi Lewis (que resulta ser también mi esposo). Es una historia que
narra cómo, en el momento justo, una masa crítica de la humanidad en la mayor
economía de la Tierra llegó a creer que realmente valía la pena salvarnos.
Los
pinceles de Crabapple representan un país a la vez familiar y completamente
nuevo. Las ciudades están conectadas por trenes bala, los ancianos indígenas
ayudan a los jóvenes a restaurar humedales, millones de personas encuentran
trabajo remodelando viviendas de bajo coste… y cuando las supertormentas
inundan las grandes ciudades, los residentes no responden con patrullas
vecinales y recriminaciones, sino con cooperación y solidaridad. Sobre el fondo
de estas exuberantes pinturas, se escucha la voz de Ocasio-Cortez:
Mientras
combatíamos inundaciones, incendios y sequías, éramos conscientes de la suerte
que teníamos por haber empezado a actuar cuando lo hicimos. No solo cambiamos
las infraestructuras. Cambiamos la forma de hacer las cosas. Nos convertimos en
una sociedad que no solo era moderna y rica, sino también digna y humana. Al
comprometernos con derechos universales como una atención sanitaria y un
trabajo digno para todos, dejamos de tener tanto miedo al futuro. Dejamos de
tenernos miedo unos a otros. Y encontramos un propósito común.
La
respuesta desbordó por completo nuestras expectativas. La película se colgó en
internet el 17 de abril. Al cabo de cuarenta y ocho horas había tenido más de
seis millones de visualizaciones. Al cabo de setenta y dos se proyectaba en las
salas de estar de más de un millar de personas en el marco de una gira nacional
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destinada a
dar impulso al Green New Deal organizada por el movimiento Sunrise. La gente
aplaudía una frase de cada dos. En el plazo de una semana, muchos maestros
(desde primaria hasta la universidad) nos dijeron que ya la habían mostrado en
clase.
«Nuestros
estudiantes están hambrientos de esperanza»,
a rmaba un
informe bastante representativo de la tónica general. Cientos de personas nos
escribieron y nos dijeron que habían llorado en sus escritorios… por todo lo
que ya se había perdido y por todo lo que aún podía ganarse.
Observando
retrospectivamente este proyecto, y la velocidad con la que recorrió el mundo,
me da la sensación de que estamos empezando a presenciar el verdadero poder de
de nir nuestra respuesta colectiva al cambio climático como un Green New Deal
pese a todas las limitaciones de esa analogía histórica. Al evocar la
transformación industrial y social real de Roosevelt hace casi un siglo para
imaginar cómo será potencialmente nuestro mundo dentro de otro medio siglo,
nuestros horizontes temporales se amplían.
De repente
ya no somos prisioneros de un presente interminable en nuestras redes sociales.
Formamos parte de un largo y complejo relato colectivo en el que los seres
humanos no
son un
conjunto de atributos, jos e inmutables, sino más bien una obra en constante
evolución, capaz de cambios profundos. Al dirigir nuestra mirada varias décadas
hacia atrás y hacia delante simultáneamente, dejamos de estar solos a la hora
de afrontar este momento histórico decisivo. Estamos rodeados a la vez de
antepasados que nos susurran que podemos hacer lo que nuestro momento exige,
tal como hicieron ellos, y de generaciones futuras que nos recuerdan que no
merecen menos.
Creo que
muchos están respondiendo con tanta intensidad a este horizonte temporal
extendido como a la propia visión esperanzadora del futuro que representa el
Green New Deal. Porque no hay nada que resulte más desorientador que
encontrarse otando en el tiempo, sin puntos de referencia ni en el
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futuro ni
en el pasado. Solo cuando sepamos de dónde venimos y adónde queremos ir
tendremos un suelo rme en el que sostenernos en pie.
Solo
entonces creeremos, como dice Ocasio-Cortez en el vídeo, que nuestro futuro aún
no se ha escrito y que «podemos ser lo que tengamos el coraje de imaginar».
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EPÍLOGO:
BREVE ARGUMENTACIÓN EN FAVOR DE UN GREEN NEW DEAL
LOS
CRÍTICOS DEL GREEN NEW DEAL plantean un montón de argumentos acerca de por qué
todo esto está condenado al fracaso. La parálisis política en Washington es
real. Incluso en un mundo donde los republicanos negacionistas del cambio
climático fueran barridos del poder, seguiría habiendo un montón de demócratas
centristas convencidos de que sus electores no tenían el menor interés en un
cambio radical. Los planes son costosos, y lograr que se aprobaran los
presupuestos sería un esfuerzo hercúleo.
Se nos dice
que una línea de acción preferible sería avanzar en políticas climáticas que
atrajeran a mucha gente de la derecha, como pasar del carbón a la energía
nuclear, o establecer un pequeño impuesto sobre el carbono que devolviera los
ingresos en forma de «dividendo» a todos los ciudadanos.
El
principal problema de estos enfoques gradualistas es que simplemente no pueden
lograr su objetivo. Si se pretende obtener el apoyo de los republicanos
empapados en dinero procedente de los combustibles fósiles, el precio del
carbono tendría que ser demasiado bajo para causar un gran impacto. Por otra
parte, la energía nuclear es cara y lenta de implementar en comparación con las
energías renovables, y eso sin mencionar los riesgos asociados a la extracción
de uranio y el almacenamiento de los residuos.
Lo cierto
es que no podemos reducir las emisiones de forma tan rápida y abrupta como
haría falta para desviarnos de nuestra
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peligrosa
trayectoria sin llevar a cabo una remodelación radical tanto a escala
industrial como de infraestructuras. La buena noticia es que el Green New Deal
no es ni de lejos tan poco práctico o tan poco realista como a rman sus
numerosos críticos. Ya he explicado por qué es así a lo largo de este libro,
pero a continuación daré nueve razones más por las que el Green New Deal tiene
la posibilidad de salir airoso: una posibilidad que se incrementará cada vez
que salgamos en su defensa.
1. CREARÁ
MUCHOS PUESTOS DE TRABAJO
Todos los
lugares del mundo donde se ha hecho una importante inversión en energías
renovables y e ciencia energética han descubierto que estos sectores resultan
ser mucho más potentes que los combustibles fósiles a la hora de crear puestos
de trabajo. Cuando el estado de Nueva York se comprometió a obtener la mitad de
su energía a partir de renovables para el año 2030 (lo que en realidad no
resulta lo bastante rápido), inmediatamente presenció un aumento en la creación
de empleo.
El
acelerado calendario del Green New Deal en Estados Unidos lo convertirá en una
auténtica máquina de crear empleo. Aun sin el apoyo federal —de hecho, con el
sabotaje activo de la Casa Blanca—, la economía verde ya está creando muchos
más puestos de trabajo que el petróleo y el gas. Según revelaba en 2018 el
Informe sobre Energía y Empleo de Estados Unidos, los puestos de trabajo en
energía eólica y solar, e ciencia energética y otros sectores de energía limpia
superaban en número a los empleos en la industria de los combustibles fósiles
en una proporción de tres a uno. Eso se debe a una combinación de incentivos
estatales y municipales y a la caída de los costes de las energías renovables.
El Green New Deal aprovecharía la expansión del sector al tiempo que
garantizaría que los trabajos tuvieran salarios y bene cios comparables a los
ofrecidos en los sectores del petróleo y el gas.
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Abundan las
investigaciones que sustentan este argumento. Por ejemplo, un estudio realizado
en 2019 sobre las repercusiones laborales de un posible programa estilo Green
New Deal en el estado de Colorado descubrió que se crearían muchos más empleos
de los que se perderían. El estudio, publicado por el Departamento de Economía
y el Instituto de Investigación de Economía Política de la Universidad de
Massachusetts Amherst, analizaba lo que le costaría a dicho estado lograr una
reducción del 50 % en las emisiones para el año 2030. La conclusión fue que se
perderían alrededor de quinientos ochenta y cinco empleos no directivos, pero
que, con una inversión de 14.500 millones de dólares anuales en energía limpia,
«Colorado generará cada año unos cien mil empleos en el estado».
Hay muchos
más estudios con conclusiones igualmente sorprendentes. Un plan presentado por
BlueGreen Alliance, un organismo estadounidense que agrupa a sindicatos y
ecologistas, calculaba que una inversión anual de 40.000 millones de dólares en
transporte público y ferrocarril de alta velocidad a lo largo de seis años
produciría más de 3,7 millones de empleos durante ese período. Y según un
informe de la Federación Europea de Trabajadores del Transporte, implementar
políticas integrales para reducir en un 80 % las emisiones en el sector del
transporte crearía siete millones de nuevos puestos de trabajo en todo el
continente, mientras que otros cinco millones de empleos en energía limpia en
Europa podrían reducir en un 90 % las emisiones del sector eléctrico.
2. PAGARLO
CREARÁ UNA ECONOMÍA MÁS JUSTA
Como dejaba
claro el informe elaborado en 2018 por el Grupo Intergubernamental de Expertos
sobre el Cambio Climático (IPCC) en relación con el objetivo de mantener el
calentamiento global por debajo de 1,5 °C, si no emprendemos una acción
transformadora de cara a reducir las emisiones, los costes serán
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astronómicos.
El grupo calcula que los perjuicios económicos de permitir que las temperaturas
aumenten 2 °C (en lugar de 1,5 °C) alcanzarían los 69 billones de dólares en
todo el mundo.
Obviamente,
implementar un Green New Deal también tendría costes importantes, y en ese
sentido los defensores del plan han señalado diversas posibilidades para
nanciarlo. Alexandria Ocasio-Cortez ha dicho que, en el caso de Estados Unidos,
debería nanciarse del mismo modo que se ha hecho hasta ahora con cualquier
gasto de emergencia: bastaría con que el Congreso estadounidense autorizara los
fondos, respaldados con divisas del Tesoro como prestatario de última
instancia. Según New Consensus, un laboratorio de ideas estrechamente
relacionado con las propuestas políticas de la congresista, dado que «el Green
New Deal producirá nuevos bienes y servicios para compensar los gastos y
absorber otros nuevos, no hay más razón para dejar que los temores relativos a la
nanciación frustren los progresos que las que habría para dejar que frustraran
guerras o recortes
scales».
Paralelamente,
la propuesta de Green New Deal formulada por la plataforma política Primavera
Europea aboga en favor de un tipo impositivo global mínimo para las empresas a
n de recaudar los ingresos tributarios que los Apples y Googles del mundo
actualmente esquivan mediante el uso de estructuras transnacionales. También
demanda una reversión de la ortodoxia monetaria, con una inversión pública
basada en bonos verdes
otantes
respaldados por los bancos centrales. «Para abordar la verdadera amenaza
existencial que hoy afrontamos, debemos revertir las políticas económicas que
nos llevaron al límite en el que nos encontramos. Austeridad signi ca
extinción». Algunos analistas, como Christian Parenti, han subrayado que los
Gobiernos federales pueden favorecer la transición con sus políticas de compra.
En suma,
existen toda clase de formas de obtener nanciación, incluyendo algunas que
abordan los niveles insostenibles de
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concentración
de la riqueza y trans eren la carga a quienes mayor responsabilidad tienen con
respecto a la contaminación climática. Y no es di cil descubrir quiénes son.
Gracias a las investigaciones de la organización Climate Accountability
Institute, sabemos que nada menos que el 71 % del total de las emisiones de
gases de efecto invernadero producidas desde 1988 tienen su origen en apenas un
centenar de gigantes corporativos y estatales relacionados con los combustibles
fósiles, los denominados «Grandes del Carbono».
Teniendo
esto en cuenta, se pueden abordar diversas medidas basadas en la premisa de que
«quien contamina paga» para garantizar que quienes son más responsables de esta
crisis sean también los que más contribuyen a nanciar la transición, por
ejemplo, mediante la reclamación de perjuicios compensables, la imposición de
regalías más cuantiosas o la reducción de subvenciones. Las subvenciones
directas a los combustibles fósiles representan alrededor de 775.000 millones
de dólares al año en todo el mundo, y más de 20.000 millones solo en Estados
Unidos. Lo primero que debería ocurrir es que estas subvenciones se transformen
en inversiones en energías renovables y e ciencia energética.
Pero no son
solo las empresas de combustibles fósiles las que han situado durante décadas
sus propios superbene cios por encima de la seguridad de nuestra especie;
también lo han hecho las instituciones nancieras que han respaldado sus
inversiones con pleno conocimiento de los riesgos que entrañaban. En
consecuencia, aparte de eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles,
los Gobiernos podrían exigir una compensación más que justa por los enormes
bene cios obtenidos por el sector nanciero gravándolo con un impuesto sobre las
transacciones, con el que, según los cálculos del Parlamento Europeo, podrían
recaudarse 650.000 millones de dólares en todo el mundo.
Luego está
el ejército. Según las cifras aportadas por el Instituto Internacional de
Estudios para la Paz de Estocolmo, si se
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redujeran
en un 25 % los presupuestos militares de los diez países que más gastan en este
concepto, se dispondría de 325.000 millo-nes de dólares anuales que podrían
invertirse en la transición energética y en preparar a las comunidades para el
clima extremo que nos espera.
Paralelamente,
según las Naciones Unidas, gravar a los milmillonarios con un impuesto de tan
solo un 1 % permitiría recaudar 45.000 millones de dólares anuales en todo el
mundo, por no hablar del dinero que podría recaudarse si se hiciera un esfuerzo
a escala internacional para acabar con los paraísos
scales.
Según James S. Henry, asesor principal de la Red para la Justicia Fiscal —una
coalición independiente con sede en el Reino Unido—, en 2015 se estimaba que la
riqueza nanciera privada oculta en los paraísos scales de todo el mundo se
situaba entre los 24 y los 36 billones de dólares. Acabar con algunos de dichos
paraísos contribuiría en gran medida a cubrir el precio de la transición
industrial que tanto necesitamos.
3.
APROVECHA EL PODER QUE ENTRAÑA UNA SITUACIÓN DE EMERGENCIA
El
planteamiento del Green New Deal no aborda la crisis climática como un tema más
en una lista de prioridades encomiables, sino que se hace eco del llamamiento
de Greta unberg a «actuar como si tu casa estuviera en llamas. Porque lo está».
Lo cierto es que la fecha límite establecida por la ciencia para llevar a cabo
una transformación profunda está tan cerca que, si no se produce un cambio
radical cada año durante los próximos treinta, habremos desaprovechado el
pequeño margen del que disponemos para evitar un calentamiento realmente
catastró co. Tratar una emergencia como tal implica destinar todas nuestras
energías a entrar en acción, en lugar de limitarse a clamar a voz en grito
sobre la necesidad de acción, que es lo que está ocurriendo ahora.
Página 317
Ello, a su
vez, nos liberaría a todos de la debilitante disonancia cognitiva que requiere
vivir en una cultura que niega la realidad de una crisis tan profunda. El Green
New Deal nos pone a todos en situación de emergencia: por más aterrador que
pueda resultar para algunos, la catarsis y el alivio que supondría para muchos
otros, especialmente los jóvenes, constituirían una potente fuente de energía.
4. NO
ADMITE DILACIONES
Hay quien
ha criticado la resolución del Green New Deal por a rmar que Estados Unidos
debe abandonar los combustibles fósiles en el plazo de tan solo una década. Los
cientí cos han dicho que el mundo tiene que lograr el objetivo de reducir las
emisiones netas a cero para 2050, así que ¿para qué correr tanto? La primera
respuesta es: por una cuestión de «justicia»; en los países ricos que han
llegado a serlo contaminando de forma ilimitada, la descarbonización debe
producirse con mayor rapidez a n de que en los países más pobres, donde la
mayoría de la población todavía carece de elementos tan básicos como el agua
potable y la electricidad, la transición pueda ser más gradual.
Pero la
segunda respuesta es estratégica: un plazo de diez años implica que no puede
haber más dilaciones. Hasta la formulación d e l Green New Deal, todas las
respuestas políticas a la crisis climática jaban sus objetivos más ambiciosos a
varias décadas vista, mucho después de que los políticos que hacían tales
promesas hubieran dejado el cargo. En cambio, las tareas que se atribuían esos
políticos eran, en comparación, relativamente fáciles, como la introducción de
sistemas de límites máximos y comercio de derechos de emisión, o el
desmantelamiento de viejas plantas de carbón para reemplazarlo por gas natural.
Así, la ardua tarea de hacer frente de manera integral al modelo de negocio de
la industria de los combustibles fósiles se delegaba constantemente en los
sucesores en el cargo.
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Adoptar un
calendario de transición de diez años no implica que deba hacerse todo en una
década. La resolución establece un plazo ambicioso, pero añade una y otra vez
la coletilla «en la medida en que resulte tecnológicamente factible». Eso signi
ca que, por lo menos, ya no estamos dejándolo todo para mañana. La generación
actual de políticos que nalmente implementen un Green New Deal estaría
diciendo: «Nosotros somos los que vamos a hacer el trabajo. Nadie más».
Dados los
perjuicios que la tentación de dejarlo todo para mañana ha causado ya a nuestro
planeta, esto supone un gran paso.
5. ES
INMUNE A LA RECESIÓN
En las
últimas tres décadas, uno de los mayores obstáculos para lograr un progreso
sostenido en materia de acción climática ha sido la inestabilidad del mercado.
Durante los buenos tiempos económicos generalmente existe una cierta
predisposición a suscribir políticas medioambientales que impliquen pagar un
poco más por el gas, la electricidad y los productos «verdes». Pero una y otra
vez, esta predisposición se desvanece, comprensiblemente, tan pronto como la
economía experimenta una dolorosa recesión.
Y ese puede
ser el mayor bene cio de basar nuestro enfoque climático en el New Deal de
Roosevelt, el estímulo económico más famoso de todos los tiempos, nacido en el
apogeo de la peor crisis económica de la historia moderna. Cuando la economía
global experimente otra recesión u otra crisis, lo que seguramente ocurrirá, el
apoyo al Green New Deal no se desplomará como ha ocurrido con todas las demás
iniciativas verdes de cierta importancia emprendidas durante las recesiones del
pasado. Al contrario, cabe esperar que el apoyo aumente, puesto que un estímulo
a gran escala con la capacidad de crear millones de
Página 319
empleos se
convertirá en la mayor esperanza de abordar la penuria económica de la gente.
6. NO
GENERA REACCIONES VIOLENTAS
Con
demasiada frecuencia, cuando los políticos aplican políticas climáticas
divorciadas de una agenda más amplia de justicia económica, dichas políticas
resultan ser injustas, y la opinión pública responde en consecuencia. Véase,
por ejemplo, el caso de Francia con el Gobierno de Emmanuel Macron, denostado
por sus detractores por ser el «presidente de los ricos». Macron ha aplicado
una agenda clásica de «libre mercado» en su país, ha reducido los impuestos a
los ricos y las empresas, ha revocado prestaciones laborales arduamente ganadas
y ha hecho menos accesible la enseñanza superior, todo ello después de años de
austeridad bajo las Administraciones anteriores.
Fue en este
contexto en el que, en 2018, introdujo un impuesto sobre el combustible
diseñado para hacer que viajar en vehículo privado resultara más costoso, con
lo que redujo el consumo y recaudó algunos fondos para destinarlos a programas
climáticos.
Pero no
funcionó como se esperaba. Enormes cantidades de trabajadores franceses, que ya
se hallaban bajo una intensa presión económica a consecuencia de las otras
políticas de Macron, vieron ese enfoque mercantilista de la crisis climática
como un ataque directo contra ellos: ¿por qué tenían que pagar más por ir en
coche al trabajo cuando los superricos no tenían problemas para llenar de
combustible sus aviones privados para viajar a sus paraísos scales? Decenas de
miles de trabajadores franceses salieron a la calle enfurecidos, muchos de
ellos ataviados con chalecos de seguridad amarillos (gilets jaunes), y varias
protestas desembocaron en disturbios a gran escala.
«Al
Gobierno le preocupa el n del mundo —coreaban muchos gilets jaunes—. A nosotros
nos preocupa llegar a n de mes.» Tratando de recuperar el control del país de
forma desesperada,
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Macron
revocó su impuesto sobre el combustible e introdujo un aumento del salario
mínimo, entre otras concesiones, al tiempo que reprimía brutalmente el
movimiento.
Uno de los
principales puntos fuertes del planteamiento del Green New Deal es que no
generará este tipo de reacción. No hay nada en este marco que obligue a la
gente a elegir entre preocuparse por el n del mundo o por llegar a n de mes. El
objetivo es diseñar políticas que nos permitan a todos preocuparnos por ambas
cosas, políticas que reduzcan al mismo tiempo las emisiones y la presión
económica sobre los trabajadores, y garanticen que todos puedan conseguir un
buen empleo en la nueva economía; que tengan acceso a prestaciones sociales
básicas como la atención sanitaria, la educación y los servicios de guardería;
y que los empleos verdes sean de calidad, cuenten con el respaldo de los
sindicatos y favorezcan la conciliación familiar con subsidios y vacaciones.
Ciertamente habrá que poner un precio al carbono, pero ese incremento tendrá
muchas más posibilidades de sobrevivir si la gente que paga ese aumento no está
con el agua al cuello.
7. PUEDE
RECLUTAR A UN EJÉRCITO DE PARTIDARIOS
Desde su
formulación inicial, la crítica más frecuente que se ha hecho al Green New Deal
es que, al centrarse tanto en la justicia económica y social, está haciendo que
la acción climática resulte un producto más di cil de vender que un plan más
estrictamente centrado en las emisiones de carbono. «Mi corazón está con los
verdes —escribía omas Friedman en el e New York Times—. Pero mi cabeza dice que
no se pueden transformar nuestro sistema energético y nuestro sistema
socioeconómico de golpe a tal escala. Tenemos que dar prioridad a la energía y
el clima. Porque, para el medio ambiente, después será demasiado tarde. Ese
después ya ha sido o cialmente descartado.»
Página 321
Esta idea
parte del supuesto de que los componentes socioeconómicos del Green New Deal
constituyen un lastre, pero en realidad es al contrario.
A
diferencia de los enfoques que trans eren los costes de la transición a los
trabajadores, el Green New Deal se centra en tratar conjuntamente la reducción
de la contaminación y las principales prioridades de los trabajadores más
vulnerables y las comunidades más marginadas. Esa es la ventaja decisiva de
tener en el Congreso a representantes implicados en las luchas de la clase
trabajadora por unos empleos con salarios dignos y un aire y un agua no
tóxicos; como, por ejemplo, Rashida Tlaib, que ayudó a librar una exitosa
batalla contra la nociva montaña de coque de petróleo de Koch Industries en
Detroit.
Si formas
parte de la clase privilegiada de la economía y te nancian personas aún más
privilegiadas, como les ocurre a tantos políticos, tus intentos de elaborar una
legislación climática tenderán a regirse por la idea de que el cambio debe ser
lo más reducido posible y cuestionar lo menos posible el statu quo. Al n y al
cabo, ese mismo statu quo os está funcionando muy bien tanto a ti como a tus
donantes. Ese fue precisamente el planteamiento que llevó al Senado
estadounidense a no apoyar el sistema de límites máximos y comercio de derechos
de emisión durante la Administración Obama, y el planteamiento que le explotó
en la cara a Macron en Francia.
En cambio,
los líderes enraizados en comunidades a las que el sistema actual está fallando
de forma estrepitosa tienen la libertad de adoptar un enfoque muy distinto. Sus
políticas climáticas pueden incluir un cambio profundo y sistémico porque ese
cambio profundo es precisamente lo que necesitan sus bases para prosperar.
Durante
décadas, el principal obstáculo para conseguir una legislación climática ha
sido un enorme desajuste de poder. La oposición a la acción de las empresas de
combustibles fósiles era encarnizada, creativa y tenaz, pero las políticas
climáticas
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mercantilistas
que llegaban a la agenda política, débiles y con mucha frecuencia injustas, en
el mejor de los casos apenas suscitaban un apoyo tibio.
El Green
New Deal, en cambio, ya está demostrando que tiene la capacidad de suscitar un
movimiento de masas transversal; no a pesar de su ambición radical, sino
justamente gracias a ella. Tal como las organizaciones pro justicia climática
llevan muchos años argumentando, cuando quien lidera el movimiento son las
comunidades que más tienen que ganar con el cambio van a por todas.
8. FORJARÁ
NUEVAS ALIANZAS… Y SOCAVARÁ A LA DERECHA
Uno de los
problemas del Green New Deal es que, al vincular la acción climática a tantos
otros objetivos políticos progresistas, los conservadores se mostrarán más
convencidos de que en realidad el calentamiento global no es más que un complot
para colar subrepticiamente el socialismo en la política, de modo que la
polarización política se intensi cará.
No hay duda
de que en Washington los republicanos seguirán pintando el Green New Deal como
una receta para convertir Estados Unidos en Venezuela; de eso podemos estar
seguros. Pero esa inquietud pasa por alto uno de los mayores bene cios de
abordar la emergencia climática como un vasto proyecto de infraestructura y
regeneración de la tierra: nada cura más deprisa las divisiones ideológicas que
un proyecto concreto que aporte empleos y recursos a las comunidades
perjudicadas.
Una persona
que supo entender muy bien esto fue Franklin D. Roosevelt. Cuando desplegó la
red de campamentos que conformaban el Cuerpo Civil de Conservación, por
ejemplo, concentró deliberadamente muchos de ellos en zonas rurales que habían
votado contra él en las elecciones presidenciales. Cuatro años después, cuando
esas comunidades habían experimentado de cerca los bene cios del New Deal, se
habían hecho mucho menos
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vulnerables
al fantasma de una potencial usurpación socialista del Gobierno agitado por los
republicanos, y muchas votaron por los demócratas.
Cabe
esperar que una implementación masiva de proyectos de infraestructura verde y
rehabilitación de tierras que generen empleo tenga hoy un efecto similar.
Algunas personas seguirán convencidas de que el cambio climático es una
patraña; pero si es una patraña que crea puestos de trabajo de calidad y
desintoxica el medio ambiente, especialmente en aquellas zonas donde la única
alternativa de desarrollo económico que se ofrece es una prisión de máxima
seguridad, ¿en realidad qué más da?
9. HEMOS
NACIDO PARA VIVIR ESTE MOMENTO
Con mucho,
el mayor obstáculo al que nos enfrentamos es la desesperanza, la sensación de
que es demasiado tarde, de que lo hemos estado postergando durante demasiado
tiempo y ahora es imposible hacer lo que tenemos que hacer en un plazo tan
breve.
Y todo eso
sería cierto si el proceso de transformación partiera de cero. Pero el hecho es
que hay decenas de miles de personas y un montón de organizaciones que llevan
décadas preparándose para dar un gran paso adelante al estilo del Green New
Deal (siglos, en el caso de las comunidades indígenas que han estado
protegiendo su forma de vida). Estas fuerzas han ido diseñando discretamente
modelos locales y poniendo a prueba políticas encaminadas a dotar a la justicia
de un papel esencial en nuestra respuesta climática; esto es, en la forma en
que protegemos los bosques, generamos energía renovable, diseñamos el
transporte público, y mucho más.
«¿Quién es
la sociedad? —preguntaba en 1987 la entonces primera ministra británica
Margaret atcher, justi cando su implacable ataque a los servicios sociales—.
¡No existe tal cosa! Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias.»
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Esa sombría
visión de la humanidad —que no somos más que una colección de individuos
atomizados y familias nucleares, incapaces de hacer nada valioso y empeñados
únicamente en hacernos la guerra unos a otros— ha dominado de forma absoluta el
imaginario de la opinión pública durante mucho tiempo. No es de extrañar que
muchos de nosotros creamos que nunca podremos afrontar con éxito el reto
climático.
Pero más de
treinta años después podemos a rmar, con la misma certeza con la que sabemos
que los glaciares se derriten y las capas de hielo se desintegran, que también
esa ideología de «libre mercado» se está desvaneciendo. En su lugar, está
surgiendo una nueva visión de lo que la humanidad puede llegar a ser. Surge de
las calles, de las escuelas, de los lugares de trabajo e incluso de las sedes
de los Gobiernos. Es una visión que a rma que somos todos nosotros, juntos,
quienes conformamos el tejido de la sociedad.
Y cuando el
futuro de la vida está en juego, no hay nada que no podamos lograr.
Página 325
AGRADECIMIENTOS
JONATHAN
KARP, DE SIMON & SCHUSTER, participó en este libro desde su concepción
hasta su publicación. Le agradezco su fe en mí, sus numerosas y útiles ideas
editoriales, y su percepción de la necesidad de actuar con urgencia en relación
con el estado de nuestro mundo. Lake Bunkley nos ayudó en cada paso del camino,
y Jenna Dolan nos proporcionó una meticulosa corrección del original. Ha sido
un placer trabajar una vez más con quien desde hace tiempo es mi editora,
colaboradora y querida amiga Louise Dennys, de Penguin Random House Canada, que
aportó muchas observaciones interesantes a este libro. Y todos estamos
encantados de haber colaborado con el entregado equipo de Penguin Random House
UK.
Mi amigo
Anthony Arnove actuó como mi agente y encontró felices hogares de acogida para
las traducciones del libro en todo el mundo, además de proporcionarme valiosos
comentarios editoriales. Jackie Joiner mantuvo todas las piezas en movimiento,
desde el lanzamiento del sitio web hasta la plani cación de la gira de
presentación. Estaría perdida si no la tuviera como colega. A su vez, ambas
estamos agradecidas a Julia Prosser, Shona Cook, Annabel Huxley y demasiadas
otras personas para poder nombrarlas aquí a todas.
Rajiv
Sicora, mi brillante colaborador desde Esto lo cambia todo, me ayudó en la
investigación previa a la mayoría de los ensayos del libro. Sharon J. Riley fue
la investigadora en «Temporada de humo» y «Los años del “Salto”». Jennifer
Natoli y Nicole Weber realizaron una enorme contribución con nuevas
investigaciones y actualizaciones. Doy las gracias asimismo a Eyal Weizman por
permitirme utilizar su mapa de la línea de aridez tal como aparece en Forensic
Architecture.
Página 326
Johann Hari
fue un primer lector maravillosamente astuto, además de un afectuoso amigo.
Vaya también mi agradecimiento a los editores originales de los artículos aquí
reproducidos, especialmente a quienes desde hace tiempo son mis colegas y
amigos: Betsy Reed, Roger Hodge, Richard Kim y Katharine Viner. No podría haber
recorrido este camino sin la sabiduría y el apoyo de otros amigos y familiares,
entre ellos Kyo Maclear, Bill McKibben, Eve Ensler, Nancy Friedland, Andréa
Schmidt, Astra Taylor, Keeanga-Yamahtta Taylor, Harsha Walia, Molly Crabapple,
Janice Fine, Seumas Milne, Jeremy Scahill, Cecilie Surasky, Melina
Laboucan-Massimo, Bonnie Klein, Michael Klein, Seth Klein, Misha Klein,
Christine Boyle, Michele Landsberg y el indomable Stephen Lewis. Courtney
Butler y Fatima Lima protegieron el espacio que me permitió trabajar.
Durante
todo el proceso de elaboración de este libro he contado con el respaldo de mi
nueva comunidad de colegas de la Universidad Rutgers, entre ellos Jonathan
Potter, Dafna Lemish, Juan González, Mary Chayko, Lisa Het eld y especialmente
Kylie Davidson. Estoy en deuda con Gloria Steinem, quien con toda una vida de
trabajo creó el puesto que actualmente ostento. Vaya asimismo mi agradecimiento
a todos los miembros de e Intercept por dedicarse a un periodismo valiente y
brindar un hogar tan cálido a mi trabajo; y lo mismo con respecto a Type Media
Institute (anteriormente e Nation Institute), una entidad de la que soy
miembro. El magní co equipo de e Leap trabaja todo el día, y todos los días,
para convertir la visión expresada en estas páginas en una realidad viva para
todos nosotros. Ellos constituyen para mí una inenarrable fuente de
inspiración, al tiempo que nuestro equipo directivo, integrado por Leah
Henderson, Katie McKenna y Bianca Mugyenyi, nos guía con incansable ambición y
con anza.
Este libro
está dedicado a la memoria de mi amigo y maestro Arthur Manuel, cuya ausencia
ha dejado un vacío en mi vida y en los movimientos globales en favor de la
justicia climática y la
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soberanía
indígena. Doy las gracias a los miembros de toda la familia Manuel, que
mantienen vivo su legado y nos muestran a todos qué es un auténtico liderazgo.
Mi esposo,
Avi Lewis, me proporcionó maravillosos consejos editoriales, como ha hecho con
todos los libros que he escrito. El hecho de que estuviera ocupado rodando
documentales sobre el Green New Deal y ayudando a crear nuevas coaliciones en
torno a este proyecto en varios países resultó de lo más divertido. Nuestro
hijo, Toma, nos recuerda diariamente a ambos que el fracaso no es una opción.
Página 328
Créditos de
los textos publicados
De algunos
de los textos que componen el presente volumen existen otras versiones
publicadas con anterioridad, con diversas modi caciones, bajo los siguientes
títulos:
«Gulf Oil
Spill: A Hole in the World», e Guardian, 18 de junio de 2010.
«Capitalism
vs. the Climate», e Nation, 9 de noviembre de 2011.
«Geoengineering:
Testing the Waters», e New York Times, 27 de octubre de 2012.
«How
Science Is Telling Us All to Revolt», New Statesman America, 29 de octubre de
2013.
«Climate
Change Is the Fight of Our Lives: Yet We Can Hardly Bear to Look at It», e
Guardian, 23 de abril de 2014.
«Climate
Change Is a Crisis We Can Only Solve Together», discurso de graduación de la
promoción de 2015, College of the Atlantic, Bar Harbor (Maine), 6 de junio de
2015.
«A Radical
Vatican», e New Yorker, 10 de julio de 2015.
«Let em
Drown: e Violence of Othering in a Warming World», conferencia en memoria de
Edward W. Said, Londres, 5 de abril de 2016; publicada en London Review of
Books, 2 de junio de 2016.
«We Are
Hitting the Wall of Maximum Grabbing», discurso de aceptación del Premio Sídney
de la Paz, 11 de noviembre de 2016; publicado en e Nation, 14 de diciembre de
2016.
«Season of
Smoke: In a Summer of Wild res and Hurricanes, My Son Asks “Why Is Everything
Going Wrong?”», e Intercept, 9 de septiembre de 2017 (ayudante de
investigación: Sharon J. Riley).
«Speech to
the 2017 Labour Party Conference», Congreso Anual del Partido Laborista,
Brighton (Reino Unido), 26 de septiembre de 2017.
«Capitalism
Killed Our Climate Momentum, Not “Human Nature”», e Intercept, 3 de
agosto de
2018.
« ere’s
Nothing Natural About Puerto Rico’s Disaster», e Intercept, 21 de septiembre
de 2018;
artículo basado en los comentarios realizados el 20 de septiembre en la
concentración
«Un año después de María», celebrada en el Parque Union Square de
Nueva York
y organizada por UPROSE y OurPowerPRnyc.
« e Battle
Lines Have Been Drawn on the Green New Deal», e Intercept, 13 de febrero
de 2019.
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Naomi
Klein. Nacida en Montreal, Canadá, el 8 de mayo de 1970, es una periodista,
investigadora y escritora de gran in uencia en el movimiento antiglobalización
y el socialismo democrático.
Caracterizada
por su trabajo independiente en los medios periodísticos, colaboró como
columnista para los periódicos de corte progresista como el e Guardian de
Londres y e Globe and Mail de Toronto. Naomi Klein ha participado en charlas en
la sociedad Miliband de la London School of Economics y es doctora honoris
causa en Derecho por la Universidad de King's College, de Nova Scotia. Alcanzó
el puesto undécimo, el más alto logrado por una mujer, en el Sondeo Global de
Intelectuales, un listado de los intelectuales más relevantes del mundo que
confecciona la revista Prospect junto a la revista Foreign Policy.
Su ruptura
con la globalización implicó el estudio de las in uencias del capitalismo de
nales del siglo XX y del sistema de la
Tercera
Vía, así como en el impulso del sistema de economía neoliberal y sus efectos en
la cultura moderna de masas. Fruto de sus investigaciones, ha escrito varios
libros como No Logo (2001),
Página 330
Vallas y
ventanas (2003), La doctrina del shock (2007), Esto lo cambia todo (2014),
Decir no no basta (2017), el guion del documental La Toma / e Take (dirigido
por Avi Lewis, centrado en la toma de una fábrica recuperada por sus
trabajadores bajo control obrero como forma de lucha en contra de la
globalización en el marco de la crisis argentina y las movilizaciones
ciudadanas entre 2001 y 2002) y un gran número de artículos periodísticos y
políticos.
Página 331
Notas
[1]. Las
cifras se han recuperado desde entonces, y a principios de 2019 experimentaron
un cambio rápido. Un estudio de enero de 2019 del Programa de Yale sobre la
Comunicación del Cambio Climático observó que el 72 % de los estadounidenses
describían el cambio climático como una cuestión «personalmente importante», lo
que suponía un aumento de nueve puntos desde marzo de 2018. Una clara mayoría
también entendía que el cambio climático ha sido provocado principalmente por
la actividad humana. El estudio también observó que «casi la mitad de los
estadounidenses (el 46 %) dicen que han experimentado personalmente los
efectos del calentamiento global, un aumento de 15 puntos porcentuales desde
marzo de 2015». También cabe destacar que una encuesta llevada a cabo en 2017
por el Centro de Investigaciones Pew observó que el 65 % de los
estadounidenses apoyan la expansión de fuentes de energía libres de
combustibles no fósiles, mientras que tan solo el 27 % apoyan el incremento del
uso de combustibles fósiles. <<
[2]. La
división entre partidos sigue siendo acusada: tan solo el 26 % de los
republicanos conservadores creen en el consenso cientí co sobre el cambio
climático. Sin embargo, entre los republicanos que se consideran
liberales/moderados, la negación ha caído signi cativamente, ya que el 55 % ya
acepta el papel de la humanidad en el calentamiento global, según un estudio
llevado a cabo por la Universidad de Yale.
[3]. Puede
que este sea el mayor cambio reciente de todos: una encuesta llevada a cabo en
2019 por el Centro de Investigaciones Pew indicó que el 44 % del electorado
estadounidense cree que el cambio climático debería ser una prioridad
principal, en comparación con el 26 % de 2011. Cabe también destacar que una
encuesta llevada a cabo por la CNN en abril de 2019 sugiere que el cambio
climático ya se ha convertido en la cuestión más importante para los votantes
registrados del Partido Demócrata para las primarias presidenciales, por encima
incluso de la sanidad.
[4]. El
Centro sobre Políticas Energéticas Globales de la Universidad de Columbia
informa de algunas tendencias recientes esperanzadoras: China ya se ha
convertido en el líder mundial en energía eólica, solar e hidráulica. El
consumo de carbón, que no había dejado de aumentar, cayó en un 3-4 % en 2017.
Sin embargo, a pesar de que la indignación pública ante la contaminación tóxica
del aire logró que se cerraran muchas plantas eléctricas alimentadas por carbón
en China y que se detuviera la construcción de muchas otras, se informa de que
se están construyendo cien plantas nuevas en otros países con participación
china. En otras palabras, igual que Norteamérica y Europa reubicaron gran parte
de sus emisiones en China junto con su producción, ahora China está reubicando
una fracción de sus emisiones en otras partes más pobres del planeta. <<
[5]. Este
es un problema sistémico. Según un estudio de 2014 publicado en Climate Change,
los laboratorios de ideas que respaldan el negacionismo climático y otros
grupos de defensa de intereses que constituyen lo que el sociólogo Robert
Brulle llama «el contramovimiento del cambio climático» están reuniendo entre
todos más de novecientos millones de dólares al año para su participación en
toda una serie de causas de derechas, la mayoría en forma de «dinero oscuro»,
es decir, fondos de fundaciones conservadoras que no se pueden rastrear por
completo.
[1]. Gates
es uno de los fundadores de un grupo de investigación de la Universidad de
Harvard que ha anunciado que acometerá un experimento de campo revolucionario
basado en la inyección de aerosoles en la estratosfera en 2019, un plan que ha
levantado considerable polémica y que ha sido pospuesto en varias ocasiones.
Según el in uyente cientí co Kevin Trenberth, «la geoingeniería solar no es la
respuesta» ante el fracaso en la reducción de emisiones. «Rebajar la radiación
solar recibida afecta al clima y al ciclo hidrológico. Estimula las sequías,
desestabiliza las circunstancias y podría provocar guerras. Los efectos
secundarios son muchos y, sencillamente, nuestros modelos no son lo su
cientemente buenos como para predecir los resultados.»
[1]. Ahora
sabemos que gran parte de esa tercera «erre» no ha servido de nada: en las
ciudades de todo Norteamérica vemos cómo montañas de envases de comida para
llevar y publicidad que los consumidores creyeron que iban a ser enviadas a
centros de reciclaje para ser convertidas en objetos más útiles son
transportadas directamente a vertederos o son incineradas (ambas vías son
grandes fuentes de gases de efecto invernadero). Esto ocurre porque China, en
2018, redujo de forma considerable la cantidad de desechos reciclables que
estaba dispuesta a aceptar tras descubrir los graves impactos en la salud y el
medio ambiente que esta industria de bajo margen estaba provocando.
[2].
Escribí a una amiga de Los Ángeles para ver cómo estaba después de que una gran
lengua de fuego hubiese invadido la ciudad como una bestia del Apocalipsis.
«Hubo días en los que el cielo era tan denso que sabía como el humo de segunda
mano de las discotecas de los ochenta, y en todas partes solo se hablaba sobre
planes de evacuación —me dijo—. Pero ahora todo el mundo ha vuelto a la
normalidad, lo que hace que me pregunte qué tendrá que pasar para que la gente…
no haga eso.» Ciertamente: ¿qué tendrá que pasar?
[1]. Este
contexto debe ocupar un lugar prioritario en el diseño y la implementación de
cualquier posible Green New Deal contemporáneo. Para evitar la repetición de
esas pautas coloniales, habrá que integrar desde un primer momento el
conocimiento y el liderazgo indígena, especialmente en lo relativo a los
ambiciosos proyectos de plantación de árboles y restauración ecológica que tan
necesarios son para reducir el carbono y proporcionar protección contra las
tormentas a gran escala.
[2]. La
idea de que el colapso climático no es obra de la humanidad como una unidad
homogénea, sino más bien de una serie de proyectos imperialistas concretos,
recibió un fuerte espaldarazo histórico a principios de 2019. En esa fecha, un
equipo de cientí cos del University College de Londres publicó un artículo en
Quaternary Science Reviews en el que se argumentaba de forma convincente que el
período de enfriamiento global conocido como la «Pequeña Edad de Hielo», que
tuvo lugar principalmente en los siglos XVI y XVII, se debió en parte al
genocidio de pueblos indígenas de América que siguió al contacto europeo. Los
cientí cos sostienen que, debido a los millones de muertes producidas por
enfermedades y matanzas, enormes extensiones de tierra que anteriormente se
habían utilizado para la agricultura fueron invadidas de nuevo por plantas y
árboles silvestres, que capturaron carbono y enfriaron todo el planeta. «La
Gran Mortandad de los Pueblos Indígenas de América condujo al abandono de la su
ciente cantidad de tierra roturada como para que la absorción de carbono
terrestre resultante tuviera un impacto detectable tanto en el CO2 atmosférico
como en las temperaturas globales del aire en super cie», señala el artículo.
El profesor Mark Maslin, uno de los coautores, se re ere a este fenómeno en
términos escalofriantes como un «descenso del CO2 generado por un genocidio».
<<
[3]. Según
la Organización Internacional para las Migraciones, en 2016, el año en que se
pronunció esta conferencia, murieron en la travesía la cifra récord de 5.143
migrantes.
[4]. En los
últimos años, Europa ha adoptado con entusiasmo el modelo australiano. En un
esfuerzo por restringir la inmigración, el Gobierno italiano ha colmado a la
notoriamente ilegal Guardia Costera libia de fondos, entrenamiento, apoyo
logístico y equipamiento, todo para que pueda interceptar los barcos de
migrantes antes de que lleguen a aguas europeas. Al amparo de este nuevo
sistema, los migrantes que sobreviven —miles de ellos siguen ahogándose— son
conducidos por la fuerza de regreso a Libia y a lo que con frecuencia se
describe como «campos de concentración», lugares donde la tortura, la violación
y otras formas de abuso son generalizadas. Mientras tanto, varias
organizaciones humanitarias internacionales, como Médicos sin Fronteras (MSF),
que anteriormente habían salvado a miles de migrantes en el mar, se enfrentan a
la criminalización y a la incautación de sus embarcaciones. A nales de 2018,
cuando MSF se vio obligada a interrumpir las operaciones de su barco de rescate
Aquarius, la directora general de la organización, Nelke Manders, comentaba:
«Hoy es un día sombrío. Europa no solo ha sido incapaz de proporcionar su
propia capacidad de búsqueda y rescate, sino que, además, ha saboteado
activamente los intentos de salvar las vidas de otros. El n del Aquarius signi
ca que habrá más muertes en el mar, y más muertes innecesarias que pasarán
desapercibidas». <<
[1]. Pese a
los múltiples intentos de Donald Trump de acelerar la construcción del
oleoducto, de 8.000 millones de dólares, mediante una orden ejecutiva, en el
momento de publicar este libro el proyecto permanece atascado en varios
procesos judiciales.
[2]. El
«Salto» fue, en muchos sentidos, una especie de plan proto Green New Deal, un
intento de vincular una ambiciosa acción climática con una transición a una
economía mucho más justa e inclusiva. Las fortalezas y las aquezas de nuestro
experimento pueden revelarse útiles en la medida en que diversos países están
intentando implementar el modelo del Green New Deal.
[3]. Véase
<https://leapmanifesto.org/en/the-leap-manifesto/espanol>. (N. del t.)
[4]. Como
ha argumentado recientemente el historiador Greg Grandin en e End of the Myth:
From the Frontier to the Border Wall in the Mind of America, la promesa de
avanzar a través de una frontera abierta en perpetua expansión ha sido la
principal forma en que los políticos estadounidenses han resuelto los con ictos
sociales y ecológicos. Cada vez que la agricultura irresponsable agotaba el
suelo, o que un grupo de inmigrantes pobres (blancos) exigía mayor igualdad, la
respuesta consistía en apoderarse violentamente de más tierras de los
amerindios y expandir la esfera. Pero ahora se ha alcanzado el muro metafórico
y ya no hay frontera disponible, sea geográ ca, nanciera o atmosférica. Grandin
sostiene que Donald Trump y su muro deben entenderse como una reacción al
desmoronamiento del mito de la frontera: sin frontera alguna que conquistar,
Trump centra ahora toda su atención en atesorar la riqueza de Estados Unidos
para su grupo de elegidos, mientras cierra la puerta a todos los demás. Esta es
la razón por la que no es posible dejar morir tranquilamente los relatos
nacionales obsoletos: hay que cuestionarlos con nuevos relatos que re ejen cómo
ha evolucionado nuestro conocimiento y quiénes queremos ser; de lo contrario,
se volverán infecciosos y aún más peligrosos. <<
[1]. Hay
aquí un juego de palabras, puesto que, como es sabido, en inglés trump signi ca
«triunfo». (N. del t.)
[2]. En
2016 y 2017, debido al calentamiento de las temperaturas oceánicas, la Gran
Barrera de Coral experimentó una decoloración masiva que convirtió lo que
antaño había sido una explosión de vida de colores brillantes en un blanco y
sobrecogedor cementerio de aspecto fantasmal. Aproximadamente la mitad del
vasto coral del arrecife murió en ese período. En abril de 2019 se publicó una
nueva investigación que revelaba que el arrecife no se estaba recuperando. Como
informaba la revista New Scientist: «En 2018 la cantidad de larvas de coral del
arrecife se redujo en un 89 %, y alcanzó niveles históricos. “El coral muerto
no tiene crías”, sostiene Terry Hughes, de la Universidad James Cook de
Australia, que dirigió el trabajo».
[3]. Esta
guerra ha entrado en una nueva fase, más letal, con la elección de Jair
Bolsonaro como presidente de Brasil. Bolsonaro ha convertido en una prioridad
la apertura de la Amazonia a un desarrollo sin restricciones y ha atacado los
derechos sobre la tierra de los indígenas, y ha declarado amenazadoramente que
«vamos a dar un ri e y un permiso de armas a cada granjero».
[1]. Esta
cifra de muertos se vería superada solo un año después en la vecina Grecia,
donde murieron unas cien personas en una serie de fuegos que arrasaron diversas
zonas costeras a partir de Ática en el que sería el incendio más devastador en
la historia de la Europa moderna. Al borde de un acantilado se encontraron los
restos de una familia numerosa con los brazos y las piernas entrelazados: se
habían abrazado unos a otros mientras se acercaban las llamas.
«Instintivamente, al ver que se acercaba el n, se abrazaron», declaró el
director de la Cruz Roja griega, Nikos Economopoulos, a un equipo de
televisión.
[2]. Como
ocurrió en noviembre de 2018 en Paradise, California, una población de 27.000
habitantes que quedó arrasada en el incendio más devastador de toda la historia
de este estado.
[3]. Un año
después, en 2018, el entonces secretario de Interior de Trump utilizó los
incendios forestales récord de California para abrir con discreción grandes
extensiones de bosque a la tala. Eso no era nada nuevo para Ryan Zinke, quien,
en 2015, cuando era miembro del Congreso, copatrocinó una ley que amenazaba la
protección medioambiental de los bosques públicos. Tres años después seguía
repitiendo el mantra de que la deforestación era la mejor opción para frenar
los incendios forestales. «Todos los años vemos arder nuestros bosques, y cada
año se pide que se tomen medidas. Sin embargo, cuando se toman esas medidas y
tratamos de limpiar los bosques de madera muerta o moribunda, o intentamos
obtener madera de forma sostenible en áreas densamente pobladas y propensas a
los incendios, se nos ataca con frívolos litigios de ecologistas radicales que
preferirían ver arder forestas y comunidades antes que ver a un leñador en el
bosque». No hay duda de que California necesita tanto una mejor gestión
forestal como una política de uso de la tierra más sensata. Pero teniendo en
cuenta el papel indispensable que desempeñan los árboles para mantener el
carbono fuera de la atmósfera, lo último que deberíamos hacer es aumentar la
deforestación en nombre de la prevención de incendios. <<
[4]. Ese
sombrío récord se rompería tan solo un año después, durante la histórica
temporada de incendios de 2018.
[5]. En
Estados Unidos y Canadá se celebra el primer lunes de septiembre. (N. del t.)
[1]. En
junio de 2017 se produjo un incendio en un edi cio de veinticuatro plantas de
viviendas de protección o cial en North Kensington, Londres, en el que murieron
más de setenta personas. La investigación posterior reveló que varias
negligencias habían contribuido a que el edi cio resultara especialmente
vulnerable a las llamas, entre ellas el revestimiento plástico que se había
instalado para mejorar el aspecto externo de la torre —que resultó ser hiperin
amable—, el escaso mantenimiento del equipamiento contra incendios, el mal
funcionamiento del sistema de ventilación y la falta de salidas de incendios.
[2]. En las
elecciones generales de 2017, el Partido Laborista incrementó su porcentaje de
votos más que en ningunas otras elecciones desde 1945. Por su parte, los
conservadores perdieron la mayoría, pero se aferraron al poder formando una
coalición con el Partido Unionista Democrático de Irlanda (DUP).
[3].
Momentum es un movimiento de base asociado al Partido Laborista que apoya a
candidatos progresistas y hace que el partido se incline hacia la izquierda.
[1]. Cuando
Rich amplió el artículo, en un libro publicado en 2019, corrigió la omisión.
[2]. El
libro que, como menciona la autora, publicó Rich en 2019 basándose en el
artículo al que aquí hace referencia lleva por título Losing Earth: e Decade We
Could Have Stopped Climate Change [Perder la Tierra: la década en la que
podríamos haber parado el cambio climático]. (N. del t.)
FIN

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