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Libro N° 14644. El Imperio Kázaro Y Su Herencia. Koestler, Arthur.


© Libro N° 14644. El Imperio Kázaro Y Su Herencia. Koestler, Arthur. Emancipación. Diciembre 27 de 2025

 

Título Original: © Arthur Koestler. El Imperio Kázaro Y Su Herencia

 

Versión Original: © El Imperio Kázaro Y Su Herencia. Arthur Koestler

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL IMPERIO KÁZARO Y SU HERENCIA

Arthur Koestler


El Imperio Kázaro Y Su Herencia

Arthur Koestler


Para el lector general, los kázaros o jázaros, un pueblo de origen turco que floreció en la Edad Media, pueden parecer infinitamente remotos. Sin embargo, guardan una estrecha e inesperada relación con el mundo que conocemos hoy. Arthur Koestler relata la fascinante historia del antiguo imperio kázaro, una potencia importante pero casi olvidada en Europa oriental en la época en que Carlomagno era emperador en Occidente. Su dominio se extendía entre el Mar Negro y el Caspio, desde el Cáucaso hasta el Volga. Los kázaros contribuyeron decisivamente a detener el ataque musulmán contra Bizancio, la mandíbula oriental del gigantesco movimiento de pinza que, en Occidente, se extendió por el norte de África hasta España.

A partir de entonces, los kázaros se encontraron en una posición precaria entre las dos grandes potencias mundiales, el Imperio Romano de Oriente en Bizancio y los triunfantes seguidores de Mahoma. Como señala Koestler en un llamativo símil, «eran la Tercera Fuerza de su época, y eligieron un método inesperado para resistir la presión occidental de hacerse cristianos y la oriental de adoptar el islam. Rechazando a ambos, se convirtieron al judaísmo».

En la segunda parte del libro, «La herencia», el autor especula sobre el destino final de los kázaros y su impacto en la composición racial y la herencia social de los judíos modernos. Presenta un gran número de investigaciones meticulosamente detalladas en apoyo de una teoría que suena tanto más convincente por la moderación con la que se expone. Sin embargo, si se confirmara, el término «antisemitismo» quedaría vacío de significado. Se basa, escribe, «en un malentendido compartido tanto por los asesinos como por sus víctimas». La historia del Imperio kázaro, a medida que emerge lentamente del pasado, empieza a parecerse al engaño más cruel que la Historia haya perpetrado jamás.

Arthur Koestler

El Imperio Kázaro Y Su Herencia

ePub r1.0

Titivillus 30.04.2025

Título original: The Thirteenth Tribe: The Khazar Empire and Its Heritage Arthur Koestler, 1976

Traducción: Román Izuzquiza & Juan Faci

Prólogo a la edición castellana: Salvador Claramunt

Información cartográfica: Salvador Claramunt

Diseño de la cubierta: Ismael Balanyà

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

INDICE

PRÓLOGO A LA EDICIÓN CASTELLANA

Parte I. GRANDEZA Y DECADENCIA DE LOS KAZAROS

Inicios

La conversión

El declive

La caída

Parte II. LA HERENCIA

Éxodo

¿De dónde venían?

Flujo y reflujo

Raza y mito

ANEXOS

Nota sobre la ortografía

Nota sobre las fuentes

«La correspondencia kázara»

Algunas consecuencias: Israel y la diáspora

BIBLIOGRAFIA

Sobre el autor

Notas

PRÓLOGO A LA EDICIÓN CASTELLANA

Aproximadamente desde los siglos VII al XII de nuestra era, un imperio semi-nómada se extendió desde el mar Negro hasta los Urales, y desde el Cáucaso hasta el lugar en que el Volga y el Don convergen. Este imperio fue creación de los kázaros, pueblo de estirpe turca que, debido a su estratégico emplazamiento, desempeñó un papel muy importante es la historia del Imperio bizantino, el Califato de Bagdad y los varegos escandinavos establecidos en Rusia.

Sobre el año 740, la corte real kázara y los estamentos que ostentaban el poder se convirtieron al judaísmo. Muy poco se sabe de los motivos o circunstancias que originaron este acontecimiento extraordinario e insólito. Una conjetura aparente sería que representaba un intento para lograr la autonomía nacional frente a las cada vez mayores presiones de los mundos cristiano e islámico; ya que el judaísmo era el precursor indiscutible de ambas religiones, y de esta manera, los kázaros, según las necesidades militares y diplomáticas, podían buscar una alianza con cualquiera de las dos partes, o bien hacer de intermediarios entre una y otra.

Esta situación quedó superada cuando en el siglo X apareció un nuevo peligro que procedía del Norte: eran los suecos, quienes con el nombre de varegos, y más tarde de rhus, iban conquistándolo todo de modo inexorable.

La gran personalidad del filósofo-ensayista Arthur Koestler queda prontamente reflejada en esta interesante obra sobre el poco conocido mundo de los kázaros.

El tema, atractivo y enigmático de por sí, es magníficamente tratado por Koestler de modo lúcido y a veces ameno. Koestler es un autor apasionado en todas sus manifestaciones, pero minucioso analista de la realidad, como podemos ver a través de su biografía. Nacido en Budapest el año 1905 en el seno de una familia judía acomodada; la primera Guerra Mundial arruinó a su familia, poniendo fin a unas confortables niñez y adolescencia. A partir de aquel momento, nuestro autor ejerció toda suerte de actividades: obrero agrícola en Palestina, arquitecto, vendedor de bebidas refrescantes en Haifa, agente de turismo. A continuación, ya periodista, se hizo fervoroso comunista en 1931, siendo corresponsal de guerra en Palestina por el «Manchester Guardian», y después en España, durante la última guerra civil, por el «News Chronicles». En 1938 abandonó el Partido, comentando tristemente su experiencia con la siguiente frase: «Serví el mismo período de tiempo durante el que Jacob cuidó las ovejas de Laban para ganar a Raquel, su hija. Cuando llegó el momento, la novia fue conducida a su oscura tienda; hasta la mañana siguiente no descubrió que su pasión se la había dedicado no a la adorable Raquel, sino a la fea Leah. Me pregunto si él se recuperaría algún día del golpe de haber dormido con una ilusión». Ilusión que, a pesar de ciertos profundos desengaños, como acabamos de ver, le han permitido filosofar y dedicarse a tratar los más variados temas, como es el caso que nos concierne. En la actualidad, Koestler vive en Londres y posee la ciudadanía británica, gozando de fama mundial por sus numerosas y apasionantes obras.

Arthur Koestler, sin ser historiador de oficio, ha sabido recopilar todo el material existente sobre los kázaros, lo ha analizado minuciosamente, lo ha comparado y después de presentar un verdadero muestreo de pruebas lanza su teoría de que la mayoría de los judíos no son de raza semita, sino de origen turco-kázaro, como descendientes de las tribus kázaras judaizadas que se dispersaron por el Oriente europeo después del hundimiento del Imperio kázaro ante las presiones de los varegos y, en última instancia, de los mongoles entre los siglos XII y XIII.

La primera parte del libro, titulada «Grandeza y decadencia de los kázaros», trata de reconstruir la historia del Imperio kázaro a partir de las escasas fuentes que existen. De modo ágil y casi cinematográfico pasan ante nosotros las opiniones de expertos en el tema que, como Artamonov, Dunlop, Obolensky, Cassel, que complementan a las fuentes contemporáneas árabes de Ibn Farlan, Istakri, Masudi, Ibn Rusta; hebreas de Jehuda Halevy, Hasdai Ibn Shaprut; bizantinas, e incluso cristianas occidentales. Es un verdadero derroche de citas originales sobre las instituciones, modo de vida, tradiciones y religión de las tribus kázaras, la que hace el autor, así como una continua comparación histórica con otros pueblos y otras épocas, bordándose un magnífico capítulo de Historia comparada en todas sus más diversas facetas. El capítulo central de esta parte es el que trata de la conversión al judaísmo de los kázaros, por ser un hecho insólito en la Historia y base de las teorías que se lanzarán después. Koestler interpreta con mucha objetividad y serenidad este hecho, que califica de verdadero compromiso aplicado a la teología, después de una detenida interpretación de los más variados testimonios de todos los credos, para concluir con la afirmación de que los kázaros pudieron permitirse el lujo de ser judíos gracias a su poderío económico y militar que hacía que fuesen respetados por las dos grandes potencias vecinas: Bizancio y el Califato abasí.

Esta Primera parte finalizará con dos capítulos también interesantes sobre el declive y la caída del Imperio kázaro, que se atribuye a la entrada en escena de elementos nuevos hasta entonces insignificantes: los varegos, que ocuparon Kiev en el 862, y a la sustitución de la tradicional alianza bizantino-kázara por la nueva alianza ruso-bizantina, después de la conversión al cristianismo de Vladimir de Kiev; fue un caso de Realpolitik, a que tanto nos tiene acostumbrados el Imperio bizantino a través de sus 1.000 años de existencia, y que esta vez abandonó a su suerte a los kázaros, que se convirtieron en un anacronismo judaizante.

Resulta muy interesante señalar cómo el régimen soviético ha creído su deber borrar el recuerdo kázaro que, según la interpretación de la Historia fabricada en los laboratorios interpretativos soviéticos, no desarrolló ningún papel positivo en la creación del Estado de los eslavos orientales, e incluso retardó el desarrollo del antiguo Estado ruso. De esta manera, según señala Koestler, los adictos del Partido acababan con el amortajamiento comenzado por las aguas que ya habían recubierto por completo las ruinas de la ciudad-fortaleza kázara de Sarkel.

Después de esta breve, pero clara historia de los kázaros, en la Segunda parte (capítulos 5 al 7) se ha reunido la documentación histórica que corrobora que la mayoría de los judíos de Europa oriental son de origen turco-kázaro, y no de origen semita, ya que la idea, tradicionalmente admitida de un éxodo multitudinario de judíos occidentales, desde el Rhin hasta Polonia, atravesando Alemania, país hostil y sin un solo correligionario, es históricamente insostenible. Koestler aporta pruebas sugestivas citando los enclaves kázaros de supervivencia en Rusia, Crimea, Polonia, Lituania y Hungría, así como notables semejanzas lingüísticas que confirman lo anteriormente expuesto. Pero aquí podemos añadir nosotros que el propio nombre de Arthur Koestler es una corrupción obvia de Arthur (el) Kázaro, y que, apropiado, es el que este judío húngaro, que ha lanzado esta teoría histórica, ostente en su propia persona una evidencia tan convincente de esta aseveración.

En el último capítulo (8) se demuestra que los datos de la antropología concuerdan con la Historia a la hora de refutar la todavía usual opinión según la cual existe una raza judía que se remonta hasta la tribu bíblica. Después de este capítulo y de las pruebas aducidas podemos afirmar con Koestler que los judíos son una raza híbrida en la que tienen gran importancia los elementos sociales.

Cuatro anexos de carácter eminentemente crítico justifican la grafía empleada, los historiadores citados, las fuentes árabes, bizantinas, rusas y a los eruditos modernos que se han seguido, dándonos una esquemática biografía, y la labor de investigación realizada por todos los autores consultados.

Estamos, pues, ante una obra ágil, apasionante en su enfoque, a base de una tesis muy bien argumentada. Si es válida o no, es asunto que únicamente unos cuantos estudiosos podrán decidir. Pero lo cierto es que este libro ayudará a despejar muchas incógnitas sobre el pueblo kázaro y el origen de los judíos de la Europa oriental, a los que posiblemente el destino les ha hecho ser víctimas de la más cruel de las ironías: ser perseguidos por prejuicios raciales, cuando en realidad únicamente existían creencias religiosas heredadas de sus antepasados no semitas que abrazaron sobre el 740 la religión hebrea por razones meramente políticas y coyunturales, que les permitieron reforzar su personalidad frente a las potencias hegemónicas del Alto Medioevo en el área caucásica.

SALVADOR CLARAMUNT

DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO

DE HISTORIA MEDIEVAL DE LA

UNIVERSIDAD DE BARCELONA

A HAROLD HARRIS

AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar aquí mi reconocimiento hacia la señorita Joan Saint-George Saunders (Writer’s and Speaker’s Research), cuya eficacia e imaginación me han ayudado a esclarecer, en muchas ocasiones, oscuras referencias, e incluso a descubrir documentos insospechados.

Debo mucho también a la señorita Shula Romney, por sus traducciones del ruso, y a la señorita Tala Bar-Haim, por sus traducciones del hebreo.

PARTE I

GRANDEZA Y DECADENCIA

DE LOS KAZAROS

En Kazaria, corderos, miel y

judíos se hallan en abundancia.

MUQADASSI

Descripción del imperio

de los musulmanes (siglo X).

INICIOS

I

En la época en que Carlomagno se hacía coronar emperador de Occidente, el extremo oriental europeo que va desde el Cáucaso al Volga, se hallaba dominado por un Estado judío, conocido por el nombre de Imperio kázaro. En su apogeo, entre los siglos VII al X, dicho Estado representó un importante papel por su contribución a estructurar el destino de la Europa medieval —y moderna, en consecuencia—. Sin duda este hecho lo comprendía muy bien el emperador-historiador de Bizancio, Constantino VII el Porfirogéneta (901-959), quien señalaba en su Libro de las Ceremonias[1] cómo las cartas dirigidas al papa de Roma, al igual que las destinadas al emperador de Occidente, llevaban un sello de dos monedas de oro, mientras que los mensajes destinados al rey de los kázaros debían llevar un sello de un valor de tres monedas de oro. ¿Adulación? No. Realismo, más bien Realpolitik. En el siglo IX «es probable que para la política exterior de Constantinopla el khan de los kázaros no tuviera menos importancia que el propio Carlomagno y sus sucesores».[2]

El país de los kázaros, pueblo étnicamente turco, ocupaba una estratégica posición entre el Caspio y el mar Negro, sobre los extensos caminos de paso en que confluían las potencias orientales de la época. Servía como Estado-tapón para Bizancio, a quien protegía contra las invasiones de las rudas tribus bárbaras de las estepas septentrionales: búlgaros, magiares, etc., y más adelante vikingos y rusos. Pero hubo algo tan importante, si no más, al menos desde el punto de vista de la diplomacia bizantina y de la historia europea, y es el hecho de que los ejércitos kázaros pudieran contener la avalancha árabe en sus primeros momentos, los más devastadores, e impedir así la conquista musulmana de la Europa del Este. Un especialista de la historia de los kázaros, el profesor Dunlop, de la Universidad de Columbia, resume en algunas líneas este episodio decisivo y, generalmente, tan poco conocido:

El territorio kázaro… se extendía a través de la línea normal de avance árabe. Algunos años después de la muerte de Mahoma (el año 632 después de J. C.) los ejércitos del califato se habían lanzado hacia el norte barriendo los escombros de los dos imperios y, materialmente volando de victoria en victoria, alcanzaron la gran barrera montañosa del Cáucaso. Franqueada esta barrera, la ruta de las llanuras de la Europa oriental quedaban libres. En la línea del Cáucaso, los árabes se encontraron con fuerzas de una potencia militar organizada que, de hecho, les impidieron sus conquistas en dicha dirección. Las guerras de árabes y kázaros, que duraron más de cien años, por muy desconocidas que sean, tienen por ello una importancia histórica considerable. En la campaña de Tours, los francos de Carlos Martel pusieron término a la invasión árabe. Hacia la misma época las amenazas que pesaban sobre la Europa del Este no eran menos graves… Los victoriosos musulmanes fueron contenidos por los ejércitos del reino kázaro… Es indudable que, de no haber estado los kázaros en la región norte del Cáucaso, Bizancio, muralla de la civilización europea en Oriente, se hubiera visto desbordada por los árabes: es probable que la historia de la cristiandad y del islam hubieran sido en adelante muy distintas a las que conocemos.[3]

Por ello no es sorprendente, dadas las circunstancias, que tras una resonante victoria de los kázaros sobre los árabes, el futuro emperador Constantino V desposara a una princesa kázara. Fruto de dicho matrimonio sería un hijo que habría de convertirse en el emperador León IV, apodado «el Kázaro».

Algunos años más tarde, sin duda hacia el 740, el rey, su corte y la clase militar dirigente se convertían al judaísmo, que pasó a ser la religión oficial de los kázaros. Es cierto que sus contemporáneos quedaron tan extrañados de esta decisión como los eruditos modernos al descubrir el testimonio en fuentes árabes, griegas, rusas y hebreas. Respecto a este tema, uno de los comentarios más recientes lo encontramos en un historiador marxista, Antal Bartha, autor de un libro sobre la sociedad húngara de los siglos octavo y noveno.[4] Diversos capítulos de esta obra conciernen a los kázaros, quienes durante la mayor parte de esta época fueron los soberanos de los húngaros; pero su conversión al judaísmo es objeto de un único párrafo por parte del autor, en el que se adivina una indecisión bastante evidente. He aquí lo que leemos:

Si bien los problemas relativos a la historia de las ideas quedan fuera de nuestro propósito, debemos, no obstante, atraer la atención sobre el problema de la religión del Estado en el reino kázaro. El judaísmo pasó a ser la religión oficial de las capas dirigentes de la sociedad. Indudablemente, la aceptación del judaísmo como religión de Estado de un pueblo étnicamente no judío podría ser objeto de interesantes especulaciones. Sin embargo, nos limitaremos a señalar que esta conversión oficial —desafío al proselitismo cristiano de Bizancio y a la influencia musulmana venida del Este, y a despecho de las presiones políticas de ambas potencias— a una religión que no tenía el apoyo de ninguna potencia política, siendo, por el contrario, perseguida casi por doquier, ha sido una sorpresa para todos los historiadores que se han interesado por los kázaros; esta conversión no puede ser una casualidad: es preciso considerarla como un signo de la política independiente llevada por este reino.

Este hecho consigue aumentar aún más nuestra perplejidad. Pero, en cualquier caso, aunque las fuentes difieren sobre determinados detalles, los

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hechos fundamentales son incuestionables.

En cambio, lo que sí puede discutirse es la suerte de los kázaros judíos tras la destrucción de su reino, hacia los siglos XII o XIII. En este punto las fuentes muestran una gran debilidad. No obstante, se mencionan distintos establecimientos kázaros, a fines de la Edad Media, en Crimea, Ucrania, Hungría, Polonia y Lituania. De las diferentes referencias fragmentarias podemos obtener una visión de conjunto: la de una migración de tribus y grupos kázaros hacia las regiones de la Europa oriental —principalmente Rusia y Polonia—, exactamente donde habrían de encontrarse, al alba de los tiempos modernos, las mayores concentraciones de judíos. De ahí la hipótesis formulada por varios historiadores, según la cual buena parte, si no la mayoría, de los judíos de Europa oriental —y, en consecuencia, de los judíos del mundo entero— serían de origen kázaro, y no semita.

Las consecuencias de semejante hipótesis irían muy lejos, lo que posiblemente explique las precauciones que toman los historiadores al abordar este tema —cuando no lo evitan deliberadamente—. Así, en la edición de 1973 de la Encyclopaedia Judaica, el artículo «Kázaros» está firmado por Dunlop, mientras que en otra sección que trata de «los judíos kázaros tras la caída del reino», firmada por los editores, la redacción persigue la intención evidente de ahorrar emociones a los lectores que crean en el dogma del pueblo elegido:

Los karaítas (secta tradicionalista judía), de lengua turca de Crimea, Polonia y otros lugares, han afirmado que estaban emparentados con los kázaros, lo que posiblemente confirmen los testimonios extraídos del folklore y de la antropología, como también de la lengua. Parece existir una considerable cantidad de indicios que atestiguan la presencia continua en Europa de descendientes de los kázaros.

¿Cuál es la importancia, en términos cuantitativos, de esta «presencia» de los hijos caucasianos de Jafet en los campos de Sem? Uno de los más radicales abogados del origen kázaro de los judíos, A. N. Poliak, profesor de historia judía medieval en la Universidad de Tel Aviv, pide en la introducción de su libro Kazaria,[5] publicado en hebreo en 1944, y con segunda edición en 1951:

Que se aborde con un nuevo espíritu tanto el problema de las relaciones entre la judería kázara y el resto de las comunidades judías como la cuestión de saber en qué medida puede considerarse a dicha judería «kázara» como el núcleo de los grandes centros judíos en Europa oriental… Los descendientes de dichos centros, tanto los que allí han permanecido como los emigrados a Estados Unidos u otros países, y los que se han instalado en Israel, constituyen hoy día la gran mayoría de los judíos del mundo entero.

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Estas líneas fueron escritas en una época en la que todavía no se conocía la extensión del holocausto nazi, pero esto en nada cambia el hecho de que la gran mayoría de los judíos supervivientes proceden de la Europa oriental y que, consecuentemente, es muy posible que sean de origen kázaro. Esto significaría que los antepasados de estos judíos no procederían de las orillas del Jordán, sino de las llanuras del Volga, no vendrían de Caná, sino del Cáucaso, donde se ha localizado la cuna de la raza aria; genéticamente estarían más emparentados con los hunos, con los magiares, que con la simiente de Abraham, de Isaac, de Jacob. Si esto fuera así, la palabra «antisemitismo» carecería de sentido: únicamente testimoniaría un malentendido compartido a partes iguales por víctimas y verdugos. A medida que emerge lentamente del pasado, la aventura del Imperio kázaro comienza a parecernos una farsa, la más cruel que la Historia haya nunca representado.

II

Después de todo, Atila no fue más que el rey de un pueblo nómada. Su reino desapareció — mientras que la ciudad de Constantinopla, que él tanto despreció, conservó su poderío—. Las tiendas se desvanecieron, pero las ciudades permanecieron. El imperio de los hunos fue un torbellino…[6].

Tal era el juicio de un orientalista del siglo XIX, Paulus Cassel, en el supuesto de que los kázaros hubieran tenido, por idénticas razones, la misma suerte que los hunos. Pero las hordas de Atila tan sólo se mantuvieron en la escena europea durante ochenta años,[7] mientras que el reino de los kázaros permaneció casi cuatro siglos. Ciertamente, los kázaros vivían en tiendas de campaña, pero también formaron grandes aglomeraciones: eran una tribu de nómadas guerreros en plena evolución, en trance de convertirse en agricultores, ganaderos, pescadores, viticultores, comerciantes y artesanos. Los arqueólogos soviéticos han hallado los restos de una civilización relativamente avanzada, totalmente diferente del «torbellino» de los hunos. Han encontrado vestigios de pueblos que ocupaban kilómetros,[8] y cuyas viviendas estaban comunicadas por galerías con establos inmensos, majadas, caballerizas (las había con dimensiones de 3 a 3,5 metros por 10 a 14 metros, con techados construidos sobre pilares.[9] Restos de arados testimonian un notable artesanado, al igual que otros objetos conservados: hebillas de cinturón, fíbulas, planchas de sillas, etc.

Merecen especial interés los cimientos subterráneos de casas circulares que se encuentran, según los arqueólogos soviéticos, en todos los territorios antiguamente habitados por los kázaros;[10] son anteriores a los edificios

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rectangulares «normales». Las casas redondas son, evidentemente, la transición de la tienda circular desmontable a las residencias permanentes; de la vida nómada a la sedentaria o a la semi-sedentaria cuando menos. Sobre este punto, los escritores árabes de la época nos narran cómo los kázaros tan sólo permanecían en las ciudades —incluida Itil, su capital— durante el invierno; al comienzo de la primavera, desempolvaban sus tiendas, abandonaban sus viviendas y partían hacia la estepa con sus rebaños, a no ser que acamparan en medio de sus campos o de sus viñedos.

También han probado las excavaciones que, a partir de los siglos VIII y IX, el reino estaba rodeado por una compleja cadena de fortificaciones que protegían sus fronteras septentrionales, erguidas ante las grandes estepas. Las fortalezas se alineaban formando una especie de arco apoyado en Crimea (dominada por los kázaros durante algún tiempo) y atravesaba las cuencas inferiores del Donetz y del Don hasta el Volga; por el sur, el Cáucaso ofrecía una defensa natural, al igual que el mar Negro al oeste y el «mar de los kázaros», el Caspio, al este.[11] Sin embargo, por lo que respecta al norte, la línea de fortificaciones tan sólo constituía una muralla interior, destinada a proteger el centro permanente del país; en realidad, las fronteras que marcaban las relaciones de dominio con las tribus septentrionales eran tan móviles como los golpes de fortuna de la guerra. En la cumbre de su poderío, los kázaros tenían como tributarios a una treintena de pueblos esparcidos sobre los vastos territorios que se extienden entre el Cáucaso, el mar de Aral, las montañas de los Urales, Kiev y las estepas ucranianas. Entre estos pueblos se contaban los búlgaros, los ghuzz, los magiares o húngaros, las colonias griegas y godas de Crimea, así como las tribus eslavas de los bosques del nordeste. Más allá de estos territorios, los ejércitos kázaros hicieron numerosas incursiones por Georgia y Armenia y penetraron en los dominios del califato hasta Mosul. Según el arqueólogo soviético M. I Artamonov:[12]

Hasta el siglo IX, la supremacía kázara no tuvo rival en las regiones situadas al norte del mar Negro, ni en la vecina estepa ni en las zonas forestales del Dniéper. Los kázaros fueron soberanos de la mitad sur de la Europa oriental durante siglo y medio, y constituyeron una temible muralla de la entrada ural-caspiana, lugar de paso entre Asia y Europa. Durante todo este período detuvieron el asalto de las tribus nómadas de Oriente.

Una visión general de la historia de los grandes imperios nómadas mostraría que el reino kázaro ocupa, por su duración, extensión y grado de civilización, una posición intermedia entre los imperios huno y ávaro que le precedieron, y el imperio mongol que le siguió.

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III

Pero ¿quién era este pueblo tan notable por su poderío y hazañas como por su conversión a una religión de parias? Las descripciones que tenemos provienen de fuentes generalmente hostiles, difíciles de aceptar sin más. «En cuanto a los kázaros, escribe un cronista árabe,[13] se encuentran al norte de las tierras habitadas cerca del séptimo clima, teniendo sobre ellos la constelación del Arado. Su territorio es frío y húmedo. En consecuencia, tienen la tez blanca, los ojos azules, cabellos largos, flotantes y, generalmente, rojos, elevada estatura y temperamento frío. En líneas generales, presentan un aspecto salvaje».

Resulta evidente que, tras cien años de guerras, este escritor apenas sentía simpatía por los kázaros. Y otro tanto ocurría con los escribas armenios y georgianos, cuyos países, de tan antigua civilización, habían sido devastados innumerables veces por estos terribles caballeros. Una crónica georgiana, inspirándose en una antigua tradición, los asimila a las hordas de Gog y de Magog: «Salvajes repugnantes, con modales de bestias brutales, bebedores de sangre».[14] Un escritor armenio habla de «la horrible multitud de los kázaros, con sus alargados rostros insolentes, sin pestañas, y sus largos cabellos que caen como los de las mujeres».[15] Finalmente, el geógrafo Istakhri, una de nuestras principales fuentes árabes, parece aportarnos algunas precisiones:[16]

Los kázaros no se asemejan a los turcos. Tienen el cabello oscuro y los hay de dos clases: los negros (kara-khazars) que tienen la faz cetrina o muy oscura, a semejanza de ciertos indios, y los blancos (ak-khazars) que poseen una impresionante belleza.

En realidad, esta descripción, aunque más halagadora, nos sumerge en la confusión. Pues en las tribus turcas era costumbre la división en dos clanes: el clan superior, llamado «blanco», y el inferior, llamado «negro». Así pues, no hay ninguna razón para pensar que los «búlgaros blancos» eran más blancos que los «búlgaros negros», ni que los «hunos blancos» o eftalitas, que invadieron India y Persia en los siglos VI y VII, tuvieran la piel más clara que los hunos que invadieron Europa. El color de los kázaros de Istakhri —al igual que gran número de informes referidos en sus escritos y en los de sus colegas— se basa simplemente en leyendas y en vagos «se dice»; y nada más sabemos sobre el aspecto físico de los kázaros ni sobre su origen étnico.

Con respecto al tema de su origen, sólo podemos dar respuestas vagas y generales. Pero igual de engañoso resulta preguntarse sobre el origen de los hunos, alanos, ávaros, búlgaros, magiares, bachkires, burtes, sabiros, uigures, zaragures, onongures, utigures, kutirgures, tarniaks, kotragars, khabars,

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zaneders, petchenegos, ghuzz, kumanos, kipchaks y demás tribus que, en un momento u otro, en tiempos del reino kázaro, franquearon los umbrales de este terreno de juegos migratorios. Incluso el origen de los hunos, sobre el que estamos muchísimo mejor informados, se pierde entre brumas. Su nombre parece derivado del chino Hiung-nu, que designa a los guerreros nómadas en general, y como tal ha sido aplicado por otros pueblos, con idéntica imprecisión, a cualquier tipo de hordas nómadas, comprendidas las de los hunos eftalitas, anteriormente citados, los sabiros, magiares y kázaros.[17]

En el primer siglo de nuestra era los chinos expulsaron hacia el Oeste a estos desagradables vecinos hunos, hecho que provocaría una de las avalanchas que, durante siglos, se abatirían periódicamente desde el centro de Asia hacia Occidente. A partir del siglo V, gran número de estas tribus en marcha hacia el Oeste recibieron el nombre colectivo de turcos. Este término sería, asimismo, de origen chino (proveniente de una palabra significativa de montaña): ha servido para designar a todos los pueblos que hablaban lenguas y dialectos pertenecientes a cierto grupo lingüístico llamado ural-altaico. Tal como lo empleaban los cronistas de la Edad Media —por otra parte, al igual, en general, que los etnólogos de hoy—, el término se refiere, pues, a la lengua y no a la raza. En este sentido, tanto los hunos como los kázaros eran pueblos «turcos».[18] Se cree que los kázaros hablaban un dialecto que actualmente sobrevive en la república soviética autónoma de Chuvachiev (de los chuvascos), entre el Volga y el Soura. Efectivamente, dichos habitantes pasan por ser los descendientes de los búlgaros, que hablaban un dialecto parecido al de los kázaros. Pero estos parentescos son todos bastante engañosos: tienen su fundamento en deducciones más o menos hipotéticas de la filología. Todo cuanto puede decirse con exactitud es que los kázaros eran una tribu de lengua «turca», que aparecieron en las estepas asiáticas, probablemente en el siglo V de nuestra era.

En cuanto al origen del nombre de «kázaros», y de ciertas palabras de él derivadas, se han formulado ingeniosas hipótesis. La más verosímil apunta hacia la raíz turca gaz: «errar, vagar»: así pues, la palabra querría decir, simplemente, «nómada». Posiblemente, los profanos se hayan interesado más por otras palabras de diferentes orígenes, que se usarían más tarde: entre otras, la rusa kosak (cosaco) y la húngara huszar (húsar), ambas significativas de caballeros belicosos o militares,[19] y también la alemana ketzer, que significa «hereje» o «judío». Si estas etimologías son correctas, todo parece indicar que los kázaros excitaron la imaginación de más de una región de la Edad Media.

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IV

En algunas crónicas persas y árabes encontramos una curiosa mezcla de leyendas mitológicas y periodismo sensacionalista: la narración podría muy bien comenzar en la Creación para concluir con diversos hechos insignificantes. Así, Yaqubi, historiador árabe del siglo IX, hace remontar a los kázaros hasta Jafet, hijo de Noé. Por otra parte, el tema de Jafet se da cita frecuente en la literatura, aunque otras leyendas prefieren relacionar a los kázaros con Abraham o con Alejandro el Grande.

Una de las más antiguas alusiones a los kázaros se encuentra en la crónica siria llamada de «Zacarías el Retórico», que data de mediados del siglo VI:[20] su nombre se cita en una relación de pueblos que habitaban la región del Cáucaso. Otras fuentes indican que ya un siglo antes eran bien conocidos, hallándose en estrechas relaciones con los hunos. En el 448, el emperador de Bizancio, Teodosio II, envió a Atila una embajada en la que figuraba un famoso retórico, llamado Priscus. Éste completaría un diario en el que detallaba no sólo las negociaciones diplomáticas, sino también las intrigas de la corte y el espectáculo de los suntuosos banquetes de Atila: se trata, verdaderamente, de la obra de un perfecto cronista mundano, y, de hecho, continúa siendo una de nuestras principales fuentes de información sobre los hábitos y costumbres de los hunos. Pero Priscus narra también algunas anécdotas referidas a un pueblo vasallo de los hunos, que él llama los akatzirs, y que, con gran probabilidad, se trata de los ak-khazars, es decir, de los «kázaros blancos» (por oposición a los «negros» o kara-khazars.[21] Cuenta cómo el emperador de Bizancio intentó en vano sobornar a estos guerreros violentos: su jefe, llamado Karidach, juzgó insuficiente el ofrecimiento, y prefirió permanecer en el bando de los hunos. Pero en su propio pueblo tenía rivales; Atila los aplastó, hizo de él el único señor de los akat-zirs y le invitó a su corte. Karidach se deshizo en palabras de agradecimiento, y añadió: «Sería demasiado duro para un mortal contemplar a un dios cara a cara. Pues, al igual que no se puede mirar al sol de frente, no es posible sin quebranto alzar los ojos hacia el rostro del más grande de los dioses». Tal exposición debió ser del agrado de Atila: Karidach se mantuvo en el poder.

La crónica de Priscus confirma, pues, que los kázaros hicieron su aparición en Europa hacia mediados del siglo V, formando parte de las tribus sometidas a la soberanía de los hunos: puede contemplárselas, junto a los magiares y otras muchas tribus, como vástagos de las grandes hordas de Atila.

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V

El hundimiento del pueblo de los hunos, tras la muerte de Atila, dejó una vez más a Europa oriental abierta a las sucesivas invasiones de los nómadas del Este, siendo por aquel entonces los más notables los uigures y los ávaros. Parece ser que, durante la mayor parte de este período, los kázaros se dedicaron alegremente a realizar sus incursiones por las ricas regiones de Transcaucasia, Georgia y Armenia, y a acumular de esta forma preciosos botines. Durante la segunda mitad del siglo VI adquirieron una auténtica hegemonía entre las tribus situadas al norte del Cáucaso. Muchas de aquellas tribus (sabiros, saragures, samandares, balandjares, etc.) desaparecieron de las crónicas por esa misma época: habían sido sometidas o absorbidas por los kázaros. Aparentemente, fueron los búlgaros quienes opusieron la más encarnizada resistencia. Pero también ellos sufrirían una aplastante derrota, hacia el 641, tras la que su nación quedaría escindida: parte emigró al Oeste, hacia el Danubio, para infiltrarse en la actual Bulgaria, mientras que el resto remontó el camino del nordeste, hacia el medio Volga, y permaneció bajo el dominio kázaro. Tendremos ocasión de encontrar con frecuencia, a lo largo de esta narración, tanto a los búlgaros del Danubio como a los del Volga.

Pero antes de acceder a la soberanía, los kázaros todavía tendrían que completar su aprendizaje bajo otra efímera potencia, llamada a veces Imperio de los turcos occidentales o reino turkut. Se trataba de una confederación reunida en torno a un monarca llamado kagan o khagan,[22] título que adoptarían más tarde los jefes kázaros. Este primer Estado turco, si así puede llamársele, duró aproximadamente un siglo (550-650), para desplomarse seguidamente sin dejar rastro. En cualquier caso, tan sólo tras el establecimiento de este reino, la palabra «turco» fue empleada para designar una nación específica, distinta de los demás pueblos de lengua turca, como kázaros o búlgaros.[23]

Así pues, los kázaros estuvieron primero bajo la tutela de los hunos y más tarde de los «turcos». Tras el eclipse de estos últimos, acaecido a mediados del siglo VII, les llegó el turno de mando a los «reinos del norte», empleando la expresión que llegó a ser corriente entre persas y bizantinos. Según una tradición persa,[24] el gran rey Khusraw (Cosroes) Anushirwan (el Bienaventurado) tenía en su palacio tres tronos de oro, que reservaba pensando en los emperadores de Constantinopla, de China y de los kázaros. Ninguno de los citados potentados hizo jamás una visita oficial, y los tres tronos de oro, si existieron en realidad, debieron servir como meros símbolos.

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Pero, leyenda o verdad, esta historia concuerda perfectamente con lo que escribiera el emperador Constantino sobre el triple sello de oro reservado al soberano de los kázaros por la cancillería imperial.

VI

De este modo, durante los primeros decenios del siglo VII, justo antes de que la tempestad musulmana se desencadenara en Arabia, el Oriente Medio estaba dominado por un triángulo de grandes potencias: Bizancio, Persia y el Imperio de los turcos occidentales. Las dos primeras, que se combatían intermitentemente desde hacía cien años, parecían ambas a punto de hundirse; más tarde, Bizancio se repuso, pero el reino persa conocería su caída, apareciendo los kázaros entre los que iniciaron el ataque.

Por aquel entonces aún se hallaban nominalmente bajo la soberanía del reino de los turcos occidentales, del que sin duda constituían el elemento más vigoroso y a los que pronto sucederían. Por esta razón, en el año 627, el emperador Heraclio concluyó con ellos una alianza militar —que sería el primero de una serie de acuerdos—, punto importante en sus preparativos de la campaña decisiva contra los persas. Existen distintas versiones sobre el papel representado por los kázaros en esta campaña —que, por otra parte, parece que no fue excesivamente gloriosa—, pero los hechos fundamentales han quedado perfectamente establecidos. Los kázaros aportaron al bando de Heraclio 40.000 caballeros comandados por un tal Ziebel, que participó en la invasión de Persia para después, probablemente hastiado de la prudente estrategia de los griegos, dar media vuelta y acudir a poner sitio a Tiflis, empresa que comenzó fallida pero que finalizó victoriosa al año siguiente. Tras esto, los caballeros kázaros se unieron de nuevo al ejército de Heraclio para entrar a saco en la capital de Georgia y regresar a sus hogares con un considerable botín. Gibbon nos ha dejado (siguiendo a Teófanes) una descripción muy colorista de la primera entrevista mantenida por el emperador romano y el jefe kázaro.[25]

A la liga hostil que Cosroes había formado con los ávaros, el emperador romano opuso la alianza útil y honorable de los turcos.[26] Siguiendo su generosa invitación, la horda de los chozars transportó sus tiendas de las llanuras del Volga a las montañas de Georgia; Heraclio los recibió en las cercanías de Tiflis y, si creemos a los griegos, el kan y sus nobles pusieron pie en tierra y se prosternaron para adorar la púrpura del César. Este voluntario homenaje, y una ayuda tan importante, merecieron los más calurosos agradecimientos; y el emperador, alzando su diadema, la depositó en la cabeza del príncipe turco para, a continuación, abrazarle tiernamente y llamarle hijo. Tras un suntuoso banquete ofreció a Ziebel la vajilla y los ornamentos, el oro, las piedras preciosas y la seda que habían servido en la mesa imperial y, con sus propias manos,

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distribuyó ricas joyas y pendientes a sus nuevos aliados. En el transcurso de una reunión secreta, mostró el retrato de su hija Eudoxia, condescendió a halagar al bárbaro con la promesa de una bella y noble esposa y obtuvo una inmediata ayuda de cuarenta mil caballos…

Eudoxia (o Epifanía) era la única hija del primer matrimonio de Heraclio. Esta promesa de dársela al «turco» muestra una vez más la importancia que la corte de Bizancio concedía a la alianza con los kázaros. Añadamos, de paso, que semejante enlace jamás llegó a celebrarse: Ziebel moría antes de que Eudoxia y su séquito pudieran reunirse con él. Pero, en otro relato de Teófanes, hallamos una equívoca información, según la cual Ziebel habría ofrecido al emperador a «su hijo, un muchacho imberbe…». ¿Un préstamo con devolución?

Una crónica armenia contiene otro pintoresco pasaje que cita una especie de orden de movilización general lanzada por el soberano kázaro ante la segunda campaña contra Persia; esta llamada estaba dirigida a «todas las tribus y todos los pueblos (bajo el dominio kázaro) habitantes de montes y llanuras, vivieran bajo techo o al aire libre, tuvieran la cabeza rasurada o exhibieran largos cabellos».[27] Aquí apreciamos un primer índice del mosaico étnico que componía el heterogéneo Imperio de los kázaros. Los «verdaderos kázaros» que gobernaban dicho imperio fueron siempre, con toda probabilidad, una minoría, como más tarde lo serían los austriacos en el Imperio austro-húngaro.

VII

El Estado persa jamás se repuso de la rotunda derrota que le infligiera el emperador Heraclio en el 627. Hubo revolución, asesinato del rey a manos de su hijo, y muerte del parricida algunos meses después; un niño fue puesto en el trono y, tras una decena de años de caos y anarquía, las primeras tropas árabes que hicieron su aparición asestaron el golpe de gracia al viejo imperio. Por la misma época, la confederación de los turcos occidentales se desmembraba, recuperando cada tribu su independencia. Un nuevo triángulo de grandes potencias aparecía: el Califato islámico, el Imperio cristiano de Bizancio y, recién nacido, el Reino Kázaro del Norte. A este último le incumbió sostener los primeros asaltos árabes y proteger de la invasión a las llanuras de la Europa oriental.

Veinte años después de la Hégira (año 622: huida de Mahoma a Medina y comienzo de la era mahometana) los árabes habían conquistado ya Persia, Siria, Mesopotamia y Egipto, y formaban alrededor del Imperio bizantino (la actual Turquía) un temible semicírculo que se extendía del Mediterráneo al

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Cáucaso y a las orillas meridionales del Caspio. Formidable frontera natural, el Cáucaso no era más desagradable de lo que serían los Pirineos para los musulmanes: podía franquearse por el paso de Dariel,[28] o bien rodearle por el desfiladero de Darband, a lo largo del Caspio.

Este desfiladero fortificado, que los árabes llamaban Puerta de las Puertas, Bab-el-Abwad, fue una especie de postigo histórico que, de siempre, bandas de saqueadores (de las que los kázaros no ocuparían el último lugar) intentaban utilizar para atacar a los países del sur y conseguir una pronta retirada. Ahora les tocaba el turno a los árabes. En numerosas ocasiones, entre el 642 y el 652, se adentraron por el desfiladero de Darband y penetraron en territorio kázaro, con intención de conquistar la ciudad más próxima, Balandjar, y asegurarse así una cabeza de puente sobre los flancos europeos del Cáucaso. En el curso de este primer estadio de las guerras árabes-kázaras, fueron repelidos una y otra vez, en particular en la última gran batalla del 652, en la que se utilizaron dos filas de catapultas y de balistas. Cuatro mil árabes, entre ellos su general Abd al-Rahman ibn Rabiah, fueron muertos; el resto huyó desordenadamente por las montañas.

Transcurrieron cuarenta años sin que los árabes intentaran introducirse en las plazas fuertes del país kázaro; durante este período dirigieron contra Bizancio sus principales asaltos. En distintas ocasiones asediaron Constantinopla por tierra y mar;[29] si hubieran podido rodear la capital pasando por el Cáucaso y el mar Negro, sin duda se habría asistido al fin del Imperio bizantino. Por aquel entonces los kázaros, que habían subyugado a búlgaros y magiares, proseguían su expansión hacia el oeste, por Ucrania y Crimea. Pero ya no se trataba de simples razzias desordenadas encaminadas exclusivamente a conseguir botines y cautivos; ahora llevaban a cabo verdaderas expediciones armadas, instalándose e incorporando los pueblos conquistados a un imperio provisto de una administración estable, gobernada por el poderoso kagan, quien nombraba gobernadores de provincias para hacer que reinara el orden y recaudar impuestos. A comienzos del siglo VIII, su Estado estaba lo suficientemente estructurado como para que pudieran pasar a una ofensiva contra los árabes.

Con más de mil años de perspectiva, contemplamos el período de intermitentes guerras que siguió (la llamada «segunda guerra árabe», del 722 al 737), como una serie de episodios monótonos y localizados, basados todos en el mismo modelo: la caballería kázara, revestida de hierro, desfilaba por el paso de Dariel o por la Puerta de Darband para invadir los dominios del califa, situados al sur. Después, perseguidos por los árabes, desandaban el

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camino, redesfilando en dirección al Volga…, y vuelta a empezar. Mirándolo así, por el lado ancho del telescopio, uno piensa en la vieja canción del noble duque de York, quien tenía diez mil soldados «para hacerles subir la cuesta y, una vez arriba, ordenarles descender». De hecho, los historiadores árabes (quienes, realmente, exageran frecuentemente) hablan de ejércitos de cien mil e incluso trescientos mil hombres por bando; en consecuencia, probablemente más numerosos que los que decidieron, por la misma época, la suerte del mundo occidental en la batalla de Tours.

El fanatismo de estas guerras llegaba al desprecio de la misma muerte; algunas anécdotas lo testimonian, como la del suicidio de todo un pueblo kázaro, que prefirió sucumbir en llamas antes que rendirse, el envenenamiento de los pozos de Bab-el-Abwad por un general árabe, o la tradicional exhortación que impedía las derrotas y prolongaba las batallas hasta el menor hálito del último combatiente: «¡Al Paraíso, oh musulmanes, y no al hogar!»: las maravillas del cielo quedaban aseguradas para todo combatiente caído en la Guerra Santa.

Una vez, en el transcurso de estos quince años de luchas, los kázaros atravesaron Georgia y Armenia para infligir, en el año 730, una dura derrota a los árabes cerca de Ardabil, en Irán, y avanzar hasta Mosul y hasta Diarbekir: allí se encontraban a mitad de camino de Damasco, capital del califato. Pero los musulmanes reclutaron tropas de refresco para contenerles, obligando a los kázaros a deshacer el camino. Al siguiente año, Maslamah ibn-al-Malik, famoso general que había dirigido el sitio de Constantinopla, se apoderó de Balandjar y avanzó hasta Samandar, otra gran ciudad kázara situada más al norte. Todo inútil: una vez más, los invasores fueron obligados a recruzar el Cáucaso. El suspiro de alivio que exhalaron en Bizancio tuvo como resultado la alianza dinástica que comentábamos anteriormente: el heredero del trono debía casarse con una princesa bárbara, y el hijo fruto de la unión habría de gobernar el imperio bajo el nombre de León el Kázaro.

El futuro califa Marwan II dirigiría la última campaña árabe, que terminaría en una victoria, en Pyrrhus. Hizo un ofrecimiento de alianza al kagan de los kázaros para, seguidamente, atacar por sorpresa, penetrando por los dos pasos del Cáucaso. Incapaz de reaccionar ante el primer choque, el ejército kázaro retrocedió hasta el Volga y el kagan hubo de solicitar armisticio. Siguiendo la costumbre observada en otros territorios conquistados, Marwan exigió que el vencido se convirtiera a la verdadera fe. El kagan consintió pero, probablemente, su conversión fue puramente formal, pues no vuelve a encontrarse más adelante mención alguna en fuentes árabes

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o bizantinas, lo que contrasta con los duraderos efectos de la adopción del judaísmo como religión de Estado, que tendría lugar algunos años más tarde.

         Satisfecho por los resultados obtenidos, Marwan dijo adiós a los kázaros y condujo su ejército más allá del Cáucaso, sin dejar nada tras él, ni gobernador, ni guarnición, ni administración. Por el contrario, poco después negoció con los kázaros una nueva alianza contra las tribus rebeldes del sur.

Los kázaros habían salido con bien de su derrota. Los motivos de la aparente magnanimidad de Marwan invitaban a hacer conjeturas, como tantos otros misterios de este capítulo de la historia. Es probable que los árabes comprendieran que, a diferencia de otros pueblos relativamente civilizados, como los persas, armenios o georgianos, no lograrían contener a estos feroces bárbaros del norte con la sola ayuda de una pequeña guarnición y de un farsante príncipe convertido al islam. Por otra parte, Marwan tenía necesidad de todo su ejército para sofocar las grandes revueltas de Siria y otras regiones del Califato omeya, que estaba a punto de hundirse. Marwan sería el principal jefe militar en el curso de las guerras civiles que siguieron y, en el 744, se convirtió en el último califa omeya (seis años después sería asesinado y el Califato pasaría a la dinastía abasí). En semejante situación, evidentemente Marwan no estaba en disposición de agotar sus fuerzas en largas expediciones por tierras kázaras. Debió contentarse con darles una lección y descorazonarles respecto de futuros intentos de incursiones más allá del Cáucaso.

Así, el gigantesco movimiento atenazador que los musulmanes habían establecido al oeste, más allá de los Pirineos, y al este, más allá del Cáucaso, se encontraba bloqueado, casi simultáneamente, en ambos extremos. Igual que los francos de Carlos Martel salvaron la Galia y Europa occidental, los kázaros impidieron las marchas orientales hacia el Volga, el Danubio y el propio Imperio de Bizancio. Al menos sobre este punto, tanto el arqueólogo-historiador soviético Artamonov, como el historiador americano Dunlop se hallan de total acuerdo. De este último ya he citado una frase sobre «Bizancio, muralla de la civilización europea en el Oriente, se habría visto desbordada por los árabes» y sobre la Historia, que indiscutiblemente habría seguido entonces otro curso.

Artamonov es de la misma opinión:

Kazaria fue el primer Estado feudal de Europa oriental capaz de medirse con el Imperio bizantino y el Califato árabe… Gracias a los poderosos ataques kázaros, rechazando los embates de los ejércitos árabes hacia el Cáucaso, Bizancio pudo mantenerse…[31].

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Finalmente, Dimitri Obolensky, profesor de historia rusa en la Universidad de Oxford, añade: «La principal contribución de los kázaros a la historia mundial fue haber conseguido mantener el frente del Cáucaso ante el asalto septentrional de los árabes».[32]

Marwan no sólo fue el último general árabe que atacara a los kázaros, sino también el último califa que prosiguió una política de expansión animada por la idea, al menos en teoría, de hacer triunfar el islam en todo el mundo. Con el advenimiento de los abasíes las guerras de conquista tocaron a su fin, se inició una nueva primavera de la antigua cultura persa que suavizó el clima y, en algunos años, dio a luz los esplendores del Bagdad de Harun al-Rachid.

VIII

En el transcurso de la larga tregua que medió entre la primera guerra árabe de la segunda, los kázaros se vieron mezclados en uno de los episodios más siniestros de la historia bizantina —episodio característico tanto de la época como del papel representado por los kázaros en esta historia.

En el 685, Justiniano II se convirtió en emperador romano, a la edad de dieciséis años. Gibbon[33] ha esbozado el retrato de este joven con su inimitable estilo:

Sus pasiones eran violentas; su inteligencia débil; se hallaba dominado por un insensato orgullo… Sus ministros favoritos eran los dos seres menos susceptibles de humana simpatía: un eunuco y un monje; el primero corregía a la reina madre a fuerza de latigazos, mientras que el segundo suspendía a los tributarios insolventes, boca abajo, sobre brasas humeantes…

Tras diez años de intolerable reinado, estalló una revuelta, y el nuevo emperador, Leoncio, condenó a Justiniano a mutilación y destierro:[34]

La amputación de la nariz y, posiblemente, de la lengua, le fue ejecutada imperfectamente; la despierta agilidad del lenguaje griego le supo imponer el mote de Rhinotmete (nariz cortada), y el tirano mutilado fue desterrado a Cherson, en Crimea, colonia aislada de donde se importaba trigo, vino y aceite como mercancías de lujo…[35].

Durante su exilio, Justiniano no cesó de organizar complots, con el fin de recuperar su trono. Al cabo de tres años vio como la suerte le sonreía: Leoncio, destronado, también perdió su nariz. Justiniano abandonó Cherson y, sin salir de Crimea, fue a refugiarse a la ciudad kázara de Doros, donde mantuvo una entrevista con el kagan, el rey Busir (o Bazir). Sin duda este último pensó aprovechar la ocasión de participar en el sabroso pastel de la política dinástica de Bizancio, pues concluyó una alianza con Justiniano y le dio a su hermana en matrimonio. Esta princesa, bautizada con el nombre de

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Teodora y, más tarde, coronada en regla, al parecer, fue el único personaje decente de estos sórdidos dramas, y parece que amó sinceramente a su desnarigado marido, el cual apenas contaba treinta años. La pareja y su banda de partidarios fueron transportados a Phanagoria (hoy Taman) por la orilla oriental del estrecho de Kertsch, que tenía un gobernador kázaro. Allí preparaban la invasión de los Estados de Bizancio contando con la ayuda de los ejércitos kázaros que, al parecer, el rey Busir les había prometido; pero unos emisarios del nuevo emperador Tiberio III persuadieron al rey kázaro de cambiar de bando, asegurándole una rica provisión de oro si entregaba a Justiniano vivo o muerto. En consecuencia, Busir ordenó a dos de sus hombres, llamados Papatzes y Balgitres, que degollaran a su cuñado. Pero la fiel Teodora tuvo noticias del complot, advirtiendo inmediatamente a su esposo. Justiniano invitó separadamente a Papatzes y a Balgitres a sus aposentos, estrangulándolos sucesivamente. Tras lo cual se hizo a la mar, navegó hasta la desembocadura del Danubio, y esta vez se alió con una poderosa tribu búlgara. El rey de ésta, Trebolis, se mostró de momento más digno de confianza que el kagan de los kázaros y, en el 704, procuró a Justiniano 15.000 caballeros para ir al ataque de Constantinopla. ¿Habían olvidado los bizantinos, al cabo de diez años, las atrocidades del reinado de Justiniano? ¿Acaso encontraban peor, incluso, a su sucesor? Cualquiera que fuera la razón, el hecho es que pronto se sublevaron contra Tiberio y reinstalaron a su antiguo señor en el trono. Como recompensa, el búlgaro recibió «una pila de piezas de oro, que midió con su látigo escita» y, tras ello, regresó a su tierra —donde pasó algunos años antes de verse mezclado en una nueva guerra contra Bizancio.

El segundo reinado de Justiniano (704-711) fue aún más espantoso que el primero: «consideró el hacha, la cuerda y el patíbulo como los únicos instrumentos de su monarquía».[36] Desequilibrado y loco de odio hacia los habitantes de Cherson, donde pasara los más duros años del exilio, envió una expedición contra aquella localidad. Numerosos nobles de la misma fueron quemados vivos, otros fueron ahogados, y se consiguió un auténtico aluvión de prisioneros…, pero todo eso no logró calmar la sed de venganza del emperador, que lanzó una nueva expedición con el único fin de arrasar la ciudad por completo. Pero, en esta ocasión, sus tropas encontrarían un poderoso ejército kázaro; ante lo cual, el representante de Justiniano en Crimea, un tal Bardanes, cambió de campo y se pasó al bando kázaro. Desmoralizadas, las tropas bizantinas repudiaron, a su vez, a Justiniano y, para sustituirle, eligieron a este Bardanes, que tomó el nombre de Filípico.

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Como se hallaba en manos de los kázaros, los insurrectos tuvieron que pagar un fuerte rescate al kagan para que éste les devolviera a su nuevo emperador. Después de conseguirlo, regresaron a Constantinopla, donde asesinaron a Justiniano y a su hijo, y Filípico, acogido y aclamado como emperador, ocupó el trono. Dos años más tarde habría de abandonarlo con los ojos saltados.

El interés de estas lúgubres historias radica en mostrar la influencia que, en esta época, ejercían los kázaros sobre los destinos del Imperio Romano de Oriente, independientemente de su papel de defensores por sus marchas caucasianas contra los musulmanes. Bardanes-Filípico fue emperador por obra y gracia de los kázaros, y el terrible Justiniano debió su caída a la intervención de su cuñado, el kagan. «No parece exagerado», escribe Dunlop, «decir que, en aquellos momentos, el kagan estaba prácticamente en condiciones de ofrecer un nuevo señor al imperio griego».[37]

IX

Si seguimos la cronología, el acontecimiento del que tendríamos que hablar a continuación sería la conversión de los kázaros al judaísmo, acaecida hacia el 740. Pero para situar semejante hecho en su justa perspectiva, convendría tener una idea, al menos aproximada, de los usos y costumbres de los kázaros antes de su conversión.

Desgraciadamente, no poseemos ninguna nota tomada en vivo por algún observador ocular: no tenemos nada comparable a la descripción de la corte de Atila por Priscus. Principalmente, tenemos narraciones de segunda mano y compilaciones de cronistas árabes y bizantinos, pero que tocan nuestro tema de forma esquemática y fragmentaria. Sin embargo, hay dos excepciones: una carta proveniente de un rey kázaro, de la que hablaremos en el capítulo 2, y una crónica de viaje debida a un buen observador árabe, Ibn Fadlan, quien, como Priscus, era un diplomático enviado oficialmente al país de los bárbaros del Norte por una corte civilizada.

Esta corte era la del califa al-Muktadir, y la misión diplomática partía de Bagdad y atravesaba Persia y el Estado de Bukhara, para dirigirse a la tierra de los búlgaros del Volga. El pretexto oficial de tan largo recorrido era una invitación hecha por el rey de dichos búlgaros, en la que suplicaban al califa:

enviarle predicadores para convertir a su pueblo, y b) construirle una fortaleza a fin de poder desafiar a su soberano, el rey de los kázaros. Semejante invitación —preparada, sin duda, en contactos diplomáticos anteriores— proporcionaba también la ocasión de hacer propaganda entre los

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poblados turcos cuyos territorios atravesaría la misión, predicando el mensaje de El Corán y distribuyendo liberalidades contantes y sonantes.

La narración que nuestro viajero hace comienza en estos términos:[38]

Éste es el libro de Ahmad ibn al-Abbas ibn Rasid ibn Hammad, realizado en servicio de Mohammed ibn Sulayman, embajador de al-Muktadir ante el rey de los búlgaros, y en el que se relata lo que ha visto en las tierras de los turcos, de los kázaros, de los rusos, de los búlgaros, de los bachkirs y otros, sus diversas clases de religión, la historia de sus reyes y de sus conductas en numerosas circunstancias.

La carta del rey de los búlgaros llegó al Comendador de los Creyentes, al-Muktadir; el rey le pedía que le enviara a alguien para instruirle en la religión y hacerle conocer las leyes del islam, y construirle púlpito y mezquita, a fin de que él pudiera cumplir su deber de convertir a toda la población de su país; también pedía al califa le edificara una fortaleza para defenderse de los reyes enemigos.[39] El califa accedió a todo cuanto el rey pedía. Yo fui elegido para leer el mensaje del califa al rey, para entregarle los presentes que el califa le enviaba y para vigilar el celo de los maestros e intérpretes de la ley… (a continuación siguen detalles sobre la financiación de la misión y la nominación de sus miembros). Y así, abandonamos la Ciudad de la Paz (Bagdad), el jueves 11 safar del año 309 (21 de junio del 931).

Como se podrá observar, la expedición tuvo lugar mucho después de los acontecimientos narrados en el apartado anterior. Pero por lo que concierne a las costumbres e instituciones de los paganos vecinos de los kázaros, estos dos siglos de diferencia probablemente no cambien gran cosa; y la apreciación que se nos da de la vida de estos pueblos nómadas nos procura, cuando menos, una idea de lo que pudo ser la existencia de los kázaros antes de su conversión, cuando se hallaban adheridos a una forma de chamanismo semejante al que todavía practicaban sus vecinos en tiempos de ibn Fadlan.

La misión progresó lentamente y, al parecer, sin dificultades hasta la provincia de Khorezm, frontera del Califato al sur del mar Aral. El gobernador de esta provincia intentó detenerla, exponiendo que existían, entre su país y el reino de los búlgaros, «mil tribus de infieles» deseosos de acabar con los viajeros. Probablemente esta advertencia no fuera más que un pretexto para desobedecer al califa: en realidad, el gobernador adivinaba que la misión estaba indirectamente dirigida contra los kázaros, con los que mantenía excelentes relaciones comerciales. Pero, finalmente, debió doblegarse y dejar que los enviados prosiguieran su camino hacia Gurganiya, en la desembocadura del Amú-Daria. Allí invernaron durante tres meses, como consecuencia de un intenso frío —ese frío que tan relevante lugar ocupa en multitud de narraciones de viajeros árabes.

El río permaneció helado durante tres meses y, mirando a nuestro alrededor, pensamos que las puertas del gélido infierno se habían abierto ante nosotros. En realidad, vi como las calles y la plaza del mercado estaban totalmente desiertas a consecuencia del frío… Un día, nada más bañarme, al regresar a casa comprobé que mi barba se había convertido en un bloque de hielo, que tuve que fundir ante el fuego. Permanecí varios días en una casa construida dentro de otra

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(¿en el interior de una concesión?) y en la que había una tienda turca. Así pues, permanecí en esta tienda envuelto en abrigos y pieles y, a pesar de ello, recuerdo mis mejillas heladas sobre el almohadón.

Por fin llegó el deshielo hacia mediados de febrero. La misión decidió unirse a una gran caravana de 5.000 hombres y 3.000 animales de carga, no sin antes haberse procurado las provisiones indispensables: camellos y barcas para atravesar los ríos, bastante trigo, mijo y carne sazonada para tres meses. Los indígenas les anunciaron un clima todavía más terrible en el norte, y les dieron consejos para el equipamiento:

Así, cada uno de nosotros se proveyó de una camisola, además de un caftan de lana, de vestimentas forradas de piel, y de un abrigo de piel para llevar encima de todo ello; nos proporcionaron un gorro de piel que tan sólo dejaba los ojos al descubierto; sobre el calzón nos pusimos calzones dobles y, encima, un pantalón; pantuflas de zapa en el par de botas; y, cuando subíamos al camello, no podíamos ni movernos a causa de todas estas ropas.

Árabe delicado, Ibn Fadlan no sentía mayor cariño por los habitantes de la región que por su clima:

Tanto por el idioma como por la constitución, son gentes de lo más repugnante. Su lenguaje recuerda el piar de los chorlitos. A un día de marcha se encuentra un villorrio llamado Ardkwa, cuyos habitantes se denominan kardal; su lengua hace exactamente un ruido idéntico al croar de las ranas.

La caravana se puso en marcha el 3 de marzo e hizo alto, por la noche, en una posada de caravanas en Zawgan, a la entrada del territorio de los turcos ghuzz. A partir de allí, la misión se hallaría en un país extraño, «dejando su suerte en manos del Muy Alto y Todopoderoso». Un día, en el transcurso de las numerosas tempestades de nieve que hubieron de soportar, Ibn Fadlan marchaba sobre su camello junto a un turco que no dejaba de quejarse: «¿Qué quiere de nosotros el Señor del Mundo? Nos hace reventar de frío». «Todo lo que él desea, declaró Ibn Fadlan, es que digáis, todos vosotros, que no hay más dios que Dios». Entonces el turco, riendo, repuso: «Si estuviéramos seguros, lo diríamos».

Hay diversos incidentes de este tipo que el autor narra sin llegar a apreciar el espíritu de independencia que reflejan. El enviado de la corte de Bagdad tampoco puede decirse que admirara algo más el radical desprecio a la autoridad de estos nómadas. El siguiente episodio sucedió también en la región de los temibles ghuzz, que pagaban tributo a los kázaros y con los que, según ciertas fuentes, estaban estrechamente emparentados.[40]

A la mañana siguiente, uno de los turcos acudió a nuestro encuentro. Constituía una horrible visión: sucio de apariencia, de maneras brutales, inmundo por naturaleza. Avanzábamos penosamente bajo la lluvia. Él gritó: «¡Alto!», y toda la caravana se detuvo. Entonces, dijo:

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«Nadie tiene derecho a avanzar». Todos nos quedamos quietos, obedeciendo sus órdenes.[41] Nosotros le repusimos: «Somos los amigos del kudarkin» (vice-rey). Él se puso a reír: «¿El kudarkin? Yo me cisco en sus barbas». A continuación, dijo: «¡Pan!». Yo le entregué numerosas hogazas. Tomándolas, dijo: «Proseguid vuestro camino, tengo piedad de vosotros».

Los métodos democráticos que seguían los ghuzz cuando era preciso tomar una decisión, todavía dejaban más perplejo a nuestro digno representante del poder teocrático:

Son nómadas, viven bajo tiendas de fieltro. Permanecen algún tiempo en un lugar y luego se van. Se ven sus tiendas dispersas aquí y allá por toda la llanura, a la manera nómada. Aunque llevan una dura existencia, se conducen como asnos extraviados. No tienen religión que les una a Dios, no se guían por la razón; no veneran nada. Por el contrario, llaman a sus jefes «señor»; cuando uno de ellos consulta a su jefe, pregunta: «Oh señor, ¿qué debo hacer en tal o cual asunto?». Deciden su consulta tomando consejo entre ellos; pero cuando han decidido sobre una medida a tomar y se hallan dispuestos a llevarla a cabo, el más humilde, el más pequeño de entre ellos, puede modificar la decisión…

Las costumbres sexuales de los ghuzz y de las tribus emparentadas con ellos ofrecen una notable mezcla de salvajismo y liberalismo:

Sus mujeres no llevan velos en presencia de los hombres, ni tan siquiera de los extraños. Por otra parte, ellas no ocultan sus cuerpos ante los demás. Un día nos hallábamos en la vivienda de un ghuzz, sentados; su mujer se encontraba presente. Mientras conversábamos, su mujer descubrió sus partes vergonzosas para rascarse, a la vista de todo el mundo. Inmediatamente, nosotros ocultamos el rostro, diciendo: «Que Dios nos perdone». El marido se echó a reír, y dijo al intérprete: «Explícales que mostramos esto en vuestra presencia para que podáis ver y dominaros; pero es intocable. Es mejor esto que cubrirlo y permitir que se toque». El adulterio les es desconocido; pero, si descubren que un hombre es culpable del mismo, lo cortan en dos. Lo llevan a cabo aproximando las ramas de dos árboles; atan al hombre a las ramas y las sueltas, de forma que queda desgarrado en dos.

El autor no nos dice si la mujer adúltera sufría idéntico castigo. Más adelante, hablando de los búlgaros del Volga, describe un suplicio no menos salvaje que se administraba, por la misma falta, tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, hace notar con extrañeza que los búlgaros de ambos sexos nadan juntos totalmente desnudos; su pudor no es superior al de los ohuzz. Por lo que respecta a la homosexualidad, generalmente admitida en los países árabes, Ibn Fadlan remarca que «los turcos la consideran como un terrible pecado». Pero como final del único episodio que relata en apoyo de esta afirmación, el seductor de un «muchacho imberbe» queda en libertad mediante una multa de cuatrocientos corderos.

Habituado a los magníficos baños públicos de Bagdad, nuestro viajero se queda estupefacto ante la mugre de los turcos. «Los ghuzz jamás se lavan tras haber orinado o defecado, ni tras las poluciones u otras emisiones de semen. Rehúsan todo contacto con el agua, principalmente en invierno…». Cuando el

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general en jefe se despojó de su abrigo de brocado para revestirse con el nuevo traje que la misión le había llevado, vieron cómo sus ropas interiores «caían a jirones entre la mugre, pues su costumbre consistía en no quitarse jamás la camisa que llevaban sobre su piel, hasta que se desintegrara». Otro pueblo turco, el de los bachkirs, «se afeitan la barba y comen sus piojos. Escarban entre los pliegues de sus vestiduras, retirando los piojos y comiéndoselos»: Como Ibn Fadlan se quedara mirando a un bachkir absorto en dicha ocupación, un hombre le comentó: «Es delicioso».

En resumen, el cuadro no es precisamente encantador. Por otra parte, el profundo desprecio que estos bárbaros inspiraban a nuestro disgustado viajero se concretaba primordialmente en su suciedad y en sus maneras, que juzgaba impúdicas; pero la crueldad de sus suplicios y sacrificios le dejaban totalmente indiferente. Por ello, describía fríamente, absteniéndose de sus frecuentes expresiones de indignación, el castigo que los búlgaros infligían a un homicida: «Fabrican un cofre de abedul, dentro encierran al homicida, clavan la tapa tras haber colocado junto al hombre tres panes y un cántaro de agua y suspenden el cofre entre dos postes elevados, diciendo: “Le dejamos entre el cielo y la tierra, que quede expuesto al sol y a la lluvia, y que la divinidad, tal vez, ¡le perdone!”. Y así queda suspendido hasta que el tiempo le pudre y los vientos dispersan sus restos…».

Ibn Fadlan también describe, con idéntica calma, un sacrificio fúnebre en el que se degüellan centenares de caballos y rebaños enteros de otras especies animales antes de proceder, ritualmente, ante el féretro del señor difunto, a la horrible inmolación de una joven esclava rhus.[42]

Poco hay que decir sobre las religiones paganas. Sin embargo, el culto fálico de los bachkirs despierta nuestro interés; con ayuda de un intérprete, interroga a un indígena sobre las razones que le impulsan a venerar un pene de madera, y anota la respuesta: «Es que yo he salido de una cosa parecida, y no conozco ninguna otra cosa que me haya creado». Añade que algunos bachkirs «creen en doce divinidades: un dios para el invierno y otro para el verano, uno para la lluvia, uno para el viento, uno para los árboles, uno para los hombres, uno para los caballos, uno para el agua, uno para la noche, uno para el día, un dios de la muerte, un dios de la tierra; y que el dios que reside en el cielo es el más grande, pero que averigua la opinión de los otros y, así, todos ellos se muestran satisfechos con lo que cada uno hace… Hemos visto, entre estas gentes, un grupo que glorifica a las serpientes, otro a los peces, un tercero a las grullas…».

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Entre los búlgaros del Volga, Ibn Fadlan descubrió una extraña costumbre, que ha dado lugar a comentarios aún más extraños:

Cuando observan un hombre que sobresale por su sabiduría y la vivacidad de su espíritu, se dicen: «Para éste, lo más apropiado es que sirva al Señor». Lo prenden, le pasan la cuerda alrededor del cuello y lo cuelgan de un árbol, dejándole allí hasta que se muere…

El orientalista turco Zeki Validi Togan, indiscutible autoridad en lo concerniente a Ibn Fadlan y su tiempo, escribe a propósito de este pasaje:[43] «Nada hay de misterioso en el cruel tratamiento infligido por los búlgaros a las personas manifiestamente demasiado inteligentes. Se fundamentaba en el simple y reflexivo razonamiento de los ciudadanos medios que tan sólo aspiraban a llevar una vida que juzgaban normal, evitando los riesgos y aventuras a las que el “genio” podría arrastrarles». Y cita, a continuación, un proverbio tártaro: «Si sabes demasiado, se te prenderá; si eres demasiado modesto, te pisarán». Concluye que «no conviene considerar simplemente a la víctima como un sabio, sino más bien como un genio avieso, una persona maligna». Desde este punto de vista pasamos a creer que la costumbre podría considerarse como una medida de protección social contra el cambio: el castigo a los noconformistas, a los innovadores en potencia.[44] Pero, más adelante, el orientalista propone otra interpretación:

Ibn Fadlan no describe una simple ejecución de los hombres demasiado inteligentes, sino más bien una costumbre pagana: el sacrificio humano por el que los mejores debían ser sacrificados a Dios. La ceremonia, probablemente, era llevada a cabo no por los búlgaros (del pueblo), sino por sus tabib o brujos, o encantadores, cuyos homólogos entre búlgaros y rhus tenían también poder sobre la vida y la muerte de las personas, en nombre de su culto. Según Ibn Fadlan, el brujo de los rhus tenía el derecho de atrapar a cualquiera, rodearle el cuello con una cuerda y colgarle, para invocar la misericordia divina. Hecho esto, decían: Es una ofrenda a Dios.

Probablemente, ambas motivaciones se combinarían: «Ya que es preciso hacer sacrificios, sacrifiquemos a los perturbadores…».

Veremos que los kázaros también practicaban los sacrificios humanos, particularmente la muerte ritual de los reyes al término de su reinado. Se puede imaginar que existieran muchas otras afinidades entre sus costumbres y las de las tribus que describe Ibn Fadlan. Desgraciadamente, a este último le impidieron visitar la capital kázara y tuvo que conformarse con informes recogidos en los territorios vasallos, particularmente en la corte búlgara.

X

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La misión árabe necesitó casi un año (del 21 de junio del 921 al 12 de mayo del 922) para llegar a su destino, el país de los búlgaros del Volga. La ruta directa, a partir de Bagdad, pasa por el Cáucaso y Kazaria: por esta razón tuvieron que dar un inmenso rodeo por la orilla oriental del Caspio, el «mar de los kázaros». Incluso así la proximidad de este pueblo, y sus amenazas, se hacía sentir constantemente.

Un episodio característico tuvo lugar durante la estancia con el jefe ghuzz (el personaje de la lamentable ropa interior). En el primer momento, los enviados fueron bien recibidos, e incluso se les ofreció un banquete. Pero, a continuación, los dirigentes se pusieron a reflexionar, teniendo en cuenta sus relaciones con los kázaros. Para decidir sobre la conducta a seguir, el jefe reunió a los notables:

El más distinguido e influyente era el tarkhan; se trataba de un personaje cojo, ciego y lisiado de una mano. El jefe le dijo: «Estas gentes son mensajeros del rey de los árabes, y no me considero capacitado para autorizarles el paso sin consultaros». El tarkhan tomó la palabra: «Estamos ante algo como nunca había visto ni oído; jamás un embajador del sultán ha viajado por nuestro país desde que nos encontramos aquí, ni en tiempos de nuestros antepasados. Sin duda alguna, el sultán quiere engañarnos: realmente, estas gentes se dirigen hacia los kázaros con el fin de lanzarlos en contra nuestra. Lo mejor que podríamos hacer es cortar en dos a cada uno de estos mensajeros y confiscar todos sus bienes». Pero otro repuso: «No, tomemos sus bienes y que regresen totalmente desnudos a su punto de origen». Y un tercero propuso: «No, dado que el rey de los kázaros tiene varios rehenes nuestros, enviémosle a estos individuos a modo de rescate».

Las deliberaciones duraron siete días, mientras los miembros de la expedición temían lo peor. Finalmente, los ghuzz les dejaron proseguir, sin que Ibn Fadlan nos diga el porqué. Probablemente, llegaron a la conclusión de que, en realidad, la misión estaba dirigida contra los kázaros. Anteriormente habían combatido junto a ellos contra un pueblo turco, los petchenegos, pero desde entonces sus relaciones con los kázaros eran hostiles: de ahí los rehenes en manos kázaras.

Durante todo el viaje, la amenaza kázara se mantenía en el horizonte. Al norte del Caspio, la misión debió dar otro gran rodeo antes de alcanzar los campamentos búlgaros situados cerca de la confluencia del Volga y el Kama. El rey y sus guerreros les esperaban llenos de impaciencia: en cuanto finalizaron los festejos y ceremonias de acogida, el rey ordenó que se personara Ibn Fadlan para hablar de negocios. Entonces recordó con firmeza —«su voz resonaba como si hablara desde el fondo de un tonel»— el motivo principal de la embajada, es decir, el dinero que debía entregarle «a fin, añadió, de que pueda construir una fortaleza para protegerme de los judíos que me han puesto bajo su dominación».[45] Desgraciadamente, debido a

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complicaciones burocráticas, los 4.000 dinares prometidos no habían sido confiados a la misión; los enviarían más adelante… Al escuchar esto, el rey (personaje de impresionante presencia y corpulento) pareció sumirse en la desesperación. Sospechó del embajador y de la misión entera:

¿Qué pensarías tú de un grupo de hombres a los que se confía una suma de dinero destinada a un pueblo débil, asediado, oprimido, y que malversan este dinero?

Yo respondí: «Eso está prohibido; esos hombres serían malditos».

Él preguntó: «¿Es una opinión o el asentimiento general?».

Yo respondí: «Es el asentimiento general».

Poco a poco, Ibn Fadlan supo convencerle de que la entrega era un hecho, aunque diferido,[46] sin que con ello lograra calmar la ansiedad del rey, que no cesaba de repetir que todo el sentido de su invitación radicaba en la construcción de una fortaleza «porque tenía miedo del rey de los kázaros».[47] Temor, al parecer, muy justificado, como nos explica Ibn Fadlan:

El hijo del rey búlgaro era rehén del rey kázaro. Refirieron a este último que el rey búlgaro tenía una hija muy bella. Envió a un mensajero para pedirla en matrimonio, pero el padre encontró pretextos para rehusar. Entonces, el kázaro envió a un segundo mensajero para llevarse a la muchacha a la fuerza, a pesar de que él era judío y ella musulmana; pero ella murió en su corte. El kázaro envió a un segundo mensajero para pedir a la segunda hija. Pero, al tiempo que dicho emisario llegaba, el rey búlgaro se apresuró a darla en matrimonio al príncipe de los askil, que era vasallo suyo, por miedo a que el kázaro la tomara a la fuerza como había hecho con la primera. Este episodio explica por qué el rey búlgaro entró en correspondencia con el califa y le rogó le construyera una fortaleza, dado el temor que le inspiraba el rey de los kázaros.

Es un auténtico estribillo. Por otra parte, el viajero nos ofrece precisiones sobre el tributo que los búlgaros debían pagar anualmente al temible soberano: un abrigo de marta por familia. Por aquella época, la marta búlgara era particularmente apreciada por doquier. Si a eso añadimos que el número de familias o «tiendas» estimadas era de 50.000, comprenderemos lo «pesado» que se hacía el tributo.[48]

XI

Por lo que concierne a los kázaros, las informaciones de Ibn Fadlan se fundan, como ya dijimos anteriormente, en noticias recogidas durante el camino y, principalmente, en tierras búlgaras. A diferencia del resto de la narración, alimentada de observaciones «en vivo», nos encontramos aquí con informaciones de segunda o tercera mano, frecuentemente de escaso interés. Además, los informadores no se ven libres de prejuicios: hay que tener en cuenta la comprensible enemistad del rey de los búlgaros hacia su soberano, y

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también los resentimientos del califato hacia un reino que había abrazado una religión rival.

Aquí, la narración pasa bruscamente de una descripción de la corte de los rhus o varegos, a la de los kázaros:

Por lo que respecta al rey de los kázaros, cuyo título es el de kagan, no aparece en público más que una vez cada cuatro meses. Se le llama Gran Kagan. Su adjunto recibe el tratamiento de Kagan Bek; él es quien manda y cuida de los ejércitos, arregla los asuntos de Estado, aparece en público y dirige las guerras. Los reyes vecinos acatan sus órdenes. Se presenta diariamente ante el Gran Kagan, con respeto y modestia, descalzo y con una rama en la mano. Muestra sumisión, prende fuego a la rama y, una vez consumida, toma asiento en el trono a la derecha del rey. Después de él, por orden jerárquico, está un hombre llamado k-nd-r Kagan, y, a continuación, el Jawshyghr Kagan.

Es costumbre del Kagan no tener ninguna relación con sus súbditos, no hablarle ni admitir a nadie ante su presencia, salvo los que acabamos de mencionar. El poder de unir y desunir, ordenar los castigos y gobernar al país pertenece a su vicario, el Kagan Bek.

Otra costumbre del Gran Kagan consiste en que, cuando muere, se le eleva un vasto edificio con veinte aposentos, y en cada uno se excava una tumba. Machacan piedras hasta reducirlas a polvo, que luego extienden por el suelo y lo recubren con resina. Bajo el edificio serpentea rápido y caudaloso un riachuelo. Hacen pasar el mismo por encima de la tumba, y dicen que esto se hace así para que ni hombre, ni demonio, ni gusano, ni criatura rampante pueda llegar hasta él. Tras ser enterrado, los sepultadores son decapitados, a fin de que nadie pueda saber en qué aposento se encuentra su tumba. Ésta recibe el nombre de «paraíso», y tienen costumbre de decir: «Ha entrado en el paraíso». Todos los aposentos están tapizados con brocados de seda tejidos con hilos de oro.

Es costumbre del rey kázaro poseer veinticinco esposas; cada una de ellas es hija de un rey que le deba fidelidad. Las consigue, bien de buen grado, o, simplemente, por la fuerza. También dispone de sesenta concubinas, todas ellas de exquisita belleza…

Ibn Fadlan se sumerge, entonces, en una descripción bastante fantasiosa del harén, en el que cada una de las ochenta y cinco damas posee su «palacio», y nos habla de un servidor o eunuco que, a petición del rey, lleva a la elegida en un «santiamén» a la alcoba principesca.

Tras otras diversas y dudosas observaciones referentes a las «costumbres» del kagan (sobre las que volveremos más adelante), Ibn Fadlan da, al fin, algunas referencias válidas sobre el país:

El rey posee una gran ciudad que se extiende sobre las dos riberas del Itil (Volga). En una orilla habitan los musulmanes, mientras que la otra es ocupada por el rey y su corte. Los musulmanes son gobernados por uno de los oficiales del rey, también musulmán. Este oficial es quien se ocupa de los pleitos de los musulmanes que residen en la capital de los kázaros, así como también de los mercaderes que vienen del exterior. Nadie se interfiere en sus asuntos ni pretende juzgarles.

La narración de Ibn Fadlan, tal como se ha conservado, termina con estas palabras:

Los kázaros y su rey son todos judíos.[49] Los búlgaros y todos sus vecinos les están sometidos. Tratan al rey con obediencia y veneración. Algunos piensan que los kázaros son el

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pueblo de Gog y de Magog.

XII

He citado con bastante profusión la odisea de Ibn Fadlan, no tanto por las débiles informaciones que nos procura sobre los propios kázaros, como por la luz que arroja sobre el mundo que les rodeaba, y sobre la barbarie de los poblados que le circundaban, barbarie que nos da una idea del pasado del pueblo kázaro antes de la conversión. Hay que tener en cuenta que, en tiempos de la visita de Ibn Fadlan a los búlgaros, Kazaria era un país extrañamente moderno en comparación a sus vecinos.

El contraste existente aparecería en las narraciones de otros historiadores árabes,[50] y se manifestaba a todos los niveles, desde el hábitat hasta la administración de justicia. Los búlgaros todavía vivían exclusivamente bajo tiendas, y, ni el mismo rey conocía otro abrigo, si bien la tienda real era «vastísima, conteniendo un millar de personas o más».[51] Por el contrario, el kagan de los kázaros habitaba un castillo con muros de ladrillo cocido, y nos dicen que sus mujeres ocupaban «palacios con techados de teca»,[52] y los musulmanes poseían diversas mezquitas, entre las que se citaba «una con un minarete que se eleva en los alrededores del castillo real».[53]

En las regiones fértiles, sus tierras cultivadas abarcaban una extensión continua de más de cien kilómetros. Eran frecuentes grandes viñedos. «En Kazaria, nos dice Ibn Hawkal, existe una ciudad llamada Asmid (Samandar) que posee jardines y huertos tan numerosos que desde Darband a Serir todas las regiones se encuentran cubiertas de cultivos y plantaciones pertenecientes a la citada ciudad. Se dice que hay alrededor de cuarenta mil. Gran número de estos campos producen uva».[54] La región del norte del Cáucaso siempre ha sido muy fértil. En el año 968, Ibn Hawkal encontró a un viajero que la había visitado tras una razzia eslava: «Dice que no queda ni el menor alimento para los pobres ni una sola hoja en los árboles. Pero, dada la excelencia de la tierra y la abundancia de sus productos, no harán falta ni tres años para que vuelva a ser lo que era». El Cáucaso ha dado siempre deliciosos vinos que se consumen generosamente en la Unión Soviética.

Sin embargo, para el tesoro real la principal fuente de ingresos era el comercio exterior. En términos puramente cuantitativos, Ibn Fadlan nos ha indicado ya la importancia de las caravanas que se encaminaban entre el Asia Central y el curso del Volga del lado de los Urales: recordemos que la caravana a la que se unió su misión en Gurganj contaba con «cinco mil

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hombres y tres mil bestias de carga…». Incluso admitiendo alguna exageración, el conjunto debía ser impresionante, y no sabemos cuántas caravanas de ese tipo podían desplazarse al mismo tiempo, así como tampoco las mercancías que pudieran transportar, si bien parece que representaron un importante papel los tejidos, los frutos secos, la miel, la cera y las especias. Otra ruta comercial atravesaba el Cáucaso para penetrar en Armenia, en Georgia, en Persia y en Bizancio. Una tercera transportaba el creciente tráfico de los barcos que descendían el Volga hasta las orillas orientales del mar kázaro, dedicado principalmente a las pieles preciosas, muy apreciadas por la aristocracia musulmana, así como a los esclavos nórdicos que se vendían en el mercado de Itil. Sobre todas estas mercancías, esclavos incluidos, el soberano kázaro recibía una tasa del diez por ciento. Si a ello añadimos los tributos que pagaban los búlgaros, los magiares, los burtes y demás pueblos, se comprende que Kazaria haya podido ser un Estado próspero, y que dicha prosperidad dependiera, en gran parte, de su poderío militar y del prestigio que dicho poderío confería a los recaudadores y aduaneros.

Aparte de las fértiles regiones meridionales cubiertas de viñedos y árboles frutales, el país apenas contaba con recursos naturales. Un historiador árabe, al-Istakhri, escribe que el único producto indígena exportado era la cola de pescado. En realidad se trata de una exageración, pero parece ser que la principal actividad comercial consistía en reexportar bienes recibidos del extranjero. Entre estos bienes, los productos de las colmenas excitaron la imaginación de los cronistas árabes. Así, para Muqadassi, «En Kazaria, corderos, miel y judíos se hallan en abundancia».[55] Es cierto que una fuente persa, el Darband Namah, menciona minas de oro y plata en territorio kázaro, pero jamás se han podido localizar dichas minas. Por otra parte, distintos autores hablan de mercancías kázaras en Bagdad, y de comerciantes kázaros en Constantinopla, en Alejandría, e incluso en Samara y en Fergana.

Kazaria no se hallaba, pues, en modo alguno, aislada del mundo civilizado. En comparación con las tribus vecinas del norte, era un país cosmopolita, abierto a todo tipo de influencias culturales y religiosas y, al mismo tiempo, muy celoso de su independencia respecto a las dos grandes potencias eclesiásticas. Es esta actitud, como veremos más adelante, lo que puede explicar el golpe teatral (o golpe de Estado) que haría del judaísmo una religión oficial.

Parece ser que las artes y oficios eran florecientes, comprendida la alta costura. Cuando el futuro emperador, Constantino V, desposó a la hija del kagan (véase más arriba, apartado I), ésta aportó con las joyas de su dote un

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magnífico vestido que impresionó de tal forma a la corte bizantina, que los dignatarios lo adoptaron, para ellos, como traje de ceremonia; le denominaron tzitzakion, palabra derivada del nombre turco de la princesa, Chichak, «la pequeña flor» (éste era, al menos, su nombre antes de ser bautizada como Irene). «Tenemos aquí un brillante fragmento de historia cultural» hace notar Toynbee.[56] Otra princesa kázara se casó con el gobernador musulmán de Armenia; para la boda, su cortejo se componía, aparte de los acompañantes y esclavos, de diez tiendas levantadas sobre ruedas y «hechas de la más fina seda, con puertas chapeadas de oro y plata, y el piso cubierto de piel de marta. Otros veinte carros transportaban la vajilla, de plata y oro, con el resto de los tesoros que componían su dote».[57] En cuanto al kagan, viajaba en una tienda portátil todavía más lujosa, coronada por una granada de oro.

XIII

El arte de los kázaros, como el de los búlgaros y húngaros, fue principalmente un arte de imitación, semejante a los modelos persas sasánidas. El arqueólogo soviético Bader[58] ha subrayado que contribuyeron a extender la platería de estilo persa por los países nórdicos: en efecto, parte de lo hallado puede haber sido reexportado por los kázaros, fieles a su papel de intermediarios; otras piezas son copias ejecutadas en sus talleres, como aquellas cuyos vestigios se han encontrado cerca de la vieja fortaleza de Sarkel.[59] La bisutería descubierta en el interior de la fortaleza era de fabricación local.[60] El arqueólogo T. J. Arne cita piezas ornamentales halladas en su país (vajilla, fíbulas, hebillas de cinturón) de inspiración sasánida o bizantina, pero trabajadas en Kazaria o en territorios de su influencia.[61]

Así pues, los kázaros fueron los principales artífices de la expansión del arte persa y bizantino entre los poblados y tribus semibárbaros de la Europa del Este. Al término de un exhaustivo examen de las fuentes arqueológicas y literarias (sacadas principalmente de obras soviéticas), Bartha concluye:

El saqueo de Tiflis por los kázaros, sin duda en la primavera del 629, interesa particularmente a nuestro objeto. [Durante el período de ocupación] el kagan envió inspectores para que supervisaran las manufacturas de objetos de oro, de plata, de hierro y de cobre. Los bazares, el comercio en general, incluso las pescaderías, se hallaban bajo su control… Así, en el transcurso de sus incesantes campañas caucasianas, en el siglo VII, los kázaros entraron en contacto con una cultura que se había desarrollado a partir de la tradición sasánida… En consecuencia, los productos de dicha cultura se extendieron entre los pueblos de la estepa, y no sólo gracias al comercio, sino también debido a la acción del pillaje y los impuestos… Todas

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las pistas que hemos seguido minuciosamente con la esperanza de remontarnos a los orígenes del arte magiar del siglo X nos han conducido a territorio kázaro.[62]

La última frase del sabio húngaro hace alusión al célebre trabajo arqueológico conocido por el nombre de «tesoro de Nagyszentmiklos» (ilustración sobrecubierta). Este conjunto de veintitrés vasos de oro, que datan del siglo X, fue descubierto en 1791 por los vecinos del pueblo en cuestión.[63] Bartha señala que el personaje del «príncipe victorioso» que arrastra a un cautivo por los cabellos, y la escena mitológica grabada en el dorso de la jarra de oro, al igual que otros objetos ornamentales, manifiestan asombrosas semejanzas con las piezas halladas en Novi Pazar, en Bulgaria —y en Sarkel, en país kázaro—. Esto no debe sorprendernos habiendo sido vasallos de los kázaros durante largos períodos tanto los magiares como los búlgaros, y el guerrero vencedor en medio de este tesoro nos da, al menos, una idea de las artes que se practicaban en el Imperio kázaro; tampoco debe sorprendernos el hecho de que las influencias persas y bizantinas sean aquí las predominantes.

[64]

Ciertos arqueólogos húngaros[65] sostienen que los orfebres que trabajaban en Hungría en el siglo X eran, de hecho, kázaros. Como más adelante veremos (capítulo 3), cuando los magiares penetraron, en el 896, en las llanuras en que acabarían por instalarse, eran conducidos por una tribu kázara disidente, los kabars, que se asentarían con ellos en su nueva patria. Los kázaros —kabars, que tenían fama de ser excelentes orfebres— practicaban artes en las que tan sólo se iniciarían los magiares una vez instalados. La teoría del origen kázaro de, al menos, una parte de los objetos descubiertos en Hungría no es, pues, inverosímil, como aún tendremos oportunidad de comprobarlo de nuevo cuando, más adelante, hablemos de las conexiones entre estos pueblos.

XIV

El guerrero de la jarra de oro, sea su origen magiar o kázaro, nos ayuda a imaginar la presencia de un caballero de la época, posiblemente perteneciente a un status de élite. Masudi cuenta que en el ejército kázaro «siete mil hombres[66] cabalgaban con el rey, y arqueros con corazas, cascos y cotas de malla. También hay lanceros, armados y equipados como los musulmanes… En esta parte del mundo, ningún rey posee ejército regular, salvo el rey de los kázaros…». Y, según Ibn Hawkal, «este rey dispone de doce mil soldados

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para su servicio; cuando uno de ellos muere, inmediatamente se elige a otro para reemplazarle».

En esto podemos encontrar otra explicación de la hegemonía kázara; poseían un ejército profesional, contando con una guardia pretoriana que, en tiempos de paz, hacía reinar el orden entre el mosaico de etnias, y que, en tiempo de guerra, sabían y podían estructurar a las hordas que, como ya hemos visto, contaban a veces con cien mil o más hombres.[67]

XV

La primera capital de este abigarrado imperio fue, probablemente, la fortaleza de Balandjar, en la ladera septentrional del Cáucaso; tras las incursiones árabes del siglo VIII, dicha capital se trasladó a Samandar, en la orilla occidental del Caspio y, más tarde, a Itil, en el estuario del Volga.

Sobre Itil poseemos varias descripciones, que concuerdan bastante bien. Se trataba de una doble ciudad, construida sobre las dos riberas del río. Itil era el nombre de la mitad occidental, llamándose la otra Kazaran;[68] ambas partes se hallaban unidas por un puente de barcos. (Varios autores citan la analogía con Buda-Pest). La parte occidental estaba rodeada por una muralla fortificada, de ladrillos; dentro, se encontraban los palacios del kagan y del bek, así como los aposentos de sus servidores y los de los «kázaros de raza pura».[69] La muralla tenía cuatro puertas, una de las cuales daba al río. Sobre la otra orilla, al este, vivían «los musulmanes y los adoradores de ídolos».[70] En este barrio se encontraban las mezquitas, los baños, los mercados y demás servicios públicos. Diversos autores árabes han dado la cantidad de oratorios en el barrio musulmán y la impresionante altura del minarete de la gran mezquita. Igualmente, se ha insistido en la autonomía de que gozaban los religiosos y juristas musulmanes. Citemos, en particular, a al-Masudi, «el Herodoto de los árabes», en su célebre obra Las Praderas de Oro:

La costumbre, en la capital de los kázaros, es tener siete jueces. Dos de ellos son para los musulmanes y otros dos para los kázaros, y juzgan según el Torha; dos para los cristianos, y juzgan según el Evangelio; y uno para los saqalibah, los rhus y demás paganos, y juzga siguiendo la ley pagana… En la ciudad del rey de los kázaros hay muchos musulmanes, comerciantes y artesanos, que han acudido a este país en razón de su justicia y de la seguridad que procura. Tienen una mezquita principal, cuyo minarete se eleva por encima del castillo real, y otras muchas mezquitas con escuelas donde los niños aprenden El Corán…

Leyendo estas líneas, que el gran historiador árabe escribiera en la primera mitad del siglo X,[71] nos sentimos inclinados a hacernos una idea quizá demasiado idílica de la vida en el reino de los kázaros. Así, podemos

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ver en la Jewish Encyclopaedia, en el artículo «Kázaros»: «En una época en la que el fanatismo, la ignorancia y la anarquía reinaban en la Europa del Oeste, el reino de los kázaros podía enorgullecerse de su administración justa y liberal».[72]

Esto es cierto en parte, como ya hemos visto, pero sólo en parte. Nada indica que los kázaros se dedicaran a persecuciones religiosas antes o después de su conversión al judaísmo.[73] En este sentido, cabe afirmar que se mostraron más tolerantes que el Imperio Romano de Oriente y que el islam en sus comienzos. Pero, sin embargo, parece ser que conservaron rituales bárbaros heredados de su pasado nómada. Recordemos lo que dice Ibn Fadlan sobre las matanzas que acompañaban a las inhumaciones reales. El mismo cronista habla de otra arcaica costumbre: el regicidio. «El período de reinado es de cuarenta años. Si el rey sobrepasa este plazo, aunque sea en un solo día, sus súbditos y servidores le inmolan, diciendo: “Su entendimiento está disminuido, su pensamiento ya es confuso”».

Istakhri da otra versión:

Cuando quieren entronizar a un kagan, le pasan un cordón de seda por el cuello y aprietan hasta que comienza a asfixiarse. Entonces le preguntan: «¿Cuánto tiempo esperas reinar?». Si no muere antes de la fecha indicada, lo matan cuando la alcanza.

Bury[74] duda del crédito que debe dar a estas leyendas de buhonería árabe y, de hecho, se inclinaría a descartarlas si el regicidio ritual no hubiera estado tan extendido entre numerosos pueblos, más o menos primitivos. Frazer insiste mucho en la relación existente entre el concepto de la divinidad real y la obligación sagrada de inmolar al soberano cuando sus fuerzas vitales se debilitan, a fin de que la autoridad divina pueda pasar a una encarnación más joven y vigorosa.[75]

Es preciso añadir, en apoyo de la narración de al-Istakhri, que la extraña ceremonia de la estrangulación del futuro rey parece haber sido practicada entre poblados vecinos, turcos o mongoles, tales como los tou-Kioue, conocidos por su alfabeto runiforme llamado kok-turc. Zeki Validi cita, a este respecto, a Stanilas Julien:

Cuando el nuevo jefe ha sido elegido, sus oficiales y servidores le hacen montar a caballo. Le aprietan una cinta de seda alrededor del cuello, pero sin llegar a estrangularle; a continuación, le aflojan la cinta y le preguntan con gran insistencia: «¿Durante cuántos años puedes ser tú nuestro Kan?». El rey, con el espíritu turbado, se siente incapaz de dar una cifra. Sus súbditos deciden, según la fuerza de las palabras que se le han escapado, si su reinado será de corta o larga duración.[76]

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Ignoramos si el asesinato ritual del rey subsistió entre los kázaros (suponiendo que haya existido alguna vez) cuando adoptaron el judaísmo, o si desapareció en dicha época —en cuyo caso los escritores árabes habrían confundido pasado y presente, como frecuentemente les sucedía al compilar viejas narraciones de viajeros atribuírselas a contemporáneos—. Sea lo que fuere, podemos considerar con casi toda certeza el carácter aparentemente sagrado del kagan, cuyo papel comportaría o no el sacrificio supremo. Ya conocemos la veneración que inspiraba, pero también su casi absoluto recluimiento, ocultando al pueblo hasta las grandiosas ceremonias de sus funerales. Los asuntos de Estado y el mando del ejército quedaban confiados al bek (o kagan bek) quien, de hecho, ejercía todo el poder. Sobre este punto, los historiadores modernos coinciden con los cronistas árabes, y describen habitualmente el sistema político de los kázaros como una doble monarquía, representando el kagan el poder religioso, y el bek el poder secular.

Se ha comparado (sin razón, según parece) esta doble monarquía a la diarquía de Esparta y al doble mando colegiado, superficialmente análogo, de diversas tribus turcas. Pero los dos reyes de Esparta, herederos de dos eminentes familias, tenían ambos idéntico poder; y en cuanto al doble mando de diversas tribus nómadas, nada indica una división funcional fundamental como en el caso kázaro.[77] Se ha propuesto una comparación más válida con el sistema político del Japón, donde, desde la Edad Media hasta 1867, el shogun disponía de todo poder, mientras que el emperador ejercía un oscuro papel de venerable personaje divino.

Cassel ha sugerido una atractiva analogía entre el gobierno kázaro y el juego de ajedrez.[78] El doble reinado está representado sobre el tablero por el rey (el kagan) y la reina (el bek). El rey se mantiene recluido, protegido por sus caballeros, con poco poder y avanzando paso a paso. Por el contrario, la reina es el personaje más importante del tablero, el que domina. No obstante, el juego puede continuar aunque la reina sea capturada, mientras que la caída del rey significa el desastre absoluto, que pone fin instantáneamente a la partida.

Así, la doble realeza parece indicar, en la mentalidad de los kázaros, una distinción categórica entre lo sagrado y lo profano. Los atributos divinos del kagan son perfectamente evidenciados en el siguiente pasaje de Ibn Hawkal:

[79]

El kagan debe ser siempre de raza imperial (al Istakhri: «De una familia de notables»). Nadie está autorizado a aproximársele, a no ser por asunto de gran importancia: entonces, uno debe prosternarse ante él y restregarse el rostro contra el suelo hasta que él dé la orden de avanzar y hablar. A la muerte del kagan, todo aquel que pase cerca de su tumba debe ir a pie y

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rendir homenaje al sepulcro; y cuando se aleje, no tiene derecho a subirse al caballo mientras pueda seguir viendo la tumba.

La autoridad de este soberano es tan absoluta, sus órdenes son obedecidas tan ciegamente, que si juzgara deseable que uno de sus nobles pereciera, le diría: «Ve y mátate», y el hombre regresaría a su hogar y se mataría dócilmente. Al estar establecida la sucesión a la realeza dentro de una misma familia (Istakhri: «En una familia de notables no poseedores de poder ni riqueza»), cuando sobre un miembro cualquiera de esta familia recae la herencia, automáticamente es confirmado en su dignidad de kagan, aunque no posea un sólo dirham. Y he oído contar, a personas dignas de crédito, el caso de un joven que trabajaba en un tenderete del mercado vendiendo pequeños objetos (Istakhri: «Vendía pan») y que las gentes decían: «Cuando el kagan desaparezca, este hombre le sucederá en el trono». (Istakhri: «Nadie es más digno de ser el kagan»). Pero el joven era musulmán, y ellos tan sólo conceden la realeza a judíos.

El kagan posee un trono y un pabellón de oro, lo que no se consiente a nadie más que a él. El palacio del kagan es más elevado que el resto de los edificios.[80]

El pasaje concerniente al virtuoso joven que vendía pan o chucherías nos recuerda un cuento de Las mil y una noches. ¿Por qué el heredero de un trono reservado a un judío era educado como un pobre musulmán? Si alguna enseñanza podemos sacar de esta historia, sería que el kagan era elegido por la nobleza de su carácter, entre los descendientes de una «raza imperial» o de una familia de notables». Ésta es la opinión de Artamonov y de Zeki Validi. El primero escribe que los kázaros, al igual que otros pueblos turcos, estaban gobernados por descendientes de la dinastía turkut, que antaño reinara en el primer imperio «turco» (ver más arriba, en el apartado III). Zeki Validi, por su parte, piensa que la «raza imperial» o la «familia de notables» a que debe pertenecer el kagan, designa a la antigua dinastía de los Asena, citada en las fuentes chinas, que era una especie de aristocracia del desierto de la que los soberanos turcos y mongoles, tradicionalmente, pretendían descender. La cosa parece plausible, y ayudaría a conciliar los valores contradictorios que supone la narración árabe anteriormente transcrita: el noble joven sin un dirham en el bolsillo… y las pomposas ceremonias que rodean al trono de oro. Se observa aquí la interposición de dos tradiciones, una especie de interferencia óptica, como la de dos ciclos de ondas sobre una pantalla: el ascetismo de una tribu de rudos nómadas del desierto y el oropel de una corte enriquecida por el comercio y la artesanía, que intenta sobrepasar el esplendor de sus grandes rivales: Bagdad y Constantinopla. Después de todo, las creencias pregonadas por estas dos suntuosas monarquías se remontaban igualmente a ascéticos profetas del desierto.

Sin embargo, esto no explica la extraña división de los poderes sagrados y secular, de la que, en aquella época, al parecer, no se encuentra equivalente en toda la región. Según Bury,[81] «no tenemos ninguna información acerca del momento en que el kagan fue sustituido por su divina nulidad, ni la razón por

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la que fue elevado a una situación análoga a la del emperador del Japón, de tal forma que su existencia, y no su poder, era considerada esencial para la prosperidad del Estado».

Una conjetura de Artamonov podría constituir la respuesta. El advenimiento del judaísmo como religión oficial habría sido el resultado de un golpe de Estado que, al mismo tiempo, habría reducido al kagan, descendiente de una dinastía pagana, a un papel puramente figurativo, cuya fidelidad a la ley de Moisés quedaba sujeta a caución. Es una hipótesis como cualquier otra y, como las demás, sin fundar tampoco en documentos históricos. No obstante, parece probable que existiera un vínculo entre los dos acontecimientos: la adopción del judaísmo por una parte, y el establecimiento de la doble monarquía por otra.[82]

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LA CONVERSIÓN

I

«La religión de los hebreos ejerció una profunda influencia sobre las creencias del islam», escribe Bury, «y constituyó un fundamento del cristianismo; por todas partes ganó prosélitos; pero la conversión de los kázaros a la religión pura de Jehová es un hecho único en la Historia».

¿Cuáles fueron los móviles de este acontecimiento tan singular? No es tarea fácil introducirse en la piel de un príncipe kázaro o, simplemente, bajo su cota de malla. Pero si razonamos en términos de política —la política en todas las épocas obedece esencialmente a las mismas reglas— encontraremos una analogía bastante aceptable.

A principios del siglo VIII, el mundo se hallaba polarizado por las dos superpotencias que representaban el cristianismo y el islam. Las ideologías se confundían con las intenciones políticas, que se servían de los métodos clásicos de la propaganda, la subversión y la conquista militar. El Imperio kázaro representaba una tercera fuerza, que se había mostrado de la talla de las otras dos, ya como adversario o como aliado. Pero este Imperio no podía mantener su independencia adoptando el cristianismo o el islam, pues cualquiera de estas elecciones les llevaría rápidamente a someterse a la autoridad del emperador bizantino o a la del califa de Bagdad.

No faltaron tentativas de conversión por ambas partes, pero sólo condujeron a intercambios de cumplidos diplomáticos, a alianzas matrimoniales y a firmas de tratados militares fundamentados en el mutuo interés. Seguro de su poderío y de sus reservas de tribus vasallas, el rey kázaro estaba decidido a salvaguardar su posición de tercera potencia, al frente de las naciones no alineadas que poblaban las estepas.

Los contactos que mantuvieron con Bizancio y con el Califato enseñaron a los kázaros que su primitivo chamanismo no sólo era bárbaro y pasado de moda en comparación con las grandes religiones monoteístas, sino que, además, se mostraba impotente para conferir a sus jefes la autoridad jurídica y espiritual de que gozaban los soberanos de los imperios teocráticos. Pero la

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conversión a una u otra de estas religiones les habría arrastrado a la sumisión, que era todo lo contrario de lo que se habían propuesto. Ante este panorama, ¿qué más lógico que abrazar una tercera religión que no dependía de ninguna de las otras dos, y que representaba su común y venerable origen?

Evidentemente, la aparente racionalidad de esta visión se debe a la engañosa claridad de los juicios que se aportan a la Historia después de ocurridos los hechos. En realidad, para esta conversión al judaísmo debió de ser necesario un golpe de genio. Sin embargo, todas las fuentes, hebraicas y árabes, a pesar de su diversidad en cuanto a los detalles, recogen el razonamiento anteriormente expuesto. Citemos, de nuevo a Bury:

No podemos dudar de que el soberano fue impulsado por motivaciones políticas cuando adoptó el judaísmo. Abrazar la fe de Mahoma habría significado depender espiritualmente de los califas, que intentaban imponer su religión a los kázaros, e inclinarse por el cristianismo implicaba el riesgo de pasar a ser un vasallo eclesiástico del Imperio Romano. El judaísmo era una religión honorable, que poseía libros sagrados respetados por cristianos y mahometanos; abrazarlo significaba elevarse por encima de los bárbaros paganos y asegurarse contra las intervenciones del califa o del emperador. Pero, junto a la circuncisión, no adoptaron la intolerancia del culto judío. Permitieron a la masa del pueblo conservar su paganismo y adorar a sus ídolos.[1]

Pese a que, realmente, la conversión tuvo móviles políticos, sería absurdo imaginar que los kázaros se lanzaran ciegamente, de la noche a la mañana, hacia una religión cuyo contenido hubieran ignorado. De hecho, desde hacía por lo menos un siglo, conocían a los judíos y sus observancias gracias a las continuas oleadas de refugiados que huían de las persecuciones religiosas de Bizancio o que, menos numerosos, venían de países de Asia Menor conquistados por los árabes. Se sabe que Kazaria, relativamente civilizada entre los bárbaros del norte, no estaba ligada a ninguna de las religiones militantes: así pues, pasó a ser naturalmente una tierra de acogida para los éxodos periódicos de los judíos sometidos a Bizancio, que se veían amenazados por conversiones forzadas y por todo tipo de presiones. Bajo diversas formas, la persecución había comenzado en tiempos de Justiniano I (527-565), y fue particularmente cruel con Heraclio en el siglo VII, con León III en el VIII, con Basilio y León IV en el IX, y con Román en el X. Así, León III, que reinó durante los dos decenios que precedieron a la conversión de los kázaros, «intentó poner fin a la anomalía (del status de tolerancia de los judíos) de un sólo golpe, ordenando a todos sus súbditos judíos bautizarse»[2]. No parece que sus órdenes fueran ejecutadas eficazmente, pero sí hicieron huir a un número considerable de judíos. Masudi narra los hechos:

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En esta ciudad (Itil) hay musulmanes, judíos, cristianos y paganos. Los judíos son el rey, sus servidores y los kázaros de su raza.[3] El rey de los kázaros se convirtió al judaísmo bajo el califato de Harun al-Rachid,[4] y a él se unieron judíos de todas las tierras del islam y del país de los griegos. El rey de los griegos de la época actual, año de la Hégira 332 (944), había convertido al cristianismo, por la fuerza, a los judíos de su reino… Así, muchos judíos huyeron del país de los griegos con dirección a Kazaria…

Las dos últimas frases se refieren a hechos acaecidos doscientos años después de la conversión de los kázaros; nos muestran su insistencia en la persecución: los judíos no tenían nada que envidiar. Fueron numerosos los que sufrieron torturas, y aquellos que no tenían fuerzas para resistirlas, volvían después a su fe «como perros a su vómito», según la encantadora expresión de los cronistas cristianos.[5] No menos pintoresca es la descripción que nos da un escritor hebreo sobre un método de conversión forzada utilizada en tiempos del emperador Basilio contra la comunidad judía de Oria, en el sur de Italia:

¿Cómo los forzaban? Todo hombre que rehusaba aceptar sus falsas creencias era introducido en un molino de aceite, y aplastado como se aplasta a las olivas.[6]

Otra fuente hebraica[7] señala en los siguientes términos la persecución del emperador Román (el «rey griego» de que habla Masudi): «Y después surgirá un rey que les perseguirá no mediante la destrucción, sino, misericordiosamente, expulsándoles del país».

Si la historia fue misericordiosa con aquellos que huyeron, por decisión propia o a la fuerza, se debió únicamente a la existencia de Kazaria, tanto antes como después de la conversión. Antes, era una tierra de refugio; después, se convirtió en una especie de «hogar nacional». Los refugiados, descendientes de una cultura superior, contribuyeron poderosamente, sin ninguna duda, a crear el clima cosmopolita y tolerante que habría de impresionar a los cronistas árabes citados anteriormente. Su influencia, y probablemente su proselitismo, debió de hacerse sentir, en primer término, en la corte y entre los dirigentes.[8] Es probable que, en sus esfuerzos misioneros, combinaran los argumentos teológicos y las profecías mesiánicas con un astuto análisis de las ventajas políticas que la adopción de una religión «neutra» procuraría a los kázaros.

Los exiliados llevaron consigo las artes y oficios de Bizancio, buenos métodos de agricultura y comercio y, finalmente, el alfabeto hebreo. Se desconoce qué forma de escritura utilizaban los kázaros anteriormente, pero el Fihrist de Ibn an-Nadim,[9] compuesto en el 987, nos informa que en esta época se servían del alfabeto hebreo, con una doble utilidad: por una parte, para escribir en hebreo las disputas escolásticas (lengua culta, análoga al latín

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medieval) y, por otra, para transcribir los diversos idiomas hablados en Kazaria (al igual que el alfabeto latino utilizado por los distintos idiomas de Europa occidental). Aparte de Kazaria, la escritura hebraica parece haberse extendido por los países vecinos. Así, según Chwolson, «se han hallado inscripciones en una lengua no semítica (o, probablemente, en dos lenguas no semíticas diferentes), pero con caracteres hebreos, en dos monumentos provenientes de Phanagoria y de Parthenit, en Crimea; todavía no han sido descifradas».[10] (Crimea, como vimos, estuvo intermitentemente bajo dominación kázara; pero allí se había establecido, desde hacía mucho, una comunidad judía con carácter permanente, y las inscripciones pueden ser anteriores a la conversión). El alfabeto cirílico ha incorporado dos letras hebraicas (el shin y el tsadei) y, además, se han encontrado en Polonia monedas de plata del siglo XII y XIII grabadas con inscripciones polacas en caracteres hebreos[11] (por ejemplo: Leszek, krol Polski, Leszek, rey de Polonia) al igual que otras piezas de la misma época grabadas con caracteres latinos. Según Poliak, «estas piezas prueban definitivamente que la escritura hebraica se extendió desde Kazaria hacia los países eslavos vecinos. La utilización de estas monedas no tenía ninguna relación con la religión. Se acuñaban así porque muchos polacos conocían mejor este alfabeto que el latino, sin considerarlas por ello especialmente judías».[12]

De esta forma, a pesar de que la conversión estuviera inspirada probablemente en móviles oportunistas y fuera concebida con una hábil maniobra política, también produjo progresos culturales que apenas hubieran podido prever los que la provocaron. El alfabeto hebreo fue sólo el comienzo; tres siglos después, el declive del Estado kázaro se vio acompañado por diversas erupciones de sionismo mesiánico: algunos pseudomesías del tipo de David el Rey, héroe de una novela de Disraeli, llevan a cabo cruzadas quijotescas para reconquistar Jerusalén.[13]

Tras la derrota que en el 737 le infligieran los árabes, el kagan adoptó el islam bajo coacción, pero por poco tiempo; esta formalidad fue abandonada inmediatamente y, al parecer, sin dejar la menor impresión en el pueblo. Por el contrario, la conversión voluntaria al judaísmo produciría efectos profundos y duraderos.

II

Las circunstancias de la conversión se ven ensombrecidas por la leyenda, pero los principales relatos hebreos y árabes que poseemos ofrecen algunas

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constantes fundamentales.

Las palabras de Masudi, citadas anteriormente, sobre la dominación judía en Kazaria, terminan con una referencia a una obra anterior del mismo autor, que contiene la descripción de estas circunstancias. Esta obra se ha perdido, pero subsisten otras dos narraciones, basadas en la anterior. La primera, compuesta por Dimaski en 1327, cuenta cómo en tiempos de Harun al-Rachid, el emperador de Bizancio obligó a los judíos a emigrar; dichos emigrantes llegaron al país de los kázaros, donde se encontraron con «un pueblo inteligente pero sin instrucción, al que ofrecieron su religión. Estos indígenas la juzgaron mejor que la suya y la adoptaron»[14].

La segunda narración, más detallada, se encuentra en el Libro de los reinos y de las rutas, de al-Bakri, que data del siglo XI:

La razón de la conversión al judaísmo del rey de los kázaros, que anteriormente era pagano, es la siguiente. Había adoptado el cristianismo.[15] Pero pronto comprendió la falsedad de esta religión y examinó esta cuestión, que mucho le preocupaba, con uno de sus grandes oficiales. Este último le dijo: «Oh rey, los que poseen las santas escrituras se dividen en tres grupos. Hazles venir y ordénales que defiendan su causa y, tras ello, seguirás la que contenga la verdad».

Entonces mandó que buscaran un obispo cristiano. Se dio la circunstancia de que cerca del rey se hallaba un judío, hábil en argucias, que arrastró al obispo a una disputa, preguntándole: «¿Qué dices de Moisés, hijo de Amram, y de la Tora que le fue revelada?». El obispo respondió: «Moisés es un profeta, y la Tora es verdad». Entonces, el judío dijo al rey: «Ha admitido la verdad de mi religión. Ahora, preguntadle qué es lo que él cree». El rey formuló la pregunta, y el obispo respondió: «Yo digo que Jesús el Mesías es el hijo de María, y es el Verbo, y ha revelado los misterios en nombre de Dios». Entonces, el judío dijo al rey de los kázaros: «Él predica una doctrina que desconozco; así pues, que acepte mis proposiciones». Y el obispo no supo aportar pruebas. Entonces envió el rey a buscar a un musulmán, y le enviaron a un sabio maestro, hábil en las disputas. Pero el judío sobornó a un asesino para que le envenenara en el camino, y así murió. De esta forma, el judío consiguió ganar al rey para su religión, de suerte que el rey abrazó el judaísmo.

Ciertamente, los historiadores árabes poseían el don de dorar la píldora. Si el sabio musulmán hubiera podido participar en el debate, habría caído en la misma trampa que el obispo, puesto que ambos habrían aceptado la verdad del Antiguo Testamento, mientras que, como apóstoles del Nuevo Testamento o del Corán, perdían forzosamente por un voto contra dos. Éste es el razonamiento que sigue el rey, y el hecho es significativo: tan sólo está dispuesto a aceptar las doctrinas admitidas por las tres religiones, su denominador común, pero rehúsa comprometerse con dogmas rivales que vayan más lejos. Nos hallamos ante el principio de no compromiso, aplicado esta vez a la teología.

Además, como ha señalado Bury,[16] la historia deja ver que la influencia judía en la corte kázara debía de ser bastante fuerte antes de la conversión

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oficial: era preciso «enviar a buscar» al obispo y al imán, mientras que el judío ya se encontraba allí, junto al rey.

III

Pasemos ahora de la principal fuente árabe concerniente a la conversión, Masudi y sus sucesores, a la principal fuente judía, conocida bajo el nombre de «correspondencia kázara». Se trata de un intercambio de cartas, escritas en hebreo, entre Hasdai Ibn Shaprut, ministro judío del califa de Córdoba, y José, rey de los kázaros (o, para ser más exactos, entre sus respectivos escribas). La autenticidad de dicha correspondencia ha sido discutida; sin embargo, generalmente se admite, aunque con las reservas debidas a los errores de recientes copistas.[17]

Según parece, las cartas fueron intercambiadas después del 954 y antes del 961, es decir, más o menos en la misma época en que escribía Masudi. Para poder apreciar su significación, es preciso decir algunas palabras sobre Hasdai Ibn Shaprut, una de las más brillantes personalidades de la «edad de oro» de los judíos de España (900-1200).

En el 929, Abd-al-Rahmán III, de la dinastía de los Omeyas, consiguió unificar las presiones árabes en el sur y centro de la Península ibérica y fundó el califato de Occidente. Córdoba, su capital, se convirtió en la gloria de la España musulmana, verdadero hogar de la cultura europea, donde podía encontrarse una biblioteca con 400.000 volúmenes catalogados. Hasdai, nacido en Córdoba en el 910, de una eminente familia judía, atrajo la atención del califa como médico: en su haber contábanse notables curaciones. Abd-al-Rahmán le nombró médico de la corte y, más tarde, tal era la confianza que había depositado en su buen juicio, le pidió, en primer lugar, que pusiera en orden las finanzas del Estado, para nombrarle, a continuación, algo así como ministro de Asuntos Exteriores y animador diplomático en las complejas relaciones que el nuevo Califato tenía con Bizancio, con el emperador romano-germánico Otón y con Castilla, Navarra, Aragón y demás reinos cristianos del Norte de España. Verdadero homo universale varios siglos antes del Renacimiento, Hasdai, además de ocuparse de los asuntos de Estado, hallaba tiempo para traducir al árabe tratados de medicina, para mantener correspondencia con los sabios rabinos de Bagdad y para hacer de mecenas de poetas y filólogos hebreos.

Evidentemente, se trataba de un judío preclaro y, sin embargo, devoto, que se servía de sus contactos diplomáticos para informarse sobre las

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comunidades judías dispersas por distintas partes del mundo, y para intervenir en su favor siempre que podía. Se preocupó en particular por la persecución de los judíos del Imperio bizantino bajo el mandato de Román (véase más arriba, apartado I). Afortunadamente, gozaba de una considerable influencia en la corte de Bizancio, donde se consideraba de vital interés conseguir la benevolente neutralidad de Córdoba durante las campañas bizantinas contra los musulmanes de Oriente. Hasdai, que llevaba las negociaciones, aprovechó la ocasión para interceder en favor de los judíos bizantinos, con aparente éxito.[18]

Según su propia narración, Hasdai oyó hablar por vez primera de un reino judío independiente por boca de mercaderes venidos del Khorassan, en Persia; pero el relato le dejó escéptico. Más tarde interrogó a los miembros de una misión diplomática bizantina, que confirmaron las declaraciones de los mercaderes, añadiendo numerosos detalles sobre el reino de los kázaros, entre ellos el nombre del soberano de aquel entonces, José. Después de esto, Hasdai decidió enviar a este rey José mensajeros portadores de una carta.

Esta misiva, que después analizaremos más extensamente, contiene una verdadera lista de preguntas sobre el Estado kázaro, su población, su gobierno…, sin olvidar preguntar que le precisaran la tribu —de entre las doce— a la que pertenecía José. Esto parece indicar que Hasdai imaginaba que los judíos kázaros eran originarios de Palestina, como los judíos españoles, e incluso, posiblemente, que representaban una de las tribus perdidas. José (que no era de origen judío ni, evidentemente, pertenecía a ninguna de dichas tribus), en su respuesta, proporcionó, como veremos, una genealogía de otro tipo, pero su gran preocupación era dar a Hasdai una relación detallada, aunque legendaria, de la conversión que tuviera lugar dos siglos antes, y de las circunstancias que habían conducido a ella.

El relato de José comienza con el elogio de su antepasado el rey Bulan, gran sabio y gran conquistador, que «expulsó de sus tierras a los hechiceros e idólatras». Tras esta proeza, un ángel se le apareció en sueños para exhortarle a honrar al único Dios verdadero y para prometerle a cambio que, «Dios bendeciría y multiplicaría a los descendientes de Bulan, y le libraría de sus enemigos y haría que su reinado durara hasta el fin del mundo»… Evidentemente, esta promesa es una imitación del relato de la Alianza, en el Génesis; permite suponer que también los kázaros reivindicaban un status de pueblo elegido, incluso aunque no pertenecieran a la raza de Abraham. Pero aquí, bruscamente, la historia de José cambia de rumbo. El rey Bulan, que desea servir bien al Todopoderoso, eleva una objeción:

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Tú conoces, Señor, los más secretos pensamientos de mi corazón, y Tú has sondeado mis entrañas para asegurarte de que he puesto mi confianza en Ti; pero el pueblo sobre el que reino tiene el espíritu pagano y no sé si me creerá. Si he encontrado gracia y misericordia ante tus ojos, te suplico aparezcas ante mi Gran Príncipe para que me apoye…

El Eterno escuchó la súplica de Bulan y se apareció en sueños al citado príncipe, y cuando al amanecer éste se levantó, acudió presto al rey y le hizo saber…

Evidentemente, ningún pasaje de la Biblia, como ningún otro de las narraciones árabes concernientes a la conversión, hablan de un gran príncipe del que fuera necesario obtener el consentimiento. Sin duda, se trata de una alusión a la doble realeza kázara. Parece ser que el gran príncipe es el bek; pero tampoco resulta imposible que se trate del kagan. Así, según fuentes árabes y armenias, el jefe del ejército kázaro que invadió la Transcaucasia en el 731 (algunos años antes de la presumible fecha de la conversión) se llamaba Bulkhan.[19]

La carta de José prosigue diciendo que el ángel, poco satisfecho de su primera actuación, volvióse a aparecer al rey en sueños y le ordenó que construyera un santuario en el que pudiera permanecer el Señor, pues el Señor ha dicho: «El cielo y los cielos más allá del cielo no son suficientemente grandes para contenerme». Lleno de vergüenza, el rey replicó que no disponía del suficiente oro y plata como para acometer semejante empresa, «si bien su deber y deseo era llevarla a efecto». El ángel le tranquilizó: bastaría que Bulan condujera sus ejércitos hacia Dariela y Ardabil, en Armenia, donde le aguardaba un tesoro de plata y grandes cantidades de oro. Aquí volvemos a encontrar correspondencia y paralelismo con la expedición de Bulan o Bulkhan antes de la conversión, y también con narraciones árabes que dicen cómo, en una cierta época, los kázaros se hicieron dueños de minas de oro y plata en el Cáucaso.[20] Bulan sigue los consejos del ángel, regresa victorioso con su botín y edifica un «santo tabernáculo», escribe José, «adornado con un sagrado cofre (el Arca de la Alianza), un candelabro, un altar y utensilios sagrados que se han conservado hasta nuestros días y que permanecen todavía en mi poder».

Esta carta, escrita en la segunda mitad del siglo X, más de doscientos años después de los acontecimientos que pretende narrar, es, evidentemente, una mezcla de leyenda y realidad. La descripción del modesto mobiliario del santuario y de las escasas reliquias conservadas contrasta con el informe que se presentó en otro lugar, de la prosperidad del país en el momento de la redacción. El tiempo del antepasado parece pertenecer a una lejana antigüedad: el rey pobre, pero virtuoso, carecía de los suficientes medios para edificar un santo tabernáculo que, después de todo, no era más que una tienda.

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Sin embargo, hasta aquí la carta de José presenta únicamente el preludio del verdadero drama de la conversión, que se propone narrar a continuación. Aparentemente, Bulan, renunciando a la idolatría en favor del «único Dios verdadero», no había dado sino el primer paso, quedando abierta todavía la elección entre las tres religiones monoteístas. Al menos esto es lo que la continuación de la carta parece dar a entender:

Tras estos hechos bélicos (la invasión de Armenia), el renombre del rey Bulan se extendió por todos los países. El rey de Adom (Bizancio) y el rey de los ismaelium (musulmanes) conocieron la noticia y le enviaron embajadores cargados de ricos presentes y acompañados por hombres sabios para convertirle a sus creencias; pero el rey era prudente y envió a buscar a un judío dotado de gran saber y mucho espíritu y los puso a los tres juntos para que discutieran sobre sus doctrinas…

Henos aquí en presencia de un brain-trust o de una mesa redonda, al igual que supimos con Masudi, pero con la diferencia de que el musulmán no había sido envenenado antes de la sesión de apertura. Pero el orden del día es aproximadamente el mismo. Tras largas y fútiles discusiones, el rey suspende la sesión durante tres días, en el transcurso de los cuales cada participante recobra aliento encerrado en su tienda; después recurre a una estratagema. Los convoca por separado, pregunta al cristiano que cuál de las otras dos religiones se aproxima más a la verdad, e idéntica cuestión le plantea al musulmán: ambos, sucesivamente, le responden que la religión de los judíos. Una vez más, es la neutralidad quien decide.

IV

He aquí, pues, la historia de la conversión. ¿Qué otros informes podemos obtener de la famosa «correspondencia kázara»?

Consideremos, en primer lugar, la carta de Hasdai. Comienza por un poema de un género arraigado en la época entre los escritores hebreos, el piyut, especie de rapsodia que contiene alusiones veladas, enigmas y que, frecuentemente, comporta acrósticos. Dicho poema exalta las gloriosas victorias del destinatario, dando al acróstico el nombre completo de Hasdai bar Isaac bar Ezra bar Shaprut, seguido del de Menahem ibn Sharuk. Este Menahem, poeta, lexicógrafo y conocido filólogo, era el secretario y protegido de Hasdai. Evidentemente, había sido encargado de redactar, con su más adornado estilo, la carta destinada a José, y había aprovechado la ocasión para inmortalizarse añadiendo su apellido al de su maestro. Subsisten diversas obras de Menahem ibn Sharuk, y no hay duda de que la carta de Hasdai sea obra suya.

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Tras el poema, los cumplidos y las florituras diplomáticas, sigue una elocuente exposición de la prosperidad de la España musulmana y de la afortunada condición de los judíos con el califa Abd-al-Rahmán, «como jamás se haya conocido nada semejante… Y así, las ovejas abandonadas han vuelto al redil, y los brazos de los perseguidores fueron paralizados, y el yugo fue eliminado. El país en el que vivimos se llama en hebreo Sepharad, pero los ismaelitas que lo habitan lo denominan al-Andalus».

Hasdai explica, a continuación, cómo llegó a su conocimiento la existencia del reino judío, primero por los comerciantes del Khorassan y, más tarde, con nuevos detalles, por los enviados de Bizancio, citando su relato:

Les he interrogado, y han respondido que era cierto, y que el nombre del reino es el de al-Khazar. Entre Constantinopla y esta región el viaje es de quince días por mar[21] pero, dicen, por tierra existen otros muchos pueblos entre ellos y nosotros. El nombre del rey reinante es José. De sus tierras vienen barcos que traen pescado, pieles y toda clase de mercancías. Han hecho alianza con nosotros y son honrados para con nosotros. Intercambiamos embajadas y presentes. Son poderosos y tienen una fortaleza para proteger sus vanguardias y las tropas que, de tiempo en tiempo, salen de expedición.[22]

Estos elementos de información sobre el país del rey al que Hasdai se dirige son evidentemente presentados con la finalidad de provocar una detallada respuesta. Buen psicólogo, al parecer, Hasdai debía saber que se obtienen más referencias criticando una exposición errónea que intentando hacer una composición original.

A continuación, Hasdai cuenta sus primeros esfuerzos por ponerse en contacto con José. Primero envió a un mensajero, un tal Isaac bar Nathan, encargado de presentarse en la corte de los kázaros. Pero Isaac no pudo pasar de Constantinopla, donde se le recibió con cortesía, pero donde se le impidió proseguir su viaje. (Esto es comprensible: dada su actitud ambigua ante el reino judío, no se encontraba dentro del interés del Imperio bizantino favorecer una alianza entre Kazaria y el Califato de Córdoba, por mediación de su ministro judío). El mensajero de Hasdai regresó, pues, a España sin haber podido cumplir su misión. Pero pronto se presentó una nueva ocasión: en una embajada de Europa oriental llegada a Córdoba, se encontraban dos judíos, Mar Saul y Mar José, quienes se ofrecieron a transmitir una carta al rey de los kázaros (de hecho, tras la respuesta de José, la carta fue remitida por una tercera persona llamada Isaac ben Eliezer).

Así, tras clarificar perfectamente los motivos de su carta y sus esfuerzos por hacer que llegara a su destino, Hasdai se lanza a una serie de cuestiones que atestiguan su curiosidad por todo lo concerniente al país de los kázaros,

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desde su geografía hasta su manera de observar los ritos del «sabbat». La conclusión es de un tono bien distinto al del principio de la carta:

Experimento la necesidad de saber la verdad y si realmente existe un lugar en esta tierra donde la perseguida Israel pueda gobernarse, donde no se vea sometida a nadie. Si supiera que esto es así realmente, no dudaría en abandonar todos los honores, en renunciar a mi alta posición, en dejar a mi familia y viajar por montes y valles, tierras y aguas, hasta llegar al lugar donde reina mi señor, el rey (judío)… y todavía formulo un último voto: saber si tenéis conocimiento de (la fecha posible) el último milagro (la venida del Mesías), que esperamos en nuestro errante deambular. Deshonrados y humillados en la dispersión, debemos escuchar en silencio a los que dicen: «Toda nación tiene su tierra, sólo vosotros no poseéis ni la sombra de un país».

El comienzo de la carta ensalza la feliz suerte de los judíos españoles; el final gime a causa de la amargura del exilio, se respira el fervor sionista y mesiánico. Pero estas contradictorias actitudes siempre han coexistido en el alma dividida de los judíos, a lo largo de su historia. Y es una contradicción que añade a la carta de Hasdai un nuevo sabor de autenticidad. En cuanto a saber si hay que tomar en serio el ofrecimiento de ponerse al servicio del rey de los kázaros, eso es ya otra cuestión de la que no podemos responder. Posiblemente, ni el propio Hasdai habría podido hacerlo.

V

La respuesta del rey José es menos ordenada y también menos emotiva. Mas no debe extrañarnos, como recuerda Cassel: «El saber y la cultura no reinaban entre los judíos del Volga, pero sí en las riberas de los ríos de España». Lo esencial es la historia de la conversión, que ya hemos citado. Sin ninguna duda, también José empleó a un escriba para redactar su misiva, probablemente a un sabio refugiado de Bizancio. A pesar de ello, la respuesta parece surgida de la Biblia; su rudeza queda bien lejos de las elegantes frases de nuestro moderno político del siglo X.

Comienza con una fanfarria de salutaciones y prosigue con una copia del contenido principal de la carta de Hasdai, subrayando orgullosamente que el reino kázaro desmiente a los que dicen que «el espectro de Judah ha escapado para siempre de las manos de los judíos» y «que no hay lugar sobre la tierra para un reino que les pertenece». Viene a continuación una observación bastante oscura: «Ya nuestros padres han intercambiado amistosas epístolas que se conservan en nuestros archivos y que son conocidas por nuestros antepasados».[23]

Seguidamente, José se cree en la obligación de proporcionar la genealogía de su pueblo. Feroz nacionalista judío, orgulloso de enarbolar el «espectro de

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Judah», no puede, sin embargo, reivindicar un origen semita y ni tan siquiera lo sueña. No hace remontar su familia a Sem, sino a Jafet, tercer hijo de Noé y, más concretamente, al nieto de Jafet, Togarma, antepasado de todas las tribus turcas… «Hemos encontrado en los libros de nuestros padres», declara osadamente José, «que Togarma tuvo diez hijos, y los nombres de su posteridad fueron los siguientes: uïgures, dursus, ávaros, hunos, basilis, tarniakh, kázaros, zagoras, búlgaros, sabiros. Nosotros somos los hijos de kázaros, el séptimo…».

La identidad de estas tribus, revestidas de nombres transcritos en caracteres hebreos, es bastante dudosa, pero eso apenas importa. Lo que caracteriza a este ejercicio genealógico es la amalgama de Génesis y tradición tribal turca.[24]

Tras su lista, José cita brevemente algunas conquistas que condujeron a sus antepasados hasta el Danubio; seguidamente se extiende sobre la historia de la conversión de Bulan. «Y a partir de ese día», prosigue, «el Señor le fortificó y acudió en su ayuda; se hizo circuncidar, y también a sus servidores, y mandó buscar sabios entre los judíos, a fin de que le enseñaran la ley y le explicaran los mandamientos». A continuación leemos nuevas jactancias, victorias y conquistas, y después un significativo pasaje:

Tras estos acontecimientos, uno de los nietos de Bulan convirtióse en rey; su nombre era Obadiah, y fue un hombre bravo y venerado que reformó la Regla, reforzó la Ley según la tradición y la costumbre, construyó sinagogas y escuelas, reunió en asamblea a una multitud de sabios de Israel, distribuyó entre ellos magníficos presentes de oro y plata, e hizo que interpretaran los veinticuatro libros, la Michna y el Talmud, y el orden en que deberían decirse las oraciones litúrgicas…

Este relato indica que dos generaciones después de Bulan se produjo una renovación o reforma religiosa (acompañada, posiblemente, de un golpe de Estado, más o menos conforme a la hipótesis de Artamonov). En efecto, parece ser que la judaización de los kázaros se llevó a cabo en varias etapas. Recordemos que el rey Bulan expulsó a «los hechiceros e idólatras» antes de la aparición del ángel, y que hizo una alianza con el «verdadero Dios» antes de decidir si este Dios era judío, cristiano o musulmán. Parece muy probable que la conversión del rey y de sus allegados no fuera más que una etapa intermedia, en la que abrazaron una forma de judaísmo primitivo o rudimentario, únicamente fundado en la Biblia, con exclusión del Talmud, de la literatura rabínica y de las observaciones de ella deducidas. A este respecto, habrían estado muy próximos a los karaítas, secta fundamentalista que apareció en Persia en el siglo VIII y se extendió por todas las comunidades judías, particularmente por la «Pequeña Kazaria», expresión con la que se

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designaba a Crimea. Dunlop y otros autores han estimado que entre Bulan y Obadiah (a grosso modo, entre el 740 y el 800) el país abrazó de forma generalizada un tipo de karaísmo, y que el judaísmo «rabínico» ortodoxo no fue introducido hasta el advenimiento de la reforma religiosa de Obadiah. El detalle no carece de importancia, pues, según parece, el karaísmo sobrevivió hasta el fin en Kazaria: todavía se veía, en tiempos modernos, pueblos de judíos karaítas, de lengua turca, y sin duda de origen kázaro (véase el capítulo 5, IV).

Así pues, la judaización de los kázaros fue un proceso gradual, desencadenado por una maniobra política, que penetró profundamente hasta el último rincón de los espíritus y que, finalmente, provocaría el mesianismo del período de declive. El vínculo religioso sobrevivió al del Estado, y persistió en los establecimientos kázaros israelitas de Rusia y Polonia.

VI

Tras la relación de las reformas religiosas, José enumera a los sucesores de Obadiah:

Hiskia, su hijo, y su hijo Manasseh, y Chanukah, hermano de Obadiah, e Isaac, su hijo, Manasseh su hijo, Nissi su hijo, Menahen su hijo, Benjamín su hijo, Aarón su hijo, y yo, José, hijo de Aarón el Bendecido, y todos nosotros fuimos hijos de reyes, y a ningún extraño le fue permitido ocupar el trono de nuestros padres.

A continuación, José intenta responder a las preguntas de Hasdai sobre las dimensiones y la topografía de su país. Desgraciadamente, no dispone en su corte de un sabio con la competencia de los geógrafos árabes, y sus oscuras referencias a otras regiones, a otras naciones, apenas añaden nada a lo que ya sabemos por Ibn Hawkal, Masudi y demás escritores árabes o persas. Pretende recibir tributo de treinta y siete naciones, lo que parece un poco exagerado; pero Dunlop señala que nueve de ellas son probablemente tribus que vivían en territorio kázaro, y las veintiocho restantes concuerdan bastante bien con lo que dice Ibn Fadlan sobre las veinticinco esposas, siendo cada una de ellas hija de un rey vasallo (y con lo que refieren también los dudosos cuentos de Eldad ha Dani). Por otra parte, hay que tener en cuenta la multitud de tribus eslavas que, desde lo alto del Dniéper hasta Moscú, como más adelante veremos; pagaban tributo a los kázaros.

Sea lo que fuere, la carta de José nada dice de un harén real; tan sólo habla de una reina, «de sus hijas y de sus eunucos». Estos personajes viven, señala, en uno de los tres barrios de Itil, la capital; «en el segundo habitan los

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israelitas, los ismaelitas, los cristianos y demás nacionalidades que hablan otras lenguas; el tercero, que es una isla, es donde yo resido, con los príncipes, los vasallos y todos los servidores que me pertenecen…[25]. Vivimos en la ciudad durante todo el invierno, pero en el mes de Nisan (marzo-abril) salimos, y cada uno se dirige a trabajar a su campo y jardín; cada clan tiene su dominio hereditario, para dirigirse a él en su júbilo y alborozo; allí no pueden escucharse voces de intrusos ni se ven enemigos… El país no conoce muchas lluvias, pero existen numerosos ríos con abundantes y grandes peces, y numerosas fuentes, y, en general, es fértil y rico en campos y viñedos, en jardines y huertas que son regadas por los ríos y que producen gran cantidad de frutos… y, con la ayuda de Dios, vivo en paz…».

El pasaje siguiente está dedicado a la fecha de la venida del Mesías:

Tenemos la mirada fija en los sabios de Jerusalén y de Babilonia, y aunque vivimos lejos de Sión, hemos sabido, sin embargo, que los cálculos son erróneos a causa de la profusión de pecados, y nada sabemos; tan sólo el Eterno sabe llevar el cómputo de los días… Nada tenemos para apoyarnos, más que las profecías de Daniel, y puede que el Eterno acelere nuestra redención…

El último párrafo responde a la resolución de Hasdai, que parece ofrecerse al servicio del rey de los kázaros:

Tú has indicado en tu carta el deseo de ver mi faz. Igualmente yo deseo contemplar tu graciosa faz y el esplendor de tu magnificencia, de tu sabiduría y de tu grandeza; deseo que mis votos se realicen, que conozca la dicha de abrazarte y de ver tu querido, amigable y agradable rostro; serás para mí como un padre, y yo seré para ti como un hijo: todos mis súbditos besarán tus labios; nos conduciremos siguiendo tus deseos y tus sabios consejos…

Otro pasaje de la carta trata sobre la actualidad política: es más bien oscuro:

Con la ayuda del Todopoderoso guardo la desembocadura del río (el Volga) y no permito en modo alguno que los rhus acudan con sus barcos para invadir la tierra de los árabes… Me enfrento a ellos en grandes batallas, pues si les dejara pasar, devastarían las tierras de Ismael hasta Bagdad…

Aquí, José da la impresión de atribuirse el papel de defensor del Califato de Bagdad contra los pillajes rhus o varegos (véase más adelante, cap. 3). Podemos apreciar aquí una falta de tacto, dada la hostilidad que se había declarado entre el Califato Omeya de Córdoba (para el que trabajaba Hasdai) y los califas abasíes de Bagdad. Por otra parte, los caprichos de la política bizantina con relación a los kázaros justifican el que José pudiera reivindicar un papel de defensor del islam en general, cualquiera que fuera el cisma entre

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los dos califas. Al menos, Hasdai, diplomático experimentado, interpretaría la alusión.

El encuentro de nuestros corresponsales, del que no podemos decir que fuera considerado seriamente, jamás tuvo lugar. Si hubo más intercambio de cartas, no han sido conservadas. El contenido informativo de la «correspondencia kázara» es verdaderamente débil, sin añadir gran cosa a lo que se sabía ya por otras fuentes. Resulta fascinante en cuanto a las apreciaciones fragmentarias y extravagantes que nos ofrece, que, al igual que un proyector mal regulado, descubre zonas incoherentes en la espesa niebla que recubre la época.

VII

Otro documento hebreo se halla en el manuscrito de Cambridge (llamado así porque actualmente se encuentra en la biblioteca de dicha Universidad). Fue descubierto a finales del último siglo, junto con otros manuscritos muy preciosos, en la famosa «geniza» de El Cairo, almacén de una antigua sinagoga, por un profesor de Cambridge, Solomon Schechter. Este manuscrito, en mal estado de conservación, contiene una carta, o una copia de carta, de un centenar de líneas, a la que falta el comienzo y el final: así pues, no se puede saber quién la ha escrito ni a quién iba dirigida. En ella se habla del rey José como de un contemporáneo, al que se designa como «mi señor», y Kazaria es llamada «nuestro país»; así pues, parecería legítimo pensar que la carta fue redactada por un judío kázaro de la corte del rey José, en tiempos de José, y, por ello, es aproximadamente contemporánea de La correspondencia kázara. Algunos autores llegan más lejos, diciendo que iba dirigida a Hasdai Ibn Shaprut, entregada en Constantinopla al primer mensajero Isaac ben Natham, quien no pudo concluir el viaje, y llevada por este último a Córdoba (de donde la carta volvería a salir hacia El Cairo mucho más tarde, cuando los judíos fueron expulsados de España). En cualquier caso, la crítica interna muestra que el documento data, como muy tarde, del siglo XI, siendo más probable del siglo X, época del rey José.

En él encontramos una legendaria narración de la conversión; pero su principal interés es de orden político. El escribiente habla de un ataque lanzado contra Kazaria por los alanos, instigados por Bizancio, bajo el reinado de Aaron, padre de José. Al parecer, ninguna otra fuente, ni griega ni árabe, hace mención de tal campaña. Pero un curioso pasaje de La

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Administración del Imperio, de Constantino el Porfirogéneta, obra que data del 947-950, hace bastante creíbles las palabras del desconocido autor:

Concerniente a los kázaros, de cómo les debe ser hecha la guerra y por quién. Al igual que los ghuzz, pueden librar batalla a los kázaros, dada su proximidad; otro tanto ocurre con el soberano de los alanos, dado que las Nueve Regiones de Kazaria (zona fértil del norte del Cáucaso) quedan próximas a sus tierras, y el alano, si quiere, puede caer sobre ellos y causar grandes perjuicios y angustias a partir de esta región.

El soberano de los alanos pagaba tributo a José, según la carta de este último; pagara o no, es probable, en cualquier caso, que sus sentimientos hacia el kagan fueran semejantes a los del rey de los búlgaros. El pasaje del libro de Constantino, revelando los esfuerzos perseguidos para incitar a los alanos a hacer la guerra a los kázaros, recuerda irónicamente la análoga misión de Ibn Fadlan. Está claro que la hora del acercamiento bizantino-kázaro, en la época de José, ya había pasado. Pero esto ya es otra historia, de la que hablaremos en el capítulo 3.

VIII

Alrededor de cien años después de La correspondencia kázara y la fecha presumible del manuscrito de Cambridge, Iehuda Halevy escribía sobre los kuzari, o kázaros, un libro que fue célebre. Halevy (1085-1141) pasa por ser el más grande poeta hebreo de España, pero este libro fue escrito en árabe, y traducido más tarde al hebreo; tiene como subtitulo: El libro de la Prueba e Informe para la Defensa de la Fe desdeñada.

Halevy, sionista que murió durante un viaje de peregrinación a Jerusalén, había compuesto el Kuzari un año antes de su muerte; se trata de un pequeño tratado filosófico que intenta demostrar que el pueblo judío es el único mediador entre Dios y la Humanidad. Al final de la Historia, todas las naciones se habrán convertido al judaísmo, y la conversión de los kázaros aparece como símbolo o muestra de este fin último.

A despecho de su título, la obra casi no dice nada sobre el país de los kázaros, utilizándolo principalmente como un marco para una nueva narración legendaria de la conversión (el rey, el ángel, el sabio judío…), y como fondo de unos diálogos filosóficos y teológicos entre el rey y los protagonistas de las tres religiones.

Sin embargo, hay ciertos elementos de información que indican que Halevy había leído la correspondencia entre Hasdai y José, o bien que conocía otras fuentes. Así, por ejemplo, cuando nos dice que, tras la aparición del ángel, el rey de los kázaros «reveló el secreto de su sueño al general de su

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ejército», y este general representará más tarde un importante papel: encontramos aquí una referencia a la dualidad reinante de kagan y bek. Halevy cita igualmente las «historias» y los «libros de los kázaros», lo que recuerda a los «archivos» que contenían los documentos de Estado de que hablaba José. Finalmente, en dos pasajes diferentes, Halevy da la fecha de la conversión, la primera vez como teniendo lugar «hace cuatrocientos años», y la segunda «en el año 4500» (del calendario israelita). Estas indicaciones equivalen al año 740 de nuestra era, fecha muy verosímil. En resumen, escasa mies en lo concerniente a hechos para un libro que gozó de tan gran popularidad entre los judíos de la Edad Media. Pero hay que tener en cuenta que la mentalidad medieval se interesaba menos por los hechos que por las fábulas, y que los judíos se ocupaban más de la fecha de la venida del Mesías que por los cálculos geográficos. También los cronistas árabes mantenían una actitud bastante libre respecto de distancias, fechas y fronteras, actitud colindante con ficción y realidad a partes iguales.

Otro tanto puede decirse del famoso viajero judío alemán Rabbi Petachia de Ratisbona, que recorrió la Europa del Este y el Asia Menor entre 1170 y 1185. Su diario, Sibub Ha’olam, o «Viaje alrededor del mundo», fue escrito, al parecer, por un alumno, bien siguiendo sus indicaciones, o al dictado. Cuenta cómo el bravo rabino quedó escandalizado por las primitivas observancias de los judíos kázaros del norte de Crimea, prácticas que él atribuyó a su adhesión a la herejía karaíta:

Y Rabbi Petachia les preguntó: «¿Por qué no creéis en las palabras de los sabios (los talmudistas)?». Ellos respondieron: «Porque nuestros padres no nos lo han enseñado. La víspera del “sabbat” cortan todo el pan que comerán durante el “sabbat”. Lo comen en la oscuridad, y permanecen en el mismo lugar durante toda la jornada. Para sus oraciones, tan sólo cuentan con los salmos».[26]

Al rabino le irritaban tanto estas cosas que después, relatando que atravesó el corazón del país kázaro, no encontró nada interesante que contar, salvo que el viaje le costó ocho días, durante los cuales «escuchó los gemidos de las mujeres y los ladridos de los perros».[27] No obstante, señala que en Bagdad encontró mensajeros del reino kázaro en busca de doctores, originarios de Mesopotamia, e incluso de Egipto, «que irían a enseñar a sus hijos la Tora y el Talmud».

Fueron pocos los viajeros judíos que emprendieron las peligrosas incursiones por las orillas del Volga, pero sí en suficiente número como para que se encontrasen judíos kázaros en los principales centros del mundo civilizado. Rabbi Petachia vio algunos en Bagdad; Benjamín de Tudela, otro

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famoso viajero del siglo XII, visitó a notables kázaros en Constantinopla y Alejandría; Ibrahim ben Daoud, contemporáneo de Judah Halevy, cuenta que vio en Toledo «algunos de sus descendientes, discípulos de los sabios».[28] La tradición se empeña en que estos kázaros eran príncipes, ante lo que nos vemos tentados de pensar que estos futuros reyezuelos eran enviados a estudiar a Cambridge por los maharajás.

Observamos, sin embargo, una curiosa ambigüedad hacia los kázaros en la actitud de los judíos orientales ortodoxos, centrados en la academia talmúdica de Bagdad. El gaon («excelencia» en hebreo) que presidía la academia, era el jefe espiritual de los establecimientos judíos dispersos por todo el Próximo y Medio Oriente; el exilarca o «príncipe de la cautividad» representaba el poder secular en estas comunidades más o menos autónomas. Saadiah Gaon (882-942), célebre eminencia entre todas, dejó voluminosos escritos, haciendo referencia a los kázaros en distintos apartados. Habla de un judío mesopotamio que fue a instalarse con ellos, como si el caso fuera frecuente. Hace una oscura alusión a la corte de los kázaros. En otra ocasión explica que en la expresión bíblica «Hiram de Tiro», no debemos considerar Hiram como nombre propio, sino más bien como un título, «como califa para el soberano de los árabes o kagan para el rey de los kázaros». Así pues, estos últimos figuraban claramente en el esquema de la jerarquía eclesiástica de los judíos orientales; pero, al mismo tiempo, se les miraba con cierta desconfianza, tanto por motivos raciales como a causa de la herejía karaíta, de la que eran sospechosos. Un autor hebreo del siglo IX, Jafet ibn Ali, karaíta también, explica la palabra mamzer, «bastardo», tomando como ejemplo a los kázaros, convertidos en judíos sin pertenecer a la Raza. Su contemporáneo Jacobo ben Reuben explica el aspecto opuesto de la ambivalencia cuando habla de los kázaros como de una «nación única que no soporta el yugo del exilio, grandes guerreros que no pagan tributo alguno a los gentiles».

Resumiendo los testimonios hebreos que han llegado hasta nosotros sobre los kázaros, diremos que encontramos reacciones en las que aparecen entusiasmo, escepticismo y, sobre todo, desconcierto. Para los rabinos, esta nación guerrera de judíos turcos debía de ser tan fantástica como un unicornio en oración. En mil años de diáspora, los judíos habían olvidado lo que era tener un país y un rey. El mesías les parecía más real que el kagan.

A modo de post-scriptum, tras este examen de las fuentes árabes y hebraicas concernientes a la conversión, hacemos notar que un testimonio cristiano, al parecer el más antiguo, les había precedido. En fecha imprecisa, pero anterior al 864, Christian Druthmar de Aquitania, monje en Westfalia,

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escribió una Expositio in Evangelium Mattei en la que se puede leer que existe «bajo el cielo, en regiones donde no se encuentran cristianos, pueblos cuyo nombre es Gog y Magog, y que son hunos; entre ellos están los gazari, que son circuncisos y observan el judaísmo en su totalidad». Esta información viene dada a propósito de un versículo (Mateo, 24, 14) con el que apenas tiene relación,[29] y no tiene continuación.

IX

Al tiempo que Druthmar anotaba lo que había oído decir de los judíos kázaros, un ilustre misionero, enviado por el emperador de Bizancio, intentaba convertirles al cristianismo. No era otro que el futuro san Cirilo, «el apóstol de los eslavos» del que se dice que fue el inventor del alfabeto cirílico. Junto a su hermano mayor, Metodio, había sido encargado por el emperador Miguel III, siguiendo los consejos del patriarca Focio (quien posiblemente era de origen kázaro, dado que se cuenta que un día el emperador, encolerizado, le trató de «hocico de kázaro»), de diversas misiones de evangelización.

Si entre los eslavos los esfuerzos de Cirilo se vieron coronados por el éxito, no parece que ocurriera lo mismo entre los kázaros. Se dirigió a este país pasando por Crimea, donde se detendría seis meses en Cherson, según se dice, para aprender el hebreo y prepararse para su misión; tomó entonces la «ruta kázara», por el Don y el Volga, hasta Itil, y después continuó la orilla del Caspio para encontrar al kagan (los relatos no precisan el lugar exacto del encuentro). Como de costumbre, tuvieron lugar los consabidos debates teológicos, que no impresionaron mucho a los kázaros. La propia hagiografía, titulada Vita Constantini (Cirilo se llamaba originariamente Constantino) dice únicamente que el santo bautizó a algunas personas y que gustó al kagan, quien, para demostrar su buena voluntad, liberó a doscientos prisioneros cristianos. Era lo mínimo que podía hacer para reconocer los méritos de un enviado imperial que tantos pesares había padecido.

La filología aporta una curiosa luz en esta historia. Se sabe que Cirilo y Metodio intentaron honrada y sucesivamente componer dos alfabetos, el cirílico tras el glagolítico. Éste, que fue utilizado en Croacia hasta el siglo XVII, no contiene menos de once letras tomadas del hebreo para reproducir parcialmente sonidos eslavos[30] (las once letras son las siguientes: A, B, V, G, E, K, P, R, S, Sctch y T). El hecho parece establecer la hipótesis

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anteriormente emitida sobre el papel que la escritura hebraica pudo desempeñar en la alfabetización de los pueblos vecinos de los kázaros.

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3

EL DECLIVE

I

«Es en la segunda mitad del siglo VIII cuando el Imperio kázaro alcanzó su apogeo», escribe Sinor[1] —o, dicho de otra forma, entre la conversión de Bulan y la reforma religiosa emprendida por Obadiah—. Esto no significa, en modo alguno, que los kázaros debieran su fortuna a la religión judía. Más bien diríamos que ocurrió todo lo contrario: pudieron permitirse el lujo de ser judíos gracias a su poderío económico y militar.

Como signo vivo de este poderío, el emperador León el Kázaro gobernó Bizancio del 775 al 780; el apodo le venía por su madre, la princesa Pequeña Flor que lanzara en la corte la nueva moda en la indumentaria. Recordemos que su matrimonio tuvo lugar poco después de la gran victoria kázara sobre los árabes en la batalla de Ardabil, mencionada en muchos textos y, particularmente, en la carta de José. Ambos acontecimientos «no carecen de relación», como dice Dunlop.[2]

No obstante, en aquella época, en medio de las intrigas de capa y espada, los esponsales y los desposorios podían ser peligrosos. Muchas veces fueron la causa de declaración de guerras o, al menos, proporcionaron el pretexto.

Este escenario, al parecer, se remonta a Atila, antiguo soberano de los kázaros. Se cuenta que, en el 450, Atila recibió de Honoria, hermana del emperador Valentiniano III, un mensaje acompañado de una sortija de esponsales. La ambiciosa y novelesca dama rogaba al jefe de los hunos que acudiera a salvarla de un destino peor aún que la muerte: se veía amenazada de desposarse a la fuerza con un viejo senador. Inmediatamente, Atila reclamó a la muchacha, acompañando la mitad de su imperio como dote. Al rehusar Valentiniano, invadió la Galia.

En la historia de los kázaros se encuentran muchas variaciones sobre este tema, que casi es un arquetipo. Recordemos el furor del rey búlgaro, al que los kázaros le habían raptado la hija, y cómo alegaba este incidente ante el califa para que le construyera una fortaleza. Si creemos a los cronistas árabes, análogos acontecimientos, aunque de otro estilo, se encontraban en el origen

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del último fuego de guerra entre kázaros y árabes, a finales del siglo VIII, tras un largo período de paz.

Según Al Tabari, en el 798[3] el califa ordenó al gobernador de Armenia que reforzara la seguridad de su frontera kázara casándose con una hija del kagan. Dicho gobernador pertenecía a la célebre familia de los Barmecidas (célebre al menos por el príncipe que en Las mil y una noches invita a un mendigo a un festín compuesto por platos magníficamente adornados, pero vacíos). El Barmecida consintió, y la princesa kázara le fue debidamente enviada con su escolta y dote, formando una lujosa caravana (véase capítulo 1, X). Desgraciadamente, murió durante el parto; idéntica suerte corrió el recién nacido y, sus servidores, de regreso a Kazaria, insinuaron que habían muerto por envenenamiento. Inmediatamente el kagan invadió Armenia y (según dos cronistas árabes)[4] hizo cincuenta mil cautivos. El califa se vio en la necesidad de liberar y armar a millares de bandidos para poder detener el asalto de los kázaros.

La crónica árabe relata, dentro del mismo siglo VIII, otra historia sobre un frustrado casamiento dinástico seguido de invasión kázara; y, para no ser menos, la crónica georgiana añade a la lista una macabra aventura en la que a la princesa no se la envenena, sino que se suicida para escapar del lecho del kagan. Las fechas exactas y los detalles son dudosos, como de costumbre,[5] al igual que los verdaderos móviles de estas expediciones. Pero el hecho de que en las crónicas se recurra obstinadamente a estas historias de novias vendidas y reinas asesinadas, muestra que el tema influyó profundamente en la imaginación popular, y, posiblemente también en los acontecimientos políticos.

II

Ya no se vuelve a oír hablar de combates entre árabes y kázaros desde finales del siglo VIII. En el siguiente siglo parece que los kázaros gozaron de varios decenios de paz; al menos, los cronistas casi no los citan, y, en la historia, la ausencia de noticias… son buenas noticias. Las fronteras meridionales del país habían quedado pacificadas; las relaciones con el califato equivalían a un pacto tácito de no-agresión; y, las de Bizancio, eran notablemente amistosas.

Y, sin embargo, en medio de este período relativamente idílico, un episodio inquietante pareció predecir nuevos peligros. Hacia el 830, probablemente en el 833, el kagan y el bek enviaron una embajada al

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emperador Teófilo para pedirle arquitectos y artesanos capaces de construir una fortaleza sobre el curso inferior del Don. El emperador respondió con presteza. Envió una flota que, por los mares Negro y Azov, remontó la desembocadura del Don hasta el lugar estratégico en que debía ser construida la fortaleza. Así, nació Sarkel, plaza muy famosa y precioso enclave arqueológico, prácticamente el único que pudo proporcionar documentos materiales sobre la historia kázara hasta que fue sumergido por la presa de Tsimlyansk, próxima al canal que une el Volga con el Don. Constantino el Porfirogéneta, en un detallado relato, explica cómo, al carecer la región de piedras, Sarkel fue levantado con ladrillos cocidos en hornos especialmente construidos para la ocasión. Pero no menciona una curiosa particularidad (descubierta por los arqueólogos soviéticos cuando el lugar era accesible): los constructores también emplearon columnas de mármol de origen bizantino, que databan del siglo VI, posiblemente sacadas de alguna ciudad en ruinas; bello ejemplo de economía imperial.[6]

Los virtuales enemigos a los que el esfuerzo greco-kázaro había querido oponer la impresionante fortaleza, no eran otros que los temibles recién llegados, que el Occidente llamaba normandos o vikingos, y que Oriente conocía como rhus o varegos.

Dos siglos antes, los conquistadores habían tendido sobre el mundo civilizado una gigantesca tenaza, por la izquierda más allá de los Pirineos, y por la derecha más allá del Cáucaso. En tiempos de los vikingos, la Historia parecía reflejarse como en un espejo. La explosión inicial, que había desencadenado el enorme ejército musulmán, se produjo en el punto más meridional del mundo conocido, en el desierto de Arabia. Las incursiones y conquistas vikingas partieron de Escandinavia, la región más septentrional. Los árabes avanzaron hacia el norte a caballo, mientras los normandos lo hacían hacia el sur por mar y ríos. Los primeros, al menos en teoría, llevaban a cabo una guerra santa, los segundos, guerras impías de pillaje y piratería; pero, para las víctimas, los resultados eran prácticamente los mismos. En ambos casos los historiadores son incapaces de dar explicaciones convincentes sobre las razones económicas, ecológicas o ideológicas que casi de un día para otro transformaron una Arabia y una Escandinavia de aparentes remansos en volcanes de exuberante vitabilidad y temerarios proyectos. Ambas irrupciones se apaciguaron en unos doscientos años, pero dejarían para siempre su impronta en el mundo. Ambos pueblos evolucionaron, durante este lapso de tiempo, del primitivismo y la destrucción a las más admirables conquistas culturales.

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Mientras bizantinos y kázaros cooperaban en materia de construcción militar, en previsión de un ataque vikingo por el Este, el ala occidental de los normandos había penetrado ya por todos los grandes ríos de Europa y conquistado la mitad de Irlanda. A continuación, en algunos decenios, los vikingos colonizaron Islandia, se instalaron en la provincia gala llamada desde entonces Normandía, devastaron París en diversas ocasiones, lanzaron incursiones por Alemania, por el delta del Ródano y el golfo de Génova, dieron la vuelta a la Península ibérica y atacaron Constantinopla por el Mediterráneo y los Dardanelos, al tiempo que los rhus atacaban por el Dniéper y el mar Negro. Del siglo IX, escribe Toynbee, «siglo durante el cual los rhus avanzaban sobre terreno kázaro y el Imperio Romano de Oriente, los escandinavos se dedicaban a pillar, conquistar y colonizar, sobre un inmenso arco que terminó por extenderse, por el sudoeste, hasta América del Norte y hasta el mar Caspio por el sudeste…».[7]

¿Cómo extrañarse de que en Occidente las personas piadosas insertaran en sus letanías: A furore Normanorum libera nos Domine? ¿Cómo extrañarse de que Constantinopla tuviera necesidad de sus aliados kázaros, escudos contra los dragones esculpidos en la proa de los barcos vikingos, al igual que dos siglos antes los necesitara contra las verdes oriflamas del Profeta? Como la primera vez, los kázaros conseguirían soportar los primeros asaltos con todo vigor, pero, finalmente, verían como su capital caía en ruinas.

Sin embargo, no era Bizancio la única potencia que debía gratitud a los kázaros por su constancia en detener las tropas vikingas que bajaban por los grandes ríos. Ahora comprenderemos mejor el oscuro pasaje de la carta que José, cien años antes, escribiera a Hasdai: «Con la ayuda del Todopoderoso guardo la desembocadura del río y no permito que los rhus, que vienen en sus barcos, invadan la tierra de los árabes… Llevo a cabo duros combates contra ellos».

III

Las tribus vikingas, que los bizantinos denominaban rhus, eran para los cronistas árabes los varegos. Según Toynbee, la palabra «rhus» probablemente procede de la sueca rodher, los «remeros».[8] En cuanto a la palabra varego, utilizada por los árabes, fue asimismo empleada en la antigua crónica rusa para designar a los escandinavos; para ellos, el Báltico era «el mar de los varegos»[9]. Se trataba de un ala vikinga originaria de Suecia oriental, distinta de los noruegos y daneses que atacaban la Europa del Oeste,

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pero que seguían la misma táctica que ellos. Utilizaban un avance estacional; se apoyaban en islas estratégicamente elegidas, que les servían de plazas fuertes, de arsenal y de almacenes de provisiones, para lanzar ataques sobre tierra firme; cuando las circunstancias les eran favorables, daban un viraje a su táctica: pasaban de expediciones de pillaje y comercio forzado, a fundar establecimientos más o menos duraderos para terminar por convivir con las poblaciones autóctonas conquistadas. Así, la penetración vikinga en Irlanda comenzó por la toma de la isla de Rechru (Lambay), en la bahía de Dublín; Inglaterra fue invadida a partir de la isla de Thanet; la penetración en el continente se inició con la conquista de las islas de Walcheren, sobre la costa neerlandesa, y de Noirmoutier, en el estuario del Loira.

En el otro extremo de Europa, los hombres del norte seguían el mismo plan. Tras haber franqueado el Báltico y el golfo de Finlandia, remontaron el río Volkhov hasta el lago Ilmen (al sur de Leningrado), en donde encontraron una isla de su gusto —la Holmgard de las leyendas islandesas—. Sobre esta isla establecieron un campamento que se convertiría en un pueblo y, más tarde, en una ciudad, la ciudad de Novgorod,[10] y desde allí comenzaron a lanzar expediciones hacia el sur, siguiendo el curso de los grandes ríos: el Volga, que les conducía al Caspio, y el Dniéper, que les llevaba al mar Negro.

La primera ruta atravesaba regiones poco agradables, propiedad de búlgaros y kázaros; la segunda pasaba por los territorios de las tribus eslavas que habitaban al noroeste del Imperio kázaro y pagaban tributo al kagan: los polyanos de la región de Kiev, los viatitchos del sur de Moscú, los radimitchos al este del Dniéper, los severyanos de orillas del Derna, etc.[11] Estos eslavos, al parecer, buenos agricultores, poseían sin duda un temperamento más dulce que el de sus vecinos «turcos» del Volga. Así, fueron «presa natural», como dice Bury, para los saqueadores escandinavos. Por ello, estos últimos terminaron prefiriendo el Dniéper, pese a sus peligrosas cataratas, al Don y al Volga. De esta forma, el Dniéper se convirtió en el gran camino oriental (el Austrverg de las leyendas nórdicas) desde el Báltico al mar Negro, y hasta Constantinopla. Las siete grandes cataratas incluso recibieron nombres escandinavos, dobles de los nombres eslavos: conscientemente, Constantino enumeró ambas versiones (por ejemplo: Baru-forh, en sueco, y Volnyi en eslavo, significan «la cascada encrespada»).

Una especie singular ésta de los rhus-varegos (singular incluso entre el resto de los vikingos), a la vez piratas, bandidos de los grandes caminos y mercaderes deshonestos, que hacían su comercio a golpe de espada y de hachas guerreras. Intercambiaban pieles, armas y ámbar por oro, pero,

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principalmente, traficaban en el mercado de esclavos. Según los cronistas árabes contemporáneos:

En esta isla (Novgorod), hay cien mil hombres, y estos hombres hacen constantemente incursiones entre los eslavos, los sorprenden, los hacen cautivos, y los venden a los kázaros y búlgaros. (Recordemos el mercado de esclavos de Itil, señalado por Masudi). No siembran, no cultivan la tierra, viven de la explotación de los esclavos. Cuando les nace un hijo, colocan una espada desnuda ante él, y el padre declara: «No tengo oro, ni plata, ni fortuna que legarte; he aquí tu herencia, sírvete de ella para asegurar tu prosperidad».[12]

Un historiador moderno, McEvedy, propone un juicio sintético: «La actividad vikingo-varega, desde Islandia a las fronteras del Turquestán, desde Constantinopla al Círculo Polar, fue de una vitalidad y una audacia increíbles, y es triste que tantos esfuerzos se malgastaran en pillajes. Los héroes nórdicos tan sólo se dignaban comerciar si antes no conseguían vencer; preferían un oro glorioso, manchado de sangre, a un provecho mercantil asegurado».[13]

Así, los convoyes rhus que izaban velas hacia el sur eran, al mismo tiempo, flotas comerciales y de guerra; ambos papeles iban unidos, y a la vista de una flota, no podía predecirse nunca cuándo los mercaderes se convertirían en guerreros. Estas flotas tenían enormes dimensiones. Masudi habla de una invasión rhus que penetró en el Caspio por el Volga (en el 912 o 913), que habría supuesto la intervención de «alrededor de quinientos barcos equipados cada uno con cien hombres». De estos cincuenta mil hombres, treinta mil cayeron muertos en combate, añade.[14] Posiblemente exagere pero, según parece, no demasiado. Ya al principio de sus hazañas (hacia el 860), los rhus habían atravesado el mar Negro y puesto sitio a Constantinopla con una flota estimada, por distintos autores, en doscientos o doscientos treinta barcos.

Dado el carácter imprevisible y la proverbial perfidia de estos temibles invasores, bizantinos y kázaros debieron orientarse con respecto a ellos «a lo que saliera», por decirlo de alguna forma. Durante siglo y medio, tras la construcción de la fortaleza de Sarkel, los acuerdos comerciales e intercambio de embajadas alternaron con salvajes guerras. Tan sólo lentamente, poco a poco, los hombres del norte cambiaron de carácter, construyendo establecimientos permanentes, eslavizándose a fuerza de mezclarse con sus vasallos y súbditos y, finalmente, adoptando el cristianismo predicado por la Iglesia bizantina. En este estadio, últimos años del siglo X, los rhus habían pasado a ser rusos. Sus príncipes y nobles todavía llevaban nombres escandinavos eslavizados: Hrörekr se convertiría en Rurik, Helgi en Oleg, Ingvar en Igor, Helga en Olga, y así sucesivamente. El tratado comercial que el príncipe Ingvar-Igor concluyó con los bizantinos en el 945 da la lista de sus compañeros, de los que tan sólo tres ostentaban nombres eslavos, junto a

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cincuenta que tienen nombres suecos.[15] Pero el hijo de Ingvar y de Helga recibió el muy eslavo nombre de Svyatoslav, y desde este momento el proceso de asimilación se aceleraría; los varegos fueron perdiendo progresivamente su identidad de pueblo diferente, y la tradición nórdica se desvanece en la Historia rusa.

Nos resulta muy difícil imaginar a estas extrañas gentes, cuya barbarie desentona incluso en este bárbaro período. Las crónicas no se hallan exentas de prejuicios, al haber sido escritas por hombres pertenecientes a naciones que debieron sufrir a los invasores nórdicos; estos últimos no nos han dejado su versión de los acontecimientos, dado que la literatura escandinava nació mucho después de la época de los vikingos, en un siglo en que sus proezas formaban parte de su leyenda. No obstante, la antigua literatura nórdica parecía confirmar su insaciable gusto por la violencia, y el singular frenesí que se apoderaba de ellos en las batallas: un furor salvaje o animal, que incluso ha dejado su nombre (bersek) en la lengua inglesa.

Los cronistas árabes los encontraban tan extraños, que, al describirlos, se contradecían en unas cuantas líneas. Nuestro viejo amigo Ibn Fadlan quedó absolutamente indignado ante la grosería y obscenidad de los rhus que encontrara en el Volga, en territorio de los búlgaros. Habla de ellos inmediatamente antes del pasaje dedicado a los kázaros que ya hemos citado:

Son las criaturas más sucias del mundo… Por las mañanas, una sirvienta pone ante el señor de la casa un balde lleno de agua; éste se enjuaga el rostro y los cabellos, escupe y se suena en el balde, que, a continuación, es pasado por la muchacha al vecino, que hace otro tanto, luego a un tercero, y así sucesivamente, hasta que todos los habitantes de la casa se han servido del balde para sonarse, escupir y lavarse…[16].

Por el contrario, Ibn Rusta escribe, aproximadamente hacia la misma época: «tienen sus vestidos limpios», y lo sostiene.[17]

También, Ibn Fadlan se indigna al ver a los rhus, incluido su rey, copular y defecar en público, mientras que Ibn Rusta y Gardezi nada mencionan sobre costumbres tan repugnantes. Pero, no por ello lo que dicen es menos dudoso y es, igualmente, incoherente. Así, Ibn Rusta declara: «Honran a sus huéspedes, y son hospitalarios para con los extranjeros que buscan asilo entre ellos, al igual que con los de su mismo pueblo que se hallen en el infortunio. No permiten a nadie que les tiranice y, el que les dañare u oprimiera, será descubierto y desterrado de su comunidad».[18]

Pero, algunas páginas después, hace un boceto (o, más bien, un croquis)

distinto por completo sobre las costumbres de la sociedad rhus:

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Ninguno de ellos sale solo para satisfacer sus necesidades naturales; se hacen acompañar por tres compañeros que le rodean y protegen, cada uno empuñando la espada, a causa de la ausencia de seguridad y de la felonía que reina entre ellos, pues si uno posee algún bien, su hermano o su amigo más próximo lo envidian, y buscan la forma de despojarle o matarle.[19]

En cualquier caso, y por lo que respecta a sus virtudes guerreras, los testimonios son unánimes:

Estas gentes son robustas y valientes, y cuando atacan en campo abierto, nadie consigue escapárseles; significará la ruina, mujeres raptadas, hombres hechos esclavos…[20]

IV

Éstas eran las perspectivas que, en lo sucesivo, se ofrecían ante los kázaros. Habían logrado construir Sarkel a tiempo; gracias a esta fortaleza podían vigilar los movimientos de las flotillas rhus entre el Don y el Volga (ese puente al que se llamaba ruta kázara), y en el delta del Don. En general, parece ser que, en el transcurso del primer siglo de su presencia en la escena internacional,[21] los rhus dirigieron sus expediciones de pillaje principalmente contra Bizancio (donde, evidentemente, les aguardaba un botín más sustancioso), mientras que sus relaciones con los kázaros eran, más bien, de tipo comercial, lo que no excluía fricciones ni escaramuzas. De cualquier modo, los kázaros se encontraban en situación de poder controlar el tráfico y de ingresar en sus bolsas la tasa del diez por ciento sobre todas las mercancías que atravesaban sus tierras con destino a Bizancio y países musulmanes.

También ejercieron en esta época una cierta influencia cultural sobre los hombres del Norte, quienes, pese a su violencia, tenían una natural predisposición a aprender cuanto podían enseñarles los pueblos vecinos. La amplitud de esta influencia se pone de manifiesto en la adopción del título de kagan por los primeros soberanos rhus de Novgorod. Es un hecho confirmado por los documentos bizantinos y árabes; por ejemplo, Ibn Rusta, tras haber descrito Novgorod sobre su isla, añade: «Tienen un rey llamado el kagan rhus». Más aún, Ibn Fadlan relata que el kagan rhus tenía un general encargado de mandar el ejército y de presentarle ante el pueblo. Zeki Validi ha subrayado que tales delegaciones de poder eran desconocidas entre los pueblos germánicos del Norte, en los que el rey debía ser, forzosamente, el primero de los guerreros. Concluye diciendo que los rhus, sin duda, habían copiado el sistema dualista de los kázaros. El hecho no parece inverosímil: los kázaros eran el pueblo más próspero y más desarrollado culturalmente de los que habían encontrado los rhus en los primeros estadios de sus conquistas.

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Los contactos debieron ser muy estrechos, puesto que había una colonia de comerciantes rhus en Itil, al igual que había una comunidad de judíos kázaros en Kiev.

En este contexto, es lamentable que, más de mil años después de los acontecimientos de que hablamos, el régimen soviético haya creído su deber borrar el recuerdo de los kázaros, su papel histórico y su obra cultural. Se ha podido leer el artículo siguiente publicado en el «Times» de Londres del 12 de enero de 1952:

LA ANTIGUA CULTURA RUSA MINIMIZADA.

REFUTACIÓN DE UN HISTORIADOR SOVIÉTICO

De nuevo un historiador soviético acaba de ser criticado, por «Pravda», por haber minimizado los comienzos de la cultura y del desarrollo del pueblo ruso. Se trata del profesor Artamonov, quien, en el transcurso de una sesión del Departamento de Historia y de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS, ha vuelto a enarbolar una teoría que ya avanzara en una obra de 1937, según la cual, la antigua ciudad de Kiev debía mucho al pueblo kázaro. Lo presenta como un pueblo desarrollado, que fue víctima de las aspiraciones agresivas de los rusos.

Todo esto, declara «Pravda», nada tiene que ver con los hechos históricos. El reino kázaro, que representaba una primitiva agrupación de diversas tribus, no desarrolló ningún papel positivo en la creación del Estado de los eslavos orientales. Las fuentes antiguas atestiguan que las formaciones de Estados comenzaron, entre los eslavos orientales, mucho antes de los testimonios que se puedan tener sobre los kázaros.

El reino kázaro, lejos de promover el desarrollo del antiguo Estado ruso, retardó, por el contrario, el progreso de las tribus eslavas orientales. Los materiales estudiados por nuestros arqueólogos manifiestan el alto grado de cultura de la antigua Rusia. Sólo a base de deformar la verdad histórica puede hablarse de una superioridad de la cultura kázara. La idealización del reino kázaro refleja una evidente supervivencia de las erróneas visiones de historiadores burgueses que han minimizado el desarrollo autóctono del pueblo ruso. Tal concepción es inaceptable para la historiografía soviética.

Los móviles de semejante ataque superan toda explicación. Artamonov, al que frecuentemente he citado, había publicado, en 1937, además de numerosos artículos en revistas eruditas, una primera obra concerniente a la historia antigua de los kázaros. Su gran libro, Historia de los kázaros, se hallaba, al parecer, en prensa cuando «Pravda» hizo pública la condenación que acabamos de leer. Como resultado, el libro apareció, diez años más tarde, en 1962 con una palinodia final que equivale a una repudiación de todo lo que antecede y, a decir verdad, de toda una vida de trabajo. He aquí algunos reveladores pasajes

El reino kázaro se desintegró desplomándose en pedazos, gran parte de los cuales se fundieron en los pueblos emparentados, y, una minoría, instalada en Itil, perdió su nacionalidad para convertirse en clase parásita de matiz judío. Los rusos jamás desdeñaron las aportaciones culturales de Oriente… Pero de los kázaros de Itil no tomaron nada prestado. Por otra parte, el judaísmo militante de los kázaros fue tratado de idéntica manera por el resto de los pueblos que

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entraron en contacto con ellos: magiares, búlgaros, petchenegos, alanos y polovtsianos… La necesidad de luchar contra los explotadores de Itil estimuló la unión de los ghuzz y de los eslavos alrededor del trono de oro de Kiev, y, a su vez, dicha unión hizo factible la posibilidad y la ocasión de un crecimiento vigoroso no sólo del sistema político del Estado ruso, sino también de la antigua cultura rusa. Esta cultura siempre había sido original, jamás dependió de la influencia kázara. Los débiles elementos orientales de la cultura rhus, que habían sido transmitidos por los kázaros, y en los que de ordinario se piensa al tratar de problemas de lazos culturales entre rhus y kázaros, no penetraron en el corazón de la cultura rusa, permaneciendo en su superficie, y fueron de tan escasa duración como significación. Así, no autorizan, en modo alguno, a designar un «período kázaro» dentro de la historia de la cultura rusa.

Los dictados del Partido acababan con el amortajamiento comenzado por las aguas que ya habían cubierto por completo las ruinas de Sarkel.

V

La intensidad de los intercambios comerciales y culturales no impidió que los rhus-varegos avanzaran poco a poco en el Imperio kázaro, apropiándose de sus súbditos y vasallos eslavos. Según las primeras crónicas rusas, desde el 859, es decir, unos veinticinco años después de la construcción de Sarkel, los tributos de los pueblos eslavos eran «compartidos por los kázaros y los varegos de más allá del Báltico». Estos últimos percibían las contribuciones de los tchudos, krivitchos y otros eslavos del Norte, mientras los kázaros continuaban ingresando las de los viatichos, sevianos y, principalmente, las de los polyanos, en la región central de Kiev. Pero esto no habría de durar mucho tiempo. Tres años más tarde (si nos fiamos de las fechas dadas por la Crónica rusa), Kiev, ciudad-llave sobre el Dniéper, hasta entonces bajo soberanía kázara, pasó a manos de los varegos.

La Historia debería constatar que esta toma de poder fue un acontecimiento decisivo, pese a que, al parecer, se efectuó sin combate. En aquel tiempo, según la crónica, reinaba en Novgorod el príncipe (semi-legendario) Rurik o Hrörekr, que tenía bajo su dominio todos los establecimientos vikingos, así como a los eslavos del Norte y a algunas tribus finlandesas. Dos de sus hombres, Oskold y Dir, un día, cuando descendían por el Dniéper, divisaron sobre una colina una plaza fuerte cuya silueta les gustó; les dijeron que se trataba de la ciudad de Kiev y que «pagaba tributo a los kázaros». Se instalaron en dicha ciudad con sus familias, «atrajeron numerosos hombres del Norte y se pusieron a reinar sobre los eslavos de la vecindad, al igual que Rurik en Novgorod. Una veintena de años después, Oleg (Helgi), hijo de Rurik, descendió a su vez por el Dniéper, mató a Dir y a Oskold, y anexionó Kiev a sus dominios».

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Pronto Kiev eclipsaría a Novgorod. Convertida en capital de los varegos y en «madre de las ciudades rusas», dio su nombre al principado que fue la cuna del primer Estado ruso.

La carta de José, escrita aproximadamente cien años antes de la instalación de los rhus, no cita a Kiev entre las posesiones kázaras. Pero influyentes comunidades judías kázaras permanecían en la ciudad y en la provincia, que quedarían considerablemente reforzadas años después por numerosos emigrados al sobrevenir la destrucción del reino. La Crónica rusa habla en varias ocasiones de héroes venidos del «País de los Judíos», Zemlya Jidovskaya; en Kiev, la puerta de los kázaros ha perpetuado hasta los tiempos modernos el recuerdo de los antiguos señores.

VI

Hemos llegado a la segunda mitad del siglo IX y, antes de proseguir la narración de la expansión rusa, es el momento de prestar atención a unos cambios muy importantes que se produjeron en los pueblos de las estepas, particularmente entre los magiares. Paralelamente a la ascensión del poder rhus, estos acontecimientos tuvieron influencia directa sobre los kázaros… y sobre el mapa de Europa.

El pueblo magiar había sido para los kázaros un aliado y, según parece, un vasallo de buena voluntad desde el nacimiento del Imperio. «El problema del origen y de las primeras migraciones de los magiares atormenta a los investigadores desde hace mucho tiempo», escribe Macartney,[22] quien, a este respecto, añade: «Uno de los enigmas más intrincados de la Historia».[23] En cuanto a su origen, todo lo que sabemos con certeza es que están emparentados con los finlandeses, y que su lengua pertenece al grupo fino-ugrio en el que, igualmente, figuran los idiomas de los voguls y de los ostiaks que habitan las regiones forestales del norte del Ural. En la época que nos interesa no tenían ningún lazo de parentesco con los pueblos de las estepas, eslavos o turcos, entre los que evolucionaban: eran, y lo siguen siendo, una curiosidad étnica. A diferencia de la mayor parte de las pequeñas naciones, Hungría carece de lazos lingüísticos con los países vecinos; los magiares siguen siendo en Europa un enclave, lejos de sus primos, los finlandeses.

En los primeros siglos de nuestra era, esta tribu nómada fue expulsada de sus antiguos dominios del Ural, emigró entonces hacia las estepas del Norte y terminó por instalarse entre el Kouban y el Don. Vivieron, pues, en vecindad con los kázaros mucho antes de su hegemonía, y, durante algún tiempo,

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formaron parte de una federación de pueblos llamados los onogours («Diez Flechas» o «Diez Tribus»), palabra que, bajo forma eslava, compartiría el origen del nombre de los «húngaros»,[24] los cuales, por otra parte, emplean y siempre han empleado la expresión «magiar» para designarse a ellos mismos.

Desde mediados del siglo VII hasta finales del IX, fueron, como ya hemos visto, súbditos del Imperio kázaro. Resulta notable que, durante todo este período, mientras las demás tribus jugaban perpetua y dramáticamente al juego de las cuatro esquinas, no se conozca ningún conflicto armado entre kázaros y magiares, teniendo ambos, periódicamente, guerras contra vecinos próximos y lejanos: búlgaros del Volga, búlgaros del Danubio, ghuzz, petchenegos, etc. —sin mencionar a árabes y varegos—. Parafraseando las crónicas rusas y árabes, Toynbee hace notar cómo durante todo este período, los magiares, «por cuenta de los kázaros, exigían rescates a los eslavos y a los finlandeses de las Tierras Negras al norte de las estepas que constituían sus dominios y de las zonas boscosas todavía más al norte. El empleo de la palabra “magiar” en esta época queda atestiguado en nuestros días por el gran número de lugares que llevan dicho nombre en esta región transesteparia de Rusia septentrional. Estos nombres geográficos probablemente señalen el emplazamiento de las guarniciones y puestos de vanguardia magiares».[25] Los magiares dominaban, pues, a sus vecinos eslavos, y Toynbee concluye que, para la recaudación de tributos, «los kázaros utilizaban a los magiares como agentes, lo que no implica que dicho papel de intermediarios no hubiera sido también muy provechoso para ellos».[26]

La llegada de los varegos modificó radicalmente esta confortable organización. En el momento de la construcción de Sarkel, se produjo una migración muy notable: los magiares franquearon el Don y pasaron a la orilla occidental. A partir del 830 se reinstalaron en su mayoría en la región situada entre el Don y el Dniéper, que más tarde se llamaría Lebedia. Los historiadores se han preguntado mucho sobre las razones de semejante movimiento; la explicación de Toynbee, la más reciente, parece ser la más verosímil:

Se puede pensar que los magiares ocuparon la estepa del oeste del Don con el permiso de sus soberanos los kázaros… Dado que dicha estepa perteneció anteriormente a los kázaros y que los magiares eran sus aliados y subordinados, se puede concluir afirmando que no se habían establecido en este territorio contra la voluntad de los kázaros… De hecho, se puede decir que no sólo los kázaros habían autorizado a los magiares a establecerse al oeste del Don, sino que los habían instalado ellos mismos, en su propio interés… La implantación de pueblos sometidos era una práctica que ya habían seguido anteriormente los nómadas constructores de imperios… En este nuevo emplazamiento, los magiares podían ayudar a los kázaros en la tarea de malograr la progresión de los rhus hacia el sudeste y el sur. La instalación de los magiares al oeste del

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Don debió formar parte de un plan que comportaba también la construcción de Sarkel sobre la orilla oriental…[27].

VII

El arreglo funcionó bastante bien durante casi un siglo y medio. Durante este período, las relaciones entre magiares y kázaros se hicieron, incluso, más estrechas, hasta el punto de manifestarse en dos acontecimientos que dejarían sus huellas en la historia del pueblo húngaro. Para empezar, los kázaros dieron a este pueblo un rey, fundador de la primera dinastía magiar; a continuación, varias tribus kázaras se unieron a los magiares, modificando profundamente sus caracteres étnicos.

El primer episodio es descrito por Constantino en La administración del Imperio (hacia el 950); su relato queda confirmado por la primera crónica húngara (siglo XI) que, independientemente, cita los mismos nombres que él. Cuenta cómo antes de la intervención de los kázaros en los asuntos internos de las tribus magiares, éstos no tenían monarca, sino tan sólo jefes, el más eminente de los cuales fue Lebedias (de quien procede el nombre de Lebedia).

Y los magiares comprendían siete hordas, pero en aquel tiempo no tenían soberano, aunque existían jefes entre ellos, siendo el principal el ya nombrado Lededias… Y el kagan, soberano de Kazaria, en razón de su valentía y de su asistencia militar, dio por esposa al primero de los jefes, al hombre llamado Lebedias, una noble dama kázara, para que le diera hijos, pero Lebedias no obtuvo ningún fruto de esta mujer…

Una nueva alianza dinástica frustrada. No obstante, el kagan estaba muy decidido a reforzar los lazos que unían su reino a Lebedias y sus tribus.

Tras algún tiempo, el kagan, soberano de Kazaria, pidió a los magiares… que le enviaran al mejor de sus jefes. Y Lebedias, presentándose ante el kagan, quiso saber el porqué de esta llamada. Y el kagan le dijo: «He aquí para qué te hemos llamado: puesto que tú eres bien nacido, prudente, bravo, y el primero de los magiares, para que podamos hacer de ti el soberano de tu raza, y someterte a nuestras leyes y Ordenanzas…».

Según parece, Lebedias era muy orgulloso: declinó con toda cortesía esta invitación a hacer el papel de rey fantoche, y propuso que el honor fuera otorgado a otro jefe, a un tal Almos, o bien al hijo de éste, Arpad. Y el kagan, «contento con este discurso», reenvió a Lebedias, dignamente escoltado, a su pueblo, que pronto eligió por rey a Arpad. La ceremonia de la coronación se hizo «siguiendo la costumbre y el estilo kázaro, elevando al rey sobre escudos. Pues, antes de Arpad, jamás los magiares habían tenido monarca. Por ello, el rey de Hungría es elegido entre los miembros de su raza todavía en nuestros días».

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«En nuestros días», para Constantino, significaba los alrededores del año 950, es decir, cien años después del acontecimiento. De hecho, Arpad condujo a los magiares a la conquista de la actual Hungría; su dinastía reinó hasta el 1301, y su nombre es uno de los primeros que se aprenden en la escuela primaria en Hungría. Frecuentemente, los kázaros pusieron su mano en el amasijo de la Historia.

VIII

Posiblemente, el segundo episodio tuvo una influencia todavía más profunda en la nación húngara. En una fecha no especificada, relata Constantino, se produjo una rebelión (apostasía) en una parte del pueblo kázaro. Los insurrectos comprendían tres tribus, «que se denominaban kavaros (o kabaros), y que pertenecían a la misma raza que los kázaros. El gobierno la sofocó; parte de los rebeldes fueron muertos, otros huyeron y se instalaron entre los magiares, con los que hicieron amistad. Les enseñaron la lengua de los kázaros, y hasta ahora hablan este idioma, aunque también siguen utilizando la lengua de los magiares. Y como quiera que ellos se revelaron como los más hábiles en el combate y los más valientes de las ocho tribus (las siete tribus magiares originales más ésta de los kábaros), y además como auténticos jefes de guerra, fueron elegidos para componer la primera horda, y hasta ahora hay un jefe entre ellos que pertenece a las tres hordas (originales) de los kabaros».[28]

Poniendo los puntos sobre las íes, Constantino comienza el siguiente capítulo con una lista «de las hordas de los kabaros y de los magiares. Viene en primer lugar aquella que se escindiera de los kázaros, la horda anteriormente denominada de los kabaros, etc…». La tribu «magiar» propiamente dicha tan sólo aparece en tercer lugar.

Todo transcurre como si los magiares hubieran recibido de los kázaros sangre nueva, hablando en sentido figurado y, posiblemente, también en sentido estricto. Esta transfusión tuvo distintos efectos. En primer lugar, conocemos, con sorpresa, que al menos hasta mediados del siglo X las lenguas de los magiares y de los kázaros eran utilizadas simultáneamente en Hungría. Diversos autores modernos han comentado esta singularidad. «El resultado de este bilingüismo», escribe Bury, «es el carácter mixto del húngaro moderno, que ha proporcionado fáciles argumentos a las contradictorias opiniones que conciernen a las afinidades étnicas de los magiares».[29] Toynbee señala,[30] por otra parte, que los húngaros no son bilingües desde hace mucho tiempo,

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pero que lo fueron en los comienzos de su reino, como lo muestra la existencia, en su vocabulario de unas doscientas palabras tomadas del viejo dialecto chuvasco que hablaban los kázaros (véase capítulo 1, III).

Además, los magiares adoptaron, al igual que los varegos, una forma de monarquía dual al estilo kázaro. Gardezi narra, al efecto: «Su jefe cabalga con veinte mil caballeros. Le llaman Kanda (en húngaro kende) y es el título de su más grande rey, pero el título del que gobierna efectivamente es Jula. Y los magiares hacen lo que les ordena Jula». Hay razones para creer que los primeros Julas de Hungría eran kábaros».[31]

Se piensa también, apoyándose en algunos indicios, que hubo disidentes, en las tribus kábaras, que tomaron de facto el mando de las hordas magiares, judíos o «adheridos a una religión judaizante».[32] Parece posible, como lo han sugerido Artamonov y Bartha,[33] que la apostasía kábara estuviera ligada, sin duda como reacción, a las reformas religiosas instauradas por el rey Obadiah. El derecho rabínico, las prescripciones alimentarias, la casuística talmúdica fueron, probablemente, inaceptables para estos guerreros de las estepas, embutidos en sus corazas doradas. Si profesaban una «religión judaizante», su fe debía hallarse más próxima a la de los antiguos hebreos del desierto que a la ortodoxia rabínica. Posiblemente, incluso pertenecieran a la secta primitivista de los karaítas y, en consecuencia, pasaban por herejes. Pero todo esto no son más que conjeturas.

IX

La colaboración entre kázaros y magiares llegó a su término cuando estos últimos, en el 896, dijeron adiós a las estepas eurasianas, franquearon los Cárpatos, y conquistaron el territorio que sería su hábitat definitivo. Las circunstancias de esta migración son mal conocidas; no obstante, se pueden seguir, por lo menos a grandes rasgos.

En los últimos decenios del siglo IX, los petchenegos tomaron parte, a su vez, en el juego de las cuatro esquinas,[34] y de forma bastante brutal. Lo poco que sabemos de estos nómadas de lengua turca está resumido por Constantino, quien los describe como bárbaros codiciosos e insaciables, siempre prestos a venderse para atacar a los rhus y al resto de los bárbaros. Vivían entre el Volga y el Ural, bajo la soberanía de los kázaros, quienes, según Ibn Rusta,[35] «les invadían todos los años para percibir el tributo que les era debido».

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Hacia finales del siglo IX, una catástrofe (en modo alguno insólita) se abatió sobre los petchenegos: fueron expulsados de su territorio por sus vecinos del Este, que no eran otros que aquellos ghuzz (o oguz) a quienes detestaba Ibn Fadlan: una de esas inexpugnables tribus «turcas» que, periódicamente, rompían amarras y se aprestaban a derivar hacia el oeste. Los petchenegos, desplazados, intentaron asentarse en territorio kázaro, pero fueron expulsados.[36] Siguieron, pues, su marcha hacia el oeste, atravesaron el Don, invadieron el dominio de los magiares y obligaron a éstos a iniciar la retirada, siempre en dirección oeste, hacia la región comprendida entre el Dniéper y el Sereth, región a la que dieron el nombre de Etel-Köz (Tierra entre ríos). Probablemente se instalaron allí en el 889; pero en el 896 los petchenegos volvieron al ataque, con la ayuda de los búlgaros del Danubio, por lo que los magiares debieron retroceder hasta el territorio que actualmente es Hungría.

Ésta es, a grosso modo, la historia del éxodo de los magiares y del fin de su asociación con los kázaros. Los detalles son discutibles. Ciertos historiadores[37] sostienen, no sin pasión, que los magiares tan sólo sufrieron una derrota a manos de los petchenegos, y que el Etel-Köz designaba simplemente Lebedia, pero podemos dejar estas querellas para los especialistas. Lo que resulta más interesante es la aparente contradicción que existe entre la imagen que suele darse de los temibles guerreros magiares y su lastimosa retirada, de llanura en llanura. La crónica de Hikmar de Reims[38] nos dice cómo en el año 862 invadieron el este del imperio franco, invasión que únicamente fue la primera de las que habrían de aterrorizar a Europa en el siguiente siglo. También se nos habla de un pavoroso encuentro entre san Cirilo, el apóstol de los eslavos, y una horda de magiares: en el año 860, cuando se dirigía hacia Kazaria orando, la horda se precipitó sobre él «aullando como lobos», luporum more ululantes. Afortunadamente, su santidad le protegió y nadie le hizo ningún daño.[39] Otra crónica[40] declara que los magiares y los kázaros entraron en conflicto con los francos en el 881; y Constantino nos dice que, una decena de años más tarde, los magiares «hicieron la guerra a Simeón, rey de los búlgaros del Danubio, le batieron por completo, avanzaron hasta Preslav, lo encerraron en la fortaleza llamada Mundraga, y penetraron en su país»[41].

¿Cómo conciliar estos hechos con la serie de retiradas, del Don al Danubio, que tuvieron lugar en la misma época? Parece que podemos adivinar la respuesta en las líneas de Constantino que siguen a las que acabamos de citar.

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Pero, una vez que Simeón el Búlgaro hubiera hecho la paz con el emperador de los griegos, sintiéndose seguro, envió un mensaje a los patzinaks y pactó con ellos a fin de combatir a los magiares y aniquilarlos. Cuando los magiares partieron de campaña, los patzinaks y Simeón se lanzaron sobre el territorio magiar y aniquilaron a sus familias y expulsaron miserablemente a los que habían quedado con la misión de guardar el país. A su regreso, los magiares, ante la visión de su país arrasado y desolado, decidieron pasar a la región que actualmente ocupan (Hungría).

Así pues, el grueso del ejército se hallaba en «campaña» en el momento del ataque; según las crónicas anteriormente citadas, se puede pensar que los magiares realizaban con gran frecuencia lejanas expediciones, dejando sus hogares insuficientemente protegidos. Pudieron permitirse correr este riesgo mientras tuvieron como vecinos a sus soberanos kázaros y a las apacibles tribus eslavas. Pero, con el advenimiento de los insaciables petchenegos, la situación cambió. Es probable que el desastre descrito por Constantino no fuera sino el último de una serie de acontecimientos análogos, y fue el que pudo decidir a los magiares a buscar una patria más segura, más allá de las montañas, en una región que, por lo menos, ya conocían de dos expediciones anteriores.

Otra consideración podría apoyar esta hipótesis. Al parecer, los magiares no adoptaron la costumbre de las incursiones y del pillaje hasta la segunda mitad del siglo IX —justo en la época de la decisiva transfusión sanguínea que hemos comentado y que fue, probablemente, al mismo tiempo un bien y un mal para ellos—. Los kábaros, «más hábiles en el combate, más valientes», se convirtieron en tribu dominante e inspiraron a sus patronos un espíritu de aventura que muy pronto les convertiría, en Europa, en un látigo como antes lo fueran los hunos. Enseñaron a los magiares «la táctica inmemorial, muy característica, que empleaban todos los pueblos de lengua turca (hunos, avaros, petchenegos, turcos, kumanos, etc.) y alguna otra…, antiguas tácticas procedentes de la caballería ligera, con las retiradas simuladas, las flechas lanzadas en plena huida, las imprevistas cargas acompañadas por espantosos aullidos de lobos…».[42]

Estos métodos tuvieron terrible eficacia, en los siglos IX y X, cuando los húngaros invadieron Alemania, los Balcanes, Italia e incluso Francia; pero apenas impresionaban a los petchenegos, que empleaban tácticas idénticas y que estaban capacitados para lanzar aullidos tan horribles o más.

Indirectamente, en la tortuosa lógica de la Historia, los kázaros sirvieron, pues, para el establecimiento de la nación húngara, en la que se fundieron hasta desaparecer. Dentro del mismo espíritu, Macartney subraya, todavía más, el decisivo papel de la transfusión kábara:

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Los elementos mayoritarios de la nación magiar, los auténticos fino-ugrios, relativa (aunque no extremadamente) pacíficos, agricultores sedentarios, se instalaron en las onduladas tierras del oeste del Danubio. La llanura de Alföld fue ocupada por la raza nómada de los kábaros, auténticos turcos, ganaderos, jinetes, combatientes, elemento motor y punta de lanza de la nación. Se trataba del pueblo que, en tiempos de Constantino, todavía ocupaba el noble rango de «primera de las hordas de los magiares». Principalmente serían estos kábaros quienes, en mi opinión, saquearían a los eslavos y a los rusos de la estepa, quienes harían campaña contra los búlgaros en el 895, y quienes, en su mayoría, serían el terror de media Europa durante más de siglo y medio.[43]

No obstante, los húngaros conseguirían preservar su identidad étnica.

«El peso de sesenta años de guerra sin pausa y sin favor, recayó sobre los kábaros, cuyas filas debieron quedar diezmadas en proporciones extraordinarias. Mientras, los verdaderos magiares, viviendo relativamente en paz, crecían en número»[44]. Igualmente, supieron, tras el período de bilingüismo, preservar su lengua finesa en medio de sus vecinos germánicos y eslavos, a diferencia de los búlgaros del Danubio, que olvidaron su idioma «turco» para adoptar un dialecto eslavo.

Sin embargo, la influencia kábara continuó haciéndose sentir en Hungría; por otra parte, y pese a que ahora se encontraban separados por los Cárpatos, las relaciones entre magiares y kázaros no se rompieron por completo. Según Vasiliev,[45] en el siglo X, el duque de Hungría, Taksony, invitó a cierto número de kázaros a establecerse en sus dominios. No es ningún despropósito imaginarse que entre estos emigrantes hubiera una fuerte proporción de kázaros judaizados. E, igualmente, es probable que llegaran entre ellos, como ocurriera anteriormente en la migración kábara, cierto número de sus famosos artesanos, que enseñarían sus oficios a los húngaros (véase capítulo 1, XI).

Al tomar posesión de su nueva patria, los magiares la desalojaron de sus anteriores ocupantes, moravos y búlgaros del Danubio, quienes debieron mudarse a las regiones en las que se encuentran actualmente. Sus otros vecinos, eslavos, servios y croatas, estaban allí más o menos fijos. De esta forma, al término de la reacción en cadena que comenzara en el Ural (los ghuzz expulsando a los petchenegos que, a su vez, expulsaron a los magiares que, a su vez, expulsaron a los búlgaros y moravos), el mapa de Europa tomaba su actual configuración. El caleidoscopio tendía a inmovilizarse para convertirse en un puzzle más o menos estable.

X

Ahora podemos proseguir con la historia de la ascensión rhus-varega donde la habíamos dejado: en la anexión incruenta de Kiev por los hombres

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de Rurik, hacia el año 862. Prácticamente por la misma fecha, los magiares eran rechazados hacia el oeste por los petchenegos, privando a los kázaros de toda protección en su flanco occidental. Tal vez esto explique el que los rhus se apoderaran tan fácilmente de Kiev.

Pero, por otra parte, el debilitamiento de los kázaros expondría a Bizancio, en lo sucesivo, a los ataques de los hombres del Norte. Poco después de la instalación de los rhus en Kiev, sus barcos descendieron el Dniéper, atravesaron el mar Negro y sitiaron Constantinopla. Bury nos ha descrito este acontecimiento:

En el 860, en el mes de junio, el emperador (Miguel III), al frente de todo su ejército, avanzaba contra los sarracenos. Sin duda se encontraba lejos cuando recibió extrañas noticias, que le obligaron a regresar a Constantinopla a marchas forzadas. Un ejército ruso había franqueado el Ponto Euxino a bordo de doscientos barcos, penetrando en el Bósforo, saqueando los monasterios y tomando al asalto la Isla de los Príncipes. Los habitantes de la ciudad cayeron en la desmoralización ante el repentino horror de este peligro y ante su evidente impotencia. Las tropas (tagmata), que de ordinario estaban estacionadas en los alrededores, habían partido con el emperador… y la flota se hallaba ausente. Tras haber saqueado las afueras, los bárbaros se aprestaban a atacar la ciudad. En medio de esta crisis…, el sabio patriarca Focio mostró su valor: comenzó la ardua tarea de encorajinar a sus compatriotas… Expresó el sentimiento de todos exponiendo lo absurdo de una situación en que la ciudad imperial, «reina de casi todo el mundo», pudiera ser insultada por una banda de eslavos, una horda despreciable y bárbara. Pero, posiblemente, el pueblo quedó más impresionado y confortado cuando recurrió a la magia eclesiástica, que tan eficazmente había servido en anteriores sitios. El precioso manto de la Virgen Madre fue llevado en procesión alrededor de las murallas; y se dice que fue remojado en el mar a fin de que se elevara una tempestad. No hubo tempestad, pero pronto los rhus comenzaron a retirarse y, sin duda, no pocos de los felices ciudadanos atribuirían su alivio a la intervención divina de la reina del cielo…[46]

Resulta incitante añadir que «el sabio patriarca Focio», cuya elocuencia salvó a la ciudad imperial, no era otro que «el kázaro» que enviara san Cirilo a evangelizar a los infieles. Y por lo que respecta a la retirada de los rhus, fue motivada principalmente por el precipitado regreso del ejército y flota bizantinas. No obstante, el patriarca «hocico de kázaro» por lo menos había salvado la moral del pueblo durante aquella angustiosa espera.

También Toynbee hace interesantes comentarios a propósito de este episodio. En el año 860, escribe, los rusos «estuvieron sin duda más cerca de apoderarse de Constantinopla de lo que jamás lo estarían desde entonces».[47] Participa de la opinión de diversos historiadores rusos, para los que el ataque de los vikingos del Este, por el Dniéper y el mar Negro, estaba coordinado con el ataque simultáneo de una flota de vikingos occidentales, por el Mediterráneo y los Dardanelos.

Vasiliev, Paszkievics y Vernadsky se inclinan a pensar que las dos expediciones navales que convergieron en el mar de Mármara, no fueron simplemente coincidentes, sino que estaban

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previamente concertadas; e incluso creen adivinar la identidad del organizador que, según su hipótesis, concibió este estratégico plan de tan gran envergadura. Suponen que Rurik de Novgorod y Rurik de Jutlandia eran una misma persona.[48]

Esto permite calibrar la talla del nuevo adversario de los kázaros. La diplomacia bizantina no tardó en apreciarlo, y en jugar el doble juego que la situación parecía exigir, alternando entre la guerra, cuando era inevitable, y el apaciguamiento, con la piadosa esperanza de que los rusos terminarían por convertirse al cristianismo y entrar en el redil del patriarca de Oriente. Por lo que respecta a los kázaros, de momento constituían una buena baza, que abandonarían en la primera ocasión, honorable o no, que se presentara.

XI

Durante doscientos años las relaciones ruso-bizantinas oscilaron entre los conflictos armados y los tratados de amistad. Hubo guerras en el 860 (sitio de Constantinopla), en el 907, 941, 944 y en el período 969-971; y tratados en el 838, 839, 861, 911, 945, 957 y 971. Sobre el contenido de estos acuerdos, más o menos secretos, se sabe muy poco —aunque sí lo suficiente, no obstante, para entrever la extraña complejidad del juego—. Algunos años después del sitio de Constantinopla, el patriarca Focio (siempre él) refiere que los rusos enviaron embajadores con el motivo —según la fórmula bizantina en materia de proseletismo— «de pedir el bautismo». «Ignoramos ni a qué ni a cuántos establecimientos rusos representaba esta embajada», escribe Bury, «pero, sin duda, su objeto consistía en pedir perdón por la reciente incursión y, posiblemente, obtener la liberación de los prisioneros. Es cierto que los rusos convinieron en adoptar el cristianismo… pero, al parecer, la semilla no cayó en terreno fértil. Durante más de cien años no se vuelve a oír hablar de cristianismo entre los rusos. Además del tratado, que fue concluido entre el 860 y el 866, tuvo probablemente otras consecuencias».[49]

Entre dichas consecuencias, debemos citar la incorporación de marinos escandinavos a la flota bizantina: en el 902, eran setecientos. También se formó la célebre «guardia varega», cuerpo de élite formado por rhus y otros mercenarios nórdicos, entre los que se incluían algunos ingleses. En los tratados del 945 y 971, los príncipes de Kiev se comprometían a proporcionar tropas al emperador de Bizancio por petición del mismo.[50] En tiempos de Constantino Porfirogéneta, a mediados del siglo X, se veían normalmente flotas rhus sobre el Bósforo; su intención ya no era asediar la capital, sino entregar mercancías. El comercio estaba minuciosamente reglamentado (salvo

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en períodos conflictivos): según la crónica rusa, se decidió en los tratados del 907 y del 911 que los visitantes rhus tan sólo pudieran entrar en Constantinopla por una determinada puerta, nunca en grupos superiores a cincuenta, y escoltados por servidores del Estado; que durante su estancia recibieran tanto trigo como quisieran, así como otras provisiones para seis meses, si bien mediante entregas mensuales: pan, vino, carne, pescado, fruta —y algo para lavarse (si lo deseaban)—. Para asegurar que las transacciones fueran buenas y claras, los fraudes monetarios se castigaban con la amputación de una mano. Y no se descuidaban tampoco los esfuerzos en la evangelización, último medio de alcanzar una coexistencia pacífica con un pueblo en creciente poderío.

Pero tal empresa resultaba difícil. Según la Crónica rusa, cuando el regente de Kiev, Oleg, concluyó el tratado del 911 con los bizantinos, «los emperadores León y Alejandro (que reinaban conjuntamente), tras haber convenido sobre el tributo y haberse comprometido mediante juramento, besaron el crucifijo e invitaron a Oleg y a sus hombres a prestar el juramento. Pero los rhus, siguiendo su religión, juraron por sus armas y por el dios Perun, y también por Volos, dios del ganado, confirmando así el tratado».[51]

Cerca de cincuenta años después, tras sucederse otras batallas y distintos tratados, la victoria de la Santa Iglesia parecía avecinarse: en el 957, la princesa Olga de Kiev (viuda del príncipe Igor) recibió el bautismo con ocasión de su visita oficial a Constantinopla (a no ser, como algunos sostienen, que fuera bautizada antes de su partida en dirección a dicha ciudad).

El Libro de las ceremonias describe detalladamente las fiestas y banquetes dados en honor de Olga, pero nada dice de las reacciones de esta dama ante el espectáculo de los juguetes mecánicos expuestos en la sala del trono, como, por ejemplo, los leones disecados que producían formidables rugidos. (Otro invitado ilustre, el obispo Liutprando, contó que, si pudo conservar su sangre fría fue debido, únicamente, a que había sido advertido de las sorpresas reservadas a los visitantes). El protocolo debió de causar abundantes desvelos al maestro de ceremonias (el propio Constantino), pues Olga, soberana, tan sólo tenía mujeres en su escolta; los diplomáticos y consejeros, en número de ochenta y dos,[52] «marchaban modestamente a la cola de la delegación rusa».

Justo antes de dar comienzo el banquete, un pequeño incidente simbolizó la precaria situación de las relaciones ruso-bizantinas. Al llegar, las damas de la corte se prosternaron ante la familia imperial, como exigía el protocolo.

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Olga, sin embargo, permaneció de pie, «pero se vio con satisfacción cómo inclinó la cabeza ligeramente, en cualquier caso de forma perceptible. Se la puso en su lugar, como anteriormente a los invitados musulmanes, haciéndola sentar en una mesa separada».[53]

La Crónica rusa presenta una visión muy embellecida de esta visita oficial. Cuando se abordó el delicado tema del bautismo, Olga manifestó a Constantino que «si deseaba bautizarla, él mismo debería ser quien llevara a cabo dicho rito, pues de otra forma no estaría dispuesta a ser bautizada». El emperador consintió en ello, y rogó al patriarca que catequizara a la dama.

El patriarca «la instruyó en la oración y en el ayuno, en la limosna y en la castidad. Ella bajaba la cabeza y, del mismo modo que una esponja absorbe el agua, ella bebía ávidamente las lecciones…

Tras el bautismo, el emperador llamó a Olga y le hizo saber que deseaba que se convirtiera en su esposa. Pero ella respondió: “¿Cómo podríais desposarme, si me habéis bautizado y me habéis llamado hija vuestra? Entre cristianos eso está prohibido, como ya debéis saber”. Entonces, el emperador dijo: “Olga, tenéis más espíritu que yo”».[54]

Cuando regresó a Kiev, Constantino le envió mensajeros para decirle que: «Mientras os colmaba de presentes, me prometisteis que, tras vuestro regreso al país de los rhus, me enviaríais numerosos regalos, consistentes en esclavos, cera y pieles, así como soldados para ayudarme». Olga replicó diciendo que si el emperador pasaba tanto tiempo junto a ella en Potchayna como ella pasara sobre el Bósforo, aceptaría gustosa su petición. «Y con estas palabras despidió a los enviados».[55]

Esta Olga-Helga debió ser una terrible amazona escandinava. Su difunto esposo era el príncipe Igor, presunto hijo de Rurik; la Crónica rusa nos lo muestra como un tirano codicioso, demente y sádico. En 941 había atacado a los bizantinos, y «de todos los cautivos, los rhus mataron a parte de ellos, tomaron a otros por blancos de tiro con arco, y a un tercer grupo les ataron las manos a la espalda y les hundieron clavos en la cabeza. Y muchas iglesias fueron convertidas en pasto de las llamas».[56] Finalmente, fueron derrotados por la flota bizantina, que les lanzaba el fuego griego mediante cañones colocados en la proa de los navíos. «Ante la vista de las llamas, los rusos se arrojaban al mar; pero quedaron supervivientes para atestiguar que los griegos poseían los rayos celestes y que les habían incendiado lanzándolos contra ellos para que no pudieran conquistarlos»[57]. A este episodio sucedió, cuatro años más tarde, un nuevo tratado de amistad. Marinos por encima de todo, los rhus quedaron todavía más impresionados por el fuego griego que por el resto de los asaltantes, y el «rayo celeste» fue un sólido argumento a favor de la

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Iglesia griega. Pero, sin embargo, todavía no se hallaban a punto de convertirse.

Cuando Igor cayó muerto a manos de los derevlianos, eslavos a los que había impuesto un tributo desmesurado, su viuda pasó a ocupar la regencia de Kiev. Olga comenzó con una cuádruple venganza contra los derevlianos: para empezar, una misión que había acudido a pedir la paz fue enterrada viva; a continuación, una delegación de notables fue encerrada en un establecimiento de baños y quemada viva; finalmente, y después de una tercera matanza, la ciudad principal de los rebeldes quedó completamente destruida por las llamas. Olga estuvo absolutamente sedienta de sangre hasta el mismo momento de su bautismo. Pero entonces, nos dice la Crónica, «anunció a la Rusia cristiana como el alba precede al sol, como la aurora al día. Pues brillaba como la luna en la noche, resplandecía en medio de los infieles cual perla en el fango». Canonizada, fue la primera santa rusa de la Iglesia ortodoxa.

XII

Pese a las fanfarrias que rodearon el bautismo y el viaje de Olga, la historia de las tempestuosas relaciones entre los rusos y la Iglesia griega todavía no había dicho su última palabra. El hijo de Olga, Svyatoslav, rehusó convertirse y escuchar los sermones de su madre, «reunió un poderoso y numeroso ejército y, saltando como un leopardo, comenzó numerosas campañas», entre las cuales tenemos una guerra contra los kázaros y otra contra los bizantinos. Habría que esperar hasta el 988, bajo el reinado del nieto, Vladimir, para que la dinastía reinante adoptara definitivamente el credo de la Iglesia ortodoxa, aproximadamente en la época en que húngaros, polacos y escandinavos, al igual que los lejanos islandeses, se convertían a la Iglesia de Roma. Las grandes divisiones religiosas del mundo comenzaban a tomar forma, y en la nueva configuración, los kázaros judíos resultaban anacrónicos. El gradual acercamiento entre Constantinopla y Kiev, a pesar de sus avatares, fue socavando poco a poco la importancia de Itil; y la presencia de los kázaros, que continuaban exigiendo el diez por ciento de los crecientes intercambios en las rutas comerciales ruso-bizantinas, resultaba irritante tanto para el tesoro de Bizancio como para los guerreros-comerciantes.

Un síntoma claro del cambio de actitud bizantino frente a sus antiguos aliados fue la entrega de Cherson a los rusos. Durante siglos, bizantinos y kázaros se habían opuesto, e incluso enfrentado, por la posesión de este

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importante puesto de Crimea. Pero cuando, en el 987, lo ocupó Vladimir, los bizantinos ni siquiera protestaron; como explica Bury, «el sacrificio no resultaba excesivamente costoso a cambio de la paz y amistad con el Estado ruso, que se había convertido en una gran potencia».[58]

El sacrificio de Cherson posiblemente tuviera su justificación. Pero el sacrificio de la alianza kázara, como tendrían ocasión de comprobar, tan sólo testimoniaba una política de corto alcance.

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4

LA CAÍDA

I

Al describir las relaciones ruso-bizantinas en los siglos IX y X, he podido citar documentos de gran riqueza: La administración del Imperio, de Constantino, y la Primera crónica rusa. Pero, para confrontar las relaciones ruso-kázaras de la misma época, carecemos de materiales de categoría similar. Los archivos de Itil, si es que en realidad existieron alguna vez, se han desvanecido y, para tratar de narrar la historia del Imperio kázaro durante los últimos cien años, debemos recurrir a alusiones disparatadas y dispersas en crónicas y tratados árabes.

El período en cuestión abarca, a grosso modo, desde el año 862 —año de la ocupación de Kiev por los rusos— hasta el 965 —destrucción de Itil por Svyatoslav—. Tras la pérdida de Kiev y la marcha de los magiares a Hungría, los antiguos dominios occidentales del Imperio kázaro (salvo una parte de Crimea) escaparon del poder del kagan. Y el príncipe de Kiev, sin inmutarse, ordena a los eslavos del Dniéper: «¡No paguéis nada a los kázaros!».[1]

Probablemente, los kázaros habrían aceptado de buena gana perder su hegemonía en el Oeste, pero es que, además, los rhus no cesaban de ganar terreno en el Este, sobre la desembocadura del Volga y las riberas del Caspio. Las tierras del islam situadas alrededor de la mitad sur del «mar de los kázaros» (Azerbaidjan, Djilan, Chirwan, Tabaristan, Djurdjan) eran un blanco muy codiciado por las flotillas vikingas, bien como mero objeto de pillaje, o como sucursales comerciales de cara al califato musulmán. Pero la salida al mar, el delta del Volga que se extendía más allá de Itil, estaba guardada por los kázaros, como ocurrió con los accesos al mar Negro en los tiempos en que ocupaban Kiev. En nuestro caso, esta vigilancia significaba que los rhus debían solicitar autorización cada vez que una de sus flotillas quisiera pasar, así como pagar un diez por ciento en concepto de derechos de aduana, doble insulto que hubieron de padecer tanto su bolsa como su orgullo.

Durante algún tiempo disfrutaron de un precario modus vivendi. Las flotillas rhus pagaban sus derechos, se adentraban en el mar de los kázaros y

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practicaban el comercio con los pueblos ribereños. Pero, como ya hemos visto, muy a menudo la palabra comercio era sinónimo de pillaje. Entre los años 864 y 884[2] una expedición rhus atacó el puerto de Abaswn, en Tabaristán, aunque perdió la batalla. Sin embargo, en el 910, una nueva incursión se vería coronada por el éxito; los hombres del Norte asolaron la ciudad y su región circundante, llevándose consigo cautivos musulmanes. Este hecho causó un profundo malestar entre los kázaros, dadas sus amistosas relaciones con el califato, pero, también, debido a la presencia, en su ejército, de un regimiento de élite formado por mercenarios musulmanes. Tres años más tarde, en el 913, se producía la inevitable confrontación; el resultado fue un baño en sangre.

Masudi nos describe con todo detalle este importante acontecimiento, del que ya hablábamos brevemente en el capítulo 3, mientras que la Crónica rusa lo sume en el silencio. Según Masudi, «poco después del año 300 de la Hégira (912-913), una flota rhus compuesta por quinientos navíos, con cien hombres en cada uno de ellos», hizo su aparición en los límites del territorio kázaro:

Cuando sus buques, estuvieron cerca de los kázaros, apostados a la entrada del estrecho, enviaron una carta al rey de los kázaros, rogándole que les permitiera pasar por su país y descender por el río y entrar en el mar de los kázaros… a condición de que ellos le entregarían la mitad del botín que tomaran a los pueblos de la costa. Se acordó el permiso y bajaron por el río hacia la ciudad de Itil, la atravesaron, y llegaron hasta el estuario del río donde comienza el mar de los kázaros. Desde el estuario hasta la ciudad de Itil, el río es muy ancho y sus aguas son profundas. Los buques de los rhus se diseminaron por todo el mar. Sus razzias se dirigieron contra Djilan, Djurdjan, Tabaristan y Abashun, en la costa de Djurdjan, en el país de Nafta (Bakú) y sobre la región del Azerbaidjan… Los rhus hicieron correr la sangre, mataron a mujeres y niños, robaron, pillaron e incendiaron por todas partes.

Incluso saquearon la ciudad de Ardabil, a tres días de marcha desde la costa. Cuando las poblaciones se recobraron de su sorpresa y pudieron por fin tomar las armas, recurrieron a su clásica estrategia, atrincherándose en islas cercanas a Bakú. Los autóctonos, en barcas y chalupas, intentaron expulsarlos.

Pero los rhus acometieron contra ellos, y millares de musulmanes cayeron muertos o perecieron ahogados. Los rhus permanecieron durante meses en el mar… Cuando hubieron conseguido suficiente botín, cansados ya de sus correrías, se dirigieron de nuevo hacia la desembocadura, informaron al rey de los kázaros y le llevaron un rico botín, de acuerdo con las condiciones que habían sido fijadas con anterioridad… Los Arsiyah (mercenarios musulmanes del ejército kázaro) y otros musulmanes que vivían en Kazaria, se enteraron de la situación, y dijeron al rey de los kázaros: «Dejad que nos ocupemos de esas gentes. Han saqueado la tierra de nuestros hermanos los musulmanes, han derramado su sangre y humillado a mujeres y niños». Y no les pudo contradecir. Entonces envió un mensaje a los rhus, informándoles de la determinación de combatirlos que habían tomado los musulmanes.

Los musulmanes (de Kazaria) se reunieron y avanzaron en búsqueda de los rhus, siguiendo el curso del río (por la costa, desde Itil al estuario). Cuando los dos ejércitos se encontraron, los

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rhus desembarcaron y avanzaron en orden de batalla contra los musulmanes, entre los que había numerosos cristianos que vivían en Itil, de manera que eran en total alrededor de unos quince mil, con sus caballos e impedimenta. El combate duró tres días. Dios acudió en ayuda de los musulmanes. Los rhus fueron pasados a cuchillo o perecieron ahogados… De los que murieron a orillas del mar de los kázaros se contaron alrededor de treinta mil…

De aquí escaparon cinco mil, para ir a morir un poco más lejos, a manos de los burtes y búlgaros.

Así es el relato que hace Masudi de la desastrosa incursión de los rhus en el Caspio en el 912-913. Evidentemente, es un relato parcial. Se nos pinta al soberano kázaro como a un pobre diablo que primero actúa como cómplice pasivo de los saqueadores, para luego autorizar un ataque en su contra, sin más obligación hacia ellos que informarles de la emboscada tendida por «los musulmanes» bajo sus órdenes. Además, Masudi nos dice que los búlgaros son musulmanes, mientras Ibn Fadlan, que los verá diez años más tarde, no reconocerá entre ellos el menor signo de conversión. Pero, a pesar del prejuicio religioso, este informe nos permite entrever los dilemas que debía afrontar el comandante kázaro. Es posible que apenas le impresionara el infortunio de los ribereños del Caspio; era una época sin piedad. Pero ¿acaso no temería que los rhus, tras haberse apoderado de Kiev en el Dniéper, establecieran una cabeza de puente sobre el Volga? Además, una nueva razzia de estos saqueadores en el Caspio entrañaba el riesgo de provocar en el Califato una venganza que se abatiría no sobre los rhus, fuera de su alcance, sino sobre los inocentes (es decir, casi-inocentes) kázaros.

Las relaciones con el Califato eran amistosas, aunque bastante precarias, como lo demuestra un incidente relatado por Ibn Fadlan. Recordemos que su misión en el país de los búlgaros tuvo lugar entre el 921-922.

Los musulmanes de esta ciudad (Itil) poseen una gran mezquita para la oración del viernes. En ella hay un alto minarete y numerosos almuecines. Cuando en el año 310 de la Hégira (922) el rey de los kázaros se enteró de que los musulmanes habían destruido la sinagoga de Dar al Babunaj (ciudad musulmana no identificada), dio la orden de demoler el minarete y de matar a los almuecines. Y dijo: «Aunque no hubiera temido que fuesen destruidas todas las sinagogas que hay en las tierras del islam, habría destruido la mezquita de todas formas».[3]

El episodio nos da cuenta, con un sentido bastante fino, de la estrategia de intimidación mutua y de los peligros que acarrearía la escalada. También nos hace notar cómo los dirigentes kázaros se sentían ligados afectivamente a la suerte que corrieran los judíos en los demás países.

II

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El relato que hace Masudi sobre la incursión rhus del 912-913, termina con esta frase: «Después de aquel año no volvió a haber ninguna repetición, por parte de los rhus, de lo que acabamos de describir…». Casualmente, Masudi escribía esto en el año 943, el mismo en que los rhus realizaron de nuevo una incursión en el Caspio con una flota aún más importante; pero no podía haberse enterado. Habían permanecido al margen durante trece años; ya se creían suficientemente fuertes como para volver a empezar: su tentativa, puede que sea significativo, coincidió, aproximadamente, con uno o dos años de diferencia, con la expedición llevada a cabo contra los bizantinos por el valiente Igor, que moriría bajo el fuego griego.

Durante esta nueva invasión, los rhus se apoderaron de una plaza fuerte en el Caspio, en la ciudad de Bardha, y consiguieron mantenerse allí durante todo un año. Al final, la peste los diezmó, y los azerbaidjanes tuvieron la suerte de poner en fuga a los supervivientes. Esta vez, las fuentes árabes no mencionan participación kázara ni en el pillaje ni en el combate. Pero José, algunos años más tarde, dice en su carta a Hasdai: «Guardo la desembocadura del río y no permito en modo alguno que los rhus acudan con sus barcos a invadir la tierra de los árabes… Me enfrento a ellos en grandes batallas».[4]

Tomara parte en el combate el ejército kázaro o no, en este caso concreto, el hecho es que, algunos años más tarde, decidió prohibir a los rusos el acceso al Caspio y que, a partir del año 943, no se volvió a oír hablar de incursiones por aquellas riberas.

Esta capital decisión, muy probablemente motivada por las presiones de la comunidad musulmana del interior, entrenó a los kázaros en las «grandes batallas» de las que no poseemos información alguna, fuera de la carta de José. Posiblemente se tratara de frecuentes escaramuzas, salvo la gran campaña del 965, citada en la vieja Crónica rusa, que provocó el derrumbamiento del Imperio kázaro.

III

El jefe de esta campaña fue el príncipe de Kiev, Svyatoslav, hijo de Igor y de Olga, «saltador como el leopardo», y del que ha llegado hasta nosotros la noticia de que «realizó numerosas campañas»: de hecho, pasó casi todo su reinado haciendo la guerra. A pesar de los reproches de su madre, rehusó el bautismo «porque eso sería hacer de él la burla de su pueblo». La Crónica rusa nos cuenta también que «en sus expediciones no llevaba ni carros ni utensilios de cocina, y no hacía hervir la carne, sino que cortaba rebanadas de

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carne de caballo, de ciervo o de buey y se las comía tras haberlas pasado por las brasas. No utilizaba ninguna tienda, se echaba sobre una manta y apoyaba la cabeza en una silla de montar; y todo su séquito hacía lo mismo».[5] Despreciaba toda astucia al atacar al enemigo; por el contrario, enviaba mensajeros para que anunciaran: «Vengo a atacaros».

A la campaña contra los kázaros el cronista no dedica más que unas cuantas líneas, en el lacónico estilo que generalmente suele adoptar para relatar las batallas:

Svyatoslav se dirigió hacia el Oka y el Volga, y al encontrarse con los viatichos (tribu eslava del sur de la actual ciudad de Moscú), les preguntó que a quién pagaban tributo. Contestaron que pagaban a los kázaros una moneda de plata por cada reja de arado. Cuando los kázaros se enteraron de que se acercaba, fueron a su encuentro con su príncipe el kagan, y los dos ejércitos se enfrentaron. Al tener lugar la batalla, pudo Svyatoslav vencer a los kázaros, y tomar su ciudad de Biela Vieja…

Y esto es todo. Ahora bien, Biela Vieja (El castillo blanco), era el nombre eslavo de Sarkel, la famosa fortaleza sobre el Don. Pero señalemos que la Crónica rusa no menciona en ninguna parte la destrucción de Itil, la capital, y a ella nos remitimos. Se limita a señalar que Svyatoslav «venció también a los yasianos y karuginos» (osetes y circasianos), desafió a los búlgaros del Danubio, fue derrotado por los bizantinos y, para terminar, al volver a Kiev, fue muerto por una horda de petchenegos. «Le cortaron la cabeza, hicieron con su cráneo una copa, la recubrieron con oro y la utilizaron para beber».[6]

Muchos historiadores hacen coincidir la victoria de Svyatoslav con el fin de Kazaria, lo que, evidentemente, resulta erróneo, como veremos más adelante. La destrucción de Sarkel, en el año 965, anuncia el final del Imperio kázaro, y no de la nación kázara, de la misma manera que el año 1918 debe marcar el final del Imperio austro-húngaro, y no el de Austria como Estado. La dominación de los kázaros sobre las lejanas tribus eslavas, hasta la región de Moscú, había acabado por completo; pero el propio dominio kázaro, situado entre el Cáucaso, el Don y el Volga, permanecía intacto. Tras serles prohibidos a los rusos los accesos al Caspio, no volvió a oírse hablar de ninguna otra tentativa para forzar el paso. Toynbee lo deja bien claro: «Los rhus consiguieron destruir el imperio de las estepas de los kázaros, pero del único territorio kázaro de que se apoderaron fue el de Tmutorakan, en la península de Taman (frente a Crimea), y no fue más que una efímera conquista… Tan sólo a mediados del siglo XVI, los moscovitas asegurarían a Rusia, de una manera permanente, el Volga entero, hasta su desembocadura en el Caspio».[7]

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IV

Tras la muerte de Svyatoslav, sus hijos se lanzaron a una guerra intestina, de la que salió victorioso el más joven de ellos, Vladimir. Al principio vivió como un pagano, al igual que su padre; después, como su abuela, se convirtió en un arrepentido pecador, recibió el bautismo y mereció ser canonizado. Pero, según parece, san Vladimir, en su juventud, habría podido seguir la divisa de san Agustín: «Señor, haz que sea casto, pero más tarde». La Crónica rusa se muestra bastante severa a este respecto:

Vladimir era presa de la lujuria… Tenía trescientas concubinas en Vyjgorod, trescientas en Belgorod y doscientas en Berestovo… Era insaciable en el vicio. Seducía a mujeres casadas y violaba a muchachas, pues era libertino como Salomón. Porque se cuenta que Salomón tenía setecientas esposas y trescientas concubinas. Era sabio y, a pesar de todo, terminó conociendo su propia ruina. Pero Vladimir, aunque al principio estuvo en el error, al final encontró su salvación. Grande es el Señor, y Grande es su Poder, y su Sabiduría no tiene fin…[8].

El bautismo de Olga, hacia el 957, apenas tuvo influencia ni sobre el propio hijo de esta primera cristiana. En cambio, el bautismo de Vladimir fue un acontecimiento crucial que tuvo repercusión en toda la historia del mundo. Vino precedido por una serie de maniobras diplomáticas y de discusiones teológicas con los representantes de las cuatro grandes religiones, que nos evocan los debates que precedieron a la conversión de los kázaros al judaísmo. De hecho, el relato de estas discusiones teológicas que nos hace la vieja Crónica rusa recuerda constantemente a las memorias hebreas y árabes de los debates del rey Bulan: sólo se diferencian en la conclusión.

Esta vez, los concurrentes eran cuatro en lugar de tres, pues el cisma entre las Iglesias griega y latina era ya un hecho consumado en el siglo X (aunque no llegaría a hacerse oficial hasta el siglo XI).

A propósito de la conversión, la Crónica rusa menciona en primer lugar una victoria que Vladimir obtuvo sobre los búlgaros del Volga, y a la que seguiría un tratado de paz. «Los búlgaros declararon: Que la paz reine entre nosotros hasta que las piedras floten y fluya la paja». Vladimir volvió a Kiev, y los búlgaros le enviaron emisarios musulmanes para convertirle. Le mostraron las excelencias del Paraíso, en el que a cada hombre le serán concedidas setenta bellas esposas. Vladimir «aprobó semejantes perspectivas, pero cuando se le habló de abstenerse de carne de cerdo y de vino, dejó de estar de acuerdo: “Beber es la alegría de los rusos”, dijo. “No es posible vivir sin este placer”».[9]

A continuación llegó una delegación alemana de católicos romanos. Cuando le expusieron, como exigencia de la religión, que era necesario

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«ayunar según las fuerzas de cada cual», no obtuvieron más éxito que los anteriores. A esto Vladimir replicó: «¡Marchaos de aquí! Nunca nuestros padres han admitido un principio semejante».[10]

La tercera misión era la compuesta por kázaros judíos, y fueron los menos favorecidos en este concurso. Vladimir les preguntó por qué no reinaban en Jerusalén. «Ellos le dieron por respuesta: “Dios se enojó con nuestros antepasados, y los dispersó entre los gentiles a causa de nuestros pecados”. Entonces el príncipe exclamó: “¿Cómo esperáis enseñar al prójimo cuando vosotros mismos habéis sido desechados y dispersos por obra de Dios? ¿Querríais que aceptáramos nosotros también este destino?”».

El cuarto y último emisario fue un teólogo enviado por los griegos de Bizancio. Comenzó por vituperar a los musulmanes, que son «malditos entre los malditos, como Sodoma y Gomorra, sobre las que el Señor hizo llover piedras ardiendo y fueron sepultadas e inundadas… Pues mojan sus excrementos, se meten ese agua en la boca y se ungen la barba en recuerdo de Mahoma»… Ante estas palabras, Vladimir escupió al suelo, exclamando: «Eso es inmundo».[11]

A continuación, el sabio bizantino acusó a los judíos de haber crucificado a Dios, y a los católicos romanos —aunque en términos más condescendientes— de haber «modificado los ritos». Tras estos preliminares, se lanzó a una larga exposición sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, comenzando por la creación del mundo. Sin embargo, al terminar, no parece que Vladimir estuviera apenas convencido, pues cuando le apremió para que se hiciera bautizar, le contestó: «Aún esperaré un poco más». Decidió, a su vez, enviar viajeros, «diez hombres buenos y sabios», a los distintos países, a fin de que observaran las diferentes prácticas religiosas. Llegado el momento, esta comisión de investigación le informó de que el culto bizantino era «más bello que las ceremonias del resto de las naciones, y no podíamos saber si estábamos en el cielo en la tierra».

Pero Vladimir todavía dudaba, y la Crónica continúa sin más transición:

«Al cabo de un año, en el 988, Vladimir avanzó con un ejército contra

Cherson, ciudad griega…»[12]. Recordemos que el dominio de este puerto de Crimea había sido objeto de largas disputas entre bizantinos y kázaros. Los valientes chersoneses rehusaron rendirse, y las tropas de Vladimir construyeron rampas alrededor de las murallas; pero los asediados «cavaron túneles por debajo, cogieron la tierra amontonada y la introdujeron en la ciudad». Pero, después, un traidor envió a los rusos una flecha que llevaba un mensaje: «Detrás de vosotros, al este, están las fuentes cuya agua se recoge en

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los canales. Cegadlas y cortadlos». Al recibir este informe, Vladimir levantó los ojos al cielo e hizo la promesa de que se haría bautizar si se realizaba su esperanza».[13]

Consiguió cortar el agua a la ciudad, a la que obligó a rendirse. Tras esto, al parecer olvidando su promesa, mandó decir a los emperadores Basilio y Constantino, que reinaban juntos: «He aquí que he tomado vuestra gloriosa ciudad. También me he enterado de que tenéis una hermana soltera. A menos que me la deis como esposa, tomaré vuestra ciudad de la misma manera que he tomado Cherson».

Los emperadores le respondieron: «Si te bautizas, la tendrás como mujer, heredarás el reino de Dios y serás nuestro compañero en la fe». Y así fue. Por fin Vladimir pidió el bautismo y se casó con la princesa Ana. Algunos años más tarde, el cristianismo griego ortodoxo se convirtió en la religión oficial del pueblo ruso, y no solamente de los dirigentes, y, a partir del año 1037, la Iglesia rusa fue gobernada por el patriarca de Constantinopla.

V

Memorable triunfo de la diplomacia bizantina: «Uno de esos giros bruscos», escribe Vernadsky, «que hacen tan fascinante el estudio de la Historia… Y resulta interesante especular sobre el rumbo de la Historia si los príncipes rusos… hubieran adoptado una u otra de estas religiones (judaísmo e islam) en lugar del cristianismo… Una u otra habría determinado necesariamente el futuro desarrollo cultural y político de Rusia. La conversión al islam habría arrastrado a Rusia hacia el círculo de cultura árabe, es decir, hacia una cultura asiático-egipcia. La aceptación del cristianismo romano preconizado por los alemanes habría hecho de Rusia un país de cultura latina o europea. La aceptación, bien del judaísmo, o bien del cristianismo ortodoxo aseguraba a Rusia la independencia cultural respecto a Europa y a Asia al mismo tiempo».[14]

Pero los rusos tenían más necesidad de aliados que de independencia, y el Imperio Romano de Oriente, por corrompido que estuviera, representaba todavía, en cuanto a potencia, cultura y comercio, un aliado más deseable que el imperio de los kázaros, en vías de desaparición. Por otra parte, tampoco hay que subestimar el papel desempeñado por la política bizantina en una toma de decisión en la que había trabajado durante más de un siglo. El ingenuo relato que hace la vieja Crónica rusa sobre las vacilaciones de Vladimir, apenas nos permite imaginar las maniobras diplomáticas y los

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regateos que debieron tener lugar antes de que el príncipe aceptara ser bautizado y, de hecho, aceptara la tutela de Bizancio para él mismo y para su pueblo. Evidentemente, Cherson estaba incluido en el precio, así como el matrimonio con la princesa Ana. Pero el elemento más importante de la compra fue el fin de la alianza bizantino-kázara, que se vio reemplazada por una alianza bizantino-rusa dirigida contra los kázaros. Algunos años más tarde, en 1016, un ejército ruso-bizantino invadió Kazaria, venció a su rey, y «sometió al país».[15]

Hemos visto que las relaciones se habían enfriado ya bajo Constantino Porfirogéneta, cincuenta años antes de la conversión de Vladimir. Recordemos que Constantino se preguntaba «cómo se debía hacer la guerra a los kázaros y por quién». Tras el pasaje que hemos citado (véase capítulo 2, VI), podemos leer:

Si el rey de los alanos no se mantiene en paz con los kázaros, y considera la amistad del emperador más valiosa para él, entonces, si los kázaros no deciden permanecer en paz y amistad con el emperador, el alano les puede hacer mucho daño. Les puede tender emboscadas y atacarles cuando se dirijan confiados hacia Sarkel, hacia las Nueve regiones o hacia Cherson… La Bulgaria Negra (los búlgaros del Volga) están también en condiciones de hacer la guerra a los kázaros…[16].

Después de citar estas mismas líneas, Toynbee hace un comentario bastante chocante:

Si este pasaje del manual de Constantino Porfirogéneta —manual de asuntos exteriores del gobierno imperial— hubiera caído en manos del kagan y de sus ministros, se habrían indignado. Habrían manifestado que Kazaria era entonces uno de los Estados más pacíficos del mundo y, aunque en sus comienzos había sido más belicosa, nunca había vuelto sus armas contra el Imperio Romano de Oriente. Nunca habían estado en guerra las dos potencias y, por otra parte, Kazaria había combatido muy a menudo contra los enemigos del Imperio Romano de Oriente, y, todo ello, para mayor provecho del Imperio. De hecho, posiblemente el Imperio debiera a los kázaros el poder haber sobrevivido a los sucesivos asaltos del emperador sasánida del Irán, Cosroes II Parviz, y de los árabes musulmanes… Aparte de que la presión árabe sobre el Imperio se vio relegada gracias al vigor de la resistencia tanto ofensiva como defensiva de los kázaros ante el avance de los árabes hacia el Cáucaso. La amistad entre Kazaria y el Imperio estuvo simbolizada y sellada mediante alianzas matrimoniales entre las respectivas familias imperiales. ¿Qué había, pues, en el espíritu de Constantino cuando se imaginaba medios para atormentar a Kazaria, impulsando a sus vecinos para que la atacaran?[17]

La respuesta a esta retórica pregunta de Toynbee es, evidentemente, que los bizantinos creían en la Realpolitik, y que, como ya hemos puesto de manifiesto, su época no eran sentimental. Al menos, no lo era más que la nuestra.

VI

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Sin embargo, no fue más que una política a corto plazo. Para citar a Bury una vez más:

El primer principio de la política imperial en esta parte del mundo era mantener la paz con los kázaros. No era más que la consecuencia inmediata de la situación geográfica del Imperio kázaro, que se extendía entre el Dniéper y el Cáucaso… Ésta fue la política constante de los emperadores desde el siglo VII, cuando Heraclio pedía ayuda a los kázaros contra Persia, hasta el siglo X, cuando el declive de la potencia de Itil… Resultaba ventajoso para el Imperio el hecho de que el kagan ejerciese una efectiva dominación sobre sus vecinos bárbaros.[18]

Esta efectiva dominación pasaba ahora al kagan rhus, el príncipe de Kiev. Pero no obtuvo los mismos resultados. Los kázaros, tribu «turca» de las estepas, habían sabido levantar cabeza, ola tras ola de invasiones «turcas» y árabes; detuvieron y sometieron a los búlgaros, a los burtos, a los petchenegos, a los ghuzz, etc. Los rusos y sus súbditos eslavos no estaban a la altura de los guerreros nómadas de las estepas, de su variada estrategia, ni de sus tácticas de guerrilla.[19] Tras las constantes presiones de estos nómadas, los centros de poder rusos se fueron retirando gradualmente de las estepas meridionales hacia los bosques del norte, hacia los principados de Galitzia, Novgorod y Moscú. Los bizantinos habían supuesto que los rusos sustituirían en su papel a Itil, guardiana de la Europa del Este y centro comercial; pero, por el contrario, comenzó muy de prisa su declive. Éste fue el final del primer capítulo de la historia rusa, que entraba en el caos con una docena de principados rivales perpetuamente en guerra.

A partir de aquí sobrevendría un vacío político sobre el que se precipitaría una nueva oleada de conquistadores —o, más bien, una nueva aventura de nuestros viejos amigos los ghuzz, a quienes Ibn Fadlan juzgara los más abominables de entre todos los bárbaros, y que se vería obligado a volver a encontrar—. Estos paganos, estos «enemigos sin Dios», como los describía la Crónica rusa,[20] se llamaban polovtsy entre los rusos, kumanos entre los bizantinos, kun entre los húngaros y kiptchaks entre sus hermanos de lengua turca. Dominaron todas las estepas hasta Hungría, desde finales del siglo XI hasta el siglo XIII: hasta la invasión mongol, que los desperdigó por los alrededores.[21] Llevaron a cabo varias guerras contra Bizancio, pero sería otra rama de su tribu, los seldjuk o seldjucidas (después llamada también así su dinastía) quien destruyera un gran ejército bizantino en la histórica batalla de Manzikert, en el año 1071, e hiciera prisionero al emperador Romano IV Diógenes. A partir de entonces, los bizantinos se verían incapaces de impedir a los turcos implantarse en la mayor parte de las provincias de Asia Menor — la actual Turquía—, que, hasta entonces, había sido el corazón mismo del Imperio Romano de Oriente.

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No podemos hacer más que conjeturas sobre lo que habría sido el curso de la Historia si Bizancio no hubiera abandonado su tradicional política, mantenida desde hacía ya tres siglos, y hubiera seguido confiando en la muralla kázara contra los invasores árabes, turcos y vikingos. En cualquier caso, a la vista de los resultados obtenidos, parece que la Realpolitik imperial no resultó ser muy realista.

VII

Durante estos dos siglos de dominación kumana, a la que seguiría la invasión mongol, las estepas orientales volverían a sumergirse en la edad de las tinieblas, y el final de la historia de los kázaros resulta aún más oscuro que sus comienzos.

Se han encontrado algunas referencias a la nación kázara en la época de su declive, sobre todo en escritos musulmanes; pero, como se verá, resultan tan ambiguas que, cada apellido, cada fecha y cada indicación geográfica pueden ser objeto de varias interpretaciones distintas. Los historiadores en busca de hechos no encuentran para roer más que unos cuantos huesos limpios que muerden y vuelven a morder, como perros famélicos, en la vana esperanza de encontrar en ellos algún sustancioso tuétano.

Según lo que hemos dicho más arriba, parece ser que el acontecimiento decisivo que precipitó la caída del poderío kázaro no fue la victoria de Svyatoslav, sino la conversión de Vladimir. En realidad ¿cuál fue la importancia de esta victoria que los historiadores del siglo XIX[22] suelen equiparar generalmente con el fin del Estado kázaro? Recordemos que la Crónica rusa no habla más que de la destrucción de Sarkel, la fortaleza; nada dice de Itil, la capital. Pero Itil fue tomada a saco y devastada, como sabemos por distintas fuentes árabes, demasiado insistentes como para ser desatendidas; pero cuándo y por quién se llevó esto a cabo, es algo que todavía está muy lejos de ser puesto en claro. Ibn Hawkal, principal testigo, acusa a los rhus, quienes «destruyeron por completo Kazaran, Samandar e Itil» —según parece, tomaba Kazaran e Itil por dos ciudades diferentes, mientras que se trataba de dos barrios de una misma ciudad; por otra parte, la fecha que asigna al suceso no es la misma que la Crónica rusa establece para la caída de Sarkel, que Ibn Hawkal no menciona, mientras, por su parte, la Crónica rusa no menciona la destrucción de Itil—. Consecuentemente, Marquart sugiere que Itil fuera devastada por otros vikingos, y no por los rhus de Svyatoslav, que habrían llegado solamente hasta Sarkel. Para complicar

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todavía más el asunto, el segundo testigo árabe, Ibn Miskawayh, declara que fueron los «turcos» quienes invadieron Kazaria en aquel crítico año 965. Por «turcos» posiblemente entendiera «rhus», sostiene Barthold. Pero también es posible que fuera una horda de petchenegos dedicados a la rapiña, por ejemplo. Ya que, según parece, nunca sabremos quién devastó Itil, mejor haríamos masticando los huesos.

Por otra parte, ¿cuál fue la amplitud de la destrucción? Ibn Hawkal nos dice en un primer momento que fue una completa destrucción, pero después nos hace notar, cuando escribe unos años más tarde, que «Kazaran sigue siendo el centro al que converge el comercio rhus». La «completa destrucción» habría sido, en ese caso, una exageración. Y esto resulta tanto más verosímil cuanto que este autor nos habla también de la total destrucción de Bulghar, capital de los búlgaros del Volga. Y los destrozos causados por los rhus no debieron ser tan graves, ya que se conservan monedas acuñadas en Bulghar durante los años 976-97, es decir, una decena de años después del raid de Svyatoslav; y, en el siglo XIII, todavía Bulghar es una ciudad importante. Dunlop razona de esta manera:

El origen de todas las afirmaciones según las cuales los rusos destruyeron Kazaria parte, sin lugar a dudas, de Ibn Hawkal… Sin embargo, Ibn Hawkal nos habla con la misma claridad de la destrucción de Bulghar en el Volga medio. Tenemos la absoluta certeza de que en la época de los ataques mongoles, en el siglo XIII, Bulghar era una floreciente colectividad. ¿Acaso no sería igualmente transitoria la ruina de Kazaria?[23]

La respuesta resulta evidente. Itil-Kazaran y el resto de las ciudades kázaras estaban construidas esencialmente a base de tiendas, cabañas de madera y «casas redondas» de arcilla, demolidas en un momento, y en un momento reconstruidas de nuevo; tan sólo los edificios reales y públicos estaban construidos con ladrillos.

Pero, a pesar de todo, los destrozos debieron ser bastante graves, pues varios cronistas árabes hablan de un éxodo provisional de la población hacia las riberas e islas del Caspio. De esta forma, Ibn Hawkal escribe que los kázaros de Itil, huyendo de los rhus, se refugiaron en una isla mar adentro de la «costa de nafta» (Bakú), y, más tarde, volvieron a su ciudad gracias a la ayuda del chach de Chirwan. Esto último parece verosímil, pues los habitantes de Chirwan apenas apreciaban a los rhus, quienes habían saqueado sus riberas algunos años antes. Otros cronistas más recientes que Ibn Hawkal, Ibn Miskawayh y Muqadassi, hablan también del éxodo de los kázaros y de su vuelta ayudados por musulmanes. Según Ibn Miskawayh, como pago a este servicio, «todos adoptaron el islam, a excepción de su rey». Muqadasi da otra

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versión distinta, en la que no interviene la invasión rusa; dice tan sólo que los habitantes de la ciudad kázara bajaron hacia el mar y regresaron convertidos al islam. La manera en que nos describe Bulghar como más próxima al Caspio que Itil nos proporciona la medida exacta en que podemos confiar en este autor; es el equivalente a situar Glasgow al sur de Brighton.[24]

Probablemente estos relatos contengan algo de verdad, a pesar de su confusión y parcialidad, las cuales parecen bastante evidentes. El «shock» psicológico de la invasión, la huida hacia el mar y la necesidad de conciliarse con los musulmanes pudieron provocar reconciliaciones que, en los asuntos de Estado, reforzaran el papel de la comunidad musulmana de Kazaria; recordemos una actuación parecida de Marwan, dos siglos antes (véase capítulo 1, V), que afectó al mismo kagan, pero que no dejó rastro alguno en la historia kázara.

Según otro árabe, al-Biruni, muerto en 1048, en su época Itil estaba «en ruinas» —o, más bien, de nuevo en ruinas—.[25] Fue reconstruida otra vez, pero en lo sucesivo llevó el nombre de Saksin.[26] Vuelve a aparecer repetidas veces en las crónicas, hasta el siglo XII, como «una gran ciudad sobre el Volga, como no hay otra en todo Turquestán»,[27] y, para terminar, según un manuscrito, fue víctima de una inundación. Apenas habría transcurrido un siglo cuando, sobre su emplazamiento, el conquistador mongol Batu vendría a construir su capital.[28]

Para resumir lo que de la Crónica rusa y de los autores árabes obtenemos sobre la catástrofe del 965, podemos decir que Itil fue devastada, en proporciones desconocidas, por los rhus o por otros invasores, pero que fue reconstruida, y que el Estado kázaro salió de esta prueba considerablemente debilitado. Pero no nos puede quedar ninguna duda de que sobrevivió, aunque en un territorio más reducido, al menos durante doscientos años más, es decir, hasta mediados del siglo XII, como piensan la mayoría de los historiadores, y, posiblemente, incluso llegara hasta mediados del siglo XIII —aunque esto último resulta algo más dudoso.

VIII

Aparte de los escritos árabes, la primera mención que se hace sobre la Kazaria posterior al fatal año 965, se encuentra en un relato del viaje de Ibrahim Ibn Yakub, embajador judeo-español de Otón el Grande, que, en un texto que data probablemente del año 973, describe a los kázaros como a un pueblo muy próspero.[29] A continuación le sigue, en orden cronológico, el

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pasaje de la Crónica rusa concerniente a la misión de los judíos de Kazaria en Kiev, en el 986, y a sus vanos esfuerzos por convertir a Vladimir.

Sobre el siglo XI tenemos, en primer lugar, un texto sobre la campaña bizantino-rusa del año 1016 dirigida contra Kazaria, que sería demolida una vez más. El suceso aparece relatado en un documento relativamente digno de crédito, cuyo autor es un cronista bizantino del siglo XII, Jorge Cedrenus.[30] Según parece, se hicieron necesarias considerables fuerzas: este cronista habla de una flota bizantina reforzada por un ejército ruso. Es evidente que los kázaros poseían diabólicas cualidades de reacción, que podrían provenir de sus orígenes turcos, de su fe mosaica, o de ambos al tiempo. Cedrenus relata también que el jefe kázaro vencido se llamaba Jorge Tzul: tenía, pues, un nombre cristiano. Pero ya se sabía que en el ejército del kagan habían tantos cristianos como musulmanes.

A continuación se hace mención a los kázaros en un lacónico pasaje de la Crónica rusa sobre el año 1023: «(El príncipe) Mtislav avanzó contra su hermano Yaroslav con un ejército de kázaros y kasógenos».[31] Este Mtislav reinaba sobre el efímero principado de Tmutorakan, asentado en la ciudad kázara de Tamatarkha (hoy Taman), en la orilla oriental del estrecho de Kertch. Como ya vimos, éste era el único territorio kázaro que los rusos habían ocupado tras su victoria de 965. Así pues, los kázaros del ejército de Mtislav probablemente fueran reclutados de entre la población local.

Siete años más tarde, un ejército kázaro habría combatido a los invasores kurdos: matarían a diez mil y se apoderarían de sus enseres. Semejante información constataría que los kázaros permanecían muy alerta siempre que se tratara de adquirir dinero contante y sonante; pero este dato proviene de un único autor árabe, Ibn al-Athir, al que no se considera muy seguro.

Recorriendo la cronología para extraer ansiosamente algunos testimonios, nos encontramos con la curiosa historia de un oscuro y santo personaje llamado Eustrato. Se dice que, hacia el año 1100, Eustrato fue hecho prisionero en Cherson, en Crimea, y fue maltratado por su guardián, el cual era judío y le obligaba a consumir los alimentos rituales de la Pascua.[32] No debemos conceder demasiado crédito a la autenticidad de este cuento (que relata también que san Eustrato vivió durante quince días en una cruz); lo que sí resulta interesante constatar es que se nos presenta aquí, con toda normalidad, una gran influencia judía en una ciudad como Cherson, teóricamente bajo dominación cristiana, que Bizancio había disputado a los kázaros y que le era devuelta, hacia el año 990, tras haber sido conquistada por Vladimir.

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Los kázaros continuaban siendo poderosos en Tmutorakan. La Crónica rusa dedica al año 1079 esta oscura rúbrica: «Los kázaros (de Tmutorakan) hicieron prisionero a Oleg y le enviaron por mar a Tsargrad (Constantinopla)». Y esto es todo. Debió tratarse de un complot de los bizantinos en el que intervendrían los príncipes rusos en pugna. Pero, aun así, vemos que los kázaros debían ser lo suficientemente poderosos en esta ciudad rusa como para poder arrestar y expulsar a un príncipe ruso. Cuatro años más tarde, Oleg se había reconciliado con los bizantinos y fue autorizado a volver a Tmutorakan, donde «aniquiló a los kázaros, que habían planeado la muerte de su hermano y maquinado en su contra». En efecto, este hermano, Román, fue muerto por los kiptchaks (o kumanos) el mismo año de la captura de Oleg. ¿Habían proyectado los kázaros este asesinato? ¿Fueron víctimas del maquiavelismo de los bizantinos, que se servían de los kázaros contra los rusos, y viceversa? Sea como fuere, el caso es que la presencia de los kázaros hacia finales del siglo XI es un hecho innegable.

Respecto al año 1106, todavía la Crónica rusa relata brevemente que los Polovtsy (o kumanos) devastaron la región de Zartesk (al oeste de Kiev), y que el príncipe ruso mandó en su persecución tropas comandadas por tres generales: Yan, Putyata e «Iván el Kázaro». Ésta es la última vez que se cita a los kázaros en la vieja crónica, la cual, por otra parte, se detiene diez años más tarde, en 1116.

Pero, en la segunda mitad del siglo XIII, dos grandes poetas persas, Khaqani (1106-1199) y Nizami (1141-1203), citan en sus epopeyas una invasión ruso-kázara que tuvo lugar en el Chirwan durante su época. Aunque escribieran en verso, debemos tenerlos en cuenta: tanto uno como el otro fueron, durante mucho tiempo, funcionarios en el Cáucaso, y conocían a la perfección las tribus de la región. Khaqani habla de los «kázaros de Derbend», es decir, de ese paso, de ese «portillo» entre el Cáucaso y el mar Negro que utilizaban los kázaros para ir a saquear Georgia, en los buenos y viejos tiempos del siglo VII, antes de que adoptaran un estilo más sosegado de vida. ¿Volverían al final a sus costumbres nómadas y guerreras de su juventud?

Tras estos testimonios persas (o, mejor, ante ellos), nos quedamos estupefactos al contemplar las breves referencias de disgusto del famoso viajero judío Petachia de Ratisbona, que ya hemos citado (véase capítulo 2, VII). Recordemos lo encorajinado que estaba por la falta de saber talmúdico entre los kázaros de Crimea, y que, mientras atravesaba Kazaria propiamente dicha, no oyó más que «los lamentos de las mujeres y los ladridos de los

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perros». ¿No se trataba más que de una hipérbole para expresar su reprobación o, por el contrario, atravesaría una región devastada por una reciente razzia kumana? Su viaje se sitúa entre el año 1170 y el 1185; el siglo XII llegaba a su fin, los kumanos eran en aquel entonces los amos omnipresentes de la estepa.

En el siglo XIII las tinieblas se espesan, nuestras escasas fuentes se secan. Pero hay, al menos, una referencia, y se la debemos a un excelente testigo. Se trata de la última mención de los kázaros como nación, y data de los años 1245-1247. En esta época los mongoles habían expulsado ya a los kumanos de Eurasia, y habían fundado el más grande imperio nómada que el mundo haya visto jamás: desde Hungría hasta China.

En 1245, el papa Inocencio IV envió una embajada a Batu Khan, nieto de Genghis Khan, gobernador de la parte occidental del Imperio mongol, con el fin de averiguar las posibilidades de llegar a un acuerdo con esta gran potencia y, sin duda, también para informarse sobre sus fuerzas militares. El jefe de esta misión era un franciscano sexagenario, Giovanni di Plano Carpini (conocido entre los franceses como Jean de Plan Carpin), contemporáneo y discípulo de san Francisco de Asís, pero, también, viajero experimentado y buen diplomático, y eclesiástico bien considerado entre la jerarquía. La embajada salió de Colonia el día de Pascua de 1245, atravesó Alemania, cruzó el Dniéper y el Don para llegar, un año más tarde, a la capital de Batú y de su Horda de Oro situada sobre el estuario del Volga: la ciudad de Sarai Batu, alias Saksin, alias, Itil.

Cuando Plan Carpin regresó a Occidente, escribió su célebre Historia Mongolorum que, con toda una colección de datos históricos, etnográficos y militares, nos proporciona una lista de los pueblos visitados. De esta manera, al enumerar las poblaciones del norte del Cáucaso, el autor cita, junto a los alanos y circasianos, a «los kázaros, que observan la religión judía». Y ésta es la última mención conocida a los kázaros antes de que caiga el telón.

Pero aún habría de pasar mucho tiempo antes de que su recuerdo se desvaneciera. Los comerciantes genoveses y venecianos no dejaban de llamar a Crimea Gazaria, término que todavía aparecía en textos italianos en el siglo XVI. Pero entonces no era ya más que una designación geográfica que conmemoraba a una nación desaparecida.

IX

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Sin embargo, incluso después de la ruina de ese poder político, la influencia judeo-kázara siguió dejando sus huellas en los lugares más inesperados y entre los más variados pueblos.

Entre ellos debemos citar a los seldjuks, a los que se puede considerar como los auténticos fundadores de la Turquía musulmana. Hacia finales del siglo X, esta rama de los ghuzz se había trasladado al sur de la región de Bukhara, desde donde, más tarde, haría irrupción en Asia Menor y la colonizaría. Estos turcos se relacionan muy lejanamente con nuestro relato pero, de cualquier forma, también caben, pues, parece ser, que la gran dinastía seldjukida estuvo íntimamente relacionada con los kázaros. Esta relación nos ha sido revelada por Bar Hebraeus (1226-1286), gran erudito sirio, de origen judío como su nombre indica, pero convertido al cristianismo y consagrado obispo a la edad de veinte años.

Bar Hebraeus nos informa de que el padre de Seldjuk, Tukak, fue un jefe del ejército kázaro y, tras su muerte, el propio Seldjuk, fundador de la dinastía, fue ascendido a la corte del kagan. No llegó a ser más que un muchacho impetuoso, que se tomaba unas libertades con el kagan que llegaron a molestar a la reina, la katoum; a raíz de lo cual, Seldjuk debió despedirse o fue expulsado.[33]

Otra fuente contemporánea, La historia de Alep, de Ibn al-Adim, nos presenta también al padre de Seldjuk como «uno de los notables turcos kázaros»;[34] y un tercer autor, Ibn Hassul,[35] cuenta que Seldjuk «golpeó con su espada al rey de los kázaros, y le aporreó con una serie de armas que llevaba en la mano…». Recordemos, por otra parte, la actitud tan equívoca que, en el relato de Ibn Fadlan, tenían los ghuzz con respecto a los kázaros.

Así pues, parece ser que existieron estrechos lazos entre los kázaros y los fundadores de la dinastía seldjukida, y que esta unión fue seguida de una ruptura, probablemente debida a la conversión de los seldjukidas, que se hicieron musulmanes mientras el resto de las tribus ghuzz, entre las que figuraban los kumanos, se mantenían paganas. Sin embargo, la influencia judeo-kázara permanecería todavía durante algún tiempo, incluso después de la ruptura. Uno de los cuatro hijos de Seldjuk se llamaba Israel, nombre puramente judío; el nombre de su nieto era Daud (David). Dunlop, con su acostumbrada prudencia, hace notar a este respecto:

…Podemos pensar que estos nombres se debieran a la influencia religiosa de los dirigentes kázaros sobre las principales familias de los ghuzz. Es muy posible que la «casa de oración» de que nos habla Qaswini fuera una sinagoga.[36]

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A esto podemos añadir que, según Artamonov, también se usaban nombres específicamente judíos entre los otros ghuzz, los kumanos. Así, por ejemplo, los hijos del príncipe Kobiak se llamaban Isaac y Daniel.

X

Cuando se agotan los recursos del historiador, la leyenda y el folklore pueden aportar también algunas indicaciones de utilidad.

La primera Crónica rusa fue compuesta por monjes; por ello está saturada de discursos religiosos y de extensas digresiones bíblicas. Pero, paralelamente a los escritos eclesiásticos, el período kievano produjo también una literatura profana. Las bilinas, epopeyas y cantos populares dedicados a las hazañas de nobles guerreros y de héroes semilegendarios. El dicho de la batalla de Igor, del que ya hemos hablado más arriba, que lamenta la derrota de su príncipe, vencido por los kumanos, es uno de los más conocidos. Las bylinas fueron transmitidas, durante mucho tiempo, por tradición oral: según Vernadsky, «todavía a principios del siglo XX los campesinos las seguían cantando en pueblos apartados del Norte de Rusia».[37]

He aquí un curioso contraste con la Crónica: estas epopeyas nunca nombran a los kázaros ni a su país; hablan tan sólo del «país de los judíos» (Zemlya Jidovskaya), cuyos habitantes son los «héroes judíos» (Jidovin bogatir) que reinaban en la estepa y combatían contra los príncipes rusos. Cuentan que uno de estos héroes era un gigante que había llegado «desde la Zemlya Jidovskaya hasta la estepa de Tsetsar, al pie del monte Sorotchine, y tan sólo la bravura del general de Vladimir, Ilya Murometz, pudo salvar al ejército de Vladimir de los judíos».[38] Se conocen varias versiones de esta misma leyenda, y la búsqueda de Tsetsar y del monte Sorotchine ha proporcionado a los historiadores un entretenimiento muy divertido. Sin embargo, como bien dice Poliak, «el aspecto a tener en cuenta es que, a los ojos del pueblo ruso, la Kazaria vecina en su período final[39] era, simplemente, “el país judío”, y su ejército, “un ejército de judíos”». Esta imagen popular rusa difiere considerablemente de la tendencia general de los cronistas árabes a poner de relieve la importancia de los mercenarios musulmanes en el ejército kázaro, así como el número de mezquitas (olvidando contar el número de sinagogas).

Las leyendas que circularon en la Edad Media entre los judíos de Occidente muestran un curioso paralelismo con las bylinas rusas. «La leyenda

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popular judía no evoca un reino kázaro, sino un reino de judíos rojos», escribe

Poliak. Y Baron añade:

Los judíos de los demás países se vanagloriaron de la existencia de un Estado judío independiente. La imaginación popular encontró allí un campo particularmente fértil. Las epopeyas eslavas, además de estar influenciadas por la Biblia, hablan de «judíos» más que de kázaros, de la misma manera que los judíos de Occidente han inventado durante mucho tiempo cuentos novelescos en torno a estos «judíos rojos», posiblemente llamados así a causa de la ligera pigmentación mongol de numerosos kázaros.[40]

XI

Otro fragmento del folklore semilegendario-semihistórico en relación con los kázaros habría de sobrevivir hasta los tiempos modernos, y llegar a apasionar al escritor-hombre de Estado Benjamín Disraeli, que lo encontró tan interesante que lo utilizó como tema para una novela histórica, publicada en Londres en 1833 y titulada El maravilloso cuento de Alroy.

En el siglo XII apareció un movimiento mesiánico, rudimentario intento de cruzada judía, que pretendía conquistar Palestina por las armas. El promotor de este movimiento fue un kázaro judío, Salomón Ben Dují (o Ruhi o Roy), que contaba con la ayuda de su hijo Menahem y de un escriba palestino. «Escribieron cartas a todos los judíos, próximos y lejanos, de todos los países de alrededor… Decían que había llegado la hora en que Dios reuniría a Israel, su pueblo, para conducirlo a Jerusalén, la ciudad santa, desde todos los lugares, y que Salomón Ben Dují era Eliseo, y su hijo el Mesías».[41]

Si duda estas llamadas, dirigidas al parecer a las comunidades judías del Medio-Oriente, tuvieron un escaso efecto, pues el capítulo siguiente tuvo lugar veinte años más tarde: el joven Menahem había tomado entonces el nombre de David al-Roy y el título de Mesías. Aunque el movimiento había nacido en Kazaria, su centro ya se había desplazado: había pasado al Kurdistán. Allí fue donde David pondría en pie fuerzas bastante considerables —judíos del lugar, posiblemente reforzados por kázaros—, y logró apoderarse de la estratégica fortaleza de Amadie, al nordeste de Mosul. Probablemente esperaría conducir a sus tropas desde allí a Edessa y, a través de Siria, abrirse camino hasta Tierra Santa.

Aunque actualmente no nos lo parezca, la empresa debió ser poco menos que quijotesca, dadas las constantes rivalidades entre los ejércitos musulmanes y la desintegración que debía soportar en aquella época el sistema de ocupación de las cruzadas. Pero, por otra parte, también es posible

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que muchos jefes musulmanes acogieran con agrado la perspectiva de una cruzada judía contra los cristianos.

David levantó realmente fervientes esperanzas mesiánicas entre los judíos del Medio Oriente. Uno de sus enviados llegó a Bagdad, e indudablemente demostró un exceso de celo, pues exhortó a los judíos a instalarse en las terrazas de sus casas, determinada noche, para esperar allí a que las nubes les llevaran hasta el campo del Mesías. Gran número de judíos pasaron la noche bajo el cielo raso, preparados para el vuelo milagroso (como en los trances de las sectas mesiánicas de California del siglo XX).

Pero la jerarquía rabínica de Bagdad, temiendo las represalias de las autoridades, se mostró hostil al pseudo-Mesías, y le amenazó con una especie de excomunión. Apenas nos sorprende que David al-Roy fuera asesinado, durante el sueño, según se cuenta, por su suegro, a quien habrían sobornado sus enemigos.

Pero su memoria se veneró; veinte años más tarde, cuando Benjamín de Tudela visitó Persia, «todavía los judíos hablaban con emoción de su jefe». Su culto no se detendría ahí. Hay una teoría que defiende que la estrella de David que adorna la bandera israelita se convirtió en símbolo nacionalista en la época de la cruzada de al-Roy. «Desde entonces la estrella tendría seis brazos y, aunque anteriormente hubiera sido tan sólo un motivo decorativo o un emblema mágico principalmente, comenzaría a ser usado como símbolo nacional y religioso del judaísmo», escribe Baron. Después de haber sido utilizada, durante mucho tiempo, de una forma indiferente junto al pentagrama o «sello de Salomón», comienza a atribuirse a David en escritos alemanes morales y místicos a partir del siglo XIII, y en el año 1527, figuró en Praga en la bandera judía»[42].

A decir verdad, Baron, con mayor prudencia, nos hace notar también, a propósito de este pasaje, que, para establecer la relación entre al-Roy y la estrella de David harían falta «investigaciones mejor fundamentadas». Pero, sea como fuere, podemos estar plenamente de acuerdo con Baron cuando concluye en estos términos su capítulo sobre Kazaria:

Durante el medio milenio de su existencia, y por sus repercusiones en las comunidades de la Europa del Este, esta importante experiencia de política nacional judía ejerció, sin lugar a dudas, una influencia sobre la Historia judía cuyo alcance no hemos podido contemplar aún.

PARTE II

LA HERENCIA

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Estas cuatro ilustraciones han sido tomadas del Skylitzes Matritensis (edición Sebastián Cirac). Representan hechos de armas entre tropas bizantinas, búlgaras y rusas durante los siglos del máximo esplendor del Imperio kázaro, que permiten hacerse una idea de cómo fueron las batallas que sostuvieron los kázaros con dichos pueblos.

ÉXODO

I

Los testimonios citados en las páginas anteriores indican que, contrariamente a la opinión admitida por los historiadores del siglo pasado, los kázaros, después de la derrota que les infligieron los rusos en el año 965, perdieron su Imperio, pero siguieron conservando, aunque en un territorio más reducido, su independencia y su fe judaica en pleno siglo XIII. Parece que incluso recobraron sus costumbres de antaño de nomadismo y de pillaje:

En general, el reino kázaro se mantuvo, aunque con dimensiones más reducidas. Se defendió más o menos eficazmente contra todos sus enemigos hasta mediados del siglo XIII, época en la que fue víctima de la gran invasión mongol desencadenada por Genghis Khan. Incluso entonces, resistió obstinadamente hasta la rendición de todos sus vecinos. Su población fue absorbida en gran parte por la Horda de Oro, que estableció el centro de su imperio en territorio kázaro (Sakson, véase capítulo 4, VII). Pero tanto antes como después de la tragedia mongol, los kázaros se habían ido ramificando por numerosos territorios eslavos no sometidos, lo que posiblemente contribuyera a la construcción de los grandes centros judíos de la Europa oriental.[1]

Aquí puede encontrarse la cuna de la mayor parte de los judíos de hoy en día, es decir, de la mayoría numérica y dominante en el terreno cultural.

Efectivamente, las ramificaciones de que habla Baron se habían extendido mucho antes de la destrucción del Estado kázaro por los mongoles —de la misma manera que los hebreos comenzaron la Diáspora mucho antes de la destrucción de Jerusalén—. Étnicamente, las tribus semitas de las orillas del Jordán y las tribus turco-kázaras del Volga estaban separadas por todo un mundo, aunque podemos encontrar, por lo menos, dos elementos constitutivos en común. Tanto la una como la otra se asentaron en el punto de cruce de grandes rutas comerciales, que unían el norte con el sur y el este con el oeste, circunstancia ésta que les predispuso a convertirse en mercaderes, viajeros y emprendedores, o, como dice sin la menor ternura la propaganda soviética, en «cosmopolitas desarraigados». Pero, al mismo tiempo, su religión les impulsaba a encerrarse en sí mismos, a incomunicarse, a establecer sus comunidades particulares, con sus propios lugares de culto, sus propias

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escuelas, sus propios barrios: en una palabra, sus ghettos (voluntarios en un principio), en todas las ciudades y en todos los países en que se instalaban. Esta extraña combinación de espíritu de aventura y espíritu de ghetto, reforzada por creencias mesiánicas y por una mentalidad de pueblo elegido, caracteriza, tanto a los kázaros de la Edad Media como a los antiguos israelitas (a pesar de que los primeros hicieran remontar sus orígenes a Jafet y no a Sem).

II

Un buen ejemplo de todo esto lo encontramos en lo que podríamos llamar la diáspora kázara en Hungría. Recordemos que, mucho antes de la destrucción de su Estado, varias tribus kázaras conocidas con el nombre de kábaros se unieron a los magiares y emigraron a la actual Hungría. En otra ocasión, en el siglo X, el duque Taksony invitó a una segunda oleada de inmigrantes kázaros a instalarse en sus dominios (véase capítulo 3, IX). Dos siglos más tarde, el cronista bizantino Juan Cinname nos habla de unos soldados de religión judía que combatían con el ejército húngaro en Dalmacia en el año 1154.[2] Es posible que hubieran en Hungría «auténticos judíos» desde la época de los romanos, aunque no es seguro, pero, de lo que no podemos dudar es de que la mayoría de esta importante parte de la población judía moderna tuvo su origen en las migraciones kábaras o kázaras, que representaron un papel primordial en la génesis de la historia húngara. Este país no solamente fue bilingüe desde el principio, como sabemos gracias a Constantino, sino que, además, tenía una especie de doble realeza, variante del sistema kázaro: el rey compartía el poder con el general en jefe, que llevaba el título de Jula o Gyula (que actualmente es un apellido húngaro corriente). Este sistema perduró hasta finales del siglo X: al convertirse al catolicismo el rey Esteban (san Esteban), sofocó la rebelión de un Gyula a quien se consideraba «vacío de fe y negándose a convertirse al cristianismo».

[3]

Este episodio puso fin a la doble realeza, pero no a la influencia que en Hungría tenía la comunidad judeo-kázara. Prueba de ello es la Bula de Oro (equivalente húngaro de la Carta Magna), promulgada en 1222 por el rey Andrés (Endre) II, mediante la cual se prohibía a los judíos ser depositarios de dinero, recaudadores de impuestos o controladores del monopolio real de la sal, de lo que podemos deducir que muchos judíos habían desempeñado en aquella época estas importantes funciones. Pero, además, ocuparon posiciones

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mucho más altas. Bajo el reinado de Andrés, el guardián de las rentas de la Cámara Real era el conde chambelán Teka, judío de origen kázaro, rico terrateniente y, según parece, diplomático y financiero de talento. Su firma aparece al pie de diversos tratados de paz y de acuerdos financieros como, por ejemplo, en el que se garantizaba al rey de Hungría el pago de dos mil marcos que le adeudaba el soberano de Austria, Leopoldo II. No podemos evitar acordarnos del análogo papel que había representado el judío español Hasdai Ibn Shaprut en la corte del califa de Córdoba, y, si a ello unimos la semejanza que existe entre la diáspora palestina hacia Occidente y la diáspora kázara en la Europa del Este, veremos que la analogía se nos presenta quizá menos lejana de lo que podríamos haber creído en un primer momento.

También merece la pena anotar aquí que cuando el rey Andrés se vio obligado por la nobleza sublevada a otorgar, en contra de su deseo, la Bula de Oro, siguió manteniendo a Teka en sus funciones, a pesar de las expresas estipulaciones de la Bula. El chambelán real conservó tranquilamente su puesto durante once años más, hasta que las presiones de Roma le obligaron a dimitir y retirarse a Austria, donde fue acogido con los brazos abiertos. Sin embargo, el hijo de Andrés, el rey Bela IX, consiguió el permiso del papa para volver a llamarlo. Teka volvió con mucho gusto, y murió durante la invasión mongol.[4]

III

Está relativamente bien probado que es de origen kázaro el elemento dominante (desde el punto de vista numérico y social) de la población judía de la Hungría de la Edad Media. Podríamos pensar que Hungría constituye un caso particular, dadas las antiguas relaciones magiar-kázaras. En efecto, la penetración kázara no era más que una parte de una migración masiva llegada de las estepas eurasianas con dirección oeste, es decir, con dirección a la Europa oriental y central. Los kázaros no fueron los únicos que se vieron obligados a refugiarse en Hungría. También gran número de aquellos petchenegos que persiguieron a los magiares desde el Don hasta los Cárpatos tuvieron que pedir asilo en territorio húngaro cuando, a su vez, fueron perseguidos por los kumanos; y estos últimos también corrieron la misma suerte cien años más tarde cuando, huyendo de los mongoles, fueron acogidos por el rey Bela cuarenta mil de ellos «con sus esclavos».[5]

En épocas relativamente pacíficas, este avance general de poblaciones hacia el oeste no era más que un desplazamiento; en otros tiempos, puede

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calificarse de un tropel; pero, las consecuencias de la invasión mongol nos obligan a hablar, siguiendo este tipo de metáforas, de un terremoto, más que de una avalancha. Los guerreros del jefe Tedjumin, dice Genghis Khan, Señor de la Tierra, arrasaban ciudades enteras para que las poblaciones siguientes no soñaran siquiera con resistirse, avanzaban protegidos por hilas de prisioneros que les servían como escudos vivientes, destruyendo a su paso todo el sistema de irrigación de la cuenca del Volga, donde los kázaros tenían sus campos y sus arrozales, convirtiendo poco a poco estas fértiles estepas en «campos salvajes» (dikoyeh pole), como se debía decir en ruso, «extensas zonas sin labradores ni pastores, por donde no pasan más que caballeros mercenarios al servicio de tales o cuales señores rivales, o personas que trataban de escapar de ellos».[6]

La peste negra de los años 1347 y 1348 aceleró la despoblación del antiguo país kázaro, entre el Cáucaso, el Don y el Volga, donde el cultivo de las estepas había alcanzado su más alto nivel y, donde, por contraste, la recaída en la barbarie fue aún más radical, en comparación con el resto de las poblaciones vecinas. Según Baron, «la eliminación o dispersión de los judíos, trabajadores industriales, agricultores, artesanos o comerciantes, dejó un vacío en estas regiones que no comenzaría a llenarse hasta en época muy reciente».

[7]

Kazaria fue destruida, y también el país de los búlgaros del Volga, así como las últimas ciudadelas caucasianas de los alanos y kumanos, y los principados de la Rusia meridional, incluyendo a Kiev. Mientras duró la desintegración de la Horda de Oro, a partir del siglo XIV, siguió imperando la anarquía, aún más si cabe. «La emigración fue el único recurso de las poblaciones que quisieron salvar sus vidas y sus medios de subsistencia en la mayoría de las estepas europeas»[8]. En consecuencia, el movimiento hacia pastos más seguros fue un largo proceso intermitente que, según parece, duró desde el siglo XIII al XVI. Dentro de este esquema también podemos incluir el éxodo de los kázaros.

Fue precedido, como ya hemos dicho más arriba, por la fundación de establecimientos y colonias en distintos puntos de Ucrania y de Rusia meridional. Hubo una floreciente comunidad judía en Kiev desde mucho antes y hasta mucho después de que los rusos tomaran la ciudad. Hubieron allí comunidades parecidas a las de Perislavel y Chernigov. Cierto rabino llamado Moshe, de Kiev, estudiaba en Francia hacia el año 1160, y otro, llamado Abraham de Chernigov, en el año 1181 estudiaba en la escuela talmúdica de Londres. El dicho de la batalla de Igor habla de un famoso

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poeta ruso llamado Kogan —que, posiblemente, sea contracción de las palabras Cohen (sacerdote) y Kagan.[9] Algún tiempo después de la destrucción de Sarkel, a la que los rusos denominaban Biela Vieja, los kázaros construyeron otra ciudad cerca de Chernigov, a la que bautizaron con el mismo nombre.[10]

En Ucrania y Polonia existen muchos lugares que provienen de las palabras Khazar y Jid (judío): Jydowo, Kozarsewek, Kozara, Kozarzow, Jidowska Vola, Zydatcze, etc. Puede que hayan designado a los pueblos o simples campamentos que las comunidades judeo-kázaras fueron estableciendo a través de su largo camino hacia el oeste.[11] También en los Cárpatos y en los montes Tatra, así como en las provincias orientales de Austria, podemos encontrar nombres parecidos. Incluso se cree que los antiguos cementerios judíos de Cracovia y Sandomierz, llamados los dos Kaviory, son de origen kázaro.

Aunque el núcleo del éxodo se dirigió hacia el oeste, algunos grupos se quedaron por el camino o permanecieron en su lugar de origen, principalmente en Crimea y en el Cáucaso, donde formaron enclaves judíos que debieron subsistir hasta los tiempos modernos. Se sabe que en la antigua plaza fuerte de Tamatarkha (Tamán), en el estrecho de Kertch, frente a Crimea, reinaron príncipes judíos en el siglo XV bajo la tutela de la república de Génova, y más tarde de los tártaros de Crimea. El último de estos príncipes, Zacarías, llevó a cabo negociaciones con el príncipe de Moscovia, quien más tarde le invitó a que fuera a Rusia a bautizarse, ofreciéndole a cambio los privilegios de la nobleza ruza. Zacarías rehusó, pero Poliak supone que no debió ocurrir lo mismo en todos los casos, y que «la elevación a altas funciones del Estado moscovita a los elementos judeo-kázaros pudo ser uno de los factores que provocaran la aparición de la “herejía judía” (Jidovstbuyuchttchik) entre el clero y la nobleza rusos, en el siglo XVI, y la de la secta de los “sabbatistas” (subbontniki), aún más extendida entre los cosacos y los campesinos».[12]

Podemos encontrar otro vestigio de la nación kázara entre los judíos del nordeste del Cáucaso, quienes, según parece, permanecieron en su hábitat de origen mientras el resto emigraba. Se cree que son unos ocho mil aproximadamente, y viven en vecindad con otras reliquias de tribus antiguas: los kiptchaks y los oghuzz. Se les designa por el nombre de Dagh Tchufuty, lo cual viene a significar Judíos de la Montaña, en la lengua tat que adquirieron de otra tribu caucasiana; pero apenas sabemos nada más sobre este tema.[13]

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Han sobrevivido otros enclaves kázaros en Crimea y también, sin duda, en otras regiones que antiguamente pertenecieran a su imperio. Pero no constituyen más que curiosidades históricas que provienen de la gran corriente de emigración kázara por las tierras lituano-polacas —además de proporcionar unos formidables problemas a historiadores y antropólogos.

IV

El este de la Europa central, donde los emigrados de Kazaria encontraron una nueva patria y una aparente seguridad, sólo comenzaría a adquirir alguna relevancia política hacia el final del milenio.

Hacia el año 962, varias tribus eslavas formaron una alianza bajo la hegemonía de la más fuerte, la de los polanos, que sería el núcleo del Estado polaco. El nacimiento de esta nación fue contemporáneo al declive de los kázaros (Sarkel fue destruida en el 965). Debemos destacar aquí que los judíos desempeñaron un importante papel en una de las más antiguas leyendas polacas: en ella se cuenta que, cuando las tribus aliadas decidieron elegir a un rey, designaron para ese puesto a un judío llamado Abraham Prochownik.[14] ¿Se trataba de un rico y sabio comerciante kázaro al que los rústicos eslavos juzgaron con capacidad suficiente? ¿Se trataba tan sólo de un personaje legendario? En cualquier caso, la historia indica que los judíos de este tipo eran tenidos en una gran estima. Añadamos que, con una desacostumbrada modestia, Abraham renunció a la corona en favor de Piast que, en efecto, fue el fundador de la dinastía que reinó en Polonia desde el año 962 hasta el 1370.

Existiera Abraham Prochownik o no, el caso es que todo parece indicar que los inmigrantes judíos de Kazaria solían ser muy bien recibidos por la contribución que podían aportar a la economía y a la administración del país. Tanto los polacos bajo Piast, como sus vecinos bálticos, los lituanos,[15] iban reduciendo sus fronteras con gran rapidez: ambos tenían una necesidad grande de inmigrantes para colonizar sus territorios y crear una población urbana. Favorecieron en primer lugar la inmigración germánica (campesinos, burgueses y artesanos) y, más tarde, la de los pueblos establecidos en los territorios ocupados por la Horda de Oro[16] —entre ellos los armenios, los eslavos del sur y los kázaros.

Por otra parte, debemos decir que muchas veces estas migraciones no eran totalmente voluntarias. Dentro de ellas tenemos que incluir a un buen número de prisioneros de guerra, como, por ejemplo, los tártaros de Crimea, a quienes se obligó a cultivar los dominios de los señores lituanos y polacos situados en

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las provincias meridionales conquistadas. (A finales del siglo XIV el principado de Lituania se extendía desde el Báltico hasta el mar Negro). Sin embargo, en el siglo XV, estos señores trasladarían a sus campesinos hacia el interior, cuando los turcos otomanos, vencedores de Bizancio, avanzaron hacia el norte.[17]

Entre estas poblaciones que se desplazaron a la fuerza encontramos también gran número de karaítas, secta judía primitivista que rechazaba la enseñanza rabínica. Según una tradición que se ha conservado entre los karaítas de los tiempos modernos, sus antepasados fueron conducidos a Polonia por el gran príncipe guerrero Vytautas (Vitold) de Lituania a finales del siglo XIV, y provenían de Sulkhat, en Crimea.[18] Para apoyar esta tradición suele contarse que, en el año 1388, Vitold concedió una carta a los judíos de Troki, y que el viajero francés de Lanoi vio en esa localidad a gran número de judíos, los cuales hablaban en su idioma que no era ni el de los alemanes ni el de los indígenas.[19] Evidentemente era, y lo sigue siendo, un dialecto turco, el que actualmente se encuentra más próximo a la lingua cumanica que se hablaba en los antiguos territorios kázaros de la época de la Horda de Oro. Según Zajaczkowski,[20] este dialecto todavía se usa, sobre todo para las oraciones, en las comunidades karaítas de Troki, Vilno, Penyeivez, Lutzk y Halitch. Los karaítas afirman que antes de la Gran Peste de 1710 tenían en Polonia y Lituania entre treinta y dos y treinta y siete comunidades.

Llamaban a su dialecto la «lengua de kedar», y Reb Petachia, en el siglo XII, denominaba a su hábitat, al norte del mar Negro, «tierra de Kedar» y, a propósito de ella, escribía sobre circunstancias que cuadraban muy bien con su sectarismo (pasar el sabbat en la oscuridad, ignorancia de las doctrinas rabínicas). Y, además, el eminente turcólogo Zajaczkowski considera a los karaítas como los más puros representantes de los antiguos kázaros desde el punto de vista lingüístico.[21] Más adelante volveremos a hablar sobre las razones que podrían explicar cómo esta secta conservó su lengua durante casi quinientos años, mientras la inmensa mayoría de los judíos kázaros la abandonaban para adoptar una lingua franca, el yiddish.

V

El reino polaco, al adoptar el catolicismo, adquirió una orientación netamente occidental desde el principio. Sin embargo, si lo comparamos con sus vecinos del Oeste, era, desde el punto de vista económico y cultural, un

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país subdesarrollado. Por esta razón, su política consistía en atraer inmigrantes —alemanes del Oeste, armenios y judíos kázaros del Este— y favorecer al máximo sus iniciativas, como lo demuestran las cartas reales que especificaban sus deberes y sus privilegios.

En la carta otorgada en el año 1264 por Boleslao el Piadoso, y ratificada por Casimiro el Grande en 1334, se concedía a los judíos el derecho a tener sus propias sinagogas, sus escuelas y sus tribunales, a poseer tierras y dedicarse al comercio o a las ocupaciones que ellos mismos eligieran. Bajo el reinado de Esteban Bathory (1575-1586), los judíos tuvieron derecho a un parlamento propio —que celebraba sus sesiones dos veces al año— y a poder percibir impuestos de entre sus correligionarios. Tras la destrucción de su país, los judíos comenzaban un nuevo capítulo de su historia.

Podemos encontrar un impresionante ejemplo de su privilegiada situación en un breve pontificio, probablemente promulgado por el papa Clemente IV en la segunda mitad del siglo XIII, dirigido a un príncipe polaco desconocido. En este documento, el papa hacía saber que las autoridades romanas estaban bien enteradas de la existencia de un considerable número de sinagogas en muchas ciudades polacas; tan sólo podía encontrarse una ciudad en la que se contaran menos de cinco.[22] Asimismo deploraba que estas sinagogas fueran más altas que las iglesias, más majestuosas, mejor ornamentadas y cubiertas con un techado de plomo pintado de distintos colores, haciendo así parecer a las iglesias de la vecindad mucho más pobres en comparación con ellas. (Recordemos cómo Masudi contaba alegremente que la Gran Mezquita era el edificio más elevado de Itil). Por otra parte, estas quejas se ven confirmadas por una decisión de un legado pontificio, el cardenal Guido, quien en el año 1267, estipuló que no debía autorizarse más que una sinagoga por ciudad.

De estos documentos (aproximadamente contemporáneos a la conquista de Kazaria por los mongoles), deducimos que tenía que haber en aquella época un número considerable de kázaros en Polonia para que tantas ciudades tuvieran más de una sinagoga —y, además, que debían ser suficientemente ricos para poderlas construir tan majestuosas y ornamentadas. Esto nos lleva a interrogarnos sobre la composición y la amplitud aproximada de la inmigración kázara en Polonia.

Por lo que a cifras se refiere, no disponemos de documentos. Pero recordemos que los cronistas árabes hablan de ejércitos kázaros de trescientos mil hombres (capítulo 1, V); aun reconociendo que se trata de una enorme exageración, podemos estimar que la población total fue de, los menos, unas quinientas mil almas. Ibn Fadlan calcula en cincuenta mil en número de

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tiendas de campaña de los búlgaros del Volga, lo que equivaldría a una población de trescientos a cuatrocientos mil habitantes, es decir, del mismo orden, aproximadamente, que la de los kázaros. Por otra parte, los historiadores modernos calculan también en quinientos mil (5 % de la población total) el número de judíos en el reino polaco-lituano en el siglo XVII.[23] Estas cifras concuerdan bastante bien con lo que sabemos sobre la migración hacia Polonia, a través de Ucrania, que se desarrolló a ritmo lento a partir de la destrucción de Sarkel y la llegada de los Piast, hacia finales del primer milenio, más rápida en la época de la conquista mongol, y prácticamente acabada en los siglos XV y XVI —la estepa quedó entonces deshabitada y los kázaros, según parece, desaparecieron de la faz de la tierra —.[24] En resumen, esta transferencia de población se realizó en pequeños grupos o colonias durante cinco o seis siglos. Si tenemos en cuenta la considerable aportación de judíos refugiados de Bizancio y de los países musulmanes, y un ligero crecimiento demográfico de los propios kázaros, parece verosímil que las cifras establecidas para la población kázara en su apogeo (en el siglo VIII) sean comparables a las que se indican para los judíos de Polonia en el siglo XVII, o, por lo menos, del mismo orden, reservándonos un margen de error de algunos cientos de miles en más o en menos.

Ya puede imaginarse la ironía de estas cifras. Según la Jewish Encyclopaedia, artículo «Estadísticas», el total de la población judía mundial en el siglo XVI era de un millón aproximadamente. Esto parece indicar, como Poliak, Kutschera[25] y tantos otros autores han puesto de manifiesto, que, en la Edad Media, la mayoría de las personas que profesaban la religión israelita eran kázaros. Gran parte de esta mayoría emigró a Polonia, a Lituania, a Hungría y a los Balcanes, donde se formó la comunidad judía oriental que, llegado el momento, se convertiría en la mayoría dominante de la población judía del mundo. Aunque el elemento original de esta comunidad se diluyera al poco tiempo y se viera aumentado por inmigrantes de otras regiones (véase más adelante), su raíz turco-kázara parece estar bastante bien comprobada; por lo menos, es una teoría que merece la pena examinar.

Más adelante examinaremos otras razones que nos inducen a atribuir, en primer lugar, al elemento kázaro (antes que a los emigrantes del Oeste) el papel fundamental en el crecimiento y desarrollo de la comunidad judía de Polonia y del resto de la Europa oriental. Pero, indudablemente, lo más apropiado es citar aquí al historiador judío polaco Adam Vetulani:

Todos los historiadores polacos admiten que estos tres antiguos establecimientos fueron fundados por emigrantes judíos del Estado kázaro y de Rusia, y que los judíos de la Europa

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meridional y occidental no comenzaron a instalarse sino mucho tiempo después… Al menos, cierta proporción de la población judía (el núcleo principal en una época más antigua) provenía del Este, del país de los kázaros, y, más tarde, de la Rusia kievana.[26]

VI

Esto es todo en cuanto a cifras. Pero ¿qué sabemos sobre la estructura social o sobre la composición de la inmigración kázara?

En primer lugar, se tiene la impresión de que, en esta lejana época, existió una sorprendente similitud entre las privilegiadas posiciones que ocuparon los judíos kázaros, en Hungría por un lado, y en Polonia por otro. Tanto las fuentes polacas como las húngaras presentan a los judíos con ocupaciones tales como tenedores de dinero, administradores de los diezmos reales, controladores de la gabela, encargados de la contribución y «prestadores de dinero», es decir, banqueros. Este paralelismo podría indicar que las dos inmigraciones tuvieron un origen común y, como puede vincularse la filiación de la mayoría de los judíos húngaros al complejo magiar-kázaro, la conclusión parece evidente.

Antiguos documentos muestran el papel desempeñado por los inmigrantes judíos en la joven economía de los dos países. Y era un papel muy importante: no debemos extrañarnos por ello, ya que el comercio exterior y la percepción de derechos de aduana fueron en el pasado las principales fuentes de ingresos de los kázaros. Poseían ya la experiencia que a sus nuevos anfitriones les faltaba; era lógico, pues, que se les invitara a mezclarse en los asuntos financieros de la corte y de la nobleza, ya fuera como consejeros o como compañeros. Las monedas acuñadas en los siglos XII y XIII, que llevan inscripciones polacas con caracteres hebreos (véase capítulo 2, I), constituyen unas reliquias bastante desconcertantes de estas actividades. Para qué se utilizaban exactamente es algo que todavía permanece entre tinieblas. Algunas llevan grabado el nombre de un rey (Leszek, o Mieszko, por ejemplo), otras llevan inscripciones del estilo de «De la casa de Abraham ben José, el Príncipe» (podría tratarse del propio tenedor de dinero-banquero), o, simplemente, una palabra de buen augurio: «Suerte» o «Bendición». Es digno de tener en cuenta que, en Hungría, las fuentes contemporáneas señalan también que la moneda se acuñaba con dinero de los propietarios judíos.[27]

Sin embargo, a diferencia de Europa occidental, el comercio y las finanzas no eran, ni mucho menos, el único terreno de las actividades judías. Ricos emigrantes se convirtieron en Polonia en grandes terratenientes, como en Hungría el conde Teka; habían dominios judíos que comprendían pueblos

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enteros de agricultores, como, por ejemplo, en las cercanías de Wroclaw antes del año 1203.[28] En un principio debieron de instalarse allí un considerable número de campesinos kázaros, como parecen indicar los antiguos nombres geográficos.

Podemos entrever oscuramente la forma en que se fundaron algunos de estos pueblos estudiando los documentos karaítas de que hemos hablado más arriba. En ellos se cuenta cómo el príncipe Vitold instaló a un grupo de cautivos karaítas en Krasna, procurándoles casas, huertos y tierras que llegaban a alcanzar extensiones de hasta tres kilómetros. (Se cree poder reconocer a esta Krasna en el pueblecito judío de Krasnoia, en Podolia)[29].

Pero la agricultura no presentaba mucho porvenir para la comunidad judía. Y ello por muchas razones. El desarrollo del feudalismo en el siglo XIV transformó, paulatinamente, a los campesinos de Polonia en siervos atados a sus pueblos y privados de toda libertad de movimiento. Al mismo tiempo, y bajo la presión de la Iglesia y de los propietarios feudales, el parlamento, en el año 1496, prohibió a los judíos la adquisición de terrenos agrícolas. Sin embargo, el proceso de enajenación de la tierra y de la cultura debió de haber comenzado mucho antes. Aparte de estas causas específicas (discriminación religiosa, degradación de la condición campesina), la evolución de los kázaros, al pasar de una población eminentemente agrícola a una comunidad fundamentalmente urbana, reflejaba un fenómeno corriente en la historia de las migraciones. Enfrentados a un nuevo clima y a estructuras agrícolas diferentes, por una parte, y, por la otra, a las ocasiones inesperadas que la civilización urbana ofrece de llevar una vida más fácil, los inmigrantes son capaces de cambiar en pocas generaciones su estructura socio-profesional. En América, descendientes de campesinos de los Abruzos tienen restaurantes, y los nietos de un granjero polaco pueden ser ingenieros o psicoanalistas.[30]

Sin embargo, la transformación de judíos kázaros en polacos no supuso ni una ruptura brutal con el pasado ni pérdida de identidad alguna. Fue un cambio gradual y orgánico (Poliak lo ha demostrado de manera convincente), que supo conservar en el nuevo país algunas de las preciosas tradiciones de la vida comunitaria kázara. Y esto fue posible gracias principalmente a una estructura social y a un modo de vida que no se vuelve a encontrar en ningún otro sitio de la Diáspora: el pueblecito judío, ayarah en hebreo, shtetl en yiddish, miastecko en polaco. Estos tres nombres son diminutivos, lo que no quiere decir que se refiera necesariamente a la pequeñez de estos poblados (los hubo bastante grandes), sino, más bien, a la escasez de sus derechos de autonomía municipal.

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Conviene no confundir el shtetl con el ghetto. Este último era una calle o un barrio pertenecientes a una ciudad y reservados a los judíos. Desde la segunda mitad del siglo XVI, fue el hábitat de los judíos en toda la cristiandad y en la mayor parte de los países del islam. El ghetto, rodeado de murallas con puertas que se cerraban por la noche, producía claustrofobia y consanguinidad mental, pero proporcionaba también un sentimiento de relativa seguridad en períodos de revueltas. Como no podían ensancharse, las casas se elevaban tanto como fuera posible sobre pequeñísimas parcelas, y, a una densidad de población siempre excesiva acompañaba una situación sanitaria deplorable. Viviendo en semejantes condiciones, sus habitantes necesitaban mucha fuerza espiritual para seguir manteniendo su dignidad. No siempre lograban hacerlo.

En cambio, el shtetl, forma particular de establecimiento de Polonia y Lituania, era todo lo contrario; se trataba de un pueblecito rústico, auténtica comunidad, cuya población era entera o principalmente judía. Los orígenes del shtetl se remontan, probablemente, al siglo XIII: podemos encontrar en él al eslabón perdido, por decirlo de alguna manera, entre las ciudades-mercado de Kazaria y las aldeas judías de Polonia.

La función económica y social de estas aglomeraciones medio rurales-medio urbanas debió de ser parecida en ambos países. Tanto en Kazaria como más tarde en Polonia, se encargaron de establecer una red de sucursales y mercados que aseguraban el intercambio entre el campo y las grandes ciudades. Organizaban ferias con regularidad, en las que se vendían o cambiaban cabezas de ganado mayor o menor, así como bienes manufacturados de la ciudad y productos de la industria del lugar; también proporcionaban locales para que los artesanos pudieran ejercer allí sus oficios: carreteros, herreros, plateros, sastres, remendones, molineros, panaderos, o fabricantes de velas. También podían encontrarse allí escribientes públicos al servicio de los iletrados, sinagogas para los devotos, albergues para viajeros, e incluso una heder (habitación, en hebreo) que servía como escuela. También se veían por allí narradores y cantores populares (aún se conservan algunos nombres de ellos, como el de Velvel Zbarzher),[31] que iban de shtetl en shtetl por toda Polonia, como, sin duda, anteriormente irían por Kazaria, a juzgar por la persistencia de los narradores entre los pueblos orientales.

En Polonia, algunos oficios se convirtieron en monopolio de los judíos o, al menos, en especialidades suyas. Esto fue lo que ocurrió con el transporte, y también con la madera de construcción, lo que nos recuerda la importancia

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que la madera tenía en Kazaria, no sólo como material de construcción, sino también como producto de exportación.

«La tupida red de los shtetl permitió distribuir los bienes manufacturados por todo el país, gracias a la excelente carreta que construyeron los judíos», escribe Poliak.[32] La preponderancia de esta forma de transporte, sobre todo en el Este del país, fue tan clara —desembocando virtualmente en un monopolio—, que la palabra hebrea significativa de carretera, ba’al agalah,

se incorporó a la lengua rusa bajo la forma de balagula. Sólo la llegada del ferrocarril, en la segunda mitad del siglo XIX, provocaría el declive de esta profesión».

Indudablemente, en los ghettos de la judería de Occidente no habría sido posible desarrollar esta industria carretera y de transporte; con toda seguridad, su origen parte de Kazaria. La población de los ghettos era sedentaria, mientras que los kázaros, como cualquier otro pueblo seminómada, utilizaban carros tirados por caballos o por bueyes para transportar sus tiendas y sus ganados, incluyendo las tiendas reales, tan grandes como circos, construidas para albergar a centenares de personas. Seguramente tendrían los conocimientos suficientes como para defenderse por aquellos caminos tan duros de su nuevo país.

Entre otros oficios específicamente judíos, debemos citar también la hostelería, la técnica de los molinos y el comercio de la piel; por supuesto, ninguno de estos oficios encontraron sitio en los ghettos de la Europa occidental.

Ésta fue, a grandes rasgos, la estructura del shtetl judío en Polonia. Algunas de sus características pueden recordar a las antiguas ciudades de paso de cualquier país; pero otras muestran una particular afinidad con lo que conocemos —por poco que sea— de las aldeas de Kazaria, que probablemente fueron el prototipo del shtetl polaco.

A estos rasgos específicos tendríamos que añadir el «estilo pagoda» de las sinagogas de madera de los siglos XV y XVI, completamente distintas tanto de la arquitectura local como de los modelos adoptados por los judíos de Occidente, y copiados más tarde en los ghettos de Polonia. La decoración interior de estas antiguas sinagogas del shtetl también es completamente diferente; los muros estaban cubiertos de arabescos y figuras de animales, característicos de la influencia persa, como lo atestiguan los objetos kázaro-magiares (véase capítulo 1, XI) y el estilo decorativo introducido en Polonia por los inmigrantes armenios.[34]

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Del mismo modo, la indumentaria tradicional de los judíos polacos muestra un origen manifiestamente oriental. El largo caftán de seda pudo haber sido copiado tanto del abrigo de los nobles polacos —este último, a su vez, habría sido copiado a los mongoles de la Horda de Oro: la moda no tiene fronteras, pero se sabe que los nómadas de las estepas llevaban el caftán mucho antes; el solideo (yarmolka) cubre todavía el cráneo de los judíos ortodoxos— como de los ouzbecks u otros pueblos turcos de la Unión Soviética. Encima del solideo, los hombres se ponían el streimel, complicado sombrero ribeteado con piel de zorro, que los kázaros habían recibido de los khasaks, o viceversa. Como ya se ha visto, el comercio de pieles de zorro y cibelina, antiguamente floreciente en Kazaria, constituía en Polonia uno de los monopolios judíos. En cuanto a las mujeres, hasta mediados del sido XIX, han llevado un gran turbante blanco, copia exacta del djauluk de las mujeres khasaks y turkmenas.[35] (Más tarde, en lugar del turbante, las judías ortodoxas debían llevar una peluca confeccionada con sus propios cabellos, que les habían sido cortados en el momento de contraer matrimonio).

Dentro de este contexto, podemos citar también (aunque no sin cierta vacilación) la extraña pasión que los judíos polacos sienten por el pescado relleno (gefillte Fisch), plato nacional que han adoptado también los no-judíos en Polonia. «Sin pescado no hay “sabbat”», dice un proverbio. ¿No sería posible que evocara un lejano recuerdo de la vida a orillas del Caspio, donde no había más alimento que el pescado cotidiano?

A menudo la literatura y el folklore judíos evocan con una gran nostalgia la vida en el shtetl. De la misma manera, un moderno estudio sobre las costumbres de estas poblaciones habla de las felices observaciones del «sabbat»:[36]

Se esté donde se esté, se tratará de volver al país para celebrar el «sabbat» en familia. El vendedor que va de pueblo en pueblo, el sastre ambulante, el zapatero, el remendón, el comerciante en pleno viaje, todos se las arreglarán, correrán y lucharán por llegar el viernes antes de la puesta del sol.

Se apresuran, y ya el shammes recorre las calles del shtetl gritando: «¡Judíos, al baño!». El shammes, funcionario de la sinagoga, es una especie de sacristán y bedel al mismo tiempo. Habla con mayor autoridad de la que debía tener, pues, cuando llama a los judíos al baño les está imponiendo una obligación.

Una evocación aún más colorista de la vida en el shtetl es la amalgama surrealista de fantasía y realidad de las pinturas y litografías de Marc Chagall, donde los símbolos bíblicos conviven con el látigo del barbudo carretero, con el caftán y la yarmolka de un rabino melancólico.

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Extraña comunidad, como extraños fueron sus orígenes. Sin duda, parte de las primeras poblaciones fueron fundadas por cautivos, como los karaítas de Troki, que los nobles polacos y lituanos instalaban en sus desiertas tierras. Pero la mayor parte fue el resultado de la migración general de las poblaciones expulsadas de sus dominios, los cuales quedaban convertidos en «campos salvajes». «Tras la conquista mongol», escribe Poliak, «cuando los pueblos eslavos partieron hacia Occidente, los shtetls kázaros les acompañaron»[37]. Sin duda, los pioneros de los nuevos establecimientos fueron ricos comerciantes kázaros que viajaban constantemente por Polonia, atravesando las rutas comerciales más frecuentadas que llevaban a Hungría. «La migración magiar y kábara en Hungría se abrió camino entre los establecimientos kázaros que se desarrollaban en Polonia: hizo de este país una zona de tránsito entre dos regiones llenas de comunidades judías»[38]. Los comerciantes conocían bien las comarcas adonde se dirigían, y tenían ocasión de ponerse en contacto con los terratenientes que buscaran colonos. «El señor podía concluir un acuerdo con algún rico y respetable judío (como nos recuerda Abraham Prokovnik) para que se instalara en sus dominios e introdujera allí a otros colonos. Generalmente, debía elegir a personas provenientes del mismo lugar en que él había vivido»[39]. Estos colonos formaban un conjunto de agricultores y artesanos que constituían una comunidad más o menos autárquica: de esta manera, el shtetl kázaro se trasladaba para convertirse en el shtetl polaco. Paulatinamente, iría renunciando a la agricultura. Cuando de ella no quede nada, es cuando comienza la nueva situación.

El núcleo de la comunidad judía moderna ha seguido la antigua receta: avanzar hacia nuevos horizontes, pero ¡siempre cerrando filas y alabando al Señor!

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6

¿DE DÓNDE VENÍAN?

I

Hay dos hechos fundamentales que justifican esta investigación: la desaparición de la nación kázara de su hábitat histórico y la simultánea aparición, en las regiones vecinas del noroeste, de la mayor concentración de judíos que ha existido desde la diáspora. Evidentemente, estos dos acontecimientos están relacionados, y los historiadores concuerdan al afirmar que la inmigración proveniente de Kazaria debió de contribuir al crecimiento de la comunidad judía de Polonia —conclusión confirmada por los documentos citados en los capítulos anteriores—. Pero en lo que no se está tan seguro de llegar a un acuerdo es en lo que se refiere a esta contribución, a la dimensión de la inmigración kázara y su relación con los judíos de Occidente, y a la proporción en que figuran en la constitución genética de la población judía moderna.

Dicho de otra manera: que los kázaros hayan emigrado en grandes cantidades a Polonia es un hecho establecido que nadie pone en duda; la cuestión está en saber si su aportación fue lo esencial del nuevo establecimiento, o si sólo aportaron los condimentos, por decirlo de alguna manera. Para poder contestar a esta pregunta, antes que nada debemos hacernos una idea sobre la magnitud de la inmigración «rival», es decir, de la que llegó del Oeste.

II

Hacia finales del primer milenio, las comunidades judías más importantes de la Europa del Oeste se encontraban en Francia y en Renania.[1] Algunas probablemente daten de la época romana, pues, entre la destrucción de Jerusalén y la caída del Imperio Romano, hubo muchos judíos que se establecieron en varias ciudades de este Imperio, a los que, más tarde, se unirían emigrados de Italia y África del Norte. Desde el siglo XI, los

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documentos no dejan de citar comunidades judías en toda Francia, desde Normandía hasta Provenza.

Hubo un grupo que cruzó la Mancha tras la estela de la invasión normanda; se trata de aquellos judíos que Guillermo el Conquistador[2] llamó para que aportaran sus capitales y espíritu de empresa. De esta forma nos resume Baron su historia:

En seguida se transformaron en una especie de «usureros del rey», cuya principal función consistía en procurar créditos para las aventuras económicas y políticas. Después de haber acumulado grandes fortunas, gracias a un elevadísimo tipo de interés, los prestamistas fueron obligados a devolverlas, por uno u otro camino, al tesoro real. El permanente bienestar de numerosas familias judías, el esplendor de sus residencias y de su tren de vida, y su influencia en los asuntos públicos, impidieron, incluso a los más experimentados observadores, prever graves peligros que se cernían, a causa del creciente resentimiento de los deudores de todo tipo, y del hecho de que los judíos dependieran por completo de la protección de los reyes, sus anfitriones… Entre un clamor de descontento, que provocó los violentos estallidos de los años 1189-1190, se podía presagiar la tragedia final: la expulsión de 1290. El meteórico éxito, y el declive aún más rápido de la judería inglesa en dos siglos y medio (1066-1290), pone de manifiesto con suma claridad los factores fundamentales del destino de todas las comunidades judías de Occidente en la primera y crucial mitad del segundo milenio.[3]

El ejemplo inglés resulta instructivo, porque aparece excepcionalmente bien documentado, al menos en comparación con la historia antigua de las comunidades judías del continente. La primera lección que debemos extraer es que la influencia socio-económica de los judíos era totalmente desproporcionada en relación a su número. En efecto, en ningún momento se rebasó la cifra de dos mil quinientos judíos en Inglaterra antes de su expulsión, en el año 1290.[4] En la Inglaterra medieval, esta minúscula comunidad representó un papel preponderante en el sistema económico del país —de mayor preponderancia que sus homólogas de Polonia—; pero, en cambio, no podía apoyarse en ninguna red de poblaciones judías ni en una base de pequeños artesanos, obreros, carreteros o posaderos; no tenían ningún arraigo en el pueblo. La Inglaterra angevina constituyó un buen ejemplo para el continente, en lo que a este problema vital se refiere. Los judíos de Francia y Alemania tendrían que afrontar las mismas dificultades: su estrato socio-profesional estaba cojo, era como una pirámide invertida. Siempre, la consecuencia fue la misma trágica sucesión de acontecimientos. Es un lúgubre cuento que comienza siempre con una luna de miel, para acabar con un sangriento divorcio. Al principio, se halaga a los judíos, se les otorgan cartas, privilegios y favores. Se les acoge como si fueran alquimistas, porque conocen el secreto para hacer cambiar los engranajes de la economía. «Durante los “siglos oscuros”, el comercio de la Europa occidental estaba en gran parte en manos de los judíos», escribe Cecil Roth, «incluyendo también

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la trata de esclavos, y los cartularios carolingios emplean las palabras “judío” y “comerciante” como términos casi intercambiables».[5] Pero, con la llegada de una clase comerciante autóctona, poco a poco se les irá excluyendo, no sólo de las ocupaciones más productivas, sino también del resto de las formas tradicionales del comercio, y, prácticamente, el único dominio que permanecerá abierto para ellos es el préstamo a interés… «Las riquezas líquidas del país eran avaladas por judíos, a quienes, periódicamente, se les obligaba a reembolsarlas de nuevo al Tesoro…».[6] El arquetipo de Shylock se había fijado ya mucho antes de Shakespeare.

Luna de miel: en la famosa embajada que Carlomagno, en el año 797, envió a Bagdad para negociar con Harum al-Rachid, se incluyeron a dos cristianos y a un judío. Amargo desenlace: en el año 1306, Felipe el Hermoso expulsó a todos los judíos del reino. Desde luego, más tarde se les autorizó para que volvieran, pero no sería más que para hacerles padecer nuevas persecuciones; a finales de siglo, la comunidad judía de Francia había desaparecido casi por completo.[7]

II bis

En cuanto a la historia de los judíos de Alemania, debemos decir en primer lugar que «no tenemos una historia completa y fiable de la judería alemana». Las Germanica Judaica constituyen tan sólo una buena colección de fuentes que arrojan alguna luz sobre determinadas comunidades hasta el año 1238».[8] Débil luz, aunque, al menos, nos esclarece la división territorial de las comunidades judías de Alemania durante el período en el que la inmigración kázara en Polonia alcanzaba su máxima intensidad.

Uno de los más antiguos documentos cita a un tal Kalonymous, que llegó de Italia, de Luca, para instalarse con su familia en Maguncia, en el año 906. Hacia la misma época, aproximadamente, se nos habla de la existencia de judíos en Spira y en Worms, y, un poco más tarde, en otras ciudades — Tréveris, Metz, Estrasburgo, Colonia—, todas ellas situadas en el valle del Rhin. El viajero Benjamín de Tudela (véase capítulo 2, VII) escribiría, tras haber visitado la región, en el siglo XII «En estas ciudades hay numerosos israelitas, hombres juiciosos y afortunados».[9] Pero ¿qué significa «numerosos»? Bien poco en realidad, como tendremos ocasión de comprobar.

Un centenar de años antes, vivía en Maguncia un tal Rabbi Gershom Ben Yehuda (960?-1030), cuyo gran saber le valió el título de «luz de la diáspora» y la función de director espiritual de la comunidad francesa y alemana o

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renana. Hacia el año 1020, Gershom convocó en Worms un concilio que, entre otros edictos, promulgó el de la prohibición de la poligamia (la cual, por otra parte, no se practicaba desde hacía mucho tiempo). Junto a los edictos, un codicilio estipulaba que, en caso de urgencia, cualquier regla podía ser revocada por «una asamblea compuesta por cien delegados de los países de Borgoña, Normandía y Francia, y de las ciudades de Maguncia, Espira y Worms». En otros documentos rabínicos de la misma época tampoco se nombran más que a estas tres ciudades: podemos deducir, por tanto, que las otras comunidades judías de Renania, a principios del siglo XI, eran todavía demasiado insignificantes como para que merecieran ser nombradas.[10]

A finales de ese siglo, en el año 1096, estuvieron a punto de ser exterminadas por completo, en medio de las explosiones de histeria que acompañaron a la segunda cruzada. Con ocasión de este episodio, F. Barker nos describe la mentalidad del cruzado con una fuerza dramática que raramente se encuentra en las columnas de la Encyclopaedia Britannica:[11]

Podría degollar y rebozarse en la sangre y, al llegar la noche, arrodillarse, llorando de alegría, ante el altar del Sepulcro: el color que le envolvía, ¿acaso no provenía del lagar de Dios?

Los judíos de Renania se vieron aprisionados en este lagar, y poco faltó para que todos terminaran exprimidos. Pero también ellos contrajeron otra forma de histeria colectiva: la morbosa sed del martirio. Según el cronista hebreo Salomón Bar Simsom, en general considerado digno de crédito,[12] los judíos de Maguncia, enfrentados ante el dilema de hacerse bautizar o perecer a manos del populacho, dieron ejemplo al resto de las comunidades, decidiéndose por el suicidio en masa:[13]

Imitando a gran escala la diligencia que mostró Abraham al sacrificar a Isaac, los padres inmolaban a sus hijos, los maridos a sus mujeres. Estos actos de heroísmo y de horror indecibles se llevaron a cabo de manera ritual, con cuchillos de sacrificio, conforme a la ley judía. A veces los sabios de la comunidad, que supervisaban la inmolación del grupo, terminaban dándose muerte con sus propias manos… En medio de esta histeria colectiva, santificada por el resplandor del martirio, y compensada por la confiada esperanza en las recompensas celestiales, parece ser que para ellos no contaba nada más que poder morir antes de caer en manos de enemigos implacables, y afrontaban la única alternativa posible que les quedaba de la muerte a mano del enemigo o la conversión al cristianismo.

Dejando a un lado el honor, y deteniéndonos en las sobrias estadísticas, podemos estimar, a grosso modo, la importancia de las comunidades judías de Alemania. Las fuentes hebraicas concuerdan en establecer la cifra de ochocientas víctimas (entre homicidios y suicidios) en Worms, y varían entre novecientas y mil quinientas en Maguncia. Suponemos que algunos debieron

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preferir el bautismo antes que la muerte, pero las fuentes no indican el número de supervivientes; por otra parte, tampoco podemos estar seguros de que no se exagere respecto a los mártires. Sea como fuere, Baron concluye que, según sus cálculos, «la población total en cada una de estas dos comunidades apenas podía haber rebasado las cifras que se dan aquí para los muertos».[14] Según esto, ni en Worms ni en Maguncia pudo haber más que algunos centenares de supervivientes. Y, sin embargo, éstas eran las dos únicas ciudades, junto con Espira, que se juzgaban lo suficientemente importantes como para hablar de ellas en el edicto de Rabbi Gershom.

Por tanto, debemos admitir que la comunidad judía de Renania era necesariamente poco numerosa, incluso antes de la primera cruzada, y que debió menguar bastante después de pasar por el «lagar de Dios». En cuanto al este del Rhin, en el centro y norte de Alemania, no existía entonces ninguna comunidad judía, ni debió haberla desde hacía mucho tiempo. La teoría tradicionalmente mantenida por los historiadores judíos, según la cual la cruzada de 1096 arrastró una migración masiva de judíos alemanes hacia Polonia, no es más que una leyenda —o, más bien, una hipótesis ad hoc, inventada, porque, desconociéndose casi todo lo referente a la historia de los kázaros, no se encontraba otra forma de explicar la súbita aparición de una concentración inédita de judíos en la Europa del Este. Y, sin embargo, en las fuentes de la época, no se encuentra la más mínima mención a migración alguna, ni grande ni pequeña, que procediera de Renania en dirección a Alemania central, así como tampoco hablan de la lejana Polonia.

En esta misma línea, Simón Dubnov, uno de estos historiadores de la vieja escuela, escribía: «La primera cruzada, al tiempo que ponía en marcha a las muchedumbres cristianas hacia el Este asiático, arrastró también a las muchedumbres judías hacia el Este de Europa».[15] Pero, algunas líneas más abajo, reconocía que «sobre las circunstancias de este movimiento migratorio, que tanta importancia tuvo para la historia judía, no disponemos de información precisa».[16] Pero, por el contrario, poseemos muchas referencias sobre lo que hicieron las comunidades afectadas durante las cruzadas. Hubo personas que se dieron muerte, otras optaron por resistir, para terminar siendo linchadas; y, los que supervivieron, debieron su suerte al asilo que les ofrecía, mientras duraran las revueltas, el castillo del obispo o del burgrave, en teoría responsables de su protección. Esta medida no era suficiente para evitar tanta muerte; en cualquier caso, una vez que habían pasado las hordas de cruzados, los supervivientes volvían invariablemente a sus sinagogas y a sus casas saqueadas, para volver a empezar nuevamente desde cero.

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Éste sería el escenario que se repetiría en las crónicas: en Tréveris, en Metz y en el resto de las ciudades del valle, después de la segunda cruzada, casi llegó a convertirse en una rutina. «A los primeros síntomas que anunciaban una nueva cruzada, muchos judíos de Maguncia, de Worms, Espira, Estrasburgo, Wurzburgo, etc., se refugiaban en los castillos, dejando sus libros y posesiones más preciosas al cuidado de burgueses simpatizantes».

Sobre este tema, podemos encontrar numerosas referencias en el Libro del recuerdo de Efraim Bar Jacob, el cual formó parte personalmente de los refugiados de Colonia en el castillo de Wolkenburg.[18] Salomón Bar Simón cuenta cómo, durante la segunda cruzada, los judíos de Maguncia que sobrevivieron habían encontrado asilo en Espira, y que, tan pronto como pudieron, volvieron a sus casas y reconstruyeron la sinagoga.[19] Y éste es todo el leit motiv de las crónicas: ni una sola vez dicen media palabra sobre comunidades judías que hayan emigrado a regiones orientales de Alemania, donde, según la expresión de Mieses, permanecían aún Jundenrein —puras de todo judío—, y así debían permanecer durante muchos siglos.[20]

III

Durante el siglo XIII tendría lugar una recuperación parcial. Por primera vez se oye hablar de judíos en regiones próximas a Renania: en el Palatinado en 1225, en Friburgo en 1230, en Ulm en 1243, en Heidelberg en 1255, etc.

Pero no se trataba más que de una tregua: el siglo XIV traería nuevos desastres a las comunidades franco-alemanas.

La primera catástrofe sería la expulsión del territorio real, ordenada por Felipe el Hermoso. Francia había sufrido una crisis económica, acompañada, como de costumbre, por una devaluación monetaria y por disturbios sociales. Felipe intentó remediarla por el método habitual, es decir, exprimiendo a los judíos: les gravó con un impuesto de cien mil libras en el año 1292, de doscientas quince mil en 1295, 1299, 1302 y 1305 y, para terminar, decidió sanear radicalmente sus achacosas finanzas firmando en 21 de junio de 1305 la orden secreta de arrestar, un día determinado, a todos los judíos del reino, confiscarles todos sus bienes y expulsarlos del país. Las detenciones tuvieron lugar el día 22 de julio, y la expulsión algunas semanas más tarde. Los expulsados se refugiaron en las provincias no comprendidas en el territorio real: Provenza, Borgoña, Aquitania y otros grandes feudos. Pero, según Mieses, «no existe absolutamente ningún testimonio histórico que indique que las comunidades judías de Alemania hayan aumentado durante el decisivo

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período de la expulsión».[22] Y ningún historiador se ha podido imaginar nunca que los judíos franceses hayan atravesado Alemania para llegar a Polonia en alguna época de la Historia.

Bajo los sucesores de Felipe se llamó de nuevo a los judíos (en 1315 y en 1350), aunque, con ello, ni se repararon los daños causados ni se impidieron nuevas persecuciones. A finales del siglo XIV, los dominios del rey de Francia —al igual que Inglaterra— estaban esencialmente Judenrein.

IV

La segunda catástrofe de este desastroso siglo fue la Peste Negra que, entre los años 1348 y 1350, mató a un tercio de la población europea — llegando, en algunas regiones, incluso a los dos tercios—. Se propagó desde el Extremo Oriente pasando por el Turquestán, y la forma en que se extendió por Europa, así como los estragos que por su causa allí se cometieron, son buenos ejemplos de la locura humana. En el año 1347, un tártaro llamado Janiberg asediaba en Crimea el puerto de Kaffa (hoy Feodosia), que entonces pertenecía a los genoveses. Cuando la peste se declaró en las filas de su ejército, arrojó los cuerpos de las víctimas al interior de la ciudad, infectando así a sus habitantes. Después, los navíos genoveses transportaron ratas y moscas portadoras de la peste hasta los puertos mediterráneos, desde donde se expandió por todo el continente.

Los bacilos de la Pasteurella pestis no estaban autorizados a hacer distinción alguna entre religiones; sin embargo, los judíos tendrían derecho a un tratamiento especial. De la misma manera que ya antiguamente se les había acusado de sacrificar ritualmente niños cristianos, en esta ocasión se les acusó de contaminar los pozos, con el fin de propagar la Peste Negra. El rumor se multiplicó todavía más de prisa que las ratas y, en consecuencia, los judíos fueron quemados vivos en masa en toda Europa. Una vez más, por lo general el recurso fue la inmolación mutua, esta vez para evitar las llamas de la hoguera.

Diezmada de esta forma, la población de Europa occidental no lograría recobrar la densidad que había tenido antes de la peste más que en el siglo XVI. En cuanto a los judíos, expuestos al doble asedio, de las ratas y de los hombres, no sobrevivió más que un número muy reducido.

El populacho se vengó en ellos de los crueles golpes que el destino les propinaba y repartieron espada y fuego entre los supervivientes. Según los historiadores de la época, después de la epidemia, Alemania se quedó casi sin judíos. Podemos deducir que, en Alemania propiamente dicha, los judíos no pudieron prosperar, y no llegaron nunca a fundar grandes

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comunidades, con muchos habitantes. En estas condiciones, ¿cómo habrían podido originar en Polonia una población tan densa que, en nuestros días (en 1909) se cuenten diez judíos polacos por cada judío alemán? Resulta realmente difícil de comprender cómo se ha podido imaginar que los judíos orientales provengan de inmigrantes del Oeste, y, sobre todo, de Alemania…[23].

Y, sin embargo, después de haberse servido de la primera cruzada, algunos historiadores han hecho de la Peste Negra el deus ex machina que creara las comunidades judías del Este. Al igual que en el caso de las cruzadas, no tenemos ni sombra de una prueba a favor de este éxodo imaginario. Muy al contrario, tanto en un caso como en el otro, se puede constatar que la única esperanza de salvación era cerrar filas y buscar refugio en algún castillo o en alguna localidad menos hostil de los alrededores. Mieses no cita más que a una única migración durante el período de la Peste Negra: para huir de la persecución, los judíos de Espira fueron a refugiarse a Heidelberg —a unos quince kilómetros de distancia.

Después de la casi absoluta exterminación, en aras de la Peste Negra, de las antiguas comunidades judías de Alemania y Francia, la Europa occidental permanecería Judenrein durante dos siglos, a excepción de algunos enclaves en que vegetaban algunos grupos, y a excepción, naturalmente, de España. De aquí partirían después los judíos que, en los siglos XVI y XVII, fundarían nuevas comunidades en Inglaterra, Francia y Holanda: los sefarditas, judíos de España obligados a abandonar el país en el que habían vivido durante más de mil años. Su historia, como la de las comunidades judías de la Europa moderna, no nos concierne en esta obra.

Podemos concluir, sin temor a equivocarnos, diciendo que la idea, tradicionalmente admitida, de un éxodo masivo de judíos occidentales, desde el Rhin hasta Polonia, atravesando Alemania, país hostil y sin un solo correligionario, es históricamente insostenible. Es incompatible con las minúsculas dimensiones de la comunidad renana, con su repugnancia a dirigirse hacia el Este, con su comportamiento estereotipado ante la adversidad y —según las crónicas de la época— con la ausencia de toda mención sobre movimientos migratorios. Apoyando esta misma conclusión, la lingüística nos proporciona otros argumentos, como veremos más adelante.

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7

FLUJO Y REFLUJO

I

Ante los datos que acabamos de exponer, es comprensible que los historiadores polacos —que, a fin de cuentas, son los que más cercanos están a las fuentes— vengan admitiendo que «originariamente, el grueso de la población judía provenía de los kázaros».[1] Incluso podemos estar tentados de llegar más lejos, y decir, con Kutschera, que los judíos del Este son, al cien por cien, de origen kázaro. Podríamos afirmarlo si la desgraciada comunidad franco-renana hubiera sido la única pretendiente. Pero, al final de la Edad Media, la historia comenzó a complicarse con el desarrollo y decadencia de las comunidades judías instaladas en los dominios de la antigua monarquía austro-húngara y en los Balcanes. No solamente Viena y Praga tuvieron una considerable población judía, sino que, además, existen por lo menos cinco localidades llamadas Judendorf en los Alpes carintios, y numerosas Judenburg o Judenstadt en Estiria. A finales del siglo XV, los judíos fueron expulsados de estas provincias, y se refugiaron en Italia, Polonia y Hungría. Pero ¿de dónde provenían originariamente? Seguramente, no del Oeste. Mieses ha reparado en estas comunidades dispersas:

En la alta Edad Media, nos encontramos en el Este con una cadena de establecimientos que van desde Baviera hasta Persia, en el Cáucaso, en Asia Menor y en Bizancio. Pero, en el oeste de Baviera hay una laguna a través de toda Alemania… No sabemos con exactitud cómo se llevó a cabo esta inmigración de judíos en las regiones alpinas, pero, sin duda alguna, los países que constituyeron las tres grandes reservas de judíos desde la Antigüedad desempeñaron su papel: Italia, Bizancio y Persia…[2].

En esta enumeración, el eslabón perdido es, una vez más, Kazaria, que, como ya hemos visto, sirvió de receptáculo y como lugar de paso a los judíos que provenían de Bizancio y del Califato. A Mieses le corresponde el gran mérito de refutar la leyenda del origen renano de los judíos del Este pero, como tantos otros, estaba mal informado sobre la historia de los kázaros, y no sospechaba su importancia demográfica. Sin embargo, posiblemente tuviera razón al imaginarse un contingente italiano en la inmigración de Austria:

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Italia estaba casi completamente saturada de judíos desde la época romana y, por otra parte, al igual que Kazaria, recibía también su ración de inmigrantes bizantinos. Por tanto, es posible que hayan penetrado en el Este de Europa un reducido número de «auténticos» judíos de origen semítico. Pero, sin duda, se trata de un número muy pequeño, pues en los documentos no aparece ningún vestigio de una cuantiosa inmigración de judíos italianos en Austria, mientras que, por el contrario, existen abundantes pruebas de que los judíos de las provincias alpinas pasaron a Italia en el momento de su expulsión, a finales del siglo XV. Este tipo de detalles, que tantas confusiones históricas suelen causar, nos hace echar en falta que los judíos no llegaron a Polonia a bordo de un navío, como los primeros colonizadores de América, con su correspondiente diario de a bordo puesto al día.

A pesar de todo, podemos discernir los grandes rasgos de estos movimientos migratorios. Muy probablemente, las colonias alpinas fueran ramificaciones occidentales de la gran migración kázara hacia Polonia, migración que se sucedió durante muchos siglos, y que tomó muchos caminos: por Ucrania, por los países eslavos del Norte de Hungría y, posiblemente también, por los Balcanes. En una fecha no especificada, judíos en armas invadieron Rumanía, según cuenta una leyenda de este país.[3]

II

Hay también otra leyenda muy curiosa a propósito de la historia de los judíos de Austria. Propagada en un principio por los cronistas cristianos de la Edad Media, se tuvo en cuenta con la mayor seriedad por los historiadores hasta principios del siglo XVIII. Antes del cristianismo, cuenta esta leyenda, las tierras que habrían de convertirse en Austria estaban gobernadas por príncipes judíos. La Crónica austriaca, compilada por un escriba vienés bajo el reinado de Alberto III (1350-1395), contiene una lista de veintidós príncipes, que se habrían sucedido en línea directa. No solamente nos proporciona sus nombres, de los cuales algunos tienen una consonancia claramente uralo-altaica, sino que, además, nos informa de la duración de su reinado y del emplazamiento de sus tumbas —por ejemplo: «Sennan reinó cuarenta y cinco años, enterrado en Stuebentor, en Viena; Zippan, cuarenta y tres, enterrado en Tullin», y, así sucesivamente, citando nombres como Lapton, Ma’alon, Raptan, Rabon, Effra o Samek. Tras estos judíos, llegarían cinco paganos y, al final, los reyes cristianos. Volvemos a encontrar esta leyenda en las historias de Austria compuestas en latín por Henricus

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Gundelfingus en el año 1474, y en otros autores, el último de los cuales sería Anselmus Schram, quien, en el año 1702, publicó las Flores Chronicorum Austriae y, según parece, todavía creía en su autenticidad.[4]

¿De dónde podría haber salido este fantástico cuento? Todavía en Mieses podemos leer: «El hecho mismo de que semejante leyenda haya podido constituirse y mantenerse obstinadamente durante siglos, muestra que en el trasfondo de la conciencia nacional de la antigua Austria persistieron vagos recuerdos de una presencia judía, en tiempos remotos, en las tierras del alto Danubio. ¿Quién sabe si la marea de los dominios kázaros en Europa oriental no llegó a alcanzar las estribaciones de los Alpes —lo que explicaría el sabor uraliano de los nombres de estos príncipes? Las narraciones de los cronistas de la Edad Media no pudieron despertar un eco tan grande a no ser que se apoyaran en recuerdos colectivos, por vagos que sean».[5]

Como ya hemos dicho en otra ocasión, Mieses suele inclinarse a subestimar la contribución de los kázaros a la historia judía y, sin embargo, es la única hipótesis que encuentra plausible para explicar el origen de la poderosa leyenda. Incluso podemos arriesgar una conjetura más precisa: durante más de cincuenta años, hasta el año 955, Austria estuvo bajo dominación húngara, al menos en lo que respecta a todos los territorios situados al este del Enns. Los magiares llegaron a su nueva patria en el año 896, al mismo tiempo que las influyentes tribus kabar-kázaras. Todavía no se habían convertido al cristianismo (no llegarían a hacerlo hasta el año 1000); la única religión monoteísta que les era algo familiar era el judaísmo kázaro. Podría ser que entre ellos hubiera uno o dos jefes que practicaran una especie de judaísmo: recordemos que el cronista bizantino Juan Cinname hablaba de tropas judías que combatían en el ejército húngaro.[6] Así pues, es posible que la leyenda tuviera algún fundamento, aún más teniendo en cuenta que en aquella época los húngaros estaban en su fase de pillaje y violencia (el azote de Europa). Estar bajo su dominación tuvo que ser una experiencia lo suficientemente traumatizante como para no poder olvidarla. Todo aquello debieron recordarlo bastante bien.

III

También podemos encontrar otros argumentos en contra del pretendido origen franco-renano de los judíos del Este en la estructura del yiddish, lengua vernácula que hablaban millones de judíos antes del holocausto nazi, y que

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aún conservan algunas minorías tradicionalistas de la URSS y de Estados Unidos.

El yiddish es una curiosa mezcla de hebreo y alemán antiguo, con aportaciones eslavas y algunas otras, y escrito en alfabeto hebreo. En nuestros días, está en vías de extinción, y es objeto de profundas investigaciones en Estados Unidos y en Israel, aunque, incluso en pleno siglo XX, los lingüistas lo han venido considerando como una jerga que no merecía la pena tomarse en serio. «Los eruditos han prestado poca atención al yiddish», hace notar H. Smith. «Aparte de algunos artículos en revistas, el primer estudio verdaderamente científico de la lengua aparece en la Gramática histórica de Mieses, publicada en 1924. Es significativo que la última edición de un tratado sobre gramática alemana, que estudia el alemán desde el punto de vista de sus dialectos, consagre solamente doce líneas al yiddish».[7]

A primera vista, la predominancia del vocabulario germánico en el yiddish parece contradecir nuestra tesis sobre los orígenes de los judíos del Este; en seguida comprenderemos que sucede todo lo contrario, pero debemos seguir todas las etapas de este razonamiento. En primer lugar, debemos preguntarnos cuál es, en concreto, el dialecto que, dentro de los germánicos, ha contribuido a la formación del yiddish. Parece ser que nadie se preocupó en serio de esta cuestión hasta Mieses, a quien ha correspondido el mérito de abordarla y ofrecernos una clara respuesta. Basándose en el estudio comparado del vocabulario, la fonética y la sintaxis del yiddish en relación con los principales dialectos germánicos de la Edad Media, llega a las siguientes conclusiones:

No se encuentra en el yiddish ningún componente lingüístico procedente de las regiones alemanas próximas a Francia. Ni una sola palabra del léxico específicamente moselo-franconiano de J. A. Ballas (Beiträge zur Kenntnis der Trierischen Volkssprache, 1903, 28 y ss.) se ha introducido en el vocabulario yiddish. Las regiones más al centro, de los alrededores de Francfort, no puede decirse que hayan contribuido algo más al yiddish…[8] Por lo que respecta a los orígenes del yiddish, podemos eliminar a Alemania occidental…[9] ¿Querrá esto decir que es errónea la opinión generalmente admitida según la cual los judíos alemanes emigraron desde Francia atravesando el Rhin? Habrá que revisar la historia de los judíos alemanes y de la comunidad askenace.[10] A menudo la investigación lingüística ayuda a corregir los errores históricos. La teoría tradicional de la antigua inmigración de judíos askenaces procedentes de Francia pertenece a la categoría de errores históricos en vías de corrección…[11].

A continuación, Mieses cita varios ejemplos de equivocaciones históricas, como el caso de los gitanos, a los que se creía originarios de Egipto «hasta el día en que la lingüística demostró que provenían de la India».[12]

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Una vez desechados los pretendidos orígenes occidentales de los componentes del yiddish, Mieses ha podido demostrar que los elementos predominantes en este idioma son los dialectos del «Medio Oriente alemán», hablados aproximadamente hasta el siglo XV, en los Alpes de Austria y Baviera. Dicho de otra manera, los elementos germánicos incorporados al idioma híbrido de los judíos provenían de las regiones orientales de Alemania, las más próximas a los dominios eslavos de la Europa del Este.

De esta forma, los argumentos lingüísticos acuden en apoyo de los testimonios históricos para refutar la falsa teoría de los orígenes franco-renanos de los judíos del Este. Pero estas pruebas negativas no explican cómo un dialecto germánico, mezclado con elementos hebreos y eslavos, ha podido convertirse en la lengua habitual de estos judíos, de los cuales, la mayoría, según nuestra teoría, era de origen kázaro.

Si pretendemos dar una solución a este problema, debemos tener en cuenta muchos factores. En primer lugar, la evolución del yiddish fue un proceso largo y complicado, que probablemente comenzó hacia el siglo XV, o incluso antes; pero, durante mucho tiempo, no sería más que una lengua hablada, una especie de lingua franca. Antes de que comenzara a imprimirse, en el siglo XIX, el yiddish carecía de reglas gramaticales: «Cada uno podía introducir palabras extranjeras a su gusto. No había una forma establecida de pronunciación ni de ortografía… El caos gráfico imperante aparece con bastante claridad en las reglas dadas por la Jüdische Volks-Bibliothek: a) escribid como habláis, b) escribid para haceros entender tanto por los judíos polacos como por los judíos lituanos, c) escribir de formas diferentes las palabras de igual consonancia, pero de distinto significado».[13]

Así pues, el yiddish fue desarrollándose a través de los siglos mediante una proliferación libre de trabas, adoptando ávidamente del marco social en que se encontraran todas las palabras y giros que mejor convinieran a su finalidad de lengua vernácula. Pero, en el entorno de la Polonia medieval, el elemento dominante, desde el punto de vista social y cultural, estaba constituido por la población alemana, la única, entre el resto de inmigrantes, que, económica e intelectualmente, fue más influyente que los judíos. Hemos visto ya que, desde el principio de la dinastía de los Piast, y sobre todo bajo Casimiro el Grande, se hacía todo lo posible con tal de atraer a los extranjeros, para colonizar las tierras y construir ciudades «modernas». Se decía de Casimiro que había «encontrado un país de madera y dejado un país de piedra». Estas nuevas ciudades de piedra, como, por ejemplo, Cracovia o Lemberg Lvov), fueron construidas y administradas por inmigrantes

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alemanes, a los que la «Ley de Magdeburg» concedía un considerable margen de autonomía municipal. Se afirma que no fueron menos de cuatro millones los alemanes instalados en Polonia,[14] a la que proporcionaron una clase media ciudadana de la que carecía anteriormente. Comparando la inmigración alemana con la inmigración kázara, Poliak escribía: «Los dirigentes importaron estas masas de extranjeros emprendedores, de los que tenían una gran necesidad, y facilitaron su instalación conforme al modo de vida a que estaban acostumbrados en sus países de origen: la ciudad alemana y el shtetl judío». (Este juicioso reparto fue mucho menos lógico cuando los judíos de Occidente fueron a establecerse en las ciudades, y formaron allí sus ghettos).

Dentro de la burguesía culta, y también entre el clero, predominaban los alemanes: consecuencia natural de la opción que tomara Polonia a favor del catolicismo y de la civilización occidental; de la misma manera, en Rusia, cuando Vladimir se convirtió a la Iglesia ortodoxa, el clero fue principalmente bizantino. La cultura profana también seguiría las huellas de su vecino occidental más antiguo: la primera universidad polaca fue fundada en el año 1364 en Cracovia, que entonces era una ciudad predominantemente germánica.[15] El austriaco Kutschera nos lo explica satisfactoriamente:

Los colonos alemanes eran mirados, en un principio, con suspicacia y desconfianza entre el pueblo; pero consiguieron implantarse cada vez más sólidamente, e incluso introducir el sistema escolar alemán. Los polacos aprendieron a apreciar las ventajas de la cultura superior que aportaban los alemanes, y a imitar sus modales extranjeros. También la aristocracia polaca se entusiasmó con las costumbres germánicas, y encontraban admirable todo lo que proviniera de Alemania…[16].

Modestia aparte, en general parece cierto que ocurriera así. Este fenómeno nos recuerda la aceptación de la Kultur alemana entre los intelectuales (y los esnobs) rusos del siglo XIX.

Ahora ya podemos comprender cómo, habiéndose instalado en Polonia millares de inmigrantes kázaros, no tuvieron más remedio que aprender el alemán para poder desenvolverse. Los que trataban con la población indígena, no cabe duda de que aprendieron también rudimentos de polaco (o lituano, ucraniano o eslovaco); pero el alemán era indispensable para todo tipo de relaciones dentro de la ciudad. Al mismo tiempo, en la sinagoga se predicaba la Tora en hebreo. Bien podemos imaginarnos a un artesano (zapatero o vendedor de madera), en su shtetl, chapurreando el alemán con sus clientes, el polaco con los siervos del dominio vecino, y, en su casa, mezclando con el hebreo los vocablos más expresivos de estas dos lenguas, con lo que se fabricaba así una especie de idioma personal. A los lingüistas corresponde adivinar cómo este popurrí ha podido convertirse en una lengua de

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comunicación uniforme —en la medida en que lo haya sido; pero, por lo menos, se pueden discernir algunos factores que faciliten el proceso.

Entre los últimos inmigrantes en Polonia, se encontraban también, como ya hemos visto, cierto número de «auténticos» judíos, llegados de los Alpes, de Bohemia y del este de Alemania. Aunque eran relativamente poco numerosos, estos judíos de lengua alemana eran más instruidos, más cultos que los kázaros, de la misma manera que los alemanes en general se encontraban muy por encima, desde el punto de vista cultural, de los polacos. Y de la misma manera que los alemanes dominaron el clero católico, también los rabinos llegados de Occidente contribuyeron poderosamente a la germanización de los kázaros, cuyo judaísmo era ferviente pero primitivo. Citemos de nuevo a Poliak:

Los judíos alemanes que alcanzaron el reino de Polonia-Lituania ejercieron una notable influencia sobre sus hermanos del Este. Los judíos (kázaros) sintieron tan poderoso atractivo hacia ellos porque admiraban su sabiduría religiosa y su eficacia en resolver sus asuntos en las ciudades, predominantemente alemanas… La lengua hablada en el heder, la escuela religiosa, y en la casa del ghevir (rico notable) hacía sentir su influencia en el idioma de toda la comunidad; de la misma manera que, en nuestros días, hay en Jerusalén, entre los judíos orientales, cierta tendencia a adoptar el idioma y los modales de los sefarditas, que son, entre ellos, los más ricos y los más cultos.[17]

En el tratado de un rabino polaco del siglo XVII podemos leer este piadoso deseo: «¡Dios quiera que el país se colme de sabiduría, y que todos los judíos hablen en alemán!».[18]

Es significativo el hecho de que los únicos judíos kázaros de Polonia que supieron resistir, tanto a las tentaciones espirituales como a las mundanas que ofrecía la lengua alemana, fueran precisamente los karaítas, que despreciaban a un mismo tiempo las riquezas materiales y las doctrinas rabínicas. Nunca adoptaron el yiddish. Según las cifras dadas por el primer padrón general realizado en Rusia en el año 1897, había entonces 12.894 karaítas en el imperio zarista (en el cual se incluía Polonia). De ellos, 9.666 tenían como lengua materna el turco (es decir, seguramente su dialecto kázaro de origen), 2.632 hablaban ruso, y solamente 383 hablaban el yiddish.

Pero la secta karaíta representa la excepción que confirma la regla. En general, los inmigrantes tienen tendencia a perder su lengua en el transcurso de dos o tres generaciones, para adoptar la de su nueva patria.[19] En América, los nietos de los inmigrantes de Europa oriental no aprenden ya el polaco o el ucraniano y, además, encuentran muy cómico el galimatías que hablan sus abuelos. No se acierta a comprender cómo los historiadores han podido negar

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la evidencia de la inmigración de los kázaros en Polonia, con el sólo pretexto de que, quinientos años después, no hablaban ya su lengua.

Por otra parte, los descendientes de las tribus bíblicas han constituido un buen ejemplo de adaptabilidad lingüística. En un principio hablaron el hebreo; más tarde, el caldeo, durante su exilio en Babilonia; arameo, en la época de Jesús; griego, en Alejandría; en España, árabe y, más tarde, ladino, una especie de español mezclado con hebreo y escrito con caracteres hebreos —el equivalente sefardita del yiddish—, y, así sucesivamente. Han conservado su identidad religiosa cambiando de idioma según les iba conviniendo en cada momento. Los kázaros no eran descendientes de estas tribus, pero, como ya hemos visto (véase capítulo 5, I), compartían con sus correligionarios, entre otras características, cierto cosmopolitismo.

IV

A propósito del origen del yiddish, Poliak ha formulado otra hipótesis que debemos mencionar, aunque resulta un poco problemática. Según él, «un yiddish primitivo se habría conformado en las regiones de la Crimea kázara ocupadas por los godos. Las condiciones de vida en estas regiones debieron provocar, necesariamente, una combinación de elementos germánicos y hebreos, muchos centenares de años antes de la fundación de los establecimientos en los reinos de Polonia y de Lituania».[20]

Poliak invoca el testimonio de un tal José Barbaro, de Venecia, que vivió en Tana (posesión italiana en el estuario del Don), desde el año 1436 hasta el 1452, y que escribió que su criado alemán podía conversar con un godo de Crimea con la misma facilidad que un florentino con un genovés. En efecto, la lengua gótica sobrevivió en Crimea (y en ninguna otra parte, según parece), por lo menos hasta mediados del siglo XVI. En esta época, el embajador de los Habsburgo en Constantinopla, Ghiselin de Busbeck, se encontró con algunas personas originarias de Crimea, que le dictaron algunas palabras góticas, con las que hizo una lista. (Este Busbeck debió de ser un hombre notable: fue el primero que introdujo en el levante europeo las lilas y el tulipán). Poliak estima que este vocabulario es muy próximo al del medio-alto-alemán, del cual se encuentran elementos en el yiddish. En su opinión, los godos de Crimea estaban en contacto con otros pueblos germánicos, y su lengua sufrió su influencia. Sea como fuere, es una hipótesis que merece ser tenida en cuenta por los lingüistas.

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V

«En cierto sentido, se puede decir que, para los judíos, los siglos oscuros comenzaron con el Renacimiento», escribe Cecil Roth.[21] Habían sufrido ya persecuciones y carnicerías con motivo de las cruzadas, de la Peste Negra, y con ocasión de otros muchos pretextos, pero se trataba de estallidos anárquicos de violencia, condenados o tolerados pasivamente por las autoridades. En cambio, desde el principio de la Contrarreforma, los judíos fueron rebajados legalmente a una condición ligeramente inferior a la humana, comparable en muchos aspectos a la de los intocables, en el sistema de castas hindú.

«Las comunidades autorizadas a residir en Europa occidental (Italia, Alemania, territorios pontificios en el mediodía de Francia), fueron, por fin, sometidas de hecho a todas las coacciones que en otro tiempo venían siendo consideradas en general como un mero ideal»[22] —es decir, que se habían venido enumerando en decretos eclesiásticos o de otro tipo, pero que no existían fuera del papel (véase, como ejemplo, en Hungría, capítulo 5, II). Pero, en lo sucesivo, estas ordenanzas “ideales” serían aplicadas despiadadamente: segregación espacial, apartheid sexual, exclusión de todas las situaciones y ocupaciones respetables, utilización de indumentarias distintivas: círculo amarillo y bonete puntiagudo. En el año 1555, el papa Pablo IV, en la bula Cum nimis absurdum, exigía la aplicación estricta y lógica de los antiguos edictos, que relegaban a los judíos a los ghettos. Un año más tarde, los judíos de Roma serían confinados allí obligatoriamente, y todos los países católicos donde los judíos mantuvieran todavía alguna libertad de movimiento debieron seguir este ejemplo.

En Polonia, la luna de miel inaugurada por Casimiro el Grande, había durado ya mucho más tiempo que en cualquier otro sitio; a finales del siglo XVI llegaría a su fin. A las comunidades recluidas ahora en los shtetl y en los superpoblados ghettos, venía a sumarse ahora los que huían de las matanzas perpetradas en los pueblos de Ucrania por los cosacos de Chmelnicki (véase capítulo 5, V), lo que provocaría un rápido deterioro de la situación económica y de las condiciones de alojamiento. El resultado fue una nueva ola de emigración hacia Hungría, Bohemia, Rumanía y Alemania, donde casi todos los judíos habían desaparecido en la época de la Peste Negra.

De esta manera volvió a comenzar la gran migración hacia el Oeste. Seguiría manteniéndose durante casi tres siglos, hasta la Segunda Guerra Mundial, y aportaría los principales elementos de las poblaciones judías de

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Europa, Estados Unidos e Israel. Cuando la marea parecía calmarse, los pogroms del siglo XIX vinieron a darle un nuevo impulso. «El segundo movimiento hacia el Este», escribe Roth, que sitúa el primero con la destrucción de Jerusalén, que continuaría hasta el siglo XX, «tiene un origen que podríamos fijar en las terribles carnicerías de Chmelnicki, en Polonia, en los años 1648-1649».[23]

VI

La documentación contenida en los capítulos anteriores constituye un conjunto de sólidos argumentos a favor de los historiadores modernos — austriacos, israelitas o polacos— que, independientemente los unos de los otros, creen poder concluir que el grueso de la población judía, en nuestros días, no es de origen palestino, sino de origen caucasiano. En lo esencial, las migraciones judías no han partido del Mediterráneo hacia el este, pasando por Francia y Alemania, para volver a continuación hacia el Oeste. En realidad, han ido hacia el Oeste constantemente, desde el Cáucaso hasta Ucrania, después hacia Polonia y, desde allí, hacia Europa central. Cuando en Polonia se produjo esa inmigración masiva sin precedentes, no había en Occidente suficientes judíos como para que se pueda soñar en atribuirles semejante movimiento de muchedumbres, mientras que, en el Este, toda una nación se había puesto en marcha.

Bien es verdad que sería absurdo negar que también hayan contribuido a formar la población judía actual otros judíos de distinto origen. No ha habido nadie que haya podido establecer el porcentaje del componente kázaro en relación con las contribuciones semíticas y de todo otro tipo. Pero existen suficientes pruebas como para que nos inclinemos a pensar, con el resto de los historiadores polacos, que el origen del grueso de la inmigración «provenía del país de los kázaros», y que, en consecuencia, la contribución kázara a la composición genética de los judíos debe ser sustancial, y, posiblemente, dominante.

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8

RAZA Y MITO

I

Los judíos de Europa y América se dividen en dos grupos fundamentales: los sefarditas (Sephardim) y los askenaces (Ashkenazim). Los primeros son los judíos que, desde la Antigüedad, vivieron en España (Sepharad en hebreo), hasta su expulsión, a finales del siglo XV, y que, a continuación, se establecieron en los países mediterráneos, en los Balcanes y, aunque en menor medida, en Europa occidental. Hablaban un dialecto hispano-hebreo, el ladino (véase capítulo 7, III), conservaron sus tradiciones y sus ritos y, hacia 1960, se calculaba su número en unos 500.000.

Hacia la misma época, los askenaces eran alrededor de once millones. Por ello podemos decir que, en el lenguaje corriente, la palabra judío es sinónimo de askenace. Pero éste es un término equívoco pues, en la Edad Media, la palabra Ashkenaz designaba a Alemania, lo que ha contribuido a fomentar la leyenda del origen renano de los judíos modernos. Sin embargo, no existe otro vocablo para designar a esta mayoría no sefardita de la población judía euro-americana.

Para darle aún más emoción al asunto, debemos decir que, en la Biblia, Ashkenaz se aplica para designar a un pueblo situado cerca del monte Ararat, en Armenia. La palabra aparece también en el Génesis (10:3) y en las Crónicas (1:6): se trata del nombre de uno de los hijos de Gomer, hijo de Jafet. Ashkenaz es, asimismo, un hermano de Togarmah (y sobrino de Magog), a quien los kázaros, según el rey José, reivindicaban como antepasado (véase capítulo 2, V). Pero no es esto lo peor. Encontramos también la palabra en el libro de Jeremías (51: 27), cuando el profeta llama a su pueblo y a sus aliados para que se dirigieran a destruir Babilonia: «Y llamó a los reinos de Ararat, de Minni y de Ashkenaz». El famoso Saadia Gaon, director espiritual de los judíos orientales, interpretó este pasaje, en el siglo X, como una profecía sobre su época: Babilonia simbolizaba el Califato de Bagdad, y los ashkenazim que debían atacarlo eran los kázaros o sus aliados. Según Poliak,[1] judíos kázaros instruidos, puestos al corriente del ingenioso

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razonamiento de Gaon, tomaron el nombre de ashkenazim cuando emigraron a Polonia. Esto no es ninguna prueba, pero se añade a la confusión.

II

Como resumen de una antigua y dura controversia, Rafael Patai ha escrito un párrafo bastante lacónico:

Los datos de la antropología muestran que, en contradicción con la opinión general, no existe una raza judía. Las medidas antropométricas de los grupos judíos en numerosos países indican que estos grupos difieren mucho los unos de los otros en cuanto a las características físicas más importantes: talla, peso, pigmentación, índice craneano, índice facial, grupo sanguíneo, etc.[2]

Así es, en efecto, como piensan hoy en día los antropólogos y los historiadores. Además, está generalmente admitido que las comparaciones entre los índices encefálicos, grupos sanguíneos, etc., revelan más semejanzas entre los judíos y los autóctonos de los países en que residen, que entre los judíos de diferentes naciones.

Sin embargo, paradójicamente, no deberíamos desechar sin un examen a fondo la creencia popular según la cual los judíos, o, al menos, cierto tipo de judíos, son reconocibles al primer golpe de vista —y ello por la simple razón de que esta creencia encuentra un fundamento objetivo en la vida cotidiana—. Los datos de la antropología parecen estar en contradicción con los de la observación.

Pero, antes de abordar este problema, nos será útil volver a examinar algunos de los hechos en los que los antropólogos se basan para negar la existencia de una raza judía. Para empezar, veamos una cita extraída de la excelente obra publicada por la UNESCO, el Racismo ante la ciencia. Su autor, el profesor Juan Comas,[3] pasa revista a la documentación estadística y concluye de la siguiente manera (la cursiva es de él):

Así pues, contrariamente a la opinión general, el pueblo judío, como raza, es muy variado; sus constantes migraciones y sus relaciones, voluntarias o no, con los pueblos y naciones más diversos, le han sumido en un mestizaje tal que encontramos, en lo que se llama Pueblo de Israel, rasgos de todos los demás pueblos. Basta comparar al judío de Rotterdam, sólido, pesado, con buenos colores en la cara, con su correligionario de Salónica, por ejemplo, de cuerpo débil y nervioso, con unos ojos que iluminan un rostro demacrado. En el estado actual de nuestros conocimientos, podemos decir que los judíos presentan entre ellos una variedad morfológica tan grande como la que podrían presentar dos o más razas distintas.

Convendría examinar a continuación algunas de las características físicas que los antropólogos toman como criterios, y en las cuales se basan las

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conclusiones de Comas.

Uno de los criterios más sencillos —y uno de los más ingenuos, como tendremos ocasión de comprobar— es el que se basa en las medidas corporales. En The Races of Europa, obra monumental publicada en 1900, William Ripley escribía: «Todos los judíos europeos son de corta talla; y no solamente esto, sino que, además, a menudo suelen ser completamente achaparrados».[4] Hasta cierto punto, tenía razón, en su época, y citaba numerosas estadísticas para probar sus afirmaciones; sin embargo, tuvo la suficiente astucia como para suponer que quizá esta diferencia física se debiera a la influencia del medio.[5] Once años más tarde, Mauricio Fishberg publicó The Jews — A study of Race and Environment; este estudio antropológico, el primero de su género en inglés, aportó la sorprendente revelación de que la talla media de los hijos de judíos de Europa oriental, inmigrados a Estados Unidos, era de 167,9 centímetros, mientras que la de sus padres era de 164,2 centímetros: un aumento de casi tres centímetros en una sola generación.[6] Actualmente, todo el mundo sabe que los descendientes de las poblaciones inmigradas —ya se trate de judíos, de italianos o de japoneses

— son claramente de mayor estatura que sus padres, a causa, sin duda, de un mejor régimen alimenticio y de la influencia de otros factores del medio ambiente.

Por otra parte, Fishberg reunió un conjunto de estadísticas para comparar la talla media de los judíos y de los no-judíos en Polonia, Austria, Rumanía, Hungría, etc. El resultado no fue menos sorprendente: se comprobó que, en general, la talla de los judíos variaba en el mismo sentido que la población no judía del país en que vivían. Eran relativamente altos en las zonas en que la población indígena era de elevada estatura, y viceversa. Además, dentro de un mismo país o, incluso, dentro de una misma ciudad (como en el caso de Varsovia), tanto la talla de los judíos como la de los no judíos varía según el nivel de prosperidad del cantón o del barrio.[7] Esto no quiere decir que la herencia no influya en la talla, sino que la talla obedece también a otros factores, que el medio puede modificar, y, en realidad, modifica, y por tanto, no puede servirnos como criterio racial.

Pasemos ahora a examinar las medidas craneanas, hasta hace poco muy de moda entre los antropólogos, aunque hoy día se hayan quedado un poco anticuadas. Aquí llegamos también a una conclusión parecida a la anterior, basándonos igualmente en datos estadísticos: «La comparación entre los índices cefálicos de las poblaciones judías y no-judías de distintos países muestra, por una parte, una clara semejanza entre judíos y no judíos dentro de

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muchos países y, por otra, acusa grandes variaciones cuando se comparan los índices cefálicos de poblaciones judías habitantes en países diferentes. Por ello, podemos llegar a la conclusión de que esta característica, a pesar de su plasticidad, pone de manifiesto la diversidad racial de los judíos».[8]

Debemos especificar que esta diversidad está particularmente acusada entre sefarditas y askenaces. En general, los sefarditas son dolicocéfalos, mientras los askenaces suelen ser braquicéfalos. Kutschera veía en esta diferencia una prueba más a favor de la dualidad racial entre los askenaces-kázaros y los sefarditas semíticos. Pero, como acabamos de ver, los índices de longitud y anchura craneanas varían con las naciones-huésped, lo que, en cierta medida, debilita este argumento.

Las estadísticas relativas al resto de las características físicas también van en contra de la unidad racial. Generalmente, los judíos tienen los ojos oscuros y el pelo negro. Pero ¿a qué generalidad se refiere este «generalmente» cuando, según Comas, el 49 % de los judíos polacos tienen los cabellos rubios o castaños,[9] y, en Austria, el 54 % de los escolares judíos tenían los ojos azules?[10] Es cierto que, en Alemania, Virchov encontró «solamente» un 32 % de niños judíos rubios, mientras que, entre los no-judíos, la proporción de rubios era mayor;[11] pero lo único que esto demuestra es que no existe una correlación absoluta, como era de esperar.

En nuestros días, los datos más seguros nos los proporciona el estudio de los grupos sanguíneos. Recientemente, los trabajos en este terreno son muy numerosos; bastará con citar un ejemplo en el que se ha utilizado un indicador particularmente sensible:

Por lo que respecta al tipo sanguíneo, las colectividades judías acusan considerables diferencias entre sí, y claras semejanzas con el medio no-judío. Para expresar este hecho, el índice bioquímico de Hirszfeld (A + AB) / (B + AB) resulta particularmente útil. He aquí algunos ejemplos típicos: Alemania: judíos: 2,74, no judíos: 2,63; Rumanía: judíos: 1,54, no judíos: 1,55; Polonia: judíos: 1,94, no judíos: 1,55; Marruecos: judíos: 1,63, no judíos: 1,63; Irak: judíos: 1,22, no judíos: 1,37; Turquestán: judíos: 0,97, no judíos: 0,99.[12]

Se podría resumir esta situación con dos fórmulas matemáticas:

— NJa — Ja < Ja — Jb

y

— NJa — NJb Ja — Jb

Es decir que, en general, según los criterios antropológicos, la diferencia entre los no judíos (NJ) y los judíos (J) en un país determinado (a), es menor que la diferencia entre judíos de países diferentes (a y b); y la diferencia entre los no-judíos de los países a y b es la misma que existe entre los judíos de a y los judíos de b.

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Parece que resulta apropiado ofrecer aquí otra cita extraída de la colección de la UNESCO; pertenece a Harry Shapiro, cuyo estudio lleva por título: «El pueblo de la Tierra Prometida, historia biológica».

Toda tentativa encaminada a clasificar a las poblaciones judías dentro de una misma categoría racial desemboca, irremediablemente, en una contradicción, a consecuencia del considerable número de variaciones de sus caracteres físicos y de la repartición de los genes que determinan sus grupos sanguíneos. Pues, aunque los modernos especialistas admiten que exista cierto grado de polimorfismo o variación en el seno de una misma raza, rehúsan, sin embargo, considerar como un todo a distintos grupos claramente diferenciados según los criterios admitidos en materia de raza. Si no fuera así, las clasificaciones raciales no tendrían ningún valor desde el punto de vista biológico, y los trabajos de taxonomía pasarían a convertirse en puramente arbitrarios y carentes de todo sentido. Desgraciadamente, la cuestión no suele abordarse prescindiendo de cualquier otra problemática ajena a la biología, de manera que, a pesar de las constataciones que haya en su contra, muchos continúan aún esforzándose por demostrar, por un camino o por otro, que los judíos constituyen una entidad racial distinta.

[13]

III

¿Cómo es posible que se produzca este doble fenómeno de diversidad de caracteres y al mismo tiempo conformidad con las naciones-huésped? Los genéticos lo explican con la mayor naturalidad a causa del mestizaje combinado con la selección debida a determinadas presiones.

«Ésta es, en efecto, la cuestión crucial de la antropología de los judíos», escribe Fishberg:[14] «¿son una raza pura, más o menos modificada por las influencias del medio o, por el contrario, son una secta religiosa compuesta por elementos raciales adquiridos por proselitismo y matrimonios mixtos en el transcurso de sus migraciones por las distintas regiones del mundo?». En su respuesta no deja lugar a dudas:

Si comenzamos por los textos y tradiciones bíblicas, vemos que, ya desde el principio de la formación de las tribus de Israel, eran una mezcla de distintos elementos raciales… En Asia Menor, en Siria y en Palestina, nos encontramos en una época de numerosas razas: los amorreos, rubios, dolicocéfalos, de elevada estatura; los hititas, de piel oscura, probablemente de tipo mongoloide; los cuchitas, raza negroide, y muchas otras. Con todos estos pueblos los antiguos hebreos contrajeron matrimonios mixtos, como podemos comprobar en numerosos pasajes de la Biblia.

Por más que los profetas despotricaran contra los que «desposaran a las hijas de un dios extranjero», los israelitas, que tenían cierta tendencia a la promiscuidad, no por ello dejaban de hacerlo, siguiendo, por otra parte, el ejemplo de sus caudillos. El primer patriarca, Abraham, vivió con la egipcia Agar; José se casó con Asenat, que no sólo era egipcia, sino que, además, era hija de un sacerdote; Moisés desposó a la medianita Zipporah; Sansón, héroe

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de los judíos, era filisteo; el rey David, que era hijo de una moabita, desposó a una princesa de Gechur; en cuanto al rey Salomón, cuya madre era hitita, «amó a muchas mujeres extranjeras, entre ellas a la hija del Faraón, a mujeres de Moab, de Ammon, de Edom, de Sidón y del país de los hititas…».[15] Así transcurre la chronique scandaleuse.[16] La Biblia nos muestra con toda claridad que el ejemplo real era seguido por las personas de todas las clases de la escala social. Por otra parte, la prohibición de desposar a las mujeres de los gentiles no se aplicaba en tiempo de guerra a las cautivas, que nunca faltaron. El exilio en Babilonia tampoco mejoró la pureza racial: incluso los sacerdotes se casaban allí con babilonias. En resumen, ya en el principio de la Diáspora, los israelitas eran una raza completamente híbrida, igual, evidentemente, que la mayoría de los pueblos y, no es necesario que insistamos, no fue el mito perpetuo de la tribu bíblica que atraviesa los siglos permaneciendo siempre inmaculada.

Otra fuente de mestizaje muy importante fue el considerable número de personas de todas las razas que se convirtieron al judaísmo. Como muestra del proselitismo de los judíos en la Antigüedad, basta con citar a los falachas negros de Abisinia, los judíos de Kai-Feng, de caracteres achinados, y los judíos bereberes del Sahara, parecidos a los tuaregs —sin olvidarnos de nuestro mejor ejemplo, los kázaros.

En épocas más cercanas a nosotros, el proselitismo judío alcanzaría su apogeo con el Imperio Romano, entre la caída del reino de Israel y la llegada del cristianismo. En Italia, numerosas familias patricias se convirtieron, al igual que en la provincia de Adiabana lo hiciera la familia real; Filón habla de numerosos convertidos en Grecia; Flavio Josefo cuenta que gran parte de la población de Antioquía había sido judaizada; san Pablo, en el transcurso de sus viajes, encontró prosélitos repartidos un poco por todas partes entre Atenas y Asia Menor. «El fervor del proselitismo fue, en efecto, uno de los rasgos más distintivos del judaísmo en la época greco-romana, un rasgo que nunca alcanzó el mismo grado, ni antes ni después… No se puede dudar que, de esta manera, el judaísmo consiguiera numerosos prosélitos durante dos o tres siglos… El enorme crecimiento de la nación judía en Egipto, en Chipre y en Cyrene, no se puede explicar más que por una abundante transfusión de sangre extranjera. El proselitismo alcanzó a la vez tanto a las clases superiores como a las inferiores de la sociedad».[17]

La llegada del cristianismo disminuyó el mestizaje, y el ghetto le puso fin de una manera provisional. Pero, antes de la estricta aplicación de las medidas de segregación, en el siglo XVI, el proceso continuaba. Así lo demuestra la

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constante repetición de las intervenciones eclesiásticas condenando los matrimonios mixtos, como, por ejemplo, en el Concilio de Toledo, en el año 589, en el Concilio de Roma en el 743, en el primer y segundo concilios de Letrán, en los años 1123 y 1139, o, incluso, en el edicto de Ladislao II de Hungría, en el año 1092. Estas prohibiciones no tuvieron más que una eficacia parcial; así lo indica, al menos, un informe dirigido al papa por el arzobispo húngaro Roberto de Grain, en el año 1229, en el que se lamentaba de que muchas cristianas se casaran con judíos, y de que, en pocos años, «millares de cristianos» se perdieran para la Iglesia.[18]

Las únicas prohibiciones eficaces fueron los muros del ghetto. Cuando se derrumbaron, los matrimonios mixtos alcanzaron de nuevo tales proporciones que, en Alemania, entre 1921 y 1925, de cada cien matrimonios de judíos o judías, cuarenta y dos eran mixtos.[19]

En cuanto a los sefarditas, los «auténticos» judíos, su estancia de más de mil años en España dejaría, tanto en ellos mismos como en sus anfitriones, huellas indelebles. Según Arnold Toynbee:

Es absolutamente razonable pensar que hoy día en España y en Portugal mucha sangre de judíos conversos corra por las venas ibéricas, sobre todo en las clases superiores y en las clases medias. Sin embargo, el más penetrante psicoanalista, si se le presentara un muestreo de españoles y portugueses, pertenecientes a estas clases, no podría descubrir cuáles de ellos han tenido antepasados judíos.[20]

Pero el proceso se realizaba en los dos sentidos. Tras las matanzas que, en el año 1391 y 1411 arrasaron la Península, más de cien mil judíos —modesta estimación— se hicieron bautizar. Pero, gran parte de ellos practicaban el judaísmo en secreto. Estos cripto-judíos, los marranos, prosperaron, alcanzaron las más elevadas posiciones en la corte y en la Iglesia, y se casaron con aristócratas. Después de la expulsión de los judíos no arrepentidos de España, en el año 1492, y de Portugal, en el 1497, los marranos fueron objeto de una suspicacia cada vez mayor; muchos de ellos perecieron en las hogueras de la Inquisición, pero la mayor parte emigró, en el siglo XVII, hacia los países mediterráneos, así como a Holanda e Inglaterra. Una vez a salvo volvieron abiertamente a su religión y, con los expulsados de finales del siglo XV, fundaron las nuevas comunidades sefarditas de estos países.

Lo que dice Toynbee sobre la herencia de las capas superiores de la sociedad española se aplica también, mutatis mutandis, a los sefarditas de Europa occidental. Los antepasados de Spinoza eran marranos portugueses emigrados a Amsterdam. Las antiguas familias judías de Inglaterra (llegadas mucho antes de la oleada este-europea de los siglos XIX y XX), los Montefiore,

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Lousada, Montague, Avigdor, Sutro, Sassoon, etc., provienen todas del cantón ibérico, y no podrían reivindicar un origen racial más puro que el de los askenaces —o el de los judíos llamados Davis, Harris, Phillips o Hart.

Otra causa que, desgraciadamente, ha contribuido al mestizaje ha sido la violación, cuya larga historia comenzó también en Palestina. Podemos leer, por ejemplo, que un tal Juda Ben Ezequiel se oponía al matrimonio de su hijo con una mujer que no era «de la semilla de Abraham», a lo que su amigo Ulla contestaba: «¿Acaso podemos estar seguros de que nosotros mismos no descendamos de paganos que hayan violado a las hijas de Sión en el sitio de Jerusalén?».[21] Mujeres y botín (este último muy a menudo en proporciones convenidas de antemano) se consideraban como derechos legítimos de los conquistadores.

Graetz[22] ha descubierto una antigua tradición que atribuye el origen de los primeros establecimientos judíos de Alemania a un episodio que recuerda algo al rapto de las Sabinas. Según esta tradición, un contingente germánico de la tribu de los Vangioni combatía con las legiones romanas en Palestina. Estos germanos «elegían de entre todos los prisioneros judíos a las más bellas mujeres, las llevaban a sus campamentos a orillas del Rhin o del Meno y las obligaban a satisfacer sus deseos. Los hijos engendrados de esta manera fueron educados por sus madres en la fe de los judíos, pues sus padres no se ocupaban de ellos. Se dice que estos hijos fueron los que fundaron las primeras comunidades judías entre Worms y Maguncia».

En Europa oriental, la violación era todavía más corriente. Citemos ahora a Fishberg:

Esta violenta aportación de sangre extranjera a las venas del pueblo de Israel ha sido particularmente frecuente en los países eslavos. Entre los cosacos, uno de los medios favoritos de obtener dinero de los judíos consistía en hacer numerosos prisioneros, pues estaban seguros de que los judíos los rescatarían. Ni que decir tiene que las mujeres raptadas eran violadas por estas tribus semi-salvajes. De hecho, el «Concilio de las Cuatro Tierras», en su sesión de invierno del año 1650, debió de examinar el caso de estas desgraciadas y de los hijos nacidos de padres cosacos durante el cautiverio, a fin de restaurar el orden y la vida familiar y social de los judíos. Ultrajes parecidos fueron también perpetrados contra los judíos de Rusia durante las carnicerías de los años 1903 y 1905.[23]

IV

Y, sin embargo, volviendo a la paradoja, muchas personas que no son ni racistas ni antisemitas están convencidas de poder reconocer a un judío al primer golpe de vista. ¿Cómo puede ser posible, si los judíos están

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compuestos por semejante mezcolanza híbrida, como la historia y la antropología nos demuestran?

Creo que Ernest Renan nos dio parte de la respuesta, en el año 1883:[24]

«No hay un tipo judío, sino varios tipos judíos». Lo que a primera vista se puede reconocer no es más que un tipo entre muchos otros. De catorce millones de judíos, sólo pertenece a ese tipo una parte y, además, no todos los que pertenecen al mismo son judíos. Uno de los rasgos prominentes —en el sentido literal y figurado del término— que le suelen caracterizar es la nariz, que se viene calificando de semítica, aguileña o de pico de águila o corva. Pero (¡sorpresa!), de 2.836 judíos de Nueva York, Fishberg no encontró más que un 14 % de narices corvas: una persona de cada siete; el 57 % tenía la nariz recta, el 20 % la tenía respingona, y el 6,5 % chata.[25]

Otros antropólogos han llegado a resultados parecidos respecto a las narices semíticas en Polonia y en Ucrania.[26] Por otra parte, parece claro que este tipo de nariz no existe entre los auténticos semitas, como los beduinos de pura raza.[27] En cambio, «se la encuentra con mucha frecuencia entre las diversas poblaciones del Cáucaso, y también en Asia Menor. Entre las razas autóctonas de esta región, como los armenios, los georgianos… y también entre los sirios, las narices aguileñas son lo corriente. Entre las poblaciones de los países mediterráneos de Europa, griegos, italianos, franceses, españoles o portugueses, la nariz aguileña se encuentra también con mayor frecuencia que entre los judíos de Europa oriental. Los indios de América del Norte, muy a menudo tienen también la “nariz judía”».[28]

Por tanto, la nariz, como dato único, no es un índice muy seguro. Al parecer, sólo una minoría —un tipo particular de judíos— tiene la nariz aguileña y, además, muchos otros grupos étnicos la tienen también. Y, sin embargo, la intuición nos dice que las estadísticas de la antropología deben de tener algún error. Beddoe y Jacobs propusieron una ingeniosa solución a este enigma, sosteniendo que la «nariz judía» no tiene por qué tener necesariamente un perfil aguileño, sino que puede dar la impresión de ser corva a causa de una especie de doblez o repliegue de las ventanas de la nariz.

Para demostrar en qué consiste este «naricismo» que da la impresión de pico de águila, Jacobs invita a sus lectores a «dibujar un seis con el rabo muy largo (figura 1); si borramos el gancho, como en la figura 2, el aspecto judío comienza a desaparecer; cuando se dibuja la base horizontal, se desvanece por completo, como en la figura 3». Ripley, que cita a Jacobs, añade: «¡Menuda transformación! Sin duda alguna, el judío se ha convertido en romano. ¿Qué hemos probado con esto? Que, en realidad, existe un fenómeno de nariz judía, pero conformado de manera distinta a como lo hicimos en nuestra primera hipótesis (criterio de convexidad)».[29]

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¿Es esto completamente cierto? La figura 1 podría representar también una nariz armenia, italiana, griega, española o piel roja, con su «naricismo» incluido. Que sea judía y no armenia, etc., lo deducimos inmediatamente del contexto en que se incluyen las demás características, dentro de las que debemos citar la expresión, el comportamiento y la indumentaria. No se trata de un proceso analítico, sino, más bien, de una percepción que revela la Gestalt psicológica, la aprehensión de un parecido o de una generalidad.

Iguales consideraciones podemos aplicar a cada uno de los elementos del aspecto que se considera como típicamente judío: los «labios sensuales», el cabello negro, ondulado o rizado; los ojos tristes o traicioneros, o saltones, o grandes y almendrados, etc. Tomados por separado, pertenecen a los pueblos más diversos; pero si los reunimos como en un retrato-robot, conforman un prototipo judío y, volvamos a repetirlo, un tipo concreto de judío, originario de la Europa del Este, que es al que mejor se conoce. Pero, el retrato-robot no se adaptaría a los demás tipos de judíos, como, por ejemplo, a los sefarditas y a sus descendientes ingleses, ni al tipo judeo-eslavo de Europa central, ni al tipo judeo-teutón, ni a los tipos mongoloides, negroides, etc. Además, tampoco podemos estar seguros de reconocer a la perfección ni siquiera este tipo. Los retratos publicados por Fishberg o por Ripley pueden servirnos para jugar a las adivinanzas sin más que prescindir de los pies de foto que identifican a los modelos como judíos o no-judíos. Podemos repetir el mismo juego en una terraza de un café de cualquier ciudad mediterránea — naturalmente, sin resultado, a no ser que detengamos a las personas objeto de la experiencia para preguntarles acerca de su religión—; pero, si se juega entre muchos, serán sorprendentes los desacuerdos que aparecerán entre los observadores. La sugestión tiene también su importancia. «¿Sabías que Harold es judío?». —No; pero, ahora que lo dices, creo que era evidente». «¿Sabías que la familia real tiene sangre judía?». —«No; pero, ahora que lo dices…». Una ilustración de Races of Mankind, de Hutchinson, muestra a tres

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geishas con esta leyenda: Japonesas con fisonomía judía. Después de leer el pie, se suele decir: «Pero, ¡claro!, ¿cómo no me habría dado cuenta antes?». Si dedicamos a este juego el tiempo suficiente comenzaremos a ver judíos por todas partes.

V

La confusión proviene también de lo extremadamente difícil que resulta distinguir entre caracteres hereditarios y los que se han recibido del medio, sobre todo del medio social. Ya hemos considerado este problema a propósito de las medidas corporales que se presentaban como criterios raciales; pero la influencia de los factores sociales sobre la fisonomía, la actitud, la manera de hablar, los gestos o la indumentaria contribuyen de una forma más sutil y más compleja a componer el retrato-robot del judío. El factor más evidente es la manera de vestir, junto con el peinado. Disfrazad a cualquier persona con un caftán negro y un sombrero de gran tamaño de donde salgan tirabuzones y, al primer golpe de vista, se podrá reconocer al mismo prototipo de judío. Pero hay otros indicadores menos radicales respecto a las preferencias indumentarias de algunos judíos de determinadas clases sociales, preferencias que van unidas a acentos, manierismos en el lenguaje, gesticulación y comportamiento.

Creo que resultará una agradable diversión dejar a un lado por un momento a los judíos, y escuchar a un francés describir la manera en que sus compatriotas reconocían «al primer golpe de vista» a un inglés. Michel Leiris, eminente escritor, también se dedica a la investigación en el CNRS, y forma parte del equipo del Museo del Hombre:

Es tan absurdo hablar de una «raza» inglesa, como pretender incluir a los ingleses dentro de la «raza nórdica». En efecto, la Historia nos enseña que, como todos los pueblos de Europa, el pueblo inglés se ha formado gracias a las sucesivas aportaciones de distintas poblaciones: sajones, daneses o normandos llegados de Francia han tomado tierra alternativamente en este país céltico y, los mismos romanos penetraron en la isla en tiempos de Julio César. Además, aunque fuera posible identificar a un inglés por su forma de vestir, o simplemente de comportarse, desde luego sería imposible reconocerlo como tal por la sola apariencia física: hay entre los ingleses, como entre el resto de los pueblos europeos, rubios y morenos, altos y bajos, y (para referirnos a uno de los criterios más usados en antropología), dolicocéfalos (o personas con el cráneo alargado en sentido antero-posterior), y braquicéfalos (o personas con el cráneo ancho). Hay quien puede afirmar que no es difícil reconocer a un inglés a partir de determinados caracteres externos que le dan un aspecto particular: sobriedad en sus gestos (en oposición a la gesticulación que se suele atribuir generalmente a los del Sur), manera de andar, expresiones faciales, que se suelen designar con el bastante vago nombre de «flema». Sin embargo, los que se aventuran a hacer semejantes afirmaciones tendrán a menudo ocasión de ser cogidos en falta; pues no todos los ingleses presentan esos caracteres, ni mucho menos, y, aun admitiendo que sean los del «inglés típico», no se trata más que de caracteres externos, y no

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características físicas: actitudes corporales, formas de accionar los diversos músculos de la cara, que recelan un comportamiento: se trata de hábitos, unidos al hecho de pertenecer a un determinado status social; lejos de ser fenómenos de la naturaleza, son fenómenos de la cultura y —aunque en rigor no se les pueda considerar como rasgos no «nacionales» (lo que sería generalizar demasiado), sí, en cambio, podemos considerarlos comunes a una clase determinada de la sociedad, dentro de un determinado país o de una región determinada de ese país— no podríamos contarlos entre los signos distintivos de las razas.[30]

Sin embargo, al decir que las expresiones faciales no son «físicas», y que «revelan un comportamiento», Leiris parece olvidar que el comportamiento puede modificar los caracteres y, en consecuencia, dejar sus huellas en el «físico». Basta con pensar en determinados rasgos típicos de la fisonomía de los viejos comediantes, de los sacerdotes que han vivido el celibato, de los militares de carrera, de los condenados a largas penas de prisión, de los marinos, de los campesinos, etc. Sus modos de vida no sólo afectan a sus expresiones faciales, sino también a sus caracteres físicos, llegando a dar así la falsa impresión de que estos caracteres tienen un origen hereditario o «racial».[31]

Si se me permite añadir una observación personal, diré que, en mis viajes a los Estados Unidos, a menudo me he encontrado con amigos de la juventud, originarios de Europa central, que emigraron antes de la segunda Guerra Mundial, a los que no había vuelto a ver desde hacía treinta o cuarenta años. En cada ocasión, me ha sorprendido constatar no sólo que vestían, hablaban, comían y se comportaban como americanos, sino que, además, habían adquirido una fisonomía americana. Soy incapaz de describir en qué consiste ese cambio pero, desde luego, es algo que tiene que ver con cierta dureza de la mandíbula y con determinada expresión de la mirada. (Un antropólogo amigo mío atribuye la primera modificación al intenso ejercicio de los maxilares a que obliga la pronunciación americana, y, la segunda, a las infernales aglomeraciones, así como a las úlceras que éstas provocan). He tenido la satisfacción de descubrir que esto no era una fantasía más de mi imaginación: Fishberg lo había observado también en 1910: «Las actitudes corporales varían con mucha facilidad con los cambios de entorno social… He comprobado estos rápidos cambios entre los inmigrantes de los Estados Unidos… La nueva fisonomía se pone de manifiesto con mayor claridad cuando estos emigrantes vuelven a su país de origen… Este hecho nos proporciona una excelente prueba de que los elementos sociales en los que el hombre evoluciona ejercen una profunda influencia sobre sus caracteres físicos».[32]

Según parece, este proverbial crisol produce una fisonomía americana, un fenotipo más o menos uniforme proveniente de una gran variedad de

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genotipos. Incluso ciudadanos de herencia puramente china o japonesa parecen verse afectados también, en alguna medida, por este proceso. En cualquier caso, a menudo podemos reconocer a un americano «al primer golpe de vista», cualquiera que sean su indumentaria o su idioma, ya sea de origen italiano, polaco o alemán.

VI

La inmensa sombra del ghetto se cierne sobre cualquier estudio sobre la herencia biológica y social de los judíos. Los judíos de Europa y América, e incluso los de África del Norte, son hijos del ghetto: apenas les separa de él más que cuatro o cinco generaciones. Cualquiera que fuera su origen geográfico, tras esos muros vivieron prácticamente todos en iguales condiciones, sometidos durante siglos a las mismas influencias, que habrían de formarles o deformarles.

Desde el punto de vista biológico, podemos distinguir tres influencias fundamentales: la consanguinidad, la pérdida genética y la selección.

La consanguinidad, en su tiempo, pudo desempeñar en la historia racial judía un papel tal importante como su contrario, la hibridación. De la época bíblica a la era de la segregación obligada, y, más tarde, de nuevo en los tiempos modernos, la tendencia dominante fue el mestizaje. En el período intermedio transcurrieron de tres a cinco siglos (según los países) de aislamiento y consanguinidad —en el sentido estricto de matrimonios consanguíneos, y en el sentido amplio de endogamia en el interior de grupos reducidos. La consanguinidad conlleva el peligro de reunir genes recesivos nocivos, y permitir que se desarrollen. Desde hace mucho tiempo se ha venido reconociendo la frecuencia del idiotismo congénito entre los judíos;[33] muy probablemente se debiera a una larga cadena de matrimonios consanguíneos, y no a una particularidad semítica, como afirmaban algunos antropólogos. Las deformidades mentales o físicas son claramente frecuentes en pueblos aislados alpinos, donde sus tumbas no llevan más de cinco o seis apellidos familiares distintos, y, la mayoría de ellas, uno solo. Y entre ellas no encontramos apellidos como Cohen o Levy.

También es verdad que la consanguinidad puede producir caballos de carrera campeones, gracias a combinaciones de genes favorables. Puede que también haya contribuido al nacimiento de genios, de la misma manera que al de cretinos, en el interior de los ghettos. Esto nos recuerda la frase de Chaim Weiczman: «Los judíos son como el resto, pero más».

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Otro proceso que ha podido afectar profundamente a las poblaciones de los ghettos es la «pérdida genética» (también conocida por «efecto de Sewall Wright»). Se trata de una gradual desaparición de caracteres hereditarios en pequeñas poblaciones aisladas, bien sea porque casualmente alguno de sus fundadores no poseía los genes correspondientes, o bien porque los que los poseían no los pudieron transmitir. La pérdida genética puede provocar considerables transformaciones en los caracteres hereditarios de colectividades reducidas.

En el seno del ghetto, la selección debió tener una intensidad raramente alcanzada en la Historia. En primer lugar, al estarles prohibida la agricultura, los judíos, totalmente urbanizados, se apiñaron en las ciudades o shtetl, cada vez más superpoblados. En consecuencia, escribe Shapiro, «las terribles epidemias que en la Edad Media devastaron a ciudades grandes o pequeñas, a la larga debieron proporcionar a los judíos cierto grado de inmunidad, mayor que en el resto del grupo. Estando todos los judíos expuestos a contraer estas enfermedades, sus modernos descendientes representan los supervivientes de un proceso de selección particularmente riguroso».[34] Esto explicaría la rareza de la tuberculosis entre los judíos, y su relativa longevidad (ampliamente demostrada en las estadísticas de Fisherg).

En torno al ghetto, las presiones hostiles iban desde el desprecio, a las esporádicas violencias, alcanzando a veces niveles como el de los pogroms. Siglos de existencia en semejantes condiciones debieron favorecer la supervivencia de los más flexibles, de los más complacientes, de las mentalidades más elásticas: en una palabra, de los habitantes típicos de los ghettos. Los antropólogos todavía siguen discutiendo acaloradamente sobre si estos rasgos se convirtieron en características hereditarias, sobre las que desempeñaría su papel el proceso de selección, o si se transmiten como una herencia social, ayudada por un condicionamiento en la etapa de la infancia. Tampoco se sabe en qué medida se debe atribuir a la herencia o al medio un coeficiente intelectual superior a la media. Veamos otro ejemplo: antiguamente, los judíos no bebían alcohol, y algunos especialistas en alcoholismo han considerado esta abstinencia como un carácter hereditario.

Pero, además, se puede interpretar también como una herencia del ghetto, una especie de residuo inconsciente de los siglos en que se vivía en unas condiciones tan precarias que resultaba peligroso bajar la guardia; con su estrella amarilla a la espalda, el judío debía permanecer sobrio y atento, siempre contemplando con un divertido desprecio las muecas del «goy borracho». La repugnancia por el alcohol y por cualquier otro exceso fue

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inculcada a los niños durante generaciones; más tarde, los recuerdos del ghetto comenzarían a borrarse, la asimilación se iría produciendo paulatinamente (sobre todo en los países anglosajones) y, poco a poco, el consumo de alcohol comienza a aumentar. La famosa abstinencia era, después de todo, como tantas otras características judías, un producto de la herencia social, no un producto de la herencia biológica.

Por último, otro proceso de evolución, la selección sexual, ha podido contribuir a conformar los rasgos que hoy día se consideran como típicamente judíos. Se trata de una idea que, al parecer, Ripley ha sido el primero en sugerir (la cursiva es de él):[36] «El judío, en lo que concierne al origen racial, está totalmente mestizado; en cambio, es el heredero legítimo del judaísmo por elección… El judaísmo afectaba a todos los detalles de la vida de los judíos. ¿Por qué no pensar que alcanzara también a su ideal de belleza física? ¿Por qué no pensar que haya influenciado sus preferencias sexuales y determinado sus elecciones matrimoniales? Luego, estos resultados serían reforzados por la herencia…».

Ripley no se ha preguntado cuál sería ese «ideal de belleza» en el ghetto. Pero Fishberg sí que lo ha hecho, y nos propone una seductora hipótesis: «Para el judío de estricta observancia, en Europa oriental, un hombre robusto y muy musculoso es un Esaú. Durante cientos de años, antes de mediados del siglo XIX, el ideal de un hijo de Jacob ha sido el dulce joven de cuidado aspecto,[37] el delicado muchacho, anémico y frágil, de lánguida mirada, con la cabeza llena y las manos vacías. Pero, sigue diciendo Fishberg, tanto en Europa occidental como en América, existe actualmente una clara tendencia en sentido opuesto. Muchos judíos están orgullosos de no tener aspecto judío. En estas condiciones, hay que reconocer que lo que se llama un aspecto “judío” no tiene un porvenir muy brillante».[38] Y podríamos añadir: sobre todo entre los jóvenes israelíes.

VII

En la primera parte de este libro he tratado de reconstruir la historia del Imperio kázaro a partir de las escasas fuentes que existen.

En la segunda parte, en los capítulos del cinco al siete he reunido la documentación histórica que indica que la mayoría de los judíos de Europa oriental (y, por tanto, de los judíos en general) es de origen turco-kázaro, y no de origen semítico.

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En este último capítulo he querido demostrar que los datos de la antropología concuerdan con la Historia, a la hora de refutar la todavía usual opinión según la cual existiría una raza judía que se remonta hasta la tribu bíblica.

Desde el punto de vista de la antropología, hay dos series de hechos que van en contra de esta creencia: la extremada diversidad de los judíos en cuanto a caracteres físicos, y su similitud con las poblaciones no judías en que viven. Tanto una como la otra se ponen de manifiesto en las estadísticas concernientes a la talla, índices craneanos, grupos sanguíneos, color de los ojos y del pelo, etc. Tomando como indicador cualquiera de estos criterios antropológicos, nos señalará un mayor parecido entre judíos y no judíos de un mismo país que entre judíos que habitan en países diferentes. Para describir esta situación he propuesto las fórmulas: NJa - Ja < Ja - Jb y NJa - NJb Ja - Jb.

Evidentemente, el mestizaje es la explicación de estos fenómenos. Según los contextos históricos, este mestizaje ha revestido distintas formas: matrimonios mixtos, proselitismo a gran escala o violación —compañía constante (legal o tolerada) de las guerras y pogroms.

Seguir pensando, a pesar de las estadísticas, que existe un tipo judío reconocible, es formarse una opinión basada, en gran parte, aunque no completamente, en ideas falsas: es ignorar que los rasgos considerados como típicamente judíos en relación con los nórdicos, dejan de parecer tales si los comparamos con los mediterráneos; es no sospechar la influencia del medio sobre el físico y el aspecto general; es confundir la herencia biológica con la herencia social.

Sin embargo, podemos encontrar algunos rasgos hereditarios que caracterizan a un determinado tipo de judío contemporáneo. Podemos atribuirlos, en gran parte, a la luz de la genética de las poblaciones, a procesos que han venido operando durante siglos en la segregación de los ghettos: la consanguinidad, la pérdida genética y las presiones selectivas. Estas últimas se han llevado a cabo de muchas maneras: selección natural (en las epidemias, por ejemplo), selección sexual y, con menos seguridad, diríamos que también selección de las características que favorecerían la supervivencia en el ghetto.

Por otra parte, la herencia social, a través de un condicionamiento en la infancia, ha sido un agente muy eficaz de formación y de deformación.

Cada uno de estos procesos ha contribuido a la elaboración de un tipo de judío del ghetto, que se ha ido diluyendo poco a poco tras la apertura de los

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ghettos. En cuanto a la composición genética y al aspecto físico del tronco común anterior a los ghettos, es muy poco lo que sabemos. Tal y como lo hemos concebido en la presente obra, ese «tronco original» era fundamentalmente turco, aunque se hallaba mezclado también, en proporciones desconocidas, con distintos elementos, entre otros con los antiguos palestinos. No nos es posible determinar qué características pretendidamente típicas, como la «nariz judía», serían producto de la selección sexual en los ghettos o manifestaciones de un gen tribal particularmente «persistente». Y, en este caso, ya que esta forma de nariz es frecuente entre los pueblos del Cáucaso, mientras que raramente se encuentra entre los beduinos semitas, tendríamos un testimonio más del papel preponderante que esta decimotercera tribu ha desempeñado en la historia biológica de los judíos.

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ANEXOS

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NOTA SOBRE LA ORTOGRAFÍA

La grafía de algunos términos es lógicamente ilógica en el libro que acabamos de leer. Su lógica radica en que he reproducido, como era mi obligación, al citar a los distintos autores, su manera peculiar de ortografiar los nombres propios; pero el resultado a que nos conduce da al texto un aspecto curiosamente ilógico, ya que los mismos nombres de persona, de ciudad o de pueblos, aparecen bajo formas diferentes en muchos sitios. Así, encontramos Kazar, Khazar, Chazar, Chozar, Chozr, etcétera; y también Ibn Fadlan e ibn-Fadlan, Al Masudi y Al-Masudi, etc. Para mi propio texto he elegido la grafía que me ha parecido que confundiría menos a los lectores que no sean orientalistas de profesión.

T. E. Lawrence, a pesar de ser un brillante orientalista, para transcribir la ortografía hacía gala de una desenvoltura tan brutal como si de atacar guarniciones turcas se tratara. Su hermano, A. W. Lawrence, lo explica en el prefacio de los Siete pilares de la sabiduría:

La ortografía de los nombres árabes varía mucho en todas las ediciones, y no he hecho ningún cambio. Debemos decir que en árabe tan sólo existen tres vocales, y, que algunas consonantes no tienen equivalente en inglés. La práctica usual de los orientalistas, desde hace algunos años, es adoptar una de las distintas series de signos convencionales para reproducir las letras y los signos vocálicos del alfabeto árabe, y, de esta manera, escribir Muhammad por Mahoma, mu’edhdhin por muezzin, Qur’an o Kur’an por Corán. Es un método útil para quienes saben lo que significa, pero este libro sigue la antigua forma de escribir con las mejores aproximaciones fonéticas, pero siguiendo la ortografía inglesa ordinaria.

Reproduce a continuación una lista de preguntas formuladas por un editor a propósito de la ortografía, con las respuestas de T. E. Lawrence. Por ejemplo:

Pregunta: Hoja 20. Nuri, emir de los Ruwalla, pertenece a la primera familia de los Rualla.

Hoja 23. «caballo rualla», hoja 38. «mató a un Ruelí». En otras hojas, «Rualla».

Respuesta: Habría debido emplear también Ruwala y Ruala.

Pregunta: Hoja 47, Jedha, la camella, era Jedhah en la hoja 40.

Respuesta: Era una magnífica bestia.

Pregunta: Hoja 78. El jerife Abd el Mayin de la hoja 68, se convierte en el Main, el Mayein, el Muein, el Mayin y el Muyein.

Respuesta: ¡Bravo! Lo encuentro realmente ingenioso.

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Si transcribir el árabe moderno es difícil, la confusión llega a ser abominable cuando los orientalistas se ocupan de textos árabes o persas de la Edad Media, tanto más arduos cuanto que a menudo aparecen mutilados por copistas negligentes. La primera traducción inglesa de Ebn Haukal o ibn-Hawkal fue publicada en 1800 por Sir William Ouseley, eminente orientalista, que no pudo por menos que exhalar esta sentida queja en el prefacio:[1]

No debería quejarme de las dificultades que entraña una combinación irregular de las letras, de la confusión de una palabra con otra, y, en algunas líneas, de la total omisión de los puntos diacríticos, pues la costumbre y una perseverante atención me han permitido superarlo en pasajes de descripción general o en frases construidas de forma ordinaria; pero en los nombres de persona o de lugar que no han aparecido anteriormente en ninguna otra ocasión y que el contexto no puede ayudar a descifrar, cuando los puntos diacríticos no aparecen, sólo se pueden suplir con la conjetura o la aproximación con un manuscrito mejor…

…A pesar de lo que acabo de decir, y aunque los más sabios autores en literatura hebrea, árabe o persa hayan hecho ya observaciones sobre el mismo tema, puede ser necesario mostrar con un ejemplo concreto la extraordinaria influencia de estos puntos diacríticos…

Bastará con un ejemplo. Supongamos que a las tres letras que (en persa) forman la palabra Tibetestén les faltan sus puntos-diacríticos. La primera letra se puede transformar en una N si se le pone un punto encima; en una T si se le ponen dos puntos; en TH o S si se le ponen tres; si se le coloca un punto debajo, la letra se convierte en una B, con dos puntos Y, con tres puntos, P. La segunda letra puede alterarse de la misma forma, y la tercera, según los puntos que se añadan, puede convertirse en B, P, T, TH, o S.

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NOTA SOBRE LAS FUENTES

A) FUENTES ANTIGUAS

Todo cuanto sabemos sobre la historia de los kázaros proviene, fundamentalmente, de fuentes árabes, bizantinas, rusas y hebreas, corroboradas por testimonios de origen persa, sirio, armenio, georgiano y turco. No hablaré más que de algunos de los principales documentos.

Árabes

Los antiguos historiadores árabes se distinguen de los demás por la singular forma de sus composiciones. Narran cada acontecimiento basándose en relatos de testigos oculares o, al menos, contemporáneos, que llegan hasta el último de los narradores a través de una cadena de intermediarios que se han ido transmitiendo la narración original de unos a otros. A menudo sucede que el relato de un mismo hecho aparece bajo dos o más formas ligeramente divergentes entre sí, que dan lugar a dos series distintas de testigos. También, frecuentemente, encontramos un mismo acontecimiento o detalle importante relatado de varias maneras, basadas todas ellas en varios testimonios que han sido transmitidos hasta el último de los narradores por distintas líneas de tradición… El principio es siempre que lo que está bien dicho una vez no hay necesidad de volverlo a decir de nuevo. En consecuencia, el escritor permanece lo más cerca posible de sus fuentes, de suerte que el más reciente de los escritores reproduce a menudo las mismas palabras que el primer narrador…

De esta forma se expresan dos historiadores que gozan de autoridad en su disciplina, H. A. R. Gibb y M. J. de Goeje, en el artículo dedicado a la historiografía árabe en las antiguas ediciones de la Encyclopaedia Britannica.

Como puede comprenderse, es muy difícil identificar una fuente original (que ha podido perderse), en medio de las sucesivas versiones de los historiadores posteriores, compiladores y plagiarios. Frecuentemente, resulta imposible fechar un episodio o la descripción de una situación en un país determinado; en cuanto a las fechas, la incertidumbre puede abarcar todo un siglo, cuando el autor se expresa en presente, sin indicar con claridad que está citando una fuente antigua. Si a esto añadimos las dificultades que, debido a la oscuridad ortográfica y a los errores de los copistas, entraña identificar a los personajes, pueblos o lugares, veremos que desembocamos en un puzzle

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en el que la mitad de las piezas faltan y, de la otra mitad, parte son de otro juego, con las que apenas lograremos perfilar una figura.

Las principales narraciones árabes concernientes a los kázaros —citadas con mayor frecuencia en las páginas que anteceden— son de Ibn Fadlan, de al-Istakhri, de Ibn Hawkal y de al-Masudi. Poco hay en ellas que podamos calificar de original, como el relato de Ibn Fadlan, quien nos habla por propia experiencia. El de Ibn Hawkal, por ejemplo, compuesto probablemente en el año 977, se basa casi por completo en el de Istakhri, redactado en el 932; y éste, a su vez, estaría basado en una obra perdida del geógrafo el-Balkhi, que se escribió hacia el año 920.

No sabemos gran cosa sobre la vida de estos historiadores ni sobre la validez de sus trabajos. Realmente, el que más vivo nos aparece es el personaje de Ibn Fadlan, diplomático y penetrante observador. Sin embargo, podemos seguir las etapas de la evolución de la joven ciencia llamada historiografía, recorriendo, eslabón a eslabón, la cadena que representa el siglo X. El-Balkhi, el primero de la serie, marca el comienzo de la escuela clásica de geografía árabe, insistiendo sobre todo en los mapas y dando al texto descriptivo una importancia secundaria. Istakhri supone un claro progreso, dando prioridad al texto. (No se sabe nada de su biografía; y, lo que ha sobrevivido de sus escritos, al parecer, no es más que el compendio de una considerable obra). Con Ibn Hawkal (del que sólo se sabe que era comerciante y emisario), llegamos a un estadio decisivo: el texto ya no es un comentario a los mapas (como en Balkhi y, parcialmente, todavía en Istakhri), apareciendo así la narración de pleno derecho.

Finalmente, dos siglos más tarde, llegamos, con Yakut (1179-1229), a la era de los compiladores y enciclopedistas. De él sabemos, por lo menos, que nació en Grecia, y que, siendo muy joven, fue vendido en Bagdad a un comerciante, que le trató con bondad e hizo de él una especie de viajante de comercio. Una vez liberto, se hizo traficante de libros, y terminó instalándose en Mosul, donde compuso su gran enciclopedia de geografía e historia. Esta importante obra vuelve a utilizar los dos escritos de Ibn Fadlan y de Istakhri sobre los kázaros. Desgraciadamente, Yakut cometió el error de atribuir a Ibn Fadlan la narración de Istakhri. Como los dos relatos difieren en cuanto a aspectos esenciales, su atribución a un solo autor conduce a numerosos absurdos, de manera que Ibn Fadlan se ha visto un tanto desacreditado ante los ojos de los historiadores modernos.

Pero todo cambió cuando se descubrió, en un antiguo manuscrito conservado en Mechhed, Irán, el texto íntegro de la narración de Ibn Fadlan.

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El descubrimiento, que causó sensación entre los orientalistas, se realizó en 1923 por Zeki Validi Togan (del que hablaremos más extensamente). No solamente confirmó la autenticidad de las partes del relato concernientes a los kázaros, citadas por Yakut, sino que, además, revelaba pasajes omitidos por este último y, por tanto, desconocidos hasta entonces. Además, después de la confusión provocada por el compilador, se pudo reconocer en Ibn Fadlan y en Istakhri-Ibn Hawkal fuentes independientes que se reforzaban mutuamente.

El mismo valor de prueba testimonial se atribuye a los relatos de Ibn Rusta, de al-Bekri o de Gardezi, que he tenido pocas ocasiones de citar, precisamente por su contenido esencialmente semejante al de las fuentes principales.

También existe otra fuente, al parecer independiente, en los escritos de al-Masudi (muerto en el año 956), conocido como «El Herodoto de los árabes». Viajero infatigable, con una insaciable curiosidad, no siempre lo han apreciado los historiadores modernos. La Enciclopedia del islam juzga que sus viajes fueron motivados por una sed de conocimientos que, desgraciadamente, «era muy superficial. Nunca se remontaba hasta las fuentes, contentándose con averiguaciones superficiales y transmitiendo cuentos y leyendas sin hacer la menor crítica».

Pero esto mismo podríamos decir de otros muchos cronistas, musulmanes o cristianos, de la Edad Media.

Bizantinas

El documento bizantino más precioso es, desde luego, La administración del Imperio, de Constantino VII Porfirogéneta. Esta obra no sólo es importante por la información que proporciona sobre los propios kázaros (y, en particular, sobre sus relaciones con los magiares), sino, también, por las referencias que procura sobre los rhus y los pueblos de las estepas nórdicas.

Constantino (904-959) fue un personaje apasionante, y no es de extrañar que Arnold Toynbee haya reconocido haberle «entregado su corazón».[3] Esta unión sentimental comenzó cuando aún era estudiante, y tuvo como fruto una obra monumental, Constantine Porphyrogenitus and his World, que el historiador publicaría en el año 1973, a la edad de ochenta y cuatro años. Como el título indica, la personalidad y la obra de Constantino priman sobre la situación y los acontecimientos del mundo en que vivió, y en el que vivieron también los kázaros.

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La admiración que Toynbee sentía no le impidió poner de relieve las limitaciones del emperador-historiador: «Los datos reunidos en La administración del Imperio han sido extraídos de diferentes fuentes en diferentes fechas, y el resultado no es un libro cuyos materiales hayan sido meditados y ordenados por un autor; es más bien una colección de fichas conformada con bastante negligencia».[4] Y, más adelante: «En el estado en que Constantino legó a la posteridad los libros De la administración del Imperio y De las ceremonias provocan una lamentable confusión en la mayoría de los lectores».[5] (Sin embargo, el pobre Constantino estaba completamente convencido de haber logrado con las Ceremonias una «obra maestra técnica», al mismo tiempo que «un monumento de erudición y de consagración a la tarea».[6]

Análogas críticas fueron formuladas anteriormente por Bury[7] y por Macartney, al tratar de entresacar las contradicciones de Constantino respecto a las migraciones magiares:

«Debemos recordar la composición de La administración del Imperio: una serie de notas extraídas de las más diversas fuentes, a menudo utilizadas en sentidos diferentes o contradiciéndose, y apiñadas con la más rudimentaria revisión».[8]

Pero no vayamos a tirar al niño con el agua del baño, como algunos eruditos tienen tendencia a hacer. Constantino gozaba del privilegio, generalmente negado a los historiadores, de consultar los archivos imperiales y de recibir, sin intermediario alguno, los informes de sus funcionarios y embajadores al regreso de su misión. Utilizada con precaución, y junto a otras fuentes, La administración resulta muy útil para esclarecer este oscuro período.

Rusas

Aparte del folklore, las leyendas y las canciones de la literatura oral (como El dicho de la batalla de Igor), el primer documento escrito en ruso es el Povezt Vremennikn Let, literalmente, Cuento del tiempo pasado, conocido por los nombres de Primera Crónica rusa, Antigua Crónica rusa, Crónica rusa, Pseudo-Néstor y Libro de los Anales. Se trata de una compilación, redactada en la primera mitad del siglo XII, de resúmenes o revisiones de crónicas más antiguas, remontándose a los comienzos del siglo, e incorporando tradiciones y documentos aún más antiguos. En consecuencia, pone de manifiesto Vernadsky,[9] puede que contenga «fragmentos de

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auténtica información incluso en lo que se refiere al período que va desde el siglo VII al X» —período capital en la historia kázara—. El compilador principal de esta obra probablemente fuera el sabio monje Néstor (nacido en el año 1056), del monasterio de la Cripta de Kiev, pero esta atribución es discutible (de ahí el «pseudo-Néstor»). Pero, cualquiera que sea su autor, el Povezt es una guía inestimable (aunque no siempre infalible) del período que abarca. Desgraciadamente, se interrumpe en el año 1112, justo al principio de la misteriosa desaparición de los kázaros.

Las fuentes hebreas de la Edad Media se examinarán en el Anexo III.

B) ERUDICIÓN MODERNA

Resultaría presuntuoso presentar aquí a los conocidísimos historiadores (ya citados en páginas anteriores) que han escrito sobre algunos aspectos de la historia de los kázaros: Toynbee, Bury, Vernadsky, Baron, Macartney, etc. Las notas que expongo a continuación se limitan a autores cuyas obras son de máxima importancia para el estudio que nos ocupa, aunque apenas hayan sido tenidos en cuenta más que por los especialistas.

En primer lugar, debo citar al desaparecido profesor Paul-E. Kahle, y a su antiguo alumno, Douglas Morton Dunlop, actualmente profesor de Historia del Medio Oriente en la Universidad de Columbia.

Paul-Eric Kahle (1875-1905) fue un gran orientalista, uno de los mejores especialistas europeos de crítica bíblica. Nacido en la Prusia Oriental, fue ordenado ministro del culto luterano y, durante seis años, ejerció las funciones de pastor en El Cairo. A continuación enseñó en distintas universidades alemanas y, en 1923, fue nombrado director del famoso seminario oriental de la Universidad de Bonn, centro de estudios internacional al que acudirían orientalistas de todo el mundo. «Sin duda alguna, la mejor protección contra la influencia nazi fue el carácter internacional del seminario, de su profesorado, de sus estudiantes y visitantes, que nos permitió continuar nuestro trabajo sin interrupciones durante casi seis años de régimen nazi… Durante años, yo fui el único profesor en Alemania que tenía como ayudante a un judío, un rabino polaco».[10]

No es de extrañar que, finalmente, y a pesar de su impecable origen ario, Kahle fuera obligado a emigrar, en el año 1938. Decidió entonces instalarse en Oxford, en donde obtendría dos nuevos doctorados (en filosofía y en teología). En 1963 regresó de nuevo a Bonn, donde fallecería dos años más tarde. El catálogo del British Museum cita veintisiete obras suyas, de las

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cuales mencionaré aquí sus estudios sobre la Geniza de El Cairo y sobre los Manuscritos del mar Muerto.

Entre los alumnos de Kahle se encontraba en Bonn, antes de la Guerra, el joven orientalista D. M. Dunlop.

Kahle estaba interesado en extremo por la historia de los kázaros. En 1937, cuando el historiador belga Henry Gregoire publicó un artículo poniendo en duda la autenticidad de La correspondencia Kázara,[11] se apresuró a entrevistarse con él. «Indiqué a Gregoire que no podía tener razón respecto a determinados puntos, y tuve la suerte de discutir con él todas estas cuestiones cuando me visitó en Bonn, en diciembre de 1937. Decidimos entonces publicar un gran estudio conjunto —pero los acontecimientos políticos harían irrealizable este plan—. Entonces propuse a uno de mis antiguos alumnos, D. M. Dunlop, que se encargara de esta empresa. Se trataba de un historiador con la capacidad suficiente como para poder utilizar tanto las fuentes hebreas como las árabes, además de dominar también otras lenguas y poseer la formación crítica necesaria para llevar a cabo una tarea tan difícil».[12] El resultado de esta transacción universitaria fue la gran obra de Dunlop The History of the Jewish Khazars, publicada en 1954 por Princeton University Press. En este indispensable manual de historia kázara podemos encontrar las pruebas de la autenticidad de La correspondencia (véase anexo 3), plenamente garantizadas por Kahle.[13] Añadamos, por último, que el profesor Dunlop, nacido el año 1909, es hijo de un pastor escocés, quien, según el Who’s Who, tiene como hobbi «los paseos por la montaña y la historia de Escocia». Actualmente se da el caso de que los que defienden el judaísmo kázaro son, en su mayoría, buenos protestantes, hijos de familias nórdicas y eclesiásticas.

Otro de los alumnos de Kahle, aunque originario de un status muy diferente, es Ahmed Zeki Validi Togan, descubridor del manuscrito de Ibn Fadlan en Mechhed. Creo que la mejor manera de presentar a este pintoresco personaje es como lo hace Kahle en sus Memorias:[14]

…Entre el personal del Seminario se encontraban también orientales muy eminentes. Entre ellos querría citar al doctor Zeki Validi, protegido de Sir Aurel Stein; se trataba de un bachkir que realizó sus estudios en la Universidad de Kazán, y que ya antes de la primera Guerra Mundial había comenzado sus investigaciones en la academia de Petesburgo. Durante y después de la guerra, fue un dirigente activo del «ejército bachkir» (aliado de los bolcheviques), en gran parte obra suya. Había sido miembro de la Duma y, durante algún tiempo, perteneció al Comité de los Seis, con Lenin, Trotski y Stalin. Más tarde, se enfrentó con los bolcheviques y se refugió en Persia. Experto en lingüística turca (el bachkir es una lengua turca), fue nombrado en Ankara Consejero del Ministerio de Educación del gobierno de Mustafá Kemal y, a continuación, profesor de turco en la Universidad de Estambul. Dimitiría siete años más tarde, cuando se le obligó, como al resto de los profesores, a explicar que toda la civilización mundial

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proviene de los turcos; a continuación se trasladó a Viena, donde estudió historia medieval con el profesor Dopsch. Al cabo de dos años obtuvo su doctorado con una excelente tesis sobre el viaje de Ibn Fadlan por el país de los búlgaros, los turcos y los kázaros, pues, en aquella época, ya había descubierto el texto en un manuscrito en Mechhed. Publiqué esta obra en las «Abhandlungen für die Kunde des Morgenlandes». Le traje desde Viena, primero como conferenciante y, más tarde, como profesor honorario de Bonn. Se trataba de un auténtico sabio, un hombre de extensa cultura, siempre dispuesto a aprender y cuya colaboración me resultó muy provechosa. En 1938 volvió de nuevo a Turquía, otra vez como profesor de turco en la Universidad de Estambul.

Otra personalidad de envergadura, aunque de un tipo diferente, fue el Freiherr (barón) Hugo von Kutschera (1847-1910), uno de los primeros defensores de la teoría del origen kázaro de los judíos del Este. Hijo de un alto funcionario austriaco, e inclinado hacia la carrera diplomática, realizó sus estudios en la Academia Oriental de Viena, donde aprendió a fondo el turco, el árabe y el persa. En un principio se le encargó de la embajada de Constantinopla y, a continuación, se le nombró jefe de la Administración de las provincias de Bosnia-Herzegovina, recién ocupadas por Austria-Hungría. Su conocimiento de la vida oriental le valió la simpatía de los musulmanes de Bosnia, lo que contribuyó a una relativa pacificación de la provincia — circunstancia que le proporcionó su título, además de diversos honores.

Al retirarse, en el año 1909, decidió consagrarse a un problema que le había interesado desde siempre: las posibles relaciones entre los judíos europeos y los kázaros. Siendo todavía muy joven, ya le había impresionado el contraste que se podía apreciar entre los judíos sefarditas y askenaces de Turquía y de los Balcanes; estudiando las fuentes antiguas de la historia de los kázaros, fue convenciéndose poco a poco de que en esta historia podía encontrarse una respuesta, aunque fuera parcial, a este problema. Historiador amateur (aunque lingüista casi profesional), poseía una notable erudición; en su libro utiliza todas las fuentes árabes conocidas antes de 1910. Desgraciadamente, no tendría tiempo de ofrecernos sus citas y su bibliografía: Die Chasarem-Historische studie se publicaría después de su muerte. En seguida se imprimió una segunda edición de su obra, aunque los historiadores raramente la citan.

Abraham N. Poliak nació en Kiev en el año 1910, y emigró con su familia a Palestina en 1923. Ocupó la cátedra de Historia Judía de la Edad Media de la Universidad de Tel Aviv, y ha publicado numerosas obras en hebreo, entre las que cabe destacar: Historia de los árabes, El feudalismo en Egipto del 1250 al 1900, Geopolítica de Israel y de Oriente Medio, etc. Su ensayo sobre La conversión de los kázaros al judaísmo, publicado en 1941 en la revista «Zion», levantó vivas controversias —aunque menos que su libro titulado

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Khazaria que, publicado en 1944 en Tel Aviv (también en hebreo), fue acogido con auténtica hostilidad (fácilmente comprensible) y considerado como un ataque contra la sagrada tradición que hace remontar a los judíos modernos a la tribu bíblica de Israel. En la edición de 1971-1972 de la Encyclopaedia Judaica no aparece el nombre de este autor.

En cambio, Mathias Mieses, del que ya he citado su tesis sobre el origen de los judíos del Este, y de la lengua yiddish, es muy apreciado entre los medios académicos. Nacido en Galitzia en 1885, realizó estudios de lingüística, y se convirtió en un pionero de la filología yiddish (aunque él escribió, sobre todo, en alemán, polaco y hebreo). Se hizo famoso a raíz de su primera conferencia sobre el yiddish, en Czernowitz, en el año 1908, y se consideran ya clásicos sus dos grandes libros Die Entstehungsursache der jüdischen Dialekte (1915) y Die Yiddische Sprache (1924).

Los últimos años de Mieses transcurrieron en Cracovia, hasta que fue deportado, en el año 1945, con destino a Auschwitz, muriendo en el camino.

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3

3. «LA CORRESPONDENCIA KAZARA»

I

Desde hace mucho tiempo viene apasionando a los historiadores el intercambio de cartas entre el estadista español Hasdai ibn Shaprut y el rey José de Kazaria. Bien es verdad que, como dice Dunlop, «no hay que exagerar la importancia de la correspondencia kázara. Hoy día es posible reconstruir con bastante exactitud la historia de los kázaros sin necesidad de recurrir a las cartas de Hasdai y de José».[15] No obstante, es indudable que no carece de interés resumir brevemente lo que se sabe sobre la historia de estos documentos.

Suponemos que la carta de Hasdai se escribió entre el año 954 y el 961, porque se cree que la embajada de Europa oriental de que habla (véase capítulo 3, III, IV) llegó a Córdoba en el año 954, y el califa Abd-al-Rahmán, que igualmente se cita, reinó hasta el año 961. La carta es de puño y letra del secretario de Hasdai, Menahem ber-Sharuk, cuyo nombre puede leerse en acróstico a continuación del de Hasdai —esto ha sido establecido por Landau,

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā gracias a otros trabajos conocidos de Menahem, con los que se ha comparado—. Desde luego, la autenticidad de la carta de Hasdai es indiscutible, cosa que no puede decirse de la respuesta de José, en la que las pruebas son, necesariamente, menos directas y más complejas.

Las primeras alusiones a La correspondencia que se conocen datan de los siglos XI y XII. Hacia el año 1100, el rabino de Barcelona, Jehudad Ben Barzillai, escribió en hebreo un Libro de las fiestas (Sefer ha-Ittim), que contiene una extensa referencia a la respuesta de José, acompañada de citas textuales. El pasaje en cuestión comienza así:

Hemos visto, entre otros manuscritos, la copia de una carta que el rey José, hijo de Aarón, el sacerdote kázaro, escribió a R. Hasdai Bar Isaac.[17] No sabemos si la carta es auténtica o no, ni si es cierto que los kázaros, que son turcos, se convirtieron. No es seguro que sea real y verídico todo lo que esta carta contiene. Pueden haber cosas falsas, o alguien ha podido añadir otras, o puede haber algún error por parte del escriba… La razón por la que debemos transcribir en la presente obra cosas que parecen exageradas, es habernos encontrado, en la carta de este rey José a R. Hasdai, con que R. Hasdai le había preguntado de qué familia era, su condición de

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rey, cómo es que sus padres se cobijaron bajo las alas de la Presencia (es decir, se convirtieron al judaísmo), y cuál era la extensión de su reino y sus dominios. Le respondió a todas las cuestiones, ofreciendo toda clase de detalles en su carta.[18]

A continuación, Barzillai cita o parafrasea numerosos pasajes de la respuesta de José, por lo que no podemos dudar de la existencia de este texto en el año 1100. Su sabio escepticismo en muchas ocasiones añade una nota particularmente convincente. En el ambiente provinciano de Barcelona, evidentemente, el rabino no podía saber nada, y, si sabía, era muy poca cosa, sobre los kázaros.

También oyó hablar de las relaciones entre Hasdai y los kázaros, en la misma época aproximadamente, el cronista árabe Ibn Hawkal. Se ha conservado una enigmática nota garabateada sobre un mapa manuscrito fechado en el año 474 de la Hégira (1086):

Hasdai ibn Ishaq[19] cree que esta larga cordillera (el Cáucaso) continúa en las montañas de Armenia y atraviesa el país de los griegos, abarcando Kazaria y las montañas de Armenia. Estaba bien informado sobre estas regiones, pues las visitó y se reunió con sus reyes y principales jefes.[20]

No parece muy verosímil que Hasdai haya viajado realmente a Kazaria; sin embargo, recordemos que en su carta hacía una proposición en este sentido, y que el rey José acogió con entusiasmo la perspectiva de esta visita; es posible que el diligente Ibn Hawkal oyera hablar de La correspondencia y extrapolara los resultados a partir de ella, práctica no demasiado rara entre los cronistas de la época.

Medio siglo después (en el año 1140), Jehudad Halevi escribió su tratado filosófico titulado Los Kázaros (Kuzri). Como ya hemos dicho, son muy pocos los hechos que en él se contemplan, aunque todo lo concerniente a la conversión de los kázaros al judaísmo concuerda en general bastante bien con las indicaciones contenidas en la respuesta de José. Halevi no cita de una manera explícita La correspondencia: su principal interés radica en la teología, y descuida todo lo que a hechos o historia se refiera. Lo más probable es que hubiera leído alguna copia de La correspondencia, al igual que lo hiciera anteriormente el rabino de Barcelona, pero no podemos estar seguros de ello.

En cambio, la certeza es absoluta en el caso de Abraham Ben Daud (véase más arriba, 2, VIII), cuya famosa obra Sefer ha-Kabbalah, compuesta en el año 1161, contiene el siguiente pasaje:

Encontraréis congregaciones de Israel diseminadas desde la ciudad de Saba, en el extremo del Maghreb, hasta Tahart, en su comienzo, en el extremo de Ifriquiya (Túnez), a todo lo largo de Ifriquiya, en Egipto, en el país de los sabeos, en Arabia, en Babilonia, en Elan, Persia,

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Dedan, en el país de los girgachitas, llamado Djurdjan, y en el río Itil, donde viven los kázaros convertidos. Su rey José envió una carta a R. Hasdai, príncipe bar Isaac ben-Shaprut, informándole de que, tanto él como su pueblo, observaban la ley divina. Hemos visto en Toledo algunos de sus descendientes, discípulos de los sabios, que nos han dicho que allí todos obedecen la fe divina.[21]

II

La primera versión impresa de La correspondencia kázara apareció en un folleto escrito en hebreo, Kol Mebasser (La voz del portador de noticias), publicado en Constantinopla hacia el año 1575, probablemente en el 1577.[22] Su autor, Isaac Abraham Akrish, cuenta en el prefacio que, quince años antes, en el transcurso de sus viajes a Egipto, había oído hablar de un reino judío independiente (probablemente le fuera transmitido el rumor por los falachas de Etiopía) y que en seguida procuró hacerse con «una carta que fue enviada al rey de los kázaros, con la respuesta del rey». Decidió entonces publicar esta correspondencia con el fin de animar a sus correligionarios. ¿Creía que seguía existiendo Kazaria? No está claro. En cualquier caso, a su prefacio le sigue el texto de las dos cartas, sin añadir ningún otro comentario.

Pero no sería el opúsculo de Akrish la última obra sobre La correspondencia kázara, pues, alrededor de sesenta años después de su publicación, un ejemplar del folleto llegó a manos de un sabio, Johannes Buxtorf el Joven, calvinista muy erudito, buen hebraísta, autor de numerosos estudios sobre exégesis bíblica y sobre literatura rabínica. En cuanto a la autenticidad de La correspondencia, Buxtorf al principio se mostró tan escéptico como quinientos años antes se mostrara Barzillai. Pero, al final, en el año 1660, publicó como anexo al libro de Jehudad Halevi sobre los kázaros, el texto original de las dos cartas con su traducción al latín. Aunque parezca ilógico, no fue ésta una idea muy acertada, pues el hecho de aparecer unida al legendario relato de Halevi, ha contribuido a que tampoco La correspondencia se haya tomado muy en serio por los historiadores. Y estos últimos no cambiarían de actitud hasta el siglo XIX, en que el descubrimiento de otras fuentes proporcionó nuevos datos sobre los kázaros.

III

La única versión manuscrita que contiene las dos cartas, la de Hasdai y la respuesta de José, se encuentra en la biblioteca de Christ Church, en Oxford. Según Dunlop y el especialista ruso Kokovtsov,[23] el manuscrito «muestra una notable similitud con el texto impreso», el cual «ha servido como fuente

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directa o indirecta».[24] Probablemente date del siglo XVI, y se cree que perteneció al decano de Christ Church, John Fell (inmortalizado en el cuarteto del que fuera su alumno, el poeta Thomas Brown: «No te quiero, doctor Fell…»).

Hay otro manuscrito, que se conserva en la biblioteca pública de Leningrado, que contiene la respuesta de José, pero no la carta de Hasdai. Se trata de un manuscrito de mayor extensión que el texto impreso de Akrish y que el manuscrito de Christ Church; por ello se le designa generalmente por el nombre de «Versión larga», por oposición a la «Versión corta» de Akrish o de Christ Church que, al parecer, no son más que versiones abreviadas. La «Versión larga» es también la más antigua: probablemente date del siglo XIII, mientras que la corta es del siglo XVI. El historiador soviético Ribakov[25] sostiene la muy verosímil hipótesis de que la «Versión corta» de la respuesta de José es un compendio realizado en la Edad Media por copistas españoles, sobre la base de la «Versión larga», o incluso sobre otro texto más antiguo.

Por aquel entonces, una falsa pista amenazaba confundir a los rastreadores de los hechos históricos. La «Versión larga» formaba parte, en la biblioteca de Leningrado, de una colección de manuscritos y epitafios hebreos llamada «colección Firkowich». Probablemente proviniera de la Geniza de El Cairo, como ocurre con la mayor parte de este fondo. Este Abraham Firkowich, pintoresco sabio del siglo XIX que merecería un anexo para él solo, era realmente una autoridad en su disciplina; pero también era un karaíta militante y quería demostrar al gobierno zarista que sus correligionarios no tenían nada que ver con los judíos ortodoxos y, por tanto, no debían ser tratados de la misma manera por los cristianos. Con esta loable intención, se dedicó a falsificar algunos textos antiguos auténticos, que eran de su propiedad, manuscritos o inscripciones funerarias, añadiendo o intercalando alguna que otra palabra para conseguir que tuvieran un aspecto más karaíta. De esta forma, cuando, después de la muerte de este erudito tan celoso, el historiador ruso Harkavy descubrió la «Versión larga» en un paquete de manuscritos, fue acogida con cierta desconfianza, por el mero hecho de haber pasado por las manos de Firkowich. Tampoco Harkavy se hacía ilusiones sobre el rigor de Firkowich, del que él mismo había denunciado ya algunas falsificaciones.[26] Sin embargo, nunca dudó de la autenticidad del manuscrito: publicó el original en 1879, y proporcionó traducciones al ruso y al alemán,[27] presentándolo como una versión antigua de la carta de José, de donde se habría extraído la «Versión corta». Chowlson, colega (y rival) de Harkavy, confirmó que el documento había sido escrito por completo por un

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solo copista, y que no contenía ningún tipo de adición.[28] Por último, en 1932, apareció en Leningrado, bajo los auspicios de la Academia, la obra de Pablo Kokovtsov La correspondencia hebraico-kázara del siglo X,[29] en la que se incluyen facsímiles de la «Versión larga» de Leningrado, y de la «Versión corta» de Christ Church, así como del folleto de Akrish. Al final de un análisis crítico de cada uno de los tres textos, llega a la conclusión de que las dos versiones, tanto la larga como la corta, están basadas en un mismo texto original, generalmente mejor respetado en la larga, aunque no en todos los casos.

IV

El análisis de Kokovtsov, reforzado por la publicación de los facsímiles, puede decirse que puso fin a la controversia —que entonces no afectaba más que a la «Versión larga», pero no a la carta de Hasdai ni a la «Versión corta» de la respuesta.

Sin embargo, una voz discordante se alzó sin pedir permiso. En el año 1941, Poliak sostuvo que La correspondencia kázara era, si no una falsificación, sí por lo menos una obra de ficción, compuesta en el siglo X para dar a conocer el reino judío, es decir, con fines informativos o propagandísticos[30] (la fecha entonces podía ser trasladada al siglo XI, o más tarde aún, pues el rabí Barzillai leyó La correspondencia en el año 1100, e Ibn Daud la citaba en el 1161). Pero esta teoría, que a primera vista parecía verosímil, pronto fue echada por tierra por Landau y Dunlop. Landau pudo demostrar que la carta de Hasdai fue redactada por completo por el secretario Menahem ben-Sharuk. Y Dunlop puso de manifiesto que la carta de Hasdai plantea muchas cuestiones sobre Kazaria a las que José no responde — realmente, no es ésta la mejor manera de escribir un folleto informativo:

No hay ninguna respuesta por parte de José a las preguntas formuladas sobre su manera de dirigirse al lugar del culto, así como tampoco responde sobre el descanso que ese habría de imponer en el «sabbat»… Hay una clara ausencia de correlación entre las preguntas de la carta y la información que facilita la respuesta. Esto debería indicar que, probablemente, los documentos son lo que pretenden ser, y no una invención literaria.[31]

Y, más adelante, Dunlop pregunta con razón:

¿Por qué una carta de Hasdai, que siendo con diferencia más larga que la respuesta de José, contiene tan escasa información sobre los kázaros, si fue escrita, como Poliak supone, con el único fin de difundir una narración popular sobre Kazaria? Si la carta sólo sirve como introducción a las informaciones sobre los kázaros contenidas en la respuesta, se trata realmente

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de una curiosísima introducción, llena de información sobre España y los Omeyas, que nada tienen que ver con Kazaria.[32]

Y, para dar el golpe de gracia, Dunlop añade un examen lingüístico que prueba que la carta y la respuesta han sido redactadas por autores diferentes. La demostración se basa en una característica de la gramática hebrea, el empleo del waw conversivo para establecer el tiempo. No trataré de explicar este mecanismo gramatical, me limitaré a reproducir el cuadro con los distintos métodos utilizados en la carta y la «Versión larga» para designar acciones del pasado, según Dunlop:[33]

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waw conversivo    waw simple

en imperfecto        en perfecto

Carta de Hasdai     48     14

Respuesta (Versión larga)         1       95

En la «Versión corta», el primer método (el de Hasdai) se emplea 37 veces y el segundo 50. Pero, en la «Versión corta», el primer método se emplea principalmente en los pasajes que difieren de la «Versión larga». Según Dunlop, esto se debe a que los escribas españoles han parafraseado la «Versión larga». Del mismo modo, la carta de Hasdai, escrita en la España morisca, contiene numerosos arabismos (como, por ejemplo, al-Khazar, para designar a los kázaros), mientras que en la respuesta no encontramos ninguno. Finalmente, respecto a la correspondencia en general, Dunlop escribió:

No creo que se haya alegado nada definitivo en contra de la respuesta de José en su forma más original, la «Versión larga». La diferencia estilística confirma su autenticidad, como era de esperar en dos documentos que provienen de dos lugares del mundo judío separados por extensas distancias y en las que el nivel cultural no era el mismo bajo ningún aspecto. Permítaseme, por lo que pueda valer, hacer notar aquí la impresión de que, en general, la lengua de la respuesta es menos artificial, más ingenua, que la de la carta.[34]

Terminaré diciendo que no se comprende muy bien cómo los historiadores se han resistido tanto a creer que el kagan de los kázaros pudiera dictar esta carta, sabiéndose que mantenía correspondencia con el emperador de Bizancio (¡recordemos los sellos de oro!), o que los judíos piadosos de España o de Egipto hayan copiado con diligencia y conservado un mensaje proveniente del único reino judío que existió desde los tiempos bíblicos.

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4

ALGUNAS CONSECUENCIAS: ISRAEL Y LA DIÁSPORA

A pesar de que este libro trate de historia y se refiera exclusivamente al pasado, no por ello deja de implicar, inevitablemente, algunas consecuencias en el presente y en el porvenir.

En primer lugar, no ignoro que, con malevolencia, se podría interpretar como una negación del derecho a la existencia del Estado de Israel. Pero este derecho no se basa ni en los hipotéticos orígenes del pueblo judío ni en la mitológica alianza entre Abrhham y Dios; por el contrario, se basa en la legislación internacional y, más concretamente, en la decisión tomada por las Naciones Unidas en 1947 de dividir Palestina, antigua provincia turca, y en aquella época territorio bajo mandato británico, en dos Estados, uno árabe y otro judío. Cualquiera que sean los orígenes raciales de los ciudadanos de Israel, y cualquiera que sean las ilusiones que se hagan al respecto, su Estado existe, de iure y de facto, y no puede reprimirse más que con un genocidio. Sin entrar en controversias, se puede añadir, ya que es un hecho, que la división de Palestina fue el resultado de un siglo de inmigración pacífica y de trabajos de pioneros a cargo de los judíos, lo que proporcionaba una justificación ética a la existencia legal del Estado. Que los cromosomas de su población contengan genes de origen kázaro, semita, romano o español, es una cuestión que carece de interés, y no puede afectar al derecho a la existencia de Israel ni a la obligación moral de toda persona civilizada, judía o no judía, de defender este derecho. Incluso el origen étnico inmediato de los padres o abuelos de los nativos de Israel pierde su importancia y tiende a olvidarse ante la efervescencia del crisol racial. El lejano problema de la transfusión kázara, por apasionante que sea, no concierne al moderno Estado de Israel.

Los judíos que habitan en ese país, cualquiera que sea la multiplicidad de sus orígenes, reúnen las condiciones necesarias para constituir una nación: una patria, una lengua común, un gobierno y un ejército. Los judíos de la Diáspora no poseían ninguno de estos elementos. Lo que hacía de ellos una categoría de seres aparte, en el país en que vivieran, era su religión declarada,

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la practicaran o no. Ésta fue la diferencia fundamental entre israelitas y judíos de la Diáspora: mientras los primeros han adquirido una identidad nacional, los segundos son clasificados como judíos por el mero hecho de su religión, y no en razón de su nacionalidad ni de su raza.

Sin embargo, esto suscita una trágica paradoja, pues la religión israelita (a diferencia del cristianismo, del islamismo o del budismo) supone la pertenencia a una nación histórica, a un pueblo elegido. Todas las fiestas israelitas conmemoran algún acontecimiento de la historia nacional: la salida de Egipto, la sublevación de los Macabeos, la muerte del opresor Amán, la destrucción del Templo. El Antiguo Testamento es, por encima de todo, un libro de historia nacional; aunque haya dado al mundo su monoteísmo, su credo es más tribal que universal. Cada plegaria, cada rito proclama su pertenencia a una antigua raza, lo que automáticamente coloca a los judíos fuera del pasado racial o histórico de los pueblos con los que viven. Como lo demuestran dos mil años de tragedias, la religión israelita es quien genera su segregación nacional y social. Es ella quien coloca al judío aparte e invita para que se le coloque aparte. Crea automáticamente ghettos materiales y culturales. Convierte a los judíos de la Diáspora en una pseudo-nación desprovista de todos los atributos y privilegios de la nacionalidad, vagamente unidos por un sistema de creencias tradicionales basadas en unos postulados raciales e históricos que se revelan ilusorios.

Los judíos ortodoxos representan una minoría en vías de desaparición. Se hallaban atrincherados en la Europa oriental cuando se desencadenó el furor nazi que los eliminó casi por completo. Los supervivientes, desparramados por todo el mundo occidental, apenas tienen influencia, y la mayor parte de las comunidades ortodoxas de África del Norte, del Yemen, de Siria o de Irak han emigrado a Israel. Con la Diáspora se termina el judaísmo ortodoxo, y son los judíos clarividentes o agnósticos los que perpetúan la paradoja, aferrándose con lealtad a su estatuto pseudo-nacional porque se creen obligados a conservar la tradición judía.

Sin embargo, no es fácil definir lo que significa la expresión «tradición judía» para esa mayoría culta que rechaza la doctrina del Pueblo Elegido. Parte de esta doctrina, los mensajes universales del Antiguo Testamento (advenimiento del Dios Único e Indivisible, los Diez Mandamientos, dichos de los profetas, proverbios y salmos) han pasado a las grandes corrientes de la tradición judeo-helénico-cristiana, y pertenecen a todos, judíos o no-judíos.

Después de la destrucción de Jerusalén, los judíos dejaron de tener su propia lengua y su propia cultura profana. El hebreo, como lengua hablada,

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había cedido ya el sitio al arameo aun antes de la era cristiana; en España, los sabios y poetas judíos se expresaban en árabe; más tarde, sus sucesores se servirían del alemán, del polaco, del ruso, del inglés o del francés. En algunas comunidades judías han surgido dialectos como el yiddish o el ladino, pero ninguna de ellas ha producido obras comparables a las importantes contribuciones judías a la literatura alemana, austro-húngara o americana.

La principal actividad literaria específicamente judía de la Diáspora se ejerció en el campo de la teología. Pero el Talmud, la Kábala y los grandes tomos de exégesis bíblica son casi desconocidos del público judío contemporáneo, aunque sigan siendo las únicas reliquias de una tradición especialmente judía (dando un sentido concreto a este término) durante los dos últimos milenios. Dicho de otra forma, toda la producción de la Diáspora ha consistido en obras que, o no son especialmente judías, o no forman parte de una tradición viva. Los judíos han alimentado la cultura de sus países-huéspedes con contribuciones filosóficas, científicas o artísticas, que no constituyen ni patrimonio cultural ni conjunto de tradiciones autónomo.

En resumen, los judíos de hoy en día no poseen una tradición cultural común; tan sólo poseen costumbres y comportamientos que provienen, por transmisión social, de la traumatizante experiencia del ghetto, así como de una religión que, en general, no practican, y en la que no creen, pero que les proporciona un estatuto pseudo-nacional. Está claro que, a largo plazo (ya he tratado de demostrarlo en otra ocasión),[35] la solución de la paradoja no puede ser otra que la emigración a Israel o la gradual asimilación a los países-huésped. Antes del holocausto nazi, esta segunda solución había batido su récord y, en el año 1975 se podía leer en el «Time Magazine»[36] que los judíos americanos «tienden cada vez más a casarse fuera de su religión; hay ya casi un tercio de matrimonios mixtos».

Sin embargo, la persistente influencia del mensaje racial e histórico del judaísmo, aunque esté basado en meras ilusiones, actúa como un poderoso freno afectivo, apelando a la lealtad tribal. Es dentro de este contexto donde el papel representado por la decimotercera tribu, en la historia de sus antepasados, puede concernir a los judíos de la Diáspora. Pero, una vez más, diré que no concierne a los modernos israelíes, que han adquirido una auténtica identidad nacional. Una de las principales contribuciones al conocimiento de la herencia kázara de los judíos, que echa por tierra la leyenda del Pueblo Elegido, se debe a Abraham Poliak, profesor de historia en la Universidad de Tel Aviv y, sin duda, buen patriota: puede resultar simbólico. Puede ser significativo también que el «sabra» nacido en Israel

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represente física y mentalmente todo lo contrario del «típico judío» recluido en el ghetto.

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Arthur Koestler nació en Budapest en el año 1905, de madre judía. Residió en Viena, Palestina, Berlín y en España como corresponsal de un diario inglés durante la Guerra Civil. Participó en la Segunda Guerra Mundial donde apresado por los nazis fue internado en un campo de concentración, consiguiendo salir y pasar a Argelia, Casablanca y por fin a Inglaterra donde se estableció. Escribió algunas de sus obras en alemán y húngaro, idiomas que tenía como lengua materna, pero la mayoría fueron escritas en inglés, lengua que adoptó tras su residencia en Gran Bretaña. Periodista, historiador, filósofo y autor de novelas y ensayos. Aquejado de leucemia y Parkinson, puso fin a su vida junto a su esposa en París en 1983.

Página 194

Notas

Notas

Página 195

Les belles lettres, París, 1935. <<

Página 196

J. B. BURY, A History of the Eastern Roman Empire, Londres, 1912, p. 402.

<<

Página 197

D. M. DUNLOP, The History of the Jewish Khazars, Princeton, 1954, p. IX-X.

<<

Página 198

BARTHA, ANTAL, A IX-X Szàzadi Magyar Tàrsadalom, Akademiai Kiado, Budapest, 1968. <<

Página 199

Edición revisada y corregida, con el título de Kazaria. Historia de un reino judío en Europa, Mossad Bialik, Tel Aviv, 1951. <<

Página 200

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā CASSEL, PAULUS, Der Chasarische Königsbrief aus dem 10. Jahrhundert, Berlín, 1876. <<

Página 201

Desde aproximadamente el año 372, comienzo de su migración hacia el oeste a partir de las estepas del norte del Caspio, hasta el 453, año en que moría Atila. <<

Página 202

BARTHA, p. 24. <<

Página 203

Id., p. 24 y notas. <<

Página 204

Id., p. 24, n. 147-149. <<

Página 205

«Como recuerdo del terror que las incursiones kázaras inspiraban a los árabes, los musulmanes todavía llaman al Caspio mar tan cambiante como los mismos nómadas y que baña las estepas de su dominio, Bahr-ul-Khazar, el mar de los kázaros», W. E. O. ALLEN, A History of the Georgian People, Londres, 1952. <<

Página 206

Istoria Khazar, 1962. <<

Página 207

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ibn Said al Maghribi, citado por DUNLOP, p. 11. <<

Página 208

SCHULTZE, 1905, p. 23. <<

Página 209

MARQUART, p. 44, n. 4. <<

Página 210

Citado por DUNLOP, p. 96. <<

Página 211

Resulta divertido hacer notar cómo, durante la Primera Guerra Mundial, los británicos empleaban el nombre de «hunos» como término peyorativo, mientras que, en mi Hungría natal, se enseñaba a los escolares a enorgullecerse patrióticamente de «sus gloriosos antepasados, los hunos». En Budapest, un club de remeros muy distinguido se llamaba «Hunnia», y Atila es siempre un nombre de moda. <<

Página 212

A diferencia de los magiares, cuya lengua pertenece al grupo finés-húngaro. <<

Página 213

La palabra huszar, o húsar, probablemente proceda del griego, a través del servo-croata. <<

Página 214

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ਀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ਀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā En realidad, debida a un compilador anónimo, y designada con el nombre del autor de la obra original resumida. <<

Página 215

Los «akatzirs» son igualmente citados como pueblo guerrero, un siglo después, por el historiador godo Jordanés; en la anónima Geografía de Rávena se les asimila expresamente a los kázaros. Esto está admitido por la mayoría de los autores modernos (Marquart es una excepción; su opinión queda refutada por DUNLOP, op. cit., p. 7 y ss.). Cassel, por ejemplo, muestra cómo la pronunciación y la ortografía de Priscus siguen a la armenia y a la georgiana: khazir. <<

Página 216

O kaqan, khaqan, chagan, etc. Los orientalistas poseen particulares idiosincrasias respecto a las grafías (véase anexo 1). Me he inclinado por kagan, menos ofensivo para los lectores occidentales. No obstante, la h de khazar es de uso corriente. <<

Página 217

Lo que no impidió que la palabra «turco» se aplicara indistintamente a todo tipo de nómadas de las estepas, como eufemismo de bárbaro o como sinónimo de huno. De aquí han surgido innumerables confusiones en la interpretación de las fuentes antiguas. <<

Página 218

Ibn al BAKHRI, Fars Namah. <<

Página 219

Edward GIBBON, Histoire du Déclin et de la Chute de l’Empire romain, trad. francesa. Delagrave, 1880. <<

Página 220

Como se demuestra a continuación, «Turcos» tiene el significado aquí de «kázaros». <<

Página 221

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Moise de Kalantatuk, citado por DUNLOP, p. 29. <<

Página 222

Actualmente, paso de Kasbek. <<

Página 223

En el 669, 673-678, 717-718. <<

Página 224

La fecha probable de la conversión se sitúa en el año 740 (véase más adelante). <<

Página 225

Op. cit. <<

Página 226

OBOLENSKY, 1971, p. 172. <<

Página 227

GIBBON, p. 79. <<

Página 228

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā က Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā က Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā GIBBON, p. 180. <<

Página 229

El tratamiento infligido a Justiniano fue observado como un acto de clemencia; la tendencia general era humanizar el derecho criminal, sustituyendo la pena capital por la mutilación: amputación de una mano en caso de robo, de la nariz para los fornicadores, etc. Los emperadores bizantinos se dedicaron igualmente a la práctica de vaciar los ojos de los rivales y pretendientes peligrosos y perdonar, magnánimamente, sus vidas. <<

Página 230

GIBBON, p. 182. <<

Página 231

Op. cit., p. 176. <<

Página 232

Las siguientes citas están sacadas de las traducciones alemana, de Zeki Validi Togan e, incluso, inglesa, de Blake y Frye. <<

Página 233

Más adelante, un pasaje indica que se trata del rey de los kázaros. <<

Página 234

ZEKI VALIDI, Exkurs 36a. <<

Página 235

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Los jefes de la caravana deseaban, evidentemente, evitar a cualquier precio un conflicto con los ghuzz. <<

Página 236

Rhus o varegos: fundadores suecos de los primeros establecimientos rusos. Véase, más adelante, en el capítulo 3. <<

Página 237

Ibn Fadlans Reisebericht. <<

Página 238

En apoyo a su argumento, el autor adjunta citas turcas y árabes sin traducirlas, desagradable costumbre, muy extendida entre los especialistas. <<

Página 239

P. 47. <<

Página 240

Parece ser que, finalmente, llegó, pero de ello no se habla después. <<

Página 241

P. 81. <<

Página 242

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā P. 190. <<

Página 243

Esto resulta exagerado, dado que existía una comunidad musulmana en la capital. En consecuencia, Zeki Validi suprime la palabra «todos». Se impone pensar que por «kázaros» designa aquí a la tribu dominante en el mosaico étnico de Kazaria, y que los musulmanes, si bien gozaban de autonomía jurídica y religiosa, no eran considerados como «verdaderos kázaros». <<

Página 244

En las siguientes páginas, nos fundamos en obras de Istakhri, Masudi, Ibn Rusta e Ibn Hawkal. <<

Página 245

Ibn FADLAN, p. 61. <<

Página 246

[52] AL-ISTAKHRI. <<

Página 247

[53] AL-MASUDI. <<

Página 248

Ibn HAWKAL; otro tanto nos dice Istakhri (que tan sólo cuenta 4.000 jardines). <<

Página 249

MUQADASSI, Descripción del Imperio (Descriptio Imperii, ed. de Goeje, p.  355), citado por Baron, III, p. 197. <<

Página 250

TOYNBEE, Constantino Porphirogenitus, p. 549. <<

Página 251

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ZEKI VALIDI, p. 120. <<

Página 252

Citado por BARTHA, p. 184. <<

Página 253

Desgraciadamente, Sarkel, el más importante enclave arqueológico kázaro, ha quedado recubierto por la retención de una presa hidroeléctrica. <<

Página 254

BARTHA, p. 139. <<

Página 255

Citado por DUNLOP, p. 231. <<

Página 256

P. 143-145. <<

Página 257

Actualmente, Sinnicolaul Mare, en Rumanía. <<

Página 258

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ℀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ℀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Se puede encontrar una excelente colección de fotografías en The Art of the Migration Period de Gyula Lâszlô, libro en el que, en cualquier caso, conviene tratar con precaución los comentarios históricos. <<

Página 259

LASZLO, p. 66 y ss. <<

Página 260

12.000, según Istakhri. <<

Página 261

Según Masudi, el «ejército real estaba compuesto por musulmanes que inmigraron de la región de Kwarizm. Mucho tiempo después de la llegada del islam, hubo guerra y peste en su territorio y se rindieron ante el rey de los kázaros… Cuando el rey de los kázaros entra en guerra contra los musulmanes, pasan a un lugar separado del ejército, y no se ven obligados a combatir contra personas de su misma religión». Que el ejército estuviera «compuesto» por musulmanes es, evidentemente, una exageración, que Masudi contradice unas líneas más adelante al hablar de un «lugar separado». Por otra parte, Ibn Hawkal dice que «el rey tiene en su escolta 4.000 musulmanes, y 12.000 soldados a su servicio». Las gentes del Kwarizm, probablemente, formaban una especie de «guardia suiza» en el interior del ejército, y, cuando sus compatriotas hablan de rehenes, probablemente se refieran a ellos (ver más arriba). Recíprocamente, el emperador de Bizancio poseía también un cuerpo de élite compuesto por guardias kázaros estacionados ante las puertas de palacio. Se trataba de un privilegio realmente costoso: «Estos guardias estaban tan bien remunerados, que sus puestos se compraban por considerables sumas, sobre las que sus sueldos representaban una anualidad variable de un dos a un cuatro por ciento». CONSTANTIN, Des Cérémonies, p. 692. <<

Página 262

Tuvo también otros nombres en otras épocas, por ejemplo, al-Bayada, «la ciudad blanca». <<

Página 263

Masudi sitúa estas construcciones sobre una isla próxima a la orilla occidental, o sobre una península. <<

Página 264

Hudud al-Alam, n. 50. <<

Página 265

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Probablemente, entre el 943 y el 947. <<

Página 266

Jewish Encyclopaedia, 1901-1906. En la Encyclopaedia Judaica de 1971, el artículo sobre los kázaros, firmado por Dunlop, es de una notable objetividad. <<

Página 267

Salvo en caso de represalias relativamente benignas. Véase cap. 4, I. <<

Página 268

Op. cit., p. 405. <<

Página 269

El tratado de Frazer sobre el «Killing of the Khazar Kings», apareció en el año 1917, Folklore, XXVIII. <<

Página 270

Stanislas JULIEN, Documents sur les Ton-Kiove, citado por Zeki VALIDI, p.  269. <<

Página 271

Alföldi piensa que los dos jefes eran los comandantes de las dos alas de la horda (v. DUNLOP, p. 159, nota 123). <<

Página 272

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā   Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā   Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā CASSEL, p. 52. <<

Página 273

Ibn HAWKAL, geógrafo, historiador y gran viajero, escribía su Geografía de Oriente en el 977. El pasaje citado es casi una copia del texto de Istakhri, escrito cuarenta años antes, pero contiene menos puntos oscuros. <<

Página 274

Ibn HAWKAL, p. 189-190. <<

Página 275

Op. cit., p. 405. <<

Página 276

Además, es preciso añadir que, antes de la conversión, el kagan aparecía todavía desempeñando un papel activo como, por ejemplo, en las negociaciones con Justiniano. Para complicar las cosas aún más, en los manuscritos árabes aparece frecuentemente «kagan» cuando se trata claramente del «bek»: kagan es un término genérico aplicado al jefe en numerosas tribus; también dan nombres diferentes al bek, como lo demuestra la siguiente lista extraída de MINORSKI, Hudud al Alam, p. 451:

Constantino – Kkaqan – Bek

Ibn Rusta – Khazar Khaqan – Aysha

Masudi – Khagan – Malik

Istakhri – Malik Khazar – Khagan Khazar (inversión)

Ibn Hawkal – Khaqan Khazar – Malik Khazar o Bek

Gardizi – Khazar Khaqan – Abshad <<

Página 277

BURY, p. 406. <<

Página 278

SHARF, p. 61. <<

Página 279

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Sin duda, se trata de la tribu dominante de los «kázaros blancos». Ver cap. primero, 3. <<

Página 280

Entre el 786 y el 809. Pero generalmente se piensa que Masudi se sirvió de una fecha convencional y que la conversión tuvo lugar en el año 740. <<

Página 281

SHARF, p. 84. <<

Página 282

SHARF, p. 88. <<

Página 283

La visión de Daniel, crónica disfrazada de profecía, citada por Sharf, p.  201. <<

Página 284

La época se preocupaba mucho por la conversión de los no creyentes, bien por la fuerza o mediante la persecución. Los judíos también se entregaban a tareas de conversión, como lo demuestra la ley bizantina que, desde Justiniano, amenazaba con severos castigos las tentativas que se hicieran para convertir cristianos al judaísmo; sin embargo, aquellos judíos que «maltrataban» a los convertidos al cristianismo eran castigados con la hoguera. Sharf, p. 25. <<

Página 285

Citado por POLIAK 4/3; DUNLOP, p. 119. <<

Página 286

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā POLIAK, 4/3, citando a Chwolson, Dieciocho inscripciones sepulcrales hebraicas de Crimea (en ruso), San Petesburgo, 1866. Estas inscripciones nada tienen en común con las imitaciones de Firkovitch, bien conocidas por los historiadores. <<

Página 287

POLIAK, 4/3; BARON, III, p. 210 y n. 47. <<

Página 288

POLIAK, loc. cit. <<

Página 289

Véase más adelante, cap. 4, XI. <<

Página 290

Citado por MARQUART, Streifzüge, p. 6. <<

Página 291

Según mis conocimientos, ninguna otra fuente menciona este hecho. Posiblemente se trate de una sustitución de buen tono, refiriéndose a la lejana y breve conversión del kagan al islam. <<

Página 292

P. 408. <<

Página 293

̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā ̀ Ȁ ̀ Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Se encontrará un breve resumen de esta controversia en el Anexo 3. <<

Página 294

SHARF, p. 100. <<

Página 295

BURY, p. 406 n. <<

Página 296

DUNLOP, p. 227. <<

Página 297

Ésta es, probablemente, la «ruta kázara», por el mar Negro y el río Don; después lleva del Don al Volga, y allí a Itil. Otra ruta, más corta, iba de Constantinopla a la costa oriental del mar Negro. <<

Página 298

Evidentemente, Sarkel, «honrados para nosotros» recuerda el pasaje de Constantino Porfirogéneta a propósito del sello de oro que debía utilizarse en las cartas enviadas al kagan. Constantino estaba en el trono en tiempos de la embajada. <<

Página 299

Esto puede referirse a un viajero judío del siglo IX, Eldad ha-Dani, cuyos fantásticos cuentos, muy leídos en la Edad Media, hablan de una Kazaria habitada por tres de las tribus perdidas de Israel, y que percibe tributos de veintitrés reinos vecinos. Eldad visitó España en el 880 y se ignora si fue al país de los kázaros. Hasdai le cita brevemente en su carta a José, como con afán de conocer noticias al respecto. <<

Página 300

Igualmente esclarece algo la descripción que se hizo de los kázaros como pueblo de Magog. Según el Génesis, X, 2-3, Magog es el tío, muy calumniado, de Togarma. <<

Página 301

Esta división de Itil en tres partes también es mencionada, como ya vimos, por ciertos autores árabes. <<

Página 302

Citado por BARON, vol. VIII, p. 201. Pasar el «sabbat» en la oscuridad era una costumbre karaíta muy conocida. <<

Página 303

DUNLOP, p. 220. <<

Página 304

Citado por BARON, vol. III, p. 203 y n. 38. <<

Página 305

«Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, en testimonio a la faz de todos los pueblos. Y, entonces, vendrá el fin». <<

Página 306

BARON, vol. III, p. 209. <<

Página 307

En su artículo «Kázaros», Enc. Brit., edición 1973. <<

Página 308

Op. cit., p. 117. <<

Página 309

Fecha incierta, no obstante. <<

Página 310

Bar Hebracus y al-Manbigi, citado por DUNLOP, p. 181. <<

Página 311

MARQUART (p. 5, 416), DUNLOP (p. 42 n) y BURY (p. 408) dan los tres diferentes fechas. <<

Página 312

BARTHA, p. 27 y ss. <<

Página 313

Op. cit., p. 547. <<

Página 314

Op. cit., p. 446 n. <<

Página 315

TOYNBEE, p. 446; BURY, p. 422 n. <<

Página 316

No confundir con Nigni Novgorod (actualmente Gorki). <<

Página 317

Constantino Porfirogéneta y la Crónica rusa concuerdan bastante bien sobre los nombres y emplazamientos de estas tribus, así como sobre su sumisión a los kázaros. <<

Página 318

GARDEZI, hacia 1060, parafraseando una relación anterior de Ibn Rusta, hacia el 905, citado por Macartney, p. 213. <<

Página 319

The Penguin Atlas of Mediaeval History, 1961, p. 58. <<

Página 320

Véase capítulo 4, I. <<

Página 321

TOYNBEE, p. 446. <<

Página 322

ZEKI VALIDI, p. 85. <<

Página 323

Ibn Rusta, citado por C. A. MACARTNEY, The Magyars in the Ninth Century, p. 214. <<

Página 324

Ibíd. <<

Página 325

Ibn RUSTA, citado por MACARTNEY, p. 215. <<

Página 326

Ibíd., p. 214-215. <<

Página 327

A grosso modo, del 830 al 930. <<

Página 328

En la introducción a su libro Magyars in the Ninth Century. <<

Página 329

Ibíd., p. v. <<

Página 330

TOYNBEE, p. 419; MACARTNEY, p. 176. <<

Página 331

TOYNBEE, p. 418. <<

Página 332

P. 454. <<

Página 333

TOYNBEE, p. 454 y ss. <<

Página 334

De la administración…, cap. XXXIX-XL. <<

Página 335

P. 426. <<

Página 336

P. 427. <<

Página 337

MACARTNEY, p. 127 y ss. <<

Página 338

BARON, vol. III, p. 211 y 332, véase también capítulo 7, II. <<

Página 339

BARTHA, p. 99, 113. <<

Página 340

Los petchenegos también son conocidos como «paccinaks» y, en húngaro, «besenyök». <<

Página 341

DUNLOP, p. 105. <<

Página 342

Interpretación verosímil de los dichos de Constantino, quien nos dice que «los ghuzz y los kázaros hicieron la guerra a los petchenegos», Bury, p. 424.

<<

Página 343

[37] MACARTNEY, GUILLEMAIN. <<

Página 344

[38] MACARTNEY, p. 71. <<

Página 345

Ibíd. <<

Página 346

The Annales of Admond. Citado por Macartney, p. 76. <<

Página 347

De la administración…, I, cap. XL. <<

Página 348

MACARTNEY, p. 123. <<

Página 349

Ibíd., p. 122. <<

Página 350

Ibíd., p. 123. <<

Página 351

Citado por DUNLOP, p. 262. <<

Página 352

BURY, p. 419. <<

Página 353

P. 448. <<

Página 354

P. 447. <<

Página 355

P. 422. <<

Página 356

TOYNBEE, p. 448. <<

Página 357

Crónica rusa, sub anno 911. <<

Página 358

Toynbee, p. 504. Nueve parientes de Olga, veinte diplomáticos, cuarenta y tres consejeros comerciales, un sacerdote, dos intérpretes, seis servidores de los diplomáticos y el intérprete particular de Olga. <<

Página 359

Ibíd. <<

Página 360

Crónica rusa, p. 82. <<

Página 361

Ibíd., p. 63. <<

Página 362

Ibíd., p. 72. <<

Página 363

Toynbee no duda en calificar de napalm a esta famosa arma secreta. Se trataba de un compuesto químico desconocido, probablemente un producto derivado del petróleo, que se inflamaba espontáneamente al contacto con el agua, y que no había manera de extinguir. <<

Página 364

P. 418. <<

Página 365

P. 418. <<

Página 366

Crónica rusa, p. 884. <<

Página 367

[3] ZEKI VALIDI. <<

Página 368

En la que suele denominarse la «versión larga» de esta misma carta (véase anexo 3), encontramos una frase que pudiera haber sido añadida por algún copista: «Si los dejara pasar aunque sólo fuera para una hora, destruirían todo el país de los árabes hasta Bagdad…». Habiendo permanecido los rusos en el Caspio durante un año, que es algo más de una hora, la fanfarronada nos suena a hueco, salvo si admitimos que se refiere más al pasado que al porvenir. <<

Página 369

Crónica rusa, p. 64. <<

Página 370

Crónica rusa, p. 74. <<

Página 371

TOYNBEE, op. cit., p. 451. <<

Página 372

Crónica rusa, p. 80. <<

Página 373

Crónica rusa, p. 85. <<

Página 374

Ibíd. <<

Página 375

Ibíd., p. 80. <<

Página 376

Ibíd., p. 109. <<

Página 377

Loc. cit. <<

Página 378

VERNADSKY, p. 29-33. <<

Página 379

Véase más adelante. <<

Página 380

De la administración, cap. X-XII. <<

Página 381

TOYNBEE, p. 508. <<

Página 382

BURY, op. cit., p. 414. <<

Página 383

La más famosa canción de gesta rusa de esta época, El dicho de la batalla de Igor, describe una desastrosa campaña de los rusos contra los ghuzz. <<

Página 384

P. 163. <<

Página 385

Una importante rama de los kumanos, huyendo de los mongoles, fue acogida en Hungría en el año 1241, y se mezcló con la población. Kun es un nombre corriente en Hungría. <<

Página 386

Según una tradición instaurada por Fraehm en 1822, en Las Memorias de la Academia rusa. <<

Página 387

Op. cit., p. 250. <<

Página 388

Y, sin embargo, un autor moderno, Barthold, le considera «uno de los más grandes geógrafos de todos los tiempos», citado por DUNLOP, p. 245. <<

Página 389

ZEKI VALIDI, p. 206. <<

Página 390

«Es probable que Saksin fuera idéntica a Kazaran-Itil o, al menos, que no estuvieran muy distanciadas, y que su nombre fuera una resurrección de la antigua Sarisshin». DUNLOP, p. 248, citando a Minorski. <<

Página 391

Ahmad TUSI, siglo XII, citado por ZEKI VALIDI, p. 205. <<

Página 392

DUNLOP, p. 249. <<

Página 393

BARON, IV, p. 174. <<

Página 394

Citado por DUNLOP, p. 251. <<

Página 395

Kasógenos o kashaks: tribu caucasiana bajo dominación kázara. No es seguro que se trate de los antepasados de los cosacos. <<

Página 396

Kievo Pechershii Paterik, citado por BARON, vol. IV, p. 192. <<

Página 397

Citado por DUNLOP, p. 260. <<

Página 398

Citado por ZEKI VALIDI, p. 143. <<

Página 399

Ibíd., p. XXVII. <<

Página 400

DUNLOP, p. 261. <<

Página 401

[37] VERNADSKY, p. 44. <<

Página 402

[38] POLIAK, cap. VII. <<

Página 403

Ibíd. <<

Página 404

BARON, vol. III, p. 204. <<

Página 405

Los principales testimonios sobre este movimiento lo componen un relato del viajero Benjamín de Tudela (véase capítulo 2, VII), una narración hostil de Yahya al-Maghribi, y dos manuscritos hebreos encontrados en la Geniza de El Cairo (véase capítulo 2, VI). Todo ello forma un desconcertante mosaico. He seguido la atenta interpretación de Baron (vol. III, p. 104; vol. IV, p. 202-204 y notas). <<

Página 406

BARON, loc. cit. <<

Página 407

BARON, vol. III, p. 206. <<

Página 408

BARON, vol. III, p. 212. <<

Página 409

Anonymi Gesta Hungarorum, citado por MACARTNEY, p. 188 y ss. <<

Página 410

Universal Jewish Encyclopaedia, artículo «Teka». Expreso aquí mi agradecimiento a Mme. St. G. Saunders, por haberme llamado la atención sobre este episodio, que parece haber escapado a los historiadores de los kázaros. <<

Página 411

DUNLOP, p. 262. <<

Página 412

[6] POLIAK, IX. <<

Página 413

BARON, vol. III, p. 206. <<

Página 414

[8] POLIAK, IX. <<

Página 415

POLIAK, cap. VII; BARON, p. 218 y n. <<

Página 416

BRUTZKUS, Enc. Judaica, artículo «Chasaren». <<

Página 417

SCHIPER, citado por POLIAK. <<

Página 418

POLIAK, cap. IX. <<

Página 419

Podemos encontrar estos datos en el artículo de A. H. KNIPER, Caucasus, People of, de la «Enc. Brit.», ed. 1973, basado en fuentes soviéticas recientes. Un libro de George SAVA, Valley of the Forgotten People, describe una pretendida visita a los judíos de la montaña, rica en melodramas, pero sin ninguna información. <<

Página 420

BARON, p. 217 y 338 n. <<

Página 421

Las dos naciones se unirían, tras numerosos tratados, a partir del año 1386, para formar el reino de Polonia. Para abreviar, escribiré «judíos polacos» para referirme a los provenientes de ambos países, aunque al final del siglo XVIII Polonia fuera repartida entre Rusia, Prusia y Austria, y sus habitantes, por tanto, se convirtieran en ciudadanos de alguno de estos tres países. Cuando en la Rusia imperial se confinó a los judíos —a partir del año 1792—, la zona de establecimiento que se les asignó coincidía con las regiones arrebatadas a Polonia, más algunas pertenecientes a Ucrania. Sólo algunas categorías privilegiadas de judíos estaban autorizadas a residir fuera de esta zona. En la época correspondiente al censo de 1897 se contaban tan sólo 200.000 judíos, y, sin embargo, habían llegado a ser cerca de cinco millones en el antiguo territorio polaco. <<

Página 422

Polonia y Hungría sufrieron también breves invasiones, por parte de los mongoles, en los años 1241 y 1242, pero no llegaron a ser ocupadas, por esto es por lo que su historia posterior sería radicalmente distinta. <<

Página 423

POLIAK, cap. IX. <<

Página 424

[18] POLIAK, ibíd. <<

Página 425

Ibíd. <<

Página 426

Citado por POLIAK, cap. IX. <<

Página 427

ZAJACZKOWSKI, citado por DUNLOP, p. 222. <<

Página 428

Probablemente Wroclaw o Cracovia. <<

Página 429

VETULANI, op. cit., p. 278. <<

Página 430

Los últimos pueblos kázaros del Dniéper fueron destruidos por la revuelta de los cosacos de Chmelnicky, en el siglo XVII, y los supervivientes fueron a engrosar el número de judíos instalados en Polonia y Lituania. <<

Página 431

POLIAK, op. cit., Kutschera, Die Chasaren, Viena, 1910. <<

Página 432

VETULANI, The Jews in Mediaeval Poland, p. 274. <<

Página 433

VETULANI, p. 276; BARON, vol. III, p. 218 y notas; POLIAK, op. cit. <<

Página 434

BARON, vol. III, p. 219. <<

Página 435

POLIAK, op. cit. <<

Página 436

El proceso inverso de los colonos que se instalan en tierras vírgenes es aplicable también a los emigrantes que pasan de regiones desarrolladas a otras menos desarrolladas. <<

Página 437

Enc. Brit., ed. 1973, «Literatura Yiddish». <<

Página 438

Capítulo III. <<

Página 439

Literalmente, «señor del carro». <<

Página 440

[34] POLIAK, cap. III. <<

Página 441

Ibíd. <<

Página 442

ZBOROWSKI, M. y HERZOG, Life Is With People — The Jewish Little Town of Eastern Europe, p. 41. <<

Página 443

[37] POLIAK, cap. III. <<

Página 444

Ibíd., cap. VII. <<

Página 445

Ibíd., cap. III. <<

Página 446

Sin contar a los judíos de España, categoría ésta distinta, que no tomaron parte en los movimientos migratorios que aquí nos ocupan. <<

Página 447

Según William de MALMESBURY, De Gestis regnum anglorum, citado por BARON, vol. IV, p. 277. <<

Página 448

BARON, vol. IV, p. 76. <<

Página 449

Según el clásico estudio de José JACOBS, The Jews of Angevin England, basado en relaciones de apellidos de familias y en otros documentos. Citado por BARON, vol. IV, p. 77. <<

Página 450

Enc. Brit. ed. 1973, artículo «Jews». <<

Página 451

ROTH, loc. cit. <<

Página 452

Las poblaciones judías de Francia e Inglaterra de los tiempos modernos se formaron con los refugiados de España que huían de la Inquisición, durante los siglos XVI y XVII. <<

Página 453

BARON, vol. IV, p. 271. <<

Página 454

Ibíd., p. 73. <<

Página 455

KUTSCHERA, p. 233. <<

Página 456

14.ª edición, VI, p. 272, artículo «Cruzadas». <<

Página 457

BARON, vol. IV, p. 97. <<

Página 458

Ibíd., p. 104. <<

Página 459

BARON, vol. IV, p. 105, 295 n. <<

Página 460

DUBNOV, p. 427. <<

Página 461

Ibíd., p. 428. <<

Página 462

BARON, vol. IV, p. 129. <<

Página 463

Ibíd., p. 119. <<

Página 464

Ibíd., p. 116. <<

Página 465

MIESES, p. 275. <<

Página 466

Ibid. <<

Página 467

Ibíd., p. 273. <<

Página 468

KUTSCHERA, p. 235, 241. <<

Página 469

Véase cap. 5, V. <<

Página 470

P. 291, 292. <<

Página 471

Jewis Encyclopaedia, vol. X, p. 512. 4. <<

Página 472

FUHRMANN, Alt-und Neuösterreich, citado por Mieses, p. 279. <<

Página 473

MIESES, loc. cit. <<

Página 474

Véase capítulo 5, II. <<

Página 475

Proc. Glasgow University Oriental Society, V, p. 65, 66. <<

Página 476

P. 211. <<

Página 477

P. 269. <<

Página 478

Véase más adelante, cap. 8, I. <<

Página 479

P. 272. <<

Página 480

Ibid. <<

Página 481

SMITH, op. cit., p. 66. <<

Página 482

KUTSCHERA, p. 244. <<

Página 483

En el siglo siguiente, contó entre sus estudiantes con Nicolás Copérnico (Nicolaus Copernicus o Mikolaj Koppernigk), que más tarde reivindicarían tanto los patriotas alemanes como los patriotas polacos. <<

Página 484

KUTSCHERA, p. 243. <<

Página 485

POLIAK, cap. IX. <<

Página 486

Citado por POLIAK, loc. cit. <<

Página 487

El caso de los conquistadores y colonizadores, que imponen su idioma a los indígenas, es, evidentemente, un caso muy distinto. <<

Página 488

Op. cit. <<

Página 489

Enc. Brit., ed. 1973, artículo «Jews». <<

Página 490

ROTH, loc. cit. <<

Página 491

Ibíd. <<

Página 492

POLIAK, ap. 3. <<

Página 493

PATAI, director de investigación en el Theodor Herzl Institute, Nueva York, Enc. Brit., 173, vol. XII, p. 1054. <<

Página 494

COMAS, «Los mitos raciales», en op. cit. UNESCO, 1960, p. 39. <<

Página 495

RIPLEY, op. cit., p. 377. <<

Página 496

Ibíd., p. 378 y ss. <<

Página 497

FISHBERG, p. 37. <<

Página 498

[7] FISHBERG, cap. II. <<

Página 499

PATAI, op. cit. <<

Página 500

COMAS, op. cit. <<

Página 501

FISHBERG, p. 63. <<

Página 502

Citado por FISHBERG, p. 63. <<

Página 503

PATAI, op. cit., p. 1054. <<

Página 504

En El racismo ante la ciencia, UNESCO, p. 186. <<

Página 505

FISHBERG, p. 181. <<

Página 506

Reyes, XI, 1. <<

Página 507

En francés en el original. <<

Página 508

Th. REINACH, citado por FISHBERG, p. 186. <<

Página 509

FISHBERG, p. 189, n. 2. <<

Página 510

COMAS, op. cit. <<

Página 511

TOYNBEE, 1947, p. 138. <<

Página 512

GRAETZ, History of the Jews, vol. II, p. 213. <<

Página 513

Ibíd., vol. III, p. 40. <<

Página 514

Ibíd., p. 191. <<

Página 515

El judaísmo como raza y religión, p. 24. <<

Página 516

FISHBERG, p. 79. <<

Página 517

RIPLEY, p. 394 y ss. <<

Página 518

FISHBERG, p. 83, citando a LUSCHAN. <<

Página 519

Ibíd., p. 83. <<

Página 520

RIPLEY, p. 395. <<

Página 521

«Raza y Civilización», en UNESCO, op. cit., p. 202. <<

Página 522

EMERSON escribía en un ensayo titulado English Traits: «cada secta religiosa tiene su fisonomía. Los metodistas tienen una cara determinada, los cuáqueros también, y las monjas. Un anglicano distinguirá a un disidente por sus modales. Los oficios y las profesiones esculpen las facciones y las formas». <<

Página 523

FISHBERG, p. 513. <<

Página 524

FISHBERG, p. 332. <<

Página 525

«El pueblo de la Tierra Prometida», en «UNESCO», op. cit., p. 192. <<

Página 526

Por ejemplo, KERR y REID, citado por FISHBERG, p. 274. <<

Página 527

RIPLEY, p. 398. <<

Página 528

FISHBERG, p. 178. <<

Página 529

Ibíd. <<

Página 530

Ibn Tawkal escribió en árabe, pero Ouseley trabajó con una traducción persa. <<

Página 531

Vol. II, p. 195, en la ed. de 1955. <<

Página 532

TOYNBEE, 1973, p. 24. <<

Página 533

TOYNBEE, p. 465. <<

Página 534

Ibíd., p. 602. <<

Página 535

Loc. cit. <<

Página 536

Byzantinische Zeitschrift, XIV, p. 511-570. <<

Página 537

MACARTNEY, op. cit., p. 98. <<

Página 538

VERNADSKY, 1943, p. 178. <<

Página 539

P.-E. KAHLE, 1945. <<

Página 540

H. GREGOIRE, 1937. <<

Página 541

KAHLE, 1959, p. 33. <<

Página 542

Ibíd. <<

Página 543

KAHLE, 1945, p. 28. <<

Página 544

DUNLOP, 1954, p. 125. <<

Página 545

LANDAU, 1942. <<

Página 546

Nombre hebreo: Isaac bar Shaprut. La R. (de Rabí) se emplea por respeto.

<<

Página 547

Citado por DUNLOP, 1954, p. 132. <<

Página 548

El nombre de Rasdai en árabe. <<

Página 549

Citado por DUNLOP, p. 154. <<

Página 550

Citado por DUNLOP, p. 127. <<

Página 551

Se conservan en la Bodleienne dos ejemplares de este folleto, correspondientes a dos ediciones distintas. <<

Página 552

[23] KOKOVTSOV, 1932. <<

Página 553

DUNLOP, 1954, p. 230. <<

Página 554

Citado en la Enc. Judaica, art. «The Khazar Correspondence». <<

Página 555

A. H. HARKAVY, 1877. <<

Página 556

HARKAVY, 1875. <<

Página 557

D. A. CHOWLSON (1882). <<

Página 558

[29] KOKOVTSOV, op. cit. <<

Página 559

POLIAK, 1941. <<

Página 560

DUNLOP, 1954, p. 143. <<

Página 561

Ibíd., p. 137. <<

Página 562

DUNLOP, p. 152. <<

Página 563

Ibíd., p. 153. <<

Página 564

En la Sombra del Dinosaurio. <<

Página 565

10 de marzo de 1975. <<

Página 566



FIN

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