© Libro N° 14644. El Imperio Kázaro Y Su Herencia. Koestler, Arthur. Emancipación. Diciembre 27 de 2025
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Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL IMPERIO KÁZARO Y SU
HERENCIA
Arthur Koestler
El Imperio
Kázaro Y Su Herencia
Arthur
Koestler
Para el
lector general, los kázaros o jázaros, un pueblo de origen turco que floreció
en la Edad Media, pueden parecer infinitamente remotos. Sin embargo, guardan
una estrecha e inesperada relación con el mundo que conocemos hoy. Arthur
Koestler relata la fascinante historia del antiguo imperio kázaro, una potencia
importante pero casi olvidada en Europa oriental en la época en que Carlomagno
era emperador en Occidente. Su dominio se extendía entre el Mar Negro y el
Caspio, desde el Cáucaso hasta el Volga. Los kázaros contribuyeron
decisivamente a detener el ataque musulmán contra Bizancio, la mandíbula
oriental del gigantesco movimiento de pinza que, en Occidente, se extendió por
el norte de África hasta España.
A partir de
entonces, los kázaros se encontraron en una posición precaria entre las dos
grandes potencias mundiales, el Imperio Romano de Oriente en Bizancio y los
triunfantes seguidores de Mahoma. Como señala Koestler en un llamativo símil,
«eran la Tercera Fuerza de su época, y eligieron un método inesperado para
resistir la presión occidental de hacerse cristianos y la oriental de adoptar
el islam. Rechazando a ambos, se convirtieron al judaísmo».
En la
segunda parte del libro, «La herencia», el autor especula sobre el destino
final de los kázaros y su impacto en la composición racial y la herencia social
de los judíos modernos. Presenta un gran número de investigaciones
meticulosamente detalladas en apoyo de una teoría que suena tanto más
convincente por la moderación con la que se expone. Sin embargo, si se
confirmara, el término «antisemitismo» quedaría vacío de significado. Se basa,
escribe, «en un malentendido compartido tanto por los asesinos como por sus
víctimas». La historia del Imperio kázaro, a medida que emerge lentamente del
pasado, empieza a parecerse al engaño más cruel que la Historia haya perpetrado
jamás.
Arthur
Koestler
El Imperio
Kázaro Y Su Herencia
ePub r1.0
Titivillus
30.04.2025
Título
original: The Thirteenth Tribe: The Khazar Empire and Its Heritage Arthur
Koestler, 1976
Traducción:
Román Izuzquiza & Juan Faci
Prólogo a
la edición castellana: Salvador Claramunt
Información
cartográfica: Salvador Claramunt
Diseño de
la cubierta: Ismael Balanyà
Editor
digital: Titivillus
ePub base
r2.1
INDICE
PRÓLOGO A
LA EDICIÓN CASTELLANA
Parte I.
GRANDEZA Y DECADENCIA DE LOS KAZAROS
Inicios
La
conversión
El declive
La caída
Parte II.
LA HERENCIA
Éxodo
¿De dónde
venían?
Flujo y
reflujo
Raza y mito
ANEXOS
Nota sobre
la ortografía
Nota sobre
las fuentes
«La
correspondencia kázara»
Algunas
consecuencias: Israel y la diáspora
BIBLIOGRAFIA
Sobre el
autor
Notas
PRÓLOGO A
LA EDICIÓN CASTELLANA
Aproximadamente
desde los siglos VII al XII de nuestra era, un imperio semi-nómada se extendió
desde el mar Negro hasta los Urales, y desde el Cáucaso hasta el lugar en que
el Volga y el Don convergen. Este imperio fue creación de los kázaros, pueblo
de estirpe turca que, debido a su estratégico emplazamiento, desempeñó un papel
muy importante es la historia del Imperio bizantino, el Califato de Bagdad y
los varegos escandinavos establecidos en Rusia.
Sobre el
año 740, la corte real kázara y los estamentos que ostentaban el poder se
convirtieron al judaísmo. Muy poco se sabe de los motivos o circunstancias que
originaron este acontecimiento extraordinario e insólito. Una conjetura
aparente sería que representaba un intento para lograr la autonomía nacional
frente a las cada vez mayores presiones de los mundos cristiano e islámico; ya
que el judaísmo era el precursor indiscutible de ambas religiones, y de esta
manera, los kázaros, según las necesidades militares y diplomáticas, podían
buscar una alianza con cualquiera de las dos partes, o bien hacer de
intermediarios entre una y otra.
Esta
situación quedó superada cuando en el siglo X apareció un nuevo peligro que
procedía del Norte: eran los suecos, quienes con el nombre de varegos, y más
tarde de rhus, iban conquistándolo todo de modo inexorable.
La gran
personalidad del filósofo-ensayista Arthur Koestler queda prontamente reflejada
en esta interesante obra sobre el poco conocido mundo de los kázaros.
El tema,
atractivo y enigmático de por sí, es magníficamente tratado por Koestler de
modo lúcido y a veces ameno. Koestler es un autor apasionado en todas sus
manifestaciones, pero minucioso analista de la realidad, como podemos ver a
través de su biografía. Nacido en Budapest el año 1905 en el seno de una
familia judía acomodada; la primera Guerra Mundial arruinó a su familia,
poniendo fin a unas confortables niñez y adolescencia. A partir de aquel
momento, nuestro autor ejerció toda suerte de actividades: obrero agrícola en
Palestina, arquitecto, vendedor de bebidas refrescantes en Haifa, agente de
turismo. A continuación, ya periodista, se hizo fervoroso comunista en 1931,
siendo corresponsal de guerra en Palestina por el «Manchester Guardian», y
después en España, durante la última guerra civil, por el «News Chronicles». En
1938 abandonó el Partido, comentando tristemente su experiencia con la
siguiente frase: «Serví el mismo período de tiempo durante el que Jacob cuidó
las ovejas de Laban para ganar a Raquel, su hija. Cuando llegó el momento, la
novia fue conducida a su oscura tienda; hasta la mañana siguiente no descubrió
que su pasión se la había dedicado no a la adorable Raquel, sino a la fea Leah.
Me pregunto si él se recuperaría algún día del golpe de haber dormido con una
ilusión». Ilusión que, a pesar de ciertos profundos desengaños, como acabamos
de ver, le han permitido filosofar y dedicarse a tratar los más variados temas,
como es el caso que nos concierne. En la actualidad, Koestler vive en Londres y
posee la ciudadanía británica, gozando de fama mundial por sus numerosas y
apasionantes obras.
Arthur
Koestler, sin ser historiador de oficio, ha sabido recopilar todo el material
existente sobre los kázaros, lo ha analizado minuciosamente, lo ha comparado y
después de presentar un verdadero muestreo de pruebas lanza su teoría de que la
mayoría de los judíos no son de raza semita, sino de origen turco-kázaro, como
descendientes de las tribus kázaras judaizadas que se dispersaron por el
Oriente europeo después del hundimiento del Imperio kázaro ante las presiones
de los varegos y, en última instancia, de los mongoles entre los siglos XII y
XIII.
La primera
parte del libro, titulada «Grandeza y decadencia de los kázaros», trata de
reconstruir la historia del Imperio kázaro a partir de las escasas fuentes que
existen. De modo ágil y casi cinematográfico pasan ante nosotros las opiniones
de expertos en el tema que, como Artamonov, Dunlop, Obolensky, Cassel, que
complementan a las fuentes contemporáneas árabes de Ibn Farlan, Istakri,
Masudi, Ibn Rusta; hebreas de Jehuda Halevy, Hasdai Ibn Shaprut; bizantinas, e
incluso cristianas occidentales. Es un verdadero derroche de citas originales
sobre las instituciones, modo de vida, tradiciones y religión de las tribus
kázaras, la que hace el autor, así como una continua comparación histórica con
otros pueblos y otras épocas, bordándose un magnífico capítulo de Historia
comparada en todas sus más diversas facetas. El capítulo central de esta parte
es el que trata de la conversión al judaísmo de los kázaros, por ser un hecho
insólito en la Historia y base de las teorías que se lanzarán después. Koestler
interpreta con mucha objetividad y serenidad este hecho, que califica de
verdadero compromiso aplicado a la teología, después de una detenida
interpretación de los más variados testimonios de todos los credos, para
concluir con la afirmación de que los kázaros pudieron permitirse el lujo de
ser judíos gracias a su poderío económico y militar que hacía que fuesen
respetados por las dos grandes potencias vecinas: Bizancio y el Califato abasí.
Esta
Primera parte finalizará con dos capítulos también interesantes sobre el
declive y la caída del Imperio kázaro, que se atribuye a la entrada en escena
de elementos nuevos hasta entonces insignificantes: los varegos, que ocuparon
Kiev en el 862, y a la sustitución de la tradicional alianza bizantino-kázara
por la nueva alianza ruso-bizantina, después de la conversión al cristianismo
de Vladimir de Kiev; fue un caso de Realpolitik, a que tanto nos tiene
acostumbrados el Imperio bizantino a través de sus 1.000 años de existencia, y
que esta vez abandonó a su suerte a los kázaros, que se convirtieron en un
anacronismo judaizante.
Resulta muy
interesante señalar cómo el régimen soviético ha creído su deber borrar el
recuerdo kázaro que, según la interpretación de la Historia fabricada en los
laboratorios interpretativos soviéticos, no desarrolló ningún papel positivo en
la creación del Estado de los eslavos orientales, e incluso retardó el
desarrollo del antiguo Estado ruso. De esta manera, según señala Koestler, los
adictos del Partido acababan con el amortajamiento comenzado por las aguas que
ya habían recubierto por completo las ruinas de la ciudad-fortaleza kázara de
Sarkel.
Después de
esta breve, pero clara historia de los kázaros, en la Segunda parte (capítulos
5 al 7) se ha reunido la documentación histórica que corrobora que la mayoría
de los judíos de Europa oriental son de origen turco-kázaro, y no de origen
semita, ya que la idea, tradicionalmente admitida de un éxodo multitudinario de
judíos occidentales, desde el Rhin hasta Polonia, atravesando Alemania, país
hostil y sin un solo correligionario, es históricamente insostenible. Koestler
aporta pruebas sugestivas citando los enclaves kázaros de supervivencia en
Rusia, Crimea, Polonia, Lituania y Hungría, así como notables semejanzas
lingüísticas que confirman lo anteriormente expuesto. Pero aquí podemos añadir
nosotros que el propio nombre de Arthur Koestler es una corrupción obvia de
Arthur (el) Kázaro, y que, apropiado, es el que este judío húngaro, que ha
lanzado esta teoría histórica, ostente en su propia persona una evidencia tan
convincente de esta aseveración.
En el
último capítulo (8) se demuestra que los datos de la antropología concuerdan
con la Historia a la hora de refutar la todavía usual opinión según la cual
existe una raza judía que se remonta hasta la tribu bíblica. Después de este
capítulo y de las pruebas aducidas podemos afirmar con Koestler que los judíos
son una raza híbrida en la que tienen gran importancia los elementos sociales.
Cuatro
anexos de carácter eminentemente crítico justifican la grafía empleada, los
historiadores citados, las fuentes árabes, bizantinas, rusas y a los eruditos
modernos que se han seguido, dándonos una esquemática biografía, y la labor de
investigación realizada por todos los autores consultados.
Estamos,
pues, ante una obra ágil, apasionante en su enfoque, a base de una tesis muy
bien argumentada. Si es válida o no, es asunto que únicamente unos cuantos
estudiosos podrán decidir. Pero lo cierto es que este libro ayudará a despejar
muchas incógnitas sobre el pueblo kázaro y el origen de los judíos de la Europa
oriental, a los que posiblemente el destino les ha hecho ser víctimas de la más
cruel de las ironías: ser perseguidos por prejuicios raciales, cuando en
realidad únicamente existían creencias religiosas heredadas de sus antepasados
no semitas que abrazaron sobre el 740 la religión hebrea por razones meramente
políticas y coyunturales, que les permitieron reforzar su personalidad frente a
las potencias hegemónicas del Alto Medioevo en el área caucásica.
SALVADOR
CLARAMUNT
DIRECTOR
DEL DEPARTAMENTO
DE HISTORIA
MEDIEVAL DE LA
UNIVERSIDAD
DE BARCELONA
A HAROLD
HARRIS
AGRADECIMIENTOS
Deseo
expresar aquí mi reconocimiento hacia la señorita Joan Saint-George Saunders
(Writer’s and Speaker’s Research), cuya eficacia e imaginación me han ayudado a
esclarecer, en muchas ocasiones, oscuras referencias, e incluso a descubrir
documentos insospechados.
Debo mucho
también a la señorita Shula Romney, por sus traducciones del ruso, y a la
señorita Tala Bar-Haim, por sus traducciones del hebreo.
PARTE I
GRANDEZA Y
DECADENCIA
DE LOS
KAZAROS
En Kazaria,
corderos, miel y
judíos se
hallan en abundancia.
MUQADASSI
Descripción
del imperio
de los
musulmanes (siglo X).
INICIOS
I
En la época
en que Carlomagno se hacía coronar emperador de Occidente, el extremo oriental
europeo que va desde el Cáucaso al Volga, se hallaba dominado por un Estado
judío, conocido por el nombre de Imperio kázaro. En su apogeo, entre los siglos
VII al X, dicho Estado representó un importante papel por su contribución a
estructurar el destino de la Europa medieval —y moderna, en consecuencia—. Sin
duda este hecho lo comprendía muy bien el emperador-historiador de Bizancio,
Constantino VII el Porfirogéneta (901-959), quien señalaba en su Libro de las
Ceremonias[1] cómo las cartas dirigidas al papa de Roma, al igual que las
destinadas al emperador de Occidente, llevaban un sello de dos monedas de oro,
mientras que los mensajes destinados al rey de los kázaros debían llevar un
sello de un valor de tres monedas de oro. ¿Adulación? No. Realismo, más bien
Realpolitik. En el siglo IX «es probable que para la política exterior de
Constantinopla el khan de los kázaros no tuviera menos importancia que el
propio Carlomagno y sus sucesores».[2]
El país de
los kázaros, pueblo étnicamente turco, ocupaba una estratégica posición entre
el Caspio y el mar Negro, sobre los extensos caminos de paso en que confluían
las potencias orientales de la época. Servía como Estado-tapón para Bizancio, a
quien protegía contra las invasiones de las rudas tribus bárbaras de las
estepas septentrionales: búlgaros, magiares, etc., y más adelante vikingos y
rusos. Pero hubo algo tan importante, si no más, al menos desde el punto de
vista de la diplomacia bizantina y de la historia europea, y es el hecho de que
los ejércitos kázaros pudieran contener la avalancha árabe en sus primeros
momentos, los más devastadores, e impedir así la conquista musulmana de la
Europa del Este. Un especialista de la historia de los kázaros, el profesor
Dunlop, de la Universidad de Columbia, resume en algunas líneas este episodio
decisivo y, generalmente, tan poco conocido:
El
territorio kázaro… se extendía a través de la línea normal de avance árabe.
Algunos años después de la muerte de Mahoma (el año 632 después de J. C.) los
ejércitos del califato se habían lanzado hacia el norte barriendo los escombros
de los dos imperios y, materialmente volando de victoria en victoria,
alcanzaron la gran barrera montañosa del Cáucaso. Franqueada esta barrera, la
ruta de las llanuras de la Europa oriental quedaban libres. En la línea del
Cáucaso, los árabes se encontraron con fuerzas de una potencia militar
organizada que, de hecho, les impidieron sus conquistas en dicha dirección. Las
guerras de árabes y kázaros, que duraron más de cien años, por muy desconocidas
que sean, tienen por ello una importancia histórica considerable. En la campaña
de Tours, los francos de Carlos Martel pusieron término a la invasión árabe.
Hacia la misma época las amenazas que pesaban sobre la Europa del Este no eran
menos graves… Los victoriosos musulmanes fueron contenidos por los ejércitos
del reino kázaro… Es indudable que, de no haber estado los kázaros en la región
norte del Cáucaso, Bizancio, muralla de la civilización europea en Oriente, se
hubiera visto desbordada por los árabes: es probable que la historia de la
cristiandad y del islam hubieran sido en adelante muy distintas a las que
conocemos.[3]
Por ello no
es sorprendente, dadas las circunstancias, que tras una resonante victoria de
los kázaros sobre los árabes, el futuro emperador Constantino V desposara a una
princesa kázara. Fruto de dicho matrimonio sería un hijo que habría de
convertirse en el emperador León IV, apodado «el Kázaro».
Algunos
años más tarde, sin duda hacia el 740, el rey, su corte y la clase militar
dirigente se convertían al judaísmo, que pasó a ser la religión oficial de los
kázaros. Es cierto que sus contemporáneos quedaron tan extrañados de esta
decisión como los eruditos modernos al descubrir el testimonio en fuentes
árabes, griegas, rusas y hebreas. Respecto a este tema, uno de los comentarios
más recientes lo encontramos en un historiador marxista, Antal Bartha, autor de
un libro sobre la sociedad húngara de los siglos octavo y noveno.[4] Diversos
capítulos de esta obra conciernen a los kázaros, quienes durante la mayor parte
de esta época fueron los soberanos de los húngaros; pero su conversión al
judaísmo es objeto de un único párrafo por parte del autor, en el que se
adivina una indecisión bastante evidente. He aquí lo que leemos:
Si bien los
problemas relativos a la historia de las ideas quedan fuera de nuestro
propósito, debemos, no obstante, atraer la atención sobre el problema de la
religión del Estado en el reino kázaro. El judaísmo pasó a ser la religión
oficial de las capas dirigentes de la sociedad. Indudablemente, la aceptación
del judaísmo como religión de Estado de un pueblo étnicamente no judío podría
ser objeto de interesantes especulaciones. Sin embargo, nos limitaremos a
señalar que esta conversión oficial —desafío al proselitismo cristiano de
Bizancio y a la influencia musulmana venida del Este, y a despecho de las
presiones políticas de ambas potencias— a una religión que no tenía el apoyo de
ninguna potencia política, siendo, por el contrario, perseguida casi por doquier,
ha sido una sorpresa para todos los historiadores que se han interesado por los
kázaros; esta conversión no puede ser una casualidad: es preciso considerarla
como un signo de la política independiente llevada por este reino.
Este hecho
consigue aumentar aún más nuestra perplejidad. Pero, en cualquier caso, aunque
las fuentes difieren sobre determinados detalles, los
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hechos
fundamentales son incuestionables.
En cambio,
lo que sí puede discutirse es la suerte de los kázaros judíos tras la
destrucción de su reino, hacia los siglos XII o XIII. En este punto las fuentes
muestran una gran debilidad. No obstante, se mencionan distintos
establecimientos kázaros, a fines de la Edad Media, en Crimea, Ucrania,
Hungría, Polonia y Lituania. De las diferentes referencias fragmentarias
podemos obtener una visión de conjunto: la de una migración de tribus y grupos
kázaros hacia las regiones de la Europa oriental —principalmente Rusia y
Polonia—, exactamente donde habrían de encontrarse, al alba de los tiempos
modernos, las mayores concentraciones de judíos. De ahí la hipótesis formulada
por varios historiadores, según la cual buena parte, si no la mayoría, de los
judíos de Europa oriental —y, en consecuencia, de los judíos del mundo entero—
serían de origen kázaro, y no semita.
Las
consecuencias de semejante hipótesis irían muy lejos, lo que posiblemente
explique las precauciones que toman los historiadores al abordar este tema
—cuando no lo evitan deliberadamente—. Así, en la edición de 1973 de la
Encyclopaedia Judaica, el artículo «Kázaros» está firmado por Dunlop, mientras
que en otra sección que trata de «los judíos kázaros tras la caída del reino»,
firmada por los editores, la redacción persigue la intención evidente de
ahorrar emociones a los lectores que crean en el dogma del pueblo elegido:
Los
karaítas (secta tradicionalista judía), de lengua turca de Crimea, Polonia y
otros lugares, han afirmado que estaban emparentados con los kázaros, lo que
posiblemente confirmen los testimonios extraídos del folklore y de la
antropología, como también de la lengua. Parece existir una considerable
cantidad de indicios que atestiguan la presencia continua en Europa de
descendientes de los kázaros.
¿Cuál es la
importancia, en términos cuantitativos, de esta «presencia» de los hijos
caucasianos de Jafet en los campos de Sem? Uno de los más radicales abogados
del origen kázaro de los judíos, A. N. Poliak, profesor de historia judía
medieval en la Universidad de Tel Aviv, pide en la introducción de su libro
Kazaria,[5] publicado en hebreo en 1944, y con segunda edición en 1951:
Que se
aborde con un nuevo espíritu tanto el problema de las relaciones entre la
judería kázara y el resto de las comunidades judías como la cuestión de saber
en qué medida puede considerarse a dicha judería «kázara» como el núcleo de los
grandes centros judíos en Europa oriental… Los descendientes de dichos centros,
tanto los que allí han permanecido como los emigrados a Estados Unidos u otros
países, y los que se han instalado en Israel, constituyen hoy día la gran
mayoría de los judíos del mundo entero.
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Estas
líneas fueron escritas en una época en la que todavía no se conocía la
extensión del holocausto nazi, pero esto en nada cambia el hecho de que la gran
mayoría de los judíos supervivientes proceden de la Europa oriental y que,
consecuentemente, es muy posible que sean de origen kázaro. Esto significaría
que los antepasados de estos judíos no procederían de las orillas del Jordán,
sino de las llanuras del Volga, no vendrían de Caná, sino del Cáucaso, donde se
ha localizado la cuna de la raza aria; genéticamente estarían más emparentados
con los hunos, con los magiares, que con la simiente de Abraham, de Isaac, de
Jacob. Si esto fuera así, la palabra «antisemitismo» carecería de sentido:
únicamente testimoniaría un malentendido compartido a partes iguales por
víctimas y verdugos. A medida que emerge lentamente del pasado, la aventura del
Imperio kázaro comienza a parecernos una farsa, la más cruel que la Historia
haya nunca representado.
II
Después de
todo, Atila no fue más que el rey de un pueblo nómada. Su reino desapareció —
mientras que la ciudad de Constantinopla, que él tanto despreció, conservó su
poderío—. Las tiendas se desvanecieron, pero las ciudades permanecieron. El
imperio de los hunos fue un torbellino…[6].
Tal era el
juicio de un orientalista del siglo XIX, Paulus Cassel, en el supuesto de que
los kázaros hubieran tenido, por idénticas razones, la misma suerte que los
hunos. Pero las hordas de Atila tan sólo se mantuvieron en la escena europea
durante ochenta años,[7] mientras que el reino de los kázaros permaneció casi
cuatro siglos. Ciertamente, los kázaros vivían en tiendas de campaña, pero
también formaron grandes aglomeraciones: eran una tribu de nómadas guerreros en
plena evolución, en trance de convertirse en agricultores, ganaderos,
pescadores, viticultores, comerciantes y artesanos. Los arqueólogos soviéticos
han hallado los restos de una civilización relativamente avanzada, totalmente
diferente del «torbellino» de los hunos. Han encontrado vestigios de pueblos
que ocupaban kilómetros,[8] y cuyas viviendas estaban comunicadas por galerías
con establos inmensos, majadas, caballerizas (las había con dimensiones de 3 a
3,5 metros por 10 a 14 metros, con techados construidos sobre pilares.[9]
Restos de arados testimonian un notable artesanado, al igual que otros objetos
conservados: hebillas de cinturón, fíbulas, planchas de sillas, etc.
Merecen
especial interés los cimientos subterráneos de casas circulares que se
encuentran, según los arqueólogos soviéticos, en todos los territorios
antiguamente habitados por los kázaros;[10] son anteriores a los edificios
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rectangulares
«normales». Las casas redondas son, evidentemente, la transición de la tienda
circular desmontable a las residencias permanentes; de la vida nómada a la
sedentaria o a la semi-sedentaria cuando menos. Sobre este punto, los
escritores árabes de la época nos narran cómo los kázaros tan sólo permanecían
en las ciudades —incluida Itil, su capital— durante el invierno; al comienzo de
la primavera, desempolvaban sus tiendas, abandonaban sus viviendas y partían
hacia la estepa con sus rebaños, a no ser que acamparan en medio de sus campos
o de sus viñedos.
También han
probado las excavaciones que, a partir de los siglos VIII y IX, el reino estaba
rodeado por una compleja cadena de fortificaciones que protegían sus fronteras
septentrionales, erguidas ante las grandes estepas. Las fortalezas se alineaban
formando una especie de arco apoyado en Crimea (dominada por los kázaros
durante algún tiempo) y atravesaba las cuencas inferiores del Donetz y del Don
hasta el Volga; por el sur, el Cáucaso ofrecía una defensa natural, al igual
que el mar Negro al oeste y el «mar de los kázaros», el Caspio, al este.[11]
Sin embargo, por lo que respecta al norte, la línea de fortificaciones tan sólo
constituía una muralla interior, destinada a proteger el centro permanente del
país; en realidad, las fronteras que marcaban las relaciones de dominio con las
tribus septentrionales eran tan móviles como los golpes de fortuna de la
guerra. En la cumbre de su poderío, los kázaros tenían como tributarios a una
treintena de pueblos esparcidos sobre los vastos territorios que se extienden
entre el Cáucaso, el mar de Aral, las montañas de los Urales, Kiev y las
estepas ucranianas. Entre estos pueblos se contaban los búlgaros, los ghuzz,
los magiares o húngaros, las colonias griegas y godas de Crimea, así como las
tribus eslavas de los bosques del nordeste. Más allá de estos territorios, los
ejércitos kázaros hicieron numerosas incursiones por Georgia y Armenia y
penetraron en los dominios del califato hasta Mosul. Según el arqueólogo
soviético M. I Artamonov:[12]
Hasta el
siglo IX, la supremacía kázara no tuvo rival en las regiones situadas al norte
del mar Negro, ni en la vecina estepa ni en las zonas forestales del Dniéper.
Los kázaros fueron soberanos de la mitad sur de la Europa oriental durante
siglo y medio, y constituyeron una temible muralla de la entrada ural-caspiana,
lugar de paso entre Asia y Europa. Durante todo este período detuvieron el
asalto de las tribus nómadas de Oriente.
Una visión
general de la historia de los grandes imperios nómadas mostraría que el reino
kázaro ocupa, por su duración, extensión y grado de civilización, una posición
intermedia entre los imperios huno y ávaro que le precedieron, y el imperio
mongol que le siguió.
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III
Pero ¿quién
era este pueblo tan notable por su poderío y hazañas como por su conversión a
una religión de parias? Las descripciones que tenemos provienen de fuentes
generalmente hostiles, difíciles de aceptar sin más. «En cuanto a los kázaros,
escribe un cronista árabe,[13] se encuentran al norte de las tierras habitadas
cerca del séptimo clima, teniendo sobre ellos la constelación del Arado. Su
territorio es frío y húmedo. En consecuencia, tienen la tez blanca, los ojos
azules, cabellos largos, flotantes y, generalmente, rojos, elevada estatura y
temperamento frío. En líneas generales, presentan un aspecto salvaje».
Resulta
evidente que, tras cien años de guerras, este escritor apenas sentía simpatía
por los kázaros. Y otro tanto ocurría con los escribas armenios y georgianos,
cuyos países, de tan antigua civilización, habían sido devastados innumerables
veces por estos terribles caballeros. Una crónica georgiana, inspirándose en
una antigua tradición, los asimila a las hordas de Gog y de Magog: «Salvajes
repugnantes, con modales de bestias brutales, bebedores de sangre».[14] Un
escritor armenio habla de «la horrible multitud de los kázaros, con sus
alargados rostros insolentes, sin pestañas, y sus largos cabellos que caen como
los de las mujeres».[15] Finalmente, el geógrafo Istakhri, una de nuestras
principales fuentes árabes, parece aportarnos algunas precisiones:[16]
Los kázaros
no se asemejan a los turcos. Tienen el cabello oscuro y los hay de dos clases:
los negros (kara-khazars) que tienen la faz cetrina o muy oscura, a semejanza
de ciertos indios, y los blancos (ak-khazars) que poseen una impresionante
belleza.
En
realidad, esta descripción, aunque más halagadora, nos sumerge en la confusión.
Pues en las tribus turcas era costumbre la división en dos clanes: el clan
superior, llamado «blanco», y el inferior, llamado «negro». Así pues, no hay
ninguna razón para pensar que los «búlgaros blancos» eran más blancos que los
«búlgaros negros», ni que los «hunos blancos» o eftalitas, que invadieron India
y Persia en los siglos VI y VII, tuvieran la piel más clara que los hunos que
invadieron Europa. El color de los kázaros de Istakhri —al igual que gran
número de informes referidos en sus escritos y en los de sus colegas— se basa
simplemente en leyendas y en vagos «se dice»; y nada más sabemos sobre el
aspecto físico de los kázaros ni sobre su origen étnico.
Con
respecto al tema de su origen, sólo podemos dar respuestas vagas y generales.
Pero igual de engañoso resulta preguntarse sobre el origen de los hunos,
alanos, ávaros, búlgaros, magiares, bachkires, burtes, sabiros, uigures,
zaragures, onongures, utigures, kutirgures, tarniaks, kotragars, khabars,
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zaneders,
petchenegos, ghuzz, kumanos, kipchaks y demás tribus que, en un momento u otro,
en tiempos del reino kázaro, franquearon los umbrales de este terreno de juegos
migratorios. Incluso el origen de los hunos, sobre el que estamos muchísimo
mejor informados, se pierde entre brumas. Su nombre parece derivado del chino
Hiung-nu, que designa a los guerreros nómadas en general, y como tal ha sido
aplicado por otros pueblos, con idéntica imprecisión, a cualquier tipo de
hordas nómadas, comprendidas las de los hunos eftalitas, anteriormente citados,
los sabiros, magiares y kázaros.[17]
En el
primer siglo de nuestra era los chinos expulsaron hacia el Oeste a estos
desagradables vecinos hunos, hecho que provocaría una de las avalanchas que,
durante siglos, se abatirían periódicamente desde el centro de Asia hacia
Occidente. A partir del siglo V, gran número de estas tribus en marcha hacia el
Oeste recibieron el nombre colectivo de turcos. Este término sería, asimismo,
de origen chino (proveniente de una palabra significativa de montaña): ha
servido para designar a todos los pueblos que hablaban lenguas y dialectos
pertenecientes a cierto grupo lingüístico llamado ural-altaico. Tal como lo
empleaban los cronistas de la Edad Media —por otra parte, al igual, en general,
que los etnólogos de hoy—, el término se refiere, pues, a la lengua y no a la
raza. En este sentido, tanto los hunos como los kázaros eran pueblos
«turcos».[18] Se cree que los kázaros hablaban un dialecto que actualmente
sobrevive en la república soviética autónoma de Chuvachiev (de los chuvascos),
entre el Volga y el Soura. Efectivamente, dichos habitantes pasan por ser los
descendientes de los búlgaros, que hablaban un dialecto parecido al de los
kázaros. Pero estos parentescos son todos bastante engañosos: tienen su
fundamento en deducciones más o menos hipotéticas de la filología. Todo cuanto
puede decirse con exactitud es que los kázaros eran una tribu de lengua
«turca», que aparecieron en las estepas asiáticas, probablemente en el siglo V
de nuestra era.
En cuanto
al origen del nombre de «kázaros», y de ciertas palabras de él derivadas, se
han formulado ingeniosas hipótesis. La más verosímil apunta hacia la raíz turca
gaz: «errar, vagar»: así pues, la palabra querría decir, simplemente, «nómada».
Posiblemente, los profanos se hayan interesado más por otras palabras de
diferentes orígenes, que se usarían más tarde: entre otras, la rusa kosak
(cosaco) y la húngara huszar (húsar), ambas significativas de caballeros
belicosos o militares,[19] y también la alemana ketzer, que significa «hereje»
o «judío». Si estas etimologías son correctas, todo parece indicar que los
kázaros excitaron la imaginación de más de una región de la Edad Media.
Página 20
IV
En algunas
crónicas persas y árabes encontramos una curiosa mezcla de leyendas mitológicas
y periodismo sensacionalista: la narración podría muy bien comenzar en la
Creación para concluir con diversos hechos insignificantes. Así, Yaqubi,
historiador árabe del siglo IX, hace remontar a los kázaros hasta Jafet, hijo
de Noé. Por otra parte, el tema de Jafet se da cita frecuente en la literatura,
aunque otras leyendas prefieren relacionar a los kázaros con Abraham o con
Alejandro el Grande.
Una de las
más antiguas alusiones a los kázaros se encuentra en la crónica siria llamada
de «Zacarías el Retórico», que data de mediados del siglo VI:[20] su nombre se
cita en una relación de pueblos que habitaban la región del Cáucaso. Otras
fuentes indican que ya un siglo antes eran bien conocidos, hallándose en
estrechas relaciones con los hunos. En el 448, el emperador de Bizancio,
Teodosio II, envió a Atila una embajada en la que figuraba un famoso retórico,
llamado Priscus. Éste completaría un diario en el que detallaba no sólo las
negociaciones diplomáticas, sino también las intrigas de la corte y el
espectáculo de los suntuosos banquetes de Atila: se trata, verdaderamente, de
la obra de un perfecto cronista mundano, y, de hecho, continúa siendo una de
nuestras principales fuentes de información sobre los hábitos y costumbres de
los hunos. Pero Priscus narra también algunas anécdotas referidas a un pueblo
vasallo de los hunos, que él llama los akatzirs, y que, con gran probabilidad,
se trata de los ak-khazars, es decir, de los «kázaros blancos» (por oposición a
los «negros» o kara-khazars.[21] Cuenta cómo el emperador de Bizancio intentó
en vano sobornar a estos guerreros violentos: su jefe, llamado Karidach, juzgó
insuficiente el ofrecimiento, y prefirió permanecer en el bando de los hunos.
Pero en su propio pueblo tenía rivales; Atila los aplastó, hizo de él el único
señor de los akat-zirs y le invitó a su corte. Karidach se deshizo en palabras
de agradecimiento, y añadió: «Sería demasiado duro para un mortal contemplar a
un dios cara a cara. Pues, al igual que no se puede mirar al sol de frente, no
es posible sin quebranto alzar los ojos hacia el rostro del más grande de los
dioses». Tal exposición debió ser del agrado de Atila: Karidach se mantuvo en
el poder.
La crónica
de Priscus confirma, pues, que los kázaros hicieron su aparición en Europa
hacia mediados del siglo V, formando parte de las tribus sometidas a la
soberanía de los hunos: puede contemplárselas, junto a los magiares y otras
muchas tribus, como vástagos de las grandes hordas de Atila.
Página 21
V
El
hundimiento del pueblo de los hunos, tras la muerte de Atila, dejó una vez más
a Europa oriental abierta a las sucesivas invasiones de los nómadas del Este,
siendo por aquel entonces los más notables los uigures y los ávaros. Parece ser
que, durante la mayor parte de este período, los kázaros se dedicaron
alegremente a realizar sus incursiones por las ricas regiones de Transcaucasia,
Georgia y Armenia, y a acumular de esta forma preciosos botines. Durante la
segunda mitad del siglo VI adquirieron una auténtica hegemonía entre las tribus
situadas al norte del Cáucaso. Muchas de aquellas tribus (sabiros, saragures,
samandares, balandjares, etc.) desaparecieron de las crónicas por esa misma
época: habían sido sometidas o absorbidas por los kázaros. Aparentemente,
fueron los búlgaros quienes opusieron la más encarnizada resistencia. Pero
también ellos sufrirían una aplastante derrota, hacia el 641, tras la que su
nación quedaría escindida: parte emigró al Oeste, hacia el Danubio, para
infiltrarse en la actual Bulgaria, mientras que el resto remontó el camino del
nordeste, hacia el medio Volga, y permaneció bajo el dominio kázaro. Tendremos
ocasión de encontrar con frecuencia, a lo largo de esta narración, tanto a los
búlgaros del Danubio como a los del Volga.
Pero antes
de acceder a la soberanía, los kázaros todavía tendrían que completar su
aprendizaje bajo otra efímera potencia, llamada a veces Imperio de los turcos
occidentales o reino turkut. Se trataba de una confederación reunida en torno a
un monarca llamado kagan o khagan,[22] título que adoptarían más tarde los
jefes kázaros. Este primer Estado turco, si así puede llamársele, duró
aproximadamente un siglo (550-650), para desplomarse seguidamente sin dejar
rastro. En cualquier caso, tan sólo tras el establecimiento de este reino, la
palabra «turco» fue empleada para designar una nación específica, distinta de
los demás pueblos de lengua turca, como kázaros o búlgaros.[23]
Así pues,
los kázaros estuvieron primero bajo la tutela de los hunos y más tarde de los
«turcos». Tras el eclipse de estos últimos, acaecido a mediados del siglo VII,
les llegó el turno de mando a los «reinos del norte», empleando la expresión
que llegó a ser corriente entre persas y bizantinos. Según una tradición
persa,[24] el gran rey Khusraw (Cosroes) Anushirwan (el Bienaventurado) tenía
en su palacio tres tronos de oro, que reservaba pensando en los emperadores de
Constantinopla, de China y de los kázaros. Ninguno de los citados potentados
hizo jamás una visita oficial, y los tres tronos de oro, si existieron en
realidad, debieron servir como meros símbolos.
Página 22
Pero,
leyenda o verdad, esta historia concuerda perfectamente con lo que escribiera
el emperador Constantino sobre el triple sello de oro reservado al soberano de
los kázaros por la cancillería imperial.
VI
De este
modo, durante los primeros decenios del siglo VII, justo antes de que la
tempestad musulmana se desencadenara en Arabia, el Oriente Medio estaba
dominado por un triángulo de grandes potencias: Bizancio, Persia y el Imperio
de los turcos occidentales. Las dos primeras, que se combatían
intermitentemente desde hacía cien años, parecían ambas a punto de hundirse;
más tarde, Bizancio se repuso, pero el reino persa conocería su caída,
apareciendo los kázaros entre los que iniciaron el ataque.
Por aquel
entonces aún se hallaban nominalmente bajo la soberanía del reino de los turcos
occidentales, del que sin duda constituían el elemento más vigoroso y a los que
pronto sucederían. Por esta razón, en el año 627, el emperador Heraclio
concluyó con ellos una alianza militar —que sería el primero de una serie de
acuerdos—, punto importante en sus preparativos de la campaña decisiva contra
los persas. Existen distintas versiones sobre el papel representado por los
kázaros en esta campaña —que, por otra parte, parece que no fue excesivamente
gloriosa—, pero los hechos fundamentales han quedado perfectamente
establecidos. Los kázaros aportaron al bando de Heraclio 40.000 caballeros
comandados por un tal Ziebel, que participó en la invasión de Persia para
después, probablemente hastiado de la prudente estrategia de los griegos, dar
media vuelta y acudir a poner sitio a Tiflis, empresa que comenzó fallida pero
que finalizó victoriosa al año siguiente. Tras esto, los caballeros kázaros se
unieron de nuevo al ejército de Heraclio para entrar a saco en la capital de
Georgia y regresar a sus hogares con un considerable botín. Gibbon nos ha
dejado (siguiendo a Teófanes) una descripción muy colorista de la primera
entrevista mantenida por el emperador romano y el jefe kázaro.[25]
A la liga
hostil que Cosroes había formado con los ávaros, el emperador romano opuso la
alianza útil y honorable de los turcos.[26] Siguiendo su generosa invitación,
la horda de los chozars transportó sus tiendas de las llanuras del Volga a las
montañas de Georgia; Heraclio los recibió en las cercanías de Tiflis y, si
creemos a los griegos, el kan y sus nobles pusieron pie en tierra y se
prosternaron para adorar la púrpura del César. Este voluntario homenaje, y una
ayuda tan importante, merecieron los más calurosos agradecimientos; y el
emperador, alzando su diadema, la depositó en la cabeza del príncipe turco
para, a continuación, abrazarle tiernamente y llamarle hijo. Tras un suntuoso
banquete ofreció a Ziebel la vajilla y los ornamentos, el oro, las piedras
preciosas y la seda que habían servido en la mesa imperial y, con sus propias
manos,
Página 23
distribuyó
ricas joyas y pendientes a sus nuevos aliados. En el transcurso de una reunión
secreta, mostró el retrato de su hija Eudoxia, condescendió a halagar al
bárbaro con la promesa de una bella y noble esposa y obtuvo una inmediata ayuda
de cuarenta mil caballos…
Eudoxia (o
Epifanía) era la única hija del primer matrimonio de Heraclio. Esta promesa de
dársela al «turco» muestra una vez más la importancia que la corte de Bizancio
concedía a la alianza con los kázaros. Añadamos, de paso, que semejante enlace
jamás llegó a celebrarse: Ziebel moría antes de que Eudoxia y su séquito
pudieran reunirse con él. Pero, en otro relato de Teófanes, hallamos una
equívoca información, según la cual Ziebel habría ofrecido al emperador a «su
hijo, un muchacho imberbe…». ¿Un préstamo con devolución?
Una crónica
armenia contiene otro pintoresco pasaje que cita una especie de orden de
movilización general lanzada por el soberano kázaro ante la segunda campaña
contra Persia; esta llamada estaba dirigida a «todas las tribus y todos los
pueblos (bajo el dominio kázaro) habitantes de montes y llanuras, vivieran bajo
techo o al aire libre, tuvieran la cabeza rasurada o exhibieran largos
cabellos».[27] Aquí apreciamos un primer índice del mosaico étnico que componía
el heterogéneo Imperio de los kázaros. Los «verdaderos kázaros» que gobernaban
dicho imperio fueron siempre, con toda probabilidad, una minoría, como más
tarde lo serían los austriacos en el Imperio austro-húngaro.
VII
El Estado
persa jamás se repuso de la rotunda derrota que le infligiera el emperador
Heraclio en el 627. Hubo revolución, asesinato del rey a manos de su hijo, y
muerte del parricida algunos meses después; un niño fue puesto en el trono y,
tras una decena de años de caos y anarquía, las primeras tropas árabes que
hicieron su aparición asestaron el golpe de gracia al viejo imperio. Por la
misma época, la confederación de los turcos occidentales se desmembraba,
recuperando cada tribu su independencia. Un nuevo triángulo de grandes
potencias aparecía: el Califato islámico, el Imperio cristiano de Bizancio y,
recién nacido, el Reino Kázaro del Norte. A este último le incumbió sostener
los primeros asaltos árabes y proteger de la invasión a las llanuras de la Europa
oriental.
Veinte años
después de la Hégira (año 622: huida de Mahoma a Medina y comienzo de la era
mahometana) los árabes habían conquistado ya Persia, Siria, Mesopotamia y
Egipto, y formaban alrededor del Imperio bizantino (la actual Turquía) un
temible semicírculo que se extendía del Mediterráneo al
Página 24
Cáucaso y a
las orillas meridionales del Caspio. Formidable frontera natural, el Cáucaso no
era más desagradable de lo que serían los Pirineos para los musulmanes: podía
franquearse por el paso de Dariel,[28] o bien rodearle por el desfiladero de
Darband, a lo largo del Caspio.
Este
desfiladero fortificado, que los árabes llamaban Puerta de las Puertas,
Bab-el-Abwad, fue una especie de postigo histórico que, de siempre, bandas de
saqueadores (de las que los kázaros no ocuparían el último lugar) intentaban
utilizar para atacar a los países del sur y conseguir una pronta retirada.
Ahora les tocaba el turno a los árabes. En numerosas ocasiones, entre el 642 y
el 652, se adentraron por el desfiladero de Darband y penetraron en territorio
kázaro, con intención de conquistar la ciudad más próxima, Balandjar, y
asegurarse así una cabeza de puente sobre los flancos europeos del Cáucaso. En
el curso de este primer estadio de las guerras árabes-kázaras, fueron repelidos
una y otra vez, en particular en la última gran batalla del 652, en la que se
utilizaron dos filas de catapultas y de balistas. Cuatro mil árabes, entre
ellos su general Abd al-Rahman ibn Rabiah, fueron muertos; el resto huyó
desordenadamente por las montañas.
Transcurrieron
cuarenta años sin que los árabes intentaran introducirse en las plazas fuertes
del país kázaro; durante este período dirigieron contra Bizancio sus
principales asaltos. En distintas ocasiones asediaron Constantinopla por tierra
y mar;[29] si hubieran podido rodear la capital pasando por el Cáucaso y el mar
Negro, sin duda se habría asistido al fin del Imperio bizantino. Por aquel
entonces los kázaros, que habían subyugado a búlgaros y magiares, proseguían su
expansión hacia el oeste, por Ucrania y Crimea. Pero ya no se trataba de
simples razzias desordenadas encaminadas exclusivamente a conseguir botines y
cautivos; ahora llevaban a cabo verdaderas expediciones armadas, instalándose e
incorporando los pueblos conquistados a un imperio provisto de una
administración estable, gobernada por el poderoso kagan, quien nombraba
gobernadores de provincias para hacer que reinara el orden y recaudar
impuestos. A comienzos del siglo VIII, su Estado estaba lo suficientemente
estructurado como para que pudieran pasar a una ofensiva contra los árabes.
Con más de
mil años de perspectiva, contemplamos el período de intermitentes guerras que
siguió (la llamada «segunda guerra árabe», del 722 al 737), como una serie de
episodios monótonos y localizados, basados todos en el mismo modelo: la
caballería kázara, revestida de hierro, desfilaba por el paso de Dariel o por
la Puerta de Darband para invadir los dominios del califa, situados al sur.
Después, perseguidos por los árabes, desandaban el
Página 25
camino,
redesfilando en dirección al Volga…, y vuelta a empezar. Mirándolo así, por el
lado ancho del telescopio, uno piensa en la vieja canción del noble duque de
York, quien tenía diez mil soldados «para hacerles subir la cuesta y, una vez
arriba, ordenarles descender». De hecho, los historiadores árabes (quienes,
realmente, exageran frecuentemente) hablan de ejércitos de cien mil e incluso
trescientos mil hombres por bando; en consecuencia, probablemente más numerosos
que los que decidieron, por la misma época, la suerte del mundo occidental en
la batalla de Tours.
El
fanatismo de estas guerras llegaba al desprecio de la misma muerte; algunas
anécdotas lo testimonian, como la del suicidio de todo un pueblo kázaro, que
prefirió sucumbir en llamas antes que rendirse, el envenenamiento de los pozos
de Bab-el-Abwad por un general árabe, o la tradicional exhortación que impedía
las derrotas y prolongaba las batallas hasta el menor hálito del último
combatiente: «¡Al Paraíso, oh musulmanes, y no al hogar!»: las maravillas del
cielo quedaban aseguradas para todo combatiente caído en la Guerra Santa.
Una vez, en
el transcurso de estos quince años de luchas, los kázaros atravesaron Georgia y
Armenia para infligir, en el año 730, una dura derrota a los árabes cerca de
Ardabil, en Irán, y avanzar hasta Mosul y hasta Diarbekir: allí se encontraban
a mitad de camino de Damasco, capital del califato. Pero los musulmanes
reclutaron tropas de refresco para contenerles, obligando a los kázaros a
deshacer el camino. Al siguiente año, Maslamah ibn-al-Malik, famoso general que
había dirigido el sitio de Constantinopla, se apoderó de Balandjar y avanzó
hasta Samandar, otra gran ciudad kázara situada más al norte. Todo inútil: una
vez más, los invasores fueron obligados a recruzar el Cáucaso. El suspiro de
alivio que exhalaron en Bizancio tuvo como resultado la alianza dinástica que
comentábamos anteriormente: el heredero del trono debía casarse con una
princesa bárbara, y el hijo fruto de la unión habría de gobernar el imperio
bajo el nombre de León el Kázaro.
El futuro
califa Marwan II dirigiría la última campaña árabe, que terminaría en una
victoria, en Pyrrhus. Hizo un ofrecimiento de alianza al kagan de los kázaros
para, seguidamente, atacar por sorpresa, penetrando por los dos pasos del
Cáucaso. Incapaz de reaccionar ante el primer choque, el ejército kázaro
retrocedió hasta el Volga y el kagan hubo de solicitar armisticio. Siguiendo la
costumbre observada en otros territorios conquistados, Marwan exigió que el
vencido se convirtiera a la verdadera fe. El kagan consintió pero,
probablemente, su conversión fue puramente formal, pues no vuelve a encontrarse
más adelante mención alguna en fuentes árabes
Página 26
o
bizantinas, lo que contrasta con los duraderos efectos de la adopción del
judaísmo como religión de Estado, que tendría lugar algunos años más tarde.
Satisfecho por los resultados
obtenidos, Marwan dijo adiós a los kázaros y condujo su ejército más allá del
Cáucaso, sin dejar nada tras él, ni gobernador, ni guarnición, ni
administración. Por el contrario, poco después negoció con los kázaros una
nueva alianza contra las tribus rebeldes del sur.
Los kázaros
habían salido con bien de su derrota. Los motivos de la aparente magnanimidad
de Marwan invitaban a hacer conjeturas, como tantos otros misterios de este
capítulo de la historia. Es probable que los árabes comprendieran que, a
diferencia de otros pueblos relativamente civilizados, como los persas,
armenios o georgianos, no lograrían contener a estos feroces bárbaros del norte
con la sola ayuda de una pequeña guarnición y de un farsante príncipe
convertido al islam. Por otra parte, Marwan tenía necesidad de todo su ejército
para sofocar las grandes revueltas de Siria y otras regiones del Califato
omeya, que estaba a punto de hundirse. Marwan sería el principal jefe militar
en el curso de las guerras civiles que siguieron y, en el 744, se convirtió en
el último califa omeya (seis años después sería asesinado y el Califato pasaría
a la dinastía abasí). En semejante situación, evidentemente Marwan no estaba en
disposición de agotar sus fuerzas en largas expediciones por tierras kázaras.
Debió contentarse con darles una lección y descorazonarles respecto de futuros
intentos de incursiones más allá del Cáucaso.
Así, el
gigantesco movimiento atenazador que los musulmanes habían establecido al
oeste, más allá de los Pirineos, y al este, más allá del Cáucaso, se encontraba
bloqueado, casi simultáneamente, en ambos extremos. Igual que los francos de
Carlos Martel salvaron la Galia y Europa occidental, los kázaros impidieron las
marchas orientales hacia el Volga, el Danubio y el propio Imperio de Bizancio.
Al menos sobre este punto, tanto el arqueólogo-historiador soviético Artamonov,
como el historiador americano Dunlop se hallan de total acuerdo. De este último
ya he citado una frase sobre «Bizancio, muralla de la civilización europea en
el Oriente, se habría visto desbordada por los árabes» y sobre la Historia, que
indiscutiblemente habría seguido entonces otro curso.
Artamonov
es de la misma opinión:
Kazaria fue
el primer Estado feudal de Europa oriental capaz de medirse con el Imperio
bizantino y el Califato árabe… Gracias a los poderosos ataques kázaros,
rechazando los embates de los ejércitos árabes hacia el Cáucaso, Bizancio pudo
mantenerse…[31].
Página 27
Finalmente,
Dimitri Obolensky, profesor de historia rusa en la Universidad de Oxford,
añade: «La principal contribución de los kázaros a la historia mundial fue
haber conseguido mantener el frente del Cáucaso ante el asalto septentrional de
los árabes».[32]
Marwan no
sólo fue el último general árabe que atacara a los kázaros, sino también el
último califa que prosiguió una política de expansión animada por la idea, al
menos en teoría, de hacer triunfar el islam en todo el mundo. Con el
advenimiento de los abasíes las guerras de conquista tocaron a su fin, se
inició una nueva primavera de la antigua cultura persa que suavizó el clima y,
en algunos años, dio a luz los esplendores del Bagdad de Harun al-Rachid.
VIII
En el
transcurso de la larga tregua que medió entre la primera guerra árabe de la
segunda, los kázaros se vieron mezclados en uno de los episodios más siniestros
de la historia bizantina —episodio característico tanto de la época como del
papel representado por los kázaros en esta historia.
En el 685,
Justiniano II se convirtió en emperador romano, a la edad de dieciséis años.
Gibbon[33] ha esbozado el retrato de este joven con su inimitable estilo:
Sus
pasiones eran violentas; su inteligencia débil; se hallaba dominado por un
insensato orgullo… Sus ministros favoritos eran los dos seres menos
susceptibles de humana simpatía: un eunuco y un monje; el primero corregía a la
reina madre a fuerza de latigazos, mientras que el segundo suspendía a los
tributarios insolventes, boca abajo, sobre brasas humeantes…
Tras diez
años de intolerable reinado, estalló una revuelta, y el nuevo emperador,
Leoncio, condenó a Justiniano a mutilación y destierro:[34]
La
amputación de la nariz y, posiblemente, de la lengua, le fue ejecutada
imperfectamente; la despierta agilidad del lenguaje griego le supo imponer el
mote de Rhinotmete (nariz cortada), y el tirano mutilado fue desterrado a
Cherson, en Crimea, colonia aislada de donde se importaba trigo, vino y aceite
como mercancías de lujo…[35].
Durante su
exilio, Justiniano no cesó de organizar complots, con el fin de recuperar su
trono. Al cabo de tres años vio como la suerte le sonreía: Leoncio, destronado,
también perdió su nariz. Justiniano abandonó Cherson y, sin salir de Crimea,
fue a refugiarse a la ciudad kázara de Doros, donde mantuvo una entrevista con
el kagan, el rey Busir (o Bazir). Sin duda este último pensó aprovechar la
ocasión de participar en el sabroso pastel de la política dinástica de
Bizancio, pues concluyó una alianza con Justiniano y le dio a su hermana en
matrimonio. Esta princesa, bautizada con el nombre de
Página 28
Teodora y,
más tarde, coronada en regla, al parecer, fue el único personaje decente de
estos sórdidos dramas, y parece que amó sinceramente a su desnarigado marido,
el cual apenas contaba treinta años. La pareja y su banda de partidarios fueron
transportados a Phanagoria (hoy Taman) por la orilla oriental del estrecho de
Kertsch, que tenía un gobernador kázaro. Allí preparaban la invasión de los
Estados de Bizancio contando con la ayuda de los ejércitos kázaros que, al
parecer, el rey Busir les había prometido; pero unos emisarios del nuevo
emperador Tiberio III persuadieron al rey kázaro de cambiar de bando,
asegurándole una rica provisión de oro si entregaba a Justiniano vivo o muerto.
En consecuencia, Busir ordenó a dos de sus hombres, llamados Papatzes y
Balgitres, que degollaran a su cuñado. Pero la fiel Teodora tuvo noticias del
complot, advirtiendo inmediatamente a su esposo. Justiniano invitó
separadamente a Papatzes y a Balgitres a sus aposentos, estrangulándolos
sucesivamente. Tras lo cual se hizo a la mar, navegó hasta la desembocadura del
Danubio, y esta vez se alió con una poderosa tribu búlgara. El rey de ésta,
Trebolis, se mostró de momento más digno de confianza que el kagan de los
kázaros y, en el 704, procuró a Justiniano 15.000 caballeros para ir al ataque
de Constantinopla. ¿Habían olvidado los bizantinos, al cabo de diez años, las
atrocidades del reinado de Justiniano? ¿Acaso encontraban peor, incluso, a su
sucesor? Cualquiera que fuera la razón, el hecho es que pronto se sublevaron
contra Tiberio y reinstalaron a su antiguo señor en el trono. Como recompensa,
el búlgaro recibió «una pila de piezas de oro, que midió con su látigo escita»
y, tras ello, regresó a su tierra —donde pasó algunos años antes de verse
mezclado en una nueva guerra contra Bizancio.
El segundo
reinado de Justiniano (704-711) fue aún más espantoso que el primero:
«consideró el hacha, la cuerda y el patíbulo como los únicos instrumentos de su
monarquía».[36] Desequilibrado y loco de odio hacia los habitantes de Cherson,
donde pasara los más duros años del exilio, envió una expedición contra aquella
localidad. Numerosos nobles de la misma fueron quemados vivos, otros fueron
ahogados, y se consiguió un auténtico aluvión de prisioneros…, pero todo eso no
logró calmar la sed de venganza del emperador, que lanzó una nueva expedición
con el único fin de arrasar la ciudad por completo. Pero, en esta ocasión, sus
tropas encontrarían un poderoso ejército kázaro; ante lo cual, el representante
de Justiniano en Crimea, un tal Bardanes, cambió de campo y se pasó al bando
kázaro. Desmoralizadas, las tropas bizantinas repudiaron, a su vez, a
Justiniano y, para sustituirle, eligieron a este Bardanes, que tomó el nombre
de Filípico.
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Como se
hallaba en manos de los kázaros, los insurrectos tuvieron que pagar un fuerte
rescate al kagan para que éste les devolviera a su nuevo emperador. Después de
conseguirlo, regresaron a Constantinopla, donde asesinaron a Justiniano y a su
hijo, y Filípico, acogido y aclamado como emperador, ocupó el trono. Dos años
más tarde habría de abandonarlo con los ojos saltados.
El interés
de estas lúgubres historias radica en mostrar la influencia que, en esta época,
ejercían los kázaros sobre los destinos del Imperio Romano de Oriente,
independientemente de su papel de defensores por sus marchas caucasianas contra
los musulmanes. Bardanes-Filípico fue emperador por obra y gracia de los
kázaros, y el terrible Justiniano debió su caída a la intervención de su
cuñado, el kagan. «No parece exagerado», escribe Dunlop, «decir que, en
aquellos momentos, el kagan estaba prácticamente en condiciones de ofrecer un
nuevo señor al imperio griego».[37]
IX
Si seguimos
la cronología, el acontecimiento del que tendríamos que hablar a continuación
sería la conversión de los kázaros al judaísmo, acaecida hacia el 740. Pero
para situar semejante hecho en su justa perspectiva, convendría tener una idea,
al menos aproximada, de los usos y costumbres de los kázaros antes de su
conversión.
Desgraciadamente,
no poseemos ninguna nota tomada en vivo por algún observador ocular: no tenemos
nada comparable a la descripción de la corte de Atila por Priscus.
Principalmente, tenemos narraciones de segunda mano y compilaciones de
cronistas árabes y bizantinos, pero que tocan nuestro tema de forma esquemática
y fragmentaria. Sin embargo, hay dos excepciones: una carta proveniente de un
rey kázaro, de la que hablaremos en el capítulo 2, y una crónica de viaje
debida a un buen observador árabe, Ibn Fadlan, quien, como Priscus, era un
diplomático enviado oficialmente al país de los bárbaros del Norte por una
corte civilizada.
Esta corte
era la del califa al-Muktadir, y la misión diplomática partía de Bagdad y
atravesaba Persia y el Estado de Bukhara, para dirigirse a la tierra de los
búlgaros del Volga. El pretexto oficial de tan largo recorrido era una
invitación hecha por el rey de dichos búlgaros, en la que suplicaban al califa:
enviarle
predicadores para convertir a su pueblo, y b) construirle una fortaleza a fin
de poder desafiar a su soberano, el rey de los kázaros. Semejante invitación
—preparada, sin duda, en contactos diplomáticos anteriores— proporcionaba
también la ocasión de hacer propaganda entre los
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poblados
turcos cuyos territorios atravesaría la misión, predicando el mensaje de El
Corán y distribuyendo liberalidades contantes y sonantes.
La
narración que nuestro viajero hace comienza en estos términos:[38]
Éste es el
libro de Ahmad ibn al-Abbas ibn Rasid ibn Hammad, realizado en servicio de
Mohammed ibn Sulayman, embajador de al-Muktadir ante el rey de los búlgaros, y
en el que se relata lo que ha visto en las tierras de los turcos, de los
kázaros, de los rusos, de los búlgaros, de los bachkirs y otros, sus diversas
clases de religión, la historia de sus reyes y de sus conductas en numerosas
circunstancias.
La carta
del rey de los búlgaros llegó al Comendador de los Creyentes, al-Muktadir; el
rey le pedía que le enviara a alguien para instruirle en la religión y hacerle
conocer las leyes del islam, y construirle púlpito y mezquita, a fin de que él
pudiera cumplir su deber de convertir a toda la población de su país; también
pedía al califa le edificara una fortaleza para defenderse de los reyes
enemigos.[39] El califa accedió a todo cuanto el rey pedía. Yo fui elegido para
leer el mensaje del califa al rey, para entregarle los presentes que el califa
le enviaba y para vigilar el celo de los maestros e intérpretes de la ley… (a
continuación siguen detalles sobre la financiación de la misión y la nominación
de sus miembros). Y así, abandonamos la Ciudad de la Paz (Bagdad), el jueves 11
safar del año 309 (21 de junio del 931).
Como se
podrá observar, la expedición tuvo lugar mucho después de los acontecimientos
narrados en el apartado anterior. Pero por lo que concierne a las costumbres e
instituciones de los paganos vecinos de los kázaros, estos dos siglos de
diferencia probablemente no cambien gran cosa; y la apreciación que se nos da
de la vida de estos pueblos nómadas nos procura, cuando menos, una idea de lo
que pudo ser la existencia de los kázaros antes de su conversión, cuando se
hallaban adheridos a una forma de chamanismo semejante al que todavía
practicaban sus vecinos en tiempos de ibn Fadlan.
La misión
progresó lentamente y, al parecer, sin dificultades hasta la provincia de
Khorezm, frontera del Califato al sur del mar Aral. El gobernador de esta
provincia intentó detenerla, exponiendo que existían, entre su país y el reino
de los búlgaros, «mil tribus de infieles» deseosos de acabar con los viajeros.
Probablemente esta advertencia no fuera más que un pretexto para desobedecer al
califa: en realidad, el gobernador adivinaba que la misión estaba
indirectamente dirigida contra los kázaros, con los que mantenía excelentes
relaciones comerciales. Pero, finalmente, debió doblegarse y dejar que los
enviados prosiguieran su camino hacia Gurganiya, en la desembocadura del
Amú-Daria. Allí invernaron durante tres meses, como consecuencia de un intenso
frío —ese frío que tan relevante lugar ocupa en multitud de narraciones de
viajeros árabes.
El río
permaneció helado durante tres meses y, mirando a nuestro alrededor, pensamos
que las puertas del gélido infierno se habían abierto ante nosotros. En
realidad, vi como las calles y la plaza del mercado estaban totalmente
desiertas a consecuencia del frío… Un día, nada más bañarme, al regresar a casa
comprobé que mi barba se había convertido en un bloque de hielo, que tuve que
fundir ante el fuego. Permanecí varios días en una casa construida dentro de
otra
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(¿en el
interior de una concesión?) y en la que había una tienda turca. Así pues,
permanecí en esta tienda envuelto en abrigos y pieles y, a pesar de ello,
recuerdo mis mejillas heladas sobre el almohadón.
Por fin
llegó el deshielo hacia mediados de febrero. La misión decidió unirse a una
gran caravana de 5.000 hombres y 3.000 animales de carga, no sin antes haberse
procurado las provisiones indispensables: camellos y barcas para atravesar los
ríos, bastante trigo, mijo y carne sazonada para tres meses. Los indígenas les
anunciaron un clima todavía más terrible en el norte, y les dieron consejos
para el equipamiento:
Así, cada
uno de nosotros se proveyó de una camisola, además de un caftan de lana, de
vestimentas forradas de piel, y de un abrigo de piel para llevar encima de todo
ello; nos proporcionaron un gorro de piel que tan sólo dejaba los ojos al
descubierto; sobre el calzón nos pusimos calzones dobles y, encima, un
pantalón; pantuflas de zapa en el par de botas; y, cuando subíamos al camello,
no podíamos ni movernos a causa de todas estas ropas.
Árabe
delicado, Ibn Fadlan no sentía mayor cariño por los habitantes de la región que
por su clima:
Tanto por
el idioma como por la constitución, son gentes de lo más repugnante. Su
lenguaje recuerda el piar de los chorlitos. A un día de marcha se encuentra un
villorrio llamado Ardkwa, cuyos habitantes se denominan kardal; su lengua hace
exactamente un ruido idéntico al croar de las ranas.
La caravana
se puso en marcha el 3 de marzo e hizo alto, por la noche, en una posada de
caravanas en Zawgan, a la entrada del territorio de los turcos ghuzz. A partir
de allí, la misión se hallaría en un país extraño, «dejando su suerte en manos
del Muy Alto y Todopoderoso». Un día, en el transcurso de las numerosas
tempestades de nieve que hubieron de soportar, Ibn Fadlan marchaba sobre su
camello junto a un turco que no dejaba de quejarse: «¿Qué quiere de nosotros el
Señor del Mundo? Nos hace reventar de frío». «Todo lo que él desea, declaró Ibn
Fadlan, es que digáis, todos vosotros, que no hay más dios que Dios». Entonces
el turco, riendo, repuso: «Si estuviéramos seguros, lo diríamos».
Hay
diversos incidentes de este tipo que el autor narra sin llegar a apreciar el
espíritu de independencia que reflejan. El enviado de la corte de Bagdad
tampoco puede decirse que admirara algo más el radical desprecio a la autoridad
de estos nómadas. El siguiente episodio sucedió también en la región de los
temibles ghuzz, que pagaban tributo a los kázaros y con los que, según ciertas
fuentes, estaban estrechamente emparentados.[40]
A la mañana
siguiente, uno de los turcos acudió a nuestro encuentro. Constituía una
horrible visión: sucio de apariencia, de maneras brutales, inmundo por
naturaleza. Avanzábamos penosamente bajo la lluvia. Él gritó: «¡Alto!», y toda
la caravana se detuvo. Entonces, dijo:
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«Nadie
tiene derecho a avanzar». Todos nos quedamos quietos, obedeciendo sus
órdenes.[41] Nosotros le repusimos: «Somos los amigos del kudarkin» (vice-rey).
Él se puso a reír: «¿El kudarkin? Yo me cisco en sus barbas». A continuación,
dijo: «¡Pan!». Yo le entregué numerosas hogazas. Tomándolas, dijo: «Proseguid
vuestro camino, tengo piedad de vosotros».
Los métodos
democráticos que seguían los ghuzz cuando era preciso tomar una decisión,
todavía dejaban más perplejo a nuestro digno representante del poder
teocrático:
Son
nómadas, viven bajo tiendas de fieltro. Permanecen algún tiempo en un lugar y
luego se van. Se ven sus tiendas dispersas aquí y allá por toda la llanura, a
la manera nómada. Aunque llevan una dura existencia, se conducen como asnos
extraviados. No tienen religión que les una a Dios, no se guían por la razón;
no veneran nada. Por el contrario, llaman a sus jefes «señor»; cuando uno de
ellos consulta a su jefe, pregunta: «Oh señor, ¿qué debo hacer en tal o cual
asunto?». Deciden su consulta tomando consejo entre ellos; pero cuando han
decidido sobre una medida a tomar y se hallan dispuestos a llevarla a cabo, el
más humilde, el más pequeño de entre ellos, puede modificar la decisión…
Las
costumbres sexuales de los ghuzz y de las tribus emparentadas con ellos ofrecen
una notable mezcla de salvajismo y liberalismo:
Sus mujeres
no llevan velos en presencia de los hombres, ni tan siquiera de los extraños.
Por otra parte, ellas no ocultan sus cuerpos ante los demás. Un día nos
hallábamos en la vivienda de un ghuzz, sentados; su mujer se encontraba
presente. Mientras conversábamos, su mujer descubrió sus partes vergonzosas
para rascarse, a la vista de todo el mundo. Inmediatamente, nosotros ocultamos
el rostro, diciendo: «Que Dios nos perdone». El marido se echó a reír, y dijo
al intérprete: «Explícales que mostramos esto en vuestra presencia para que
podáis ver y dominaros; pero es intocable. Es mejor esto que cubrirlo y
permitir que se toque». El adulterio les es desconocido; pero, si descubren que
un hombre es culpable del mismo, lo cortan en dos. Lo llevan a cabo aproximando
las ramas de dos árboles; atan al hombre a las ramas y las sueltas, de forma
que queda desgarrado en dos.
El autor no
nos dice si la mujer adúltera sufría idéntico castigo. Más adelante, hablando
de los búlgaros del Volga, describe un suplicio no menos salvaje que se
administraba, por la misma falta, tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo,
hace notar con extrañeza que los búlgaros de ambos sexos nadan juntos
totalmente desnudos; su pudor no es superior al de los ohuzz. Por lo que
respecta a la homosexualidad, generalmente admitida en los países árabes, Ibn
Fadlan remarca que «los turcos la consideran como un terrible pecado». Pero
como final del único episodio que relata en apoyo de esta afirmación, el
seductor de un «muchacho imberbe» queda en libertad mediante una multa de
cuatrocientos corderos.
Habituado a
los magníficos baños públicos de Bagdad, nuestro viajero se queda estupefacto
ante la mugre de los turcos. «Los ghuzz jamás se lavan tras haber orinado o
defecado, ni tras las poluciones u otras emisiones de semen. Rehúsan todo
contacto con el agua, principalmente en invierno…». Cuando el
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general en
jefe se despojó de su abrigo de brocado para revestirse con el nuevo traje que
la misión le había llevado, vieron cómo sus ropas interiores «caían a jirones
entre la mugre, pues su costumbre consistía en no quitarse jamás la camisa que
llevaban sobre su piel, hasta que se desintegrara». Otro pueblo turco, el de
los bachkirs, «se afeitan la barba y comen sus piojos. Escarban entre los
pliegues de sus vestiduras, retirando los piojos y comiéndoselos»: Como Ibn
Fadlan se quedara mirando a un bachkir absorto en dicha ocupación, un hombre le
comentó: «Es delicioso».
En resumen,
el cuadro no es precisamente encantador. Por otra parte, el profundo desprecio
que estos bárbaros inspiraban a nuestro disgustado viajero se concretaba
primordialmente en su suciedad y en sus maneras, que juzgaba impúdicas; pero la
crueldad de sus suplicios y sacrificios le dejaban totalmente indiferente. Por
ello, describía fríamente, absteniéndose de sus frecuentes expresiones de
indignación, el castigo que los búlgaros infligían a un homicida: «Fabrican un
cofre de abedul, dentro encierran al homicida, clavan la tapa tras haber
colocado junto al hombre tres panes y un cántaro de agua y suspenden el cofre
entre dos postes elevados, diciendo: “Le dejamos entre el cielo y la tierra,
que quede expuesto al sol y a la lluvia, y que la divinidad, tal vez, ¡le
perdone!”. Y así queda suspendido hasta que el tiempo le pudre y los vientos
dispersan sus restos…».
Ibn Fadlan
también describe, con idéntica calma, un sacrificio fúnebre en el que se
degüellan centenares de caballos y rebaños enteros de otras especies animales
antes de proceder, ritualmente, ante el féretro del señor difunto, a la
horrible inmolación de una joven esclava rhus.[42]
Poco hay
que decir sobre las religiones paganas. Sin embargo, el culto fálico de los
bachkirs despierta nuestro interés; con ayuda de un intérprete, interroga a un
indígena sobre las razones que le impulsan a venerar un pene de madera, y anota
la respuesta: «Es que yo he salido de una cosa parecida, y no conozco ninguna
otra cosa que me haya creado». Añade que algunos bachkirs «creen en doce
divinidades: un dios para el invierno y otro para el verano, uno para la
lluvia, uno para el viento, uno para los árboles, uno para los hombres, uno
para los caballos, uno para el agua, uno para la noche, uno para el día, un
dios de la muerte, un dios de la tierra; y que el dios que reside en el cielo
es el más grande, pero que averigua la opinión de los otros y, así, todos ellos
se muestran satisfechos con lo que cada uno hace… Hemos visto, entre estas
gentes, un grupo que glorifica a las serpientes, otro a los peces, un tercero a
las grullas…».
Página 34
Entre los
búlgaros del Volga, Ibn Fadlan descubrió una extraña costumbre, que ha dado
lugar a comentarios aún más extraños:
Cuando
observan un hombre que sobresale por su sabiduría y la vivacidad de su
espíritu, se dicen: «Para éste, lo más apropiado es que sirva al Señor». Lo
prenden, le pasan la cuerda alrededor del cuello y lo cuelgan de un árbol,
dejándole allí hasta que se muere…
El
orientalista turco Zeki Validi Togan, indiscutible autoridad en lo concerniente
a Ibn Fadlan y su tiempo, escribe a propósito de este pasaje:[43] «Nada hay de
misterioso en el cruel tratamiento infligido por los búlgaros a las personas
manifiestamente demasiado inteligentes. Se fundamentaba en el simple y
reflexivo razonamiento de los ciudadanos medios que tan sólo aspiraban a llevar
una vida que juzgaban normal, evitando los riesgos y aventuras a las que el
“genio” podría arrastrarles». Y cita, a continuación, un proverbio tártaro: «Si
sabes demasiado, se te prenderá; si eres demasiado modesto, te pisarán».
Concluye que «no conviene considerar simplemente a la víctima como un sabio,
sino más bien como un genio avieso, una persona maligna». Desde este punto de
vista pasamos a creer que la costumbre podría considerarse como una medida de
protección social contra el cambio: el castigo a los noconformistas, a los
innovadores en potencia.[44] Pero, más adelante, el orientalista propone otra
interpretación:
Ibn Fadlan
no describe una simple ejecución de los hombres demasiado inteligentes, sino
más bien una costumbre pagana: el sacrificio humano por el que los mejores
debían ser sacrificados a Dios. La ceremonia, probablemente, era llevada a cabo
no por los búlgaros (del pueblo), sino por sus tabib o brujos, o encantadores,
cuyos homólogos entre búlgaros y rhus tenían también poder sobre la vida y la
muerte de las personas, en nombre de su culto. Según Ibn Fadlan, el brujo de
los rhus tenía el derecho de atrapar a cualquiera, rodearle el cuello con una
cuerda y colgarle, para invocar la misericordia divina. Hecho esto, decían: Es
una ofrenda a Dios.
Probablemente,
ambas motivaciones se combinarían: «Ya que es preciso hacer sacrificios,
sacrifiquemos a los perturbadores…».
Veremos que
los kázaros también practicaban los sacrificios humanos, particularmente la
muerte ritual de los reyes al término de su reinado. Se puede imaginar que
existieran muchas otras afinidades entre sus costumbres y las de las tribus que
describe Ibn Fadlan. Desgraciadamente, a este último le impidieron visitar la
capital kázara y tuvo que conformarse con informes recogidos en los territorios
vasallos, particularmente en la corte búlgara.
X
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La misión
árabe necesitó casi un año (del 21 de junio del 921 al 12 de mayo del 922) para
llegar a su destino, el país de los búlgaros del Volga. La ruta directa, a
partir de Bagdad, pasa por el Cáucaso y Kazaria: por esta razón tuvieron que
dar un inmenso rodeo por la orilla oriental del Caspio, el «mar de los
kázaros». Incluso así la proximidad de este pueblo, y sus amenazas, se hacía
sentir constantemente.
Un episodio
característico tuvo lugar durante la estancia con el jefe ghuzz (el personaje
de la lamentable ropa interior). En el primer momento, los enviados fueron bien
recibidos, e incluso se les ofreció un banquete. Pero, a continuación, los
dirigentes se pusieron a reflexionar, teniendo en cuenta sus relaciones con los
kázaros. Para decidir sobre la conducta a seguir, el jefe reunió a los
notables:
El más
distinguido e influyente era el tarkhan; se trataba de un personaje cojo, ciego
y lisiado de una mano. El jefe le dijo: «Estas gentes son mensajeros del rey de
los árabes, y no me considero capacitado para autorizarles el paso sin
consultaros». El tarkhan tomó la palabra: «Estamos ante algo como nunca había
visto ni oído; jamás un embajador del sultán ha viajado por nuestro país desde
que nos encontramos aquí, ni en tiempos de nuestros antepasados. Sin duda
alguna, el sultán quiere engañarnos: realmente, estas gentes se dirigen hacia
los kázaros con el fin de lanzarlos en contra nuestra. Lo mejor que podríamos
hacer es cortar en dos a cada uno de estos mensajeros y confiscar todos sus
bienes». Pero otro repuso: «No, tomemos sus bienes y que regresen totalmente
desnudos a su punto de origen». Y un tercero propuso: «No, dado que el rey de
los kázaros tiene varios rehenes nuestros, enviémosle a estos individuos a modo
de rescate».
Las
deliberaciones duraron siete días, mientras los miembros de la expedición
temían lo peor. Finalmente, los ghuzz les dejaron proseguir, sin que Ibn Fadlan
nos diga el porqué. Probablemente, llegaron a la conclusión de que, en
realidad, la misión estaba dirigida contra los kázaros. Anteriormente habían
combatido junto a ellos contra un pueblo turco, los petchenegos, pero desde
entonces sus relaciones con los kázaros eran hostiles: de ahí los rehenes en
manos kázaras.
Durante
todo el viaje, la amenaza kázara se mantenía en el horizonte. Al norte del
Caspio, la misión debió dar otro gran rodeo antes de alcanzar los campamentos
búlgaros situados cerca de la confluencia del Volga y el Kama. El rey y sus
guerreros les esperaban llenos de impaciencia: en cuanto finalizaron los
festejos y ceremonias de acogida, el rey ordenó que se personara Ibn Fadlan
para hablar de negocios. Entonces recordó con firmeza —«su voz resonaba como si
hablara desde el fondo de un tonel»— el motivo principal de la embajada, es
decir, el dinero que debía entregarle «a fin, añadió, de que pueda construir
una fortaleza para protegerme de los judíos que me han puesto bajo su
dominación».[45] Desgraciadamente, debido a
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complicaciones
burocráticas, los 4.000 dinares prometidos no habían sido confiados a la
misión; los enviarían más adelante… Al escuchar esto, el rey (personaje de
impresionante presencia y corpulento) pareció sumirse en la desesperación.
Sospechó del embajador y de la misión entera:
¿Qué
pensarías tú de un grupo de hombres a los que se confía una suma de dinero
destinada a un pueblo débil, asediado, oprimido, y que malversan este dinero?
Yo
respondí: «Eso está prohibido; esos hombres serían malditos».
Él
preguntó: «¿Es una opinión o el asentimiento general?».
Yo
respondí: «Es el asentimiento general».
Poco a
poco, Ibn Fadlan supo convencerle de que la entrega era un hecho, aunque
diferido,[46] sin que con ello lograra calmar la ansiedad del rey, que no
cesaba de repetir que todo el sentido de su invitación radicaba en la
construcción de una fortaleza «porque tenía miedo del rey de los kázaros».[47]
Temor, al parecer, muy justificado, como nos explica Ibn Fadlan:
El hijo del
rey búlgaro era rehén del rey kázaro. Refirieron a este último que el rey
búlgaro tenía una hija muy bella. Envió a un mensajero para pedirla en
matrimonio, pero el padre encontró pretextos para rehusar. Entonces, el kázaro
envió a un segundo mensajero para llevarse a la muchacha a la fuerza, a pesar
de que él era judío y ella musulmana; pero ella murió en su corte. El kázaro
envió a un segundo mensajero para pedir a la segunda hija. Pero, al tiempo que
dicho emisario llegaba, el rey búlgaro se apresuró a darla en matrimonio al
príncipe de los askil, que era vasallo suyo, por miedo a que el kázaro la
tomara a la fuerza como había hecho con la primera. Este episodio explica por
qué el rey búlgaro entró en correspondencia con el califa y le rogó le
construyera una fortaleza, dado el temor que le inspiraba el rey de los
kázaros.
Es un
auténtico estribillo. Por otra parte, el viajero nos ofrece precisiones sobre
el tributo que los búlgaros debían pagar anualmente al temible soberano: un
abrigo de marta por familia. Por aquella época, la marta búlgara era
particularmente apreciada por doquier. Si a eso añadimos que el número de
familias o «tiendas» estimadas era de 50.000, comprenderemos lo «pesado» que se
hacía el tributo.[48]
XI
Por lo que
concierne a los kázaros, las informaciones de Ibn Fadlan se fundan, como ya
dijimos anteriormente, en noticias recogidas durante el camino y,
principalmente, en tierras búlgaras. A diferencia del resto de la narración,
alimentada de observaciones «en vivo», nos encontramos aquí con informaciones
de segunda o tercera mano, frecuentemente de escaso interés. Además, los
informadores no se ven libres de prejuicios: hay que tener en cuenta la
comprensible enemistad del rey de los búlgaros hacia su soberano, y
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también los
resentimientos del califato hacia un reino que había abrazado una religión
rival.
Aquí, la
narración pasa bruscamente de una descripción de la corte de los rhus o
varegos, a la de los kázaros:
Por lo que
respecta al rey de los kázaros, cuyo título es el de kagan, no aparece en
público más que una vez cada cuatro meses. Se le llama Gran Kagan. Su adjunto
recibe el tratamiento de Kagan Bek; él es quien manda y cuida de los ejércitos,
arregla los asuntos de Estado, aparece en público y dirige las guerras. Los
reyes vecinos acatan sus órdenes. Se presenta diariamente ante el Gran Kagan,
con respeto y modestia, descalzo y con una rama en la mano. Muestra sumisión,
prende fuego a la rama y, una vez consumida, toma asiento en el trono a la
derecha del rey. Después de él, por orden jerárquico, está un hombre llamado
k-nd-r Kagan, y, a continuación, el Jawshyghr Kagan.
Es
costumbre del Kagan no tener ninguna relación con sus súbditos, no hablarle ni
admitir a nadie ante su presencia, salvo los que acabamos de mencionar. El
poder de unir y desunir, ordenar los castigos y gobernar al país pertenece a su
vicario, el Kagan Bek.
Otra
costumbre del Gran Kagan consiste en que, cuando muere, se le eleva un vasto
edificio con veinte aposentos, y en cada uno se excava una tumba. Machacan
piedras hasta reducirlas a polvo, que luego extienden por el suelo y lo
recubren con resina. Bajo el edificio serpentea rápido y caudaloso un
riachuelo. Hacen pasar el mismo por encima de la tumba, y dicen que esto se
hace así para que ni hombre, ni demonio, ni gusano, ni criatura rampante pueda
llegar hasta él. Tras ser enterrado, los sepultadores son decapitados, a fin de
que nadie pueda saber en qué aposento se encuentra su tumba. Ésta recibe el
nombre de «paraíso», y tienen costumbre de decir: «Ha entrado en el paraíso».
Todos los aposentos están tapizados con brocados de seda tejidos con hilos de oro.
Es
costumbre del rey kázaro poseer veinticinco esposas; cada una de ellas es hija
de un rey que le deba fidelidad. Las consigue, bien de buen grado, o,
simplemente, por la fuerza. También dispone de sesenta concubinas, todas ellas
de exquisita belleza…
Ibn Fadlan
se sumerge, entonces, en una descripción bastante fantasiosa del harén, en el
que cada una de las ochenta y cinco damas posee su «palacio», y nos habla de un
servidor o eunuco que, a petición del rey, lleva a la elegida en un «santiamén»
a la alcoba principesca.
Tras otras
diversas y dudosas observaciones referentes a las «costumbres» del kagan (sobre
las que volveremos más adelante), Ibn Fadlan da, al fin, algunas referencias
válidas sobre el país:
El rey
posee una gran ciudad que se extiende sobre las dos riberas del Itil (Volga).
En una orilla habitan los musulmanes, mientras que la otra es ocupada por el
rey y su corte. Los musulmanes son gobernados por uno de los oficiales del rey,
también musulmán. Este oficial es quien se ocupa de los pleitos de los
musulmanes que residen en la capital de los kázaros, así como también de los
mercaderes que vienen del exterior. Nadie se interfiere en sus asuntos ni
pretende juzgarles.
La
narración de Ibn Fadlan, tal como se ha conservado, termina con estas palabras:
Los kázaros
y su rey son todos judíos.[49] Los búlgaros y todos sus vecinos les están
sometidos. Tratan al rey con obediencia y veneración. Algunos piensan que los
kázaros son el
Página 38
pueblo de
Gog y de Magog.
XII
He citado
con bastante profusión la odisea de Ibn Fadlan, no tanto por las débiles
informaciones que nos procura sobre los propios kázaros, como por la luz que
arroja sobre el mundo que les rodeaba, y sobre la barbarie de los poblados que
le circundaban, barbarie que nos da una idea del pasado del pueblo kázaro antes
de la conversión. Hay que tener en cuenta que, en tiempos de la visita de Ibn
Fadlan a los búlgaros, Kazaria era un país extrañamente moderno en comparación
a sus vecinos.
El
contraste existente aparecería en las narraciones de otros historiadores
árabes,[50] y se manifestaba a todos los niveles, desde el hábitat hasta la
administración de justicia. Los búlgaros todavía vivían exclusivamente bajo
tiendas, y, ni el mismo rey conocía otro abrigo, si bien la tienda real era
«vastísima, conteniendo un millar de personas o más».[51] Por el contrario, el
kagan de los kázaros habitaba un castillo con muros de ladrillo cocido, y nos
dicen que sus mujeres ocupaban «palacios con techados de teca»,[52] y los
musulmanes poseían diversas mezquitas, entre las que se citaba «una con un
minarete que se eleva en los alrededores del castillo real».[53]
En las
regiones fértiles, sus tierras cultivadas abarcaban una extensión continua de
más de cien kilómetros. Eran frecuentes grandes viñedos. «En Kazaria, nos dice
Ibn Hawkal, existe una ciudad llamada Asmid (Samandar) que posee jardines y
huertos tan numerosos que desde Darband a Serir todas las regiones se
encuentran cubiertas de cultivos y plantaciones pertenecientes a la citada
ciudad. Se dice que hay alrededor de cuarenta mil. Gran número de estos campos
producen uva».[54] La región del norte del Cáucaso siempre ha sido muy fértil.
En el año 968, Ibn Hawkal encontró a un viajero que la había visitado tras una
razzia eslava: «Dice que no queda ni el menor alimento para los pobres ni una
sola hoja en los árboles. Pero, dada la excelencia de la tierra y la abundancia
de sus productos, no harán falta ni tres años para que vuelva a ser lo que
era». El Cáucaso ha dado siempre deliciosos vinos que se consumen generosamente
en la Unión Soviética.
Sin
embargo, para el tesoro real la principal fuente de ingresos era el comercio
exterior. En términos puramente cuantitativos, Ibn Fadlan nos ha indicado ya la
importancia de las caravanas que se encaminaban entre el Asia Central y el
curso del Volga del lado de los Urales: recordemos que la caravana a la que se
unió su misión en Gurganj contaba con «cinco mil
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hombres y
tres mil bestias de carga…». Incluso admitiendo alguna exageración, el conjunto
debía ser impresionante, y no sabemos cuántas caravanas de ese tipo podían
desplazarse al mismo tiempo, así como tampoco las mercancías que pudieran
transportar, si bien parece que representaron un importante papel los tejidos,
los frutos secos, la miel, la cera y las especias. Otra ruta comercial
atravesaba el Cáucaso para penetrar en Armenia, en Georgia, en Persia y en
Bizancio. Una tercera transportaba el creciente tráfico de los barcos que
descendían el Volga hasta las orillas orientales del mar kázaro, dedicado
principalmente a las pieles preciosas, muy apreciadas por la aristocracia
musulmana, así como a los esclavos nórdicos que se vendían en el mercado de
Itil. Sobre todas estas mercancías, esclavos incluidos, el soberano kázaro
recibía una tasa del diez por ciento. Si a ello añadimos los tributos que
pagaban los búlgaros, los magiares, los burtes y demás pueblos, se comprende
que Kazaria haya podido ser un Estado próspero, y que dicha prosperidad
dependiera, en gran parte, de su poderío militar y del prestigio que dicho
poderío confería a los recaudadores y aduaneros.
Aparte de
las fértiles regiones meridionales cubiertas de viñedos y árboles frutales, el
país apenas contaba con recursos naturales. Un historiador árabe, al-Istakhri,
escribe que el único producto indígena exportado era la cola de pescado. En
realidad se trata de una exageración, pero parece ser que la principal
actividad comercial consistía en reexportar bienes recibidos del extranjero.
Entre estos bienes, los productos de las colmenas excitaron la imaginación de
los cronistas árabes. Así, para Muqadassi, «En Kazaria, corderos, miel y judíos
se hallan en abundancia».[55] Es cierto que una fuente persa, el Darband Namah,
menciona minas de oro y plata en territorio kázaro, pero jamás se han podido
localizar dichas minas. Por otra parte, distintos autores hablan de mercancías
kázaras en Bagdad, y de comerciantes kázaros en Constantinopla, en Alejandría,
e incluso en Samara y en Fergana.
Kazaria no
se hallaba, pues, en modo alguno, aislada del mundo civilizado. En comparación
con las tribus vecinas del norte, era un país cosmopolita, abierto a todo tipo
de influencias culturales y religiosas y, al mismo tiempo, muy celoso de su
independencia respecto a las dos grandes potencias eclesiásticas. Es esta
actitud, como veremos más adelante, lo que puede explicar el golpe teatral (o
golpe de Estado) que haría del judaísmo una religión oficial.
Parece ser
que las artes y oficios eran florecientes, comprendida la alta costura. Cuando
el futuro emperador, Constantino V, desposó a la hija del kagan (véase más
arriba, apartado I), ésta aportó con las joyas de su dote un
Página 40
magnífico
vestido que impresionó de tal forma a la corte bizantina, que los dignatarios
lo adoptaron, para ellos, como traje de ceremonia; le denominaron tzitzakion,
palabra derivada del nombre turco de la princesa, Chichak, «la pequeña flor»
(éste era, al menos, su nombre antes de ser bautizada como Irene). «Tenemos
aquí un brillante fragmento de historia cultural» hace notar Toynbee.[56] Otra
princesa kázara se casó con el gobernador musulmán de Armenia; para la boda, su
cortejo se componía, aparte de los acompañantes y esclavos, de diez tiendas
levantadas sobre ruedas y «hechas de la más fina seda, con puertas chapeadas de
oro y plata, y el piso cubierto de piel de marta. Otros veinte carros
transportaban la vajilla, de plata y oro, con el resto de los tesoros que
componían su dote».[57] En cuanto al kagan, viajaba en una tienda portátil
todavía más lujosa, coronada por una granada de oro.
XIII
El arte de
los kázaros, como el de los búlgaros y húngaros, fue principalmente un arte de
imitación, semejante a los modelos persas sasánidas. El arqueólogo soviético
Bader[58] ha subrayado que contribuyeron a extender la platería de estilo persa
por los países nórdicos: en efecto, parte de lo hallado puede haber sido
reexportado por los kázaros, fieles a su papel de intermediarios; otras piezas
son copias ejecutadas en sus talleres, como aquellas cuyos vestigios se han
encontrado cerca de la vieja fortaleza de Sarkel.[59] La bisutería descubierta
en el interior de la fortaleza era de fabricación local.[60] El arqueólogo
T. J. Arne cita piezas ornamentales halladas en su país (vajilla, fíbulas,
hebillas de cinturón) de inspiración sasánida o bizantina, pero trabajadas en
Kazaria o en territorios de su influencia.[61]
Así pues,
los kázaros fueron los principales artífices de la expansión del arte persa y
bizantino entre los poblados y tribus semibárbaros de la Europa del Este. Al
término de un exhaustivo examen de las fuentes arqueológicas y literarias
(sacadas principalmente de obras soviéticas), Bartha concluye:
El saqueo
de Tiflis por los kázaros, sin duda en la primavera del 629, interesa
particularmente a nuestro objeto. [Durante el período de ocupación] el kagan
envió inspectores para que supervisaran las manufacturas de objetos de oro, de
plata, de hierro y de cobre. Los bazares, el comercio en general, incluso las
pescaderías, se hallaban bajo su control… Así, en el transcurso de sus
incesantes campañas caucasianas, en el siglo VII, los kázaros entraron en
contacto con una cultura que se había desarrollado a partir de la tradición
sasánida… En consecuencia, los productos de dicha cultura se extendieron entre
los pueblos de la estepa, y no sólo gracias al comercio, sino también debido a
la acción del pillaje y los impuestos… Todas
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las pistas
que hemos seguido minuciosamente con la esperanza de remontarnos a los orígenes
del arte magiar del siglo X nos han conducido a territorio kázaro.[62]
La última
frase del sabio húngaro hace alusión al célebre trabajo arqueológico conocido
por el nombre de «tesoro de Nagyszentmiklos» (ilustración sobrecubierta). Este
conjunto de veintitrés vasos de oro, que datan del siglo X, fue descubierto en
1791 por los vecinos del pueblo en cuestión.[63] Bartha señala que el personaje
del «príncipe victorioso» que arrastra a un cautivo por los cabellos, y la
escena mitológica grabada en el dorso de la jarra de oro, al igual que otros
objetos ornamentales, manifiestan asombrosas semejanzas con las piezas halladas
en Novi Pazar, en Bulgaria —y en Sarkel, en país kázaro—. Esto no debe
sorprendernos habiendo sido vasallos de los kázaros durante largos períodos
tanto los magiares como los búlgaros, y el guerrero vencedor en medio de este
tesoro nos da, al menos, una idea de las artes que se practicaban en el Imperio
kázaro; tampoco debe sorprendernos el hecho de que las influencias persas y
bizantinas sean aquí las predominantes.
[64]
Ciertos
arqueólogos húngaros[65] sostienen que los orfebres que trabajaban en Hungría
en el siglo X eran, de hecho, kázaros. Como más adelante veremos (capítulo 3),
cuando los magiares penetraron, en el 896, en las llanuras en que acabarían por
instalarse, eran conducidos por una tribu kázara disidente, los kabars, que se
asentarían con ellos en su nueva patria. Los kázaros —kabars, que tenían fama
de ser excelentes orfebres— practicaban artes en las que tan sólo se iniciarían
los magiares una vez instalados. La teoría del origen kázaro de, al menos, una
parte de los objetos descubiertos en Hungría no es, pues, inverosímil, como aún
tendremos oportunidad de comprobarlo de nuevo cuando, más adelante, hablemos de
las conexiones entre estos pueblos.
XIV
El guerrero
de la jarra de oro, sea su origen magiar o kázaro, nos ayuda a imaginar la
presencia de un caballero de la época, posiblemente perteneciente a un status
de élite. Masudi cuenta que en el ejército kázaro «siete mil hombres[66]
cabalgaban con el rey, y arqueros con corazas, cascos y cotas de malla. También
hay lanceros, armados y equipados como los musulmanes… En esta parte del mundo,
ningún rey posee ejército regular, salvo el rey de los kázaros…». Y, según Ibn
Hawkal, «este rey dispone de doce mil soldados
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para su
servicio; cuando uno de ellos muere, inmediatamente se elige a otro para
reemplazarle».
En esto
podemos encontrar otra explicación de la hegemonía kázara; poseían un ejército
profesional, contando con una guardia pretoriana que, en tiempos de paz, hacía
reinar el orden entre el mosaico de etnias, y que, en tiempo de guerra, sabían
y podían estructurar a las hordas que, como ya hemos visto, contaban a veces
con cien mil o más hombres.[67]
XV
La primera
capital de este abigarrado imperio fue, probablemente, la fortaleza de
Balandjar, en la ladera septentrional del Cáucaso; tras las incursiones árabes
del siglo VIII, dicha capital se trasladó a Samandar, en la orilla occidental
del Caspio y, más tarde, a Itil, en el estuario del Volga.
Sobre Itil
poseemos varias descripciones, que concuerdan bastante bien. Se trataba de una
doble ciudad, construida sobre las dos riberas del río. Itil era el nombre de
la mitad occidental, llamándose la otra Kazaran;[68] ambas partes se hallaban
unidas por un puente de barcos. (Varios autores citan la analogía con
Buda-Pest). La parte occidental estaba rodeada por una muralla fortificada, de
ladrillos; dentro, se encontraban los palacios del kagan y del bek, así como
los aposentos de sus servidores y los de los «kázaros de raza pura».[69] La
muralla tenía cuatro puertas, una de las cuales daba al río. Sobre la otra
orilla, al este, vivían «los musulmanes y los adoradores de ídolos».[70] En
este barrio se encontraban las mezquitas, los baños, los mercados y demás
servicios públicos. Diversos autores árabes han dado la cantidad de oratorios
en el barrio musulmán y la impresionante altura del minarete de la gran
mezquita. Igualmente, se ha insistido en la autonomía de que gozaban los
religiosos y juristas musulmanes. Citemos, en particular, a al-Masudi, «el
Herodoto de los árabes», en su célebre obra Las Praderas de Oro:
La
costumbre, en la capital de los kázaros, es tener siete jueces. Dos de ellos
son para los musulmanes y otros dos para los kázaros, y juzgan según el Torha;
dos para los cristianos, y juzgan según el Evangelio; y uno para los saqalibah,
los rhus y demás paganos, y juzga siguiendo la ley pagana… En la ciudad del rey
de los kázaros hay muchos musulmanes, comerciantes y artesanos, que han acudido
a este país en razón de su justicia y de la seguridad que procura. Tienen una
mezquita principal, cuyo minarete se eleva por encima del castillo real, y
otras muchas mezquitas con escuelas donde los niños aprenden El Corán…
Leyendo
estas líneas, que el gran historiador árabe escribiera en la primera mitad del
siglo X,[71] nos sentimos inclinados a hacernos una idea quizá demasiado
idílica de la vida en el reino de los kázaros. Así, podemos
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ver en la
Jewish Encyclopaedia, en el artículo «Kázaros»: «En una época en la que el
fanatismo, la ignorancia y la anarquía reinaban en la Europa del Oeste, el
reino de los kázaros podía enorgullecerse de su administración justa y
liberal».[72]
Esto es
cierto en parte, como ya hemos visto, pero sólo en parte. Nada indica que los
kázaros se dedicaran a persecuciones religiosas antes o después de su
conversión al judaísmo.[73] En este sentido, cabe afirmar que se mostraron más
tolerantes que el Imperio Romano de Oriente y que el islam en sus comienzos.
Pero, sin embargo, parece ser que conservaron rituales bárbaros heredados de su
pasado nómada. Recordemos lo que dice Ibn Fadlan sobre las matanzas que
acompañaban a las inhumaciones reales. El mismo cronista habla de otra arcaica
costumbre: el regicidio. «El período de reinado es de cuarenta años. Si el rey
sobrepasa este plazo, aunque sea en un solo día, sus súbditos y servidores le
inmolan, diciendo: “Su entendimiento está disminuido, su pensamiento ya es
confuso”».
Istakhri da
otra versión:
Cuando
quieren entronizar a un kagan, le pasan un cordón de seda por el cuello y
aprietan hasta que comienza a asfixiarse. Entonces le preguntan: «¿Cuánto
tiempo esperas reinar?». Si no muere antes de la fecha indicada, lo matan
cuando la alcanza.
Bury[74]
duda del crédito que debe dar a estas leyendas de buhonería árabe y, de hecho,
se inclinaría a descartarlas si el regicidio ritual no hubiera estado tan
extendido entre numerosos pueblos, más o menos primitivos. Frazer insiste mucho
en la relación existente entre el concepto de la divinidad real y la obligación
sagrada de inmolar al soberano cuando sus fuerzas vitales se debilitan, a fin
de que la autoridad divina pueda pasar a una encarnación más joven y
vigorosa.[75]
Es preciso
añadir, en apoyo de la narración de al-Istakhri, que la extraña ceremonia de la
estrangulación del futuro rey parece haber sido practicada entre poblados
vecinos, turcos o mongoles, tales como los tou-Kioue, conocidos por su alfabeto
runiforme llamado kok-turc. Zeki Validi cita, a este respecto, a Stanilas
Julien:
Cuando el
nuevo jefe ha sido elegido, sus oficiales y servidores le hacen montar a
caballo. Le aprietan una cinta de seda alrededor del cuello, pero sin llegar a
estrangularle; a continuación, le aflojan la cinta y le preguntan con gran
insistencia: «¿Durante cuántos años puedes ser tú nuestro Kan?». El rey, con el
espíritu turbado, se siente incapaz de dar una cifra. Sus súbditos deciden,
según la fuerza de las palabras que se le han escapado, si su reinado será de
corta o larga duración.[76]
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Ignoramos
si el asesinato ritual del rey subsistió entre los kázaros (suponiendo que haya
existido alguna vez) cuando adoptaron el judaísmo, o si desapareció en dicha
época —en cuyo caso los escritores árabes habrían confundido pasado y presente,
como frecuentemente les sucedía al compilar viejas narraciones de viajeros
atribuírselas a contemporáneos—. Sea lo que fuere, podemos considerar con casi
toda certeza el carácter aparentemente sagrado del kagan, cuyo papel
comportaría o no el sacrificio supremo. Ya conocemos la veneración que
inspiraba, pero también su casi absoluto recluimiento, ocultando al pueblo
hasta las grandiosas ceremonias de sus funerales. Los asuntos de Estado y el
mando del ejército quedaban confiados al bek (o kagan bek) quien, de hecho,
ejercía todo el poder. Sobre este punto, los historiadores modernos coinciden
con los cronistas árabes, y describen habitualmente el sistema político de los
kázaros como una doble monarquía, representando el kagan el poder religioso, y
el bek el poder secular.
Se ha
comparado (sin razón, según parece) esta doble monarquía a la diarquía de
Esparta y al doble mando colegiado, superficialmente análogo, de diversas
tribus turcas. Pero los dos reyes de Esparta, herederos de dos eminentes
familias, tenían ambos idéntico poder; y en cuanto al doble mando de diversas
tribus nómadas, nada indica una división funcional fundamental como en el caso
kázaro.[77] Se ha propuesto una comparación más válida con el sistema político
del Japón, donde, desde la Edad Media hasta 1867, el shogun disponía de todo
poder, mientras que el emperador ejercía un oscuro papel de venerable personaje
divino.
Cassel ha
sugerido una atractiva analogía entre el gobierno kázaro y el juego de
ajedrez.[78] El doble reinado está representado sobre el tablero por el rey (el
kagan) y la reina (el bek). El rey se mantiene recluido, protegido por sus
caballeros, con poco poder y avanzando paso a paso. Por el contrario, la reina
es el personaje más importante del tablero, el que domina. No obstante, el
juego puede continuar aunque la reina sea capturada, mientras que la caída del
rey significa el desastre absoluto, que pone fin instantáneamente a la partida.
Así, la
doble realeza parece indicar, en la mentalidad de los kázaros, una distinción
categórica entre lo sagrado y lo profano. Los atributos divinos del kagan son
perfectamente evidenciados en el siguiente pasaje de Ibn Hawkal:
[79]
El kagan
debe ser siempre de raza imperial (al Istakhri: «De una familia de notables»).
Nadie está autorizado a aproximársele, a no ser por asunto de gran importancia:
entonces, uno debe prosternarse ante él y restregarse el rostro contra el suelo
hasta que él dé la orden de avanzar y hablar. A la muerte del kagan, todo aquel
que pase cerca de su tumba debe ir a pie y
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rendir
homenaje al sepulcro; y cuando se aleje, no tiene derecho a subirse al caballo
mientras pueda seguir viendo la tumba.
La
autoridad de este soberano es tan absoluta, sus órdenes son obedecidas tan
ciegamente, que si juzgara deseable que uno de sus nobles pereciera, le diría:
«Ve y mátate», y el hombre regresaría a su hogar y se mataría dócilmente. Al
estar establecida la sucesión a la realeza dentro de una misma familia
(Istakhri: «En una familia de notables no poseedores de poder ni riqueza»),
cuando sobre un miembro cualquiera de esta familia recae la herencia,
automáticamente es confirmado en su dignidad de kagan, aunque no posea un sólo
dirham. Y he oído contar, a personas dignas de crédito, el caso de un joven que
trabajaba en un tenderete del mercado vendiendo pequeños objetos (Istakhri:
«Vendía pan») y que las gentes decían: «Cuando el kagan desaparezca, este
hombre le sucederá en el trono». (Istakhri: «Nadie es más digno de ser el
kagan»). Pero el joven era musulmán, y ellos tan sólo conceden la realeza a
judíos.
El kagan
posee un trono y un pabellón de oro, lo que no se consiente a nadie más que a
él. El palacio del kagan es más elevado que el resto de los edificios.[80]
El pasaje
concerniente al virtuoso joven que vendía pan o chucherías nos recuerda un
cuento de Las mil y una noches. ¿Por qué el heredero de un trono reservado a un
judío era educado como un pobre musulmán? Si alguna enseñanza podemos sacar de
esta historia, sería que el kagan era elegido por la nobleza de su carácter,
entre los descendientes de una «raza imperial» o de una familia de notables».
Ésta es la opinión de Artamonov y de Zeki Validi. El primero escribe que los
kázaros, al igual que otros pueblos turcos, estaban gobernados por
descendientes de la dinastía turkut, que antaño reinara en el primer imperio
«turco» (ver más arriba, en el apartado III). Zeki Validi, por su parte, piensa
que la «raza imperial» o la «familia de notables» a que debe pertenecer el
kagan, designa a la antigua dinastía de los Asena, citada en las fuentes
chinas, que era una especie de aristocracia del desierto de la que los
soberanos turcos y mongoles, tradicionalmente, pretendían descender. La cosa
parece plausible, y ayudaría a conciliar los valores contradictorios que supone
la narración árabe anteriormente transcrita: el noble joven sin un dirham en el
bolsillo… y las pomposas ceremonias que rodean al trono de oro. Se observa aquí
la interposición de dos tradiciones, una especie de interferencia óptica, como
la de dos ciclos de ondas sobre una pantalla: el ascetismo de una tribu de
rudos nómadas del desierto y el oropel de una corte enriquecida por el comercio
y la artesanía, que intenta sobrepasar el esplendor de sus grandes rivales:
Bagdad y Constantinopla. Después de todo, las creencias pregonadas por estas
dos suntuosas monarquías se remontaban igualmente a ascéticos profetas del
desierto.
Sin
embargo, esto no explica la extraña división de los poderes sagrados y secular,
de la que, en aquella época, al parecer, no se encuentra equivalente en toda la
región. Según Bury,[81] «no tenemos ninguna información acerca del momento en
que el kagan fue sustituido por su divina nulidad, ni la razón por
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la que fue
elevado a una situación análoga a la del emperador del Japón, de tal forma que
su existencia, y no su poder, era considerada esencial para la prosperidad del
Estado».
Una
conjetura de Artamonov podría constituir la respuesta. El advenimiento del
judaísmo como religión oficial habría sido el resultado de un golpe de Estado
que, al mismo tiempo, habría reducido al kagan, descendiente de una dinastía
pagana, a un papel puramente figurativo, cuya fidelidad a la ley de Moisés
quedaba sujeta a caución. Es una hipótesis como cualquier otra y, como las
demás, sin fundar tampoco en documentos históricos. No obstante, parece
probable que existiera un vínculo entre los dos acontecimientos: la adopción
del judaísmo por una parte, y el establecimiento de la doble monarquía por
otra.[82]
Página 47
2
LA
CONVERSIÓN
I
«La
religión de los hebreos ejerció una profunda influencia sobre las creencias del
islam», escribe Bury, «y constituyó un fundamento del cristianismo; por todas
partes ganó prosélitos; pero la conversión de los kázaros a la religión pura de
Jehová es un hecho único en la Historia».
¿Cuáles
fueron los móviles de este acontecimiento tan singular? No es tarea fácil
introducirse en la piel de un príncipe kázaro o, simplemente, bajo su cota de
malla. Pero si razonamos en términos de política —la política en todas las
épocas obedece esencialmente a las mismas reglas— encontraremos una analogía
bastante aceptable.
A
principios del siglo VIII, el mundo se hallaba polarizado por las dos
superpotencias que representaban el cristianismo y el islam. Las ideologías se
confundían con las intenciones políticas, que se servían de los métodos
clásicos de la propaganda, la subversión y la conquista militar. El Imperio
kázaro representaba una tercera fuerza, que se había mostrado de la talla de
las otras dos, ya como adversario o como aliado. Pero este Imperio no podía
mantener su independencia adoptando el cristianismo o el islam, pues cualquiera
de estas elecciones les llevaría rápidamente a someterse a la autoridad del
emperador bizantino o a la del califa de Bagdad.
No faltaron
tentativas de conversión por ambas partes, pero sólo condujeron a intercambios
de cumplidos diplomáticos, a alianzas matrimoniales y a firmas de tratados
militares fundamentados en el mutuo interés. Seguro de su poderío y de sus
reservas de tribus vasallas, el rey kázaro estaba decidido a salvaguardar su
posición de tercera potencia, al frente de las naciones no alineadas que
poblaban las estepas.
Los
contactos que mantuvieron con Bizancio y con el Califato enseñaron a los
kázaros que su primitivo chamanismo no sólo era bárbaro y pasado de moda en
comparación con las grandes religiones monoteístas, sino que, además, se
mostraba impotente para conferir a sus jefes la autoridad jurídica y espiritual
de que gozaban los soberanos de los imperios teocráticos. Pero la
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conversión
a una u otra de estas religiones les habría arrastrado a la sumisión, que era
todo lo contrario de lo que se habían propuesto. Ante este panorama, ¿qué más
lógico que abrazar una tercera religión que no dependía de ninguna de las otras
dos, y que representaba su común y venerable origen?
Evidentemente,
la aparente racionalidad de esta visión se debe a la engañosa claridad de los
juicios que se aportan a la Historia después de ocurridos los hechos. En
realidad, para esta conversión al judaísmo debió de ser necesario un golpe de
genio. Sin embargo, todas las fuentes, hebraicas y árabes, a pesar de su
diversidad en cuanto a los detalles, recogen el razonamiento anteriormente
expuesto. Citemos, de nuevo a Bury:
No podemos
dudar de que el soberano fue impulsado por motivaciones políticas cuando adoptó
el judaísmo. Abrazar la fe de Mahoma habría significado depender
espiritualmente de los califas, que intentaban imponer su religión a los
kázaros, e inclinarse por el cristianismo implicaba el riesgo de pasar a ser un
vasallo eclesiástico del Imperio Romano. El judaísmo era una religión
honorable, que poseía libros sagrados respetados por cristianos y mahometanos;
abrazarlo significaba elevarse por encima de los bárbaros paganos y asegurarse
contra las intervenciones del califa o del emperador. Pero, junto a la
circuncisión, no adoptaron la intolerancia del culto judío. Permitieron a la
masa del pueblo conservar su paganismo y adorar a sus ídolos.[1]
Pese a que,
realmente, la conversión tuvo móviles políticos, sería absurdo imaginar que los
kázaros se lanzaran ciegamente, de la noche a la mañana, hacia una religión
cuyo contenido hubieran ignorado. De hecho, desde hacía por lo menos un siglo,
conocían a los judíos y sus observancias gracias a las continuas oleadas de
refugiados que huían de las persecuciones religiosas de Bizancio o que, menos
numerosos, venían de países de Asia Menor conquistados por los árabes. Se sabe
que Kazaria, relativamente civilizada entre los bárbaros del norte, no estaba
ligada a ninguna de las religiones militantes: así pues, pasó a ser
naturalmente una tierra de acogida para los éxodos periódicos de los judíos
sometidos a Bizancio, que se veían amenazados por conversiones forzadas y por
todo tipo de presiones. Bajo diversas formas, la persecución había comenzado en
tiempos de Justiniano I (527-565), y fue particularmente cruel con Heraclio en
el siglo VII, con León III en el VIII, con Basilio y León IV en el IX, y con
Román en el X. Así, León III, que reinó durante los dos decenios que
precedieron a la conversión de los kázaros, «intentó poner fin a la anomalía
(del status de tolerancia de los judíos) de un sólo golpe, ordenando a todos
sus súbditos judíos bautizarse»[2]. No parece que sus órdenes fueran ejecutadas
eficazmente, pero sí hicieron huir a un número considerable de judíos. Masudi
narra los hechos:
Página 49
En esta
ciudad (Itil) hay musulmanes, judíos, cristianos y paganos. Los judíos son el
rey, sus servidores y los kázaros de su raza.[3] El rey de los kázaros se
convirtió al judaísmo bajo el califato de Harun al-Rachid,[4] y a él se unieron
judíos de todas las tierras del islam y del país de los griegos. El rey de los
griegos de la época actual, año de la Hégira 332 (944), había convertido al
cristianismo, por la fuerza, a los judíos de su reino… Así, muchos judíos
huyeron del país de los griegos con dirección a Kazaria…
Las dos
últimas frases se refieren a hechos acaecidos doscientos años después de la
conversión de los kázaros; nos muestran su insistencia en la persecución: los
judíos no tenían nada que envidiar. Fueron numerosos los que sufrieron
torturas, y aquellos que no tenían fuerzas para resistirlas, volvían después a
su fe «como perros a su vómito», según la encantadora expresión de los
cronistas cristianos.[5] No menos pintoresca es la descripción que nos da un
escritor hebreo sobre un método de conversión forzada utilizada en tiempos del
emperador Basilio contra la comunidad judía de Oria, en el sur de Italia:
¿Cómo los
forzaban? Todo hombre que rehusaba aceptar sus falsas creencias era introducido
en un molino de aceite, y aplastado como se aplasta a las olivas.[6]
Otra fuente
hebraica[7] señala en los siguientes términos la persecución del emperador
Román (el «rey griego» de que habla Masudi): «Y después surgirá un rey que les
perseguirá no mediante la destrucción, sino, misericordiosamente, expulsándoles
del país».
Si la
historia fue misericordiosa con aquellos que huyeron, por decisión propia o a
la fuerza, se debió únicamente a la existencia de Kazaria, tanto antes como
después de la conversión. Antes, era una tierra de refugio; después, se
convirtió en una especie de «hogar nacional». Los refugiados, descendientes de
una cultura superior, contribuyeron poderosamente, sin ninguna duda, a crear el
clima cosmopolita y tolerante que habría de impresionar a los cronistas árabes
citados anteriormente. Su influencia, y probablemente su proselitismo, debió de
hacerse sentir, en primer término, en la corte y entre los dirigentes.[8] Es
probable que, en sus esfuerzos misioneros, combinaran los argumentos teológicos
y las profecías mesiánicas con un astuto análisis de las ventajas políticas que
la adopción de una religión «neutra» procuraría a los kázaros.
Los
exiliados llevaron consigo las artes y oficios de Bizancio, buenos métodos de
agricultura y comercio y, finalmente, el alfabeto hebreo. Se desconoce qué
forma de escritura utilizaban los kázaros anteriormente, pero el Fihrist de Ibn
an-Nadim,[9] compuesto en el 987, nos informa que en esta época se servían del
alfabeto hebreo, con una doble utilidad: por una parte, para escribir en hebreo
las disputas escolásticas (lengua culta, análoga al latín
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medieval)
y, por otra, para transcribir los diversos idiomas hablados en Kazaria (al
igual que el alfabeto latino utilizado por los distintos idiomas de Europa
occidental). Aparte de Kazaria, la escritura hebraica parece haberse extendido
por los países vecinos. Así, según Chwolson, «se han hallado inscripciones en
una lengua no semítica (o, probablemente, en dos lenguas no semíticas
diferentes), pero con caracteres hebreos, en dos monumentos provenientes de
Phanagoria y de Parthenit, en Crimea; todavía no han sido descifradas».[10]
(Crimea, como vimos, estuvo intermitentemente bajo dominación kázara; pero allí
se había establecido, desde hacía mucho, una comunidad judía con carácter
permanente, y las inscripciones pueden ser anteriores a la conversión). El
alfabeto cirílico ha incorporado dos letras hebraicas (el shin y el tsadei) y,
además, se han encontrado en Polonia monedas de plata del siglo XII y XIII
grabadas con inscripciones polacas en caracteres hebreos[11] (por ejemplo:
Leszek, krol Polski, Leszek, rey de Polonia) al igual que otras piezas de la
misma época grabadas con caracteres latinos. Según Poliak, «estas piezas
prueban definitivamente que la escritura hebraica se extendió desde Kazaria
hacia los países eslavos vecinos. La utilización de estas monedas no tenía
ninguna relación con la religión. Se acuñaban así porque muchos polacos
conocían mejor este alfabeto que el latino, sin considerarlas por ello
especialmente judías».[12]
De esta
forma, a pesar de que la conversión estuviera inspirada probablemente en
móviles oportunistas y fuera concebida con una hábil maniobra política, también
produjo progresos culturales que apenas hubieran podido prever los que la
provocaron. El alfabeto hebreo fue sólo el comienzo; tres siglos después, el
declive del Estado kázaro se vio acompañado por diversas erupciones de sionismo
mesiánico: algunos pseudomesías del tipo de David el Rey, héroe de una novela
de Disraeli, llevan a cabo cruzadas quijotescas para reconquistar
Jerusalén.[13]
Tras la
derrota que en el 737 le infligieran los árabes, el kagan adoptó el islam bajo
coacción, pero por poco tiempo; esta formalidad fue abandonada inmediatamente
y, al parecer, sin dejar la menor impresión en el pueblo. Por el contrario, la
conversión voluntaria al judaísmo produciría efectos profundos y duraderos.
II
Las
circunstancias de la conversión se ven ensombrecidas por la leyenda, pero los
principales relatos hebreos y árabes que poseemos ofrecen algunas
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constantes
fundamentales.
Las
palabras de Masudi, citadas anteriormente, sobre la dominación judía en
Kazaria, terminan con una referencia a una obra anterior del mismo autor, que
contiene la descripción de estas circunstancias. Esta obra se ha perdido, pero
subsisten otras dos narraciones, basadas en la anterior. La primera, compuesta
por Dimaski en 1327, cuenta cómo en tiempos de Harun al-Rachid, el emperador de
Bizancio obligó a los judíos a emigrar; dichos emigrantes llegaron al país de
los kázaros, donde se encontraron con «un pueblo inteligente pero sin
instrucción, al que ofrecieron su religión. Estos indígenas la juzgaron mejor
que la suya y la adoptaron»[14].
La segunda
narración, más detallada, se encuentra en el Libro de los reinos y de las
rutas, de al-Bakri, que data del siglo XI:
La razón de
la conversión al judaísmo del rey de los kázaros, que anteriormente era pagano,
es la siguiente. Había adoptado el cristianismo.[15] Pero pronto comprendió la
falsedad de esta religión y examinó esta cuestión, que mucho le preocupaba, con
uno de sus grandes oficiales. Este último le dijo: «Oh rey, los que poseen las
santas escrituras se dividen en tres grupos. Hazles venir y ordénales que
defiendan su causa y, tras ello, seguirás la que contenga la verdad».
Entonces
mandó que buscaran un obispo cristiano. Se dio la circunstancia de que cerca
del rey se hallaba un judío, hábil en argucias, que arrastró al obispo a una
disputa, preguntándole: «¿Qué dices de Moisés, hijo de Amram, y de la Tora que
le fue revelada?». El obispo respondió: «Moisés es un profeta, y la Tora es
verdad». Entonces, el judío dijo al rey: «Ha admitido la verdad de mi religión.
Ahora, preguntadle qué es lo que él cree». El rey formuló la pregunta, y el
obispo respondió: «Yo digo que Jesús el Mesías es el hijo de María, y es el
Verbo, y ha revelado los misterios en nombre de Dios». Entonces, el judío dijo
al rey de los kázaros: «Él predica una doctrina que desconozco; así pues, que
acepte mis proposiciones». Y el obispo no supo aportar pruebas. Entonces envió
el rey a buscar a un musulmán, y le enviaron a un sabio maestro, hábil en las
disputas. Pero el judío sobornó a un asesino para que le envenenara en el
camino, y así murió. De esta forma, el judío consiguió ganar al rey para su
religión, de suerte que el rey abrazó el judaísmo.
Ciertamente,
los historiadores árabes poseían el don de dorar la píldora. Si el sabio
musulmán hubiera podido participar en el debate, habría caído en la misma
trampa que el obispo, puesto que ambos habrían aceptado la verdad del Antiguo
Testamento, mientras que, como apóstoles del Nuevo Testamento o del Corán,
perdían forzosamente por un voto contra dos. Éste es el razonamiento que sigue
el rey, y el hecho es significativo: tan sólo está dispuesto a aceptar las
doctrinas admitidas por las tres religiones, su denominador común, pero rehúsa
comprometerse con dogmas rivales que vayan más lejos. Nos hallamos ante el
principio de no compromiso, aplicado esta vez a la teología.
Además,
como ha señalado Bury,[16] la historia deja ver que la influencia judía en la
corte kázara debía de ser bastante fuerte antes de la conversión
Página 52
oficial:
era preciso «enviar a buscar» al obispo y al imán, mientras que el judío ya se
encontraba allí, junto al rey.
III
Pasemos
ahora de la principal fuente árabe concerniente a la conversión, Masudi y sus
sucesores, a la principal fuente judía, conocida bajo el nombre de
«correspondencia kázara». Se trata de un intercambio de cartas, escritas en
hebreo, entre Hasdai Ibn Shaprut, ministro judío del califa de Córdoba, y José,
rey de los kázaros (o, para ser más exactos, entre sus respectivos escribas).
La autenticidad de dicha correspondencia ha sido discutida; sin embargo,
generalmente se admite, aunque con las reservas debidas a los errores de
recientes copistas.[17]
Según
parece, las cartas fueron intercambiadas después del 954 y antes del 961, es
decir, más o menos en la misma época en que escribía Masudi. Para poder
apreciar su significación, es preciso decir algunas palabras sobre Hasdai Ibn
Shaprut, una de las más brillantes personalidades de la «edad de oro» de los
judíos de España (900-1200).
En el 929,
Abd-al-Rahmán III, de la dinastía de los Omeyas, consiguió unificar las
presiones árabes en el sur y centro de la Península ibérica y fundó el califato
de Occidente. Córdoba, su capital, se convirtió en la gloria de la España
musulmana, verdadero hogar de la cultura europea, donde podía encontrarse una
biblioteca con 400.000 volúmenes catalogados. Hasdai, nacido en Córdoba en el
910, de una eminente familia judía, atrajo la atención del califa como médico:
en su haber contábanse notables curaciones. Abd-al-Rahmán le nombró médico de
la corte y, más tarde, tal era la confianza que había depositado en su buen
juicio, le pidió, en primer lugar, que pusiera en orden las finanzas del
Estado, para nombrarle, a continuación, algo así como ministro de Asuntos
Exteriores y animador diplomático en las complejas relaciones que el nuevo
Califato tenía con Bizancio, con el emperador romano-germánico Otón y con
Castilla, Navarra, Aragón y demás reinos cristianos del Norte de España.
Verdadero homo universale varios siglos antes del Renacimiento, Hasdai, además
de ocuparse de los asuntos de Estado, hallaba tiempo para traducir al árabe
tratados de medicina, para mantener correspondencia con los sabios rabinos de
Bagdad y para hacer de mecenas de poetas y filólogos hebreos.
Evidentemente,
se trataba de un judío preclaro y, sin embargo, devoto, que se servía de sus
contactos diplomáticos para informarse sobre las
Página 53
comunidades
judías dispersas por distintas partes del mundo, y para intervenir en su favor
siempre que podía. Se preocupó en particular por la persecución de los judíos
del Imperio bizantino bajo el mandato de Román (véase más arriba, apartado I).
Afortunadamente, gozaba de una considerable influencia en la corte de Bizancio,
donde se consideraba de vital interés conseguir la benevolente neutralidad de
Córdoba durante las campañas bizantinas contra los musulmanes de Oriente.
Hasdai, que llevaba las negociaciones, aprovechó la ocasión para interceder en
favor de los judíos bizantinos, con aparente éxito.[18]
Según su
propia narración, Hasdai oyó hablar por vez primera de un reino judío
independiente por boca de mercaderes venidos del Khorassan, en Persia; pero el
relato le dejó escéptico. Más tarde interrogó a los miembros de una misión
diplomática bizantina, que confirmaron las declaraciones de los mercaderes,
añadiendo numerosos detalles sobre el reino de los kázaros, entre ellos el
nombre del soberano de aquel entonces, José. Después de esto, Hasdai decidió
enviar a este rey José mensajeros portadores de una carta.
Esta
misiva, que después analizaremos más extensamente, contiene una verdadera lista
de preguntas sobre el Estado kázaro, su población, su gobierno…, sin olvidar
preguntar que le precisaran la tribu —de entre las doce— a la que pertenecía
José. Esto parece indicar que Hasdai imaginaba que los judíos kázaros eran
originarios de Palestina, como los judíos españoles, e incluso, posiblemente,
que representaban una de las tribus perdidas. José (que no era de origen judío
ni, evidentemente, pertenecía a ninguna de dichas tribus), en su respuesta,
proporcionó, como veremos, una genealogía de otro tipo, pero su gran
preocupación era dar a Hasdai una relación detallada, aunque legendaria, de la
conversión que tuviera lugar dos siglos antes, y de las circunstancias que
habían conducido a ella.
El relato
de José comienza con el elogio de su antepasado el rey Bulan, gran sabio y gran
conquistador, que «expulsó de sus tierras a los hechiceros e idólatras». Tras
esta proeza, un ángel se le apareció en sueños para exhortarle a honrar al
único Dios verdadero y para prometerle a cambio que, «Dios bendeciría y
multiplicaría a los descendientes de Bulan, y le libraría de sus enemigos y
haría que su reinado durara hasta el fin del mundo»… Evidentemente, esta
promesa es una imitación del relato de la Alianza, en el Génesis; permite
suponer que también los kázaros reivindicaban un status de pueblo elegido,
incluso aunque no pertenecieran a la raza de Abraham. Pero aquí, bruscamente,
la historia de José cambia de rumbo. El rey Bulan, que desea servir bien al
Todopoderoso, eleva una objeción:
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Tú conoces,
Señor, los más secretos pensamientos de mi corazón, y Tú has sondeado mis
entrañas para asegurarte de que he puesto mi confianza en Ti; pero el pueblo
sobre el que reino tiene el espíritu pagano y no sé si me creerá. Si he
encontrado gracia y misericordia ante tus ojos, te suplico aparezcas ante mi
Gran Príncipe para que me apoye…
El Eterno
escuchó la súplica de Bulan y se apareció en sueños al citado príncipe, y
cuando al amanecer éste se levantó, acudió presto al rey y le hizo saber…
Evidentemente,
ningún pasaje de la Biblia, como ningún otro de las narraciones árabes
concernientes a la conversión, hablan de un gran príncipe del que fuera
necesario obtener el consentimiento. Sin duda, se trata de una alusión a la
doble realeza kázara. Parece ser que el gran príncipe es el bek; pero tampoco
resulta imposible que se trate del kagan. Así, según fuentes árabes y armenias,
el jefe del ejército kázaro que invadió la Transcaucasia en el 731 (algunos
años antes de la presumible fecha de la conversión) se llamaba Bulkhan.[19]
La carta de
José prosigue diciendo que el ángel, poco satisfecho de su primera actuación,
volvióse a aparecer al rey en sueños y le ordenó que construyera un santuario
en el que pudiera permanecer el Señor, pues el Señor ha dicho: «El cielo y los
cielos más allá del cielo no son suficientemente grandes para contenerme».
Lleno de vergüenza, el rey replicó que no disponía del suficiente oro y plata
como para acometer semejante empresa, «si bien su deber y deseo era llevarla a
efecto». El ángel le tranquilizó: bastaría que Bulan condujera sus ejércitos
hacia Dariela y Ardabil, en Armenia, donde le aguardaba un tesoro de plata y
grandes cantidades de oro. Aquí volvemos a encontrar correspondencia y
paralelismo con la expedición de Bulan o Bulkhan antes de la conversión, y
también con narraciones árabes que dicen cómo, en una cierta época, los kázaros
se hicieron dueños de minas de oro y plata en el Cáucaso.[20] Bulan sigue los
consejos del ángel, regresa victorioso con su botín y edifica un «santo
tabernáculo», escribe José, «adornado con un sagrado cofre (el Arca de la
Alianza), un candelabro, un altar y utensilios sagrados que se han conservado
hasta nuestros días y que permanecen todavía en mi poder».
Esta carta,
escrita en la segunda mitad del siglo X, más de doscientos años después de los
acontecimientos que pretende narrar, es, evidentemente, una mezcla de leyenda y
realidad. La descripción del modesto mobiliario del santuario y de las escasas
reliquias conservadas contrasta con el informe que se presentó en otro lugar,
de la prosperidad del país en el momento de la redacción. El tiempo del
antepasado parece pertenecer a una lejana antigüedad: el rey pobre, pero
virtuoso, carecía de los suficientes medios para edificar un santo tabernáculo
que, después de todo, no era más que una tienda.
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Sin
embargo, hasta aquí la carta de José presenta únicamente el preludio del
verdadero drama de la conversión, que se propone narrar a continuación.
Aparentemente, Bulan, renunciando a la idolatría en favor del «único Dios
verdadero», no había dado sino el primer paso, quedando abierta todavía la
elección entre las tres religiones monoteístas. Al menos esto es lo que la
continuación de la carta parece dar a entender:
Tras estos
hechos bélicos (la invasión de Armenia), el renombre del rey Bulan se extendió
por todos los países. El rey de Adom (Bizancio) y el rey de los ismaelium
(musulmanes) conocieron la noticia y le enviaron embajadores cargados de ricos
presentes y acompañados por hombres sabios para convertirle a sus creencias;
pero el rey era prudente y envió a buscar a un judío dotado de gran saber y
mucho espíritu y los puso a los tres juntos para que discutieran sobre sus
doctrinas…
Henos aquí
en presencia de un brain-trust o de una mesa redonda, al igual que supimos con
Masudi, pero con la diferencia de que el musulmán no había sido envenenado
antes de la sesión de apertura. Pero el orden del día es aproximadamente el
mismo. Tras largas y fútiles discusiones, el rey suspende la sesión durante
tres días, en el transcurso de los cuales cada participante recobra aliento
encerrado en su tienda; después recurre a una estratagema. Los convoca por
separado, pregunta al cristiano que cuál de las otras dos religiones se
aproxima más a la verdad, e idéntica cuestión le plantea al musulmán: ambos,
sucesivamente, le responden que la religión de los judíos. Una vez más, es la
neutralidad quien decide.
IV
He aquí,
pues, la historia de la conversión. ¿Qué otros informes podemos obtener de la
famosa «correspondencia kázara»?
Consideremos,
en primer lugar, la carta de Hasdai. Comienza por un poema de un género
arraigado en la época entre los escritores hebreos, el piyut, especie de
rapsodia que contiene alusiones veladas, enigmas y que, frecuentemente,
comporta acrósticos. Dicho poema exalta las gloriosas victorias del
destinatario, dando al acróstico el nombre completo de Hasdai bar Isaac bar
Ezra bar Shaprut, seguido del de Menahem ibn Sharuk. Este Menahem, poeta,
lexicógrafo y conocido filólogo, era el secretario y protegido de Hasdai.
Evidentemente, había sido encargado de redactar, con su más adornado estilo, la
carta destinada a José, y había aprovechado la ocasión para inmortalizarse
añadiendo su apellido al de su maestro. Subsisten diversas obras de Menahem ibn
Sharuk, y no hay duda de que la carta de Hasdai sea obra suya.
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Tras el
poema, los cumplidos y las florituras diplomáticas, sigue una elocuente
exposición de la prosperidad de la España musulmana y de la afortunada
condición de los judíos con el califa Abd-al-Rahmán, «como jamás se haya
conocido nada semejante… Y así, las ovejas abandonadas han vuelto al redil, y
los brazos de los perseguidores fueron paralizados, y el yugo fue eliminado. El
país en el que vivimos se llama en hebreo Sepharad, pero los ismaelitas que lo
habitan lo denominan al-Andalus».
Hasdai
explica, a continuación, cómo llegó a su conocimiento la existencia del reino
judío, primero por los comerciantes del Khorassan y, más tarde, con nuevos
detalles, por los enviados de Bizancio, citando su relato:
Les he
interrogado, y han respondido que era cierto, y que el nombre del reino es el
de al-Khazar. Entre Constantinopla y esta región el viaje es de quince días por
mar[21] pero, dicen, por tierra existen otros muchos pueblos entre ellos y
nosotros. El nombre del rey reinante es José. De sus tierras vienen barcos que
traen pescado, pieles y toda clase de mercancías. Han hecho alianza con
nosotros y son honrados para con nosotros. Intercambiamos embajadas y
presentes. Son poderosos y tienen una fortaleza para proteger sus vanguardias y
las tropas que, de tiempo en tiempo, salen de expedición.[22]
Estos
elementos de información sobre el país del rey al que Hasdai se dirige son
evidentemente presentados con la finalidad de provocar una detallada respuesta.
Buen psicólogo, al parecer, Hasdai debía saber que se obtienen más referencias
criticando una exposición errónea que intentando hacer una composición
original.
A
continuación, Hasdai cuenta sus primeros esfuerzos por ponerse en contacto con
José. Primero envió a un mensajero, un tal Isaac bar Nathan, encargado de
presentarse en la corte de los kázaros. Pero Isaac no pudo pasar de
Constantinopla, donde se le recibió con cortesía, pero donde se le impidió
proseguir su viaje. (Esto es comprensible: dada su actitud ambigua ante el
reino judío, no se encontraba dentro del interés del Imperio bizantino
favorecer una alianza entre Kazaria y el Califato de Córdoba, por mediación de
su ministro judío). El mensajero de Hasdai regresó, pues, a España sin haber
podido cumplir su misión. Pero pronto se presentó una nueva ocasión: en una
embajada de Europa oriental llegada a Córdoba, se encontraban dos judíos, Mar
Saul y Mar José, quienes se ofrecieron a transmitir una carta al rey de los
kázaros (de hecho, tras la respuesta de José, la carta fue remitida por una
tercera persona llamada Isaac ben Eliezer).
Así, tras
clarificar perfectamente los motivos de su carta y sus esfuerzos por hacer que
llegara a su destino, Hasdai se lanza a una serie de cuestiones que atestiguan
su curiosidad por todo lo concerniente al país de los kázaros,
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desde su
geografía hasta su manera de observar los ritos del «sabbat». La conclusión es
de un tono bien distinto al del principio de la carta:
Experimento
la necesidad de saber la verdad y si realmente existe un lugar en esta tierra
donde la perseguida Israel pueda gobernarse, donde no se vea sometida a nadie.
Si supiera que esto es así realmente, no dudaría en abandonar todos los
honores, en renunciar a mi alta posición, en dejar a mi familia y viajar por
montes y valles, tierras y aguas, hasta llegar al lugar donde reina mi señor,
el rey (judío)… y todavía formulo un último voto: saber si tenéis conocimiento
de (la fecha posible) el último milagro (la venida del Mesías), que esperamos
en nuestro errante deambular. Deshonrados y humillados en la dispersión,
debemos escuchar en silencio a los que dicen: «Toda nación tiene su tierra,
sólo vosotros no poseéis ni la sombra de un país».
El comienzo
de la carta ensalza la feliz suerte de los judíos españoles; el final gime a
causa de la amargura del exilio, se respira el fervor sionista y mesiánico.
Pero estas contradictorias actitudes siempre han coexistido en el alma dividida
de los judíos, a lo largo de su historia. Y es una contradicción que añade a la
carta de Hasdai un nuevo sabor de autenticidad. En cuanto a saber si hay que
tomar en serio el ofrecimiento de ponerse al servicio del rey de los kázaros,
eso es ya otra cuestión de la que no podemos responder. Posiblemente, ni el
propio Hasdai habría podido hacerlo.
V
La
respuesta del rey José es menos ordenada y también menos emotiva. Mas no debe
extrañarnos, como recuerda Cassel: «El saber y la cultura no reinaban entre los
judíos del Volga, pero sí en las riberas de los ríos de España». Lo esencial es
la historia de la conversión, que ya hemos citado. Sin ninguna duda, también
José empleó a un escriba para redactar su misiva, probablemente a un sabio
refugiado de Bizancio. A pesar de ello, la respuesta parece surgida de la
Biblia; su rudeza queda bien lejos de las elegantes frases de nuestro moderno
político del siglo X.
Comienza
con una fanfarria de salutaciones y prosigue con una copia del contenido
principal de la carta de Hasdai, subrayando orgullosamente que el reino kázaro
desmiente a los que dicen que «el espectro de Judah ha escapado para siempre de
las manos de los judíos» y «que no hay lugar sobre la tierra para un reino que
les pertenece». Viene a continuación una observación bastante oscura: «Ya
nuestros padres han intercambiado amistosas epístolas que se conservan en
nuestros archivos y que son conocidas por nuestros antepasados».[23]
Seguidamente,
José se cree en la obligación de proporcionar la genealogía de su pueblo. Feroz
nacionalista judío, orgulloso de enarbolar el «espectro de
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Judah», no
puede, sin embargo, reivindicar un origen semita y ni tan siquiera lo sueña. No
hace remontar su familia a Sem, sino a Jafet, tercer hijo de Noé y, más
concretamente, al nieto de Jafet, Togarma, antepasado de todas las tribus
turcas… «Hemos encontrado en los libros de nuestros padres», declara osadamente
José, «que Togarma tuvo diez hijos, y los nombres de su posteridad fueron los
siguientes: uïgures, dursus, ávaros, hunos, basilis, tarniakh, kázaros,
zagoras, búlgaros, sabiros. Nosotros somos los hijos de kázaros, el séptimo…».
La
identidad de estas tribus, revestidas de nombres transcritos en caracteres
hebreos, es bastante dudosa, pero eso apenas importa. Lo que caracteriza a este
ejercicio genealógico es la amalgama de Génesis y tradición tribal turca.[24]
Tras su
lista, José cita brevemente algunas conquistas que condujeron a sus antepasados
hasta el Danubio; seguidamente se extiende sobre la historia de la conversión
de Bulan. «Y a partir de ese día», prosigue, «el Señor le fortificó y acudió en
su ayuda; se hizo circuncidar, y también a sus servidores, y mandó buscar
sabios entre los judíos, a fin de que le enseñaran la ley y le explicaran los
mandamientos». A continuación leemos nuevas jactancias, victorias y conquistas,
y después un significativo pasaje:
Tras estos
acontecimientos, uno de los nietos de Bulan convirtióse en rey; su nombre era
Obadiah, y fue un hombre bravo y venerado que reformó la Regla, reforzó la Ley
según la tradición y la costumbre, construyó sinagogas y escuelas, reunió en
asamblea a una multitud de sabios de Israel, distribuyó entre ellos magníficos
presentes de oro y plata, e hizo que interpretaran los veinticuatro libros, la
Michna y el Talmud, y el orden en que deberían decirse las oraciones
litúrgicas…
Este relato
indica que dos generaciones después de Bulan se produjo una renovación o
reforma religiosa (acompañada, posiblemente, de un golpe de Estado, más o menos
conforme a la hipótesis de Artamonov). En efecto, parece ser que la judaización
de los kázaros se llevó a cabo en varias etapas. Recordemos que el rey Bulan
expulsó a «los hechiceros e idólatras» antes de la aparición del ángel, y que
hizo una alianza con el «verdadero Dios» antes de decidir si este Dios era
judío, cristiano o musulmán. Parece muy probable que la conversión del rey y de
sus allegados no fuera más que una etapa intermedia, en la que abrazaron una
forma de judaísmo primitivo o rudimentario, únicamente fundado en la Biblia,
con exclusión del Talmud, de la literatura rabínica y de las observaciones de
ella deducidas. A este respecto, habrían estado muy próximos a los karaítas,
secta fundamentalista que apareció en Persia en el siglo VIII y se extendió por
todas las comunidades judías, particularmente por la «Pequeña Kazaria», expresión
con la que se
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designaba a
Crimea. Dunlop y otros autores han estimado que entre Bulan y Obadiah (a grosso
modo, entre el 740 y el 800) el país abrazó de forma generalizada un tipo de
karaísmo, y que el judaísmo «rabínico» ortodoxo no fue introducido hasta el
advenimiento de la reforma religiosa de Obadiah. El detalle no carece de
importancia, pues, según parece, el karaísmo sobrevivió hasta el fin en
Kazaria: todavía se veía, en tiempos modernos, pueblos de judíos karaítas, de
lengua turca, y sin duda de origen kázaro (véase el capítulo 5, IV).
Así pues,
la judaización de los kázaros fue un proceso gradual, desencadenado por una
maniobra política, que penetró profundamente hasta el último rincón de los
espíritus y que, finalmente, provocaría el mesianismo del período de declive.
El vínculo religioso sobrevivió al del Estado, y persistió en los
establecimientos kázaros israelitas de Rusia y Polonia.
VI
Tras la
relación de las reformas religiosas, José enumera a los sucesores de Obadiah:
Hiskia, su
hijo, y su hijo Manasseh, y Chanukah, hermano de Obadiah, e Isaac, su hijo,
Manasseh su hijo, Nissi su hijo, Menahen su hijo, Benjamín su hijo, Aarón su
hijo, y yo, José, hijo de Aarón el Bendecido, y todos nosotros fuimos hijos de
reyes, y a ningún extraño le fue permitido ocupar el trono de nuestros padres.
A
continuación, José intenta responder a las preguntas de Hasdai sobre las
dimensiones y la topografía de su país. Desgraciadamente, no dispone en su
corte de un sabio con la competencia de los geógrafos árabes, y sus oscuras
referencias a otras regiones, a otras naciones, apenas añaden nada a lo que ya
sabemos por Ibn Hawkal, Masudi y demás escritores árabes o persas. Pretende
recibir tributo de treinta y siete naciones, lo que parece un poco exagerado;
pero Dunlop señala que nueve de ellas son probablemente tribus que vivían en
territorio kázaro, y las veintiocho restantes concuerdan bastante bien con lo
que dice Ibn Fadlan sobre las veinticinco esposas, siendo cada una de ellas
hija de un rey vasallo (y con lo que refieren también los dudosos cuentos de
Eldad ha Dani). Por otra parte, hay que tener en cuenta la multitud de tribus
eslavas que, desde lo alto del Dniéper hasta Moscú, como más adelante veremos;
pagaban tributo a los kázaros.
Sea lo que
fuere, la carta de José nada dice de un harén real; tan sólo habla de una
reina, «de sus hijas y de sus eunucos». Estos personajes viven, señala, en uno
de los tres barrios de Itil, la capital; «en el segundo habitan los
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israelitas,
los ismaelitas, los cristianos y demás nacionalidades que hablan otras lenguas;
el tercero, que es una isla, es donde yo resido, con los príncipes, los
vasallos y todos los servidores que me pertenecen…[25]. Vivimos en la ciudad
durante todo el invierno, pero en el mes de Nisan (marzo-abril) salimos, y cada
uno se dirige a trabajar a su campo y jardín; cada clan tiene su dominio
hereditario, para dirigirse a él en su júbilo y alborozo; allí no pueden
escucharse voces de intrusos ni se ven enemigos… El país no conoce muchas
lluvias, pero existen numerosos ríos con abundantes y grandes peces, y
numerosas fuentes, y, en general, es fértil y rico en campos y viñedos, en
jardines y huertas que son regadas por los ríos y que producen gran cantidad de
frutos… y, con la ayuda de Dios, vivo en paz…».
El pasaje
siguiente está dedicado a la fecha de la venida del Mesías:
Tenemos la
mirada fija en los sabios de Jerusalén y de Babilonia, y aunque vivimos lejos
de Sión, hemos sabido, sin embargo, que los cálculos son erróneos a causa de la
profusión de pecados, y nada sabemos; tan sólo el Eterno sabe llevar el cómputo
de los días… Nada tenemos para apoyarnos, más que las profecías de Daniel, y
puede que el Eterno acelere nuestra redención…
El último
párrafo responde a la resolución de Hasdai, que parece ofrecerse al servicio
del rey de los kázaros:
Tú has
indicado en tu carta el deseo de ver mi faz. Igualmente yo deseo contemplar tu
graciosa faz y el esplendor de tu magnificencia, de tu sabiduría y de tu
grandeza; deseo que mis votos se realicen, que conozca la dicha de abrazarte y
de ver tu querido, amigable y agradable rostro; serás para mí como un padre, y
yo seré para ti como un hijo: todos mis súbditos besarán tus labios; nos
conduciremos siguiendo tus deseos y tus sabios consejos…
Otro pasaje
de la carta trata sobre la actualidad política: es más bien oscuro:
Con la
ayuda del Todopoderoso guardo la desembocadura del río (el Volga) y no permito
en modo alguno que los rhus acudan con sus barcos para invadir la tierra de los
árabes… Me enfrento a ellos en grandes batallas, pues si les dejara pasar,
devastarían las tierras de Ismael hasta Bagdad…
Aquí, José
da la impresión de atribuirse el papel de defensor del Califato de Bagdad
contra los pillajes rhus o varegos (véase más adelante, cap. 3). Podemos
apreciar aquí una falta de tacto, dada la hostilidad que se había declarado
entre el Califato Omeya de Córdoba (para el que trabajaba Hasdai) y los califas
abasíes de Bagdad. Por otra parte, los caprichos de la política bizantina con
relación a los kázaros justifican el que José pudiera reivindicar un papel de
defensor del islam en general, cualquiera que fuera el cisma entre
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los dos
califas. Al menos, Hasdai, diplomático experimentado, interpretaría la alusión.
El
encuentro de nuestros corresponsales, del que no podemos decir que fuera
considerado seriamente, jamás tuvo lugar. Si hubo más intercambio de cartas, no
han sido conservadas. El contenido informativo de la «correspondencia kázara»
es verdaderamente débil, sin añadir gran cosa a lo que se sabía ya por otras
fuentes. Resulta fascinante en cuanto a las apreciaciones fragmentarias y
extravagantes que nos ofrece, que, al igual que un proyector mal regulado,
descubre zonas incoherentes en la espesa niebla que recubre la época.
VII
Otro
documento hebreo se halla en el manuscrito de Cambridge (llamado así porque
actualmente se encuentra en la biblioteca de dicha Universidad). Fue
descubierto a finales del último siglo, junto con otros manuscritos muy
preciosos, en la famosa «geniza» de El Cairo, almacén de una antigua sinagoga,
por un profesor de Cambridge, Solomon Schechter. Este manuscrito, en mal estado
de conservación, contiene una carta, o una copia de carta, de un centenar de
líneas, a la que falta el comienzo y el final: así pues, no se puede saber
quién la ha escrito ni a quién iba dirigida. En ella se habla del rey José como
de un contemporáneo, al que se designa como «mi señor», y Kazaria es llamada
«nuestro país»; así pues, parecería legítimo pensar que la carta fue redactada
por un judío kázaro de la corte del rey José, en tiempos de José, y, por ello,
es aproximadamente contemporánea de La correspondencia kázara. Algunos autores
llegan más lejos, diciendo que iba dirigida a Hasdai Ibn Shaprut, entregada en
Constantinopla al primer mensajero Isaac ben Natham, quien no pudo concluir el
viaje, y llevada por este último a Córdoba (de donde la carta volvería a salir
hacia El Cairo mucho más tarde, cuando los judíos fueron expulsados de España).
En cualquier caso, la crítica interna muestra que el documento data, como muy
tarde, del siglo XI, siendo más probable del siglo X, época del rey José.
En él
encontramos una legendaria narración de la conversión; pero su principal
interés es de orden político. El escribiente habla de un ataque lanzado contra
Kazaria por los alanos, instigados por Bizancio, bajo el reinado de Aaron,
padre de José. Al parecer, ninguna otra fuente, ni griega ni árabe, hace
mención de tal campaña. Pero un curioso pasaje de La
Página 62
Administración
del Imperio, de Constantino el Porfirogéneta, obra que data del 947-950, hace
bastante creíbles las palabras del desconocido autor:
Concerniente
a los kázaros, de cómo les debe ser hecha la guerra y por quién. Al igual que
los ghuzz, pueden librar batalla a los kázaros, dada su proximidad; otro tanto
ocurre con el soberano de los alanos, dado que las Nueve Regiones de Kazaria
(zona fértil del norte del Cáucaso) quedan próximas a sus tierras, y el alano,
si quiere, puede caer sobre ellos y causar grandes perjuicios y angustias a
partir de esta región.
El soberano
de los alanos pagaba tributo a José, según la carta de este último; pagara o
no, es probable, en cualquier caso, que sus sentimientos hacia el kagan fueran
semejantes a los del rey de los búlgaros. El pasaje del libro de Constantino,
revelando los esfuerzos perseguidos para incitar a los alanos a hacer la guerra
a los kázaros, recuerda irónicamente la análoga misión de Ibn Fadlan. Está
claro que la hora del acercamiento bizantino-kázaro, en la época de José, ya
había pasado. Pero esto ya es otra historia, de la que hablaremos en el
capítulo 3.
VIII
Alrededor
de cien años después de La correspondencia kázara y la fecha presumible del
manuscrito de Cambridge, Iehuda Halevy escribía sobre los kuzari, o kázaros, un
libro que fue célebre. Halevy (1085-1141) pasa por ser el más grande poeta
hebreo de España, pero este libro fue escrito en árabe, y traducido más tarde
al hebreo; tiene como subtitulo: El libro de la Prueba e Informe para la
Defensa de la Fe desdeñada.
Halevy,
sionista que murió durante un viaje de peregrinación a Jerusalén, había
compuesto el Kuzari un año antes de su muerte; se trata de un pequeño tratado
filosófico que intenta demostrar que el pueblo judío es el único mediador entre
Dios y la Humanidad. Al final de la Historia, todas las naciones se habrán
convertido al judaísmo, y la conversión de los kázaros aparece como símbolo o
muestra de este fin último.
A despecho
de su título, la obra casi no dice nada sobre el país de los kázaros,
utilizándolo principalmente como un marco para una nueva narración legendaria
de la conversión (el rey, el ángel, el sabio judío…), y como fondo de unos
diálogos filosóficos y teológicos entre el rey y los protagonistas de las tres
religiones.
Sin
embargo, hay ciertos elementos de información que indican que Halevy había
leído la correspondencia entre Hasdai y José, o bien que conocía otras fuentes.
Así, por ejemplo, cuando nos dice que, tras la aparición del ángel, el rey de
los kázaros «reveló el secreto de su sueño al general de su
Página 63
ejército»,
y este general representará más tarde un importante papel: encontramos aquí una
referencia a la dualidad reinante de kagan y bek. Halevy cita igualmente las
«historias» y los «libros de los kázaros», lo que recuerda a los «archivos» que
contenían los documentos de Estado de que hablaba José. Finalmente, en dos
pasajes diferentes, Halevy da la fecha de la conversión, la primera vez como
teniendo lugar «hace cuatrocientos años», y la segunda «en el año 4500» (del
calendario israelita). Estas indicaciones equivalen al año 740 de nuestra era,
fecha muy verosímil. En resumen, escasa mies en lo concerniente a hechos para
un libro que gozó de tan gran popularidad entre los judíos de la Edad Media.
Pero hay que tener en cuenta que la mentalidad medieval se interesaba menos por
los hechos que por las fábulas, y que los judíos se ocupaban más de la fecha de
la venida del Mesías que por los cálculos geográficos. También los cronistas
árabes mantenían una actitud bastante libre respecto de distancias, fechas y
fronteras, actitud colindante con ficción y realidad a partes iguales.
Otro tanto
puede decirse del famoso viajero judío alemán Rabbi Petachia de Ratisbona, que
recorrió la Europa del Este y el Asia Menor entre 1170 y 1185. Su diario, Sibub
Ha’olam, o «Viaje alrededor del mundo», fue escrito, al parecer, por un alumno,
bien siguiendo sus indicaciones, o al dictado. Cuenta cómo el bravo rabino
quedó escandalizado por las primitivas observancias de los judíos kázaros del
norte de Crimea, prácticas que él atribuyó a su adhesión a la herejía karaíta:
Y Rabbi
Petachia les preguntó: «¿Por qué no creéis en las palabras de los sabios (los
talmudistas)?». Ellos respondieron: «Porque nuestros padres no nos lo han
enseñado. La víspera del “sabbat” cortan todo el pan que comerán durante el
“sabbat”. Lo comen en la oscuridad, y permanecen en el mismo lugar durante toda
la jornada. Para sus oraciones, tan sólo cuentan con los salmos».[26]
Al rabino
le irritaban tanto estas cosas que después, relatando que atravesó el corazón
del país kázaro, no encontró nada interesante que contar, salvo que el viaje le
costó ocho días, durante los cuales «escuchó los gemidos de las mujeres y los
ladridos de los perros».[27] No obstante, señala que en Bagdad encontró
mensajeros del reino kázaro en busca de doctores, originarios de Mesopotamia, e
incluso de Egipto, «que irían a enseñar a sus hijos la Tora y el Talmud».
Fueron
pocos los viajeros judíos que emprendieron las peligrosas incursiones por las
orillas del Volga, pero sí en suficiente número como para que se encontrasen
judíos kázaros en los principales centros del mundo civilizado. Rabbi Petachia
vio algunos en Bagdad; Benjamín de Tudela, otro
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famoso
viajero del siglo XII, visitó a notables kázaros en Constantinopla y
Alejandría; Ibrahim ben Daoud, contemporáneo de Judah Halevy, cuenta que vio en
Toledo «algunos de sus descendientes, discípulos de los sabios».[28] La
tradición se empeña en que estos kázaros eran príncipes, ante lo que nos vemos
tentados de pensar que estos futuros reyezuelos eran enviados a estudiar a
Cambridge por los maharajás.
Observamos,
sin embargo, una curiosa ambigüedad hacia los kázaros en la actitud de los
judíos orientales ortodoxos, centrados en la academia talmúdica de Bagdad. El
gaon («excelencia» en hebreo) que presidía la academia, era el jefe espiritual
de los establecimientos judíos dispersos por todo el Próximo y Medio Oriente;
el exilarca o «príncipe de la cautividad» representaba el poder secular en
estas comunidades más o menos autónomas. Saadiah Gaon (882-942), célebre
eminencia entre todas, dejó voluminosos escritos, haciendo referencia a los
kázaros en distintos apartados. Habla de un judío mesopotamio que fue a
instalarse con ellos, como si el caso fuera frecuente. Hace una oscura alusión
a la corte de los kázaros. En otra ocasión explica que en la expresión bíblica
«Hiram de Tiro», no debemos considerar Hiram como nombre propio, sino más bien
como un título, «como califa para el soberano de los árabes o kagan para el rey
de los kázaros». Así pues, estos últimos figuraban claramente en el esquema de
la jerarquía eclesiástica de los judíos orientales; pero, al mismo tiempo, se
les miraba con cierta desconfianza, tanto por motivos raciales como a causa de
la herejía karaíta, de la que eran sospechosos. Un autor hebreo del siglo IX,
Jafet ibn Ali, karaíta también, explica la palabra mamzer, «bastardo», tomando
como ejemplo a los kázaros, convertidos en judíos sin pertenecer a la Raza. Su
contemporáneo Jacobo ben Reuben explica el aspecto opuesto de la ambivalencia
cuando habla de los kázaros como de una «nación única que no soporta el yugo
del exilio, grandes guerreros que no pagan tributo alguno a los gentiles».
Resumiendo
los testimonios hebreos que han llegado hasta nosotros sobre los kázaros,
diremos que encontramos reacciones en las que aparecen entusiasmo, escepticismo
y, sobre todo, desconcierto. Para los rabinos, esta nación guerrera de judíos
turcos debía de ser tan fantástica como un unicornio en oración. En mil años de
diáspora, los judíos habían olvidado lo que era tener un país y un rey. El
mesías les parecía más real que el kagan.
A modo de
post-scriptum, tras este examen de las fuentes árabes y hebraicas concernientes
a la conversión, hacemos notar que un testimonio cristiano, al parecer el más
antiguo, les había precedido. En fecha imprecisa, pero anterior al 864,
Christian Druthmar de Aquitania, monje en Westfalia,
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escribió
una Expositio in Evangelium Mattei en la que se puede leer que existe «bajo el
cielo, en regiones donde no se encuentran cristianos, pueblos cuyo nombre es
Gog y Magog, y que son hunos; entre ellos están los gazari, que son circuncisos
y observan el judaísmo en su totalidad». Esta información viene dada a
propósito de un versículo (Mateo, 24, 14) con el que apenas tiene relación,[29]
y no tiene continuación.
IX
Al tiempo
que Druthmar anotaba lo que había oído decir de los judíos kázaros, un ilustre
misionero, enviado por el emperador de Bizancio, intentaba convertirles al
cristianismo. No era otro que el futuro san Cirilo, «el apóstol de los eslavos»
del que se dice que fue el inventor del alfabeto cirílico. Junto a su hermano
mayor, Metodio, había sido encargado por el emperador Miguel III, siguiendo los
consejos del patriarca Focio (quien posiblemente era de origen kázaro, dado que
se cuenta que un día el emperador, encolerizado, le trató de «hocico de
kázaro»), de diversas misiones de evangelización.
Si entre
los eslavos los esfuerzos de Cirilo se vieron coronados por el éxito, no parece
que ocurriera lo mismo entre los kázaros. Se dirigió a este país pasando por
Crimea, donde se detendría seis meses en Cherson, según se dice, para aprender
el hebreo y prepararse para su misión; tomó entonces la «ruta kázara», por el
Don y el Volga, hasta Itil, y después continuó la orilla del Caspio para
encontrar al kagan (los relatos no precisan el lugar exacto del encuentro).
Como de costumbre, tuvieron lugar los consabidos debates teológicos, que no
impresionaron mucho a los kázaros. La propia hagiografía, titulada Vita
Constantini (Cirilo se llamaba originariamente Constantino) dice únicamente que
el santo bautizó a algunas personas y que gustó al kagan, quien, para demostrar
su buena voluntad, liberó a doscientos prisioneros cristianos. Era lo mínimo
que podía hacer para reconocer los méritos de un enviado imperial que tantos
pesares había padecido.
La
filología aporta una curiosa luz en esta historia. Se sabe que Cirilo y Metodio
intentaron honrada y sucesivamente componer dos alfabetos, el cirílico tras el
glagolítico. Éste, que fue utilizado en Croacia hasta el siglo XVII, no
contiene menos de once letras tomadas del hebreo para reproducir parcialmente
sonidos eslavos[30] (las once letras son las siguientes: A, B, V, G, E, K, P,
R, S, Sctch y T). El hecho parece establecer la hipótesis
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anteriormente
emitida sobre el papel que la escritura hebraica pudo desempeñar en la
alfabetización de los pueblos vecinos de los kázaros.
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3
EL DECLIVE
I
«Es en la
segunda mitad del siglo VIII cuando el Imperio kázaro alcanzó su apogeo»,
escribe Sinor[1] —o, dicho de otra forma, entre la conversión de Bulan y la
reforma religiosa emprendida por Obadiah—. Esto no significa, en modo alguno,
que los kázaros debieran su fortuna a la religión judía. Más bien diríamos que
ocurrió todo lo contrario: pudieron permitirse el lujo de ser judíos gracias a
su poderío económico y militar.
Como signo
vivo de este poderío, el emperador León el Kázaro gobernó Bizancio del 775 al
780; el apodo le venía por su madre, la princesa Pequeña Flor que lanzara en la
corte la nueva moda en la indumentaria. Recordemos que su matrimonio tuvo lugar
poco después de la gran victoria kázara sobre los árabes en la batalla de
Ardabil, mencionada en muchos textos y, particularmente, en la carta de José.
Ambos acontecimientos «no carecen de relación», como dice Dunlop.[2]
No
obstante, en aquella época, en medio de las intrigas de capa y espada, los
esponsales y los desposorios podían ser peligrosos. Muchas veces fueron la
causa de declaración de guerras o, al menos, proporcionaron el pretexto.
Este
escenario, al parecer, se remonta a Atila, antiguo soberano de los kázaros. Se
cuenta que, en el 450, Atila recibió de Honoria, hermana del emperador
Valentiniano III, un mensaje acompañado de una sortija de esponsales. La
ambiciosa y novelesca dama rogaba al jefe de los hunos que acudiera a salvarla
de un destino peor aún que la muerte: se veía amenazada de desposarse a la
fuerza con un viejo senador. Inmediatamente, Atila reclamó a la muchacha,
acompañando la mitad de su imperio como dote. Al rehusar Valentiniano, invadió
la Galia.
En la
historia de los kázaros se encuentran muchas variaciones sobre este tema, que
casi es un arquetipo. Recordemos el furor del rey búlgaro, al que los kázaros
le habían raptado la hija, y cómo alegaba este incidente ante el califa para
que le construyera una fortaleza. Si creemos a los cronistas árabes, análogos
acontecimientos, aunque de otro estilo, se encontraban en el origen
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del último
fuego de guerra entre kázaros y árabes, a finales del siglo VIII, tras un largo
período de paz.
Según Al
Tabari, en el 798[3] el califa ordenó al gobernador de Armenia que reforzara la
seguridad de su frontera kázara casándose con una hija del kagan. Dicho
gobernador pertenecía a la célebre familia de los Barmecidas (célebre al menos
por el príncipe que en Las mil y una noches invita a un mendigo a un festín
compuesto por platos magníficamente adornados, pero vacíos). El Barmecida
consintió, y la princesa kázara le fue debidamente enviada con su escolta y
dote, formando una lujosa caravana (véase capítulo 1, X). Desgraciadamente,
murió durante el parto; idéntica suerte corrió el recién nacido y, sus
servidores, de regreso a Kazaria, insinuaron que habían muerto por
envenenamiento. Inmediatamente el kagan invadió Armenia y (según dos cronistas
árabes)[4] hizo cincuenta mil cautivos. El califa se vio en la necesidad de
liberar y armar a millares de bandidos para poder detener el asalto de los
kázaros.
La crónica
árabe relata, dentro del mismo siglo VIII, otra historia sobre un frustrado
casamiento dinástico seguido de invasión kázara; y, para no ser menos, la
crónica georgiana añade a la lista una macabra aventura en la que a la princesa
no se la envenena, sino que se suicida para escapar del lecho del kagan. Las
fechas exactas y los detalles son dudosos, como de costumbre,[5] al igual que
los verdaderos móviles de estas expediciones. Pero el hecho de que en las
crónicas se recurra obstinadamente a estas historias de novias vendidas y
reinas asesinadas, muestra que el tema influyó profundamente en la imaginación
popular, y, posiblemente también en los acontecimientos políticos.
II
Ya no se
vuelve a oír hablar de combates entre árabes y kázaros desde finales del siglo
VIII. En el siguiente siglo parece que los kázaros gozaron de varios decenios
de paz; al menos, los cronistas casi no los citan, y, en la historia, la
ausencia de noticias… son buenas noticias. Las fronteras meridionales del país
habían quedado pacificadas; las relaciones con el califato equivalían a un
pacto tácito de no-agresión; y, las de Bizancio, eran notablemente amistosas.
Y, sin
embargo, en medio de este período relativamente idílico, un episodio
inquietante pareció predecir nuevos peligros. Hacia el 830, probablemente en el
833, el kagan y el bek enviaron una embajada al
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emperador
Teófilo para pedirle arquitectos y artesanos capaces de construir una fortaleza
sobre el curso inferior del Don. El emperador respondió con presteza. Envió una
flota que, por los mares Negro y Azov, remontó la desembocadura del Don hasta
el lugar estratégico en que debía ser construida la fortaleza. Así, nació
Sarkel, plaza muy famosa y precioso enclave arqueológico, prácticamente el
único que pudo proporcionar documentos materiales sobre la historia kázara
hasta que fue sumergido por la presa de Tsimlyansk, próxima al canal que une el
Volga con el Don. Constantino el Porfirogéneta, en un detallado relato, explica
cómo, al carecer la región de piedras, Sarkel fue levantado con ladrillos
cocidos en hornos especialmente construidos para la ocasión. Pero no menciona
una curiosa particularidad (descubierta por los arqueólogos soviéticos cuando
el lugar era accesible): los constructores también emplearon columnas de mármol
de origen bizantino, que databan del siglo VI, posiblemente sacadas de alguna ciudad
en ruinas; bello ejemplo de economía imperial.[6]
Los
virtuales enemigos a los que el esfuerzo greco-kázaro había querido oponer la
impresionante fortaleza, no eran otros que los temibles recién llegados, que el
Occidente llamaba normandos o vikingos, y que Oriente conocía como rhus o
varegos.
Dos siglos
antes, los conquistadores habían tendido sobre el mundo civilizado una
gigantesca tenaza, por la izquierda más allá de los Pirineos, y por la derecha
más allá del Cáucaso. En tiempos de los vikingos, la Historia parecía
reflejarse como en un espejo. La explosión inicial, que había desencadenado el
enorme ejército musulmán, se produjo en el punto más meridional del mundo
conocido, en el desierto de Arabia. Las incursiones y conquistas vikingas
partieron de Escandinavia, la región más septentrional. Los árabes avanzaron
hacia el norte a caballo, mientras los normandos lo hacían hacia el sur por mar
y ríos. Los primeros, al menos en teoría, llevaban a cabo una guerra santa, los
segundos, guerras impías de pillaje y piratería; pero, para las víctimas, los
resultados eran prácticamente los mismos. En ambos casos los historiadores son
incapaces de dar explicaciones convincentes sobre las razones económicas,
ecológicas o ideológicas que casi de un día para otro transformaron una Arabia
y una Escandinavia de aparentes remansos en volcanes de exuberante vitabilidad
y temerarios proyectos. Ambas irrupciones se apaciguaron en unos doscientos
años, pero dejarían para siempre su impronta en el mundo. Ambos pueblos
evolucionaron, durante este lapso de tiempo, del primitivismo y la destrucción
a las más admirables conquistas culturales.
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Mientras
bizantinos y kázaros cooperaban en materia de construcción militar, en
previsión de un ataque vikingo por el Este, el ala occidental de los normandos
había penetrado ya por todos los grandes ríos de Europa y conquistado la mitad
de Irlanda. A continuación, en algunos decenios, los vikingos colonizaron
Islandia, se instalaron en la provincia gala llamada desde entonces Normandía,
devastaron París en diversas ocasiones, lanzaron incursiones por Alemania, por
el delta del Ródano y el golfo de Génova, dieron la vuelta a la Península
ibérica y atacaron Constantinopla por el Mediterráneo y los Dardanelos, al
tiempo que los rhus atacaban por el Dniéper y el mar Negro. Del siglo IX,
escribe Toynbee, «siglo durante el cual los rhus avanzaban sobre terreno kázaro
y el Imperio Romano de Oriente, los escandinavos se dedicaban a pillar,
conquistar y colonizar, sobre un inmenso arco que terminó por extenderse, por
el sudoeste, hasta América del Norte y hasta el mar Caspio por el sudeste…».[7]
¿Cómo
extrañarse de que en Occidente las personas piadosas insertaran en sus
letanías: A furore Normanorum libera nos Domine? ¿Cómo extrañarse de que
Constantinopla tuviera necesidad de sus aliados kázaros, escudos contra los
dragones esculpidos en la proa de los barcos vikingos, al igual que dos siglos
antes los necesitara contra las verdes oriflamas del Profeta? Como la primera
vez, los kázaros conseguirían soportar los primeros asaltos con todo vigor,
pero, finalmente, verían como su capital caía en ruinas.
Sin
embargo, no era Bizancio la única potencia que debía gratitud a los kázaros por
su constancia en detener las tropas vikingas que bajaban por los grandes ríos.
Ahora comprenderemos mejor el oscuro pasaje de la carta que José, cien años
antes, escribiera a Hasdai: «Con la ayuda del Todopoderoso guardo la
desembocadura del río y no permito que los rhus, que vienen en sus barcos,
invadan la tierra de los árabes… Llevo a cabo duros combates contra ellos».
III
Las tribus
vikingas, que los bizantinos denominaban rhus, eran para los cronistas árabes
los varegos. Según Toynbee, la palabra «rhus» probablemente procede de la sueca
rodher, los «remeros».[8] En cuanto a la palabra varego, utilizada por los
árabes, fue asimismo empleada en la antigua crónica rusa para designar a los
escandinavos; para ellos, el Báltico era «el mar de los varegos»[9]. Se trataba
de un ala vikinga originaria de Suecia oriental, distinta de los noruegos y
daneses que atacaban la Europa del Oeste,
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pero que
seguían la misma táctica que ellos. Utilizaban un avance estacional; se
apoyaban en islas estratégicamente elegidas, que les servían de plazas fuertes,
de arsenal y de almacenes de provisiones, para lanzar ataques sobre tierra
firme; cuando las circunstancias les eran favorables, daban un viraje a su
táctica: pasaban de expediciones de pillaje y comercio forzado, a fundar
establecimientos más o menos duraderos para terminar por convivir con las
poblaciones autóctonas conquistadas. Así, la penetración vikinga en Irlanda
comenzó por la toma de la isla de Rechru (Lambay), en la bahía de Dublín;
Inglaterra fue invadida a partir de la isla de Thanet; la penetración en el
continente se inició con la conquista de las islas de Walcheren, sobre la costa
neerlandesa, y de Noirmoutier, en el estuario del Loira.
En el otro
extremo de Europa, los hombres del norte seguían el mismo plan. Tras haber
franqueado el Báltico y el golfo de Finlandia, remontaron el río Volkhov hasta
el lago Ilmen (al sur de Leningrado), en donde encontraron una isla de su gusto
—la Holmgard de las leyendas islandesas—. Sobre esta isla establecieron un
campamento que se convertiría en un pueblo y, más tarde, en una ciudad, la
ciudad de Novgorod,[10] y desde allí comenzaron a lanzar expediciones hacia el
sur, siguiendo el curso de los grandes ríos: el Volga, que les conducía al
Caspio, y el Dniéper, que les llevaba al mar Negro.
La primera
ruta atravesaba regiones poco agradables, propiedad de búlgaros y kázaros; la
segunda pasaba por los territorios de las tribus eslavas que habitaban al
noroeste del Imperio kázaro y pagaban tributo al kagan: los polyanos de la
región de Kiev, los viatitchos del sur de Moscú, los radimitchos al este del
Dniéper, los severyanos de orillas del Derna, etc.[11] Estos eslavos, al
parecer, buenos agricultores, poseían sin duda un temperamento más dulce que el
de sus vecinos «turcos» del Volga. Así, fueron «presa natural», como dice Bury,
para los saqueadores escandinavos. Por ello, estos últimos terminaron
prefiriendo el Dniéper, pese a sus peligrosas cataratas, al Don y al Volga. De
esta forma, el Dniéper se convirtió en el gran camino oriental (el Austrverg de
las leyendas nórdicas) desde el Báltico al mar Negro, y hasta Constantinopla.
Las siete grandes cataratas incluso recibieron nombres escandinavos, dobles de
los nombres eslavos: conscientemente, Constantino enumeró ambas versiones (por
ejemplo: Baru-forh, en sueco, y Volnyi en eslavo, significan «la cascada
encrespada»).
Una especie
singular ésta de los rhus-varegos (singular incluso entre el resto de los
vikingos), a la vez piratas, bandidos de los grandes caminos y mercaderes
deshonestos, que hacían su comercio a golpe de espada y de hachas guerreras.
Intercambiaban pieles, armas y ámbar por oro, pero,
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principalmente,
traficaban en el mercado de esclavos. Según los cronistas árabes
contemporáneos:
En esta
isla (Novgorod), hay cien mil hombres, y estos hombres hacen constantemente
incursiones entre los eslavos, los sorprenden, los hacen cautivos, y los venden
a los kázaros y búlgaros. (Recordemos el mercado de esclavos de Itil, señalado
por Masudi). No siembran, no cultivan la tierra, viven de la explotación de los
esclavos. Cuando les nace un hijo, colocan una espada desnuda ante él, y el
padre declara: «No tengo oro, ni plata, ni fortuna que legarte; he aquí tu
herencia, sírvete de ella para asegurar tu prosperidad».[12]
Un
historiador moderno, McEvedy, propone un juicio sintético: «La actividad
vikingo-varega, desde Islandia a las fronteras del Turquestán, desde
Constantinopla al Círculo Polar, fue de una vitalidad y una audacia increíbles,
y es triste que tantos esfuerzos se malgastaran en pillajes. Los héroes
nórdicos tan sólo se dignaban comerciar si antes no conseguían vencer;
preferían un oro glorioso, manchado de sangre, a un provecho mercantil
asegurado».[13]
Así, los
convoyes rhus que izaban velas hacia el sur eran, al mismo tiempo, flotas
comerciales y de guerra; ambos papeles iban unidos, y a la vista de una flota,
no podía predecirse nunca cuándo los mercaderes se convertirían en guerreros.
Estas flotas tenían enormes dimensiones. Masudi habla de una invasión rhus que
penetró en el Caspio por el Volga (en el 912 o 913), que habría supuesto la
intervención de «alrededor de quinientos barcos equipados cada uno con cien
hombres». De estos cincuenta mil hombres, treinta mil cayeron muertos en
combate, añade.[14] Posiblemente exagere pero, según parece, no demasiado. Ya
al principio de sus hazañas (hacia el 860), los rhus habían atravesado el mar
Negro y puesto sitio a Constantinopla con una flota estimada, por distintos
autores, en doscientos o doscientos treinta barcos.
Dado el
carácter imprevisible y la proverbial perfidia de estos temibles invasores,
bizantinos y kázaros debieron orientarse con respecto a ellos «a lo que
saliera», por decirlo de alguna forma. Durante siglo y medio, tras la
construcción de la fortaleza de Sarkel, los acuerdos comerciales e intercambio
de embajadas alternaron con salvajes guerras. Tan sólo lentamente, poco a poco,
los hombres del norte cambiaron de carácter, construyendo establecimientos
permanentes, eslavizándose a fuerza de mezclarse con sus vasallos y súbditos y,
finalmente, adoptando el cristianismo predicado por la Iglesia bizantina. En
este estadio, últimos años del siglo X, los rhus habían pasado a ser rusos. Sus
príncipes y nobles todavía llevaban nombres escandinavos eslavizados: Hrörekr
se convertiría en Rurik, Helgi en Oleg, Ingvar en Igor, Helga en Olga, y así
sucesivamente. El tratado comercial que el príncipe Ingvar-Igor concluyó con
los bizantinos en el 945 da la lista de sus compañeros, de los que tan sólo
tres ostentaban nombres eslavos, junto a
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cincuenta
que tienen nombres suecos.[15] Pero el hijo de Ingvar y de Helga recibió el muy
eslavo nombre de Svyatoslav, y desde este momento el proceso de asimilación se
aceleraría; los varegos fueron perdiendo progresivamente su identidad de pueblo
diferente, y la tradición nórdica se desvanece en la Historia rusa.
Nos resulta
muy difícil imaginar a estas extrañas gentes, cuya barbarie desentona incluso
en este bárbaro período. Las crónicas no se hallan exentas de prejuicios, al
haber sido escritas por hombres pertenecientes a naciones que debieron sufrir a
los invasores nórdicos; estos últimos no nos han dejado su versión de los
acontecimientos, dado que la literatura escandinava nació mucho después de la
época de los vikingos, en un siglo en que sus proezas formaban parte de su
leyenda. No obstante, la antigua literatura nórdica parecía confirmar su
insaciable gusto por la violencia, y el singular frenesí que se apoderaba de
ellos en las batallas: un furor salvaje o animal, que incluso ha dejado su
nombre (bersek) en la lengua inglesa.
Los
cronistas árabes los encontraban tan extraños, que, al describirlos, se
contradecían en unas cuantas líneas. Nuestro viejo amigo Ibn Fadlan quedó
absolutamente indignado ante la grosería y obscenidad de los rhus que
encontrara en el Volga, en territorio de los búlgaros. Habla de ellos
inmediatamente antes del pasaje dedicado a los kázaros que ya hemos citado:
Son las
criaturas más sucias del mundo… Por las mañanas, una sirvienta pone ante el
señor de la casa un balde lleno de agua; éste se enjuaga el rostro y los
cabellos, escupe y se suena en el balde, que, a continuación, es pasado por la
muchacha al vecino, que hace otro tanto, luego a un tercero, y así
sucesivamente, hasta que todos los habitantes de la casa se han servido del
balde para sonarse, escupir y lavarse…[16].
Por el
contrario, Ibn Rusta escribe, aproximadamente hacia la misma época: «tienen sus
vestidos limpios», y lo sostiene.[17]
También,
Ibn Fadlan se indigna al ver a los rhus, incluido su rey, copular y defecar en
público, mientras que Ibn Rusta y Gardezi nada mencionan sobre costumbres tan
repugnantes. Pero, no por ello lo que dicen es menos dudoso y es, igualmente,
incoherente. Así, Ibn Rusta declara: «Honran a sus huéspedes, y son
hospitalarios para con los extranjeros que buscan asilo entre ellos, al igual
que con los de su mismo pueblo que se hallen en el infortunio. No permiten a
nadie que les tiranice y, el que les dañare u oprimiera, será descubierto y
desterrado de su comunidad».[18]
Pero,
algunas páginas después, hace un boceto (o, más bien, un croquis)
distinto
por completo sobre las costumbres de la sociedad rhus:
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Ninguno de
ellos sale solo para satisfacer sus necesidades naturales; se hacen acompañar
por tres compañeros que le rodean y protegen, cada uno empuñando la espada, a
causa de la ausencia de seguridad y de la felonía que reina entre ellos, pues
si uno posee algún bien, su hermano o su amigo más próximo lo envidian, y
buscan la forma de despojarle o matarle.[19]
En
cualquier caso, y por lo que respecta a sus virtudes guerreras, los testimonios
son unánimes:
Estas
gentes son robustas y valientes, y cuando atacan en campo abierto, nadie
consigue escapárseles; significará la ruina, mujeres raptadas, hombres hechos
esclavos…[20]
IV
Éstas eran
las perspectivas que, en lo sucesivo, se ofrecían ante los kázaros. Habían
logrado construir Sarkel a tiempo; gracias a esta fortaleza podían vigilar los
movimientos de las flotillas rhus entre el Don y el Volga (ese puente al que se
llamaba ruta kázara), y en el delta del Don. En general, parece ser que, en el
transcurso del primer siglo de su presencia en la escena internacional,[21] los
rhus dirigieron sus expediciones de pillaje principalmente contra Bizancio
(donde, evidentemente, les aguardaba un botín más sustancioso), mientras que
sus relaciones con los kázaros eran, más bien, de tipo comercial, lo que no
excluía fricciones ni escaramuzas. De cualquier modo, los kázaros se
encontraban en situación de poder controlar el tráfico y de ingresar en sus
bolsas la tasa del diez por ciento sobre todas las mercancías que atravesaban
sus tierras con destino a Bizancio y países musulmanes.
También
ejercieron en esta época una cierta influencia cultural sobre los hombres del
Norte, quienes, pese a su violencia, tenían una natural predisposición a
aprender cuanto podían enseñarles los pueblos vecinos. La amplitud de esta
influencia se pone de manifiesto en la adopción del título de kagan por los
primeros soberanos rhus de Novgorod. Es un hecho confirmado por los documentos
bizantinos y árabes; por ejemplo, Ibn Rusta, tras haber descrito Novgorod sobre
su isla, añade: «Tienen un rey llamado el kagan rhus». Más aún, Ibn Fadlan
relata que el kagan rhus tenía un general encargado de mandar el ejército y de
presentarle ante el pueblo. Zeki Validi ha subrayado que tales delegaciones de
poder eran desconocidas entre los pueblos germánicos del Norte, en los que el
rey debía ser, forzosamente, el primero de los guerreros. Concluye diciendo que
los rhus, sin duda, habían copiado el sistema dualista de los kázaros. El hecho
no parece inverosímil: los kázaros eran el pueblo más próspero y más
desarrollado culturalmente de los que habían encontrado los rhus en los
primeros estadios de sus conquistas.
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Los
contactos debieron ser muy estrechos, puesto que había una colonia de
comerciantes rhus en Itil, al igual que había una comunidad de judíos kázaros
en Kiev.
En este
contexto, es lamentable que, más de mil años después de los acontecimientos de
que hablamos, el régimen soviético haya creído su deber borrar el recuerdo de
los kázaros, su papel histórico y su obra cultural. Se ha podido leer el
artículo siguiente publicado en el «Times» de Londres del 12 de enero de 1952:
LA ANTIGUA
CULTURA RUSA MINIMIZADA.
REFUTACIÓN
DE UN HISTORIADOR SOVIÉTICO
De nuevo un
historiador soviético acaba de ser criticado, por «Pravda», por haber
minimizado los comienzos de la cultura y del desarrollo del pueblo ruso. Se
trata del profesor Artamonov, quien, en el transcurso de una sesión del
Departamento de Historia y de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS,
ha vuelto a enarbolar una teoría que ya avanzara en una obra de 1937, según la
cual, la antigua ciudad de Kiev debía mucho al pueblo kázaro. Lo presenta como
un pueblo desarrollado, que fue víctima de las aspiraciones agresivas de los
rusos.
Todo esto,
declara «Pravda», nada tiene que ver con los hechos históricos. El reino
kázaro, que representaba una primitiva agrupación de diversas tribus, no
desarrolló ningún papel positivo en la creación del Estado de los eslavos
orientales. Las fuentes antiguas atestiguan que las formaciones de Estados
comenzaron, entre los eslavos orientales, mucho antes de los testimonios que se
puedan tener sobre los kázaros.
El reino
kázaro, lejos de promover el desarrollo del antiguo Estado ruso, retardó, por
el contrario, el progreso de las tribus eslavas orientales. Los materiales
estudiados por nuestros arqueólogos manifiestan el alto grado de cultura de la
antigua Rusia. Sólo a base de deformar la verdad histórica puede hablarse de
una superioridad de la cultura kázara. La idealización del reino kázaro refleja
una evidente supervivencia de las erróneas visiones de historiadores burgueses
que han minimizado el desarrollo autóctono del pueblo ruso. Tal concepción es
inaceptable para la historiografía soviética.
Los móviles
de semejante ataque superan toda explicación. Artamonov, al que frecuentemente
he citado, había publicado, en 1937, además de numerosos artículos en revistas
eruditas, una primera obra concerniente a la historia antigua de los kázaros.
Su gran libro, Historia de los kázaros, se hallaba, al parecer, en prensa
cuando «Pravda» hizo pública la condenación que acabamos de leer. Como
resultado, el libro apareció, diez años más tarde, en 1962 con una palinodia
final que equivale a una repudiación de todo lo que antecede y, a decir verdad,
de toda una vida de trabajo. He aquí algunos reveladores pasajes
El reino
kázaro se desintegró desplomándose en pedazos, gran parte de los cuales se
fundieron en los pueblos emparentados, y, una minoría, instalada en Itil,
perdió su nacionalidad para convertirse en clase parásita de matiz judío. Los
rusos jamás desdeñaron las aportaciones culturales de Oriente… Pero de los
kázaros de Itil no tomaron nada prestado. Por otra parte, el judaísmo militante
de los kázaros fue tratado de idéntica manera por el resto de los pueblos que
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entraron en
contacto con ellos: magiares, búlgaros, petchenegos, alanos y polovtsianos… La
necesidad de luchar contra los explotadores de Itil estimuló la unión de los
ghuzz y de los eslavos alrededor del trono de oro de Kiev, y, a su vez, dicha
unión hizo factible la posibilidad y la ocasión de un crecimiento vigoroso no
sólo del sistema político del Estado ruso, sino también de la antigua cultura
rusa. Esta cultura siempre había sido original, jamás dependió de la influencia
kázara. Los débiles elementos orientales de la cultura rhus, que habían sido
transmitidos por los kázaros, y en los que de ordinario se piensa al tratar de
problemas de lazos culturales entre rhus y kázaros, no penetraron en el corazón
de la cultura rusa, permaneciendo en su superficie, y fueron de tan escasa
duración como significación. Así, no autorizan, en modo alguno, a designar un
«período kázaro» dentro de la historia de la cultura rusa.
Los
dictados del Partido acababan con el amortajamiento comenzado por las aguas que
ya habían cubierto por completo las ruinas de Sarkel.
V
La
intensidad de los intercambios comerciales y culturales no impidió que los
rhus-varegos avanzaran poco a poco en el Imperio kázaro, apropiándose de sus
súbditos y vasallos eslavos. Según las primeras crónicas rusas, desde el 859,
es decir, unos veinticinco años después de la construcción de Sarkel, los
tributos de los pueblos eslavos eran «compartidos por los kázaros y los varegos
de más allá del Báltico». Estos últimos percibían las contribuciones de los
tchudos, krivitchos y otros eslavos del Norte, mientras los kázaros continuaban
ingresando las de los viatichos, sevianos y, principalmente, las de los
polyanos, en la región central de Kiev. Pero esto no habría de durar mucho
tiempo. Tres años más tarde (si nos fiamos de las fechas dadas por la Crónica
rusa), Kiev, ciudad-llave sobre el Dniéper, hasta entonces bajo soberanía
kázara, pasó a manos de los varegos.
La Historia
debería constatar que esta toma de poder fue un acontecimiento decisivo, pese a
que, al parecer, se efectuó sin combate. En aquel tiempo, según la crónica,
reinaba en Novgorod el príncipe (semi-legendario) Rurik o Hrörekr, que tenía
bajo su dominio todos los establecimientos vikingos, así como a los eslavos del
Norte y a algunas tribus finlandesas. Dos de sus hombres, Oskold y Dir, un día,
cuando descendían por el Dniéper, divisaron sobre una colina una plaza fuerte
cuya silueta les gustó; les dijeron que se trataba de la ciudad de Kiev y que
«pagaba tributo a los kázaros». Se instalaron en dicha ciudad con sus familias,
«atrajeron numerosos hombres del Norte y se pusieron a reinar sobre los eslavos
de la vecindad, al igual que Rurik en Novgorod. Una veintena de años después,
Oleg (Helgi), hijo de Rurik, descendió a su vez por el Dniéper, mató a Dir y a
Oskold, y anexionó Kiev a sus dominios».
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Pronto Kiev
eclipsaría a Novgorod. Convertida en capital de los varegos y en «madre de las
ciudades rusas», dio su nombre al principado que fue la cuna del primer Estado
ruso.
La carta de
José, escrita aproximadamente cien años antes de la instalación de los rhus, no
cita a Kiev entre las posesiones kázaras. Pero influyentes comunidades judías
kázaras permanecían en la ciudad y en la provincia, que quedarían
considerablemente reforzadas años después por numerosos emigrados al sobrevenir
la destrucción del reino. La Crónica rusa habla en varias ocasiones de héroes
venidos del «País de los Judíos», Zemlya Jidovskaya; en Kiev, la puerta de los
kázaros ha perpetuado hasta los tiempos modernos el recuerdo de los antiguos
señores.
VI
Hemos
llegado a la segunda mitad del siglo IX y, antes de proseguir la narración de
la expansión rusa, es el momento de prestar atención a unos cambios muy
importantes que se produjeron en los pueblos de las estepas, particularmente
entre los magiares. Paralelamente a la ascensión del poder rhus, estos
acontecimientos tuvieron influencia directa sobre los kázaros… y sobre el mapa
de Europa.
El pueblo
magiar había sido para los kázaros un aliado y, según parece, un vasallo de
buena voluntad desde el nacimiento del Imperio. «El problema del origen y de
las primeras migraciones de los magiares atormenta a los investigadores desde
hace mucho tiempo», escribe Macartney,[22] quien, a este respecto, añade: «Uno
de los enigmas más intrincados de la Historia».[23] En cuanto a su origen, todo
lo que sabemos con certeza es que están emparentados con los finlandeses, y que
su lengua pertenece al grupo fino-ugrio en el que, igualmente, figuran los
idiomas de los voguls y de los ostiaks que habitan las regiones forestales del
norte del Ural. En la época que nos interesa no tenían ningún lazo de
parentesco con los pueblos de las estepas, eslavos o turcos, entre los que
evolucionaban: eran, y lo siguen siendo, una curiosidad étnica. A diferencia de
la mayor parte de las pequeñas naciones, Hungría carece de lazos lingüísticos
con los países vecinos; los magiares siguen siendo en Europa un enclave, lejos
de sus primos, los finlandeses.
En los
primeros siglos de nuestra era, esta tribu nómada fue expulsada de sus antiguos
dominios del Ural, emigró entonces hacia las estepas del Norte y terminó por
instalarse entre el Kouban y el Don. Vivieron, pues, en vecindad con los
kázaros mucho antes de su hegemonía, y, durante algún tiempo,
Página 78
formaron
parte de una federación de pueblos llamados los onogours («Diez Flechas» o
«Diez Tribus»), palabra que, bajo forma eslava, compartiría el origen del
nombre de los «húngaros»,[24] los cuales, por otra parte, emplean y siempre han
empleado la expresión «magiar» para designarse a ellos mismos.
Desde
mediados del siglo VII hasta finales del IX, fueron, como ya hemos visto,
súbditos del Imperio kázaro. Resulta notable que, durante todo este período,
mientras las demás tribus jugaban perpetua y dramáticamente al juego de las
cuatro esquinas, no se conozca ningún conflicto armado entre kázaros y
magiares, teniendo ambos, periódicamente, guerras contra vecinos próximos y
lejanos: búlgaros del Volga, búlgaros del Danubio, ghuzz, petchenegos, etc.
—sin mencionar a árabes y varegos—. Parafraseando las crónicas rusas y árabes,
Toynbee hace notar cómo durante todo este período, los magiares, «por cuenta de
los kázaros, exigían rescates a los eslavos y a los finlandeses de las Tierras
Negras al norte de las estepas que constituían sus dominios y de las zonas
boscosas todavía más al norte. El empleo de la palabra “magiar” en esta época
queda atestiguado en nuestros días por el gran número de lugares que llevan
dicho nombre en esta región transesteparia de Rusia septentrional. Estos
nombres geográficos probablemente señalen el emplazamiento de las guarniciones
y puestos de vanguardia magiares».[25] Los magiares dominaban, pues, a sus
vecinos eslavos, y Toynbee concluye que, para la recaudación de tributos, «los
kázaros utilizaban a los magiares como agentes, lo que no implica que dicho
papel de intermediarios no hubiera sido también muy provechoso para ellos».[26]
La llegada
de los varegos modificó radicalmente esta confortable organización. En el
momento de la construcción de Sarkel, se produjo una migración muy notable: los
magiares franquearon el Don y pasaron a la orilla occidental. A partir del 830
se reinstalaron en su mayoría en la región situada entre el Don y el Dniéper,
que más tarde se llamaría Lebedia. Los historiadores se han preguntado mucho
sobre las razones de semejante movimiento; la explicación de Toynbee, la más
reciente, parece ser la más verosímil:
Se puede
pensar que los magiares ocuparon la estepa del oeste del Don con el permiso de
sus soberanos los kázaros… Dado que dicha estepa perteneció anteriormente a los
kázaros y que los magiares eran sus aliados y subordinados, se puede concluir
afirmando que no se habían establecido en este territorio contra la voluntad de
los kázaros… De hecho, se puede decir que no sólo los kázaros habían autorizado
a los magiares a establecerse al oeste del Don, sino que los habían instalado
ellos mismos, en su propio interés… La implantación de pueblos sometidos era
una práctica que ya habían seguido anteriormente los nómadas constructores de
imperios… En este nuevo emplazamiento, los magiares podían ayudar a los kázaros
en la tarea de malograr la progresión de los rhus hacia el sudeste y el sur. La
instalación de los magiares al oeste del
Página 79
Don debió
formar parte de un plan que comportaba también la construcción de Sarkel sobre
la orilla oriental…[27].
VII
El arreglo
funcionó bastante bien durante casi un siglo y medio. Durante este período, las
relaciones entre magiares y kázaros se hicieron, incluso, más estrechas, hasta
el punto de manifestarse en dos acontecimientos que dejarían sus huellas en la
historia del pueblo húngaro. Para empezar, los kázaros dieron a este pueblo un
rey, fundador de la primera dinastía magiar; a continuación, varias tribus
kázaras se unieron a los magiares, modificando profundamente sus caracteres
étnicos.
El primer
episodio es descrito por Constantino en La administración del Imperio (hacia el
950); su relato queda confirmado por la primera crónica húngara (siglo XI) que,
independientemente, cita los mismos nombres que él. Cuenta cómo antes de la
intervención de los kázaros en los asuntos internos de las tribus magiares,
éstos no tenían monarca, sino tan sólo jefes, el más eminente de los cuales fue
Lebedias (de quien procede el nombre de Lebedia).
Y los
magiares comprendían siete hordas, pero en aquel tiempo no tenían soberano,
aunque existían jefes entre ellos, siendo el principal el ya nombrado Lededias…
Y el kagan, soberano de Kazaria, en razón de su valentía y de su asistencia
militar, dio por esposa al primero de los jefes, al hombre llamado Lebedias,
una noble dama kázara, para que le diera hijos, pero Lebedias no obtuvo ningún
fruto de esta mujer…
Una nueva
alianza dinástica frustrada. No obstante, el kagan estaba muy decidido a
reforzar los lazos que unían su reino a Lebedias y sus tribus.
Tras algún
tiempo, el kagan, soberano de Kazaria, pidió a los magiares… que le enviaran al
mejor de sus jefes. Y Lebedias, presentándose ante el kagan, quiso saber el
porqué de esta llamada. Y el kagan le dijo: «He aquí para qué te hemos llamado:
puesto que tú eres bien nacido, prudente, bravo, y el primero de los magiares,
para que podamos hacer de ti el soberano de tu raza, y someterte a nuestras
leyes y Ordenanzas…».
Según
parece, Lebedias era muy orgulloso: declinó con toda cortesía esta invitación a
hacer el papel de rey fantoche, y propuso que el honor fuera otorgado a otro
jefe, a un tal Almos, o bien al hijo de éste, Arpad. Y el kagan, «contento con
este discurso», reenvió a Lebedias, dignamente escoltado, a su pueblo, que
pronto eligió por rey a Arpad. La ceremonia de la coronación se hizo «siguiendo
la costumbre y el estilo kázaro, elevando al rey sobre escudos. Pues, antes de
Arpad, jamás los magiares habían tenido monarca. Por ello, el rey de Hungría es
elegido entre los miembros de su raza todavía en nuestros días».
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«En
nuestros días», para Constantino, significaba los alrededores del año 950, es
decir, cien años después del acontecimiento. De hecho, Arpad condujo a los
magiares a la conquista de la actual Hungría; su dinastía reinó hasta el 1301,
y su nombre es uno de los primeros que se aprenden en la escuela primaria en
Hungría. Frecuentemente, los kázaros pusieron su mano en el amasijo de la
Historia.
VIII
Posiblemente,
el segundo episodio tuvo una influencia todavía más profunda en la nación
húngara. En una fecha no especificada, relata Constantino, se produjo una
rebelión (apostasía) en una parte del pueblo kázaro. Los insurrectos
comprendían tres tribus, «que se denominaban kavaros (o kabaros), y que
pertenecían a la misma raza que los kázaros. El gobierno la sofocó; parte de
los rebeldes fueron muertos, otros huyeron y se instalaron entre los magiares,
con los que hicieron amistad. Les enseñaron la lengua de los kázaros, y hasta
ahora hablan este idioma, aunque también siguen utilizando la lengua de los
magiares. Y como quiera que ellos se revelaron como los más hábiles en el
combate y los más valientes de las ocho tribus (las siete tribus magiares originales
más ésta de los kábaros), y además como auténticos jefes de guerra, fueron
elegidos para componer la primera horda, y hasta ahora hay un jefe entre ellos
que pertenece a las tres hordas (originales) de los kabaros».[28]
Poniendo
los puntos sobre las íes, Constantino comienza el siguiente capítulo con una
lista «de las hordas de los kabaros y de los magiares. Viene en primer lugar
aquella que se escindiera de los kázaros, la horda anteriormente denominada de
los kabaros, etc…». La tribu «magiar» propiamente dicha tan sólo aparece en
tercer lugar.
Todo
transcurre como si los magiares hubieran recibido de los kázaros sangre nueva,
hablando en sentido figurado y, posiblemente, también en sentido estricto. Esta
transfusión tuvo distintos efectos. En primer lugar, conocemos, con sorpresa,
que al menos hasta mediados del siglo X las lenguas de los magiares y de los
kázaros eran utilizadas simultáneamente en Hungría. Diversos autores modernos
han comentado esta singularidad. «El resultado de este bilingüismo», escribe
Bury, «es el carácter mixto del húngaro moderno, que ha proporcionado fáciles
argumentos a las contradictorias opiniones que conciernen a las afinidades
étnicas de los magiares».[29] Toynbee señala,[30] por otra parte, que los
húngaros no son bilingües desde hace mucho tiempo,
Página 81
pero que lo
fueron en los comienzos de su reino, como lo muestra la existencia, en su
vocabulario de unas doscientas palabras tomadas del viejo dialecto chuvasco que
hablaban los kázaros (véase capítulo 1, III).
Además, los
magiares adoptaron, al igual que los varegos, una forma de monarquía dual al
estilo kázaro. Gardezi narra, al efecto: «Su jefe cabalga con veinte mil
caballeros. Le llaman Kanda (en húngaro kende) y es el título de su más grande
rey, pero el título del que gobierna efectivamente es Jula. Y los magiares
hacen lo que les ordena Jula». Hay razones para creer que los primeros Julas de
Hungría eran kábaros».[31]
Se piensa
también, apoyándose en algunos indicios, que hubo disidentes, en las tribus
kábaras, que tomaron de facto el mando de las hordas magiares, judíos o
«adheridos a una religión judaizante».[32] Parece posible, como lo han sugerido
Artamonov y Bartha,[33] que la apostasía kábara estuviera ligada, sin duda como
reacción, a las reformas religiosas instauradas por el rey Obadiah. El derecho
rabínico, las prescripciones alimentarias, la casuística talmúdica fueron,
probablemente, inaceptables para estos guerreros de las estepas, embutidos en
sus corazas doradas. Si profesaban una «religión judaizante», su fe debía
hallarse más próxima a la de los antiguos hebreos del desierto que a la
ortodoxia rabínica. Posiblemente, incluso pertenecieran a la secta primitivista
de los karaítas y, en consecuencia, pasaban por herejes. Pero todo esto no son
más que conjeturas.
IX
La
colaboración entre kázaros y magiares llegó a su término cuando estos últimos,
en el 896, dijeron adiós a las estepas eurasianas, franquearon los Cárpatos, y
conquistaron el territorio que sería su hábitat definitivo. Las circunstancias
de esta migración son mal conocidas; no obstante, se pueden seguir, por lo
menos a grandes rasgos.
En los
últimos decenios del siglo IX, los petchenegos tomaron parte, a su vez, en el
juego de las cuatro esquinas,[34] y de forma bastante brutal. Lo poco que
sabemos de estos nómadas de lengua turca está resumido por Constantino, quien
los describe como bárbaros codiciosos e insaciables, siempre prestos a venderse
para atacar a los rhus y al resto de los bárbaros. Vivían entre el Volga y el
Ural, bajo la soberanía de los kázaros, quienes, según Ibn Rusta,[35] «les
invadían todos los años para percibir el tributo que les era debido».
Página 82
Hacia
finales del siglo IX, una catástrofe (en modo alguno insólita) se abatió sobre
los petchenegos: fueron expulsados de su territorio por sus vecinos del Este,
que no eran otros que aquellos ghuzz (o oguz) a quienes detestaba Ibn Fadlan:
una de esas inexpugnables tribus «turcas» que, periódicamente, rompían amarras
y se aprestaban a derivar hacia el oeste. Los petchenegos, desplazados,
intentaron asentarse en territorio kázaro, pero fueron expulsados.[36]
Siguieron, pues, su marcha hacia el oeste, atravesaron el Don, invadieron el
dominio de los magiares y obligaron a éstos a iniciar la retirada, siempre en
dirección oeste, hacia la región comprendida entre el Dniéper y el Sereth,
región a la que dieron el nombre de Etel-Köz (Tierra entre ríos). Probablemente
se instalaron allí en el 889; pero en el 896 los petchenegos volvieron al
ataque, con la ayuda de los búlgaros del Danubio, por lo que los magiares
debieron retroceder hasta el territorio que actualmente es Hungría.
Ésta es, a
grosso modo, la historia del éxodo de los magiares y del fin de su asociación
con los kázaros. Los detalles son discutibles. Ciertos historiadores[37]
sostienen, no sin pasión, que los magiares tan sólo sufrieron una derrota a
manos de los petchenegos, y que el Etel-Köz designaba simplemente Lebedia, pero
podemos dejar estas querellas para los especialistas. Lo que resulta más
interesante es la aparente contradicción que existe entre la imagen que suele
darse de los temibles guerreros magiares y su lastimosa retirada, de llanura en
llanura. La crónica de Hikmar de Reims[38] nos dice cómo en el año 862
invadieron el este del imperio franco, invasión que únicamente fue la primera
de las que habrían de aterrorizar a Europa en el siguiente siglo. También se
nos habla de un pavoroso encuentro entre san Cirilo, el apóstol de los eslavos,
y una horda de magiares: en el año 860, cuando se dirigía hacia Kazaria orando,
la horda se precipitó sobre él «aullando como lobos», luporum more ululantes.
Afortunadamente, su santidad le protegió y nadie le hizo ningún daño.[39] Otra
crónica[40] declara que los magiares y los kázaros entraron en conflicto con
los francos en el 881; y Constantino nos dice que, una decena de años más
tarde, los magiares «hicieron la guerra a Simeón, rey de los búlgaros del
Danubio, le batieron por completo, avanzaron hasta Preslav, lo encerraron en la
fortaleza llamada Mundraga, y penetraron en su país»[41].
¿Cómo
conciliar estos hechos con la serie de retiradas, del Don al Danubio, que
tuvieron lugar en la misma época? Parece que podemos adivinar la respuesta en
las líneas de Constantino que siguen a las que acabamos de citar.
Página 83
Pero, una
vez que Simeón el Búlgaro hubiera hecho la paz con el emperador de los griegos,
sintiéndose seguro, envió un mensaje a los patzinaks y pactó con ellos a fin de
combatir a los magiares y aniquilarlos. Cuando los magiares partieron de
campaña, los patzinaks y Simeón se lanzaron sobre el territorio magiar y
aniquilaron a sus familias y expulsaron miserablemente a los que habían quedado
con la misión de guardar el país. A su regreso, los magiares, ante la visión de
su país arrasado y desolado, decidieron pasar a la región que actualmente
ocupan (Hungría).
Así pues,
el grueso del ejército se hallaba en «campaña» en el momento del ataque; según
las crónicas anteriormente citadas, se puede pensar que los magiares realizaban
con gran frecuencia lejanas expediciones, dejando sus hogares insuficientemente
protegidos. Pudieron permitirse correr este riesgo mientras tuvieron como
vecinos a sus soberanos kázaros y a las apacibles tribus eslavas. Pero, con el
advenimiento de los insaciables petchenegos, la situación cambió. Es probable
que el desastre descrito por Constantino no fuera sino el último de una serie
de acontecimientos análogos, y fue el que pudo decidir a los magiares a buscar
una patria más segura, más allá de las montañas, en una región que, por lo
menos, ya conocían de dos expediciones anteriores.
Otra
consideración podría apoyar esta hipótesis. Al parecer, los magiares no
adoptaron la costumbre de las incursiones y del pillaje hasta la segunda mitad
del siglo IX —justo en la época de la decisiva transfusión sanguínea que hemos
comentado y que fue, probablemente, al mismo tiempo un bien y un mal para
ellos—. Los kábaros, «más hábiles en el combate, más valientes», se
convirtieron en tribu dominante e inspiraron a sus patronos un espíritu de
aventura que muy pronto les convertiría, en Europa, en un látigo como antes lo
fueran los hunos. Enseñaron a los magiares «la táctica inmemorial, muy
característica, que empleaban todos los pueblos de lengua turca (hunos, avaros,
petchenegos, turcos, kumanos, etc.) y alguna otra…, antiguas tácticas
procedentes de la caballería ligera, con las retiradas simuladas, las flechas
lanzadas en plena huida, las imprevistas cargas acompañadas por espantosos
aullidos de lobos…».[42]
Estos
métodos tuvieron terrible eficacia, en los siglos IX y X, cuando los húngaros
invadieron Alemania, los Balcanes, Italia e incluso Francia; pero apenas
impresionaban a los petchenegos, que empleaban tácticas idénticas y que estaban
capacitados para lanzar aullidos tan horribles o más.
Indirectamente,
en la tortuosa lógica de la Historia, los kázaros sirvieron, pues, para el
establecimiento de la nación húngara, en la que se fundieron hasta desaparecer.
Dentro del mismo espíritu, Macartney subraya, todavía más, el decisivo papel de
la transfusión kábara:
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Los
elementos mayoritarios de la nación magiar, los auténticos fino-ugrios,
relativa (aunque no extremadamente) pacíficos, agricultores sedentarios, se
instalaron en las onduladas tierras del oeste del Danubio. La llanura de Alföld
fue ocupada por la raza nómada de los kábaros, auténticos turcos, ganaderos,
jinetes, combatientes, elemento motor y punta de lanza de la nación. Se trataba
del pueblo que, en tiempos de Constantino, todavía ocupaba el noble rango de
«primera de las hordas de los magiares». Principalmente serían estos kábaros
quienes, en mi opinión, saquearían a los eslavos y a los rusos de la estepa,
quienes harían campaña contra los búlgaros en el 895, y quienes, en su mayoría,
serían el terror de media Europa durante más de siglo y medio.[43]
No
obstante, los húngaros conseguirían preservar su identidad étnica.
«El peso de
sesenta años de guerra sin pausa y sin favor, recayó sobre los kábaros, cuyas
filas debieron quedar diezmadas en proporciones extraordinarias. Mientras, los
verdaderos magiares, viviendo relativamente en paz, crecían en número»[44].
Igualmente, supieron, tras el período de bilingüismo, preservar su lengua
finesa en medio de sus vecinos germánicos y eslavos, a diferencia de los
búlgaros del Danubio, que olvidaron su idioma «turco» para adoptar un dialecto
eslavo.
Sin
embargo, la influencia kábara continuó haciéndose sentir en Hungría; por otra
parte, y pese a que ahora se encontraban separados por los Cárpatos, las
relaciones entre magiares y kázaros no se rompieron por completo. Según
Vasiliev,[45] en el siglo X, el duque de Hungría, Taksony, invitó a cierto
número de kázaros a establecerse en sus dominios. No es ningún despropósito
imaginarse que entre estos emigrantes hubiera una fuerte proporción de kázaros
judaizados. E, igualmente, es probable que llegaran entre ellos, como ocurriera
anteriormente en la migración kábara, cierto número de sus famosos artesanos,
que enseñarían sus oficios a los húngaros (véase capítulo 1, XI).
Al tomar
posesión de su nueva patria, los magiares la desalojaron de sus anteriores
ocupantes, moravos y búlgaros del Danubio, quienes debieron mudarse a las
regiones en las que se encuentran actualmente. Sus otros vecinos, eslavos,
servios y croatas, estaban allí más o menos fijos. De esta forma, al término de
la reacción en cadena que comenzara en el Ural (los ghuzz expulsando a los
petchenegos que, a su vez, expulsaron a los magiares que, a su vez, expulsaron
a los búlgaros y moravos), el mapa de Europa tomaba su actual configuración. El
caleidoscopio tendía a inmovilizarse para convertirse en un puzzle más o menos
estable.
X
Ahora
podemos proseguir con la historia de la ascensión rhus-varega donde la habíamos
dejado: en la anexión incruenta de Kiev por los hombres
Página 85
de Rurik,
hacia el año 862. Prácticamente por la misma fecha, los magiares eran
rechazados hacia el oeste por los petchenegos, privando a los kázaros de toda
protección en su flanco occidental. Tal vez esto explique el que los rhus se
apoderaran tan fácilmente de Kiev.
Pero, por
otra parte, el debilitamiento de los kázaros expondría a Bizancio, en lo
sucesivo, a los ataques de los hombres del Norte. Poco después de la
instalación de los rhus en Kiev, sus barcos descendieron el Dniéper,
atravesaron el mar Negro y sitiaron Constantinopla. Bury nos ha descrito este
acontecimiento:
En el 860,
en el mes de junio, el emperador (Miguel III), al frente de todo su ejército,
avanzaba contra los sarracenos. Sin duda se encontraba lejos cuando recibió
extrañas noticias, que le obligaron a regresar a Constantinopla a marchas
forzadas. Un ejército ruso había franqueado el Ponto Euxino a bordo de
doscientos barcos, penetrando en el Bósforo, saqueando los monasterios y
tomando al asalto la Isla de los Príncipes. Los habitantes de la ciudad cayeron
en la desmoralización ante el repentino horror de este peligro y ante su
evidente impotencia. Las tropas (tagmata), que de ordinario estaban
estacionadas en los alrededores, habían partido con el emperador… y la flota se
hallaba ausente. Tras haber saqueado las afueras, los bárbaros se aprestaban a
atacar la ciudad. En medio de esta crisis…, el sabio patriarca Focio mostró su
valor: comenzó la ardua tarea de encorajinar a sus compatriotas… Expresó el
sentimiento de todos exponiendo lo absurdo de una situación en que la ciudad
imperial, «reina de casi todo el mundo», pudiera ser insultada por una banda de
eslavos, una horda despreciable y bárbara. Pero, posiblemente, el pueblo quedó
más impresionado y confortado cuando recurrió a la magia eclesiástica, que tan
eficazmente había servido en anteriores sitios. El precioso manto de la Virgen
Madre fue llevado en procesión alrededor de las murallas; y se dice que fue
remojado en el mar a fin de que se elevara una tempestad. No hubo tempestad,
pero pronto los rhus comenzaron a retirarse y, sin duda, no pocos de los
felices ciudadanos atribuirían su alivio a la intervención divina de la reina
del cielo…[46]
Resulta
incitante añadir que «el sabio patriarca Focio», cuya elocuencia salvó a la
ciudad imperial, no era otro que «el kázaro» que enviara san Cirilo a
evangelizar a los infieles. Y por lo que respecta a la retirada de los rhus,
fue motivada principalmente por el precipitado regreso del ejército y flota
bizantinas. No obstante, el patriarca «hocico de kázaro» por lo menos había
salvado la moral del pueblo durante aquella angustiosa espera.
También
Toynbee hace interesantes comentarios a propósito de este episodio. En el año
860, escribe, los rusos «estuvieron sin duda más cerca de apoderarse de
Constantinopla de lo que jamás lo estarían desde entonces».[47] Participa de la
opinión de diversos historiadores rusos, para los que el ataque de los vikingos
del Este, por el Dniéper y el mar Negro, estaba coordinado con el ataque
simultáneo de una flota de vikingos occidentales, por el Mediterráneo y los
Dardanelos.
Vasiliev,
Paszkievics y Vernadsky se inclinan a pensar que las dos expediciones navales
que convergieron en el mar de Mármara, no fueron simplemente coincidentes, sino
que estaban
Página 86
previamente
concertadas; e incluso creen adivinar la identidad del organizador que, según
su hipótesis, concibió este estratégico plan de tan gran envergadura. Suponen
que Rurik de Novgorod y Rurik de Jutlandia eran una misma persona.[48]
Esto
permite calibrar la talla del nuevo adversario de los kázaros. La diplomacia
bizantina no tardó en apreciarlo, y en jugar el doble juego que la situación
parecía exigir, alternando entre la guerra, cuando era inevitable, y el
apaciguamiento, con la piadosa esperanza de que los rusos terminarían por
convertirse al cristianismo y entrar en el redil del patriarca de Oriente. Por
lo que respecta a los kázaros, de momento constituían una buena baza, que
abandonarían en la primera ocasión, honorable o no, que se presentara.
XI
Durante
doscientos años las relaciones ruso-bizantinas oscilaron entre los conflictos
armados y los tratados de amistad. Hubo guerras en el 860 (sitio de
Constantinopla), en el 907, 941, 944 y en el período 969-971; y tratados en el
838, 839, 861, 911, 945, 957 y 971. Sobre el contenido de estos acuerdos, más o
menos secretos, se sabe muy poco —aunque sí lo suficiente, no obstante, para
entrever la extraña complejidad del juego—. Algunos años después del sitio de
Constantinopla, el patriarca Focio (siempre él) refiere que los rusos enviaron
embajadores con el motivo —según la fórmula bizantina en materia de
proseletismo— «de pedir el bautismo». «Ignoramos ni a qué ni a cuántos
establecimientos rusos representaba esta embajada», escribe Bury, «pero, sin
duda, su objeto consistía en pedir perdón por la reciente incursión y,
posiblemente, obtener la liberación de los prisioneros. Es cierto que los rusos
convinieron en adoptar el cristianismo… pero, al parecer, la semilla no cayó en
terreno fértil. Durante más de cien años no se vuelve a oír hablar de
cristianismo entre los rusos. Además del tratado, que fue concluido entre el
860 y el 866, tuvo probablemente otras consecuencias».[49]
Entre
dichas consecuencias, debemos citar la incorporación de marinos escandinavos a
la flota bizantina: en el 902, eran setecientos. También se formó la célebre
«guardia varega», cuerpo de élite formado por rhus y otros mercenarios
nórdicos, entre los que se incluían algunos ingleses. En los tratados del 945 y
971, los príncipes de Kiev se comprometían a proporcionar tropas al emperador
de Bizancio por petición del mismo.[50] En tiempos de Constantino
Porfirogéneta, a mediados del siglo X, se veían normalmente flotas rhus sobre
el Bósforo; su intención ya no era asediar la capital, sino entregar
mercancías. El comercio estaba minuciosamente reglamentado (salvo
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en períodos
conflictivos): según la crónica rusa, se decidió en los tratados del 907 y del
911 que los visitantes rhus tan sólo pudieran entrar en Constantinopla por una
determinada puerta, nunca en grupos superiores a cincuenta, y escoltados por
servidores del Estado; que durante su estancia recibieran tanto trigo como
quisieran, así como otras provisiones para seis meses, si bien mediante
entregas mensuales: pan, vino, carne, pescado, fruta —y algo para lavarse (si
lo deseaban)—. Para asegurar que las transacciones fueran buenas y claras, los
fraudes monetarios se castigaban con la amputación de una mano. Y no se
descuidaban tampoco los esfuerzos en la evangelización, último medio de
alcanzar una coexistencia pacífica con un pueblo en creciente poderío.
Pero tal
empresa resultaba difícil. Según la Crónica rusa, cuando el regente de Kiev,
Oleg, concluyó el tratado del 911 con los bizantinos, «los emperadores León y
Alejandro (que reinaban conjuntamente), tras haber convenido sobre el tributo y
haberse comprometido mediante juramento, besaron el crucifijo e invitaron a
Oleg y a sus hombres a prestar el juramento. Pero los rhus, siguiendo su
religión, juraron por sus armas y por el dios Perun, y también por Volos, dios
del ganado, confirmando así el tratado».[51]
Cerca de
cincuenta años después, tras sucederse otras batallas y distintos tratados, la
victoria de la Santa Iglesia parecía avecinarse: en el 957, la princesa Olga de
Kiev (viuda del príncipe Igor) recibió el bautismo con ocasión de su visita
oficial a Constantinopla (a no ser, como algunos sostienen, que fuera bautizada
antes de su partida en dirección a dicha ciudad).
El Libro de
las ceremonias describe detalladamente las fiestas y banquetes dados en honor
de Olga, pero nada dice de las reacciones de esta dama ante el espectáculo de
los juguetes mecánicos expuestos en la sala del trono, como, por ejemplo, los
leones disecados que producían formidables rugidos. (Otro invitado ilustre, el
obispo Liutprando, contó que, si pudo conservar su sangre fría fue debido,
únicamente, a que había sido advertido de las sorpresas reservadas a los
visitantes). El protocolo debió de causar abundantes desvelos al maestro de
ceremonias (el propio Constantino), pues Olga, soberana, tan sólo tenía mujeres
en su escolta; los diplomáticos y consejeros, en número de ochenta y dos,[52]
«marchaban modestamente a la cola de la delegación rusa».
Justo antes
de dar comienzo el banquete, un pequeño incidente simbolizó la precaria
situación de las relaciones ruso-bizantinas. Al llegar, las damas de la corte
se prosternaron ante la familia imperial, como exigía el protocolo.
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Olga, sin
embargo, permaneció de pie, «pero se vio con satisfacción cómo inclinó la
cabeza ligeramente, en cualquier caso de forma perceptible. Se la puso en su
lugar, como anteriormente a los invitados musulmanes, haciéndola sentar en una
mesa separada».[53]
La Crónica
rusa presenta una visión muy embellecida de esta visita oficial. Cuando se
abordó el delicado tema del bautismo, Olga manifestó a Constantino que «si
deseaba bautizarla, él mismo debería ser quien llevara a cabo dicho rito, pues
de otra forma no estaría dispuesta a ser bautizada». El emperador consintió en
ello, y rogó al patriarca que catequizara a la dama.
El
patriarca «la instruyó en la oración y en el ayuno, en la limosna y en la
castidad. Ella bajaba la cabeza y, del mismo modo que una esponja absorbe el
agua, ella bebía ávidamente las lecciones…
Tras el
bautismo, el emperador llamó a Olga y le hizo saber que deseaba que se
convirtiera en su esposa. Pero ella respondió: “¿Cómo podríais desposarme, si
me habéis bautizado y me habéis llamado hija vuestra? Entre cristianos eso está
prohibido, como ya debéis saber”. Entonces, el emperador dijo: “Olga, tenéis
más espíritu que yo”».[54]
Cuando
regresó a Kiev, Constantino le envió mensajeros para decirle que: «Mientras os
colmaba de presentes, me prometisteis que, tras vuestro regreso al país de los
rhus, me enviaríais numerosos regalos, consistentes en esclavos, cera y pieles,
así como soldados para ayudarme». Olga replicó diciendo que si el emperador
pasaba tanto tiempo junto a ella en Potchayna como ella pasara sobre el
Bósforo, aceptaría gustosa su petición. «Y con estas palabras despidió a los
enviados».[55]
Esta
Olga-Helga debió ser una terrible amazona escandinava. Su difunto esposo era el
príncipe Igor, presunto hijo de Rurik; la Crónica rusa nos lo muestra como un
tirano codicioso, demente y sádico. En 941 había atacado a los bizantinos, y
«de todos los cautivos, los rhus mataron a parte de ellos, tomaron a otros por
blancos de tiro con arco, y a un tercer grupo les ataron las manos a la espalda
y les hundieron clavos en la cabeza. Y muchas iglesias fueron convertidas en
pasto de las llamas».[56] Finalmente, fueron derrotados por la flota bizantina,
que les lanzaba el fuego griego mediante cañones colocados en la proa de los
navíos. «Ante la vista de las llamas, los rusos se arrojaban al mar; pero
quedaron supervivientes para atestiguar que los griegos poseían los rayos
celestes y que les habían incendiado lanzándolos contra ellos para que no
pudieran conquistarlos»[57]. A este episodio sucedió, cuatro años más tarde, un
nuevo tratado de amistad. Marinos por encima de todo, los rhus quedaron todavía
más impresionados por el fuego griego que por el resto de los asaltantes, y el
«rayo celeste» fue un sólido argumento a favor de la
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Iglesia
griega. Pero, sin embargo, todavía no se hallaban a punto de convertirse.
Cuando Igor
cayó muerto a manos de los derevlianos, eslavos a los que había impuesto un
tributo desmesurado, su viuda pasó a ocupar la regencia de Kiev. Olga comenzó
con una cuádruple venganza contra los derevlianos: para empezar, una misión que
había acudido a pedir la paz fue enterrada viva; a continuación, una delegación
de notables fue encerrada en un establecimiento de baños y quemada viva;
finalmente, y después de una tercera matanza, la ciudad principal de los
rebeldes quedó completamente destruida por las llamas. Olga estuvo
absolutamente sedienta de sangre hasta el mismo momento de su bautismo. Pero
entonces, nos dice la Crónica, «anunció a la Rusia cristiana como el alba
precede al sol, como la aurora al día. Pues brillaba como la luna en la noche,
resplandecía en medio de los infieles cual perla en el fango». Canonizada, fue
la primera santa rusa de la Iglesia ortodoxa.
XII
Pese a las
fanfarrias que rodearon el bautismo y el viaje de Olga, la historia de las
tempestuosas relaciones entre los rusos y la Iglesia griega todavía no había
dicho su última palabra. El hijo de Olga, Svyatoslav, rehusó convertirse y
escuchar los sermones de su madre, «reunió un poderoso y numeroso ejército y,
saltando como un leopardo, comenzó numerosas campañas», entre las cuales
tenemos una guerra contra los kázaros y otra contra los bizantinos. Habría que
esperar hasta el 988, bajo el reinado del nieto, Vladimir, para que la dinastía
reinante adoptara definitivamente el credo de la Iglesia ortodoxa,
aproximadamente en la época en que húngaros, polacos y escandinavos, al igual
que los lejanos islandeses, se convertían a la Iglesia de Roma. Las grandes
divisiones religiosas del mundo comenzaban a tomar forma, y en la nueva
configuración, los kázaros judíos resultaban anacrónicos. El gradual
acercamiento entre Constantinopla y Kiev, a pesar de sus avatares, fue
socavando poco a poco la importancia de Itil; y la presencia de los kázaros,
que continuaban exigiendo el diez por ciento de los crecientes intercambios en
las rutas comerciales ruso-bizantinas, resultaba irritante tanto para el tesoro
de Bizancio como para los guerreros-comerciantes.
Un síntoma
claro del cambio de actitud bizantino frente a sus antiguos aliados fue la
entrega de Cherson a los rusos. Durante siglos, bizantinos y kázaros se habían
opuesto, e incluso enfrentado, por la posesión de este
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importante
puesto de Crimea. Pero cuando, en el 987, lo ocupó Vladimir, los bizantinos ni
siquiera protestaron; como explica Bury, «el sacrificio no resultaba
excesivamente costoso a cambio de la paz y amistad con el Estado ruso, que se
había convertido en una gran potencia».[58]
El
sacrificio de Cherson posiblemente tuviera su justificación. Pero el sacrificio
de la alianza kázara, como tendrían ocasión de comprobar, tan sólo testimoniaba
una política de corto alcance.
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4
LA CAÍDA
I
Al
describir las relaciones ruso-bizantinas en los siglos IX y X, he podido citar
documentos de gran riqueza: La administración del Imperio, de Constantino, y la
Primera crónica rusa. Pero, para confrontar las relaciones ruso-kázaras de la
misma época, carecemos de materiales de categoría similar. Los archivos de
Itil, si es que en realidad existieron alguna vez, se han desvanecido y, para
tratar de narrar la historia del Imperio kázaro durante los últimos cien años,
debemos recurrir a alusiones disparatadas y dispersas en crónicas y tratados
árabes.
El período
en cuestión abarca, a grosso modo, desde el año 862 —año de la ocupación de
Kiev por los rusos— hasta el 965 —destrucción de Itil por Svyatoslav—. Tras la
pérdida de Kiev y la marcha de los magiares a Hungría, los antiguos dominios
occidentales del Imperio kázaro (salvo una parte de Crimea) escaparon del poder
del kagan. Y el príncipe de Kiev, sin inmutarse, ordena a los eslavos del
Dniéper: «¡No paguéis nada a los kázaros!».[1]
Probablemente,
los kázaros habrían aceptado de buena gana perder su hegemonía en el Oeste,
pero es que, además, los rhus no cesaban de ganar terreno en el Este, sobre la
desembocadura del Volga y las riberas del Caspio. Las tierras del islam
situadas alrededor de la mitad sur del «mar de los kázaros» (Azerbaidjan,
Djilan, Chirwan, Tabaristan, Djurdjan) eran un blanco muy codiciado por las
flotillas vikingas, bien como mero objeto de pillaje, o como sucursales
comerciales de cara al califato musulmán. Pero la salida al mar, el delta del
Volga que se extendía más allá de Itil, estaba guardada por los kázaros, como
ocurrió con los accesos al mar Negro en los tiempos en que ocupaban Kiev. En
nuestro caso, esta vigilancia significaba que los rhus debían solicitar
autorización cada vez que una de sus flotillas quisiera pasar, así como pagar
un diez por ciento en concepto de derechos de aduana, doble insulto que
hubieron de padecer tanto su bolsa como su orgullo.
Durante
algún tiempo disfrutaron de un precario modus vivendi. Las flotillas rhus
pagaban sus derechos, se adentraban en el mar de los kázaros y
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practicaban
el comercio con los pueblos ribereños. Pero, como ya hemos visto, muy a menudo
la palabra comercio era sinónimo de pillaje. Entre los años 864 y 884[2] una
expedición rhus atacó el puerto de Abaswn, en Tabaristán, aunque perdió la
batalla. Sin embargo, en el 910, una nueva incursión se vería coronada por el
éxito; los hombres del Norte asolaron la ciudad y su región circundante,
llevándose consigo cautivos musulmanes. Este hecho causó un profundo malestar
entre los kázaros, dadas sus amistosas relaciones con el califato, pero,
también, debido a la presencia, en su ejército, de un regimiento de élite
formado por mercenarios musulmanes. Tres años más tarde, en el 913, se producía
la inevitable confrontación; el resultado fue un baño en sangre.
Masudi nos
describe con todo detalle este importante acontecimiento, del que ya hablábamos
brevemente en el capítulo 3, mientras que la Crónica rusa lo sume en el
silencio. Según Masudi, «poco después del año 300 de la Hégira (912-913), una
flota rhus compuesta por quinientos navíos, con cien hombres en cada uno de
ellos», hizo su aparición en los límites del territorio kázaro:
Cuando sus
buques, estuvieron cerca de los kázaros, apostados a la entrada del estrecho,
enviaron una carta al rey de los kázaros, rogándole que les permitiera pasar
por su país y descender por el río y entrar en el mar de los kázaros… a
condición de que ellos le entregarían la mitad del botín que tomaran a los
pueblos de la costa. Se acordó el permiso y bajaron por el río hacia la ciudad
de Itil, la atravesaron, y llegaron hasta el estuario del río donde comienza el
mar de los kázaros. Desde el estuario hasta la ciudad de Itil, el río es muy
ancho y sus aguas son profundas. Los buques de los rhus se diseminaron por todo
el mar. Sus razzias se dirigieron contra Djilan, Djurdjan, Tabaristan y
Abashun, en la costa de Djurdjan, en el país de Nafta (Bakú) y sobre la región
del Azerbaidjan… Los rhus hicieron correr la sangre, mataron a mujeres y niños,
robaron, pillaron e incendiaron por todas partes.
Incluso
saquearon la ciudad de Ardabil, a tres días de marcha desde la costa. Cuando
las poblaciones se recobraron de su sorpresa y pudieron por fin tomar las
armas, recurrieron a su clásica estrategia, atrincherándose en islas cercanas a
Bakú. Los autóctonos, en barcas y chalupas, intentaron expulsarlos.
Pero los
rhus acometieron contra ellos, y millares de musulmanes cayeron muertos o
perecieron ahogados. Los rhus permanecieron durante meses en el mar… Cuando
hubieron conseguido suficiente botín, cansados ya de sus correrías, se
dirigieron de nuevo hacia la desembocadura, informaron al rey de los kázaros y
le llevaron un rico botín, de acuerdo con las condiciones que habían sido
fijadas con anterioridad… Los Arsiyah (mercenarios musulmanes del ejército
kázaro) y otros musulmanes que vivían en Kazaria, se enteraron de la situación,
y dijeron al rey de los kázaros: «Dejad que nos ocupemos de esas gentes. Han
saqueado la tierra de nuestros hermanos los musulmanes, han derramado su sangre
y humillado a mujeres y niños». Y no les pudo contradecir. Entonces envió un
mensaje a los rhus, informándoles de la determinación de combatirlos que habían
tomado los musulmanes.
Los
musulmanes (de Kazaria) se reunieron y avanzaron en búsqueda de los rhus,
siguiendo el curso del río (por la costa, desde Itil al estuario). Cuando los
dos ejércitos se encontraron, los
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rhus
desembarcaron y avanzaron en orden de batalla contra los musulmanes, entre los
que había numerosos cristianos que vivían en Itil, de manera que eran en total
alrededor de unos quince mil, con sus caballos e impedimenta. El combate duró
tres días. Dios acudió en ayuda de los musulmanes. Los rhus fueron pasados a
cuchillo o perecieron ahogados… De los que murieron a orillas del mar de los
kázaros se contaron alrededor de treinta mil…
De aquí
escaparon cinco mil, para ir a morir un poco más lejos, a manos de los burtes y
búlgaros.
Así es el
relato que hace Masudi de la desastrosa incursión de los rhus en el Caspio en
el 912-913. Evidentemente, es un relato parcial. Se nos pinta al soberano
kázaro como a un pobre diablo que primero actúa como cómplice pasivo de los
saqueadores, para luego autorizar un ataque en su contra, sin más obligación
hacia ellos que informarles de la emboscada tendida por «los musulmanes» bajo
sus órdenes. Además, Masudi nos dice que los búlgaros son musulmanes, mientras
Ibn Fadlan, que los verá diez años más tarde, no reconocerá entre ellos el
menor signo de conversión. Pero, a pesar del prejuicio religioso, este informe
nos permite entrever los dilemas que debía afrontar el comandante kázaro. Es
posible que apenas le impresionara el infortunio de los ribereños del Caspio;
era una época sin piedad. Pero ¿acaso no temería que los rhus, tras haberse
apoderado de Kiev en el Dniéper, establecieran una cabeza de puente sobre el
Volga? Además, una nueva razzia de estos saqueadores en el Caspio entrañaba el
riesgo de provocar en el Califato una venganza que se abatiría no sobre los
rhus, fuera de su alcance, sino sobre los inocentes (es decir, casi-inocentes)
kázaros.
Las
relaciones con el Califato eran amistosas, aunque bastante precarias, como lo
demuestra un incidente relatado por Ibn Fadlan. Recordemos que su misión en el
país de los búlgaros tuvo lugar entre el 921-922.
Los
musulmanes de esta ciudad (Itil) poseen una gran mezquita para la oración del
viernes. En ella hay un alto minarete y numerosos almuecines. Cuando en el año
310 de la Hégira (922) el rey de los kázaros se enteró de que los musulmanes
habían destruido la sinagoga de Dar al Babunaj (ciudad musulmana no
identificada), dio la orden de demoler el minarete y de matar a los almuecines.
Y dijo: «Aunque no hubiera temido que fuesen destruidas todas las sinagogas que
hay en las tierras del islam, habría destruido la mezquita de todas formas».[3]
El episodio
nos da cuenta, con un sentido bastante fino, de la estrategia de intimidación
mutua y de los peligros que acarrearía la escalada. También nos hace notar cómo
los dirigentes kázaros se sentían ligados afectivamente a la suerte que
corrieran los judíos en los demás países.
II
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El relato
que hace Masudi sobre la incursión rhus del 912-913, termina con esta frase:
«Después de aquel año no volvió a haber ninguna repetición, por parte de los
rhus, de lo que acabamos de describir…». Casualmente, Masudi escribía esto en
el año 943, el mismo en que los rhus realizaron de nuevo una incursión en el
Caspio con una flota aún más importante; pero no podía haberse enterado. Habían
permanecido al margen durante trece años; ya se creían suficientemente fuertes
como para volver a empezar: su tentativa, puede que sea significativo,
coincidió, aproximadamente, con uno o dos años de diferencia, con la expedición
llevada a cabo contra los bizantinos por el valiente Igor, que moriría bajo el
fuego griego.
Durante
esta nueva invasión, los rhus se apoderaron de una plaza fuerte en el Caspio,
en la ciudad de Bardha, y consiguieron mantenerse allí durante todo un año. Al
final, la peste los diezmó, y los azerbaidjanes tuvieron la suerte de poner en
fuga a los supervivientes. Esta vez, las fuentes árabes no mencionan
participación kázara ni en el pillaje ni en el combate. Pero José, algunos años
más tarde, dice en su carta a Hasdai: «Guardo la desembocadura del río y no
permito en modo alguno que los rhus acudan con sus barcos a invadir la tierra
de los árabes… Me enfrento a ellos en grandes batallas».[4]
Tomara
parte en el combate el ejército kázaro o no, en este caso concreto, el hecho es
que, algunos años más tarde, decidió prohibir a los rusos el acceso al Caspio y
que, a partir del año 943, no se volvió a oír hablar de incursiones por
aquellas riberas.
Esta
capital decisión, muy probablemente motivada por las presiones de la comunidad
musulmana del interior, entrenó a los kázaros en las «grandes batallas» de las
que no poseemos información alguna, fuera de la carta de José. Posiblemente se
tratara de frecuentes escaramuzas, salvo la gran campaña del 965, citada en la
vieja Crónica rusa, que provocó el derrumbamiento del Imperio kázaro.
III
El jefe de
esta campaña fue el príncipe de Kiev, Svyatoslav, hijo de Igor y de Olga,
«saltador como el leopardo», y del que ha llegado hasta nosotros la noticia de
que «realizó numerosas campañas»: de hecho, pasó casi todo su reinado haciendo
la guerra. A pesar de los reproches de su madre, rehusó el bautismo «porque eso
sería hacer de él la burla de su pueblo». La Crónica rusa nos cuenta también
que «en sus expediciones no llevaba ni carros ni utensilios de cocina, y no
hacía hervir la carne, sino que cortaba rebanadas de
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carne de
caballo, de ciervo o de buey y se las comía tras haberlas pasado por las
brasas. No utilizaba ninguna tienda, se echaba sobre una manta y apoyaba la
cabeza en una silla de montar; y todo su séquito hacía lo mismo».[5]
Despreciaba toda astucia al atacar al enemigo; por el contrario, enviaba
mensajeros para que anunciaran: «Vengo a atacaros».
A la
campaña contra los kázaros el cronista no dedica más que unas cuantas líneas,
en el lacónico estilo que generalmente suele adoptar para relatar las batallas:
Svyatoslav
se dirigió hacia el Oka y el Volga, y al encontrarse con los viatichos (tribu
eslava del sur de la actual ciudad de Moscú), les preguntó que a quién pagaban
tributo. Contestaron que pagaban a los kázaros una moneda de plata por cada
reja de arado. Cuando los kázaros se enteraron de que se acercaba, fueron a su
encuentro con su príncipe el kagan, y los dos ejércitos se enfrentaron. Al
tener lugar la batalla, pudo Svyatoslav vencer a los kázaros, y tomar su ciudad
de Biela Vieja…
Y esto es
todo. Ahora bien, Biela Vieja (El castillo blanco), era el nombre eslavo de
Sarkel, la famosa fortaleza sobre el Don. Pero señalemos que la Crónica rusa no
menciona en ninguna parte la destrucción de Itil, la capital, y a ella nos
remitimos. Se limita a señalar que Svyatoslav «venció también a los yasianos y
karuginos» (osetes y circasianos), desafió a los búlgaros del Danubio, fue
derrotado por los bizantinos y, para terminar, al volver a Kiev, fue muerto por
una horda de petchenegos. «Le cortaron la cabeza, hicieron con su cráneo una
copa, la recubrieron con oro y la utilizaron para beber».[6]
Muchos
historiadores hacen coincidir la victoria de Svyatoslav con el fin de Kazaria,
lo que, evidentemente, resulta erróneo, como veremos más adelante. La
destrucción de Sarkel, en el año 965, anuncia el final del Imperio kázaro, y no
de la nación kázara, de la misma manera que el año 1918 debe marcar el final
del Imperio austro-húngaro, y no el de Austria como Estado. La dominación de
los kázaros sobre las lejanas tribus eslavas, hasta la región de Moscú, había
acabado por completo; pero el propio dominio kázaro, situado entre el Cáucaso,
el Don y el Volga, permanecía intacto. Tras serles prohibidos a los rusos los
accesos al Caspio, no volvió a oírse hablar de ninguna otra tentativa para
forzar el paso. Toynbee lo deja bien claro: «Los rhus consiguieron destruir el
imperio de las estepas de los kázaros, pero del único territorio kázaro de que
se apoderaron fue el de Tmutorakan, en la península de Taman (frente a Crimea),
y no fue más que una efímera conquista… Tan sólo a mediados del siglo XVI, los
moscovitas asegurarían a Rusia, de una manera permanente, el Volga entero,
hasta su desembocadura en el Caspio».[7]
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IV
Tras la
muerte de Svyatoslav, sus hijos se lanzaron a una guerra intestina, de la que
salió victorioso el más joven de ellos, Vladimir. Al principio vivió como un
pagano, al igual que su padre; después, como su abuela, se convirtió en un
arrepentido pecador, recibió el bautismo y mereció ser canonizado. Pero, según
parece, san Vladimir, en su juventud, habría podido seguir la divisa de san
Agustín: «Señor, haz que sea casto, pero más tarde». La Crónica rusa se muestra
bastante severa a este respecto:
Vladimir
era presa de la lujuria… Tenía trescientas concubinas en Vyjgorod, trescientas
en Belgorod y doscientas en Berestovo… Era insaciable en el vicio. Seducía a
mujeres casadas y violaba a muchachas, pues era libertino como Salomón. Porque
se cuenta que Salomón tenía setecientas esposas y trescientas concubinas. Era
sabio y, a pesar de todo, terminó conociendo su propia ruina. Pero Vladimir,
aunque al principio estuvo en el error, al final encontró su salvación. Grande
es el Señor, y Grande es su Poder, y su Sabiduría no tiene fin…[8].
El bautismo
de Olga, hacia el 957, apenas tuvo influencia ni sobre el propio hijo de esta
primera cristiana. En cambio, el bautismo de Vladimir fue un acontecimiento
crucial que tuvo repercusión en toda la historia del mundo. Vino precedido por
una serie de maniobras diplomáticas y de discusiones teológicas con los
representantes de las cuatro grandes religiones, que nos evocan los debates que
precedieron a la conversión de los kázaros al judaísmo. De hecho, el relato de
estas discusiones teológicas que nos hace la vieja Crónica rusa recuerda
constantemente a las memorias hebreas y árabes de los debates del rey Bulan:
sólo se diferencian en la conclusión.
Esta vez,
los concurrentes eran cuatro en lugar de tres, pues el cisma entre las Iglesias
griega y latina era ya un hecho consumado en el siglo X (aunque no llegaría a
hacerse oficial hasta el siglo XI).
A propósito
de la conversión, la Crónica rusa menciona en primer lugar una victoria que
Vladimir obtuvo sobre los búlgaros del Volga, y a la que seguiría un tratado de
paz. «Los búlgaros declararon: Que la paz reine entre nosotros hasta que las
piedras floten y fluya la paja». Vladimir volvió a Kiev, y los búlgaros le
enviaron emisarios musulmanes para convertirle. Le mostraron las excelencias
del Paraíso, en el que a cada hombre le serán concedidas setenta bellas
esposas. Vladimir «aprobó semejantes perspectivas, pero cuando se le habló de
abstenerse de carne de cerdo y de vino, dejó de estar de acuerdo: “Beber es la
alegría de los rusos”, dijo. “No es posible vivir sin este placer”».[9]
A
continuación llegó una delegación alemana de católicos romanos. Cuando le
expusieron, como exigencia de la religión, que era necesario
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«ayunar
según las fuerzas de cada cual», no obtuvieron más éxito que los anteriores. A
esto Vladimir replicó: «¡Marchaos de aquí! Nunca nuestros padres han admitido
un principio semejante».[10]
La tercera
misión era la compuesta por kázaros judíos, y fueron los menos favorecidos en
este concurso. Vladimir les preguntó por qué no reinaban en Jerusalén. «Ellos
le dieron por respuesta: “Dios se enojó con nuestros antepasados, y los
dispersó entre los gentiles a causa de nuestros pecados”. Entonces el príncipe
exclamó: “¿Cómo esperáis enseñar al prójimo cuando vosotros mismos habéis sido
desechados y dispersos por obra de Dios? ¿Querríais que aceptáramos nosotros
también este destino?”».
El cuarto y
último emisario fue un teólogo enviado por los griegos de Bizancio. Comenzó por
vituperar a los musulmanes, que son «malditos entre los malditos, como Sodoma y
Gomorra, sobre las que el Señor hizo llover piedras ardiendo y fueron
sepultadas e inundadas… Pues mojan sus excrementos, se meten ese agua en la
boca y se ungen la barba en recuerdo de Mahoma»… Ante estas palabras, Vladimir
escupió al suelo, exclamando: «Eso es inmundo».[11]
A
continuación, el sabio bizantino acusó a los judíos de haber crucificado a
Dios, y a los católicos romanos —aunque en términos más condescendientes— de
haber «modificado los ritos». Tras estos preliminares, se lanzó a una larga
exposición sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, comenzando por la creación
del mundo. Sin embargo, al terminar, no parece que Vladimir estuviera apenas
convencido, pues cuando le apremió para que se hiciera bautizar, le contestó:
«Aún esperaré un poco más». Decidió, a su vez, enviar viajeros, «diez hombres
buenos y sabios», a los distintos países, a fin de que observaran las
diferentes prácticas religiosas. Llegado el momento, esta comisión de
investigación le informó de que el culto bizantino era «más bello que las
ceremonias del resto de las naciones, y no podíamos saber si estábamos en el
cielo en la tierra».
Pero
Vladimir todavía dudaba, y la Crónica continúa sin más transición:
«Al cabo de
un año, en el 988, Vladimir avanzó con un ejército contra
Cherson,
ciudad griega…»[12]. Recordemos que el dominio de este puerto de Crimea había
sido objeto de largas disputas entre bizantinos y kázaros. Los valientes
chersoneses rehusaron rendirse, y las tropas de Vladimir construyeron rampas
alrededor de las murallas; pero los asediados «cavaron túneles por debajo,
cogieron la tierra amontonada y la introdujeron en la ciudad». Pero, después,
un traidor envió a los rusos una flecha que llevaba un mensaje: «Detrás de
vosotros, al este, están las fuentes cuya agua se recoge en
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los
canales. Cegadlas y cortadlos». Al recibir este informe, Vladimir levantó los
ojos al cielo e hizo la promesa de que se haría bautizar si se realizaba su
esperanza».[13]
Consiguió
cortar el agua a la ciudad, a la que obligó a rendirse. Tras esto, al parecer
olvidando su promesa, mandó decir a los emperadores Basilio y Constantino, que
reinaban juntos: «He aquí que he tomado vuestra gloriosa ciudad. También me he
enterado de que tenéis una hermana soltera. A menos que me la deis como esposa,
tomaré vuestra ciudad de la misma manera que he tomado Cherson».
Los
emperadores le respondieron: «Si te bautizas, la tendrás como mujer, heredarás
el reino de Dios y serás nuestro compañero en la fe». Y así fue. Por fin
Vladimir pidió el bautismo y se casó con la princesa Ana. Algunos años más
tarde, el cristianismo griego ortodoxo se convirtió en la religión oficial del
pueblo ruso, y no solamente de los dirigentes, y, a partir del año 1037, la
Iglesia rusa fue gobernada por el patriarca de Constantinopla.
V
Memorable
triunfo de la diplomacia bizantina: «Uno de esos giros bruscos», escribe
Vernadsky, «que hacen tan fascinante el estudio de la Historia… Y resulta
interesante especular sobre el rumbo de la Historia si los príncipes rusos…
hubieran adoptado una u otra de estas religiones (judaísmo e islam) en lugar
del cristianismo… Una u otra habría determinado necesariamente el futuro
desarrollo cultural y político de Rusia. La conversión al islam habría
arrastrado a Rusia hacia el círculo de cultura árabe, es decir, hacia una
cultura asiático-egipcia. La aceptación del cristianismo romano preconizado por
los alemanes habría hecho de Rusia un país de cultura latina o europea. La
aceptación, bien del judaísmo, o bien del cristianismo ortodoxo aseguraba a
Rusia la independencia cultural respecto a Europa y a Asia al mismo
tiempo».[14]
Pero los
rusos tenían más necesidad de aliados que de independencia, y el Imperio Romano
de Oriente, por corrompido que estuviera, representaba todavía, en cuanto a
potencia, cultura y comercio, un aliado más deseable que el imperio de los
kázaros, en vías de desaparición. Por otra parte, tampoco hay que subestimar el
papel desempeñado por la política bizantina en una toma de decisión en la que
había trabajado durante más de un siglo. El ingenuo relato que hace la vieja
Crónica rusa sobre las vacilaciones de Vladimir, apenas nos permite imaginar
las maniobras diplomáticas y los
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regateos
que debieron tener lugar antes de que el príncipe aceptara ser bautizado y, de
hecho, aceptara la tutela de Bizancio para él mismo y para su pueblo.
Evidentemente, Cherson estaba incluido en el precio, así como el matrimonio con
la princesa Ana. Pero el elemento más importante de la compra fue el fin de la
alianza bizantino-kázara, que se vio reemplazada por una alianza bizantino-rusa
dirigida contra los kázaros. Algunos años más tarde, en 1016, un ejército
ruso-bizantino invadió Kazaria, venció a su rey, y «sometió al país».[15]
Hemos visto
que las relaciones se habían enfriado ya bajo Constantino Porfirogéneta,
cincuenta años antes de la conversión de Vladimir. Recordemos que Constantino
se preguntaba «cómo se debía hacer la guerra a los kázaros y por quién». Tras
el pasaje que hemos citado (véase capítulo 2, VI), podemos leer:
Si el rey
de los alanos no se mantiene en paz con los kázaros, y considera la amistad del
emperador más valiosa para él, entonces, si los kázaros no deciden permanecer
en paz y amistad con el emperador, el alano les puede hacer mucho daño. Les
puede tender emboscadas y atacarles cuando se dirijan confiados hacia Sarkel,
hacia las Nueve regiones o hacia Cherson… La Bulgaria Negra (los búlgaros del
Volga) están también en condiciones de hacer la guerra a los kázaros…[16].
Después de
citar estas mismas líneas, Toynbee hace un comentario bastante chocante:
Si este
pasaje del manual de Constantino Porfirogéneta —manual de asuntos exteriores
del gobierno imperial— hubiera caído en manos del kagan y de sus ministros, se
habrían indignado. Habrían manifestado que Kazaria era entonces uno de los
Estados más pacíficos del mundo y, aunque en sus comienzos había sido más
belicosa, nunca había vuelto sus armas contra el Imperio Romano de Oriente.
Nunca habían estado en guerra las dos potencias y, por otra parte, Kazaria
había combatido muy a menudo contra los enemigos del Imperio Romano de Oriente,
y, todo ello, para mayor provecho del Imperio. De hecho, posiblemente el
Imperio debiera a los kázaros el poder haber sobrevivido a los sucesivos
asaltos del emperador sasánida del Irán, Cosroes II Parviz, y de los árabes musulmanes…
Aparte de que la presión árabe sobre el Imperio se vio relegada gracias al
vigor de la resistencia tanto ofensiva como defensiva de los kázaros ante el
avance de los árabes hacia el Cáucaso. La amistad entre Kazaria y el Imperio
estuvo simbolizada y sellada mediante alianzas matrimoniales entre las
respectivas familias imperiales. ¿Qué había, pues, en el espíritu de
Constantino cuando se imaginaba medios para atormentar a Kazaria, impulsando a
sus vecinos para que la atacaran?[17]
La
respuesta a esta retórica pregunta de Toynbee es, evidentemente, que los
bizantinos creían en la Realpolitik, y que, como ya hemos puesto de manifiesto,
su época no eran sentimental. Al menos, no lo era más que la nuestra.
VI
Página 100
Sin
embargo, no fue más que una política a corto plazo. Para citar a Bury una vez
más:
El primer
principio de la política imperial en esta parte del mundo era mantener la paz
con los kázaros. No era más que la consecuencia inmediata de la situación
geográfica del Imperio kázaro, que se extendía entre el Dniéper y el Cáucaso…
Ésta fue la política constante de los emperadores desde el siglo VII, cuando
Heraclio pedía ayuda a los kázaros contra Persia, hasta el siglo X, cuando el
declive de la potencia de Itil… Resultaba ventajoso para el Imperio el hecho de
que el kagan ejerciese una efectiva dominación sobre sus vecinos bárbaros.[18]
Esta
efectiva dominación pasaba ahora al kagan rhus, el príncipe de Kiev. Pero no
obtuvo los mismos resultados. Los kázaros, tribu «turca» de las estepas, habían
sabido levantar cabeza, ola tras ola de invasiones «turcas» y árabes;
detuvieron y sometieron a los búlgaros, a los burtos, a los petchenegos, a los
ghuzz, etc. Los rusos y sus súbditos eslavos no estaban a la altura de los
guerreros nómadas de las estepas, de su variada estrategia, ni de sus tácticas
de guerrilla.[19] Tras las constantes presiones de estos nómadas, los centros
de poder rusos se fueron retirando gradualmente de las estepas meridionales
hacia los bosques del norte, hacia los principados de Galitzia, Novgorod y
Moscú. Los bizantinos habían supuesto que los rusos sustituirían en su papel a
Itil, guardiana de la Europa del Este y centro comercial; pero, por el
contrario, comenzó muy de prisa su declive. Éste fue el final del primer
capítulo de la historia rusa, que entraba en el caos con una docena de
principados rivales perpetuamente en guerra.
A partir de
aquí sobrevendría un vacío político sobre el que se precipitaría una nueva
oleada de conquistadores —o, más bien, una nueva aventura de nuestros viejos
amigos los ghuzz, a quienes Ibn Fadlan juzgara los más abominables de entre
todos los bárbaros, y que se vería obligado a volver a encontrar—. Estos
paganos, estos «enemigos sin Dios», como los describía la Crónica rusa,[20] se
llamaban polovtsy entre los rusos, kumanos entre los bizantinos, kun entre los
húngaros y kiptchaks entre sus hermanos de lengua turca. Dominaron todas las
estepas hasta Hungría, desde finales del siglo XI hasta el siglo XIII: hasta la
invasión mongol, que los desperdigó por los alrededores.[21] Llevaron a cabo
varias guerras contra Bizancio, pero sería otra rama de su tribu, los seldjuk o
seldjucidas (después llamada también así su dinastía) quien destruyera un gran
ejército bizantino en la histórica batalla de Manzikert, en el año 1071, e
hiciera prisionero al emperador Romano IV Diógenes. A partir de entonces, los
bizantinos se verían incapaces de impedir a los turcos implantarse en la mayor
parte de las provincias de Asia Menor — la actual Turquía—, que, hasta
entonces, había sido el corazón mismo del Imperio Romano de Oriente.
Página 101
No podemos
hacer más que conjeturas sobre lo que habría sido el curso de la Historia si
Bizancio no hubiera abandonado su tradicional política, mantenida desde hacía
ya tres siglos, y hubiera seguido confiando en la muralla kázara contra los
invasores árabes, turcos y vikingos. En cualquier caso, a la vista de los
resultados obtenidos, parece que la Realpolitik imperial no resultó ser muy
realista.
VII
Durante
estos dos siglos de dominación kumana, a la que seguiría la invasión mongol,
las estepas orientales volverían a sumergirse en la edad de las tinieblas, y el
final de la historia de los kázaros resulta aún más oscuro que sus comienzos.
Se han
encontrado algunas referencias a la nación kázara en la época de su declive,
sobre todo en escritos musulmanes; pero, como se verá, resultan tan ambiguas
que, cada apellido, cada fecha y cada indicación geográfica pueden ser objeto
de varias interpretaciones distintas. Los historiadores en busca de hechos no
encuentran para roer más que unos cuantos huesos limpios que muerden y vuelven
a morder, como perros famélicos, en la vana esperanza de encontrar en ellos
algún sustancioso tuétano.
Según lo
que hemos dicho más arriba, parece ser que el acontecimiento decisivo que
precipitó la caída del poderío kázaro no fue la victoria de Svyatoslav, sino la
conversión de Vladimir. En realidad ¿cuál fue la importancia de esta victoria
que los historiadores del siglo XIX[22] suelen equiparar generalmente con el
fin del Estado kázaro? Recordemos que la Crónica rusa no habla más que de la
destrucción de Sarkel, la fortaleza; nada dice de Itil, la capital. Pero Itil
fue tomada a saco y devastada, como sabemos por distintas fuentes árabes,
demasiado insistentes como para ser desatendidas; pero cuándo y por quién se
llevó esto a cabo, es algo que todavía está muy lejos de ser puesto en claro.
Ibn Hawkal, principal testigo, acusa a los rhus, quienes «destruyeron por
completo Kazaran, Samandar e Itil» —según parece, tomaba Kazaran e Itil por dos
ciudades diferentes, mientras que se trataba de dos barrios de una misma
ciudad; por otra parte, la fecha que asigna al suceso no es la misma que la
Crónica rusa establece para la caída de Sarkel, que Ibn Hawkal no menciona,
mientras, por su parte, la Crónica rusa no menciona la destrucción de Itil—.
Consecuentemente, Marquart sugiere que Itil fuera devastada por otros vikingos,
y no por los rhus de Svyatoslav, que habrían llegado solamente hasta Sarkel.
Para complicar
Página 102
todavía más
el asunto, el segundo testigo árabe, Ibn Miskawayh, declara que fueron los
«turcos» quienes invadieron Kazaria en aquel crítico año 965. Por «turcos»
posiblemente entendiera «rhus», sostiene Barthold. Pero también es posible que
fuera una horda de petchenegos dedicados a la rapiña, por ejemplo. Ya que,
según parece, nunca sabremos quién devastó Itil, mejor haríamos masticando los
huesos.
Por otra
parte, ¿cuál fue la amplitud de la destrucción? Ibn Hawkal nos dice en un
primer momento que fue una completa destrucción, pero después nos hace notar,
cuando escribe unos años más tarde, que «Kazaran sigue siendo el centro al que
converge el comercio rhus». La «completa destrucción» habría sido, en ese caso,
una exageración. Y esto resulta tanto más verosímil cuanto que este autor nos
habla también de la total destrucción de Bulghar, capital de los búlgaros del
Volga. Y los destrozos causados por los rhus no debieron ser tan graves, ya que
se conservan monedas acuñadas en Bulghar durante los años 976-97, es decir, una
decena de años después del raid de Svyatoslav; y, en el siglo XIII, todavía
Bulghar es una ciudad importante. Dunlop razona de esta manera:
El origen
de todas las afirmaciones según las cuales los rusos destruyeron Kazaria parte,
sin lugar a dudas, de Ibn Hawkal… Sin embargo, Ibn Hawkal nos habla con la
misma claridad de la destrucción de Bulghar en el Volga medio. Tenemos la
absoluta certeza de que en la época de los ataques mongoles, en el siglo XIII,
Bulghar era una floreciente colectividad. ¿Acaso no sería igualmente
transitoria la ruina de Kazaria?[23]
La
respuesta resulta evidente. Itil-Kazaran y el resto de las ciudades kázaras
estaban construidas esencialmente a base de tiendas, cabañas de madera y «casas
redondas» de arcilla, demolidas en un momento, y en un momento reconstruidas de
nuevo; tan sólo los edificios reales y públicos estaban construidos con
ladrillos.
Pero, a
pesar de todo, los destrozos debieron ser bastante graves, pues varios
cronistas árabes hablan de un éxodo provisional de la población hacia las
riberas e islas del Caspio. De esta forma, Ibn Hawkal escribe que los kázaros
de Itil, huyendo de los rhus, se refugiaron en una isla mar adentro de la
«costa de nafta» (Bakú), y, más tarde, volvieron a su ciudad gracias a la ayuda
del chach de Chirwan. Esto último parece verosímil, pues los habitantes de
Chirwan apenas apreciaban a los rhus, quienes habían saqueado sus riberas
algunos años antes. Otros cronistas más recientes que Ibn Hawkal, Ibn Miskawayh
y Muqadassi, hablan también del éxodo de los kázaros y de su vuelta ayudados
por musulmanes. Según Ibn Miskawayh, como pago a este servicio, «todos adoptaron
el islam, a excepción de su rey». Muqadasi da otra
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versión
distinta, en la que no interviene la invasión rusa; dice tan sólo que los
habitantes de la ciudad kázara bajaron hacia el mar y regresaron convertidos al
islam. La manera en que nos describe Bulghar como más próxima al Caspio que
Itil nos proporciona la medida exacta en que podemos confiar en este autor; es
el equivalente a situar Glasgow al sur de Brighton.[24]
Probablemente
estos relatos contengan algo de verdad, a pesar de su confusión y parcialidad,
las cuales parecen bastante evidentes. El «shock» psicológico de la invasión,
la huida hacia el mar y la necesidad de conciliarse con los musulmanes pudieron
provocar reconciliaciones que, en los asuntos de Estado, reforzaran el papel de
la comunidad musulmana de Kazaria; recordemos una actuación parecida de Marwan,
dos siglos antes (véase capítulo 1, V), que afectó al mismo kagan, pero que no
dejó rastro alguno en la historia kázara.
Según otro
árabe, al-Biruni, muerto en 1048, en su época Itil estaba «en ruinas» —o, más
bien, de nuevo en ruinas—.[25] Fue reconstruida otra vez, pero en lo sucesivo
llevó el nombre de Saksin.[26] Vuelve a aparecer repetidas veces en las
crónicas, hasta el siglo XII, como «una gran ciudad sobre el Volga, como no hay
otra en todo Turquestán»,[27] y, para terminar, según un manuscrito, fue
víctima de una inundación. Apenas habría transcurrido un siglo cuando, sobre su
emplazamiento, el conquistador mongol Batu vendría a construir su capital.[28]
Para
resumir lo que de la Crónica rusa y de los autores árabes obtenemos sobre la
catástrofe del 965, podemos decir que Itil fue devastada, en proporciones
desconocidas, por los rhus o por otros invasores, pero que fue reconstruida, y
que el Estado kázaro salió de esta prueba considerablemente debilitado. Pero no
nos puede quedar ninguna duda de que sobrevivió, aunque en un territorio más
reducido, al menos durante doscientos años más, es decir, hasta mediados del
siglo XII, como piensan la mayoría de los historiadores, y, posiblemente,
incluso llegara hasta mediados del siglo XIII —aunque esto último resulta algo
más dudoso.
VIII
Aparte de
los escritos árabes, la primera mención que se hace sobre la Kazaria posterior
al fatal año 965, se encuentra en un relato del viaje de Ibrahim Ibn Yakub,
embajador judeo-español de Otón el Grande, que, en un texto que data
probablemente del año 973, describe a los kázaros como a un pueblo muy
próspero.[29] A continuación le sigue, en orden cronológico, el
Página 104
pasaje de
la Crónica rusa concerniente a la misión de los judíos de Kazaria en Kiev, en
el 986, y a sus vanos esfuerzos por convertir a Vladimir.
Sobre el
siglo XI tenemos, en primer lugar, un texto sobre la campaña bizantino-rusa del
año 1016 dirigida contra Kazaria, que sería demolida una vez más. El suceso
aparece relatado en un documento relativamente digno de crédito, cuyo autor es
un cronista bizantino del siglo XII, Jorge Cedrenus.[30] Según parece, se
hicieron necesarias considerables fuerzas: este cronista habla de una flota
bizantina reforzada por un ejército ruso. Es evidente que los kázaros poseían
diabólicas cualidades de reacción, que podrían provenir de sus orígenes turcos,
de su fe mosaica, o de ambos al tiempo. Cedrenus relata también que el jefe
kázaro vencido se llamaba Jorge Tzul: tenía, pues, un nombre cristiano. Pero ya
se sabía que en el ejército del kagan habían tantos cristianos como musulmanes.
A
continuación se hace mención a los kázaros en un lacónico pasaje de la Crónica
rusa sobre el año 1023: «(El príncipe) Mtislav avanzó contra su hermano
Yaroslav con un ejército de kázaros y kasógenos».[31] Este Mtislav reinaba
sobre el efímero principado de Tmutorakan, asentado en la ciudad kázara de
Tamatarkha (hoy Taman), en la orilla oriental del estrecho de Kertch. Como ya
vimos, éste era el único territorio kázaro que los rusos habían ocupado tras su
victoria de 965. Así pues, los kázaros del ejército de Mtislav probablemente
fueran reclutados de entre la población local.
Siete años
más tarde, un ejército kázaro habría combatido a los invasores kurdos: matarían
a diez mil y se apoderarían de sus enseres. Semejante información constataría
que los kázaros permanecían muy alerta siempre que se tratara de adquirir
dinero contante y sonante; pero este dato proviene de un único autor árabe, Ibn
al-Athir, al que no se considera muy seguro.
Recorriendo
la cronología para extraer ansiosamente algunos testimonios, nos encontramos
con la curiosa historia de un oscuro y santo personaje llamado Eustrato. Se
dice que, hacia el año 1100, Eustrato fue hecho prisionero en Cherson, en
Crimea, y fue maltratado por su guardián, el cual era judío y le obligaba a
consumir los alimentos rituales de la Pascua.[32] No debemos conceder demasiado
crédito a la autenticidad de este cuento (que relata también que san Eustrato
vivió durante quince días en una cruz); lo que sí resulta interesante constatar
es que se nos presenta aquí, con toda normalidad, una gran influencia judía en
una ciudad como Cherson, teóricamente bajo dominación cristiana, que Bizancio
había disputado a los kázaros y que le era devuelta, hacia el año 990, tras
haber sido conquistada por Vladimir.
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Los kázaros
continuaban siendo poderosos en Tmutorakan. La Crónica rusa dedica al año 1079
esta oscura rúbrica: «Los kázaros (de Tmutorakan) hicieron prisionero a Oleg y
le enviaron por mar a Tsargrad (Constantinopla)». Y esto es todo. Debió
tratarse de un complot de los bizantinos en el que intervendrían los príncipes
rusos en pugna. Pero, aun así, vemos que los kázaros debían ser lo
suficientemente poderosos en esta ciudad rusa como para poder arrestar y
expulsar a un príncipe ruso. Cuatro años más tarde, Oleg se había reconciliado
con los bizantinos y fue autorizado a volver a Tmutorakan, donde «aniquiló a
los kázaros, que habían planeado la muerte de su hermano y maquinado en su
contra». En efecto, este hermano, Román, fue muerto por los kiptchaks (o kumanos)
el mismo año de la captura de Oleg. ¿Habían proyectado los kázaros este
asesinato? ¿Fueron víctimas del maquiavelismo de los bizantinos, que se servían
de los kázaros contra los rusos, y viceversa? Sea como fuere, el caso es que la
presencia de los kázaros hacia finales del siglo XI es un hecho innegable.
Respecto al
año 1106, todavía la Crónica rusa relata brevemente que los Polovtsy (o
kumanos) devastaron la región de Zartesk (al oeste de Kiev), y que el príncipe
ruso mandó en su persecución tropas comandadas por tres generales: Yan, Putyata
e «Iván el Kázaro». Ésta es la última vez que se cita a los kázaros en la vieja
crónica, la cual, por otra parte, se detiene diez años más tarde, en 1116.
Pero, en la
segunda mitad del siglo XIII, dos grandes poetas persas, Khaqani (1106-1199) y
Nizami (1141-1203), citan en sus epopeyas una invasión ruso-kázara que tuvo
lugar en el Chirwan durante su época. Aunque escribieran en verso, debemos
tenerlos en cuenta: tanto uno como el otro fueron, durante mucho tiempo,
funcionarios en el Cáucaso, y conocían a la perfección las tribus de la región.
Khaqani habla de los «kázaros de Derbend», es decir, de ese paso, de ese
«portillo» entre el Cáucaso y el mar Negro que utilizaban los kázaros para ir a
saquear Georgia, en los buenos y viejos tiempos del siglo VII, antes de que
adoptaran un estilo más sosegado de vida. ¿Volverían al final a sus costumbres
nómadas y guerreras de su juventud?
Tras estos
testimonios persas (o, mejor, ante ellos), nos quedamos estupefactos al
contemplar las breves referencias de disgusto del famoso viajero judío Petachia
de Ratisbona, que ya hemos citado (véase capítulo 2, VII). Recordemos lo
encorajinado que estaba por la falta de saber talmúdico entre los kázaros de
Crimea, y que, mientras atravesaba Kazaria propiamente dicha, no oyó más que
«los lamentos de las mujeres y los ladridos de los
Página 106
perros».
¿No se trataba más que de una hipérbole para expresar su reprobación o, por el
contrario, atravesaría una región devastada por una reciente razzia kumana? Su
viaje se sitúa entre el año 1170 y el 1185; el siglo XII llegaba a su fin, los
kumanos eran en aquel entonces los amos omnipresentes de la estepa.
En el siglo
XIII las tinieblas se espesan, nuestras escasas fuentes se secan. Pero hay, al
menos, una referencia, y se la debemos a un excelente testigo. Se trata de la
última mención de los kázaros como nación, y data de los años 1245-1247. En
esta época los mongoles habían expulsado ya a los kumanos de Eurasia, y habían
fundado el más grande imperio nómada que el mundo haya visto jamás: desde
Hungría hasta China.
En 1245, el
papa Inocencio IV envió una embajada a Batu Khan, nieto de Genghis Khan,
gobernador de la parte occidental del Imperio mongol, con el fin de averiguar
las posibilidades de llegar a un acuerdo con esta gran potencia y, sin duda,
también para informarse sobre sus fuerzas militares. El jefe de esta misión era
un franciscano sexagenario, Giovanni di Plano Carpini (conocido entre los
franceses como Jean de Plan Carpin), contemporáneo y discípulo de san Francisco
de Asís, pero, también, viajero experimentado y buen diplomático, y
eclesiástico bien considerado entre la jerarquía. La embajada salió de Colonia
el día de Pascua de 1245, atravesó Alemania, cruzó el Dniéper y el Don para
llegar, un año más tarde, a la capital de Batú y de su Horda de Oro situada
sobre el estuario del Volga: la ciudad de Sarai Batu, alias Saksin, alias,
Itil.
Cuando Plan
Carpin regresó a Occidente, escribió su célebre Historia Mongolorum que, con
toda una colección de datos históricos, etnográficos y militares, nos
proporciona una lista de los pueblos visitados. De esta manera, al enumerar las
poblaciones del norte del Cáucaso, el autor cita, junto a los alanos y
circasianos, a «los kázaros, que observan la religión judía». Y ésta es la
última mención conocida a los kázaros antes de que caiga el telón.
Pero aún
habría de pasar mucho tiempo antes de que su recuerdo se desvaneciera. Los
comerciantes genoveses y venecianos no dejaban de llamar a Crimea Gazaria,
término que todavía aparecía en textos italianos en el siglo XVI. Pero entonces
no era ya más que una designación geográfica que conmemoraba a una nación
desaparecida.
IX
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Sin
embargo, incluso después de la ruina de ese poder político, la influencia
judeo-kázara siguió dejando sus huellas en los lugares más inesperados y entre
los más variados pueblos.
Entre ellos
debemos citar a los seldjuks, a los que se puede considerar como los auténticos
fundadores de la Turquía musulmana. Hacia finales del siglo X, esta rama de los
ghuzz se había trasladado al sur de la región de Bukhara, desde donde, más
tarde, haría irrupción en Asia Menor y la colonizaría. Estos turcos se
relacionan muy lejanamente con nuestro relato pero, de cualquier forma, también
caben, pues, parece ser, que la gran dinastía seldjukida estuvo íntimamente
relacionada con los kázaros. Esta relación nos ha sido revelada por Bar
Hebraeus (1226-1286), gran erudito sirio, de origen judío como su nombre
indica, pero convertido al cristianismo y consagrado obispo a la edad de veinte
años.
Bar
Hebraeus nos informa de que el padre de Seldjuk, Tukak, fue un jefe del
ejército kázaro y, tras su muerte, el propio Seldjuk, fundador de la dinastía,
fue ascendido a la corte del kagan. No llegó a ser más que un muchacho
impetuoso, que se tomaba unas libertades con el kagan que llegaron a molestar a
la reina, la katoum; a raíz de lo cual, Seldjuk debió despedirse o fue
expulsado.[33]
Otra fuente
contemporánea, La historia de Alep, de Ibn al-Adim, nos presenta también al
padre de Seldjuk como «uno de los notables turcos kázaros»;[34] y un tercer
autor, Ibn Hassul,[35] cuenta que Seldjuk «golpeó con su espada al rey de los
kázaros, y le aporreó con una serie de armas que llevaba en la mano…».
Recordemos, por otra parte, la actitud tan equívoca que, en el relato de Ibn
Fadlan, tenían los ghuzz con respecto a los kázaros.
Así pues,
parece ser que existieron estrechos lazos entre los kázaros y los fundadores de
la dinastía seldjukida, y que esta unión fue seguida de una ruptura,
probablemente debida a la conversión de los seldjukidas, que se hicieron
musulmanes mientras el resto de las tribus ghuzz, entre las que figuraban los
kumanos, se mantenían paganas. Sin embargo, la influencia judeo-kázara
permanecería todavía durante algún tiempo, incluso después de la ruptura. Uno
de los cuatro hijos de Seldjuk se llamaba Israel, nombre puramente judío; el
nombre de su nieto era Daud (David). Dunlop, con su acostumbrada prudencia,
hace notar a este respecto:
…Podemos
pensar que estos nombres se debieran a la influencia religiosa de los
dirigentes kázaros sobre las principales familias de los ghuzz. Es muy posible
que la «casa de oración» de que nos habla Qaswini fuera una sinagoga.[36]
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A esto
podemos añadir que, según Artamonov, también se usaban nombres específicamente
judíos entre los otros ghuzz, los kumanos. Así, por ejemplo, los hijos del
príncipe Kobiak se llamaban Isaac y Daniel.
X
Cuando se
agotan los recursos del historiador, la leyenda y el folklore pueden aportar
también algunas indicaciones de utilidad.
La primera
Crónica rusa fue compuesta por monjes; por ello está saturada de discursos
religiosos y de extensas digresiones bíblicas. Pero, paralelamente a los
escritos eclesiásticos, el período kievano produjo también una literatura
profana. Las bilinas, epopeyas y cantos populares dedicados a las hazañas de
nobles guerreros y de héroes semilegendarios. El dicho de la batalla de Igor,
del que ya hemos hablado más arriba, que lamenta la derrota de su príncipe,
vencido por los kumanos, es uno de los más conocidos. Las bylinas fueron
transmitidas, durante mucho tiempo, por tradición oral: según Vernadsky,
«todavía a principios del siglo XX los campesinos las seguían cantando en
pueblos apartados del Norte de Rusia».[37]
He aquí un
curioso contraste con la Crónica: estas epopeyas nunca nombran a los kázaros ni
a su país; hablan tan sólo del «país de los judíos» (Zemlya Jidovskaya), cuyos
habitantes son los «héroes judíos» (Jidovin bogatir) que reinaban en la estepa
y combatían contra los príncipes rusos. Cuentan que uno de estos héroes era un
gigante que había llegado «desde la Zemlya Jidovskaya hasta la estepa de
Tsetsar, al pie del monte Sorotchine, y tan sólo la bravura del general de
Vladimir, Ilya Murometz, pudo salvar al ejército de Vladimir de los
judíos».[38] Se conocen varias versiones de esta misma leyenda, y la búsqueda
de Tsetsar y del monte Sorotchine ha proporcionado a los historiadores un
entretenimiento muy divertido. Sin embargo, como bien dice Poliak, «el aspecto
a tener en cuenta es que, a los ojos del pueblo ruso, la Kazaria vecina en su
período final[39] era, simplemente, “el país judío”, y su ejército, “un
ejército de judíos”». Esta imagen popular rusa difiere considerablemente de la
tendencia general de los cronistas árabes a poner de relieve la importancia de
los mercenarios musulmanes en el ejército kázaro, así como el número de
mezquitas (olvidando contar el número de sinagogas).
Las
leyendas que circularon en la Edad Media entre los judíos de Occidente muestran
un curioso paralelismo con las bylinas rusas. «La leyenda
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popular
judía no evoca un reino kázaro, sino un reino de judíos rojos», escribe
Poliak. Y
Baron añade:
Los judíos
de los demás países se vanagloriaron de la existencia de un Estado judío
independiente. La imaginación popular encontró allí un campo particularmente
fértil. Las epopeyas eslavas, además de estar influenciadas por la Biblia,
hablan de «judíos» más que de kázaros, de la misma manera que los judíos de
Occidente han inventado durante mucho tiempo cuentos novelescos en torno a
estos «judíos rojos», posiblemente llamados así a causa de la ligera
pigmentación mongol de numerosos kázaros.[40]
XI
Otro
fragmento del folklore semilegendario-semihistórico en relación con los kázaros
habría de sobrevivir hasta los tiempos modernos, y llegar a apasionar al
escritor-hombre de Estado Benjamín Disraeli, que lo encontró tan interesante
que lo utilizó como tema para una novela histórica, publicada en Londres en
1833 y titulada El maravilloso cuento de Alroy.
En el siglo
XII apareció un movimiento mesiánico, rudimentario intento de cruzada judía,
que pretendía conquistar Palestina por las armas. El promotor de este
movimiento fue un kázaro judío, Salomón Ben Dují (o Ruhi o Roy), que contaba
con la ayuda de su hijo Menahem y de un escriba palestino. «Escribieron cartas
a todos los judíos, próximos y lejanos, de todos los países de alrededor…
Decían que había llegado la hora en que Dios reuniría a Israel, su pueblo, para
conducirlo a Jerusalén, la ciudad santa, desde todos los lugares, y que Salomón
Ben Dují era Eliseo, y su hijo el Mesías».[41]
Si duda
estas llamadas, dirigidas al parecer a las comunidades judías del
Medio-Oriente, tuvieron un escaso efecto, pues el capítulo siguiente tuvo lugar
veinte años más tarde: el joven Menahem había tomado entonces el nombre de
David al-Roy y el título de Mesías. Aunque el movimiento había nacido en
Kazaria, su centro ya se había desplazado: había pasado al Kurdistán. Allí fue
donde David pondría en pie fuerzas bastante considerables —judíos del lugar,
posiblemente reforzados por kázaros—, y logró apoderarse de la estratégica
fortaleza de Amadie, al nordeste de Mosul. Probablemente esperaría conducir a
sus tropas desde allí a Edessa y, a través de Siria, abrirse camino hasta
Tierra Santa.
Aunque
actualmente no nos lo parezca, la empresa debió ser poco menos que quijotesca,
dadas las constantes rivalidades entre los ejércitos musulmanes y la
desintegración que debía soportar en aquella época el sistema de ocupación de
las cruzadas. Pero, por otra parte, también es posible
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que muchos
jefes musulmanes acogieran con agrado la perspectiva de una cruzada judía
contra los cristianos.
David
levantó realmente fervientes esperanzas mesiánicas entre los judíos del Medio
Oriente. Uno de sus enviados llegó a Bagdad, e indudablemente demostró un
exceso de celo, pues exhortó a los judíos a instalarse en las terrazas de sus
casas, determinada noche, para esperar allí a que las nubes les llevaran hasta
el campo del Mesías. Gran número de judíos pasaron la noche bajo el cielo raso,
preparados para el vuelo milagroso (como en los trances de las sectas
mesiánicas de California del siglo XX).
Pero la
jerarquía rabínica de Bagdad, temiendo las represalias de las autoridades, se
mostró hostil al pseudo-Mesías, y le amenazó con una especie de excomunión.
Apenas nos sorprende que David al-Roy fuera asesinado, durante el sueño, según
se cuenta, por su suegro, a quien habrían sobornado sus enemigos.
Pero su
memoria se veneró; veinte años más tarde, cuando Benjamín de Tudela visitó
Persia, «todavía los judíos hablaban con emoción de su jefe». Su culto no se
detendría ahí. Hay una teoría que defiende que la estrella de David que adorna
la bandera israelita se convirtió en símbolo nacionalista en la época de la
cruzada de al-Roy. «Desde entonces la estrella tendría seis brazos y, aunque
anteriormente hubiera sido tan sólo un motivo decorativo o un emblema mágico
principalmente, comenzaría a ser usado como símbolo nacional y religioso del
judaísmo», escribe Baron. Después de haber sido utilizada, durante mucho
tiempo, de una forma indiferente junto al pentagrama o «sello de Salomón»,
comienza a atribuirse a David en escritos alemanes morales y místicos a partir
del siglo XIII, y en el año 1527, figuró en Praga en la bandera judía»[42].
A decir
verdad, Baron, con mayor prudencia, nos hace notar también, a propósito de este
pasaje, que, para establecer la relación entre al-Roy y la estrella de David
harían falta «investigaciones mejor fundamentadas». Pero, sea como fuere,
podemos estar plenamente de acuerdo con Baron cuando concluye en estos términos
su capítulo sobre Kazaria:
Durante el
medio milenio de su existencia, y por sus repercusiones en las comunidades de
la Europa del Este, esta importante experiencia de política nacional judía
ejerció, sin lugar a dudas, una influencia sobre la Historia judía cuyo alcance
no hemos podido contemplar aún.
PARTE II
LA HERENCIA
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Estas
cuatro ilustraciones han sido tomadas del Skylitzes Matritensis (edición
Sebastián Cirac). Representan hechos de armas entre tropas bizantinas, búlgaras
y rusas durante los siglos del máximo esplendor del Imperio kázaro, que
permiten hacerse una idea de cómo fueron las batallas que sostuvieron los
kázaros con dichos pueblos.
ÉXODO
I
Los
testimonios citados en las páginas anteriores indican que, contrariamente a la
opinión admitida por los historiadores del siglo pasado, los kázaros, después
de la derrota que les infligieron los rusos en el año 965, perdieron su
Imperio, pero siguieron conservando, aunque en un territorio más reducido, su
independencia y su fe judaica en pleno siglo XIII. Parece que incluso
recobraron sus costumbres de antaño de nomadismo y de pillaje:
En general,
el reino kázaro se mantuvo, aunque con dimensiones más reducidas. Se defendió
más o menos eficazmente contra todos sus enemigos hasta mediados del siglo
XIII, época en la que fue víctima de la gran invasión mongol desencadenada por
Genghis Khan. Incluso entonces, resistió obstinadamente hasta la rendición de
todos sus vecinos. Su población fue absorbida en gran parte por la Horda de
Oro, que estableció el centro de su imperio en territorio kázaro (Sakson, véase
capítulo 4, VII). Pero tanto antes como después de la tragedia mongol, los
kázaros se habían ido ramificando por numerosos territorios eslavos no
sometidos, lo que posiblemente contribuyera a la construcción de los grandes
centros judíos de la Europa oriental.[1]
Aquí puede
encontrarse la cuna de la mayor parte de los judíos de hoy en día, es decir, de
la mayoría numérica y dominante en el terreno cultural.
Efectivamente,
las ramificaciones de que habla Baron se habían extendido mucho antes de la
destrucción del Estado kázaro por los mongoles —de la misma manera que los
hebreos comenzaron la Diáspora mucho antes de la destrucción de Jerusalén—.
Étnicamente, las tribus semitas de las orillas del Jordán y las tribus
turco-kázaras del Volga estaban separadas por todo un mundo, aunque podemos
encontrar, por lo menos, dos elementos constitutivos en común. Tanto la una
como la otra se asentaron en el punto de cruce de grandes rutas comerciales,
que unían el norte con el sur y el este con el oeste, circunstancia ésta que
les predispuso a convertirse en mercaderes, viajeros y emprendedores, o, como
dice sin la menor ternura la propaganda soviética, en «cosmopolitas desarraigados».
Pero, al mismo tiempo, su religión les impulsaba a encerrarse en sí mismos, a
incomunicarse, a establecer sus comunidades particulares, con sus propios
lugares de culto, sus propias
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escuelas,
sus propios barrios: en una palabra, sus ghettos (voluntarios en un principio),
en todas las ciudades y en todos los países en que se instalaban. Esta extraña
combinación de espíritu de aventura y espíritu de ghetto, reforzada por
creencias mesiánicas y por una mentalidad de pueblo elegido, caracteriza, tanto
a los kázaros de la Edad Media como a los antiguos israelitas (a pesar de que
los primeros hicieran remontar sus orígenes a Jafet y no a Sem).
II
Un buen
ejemplo de todo esto lo encontramos en lo que podríamos llamar la diáspora
kázara en Hungría. Recordemos que, mucho antes de la destrucción de su Estado,
varias tribus kázaras conocidas con el nombre de kábaros se unieron a los
magiares y emigraron a la actual Hungría. En otra ocasión, en el siglo X, el
duque Taksony invitó a una segunda oleada de inmigrantes kázaros a instalarse
en sus dominios (véase capítulo 3, IX). Dos siglos más tarde, el cronista
bizantino Juan Cinname nos habla de unos soldados de religión judía que
combatían con el ejército húngaro en Dalmacia en el año 1154.[2] Es posible que
hubieran en Hungría «auténticos judíos» desde la época de los romanos, aunque
no es seguro, pero, de lo que no podemos dudar es de que la mayoría de esta
importante parte de la población judía moderna tuvo su origen en las
migraciones kábaras o kázaras, que representaron un papel primordial en la
génesis de la historia húngara. Este país no solamente fue bilingüe desde el
principio, como sabemos gracias a Constantino, sino que, además, tenía una
especie de doble realeza, variante del sistema kázaro: el rey compartía el
poder con el general en jefe, que llevaba el título de Jula o Gyula (que
actualmente es un apellido húngaro corriente). Este sistema perduró hasta
finales del siglo X: al convertirse al catolicismo el rey Esteban (san
Esteban), sofocó la rebelión de un Gyula a quien se consideraba «vacío de fe y
negándose a convertirse al cristianismo».
[3]
Este
episodio puso fin a la doble realeza, pero no a la influencia que en Hungría
tenía la comunidad judeo-kázara. Prueba de ello es la Bula de Oro (equivalente
húngaro de la Carta Magna), promulgada en 1222 por el rey Andrés (Endre) II,
mediante la cual se prohibía a los judíos ser depositarios de dinero,
recaudadores de impuestos o controladores del monopolio real de la sal, de lo
que podemos deducir que muchos judíos habían desempeñado en aquella época estas
importantes funciones. Pero, además, ocuparon posiciones
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mucho más
altas. Bajo el reinado de Andrés, el guardián de las rentas de la Cámara Real
era el conde chambelán Teka, judío de origen kázaro, rico terrateniente y,
según parece, diplomático y financiero de talento. Su firma aparece al pie de
diversos tratados de paz y de acuerdos financieros como, por ejemplo, en el que
se garantizaba al rey de Hungría el pago de dos mil marcos que le adeudaba el
soberano de Austria, Leopoldo II. No podemos evitar acordarnos del análogo
papel que había representado el judío español Hasdai Ibn Shaprut en la corte
del califa de Córdoba, y, si a ello unimos la semejanza que existe entre la
diáspora palestina hacia Occidente y la diáspora kázara en la Europa del Este,
veremos que la analogía se nos presenta quizá menos lejana de lo que podríamos
haber creído en un primer momento.
También
merece la pena anotar aquí que cuando el rey Andrés se vio obligado por la
nobleza sublevada a otorgar, en contra de su deseo, la Bula de Oro, siguió
manteniendo a Teka en sus funciones, a pesar de las expresas estipulaciones de
la Bula. El chambelán real conservó tranquilamente su puesto durante once años
más, hasta que las presiones de Roma le obligaron a dimitir y retirarse a
Austria, donde fue acogido con los brazos abiertos. Sin embargo, el hijo de
Andrés, el rey Bela IX, consiguió el permiso del papa para volver a llamarlo.
Teka volvió con mucho gusto, y murió durante la invasión mongol.[4]
III
Está
relativamente bien probado que es de origen kázaro el elemento dominante (desde
el punto de vista numérico y social) de la población judía de la Hungría de la
Edad Media. Podríamos pensar que Hungría constituye un caso particular, dadas
las antiguas relaciones magiar-kázaras. En efecto, la penetración kázara no era
más que una parte de una migración masiva llegada de las estepas eurasianas con
dirección oeste, es decir, con dirección a la Europa oriental y central. Los
kázaros no fueron los únicos que se vieron obligados a refugiarse en Hungría.
También gran número de aquellos petchenegos que persiguieron a los magiares
desde el Don hasta los Cárpatos tuvieron que pedir asilo en territorio húngaro
cuando, a su vez, fueron perseguidos por los kumanos; y estos últimos también
corrieron la misma suerte cien años más tarde cuando, huyendo de los mongoles,
fueron acogidos por el rey Bela cuarenta mil de ellos «con sus esclavos».[5]
En épocas
relativamente pacíficas, este avance general de poblaciones hacia el oeste no
era más que un desplazamiento; en otros tiempos, puede
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calificarse
de un tropel; pero, las consecuencias de la invasión mongol nos obligan a
hablar, siguiendo este tipo de metáforas, de un terremoto, más que de una
avalancha. Los guerreros del jefe Tedjumin, dice Genghis Khan, Señor de la
Tierra, arrasaban ciudades enteras para que las poblaciones siguientes no
soñaran siquiera con resistirse, avanzaban protegidos por hilas de prisioneros
que les servían como escudos vivientes, destruyendo a su paso todo el sistema
de irrigación de la cuenca del Volga, donde los kázaros tenían sus campos y sus
arrozales, convirtiendo poco a poco estas fértiles estepas en «campos salvajes»
(dikoyeh pole), como se debía decir en ruso, «extensas zonas sin labradores ni
pastores, por donde no pasan más que caballeros mercenarios al servicio de
tales o cuales señores rivales, o personas que trataban de escapar de
ellos».[6]
La peste
negra de los años 1347 y 1348 aceleró la despoblación del antiguo país kázaro,
entre el Cáucaso, el Don y el Volga, donde el cultivo de las estepas había
alcanzado su más alto nivel y, donde, por contraste, la recaída en la barbarie
fue aún más radical, en comparación con el resto de las poblaciones vecinas.
Según Baron, «la eliminación o dispersión de los judíos, trabajadores
industriales, agricultores, artesanos o comerciantes, dejó un vacío en estas
regiones que no comenzaría a llenarse hasta en época muy reciente».
[7]
Kazaria fue
destruida, y también el país de los búlgaros del Volga, así como las últimas
ciudadelas caucasianas de los alanos y kumanos, y los principados de la Rusia
meridional, incluyendo a Kiev. Mientras duró la desintegración de la Horda de
Oro, a partir del siglo XIV, siguió imperando la anarquía, aún más si cabe. «La
emigración fue el único recurso de las poblaciones que quisieron salvar sus
vidas y sus medios de subsistencia en la mayoría de las estepas europeas»[8].
En consecuencia, el movimiento hacia pastos más seguros fue un largo proceso
intermitente que, según parece, duró desde el siglo XIII al XVI. Dentro de este
esquema también podemos incluir el éxodo de los kázaros.
Fue
precedido, como ya hemos dicho más arriba, por la fundación de establecimientos
y colonias en distintos puntos de Ucrania y de Rusia meridional. Hubo una
floreciente comunidad judía en Kiev desde mucho antes y hasta mucho después de
que los rusos tomaran la ciudad. Hubieron allí comunidades parecidas a las de
Perislavel y Chernigov. Cierto rabino llamado Moshe, de Kiev, estudiaba en
Francia hacia el año 1160, y otro, llamado Abraham de Chernigov, en el año 1181
estudiaba en la escuela talmúdica de Londres. El dicho de la batalla de Igor
habla de un famoso
Página 119
poeta ruso
llamado Kogan —que, posiblemente, sea contracción de las palabras Cohen
(sacerdote) y Kagan.[9] Algún tiempo después de la destrucción de Sarkel, a la
que los rusos denominaban Biela Vieja, los kázaros construyeron otra ciudad
cerca de Chernigov, a la que bautizaron con el mismo nombre.[10]
En Ucrania
y Polonia existen muchos lugares que provienen de las palabras Khazar y Jid
(judío): Jydowo, Kozarsewek, Kozara, Kozarzow, Jidowska Vola, Zydatcze, etc.
Puede que hayan designado a los pueblos o simples campamentos que las
comunidades judeo-kázaras fueron estableciendo a través de su largo camino
hacia el oeste.[11] También en los Cárpatos y en los montes Tatra, así como en
las provincias orientales de Austria, podemos encontrar nombres parecidos.
Incluso se cree que los antiguos cementerios judíos de Cracovia y Sandomierz,
llamados los dos Kaviory, son de origen kázaro.
Aunque el
núcleo del éxodo se dirigió hacia el oeste, algunos grupos se quedaron por el
camino o permanecieron en su lugar de origen, principalmente en Crimea y en el
Cáucaso, donde formaron enclaves judíos que debieron subsistir hasta los
tiempos modernos. Se sabe que en la antigua plaza fuerte de Tamatarkha (Tamán),
en el estrecho de Kertch, frente a Crimea, reinaron príncipes judíos en el
siglo XV bajo la tutela de la república de Génova, y más tarde de los tártaros
de Crimea. El último de estos príncipes, Zacarías, llevó a cabo negociaciones
con el príncipe de Moscovia, quien más tarde le invitó a que fuera a Rusia a
bautizarse, ofreciéndole a cambio los privilegios de la nobleza ruza. Zacarías
rehusó, pero Poliak supone que no debió ocurrir lo mismo en todos los casos, y
que «la elevación a altas funciones del Estado moscovita a los elementos
judeo-kázaros pudo ser uno de los factores que provocaran la aparición de la
“herejía judía” (Jidovstbuyuchttchik) entre el clero y la nobleza rusos, en el
siglo XVI, y la de la secta de los “sabbatistas” (subbontniki), aún más
extendida entre los cosacos y los campesinos».[12]
Podemos
encontrar otro vestigio de la nación kázara entre los judíos del nordeste del
Cáucaso, quienes, según parece, permanecieron en su hábitat de origen mientras
el resto emigraba. Se cree que son unos ocho mil aproximadamente, y viven en
vecindad con otras reliquias de tribus antiguas: los kiptchaks y los oghuzz. Se
les designa por el nombre de Dagh Tchufuty, lo cual viene a significar Judíos
de la Montaña, en la lengua tat que adquirieron de otra tribu caucasiana; pero
apenas sabemos nada más sobre este tema.[13]
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Han
sobrevivido otros enclaves kázaros en Crimea y también, sin duda, en otras
regiones que antiguamente pertenecieran a su imperio. Pero no constituyen más
que curiosidades históricas que provienen de la gran corriente de emigración
kázara por las tierras lituano-polacas —además de proporcionar unos formidables
problemas a historiadores y antropólogos.
IV
El este de
la Europa central, donde los emigrados de Kazaria encontraron una nueva patria
y una aparente seguridad, sólo comenzaría a adquirir alguna relevancia política
hacia el final del milenio.
Hacia el
año 962, varias tribus eslavas formaron una alianza bajo la hegemonía de la más
fuerte, la de los polanos, que sería el núcleo del Estado polaco. El nacimiento
de esta nación fue contemporáneo al declive de los kázaros (Sarkel fue
destruida en el 965). Debemos destacar aquí que los judíos desempeñaron un
importante papel en una de las más antiguas leyendas polacas: en ella se cuenta
que, cuando las tribus aliadas decidieron elegir a un rey, designaron para ese
puesto a un judío llamado Abraham Prochownik.[14] ¿Se trataba de un rico y
sabio comerciante kázaro al que los rústicos eslavos juzgaron con capacidad
suficiente? ¿Se trataba tan sólo de un personaje legendario? En cualquier caso,
la historia indica que los judíos de este tipo eran tenidos en una gran estima.
Añadamos que, con una desacostumbrada modestia, Abraham renunció a la corona en
favor de Piast que, en efecto, fue el fundador de la dinastía que reinó en
Polonia desde el año 962 hasta el 1370.
Existiera
Abraham Prochownik o no, el caso es que todo parece indicar que los inmigrantes
judíos de Kazaria solían ser muy bien recibidos por la contribución que podían
aportar a la economía y a la administración del país. Tanto los polacos bajo
Piast, como sus vecinos bálticos, los lituanos,[15] iban reduciendo sus
fronteras con gran rapidez: ambos tenían una necesidad grande de inmigrantes
para colonizar sus territorios y crear una población urbana. Favorecieron en
primer lugar la inmigración germánica (campesinos, burgueses y artesanos) y,
más tarde, la de los pueblos establecidos en los territorios ocupados por la
Horda de Oro[16] —entre ellos los armenios, los eslavos del sur y los kázaros.
Por otra
parte, debemos decir que muchas veces estas migraciones no eran totalmente
voluntarias. Dentro de ellas tenemos que incluir a un buen número de
prisioneros de guerra, como, por ejemplo, los tártaros de Crimea, a quienes se
obligó a cultivar los dominios de los señores lituanos y polacos situados en
Página 121
las
provincias meridionales conquistadas. (A finales del siglo XIV el principado de
Lituania se extendía desde el Báltico hasta el mar Negro). Sin embargo, en el
siglo XV, estos señores trasladarían a sus campesinos hacia el interior, cuando
los turcos otomanos, vencedores de Bizancio, avanzaron hacia el norte.[17]
Entre estas
poblaciones que se desplazaron a la fuerza encontramos también gran número de
karaítas, secta judía primitivista que rechazaba la enseñanza rabínica. Según
una tradición que se ha conservado entre los karaítas de los tiempos modernos,
sus antepasados fueron conducidos a Polonia por el gran príncipe guerrero
Vytautas (Vitold) de Lituania a finales del siglo XIV, y provenían de Sulkhat,
en Crimea.[18] Para apoyar esta tradición suele contarse que, en el año 1388,
Vitold concedió una carta a los judíos de Troki, y que el viajero francés de
Lanoi vio en esa localidad a gran número de judíos, los cuales hablaban en su
idioma que no era ni el de los alemanes ni el de los indígenas.[19]
Evidentemente era, y lo sigue siendo, un dialecto turco, el que actualmente se
encuentra más próximo a la lingua cumanica que se hablaba en los antiguos
territorios kázaros de la época de la Horda de Oro. Según Zajaczkowski,[20]
este dialecto todavía se usa, sobre todo para las oraciones, en las comunidades
karaítas de Troki, Vilno, Penyeivez, Lutzk y Halitch. Los karaítas afirman que
antes de la Gran Peste de 1710 tenían en Polonia y Lituania entre treinta y dos
y treinta y siete comunidades.
Llamaban a
su dialecto la «lengua de kedar», y Reb Petachia, en el siglo XII, denominaba a
su hábitat, al norte del mar Negro, «tierra de Kedar» y, a propósito de ella,
escribía sobre circunstancias que cuadraban muy bien con su sectarismo (pasar
el sabbat en la oscuridad, ignorancia de las doctrinas rabínicas). Y, además,
el eminente turcólogo Zajaczkowski considera a los karaítas como los más puros
representantes de los antiguos kázaros desde el punto de vista lingüístico.[21]
Más adelante volveremos a hablar sobre las razones que podrían explicar cómo
esta secta conservó su lengua durante casi quinientos años, mientras la inmensa
mayoría de los judíos kázaros la abandonaban para adoptar una lingua franca, el
yiddish.
V
El reino
polaco, al adoptar el catolicismo, adquirió una orientación netamente
occidental desde el principio. Sin embargo, si lo comparamos con sus vecinos
del Oeste, era, desde el punto de vista económico y cultural, un
Página 122
país
subdesarrollado. Por esta razón, su política consistía en atraer inmigrantes
—alemanes del Oeste, armenios y judíos kázaros del Este— y favorecer al máximo
sus iniciativas, como lo demuestran las cartas reales que especificaban sus
deberes y sus privilegios.
En la carta
otorgada en el año 1264 por Boleslao el Piadoso, y ratificada por Casimiro el
Grande en 1334, se concedía a los judíos el derecho a tener sus propias
sinagogas, sus escuelas y sus tribunales, a poseer tierras y dedicarse al
comercio o a las ocupaciones que ellos mismos eligieran. Bajo el reinado de
Esteban Bathory (1575-1586), los judíos tuvieron derecho a un parlamento propio
—que celebraba sus sesiones dos veces al año— y a poder percibir impuestos de
entre sus correligionarios. Tras la destrucción de su país, los judíos
comenzaban un nuevo capítulo de su historia.
Podemos
encontrar un impresionante ejemplo de su privilegiada situación en un breve
pontificio, probablemente promulgado por el papa Clemente IV en la segunda
mitad del siglo XIII, dirigido a un príncipe polaco desconocido. En este
documento, el papa hacía saber que las autoridades romanas estaban bien
enteradas de la existencia de un considerable número de sinagogas en muchas
ciudades polacas; tan sólo podía encontrarse una ciudad en la que se contaran
menos de cinco.[22] Asimismo deploraba que estas sinagogas fueran más altas que
las iglesias, más majestuosas, mejor ornamentadas y cubiertas con un techado de
plomo pintado de distintos colores, haciendo así parecer a las iglesias de la
vecindad mucho más pobres en comparación con ellas. (Recordemos cómo Masudi
contaba alegremente que la Gran Mezquita era el edificio más elevado de Itil).
Por otra parte, estas quejas se ven confirmadas por una decisión de un legado
pontificio, el cardenal Guido, quien en el año 1267, estipuló que no debía
autorizarse más que una sinagoga por ciudad.
De estos
documentos (aproximadamente contemporáneos a la conquista de Kazaria por los
mongoles), deducimos que tenía que haber en aquella época un número
considerable de kázaros en Polonia para que tantas ciudades tuvieran más de una
sinagoga —y, además, que debían ser suficientemente ricos para poderlas
construir tan majestuosas y ornamentadas. Esto nos lleva a interrogarnos sobre
la composición y la amplitud aproximada de la inmigración kázara en Polonia.
Por lo que
a cifras se refiere, no disponemos de documentos. Pero recordemos que los
cronistas árabes hablan de ejércitos kázaros de trescientos mil hombres
(capítulo 1, V); aun reconociendo que se trata de una enorme exageración,
podemos estimar que la población total fue de, los menos, unas quinientas mil
almas. Ibn Fadlan calcula en cincuenta mil en número de
Página 123
tiendas de
campaña de los búlgaros del Volga, lo que equivaldría a una población de
trescientos a cuatrocientos mil habitantes, es decir, del mismo orden,
aproximadamente, que la de los kázaros. Por otra parte, los historiadores
modernos calculan también en quinientos mil (5 % de la población total) el
número de judíos en el reino polaco-lituano en el siglo XVII.[23] Estas cifras
concuerdan bastante bien con lo que sabemos sobre la migración hacia Polonia, a
través de Ucrania, que se desarrolló a ritmo lento a partir de la destrucción
de Sarkel y la llegada de los Piast, hacia finales del primer milenio, más
rápida en la época de la conquista mongol, y prácticamente acabada en los
siglos XV y XVI —la estepa quedó entonces deshabitada y los kázaros, según parece,
desaparecieron de la faz de la tierra —.[24] En resumen, esta transferencia de
población se realizó en pequeños grupos o colonias durante cinco o seis siglos.
Si tenemos en cuenta la considerable aportación de judíos refugiados de
Bizancio y de los países musulmanes, y un ligero crecimiento demográfico de los
propios kázaros, parece verosímil que las cifras establecidas para la población
kázara en su apogeo (en el siglo VIII) sean comparables a las que se indican
para los judíos de Polonia en el siglo XVII, o, por lo menos, del mismo orden,
reservándonos un margen de error de algunos cientos de miles en más o en menos.
Ya puede
imaginarse la ironía de estas cifras. Según la Jewish Encyclopaedia, artículo
«Estadísticas», el total de la población judía mundial en el siglo XVI era de
un millón aproximadamente. Esto parece indicar, como Poliak, Kutschera[25] y
tantos otros autores han puesto de manifiesto, que, en la Edad Media, la
mayoría de las personas que profesaban la religión israelita eran kázaros. Gran
parte de esta mayoría emigró a Polonia, a Lituania, a Hungría y a los Balcanes,
donde se formó la comunidad judía oriental que, llegado el momento, se
convertiría en la mayoría dominante de la población judía del mundo. Aunque el
elemento original de esta comunidad se diluyera al poco tiempo y se viera
aumentado por inmigrantes de otras regiones (véase más adelante), su raíz
turco-kázara parece estar bastante bien comprobada; por lo menos, es una teoría
que merece la pena examinar.
Más
adelante examinaremos otras razones que nos inducen a atribuir, en primer
lugar, al elemento kázaro (antes que a los emigrantes del Oeste) el papel
fundamental en el crecimiento y desarrollo de la comunidad judía de Polonia y
del resto de la Europa oriental. Pero, indudablemente, lo más apropiado es
citar aquí al historiador judío polaco Adam Vetulani:
Todos los
historiadores polacos admiten que estos tres antiguos establecimientos fueron
fundados por emigrantes judíos del Estado kázaro y de Rusia, y que los judíos
de la Europa
Página 124
meridional
y occidental no comenzaron a instalarse sino mucho tiempo después… Al menos,
cierta proporción de la población judía (el núcleo principal en una época más
antigua) provenía del Este, del país de los kázaros, y, más tarde, de la Rusia
kievana.[26]
VI
Esto es
todo en cuanto a cifras. Pero ¿qué sabemos sobre la estructura social o sobre
la composición de la inmigración kázara?
En primer
lugar, se tiene la impresión de que, en esta lejana época, existió una
sorprendente similitud entre las privilegiadas posiciones que ocuparon los
judíos kázaros, en Hungría por un lado, y en Polonia por otro. Tanto las
fuentes polacas como las húngaras presentan a los judíos con ocupaciones tales
como tenedores de dinero, administradores de los diezmos reales, controladores
de la gabela, encargados de la contribución y «prestadores de dinero», es
decir, banqueros. Este paralelismo podría indicar que las dos inmigraciones
tuvieron un origen común y, como puede vincularse la filiación de la mayoría de
los judíos húngaros al complejo magiar-kázaro, la conclusión parece evidente.
Antiguos
documentos muestran el papel desempeñado por los inmigrantes judíos en la joven
economía de los dos países. Y era un papel muy importante: no debemos
extrañarnos por ello, ya que el comercio exterior y la percepción de derechos
de aduana fueron en el pasado las principales fuentes de ingresos de los
kázaros. Poseían ya la experiencia que a sus nuevos anfitriones les faltaba;
era lógico, pues, que se les invitara a mezclarse en los asuntos financieros de
la corte y de la nobleza, ya fuera como consejeros o como compañeros. Las
monedas acuñadas en los siglos XII y XIII, que llevan inscripciones polacas con
caracteres hebreos (véase capítulo 2, I), constituyen unas reliquias bastante
desconcertantes de estas actividades. Para qué se utilizaban exactamente es
algo que todavía permanece entre tinieblas. Algunas llevan grabado el nombre de
un rey (Leszek, o Mieszko, por ejemplo), otras llevan inscripciones del estilo
de «De la casa de Abraham ben José, el Príncipe» (podría tratarse del propio
tenedor de dinero-banquero), o, simplemente, una palabra de buen augurio:
«Suerte» o «Bendición». Es digno de tener en cuenta que, en Hungría, las
fuentes contemporáneas señalan también que la moneda se acuñaba con dinero de
los propietarios judíos.[27]
Sin
embargo, a diferencia de Europa occidental, el comercio y las finanzas no eran,
ni mucho menos, el único terreno de las actividades judías. Ricos emigrantes se
convirtieron en Polonia en grandes terratenientes, como en Hungría el conde
Teka; habían dominios judíos que comprendían pueblos
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enteros de
agricultores, como, por ejemplo, en las cercanías de Wroclaw antes del año
1203.[28] En un principio debieron de instalarse allí un considerable número de
campesinos kázaros, como parecen indicar los antiguos nombres geográficos.
Podemos
entrever oscuramente la forma en que se fundaron algunos de estos pueblos
estudiando los documentos karaítas de que hemos hablado más arriba. En ellos se
cuenta cómo el príncipe Vitold instaló a un grupo de cautivos karaítas en
Krasna, procurándoles casas, huertos y tierras que llegaban a alcanzar
extensiones de hasta tres kilómetros. (Se cree poder reconocer a esta Krasna en
el pueblecito judío de Krasnoia, en Podolia)[29].
Pero la
agricultura no presentaba mucho porvenir para la comunidad judía. Y ello por
muchas razones. El desarrollo del feudalismo en el siglo XIV transformó,
paulatinamente, a los campesinos de Polonia en siervos atados a sus pueblos y
privados de toda libertad de movimiento. Al mismo tiempo, y bajo la presión de
la Iglesia y de los propietarios feudales, el parlamento, en el año 1496,
prohibió a los judíos la adquisición de terrenos agrícolas. Sin embargo, el
proceso de enajenación de la tierra y de la cultura debió de haber comenzado
mucho antes. Aparte de estas causas específicas (discriminación religiosa,
degradación de la condición campesina), la evolución de los kázaros, al pasar
de una población eminentemente agrícola a una comunidad fundamentalmente
urbana, reflejaba un fenómeno corriente en la historia de las migraciones.
Enfrentados a un nuevo clima y a estructuras agrícolas diferentes, por una
parte, y, por la otra, a las ocasiones inesperadas que la civilización urbana
ofrece de llevar una vida más fácil, los inmigrantes son capaces de cambiar en
pocas generaciones su estructura socio-profesional. En América, descendientes
de campesinos de los Abruzos tienen restaurantes, y los nietos de un granjero
polaco pueden ser ingenieros o psicoanalistas.[30]
Sin
embargo, la transformación de judíos kázaros en polacos no supuso ni una
ruptura brutal con el pasado ni pérdida de identidad alguna. Fue un cambio
gradual y orgánico (Poliak lo ha demostrado de manera convincente), que supo
conservar en el nuevo país algunas de las preciosas tradiciones de la vida
comunitaria kázara. Y esto fue posible gracias principalmente a una estructura
social y a un modo de vida que no se vuelve a encontrar en ningún otro sitio de
la Diáspora: el pueblecito judío, ayarah en hebreo, shtetl en yiddish,
miastecko en polaco. Estos tres nombres son diminutivos, lo que no quiere decir
que se refiera necesariamente a la pequeñez de estos poblados (los hubo
bastante grandes), sino, más bien, a la escasez de sus derechos de autonomía
municipal.
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Conviene no
confundir el shtetl con el ghetto. Este último era una calle o un barrio
pertenecientes a una ciudad y reservados a los judíos. Desde la segunda mitad
del siglo XVI, fue el hábitat de los judíos en toda la cristiandad y en la
mayor parte de los países del islam. El ghetto, rodeado de murallas con puertas
que se cerraban por la noche, producía claustrofobia y consanguinidad mental,
pero proporcionaba también un sentimiento de relativa seguridad en períodos de
revueltas. Como no podían ensancharse, las casas se elevaban tanto como fuera
posible sobre pequeñísimas parcelas, y, a una densidad de población siempre
excesiva acompañaba una situación sanitaria deplorable. Viviendo en semejantes
condiciones, sus habitantes necesitaban mucha fuerza espiritual para seguir
manteniendo su dignidad. No siempre lograban hacerlo.
En cambio,
el shtetl, forma particular de establecimiento de Polonia y Lituania, era todo
lo contrario; se trataba de un pueblecito rústico, auténtica comunidad, cuya
población era entera o principalmente judía. Los orígenes del shtetl se
remontan, probablemente, al siglo XIII: podemos encontrar en él al eslabón
perdido, por decirlo de alguna manera, entre las ciudades-mercado de Kazaria y
las aldeas judías de Polonia.
La función
económica y social de estas aglomeraciones medio rurales-medio urbanas debió de
ser parecida en ambos países. Tanto en Kazaria como más tarde en Polonia, se
encargaron de establecer una red de sucursales y mercados que aseguraban el
intercambio entre el campo y las grandes ciudades. Organizaban ferias con
regularidad, en las que se vendían o cambiaban cabezas de ganado mayor o menor,
así como bienes manufacturados de la ciudad y productos de la industria del
lugar; también proporcionaban locales para que los artesanos pudieran ejercer
allí sus oficios: carreteros, herreros, plateros, sastres, remendones,
molineros, panaderos, o fabricantes de velas. También podían encontrarse allí
escribientes públicos al servicio de los iletrados, sinagogas para los devotos,
albergues para viajeros, e incluso una heder (habitación, en hebreo) que servía
como escuela. También se veían por allí narradores y cantores populares (aún se
conservan algunos nombres de ellos, como el de Velvel Zbarzher),[31] que iban de
shtetl en shtetl por toda Polonia, como, sin duda, anteriormente irían por
Kazaria, a juzgar por la persistencia de los narradores entre los pueblos
orientales.
En Polonia,
algunos oficios se convirtieron en monopolio de los judíos o, al menos, en
especialidades suyas. Esto fue lo que ocurrió con el transporte, y también con
la madera de construcción, lo que nos recuerda la importancia
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que la
madera tenía en Kazaria, no sólo como material de construcción, sino también
como producto de exportación.
«La tupida
red de los shtetl permitió distribuir los bienes manufacturados por todo el
país, gracias a la excelente carreta que construyeron los judíos», escribe
Poliak.[32] La preponderancia de esta forma de transporte, sobre todo en el
Este del país, fue tan clara —desembocando virtualmente en un monopolio—, que
la palabra hebrea significativa de carretera, ba’al agalah,
se
incorporó a la lengua rusa bajo la forma de balagula. Sólo la llegada del
ferrocarril, en la segunda mitad del siglo XIX, provocaría el declive de esta
profesión».
Indudablemente,
en los ghettos de la judería de Occidente no habría sido posible desarrollar
esta industria carretera y de transporte; con toda seguridad, su origen parte
de Kazaria. La población de los ghettos era sedentaria, mientras que los
kázaros, como cualquier otro pueblo seminómada, utilizaban carros tirados por
caballos o por bueyes para transportar sus tiendas y sus ganados, incluyendo
las tiendas reales, tan grandes como circos, construidas para albergar a
centenares de personas. Seguramente tendrían los conocimientos suficientes como
para defenderse por aquellos caminos tan duros de su nuevo país.
Entre otros
oficios específicamente judíos, debemos citar también la hostelería, la técnica
de los molinos y el comercio de la piel; por supuesto, ninguno de estos oficios
encontraron sitio en los ghettos de la Europa occidental.
Ésta fue, a
grandes rasgos, la estructura del shtetl judío en Polonia. Algunas de sus
características pueden recordar a las antiguas ciudades de paso de cualquier
país; pero otras muestran una particular afinidad con lo que conocemos —por
poco que sea— de las aldeas de Kazaria, que probablemente fueron el prototipo
del shtetl polaco.
A estos
rasgos específicos tendríamos que añadir el «estilo pagoda» de las sinagogas de
madera de los siglos XV y XVI, completamente distintas tanto de la arquitectura
local como de los modelos adoptados por los judíos de Occidente, y copiados más
tarde en los ghettos de Polonia. La decoración interior de estas antiguas
sinagogas del shtetl también es completamente diferente; los muros estaban
cubiertos de arabescos y figuras de animales, característicos de la influencia
persa, como lo atestiguan los objetos kázaro-magiares (véase capítulo 1, XI) y
el estilo decorativo introducido en Polonia por los inmigrantes armenios.[34]
Página 128
Del mismo
modo, la indumentaria tradicional de los judíos polacos muestra un origen
manifiestamente oriental. El largo caftán de seda pudo haber sido copiado tanto
del abrigo de los nobles polacos —este último, a su vez, habría sido copiado a
los mongoles de la Horda de Oro: la moda no tiene fronteras, pero se sabe que
los nómadas de las estepas llevaban el caftán mucho antes; el solideo
(yarmolka) cubre todavía el cráneo de los judíos ortodoxos— como de los
ouzbecks u otros pueblos turcos de la Unión Soviética. Encima del solideo, los
hombres se ponían el streimel, complicado sombrero ribeteado con piel de zorro,
que los kázaros habían recibido de los khasaks, o viceversa. Como ya se ha
visto, el comercio de pieles de zorro y cibelina, antiguamente floreciente en
Kazaria, constituía en Polonia uno de los monopolios judíos. En cuanto a las
mujeres, hasta mediados del sido XIX, han llevado un gran turbante blanco,
copia exacta del djauluk de las mujeres khasaks y turkmenas.[35] (Más tarde, en
lugar del turbante, las judías ortodoxas debían llevar una peluca confeccionada
con sus propios cabellos, que les habían sido cortados en el momento de
contraer matrimonio).
Dentro de
este contexto, podemos citar también (aunque no sin cierta vacilación) la
extraña pasión que los judíos polacos sienten por el pescado relleno (gefillte
Fisch), plato nacional que han adoptado también los no-judíos en Polonia. «Sin
pescado no hay “sabbat”», dice un proverbio. ¿No sería posible que evocara un
lejano recuerdo de la vida a orillas del Caspio, donde no había más alimento
que el pescado cotidiano?
A menudo la
literatura y el folklore judíos evocan con una gran nostalgia la vida en el
shtetl. De la misma manera, un moderno estudio sobre las costumbres de estas
poblaciones habla de las felices observaciones del «sabbat»:[36]
Se esté
donde se esté, se tratará de volver al país para celebrar el «sabbat» en
familia. El vendedor que va de pueblo en pueblo, el sastre ambulante, el
zapatero, el remendón, el comerciante en pleno viaje, todos se las arreglarán,
correrán y lucharán por llegar el viernes antes de la puesta del sol.
Se
apresuran, y ya el shammes recorre las calles del shtetl gritando: «¡Judíos, al
baño!». El shammes, funcionario de la sinagoga, es una especie de sacristán y
bedel al mismo tiempo. Habla con mayor autoridad de la que debía tener, pues,
cuando llama a los judíos al baño les está imponiendo una obligación.
Una
evocación aún más colorista de la vida en el shtetl es la amalgama surrealista
de fantasía y realidad de las pinturas y litografías de Marc Chagall, donde los
símbolos bíblicos conviven con el látigo del barbudo carretero, con el caftán y
la yarmolka de un rabino melancólico.
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Extraña
comunidad, como extraños fueron sus orígenes. Sin duda, parte de las primeras
poblaciones fueron fundadas por cautivos, como los karaítas de Troki, que los
nobles polacos y lituanos instalaban en sus desiertas tierras. Pero la mayor
parte fue el resultado de la migración general de las poblaciones expulsadas de
sus dominios, los cuales quedaban convertidos en «campos salvajes». «Tras la
conquista mongol», escribe Poliak, «cuando los pueblos eslavos partieron hacia
Occidente, los shtetls kázaros les acompañaron»[37]. Sin duda, los pioneros de
los nuevos establecimientos fueron ricos comerciantes kázaros que viajaban
constantemente por Polonia, atravesando las rutas comerciales más frecuentadas
que llevaban a Hungría. «La migración magiar y kábara en Hungría se abrió
camino entre los establecimientos kázaros que se desarrollaban en Polonia: hizo
de este país una zona de tránsito entre dos regiones llenas de comunidades
judías»[38]. Los comerciantes conocían bien las comarcas adonde se dirigían, y
tenían ocasión de ponerse en contacto con los terratenientes que buscaran
colonos. «El señor podía concluir un acuerdo con algún rico y respetable judío
(como nos recuerda Abraham Prokovnik) para que se instalara en sus dominios e
introdujera allí a otros colonos. Generalmente, debía elegir a personas
provenientes del mismo lugar en que él había vivido»[39]. Estos colonos
formaban un conjunto de agricultores y artesanos que constituían una comunidad
más o menos autárquica: de esta manera, el shtetl kázaro se trasladaba para
convertirse en el shtetl polaco. Paulatinamente, iría renunciando a la
agricultura. Cuando de ella no quede nada, es cuando comienza la nueva
situación.
El núcleo
de la comunidad judía moderna ha seguido la antigua receta: avanzar hacia
nuevos horizontes, pero ¡siempre cerrando filas y alabando al Señor!
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6
¿DE DÓNDE
VENÍAN?
I
Hay dos
hechos fundamentales que justifican esta investigación: la desaparición de la
nación kázara de su hábitat histórico y la simultánea aparición, en las
regiones vecinas del noroeste, de la mayor concentración de judíos que ha
existido desde la diáspora. Evidentemente, estos dos acontecimientos están
relacionados, y los historiadores concuerdan al afirmar que la inmigración
proveniente de Kazaria debió de contribuir al crecimiento de la comunidad judía
de Polonia —conclusión confirmada por los documentos citados en los capítulos
anteriores—. Pero en lo que no se está tan seguro de llegar a un acuerdo es en
lo que se refiere a esta contribución, a la dimensión de la inmigración kázara
y su relación con los judíos de Occidente, y a la proporción en que figuran en
la constitución genética de la población judía moderna.
Dicho de
otra manera: que los kázaros hayan emigrado en grandes cantidades a Polonia es
un hecho establecido que nadie pone en duda; la cuestión está en saber si su
aportación fue lo esencial del nuevo establecimiento, o si sólo aportaron los
condimentos, por decirlo de alguna manera. Para poder contestar a esta
pregunta, antes que nada debemos hacernos una idea sobre la magnitud de la
inmigración «rival», es decir, de la que llegó del Oeste.
II
Hacia
finales del primer milenio, las comunidades judías más importantes de la Europa
del Oeste se encontraban en Francia y en Renania.[1] Algunas probablemente
daten de la época romana, pues, entre la destrucción de Jerusalén y la caída
del Imperio Romano, hubo muchos judíos que se establecieron en varias ciudades
de este Imperio, a los que, más tarde, se unirían emigrados de Italia y África
del Norte. Desde el siglo XI, los
Página 131
documentos
no dejan de citar comunidades judías en toda Francia, desde Normandía hasta
Provenza.
Hubo un
grupo que cruzó la Mancha tras la estela de la invasión normanda; se trata de
aquellos judíos que Guillermo el Conquistador[2] llamó para que aportaran sus
capitales y espíritu de empresa. De esta forma nos resume Baron su historia:
En seguida
se transformaron en una especie de «usureros del rey», cuya principal función
consistía en procurar créditos para las aventuras económicas y políticas.
Después de haber acumulado grandes fortunas, gracias a un elevadísimo tipo de
interés, los prestamistas fueron obligados a devolverlas, por uno u otro
camino, al tesoro real. El permanente bienestar de numerosas familias judías,
el esplendor de sus residencias y de su tren de vida, y su influencia en los
asuntos públicos, impidieron, incluso a los más experimentados observadores,
prever graves peligros que se cernían, a causa del creciente resentimiento de
los deudores de todo tipo, y del hecho de que los judíos dependieran por
completo de la protección de los reyes, sus anfitriones… Entre un clamor de
descontento, que provocó los violentos estallidos de los años 1189-1190, se
podía presagiar la tragedia final: la expulsión de 1290. El meteórico éxito, y
el declive aún más rápido de la judería inglesa en dos siglos y medio
(1066-1290), pone de manifiesto con suma claridad los factores fundamentales
del destino de todas las comunidades judías de Occidente en la primera y
crucial mitad del segundo milenio.[3]
El ejemplo
inglés resulta instructivo, porque aparece excepcionalmente bien documentado,
al menos en comparación con la historia antigua de las comunidades judías del
continente. La primera lección que debemos extraer es que la influencia
socio-económica de los judíos era totalmente desproporcionada en relación a su
número. En efecto, en ningún momento se rebasó la cifra de dos mil quinientos
judíos en Inglaterra antes de su expulsión, en el año 1290.[4] En la Inglaterra
medieval, esta minúscula comunidad representó un papel preponderante en el
sistema económico del país —de mayor preponderancia que sus homólogas de
Polonia—; pero, en cambio, no podía apoyarse en ninguna red de poblaciones
judías ni en una base de pequeños artesanos, obreros, carreteros o posaderos;
no tenían ningún arraigo en el pueblo. La Inglaterra angevina constituyó un
buen ejemplo para el continente, en lo que a este problema vital se refiere.
Los judíos de Francia y Alemania tendrían que afrontar las mismas dificultades:
su estrato socio-profesional estaba cojo, era como una pirámide invertida.
Siempre, la consecuencia fue la misma trágica sucesión de acontecimientos. Es
un lúgubre cuento que comienza siempre con una luna de miel, para acabar con un
sangriento divorcio. Al principio, se halaga a los judíos, se les otorgan
cartas, privilegios y favores. Se les acoge como si fueran alquimistas, porque
conocen el secreto para hacer cambiar los engranajes de la economía. «Durante
los “siglos oscuros”, el comercio de la Europa occidental estaba en gran parte
en manos de los judíos», escribe Cecil Roth, «incluyendo también
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la trata de
esclavos, y los cartularios carolingios emplean las palabras “judío” y
“comerciante” como términos casi intercambiables».[5] Pero, con la llegada de
una clase comerciante autóctona, poco a poco se les irá excluyendo, no sólo de
las ocupaciones más productivas, sino también del resto de las formas
tradicionales del comercio, y, prácticamente, el único dominio que permanecerá
abierto para ellos es el préstamo a interés… «Las riquezas líquidas del país
eran avaladas por judíos, a quienes, periódicamente, se les obligaba a
reembolsarlas de nuevo al Tesoro…».[6] El arquetipo de Shylock se había fijado
ya mucho antes de Shakespeare.
Luna de
miel: en la famosa embajada que Carlomagno, en el año 797, envió a Bagdad para
negociar con Harum al-Rachid, se incluyeron a dos cristianos y a un judío.
Amargo desenlace: en el año 1306, Felipe el Hermoso expulsó a todos los judíos
del reino. Desde luego, más tarde se les autorizó para que volvieran, pero no
sería más que para hacerles padecer nuevas persecuciones; a finales de siglo,
la comunidad judía de Francia había desaparecido casi por completo.[7]
II bis
En cuanto a
la historia de los judíos de Alemania, debemos decir en primer lugar que «no
tenemos una historia completa y fiable de la judería alemana». Las Germanica
Judaica constituyen tan sólo una buena colección de fuentes que arrojan alguna
luz sobre determinadas comunidades hasta el año 1238».[8] Débil luz, aunque, al
menos, nos esclarece la división territorial de las comunidades judías de
Alemania durante el período en el que la inmigración kázara en Polonia
alcanzaba su máxima intensidad.
Uno de los
más antiguos documentos cita a un tal Kalonymous, que llegó de Italia, de Luca,
para instalarse con su familia en Maguncia, en el año 906. Hacia la misma
época, aproximadamente, se nos habla de la existencia de judíos en Spira y en
Worms, y, un poco más tarde, en otras ciudades — Tréveris, Metz, Estrasburgo,
Colonia—, todas ellas situadas en el valle del Rhin. El viajero Benjamín de
Tudela (véase capítulo 2, VII) escribiría, tras haber visitado la región, en el
siglo XII «En estas ciudades hay numerosos israelitas, hombres juiciosos y
afortunados».[9] Pero ¿qué significa «numerosos»? Bien poco en realidad, como
tendremos ocasión de comprobar.
Un centenar
de años antes, vivía en Maguncia un tal Rabbi Gershom Ben Yehuda (960?-1030),
cuyo gran saber le valió el título de «luz de la diáspora» y la función de
director espiritual de la comunidad francesa y alemana o
Página 133
renana.
Hacia el año 1020, Gershom convocó en Worms un concilio que, entre otros
edictos, promulgó el de la prohibición de la poligamia (la cual, por otra
parte, no se practicaba desde hacía mucho tiempo). Junto a los edictos, un
codicilio estipulaba que, en caso de urgencia, cualquier regla podía ser
revocada por «una asamblea compuesta por cien delegados de los países de
Borgoña, Normandía y Francia, y de las ciudades de Maguncia, Espira y Worms».
En otros documentos rabínicos de la misma época tampoco se nombran más que a
estas tres ciudades: podemos deducir, por tanto, que las otras comunidades
judías de Renania, a principios del siglo XI, eran todavía demasiado
insignificantes como para que merecieran ser nombradas.[10]
A finales
de ese siglo, en el año 1096, estuvieron a punto de ser exterminadas por
completo, en medio de las explosiones de histeria que acompañaron a la segunda
cruzada. Con ocasión de este episodio, F. Barker nos describe la mentalidad del
cruzado con una fuerza dramática que raramente se encuentra en las columnas de
la Encyclopaedia Britannica:[11]
Podría
degollar y rebozarse en la sangre y, al llegar la noche, arrodillarse, llorando
de alegría, ante el altar del Sepulcro: el color que le envolvía, ¿acaso no
provenía del lagar de Dios?
Los judíos
de Renania se vieron aprisionados en este lagar, y poco faltó para que todos
terminaran exprimidos. Pero también ellos contrajeron otra forma de histeria
colectiva: la morbosa sed del martirio. Según el cronista hebreo Salomón Bar
Simsom, en general considerado digno de crédito,[12] los judíos de Maguncia,
enfrentados ante el dilema de hacerse bautizar o perecer a manos del populacho,
dieron ejemplo al resto de las comunidades, decidiéndose por el suicidio en
masa:[13]
Imitando a
gran escala la diligencia que mostró Abraham al sacrificar a Isaac, los padres
inmolaban a sus hijos, los maridos a sus mujeres. Estos actos de heroísmo y de
horror indecibles se llevaron a cabo de manera ritual, con cuchillos de
sacrificio, conforme a la ley judía. A veces los sabios de la comunidad, que
supervisaban la inmolación del grupo, terminaban dándose muerte con sus propias
manos… En medio de esta histeria colectiva, santificada por el resplandor del
martirio, y compensada por la confiada esperanza en las recompensas
celestiales, parece ser que para ellos no contaba nada más que poder morir
antes de caer en manos de enemigos implacables, y afrontaban la única
alternativa posible que les quedaba de la muerte a mano del enemigo o la conversión
al cristianismo.
Dejando a
un lado el honor, y deteniéndonos en las sobrias estadísticas, podemos estimar,
a grosso modo, la importancia de las comunidades judías de Alemania. Las
fuentes hebraicas concuerdan en establecer la cifra de ochocientas víctimas
(entre homicidios y suicidios) en Worms, y varían entre novecientas y mil
quinientas en Maguncia. Suponemos que algunos debieron
Página 134
preferir el
bautismo antes que la muerte, pero las fuentes no indican el número de
supervivientes; por otra parte, tampoco podemos estar seguros de que no se
exagere respecto a los mártires. Sea como fuere, Baron concluye que, según sus
cálculos, «la población total en cada una de estas dos comunidades apenas podía
haber rebasado las cifras que se dan aquí para los muertos».[14] Según esto, ni
en Worms ni en Maguncia pudo haber más que algunos centenares de
supervivientes. Y, sin embargo, éstas eran las dos únicas ciudades, junto con
Espira, que se juzgaban lo suficientemente importantes como para hablar de
ellas en el edicto de Rabbi Gershom.
Por tanto,
debemos admitir que la comunidad judía de Renania era necesariamente poco
numerosa, incluso antes de la primera cruzada, y que debió menguar bastante
después de pasar por el «lagar de Dios». En cuanto al este del Rhin, en el
centro y norte de Alemania, no existía entonces ninguna comunidad judía, ni
debió haberla desde hacía mucho tiempo. La teoría tradicionalmente mantenida
por los historiadores judíos, según la cual la cruzada de 1096 arrastró una
migración masiva de judíos alemanes hacia Polonia, no es más que una leyenda
—o, más bien, una hipótesis ad hoc, inventada, porque, desconociéndose casi
todo lo referente a la historia de los kázaros, no se encontraba otra forma de
explicar la súbita aparición de una concentración inédita de judíos en la
Europa del Este. Y, sin embargo, en las fuentes de la época, no se encuentra la
más mínima mención a migración alguna, ni grande ni pequeña, que procediera de
Renania en dirección a Alemania central, así como tampoco hablan de la lejana
Polonia.
En esta
misma línea, Simón Dubnov, uno de estos historiadores de la vieja escuela,
escribía: «La primera cruzada, al tiempo que ponía en marcha a las muchedumbres
cristianas hacia el Este asiático, arrastró también a las muchedumbres judías
hacia el Este de Europa».[15] Pero, algunas líneas más abajo, reconocía que
«sobre las circunstancias de este movimiento migratorio, que tanta importancia
tuvo para la historia judía, no disponemos de información precisa».[16] Pero,
por el contrario, poseemos muchas referencias sobre lo que hicieron las
comunidades afectadas durante las cruzadas. Hubo personas que se dieron muerte,
otras optaron por resistir, para terminar siendo linchadas; y, los que
supervivieron, debieron su suerte al asilo que les ofrecía, mientras duraran
las revueltas, el castillo del obispo o del burgrave, en teoría responsables de
su protección. Esta medida no era suficiente para evitar tanta muerte; en
cualquier caso, una vez que habían pasado las hordas de cruzados, los
supervivientes volvían invariablemente a sus sinagogas y a sus casas saqueadas,
para volver a empezar nuevamente desde cero.
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Éste sería
el escenario que se repetiría en las crónicas: en Tréveris, en Metz y en el
resto de las ciudades del valle, después de la segunda cruzada, casi llegó a
convertirse en una rutina. «A los primeros síntomas que anunciaban una nueva
cruzada, muchos judíos de Maguncia, de Worms, Espira, Estrasburgo, Wurzburgo,
etc., se refugiaban en los castillos, dejando sus libros y posesiones más
preciosas al cuidado de burgueses simpatizantes».
Sobre este
tema, podemos encontrar numerosas referencias en el Libro del recuerdo de
Efraim Bar Jacob, el cual formó parte personalmente de los refugiados de
Colonia en el castillo de Wolkenburg.[18] Salomón Bar Simón cuenta cómo,
durante la segunda cruzada, los judíos de Maguncia que sobrevivieron habían
encontrado asilo en Espira, y que, tan pronto como pudieron, volvieron a sus
casas y reconstruyeron la sinagoga.[19] Y éste es todo el leit motiv de las
crónicas: ni una sola vez dicen media palabra sobre comunidades judías que
hayan emigrado a regiones orientales de Alemania, donde, según la expresión de
Mieses, permanecían aún Jundenrein —puras de todo judío—, y así debían
permanecer durante muchos siglos.[20]
III
Durante el
siglo XIII tendría lugar una recuperación parcial. Por primera vez se oye
hablar de judíos en regiones próximas a Renania: en el Palatinado en 1225, en
Friburgo en 1230, en Ulm en 1243, en Heidelberg en 1255, etc.
Pero no se
trataba más que de una tregua: el siglo XIV traería nuevos desastres a las
comunidades franco-alemanas.
La primera
catástrofe sería la expulsión del territorio real, ordenada por Felipe el
Hermoso. Francia había sufrido una crisis económica, acompañada, como de
costumbre, por una devaluación monetaria y por disturbios sociales. Felipe
intentó remediarla por el método habitual, es decir, exprimiendo a los judíos:
les gravó con un impuesto de cien mil libras en el año 1292, de doscientas
quince mil en 1295, 1299, 1302 y 1305 y, para terminar, decidió sanear
radicalmente sus achacosas finanzas firmando en 21 de junio de 1305 la orden
secreta de arrestar, un día determinado, a todos los judíos del reino,
confiscarles todos sus bienes y expulsarlos del país. Las detenciones tuvieron
lugar el día 22 de julio, y la expulsión algunas semanas más tarde. Los
expulsados se refugiaron en las provincias no comprendidas en el territorio
real: Provenza, Borgoña, Aquitania y otros grandes feudos. Pero, según Mieses,
«no existe absolutamente ningún testimonio histórico que indique que las
comunidades judías de Alemania hayan aumentado durante el decisivo
Página 136
período de
la expulsión».[22] Y ningún historiador se ha podido imaginar nunca que los
judíos franceses hayan atravesado Alemania para llegar a Polonia en alguna
época de la Historia.
Bajo los
sucesores de Felipe se llamó de nuevo a los judíos (en 1315 y en 1350), aunque,
con ello, ni se repararon los daños causados ni se impidieron nuevas
persecuciones. A finales del siglo XIV, los dominios del rey de Francia —al
igual que Inglaterra— estaban esencialmente Judenrein.
IV
La segunda
catástrofe de este desastroso siglo fue la Peste Negra que, entre los años 1348
y 1350, mató a un tercio de la población europea — llegando, en algunas
regiones, incluso a los dos tercios—. Se propagó desde el Extremo Oriente
pasando por el Turquestán, y la forma en que se extendió por Europa, así como
los estragos que por su causa allí se cometieron, son buenos ejemplos de la
locura humana. En el año 1347, un tártaro llamado Janiberg asediaba en Crimea
el puerto de Kaffa (hoy Feodosia), que entonces pertenecía a los genoveses.
Cuando la peste se declaró en las filas de su ejército, arrojó los cuerpos de
las víctimas al interior de la ciudad, infectando así a sus habitantes.
Después, los navíos genoveses transportaron ratas y moscas portadoras de la
peste hasta los puertos mediterráneos, desde donde se expandió por todo el
continente.
Los bacilos
de la Pasteurella pestis no estaban autorizados a hacer distinción alguna entre
religiones; sin embargo, los judíos tendrían derecho a un tratamiento especial.
De la misma manera que ya antiguamente se les había acusado de sacrificar
ritualmente niños cristianos, en esta ocasión se les acusó de contaminar los
pozos, con el fin de propagar la Peste Negra. El rumor se multiplicó todavía
más de prisa que las ratas y, en consecuencia, los judíos fueron quemados vivos
en masa en toda Europa. Una vez más, por lo general el recurso fue la
inmolación mutua, esta vez para evitar las llamas de la hoguera.
Diezmada de
esta forma, la población de Europa occidental no lograría recobrar la densidad
que había tenido antes de la peste más que en el siglo XVI. En cuanto a los
judíos, expuestos al doble asedio, de las ratas y de los hombres, no sobrevivió
más que un número muy reducido.
El
populacho se vengó en ellos de los crueles golpes que el destino les propinaba
y repartieron espada y fuego entre los supervivientes. Según los historiadores
de la época, después de la epidemia, Alemania se quedó casi sin judíos. Podemos
deducir que, en Alemania propiamente dicha, los judíos no pudieron prosperar, y
no llegaron nunca a fundar grandes
Página 137
comunidades,
con muchos habitantes. En estas condiciones, ¿cómo habrían podido originar en
Polonia una población tan densa que, en nuestros días (en 1909) se cuenten diez
judíos polacos por cada judío alemán? Resulta realmente difícil de comprender
cómo se ha podido imaginar que los judíos orientales provengan de inmigrantes
del Oeste, y, sobre todo, de Alemania…[23].
Y, sin
embargo, después de haberse servido de la primera cruzada, algunos
historiadores han hecho de la Peste Negra el deus ex machina que creara las
comunidades judías del Este. Al igual que en el caso de las cruzadas, no
tenemos ni sombra de una prueba a favor de este éxodo imaginario. Muy al
contrario, tanto en un caso como en el otro, se puede constatar que la única
esperanza de salvación era cerrar filas y buscar refugio en algún castillo o en
alguna localidad menos hostil de los alrededores. Mieses no cita más que a una
única migración durante el período de la Peste Negra: para huir de la
persecución, los judíos de Espira fueron a refugiarse a Heidelberg —a unos
quince kilómetros de distancia.
Después de
la casi absoluta exterminación, en aras de la Peste Negra, de las antiguas
comunidades judías de Alemania y Francia, la Europa occidental permanecería
Judenrein durante dos siglos, a excepción de algunos enclaves en que vegetaban
algunos grupos, y a excepción, naturalmente, de España. De aquí partirían
después los judíos que, en los siglos XVI y XVII, fundarían nuevas comunidades
en Inglaterra, Francia y Holanda: los sefarditas, judíos de España obligados a
abandonar el país en el que habían vivido durante más de mil años. Su historia,
como la de las comunidades judías de la Europa moderna, no nos concierne en
esta obra.
Podemos
concluir, sin temor a equivocarnos, diciendo que la idea, tradicionalmente
admitida, de un éxodo masivo de judíos occidentales, desde el Rhin hasta
Polonia, atravesando Alemania, país hostil y sin un solo correligionario, es
históricamente insostenible. Es incompatible con las minúsculas dimensiones de
la comunidad renana, con su repugnancia a dirigirse hacia el Este, con su
comportamiento estereotipado ante la adversidad y —según las crónicas de la
época— con la ausencia de toda mención sobre movimientos migratorios. Apoyando
esta misma conclusión, la lingüística nos proporciona otros argumentos, como
veremos más adelante.
Página 138
7
FLUJO Y
REFLUJO
I
Ante los
datos que acabamos de exponer, es comprensible que los historiadores polacos
—que, a fin de cuentas, son los que más cercanos están a las fuentes— vengan
admitiendo que «originariamente, el grueso de la población judía provenía de
los kázaros».[1] Incluso podemos estar tentados de llegar más lejos, y decir,
con Kutschera, que los judíos del Este son, al cien por cien, de origen kázaro.
Podríamos afirmarlo si la desgraciada comunidad franco-renana hubiera sido la
única pretendiente. Pero, al final de la Edad Media, la historia comenzó a
complicarse con el desarrollo y decadencia de las comunidades judías instaladas
en los dominios de la antigua monarquía austro-húngara y en los Balcanes. No
solamente Viena y Praga tuvieron una considerable población judía, sino que,
además, existen por lo menos cinco localidades llamadas Judendorf en los Alpes
carintios, y numerosas Judenburg o Judenstadt en Estiria. A finales del siglo
XV, los judíos fueron expulsados de estas provincias, y se refugiaron en Italia,
Polonia y Hungría. Pero ¿de dónde provenían originariamente? Seguramente, no
del Oeste. Mieses ha reparado en estas comunidades dispersas:
En la alta
Edad Media, nos encontramos en el Este con una cadena de establecimientos que
van desde Baviera hasta Persia, en el Cáucaso, en Asia Menor y en Bizancio.
Pero, en el oeste de Baviera hay una laguna a través de toda Alemania… No
sabemos con exactitud cómo se llevó a cabo esta inmigración de judíos en las
regiones alpinas, pero, sin duda alguna, los países que constituyeron las tres
grandes reservas de judíos desde la Antigüedad desempeñaron su papel: Italia,
Bizancio y Persia…[2].
En esta
enumeración, el eslabón perdido es, una vez más, Kazaria, que, como ya hemos
visto, sirvió de receptáculo y como lugar de paso a los judíos que provenían de
Bizancio y del Califato. A Mieses le corresponde el gran mérito de refutar la
leyenda del origen renano de los judíos del Este pero, como tantos otros,
estaba mal informado sobre la historia de los kázaros, y no sospechaba su
importancia demográfica. Sin embargo, posiblemente tuviera razón al imaginarse
un contingente italiano en la inmigración de Austria:
Página 139
Italia
estaba casi completamente saturada de judíos desde la época romana y, por otra
parte, al igual que Kazaria, recibía también su ración de inmigrantes
bizantinos. Por tanto, es posible que hayan penetrado en el Este de Europa un
reducido número de «auténticos» judíos de origen semítico. Pero, sin duda, se
trata de un número muy pequeño, pues en los documentos no aparece ningún
vestigio de una cuantiosa inmigración de judíos italianos en Austria, mientras
que, por el contrario, existen abundantes pruebas de que los judíos de las
provincias alpinas pasaron a Italia en el momento de su expulsión, a finales
del siglo XV. Este tipo de detalles, que tantas confusiones históricas suelen
causar, nos hace echar en falta que los judíos no llegaron a Polonia a bordo de
un navío, como los primeros colonizadores de América, con su correspondiente
diario de a bordo puesto al día.
A pesar de
todo, podemos discernir los grandes rasgos de estos movimientos migratorios.
Muy probablemente, las colonias alpinas fueran ramificaciones occidentales de
la gran migración kázara hacia Polonia, migración que se sucedió durante muchos
siglos, y que tomó muchos caminos: por Ucrania, por los países eslavos del
Norte de Hungría y, posiblemente también, por los Balcanes. En una fecha no
especificada, judíos en armas invadieron Rumanía, según cuenta una leyenda de
este país.[3]
II
Hay también
otra leyenda muy curiosa a propósito de la historia de los judíos de Austria.
Propagada en un principio por los cronistas cristianos de la Edad Media, se
tuvo en cuenta con la mayor seriedad por los historiadores hasta principios del
siglo XVIII. Antes del cristianismo, cuenta esta leyenda, las tierras que
habrían de convertirse en Austria estaban gobernadas por príncipes judíos. La
Crónica austriaca, compilada por un escriba vienés bajo el reinado de Alberto
III (1350-1395), contiene una lista de veintidós príncipes, que se habrían
sucedido en línea directa. No solamente nos proporciona sus nombres, de los
cuales algunos tienen una consonancia claramente uralo-altaica, sino que,
además, nos informa de la duración de su reinado y del emplazamiento de sus
tumbas —por ejemplo: «Sennan reinó cuarenta y cinco años, enterrado en
Stuebentor, en Viena; Zippan, cuarenta y tres, enterrado en Tullin», y, así
sucesivamente, citando nombres como Lapton, Ma’alon, Raptan, Rabon, Effra o
Samek. Tras estos judíos, llegarían cinco paganos y, al final, los reyes
cristianos. Volvemos a encontrar esta leyenda en las historias de Austria
compuestas en latín por Henricus
Página 140
Gundelfingus
en el año 1474, y en otros autores, el último de los cuales sería Anselmus
Schram, quien, en el año 1702, publicó las Flores Chronicorum Austriae y, según
parece, todavía creía en su autenticidad.[4]
¿De dónde
podría haber salido este fantástico cuento? Todavía en Mieses podemos leer: «El
hecho mismo de que semejante leyenda haya podido constituirse y mantenerse
obstinadamente durante siglos, muestra que en el trasfondo de la conciencia
nacional de la antigua Austria persistieron vagos recuerdos de una presencia
judía, en tiempos remotos, en las tierras del alto Danubio. ¿Quién sabe si la
marea de los dominios kázaros en Europa oriental no llegó a alcanzar las
estribaciones de los Alpes —lo que explicaría el sabor uraliano de los nombres
de estos príncipes? Las narraciones de los cronistas de la Edad Media no
pudieron despertar un eco tan grande a no ser que se apoyaran en recuerdos
colectivos, por vagos que sean».[5]
Como ya
hemos dicho en otra ocasión, Mieses suele inclinarse a subestimar la
contribución de los kázaros a la historia judía y, sin embargo, es la única
hipótesis que encuentra plausible para explicar el origen de la poderosa
leyenda. Incluso podemos arriesgar una conjetura más precisa: durante más de
cincuenta años, hasta el año 955, Austria estuvo bajo dominación húngara, al
menos en lo que respecta a todos los territorios situados al este del Enns. Los
magiares llegaron a su nueva patria en el año 896, al mismo tiempo que las
influyentes tribus kabar-kázaras. Todavía no se habían convertido al
cristianismo (no llegarían a hacerlo hasta el año 1000); la única religión
monoteísta que les era algo familiar era el judaísmo kázaro. Podría ser que
entre ellos hubiera uno o dos jefes que practicaran una especie de judaísmo:
recordemos que el cronista bizantino Juan Cinname hablaba de tropas judías que
combatían en el ejército húngaro.[6] Así pues, es posible que la leyenda
tuviera algún fundamento, aún más teniendo en cuenta que en aquella época los
húngaros estaban en su fase de pillaje y violencia (el azote de Europa). Estar
bajo su dominación tuvo que ser una experiencia lo suficientemente
traumatizante como para no poder olvidarla. Todo aquello debieron recordarlo
bastante bien.
III
También
podemos encontrar otros argumentos en contra del pretendido origen
franco-renano de los judíos del Este en la estructura del yiddish, lengua
vernácula que hablaban millones de judíos antes del holocausto nazi, y que
Página 141
aún
conservan algunas minorías tradicionalistas de la URSS y de Estados Unidos.
El yiddish
es una curiosa mezcla de hebreo y alemán antiguo, con aportaciones eslavas y
algunas otras, y escrito en alfabeto hebreo. En nuestros días, está en vías de
extinción, y es objeto de profundas investigaciones en Estados Unidos y en
Israel, aunque, incluso en pleno siglo XX, los lingüistas lo han venido
considerando como una jerga que no merecía la pena tomarse en serio. «Los
eruditos han prestado poca atención al yiddish», hace notar H. Smith. «Aparte
de algunos artículos en revistas, el primer estudio verdaderamente científico
de la lengua aparece en la Gramática histórica de Mieses, publicada en 1924. Es
significativo que la última edición de un tratado sobre gramática alemana, que
estudia el alemán desde el punto de vista de sus dialectos, consagre solamente
doce líneas al yiddish».[7]
A primera
vista, la predominancia del vocabulario germánico en el yiddish parece
contradecir nuestra tesis sobre los orígenes de los judíos del Este; en seguida
comprenderemos que sucede todo lo contrario, pero debemos seguir todas las
etapas de este razonamiento. En primer lugar, debemos preguntarnos cuál es, en
concreto, el dialecto que, dentro de los germánicos, ha contribuido a la
formación del yiddish. Parece ser que nadie se preocupó en serio de esta
cuestión hasta Mieses, a quien ha correspondido el mérito de abordarla y
ofrecernos una clara respuesta. Basándose en el estudio comparado del
vocabulario, la fonética y la sintaxis del yiddish en relación con los
principales dialectos germánicos de la Edad Media, llega a las siguientes
conclusiones:
No se
encuentra en el yiddish ningún componente lingüístico procedente de las
regiones alemanas próximas a Francia. Ni una sola palabra del léxico
específicamente moselo-franconiano de J. A. Ballas (Beiträge zur Kenntnis der
Trierischen Volkssprache, 1903, 28 y ss.) se ha introducido en el vocabulario
yiddish. Las regiones más al centro, de los alrededores de Francfort, no puede
decirse que hayan contribuido algo más al yiddish…[8] Por lo que respecta a los
orígenes del yiddish, podemos eliminar a Alemania occidental…[9] ¿Querrá esto
decir que es errónea la opinión generalmente admitida según la cual los judíos
alemanes emigraron desde Francia atravesando el Rhin? Habrá que revisar la
historia de los judíos alemanes y de la comunidad askenace.[10] A menudo la
investigación lingüística ayuda a corregir los errores históricos. La teoría
tradicional de la antigua inmigración de judíos askenaces procedentes de
Francia pertenece a la categoría de errores históricos en vías de
corrección…[11].
A
continuación, Mieses cita varios ejemplos de equivocaciones históricas, como el
caso de los gitanos, a los que se creía originarios de Egipto «hasta el día en
que la lingüística demostró que provenían de la India».[12]
Página 142
Una vez
desechados los pretendidos orígenes occidentales de los componentes del
yiddish, Mieses ha podido demostrar que los elementos predominantes en este
idioma son los dialectos del «Medio Oriente alemán», hablados aproximadamente
hasta el siglo XV, en los Alpes de Austria y Baviera. Dicho de otra manera, los
elementos germánicos incorporados al idioma híbrido de los judíos provenían de
las regiones orientales de Alemania, las más próximas a los dominios eslavos de
la Europa del Este.
De esta
forma, los argumentos lingüísticos acuden en apoyo de los testimonios
históricos para refutar la falsa teoría de los orígenes franco-renanos de los
judíos del Este. Pero estas pruebas negativas no explican cómo un dialecto
germánico, mezclado con elementos hebreos y eslavos, ha podido convertirse en
la lengua habitual de estos judíos, de los cuales, la mayoría, según nuestra
teoría, era de origen kázaro.
Si
pretendemos dar una solución a este problema, debemos tener en cuenta muchos
factores. En primer lugar, la evolución del yiddish fue un proceso largo y
complicado, que probablemente comenzó hacia el siglo XV, o incluso antes; pero,
durante mucho tiempo, no sería más que una lengua hablada, una especie de
lingua franca. Antes de que comenzara a imprimirse, en el siglo XIX, el yiddish
carecía de reglas gramaticales: «Cada uno podía introducir palabras extranjeras
a su gusto. No había una forma establecida de pronunciación ni de ortografía…
El caos gráfico imperante aparece con bastante claridad en las reglas dadas por
la Jüdische Volks-Bibliothek: a) escribid como habláis, b) escribid para
haceros entender tanto por los judíos polacos como por los judíos lituanos, c)
escribir de formas diferentes las palabras de igual consonancia, pero de
distinto significado».[13]
Así pues,
el yiddish fue desarrollándose a través de los siglos mediante una
proliferación libre de trabas, adoptando ávidamente del marco social en que se
encontraran todas las palabras y giros que mejor convinieran a su finalidad de
lengua vernácula. Pero, en el entorno de la Polonia medieval, el elemento
dominante, desde el punto de vista social y cultural, estaba constituido por la
población alemana, la única, entre el resto de inmigrantes, que, económica e
intelectualmente, fue más influyente que los judíos. Hemos visto ya que, desde
el principio de la dinastía de los Piast, y sobre todo bajo Casimiro el Grande,
se hacía todo lo posible con tal de atraer a los extranjeros, para colonizar
las tierras y construir ciudades «modernas». Se decía de Casimiro que había
«encontrado un país de madera y dejado un país de piedra». Estas nuevas
ciudades de piedra, como, por ejemplo, Cracovia o Lemberg Lvov), fueron
construidas y administradas por inmigrantes
Página 143
alemanes, a
los que la «Ley de Magdeburg» concedía un considerable margen de autonomía
municipal. Se afirma que no fueron menos de cuatro millones los alemanes
instalados en Polonia,[14] a la que proporcionaron una clase media ciudadana de
la que carecía anteriormente. Comparando la inmigración alemana con la
inmigración kázara, Poliak escribía: «Los dirigentes importaron estas masas de
extranjeros emprendedores, de los que tenían una gran necesidad, y facilitaron
su instalación conforme al modo de vida a que estaban acostumbrados en sus
países de origen: la ciudad alemana y el shtetl judío». (Este juicioso reparto
fue mucho menos lógico cuando los judíos de Occidente fueron a establecerse en
las ciudades, y formaron allí sus ghettos).
Dentro de
la burguesía culta, y también entre el clero, predominaban los alemanes:
consecuencia natural de la opción que tomara Polonia a favor del catolicismo y
de la civilización occidental; de la misma manera, en Rusia, cuando Vladimir se
convirtió a la Iglesia ortodoxa, el clero fue principalmente bizantino. La
cultura profana también seguiría las huellas de su vecino occidental más
antiguo: la primera universidad polaca fue fundada en el año 1364 en Cracovia,
que entonces era una ciudad predominantemente germánica.[15] El austriaco
Kutschera nos lo explica satisfactoriamente:
Los colonos
alemanes eran mirados, en un principio, con suspicacia y desconfianza entre el
pueblo; pero consiguieron implantarse cada vez más sólidamente, e incluso
introducir el sistema escolar alemán. Los polacos aprendieron a apreciar las
ventajas de la cultura superior que aportaban los alemanes, y a imitar sus
modales extranjeros. También la aristocracia polaca se entusiasmó con las
costumbres germánicas, y encontraban admirable todo lo que proviniera de
Alemania…[16].
Modestia
aparte, en general parece cierto que ocurriera así. Este fenómeno nos recuerda
la aceptación de la Kultur alemana entre los intelectuales (y los esnobs) rusos
del siglo XIX.
Ahora ya
podemos comprender cómo, habiéndose instalado en Polonia millares de
inmigrantes kázaros, no tuvieron más remedio que aprender el alemán para poder
desenvolverse. Los que trataban con la población indígena, no cabe duda de que
aprendieron también rudimentos de polaco (o lituano, ucraniano o eslovaco);
pero el alemán era indispensable para todo tipo de relaciones dentro de la
ciudad. Al mismo tiempo, en la sinagoga se predicaba la Tora en hebreo. Bien
podemos imaginarnos a un artesano (zapatero o vendedor de madera), en su
shtetl, chapurreando el alemán con sus clientes, el polaco con los siervos del
dominio vecino, y, en su casa, mezclando con el hebreo los vocablos más
expresivos de estas dos lenguas, con lo que se fabricaba así una especie de idioma
personal. A los lingüistas corresponde adivinar cómo este popurrí ha podido
convertirse en una lengua de
Página 144
comunicación
uniforme —en la medida en que lo haya sido; pero, por lo menos, se pueden
discernir algunos factores que faciliten el proceso.
Entre los
últimos inmigrantes en Polonia, se encontraban también, como ya hemos visto,
cierto número de «auténticos» judíos, llegados de los Alpes, de Bohemia y del
este de Alemania. Aunque eran relativamente poco numerosos, estos judíos de
lengua alemana eran más instruidos, más cultos que los kázaros, de la misma
manera que los alemanes en general se encontraban muy por encima, desde el
punto de vista cultural, de los polacos. Y de la misma manera que los alemanes
dominaron el clero católico, también los rabinos llegados de Occidente
contribuyeron poderosamente a la germanización de los kázaros, cuyo judaísmo
era ferviente pero primitivo. Citemos de nuevo a Poliak:
Los judíos
alemanes que alcanzaron el reino de Polonia-Lituania ejercieron una notable
influencia sobre sus hermanos del Este. Los judíos (kázaros) sintieron tan
poderoso atractivo hacia ellos porque admiraban su sabiduría religiosa y su
eficacia en resolver sus asuntos en las ciudades, predominantemente alemanas…
La lengua hablada en el heder, la escuela religiosa, y en la casa del ghevir
(rico notable) hacía sentir su influencia en el idioma de toda la comunidad; de
la misma manera que, en nuestros días, hay en Jerusalén, entre los judíos
orientales, cierta tendencia a adoptar el idioma y los modales de los
sefarditas, que son, entre ellos, los más ricos y los más cultos.[17]
En el
tratado de un rabino polaco del siglo XVII podemos leer este piadoso deseo:
«¡Dios quiera que el país se colme de sabiduría, y que todos los judíos hablen
en alemán!».[18]
Es
significativo el hecho de que los únicos judíos kázaros de Polonia que supieron
resistir, tanto a las tentaciones espirituales como a las mundanas que ofrecía
la lengua alemana, fueran precisamente los karaítas, que despreciaban a un
mismo tiempo las riquezas materiales y las doctrinas rabínicas. Nunca adoptaron
el yiddish. Según las cifras dadas por el primer padrón general realizado en
Rusia en el año 1897, había entonces 12.894 karaítas en el imperio zarista (en
el cual se incluía Polonia). De ellos, 9.666 tenían como lengua materna el
turco (es decir, seguramente su dialecto kázaro de origen), 2.632 hablaban
ruso, y solamente 383 hablaban el yiddish.
Pero la
secta karaíta representa la excepción que confirma la regla. En general, los
inmigrantes tienen tendencia a perder su lengua en el transcurso de dos o tres
generaciones, para adoptar la de su nueva patria.[19] En América, los nietos de
los inmigrantes de Europa oriental no aprenden ya el polaco o el ucraniano y,
además, encuentran muy cómico el galimatías que hablan sus abuelos. No se
acierta a comprender cómo los historiadores han podido negar
Página 145
la
evidencia de la inmigración de los kázaros en Polonia, con el sólo pretexto de
que, quinientos años después, no hablaban ya su lengua.
Por otra
parte, los descendientes de las tribus bíblicas han constituido un buen ejemplo
de adaptabilidad lingüística. En un principio hablaron el hebreo; más tarde, el
caldeo, durante su exilio en Babilonia; arameo, en la época de Jesús; griego,
en Alejandría; en España, árabe y, más tarde, ladino, una especie de español
mezclado con hebreo y escrito con caracteres hebreos —el equivalente sefardita
del yiddish—, y, así sucesivamente. Han conservado su identidad religiosa
cambiando de idioma según les iba conviniendo en cada momento. Los kázaros no
eran descendientes de estas tribus, pero, como ya hemos visto (véase capítulo
5, I), compartían con sus correligionarios, entre otras características, cierto
cosmopolitismo.
IV
A propósito
del origen del yiddish, Poliak ha formulado otra hipótesis que debemos
mencionar, aunque resulta un poco problemática. Según él, «un yiddish primitivo
se habría conformado en las regiones de la Crimea kázara ocupadas por los
godos. Las condiciones de vida en estas regiones debieron provocar,
necesariamente, una combinación de elementos germánicos y hebreos, muchos
centenares de años antes de la fundación de los establecimientos en los reinos
de Polonia y de Lituania».[20]
Poliak
invoca el testimonio de un tal José Barbaro, de Venecia, que vivió en Tana
(posesión italiana en el estuario del Don), desde el año 1436 hasta el 1452, y
que escribió que su criado alemán podía conversar con un godo de Crimea con la
misma facilidad que un florentino con un genovés. En efecto, la lengua gótica
sobrevivió en Crimea (y en ninguna otra parte, según parece), por lo menos
hasta mediados del siglo XVI. En esta época, el embajador de los Habsburgo en
Constantinopla, Ghiselin de Busbeck, se encontró con algunas personas
originarias de Crimea, que le dictaron algunas palabras góticas, con las que
hizo una lista. (Este Busbeck debió de ser un hombre notable: fue el primero
que introdujo en el levante europeo las lilas y el tulipán). Poliak estima que
este vocabulario es muy próximo al del medio-alto-alemán, del cual se
encuentran elementos en el yiddish. En su opinión, los godos de Crimea estaban
en contacto con otros pueblos germánicos, y su lengua sufrió su influencia. Sea
como fuere, es una hipótesis que merece ser tenida en cuenta por los
lingüistas.
Página 146
V
«En cierto
sentido, se puede decir que, para los judíos, los siglos oscuros comenzaron con
el Renacimiento», escribe Cecil Roth.[21] Habían sufrido ya persecuciones y
carnicerías con motivo de las cruzadas, de la Peste Negra, y con ocasión de
otros muchos pretextos, pero se trataba de estallidos anárquicos de violencia,
condenados o tolerados pasivamente por las autoridades. En cambio, desde el
principio de la Contrarreforma, los judíos fueron rebajados legalmente a una
condición ligeramente inferior a la humana, comparable en muchos aspectos a la
de los intocables, en el sistema de castas hindú.
«Las
comunidades autorizadas a residir en Europa occidental (Italia, Alemania,
territorios pontificios en el mediodía de Francia), fueron, por fin, sometidas
de hecho a todas las coacciones que en otro tiempo venían siendo consideradas
en general como un mero ideal»[22] —es decir, que se habían venido enumerando
en decretos eclesiásticos o de otro tipo, pero que no existían fuera del papel
(véase, como ejemplo, en Hungría, capítulo 5, II). Pero, en lo sucesivo, estas
ordenanzas “ideales” serían aplicadas despiadadamente: segregación espacial,
apartheid sexual, exclusión de todas las situaciones y ocupaciones respetables,
utilización de indumentarias distintivas: círculo amarillo y bonete puntiagudo.
En el año 1555, el papa Pablo IV, en la bula Cum nimis absurdum, exigía la
aplicación estricta y lógica de los antiguos edictos, que relegaban a los
judíos a los ghettos. Un año más tarde, los judíos de Roma serían confinados
allí obligatoriamente, y todos los países católicos donde los judíos
mantuvieran todavía alguna libertad de movimiento debieron seguir este ejemplo.
En Polonia,
la luna de miel inaugurada por Casimiro el Grande, había durado ya mucho más
tiempo que en cualquier otro sitio; a finales del siglo XVI llegaría a su fin.
A las comunidades recluidas ahora en los shtetl y en los superpoblados ghettos,
venía a sumarse ahora los que huían de las matanzas perpetradas en los pueblos
de Ucrania por los cosacos de Chmelnicki (véase capítulo 5, V), lo que
provocaría un rápido deterioro de la situación económica y de las condiciones
de alojamiento. El resultado fue una nueva ola de emigración hacia Hungría,
Bohemia, Rumanía y Alemania, donde casi todos los judíos habían desaparecido en
la época de la Peste Negra.
De esta
manera volvió a comenzar la gran migración hacia el Oeste. Seguiría
manteniéndose durante casi tres siglos, hasta la Segunda Guerra Mundial, y
aportaría los principales elementos de las poblaciones judías de
Página 147
Europa,
Estados Unidos e Israel. Cuando la marea parecía calmarse, los pogroms del
siglo XIX vinieron a darle un nuevo impulso. «El segundo movimiento hacia el
Este», escribe Roth, que sitúa el primero con la destrucción de Jerusalén, que
continuaría hasta el siglo XX, «tiene un origen que podríamos fijar en las
terribles carnicerías de Chmelnicki, en Polonia, en los años 1648-1649».[23]
VI
La
documentación contenida en los capítulos anteriores constituye un conjunto de
sólidos argumentos a favor de los historiadores modernos — austriacos,
israelitas o polacos— que, independientemente los unos de los otros, creen
poder concluir que el grueso de la población judía, en nuestros días, no es de
origen palestino, sino de origen caucasiano. En lo esencial, las migraciones
judías no han partido del Mediterráneo hacia el este, pasando por Francia y
Alemania, para volver a continuación hacia el Oeste. En realidad, han ido hacia
el Oeste constantemente, desde el Cáucaso hasta Ucrania, después hacia Polonia
y, desde allí, hacia Europa central. Cuando en Polonia se produjo esa
inmigración masiva sin precedentes, no había en Occidente suficientes judíos como
para que se pueda soñar en atribuirles semejante movimiento de muchedumbres,
mientras que, en el Este, toda una nación se había puesto en marcha.
Bien es
verdad que sería absurdo negar que también hayan contribuido a formar la
población judía actual otros judíos de distinto origen. No ha habido nadie que
haya podido establecer el porcentaje del componente kázaro en relación con las
contribuciones semíticas y de todo otro tipo. Pero existen suficientes pruebas
como para que nos inclinemos a pensar, con el resto de los historiadores
polacos, que el origen del grueso de la inmigración «provenía del país de los
kázaros», y que, en consecuencia, la contribución kázara a la composición
genética de los judíos debe ser sustancial, y, posiblemente, dominante.
Página 148
8
RAZA Y MITO
I
Los judíos
de Europa y América se dividen en dos grupos fundamentales: los sefarditas
(Sephardim) y los askenaces (Ashkenazim). Los primeros son los judíos que,
desde la Antigüedad, vivieron en España (Sepharad en hebreo), hasta su
expulsión, a finales del siglo XV, y que, a continuación, se establecieron en
los países mediterráneos, en los Balcanes y, aunque en menor medida, en Europa
occidental. Hablaban un dialecto hispano-hebreo, el ladino (véase capítulo 7,
III), conservaron sus tradiciones y sus ritos y, hacia 1960, se calculaba su
número en unos 500.000.
Hacia la
misma época, los askenaces eran alrededor de once millones. Por ello podemos
decir que, en el lenguaje corriente, la palabra judío es sinónimo de askenace.
Pero éste es un término equívoco pues, en la Edad Media, la palabra Ashkenaz
designaba a Alemania, lo que ha contribuido a fomentar la leyenda del origen
renano de los judíos modernos. Sin embargo, no existe otro vocablo para
designar a esta mayoría no sefardita de la población judía euro-americana.
Para darle
aún más emoción al asunto, debemos decir que, en la Biblia, Ashkenaz se aplica
para designar a un pueblo situado cerca del monte Ararat, en Armenia. La
palabra aparece también en el Génesis (10:3) y en las Crónicas (1:6): se trata
del nombre de uno de los hijos de Gomer, hijo de Jafet. Ashkenaz es, asimismo,
un hermano de Togarmah (y sobrino de Magog), a quien los kázaros, según el rey
José, reivindicaban como antepasado (véase capítulo 2, V). Pero no es esto lo
peor. Encontramos también la palabra en el libro de Jeremías (51: 27), cuando
el profeta llama a su pueblo y a sus aliados para que se dirigieran a destruir
Babilonia: «Y llamó a los reinos de Ararat, de Minni y de Ashkenaz». El famoso
Saadia Gaon, director espiritual de los judíos orientales, interpretó este
pasaje, en el siglo X, como una profecía sobre su época: Babilonia simbolizaba
el Califato de Bagdad, y los ashkenazim que debían atacarlo eran los kázaros o
sus aliados. Según Poliak,[1] judíos kázaros instruidos, puestos al corriente
del ingenioso
Página 149
razonamiento
de Gaon, tomaron el nombre de ashkenazim cuando emigraron a Polonia. Esto no es
ninguna prueba, pero se añade a la confusión.
II
Como
resumen de una antigua y dura controversia, Rafael Patai ha escrito un párrafo
bastante lacónico:
Los datos
de la antropología muestran que, en contradicción con la opinión general, no
existe una raza judía. Las medidas antropométricas de los grupos judíos en
numerosos países indican que estos grupos difieren mucho los unos de los otros
en cuanto a las características físicas más importantes: talla, peso,
pigmentación, índice craneano, índice facial, grupo sanguíneo, etc.[2]
Así es, en
efecto, como piensan hoy en día los antropólogos y los historiadores. Además,
está generalmente admitido que las comparaciones entre los índices encefálicos,
grupos sanguíneos, etc., revelan más semejanzas entre los judíos y los
autóctonos de los países en que residen, que entre los judíos de diferentes
naciones.
Sin
embargo, paradójicamente, no deberíamos desechar sin un examen a fondo la
creencia popular según la cual los judíos, o, al menos, cierto tipo de judíos,
son reconocibles al primer golpe de vista —y ello por la simple razón de que
esta creencia encuentra un fundamento objetivo en la vida cotidiana—. Los datos
de la antropología parecen estar en contradicción con los de la observación.
Pero, antes
de abordar este problema, nos será útil volver a examinar algunos de los hechos
en los que los antropólogos se basan para negar la existencia de una raza
judía. Para empezar, veamos una cita extraída de la excelente obra publicada
por la UNESCO, el Racismo ante la ciencia. Su autor, el profesor Juan Comas,[3]
pasa revista a la documentación estadística y concluye de la siguiente manera
(la cursiva es de él):
Así pues,
contrariamente a la opinión general, el pueblo judío, como raza, es muy
variado; sus constantes migraciones y sus relaciones, voluntarias o no, con los
pueblos y naciones más diversos, le han sumido en un mestizaje tal que
encontramos, en lo que se llama Pueblo de Israel, rasgos de todos los demás
pueblos. Basta comparar al judío de Rotterdam, sólido, pesado, con buenos
colores en la cara, con su correligionario de Salónica, por ejemplo, de cuerpo
débil y nervioso, con unos ojos que iluminan un rostro demacrado. En el estado
actual de nuestros conocimientos, podemos decir que los judíos presentan entre
ellos una variedad morfológica tan grande como la que podrían presentar dos o
más razas distintas.
Convendría
examinar a continuación algunas de las características físicas que los
antropólogos toman como criterios, y en las cuales se basan las
Página 150
conclusiones
de Comas.
Uno de los
criterios más sencillos —y uno de los más ingenuos, como tendremos ocasión de
comprobar— es el que se basa en las medidas corporales. En The Races of Europa,
obra monumental publicada en 1900, William Ripley escribía: «Todos los judíos
europeos son de corta talla; y no solamente esto, sino que, además, a menudo
suelen ser completamente achaparrados».[4] Hasta cierto punto, tenía razón, en
su época, y citaba numerosas estadísticas para probar sus afirmaciones; sin
embargo, tuvo la suficiente astucia como para suponer que quizá esta diferencia
física se debiera a la influencia del medio.[5] Once años más tarde, Mauricio
Fishberg publicó The Jews — A study of Race and Environment; este estudio
antropológico, el primero de su género en inglés, aportó la sorprendente
revelación de que la talla media de los hijos de judíos de Europa oriental,
inmigrados a Estados Unidos, era de 167,9 centímetros, mientras que la de sus
padres era de 164,2 centímetros: un aumento de casi tres centímetros en una
sola generación.[6] Actualmente, todo el mundo sabe que los descendientes de
las poblaciones inmigradas —ya se trate de judíos, de italianos o de japoneses
— son
claramente de mayor estatura que sus padres, a causa, sin duda, de un mejor
régimen alimenticio y de la influencia de otros factores del medio ambiente.
Por otra
parte, Fishberg reunió un conjunto de estadísticas para comparar la talla media
de los judíos y de los no-judíos en Polonia, Austria, Rumanía, Hungría, etc. El
resultado no fue menos sorprendente: se comprobó que, en general, la talla de
los judíos variaba en el mismo sentido que la población no judía del país en
que vivían. Eran relativamente altos en las zonas en que la población indígena
era de elevada estatura, y viceversa. Además, dentro de un mismo país o,
incluso, dentro de una misma ciudad (como en el caso de Varsovia), tanto la
talla de los judíos como la de los no judíos varía según el nivel de
prosperidad del cantón o del barrio.[7] Esto no quiere decir que la herencia no
influya en la talla, sino que la talla obedece también a otros factores, que el
medio puede modificar, y, en realidad, modifica, y por tanto, no puede
servirnos como criterio racial.
Pasemos
ahora a examinar las medidas craneanas, hasta hace poco muy de moda entre los
antropólogos, aunque hoy día se hayan quedado un poco anticuadas. Aquí llegamos
también a una conclusión parecida a la anterior, basándonos igualmente en datos
estadísticos: «La comparación entre los índices cefálicos de las poblaciones
judías y no-judías de distintos países muestra, por una parte, una clara
semejanza entre judíos y no judíos dentro de
Página 151
muchos
países y, por otra, acusa grandes variaciones cuando se comparan los índices
cefálicos de poblaciones judías habitantes en países diferentes. Por ello,
podemos llegar a la conclusión de que esta característica, a pesar de su
plasticidad, pone de manifiesto la diversidad racial de los judíos».[8]
Debemos
especificar que esta diversidad está particularmente acusada entre sefarditas y
askenaces. En general, los sefarditas son dolicocéfalos, mientras los askenaces
suelen ser braquicéfalos. Kutschera veía en esta diferencia una prueba más a
favor de la dualidad racial entre los askenaces-kázaros y los sefarditas
semíticos. Pero, como acabamos de ver, los índices de longitud y anchura
craneanas varían con las naciones-huésped, lo que, en cierta medida, debilita
este argumento.
Las
estadísticas relativas al resto de las características físicas también van en
contra de la unidad racial. Generalmente, los judíos tienen los ojos oscuros y
el pelo negro. Pero ¿a qué generalidad se refiere este «generalmente» cuando,
según Comas, el 49 % de los judíos polacos tienen los cabellos rubios o
castaños,[9] y, en Austria, el 54 % de los escolares judíos tenían los ojos
azules?[10] Es cierto que, en Alemania, Virchov encontró «solamente» un 32 % de
niños judíos rubios, mientras que, entre los no-judíos, la proporción de rubios
era mayor;[11] pero lo único que esto demuestra es que no existe una
correlación absoluta, como era de esperar.
En nuestros
días, los datos más seguros nos los proporciona el estudio de los grupos
sanguíneos. Recientemente, los trabajos en este terreno son muy numerosos;
bastará con citar un ejemplo en el que se ha utilizado un indicador
particularmente sensible:
Por lo que
respecta al tipo sanguíneo, las colectividades judías acusan considerables
diferencias entre sí, y claras semejanzas con el medio no-judío. Para expresar
este hecho, el índice bioquímico de Hirszfeld (A + AB) / (B + AB) resulta
particularmente útil. He aquí algunos ejemplos típicos: Alemania: judíos: 2,74,
no judíos: 2,63; Rumanía: judíos: 1,54, no judíos: 1,55; Polonia: judíos: 1,94,
no judíos: 1,55; Marruecos: judíos: 1,63, no judíos: 1,63; Irak: judíos: 1,22,
no judíos: 1,37; Turquestán: judíos: 0,97, no judíos: 0,99.[12]
Se podría
resumir esta situación con dos fórmulas matemáticas:
— NJa — Ja
< Ja — Jb
y
— NJa — NJb
≅ Ja — Jb
Es decir
que, en general, según los criterios antropológicos, la diferencia entre los no
judíos (NJ) y los judíos (J) en un país determinado (a), es menor que la
diferencia entre judíos de países diferentes (a y b); y la diferencia entre los
no-judíos de los países a y b es la misma que existe entre los judíos de a y
los judíos de b.
Página 152
Parece que
resulta apropiado ofrecer aquí otra cita extraída de la colección de la UNESCO;
pertenece a Harry Shapiro, cuyo estudio lleva por título: «El pueblo de la
Tierra Prometida, historia biológica».
Toda
tentativa encaminada a clasificar a las poblaciones judías dentro de una misma
categoría racial desemboca, irremediablemente, en una contradicción, a
consecuencia del considerable número de variaciones de sus caracteres físicos y
de la repartición de los genes que determinan sus grupos sanguíneos. Pues,
aunque los modernos especialistas admiten que exista cierto grado de
polimorfismo o variación en el seno de una misma raza, rehúsan, sin embargo,
considerar como un todo a distintos grupos claramente diferenciados según los
criterios admitidos en materia de raza. Si no fuera así, las clasificaciones
raciales no tendrían ningún valor desde el punto de vista biológico, y los
trabajos de taxonomía pasarían a convertirse en puramente arbitrarios y
carentes de todo sentido. Desgraciadamente, la cuestión no suele abordarse
prescindiendo de cualquier otra problemática ajena a la biología, de manera
que, a pesar de las constataciones que haya en su contra, muchos continúan aún
esforzándose por demostrar, por un camino o por otro, que los judíos
constituyen una entidad racial distinta.
[13]
III
¿Cómo es
posible que se produzca este doble fenómeno de diversidad de caracteres y al
mismo tiempo conformidad con las naciones-huésped? Los genéticos lo explican
con la mayor naturalidad a causa del mestizaje combinado con la selección
debida a determinadas presiones.
«Ésta es,
en efecto, la cuestión crucial de la antropología de los judíos», escribe
Fishberg:[14] «¿son una raza pura, más o menos modificada por las influencias
del medio o, por el contrario, son una secta religiosa compuesta por elementos
raciales adquiridos por proselitismo y matrimonios mixtos en el transcurso de
sus migraciones por las distintas regiones del mundo?». En su respuesta no deja
lugar a dudas:
Si
comenzamos por los textos y tradiciones bíblicas, vemos que, ya desde el
principio de la formación de las tribus de Israel, eran una mezcla de distintos
elementos raciales… En Asia Menor, en Siria y en Palestina, nos encontramos en
una época de numerosas razas: los amorreos, rubios, dolicocéfalos, de elevada
estatura; los hititas, de piel oscura, probablemente de tipo mongoloide; los
cuchitas, raza negroide, y muchas otras. Con todos estos pueblos los antiguos
hebreos contrajeron matrimonios mixtos, como podemos comprobar en numerosos
pasajes de la Biblia.
Por más que
los profetas despotricaran contra los que «desposaran a las hijas de un dios
extranjero», los israelitas, que tenían cierta tendencia a la promiscuidad, no
por ello dejaban de hacerlo, siguiendo, por otra parte, el ejemplo de sus
caudillos. El primer patriarca, Abraham, vivió con la egipcia Agar; José se
casó con Asenat, que no sólo era egipcia, sino que, además, era hija de un
sacerdote; Moisés desposó a la medianita Zipporah; Sansón, héroe
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de los
judíos, era filisteo; el rey David, que era hijo de una moabita, desposó a una
princesa de Gechur; en cuanto al rey Salomón, cuya madre era hitita, «amó a
muchas mujeres extranjeras, entre ellas a la hija del Faraón, a mujeres de
Moab, de Ammon, de Edom, de Sidón y del país de los hititas…».[15] Así
transcurre la chronique scandaleuse.[16] La Biblia nos muestra con toda
claridad que el ejemplo real era seguido por las personas de todas las clases
de la escala social. Por otra parte, la prohibición de desposar a las mujeres
de los gentiles no se aplicaba en tiempo de guerra a las cautivas, que nunca
faltaron. El exilio en Babilonia tampoco mejoró la pureza racial: incluso los
sacerdotes se casaban allí con babilonias. En resumen, ya en el principio de la
Diáspora, los israelitas eran una raza completamente híbrida, igual,
evidentemente, que la mayoría de los pueblos y, no es necesario que insistamos,
no fue el mito perpetuo de la tribu bíblica que atraviesa los siglos
permaneciendo siempre inmaculada.
Otra fuente
de mestizaje muy importante fue el considerable número de personas de todas las
razas que se convirtieron al judaísmo. Como muestra del proselitismo de los
judíos en la Antigüedad, basta con citar a los falachas negros de Abisinia, los
judíos de Kai-Feng, de caracteres achinados, y los judíos bereberes del Sahara,
parecidos a los tuaregs —sin olvidarnos de nuestro mejor ejemplo, los kázaros.
En épocas
más cercanas a nosotros, el proselitismo judío alcanzaría su apogeo con el
Imperio Romano, entre la caída del reino de Israel y la llegada del
cristianismo. En Italia, numerosas familias patricias se convirtieron, al igual
que en la provincia de Adiabana lo hiciera la familia real; Filón habla de
numerosos convertidos en Grecia; Flavio Josefo cuenta que gran parte de la
población de Antioquía había sido judaizada; san Pablo, en el transcurso de sus
viajes, encontró prosélitos repartidos un poco por todas partes entre Atenas y
Asia Menor. «El fervor del proselitismo fue, en efecto, uno de los rasgos más
distintivos del judaísmo en la época greco-romana, un rasgo que nunca alcanzó
el mismo grado, ni antes ni después… No se puede dudar que, de esta manera, el
judaísmo consiguiera numerosos prosélitos durante dos o tres siglos… El enorme
crecimiento de la nación judía en Egipto, en Chipre y en Cyrene, no se puede
explicar más que por una abundante transfusión de sangre extranjera. El
proselitismo alcanzó a la vez tanto a las clases superiores como a las
inferiores de la sociedad».[17]
La llegada
del cristianismo disminuyó el mestizaje, y el ghetto le puso fin de una manera
provisional. Pero, antes de la estricta aplicación de las medidas de
segregación, en el siglo XVI, el proceso continuaba. Así lo demuestra la
Página 154
constante
repetición de las intervenciones eclesiásticas condenando los matrimonios
mixtos, como, por ejemplo, en el Concilio de Toledo, en el año 589, en el
Concilio de Roma en el 743, en el primer y segundo concilios de Letrán, en los
años 1123 y 1139, o, incluso, en el edicto de Ladislao II de Hungría, en el año
1092. Estas prohibiciones no tuvieron más que una eficacia parcial; así lo
indica, al menos, un informe dirigido al papa por el arzobispo húngaro Roberto
de Grain, en el año 1229, en el que se lamentaba de que muchas cristianas se
casaran con judíos, y de que, en pocos años, «millares de cristianos» se
perdieran para la Iglesia.[18]
Las únicas
prohibiciones eficaces fueron los muros del ghetto. Cuando se derrumbaron, los
matrimonios mixtos alcanzaron de nuevo tales proporciones que, en Alemania,
entre 1921 y 1925, de cada cien matrimonios de judíos o judías, cuarenta y dos
eran mixtos.[19]
En cuanto a
los sefarditas, los «auténticos» judíos, su estancia de más de mil años en
España dejaría, tanto en ellos mismos como en sus anfitriones, huellas
indelebles. Según Arnold Toynbee:
Es
absolutamente razonable pensar que hoy día en España y en Portugal mucha sangre
de judíos conversos corra por las venas ibéricas, sobre todo en las clases
superiores y en las clases medias. Sin embargo, el más penetrante
psicoanalista, si se le presentara un muestreo de españoles y portugueses,
pertenecientes a estas clases, no podría descubrir cuáles de ellos han tenido
antepasados judíos.[20]
Pero el
proceso se realizaba en los dos sentidos. Tras las matanzas que, en el año 1391
y 1411 arrasaron la Península, más de cien mil judíos —modesta estimación— se
hicieron bautizar. Pero, gran parte de ellos practicaban el judaísmo en
secreto. Estos cripto-judíos, los marranos, prosperaron, alcanzaron las más
elevadas posiciones en la corte y en la Iglesia, y se casaron con aristócratas.
Después de la expulsión de los judíos no arrepentidos de España, en el año
1492, y de Portugal, en el 1497, los marranos fueron objeto de una suspicacia
cada vez mayor; muchos de ellos perecieron en las hogueras de la Inquisición,
pero la mayor parte emigró, en el siglo XVII, hacia los países mediterráneos,
así como a Holanda e Inglaterra. Una vez a salvo volvieron abiertamente a su
religión y, con los expulsados de finales del siglo XV, fundaron las nuevas
comunidades sefarditas de estos países.
Lo que dice
Toynbee sobre la herencia de las capas superiores de la sociedad española se
aplica también, mutatis mutandis, a los sefarditas de Europa occidental. Los
antepasados de Spinoza eran marranos portugueses emigrados a Amsterdam. Las
antiguas familias judías de Inglaterra (llegadas mucho antes de la oleada
este-europea de los siglos XIX y XX), los Montefiore,
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Lousada,
Montague, Avigdor, Sutro, Sassoon, etc., provienen todas del cantón ibérico, y
no podrían reivindicar un origen racial más puro que el de los askenaces —o el
de los judíos llamados Davis, Harris, Phillips o Hart.
Otra causa
que, desgraciadamente, ha contribuido al mestizaje ha sido la violación, cuya
larga historia comenzó también en Palestina. Podemos leer, por ejemplo, que un
tal Juda Ben Ezequiel se oponía al matrimonio de su hijo con una mujer que no
era «de la semilla de Abraham», a lo que su amigo Ulla contestaba: «¿Acaso
podemos estar seguros de que nosotros mismos no descendamos de paganos que
hayan violado a las hijas de Sión en el sitio de Jerusalén?».[21] Mujeres y
botín (este último muy a menudo en proporciones convenidas de antemano) se
consideraban como derechos legítimos de los conquistadores.
Graetz[22]
ha descubierto una antigua tradición que atribuye el origen de los primeros
establecimientos judíos de Alemania a un episodio que recuerda algo al rapto de
las Sabinas. Según esta tradición, un contingente germánico de la tribu de los
Vangioni combatía con las legiones romanas en Palestina. Estos germanos
«elegían de entre todos los prisioneros judíos a las más bellas mujeres, las
llevaban a sus campamentos a orillas del Rhin o del Meno y las obligaban a
satisfacer sus deseos. Los hijos engendrados de esta manera fueron educados por
sus madres en la fe de los judíos, pues sus padres no se ocupaban de ellos. Se
dice que estos hijos fueron los que fundaron las primeras comunidades judías
entre Worms y Maguncia».
En Europa
oriental, la violación era todavía más corriente. Citemos ahora a Fishberg:
Esta
violenta aportación de sangre extranjera a las venas del pueblo de Israel ha
sido particularmente frecuente en los países eslavos. Entre los cosacos, uno de
los medios favoritos de obtener dinero de los judíos consistía en hacer
numerosos prisioneros, pues estaban seguros de que los judíos los rescatarían.
Ni que decir tiene que las mujeres raptadas eran violadas por estas tribus
semi-salvajes. De hecho, el «Concilio de las Cuatro Tierras», en su sesión de
invierno del año 1650, debió de examinar el caso de estas desgraciadas y de los
hijos nacidos de padres cosacos durante el cautiverio, a fin de restaurar el
orden y la vida familiar y social de los judíos. Ultrajes parecidos fueron
también perpetrados contra los judíos de Rusia durante las carnicerías de los
años 1903 y 1905.[23]
IV
Y, sin
embargo, volviendo a la paradoja, muchas personas que no son ni racistas ni
antisemitas están convencidas de poder reconocer a un judío al primer golpe de
vista. ¿Cómo puede ser posible, si los judíos están
Página 156
compuestos
por semejante mezcolanza híbrida, como la historia y la antropología nos
demuestran?
Creo que
Ernest Renan nos dio parte de la respuesta, en el año 1883:[24]
«No hay un
tipo judío, sino varios tipos judíos». Lo que a primera vista se puede
reconocer no es más que un tipo entre muchos otros. De catorce millones de
judíos, sólo pertenece a ese tipo una parte y, además, no todos los que
pertenecen al mismo son judíos. Uno de los rasgos prominentes —en el sentido
literal y figurado del término— que le suelen caracterizar es la nariz, que se
viene calificando de semítica, aguileña o de pico de águila o corva. Pero
(¡sorpresa!), de 2.836 judíos de Nueva York, Fishberg no encontró más que un
14 % de narices corvas: una persona de cada siete; el 57 % tenía la nariz
recta, el 20 % la tenía respingona, y el 6,5 % chata.[25]
Otros
antropólogos han llegado a resultados parecidos respecto a las narices
semíticas en Polonia y en Ucrania.[26] Por otra parte, parece claro que este
tipo de nariz no existe entre los auténticos semitas, como los beduinos de pura
raza.[27] En cambio, «se la encuentra con mucha frecuencia entre las diversas
poblaciones del Cáucaso, y también en Asia Menor. Entre las razas autóctonas de
esta región, como los armenios, los georgianos… y también entre los sirios, las
narices aguileñas son lo corriente. Entre las poblaciones de los países
mediterráneos de Europa, griegos, italianos, franceses, españoles o
portugueses, la nariz aguileña se encuentra también con mayor frecuencia que
entre los judíos de Europa oriental. Los indios de América del Norte, muy a menudo
tienen también la “nariz judía”».[28]
Por tanto,
la nariz, como dato único, no es un índice muy seguro. Al parecer, sólo una
minoría —un tipo particular de judíos— tiene la nariz aguileña y, además,
muchos otros grupos étnicos la tienen también. Y, sin embargo, la intuición nos
dice que las estadísticas de la antropología deben de tener algún error. Beddoe
y Jacobs propusieron una ingeniosa solución a este enigma, sosteniendo que la
«nariz judía» no tiene por qué tener necesariamente un perfil aguileño, sino
que puede dar la impresión de ser corva a causa de una especie de doblez o
repliegue de las ventanas de la nariz.
Para
demostrar en qué consiste este «naricismo» que da la impresión de pico de
águila, Jacobs invita a sus lectores a «dibujar un seis con el rabo muy largo
(figura 1); si borramos el gancho, como en la figura 2, el aspecto judío
comienza a desaparecer; cuando se dibuja la base horizontal, se desvanece por
completo, como en la figura 3». Ripley, que cita a Jacobs, añade: «¡Menuda
transformación! Sin duda alguna, el judío se ha convertido en romano. ¿Qué
hemos probado con esto? Que, en realidad, existe un fenómeno de nariz judía,
pero conformado de manera distinta a como lo hicimos en nuestra primera
hipótesis (criterio de convexidad)».[29]
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¿Es esto
completamente cierto? La figura 1 podría representar también una nariz armenia,
italiana, griega, española o piel roja, con su «naricismo» incluido. Que sea
judía y no armenia, etc., lo deducimos inmediatamente del contexto en que se
incluyen las demás características, dentro de las que debemos citar la
expresión, el comportamiento y la indumentaria. No se trata de un proceso
analítico, sino, más bien, de una percepción que revela la Gestalt psicológica,
la aprehensión de un parecido o de una generalidad.
Iguales
consideraciones podemos aplicar a cada uno de los elementos del aspecto que se
considera como típicamente judío: los «labios sensuales», el cabello negro,
ondulado o rizado; los ojos tristes o traicioneros, o saltones, o grandes y
almendrados, etc. Tomados por separado, pertenecen a los pueblos más diversos;
pero si los reunimos como en un retrato-robot, conforman un prototipo judío y,
volvamos a repetirlo, un tipo concreto de judío, originario de la Europa del
Este, que es al que mejor se conoce. Pero, el retrato-robot no se adaptaría a
los demás tipos de judíos, como, por ejemplo, a los sefarditas y a sus
descendientes ingleses, ni al tipo judeo-eslavo de Europa central, ni al tipo
judeo-teutón, ni a los tipos mongoloides, negroides, etc. Además, tampoco
podemos estar seguros de reconocer a la perfección ni siquiera este tipo. Los
retratos publicados por Fishberg o por Ripley pueden servirnos para jugar a las
adivinanzas sin más que prescindir de los pies de foto que identifican a los
modelos como judíos o no-judíos. Podemos repetir el mismo juego en una terraza
de un café de cualquier ciudad mediterránea — naturalmente, sin resultado, a no
ser que detengamos a las personas objeto de la experiencia para preguntarles
acerca de su religión—; pero, si se juega entre muchos, serán sorprendentes los
desacuerdos que aparecerán entre los observadores. La sugestión tiene también
su importancia. «¿Sabías que Harold es judío?». —No; pero, ahora que lo dices,
creo que era evidente». «¿Sabías que la familia real tiene sangre judía?».
—«No; pero, ahora que lo dices…». Una ilustración de Races of Mankind, de
Hutchinson, muestra a tres
Página 158
geishas con
esta leyenda: Japonesas con fisonomía judía. Después de leer el pie, se suele
decir: «Pero, ¡claro!, ¿cómo no me habría dado cuenta antes?». Si dedicamos a
este juego el tiempo suficiente comenzaremos a ver judíos por todas partes.
V
La
confusión proviene también de lo extremadamente difícil que resulta distinguir
entre caracteres hereditarios y los que se han recibido del medio, sobre todo
del medio social. Ya hemos considerado este problema a propósito de las medidas
corporales que se presentaban como criterios raciales; pero la influencia de
los factores sociales sobre la fisonomía, la actitud, la manera de hablar, los
gestos o la indumentaria contribuyen de una forma más sutil y más compleja a
componer el retrato-robot del judío. El factor más evidente es la manera de
vestir, junto con el peinado. Disfrazad a cualquier persona con un caftán negro
y un sombrero de gran tamaño de donde salgan tirabuzones y, al primer golpe de
vista, se podrá reconocer al mismo prototipo de judío. Pero hay otros
indicadores menos radicales respecto a las preferencias indumentarias de
algunos judíos de determinadas clases sociales, preferencias que van unidas a
acentos, manierismos en el lenguaje, gesticulación y comportamiento.
Creo que
resultará una agradable diversión dejar a un lado por un momento a los judíos,
y escuchar a un francés describir la manera en que sus compatriotas reconocían
«al primer golpe de vista» a un inglés. Michel Leiris, eminente escritor,
también se dedica a la investigación en el CNRS, y forma parte del equipo del
Museo del Hombre:
Es tan
absurdo hablar de una «raza» inglesa, como pretender incluir a los ingleses
dentro de la «raza nórdica». En efecto, la Historia nos enseña que, como todos
los pueblos de Europa, el pueblo inglés se ha formado gracias a las sucesivas
aportaciones de distintas poblaciones: sajones, daneses o normandos llegados de
Francia han tomado tierra alternativamente en este país céltico y, los mismos
romanos penetraron en la isla en tiempos de Julio César. Además, aunque fuera
posible identificar a un inglés por su forma de vestir, o simplemente de
comportarse, desde luego sería imposible reconocerlo como tal por la sola
apariencia física: hay entre los ingleses, como entre el resto de los pueblos
europeos, rubios y morenos, altos y bajos, y (para referirnos a uno de los
criterios más usados en antropología), dolicocéfalos (o personas con el cráneo
alargado en sentido antero-posterior), y braquicéfalos (o personas con el
cráneo ancho). Hay quien puede afirmar que no es difícil reconocer a un inglés
a partir de determinados caracteres externos que le dan un aspecto particular:
sobriedad en sus gestos (en oposición a la gesticulación que se suele atribuir
generalmente a los del Sur), manera de andar, expresiones faciales, que se
suelen designar con el bastante vago nombre de «flema». Sin embargo, los que se
aventuran a hacer semejantes afirmaciones tendrán a menudo ocasión de ser
cogidos en falta; pues no todos los ingleses presentan esos caracteres, ni
mucho menos, y, aun admitiendo que sean los del «inglés típico», no se trata
más que de caracteres externos, y no
Página 159
características
físicas: actitudes corporales, formas de accionar los diversos músculos de la
cara, que recelan un comportamiento: se trata de hábitos, unidos al hecho de
pertenecer a un determinado status social; lejos de ser fenómenos de la
naturaleza, son fenómenos de la cultura y —aunque en rigor no se les pueda
considerar como rasgos no «nacionales» (lo que sería generalizar demasiado),
sí, en cambio, podemos considerarlos comunes a una clase determinada de la
sociedad, dentro de un determinado país o de una región determinada de ese
país— no podríamos contarlos entre los signos distintivos de las razas.[30]
Sin
embargo, al decir que las expresiones faciales no son «físicas», y que «revelan
un comportamiento», Leiris parece olvidar que el comportamiento puede modificar
los caracteres y, en consecuencia, dejar sus huellas en el «físico». Basta con
pensar en determinados rasgos típicos de la fisonomía de los viejos
comediantes, de los sacerdotes que han vivido el celibato, de los militares de
carrera, de los condenados a largas penas de prisión, de los marinos, de los
campesinos, etc. Sus modos de vida no sólo afectan a sus expresiones faciales,
sino también a sus caracteres físicos, llegando a dar así la falsa impresión de
que estos caracteres tienen un origen hereditario o «racial».[31]
Si se me
permite añadir una observación personal, diré que, en mis viajes a los Estados
Unidos, a menudo me he encontrado con amigos de la juventud, originarios de
Europa central, que emigraron antes de la segunda Guerra Mundial, a los que no
había vuelto a ver desde hacía treinta o cuarenta años. En cada ocasión, me ha
sorprendido constatar no sólo que vestían, hablaban, comían y se comportaban
como americanos, sino que, además, habían adquirido una fisonomía americana.
Soy incapaz de describir en qué consiste ese cambio pero, desde luego, es algo
que tiene que ver con cierta dureza de la mandíbula y con determinada expresión
de la mirada. (Un antropólogo amigo mío atribuye la primera modificación al
intenso ejercicio de los maxilares a que obliga la pronunciación americana, y,
la segunda, a las infernales aglomeraciones, así como a las úlceras que éstas
provocan). He tenido la satisfacción de descubrir que esto no era una fantasía
más de mi imaginación: Fishberg lo había observado también en 1910: «Las actitudes
corporales varían con mucha facilidad con los cambios de entorno social… He
comprobado estos rápidos cambios entre los inmigrantes de los Estados Unidos…
La nueva fisonomía se pone de manifiesto con mayor claridad cuando estos
emigrantes vuelven a su país de origen… Este hecho nos proporciona una
excelente prueba de que los elementos sociales en los que el hombre evoluciona
ejercen una profunda influencia sobre sus caracteres físicos».[32]
Según
parece, este proverbial crisol produce una fisonomía americana, un fenotipo más
o menos uniforme proveniente de una gran variedad de
Página 160
genotipos.
Incluso ciudadanos de herencia puramente china o japonesa parecen verse
afectados también, en alguna medida, por este proceso. En cualquier caso, a
menudo podemos reconocer a un americano «al primer golpe de vista», cualquiera
que sean su indumentaria o su idioma, ya sea de origen italiano, polaco o
alemán.
VI
La inmensa
sombra del ghetto se cierne sobre cualquier estudio sobre la herencia biológica
y social de los judíos. Los judíos de Europa y América, e incluso los de África
del Norte, son hijos del ghetto: apenas les separa de él más que cuatro o cinco
generaciones. Cualquiera que fuera su origen geográfico, tras esos muros
vivieron prácticamente todos en iguales condiciones, sometidos durante siglos a
las mismas influencias, que habrían de formarles o deformarles.
Desde el
punto de vista biológico, podemos distinguir tres influencias fundamentales: la
consanguinidad, la pérdida genética y la selección.
La
consanguinidad, en su tiempo, pudo desempeñar en la historia racial judía un
papel tal importante como su contrario, la hibridación. De la época bíblica a
la era de la segregación obligada, y, más tarde, de nuevo en los tiempos
modernos, la tendencia dominante fue el mestizaje. En el período intermedio
transcurrieron de tres a cinco siglos (según los países) de aislamiento y
consanguinidad —en el sentido estricto de matrimonios consanguíneos, y en el
sentido amplio de endogamia en el interior de grupos reducidos. La
consanguinidad conlleva el peligro de reunir genes recesivos nocivos, y
permitir que se desarrollen. Desde hace mucho tiempo se ha venido reconociendo
la frecuencia del idiotismo congénito entre los judíos;[33] muy probablemente
se debiera a una larga cadena de matrimonios consanguíneos, y no a una
particularidad semítica, como afirmaban algunos antropólogos. Las deformidades
mentales o físicas son claramente frecuentes en pueblos aislados alpinos, donde
sus tumbas no llevan más de cinco o seis apellidos familiares distintos, y, la
mayoría de ellas, uno solo. Y entre ellas no encontramos apellidos como Cohen o
Levy.
También es
verdad que la consanguinidad puede producir caballos de carrera campeones,
gracias a combinaciones de genes favorables. Puede que también haya contribuido
al nacimiento de genios, de la misma manera que al de cretinos, en el interior
de los ghettos. Esto nos recuerda la frase de Chaim Weiczman: «Los judíos son
como el resto, pero más».
Página 161
Otro
proceso que ha podido afectar profundamente a las poblaciones de los ghettos es
la «pérdida genética» (también conocida por «efecto de Sewall Wright»). Se
trata de una gradual desaparición de caracteres hereditarios en pequeñas
poblaciones aisladas, bien sea porque casualmente alguno de sus fundadores no
poseía los genes correspondientes, o bien porque los que los poseían no los
pudieron transmitir. La pérdida genética puede provocar considerables
transformaciones en los caracteres hereditarios de colectividades reducidas.
En el seno
del ghetto, la selección debió tener una intensidad raramente alcanzada en la
Historia. En primer lugar, al estarles prohibida la agricultura, los judíos,
totalmente urbanizados, se apiñaron en las ciudades o shtetl, cada vez más
superpoblados. En consecuencia, escribe Shapiro, «las terribles epidemias que
en la Edad Media devastaron a ciudades grandes o pequeñas, a la larga debieron
proporcionar a los judíos cierto grado de inmunidad, mayor que en el resto del
grupo. Estando todos los judíos expuestos a contraer estas enfermedades, sus
modernos descendientes representan los supervivientes de un proceso de
selección particularmente riguroso».[34] Esto explicaría la rareza de la
tuberculosis entre los judíos, y su relativa longevidad (ampliamente demostrada
en las estadísticas de Fisherg).
En torno al
ghetto, las presiones hostiles iban desde el desprecio, a las esporádicas
violencias, alcanzando a veces niveles como el de los pogroms. Siglos de
existencia en semejantes condiciones debieron favorecer la supervivencia de los
más flexibles, de los más complacientes, de las mentalidades más elásticas: en
una palabra, de los habitantes típicos de los ghettos. Los antropólogos todavía
siguen discutiendo acaloradamente sobre si estos rasgos se convirtieron en
características hereditarias, sobre las que desempeñaría su papel el proceso de
selección, o si se transmiten como una herencia social, ayudada por un
condicionamiento en la etapa de la infancia. Tampoco se sabe en qué medida se
debe atribuir a la herencia o al medio un coeficiente intelectual superior a la
media. Veamos otro ejemplo: antiguamente, los judíos no bebían alcohol, y
algunos especialistas en alcoholismo han considerado esta abstinencia como un
carácter hereditario.
Pero,
además, se puede interpretar también como una herencia del ghetto, una especie
de residuo inconsciente de los siglos en que se vivía en unas condiciones tan
precarias que resultaba peligroso bajar la guardia; con su estrella amarilla a
la espalda, el judío debía permanecer sobrio y atento, siempre contemplando con
un divertido desprecio las muecas del «goy borracho». La repugnancia por el
alcohol y por cualquier otro exceso fue
Página 162
inculcada a
los niños durante generaciones; más tarde, los recuerdos del ghetto comenzarían
a borrarse, la asimilación se iría produciendo paulatinamente (sobre todo en
los países anglosajones) y, poco a poco, el consumo de alcohol comienza a
aumentar. La famosa abstinencia era, después de todo, como tantas otras
características judías, un producto de la herencia social, no un producto de la
herencia biológica.
Por último,
otro proceso de evolución, la selección sexual, ha podido contribuir a
conformar los rasgos que hoy día se consideran como típicamente judíos. Se
trata de una idea que, al parecer, Ripley ha sido el primero en sugerir (la
cursiva es de él):[36] «El judío, en lo que concierne al origen racial, está
totalmente mestizado; en cambio, es el heredero legítimo del judaísmo por
elección… El judaísmo afectaba a todos los detalles de la vida de los judíos.
¿Por qué no pensar que alcanzara también a su ideal de belleza física? ¿Por qué
no pensar que haya influenciado sus preferencias sexuales y determinado sus
elecciones matrimoniales? Luego, estos resultados serían reforzados por la
herencia…».
Ripley no
se ha preguntado cuál sería ese «ideal de belleza» en el ghetto. Pero Fishberg
sí que lo ha hecho, y nos propone una seductora hipótesis: «Para el judío de
estricta observancia, en Europa oriental, un hombre robusto y muy musculoso es
un Esaú. Durante cientos de años, antes de mediados del siglo XIX, el ideal de
un hijo de Jacob ha sido el dulce joven de cuidado aspecto,[37] el delicado
muchacho, anémico y frágil, de lánguida mirada, con la cabeza llena y las manos
vacías. Pero, sigue diciendo Fishberg, tanto en Europa occidental como en
América, existe actualmente una clara tendencia en sentido opuesto. Muchos
judíos están orgullosos de no tener aspecto judío. En estas condiciones, hay
que reconocer que lo que se llama un aspecto “judío” no tiene un porvenir muy
brillante».[38] Y podríamos añadir: sobre todo entre los jóvenes israelíes.
VII
En la
primera parte de este libro he tratado de reconstruir la historia del Imperio
kázaro a partir de las escasas fuentes que existen.
En la
segunda parte, en los capítulos del cinco al siete he reunido la documentación
histórica que indica que la mayoría de los judíos de Europa oriental (y, por
tanto, de los judíos en general) es de origen turco-kázaro, y no de origen
semítico.
Página 163
En este
último capítulo he querido demostrar que los datos de la antropología
concuerdan con la Historia, a la hora de refutar la todavía usual opinión según
la cual existiría una raza judía que se remonta hasta la tribu bíblica.
Desde el
punto de vista de la antropología, hay dos series de hechos que van en contra
de esta creencia: la extremada diversidad de los judíos en cuanto a caracteres
físicos, y su similitud con las poblaciones no judías en que viven. Tanto una
como la otra se ponen de manifiesto en las estadísticas concernientes a la
talla, índices craneanos, grupos sanguíneos, color de los ojos y del pelo, etc.
Tomando como indicador cualquiera de estos criterios antropológicos, nos
señalará un mayor parecido entre judíos y no judíos de un mismo país que entre
judíos que habitan en países diferentes. Para describir esta situación he
propuesto las fórmulas: NJa - Ja < Ja - Jb y NJa - NJb ≅ Ja - Jb.
Evidentemente,
el mestizaje es la explicación de estos fenómenos. Según los contextos
históricos, este mestizaje ha revestido distintas formas: matrimonios mixtos,
proselitismo a gran escala o violación —compañía constante (legal o tolerada)
de las guerras y pogroms.
Seguir
pensando, a pesar de las estadísticas, que existe un tipo judío reconocible, es
formarse una opinión basada, en gran parte, aunque no completamente, en ideas
falsas: es ignorar que los rasgos considerados como típicamente judíos en
relación con los nórdicos, dejan de parecer tales si los comparamos con los
mediterráneos; es no sospechar la influencia del medio sobre el físico y el
aspecto general; es confundir la herencia biológica con la herencia social.
Sin
embargo, podemos encontrar algunos rasgos hereditarios que caracterizan a un
determinado tipo de judío contemporáneo. Podemos atribuirlos, en gran parte, a
la luz de la genética de las poblaciones, a procesos que han venido operando
durante siglos en la segregación de los ghettos: la consanguinidad, la pérdida
genética y las presiones selectivas. Estas últimas se han llevado a cabo de
muchas maneras: selección natural (en las epidemias, por ejemplo), selección
sexual y, con menos seguridad, diríamos que también selección de las
características que favorecerían la supervivencia en el ghetto.
Por otra
parte, la herencia social, a través de un condicionamiento en la infancia, ha
sido un agente muy eficaz de formación y de deformación.
Cada uno de
estos procesos ha contribuido a la elaboración de un tipo de judío del ghetto,
que se ha ido diluyendo poco a poco tras la apertura de los
Página 164
ghettos. En
cuanto a la composición genética y al aspecto físico del tronco común anterior
a los ghettos, es muy poco lo que sabemos. Tal y como lo hemos concebido en la
presente obra, ese «tronco original» era fundamentalmente turco, aunque se
hallaba mezclado también, en proporciones desconocidas, con distintos
elementos, entre otros con los antiguos palestinos. No nos es posible
determinar qué características pretendidamente típicas, como la «nariz judía»,
serían producto de la selección sexual en los ghettos o manifestaciones de un
gen tribal particularmente «persistente». Y, en este caso, ya que esta forma de
nariz es frecuente entre los pueblos del Cáucaso, mientras que raramente se
encuentra entre los beduinos semitas, tendríamos un testimonio más del papel
preponderante que esta decimotercera tribu ha desempeñado en la historia
biológica de los judíos.
Página 165
ANEXOS
Página 166
1
NOTA SOBRE
LA ORTOGRAFÍA
La grafía
de algunos términos es lógicamente ilógica en el libro que acabamos de leer. Su
lógica radica en que he reproducido, como era mi obligación, al citar a los
distintos autores, su manera peculiar de ortografiar los nombres propios; pero
el resultado a que nos conduce da al texto un aspecto curiosamente ilógico, ya
que los mismos nombres de persona, de ciudad o de pueblos, aparecen bajo formas
diferentes en muchos sitios. Así, encontramos Kazar, Khazar, Chazar, Chozar,
Chozr, etcétera; y también Ibn Fadlan e ibn-Fadlan, Al Masudi y Al-Masudi, etc.
Para mi propio texto he elegido la grafía que me ha parecido que confundiría
menos a los lectores que no sean orientalistas de profesión.
T. E.
Lawrence, a pesar de ser un brillante orientalista, para transcribir la
ortografía hacía gala de una desenvoltura tan brutal como si de atacar
guarniciones turcas se tratara. Su hermano, A. W. Lawrence, lo explica en el
prefacio de los Siete pilares de la sabiduría:
La
ortografía de los nombres árabes varía mucho en todas las ediciones, y no he
hecho ningún cambio. Debemos decir que en árabe tan sólo existen tres vocales,
y, que algunas consonantes no tienen equivalente en inglés. La práctica usual
de los orientalistas, desde hace algunos años, es adoptar una de las distintas
series de signos convencionales para reproducir las letras y los signos
vocálicos del alfabeto árabe, y, de esta manera, escribir Muhammad por Mahoma,
mu’edhdhin por muezzin, Qur’an o Kur’an por Corán. Es un método útil para
quienes saben lo que significa, pero este libro sigue la antigua forma de
escribir con las mejores aproximaciones fonéticas, pero siguiendo la ortografía
inglesa ordinaria.
Reproduce a
continuación una lista de preguntas formuladas por un editor a propósito de la
ortografía, con las respuestas de T. E. Lawrence. Por ejemplo:
Pregunta:
Hoja 20. Nuri, emir de los Ruwalla, pertenece a la primera familia de los
Rualla.
Hoja 23.
«caballo rualla», hoja 38. «mató a un Ruelí». En otras hojas, «Rualla».
Respuesta:
Habría debido emplear también Ruwala y Ruala.
Pregunta:
Hoja 47, Jedha, la camella, era Jedhah en la hoja 40.
Respuesta:
Era una magnífica bestia.
Pregunta:
Hoja 78. El jerife Abd el Mayin de la hoja 68, se convierte en el Main, el
Mayein, el Muein, el Mayin y el Muyein.
Respuesta:
¡Bravo! Lo encuentro realmente ingenioso.
Página 167
Si
transcribir el árabe moderno es difícil, la confusión llega a ser abominable
cuando los orientalistas se ocupan de textos árabes o persas de la Edad Media,
tanto más arduos cuanto que a menudo aparecen mutilados por copistas
negligentes. La primera traducción inglesa de Ebn Haukal o ibn-Hawkal fue
publicada en 1800 por Sir William Ouseley, eminente orientalista, que no pudo
por menos que exhalar esta sentida queja en el prefacio:[1]
No debería
quejarme de las dificultades que entraña una combinación irregular de las
letras, de la confusión de una palabra con otra, y, en algunas líneas, de la
total omisión de los puntos diacríticos, pues la costumbre y una perseverante
atención me han permitido superarlo en pasajes de descripción general o en
frases construidas de forma ordinaria; pero en los nombres de persona o de
lugar que no han aparecido anteriormente en ninguna otra ocasión y que el
contexto no puede ayudar a descifrar, cuando los puntos diacríticos no
aparecen, sólo se pueden suplir con la conjetura o la aproximación con un
manuscrito mejor…
…A pesar de
lo que acabo de decir, y aunque los más sabios autores en literatura hebrea,
árabe o persa hayan hecho ya observaciones sobre el mismo tema, puede ser
necesario mostrar con un ejemplo concreto la extraordinaria influencia de estos
puntos diacríticos…
Bastará con
un ejemplo. Supongamos que a las tres letras que (en persa) forman la palabra
Tibetestén les faltan sus puntos-diacríticos. La primera letra se puede
transformar en una N si se le pone un punto encima; en una T si se le ponen dos
puntos; en TH o S si se le ponen tres; si se le coloca un punto debajo, la
letra se convierte en una B, con dos puntos Y, con tres puntos, P. La segunda
letra puede alterarse de la misma forma, y la tercera, según los puntos que se
añadan, puede convertirse en B, P, T, TH, o S.
Página 168
2
NOTA SOBRE
LAS FUENTES
A) FUENTES
ANTIGUAS
Todo cuanto
sabemos sobre la historia de los kázaros proviene, fundamentalmente, de fuentes
árabes, bizantinas, rusas y hebreas, corroboradas por testimonios de origen
persa, sirio, armenio, georgiano y turco. No hablaré más que de algunos de los
principales documentos.
Árabes
Los
antiguos historiadores árabes se distinguen de los demás por la singular forma
de sus composiciones. Narran cada acontecimiento basándose en relatos de
testigos oculares o, al menos, contemporáneos, que llegan hasta el último de
los narradores a través de una cadena de intermediarios que se han ido
transmitiendo la narración original de unos a otros. A menudo sucede que el
relato de un mismo hecho aparece bajo dos o más formas ligeramente divergentes
entre sí, que dan lugar a dos series distintas de testigos. También,
frecuentemente, encontramos un mismo acontecimiento o detalle importante
relatado de varias maneras, basadas todas ellas en varios testimonios que han
sido transmitidos hasta el último de los narradores por distintas líneas de
tradición… El principio es siempre que lo que está bien dicho una vez no hay
necesidad de volverlo a decir de nuevo. En consecuencia, el escritor permanece
lo más cerca posible de sus fuentes, de suerte que el más reciente de los
escritores reproduce a menudo las mismas palabras que el primer narrador…
De esta
forma se expresan dos historiadores que gozan de autoridad en su disciplina,
H. A. R. Gibb y M. J. de Goeje, en el artículo dedicado a la historiografía
árabe en las antiguas ediciones de la Encyclopaedia Britannica.
Como puede
comprenderse, es muy difícil identificar una fuente original (que ha podido
perderse), en medio de las sucesivas versiones de los historiadores
posteriores, compiladores y plagiarios. Frecuentemente, resulta imposible
fechar un episodio o la descripción de una situación en un país determinado; en
cuanto a las fechas, la incertidumbre puede abarcar todo un siglo, cuando el
autor se expresa en presente, sin indicar con claridad que está citando una
fuente antigua. Si a esto añadimos las dificultades que, debido a la oscuridad
ortográfica y a los errores de los copistas, entraña identificar a los
personajes, pueblos o lugares, veremos que desembocamos en un puzzle
Página 169
en el que
la mitad de las piezas faltan y, de la otra mitad, parte son de otro juego, con
las que apenas lograremos perfilar una figura.
Las
principales narraciones árabes concernientes a los kázaros —citadas con mayor
frecuencia en las páginas que anteceden— son de Ibn Fadlan, de al-Istakhri, de
Ibn Hawkal y de al-Masudi. Poco hay en ellas que podamos calificar de original,
como el relato de Ibn Fadlan, quien nos habla por propia experiencia. El de Ibn
Hawkal, por ejemplo, compuesto probablemente en el año 977, se basa casi por
completo en el de Istakhri, redactado en el 932; y éste, a su vez, estaría
basado en una obra perdida del geógrafo el-Balkhi, que se escribió hacia el año
920.
No sabemos
gran cosa sobre la vida de estos historiadores ni sobre la validez de sus
trabajos. Realmente, el que más vivo nos aparece es el personaje de Ibn Fadlan,
diplomático y penetrante observador. Sin embargo, podemos seguir las etapas de
la evolución de la joven ciencia llamada historiografía, recorriendo, eslabón a
eslabón, la cadena que representa el siglo X. El-Balkhi, el primero de la
serie, marca el comienzo de la escuela clásica de geografía árabe, insistiendo
sobre todo en los mapas y dando al texto descriptivo una importancia
secundaria. Istakhri supone un claro progreso, dando prioridad al texto. (No se
sabe nada de su biografía; y, lo que ha sobrevivido de sus escritos, al
parecer, no es más que el compendio de una considerable obra). Con Ibn Hawkal
(del que sólo se sabe que era comerciante y emisario), llegamos a un estadio
decisivo: el texto ya no es un comentario a los mapas (como en Balkhi y,
parcialmente, todavía en Istakhri), apareciendo así la narración de pleno
derecho.
Finalmente,
dos siglos más tarde, llegamos, con Yakut (1179-1229), a la era de los
compiladores y enciclopedistas. De él sabemos, por lo menos, que nació en
Grecia, y que, siendo muy joven, fue vendido en Bagdad a un comerciante, que le
trató con bondad e hizo de él una especie de viajante de comercio. Una vez
liberto, se hizo traficante de libros, y terminó instalándose en Mosul, donde
compuso su gran enciclopedia de geografía e historia. Esta importante obra
vuelve a utilizar los dos escritos de Ibn Fadlan y de Istakhri sobre los
kázaros. Desgraciadamente, Yakut cometió el error de atribuir a Ibn Fadlan la
narración de Istakhri. Como los dos relatos difieren en cuanto a aspectos
esenciales, su atribución a un solo autor conduce a numerosos absurdos, de manera
que Ibn Fadlan se ha visto un tanto desacreditado ante los ojos de los
historiadores modernos.
Pero todo
cambió cuando se descubrió, en un antiguo manuscrito conservado en Mechhed,
Irán, el texto íntegro de la narración de Ibn Fadlan.
Página 170
El
descubrimiento, que causó sensación entre los orientalistas, se realizó en 1923
por Zeki Validi Togan (del que hablaremos más extensamente). No solamente
confirmó la autenticidad de las partes del relato concernientes a los kázaros,
citadas por Yakut, sino que, además, revelaba pasajes omitidos por este último
y, por tanto, desconocidos hasta entonces. Además, después de la confusión
provocada por el compilador, se pudo reconocer en Ibn Fadlan y en Istakhri-Ibn
Hawkal fuentes independientes que se reforzaban mutuamente.
El mismo
valor de prueba testimonial se atribuye a los relatos de Ibn Rusta, de al-Bekri
o de Gardezi, que he tenido pocas ocasiones de citar, precisamente por su
contenido esencialmente semejante al de las fuentes principales.
También
existe otra fuente, al parecer independiente, en los escritos de al-Masudi
(muerto en el año 956), conocido como «El Herodoto de los árabes». Viajero
infatigable, con una insaciable curiosidad, no siempre lo han apreciado los
historiadores modernos. La Enciclopedia del islam juzga que sus viajes fueron
motivados por una sed de conocimientos que, desgraciadamente, «era muy
superficial. Nunca se remontaba hasta las fuentes, contentándose con
averiguaciones superficiales y transmitiendo cuentos y leyendas sin hacer la
menor crítica».
Pero esto
mismo podríamos decir de otros muchos cronistas, musulmanes o cristianos, de la
Edad Media.
Bizantinas
El
documento bizantino más precioso es, desde luego, La administración del
Imperio, de Constantino VII Porfirogéneta. Esta obra no sólo es importante por
la información que proporciona sobre los propios kázaros (y, en particular,
sobre sus relaciones con los magiares), sino, también, por las referencias que
procura sobre los rhus y los pueblos de las estepas nórdicas.
Constantino
(904-959) fue un personaje apasionante, y no es de extrañar que Arnold Toynbee
haya reconocido haberle «entregado su corazón».[3] Esta unión sentimental
comenzó cuando aún era estudiante, y tuvo como fruto una obra monumental,
Constantine Porphyrogenitus and his World, que el historiador publicaría en el
año 1973, a la edad de ochenta y cuatro años. Como el título indica, la
personalidad y la obra de Constantino priman sobre la situación y los
acontecimientos del mundo en que vivió, y en el que vivieron también los
kázaros.
Página 171
La
admiración que Toynbee sentía no le impidió poner de relieve las limitaciones
del emperador-historiador: «Los datos reunidos en La administración del Imperio
han sido extraídos de diferentes fuentes en diferentes fechas, y el resultado
no es un libro cuyos materiales hayan sido meditados y ordenados por un autor;
es más bien una colección de fichas conformada con bastante negligencia».[4] Y,
más adelante: «En el estado en que Constantino legó a la posteridad los libros
De la administración del Imperio y De las ceremonias provocan una lamentable
confusión en la mayoría de los lectores».[5] (Sin embargo, el pobre Constantino
estaba completamente convencido de haber logrado con las Ceremonias una «obra
maestra técnica», al mismo tiempo que «un monumento de erudición y de
consagración a la tarea».[6]
Análogas
críticas fueron formuladas anteriormente por Bury[7] y por Macartney, al tratar
de entresacar las contradicciones de Constantino respecto a las migraciones
magiares:
«Debemos
recordar la composición de La administración del Imperio: una serie de notas
extraídas de las más diversas fuentes, a menudo utilizadas en sentidos
diferentes o contradiciéndose, y apiñadas con la más rudimentaria revisión».[8]
Pero no
vayamos a tirar al niño con el agua del baño, como algunos eruditos tienen
tendencia a hacer. Constantino gozaba del privilegio, generalmente negado a los
historiadores, de consultar los archivos imperiales y de recibir, sin
intermediario alguno, los informes de sus funcionarios y embajadores al regreso
de su misión. Utilizada con precaución, y junto a otras fuentes, La
administración resulta muy útil para esclarecer este oscuro período.
Rusas
Aparte del
folklore, las leyendas y las canciones de la literatura oral (como El dicho de
la batalla de Igor), el primer documento escrito en ruso es el Povezt
Vremennikn Let, literalmente, Cuento del tiempo pasado, conocido por los
nombres de Primera Crónica rusa, Antigua Crónica rusa, Crónica rusa,
Pseudo-Néstor y Libro de los Anales. Se trata de una compilación, redactada en
la primera mitad del siglo XII, de resúmenes o revisiones de crónicas más
antiguas, remontándose a los comienzos del siglo, e incorporando tradiciones y
documentos aún más antiguos. En consecuencia, pone de manifiesto Vernadsky,[9]
puede que contenga «fragmentos de
Página 172
auténtica
información incluso en lo que se refiere al período que va desde el siglo VII
al X» —período capital en la historia kázara—. El compilador principal de esta
obra probablemente fuera el sabio monje Néstor (nacido en el año 1056), del
monasterio de la Cripta de Kiev, pero esta atribución es discutible (de ahí el
«pseudo-Néstor»). Pero, cualquiera que sea su autor, el Povezt es una guía
inestimable (aunque no siempre infalible) del período que abarca.
Desgraciadamente, se interrumpe en el año 1112, justo al principio de la
misteriosa desaparición de los kázaros.
Las fuentes
hebreas de la Edad Media se examinarán en el Anexo III.
B)
ERUDICIÓN MODERNA
Resultaría
presuntuoso presentar aquí a los conocidísimos historiadores (ya citados en
páginas anteriores) que han escrito sobre algunos aspectos de la historia de
los kázaros: Toynbee, Bury, Vernadsky, Baron, Macartney, etc. Las notas que
expongo a continuación se limitan a autores cuyas obras son de máxima
importancia para el estudio que nos ocupa, aunque apenas hayan sido tenidos en
cuenta más que por los especialistas.
En primer
lugar, debo citar al desaparecido profesor Paul-E. Kahle, y a su antiguo
alumno, Douglas Morton Dunlop, actualmente profesor de Historia del Medio
Oriente en la Universidad de Columbia.
Paul-Eric
Kahle (1875-1905) fue un gran orientalista, uno de los mejores especialistas
europeos de crítica bíblica. Nacido en la Prusia Oriental, fue ordenado
ministro del culto luterano y, durante seis años, ejerció las funciones de
pastor en El Cairo. A continuación enseñó en distintas universidades alemanas
y, en 1923, fue nombrado director del famoso seminario oriental de la
Universidad de Bonn, centro de estudios internacional al que acudirían
orientalistas de todo el mundo. «Sin duda alguna, la mejor protección contra la
influencia nazi fue el carácter internacional del seminario, de su profesorado,
de sus estudiantes y visitantes, que nos permitió continuar nuestro trabajo sin
interrupciones durante casi seis años de régimen nazi… Durante años, yo fui el
único profesor en Alemania que tenía como ayudante a un judío, un rabino
polaco».[10]
No es de
extrañar que, finalmente, y a pesar de su impecable origen ario, Kahle fuera
obligado a emigrar, en el año 1938. Decidió entonces instalarse en Oxford, en
donde obtendría dos nuevos doctorados (en filosofía y en teología). En 1963
regresó de nuevo a Bonn, donde fallecería dos años más tarde. El catálogo del
British Museum cita veintisiete obras suyas, de las
Página 173
cuales
mencionaré aquí sus estudios sobre la Geniza de El Cairo y sobre los
Manuscritos del mar Muerto.
Entre los
alumnos de Kahle se encontraba en Bonn, antes de la Guerra, el joven
orientalista D. M. Dunlop.
Kahle
estaba interesado en extremo por la historia de los kázaros. En 1937, cuando el
historiador belga Henry Gregoire publicó un artículo poniendo en duda la
autenticidad de La correspondencia Kázara,[11] se apresuró a entrevistarse con
él. «Indiqué a Gregoire que no podía tener razón respecto a determinados
puntos, y tuve la suerte de discutir con él todas estas cuestiones cuando me
visitó en Bonn, en diciembre de 1937. Decidimos entonces publicar un gran
estudio conjunto —pero los acontecimientos políticos harían irrealizable este
plan—. Entonces propuse a uno de mis antiguos alumnos, D. M. Dunlop, que se
encargara de esta empresa. Se trataba de un historiador con la capacidad
suficiente como para poder utilizar tanto las fuentes hebreas como las árabes,
además de dominar también otras lenguas y poseer la formación crítica necesaria
para llevar a cabo una tarea tan difícil».[12] El resultado de esta transacción
universitaria fue la gran obra de Dunlop The History of the Jewish Khazars,
publicada en 1954 por Princeton University Press. En este indispensable manual
de historia kázara podemos encontrar las pruebas de la autenticidad de La
correspondencia (véase anexo 3), plenamente garantizadas por Kahle.[13]
Añadamos, por último, que el profesor Dunlop, nacido el año 1909, es hijo de un
pastor escocés, quien, según el Who’s Who, tiene como hobbi «los paseos por la
montaña y la historia de Escocia». Actualmente se da el caso de que los que
defienden el judaísmo kázaro son, en su mayoría, buenos protestantes, hijos de
familias nórdicas y eclesiásticas.
Otro de los
alumnos de Kahle, aunque originario de un status muy diferente, es Ahmed Zeki
Validi Togan, descubridor del manuscrito de Ibn Fadlan en Mechhed. Creo que la
mejor manera de presentar a este pintoresco personaje es como lo hace Kahle en
sus Memorias:[14]
…Entre el
personal del Seminario se encontraban también orientales muy eminentes. Entre
ellos querría citar al doctor Zeki Validi, protegido de Sir Aurel Stein; se
trataba de un bachkir que realizó sus estudios en la Universidad de Kazán, y
que ya antes de la primera Guerra Mundial había comenzado sus investigaciones
en la academia de Petesburgo. Durante y después de la guerra, fue un dirigente
activo del «ejército bachkir» (aliado de los bolcheviques), en gran parte obra
suya. Había sido miembro de la Duma y, durante algún tiempo, perteneció al
Comité de los Seis, con Lenin, Trotski y Stalin. Más tarde, se enfrentó con los
bolcheviques y se refugió en Persia. Experto en lingüística turca (el bachkir
es una lengua turca), fue nombrado en Ankara Consejero del Ministerio de
Educación del gobierno de Mustafá Kemal y, a continuación, profesor de turco en
la Universidad de Estambul. Dimitiría siete años más tarde, cuando se le
obligó, como al resto de los profesores, a explicar que toda la civilización
mundial
Página 174
proviene de
los turcos; a continuación se trasladó a Viena, donde estudió historia medieval
con el profesor Dopsch. Al cabo de dos años obtuvo su doctorado con una
excelente tesis sobre el viaje de Ibn Fadlan por el país de los búlgaros, los
turcos y los kázaros, pues, en aquella época, ya había descubierto el texto en
un manuscrito en Mechhed. Publiqué esta obra en las «Abhandlungen für die Kunde
des Morgenlandes». Le traje desde Viena, primero como conferenciante y, más
tarde, como profesor honorario de Bonn. Se trataba de un auténtico sabio, un
hombre de extensa cultura, siempre dispuesto a aprender y cuya colaboración me
resultó muy provechosa. En 1938 volvió de nuevo a Turquía, otra vez como
profesor de turco en la Universidad de Estambul.
Otra
personalidad de envergadura, aunque de un tipo diferente, fue el Freiherr
(barón) Hugo von Kutschera (1847-1910), uno de los primeros defensores de la
teoría del origen kázaro de los judíos del Este. Hijo de un alto funcionario
austriaco, e inclinado hacia la carrera diplomática, realizó sus estudios en la
Academia Oriental de Viena, donde aprendió a fondo el turco, el árabe y el
persa. En un principio se le encargó de la embajada de Constantinopla y, a
continuación, se le nombró jefe de la Administración de las provincias de
Bosnia-Herzegovina, recién ocupadas por Austria-Hungría. Su conocimiento de la
vida oriental le valió la simpatía de los musulmanes de Bosnia, lo que
contribuyó a una relativa pacificación de la provincia — circunstancia que le proporcionó
su título, además de diversos honores.
Al
retirarse, en el año 1909, decidió consagrarse a un problema que le había
interesado desde siempre: las posibles relaciones entre los judíos europeos y
los kázaros. Siendo todavía muy joven, ya le había impresionado el contraste
que se podía apreciar entre los judíos sefarditas y askenaces de Turquía y de
los Balcanes; estudiando las fuentes antiguas de la historia de los kázaros,
fue convenciéndose poco a poco de que en esta historia podía encontrarse una
respuesta, aunque fuera parcial, a este problema. Historiador amateur (aunque
lingüista casi profesional), poseía una notable erudición; en su libro utiliza
todas las fuentes árabes conocidas antes de 1910. Desgraciadamente, no tendría
tiempo de ofrecernos sus citas y su bibliografía: Die Chasarem-Historische
studie se publicaría después de su muerte. En seguida se imprimió una segunda
edición de su obra, aunque los historiadores raramente la citan.
Abraham N.
Poliak nació en Kiev en el año 1910, y emigró con su familia a Palestina en
1923. Ocupó la cátedra de Historia Judía de la Edad Media de la Universidad de
Tel Aviv, y ha publicado numerosas obras en hebreo, entre las que cabe
destacar: Historia de los árabes, El feudalismo en Egipto del 1250 al 1900,
Geopolítica de Israel y de Oriente Medio, etc. Su ensayo sobre La conversión de
los kázaros al judaísmo, publicado en 1941 en la revista «Zion», levantó vivas
controversias —aunque menos que su libro titulado
Página 175
Khazaria
que, publicado en 1944 en Tel Aviv (también en hebreo), fue acogido con
auténtica hostilidad (fácilmente comprensible) y considerado como un ataque
contra la sagrada tradición que hace remontar a los judíos modernos a la tribu
bíblica de Israel. En la edición de 1971-1972 de la Encyclopaedia Judaica no
aparece el nombre de este autor.
En cambio,
Mathias Mieses, del que ya he citado su tesis sobre el origen de los judíos del
Este, y de la lengua yiddish, es muy apreciado entre los medios académicos.
Nacido en Galitzia en 1885, realizó estudios de lingüística, y se convirtió en
un pionero de la filología yiddish (aunque él escribió, sobre todo, en alemán,
polaco y hebreo). Se hizo famoso a raíz de su primera conferencia sobre el
yiddish, en Czernowitz, en el año 1908, y se consideran ya clásicos sus dos
grandes libros Die Entstehungsursache der jüdischen Dialekte (1915) y Die
Yiddische Sprache (1924).
Los últimos
años de Mieses transcurrieron en Cracovia, hasta que fue deportado, en el año
1945, con destino a Auschwitz, muriendo en el camino.
Página 176
3
3. «LA
CORRESPONDENCIA KAZARA»
I
Desde hace
mucho tiempo viene apasionando a los historiadores el intercambio de cartas
entre el estadista español Hasdai ibn Shaprut y el rey José de Kazaria. Bien es
verdad que, como dice Dunlop, «no hay que exagerar la importancia de la
correspondencia kázara. Hoy día es posible reconstruir con bastante exactitud
la historia de los kázaros sin necesidad de recurrir a las cartas de Hasdai y
de José».[15] No obstante, es indudable que no carece de interés resumir
brevemente lo que se sabe sobre la historia de estos documentos.
Suponemos
que la carta de Hasdai se escribió entre el año 954 y el 961, porque se cree
que la embajada de Europa oriental de que habla (véase capítulo 3, III, IV)
llegó a Córdoba en el año 954, y el califa Abd-al-Rahmán, que igualmente se
cita, reinó hasta el año 961. La carta es de puño y letra del secretario de
Hasdai, Menahem ber-Sharuk, cuyo nombre puede leerse en acróstico a
continuación del de Hasdai —esto ha sido establecido por Landau,
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ␀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ gracias a otros trabajos conocidos de Menahem, con los que se ha
comparado—. Desde luego, la autenticidad de la carta de Hasdai es indiscutible,
cosa que no puede decirse de la respuesta de José, en la que las pruebas son,
necesariamente, menos directas y más complejas.
Las
primeras alusiones a La correspondencia que se conocen datan de los siglos XI y
XII. Hacia el año 1100, el rabino de Barcelona, Jehudad Ben Barzillai, escribió
en hebreo un Libro de las fiestas (Sefer ha-Ittim), que contiene una extensa
referencia a la respuesta de José, acompañada de citas textuales. El pasaje en
cuestión comienza así:
Hemos
visto, entre otros manuscritos, la copia de una carta que el rey José, hijo de
Aarón, el sacerdote kázaro, escribió a R. Hasdai Bar Isaac.[17] No sabemos si
la carta es auténtica o no, ni si es cierto que los kázaros, que son turcos, se
convirtieron. No es seguro que sea real y verídico todo lo que esta carta
contiene. Pueden haber cosas falsas, o alguien ha podido añadir otras, o puede
haber algún error por parte del escriba… La razón por la que debemos
transcribir en la presente obra cosas que parecen exageradas, es habernos
encontrado, en la carta de este rey José a R. Hasdai, con que R. Hasdai le
había preguntado de qué familia era, su condición de
Página 177
rey, cómo
es que sus padres se cobijaron bajo las alas de la Presencia (es decir, se
convirtieron al judaísmo), y cuál era la extensión de su reino y sus dominios.
Le respondió a todas las cuestiones, ofreciendo toda clase de detalles en su
carta.[18]
A
continuación, Barzillai cita o parafrasea numerosos pasajes de la respuesta de
José, por lo que no podemos dudar de la existencia de este texto en el año
1100. Su sabio escepticismo en muchas ocasiones añade una nota particularmente
convincente. En el ambiente provinciano de Barcelona, evidentemente, el rabino
no podía saber nada, y, si sabía, era muy poca cosa, sobre los kázaros.
También oyó
hablar de las relaciones entre Hasdai y los kázaros, en la misma época
aproximadamente, el cronista árabe Ibn Hawkal. Se ha conservado una enigmática
nota garabateada sobre un mapa manuscrito fechado en el año 474 de la Hégira
(1086):
Hasdai ibn
Ishaq[19] cree que esta larga cordillera (el Cáucaso) continúa en las montañas
de Armenia y atraviesa el país de los griegos, abarcando Kazaria y las montañas
de Armenia. Estaba bien informado sobre estas regiones, pues las visitó y se
reunió con sus reyes y principales jefes.[20]
No parece
muy verosímil que Hasdai haya viajado realmente a Kazaria; sin embargo,
recordemos que en su carta hacía una proposición en este sentido, y que el rey
José acogió con entusiasmo la perspectiva de esta visita; es posible que el
diligente Ibn Hawkal oyera hablar de La correspondencia y extrapolara los
resultados a partir de ella, práctica no demasiado rara entre los cronistas de
la época.
Medio siglo
después (en el año 1140), Jehudad Halevi escribió su tratado filosófico
titulado Los Kázaros (Kuzri). Como ya hemos dicho, son muy pocos los hechos que
en él se contemplan, aunque todo lo concerniente a la conversión de los kázaros
al judaísmo concuerda en general bastante bien con las indicaciones contenidas
en la respuesta de José. Halevi no cita de una manera explícita La
correspondencia: su principal interés radica en la teología, y descuida todo lo
que a hechos o historia se refiera. Lo más probable es que hubiera leído alguna
copia de La correspondencia, al igual que lo hiciera anteriormente el rabino de
Barcelona, pero no podemos estar seguros de ello.
En cambio,
la certeza es absoluta en el caso de Abraham Ben Daud (véase más arriba, 2,
VIII), cuya famosa obra Sefer ha-Kabbalah, compuesta en el año 1161, contiene
el siguiente pasaje:
Encontraréis
congregaciones de Israel diseminadas desde la ciudad de Saba, en el extremo del
Maghreb, hasta Tahart, en su comienzo, en el extremo de Ifriquiya (Túnez), a
todo lo largo de Ifriquiya, en Egipto, en el país de los sabeos, en Arabia, en
Babilonia, en Elan, Persia,
Página 178
Dedan, en
el país de los girgachitas, llamado Djurdjan, y en el río Itil, donde viven los
kázaros convertidos. Su rey José envió una carta a R. Hasdai, príncipe bar
Isaac ben-Shaprut, informándole de que, tanto él como su pueblo, observaban la
ley divina. Hemos visto en Toledo algunos de sus descendientes, discípulos de
los sabios, que nos han dicho que allí todos obedecen la fe divina.[21]
II
La primera
versión impresa de La correspondencia kázara apareció en un folleto escrito en
hebreo, Kol Mebasser (La voz del portador de noticias), publicado en
Constantinopla hacia el año 1575, probablemente en el 1577.[22] Su autor, Isaac
Abraham Akrish, cuenta en el prefacio que, quince años antes, en el transcurso
de sus viajes a Egipto, había oído hablar de un reino judío independiente
(probablemente le fuera transmitido el rumor por los falachas de Etiopía) y que
en seguida procuró hacerse con «una carta que fue enviada al rey de los
kázaros, con la respuesta del rey». Decidió entonces publicar esta
correspondencia con el fin de animar a sus correligionarios. ¿Creía que seguía
existiendo Kazaria? No está claro. En cualquier caso, a su prefacio le sigue el
texto de las dos cartas, sin añadir ningún otro comentario.
Pero no
sería el opúsculo de Akrish la última obra sobre La correspondencia kázara,
pues, alrededor de sesenta años después de su publicación, un ejemplar del
folleto llegó a manos de un sabio, Johannes Buxtorf el Joven, calvinista muy
erudito, buen hebraísta, autor de numerosos estudios sobre exégesis bíblica y
sobre literatura rabínica. En cuanto a la autenticidad de La correspondencia,
Buxtorf al principio se mostró tan escéptico como quinientos años antes se
mostrara Barzillai. Pero, al final, en el año 1660, publicó como anexo al libro
de Jehudad Halevi sobre los kázaros, el texto original de las dos cartas con su
traducción al latín. Aunque parezca ilógico, no fue ésta una idea muy acertada,
pues el hecho de aparecer unida al legendario relato de Halevi, ha contribuido
a que tampoco La correspondencia se haya tomado muy en serio por los
historiadores. Y estos últimos no cambiarían de actitud hasta el siglo XIX, en
que el descubrimiento de otras fuentes proporcionó nuevos datos sobre los
kázaros.
III
La única
versión manuscrita que contiene las dos cartas, la de Hasdai y la respuesta de
José, se encuentra en la biblioteca de Christ Church, en Oxford. Según Dunlop y
el especialista ruso Kokovtsov,[23] el manuscrito «muestra una notable
similitud con el texto impreso», el cual «ha servido como fuente
Página 179
directa o
indirecta».[24] Probablemente date del siglo XVI, y se cree que perteneció al
decano de Christ Church, John Fell (inmortalizado en el cuarteto del que fuera
su alumno, el poeta Thomas Brown: «No te quiero, doctor Fell…»).
Hay otro
manuscrito, que se conserva en la biblioteca pública de Leningrado, que
contiene la respuesta de José, pero no la carta de Hasdai. Se trata de un
manuscrito de mayor extensión que el texto impreso de Akrish y que el
manuscrito de Christ Church; por ello se le designa generalmente por el nombre
de «Versión larga», por oposición a la «Versión corta» de Akrish o de Christ
Church que, al parecer, no son más que versiones abreviadas. La «Versión larga»
es también la más antigua: probablemente date del siglo XIII, mientras que la
corta es del siglo XVI. El historiador soviético Ribakov[25] sostiene la muy
verosímil hipótesis de que la «Versión corta» de la respuesta de José es un
compendio realizado en la Edad Media por copistas españoles, sobre la base de
la «Versión larga», o incluso sobre otro texto más antiguo.
Por aquel
entonces, una falsa pista amenazaba confundir a los rastreadores de los hechos
históricos. La «Versión larga» formaba parte, en la biblioteca de Leningrado,
de una colección de manuscritos y epitafios hebreos llamada «colección
Firkowich». Probablemente proviniera de la Geniza de El Cairo, como ocurre con
la mayor parte de este fondo. Este Abraham Firkowich, pintoresco sabio del
siglo XIX que merecería un anexo para él solo, era realmente una autoridad en
su disciplina; pero también era un karaíta militante y quería demostrar al
gobierno zarista que sus correligionarios no tenían nada que ver con los judíos
ortodoxos y, por tanto, no debían ser tratados de la misma manera por los
cristianos. Con esta loable intención, se dedicó a falsificar algunos textos
antiguos auténticos, que eran de su propiedad, manuscritos o inscripciones
funerarias, añadiendo o intercalando alguna que otra palabra para conseguir que
tuvieran un aspecto más karaíta. De esta forma, cuando, después de la muerte de
este erudito tan celoso, el historiador ruso Harkavy descubrió la «Versión
larga» en un paquete de manuscritos, fue acogida con cierta desconfianza, por
el mero hecho de haber pasado por las manos de Firkowich. Tampoco Harkavy se
hacía ilusiones sobre el rigor de Firkowich, del que él mismo había denunciado
ya algunas falsificaciones.[26] Sin embargo, nunca dudó de la autenticidad del
manuscrito: publicó el original en 1879, y proporcionó traducciones al ruso y
al alemán,[27] presentándolo como una versión antigua de la carta de José, de
donde se habría extraído la «Versión corta». Chowlson, colega (y rival) de
Harkavy, confirmó que el documento había sido escrito por completo por un
Página 180
solo
copista, y que no contenía ningún tipo de adición.[28] Por último, en 1932,
apareció en Leningrado, bajo los auspicios de la Academia, la obra de Pablo
Kokovtsov La correspondencia hebraico-kázara del siglo X,[29] en la que se
incluyen facsímiles de la «Versión larga» de Leningrado, y de la «Versión
corta» de Christ Church, así como del folleto de Akrish. Al final de un
análisis crítico de cada uno de los tres textos, llega a la conclusión de que
las dos versiones, tanto la larga como la corta, están basadas en un mismo
texto original, generalmente mejor respetado en la larga, aunque no en todos
los casos.
IV
El análisis
de Kokovtsov, reforzado por la publicación de los facsímiles, puede decirse que
puso fin a la controversia —que entonces no afectaba más que a la «Versión
larga», pero no a la carta de Hasdai ni a la «Versión corta» de la respuesta.
Sin
embargo, una voz discordante se alzó sin pedir permiso. En el año 1941, Poliak
sostuvo que La correspondencia kázara era, si no una falsificación, sí por lo
menos una obra de ficción, compuesta en el siglo X para dar a conocer el reino
judío, es decir, con fines informativos o propagandísticos[30] (la fecha
entonces podía ser trasladada al siglo XI, o más tarde aún, pues el rabí
Barzillai leyó La correspondencia en el año 1100, e Ibn Daud la citaba en el
1161). Pero esta teoría, que a primera vista parecía verosímil, pronto fue
echada por tierra por Landau y Dunlop. Landau pudo demostrar que la carta de
Hasdai fue redactada por completo por el secretario Menahem ben-Sharuk. Y
Dunlop puso de manifiesto que la carta de Hasdai plantea muchas cuestiones sobre
Kazaria a las que José no responde — realmente, no es ésta la mejor manera de
escribir un folleto informativo:
No hay
ninguna respuesta por parte de José a las preguntas formuladas sobre su manera
de dirigirse al lugar del culto, así como tampoco responde sobre el descanso
que ese habría de imponer en el «sabbat»… Hay una clara ausencia de correlación
entre las preguntas de la carta y la información que facilita la respuesta.
Esto debería indicar que, probablemente, los documentos son lo que pretenden
ser, y no una invención literaria.[31]
Y, más
adelante, Dunlop pregunta con razón:
¿Por qué una carta de Hasdai,
que siendo con diferencia más larga que la respuesta de José, contiene tan
escasa información sobre los kázaros, si fue escrita, como Poliak supone, con
el único fin de difundir una narración popular sobre Kazaria? Si la carta sólo
sirve como introducción a las informaciones sobre los kázaros contenidas en la
respuesta, se trata realmente
Página 181
de una
curiosísima introducción, llena de información sobre España y los Omeyas, que
nada tienen que ver con Kazaria.[32]
Y, para dar
el golpe de gracia, Dunlop añade un examen lingüístico que prueba que la carta
y la respuesta han sido redactadas por autores diferentes. La demostración se
basa en una característica de la gramática hebrea, el empleo del waw conversivo
para establecer el tiempo. No trataré de explicar este mecanismo gramatical, me
limitaré a reproducir el cuadro con los distintos métodos utilizados en la
carta y la «Versión larga» para designar acciones del pasado, según Dunlop:[33]
Página 182
waw
conversivo waw simple
en
imperfecto en perfecto
Carta de
Hasdai 48 14
Respuesta
(Versión larga) 1 95
En la
«Versión corta», el primer método (el de Hasdai) se emplea 37 veces y el
segundo 50. Pero, en la «Versión corta», el primer método se emplea
principalmente en los pasajes que difieren de la «Versión larga». Según Dunlop,
esto se debe a que los escribas españoles han parafraseado la «Versión larga».
Del mismo modo, la carta de Hasdai, escrita en la España morisca, contiene
numerosos arabismos (como, por ejemplo, al-Khazar, para designar a los
kázaros), mientras que en la respuesta no encontramos ninguno. Finalmente,
respecto a la correspondencia en general, Dunlop escribió:
No creo que
se haya alegado nada definitivo en contra de la respuesta de José en su forma
más original, la «Versión larga». La diferencia estilística confirma su
autenticidad, como era de esperar en dos documentos que provienen de dos
lugares del mundo judío separados por extensas distancias y en las que el nivel
cultural no era el mismo bajo ningún aspecto. Permítaseme, por lo que pueda
valer, hacer notar aquí la impresión de que, en general, la lengua de la
respuesta es menos artificial, más ingenua, que la de la carta.[34]
Terminaré
diciendo que no se comprende muy bien cómo los historiadores se han resistido
tanto a creer que el kagan de los kázaros pudiera dictar esta carta, sabiéndose
que mantenía correspondencia con el emperador de Bizancio (¡recordemos los
sellos de oro!), o que los judíos piadosos de España o de Egipto hayan copiado
con diligencia y conservado un mensaje proveniente del único reino judío que
existió desde los tiempos bíblicos.
Página 183
4
ALGUNAS
CONSECUENCIAS: ISRAEL Y LA DIÁSPORA
A pesar de
que este libro trate de historia y se refiera exclusivamente al pasado, no por
ello deja de implicar, inevitablemente, algunas consecuencias en el presente y
en el porvenir.
En primer
lugar, no ignoro que, con malevolencia, se podría interpretar como una negación
del derecho a la existencia del Estado de Israel. Pero este derecho no se basa
ni en los hipotéticos orígenes del pueblo judío ni en la mitológica alianza
entre Abrhham y Dios; por el contrario, se basa en la legislación internacional
y, más concretamente, en la decisión tomada por las Naciones Unidas en 1947 de
dividir Palestina, antigua provincia turca, y en aquella época territorio bajo
mandato británico, en dos Estados, uno árabe y otro judío. Cualquiera que sean
los orígenes raciales de los ciudadanos de Israel, y cualquiera que sean las
ilusiones que se hagan al respecto, su Estado existe, de iure y de facto, y no
puede reprimirse más que con un genocidio. Sin entrar en controversias, se
puede añadir, ya que es un hecho, que la división de Palestina fue el resultado
de un siglo de inmigración pacífica y de trabajos de pioneros a cargo de los
judíos, lo que proporcionaba una justificación ética a la existencia legal del
Estado. Que los cromosomas de su población contengan genes de origen kázaro,
semita, romano o español, es una cuestión que carece de interés, y no puede
afectar al derecho a la existencia de Israel ni a la obligación moral de toda
persona civilizada, judía o no judía, de defender este derecho. Incluso el
origen étnico inmediato de los padres o abuelos de los nativos de Israel pierde
su importancia y tiende a olvidarse ante la efervescencia del crisol racial. El
lejano problema de la transfusión kázara, por apasionante que sea, no concierne
al moderno Estado de Israel.
Los judíos
que habitan en ese país, cualquiera que sea la multiplicidad de sus orígenes,
reúnen las condiciones necesarias para constituir una nación: una patria, una
lengua común, un gobierno y un ejército. Los judíos de la Diáspora no poseían
ninguno de estos elementos. Lo que hacía de ellos una categoría de seres
aparte, en el país en que vivieran, era su religión declarada,
Página 184
la
practicaran o no. Ésta fue la diferencia fundamental entre israelitas y judíos
de la Diáspora: mientras los primeros han adquirido una identidad nacional, los
segundos son clasificados como judíos por el mero hecho de su religión, y no en
razón de su nacionalidad ni de su raza.
Sin
embargo, esto suscita una trágica paradoja, pues la religión israelita (a
diferencia del cristianismo, del islamismo o del budismo) supone la pertenencia
a una nación histórica, a un pueblo elegido. Todas las fiestas israelitas
conmemoran algún acontecimiento de la historia nacional: la salida de Egipto,
la sublevación de los Macabeos, la muerte del opresor Amán, la destrucción del
Templo. El Antiguo Testamento es, por encima de todo, un libro de historia
nacional; aunque haya dado al mundo su monoteísmo, su credo es más tribal que
universal. Cada plegaria, cada rito proclama su pertenencia a una antigua raza,
lo que automáticamente coloca a los judíos fuera del pasado racial o histórico
de los pueblos con los que viven. Como lo demuestran dos mil años de tragedias,
la religión israelita es quien genera su segregación nacional y social. Es ella
quien coloca al judío aparte e invita para que se le coloque aparte. Crea
automáticamente ghettos materiales y culturales. Convierte a los judíos de la
Diáspora en una pseudo-nación desprovista de todos los atributos y privilegios
de la nacionalidad, vagamente unidos por un sistema de creencias tradicionales
basadas en unos postulados raciales e históricos que se revelan ilusorios.
Los judíos
ortodoxos representan una minoría en vías de desaparición. Se hallaban
atrincherados en la Europa oriental cuando se desencadenó el furor nazi que los
eliminó casi por completo. Los supervivientes, desparramados por todo el mundo
occidental, apenas tienen influencia, y la mayor parte de las comunidades
ortodoxas de África del Norte, del Yemen, de Siria o de Irak han emigrado a
Israel. Con la Diáspora se termina el judaísmo ortodoxo, y son los judíos
clarividentes o agnósticos los que perpetúan la paradoja, aferrándose con
lealtad a su estatuto pseudo-nacional porque se creen obligados a conservar la
tradición judía.
Sin
embargo, no es fácil definir lo que significa la expresión «tradición judía»
para esa mayoría culta que rechaza la doctrina del Pueblo Elegido. Parte de
esta doctrina, los mensajes universales del Antiguo Testamento (advenimiento
del Dios Único e Indivisible, los Diez Mandamientos, dichos de los profetas,
proverbios y salmos) han pasado a las grandes corrientes de la tradición
judeo-helénico-cristiana, y pertenecen a todos, judíos o no-judíos.
Después de
la destrucción de Jerusalén, los judíos dejaron de tener su propia lengua y su
propia cultura profana. El hebreo, como lengua hablada,
Página 185
había
cedido ya el sitio al arameo aun antes de la era cristiana; en España, los
sabios y poetas judíos se expresaban en árabe; más tarde, sus sucesores se
servirían del alemán, del polaco, del ruso, del inglés o del francés. En
algunas comunidades judías han surgido dialectos como el yiddish o el ladino,
pero ninguna de ellas ha producido obras comparables a las importantes
contribuciones judías a la literatura alemana, austro-húngara o americana.
La
principal actividad literaria específicamente judía de la Diáspora se ejerció
en el campo de la teología. Pero el Talmud, la Kábala y los grandes tomos de
exégesis bíblica son casi desconocidos del público judío contemporáneo, aunque
sigan siendo las únicas reliquias de una tradición especialmente judía (dando
un sentido concreto a este término) durante los dos últimos milenios. Dicho de
otra forma, toda la producción de la Diáspora ha consistido en obras que, o no
son especialmente judías, o no forman parte de una tradición viva. Los judíos
han alimentado la cultura de sus países-huéspedes con contribuciones
filosóficas, científicas o artísticas, que no constituyen ni patrimonio
cultural ni conjunto de tradiciones autónomo.
En resumen,
los judíos de hoy en día no poseen una tradición cultural común; tan sólo
poseen costumbres y comportamientos que provienen, por transmisión social, de
la traumatizante experiencia del ghetto, así como de una religión que, en
general, no practican, y en la que no creen, pero que les proporciona un
estatuto pseudo-nacional. Está claro que, a largo plazo (ya he tratado de
demostrarlo en otra ocasión),[35] la solución de la paradoja no puede ser otra
que la emigración a Israel o la gradual asimilación a los países-huésped. Antes
del holocausto nazi, esta segunda solución había batido su récord y, en el año
1975 se podía leer en el «Time Magazine»[36] que los judíos americanos «tienden
cada vez más a casarse fuera de su religión; hay ya casi un tercio de
matrimonios mixtos».
Sin
embargo, la persistente influencia del mensaje racial e histórico del judaísmo,
aunque esté basado en meras ilusiones, actúa como un poderoso freno afectivo,
apelando a la lealtad tribal. Es dentro de este contexto donde el papel
representado por la decimotercera tribu, en la historia de sus antepasados,
puede concernir a los judíos de la Diáspora. Pero, una vez más, diré que no
concierne a los modernos israelíes, que han adquirido una auténtica identidad
nacional. Una de las principales contribuciones al conocimiento de la herencia
kázara de los judíos, que echa por tierra la leyenda del Pueblo Elegido, se
debe a Abraham Poliak, profesor de historia en la Universidad de Tel Aviv y,
sin duda, buen patriota: puede resultar simbólico. Puede ser significativo
también que el «sabra» nacido en Israel
Página 186
represente
física y mentalmente todo lo contrario del «típico judío» recluido en el
ghetto.
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Arthur
Koestler nació en Budapest en el año 1905, de madre judía. Residió en Viena,
Palestina, Berlín y en España como corresponsal de un diario inglés durante la
Guerra Civil. Participó en la Segunda Guerra Mundial donde apresado por los
nazis fue internado en un campo de concentración, consiguiendo salir y pasar a
Argelia, Casablanca y por fin a Inglaterra donde se estableció. Escribió
algunas de sus obras en alemán y húngaro, idiomas que tenía como lengua
materna, pero la mayoría fueron escritas en inglés, lengua que adoptó tras su
residencia en Gran Bretaña. Periodista, historiador, filósofo y autor de
novelas y ensayos. Aquejado de leucemia y Parkinson, puso fin a su vida junto a
su esposa en París en 1983.
Página 194
Notas
Notas
Página 195
Les belles
lettres, París, 1935. <<
Página 196
J. B. BURY,
A History of the Eastern Roman Empire, Londres, 1912, p. 402.
<<
Página 197
D. M.
DUNLOP, The History of the Jewish Khazars, Princeton, 1954, p. IX-X.
<<
Página 198
BARTHA,
ANTAL, A IX-X Szàzadi Magyar Tàrsadalom, Akademiai Kiado, Budapest, 1968.
<<
Página 199
Edición
revisada y corregida, con el título de Kazaria. Historia de un reino judío en
Europa, Mossad Bialik, Tel Aviv, 1951. <<
Página 200
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 㠀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 㠀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ CASSEL, PAULUS, Der
Chasarische Königsbrief aus dem 10. Jahrhundert, Berlín, 1876. <<
Página 201
Desde
aproximadamente el año 372, comienzo de su migración hacia el oeste a partir de
las estepas del norte del Caspio, hasta el 453, año en que moría Atila.
<<
Página 202
BARTHA,
p. 24. <<
Página 203
Id., p. 24
y notas. <<
Página 204
Id., p. 24,
n. 147-149. <<
Página 205
«Como
recuerdo del terror que las incursiones kázaras inspiraban a los árabes, los
musulmanes todavía llaman al Caspio mar tan cambiante como los mismos nómadas y
que baña las estepas de su dominio, Bahr-ul-Khazar, el mar de los kázaros»,
W. E. O. ALLEN, A History of the Georgian People, Londres, 1952. <<
Página 206
Istoria
Khazar, 1962. <<
Página 207
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䨀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䨀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ibn Said al Maghribi, citado por DUNLOP, p. 11. <<
Página 208
SCHULTZE,
1905, p. 23. <<
Página 209
MARQUART,
p. 44, n. 4. <<
Página 210
Citado por
DUNLOP, p. 96. <<
Página 211
Resulta
divertido hacer notar cómo, durante la Primera Guerra Mundial, los británicos
empleaban el nombre de «hunos» como término peyorativo, mientras que, en mi
Hungría natal, se enseñaba a los escolares a enorgullecerse patrióticamente de
«sus gloriosos antepasados, los hunos». En Budapest, un club de remeros muy
distinguido se llamaba «Hunnia», y Atila es siempre un nombre de moda. <<
Página 212
A
diferencia de los magiares, cuya lengua pertenece al grupo finés-húngaro.
<<
Página 213
La palabra
huszar, o húsar, probablemente proceda del griego, a través del servo-croata.
<<
Página 214
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ En realidad, debida a un compilador anónimo, y designada con el
nombre del autor de la obra original resumida. <<
Página 215
Los
«akatzirs» son igualmente citados como pueblo guerrero, un siglo después, por
el historiador godo Jordanés; en la anónima Geografía de Rávena se les asimila
expresamente a los kázaros. Esto está admitido por la mayoría de los autores
modernos (Marquart es una excepción; su opinión queda refutada por DUNLOP, op.
cit., p. 7 y ss.). Cassel, por ejemplo, muestra cómo la pronunciación y la
ortografía de Priscus siguen a la armenia y a la georgiana: khazir. <<
Página 216
O kaqan,
khaqan, chagan, etc. Los orientalistas poseen particulares idiosincrasias
respecto a las grafías (véase anexo 1). Me he inclinado por kagan, menos
ofensivo para los lectores occidentales. No obstante, la h de khazar es de uso
corriente. <<
Página 217
Lo que no
impidió que la palabra «turco» se aplicara indistintamente a todo tipo de
nómadas de las estepas, como eufemismo de bárbaro o como sinónimo de huno. De
aquí han surgido innumerables confusiones en la interpretación de las fuentes
antiguas. <<
Página 218
Ibn al
BAKHRI, Fars Namah. <<
Página 219
Edward
GIBBON, Histoire du Déclin et de la Chute de l’Empire romain, trad. francesa.
Delagrave, 1880. <<
Página 220
Como se
demuestra a continuación, «Turcos» tiene el significado aquí de «kázaros».
<<
Página 221
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ᰀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ᰀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Moise de Kalantatuk, citado por DUNLOP, p. 29. <<
Página 222
Actualmente,
paso de Kasbek. <<
Página 223
En el 669,
673-678, 717-718. <<
Página 224
La fecha
probable de la conversión se sitúa en el año 740 (véase más adelante). <<
Página 225
Op. cit.
<<
Página 226
OBOLENSKY,
1971, p. 172. <<
Página 227
GIBBON,
p. 79. <<
Página 228
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ က Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ က Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ GIBBON, p. 180. <<
Página 229
El
tratamiento infligido a Justiniano fue observado como un acto de clemencia; la
tendencia general era humanizar el derecho criminal, sustituyendo la pena
capital por la mutilación: amputación de una mano en caso de robo, de la nariz
para los fornicadores, etc. Los emperadores bizantinos se dedicaron igualmente
a la práctica de vaciar los ojos de los rivales y pretendientes peligrosos y
perdonar, magnánimamente, sus vidas. <<
Página 230
GIBBON,
p. 182. <<
Página 231
Op. cit.,
p. 176. <<
Página 232
Las
siguientes citas están sacadas de las traducciones alemana, de Zeki Validi
Togan e, incluso, inglesa, de Blake y Frye. <<
Página 233
Más
adelante, un pasaje indica que se trata del rey de los kázaros. <<
Página 234
ZEKI
VALIDI, Exkurs 36a. <<
Página 235
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ∀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ∀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Los jefes de la caravana deseaban, evidentemente, evitar a
cualquier precio un conflicto con los ghuzz. <<
Página 236
Rhus o
varegos: fundadores suecos de los primeros establecimientos rusos. Véase, más
adelante, en el capítulo 3. <<
Página 237
Ibn Fadlans
Reisebericht. <<
Página 238
En apoyo a
su argumento, el autor adjunta citas turcas y árabes sin traducirlas,
desagradable costumbre, muy extendida entre los especialistas. <<
Página 239
P. 47.
<<
Página 240
Parece ser
que, finalmente, llegó, pero de ello no se habla después. <<
Página 241
P. 81.
<<
Página 242
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 㘀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 㘀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ P. 190. <<
Página 243
Esto
resulta exagerado, dado que existía una comunidad musulmana en la capital. En
consecuencia, Zeki Validi suprime la palabra «todos». Se impone pensar que por
«kázaros» designa aquí a la tribu dominante en el mosaico étnico de Kazaria, y
que los musulmanes, si bien gozaban de autonomía jurídica y religiosa, no eran
considerados como «verdaderos kázaros». <<
Página 244
En las
siguientes páginas, nos fundamos en obras de Istakhri, Masudi, Ibn Rusta e Ibn
Hawkal. <<
Página 245
Ibn FADLAN,
p. 61. <<
Página 246
[52]
AL-ISTAKHRI. <<
Página 247
[53]
AL-MASUDI. <<
Página 248
Ibn HAWKAL;
otro tanto nos dice Istakhri (que tan sólo cuenta 4.000 jardines). <<
Página 249
MUQADASSI,
Descripción del Imperio (Descriptio Imperii, ed. de Goeje, p. 355), citado por
Baron, III, p. 197. <<
Página 250
TOYNBEE,
Constantino Porphirogenitus, p. 549. <<
Página 251
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ༀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ZEKI VALIDI, p. 120. <<
Página 252
Citado por
BARTHA, p. 184. <<
Página 253
Desgraciadamente,
Sarkel, el más importante enclave arqueológico kázaro, ha quedado recubierto
por la retención de una presa hidroeléctrica. <<
Página 254
BARTHA,
p. 139. <<
Página 255
Citado por
DUNLOP, p. 231. <<
Página 256
P. 143-145.
<<
Página 257
Actualmente,
Sinnicolaul Mare, en Rumanía. <<
Página 258
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ℀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ℀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Se puede encontrar una excelente colección de fotografías en
The Art of the Migration Period de Gyula Lâszlô, libro en el que, en cualquier
caso, conviene tratar con precaución los comentarios históricos. <<
Página 259
LASZLO,
p. 66 y ss. <<
Página 260
12.000,
según Istakhri. <<
Página 261
Según
Masudi, el «ejército real estaba compuesto por musulmanes que inmigraron de la
región de Kwarizm. Mucho tiempo después de la llegada del islam, hubo guerra y
peste en su territorio y se rindieron ante el rey de los kázaros… Cuando el rey
de los kázaros entra en guerra contra los musulmanes, pasan a un lugar separado
del ejército, y no se ven obligados a combatir contra personas de su misma
religión». Que el ejército estuviera «compuesto» por musulmanes es,
evidentemente, una exageración, que Masudi contradice unas líneas más adelante
al hablar de un «lugar separado». Por otra parte, Ibn Hawkal dice que «el rey
tiene en su escolta 4.000 musulmanes, y 12.000 soldados a su servicio». Las
gentes del Kwarizm, probablemente, formaban una especie de «guardia suiza» en
el interior del ejército, y, cuando sus compatriotas hablan de rehenes,
probablemente se refieran a ellos (ver más arriba). Recíprocamente, el
emperador de Bizancio poseía también un cuerpo de élite compuesto por guardias
kázaros estacionados ante las puertas de palacio. Se trataba de un privilegio
realmente costoso: «Estos guardias estaban tan bien remunerados, que sus
puestos se compraban por considerables sumas, sobre las que sus sueldos
representaban una anualidad variable de un dos a un cuatro por ciento».
CONSTANTIN, Des Cérémonies, p. 692. <<
Página 262
Tuvo
también otros nombres en otras épocas, por ejemplo, al-Bayada, «la ciudad
blanca». <<
Página 263
Masudi
sitúa estas construcciones sobre una isla próxima a la orilla occidental, o
sobre una península. <<
Página 264
Hudud
al-Alam, n. 50. <<
Página 265
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ഀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ഀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Probablemente, entre el 943 y el 947. <<
Página 266
Jewish
Encyclopaedia, 1901-1906. En la Encyclopaedia Judaica de 1971, el artículo
sobre los kázaros, firmado por Dunlop, es de una notable objetividad. <<
Página 267
Salvo en
caso de represalias relativamente benignas. Véase cap. 4, I. <<
Página 268
Op. cit.,
p. 405. <<
Página 269
El tratado
de Frazer sobre el «Killing of the Khazar Kings», apareció en el año 1917,
Folklore, XXVIII. <<
Página 270
Stanislas
JULIEN, Documents sur les Ton-Kiove, citado por Zeki VALIDI, p. 269. <<
Página 271
Alföldi
piensa que los dos jefes eran los comandantes de las dos alas de la horda
(v. DUNLOP, p. 159, nota 123). <<
Página 272
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ CASSEL, p. 52. <<
Página 273
Ibn HAWKAL,
geógrafo, historiador y gran viajero, escribía su Geografía de Oriente en el
977. El pasaje citado es casi una copia del texto de Istakhri, escrito cuarenta
años antes, pero contiene menos puntos oscuros. <<
Página 274
Ibn HAWKAL,
p. 189-190. <<
Página 275
Op. cit.,
p. 405. <<
Página 276
Además, es
preciso añadir que, antes de la conversión, el kagan aparecía todavía
desempeñando un papel activo como, por ejemplo, en las negociaciones con
Justiniano. Para complicar las cosas aún más, en los manuscritos árabes aparece
frecuentemente «kagan» cuando se trata claramente del «bek»: kagan es un
término genérico aplicado al jefe en numerosas tribus; también dan nombres
diferentes al bek, como lo demuestra la siguiente lista extraída de MINORSKI,
Hudud al Alam, p. 451:
Constantino
– Kkaqan – Bek
Ibn Rusta –
Khazar Khaqan – Aysha
Masudi –
Khagan – Malik
Istakhri –
Malik Khazar – Khagan Khazar (inversión)
Ibn Hawkal
– Khaqan Khazar – Malik Khazar o Bek
Gardizi –
Khazar Khaqan – Abshad <<
Página 277
BURY,
p. 406. <<
Página 278
SHARF,
p. 61. <<
Página 279
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ഀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ഀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Sin duda, se trata de la tribu dominante de los «kázaros
blancos». Ver cap. primero, 3. <<
Página 280
Entre el
786 y el 809. Pero generalmente se piensa que Masudi se sirvió de una fecha
convencional y que la conversión tuvo lugar en el año 740. <<
Página 281
SHARF,
p. 84. <<
Página 282
SHARF,
p. 88. <<
Página 283
La visión
de Daniel, crónica disfrazada de profecía, citada por Sharf, p. 201. <<
Página 284
La época se
preocupaba mucho por la conversión de los no creyentes, bien por la fuerza o
mediante la persecución. Los judíos también se entregaban a tareas de
conversión, como lo demuestra la ley bizantina que, desde Justiniano, amenazaba
con severos castigos las tentativas que se hicieran para convertir cristianos
al judaísmo; sin embargo, aquellos judíos que «maltrataban» a los convertidos
al cristianismo eran castigados con la hoguera. Sharf, p. 25. <<
Página 285
Citado por
POLIAK 4/3; DUNLOP, p. 119. <<
Página 286
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ࠀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ࠀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ POLIAK, 4/3, citando a Chwolson, Dieciocho inscripciones
sepulcrales hebraicas de Crimea (en ruso), San Petesburgo, 1866. Estas
inscripciones nada tienen en común con las imitaciones de Firkovitch, bien
conocidas por los historiadores. <<
Página 287
POLIAK,
4/3; BARON, III, p. 210 y n. 47. <<
Página 288
POLIAK,
loc. cit. <<
Página 289
Véase más
adelante, cap. 4, XI. <<
Página 290
Citado por
MARQUART, Streifzüge, p. 6. <<
Página 291
Según mis
conocimientos, ninguna otra fuente menciona este hecho. Posiblemente se trate
de una sustitución de buen tono, refiriéndose a la lejana y breve conversión
del kagan al islam. <<
Página 292
P. 408.
<<
Página 293
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ̀ Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Se encontrará un breve resumen de esta controversia en el Anexo
3. <<
Página 294
SHARF,
p. 100. <<
Página 295
BURY,
p. 406 n. <<
Página 296
DUNLOP,
p. 227. <<
Página 297
Ésta es,
probablemente, la «ruta kázara», por el mar Negro y el río Don; después lleva
del Don al Volga, y allí a Itil. Otra ruta, más corta, iba de Constantinopla a
la costa oriental del mar Negro. <<
Página 298
Evidentemente,
Sarkel, «honrados para nosotros» recuerda el pasaje de Constantino
Porfirogéneta a propósito del sello de oro que debía utilizarse en las cartas
enviadas al kagan. Constantino estaba en el trono en tiempos de la embajada.
<<
Página 299
Esto puede
referirse a un viajero judío del siglo IX, Eldad ha-Dani, cuyos fantásticos
cuentos, muy leídos en la Edad Media, hablan de una Kazaria habitada por tres
de las tribus perdidas de Israel, y que percibe tributos de veintitrés reinos
vecinos. Eldad visitó España en el 880 y se ignora si fue al país de los
kázaros. Hasdai le cita brevemente en su carta a José, como con afán de conocer
noticias al respecto. <<
Página 300
Igualmente
esclarece algo la descripción que se hizo de los kázaros como pueblo de Magog.
Según el Génesis, X, 2-3, Magog es el tío, muy calumniado, de Togarma. <<
Página 301
Esta
división de Itil en tres partes también es mencionada, como ya vimos, por
ciertos autores árabes. <<
Página 302
Citado por
BARON, vol. VIII, p. 201. Pasar el «sabbat» en la oscuridad era una costumbre
karaíta muy conocida. <<
Página 303
DUNLOP,
p. 220. <<
Página 304
Citado por
BARON, vol. III, p. 203 y n. 38. <<
Página 305
«Esta Buena
Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, en testimonio a la faz de
todos los pueblos. Y, entonces, vendrá el fin». <<
Página 306
BARON, vol.
III, p. 209. <<
Página 307
En su
artículo «Kázaros», Enc. Brit., edición 1973. <<
Página 308
Op. cit.,
p. 117. <<
Página 309
Fecha
incierta, no obstante. <<
Página 310
Bar
Hebracus y al-Manbigi, citado por DUNLOP, p. 181. <<
Página 311
MARQUART
(p. 5, 416), DUNLOP (p. 42 n) y BURY (p. 408) dan los tres diferentes fechas.
<<
Página 312
BARTHA,
p. 27 y ss. <<
Página 313
Op. cit.,
p. 547. <<
Página 314
Op. cit.,
p. 446 n. <<
Página 315
TOYNBEE,
p. 446; BURY, p. 422 n. <<
Página 316
No
confundir con Nigni Novgorod (actualmente Gorki). <<
Página 317
Constantino
Porfirogéneta y la Crónica rusa concuerdan bastante bien sobre los nombres y
emplazamientos de estas tribus, así como sobre su sumisión a los kázaros.
<<
Página 318
GARDEZI,
hacia 1060, parafraseando una relación anterior de Ibn Rusta, hacia el 905,
citado por Macartney, p. 213. <<
Página 319
The Penguin
Atlas of Mediaeval History, 1961, p. 58. <<
Página 320
Véase
capítulo 4, I. <<
Página 321
TOYNBEE,
p. 446. <<
Página 322
ZEKI
VALIDI, p. 85. <<
Página 323
Ibn Rusta,
citado por C. A. MACARTNEY, The Magyars in the Ninth Century, p. 214. <<
Página 324
Ibíd.
<<
Página 325
Ibn RUSTA,
citado por MACARTNEY, p. 215. <<
Página 326
Ibíd.,
p. 214-215. <<
Página 327
A grosso
modo, del 830 al 930. <<
Página 328
En la
introducción a su libro Magyars in the Ninth Century. <<
Página 329
Ibíd., p.
v. <<
Página 330
TOYNBEE,
p. 419; MACARTNEY, p. 176. <<
Página 331
TOYNBEE,
p. 418. <<
Página 332
P. 454.
<<
Página 333
TOYNBEE,
p. 454 y ss. <<
Página 334
De la
administración…, cap. XXXIX-XL. <<
Página 335
P. 426.
<<
Página 336
P. 427.
<<
Página 337
MACARTNEY,
p. 127 y ss. <<
Página 338
BARON, vol.
III, p. 211 y 332, véase también capítulo 7, II. <<
Página 339
BARTHA,
p. 99, 113. <<
Página 340
Los
petchenegos también son conocidos como «paccinaks» y, en húngaro, «besenyök».
<<
Página 341
DUNLOP,
p. 105. <<
Página 342
Interpretación
verosímil de los dichos de Constantino, quien nos dice que «los ghuzz y los
kázaros hicieron la guerra a los petchenegos», Bury, p. 424.
<<
Página 343
[37]
MACARTNEY, GUILLEMAIN. <<
Página 344
[38]
MACARTNEY, p. 71. <<
Página 345
Ibíd.
<<
Página 346
The Annales
of Admond. Citado por Macartney, p. 76. <<
Página 347
De la
administración…, I, cap. XL. <<
Página 348
MACARTNEY,
p. 123. <<
Página 349
Ibíd.,
p. 122. <<
Página 350
Ibíd.,
p. 123. <<
Página 351
Citado por
DUNLOP, p. 262. <<
Página 352
BURY,
p. 419. <<
Página 353
P. 448.
<<
Página 354
P. 447.
<<
Página 355
P. 422.
<<
Página 356
TOYNBEE,
p. 448. <<
Página 357
Crónica
rusa, sub anno 911. <<
Página 358
Toynbee,
p. 504. Nueve parientes de Olga, veinte diplomáticos, cuarenta y tres
consejeros comerciales, un sacerdote, dos intérpretes, seis servidores de los
diplomáticos y el intérprete particular de Olga. <<
Página 359
Ibíd.
<<
Página 360
Crónica
rusa, p. 82. <<
Página 361
Ibíd.,
p. 63. <<
Página 362
Ibíd.,
p. 72. <<
Página 363
Toynbee no
duda en calificar de napalm a esta famosa arma secreta. Se trataba de un
compuesto químico desconocido, probablemente un producto derivado del petróleo,
que se inflamaba espontáneamente al contacto con el agua, y que no había manera
de extinguir. <<
Página 364
P. 418.
<<
Página 365
P. 418.
<<
Página 366
Crónica
rusa, p. 884. <<
Página 367
[3] ZEKI
VALIDI. <<
Página 368
En la que
suele denominarse la «versión larga» de esta misma carta (véase anexo 3),
encontramos una frase que pudiera haber sido añadida por algún copista: «Si los
dejara pasar aunque sólo fuera para una hora, destruirían todo el país de los
árabes hasta Bagdad…». Habiendo permanecido los rusos en el Caspio durante un
año, que es algo más de una hora, la fanfarronada nos suena a hueco, salvo si
admitimos que se refiere más al pasado que al porvenir. <<
Página 369
Crónica
rusa, p. 64. <<
Página 370
Crónica
rusa, p. 74. <<
Página 371
TOYNBEE,
op. cit., p. 451. <<
Página 372
Crónica
rusa, p. 80. <<
Página 373
Crónica
rusa, p. 85. <<
Página 374
Ibíd.
<<
Página 375
Ibíd.,
p. 80. <<
Página 376
Ibíd.,
p. 109. <<
Página 377
Loc. cit.
<<
Página 378
VERNADSKY,
p. 29-33. <<
Página 379
Véase más
adelante. <<
Página 380
De la
administración, cap. X-XII. <<
Página 381
TOYNBEE,
p. 508. <<
Página 382
BURY, op.
cit., p. 414. <<
Página 383
La más
famosa canción de gesta rusa de esta época, El dicho de la batalla de Igor,
describe una desastrosa campaña de los rusos contra los ghuzz. <<
Página 384
P. 163.
<<
Página 385
Una
importante rama de los kumanos, huyendo de los mongoles, fue acogida en Hungría
en el año 1241, y se mezcló con la población. Kun es un nombre corriente en
Hungría. <<
Página 386
Según una
tradición instaurada por Fraehm en 1822, en Las Memorias de la Academia rusa.
<<
Página 387
Op. cit.,
p. 250. <<
Página 388
Y, sin
embargo, un autor moderno, Barthold, le considera «uno de los más grandes
geógrafos de todos los tiempos», citado por DUNLOP, p. 245. <<
Página 389
ZEKI
VALIDI, p. 206. <<
Página 390
«Es
probable que Saksin fuera idéntica a Kazaran-Itil o, al menos, que no
estuvieran muy distanciadas, y que su nombre fuera una resurrección de la
antigua Sarisshin». DUNLOP, p. 248, citando a Minorski. <<
Página 391
Ahmad TUSI,
siglo XII, citado por ZEKI VALIDI, p. 205. <<
Página 392
DUNLOP,
p. 249. <<
Página 393
BARON, IV,
p. 174. <<
Página 394
Citado por
DUNLOP, p. 251. <<
Página 395
Kasógenos o
kashaks: tribu caucasiana bajo dominación kázara. No es seguro que se trate de
los antepasados de los cosacos. <<
Página 396
Kievo
Pechershii Paterik, citado por BARON, vol. IV, p. 192. <<
Página 397
Citado por
DUNLOP, p. 260. <<
Página 398
Citado por
ZEKI VALIDI, p. 143. <<
Página 399
Ibíd., p.
XXVII. <<
Página 400
DUNLOP,
p. 261. <<
Página 401
[37]
VERNADSKY, p. 44. <<
Página 402
[38]
POLIAK, cap. VII. <<
Página 403
Ibíd.
<<
Página 404
BARON, vol.
III, p. 204. <<
Página 405
Los
principales testimonios sobre este movimiento lo componen un relato del viajero
Benjamín de Tudela (véase capítulo 2, VII), una narración hostil de Yahya
al-Maghribi, y dos manuscritos hebreos encontrados en la Geniza de El Cairo
(véase capítulo 2, VI). Todo ello forma un desconcertante mosaico. He seguido
la atenta interpretación de Baron (vol. III, p. 104; vol. IV, p. 202-204 y
notas). <<
Página 406
BARON, loc.
cit. <<
Página 407
BARON, vol.
III, p. 206. <<
Página 408
BARON, vol.
III, p. 212. <<
Página 409
Anonymi
Gesta Hungarorum, citado por MACARTNEY, p. 188 y ss. <<
Página 410
Universal
Jewish Encyclopaedia, artículo «Teka». Expreso aquí mi agradecimiento a Mme.
St. G. Saunders, por haberme llamado la atención sobre este episodio, que
parece haber escapado a los historiadores de los kázaros. <<
Página 411
DUNLOP,
p. 262. <<
Página 412
[6] POLIAK,
IX. <<
Página 413
BARON, vol.
III, p. 206. <<
Página 414
[8] POLIAK,
IX. <<
Página 415
POLIAK,
cap. VII; BARON, p. 218 y n. <<
Página 416
BRUTZKUS,
Enc. Judaica, artículo «Chasaren». <<
Página 417
SCHIPER,
citado por POLIAK. <<
Página 418
POLIAK,
cap. IX. <<
Página 419
Podemos
encontrar estos datos en el artículo de A. H. KNIPER, Caucasus, People of, de
la «Enc. Brit.», ed. 1973, basado en fuentes soviéticas recientes. Un libro de
George SAVA, Valley of the Forgotten People, describe una pretendida visita a
los judíos de la montaña, rica en melodramas, pero sin ninguna información.
<<
Página 420
BARON,
p. 217 y 338 n. <<
Página 421
Las dos
naciones se unirían, tras numerosos tratados, a partir del año 1386, para
formar el reino de Polonia. Para abreviar, escribiré «judíos polacos» para
referirme a los provenientes de ambos países, aunque al final del siglo XVIII
Polonia fuera repartida entre Rusia, Prusia y Austria, y sus habitantes, por
tanto, se convirtieran en ciudadanos de alguno de estos tres países. Cuando en
la Rusia imperial se confinó a los judíos —a partir del año 1792—, la zona de
establecimiento que se les asignó coincidía con las regiones arrebatadas a
Polonia, más algunas pertenecientes a Ucrania. Sólo algunas categorías
privilegiadas de judíos estaban autorizadas a residir fuera de esta zona. En la
época correspondiente al censo de 1897 se contaban tan sólo 200.000 judíos, y,
sin embargo, habían llegado a ser cerca de cinco millones en el antiguo
territorio polaco. <<
Página 422
Polonia y
Hungría sufrieron también breves invasiones, por parte de los mongoles, en los
años 1241 y 1242, pero no llegaron a ser ocupadas, por esto es por lo que su
historia posterior sería radicalmente distinta. <<
Página 423
POLIAK,
cap. IX. <<
Página 424
[18]
POLIAK, ibíd. <<
Página 425
Ibíd.
<<
Página 426
Citado por
POLIAK, cap. IX. <<
Página 427
ZAJACZKOWSKI,
citado por DUNLOP, p. 222. <<
Página 428
Probablemente
Wroclaw o Cracovia. <<
Página 429
VETULANI,
op. cit., p. 278. <<
Página 430
Los últimos
pueblos kázaros del Dniéper fueron destruidos por la revuelta de los cosacos de
Chmelnicky, en el siglo XVII, y los supervivientes fueron a engrosar el número
de judíos instalados en Polonia y Lituania. <<
Página 431
POLIAK, op.
cit., Kutschera, Die Chasaren, Viena, 1910. <<
Página 432
VETULANI,
The Jews in Mediaeval Poland, p. 274. <<
Página 433
VETULANI,
p. 276; BARON, vol. III, p. 218 y notas; POLIAK, op. cit. <<
Página 434
BARON, vol.
III, p. 219. <<
Página 435
POLIAK, op.
cit. <<
Página 436
El proceso
inverso de los colonos que se instalan en tierras vírgenes es aplicable también
a los emigrantes que pasan de regiones desarrolladas a otras menos
desarrolladas. <<
Página 437
Enc. Brit.,
ed. 1973, «Literatura Yiddish». <<
Página 438
Capítulo
III. <<
Página 439
Literalmente,
«señor del carro». <<
Página 440
[34]
POLIAK, cap. III. <<
Página 441
Ibíd.
<<
Página 442
ZBOROWSKI,
M. y HERZOG, Life Is With People — The Jewish Little Town of Eastern Europe,
p. 41. <<
Página 443
[37]
POLIAK, cap. III. <<
Página 444
Ibíd., cap.
VII. <<
Página 445
Ibíd., cap.
III. <<
Página 446
Sin contar
a los judíos de España, categoría ésta distinta, que no tomaron parte en los
movimientos migratorios que aquí nos ocupan. <<
Página 447
Según
William de MALMESBURY, De Gestis regnum anglorum, citado por BARON, vol. IV,
p. 277. <<
Página 448
BARON, vol.
IV, p. 76. <<
Página 449
Según el
clásico estudio de José JACOBS, The Jews of Angevin England, basado en
relaciones de apellidos de familias y en otros documentos. Citado por BARON,
vol. IV, p. 77. <<
Página 450
Enc. Brit.
ed. 1973, artículo «Jews». <<
Página 451
ROTH, loc.
cit. <<
Página 452
Las
poblaciones judías de Francia e Inglaterra de los tiempos modernos se formaron
con los refugiados de España que huían de la Inquisición, durante los siglos
XVI y XVII. <<
Página 453
BARON, vol.
IV, p. 271. <<
Página 454
Ibíd.,
p. 73. <<
Página 455
KUTSCHERA,
p. 233. <<
Página 456
14.ª
edición, VI, p. 272, artículo «Cruzadas». <<
Página 457
BARON, vol.
IV, p. 97. <<
Página 458
Ibíd.,
p. 104. <<
Página 459
BARON, vol.
IV, p. 105, 295 n. <<
Página 460
DUBNOV,
p. 427. <<
Página 461
Ibíd.,
p. 428. <<
Página 462
BARON, vol.
IV, p. 129. <<
Página 463
Ibíd.,
p. 119. <<
Página 464
Ibíd.,
p. 116. <<
Página 465
MIESES,
p. 275. <<
Página 466
Ibid.
<<
Página 467
Ibíd.,
p. 273. <<
Página 468
KUTSCHERA,
p. 235, 241. <<
Página 469
Véase
cap. 5, V. <<
Página 470
P. 291,
292. <<
Página 471
Jewis
Encyclopaedia, vol. X, p. 512. 4. <<
Página 472
FUHRMANN,
Alt-und Neuösterreich, citado por Mieses, p. 279. <<
Página 473
MIESES,
loc. cit. <<
Página 474
Véase
capítulo 5, II. <<
Página 475
Proc.
Glasgow University Oriental Society, V, p. 65, 66. <<
Página 476
P. 211.
<<
Página 477
P. 269.
<<
Página 478
Véase más
adelante, cap. 8, I. <<
Página 479
P. 272.
<<
Página 480
Ibid.
<<
Página 481
SMITH, op.
cit., p. 66. <<
Página 482
KUTSCHERA,
p. 244. <<
Página 483
En el siglo
siguiente, contó entre sus estudiantes con Nicolás Copérnico (Nicolaus
Copernicus o Mikolaj Koppernigk), que más tarde reivindicarían tanto los
patriotas alemanes como los patriotas polacos. <<
Página 484
KUTSCHERA,
p. 243. <<
Página 485
POLIAK,
cap. IX. <<
Página 486
Citado por
POLIAK, loc. cit. <<
Página 487
El caso de
los conquistadores y colonizadores, que imponen su idioma a los indígenas, es,
evidentemente, un caso muy distinto. <<
Página 488
Op. cit.
<<
Página 489
Enc. Brit.,
ed. 1973, artículo «Jews». <<
Página 490
ROTH, loc.
cit. <<
Página 491
Ibíd.
<<
Página 492
POLIAK,
ap. 3. <<
Página 493
PATAI,
director de investigación en el Theodor Herzl Institute, Nueva York, Enc.
Brit., 173, vol. XII, p. 1054. <<
Página 494
COMAS, «Los
mitos raciales», en op. cit. UNESCO, 1960, p. 39. <<
Página 495
RIPLEY, op.
cit., p. 377. <<
Página 496
Ibíd.,
p. 378 y ss. <<
Página 497
FISHBERG,
p. 37. <<
Página 498
[7]
FISHBERG, cap. II. <<
Página 499
PATAI, op.
cit. <<
Página 500
COMAS, op.
cit. <<
Página 501
FISHBERG,
p. 63. <<
Página 502
Citado por
FISHBERG, p. 63. <<
Página 503
PATAI, op.
cit., p. 1054. <<
Página 504
En El
racismo ante la ciencia, UNESCO, p. 186. <<
Página 505
FISHBERG,
p. 181. <<
Página 506
Reyes, XI,
1. <<
Página 507
En francés
en el original. <<
Página 508
Th.
REINACH, citado por FISHBERG, p. 186. <<
Página 509
FISHBERG,
p. 189, n. 2. <<
Página 510
COMAS, op.
cit. <<
Página 511
TOYNBEE,
1947, p. 138. <<
Página 512
GRAETZ,
History of the Jews, vol. II, p. 213. <<
Página 513
Ibíd., vol.
III, p. 40. <<
Página 514
Ibíd.,
p. 191. <<
Página 515
El judaísmo
como raza y religión, p. 24. <<
Página 516
FISHBERG,
p. 79. <<
Página 517
RIPLEY,
p. 394 y ss. <<
Página 518
FISHBERG,
p. 83, citando a LUSCHAN. <<
Página 519
Ibíd.,
p. 83. <<
Página 520
RIPLEY,
p. 395. <<
Página 521
«Raza y
Civilización», en UNESCO, op. cit., p. 202. <<
Página 522
EMERSON
escribía en un ensayo titulado English Traits: «cada secta religiosa tiene su
fisonomía. Los metodistas tienen una cara determinada, los cuáqueros también, y
las monjas. Un anglicano distinguirá a un disidente por sus modales. Los
oficios y las profesiones esculpen las facciones y las formas». <<
Página 523
FISHBERG,
p. 513. <<
Página 524
FISHBERG,
p. 332. <<
Página 525
«El pueblo
de la Tierra Prometida», en «UNESCO», op. cit., p. 192. <<
Página 526
Por
ejemplo, KERR y REID, citado por FISHBERG, p. 274. <<
Página 527
RIPLEY,
p. 398. <<
Página 528
FISHBERG,
p. 178. <<
Página 529
Ibíd.
<<
Página 530
Ibn Tawkal
escribió en árabe, pero Ouseley trabajó con una traducción persa. <<
Página 531
Vol. II,
p. 195, en la ed. de 1955. <<
Página 532
TOYNBEE,
1973, p. 24. <<
Página 533
TOYNBEE,
p. 465. <<
Página 534
Ibíd.,
p. 602. <<
Página 535
Loc. cit.
<<
Página 536
Byzantinische
Zeitschrift, XIV, p. 511-570. <<
Página 537
MACARTNEY,
op. cit., p. 98. <<
Página 538
VERNADSKY,
1943, p. 178. <<
Página 539
P.-E.
KAHLE, 1945. <<
Página 540
H.
GREGOIRE, 1937. <<
Página 541
KAHLE,
1959, p. 33. <<
Página 542
Ibíd.
<<
Página 543
KAHLE,
1945, p. 28. <<
Página 544
DUNLOP,
1954, p. 125. <<
Página 545
LANDAU,
1942. <<
Página 546
Nombre
hebreo: Isaac bar Shaprut. La R. (de Rabí) se emplea por respeto.
<<
Página 547
Citado por
DUNLOP, 1954, p. 132. <<
Página 548
El nombre
de Rasdai en árabe. <<
Página 549
Citado por
DUNLOP, p. 154. <<
Página 550
Citado por
DUNLOP, p. 127. <<
Página 551
Se
conservan en la Bodleienne dos ejemplares de este folleto, correspondientes a
dos ediciones distintas. <<
Página 552
[23]
KOKOVTSOV, 1932. <<
Página 553
DUNLOP,
1954, p. 230. <<
Página 554
Citado en
la Enc. Judaica, art. «The Khazar Correspondence». <<
Página 555
A. H.
HARKAVY, 1877. <<
Página 556
HARKAVY,
1875. <<
Página 557
D. A.
CHOWLSON (1882). <<
Página 558
[29]
KOKOVTSOV, op. cit. <<
Página 559
POLIAK,
1941. <<
Página 560
DUNLOP,
1954, p. 143. <<
Página 561
Ibíd.,
p. 137. <<
Página 562
DUNLOP,
p. 152. <<
Página 563
Ibíd.,
p. 153. <<
Página 564
En la
Sombra del Dinosaurio. <<
Página 565
10 de marzo
de 1975. <<
Página 566
FIN

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