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Libro N° 14650. Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra. Tapia González, Aimé.



© Libro N° 14650. Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra. Tapia González, Aimé. Emancipación. Diciembre 27 de 2025

 

Título Original: © Aimé Tapia González. Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra

 

Versión Original: © Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra. Aimé Tapia González

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/mujeres-indigenas-en-defensa-de-la-tierra/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

MUJERES INDÍGENAS EN DEFENSA DE LA TIERRA

Aimé Tapia González


Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra

Aimé Tapia González

Las voces de las mujeres que participan actualmente en los movimientos de resistencia de los pueblos de Abya Yala (nombre del territorio americano antes de la colonización europea) entretejen éticas y epistemologías alternativas para una cultura sostenible. Este libro combina el análisis teórico con los testimonios de mujeres indígenas y campesinas, dando respuesta a los siguientes interrogantes: ¿Qué estrategias ponen en juego las mujeres indígenas para desestructurar los estereotipos sexistas que las oprimen? ¿Cuáles son los rasgos de los diversos «feminismos indígenas»? ¿Qué vínculos pueden establecerse entre estos y el feminismo de origen ilustrado? ¿En qué coordenadas se sitúan las indígenas y campesinas que defienden la Tierra, el territorio y sus derechos como mujeres? ¿Qué aportan para la construcción de un paradigma de inclusión, sostenibilidad y justicia social?

Aimé Tapia González

Mujeres Indígenas En Defensa De La Tierra

Cátedra, Feminismos - 136

ePub r1.0

Titivillus 23-07-2025

Aimé Tapia González, 2018

Ilustración de cubierta: Verónica Perales Blanco

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Cubierta

Mujeres indígenas en defensa de la tierra

Feminismos

Introducción

CAPÍTULO PRIMERO. Filosofías indígenas, el nosotras/os (comunidad) y las mujeres

EPISTEMOLOGÍAS INDÍGENAS

ÉTICA NOSOTROCÉNTICA/COMUNITARIA

HACIA UNA ÉTICA BIOCÉNTRICA, EL VIVIR BIEN O BUEN VIVIR

EL «NOSOTROS» Y LAS MUJERES

CAPÍTULO 2. Las voces de las mujeres indígenas en los feminismos latinoamericanos

SENTIDO Y POSIBILIDAD DE UN FEMINISMO

LATINOAMERICANO

NUEVAS ACTORAS SOCIALES

FEMINISMOS INDÍGENAS

LAS INDÍGENAS ZAPATISTAS TOMAN LA PALABRA FEMINISMOS DIVERSOS DESDE ABYA YALA

CAPÍTULO 3. Multiculturalismo, mujeres del Sur y sostenibilidad

MULTICULTURALISMO Y FEMINISMO: UNA RELACIÓN PROBLEMÁTICA

MULTICULTURALIDAD ILUSTRADA MULTICULTURALISMO, JUSTICIA Y GÉNERO APORTACIONES DE LAS MUJERES DEL SUR A LA CONFORMACIÓN DE CULTURAS SOSTENIBLES DIÁLOGOS INTERCULTURALES ENTRE GÉNERO Y MEDIO AMBIENTE EN IBEROAMÉRICA

VOCES DE MUJERES INDÍGENAS EN ABYA YALA FEMINISMOS COMUNITARIOS: CULTURAS EN RESISTENCIA POR LA DEFENSA DEL CUERPO-TERRITORIO

CAPÍTULO 4 Mujeres indígenas y campesinas en defensa del territorio

MARÍA DE JESÚS PATRICIO MARTÍNEZ: EN DEFENSA DE LOS CONOCIMIENTOS INDÍGENAS DE LAS PLANTAS MEDICINALES

«Esto que soy, lo que practico»

Un ir y venir de la palabra entre nosotras

Cuando una mujer avanza, no hay hombre que retroceda

La salud de una persona implica la salud de la comunidad y el equilibrio con la naturaleza

LAS MUJERES Y LA LUCHA POR EL DERECHO HUMANO AL AGUA

EJÉRCITO ZAPATISTA DE MUJERES MAZAHUAS EN DEFENSA DEL AGUA

Un ejército de mujeres indígenas en defensa del agua AGUA, GÉNERO Y ETNICIDAD EN LA REPÚBLICA DE EL SALVADOR: EL CASO DE NEJAPA

El derecho humano al agua en El Salvador

Las mujeres de Nejapa en defensa del agua contra Coca-Cola

MUJERES NAHUAS DE COLIMA, MÉXICO, CONTRA LA MINERÍA

ORGANIZACIÓN DE MUJERES ECOLOGISTAS DE LA SIERRA DE PETATLÁN, GUERRERO, MÉXICO

ASOCIACIÓN NACIONAL DE MUJERES RURALES E INDÍGENAS (ANAMURI), CHILE

FEMINISMOS INDÍGENAS POR LA DEFENSA DE LA TIERRA Y EL TERRITORIO

Feminismos

Consejo asesor:

Paloma Alcalá: Profesora de enseñanza media

Ester Barberá: Universitat de València

Cecilia Castaño: Universidad Complutense de Madrid

M.ª Ángeles Durán: CSIC

Ana de Miguel: Universidad Rey Juan Carlos

Alicia Miyares: Profesora de enseñanza media

Isabel Morant Deusa: Universitat de València

Mary Nash: Universitat de Barcelona

Verónica Perales: Universidad de Murcia

Concha Roldán: CSIC

Verena Stolcke: Universitat Autònoma de Barcelona

Amelia Valcárcel: UNED

Dirección y coordinación: Alicia Puleo, Universidad de Valladolid

Introducción

El pensamiento indígena latinoamericano y la teoría feminista como perspectivas a través de las cuales «mirar» me han permitido ser consciente del carácter situado del conocimiento. En efecto, quien escribe estas líneas es una mujer mestiza, que vive en una pequeña ciudad tropical de México, en el llamado Tercer Mundo, formada en el pensamiento filosófico occidental y la teoría feminista de orígenes ilustrados; pero que, paralelamente, ha recibido la influencia de la filosofía latinoamericana y de las éticas y epistemologías que están en la base de los procesos de reconstitución de los pueblos indígenas.

Desde mis coordenadas —geográficas, intelectuales, culturales— considero imprescindible el diálogo entre los feminismos occidentales y los movimientos de mujeres indígenas que defienden la Tierra y el territorio en Abya Yala. El término «Abya Yala» ha sido acuñado por el pueblo kuna para designar al continente americano antes de la llegada de Cristóbal Colón y de otros colonizadores europeos y, aunque otros pueblos también nombraron los lugares con los que se relacionaban, este fue el único que dio un nombre común a todo el continente. Mi propósito es recoger los pensamientos y las experiencias de mujeres indígenas y campesinas que han desarrollado una visión crítica articulada y argumentada de nuestro presente y que, en algunos casos, participan como agentes en los movimientos en defensa de la Tierra y el territorio. Propongo que recorramos junto con ellas diversos caminos hacia sociedades incluyentes, solidarias y ecológicamente responsables.

Como habitante de una región que está siendo fuertemente golpeada por las consecuencias del cambio climático, considero que los fundamentos filosóficos de las prácticas llevadas a cabo por algunas comunidades indígenas representan alternativas para afrontar la situación actual. Por las razones expuestas, este libro está guiado por un interés teórico, pero también práctico y vital, que parte de la concepción de la filosofía como un pensamiento crítico —autocrítico—, capaz de incluir nuevas voces y de comprometerse en la construcción de un mundo vivible.

En el ámbito del pensamiento latinoamericano han surgido perspectivas críticas que, por un lado, impugnan la pretendida universalidad de la filosofía europea al mostrar que en la América mestiza e indígena existen historias, culturas y filosofías propias, y, por el otro, contribuyen al reconocimiento de discursos tradicionalmente desvalorizados. El feminismo latinoamericano ha llevado más lejos estos cuestionamientos al señalar que, si la filosofía surgida en estas tierras, sus autores y sus temáticas han sido desestimados, cuando su autoría es femenina y, además, se tratan asuntos relacionados con las mujeres, entonces es silenciada no solo por la cultura dominante, sino incluso por aquella que ha sido devaluada. En este sentido, una filosofía que además sea feminista potencia el reconocimiento de sujetos históricamente invisibilizados —las mujeres mestizas, indígenas y afrodescendientes—, al tiempo que abre la posibilidad de considerar temas marginados como el conocimiento oral, la filosofía indígena y los valores desarrollados por los colectivos discriminados.

Algunas vertientes de la teoría feminista latinoamericana se plantean cuestiones relacionadas con el impacto del «desarrollo» occidental sobre los pueblos indígenas, las comunidades campesinas, las poblaciones urbanas y el medio ambiente. Entre los sectores más vulnerables de la población —donde, debido a factores como la intersección entre la desigualdad de género, la discriminación étnica y la explotación social, existe una abrumadora mayoría femenina— han surgido algunos de los movimientos socioambientales más relevantes de finales del siglo XX e inicios del XXI. No se trata de víctimas pasivas, sino de sujetos que, desde posiciones de «no poder», han desarrollado concepciones alternativas sobre el ser humano, la cultura, la naturaleza y sus relaciones recíprocas.

Dentro del feminismo se ha abierto paso una corriente que estudia los vínculos entre la discriminación hacia las mujeres y la destrucción de la naturaleza. Se trata del ecofeminismo. Entre sus características más relevantes es importante destacar que se ha desarrollado desde distintas geografías, algunas veces, transitando del Sur hacia Norte, a diferencia de la teoría feminista que, tradicionalmente, se había movido de Norte a Sur. En su elaboración filosófica, ocupa un lugar central la crítica al dualismo jerarquizado cultura/naturaleza y a otros dualismos conectados con este: hombre/mujer, mente/cuerpo, razón/emotividad, civilizado/primitivo, humano/animal.

A través del análisis de las intersecciones entre género y crisis socioambiental, se ha visibilizado la forma en que mujeres y varones se relacionan con el cambio climático, la producción de alimentos, el abastecimiento de agua o la recolección de plantas medicinales, entre otros.

En este contexto, las comunidades indígenas y, de manera especial, las mujeres han encabezado las luchas en defensa de los territorios ante los proyectos extractivistas. Sin embargo, es necesario reconocer que las indígenas que participan en estos movimientos no constituyen un colectivo homogéneo, sino que entre ellas existen múltiples diferencias que deben ser tomadas en cuenta. Si en algunas ocasiones han cuestionado el alcance de los feminismos occidentales es porque no se reconocen en ellos, sin que esto implique que, en todos los casos, rechacen sus aportaciones. Estas agentes muestran la necesidad de llevar a cabo un diálogo entre los diversos rostros del feminismo occidental y los «otros feminismos».

Aunque es innegable que el feminismo de orígenes ilustrados ha sido esencial para las luchas de las mujeres, también tiene mucho que pensar a partir de las experiencias de las indígenas. De ahí que el reto más urgente que afrontan los diferentes feminismos sea articular distintas voces sin que se impongan unas sobre otras. El legado de la modernidad no debe ser descalificado en bloque. En él se encuentra el origen de grandes movimientos emancipatorios. No obstante, ante la crisis socioambiental de nuestros días, resulta cada vez más evidente que aquellos pueblos que han convivido armónicamente con su entorno durante cientos de años cuentan con una visión del vínculo naturaleza-cultura más adecuado para el futuro de la humanidad que el de la modernidad occidental hegemónica (no hay que olvidar que hubo «modernidades alternativas» que fueron silenciadas en Occidente).

Entre algunos de los pueblos indígenas que han sobrevivido hasta nuestros días es posible identificar una concepción «biocéntrica» del mundo de acuerdo con la cual todos los seres que habitan el planeta conforman una comunidad interdependiente, en la que ninguno vale más que otro porque cada uno es poseedor de valor y dignidad. Afirmar, por ejemplo, que el maíz tiene «corazón» significa reconocer en él una racionalidad propia que le permite orientarse hacia el sol, crecer de acuerdo con las diferentes estaciones, adaptarse a condiciones geográficas cambiantes y producir nuevos granos para volver a iniciar su ciclo. La Tierra es concebida como el fundamento del que todo procede y al que todo vuelve: abastece a los seres humanos de cuanto necesitan y, cuando llega el momento de su muerte, les acoge para reintegrarles al «nosotros cósmico o comunidad cósmica». La Pachamama muestra la continuidad entre naturaleza y cultura a través de la «agricultura», entendida como el cultivo que produce alimentos pero que también teje saberes, memorias y tradiciones. Una idea central que defiendo es que la «ética nosotrocéntrica»/comunitaria se encuentra en las bases de las luchas de las indígenas y campesinas en defensa de sus territorios.

El objetivo que persigo a través de este libro es doble: por una parte, me propongo señalar las principales problemáticas que plantea la relación entre mujeres indígenas y medio ambiente desde el horizonte abierto por el pensamiento indígena de Abya Yala y, por otra, pretendo llevar a cabo un análisis sobre los caminos que proponen estas mujeres ante la crisis ecológica, económica y social de nuestro siglo. Al hilo de todo ello, abordo algunas vertientes del ecofeminismo, señalando sus puntos de confluencia con las posiciones de mujeres que participan en los movimientos de resistencia de los pueblos originarios.

El estudio de la filosofía de los pueblos de Abya Yala constituye el objetivo del primer capítulo, en el que recupero las miradas de Carlos Lenkersdorf y Silvia Rivera Cusicanqui sobre los fundamentos filosóficos de los movimientos indígenas contemporáneos. Estos dos intelectuales coinciden en aspectos esenciales: ambos identificaron en pueblos indígenas vivos la centralidad de la categoría de comunidad que abarca todo lo que existe sobre la Tierra e incluye al sol, la luna y los demás astros, aunque este «nosotros» muchas veces se encuentra destruido o deformado en la vida cotidiana de estos pueblos. Reflexiono sobre la ética biocéntrica vigente en algunas comunidades indígenas, así como en la concepción del «buen vivir» o «vivir bien» desarrollada principalmente en Bolivia y Ecuador, en la cual se concibe al ser humano como parte de la gran familia cósmica donde cada ser vivo es digno de consideración moral. He tratado de destacar la situación de las mujeres en el tejido comunitario de las culturas maya-tojolabal, aymara y quechua, ya que, indudablemente, constituye un antecedente necesario para comprender la genealogía de los feminismos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio.

En el segundo capítulo, presento un panorama de los feminismos indígenas a partir del estudio de autoras como Rosalva Aída Hernández, Márgara Millán, Mercedes Olivera, Sylvia Marcos y Francesca Gargallo.

Como punto de partida, expongo las dificultades a las que se ha enfrentado el feminismo latinoamericano. Si el pensamiento masculino de estas geografías ha suscitado controversias sobre su «filosoficidad», aquel elaborado por mujeres, aún más si se trata de mestizas, indígenas o afrodescendientes, ha sido silenciado no solo dentro de la historia pretendidamente «universal» sino también de la latinoamericana.

Posteriormente, me centro en el análisis de los «feminismos indígenas». El año 1992, en que Occidente celebró los 500 años de la conquista de América y los pueblos originarios protestaron conmemorando 500 años de resistencia indígena, negra y popular, puede considerarse el momento del surgimiento público de estas «nuevas actoras sociales» que conjuntaron las vindicaciones de sus pueblos con demandas específicas de género. En la base de sus reivindicaciones encontramos las cosmovisiones indígenas, la Teología de la Liberación —y otras ideologías de izquierda—, los movimientos sociales encabezados por comunidades campesinas y las concepciones feministas que llegaron a las comunidades indígenas a través de ONG, así como de mujeres voluntarias que desarrollaron proyectos con un enfoque feminista en zonas marginadas.

Todos estos elementos confluyeron en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), uno de cuyos rasgos más originales ha sido, por lo menos en teoría, la defensa de los derechos de las mujeres indígenas tal como fueron determinados por ellas mismas mediante la Ley Revolucionaria de Mujeres.

Al respecto, llevo a cabo una revisión de los documentos publicados por el EZLN, especialmente de los discursos de las indígenas zapatistas. Mi objetivo es mostrar sus fundamentos filosóficos «nosotrocéntricos», pero también su capacidad para dialogar con las feministas occidentales, puesto que este feminismo indígena ha articulado el «nosotros cósmico» con el «yo», como lo evidencian los testimonios de estas mujeres. Concluyo con algunas consideraciones sobre los diversos rostros de los feminismos indígenas en Abya Yala, algunos de los cuales han sido eclipsados por el feminismo zapatista.

Las problemáticas planteadas por la compleja relación entre feminismo y multiculturalismo son abordadas en el capítulo tercero. En la primera parte, reviso el marco conceptual desarrollado por María Luisa Femenías, la propuesta de Celia Amorós de una multiculturalidad ilustrada y las consideraciones de María José Agra sobre multiculturalismo, justicia y género.

En la segunda parte, reflexiono sobre lo que pensadoras del Sur, como Vandana Shiva, Bina Agarwal e Ivone Gebara, aportan para la conformación de culturas sostenibles críticas ante las diversas expresiones de los fundamentalismos y las discriminaciones por razón de género, pertenencia étnica y credo religioso. El puente que me ha permitido establecer vínculos entre perspectivas tan distantes, algunas veces, incluso, enfrentadas, como las de feministas ilustradas occidentales con feministas indígenas y mestizas de India y Latinoamérica, ha sido el ecofeminismo constructivista, es decir, aquel que sostiene que las identidades de sexo-género y sus relaciones con el medio ambiente han sido culturalmente construidas y pueden ser modificadas. Particularmente interesantes para construir este puente me han resultado los planteamientos ecofeministas de Alicia Puleo, quien recupera una parte del legado de la Ilustración que pocas veces es tomado en cuenta cuando se hacen generalizaciones abusivas sobre el papel desempeñado por la modernidad en la devastación ecológica: la extensión de las consideraciones morales más allá del ámbito humano, la vindicación de los derechos de las mujeres y el cuestionamiento al colonialismo defendidos por una corriente minoritaria de pensadoras y pensadores ilustrados que constituyeron una «Ilustración olvidada». Esta perspectiva reconoce las aportaciones de mujeres intelectuales y activistas del Sur y de las comunidades indígenas, pero desde una mirada crítica que nos previene del peligro de olvidar o postergar el cumplimiento de los derechos de las mujeres ante la idealización ingenua de la cultura y la comunidad propias o ajenas.

La última parte está dedicada a exponer el pensamiento de autoras de Abya Yala, como Silvia Rivera Cusicanqui, Gladys Tzul Tzul y Aura Cumes, sobre la relación entre discriminación sexual, étnica y social en el contexto del multiculturalismo. Termino este capítulo con el estudio de las feministas comunitarias Julieta Paredes y Lorena Cabnal, quienes, a mi juicio, proponen categorías de análisis imprescindibles para comprender la intersección entre devastación ecológica, destrucción de las culturas indígenas y desigualdad entre mujeres y hombres. Estas pensadoras cuestionan las implicaciones del concepto «Madre Naturaleza» y defienden una cultura de resistencia en clave feminista ante los embates del neoliberalismo contra el medio ambiente y sus habitantes humanos y no humanos.

Finalmente, en el capítulo cuarto, exploro diversos casos de mujeres indígenas y campesinas que han protagonizado movilizaciones en defensa de la Tierra. Me propongo mostrar que los testimonios orales, las experiencias, los valores y las prácticas de estas agentes socioambientales son relevantes para los feminismos indígenas. En primer lugar, presento una narrativa de la historia de vida de María de Jesús Patricio Martínez, médica nahua, feminista indígena y militante del zapatismo. No sorprende que la palabra que más se repita en el discurso de esta sanadora indígena sea «nosotras/os». A mi juicio, se trata de una feminista indígena que tiene mucho que aportar a la ética ecológica occidental. Me detengo después en el caso del Ejército Zapatista de Mujeres por la Defensa del Agua (EMZDA). Este grupo de mujeres mazahuas puso al descubierto que el acceso al agua tiene género, etnia y clase social. A pesar de que sus territorios eran ricos en ríos, arroyos y manantiales, la construcción del sistema hidráulico más grande de América Latina dejó a sus pueblos sin opciones para sobrevivir. Asimismo, expongo los casos de Nejapa, en El Salvador, y de las indígenas nahuas de Zacualpan, México, que también levantaron sus voces por la vindicación de su derecho humano al agua ante la voracidad de los proyectos extractivistas que devastan sus territorios. Estas mujeres interpelan a las filosofías que se ocupan de conocimientos supuestamente «objetivos», «universales» y «abstractos», pero que se olvidan de pensar en los asuntos más vitales para todo ser humano.

¿De dónde viene el agua que consumimos? ¿Existe alguna relación entre agua, género, pobreza y desigualdad social? ¿Es ético invisibilizar estas problemáticas?

En otro apartado, analizo el caso de la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OMESP), un colectivo femenino que, en medio de la violencia, la sinrazón y la intolerancia, dio una respuesta pacífica y creativa al convertirse en uno de los movimientos de reforestación más exitosos de América Latina. El último de los casos analizados es el de la Asociación Nacional de Mujeres Indígenas y Campesinas (ANAMURI) de Chile, la cual agrupa a mujeres provenientes de distintas partes de Latinoamérica que defienden los derechos de las mujeres indígenas y campesinas, la importancia de la agroecología y la preservación de las semillas criollas. Concluyo el capítulo con una reflexión sobre el perfil de los «feminismos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio», así como su pertinencia en el camino hacia una cultura sostenible, feminista, solidaria y plural.

Quiero aprovechar estas líneas para expresar un profundo agradecimiento a Alicia Puleo, que fue quien me abrió el horizonte hacia la ética ambiental y la filosofía ecofeminista. Ella ha sido para mí una fuente de inspiración y de sentido. Siempre solidaria, generosa, paciente e interesada en los sueños de las otras personas. En su compilación Ecología y género en diálogo interdisciplinar, publicada por Plaza y Valdés Editores, incluyó mi primera elaboración de la historia de vida de la feminista indígena María de Jesús Patricio Martínez que trato aquí en el capítulo cuarto.

Agradezco a Dilemata. Revista Internacional de Éticas Aplicadas la publicación de una primera versión, posteriormente ampliada y reelaborada, de mi tratamiento de tres de los movimientos socioambientales protagonizados por mujeres indígenas que se presentan en este libro. Siento un especial afecto por la revista Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid porque publicó mi primer artículo sobre mujeres indígenas hace casi diez años. De él he recuperado algunos párrafos.

También expreso mi gratitud a quienes me han invitado a impartir conferencias sobre mujeres indígenas, ecofeminismo y ética ambiental: en particular a María Teresa Alario Trigueros, directora de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid, a Marcela Magaña y a Diana Manrique de la UNAM campus Morelia y a Cristina Ramírez, Paloma Valladares, Jaime Vieyra, Mario Teodoro Ramírez, Rubí de María Gómez y Fernanda Navarro de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México.

Un lugar especial merecen Laura Torres San Miguel y Angélica Velasco Sesma, de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid, con quienes tuve la oportunidad de trabajar en la coedición del libro Hacia una cultura de la sostenibilidad: análisis y propuestas desde la perspectiva de género (2015). Asimismo, quiero expresar mi reconocimiento a Teo Sanz, catedrático de Literatura Francesa de la Universidad de Burgos, gracias a quien conocí las posibilidades que abre la ecocrítica, esa mirada ecologista sobre los textos literarios.

También reconozco mi deuda con las colegas que a través de sus valiosas contribuciones hicieron posible el número 21 de la revista GénEros, monográfico sobre Género, medio ambiente, teorías y prácticas ecofeministas que tuve el gusto de coordinar, así como al Centro Universitario de Estudios de Género y a la Asociación Colimense de Universitarias, de la Universidad de Colima, México, por parte de quienes siempre he recibido apoyo para llevar adelante mis proyectos.

Doy las gracias a mi madre, a mi padre y a mi hermana por haberme acompañado durante todo este tiempo con afecto, paciencia y solicitud.

A quienes van a leer este libro, agradezco su interés por conocer lo que nos enseñan las mujeres indígenas y campesinas de Abya Yala que han ensanchado los horizontes de comprensión del ser humano y de su lugar en la Tierra ante la crisis de crisis a la que nos ha llevado la globalización de las más diversas formas de altericidio.

CAPÍTULO PRIMERO Filosofías indígenas, el nosotras/os (comunidad) y las mujeres

Aquí no más vergüenza por la piel, por la lengua, por el vestido, por la danza, por el canto, por el tamaño, por la historia.

Aquí el orgullo de sernos morenitas, chaparritas, llenitas, ñuu savis bonitas, ñuu savos valientes, con la frente digna aquí no el silencio aquí el grito aquí la digna rabia.

BETY CARIÑO[1]

Entre las mujeres y los pueblos indígenas existe un paralelismo que llama la atención. Ambos han sido considerados como la «alteridad radical» ante lo «humano por excelencia», es decir, el varón blanco perteneciente a la cultura occidental hegemónica. A los grupos indígenas y a las mujeres se les ha cuestionado su humanidad plena, arrojándoles a los márgenes de la cultura.

Concebidos como versiones menos afortunadas de lo humano, asimilados a una naturaleza «pasiva» y «maleable», las expresiones de su pensamiento han sido juzgadas como prelógicas, intuitivas y atrasadas, sobre todo si se les compara con los grandes sistemas de pensamiento surgidos en Occidente. El feminismo y los estudios sobre las mujeres aún suscitan comentarios sarcásticos por parte de intelectuales androcéntricos. La suerte de los pueblos indígenas es análoga: no se reconoce la riqueza de sus culturas, ni su capacidad para desarrollar planteamientos filosóficos. Esta situación llega al extremo cuando, además de ser mujer, se es indígena.

Los movimientos indígenas de finales del siglo XX vinculan dichas problemáticas al tiempo que interpelan a las cosmovisiones hegemónicas, mostrando que existen otras formas de convivir con la naturaleza, de concebir al ser humano, de pensar las relaciones entre los géneros y de enfocar el conocimiento, la educación, la ética y la política. Asimismo, proponen alternativas donde teoría y práctica se encuentran unidas indisolublemente

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porque, desde sus epistemologías, la realidad es una unidad compleja de interrelaciones entre seres diversos y plurales que se relacionan recíprocamente. Política, espiritualidad y ciencia no constituyen ámbitos separados, sino que se encuentran interconectados. Muy diferente es la perspectiva del pensamiento dominante, donde la realidad se encuentra dividida en segmentos bien diferenciados.

En ese sentido, hablar de pensamiento indígena representa un gran problema, mucho mayor cuando se trata de los pueblos indios que viven en la actualidad y no de las culturas del pasado. La filosofía digna de escribirse con mayúscula debe ser «neutral», «objetiva» y «desinteresada», esto es, despojada de contenidos ideológicos. Sin embargo, nos muestra que no siempre ha sido así. El conocimiento supuestamente «puro», «abstracto» y «universal» muchas veces no es sino una máscara tras la cual se asientan ideologías etnocéntricas, androcéntricas y especistas. A partir de una mirada occidental hegemónica podrían surgir preguntas como las siguientes: ¿existe un pensamiento feminista de la sostenibilidad en comunidades indígenas analfabetas y empobrecidas? ¿Pueden ser las mujeres indígenas agentes de ética y epistemología?

Ante tales cuestionamientos considero necesario agregar uno más: ¿las mujeres indígenas son importantes para la filosofía? Desde el pensamiento hegemónico, dicha pregunta aparece como fuera de lugar, y, en todo caso, atañe a la antropología, la sociología o los estudios en torno al folclore. El género y la etnia representan particularismos que nada tienen que ver con la aspiración a la universalidad de una especulación «respetable». No obstante, las mujeres indígenas están vindicando un lugar importante dentro de las epistemologías y las éticas de sus pueblos. Su punto de partida no es una conciencia desencarnada, sino que sus teorías están corporizadas, son sentidas, vividas y expresadas a través de prácticas concretas.

Uno de los fundamentos más importantes de las culturas de los pueblos indígenas es el principio de la dualidad-complementariedad: día/noche, sol/luna, hombre/mujer, como constitutivo de la realidad. Cabe aclarar que no se trata de dicotomías dispuestas jerárquicamente, sino de elementos que se entrecruzan, encuentran y confluyen sin cesar, aunque en la vida práctica muchas veces se traducen en relaciones de subordinación. Su eje no es el individuo, sino la comunidad integrada por todos los seres que conforman el cosmos. El concepto de igualdad, entendido como una equiparación niveladora que anula la diversidad, les resulta ajeno; lo que buscan son vínculos de respeto y reciprocidad con todos los seres que habitan sobre la

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Tierra. Algunas de las indígenas que participan en los movimientos en defensa del territorio sostienen que la supervivencia de sus pueblos es inseparable del reconocimiento del valor y la dignidad de las mujeres. Son conscientes de que la justicia requiere del equilibrio entre todas las formas en que se manifiesta la vida, sean humanas o no. Saben que no hay pensamiento ni filosofía que sean verdaderamente universales de los cuales estén excluidas.

Desafiando la lógica de la cultura dominante, algunas mujeres empobrecidas, indígenas y sin escolaridad, es decir, las menos parecidas a la imagen del filósofo —varón, blanco occidental—, se han convertido en las principales impulsoras del movimiento de mujeres indígenas en Abya Yala, así como en las portadoras de un discurso «feminista» fundado en la visión del mundo de sus pueblos. Estas mujeres bien pueden ser llamadas «ecofeministas». Lo que entienden como «feminismo», es decir, la búsqueda de mejores condiciones de vida para las mujeres, para ser coherente, debe extenderse no solo a las relaciones entre los sexos, sino a todas las formas de vida. Por otro lado, cabe destacar que, en las últimas décadas, han emergido las voces de mujeres indígenas intelectuales que están produciendo saberes escritos, a través de los cuales cuestionan las epistemologías etnocéntricas y androcéntricas, al tiempo que plantean conceptos y categorías propios para la comprensión del mundo.

EPISTEMOLOGÍAS INDÍGENAS

En este apartado y el siguiente, me voy a centrar en el estudio del pensamiento filosófico de los pueblos mayas del sureste de México y en los quechuas y aymaras de Bolivia, con el propósito de contribuir a la comprensión de los fundamentos filosóficos de los «feminismos indígenas» de finales del siglo XX e inicios del XXI. Más allá de la diversidad entre los pueblos indígenas de Abya Yala[2], es posible identificar una matriz cultural común caracterizada por el reconocimiento de sujetos no humanos, la concepción cíclica del tiempo, la complementariedad mujer-hombre, mujer-mujer y hombre-hombre, el enraizamiento en un territorio-memoria-cuerpo, la agricultura de subsistencia basada en la sabiduría tradicional y una ética-política cuyo eje es la vida comunitaria.

Con el objetivo de profundizar en lo anterior, recupero algunos de los planteamientos de Carlos Lenkersdorf y Silvia Rivera Cusicanqui, a mi juicio,

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imprescindibles para la comprensión de las epistemologías indígenas contemporáneas y los movimientos socioambientales protagonizados por mujeres. Mientras el filósofo de origen alemán desafió los cánones de la filosofía hegemónica al argumentar que un pueblo indígena contemporáneo como el maya-tojolabal había desarrollado un pensamiento complejo —el cual se convertiría algunos años más tarde en uno de los cimientos esenciales del zapatismo—, por su parte, la socióloga de origen aymara expone las bases filosóficas de las culturas aymara y quechua, considerando a las mujeres indígenas una parte relevante dentro de sus reflexiones.

Me interesa destacar las razones por las que afirmo que Carlos Lenkersdorf y Silvia Rivera Cusicanqui son fundamentales para la comprensión de las bases filosóficas de los feminismos indígenas. Un acercamiento a sus respectivas biografías revela el compromiso vital que les une al destino de los pueblos indígenas y de las mujeres de estos pueblos.

Lenkersdorf nació en Alemania, en 1926, y su infancia transcurrió en la época de Hitler. Aunque desde temprana edad se inclinó a la música, decidió estudiar teología, lo que implicaba una formación en griego y latín. Junto con su esposa, Gudrun, quien se dedicaba a la física, en 1953 decidió viajar a los Estados Unidos para continuar sus estudios de teología, aunque su estancia solo duró un año. De ahí se fueron a una población rural en Canadá, donde ejerció como ministro luterano durante algunos años. A finales de la década de los cincuenta, el matrimonio trasladó su domicilio a México. Carlos cursó la carrera de Filosofía, y Grudun, la de Historia, en la UNAM. Ante la represión estudiantil de 1968, regresaron a Estados Unidos, donde ambos recibieron ofertas de trabajo. Como director de Estudios Latinoamericanos en el Antioch College en Yellow Springs, Ohio, Carlos Lenkersdorf viajó a distintos países de América Latina. Muy cercano en sus preocupaciones a la Teología de la Liberación, conoció en México al obispo Samuel Ruiz, quien le invitó a participar en un proyecto de justicia social para las comunidades indígenas de Chiapas. Carlos y Gudrun quedaron hondamente impresionados ante la riqueza filosófica de la lengua y la cultura maya-tojolabales y, durante veinte años, se dedicaron a aprender de aquellas personas a quienes casi nadie se detenía a escuchar. Carlos, como cariñosamente lo llamaban en la comunidad tojolabal, trasladó al lenguaje escrito todo lo que aprendió sobre la lengua maya-tojolabal; también escribió un diccionario sobre este idioma y algunos libros didácticos y realizó diversas traducciones. Cuando se suscitó el levantamiento zapatista en 1994, el filósofo se encontraba en la Ciudad de México, y el obispo Samuel Ruiz le aconsejó permanecer ahí ante el riesgo

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inminente de ser deportado. En aquellos tiempos, el Centro de Estudios Mayas de la UNAM le abrió sus puertas, y Carlos Lenkersdorf destinó el resto de su vida a escribir sobre filosofía maya-tojolabal para comunicar lo aprendido de los mayores maestros y maestras que conoció en su largo recorrido intelectual, y en quienes encontró la propuesta de una alternativa civilizatoria fundada en el respeto a la naturaleza y sus habitantes no humanos, la ética nosotrocéntrica/comunitaria y una profunda crítica hacia la discriminación y diversas formas de violencia ejercidas contra las mujeres indígenas[3].

Sin embargo, mi intención de fundamentar filosóficamente los feminismos indígenas no podía cumplirse al incluir solo la perspectiva de un intelectual varón de origen europeo, aunque este hubiese sido bastante crítico respecto a las diversas hegemonías. En este sentido, he considerado imprescindible recuperar la mirada de una pensadora latinoamericana que también ha reflexionado sobre las epistemologías de las culturas indígenas y sus dinámicas sociohistóricas: me refiero a Silvia Rivera Cusicanqui. Esta socióloga, que reivindica su origen aymara, nació en 1949 en La Paz, Bolivia; hasta la fecha, continúa con su trabajo en las ciencias sociales y su labor como activista. A inicios de la década de los ochenta, Rivera Cusicanqui creó el taller de Historia Oral Andina junto con colegas indígenas, con lo que se convirtió en pionera de una metodología que reinterpreta la historia a partir de imágenes. Durante los años setenta y ochenta participó de forma activa en el movimiento katarista-indianista[4] y en el movimiento cocalero boliviano.

Por más de treinta años fue profesora en la Universidad Mayor de San Andrés, y actualmente participa dentro de un grupo llamado El Colectivo 2, espacio de encuentro entre diversas perspectivas que conjuntan inquietudes intelectuales y artísticas, donde ha incursionado como cineasta[5]. Sobre el tema central de este libro, considero que las categorías de «episteme noratlántica dominante», «Ch’ixi» y «tejido» desarrolladas por Rivera Cusicanqui contribuyen a la comprensión de los fundamentos histórico-filosóficos de los feminismos indígenas.

Si bien Lenkersdorf ha sido cuestionado por idealizar la vida en las comunidades indígenas, su apasionada defensa en la capacidad de los pueblos originarios vivos para desarrollar una filosofía propia, de la cual el Occidente hegemónico tiene mucho que aprender, ha contribuido a cuestionar el etnocentrismo de los conceptos de «filosofía», «filosofar» y «sujeto del filosofar». Por otra parte, la voz de Rivera Cusicanqui, quien coincide en aspectos centrales con Lenkensdorf, aporta una perspectiva más vinculada

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con aspectos sociales y de género. Tanto Lenkersdorf como Rivera Cusicanqui han tendido puentes entre las filosofías vivas de las comunidades indígenas y los estudios sobre las mujeres. Apuestan por un concepto de «saber» que vindica las formas de ver el mundo de las culturas indígenas, sus epistemologías y concepciones sobre la vida buena y plantean un desafío intelectual irrecusable. En palabras de Lenkersdorf:

El trabajo científico, filosófico, humanístico de investigación, enseñanza y artes, no es nada neutral, sino profundamente comprometido con la realidad. Si no lo es, poco vale. Y, si lo es, implica riesgos y no espera alabanzas, porque es la voz de las realidades y verdades no aceptadas, que no quieren escuchar ni ver los pudientes ni los conformistas. El filosofar tojolabal cae justamente en esta categoría; por eso los tojolabales y los pueblos hermanos tienen que vivir escondidos en las montañas de Chiapas, y aguantar la vigilancia de miles y miles de soldados, un ejército de ocupación. Saben, viven y dicen verdades que los de arriba no quisieron, no quieren escuchar, ni saben cómo escucharlas. Así ha pasado con variaciones por 500 años ya. Sí, este es un recordatorio para todos nosotros, comprometidos con la investigación, la enseñanza y las artes[6].

Por su parte, Rivera Cusicanqui sostiene lo siguiente: «Aludo a este crucial tema —el papel de los intelectuales en la dominación del imperio— porque creo que tenemos la responsabilidad colectiva de no contribuir al reforzamiento de esta dominación[7]».

No es común referirse a las epistemologías de los pueblos indígenas, menos aún visibilizar a las mujeres indígenas como productoras de saberes.

Poco se sabe, por ejemplo, de indígenas actuales que viven en Abya Yala, si han desarrollado pensamiento propio y qué pueden aportar al debate en torno a la diversidad cultural y la sostenibilidad. Rivera Cusicanqui y Lenkersdorf argumentan que el trabajo intelectual entraña riesgos en la medida en que devela verdades que cuestionan las bases de las estructuras de poder sobre las que se levanta la discriminación de los indígenas y mujeres. Tal es la razón por la que los pueblos indios vivos han tenido que sufrir desplazamientos que les obligan a internarse en lugares recónditos para protegerse del asedio de grupos militares y paramilitares. Una de esas verdades es que «los indios» —y también «las indias»— son capaces de filosofar, organizarse y resistir. La historia de los pueblos indígenas muestra que las insurrecciones y la participación de las mujeres han sido constantes durante más de 500 años. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) representa una continuidad para la memoria histórica indígena, al tiempo que plantea el problema de la diversidad étnica y cultural dentro de un Estado que se niega a reconocer la entidad jurídica de los pueblos indígenas.

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El caso de Bolivia es distinto, pues se ha logrado el reconocimiento constitucional de la plurinacionalidad y los derechos de la Pachamama.

Por lo que respecta al zapatismo contemporáneo, Rivera Cusicanqui argumenta que si bien reconoce su relevancia y excepcionalidad, le parece cuestionable el efecto eclipse que ha tenido sobre otros movimientos indígenas[8]. Consciente de esto, propongo una reflexión sobre la relación entre la epistemología y la ética maya-tojolabal con el zapatismo, debido a su importancia para las reivindicaciones de los pueblos indígenas y la visibilización de las luchas de las mujeres en Abya Yala, sin que esto implique que se desestime a otros movimientos indígenas. Asimismo, presento una aproximación a la propuesta del «vivir bien» o «buen vivir» fundada sobre prácticas ancestrales de los pueblos de Bolivia y Ecuador.

Ahora bien, el desprecio hacia los pueblos originarios es el resultado de la ignorancia y del provincianismo cultural. No hay una sola forma de hacer filosofía, la occidental, sino que «todos los pueblos tienen su lengua, por eso mi hipótesis —nos dice Lenkersdorf— es que todo pueblo está filosofando a su modo de filosofar[9]» Para comprender las causas profundas del levantamiento zapatista y otros movimientos de Abya Yala es necesario conocer las raíces culturales, éticas y epistemológicas de los pueblos indígenas. Estos han desarrollado idiomas, los cuales encierran cosmovisiones complejas. Lo anterior quiere decir que las distintas culturas, mediante sus respectivas lenguas, nombran al mundo según lo perciben y se relacionan con él. Este pensador argumenta que el amor a la sabiduría se traduce al tojolabal como «tener un corazón»; se trata de «una filosofía corazonada, tal vez mejor dicho cordial, y no tan intelectualizada […] no se exponen las ideas individuales del investigador, sino el pensamiento y las vivencias cordializadas de otros y desde las perspectivas de ellos mismos[10]».

De acuerdo con esto, la filosofía se entiende como una búsqueda de comprensión del mundo desde las coordenadas de lo que los indígenas llaman «corazón», es decir, el ámbito de la dignidad, la memoria y la inteligencia, y que se expresa a través del saber oral de las comunidades indígenas vivas, como se verá más adelante.

Por su parte, Rivera Cusicanqui expresa su experiencia en el aprendizaje de las lenguas indígenas andinas en los siguientes términos: «El pensar necesariamente conlleva un esfuerzo de vivir. A mí me parece que el esfuerzo de vivir es una ética de nuestros tiempos articulada a un conocimiento bilingüe, de una lengua que no es la dominante[11]» Esta pensadora argumenta que el concepto de «cosmovisión», tan presente en el discurso de

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Lenkersdorf, remite a una palabra que se ha degradado, por lo que prefiere referirse a «epistemologías indígenas», saberes vivos en las prácticas cotidianas de los pueblos indígenas y en sus lenguas[12]. Estos dos pensadores comparten su concepción sobre el saber desarrollado por los pueblos indígenas actuales como un pensamiento enraizado en un ethos práctico que puede encontrarse en la oralidad; por eso consideran tan importante la actitud de escucha.

El pensamiento objetivo, lógico, abstracto y desencarnado que pretende desentrañar los fundamentos últimos de la realidad para descubrir verdades universales constituye una posibilidad, pero no es la única. A diferencia de los idiomas indoeuropeos, en diversas lenguas indígenas no hay objetos de ninguna clase, sino solo sujetos. Lo que destaca en dichas lenguas es una palabra que se utiliza reiteradamente al hablar y al escribir: «nosotros/as», «comunidad». Se recurre a estas palabras en situaciones muy diversas para referirse al vínculo entre las personas, pero también de estas con animales, plantas, lagos, montañas, muertos, dioses…

Según la explicación de Lenkersdorf, en las oraciones no hay unos sujetos que sean principales y otros subordinados, todos son iguales por el hecho de ser sujetos, aunque pueden expresarse de dos maneras distintas: como agenciales y como vivenciales. En castellano, algunos verbos se consideran acciones en tanto que en maya-tojolabal se les percibe como vivencias. Tal es el caso de caminar y abrazar. En el enunciado «Él/ella me abrazó[13]» el pueblo tojolabal no ve la estructura gramatical de sujeto, verbo y objeto, sino a un sujeto agencial, un verbo y un sujeto vivencial: «Tengo la vivencia – su abrazar[14]» Esta lengua no cuenta con verbos transitivos e intransitivos, sino verbos que entrelazan sujetos y aluden a vivencias. Los primeros ponen en relación a dos sujetos que participan, aunque de forma distinta, en el acontecimiento que indica el verbo. Los segundos, en cambio, aluden a experiencias. Según las palabras de nuestro autor: «el ser sujeto no es solo una posibilidad entre varias, sino que es la única. Todos somos sujetos. No hay otra posibilidad. Somos agenciales o somos vivenciales, pero siempre somos sujetos[15]».

La visión del mundo aymara es similar a la maya-tojolabal y, a pesar de las diferencias entre los pueblos indígenas, es compartida en Abya Yala.

Rivera Cusicanqui alude a las siguientes características de la episteme indígena: «reconocimiento de sujetos no humanos; los animales se comunican con nosotros; las estrellas nos miran; las piedras tienen memoria; los muertos nos visitan a veces, vivimos ciclos; la muerte es un ciclo de vida, una

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enseñanza; se recorre la vida con la mirada y con el corazón[16]» El concepto de subjetividad se ensancha más allá de los límites de lo humano, la historia es cíclica, la muerte, así como la vida, implican procesos de aprendizaje, y la racionalidad se entrelaza con los movimientos del corazón.

No es casualidad que lo que para la mirada occidental hegemónica aparece como objeto para los pueblos indígenas sea sujeto. Las consecuencias de estas percepciones distintas encuentran diferentes expresiones en un mundo en crisis. En el caso específico de la naturaleza, salta a la vista su grado de devastación debido a monocultivos y pesticidas impulsados por los países que se autodenominan «desarrollados», en contraste con la preservación de la Tierra mediante la agricultura tradicional practicada en los territorios autónomos de algunos pueblos indígenas, llamados despectivamente «primitivos» y «subdesarrollados». Como sostiene Lenkersdorf: «las cosmovisiones están relacionadas con el comportamiento de la gente, […] y así se dan las cosmovivencias que, a su vez, se hacen explícitas en el filosofar ético y en el campo de la justicia[17]» La intersubjetividad lingüística se deriva de una visión del mundo que no percibe objetos ni individuos aislados, sino distintos sujetos que se relacionan a través de una noción fundamental: el «nosotros», que trasciende el ámbito de la lengua y alcanza todos los aspectos de la cultura y de la vida.

Para los pueblos indígenas, la vida ética y política se organiza en torno a dicha noción; por ello, su episteme es «nosótrica», centrada en la comunidad.

Comunicación, educación, conocimiento, ética y justicia solo pueden comprenderse dentro del contexto indígena si se considera su articulación en torno a los tres pilares básicos de su pensamiento-vida: la comunidad, la intersubjetividad y el «nosotros». La concepción de una realidad dividida en distintas esferas: política, economía, arte, ciencia, ética, religión, entre otras, es propia del Occidente hegemónico, y resulta extraña a los grupos indios, para quienes la realidad constituye un organismo cuyos miembros están interconectados mediante relaciones de dependencia recíproca.

Si cosmovisiones distintas dan lugar a diversas lenguas que son expresiones de culturas diferentes, parece legítimo que existan múltiples formas de «amar la sabiduría». Sin embargo, entre todas las culturas, una ha creído que su visión del mundo era universal y, sobre esa creencia, ha recurrido reiteradamente a la violencia para imponerse sobre las demás. Esto se manifiesta en el desprecio hacia los valores de las otras culturas, así como en la dificultad de revisar críticamente los propios. La negación de que exista una episteme indígena contemporánea constituye un reflejo de la

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discriminación cotidiana. Como afirma el subcomandante Marcos: Para ellos, nuestras historias son mitos, nuestras doctrinas son leyendas, nuestra ciencia es magia, nuestras creencias son supersticiones, nuestro arte es artesanía, nuestros juegos, danzas y vestidos son folklore, nuestro gobierno es anarquía, nuestra lengua es dialecto, nuestro amor es pecado y bajeza, nuestro andar es arrastrarse, nuestro tamaño es pequeño, nuestro físico es feo, nuestro modo es incomprensible[18].

En un párrafo de cinco líneas se repite trece veces la palabra clave de la episteme indígena. ¿Por qué Lenkersdorf y Rivera Cusicanqui, que escriben en castellano, hablan desde el «nosotros/as»? ¿No se supone que el «nosotros/as» es indio, habla su lengua, es moreno y muy probablemente ni siquiera sabe escribir? Estos autores pretenden tender un puente que comunique a los pueblos indígenas con quienes no son indígenas. No se trata de la voz de un individuo, sino del «nosotros/as» que se abre camino para decir su palabra.

Con el propósito de mostrar las diferencias entre las lenguas indoeuropeas y las amerindias, Lenkersdorf utiliza como ejemplo una oración en dos versiones: castellano y maya-tojolabal: 1) «Les dije». Este enunciado se compone de sujeto (yo), verbo (dije), objeto indirecto (les). Como en maya-tojolabal no hay objetos directos, indirectos ni de ninguna clase, la traducción aproximada es: 2) «Dije. Ustedes escucharon[19]». Aquí se aprecian dos sujetos que colaboran conjuntamente en una acción en común. La oración en castellano expresa la relación entre un sujeto que determina el sentido de la frase, en tanto que el objeto indirecto queda sobreentendido aunque no se mencione explícitamente. ¿Acaso no es este mismo decir, que se caracteriza por convertir en objetos a sus interlocutores, el que reduce las manifestaciones de otras culturas a mitos, leyendas, magia, supersticiones, dialectos, etc.?

Lenkersdorf y Rivera Cusicanqui consideran que no se es indígena por el color de la piel, ni por la raza, ni por utilizar un vestido tradicional. Ser indígena quiere decir asumir un compromiso con un proyecto de civilización alternativo. En cambio, no serlo implica formar parte de la sociedad dominante, se tengan rasgos indígenas o no. Para la «cultura de las relaciones sujeto-objeto», estos pensadores desempeñan el papel de sujetos cuyas acciones aluden a indias e indios como objetos. En tanto que para la «cultura intersubjetiva» forman parte del «nosotros/as», son sujetos que quisieron conocer una episteme diferente, hasta convertirla en propia, y sus maestras y maestros indígenas, también son sujetos. Tanto Lenkersdorf como Rivera

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Cusicanqui escriben en castellano, pero incorporan voces «nosótricas» y recurren al uso de metáforas, metonimias y otras figuras literarias para que una lengua que requiere objetos sobre los cuales recaiga la acción de los sujetos muestre las posibilidades que se abren a partir de los idiomas intersubjetivos.

Las bases filosóficas de los levantamientos indígenas de Abya Yala apuntan en varias direcciones: comunicación, educación, epistemología, teoría de la cultura y ética. En lo que sigue, aludiré especialmente a algunos ejemplos del zapatismo y de la filosofía maya-tojolabal de Lenkersdorf porque considero que expresan rasgos esenciales de una matriz cultural común y que, por ello, pueden dialogar con otras perspectivas, como las quechua y aymara que presenta Rivera Cusicanqui.

De acuerdo con lo anterior, algunos pueblos indígenas que atraviesan procesos de reconstitución, la comunicación implica el diálogo entre iguales, aunque sus culturas de procedencia, lengua y etnia sean distintas. La igualdad se refiere a la humanidad compartida por encima de todas las diferencias. El acto comunicativo implica tanto a quien habla como a quien escucha, es bidireccional, y quienes participan en él son sujetos y, por lo tanto, se respetan y reconocen su dignidad recíprocamente. «Las fases de la comunicación intersubjetiva son estas: decir – escuchar – entender – respetar[20]». Para las lenguas indoeuropeas la comunicación es la relación vertical entre un sujeto que dice y un objeto que escucha y que, muchas veces, se da por supuesto. Consiste en un proceso unidireccional que puede llegar a prescindir de «entender» y «respetar». Una episteme —una ética, una forma de entender la democracia, etc.—, la dominante, expresa su decir, pero no escucha y, por lo tanto, tampoco entiende ni respeta a las otras epistemes.

La comunicación intersubjetiva es la base de algunos movimientos indígenas en Abya Yala que han incluido reivindicaciones de género. En el interior de las comunidades zapatistas, por ejemplo, las mujeres vindican su derecho a la palabra. Las niñas y los niños tienen voz y participan en las asambleas a partir del momento en el que ya no se duermen en las mismas. Esta comunicación se extiende fuera de las comunidades zapatistas hacia los otros pueblos indios y a quienes, indígenas o no, padecen las consecuencias del capitalismo globalizado. Es «la voz de quienes no tienen voz» y en ella tienen cabida quienes quieran formar parte del «nosotras/os». Así lo expresa el llamamiento de ancianas y ancianos indígenas al subcomandante Marcos:

«Vuelve a ser de nosotros la palabra. Ya no serás tú, ahora eres nosotros. Toma ya nuestra voz, nuestra mirada anda. Hazte oído nuestro para escuchar del otro [de la otra] la palabra. Ya no serás tú, ahora eres nosotros[21]».

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La comunicación es intersubjetiva, son sujetos no solo los seres humanos, sino también las plantas, los animales, los arroyos, las nubes y todo cuanto existe. Ser sujeto quiere decir tener «corazón». En el contexto de las culturas indígenas, el término «corazón» no significa lo mismo que en castellano. Los mayas-tojolabales suelen decir que «piensan con el corazón y sienten con la cabeza», y también afirman que cada cosa sobre la Tierra tiene «corazón», es decir, dignidad[22]. Los aymaras y quechuas, por su parte, afirman que: «Se piensa con el pulmón, con el corazón y con el hígado[23]». No conciben a los animales como objetos explotables, sino como compañeros de trabajo y convivencia. Lo mismo sucede con las plantas de maíz, el camino que recorren todos los días, el árbol que les da sombra. El «decir – escuchar – comprender – respetar» atañe a todos los seres que pueblan el planeta. Esta filosofía de la comunicación no puede desvincularse de una perspectiva ética.

Por lo que respecta a la educación, hasta hace poco tiempo la transmisión del legado cultural indígena se llevaba a cabo dentro de la vida comunitaria más que en un centro educativo. Las funciones correspondientes a cada miembro de la familia se aprenden a través de enseñanzas prácticas. No hay teoría separada de la vida cotidiana. Tampoco existe la especialización en el estudio de una sola disciplina, sino que se busca que cada persona sea capaz de realizar diversas tareas. Así, por ejemplo, quien se dedica a curar también puede trabajar la tierra, participar en la vida pública y/o desempeñar alguna actividad artística. Antes de la aparición de las comunidades zapatistas, en los territorios de mayoría indígena solo había unas pocas escuelas instituidas por el gobierno. Las enseñanzas que se impartían estaban completamente desvinculadas de la vida de los pueblos indios; además, las clases eran en español porque la mayor parte del profesorado no solo desconocía las lenguas indígenas, sino que también las menospreciaba, situación que sigue vigente en la actualidad.

Para explicar con mayor claridad el contraste entre la educación en el contexto maya-tojolabal y en las sociedades occidentales, Lenkersdorf narra sus experiencias como un educador que, al mismo tiempo, se convirtió en educando. Alfabetizaba a grupos de tojolabales, por lo tanto era maestro; pero también aprendía su idioma y concepción del mundo, con lo que, a su vez, se convertía en alumno. En una ocasión, sus estudiantes le pidieron que les aplicara un examen, pues habían oído hablar sobre ese tipo de evaluaciones y querían saber de qué se trataba. Nuestro pensador anotó un problema en la pizarra y les pidió que lo resolvieran. Entonces los papeles se invirtieron y el profesor quedó atónito ante la lección que estaba aprendiendo de sus

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estudiantes: en lugar de permanecer en sus asientos e intentar encontrar la solución de forma individual para destacarse del resto, se pusieron a buscar una solución a través del trabajo conjunto. A nadie le interesaba ser mejor que los demás, sino encontrar la respuesta correcta.

En el fundamento de esa forma de enfrentarse a un examen se asienta una concepción de educación que no es competitiva, tampoco jerárquica, ni se aleja de la vida práctica, sino que implica un proceso en el que cada quien educa es al mismo tiempo educado y viceversa. Se aprende a leer y a escribir pero, sobre todo, a escuchar y a hablar, es decir, a dialogar. Todas y todos tienen algo que enseñar y algo que aprender de las/os otras/os. Animales, plantas, minerales, ríos, bosques también pueden ser portadores de conocimientos. El engrandecimiento individual carece de sentido. El objetivo principal es resolver problemas concretos, los cuales requieren una pluralidad de experiencias y puntos de vista diversos.

Una de las enseñanzas más importantes de la cultura maya que sigue viva en algunas comunidades indígenas es que existe una responsabilidad de cuidado recíproco entre los habitantes de la Tierra, precisamente porque ninguna forma de vida es superior a otra, sino que cada una en su diversidad tiene el mismo valor que las demás. Llama la atención la alusión a una igualdad de género dentro de la educación maya-tojolabal: «La enseñanza — afirma Lenkersdorf— es la misma para muchachas y muchachos. No se hacen distingos entre los sexos. El hacerse responsable de otra persona, sobre todo si es más débil, es tarea para niñas y niños[24]». Aunque el ideal educativo maya-tojolabal sea igualitario, en la práctica no siempre es así.

Muchas veces las mujeres son segregadas a la vida doméstica, y se les impide el acceso a la toma de decisiones —no solo respecto a cuestiones políticas, sino incluso a la elección de una pareja— por razones de género.

Por otra parte, en estas epistemes indígenas no existe el binomio sujeto-objeto, sino dos sujetos, uno que conoce y otro que participa del acto cognoscitivo. Los sujetos se vinculan de forma horizontal porque ambos son igualmente necesarios. Como señala Lenkersdorf: «No podemos conocer nada a no ser que el sujeto por conocer se nos apropie en el acto conocedor nuestro[25]». Pero ¿cómo es posible el conocimiento sin objetividad? Esta cuestión está planteada desde el contexto de la epistemología occidental hegemónica; sin embargo, a partir de perspectivas alternativas, podría preguntarse: ¿cómo puede darse el conocimiento sin la participación de dos o más sujetos?

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Si se profundiza en la idea de que todos los sujetos tienen «corazón», es decir, vida y dignidad, y que, en el caso de las personas mayores, tener «corazón» significa haber adquirido juicio y sabiduría por las experiencias acumuladas, entonces cada forma de vida que existe sobre la Tierra también tiene su propio modo de ser racional. Con esto se pone en cuestión la definición tradicional del hombre como un ser que se considera superior a otros debido a su razón. Según la ética de este pueblo maya: «el pensamiento no se refiere a la capacidad de raciocinio, sino a la de relacionarse los unos con los otros con dignidad y respeto para vivir en comunidad[26]». La ciencia tiene que pensar, por lo que no basta con que se coloque las etiquetas de «objetiva» y «universal»; lo más importante es que sea «cordial», es decir, que asuma un compromiso ético.

Desde los movimientos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio se insiste en la responsabilidad de la ciencia en un mundo en el que el conocimiento se ha convertido en una mercancía. Como indígenas, saben lo que significa el hambre, la enfermedad y los efectos de la contaminación causada por el «progreso». Han padecido los estragos de una ciencia que no piensa, sino que se vende al mejor postor. Son conscientes de que, debido a ello, ha sido posible el desarrollo de semillas modificadas genéticamente que tanto han afectado a las comunidades campesinas en los cinco continentes, así como a la salud de quienes las consumen. La «episteme nosótrica/india» muestra su pertinencia ante la devastación que la ciencia dominante ha causado en el medio ambiente y en las culturas indígenas, pero también en las que no lo son.

Rivera Cusicanqui, por su parte, alude a las dificultades que implica asumir la equivalencia entre Occidente y Europa y por ello propone utilizar el término «episteme noratlántico dominante[27]», con lo que pone en cuestión las generalizaciones abusivas sobre «Occidente». Esta pensadora de origen aymara sostiene que dicha episteme: «No crea realmente individuos capaces de funcionar en su plenitud creativa y de dar lugar a sus creatividades y particularidades de gustos, de colores, de opciones, de conductas sexuales [ya que se caracteriza por ser] reduccionista, homogeneizadora, totalizadora y autoritaria[28]». Sin embargo, también reconoce que dicha episteme ha realizado aportaciones fundamentales a otras culturas, como son las nociones de autonomía, derecho y libertad.

Finalmente, sobre la dimensión filosófica de la cultura, como punto de partida es necesario recordar que dicha palabra procede del latín y tiene que ver con el cultivo de la tierra; de ahí proviene el término «agricultura». En

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este sentido, el campesinado es creador de cultura. La historia occidental o noratlántica, sostiene Rivera Cusicanqui, muestra que la cultura se ha olvidado de su origen al desarrollarse en contraposición con la naturaleza.

Desde esta perspectiva, una civilización es culta en la medida en que domina las fuerzas de su entorno. Pareciera que cuanto más agresiva es una sociedad con su medio ambiente, mayor se considera su grado de desarrollo. Muy diferente es la versión que ofrecen algunos pueblos indígenas que atraviesan actualmente procesos de reconstitución. Para ellos no existe oposición entre naturaleza y cultura, porque su punto de partida es la relación entre una multiplicidad de sujetos diversos que, no obstante, son iguales en valor y dignidad. En las palabras de Rivera Cusicanqui, la episteme indígena se caracteriza por:

Una lógica en la cual nos podemos inspirar para recuperar formas más orgánicas, más saludables, más humanas de hacer cosas en/frente al mundo de la crisis y hacer que las colectividades puedan reconstruir sus tejidos de significación, de amor y de creatividad colectiva, para que no solo sea posible la sobrevivencia, stricto sensu, sino también la sanación del planeta y la reconexión de nuestras pequeñas angustias humanas con los latidos y los sentimientos del planeta[29].

Esta pensadora argumenta que la necesaria reconciliación entre cultura y naturaleza plantea un reto irrecusable para la «episteme noratlántica dominante»: el reconocimiento de la episteme india y de aquellos de sus elementos susceptibles de universalizarse en el camino hacia la sostenibilidad, la justicia social y la paz. Ahora bien, lo que la pensadora aymara define como «episteme india» corresponde al concepto de «cultura intersubjetiva» de Lenkersdorf[30]: «Por cultura intersubjetiva entendemos la transformación de la naturaleza mediante acciones bidireccionales, porque en ellas participan los hombres agenciales y, de manera vivencial, los demás sujetos con corazón[31]». Así como no se considera a unos sujetos como superiores o más necesarios que otros, tampoco hay una cultura que sea mejor o más humana, como pretende la «episteme noratlántica dominante».

Si existiera un criterio para determinar qué cultura es más valiosa, este sería la capacidad de aprender de las otras culturas en un marco de (auto)crítica, reconocimiento y respeto.

ÉTICA NOSOTROCÉNTICA/COMUNITARIA

Al entrar en el mundo de la «comunidad nosótrica», podemos darnos cuenta de que la cultura a la que pertenecemos no es el modelo de la civilización

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universal, sino una cultura entre muchas otras, igualmente dignas y humanas en su diversidad. La propuesta indígena es el diálogo interétnico e intercultural. Su propósito es construir los caminos que lleven al reconocimiento de los grupos indígenas y los sectores más despreciados. Esto no será posible en tanto que quienes no son indígeneas se nieguen a poner en práctica la capacidad de escuchar. No puede haber una ética de las relaciones entre las culturas si, como punto de partida, una de ellas se considera mejor que las otras y se niega a escuchar y a aprender de las demás.

Lenkersdorf se pregunta la razón por la cual unas culturas perciben la realidad dividida en sujetos y objetos en relación de subordinación mientras que otras ven una multiplicidad de sujetos coordinados e interdependientes.

¿Acaso unos seres humanos tenemos un dispositivo que nos hace caminar en dirección al «yo», mientras que otros se dirigen hacia «la comunidad»? No hay respuestas fáciles. El primer interrogante permanece abierto. Respecto al segundo, la ética de «la comunidad» constituye una forma de vida que puede ser aprendida, aun cuando se haya nacido y crecido en la cultura de las relaciones sujeto-objeto. Es posible «indianizarse», por ejemplo, hacerse tojolabal, quechua, aymara… Rivera Cusicanqui propone la categoría de ch’ixi, la cual «plantea la coexistencia en paralelo de múltiples diferencias culturales que no se funden, sino que antagonizan o se complementan[32]»; se trata del reconocimiento de la complejidad a través de la que se entreteje «lo indio» con lo «otro» en la noción de mestizaje cultural. En ese sentido, considera imprescindible retomar la práctica descolonizadora del bilingüismo que, a partir del reconocimiento de lenguas y epistemologías no hegemónicas, abre vías de comunicación para diálogos interculturales equifónicos.

En maya-tojolabal, Tojol quiere decir verdadero, auténtico; tojolabal significa lengua verdadera, y tojolowinik son los hombres verdaderos —cabe destacar que existen similitudes en otras lenguas indígenas, como por ejemplo en el caso del idioma mapuche o habla de la tierra[33]. Una tortilla tojol, explica Lenkersdorf, no lo es todo el tiempo, sino solo cuando es lo que debe ser: suave, caliente, de buen sabor. Si las tortillas se enfrían y se ponen duras, dejan de ser auténticas. Ser tojolwinik no implica que este pueblo se considere en una posición de superioridad respecto a los otros porque: «no se nace sino se hace tojol […]. Por ende, lo tojol representa un camino y ninguna posesión ni propiedad. Se ofrece a todos [todas] a condición de excluir la soberbia que implica la cerrazón a los otros [las otras[34]]». Una persona auténtica es aquella que cumple su vocación como ser humano al convertirse en parte del «nosotros/as». La enseñanza de los pueblos indígenas es que en el

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«nosotros/as» caben todos los sujetos por diferentes que sean. Un hombre deja de ser tojol cuando decide abandonar la comunidad entre sujetos para adoptar la cultura de las relaciones sujeto-objeto. Asimismo, se puede llegar a ser tojol si se recorre el camino inverso. Al igual que la comunicación intersubjetiva, el «nosotros/as» tiene un potencial universalizable.

La ética indígena constituye un tejido complejo. La inserción en la perspectiva «nosótrica» —según apunta Lenkersdorf— comienza desde el nacimiento de cada persona y, por lo general, es la madre la primera encargada del proceso de «nosotrificación». Las niñas y los niños están abrazados en el rebozo, acompañan a sus madres a todas partes, y comienzan a aprender a ver el mundo desde una perspectiva muy cercana a la de ellas.

Después, cuando llega un nuevo integrante a la familia, el hermano o hermana mayor, aunque no tenga más de cinco años, asume la tarea de encargarse de la criatura. La experiencia del «nosotros/comunidad» se ensancha al ir teniendo la vivencia de diversas perspectivas, en las cuales:

«todos somos responsables los unos de los otros[35]».

Para la perspectiva «noratlántica dominante» puede parecer una crueldad que desde temprana edad se obligue a unos seres humanos a hacerse cargo de otros. Sin embargo, nuestro autor presenta una versión distinta de las cosas.

Desde esta perspectiva indígena, a las niñas y niños «occidentales» se les enseña a ser individualistas a partir del momento en que se les coloca en una cuna, lejos de sus madres y padres. No conocen otra forma de ver la realidad que la propia: se les asigna un espacio separado para que comiencen a ser independientes y a valerse de sus propios recursos. Aprenden a llorar y gritar para que los mayores vayan hacia donde están y les presten cuidado. Cuando crecen, se les proporcionan juguetes para que se entretengan, o se les deja viendo televisión. Poco o nada han aprendido sobre «la comunidad nosótrica[36]».

Por lo anterior, sostengo que Lenkersdorf y Rivera Cusicanqui cuestionan la superioridad ética que se asume respecto a los valores de la propia cultura, y muestran que ninguna cultura es ideal. Por un lado, hacerse responsable del cuidado de otro ser humano a corta edad constituye un trabajo bastante duro y, en combinación con las condiciones de segregación que padecen las comunidades indígenas, puede dar lugar a situaciones injustas, como las que se refieren a la problemática de género, en la que nuestro autor no repara suficientemente, como sí lo hace, en cambio, la pensadora de origen aymara.

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Por otro lado, crecer como un individuo centrado en sí mismo, con una perspectiva del mundo limitada al «yo», y un criterio formado, en gran medida, por los medios masivos de comunicación no parece ser la mejor alternativa. Pasar de una perspectiva cultural a la otra implica una transformación completa. La diferencia fundamental radica en que a quienes quieren formar parte de la cultura occidental/noratlántica dominante, aunque intenten «desindianizarse», se les sigue considerando inferiores y se les margina, en tanto que a quienes transitan el camino inverso se les acepta con mayor facilidad dentro de la comunidad intersubjetiva, si bien existen excepciones al respecto.

De acuerdo con Lenkersdorf, los principales componentes del «nosotros» son:

«La pluralidad, el antimonismo, la diversidad y la complementariedad[37]». A estos agrego dos más que, aunque estén implícitos en los ya mencionados, me parece que deben ser explicitados con claridad: la inclusividad y la reciprocidad.

La pluralidad tiene que ver con el hecho de que la comunidad no está integrada por un conjunto de individuos homogéneos carentes de individualidad. Todo lo contrario, se trata de una sociedad compleja en la que cada uno de sus miembros tiene su lugar propio y realiza una gran cantidad de tareas que van cambiando con el tiempo. Las niñas y los niños aprenden al tener la experiencia de ver primero desde la perspectiva de la madre, luego la del hermano y la hermana, la del padre, la de sus abuelos, la de la milpa cuando trabajan la tierra, la del perro que les acompaña, la de los becerros que cuidan y la de las otras personas con las que conviven a través del trabajo comunitario. La hija se convierte en hermana mayor, luego en esposa, madre y, finalmente, en abuela. En los territorios zapatistas, algunas mujeres deciden no casarse, otras prefieren hacerlo, pero todas participan en sus comunidades. Esto quiere decir que la pluralidad hace compatibles las decisiones individuales con la vida comunitaria. Muchas zapatistas tienen hijas e hijos, otras permanecen solteras. Entre las jóvenes, algunas se identifican con las ancianas sabias de sus pueblos, a las que admiran, y por eso quieren ser promotoras de salud o de educación, médicas tradicionales, escritoras, artistas, etc. Lo mismo sucede con los varones.

El antimonismo es correlativo a la pluralidad y a la diversidad. Un ejemplo ilustrativo es el de la parcela. Los pueblos indios cultivan para el autoconsumo, siembran maíz, frijol, chile, jitomate y calabaza en un mismo espacio. Con esto garantizan que su nutrición sea variada y sana, y preservan la fertilidad de la tierra que se enriquece con la diversidad. En cambio, el

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monocultivo, como su nombre indica, consiste en sembrar un solo producto, sin tomar en cuenta las necesidades alimenticias de los pueblos ni las consecuencias que esta práctica acarrea sobre el medio ambiente. Lo mismo ocurre con otro tipo de monismos que pretenden que la educación correcta debe seguir un camino específico, que la ciencia con mayúscula es solo una, que existe un criterio único para impartir justicia, una religión verdadera y una sola manera de vivir que puede llamarse civilizada.

La complementariedad se experimenta desde temprana edad. En el entorno «nosótrico», cada miembro de la comunidad aprende a trabajar para los demás. Al realizar tareas diversificadas que van cambiando a través del tiempo, las personas adquieren una perspectiva amplia sobre las distintas situaciones de la vida, y se saben parte de un organismo que funciona porque cada individuo encuentra su realización en la convivencia comunitaria. La soledad es motivo de desorientación y tristeza para la población maya-tojolabal. Como otros pueblos indios, tienen la costumbre de resolver los problemas de manera conjunta, porque consideran que las cualidades individuales rinden mejores frutos cuando se vinculan para alcanzar un objetivo común. Separadas, tienen más carencias y son débiles.

La reciprocidad está estrechamente relacionada con la complementariedad, pero añade un «plus» porque alude a las relaciones que se tejen entre sujetos iguales, en tanto que tienen «corazón», pero plurales en su diversidad. No hay seres que sean concebidos como mejores o más necesarios que otros, y en esto coinciden la mayor parte de los pueblos indígenas de Abya Yala, para quienes cada ser vivo es portador de dignidad.

La comunidad tojolabal estima que maltratar al perro o dejar tirados granos de maíz constituyen delitos preocupantes[38], ya que rompen el equilibrio en el que cada uno es responsable de los otros. La reciprocidad y la complementariedad aluden al mismo proceso de interdependencia entre todos los habitantes de la Tierra. Sin embargo, la primera acentúa la igualdad, mientras que la segunda enfatiza las diferencias, lo que ha dado lugar a polémicas sobre la pertinencia de su uso, como se verá más adelante, en el caso específico de la teoría feminista ante los movimientos de mujeres indígenas.

Para algunos pueblos indígenas, la reciprocidad-complementariedad constituye un elemento esencial. Por ello, se explica que en lugar de establecer relaciones de subordinación se esfuercen en coordinarse a través del consenso. Además, «las relaciones sociales son horizontales y no verticales, no son autoritarias ni impositivas, sino complementarias entre

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iguales que se respetan mutuamente[39]». Dentro del mundo indígena, las competencias entre individuos son extrañas porque excluyen las características del «nosotros/as». El idioma maya-tojolabal carece del comparativo de superioridad, así como de los términos «enemigo» y «posesión». Todas estas expresiones resultan extrañas en su contexto, y se han adquirido del castellano.

Los componentes del «nosotros» confluyen para constituir una cultura de la inclusión. La comunidad intersubjetiva está abierta para quien quiera formar parte de ella. La propuesta, como lo ha señalado el zapatismo, es construir «un mundo donde quepan muchos mundos», y en donde prevalezcan los principios de la ética nosótrica, a saber: «contexto horizontal, respeto mutuo, relaciones multidireccionales, trabajo colectivo, caminar en compañía y al ritmo del más lento, no dejar a nadie a solas en el hospital, compartir hasta la última tortilla con sal y despreciar la acumulación[40]». La horizontalidad y el respeto suponen el reconocimiento de la igualdad; no obstante, a las personas mayores se les reconoce de manera particular, porque su experiencia ha hecho madurar sus corazones. La capacidad de mirar en direcciones múltiples permite actuar de manera más consciente al considerar las consecuencias de cada acto en relación con los otros seres humanos, las plantas, los animales, el aire, el agua y la tierra. Se halla muy distante de la mirada centrada en un progreso que solo contempla hacia delante sin detenerse a reflexionar sobre lo que deja atrás y alrededor.

En el «nosotros/as» coinciden lo uno y lo múltiple. El sufrimiento de alguien es importante para el resto. De esa vivencia se desprende una ética del compartir, padecer con y acompañar. Lenkersdorf explica que, para el pueblo tojolabal, estar en compañía es motivo de alegría, en tanto que el aislamiento les causa tristeza. En los momentos de carestía, dolor, pena o enfermedad, lo más importante es fortalecer a la comunidad nosótrica. Por ello, el peor castigo que se le puede aplicar a un miembro de la comunidad es el destierro, y corresponde a quien, consciente y libremente, quiere destruir a la comunidad intersubjetiva a través de sus acciones: una de las más características es la acumulación de bienes o productos para el interés personal y en detrimento de los demás. Al respecto, destaca el hecho de que las sociedades originarias no fueron acumulativas, como tampoco lo son los pueblos indios de la actualidad.

Otro rasgo de la ética nosótrica/comunitaria, compartido por muchas comunidades indígenas, es su integración a la política. «Las orientaciones de la ética —apunta nuestro filósofo— se aplican, simultáneamente, a la

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conducta y a las formas políticas[41]». El poder no es ostentado por políticos de profesión ni por partidos, sino que está repartido entre quienes conforman el «nosotros/as». Muy diferente es el contexto en el que se desenvuelven las democracias occidentales ante el neoliberalismo. En palabras de Rivera Cusicanqui, la comunidad representa un «espacio de resistencia cotidiana que permite mantener viva la actividad política y la esperanza[42]». Sin embargo, la democracia comunitaria que practican algunos de estos pueblos constituye más una promesa que una realidad, especialmente respecto a la participación de las mujeres indígenas, como veremos en los siguientes apartados.

En la toma de decisiones es imprescindible incluir la voz de todas y todos y no solo la de la mayoría. Por ello, cuando se presentan problemas, la comunidad se reúne en asamblea para encontrar alternativas de forma conjunta. Por lo general existe un consejo de ancianos, y se reconoce a las personas que han destacado por su trabajo para el bien común, precisamente porque se han convertido en intérpretes del «nosotros», es decir, «mandan obedeciendo y no mandan mandando[43]». Esta frase, que ha sido popularizada por el zapatismo, refleja la idiosincrasia maya-tojolabal y es la raíz de las Juntas de Buen Gobierno que funcionan en las comunidades autónomas de Chiapas.

La comunidad de consenso —explica Lenkersdorf— tiene una forma muy específica de llevarse a cabo. En primer lugar, se convoca a todo el pueblo; posteriormente, algunas personas exponen la problemática a tratar; una vez que han terminado, se genera un momento en el que nadie habla; después, quienes asisten comienzan a expresar sus puntos de vista de manera simultánea hasta que deja de escucharse la última voz; se abre otro espacio de silencio y, finalmente, alguno de los ancianos o autoridad elegida por la comunidad anuncia el consenso del «nosotros». Si alguien no está de acuerdo, comienza nuevamente todo el proceso hasta que se llega a la unanimidad. Cuando esto se realiza entre varias comunidades, se vuelve más complejo y puede tardar mucho tiempo. Las y los representantes que ha enviado cada región no tienen la facultad de tomar decisiones, sino que deben presentar las problemáticas ante las asambleas respectivas. En esto consiste el mandar obedeciendo.

Ante la dificultad para conseguir el consenso, quienes «mandan obedeciendo» se distinguen porque saben convencer, pero no para imponerse, sino porque son capaces de captar la voz nosótrica. El consejo de ancianos, autoridades y representantes han sido designados por la comunidad, a la que tienen que rendir cuentas, y, en caso de que no cumplan adecuadamente sus

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funciones, se les puede revocar del cargo. Aunque son iguales en su humanidad compartida, «el anciano, gracias al hecho de tener corazón ya, intuye nuestro pensar comunitario y lo anuncia[44]». Se trata de un proceso complejo del que participa una pluralidad de sujetos diversos y en el que las personas mayores son especialmente valoradas. Para comprender lo anterior, es necesario considerar que la mayor parte de los pueblos indios conservan sus legados culturales principalmente a través de las fuentes orales. Su memoria histórica es resguardada por ancianas y ancianos que se han convertido en archivos vivientes, bibliotecas y depósitos de sabiduría.

La comunidad de consenso no es perfecta, sino que presenta numerosos problemas. Por un lado, se afirma que todos los seres son sujetos y que eso los hace iguales no obstante su diversidad y, por otro, la desigualdad entre mujeres y hombres se ve como algo normal. En las asambleas, la presencia del colectivo femenino es escasa, al igual que en los puestos que confieren autoridad. Lenkersdorf señala que el papel que desempeñan las mujeres es variable en las distintas comunidades y que, a pesar de que el tojolabal es un idioma incluyente, esto no significa que estén ausentes las estructuras de dominación patriarcal en las prácticas cotidianas. Así lo reconoce el subcomandante Marcos: «A pesar de que las mujeres zapatistas han tenido y tienen un papel fundamental en la resistencia, el respeto a sus derechos sigue siendo, en algunos de los casos, una mera declaración en papel[45]». Las zapatistas han denunciado esta incongruencia y, poco a poco, la han ido revirtiendo en los hechos, puesto que han comprendido que no puede sostenerse una ética nosótrica de la que estén ausentes las mujeres.

La segunda falla a la que se refiere el documento citado tiene que ver con lo que puede percibirse como un caos desde fuera del contexto de la cultura intersubjetiva. Si todos hablan y escuchan al mismo tiempo, y además no hay líderes individuales ni especialistas en política, sino que las tareas de gobierno las puede desempeñar cualquier miembro que haya sido designado por su comunidad, entonces, ¿cómo es posible mantener el orden y alcanzar el consenso? Las democracias representativas de las sociedades occidentales requieren políticos profesionales, estadistas, economistas, etc., para poder funcionar. Según los mayas-tojolabales, en estas democracias se «manda mandando» y, en muchos casos, se desconoce la voluntad de las personas representadas. Cabe señalar que la democracia participativa, surgida como una respuesta ante los límites de la representatividad, comparte rasgos en común con el modelo indígena, pues reconoce un papel mucho más activo a

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la ciudadanía en la participación y toma de decisiones sobre sus propias problemáticas y necesidades.

HACIA UNA ÉTICA BIOCÉNTRICA, EL VIVIR BIEN O BUEN VIVIR

El «nosotros/as/comunidad» de la ética indígena, que está en la base de los movimientos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio, abarca al cosmos en su totalidad, acentuando la dignidad de cada ser vivo y no solo del humano. Este biocentrismo puede considerarse moderado, porque, si bien el punto de partida es la mirada de los seres humanos, para los pueblos indígenas no existe oposición entre cultura y naturaleza, sino una relación de continuidad. El pensamiento nosotrocéntrico se enlaza con una antropología filosófica que no considera al ser humano como centro de la creación, ni como un individuo aislado que se encuentra por encima de los demás para dominarlos. Por el contrario, desde dicha perspectiva, el ser humano es una especie que camina junto con otras en relación de hermandad y dependencia recíproca. A pesar de que aún prevalezca la idea de que los pueblos indígenas mantienen vigentes formas de vida atrasadas, cada vez es más evidente que algunos de ellos representan una alternativa viable ante la magnitud de la crisis ecológica actual. Las palabras de Bety Carriño que he elegido como epígrafe de este capítulo constituyen un ejemplo de ello.

Aunque algunos pueblos indígenas contemporáneos mantengan viva en mayor o menor medida una ética biocéntrica y algunas prácticas de sostenibilidad, de las que sin duda la «episteme noratlántica» tiene mucho que aprender, eso no significa que sea su responsabilidad revertir la crisis socioambiental causada por el neoliberalismo extractivista que amenaza a todo lo que vive sobre la Tierra. Como afirma Rivera Cusicanqui:

Pensar a las culturas indígenas como las salvadoras del planeta es una crueldad sin nombre, porque después de haberlas despojado a muerte de todo, ahora se les carga de forma tan enorme de ser los reservorios de conocimientos para salvar el planeta. Todas las personas estamos comprometidas en la vida de la Pacha[46].

Esta cita se acerca bastante a las reflexiones de los ecofeminismos constructivistas sobre el papel de las mujeres indígenas y campesinas ante el desastre ambiental de la actualidad. Se trata de reconocer las alternativas de otros mundos posibles que se vislumbran en sus luchas, pero no de cargarles con una tarea titánica que nos debe implicar a todas las personas.

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La defensa de la Tierra y el territorio protagonizada por comunidades indígenas puede sintetizarse en las siguientes consideraciones hechas en el documento «Entre el árbol y el bosque[47]», una reflexión sobre los movimientos de resistencia desde las experiencias del zapatismo contemporáneo en diálogo con otros movimientos indígenas. En lo que sigue examinaré los siete puntos que la conforman.

Uno.—Para nosotros, zapatistas, pueblos indios de México, de América y del Mundo, la tierra es la madre, la vida, la memoria y el reposo de nuestros anteriores, la casa de nuestra cultura y nuestro modo. La tierra es nuestra identidad. En ella, por ella y para ella somos. Sin ella morimos, aunque vivamos todavía.

Dos.—La tierra para nosotros no es solo el suelo que pisamos, sembramos y sobre el cual crecen nuestros descendientes. La tierra es también el aire que, hecho viento, baja y sube por nuestras montañas; el agua de los manantiales, ríos, lagunas y lluvias vida se hacen en nuestras siembras; los árboles y bosques que fruto y sombra nacen; los pájaros que bailan en el viento y en las ramas cantan; los animales que con nosotros crecen, viven y alimentan. La tierra es todo lo que vivimos y morimos[48].

El texto se inicia con la palabra clave de la episteme indígena:

«nosotros/as»; pero ¿quiénes son «nosotros/as»? Todas las personas que consideran que la tierra es su origen y, por ello, la respetan, la cuidan y le agradecen con sus actos cotidianos lo que reciben de ella. Indígenas por origen étnico y cultural, pero también por decisión propia, nos muestran lo que han aprendido a través de una larga convivencia con la naturaleza, vientre fecundo de donde germina la vida y a donde retorna todo lo que muere para volver a vivir. Es esta escuela, que muestra la diversidad en convivencia armónica, la que constituye la raíz de la «cultura intersubjetiva/episteme india». Lo que enseña la Tierra es que existe una pluralidad de seres que dependen los unos de los otros. Rivera Cusicanqui afirma que la Pachamama «tiene forma, tiene ojos, tiene bocas, tiene orejas, tiene oídos, tiene sensaciones, tiene lugares, tiene energía, tiene corazón, es un órgano complejo y múltiple que lo estamos comenzando a entender[49]».

Los pueblos indios conciben a la Naturaleza como el origen de sus culturas, con lo que se ubican muy lejos de la perspectiva «noratlántica» dominante, para la cual existe una relación de lucha y oposición entre naturaleza y cultura:

Tres.—La tierra para nosotros no es una mercancía, de la misma forma que no son mercancías los seres humanos ni los recuerdos ni los saludos que damos y recibimos de nuestros muertos. La tierra no nos pertenece, pertenecemos a ella. Hemos recibido el trabajo de ser sus guardianes, de cuidarla, de protegerla, así como ella nos ha cuidado y protegido en estos 515 años de dolor y resistencia.

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Cuatro.—Nosotros somos guerreros. No para vencer y subyugar al diferente, al que otro lugar habita, al que otro modo tiene. Somos guerreros para defender la tierra, nuestra madre, nuestra vida. Para nosotros esta es la batalla final. Si la tierra muere, morimos nosotros. No hay mañana sin la tierra. El que quiere destruir la tierra es todo un sistema. Ese es el enemigo a vencer. «Capitalismo» se llama el enemigo[50].

La Tierra no puede ser comprada ni vendida. Tiene dignidad, como todo lo que vive a partir de ella; esto quiere decir que no es legítimo valorarla a partir de criterios monetarios. No se le puede asignar un precio y convertirla en mercancía sin poner en riesgo la totalidad de la vida sobre el planeta. El desarrollo «a la occidental» se ha revelado insostenible porque se basa en la explotación ilimitada de recursos que son finitos. La perspectiva que ubica al hombre como dueño de la naturaleza por considerarlo superior al resto de los seres vivos aparece como irracional ante la ética biocéntrica de las culturas indígenas. La reciprocidad abarca no solo las relaciones de los seres humanos entre sí, sino a todos los seres que habitan el mundo. Los pueblos indígenas han sido sus guardianes durante siglos. De hecho, la mayor parte de los ecosistemas que aún conservan su biodiversidad se encuentran en territorios indígenas.

Estos pueblos han tenido que afrontar siglos de un proceso de colonización que hoy se presenta bajo la forma del capitalismo neoliberal.

Durante más de 500 años, la civilización occidental hegemónica ha utilizado todos los medios a su alcance para hacer desaparecer del mapa mundial a las culturas originarias. Las epistemes «indígena» o «nosótrica» y de las «relaciones sujeto-objeto o noratlántica» son incompatibles. La primera tiene una mirada amplia, se siente vinculada no solo a su pasado o a la naturaleza circundante, sino también a las generaciones por venir. Es incluyente, plural y abierta a la diversidad. En cambio, la segunda no ve más allá del presente inmediato, se basa en relaciones de dominación, es monista, reduccionista y ecológicamente insostenible.

Puede criticarse que, más que filosofía indígena, las reivindicaciones de los pueblos representan una ideología política. Sin embargo, ¿es posible sostener una ética biocéntrica sin asumir una posición política que sea crítica ante el sistema capitalista neoliberal globalizado? Como ya he señalado anteriormente, para las culturas indígenas la ética no puede desvincularse de la política ni viceversa. Además, la filosofía desarrollada por los pueblos originarios tiene un cuerpo que está conformado por el «nosotros cósmico», y poco o nada tiene que ver con una racionalidad desencarnada. Su crítica a la

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cultura de las relaciones sujeto-objeto no parte de una postura ideológica, sino de la experiencia directa de sus estragos. Para los grupos indígenas no existe otra posibilidad: la globalización del capitalismo implica la desaparición de las comunidades indígenas. Más aún, las dimensiones que está alcanzando la crisis ecológica indican que, junto al destino de las culturas indias, está el de la humanidad entera:

Cinco.—Nosotros pensamos que no es posible triunfar en esta batalla si no nos acompañamos en la lucha con los otros pueblos que son, como nosotros, el color que somos de la tierra, si no luchamos junto a los otros, que otros colores, tiempos y modos tienen, pero les duelen los mismos dolores. Por eso hicimos palabra este pensamiento en la VI declaración de la Selva Lacandona. Por eso caminamos, con el oído y el corazón abiertos, por los rincones de nuestro país. Para buscar y encontrar a los que dicen o quieren decir «¡Ya Basta!», a los que han encontrado que el nombre de su enemigo es el mismo que a nosotros mata y duele[51].

Los primeros en padecer las consecuencias del capitalismo globalizado son los sectores que dependen de los recursos naturales directamente para sobrevivir, quienes carecen de los hábitos de consumo de las poblaciones urbanas y no tienen acceso al dinero. Como pueblos indígenas tienen experiencia directa del proceso a través del cual el mercado se extiende a todos los ámbitos de la realidad mediante la creación de patentes sobre los organismos vivos. Su única alternativa para sobrevivir es unir sus procesos locales con los de otros pueblos y comunidades que están atravesando las mismas dificultades. Por encima de las diferencias étnicas y culturales, la propuesta indígena es construir lo común para vincular las diversas estrategias de resistencia en todos los niveles —local, regional, nacional e internacional. Consideran que la respuesta al capitalismo globalizado, para ser efectiva, también debe ser global.

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona revisa críticamente la historia del EZLN, reafirma su identidad indígena y plantea un programa de acción para los siguientes años. Es considerada uno de los documentos más importantes generados por el zapatismo contemporáneo porque resume el contenido de las cinco declaraciones anteriores, explica su visión del mundo y da a conocer públicamente los pasos que se propone seguir. En la revisión autocrítica de su historia, reconoce los errores cometidos, con lo que queda de manifiesto que el zapatismo no busca presentarse como un modelo ejemplar para los otros movimientos antisistémicos. Por el contrario, su apuesta es conformar un «nosotros/as» en el cual puedan llegar a diluirse. El zapatismo se reconoce como indígena al mismo tiempo que incluye a quienes no son indígenas pero también padecen los estragos del neoliberalismo. Para conocer

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y vincularse con las luchas de estas personas, grupos y organizaciones, han enviado delegaciones a recorrer todo el territorio nacional. Asimismo, convocan a encuentros internacionales con el objetivo de que los vínculos entre los movimientos sociales se extiendan por todo el mundo:

Seis.—Nosotros pensamos que ya no basta con solo resistir, y esperar uno y otro ataque del mandón y del dinero. Creemos que la fuerza que ahora se necesita para sobrevivir es también suficiente para terminar con las amenazas. Es la hora[52].

El EZLN ha hecho de su camino un recorrido permanente y se ha fortalecido al conocer las experiencias de los movimientos de resistencia que se están llevando a cabo en otras partes del mundo. A más de veinte años de su aparición pública, el «nosotros/as» inicial del zapatismo es cada día más grande. Ya no son únicamente indígenas, sino también las personas que fueron desalojadas de sus viviendas porque en su lugar se edificará otra cosa, quienes no tienen acceso al trabajo ni a la escuela, quienes carecen de seguridad social, migrantes, etc. Las víctimas de los desastres naturales generados por el crecimiento desmedido del sistema capitalista suman millones, así como quienes carecen de agua y de otros recursos imprescindibles para sobrevivir. Todas y todos ellos están ensanchando el «nosotros/as». Por ello, cuando el zapatismo afirma que «es la hora», lo que quieren decir es que, para revertir la crisis ecológico-social, es necesario escuchar lo que tienen que decir las comunidades indígenas.

La filosofía que practican algunos pueblos originarios les ha permitido sobrevivir hasta el siglo XXI. Esa es una razón digna de tomarse en cuenta en el momento de considerar si se trata de comunidades atrasadas que carecen de pensamiento filosófico o no. Más aún, la amplitud de la dimensión ética de la episteme india que se vive en muchas comunidades indígenas interpela los fundamentos de la cultura de las relaciones sujeto-objeto. Como ya lo señaló Lenkersdorf: «pocos son los alumnos deseosos de aprender de los indios empujados hacia la periferia de la sociedad. ¿Quién va a querer aprender de aquellos que todo el mundo considera despreciados, ignorantes y vencidos?»[53]. La filosofía del escuchar exige humildad para reconocer que todos los seres que existen son sujetos con dignidad. Desde la cultura dominante, se ha interpretado como un gesto de sumisión el que las y los indígenas miren hacia abajo. Sin embargo, a partir de la óptica de una cultura completamente distinta, se trata de la sabiduría que vuelve la vista hacia la tierra, no como señal de inferioridad o falta de dignidad, sino porque en ella se encuentran las raíces sobre las que se sostiene el «nosotros/as cósmico».

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Así lo señala el último punto del manifiesto zapatista en defensa de la

Tierra:

Siete.—Ni al árbol ni al bosque. Nosotros como zapatistas que somos, para entender y saber qué hacer, miramos hacia abajo. No en señal de humildad, no para rendir nuestra dignidad, sino para leer y aprender lo que no se ha escrito, para lo que no hay palabras sino sentimientos, para ver en la tierra las raíces que sostienen, allá en lo alto, a las estrellas[54].

Ahora bien, la ética «nosótrica» ¿está limitada al contexto cultural en el que surge o tiene un potencial universalizable? En el contexto de la «cultura intersubjetiva», no existe ninguna dimensión del hacer humano que esté desvinculada de la ética: comunicación, educación, ciencia, arte, filosofía, política, etcétera, remiten al «nosotros/as». Para las culturas indígenas, el bien no se puede encontrar entre individuos aislados, sino entre sujetos que se respetan mutuamente. Quien se concentra en sus propios intereses se aleja de la vida comunitaria y destruye el equilibrio de la naturaleza, introduce el mal, que consiste en atentar contra el «nosotros». Lo mismo sucede con el concepto de libertad. Según la concepción liberal, la comunidad representa un obstáculo que impide la realización individual. En cambio, los pueblos indígenas no conciben la libertad separada de la vida comunitaria. Todos los seres son sujetos, y, por lo tanto, tienen «corazón», es decir, vida y dignidad.

No se oponen unos a otros, tampoco se subordinan, más bien se coordinan a través de relaciones de mutualidad. De ahí que ser libre signifique ir más allá del «yo» y abrirse al «nosotros/as cósmico». La primera concepción es individualista y antropocéntrica, en tanto que la segunda es biocéntrica.

Para la episteme indígena, los seres humanos pueden reconocerse como miembros de la humanidad por el hecho de tener un cuerpo, y no por la capacidad racional desencarnada. Más allá de todas las diferencias, la corporalidad es el fundamento de la humanidad, y esta humanidad es universal porque ningún hombre, varón o mujer, queda fuera de ella. Así como no se puede separar la ética de las otras esferas de la cultura, tampoco es posible desvincular el cuerpo del pensamiento, ni el pensamiento del actuar. Por eso, para los pueblos indios: «El filosofar, en última instancia, es el filosofar a partir de la concreción de la corporeidad, opuesta a la ubicación del filosofar en la razón, la mente, el espíritu[55]». La corporeidad no es exclusiva del ámbito humano: recuérdese que para la cultura maya el hombre y la mujer están hechos de maíz y, al igual que el resto de los seres vivos, forma parte de un cuerpo cósmico.

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Por todo lo anterior es posible afirmar que la ética «nosótrica» es universalizable. Esto quiere decir que trasciende los límites de la «cultura intersubjetiva» y se presenta como una posibilidad abierta para las otras culturas. Su universalidad no se refiere a construcciones racionales que pretenden abarcar la realidad en su conjunto, sino a los alcances del «nosotros/as». A partir de este horizonte puede llevarse a cabo un diálogo plural que permita aprender de las perspectivas éticas de todas las culturas, y no solo de una de ellas. Hasta hoy los valores de los pueblos indígenas han sido despreciados. Se ignora su propuesta filosófica que enfatiza la necesidad de escuchar. Tojolabales y muchos otros pueblos indios enseñan que no hay otro camino que la escucha para alcanzar la justicia, la sostenibilidad y la paz.

Esta visión del mundo de los pueblos indígenas fundamenta las nuevas constituciones de Bolivia (2009) y Ecuador (2008), en las cuales se reconocen derechos y entidad jurídica a la Pachamama[56], así como deberes por parte de los Estados y las sociedades para preservarla, todo ello en un contexto intercultural. Una de las principales aportaciones de los movimientos indígenas de estos dos países ha sido la propuesta de «vivir bien» o «buen vivir» inspirada en las éticas y epistemologías indígenas. El buen vivir representa una alternativa ante el capitalismo ecocida. La Ley Macro de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien[57] lo define como:

El horizonte civilizatorio y cultural alternativo al capitalismo y a la modernidad que nace en las cosmovisiones de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas, y es concebido en el contexto de la interculturalidad. Se alcanza de forma colectiva, complementaria y solidaria integrando en su realización práctica, entre otras dimensiones, las sociales, las culturales, las políticas, las económicas, las ecológicas y las afectivas, para permitir el encuentro armonioso entre el conjunto de seres, componentes y recursos de la Madre Tierra. Significa vivir en complementariedad, en armonía y equilibrio con la Madre Tierra y las sociedades, en equidad y solidaridad y eliminando las desigualdades y los mecanismos de dominación. Es Vivir Bien entre nosotros, Vivir Bien con lo que nos rodea y Vivir Bien consigo mismo[58].

Esta categoría del pensamiento indígena evidencia los límites del concepto de desarrollo impuesto por el capitalismo globalizado como un modelo universalmente válido. Ante los proyectos extractivistas que devastan territorios y comunidades, la apuesta indígena apunta hacia los derechos de la Madre Tierra y sus habitantes a una vida buena, armónica y equilibrada, en donde se reconozca la dignidad de cada ser vivo. Esto resulta incompatible con la implantación de monocultivos y transgénicos, empresas mineras, fractura hidráulica, represas e hidroeléctricas. El «vivir bien» cuestiona el antropocentrismo y el etnocentrismo de las economías extractivistas y

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propone un conjunto de valores contrarios a los imperantes en el neoliberalismo ecocida: saber crecer, saber alimentarse, saber danzar, saber trabajar, saber comunicarse, saber soñar, saber escuchar y saber pensar[59]. En contraste con el tiempo frenético de la maquila neoliberal, estos saberes reclaman ritmos más lentos, que nos permitan recuperar nuestros vínculos con la Pachamama. Para quien «vive bien», el trabajo se vive como una fiesta, en plenitud y felicidad, y no como explotación: «La Madre Tierra es considerada sagrada, alimenta y es el hogar que contiene, sostiene y reproduce a todos los seres vivos, los ecosistemas, la biodiversidad, las sociedades orgánicas y los individuos que la componen[60]». En ella ninguna forma de vida es prescindible.

Los conflictos socioambientales suscitados por el saqueo y explotación de materias primas evidencian la intensificación del extractivismo no solo en Bolivia y Ecuador, sino en toda Latinoamérica. Más allá de las orientaciones políticas de las diversas naciones, la globalización del modelo de desarrollo neoliberal vacía de sentido los discursos y las legislaciones en materia ambiental, al tiempo que acentúa dependencias y desigualdades. En ese contexto, han sido las mujeres quienes, atravesadas por múltiples discriminaciones de género, etnia, pertenencia cultural, clase, edad y contexto geográfico, se han convertido en las principales protagonistas en la defensa de sus territorios, así como en creadoras de alternativas para conformar sociedades sostenibles, como se verá en los siguientes capítulos al abordar los feminismos comunitarios.

EL «NOSOTROS» Y LAS MUJERES

Hasta aquí, se ha argumentado que los pueblos indígenas de Abya Yala han desarrollado una filosofía centrada en el «nosotros». Esta categoría del pensamiento indígena no se refiere únicamente a los seres humanos, sino a todo lo que vive sobre la Tierra. Más aún, se trata del reconocimiento de una forma de vida en donde las personas y los otros seres sintientes integran una comunidad cósmica. Sin embargo, no queda claro qué lugar ocupan las mujeres en esta concepción «comunitaria» del mundo, es decir, si el «nosotros» incluye efectivamente a las mujeres o constituye una falsa generalización que invisibiliza a la mitad de la humanidad.

Los universalismos sesgados forman parte de la historia de los derechos humanos. Desde la Revolución Francesa se hizo evidente la parcialidad de la

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Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. No fue casualidad que aquellas mujeres que reclamaron la auténtica universalización de los principios de «libertad, igualdad y fraternidad» recibieran la condena al patíbulo o el exilio forzoso como respuesta. La Ilustración hegemónica — cabe aclarar que existieron Ilustraciones silenciadas[61]— se resistió a extender el potencial crítico de la razón para cuestionar la discriminación hacia el colectivo femenino. Pensadoras como Tzul Tzul, Cumes y Gargallo han señalado la necesidad de visibilizar «otras modernidades» desde Abya Yala.

Al respecto, Rivera Cusicanqui considera imprescindible reconocer la historia de las resistencias, lenguajes y proyectos indígenas de modernidad[62]. A partir de la recuperación de la «memoria larga» de los pueblos indígenas emergen nombres como Bartolina Sisa, Tupac Katari, Gregoria Apaza Micaela Bastidas y Tupac Amaru, entre otros más, como protagonistas de esas otras tradiciones olvidadas[63].

Para justificar el despojo y la violencia ejercidos sobre las culturas indígenas se ha argumentado su inferioridad en todos los sentidos: se les atribuye una humanidad disminuida, costumbres monstruosas y atrasadas, formas de espiritualidad propias de sociedades supersticiosas, incapacidad de desarrollo científico y tecnológico. Aunado al etnocentrismo, las mujeres indígenas han tenido que afrontar lo que puede denominarse como «sexismo transcultural» e «intracultural». Con esto me refiero a que, lejos de idealizaciones simplificadoras según las cuales el androcentrismo habría sido una importación occidental que se impuso al mundo indígena, en las culturas prehispánicas también existían estructuras de dominación sobre las mujeres.

Dichas construcciones jerárquicas de género representan una constante en la mayor parte de las culturas estudiadas, si no es que en todas. La variedad está en las expresiones que adquiere la desigualdad: algunas son evidentes en un contexto cultural específico, pero difíciles de distinguir desde otro, al igual que sucede con las estrategias de emancipación emprendidas por las mujeres.

Las indígenas que participan en los movimientos de resistencia de sus pueblos están contribuyendo al desarrollo de los «feminismos indígenas».

Ellas son agentes de los cambios en torno a las construcciones opresivas de género-etnia-clase.

Ahora bien, ¿cómo se construye el género en las sociedades indígenas? ¿Qué estrategias ponen en juego las mujeres indígenas para desestructurar

los estereotipos de género que las oprimen? ¿Puede hablarse de «feminismos indígenas» fundados en las filosofías «nosotrocéntricas»?

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Para intentar responder a estas cuestiones, me he propuesto establecer un diálogo entre las consideraciones de Lenkersdorf sobre las diferentes formas de comprender el género en la cultura maya-tojolabal y la perspectiva que ofrece Rivera Cusicanqui respecto a las mujeres en las epistemologías indígenas. La idea de fondo, como tuvimos ocasión de ver en apartados anteriores, es que entre lengua y visión del mundo existe una relación que no es accidental. Si las culturas nombran al mundo según lo perciben, es decir, si los diferentes lenguajes corresponden a distintas formas de concebir la realidad, entonces, para comprender el proceso mediante el cual se han ido configurando las identidades masculinas y femeninas en las sociedades indígenas, es imprescindible estudiar sus lenguas, conocer cómo utilizan los géneros gramaticales y cuál es el mecanismo mediante el cual asignan género a las cosas.

Antes de abordar este tema, es necesario hacer algunas precisiones con el objetivo de no caer en equívocos. Por un lado, Lenkersdorf utiliza el concepto de género para referirse al ámbito lingüístico, esto es, en un sentido gramatical. Por otro, ya vimos que, de acuerdo con él, la lengua no está desvinculada de las realidades sociales ni de las distintas formas de filosofar, sino que es parte de ellas. Desde esta perspectiva, el género gramatical no puede separarse de las construcciones socioculturales sobre la diferencia anatómica entre los sexos, es decir, del género entendido como categoría analítica de impronta feminista. En sus palabras: «Tanto el papel de las mujeres en el contexto lingüístico y cultural de los tojolabales como el empleo de los géneros nos enseñará cosas de primera importancia de la lengua y cosmovisión del pueblo maya de los Altos de Chiapas[64]».

Los estudios llevados a cabo por Lenkersdorf y Rivera Cusicanqui son imprescindibles para la comprensión de los fundamentos filosóficos de los «feminismos indígenas». Si bien el sentido que asignan al género suele estar en consonancia con su uso dentro de la teoría feminista noratlántica, no siempre es así. En el trabajo de nuestro autor, existe un reconocimiento explícito de las pensadoras feministas y los métodos que estas han desarrollado. Sin embargo, cuando realizó su investigación sobre el género en el mundo maya-tojolabal, la utilización del gender como categoría de análisis era reciente en México. En cambio, la pensadora de origen aymara es una interlocutora contemporánea de la teoría feminista y los estudios de género en Abya Yala. En lo que sigue, examinaré la concepción del género en la cultura maya-tojolabal como una de las bases más importantes para entender el

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zapatismo actual y su propuesta emancipadora en torno a las relaciones de género:

En castellano el género es de dos o tres clases: el género natural, que indica el sexo de las personas, animales y plantas; el género gramatical, que asigna uno de los dos géneros usados a las cosas asexuales; el género común o epiceno, que usa el mismo género para los animales tanto del sexo masculino como del femenino. Se trata, pues, de un fenómeno lingüístico que, en algunos casos, refleja la realidad de los sexos y en los demás parece estar determinado por puras convenciones o arbitrariedades lingüísticas[65].

De acuerdo con esta cita, el género es considerado en varias dimensiones que se entrelazan: el «género natural» alude al sexo de los seres vivos; el «género gramatical» está determinado de forma arbitraria; el «género común o epiceno» utiliza una sola palabra para referirse a hembras y machos, como es el caso de las tortugas, mariposas o ardillas. Parece obvio que el «género natural» coincida con el sexo, pero: ¿qué se entiende como «natural»? ¿Cuál es la «realidad de los sexos» que, en algunos casos, refleja el género? ¿Qué relación existe entre el ámbito lingüístico, el «natural» y el sociocultural?

Aunque en el estudio de las lenguas se han desarrollado varias hipótesis para explicar la causa de que se asigne género a las palabras, no hay respuestas definitivas. La razón por la que unas lenguas designan ciertas cosas como masculinas, femeninas o neutras en tanto que otras no aluden al género con tanta insistencia es oscura, se relaciona con la mitología, la historia y las peculiaridades de cada cultura.

En castellano, para referirnos a las personas señalamos el género mediante la utilización de pronombres como «él» o «ella». En cambio, en maya-tojolabal se recurre a una sola palabra que no marca el género. Entre ambos idiomas se hace patente una gran diferencia: la alusión constante al género en el primero en tanto que en el segundo este parece ser menos importante. ¿Por qué para las lenguas indoeuropeas el género que se asigna a las palabras es tan relevante? ¿Qué sucede con el género en los idiomas indígenas? ¿Cuáles son los elementos a los que se les asigna más relevancia que al género?

¿Cómo se relaciona todo esto con las prácticas sociales de cada cultura? Lenkersdorf afirma que: «originalmente, en los idiomas indoeuropeos, la

diferencia de los géneros no se derivaba de los sexos, sino de lo animado e inanimado[66]». La distinción se estableció para evitar confusiones. Por ello el castellano, y otras lenguas que pertenecen a la misma familia lingüística, asignan género a las palabras. Para muchas culturas indígenas, en este caso específico la maya-tojolabal, todo lo que existe está animado, tiene

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«corazón», vive. No puede establecerse una jerarquía entre los seres porque, si bien cada uno realiza diferentes funciones, ninguno se considera insignificante, prescindible o menos valioso.

En maya-tojolabal no se utiliza el género gramatical[67]. Solo en pocos casos que representan excepciones es posible encontrar palabras que indiquen el género de cosas que no tienen sexo. En cambio, existen numerosos términos que tienen «género natural», lo que significa que no se especifica su sexo. Para aquellas palabras que sí tienen género no se cuenta con artículos ni desinencias, este se conoce por la raíz, que es diferente según el sexo. Al igual que en castellano, en maya-tojolabal se utilizan palabras que tienen raíces distintas para hablar de mujer o de hombre: ja ‘ixuki (la mujer), ja winiki (el hombre). Para nombrar a los animales generalmente se utiliza el «género epiceno/común». No es que se desconozca su sexo, sino que se lo considera poco relevante. Si se quiere resaltar el género de algún animal, se utilizan palabras adicionales. Algo similar sucede con otras lenguas indígenas de Abya Yala.

Desde la perspectiva feminista noratlántica, la filosofía «nosotrocéntrica» —de pretendidos alcances cósmicos— elaborada por los pueblos indígenas muestra sus límites al referirse a las mujeres. En efecto, el «nosotros» vendría a formar parte de los falsos universalismos que excluyen a la mitad de la humanidad. Las prácticas cotidianas que pueden observarse en algunas comunidades indígenas lo confirman. En muchas de ellas las decisiones que se toman en reuniones y asambleas hacen patente la invisibilidad del colectivo femenino. Las mujeres parecen ocupar casi exclusivamente los espacios domésticos o las banquetas de las calles: empobrecidas, sin escolaridad, cargadas de hijas e hijos.

Sin embargo, las indígenas que ensanchan las filas del zapatismo —y otros movimientos indígenas, como lo muestra el epígrafe de Bety Carriño al inicio de este capítulo— muestran algo distinto. Ahí se habla de «comandantas», «insurgentas» y «milicianas». También de niñas y «jóvenas», quienes comienzan a crecer en un mundo diferente, en el que sus madres y sus abuelas han luchado por ser reconocidas como portadoras de «rostro», «voz» y «corazón» al igual que los varones y todos los seres que existen sobre la Tierra, así como la Tierra misma. Las zapatistas, por ejemplo, reivindican el carácter incluyente del «nosotros/as», ke ‘ntik, palabra del «género epiceno/común». Esto quiere decir que en el núcleo del «nosotros/as» hay un potencial emancipador que se borra cuando se traduce, y también cuando las mujeres son segregadas de los espacios de decisión de sus comunidades, sea

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por costumbres adoptadas de la sociedad occidental, sea por tradiciones de sus propias culturas[68].

Las zapatistas y otras indígenas que vindican un lugar dentro de sus culturas están recuperando el sentido originario de la palabra ke ‘netik tanto en sus discursos como en la vida cotidiana. Cuando escriben o hablan en castellano, dicen «nosotras y nosotros», o feminizan palabras que tienen género masculino, como «insurgentes» y «jóvenes». Asimismo, trabajan para lograr que las mujeres participen en las asambleas comunitarias en las mismas condiciones que los varones, y que estos comiencen a desempeñar tareas que habían sido consideradas «femeninas». Se trata de una propuesta que, si bien ha recibido influencia de los feminismos de otras geografías, se fundamenta en las raíces culturales de pueblos indígenas. De ahí que algunas indígenas estén regresando a los cimientos de sus culturas, en donde han encontrado elementos que fortalecen su lucha por mejores condiciones de vida para las mujeres.

En el caso del idioma maya-tojolabal, resulta problemático que no exista el «género gramatical» y, en cambio, sí se cuente con palabras específicas para los nombres que pertenecen al «género natural». Lenkersdorf apunta que si bien el género de algunos términos es obvio: «[…] anciana (me’jun)/ anciano (tatjun), muchacha (‘ak’ix) /muchacho (kerem), abuela (me‘ xep)/abuelo (tatawelo), esposa (che’um) /esposo (tatam), mamá (nanal)/ papá (tatal)»[69], en castellano, excepto los dos últimos términos, todos los demás indican el género mediante artículos y sufijos, pero las raíces son las mismas. En cambio, en maya-tojolabal la diferencia de género está determinada por la raíz, pues «el género va implícito en lo que cada persona representa[70]».

La diferencia entre ambos idiomas tiene que ver con la visión que cada uno tiene de la realidad. Ahí donde el castellano percibe un mundo en el que todo lo que se nombra tiene género, el maya-tojolabal percibe otra cosa.

Incluso el «género natural» es visto de forma distinta. Lenkersdorf nos explica cómo se refiere el pueblo maya tojolabal a sus hijas e hijos. De hecho, mi propia escritura muestra que en castellano la expresión «hijo» lleva una marca de género. En maya-tojolabal sucede algo completamente distinto porque, al hablar de los hijos no se alude a su género, sino al de la madre o el padre. La palabra para referirse a una hija o a un hijo es común para ambos géneros, pero se le agrega un prefijo diferente para hacer referencia a la progenitora o al progenitor. Si se quiere aclarar el género, es preciso recurrir a indicadores genéricos, por ejemplo: yal winik es el «hijo de una mamá no mencionada[71]». La cultura hegemónica se enfoca en el producto, mientras

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que la maya-tojolabal considera también a quien lo produce: «Nuestra hipótesis —afirma el filósofo— es que nombramos las cosas según las vemos y la vista está condicionada por nuestra perspectiva[72]».

El eje del mundo indígena es el «nosotros/as», la comunidad, lo que dificulta percibir seres aislados, autosuficientes o desarraigados. Por ello, las hijas e hijos aparecen necesariamente en relación con sus progenitoras/es. La lengua maya-tojolabal posibilita el acceso a una cosmovisión completamente diferente a la nuestra, además de poner en cuestión muchos supuestos que se pretenden universales, pero que únicamente remiten a la forma de concebir el mundo de una cultura: la occidental hegemónica. Es innegable que existen constantes transculturales, como la desigualdad entre mujeres y hombres; no obstante, sus características pueden ser diferentes, al igual que los caminos para subvertirlas.

Para los pueblos indígenas, la referencia al género de los progenitores se extiende al ámbito cultural-religioso. La luna y el sol aparecen representados como «nuestra madre» y «nuestro padre». La Tierra es la madre proveedora, da vida, y no puede ser tratada como una mercancía; por el contrario, es digna de respeto. La luna es la madre que integra al «nosotros/as» en la dimensión cósmica. Sus cambios enseñan a quienes habitan la Tierra que todo está conectado con todo. Aunque se le perciba como lejana, la Madre Luna está relacionada con las épocas para sembrar y cosechar, con las mareas, con los ciclos menstruales de las mujeres. Es bien sabido que las culturas indígenas medían el tiempo con un calendario lunar.

Las madres cósmicas conforman una red en la que confluyen la dimensión social, cultural, ética y religiosa. En maya-tojolabal resulta ajena la referencia a un Dios único, al igual que a otro tipo de monismos. Como sostiene nuestro pensador: «La tradición maya, como lo sabemos por el Popol Wuj y otras fuentes, no es monista ni monoteísta. Hay una pluralidad de Dioses, de Madres y Padres con quienes convivimos y que nos acompañan[73]». Dentro de esta «familia cósmica», los seres humanos no representan el centro, ni son superiores al resto de los seres vivos, sino que existe una relación de interdependencia entre todos. Esta idea atraviesa las diversas dimensiones de las epistemologías indígenas de Abya Yala: comunicación, educación, sociedad, ética, estética, religión.

Por otra parte, la asignación de género a cosas asexuales como la luna, la tierra, etc., parece contradecir la afirmación de que en maya-tojolabal no existe el género gramatical. Sin embargo, lo que la perspectiva noratlántica percibe como objetos inanimados y carentes de sexo para la cultura

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maya-tojolabal son seres vivos. No se les asigna género por una convención arbitraria, «sino que “la luna”, “el sol”, “la tierra” y “las cruces en el camino viven”, tienen corazón y “género” o “sexo” como los demás vivientes[74]».

Son madres y padres de «nosotros/as», tienen la misma dignidad que los seres humanos, no representan materia sin vida para ser explotada. Son poseedores de formas alternativas de racionalidad que no son tomadas en cuenta por la epistemología dominante. Estas ideas son comunes en las culturas diversas de Abya Yala.

Para la cosmovisión maya-tojolabal no es posible hablar de «nuestros padres» sin mencionar explícitamente a la madre; además, las mujeres son nombradas en primer lugar: ‘ixuk winik, «mujeres y hombres», ja jme ‘xep jtatawelotiki, «nuestras abuelas y abuelos», che’um tatam, «esposa y esposo», ‘ak’ ix kerem, muchachas y muchachos[75]. En la relación social representada por los dos géneros, el colectivo femenino desempeña un papel relevante, y por eso no solo se le visibiliza en el idioma sino que se le asigna un lugar prioritario. Muy diferente es el sentido que adquieren sus traducciones al castellano, donde se pierde el carácter inclusivo de la lengua maya-tojolabal: hombres o seres humanos, abuelos, esposos, muchachos. En todas las gramáticas y diccionarios, el género masculino aparece en primer lugar, al igual que sucede tanto en la enseñanza de la lengua como en su uso cotidiano.

«¿Será —nos dice Lenkersdorf— porque la mayoría de los gramáticos desde Aristóteles y Nebrija fueron hombres?»[76]. Más adelante añade: «¿Es justo y científico desproblematizar la primacía del género masculino?»[77]. Para la filosofía maya-tojolabal no lo es; más bien se trata de un problema central que no solo compete a la lingüística, sino también a la ética.

En las fórmulas de cortesía y correcta urbanidad del castellano se habla de «damas y caballeros, señoras y señores». Otras lenguas de la familia indoeuropea también recurren a esta clase de expresiones. Se trata de términos que rompen con el orden establecido porque se refieren a situaciones especiales. En esos casos, se emplea el lenguaje utilizado en la corte por los nobles, y adoptado en los sectores urbanos para hacer gala de «fina educación». Lo «normal» es la prioridad del género masculino. Entre la gente de campo no se habla de «damas y caballeros», mucho menos entre indígenas. Cabría añadir que tales elegancias empleadas en la «alta sociedad» no implican que las mujeres efectivamente sean tratadas de esa forma, pues la violencia de género atraviesa a todas las clases sociales.

El pueblo maya-tojolabal no acepta traducir este tipo de formulismos, a los que considera incongruentes. Para ejemplificarlo, Lenkersdorf recurre a su

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experiencia con varias comunidades en el trabajo de traducción de la Biblia del griego al tojolabal. En el texto griego aparecían dos frases que resultaron problemáticas: «señoras y sus hombres» y «cuentos de viejas[78]».

En el primer caso, la comunidad maya-tojolabal prefirió traducir «los hombres y las señoras» porque, evidentemente, en la cultura judeocristiana a las mujeres no se les da prioridad, y la lengua entraña un reflejo de la realidad. En el segundo caso, se consideró una falta de respeto que la Biblia se expresara de esa forma para referirse a mujeres ancianas, a las que se les debe honor por su experiencia y sabiduría acumuladas a lo largo de los años.

Por ello prefirieron utilizar la siguiente expresión: «los cuentos que no sirven[79]».

Llama la atención que en maya-tojolabal los pronombres personales carezcan de una marca de género. «Ella/él», «nosotras/nosotros» no encuentran equivalencias en esta lengua maya, que más bien utiliza términos como «usted o ustedes» sin especificar si se trata de una mujer o un hombre.

Tal parece que en el idioma maya-tojolabal hay otra cosa más importante que el género, esto es, el «nosotros/as». En lugar de insistir en el género de las cosas, lo que se distingue son las particularidades del «nosotros/as». Mientras en castellano la referencia a la primera persona del plural es ambigua, porque unas veces incluye a la persona con quien se habla y otras no, en maya-tojolabal se cuenta con dos palabras diferentes para especificar el caso de que se trata. El «nosotros/as» incluye a los dos géneros y predomina sobre ellos.

No es la mayoría quien manda, sino el «nosotros/as» al que se llega a través de un consenso del que las mujeres no pueden estar excluidas.

Las comunidades indígenas que protagonizan movimientos de revisión crítica sobre los aspectos opresivos de sus usos y costumbres sostienen que debe existir coherencia entre lengua y vida social. La prioridad de las mujeres y el respeto a las personas ancianas que se manifiesta en algunos idiomas indígenas debe corresponder con los hechos. En su vida cotidiana, han comprobado que «señoras y señores» son no indígenas. Además, saben que no solo las mujeres indígenas carecen de valor dentro de la sociedad occidental —donde son explotadas, violadas, golpeadas e incluso asesinadas por ser mujeres, indígenas y empobrecidas—, sino que también las «señoras», al mismo tiempo que ejercen violencia sobre sus sirvientas indígenas, son maltratadas por los varones que están a su alrededor.

Lenkersdorf considera como equivalentes sexo y «género natural». Sin embargo, tal equivalencia puede resultar problemática, ya que tanto el

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«género» como lo «natural» están estrechamente ligados a contextos culturales, es decir, que no son conceptos «neutrales». Pero ¿qué sucede con el género en otros ámbitos? Las lenguas expresan visiones de la realidad de las que muchas veces quienes las hablan no son conscientes. Lengua y sociedad se relacionan con las prácticas éticas, los valores y las decisiones de las personas. «El género no es solo una categoría formal de la lengua —señala nuestro filósofo— sino que refleja realidades sociales, culturales y políticas[80]». Con estas palabras se acerca bastante al significado que se le atribuye al género dentro de la teoría feminista. Además, sostiene que en el movimiento zapatista contemporáneo pueden encontrarse varios ejemplos de esta búsqueda de congruencia entre el uso de la lengua y la situación de las mujeres, si bien prefiere centrarse en las experiencias de las comunidades antes del levantamiento zapatista con el propósito de mostrar que sus raíces son indígenas.

En relación con lo anterior, me interesa destacar que la «inclusividad» que caracteriza al idioma maya-tojolabal no siempre se ve reflejada en la vida de las mujeres. Es innegable el hecho de que hay tojolabales que maltratan a sus esposas, hermanas, hijas, etc. Pero también lo es que las comunidades están llevando a cabo revisiones críticas de sus costumbres, y que la condición de las mujeres forma parte de un proceso de constantes transformaciones.

Lenkersdorf se enfoca en el análisis de documentos que fueron redactados después de que algunas comunidades se reunieran para discutir cuestiones relativas al matrimonio, los roles que corresponden a las mujeres y a los varones, así como aquellas cosas que deben cambiar. Es importante subrayar que dichos documentos están fechados en 1980, es decir, catorce años antes de la aparición pública del zapatismo. Esto refuerza la afirmación de que el movimiento de reconstitución de los pueblos indígenas constituye un proceso, y que el zapatismo forma parte de él. Si bien es cierto que nuestro filósofo no habla específicamente de un «feminismo indígena», aporta muchos elementos para ello. Uno de los más relevantes es su insistencia en que la situación de las mujeres tiene importancia para la filosofía tojolabal, y que el zapatismo solo puede comprenderse si se considera que sus raíces se encuentran en el pensamiento indígena de los pueblos mayas del sureste de México.

El primer documento que analiza trata sobre el matrimonio y recoge dos puntos centrales que fueron acordados por la comunidad. Por un lado, manifiesta inconformidad ante todo gasto excesivo para la realización de la boda; además, hace mención de «los gastos de entrega». Por el otro, deja claro que los padres no son quienes deben decidir la unión, sino la pareja. De

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acuerdo con Lenkersdorf: «Ambas decisiones revisan la tradición con fundamento en relaciones nosótricas[81]». Las bodas lujosas van en contra de la aspiración maya-tojolabal que se expresa con las palabras lajan lajan ‘aitik, que quiere decir: «estar parejos[82]». Cuando una familia se destaca sobre las demás, el «nosotros/as» se disuelve. Para fortalecerse necesita las aportaciones de cada una de las personas que lo constituyen, pero en un marco de equidad y ayuda mutua.

La referencia al pago por los «gastos de entrega» de la novia puede parecer inaceptable desde la perspectiva occidental. A primera vista, podría creerse que, en la sociedad maya-tojolabal, las mujeres carecen de todo valor, y por ello se les asigna precio como si se tratara de mercancías. Para la población urbana de clase acomodada, las hijas no contribuyen con su trabajo al sostenimiento de la familia, en la cual no tiene mucha importancia el «nosotros/as». De hecho, la costumbre de la dote, común en el pasado, era una compensación que el padre de la desposada ofrecía al novio que, a partir de entonces, asumía la responsabilidad de mantenerla económicamente. Muy diferente es la situación de las jóvenes tojolabales, quienes, desde pequeñas, realizan diversas tareas dentro de sus familias. Por ello, cuando una mujer se casa, el «nosotros/as» familiar se ve debilitado, y los «gastos de entrega» representan algo similar a una indemnización por parte de la familia del novio que, en cambio, gana una colaboradora más.

El último punto que trata el citado documento aborda la cuestión de a quién corresponde decidir si un matrimonio se lleva a cabo o no. En muchas comunidades, los acuerdos nupciales eran concertados por los padres sin tomar en cuenta la voluntad de la pareja. Estas malas prácticas implican otra forma de ir en contra del «nosotros/as», en el que la voz de las jóvenes es tan importante como la de cualquier integrante de la comunidad. De ahí que sean las mujeres quienes deben tomar la decisión de con quién van a casarse e, incluso, si quieren casarse o no. Nótese que todas estas reflexiones tuvieron lugar en las comunidades mayas-tojolabales varios años antes de que se redactara la Ley Revolucionaria de Mujeres elaborada por las zapatistas. Esto refuerza la afirmación de Lenkersdorf respecto a que el movimiento zapatista forma parte del proceso que están viviendo los pueblos indígenas del sureste de México.

Este proceso se caracteriza por la revisión crítica de aquellas costumbres que ponen en peligro el principio fundamental de la filosofía indígena: el «nosotros/as». No basta con criticar las estrategias opresivas de la sociedad occidentalizada sobre los pueblos indios, sino que también es necesario dirigir

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la mirada hacia la estructura interna de las propias comunidades para revisar si son coherentes con la filosofía «nosotrocéntrica» o no. El levantamiento de 1994 no fue un acontecimiento momentáneo, sino que está incorporado a este proceso, y el movimiento de mujeres indígenas es una manifestación del mismo. No es que con el zapatismo comenzara a existir un «feminismo indígena» desvinculado de todo contexto, sino que muchos elementos que ya se estaban discutiendo desde antes se conjuntan y maduran con la insurrección de Chiapas.

El segundo documento analizado por Lenkersdorf alude a tres situaciones específicas de la vida comunitaria. Por una parte, se afirma que el dinero ganado de la venta de productos fabricados por el trabajo conjunto de la familia no pertenece a quien los vende, que generalmente es el marido, sino que, previo acuerdo entre la esposa y el esposo, deberá destinarse a las necesidades de la casa. Este consenso ha sido necesario porque, muchas veces, son los varones quienes disponen de los recursos económicos sin considerar la opinión de las mujeres, ni su colaboración en el trabajo. Lo mismo sucede con las niñas y los niños. Esto contradice la concepción «nosótrica» de la familia, según la cual mujeres, hombres, niñas, niños, jóvenes, ancianas y ancianos contribuyen al mantenimiento de la misma, aunque sus tareas sean muy distintas. La figura del «padre patrón» no corresponde con la familia centrada en el «nosotros/as». Tanto el dinero como el poder para tomar decisiones deben repartirse de forma horizontal.

Por otra parte, pero en relación con la diversificación del trabajo y la importancia de tomar en cuenta al colectivo femenino, se explica el consenso al que llegó la comunidad para establecer dos cooperativas: una de mujeres y otra de varones. En las cooperativas todas y todos trabajan por turnos y las ganancias se reparten equitativamente. Cada cooperativa establece un horario para no interferir con la otra y que ambas puedan funcionar. Con esto se amplían las tareas de las mujeres más allá de la vida doméstica y se contribuye a equilibrar la situación entre mujeres y varones.

El último punto al que se refiere el documento tiene que ver con la violencia física contra las mujeres. Se trata de la imagen más popularizada del mundo indígena, según la cual se supone que los usos y costumbres consideran «normal» golpear a las mujeres, niñas y niños por parte de los varones, pero no es así. Esta realidad inhumana no solo puede encontrarse en las comunidades indígenas, sino en diversos sectores de las sociedades occidentales. El incremento de los feminicidios y de todo tipo de agresiones contra las mujeres es innegable. Miles de mujeres asesinadas en el mundo

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representan un ejemplo de ello, así como aquellas que padecen toda clase de vejaciones en fábricas y maquiladoras.

El maltrato hacia las mujeres no solo no es un distintivo de los pueblos indígenas, sino que además destruye el «nosotros/as», núcleo de la vida y el pensar maya-tojolabal. Según Lenkersdorf, cuando el varón toma el poder que no le pertenece: «Traiciona a la comunidad, traiciona el matrimonio, humilla a su esposa, hermana y compañera de vida y, a la vez, se humilla a sí mismo al desenfrenar deseos que lo deshumanizan[83]». La explicación que da nuestro autor es que se trata de imitaciones del comportamiento que los indígenas observaron en sus patrones durante siglos y que han adoptado para sentirse menos impotentes ante una sociedad que los margina y desprecia.

Ejercen el poco poder que tienen sobre quienes consideran más vulnerables.

Siguen el ejemplo de una sociedad dividida entre quienes acaparan el poder y quienes obedecen. Algunas comunidades condenan el machismo, pero consideran que los hombres que se comportan con violencia deben recibir ayuda para corregirse. Las mujeres, por su parte, tienen el apoyo comunitario para alejarse del golpeador y comenzar a afirmarse como sujetos de derecho y agentes de cambio.

A las reflexiones de Lenkersdorf quisiera agregar que las actitudes de dominación de los varones sobre las mujeres no solo se deben a imitaciones de modelos occidentales, sino a que las propias sociedades indígenas llegaron a olvidar los alcances del «nosotros/as». Sería excesivo afirmar que la violencia sexista constituye una herencia exclusivamente occidental y que en los pueblos originarios existían relaciones de igualdad entre los sexos. Más bien se trata de una constante transcultural que se manifiesta de formas diferentes, tanto, que unas culturas perciben prácticas de discriminación sexual en otras pero muchas veces no son capaces de distinguir las que se ejercen en la propia. De ahí que la autocrítica que están llevando a cabo estos pueblos indígenas sea tan importante.

Cada vez son más las comunidades indígenas que protagonizan movimientos de reconstitución para recuperar su tradición «nosótrica». Si se consideran los obstáculos que afrontan ante las nuevas formas de colonialismo impulsadas por el capitalismo globalizado, resulta sorprendente «que los tojolabales y otros pueblos originarios descubran de nuevo sus raíces y sepan hacerlas valer[84]». Por todo ello, aunque Lenkersdorf no hable específicamente sobre un «feminismo indígena», sus aportaciones en ese sentido son invaluables. No solo defiende la paridad entre mujeres y hombres

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como parte esencial del «nosotros cósmico», sino que también alude a la relevancia filosófica de la situación de las mujeres indígenas, un caso excepcional en la historia de esta disciplina.

La filosofía maya-tojolabal vindica la capacidad de los sectores más desfavorecidos de la sociedad para encontrar alternativas ante las problemáticas que amenazan la continuidad de sus culturas. No es casualidad que quienes reivindican el reconocimiento de los alcances incluyentes del «nosotros/as» sean precisamente las mujeres indígenas más golpeadas por la «Hidra Capitalista[85]». Tampoco lo es que estas mujeres, ubicadas en el extremo más alejado de la imagen estereotipada de filósofo —varón blanco occidental y de mirada lineal—, estén en el centro del pensamiento «nosótrico/comunitario». Son las indígenas que durante cinco siglos han formado parte de los movimientos de resistencia de sus pueblos quienes muestran su disconformidad ante tradiciones que debilitan al «nosotros/as» y son capaces de mirar en varias direcciones para revitalizar las filosofías indígenas. Si ellas no son tomadas en cuenta dentro de sus comunidades como seres humanos con el mismo valor y dignidad que los varones, la ética centrada en el «nosotros/as», base de las luchas indígenas, queda vacía de sentido.

El pensamiento «nosotrocéntrico» está fundado en la corporeidad, por lo que no puede ser indiferente ante los cuerpos de las mujeres que padecen maltrato. Si en las propias comunidades indígenas no se considera la dignidad de las mujeres, entonces se reproduce el mismo esquema de dominación que ha ejercido la cultura occidental sobre las otras culturas, y que se expresa en la violencia que ejercen los países industrializados sobre la naturaleza y sus habitantes. «El filosofar en clave tojolabal —afirma Lenkersdorf— es el filosofar en y desde la carne, que abre pistas para el accionar y que frena nuestras palabras para dar lugar a la praxis de respeto, de convivencia nosótrica[86]». Las indígenas zapatistas muestran que es posible construir otro tipo de sociedades en las que existan condiciones de igualdad o que, por lo menos, estas comiencen a vislumbrarse.

Desde el contexto boliviano, Rivera Cusicanqui cuestiona el carácter sexista del multiculturalismo oficial al tiempo que vindica categorías surgidas a partir de las miradas de las mujeres indígenas. De acuerdo con ella: «Indios y mujeres tenemos un nexo en ese terreno del cuidado de la vida y de los saberes del cuerpo que no son necesariamente susceptibles de una teorización racional[87]». Los saberes prácticos que se transmiten oralmente y siguen vivos en las comunidades indígenas plantean un enorme reto para establecer

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un diálogo entre epistemologías críticas al etnocentrismo. La pensadora de origen aymara argumenta que el concepto de «territorio» como eje de las luchas de los pueblos indígenas responde a la perspectiva de los varones, mientras que: «La noción de identidad de las mujeres se asemeja al tejido[88]», es decir, establece vínculos complejos entre lenguajes, historias y alternativas para otros mundos posibles. Las tejedoras ancestrales nos han legado visiones del mundo a través de sus bordados, mientras que las tejedoras contemporáneas hilvanan los hilos que develan la imbricación entre sus cuerpos y la defensa de los territorios de sus pueblos.

Por todo lo expuesto, resulta contradictorio hablar de una comunidad de alcances cósmicos si primero no se reconoce la igualdad entre mujeres y hombres como portadores de «corazón». Las epistemologías indígenas que visibilizan las miradas de las mujeres contienen elementos clave para el desarrollo de los «feminismos indígenas»: cuestionan el sexismo de las sociedades indígenas y no indígenas y procuran superarlo; defienden la inclusión de las mujeres en todos los espacios de la vida comunitaria; buscan las raíces de la equidad entre mujeres y hombres dentro de los valores de las culturas indígenas; rechazan las distintas formas de violencia sexista, y denuncian la incompatibilidad del capitalismo globalizado con los derechos de las mujeres, de los pueblos y de la Madre Tierra. Su objetivo es llevar hasta las últimas consecuencias el principio más importante en la vida de las comunidades indígenas: el «nosotras/os».

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CAPÍTULO 2

Las voces de las mujeres indígenas en los

feminismos latinoamericanos

¿Quién soy?, ¿de dónde vengo?, soy una ladrona de cantos y oraciones, juego a robar el corazón infinito de la selva, el sonido del silencio es el eco que construye mi voz, es mi voz la herencia de esta tierra donde todo parece intacto.

JUANA KAREN PEÑATE MONTEJO

Desde la última década del siglo XX, en América Latina han surgido distintas organizaciones de mujeres indígenas que combinan las luchas por la autonomía de sus pueblos con demandas específicas de género. Por una parte, defienden la continuidad de la riqueza de sus culturas, siempre y cuando no se vulneren sus derechos; por la otra, consideran que la justicia y el reconocimiento tienen que comenzar en el interior de las propias comunidades mediante prácticas que fomenten la equidad entre los sexos.

Para algunas mujeres, lo primordial es la defensa del territorio en una relación de complementariedad con sus compañeros. Para otras, es fundamental que exista igualdad. A pesar de la enorme diversidad de los movimientos de mujeres indígenas, todos coinciden en reconocer que, si bien la reciprocidad entre los seres vivos, y no solo entre los sexos, representa un valor propio de sus culturas, en la cotidianidad no siempre se vive en concordancia con tal principio.

Amplios sectores de los pueblos indígenas que están viviendo procesos autonómicos aceptan con dificultad reflexionar sobre la situación específica de las mujeres. En este sentido, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha representado una novedad no solo por incluir a mujeres en puestos de mando dentro de su estructura militar, sino por haber presentado una Ley Revolucionaria de Mujeres como parte esencial de la reconstitución de las poblaciones indígenas. Sin embargo, en las comunidades que se definen como

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zapatistas o que simpatizan con el zapatismo ha sido muy difícil aceptar los cambios necesarios para alcanzar la paridad. Fuera de los municipios autónomos de Chiapas, en otras comunidades indígenas apenas se conoce que existe una ley para las mujeres. En diversas poblaciones indígenas de Abya Yala, principalmente en Guatemala y Bolivia, han emergido sujetos y colectivos indígenas que buscan elementos «feministas» en sus propias culturas, al mismo tiempo que están desarrollando categorías propias en su propuesta de lo que han designado como «feminismo comunitario».

Los encuentros de mujeres indígenas a nivel local, regional, nacional y continental han hecho posible el intercambio de logros y estrategias. Para muchas de ellas, estas experiencias han representado la oportunidad de conocer relaciones más igualitarias entre los sexos. Por ejemplo, en el caso de los municipios zapatistas, algunos varones comienzan a realizar tareas domésticas y a encargarse del cuidado de las hijas e hijos para que las mujeres puedan asistir a eventos, participar en asambleas y desempeñar papeles no tradicionales dentro de sus comunidades. Este aspecto del zapatismo es el que más se resisten a asumir incluso aquellos pueblos indígenas que simpatizan con el EZLN.

Las mujeres que han sido elegidas por sus comunidades para asistir a los encuentros asumen la responsabilidad de compartir lo que aprendieron. Sin embargo, afrontan grandes dificultades ante los rígidos esquemas de género que determinan el curso de la vida diaria. Cuando convocan a una reunión para hablar sobre las problemáticas específicas de las indígenas, se encuentran con que las pocas que pueden asistir han sido comisionadas para preparar la comida, limpiar y organizar el mobiliario, además de tener que regresar a sus casas para encargarse de su jornada habitual de trabajo.

Quienes están presentes, en su mayoría varones, consideran más importante tratar otros temas. De manera que, fuera de los eventos dirigidos especialmente a ellas, la cotidianidad de las comunidades parece caminar a otro ritmo muy distinto al de la igualdad. Algunas indígenas que se asumen como feministas incluso han sido expulsadas de sus comunidades, como muestra el caso de Lorena Cabnal, feminista comunitaria guatemalteca de origen maya y xinka que, después de haber jugado un papel fundamental en la defensa del territorio contra las mineras, fue desterrada de su pueblo por cuestionar la posición y el trato recibido por las mujeres dentro de la misma.

A pesar de estas dificultades, las mujeres indígenas transitan hacia nuevos espacios donde se entrecruzan los procesos de reconstitución de sus comunidades, los feminismos urbanos y los movimientos ecologistas.

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Parteras, médicas tradicionales, encargadas de la huerta doméstica, maestras rurales, ancianas sabias y muchas otras más que no están conformes con su situación defienden la dignidad de las mujeres como parte imprescindible de las epistemologías indígenas. Consideran que en la base de la ética biocéntrica, presente en sus culturas, debe existir reciprocidad entre todo lo que vive: mujeres-hombres, seres humanos-biodiversidad, naturaleza-cultura.

Frente a los malos tratos padecidos en el interior de sus familias, la falta de reconocimiento dentro de sus comunidades y la militarización de sus territorios, algunas de estas mujeres se están convirtiendo en las protagonistas de los movimientos de sus pueblos y de los feminismos indígenas en construcción.

SENTIDO Y POSIBILIDAD DE UN FEMINISMO LATINOAMERICANO

Si la existencia de una filosofía latinoamericana con temas y lenguajes propios sigue suscitando reacciones de escepticismo entre quienes consideran que la reflexión filosófica representa una aportación original del mundo occidental/noratlántico —pobremente imitada en otras geografías—, el reconocimiento de un feminismo latinoamericano afronta aún mayores dificultades. Por un lado, se trata de un pensamiento considerado «periférico», «excéntrico», «marginal», «poco riguroso» y «asistemático», es decir, apenas un esbozo que refleja con dificultad la sombra del modelo original. Por otro, como una aportación que proviene de las mujeres, ha sido invisible no solo para la filosofía europea, sino también para la de América.

En cuanto mujeres y latinoamericanas, estas nuevas actoras sociales han estado doblemente subordinadas a la categoría de la alteridad radical, que ha hecho de ellas las «otras» en la intersección entre cultura, clase, género y etnia.

¿De dónde emerge el feminismo latinoamericano? ¿Cuáles son sus características? ¿Cómo se ha vinculado con los feminismos occidentales/noratlánticos? ¿Cuál es su relación con los otros feminismos del Sur? ¿Qué problemáticas aborda? ¿Cuáles son sus principales aportaciones? ¿Qué diversidades entraña en su interior?

Las feministas latinoamericanas han desarrollado prácticas y elaborado teorías a partir de un contexto marcado por el desencuentro entre los ideales ilustrados de igualdad y universalidad presentes en las constituciones de los Estados modernos y sociedades fundadas en la heterogeneidad —étnica,

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cultural, social, religiosa. Algunas voces feministas de la Ilustración ya habían denunciado la incoherencia de un universalismo formal que excluía a las mujeres, y otras anunciaron que la idea de igualdad se extendería algún día más allá de nuestra especie[89]. Estas potencialidades emancipatorias seguirán dando frutos. En Latinoamérica, el pensamiento feminista ha surgido de los nudos formados entre pertenencias étnicas y culturales distintas donde las discriminaciones interactúan potenciando múltiples violencias y exclusiones.

Los discursos feministas latinoamericanos buscan hacer patentes los particularismos encubiertos para demandar la inclusión efectiva de quienes han quedado fuera del ideario igualitario y universalista de la modernidad hegemónica. Por ello, más que socavar la herencia ilustrada, lo que en realidad intentan es ensanchar sus posibilidades, adaptándolas a las circunstancias específicas de América Latina. Para llevar a cabo dicha tarea tratan de responder a cuestiones como las siguientes: ¿cuáles son los límites de los principios pretendidamente universales? ¿Existe un ser humano que carezca de sexo/género, pertenencia cultural, clase social? ¿El feminismo es también un saber situado y atravesado por particularidades, hegemonías y silenciamientos? ¿Por qué es necesario desvelar el etnocentrismo y la misoginia que subyacen bajo conceptos que se presentan con la máscara de la neutralidad? ¿La «originalidad» del feminismo de América Latina remite a las problemáticas que surgen de circunstancias diferentes a las de Europa y Estados Unidos?

María Luisa Femenías intenta responder a estas cuestiones mediante un análisis filosófico de los fundamentos del feminismo latinoamericano, así como de sus principales aportaciones. De acuerdo con ella, el territorio al que han arribado las teorías feministas importadas tiene características propias: en él sobreviven cosmovisiones indígenas, tradiciones africanas junto a concepciones de origen europeo. Tales teorías no solo son «traducidas» y «desplazadas», sino que además se «trafican[90]», lo que «implica una práctica que quiebra —en su reapropiación— de los modelos originales, enriqueciéndolos[91]». Las pensadoras latinoamericanas han hecho suyas las ideas recibidas produciendo sentidos nuevos y conformando espacios donde confluyen los planteamientos feministas más heterogéneos. Reflexionan sobre las problemáticas específicas del continente, llegando a desarrollar planteamientos que no son solo «traducciones» o «adaptaciones», sino elaboraciones propias.

Para comprender este proceso, «un primer paso —sostiene esta filósofa— es revisar nuestras propias contribuciones teóricas resignificadas. El siguiente

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es denunciar el problema de la in audibilidad y de la in transitabilidad de nuestras propuestas dentro mismo del territorio latinoamericano[92]». Es necesario cuestionar las hegemonías que ubican al feminismo de América Latina en una doble periferia. Para el pensamiento dominante estas geografías representan «la alteridad» respecto a Occidente, mientras que las mujeres son «las otras» ante el sujeto masculino de una enunciación que se pretende universal. ¿Qué podemos decir de las indígenas, las mestizas y las afrodescendientes? ¿La periferia a la que se les arroja es triple por su cultura, pertenencia étnica y género? ¿Qué significa la frase «mujeres de América Latina[93]»?. A estas preguntas agrego una más, planteada por Francesca Gargallo: «¿Cómo nos acercamos, hablamos y escuchamos a las mujeres que provienen de las culturas ajenas a los compromisos metafísicos de Occidente?»[94].

Para María Luisa Femenías, el enunciado «mujeres latinoamericanas» funciona como una «ficción política[95]» en dos sentidos: hace posible arribar al «nosotras», en cuanto latinoamericanas y mujeres que vindican identidades diversas, y cuestiona la categoría de las «otras» construida por los discursos hegemónicos. El «nosotras» carece de una textura homogénea, no existe entendido como un todo uniforme, sino como una identidad heterogénea y discontinua y a su vez atravesada de múltiples diversidades —las latinoamericanas son las mestizas, las indígenas, las de origen europeo, africano y asiático. En el caso de las indígenas, Francesca Gargallo ha recuperado diferentes voces que vindican mejores condiciones de vida para las mujeres: unas interrogan a los fundamentos de sus culturas sobre la posición de las mujeres; otras se reconocen como feministas indígenas, mientras que algunas más se encuentran en una búsqueda creativa de conceptos y categorías propias. Sus caminos se encuentran, se enredan y también se separan.

A pesar de su carácter ficticio, el «nosotras» hace posible que emerjan «sujetos feministas complejos[96]» cuyas identidades múltiples admiten otras formas de mirar, teorizar y actuar ante los discursos hegemónicos. La historia de desplazamientos, migraciones y (des)encuentros culturales ubica a las feministas latinoamericanas como «enunciadoras alternativas[97]» y portadoras de «identidades mestizas[98]». María Luisa Femenías comprende el «mestizaje» como una cuestión cultural y no solo biológica. Lo «mestizo», entendido como el punto de confluencia entre cuerpos, etnias, culturas, epistemologías, etc., se opone a lo «puro», concebido como una forma de controlar e invisibilizar las heterogeneidades. Uno de los mayores retos que

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afrontan las pensadoras latinoamericanas «es detectar y hurgar en las intersecciones donde color, clase, religión, etnia, sexo-género potencian la exclusión y generan distorsiones ajenas a poblaciones con más altos grados de homogeneidad[99]». El mestizaje que defienden las mujeres de América Latina desvela la falsedad de una «pureza[100]» que pretende ocultar al sujeto real, el cual está inmerso en un horizonte plural donde las culturas interactúan, para instituir en su lugar a un sujeto «puro», es decir, desenraizado, desencarnado y atemporal.

En diversos países latinoamericanos, el mestizaje se ha utilizado con la finalidad de «desindianizar» a la población que exige el reconocimiento de su identidad étnica. Según esto, el mestizaje garantizaría una supuesta unidad nacional ante la amenaza constante representada por los movimientos indígenas que demandan la conformación de Estados plurales. Las políticas de asimilación significan la desaparición de los pueblos autóctonos ante el predominio de una cultura homogénea, la mestiza, lo que ha generado conflictos en territorios donde coexisten distintas culturas. Ahora bien, los discursos alternativos elaborados por las mujeres indígenas cuestionan las políticas de mestizaje —etnocéntricas y sexistas— entendidas como estrategias para eliminar a sus comunidades, y no como «el sitio de lo novedoso, de la poiesis[101]». La filosofía occidental ha diseñado un lugar para las mujeres que habitan en las periferias: la alteridad devaluada. Ahí convergen lo «exótico» y lo «excéntrico». Sin embargo, el feminismo latinoamericano surge precisamente en «un locus inesperado —en ese lugar donde no se espera que estemos—»[102], visibilizando como sujetos agentes a aquellas que están más alejadas de los centros de poder.

El feminismo latinoamericano centra sus análisis en el entrecruzamiento de sexo-género, etnia y clase social. Este constituye un rasgo común entre los feminismos del Sur, que, aunque pertenecen a culturas distintas, han atravesado procesos similares ante el colonialismo. Entre los problemas que abordan los feminismos de América Latina destaca el estudio de la situación de violencia que padecen las mujeres, la salud sexual y reproductiva, el impacto del empobrecimiento y la degradación medioambiental sobre el colectivo femenino, la invisibilización de las problemáticas que afrontan las afrodescendientes, los movimientos de resistencia de los pueblos indígenas y el papel que desempeñan las mujeres en ellos.

Las mujeres que participan en los nuevos movimientos sociales se presentan como agentes capaces de influir en los feminismos hegemónicos e impulsar su potencial crítico. En palabras de María Luisa Femenías: «el

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tiempo del feminismo identitario (ontologizado y clausurado) se agota en la medida en que se construyan lugares simbólicos nuevos[103]». Estos «locus inesperados» a los que alude la filósofa son creados tanto por las indígenas y afrodescendientes latinoamericanas, que pugnan por la defensa sus derechos, el reconocimiento de los valores positivos de sus culturas, la transformación de estructuras comunitarias opresivas y la resistencia ante proyectos extractivistas, como por las feministas urbanas de clase media, solidarias con las mujeres que viven en los cinturones empobrecidos de las ciudades y del ámbito rural.

El mayor reto que afronta el pensamiento feminista de América Latina es el reconocimiento de que las miradas son múltiples y los saberes se encuentran contextualizados. Como sostiene Francesca Gargallo: «Lo utópico, incluyente y crítico del pensamiento latinoamericano necesita constantemente reconocer y confrontar actitudes comunes de origen colonial, violentas y excluyentes, capaces de una regeneración continua[104]». Para las feministas urbanas, que exigen la implementación de políticas públicas de igualdad entre mujeres y hombres y trabajan en el ámbito teórico de los estudios de género, es imprescindible reconocer otras miradas marcadas por la identidad étnica, la clase social y la pertenencia cultural. Asimismo, los movimientos de mujeres que pertenecen a los pueblos indígenas no pueden dejar de lado que, si bien su adscripción étnica y cultural contribuye a conformar su identidad de «mujeres indígenas» en un sentido positivo, también suele funcionar como una estrategia que las despoja de sus derechos, al mismo tiempo que refuerza tradiciones patriarcales.

Un punto de desencuentro entre estas diversas voces feministas tiene que ver con la apropiación y/o el rechazo de la categoría analítica de género. La relación que se establece entre género, etnia y clase no es unívoca, sino problemática. Al respecto, resulta interesante reflexionar sobre las siguientes cuestiones: ¿estas formas de opresión son interdependientes? ¿Pueden comprenderse de manera aislada o se implican unas a otras? ¿Existe prioridad de alguna sobre las demás? ¿Cuáles son los criterios para establecer dicha prioridad? Las respuestas dependen del lugar desde donde se las enuncie. Por ejemplo, algunas feministas indígenas consideran que su posición en cuanto mujeres es tan importante como la pertenencia cultural y la clase, mientras que los movimientos de mujeres urbanas se inclinan más hacia los problemas que abordan los feminismos liberales —despenalización del aborto, políticas públicas que fomenten la igualdad, debate entre abolición/legalización de la prostitución, etc. Sin embargo, el lugar no es estático, las mujeres de América

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Latina siguen siendo sujetos que transitan entre éticas, epistemologías y horizontes culturales atravesados por desplazamientos constantes, como señala Femenías[105].

De la misma forma en que las feministas occidentales critican el androcentrismo de una historia pretendidamente universal que no toma en cuenta las experiencias del colectivo femenino, las pensadoras latinoamericanas cuestionan la división del feminismo en «olas» que no corresponden a las vicisitudes atravesadas por las mujeres en América Latina.

Más aún, algunas de ellas, como argumenta Francesca Gargallo, sospechan de la «neutralidad» del concepto «género» y llaman la atención sobre sus consecuencias para los estudios y la praxis feministas. Hasta ahora, la historia de la teoría feminista se ha fundamentado principalmente en categorías conceptuales desarrolladas en Europa y Estados Unidos, así como en el pensamiento de algunas académicas «blanqueadas» del «Tercer Mundo», dejando de lado las aportaciones de los feminismos «periféricos». Aunque las mujeres del Sur comenzaron a ser «visibles» como sujetos epistémicos hace apenas pocas décadas, su historia se inició mucho antes que su «audibilidad» para los feminismos occidentales.

El silenciamiento de los feminismos latinoamericanos es una cuestión política que se encuentra estrechamente vinculada con las múltiples hegemonías —económicas, ideológicas, sociales, culturales, religiosas— que las potencias coloniales y neocoloniales han impuesto sobre esta parte del continente. Pero también tiene que ver con las estructuras patriarcales presentes en los diferentes grupos étnicos y culturales que pueblan estos territorios. En palabras de Femenías: «En un mundo donde el lenguaje y el nombrar son poder, el silencio es opresión y violencia. Tratemos entonces de transformar el silencio en lenguaje y en acción (en performatividad[106])».

Como una pensadora que sitúa su discurso en América Latina, María Luisa Femenías pugna por el reconocimiento de las contribuciones de los feminismos de estas tierras, al tiempo que plantea la urgencia de salir de las zonas no nombradas y nombrarlas, es decir, de generar teorías que contribuyan a desmantelar las múltiples opresiones que exilian a las mujeres latinoamericanas del ámbito de lo humano.

En ese mismo sentido, Rita Segato argumenta que una de las principales funciones de las y los intelectuales es crear categorías que permitan visibilizar las problemáticas que afrontan los sectores sociales tradicionalmente discriminados. El tema de la violencia ejercida contra las mujeres constituye una de las principales preocupaciones de las feministas latinoamericanas,

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tanto si miran hacia el Sur (los sures) como hacia el Norte (los nortes). La historia androcéntrica de América Latina oculta la violación masiva de los cuerpos de las mujeres indígenas desde la colonización hasta los proyectos extractivistas actuales. Rita Segato ha acuñado conceptos fundamentales para el análisis feminista de la violencia, a partir de los contextos latinoamericanos de militarización, migración y empobrecimiento en los que se entrecruzan las variables de género, etnia, clase, edad y pertenencia cultural. A ella se le debe, entre otros, el concepto de «femigenocidio», el cual alude a «aquellos feminicidios que se dirigen, con su letalidad, a la mujer como genus, es decir, como género, en condiciones de impersonalidad[107]». Esto constituye un ejemplo de lo que el pensamiento feminista latinoamericano aporta a los feminismos de otras geografías.

NUEVAS ACTORAS SOCIALES[108]

La conjunción de las demandas de reconocimiento y justicia social de las comunidades indígenas con reivindicaciones específicas de las mujeres ha hecho posible el surgimiento de lo que Rosalva Aída Hernández considera «una nueva identidad política, que no se diluye dentro de las identidades políticas de los pueblos indios ni de las identidades de género de los movimientos feministas[109]». Ante los Estados nacionales que solo reconocen el derecho de ciudadanía a la población mestiza, las mujeres indígenas han sido las interlocutoras más olvidadas. En dicha noción de ciudadanía no son incluidas sus voces, ni se reconocen los «usos y costumbres» de las culturas a las que pertenecen. Por su parte, los feminismos de los centros urbanos han elaborado sus agendas a partir de problemáticas planteadas en contextos muy diferentes de los que viven las mujeres indígenas y campesinas.

El surgimiento de estas «nuevas actoras sociales[110]» forma parte de un proceso que se intensificó a raíz de los múltiples encuentros suscitados en 1992 por la Conmemoración de los 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular. En el caso específico de México, la insurrección armada del EZLN contribuyó a visibilizar a las mujeres dentro de los movimientos indígenas. A diferencia de otros levantamientos armados que también han contado con una importante participación femenina en América Latina, en el EZLN se ha insistido en la importancia de reconocer los derechos de las mujeres y las niñas como aspectos fundamentales para la reconstitución de los pueblos

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indios. La Ley Revolucionaria de Mujeres[111] elaborada colectivamente por las indígenas zapatistas constituye el resultado de una reflexión política que defiende derechos de las mujeres planteados en sus propios términos.

Las indígenas han formado parte de las luchas de sus comunidades por más de 500 años. Esto quiere decir que hay una continuidad histórica que es necesario conocer para comprender la génesis de los feminismos indígenas.

Rosalva Aída Hernández argumenta que la conformación de las nuevas identidades políticas ha sido posible gracias al entrecruzamiento de múltiples diálogos. Discursos globales como los derechos humanos y los derechos de las mujeres están siendo reinterpretados por algunas mujeres indígenas, quienes, a su vez, producen sus propios discursos. Las redes de comunicación han contribuido a que los procesos locales sean conocidos en todo el mundo, y a que las indígenas de Chiapas converjan con otras mujeres que están llevando a cabo diferentes estrategias de resistencia en defensa de sus territorios ante el capitalismo global.

Para esta autora: «Las “nuevas costumbres” reivindicadas por las indígenas organizadas han retomado elementos de los discursos feministas, ecologistas y de derechos humanos de las distintas organizaciones con quienes tienen contacto[112]». En estos espacios plurales, las indígenas han podido compartir sus cosmovisiones con las no indígenas, al tiempo que reflexionan sobre sus derechos específicos como mujeres. Coincido con la antropóloga mexicana y sostengo que, como parte de los aprendizajes recíprocos, es necesario evitar la idealización de las culturas o el rechazo en bloque de sus aportaciones. A mi juicio, estas nuevas actoras sociales están resignificando los discursos feministas ilustrados por lo menos en dos sentidos: en primer lugar, al traducirlos a las visiones del mundo de sus culturas, visibilizan elementos propios que potencian la igualdad entre los sexos; en segundo lugar, sus miradas sobre la desigualdad sexual contribuyen al enriquecimiento de la teoría feminista a través del diálogo intercultural.

El principal reto que tiene que afrontar el movimiento de mujeres indígenas a nivel continental —argumenta Rosalva Aída Hernández— es la articulación de su pluralidad. Es decir, evitar la universalización de puntos de vista situados que lleven a considerar algunas voces más importantes que las demás o a descalificar unas luchas y legitimar otras. Al respecto considero que deben evitarse dos extremos: el rechazo de los planteamientos feministas occidentales concebidos como imposiciones culturales o, por el contrario, la desvalorización de las culturas indígenas concebidas como espacios de dominación sobre las mujeres. La mayor fortaleza de los procesos

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organizativos de las indígenas es su capacidad para construir lo común sin renunciar a su diversidad.

Para comprender la génesis de estos movimientos sociales, Rosalva Aída Hernández analiza los diferentes espacios ocupados por las mujeres antes de que comenzaran los procesos organizativos de las últimas dos décadas. Su propósito es hacer visibles a las mujeres indígenas como sujetos activos dentro de la resistencia de sus pueblos y aportar elementos para la sistematización de la historia de los feminismos rurales e indígenas. Afirma la necesidad de reconocer que en las culturas indígenas han existido jerarquías de género, pero también resistencias cotidianas que no deben ser minimizadas.

Las actividades orientadas al cuidado de la salud y el tratamiento de trastornos ginecológicos, al igual que la participación en rituales religiosos, representan espacios que las mujeres han ocupado a lo largo de la historia. En ellos han tenido la opción de desarrollar sus conocimientos al mismo tiempo que han accedido a posiciones de poder. Algunas indígenas organizadas en movimientos de mujeres defienden la espiritualidad de sus culturas como una forma de resistencia. Buscan en el pasado prehispánico valores como la «dualidad», la «paridad» y el «equilibrio» para contrarrestar ideologías sexistas que promueven la desigualdad y la violencia contra las mujeres. Para muchas comunidades indígenas, el feminismo es considerado una herramienta más del colonialismo; se argumenta que las prácticas de discriminación sexual comenzaron con la llegada de los conquistadores, quienes recurrieron sistemáticamente a la violación, el maltrato y la prostitución de las indígenas, como si las culturas prehispánicas fuesen mundos idílicos, a pesar de que, por ejemplo, Doña Marina, también conocida como Malinalli o la Malinche, fue vendida como esclava primero y después regalada, junto con otras mujeres, a los españoles.

Desde otras perspectivas de análisis más críticas, como la que presenta June Nash[113], el debilitamiento de los valores indígenas de «dualidad» y «complementariedad» se considera anterior a la llegada de los españoles. Su florecimiento puede ubicarse dentro de la cultura tolteca. Durante el desarrollo de la cultura azteca, tales valores fueron sustituidos por otros en el tránsito de una sociedad agrícola hacia una guerrera. Las divinidades de la tierra y la fertilidad, vinculadas con lo femenino, se transformaron en deidades bélicas, en muchos casos masculinas. Las mujeres perdieron poder tanto en el orden simbólico como en la vida cotidiana. Esta situación se habría

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acentuado en la época de la colonia mediante la imposición de concepciones de género fundadas en la desigualdad.

Con la cristianización de la espiritualidad indígena las mujeres comenzaron a participar junto con sus compañeros en la organización de las festividades católicas, lo que, en algunas ocasiones, les confería poder y reconocimiento. Muchas de ellas aprendieron a organizarse, a asumir responsabilidades dentro de sus comunidades y a expresarse en espacios colectivos. Pero, en la medida en que el poder político se fue separando del ritual, fueron excluidas de los derechos sobre la tenencia de la tierra, y quedaron fuera de las estructuras municipales y ejidales. Estas experiencias históricas no pueden ser ignoradas si queremos comprender el surgimiento de los movimientos de mujeres indígenas.

A pesar de que México fue el primer país latinoamericano en establecer la igualdad de derechos agrarios entre hombres y mujeres mediante la Ley Ejidal de 1971[114], las reglas internas de los ejidos reconocían como ejidatarios únicamente a los «jefes de familia», quienes solo excepcionalmente eran mujeres. Esta situación se agravó con la reforma del artículo 27 de la Constitución Mexicana, la cual legitimó la privatización de las tierras ejidales. Los ejidatarios, mayoritariamente varones, adquirieron la facultad de traspasar o vender la tierra sin el consenso de la asamblea comunitaria. Tal es la causa por la que muchas mujeres indígenas padecen una situación de precariedad al ser privadas del sustento que les proveía el huerto doméstico.

Las indígenas zapatistas han puesto de manifiesto que su desigual acceso a la tierra está en contradicción con los valores de sus culturas.

Otro aspecto que ha transformado las relaciones de género en las comunidades indígenas es la migración. Ante la ausencia de los varones, las mujeres han tenido que adoptar roles no tradicionales como «jefas de sus hogares». Rosalva Aída Hernández argumenta que: «la experiencia misma de la migración, del desplazamiento y el refugio han sido una escuela organizativa para cientos de mujeres indígenas en quienes ha recaído la responsabilidad familiar del desplazamiento y la logística de la reubicación en el nuevo territorio[115]». Aunque cada vez hay más mujeres indígenas migrantes, muchas poblaciones se han quedado sin varones jóvenes, y son las mujeres quienes tienen que encargarse de sembrar la tierra, conseguir recursos para sobrevivir y cuidar a las personas más vulnerables por edad, estado de salud y condición social.

En la frontera sur de México, los desplazamientos forzados de cientos de indígenas han hecho posible el intercambio de experiencias entre las mujeres

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mayas. Al encontrarse con otras indígenas, comenzaron a cuestionar las distintas formas en que han padecido la violencia étnica y de género. Algunas procedían de comunidades que habían sido masacradas, y no eran pocas las que habían sufrido violaciones sexuales y maltrato físico. A pesar de todo ello, construyeron espacios para la reflexión colectiva que hicieron posible la creación de grupos de trabajo y cooperativas e impulsaron la desnaturalización de la doble opresión que recae sobre ellas. Según señala Rosalva Aída Hernández, el Centro de Investigación y Acción para la Mujer (CIAM), fundado por Mercedes Olivera en 1989, funcionó como lugar de encuentro en donde indígenas guatemaltecas y mexicanas plantearon sus primeras reivindicaciones de género[116].

Los cambios en la economía indígena también han influido en la conformación de nuevas identidades. En la economía de subsistencia, propia de los pueblos indígenas, el trabajo de las mujeres es fundamental para el mantenimiento de la vida. La economía de mercado ha despojado al colectivo femenino de la autonomía que poseía al cultivar el huerto doméstico, cuidar a los animales, preparar los alimentos, curar enfermedades con plantas medicinales y confeccionar la ropa de la familia. Las mujeres indígenas y campesinas han sido arrojadas a los cinturones de miseria; el empobrecimiento las ha obligado a salir de sus comunidades para vender artesanías y otros productos. Un aspecto positivo de este proceso es que ha posibilitado el contacto con otras mujeres y con organizaciones no gubernamentales de carácter feminista.

Las múltiples formas de resistencia cotidiana han funcionado como experiencias de organización para las mujeres indígenas, muchas de las cuales «están ahora discutiendo en sus asambleas comunitarias, en sus organizaciones regionales y nacionales, problemas producidos por las desigualdades de género, que antes ni siquiera se conceptualizaban como tales[117]». Pero los procesos que generan los cambios son contradictorios y no siempre favorables para las mujeres. La lección que las indígenas aportan a otros movimientos de resistencia es su capacidad de resignificar tanto sus propias circunstancias como los discursos hegemónicos. Estas mujeres muestran que es posible construir alternativas, afirman que los Estados multiculturales deben respetar la autonomía de los pueblos que los conforman, siempre y cuando no se olvide que el punto de partida para que el reconocimiento y la justicia social hagan posible la igualdad dentro de la diversidad entre los pueblos indígenas y la sociedad mestiza es el

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cumplimiento de los derechos de las mujeres indígenas tal como ellas los demandan a sus comunidades y a las naciones a las que pertenecen.

Estas nuevas actoras sociales, como las llama Rosalva Aída Hernández, han emergido en diálogo con los movimientos político-militares de la historia reciente de América Latina. Es innegable que el EZLN ha sido fundamental para la conformación de las organizaciones de mujeres indígenas que plantean demandas de igualdad de género. No obstante, han existido otros movimientos que también han contribuido a las luchas de las indígenas latinoamericanas. Esta autora señala que en México y en Guatemala la guerrilla ha incluido reivindicaciones étnicas con una considerable participación femenina, mientras que en Colombia, excepto el Comando Quintín Lame, las organizaciones guerrilleras no han formulado demandas étnicas ni han contribuido a la formación de liderazgos entre las mujeres indígenas.

La militarización constituye una realidad que afecta de manera distinta a los diversos pueblos de Latinoamérica. Las indígenas colombianas comenzaron a organizarse a causa de los desplazamientos forzados por la irrupción de grupos armados en sus territorios. Su apuesta política ha sido por la paz ante la violencia desatada por el ejército, los paramilitares y algunas organizaciones guerrilleras en contra de sus comunidades. Los casos de secuestro, tortura y violación son incontables. El control de los cuerpos femeninos es parte de las estrategias bélicas para obtener el poder territorial.

A pesar de ello: «las mujeres indígenas no han sido solo víctimas del conflicto, se han convertido en actoras sociales que promueven la desmilitarización y la paz[118]». Los movimientos campesinos de Colombia han contribuido a visibilizar a las mujeres como agentes que luchan en contra de la violencia.

Por lo que respecta a Guatemala, apunta esta autora: «las organizaciones guerrilleras que confluyeron en la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) tuvieron en su mayoría una fuerte base social indígena y una destacada participación de las mujeres como combatientes y como bases de apoyo[119]». Quienes desempeñaban el papel de dirigentes eran los líderes ladinos, en tanto que los indígenas quedaban subordinados. A pesar de la incorporación de las mujeres, tampoco se logró incluir demandas de género en la agenda de la URNG. Es importante señalar que se abrieron espacios para que toda una generación de mujeres indígenas adquiriera formación en la lucha social.

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En México los movimientos guerrilleros de finales de los años sesenta y ochenta contaban entre sus filas con mujeres y hombres indígenas. Esto llevó a cuestionar las perspectivas marxistas que se enfocaban en la lucha de clases sin reflexionar en el racismo y la discriminación ejercidos sobre los pueblos indios. Se formaron alrededor de 29 grupos guerrilleros distintos, y dos de estos, el Partido de los Pobres (PDLP), encabezado por Lucio Cabañas, y la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria, alentada por Genaro Vázquez, tuvieron una influencia decisiva en zonas geográficas en las que, pocos años después, se desarrollaron movimientos indígenas con una importante participación femenina. En muchas regiones del estado de Guerrero, las maestras rurales que se incorporaron al PDLP trabajaron para formar políticamente a otras mujeres indígenas y campesinas.

El levantamiento zapatista del 1 de enero de 1994 comparte muchos elementos con los movimientos campesinos de la década anterior, pero también introduce novedades importantes. La ideología marxista de los primeros guerrilleros que llegaron a Chiapas sufrió una transmutación: adoptó elementos de los pueblos indios. El núcleo del EZLN era indígena, más aún, en la dirigencia guerrillera había indígenas de ambos sexos, y algunas comandantas zapatistas encabezaron la toma de presidencias municipales[120]. Pero las mujeres no solo participaron en la insurgencia armada, sino que también presentaron demandas propias a través de la llamada Ley Revolucionaria de Mujeres. A pesar de que los cambios han sido lentos y de que en muchas comunidades indígenas se desconoce dicha ley, esta se ha convertido en un referente fundamental para los movimientos de mujeres indígenas.

La formación de las nuevas identidades políticas de las mujeres indígenas no puede comprenderse sin considerar sus diálogos con la Teología de la Liberación. En América Latina, la Iglesia Católica progresista jugó un papel muy significativo en la defensa de los derechos humanos de la población indígena. En la reconstrucción de las historias de las indígenas que actualmente encabezan organizaciones de mujeres se puede encontrar que muchas de ellas tuvieron alguna relación con el cristianismo. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965), en donde se reflexionaba sobre la urgencia de asumir un compromiso con las personas más pobres, se llevó a cabo la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Colombia, en el año 1968. Se constituyó un movimiento que hacía patente la necesidad de que la Iglesia llevara a cabo tareas de índole social en las comunidades indígenas y campesinas sumidas en la miseria. Rosalva Aída Hernández afirma que: «El

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compromiso que la “Iglesia de los pobres” se planteaba era promover que los propios actores sociales se dieran a la tarea de transformar sus condiciones de opresión mediante la organización colectiva[121]». En este contexto, se formaron cooperativas, organizaciones indígenas y campesinas y grupos guerrilleros.

Los teólogos de la liberación no consideraban una perspectiva feminista; sin embargo, las críticas que dirigían a las distintas formas de opresión abrieron algunos caminos para el cuestionamiento de la discriminación sexual. Religiosas de distintas órdenes comenzaron a trabajar con indígenas y campesinas: se conformaron grupos de formación bíblica para las mujeres, se promovió la alfabetización y se fomentó una lectura del Evangelio a la luz de la vida cotidiana. A partir de nuevas interpretaciones de los textos bíblicos se impulsó la crítica de las tradiciones y costumbres que atentan contra la dignidad humana. El surgimiento de la teología feminista en América Latina está fuertemente vinculado con la «opción por los pobres», quienes, además de ser indígenas y campesinos, son mayoritariamente mujeres.

En el encuentro entre la Teología de la Liberación y las comunidades indígenas se ha dado una influencia recíproca. Los sacerdotes y religiosas propiciaron una nueva lectura del Evangelio a partir del contexto de los pueblos indios, en tanto que estos enriquecieron el diálogo con sus saberes, cosmovisiones y distintas expresiones de espiritualidad. La teología indígena y la teología feminista surgidas de estos diálogos han contribuido a poner en crisis las concepciones dominantes en la Iglesia Católica respecto a los pueblos originarios y las mujeres. La primera defiende una concepción animista de lo divino frente al antropocentrismo occidental, al tiempo que reivindica la complementariedad entre mujeres y hombres. La segunda señala que, en la vida cotidiana, la supuesta reciprocidad entre los sexos muchas veces no es una realidad. La relación entre feminismo y cosmovisión muestra que, aunque el desarrollo de la teología indígena elaborada por mujeres está aún en germen, las experiencias adquiridas en estos procesos están en las bases de los movimientos indígenas que visibilizan al colectivo femenino en escenarios diversos.

Las organizaciones indígenas y campesinas de 1970-1980 también fueron escuelas de formación política para muchas mujeres. En el núcleo de las demandas del sector campesino por acceder a la tierra se puede reconocer la concepción indígena del territorio como el horizonte y sentido de sus culturas. Rosalva Aída Hernández piensa que no es exacto hablar de un movimiento campesino que posteriormente se convirtiera en movimiento indígena, sino de

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una relación de continuidad entre ambos momentos, puesto que el campesinado está constituido principalmente por comunidades indígenas. Es innegable que las mujeres participaron activamente en las luchas campesinas, aunque en la mayoría de los casos les eran asignadas tareas que reproducían los roles tradicionales y solo excepcionalmente se les encomendaban cargos de dirección.

En las regiones donde las reivindicaciones étnicas han sido centrales desde hace décadas, como el caso de Colombia —según sostiene la autora—, las indígenas organizadas consideran que las demandas de autonomía, autogestión, control del territorio, salud y educación son prioritarias. En cambio, en Guatemala, donde fueron muchas las mujeres que formaron parte del Comité de Unidad Campesina y de la Coordinadora Nacional Indígena y Campesina, el movimiento maya se ha nutrido de las experiencias de las primeras organizaciones campesinas que unieron la lucha por la tierra a la lucha contra el racismo, así como del trabajo silencioso de las mujeres contra la militarización y en defensa de los derechos humanos de la población indígena.

En el caso mexicano, la agenda de las mujeres indígenas se ha ido definiendo en tensión con las políticas del Estado y en diálogo con los feminismos rurales. Los gobiernos posrevolucionarios pudieron mantener cierto control sobre el campesinado a través de programas que pretendían combatir la miseria mediante créditos para el campo, materiales para construcción de viviendas, despensas, etc. Esto generó divisiones en el interior de las comunidades y fracturó el tejido social fundado en el bienestar común. Al margen de las organizaciones campesinas oficialistas controladas por el Estado, proliferaron los movimientos sociales campesinos independientes, lo que facilitó la creación de espacios organizativos en donde entraron en contacto campesinos, comunidades indígenas, activistas e intelectuales feministas.

Las experiencias cotidianas de exclusión de los ámbitos de poder dentro de las organizaciones llevaron a las mujeres a plantear la necesidad de construir espacios propios. No solo eran discriminadas por políticas racistas que no reconocían entidad jurídica a los pueblos indios, y padecían violaciones sexuales y palizas infligidas por miembros del ejército de sus países o de los grupos paramilitares por el hecho de ser mujeres además de indígenas, sino que tenían que vivir la segregación dentro de sus propias comunidades. Aunque participaban junto con sus compañeros en las luchas de sus pueblos, no eran tratadas como iguales. La complementariedad entre los

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sexos defendida en las cosmovisiones indígenas solo aparecía bajo el rostro de la subordinación. Todo ello impulsó a las mujeres a organizarse para poder articular los derechos de pertenencia étnica y cultural con sus derechos como mujeres:

Muchas de estas experiencias confluyeron en el Encuentro Nacional de Mujeres indígenas «Construyendo Nuestra Historia», de 1997, al que asistieron más de 700 de diferentes lugares del país, y donde se constituyó la Coordinadora Nacional de Mujeres Indígenas […]. Esta experiencia ha sido la única en la historia de los movimientos indígenas en México, pues se trata de la primera organización de carácter nacional que pone en el centro de su agenda los derechos de las mujeres[122].

El tema de la discriminación sexual ha sido primordial para el EZLN. Así lo muestran los Acuerdos de San Andrés[123] y la Ley Revolucionaria de Mujeres. La importancia política de las mujeres dentro del EZLN ha contribuido a que tanto las organizaciones indígenas como los discursos feministas urbanos comenzaran a considerar a las indígenas como interlocutoras. En este contexto, se multiplicaron los encuentros nacionales, a los que siguieron encuentros continentales, a partir de los cuales nació la Coordinadora Continental de Mujeres Indígenas. Todos estos cambios han hecho posible un cuestionamiento de fondo sobre las prácticas que generan discriminación por razones de sexo en los ámbitos comunitarios. Asimismo, aportan elementos para criticar el etnocentrismo de los feminismos que, a pesar de sus incalculables aportaciones teórico-prácticas a las luchas de las mujeres indígenas, se acercan con dificultad a problemáticas que habían quedado fuera de sus agendas pero que son centrales para las indígenas. Los diálogos entre estas perspectivas diversas han sido esenciales para la conformación de los movimientos de mujeres indígenas.

La declaración de la Década de las Naciones Unidas para el Avance de la Mujer (1975-1985) contribuyó a legitimar las reivindicaciones de los movimientos feministas de Latinoamérica. Así lo afirma Rosalva Aída Hernández: «solo en el contexto mexicano se desarrollaron experiencias de feminismos rurales o feminismos civiles que centrados en el trabajo rural entraron en diálogo con las organizaciones indígenas y campesinas, y que de distintas maneras contribuyeron a la formación de una agenda de género propia de las mujeres indígenas[124]». Una generación de intelectuales mexicanas, principalmente pertenecientes al ámbito de las ciencias sociales, con militancia de izquierda y comprometidas con las luchas campesinas, fue construyendo sus feminismos en el trabajo con los sectores populares.

Los feminismos rurales nacieron estrechamente vinculados a las reflexiones sobre las desigualdades económicas y la discriminación sexual

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que recaen principalmente sobre las mujeres más empobrecidas, muchas de las cuales son indígenas. Para el feminismo urbano los temas prioritarios son la despenalización del aborto y la eliminación de la violencia dentro del hogar. Esta diferencia de perspectivas ha generado una comunicación difícil entre ambas posturas del feminismo latinoamericano. Llegar a superarlas es uno de sus mayores retos. En los encuentros feministas, las voces de las indígenas siguen siendo muy pocas, y los apoyos económicos de las agencias internacionales para la realización de proyectos dirigidos a las mujeres toman como punto de referencia la agenda del feminismo urbano.

Rosalva Aída Hernández señala que las historias del feminismo mexicano escritas por intelectuales feministas como Marta Lamas, María Luisa Tarrés, Esperanza Tuñón, Ana Lau y Eli Bartra consideran que los «feminismos populares» se refieren a las organizaciones no gubernamentales que, desde 1980, han apoyado la mejora de las condiciones de vida de las mujeres pobres tanto del campo como de las ciudades, y no a las acciones llevadas a cabo por esas mujeres[125] Por su parte, nuestra autora estima que los feminismos populares se han ido construyendo en la intersección de múltiples agentes: campesinado, indígenas, trabajadoras, maestras rurales, teólogos de la liberación, ONG y colectivos feministas de izquierda, entre otros, y enfatiza el papel activo que desempeñan las mujeres pertenecientes a los sectores marginados.

Entre los mayores obstáculos para arribar a un feminismo plural destaca el desigual acceso de las intelectuales urbanas y de las indígenas y campesinas a los espacios donde se toman las decisiones. Entre unas y otras hay problemáticas comunes, pero también preocupaciones muy diferentes. A pesar de que las primeras han logrado tener presencia y legitimar sus luchas a nivel nacional, sus demandas siguen siendo poco escuchadas, como lo muestra la impunidad en innumerables casos de feminicidio o la persistencia de la brecha salarial, junto un largo etcétera. Para las segundas, la situación es aún más difícil, porque sus vindicaciones son silenciadas incluso dentro de los propios movimientos feministas. No obstante, tanto en el ámbito académico con en el activista se están realizando cada vez más trabajos que se centran en el estudio de los movimientos sociales encabezados por mujeres indígenas, campesinas y urbanas, a las que se considera agentes de los cambios contra «una concepción homogeneizadora de la igualdad de género[126]».

Para concluir este apartado me interesa destacar que los diálogos entre las indígenas, las ONG y los Estados han sido procesos difíciles porque, aunque en algunos casos estos ofrecen apoyos económicos para impulsar proyectos

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que benefician a las mujeres, también funcionan como mecanismos de control a través de los cuales se impone una agenda de género que no considera las circunstancias que afronta la población indígena. Lo anterior es evidente en las campañas de disminución de la tasa de natalidad dirigidas a los sectores más empobrecidos que son financiadas por la Organización Mundial de la Salud. Mientras se llevan a cabo intensas jornadas de salud reproductiva en las comunidades indígenas y campesinas con el objetivo de esterilizar a la mayor cantidad de mujeres que sea posible, la tasa de mortalidad por complicaciones en el parto y por enfermedades curables sigue siendo muy elevada en las zonas rurales. Es evidente que para las afectadas es más urgente contar con atención médica para no fallecer al dar a luz que simplemente ser esterilizadas. Si se disminuye la natalidad pero se continúa sin ofrecer los servicios básicos de salud, las comunidades indígenas quedan condenadas a desaparecer.

El empobrecimiento no se reduce con la disminución de la fecundidad, porque, como ha explicado Vandana Shiva, la sobrepoblación es una de sus consecuencias y no su causa: el número de nacimientos aumenta cuando disminuye la seguridad social —acceso a recibir educación, sanidad, un lugar digno donde vivir[127]. La desigualdad no se debe solo a la falta de acceso de los pueblos originarios a las nuevas tecnologías y a la economía de mercado; más bien se trata de un problema estructural que ha traído consigo el capitalismo globalizado. El «desarrollo» de los países industrializados y el «crecimiento» de sus economías se basan en la extracción de materias primas de los llamados países del denominado Tercer Mundo y el control de sus territorios, lo que genera la contaminación del entorno natural, el aumento de enfermedades, el incremento de la miseria y una mayor desigualdad de género.

Las voces feministas de los movimientos sociales de los países en «desarrollo» sostienen que los sectores más empobrecidos tienen sexo y pertenencia étnica, y que enfocarse en políticas de control de la natalidad en lugar de ofrecer más y mejores servicios de salud pública es una forma de violencia que afecta a las mujeres y a las comunidades indígenas. La posición de las mujeres ante el capitalismo globalizado representa un tema prioritario para las agendas feministas, aunque según los organismos internacionales no lo sea. En la retórica del «desarrollo», las mujeres deben ser incorporadas a la economía neoliberal. Lo que los programas para el «desarrollo» dirigidos a las mujeres pobres han conseguido es convertirlas en mano de obra barata a disposición del mercado mundial.

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Cada vez son más las mujeres que, desde los cinturones de miseria, en lugar de sumarse al «progreso» se están convirtiendo en sus principales contestatarias, proponiendo concepciones alternativas sobre el «buen vivir».

Considero que los fundamentos filosóficos sobre los que se sostienen los movimientos de resistencia de sus pueblos indios son: la equidad entre todos los seres vivos y una concepción de persona enraizada en la comunidad, la cual incluye tanto la vida humana como la no humana. Como parte de los procesos de reconstitución de las culturas indígenas se están reinterpretando los discursos feministas occidentales y los derechos de las mujeres.

Comienzan a llevarse a cabo acciones para mejorar las condiciones de vida del colectivo femenino. Las principales agentes de estos cambios son mujeres empobrecidas, indígenas —o no— que viven en las ciudades o en el campo.

Estas «nuevas actoras sociales» confluyen en la aspiración de llegar a construir horizontes más equitativos y sostenibles.

FEMINISMOS INDÍGENAS

Las críticas a la desigualdad de género dentro de los movimientos de mujeres indígenas han ganado cada vez más espacios en las últimas décadas.

Algunas de ellas consideran que sus reflexiones, al igual que sus prácticas, pueden ser denominadas «feministas» porque, a partir de su propio contexto cultural, critican el etnocentrismo de las sociedades occidentalizadas, pero también la desigualdad entre mujeres y hombres en sus comunidades.

Reinterpretan elementos con potencialidad desestructurante de la jerarquía de género dentro de las cosmovisiones indígenas como «complementariedad» y «reciprocidad». Sus vindicaciones transitan con fluidez de lo simbólico a lo político. Visibilizan los espacios de poder de las mujeres en la espiritualidad indígena, la medicina tradicional, el cultivo del huerto y las tareas del cuidado, al mismo tiempo que reclaman una participación más igualitaria en las asambleas y en todos los espacios donde se toman decisiones que atañen a la vida comunal.

Algunas mujeres indígenas que encabezan movimientos de resistencia frente al modelo de desarrollo impulsado por el neoliberalismo sostienen, como veremos en este apartado y en los siguientes, que el camino para mejorar las condiciones de discriminación sexual que padecen no puede ser el mismo que han recorrido los feminismos urbanos, a los que, es necesario aclarar, reconocen y con los que muchas de ellas están dispuestas a dialogar.

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Estas agentes de cambio social buscan el fortalecimiento de los procesos de reconstitución de sus culturas, siempre y cuando se les tome en cuenta como sujetos que forman parte de las luchas por los derechos de sus pueblos. A partir de sus experiencias de marginación y pobreza, reflexionan sobre una cuestión fundamental para su supervivencia como mujeres pertenecientes a los pueblos indígenas y como habitantes de un planeta en crisis ecológica, a saber: ¿qué problemáticas plantea la globalización neoliberal al feminismo?

De acuerdo con las autoras revisadas, considero que dicho cuestionamiento aproxima a las indígenas y campesinas latinoamericanas a otras mujeres empobrecidas de diferentes partes del mundo, al tiempo que las separa de muchas feministas que pertenecen a contextos socioculturales distintos; pero también presenta una posibilidad para el acercamiento entre los diversos movimientos que vindican los derechos de las mujeres. Los problemas centrales del feminismo constituyen una parte fundamental del diálogo entre las diferentes culturas, un diálogo en el que las mujeres empobrecidas del Sur sean concebidas como actoras que están desarrollando alternativas y no como objetos de políticas asistenciales. Es necesario revisar la categoría analítica de «género» a partir de contextos culturales que corresponden a cosmovisiones distintas a la occidental. Esto quiere decir que la problematización de los paradigmas epistemológicos dominantes tiene que ir más allá de la denuncia del androcentrismo que atraviesa a las diferentes culturas. No solo hay inequidad en los roles de género, sino que entre las propias mujeres existen numerosas asimetrías, como las que están denunciando los movimientos de activistas indígenas. El problema del empobrecimiento no puede ser minusvalorado en un feminismo interseccional y solidario.

Las propuestas elaboradas en los espacios de resistencia de algunas mujeres empobrecidas del Sur representan un enriquecimiento para la teoría feminista occidental, la cual se encuentra ante el desafío de revisar críticamente sus discursos para visibilizar prejuicios etnocéntricos, estrategias de colonización y universalismos sesgados. Al respecto, pienso que es innegable la importancia del feminismo de orígenes ilustrados para las luchas políticas de las distintas mujeres, en palabras de Alicia Puleo: «Hay Ilustración mientras el pensamiento conserva su dinamismo sin convertirse en un cuerpo doctrinal contrario a toda disidencia[128]». A partir del diálogo multicultural, la agenda feminista se nutre de nuevas perspectivas surgidas de las distintas circunstancias que afrontan las mujeres. Esta reflexión ha sido posible gracias a las diversas aportaciones de mujeres del denominado Tercer

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Mundo que, directa o indirectamente, reclaman la construcción de feminismos que consideren la multiplicidad de contextos donde se presentan las desigualdades de género, así como las concepciones alternativas que contribuyan a desestructurarlas.

Quiero referirme ahora específicamente a las indígenas zapatistas, también conocidas como «neozapatistas[129]», cuyas reivindicaciones no pueden considerarse aisladamente de los feminismos decoloniales y de las luchas de otras indígenas latinoamericanas. De acuerdo con Rosalva Aída Hernández: «las mujeres indígenas organizadas han venido a enriquecer las agendas políticas feministas latinoamericanas, forzándonos a reflexionar sobre la necesidad de construir una política de la solidaridad que parta del establecimiento de alianzas que reconozcan y respeten la diversidad de intereses de las mujeres[130]». Los feminismos latinoamericanos que se elaboran en la academia están integrando reflexiones sobre las propuestas de las mujeres indígenas, negras, mestizas que, desde sus propias circunstancias, cuestionan las desigualdades no solo de género, sino de pertenencia cultural y clase social.

Esta política de la solidaridad se inicia con el reconocimiento de que la diversidad no tiene por qué implicar la imposibilidad de reflexionar sobre aquellos elementos que se comparten, y que pueden articular luchas distintas.

Lo común se identifica y se construye a través del diálogo entre culturas, pero también en el interior de la propia cultura. Se trata de pensar a partir de «feminismos en construcción[131]» cuyas categorías de análisis se mantengan abiertas ante las múltiples experiencias de las mujeres, pues solo desde perspectivas plurales y dialógicas es posible comprender contextos específicos y solidarizarse con las mujeres discriminadas no solo por razones de sexo-género, sino también por prácticas etnocéntricas. Esta política de la solidaridad lleva consigo una ética que no busca homogeneizar ni reproducir las desigualdades; por el contrario, plantea la necesidad de transformar las masculinidades dominantes, las hegemonías y los verticalismos para hacer patentes las demandas compartidas[132].

Desde distintos espacios de resistencia, las mujeres indígenas interpelan la estrechez de conceptos tales como «costumbre», «desarrollo» y «ciudadanía». ¿Qué ha significado para ellas la imposición de ciertas costumbres? ¿Cómo viven los impactos del «desarrollo» occidental? ¿Por qué no caben en la noción de ciudadanía mestiza? Las respuestas han surgido de mujeres que no aceptan la reducción a víctimas pasivas, sino que se han convertido en agentes que están configurando identidades no tradicionales. Si la costumbre daña, las

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mujeres trabajan para transformarla. Si el desarrollo se traduce en despojo, envenenamiento del agua, agotamiento del suelo, proliferación de enfermedades y pobreza, entonces se organizan y resisten, defienden los árboles, los manantiales, la tierra, sus culturas. Si la ciudadanía mestiza no las incluye, proponen conceptos diferenciados de ciudadanía que cuestionan la universalización de la identidad mestiza en Estados multiculturales que no han reconocido a sus poblaciones indígenas.

Los movimientos de mujeres indígenas organizadas parten de «concepciones alternativas de paz social, naturaleza, economía, desarrollo y ciudadanía[133]». De acuerdo con las filosofías indígenas presentadas en el capítulo anterior, considero que, junto a los varones con quienes trabajan codo a codo en las luchas de resistencia, algunas de las indígenas que participan en movimientos de resistencia apelan a los valores comunitarios ante el individualismo fomentado por la globalización neoliberal; de ahí que no conciban la paz social aislada de relaciones de reciprocidad y mutualidad:

su punto de partida no es el «yo» sino el «nosotras/os». Ese «nosotras/os» incluye a la naturaleza en toda su multiplicidad y riqueza, como el horizonte que nutre y posibilita la vida, y que no puede venderse ni comprarse. Sus economías se basan en el autoconsumo para la subsistencia y el empleo sostenible de recursos naturales. Lo que conciben como desarrollo es inseparable del respeto y conservación de la biodiversidad, y tiene que ver con las transformaciones de tradiciones y costumbres que son opresivas para las mujeres.

Desde sus propias perspectivas éticas y epistemológicas, feministas indígenas están retomando conceptos como «complementariedad» y «dualidad» que, a partir de lecturas no hegemónicas, pueden adquirir significados emancipatorios que hunden sus raíces en la riqueza de la espiritualidad de los pueblos originarios. La feminista maya Alma López lo expresa de la siguiente manera:

Como feminista indígena me propongo recuperar los principios filosóficos de mi cultura y hacerlos aterrizar en la realidad del siglo XXI, es decir, criticar lo que no me parece de mi cultura aceptando orgullosamente que a ella pertenezco. El feminismo indígena para mí parte de un principio: las mujeres somos, desarrollamos, revolucionamos con el objetivo de construirnos como personas independientes que se forman desde las distintas comunidades, que pueda dar a los otros sin olvidarse de sí misma[134].

Esta pensadora propone la recuperación de algunos principios filosóficos de su cultura como: «la equidad, la complementariedad entre hombres y mujeres, entre mujeres y mujeres, y entre hombres y hombres[135]». Es consciente de que estos valores no se practican actualmente en la cultura maya, pero piensa que se pueden construir. Por su parte, Sylvia Marcos argumenta que el

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concepto indígena de dualidad no contenía la idea de complementariedad entendida como una jerarquía que vincula lo supuestamente superior con lo que se considera inferior, y que con razón es rechazada por las feministas liberales. Por el contrario: «En el mundo indígena, la complementariedad no se jerarquiza. No se trata de opuestos que se excluyen[136]». Los europeos llegados a Mesoamérica recurrieron a ese término para explicar algo que no podían entender.

Si para el pensamiento binario occidental la dualidad implica jerarquía, y la complementariedad se reduce a ser una estrategia de dominación patriarcal, para la cosmovisión maya la complementariedad no solo se piensa entre mujeres y hombres, sino entre mujeres y mujeres, hombres y hombres y seres humanos y naturaleza. Una complementariedad que no existe en las comunidades mayas actualmente, según afirma Alma López contra visiones idealistas de las culturas originarias, pero que se puede actualizar: «sin apartarnos de los argumentos históricos y teóricos[137]», es decir, tomando en cuenta la historia del feminismo occidental en diálogo con culturas diversas y desde las múltiples experiencias de las mujeres.

La construcción de lo común plantea la necesidad de tender puentes entre los feminismos occidentales y los feminismos «periféricos», así como entre los distintos feminismos surgidos desde los márgenes. Por un lado, es necesario descolonizar nuestro pensamiento y, por el otro, se precisa vencer barreras lingüísticas y culturales para vincular las diversas resistencias. Para Chandra Talpade Mohanty: «la colonización en casi todos los casos implica una relación de dominación estructural y una supresión, muchas veces violenta, de la heterogeneidad del sujeto o sujetos en cuestión[138]».

Descolonizar nuestro pensamiento implica reconocer las autonomías por las que luchan los pueblos originarios, así como el dinamismo de sus concepciones sobre el mundo. Dicho proceso descolonizador constituye un primer puente vinculante entre los movimientos de resistencia, al hacer patente que las distintas luchas en favor de los derechos de las mujeres y de las comunidades indígenas a las que estas pertenecen representan una defensa de la continuidad de la vida ante el desarrollo ecocida que promueve la globalización neoliberal.

Resulta interesante reflexionar sobre la propuesta de un feminismo transnacional[139] elaborada por Sylvia Marcos. Esta autora piensa que es necesario distinguir entre la «globalización corporativa/económica» y la «globalización desde abajo[140]». La primera se caracteriza por la proliferación de empresas transnacionales que se establecen en los países más

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pobres sin ofrecer garantías laborales ni responsabilizarse de los costes humanos y medioambientales que conllevan sus procesos de producción. El ritmo de trabajo es extenuante, los salarios son precarios y, en la mayoría de los casos, se carece de prestaciones sociales. En los escalones más bajos de esta globalización se encuentran millones de mujeres empobrecidas. Toda esta carga provoca problemas de salud, crisis en las dinámicas familiares, aumento de la explotación laboral y mayor discriminación sexual. En sus palabras: «la mujer se convierte en pieza estratégica dentro de las empresas y corporaciones cuyo fin es disminuir costes laborales, elevar la competitividad y, sobre todo, incrementar las ganancias[141]».

La globalización se refiere al proceso mediante el cual una condición local consigue tener influencia en todo el planeta; de ahí que «no exista condición global para la cual no consigamos encontrar una raíz local, una inmersión cultural específica[142]». Por ello, no solo se pueden globalizar las corporaciones y los mecanismos de expoliación, sino también las luchas de resistencia y las alternativas que proponen los pueblos indígenas, las redes mundiales de movimientos feministas, los colectivos ambientalistas y las organizaciones que defienden los derechos humanos, entre otras. Esta es la segunda forma de comprender la globalización: horizontal, abierta a la solidaridad y a la reciprocidad. Es a partir de ella como surgen las comunidades transnacionales entendidas como puentes que van de lo local a lo global y viceversa.

Sylvia Marcos retoma los planteamientos de Ch. Talpade Mohanty que se refieren a las condiciones necesarias para llevar a cabo análisis feministas transnacionales. El primero es evitar homogeneizar a todas las mujeres por su sexo, y más bien pensarlas como situadas en contextos económicos y sociales específicos, los cuales pueden ser similares en diferentes espacios geográficos. En este sentido, las indígenas chiapanecas tienen más elementos en común con las campesinas de la India que con las feministas mestizas de la Ciudad de México. Con las primeras comparten su posición marginal respecto al sistema neoliberal, la demanda del reconocimiento de derechos culturales ante sus naciones y la lucha en el seno de sus comunidades para ser respetadas como seres humanos en un marco de equidad. Con las segundas coinciden en buscar la igualdad de derechos y en habitar el mismo país, aunque el territorio indígena se parezca más a otras regiones del mundo. Es evidente que la comandanta zapatista Esther está más cerca de Vandana Shiva o de Wangari Maathai que de Marta Lamas.

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El segundo nos previene de caer en reduccionismos esencialistas, mostrando la relevancia de centrar los análisis en la comprensión de la diversidad contextual. Ser mujer, indígena y empobrecida no tiene que interpretarse como sinónimo de víctima, atrasada e ignorante. Por el contrario, una lectura no etnocéntrica ni sexista de la historia de los pueblos indios puede proporcionar una perspectiva muy distinta, de acuerdo con la cual las indígenas han sido portadoras de saberes, protagonistas de los cambios y agentes de feminismos en construcción.

El tercero sitúa la dimensión «internacional» en relación con las dinámicas económicas, políticas, sociales e ideológicas que contribuyen a reforzar el racismo y la discriminación sexual. Las feministas indígenas rechazan conceptos como «desarrollo» o «pobreza» cuando estos son ciegos ante proyectos culturales alternativos a la globalización neoliberal. Para ellas no es pobreza vestir sus trajes tradicionales, conservar sus lenguas, recolectar y sembrar alimentos o vivir en casas hechas con materiales de la región, sino carecer de tierra que cultivar, beber agua contaminada, no contar con servicios básicos de salud, padecer la violencia generada por el militarismo y ser el sector más vulnerable a sufrir las peores consecuencias de los desastres naturales. Tampoco pueden concebir como «progreso» la destrucción de culturas y ecosistemas.

El análisis de los contextos políticos, sociales y económicos que lleva a cabo el feminismo transnacional permite encontrar similitudes entre movimientos de mujeres que geográficamente se encuentran muy separadas.

Los diálogos multiculturales entre estas mujeres están haciendo posible una globalización alternativa. El principal reto al que se enfrentan es reconocer que ninguna cultura está completa y cerrada en sí misma, sino que existen muchas cosas que aprender de las otras culturas. Para Sylvia Marcos: «Hay algo en cada cultura [sobre] lo que podemos construir. Hablar y escuchar a aquellas culturas ajenas a los compromisos metafísicos de Occidente es considerar percepciones y concepciones alternativas y no aceptar solo un tipo de universalidad[143]». Así como no existe un solo tipo de «universalidad», tampoco es legítimo reconocer una sola forma de «racionalidad». La oralidad, el pensamiento narrativo y el conocimiento a través de sueños representan formas alternativas de concebir la razón.

No existe una perspectiva privilegiada que coloque a una cultura por encima de las demás. El pensamiento científico hegemónico —porque también han existido formas de pensamiento científico no hegemónicas en «Occidente»— representa un localismo globalizado que ha aportado

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elementos importantes a otras culturas, pero que por su parte necesita adquirir conocimientos de ellas, de manera especial en lo que se refiere a ética ambiental y saberes indígenas. Lo mismo sucede entre el feminismo liberal, los feminismos no occidentales y los movimientos de mujeres que no se reconocen como feministas: para que sea posible el «diálogo con la diferencia[144]» es necesario poner en duda la completud de la propia cultura.

Las indígenas zapatistas representan un ejemplo al respecto. Así lo expone

Sylvia Marcos:

Reconozco esta actitud en las mujeres zapatistas de Chiapas cuando las escucho decir que quieren cambiar lo que no les gusta de su cultura, lo que «hace triste a su corazón». Ellas están expresando la «incompletud» de sus mundos de referencia y abriéndose a caminos deseados[145].

Por mi parte, sostengo que estas mujeres se han convertido en las mediadoras entre las epistemologías indígenas y el feminismo liberal de orígenes ilustrados. Por un lado, cuestionan el proyecto de la modernidad que ha pauperizado sus condiciones de vida. Por el otro, rechazan aquellas tradiciones que van en contra de la igualdad entre mujeres y hombres.

Conforme a sus valores culturales, se reconocen como portadoras de un «corazón», el cual está «triste» por las costumbres sexistas que se practican en la vida cotidiana. Quieren seguir siendo indígenas y exigen ser tomadas en cuenta como seres humanos con el mismo valor y dignidad que los varones.

Si, efectivamente, sus culturas se basan en el principio de la reciprocidad entre todos los seres que habitan la Tierra, las tradiciones están obligadas a respetar a las mujeres a través del reconocimiento de sus derechos.

Sylvia Marcos afirma que «cuando las mujeres hablan de que “nos da tristeza en nuestros corazones” están hablando de las funciones intelectuales y de memoria que nosotras asociamos con el cerebro o la mente[146]». Para las culturas indígenas, el corazón, que cumple las funciones del teyolía, abarca «la razón, la inteligencia, los recuerdos, la vida[147]». Al aludir a su «corazón», las indígenas vindican su humanidad compartida con los varones, es decir, su capacidad de pensar, decidir, trabajar, enseñar y hacer cualquier cosa a la par que ellos. Sus experiencias vividas les permiten aportar miradas que iluminan ámbitos de la realidad que permanecían sin ser revisados críticamente. Por ejemplo, es común que se aluda a las mujeres como transmisoras y guardianas de las lenguas indígenas, mientras que, al mismo tiempo, se les devalúa por ser analfabetas y no se reconoce en la «oralidad» una fuente de conocimiento que ha sido desarrollada principalmente por ellas.

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La castilla[148], que es el idioma castellano «indianizado», es decir, adaptado al mundo cultural indígena, puede considerarse una lengua femenina porque visibiliza a las mujeres en palabras como: «jóvena», «comandanta», «insurgenta», etc., y feminiza términos que en castellano tienen género masculino: «las problemas», «las temas», «las idiomas».

Castilla es la lengua que usan las indígenas zapatistas bilingües para comunicarse con el mundo occidental. Sin embargo, al ser «corregida» de acuerdo con las reglas gramaticales del castellano, se la masculiniza y pierde su poder desestructurante del orden social establecido. Este proceso de invisibilizar a las mujeres en el mundo cultural mesoamericano comenzó desde la llegada de los españoles al territorio amerindio. Nuestra autora recuerda que: «Cuando Fray Bernardino de Sahagún tradujo del náhuatl al español su inmensa obra Historia de las cosas de la Nueva España, empezó ese borrar lo femenino en los mundos americanos[149]». En esta obra, considerada la fuente más fidedigna sobre las sociedades mesoamericanas, solo se alude a médicos y a sabios indígenas en masculino. No obstante, en las versiones pictográficas de los principales códices aparecen mujeres desempeñando funciones como médicas y escribanas. Las feministas indígenas están recuperando el legado cultural de sus antepasadas.

Los discursos feministas que están elaborando las zapatistas ubican el problema de la desigualdad en una dimensión histórico-política que rebate las visiones poco críticas. De acuerdo con ellas, es en algunos usos y costumbres de sus pueblos y no en la naturaleza donde hay que buscar las causas de la subordinación femenina. Los pueblos indígenas tienen una historia que ha comenzado a ser interpretada a partir de los estudios feministas desarrollados desde las epistemologías mesoamericanas y a través de la mirada de las mujeres indígenas. Lo que puede considerarse como la «metodología» de los feminismos indígenas es precisamente el diálogo, y a mi juicio en esto coinciden la mayoría de las autoras revisadas. Ha sido la confluencia entre modernidad y tradición, feminismos occidentales y culturas de Abya Yala la que ha hecho posible el surgimiento de reivindicaciones feministas en algunos movimientos de resistencia de las comunidades indígenas.

En numerosas ocasiones, las indígenas zapatistas han señalado que para hacer efectiva la igualdad en la vida comunitaria no basta el trabajo de las mujeres, sino que además es imprescindible la participación de los hombres.

Acentúan la necesidad de la ayuda mutua entre las mujeres, así como la importancia de que los varones se integren a la lucha por la igualdad entre los sexos. Frases como «atender las problemáticas de nuestras hermanas» y

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«caminar junto con los hombres» se repiten en los testimonios de las zapatistas. Para ellas es fundamental que aquellas compañeras que conozcan sus derechos se desenvuelvan en todos los ámbitos comunitarios, porque son las más capacitadas para percibir situaciones de discriminación sexista consideradas «normales». A continuación presento las palabras de algunas mujeres zapatistas:

Ahora, las mujeres zapatistas queremos cambiar a algo nuevo, donde la mujer sea tomada en cuenta en todos los sentidos. Ya no más una sociedad sin las mujeres. Por eso las zapatistas nos estamos metiendo en todos los trabajos que realizan los hombres, para que no solo quede en un discurso y que nuestros hijos e hijas disfruten de esta nueva sociedad de la que nacerá el mañana (Tania, del Caracol La Realidad).

El primer paso que tenemos que hacer es escucharnos entre todos y todas y reunirnos para hablar de nuestra situación y comprender nuestras diferencias (Griselda, del Caracol Roberto Barrios).

Es muy importante trabajar y construir coordinados con nuestros compañeros hombres, porque nuestra lucha es de hombre y mujer (Yurleni, del Caracol La Realidad)[150].

Concluyo este apartado con los pensamientos expresados por mujeres indígenas que dan cuenta tanto de sus expectativas en el largo camino para construir la igualdad en la vida cotidiana de los municipios autónomos como de sus luchas por hacerse escuchar en un mundo que ha prometido ser «otro» ante el capitalismo global, ser «amplio» al incluir indígenas y no indígenas y ser «nuevo» respecto a los movimientos guerrilleros de América Latina y al socialismo vivido hasta la caída del Muro de Berlín. Un mundo donde quepan todas y todos con justicia, dignidad y paz.

LAS INDÍGENAS ZAPATISTAS TOMAN LA PALABRA

Las indígenas zapatistas han asumido la tarea de resignificar el término «feminismo» para darle un contenido propio. Desde la aparición pública del EZLN, la denuncia de las desigualdades de género ha tenido un lugar prioritario. Entre las leyes que se dieron a conocer en El Despertador Mexicano, órgano informativo del EZLN, se incluyó la Ley Revolucionaria de Mujeres. Esto evidencia que, antes del levantamiento armado del 1 de enero de 1994, en las comunidades indígenas del sureste mexicano se vivía un proceso de reflexión sobre la situación específica de las mujeres. La Pastoral de la Mujer impulsada por la Teología de la Liberación, las ONG que estaban trabajando en proyectos de equidad de género y atención a la pobreza, la

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participación de mujeres indígenas en las luchas campesinas, así como el intercambio de experiencias con las mujeres mayas de Guatemala refugiadas en Chiapas, contribuyeron a visibilizar la triple opresión padecida por las mujeres indígenas. Estos factores influyeron para que en el seno de las comunidades comenzara el debate entre género, pertenencia étnica y derechos de las mujeres.

El proceso se inició varios años antes de 1994, y su recorrido ha sido lento y difícil. Detrás de las comandantas zapatistas, de sus discursos y de los cambios que se están llevando a cabo en las comunidades hay muchas batallas que las mujeres han librado contra los mandatos comunitarios, pero también contra sí mismas. Como señala Marcela Lagarde: «Ser Zapata, siendo mujeres, implica remontar demasiadas diferencias y demasiados escalones opresivos[151]».

Una característica que ha diferenciado al EZLN de otros movimientos guerrilleros es la presencia de un discurso claramente feminista desde el principio. No solo no se acepta la postergación de las mujeres, sino que se considera que sus demandas son centrales en el proceso de reconstitución de los pueblos indígenas. La lucha de las zapatistas ha sido un trabajo de cada día, en el que pueden contarse avances y retrocesos. Actualmente, las que son más jóvenes tienen nuevas posibilidades que antes no existían, como ir a las escuelas autónomas, participar en diferentes cursos, visitar otras comunidades, no casarse siendo adolescentes, permanecer solteras, recibir atención médica en las clínicas autónomas y acceder a una mejor alimentación. A pesar de que algunas de las adultas mayores ven con recelo los cambios, están de acuerdo en que las mujeres, al igual que los varones, tienen «corazón», y que por ello deben ser tratadas con respeto y dignidad.

A diferencia de la palabra perdida de la Malinche, las palabras de las zapatistas han quedado registradas como parte de la memoria de las luchas de los pueblos indígenas y, poco a poco, han ido construyendo un feminismo comunitario basado en el consenso. La Ley Revolucionaria de Mujeres es el resultado de un proceso en el que participaron muchas indígenas. Las comandantas Ramona y Susana se encargaron de recorrer distintas comunidades para recoger las experiencias de las mujeres. De los diálogos entre todas surgió dicha ley como expresión de la voz «nosótrica». Dentro del «nosotras/os» se escuchan las opiniones de cada una. Mediadoras entre la tradición y la modernidad, las zapatistas muestran que los valores comunales de sus pueblos no tienen por qué estar en contradicción con sus derechos como mujeres; ellas denuncian que la discriminación sexual destruye la

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comunidad «nosótrica». Para comprender todo esto considero necesario llevar a cabo un análisis sobre el contenido de esta ley:

En su justa lucha por la liberación de nuestro pueblo, el EZLN incorpora a las mujeres en la lucha revolucionaria sin importar su raza, credo, color o filiación política, con el único requisito de hacer suyas las demandas del pueblo explotado y su compromiso a cumplir y hacer cumplir las leyes y reglamentos de la revolución. Además, tomando en cuenta la situación de la mujer trabajadora en México, se incorporan sus justas demandas de igualdad y justicia en la siguiente LEY REVOLUCIONARIA DE MUJERES:

Primero.—Las mujeres, sin importar su raza, credo, color o filiación política, tienen derecho a participar en la lucha revolucionaria en el lugar y grado que su voluntad y capacidad determinen.

Segundo.—Las mujeres tienen derecho a trabajar y recibir un salario justo. Tercero.—Las mujeres tienen derecho a decidir el número de hijos que pueden tener y cuidar.

Cuarto.—Las mujeres tienen derecho a participar en los asuntos de la comunidad y tener cargo si son elegidas libre y democráticamente.

Quinto.—Las mujeres y sus hijos tienen derecho a ATENCIÓN PRIMARIA en su salud y alimentación.

Sexto.—Las mujeres tienen derecho a la educación.

Séptimo.—Las mujeres tienen derecho a elegir su pareja y a no ser obligadas por la fuerza a contraer matrimonio.

Octavo.—Ninguna mujer podrá ser golpeada o maltratada físicamente ni por familiares ni por extraños. Los delitos de intento de violación o violación serán castigados severamente.

Noveno.—Las mujeres podrán ocupar cargos de dirección en la organización y tener grados militares en las fuerzas armadas revolucionarias.

Décimo.—Las mujeres tendrán todos los derechos y obligaciones que señalan las leyes y reglamentos revolucionarios[152].

En el primer punto, destaca el carácter incluyente de la ley. Aunque se trata de un documento elaborado por indígenas chiapanecas, las demandas que se plantean aluden a la situación de opresión en que viven tanto las mujeres indígenas como las que no lo son. Además, constituye un puente para que las mujeres puedan transitar de lo local a lo global, abriendo la posibilidad de que los diferentes feminismos se encuentren y dialoguen. El único requisito para regirse por la Ley Revolucionaria de Mujeres es reconocer que el capitalismo neoliberal destruye las posibilidades de supervivencia de los pueblos indígenas y de las personas empobrecidas por su causa, en su mayoría mujeres. El principal reto que se plantea es construir un feminismo basado en la solidaridad por encima de las diferencias y contradicciones entre las propias mujeres.

El contexto de la ley es el levantamiento armado de un ejército indígena. Agotadas todas las vías pacíficas para ser escuchados, las mujeres y los

hombres indígenas del sureste mexicano tomaron las armas para recordarle al

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mundo que los pueblos originarios existen y están siendo masacrados por un sistema ecocida que amenaza a diversas formas de vida sobre la Tierra.

A pesar de las razones expuestas, la participación de las mujeres indígenas en el levantamiento armado ha sido criticada por algunas publicaciones feministas de la Ciudad de México. Márgara Millán presenta un análisis sobre la forma en que el movimiento zapatista fue asimilado entre amplios sectores del feminismo urbano. Una de las posiciones más críticas fue la asumida por La Correa Feminista, revista editada por el Centro de Investigación y Capacitación de la Mujer A. C. bajo la dirección de Ximena Bedregal y Rosa Rojas, quienes, además, se encargaron de preparar el primer tomo de la colección de escritos titulados Chiapas. ¿Y las mujeres qué?, que apareció en diciembre de 1994. Este colectivo se autodefine como «feminismo autónomo» para diferenciarse del «feminismo institucional» enfocado en temas como la violencia de género y la despenalización del aborto, pero que deja de lado otras necesidades de las mujeres indígenas.

La principal objeción hacia el EZLN es que la guerra forma parte del orden patriarcal, en tanto que la vocación del feminismo es la paz. Por ello no puede considerarse un avance que las mujeres se integren a un ejército. El EZLN justifica la violencia cuando esta procede de las personas que han sido despojadas de los recursos más indispensables para sobrevivir. Estas feministas autónomas sostienen que la Ley Revolucionaria de Mujeres no garantiza que las condiciones de opresión que padecen las indígenas lleguen a modificarse. Piensan que se trata de una estrategia implementada por la dirección masculina del EZLN, que, evidentemente, no es feminista, porque apenas presenta unas cuantas reivindicaciones para las mujeres, pero sin tomar en cuenta sus experiencias. Así lo declaran estas autoras:

Desde nuestra perspectiva citadina, occidental e ilustrada, si las mujeres indígenas son invisibles en general y con la bandera de la guerra ya directamente inaccesibles, resulta prácticamente imposible saber si la ley es un producto real de un proceso de las mujeres frente a sus costumbres patriarcales y violentas o si es producto de los líderes ante la necesidad de incorporar a las mujeres a las tareas tradicionalmente masculinas y/o dar una idea de democracia más amplia[153].

Sobre esta cita me pregunto: ¿Por qué se afirma que «las mujeres indígenas son invisibles en general»? ¿Qué quiere decir «general» en este contexto? Si los comunicados, declaraciones y discursos de las zapatistas son producto de los líderes masculinos del EZLN, entonces ¿qué papel juegan las mujeres en el zapatismo? De acuerdo con las editoras de La Correa Feminista, las indígenas no solo son invisibles, sino también inaudibles. Por ello no las

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pueden concebir como autoras de sus discursos, ni protagonistas de los cambios.

A mi juicio, estas afirmaciones parten de un esquema rígido que no reconoce las diferencias entre las mujeres: «la guerra es patriarcal y la paz femenina». Sin embargo, cuando se han agotado todos los recursos para resolver los problemas por la vía del diálogo y la mediación, como ha sido el caso de las comunidades indígenas, ¿por qué las indígenas no podrían tener la iniciativa de luchar junto con sus compañeros para defender la continuidad de sus culturas y sus derechos como mujeres?

A pesar de las duras críticas que este grupo feminista dirige al EZLN, también menciona algunos aspectos positivos: la analogía entre los pueblos indígenas y las mujeres, los cuales comparten la experiencia de ser considerados seres humanos de segunda clase; el cuestionamiento del neoliberalismo y la denuncia de sus consecuencias sobre la población más vulnerable, y la lucha por el derecho a la diversidad. Considera que la estrategia zapatista de comunicación ha sido exitosa porque no pretende imponer una verdad, sino compartir experiencias desde ámbitos locales.

Finalmente, reconoce que uno de los mayores logros del EZLN es haberse hecho escuchar utilizando un lenguaje basado en la cosmovisión de los pueblos mayas. De acuerdo con dichas autoras, pienso que esta forma de comunicación representa una lección de la que el feminismo urbano puede obtener un aprendizaje para el diálogo con los «otros feminismos».

En diciembre de 1995 se publicó el segundo tomo de Chiapas. ¿Y las mujeres qué?, a cargo de Mercedes Olivera, con el propósito de responder a la postura asumida en el tomo anterior por las editoras de La Correa Feminista. Para las mujeres que han trabajado en proyectos con perspectiva feminista dirigidos a las indígenas chiapanecas, los avances logrados por las zapatistas constituyen una importante contribución al surgimiento de nuevas identidades entre las mujeres rurales empobrecidas. Olivera argumenta que las indígenas son sujetos capaces de reflexionar sobre su situación y convertirse en agentes sociales. Es a ellas a quienes les corresponde resignificar el concepto de «feminismo» desde sus propias coordenadas culturales y proponer cambios en los roles de género dentro de las comunidades. A las feministas que colaboran desde las ONG se les plantea la necesidad de apoyar a las mujeres indígenas y aprender a caminar juntas, pero sin pretender imponer sus prioridades ni su visión del mundo.

Habiendo pasado revista a algunas de las objeciones feministas al zapatismo, volvamos ahora al análisis de la Ley Revolucionaria de Mujeres.

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El segundo punto tiene que ver con el derecho a trabajar y a recibir un salario justo. Es una demanda que tiene en cuenta tanto a las indígenas como a las demás mujeres. Para las trabajadoras no es una novedad recibir una remuneración menor que la de un varón que desempeña las mismas funciones. Los estudios llevados a cabo por investigadoras feministas desde la academia muestran que el trabajo de las mujeres es infravalorado, pues se lo considera una ayuda que complementa el sueldo del «hombre de la casa», aunque cada vez son más los hogares con jefatura femenina. En el caso específico de las indígenas, la desigualdad de género es reforzada por la discriminación social y el etnocentrismo.

El tercer punto de la ley ha suscitado numerosas controversias entre los feminismos urbanos y el EZLN. Si son las mujeres las que deben decidir sobre el número de hijas e hijos que quieren tener, ¿por qué no se menciona el derecho al aborto libre? Al respecto, Márgara Millán reseña la polémica que sostuvieron el subcomandante Marcos, portavoz del zapatismo, y Marta Lamas, directora de la revista Debate Feminista y del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE). Para Marta Lamas, el EZLN, fuertemente influenciado por la Iglesia Católica, llegó a demandar la penalización del aborto, lo que significa una contradicción con el contenido de la Ley Revolucionaria de Mujeres que obstaculiza el desarrollo de un proyecto auténticamente democrático. Como respuesta, Marcos argumentó que no existía ningún comunicado emitido por el EZLN que se pronunciara en contra del aborto, y que el catolicismo no tiene influencia sobre el Ejército Zapatista.

Invitó a su interlocutora a visitar Chiapas para dialogar con las comandantas zapatistas y aclarar cada una de sus dudas. Como afirma en las dos posdatas con las que concluye su carta:

P.D. Por cierto, acá las indígenas sí abortan y no por elección propia. «Desnutrición crónica», dicen las estadísticas.

P.D. Dicen las compañeras que no piden clínicas de abortos porque ni siquiera tienen de partos, y que subir las lomas cargando un tercio de leña es algo que ningún código penal toma en cuenta («ni ningún artículo periodístico», agrego yo)[154].

Llama la atención que en el debate no se haya tomado en cuenta a las indígenas zapatistas. ¿Por qué Marta Lamas se dirigió a Marcos en lugar de a Ramona, Susana, Esther, Ana María, entre otras más? En esta discusión, la palabra de las zapatistas nos llega mediada a través de un intérprete, lo que hace evidente la dificultad a la que se enfrenta el feminismo urbano para dialogar con indígenas y campesinas. Al respecto, sostengo que para escucharlas es necesario abandonar los esquemas de comunicación sujeto-objeto y situarse en una relación intersubjetiva. Para que el feminismo

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se convierta en una práctica social de carácter transcultural, es imprescindible considerar la comunicación oral, tan importante para las culturas indígenas, y no privilegiar la escritura en castellano, ya que un elevado porcentaje de mujeres indígenas carece de escolaridad y en muchos casos solo cuenta con el conocimiento de su propia lengua.

El cuarto punto de la ley se refiere al derecho que tienen las mujeres a participar en la vida política de sus comunidades. Si bien la comunidad es la forma de organización que caracteriza a los pueblos indios, existen comunidades que no son indígenas. Por ello, aunque se trata de una demanda que atañe a la realidad local de las zapatistas, sus alcances van más allá de las fronteras del estado de Chiapas. Por un lado, se pretende que la Ley Revolucionaria de Mujeres sea una garantía para las indígenas, zapatistas o no. Por el otro, se hace extensiva a las demás mujeres. En su núcleo pueden identificarse dos argumentos bien conocidos por el feminismo: todo lo que tiene que ver con las mujeres es político y sin paridad no puede haber democracia.

Según refiere el subcomandante Marcos, las zapatistas han tenido que luchar constantemente contra los privilegios que sus compañeros varones se resisten a perder. En palabras de las insurgentes zapatistas: «Hay cosas que se piden y cosas que se imponen. Nosotras pedimos las condiciones materiales mínimas. Nosotras no pedimos que nos den libertad y respeto. Nuestra libertad y dignidad es algo que IMPONDREMOS, las reconozcan o no los compañeros o el gobierno[155]». Ese es motivo por el que no se incluyó la Ley Revolucionaria de Mujeres entre las demandas dirigidas al gobierno de México. En los Acuerdos de San Andrés se deja claro que el derecho a la libre determinación que exigen los pueblos originarios comienza con el reconocimiento de las mujeres indígenas como sujetos de derecho. El objetivo de los Acuerdos era proponer una nueva Constitución para una nación pluricultural. En cambio, la ley forma parte del proceso de reconstitución de los pueblos indios respecto al vínculo entre identidades genéricas y epistemologías indígenas, pero también de sus diálogos con los feminismos occidentales.

El quinto punto de la ley establece que tanto las mujeres como sus hijas e hijos tienen derecho a recibir atención médica y alimentación. Dos derechos humanos fundamentales reconocidos internacionalmente pero que no se cumplen entre los pueblos indios y campesinos empobrecidos. El cuidado de la salud de las indígenas no es sinónimo de control de su fecundidad. Para que las indígenas y sus descendientes puedan comer alimentos sanos y tener

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acceso a servicios de salud de calidad es necesario construir alternativas ante el capitalismo globalizado. Esta exigencia acerca a las indígenas de Chiapas a las mujeres de otras partes del mundo, al mismo tiempo que visibiliza el género y la pertenencia étnica de las personas que padecen los más altos índices de marginación. Al incluir a sus hijas e hijos, las zapatistas hablan desde la voz «nosótrica» que se encuentra en la raíz de su feminismo. Entre las acciones emprendidas por el EZLN destaca la construcción de clínicas de salud dentro de los municipios autónomos, la recuperación de la medicina tradicional y la formación de mujeres como promotoras de salud.

El sexto punto aborda el derecho de las mujeres a la educación. Una de las costumbres más cuestionadas por las zapatistas ha sido la falta de apoyo para que las niñas asistan a la escuela. Cuando las condiciones permiten que un miembro de la familia pueda estudiar, se da preferencia a los varones, mientras que a las mujeres se las confina al ámbito doméstico. Las indígenas zapatistas han confrontado de distintas formas las prácticas sexistas de sus comunidades: las que se alistaron al EZLN aprendieron a hablar castellano, recibieron el mismo entrenamiento que sus compañeros y, cuando estalló el levantamiento armado del 1.º de enero de 1994, algunas de ellas ocuparon puestos de mando, por ejemplo, la mayor Ana María, que se encargó de la toma de San Cristóbal de Las Casas, la capitana Maribel de Las Margaritas y la capitana Laura de Ocosingo[156]. Las hazañas de estas mujeres forman parte de la historia reciente de los pueblos indígenas vivos que se enseña en las escuelas de los municipios autónomos.

Las niñas indígenas que nacen en territorio zapatista pueden vislumbrar un horizonte que era imposible de imaginar treinta años atrás. Tienen abuelas «insurgentas» dentro del EZLN, que en los diferentes encuentros y festivales participan leyendo sus discursos. Pero también tienen abuelas conservadoras que quieren mantener los roles tradicionales. Ven a sus madres dialogar con los varones de la familia para que se encarguen de atender la casa mientras ellas visitan otras comunidades, asisten a cursos y participan en asambleas.

Escuchan las protestas de sus padres, tíos y hermanos que, poco a poco, se van adaptando a los cambios. Admiran a sus hermanas que se han convertido en promotoras de salud y educación, y que prolongan su soltería para disponer de mayor independencia. Sin embargo, los avances de las comunidades zapatistas de Chiapas no son un reflejo de la vida de las indígenas de otras regiones. Los índices de analfabetismo siguen siendo muy elevados entre las mujeres de los pueblos indígenas.

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El séptimo punto de la ley sostiene que cada mujer tiene derecho a escoger a su pareja y que a ninguna se le puede obligar a casarse en contra de su voluntad. En cada comunidad que visitaron las comandantas Ramona y Susana para conocer las necesidades de las mujeres escucharon el rechazo generalizado de la práctica cotidiana que autoriza a vender a las adolescentes y a concertar matrimonios sin su consentimiento. Esta costumbre es incompatible con la autonomía de las mujeres, y por lo tanto es inaceptable.

Para las primeras indígenas que ingresaron al EZLN fue una novedad que se les permitiera el noviazgo, el amor libre y el uso de los anticonceptivos, porque en sus comunidades no existía ninguna de esas posibilidades. Estas experiencias fueron introduciendo cambios en la sociedad maya de los altos de Chiapas. Como ya he apuntado, en territorio zapatista las mujeres no se casan muy jóvenes, y cada vez son más las que prefieren otras opciones de vida.

El octavo punto de la ley dice que a ninguna mujer se le puede golpear o maltratar físicamente y señala que toda violación o intento de violación debe ser castigada con dureza. Una de las primeras cuestiones que exigieron las indígenas al EZLN fue que se prohibiera el consumo de alcohol. La violencia contra las mujeres, las niñas y los niños se relaciona directamente con los problemas de alcoholismo que padecen muchas comunidades indígenas y campesinas. El alcoholismo ha sido un medio utilizado para controlar a los trabajadores indígenas y evitar levantamientos sociales. Según la capitana Maribel: «Antes de que llegaran al EZLN, a las compañeras les pegaban, las obligaban a casarse, había mucha borrachera[157]». Era común que las mujeres fueran agredidas e incluso asesinadas por esposos alcoholizados. Por eso, en el territorio zapatista no se permite la ingesta de alcohol.

El noveno punto de la ley establece que las mujeres pueden ocupar puestos directivos y tener grados militares en el EZLN. Como ya lo vimos, en el Ejército Zapatista hay «comandantas», «mayoras» y «capitanas». Marcos es subcomandante y, en cambio, Ramona, Andrea, Susana y Trinidad son comandantas. La incorporación femenina a las Juntas de Buen Gobierno se ha ido abriendo camino hacia la igualdad con muchas dificultades. Como señala Tania, del Caracol La Realidad:

Nosotras como mujeres zapatistas estamos haciendo un doble esfuerzo porque la equidad de género sea una realidad, aunque sabemos que falta mucho […] pero ya estamos ocupando cargos importantes […] antes ninguna organización civil y pacífica nos tomaba en cuenta.

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Tenemos el ejemplo de nuestra compañera comandanta Ramona que desde un principio luchó para que la mujer sea tomada en cuenta y a partir de ahí somos el fruto de ese sueño que cada vez más se está haciendo realidad[158].

Finalmente, en el décimo punto de la ley se afirma que las mujeres tienen todos los derechos y obligaciones señalados en el resto de las leyes y reglamentos revolucionarios. Ambos puntos solo incluyen a las mujeres que forman parte del EZLN.

La Ley Revolucionaria de Mujeres representa una de las mayores aportaciones del feminismo indígena para el diálogo con los feminismos occidentales. No obstante, se le ha criticado que no incluya entre sus puntos el derecho de las mujeres a la tierra. Esta demanda fundamental pone en cuestión una de las costumbres más arraigadas entre las sociedades indígenas, donde la propiedad comunal de la tierra recae principalmente sobre los varones. Parece contradictorio que se la considere «comunal» a pesar de no incluir a las mujeres; además, la falta de tierra para cultivos de autoconsumo es causa de la pobreza alimentaria que afecta mayoritariamente a las indígenas y campesinas. En este contexto, quiero plantear los siguientes interrogantes: ¿cómo articular una respuesta feminista ante el neoliberalismo sin abordar el derecho de las mujeres a acceder a la tierra para cultivar sus propios alimentos? ¿Cómo puede hablarse de autonomía de los pueblos indios sin cuestionar el carácter patriarcal de la propiedad comunal?

Aunque la ley no menciona el derecho a la tierra, en su último punto se deja claro que el resto de las leyes revolucionarias incluyen al colectivo femenino como sujeto de derechos y obligaciones. Cabe destacar que la Ley Agraria Revolucionaria visibiliza a las mujeres desde el primero de sus puntos. Con el objetivo de dar continuidad a los lemas de Emiliano Zapata «la tierra es de quien la trabaja» y «tierra y libertad», el EZLN los hace extensivos a las jornaleras y campesinas, y no solo a los varones de las comunidades.

A mi juicio, otra referencia fundamental respecto al discurso feminista del EZLN es el mensaje que dirigió la comandanta Esther ante el Congreso de la Unión el 28 de marzo de 2001. Sus palabras han circulado a nivel mundial convirtiéndola en símbolo de las luchas de las mujeres indígenas. Años antes, en octubre de 1996, el EZLN había enviado a la comandanta Ramona como su representante ante el Congreso Nacional Indígena (CNI). Dos indígenas pertenecientes a la parte civil y política del EZLN fueron elegidas por sus comunidades para expresar la voz del movimiento zapatista. Esto significó una ruptura con los «usos y costumbres» que obstaculizan la paridad entre los

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sexos, así como un distanciamiento con otros movimientos de izquierda que consideran que luchar contra la desigualdad de género constituye «una desviación burguesa» y no un objetivo central para cualquier proyecto que pretenda ser democrático.

La presencia de la comandanta Esther en el Honorable Congreso de la Unión en la Ciudad de México fue polémica. El propósito que perseguía el EZLN al enviar una delegación para que se expresara ante el Congreso era el seguimiento de la ley sobre derechos y cultura indígenas propuesta por la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA). Hubo muchos lugares vacíos por parte de los legisladores, que consideraron imposible el diálogo con una mujer indígena. Esther explicó que ella era «comandanta», es decir, alguien que «manda obedeciendo». A quienes no se presentaron les dejó dicho que ella no estaba ahí para ofender ni buscar confrontaciones, sino para pedir el reconocimiento constitucional del derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación:

La palabra que traemos es verdadera.

No venimos a humillar a nadie.

No venimos a suplantar a nadie.

No venimos a legislar.

Venimos a que nos escuchen y a escucharlos.

Venimos a dialogar[159].

El pensamiento ético-político del EZLN representa el núcleo del mensaje de la comandanta zapatista. Por una parte, afirma que la palabra que se pretende comunicar es verdadera porque ha sido el resultado de los acuerdos a los que llegaron en el Congreso Nacional Indígena a través del consenso.

Quienes mandan son las comunidades, y, a pesar de las constantes manifestaciones de desprecio de que han sido objeto por su lengua y su cultura, el mensaje que dirigen mediante la voz «nosótrica» de Esther es de respeto a todas las personas presentes en el Congreso. Su propuesta es que se reconozca constitucionalmente la autonomía de los pueblos originarios, y que estos puedan vivir de acuerdo con sus cosmovisiones. No se trata de «balcanizar» el país; por el contrario, al tomar en cuenta los derechos de los pueblos indios, se contribuirá a la unidad nacional.

La comandanta zapatista sitúa su discurso en unas coordenadas muy específicas: «Mi nombre es Esther, pero eso no importa. Soy zapatista, pero eso tampoco importa en este momento. Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora[160]». De acuerdo con ella, la ley COCOPA no representa un atraso en cuanto a los avances de igualdad de género en zonas de alta marginación. Contra el argumento generalizado de que el

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reconocimiento constitucional de los «usos y costumbres» indígenas se contrapone con los derechos de las mujeres, Esther afirma que las indígenas son capaces de revisar críticamente sus tradiciones culturales, y que esta potencia del colectivo femenino para transformar sus condiciones de vida en otras mejores reclama que se apruebe la ley sobre derechos y cultura indígenas.

La comandanta hace un recuento de lo que cotidianamente tienen que padecer las indígenas a causa del desprecio y la marginación a la que les condena una nación que se niega a reconocer a los pueblos indios que la conforman. Enfatiza las experiencias de dolor que atraviesan los cuerpos femeninos: enfermedades, desnutrición, partos mal atendidos, jornadas extenuantes, violencia por parte de los varones de sus comunidades, pero también de los militares que vigilan sus territorios, así como de amplios sectores racistas y sexistas de la sociedad. Pero aclara que no pretende reforzar el estereotipo de la víctima pasiva; todo lo contrario: esa historia de sufrimiento convierte a las indígenas en agentes de los cambios. En sus palabras: «Nosotras hemos luchado para cambiar eso y lo seguiremos haciendo[161]». No hay prioridad de la pertenencia étnica sobre el género ni viceversa, más bien se trata de dos identidades imbricadas de tal manera que se confieren sentido la una a la otra.

Para las indígenas zapatistas la lucha por sus derechos como mujeres es inseparable de los movimientos de resistencia de sus pueblos. Así lo sostiene la voz «nosótrica» de Esther: «queremos que sea reconocida nuestra forma de vestir, de hablar, de gobernar, de organizar, de rezar, de curar, nuestra forma de trabajar en colectivos, de respetar la tierra y de entender la vida, que es la naturaleza, que somos parte de ella[162]». Quienes hablan son mujeres, indígenas y zapatistas, y lo hacen a través de una comandanta del EZLN. En su discurso pueden encontrarse referencias tanto a la primera persona del singular como a la del plural, es decir, se menciona al «yo», entendido como sujeto de derechos individuales, y al «nosotras/os», referido a los derechos colectivos no solo de los seres humanos, sino también de los animales, las plantas, los ríos, los lagos, los mares y las montañas. Para las indígenas zapatistas, los derechos étnicos no pueden concebirse como desvinculados de los derechos de las mujeres y de la naturaleza. Todo esto me permite sostener que su ética vincula el feminismo y la ecología.

La referencia a la primera persona singular fue evidente cuando la comandanta Esther se presentó ante el Congreso para dar a conocer el mensaje del EZLN. No era Marcos el portavoz oficial, sino ella. Tratándose

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de un asunto público de relevancia nacional, la participación de una indígena como actora principal significó una ruptura radical con múltiples hegemonías, como las de género, etnia y clase social. «Así que aquí estoy yo, una mujer indígena[163]». La comandanta zapatista reivindica el «yo» para decir su palabra que es también la de sus compañeras: «Llegó la hora de nosotras y nosotros, los indígenas mexicanos[164]». La búsqueda del equilibrio entre el «yo» y el «nosotras/os» constituye una de las propuestas más interesantes del «feminismo indígena», pero dicho equilibrio no es algo que se haya conquistado ya, sino que representa una tarea permanente.

La comandanta zapatista retoma la cuestión del acceso equitativo a la tierra. Este es uno de los ámbitos donde las mujeres padecen mayor segregación, razón por la cual es urgente hacer efectiva la igualdad en los hechos. Como ella misma afirma: «Solo ellos tienen el derecho a la tierra y la mujer no tiene derecho, como que no podemos trabajar también la tierra y como que no somos seres humanos, sufrimos la desigualdad[165]». Esta demanda va dirigida a las comunidades indígenas, pero también al Estado.

Reclama un cambio profundo de las tradiciones y costumbres que contribuyen a la inferiorización de las mujeres, y exige la elaboración de leyes agrarias que respeten el derecho indígena a la propiedad comunal y fomenten la participación femenina. Mientras las indígenas sigan siendo campesinas que solo pueden ofrecer su trabajo pero a quienes se les niega un terreno propio, su situación de empobrecimiento se agudizará cada vez más.

Lo que la Ley Revolucionaria de Mujeres no menciona explícitamente sí está presente en la Ley Agraria Revolucionaria y en la voz «nosótrica» de la comandanta Esther.

Para concluir este apartado, después de haber analizado diversos discursos que enfatizan el carácter central de las vindicaciones feministas de las indígenas zapatistas, me parece pertinente referirme a un comunicado del EZLN con motivo del 8 de marzo del 2009[166], cuya finalidad era convocar a un evento por el Día Internacional de la Mujer en el Caracol de Oventic, ubicado en los altos de Chiapas. Se trata de un cartel que se distribuyó tanto de forma impresa como a través de la red y en el que las mujeres son visibilizadas en distintos aspectos.

Las encargadas de planear cada una de las actividades fueron las comandantas del EZLN. Según se señala en el comunicado, primero habían pensado en convocar solo a las indígenas zapatistas, pero consideraron que era mejor invitar también a todas las mujeres que quisieran asistir. Cabe destacar que el lenguaje que se utiliza en el comunicado es incluyente. Los

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documentos publicados por el EZLN se caracterizan por mencionar a las mujeres y no solo a los varones y subrayar el respeto hacia la diversidad sexual como parte de un discurso plural en el que tienen cabida actores heterogéneos.

El evento llevó el nombre de una luchadora social que no era una indígena chiapaneca: «Mamá Corral». Concepción García de Corral radicaba en Chihuahua, y había dedicado su vida a luchar por la presentación de personas desaparecidas por cuestiones políticas. Al enterarse de su muerte, las comandantas quisieron dedicarle el festival y, con ello, mostraron que el discurso zapatista busca la participación de todas las mujeres, indígenas o no, que consideran que no puede haber equidad ni justicia social dentro del capitalismo neoliberal. Como señalan las comandantas: «sentimos en ella esa fuerza que, es seguro, levantó más de una vez a nuestras compañeras Madres de Desaparecidos Políticos de Chihuahua[167]». Es cierto que se refuerza el estereotipo tradicional de la «mujer-madre-cuidadora», una característica de muchos de los movimientos de mujeres indígenas y campesinas que es efectiva cuando se presenta ante la opinión pública, pero que no potencia la igualdad entre mujeres y hombres. Sin embargo, el reconocimiento del trabajo de una luchadora social que hizo visibles las experiencias de dolor de las madres de personas desaparecidas por causas políticas sí es una tarea de carácter feminista porque, al dar a conocer la historia de «Mamá Corral», se contribuye a enriquecer el relato de los movimientos sociales de las mujeres indígenas, campesinas y pobres, de la ciudad o del campo.

La igualdad entre los sexos exige la transformación de las relaciones sociales. Por ello, la división de espacios, actividades y trabajos por género tiene que ser abolida mediante prácticas que desestructuren la rígida estratificación que encierra a las mujeres en el ámbito doméstico-reproductivo y les impide el acceso a la vida política de sus comunidades. En este sentido, los mensajes del EZLN dibujan una sociedad más igualitaria como el horizonte ético de su pensamiento. Respecto a la organización de las actividades que se realizarían los días 7 y 8 de marzo, se especifica que las protagonistas son las mujeres: «los hombres que asistan solo podrán participar cocinando o cuidando niñ@s o haciendo el aseo o trabajando para apoyar el evento[168]».

Las zapatistas han repetido en numerosas ocasiones que su feminismo incluye a sus compañeros varones. Para ellas no puede haber paridad sin reciprocidad, y por ello es necesario que tanto las mujeres como los hombres lleguen a acuerdos que les permitan ejercer roles que no impliquen esquemas

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de subordinación. Si las mujeres han podido desenvolverse como capitanas dentro del EZLN, los varones también pueden encargarse de las labores domésticas y de cuidado. Los espacios que antes estaban marcados por la identidad de género comienzan a diluir sus fronteras en una lucha que, quizás, sea la más difícil de todas. En el último capítulo, abordaré el caso de María de Jesús Patricio Martínez, la sanadora tradicional nahua elegida como portavoz del Consejo Nacional Indígena, que actualmente recorre México con una propuesta de democracia comunitaria en la cual tienen cabida las voces de las mujeres y los derechos de la naturaleza y los otros no humanos.

FEMINISMOS DIVERSOS DESDE ABYA YALA

Una pregunta fundamental de este libro se refiere a la relevancia de las mujeres indígenas como productoras de epistemología y ética en el contexto de la globalización neoliberal. Como hemos revisado hasta aquí, es significativa la escasez de estudios filosóficos al respecto. La mayor parte de las reflexiones sobre mujeres indígenas y feminismos no occidentales se han llevado a cabo en el ámbito de la antropología y la sociología. Encontramos una excepción en la obra de la filósofa Francesca Gargallo, quien defiende la importancia de visibilizar las aportaciones de estas mujeres expresadas en sus propios términos. En ese sentido, critica la «centralidad» que algunas autoras han dado al zapatismo en relación con los feminismos indígenas, dejando de lado la pluralidad de perspectivas abiertas por otras mujeres pertenecientes a diferentes comunidades culturales y también asentadas en las ciudades de «nuestra América».

Gargallo sostiene que las «teorías del feminismo indígena» se refieren a «las ideas de las mujeres indígenas acerca de sí mismas, construidas en diálogo con otras mujeres de su comunidad, para comprenderse y para impulsar una mejora de las condiciones de vida (una buena vida) de las mujeres y las niñas de sus pueblos, según la revisión propia de sus costumbres[169]». En coherencia con dicha concepción, reproduce abundantes fragmentos de los diálogos que sostuvo con mujeres pertenecientes a los más diversos contextos de Abya Yala. Su estudio representa un caso excepcional en la historia de la filosofía en varios sentidos: considera a las mujeres indígenas como generadoras de conocimientos, recupera sus palabras a través de las conversaciones que mantuvo con ellas y afirma el valor de sus historias de vida para una ética feminista.

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El trabajo de esta pensadora contribuye a una filosofía crítica ante los particularismos etnocéntricos y sexistas que se ocultan tras la supuesta «universalidad» de los discursos hegemónicos, así como a un feminismo capaz de cuestionar los verticalismos entre interlocutoras pertenecientes a diferentes contextos culturales. Gracias a su extraordinario esfuerzo por recuperar las palabras de mujeres indígenas de más de 600 pueblos de Abya Yala, Gargallo ha hecho posible el conocimiento de sus formas de entender sus percepciones en torno a los feminismos urbanos, las razones por las que mientras que unas se nombran «feministas», otras rechazan esta denominación y se identifican más bien como «activistas por los derechos humanos de las mujeres[170]» y «activistas por los derechos comunitarios[171]», las categorías a través de las cuales dialogan con los planteamientos feministas provenientes de activistas urbanas, ONG, académicas, entre otros, y sus aportaciones al cambio de algunos de los usos y costumbres de sus comunidades.

Considerando que las mujeres indígenas no solo viven en pueblos y comunidades, sino también en las ciudades, y que existen múltiples diversidades y tensiones entre estos contextos culturales diversos, Gargallo afirma que en la actualidad es posible identificar por lo menos cuatro líneas del pensamiento feminista indígena: 1) las que no se llaman feministas pero trabajan en favor de las mujeres; 2) las que rechazan llamarse feministas porque no se identifican con las ideas expresadas por las feministas blancas y mestizas; 3) las que buscan tender puentes entre su trabajo y el de las feministas urbanas, y 4) las que se afirman como feministas con categorías y términos propios[172].

Entre algunas de las indígenas que defienden los derechos de las mujeres suele existir desconfianza y temor a ser identificadas como «feministas», porque esto les acarrea serios problemas en sus espacios comunitarios. Por una parte, los varones de las comunidades —salvo casos excepcionales— aceptan con dificultad la reclamación de los derechos de las mujeres y expresan su rechazo ante cualquier iniciativa «feminista», pues consideran que el feminismo es otra forma de colonización que amenaza el principio de la dualidad constitutiva de sus culturas. A menudo rehúyen la reflexión autocrítica sobre las hegemonías y las diferentes formas de discriminación y desigualdad que existen en el seno de las estructuras comunitarias. Por otra parte, la mayoría de las mujeres no quieren conflictos con sus compañeros, y por lo tanto se alejan de cualquier iniciativa que lleve el nombre de «feminista».

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Otro sector de mujeres indígenas que trabaja para mejorar las condiciones de vida de sus compañeras también se niega a ser identificado como «feminista», pero no por temor al rechazo de su comunidad, sino porque piensa que es cuestionable la forma de proceder de algunas feministas urbanas. De acuerdo con las entrevistas que transcribe Gargallo, entre las razones argumentadas destaca la experiencia negativa de diversas indígenas con feministas incapaces de escucharlas como interlocutoras válidas y que, además de despojarlas de la palabra, piensan que entienden mejor que ellas sus propias problemáticas. Lo anterior se ejemplifica a través de ONG que imponen sus propias agendas sin consultar a las comunidades, sin preguntar a las mujeres cuáles son sus necesidades ni conocer las estrategias que han desarrollado para resolverlas.

Algunas activistas indígenas a favor de las mujeres no están seguras de llamarse «feministas» o no. Se sienten excluidas de las agendas de los feminismos hegemónicos, cuyas problemáticas consideran lejanas. Se enfrentan a la agudización de la desigualdad de género provocada por los proyectos extractivistas que están destruyendo tanto los tejidos comunitarios de los pueblos como sus territorios. Las feministas urbanas difícilmente lograrán comprender esa realidad si no cuestionan sus propios prejuicios etnocéntricos y de clase. A pesar de tales dificultades: «la transición entre el feminismo que no se nombra y un feminismo que busca describirse y definirse desde una tradición indígena está siempre latente[173]». El cambio no es fácil. Si bien estas mujeres indígenas identifican similitudes entre sus luchas y las de las feministas blancas y mestizas de las ciudades, aún se encuentran en la búsqueda de un feminismo propio que, además de iluminar caminos poco transitados de sus culturas sobre la relación entre los sexos, contribuya a la vida buena de las mujeres.

Finalmente, Gargallo se refiere a las mujeres indígenas que se reivindican «feministas» sin vacilaciones, pero afirmando su pertenencia étnica y cultural, como es el caso de las feministas comunitarias de Bolivia y Guatemala, y de algunas otras feministas de diversos pueblos indígenas. Esta filósofa expresa sus dudas ante el concepto de «feminismo indígena», que, según ella, fue convenido entre antropólogas y especialistas de género de la academia mexicana que reducen su origen a la aparición pública de la Ley Revolucionaria de Mujeres elaborada por las indígenas zapatistas, invisibilizando las acciones de otras indígenas en diversos pueblos de Abya Yala[174]. A mi juicio, Gargallo ha realizado una aportación necesaria para la teoría feminista y la filosofía latinoamericana al recuperar las ideas de

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diferentes mujeres indígenas a través de diálogos horizontales y sin intermediarios, aunque una parte considerable de su libro alude a los feminismos comunitarios y abundan las citas de Julieta Paredes, a quien concede cierto protagonismo por encima de otras interlocutoras. No obstante, considero que, además de cuestionar la centralidad de las indígenas zapatistas, es importante resituarlas en un diálogo equifónico con las demás indígenas que trabajan por mejores condiciones de vida para las mujeres de sus comunidades.

Para cerrar este encuentro entre feminismos, sostengo que las diversas autoras revisadas coinciden en reconocer un elemento fundamental de los movimientos de mujeres indígenas: su imbricación con la defensa del territorio y con la «sostenibilidad desde abajo[175]». Gargallo utiliza en varias ocasiones el concepto «ecofeminista» para referirse a las indígenas que reivindican sus derechos como mujeres junto a las luchas territoriales de sus pueblos. Ahora bien, el recorrido precedente me permite proponer una definición propia: los feminismos indígenas constituyen caminos en construcción en los que las miradas, voces y acciones de mujeres pertenecientes a los diferentes pueblos de Abya Yala entretejen éticas y epistemologías diversas, generando nuevas categorías para analizar las relaciones entre hombres, mujeres, territorios y otros no humanos en el contexto del capitalismo globalizado.

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CAPÍTULO 3

Multiculturalismo, mujeres del Sur y

sostenibilidad

¡Despertemos! ¡Despertemos Humanidad! Ya no hay tiempo. Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de estar solo contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal […].

La Madre Tierra militarizada, cercada, envenenada, donde se violan sistemáticamente derechos elementales, nos exige actuar.

Construyamos entonces sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida.

BERTA CÁCERES[176]

He querido iniciar este capítulo con un epígrafe sobre el discurso que Berta Cáceres pronunció al recibir el Premio Medioambiental Goldman en el año 2015 porque aborda algunos de los aspectos centrales que los movimientos de mujeres indígenas plantean en el diálogo entre multiculturalismo y teoría feminista, asunto capital para este libro. Sus palabras vindican las cosmovisiones de los pueblos originarios respecto a la preservación de la Tierra; se refieren también al tema de la identidad cultural al nombrar al pueblo lenca. Y, aunque no se les menciona explícitamente, los conceptos de «globalización», «mundialización» y «justicia socioambiental» atraviesan su narrativa a través de la descripción de la economía capitalista neoliberal, el militarismo y la destrucción de los territorios habitados por los pueblos indígenas.

La ambientalista hondureña alude a los derechos de los pueblos, los derechos humanos, los derechos de las mujeres y los derechos de la naturaleza. Puede apreciarse, además, una valoración positiva de lo que algunas comunidades indígenas en defensa de ríos, bosques, manantiales y montañas pueden aportar al mundo occidentalizado como alternativa ante la crisis ambiental, así como lo que han incorporado de la modernidad

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occidental —por ejemplo, la noción de derecho— para replantearse sus propias prácticas.

Los últimos cinco siglos de la historia de los pueblos indígenas —también llamados «originarios»— se articulan en torno a la resistencia y el mestizaje.

Si se consideran las vicisitudes que han atravesado estos pueblos desde el comienzo del colonialismo hasta la actualidad, resulta sorprendente que hayan sobrevivido. Ahora bien: ¿qué se entiende como «originario»? ¿Qué características hacen que una cultura sea «originaria» o «no originaria»? ¿La «originariedad» implica permanencia o es compatible con los cambios y las innovaciones? ¿Qué relación existe entre «originariedad» y resistencia? ¿Qué papeles han desempeñado las mujeres indígenas dentro de las culturas en resistencia?

Silvia Rivera Cusicanqui cuestiona el uso del término «originario» para referirse a poblaciones indígenas porque a su juicio remite a algo estático, anclado en el pasado. Para ella: «Al hablar de pueblos situados en el origen se niega la coetaneidad de estas poblaciones y se las excluye de las lides de la modernidad. Se les otorga un estatus residual, y de hecho, se las convierte en minorías encasilladas en estereotipos indigenistas del buen salvaje guardián de la naturaleza[177]». Esta pensadora defiende la contemporaneidad de las comunidades indígenas aunada a la consideración de su diversidad, al tiempo que nos previene contra toda idealización acrítica. En el caso que nos ocupa, se trata de concebir a las mujeres indígenas que protagonizan movimientos en defensa de la Tierra y el territorio como interlocutoras contemporáneas, portadoras de éticas, epistemologías y prácticas políticas dinámicas y relevantes para el diálogo intercultural.

Antes de iniciar el abordaje conceptual en torno a las cuestiones señaladas, me interesa profundizar en el caso de Berta Cáceres para situar algunos aspectos de la intersección entre cosmovisiones y feminismos. En primer lugar, la heterogeneidad de contextos: en su discurso, Berta nombra a su madre, Austra Flores López, a quien dedica su premio. Esta conocida partera de la región, quien se destacó por su trabajo a favor de mejores condiciones de vida para las mujeres, fue elegida como alcaldesa de La Esperanza, gobernadora de Intibucá y diputada del Congreso Nacional por el Partido Liberal. A pesar de que la historia de Berta integra elementos compartidos entre diversos movimientos de mujeres indígenas en defensa de la Tierra y el territorio, también muestra una genealogía particular: esta activista ambiental fue educada por una mujer que ejercía una función socialmente valorada, era sensible ante las problemáticas de las mujeres

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indígenas y tenía relevancia en el ámbito político de su comunidad. En segundo lugar, la dificultad para conciliar los derechos de las mujeres con las problemáticas que se consideran «centrales» dentro de las comunidades indígenas: Berta se refiere explícitamente el concepto de «patriarcado», y reconoce que este forma parte tanto del capitalismo como de su propia organización, el COPINH[178], donde se libra una batalla interna por el acceso de las mujeres a la toma de decisiones en condiciones de paridad con sus compañeros. En tercer lugar, la propuesta de un nuevo universalismo que considere las voces de las mujeres y otros sectores tradicionalmente discriminados: ante lo que designa como «depredación capitalista, racista y patriarcal», incluye la recuperación de las cosmovisiones indígenas para la preservación de la Tierra. Si bien el llamamiento es de carácter local, desde el río Gualcarque, los alcances son globales: por la humanidad y los otros no humanos.

En lo que sigue, abordaré las bases conceptuales que plantea el encuentro entre multiculturalismo, derechos de las mujeres y defensa de la Tierra y el territorio. Me propongo demostrar que en pensadoras del feminismo de la igualdad como María Luisa Femenías, Celia Amorós y Alicia Puleo, entre otras, se encuentran propuestas teóricas que aportan algunos elementos fundamentales para el diálogo entre mujeres de distintos contextos y feminismos provenientes de culturas diversas. Mi objetivo es retomar sus planteamientos, visibilizando, asimismo, los argumentos de algunas intelectuales del Sur, como Vandana Shiva, Ivone Gebara, Silvia Rivera Cusicanqui, Aura Cumes, Gladys Tzul Tzul, Julieta Paredes, Lorena Cabnal y Delmy Tania Cruz Hernández. Por una parte, me interesa destacar aquellos elementos del feminismo ilustrado que permiten tender puentes entre las mujeres pertenecientes a distintas culturas y, por otra, pretendo contribuir al reconocimiento de las voces de autoras latinoamericanas que aportan elementos fundamentales para repensar las epistemologías indígenas. Al respecto, coincido con la posición de Silvia Rivera Cusicanqui, quien sostiene lo siguiente: «Frente a esa gran herencia del pensamiento racional podríamos hablar de esa otra gran herencia del pensar memorioso[179]». Si bien es innegable que la hegemonía que ostentan ciertas teorías feministas debe ser revisada y puesta en cuestión, considero imprescindible reflexionar a partir de los elementos compartidos, escuchar con atención a los sectores marginados a lo largo de la historia y reconocer las diferencias, pero sin renunciar a la mirada crítica que nos previene del peligro de olvidar los derechos de las mujeres. A pesar de las tensiones teóricas entre las perspectivas feministas

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ilustradas y los feminismos de Abya Yala, pienso que al menos vale la pena intentar tejer un tapiz complejo con las hebras de estas posturas difíciles de conciliar.

MULTICULTURALISMO Y FEMINISMO: UNA RELACIÓN PROBLEMÁTICA

El auge de las reflexiones en torno a la diversidad cultural ha traído consigo diversas problemáticas para la teoría feminista. Aunque la categoría analítica «género» sigue siendo fundamental dentro de los estudios feministas, cada vez cobra mayor importancia su intersección con variables como raza, etnicidad, cultura y clase. Las diferencias entre las mujeres que pertenecen a contextos culturales distintos plantean cuestiones relacionadas con el reconocimiento, la identidad, la justicia social y el diálogo multicultural que el feminismo no puede eludir. En ese sentido, surgen los siguientes interrogantes: ¿qué aporta el multiculturalismo a la lucha por los derechos de las mujeres? ¿Qué significa integrar la perspectiva feminista al debate sobre el multiculturalismo? ¿Es posible un feminismo transcultural, respetuoso de la pluralidad y al mismo tiempo crítico ante las expresiones de desigualdad — socioambiental, económica, étnica, cultural? ¿Qué abona lo anterior a la comprensión de los movimientos de mujeres indígenas en defensa de la Tierra y el territorio? Para intentar responder a estas cuestiones voy a presentar los planteamientos de algunas filósofas contemporáneas que han aplicado el «test feminista al multiculturalismo[180]».

Como punto de partida es necesario aclarar qué se entiende por el término «multiculturalismo» y cuáles son sus puntos de intersección con los derechos de las mujeres. Respecto a la primera cuestión, María Luisa Femenías apunta lo siguiente: «Puede resultar asombroso, pero la mayoría de los teóricos/as no definen “multiculturalismo[181]”». Tal parece que la palabra «multicultural» es utilizada como una especie de comodín en el que caben el pluralismo, la autenticidad, la identidad, la diferencia, el comunitarismo e, incluso, el cosmopolitismo. Ante semejante falta de univocidad, esta pensadora argentina considera imprescindible analizar las redes conceptuales en las que se imbrica el multiculturalismo. Aunque es evidente que existen diferentes formas de entender este concepto, y a pesar de la falta de rigurosidad con lo que se lo emplea, se pueden distinguir dos niveles en su uso: uno descriptivo, que fácilmente idealiza o demoniza las variaciones culturales; otro filosófico, que

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se encarga de examinar cuestiones relativas a la identidad, la diferencia, la justicia distributiva y el género.

La primera red conceptual que presenta Femenías se inicia con el análisis de los términos «multiculturalismo» y «cultura». Los conflictos sociopolíticos en tiempos de la globalización ya no se centran en la pugna de clases, sino en las luchas por el reconocimiento identitario. Los colectivos que defienden los derechos de homosexuales, inmigrantes y pueblos indígenas que han organizado movimientos sociales en defensa de sus culturas y territorios denuncian tanto la desigual distribución de poder como la falta de reconocimiento. El multiculturalismo se ubica dentro del marco de estos «nuevos movimientos sociales», entre los que suele incluirse al feminismo. En el contexto posmoderno, los temas relativos a la identidad —étnica, religiosa, cultural, sexual— y a la revalorización de la voz de las minorías han cobrado gran relevancia. No obstante, cabe destacar que «identidad», «diferencia», «reconocimiento» y «cultura» tampoco son términos cuya definición esté exenta de dificultades.

Entre las distintas acepciones del término «multiculturalismo» es posible encontrar visiones rígidas, ahistóricas y ontologizantes, pero también perspectivas dinámicas, críticas, relacionales y complejas. De ahí que sea posible distinguir multiculturalismos «débiles», centrados en los aspectos externos del folclore, y versiones más «fuertes», que se interesan en la complejidad de las cosmovisiones de las culturas. Algunos ponen mayor énfasis en la celebración de las diferencias culturales, en tanto que otros no abandonan la perspectiva crítica ante tales diferencias. Existen multiculturalismos que se basan en el reconocimiento, y otros que se sostienen en la violencia.

Las distintas formas de utilizar el concepto «multiculturalismo» algunas veces encubren y otras descubren cuestiones éticas, políticas y ontológicas.

Su relación con la noción de «ideología» alude a las relaciones de poder y a los aspectos políticos de la cultura. Las culturas hegemónicas no suelen considerarse a sí mismas multiculturales, ni tampoco visibilizar diferencias identitarias en su interior, excepto cuando se refieren a los grupos inmigrantes o a las sociedades no occidentales. De acuerdo con esto —sostiene Femenías —, «entre los problemas que el multiculturalismo nos lleva a examinar, se encuentran cuántos y cuáles niveles de poder lo atraviesan y cuáles son los más significativos[182]». Al respecto, esta filósofa se pregunta: ¿cómo operan las relaciones de poder respecto al colectivo femenino? ¿Qué lugares ocupan las mujeres en las distintas culturas? ¿Puede hablarse de un «patriarcado

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transcultural»? ¿El diálogo entre las culturas proporciona elementos para comprender las múltiples formas de operar de dicho sistema, además de estrategias para desmontarlo?

Según reseña Femenías, de las más de ciento cincuenta definiciones sobre «cultura», la primera data del siglo XIX. Su autor, un antropólogo llamado E. B. Taylor, consideraba que esta noción incluía la totalidad de las experiencias humanas; asimismo, llegó a concebirla como sinónimo de «civilización».

Más tarde, dichos términos aparecen como diferentes, incluso opuestos: Kultur alude a los valores, la profundidad, la autenticidad y el perfeccionamiento individual o colectivo, es decir, representa el ámbito de la creatividad; zivilization, en cambio, se refiere a los adelantos tecnocientíficos impulsados por el capitalismo, y permanece en el nivel de la reproducibilidad[183]. Nótese que hasta hace relativamente poco, a pesar de sus diferencias, «culturizarse» y «civilizarse» se utilizaban como sinónimos de «occidentalizarse».

Aquí podemos preguntarnos cuántas de esas más de ciento cincuenta definiciones han sido pensadas desde las condiciones de pobreza e injusticia social del «Tercer Mundo» y de los sectores marginados en los países del «Primer Mundo». La confusión terminológica de este entramado conceptual plantea numerosas problemáticas. Por ejemplo: ¿qué significa que un conjunto de individuos sea culturalmente diferente? ¿Existe alguna cultura que excluya lecturas polémicas? ¿Desde qué perspectivas se presentan las preguntas, se construyen los conceptos y se generan las respuestas? ¿Es casualidad que la mayor parte de las visiones alternativas que ponen en cuestión la «universalidad», «objetividad» e «imparcialidad» del punto de vista del varón blanco occidental hayan sido planteadas principalmente por feministas, personas de color, intelectuales de los pueblos colonizados o por quienes, a pesar de pertenecer al colectivo hegemónico, decidieron mirar desde las periferias?

Dentro de esta primera red conceptual, Femenías revisa otros términos de contornos difusos que suelen utilizarse como sinónimos de «multiculturalismo», a saber «heterogeneidad», «pluralismo» y «diversidad». Para ilustrar el concepto de heterogeneidad, nuestra filósofa recurre a las reflexiones de Ileana Rodríguez[184]. Según esta autora, dicha noción remite a la relación entre raza e identidad, y tiene la ventaja de no estar sobresaturada de significado ni impregnada de colonialismo; sin embargo, presenta numerosas complicaciones, porque el concepto «raza», al igual que el de

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«identidad», puede adquirir diversos sentidos según el enfoque —biológico, social, antropológico, demográfico— desde el que se lo defina. Por otra parte, el pluralismo permite concebir a los grupos sociales y a las culturas en contextos relacionales, fluidos, cambiantes, ya que: «todos y cada uno de nosotros pertenecemos a varias “culturas” a la vez; en realidad, a una pluralidad de culturas, en tanto occidentales, de tal país y religión, que habla tal o tales idiomas, que pertenece a una clase social determinada, etc.»[185]. Finalmente, es a partir de la consideración de la diversidad como se aborda la cuestión de la homologación cultural causada por la globalización, la cual acarrea la desaparición de lenguas y estilos de vida y la fragmentación de comunidades.

La segunda red que estudia Femenías se centra en el análisis de aquellos conceptos que tienen su origen en la Ilustración o en el liberalismo político anglosajón, y que constituyen el referente silenciado de los debates de la modernidad tardía, la posmodernidad, la globalización y los estudios culturales. Este entramado se inicia con el término «cosmopolitismo», el cual proviene de la tradición kantiana que retoma la vieja idea estoica del hombre como ciudadano del mundo[186]. Kant llegó a concebir un horizonte de justicia y paz entre los pueblos sobre la idea de que no debe haber guerras. La ciudadanía cosmopolita reclama derechos y leyes que permitan el progreso de los individuos hacia un nuevo orden en el que impere la razón. Este concepto no gira en torno a la identidad, el reconocimiento, las tradiciones y las relaciones entre los grupos sociales, es decir, no es sinónimo de multiculturalismo.

«Igualdad» tampoco es un concepto unívoco, sino que se puede entender de diferentes formas. Los orígenes del feminismo están vinculados con esta noción. Ya desde la Ilustración se mostraron las fisuras de un supuesto universalismo que dejaba fuera a las mujeres, los esclavos y los extranjeros.

Como pudo vislumbrar Madame de Staël, era necesario «echar más luces a las luces[187]» para iluminar las contradicciones de la Ilustración. Hacia finales del siglo XVIII, Olympe de Gouges, autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana[188], denunció la incoherencia de una supuesta igualdad que excluía a las mujeres. Después de la muerte de esta pensadora, tuvieron que transcurrir casi dos siglos para la conquista de los derechos más elementales. Lo anterior evidencia que entre la enunciación formal de la igualdad y su aplicación efectiva se levanta un abismo. No es casualidad que en nuestros días las mujeres encabecen los índices de pobreza y marginación a nivel mundial. La «equifonía[189]», entendida como «la

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capacidad de oír y de ser oído como voz portadora de significado, de verdad, de conocimiento, de credibilidad[190]», está aún muy lejos de ser una realidad para el «segundo sexo».

«Universalismo» es otro concepto controvertido. La propuesta de los derechos humanos, entendidos como «universales», también es una herencia de la Ilustración. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano fue una novedad introducida durante el siglo XVIII. Hasta entonces, los sujetos de derecho habían sido unos cuantos privilegiados.

Como apunta Femenías: «Solo a partir de las premisas ilustradas de igualdad y de universalidad, pudo cualquier ser humano —ya no en carácter de privilegio— reivindicarse como legítimo demandante o portador de un derecho[191]». Fue precisamente en este contexto en el que Olympe de Gouges demandó un «universalismo» real. Si la Declaración se presentaba con pretensiones de «universalidad», ¿cómo podía excluir a más de la mitad de la humanidad? Rechazar esta aportación de la modernidad europea significa renunciar a la reivindicación de derechos. Esto fue muy bien comprendido por la pensadora francesa, quien vislumbró las potencialidades emancipatorias del universal como ideal regulativo que podía ser resignificado por las mujeres y otros sectores discriminados. En un acercamiento más contemporáneo a este tema, Seyla Benhabib[192], a quien remite Femenías, afirma que es posible un «universalismo interactivo[193]», dialógico e incluyente, concebido como un proceso y no como una realidad terminada. Berta Cáceres lo expresa con las siguientes palabras: «Juntémonos y sigamos con esperanza…».

Este segundo entramado conceptual concluye con una reflexión sobre «ciudadanía y derechos». Para amplios sectores —como mujeres, personas afrodescendientes, inmigrantes y pueblos indígenas— el acceso a la ciudadanía representa una promesa incumplida o, en el mejor de los casos, un logro en el ámbito formal. De hecho, «la inclusión de los derechos de las mujeres como derechos humanos ha sido uno de los logros más recientes[194]».

Sin embargo, en muchos países, estos derechos aún no son reconocidos, y aunque lo sean en el ámbito legal, su aplicación real es muy limitada: las mujeres prácticamente carecen de acceso a la propiedad sobre la tierra, son minoría en los puestos de toma de decisiones, reciben los salarios más bajos y encabezan las estadísticas de desnutrición, deserción escolar y marginación económica y social. La Ilustración sigue siendo, como atinadamente expresó Celia Amorós, una tarea sin terminar. Si bien Femenías no alude a los

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derechos de la naturaleza[195], considero que estos plantean nuevos retos en relación con los límites de la ciudadanía y los derechos humanos.

La tercera red se centra en las críticas de la posmodernidad hacia los ideales no alcanzados que planteó la época de las Luces. El primer concepto que se aborda es «diferencia», un término históricamente relacionado con la exclusión, como bien saben las mujeres y otros sectores discriminados. La «norma» está constituida por el estereotipo del varón blanco heterosexual del mundo occidental; lo «anormal», en cambio, alude a quienes no caben en ese molde. Durante la década de 1960, la «diferencia» comenzó a adquirir una connotación positiva. Las especificidades —de género, raza, etnia— se convirtieron en motivos de celebración acrítica. Sin embargo, en los siguientes años la noción de «diferencia» se fragmentó en una pluralidad de «diferencias diferentes». Evidentemente, no significa lo mismo ser blanca, heterosexual y de clase media que indígena, lesbiana y pobre. La categoría de «género» está atravesada por las variables étnicas, culturales, etarias y de clase. En este contexto, la lucha por la igualdad queda en segundo término ante la exigencia del reconocimiento de las diferencias.

La lista continúa con otra noción bastante debatida: «identidad». Femenías apunta que «el multiculturalismo reivindica el valor de la identidad en un sentido grupal, sobre todo en tanto identificación como miembro de un grupo a partir de un rasgo diferenciador[196]». La identidad es inseparable del sentido de pertenencia, de la autoafirmación y de la lucha por el «reconocimiento», último término de esta red conceptual. El reconocimiento es fundamental para la (de)formación de la identidad. La consideración positiva de una diferencia, o su rechazo, puede generar una imagen distorsionada del individuo y de la colectividad.

Por otro lado, las reflexiones sobre el concepto de «cultura» han potenciado el desarrollo de los llamados «estudios culturales» y el «pensamiento poscolonial y decolonial». Ambos se articulan alrededor de los conceptos de «reconocimiento» y «diferencia», pero, mientras que los primeros se sitúan en la posmodernidad y retoman el tema de la «identidad», los segundos se consideran deudores de la modernidad al mismo tiempo que reivindican una valoración positiva de los pueblos colonizados. Respecto a las redes conceptuales analizadas, la filósofa argentina aclara que: «Ninguno de los términos referidos remite a procesos, situaciones o cuestiones fácilmente delimitables. Precisamente, la permeabilidad y la labilidad de fronteras tanto terminológicas como procesales resultan una constante[197]». Lo anterior hace evidente la dificultad de ubicar lo propio del multiculturalismo, como si este

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fuera claramente delineable, cuando más bien es un término fronterizo y atravesado por múltiples contradicciones.

Las tres redes que propone esta autora como coordenadas que nos permiten situar el multiculturalismo ante los debates actuales no solo se entrecruzan entre sí, sino también con temas como la «globalización», la «mundialización» y la «teoría feminista».

La «globalización» se caracteriza por un desarrollo tecnocientífico desvinculado de consideraciones éticas, y aunque Femenías no aluda a las problemáticas medioambientales, considero que es necesario incluir reflexiones sobre los límites del planeta, la expulsión de comunidades enteras de sus territorios a causa de proyectos extractivistas y el consecuente agotamiento de los recursos naturales. Ahora bien, la globalización implica una economía mundializada que se levanta sobre la destrucción de las economías locales, aunada a un sistema de telecomunicaciones a nivel global que unifica tiempos y formas de vida. Una de las principales consecuencias de este proceso es la pérdida de soberanía de los Estados nacionales causada por la desregulación del comercio. Otro de sus rasgos es la estandarización sociocultural producida por los medios masivos de comunicación. Por una parte, se ha conformado una «sociedad planetaria», mientras que, por otra, emergen «movimientos autoidentitarios exacerbados[198]». El mundo ha sido dividido en dos bloques: uno caracterizado por su falta de acceso a los recursos básicos, y otro en el que la población participa activamente en el consumo de los productos que ofrece el mercado neoliberal y los recursos tecnocientíficos. En la actualidad, el Norte rico y el Sur empobrecido no reconocen geografías, ni contornos claramente delimitados[199].

La «mundialización» alude específicamente a la pérdida de culturas milenarias; sin embargo, Femenías insiste en que reconocer este proceso no debe implicar abandonar la perspectiva crítica. ¿Por qué desaparecen unas tradiciones mientras que otras se conservan? ¿Qué relaciones de poder intervienen en estos fenómenos? ¿A qué estrategias de resistencia recurren las distintas comunidades ante la pérdida de sus estilos de vida y sus medios de supervivencia? ¿Cómo se relaciona el multiculturalismo con la democracia, el bien común y la justicia social? ¿Qué papeles desempeñan las mujeres en todo esto? Nuestra filósofa considera que: «El multiculturalismo es una necesidad que o bien se plantea dialógicamente desde centros plurales democráticos o bien, por el contrario, se precipita en una síntesis que no necesariamente conlleve lo más benéfico de las sociedades actuales[200]». La primera opción requiere una perspectiva no etnocéntrica, pero también una

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mirada feminista y un nuevo universalismo construido a partir del diálogo intercultural —entre las culturas— e intracultural —en el seno de la propia cultura. En cambio, la segunda puede desembocar, como muestran numerosos ejemplos, en movimientos extremistas y fundamentalistas en los que las mujeres y las niñas llevan la peor parte.

Para la teoría feminista de finales del siglo XX e inicios del XXI es imprescindible dialogar con el multiculturalismo. Problemas como los que plantean la desigualdad social, la identidad y diferencia, la tensión entre derechos individuales y derechos colectivos, el cuestionamiento dirigido al etnocentrismo y el reconocimiento de la diversidad —cultural, étnica, sexual

— reclaman análisis multiculturales con enfoque feminista. La relación entre multiculturalismo y teoría feminista no es fácil[201]. El feminismo occidental tiene raíces ilustradas, en tanto que el multiculturalismo forma parte de los debates posmodernos. Numerosos intelectuales decepcionados ante las promesas incumplidas de la Ilustración han optado por abandonar sus directrices. Sin embargo, es evidente que las problemáticas relacionadas con la discriminación sexual en culturas distintas a la occidental reclaman reflexiones feministas que dialoguen con las perspectivas que aportan indígenas, campesinas, mestizas y afrodescendientes. Recordemos una vez más el discurso de Berta Cáceres, en el que convergen la crítica al capitalismo, el racismo y la discriminación hacia las mujeres desde las coordenadas de los pueblos indígenas, así como de otras tradiciones culturales.

La situación se complica aún más porque tanto el multiculturalismo como el feminismo tienen varias versiones. Hemos visto que es posible distinguir distintos multiculturalismos: fuerte o débil, pluralista, basado en el reconocimiento o en el miedo. Asimismo, los diversos feminismos responden de forma diferente a las problemáticas que se derivan del multiculturalismo.

Para algunos, la opresión de las mujeres se debe al entrecruzamiento entre capitalismo y patriarcado, en tanto que otros se centran solamente en uno de estos dos sistemas de subordinación. Pueden distinguirse feminismos liberales, radicales, marxistas…, variantes con enfoque psicoanalítico, existencialista, poscolonial, estructuralista, posmoderno. Sin duda, esta sistematización es reduccionista, pero se ajusta al propósito de Femenías, que es el de «desalentar lecturas monolíticas[202]». En un trabajo posterior, esta filósofa examina la intersección sexo-género-etnia, y lo hace específicamente para referirse a los movimientos de mujeres en Abya Yala, ante lo cual propone un «universalismo interactivo» como base para un diálogo

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multicultural que considere a los pueblos indígenas y a las mujeres, que por lo menos constituyen el 50 por 100 de los mismos, como interlocutores válidos[203].

A mi juicio, los feminismos del Sur, que a su vez son diversos, aportan elementos para pensar formas alternativas de universalismo, nuevos caminos para arribar a la igualdad y matices múltiples sobre las diferencias. Los movimientos sociales protagonizados por comunidades indígenas en defensa de la Tierra y el territorio plantean interrogantes urgentes que hacen aún más complejo el entramado conceptual del multiculturalismo: la vindicación de autonomía para los pueblos indígenas en Estados pluriculturales; el reconocimiento de la comunidad como una forma de organización económica, política y social legítima, y la valoración positiva de las voces y acciones de las mujeres para mejorar sus vidas en sus propios términos.

MULTICULTURALIDAD ILUSTRADA

Después de haber situado las coordenadas en que se mueve el multiculturalismo, resulta interesante examinar la propuesta de Celia Amorós en torno a una «multiculturalidad ilustrada[204]». Esta filósofa afirma que tanto la crítica anticolonialista como la feminista delatan la impostura del universalismo pregonado por la modernidad. Sin embargo, se distancia de los discursos posmodernos al retomar los planteamientos de la Ilustración con el objetivo de llevarlos hasta sus últimas consecuencias en lugar de abandonarlos. En sus palabras, el término «multiculturalidad» designa «el hecho sociohistórico, incrementado en la era de la globalización, de la coexistencia de diversas culturas en los mismos ámbitos geográficos[205]». En cambio, el multiculturalismo parte de un concepto reificado de «cultura», y se refiere al ámbito normativo de las relaciones interculturales, esto es, a la gestión política de la «multiculturalidad». Pero ¿qué significa que dicha «multiculturalidad» sea «ilustrada»?

Amorós sostiene que las culturas no son estructuras homogéneas, como pretende el multiculturalismo, sino que atraviesan transformaciones constantes. En ellas hay conflictos, tensiones, controversias e intercambios con otras culturas. De hecho, no es posible distinguir con precisión entre «lo propio» y «lo ajeno», porque las hibridaciones, los préstamos, las apropiaciones de ciertos elementos y el rechazo de otros forman parte de la dinámica de todas las culturas, las cuales se caracterizan precisamente por

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estar «en un proceso permanente de construcción y reconstrucción[206]». La interpelación intercultural es ineludible, pero el problema reside en la falta de simetría entre quienes interpelan y quienes son interpelados.

El efecto de reflexividad sobre las propias prácticas culturales es potenciado por el encuentro con otras culturas, pero este ha de ser recíproco y no seguir siempre una sola dirección, sino varias. Si, por ejemplo, las mujeres europeas y estadounidenses perciben la opresión que padecen las musulmanas, constreñidas a portar velos, estas, a su vez, cuestionan la esclavitud que representan las modas occidentales y la mercantilización de la sexualidad femenina. Ni «occidentales» ni mujeres pertenecientes a otras matrices culturales tienen un punto de vista privilegiado para imponerlo sobre las otras; más bien la discusión debe aportar elementos de autocrítica entre diversas perspectivas. Para Amorós se trata de «generar, al lado de y por encima de las especificidades de las culturas, una “cultura de razones[207]”».

Esta debe ser una «cultura feminista[208]».

La filósofa señala que, aunque la Ilustración puede situarse en un período específico de la historia occidental, «ni Europa ni Occidente tienen el monopolio de la Ilustración si entendemos Ilustración en un sentido amplio, como procesos crítico-reflexivos que se producen en las diferentes culturas[209]». No tiene sentido preguntarse si estos procesos crítico-reflexivos que en algún momento se generan como parte de la dinámica cultural son endógenos o exógenos, porque en un mundo multicultural todo es propio y ajeno a la vez. Los intercambios culturales atraviesan a las distintas civilizaciones en las direcciones más diversas. La modernidad europea debe mucho a las ideas provenientes de otras visiones del mundo. De hecho, sin haber tenido contacto con otras culturas, no existiría lo que llamamos «Occidente».

La pensadora de origen aymara Silvia Rivera Cusicanqui alude a la relación entre aquello que pertenece a la propia cultura y los elementos de origen externo recuerda al significado del concepto ch’ixi: se trata de un color producto de dos opuestos, como el gris: «es blanco y no es blanco a la vez, es blanco y también es negro, su contrario[210]». Las culturas constituyen productos de múltiples mestizajes abigarrados, es decir, son ch’ixi; la supuesta «pureza cultural» es el resultado de relaciones de poder asimétricas que silencian unos referentes culturales mientras reconocen otros.

Por su parte, Celia Amorós utiliza varios ejemplos provenientes de los países árabes para clarificar lo que quiere decir con la expresión «contextos de Ilustración[211]». No obstante, siguiendo su planteamiento central de

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acuerdo con el cual «donde hay Ilustración, hay feminismo[212]», he preferido recurrir al ámbito de Abya Yala para explicar este punto. En este sentido, sostengo, parafraseando a Celia Amorós, que procesos atravesados por los pueblos indígenas que replantean el lugar tradicional asignado a las mujeres constituyen casos concretos de «multiculturalidad ilustrada». Estos movimientos sociales forman parte del encuentro, no exento de hegemonías, entre las cosmovisiones indígenas, la Teología de la Liberación, algunas ONG, los discursos feministas urbanos y el multiculturalismo crítico, todo esto aunado al impacto de las medidas neoliberales sobre las comunidades indígenas.

Sostengo que este feminismo no es «indígena» por «autóctono» sino, precisamente, por ser parte de un proceso de interpelación intercultural protagonizado por mujeres indígenas. A su vez, la teoría feminista occidental ha comenzado a debatir sobre sus propias limitaciones —etnocentristas y clasistas— para acercarse a las problemáticas planteadas por los feminismos indígenas, negros, campesinos, etc., produciéndose lo que Amorós identifica como la discusión permanente de «todas la reglas de todas las tribus[213]».

Los feminismos del Sur presentan análisis sobre las distintas formas en que actúa el capitalismo globalizado: devastando las formas de vida de los pueblos indígenas, fragmentando territorios, homologando culturas y pauperizando las condiciones de vida de las personas, especialmente de las mujeres que se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad. Asimismo, alertan sobre el reforzamiento de nuevos y viejos fundamentalismos, el aumento del odio racial y de todas las formas de violencia alrededor del mundo. En este contexto, la interpelación intercultural equitativa se presenta como un ideal lejano ante las formas más desencarnadas de altericidio. Al respecto, nuestra autora afirma lo siguiente: «Si algún diálogo intercultural es aún posible en este momento terrible, si por algún lado se puede tender algún puente, lo sería precisamente de Ilustración a Ilustración, de proceso crítico-reflexivo a proceso crítico-reflexivo[214]».

Considero que los movimientos de resistencia de los pueblos en defensa de la Tierra y las reivindicaciones feministas y ecologistas que florecen en los cinco continentes muestran que sí es posible el encuentro entre ilustraciones.

Los movimientos de mujeres indígenas por la Tierra y el territorio constituyen procesos críticos-reflexivos capaces de dialogar con el feminismo, el ecologismo y entre sí mismos. En los siguientes capítulos veremos si, efectivamente, se camina hacia el cumplimiento de tales expectativas.

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Amorós considera que no todos los pensadores que suscriben el proyecto de la Ilustración han estado dispuestos a «discutir todas las reglas de todas las tribus[215]», especialmente cuando se trata de cuestionar las posiciones ocupadas por las mujeres. La subjetividad se ha declarado explícita o implícitamente como una propiedad masculina, en tanto que las mujeres han recibido una sobrecarga de identidad. La diferencia estriba en que la subjetividad es un derecho, mientras que la identidad representa un deber.

¿Por qué tienen que ser las mujeres quienes conserven las marcas de identidad en sus cuerpos, en sus vestimentas y en sus formas de expresión?

¿Qué desigualdades encierra esta sobrecarga de identidad? ¿No debería existir más bien un equilibrio entre identidad y subjetividad? La filósofa nos recuerda que las identidades no son estáticas, sino que forman parte de un proceso de resignificación constante; asimismo, subraya la importancia de que las mujeres transiten del ámbito de la identidad al de la subjetividad, un reto que presenta numerosas dificultades para los indígenas entre las vindicaciones de sus comunidades y sus derechos específicos como mujeres.

Al respecto, considero que un paso fundamental en tal dirección es contribuir a hacer audibles las voces de las pensadoras indígenas, pocas veces citadas en el diálogo entre feminismos.

MULTICULTURALISMO, JUSTICIA Y GÉNERO

En una línea cercana a Amorós y Femenías, María Xosé Agra reflexiona sobre las problemáticas que plantea la intersección entre multiculturalismo, justicia y género[216], tema fundamental para situar las reivindicaciones de las mujeres indígenas que protagonizan movimientos en defensa de la Tierra, el territorio y que además vindican sus derechos en el diálogo intercultural feminista. De acuerdo con Agra, el principal cuestionamiento al multiculturalismo desde una perspectiva feminista es si este «supone o, mejor, permite una ampliación del alcance de la justicia y en qué medida esto afecta al género. O, por el contrario, opera reductivamente, estrecha el alcance de la justicia y se queda en el terreno de la injusticia cultural[217]». En el caso de las políticas que se centran en la reivindicación de las identidades —de género, raza, etnia, clase—, habría que preguntarse cuáles de estas contribuyen a una mayor igualdad social y cuáles generan exclusiones. El debate actual se divide en dos posiciones claramente diferenciadas: una esencialista y otra constructivista. Para la primera, las identidades tienen rasgos claros, son

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preconstituidas e inamovibles; en cambio, para la segunda, se reducen a construcciones sociales y, en última instancia, al producto de discursos opresivos.

Esta autora considera imprescindible partir de una postura antiesencialista para plantear las relaciones entre las distintas culturas, pero también señala la necesidad de contar con criterios normativos que garanticen la justicia social por encima de la discusión entre identidad y diferencia. No basta con deconstruir las identidades con el objetivo de denunciar su carácter ficticio, sino que es preciso mostrar cómo se entrelazan etnia, género y clase, y de qué manera se imbrican con cuestiones relativas a la economía política. Se trata de evitar tanto los esencialismos como los relativismos simplistas. Entre estos dos extremos, elige la alternativa que presenta el multiculturalismo crítico, la cual se centra en lo común, considera la pluralidad, reconoce las voces de los grupos marginados, potencia el diálogo equitativo y fomenta la solidaridad entre sujetos heterogéneos.

En lo concerniente a las políticas del reconocimiento, específicamente a la propuesta por Charles Taylor, Agra piensa que, no obstante sus aportaciones, plantea muchos problemas. Por una parte, Charles Taylor argumenta que no todos los aspectos de la modernidad son incompatibles con el multiculturalismo; por ejemplo, la idea de que todos los seres humanos tienen igual dignidad es un principio de la Ilustración, que se encuentra en los fundamentos de las demandas de reconocimiento de los colectivos discriminados. Por otra parte, este autor estima que todas las culturas tienen igual valor, y que todas las diferencias deben ser celebradas. Esta autora está de acuerdo con el primer punto, pero respecto al segundo enfatiza que «la apreciación de la diversidad no es lo único realmente relevante, hay que aprender también que algunos grupos han sido explotados y dominados por otros, es un interés por la justicia, no por la autorrealización o la celebración de la diversidad[218]». En este sentido, muchas tradiciones que caracterizan a las culturas deben ser reformadas para que la justicia sea posible.

En el caso de las mujeres, el reconocimiento, entendido como admiración y respeto hacia las costumbres existentes en las distintas culturas, no es algo deseable si se deja de lado la consideración de la justicia social.

Históricamente, las identidades femeninas han reforzado la discriminación sexista, razón por la cual resulta cuestionable que la solución radique en valorar positivamente dichas identidades. Agra contrasta la postura de Charles Taylor con la de Susan Wolf, quien ha criticado la ausencia de un marco de referencia feminista en los planteamientos de este autor. De acuerdo con ella,

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la situación específica del colectivo femenino y la de las culturas no pueden ser abordadas sin hacer referencia a la justicia. Respecto a las mujeres, identifica dos grandes fallas de reconocimiento: se les ha negado su individualidad y se han invisibilizado los valores, saberes y experiencias desarrollados por ellas en el ejercicio cotidiano de las actividades que socialmente les han sido conferidas. En lo referente tanto a las mujeres como a las culturas no se trata solo de afirmar el valor de las diferencias, sino de reflexionar si estas hacen posible la justicia social o, por el contrario, constituyen obstáculos para la misma.

Considero importante recordar que en numerosas comunidades indígenas las llamadas «tradiciones y costumbres» excluyen a las mujeres de formar parte en los procesos comunitarios de toma de decisiones y respecto a la propiedad sobre la tierra, al tiempo que las conciben como guardianas y transmisoras de sus culturas, lo que genera situaciones de injusticia. Las sociedades mestizas desestiman sus saberes, niegan su subjetividad y cuestionan su plena humanidad, en tanto que en sus comunidades se les impide la participación política, ignorando que tales «usos y costumbres» no son estáticos, y que las mujeres a través de sus luchas contribuyen a transformarlos.

El debate entre identidad, diferencia e igualdad constituye un tema central en el diálogo entre género y multiculturalismo. Al respecto, Agra se pregunta cuáles son las implicaciones políticas de sustancializar las identidades o, por el contrario, de reducirlas a meras construcciones sociales que conducen a un relativismo escéptico. La respuesta que encuentra en los argumentos de S. Benhabib, I. M. Young y G. Fraser es que ni el esencialismo ni el antiesencialismo relativista logran conectar el reconocimiento con la justicia, la redistribución, la opresión y la dominación. No obstante las diferencias entre sus planteamientos, las tres coinciden en que «el multiculturalismo, el género y la justicia requieren una teoría normativa[219]». Benhabid se enfoca en el análisis del viraje conceptual que ha llevado a la teoría feminista de Marx y Freud a Foucault y Derrida, así como su impacto sobre la concepción de las mujeres como sujetos y en cualquier política o criterio de justicia, fundamentos feministas de toda vindicación que son derrumbados en este giro filosófico.

Agra concluye que existen muchas formas de pensar el multiculturalismo. Especialmente en las vertientes críticas, ha encontrado problemas que no se solucionan en el ámbito exclusivo del reconocimiento, como lo evidencia la intersección entre feminismo y diversidad cultural, sino que obligan «a

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afrontar el reto de las diferencias, sin caer en esencialismos, culturalismos o simple multiplicidad[220]». Asimismo, enfatiza que no se puede soslayar la necesidad de considerar las variables de género, raza, etnia y clase, en relación con la economía política y la justicia social, si se pretende llevar a cabo un análisis que sea capaz de potenciar el diálogo multicultural en contextos de igualdad.

A partir de las perspectivas críticas sobre el multiculturalismo desarrolladas por las autoras precedentes, planteo las siguientes conclusiones: es necesario reconocer la diversidad cultural y cuestionar los errores de la propia cultura —sin olvidar sus aspectos positivos—, siempre y cuando se consideren los derechos de las mujeres más allá de cualquier diferencia. En este sentido, uno de los principales retos al respecto es el replanteamiento de tales derechos desde un diálogo intercultural «equifónico» entre mujeres que afrontan problemáticas específicas y miran el mundo desde coordenadas culturales distintas a las del Occidente dominante, y también diversas entre sí.

APORTACIONES DE LAS MUJERES DEL SUR A LA CONFORMACIÓN DE CULTURAS SOSTENIBLES

El Occidente imperialista —que, como hemos visto, no es el único Occidente

— se ha caracterizado por destruir culturas y territorios en nombre de una supuesta cruzada por la civilización. Ha puesto en riesgo no solo la continuidad de las culturas indígenas, sino también el equilibrio de los ecosistemas sobre los que se sostiene la vida de los seres humanos, los no humanos y las generaciones por venir. Una respuesta ante la destrucción de las culturas ha sido la emergencia de diversos fundamentalismos, caracterizados por la violencia, la intolerancia y el odio. Frente a esto, la filósofa india Vandana Shiva propone otro giro para abordar la diversidad cultural: «el movimiento de defensa de la paz, la sostenibilidad y la justicia,

que se propone proteger la diversidad por medio del cuidado y la compasión, y no por la dominación y la conquista[221]». Este movimiento se nutre de los saberes y experiencias desarrollados por las mujeres rurales y los pueblos indígenas, así como de propuestas altermundistas provenientes de distintos horizontes culturales, es decir, transita con fluidez de lo local a lo global. Su propósito es globalizar la no violencia, la compasión y la conciencia de pertenencia a la familia de la Tierra.

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Vandana Shiva parte de la realidad de privación y miseria que padecen las poblaciones de la India rural, principalmente las mujeres y las niñas.

Asimismo, visibiliza las experiencias que se desprenden de su resistencia contra el neoliberalismo. Esta autora propone una «globalización alternativa» fundada en la no violencia —legado de Mahatma Gandhi—, la autonomía de las democracias comunitarias, la revalorización de los saberes desarrollados por las mujeres y la recuperación del legado cultural de los pueblos indígenas. Sus reflexiones epistemológicas acerca del impacto del crecimiento de las economías occidentales sobre las mujeres indígenas y campesinas de India coinciden en muchos aspectos con otros ejemplos de movimientos de resistencia en defensa de la Tierra y la diversidad cultural.

Las concepciones sobre «crecimiento» y «progreso» que han impuesto las potencias coloniales sobre los territorios sometidos suponen que el «desarrollo» al estilo occidental representa la meta a la que deben encaminarse todos los pueblos. Al respecto, Vandana Shiva apunta lo siguiente: «El “desarrollo” solo podía entrañar la destrucción de la mujer, la naturaleza y las culturas oprimidas, razón por la cual, en todo el Tercer Mundo, las mujeres, campesinado y pueblos tribales están luchando por liberarse del “desarrollo” así como antes lucharon para liberarse del colonialismo[222]». En este contexto, el «desarrollo» se reduce a la industrialización y la expansión económica sostenidas en la depredación de los recursos naturales, la destrucción de las culturas locales y el empobrecimiento de las mujeres y los pueblos indígenas.

El crecimiento económico que se basa en la extracción irracional de recursos naturales genera «progreso» y «abundancia monetaria» para una minoría sobre el desposeimiento de millones de seres humanos que han sido arrojados a la miseria. Además, este «progreso» lleva la marca del patriarcado colonialista, lo que puede ayudarnos a comprender por qué en las estadísticas las mujeres indígenas y campesinas encabezan los índices de pobreza. Las naciones «desarrolladas», en complicidad con las autoridades locales de los países del Sur, privatizan las tierras comunales para dedicarlas a los monocultivos y generar mayores ingresos, lo que produce el desplazamiento forzado de quienes dependían de esos recursos para sobrevivir. Para las mujeres, dedicadas tradicionalmente a la recolección de agua, leña, forraje y alimentos, esto ha significado hambruna y muerte porque, a diferencia de los varones, que pueden migrar con mayor facilidad para buscar alternativas en otras regiones, ellas tienden a quedarse para asumir el cuidado de niñas, niños

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y personas adultas mayores y/o enfermas afrontando las condiciones crecientes de escasez.

La tala inmoderada de los bosques provoca disminución de mantos acuíferos, falta de leña para cocer los alimentos, desaparición de plantas medicinales, etc., lo que implica la necesidad de recorrer distancias cada vez mayores para conseguir lo que antes estaba disponible en abundancia a unos cuantos pasos. Esto conlleva cargas de trabajo extenuantes, problemas graves de desnutrición y aumento de la morbilidad infantil, además del surgimiento de nuevas enfermedades relacionadas con la contaminación. Todo ello destruye las opciones de vida de las mujeres empobrecidas del Sur, a quienes se considera prescindibles dentro del patriarcado capitalista porque no producen dinero ni participan en el mercado.

Al igual que a la naturaleza, a estas mujeres se les ha devaluado mediante su vinculación con las categorías de «pasividad» e «improductividad[223]». En la lógica del «desarrollo», no puede haber «producción» sin la participación de diversas técnicas modernas como los pesticidas, los fertilizantes químicos, la ingeniería genética y la nueva tecnología hidráulica, entre otros. Desde esta perspectiva y la agricultura orgánica y los conocimientos tradicionales, especialmente aquellos que han sido desarrollados durante milenios por las mujeres indígenas, son considerados improductivos. El único criterio que se considera válido es el de las ganancias monetarias a corto plazo, sin tomar en cuenta los impactos ecológicos y sociales. En palabras de Vandana Shiva:

«desarrollo equivale a mal desarrollo, un desarrollo despojado del principio femenino, principio de conservación, principio ecológico[224]». Este «desarrollismo» se ha convertido en una nueva forma de desigualdad entre los sexos. La categoría de «hombre tecnológico occidental[225]» ha devenido sinónimo de subdesarrollo para el colectivo femenino y de sobreexplotación para la naturaleza.

En la cosmología védica, el principio femenino o Shakti es concebido como energía dinámica y creativa fundamental que se expresa en la Prakriti[226] o naturaleza desbordante de vida y diversidad. En ese sentido «crecimiento» significa el despliegue de la biodiversidad y de todas aquellas formas de saber armónicas con la naturaleza. En cambio, dentro del proyecto de crecimiento económico promovido por Occidente, tanto las mujeres como la naturaleza han sido despojadas de su dignidad al reducírseles a meros recursos.

Como argumenta Vandana Shiva: «las categorías de “productividad” y crecimiento que se han considerado positivas, progresistas y universales son, en realidad, restringidas categorías patriarcales[227]». En efecto, la conversión de los campos de cultivo en monocultivos comerciales, la privatización de las

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tierras comunales, la construcción de presas y represas, entre otros ejemplos, muestran claramente que en el esquema del «progreso» las necesidades de las mujeres campesinas del Sur no son tomadas en cuenta.

Esta autora afirma que la sobrepoblación y la pobreza no son las causas del deterioro ambiental sino más bien sus consecuencias. Desde la perspectiva popularizada por el «mal desarrollo» se percibe como «pobres» a quienes consumen alimentos producidos localmente en lugar de comprar aquellos que son comercializados en el mercado global. Se considera desposeídas a las personas que viven en casas fabricadas con sus propias manos mediante materiales naturales y no en construcciones de concreto.

También se suele llamar necesitadas a las que usan vestimentas de fibras naturales que han sido confeccionadas manualmente en vez de prendas sintéticas vigentes según los gustos occidentales. Sin embargo, se trata más bien de una percepción cultural que confunde la economía de subsistencia con la pobreza. En realidad, la economía de la subsistencia no implica una calidad de vida inferior; por el contrario, los alimentos naturales producidos localmente son más sanos y nutritivos que la comida industrializada, las viviendas edificadas con elementos orgánicos se adaptan mucho mejor a la variedad de climas, y lo mismo puede decirse de las prendas de vestir hechas de fibras naturales.

Verdadera pobreza —sostiene Vandana Shiva— es la generada por el progreso al estilo occidental, que, al destruir los bosques, privatizar semillas, árboles, genes, envenenar la tierra y alterar el cauce de ríos y manantiales, provoca escasez. Sin agua, sin tierra, sin plantas medicinales, sin leña, carentes de cualquier tipo de seguridad social, excluidas incluso de la escolaridad básica, las personas tienden a formar familias numerosas que les aseguren algún sustento, aunque sea mínimo. La miseria y la sobrepoblación son producidas por la destrucción de los medios de supervivencia que convierten en prescindibles a millones de seres humanos. Vandana Shiva denuncia la perversidad del «progreso» que es promovido por una cultura violenta. Sin embargo, en este proceso, las mujeres no solo aparecen como víctimas del «mal desarrollo», sino también como agentes de los movimientos de resistencia en contra de él.

La ecofeminista india recuerda un ejemplo que muestra formas alternativas de poder para hacer frente a la «globalización empresarial[228]». Se trata de la victoria obtenida por las mujeres indígenas de Plachimada, un pequeño poblado en el estado indio de Kerala, en contra Coca-Cola. Esta compañía comenzó a sustraer alrededor de 1,5 millones de litros de agua al

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día, además de contaminar con sus desechos los depósitos restantes[229]. Esto ocasionó la falta de agua para las personas del lugar, así como la aparición de numerosos padecimientos de salud. Las aldeanas se organizaron y su movimiento pronto comenzó a extenderse entre otras poblaciones que padecían la misma situación. La planta de Kerala fue cerrada en 2004, cuatro años después de ser abierta, y por toda la India surgieron protestas contra Coca-Cola y Pepsi. Vandana Shiva llama la atención sobre la gran cantidad de movimientos locales que están floreciendo como respuestas al «mal desarrollo».

Las resistencias locales emprendidas por comunidades indígenas y campesinas —así como por colectivos urbanos— que han aparecido alrededor de todo el planeta forman parte de una globalización alternativa a la globalización empresarial. A este movimiento caracterizado por su pluralidad interna Vandana Shiva lo denomina «Democracia de la Tierra». Los pueblos originarios sostienen cosmovisiones que conciben a todos los seres vivos como una gran familia de la que los humanos forman parte. La diversidad tanto en la naturaleza como en las culturas garantiza un equilibrio fundamental para la salud de la Tierra. «Al mismo tiempo que una antigua visión del mundo —afirma Vandana Shiva— la Democracia de la Tierra constituye hoy en día un movimiento político emergente de defensa de la paz, la justicia y la sostenibilidad[230]». Las mujeres y los varones —que practican distintas religiones, pertenecen a razas diferentes y ven el mundo desde sus propias coordenadas— son considerados como hebras que, junto con las demás especies, constituyen el tejido de la trama de la vida.

Frente a la democratización de la pobreza y la muerte que ha traído consigo el «mal desarrollo», la Democracia de la Tierra reivindica la dignidad de todos los seres vivos mediante el fortalecimiento de lazos de compasión y solidaridad. Para esta globalización alternativa, la economía, la democracia y la cultura conforman una unidad armónica con los sistemas vivos. Si se toma como medida el derecho que tienen las distintas especies a la vida, resulta evidente que la economía más importante no es la del mercado global, sino aquella que respeta los ciclos vitales de los ecosistemas. Las «economías vivas» son las que garantizan la seguridad ecológica mediante la imitación de la naturaleza, donde cada ser, por pequeño que sea, cumple una función imprescindible.

Los movimientos de resistencia pacífica están luchando por la recuperación de espacios esenciales para el ejercicio de nuestras responsabilidades, libertades y derechos más básicos como ciudadanas y

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ciudadanos de la Tierra. ¿Qué comemos? ¿Qué respiramos? ¿De dónde vienen los recursos que consumimos? ¿Quiénes tienen acceso al agua, a la sanidad y a la educación y quiénes no? ¿Por qué? La globalización capitalista ha destruido los tejidos comunitarios al introducir la lógica de compraventa y despojar a los pueblos de su capacidad para decidir sobre el aprovechamiento de sus propios recursos naturales. Como una respuesta creativa a la «democracia de la muerte[231]», que pretende reducir la vida a una mercancía más: «Las democracias vivas se basan en el valor intrínseco de todas las especies, de todos los pueblos y de todas las culturas, en el reparto justo y equitativo de los recursos vitales de la Tierra y en la toma compartida de decisiones acerca del uso de los recursos planetarios[232]». Dentro de la Democracia de la Tierra ningún ser vivo es prescindible.

Las «economías vivas» posibilitan el desarrollo de «culturas vivas», en las que surgen identidades, creencias, valores, prácticas y tradiciones diversas.

En ellas, la pluralidad convive con la humanidad compartida por todos los seres humanos, así como con lo que une a los integrantes de la gran familia de la naturaleza, esto es, su interdependencia. Junto con las plantas, los animales, el cielo, los ríos, los océanos y las montañas, los humanos somos hijos e hijas de la Tierra. Cada especie, cada persona es inviolable. Los procesos ecológicos y los derechos humanos deben basarse en el respeto y reconocimiento de todas las formas de vida. En conjunto, las «economías vivas», ‹‹las democracias vivas›› y las «culturas vivas» muestran la vinculación que existe entre lo particular y lo universal, lo diverso y lo común, lo local y lo global. Así, la lucha de las mujeres de la aldea de Kerala no constituye un hecho aislado, sino una expresión que, siendo particular, diversa y local, se conecta con las resistencias de otras mujeres empobrecidas, haciendo evidente una realidad global.

Otra perspectiva que enriquece el debate sobre género y degradación ecológica en el Sur es el ambientalismo feminista de Bina Agarwal. De acuerdo con esta autora, el vínculo entre las mujeres y el medio ambiente está estructurado por una realidad material que responde a la división del trabajo y a la distribución, producción y reproducción de la propiedad y el poder según las variables de clase, género, raza y casta. La relación de dichas variables con la crisis medioambiental explica las razones por las cuales son precisamente las mujeres quienes tienen que invertir cada vez más tiempo para conseguir agua, leña y alimentos, mientras que su productividad en la huerta familiar disminuye, su nivel de nutrición empeora, su salud se ve afectada, las redes sociales que les proporcionaban apoyo se desintegran

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debido a los desplazamientos forzados y las migraciones y sus conocimientos son devaluados.

Bina Agarwal sostiene que si las mujeres indígenas han desarrollado un vínculo estrecho con la naturaleza, ha sido debido a condiciones materiales y no a un «principio femenino». Los aspectos positivos de dicha relación «deberían servir como argumento a favor de crear las condiciones que ayudarían a universalizar este vínculo con la naturaleza; por ejemplo al quitarle cualquier contenido de clase y género a las formas en las cuales se organizan las actividades productivas y reproductivas (dentro y fuera del hogar) y se distribuyen la propiedad, los recursos, el conocimiento y el poder[233]».

Agarwal considera que aunque Shiva ha ido más lejos que las ecofeministas esencialistas al señalar que el enemigo común no es el varón, sino la globalización neoliberal, sus argumentos presentan tres problemas de fondo. En primer lugar, coloca a todas las mujeres del denominado «Tercer Mundo» bajo una misma categoría sin considerar las diferencias de raza, zona ecológica, clase, etc., dejando sin explicar cuál es la base de la relación entre las mujeres y el medio ambiente. En segundo lugar, desconoce el carácter pluralista del hinduismo al enfatizar la idea del «principio femenino» como guía del pensamiento filosófico de la India, haciendo generalizaciones constantes sin detenerse a explicar cómo se ha constituido el binomio mujer-naturaleza en períodos históricos específicos. En tercer lugar, considera que la mayor parte de los problemas ecológicos y de inequidad de género que se padecen en la actualidad han sido causados por el colonialismo occidental, la ciencia reduccionista y el proyecto de mal desarrollo, dejando de lado toda reflexión crítica sobre la India prebritánica.

En relación con lo anterior pienso que los cuestionamientos de Bina Agarwal no desactivan la potencia de los razonamientos de Vandana Shiva, aunque muestran algunas de sus limitaciones, cuya crítica es necesaria para llevar a cabo análisis más comprensivos de las relaciones entre género y medio ambiente. Las reflexiones sobre el multiculturalismo nos enseñan que las culturas no constituyen estructuras monolíticas, lo que en este caso significa que Occidente no representa el origen de todos los males, sino que existen diversos «Occidentes», algunos de ellos silenciados por las versiones hegemónicas; algo similar puede decirse sobre la India prebritánica y la discriminación de las mujeres. Por otra parte, la Democracia de la Tierra sigue extendiéndose alrededor de los cinco continentes como una respuesta

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creativa de las comunidades ante la globalización del capitalismo. En diferentes geografías, la resistencia se despliega con características propias.

Sus armas son la sabiduría de los pueblos originarios, la palabra que se intercambia entre las culturas, la comunidad autoorganizada y las redes de apoyo internacionales. Como afirma Vandana Shiva: «La Democracia de la Tierra es el relato universal de nuestro tiempo en cada uno de los distintos lugares que ocupamos[234]». No es casualidad que en donde un proyecto minero, una represa, una compañía transnacional o un grupo de «expertos» ponen en peligro el derecho a la vida de los seres humanos y no humanos, así como de las generaciones futuras, surjan movimientos de resistencia.

DIÁLOGOS INTERCULTURALES ENTRE GÉNERO Y MEDIO AMBIENTE EN IBEROAMÉRICA

El impacto de los proyectos extractivistas impulsados por la globalización neoliberal en Latinoamérica se acerca bastante a lo descrito por Vandana Shiva para el caso de India. Durante las últimas cuatro décadas, las ya de por sí difíciles condiciones de subsistencia de las comunidades indígenas se han visto agravadas ante la multiplicación de concesiones a empresas transnacionales dedicadas al expolio de los recursos naturales. El agua, la leña, las plantas medicinales y las tierras de cultivo comenzaron a escasear y a contaminarse con pesticidas. Lo anterior ha contribuido a desatar numerosas movilizaciones socioambientales protagonizadas por poblaciones indígenas, así como a la revalorización de los conocimientos y las prácticas ambientales de los pueblos originarios como una alternativa para revertir la devastación ecológica actual. En estos procesos, las mujeres indígenas han desempeñado un papel fundamental, llegando a convertirse en sus agentes principales.

La filósofa ecofeminista Alicia Puleo considera que: «Estamos entrando en un momento histórico en el que es necesario escuchar con atención el mensaje ecológico y feminista que se está gestando en América Latina[235]».

Esta pensadora nos previene de condenar de manera irreflexiva a la modernidad ilustrada muchas veces considerada la raíz de la devastación medioambiental, sin distinguir sus aportaciones al reconocimiento de la dignidad y libertad de sectores tradicionalmente discriminados —como las mujeres y las personas afrodescendientes—, además de la extensión de las consideraciones morales más allá del ámbito humano, de su versión hegemónica, caracterizada por un instrumentalismo ecocida. Alicia Puleo

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plantea la urgencia de pensar la compleja realidad actual desde una propuesta ecofeminista crítica ante perspectivas esencialistas que conciben a las mujeres como las principales responsables de sanar a la Tierra debido a los supuestos vínculos ontológicos que las unen de manera especial: la maternidad y cuidado de la vida. Las perspectivas esencialistas acentúan las brechas de desigualdad entre mujeres y hombres, ya que añaden una carga más a los trabajos de cuidado que han sido culturalmente asignados a las mujeres; de ahí que sea fundamental adoptar una posición crítica.

En este sentido, el ecofeminismo constructivista que propone Alicia Puleo:

Fomenta la universalización de la ética del cuidado, evitando hacer de las mujeres las «salvadoras del planeta». Propone un aprendizaje intercultural sin menoscabo de los derechos humanos de las mujeres y afirma la unidad y continuidad de la Naturaleza desde el conocimiento evolucionista y el sentimiento de compasión hacia los animales no humanos[236].

Esta autora llama la atención sobre el peligro que conlleva la idealización de la Otra o el Otro considerado acríticamente una vía privilegiada para enderezar el camino de la propia cultura. Concebir a las mujeres indígenas como más cercanas a la naturaleza y, por tanto, potenciales salvadoras de un mundo en crisis plantea inconvenientes para las mujeres concretas, al tiempo que obstaculiza el diálogo intercultural. Para esta pensadora resulta sospechoso que, por una parte, se reconozca a las mujeres como portadoras de valores imprescindibles para conformar culturas basadas en la sostenibilidad ambiental, la justicia social y la paz, pero, por la otra, rara vez se cuestione la posición de subalternidad que estas ocupan en todas las sociedades conocidas.

Respecto a los elementos básicos requeridos para entablar un diálogo que propicie la (auto)crítica entre las culturas con el propósito de un mejoramiento mutuo, en especial en lo referente a la consideración de las voces de las mujeres indígenas y sus aportaciones a la sostenibilidad medioambiental, Alicia Puleo advierte de la importancia de cuestionar la imagen de la «defensora natural del medio ambiente[237]» y propone una revisión cuidadosa de las siguientes condiciones: que las mujeres concretas que han inspirado dicha imagen no queden aplastadas bajo ella; que sus prácticas, vindicaciones y saberes no sean utilizados como pretextos para legitimar opresiones de género, y que el reconocimiento de sus rasgos positivos incluya la defensa de la libertad e igualdad de derechos y oportunidades en las mismas condiciones que sus compañeros[238].

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La «Carta Mundial de las Mujeres para la Humanidad», presentada durante la Marcha Mundial de las Mujeres en el año 2004, pone de manifiesto las dimensiones ética, ecológica y política necesarias para pensar la interculturalidad en clave feminista. En coincidencia con algunos de los valores centrales de la «otra» modernidad, que nos ha recordado Alicia Puleo, esta carta señala:

Estamos construyendo un mundo en el que la diversidad sea una ventaja, la individualidad al igual que la colectividad un enriquecimiento, donde fluya un intercambio sin barreras, donde la palabra, los cantos y los sueños florezcan […]. Un mundo en el cual reinará igualdad, libertad, solidaridad, justicia y paz. Un mundo que, con nuestra fuerza, somos capaces de crear[239].

Lo anterior se acerca también a la propuesta de subjetividad en red desarrollada por Boaventura de Sousa Santos, según la cual, para defender eficazmente la biodiversidad, es imprescindible reconocer que cada ser humano, sociedad y cultura están atravesados por múltiples diferencias que, a su vez, se encuentran inmersas en procesos de cambio constante[240].

En América Latina, los planteamientos sobre la relación entre feminismo y crisis ecológica han tomado en cuenta las críticas a las perspectivas esencialistas. Incluso algunas investigaciones sobre esta temática evitan el uso del concepto «ecofeminismo» y optan por denominarse estudios sobre «género y medio ambiente». No obstante, en América del Sur han surgido ecofeminismos espiritualistas bastante críticos respecto a los planteamientos esencialistas de los feminismos culturales y estrechamente vinculados con la Teología de la Liberación, la teología feminista y las cosmovisiones indígenas y afrodescendientes. La mayor parte de las pensadoras latinoamericanas que se definen como «ecofeministas» reconocen la influencia de la filósofa y teóloga brasileña Ivone Gebara.

Desde Chile, la Revista Latinoamericana de Ecofeminismo, Espiritualidad y Teología Cons-pirando reúne las voces de diversas autoras ecofeminstas tanto del Norte como del Sur. En un libro titulado Lluvia para florecer.

Entrevistas sobre el ecofeminismo en América Latina, editado por el colectivo Con-spirando, la teóloga Mary Judith Ress presenta una serie de entrevistas realizadas a mujeres latinoamericanas vinculadas con la Teología de la Liberación que participaron en las luchas de sus pueblos contra las dictaduras en los años setenta y ochenta, y que actualmente se definen como «ecofeministas»: Agamedilza Sales de Oliveira (Brasil), Marcia Moya (Ecuador), Fanny Geymonat-Pantelis (Uruguay), Sandra Duarte (Brasil), Graciela Pujol (Uruguay), Alcira Agreda (Bolivia), Coca Trillini (Argentina),

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Clara Luz Ajo (Cuba), Gladys Parentelli (Uruguay), Sandra Requew (Brasil), Doris Muñoz (Chile) y Silvia de Lima Silva (Brasil). A pesar de sus diferencias, las entrevistadas coinciden en establecer vínculos entre ecofeminismo, espiritualidad y experiencia vivida: «Sentimos que el ecofeminismo nos invita a revisar nuestros símbolos de lo sagrado y pensar el mundo con otros esquemas y con una nueva visión de la cosmología[241]».

Cada una de estas mujeres transita por su propio camino, pero se encuentra con las demás en el reconocimiento de la urgencia de construir nuevas referencias éticas, epistemológicas, antropológicas y espirituales.

La concepción del ecofeminismo espiritualista latinoamericano argumenta que la discriminación hacia las mujeres y la devastación de la Pachamama forman parte de la misma lógica patriarcal cuyo modelo está en las bases de la destrucción de las culturas «no occidentales» y la biodiversidad. Como sostiene Mary Judith Ress: «el patriarcado constituye un sistema que califica a todo en términos de dominación y subordinación, arriba o abajo, bueno o malo, superior o inferior[242]». Ante esto, la visión ecofeminista del mundo propone la redefinición del ser humano y su relación con el resto de los seres que habitan este planeta, ya no como el «amo» que ejerce su poder para dominar y devastar, sino como un hebra entre otras de la trama compleja en la que se teje la vida. De aquí surge una nueva ética crítica al antropocentrismo, el androcentrismo y el etnocentrismo, la cual parte del cuerpo concebido como fuente de todo conocimiento, considera a la comunidad para la toma de decisiones y está comprometida con relaciones más justas entre seres humanos y naturaleza. Asimismo, reivindica la necesidad de escuchar y aprender de las epistemologías, éticas y espiritualidades desarrolladas por los pueblos indígenas y afrodescendientes durante tanto tiempo silenciados, y se plantea el concepto de «ancestralidad», entendido como el vínculo que conecta el presente con la memoria de sus antepasados. Como expresa Rosa Dominga Traspasso:

Yo me atrevo a pensar que el feminismo necesariamente tuvo que evolucionar hacia el ecofeminismo al poner en evidencia las vinculaciones de todas las formas de opresión y violencia, desde la opresión en el interior de la familia hasta la destrucción del planeta. Al denunciar el androcentrismo y el antropocentrismo de la sociedad patriarcal y al oponerse a todas las manifestaciones de dominación de la mujer y la naturaleza, el ecofeminismo apunta hacia la liberación humana y la armonización entre la humanidad y la naturaleza[243].

La comprensión de la espiritualidad ecofeminista latinoamericana remite al pensamiento de Ivone Gebara, figura de referencia de dicha corriente en América Latina. A partir de las preguntas surgidas de sus experiencias en el

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trabajo comunitario con mujeres en zonas empobrecidas del nordeste brasileño en el contexto de la Teología de la Liberación, esta autora comenzó a desarrollar su propuesta ecofeminista en la década de los noventa, lo que la llevó al estudio de algunas teólogas feministas del Norte, así como de las más relevantes autoras ecofeministas. Uno de los rasgos distintivos de su ecofeminismo radica en la asunción de una perspectiva crítica ante posturas esencialistas sobre las mujeres y la naturaleza. Para Ivone Gebara género, naturaleza y cultura representan construcciones histórico-sociales, y el género a su vez está atravesado por la clase social, la raza y la pertenencia étnica.

Como ella misma apunta:

Una postura ecofeminista para mí es una postura política crítica, que tiene que ver con la lucha antirracista, antisexista y antielitista. Las mujeres, los niños, las poblaciones de origen africano e indígena son las primeras víctimas y, por lo tanto, los primeros en ser excluidos de los bienes producidos por la Tierra. Son ellos también los que ocupan los lugares más amenazados del ecosistema. Son ellos los que viven más fuertemente en el cuerpo el peligro de muerte que el desequilibrio ecológico les impone[244].

La pensadora brasileña muestra las posibilidades de una espiritualidad ecofeminista que surge del cuestionamiento de las bases antropocéntricas, androcéntricas y etnocéntricas sobre las que se fundamenta la teología cristiana hegemónica, y propone la revalorización positiva de los cuerpos de las mujeres y de sus vivencias, la escucha atenta de las voces que han sido tradicionalmente silenciadas y la consideración ética de los animales y la naturaleza como elementos centrales para una teología ecofeminista latinoamericana[245].

Por ello, me permito sostener que en los ecofeminismos espiritualistas de Latinoamérica se encuentran elementos comunes con los feminismos indígenas y comunitarios. Por una parte, se reconoce la importancia de las matrices culturales indígenas y afrodescendientes como portadoras de una ética de la Tierra fundada en la interdependencia y la reciprocidad, aunque en muchos casos hayan sido destruidas y degradadas; por otra, se recuperan las experiencias y los saberes de las mujeres indígenas y afro. En este contexto, se esboza una noción amplia de patriarcado, entendido como el sistema que articula las diversas opresiones sobre la subordinación de las mujeres, y se plantean los conceptos de «ancestralidad» y «cuerpo-mujeres-territorio», que serán desarrollados con mayor profundidad por los feminismos comunitarios.

VOCES DE MUJERES INDÍGENAS EN ABYA YALA

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Sobre las condiciones necesarias para establecer un diálogo intercultural feminista que valore positivamente las aportaciones de las mujeres indígenas a una cultura sostenible, considero pertinente retomar el pensamiento de dos intelectuales mayas que reflexionan sobre el multiculturalismo en clave de género y etnia: Aura Cumes y Gladys Tzul Tzul, así como los planteamientos de los feminismos comunitarios. Cumes reclama, tanto al multiculturalismo como al feminismo hegemónico, miradas más complejas que incluyan la realidad de las indígenas y el análisis de las relaciones de poder atravesadas por el género en las reivindicaciones étnicas. Al feminismo de la igualdad le reconoce el acierto de desenmascarar los peligros que acarrea esencializar las identidades de las mujeres indígenas; sin embargo, le cuestiona su ceguera ante la diversidad de contextos y las discriminaciones existentes entre las mismas mujeres.

Por lo que respecta a las dificultades a las que se enfrentan las indígenas que vindican derechos específicos como mujeres, la socióloga maya considera que, además de conocer las aportaciones del feminismo de la igualdad, es necesario explorar las perspectivas de otros feminismos surgidos en contextos similares a los que afrontan las mujeres en Abya Yala. Aunado a lo anterior, revisa los argumentos más comunes de los que se valen los varones indígenas para obstaculizar el trabajo de sus compañeras. En primer lugar, alude al cuestionamiento según el cual «género» y «feminismo» representan categorías occidentales responsables de dañar el tejido social de las comunidades; Aura Cumes afirma que si bien es necesario recuperar categorías de impronta indígena como «complementariedad» y «dualidad», hay que hacerlo desde una mirada crítica hacia las relaciones de opresión existentes. En segundo lugar, examina la idea bastante extendida de que el feminismo constituye una imposición internacional que atenta contra la autonomía de los pueblos indígenas; sobre este punto, esta autora se pregunta si esa autonomía que tanto se defiende incluye a las mujeres y en qué condiciones. Finalmente, cuestiona que la categoría de género se reduzca a una nueva forma de colonialismo. De acuerdo con ella:

Las mujeres indígenas también tenemos que realizar pactos con los hombres indígenas.

Pero no desde posiciones de jerarquía, como hasta ahora ha ocurrido, sino de construcción paralela. No nos conformaremos con ser el símbolo de las nuevas naciones indígenas, sino sujetas y constructoras de esas nuevas naciones[246].

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Lo anterior implica una revisión de las diversas construcciones de género en las comunidades indígenas.

Por su parte, Gladys Tzul Tzul apunta que si pretendemos aproximarnos al contexto desde el cual las mujeres indígenas miran el mundo y construyen alternativas para su transformación, debemos pensar desde el trabajo reproductivo, ámbito históricamente silenciado en la producción intelectual hegemónica: ¿quiénes sostienen la vida de las familias, cuidan personas enfermas y de edad avanzada, producen los alimentos, crían a quienes aún no pueden valerse de sus propias fuerzas, cultivan el huerto familiar…? ¿Cómo establecer un diálogo intra e intercultural equifónico sin considerar los puntos de vista desde el trabajo reproductivo que realizan las mujeres empobrecidas del Sur?

Esta pensadora maya esgrime cuatro razones imprescindibles para situar un multiculturalismo crítico desde la perspectiva del trabajo reproductivo y visibilizar las aportaciones de las indígenas a una cultura fundada en la sostenibilidad ambiental y el reconocimiento de sus derechos como mujeres pertenecientes a una etnia minoritaria. La primera razón es que «pone a la vida en el centro del análisis político[247]»: al pensar desde la cotidianidad de la reproducción, «tendremos una óptica ampliada para mirar nuestras historias[248]», de acuerdo con la cual las mujeres indígenas que forman parte de las luchas de resistencia no solo son víctimas, sino también actoras sociales que muestran la relevancia de las tareas necesarias para el sostenimiento de la vida, al mismo tiempo que se esfuerzan por colectivizarlas. Segunda: «Para acercarse a las políticas indígenas es preciso hacerlo desde la reproducción[249]». Las mujeres tienen la experiencia de que las luchas de sus pueblos contra diferentes hegemonías se construyen desde la comunalidad, vía privilegiada para organizar sistemas de gobierno comunitarios y defender el agua, la tierra, las montañas y los bosques de los proyectos extractivistas. Tercera: «Porque es urgente pensar las formas y los lugares desde donde luchamos las mujeres indígenas en el seno de los sistemas de gobierno comunal[250]». Las diferentes relaciones sociales que producen comunidad tienen que promover la participación equitativa entre sus miembros: las mujeres deben acceder en igualdad de condiciones que los varones a la toma de decisiones sobre lo colectivo, y estos al trabajo reproductivo y las tareas del cuidado. Cuarta: «Porque hace posible un lenguaje más amplio[251]»; para las indígenas ha sido difícil nombrar el mundo a través del castellano androcéntrico pretendidamente universal; sin embargo, el lenguaje del trabajo reproductivo, muy bien conocido por ellas, también reclama universalidad en

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cuanto base fundamental de la existencia humana y la vida política de cualquier pueblo.

A través del recorrido precedente he buscado tender puentes entre las voces de las mujeres indígenas y algunos planteamientos feministas en torno al multiculturalismo con el propósito de mostrar las tensiones, pero también, parafraseando a Celia Amorós, la posibilidad de establecer diálogos entre los procesos de ilustración por los que atraviesan tanto las culturas «occidentales» como las de Abya Yala. Sin embargo, considero que existen algunas condiciones imprescindibles para evitar caer otra vez en hegemonías y verticalismos, a saber: el cuestionamiento de la homogeneización y no universalidad en que se ha encasillado a las mujeres indígenas; la priorización de sus voces durante tanto tiempo silenciadas, y la inclusión de sus demandas dentro de las agendas feministas internacionales.

FEMINISMOS COMUNITARIOS: CULTURAS EN RESISTENCIA POR LA DEFENSA DEL CUERPO-TERRITORIO

Desde las coordenadas filosóficas de los pueblos aymara, quechua y guaraníes de Bolivia y maya y xinka de Guatemala, algunas mujeres han defendido su papel como sujetos epistémicos capaces de poner en cuestión los fundamentos de sus propias culturas, al mismo tiempo que denuncian los impactos del capitalismo globalizado sobre sus cuerpos-territorios. Después de develar las raíces heteropatriarcales de las cosmovisiones indígenas a partir de las cuales se han construido las relaciones entre mujeres y hombres, así como la concepción del «buen vivir» o «vivir bien» y la reducción de la Pachamama a Madre Tierra, las feministas comunitarias han desarrollado categorías de análisis que, a mi juicio, apuntan hacia una ética ecofeminista.

En lo que sigue, me propongo mostrar que este ecofeminismo de Abya Yala guarda continuidad con los feminismos indígenas abordados en el capítulo anterior, pero también incluye elementos propios. Su riqueza conceptual constituye un marco teórico necesario para la comprensión de los movimientos de mujeres indígenas en defensa de la Tierra ante las nuevas formas de colonización que amenazan la biodiversidad y precarizan las ya de por sí difíciles condiciones de subsistencia de las mujeres empobrecidas junto a otros sectores de la población en condiciones de vulnerabilidad.

El feminismo comunitario en Bolivia se teje a partir de la confluencia de distintos hilos:

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los feminismos occidentales, los feminismos latinoamericanos, las asambleas comunitarias en los barrios, la Teología de la Liberación, las epistemologías indígenas, el anarquismo y el katarismo. A principios de la década de los noventa surgió la colectiva feminista Mujeres Creando, integrada por Julieta Paredes, María Galindo, Mónica Mendoza y otras mujeres de la Paz[252]. Este grupo reunía a mujeres diversas en cuanto a sus creencias, preferencias sexuales, edades, etc. Las componentes de Mujeres Creando no creen que ganar un parte del infierno neoliberal constituya un beneficio y, por tanto, su propósito no es la integración de las mujeres al sistema en igualdad de circunstancias que los varones, sino el desmantelamiento del mismo y la transformación profunda de las relaciones entre los sexos, y de estos con la Pachamama.

Si bien el feminismo comunitario surgido en Bolivia está integrado por múltiples voces, para comprender sus planteamientos considero imprescindible retomar las aportaciones de Julieta Paredes. En su libro Hilando fino. Desde el feminismo comunitario[253], esta pensadora ha desarrollado algunos de los conceptos y categorías centrales de dicha perspectiva feminista. Sostiene que es necesario analizar las políticas neoliberales desde las miradas de las feministas de Abya Yala, reconociendo la riqueza de los feminismos occidentales, pero también la urgencia de cuestionar sus sesgos etnocéntricos. Francesca Gargallo llama la atención sobre la renuencia de Julieta Paredes a vindicar una identidad indígena, a diferencia de lo que sucede en el caso de las feministas comunitarias guatemaltecas[254]. No obstante, la pensadora boliviana recupera elementos filosóficos y lingüísticos de los universos indígenas, al mismo tiempo que lleva a cabo una crítica radical de los elementos patriarcales presentes en las cosmovisiones de los pueblos originarios.

Julieta Paredes argumenta que el punto de partida del feminismo comunitario es el reconocimiento de que «las mujeres somos la mitad de todo[255]». No se trata de un tema, un sector, una minoría, ni tampoco un problema: cualquier asunto puede ser enfocado desde un punto de vista feminista. En cada sector de la población —infantes, jóvenes, adultos mayores, pueblos indígenas— están presentes las mujeres; y no existe un período de la historia en el que ellas hayan estado ausentes. Así lo afirma la autora de origen aymara: «Lo último en esta sucesión de hechos históricos es nuestra presencia recuperando los recursos naturales para el pueblo, de la mano de las valientes mujeres alteñas[256]». Las políticas neoliberales han basado el desarrollo de Occidente en el expolio de las riquezas naturales de los países del Sur, lo que ha traído consigo la pérdida de biodiversidad, la precarización del trabajo asalariado y la supresión de prestaciones sociales.

Esto significa que las tareas de las mujeres se multiplican al tener que cubrir con sus propios medios las necesidades de seguridad social

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desatendidas por los gobiernos.

En este aspecto, el análisis de Julieta Paredes coincide con las reflexiones de los diversos ecofeminismos sobre la feminización de las actividades relacionadas con el cuidado, además de mostrar los rostros de quienes llevan la peor carga de la globalización capitalista. En una profunda crítica al concepto de «desarrollo sostenible», la feminista comunitaria argumenta que «el desarrollo es de los países del primer mundo y a nuestros pueblos toca sostenerlo[257]». En referencia a la riqueza lingüística del aymara, afirma que para salir de la lógica neoliberal que está destruyendo pueblos y territorios, se necesita Ajayu, palabra cuyo significado remite a un principio de vida, actividad, energía, creatividad, juicio, decisión y voluntad[258], expresada en las acciones de las mujeres y los hombres de las comunidades en resistencia. De los diálogos que Julieta Paredes sostuvo con Francesca Gargallo recupero su comprensión del término «feminismo» reinterpretado en las coordenadas filosóficas del idioma aymara:

Todo el trabajo de las mujeres en favor de las mujeres, de la vida buena y la liberación de las mujeres puede traducirse de nuestra lengua como feminismo. Ahora bien, lo que sí hay que preguntarse es ¿Cuál feminismo? Si estuviera hablando en aymara le diría q’amasa, que es la fuerza, la energía de las mujeres, pero también podría ser el Ajayu […] la energía […]. En castellano, la traducción de Q’amasa Ajayu sería «la lucha de las mujeres que viene de antes, que va hacia adelante para que no regresemos atrás[259]».

En Hilando fino. Desde el feminismo comunitario, esta pensadora considera aspectos que no aparecen en la definición anterior: «feminismo es la lucha y la propuesta política de vida de cualquier mujer en cualquier lugar del mundo, en cualquier etapa de la historia que se haya revelado ante el patriarcado que la oprime[260]». Aunque valora positivamente los logros de los feminismos occidentales para las mujeres de sus sociedades, e incluso retoma algunos de sus elementos conceptuales para reflexionar sobre ellos desde una perspectiva propia, considera que estos feminismos se vuelven hegemónicos cuando desconocen las voces, coordenadas históricas y genealogías de las mujeres pertenecientes a culturas de raíces no occidentales. Julieta Paredes nombra a las mujeres aymaras, quechuas y guaraníes que se revelaron ante el patriarcado precolonial como referentes esenciales para los feminismos comunitarios.

Si bien la autora alude específicamente a las mujeres de Bolivia, sus concepciones sobre el feminismo reúnen algunos elementos que son comunes a otros feminismos de Abya Yala, como la relevancia de la comunidad, el vínculo entre mujeres y varones y los problemas que afrontan los pueblos

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indígenas con relación al territorio y los recursos naturales de su entorno. De acuerdo con ella, mientras que en Occidente el feminismo posicionó a las mujeres como seres individuales ante los varones, en Abya Yala se parte de la comunidad, como ella misma sostiene: «No queremos pensarnos frente a los hombres, sino pensarnos mujeres y hombres en relación a la comunidad[261]» y, para lograrlo, un paso fundamental es desmitificar la complementariedad entre los sexos, mostrando cómo ha funcionado para justificar diversas discriminaciones. En aymara, chacha-warmi[262] se refiere al par complementario hombre-mujer, concepción compartida con otros pueblos de Abya Yala a la que se recurre para descalificar cualquier crítica feminista dirigida hacia la estructura social de las comunidades y los pueblos indígenas.

Sin embargo, Julieta Paredes muestra que la supuesta armonía complementaria responde a un «machismo indigenista[263]», según el cual la inferiorización de las mujeres representa una herencia colonial, en tanto que los mundos indígenas ancestrales se pretenden coherentes con un orden de cosas que conciben como «natural», pero que en realidad encubre una jerarquía sexista y heteronormativa.

El feminismo comunitario reconoce la importancia del género como categoría analítica con capacidad de transformar las condiciones de discriminación en que viven las mujeres; no obstante, Julieta Paredes considera que el género ha perdido su potencia política feminista al convertirse en «equidad de género», una estrategia más del neoliberalismo para silenciar las relaciones de poder entre mujeres y hombres, pero también entre las propias mujeres. En este contexto, surgen las «tecnócratas de género[264]», que han impulsado la creación de políticas públicas negativas para las mujeres pertenecientes a los sectores indígenas y populares. Como apunta Julieta Paredes: «Para recuperar al género aparte de desneoliberalizarlo […] hay que también descolonizarlo, esto, porque no hay otro concepto en la actualidad que haya develado mejor la situación y condición de las mujeres como el género[265]». Para llevar a cabo lo anterior, resulta necesario reconocer que la opresión de género no constituye únicamente el resultado de la colonización occidental, sino que en las culturas precoloniales existían a su vez desigualdades de género. Ambos patriarcados se fortalecieron mutuamente a través de lo que la autora ha denominado «entronque patriarcal[266]». Desde el feminismo comunitario se ha reconceptualizado el par complementario en términos de reciprocidad, armonía y horizontalidad, de tal manera que las decisiones de las mujeres

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sean consideradas con igual valor que las de sus compañeros en todos los ámbitos de la vida comunitaria.

Después de haber examinado esta concepción en torno al feminismo y el género, es preciso ahondar en sus implicaciones sobre la noción indígena de «comunidad», entendida como una propuesta de organización social, ética y política alternativa ante la sociedad actual, fundada en el individuo desenraizado. En términos de Julieta Paredes: «la comunidad no es un gueto, ni una reserva, es una comunidad viva que se mueve y se proyecta construyendo también complementariedades no jerárquicas, reciprocidades y autonomías con otras comunidades[267]». A partir de ahí, esta pensadora plantea el concepto «comunidad de comunidades[268]», que incluye comunidades rurales, urbanas, nacionales e internacionales, como un horizonte para la organización social con potencial universalizable, siempre y cuando se reconozca que las mujeres constituyen la mitad de todo y no un sector aparte, y se trabaje en la despatriarcalización paralelamente a la descolonización.

Para lograr lo anterior, propone un marco teórico válido no solo para las mujeres de Bolivia, sino de cualquier otra parte del mundo en contextos similares. Los elementos conceptuales que constituyen dicho marco son los siguientes: cuerpo, espacio, movimiento, tiempo y memoria.

Las relaciones de poder han marcado los cuerpos de las mujeres en su cotidianidad, en su propia biografía y en la historia de sus pueblos[269]; por eso se reivindican el derecho a la alimentación de buena calidad y en cantidad suficiente, la salud, el afecto, el respeto, el goce y la alegría en cualquier edad de la vida. Asimismo, para las culturas indígenas, el espacio representa el lugar que habita el cuerpo[270]: incluye el arriba, Alax pacha, que se refiere a las alturas, lugar del misterio; el aquí, Aka pacha, el lugar donde están las personas, transitan, reflexionan y toman decisiones, y, finalmente, el abajo, Manqua pacha, la tierra profunda donde descansan las antepasadas, las raíces, las simientes, los minerales. El cuerpo y el espacio reclaman la dimensión temporal; sin embargo, a las mujeres se les ha arrebatado su propio tiempo, al destinarlas al cuidado de los otros y a la realización de las actividades consideradas poco importantes aunque sean aquellas sobre las que se sostiene la vida. Junto a los aspectos anteriores está también el movimiento, que se refiere a la dimensión política, el lugar de la organización, de las alianzas entre mujeres y con otros movimientos sociales.

Finalmente, se abre paso la memoria, que «nos cuenta de los saberes de nuestras abuelas y tatarabuelas, valiosos aportes técnicos, biotecnológicos y

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científicos que ellas hicieron a nuestros pueblos y a la humanidad[271]». A partir de este entramado conceptual, el feminismo comunitario se sigue construyendo en Abya Yala.

El feminismo desarrollado en comunidades mayas y xinkas de Guatemala coincide en varios aspectos con la versión boliviana, de la que retoma algunos de sus principales conceptos y categorías de análisis, como «despatriarcalización», «entronque patriarcal» y «búsqueda de una genealogía de mujeres indígenas»; sin embargo, tanto en sus planteamientos como en las trayectorias de sus exponentes, los temas capitales aluden a la lucha en defensa del «cuerpo-territorio», la identidad étnica y los derechos de las mujeres indígenas ante los proyectos extractivistas que amenazan a las comunidades indígenas y ponen en peligro la biodiversidad. De acuerdo con la pensadora y activista indígena Delmy Tania Cruz Hernández: «la enunciación cuerpo-territorio es una epistemología latinoamericana y caribeña hecha por y desde mujeres de pueblos originarios que viven en comunidad; es decir, la articulación cuerpo-territorio pone en el centro lo comunitario como forma de vida[272]». El cuerpo de las mujeres indígenas constituye su primer territorio de lucha: derecho a la salud, a la buena alimentación, al goce y a la autonomía. La supervivencia de ese cuerpo y de los cuerpos de otros seres humanos y no humanos requiere territorios ricos en biodiversidad.

Ahora bien, Lorena Cabnal, una de las voces más potentes del feminismo indígena guatemalteco, expresa su posición a través de las siguientes palabras: «comparto algunos de los elementos del feminismo comunitario que aún en proceso de construcción epistémica se van tejiendo desde este territorio histórico: mi cuerpo y su relación con la tierra[273]». Esta autora ha sido amenazada en varias ocasiones debido a su activismo en defensa de las mujeres y las niñas indígenas, así como por su oposición a la minería. Lo anterior la ha obligado a permanecer escondida durante largos períodos de tiempo.

A través de los diálogos que Francesca Gargallo sostuvo con ella es posible acceder a su experiencia vital expresada sin mediaciones. A mi juicio, esta narrativa autobiográfica llena de sentido la categoría «saberes femeninos ancestrales» que está en la base de los feminismos comunitarios desarrollados en Guatemala. El largo camino que, junto con otras mujeres, llevó a Lorena Cabnal a bajar de la montaña para buscar a las feministas de la ciudad de Guatemala y conocer sus perspectivas la condujo también a preguntarse por su propia identidad:

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Para mí fue muy importante, porque cuestionó nuevamente mi identidad a partir de quién soy y me empiezo a sentir sumamente comprometida conmigo misma para deconstruirme y empezar un nuevo proceso personal autónomo, que traía mucho dolor, lágrimas por las renuncias, pero era necesario[274].

Como parte de ese camino, recibió el llamamiento de Mamá Toya, como ella denominaba a Victoria Serrano, ancestra por vía paterna de su hija, Ixina Ralhki.

Cuando Mamá Toya comprendió el trabajo emprendido por Lorena Cabnal en la comunidad, se fue acercando cada vez más a ella para tejer vínculos espirituales, afectos y enseñanzas. A partir de ahí comienzan las invitaciones para que la visite en su casa, lo que implicaba caminar hasta lo más profundo de la montaña. El propósito del llamamiento era la transmisión del legado cosmogónico xinka, cuyo nombre mismo había sido olvidado por la propia comunidad, así como comunicarle una profecía según la cual una mujer indígena pero no originaria de la montaña iba a despertar a la gente y a levantar al pueblo. Lorena Cabnal se refiere a Mamá Toya como «una mujer que siempre estuvo a la par del fuego, hablando con el fuego[275]», una anciana sabia que guardaba la memoria ancestral de su pueblo.

Si bien al principio no entendía el mensaje de la anciana, e incluso llegó a pensar que se había equivocado de persona, poco a poco todo comenzó a adquirir sentido. Lorena Cabnal tomó nota de lo que Mamá Toya expresaba en una lengua desconocida y fue a preguntar a otras personas mayores de la montaña, quienes recordaban algunas expresiones de un idioma perdido. Al comienzo de su búsqueda, pensó que se trataba de una variante del maya; sin embargo, las raíces lingüísticas no coincidían. Fue entonces cuando se enteró de la existencia de un diccionario xinka escrito por un alemán llamado Otto Shaumann, lo que la guio hasta sus hermanas y hermanos xinkas de Santa Rosa. Al comparar las palabras de Mamá Toya y otros ancestros, las encontró todas xinkas. El pueblo que habitaba la montaña era xinka, y con el redescubrimiento de su origen vino también el despertar de la conciencia.

Como afirma Francesca Gargallo:

Es por la inextricable unidad entre lucha por los derechos de su pueblo y saberes femeninos ancestrales, atravesada por la interpretación de la identidad que las feministas plantean como base para la construcción del sujeto político «mujeres», que surgen los planteamientos y prácticas del feminismo comunitario de las mujeres xinkas[276].

La conciencia de ser xinkas, es decir, el reconocimiento de pertenecer a un pueblo ancestral diferente al maya, con una historia y una riqueza cultural propias, impulsó al naciente feminismo indígena comunitario, iniciador

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también, como afirma Lorena Cabnal, de la lucha contra la minería. Este proceso llevó a las mujeres a reflexionar sobre los malos tratos, abusos sexuales y otras formas de discriminación infligidas por los propios varones de su comunidad. De forma paralela a la defensa de su tierra-territorio, amenazada por los proyectos extractivistas del capitalismo neoliberal, se plantearon la denuncia de las violencias ancestrales, coloniales y neoliberales sobre sus cuerpos-territorios. Para Cabnal: «el feminismo comunitario es una recreación y creación de pensamiento político ideológico, feminista y cosmogónico, que ha surgido para reinterpretar las realidades de la vida histórica y cotidiana de las mujeres indígenas, dentro del mundo indígena[277]». Al igual que sus hermanas bolivianas, las feministas comunitarias de Guatemala denunciaron la estructura patriarcal y la norma heterosexual obligatoria de las culturas originarias anteriores a la colonización.

A partir del reconocimiento de las aportaciones de feminismos de diversos orígenes, las feministas comunitarias mayas-xinkas se asumen como «sujetas epistémicas[278]» con autoridad para desmantelar los fundamentos patriarcales tanto de origen colonial como procedentes de las sacralizadas cosmovisiones indígenas. Para Lorena Cabnal: «el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, todas las explotaciones, todas las violencias y discriminaciones que vive toda la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y la naturaleza, como un sistema históricamente construido sobre los cuerpos sexuados de las mujeres[279]». Después de revisar críticamente su propia cultura, la pensadora maya-xinka sostiene, al igual que lo hizo Julieta Paredes, que ha existido un patriarcado originario ancestral, en el cual las mujeres eran concebidas como el complemento de los varones, como muestran los dualismos cósmicos jerarquizados. Con la Pachamama sucedió algo similar: se la redujo a sus funciones de Madre Tierra fecundada por el Padre Cosmos en un orden heterosexual también jerárquico. De tal forma que, a su llegada, el patriarcado colonial encontró condiciones previas para su penetración en las culturas originarias.

Tanto en su versión boliviana como en la guatemalteca se aborda el tema del sumak kusay (quechua), suma kamaña (aymara), traducido al castellano como «vivir bien» o «buen vivir». Una vez llevada a cabo la revisión sobre los fundamentalismos étnicos y sus sesgos patriarcales, las feministas comunitarias realizan una nueva lectura respecto a lo que significa vivir bien para las mujeres indígenas, a saber: dejar de ser reducidas a víctimas históricas y concebidas como un «complemento» para sus compañeros

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indígenas. Ante semejante panorama, reclaman que se les reconozca como sujetos «pensantes y actuantes, desde una visión individual pero también colectiva[280]». A partir de las miradas de estas mujeres indígenas se propone un feminismo en construcción, que se va tejiendo poco a poco a través del diálogo y el consenso, y que admite hilos de diversos colores para tejer cosmovisiones liberadoras.

De acuerdo con lo expuesto hasta aquí, aunque el concepto «ecofeminismo» no forma parte de sus discursos, considero que existen elementos para argumentar que los feminismos comunitarios abren nuevas perspectivas ecofeministas a través de las categorías de «comunidad», «cuerpo-territorio», «despatriarcalización» y «Pachamama». Francesca Gargallo también ve esta conexión y dedica un apartado dentro de los feminismos comunitarios a reflexionar sobre su relación con el ecofeminismo[281]. Recoge el Pronunciamiento del Feminismo Comunitario expuesto en la Conferencia de los Pueblos sobre el Cambio Climático, celebrada en Cochabamba, del 19 al 22 de abril de 2010[282]. Sin embargo, no profundiza en la relación de los feminismos comunitarios con los ecofeminismos, ni entra en discusiones teóricas al respecto. Se limita a presentar la posición del feminismo comunitario ante las problemáticas medioambientales.

Ahora bien, en el citado documento, las feministas comunitarias cuestionan la reducción de Pachamama a su función reproductora como sinónimo de Madre. Al respecto plantean lo siguiente: «Entendemos a la Pachamama, a la Mapu, como un todo que va más allá de la naturaleza visible, que va más allá de los planetas, que contiene a la vida, las relaciones establecidas entre los seres con vida, sus energías, sus necesidades y sus deseos[283]». Desde esta perspectiva se rechaza la relación jerárquica entre Madre Tierra y Padre Cosmos, donde la Pachamama es forzada a un matrimonio, así como lo han sido muchas mujeres indígenas en el patriarcado ancestral y hasta la fecha. En una crítica que va a la raíz de las cosmovisiones indígenas de Abya Yala, estas pensadoras y activistas indígenas sostienen que el cosmos constituye una parte de la Pachamama, lo que implica un cambio fundamental en la forma de concebir las relaciones entre mujeres y hombres, y de estos con la Tierra.

Las feministas comunitarias también redefinen el concepto de «comunidad». Como ellas mismas apuntan, las comunidades actuales, además de ser patriarcales, justifican diversas formas de desigualdad y, muchas veces, obstaculizan el cumplimiento de la autonomía para las mujeres. La

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comunidad no es el resultado de la suma de los individuos que la componen, sino un ámbito dinámico y nutriente, que a su vez se alimenta de las acciones tanto individuales como colectivas de quienes la componen. Esta debe regirse por el principio de la reciprocidad entre seres humanos, con la Tierra y el resto de sus habitantes, porque: «cada integrante es único y necesario, a la vez que autónomo o autónoma, pues la autonomía será el principio que garantizará a cada persona igualdad en dignidad y derechos, y que probará la coherencia ética de una comunidad que no oprime a sus integrantes[284]». El vivir bien o buen vivir de cada uno de los miembros de la gran familia de la Tierra es importante, de tal manera que no se pueden sacrificar los derechos de las mujeres, ni de los otros no humanos. La Pachamama constituye el sostén de la comunidad y, al igual que las mujeres, no es propiedad de nadie, ni tampoco está a la venta. Cabe destacar que desde este contexto no se defiende el derecho de las mujeres a poseer tierras, sino que se busca poner fin a la idea de propiedad como medio para la depredación del territorio.

Por mi parte pienso que los feminismos comunitarios coinciden en varios aspectos con las vertientes constructivistas del ecofeminismo. Por un lado, cuestionan la reducción de las mujeres, y de la Pachamama, a la función reproductora y denuncian que las comunidades coaccionen a las mujeres para llevar adelante embarazos no deseados, lo que contradice su derecho a la autonomía: «la mujer no está obligada a parir, ni puede prohibírsele parir[285]».

Coaccionar a las mujeres en uno u otro sentido constituye una forma de violencia perpetrada por los Estados, gobiernos e instituciones que niegan el derecho a una maternidad libre y voluntaria, y que las comunidades no deben reproducir. Por el otro, estas feministas indígenas rechazan que se atribuya a las mujeres la responsabilidad de sanar a la Tierra, pues esto aumentaría su carga de trabajo no reconocido, que ya de por sí es injusta:

Desde el feminismo comunitario demandamos que todas y todos quienes han contribuido al calentamiento global, contaminación y por ende cambio climático asuman su responsabilidad en la medida que les corresponda […]. No vamos a asumir solas una responsabilidad que es colectiva y social […] creemos que se debe partir de un trabajo colectivo en el que todas y todos, las comunidades, los países y los estados, asuman y respeten a la Pachamama como un todo que tiene vida y que genera vida también[286].

Para cerrar este capítulo me interesa reiterar que las mujeres indígenas han desarrollado prácticas y conocimientos necesarios para la conformación de culturas ecológicamente sostenibles, los cuales han sido tradicionalmente despreciados por el Occidente depredador —que, como hemos visto, no es el

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único Occidente—; sin embargo, esto no significa que sean las encargadas de revertir la situación actual, sino que sus aportaciones deben revalorizarse positivamente en el camino hacia la sanación de la Pachamama y de sus habitantes en una distribución equitativa de responsabilidades. Esta revalorización ha de realizarse en un marco intercultural, en el que prevalezcan los diálogos equifónicos, la reciprocidad y la justicia. Desde ahí, como afirmara Berta Cáceres en su citado discurso: «Construyamos sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida».

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CAPÍTULO 4

Mujeres indígenas y campesinas en defensa del

territorio

Yo soy una jalqueñita, que vivo en las cordilleras.

Pasteando mis ovejas en neblina y aguacero.

Cuando mi perro ladraba, la policía llegaba.

Mis chocitas las quemaron, mis cositas las llevaron.

Comidita no comía, solo agüita yo tomaba.

Camita yo no tenía, con pajitas me abrigaba.

Por defender mis lagunas, la vida quisieron quitarme. Ingenieros, seguritas, me robaron mis ovejas, caldo de cabeza tomaron, en el campamento de Conga.

Si con esto, adiós, adiós, hermosísimo laurel, tú te quedas en tu casa, yo me voy a padecer.

MÁXIMA ACUÑA[287]

El complejo problema del desequilibrio ecológico causado por el extractivismo sobre el que se sostiene el capitalismo globalizado afecta de manera frontal a los sectores más empobrecidos, especialmente a las mujeres pertenecientes al ámbito rural, principales dependientes de la economía de subsistencia, así como a las que se ven obligadas a migrar a las ciudades ante las crecientes condiciones de escasez. Además, las indígenas afrontan, junto con sus comunidades, la dura batalla por la defensa de sus territorios contra las estrategias de despojo del neoliberalismo. Para ellas, la destrucción del medio ambiente, sea a causa de la minería, la construcción de represas, la industria maderera, la biopiratería o la expansión turística, por mencionar algunos ejemplos, significa el aniquilamiento de sus formas de vida.

En el contexto de las éticas y las epistemologías indígenas, la cultura no solo no se opone a la naturaleza, sino que establece con ella una relación de interdependencia y continuidad. Por ello, abrir la tierra para extraer materiales, envenenarla con pesticidas, sembrar semillas transgénicas, perforar las montañas, desviar el cauce de los ríos, contaminarlos y cercarlos

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representa una forma de exterminar a las comunidades tribales. Frente a esta realidad, algunas mujeres indígenas reivindican sus conocimientos al mismo tiempo que participan en movilizaciones sociales para proteger los recursos naturales de sus comunidades. Las vindicaciones específicas de género caminan a un ritmo más lento y, en la mayoría de los casos, surgen de las experiencias de las mujeres que transitan del espacio doméstico al ámbito público. A la conciencia de las injusticias étnicas, de género y de clase social agudizadas por las políticas neoliberales en algunos casos se añade una mirada crítica hacia las prácticas sexistas de las propias comunidades.

En este capítulo me voy a centrar en algunos ejemplos que muestran el vínculo entre género, pertenencia cultural, medio ambiente y alternativas para la sostenibilidad: el primer apartado está dedicado a la lucha de la indígena nahua María de Jesús Patricio Martínez por la defensa de la medicina tradicional mexicana; en el segundo, abordo tres casos de mujeres en defensa del agua: las mazahuas del estado de México, las nahuas de Colima, México, y las mujeres de Nejapa, El Salvador; en el tercero, expongo el movimiento socioambiental de la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán por la preservación de los bosques en Guerrero, México; finalmente, en el cuarto apartado presento el trabajo realizado por la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas en Chile (ANAMURI), la cual se ha dedicado a defender la soberanía alimentaria desde una perspectiva feminista que visibiliza las propuestas de las mujeres indígenas y rurales. En los ejemplos elegidos, confluyen muchos de los problemas más acuciantes sobre los que reflexionan los feminismos indígenas en la actualidad, tales como la visibilización de las mujeres indígenas en el ámbito de la salud, la soberanía alimentaria, la agroecología, así como la importancia de las mujeres de Abya Yala dentro de los movimientos en defensa de la Tierra y el territorio.

MARÍA DE JESÚS PATRICIO MARTÍNEZ: EN DEFENSA DE LOS CONOCIMIENTOS INDÍGENAS DE LAS PLANTAS MEDICINALES

La historia oral ha ido ganando cada vez mayor legitimidad como metodología de investigación en las ciencias sociales y las disciplinas humanísticas. La aspiración de la modernidad hegemónica a una objetividad científica capaz de esclarecer diversos ámbitos de la realidad mediante la aplicación de métodos adoptados de las ciencias de la naturaleza se ha mostrado insuficiente para abordar la complejidad de las relaciones sociales.

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El valor de la subjetividad para la comprensión de la historia y las dinámicas culturales fue señalado por quienes abrieron el camino a las «ciencias del espíritu» como una respuesta a las epistemologías de cuño positivista.

Además, el desarrollo de la antropología y los estudios multiculturales ha contribuido a la revalorización de los saberes de las culturas no occidentales sobre el medio ambiente, la oralidad y las cosmovisiones indígenas. Como señala Jorge E. Aceves Lozano a propósito de esta metodología:

Las historias de vida al resaltar las experiencias vitales de los individuos en su acción dentro de la sociedad, descubren la relevancia de las vivencias personales en los marcos institucionales y el impacto de las decisiones personales en los procesos de cambio y estructuración social. Es por ello que pueden servir para probar teorías, hipótesis y proposiciones conceptuales, y pueden funcionar como el «caso negativo» frente a un cuerpo teórico establecido […]. Permiten asimismo generar nuevas hipótesis en campos que parecían agotados, puesto que aportan evidencia que de otra manera […] no sería posible obtener[288].

Si bien la historia de vida es considerada un método de investigación fundamental en el ámbito de las ciencias sociohistóricas, no sucede lo mismo con la filosofía. A pesar de que en su historia abundan las autobiografías, los diarios y los testimonios personales, estos se consideran más como curiosidades literarias que como reflexiones filosóficas, especialmente cuando su autoría es femenina. Sin embargo, aquí podemos hacernos las siguientes preguntas: ¿estudiar diversas formas de conocimiento no constituye, asimismo, una tarea filosófica? ¿Las fuentes orales no tienen nada que aportar a la ética, la epistemología, la antropología filosófica, la filosofía de la historia, la filosofía de la cultura, la filosofía social, etc.? ¿La pretendida universalidad que busca la filosofía es inconciliable con la subjetividad personal de la historia de vida? Con estos interrogantes volvemos a una cuestión de fondo, a saber: ¿qué importancia tienen para la filosofía las experiencias y los saberes de las mujeres pertenecientes a los pueblos indios ante la complejidad de la crisis ecológica actual?

Considerar que la historia de vida de una mujer indígena tiene interés filosófico significa cuestionar en alguna medida los fundamentos del pensamiento occidental hegemónico. El sujeto del discurso no se presenta como «objetivo y neutral»; por el contrario, este «sujeto» es una mujer, en su epistemología no existen objetos, sino únicamente sujetos, y por ello no puede ser «objetivo»; además, su supervivencia le exige una posición de resistencia frente al neoliberalismo, lo que hace imposible que sea «neutral».

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El tipo de universalidad al que apela se refiere a la capacidad de la filosofía para aceptar que existen distintos puntos de vista que enfocan lo que llamamos «mundo», y que la verdad está en el diálogo, la pluralidad y el acuerdo, y no en la imposición de una particularidad que se presenta falsamente como universal.

La narración en primera persona constituye un medio para abordar temas que no son considerados relevantes dentro de los discursos éticos dominantes, tales como las problemáticas de las mujeres pobres del Sur y de otros colectivos discriminados. De acuerdo con Karen Warren: «El uso de la narrativa en la ética, como una reflexión de las experiencias vividas y sentidas, produce una postura en la que el discurso ético puede contener las realidades sociales, históricas y materiales en las que los sujetos morales se encuentran[289]». De acuerdo con lo anterior, la historia de vida de una mujer indígena, feminista, zapatista y médica tradicional no solo nos informa sobre un caso particular, sino que también apunta a los procesos de cambio que están atravesando las mujeres indígenas mediante la reflexión sobre sus derechos en ámbitos como la salud, la educación, la participación política, la defensa del territorio y la conformación de nuevas identidades.

María de Jesús Patricio Martínez pertenece a la comunidad nahua de Tuxpan, Jalisco, en donde desde hace años ha sido reconocida como médica tradicional. Fue elegida por la asamblea comunitaria para asistir al Foro Nacional Indígena convocado por el EZLN (enero de 1996, San Cristóbal de las Casas, Chiapas) y para participar en el Congreso Nacional Indígena, donde leyó la declaración final: Nunca más un México sin nosotras/os (12 de octubre de 1996, México, DF). En el año 2017 fue nombrada portavoz del Concejo Indígena de Gobierno, convirtiéndose en la primera mujer indígena que fue propuesta como candidata independiente para participar en las elecciones presidenciales en México, lo que finalmente no se logró. En esa oportunidad, de las redes sociales emergieron el profundo racismo y la misoginia de una parte de la población del país que la increpaba diciendo que volviera a sus tareas de empleada doméstica, la imagen estereotipada común que se tiene de las mujeres indígenas. Ahora bien, en su historia de vida se entrecruzan la lucha para conquistar la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres, los movimientos indígenas por el reconocimiento de la autonomía de sus pueblos, la defensa de la medicina tradicional y el cuidado de la naturaleza. Su voz «nosótrica» hace presente la filosofía de los pueblos originarios y el «feminismo indígena» al encarnarlos en experiencias vitales.

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«Esto que soy, lo que practico»

Durante la entrevista, una de las palabras que más se repitió en las respuestas de la médica nahua fue «origen». De acuerdo con ella, para comprender la enfermedad o cualquier otra cosa es necesario conocer sus fundamentos. Por ello, me parece pertinente comenzar con las alusiones que hace sobre su propia infancia. María de Jesús Patricio recuerda que, cuando era niña, tenía muchas inquietudes y expectativas. Veía que su abuela y sus tías recurrían a infusiones de plantas para sanar sus enfermedades, y fue así como comenzó a aprender medicina tradicional. Ella era una de las hermanas mayores en una familia numerosa. Siendo aún muy joven estaba encargada de atender las necesidades de las y los más pequeños de la casa. Aunque todavía no tenía conciencia de género ni de pertenencia étnica, ya desde su adolescencia, según su testimonio: «Anhelaba participar en un proceso de cambio en mi comunidad en lo que se refería a la salud de las personas. A eso me fui enfocando en mi caminar a través del tiempo[290]».

Sin embargo, el cumplimiento de esos anhelos no podía ser fácil. Por una parte, las costumbres sexistas imperantes impedían cualquier atisbo de autonomía para las mujeres. El padre de María de Jesús no permitía que su hija saliera sola ni siquiera a la tienda, mucho menos a otras comunidades.

Pero María pronto se rebeló, como afirma en su narración: «Empecé a salirme a escondidas porque quería conocer más, quería saber[291]». Comenzaba a darse cuenta de que a los varones se les daban más libertades, pero que, a pesar de eso, ninguno hacía lo que ella soñaba llegar a realizar. Mientras las mujeres de la familia trabajaban sin descanso y eran capaces de resolver la mayor parte de los problemas que se presentaban, los varones cumplían su jornada en el campo y se desentendían de todo lo demás. No podía comprender por qué se afirmaba que ellos eran más fuertes cuando las faenas cotidianas del colectivo femenino eran interminables, y la labor de parto, sumamente dura. La conclusión a la que llegó fue que si las mujeres trabajaban más de 18 horas al día, además de atravesar por la experiencia de dar a luz en condiciones adversas, era evidente que podían hacer cualquier cosa. Entonces: ¿por qué no se les daban las mismas oportunidades que a los varones? Fue el despertar de una conciencia de género que la llevó a rebelarse ante un destino «tradicional».

Es importante destacar que María de Jesús contaba con el apoyo de su madre, sus hermanas y sus abuelas, que la alentaban y confiaban en ella. Su habilidad para tratar diversas dolencias fue poco a poco reconocida: «la

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comunidad me dio el cargo de médica tradicional, lo que para mí ha significado la responsabilidad de cuidar la salud de quienes integran el tejido comunitario[292]». Una de las principales exigencias éticas de la medicina indígena es que la salud no sea mercantilizada. Su vocación como médica tradicional le fue abriendo un espacio de autonomía que no era común para una mujer pobre y, además, indígena. Esto puede ayudarnos a comprender cómo pudo más tarde convertirse en una actora social clave en el proceso de reconstitución de su pueblo.

Un ir y venir de la palabra entre nosotras

Para María de Jesús Patricio hubo un acontecimiento fundamental que la llevó a asumir plenamente su doble pertenencia de etnia y género: el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Antes de que se hiciera público el movimiento zapatista, María no se sentía bien en las situaciones a las que se enfrentaba, pero no tenía idea de lo que había más allá de su entorno. Sus experiencias le habían enseñado que ser mujer, tener la piel morena y contar con lo más imprescindible para sobrevivir constituía una triple desventaja, aunque no entendía por qué. Solo después de haber sido elegida por su comunidad para participar en los diálogos del Foro Nacional Indígena en San Cristóbal de las Casas, en 1996, comprendió la realidad vivida por los pueblos indios a nivel nacional. De acuerdo con ella: Mi ser indígena lo definí más cuando se dio el levantamiento zapatista. Fue un sacudir para todos los pueblos indios de México. No era solamente esta comunidad, porque yo pensaba que nada más nosotros éramos indígenas. Pero, cuando conocí el movimiento zapatista, me di cuenta que existían miles de indígenas por todo el país y muchas comunidades lejanas que tenían los mismos problemas. Esto hizo que pudiéramos identificarnos como hermanos[293].

La asamblea comunitaria había elegido a un hombre y una mujer para que fueran a Chiapas. No obstante, se multiplicaban los rumores de que estos no iban a regresar porque se les obligaría a integrarse al Ejército Zapatista.

Muchas personas tenían temor. De los dos que fueron comisionados por la comunidad, solo viajó María de Jesús Patricio, pues el otro elegido tuvo miedo y no se presentó. Al principio estaba asustada, pero, después de más de 20 horas de viaje, cuando por fin llegó y pudo ver a más indígenas como ella, comenzó a encontrar respuestas a las preguntas que se había hecho desde hacía mucho tiempo: «En ese momento descubrí que había más comunidades

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indígenas, y que los problemas que teníamos en Tuxpan: discriminación, pérdida de nuestra lengua, robo de conocimientos tradicionales, eran algo que nos identificaba con los demás pueblos indios[294]». La lección aprendida le había enseñado que la guerra de exterminio contra los pueblos originarios llevaba más de 500 años de historia y, más allá de las fronteras, se extendía por todo el continente americano.

Lo que esta sanadora indígena encontró en Chiapas fueron las raíces del «México profundo[295]», pero también a las mujeres zapatistas. Algunas de ellas tenían puestos de mando en el EZLN, hablaban con libertad, pronunciaban discursos, eran respetadas y tomadas en cuenta por los varones. Esto la impresionó tan hondamente como el descubrimiento de sus hermanas y hermanos indígenas. No había llegado a un territorio dividido por la guerra, sino a la promesa de un mundo más justo y solidario. Como ella misma expresa: «Me animó ver que comunidades mucho más pobres que la mía seguían resistiendo con dignidad. Sentí mucha fuerza al conocer a las mujeres zapatistas y verlas participar, pues constituían la prueba de que sí era posible vivir el respeto y la dignidad[296]». En lugar de ser obligada a incorporarse a un ejército lejos de su familia, lo que recibió fue el mensaje de regresar a su comunidad para continuar trabajando como sanadora y, desde ahí, poder defender los saberes tradicionales nahuas, pero no de manera aislada, sino junto con otros pueblos.

Cuando volvió a Tuxpan, la esperaban impacientes su madre y sus hermanas: «Había llegado agotada —relata la médica indígena—, con ganas de irme a descansar, pero no me dejaban, me preguntaban cómo me había ido, qué cosas había conocido. Era como un ir y venir de la palabra entre nosotras[297]». Llama la atención este hermoso testimonio de sororidad. María de Jesús Patricio tenía el apoyo incondicional de las mujeres de su familia, en quienes encontró fuerza, confianza y una complicidad capaz de superar las diferencias, pues ellas seguían viviendo subordinadas a esquemas de desigualdad en sus relaciones con los varones. En sus palabras: «La lucha constante como mujeres también ha sido una fuente de fuerza para mí. Recuerdo que le decía a mi mamá que no permitiera que mi papá la hiciera como quisiera[298]».

Conforme se multiplicaron los viajes de María de Jesús Patricio a distintas comunidades, su madre y sus hermanas también quisieron salir para conocer otros horizontes. Paralelamente, su padre y sus hermanos se hicieron más flexibles ante las nuevas situaciones, y ya no les parecía imposible realizar algunas tareas domésticas mientras las mujeres estaban fuera de la casa.

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Cuando una mujer avanza, no hay hombre que retroceda

La médica tradicional tuvo su primer encuentro con el feminismo citadino en la Coordinadora Nacional de Mujeres. Eso le permitió conocer los problemas vividos por el colectivo femenino urbano, así como identificar las semejanzas y diferencias entre las mujeres de la ciudad y las del ámbito rural.

Sin embargo, lo que no pudo entender fue la desvinculación del feminismo urbano de los contextos comunitarios de las mujeres indígenas y campesinas.

Le parecía absurdo haber viajado tantas horas hasta la Ciudad de México para escuchar lo que vivía todos los días: «que las jornadas de las indígenas son extenuantes, que el trabajo que realizaban tiene un valor económico no reconocido, que padecen discriminaciones de todo tipo[299]». Ella estaba de acuerdo en que esos temas eran importantes, pero pensaba que, en el caso específico de las mujeres indígenas, tenía que reflexionarse también sobre lo que está sucediendo en sus pueblos:

Las mujeres necesitamos participar en el proceso de reconstitución de nuestros pueblos, tenemos que darnos la mano entre nosotras y también con los hombres, trabajando juntos para construir la igualdad, la equidad, el respeto. Muchos hombres están comenzando a reconocer que las mujeres sí podemos, pero algunos aún piensan que somos discapacitadas o de segunda, y no es así. Somos fuertes, tenemos iniciativa y podemos hacer las cosas igual que ellos[300].

Al igual que las indígenas zapatistas de Chiapas, María de Jesús Patricio considera que el problema de fondo es el sistema de dominación. Hoy es el capitalismo neoliberal, hace 500 años era la colonización. Según ella, el feminismo indígena debe incluir a mujeres y hombres, promover el trabajo comunitario y buscar unir esfuerzos. Esto no significa que se invisibilicen los problemas específicos que afectan a las mujeres. Las culturas indígenas no perciben la realidad como un conjunto de esferas separadas, sino dependientes unas de otras. Las mujeres, los hombres, las niñas, los niños, las personas ancianas, los seres vivos no humanos, la tierra, todo forma una unidad en equilibrio.

Sin embargo, la reciprocidad entre los distintos seres vivos se ha transformado en una relación jerárquica que genera desigualdad entre los sexos y destrucción del medio ambiente:

Juntos, mujeres y hombres es como debemos trabajar, no chocando. El problema no son los hombres sino el capitalismo neoliberal. Para hacerle frente, tenemos que conjuntar nuestras fuerzas y proponer alternativas que nos permitan sobrevivir. De otra forma, no vamos a lograr nada más que pelearnos entre «nosotros» mientras mueren nuestras raíces[301].

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Estas reflexiones son muy similares a las expuestas por Vandana Shiva, quien, al teorizar sobre lo que denomina el «mal desarrollo» generado por el crecimiento económico del Norte global, considera que: «En la práctica, esta perspectiva fragmentada, reduccionista y dualista viola la integridad y armonía del hombre con la naturaleza, y la armonía entre el hombre y la mujer[302]».

Las mujeres indígenas no solo padecen la desigualdad de género, sino que además ven amenazada la supervivencia misma de las comunidades a las que pertenecen. Aunque es innegable el impacto negativo del capitalismo globalizado sobre las condiciones de vida de las mujeres empobrecidas y los otros no humanos, hasta el punto de poder afirmar su incompatibilidad con la aspiración ecofeminista de construir un mundo justo y sostenible, existen numerosos ejemplos de culturas respetuosas de la naturaleza que, no obstante, subordinan a las mujeres. Si bien el neoliberalismo, por todas las razones expuestas, es antifeminista y ecocida, no puede ser considerado la única explicación del androcentrismo presente en las diferentes culturas estudiadas hasta hoy.

Las palabras de la médica tradicional muestran que es consciente de que, para las mujeres indígenas, hay otra lucha además de la que se libra contra el sistema capitalista. Su situación es tan compleja que no pueden centrarse en hacer distinciones entre conceptos que no terminan de comprender muy bien porque pertenecen a referentes culturales distintos a los suyos. Durante la entrevista, María de Jesús no pronunció términos como «patriarcado», «androcentrismo» o «género»; sin embargo, lo que expresan sus palabras no deja lugar a dudas de que el significado de cada uno de ellos le es bien conocido. De acuerdo con ella, los derechos de las mujeres no pueden pedirse, sino que tienen que imponerse. Como zapatista coincide en este punto con sus compañeras de Chiapas al declarar que «los hombres no están dispuestos tan fácilmente a decirnos: “ahí están sus derechos, los respetamos y los reconocemos”. Somos las mujeres las que tenemos que proponernos hacer valer nuestros derechos y asumirlos en la práctica. Los debemos ir tomando desde donde estemos[303]».

Para la médica nahua, el feminismo indígena es un proceso de descubrimiento a través del cual ella misma está caminando. En su comunidad, ha podido comprobar que las resistencias no solo provienen de los varones, sino también de muchas mujeres. Algunas sienten vergüenza de hablar en público, tienen miedo, piensan que no pueden desempeñar las mismas tareas que sus compañeros. Esto se acentúa cuando a las reuniones de

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las comunidades indígenas asisten personas que no pertenecen a ellas y que emiten juicios sobre la escasa participación de las mujeres sin llegar a comprender lo que sucede en el interior de los pueblos indios. María de Jesús Patricio recuerda el caso de Ostula, comunidad nahua de la costa de Michoacán, México, que se levantó para luchar por el reconocimiento de su autonomía en 2008, y que actualmente sigue resistiendo: «Las mujeres eran las que iban adelante, la mayoría casi ni hablaba, pero estaban dispuestas a arriesgar sus vidas para defender su territorio[304]». Algo similar está sucediendo en Cherán, municipio que también forma parte del estado de Michoacán, y que tiene un porcentaje elevado de población indígena. Su lucha por la autonomía y por la preservación de sus bosques no puede comprenderse si se deja de lado la participación de las mujeres.

En el núcleo de este feminismo indígena, María de Jesús encuentra un rasgo que revela la influencia de la filosofía de los pueblos indios: el «nosotras/os». Sostiene que este es un valor fundamental que es conservado por las mujeres y que muchos varones han olvidado. «Algo que he aprendido en este caminar —nos dice— es que las mujeres acostumbramos a decir “nosotros”. En cambio, los señores, cuando hablan, dicen “yo[305]”». Vemos aquí algo similar a lo que sucede en la cultura occidental con respecto a la ética del cuidado. Las tareas que tienen que ver con las necesidades afectivas y con el mantenimiento de la vida son realizadas principalmente por el colectivo femenino y carecen de reconocimiento social. Esta «feminización del cuidado» no se debe a una «esencia maternal», sino a los roles socialmente asignados a mujeres y hombres. Considero que el reto es llegar a universalizar dicha ética para que deje de tener género. A mi juicio, desde las coordenadas culturales de nuestra médica nahua, se trata de que los varones —y muchas mujeres también— aprendan a ver el mundo a partir del «nosotras/os», lo que constituye uno de los principales objetivos del feminismo indígena de las zapatistas.

La salud de una persona implica la salud de la comunidad y el equilibrio con la naturaleza

Para María de Jesús Patricio, las enfermedades que padecen los seres humanos están vinculadas con el entorno social y ambiental. En sus palabras:

«Hay una relación de todo con todo. La salud de las personas tiene que ver con el cuidado del agua, los árboles, los animales y la tierra[306]». Sin embargo, a pesar de que cada día mueren miles de seres humanos a causa de males relacionados con la

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contaminación producida por el capitalismo globalizado, los conocimientos indígenas siguen siendo subvalorados en casi todas partes.

Paralelamente, científicos occidentales están patentando plantas medicinales y técnicas médicas ancestrales. Como saber propio de los pueblos originarios, se lo desprecia, pero como mercancía para el mercado mundial, se exaltan sus beneficios. A este robo de saberes tradicionales que denuncia nuestra médica nahua se lo conoce como «biopiratería[307]».

Es un hecho que la medicina tradicional representa la alternativa a la que recurren los pueblos indios y muchas personas pobres que carecen de seguridad social. El conocimiento de las plantas medicinales y la atención al enfermo a través de cantos, rezos y masajes han sido un campo tradicionalmente ocupado por mujeres, aunque no solo por ellas. Estas sanadoras conocen plantas relacionadas con la salud reproductiva, lo que les da cierto control sobre la fecundidad. Los saberes que han desarrollado a lo largo de siglos están fuera de la lógica monetaria y abren espacios de poder para las mujeres que los practican. Muchas hierbas curativas crecen libremente por los campos. No cuestan nada.

María de Jesús Patricio sostiene que la medicina indígena constituye uno de los factores más importantes dentro del proceso de reconstitución de los pueblos originarios, al tiempo que representa un espacio de autonomía para las mujeres. Por ello, sostiene, ha sido especialmente atacado. A su juicio, no es casualidad que se estén promoviendo decretos que prohíben a las sanadoras y sanadores indígenas el uso de plantas medicinales comunes, alegando su peligrosidad para la salud, mientras que a las grandes empresas farmacéuticas se les den todas las facilidades para que patenten dichas plantas y las comercialicen a altos precios. La privatización de la vida amenaza a la diversidad biológica y cultural, además de convertir la salud en una mercancía.

En este proceso, el neoliberalismo despoja a las mujeres empobrecidas de la única alternativa que tienen para atender sus problemas de salud. Envenena bosques, aires y mantos acuíferos para producir más mercancías, agravando las condiciones de miseria de los pueblos indígenas y campesinos. Se trata de una lógica suicida que, al destruir la diversidad biológica, hace imposible la continuidad de la vida. La alternativa que ofrecen los pueblos originarios es universalizar la ética biocéntrica que han practicado durante siglos. La médica indígena lo explica a través de lo que podemos considerar una visión ecofeminista indígena:

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Hay una relación especial de la mujer con la tierra. Así como la mujer da hijos, los cuida y los protege, así también la naturaleza da alimento, medicinas y cobijo a los seres humanos. Si esta se contamina o se destruye, sus habitantes no tienen posibilidades de sobrevivir. En mi familia existe la costumbre de que cuando un niño nace se tiene que enterrar su ombligo para que la tierra reconozca que ya hay un hijo más, es como enraizarlo y, aunque vaya adonde vaya, siempre va a regresar a su raíz. En muchas creencias se muestra que las mujeres tienen confianza de encontrar en la naturaleza remedios para sus enfermedades. En Tuxpan, se creía que, cuando una mujer estaba en peligro de abortar, tenía que ir a un nacimiento de agua, hacer un pocito y beber de ahí. Esa era la curación. Ahora, el río está tan contaminado que ya no es posible.

Las afirmaciones de María de Jesús parecen coincidir con los ecofeminismos esencialistas, según los cuales las mujeres mantienen una relación especial con la naturaleza por sus características biológicas.

Considera que la potencia materna de sus cuerpos las ubicaría más cerca de la Madre Tierra. Mujeres y naturaleza se caracterizarían por su capacidad de dar y sostener la vida, pero también por ser devaluadas y explotadas dentro de la lógica patriarcal, que en nuestros días se presenta bajo el rostro del neoliberalismo. Sin embargo, por otro lado, la médica nahua se distancia de tales posturas diferencialistas al insistir en que la filosofía indígena del zapatismo está desarrollando un feminismo que afirma que las mujeres y los hombres deben integrarse por igual en la vida política de sus comunidades y en el cuidado de la biodiversidad. Si bien para María de Jesús el colectivo femenino se identifica con la Tierra por las experiencias relacionadas con la maternidad y la crianza, afirma que los varones también están enraizados en la naturaleza y tienen el deber de preservarla.

En este sentido, considero importante destacar que el feminismo zapatista es producto del diálogo entre las cosmovisiones de los pueblos originarios y los discursos feministas que llegaron a las comunidades indígenas a través de las ONG, así como de diversas iniciativas con perspectiva de género. Por ello, las indígenas zapatistas insisten mucho más en la igualdad-reciprocidad —que ellas llaman «paridad»— que en las diferencias entre mujeres y hombres. El concepto maya-tojolabal lajan lajan’aitik, que se ha traducido al castellano como «estamos parejos», y que representa «la condición de posibilidad de la igualdad[308]», se ha incorporado al pensamiento feminista indígena mediante la interpelación mutua entre teoría feminista occidental y culturas indígenas.

Resulta significativo que María de Jesús Patricio haya decidido tener una familia reducida. Durante la entrevista, en ningún momento exaltó los valores tradicionales de la «madre cuidadora» como horizontes del «feminismo indígena». Por el contrario, sus testimonios giraron en torno a sus viajes, intervenciones en espacios públicos, trabajo compartido con su esposo en el

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cuidado de hijas e hijos y participación con otras mujeres de su comunidad en el cultivo de un huerto donde se practica la agricultura ecológica para obtener alimentos libres de pesticidas. Como portavoz del Concejo Nacional Indígena ha expresado la importancia de escuchar a las mujeres de los pueblos y tomar en cuenta sus palabras para la construcción de otros mundos posibles. Por todo lo expuesto hasta aquí, sostengo que María de Jesús Patricio representa una expresión del «sujeto mujer» que está dando a luz la lucha de género, etnia y clase encabezada por las indígenas zapatistas. En sus experiencias vitales se unen feminismo, ecologismo y defensa de los pueblos originarios.

Como mujer, exige la igualdad de derechos y la participación de los varones en las tareas del cuidado de los seres humanos y no humanos. El ecofeminismo que vindica es indígena, y debe ser comprendido desde sus propias coordenadas culturales: la filosofía «nosotrocéntrica» y el feminismo de las indígenas zapatistas que están trazando caminos alternativos para un futuro solidario, sostenible y plural.

LAS MUJERES Y LA LUCHA POR EL DERECHO HUMANO AL AGUA

Dentro de los movimientos socioambientales del siglo XXI, el tema del agua ocupa un lugar prioritario. La falta de agua y saneamiento adecuado representa una de las principales causas de las enfermedades que afectan a la población del Sur global. Las cada vez más largas sequías debidas al cambio climático se suman a una distribución desigual que despoja del vital líquido a los pueblos indígenas y a los sectores más empobrecidos de las ciudades.

Paralelamente, se desperdician miles de litros debido a las pésimas condiciones en que se encuentran las redes hidráulicas. En Latinoamérica, cada vez son más las comunidades que ven secarse sus últimos abastecimientos, mientras crecen los problemas sociales a causa de la escasez. Alrededor del mundo, los conflictos por el agua se cobran más vidas que el resto de las guerras[309].

Sin agua no pueden cumplirse los derechos humanos fundamentales, como el derecho a la vida, a la salud, a la alimentación sana y a la educación.

Millones de niñas y niños se enferman por consumir agua sucia o por carecer de ella, dejan de asistir a la escuela y padecen cotidianamente una crisis que tiene género, etnia y clase social. Quienes tienen que lidiar con el rostro más violento de la falta de agua, su contaminación y distribución

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desigual son las personas empobrecidas —en su mayoría mujeres— y los pueblos indígenas.

Poblaciones enteras han sido despojadas de sus tierras y han visto secarse sus comunidades en nombre de un «progreso» que pasa por encima de ellas sin dejar nada a cambio más que miseria y devastación ecológica.

La filósofa ecofeminista Vandana Shiva fue una de las primeras voces que denunció la situación de miseria de los agricultores y campesinos en el denominado «Tercer Mundo». La pérdida de biodiversidad, la sobreexplotación de ríos y manantiales, el desvío de cuencas para llevar agua a plantaciones y ciudades sin considerar las necesidades de las zonas rurales, así como la introducción de semillas transgénicas, amenazan la supervivencia de múltiples asentamientos humanos en todo el mundo. Esta pensadora ha visibilizado las luchas de resistencia del colectivo femenino dando a conocer sus logros, al tiempo que cuestiona los fundamentos de la racionalidad ecocida y su impacto sobre la vida concreta de las poblaciones marginadas.

Afirma que el patriarcado capitalista tiene una relación directa con la crisis ecológica, económica y social que afecta de manera desigual a mujeres y hombres, al Norte y al Sur de la geografía trazada por la globalización neoliberal.

Las crisis del agua que han desatado conflictos sociales, hambruna y muerte en Asia y África han sido causadas en gran parte por el tráfico de maderas preciosas, las represas, los monocultivos y la minería. Lo mismo está sucediendo en América Latina, donde las consecuencias de la sobreexplotación de mantos acuíferos y la desaparición de grandes zonas boscosas son cada día más trágicas. Como apunta Vandana Shiva: «La violencia que se desata contra el ciclo del agua probablemente sea la más invisible, pero es la peor porque amenaza simultáneamente la supervivencia de todos los seres y cosas[310]». Ha sido provocada por lo que denomina «una mentalidad reduccionista[311]», incapaz de comprender la complejidad del ciclo del agua ni de valorar positivamente los conocimientos desarrollados durante milenios por las mujeres y los pueblos originarios.

Las causas del fracaso de los grandes proyectos hidráulicos en la India se están repitiendo en América Latina. De acuerdo con Shiva, tales proyectos se basan en estudios que toman en cuenta la maquinaria necesaria para llevar a cabo la obra, las características de los tubos que se utilizarán, la tecnología que permitirá extraer la mayor cantidad de agua en el menor tiempo posible, pero se olvidan de considerar los depósitos de agua disponibles, la lógica de los ciclos vitales y las necesidades de los pueblos indígenas y campesinos que

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se encuentran en el camino. A medida que se implementan programas que pretenden solucionar el problema, aumenta la cantidad de comunidades que padecen escasez. Además, los procesos de purificación del agua mediante el uso de químicos como el cloro han causado grandes desequilibrios a los ecosistemas.

Antes de la introducción de la industria química para el saneamiento del agua, los pueblos indígenas utilizaban plantas aromáticas y medicinales purificadoras que no causaban daños a la salud humana, ni a la de otros seres vivos.

Los conocimientos tradicionales permitían el máximo aprovechamiento de los recursos hídricos porque funcionaban de acuerdo con el ciclo del agua y no en su contra. Sin embargo, la «mentalidad reduccionista», además de despreciar estos conocimientos, altera la lógica de los procesos vitales. La solución que se propone para afrontar la crisis es aumentar el número de represas, proyectos hidráulicos y cultivos transgénicos. Lo paradójico — sostiene Vandana Shiva— es que se concibe el agua como un recurso lineal, dejando de lado todas las implicaciones que encierra su ciclo. Mientras la ingeniería hidráulica tradicional funcionaba ecológicamente y mantenía en buen estado los sistemas de riego, las represas actuales alteran el ciclo del agua, agotan los depósitos subterráneos, contribuyen a la desertificación y tienen una vida útil menor de treinta años.

A pesar de que se ha comprobado la insostenibilidad de los proyectos hidráulicos promovidos por el capitalismo globalizado, actualmente se están construyendo cada vez más represas en diferentes partes del mundo. El mismo modelo que causó la devastación ecológica y las hambrunas que se siguen cobrando millones de víctimas en África y Asia es el que está operando en América Latina. Comunidades indígenas y campesinas que hasta hace poco tiempo contaban con una gran biodiversidad se han visto forzadas a emigrar a causa de la deforestación y la consecuente escasez de agua.

Mientras los conflictos socioambientales se multiplican, las mujeres se presentan cada vez más como las principales protagonistas de los movimientos de resistencia.

A pesar de que en el año 2002 el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas reconoció formalmente el derecho humano al agua, los problemas van en aumento. A mediados del 2012, después de dieciocho meses de sequía en el norte de México, la noticia de la muerte de una niña que pretendía llevar un poco de agua a su casa evidenció la gravedad de la crisis[312]. No es casualidad que se tratara de una

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niña, además indígena y empobrecida. El problema del agua está estrechamente vinculado con la exclusión social y la discriminación sexual.

Las mujeres y las niñas que viven en los cinturones de miseria son las más afectadas por la falta de agua. Si esta escasea o está contaminada, son ellas quienes tienen que invertir más tiempo en conseguirla, lo que agudiza las desigualdades de género.

¿Por qué la crisis del agua tiene género, clase social y, muchas veces, también etnia? ¿Cómo viven las mujeres indígenas y campesinas los conflictos por el agua? ¿Qué papel desempeñan las mujeres dentro de los movimientos en defensa del agua? ¿Qué relación existe entre la lucha de los pueblos por su derecho al agua y los feminismos indígenas?

Entre las cuestiones de ética ambiental más acuciantes de nuestro tiempo, el cambio climático, el problema de la distribución del agua y el acceso equitativo a los recursos naturales representan temas prioritarios. Como señala Carmen Velayos:

Necesitamos un cambio o evolución […] desde una filosofía individualista y centrada, además, en individuos racionales, adultos y occidentales, hacia una filosofía centrada en: individuos racionales y sentimentales y sus relaciones sociales y ecoesféricas; en individuos pero también en poblaciones; en personas, pero también en otros seres con los que estas comparten el planeta y mantienen relaciones ecosistémicas[313].

Por ello es imprescindible volver la mirada hacia visiones del mundo que reconozcan la dignidad de todos los seres vivos, promuevan la ayuda mutua y se relacionen de manera sostenible con la Tierra.

EJÉRCITO ZAPATISTA DE MUJERES MAZAHUAS EN DEFENSA DEL AGUA

El sistema hidráulico que cuenta con la planta potabilizadora más grande de América Latina es el Cutzamala, y se encuentra en territorio mexicano.

Fue construido en los años setenta para abastecer de agua a una parte de la población de la Ciudad de México y de los municipios conurbanos del estado de México. Desde el inicio se lo consideró una obra que, por sus adelantos tecnológicos, constituía un orgullo nacional. Las enormes tuberías eran capaces de transportar grandes cantidades de agua para solucionar la escasez padecida en la ciudad. Sin embargo, no se consideraron sus implicaciones sociales ni ecológicas. Tampoco se tomaron en cuenta las necesidades de las comunidades mazahuas que se encontraban en el camino; menos aún las dificultades que todo ello acarrearía para las mujeres.

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De acuerdo con la investigación realizada por la antropóloga Anahí Copitzy Gómez sobre la lucha de las mujeres mazahuas por el agua —que ha sido fundamental para el desarrollo del presente apartado—: «La paradoja era que teniendo la potabilizadora más grande de América Latina en su territorio, las comunidades indígenas y campesinas aledañas al sistema Cutzamala no han tenido agua entubada por muchos años[314]». El problema del agua agudizó las necesidades de salud, vivienda, educación, trabajo y falta de tierra padecidas por las comunidades mazahuas. Antes de la construcción del sistema Cutzamala, aunque existía pobreza, había manantiales cristalinos en abundancia y terrenos fértiles para cultivar alimentos. Cuando el proyecto se concretó, a muchos campesinos les expropiaron sus tierras, las presas desviaron el cauce de los ríos, los manantiales se secaron, los residuos de la planta potabilizadora contaminaron el agua y las condiciones de vida de las poblaciones aledañas empeoraron. Paralelamente, en los centros urbanos, el problema del agua se ha ido haciendo cada vez más complejo.

El agua que se lleva a la ciudad también es distribuida de forma desigual. Mientras que las áreas más pobres padecen escasez, en las zonas donde habita la población que tiene mayores ingresos económicos su consumo es excesivo.

Paradójicamente, el agua es más cara para quienes poseen menos recursos porque, además de carecer de un servicio por el que se les cobra, tienen que comprarla embotellada y pagar camiones-cisterna que generalmente ofrecen un servicio de mala calidad. Las niñas y los niños que habitan zonas donde escasea el agua se enferman con mayor frecuencia de infecciones gastrointestinales, alergias, etc., situación que se agrava entre los sectores más desfavorecidos. Quienes toman las decisiones sobre el uso y distribución del agua no consideran las necesidades de las comunidades que padecen altos índices de marginación.

La peor parte del binomio agua-desigualdad social la lleva la población más vulnerable. En el campo, las mujeres indígenas y campesinas deben caminar cada vez más para obtener el agua que antes tenían en sus poblaciones, y sufren enfermedades que, aunque sean curables, como la diarrea, cuando se complican pueden causar la muerte. Asimismo, son las principales encargadas de cuidar a quienes se enferman y, si se ven obligadas a emigrar debido a la falta de alternativas para sobrevivir, son explotadas como empleadas domésticas y padecen todo tipo de discriminaciones.

Según La Agenda Azul de las Mujeres: «En un contexto como el actual en que se prevé una agudización de los conflictos por el control de los recursos hídricos, cobra relevancia el análisis de la posición de las mujeres en este

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escenario[315]». Al igual que en el ámbito rural, en los sectores más empobrecidos de las ciudades también son las mujeres las principales encargadas de hacer frente al problema del agua. Muchas veces llegan a pasar la noche en vela esperando que haya agua en el grifo para poder atender las necesidades domésticas. Es común que tengan que salir de madrugada para acceder al camión-cisterna, transitando por caminos peligrosos donde quedan expuestas a sufrir violencia sexual.

Para la política hidráulica de México, las mujeres y las comunidades indígenas y campesinas han sido invisibles. Por mucho tiempo, el principal uso del agua se centró en la agricultura. La Constitución de 1917 reconocía a la nación como propietaria de los recursos naturales. Las principales transformaciones al respecto se dieron a finales del siglo XX, con la implementación de políticas neoliberales. A partir de 1992, el poder ejecutivo adquirió la facultad de decidir cómo se distribuiría el agua disponible en el país. Los gobiernos estatales y municipales solo se encargarían de administrar el recurso pero sin tener su control. Este nuevo modelo de gestión del agua fue impulsado por el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su propósito ha sido la apertura de la gestión del agua al sector privado y la consecuente exclusión de la población de la toma de decisiones[316].

La privatización del agua se está llevando a cabo de distintas formas. En el ámbito rural, el principal objetivo es la construcción de grandes represas, la mayor parte de las veces en manos de compañías extranjeras que obtienen considerables beneficios económicos pero que no se responsabilizan de los costes ecológicos y sociales. A lo anterior se suma la comercialización de los servicios ambientales para la captación de agua de lluvia, lo que también puede considerarse una estrategia para privatizar el recurso. La Ley de Aguas Nacionales abrió el camino para la entrada de empresas multinacionales mediante concesiones que les permiten explotar gratuitamente los mantos acuíferos. Evidentemente, todo ello ha dificultado aún más el cumplimiento del derecho humano al agua para las poblaciones marginadas del campo y la ciudad.

Los conflictos por el agua en Latinoamérica se deben a distintas causas. Las políticas públicas que determinan quién ejerce el control sobre el

recurso, así como su acceso, distribución y gestión, han desatado numerosas pugnas entre diversos actores sociales. «En México —sostiene la antropóloga Anahí Copitzy Gómez— los conflictos por el agua muchas veces son reflejo de otras necesidades de la población, tales como salud, vivienda digna,

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educación, empleo o derecho de tierras, donde el agua sirve de foco y desencadena el conflicto[317]». Las mujeres representan el sector más afectado debido a la desigualdad de género en intersección con la pertenencia étnica y la clase social. Por ello, no es extraño que participen activamente en los movimientos socioambientales y que, muchas veces, sean las que perciban con mayor agudeza la interrelación entre las enfermedades, la miseria y el deterioro ecológico.

Es importante destacar que la preocupación de numerosas mujeres ante la devastación de los ecosistemas no se debe a factores biológicos, sino a construcciones socioculturales, como argumentan los ecofeminismos constructivistas. A pesar de que a las mujeres se les ha impuesto el rol de ser las educadoras de niñas y niños, las cuidadoras de las personas mayores y las principales encargadas de producir alimentos, son ellas quienes tienen menos acceso a la alimentación, la salud, la educación y el trabajo en condiciones dignas. Cuando se aborda el tema del agua, no son tomadas en cuenta como interlocutoras válidas. De hecho, no existen cifras oficiales sobre cuántas mujeres mueren a causa de problemas relacionados con el agua y la contaminación. En las instancias donde se toman las decisiones relativas a las políticas medioambientales los sectores de la población que se encuentra en situación de mayor vulnerabilidad carecen de representación.

Un ejército de mujeres indígenas en defensa del agua

La planta potabilizadora conocida como «Los Berros» se construyó en el municipio de Villa de Allende, estado de México, donde habita el grupo indígena mazahua, único dentro de la región. Algunas comunidades aún conservan su lengua y su traje típico, especialmente las mujeres. La principal actividad económica de la zona es la agricultura. Se cultiva maíz, fríjol, avena, papa y árboles frutales de durazno, manzana y pera, entre otros. El agua que se utiliza para atender las necesidades cotidianas proviene casi en su totalidad de los manantiales que se encuentran en los alrededores. La tenencia de la tierra es comunal, pero la mayor parte de las veces solo se considera a los varones como propietarios.

Dado que en el medio rural mexicano el acceso al agua está muy ligado a la propiedad de la tierra, las mujeres tienen más dificultades de abastecimiento. Aunque comparten el trabajo agrícola con los hombres, además de ser las principales encargadas de llevar agua a sus hogares, muy pocas acceden a la tierra, a los programas de crédito y a la toma de decisiones

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en la gestión del agua. Esto significa que las asimetrías de género y clase social determinan en gran medida el control, uso, gestión y manejo de los recursos naturales.

El sistema Cutzamala ha perjudicado de distintas formas a las comunidades mazahuas que se ubican en los alrededores. A muchos comuneros les fueron expropiadas sus tierras sin que se les entregara a cambio ninguna compensación económica, lo que acarreó el aumento de la pobreza y de la migración a la ciudad. A otros se les reubicó en zonas donde era aún más difícil acceder a los recursos para sobrevivir. Las tierras de cultivo fueron inundadas o utilizadas para construir la infraestructura hidráulica que llevaría agua a la ciudad, aunque las comunidades mazahuas carecieran de ella. Los desechos de la planta potabilizadora comenzaron a contaminar los manantiales, la deforestación se incrementó y las ya de por sí difíciles condiciones de vida de las comunidades empeoraron. «La degradación ambiental y el rezago social y económico —apunta Anahí Copitzy Gómez— son factores importantes que llevaron a la gente a la movilización política con el frente mazahua[318]». A las carencias que ya existían, se sumaron los conflictos por la distribución desigual.

El problema de fondo, que ha sido ignorado por la Comisión Nacional del Agua (CNA), es la reducción paulatina de los mantos acuíferos de la zona.

Esto significa que el sistema hidráulico más importante de Latinoamérica, en lugar de solucionar la escasez padecida por la ciudad, amenaza con dejar sin agua en unas cuantas décadas tanto a las poblaciones rurales como a los habitantes de la Ciudad de México y los municipios conurbanos que dependen de él. Así lo narra la antropóloga citada: «Durante La marcha del agua, efectuada en el Distrito Federal el 13 de abril de 1999, los campesinos realizaron un homenaje a Zapata y usaron tumbas para simbolizar la muerte del río Cutzamala[319]». Al igual que las comunidades indígenas de Chiapas, el Frente Mazahua se reconoce en la emblemática figura de Emiliano Zapata y también mantiene viva la ética biocéntrica.

La urgencia de llevar el agua a la ciudad originó que no se previeran las consecuencias socioambientales que acarrearía la construcción del sistema hidráulico. Cabe destacar que el Distrito Federal había tenido graves dificultades para abastecer de agua potable a sus habitantes desde finales de la década de 1940. El primer gran proyecto hidroeléctrico de México fue el Miguel Alemán (1940-1950), del cual se utilizaron ocho presas para el sistema Cutzamala (1976). Desde entonces se comenzaron a gestar conflictos sociales por un recurso esencial al que cada vez menos personas pueden

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acceder. La apertura a las empresas transnacionales que comercian con el agua agravó aún más la situación[320].

Lo anterior hace evidente el conflicto entre dos visiones del mundo incompatibles: la mirada neoliberal, que solo reconoce los beneficios económicos inmediatos sin detenerse a considerar las consecuencias a medio y largo plazos, y la mirada indígena y campesina, que concibe a los seres humanos dentro de una relación de interdependencia con el resto de los seres vivos, es biocéntrica y queda fuera de los valores comerciales del mercado capitalista. Sin embargo, no debemos olvidar que, pese a sus enormes diferencias, ambas cosmovisiones coinciden en discriminar a las mujeres. Por ello, tanto los feminismos urbanos como los rurales están luchando para transformar los esquemas opresivos de las sociedades occidentales, pero también de las indígenas.

Los relatos recogidos por Anahí Copitzy Gómez muestran las repercusiones negativas que ha generado el sistema Cutzamala en las comunidades mazahuas. Las narraciones de los varones hacen hincapié en la pérdida de la biodiversidad, la contaminación de los afluentes, la muerte de los animales y la forma en que todos estos cambios han perjudicado a las poblaciones de la región. Las mujeres, en cambio, reparan más en las dificultades que tienen que afrontar para llevar agua a sus casas, preparar los alimentos, dar de beber a los animales, bañarse y lavar la ropa. Ellas, así como sus hijas e hijos, han sido las más afectadas por la construcción de la planta potabilizadora. Según sus testimonios, la situación llegó a ser tan grave que un peligroso canal de seis metros de profundidad con agua contaminada se convirtió en una de las pocas alternativas para el abastecimiento local. A continuación transcribo las palabras de Nancy García, indígena mazahua que se incorporó primero al Frente Mazahua y, posteriormente, al Ejército Zapatista de Mujeres en Defensa del Agua (EZMDA):

Ha habido víctimas humanas por el vital líquido, no tenían agua para tomar, pero la necesidad de estar sacando agua para los animales hizo que dos jóvenes murieran ahí. Es a lo que uno se expone, y es la indignación que tenemos, tal vez de ahí tomó más fuerza el movimiento porque decíamos ¿cuántas más vidas quieren?, ¿que nos muramos todos, por sufrir el agua? […] eso nos dio mucha civilidad al Frente Mazahua[321].

Más adelante continúa:

se me llenan mis pies de granos ¡horrible!, unas manchotas, todavía me quedaron de lavar, de bañarnos con el agua del canal, pero por ejemplo, ahorita para una necesidad de darle a los animales para ir a cargar a traer agua limpia, ahorita está muy lejotes hasta allá abajo [a 4 km en un manantial de El Jacal][322].

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Las comunidades mazahuas conocían la marginación y pobreza antes de la construcción del sistema Cutzamala, pero en ese tiempo tenían abundantes estanques y manantiales de agua limpia. Una vez que la obra se llevó a cabo, la gente fue tomando conciencia de que se le había arrebatado un recurso esencial para sobrevivir. En el caso específico de las mujeres, la suerte de los dos jóvenes que se ahogaron en el canal despertó tal indignación que muchas se unieron al Frente Mazahua. Cada día tenían que arriesgar su salud y su vida para conseguir el agua, situación que compartían sus hijas e hijos, que a menudo morían a causa de padecimientos curables. A pesar de que en un inicio el Frente Mazahua solo visibilizaba a los varones como actores políticos, las mujeres también estaban ahí.

Nancy García alude a las enfermedades de la piel causadas por la contaminación del canal. En él se depositaban los residuos de la planta potabilizadora y era común encontrar animales muertos. Explica que para acceder al recurso hídrico en buenas condiciones tenía que caminar alrededor de 4 km, cuando poco tiempo antes lo encontraba en abundancia a unos cuantos pasos. No menciona explícitamente los problemas padecidos por las mujeres debido a infecciones ginecológicas provocadas por el agua sucia, ni las consecuencias de carecer de los servicios básicos de salud, pero, evidentemente, todos estos factores confluyeron para que las mujeres cobraran conciencia de las injusticias sociales que estaban sufriendo y se integraran a la lucha incluso en un porcentaje mayor que los varones.

A pesar de los numerosos conflictos sociales desatados desde el inicio de las gestiones para la construcción del sistema Cutzamala, la inundación de 300 hectáreas y la consecuente pérdida de cultivos provocada por el inadecuado funcionamiento de la obra hidráulica fueron reconocidas como las causas del surgimiento del Frente Mazahua. Su demanda principal fue el pago de los daños causados por las inundaciones. Conforme se organizó el grupo de campesinos afectados, se añadieron otras exigencias, como la restitución de los terrenos que les habían sido expropiados por la Comisión Nacional del Agua, la infraestructura necesaria para llevar agua a las comunidades y un plan de desarrollo sostenible para la zona mazahua. El carácter incluyente de las demandas permitió que se incorporaran más participantes. No todos habían perdido sus cultivos, pero la mayoría padecía falta de agua, carecía de vivienda digna y necesitaba escuelas y fuentes de trabajo.

El primer paso del Frente Mazahua —relata Anahí Copitzy Gómez— fue la exigencia de que se reconociera el acceso al agua potable como un derecho humano fundamental del cual depende la vida de las comunidades indígenas.

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La estrategia para hacerlo efectivo consistió en negociar directamente con la Comisión Nacional del Agua (CNA) y la Secretaría del Medio Ambiente y los Recursos Naturales (SEMARNAT), instancias federales facultadas para atender a sus demandas y darles solución. Los campesinos consideraban que acudir a las autoridades locales retardaría las gestiones, porque estas no podían tomar decisiones al respecto, sino que, a su vez, debían llevar el caso a las dependencias mencionadas. No obstante, tres meses después de las inundaciones no habían obtenido ninguna respuesta.

Frente a esa situación, los integrantes del Frente Mazahua decidieron contratar a un asesor legar, Santiago Pérez Alvarado, un licenciado en derecho que contaba con experiencia asesorando a movimientos sociales en defensa del agua y de otros recursos naturales. Aconsejados por él, los afectados formaron un grupo e invitaron a participar a las personas que vivían en otras comunidades marginadas de la región. A principios de febrero de 2004, alrededor de 300 campesinos, entre los cuales había una cantidad considerable de mujeres, iniciaron una marcha como protesta ante el silencio de las instancias correspondientes. Con antorchas encendidas, caminaron desde el monumento a Miguel Alemán Valdés hasta la plata potabilizadora de Los Berros, cuyas instalaciones cerraron por unos minutos[323].

A esta acción siguieron plantones, protestas, visitas a la Cámara de Diputados, etc. Las autoridades aceptaron dialogar y prometieron soluciones que no cumplieron. El tiempo seguía transcurriendo y los campesinos no habían recibido la reparación económica de los daños causados por la inundación, mientras el plan para el desarrollo sustentable de las comunidades mazahuas también era ignorado. Ante tal situación, el Frente Mazahua advirtió de que si los funcionarios responsables de atender el asunto continuaban negándose a tomar las medidas pertinentes para satisfacer las necesidades ambientales, sociales y económicas de la zona, el 15 de septiembre cerrarían las válvulas del sistema Cutzamala.

El plazo se cumplió y las autoridades no habían respondido satisfactoriamente a las demandas del Frente Mazahua. Sin haberlo planeado previamente, los campesinos retuvieron un camión que llevaba varios miles de litros de cloro para tratar el agua. La planta potabilizadora solo contaba con una reserva para dos días. Esto significaba que millones de personas en el Distrito Federal y municipios conurbanos del estado de México estaban en riesgo de quedarse sin agua. Los funcionarios de la CNA y del sistema Cutzamala aceptaron negociar con la intención de distraer a los campesinos mientras introducían cilindros de cloro ocultos en camionetas. De esta forma,

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los integrantes del Frente Mazahua fueron engañados para que firmaran un convenio que no les favorecía en absoluto. La respuesta de los mazahua fue la siguiente:

El 19 de septiembre, tres integrantes del grupo mazahua se lanzaron al canal amarrados de pies y manos. Ante los medios de comunicación, los mazahuas fingieron desangrarse dentro del canal, utilizando bolsas de plástico llenas de una mezcla de anilina, pintura, betabel y plantas silvestres que semejaba sangre. Esta acción fue realizada como una forma de protesta en contra de los engaños de los funcionarios del Sistema Cutzamala[324].

Ante la burla de las autoridades, los integrantes del Frente para la Defensa de los Derechos Humanos y Recursos Naturales del Pueblo Mazahua —nombre adoptado por el Frente Mazahua— llevaron a cabo acciones desesperadas. Los campesinos parecían haber perdido toda esperanza de que sus demandas fueran atendidas. Los organismos encargados de administrar, gestionar y distribuir el agua habían conseguido derrotarlos mediante engaños y falsas promesas. Sin agua y sin un plan de desarrollo sustentable para la zona, las comunidades mazahuas estaban condenadas a la extinción. Entonces su asesor legal, el abogado Santiago Pérez, convocó a una reunión con el objetivo de idear una estrategia para anular los convenios firmados con los funcionarios de la CNA. Allí se propuso que las mujeres que estaban en el Frente Mazahua se convirtieran en las protagonistas del movimiento y mostraran su desacuerdo respecto a las negociaciones firmadas por sus compañeros.

Hasta entonces las mujeres habían estado presentes en el Frente Mazahua pero sin ser visibles. Los hombres eran quienes aparecían ante los medios de comunicación, negociaban con los funcionarios, organizaban las marchas y plantones y preparaban discursos. Sin embargo, se habían dejado engañar.

Era el momento de que ellas aparecieran en escena. El 20 de septiembre, las mujeres mazahuas caminaron desde el monumento a Emiliano Zapata en Toluca hacia el Distrito Federal, armadas simbólicamente con rifles de madera e instrumentos de labranza. Así fue como el día 24 del mismo mes nació el Ejército Zapatista de Mujeres por la Defensa del Agua (EZMDA), conformado por 60 mujeres[325].

El argumento utilizado por los campesinos ante las instancias encargadas de tomar decisiones en materia hídrica fue que sus compañeras desconocían los acuerdos que habían aceptado la noche anterior y que ellas estaban al mando. En pocos días, las mujeres protagonizaron diversas acciones de protesta, bloquearon el acceso de cloro a las instalaciones de la planta potabilizadora y declararon públicamente estar dispuestas a emprender «acciones violentas». Si las estrategias pacíficas de los hombres habían

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resultado inútiles, ellas «amenazaban con colocarse explosivos en el cuerpo para hacerse estallar, cerrar las válvulas del Cutzamala o envenenar el agua[326]». Lo que estaba en juego era cuestión de vida o muerte para sus comunidades; por ello, una vez agotados los caminos para el diálogo a causa de la cerrazón de las propias autoridades, que además habían engañado a los campesinos, consideraban legítimo tomar otro tipo de medidas.

La aparición pública de un ejército de mujeres indígenas en defensa del agua llamó la atención tanto a nivel nacional como internacional. El hecho de que se autodefiniera como «zapatista» parecía vincularlo con el EZLN.

¿Quiénes eran estas mujeres? ¿Por qué conformaban un ejército que adoptaba el nombre de «zapatista»? ¿Estaban relacionadas con las comunidades zapatistas de Chiapas? ¿Eran en verdad un comando armado? ¿Podían desestabilizar al país?

El Ejército Zapatista de Mujeres por la Defensa del Agua (EMZDA) surgió como una estrategia para revitalizar al Frente Mazahua y lograr que se diera solución a sus demandas. Según el asesor legal, si las mujeres quedaban al frente, se podría anular los acuerdos que ellos habían aceptado. Además, se llamaría la atención de organizaciones sociales, ecologistas, feministas, universidades, etc., de México y el extranjero, lo que haría más difícil que las autoridades sofocaran violentamente el movimiento. Anahí Copitzy Gómez señala que las mujeres elegidas fueron aquellas «con más decisión, más extrovertidas, con facilidad de palabra, las que sabían leer y escribir. Además, también se recurrió a las mujeres “auténticamente” mazahuas, quienes portaban cotidianamente la vestimenta y hablaban su lengua tradicional, además del español[327]».

Las mujeres mazahuas que conformaron el EZMDA no estaban relacionadas con las indígenas zapatistas del EZLN. Adoptaron el cargo de «comandantas» influenciadas por lo que conocían sobre ellas pero no porque hubiera elementos del EZLN infiltrados en territorio mazahua preparando una insurrección armada. El nombre de «zapatistas» aludía a la figura simbólica de Emiliano Zapata y no al zapatismo de Chiapas. Sus únicas armas eran rifles de madera e instrumentos de labranza, además de su coraje y dignidad.

Más que un comando militar, se trataba de un movimiento social que, ante la falta de voluntad política de las autoridades, recurría a la teatralidad como una forma inteligente y creativa de hacer frente a las circunstancias.

En un inicio, el movimiento de mujeres no se planteó demandas específicas de género. Pero las experiencias que las participantes estaban viviendo comenzaron a flexibilizar los esquemas de género imperantes. Las

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nuevas circunstancias les exigían salir frecuentemente de sus casas, postergar sus quehaceres domésticos, dejar a sus hijas e hijos al cuidado de alguien más, hablar en público, tomar decisiones, es decir, tuvieron que ejercer roles que en circunstancias normales no les habrían sido accesibles. Para muchas, lo anterior significó asumir una doble o triple jornada, pues, además de estar en el movimiento, tenían que asear la casa, preparar los alimentos, cuidar de personas en condiciones de vulnerabilidad. Pero, por otra parte, aprendieron a ser visibles, a expresar su disconformidad, a mandar.

En el EZMDA se nombró a diez comandantas entre las mujeres que habían participado más activamente en el Frente Mazahua. La más joven contaba con 17 años de edad. Algunas eran madres, esposas, hermanas o hijas de los campesinos que estaban en el movimiento, y cuando estos se iban a trabajar al campo, ellas se quedaban en los actos de protesta. Otras se incorporaron al Frente Mazahua cuando supieron que se estaba luchando por acceder al agua y reducir la pobreza. Uno de los principales argumentos utilizados para convencer a las mujeres de participar en el EZMDA fue el sentimiento materno. Después de que dos jóvenes murieran ahogados en el canal por tratar de conseguir un poco de agua, las mujeres comenzaron a preguntarse si sus hijas e hijos también perderían la vida por la misma razón.

Muchas mujeres se habían integrado al Frente Mazahua motivadas por el proyecto de plan de desarrollo sostenible para sus comunidades. Lo que esperaban era contar con agua potable en sus casas, que se construyeran escuelas y centros de salud. También querían participar en las acciones para el cuidado del medio ambiente. Al respecto, sostengo que se valieron de la imagen de «mujeres vulnerables» para evitar que el movimiento fuera reprimido violentamente, pero hicieron de esa misma imagen su fortaleza.

Las «más débiles» por su triple condición de etnia, género y clase social declararon ante los medios de comunicación que si las autoridades continuaban sin atender a sus demandas no tendrían más alternativa que emprender acciones violentas.

Después de meses de negociaciones con las autoridades en materia hídrica, las indígenas mazahuas lograron concretar las reclamaciones más inmediatas del movimiento: se dotó de agua potable a la mayor parte de las comunidades que participaron en la lucha, se instalaron invernaderos y granjas familiares y se construyeron bordos para almacenar el agua. Sin embargo, en abril de 2005 —relata Anahí Copitzy Gómez— el Frente Mazahua se fracturó y entró en conflicto con su representante legal, Santiago Pérez Alvarado, quien organizó a otras comunidades, las cuales se unieron y

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tomaron el nombre de Movimiento Mazahua. Actualmente, ambas organizaciones funcionan de manera similar y aspiran a lograr objetivos comunes. El EZMDA, que sigue vinculado al Frente Mazahua, tuvo una participación pública en el IV Foro Mundial del Agua que tuvo lugar durante el mes de marzo de 2006 en la Ciudad de México. Hasta hoy, la lucha emprendida por las mazahuas sigue viva[328].

Ahora bien, ¿puede considerarse al EZMDA un movimiento ecofeminista indígena? En consonancia con las vertientes del ecofeminismo que se examinaron en el tercer capítulo, podría parecer que estas mujeres mazahuas coinciden con los planteamientos del ecofeminismo esencialista, pues se presentan como un ejemplo de la mujer-madre-ecologista. Sin embargo, su disposición a emprender «acciones violentas[329]» resulta inconciliable con dicha postura, según la cual las mujeres son «naturalmente» protectoras de la Tierra y promotoras de la paz, precisamente por su «esencia maternal». La defensa del agua y los recursos naturales emprendida por estas «madres aguerridas» responde a una situación de desigualdad social, lo que las acerca más a los ecofeminismos socialistas. En ninguno de los testimonios recogidos por Anahí Copitzy Gómez las mazahuas expresan que exista un vínculo especial entre ellas y la naturaleza por el hecho de ser mujeres. Por lo tanto, el EZMDA puede entenderse como un ecofeminismo indígena en diálogo con los movimientos de resistencia de los pueblos originarios.

Al principio, la lucha de las mujeres mazahuas del EZMDA se centró en la satisfacción de las necesidades básicas de sus comunidades. Pero, conforme fueron compartiendo experiencias comunes, empezaron a plantearse problemáticas específicas de género. Las estrategias teatrales en las que participaron, tales como aparecer ante los medios de comunicación advirtiendo de que estaban decididas a colocarse explosivos en el cuerpo y hacerlos estallar si no eran escuchadas por las autoridades de la CNA, les permitieron ver que los roles tradicionales de género, más que ser esencias inamovibles, se parecían a las acciones que estaban llevando a cabo para llamar la atención sobre su movimiento. Así lo expresa Nancy García: «ante los medios éramos muy chingonas, sin saber que éramos […] débiles […]. Haz de cuenta que estaba actuando, yo me sentía como una actriz[330]».

Si podían «actuar» como las dirigentes del EZMDA y convencer a los altos mandos de las dependencias gestoras del agua, también eran capaces de encabezar un movimiento social. Así fue como su actuación se convirtió en una realidad: ellas estaban al frente, tenían capacidad de tomar decisiones, actuaban con valentía y determinación, eran comandantas como las zapatistas

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de Chiapas. ¿Por qué un acontecimiento inédito que estaba abriendo caminos para alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres tenía que ser una estrategia teatral? ¿Por qué no teatralizar las relaciones sexistas? ¿Acaso era posible alcanzar la justicia socioambiental pasando por alto las desigualdades de género? ¿Qué pasaría con las comandantas mazahuas una vez terminado el conflicto? ¿Volverían a sus casas a desempeñar el papel de subordinadas?

¿Seguirían siendo las grandes ausentes de las asambleas comunitarias y de las instancias donde se toman las decisiones que afectan directamente a sus vidas?

Las mujeres que se convirtieron en comandantas del EZMDA vivían situaciones contradictorias. Por una parte, tenían que desempeñar funciones que normalmente realizaban sus compañeros, como participar en actividades reconocidas socialmente, hablar en público o negociar con los altos funcionarios de la CNA, pero, por otra, tenían que levantarse más temprano para atender las labores domésticas antes de comenzar su jornada como activistas. Las nuevas circunstancias chocaban con las costumbres sexistas imperantes en las comunidades. La transformación social de los roles de género hacía imprescindible que los varones participaran en todos los cambios que estaba atravesando el Frente Mazahua. Al respecto, resulta interesante preguntarse: ¿qué significó para ellos el EZMDA? ¿De qué manera tomaron la creciente visibilización de las mujeres? ¿Qué cambios hubo en su relación con sus compañeras de lucha?

Lucio Gómez, integrante del Frente Mazahua, expone su punto de vista al respecto: «Yo estoy bien, estoy contento. Un compañero de San Isidro decía “cómo van a tomar el mando las mujeres”, él por su hombría [se fue]… Y gracias a las mujeres esto se volvió a levantar, porque ya habíamos perdido fuerza nosotros, incluso ya nos querían reprimir…»[331]. Considero que en este testimonio están ejemplificados dos puntos de vista divergentes. Lucio piensa que fue un acierto incluir a las mujeres, pues de otra forma el movimiento no tenía muchas expectativas. No obstante, reconoce que algunos de los campesinos prefirieron abandonar la lucha a tener que recibir órdenes de sus compañeras. Además, el recurso del «chisme» para desacreditar a las mujeres que formaban parte del EZMDA fue utilizado tanto por varones como por mujeres que no estaban de acuerdo con el cambio de las relaciones de género.

Como señala Cristina Cruz: «Se oyen muchos rumores de los hombres y de las mujeres que no vienen y que no participan[332]».

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A pesar de que muchas cosas han cambiado para las mazahuas del EZMDA, las desigualdades de género están muy lejos de haber sido superadas. La participación política de estas mujeres ha abierto caminos que antes eran inaccesibles. Hasta entonces, los principales roles ejercidos por el colectivo femenino tenían que ver con el trabajo reproductivo: realizar tareas domésticas, preparar los alimentos, cuidar a sus hijas e hijos, acarrear agua, criar animales, cultivar el huerto. Como integrantes del Frente Mazahua desempeñaban las tareas invisibles que sostenían al movimiento, aunque algunas comenzaron a visibilizarse como líderes en sus comunidades. Era necesario que los campesinos tuvieran algo que comer durante sus actividades públicas, que cuando se fueran a trabajar al campo hubiera alguien en los actos de protesta, que su ropa estuviera limpia, entre muchas otras cosas. Como dirigentes del EZMDA, las mujeres accedieron al espacio político, se convirtieron en las encargadas de negociar con las autoridades, encabezar las manifestaciones y participar activamente en la toma de decisiones, y aunque sería exagerado afirmar que con esto se logró la igualdad entre quienes formaban parte de la lucha, evidentemente las relaciones de género comenzaron a cambiar.

Las mujeres mazahuas no se reconocían como feministas ni planteaban demandas de género, pero al convertirse en líderes del movimiento comenzaron a tener conciencia de las desigualdades entre ellas y sus compañeros. Las circunstancias inéditas que vivían las llevaron a desarrollar estrategias para construir relaciones más paritarias con los varones y entre ellas mismas. La etnicidad fue una referencia fundamental del Frente Mazahua que las mujeres utilizaron estratégicamente. Al identificarse como «zapatistas», causaron un gran impacto político por su ineludible referencia al EZLN, y aunque ambas luchas eran independientes, estaban vinculadas al movimiento nacional indígena. Finalmente, si bien ellas no utilizaban términos como «ambientalista» o «ecologista» para referirse a la defensa de su derecho al agua, despertaron el interés de grupos ecologistas tanto de México como de otras partes del mundo. Todos estos elementos me permiten definirlas como ecofeministas indígenas.

AGUA, GÉNERO Y ETNICIDAD EN LA REPÚBLICA DE EL SALVADOR: EL CASO DE NEJAPA

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Los pueblos originarios de El Salvador han sido objeto de etnocidio a lo largo de la historia, como lo evidencian las insurrecciones de 1833 y 1932. La primera fue encabezada por el indígena nonualco Anastasio Aquino, quien dirigió una sublevación contra el gobierno, al que consideraba responsable de la explotación padecida por indígenas, así como de haberles despojado de sus tierras. Una vez controlada la rebelión, se desató una cruenta persecución en contra de indígenas, a quienes se obligó a «desindianizarse» para sobrevivir.

En la segunda, que también fue brutalmente sofocada, la población indígena padeció las consecuencias de la represión posterior a la derrota de la movilización campesina. El afán homogeneizador de los gobiernos salvadoreños ha sido evidente desde que en 1930 fuera eliminada la etnicidad como criterio en el censo de población. Destaca, además, la ausencia de políticas a favor de las comunidades indígenas; de hecho, no fue hasta el año 2014 cuando el Estado reconoció constitucionalmente a los pueblos originarios. Y esto sucedió gracias a la lucha de los grupos indígenas vivos[333].

A la población autóctona que no fue exterminada se la obligó a olvidar su lengua, epistemología y espiritualidad, de tal forma que actualmente no se identifica a sí misma como indígena, excepto en algunos casos, como los pueblos nahuapipil, lenca y cacaopera. Nos encontramos, pues, ante otro de los aspectos de lo indígena en la lucha por la supervivencia y la defensa de la Tierra y el territorio en Abya Yala: la invisibilización.

A pesar de la pérdida de identidad étnica, es la población rural, campesina y empobrecida —del campo y las ciudades— la que padece las más severas consecuencias de la escasez y contaminación de los recursos naturales provocadas por los proyectos ecocidas del capitalismo neoliberal. Considero de particular relevancia incluir el caso de la vindicación del derecho humano al agua en El Salvador porque se trata del territorio con menor disponibilidad hídrica de Centroamérica, problema que se suma a uno de los más elevados índices de pobreza[334]. Esta afecta de manera desigual a los centros urbanos y al ámbito rural, a los hombres y a las mujeres.

Aunque en este apartado me voy a centrar en la movilización de las mujeres del municipio de Nejapa, mencionaré las problemáticas de algunas otras regiones de El Salvador. En muchos casos, la memoria de su pertenencia étnica ha sido aniquilada, pero comparten las condiciones de empobrecimiento y desigualdad social que padecen los demás pueblos indígenas de Abya Yala, junto con una «ética nosótrica» en las bases de su activismo.

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La lucha de las mujeres del municipio de Nejapa recuerdan la de Plachimada[335], una pequeña aldea de Kerala, en India, cuyas mujeres lograron expulsar de su territorio a Coca-Cola en el año 2004, con lo que activaron el reconocimiento jurídico del derecho humano al agua y la resistencia a nivel mundial contra esta multinacional y Pepsi Cola.

El derecho humano al agua en El Salvador

La Asamblea General de las Naciones Unidas reconoce desde el año 2010 el derecho al agua potable y al saneamiento básico como un derecho humano fundamental para el ejercicio y disfrute del resto de los derechos humanos.

Sin embargo, según los informes presentados por la Organización Mundial de la Salud y UNICEF en el año 2014: «3,5 millones de personas están sin agua en Centroamérica, de los que 3 millones viven en zonas rurales. Respecto al saneamiento, 10,6 millones de centroamericanos están sin saneamiento, de los que 6,2 millones habitan en áreas rurales[336]». En el estudio llevado a cabo por Alianza por la Solidaridad, se argumenta que la situación del acceso al agua en El Salvador es muy grave para su población, ya que se trata del territorio «con menor disponibilidad hídrica en Centro-américa[337]». Muy diferente es el escenario para empresas como Coca-Cola, Jumex y Mecafé que han explotado este recurso vital con mínimas restricciones por parte del Estado.

El Salvador no cuenta con un marco normativo que garantice el derecho humano al agua; además, carece de los medios para llevar a cabo un control estricto del uso que hacen de ella las grandes empresas. A pesar de que se han propuesto dos iniciativas de ley ante la Asamblea Legislativa —la Ley General de Aguas y la propuesta de reforma constitucional para reconocer el derecho humano al agua—, ninguna se ha logrado concretar. Hasta la fecha, los partidos políticos con mayor poder, presionados por los intereses de las multinacionales, que han aportado cuantiosos apoyos económicos para sus campañas, han obstaculizado la aprobación de dichas leyes[338].

En 2016, después de su visita a El Salvador, el relator especial de la ONU sobre el derecho al agua y al saneamiento básico instó a las autoridades correspondientes a aprobar lo más pronto posible la Ley General de Aguas y la enmienda constitucional propuesta para garantizar el derecho humano al agua. Asimismo, señaló que quienes menos tienen están gastando hasta un 16 por 100 de sus ingresos en agua, mientras que en las ciudades se paga una cuota mínima por este servicio y las empresas explotan enormes cantidades de

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agua por apenas unos cuantos centavos, sin asumir responsabilidades ambientales. Esta situación agudiza las desigualdades de género, etnia y clase, por lo que es urgente que se tomen medidas[339]. El Foro del Agua denuncia que la situación continúa siendo crítica y los partidos políticos de derecha, además de no permitir la aprobación de las mencionadas leyes, les han planteado enmiendas para asegurar los intereses de las grandes empresas, al mismo tiempo que eliminan los espacios de participación ciudadana que contemplaban las propuestas legislativas originales[340].

Las mujeres de Nejapa en defensa del agua contra Coca-Cola

El municipio de Nejapa se ubica sobre un acuífero esencial en el abastecimiento de agua limpia para alrededor de treinta mil personas. Debido a su cercanía con la ciudad de San Salvador, también provee a algunos sectores del área metropolitana: al 46 por 100 de sus habitantes, según indica el estudio realizado por Alianza por la Solidaridad. Mientras que el agua es canalizada a los centros urbanos, en las zonas rurales las personas carecen de este servicio y deben pagar elevadas cantidades a los camiones cisterna, cuyos conductores a su vez son extorsionados por las pandillas de delincuentes que asolan diferentes regiones. La red estatal de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) no llega al ámbito rural. A lo anterior se suma la mala calidad del agua debido a la contaminación, causada —entre otros factores— por la planta de relleno sanitario MIDES. Desde hace varios años, esta trabaja más allá de su capacidad y sus lixiviados terminan por filtrarse al acuífero, junto con los desechos de las industrias que se ubican en la región y las descargas de aguas residuales[341].

De acuerdo con el citado documento, la Coca-Cola llegó a Nejapa a inicios de los noventa, después de haber agotado el acuífero de Soyapango.

Debido a que en ese tiempo no existían restricciones legales ni se exigía un estudio de impacto ambiental, la multinacional presentó los papeles solicitados por la Secretaría de Medio Ambiente, obtuvo los permisos correspondientes y operó bajo el concepto de «bodega» hasta el año 2013.

Aunque presentaba puntualmente los informes requeridos, el Ministerio, carente de los recursos necesarios para vigilar y dar seguimiento a las actividades de la empresa, se limitó a archivar los documentos, en tanto esta succionaba sin ningún control el acuífero de Nejapa, Quetzaltepeque poniendo en peligro el derecho humano al agua de aproximadamente treinta mil personas.

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Los problemas se hicieron evidentes en 2012, cuando la multinacional solicitó permiso para la ampliación de la planta. En esta ocasión sí le fue requerido un estudio de impacto ambiental, además de garantías para la conservación del acuífero, ante lo cual la embotelladora respondió con un documento plagado de errores e irregularidades. Paralelamente, el Foro del Agua contrató a un hidrólogo de reconocido prestigio, Julio Quiñones, para realizar su propio estudio. Los resultados no solo mostraron la falsedad del documento presentado por la empresa, sino que además proporcionaron datos alarmantes: de mantenerse el ritmo de explotación actual, «en 30 años el acuífero se agotará, en 27 años si se tiene en cuenta el cambio climático[342]».

La Coca-Cola no generó empleo, pues sus modernas instalaciones requerían un personal reducido, trasladado de Soyapango. A cambio de saquear el agua de Nejapa, la multinacional repartió algunas becas y apoyos sin criterios claros, lo que debilitó el tejido social y aportó grandes sumas de dinero a los partidos políticos en el poder.

Como hemos visto en los demás casos, la vulneración del derecho humano al agua, al igual que otras problemáticas ambientales, aumenta la carga de trabajo de las mujeres, afecta a su salud, merma sus ya de por sí escasos recursos económicos y, en algunos contextos, obliga a niñas y jóvenes a abandonar la escuela o provoca su bajo rendimiento. En la lucha por la defensa del agua en Nejapa, las mujeres han sido las actoras centrales, logrando movilizar al resto de la población. Más vinculadas que sus compañeros con las tareas de cuidado y mantenimiento de la vida, son ellas quienes expresan mayor preocupación ante la escasez de agua y las señales de su contaminación. Así lo reseña el estudio llevado a cabo por Alianza por la Solidaridad:

Algo llamativo en las entrevistas y grupos focales realizados fue que cuando se entrevistó a grupos amplios de personas representantes de las comunidades, las mujeres tenían una alta representación y manifestaban todos los puntos negativos que supondría la ampliación de la planta. Sin embargo, cuando se hizo un grupo focal con entidades más favorables a la planta […] se trataba de un 100 por 100 de hombres, ninguna mujer[343].

Estas defensoras del agua han logrado empoderarse durante su lucha. El nombre de Milagros Guevara, la mujer que se enfrentó a Coca-Cola y fue capaz de organizar a otras habitantes del municipio para poner un alto al despojo protagonizado por la compañía de refrescos, es símbolo de resistencia en Nejapa. Mientras la multinacional succionaba el agua sin ningún control, Milagros Guevara, al igual que muchas otras mujeres de la región, ni siquiera tenía un grifo en su casa y debía caminar hasta al río más cercano para

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abastecerse. Como ella misma expresa: «Éramos la mayoría mujeres, porque somos nosotras las que más sufrimos no tener agua. Imagínese que yo antes llegaba a ir a las dos de la madrugada al río a lavar porque luego tenía que ocuparme de mis hijos y salir a trabajar[344]». Sus palabras expresan con claridad las desiguales cargas de género que implica la escasez de agua.

Con el apoyo del Ayuntamiento, Milagros Guevara movilizó a sus vecinas contra la planta de la famosa compañía de refrescos. La protesta duró un mes y alcanzó visibilidad a nivel internacional, lo que obligó a la empresa a compensar un mínimo del desgaste hídrico causado, al tener que hacerse cargo de los gastos necesarios para garantizar «la canalización de agua y saneamiento a cerca de 20 mil personas en Nejapa[345]». A pesar de los avances, la situación sigue siendo difícil, porque aún no se cuenta con una legislación que proteja el derecho humano al agua de la población. A problemas como los generados por las empresas multinacionales se suman diversas amenazas: la falta de pozos en las zonas empobrecidas, los grandes proyectos turísticos y la minería, entre otros.

En la lucha contra la minería, destaca el nombre de la indígena lenca Vidalina Morales, quien se ha enfrentado a la empresa canadiense Pacific Rim. En el departamento de Cabañas, el agua brotaba de diversos yacimientos; sin embargo, todo cambió al establecerse la mina de oro El Dorado:

Cuando llegué a vivir acá, hace 20 años —narra Vidalina Morales—, este lugar era abundante en agua, bajábamos unos tubos desde una fuentecita que estaba a cien metros y teníamos suficiente. Y fue disminuyendo año tras año hasta que se secó, y así han ido desapareciendo muchos nacimientos. La desgracia de El Salvador es ser un país tan pequeño y tan poblado, imagínese los impactos de la minería[346].

Entre 2009 y 2012 fueron asesinadas cuatro personas que se oponían a la minera y el resto ha sufrido múltiples amenazas. Los esfuerzos de Pacific Rim no fueron suficientes, y en 2017 Vidalina Morales y quienes se unieron a su lucha lograron la prohibición de la minería metálica en el país[347].

La desigualdad de género está en la base de las reivindicaciones de estas defensoras del agua: dobles y triples jornadas de trabajo, tareas de cuidado y mantenimiento de la vida y mayores índices de empobrecimiento. Su protagonismo en las movilizaciones socioambientales ha impulsado un proceso de empoderamiento y visibilización que contribuye a desestructurar los roles tradicionales entre mujeres y hombres. Ante la escasez, ellas toman palas y construyen sus propios pozos, se enfrentan a empresas multinacionales y son capaces de movilizar a otras mujeres que también

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padecen los estragos del capitalismo neoliberal. Lo que reclaman es la protección de un bien común a medio y largo plazos, no un beneficio individual. Vindiquen una identidad indígena o no, a mi juicio, en los fundamentos de sus luchas es posible apreciar una ética «nosótrica» que se sostiene en la comunidad. Sus epistemes se derivan de experiencias cotidianas de resistencia en conjunto con otras mujeres con quienes comparten la discriminación de género, clase y raza. A partir de tales coordenadas, surge una de las voces del «nosotras/os» en defensa de la Tierra y el territorio desde El Salvador.

MUJERES NAHUAS DE COLIMA, MÉXICO, CONTRA LA MINERÍA

Según datos de la Dirección General de Desarrollo Minero del Servicio Geológico Mexicano, en el estado de Colima existen actualmente once proyectos mineros, de los cuales cuatro se encuentran en etapa de exploración, y el resto, en producción[348]. El conflicto minero de Zacualpan, población indígena perteneciente al municipio de Comala, Colima, se hizo público hacia finales del año 2013[349]. El foco de este movimiento ha sido la defensa de un manantial que se ubica en la comunidad indígena y que abastece de agua a gran parte de la población de las zonas conurbanas de Colima y Villa de Álvarez[350].

Zacualpan es uno de los pocos asentamientos indígenas que sobreviven en la región, y que además aún conserva la propiedad comunal sobre la tierra. Su principal fuente de subsistencia es el cultivo de maíz. Como en otros casos de poblaciones afectadas por proyectos extractivistas, los habitantes de la localidad carecieron de agua en sus viviendas durante mucho tiempo, mientras esta era llevada a las ciudades cercanas. De acuerdo con el testimonio de Dilva Peña: «Eran tres manantiales, pero se secaron dos por la mina que hubo antes, este es el último que nos queda[351]». Hace cuarenta años la región sufrió una primera intervención minera, como lo muestra su deterioro ecológico. En el contexto actual, la apertura de una mina de oro significaría un grave riesgo para el derecho al agua tanto de la población indígena y campesina de Zacualpan como de la urbana que depende de dicho manantial.

Por iniciativa de Dilva Peña, una joven originaria del lugar que ha estudiado una especialidad en temas relacionados con el medio ambiente, se buscó la asesoría de un grupo ecologista, Bios Iguana, A. C., con amplia

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experiencia en la lucha socioambiental en el estado de Colima. Cabe destacar que el liderazgo recayó sobre el Consejo Indígena por la Defensa del Territorio de Zacualpan. Bios Iguana, A. C., puso a disposición de la comunidad sus conexiones con organizaciones de derechos humanos y ambientales tanto de México como de diferentes partes del mundo, además de su experiencia en procedimientos jurídicos. Las decisiones han correspondido al pueblo indígena de Zacualpan, que ha sido el agente del movimiento[352]. La comunidad organizada protagonizó una manifestación frente a los edificios gubernamentales en el centro de la ciudad de Colima. A esta aparición pública se le denominó «El cacerolazo», debido a que quienes participaron, principalmente mujeres, niñas y niños, llevaban cacerolas y hacían ruido con ellas. Ya que sus palabras no habían sido escuchadas, salieron a las calles para llamar la atención del gobierno y la ciudadanía.

Ante la falta de respuesta por parte del funcionariado público responsable de atender las demandas del Consejo Indígena de Zacualpan, mujeres, niñas, niños y personas ancianas tomaron las instalaciones de la Comisión Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Colima y Villa de Álvarez (CIAPACOV) y cerraron las válvulas de agua con el propósito de concienciar a la población urbana de la magnitud del problema que acarrearía la apertura de una mina en la cercanía del manantial. Como respuesta, se envió a los cuerpos judiciales para retirar a las y los manifestantes a empellones, lo que desató el rechazo público[353].

Si bien se reconoció legalmente a las nuevas autoridades de la comunidad, el manantial fue tomado por seguidores del anterior comisario ejidal, situación que se mantiene hasta la fecha. En marzo de 2015, integrantes de la Misión Internacional y Nacional de Observación de Derechos Humanos y Ambientales llegaron a Colima para visitar Zacualpan y hacer un informe de la situación. Sin embargo, las autoridades estatales alegaron que no tenía sentido porque la concesión minera se había cancelado. Actualmente, en Zacualpan se vive una gran tensión, mientras las negociaciones para aprobar el funcionamiento de la mina parecen continuar, contradiciendo el discurso oficial[354].

Antes de seguir adelante, es importante señalar que el conflicto socioambiental del pueblo nahua de Zacualpan, a diferencia de los otros que reseño en este capítulo, lo he vivido muy de cerca. Como habitante de la ciudad de Villa de Álvarez, Colima, he tenido la oportunidad de conocer a sus protagonistas, así como de presenciar las etapas que ha atravesado el movimiento. El día en que las y los manifestantes cerraron las válvulas de

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agua para concienciar a la población urbana de la gravedad del problema, mi casa se quedó sin agua. Hasta ese momento no supe de dónde venía el servicio que podía disfrutar con solo abrir una llave, y comprendí que si 24 horas sin agua pueden ser muy duras, la apertura de la mina de oro y plata anunciaba un futuro desolador para más de trescientas mil personas que dependemos de la conservación de ese manantial[355].

A mi juicio, dos rasgos fundamentales destacan en el caso de Zacualpan:

la visibilidad de mujeres, personas ancianas, niñas y niños y el pensamiento político indígena que se expresa a través de la lucha de este pueblo por constituir una democracia comunitaria. Desde los primeros acercamientos que tuve al movimiento, me llamó la atención que las mujeres de la comunidad eran muy activas, organizaban talleres, hablaban en público y se solidarizaban unas con otras. Las había de todas las edades, desde Dilva, la joven que contactó a Bios Iguana, A. C., hasta las abuelas aguerridas que, aunque ejercen roles tradicionalmente femeninos, también han transgredido las normas de género al convertirse en autoras de discursos que pronuncian ante su comunidad. El caso de Dilva muestra el surgimiento del «sujeto mujer» que está dando a luz la movilización de las indígenas y campesinas en defensa de la tierra y el territorio[356]. Ella se asume como perteneciente a un pueblo originario, está vinculada a su comunidad y se considera responsable de defender el único manantial que ha logrado sobrevivir, pero, a diferencia de su madre y sus abuelas, ha podido asistir a la universidad para cursar un grado y una especialización.

Entre las mujeres que tienen mayor edad, hay una figura que se ha convertido en el símbolo del movimiento: Epitacia Zamora, conocida como Pita. Esta defensora de los derechos étnicos y de género, integrante de la Red Mexicana de Afectados por la Minería (REMA) y fundadora del Consejo Indígena en Defensa del Territorio de Zacualpan, fue la primera mujer que ostentó un cargo en el Comisariado de Zacualpan[357]. Carente de escolarización y casada a muy temprana edad, recibió la influencia de la Teología de la Liberación y formó parte de los comités de apoyo al Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Para la visibilización de las mujeres de este pueblo nahua, la voz de esta líder indígena ha sido esencial. A continuación reproduzco un fragmento de su discurso que ha sido publicado en el sitio web de REMA:

Hay muchas mujeres tímidas que prefieren dejarse maltratar por miedo, que les dicen que no valen nada, yo les digo que sí valemos y que debemos hacernos valer. A todas esas mujeres yo les diría que se rebelen, que se defiendan y denuncien, y si no les hacen caso, que exijan en las calles con marchas y que digan: somos mujeres y aquí estamos[358].

Pita también puede ser considerada como una expresión de este «sujeto mujer» que está emergiendo desde las luchas indígenas y campesinas. Su muerte, a los 57 años de edad, nos enfrenta con una realidad insoslayable: los

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cuerpos de muchas mujeres están siendo consumidos por esta crisis de crisis que afecta de manera desigual a mujeres y varones, al Sur y al Norte, al campo y las ciudades. Epitacia Zamora falleció de anemia mielodisplástica, enfermedad que contrajo como consecuencia de su contacto con agroquímicos durante los años en que trabajó como jornalera. La líder indígena, que dedicó parte de su vida a defender el medio ambiente, perdió su salud a causa de uno de los rostros más perversos del capitalismo neoliberal: la industrialización de la agricultura. En sus últimas palabras recogidas en un vídeo que ha sido difundido en la red, dice lo siguiente:

La lucha es lucha de nuestro pueblo, que lo llevemos en nuestro corazón siempre, yo eso les digo, que no desesperen, adelante, porque ustedes han visto que hemos ido ganando y siempre seguiremos ganando no dejándonos llevar por la provocación, saludos a todos y ánimo, es todo lo que les digo[359].

La participación política de las mujeres nahuas ha sido fundamental para la comunidad de Zacualpan. Ellas han sostenido la lucha con su resistencia, subraya Giovanna Ramírez, integrante de Bios Iguana, A. C., en una entrevista que me concedió: «Hubo un momento, gracias a Pita, que ellas eran las que más tomaban la palabra en las reuniones. A pesar del machismo que impera, ellas participan y se han forjado un lugar, ante cualquier actividad eran las primeras[360]». Estas mujeres, al igual que las indígenas zapatistas de Chiapas, han venido a recordar a sus pueblos que, si no se reconocen los derechos específicos de las mujeres en el interior de las luchas indígenas y campesinas, sus vindicaciones se quedan a la mitad del camino.

ORGANIZACIÓN DE MUJERES ECOLOGISTAS DE LA SIERRA DE PETATLÁN, GUERRERO, MÉXICO

La sierra de Petatlán se ubica en la Costa Grande de Guerrero. La mayor parte de su población está constituida por campesinado que practica la agricultura de subsistencia y la recolección de diversos productos del bosque, como plantas medicinales, hongos, frutos silvestres y leña. Se trata de una zona donde los conflictos sociales han sido frecuentes debido a los abusos cometidos por los caciques. Esta situación se agravó en 1994 con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que convirtió en legal la explotación de los recursos naturales del lugar para el beneficio de los inversores extranjeros y sus socios locales sin considerar los daños ecológicos ni los costes sociales. A partir de las reformas neoliberales,

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los capitales transnacionales encontraron la manera de flexibilizar las legislaciones ambientales para poder comercializar los árboles de las zonas boscosas de México.

Aunque la mayor parte de los bosques son propiedad comunal del campesinado, la empresa multinacional Boise Cascade y su subsidiaria la Costa Grande Forest Product, cuya sede se encuentra en Estados Unidos, consiguieron una concesión exclusiva para explotar la madera de la región.

Como resultado de la tala desmedida, en menos de diez años (1992-2000) se habían perdido 86 000 hectáreas de bosque de las 226,20 que existían, lo que acarreó la disminución drástica del caudal de los ríos debido a la falta de lluvias causada por la deforestación y la erosión del suelo. Para la población esto significaba la desaparición de los recursos que les permitían sobrevivir.

Ante tales circunstancias, en 1998 surgió la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OCESP)[361].

De acuerdo con la investigación llevada a cabo por José Aranda y Andrea García, la OCESP intentó generar conciencia entre los trabajadores de la empresa maderera con el propósito de detener la tala, organizar campañas de reforestación para revertir los daños y trabajar en conjunto con las comunidades de las zonas afectadas. Solicitó también la intervención de las autoridades medioambientales tanto a nivel local como federal, realizó bloqueos en los caminos para evitar la salida de madera, buscó el diálogo con los transportistas de los camiones madereros e inició una campaña para difundir su movimiento solicitando el apoyo de ONG de México y el extranjero.

En 1998 la multinacional dio por terminadas sus operaciones en la Costa Grande de Guerrero; no obstante, la represión golpeó a los integrantes de la OCESP. Su representante legal, Digna Ochoa, fue asesinada, y sus principales miembros estuvieron encarcelados hasta que la presión ejercida por Amnistía Internacional y otras ONG de todo el mundo hizo posible su liberación. En 2004 Felipe Arriaga Sánchez, fundador de la organización junto con Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, fue denunciado por el supuesto delito de haber participado en el asesinato del hijo de un cacique local. Dicha acusación se extendió a los demás miembros. Mientras tanto, la tala desmedida ha continuado constante, y las y los habitantes de las comunidades que están padeciendo las consecuencias del deterioro medioambiental han tenido que seguir luchando en circunstancias adversas.

A causa de la violencia desatada contra el movimiento de campesinos ecologistas de la sierra de Petatlán, el asesinato de su defensora y el

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encarcelamiento y persecución de sus dirigentes, se generó un clima de inseguridad que aún hoy dificulta el acceso a esta zona del estado de Guerrero, que, como muchas otras, se encuentra militarizada. En este contexto de represión contra las reivindicaciones socioambientales, las campesinas que conformaron la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán (OMESP) han intentado continuar con el trabajo que venían realizando sus compañeros activistas antes de ser criminalizados. Sin embargo, si se considera la construcción social de género que ubica al colectivo femenino en una posición subordinada, es evidente que la OMESP tiene características particulares que la distinguen de la OCESP.

La OMESP se inició como una forma de mantener vivo el movimiento iniciado por los campesinos que fueron encarcelados y perseguidos por defender sus bosques. La situación de pobreza de las comunidades se agravó cuando los recursos naturales, antes abundantes, comenzaron a escasear. Sus fuentes de ingreso se vieron afectadas porque muchos hombres estaban en prisión o habían tenido que esconderse y no podían trabajar. Las mujeres que iniciaron la organización se dieron cuenta de que debían encontrar estrategias para recuperar sus bosques, además de atender las necesidades de sus familias. Todo esto se sumaba al hecho de que el territorio seguía militarizado y las amenazas en contra del movimiento eran constantes. A pesar de ello, las mujeres siguieron adelante en la formación de un colectivo ecologista. José Aranda y Andrea García relatan cómo surgió la OMESP: El 5 de marzo de 2002 se integró formalmente la Organización de Mujeres Ecologistas de la Sierra de Petatlán, A.C. (OMESP), quedando al frente de la misma Celsa Valdovinos con otras doce mujeres campesinas que decidieron unir sus esfuerzos. Los objetivos de la agrupación son cuidar el bosque, la fauna silvestre e impulsar la siembra de hortalizas y productos para la alimentación de las familias[362].

En un principio —narran José Aranda y Andrea García— las integrantes se dedicaron a organizarse como un grupo de trabajo y definieron las actividades a realizar; se capacitaron para aprender a cultivar la tierra, a gestionar apoyos económicos y a trabajar en coordinación con las comunidades aledañas. No pudieron conseguir financiación del gobierno, porque la mayoría de los créditos se otorgan a quienes tienen propiedad sobre la tierra, y las mujeres, generalmente, carecen de certificados que las avalen como propietarias. Sin embargo, recibieron el donativo de una ONG, con el cual pudieron sembrar coles, calabazas y repollos para el autoconsumo. Los autores mencionados sostienen que este tipo de organizaciones ambientalistas

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pueden clasificarse como «ecológico-populares[363]», es decir, colectivos campesinos empobrecidos, en algunos casos indígenas, que buscan financiación para iniciar proyectos medioambientales que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de sus familias.

Para el siguiente año, la OMESP se dedicó a llevar a cabo una campaña de reforestación en la sierra de Petatlán. Las familias asentadas en las cuencas del río Petatlán, principalmente las mujeres, se sumaron a los esfuerzos realizados para la recuperación del bosque. Dos organizaciones, Tides Foundation y Misereor, una estadounidense y la otra alemana, aportaron los recursos y apoyaron la capacitación de las comunidades que se integraron al proyecto. Al principio se pretendía sembrar alrededor de diez mil cedros, pero las expectativas se vieron sobrepasadas por la respuesta de las comunidades. El trabajo conjunto hizo posible que se sembraran en total 146 200 árboles, lo que convirtió a la OMESP en el movimiento de reforestación más grande de México[364].

El siguiente paso de estas mujeres ecologistas fue solicitar apoyo a la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) para verificar la siembra y hacer un reconocimiento especial a las familias que hubieran cuidado mejor de los árboles recientemente plantados. La respuesta obtenida de las comunidades que participaron en la reforestación evidenció el surgimiento de una conciencia medioambiental entre quienes habitan la región. Para el campesinado, los bosques representan las fuentes que abastecen sus necesidades básicas de agua, alimento, medicinas y combustible. La silvicultura popular concibe al bosque como un entramado complejo imprescindible dentro del ciclo del agua. Por ello, es lógico que quienes han heredado esta sabiduría tradicional y están padeciendo las consecuencias inmediatas de los desequilibrios ecológicos se integren en las actividades de recuperación de los ecosistemas y se conviertan en protagonistas de los conflictos socioambientales, especialmente en los países del Sur.

En el caso de la OMESP, los logros alcanzados durante esta etapa se debieron en gran parte a la estructura interna y a la dinámica de trabajo adoptadas por las integrantes. José Aranda y Andrea García presentan un análisis de cada uno de los elementos que contribuyeron a la consolidación de este colectivo de mujeres ecologistas. En primer lugar, destacan que las responsabilidades han sido asumidas de manera equitativa por cada una de las integrantes. Aunque la organización se compone de presidenta, secretaria y tesorera, además de las otras nueve socias, cada participante debía trabajar en

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las distintas tareas acordadas de forma democrática. Dirigentes y miembros de base tenían que integrarse en las actividades cotidianas. Entre todas se planteaban un objetivo, establecían normas de convivencia para dividirse las labores y, en un ambiente de responsabilidad compartida, realizaban lo acordado con la mayor eficiencia posible, sin delegar ninguno de sus compromisos en otra compañera. No existía una relación de mando-obediencia entre quienes conformaban la mesa directiva y las nueve socias, sino más bien una coordinación donde cada una tenía voz.

Asimismo, observaron que en la organización existe división de las actividades y una relación de complementariedad en el trabajo. Las integrantes se incluían de manera voluntaria en las tareas requeridas. Se trataba de buscar que las habilidades de cada una se complementaran para lograr mejores resultados. Unas debían asistir a cursos, otras tenían que hacer trámites para obtener créditos, conseguir semillas y presentar proyectos, en tanto que otras se encargaban de asistir a encuentros con diversas organizaciones. Las que tenían mayor facilidad de palabra se integraban en una comisión que requiriera esa destreza; las más ágiles para hacer operaciones matemáticas revisaban cuidadosamente los presupuestos; las que contaban con experiencia en la gestión comunitaria eran enviadas a invitar a las poblaciones cercanas para que se unieran a tareas como reforestar, cultivar huertas y trabajar en campañas de protección de los bosques. Se enseñaban mutuamente a desempeñar diferentes actividades, previendo que en algún momento todas tendrían que estar capacitadas para realizar los trabajos que fueran necesarios.

Por otra parte, José Aranda y Andrea García sostienen que entre las integrantes de la OMESP surgió un «nosotras», integrado por las doce mujeres campesinas que realizaban un conjunto de actividades encaminadas al cuidado del medio ambiente y a la defensa de los derechos humanos.

Frente a la criminalización de la lucha por la preservación de los bosques de la sierra de Petatlán, en un contexto de violencia y represión contra quienes no podían aplicar criterios de valor mercantil a sus bosques, las mujeres ecologistas desarrollaron estrategias para promover el trabajo conjunto entre comunidades, ONG y autoridades medioambientales, y aunque algunas veces esto ha sido posible, muchas otras las autoridades no solo no les han proporcionado apoyo sino que han propiciado un clima de hostilidad hacia su organización.

La OMESP llegó a superar los objetivos que se había propuesto en un inicio, como en el caso de la reforestación, gracias a que las campesinas

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ecologistas adquirieron una disciplina organizativa fundada sobre acciones asumidas voluntariamente. Una vez que se habían comprometido a realizar una tarea, eran constantes, responsables y cuidadosas para alcanzar las metas planteadas. Ningún trabajo se consideraba superior a otro, sino que todos debían cumplirse de la mejor forma: plantar árboles, cultivar huertos comunitarios, conseguir apoyos económicos, intercambiar experiencias con otras organizaciones, etc. Cada una de estas actividades era importante y reclamaba ser cumplida con rigor.

Las mujeres ecologistas de la sierra de Petatlán —apuntan José Aranda y Andrea García— tejieron redes de apoyo y solidaridad entre ellas. Algunas tenían familiares encarcelados que habían participado en el movimiento de campesinos que defendían el bosque, otras se habían acercado a la organización porque necesitaban encontrar alternativas de supervivencia. Es decir, que, a pesar de compartir una identidad colectiva, reconocían que existían diferencias y trataban de ayudarse unas a otras, ya que la única forma en que podían dar continuidad a sus proyectos era mediante el refuerzo de la unidad interna.

Los autores mencionados señalan que, a diferencia de los discursos de las autoridades medioambientales que imponen «programas de desarrollo» sin tomar en cuenta las necesidades de las personas, sus puntos de vista, experiencias y saberes relacionados con los ecosistemas locales, las mujeres ecologistas de la sierra de Petatlán toman sus decisiones en asambleas donde se escuchan las opiniones de cada una hasta alcanzar el consenso. Asimismo, las comunidades que se suman a los proyectos medioambientales han sido implicadas en los procesos de diálogo para lograr acuerdos que incluyan perspectivas diversas.

Estos elementos se han coordinado haciendo crecer la OMESP a más de cien socias en un período de cinco años[365]. Lo que ha sostenido a estas mujeres es la cohesión interna de la organización, la amplia aceptación de sus propuestas por parte de las comunidades de la zona afectada por la deforestación y el apoyo de organizaciones internacionales. A pesar de encontrarse en una situación de indefensión ante la violencia que padecen quienes defienden a la naturaleza de la rapacidad de empresas multinacionales que operan en complicidad con las autoridades regionales, y de enfrentarse a condiciones de pobreza y desigualdad de género, este grupo de mujeres ecologistas ha trabajado incansablemente en la defensa de sus bosques y el derecho a la vida de sus habitantes.

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La OMESP se ha centrado en la reforestación, la implementación de proyectos para el desarrollo sustentable de las comunidades de la zona, la recolección de basura tanto del bosque como de los ríos y la defensa de los derechos humanos[366]. Ahora bien: ¿dónde quedan los derechos específicos de las mujeres? ¿Este grupo de campesinas plantea reivindicaciones frente a la desigualdad de género? ¿Las acciones emprendidas por este colectivo pueden ser consideradas feministas? Ninguno de los testimonios sugiere que las campesinas de la sierra de Petatlán se hayan unido como movimiento ecologista porque tuvieran alguna conexión especial con la naturaleza debido a sus características biológicas. Las campesinas no se convirtieron en defensoras del medio ambiente por considerarse «más cercanas a la naturaleza», sino porque no tenían muchas otras alternativas para sobrevivir a causa de la discriminación de género y clase que las ubica en los peldaños sociales donde existe mayor grado de marginación. Su trabajo como promotoras de los derechos humanos y del cuidado del entorno natural las llevó a reflexionar sobre sus derechos como mujeres.

Según los testimonios recogidos por la prensa[367], antes de entrar en la organización la mayor parte de estas mujeres desempeñaba roles tradicionales de género en un medio social empobrecido: se habían casado siendo muy jóvenes, sus cuerpos mostraban las señales de una serie de embarazos mal atendidos, estaban agotadas por las interminables faenas domésticas y, en los últimos años, a causa de la deforestación, tenían que enfrentarse también a la falta de agua, de alimento y de plantas medicinales que antes obtenían en abundancia del bosque. Cuando se sumaron a la OMESP, tuvieron que salir frecuentemente de sus casas para realizar funciones nuevas que les permitieron ganar algún grado de autonomía.

Muchas mujeres no contaban con la solidaridad de sus esposos, que veían con desconfianza los nuevos espacios de libertad que se abrían para sus compañeras. Las jornadas de trabajo llegaron a ser extenuantes para aquellas que, además de desempeñar todas las tareas domésticas, sembraban árboles, recogían basura de los ríos y participaban en actividades ecológicas en otras comunidades. Al respecto, cabe preguntarse: ¿qué ha aportado la OMESP a las mujeres?

Dora, integrante de esta asociación ecologista, narra su experiencia: «Me invitó mi comadre. Y yo que le digo: “pues vamos”, y así fue que cambió mi vida. Me enseñó a cuidar el agua, el medio ambiente, a comer sano[368]». Esta mujer, que sin haber cumplido los cuarenta años había tenido once partos, carecía de instrucción y no sabía trabajar la tierra, encontró en la OMESP una

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alternativa para mejorar su situación. El entrecruzamiento entre patriarcado y neoliberalismo ha convertido a las mujeres empobrecidas del mundo rural en la parte más vulnerable sobre la que recaen las consecuencias inmediatas de la depredación ecológica. Sin embargo, es precisamente en estos colectivos marginados donde están surgiendo propuestas alternativas ante el ecocidio causado por el capitalismo globalizado.

Son reveladoras las palabras de doña Chole, una de las fundadoras de la

OMESP:

Soy de las iniciadoras, de las meras matitas. Mi comadre Celsa y mi compadre Felipe nos hablaron bonito: que lo teníamos que cuidar al medio ambiente. Porque antes, «basura», decíamos de las hojas secas, y ella: «no es basura, comadre, basura los plásticos que ensucian el agua»… Y así nos enseñamos la limpieza de los arroyos, a no matar pájaros, a no trozar árboles. Y nos comprometimos a enseñar eso a nuestros hijos. Luego empezamos las hortalizas para comer fresco y bueno. Y es que antes, hace 20 años que yo llegué, nunca tuve hortaliza. Siempre estaba embarazada, y comíamos lo de aquí, camarón, fruta, pero verdura no. Ahora todas tenemos. En el Zapotillal 60 sembramos y comemos ensaladas. Sí, me gusta ser organizada. Allí nos aventamos a estudiar, yo terminé ya mi tercero de primaria con el INEA [Instituto Nacional de Educación para los Adultos]. Y así muchas[369].

Celsa Valdovinos, la principal impulsora del movimiento, contaba con el apoyo de su esposo, Felipe Arriaga, quien tenía una larga experiencia en la lucha contra la tala de los bosques. La OMESP nació como una propuesta de compañerismo y ayuda mutua entre los sexos, que buscaba recuperar el equilibrio ecológico dañado por la deforestación y mejorar las condiciones de vida de las mujeres. Por todo lo precedente, sostengo que se trata de una organización ecologista y feminista por lo menos en dos sentidos: por una parte, el vínculo que establece entre las mujeres y la ecología ha contribuido a mejorar la situación del colectivo femenino; por otra, visibiliza a las mujeres como protagonistas del movimiento al mismo tiempo que reclama, tanto de ellas mismas como de los varones, el cuestionamiento de la discriminación sexual. Doña Chole explica que su trabajo en la organización la ayudó a recibir alfabetización, a procurarse una nutrición adecuada y a tener control sobre su fecundidad, hasta llegar a convertirse en una agente capaz de contribuir a los cambios de su comunidad. Los beneficios que la OMESP ha aportado a la región no solo abren posibilidades de salud y educación a las mujeres, sino también a sus familias.

A pesar de que inicialmente el eje central de la organización ecologista fue la protección y cuidado de la sierra de Petatlán, las mujeres comenzaron a reflexionar sobre sus derechos y, poco a poco, articularon ambas cuestiones.

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Los talleres sobre derechos humanos y los diversos cursos recibidos contribuyeron a que las participantes adquirieran confianza en sí mismas. En las reuniones, podían compartir sus problemáticas comunes al mismo tiempo que aprendían a comprender sus diferencias. Las experiencias de tomar decisiones en conjunto y por consenso las ayudaron a concebir relaciones fundadas en la reciprocidad y no en la subordinación. ¿Acaso no podían ser también estas las bases de la convivencia entre mujeres y hombres?

Para las campesinas ecologistas, las tareas medioambientales representaban un trabajo extra que aumentaba considerablemente su jornada, lo que no sucedía en el caso de sus compañeros. Además de ser madres-cuidadoras, ahora eran las encargadas de proteger los bosques y de generar conciencia ecológica en las comunidades cercanas. Los campesinos que eran activistas ambientales no se preocupaban de preparar los alimentos, lavar la ropa, acarrear agua, asear la casa o cuidar a las personas enfermas; en cambio, las mujeres que se incorporaron a la organización tenían que encontrar tiempo para hacer todo eso además de sus labores como ecologistas. Su lucha era doble: por un lado, algunos de los varones no aceptaban con facilidad que sus compañeras salieran al espacio público y adquirieran independencia; por otro, como movimiento socioambiental, estaban expuestas a ser reprimidas con violencia, incluso a perder la vida.

Nótese, sin embargo, que las dificultades vividas por la OMESP, más que intimidar a las mujeres y encerrarlas en un esencialismo que las responsabilizara de salvar el medio ambiente, las ha llevado a cuestionar la falta de igualdad en el movimiento ambientalista, al mismo tiempo que las ubica como uno de los grupos ecologistas más activos a nivel nacional.

En este sentido, al visibilizarse como productoras rurales y agentes que llevan a cabo acciones en beneficio de sus comunidades, las socias de la OMESP promueven una valoración positiva de las capacidades de las mujeres. Su contribución ha sido fundamental para la seguridad alimentaria y la mejora de las condiciones de vida de la población. Uno de sus mayores logros ha sido mejorar los niveles de nutrición mediante la producción de alimentos sanos y sin pesticidas. El grado de escolaridad de niñas, jóvenes y adultas ha aumentado, los estereotipos de género comienzan a flexibilizarse y, aunque las costumbres sexistas siguen vigentes, estas campesinas ecologistas están labrando un presente de esperanza para las nuevas generaciones. Como sostienen José Aranda y Andrea García respecto al binomio mujer-naturaleza: «Se trata de acabar con el mito de la esencia femenina que se orienta al

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cuidado de la naturaleza y la ecología, como un atributo más allá de las relaciones sociales y las que se establecen entre los géneros[370]».

Lo anterior me permite ubicar a la OMESP como un movimiento campesino que comparte elementos con los ecofeminismos constructivistas.

Su postura ambientalista ha surgido de las experiencias de pérdida de medios de subsistencia, pues para ellas el conflicto entre crecimiento económico y depredación medioambiental determina la continuidad de sus expectativas vitales. Sus prácticas pueden ser consideradas feministas en la medida en que promueven la autonomía de las mujeres, reconocen el valor del trabajo reproductivo y fomentan la igualdad entre los sexos. Finalmente, una lección fundamental de esta organización ecologista es que la soberanía alimentaria de las comunidades no podrá conseguirse sin tomar en cuenta las aportaciones de las mujeres y el reconocimiento de sus derechos.

ASOCIACIÓN NACIONAL DE MUJERES RURALES E INDÍGENAS (ANAMURI), CHILE

Entre los casos que he elegido, considero imprescindible uno que abordara la lucha de las mujeres del ámbito rural por la soberanía alimentaria. El caso de ANAMURI, en Chile, estrechamente vinculado con la participación de las mujeres en la Vía Campesina[371] y en la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC), ilustra algunos de los problemas centrales que afectan a las mujeres indígenas y campesinas en Latinoamérica, al tiempo que muestra las alternativas que han desarrollado para enfrentarse a ellos.

Las mujeres han sido clave en el desarrollo histórico de la agricultura, aunque sus aportaciones no están reconocidas. Más aún, en el contexto de la crisis alimentaria actual, las mujeres y las niñas llevan la peor parte. Según cifras de la FAO, en los países en desarrollo, una de cada seis personas padece desnutrición, «al punto de que cada 3,6 segundos, alguien, por lo general una niña, muere de inanición[372]». Esta realidad convive con el despilfarro de alimentos y el consumismo de los países «desarrollados». La globalización neoliberal impacta negativamente en la agricultura a través de la imposición de una forma de producción industrializada e intensiva, fundada en el uso de agrotóxicos, abonos químicos y semillas transgénicas.

Vandana Shiva ha denunciado las consecuencias de convertir la alimentación en una mercancía controlada por transnacionales como Monsanto. Ese sistema implica que las mujeres sean despojadas de sus

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saberes tradicionales y convertidas en seres humanos prescindibles, en tanto que a los varones se les engaña con falsas promesas para que abandonen sus formas de producción y adquieran deudas gigantes en la compra de insumos genéticamente modificados —en el caso de India, los suicidios masivos de agricultores endeudados constituyen un ejemplo dramático al respecto[373]. Los trastornos en materia de salud por el uso de agrotóxicos alcanzan a millones de personas, tanto trabajadoras del campo en contacto constante con estos productos como consumidoras de los mismos. Sus efectos sobre la biodiversidad también son catastróficos: desiertos verdes, escasez de agua, pérdida de semillas criollas y de alimentos con una historia milenaria, los cuales son sustituidos por monocultivos y comida de mala calidad.

El empobrecimiento de las mujeres indígenas y campesinas contrasta con las cifras sobre la producción de alimentos proporcionadas por la FAO: En el mundo hay más de mil seiscientos millones de mujeres rurales, la mayoría agricultoras, que representan más de la cuarta parte de la población mundial

ellas abastecen entre el 60 y el 80 por 100 de la producción alimenticia de los países más pobres y alrededor del 50 por 100 mundial[374].

Lo anterior significa que las mujeres indígenas y campesinas alimentan a más de la mitad de la población al mismo tiempo que encabezan las cifras de pobreza y desnutrición. La discriminación sexual atraviesa la producción de alimentos, al igual que las políticas que regulan el trabajo en el campo. Como ya he señalado, las mujeres difícilmente acceden a la propiedad sobre la tierra, a los créditos y a los programas de apoyo.

La situación que viven las mujeres indígenas y campesinas en Chile presenta algunos elementos comunes con otros países latinoamericanos: una profunda desigualdad social, presencia de pueblos originarios vivos que atraviesan procesos de reconstitución, apertura a políticas de libre mercado, desmantelamiento del campo y una larga historia de gobiernos antidemocráticos. En el caso chileno, apunta la socióloga de origen mapuche Luisa Curin: «Se han autorizado, desde el año 1992 al 2007, diecinueve tipos de transgénicos, siendo el maíz, el cultivo más preponderante con aproximadamente 95 por 100 de la superficie transgénica, seguido por la soya

y tres tipos de árboles transgénicos: manzano, pino y eucalipto[375]». Esta pensadora alerta sobre los peligros de las plantaciones de árboles transgénicos para los árboles nativos y los ecosistemas, así como sobre su impacto negativo ante el cambio climático.

Luisa Curin llama la atención sobre la creciente precarización de las condiciones laborales en el campo y las desigualdades entre mujeres y

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hombres. La jornada de las mujeres indígenas y campesinas se duplica con el trabajo doméstico y las tareas de cuidado. Entre los problemas más graves a los que tienen que hacer frente destaca la carencia de agua potable. La situación de escasez las obliga a consumir las aguas contaminadas con desechos químicos provenientes de los canales de regadío, lo que las convierte en víctimas, junto con sus hijas e hijos, de plaguicidas que, además de dañar su salud, intoxican los suelos y envenenan a los animales. A todo esto se suma la ausencia de mujeres en los puestos de toma de decisión sobre políticas relacionadas con el campo, el uso del agua y los derechos laborales.

En este contexto surge ANAMURI, Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas.

En una entrevista realizada para Motion Magazine[376], Francisca Rodríguez, una de las iniciadoras de ANAMURI, la Vía Campesina y la CLOC, narra cómo fueron los inicios de esta asociación y su trayectoria hasta la actualidad.

Fundada en 1998, sus orígenes se remontan a las acciones llevadas a cabo por las mujeres durante los años de la dictadura. Ellas no llegaron al movimiento campesino vindicando derechos como mujeres, sino en busca de sus esposos, hijos, hermanos y otros familiares desaparecidos o encarcelados. Esta situación las obligó a salir y a desempeñar un papel protagónico. Así lo afirma Francisca Rodríguez: «la mayor represión fue dirigida a los hombres, pero por otro lado, las torturas más feroces fueron hechas a las mujeres[377]».

La dictadura militar anuló la reforma agraria y encarceló a muchos campesinos. A pesar del miedo infundido a través de las penas ejemplares ejecutadas durante la dictadura, las mujeres se organizaron.

Otro acontecimiento relevante para la constitución de ANAMURI en 1992 fue la campaña 500 años de resistencia indígena, campesina y negro-popular.

Desde los gobiernos se proponían cinco años de celebraciones, pero los pueblos consideraron que no había nada que celebrar y decidieron dedicar esos años al autodescubrimiento de sus luchas, resistencias y capacidades. En este contexto, surge la Vía Campesina como el reto de construir una alternativa ante el impacto del capitalismo globalizado en la producción y distribución de alimentos. Durante los años que siguieron al término de la dictadura militar en Chile, los nacientes movimientos sociales y políticos tenían restringido hasta el uso de ciertos términos como «revolución» y «lucha de clase». Esto le sucedió también a ANAMURI. Como se explica en su primera declaración, no se podía hablar de «reforma agraria», ni denunciar

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públicamente el impacto de los agrotóxicos sobre la población en situación de mayor precariedad, como mujeres indígenas, campesinas y niñas y niños.

Al intentar ser silenciadas dentro de sus propias organizaciones, las constituyentes de ANAMURI —relata Francisca Rodríguez:

Nos fuimos en rebeldía […] y formamos entonces con 52 mujeres la Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (ANAMURI). Al año siguiente nosotras, en la primera asamblea, ya éramos más de 1000 mujeres. Fuimos creciendo, creciendo, creciendo. Nos desplazamos por todo el país. No le pedimos ni un peso al gobierno. Recurrimos a la solidaridad de clase[378].

Actualmente, ANAMURI es una de las asociaciones más importantes de Chile y la más grande a nivel nacional; reúne mujeres procedentes de ámbitos rurales, de los pueblos aymara, quechua, licanrantai, coya, diaguita, kaweskar y mapuche. Uno de los aspectos que más la ha fortalecido ha sido el vínculo con mujeres del campo de otros países, lo que ha impulsado los encuentros continentales. Si bien su estructura es presidencial, se intenta mantener horizontalidad en el seno de la asociación.

En sus inicios, ANAMURI se centró en la denuncia de las consecuencias del uso de agrotóxicos y en la defensa de los derechos de las mujeres del campo, pero su lucha se fue ampliando al incluir temas como la agroecología y, sobre todo, la lucha por la soberanía alimentaria. Uno de sus antecedentes más importantes fue la campaña de la semilla lanzada durante la Cumbre Mundial de la Alimentación que se realizó en Roma en el año 1996. Según relata Francisca Rodríguez, ante la amenaza de las semillas transgénicas, los pueblos indígenas declararon que la semilla era un patrimonio de la humanidad. Sin embargo, al año siguiente, en Johannesburgo, un representante de Monsanto expresó su acuerdo con la declaración lanzada en Roma, pues, ya que las semillas eran de la humanidad, entonces también lo eran para las empresas. Quienes representaban a la Vía Campesina y a la CLOC quedaron sin palabras, les llevó un año encontrar la forma de retractarse. Fue en Paraguay donde uno de los participantes, perteneciente a un pueblo indígena, encontró la expresión más adecuada:

Las semillas no son un patrimonio de la humanidad, son un patrimonio de los pueblos indígenas, de los pueblos campesinos, de las mujeres que fuimos sus creadoras, sus descubridoras. Y son nuestros pueblos que las ponen al servicio de la humanidad, pero para que cumplan su cometido: alimentar a los pueblos[379].

El proceso reflexivo atravesado les permitió definir la agroecología como la recuperación de sus prácticas ancestrales y sus sistemas agroalimentarios y la validación de sus conocimientos.

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Ahora bien, en Roma, en 1996, la FAO planteó la urgencia de llevar a cabo acciones para garantizar la «seguridad alimentaria», que esta organización definía como la capacidad del sistema alimentario para que toda la población pueda satisfacer sus necesidades nutricionales. Esto significa que los pueblos cuenten con los recursos necesarios para comprar alimentos.

Indígenas y campesinado advirtieron de que la «seguridad alimentaria» no consideraba los procesos campesinos para la producción de alimentos, ni mucho menos la justicia social y la igualdad, sino que más bien abría el camino para convertir la alimentación en un negocio. En este contexto, se concibe la soberanía alimentaria como «un principio de vida, un principio de lucha y una ética[380]». La soberanía alimentaria implica un conjunto de derechos: a la tierra, el agua, el salario justo, la preservación de los saberes indígenas y la alimentación sana, entre otros. Para los pueblos, esta no se reduce a un concepto, sino que constituye el principio que garantiza la vida humana en coexistencia armónica con la biodiversidad.

ANAMURI plantea las cuestiones anteriores desde la perspectiva de un feminismo campesino y popular que retoma elementos de los feminismos socialistas, los ecofeminismos y la ética indígena del «buen vivir». Dicho feminismo considera imprescindible el diálogo entre las mujeres urbanas y las del campo como un canal privilegiado para promover la solidaridad. De acuerdo con el Manifiesto Internacional de las Mujeres de la Vía Campesina: Nuestro fin es cada día sumar a más y más mujeres a nuestra organización por la autonomía y emancipación de nuestros pueblos, unidas ante el imperativo ético y político de defender el derecho a la alimentación, la agricultura campesina, la defensa de la biodiversidad, de nuestros bienes naturales y la lucha por poner fin a la violencia en todas sus expresiones, agudizada ante este sistema económico, capitalista y patriarcal[381].

En el año 2014, ANAMURI presentó el Instituto de Agroecología para las Mujeres del Campo IALA[382]. Su principal objetivo es proporcionar formación teórico-práctica sobre agroecología y feminismo campesino y popular. Por una parte, se pretende impulsar el empoderamiento de las mujeres del campo, consideradas sujetos políticos con capacidad para impulsar transformaciones en sus comunidades; por otra, constituye una vía para promover alimentación de calidad, al mismo tiempo que una forma efectiva de hacer frente al cambio climático. ANAMURI muestra que para garantizar la soberanía alimentaria es imprescindible visibilizar las luchas de las mujeres indígenas y campesinas por el reconocimiento de sus derechos.

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Lo que hemos visto hasta aquí proporciona elementos para entender el feminismo campesino y popular como aquel que recupera las voces de las mujeres que viven en el campo y en muchos casos también pertenecen a pueblos indígenas y aborda temas como la agroecología, las epistemologías indígenas y las relaciones entre género y medio ambiente. Desde este enfoque, se muestra como una tarea feminista reconocer la relevancia de las mujeres en la construcción de la soberanía alimentaria.

FEMINISMOS INDÍGENAS POR LA DEFENSA DE LA TIERRA Y EL TERRITORIO

Los saberes, prácticas y experiencias de las mujeres indígenas y campesinas de Abya Yala recogidos en este libro presentan un conjunto de características en común que, a mi juicio, delinean el perfil de los feminismos indígenas por la defensa de la Tierra y el territorio. Mi investigación ha buscado respuesta a los siguientes interrogantes: ¿en qué coordenadas se sitúan estas indígenas y campesinas que defienden la Tierra, el territorio y, en algunos casos, sus derechos como mujeres? ¿Nos encontramos ante una perspectiva feminista con rasgos propios? ¿Cuáles son sus características?

¿Qué aportan para la conformación de una cultura sostenible?

María de Jesús Patricio Martínez permaneció un momento en silencio cuando le pregunté si se consideraba feminista; después de varios minutos, dio la siguiente respuesta: «soy feminista, pero indígena[383]». Su interés por la salud se relaciona con el cuidado de la naturaleza, la defensa de los derechos de las mujeres empobrecidas y la lucha por la autonomía de los pueblos originarios. La sanadora indígena sabe muy bien que si la naturaleza es contaminada, las personas y los animales se enferman, y las mujeres son las más afectadas por su triple situación de vulnerabilidad de etnia, sexo-género y clase. La filosofía «nosotrocéntrica» que está en la base tanto de sus conocimientos como de sus prácticas enseña que todo lo que vive sobre la Tierra está conectado, y que cada forma de vida tiene su propia racionalidad.

Durante las conversaciones que sostuvimos, no fue necesario explicar el concepto «feminismo», porque María de Jesús estableció rápidamente las conexiones entre ser indígena, buscar mejores condiciones de vida para las mujeres, defender el medio ambiente y reconocerse como feminista.

Las indígenas mazahuas del EZMDA, las nahuas de Colima y las campesinas de Nejapa tampoco estaban familiarizadas con términos como

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«feminismo», «ecología» o «sostenibilidad». Al inicio de la lucha del Frente Mazahua no se plantearon reivindicaciones de género, sino que se reforzó el rol femenino de la «madre cuidadora». Sin embargo, cuando las mujeres se presentaron como las auténticas dirigentes del movimiento ante los medios de comunicación, a pesar de que su «liderazgo» era una mera estrategia, su lugar comenzó a cambiar. Lo que al principio fue una escena de carácter teatral, es decir, la imagen de un grupo de mujeres indígenas, armadas simbólicamente con rifles de madera, dispuestas a emprender las acciones necesarias para que se cumpliera su derecho al agua y a mejores condiciones de vida, se convirtió en una realidad.

En el caso de El Salvador, la lucha colectiva por el derecho al agua ayudó a las mujeres de Nejapa a identificar las desigualdades de género expresadas en la doble y triple jornada de trabajo que debían afrontar cada día. En cambio, en el movimiento protagonizado por las indígenas nahuas de Colima contra la minería, se observa el liderazgo de una mujer indígena que contaba con una formación política previa como activista por los derechos de los pueblos indígenas y de las mujeres, lo que contribuyó a visibilizar las problemáticas específicas del colectivo femenino, así como sus aportaciones al movimiento.

De las experiencias de las mazahuas en el EZMDA surgió una movilización encabezada por mujeres que ha interpelado tanto a las autoridades públicas incapaces de considerar las necesidades de las mujeres al diseñar las políticas hídricas como a sus propias comunidades, donde prevalecen costumbres sexistas que, por ejemplo, les niegan el acceso a la tierra. Después de haber representado el papel de comandantas de un ejército, con capacidad de hablar en público, tomar decisiones y protagonizar actos de resistencia, ¿cómo podían volver a sus casas y ocupar un lugar tradicional?

Muy distinto ha sido el desarrollo del movimiento iniciado por las campesinas de la sierra de Petatlán. Estas defensoras de la Tierra no asumen una identidad indígena, lo que las acerca al caso de Nejapa, pero sí se reconocen como ecologistas. Su organización se dedica a la conservación de los bosques, la limpieza de los ríos y la producción de alimentos sanos; y aunque no se refieren explícitamente al término «feminismo», incluyen consideraciones sobre los derechos de las mujeres. La OMESP coincide con ANAMURI en el reconocimiento del papel fundamental que desempeñan las mujeres como productoras de alimentos, en visibilizar las desigualdades de género y en presentar alternativas para un mundo sostenible. Por su parte, las mujeres que constituyen ANAMURI se reconocen a sí mismas como agentes

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del feminismo campesino y popular latinoamericano que recupera las voces de las indígenas pertenecientes a diversos pueblos, promueve los saberes y prácticas agroecológicos desarrollados por las mujeres rurales y defiende la soberanía alimentaria.

Ya al final de este libro, quiero resumir los rasgos más sobresalientes de los feminismos indígenas por la defensa de la Tierra y el territorio que he podido identificar. Comenzaré este resumen señalando que el marco conceptual de la teoría feminista y de las ciencias ambientales, ambos de impronta occidental, son poco conocidos en los contextos indígenas. La mayor parte de las mujeres que encarnan estos feminismos indígenas conservan los saberes tradicionales de sus pueblos, pero han tenido acceso limitado a la educación oficial que ofrece el Estado. Los discursos sobre género y medio ambiente les han llegado de forma indirecta a través de ONG, intelectuales y colectivos feministas y ambientalistas que se han acercado a sus comunidades. Aunque tales conceptos les resulten extraños, han desarrollado prácticas que pueden ser consideradas ecofeministas en la medida en que relacionan sus problemas específicos como mujeres con la preservación de la naturaleza, la defensa de sus territorios y la crítica al capitalismo globalizado.

Hasta hace pocas décadas, la mayoría de los estudios sobre los pueblos indígenas eran realizados por personas ajenas a las comunidades indígenas.

Para las comunidades indias vivas, así como para las poblaciones campesinas, los principales medios de conocimiento han sido la oralidad y la experiencia. Su feminismo en defensa de la Tierra y el territorio se ha desarrollado en la práctica: movilizaciones por el agua y el bosque, preservación de la medicina indígena, lucha por la autonomía, por la visibilización de las mujeres y por sus aportaciones a los movimientos de sus pueblos. La teoría sobre los feminismos indígenas y campesinos constituye un camino en construcción. Las indígenas de Abya Yala que han accedido a la formación universitaria y están escribiendo sobre las problemáticas de sus pueblos y las desigualdades de género-etnia y clase social han ido en aumento en la última década.

Estos feminismos indígenas se vinculan con los procesos de reconstitución y los movimientos de resistencia de los pueblos originarios haciendo evidente la contradicción entre cualquier aspiración de justicia social y toda forma de discriminación hacia las mujeres. Algunas de las indígenas y campesinas que participan activamente en los cambios que están viviendo sus comunidades quieren conservar su lengua y conocimientos

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tradicionales, al tiempo que exigen ser reconocidas como seres humanos plenos al igual que sus compañeros. Al respecto, considero que estas mujeres constituyen los puentes que comunican los valores promovidos por el feminismo igualitario de orígenes ilustrados —autonomía, libertad e igualdad

— con las cosmovisiones de las culturas originarias: ética «nosotrocéntrica», sentido de comunidad y respeto por la Tierra y todo lo que vive en ella.

En los pueblos campesinos que no tienen una clara identidad étnica pero que también están resistiendo ante los embates del neoliberalismo sobreviven diversos valores culturales del mundo indígena, como el trabajo comunitario, la tenencia comunal de la tierra, la agricultura tradicional, etc. En la mayor parte de los casos se trata de comunidades de origen indígena en las que ha habido un proceso de mestizaje con otras poblaciones, pero prevalecen rasgos comunes a los pueblos originarios. Tal es el caso de las mujeres de Nejapa y de las campesinas ecologistas de la sierra de Petatlán, donde confluyen tanto mujeres indígenas como no indígenas que tienen como común denominador su situación de vulnerabilidad extrema ante los desequilibrios ecológicos.

Otro rasgo distintivo de los feminismos indígenas por la defensa de la Tierra y el territorio es su vínculo con el ámbito rural. Con algunas excepciones, los movimientos socioambientales protagonizados por mujeres indígenas y campesinas han surgido en comunidades rurales que padecen condiciones de marginación y pobreza extrema, y que tienen una relación de dependencia directa de los ecosistemas en los que se asientan. Estas indígenas y campesinas evidencian la insostenibilidad de las grandes ciudades, así como el carácter etnocéntrico y sexista del capitalismo globalizado. Ante la mancha urbana, que a medida que se extiende provoca la proliferación de desechos tóxicos, desertificación, contaminación, escasez de agua y el aumento del CO2, proponen pequeñas comunidades autónomas y autosostenibles.

Estos feminismos defienden una ciudadanía multicultural y ecológica. Reclaman que los Estados donde coexisten diversas culturas reconozcan

la autonomía de sus poblaciones indígenas, además de visibilizarlas en los diversos órganos políticos encargados de conformar naciones plurales. Entre las principales funciones de los Estados multiculturales se plantea la inclusión de derechos y deberes ambientales en las constituciones. Los movimientos sociales encabezados por las mujeres de pueblos indígenas reclaman no solo cuestiones de identidad étnica, sino también justicia social e igualdad de género, y denuncian proyectos extractivistas, todo lo cual viene a problematizar las concepciones tradicionales sobre la ciudadanía e incluso las reelaboraciones en clave ecologista como las de Andrew Dobson. Dobson

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sostiene que la ciudadanía ecológica se caracteriza por ocuparse de deberes, ejercerse tanto en el ámbito público como en el privado, operar con el lenguaje de la virtud y extenderse hasta donde llegan nuestros hábitos de consumo respecto a los límites de los ecosistemas y a su distribución equitativa. En palabras del autor: «Las huellas ecológicas son una expresión del impacto de la producción y reproducción de la vida diaria de los individuos y los colectivos en otros seres humanos lejanos o cercanos. Es a esos seres humanos no conocidos a los que se les deben las obligaciones de la ciudadanía ecológica[384]». Las obligaciones de dicha ciudadanía se extienden en el espacio —a personas y lugares desconocidos— y en el tiempo —a generaciones humanas futuras. Dobson llama la atención sobre el «generacionismo», entendido como la discriminación hacia las generaciones venideras, especialmente en lo que se refiere al acceso a los recursos naturales. Su enfoque es «antropocéntrico», pues estima que la preservación de los sistemas bióticos es fundamental para el bienestar de los seres humanos, y no porque estos sean o no valiosos en sí mismos.

La principal virtud que potencia la ciudadanía ecológica es la justicia, y de ahí que se tenga la obligación de reducir el uso de espacio medioambiental cuando se generan afectaciones a cualquier ser vivo. Dicha obligación es asimétrica, al igual que los hábitos de consumo entre las personas de diferentes geografías, pertenencias sociales, género, etc. Depende del tamaño de la huella ecológica. Así, un estadounidense con elevados ingresos económicos, que consume productos de lujo provenientes de cualquier parte del mundo, ha adquirido deberes que no tienen los pueblos indígenas de América Latina o África, los cuales subsisten con productos locales, y cuyo acceso al agua, al petróleo y a la electricidad es muy limitado.

Los feminismos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio apuntan a un concepto de «ciudadanía ecológica» desde las experiencias de quienes son acreedores de la huella ecológica en un contexto multicultural. Coinciden en ubicar a la justicia como una virtud fundamental que reclama mejores condiciones de vida para las mujeres en un contexto multicultural equitativo donde se reconozca la dignidad de todos los seres vivos —incluidas las generaciones futuras. El espacio privado es tan relevante para el ejercicio de la ciudadanía como el público, ya que tanto en el huerto doméstico como en la asamblea comunitaria se ejerce la vida política. Sin embargo, sostengo que se distancia de la ciudadanía ecológica de Dobson porque concede especial relevancia al ámbito territorial, enfatiza el tema de los derechos y reivindica una perspectiva biocéntrica. Las mujeres indígenas y campesinas que se han

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integrado en los movimientos en defensa de sus territorios vienen a recordarnos que no es lo mismo trazar una huella ecológica que estar debajo de ella, generar obligaciones que exigir resarcimientos, argumentar desde los valores de culturas dominantes que desde culturas en resistencia.

Los movimientos socioambientales que se han descrito aquí ponen en cuestión la dicotomía naturaleza-cultura. El núcleo de valoración ecológica de las culturas «nosotrocéntricas» no es la vida reificada, sino la complejidad y el carácter dinámico propios de la biodiversidad. En el mundo indígena no opera una concepción reduccionista de la naturaleza como referente ético. La Pachamama se entiende como un conjunto de procesos cambiantes y diversos, entretejidos en contextos y relaciones de interdependencia, y no como algún tipo de esencia.

Las reivindicaciones de mejores condiciones de vida para las mujeres indígenas y campesinas han surgido a partir del diálogo entre los derechos humanos, los discursos feministas urbanos, las experiencias de las mujeres indígenas y campesinas y las epistemologías y éticas de las culturas originarias vivas. Aunque tienen muchos elementos que coinciden con las diversas vertientes del ecofeminismo, su propuesta no puede ser encuadrada dentro de ninguna de ellas. Con la corriente esencialista comparte la concepción de que las mujeres y la naturaleza se identifican por su fecundidad, pero se distancia de esta porque considera que los varones también están enraizados en la tierra y tienen el mismo deber de preservarla.

Con la corriente socialista tiene en común la mirada crítica hacia al sistema capitalista, así como su interés por la multiculturalidad. Con la corriente espiritualista concuerda en asignar un valor sagrado a la Madre Tierra, fundamento ético de sus luchas socioambientales; no obstante, se enfoca principalmente en las estrategias de resistencia ante el neoliberalismo.

Se identifica con el ecofeminismo ilustrado en su búsqueda de las voces negadas y las propuestas alternativas que han sido invisibilizadas históricamente dentro del propio contexto histórico-cultural —la modernidad para el ecofeminismo crítico y las culturas amerindias para el ecofeminismo indígena. Y están de acuerdo en que las desigualdades de género/etnia/clase han sido socialmente construidas. Ante los esencialismos, la perspectiva feminista ilustrada enfatiza el carácter sociocultural del vínculo mujer-naturaleza, lo cual ha influido en algunos «feminismos indígenas», especialmente en el zapatista, mucho más interesado en fomentar la igualdad-reciprocidad que en acentuar las diferencias entre los sexos. Ambas posturas proponen un uso prudente de la tecnología y se basan en éticas que

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promueven valores como el cuidado, la empatía, la compasión y la solidaridad tanto entre los sexos como entre todos los seres que habitan el planeta. Consideran fundamental el aprendizaje de las otras culturas, no para imitarlas, ni para negar la propia, sino para mirarse de manera autorreflexiva y modificar los aspectos negativos: sexismo, etnocentrismo, especismo[385]. Sin embargo, se distinguen en que, mientras que uno es heredero de la Ilustración, el otro se apoya en las cosmovisiones de los pueblos originarios.

Los movimientos socioambientales protagonizados por indígenas y campesinas en Abya Yala forman parte de las luchas de las mujeres pobres del Sur frente a un modelo de desarrollo que está en crisis. Tiene muchos elementos en común con las historias de defensa del medio ambiente encabezadas por mujeres en Asia y África: reivindicación de las culturas indígenas, preservación de ecosistemas locales, cuestionamiento de las desigualdades entre mujeres y hombres, etc. Han desarrollado una forma de poder alternativa, fundada precisamente en las experiencias de «no poder», es decir, de empobrecimiento, marginación, racismo y sexismo. Este «poder alternativo» se caracteriza por estar centrado en el «nosotras/os», no ser propiedad de nadie, ni imponerse mediante las armas. Su vocación es la paz y la justicia social. Ante las agresiones del neoliberalismo, muestra lo que todos los seres humanos tenemos en común: un cuerpo vulnerable que depende de la naturaleza para sobrevivir.

Finalmente, los feminismos indígenas en defensa de la Tierra y el territorio se enfrentan a la filosofía hegemónica con planteamientos que hasta hoy siguen suscitando debates sobre su «filosoficidad», como son las epistemes de los pueblos originarios, los saberes de las mujeres indígenas y los discursos alternativos dentro de la propia cultura occidental. Temas que, sean reconocidos o no como «filosóficos», son fundamentales para conformar mundos más vivibles. Algo similar sucede al intentar establecer diálogos entre cosmovisiones y feminismos: las indígenas y campesinas de Abya Yala que protagonizan movimientos de resistencia e incluyen vindicaciones específicas para las mujeres de sus pueblos enriquecen los debates feministas al visibilizar problemáticas como el acceso a la tierra, el impacto de los proyectos extractivistas sobre mujeres y hombres, Norte y Sur, ciudades y ámbito rural, y los vínculos entre devastación ambiental, destrucción de culturas originarias y empobrecimiento de las mujeres y de las comunidades indígenas. Estos feminismos develan nuevos horizontes éticos para pensar y actuar en el camino hacia culturas plurales, ecológicamente sostenibles y

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democráticas, que reconozcan las voces y las miradas de las mujeres indígenas.

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Notas

Carlos Lenkersdorf, «El género y la perspectiva en tojolabal», art. cit., pág. 298.

Ibíd., pág. 299.

Ibíd., pág. 303.

Ibíd., pág. 300.

Ibíd., pág. 308 (aparece en la nota al pie de la página 38).

Ibíd., pág. 309.

Ibíd., pág. 320.

Ibíd.

Ibíd.

Véase Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala, op. cit., pág. 174.

Julieta Paredes, Hilando fino. Desde el feminismo comunitario, México, Cooperativa el Rebozo, Zapateándole, Lente Flotante, En cortito que’s pa largo y AliFem, 2013 (primera edición en Bolivia: La Paz, 2010).

Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala, op. cit., pág. 181.

Julieta Paredes, Hilando fino. Desde el feminismo comunitario, op. cit., pág. 47.

Ibíd., pág. 49.

Ibíd., pág. 60.

Ibíd., pág. 122.

Francesca Gargallo, Feminismos desde Abya Yala, op. cit., pág. 173.

Julieta Paredes, Hilando fino. Desde el feminismo comunitario, op. cit., pág. 76.

Ibíd., pág. 79.

Ibíd.

Ibíd., pág. 80.

Ibíd., pág. 66.

Ibíd., págs. 71–72.

Ibíd., pág. 71.

Ibíd., pág. 89.

María Luisa Femenías, El género del multiculturalismo, op. cit., pág. 57.

Ibíd., pág. 59.

Ibíd., pág. 61.

Véase Néstor García Canclini, La globalización imaginada, Buenos Aires, Paidós, 1999.

María Luisa Femenías, El género del multiculturalismo, op. cit., pág. 304.

Al respecto, véase Amelia Valcárcel, «Ética y feminismo», en Carlos Gómez y Javier Muguerza, La aventura de la moralidad (paradigmas, fronteras y problemas de la ética), Madrid, Alianza Editorial, págs. 464–469.

Ibíd., pág. 66.

Ibíd., págs. 232–233.

Ibíd.

Ibíd., pág. 242.

Silvia Rivera Cusicanqui, Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, op. cit., pág. 69.

Celia Amorós, «Feminismo y multiculturalismo», art. cit., pág. 243.

Ibíd., pág. 264.

Ibíd., pág. 234.

Ibíd., pág. 243.

Ibíd., pág. 150.

Ibíd., pág. 155.

Ibíd., pág. 163.

Vandana Shiva, Manifiesto para una Democracia de la Tierra. Justicia, sostenibilidad y paz (trad. Albino Santos Mosquera), Barcelona, Paidós, 2006, pág. 135.

Vandana Shiva, Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, op. cit., pág. 30.

Ibíd., pág. 32.

Ibíd., pág. 33.

Ibíd., pág. 34.

Vandana Shiva, Manifiesto para una Democracia de la Tierra, op. cit., pág. 200.

Ibíd., pág. 9.

Ibíd., pág. 14.

Ibíd., pág. 15.

Bina Agarwal, «El debate sobre género y medio ambiente: lecciones de la India», en Verónica Vázquez García y Margarita Velázquez Gutiérrez (comps.), Miradas al futuro. Hacia la construcción de sociedades sustentables con equidad de género, México, UNAM-CRIM, 2004, pág. 277.

Vandana Shiva, Manifiesto para una Democracia de la Tierra, op. cit., pág. 17.

Alicia Puleo, Ecofeminismo para otro mundo posible, op. cit., pág. 318.

Ibíd., pág. 25.

Para una crítica de la utilización de la figura de la Pachamama, véase Micaela Anzoátegui y Laura Barba, «Visibilización de la violencia contra la naturaleza a partir del análisis de su feminización: el problema de la reapropiación contemporánea de la Pachamama», en María Luisa Femenías et al., Violencia contra las mujeres, la subversión de los discursos, vol. I, Rosario, Prohistoria, 2015.

Evo Morales Ayma, Ley Marco de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien, Ley núm. 300, Estado Plurinacional de Bolivia, 15 de octubre de 2012 (consultado el 20 de febrero de 2015).

Ibíd., pág. 7.

Ibíd., págs. 11 y 12.

Ibíd., pág. 6.

Véase Alicia Puleo (ed.), La Ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII, Barcelona, Anthropos, 1993.

Estos testimonios forman parte del material auditivo del EZLN transcrito por David Velasco Yáñez, «Mujeres zapatistas y las luchas de género. IV Parte: B. Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo. “La comandanta Ramona y las zapatistas”. Capítulo B. Mandar obedeciendo: El ejercicio de los mandos civiles», Xipe totec. Revista trimestral del Departamento de Filosofía y Humanidades ITESO, vol. XX, núm. 4, México, 2011, págs. 381–407 (palabras de Tania, pág. 402; palabras de Griselda, pág. 405; palabras de Yurleni, pág. 397).

Marcela Lagarde, «Insurrección zapatista e identidad genérica: una visión feminista», en Sara Lovera y Nellys Palomo (coords.), Las Alzadas, 2.ª ed., México, Comunicación e Información de la Mujer y Convergencia Socialista, 1999, pág. 198.

EZLN, Documentos y comunicados 1, México, Era, 1994, págs. 45–46.

Citadas por Márgara Millán, Participación política de mujeres indígenas en América Latina: el movimiento zapatista en México, Santo Domingo, INSTRAW, 2006, pág. 29.

EZLN, op. cit., pág. 234.

Ibíd.

Esta expresión aparece en Rosalva Aída Hernández Castillo, «Diálogos e identidades políticas: génesis de los procesos organizativos de mujeres indígenas en México, Guatemala y Colombia», en Rosalva Aída Hernández Castillo (ed.), Etnografías e historias de resistencia. Mujeres indígenas, procesos organizativos y nuevas identidades políticas, México, Publicaciones de la Casa Chata, CIESAS–UNAM, 2008, págs. 45–125.

Ibíd., pág. 45.

Ibíd.

Esta ley se dio a conocer el 1 de enero de 1994, junto con otras leyes, en el órgano informativo del EZLN, El Despertador Mexicano. Véase Márgara Millán Moncayo, «Nuevos espacios, nuevas actoras. Neozapatismo y su significado para las mujeres indígenas», en Rosalva Aída Hernández (ed.), Etnografías e historias de resistencia. Mujeres indígenas, procesos organizativos y nuevas identidades políticas, op. cit., págs. 217–248.

Ibíd., pág. 47.

A quien alude Rosalva Aída Hernández (ed.), Etnografías e historias de resistencia. Mujeres indígenas, procesos organizativos y nuevas identidades políticas, op. cit., pág. 51.

Carlos Lenkersdorf, Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, op. cit., pág. 138.

Ibíd., pág. 103.

Ibíd., pág. 107.

Silvia Rivera Cusicanqui, «Historia oral, investigación-acción y sociología de la imagen», op. cit.

Ibíd.

Silvia Rivera Cusicanqui, «Descolonizar la Modernidad», op. cit.

Carlos Lenkersdorf, Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, op. cit., pág. 106.

Ibíd., pág. 122.

Entrevista con Francisca Rodríguez, realizada el 18 de octubre de 2014 en Santiago de Chile por Nic Paget-Clarke para Motion Magazine, publicada en 2017; consultada el 12 de diciembre de 2017.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Manifiesto Internacional de las Mujeres de la Vía Campesina, en El correo de las mujeres del campo. Hacia la construcción del Feminismo Campesino y Popular, Chile, ANAMURI, diciembre de 2015, pág. 10.

La información sobre el IALA puede consultarse en el sitio web de ANAMURI.

Entrevista grabada a María de Jesús Patricio Martínez, realizada por la autora el 17 de mayo de 2011.

Entrevista a María de Jesús Patricio Martínez realizada por la autora el 17 de mayo de 2011.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Vandana Shiva, Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo, op. cit., pág. 35.

Entrevista a María de Jesús Patricio Martínez realizada por la autora el 17 de mayo de 2011.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Véase Guillermo Bonfil Batalla, Pensar nuestra cultura, México, Fondo de Cultura Económica, 2005.

Entrevista a María de Jesús Patricio Martínez realizada por la autora el 17 de mayo de 2011.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

Ibíd.

María Luisa Femenías, «Esbozo de un feminismo latinoamericano», art. cit., pág. 19.

Ibíd., pág. 15.

Ibíd., pág. 20.

Francesca Gargallo Celantini, Ideas feministas latinoamericanas, México, op. cit., pág. 7.

María Luisa Femenías, «Esbozo de un feminismo latinoamericano», art. cit.

Ibíd., pág. 22.

Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de Sueños, 2016, pág. 149.

El movimiento de mujeres en Kerala contra Coca-Cola y Pepsi Cola fue visibilizado por Vandana Shiva, Manifiesto para una Democracia de la Tierra. Justicia, sostenibilidad y paz, op. cit., págs. 199–204.

Alianza por la Solidaridad, Inversión extranjera en una planta embotelladora en El Salvador. El caso de Nejapa, Foro del Agua de El Salvador, 2015, pág. 6 (consultado el 4 de enero de 2018).

Ibíd., pág. 7.

Ibíd., págs. 7–9.

Centro de Noticias ONU, «El derecho al agua y al saneamiento debe ser prioritario en El Salvador, señala experto», 18 de mayo de 2016 (consultado el 31 de diciembre de 2017).

Comunicado de prensa del Foro del Agua (consultado el 31 de diciembre de 2017).

Alianza por la Solidaridad, Inversión extranjera en una planta embotelladora en El Salvador. El caso de Nejapa, op. cit.; Foro del Agua de El Salvador, op. cit.

Georgina Aimé Tapia González, «Aportaciones de las mujeres indígenas al diálogo entre filosofía y ecología», en Alicia Puleo, Ecología y género en diálogo interdisciplinar, Madrid, Plaza y Valdés, 2015, pág. 275.

Red Mexicana de Afectados por la Minería (REMA), «Desde REMA/M4 recordamos a Doña Pita, incansable luchadora de la vida comunal de Zacualpan, Colima», 23 de febrero de 2015 (consultado el 30 de mayo de 2015).

Ibíd.

«Llevemos la lucha de nuestro pueblo siempre en el corazón: Epitacia Zamora» [video], Perriodismo, 23 de febrero de 2015, disponible en línea.

Entrevista a Giovanna Ramírez realizada por la autora el 28 de septiembre de 2015 (material inédito).

José María Aranda Sánchez y Andrea Teresa García Campuzano, «Perspectiva de género para el análisis de la participación femenina en organizaciones ambientalistas. El caso de la organización de mujeres ecologistas de la Sierra de Petatlán, Gro», Revista Territorios, núms. 16–17, Bogotá, 2007, págs. 107–126.

Ibíd., pág. 113.

Ibíd., pág. 112.

Ibíd., pág. 113.

«La Jornada del Campo», suplemento informativo del periódico La Jornada, núm. 1, 9 de octubre de 2007 (consultado el 10 de julio de 2012).



FIN

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