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Libro N° 14616. Mitos Bíblicos Patriarcales. Navarro Puerto, Mercedes.


© Libro N° 14616. Mitos Bíblicos Patriarcales. Navarro Puerto, Mercedes. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Mercedes Navarro Puerto. Mitos Bíblicos Patriarcales

 

Versión Original: © Mitos Bíblicos Patriarcales. Mercedes Navarro Puerto

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/mitos-biblicos-patriarcales/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

MITOS BÍBLICOS PATRIARCALES

Mercedes Navarro Puerto


 

 

 

Mitos Bíblicos Patriarcales

Mercedes Navarro Puerto

 

 

 

 

 

 

 

A pesar de tratarse del libro más influyente de la historia de la humanidad, existe un vacío en el conocimiento y la difusión de los estudios feministas críticos y deconstructivos de la Biblia. Este volumen pretende llenar ese vacío. Mitos bíblicos patriarcales se ocupa de la figura de Eva, de Moisés, el supuesto héroe masculino, y del acontecimiento del Éxodo, mostrando en cada caso la recepción patriarcal e interesada y las potencialidades de figuras y textos maltratados por el patriarcado. La exégesis y la hermenéutica bíblicas feministas van más allá de los distintos sistemas de creencias y no están condicionadas por ninguno de ellos. Por esta razón, el trabajo de sus especialistas puede ofrecer una interesante y necesaria visión de la cultura y una inagotable cantera de información.



 

 

 

 

 

Mercedes Navarro Puerto

 

Mitos Bíblicos Patriarcales

 

Cátedra, Feminismos - 148

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 22-08-2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mercedes Navarro Puerto, 2022

 

Diseño de cubierta: aderal

 

Ilustración de cubierta: Verónica Perales Blanco

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Cubierta

 

Mitos bíblicos patriarcales

Feminismos

Introducción

LA BIBLIA Y EL FEMINISMO

MITO Y BIBLIA

ELEMENTOS METODOLÓGICOS

CAPÍTULO PRIMERO El «mito» de Eva en perspectiva feminista HEMBRA (NEQEBAH), MUJER (’ISAH), EVA (HAWAH)

Primer estadio: la hembra (neqebah)

Segundo estadio: la mujer (’isah)

Tercer estadio: Eva (Hawah)

 

EL MITO EN SU CONTEXTO: LA DESMITIFICACIÓN DE LAS DIOSAS

Eva (Hawah), Dios (Yhwh), vida (hyh)

Eva y las diosas del entorno

La serpiente

LA RECEPCIÓN DE LA FIGURA DE EVA MITOLOGEMAS, ARQUETIPOS, MITOS Y SÍMBOLOS EN GÉNESIS 1-3 ASOCIADOS CON LA MUJER PRIMORDIAL

CAPÍTULO 2 Moisés: la dimensión femenina del héroe de doble nacimiento

 

EL RELATO DE ÉXODO 1-2 Y SUS PECULIARIDADES Mujeres en el nacimiento del «héroe»

El nacimiento del héroe en la psicología

LOS ERRORES DEL HÉROE

MÍMESIS

EL ELEGIDO QUE ELIGE

 

AUTORREVELACIÓN DE LOS PERSONAJES YHWH Y MOISÉS La percepción inicial y la sensibilidad de los sentidos

El mutuo desvelamiento por la palabra FUNCIÓN DE LAS OBJECIONES REVELACIÓN DEL NOMBRE DE YHWH MITO Y VOCACIÓN (ELECCIÓN) MOISÉS COMO ANTIHÉROE

 

LA MITIFICACIÓN DEL LIBERTADOR DE ISRAEL ARQUETIPOS, MITOS Y SÍMBOLOS EN LOS RELATOS DE LA INFANCIA DE MOISÉS

 

EL SÍMBOLO DE LAS AGUAS: AGUAS PRIMORDIALES, AGUAS

 

LIBERADAS, AGUAS AMBIVALENTES, AGUAS LIBERADORAS EL SIMBOLISMO DE LO DOBLE Y EL REDOBLAMIENTO EL FUEGO INEXTINGUIBLE

 

CAPÍTULO 3 El Paso del Mar: nacer muriendo (Éxodo 13,17-15,21)[89]

 

LA NARRACIÓN

EL PASO DEL MAR

LOS TRASFONDOS DEL EPISODIO

 

Perfil narrativo del personaje divino del Paso del Mar La nube y el ángel

Moisés en el relato del Paso del Mar

El pueblo en el relato del Paso del Mar

 

EL SENTIDO Y LOS SIGNIFICADOS (NIVEL HERMENÉUTICO) EL PARADIGMA ANTROPOLÓGICO DEL NACIMIENTO

 

Descripción del paradigma ternario del Paso del Mar Hermenéutica narrativa comprehensiva

 

SÍMBOLOS, ARQUETIPOS, IMÁGENES Y REPRESENTACIONES EN EL RELATO DEL PASO DEL MAR

Conclusión

Bibliografía

Notas



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feminismos

 

 

 

 

Consejo asesor:

 

Paloma Alcalá: Profesora de enseñanza media

 

Ester Barberá: Universitat de València

 

Cecilia Castaño: Universidad Complutense de Madrid

 

M.ª Ángeles Durán: CSIC

 

Ana de Miguel: Universidad Rey Juan Carlos

 

Alicia Miyares: Profesora de enseñanza media

 

Isabel Morant Deusa: Universitat de València

 

Mary Nash: Universitat de Barcelona

 

Verónica Perales: Universidad de Murcia

 

Concha Roldán: CSIC

 

Verena Stolcke: Universitat Autònoma de Barcelona

 

Amelia Valcárcel: UNED

 

Dirección y coordinación: Alicia Puleo, Universidad de Valladolid



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

 

 

 

 

Este libro aborda la mitocrítica bíblica desde una perspectiva feminista en la línea ya conocida y transitada por las diferentes disciplinas feministas en las cuales la deconstrucción del mito ha sido y sigue siendo una línea esencial. Sin embargo, existe un gran vacío en el conocimiento y la difusión de los estudios feministas críticos y deconstructivos de la Biblia en las áreas de las ciencias sociales y humanistas del feminismo, sobre todo los estudios especializados y detallados. La Biblia ha sido el libro más influyente en la historia de la humanidad y esto debe bastar para suscitar el interés del feminismo. Los estudios laicos feministas sobre la Biblia solo se han ocupado de algunas figuras típicas, tal vez en la idea de que este libro de la literatura universal solo interesa a su público creyente. Lo cierto, sin embargo, es que el abordaje de la exégesis y la hermenéutica bíblicas feministas va más allá de los distintos sistemas de creencias y no está condicionado por ninguno de ellos, de modo que el trabajo de las especialistas puede ofrecer una interesante y necesaria visión de la cultura, pues resulta una inagotable cantera de información[1].

 

Este libro se ocupa de tres mitos bíblicos: el mito de Eva, el mito de Moisés y el del acontecimiento del Paso del Mar Rojo. Una mujer, un varón y un acontecimiento, impregnados todos de interesantes elementos míticos susceptibles de un abordaje no patriarcal, tanto en el sentido deconstructivo como en el reconstructivo.

 

Como queda indicado, mi acercamiento crítico incluye los métodos deconstructivos que se valen de distintas disciplinas, desde la filología y la historia hasta la antropología y la mitocrítica. Pero, además, he añadido diferentes instrumentos metodológicos de la psicología, algunos analíticos y otros hermenéuticos.

 

El objetivo de este libro, por tanto, es mostrar en ejemplos concretos la importancia de un análisis y una interpretación feministas de la Biblia que rompan desde dentro los estereotipos de sexo y género y que diluyan, desde fuera, los prejuicios que vinculan sus historias con interpretaciones cerradas provenientes de distintas creencias religiosas, a fin de allanar los caminos de diálogo y colaboración entre las especialistas en el feminismo bíblico y las especialistas en otras disciplinas del humanismo y las ciencias sociales en la perspectiva feminista.

 

 

LA BIBLIA Y EL FEMINISMO

 

Nadie puede poner en duda, repito, que la Biblia, principalmente como libro religioso y normativo, ha formado parte del tejido de nuestra cultura y que su influencia permanece en capas profundas de la identidad de Occidente. Si toda la cultura gestada y recibida tiene un importantísimo sesgo de género, no es de extrañar que lo tenga la Biblia, cuya marca ha quedado en sus expresiones,

 

desde la ética al derecho, pasando por la filosofía y el arte […]. Hasta el día de hoy el fundamento teológico que ha legitimado la condición de desigualdad de los sexos, en algunos contextos culturales y religiosos, ha estado basado sobre textos bíblicos y sobre la Tradición. Sin embargo, nada más afianzarse los estudios bíblicos, ha quedado claro que la Escritura no puede convertirse en un pretexto que sostenga la represión o la marginación de las mujeres. Podría entenderse, en todo caso, en referencia a algunos textos concretos[2].

 

Y por esta razón, el presente libro comienza con los textos y la figura sobre la que ha estado apoyada, hasta el momento actual, la diferencia de sexo-género convertida en desigualdad. Por tanto, los textos bíblicos no son unos textos más dentro de la historia occidental ni su condición religiosa es tampoco un condicionante entre otros de la historia de las mujeres. Los efectos de una exégesis y una hermenéutica de las historias sobre Eva (y Adán) han sido devastadores para las mujeres y para toda la humanidad en nuestra cultura. Resulta muy difícil recuperar a un personaje como el de Eva, pero las exégetas feministas no podemos renunciar a intentarlo, porque se trata de una figura potente y capaz de empoderar a las mujeres y romper los estereotipos del sistema sexo-género.

 

En la actualidad, cuando las feministas, además de resistir y luchar contra el patriarcado, el machismo ancestral y los neomachismos, continuamos construyendo el objetivo de la igualdad, presente en los comienzos del feminismo, ya sea en la época de la Ilustración o nos remontemos a milenios atrás, este libro aborda el análisis y la recepción de un personaje varón que podría entrar, salvando las distancias, en esa propuesta de «nueva masculinidad» actual. Como podrá comprobarse, el personaje de Moisés no existiría ni podría entenderse sin la impronta de las mujeres. Esto es así hasta el punto de que cuando intenta entrar en el rol culturalmente asignado, su misma historia y el personaje divino lo devuelven a sus orígenes, allí donde las mujeres marcaron su identidad. Unas mujeres que, dicho sea de paso, tampoco se avenían a los estereotipos socioculturales de género.

 

La historia de Occidente contada por la élite del varón blanco vencedor está llena de acontecimientos interpretados en clave religiosa judeocristiana. La hermenéutica religiosa ha legitimado incontables barbaries contra las y los oprimidos y vulnerables de nuestro mundo, ha sesgado el juicio ético y ha oprimido a la humanidad dentro de un marco patriarcal al que ha perpetuado y del que hemos formado parte, acríticamente, hombres y mujeres. Muchas de tales barbaries se han apoyado en textos bíblicos igualmente bárbaros y violentos. Sin embargo, en la Biblia hay historias y acontecimientos que han sido liberadores y se han interpretado como tales por esos mismos grupos oprimidos, principalmente por las mujeres. Léase, sin ir más lejos, la Teología de la Liberación. Un acontecimiento fundacional como es el Éxodo, particularmente el Paso del Mar Rojo, ha sido un pilar religioso y político en la lucha liberadora de pueblos enteros. El análisis de dicho episodio muestra elementos básicos de su construcción literaria y teológica que son propios de las hembras y de lo culturalmente considerado femenino. De este modo, puede entenderse mejor la hermenéutica liberadora y su apropiación por parte de la exégesis feminista. Los elementos propios de las mujeres son universales y son políticos. La metáfora del parto se convierte en un elemento clave de la liberación, pero siempre que las mujeres no permitamos que el patriarcado se apropie de la metáfora, la oculte bajo una supuesta autoridad religiosa o incluso la suprima, como ha sido el caso.

 

Al poner en el centro de este trabajo los elementos míticos de estas historias, propongo la hipótesis de que el mito siempre es susceptible de novedad, por lo que debemos aclarar qué es mito y su relación con la Biblia. Los mitos, en sí mismos, no tienen por qué ser patriarcales, pero sí lo son la interpretación y la recepción de los mismos a lo largo de los siglos.

Tales razones, entre otras, justifican la selección de textos que presenta este libro. Tanto la figura de Eva como la de Moisés, así como el acontecimiento del Paso del Mar Rojo, están atravesados por elementos míticos que son humanos y para la humanidad. Y la perspectiva feminista explora estos ejemplos en la línea deconstructiva y reconstructiva del mito. Por eso, antes de continuar, es preciso aclarar lo que voy a entender por mito.

 

 

MITO Y BIBLIA



Abordar personajes y textos en la perspectiva del mito exige, antes de nada, una suficiente clarificación del concepto de mito, pues este se desenvuelve en un cierto caos teórico proveniente de disciplinas diversas, desde la filosofía hasta la psicología y la religión, pasando por la antropología, entre otras. Podríamos concluir que esta dificultad es en sí misma negativa, un escollo, si tenemos en cuenta nuestra tendencia moderna a definir todos los términos posibles con la máxima precisión, algo que vale para algunas ciencias pero entorpece a otras, al orientarlas peligrosamente de forma unilateral. Qué quiere decir «mito» y cómo lo vamos a entender en el contexto de la Biblia no es tarea fácil, pero lo intentaremos sin cerrarlo ni constreñirlo.

 

Hasta el año 1800 no se comenzó a hablar de mito en el contexto de la exégesis bíblica, y los autores que empleaban el concepto pretendían indicar, sobre todo, que los autores bíblicos se expresaban según las formas de pensamiento y lenguaje de sus contextos, unos contextos muy alejados de los nuestros, en los que se consideraba normal que héroes y dioses intervinieran en la realidad, para bien y para mal. No se tardó mucho en leer e interpretar las Escrituras Sagradas mediante un método racionalista desmitificador, llevando la hermenéutica de acontecimientos y personajes al extremo opuesto, es decir, negando toda posible intervención de seres sobrenaturales. Tuvo que pasar casi un siglo para que la exégesis y la hermenéutica bíblicas situaran en su debido lugar el mito y la historia. El estudio comparado de las religiones facilitó la comprensión de las semejanzas y las diferencias entre los mitos de otras culturas antiguas, incluso del entorno de Israel, y los elementos míticos de la Biblia dentro de la concepción original de la historia que presenta el pueblo israelita a través de sus textos.

 

Platón define el mito como un relato en torno a dioses y héroes. Mito proviene del griego mythos, que, según Aristóteles, se puede entender como fábula, narración, palabra, discurso… Hoy es ampliamente reconocido que el mito es una de las formas narrativas más antiguas, estrechamente relacionado con los símbolos y con los arquetipos, con los ritos y las expresiones orales tales como la poesía, la fábula o las representaciones dramáticas. Algunos de los mejores estudiosos (Northorp Frye, por ejemplo) creen que en la base de los mitos y arquetipos se encuentran pocos y simples componentes, como por ejemplo el ciclo solar relacionado con las estaciones, el número cuatro, etc., que se van conectando con otros elementos del cosmos, de la naturaleza y del ser humano. Y, en el origen, está la pregunta, la necesidad de comprensión de lo que se observa y sucede en la realidad. Es decir, la pregunta por lo desconocido, que acaba siendo la pregunta por el Misterio. En definitiva, como afirma Alonso Schökel, «todavía no tenemos una teoría coherente y suficientemente aceptada sobre el mito[3]» por lo que seguimos tanteando y probando. Con frecuencia, mito, símbolo, arquetipo se confunden, se superponen inadecuadamente, tal vez porque están íntimamente relacionados. El uso popular de «mito» no ayuda a situarlo bien. Estamos habituadas y habituados, decíamos, a regirnos por definiciones, más o menos precisas, y toleramos mal pensar por aproximación y por asociaciones, así como toleramos con dificultad la apertura de los conceptos.

 

La Biblia admite muchos niveles de lectura y uno de ellos, entreverado con el resto, incluye la dimensión mítica, poética, e incluso arquetípica.

 

Estrictamente hablando, en la Biblia encontramos pocos, poquísimos mitos, pero algunos se repiten con variaciones. En ella descubrimos el esfuerzo del pueblo y de los narradores por poner la palabra en forma de relato, y, poéticamente, todas aquellas búsquedas y preguntas que, pese a tales fatigas, permanecen sin respuesta. En este sentido, la Biblia no se diferencia mucho de los empeños puestos por escrito de otros pueblos y culturas, vecinas o lejanas. En efecto, en las narraciones bíblicas encontramos personajes e historias referidos a un mundo fuera de la historia, al ámbito trascendente del Misterio, que afectan a la vida de los seres humanos.

 

Es cierto que hay pocos mitos en la Biblia, pero se observan numerosos mitologemas[4], componentes míticos y alusiones a mitos del entorno incorporados a hechos y narraciones calificadas como históricas, siempre según la historiografía bíblica, pues no ha sido ni es fácil comprender el concepto de historia que maneja la Biblia. No vamos a detenernos en él, pero es importante tener en cuenta esas diferencias entre los relatos bíblicos y los relatos míticos.

 

Los mitos, vamos a recordarlo, sitúan los hechos narrados en un contexto atemporal y deslocalizado. El espacio y el tiempo míticos no coinciden con el espacio y el tiempo históricos. El mito está alejado, por definición, del mundo y de la realidad humana y, no obstante, es un intento de explicar y de acercarse a todo lo humano y natural que desconocemos y tememos. Los relatos bíblicos, sin embargo, se caracterizan por estar localizados en la historia de los humanos, en el tiempo y en el lugar que habita la humanidad. El Dios[5] bíblico, tal como aparece en los textos, interviene en la vida del ser humano entrando en la historia, algo que por regla general no sucede en los mitos. Y, correlativamente, el ser humano solo puede encontrarse con Dios en el lugar en el que este se revela, es decir, prevalentemente, en la historia y en las personas humanas. Es una de las razones por las cuales Israel va transformando los ritos de la naturaleza en ritos de la historia de la salvación o, simplemente, incluyendo la naturaleza en el contexto histórico concreto. El credo religioso, por su parte, queda configurado como un credo histórico que comienza con Abrahán y no con Adán y Eva[6].

Por consiguiente, bajo la denominación de mitos bíblicos patriarcales no nos referimos a relatos estrictamente míticos, a excepción del personaje de Eva en el Génesis que, como veremos, cuenta con peculiaridades que alejan su relato de los mitos auténticos, sino que estaremos hablando de elementos míticos presentes en los relatos, en los personajes y, especialmente, en la recepción cultural de muchos de ellos, recepción que abarca miles de años, pues se producen en épocas diferentes, como muestran los mismos textos bíblicos, y duran hasta nuestros días.

 

Quiero detenerme un momento en la recepción, porque va a ser uno de los aspectos transversales del tema y un instrumento metodológico. Es muy difícil sustraerse a la idea actual y popular de «mito». Si nos fijamos bien, en el uso habitual podemos observar que la idea que prevalece hoy ha invertido los términos. Si el uso técnico del mito funciona de forma deductiva, en el uso actual popular pasa al revés. En la antigüedad, el mito presenta realidades dadas, que están ahí, en el ámbito del Misterio, y el ser humano las acepta, las narra, las celebra y las interpreta. El mito, así, le viene dado, se lo encuentra, por ejemplo, en la naturaleza. Lo que considera sobrenatural se le impone. En la actualidad, sucede al contrario: lo que es normal, histórico, concreto, se convierte (lo convertimos) en un sujeto o un acontecimiento que nos sobrepasa, y al que elevamos, más o menos superficialmente, a un nivel supernatural, alejado de lo normal y cotidiano, cuyo resultado es una especie de mitificación. Es obvio que el ser humano crea los mitos, ya sea a la manera antigua o a la manera contemporánea. Sin embargo, los efectos en la vida humana son diferentes. La creación actual de lo que llamamos «mitos» es interesada, temporalmente delimitada[7] y la mayoría de ellos afecta poco a los humanos. Los que inciden en la realidad no son mitos, sino ideologías, creencias… Actualmente, eso sí, hay sectores interesados en mantener mitos que ya han sido desmitificados, incluso desde antiguo, sin entender lo que significaron y su posible vigencia. Esto sucede a menudo con la Biblia. Como veremos, la figura de Eva, mucho antes de la exégesis histórico-crítica, ya fue desmitificada en los mismos relatos del Génesis, pero el trasfondo mítico, que es bíblico por apropiación y adaptación, se refuerza continuamente a través de una sociedad heteropatriarcal que necesita ideológicamente «Evas», Pandoras y otros tipos míticos de mujeres presentes en el imaginario colectivo. En este imaginario, los mitos siguen siendo fundamentales porque son referentes y sin ellos las mujeres no podremos tener historia, ni memoria ni ancestros ni antepasadas. Antes de la historia, y contemporánea a ella, se encuentran los mitos producto de la humanidad, esa humanidad que somos las mujeres, la mitad, si no más, de lo humano total en lo cuantitativo y en lo cualitativo. La exégesis y la hermenéutica bíblicas críticas feministas en las que yo me sitúo forman parte del feminismo humanista, expresión que es sin duda redundante, pues no concibo el feminismo más que como un humanismo, a mi juicio, el más completo de los humanismos actuales.

 

Conviene matizar, no obstante, que con la recepción de la Biblia sucede que, cuando en lugar de entender e interpretar los relatos y las figuras (sean personajes complejos o estereotipados, sean partes de narraciones marcadas por lo histórico), situamos estos acríticamente en un lugar y en un tiempo míticos, es decir, alejados de lo humano y de sus vicisitudes, en el supuesto ámbito de la trascendencia, estamos recreando y reforzando unos mitos que, en realidad, nunca lo fueron. La desmitificación y la remitificación no han cesado en los más de treinta siglos de recepción de los textos bíblicos.

Vamos a tratar de mitos bíblicos «patriarcales». El sentido de patriarcal no se refiere solo a la denominación de patriarcas que reciben algunos personajes, pues, de hecho, no voy a ocuparme de ninguno de los llamados «patriarcas» bíblicos, sino que tiene que ver, particularmente, con el uso del término «patriarcal» en el feminismo. Mi lectura hermenéutica tratará de desmitificar la dimensión patriarcal de las figuras bíblicas que voy a estudiar, una femenina, otra masculina y un acontecimiento. Por lo tanto, utilizaré el sentido técnico de «mito» en algunas ocasiones y, en otras, al fijarme en los procesos de recepción, me serviré del sentido contemporáneo, digamos, «popular». La interpretación crítica feminista no pretende devaluar, ni mucho menos eliminar, ese tesoro de la humanidad al que llamamos «mito», pero no será una tarea sencilla.

 

Al hablar del contexto cultural de los mitos, especialmente del o de los contextos culturales antiguos, es inevitable relacionarlos con los arquetipos, es decir, las disposiciones psíquicas innatas con las que nacemos como especie humana[8]. Pero no hablaremos propiamente de tales disposiciones, porque ellas solo pueden ser percibidas mediante sus representaciones y estas, a su vez, a través de su configuración[9].

 

Las representaciones arquetípicas aparecen como imágenes, símbolos, ideas, religiones, mitos, rituales… en toda la variedad otorgada por las influencias de las diferentes culturas a lo largo de millares de años. A su vez, estas representaciones arquetípicas las recibimos configuradas en formas y contenidos a través de sus respectivos contextos sociales y culturales.

 

Los arquetipos nos preceden, los «heredamos» como parte esencial de nuestra especie humana a través del inconsciente colectivo, del cual emerge, a su vez, el inconsciente individual.

 

Pongamos como ejemplo ilustrativo el arquetipo divino. Los seres humanos lo percibimos a través de las diferentes representaciones de Dios y de las imágenes divinas, acompañadas de símbolos y de palabras. Pero estas representaciones de la idea de Dios se formalizan mediante contenidos, atributos, religiones, relatos míticos y rituales.

 

En la Biblia, como en otros escritos antiguos religiosos, podemos rastrear algunos arquetipos, y perseguir esos indicios formará parte de este trabajo, sin que, obviamente, sea su centro ni el elemento principal. Trabajaremos con las representaciones y configuraciones de los arquetipos sirviéndonos de los ejemplos elegidos.

 

 

ELEMENTOS METODOLÓGICOS

 

El presente trabajo ha venido forjándose desde hace décadas. En este lapso de tiempo, los focos del feminismo han ido cambiando y sus corrientes se han diversificado y aumentado su complejidad. Los resultados teóricos y prácticos, a mi modo de ver, en unos casos han permitido la evolución del feminismo y en otros lo ha frenado mediante procesos involucionistas escondidos tras la máscara de una supuesta progresía. Esto afecta a los métodos y acercamientos, a los temas y a toda la complejidad actual, pues el feminismo es transversal.

 

En estos momentos se ha agudizado el debate sobre el género por razones que no es pertinente desarrollar aquí[10]. Utilizaré el género como un elemento metodológico útil, pues ha permitido desmontar los esencialismos escondidos detrás de lo femenino y lo masculino, atribuidos frecuente y exclusivamente a los sexos de manera binaria, y nos ha ayudado a entender mejor qué significa ser una mujer determinada y un varón determinado, de manera que el singular nos remite al plural, y viceversa: existen mujeres y varones, no la mujer o el hombre. En concreto, usaré el instrumento analítico del género como lo vienen haciendo la exégesis y la hermenéutica feministas de la Biblia, pero intentando dar algún paso más en la línea de algunas colegas[11]. Durante mucho tiempo las feministas bíblicas nos dedicamos a tareas básicas como rescatar a las numerosas mujeres de la Biblia sacándolas a la luz, y a situarlas  en sus contextos literarios, sociales, culturales y teológicos. Nos hemos dedicado a reconstruir críticamente los escenarios de lectura con la ayuda de las ciencias sociales, antropológicas y arqueológicas, por citar algunos ejemplos. Ninguna de estas perspectivas está acabada, porque las sucesivas investigaciones y los nuevos acercamientos nos llevan siempre más allá. Tampoco podemos renunciar a ellas porque todavía no han llegado a la mayoría de las mujeres y los hombres de la cultura occidental de raíces judeocristianas, y del mundo al que se ha acercado el judeocristianismo con la Biblia. Pero, a la par, intentamos avanzar explorando mundos desconocidos o menos conocidos o todavía predominantemente en manos de los varones[12].

 

Con esto pretendo decir que la exégesis y la hermenéutica bíblicas feministas, situadas en el ámbito de la igualdad, no se detienen en las mujeres de la Biblia. Las lectoras y los lectores de estas páginas verán que los análisis críticos de género afectan tanto a las figuras de las mujeres como a las de los varones en cuanto personajes de historias literarias y significado teológico. Podrán comprobar que si hay mujeres, con nombre o anónimas, que rescatar, también hay un «femenino» de varones que socioculturalmente forma parte de nuestro patrimonio y de las experiencias propias de las hembras, como el parto, que han servido de metáforas potentes para acontecimientos nucleares de la historia bíblica. Lo mismo podríamos decir de lo «masculino» con respecto a diferentes figuras de mujeres.

 

Utilizaré, así mismo, los instrumentos de análisis propios de la exégesis que se refieren a la crítica textual, la filología, la historia antigua y la historia de la recepción, el análisis narrativo, la antropología cultural del Antiguo Oriente Próximo, las religiones comparadas, la arqueología y, particularmente, la hermenéutica bíblica y la hermenéutica psicológica, todas en la perspectiva feminista.



 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

El «mito» de Eva en perspectiva feminista

 

 

 

 

 

Hace varias décadas que estudio la figura bíblica de Eva desde una perspectiva crítica feminista, teniendo en cuenta el trasfondo mítico de los tres primeros capítulos del Génesis que tratan de ella, tanto en la dimensión sincrónica, narrativa, como en la diacrónica, según la historia de las religiones y el contexto de los relatos. Mi interés viene de lejos, de antes de mis estudios de la especialidad en Ciencias Bíblicas. Para entonces, finales de los ochenta del pasado siglo, ya existían publicaciones (libros y artículos) de exégetas feministas sobre esta figura. Recuerdo haber leído, fascinada, algunos de estos escritos para incorporarlos a mi primer libro, que trataba sobre la figura bíblica de María de Nazaret. Esta obra constituye mi primer intento deconstructivo de la figura patriarcal de María, valiéndome de la psicología y de mis, por entonces, todavía escasos conocimientos de la Biblia. Era imposible mirar críticamente a María sin comparar a esta figura, de recepción predominantemente machista, con la de Eva, interpretada de forma no menos patriarcal y sexista. Las primeras lecturas de autoras feministas me abrieron un amplísimo horizonte de investigación. Inmediatamente después de terminar mis estudios de especialidad en la Biblia, en 1991, di un paso más y escribí mi primer libro de exégesis sobre los tres primeros capítulos del Génesis. Con los conocimientos adquiridos y las lecturas de autoras ya de renombre en la perspectiva feminista de aquellos momentos, me embarqué en dicha aventura. De aquel libro, que fue publicado en 1993, considero todavía vigentes muchas de mis intuiciones, y certera la mayor parte de mi trabajo exegético[13]. Aquello solo fue el comienzo. La figura mítica de Eva ha ido entrando y saliendo de mi mundo intelectual y de mis preocupaciones feministas de modo intermitente.

 

Volver cada poco a los textos del Génesis y a la figura de la primera mujer no es fruto solo de un interés personal. Me veo obligada a ello cuando observo la persistencia de una mitificación inadecuada y perjudicial del personaje que no tiene en cuenta, siquiera mínimamente, el texto. Mientras que el estudio de los textos, contextos, influencias, culturas, recepción… avanza sin parar, el estereotipo (que no la representación arquetípica que



 

 

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subyace) apenas si se mueve. Más bien parece difundirse y fijarse en un significado estancado, acumulando tópicos en lugar de irse liberando de ellos, y, aunque a menudo me siento cansada, comprendo que, de momento, Eva no puede desaparecer de mis intereses.

 

Los textos de orígenes que constituyen los primeros capítulos del Génesis obedecen mucho más que otros al sentido técnico del mito. Los dos relatos de la creación sitúan los hechos fuera de la historia. Sin embargo, no se puede hablar sin más de mito. Veremos que en estos relatos el sentido de lo mítico es complejo.

 

Evidentemente, he de partir del texto. Lo abordaré solo en la perspectiva de la figura de la mujer a la que al final del capítulo 3 (Gn 3,20) el varón llama Eva. Tras el análisis del texto me ocuparé del contexto tal y como lo han ido describiendo especialistas feministas y, por último, me ocuparé específicamente del mito y de su recepción.

 

Parto de una narrativa con sentido, a pesar de que Gn 1 y Gn 2-3 pertenecen a tradiciones textuales diferentes y su composición está datada en épocas distintas. El narrador final no solo puso juntos los dos relatos, sino que incluyó elementos suficientes para enlazarlos de un modo secuencial manteniendo sus grandes diferencias. En los relatos distingo tres estadios que iré describiendo someramente.

 

 

HEMBRA (NEQEBAH), MUJER (’ISAH), EVA (HAWAH)

 

 

Primer estadio: la hembra (neqebah)

 

La lengua hebrea distingue entre macho y hembra, varón y mujer. En los primeros relatos del Génesis, que corresponden a los capítulos 1-3, encontramos los cuatro términos perfectamente diferenciados. En el capítulo 1, versículo 27[14], se narra la creación de los humanos. En un solo versículo, el texto hebreo, haciendo uso de las estrategias literarias antiguas de la condensación y la economía narrativas, propias también de los mitos y los símbolos, da cuenta del proceso de creación de los humanos «a imagen de Elohîm». Comienza hablando de lo general indiferenciado (como ha hecho en otras etapas de la creación), el ’adam[15], y repite que «a imagen de Elohîm lo[16] creó», subrayando la igualdad indiferenciada («lo» neutro), y termina con la distinción por sexo, que equivale a la distinción por especie de los seres vivos previamente creados, añadiendo el plural inclusivo. Los términos



 

 

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empleados para hablar de esta distinción son zakar, macho, y neqebah, hembra. Zakar es una palabra que hace alusión a algo puntiagudo, y neqebah alude a algo convexo, centrando los términos en las diferencias sexogenitales. El texto dice «macho y hembra los[17] creó». El narrador, en resumen, propone un primer momento de igualdad y otro posterior de diferencia. La igualdad primera fundamenta la diferencia[18]. El texto no habla de jerarquía, sino tan solo de diferencia. De haber alguna jerarquía, esta debería entenderse de menos a más, de lo imperfecto a lo perfecto, que es el orden de perfeccionamiento evolutivo que ha elegido este relato para contar las diversas etapas de la creación.

 

Las traducciones, frecuentes en la mayoría de las biblias, que sustituyen en Gn 1,27 macho y hembra por hombre y mujer no se atienen al texto. Es más, dificultan mucho que el lector o la lectora perciba la evolución que el narrador quiere ofrecer, en el conjunto de los tres capítulos, sobre la creación de los humanos.

 

En este momento, todo es básico. Son las premisas. Y en ellas no se lee en ningún momento que existan ni jerarquía ni complementariedad[19]. El narrador dice que Elohîm les ordenó: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla». La única realidad que está por debajo de los humanos es la tierra. Dominar o someter la tierra se encuadra en el marco de una creación positiva, evolutiva, progresivamente más compleja y perfecta. El mandato divino se da al macho y a la hembra. En este momento no hay reparto de roles. Los tres mandatos van dirigidos a ambos sin diferencias[20].

 

En el relato siguiente, Gn 2-3, hay un aumento progresivo de la complejidad, pero ya prácticamente solo en relación con los humanos. Es como si el relato de la creación dejara en el trasfondo el escenario, que ya funciona por sí mismo, e hiciera un zoom de primer plano sobre la humanidad para centrarse en ella.

 

 

Segundo estadio: la mujer (’isah)

 

El capítulo 2 comienza con imágenes que parecen regresivas respecto al relato del capítulo 1. Por ejemplo, se habla de una representación divina antropomórfica con manos y boca. Con las manos modela al humano y con la boca le sopla aliento en un gesto de boca a boca. No crea con la palabra, que es un medio más abstracto y evolucionado, como en el capítulo 1, sino con el cuerpo. Utiliza materiales existentes, como la ’adamāh, o tierra. Esta imagen mítica de Yhwh Elohîm es semejante a la de un alfarero, que, de forma muy



 

 

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primitiva, toma el polvo de la tierra, o ’adamāh, y forma con este material al ser humano, el ’adam, un término en el que resuena la ’adamāh, que en una traducción libre sería el «terrícola». Este ’adam, terrícola, es un ser indiferenciado. No es todavía el Adán, varón, con nombre propio. Tan solo un humano, un terrícola que comienza a ser autónomo cuando recibe el soplo de la boca del Dios alfarero. Y con ese aliento el terrícola se convierte en un ser vivo o nephesh hayah. El relato expresa con imágenes gráficas y vivaces la semejanza entre este ser humano y la divinidad. La imagen de una divinidad que crea a los humanos mediante la arcilla ya está presente en mitos de origen del entorno mesopotámico y babilonio. Por tanto, el personaje de Dios no es mítico en sí mismo, pero evoca figuras míticas y mitos del entorno.

 

Este humano es colocado por Yhwh Elohîm en un espacio y un tiempo en los que puede vivir, desarrollarse y realizar una tarea. El mito avanza en el proceso de la creación de los humanos cuando el ’adam indiferenciado no encuentra en ese entorno de vida vegetal y animal alguien semejante. Si observamos, descubrimos que se trata de un escenario de naturaleza. El narrador, entonces, relata en el mismo estilo antropomórfico y gráfico la creación de la diferencia sexual a la que va a añadir la diferencia de género. Como la diferencia sexual (de especie) ya ha sido creada, el narrador de este relato se centra más en la diferencia de género. Es evidente que tal afirmación requiere sus precisiones, pues sería un anacronismo trasladar sin más el complejo concepto actual de «género» a los textos y contextos bíblicos antiguos. Pero, una vez dicho esto, mantenemos la diferencia entre sexo y género en estos textos sobre la base de sus propios contextos narrativos. En Gn 1, las diferencias entre zakar y neqebah se establecían sobre el mismo patrón de diferencias de los seres vivos anteriormente creados. El propósito es creced y multiplicaos, es decir, la reproducción, de modo que las expresiones sexobiológicas expresan muy bien dicho fin. En cambio, la diferenciación de Gn 2, tanto por el cambio de nomenclatura como por el del contexto, avanza sobre la dimensión anterior al mencionar la familia (dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer…), creando un contexto social que más adelante, en Gn 3, se diferenciará también en sus roles. Ya no son solo macho y hembra, sino varón y mujer. Por eso, a mi juicio, puede hablarse ya de género, atribuyendo a las diferencias sexuales biológicas algo fruto de la cultura en una determinada sociedad.

 

La escena de la costilla también ha sido simplificada y narrada, a menudo, sin respetar las afirmaciones básicas del texto. El relato dice que Dios sumió al ’adam en la inconsciencia (sueño profundo) y volvió a trabajar al humano.



 

 

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Esta vez no lo hace con el polvo de la tierra, sino que trabaja con el cuerpo del terrícola. Y de la sela’, que es una palabra que puede significar costado, seno o costilla, formó a la mujer. Da que pensar que de los tres significados de la palabra, las traducciones y la divulgación del texto hayan elegido, precisamente, «costilla», que es el significado menos afectado por la diferencia sexual. Los dos primeros evocarían el cuerpo de una hembra, mientras que el tercero sería indistinto y muy apropiado si la interpretación del conjunto va a ser androcéntrica y patriarcal.

 

Veámoslo despacio. Yhwh Elohîm, en un monólogo interior, se dice que no es bueno que el ser humano (el ’adam genérico) esté solo y decide darle una ayuda que le esté enfrente (’ezer kenegdô)[21]. En esta frase, el narrador subraya la intención divina de crear la diferencia en la igualdad. Es preciso subrayarlo: la igualdad ya está asentada. Por eso puede crearse la diferencia, pero esta afirmación solo puede entenderse si se hace una lectura secuencial y no atomizada y aislada de cada uno de los dos relatos. La carencia percibida por Dios («no es bueno que el humano esté solo; voy a hacerle una ayuda que le esté enfrente») no es una carencia banal, sino vital. La ayuda (’ezer) no se refiere a lo complementario en primer término, sino a algo sin lo cual la vida sería inviable. El relato mítico se refiere a la relación y, como veremos, a una relación paritaria. Siempre en contexto patriarcal, como sugiere el término «ayuda». Usa una palabra que la Biblia hebrea utiliza cuando alguien pide ayuda a Dios en situaciones desesperadas. El objeto de la ’ezer en la Biblia siempre es Dios. El texto, por lo tanto, tampoco habla aquí de jerarquía.

 

Las ideas patriarcales preconcebidas han leído las menciones del ’adam en masculino confundiéndolo con el varón original, llegando a acuñarse a fuego la creencia de que al principio fue el hombre, es decir, el varón. Al menos, según la Biblia. Ya hemos visto que esto es falso en el final del relato primero de la creación. ¿Se puede decir lo mismo de esta segunda narración? Podemos afirmar, cuando menos, teniendo en cuenta el texto hebreo, que la identidad de género del ’adam no es clara, sino ambigua[22]. Ciertamente, el mito podría hablar del ser humano en general utilizando la imagen del varón. Pero si fuera el caso, la escena en la que Yhwh Elohîm trabaja el cuerpo del humano mientras está inconsciente chocaría muchísimo con un cuerpo de varón.

 

Los términos y la secuencia de la escena sugieren que el cuerpo del que se va a formar la mujer es un cuerpo de hembra. La imagen del Dios alfarero deja paso en este momento a una imagen que sugiere un Dios partera.



 

 

 

 

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Lo siguiente que leemos es que este Yhwh Elohîm presenta la mujer (el narrador la nombra como ’issah, inequívocamente, «mujer») al ’adam. Y en esta presentación, el narrador dice que el ’adam reacciona ante ella con la exclamación: «Esta sí es hueso de mis huesos y carne y de mi carne». En esta frase difícilmente podríamos seguir manteniendo la afirmación de que este ’adam sea el humano genérico o indiferenciado. Ahora, ante la ’issah, el humano es un varón. A partir de este momento, cuando se nombre al ’adam el lector debe leer varón.

 

La exclamación del varón ante la mujer tiene dos partes. La primera, «esta sí es…», supone un claro reconocimiento de la semejanza entre ambos. Son de la misma especie. Esta mujer no es como los otros seres vivos, sino que se parece a sí mismo. Es un reconocimiento en espejo. Los psicólogos actuales hablan de un estadio del desarrollo humano en los niños y niñas en el que la identidad se va formando a medida que se va reconociendo, parcial y totalmente; para ello se toman a sí mismos como punto de referencia. Así, la niña o el niño se van reconociendo en todo lo que se les parece («como yo», «no es como yo», etc.). Los demás (y el espejo material) son una ocasión para dicho reconocimiento. O sea, que todavía no se reconoce al «otro» como otro, porque primero debe reconocerse a sí mismo como alguien diferenciado. En este estadio, los pequeños van construyendo la semejanza y la diferencia. En el texto mítico de orígenes, que es el relato de la creación de los humanos, hay reminiscencias de este estadio evolutivo. El varón descubre antes que nada que la mujer es como él y lo hace tomándose como punto de referencia. La expresión «hueso de mis huesos, carne de mi carne» se refiere en la Biblia a la pertenencia a un mismo pueblo, a una misma raza, a un mismo clan. Se utiliza para hablar de lo propio frente a lo ajeno, de lo semejante ante lo diferente (por ejemplo, otras naciones, otras razas, otros pueblos). En el relato del Génesis, esta frase pone el acento en la identidad de especie. Son iguales entre sí y distintos de los animales y otros seres vivos del jardín. Forman parte de la naturaleza, pero no son solo naturaleza.

 

La segunda frase dice:

 

a esta se la llamará varona (’issah),

 

porque del varón (’ish) ha sido tomada esta.

 

El texto hebreo usa un juego de palabras entre ’ish e ’issah sobre la base de su parecido fonético. Puesto que la mayoría del pueblo hebreo era analfabeta, el texto escrito de la Biblia tenía en cuenta a sus destinatarios oyentes. Los pueblos y culturas antiguos, además, tenían y mantenían una tradición oral en



 

 

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la que los significados se transmitían a menudo por el efecto fonético de las palabras. En el caso que nos ocupa, los oyentes, hombres y mujeres de todas las edades, escuchaban el parecido de sonidos entre ’ish e ’issah, que refuerza la semejanza, la misma pertenencia a lo humano, en la diferencia de los géneros (varón, mujer). Por eso, hay algunas traducciones de la Biblia al castellano que traducen varón-varona[23].

 

La frase del texto, sin embargo, no es «inocente». La parte en la que el varón explica la procedencia de varona es irónica, pero también equívoca, hasta el punto de que ha sido entendida, en su propio mundo y hasta hoy en las sociedades influidas por la tradición cultural y religiosa judeocristiana, como el puntal del patriarcado. La interpretación y la recepción de esta segunda parte de la frase ha sido desconectada de la primera y aislada de la frase completa, separándola de las frases anteriores, tratándola como si fuera ajena a toda la escena.

 

La frase es irónica porque juega con la semejanza de las palabras que incide en la semejanza de los humanos, a la par que juega con la parte narcisista del varón que, del mismo modo que se ha convertido en punto de referencia para identificar la semejanza de la mujer consigo mismo, se convierte en punto de referencia del género al justificar esa semejanza tomándose como referente[24]. Lo irónico es que, aunque las palabras suenan parecidas y el nombre de la mujer parece el femenino de varón porque tiene la desinencia del femenino gramatical, los términos no tienen la misma etimología. ’Ish e ’issah, en efecto, no proceden de la misma raíz; ’issah no es el femenino de ’ish, aunque suene como si lo fuera[25]. Quien lee el texto y lo entiende, lo sabe. Quien lo escucha puede saberlo o no, pero lo primero que percibe es la semejanza que alcanza, cada vez, un nivel más preciso y perfecto. Recordemos la relación de semejanza y diferencia de nivel entre ’adamāh (tierra) y ’adam (terrícola)[26], la relación de semejanza entre «hueso de mis huesos y carne de mi carne…» y la relación de semejanza entre ’ish e ’issah. La ironía está no solo en que los términos tienen distinta etimología, sino en que el varón invierte el proceso. Tendría que haber dicho, de acuerdo con la lógica de la semejanza fonética, que el ’ish viene de la ’issah, como el ’adam de la ’adamāh[27]. Pero lo hace al contrario, en un intento patriarcal de justificar la semejanza y la diferencia colocándose en el mejor lugar: el lugar del referente. Y, desde luego, el lugar del hablante, portador de la palabra.

 

Pero todavía hay más. El varón dice que la varona ha sido tomada del ’ish, pero el oyente o el lector ha escuchado en la narración que la mujer ha sido tomada del ’adam cuando este todavía no era un varón. Y tampoco esto sería



 

 

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correcto, pues la mujer no ha sido tomada de ninguna parte, sino «construida» por Yhwh Elohîm a partir de una parte del cuerpo inconsciente del humano genérico.

 

Recapitulemos:

 

Primero: ’adam de la ’adamāh

 

Segundo: Hueso de mis huesos

 

Carne de mi carne

 

Varona de varón

 

en unos versículos que están expresados en forma poética, con el demostrativo «esta» al principio y al final, formando una inclusión.

 

De una lectura superficial podría deducirse que, sea como sea, es el varón el que nombra a su partner llamándola ’issah. Pero otra vez nos equivocaríamos, porque el primero que la ha nombrado así es el narrador, detrás del cual están el autor material del texto y las tradiciones que han sido recibidas y probablemente modificadas en un ámbito social patriarcal.

 

Pues bien, toda esta serie de equívocos entre el humano genérico, el varón, la relación entre los géneros…, que son explicables en textos antiguos de trasfondos míticos, entre cuyas leyes literarias se encuentra la ley de la condensación, ha sido utilizada hasta hoy como uno de los pilares culturales y religiosos del patriarcado occidental para legitimar la sumisión de las mujeres a los hombres y para apoyar la supuesta secundariedad (jerárquicamente inferior) de su condición humana. La exégesis crítica feminista ha trabajado sobre este texto, sobre las traducciones, sobre la historia de la recepción, desde hace décadas, pero estos trabajos son prácticamente desconocidos, y donde se conocen, son rechazados o ignorados, de forma que todavía quedan vigentes conclusiones sobre la complementariedad de hombres y mujeres en función del género (ni siquiera del sexo), cosa que, hasta el momento, ni afirman los textos ni puede deducirse de ellos sin forzar mucho (tergiversar) su sentido. La interpretación actual más crítica, pero ignorante, en lugar de centrarse en el proceso de recepción sexista y patriarcal, sigue «culpando» inadecuadamente a los textos y narraciones bíblicos.

 

Hay un dato claro en el texto: el varón reconoce la semejanza de la mujer partiendo de sí mismo. ¿Es patriarcal? Cierto. Cuando menos, es claramente androcéntrico. El narrador podría haber cambiado el género y haber hecho que fuera la mujer quien reconociera al varón en esos términos de semejanza. Es claro que el trasfondo y el contexto son patriarcales, algo con lo que hay que contar, como es patriarcal y androcéntrico el contexto de la mayor parte de los mitos de origen, pese a sus variaciones. El relato refleja el patriarcado



 

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del que proviene. No obstante, ser un texto de contexto patriarcal y de contenido androcéntrico no convierte estos rasgos en prescriptivos ni normativos. Hacerlo supone ya una interpretación. Cuando una determinada interpretación es duradera y se vuelve normativa, debo repetirlo, hay que seguirle la pista al proceso de recepción.

 

Con este panorama delante es fácil que los versículos que continúan en esta escena, posteriormente introducidos, o sea, interpolados, según el acuerdo de los expertos, se hayan usado para apuntalar la interpretación patriarcal.

 

Lo que sigue está expresado como una deducción conclusiva de todo el proceso anterior: «Por eso, dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se convertirán en una carne sola» (Gn 2,25).

 

Resulta curioso y significativo que la mayoría de la gente entienda como algo normal lo que expresa la primera parte de la frase: que es el varón el que deja a su padre y a su madre, en lugar de ser la mujer la que abandona su familia. No era habitual en el contexto cultural semita de estos relatos. Tampoco era lo usual en el contexto de recepción en el que se leen y escuchan estos versos. Lo normal en el contexto bíblico era que la mujer dejara a su familia para formar parte de la familia del marido, ya que los usos eran los del matrimonio patrilineal, como también lo eran en la mayoría de las culturas y las épocas, casi hasta hoy (con excepciones). Que este versículo hable de tradición matrilineal cuando menos da que pensar.

 

No podemos dejar de preguntarnos qué sucede para que estas obviedades del texto pasen inadvertidas y se den por buenas sus tergiversaciones. Hoy tienen respuesta para este fenómeno la psicología, la sociología, la antropología cultural… Podríamos resumirla hablando de la fuerza de las creencias o de los supuestos culturales o de la compleja relación entre la realidad y las teorías implícitas o «a prioris» del pensamiento. Más aún: ¿qué razón hay para que el marco patriarcal de la semejanza, cuya autorreferencia es el varón, haya sido normativo y en cambio no lo haya sido de igual manera la matrilinealidad del verso posterior?

 

Es evidente que estas dos frases del versículo 25 refieren la diferencia de los géneros a las relaciones sexuales o, mejor, a la institución matrimonial-familiar, cuyo objetivo es la fecundidad, la procreación. En ella aparecen implicados los dos humanos. Todo esto ya está dicho de otra forma en el capítulo 1, pero aquí ha tenido un desarrollo complejo y rico, aunque no terminado.



 

 

 

 

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No es casual que hayamos pasado del «macho-hembra», sexual biológico, al «varón-mujer (varona)», del género. Lo hacemos al hilo del texto y de su contexto. No olvidemos que en el capítulo 1 el narrador describe la creación de los humanos, antes de nada, en el nivel de la especie: «Creced y multiplicaos». En cambio, el narrador del segundo relato sitúa el surgimiento de la diversidad humana en un contexto social, «familiar» («por eso, dejará el varón a su madre…»). Estos diferentes contextos narrativos, respetados por el redactor final, diferencian los dos ámbitos. Ciertamente, recordamos que no podemos aplicar inmediatamente el concepto de género actual al concepto del redactor-autor del texto antiguo, pero es completamente legítimo señalar las diferencias con la precisión del vocabulario empleado por cada tradición textual.

 

En conclusión, ya tenemos a una neqebah y a una ’issah, es decir, a un ser humano hembra de género femenino. Esta mujer no tiene todavía un nombre. El proceso de autonomía de los humanos ha dado un paso adelante, pero no está ni mucho menos acabado.

 

 

Tercer estadio: Eva (Hawah)

 

El nombre propio de la mujer se hará esperar. Hasta el momento, en el segundo relato de la creación tenemos el genérico humano o ’adam indiferenciado. Tenemos, también, a los humanos en su diferencia sexual y de género, la ’issah y el ’ish. La lectura hecha en retrospectiva y simplificada habla de Eva cuando se refiere a este texto, sin respetar el proceso narrativo que termina en el nombre. En este momento todavía es la ’issah, la mujer. Antes de tener el nombre propio, la recién creada «varona» es colocada ante un desafío en el que se va a jugar mucho como sujeto de pensamiento, palabra y acción y como representante de lo humano. Por desgracia, la escena del capítulo 3 del Génesis está sumamente contaminada de prejuicios. Ha sido llamada «la caída» y, pese a todos los estudios bíblicos críticos, en las traducciones se la sigue llamando así hasta el momento presente. El título de «la caída», que pretende ser un sumario condensado del contenido, no responde al relato, sino al texto de Pablo en la carta a los Romanos (Rom 5) que interpreta la escena como caída para hablar de una nueva creación en la que Jesucristo es el nuevo Adán que desplaza al Adán primero, al que considera, como representante de la humanidad, introductor del pecado en el mundo. Se trata de una interpretación «cristiana», que ha tenido consecuencias nefastas en la antropología del cristianismo. Sus efectos



 

 

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negativos sobre la condición humana llegan hasta hoy. Pero volvamos a nuestro texto que, de acuerdo con su contexto y con lo que se cuenta en él, no podría titularse narrativamente «la caída».

 

Entrar en la escena implica tener en cuenta, aunque sea brevísimamente, que en el capítulo 2 la divinidad había ejercido su autoridad mediante un permiso y una prohibición. Esta divinidad permite a los humanos comer de todos los árboles del jardín, pero no del árbol que está en el centro y al que se llama el árbol del conocer el bien y el mal[28], que es equivalente a nombrar un conocimiento diferenciado. La alusión a este árbol evoca arquetipos, mitos y símbolos presentes en el entorno cultural y reimaginados por el pueblo hebreo.

 

Por su lado, permisión-prohibición es un binomio que forma parte del desarrollo de los humanos. Permitir-prohibir son las primeras leyes que recibimos y que percibimos como tales. En los primeros estadios de la evolución, estas leyes suelen ser simples, deben ser claras, y los niños y niñas pequeños no necesitan muchas razones, sino más bien que se les advierta de las consecuencias de cumplir con los mandatos o de transgredir las prohibiciones. Se trata básicamente de poner límites a la omnipotencia infantil para que emerja un yo sano. El estadio del razonamiento llegará después. Pues bien, en el capítulo 2 del Génesis tenemos algo parecido: una autoridad, la divina, que permite y prohíbe claramente, sin dar razones, pero señalando las consecuencias de la transgresión de la prohibición: «Si coméis del árbol del conocer el bien y el mal moriréis sin remedio».

 

La prohibición es clara y contundente. Pero tiene un truco: no es reversible. La autoridad divina no dice «pero si no coméis viviréis para siempre». El truco reside en que quien oye la transgresión y sus consecuencias da por supuesta la reversibilidad, de forma que optar por obedecer o transgredir tiene consecuencias de largo alcance sobre la cualidad de la vida. El foco de la cuestión está, aparentemente, en el vivir o no vivir para siempre, aunque el texto no lo dice. El mito pone este dilema en relación directa con la incorporación (comer) del conocer el «bien-mal», que es una manera poética de hablar del conocimiento de la realidad en su sentido total, general, como indica la figura literaria del «merismo», por la que se menciona una dimensión completa nombrando solo sus extremos («de pies a cabeza», «como la noche y el día», etc.). Decir que es el conocer el «bien-mal» no se refiere en primera instancia a un conocimiento moral, sino a un conocimiento diferenciado de la realidad, de la vida. Esta expresión es propia de la tradición sapiencial de la Biblia. Tampoco hay que olvidar que en la Biblia el



 

 

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conocimiento o la sabiduría no equivale al conocimiento racional, sino al conocimiento completo, que implica la experiencia. En esto, algunos pueblos semitas se diferencian del helenismo. El relato introduce elementos del inconsciente colectivo presentes en todas las culturas en forma de oposición: bien-mal, muerte-vida, conocimiento-ignorancia, inconsciencia-consciencia…, y preguntas y anhelos propios de la humanidad: el deseo de inmortalidad, el deseo de ser como dioses, el desafío a la divinidad (recuérdese Prometeo)…

 

Ya tenemos otro par con el que hay que contar: la vida y el conocimiento diferenciado (total, experiencial). Ambos andan unidos. La prohibición divina atañe a estos dos datos. En la escena del capítulo 3 se va a dilucidar lo que ocurre con este dilema en relación con los humanos. La protagonista es la mujer, pero el narrador hace que la serpiente le hable utilizando el dual (una forma arcaica de plural), de forma que la considera representante de lo humano. Cuando hablemos del trasfondo mítico veremos que hay una explicación para este interesante fenómeno.

 

Veamos la secuencia narrativa: el narrador comienza diciendo que los humanos estaban desnudos sin avergonzarse, y en seguida describe a la serpiente. Su principal característica, dice, es la astucia. El narrador vuelve a jugar con la semejanza fonética entre dos palabras, «desnudez» y «astucia», para que los y las oyentes presten atención y las relacionen. Y es que esa astucia será la herramienta de la serpiente en su diálogo con la mujer (es una serpiente parlante). Hablan ella y la mujer, las dos grandes protagonistas del episodio (más adelante veremos por qué son ellas las protagonistas en el mito). Hablan de Yhwh Elohîm. De lo que ha dicho y lo que ha querido decir. Las dos interlocutoras dialogan intentando interpretar cada una las palabras de la autoridad (la divinidad), concretamente, la prohibición. La serpiente atribuye intenciones a Dios que no han aparecido en ningún momento en estos relatos y juega con la verdad de lo dicho y con las posibilidades de lo no dicho. Asegura que eso de que si comen morirán del todo no es cierto. Juega, por tanto, con el supuesto de lo no dicho en la prohibición de Yhwh Elohîm. Cuando la serpiente dice sobre Dios que «sabe que si coméis del árbol del conocer el “bien-mal” seréis como dioses», no miente, como se verá después; pero su interpretación tergiversa sutilmente las palabras divinas. Duda, sospecha sobre las buenas intenciones de la divinidad acerca de los humanos y deja entrever un Dios celoso de las posibilidades de los humanos[29], pues se guarda información para tenerlos sometidos. Y, en efecto, siembra la duda en la mujer y acrecienta en los humanos el deseo de vivir para siempre. La duda



 

 

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aparece ligada a la curiosidad y al deseo de conocimiento de la mujer: «Vio el fruto del árbol, que era agradable a la vista y apetecible para adquirir sabiduría». La mujer desea incorporar el conocimiento (la inteligencia experiencial o sabiduría) y con él quiere la prerrogativa de vivir sin límites, pues supone que la prohibición es reversible. La serpiente se ha encargado de reforzar ese supuesto[30].

 

Esta escena es muy importante en el mito sobre el desarrollo de lo humano, pues, entre otras cosas, introduce un escenario de libertad que prepara la condición histórica de los humanos. Que la prohibición sea reversible o no, de hecho, es menos importante que la creencia de que lo es. La idea de que existen dos opciones permite que la mujer pueda elegir y, por ello, que pueda ejercer, por primera vez, su libertad. El responsable último es, sin duda, Yhwh Elohîm, que ha expresado su prohibición con la suficiente apertura como para suscitar duda, discernimiento, supuesto… espacio de libertad, en definitiva. Uno de los objetivos de este relato, con tantos elementos míticos, es dar cuenta de la mortalidad de la especie humana, y la narración indica que esa mortalidad acarrea capacidades y responsabilidades. Es una narración que permite asistir a otro paso fundamental en la adquisición de la autonomía humana. La divinidad del Génesis, desde el capítulo 1, de diferentes maneras, ha impulsado esta autonomía, por eso resultaría contradictorio y extraño que ahora, cuando las capacidades están a punto, impidiera que los humanos fueran libres y autónomos[31]. El relato, además, es solo el primer paso en este sentido, por lo que hay que seguir todo el proceso hasta el final.

 

La serpiente tiene razón al informar a la mujer de que Dios no le ha dicho todo. En ese momento entran en juego capacidades nuevas: la curiosidad, el deseo, la duda, el discernimiento, las opciones, la posibilidad de elegir, la posibilidad de decidir. Repito: el ámbito de la libertad. Esta libertad se ejerce cuando la mujer elige y actúa, es decir, cuando transgrede. La interpretación de que se trata de un pecado es ajena al texto. El término pecado no es utilizado hasta el capítulo 4, en el contexto de la violencia y el asesinato de Abel a manos de su hermano Caín, y tiene lugar en un escenario histórico, no natural ni atemporal.

 

Está claro que, en la perspectiva narrativa, la serpiente cumple una función múltiple: anticipa para el lector el poder del conocer (ella, antes que la mujer), la capacidad para manipular la realidad y para inducir y transformar esa realidad. Introduce las cuestiones e interpretaciones propias del enigma y hace de la existencia humana, además, un enigma que solo es posible



 

 

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descifrar a medida que se va viviendo, que se toman opciones, se experimenta y se descubre la finitud y la mortalidad. El lector o lectora espera que algo importante cambie cuando los humanos hayan comido del fruto del árbol. Sabe que tienen en su mano un poder. La palabra astuta de la serpiente abre una alternativa a la conciencia humana preparando la opción de la mujer. La prohibición de Dios, recordemos, está orientada en una dirección: comer → morir. Pero no se muestra reversible: no comer → vivir[32]. La función de la serpiente es introducir otra posibilidad: no morir → ser como dioses, conocedores del «bien-mal», mostrando la libertad que es el espacio humano adecuado para tomar decisiones. El mito enlaza la curiosidad y el deseo con ese espacio de libertad.

 

La mujer pasa a la acción después de experimentar ese proceso complejo y actúa de acuerdo con la decisión tomada: come (esta acción ya la realiza en primera persona del femenino singular) y da de comer al varón. La ’issah come y da de comer al ’ish. En ese momento, dice el texto, se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos y se avergonzaron. La incorporación del conocimiento cambia en ellos la percepción de la realidad, comenzando por la percepción de su desnudez. Generalmente se ha interpretado esta conciencia de la desnudez ante el otro como el pudor de la diferencia sexual. Sin excluir esta dimensión, el relato indica un sentido más global, pues la desnudez estaba relacionada en este contexto cultural, antes que nada, con la percepción de la propia vulnerabilidad. Es la primera manifestación de la conciencia de la condición mortal. Es el distanciamiento progresivo de la omnipotencia infantil o inmadura (en sentido evolutivo), esa omnipotencia que suele ir acompañada de certezas y creencias, como la propia invulnerabilidad, por ejemplo.

 

El mito es muy rico cuando se descomprimen los aspectos condensados, que son muchos. Protegerse el uno de la otra y la otra del uno es adquirir conocimiento de la dimensión amenazadora de los demás, provocado por la proyección del sentimiento de vulnerabilidad. La adquisición del conocer «bien-mal» implica conocer los límites, sobre todo el gran límite de la mortalidad. Curiosamente, el narrador informará más adelante de que Yhwh Elohîm se da cuenta de que son como dioses, conocedores del «bien-mal». La semejanza, no obstante, no equivale a la identidad.

En este momento conviene recordar que, a pesar de que este segundo relato de la creación (Gn 2-3) procede de una fuente documental distinta de Gn 1, tiene en común con el primero, entre otras cosas, una evolución que va de lo menos complejo a lo más complejo, y de menor perfección a mayor



 

 

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perfección. Decir en este contexto que la libertad es imperfecta, que su uso disminuye la humanidad del ’ish y de la ’issah, suena, desde el punto de vista narrativo, disparatado.

 

El relato tiene una característica interesante: cuando se nombra a Dios se suprime el nombre de Yhwh, y no por casualidad.

Las escenas siguientes narran que Yhwh Elohîm (vuelven los dos nombres) pide cuenta a los humanos de sus actos. Primero al varón, luego a la mujer. No les pregunta lo mismo, pero quiere que ambos den cuenta de la transgresión. El proceso de desarrollo de la libertad y la autonomía sigue su curso. La libertad conlleva la responsabilidad, y esta supone asumir la decisión, la acción y sus consecuencias. El interrogatorio divino a los humanos restablece las distancias entre la autoridad y quienes están bajo ella. Por primera vez, los humanos establecen contacto directo con la divinidad. Nótese que Dios no lanza rayos y truenos para castigar la transgresión de los humanos, sino que se limita a preguntarles. Esta parte adopta en cierto modo la forma literaria del rîb o interrogatorio judicial, que es un derecho del que gozan quienes han transgredido antes de ser acusados y, en su caso, condenados.

 

Dios pregunta al varón dónde está y el varón le responde que se ha escondido porque está desnudo, a lo que Dios contesta con otra pregunta: «¿Quién te ha dicho que estabas desnudo?, ¿acaso has comido del árbol del que te prohibí comer?», y el varón responde que la mujer le dio del fruto y él comió. La pregunta divina contiene información interesante para el personaje y lector/a, pues le devuelve al varón su paso de la inconsciencia a la consciencia: no sabías que estabas desnudo y ahora lo sabes y lo sabes por alguien que ha hecho posible ese paso. La segunda pregunta concreta la primera y, como ella, es portadora de información: ese paso de la inconsciencia a la consciencia solo es posible si has comido del árbol del conocimiento. El varón, según el relato, no miente cuando responde. Sin embargo, no asume su responsabilidad, sino que se parapeta en la acción inicial de la mujer. Cuando Dios pregunta a la mujer, le dice «¿por qué has hecho esto?», a lo que ella responde «la serpiente me engañó y comí». Si comparamos las preguntas y respuestas encontraremos cosas interesantes. Las preguntas, como acabamos de ver, dicen mucho. La que se refiere a los hechos se la hace Dios a la mujer. La trata, por lo tanto, como sujeto con capacidad de decisión, de elección, de actuación y de responsabilidad, pues le pide que le dé razón de sus actos. Las preguntas al varón son diferentes, menos directas, aunque no por eso deja de considerar al varón responsable.



 

 

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Pero, de todas formas, el mito hace recaer los rasgos definitorios de lo humano sobre la mujer, más incluso que sobre el varón.

 

También es interesante señalar que Yhwh Elohîm no pregunta a los dos a la vez, sino que distingue a uno y a otra como seres autónomos y no como a un colectivo[33]. Esto normalmente tiende a omitirse cuando se intenta justificar con este relato que los humanos, como género, son complementarios y que la humanidad solo es completa si están los dos juntos, o sea, vinculados desde el punto de vista del género. El texto no da pie para tal interpretación[34]. Más bien al contrario: si son interrogados por separado es porque Dios considera a cada uno humano del todo. Aquí no se contempla la acción desde el punto de vista del género, sino desde la condición de humanidad que corresponde a cada uno. Que pida responsabilidad directa a la mujer es acorde con el relato, pues ella es la que ha tomado la decisión y ha actuado en consecuencia. De esta iniciativa divina se desprenden inferencias de enorme importancia para la condición humana, en su representación de mujer, como digna y sujeto responsable. No puede menos que sorprender la tergiversación de la recepción predominante que ha dado la vuelta a esta inferencia hasta llegar a considerar al ser humano mujer como una perpetua menor.

 

Detrás de la mujer va la serpiente y Dios la culpa y la castiga por su engaño. La dureza y la saña de la condena extraña mucho, pues, a fin de cuentas, es una criatura y situada en una escala inferior a los humanos. Esta dureza da que pensar. ¿Qué pasa con la serpiente para que Dios la trate de este modo? Responderemos a esta cuestión, pero adelantamos que se trata de otra figura mítica.

 

Al interrogatorio le sucede la sanción. Lo que Yhwh Elohîm dice al hombre y a la mujer siempre se ha entendido como un castigo. El relato da a entender que es consecuencia de la transgresión, pero en el texto solo existe relación directa de causa-efecto entre lo que ha hecho la serpiente y la condena de Dios[35]. El narrador sigue de este modo: «Y dijo a la mujer: multiplicaré los trabajos de tu embarazo…». Cuando se dirige al hombre, sin embargo, vuelve a aparecer la partícula que une la transgresión a la sanción, explicitando el vínculo: «por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer…».

 

Una de las interpretaciones plausibles es leer la escena, como quedaba apuntado, según el esquema del rîb: interrogatorio, juicio, sanción. Faltaría el juicio, pero la sanción lo supone. Hay otra interpretación, también plausible, menos simple, pero más acorde con el conjunto del relato. Se trata de unir la



 

 

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«sanción» al hecho, pero no por la acción de comer, sino por tratarse del fruto del árbol del conocer el «bien-mal», por las consecuencias de ese conocimiento y como consecuencia, también, del hecho de saberse desnudos. La «sanción», a partir de esta interpretación, no es otra cosa que el reparto de roles. Si lo miramos en retrospectiva y de forma socialmente contextualizada, como hacen muchos especialistas, lo entenderemos mejor. Sabemos que este tipo de relatos míticos quieren, entre otras cosas, dar razón de la realidad. Pues bien, la realidad de los humanos iguales, pero diferenciados, es el reparto de roles, algo que se entiende mucho mejor poniendo los ojos en la capacidad generativa de las mujeres. Es plausible que esta sanción sea un modo de dar razón de los roles diferentes que corresponden a los hombres y a las mujeres en la sociedad en la que nacieron estos mitos y que, como decimos, tiene lugar en un contexto patriarcal.

 

En las palabras de Dios a la mujer, sin embargo, hay una frase que ha sido interpretada interesadamente contra las mujeres y como legitimación del patriarcado. La traducción de casi todas las biblias en, prácticamente, todos los idiomas es: «Tu deseo tenderá a tu hombre y él te dominará». Así leída y traducida, la frase coloca al hombre por encima de la mujer en un extraño juego con el deseo. Al pie de la letra, como frase normativa y performativa, se basta y se sobra para instaurar el patriarcado. Pero ¿eso es lo que dice el texto?, ¿entra en el reparto de roles?

 

La frase ha sido objeto de numerosos análisis por parte de especialistas, mujeres y hombres. La primera parte relativa al deseo es clara y acorde con el reparto de roles, pues a la mujer se le asigna la función procreadora y, en la escena del árbol, el texto menciona su deseo y su curiosidad por el fruto del árbol del conocer. Sin embargo, la segunda parte no tiene sentido ni en el contexto inmediato ni en el mediato. La traducción habitual une el deseo sexual de la mujer al varón con el dominio de este sobre la mujer. El problema está en el verbo mšl que la práctica totalidad de las biblias traduce por dominar. El verbo mšl, sin embargo, tiene tres significados y la elección de uno de ellos depende del contexto en el que sea utilizado. Significa en primer lugar ejercer dominio sobre, en segundo término es burlarse de y por último también significa ser igual a, ser como. El contexto excluye, por incongruente, el segundo significado, «burlarse de». Y las traducciones, de entre los otros dos sentidos, eligen el primero en lugar del tercero. Esta elección resulta extraña porque el contexto no habla de jerarquías entre los humanos. No hay nada que justifique narrativamente este salto de sentido en las relaciones de los humanos. En cambio, el tercer significado concuerda con



 

 

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el deseo divino de crear a otro ser humano que le «esté enfrente». Si elegimos el tercer significado, la traducción de la frase quedaría de este modo: «A tu ’ish irá tu deseo y él será igual contigo (a ti)». En traducción libre sería: «Tu deseo tenderá a tu hombre y el suyo tenderá a ti». Esta traducción[36] es congruente con todo el relato y con la igualdad básica de los humanos que se ha ido mostrando desde el capítulo 1.

 

No es difícil imaginar las razones de la elección del primer significado en un contexto patriarcal que tiene a mano un verbo que sirve perfectamente a sus intereses. La ideología sexista e impositiva se advierte históricamente en la carga emotiva, e incluso visceral, con la que se suele aludir a este texto para justificar la primacía del varón sobre la mujer argumentando que es la «voluntad de Dios» y así lo dicta su palabra… desde el principio.

Lo humano genérico y los roles repartidos por género se entrecruzan. Del mismo modo que en las palabras divinas a la mujer hay una parte que es propia de las mujeres y otra, la del deseo o atractivo sexual, que es recíproca y afecta a ambos, en las palabras siguientes dirigidas al varón hay una parte que se refiere al rol de género relativo a la labranza de la tierra y otra a su destino que, aunque se le diga a él, afecta igualmente a la mujer. Cuando Dios le dice que volverá al polvo del que ha sido tomado, ¿acaso la mujer no está implícitamente incluida?, ¿acaso ella no va a morir ni va a quedar reducida al polvo?, ¿no hay una dimensión humana, la primera y básica, que fue la que Yhwh Elohîm creó de la arcilla con sus manos?

 

El mito, así, narra lo humano en sus aspectos básicos en un juego constante de igualdad y diferencia. Si se quieren percibir ambas características en conjunto, la narración dedica más a la igualdad que a las diferencias y estas, por lo que se advierte, están siempre sustentadas en la base de la igualdad que comparten como humanos.

 

En Gn 3,20, después de las palabras divinas al varón, el narrador informa de que el ’ish llamó Hawah a su ’issah por ser madre de todos los que viven. A partir de este momento ya no se habla de la mujer, sino de una mujer específica llamada Hawah, Eva, según nuestras traducciones. Y, ahora sí, ahora tenemos ya a la pareja original Adán y Eva, ’Adam y Hawah. El ’adam conserva su referencia a la tierra como le ha recordado Dios en sus últimas palabras, y la hawah evoca su capacidad de procreación.

La última escena se refiere a la reflexión que, según el narrador, se hace la divinidad al reconocer que se han hecho semejantes a dioses, conocedores del «bien-mal», y teme que se hagan con el árbol de la vida (para siempre), por lo que los expulsa del paraíso. Vuelve el tema de los celos de Dios ante el poder



 

 

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adquirido por los humanos, seguidos de una acción para impedir que alcancen el último objetivo que borraría las diferencias entre Dios y las criaturas. Expulsa, así, a los humanos del jardín y coloca querubines que guarden el árbol de la vida (para siempre) que está en el centro del jardín. El mito termina, por tanto, con la salvaguarda de lo único que distingue a los humanos de Dios: la cualidad de la vida. Los humanos, gracias a la capacidad procreadora de la mujer, tienen vida y pueden otorgarla…, pero todo ello con muerte, en la discontinuidad. Dios, en cambio, tiene vida y capacidad para otorgarla…, pero sin muerte, de forma continuada.

 

Esto se entenderá mucho mejor cuando situemos este mito en su contexto y veamos la importancia de que la ’issah sea llamada Hawah al final del proceso, y su relación con el protagonismo de la serpiente.

 

 

EL MITO EN SU CONTEXTO: LA DESMITIFICACIÓN DE LAS DIOSAS

 

Me ocuparé en lo que sigue del contexto y las evocaciones a los que aluden los personajes de la serpiente y de la mujer[37]. Comenzaremos, no obstante, con las palabras y sus parecidos fonéticos.

 

 

Eva (Hawah), Dios (Yhwh), vida (hyh)

 

A lo largo de los capítulos 2 y 3, los y las oyentes escuchan palabras que en cierto modo se parecen desde el punto de vista fonético: el tetragrama (Yhwh), el verbo ser o llegar a ser (hyh), el verbo y sustantivo vivir, vida (hyh) y el nombre que el varón impone a su mujer (Hwwh). No es un mero juego de palabras, sino un sistema de evocaciones que, a modo de un criptograma, ha de ser registrado y descifrado. El impacto inmediato es fonético, debido a que la narración era leída y proclamada ante un público oyente. Todas estas palabras son diferentes, pero guardan relación entre sí. ¿De qué relación se trata? Para lectoras y lectores occidentales, sobre todo, resulta muy difícil este método de lectura e interpretación de textos culturales y religiosos importantes. Pero no para el público destinatario originario de la Biblia. La tradición oral facilitaba las cosas, pero también las favorecían los códigos compartidos y un sentido poético y narrativo que a nosotras y nosotros nos resulta ajeno. Una de las tareas más difíciles del estudio de la Biblia es reconstruir ese escenario y recuperar algunas de sus claves culturales presentes en la lengua.



 

 

 

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Hawah es un sustantivo adjetivado de la raíz fenicio-cananea hwt, que puede significar algo vivo y vitalidad[38]. Durante el tiempo de la redacción del libro eran fácilmente intercambiables las letras wau (w) y yod (y). Aunque la raíz alude a la vida, si se cambia wau por yod, el parecido con la raíz verbal hayah (un verbo de identidad, ser) es sorprendente, del mismo modo que lo es su semejanza fonética con el nombre de Yhwh, el tetragrama. En la segunda parte del versículo 20 hay un predominio fonético de esta raíz (verbo y adjetivo viviente). Todos estos datos nos llevan a considerar la relación entre Dios, en cuanto Yhwh, y mujer, en cuanto hwwh. Dios, Yhwh, es poseedor de la vida sin muerte y creador de la vida humana como vida mortal y finita. La mujer, Hwwh, es poseedora de esa vida donada por Dios finita, pero, además, es capaz de generarla participando de la condición creadora divina. Vida para siempre y vida continuada. La primera, divina, es constitutivamente excluyente de la muerte; la segunda, para que sea continua y haga posible la cadena de la sucesión, necesita de la muerte. La relación entre los nombres puede entenderse desde la semejanza (hay que recordar que, siguiendo una lectura secuencial, en Gn 1,27 Elohîm dice «hagamos al ’adam a nuestra imagen y semejanza») y desde la diferencia. El posterior discurso de Dios enfatizando el lado doloroso, conflictivo y mortal del conocer el «bien-mal» hace patente la mortalidad ligada a la vida de la mujer y, desde ella, a la vida humana.

 

¿Cómo llega el varón a deducir que Eva es madre de todo lo que vive?, y ¿por qué no es Yhwh quien pone nombre a la mujer? Si nos fijamos, el ’adam pone nombre a la mujer después de que Dios le haya indicado a esta las consecuencias de su acción de comer y de dar de comer. Dar de comer es un gesto en pro de la vida. En el contexto social y cultural del mito las mujeres se ocupaban, entre otras cosas, de dar de comer[39]. La mujer da al hombre a comer del fruto del árbol. Y Yhwh Elohîm le informa de las condiciones en las que será continuadora/dadora de la vida finita y mortal. Le habla de las dificultades de su maternidad después de haber establecido la hostilidad entre la descendencia de la serpiente y la de la mujer. En ningún momento el discurso divino indica que se deba explícitamente al hecho de haber comido (como ocurre en cambio con el ’adam)[40].

 

Además de haber estudiado los términos, sus parecidos, diferencias, significados, contextualizados en su época y lugares geográficos diversos, las estudiosas han rescatado del olvido el trasfondo imaginario mediante las imágenes, estatuillas y toda clase de simbolismos presentes en el entorno babilonio, cananeo, egipcio…, en el que se fueron generando los relatos y



 

 

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mitos originarios. Autoras como Silvia Schröer[41] muestran mediante colgantes, estatuillas, dibujos y otras representaciones, imágenes comunes de símbolos presentes en el relato de Gn 3,1-7, como el árbol y la serpiente, por ejemplo, en contextos culturales y religiosos del entorno del Israel donde se generó su propia interpretación del mito[42]. Carol Meyers[43], por su parte, habla de la vida de las mujeres de aquella época y aquel espacio a partir de los restos arqueológicos. En esta reconstrucción se advierten las duras condiciones de las mujeres, pero también la colaboración entre hombres y mujeres para sobrevivir y prosperar, de modo que la división de roles no era, como se tiende a creer de forma simplista, signo de jerarquía discriminatoria. Isabel Gómez-Acebo, a su vez, recoge los estudios de estas y otras autoras y reinterpreta de manera paritaria este mito de los comienzos[44].

 

Eva y las diosas del entorno

 

Diferentes autores/as creen que los motivos de la serpiente, la mujer como la primera que cede a su engaño, el árbol de la vida, el discurso de castigo de Yhwh Elohîm a los humanos… serían impensables sin un trasfondo social, cultural y religioso de polémica y tensiones en donde se dan cita diferentes cuestiones como la alianza, el culto, Dios, la diferenciación de roles por sexos… Hay, además, mitologemas y mitos más antiguos que el propio contexto del destinatario que el narrador debió considerar presentes en su mentalidad y por el que creía ser entendido. Estos motivos pueden remontarse a culturas y religiones, mitos y símbolos de corte mesopotámico-babilónico.

 

En la Babilonia antigua se asignaba habitualmente a divinidades femeninas la ejecución de la decisión divina de crear al hombre. Se trata de diosas madres como Aruru, Mami, Nammu, Nihursanga, Nininsina, Ninah, Nintu. Esta última diosa, en el mito de Atrahasis, es considerada también señora de todos los dioses. Importante, sin duda, es Istar, diosa guerrera pero considerada también la diosa del amor y de la fecundidad. A ella se atribuye la curiosidad por saber. Istar, empujada por la curiosidad de conocer las condiciones en las que vive su hermana Ereskigal, desciende a los infiernos. Este descenso conlleva la autocondena a la muerte y una profunda alteración de toda la realidad terrena. Para restablecer el equilibrio debe dejar a alguien, en su nombre, en los infiernos. De esta historia, nos interesa la relación entre la mujer y la curiosidad, aun cuando en el mito se considera la curiosidad una debilidad y no una cualidad[45].



 

 

 

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La mitología mesopotámica, en el mito de Gilgamesh, exalta la sabiduría de dos cortesanas (una inicia en la civilización al salvaje Enkidu y la otra, Siduri, es considerada una prostituta), la primera está vinculada a la cultura, a la ética y la religión, y a la segunda se la relaciona con la sexualidad[46].

El nombre de Ninti (NIN.TI) de Gilgamesh es literalmente Señora de la costilla y Señora de la vida. No es difícil encontrar en la escena de la creación de la mujer, Gn 2,21-22, una evocación de un motivo presente en la cultura del público destinatario implícito. Esta tradición, que se remonta al segundo milenio a. C., relaciona el nombre mismo dado a la mujer, Eva (Hwwh), con una diosa llamada Hebat o Hepat[47] en hurrita. Esta era considerada la Madre Diosa por excelencia y, en las cartas de Amarna, el jebusita rey de Jerusalén era llamado siervo de Hepat. Hepat invadió el panteón hitita como suprema diosa femenina y entró en Asia Menor hacia el 1250 a. C. La introducción de su culto fue atribuido a la reina Puduhepas, consorte del rey Hattulisis. Ella misma era sacerdotisa de la diosa[48]. A Hebat siguieron Hutena y Hutellura, mitológicas creadoras de la humanidad. En su lado más frágil es asociada a la diosa babilonia Istar[49]. El nombre de Hebat aparecía en escritos hititas y hurritas hasta que un nuevo grupo lingüístico invadió Asia Menor y Hebat se fusionó con la frigia Cibeles. Esta diosa, cuyos orígenes, según la iconografía, se remontan al 5500 a. C., está relacionada con Eva. Mantuvo su identidad durante cuatro siglos como madre de dioses y seres humanos[50]. En Egipto, Eva era identificada con Isis, una antigua diosa que fue recuperada en el período helenístico. Su culto era popular en todo el mundo mediterráneo, incluyendo Éfeso, y estaba relacionada con las serpientes[51].

 

De la diosa Hebat nos interesa resaltar aquí, además de su nombre, su asociación con rituales hititas. Las mujeres que se adherían a estos ritos eran conocidas como mujeres sabias o mujeres ancianas. La relación con la sabiduría y la asociación con un poder creador (su maternidad), en las diferentes versiones, revelan un trasfondo de poderosa deidad de los orígenes. La mujer de Gn 2-3 evoca un telón de fondo en el que se vincula la figura femenina con diosas y protagonistas de mitos relacionadas con la sabiduría, la creación, la maternidad entendida como fuente de vida, la cultura y la dimensión sexuada de la realidad. La interpretación de estas vinculaciones depende más de factores culturales concretos del lector empírico, de diferentes épocas, que de las mismas evocaciones. En unas, la recepción será motivo de exaltación, y en otras, de denigración[52].

 

La serpiente



 

 

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El otro gran trasfondo se refiere a las evocaciones del personaje de la serpiente. Recordemos algunas cosas: Dios toma postura frente a la relación entre la serpiente y la mujer, el engaño se refiere al ocultamiento de la faz mortal del conocer diferenciado; el enigma relativo al tipo de vida y la serpiente hace referencia a la vida inmortal, pero la mujer cree que comer del árbol del conocer el «bien-mal» le reportará la inmortalidad, cuando en realidad comer le abre los ojos a la mortalidad. La oposición de ambas descendencias es la hostilidad, ya establecida por el conocer diferenciado, entre una supuesta descendencia (futuro) de inmortalidad (serpiente) y una descendencia de mortalidad (mujer). Esta hostilidad queda como una especie de marca en la humana descendencia. Esto implica que el personaje de la serpiente no está elegido al azar. Por el contrario, se trata de un animal que en el imaginario colectivo se asociaba a los enigmas planteados en los dos episodios en los que aparece. Al maldecirla y reducirla al polvo, Yhwh Elohîm le inflige la máxima humillación. Su engaño, que apela a la divinidad como la única inmortal, es sumamente castigado. Pero lo que ella evoca será algo que nunca estará resuelto del todo, porque acechará el talón de la mujer-generación humana. No es difícil, por lo tanto, asociar la serpiente a una divinidad.

 

En el Enuma Elish, la deidad de Tiamat, dentro de los mitos de creación, es representada como un dragón o alguna forma de serpiente que no repta. Y en mitos antiguos aparece vinculada al árbol primordial y central (Etana, Gilgamesh, árbol de Huluppu) en torno a cuyo tronco se enrosca[53]. Puede ser considerada bien la que guarda el árbol o la que lo destruye. Se cree que ella representa la eterna batalla entre bien y mal, o, más propiamente, entre orden y caos. La serpiente es una figura ambigua, que simboliza tanto la muerte (asesinato) como la curación (cfr. Nm 21,4-9), la seducción, la sexualidad y la fertilidad, pudiendo representar tanto lo masculino (símbolo fálico) como lo femenino. Además, en el Mediterráneo Oriental, las serpientes son consideradas guardianas de los pueblos[54].

 

La figura de la serpiente, en los mitos del Oriente Próximo Antiguo, es polivalente. Simboliza la eterna juventud, apoyándose, probablemente, en la muda de la piel. En el poema de Gilgamesh aparece como una ladrona que roba al protagonista la planta de la vida. Junto a este simbolismo, la serpiente aparece ligada a la sabiduría, como ocurre en Egipto, donde se la asocia con la búsqueda de la inmortalidad[55]. Es también símbolo del caos. Además de Tiamat, en la mitología ugarítica Leviatán era representado como una enorme serpiente. Y, por último, también se la consideraba símbolo de fecundidad y



 

 

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fertilidad, como aparece en el trasfondo cananeo[56]. En el relato del Génesis, la mujer, la serpiente, el árbol de conocer el «bien-mal» y el fruto están estrechamente vinculados a la sabiduría, como hemos mencionado al hablar del contexto de estos capítulos[57].

 

Otras asociaciones tienen que ver con el episodio de la serpiente de bronce de Nm 21,4-9, erigida por Moisés para curar a los mordidos por serpientes, y con el de 2Re 18,4, en que el rey Ezequías la elimina del templo de Jerusalén[58]. En el episodio del desierto, la serpiente de bronce no sustituye a Yhwh ni parece poner en peligro su soberanía divina. Más bien estaría en la línea de aquellas divinidades menores, intermediarias o mediadoras que ejercían funciones mundanas, como curar enfermos. La serpiente de bronce que destruyó Ezequías formaba parte del panteón judío y, ciertamente, era una divinidad curativa. Pero este es el único caso de la Biblia que asocia la serpiente de bronce con la imagen de una divinidad menor. No hay evidencias bíblicas que conecten la imagen de la serpiente de bronce con cultos de fertilidad, sino, en todo caso, con ceremonias de curación.

 

Sin embargo, la presencia de esta figura en los dos textos citados no parece tener relación, más que en la figura misma, con la serpiente del episodio del Génesis. Más probables son las evocaciones de motivos como la sabiduría, la inmortalidad, la sexualidad en general (no exclusivamente la femenina) y la fertilidad. El contexto de la escena hace plausibles estas conexiones para el público lector u oyente implícito no solamente en la figura de la serpiente, sino también en la del personaje de la mujer que, como ella, desea alcanzar conocimiento e inmortalidad. Después, la mujer quedará vinculada por el discurso divino y su nombre al rol materno (fertilidad) y al proceso de conversión del orden en el caos y, de nuevo, el orden.

 

Es indudable que el personaje de la mujer, de la serpiente, del árbol son representaciones arquetípicas de mitos y símbolos del inconsciente colectivo. Lo sorprendente es que el público destinatario (implícito) de Gn 2-3 ve desmitificarse y asociarse a la emergencia de la humanidad todo aquello que en otros ámbitos culturales ha sido asociado a la realidad sobrehumana. De ahí, por ejemplo, la saña con la que la divinidad «castiga» a la serpiente, llegando a maldecirla por el engaño y degradándola a reptar en lugar de moverse sobre sus patas (como haría un dragón, que es probablemente la imagen subyacente a la serpiente de Gn 3,1-7). El trasfondo monoteísta (o, más precisamente, los intentos por mantener el monoteísmo yahvista) rechazaba de plano la presencia de otros dioses y diosas, especialmente aquellas deidades más arraigadas en el imaginario de los pueblos. No es este



 

 

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el único texto, ni mucho menos, que expresa de forma extrema el rechazo de la amenaza politeísta. Que estas deidades del Génesis estuvieran asociadas, además, con las mujeres volvía la amenaza mucho más poderosa y, por ende, peligrosa.

 

No obstante, contra lo que pudiera parecer, la tarea desdeificadora de estas evocaciones es más creativa que destructiva. Es la mujer, una humana, la que asume los atributos que en otros contextos se daban a los dioses, seres extrahumanos. Podríamos interpretar esta desdeificación, al menos en uno de sus significados, como una concienciación, como la emergencia de aquel imaginario colectivo inconsciente a la conciencia. A la vez, se reserva a Yhwh el origen y la cualidad de la vida inmortal. Y, no olvidemos que en la escena de Gn 3,1-7 la mujer, haciendo uso del plural y el dual (lo mismo que la serpiente), es la representante de la total humanidad (figurada como varón y mujer). La humanidad llega a ser como dioses en el conocer diferenciado del «bien-mal», pero no puede ser Dios. La mujer y su descendencia (Hwwh) tienen vetado para siempre el camino del árbol de la vida, custodiado por seres no humanos.

 

Los relatos bíblicos muestran un interesante proceso de creación y maduración del ser humano en la figura de Eva, mujer mítica de las narraciones de origen. El interés desdeificador semita (que no desmitificador), a contracorriente del interés deificador (además de mitificante) del entorno cultural del Mediterráneo, mantenido durante numerosos siglos, podría haber sido un pilar antropológico muy interesante de no ser por el marco patriarcal en el que se inscribe y por las consecuencias negativas y discriminadoras que ha tenido, y tiene todavía, la lectura sexista de los relatos de origen. Esto nos lleva a detenernos en la recepción de la figura de Eva.

 

 

LA RECEPCIÓN DE LA FIGURA DE EVA

 

Es evidente que no podemos ofrecer una panorámica suficiente de la recepción de estos textos de orígenes, pues su historia es larga y matizada. Me voy a referir a los aspectos más comunes[59].

 

Comienzo por la Biblia misma. Esta biblioteca tiene la peculiaridad de ir reinterpretando motivos, personajes, historias, en sus distintos libros, escritos en distintas épocas y diferentes situaciones. El caso más común y conocido es la historia del Éxodo, que se recupera y reinterpreta casi continuamente. Aparece en los libros llamados «históricos», como el libro de Josué, en algunos salmos y en otros libros que toman esta gesta como referencia para



 

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situar y dar sentido al acontecimiento del exilio. Pues bien, sobre este criterio, llama la atención la casi nula recepción del mito de la pareja humana originaria en su conjunto. Raramente se menciona al hombre primitivo por su nombre ni tampoco a Eva. No se acude a los textos de Gn 2-3 para reforzar otros ni para fundamentar decisiones o actuaciones de los humanos o del mismo Dios. Los profetas, por ejemplo, no toman como referencia del pecado el episodio de Gn 3,1-7 (ya dijimos que el término no aparece hasta Gn 4,7). Lo más que podemos decir es que existe una línea, como quedaba indicado, que conecta Gn 3,1-7 con la tradición sapiencial. Hay palabras en el episodio que fundamentan la conexión (conocimiento, sabiduría, muerte, vida, árbol de la vida…)[60], y la trama, por su parte, manifiesta un hilo claramente sapiencial. La obediencia o desobediencia a la prohibición de comer se teje en torno a la posibilidad de adquirir sabiduría. La tradición sapiencial es tardía en la Biblia hebrea. En la composición de este segundo relato de la creación, por tanto, hay una reelaboración posterior, muy posterior, del mito. En esta reelaboración se introduce un añadido literario, pues a la narración y al mito se añade la «parábola sapiencial[61]» que aporta a la recepción y la reinterpretación un tono positivo y creativo.

 

Del Nuevo Testamento ya hablamos en su momento. Pablo, en Rom 5, argumenta sobre la importancia de la Ley en el nuevo régimen inaugurado por Cristo, al que considera el nuevo Adán. Interpreta algunos aspectos del episodio de Gn 3,1-7 (el varón, comer del fruto) como el origen del pecado en el mundo, cuyas repercusiones contaminan a toda la humanidad, representada en la primera pareja humana. Estos textos de Pablo han sido reinterpretados, de forma que nos encontramos con hermenéuticas secundarias respecto al texto original basadas literalmente en la lectura de Pablo. La mayor parte de las veces, se hace una lectura literalista y descontextualizada[62]. Lo que en este texto es atribuido a la humanidad, en seguida se desplazó a la mujer, en un deslizamiento patriarcal, porque fue quien tomó la decisión de comer del fruto del árbol desobedeciendo a la autoridad divina. Lo que en el mito y en su línea sapiencial era positivo, necesario para la debida y deseada autonomía de este último eslabón de la creación que es la humanidad, incluida la debida autonomía de Dios, se convirtió en el peor acto de maldad de la humanidad en forma de mujer. La misoginia del contexto patriarcal hizo el resto. En la recepción del texto, Eva es la Pandora bíblica, madre y origen de todos los males. La antropología bíblica, rica, compleja, prospectiva, fue sustituida por otra antropología negativa, simplista y pobre, cuya responsabilidad recaía



 

 

 

 

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sobre los hombros de todas las mujeres. Esta antropología se aleja mucho de la Biblia como totalidad y de los textos de referencia en particular.

 

Los Padres de la Iglesia[63] divulgaron y legitimaron esta interpretación y esta antropología, que fue seguida al pie de la letra hasta nuestra época. Una vez acuñado el concepto de «pecado original» resultaba un trabajo titánico para las mujeres resistirse a las proyecciones misóginas de los varones y de las mismas mujeres que, generación tras generación, interiorizaron y transmitieron hasta hoy los principios y mandatos del patriarcado. En todas las épocas hubo mujeres que se resistieron, que hicieron sus propias lecturas e interpretaron el mito de otra manera en intentos repetidos, y a menudo desesperados, por hacerse escuchar. De ellas nos han llegado solo algunas voces o escritos. Las autoras feministas han rescatado del olvido y del anonimato muchas de estas interpretaciones críticas de la historia de la mujer original, pero, siendo un trabajo fundamental, todavía resulta insuficiente[64]. La mayoría de las feministas ajenas a la religión se han vuelto sordas y ciegas a las poderosas reminiscencias culturales de la tradición judeocristiana.

 

Resulta interesante observar de qué modo los elementos fundamentales del relato, tales como la curiosidad, el deseo de sabiduría e inteligencia, la libertad, la capacidad de decisión y acción, la solidaridad al compartir paritariamente su don (comer del fruto) con el compañero varón, propios de esta primera mujer del mito, fueron demonizados y vueltos contra ella y su género; fueron entendidos como instrumentos de perdición. Es curioso, sobre todo, observar que nada de esto sucedía ni sucede cuando los varones se apropian de estos mismos elementos. Las mujeres heredaron la prescripción divina a Eva de parir con dolor, mientras que los hombres heredaron la prescripción divina a Adán de labrar la tierra…, y todo lo demás, que en el texto pertenece a la mujer y, desde ella, al ser humano, ha quedado ignorado y sigue siendo invisible. Estos mecanismos expulsaron a la mujer y a las mujeres no ya del paraíso, sino de la condición humana. La historia es testigo de esta situación y de la enorme dificultad con la que se va restaurando esa condición perdida y deteriorada.

 

La recepción de la figura de Eva en el mundo cristiano ha ido unida, desde prácticamente los inicios del cristianismo, a la figura de María de Nazaret, la madre de Jesús. Las dos mujeres han sido contrapuestas polarmente condensando en cada una el significado de la mujer mala (Eva) y la mujer buena (María). Se ha escrito mucho sobre esta contraposición ideológica, y el feminismo hace mucho que deconstruyó su mecanismo perverso. Pero antes, incluso, numerosas mujeres de todos los siglos lo intentaron, con mayor o



 

 

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menor acierto, mostrando la resistencia histórica a someterse acríticamente a este dictado del patriarcado. Aunque no es lugar para abundar en ello, es preciso repetir que el daño hecho a las mujeres al apoyar la ancestral división entre mujeres buenas y malas, simbolizadas en figuras bíblicas poderosas, ha sido inconmensurable. Las dos han sido contrapuestas como mujeres, como referentes de género, pero, sobre todo, como madres. Eva, la mala madre de la humanidad, cuyo «pecado» la lleva a la ruina. María, la buena madre de los humanos que, gracias a su hijo, que es también Hijo de Dios, se asocia a su obra redentora y libra a la humanidad de su mancha. No es casual, evidentemente, que tanto Eva como María, en el imaginario colectivo mítico, hayan estado asociadas a las diosas. La desmitificación y desdeificación de Eva, como condensación de diosas de su amplio entorno cultural, fue un éxito. En cambio, esa misma operación respecto a la figura de María[65] todavía no puede considerarse exitosa. Una buena parte del pueblo católico la trata y se dirige a ella como a una diosa. Es lo que indican los ritos y devociones populares todavía vigentes. Buena parte de la cristiandad, incluso la ilustrada, muestra una especie de tratamiento esquizoide, pues su pensamiento (más bien pobre) y su expresión escrita (teológica) la trata como la madre de Jesús, una criatura, aunque sea considerada la primera y mejor después de su hijo, y su sentimiento, sus emociones, sus expresiones cultuales y afectivas siguen mostrando a este objeto de su devoción como una diosa (implícita), como la Gran Madre. No es ningún secreto que María, la madre de Jesús, no ha logrado en el imaginario católico ni la desmitificación ni la desdeificación que los antiguos consiguieron realizar con la figura de Eva, más bien ha seguido el proceso contrario. En el trasfondo cultural permanece agazapado el estereotipo de la oposición mala-buena, aplicado con mucho éxito por el patriarcado a las mujeres, y que mantiene a la mitad de la humanidad dividida en buenas y malas. Una de las formas de combatir esta lacra, entre otras muchas, es la exploración de ambas figuras en sus textos originales. El estudio del personaje de María en el evangelio de Juan, por ejemplo, muestra a una comunidad y un redactor-narrador que ha construido la figura de María sobre el personaje de Eva. En lugar de oponerlas, las une en lo que ambas comparten, de modo que María en este evangelio es la nueva Eva o la Eva renacida y plenificada. El narrador, por ejemplo, nunca menciona a María por su nombre, sino que la llama «mujer» y habla de ella como la madre de Jesús que va por delante de él, que se anticipa en lo verdaderamente importante, como Eva con respecto a Adán. Este es un ejemplo de omisiones fundamentales en la hermenéutica y en la recepción de



 

 

 

 

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ambas figuras, cuando se alejan del estereotipo patriarcal[66] (no del marco patriarcal, obviamente).

Los textos, los argumentos, las artes visuales, desde la Edad Media hasta hoy, han ido repitiendo sin descanso este leitmotiv discriminatorio y demonizante contra las mujeres. Como una vuelta de tuerca más, algunas han recuperado a la rebelde (no bíblica) Lilith, que tampoco sale bien parada de su relato extrabíblico, sin intentar siquiera mirar críticamente a la rebelde Eva por si pudiera ser reivindicada, e ignorando las décadas de investigación crítica feminista, rigurosa y fundamentada, de exégetas, arqueólogas, historiadoras, especialistas en literatura antigua, teólogas… con las que contamos[67].

 

 

MITOLOGEMAS, ARQUETIPOS, MITOS Y SÍMBOLOS EN GÉNESIS 1-3 ASOCIADOS CON LA MUJER PRIMORDIAL

 

A lo largo de las páginas precedentes hemos ido tratando algunos de los conceptos que subyacen al relato y nos hemos detenido específicamente en varios de ellos. Nos parece oportuno intentar una breve recopilación final en la que recogemos los arquetipos mencionados o evocados, aunque solo destacaremos los que consideramos más significativos[68], arquetipos que no pueden separarse de sus representaciones, imágenes y símbolos asociados. En nuestros textos encontramos el arquetipo de la divinidad, el de la sombra, el del árbol de la vida y el de la Gran Madre[69]. Los arquetipos de la divinidad y de la sombra están representados de formas diversas en cada uno de los relatos de la creación, tanto en sus imágenes como en la forma narrativa. En cambio, los arquetipos del árbol de la vida y de la Gran Madre solo aparecen representados en el segundo relato de la creación.

 

La sombra es representada en el primer relato mediante la imagen de la oposición entre luz y tinieblas, así como en la división opuesta entre aguas del cielo y aguas de la tierra. Forman parte de la naturaleza. En el segundo relato, la sombra es más elaborada y sutil. Sus representaciones simbólicas están proyectadas sobre la divinidad y sobre los humanos. En Gn 2, la sombra de la imagen de la divinidad aparece en su doble faz permisiva y prohibitiva en relación con los humanos, y, en Gn 3, en esa preocupación por que los humanos no consigan poseer la vida inmortal, propiedad única de Yhwh. En los humanos, por su parte, aparece la sombra en la figura de la serpiente que expresa ante la mujer (y la humanidad), de manera disociada, su deseo no reconocido de ser diosa mediante la consecución de la inmortalidad. La



 

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sombra es la mortalidad a la que los humanos, representados en la mujer, se resisten. También aparece en las proyecciones y los desplazamientos que se perciben en las respuestas a las preguntas divinas después de comer del árbol prohibido. En estas secuencias, Yhwh devuelve a cada ser humano sus proyecciones, invitándolos así a recogerlas e integrarlas en la conciencia. Y con respecto a los deseos de inmortalidad, es el mismo Yhwh quien reconoce que los humanos han llegado a ser como dioses, conocedores del bien y el mal, pero la sombra de sí mismo no es integrada en su conciencia (de personaje, obviamente, pero también de representación arquetípica).

 

Sobre el arquetipo del árbol de la vida hay suficientes testimonios en otras culturas y religiones antiguas. Pero el relato nos remite a él a través de las palabras, actitudes y acciones de los personajes. A diferencia del árbol del conocer el «bien-mal» descrito por el narrador a través de los ojos y la curiosidad de la mujer, el árbol de la vida queda poco expuesto, más aún, queda oculto, presente solo como referencia, y el lector solo sabe que se encuentra en el centro del jardín y es propiedad exclusiva de Dios. El relato presenta los dos árboles bajo dimensiones diferentes, la dimensión de la vida eterna, de la divinidad, y la de la mortalidad, accesible a los humanos. Nos detenemos en ello.

 

Las representaciones arquetípicas del árbol en general son universales y transpersonales. El árbol es un símbolo condensado cuyo despliegue desvela su rica polisemia y su síntesis de opuestos. Simboliza la persona humana en su totalidad y, según los testimonios de numerosos mitos antiguos, la dimensión femenina y maternal, pues es fuente de vida, protección, sombra, techo, refugio, provisión de flores y frutos comestibles. Es símbolo del ciclo de renacimiento, de la muerte y la vida, de la transformación y la renovación. Abundan las figuraciones arquetípicas del inconsciente asociadas a él. En la India, evoca conjuntamente el macrocosmos y el microcosmos. En las religiones, es símbolo del cosmos viviente. Así, en la tradición mesopotámica, es evocación de las tinieblas de la matriz original de la realidad; en la tradición hindú de los Upanishads, sus raíces apuntan al cielo. En los mitos nórdicos (Yggdrasil), no será destruido en el cataclismo final. Para los mayas y aztecas, el cosmos aparece figurado en cinco árboles, uno en el centro y los otros cuatro en las esquinas del universo. En Egipto, Atoum, el creador, emerge de una flor de loto, y las otras diosas, de árboles distintos. El símbolo evoca la fertilidad, como muestran ciertas costumbres y festividades ancestrales. Se trata, además, de un símbolo ambivalente como corresponde a todo símbolo matricial, de modo que, además de evocar la dimensión



 

 

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femenina, el árbol es también símbolo fálico, prolongación directa del arquetipo de la masculinidad por su posición erecta. Es también un símbolo ascensional, en constante búsqueda del equilibrio cuando es azotado por los vientos. Simboliza la contemplación, cuando aparece solitario, estable. Es un símbolo axial, que sostiene el mundo en la tensión de dos movimientos opuestos, arriba-abajo. Y, por todo esto, el árbol es evocación de la unidad cósmica, de la fecundidad y la reproducción, de la muerte y de la vida, de la revelación y el conocimiento. Es un símbolo andrógino o bisexuado, de lo femenino y lo masculino. Es imagen de la trascendencia y del proceso de individuación (Jung).

 

La mitología presenta numerosos nacimientos sagrados a partir del árbol, como es el caso de Mitra y Adonis. En la historia de las religiones, el árbol aparece como un lugar sagrado asociado, frecuentemente, a lugares elevados. Simboliza, a menudo, la divinidad. Así aparece en el arte antiguo, como muestran las ancestrales pinturas asirias en las que se cubre de frutos. Es venerado como morada de la divinidad y se le considera una imagen del centro del mundo y, en otros casos, como guardián del tesoro.

Los dos árboles del relato de Gn 2-3 comparten muchos de estos contenidos, pero algunos destacan especialmente[70]. Estar en medio del jardín convierte al árbol de la vida en expresión de la plenitud, de la totalidad psíquica unificada o Sí mismo. El texto lo menciona en relación con los humanos sin distinción. Queda asociado, explícitamente, a la oposición muerte-vida, pero puede identificarse con la divinidad, la plenitud y la unión de los opuestos. Es guardián del secreto de la inmortalidad, al que no tienen acceso los humanos, pero, a su vez, es guardado por los serafines que custodian la entrada del paraíso. Al situarse en una escena en la que se decide el futuro de los seres humanos (con el otro árbol), el árbol de la vida es para ellos referente del morir (conciencia de la mortalidad) y renacer (conciencia diferenciada, expulsión del paraíso, encrucijada del proceso de maduración…). No extraña que Yhwh Elohîm no hable del árbol de la vida a los dos humanos, pues se trata de un motivo de la mitología que concede la inmortalidad, está escondido y es difícil hallarlo[71]. Como venimos reiterando, es símbolo de inmortalidad para dioses y humanos y evocación de sus orígenes[72].

 

En relación con la escena de la mujer y el árbol del conocer el «bien-mal», este, de modo más concreto y específico, expresa contenidos asociados con las mujeres y la feminidad[73], la fecundidad, por ejemplo, pero también de lo masculino-fálico y la masculinidad, del conocimiento y de la conciencia. En



 

 

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él se unen el tronco (masculino) y los frutos (femeninos), y se asocia al personaje mítico polivalente del dragón-serpiente, como queda visto. La presencia del árbol, en su doble expresión de árbol de la vida (inmortalidad) y árbol del conocer el «bien-mal» (mortalidad), es subrayada sin ninguna duda, atrayendo la atención de oyentes y lectores sobre el arquetipo.

 

Como no es difícil deducir, bajo lo anteriormente explicado acerca de la mujer, Eva, la serpiente y sus asociaciones con las diosas, se encuentra el arquetipo de la Gran Madre, si bien los relatos acerca de la mujer y la serpiente seleccionan aspectos que el narrador considera importantes para su tarea desdeificadora, dejando de lado otros que quedan en el fondo. Las deidades evocadas por ambos personajes remiten a la primitiva y omnipresente Gran Madre tal como era percibida y representada en el Próximo Oriente Antiguo y que, en cierto modo, ya hemos descrito. Se asocia a la naturaleza, especialmente a la tierra, a la vida, a la sexualidad y la fertilidad, como la fenicio-cananea Astarté, la Innana sumeria y la babilonia Istar. La evoca la serpiente, tanto en torno al árbol como en la tierra después de la maldición, y la mujer, con sus asociaciones con la sexualidad y la fecundidad. Particularmente evocador es el nombre «Eva» dado por Adán, «porque es madre de todo lo que vive». Sin estar explícitamente presente, su trasfondo es innegable. Resulta significativo que el nombre prosiga a la tarea desdeificadora, incluso cuando está prácticamente a las puertas del paraíso. La historia de Israel da buena cuenta de la presencia continuada de las diosas cuando en sus narraciones y en los oráculos proféticos, por ejemplo, permanece la lucha contra la idolatría de los «baales y astartés».

 

El arquetipo de la divinidad, por su parte, se extiende más allá del personaje de Elohîm en Gn 1 y Yhwh Elohîm en Gn 2-3. El jardín es naturaleza y, en ella, los seres humanos buscan y se encuentran con Dios desde hace miles de años y en todas las culturas conocidas. Esta representación divina de la naturaleza es específica en los árboles ya citados y en el personaje de la serpiente, pero sobre todo en los seres humanos. Si en Gn 1 el narrador afirmaba que Elohîm los creó a su imagen y semejanza, en Gn 3 avanza un poco más y confirma que dichos humanos han llegado a ser «como dioses, conocedores del bien-mal», de modo que la transgresión de la prohibición los ha acercado de un modo nuevo y consciente a la condición divina, y eso lo consiguen los seres humanos gracias a la mujer. Sin duda, como queda dicho, ella se aproxima a lo sagrado y a lo divino de un modo especial. El arquetipo de la divinidad, como decíamos, se representa también



 

 

 

 

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como la mujer que adquiere conocimiento (sabiduría)[74] y como la (Gran) Madre.

En los arquetipos mencionados aparece la doble faz positiva y negativa, creativa y destructiva. La sombra, por ejemplo, puede identificarse con sus efectos benéficos ante la cegadora luz, o con la tiniebla terrorífica. Al leer los textos desde esta perspectiva, encontraremos los aspectos sombríos del espacio, los personajes, las acciones… La divinidad, por su parte, aparece bajo el aspecto de la prohibición, cuando menos ambivalente, y con la ocultación de información, así como con una cierta envidia de los humanos, algo bastante común en muchas mitologías conocidas, pero también es presentada como una madre atenta a las necesidades de sus hijos al cubrirlos y protegerlos antes de ser expulsados. El personaje narrativo de Elohîm crea la realidad valiéndose de oposiciones (luz-tinieblas, noche-día…) que, en cierto sentido, son compensadoras (húmedo-seco…), y de jerarquías (superior-inferior) que se entienden en sus mutuas relaciones. Estas jerarquías tienen lugar en las mismas oposiciones, pues la luz, y el día, por ejemplo, así como todo lo que se encuentra arriba, es percibido como superior a la tiniebla, la noche, etc., que se encuentran abajo. Elohîm es superior a lo creado y a los humanos, pues los hace semejantes a sí mismo, pero situados en la parte inferior de la jerarquía. El personaje de Yhwh Elohîm, por su parte, parece mostrar a los humanos una parte represiva y otra permisiva, una faz dura y otra comprensiva, propia del arquetipo divino y de sus funciones respecto a la consciencia humana. Y lo mismo podríamos decir de cada uno de los humanos y de la serpiente, pues todos ellos manifiestan en los relatos facetas de sombra, como las defensas, las resistencias ante la autoridad y la mirada divina, o temor ante la mirada del otro/otra, respectivamente. Sobre la reacción de los humanos ante la asignación de los roles con el sufrimiento y el dolor, así como después de la expulsión, el narrador no da a los lectores y lectoras ninguna información.

 

No es preciso insistir en la evidencia del trasfondo patriarcal de los relatos y de la inserción de los mitos, así como de las representaciones e imágenes arquetípicas en ellos. Y aunque el todo es patriarcal, cada elemento, sea representación, imagen o símbolo, resulta suficientemente polisémico como para afirmar categóricamente su carácter sexista. Las interpretaciones, por regla general, han permitido que el marco defina cada elemento, pero no han probado una hermenéutica reversible, es decir, interpretar los elementos de tal manera que afecten al marco. Dicho de otro modo: la interpretación patriarcal y sexista ignora la complejidad y la polisemia, de forma que se revela



 

 

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unilateral a la par que legitima el sexismo, permitiendo que prevalezca una imagen divina del lado del varón y de todo lo asociado con él, hasta el punto de considerarlo su verdadero representante. Esta interpretación, que ha marcado la sociedad occidental destacando, desgraciadamente, los aspectos violentos y represivos de los roles supuestamente masculinos, ha reprimido y casi suprimido en la inconsciencia, al menos culturalmente, los otros aspectos humanos asociados con lo femenino y con las mujeres, alejándolos cada vez más de la representación divina a la que tiene derecho según los mismos textos. Con ello ha privado a la historia y a la humanidad de una riqueza incalculable haciéndole pagar un precio demasiado alto hasta el día de hoy.

 

En suma, el somero recorrido realizado por los relatos de Gn 1 y Gn 2-3 indica que los textos míticos, por muy antiguos que sean sus orígenes orales y escritos, tienden a permanecer, particularmente cuando se trata de mitos fundamentales, mitos que intentan responder simbólica y narrativamente a las preguntas humanas de siempre. Cuando les seguimos la pista hasta hoy descubrimos la vigencia de los elementos esenciales, que han resistido a las diferentes versiones, reescrituras, reinterpretaciones… Y este descubrimiento nos permite discernir lo que se ha modificado y lo que permanece prácticamente invariable. No vamos a entrar en las variaciones actuales del arquetipo divino, o de la sombra y el árbol, pero hay un ejemplo que me resulta suficientemente significativo sobre los humanos, como variación del arquetipo del origen de la vida humana. Se trata de una serie estadounidense de hace ya años, llamada Kyle XY. El argumento gira en torno al mito del origen del ser humano que, en este caso, no proviene de ninguna divinidad, sino de un experimento científico. La evocación del Génesis no reside en que se trate primero de un varón «nuevo», originario, que surge casi adulto, puesto que luego la serie incluye a una XX, sino en el trasfondo interpretativo que propone al varón como el primer creado y a la mujer como la segunda; un trasfondo que ofrece una perspectiva de bondad original (pre-paraíso) al presentar al varón recién nacido (del gran útero científico) joven, ingenuo y héroe, y a la muchacha maleada originalmente, aunque capaz de ser «redimida» y de cambiar («convertirse») gracias a la benéfica influencia de Kyle, el varón originario. Ciertamente, son seres semejantes y ambos comparten capacidades inauditas, pero el sexismo está presente, tanto que resulta muy difícil dejar de verlo si, además, se hace con mirada crítica, y, mucho más, cuando se tiene cierto conocimiento de los mitos originales. Esta reinterpretación de los mitos de origen de la humanidad refuerza las interpretaciones que vienen desde antiguo y aumenta la dificultad de recrear



 

 

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los mitos y los arquetipos, siquiera sea acercándose más a sus inicios y, en cualquier caso, de forma más acorde con lo que, supuestamente, queremos quienes deseamos cambiar el patriarcado en beneficio de la humanidad y del cosmos. Igualmente podríamos referirnos a las identificaciones unilaterales vigentes que muestran al varón menos maduro, pero más «noble» e «inocente», y a la mujer más madura, pero también más «taimada» y «retorcida», en una polarización de las cualidades evocadas en las mitologías y en la historia de Gn 3.

 

Tales reinterpretaciones, supuestamente innovadoras como la de la serie mencionada, deberían ser una señal de alerta para el feminismo. No basta con sustituir estas hermenéuticas de manera simplista por otras más concordes con la idea igualitaria de los humanos. Esto nunca será eficaz para la mayoría de la ciudadanía actual si no somos capaces de conocer y comprender los aspectos fundamentales de los arquetipos y sus expresiones antiquísimas, pues en ellas reside en estado latente mucho de cuanto nos constituye como humanidad. Contravenir la autoridad de los textos normativos, las divinidades y sus representantes, puede ser algo más complejo que darle la vuelta a los relatos. Supone, a mi juicio, una tarea crítica sobre las hermenéuticas[75], con sus intereses ocultos y explícitos, y una comprensión de aquello a lo que no podemos renunciar como raza humana. ¿Habría que repudiar, por ejemplo, el proceso mediante el que se crea un espacio para la libertad y la autonomía de todo ser humano? ¿Tendríamos que abolir el deseo de conocimiento y sabiduría o la responsabilidad que conlleva el tener que asumir y responder de las consecuencias de nuestras acciones? ¿No pretende el feminismo, precisamente, que exista un reconocimiento de facto de estos rasgos que nos convierten en humanos a mujeres y varones, en la igualdad primera sin la cual cualquier diferencia sería traducida en discriminación?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

Moisés: la dimensión femenina del héroe de doble nacimiento

 

 

 

 

Moisés es el protagonista masculino del libro del Éxodo. Del mismo modo que sucede con los personajes de los patriarcas en el Génesis, Moisés forma parte de los fundamentos del pueblo. Todos los descendientes de Israel, hasta el día de hoy, se miran en el Éxodo y en la figura de Moisés para reconocerse como judíos israelitas. Esta relación única entre el libro del Éxodo, el personaje de Moisés y lectores y lectoras judías de todos los tiempos no excluye otras relaciones narrativas y míticas con relatos de otras culturas. La narración de la infancia de Moisés, de hecho, tiene numerosos paralelos en la historia y la literatura antiguas, comenzando por el «motivo» de un niño expuesto, de un héroe salvado que se convierte en líder, como es el caso de Sargón de Akad, el más cercano tal vez a este relato, pero también de Hércules, Edipo, Rómulo y Remo, Ciro de Persia…, entre otros. Nos acercaremos primero al texto y, seguidamente, a la hermenéutica mítica y simbólica del personaje y de su historia.

 

 

EL RELATO DE ÉXODO 1-2 Y SUS PECULIARIDADES

 

La estructura narrativa de este «motivo mítico-literario» en el Éxodo presenta un efecto de estrechamiento o de embudo en relación con la liberación de la amenaza de los hijos: a) primero son amenazados todos los hijos de Israel (1,7-14); b) luego, todos los hijos varones (1,15-22); c) en seguida aparece un hijo especial (2,1-10); d) termina con la amenaza del primogénito de Egipto (4,22-23).

 

 

Mujeres en el nacimiento del «héroe»

 

En la primera sección del relato, Ex 1,1-9, el personaje principal es la madre de Moisés, sujeto de diez verbos, que lleva la acción hasta que en Ex 1, 2b un futuro interrumpe la cadena narrativa.



 

 

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El relato comienza con una breve exposición en la que se introducen los personajes principales y las circunstancias de peligro y amenaza de la vida del niño. En dos versículos tenemos resumido lo relativo al matrimonio y el nacimiento de Moisés hasta los tres meses. En esta exposición se presupone la medida del faraón con la que termina el capítulo 1. La madre esconde al niño porque le acecha un peligro. El verdadero problema que da origen al relato de Moisés es la medida represiva del faraón.

 

El narrador informa al lector del motivo de la madre para esconder al hijo, una razón que puede sonar extraña al lector/a: vio que era hermoso. Sin embargo, los destinatarios del libro encontrarían un eco interesante, pues el texto utiliza tôb, la misma palabra usada en Gn 1 para indicar el juicio de Dios sobre su creación: «y vio Dios que era bueno/hermoso (tôb)». Este término indica la relación entre la salvación de Moisés, el plan del Éxodo (nacimiento del pueblo) y el empeño creador de Dios. El narrador, por tanto, presenta a la madre de Moisés motivada implícitamente por el impulso creador divino. Este es el primer indicio de desobediencia civil y de resistencia activa ante las órdenes del faraón. A causa de su obediencia al Dios creador de la vida, una obra buena y hermosa (su propio hijo), la mujer no acata los mandatos del faraón. En este punto, el público lector ya puede anotar la acción transgresora de la madre y la hermana del héroe como desobediencia civil. Y si la resonancia de tôb es teológica, las intenciones son la salvación y la supervivencia del hijo y hermano amenazado.

 

La madre de Moisés, sin embargo, no se contenta con una primera resistencia activa, sino que busca una alternativa para persistir ante los planes del faraón y salvar al hijo. El narrador la presenta como una mujer inteligente y creativa que se alía con su hija para alcanzar sus objetivos. Es inteligente porque el relato hace pensar al lector o lectora en un plan tramado por ambas mujeres, verdaderas protagonistas de la acción. Hay, por tanto, datos narrativos y de vocabulario que hablan de un plan trazado por la madre y la hermana del niño. El texto, rápido y sobrio en otros momentos, se detiene, sorprendentemente, a describir la preparación de la cesta donde quieren depositar al niño, mostrando que no hay improvisación, sino cálculo, pues la preparan para que pueda sobrevivir. Luego, no la echan al río sin más, sino que la colocan en un cañaveral en donde es más difícil que la arrastre la corriente. El término empleado para hablar del cañaveral es el mismo con el que se va a nombrar al Mar Rojo o Mar de las Cañas, anticipando de este modo el lugar de la salvación de Israel y el sentido de las aguas. El narrador da a su lector, poco a poco, claves importantes de lectura.



 

 

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El niño no se queda solo ni abandonado en la cesta. Cuando queda depositado en el agua aparece la hermana en escena, en un momento de pausa, de expectación sobre lo que ocurrirá, pues aunque las dos mujeres lo tienen casi todo calculado, la expectativa vigilante de la hermana, apostada no lejos de la cesta, permite al lector/a inferir la consciencia del riesgo real, pero la pausa en la que se suspende la acción cuando ya se han puesto todos los medios para solucionar el problema indica otras cosas, ya en una perspectiva teológica. En esta pausa, en esta expectativa (se trata de un infinitivo en pasiva), queda un lugar para la intervención divina. La pregunta del lector creyente será si Dios hará algo en favor del niño y cómo lo hará. Esa será la forma paradigmática de la acción no solo creadora, sino providente, de Dios en la historia de Israel. Ya en los comienzos, se indica al pueblo que los planes divinos no tienen por qué estar enfrentados con los planes humanos, aunque la Biblia hebrea es lo suficientemente plural y compleja como para que sea la única forma de intervención divina. Esta historia muestra que planes humanos inteligentes y planes divinos coinciden porque están en la misma línea, como ha dicho el narrador al motivar la acción de la madre («y vio que era hermoso») y porque, según el texto, prevenir, preparar y calcular, que son acciones propias de la autonomía humana, no equivalen a controlar, de modo que siempre hay un lugar, una pausa… para la acción providente de Dios.

 

En la segunda sección (Ex 2,5-10), la protagonista de la trama es la hija del faraón, sujeto de doce verbos, y la que conduce la acción hasta su final. El relato muestra un efecto interesante mediante el juego de la información, pues otras mujeres convierten a la protagonista egipcia en ejecutora de planes que se hacen a sus espaldas. El verdadero protagonismo de la princesa está en otro nivel, como en seguida veremos.

 

La hija del faraón es el primer personaje al que el narrador da la palabra o el discurso directo, interrumpiendo la cadena narrativa de los wayyiktol en 2,6. Cuando ella abre la cesta, la tensión narrativa llega al clímax y todo lo que pueda suceder queda suspendido a la espera de su reacción y de su decisión. En ese momento, el narrador introduce el término que ofrece la clave: y ella se conmovió, pues el verbo, que significa conmoverse profundamente, es el desencadenante de sus acciones futuras. La aparición de la princesa de Egipto hace que el lector tenga una expectativa ambivalente. Por una parte, ya ha visto al comienzo del capítulo cómo las parteras egipcias se ponen de la parte de Dios y de sus planes y desbaratan inteligentemente los del faraón al dejar vivir a las niñas, dando a entender que los problemas



 

 

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raciales y de clase no parecen afectarlas mucho. Sin embargo, la princesa es la mujer más cercana al faraón de todas las que han aparecido en la historia, conocedora y obediente sin duda de los planes de su padre. Obediente a ellos hasta este momento. Por su parte, El Nilo, que es lugar de peligro para la etnia israelita, es, en cambio, lugar de recreo para la etnia egipcia y la clase noble. Todo parece subrayar la lejanía de esta mujer respecto a la realidad externa a su palacio. Sin embargo, el narrador da a su lector/a una pista al comenzar la escena cuando indica que la princesa, que es también «hija», «bajó» al río a bañarse. El verbo bajar no está elegido al azar. Para el Éxodo, es un verbo muy significativo, pues con él se indica la primera acción divina sobre su pueblo. «Dios baja» implica una sensibilidad perceptiva ante realidades injustas y dolorosas. También la princesa «baja» y, por eso, entre todas sus doncellas, es ella la que «ve» (un verbo atribuido a la acción divina para con su pueblo) la cesta y envía a traerla. Es ella la que abre la cesta y «escucha» (otro de los verbos divinos de liberación) el llanto del niño. Todas estas acciones (el verbo escuchar está implícito) preparan el verbo más importante: «se conmovió». En este momento, moverse interiormente desencadena la salvación del niño y, a largo plazo, la salvación de Israel. La conmoción-compasión de la princesa, algo profundamente humano, es la respuesta de Dios a las expectativas humanas, a los planes inteligentes y al riesgo que se corre con ellos.

 

La princesa identifica al niño como hebreo. El relato, a partir de este momento, abunda en elementos irónicos y curiosos. La hermana de Moisés tiene un rol mediador entre dos hijas y dos madres a favor del niño, entre dos familias, dos pertenencias, dos raíces y dos pueblos. Su vigilancia es sustituida por su rapidez en plantear alternativas a la princesa. Su propuesta, inmediata y sin vacilaciones, es otro dato más que favorece el plan trazado por ella y por su madre para salvar al niño. Por otro lado, resulta inaudito que una joven hebrea pueda acceder a una princesa egipcia y le brinde una alternativa o un consejo. La princesa, en efecto, accede a la propuesta y le encarga a la madre la crianza del niño prometiendo pagarle. La princesa queda en manos del plan de las hebreas. Si en Ex 1 eran las egipcias las que sagaz e inteligentemente urdían un plan y lo llevaban a cabo con la desobediencia civil al dejar vivir a los niños paridos por las hebreas, ahora son estas últimas quienes lo traman y lo llevan a cabo. La princesa, por su parte, subvierte el decreto del padre, le desobedece y muestra así la peligrosidad de las mujeres, cuyo potencial el faraón no percibe. Es la tercera desobediencia civil del Éxodo, y todas ellas tienen por sujetos y protagonistas



 

 

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a mujeres: las parteras egipcias, la madre y la hermana del niño, la hija del faraón.

 

El hecho de que no haya represalias, puesto que el relato sigue como si la orden del faraón no se hubiera cumplido[76], hace ver que esta acción de la princesa es la que hace fracasar la tercera medida de opresión del faraón. Ella muestra públicamente (en el nivel de la historia y en el del relato) la brutalidad del decreto de su padre y la injusticia profunda que supone. El resto de la historia sugiere que, en efecto, ha fracasado (cfr. 3,21; 9,20; 11,3.8). Se trata, por tanto, de una subversión activa, clara desobediencia que desafía una medida política a partir de una percepción y de un sentimiento opuestos a los del faraón: donde él ve peligro, la princesa «ve» y escucha el llanto, signo de debilidad y vulnerabilidad; donde el faraón teme, esta desafía, y, sobre todo, donde él oprime, ella se compadece. Según este relato, la creatividad de una resistencia no violenta es capaz de cambiar una política y dar un giro a la historia.

 

Finalmente, la princesa saca al niño del agua, anticipando de este modo la acción del éxodo, verdadero nacimiento de Israel como pueblo. Se trata, por tanto, de una mujer que ejerce un liderazgo inesperado y sorpresivo, desde el lugar menos previsible y mediante una forma no convencional, que anticipa con Moisés las principales acciones de Dios para con su pueblo. Ella, junto con las otras dos mujeres (la madre y la hermana de Moisés), arriesga su vida a causa de la vida. El coraje de estas mujeres fundamenta la identidad del pueblo y comienza su liberación con los métodos y las formas de Dios.

 

Hay un intervalo de tiempo, posiblemente de tres años como era costumbre, hasta que la princesa pone nombre oficial a Moisés, un nombre egipcio que la princesa (según el narrador) lo hace derivar de términos hebreos. Su traducción no es correcta, puesto que ella dice «moseh, sacado de las aguas» (debería ser masuy), refiriéndose a su propia acción, y en realidad moseh es una forma activa, «el que saca de las aguas», creando un equívoco que es un irónico juego de palabras entre el término, el significado y la atribución del significado.

 

Esta no es la única ironía del relato, pues el instrumento de muerte ordenado por el faraón para el asesinato de los niños hebreos, esto es, las aguas del Nilo, es transformado por las mujeres en instrumento de salvación para Moisés y, a través de él, para el pueblo. Por su parte, las hijas hebreas, consideradas inofensivas y dejadas vivir confiadamente por el faraón, son las que le frustran sus planes genocidas por tercera vez. Es irónico que la madre de Moisés, siguiendo las órdenes del faraón de echar al agua a los niños, salve



 

 

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a su hijo, y es irónico que sea un miembro de la familia del faraón quien salve al que conducirá al pueblo en la salida de Egipto, cumpliendo así los temores del rey, y que sea la misma realeza egipcia la que cuide y eduque al futuro líder israelita, cargando con todos los gastos y pagando, incluso, a su misma madre por su crianza. La princesa, al reclamar su derecho sobre el niño, refuerza la ironía dramática, puesto que ella no sabe lo que está ocurriendo. La educación en la corte será la mejor preparación para el líder israelita, que lo situará, estratégicamente, entre los dos pueblos. Pero la ironía más importante es la ironía divina o teológica, pues Dios utiliza la debilidad, lo que no cuenta y es despreciado como inútil o poco relevante, como son percibidas las mujeres, para confundir la aparente fuerza de un determinado poder, y une en la complicidad a mujeres diversas para indicar las distintas formas de contribuir a estos planes. Esta forma de actuación divina, típica de la Biblia, muestra otro tipo de poder y de fuerza más eficaz que la fuerza opresiva y bruta de la que los pueblos, incluido el mismo Israel, hacen gala en un irónico intento de mostrar y mostrarse valiosos e importantes.

 

Desde el punto de vista histórico, dado que es impensable que una hija del faraón adopte a un niño de un pueblo esclavo y oprimido, destaca la perspectiva israelita en la adopción del niño por la princesa. El nombre es de matriz hebrea, aun cuando la traducción, de oído, es preciso repetirlo, haga derivar Moisés de masa’, sacar, participio activo en su forma (moseh, el que saca), cuando en realidad, como decíamos, la explicación es la de un participio pasivo (masu’, sacado). Se puede dudar sobre si el autor sabía que Moisés es un nombre egipcio comparable a los nombres teóforos como Ahmoses, Tutmoses, Ptahmoses (tal dios ha nacido), de donde Moses sería una abreviatura de la que se ha suprimido el nombre de la divinidad, de forma que en egipcio significa: nacido, hijo. Es más lógico que el nombre sea egipcio, pues sería difícil admitir que a un personaje de tanta importancia para Israel como Moisés se le diera un nombre egipcio si no fuera un dato histórico que no puede suprimirse.

 

Todo ello parece indicar que estamos ante un relato legendario, que se ha comparado con leyendas de la infancia de otros héroes, como Sargón, de Agadé, rey de Mesopotamia en el siglo XXIV a. C., al que su madre al nacer lo coloca en el río dentro de una cesta de juncos cuya tapa iba pegada con betún. En este caso es un extractor de agua, llamado Akky, quien lo recoge, lo cuida y lo pone a trabajar como jardinero hasta que se convierte en rey (Anet, 119). Como esta, hay otras muchas leyendas sobre el nacimiento de personajes famosos de la antigüedad, reyes, héroes…, amenazados al nacer, que se



 

 

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salvan de modo peculiar naciendo dos veces y triunfando al final sobre sus perseguidores (cfr. Ciro, Alejandro, Rómulo y Remo…). La idea de fondo es que, para llegar hasta donde están, estos personajes han debido sufrir muchas penalidades, de las cuales se han librado gracias a la protección divina brindada desde la infancia, circunstancia que prueba que han sido elegidos por la divinidad para la misión que se les encomienda. De este motivo literario y legendario se ocupa la historia comparada de las religiones, pero también la psicología de la religión.

 

 

El nacimiento del héroe en la psicología

 

Algunos psicólogos han dedicado una parte de sus obras a estos líderes, incluido Moisés. Freud[77], sin ir más lejos, escribió Moisés y la religión monoteísta. Otto Rank, por su parte, estudió estos primeros capítulos del Éxodo al tratar los relatos de la infancia de los héroes[78]. Este autor propone siete rasgos típicos de los relatos de nacimiento de los héroes: 1) la descendencia de la alta nobleza (hijo de un rey), 2) un origen lleno de dificultades o precedido de ellas, 3) una profecía o un oráculo contra el nacimiento, 4) la circunstancia de que el niño es abandonado a las aguas en un recipiente, 5) es salvado/recogido por animales o gente humilde, 6) amamantado por la hembra de algún animal o una mujer de modesta condición y 7) tras la infancia descubre su origen noble, se venga de su padre y obtiene el reconocimiento de sus méritos. Rank describe las diferencias entre el esquema-tipo y el caso concreto de Moisés, pero no explica su sentido que, obviamente, es preciso realizar desde dentro del mismo relato. El mismo Rank dice que el héroe debe siempre ser interpretado como un yo colectivo dotado de todas las excelencias. Pero cuando hay una inversión o existen diferencias, estamos ante datos que deben interpretarse en el contexto en el que fueron escritos.

 

Las diferencias del relato del Éxodo respecto a los de otros héroes son las siguientes: Moisés no desciende de la alta nobleza, sino de una familia perteneciente a un pueblo esclavizado (aunque es descendiente de Leví por parte de ambos padres). La nobleza no es aquí un rango de poder político, sino religioso, que en el relato de la infancia desempeña un papel irrelevante. Su descendencia de una familia de esclavos es un rasgo que sirve a los propósitos teológicos del texto, pero indica algo sobre el poder desde el no poder, típico del pueblo de Israel. Este, aunque quisiera, no logrará jamás librarse de estos humildes orígenes, pues constituye una verdadera marca en



 

 

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la identidad del pueblo. Aunque es obvio que Moisés tiene un origen lleno de dificultades, no hay ni una profecía ni un oráculo contra su nacimiento, sino un decreto general del faraón que lo incluye y lo condena a muerte antes de nacer, de forma que el relato bíblico convierte en historiográfico (una norma imperial) el recurso mágico-religioso (oráculo). Lo distintivo en este caso es que Moisés no recibe esta amenaza por ser quien es, es decir, de forma singular, sino en cuanto miembro de un pueblo, todo él condenado, como varón, a morir para no entrar en conflicto con el poder del varón por excelencia que es el faraón.

 

El hecho de que se trate de una amenaza compartida es significativo para la identidad de Moisés y para su rol. Moisés es especial en la medida en que representa al pueblo y esa cualidad representativa, unida a su origen humilde, le hace un líder atípico que no le permite absolutizar jamás su poder ni abusar de él, sino solo intervenir como mediador entre la verticalidad de un Dios trascendente y la horizontalidad de su pueblo. Esta condición de mediador le mantiene dividido y tenso, en búsqueda constante, en camino y expuesto. La exposición a la muerte, signo de su vulnerabilidad, será una marca de identidad que le acompañará siempre. Si hay un líder vulnerable y débil en Israel, desde su nacimiento hasta su muerte, ese es Moisés.

 

Abandonado a las aguas, como el resto de los héroes, Moisés se diferencia de ellos en que vive personalmente la posterior experiencia de su pueblo. Moisés es recogido por personas nobles (no animales), invirtiendo así el esquema o cliché de la convención literaria. Pero el sentido de la convención es aquí más profundo, la ironía del relato indica que la nobleza, atribuida a la realidad externa, al origen no libre de cada persona, está más bien en un corazón capaz de conmoverse. Y esto solo se pone de relieve en los hechos, más allá de su ascendencia, sea humilde o no. El narrador muestra a la hija más fuerte que el padre y la compasión más eficaz que los decretos y las leyes. La historia, así, no aparece como la sucesión de hechos externos y regidos por leyes de estado, sino como la posibilidad de convivir humanamente en la diferencia de pueblos y culturas. El poder, según el personaje de la princesa en estos capítulos del Éxodo, parte de la fuerza y de la calidad de los sentimientos, que impulsan decisiones y comportamientos. Por tanto, los cambios de la historia se deben a estas fuerzas, aparentemente ocultas pero sumamente potentes. Moisés es amamantado por una mujer de humilde condición, pero a diferencia de la convención, esta mujer que lo amamanta es su propia madre, de forma que la identidad israelita del héroe está bien fundamentada.



 

 

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La convención habla de un conflicto de poder padre-hijo y fundamenta el parricidio como la venganza del frustrado intento de filicidio. Moisés no participa en este conflicto, inexistente en el texto, puesto que la confrontación de poderes se da en el orden de los pueblos. El padre de Moisés es irrelevante en el relato, pues el narrador presenta al héroe, básicamente, como hijo de mujeres, salvado por mujeres y marcado por sus expectativas de vida, de forma que el héroe lleva una profunda marca femenina en su identidad, una marca de aparente debilidad y vulnerabilidad. Moisés se venga del faraón pero por medio de la ironía, ya que es el mismo faraón el que conduce a sus tropas a la muerte, no Moisés. El reconocimiento del que habla la convención del mito no es para Moisés, sino para el Dios del pueblo, el mismo al que acaban reconociendo y confesando el faraón y Egipto como el «verdadero Dios». El auténtico conflicto con su padre adoptivo tiene lugar en el capítulo 2 cuando sale de la corte y se encuentra con sus hermanos de raza, como en seguida veremos.

 

 

LOS ERRORES DEL HÉROE

 

Merece la pena detenerse en esa parte del mito que se refiere al conflicto padre-hijo, tal como lo cuenta el libro del Éxodo variando elementos de la convención literaria y añadiendo conflictos que podríamos denominar, en general, fraternos. Comienza con Ex 2,11-15, que narra el momento en el que Moisés, un joven adulto, sale de la corte por dos veces para conocer a sus hermanos de etnia.

Este relato contiene verbos y expresiones cuya traducción conviene tener en cuenta. Así, el verbo nkh, cuyo sujeto es Moisés, puede significar golpear o matar o también golpear para matar. La expresión r’h be significa mirar y estar implicado en aquello que se ve y el verbo reñir de 2,13 tiene connotaciones jurídicas, como se puede deducir de otros usos en Gn 18,23.25; Ex 23,7; Dt 35,1; 1Re 8,32[79].

 

En esta breve unidad narrativa encontramos pequeñas escenas delimitadas por expresiones temporales (2,11-12 y 2,13-14) que indican las dos salidas de Moisés donde sus hermanos, cuyas consecuencias describen dos acciones graduales con una pequeña conclusión en 2,15 (la intervención del faraón). La pregunta del hebreo a Moisés acerca de su autoridad es la que da un giro al relato y conduce a la fuga del héroe.

 

El ritmo narrativo está muy resumido: el tiempo de la historia es mucho mayor que el tiempo del relato (dos días en cinco versos) y la multiplicidad de



 

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acciones en veinte verbos imprime una gran rapidez narrativa. Es un relato de mucha acción y de mucha acción violenta en la que solo aparecen varones, a diferencia de los textos precedentes, con los que crea un fuerte contraste. Predomina el lenguaje de la violencia, como se desprende de los verbos nkh, nsh, hrq, en una progresión de dureza en la que hrq es el más crudo. A esta impresión contribuye también el tipo de aliteración del fonema resh.

Estamos ante un relato muy esquemático, sin apenas detalles, que va a lo esencial. Los personajes son anónimos, se silencian los nombres de los lugares, no se ofrece ningún dato sobre las circunstancias, como tampoco sobre la huida de Moisés. Cuenta que el protagonista sale de la corte a ver a los de su etnia y encuentra a un egipcio golpeando a un esclavo hebreo. Moisés mira a derecha e izquierda por si lo ve alguien, y mata al egipcio. La reacción del hebreo, sin embargo, no es la esperada. La noticia del asesinato se sabe en la corte y Moisés tiene que escapar de la persecución del faraón.

Una vez más, la narración coloca a su público ante dos colectivos, dos pueblos, en su faz masculina violenta. No se cuentan los sentimientos y las reacciones son pura acción. El diálogo entre Moisés y el hebreo es un momento crucial que, a su vez, da la clave de la situación del héroe que presenta, claramente, un problema de identidad. El hebreo le hace a Moisés una pregunta que el relato, por el momento, no contesta: «¿Con qué autoridad haces esto…?».

 

La identidad de Moisés, puesta en juego en el relato, aparece subrayada por el empleo de un determinado vocabulario: hombre, egipcio, hebreo…, así como por el mismo desarrollo de la acción en la que Moisés descubre y plantea su propio conflicto entre su origen hebreo y su educación egipcia. Los autores y exégetas suelen hablar en sus comentarios de que estas acciones de Moisés prefiguran su sensibilidad ante la opresión, le llevan a prefigurar su rol de salvador y libertador y, por tanto, desempeñan un papel proléptico positivo de cara a lo que sigue. Contra esta interpretación[80], entiendo que el narrador, mediante la intervención homicida de Moisés, pretende decir lo que no es Moisés y, en particular, lo que no debe ser. O, dicho de otra forma, qué tipo de héroe es aceptable y qué tipo es inaceptable a los ojos divinos.

 

El relato plantea, además, la cuestión de la legitimidad de la violencia para la consecución de fines justos. El texto, estrictamente hablando, no contiene ningún elemento jurídico (vocabulario) que avale las acciones violentas, a excepción del verbo «reñir» en 2,13. Tampoco el narrador ofrece juicios de valor ni respecto a sus personajes, ni por su parte ni por la parte de Dios, el cual continúa ausente. Solo la pregunta del hebreo conduce a una



 

 

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determinada conclusión, pues ella plantea la duda sobre la legitimidad de la violencia usada por Moisés. A partir de ese momento, la conducta de Moisés y la continuidad de su orientación cambian drásticamente. El héroe no tiene ninguna autoridad, de ningún tipo, para hacer lo que hace. Pero el texto no juzga a Moisés, sino que solo plantea la cuestión. El resto del libro del Éxodo indica claramente que Moisés no usa la violencia para llevar a cabo su propósito y el plan de Dios sobre su pueblo. En este conflicto, Moisés tiene dos modelos ante la opresión y ante la acción contra la injusticia: el modelo de resolución de conflictos típicamente (culturalmente) masculino, que repite la violencia e introduce una espiral (el modelo del faraón y su ejército), y el modelo ya utilizado por las mujeres para afrontar y resolver los conflictos e introducir cambios y luchar contra la injusticia y la opresión. Moisés entra primero en el modelo masculino estereotípico, y fracasa. En el resto del libro adoptará el modelo femenino hecho de otras estrategias[81].

 

Moisés, como la princesa egipcia y como luego Dios, ve lo que está ocurriendo entre el egipcio y el hebreo. Se pone de la parte del hebreo y golpea al egipcio hasta matarlo, como indica el verbo nkh, que se utiliza para hablar de la acción de Dios contra los egipcios, un golpear que implica la muerte (Ex 12,12; 13,29…). Se observa una progresión en la resistencia a la opresión de los egipcios: fracasan los planes de las mujeres, y es Moisés el que introduce un cambio de nivel en esta resistencia, pasando a la lucha violenta.

 

 

MÍMESIS

 

La forma sobria en la que el relato implica a Moisés en las acciones manifiesta aspectos del héroe, en un dinamismo mimético, que es preciso analizar.

 

Del mismo modo que ha nacido dos veces, Moisés sale por dos veces, en un movimiento que revela la actitud del protagonista. Hasta ese momento ha estado en un ambiente interno, de palacio y corte, y ahora sale y explora una situación y un mundo diferentes. Todo lo que sucede es consecuencia de sus salidas. En la primera, Moisés percibe la situación injusta del maltrato de un egipcio a un hebreo. Su reacción, en un primer momento, es cautelosa y no precisamente impulsiva: mira a su alrededor porque teme ponerse en peligro, y agrede al egipcio. Es decir, tiene un comportamiento mimético haciendo con el egipcio lo que este, a su vez, ha hecho con el hebreo. De esta forma reproduce la acción. Una primera consecuencia, antes y después de su acción,



 

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es la de ocultar. Primero, ocultarse de las miradas de otros, protegerse. Después, ocultar el resultado de su acción, es decir, esconder el cadáver del egipcio.

Al día siguiente vuelve a salir y ya no encuentra a dos pueblos contrapuestos, en conflicto y en jerarquía opresora de arriba-abajo, sino que encuentra a dos hombres del mismo pueblo en una disputa violenta entre ellos. Moisés, en este caso, en vez de actuar, pregunta, tomando por primera vez la palabra en el relato. Pero los hebreos, en vez de contestar, preguntan a su vez, y esta pregunta tiene un efecto de espejo al reflejarle a Moisés aspectos de sí mismo y de sus acciones, como su falta de autoridad, la reacción de recelo y temor que ha suscitado su acción violenta, la lejanía de los hebreos ante alguien que solo comparte la etnia, pero no la situación en la que ella le coloca (conflicto de clase y no solo de etnias). Es decir, el espejo le muestra que los hebreos, desde «abajo», le ven como alguien de «arriba». Le dicen implícitamente que no le reconocen y que su acción ha suscitado miedo.

 

El feed-back le hace consciente del miedo inconfesado que sus cautelas de ayer, antes y después del hecho, no habían reconocido. Ha sido su propio «hermano» el que se lo ha mostrado. El miedo producido por lo que saben le hace huir y la situación queda agravada porque ha puesto en peligro los mismos planes de Dios, las acciones de las mujeres que lo han salvado, el cuidado con el que la misma historia lo prepara…

 

El mimetismo violento se vuelve contra él y Moisés toma conciencia de que expone su vida. La reacción del faraón le devuelve su frágil y delicada situación, pues él es un hebreo a fin de cuentas. El faraón, dentro del mismo mimetismo y de la espiral de la violencia, quiere, a su vez, matar a Moisés. La única salida es la fuga, que deja todo exactamente igual. Pero la huida de Moisés al desierto le lleva a experimentar en sí mismo lo que experimentará más adelante el mismo Israel. Moisés sigue viviendo en sí mismo lo que luego tendrá que experimentar su pueblo.

 

La ausencia de diálogo, típica del mundo de acción violenta de los hombres en la historia como solución a los conflictos, pone de relieve la importancia de la presencia o la ausencia de la palabra. De hecho, es el diálogo el que da lugar al feed-back y devuelve a Moisés la conciencia de su propio problema de identidad y la conciencia de la importancia de sus acciones, sus repercusiones y sus consecuencias. Si no hay palabra, no hay solución de conflictos. En el futuro, el instrumento de Moisés será la palabra. La palabra será su arma, potente o impotente, y será su debilidad y su fuerza, la simbolización de lo que percibe, ve y planea hacer. Y, con la palabra,



 

 

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Moisés alcanza un mayor nivel de humanización. Pero serán de nuevo las mujeres y su mundo los que le devuelvan la facultad y la importancia de la palabra de cara a la resolución de los conflictos. Moisés no será un guerrero, su liderazgo será el liderazgo de la palabra, su tarea de mediación necesitará de sus palabras y sus victorias se deberán a ellas.

 

El héroe nació dos veces gracias a las mujeres que se hicieron cargo de su vida. Era un niño vulnerable y pasivo. Después, salió dos veces y se hizo cargo de sus hermanos, pero ya era una persona adulta y responsable, que se equivocó en la manera de actuar. Este segundo momento puede entenderse como un nacimiento simbólico a la propia conciencia de sí. En el segundo relato, el lector o lectora puede percibir la fisura en la continuidad de la identidad otorgada y la identidad afirmada y elegida. El resto del libro del Éxodo irá mostrando la restauración y la recreación de la continuidad en el desarrollo de la identidad del personaje. Este episodio clausura el conflicto con su padre adoptivo en el nivel del personaje, pero lo deja abierto en el nivel más amplio de la identidad del pueblo. El siguiente conflicto de Moisés con el faraón, no necesariamente el mismo que hizo de padre adoptivo, pero simbólicamente una figura de autoridad que permite la continuidad, se desarrollará en el orden de los pueblos y de la libertad del oprimido y esclavizado.

 

 

EL ELEGIDO QUE ELIGE

 

En Ex 3,1-4,31, cuando ya el héroe ha conseguido estabilizar su vida según el modelo de adulto propio de su cultura, el relato rompe el estereotipo mediante la narración de la vocación de Moisés, que establece continuidad con algunos elementos que quedaron sin elaborar ni concluir en el comienzo del capítulo

 

2.  La narración de la vocación se extiende exageradamente en la parte de la objeción del protagonista y eso hace del mismo esquema vocacional una asimetría literaria sorprendente[82]. La crítica literaria insiste en que la causa es la mezcla de diferentes fuentes o estratos redaccionales. Dicho relato sigue un esquema literario que consta de varios elementos: encuentro con la divinidad (3,1-3a); palabras introductorias (3,4b-9); misión (3,10); objeción (3,11; luego se extenderá al capítulo 4); fórmula de aseguración o de consolación (3,12a); signo (3,12).

 

El Sitz im Leben o contexto vital es la vocación profética, algo que lo diferencia de la vocación de los patriarcas a los que se les aparecía Dios, pero no les daba mensajes para transmitirlos a otros, como es el caso de los



 

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profetas. Por eso no es difícil entender que la vocación de Moisés se haya querido presentar como una vocación profética.

 

El relato de vocación está estructurado por la palabra. Lo indica claramente el vocabulario y la forma dialogante del texto, la equivalencia entre el tiempo de la narración y el tiempo de la historia, propia del diálogo, la forma en la que ese diálogo crece, se complica y la cantidad de palabra de cada uno de los personajes. Todos estos indicadores invitan al lector a detenerse para asistir paso a paso a este momento y poder entender cuánto se juega.

 

Los personajes, que aparentemente han sido presentados en lo que precede, ahora se van a revelar a sí mismos. Yhwh solo se revela aquí por la palabra y en contexto dialogal y relacional. Y el personaje Moisés, igualmente, con su conflicto de identidad, se va a ir revelando en sus palabras, pero en contexto de relación y de diálogo. Eso indica que el ser humano solo accede al proyecto de vida, a la autorrealización, si tiene un interlocutor ante y con quien autorrevelarse. Por tanto, uno de los criterios del análisis que vamos a realizar de este relato es el criterio de la mutua revelación de los personajes en la construcción y la consolidación de la identidad. El texto de la vocación de Moisés va a decir cuál es la identidad del héroe, cuál es la identidad de Dios, y va a plantear cuál es la identidad del pueblo. Porque en el proyecto vocacional de Moisés, el pueblo y su vocación de hijo primogénito de Yhwh (padre definitivo) ocupa un lugar preeminente.

 

En este diálogo va quedando cada vez más claro y completo el plan-proyecto de Dios sobre el pueblo. Encontramos, por tanto, dos interlocutores, un colectivo, otros personajes que actúan como referentes y un plan o proyecto de futuro. Seguiremos paso a paso el desvelamiento progresivo de los dos personajes y en seguida nos fijaremos en la función de las objeciones.

 

 

AUTORREVELACIÓN DE LOS PERSONAJES YHWH Y MOISÉS

 

Esta autorrevelación consta de tres momentos sucesivos: el primero, organizado sobre la percepción (Ex 3,1-2); el segundo, cuando Moisés verbaliza su propia curiosidad mediante un monólogo interior (Ex 3,3), que hace de pasaje al tercer momento, el más amplio, desarrollado y decisivo, estructurado como diálogo (Ex 3,4-4,17).

 

 

La percepción inicial y la sensibilidad de los sentidos

 

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El estímulo ante el personaje está expresado en el texto de dos modos diversos. El primero parte de la información del narrador: «Se le apareció el ángel de Yhwh como llama de fuego en medio de una zarza» (3,2a). La información al lector incluye la identidad del personaje divino y la visibilidad. El segundo modo de expresar el estímulo viene del punto de vista del personaje: «Miró y he aquí que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía». Las modificaciones son importantes al pasar del punto de vista del narrador omnisciente al del personaje. Moisés no solo no conoce la identidad del personaje, sino que solo ve el estímulo que, bajo su percepción, es duradero. Su vocación, por tanto, no viene de fuera, sino de la forma de percibir un determinado estímulo que adquiere el valor de un enigma. Moisés no sabe nada de él, pero proyecta de modo duradero su atractivo y su curiosidad.

 

La percepción inicial del estímulo que empuja la curiosidad de Moisés y le ha llevado a leer de una determinada manera dicho estímulo le llega a partir del sentido de la vista (como indican los verbos del campo semántico del ver en Ex 3,1-7), frontera entre dos mundos, el interno y el externo, que corre el riesgo de ser una ilusión. Según el relato, Moisés está solo, acompañado por unos animales a los que, paradójicamente, conduce como pastor. No tiene con quién confrontar ni con quién compartir la experiencia. Sin embargo, este cara a cara solitario entre la divinidad que llama y el sujeto humano que responde es una característica de los relatos vocacionales y de las manifestaciones divinas a distintos personajes en la Biblia. Esta soledad entre Dios y el sujeto da veracidad y fuerza al testimonio del sujeto. En nuestro contexto actual cuesta mucho colocarse en este otro, debido a que el proceso de verificación debe darse aportando hechos, evidencias o testigos. En la Biblia, repetimos, sucede lo contrario. La verificación del encuentro extraordinario con la divinidad se realiza de otro modo, en el mismo discurrir de la vida, en el tiempo. Mientras, solo queda fiarse o no fiarse de la palabra que lo narra y de los efectos del encuentro producidos en el sujeto. Para el lector o lectora el narrador ofrece el mundo interno del personaje mediante el monólogo interior (Ex 3,3). Esta palabra interna, a modo de pensamiento, es ya una transformación de la respuesta inmediata al estímulo. Mediante la conversión de la reacción en pensamiento, palabra y decisión internos, tiene lugar la personalización del suceso por el personaje. El cuerpo de Moisés responde a la decisión que brota de su percepción y se convierte en el ejecutor de la palabra. Pero esa intención está, todavía, situada en el nivel global sensorial: se acerca para mirar, un mirar enriquecido de contenido por el mismo



 

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estímulo. El verbo expresa un deseo de comprender y no solo de contemplar. El enigma, así, no le viene de fuera, sino de sí mismo, y queda proyectado en la concreción del estímulo.

 

El otro personaje, cuya identidad sabemos por el narrador, entra en la dinámica de descubrimiento progresivo. Advierte ahora la presencia de Moisés y su intención. Lo llama y así, con la palabra, rompe la sensación ilusoria del estímulo. Cambia la localización sensorial del estímulo en Moisés y amplía su campo de conciencia a través de la ampliación del campo perceptivo porque, ahora, a la vista ha sumado el oído. La Palabra de Dios toma cuerpo, puede escucharse y expresa la iniciativa de relación interpersonal de Yhwh con Moisés. Los inicios de una relación se localizan antes en el oído, el primer sentido que se desarrolla en el ser humano. A partir de este momento, el diálogo puede comenzar y el desvelamiento-revelación de las dos identidades en el ámbito de relación ya se hace posible.

 

 

El mutuo desvelamiento por la palabra

 

La mutua revelación Yhwh-Moisés se realiza de forma procesual. Este proceso lo marca el mismo Yhwh con una secuencia de tres momentos.

 

En el primer momento de la revelación (3,6), Dios se revela a Moisés como «Dios de tus padres», en la continuidad de revelación de la historia, y le revela a Moisés su propio pasado. Dios mismo pertenece esencialmente a ese pasado de Moisés. Es su raíz y su humus. En ese pasado está la percepción del sufrimiento del pueblo y de la opresión de los egipcios, pero también el recuerdo de su propia liberación de las amenazas de muerte y de las aguas por la acción coordinada de las mujeres. El «Dios de tus padres» debe incluir el Dios de tus madres, que es el pasado inmediato de Moisés, pues sin ellas el héroe no habría llegado hasta aquí. La fórmula bíblica debe ser entendida de modo inclusivo, aunque en sí misma, literalmente, sea patriarcal y sexista.

 

En el segundo momento (3,12), Dios se revela a Moisés como relación de futuro. Por tanto, si Él/Ella pertenecía a su pasado, también pertenecerá a su futuro. El proyecto vocacional es, antes que nada, garantía de la relación (compañía) que Dios tendrá con Moisés. Pasado y futuro vocacional constituyen todo el arco vital. Y en ese futuro, está el pueblo.

En el tercer momento revelador (3,14), comprobamos que si pasado y futuro están impregnados de la presencia de Dios…, Dios es el que está, el que acompaña, el que es-en-relación («Soy el que soy/está»). El pasado y el futuro de Yhwh no son más que su relación presente continuada. De este



 

 

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modo, Dios ha preparado la revelación del nombre, de la identidad propia, el tetragrama, de una forma pedagógica perfecta para Moisés y, mediante él, para el pueblo.

 

Mirando más de cerca, observamos que primero se autodesvela Yhwh (versículos 6 y 7) nombrando su percepción de la realidad sufriente del pueblo. El enigma interior de Moisés, largo tiempo desplazado y latente (recordemos la pregunta del hebreo en 2,14), comienza a tener nombre. Es Dios quien le pone palabra y en ese enigma Dios mismo está antes incluso que lo que Él/Ella percibe del pueblo. Es necesario insistir en esto porque la vocación, en el mutuo desvelamiento Yhwh-Moisés, pide un oído capaz de percibirle como Alguien que habla[83].

 

Dios también comienza viendo, pero el hecho de decirlo, de traducirlo en palabras, hace simultánea la comprensión y pone de relieve el carácter de relación que para Yhwh estriba en el hecho de ver. De ese modo da a conocer su propia parcialidad, su sensibilidad y su cercanía al sufrimiento. Entra en una cuestión que no es ajena a Moisés. Este puede entender lo que Dios le dice, puede sentirse prendido de este discurso porque tiene experiencia de ello, como ha mostrado el texto que cuenta su primera salida donde los hebreos. De este modo, en el diálogo vocacional, Dios ha conectado no solo con el interés común a ambos, sino con la misma experiencia de aquel a quien llama. El mecanismo de atracción tiene mucho que ver con la percepción de la semejanza, de la similitud con determinados aspectos y con la gratificación narcisista que comporta. No radica tanto en la dimensión racional como en la afectiva, al menos en el momento inicial de esta dinámica dialogal que es la toma de conciencia de la vocación. Toda la experiencia de Moisés se alerta ante la Palabra relacional de Dios y su mensaje. Dios le hace vibrar, pero Moisés tiene ya las cuerdas tensas y dispuestas.

 

En el versículo 11 comienza la primera objeción del héroe llamado. Ante la identidad explícita de Yhwh, Moisés toma conciencia de su dificultad identitaria o al menos de su momento, en proceso todavía. El conflicto, que la narración ha dejado suspendido, asoma precisamente como un momento fundamental en su vocación. La pregunta que quedaba planteada por el hebreo en 2,14 era una pregunta sobre la legitimidad de su autoridad. Esa pregunta Moisés no la puede responder si antes no toma conciencia de su identidad actual. Esto supone que la vocación, como toma de conciencia del propio protagonismo en el proyecto de vida, es una redefinición de la identidad relacional. Cuando Moisés pregunta «¿quién soy yo para ir al faraón y para sacar a Israel de Egipto?» (3,11), no emplea palabras nuevas y



 

 

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distintas, sino que repite lo que Dios le ha pedido, que es punto de llegada, pero con el cuestionamiento primero del ser «¿quién soy…?». No basta con la acción (hacer, ejecutar, ir al faraón, sacar al pueblo). Esta redefinición de la identidad relacional (cuestionamiento del soy) es el primer paso para las necesarias identificación y apropiación del proyecto que encierra la vocación. Por eso le precede. Pero no se puede olvidar que el contexto es dialogal y ese yo enfatizado de la pregunta (anokî) se dirige a un tú.

 

La respuesta divina en el versículo 12 es, de nuevo, relacional, y su desvelamiento y su revelación lo muestran con énfasis. Lo curioso es que no le responde con un tú eres…, sino con un yo soy. El signo que le ofrece es su propia palabra, creadora de seguridad, de garantía y visibilidad de la promesa. Con toda su paradójica inseguridad.

 

En el versículo 13, Moisés se sitúa en el plano de Dios, que es el futuro, y también cambia de plano la cuestión de la identidad. Le preocupa que el pueblo, otro polo de la relación, no la perciba como tal. Pide a Dios una nueva identificación que le sirva para su relación con el pueblo. Pide ser reconocido por el pueblo.

 

La respuesta del versículo 14 es, de nuevo, relacional, que extiende esa relación de Dios a Moisés y del pueblo a través de Moisés. La mediación es, una vez más, el vehículo relacional de la palabra. Hay mayor información por parte de Dios, que ahora se revela de forma paralela a como se había revelado a Moisés, como el Dios que tiene ya una relación de pasado y de presente (la memoria y el futuro).

 

 

FUNCIÓN DE LAS OBJECIONES

 

Las objeciones de Moisés a Dios y a su proyecto sobre él tienen una importante función de cara a la interrelación entre Dios y el pueblo y de cara a la interrelación entre Moisés y Dios, que afectan a su identidad, y de cara a la misión que llevará al pueblo a la experiencia y al proceso de la forja de su propia identidad. Se trata de una función positiva porque supone una toma de conciencia que aumenta la libertad y desencadena un proceso. Este proceso es más largo en Moisés que en otros líderes israelitas porque está en juego, además de su autoridad y la legitimación de esta, la misma consistencia del pueblo.

Las objeciones tienen que ver con el enigma que Moisés sigue siendo para sí mismo en su relación con Dios y con el pueblo. Las objeciones están formuladas en forma de pregunta y, como tales, tienen la virtud de ir



 

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orientando la identidad de Moisés desde el ámbito de la acción en donde él se puede reconocer. Las objeciones tienen la función narrativa de ir concretando aspectos de la misión y de la vocación del personaje. De este modo, la consciencia de la llamada divina y el diálogo con ella entra en lo cotidiano y lo impregna. Cuando Moisés verbaliza sus dificultades ante Dios, se va diciendo a sí mismo dónde están sus puntos débiles y se va conociendo mejor. Por tanto, más que pura resistencia, cada objeción, en progresión y complejidad, tiene la función de aumentar el autoconocimiento del personaje a partir de su propia verbalización y del contacto con la realidad cotidiana.

 

Por otro lado, la respuesta reiterada de Dios va realizando la unidad y la integración entre esa dimensión masculina de Moisés, expresada en la preocupación por la acción, el éxito y reconocimiento de la misma, y la dimensión más femenina de este personaje, pasada más al fondo pero latente e impregnada de posibilidades. Es decir, todo lo relativo al mundo de la relación y la palabra. Dios, en esta pedagogía, le ayuda a reconciliarse con esa humanidad básica, femenina, que de forma tan fuerte le ha marcado en sus orígenes.

 

 

REVELACIÓN DEL NOMBRE DE YHWH

 

Uno de los momentos más importantes de la vocación de Moisés es la revelación del nombre de Yhwh. El documento presacerdotal lo hace remontarse a los orígenes mismos de la humanidad, según Gn 4,26, mientras que para otras fuentes documentales este nombre es revelado por primera vez a Moisés según Ex 3,6.9-15 y 6,2-13. El nombre se usa de dos modos: en una forma larga, que designa a la divinidad, Yhwh, y en una abreviatura que es utilizada en nombres propios de varones: Yeho, Ye (= al comienzo) o Yahu, Yah (al final): Josué, Jonatán, Josías, Jesús, Netanyahu, y en algunas fórmulas litúrgicas, como alelu-ya, e incluso en poesía. No se ha encontrado este nombre, fuera de Israel, antes de Moisés.

 

La etimología de este nombre ha sido amplia y pormenorizadamente estudiada. Los estudios y las hipótesis son muy numerosos. Lo más consensuado es hacerlo derivar de la raíz verbal arcaica del semítico hwy, en hebreo, hyh, que significa llegar a ser, existir, ser. Este verbo, sin embargo, muestra la raíz, pero Yhwh es una forma derivada y por ello se ha querido ver como el imperfecto de este verbo. Algunos piensan que se trata de un imperfecto causativo o hiphil (Allbright): el que hace ser, el que hace existir. Pero, aunque es una hipótesis sugerente, no es muy seguida, porque esta



 

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forma no se utiliza nunca, lo normal es ver un imperfecto qal en tercera persona: él es o él será. Pero tampoco coincide del todo, por lo que se tiende a pensar que es una forma anterior a Moisés, aun cuando no se ha podido probar.

 

Teológicamente, el nombre divino o tetragrama significa lo que dice Ex 3,14-15: «yo soy el que soy»: ehyeh asher ehyeh, de la que proviene ehyeh

=    soy, como nombre del Dios aparecido (versículo 14), un nombre que se refiere a Yhwh, porque al oído israelita le sonaba el paso de ehyeh a yaweh como el paso de la 1.ª a la 3.ª persona del singular, de forma que yhweh se entendía en el sentido de Él es. El versículo 15 dice, en efecto, porque por eyheh (versículo 14) pone yahweh. Es un texto sin duda muy sobrecargado: tres veces la introducción de las palabras de Dios (versículos 14 y 15); el versículo 15 como la respuesta a la pregunta de Moisés (versículo 13); etc. Es el único lugar de la Biblia hebrea en el que se quiere explicar el nombre divino, sin que eso signifique dar una definición de la divinidad israelita. La fórmula utiliza la paronomasia: el empleo del mismo verbo y en la misma persona en la oración principal y en la oración relativa que depende de ella, una fórmula muy usada en el Antiguo Oriente Próximo: voy a donde voy (2Sam 15,20), circularon donde circularon (1Sam 23,13), indicando que se pretende eludir o evadir una determinada explicación pedida. Así, Dios indicaría a Moisés que es indefinible e inmanipulable, pues en este entorno conocer el nombre de alguien implica un cierto poder y un cierto control sobre él. Pero esto no resulta demasiado satisfactorio, porque si el versículo 14 es una aclaración, el protagonista y el lector/a perciben que debe tener otro significado. Parece que la frase se refiere a una intensidad del nombre y, por tanto, del ser: «yo hago gracia a quien hago gracia», dice Ex 33,19, con el sentido de yo soy quien perdona y se compadece.

 

Pero si esto tampoco convence como primera explicación (la intensidad sí tiene sentido pero es insuficiente), solo queda tomar la frase en sentido positivo: el que soy es un predicado de soy, de forma que lo que se predica de Dios es que es, y así: yo soy el que es, pero no en un sentido filosófico, sino en un sentido práctico: yo soy el que está contigo o el que actúa a tu favor. Con todo, es preciso decir que no hay propuestas definitivas, por lo que la discusión sigue abierta.

 

 

MITO Y VOCACIÓN (ELECCIÓN)



 

 

 

 

 

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En un sentido general, se puede decir que la vocación de cualquier ser humano, particularmente cuando adquiere tintes especiales y tiene repercusiones con respecto a otros seres y grupos humanos, puede entenderse como otro nacimiento. El primer nacimiento de Moisés fue corroborado e intensificado por el segundo, cuando las mujeres lo salvaron de las amenazas del faraón y de las aguas. Con ellos ha quedado patente la condición de héroe, abierta a un futuro todavía desconocido. El tercero, el vocacional, corresponde al comienzo del despliegue y la realización de los pronósticos precedentes[84]. Sería el nacimiento del héroe a su vida de adulto, la puerta de entrada a la segunda etapa de la vida, si lo decimos según la nomenclatura junguiana. Es una hermenéutica posible. Así entendida, podemos contemplar algunos aspectos de la vocación como mito.

 

En la literatura antigua, los héroes se caracterizan por recibir una misión. La realización de esta suele estar llena de aventuras, de dificultades en las que el héroe se pone a prueba a sí mismo y prueba también su capacidad para llevar a cabo lo que se le ha encomendado y, por tanto, que es el héroe que anunciaron los signos de su infancia. El personaje de Moisés se ajusta bastante a estas características. La primera parte de su trayectoria como líder lo muestra como un mediador entre el faraón y su pueblo, insistiendo en que el rey debe dejar ir a los hebreos libremente y, por tanto, liberarlos de la esclavitud. En esta parte, Moisés utiliza los instrumentos que Yhwh le ha dado, comenzando por la facilidad de palabra de su hermano Aarón, que suple su deficiencia verbal, y terminando por las pruebas-castigos de las plagas ante la obcecación del faraón. En la segunda etapa, Moisés lidera la salida del pueblo y el paso del Mar Rojo afrontando las dificultades de su propio pueblo, que se muestra temeroso e inseguro hasta preferir volver a la esclavitud que le aseguraba la subsistencia. Y, en la tercera etapa, Moisés encabeza la travesía del desierto camino de la Tierra Prometida. Su final no corresponde al final de un héroe, pues será otro, Josué, quien termine su misión. Él quedará a las puertas de la Tierra Prometida, por su falta de fe en Yhwh. No obstante, el lector y el pueblo que leen el libro del Éxodo hasta el día de hoy tienen a Moisés por líder y profeta, por liberador del pueblo y, se podría decir, fundador del mismo.

 

La misión es el núcleo de la llamada o vocación en sus diferentes formas y fórmulas literarias, pero el elemento mítico principal de la literatura antigua y moderna sobre el nacimiento del héroe es la elección. El héroe es un elegido y en la inmensa mayoría de los casos se trata de un varón. La elección y la misión son inseparables.



 

 

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MOISÉS COMO ANTIHÉROE

 

En la vocación de Moisés, el texto pone de relieve la importancia que adquiere toda su experiencia anterior. El narrador manifiesta la coherencia del perfil del personaje en ciertos rasgos, como por ejemplo la curiosidad que le empuja a adentrarse en el misterio de una zarza que arde sin consumirse, los problemas de su identidad, presentes en el diálogo con la divinidad, o la misión de liberar a su pueblo de los egipcios. Aparecen, no obstante, elementos nuevos tales como su inseguridad para aventurarse en la misión que recibe, elementos todos que presentan al lector o lectora un héroe peculiar, casi un antihéroe. El personaje ya se encuentra con una vida como la de cualquier adulto, con su familia y su trabajo, en un momento de madurez propicio para los planes divinos sobre él y sobre su pueblo. El relato vocacional presenta un itinerario condensado del proceso que lleva a Moisés de ver la situación del pueblo desde sí mismo a verla desde el punto de vista divino. En este proceso destacan expresiones y verbos que evocan la escena de liberación de las aguas de Moisés por parte de la hija del faraón (analepsis). La princesa de Egipto, por tanto, anticipa la acción divina (prolepsis). En este extenso diálogo, Dios, mediante su respuesta reiterada a las objeciones, va ofreciendo a Moisés la posibilidad de unir e integrar la dimensión «masculina», expresada en la preocupación por la acción, el éxito y el reconocimiento de la misma, y la dimensión más «femenina» de este personaje, pasada más al fondo pero latente e impregnada de posibilidades. Es decir, todo lo relativo al mundo de la relación y la palabra. Dios, en esta pedagogía de la revelación de la identidad de Moisés, le ayuda a reconciliarse con esa humanidad básica, femenina, que de forma tan fuerte le ha marcado en sus orígenes y ha marcado su vocación.

 

En todo lo que sigue, el narrador presenta al personaje de Moisés desde la perspectiva de la palabra. La palabra para negociar con el faraón la libertad del pueblo hebreo y su salida hacia otra tierra, la palabra de la amenaza (las plagas), las palabras de ira y de ánimo al pueblo que teme y vacila, la palabra de queja a Dios cuando se siente sobrepasado y abrumado por un pueblo que no le responde, la palabra que le conecta con el Dios que le acompaña en el desierto, la palabra con la que castiga (a Miriam, al pueblo idólatra…) y la palabra legisladora (los mandamientos).

 

Moisés, además, es castigado por la Palabra divina a no ver la Tierra Prometida. Muere en el camino, en el desierto, siendo un guía y un mediador,



 

 

 

 

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dejando su tarea sin acabar y en manos de otros. Es un líder que no ve el fruto de su obra, pues esta obra en realidad no es suya, sino de Dios.

 

 

LA MITIFICACIÓN DEL LIBERTADOR DE ISRAEL

 

El libro del Éxodo realiza una continua tarea desmitificadora de Moisés, sin renunciar, por ello, a los elementos míticos y legendarios que aparecen en su infancia para mostrar al líder libertador de Israel como un personaje único. Cuando el relato ha cumplido este objetivo, el narrador orienta y reorienta continuamente la función de Moisés hacia la tarea o misión que da sentido a su particular biografía. La narración va y viene del personaje a la misión y de esta al personaje, privilegiando la misión por encima de todo. Esta tarea narrativa desmitifica al héroe, sin restarle importancia, pero devolviéndolo siempre a la dimensión humana que le corresponde, a la vez que pretende mantener la atención del lector en la finalidad, es decir, en la liberación del pueblo y el cumplimiento de la promesa divina hecha a sus ancestros. Y, pese a ello, la historia judeocristiana ha vuelto a mitificar a Moisés. No es el lugar de mostrar el proceso mediante el que se ha producido esa remitificación, pero es importante señalar el dato. Se han seleccionado unos rasgos del personaje ignorando otros, como por ejemplo sus acciones homicidas, la traición al pueblo egipcio que lo crio y educó, la fuga obligada por la persecución del faraón y su ocultamiento en tierra extranjera por el delito cometido. Se ha reinterpretado su conducta violenta y asesina convirtiéndola en admisible a causa de su deseo de liberar a sus hermanos hebreos esclavos, minimizando no solo la inadmisible conducta ética, sino el delito, y se ha engrandecido su perfil de legislador. Basta contemplar la escultura del Moisés del escultor Miguel Ángel para darse cuenta de la diferencia entre el personaje del Éxodo, débil, inseguro, líder de la palabra, y el personaje mitificado como alguien casi sobrehumano.

 

El Moisés del Éxodo, además, vinculado biográficamente a las mujeres, de modos de actuación alejados con frecuencia de los héroes típicos del entorno y del imaginario popular, a quien el narrador muestra mediante imágenes femenino-maternas, poco tiene que ver con la representación de macho musculado, fuerte, de aspecto imponente, con la que lo han retratado muchos artistas.

 

 

ARQUETIPOS, MITOS Y SÍMBOLOS EN LOS RELATOS DE LA INFANCIA DE MOISÉS



 

 

 

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La historia de Moisés está atravesada por múltiples elementos arquetípicos, desde las aguas primordiales hasta su segundo nacimiento, pasando por la supervivencia, la dependencia en las situaciones de extrema vulnerabilidad, el cuidado, la fuerza de emociones y sentimientos constructivos como la compasión… Encontramos aspectos que dibujan lo humano, como el miedo, la confianza, la reacción defensiva, el largo proceso de construcción de la identidad, tanto la individual como la colectiva, la relación ambivalente con la naturaleza y la alianza del cosmos en favor de la vida, la construcción difícil de la historia con sus aciertos y errores, el lugar predominante de la violencia y las alternativas políticas…

 

La lectura de las historias de la infancia de Moisés, con sus rasgos legendarios y con sus características únicas, permite percibir en su conjunto y en numerosos aspectos particulares lo universal, aquello en lo que podemos reconocernos. Esto incluye lo culturalmente asignado como masculino y como femenino, pero tales historias ofrecen la alternativa más humana, que será la que predomine en el resto del libro y configure el verdadero perfil del protagonista. Moisés es una figura de lo humano. Hemos analizado los aspectos del patriarcado, los aspectos que hemos interiorizado hasta el punto de haber creado con ellos un personaje patriarcal con el que difícilmente puede identificarse mucha gente (especialmente muchas mujeres), ocultando los elementos universales del inconsciente colectivo que son los que dotan al héroe de todo aquello que, sin saberlo, nos ha permitido no solo admirarlo, sino tratar de emularlo, como consta en tantos intentos de pueblos que han tomado el libro del Éxodo, su gesta del Paso del Mar, su camino por el desierto y a su protagonista, como referentes para la realización de sus propios procesos liberadores.

 

 

EL SÍMBOLO DE LAS AGUAS: AGUAS PRIMORDIALES, AGUAS LIBERADAS, AGUAS AMBIVALENTES, AGUAS LIBERADORAS

 

En numerosas culturas antiguas (india, sumeria, babilónica, egipcia, griega, china…), las aguas primordiales forman parte de los relatos cosmogónicos. Las aguas primordiales, además de convertirse en un símbolo matricial, son el arquetipo por excelencia para sugerir la idea abstracta del flujo del caos original, de la indiferenciación y la anarquía anteriores a la aparición de las formas creadas[85]. Estas aguas ingobernables, fascinantes y temibles son observables en la extensión de los mares y océanos. Sin embargo, la observación, la deducción y la experiencia, sobre todo en las culturas agrarias,



 

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es la de las aguas canalizadas, es decir, las que han estado aprisionadas y encuentran una vía de liberación, como los ríos, por ejemplo, que fecundan la tierra, o la lluvia que limpia y es absorbida por la tierra sedienta y agradecida que produce vida y ayuda a la vida. La fuerza de la vida y el nacimiento suele ir unida a las aguas marinas y a las diosas que las habitan o las hacen surgir. Pero en el proceso de simbolización de las aguas primordiales podemos rastrear la experiencia misteriosa del origen de la vida humana. Se trata, en definitiva, de aquellas aguas prisioneras en el cuerpo de las mujeres cuya liberación libera, a su vez, la vida preparada para salir al mundo[86]. En el vocabulario popular, arcaico y actual, abundan los términos de liberación. El nombre de Moisés, como queda visto, se vincula expresamente con las aguas y con la liberación. Son las aguas del útero que se rompen para abrir el canal de la vida, pero también las aguas del río que transportan al niño en la cesta y lo retienen en el cañaveral hasta que alguien lo saca de las aguas canalizadas. Tanto la analogía con el parto como con la fecundidad de la naturaleza han asociado las aguas primordiales a las mujeres y «lo femenino». En el relato de la infancia de Moisés existe, por tanto, una rica condensación simbólico-mítica que asocia, en diferentes niveles, las aguas primordiales ya liberadas y los dos nacimientos del héroe que, como dijimos en su momento, remiten al relato de la creación en Gn1.

 

Esta «marca de agua» en el nacimiento de Moisés se remonta a las parteras egipcias, que ayudan a liberar el canal de aguas de las mujeres hebreas para el nacimiento de sus hijos e hijas. En las palabras de justificación (impregnadas de ironía) con las que las parteras responden a la petición de explicación del faraón porque han dejado vivir a los niños hebreos, ellas expresan abiertamente que las hebreas son muy fértiles. De este modo, el narrador del Éxodo ha cimentado simbólicamente la fuerza de la vida del paradójicamente débil héroe Moisés en la gestión de las mujeres. Esto es sumamente importante, y por ello nos vamos a detener un momento.

 

Para Moisés son las aguas primordiales en una doble experiencia, como reiteración del útero, algo que confirma el símbolo de la cesta, metáfora del seno materno, preparada para que las aguas no ahoguen al niño, sino que le sostengan. El término hebreo para cesta es el mismo que se utiliza en Gn 6,8 para hablar del arca de Noé. Su situación tiene un cierto paralelismo con la de Noé, expuesto en el arca a las aguas, para propiciar una recreación cósmica, un segundo nacimiento a la realidad que es amenaza y riesgo, por un lado, y posibilidad creativa, por otro. Es un símbolo de índole dramática, pues aunque se trate de una simple cesta, su posición sobre el agua la convierte en



 

 

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una barca, que puede salvar o puede naufragar[87]. En este sentido, la cesta-arca-barca es también un símbolo de intimidad, que incluye la acción maternal de las aguas de mecer al niño, sustituyendo de este modo los brazos maternos que acunan, y proporcionando seguridad acogedora. Moisés, expuesto a las aguas en una cesta-arca, evoca una recreación o un segundo nacimiento, como aparece en las representaciones míticas del arquetipo del héroe. En este sentido, las aguas ya no son solamente aguas primordiales, sino las del diluvio, es decir, aguas regeneradoras de la vida en peligro. Para el público lector de la Biblia, la evocación del arca y del diluvio, sin dejar su ambivalencia, queda asociada a la salvación y la posibilidad de comenzar de nuevo. Las aguas, en efecto, son un símbolo ambivalente, pues son a la vez lugar de inicio de la vida y lugar de muerte, de modo que incluyen la unión de opuestos. El Nilo es para Egipto un río de aguas ambivalentes, pues si, por una parte, es garantía de la fertilidad y de las posibilidades de vida, la sequía de sus aguas produce males y penurias, del mismo modo que los excesos de sus inundaciones pueden ser mortales. El Nilo sacralizado es proyección de la ambivalencia percibida en los inicios de la vida que porta en su seno cada mujer. En el caso de Moisés, una vez que el niño ha nacido y tiene una mínima autonomía, la madre, en un gesto paradójico, lo expone a las aguas para salvarlo. Su condena a muerte por vivir lo lleva a una nueva exposición. Esta misma ambivalencia, como veremos, se va a producir en el relato del Paso del Mar. Pero en su historia individual (y típica, sin duda) se encuentra una inversión, pues cuando intenta afirmarse para eliminar la condición esclava y oprimida de su pueblo, lo hace mediante la violencia mortal, quedando marcado por la sombra del asesinato.

 

Moisés se encuentra en el azar de ser salvado con una implícita confianza en Dios, pero sin garantías, en el deseo profundo de las mujeres que han planeado su oportunidad de salvación. El nuevo nacimiento que propicia la princesa da un significado diferente a la vida, es metáfora de una especie de resurrección que implica la victoria de la vida sobre la muerte, no ya en el orden de lo natural, sino en el de las libres decisiones humanas. Moisés vuelve a nacer porque unas personas concretas, tres mujeres diferentes, lo quieren así. Significando prolépticamente el nacimiento de Israel de las aguas del Mar Rojo, el doble nacimiento de Moisés es un escalón en el que descansa la identidad del pueblo, que no viene del azar, sino de una cuidada y procurada intención que, aunque puede remontarse a la divinidad, tiene como ejecutoras eficaces a las mujeres, plurales y diversas. Moisés, por tanto, está cimentado en otro escalón, el de las decisiones de las mujeres que lo salvan.



 

 

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De nuevo, el narrador ubica a su público oyente y lector en el ámbito de la historia.

 

El doble nacimiento de Moisés en las aguas es prolepsis, también, del paso que realiza, encrucijada entre dos lealtades, dos identidades y dos pueblos que van a marcar para siempre su identidad: hebreo y egipcio, ni hebreo ni egipcio, él mismo entre dos madres, dos pueblos, dos culturas… Moisés será el único capaz de dar a Israel eso que también le hará único entre dos pueblos.

 

El análisis y la exploración precedente de los arquetipos, mitos y símbolos, podría interpretarse como el intento de remitir esta leyenda de orígenes del héroe a la naturaleza, a la fuerza natural de la vida y, concretamente, a las mujeres y «lo femenino» asociados con ella. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El libro del Éxodo está escrito como historiografía, pero más allá de las posibles intenciones, los relatos de los que nos hemos ocupado no presentan a las mujeres en un entorno natural ni como producto de la fuerza de la naturaleza que implica su condición de procreadoras. Desde el comienzo, cada una de estas mujeres aparece marcada por la dimensión humana de su libertad y de sus opciones concretas hasta el punto, como quedaba dicho, de exponerse a riesgos claros. Las parteras egipcias deciden desobedecer al rey. La madre y la hermana de Moisés desobedecen igualmente el decreto real y sortean el mandato con un plan inteligente y calculado. Ellas deciden libremente. La hija del faraón, por su parte, desobedece a su padre y acoge y adopta al niño hebreo anulando la decisión de su padre. También ella toma una decisión, busca los recursos y asume la responsabilidad que dicha decisión implica. Todas ellas tienen un papel insustituible en la historia, pero, además, no solo dejan marcada esa historia, sino que le dan un giro al actuar como agentes de cambio a corto, medio y largo plazo. Son verdaderas agentes políticas.

 

El narrador de estos relatos, no obstante, focaliza toda la acción en la gesta divina y en el papel del héroe, de forma que las mujeres de los comienzos del héroe son anónimas. Ellas están presentadas por su rol (parteras), su lugar en la familia (madre, hermana) y su posición social (hija del faraón). Son relatos, repetimos, patriarcales que, sin embargo, no pueden ocultar la importancia histórico-política, social y teológica de las mujeres. Esa historia, sociedad y teología, como es obvio, se encuentran atravesadas e impregnadas de los arquetipos y símbolos que contribuyen al desarrollo de la cultura, la historia y la teología.



 

 

 

 

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EL SIMBOLISMO DE LO DOBLE Y EL REDOBLAMIENTO

 

En las narraciones de la infancia de Moisés aparece subrayado el número dos que se expresa en oposiciones y alianzas desde el comienzo. En la amenaza, el individuo aparece opuesto a la totalidad, pero también en el género, pues a las niñas se les permite vivir, pero no a los varones. La hija del faraón se opone a su padre. En las alianzas intrafamiliares, la madre y la hermana del héroe se alían, pero también lo hacen en otro nivel las mujeres egipcias (las parteras) y las hebreas (familia de Moisés), la madre biológica y la madre que adopta. Esta dualidad también asume la expresión de la evolución o el progreso, como en el doble nacimiento de las distintas aguas y la doble salida del héroe adulto. En lo que se refiere al personaje de Moisés, como hemos constatado, existe una oposición entre dos contextos identitarios y un conflicto entre las dos lealtades que forman parte de su perfil.

 

Además de las dualidades y oposiciones, constatamos la presencia del redoblamiento en el personaje de Moisés que es el libertador liberado, asociado al símbolo de inversión. Es un héroe activo y pasivo, masculino y femenino, con la posibilidad de explorar en él paradojas interesantes que lo sacan de la dualidad, pues, en efecto, a lo largo del libro del Éxodo, es activamente pasivo y pasivamente activo, así como femeninamente masculino y masculinamente femenino. Los extremos de las paradojas tensan la identidad original del personaje que rompe los estereotipos sin poder ajustarse a ninguno. No es el héroe y el líder superior y perfecto que funda la religión hebrea ni el varón alfa que lleva a cabo las gestas impresionantes que se esperarían del estereotipo del libertador. Las historias del libro, sobre la base de los avatares de su nacimiento y de su fundamento asentado en las mujeres, lo muestran como alguien traído y llevado por Dios, cansado de su tarea, quejumbroso de hacer de madre de un pueblo que lo mismo quiere la libertad que volver a la esclavitud, con dificultades para expresarse y condenado a no disfrutar de aquello que más anhela: la Tierra Prometida.

 

 

EL FUEGO INEXTINGUIBLE

 

Un elemento simbólico presente en el momento de la elección directa del héroe por la divinidad es el fuego de la zarza que arde sin consumirse. El símbolo es, sin duda, ese tipo de fuego que no quema y no se apaga. El símbolo del fuego evoca tres realidades de la experiencia, la luz, el calor y la destrucción (consume y devora), que, a su vez, evocan experiencias de



 

 

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iluminación, de vitalidad, de purificación, entre otras. En el ámbito psicológico, es símbolo del espíritu interior, pero también de la pasión, y puede evocar lo masculino (la llama vertical) y lo femenino (la llama que se expande). Es un símbolo matricial, como lo es el agua. En el área de la espiritualidad y la religión, el fuego es símbolo de la teofanía o manifestación de la divinidad y también símbolo de inmortalidad. Los mitos griegos cuentan tres historias en torno al fuego: la historia de Prometeo que roba el fuego a los dioses, la de Ícaro que vuela hacia el fuego solar y la del Fénix que renace de sus propias cenizas, aunque este mito no es de origen griego, sino posiblemente egipcio[88].

 

En resumen, el fuego simboliza la energía espiritual, la transformación y la trascendencia, que cada cultura y religión expresa en variedad de imágenes y relatos.

 

En el episodio de la vocación de Moisés, el fuego que arde en la zarza sin consumirla es símbolo de la presencia divina, como confirman las palabras que oye el héroe provenientes del mismo Dios cuando le invita a descalzarse porque pisa tierra sagrada. Además, evoca la trascendencia y la inmortalidad divinas al no consumir el objeto que quema ni apagarse. Su presencia es solo el preámbulo de la relación que Dios establece con Moisés de cara a la misión que le va a encomendar de liberar a su pueblo. De hecho, el narrador desvía pronto la atención del público lector u oyente del símbolo al diálogo entre ambos interlocutores, es decir, al protagonismo de la palabra, sobre todo la palabra divina. Una vez que ha conseguido el propósito de atraer la atención del héroe y del lector/a, el símbolo prácticamente desaparece de la escena. Su función, además de la mencionada, es evocar el giro sin vuelta atrás que va a dar la historia de ese pueblo esclavizado. En este sentido, el fuego es el primer indicio simbólico de una transformación del héroe, pero también del pueblo, que de ser esclavo va a convertirse en libre.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

El Paso del Mar: nacer muriendo (Éxodo 13,17-15,21)[89]

 

 

 

El Paso del Mar de las Cañas o Mar Rojo, tal como lo narra Ex 13,17-15,21, es un relato que no pasa ni se agota con el suceder del tiempo. Es un relato universal, aunque se encuentre en un libro tan decididamente judío y destinado a la identidad judía como es el libro del Éxodo. La narración se encuentra sobre un sustrato que conecta no solo con esquemas básicos antropológicos y sociohistóricos, sino con un arquetipo de alcance cósmico que tiene que ver con la estructura misma de la vida, que solo avanza y se renueva en la medida en que se arriesga a cambiar afrontando la dimensión de muerte escondida en los cambios.

 

Hablamos de dimensión cósmica en la expresión del arquetipo, pues se advierte en el manejo de las fronteras entre cielo y tierra, los puntos cardinales, el agua y la tierra (húmedo y seco), la muerte y la vida, la noche y el día, lo vertical y lo horizontal, lo sólido y lo líquido… Y, también, de esquema o patrón antropológico básico a causa del trasunto diádico de entrar-salir, o triádico de entrar-atravesar-salir, que alude al nacimiento, a la vida y la muerte y algunas de sus inversiones[90]. Podríamos añadir la fuerza de los elementos espaciales y temporales, aunque la dimensión más evidente es, seguramente, la dimensión sociohistórica, puesta de relieve con más frecuencia en el pasado siglo, pero presente en toda la historia conocida: un pueblo que nace de un acto de liberación de un estado o situación de esclavitud. Podemos mencionar, así mismo, esquemas básicos de género para referirnos no solo al rol que cumplen varones y mujeres en la acción, como puede ser el caso de Moisés y el faraón, Aarón y Miriam y las mujeres del comienzo del libro, sino, particularmente en referencia al modo en el que se narra la historia, a la impregnación arquetípica de género observable en los símbolos, las acciones, el lenguaje… Tiene también una dimensión psicológica, sobre todo de psicología social, que traspasa personajes, símbolos, acciones, reacciones, tono afectivo, emociones explícitas e implícitas… pero, en particular, tiene que ver con el miedo y su complejidad.



 

 

 

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Y, por último, podemos hablar de dimensión religiosa no para referirnos a unos determinados aspectos, sino en alusión a la profunda y pregnante transversalidad de los relatos, así como de las otras dimensiones arriba mencionadas.

 

 

LA NARRACIÓN

 

El relato forma parte de una narración más amplia que es el mismo libro del Éxodo y es importante para la hermenéutica delimitar las fronteras del episodio. En relación con la teología y dando primacía al personaje divino, si decidimos que el Paso del Mar es la conclusión de la salida de Egipto y, por ello, pertenece a su trama, estaríamos ante un relato que destaca la dimensión supranacional de un Dios que se revela no solo a su pueblo, sino también al pueblo opresor de los hebreos, Egipto. Si optamos, en cambio, por situar el Paso del Mar como inicio del itinerario de Israel en el desierto, destacaríamos, sobre todo, un Dios nacional que libera y protege a su pueblo[91]. No es lo mismo afirmar una u otra, sobre todo cuando las dos pueden justificarse y ambas tienen cabida, aunque en cierto sentido resultan excluyentes[92]. Encontramos razones a favor y en contra de cada una de estas opciones, pero elijo la primera, según la cual el Paso del Mar Rojo es final y conclusión de la trama narrativa de la salida de Egipto de los hebreos, pero sin por ello negar todas las vinculaciones formales, narrativas y de contenido con las tradiciones del desierto que le siguen[93]. La narración es lo suficientemente rica como para permitir diferentes interpretaciones.

 

¿Por qué esta opción y no la otra? Tomado el texto en su estado redaccional y comenzando por el final, el canto de Miriam se entiende mejor como conclusión solemne de toda la gesta de los hebreos, particularmente si extendemos nuestra visión de la narrativa y descubrimos que las mujeres forman una inclusión: ellas, con su desobediencia civil, comienzan la espiral liberadora, y Miriam, junto con las mujeres que cantan y danzan, la culmina en el espacio fronterizo entre el mar y el desierto, entre el agua y la tierra. Toda la gesta liberadora, en efecto, aparece enmarcada por las grandes transgresiones de las mujeres. Además, el Paso del Mar no se comprende bien si lo separamos de la narración de las plagas, pues, ¿por qué razón Egipto querría hacer volver a los hebreos? El motivo principal es el endurecimiento progresivo del corazón del faraón y su corte (Ex 14,4.7) ante signos que reclamaban el reconocimiento de Yhvh (14,4.18).



 

 

 

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Esta cuestión nos remite al lugar y al sentido que ocupa este relato en el contexto general del libro, pues también esto nos ayuda a descifrar su sentido.

 

La inclusión de las iniciativas de las mujeres no es ajena al desarrollo del resto del proceso liberador que, bien mirado en numerosos detalles lingüísticos, semánticos y narrativos, podemos calificar de femenino. Son mujeres las que pueblan los primeros capítulos del Éxodo (Ex 1-2) y una mujer la que lo finaliza con su cántico (15,21)[94].

 

El Paso del Mar (Ex 14-15), como queda dicho, puede entenderse como final del proceso de liberación de los hebreos, pero no como primero, sino como segundo final. El primero, estrictamente hablando, estaría en la salida de los hebreos de Egipto, una salida, por fin, previamente pactada, como se narra en 12,37-13,16. En el final del discurso divino a Moisés acerca de la ley de los primogénitos, dice «porque fue con su mano poderosa como nos sacó Yhwh de Egipto». No obstante, la decisión del faraón en 14,3-5 pone todo en cuestión y lo que sigue se convierte en el segundo final, una estrategia narrativa propia de la Biblia hebrea[95], que tiene, entre otras, la función de dotar de más profundidad a los acontecimientos precedentes, ponerlos en perspectiva y ofrecer al lector las claves más importantes de significado[96].

 

Este segundo final podemos considerarlo, además, como un relato de transición conectado a lo precedente y a lo siguiente, pero manteniendo una entidad narrativa autónoma. Ex 14 mantiene relaciones con la unidad narrativa precedente (1-13) en las referencias al corazón del faraón (14,5) que remite a las plagas (8,11.28; 9,34-35; 10,20), a pesar de que el vocabulario en el capítulo 14 es diferente; la mención del endurecimiento del corazón del faraón (14,4.17), junto con el vocabulario típico del documento Sacerdotal (documento P) en las plagas, como es el caso del verbo hzq (7,13.22; 8,15; 9,12); y, por último, el reconocimiento de Yhwh por el faraón (14,4.17), que remite a 7,5, también obra del P. Los elementos prolépticos que anticipan sus conexiones con los relatos de la travesía de Israel en el desierto son básicamente la columna de nube, que vincula el primer final (Ex 13,21-22), el segundo final (14,19-20.24) y su presencia entre el pueblo posteriormente; las murmuraciones de los hebreos en las que se incluyen los deseos de volver a Egipto (14,11-12) y, por vez primera, la mención de la Gloria de Yhwh, tema típico del documento Sacerdotal (14,4.17-18), que acompañará al pueblo durante su permanencia en el desierto[97].

 

Tanto la inclusión que forma la presencia de las mujeres como la acumulación de simbología femenina convierten el lugar fronterizo del relato del Paso del Mar en un interesante elemento para la hermenéutica feminista.



 

 

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La pregunta más formulada sobre este episodio se refiere a la veracidad histórica del acontecimiento, según la comprensión actual de la historia, es decir, si se trata de un hecho empírico demostrable y, si lo fuera, dónde comienzan y acaban lo «histórico» y lo ficticio[98]. Para nuestro trabajo no es tan relevante, aunque, además de apelar al concepto historiográfico bíblico, no está de más recordar que la historia no deja de ser una interpretación de los acontecimientos con la marca de la perspectiva patriarcal que excluye a las mujeres y sospecha de lo femenino, aunque unas y otro, al final, acaban presentes en las rendijas del patriarcado. Y, lo que nos importa, al fin, es intentar descubrir los mitologemas y símbolos e imágenes que contiene este relato dentro del marco patriarcal.

En este intento me voy a valer de los instrumentos del análisis narrativo, de la hermenéutica feminista y psicológica[99]. El análisis narrativo[100] incluye los estudios y conclusiones de la exégesis histórico-crítica.

La unidad narrativa se extiende desde 13,17 a 15,21. En ella, entran en escena personajes nuevos, mientras que desaparecen otros. Así, los hebreos reaparecen sorpresivamente en 14,1-4 tras haber desaparecido del relato en los capítulos 12 y 13; los egipcios, presentes hasta 15,21, desaparecen a partir de esos momentos tragados por el mar. Aarón, presente en el capítulo 12, desaparece aquí. Aparece Miriam y permanecen Yhwh, Moisés y el faraón. Con respecto al tiempo, 13,17 comienza con un wayehî temporal que pone en marcha la duración de dos días en los que tiene lugar la acción con sus diversos acontecimientos, hasta que el pueblo entra en la etapa del desierto a partir de 15,22[101]. El narrador no trata los diferentes segmentos de tiempo del mismo modo, sino que focaliza la atención del lector o lectora en lo que considera importante. Es digna de mención la polaridad noche-mañana, noche-día y antes-después, por su elevada carga simbólica y teológica. Con respecto al espacio, toda la unidad gira en torno al mar, destacando las polaridades mar-tierra, lo mojado-lo seco, dentro-fuera, arriba-abajo, vertical-horizontal. Y, en relación con la acción, todo el relato trata el Paso del Mar[102] en una triple secuencia: el acercamiento y la entrada en las aguas, el paso o la travesía propiamente dichos y la salida. Anteriormente a la puesta en marcha del pueblo, el lector encuentra un texto legislativo en boca de Yhwh que habla a Moisés, y después del Paso, Ex 15,22-26, se narra el episodio de Mara ya en el desierto. Todas estas indicaciones, en conclusión, muestran que el episodio queda bien delimitado respecto a lo anterior y posterior.

 

El relato del Paso del Mar contiene diversas tensiones textuales y narrativas. Los redactores han unido los relatos en un solo texto que, visto en



 

 

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conjunto, presentaba algunos problemas. En la perspectiva diacrónica advertimos que la redacción final intentó solucionar algunas de estas tensiones con pequeños añadidos que hacían más comprensible la lectura sin afectar al sentido. Ejemplo claro es la nube, un elemento del relato con diversas funciones. Si el pueblo es conducido al mar para atravesarlo de noche, ¿cómo podrá salvar el escollo de la oscuridad? Los redactores finales solucionaron el problema con el añadido de 13,20, donde se indica que la columna de nube tenía la función de ser nube de día y fuego de noche. De ese modo, el pueblo atravesaba el mar iluminado.

 

La composición narrativa incluye tres grandes secciones: 13,17-22, marcha hacia el mar; 14,1-31, llegada al mar y paso del mar; 15,1-21, salida del mar y celebración del acontecimiento. En la segunda sección, a su vez, podemos distinguir una acción llevada a cabo en tres momentos, delimitados por tres discursos divinos: Ex 14,1-4; 15-18; 26. El primero (14,1-4) es un discurso predictivo exhortativo, que prevé acontecimientos futuros; el segundo (14,15-18) comienza interrogando y sigue con una cadena de imperativos dirigidos a Moisés, además de otra exhortación y un final semejante al del primer discurso (la afirmación del final feliz que glorificará su nombre), y el tercero (14,26) comienza como el segundo, incluye un imperativo y un breve discurso exhortativo. Los discursos tienen la función, entre otras, de impedir que el lector o la lectora se olvide de que Yhwh es el verdadero protagonista de cuanto sucede, y quien parece verdaderamente empeñado en la libertad del pueblo. El pueblo, ambivalente, lo mismo avanza que retrocede y Moisés, por su parte, se siente impotente por momentos para conducirlo[103].

 

Estamos ante un relato de acción debido a las transformaciones que se producen en los protagonistas, Israel y Moisés, que incluye el paso de la esclavitud a la libertad y el paso de una situación de infelicidad a otra de felicidad. Sin embargo, el relato de acción está al servicio de la revelación, de forma que los hechos y las transformaciones son importantes por el sentido (religioso) y el reconocimiento a Yhwh, quien lo otorga y al que reconocen como Dios tanto los egipcios como los israelitas.

 

Durante todo el relato el lector se encuentra en la posición privilegiada (sabe más y de más cosas que los actores del relato) de quien conoce de antemano el resultado (la victoria de Yhwh) tal como lo ha ido escuchando de sus labios al hablar con Moisés. Desde este ángulo no hay tensión narrativa suscitada por la pregunta sobre el modo en el que se llegará a ese final. La curiosidad recae en la implicación de los protagonistas ajenos a esta



 

 

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información, el pueblo de Israel y el ejército egipcio con el mismo faraón. La ausencia de tensión primera permite que la curiosidad del lector se desplace a los aspectos que el narrador pretende subrayar, como por ejemplo el proceso, las reacciones de los protagonistas, las emociones que facilitan o ponen en peligro la liberación, el ritual implícito, la puesta en escena mediante símbolos universales y plenos de sentido, el papel de la fe…

Siguiendo los criterios narrativos, la trama de Ex 13,17-15,21 se compone de exposición (Ex 13,17-22), complicación (Ex 14,1-14) y resolución (Ex 14,15-31), a la que se añade un epílogo conclusivo (Ex 15,1-21).

Exposición (Ex 13,17-22). La exposición, donde se ofrecen los datos fundamentales para entender lo que va a suceder, se organiza narrativamente en tres momentos. En el primero (versículos 17-19), la voz del narrador, de muchos y ricos matices, evoca el pasado creando un trasfondo escénico de sentido para lo que va a suceder. El narrador resume en una frase todas las tensiones y dificultades entre Moisés (y el pueblo) y el faraón mediante la conclusión: haber dejado marchar a los hebreos, pero la forma wayehî permite percibir que todo está todavía en proceso. Solo es interrumpido por el monólogo interior de Yhwh, que aparece protegiendo al pueblo al conducirlo por el camino más largo: «pues se dijo: no se arrepienta el pueblo si se ve atacado…». El lector o lectora pensaría que Dios le protege de los egipcios y del faraón, pero el monólogo interior divino expresa más bien su preocupación por lo que el pueblo mismo pueda hacer; así, lo protege de sí mismo («no se arrepienta»). Esta información muestra, por una parte, que el personaje de Yhwh, buen conocedor de su pueblo, no se fía de él y, por otra, adelanta (función proléptica) información sobre reacciones posteriores, que le darán la razón.

 

El lector puede visualizar la marcha a través de la somera descripción «los israelitas subían en buen orden desde Egipto» (13,18), vinculada inmediatamente a otro dato que contrasta con la desconfianza divina: la irrevocabilidad de la salida, pues llevan con ellos los huesos de José, cumpliendo el juramento de los hijos de Jacob (13,19). Así, el narrador coloca ante la misma realidad dos actitudes encontradas, una en el trasfondo, la desconfianza de Yhwh, y otra en el primer plano, la confianza y la decisión supuestamente irrevocable del pueblo. Este contraste, ofrecido en la exposición, forma parte del marco de comprensión del lector del Paso del Mar. Sería muy simplista suponer que se pretende solamente dar la razón a Yhwh. La exposición informa de algo humano como es la propia contradicción y, como veremos, la fuerza del miedo y la ilusión engañosa de



 

 

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la permanencia de las decisiones de un grupo (masa), por más importantes y peleadas que estas sean.

 

En el segundo momento, el relato recupera la cadena narrativa para informar del lugar y el tiempo en los que está el pueblo. Esta información sitúa al lector en la historia, entre las otras dos informaciones, que le indican el papel de Yhwh, al remitir al pueblo a su historia anterior, y su función en el presente orientado hacia el futuro (13,21). Yhwh se perfila, por tanto, como garante de la memoria de su pueblo y de su propia historia con él[104].

 

En efecto, en el tercer momento (13,21), el narrador presenta a Yhwh en primera fila, como el verdadero guía del pueblo mediante el signo bivalente de la nube luminosa que oculta y desvela, según se trate del día o de la noche, anticipando así su función en el paso nocturno del mar. La exposición termina con un par de frases iterativas sobre la presencia continua de la nube.

 

Complicación (Ex. 14,1-14). Este primer acto, que es la complicación de todo el episodio, se organiza en tres escenas: en la primera encontramos el discurso de Yhwh a Moisés, seguido de su ejecución (14,1-4); en la segunda, la acción de los egipcios tras las deliberaciones en el palacio real (14,5-10a), y en la tercera (14,10b-14), la reacción de los israelitas al advertir que los egipcios vienen persiguiéndolos.

 

Escena primera: discurso divino (14,1-4). Como quedaba anunciado, el primer acto del Paso del Mar se inaugura con un discurso de Yhwh a Moisés (14,1-4), al que sigue inmediatamente su puesta por obra. El escenario es el camino emprendido por el pueblo, fuera de la ciudad, quizás en Etam y, por la tarde, cerca ya de Pi-Hairot (Pijairot). El narrador, que ya lo ha preparado en lo precedente, ahora lo pone en boca de Yhwh autorizando con el discurso directo la decisión divina. En este discurso, Yhwh da un par de órdenes prácticas: cambiar de rumbo y acampar. Él mismo establece la ruta. En seguida, sin embargo, sus palabras focalizan la atención del lector en un Yhwh cuya mente se adelanta a la mente del faraón[105], y, previendo lo que ocurrirá, toma la decisión, ya conocida, de endurecer su corazón, anticipando así la razón básica de la persecución del faraón que está a punto de producirse y la victoria final en la que brillará su gloria. La escena termina con el informe del narrador de la ejecución por parte de los israelitas de las medidas prácticas y tácticas divinas.

 

Escena segunda: en el palacio del faraón (14,5-10a). Cambia el escenario, cambian los personajes y cambia la acción. Estamos en el palacio real. Quienes informan al faraón de la salida de los israelitas hablan de huida, algo que no deja de llamar la atención. El lector percibe la diferencia de



 

 

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interpretación entre la información dada por el narrador en 14,17 («Cuando el faraón dejó salir.») y la de los informantes («anunciaron…que había huido el pueblo») y el efecto de esta interpretación sobre el corazón del rey y de sus oficiales. De pronto, como si se le hubiera caído una venda de los ojos, el faraón hace una terrible constatación: «¿Qué es lo que hemos hecho, dejando salir a Israel y privándonos de sus servicios?». Con ella verifica la verdad de la información del narrador (versículo 17) y cae en la cuenta de lo mucho que, como amo, depende de sus esclavos. Hay un fondo irónico muy interesante que arroja una potente luz sobre el supuesto poder del faraón y de los que son como él.

 

La reacción no se hace esperar. La escena deja las deliberaciones y da paso a los preparativos para perseguir a los hebreos (14,6-7), que deja patente a los ojos del lector/a la potencia militar del imperio. El conflicto queda planteado como oposición de dos poderes (si bien no en paridad)[106], el de Yhwh que quiere liberar a su pueblo y el del faraón que pretende volver a esclavizarlo, y, en el envés, la oposición de dos maneras de entender el servir (el pueblo): como servidumbre (al faraón) o como servicio (a Yhwh)[107], que tampoco hay que comprender de manera simétrica. Solo ahora, cuando el faraón ya ha tomado la decisión y están todos preparados, introduce el narrador la confirmación de la intención divina (versículos 8-10a) de endurecer el corazón del rey que persigue ya a los israelitas. La secuencia temporal es importante para entender el proceso: cuando el faraón ya ha sufrido un cambio, la ejecución indica que no hay vuelta atrás.

 

El narrador añade «pero estos habían salido con la mano en alto». Dos cosas merecen aquí nuestra atención: el endurecimiento del corazón, como obra de Dios, y el gesto de la mano en alto por parte de los israelitas. Yhwh mismo dice, en efecto, que él se encargará de endurecer el corazón del faraón. Nuestra primera comprensión de una decisión tal es de repulsa, pues, ¿cómo puede Yhwh endurecer un corazón?, ¿no es acaso propio de la divinidad ablandar los corazones endurecidos? Los estudios del tema, tras barajar diferentes hipótesis, creen descubrir en él un elemento propio de la tradición P, un tema profético que significa, en general, incapacitarse para escuchar y, por este rechazo a escuchar, tomar decisiones equivocadas que arrastran graves consecuencias[108], a causa de las cuales estas personas de corazón endurecido tendrán que comparecer a juicio. Que sea Yhwh el que genere esta actitud en el faraón no se puede entender desde nuestra comprensión actual sobre Dios. Para el mundo semítico no hay nada que se escape a la causalidad divina[109], incluyendo las adversidades y la mala



 

 

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actuación de los enemigos. Además, la palabra de Dios es eficaz. En el mundo del discurso, lo que se juega es la soberanía total de Dios, por lo cual si Yhwh es soberano del mundo, el cosmos y la historia, la maldad de los enemigos no puede quedar al margen de su soberanía. De qué manera podían los antiguos manejar una tal concepción de Dios nos coloca en la distancia entre nuestra percepción de la realidad y la que parece desprenderse de textos tan distantes a nosotras/os en el tiempo y la cultura. Permite, además, un cuestionamiento sobre la misma concepción de la libertad. Debemos retener, sin embargo, la vinculación entre la negativa a escuchar la Palabra de Yhwh y sus nefastas consecuencias. En definitiva, se trata de mostrar que esta Palabra de Yhwh siempre es eficaz, sea para bien (escucharla), sea para mal (rechazarla). Traducido a nuestro lenguaje equivaldría a decir que la Palabra divina provoca en el faraón una respuesta de rechazo, que encadena los acontecimientos de manera que lleva al faraón y a su ejército al fracaso y la ruina[110]. En este momento, además, si nos retrotraemos a las palabras mismas de Yhwh en las que narra su plan, advertimos que se trata de un revés a la frase del faraón «quién es ese Yhwh que dice deja salir a mi pueblo», de forma que cumple la función de preservar la iniciativa divina y asegurar el final feliz, su glorificación y, en particular, el reconocimiento del mismo Yhwh, algo que solo se producirá al final, cuando Israel haya pasado de la esclavitud a la libertad[111].

 

El otro elemento digno de atención es el gesto de la mano levantada por parte del pueblo. Se trata de un leitmotiv bíblico para significar la libertad. Caminar o marchar con la mano levantada es signo de libertad[112]. El lector o lectora percibe a un pueblo confiado, que marcha a su libertad, precipitándose, sin embargo, a celebrar este logro. Percibe, a la par, que, creyéndose fuerte, es en realidad un pueblo débil y vulnerable. La percepción de este gesto sirve al narrador para explicar (que no justificar) la reacción de los israelitas ante la persecución de los egipcios y para provocar en el lector u oyente una distancia que le permita interrogarse acerca de la libertad y sus relaciones con las circunstancias, los procesos, las emociones humanas más hondas. ¿Es la libertad un derecho que se puede dar por conquistado o logrado?, ¿basta con recibirla como un regalo?

 

La escena termina con la descripción de la persecución del faraón con sus ejércitos que ya se acercan a los israelitas.

Escena tercera: la potencia del miedo (14,10b-14). La siguiente escena cambia el punto de vista de los egipcios a los israelitas, mediante la expresión levantando los ojos, he aquí (hinnenî), que coloca al público lector u oyente



 

 

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de la parte del pueblo, el cual, de golpe, descubre que vienen persiguiéndolos. Esta percepción establece un contraste impactante con la imagen última de un Israel que se ha precipitado a celebrar su libertad y su victoria. La descripción de la potencia militar del faraón contrasta, también, con la actitud confiada y desarmada del pueblo. El desafío para Yhwh es muy fuerte: ¿qué se puede hacer, cómo se puede resistir ante semejante ejército? El público lector, lo mismo que Moisés y el pueblo, puede apelar a su memoria y evocar el propio y práctico conocimiento del poder divino, tal como se mostró en las plagas. No obstante, en un momento de pánico esta memoria no parece resultar muy eficaz.

 

El relato coloca a Egipto y a Israel frente a frente: «El faraón se acercaba, los israelitas, alzando los ojos, he aquí que ven a los egipcios marchar sobre ellos». El lector o lectora lo ve desde la percepción del pueblo. Ve lo que Israel ve y desde donde lo ve. El narrador le fuerza, de algún modo, a ser empático o empática situándolo en los mismos ojos para que comprenda desde dentro y en primer plano (didácticamente) lo que sucede, no ya ni solo externamente, sino en lo más hondo de la gente[113]. La reacción inmediata es el pánico, y en él los israelitas acuden a Yhwh, a la par que se revuelven culpando a Moisés. El lector, en una posición de información privilegiada ante Israel, se pregunta qué ha pasado con esa mano levantada que proclamaba la libertad… El efecto del pánico sobre la memoria inmediata es devastador, y su efecto selectivo sobre la memoria mediata es igualmente nefasto[114]. La frase de Israel contra Moisés e, indirectamente, contra Yhwh, da una perspectiva de profundidad a la percepción del proceso de libertad, pues Israel, de pronto, muestra su verdadera identidad, que, curiosamente, encaja en el discurso del faraón al darse cuenta de que necesitaba a los esclavos. Israel no es ni mucho menos un pueblo libre. Su discurso desvela que, en el fondo, prefiere la seguridad de la esclavitud a la intemperie e inseguridad del camino de la libertad.

 

En esta escena vuelven a encontrarse señor y siervo, Egipto e Israel. Este, ahora que percibe el gran señor que tiene, lamenta su error, lo mismo que Egipto lamenta su equivocación al dejar marchar a sus esclavos. El faraón quería que los hebreos volvieran y estos, presa del pánico, quieren volver a Egipto. Están de acuerdo. De hecho, la queja comienza con las mismas palabras empleadas por el faraón, «¿qué hemos hecho?», con una importante diferencia: el faraón asume su responsabilidad, en primera persona del plural, mientras que los israelitas, como es propio de la mentalidad esclava, culpan a Moisés y, con él, cuestionan el mismo deseo de Yhwh, sin acordarse de esas



 

 

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quejas que habían subido hasta la divinidad (cfr. 2,23) y que Ella había escuchado (cfr. Ex 3,7).

 

Si percibimos la escena en su contexto y su marco general, descubrimos rasgos de la estructura social y psicoantropológica de la esclavitud, pues no solo se trata de una relación de necesidad en la que cada parte reclama a la otra, sino de los estragos que esta estructura crea en quienes desean escapar o salir de ella[115]. El discurso de Israel a Moisés recupera de su memoria justamente su duda de que aquello fuera a resultar bien: «¿No te decíamos en Egipto “deja que sirvamos a los egipcios que mejor nos es servir a los egipcios que morir en el desierto”?». Oponen desierto y Egipto y anticipan narrativamente las quejas del desierto y el motivo de las murmuraciones. El discurso salva a los egipcios de alguna manera[116]. La elección del pueblo en este momento de pánico es clara: prefiere Egipto, esclavitud, seguridad, pasado y faraón, a desierto, libertad, incertidumbre, futuro y Moisés y Yhwh. El miedo le lleva a percibir la muerte por encima de la vida y, creyendo elegir la vida, en realidad está eligiendo la muerte.

 

Discurso de Moisés. La situación de pánico paralizante por parte del pueblo es desbloqueada por el breve y contundente discurso de Moisés, que en este relato tiene un rol de líder, pero se aleja del héroe según los primeros capítulos del Éxodo. Comienza sacudiendo el miedo y se centra en el presente orientado hacia el futuro: «No temáis, permaneced callados y veréis la victoria que hoy os dará Yhwh, pues los egipcios que veis hoy no volveréis a verlos jamás. Yhwh combatirá por vosotros; vosotros permaneced callados».

 

En este discurso se distinguen dos momentos, el primero, destinado a desbloquear el pánico, «no temáis», y el segundo, encerrado en la frase inclusiva «permaneced callados». Con él, es como si Moisés diera la vuelta a sus rostros, orientados ahora hacia atrás, donde están los egipcios, donde estuvo la esclavitud, donde perciben el miedo y las tentaciones de volver poniendo en peligro toda la acción liberadora de Dios, y los recolocara en la posición correcta, la que mira hacia delante y hacia el futuro confiada en la promesa de la compañía divina. Se trata de un discurso proléptico, que prepara la acción siguiente y que en términos simbólicos de nacimiento equivaldría a imaginar al feto retrotrayéndose en el útero por miedo a ser expulsado al mundo.

 

Clímax (Ex 14,15-31). Comienza ahora el segundo acto de esta obra que, a su vez, tiene dos partes unidas y separadas entre sí por los dos discursos divinos: la primera (15-25), que comprende la acción del Paso del Mar, y la segunda (26-31), cuando los israelitas se encuentran en la otra orilla.



 

 

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EL PASO DEL MAR

 

El discurso divino, que muestra a Yhwh tomando de nuevo las riendas de la hazaña, da a Moisés las instrucciones necesarias para cruzar el mar durante la noche (15-18). Le sigue un breve intermedio donde el lector contempla una estrategia de la presencia divina a través de la columna de nube y del ángel de Yhwh (19-20) y, en seguida, tiene lugar el paso de Israel (22), la persecución de Egipto (23), el giro definitivo de la situación mediante la acción divina (24-25a) y la reacción de los egipcios (25b).

 

En los momentos que siguen se contempla a Yhwh y a Moisés en una serie de acciones conjuntas y coordinadas[117], preparadas por el ángel y apoyadas por la función de la columna de nube. Las acciones son: alzar el cayado, extender el brazo, secar el mar, dividir las aguas y cruzar por lo seco.

 

La protección divina. Las tradiciones proponen dos figuras que, por momentos, parecen superpuestas, con la función de hacer visible la presencia protectora de Elohîm, el ángel y la columna de nube, que se colocan entre los dos antagonistas, impidiendo la comunicación de ambos y ejerciendo una función diversa para cada cual: oscuridad para los egipcios y luz para los israelitas. Con esta estrategia, el pueblo se tranquiliza y recupera el ánimo necesario para terminar la aventura comenzada[118].

 

Atravesando el Mar. Moisés, por mandato divino, extiende su mano y divide las aguas al tiempo que Dios mismo manda un viento (Rûah.) que seque el paso disponiéndolo para la travesía del pueblo. En esta parte del relato, que señala el clímax del episodio, se acumulan los símbolos ofreciendo a la secuencia un nivel de profundidad que en una primera lectura confiere un sentido multidimensional al relato y, a la par, requiere más lecturas, exigiendo la atención expresa del lector sobre los distintos elementos. Estos símbolos, como veremos, pueden percibirse en el plano cósmico universal y en el plano de la identidad religiosa y sociopolítica israelita, en una mutua imbricación.

 

La percepción global de la secuencia del Paso, a vista de pájaro, implica dos columnas humanas, Israel y el ejército egipcio, separadas por una columna de nube, en medio de murallas de agua dirección sur (derecha) y norte (izquierda), si tenemos en cuenta los datos geográficos (de Egipto al mar, del mar al desierto), que orientan la marcha del oeste al este. El efecto simbólico de la verticalidad tiene una función protectora y defensiva.

La acción divina y su palabra eficaz. El narrador, colocando al lector en una situación privilegiada respecto a los actores, Moisés y el faraón, el pueblo israelita y el ejército egipcio, da cuenta de la acción divina directa contra los



 

 

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egipcios, e indirecta a favor de Israel: dentro del mar y cuando la noche ya apuntaba el alba, Dios crea la confusión en el ejército egipcio. Esta acción se describe en seguida como trabar las ruedas de los carros haciendo más lenta la persecución, lo que da tiempo a que Israel alcance la otra orilla. Y justamente cuando los egipcios se dan cuenta de su error, interviene de nuevo la Palabra divina para que, mediante Moisés, el mar vuelva a su ser. La visualización de la escena hace que el lector recupere la descripción del ejército y entienda la razón por la que no puede haber supervivientes: el peso de los pertrechos para el combate hunde a quienes los portan.

 

El discurso divino, por tanto, y su ejecución por Moisés, desencadenan la conclusión que puede entenderse en los dos planos a la vez: como consecuencia lógica de la pretensión de los egipcios y como consecuencia del plan divino y de la eficacia de su acción y su palabra.

 

Israel reacciona (versículos 29-31) con una confesión de fe, cuando tiene evidencia de la acción divina, es decir, al amanecer y a la vista de la derrota del ejército en la orilla. En esta confesión de fe hay un término que revela el sentido de la transformación sufrida durante la noche. Israel pasa del temor en el sentido de miedo, que le orientaba hacia atrás, hacia la esclavitud y la servidumbre, al temor en el sentido del reconocimiento a Yhwh, hacia delante, hacia la libertad y el servicio de Dios. Esta transformación le convierte en pueblo. En este reconocimiento a Yhwh se encuentra también el reconocimiento del liderazgo de Moisés. La lectura superficial se queda en Moisés, en la gesta aislada, en el rol concreto. Una lectura en profundidad no puede separar al personaje de su historia narrada, de sus orígenes y de su trayectoria.

 

Epílogo conclusivo: el canto y la danza (Ex 15,1-21). El episodio, narrado como hazaña con elementos épicos, termina con poesía y cántico. Tomado desde fuera, podría parecer que, por tratarse de un epílogo, es un texto del que se podría prescindir. Si así ocurriera, cometeríamos el error de no tener en cuenta dos cosas: a) la importancia y la peculiaridad de los finales en la narrativa bíblica, pues este cántico no solo es el anticlímax de la historia de la salida de Egipto y el Paso del Mar, sino un final que encierra dos finales, y b) el lugar que ocupa la dimensión cúltica en los grandes acontecimientos del Israel bíblico.

 

El texto, en una primera mirada, presenta dos cánticos que no se sabe bien cómo entender. El primero es atribuido por el narrador a Moisés y el segundo a Miriam, profetisa y hermana de Aarón. Los expertos y expertas comentaristas han percibido tensiones textuales que han intentado resolver



 

 

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mediante diversas hipótesis, desde la presencia de dos fuentes fusionadas hasta la detección de señales de represión patriarcal orientada a invisibilizar la historia y el protagonismo de las mujeres y su líder, Miriam, en el acontecimiento del Éxodo[119]. Aquí, sobre la base de los resultados de los estudios realizados, nos ocupamos del tema en la perspectiva narrativa de la redacción final del texto. A este respecto, mi punto de partida es el descubrimiento de J. G. Janzen[120] de la estrategia narrativa de la analepsis. Tras el cántico cantado por Moisés y los israelitas para celebrar la victoria, el narrador en 15,19 recupera analépticamente 14,26-29, como muestra el vocabulario (caballos, carros y jinetes, entrar en el mar, pasar los israelitas a pie enjuto…), e introduce el llamado «breve cántico de Miriam». Janzen muestra las razones narrativas y textuales por las que se produce ese orden en la narrativa temporal y llega a la conclusión de que el cántico de Miriam es una celebración cúltica que, como tal, forma parte integral del acontecimiento del Paso del Mar, de la misma manera que la celebración de la Pascua forma parte de la salida de Egipto y del comienzo de la liberación. Tal como ya ha sido mostrado[121] y sobre la base de otros estudios[122], hay motivos para suponer que las mujeres que han encabezado la liberación con su desobediencia civil a favor de la vida, contra el faraón, ahora la culminan con el cántico y la danza rituales con los que invitan al pueblo a celebrar la liberación por parte de Yhwh. Así, Ex 15,19-21 funciona como reclamo analéptico de Ex 14, y Miriam y las mujeres no entonan un estribillo o antífona, como han pensado algunos, sino que son las que llaman a Moisés y al resto del pueblo a cantar himnos al Dios liberador[123]. Esta mención, colocada justamente en el final, es la que cierra narrativamente el éxodo o salida, además de finalizar el acontecimiento del Paso del Mar.

 

Conclusión parcial. El análisis narrativo del Paso del Mar en el nivel de la historia pone de relieve que es un relato que se ocupa, ante todo, de una cuestión de identidad nacional, política y religiosa. En este nivel manifiesto se producen conflictos y batallas, como muestra la persecución egipcia. El nivel del discurso tendrá que explorar si existen otros conflictos y luchas latentes y si las manifiestas tienen alguna función respecto a ellas (por ejemplo, encubrirlas, disimularlas…). Igualmente, destaca el protagonismo indudable de Yhwh en el acontecimiento fundante del pueblo, incluso en contra de ese pueblo cuando el miedo le impulsa a retroceder en el camino de la libertad. El lugar compositivo de los discursos de Yhwh lo demuestra sin ninguna duda. El nivel del discurso, por tanto, deberá centrarse en el perfil del personaje de la Divinidad. Y, junto a él, también pone de relieve el lugar ocupado por



 

 

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Moisés en el desarrollo de la trama de acción (liderazgo) y de revelación (mediación), en el plano manifiesto del relato. Por ello, el análisis del nivel del discurso deberá tener en cuenta este plano junto con el plano latente, es decir, la superficie del texto y su profundidad. Visibiliza, sin duda, la importancia de la presencia de Miriam y las mujeres en este momento del libro y en la culminación del acontecimiento del Paso del Mar, que induce a un análisis complexivo de su función y a explorar la relación entre las protagonistas mujeres, sus acciones y la relación de lo femenino con el fondo simbólico de la narración.

En suma, el análisis del discurso se centrará en la figura de Yhwh, su rol en el relato y sus funciones para los personajes y el proceso mismo; en los trasfondos de la figura de Moisés, en la importancia narrativa de la aparición y acción de las mujeres que invitan al culto y lo celebran[124] y en los trasfondos identitarios del pueblo, sus líderes y sus procesos de libertad.

 

 

LOS TRASFONDOS DEL EPISODIO

 

El estudio del nivel del discurso requiere prestar atención a todas aquellas estrategias de la narrativa desplegadas por el narrador respecto a los personajes y a la acción, tomando en consideración la redacción última del texto. Aquí solo nos ocuparemos de algunas relativas a los personajes.

 

 

Perfil narrativo del personaje divino del Paso del Mar

 

Nadie duda de que el relato del Paso del Mar con el que finaliza la salida de Egipto es un renacer. No es la primera vez que la narración aparece a los ojos de exégetas y literatos como paradigma de nacimiento. Hay escenas de los evangelios que evocan sus elementos paradigmáticos fundamentales, ya sea directos o invertidos (bautismo de Jesús, huida a Egipto…). La religión cristiana recupera este simbolismo esencial para fundamentar la iniciación cristiana del bautismo y para la celebración central del ciclo litúrgico de la Pascua. Se entra en el agua, se muere dentro del agua y se sale del agua como seres renacidos. Este paradigma, del que nos ocuparemos en la tercera parte, reclama y evoca el símbolo matricial. Evoca y reclama simbólicamente alguien que engendra, alguien que gesta y alguien que alumbra (posteriormente, alguien que cuida, protege y educa, como ocurre en la trayectoria de Israel en el desierto). De las tres funciones, y tomando en cuenta los esquemas antiguos de la cultura del Próximo Oriente Antiguo, dos



 

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de ellas (gestar y alumbrar) son atribuidas a la madre. ¿Podremos hablar de Yhwh como de la madre que gesta y alumbra? ¿No está considerado Yhwh, más bien, como un Dios masculino que engendra más que como un Dios Madre femenino que alumbra? Necesitamos explorar el perfil narrativo de la Divinidad en el Paso del Mar[125].

 

Las acciones divinas. En la exposición (13,17-22), Dios es nombrado como Elohîm hasta el versículo 21, en el que se recupera la nomenclatura yahvista. Las acciones divinas atribuidas a Elohîm le presentan como un personaje omnisciente, reflexivo, previsor, preocupado, que no reacciona a la primera ni se fía de las apariencias, sino que toma la distancia necesaria, se coloca en el trasfondo[126], dota de profundidad sus decisiones y revela sus motivaciones más hondas. Todos los verbos que lo tienen como sujeto están en futuro. Ve al pueblo más allá de su aparente decisión irrevocable, consciente de que en el fondo encierra temor. No le juzga. Actúa, conduciéndole por el camino más largo. Sin embargo, su modo de acción en este momento no es meramente directivo, como lo indica la forma hiphil o causativa del verbo rodear: induce al pueblo a dar un rodeo. Este «hacer que hagan» muestra esa compañía, explícita ya en el versículo 21 mediante la recuperación del nombre de Yhwh, que, sin embargo, en coherencia con la forma divina de actuar, se identifica con un símbolo paradójico y cargado de sentido: la columna de nube, oscura de día y luminosa de noche. La columna de nube es ella misma presencia protectora y vigilante, indirecta pero segura.

 

El personaje de Elohîm que observa, percibe más allá de las apariencias y piensa en la manera de remediar un conflicto de fondo, evoca al Yhwh Elohîm de Gn 2,18ss ante el ser humano genérico ya necesitado de la diferenciación (una especie de renacimiento), que perfeccionará su obra en una segunda etapa, inmediatamente antes de la acción independizadora que relata Gn 3,1-7[127]. Si este personaje del Génesis se encuentra en un ámbito de nacimiento y creación, ahora, en la exposición del relato del Paso del Mar, coloca al narrador atento y conocedor de las Escrituras en este mismo ámbito de nacimiento y creación, no ya de un ser humano diferenciado, sino de un pueblo cuyo renacer le diferencia de los otros[128].

 

Las acciones de Yhwh en las escenas del Paso del Mar son relatadas en los discursos y en la voz del narrador. En los dos primeros discursos, Yhwh habla con Moisés y le da toda la información de antemano, convirtiéndole así en confidente, y ejecutor de sus órdenes, más concretas e inmediatas en el segundo y el tercer discurso, a medida que los acontecimientos se vuelven inminentes y no hay tiempo que perder. Además de estos discursos en los que



 

 

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Yhwh «hace hacer» mediante Moisés, el narrador le atribuye directamente varias acciones: endurecer el corazón del faraón, en la primera escena (14,8), y en la segunda (14,17), soplar un viento fuerte que divide las aguas del mar, mirar al ejército del faraón ocasionándole confusión y trabar las ruedas de sus carros. En la tercera escena, el narrador, de forma ya sumaria, atribuye a Yhwh dos acciones: arrojar en el mar a los enemigos de Israel (14,27) y librar al pueblo (14,30). Además de estas acciones directas de Yhwh, están las de la nube, a través de las que la divinidad actúa con la misma eficacia que cuando el narrador la nombra explícitamente. Si miramos con atención nos daremos cuenta de que endurecer el corazón y trabar las ruedas son acciones directas de la segunda escena situadas en los extremos, mientras que en el centro queda soplar el viento, acción indirecta respecto a lo que provoca: la división del mar. Las acciones de la tercera escena, a su vez, son resultado de las precedentes y de todo el proceso. Yhwh, por tanto, «hace hacer» e interviene la mayor parte de las veces de manera indirecta, a través de otros factores. En el plano del discurso, esta conclusión muestra el carácter interpretativo del narrador, quien, a su vez, enseña a sus oyentes y/o lectores/as a interpretar. Estos indicios refuerzan la conciencia reflexiva de los textos fundacionales, la necesidad de prestar atención, de captar las señales en su apertura dejando clara y cerrada, en cambio, la conclusión final: que todo el proceso es, en definitiva, obra de Yhwh.

 

En el epílogo, el cántico de Miriam (incluyendo el de Moisés) muestra un perfil divino mediado por las voces que cantan el relato del acontecimiento liberador. El cántico presenta un perfil de Yhwh como fortaleza del pueblo, salvador, guerrero, poderoso y furioso (15,7), cuyo soplo airado es terrible con los enemigos y, en cambio, misericordioso con Israel. Él es quien introduce al pueblo en el monte de su heredad, en el santuario hecho por sus manos. En este poema, el nivel reflexivo queda reforzado de manera patente y secundaria: interpretación (cántico) de interpretación (narración)[129].

 

Las diferencias entre el perfil trazado por la narración del Paso y el del cántico son notables. Lógicamente, el relato presenta una caracterización de personajes más compleja y matizada que la del cántico. Esta diferencia se debe tanto a la forma como a la tradición (cultural) y tradiciones (orales y textuales) que subyacen a cada uno. El poema-cántico, así mirado, presenta una interpretación más patriarcal y masculina que la narración, la cual queda, sin duda, más abierta. Este efecto no deja de resultar interesante, pues la autoría narrativa de Miriam respecto al cántico queda neutralizada narrativamente por el perfil patriarcal del contenido. Ello nos remite, de



 

 

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nuevo, a la narración, pues Miriam y el resto de las mujeres forman parte del acontecimiento.

 

El efecto del contraste entre forma y contenido es, cuando menos, curioso: el relato, cuyos actores aparecen básicamente en masculino, contiene símbolos femeninos masivos. El cántico, cuya autoría narrativa es femenina, presenta símbolos del mundo masculino. Este contraste da una perspectiva de complejidad a los mismos estereotipos que frena el impulso de interpretar meramente lo superficial. El perfil de Yhwh contiene numerosos elementos que la cultura antigua (y todavía la actual) asigna a las mujeres y sus funciones de hembra y de madre. En la perspectiva antropológica remite a los procesos de humanización y a los métodos: la guía y protección indirecta, el respeto que hace posible la sana autonomía, la dificultad para asumir el riesgo de la libertad… De este modo, el perfil narrativo de la divinidad no es solo femenino, sino, además, didáctico acerca de la manera en la que los humanos (individuos y pueblos) surgen a una determinada forma de vida (calidad) y evolucionan en su (supuestamente adquirida) identidad[130].

 

La nube y el ángel

 

Si la divinidad se funde en diversos momentos con la columna de nube y con el mensajero o ángel del que se habla en otro momento (14,19), debemos prestarles atención como parte de su caracterización. En el nivel explicativo racionalista, que intenta comprender los fenómenos naturales e históricos que están en el fondo de las narraciones, la nube compacta, oscura y luminosa a la par, se identifica con un fenómeno luminoso natural, de tipo tormentoso o volcánico, de cierta permanencia, dependiente del acontecimiento sinaítico que se extiende hacia atrás: el camino por el desierto y el paso del mar. Aunque la nube no es tradición de todas las fuentes (típica del presacerdotal), sí lo es, en cambio, la presencia de una «tormenta» en el momento del paso del mar. La función desempeñada por la nube, todavía en este nivel de análisis, es atribuida por la fuente presacerdotal al ángel[131]. De esta constatación nos interesa señalar no solo la interpretación teofánica de Dios en los elementos naturales, sino también sus conexiones con la propensión más generalizada en el entorno del Israel antiguo a vincular la divinidad con la naturaleza. Esta vinculación añade complejidad al perfil narrativo de Dios que impide que se le trate estereotipadamente como masculino y patriarcal.

 

La nube, en el idioma hebreo, goza de una rica diversidad terminológica[132], índice de la importancia que le concedían los hebreos. El



 

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término ’anan, utilizado en el relato del Paso del Mar, tiene vinculaciones específicas con el origen del agua (’n) y cuyos derivados y «expansiones han venido a indicar el ojo, la fuente y la nube[133]», junto con la forma árabe ’anna, cuyo sentido tiene que ver con aparecer brotando, con algo oscuro, cubierto, cerrado. Una de sus propiedades, asociada a su condición compacta y sólida, sería, por tanto, la oscuridad. Otra, su fugacidad y ligereza, en oposición paradójica a la solidez de su masa llena de agua, ligereza que la vuelve veloz y la presenta situada en las alturas del cielo. La nube es visible, pero opaca. Estas cualidades impregnan la divinidad con la que, según Ex 13,21, se fusiona, y la caracterizan como incognoscible (opaca), inaccesible (alta), pregnante (fecunda), juntamente con sus acciones narrativas que la presentan como compañera, protectora itinerante, que se desplaza estratégicamente dependiendo de las necesidades del pueblo al que protege. Así, la caracterización divina presente en la exposición del relato del Paso derivadas de la nube tiene connotaciones guerreras y militares (columna, desplazamientos de la vanguardia a la retaguardia), más propias de las atribuciones masculinas, a la par que adquiere connotaciones de nodriza (cargada de lluvia, presumiblemente fecunda) y presencia protectora en la noche (la madre vigilante), más propias de las atribuciones femeninas. Pero tampoco estas agotan la riqueza evocativa de la nube y sus funciones narrativas, pues su asociación con fenómenos de la meteorología natural no responde estrictamente a las divisiones de género de aquel entorno, según las conocemos.

 

El ángel, mensajero divino, manifestación de Dios con funciones mediadoras, posee algunas de las características descritas, pero excluye otras. Su cierta antropomorfización reduce las connotaciones amplias que le da el símbolo de la nube. Coincide en su función (Ex 14,19), pero las connotaciones son distintas.

 

A partir de nuestro sumario repaso analítico de las acciones narrativas del personaje divino en este episodio, las connotaciones simbólico-semánticas de la nube y las analepsis internas, podemos trazar a modo de conclusión parcial un breve perfil de la divinidad.

 

Según el narrador del Éxodo, hasta el momento del Paso del Mar la divinidad ha sido retratada como un personaje complejo, contradictorio y difícil de clasificar: ha sido prefigurado en sus acciones fundamentales por las acciones de la princesa de Egipto[134] que baja al río, ve a Moisés, lo saca del agua, lo cría, adopta y educa, gracias a sus entrañas de misericordia. Estas prefiguraciones se ponen de relieve en el Dios que mira a su pueblo, se le



 

 

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remueven las entrañas como a ella, baja a liberarlo de la esclavitud y lo adopta como hijo primogénito. Es un Dios paciente, aunque de vez en cuando reacciona con ira. Un Dios que golpea duramente a quienes se oponen a su voluntad de dejar salir a su pueblo. Un Dios de la palabra y el diálogo que negocia y vuelve a negociar, confiado en la capacidad política y civilizada de llegar a acuerdos no violentos, pero que reacciona cuando se cruzan determinados umbrales, aquellos en los que la soberbia y el abuso de poder ciegan y, consecuentemente, maltratan. Es una divinidad desconcertante, por momentos cercana y colmada de ternura ante la vista de la debilidad y el sufrimiento de los oprimidos, que no acepta los medios violentos para la liberación (Moisés asesino en Ex 2,1-10) y por momentos dura e incluso cruel, haciendo uso de la violencia que en otras ocasiones ha detestado, para defender los derechos del pueblo, su hijo.

 

El narrador, en este contexto, coloca a Elohîm y Yhwh en el fondo de los acontecimientos del Paso del Mar, pero con un rol de primera instancia. El lector o lectora, al finalizar el relato, puede reconocerlo en una confesión de fe junto con el pueblo a la orilla del mar, puede sumarse al cántico de Miriam y proclamarlo libertador y salvador del pueblo. Eso indica que todo lo sucedido, en efecto, ha sido en última instancia obra suya. Es Dios quien dirige toda la acción, quien sale al paso de las dificultades, quien tiene los recursos (naturales, humanos, sobrenaturales) y el poder y los pone a disposición de su pueblo. En el trasfondo escénico, en un nivel distinto del de los acontecimientos, a primera vista, parece un director que maneja a su antojo a los actores que, en sus manos, serían marionetas. A fin de cuentas, Dios sabe lo que va a suceder y sabe que al final todo va a salir bien. Él es la nube opaca e inaccesible, fugaz y protectora. El relato, sin embargo, no permite llegar a esta precipitada conclusión, pues mirado más atentamente, el personaje divino es en extremo vulnerable. Se trata de alguien que se incluye en la realidad (la libertad e independencia de un pueblo), que sigue con preocupación la marcha de los acontecimientos, desmintiendo y confirmando a la vez la seguridad en ese final feliz; alguien que se frustra cuando su pueblo se precipita a cantar victoria y se enfada cuando grita presa del pánico poniendo en peligro toda la operación. Este Dios, en efecto, se enfada, se mueve de una parte a otra (de la vanguardia a la retaguardia), permanece atento y vigilante, escucha cuando hay tiempo y da órdenes cuando el pueblo queda paralizado por el pánico. Es un personaje elusivo, inclasificable, del que se puede afirmar y negar a un tiempo la misma característica. Adquiere connotaciones masculinas, femeninas y de fenómenos naturales, sin



 

 

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identificarse del todo con ninguna. Es, como seguiremos mostrando, el padre que, como esa imagen que va siendo habitual en nuestro mundo moderno, asiste al parto de su (hijo) pueblo, a la par que la madre-seno que da a luz, si la percibimos a partir del acontecimiento total.

 

 

Moisés en el relato del Paso del Mar

 

El perfil narrativo del personaje de Moisés en este episodio tiene ya una cierta trayectoria a lo largo de doce capítulos y el narrador le ha ido haciendo evolucionar a través de ellos, convirtiéndolo en una figura narrativa compleja y, a veces, contradictoria. Por eso, ir describiendo los rasgos fundamentales del personaje en este episodio requiere tener presentes las evocaciones analépticas internas. Se trata, en efecto, del mismo Moisés de los primeros capítulos del Éxodo, salvado por mujeres de distinta procedencia étnica, estatus sociopolítico y religioso diferente, criado por ellas en ambos mundos, y, por tanto, con un conflicto identitario que se manifiesta en acontecimientos en los que se encuentra en las fronteras de las etnias, los géneros y las religiones[135]. Podemos recordar, por ejemplo, el momento en el que opta por ser hebreo, macho violento y de la religión de los hebreos (Ex 2,11-14), viéndose de pronto enfrentado a la suspicacia de sus propios hermanos de raza, convertido en un asesino, perseguido y obligado a huir para salvarse, algo que, de nuevo, le procuran unas mujeres, a las que, otra vez, él también intenta (esta vez exitosamente) liberar (Ex 2,15ss). Este conflicto identitario le acompaña y se muestra en niveles más profundos y sutiles cuando, ya casado, con un trabajo y una familia, durante su experiencia religiosa de la teofanía del Horeb, dialoga con el Dios de sus padres intentando saber quién es él en relación con una divinidad que le desafía a conocerle mientras, paradójicamente, se le manifiesta (Ex 3-4) y ante quien muestra sus temores, resistencias y debilidades. El Moisés del Paso del Mar es el mismo presentado por el narrador como un personaje limitado para el discurso, y necesitado de su hermano en las negociaciones con el faraón, que, por la construcción fronteriza de su identidad, era, sin embargo, la única persona con capacidad para mediar. Este Moisés pacificado, purificado de su lado masculino más violento (destructivo) y probado por la vida, ha logrado, por fin, guiar al pueblo en la salida de Egipto y colocarlo en dirección al desierto y la Tierra Prometida, no sin antes, sin embargo, pasar por el mar. La relación con las aguas devuelve a Moisés a sus orígenes y, en ellos, domina y predomina lo



 

 

 

 

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femenino vital y constructivo que, a su vez, remite a una divinidad creadora y constructiva.

 

Como queda dicho anteriormente, siendo el mismo personaje, el perfil narrativo de Moisés ya no aparece explícitamente con las connotaciones del héroe según los primeros capítulos.

 

En la exposición del relato del paso, casi todo lo que sucede se atribuye a la iniciativa de Dios. El narrador habla del pueblo en general y Moisés solamente es mencionado para informar del cumplimiento del juramento de su ancestro José de llevarse sus huesos. Por lo demás, no aparece. Su protagonismo comienza avanzada la primera escena del capítulo 14, cuando habla al pueblo que le grita acosado por el pánico. Hasta ese momento (14,13), Moisés es presentado como interlocutor de Yhwh y del pueblo. Dios le dice lo que le tiene que decir, a su vez, al pueblo, pero el narrador, a diferencia de otras ocasiones, no indica expresamente si cumple la orden, sino que elide su parte y pasa directamente a mostrar la ejecución de los mandatos divinos por parte del pueblo. Este, a su vez, cuando ve que los egipcios lo persiguen, en medio del pánico le grita, proyectando en Moisés de forma culpabilizante el pánico que le domina y dejando patentes sus elecciones de fondo (la esclavitud, el pasado, la seguridad). La respuesta de Moisés, antes de la nueva intervención de Yhwh, es decisiva: «No temáis, permaneced callados…», centrando sus palabras en el presente (repetición de hoy) y estableciendo, ahora sí, la irrevocabilidad del camino emprendido gracias a la presencia de Yhwh, que combatirá por todos ellos (14,14). La intervención de Yhwh, una vez que Moisés ha preparado la actitud del pueblo, es, de nuevo, decirle que diga para que hagan, y ordenarle a él mismo lo que tiene que hacer para separar las aguas. El simbolismo, en el que nos detendremos más adelante, hace de Moisés una partera en el nacimiento del pueblo. Las acciones de Moisés en el resto del relato del Paso del Mar son escasas y se limitan a ejecutar las acciones ordenadas por Yhwh: tender su mano sobre el mar para dividir las aguas (14,21) y luego para reunirlas (14,27). La última acción que se le atribuye es la de entonar el cántico junto con el pueblo, que, como ya quedaba discutido, es la respuesta a la invitación de Miriam a celebrar la victoria divina y la propia liberación.

 

Las escasas, aunque fundamentales, acciones de Moisés casi al dictado de Dios y el final del acontecimiento cumplen la misión incluida en el mismo nombre dado por la princesa[136]. La ironía del nombre de Moisés consiste en que, a través de la hija del faraón, Dios incluye la misión y el destino del personaje (el que saca de las aguas), sin que ella lo sepa, a la par que,



 

 

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mediante su explicación (sacado de las aguas), su nombre condensa la experiencia pasiva y gratuita de ser salvado por mujeres. De este modo, el nombre de Moisés se convierte en un memorial condensado de la acción de las mujeres en los acontecimientos salvadores y liberadores del pueblo. La desobediencia civil que lo hizo posible, tanto por la parte de las esclavas hebreas como por la de la hija del faraón, dota al protagonismo de las mujeres, en toda la andadura del Éxodo y del nacimiento del pueblo como pueblo libre, de una fuerte connotación política que ya no se puede borrar.

 

Estos antecedentes narrativos del Moisés del Paso del Mar, su rol mediador posibilitado por su conflictiva y fronteriza identidad, junto con el escaso protagonismo activo en este acontecimiento del nacimiento y la liberación del pueblo, arrojan una luz a su perfil de personaje que no encaja en el estereotipo patriarcal con el que se le ha retratado, como se ha mostrado detalladamente en el capítulo precedente[137]. Cuando Israel se mira a sí mismo en sus orígenes y reconoce a Moisés como su líder fundador, se encuentra con unos relatos que decodifican y descomprimen la condensación de esta figura. Al nacimiento del pueblo pertenecen la red activa salvadora de mujeres de los comienzos, los lugares entre lo público y lo privado en los que ellas se significan, el rechazo de la violencia como forma de llevar a cabo la liberación, la negociación verbal como forma política de acordar la libertad y la independencia, la condición fronteriza incómoda y conflictiva de la mediación, la complejidad de la interculturalidad…, todo ello, en contraposición continua con los métodos absolutos, imperialistas, machistas y patriarcales figurados en la caricatura del faraón, su corte y su ejército.

 

La intervención decisiva de la princesa de Egipto según los relatos da pie, además, a una conclusión respecto a la explicitación de lo religioso. El Éxodo contiene en muchos momentos, sobre todo en esta primera parte fundacional (Ex 1-15), un componente que, desde nuestra perspectiva contemporánea, podemos calificar de secular. Ya en Ex 1,1-7 el narrador deja implícita la presencia de la divinidad, consciente de que el lector o lectora creyente no necesita que sea nombrada, pues puede reconocerla en los signos de la historia. Luego, la narración de los hechos de la liberación de Moisés deja en el fondo, igualmente, la presencia implícita de Yhwh, que tampoco aquí necesita ser nombrado. Pero el aprendizaje ahora es inverso al de Ex 1,1-7, pues allí se presupone el conocimiento de la historia de los antepasados, nombrando a los hijos de Jacob y, especialmente, a José. En el proceso de liberación de Moisés aparecen elementos nuevos: una mujer, extranjera, hija del tirano, ajena al Dios de los hebreos, y un narrador que no menciona a



 

 

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Yhwh. Si el lector ha aprendido a descubrir sus signos en el presente gracias a la historia pasada, ahora es invitado a descubrir esa presencia en los signos del presente que le abren a un futuro salvador. Los signos a los que debe prestar atención son eminentemente femeninos. La relación analéptica de estos pasajes con los pasajes de otros relatos fundacionales de otras religiones, además, sitúa los pilares de la identidad del pueblo en un marco universal en el que se hacen presentes los elementos primordiales a través de una divinidad femenina[138].

 

El pueblo en el relato del Paso del Mar

 

El pueblo aparece como personaje colectivo a lo largo de esta unidad narrativa, bajo la denominación de bene yisrael (hijo de Israel, israelita), y su protagonismo activo es escaso. En la exposición, el narrador informa acerca de su salida, permitiendo al lector visualizar la marcha mediante la imagen de un grupo que camina con orden, casi como un ejército. La percepción inicial es, sin embargo, engañosa, pues ni es un ejército (no va armado) ni su seguridad es la que aparenta. El narrador solo da cuenta de que el pueblo parte y acampa. En la primera escena, en cambio, la participación activa aumenta. En el comienzo es presentado en el trasfondo, sobre la acción principal de la persecución de Egipto, destacado como un grupo que va con la mano alzada y continúa, en el momento en el que adquiere mayor protagonismo, cuando los israelitas toman conciencia de la persecución de los egipcios («alzaron los ojos y vieron», wayyise’û, wayyîre’û) y pronuncian su discurso de queja dirigido a Yhwh y a Moisés. En este momento, el narrador muestra al pueblo en primer plano bajo la emoción paralizante del miedo, dejando al descubierto su tremenda vulnerabilidad según los criterios de fuerza y poder propios de la realidad en la que se mueve el imperio egipcio. Es el momento, también, en el que aparece la faz oculta de la multitud, aquella que solo el miedo extremo es capaz de mostrar con toda claridad. De esta manera, la caracterización de Israel es presentada en una cierta complejidad que prepara su protagonismo y aspectos de su personalidad colectiva en su travesía por el desierto. Esta escena lo muestra en contraste y en relación complementaria con el ejército y el pueblo egipcio. Israel camina confiado y no va armado. De golpe percibe su situación de vulnerabilidad y proyecta su miedo en quienes son supuestamente responsables de su liberación (Moisés y Yhwh).

 

Israel presenta su profunda ambivalencia, ese querer y no querer la libertad, su profundo temor no solo a la muerte, a la aniquilación, sino



 

 

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también a la libertad. Su discurso pone en relación muerte y libertad y, en cierto sentido, tiene razón, aunque lo entienda de manera parcial y errónea. Le basta, sin embargo, una palabra que le empuje a la acción (en lugar de ponerse a discutir sobre la pertinencia de su queja), para recuperar su camino. Esta acción remite a un rasgo que se confirmará a lo largo de su trayectoria en el desierto: indica que el pueblo es demasiado dependiente, inmaduro y necesitado de un liderazgo.

 

En la segunda escena, cuando por fin llega al mar, el narrador integra al pueblo en el acontecimiento. Indica que entra en el mar y lo atraviesa a pie enjuto, mientras las aguas forman una muralla a derecha e izquierda (14,22), frase que se repite al terminar la travesía (14,29).

 

En la tercera escena, en el versículo 31, el narrador informa de tres acciones del pueblo: vio… temió… y creyó…, y termina en el epílogo cantando el himno de la victoria.

 

 

EL SENTIDO Y LOS SIGNIFICADOS (NIVEL HERMENÉUTICO)

 

El análisis narrativo presentado hasta este momento deja entrever la impregnación simbólica, metafórica, icónica y poética de todo el relato, tanto en la trama como en sus personajes. Los orígenes, los fundamentos de la identidad, ya sean individuales o de grupo (pueblo), no pueden reducirse a una descarnada crónica de acontecimientos. La historia siempre es historia interpretada. La dimensión religiosa de las historias narradas, pasadas por la creatividad de numerosas generaciones, remite al sentido, al significado. Los elementos míticos, fantásticos, poéticos, dotan a esos fundamentos de una riqueza que no agota la verdad empírica, pues no pertenece a esa dimensión de la realidad. Israel salvaguardó la dimensión del significado de sus orígenes mediante la narración y la poesía. En estas formas se encuentran condensadas características antropológicas básicas. En el relato del Paso del Mar, estos rasgos de la profundidad humana apelan, básicamente, a lo que solemos cualificar arquetípicamente como femenino, ya sean hombres y/o mujeres quienes lo encarnen o incorporen visiblemente. En este registro queremos colocar la interpretación que sigue.

 

 

EL PARADIGMA ANTROPOLÓGICO DEL NACIMIENTO



 

 

 

 

 

 

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Le debemos a Luis Alonso Schökel[139] la identificación y tematización del paradigma antropológico básico del Éxodo, como paradigma de nacimiento, que en su esquema fundamental es binario: salir-entrar, salir de Egipto y entrar en Canaán. En este esquema se suele introducir un tercer miembro que lo modifica convirtiéndolo en ternario: salir, atravesar, entrar[140], salir de Egipto, atravesar el desierto y entrar en la tierra de Canaán. Este paradigma recorre transversalmente todo el libro del Éxodo, pero narrativamente no se completa. El tercer elemento queda implícito dejando el libro (y la gesta de Israel) abierto e inacabado. Encontramos en Ex 13,3ss una prolepsis en discurso directo de Moisés en la que se encuentran presentes los tres términos del paradigma, precedidos del imperativo acuérdate, dirigido al pueblo, más al destinatario que al actor y, por ello, situado en el nivel del discurso.

 

Estos términos del paradigma ternario pueden dar lugar a variaciones, de las cuales nos interesa la inversión salir-entrar. En lo que a nuestro episodio se refiere, equivale a entrar en el mar, atravesarlo a pie enjuto, salir de él. Esta variación del esquema puede ser identificada en los relatos de la liberación de Moisés por las mujeres, especialmente en el paso por las aguas del Nilo (dejar-entrar, permanecer-atravesar, sacar-salir)[141], en el Paso del Mar y en la travesía del desierto[142]. Su traducción antropológica equivale tanto al nacimiento cuanto al arco de la vida y la historia humana: nacer-vivir-morir. El paradigma abarca, efectivamente, las dimensiones espaciotemporales de la realidad. Es, a la vez, lineal y cíclico, una especie de holograma de la vida humana, de los grupos y pueblos humanos, de la misma historia. Su repetición cíclica no implica el eterno retorno, como es obvio, sino que apela a su condición de espiral. La dimensión temporal se percibe con mayor inmediatez debido a su necesaria secuencia.

 

Espacialmente, el esquema básico (no invertido) hace referencia al lugar universal y configurador de la salida, que es el seno materno. Todo ser humano sale del vientre de su madre, pero también entra en la realidad mediante el nacimiento. La salida es contemporáneamente una entrada. El espacio primigenio da paso al espacio ampliado, secundario, y en esto consiste la trayectoria de la vida. Salir de un espacio se desplaza semántica y simbólicamente a salir de una determinada situación. Y lo mismo puede decirse de la acción de entrar. Los verbos básicos de esta polaridad pueden transformarse en sacar-introducir, donde cambia la naturaleza del sujeto y la acción respecto al objeto. En nuestro caso, encontramos dos niveles: el nivel primario del salir-entrar del pueblo, y el nivel secundario de la interpretación de sacar-introducir o meter, reservado para Yhwh, verdadero protagonista del



 

 

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nacimiento de Israel. Este nacimiento convierte a un Yhwh nombrado en masculino, figurado masculinamente, en una madre de intensas connotaciones femeninas[143], como indica el estudio de la simbología, el vocabulario y la relación establecida con el pueblo.

 

En el libro del Éxodo, este paradigma funda los cimientos, el nacimiento, el origen mismo del pueblo, dándole una sólida consistencia, al estar anclada en la condición antropológica universal. La experiencia de salvación de las aguas de Moisés se repite ampliada y en otro punto en la experiencia de la salvación de las aguas del pueblo. La segunda ilumina el sentido de la primera, ampliándola y connotándola con elementos nuevos. La primera prepara y funda la segunda, dotándola de solidez. Lo grupal se asienta sobre lo individual. En todo el libro del Éxodo, lo individual y lo grupal no cesan de remitirse en sus mutuas tensiones. Las mujeres del comienzo forman un grupo que acaba en una mujer concreta con la que se inicia el camino de madurez del salvado, Moisés. Las mujeres presentes en el Paso del Mar acaban en otra mujer, Miriam, con la que se inicia el camino de maduración del pueblo al entrar en el desierto. Las mujeres del Éxodo se colocan en los inicios y en las fronteras, en el territorio de las aguas, en las orillas, que es decir en los lugares percibidos como peligrosos y arriesgados. Dentro del libro del Éxodo, sin embargo, el relato del Paso del Mar es el que dota de mayor riqueza simbólica explícita al paradigma del nacimiento. Nos centraremos, por tanto, en las escenas propiamente dichas del Paso, que corresponden narrativamente al clímax de toda la narración (Ex 14,15-31).

 

 

Descripción del paradigma ternario del Paso del Mar

 

Entrar en las aguas: el peligro de la orilla y el margen. El discurso divino da paso al momento de mayor tensión del éxodo propiamente hablando, cuando el pueblo ya ha quedado en disposición de entrar en el mar. La salida de Egipto, en efecto, se convierte ahora en entrada en el mar. El pueblo que ha salido en un clima festivo y de euforia (con la mano alzada) se encuentra de pronto en la orilla, donde ha tenido la experiencia propia de los márgenes, entendidos como lugar peligroso (borde, frontera), donde la percepción del riesgo es mucho más fuerte que en cualquier otra situación y lugar. Esta percepción, que arranca de un estímulo real y próximo como es la persecución de los egipcios, explica el pánico, pero no lo que transparenta ese terror ni el contenido del discurso dirigido a Moisés[144].



 

 

 

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El pánico paralizante ha dejado ver claramente toda la sombra del pueblo negada y proyectada en Moisés y Yhwh, ante el umbral del nacimiento como pueblo, nacimiento a la libertad y la independencia. La percepción del peligro no deja de ser un arma de doble filo. Cuando el miedo es proporcional, protege. Cuando se traspasa un cierto umbral y se transforma en pánico, paradójicamente refuerza la conciencia de vulnerabilidad y genera defensas que pueden expresarse de diferentes maneras, entre ellas, la huida hacia delante, dejándose aplastar y matar o disponiéndose, como es el caso, a regresar a la situación de esclavitud. Esta consciencia del peligro en la frontera y la orilla indica que la salida todavía no es definitiva. El pueblo, por otro lado, no ha tenido la experiencia básica de la que goza Moisés, por eso es Moisés, fundado en las defensas protectoras de las mujeres conscientes de su vulnerabilidad, pero inteligentes y sabias para buscar y encontrar salidas creativas a situaciones límite ante el nacimiento y lo recién nacido (cfr. Ex 1-3), quien rompe esa paralización mediante la acción, liberando la orilla misma para el pueblo. Moisés prepara la ceremonia del parto. Ejecuta el rol de partera simbólica y, en este nivel hermenéutico, evoca a las parteras egipcias que salvan y protegen lo vulnerable del nacimiento, ellas mismas, tal y como son, mujeres de la frontera entre la vida y la muerte.

 

Una vez que el pueblo reacciona, la misma percepción aumenta y se extiende más allá del peligro real: ante los ojos del pueblo emerge la protección divina manifestada en la columna de nube, síntesis de contrarios, y a través de ella, el pueblo entra en una dimensión diferente de la realidad que solo puede ser narrada mediante metáforas e imágenes que evoquen la hondura del acontecimiento. Moisés prepara la entrada, pero será Yhwh quien haga de madre y partera a la par.

 

Atravesar el mar: morir para vivir. Este segundo momento del paradigma del nacimiento se caracteriza por la acumulación altamente condensada de niveles distintos de sentido que es preciso descomprimir y desplegar. Se acumulan los símbolos, las paradojas, las historias comprimidas, los arquetipos y las síntesis de contrarios. La narración cuenta la separación de las aguas, la tierra seca (yabasa) por en medio del mar, el paso del pueblo y la unión de las aguas, de nuevo, con la consiguiente salvación para Israel y muerte para Egipto, según el esquema básico de orden-cumplimiento. Yhwh da unas órdenes a Moisés y este las ejecuta[145].

 

La división de las aguas y el surgimiento de lo seco es un tema propio del relato P de la creación (Gn 1,1-29) y de la narración del diluvio (Gn 6-9). En los relatos de la creación y del Paso del Mar se encuentran las aguas y las



 

 

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tinieblas primordiales, en los dos se hace presente la Rûah., y adquieren una importancia grande la luz y lo seco. En el relato de la creación (Gn 1,1), sobre el trasfondo del caos primigenio en forma de aguas tenebrosas y la presencia de la Rûah., el primer elemento de la realidad que va a adquirir autonomía es la luz (Gn 1,3), mediante el proceso tripartito de lo confuso, la división y los resultados, consecuencia y efecto de lo distinto y separado. A la luz le siguen las aguas (Gn 1,6), de cuya distinción y separación arriba-abajo, donde se dan cita lo vertical (arriba-abajo) y lo horizontal (bóveda del cielo, bóveda de la tierra), emerge la horizontalidad de lo seco. Esta relación entre lo mojado y lo seco hace posible la emergencia de los sucesivos grados de la vida. En el relato del diluvio, por su parte, se narra la regresión al caos indiferenciado de las aguas que cubren la tierra, como consecuencia de la violencia humana. Las aguas ordenadas y distinguidas vuelven a mezclarse (las aguas de arriba caen y las de abajo suben), produciendo destrucción natural, efecto de la destrucción humana. La regresión del diluvio no es absoluta ni total, sin embargo. De nuevo, la Rûah. o viento divino devuelve la habitabilidad dividiendo las aguas y mostrando lo seco (Gn 8,13-14). Lo seco permite que la vida pueda recrearse a sí misma. Las aguas se retiran y aparece la tierra seca, como en Gn 1,9-10.

 

El relato del diluvio, de tintes míticos, ofrece un mensaje positivo a la humanidad: que la creación divina es para siempre. Los episodios de caos, responsabilidad de la maldad humana (violencia), que arrastran consigo a la naturaleza, no destruyen toda la realidad, sino que, paradójicamente, la recrean. El caos, así, se convierte en una especie de prolepsis paradójica acerca de la renovación de la creación. La presencia de la Rûah. en estas situaciones es su mejor garantía de éxito. Lo seco se asemeja a lo nacido que, cierto, puede morir, pero jamás podrá volver a un estadio de prenacimiento. Nacer conlleva morir. Nacer y morir son extremos polares en tensión con posibilidades diversas de relación: oposición, negación de uno de sus polos, paradoja, síntesis de contrarios… La narración de la travesía del mar encierra su propia opción. Israel ha intentado salir de la crisis de pánico mediante la regresión, que era una manera de afrontar la polaridad vida-muerte. Prefiere vivir para, en definitiva, permanecer en la muerte. La superación de la crisis permite ver otra manera de enfrentar la misma polaridad: elige morir para acceder a la vida, a una vida cualitativamente diferente.

 

La narración del Paso del Mar incluye el vocabulario y los elementos de esta tradición textual de P: el caos tenebroso y las aguas del mar que cubren la tierra, la presencia de la Rûah. o viento divino, la separación de las aguas, la



 

 

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emergencia de lo seco, los efectos destructivos de la violencia humana que arrastran consigo a la naturaleza… Sin embargo, en el relato del Éxodo hay elementos nuevos interesantes. Con respecto a la primera y la segunda división de las aguas, el relato del Éxodo sigue un proceso diverso, pues cambia las coordenadas espaciales verticales por las horizontales. Las aguas mezcladas del mar provienen de derecha e izquierda y la verticalidad de las murallas de agua no se refiere al arriba-abajo, cielo y tierra, sino que, en la tierra misma, se produce una división este-oeste, de gran significado simbólico. Los relatos de la creación y del diluvio muestran las aguas líquidas contenidas en las dos bóvedas, cada una con sus límites, según la metáfora del contenedor que encierra y encauza su potencia[146]. El relato del Paso juega con la síntesis de contrarios de lo líquido y lo sólido. Las aguas son ahora murallas que connotan los límites de las aguas del otro sentido. La naturaleza, ahora, no es indiscriminadamente destructiva para los humanos, ni siquiera cuando el pueblo que es guiado a la libertad se muestra protestón y de mentalidad esclava. La naturaleza es presentada como una potente y decidida aliada de los procesos histórico-políticos de un pueblo en la conquista de su libertad e independencia. Los israelitas tienen la oportunidad de formar parte de la dimensión autoorganizadora, misteriosa y oscura del propio caos. La tiniebla, el mar destructivo, la persecución violenta… se alían en una parte de la vida con la luz protectora de la nube, las aguas solidificadas que permiten la emergencia de lo seco, la marcha pacífica…

 

Lo mojado se seca, lo horizontal y líquido se vuelve vertical y sólido, el mar que traga se vuelve protector, hay una senda allí donde todo es indistinto[147], la noche se vuelve luminosa, el mar se convierte en camino, dos paredes verticales aparecen en una realidad horizontal y el mundo sin forma de las aguas toma forma cuando Israel entra en el mar. Los signos de la muerte se convierten en signos esperanzadores de vida renovada. Esta transformación, sin embargo, se produce en el seno del abismo, en medio de la noche, sobre el trasfondo del riesgo de persecución. Israel, para vivir, ha de entrar en la muerte, su gran paradoja. Para nacer como pueblo libre ha de morir a su mentalidad de pueblo esclavo. Para acceder a la consciencia de la filiación divina ha de reconocer y fiarse de Yhwh. La travesía del mar se produce en términos de muerte simbólica.

 

Esta travesía queda impregnada de las connotaciones del nacimiento. Los elementos mencionados arriba describen, así mismo, el momento en el que el feto atraviesa el oscuro seno de la madre camino de la luz, saliendo de las aguas, encontrando el camino seco flanqueado por los densos muros



 

 

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vaginales, y estimulado por el soplo agitado y creativo de la garganta y el pecho maternos. Yhwh aparece como madre y matrona. Moisés actúa, igualmente, como matrona, a la vez que es parte del que está por renacer. El pueblo es el hijo y la hija que se mueve en la ambivalencia del riesgo de morir y la posibilidad de vivir. Predominan, de nuevo, la síntesis y la condensación simbólica[148].

 

Salir: la orilla de la vida. El pueblo atraviesa el mar y sale del mar, cumpliendo así el paradigma del nacimiento. Su salir del mar, nacido y renacido, es, a la par, entrar en el desierto, donde ha de experimentar otro ciclo, no repetido, sino nuevo, sobre el mismo esquema. El sentido y la orientación del pueblo, según se deduce de las informaciones del narrador, teniendo las murallas de agua a la derecha y a la izquierda, caminan hacia el este dejando atrás el sur (derecha) y el norte (izquierda). El este significa, para el mundo antiguo, el comienzo de la luz, el lugar por donde nace el sol y se levanta el día. El oeste, en cambio, es el lugar por donde se pone, llega la tiniebla y desciende la noche. El pueblo de Israel deja atrás el oeste (el mundo de la muerte, de los muertos)[149] y su camino del mar, paradójicamente, se encuentra orientado hacia el este. Es ahí, en el lugar donde nace la luz, donde Israel amanece, a la orilla de la vida. El oeste de muerte y tiniebla ha quedado atrás. En solo unos versos el relato parece haber cubierto toda la curva de la vida humana en sentido invertido. El pueblo va desde la muerte, oeste, hacia la vida, este. Nace y renace. Eso es la Pascua, el camino de la resurrección cíclica que marca el nacer el sol, cada mañana, y morir el sol, con cada atardecer. La nube de fuego indica que es el sol, la luz, el que guía a Israel y el que le marca la dirección. El pueblo realiza el camino del sol atravesando el seno del mar y naciendo en la orilla del este, una sola vez, como experiencia cumbre. Su camino es un camino de nacimiento y resurrección, orientado hacia una nueva vida y una nueva identidad[150].

 

Israel se salva entrando en el mar que debía tragarlo. Este Paso, rito de iniciación, adquiere nuevos e inesperados valores. La acción divina, mediante el fuerte viento de su Rûah. que sopla durante toda la noche, ha transformado el significado del mar. El mundo de la muerte ha pasado a ser el mundo de la vida. Negar el carácter negativo (doble negación o antifrasis) es afirmar algo positivo. Israel, una vez que ha vencido el miedo, entra en las aguas y muere a su condición de esclavo. Entrar y salir de las aguas es morir y resucitar. Toda la experiencia, sin embargo, afecta a dos pueblos, que lo perciben y experimentan de distinta manera: lo que es salvación para uno es perdición para otro. El riesgo es el elemento clave que diferencia a los dos bandos.



 

 

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Israel lo ha arriesgado todo, incluida la vida, por su propia libertad, a pesar de sus ambivalencias y resistencias, y, superado el momento crítico del pánico, avanza confiado en la promesa y la palabra de Yhwh. Egipto, por su parte, ha preferido la esclavitud (en su cara de dominio) y, por ello, por no arriesgarse, se ha perdido. Para él solo existe una orilla, la suya. Para él solo hay una forma de existencia, la del imperio que somete, y por eso se ahoga en el mar. Al otro lado de ese mar no existe nada, nada que le merezca la pena, no cree que se pueda acceder a otra forma de vida ni que exista la resurrección. Egipto en el relato del Éxodo se ha identificado con el mundo en el cual solo puede usar una única arma: el miedo a la muerte. Su universo es muy limitado y Egipto acaba donde acaba su universo y termina su poder.

 

La condensación simbólica de los relatos y las consecuencias de sus arriesgadas iniciativas (desobediencia civil de las parteras, de la madre y hermana de Moisés, de la hija del faraón; la osadía de Séfora…) muestran que las protagonistas mujeres tienen la capacidad de mantenerse cercanas a los umbrales peligrosos de la muerte y la vida, pero, además, muestran la importancia decisiva que sus acciones tienen en la historia. Los sucesos narrados solo pueden entenderse sobre la base de dichas iniciativas. La interpretación patriarcal ha desvirtuado esta importancia mediante la estrategia de separar naturaleza e historia, asignando un estamento de la realidad a cada uno de los géneros. Las narraciones de fundación, sin embargo, muestran la imposibilidad real de mantener esta división.

 

El relato cuenta que cuando baja el sol el faraón parece ganar (14,10): es la hora del terrible miedo que impide ver otra cosa que no sea la muerte en el desierto. El pánico cierra el futuro. Israel, en ese momento, no advierte que Dios está en el corazón de la noche (14,21.22), iluminando esa noche (14,21), de forma que, paradójicamente, se le revela como aquel que niega (afirmando) la noche y la tiniebla. El triunfo de los egipcios no dura. Al levantarse el sol, Dios los confunde, los confronta con su propio caos, y entonces Israel comienza a vencer en el nombre de Dios, sin más armas que su camino confiado hacia el lugar donde nace el sol. Al amanecer, Dios revela su completo triunfo. Los egipcios no pueden ver el amanecer, pues el sol de un nuevo día pertenece a quienes se arriesgan, al otro lado del mar, de la noche, del miedo y de la muerte. A quienes aprenden de la experiencia paradójica del orden en el caos y la vida en la muerte. A quienes se arriesgan a nacer y renacer muriendo. El reconocimiento de Yhwh por parte de los egipcios, sin embargo, es un dato susceptible de distintas lecturas. Narrativamente cumple la palabra anticipada de Yhwh. Es la confirmación de



 

 

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que Dios muestra su gloria a través del contraste con la derrota de los enemigos.

 

También, no obstante, muestra un atisbo de esperanza, pues el reconocimiento es una grieta de humildad abierta en el muro aparentemente impenetrable de la arrogancia. El lector/a u oyente del Éxodo conoce la historia precedente de Egipto, cuando en el tiempo de José era favorable a Jacob y socorría a los que, como ellos, pasaban necesidad. El relato de la persecución, de la dureza arrogante del faraón, de su afán de poder que lleva al imperio al fracaso más hondo, presenta el contraste de gruesas pinceladas frente al pueblo vulnerable y desarmado, esclavos supuestamente liberados. El contraste grueso, sin embargo, no debe excluir la mirada atenta del pincel más fino, que impide llevar ese contraste hasta el final, convirtiéndole no ya en paradigma, sino en imagen y metáfora estereotipada.

 

El relato, al final de las escenas, contiene unas palabras que revelan toda la transformación sufrida: temor de Dios y fe, que son expresiones análogas y manifiestan la evolución del miedo en Israel: al principio, Israel es presa del pánico y tiene un miedo muy grande (14,10). Luego, Moisés, en nombre de Dios, dice al pueblo «no temáis» (14,13), y cuando el narrador señala al final y temieron al Señor (14,31), da la medida de la profundidad del cambio sufrido por Israel. Temer al Señor es una expresión exclusiva (excluyente). A nadie más se debe temer, como indica el verbo con objeto directo, que se usa solo con Dios. Es una expresión análoga a tener fe. El temor que nace al otro lado del mar es esencialmente diferente, una relación en la que no hay rastro de miedo a morir, porque el poder de Dios no está basado sobre la amenaza de matar, y el pueblo ha experimentado justamente un miedo a quienes pueden matar. Creer en Yhwh es una forma de vencer al miedo y a la muerte. La trayectoria por el desierto seguirá mostrando escena a escena que miedo y libertad son incompatibles, que la libertad solo tiene como aliada la capacidad de confianza, la fe en Alguien que no impone, sino que acompaña.

 

 

Hermenéutica narrativa comprehensiva

 

La confianza, que mira hacia delante, se opone al pánico (receloso), que mira hacia atrás. Esta actitud confiada evoca la experiencia de las mujeres de los primeros capítulos, asentada en la responsabilidad de hacer cuanto está en su mano y sin embargo con capacidad para quedar a merced de la providencia cuando, al no tener ya ningún control sobre los hechos, solo resta esperar[151]. La confianza, en efecto, aparece vinculada a símbolos femeninos atribuidos a



 

 

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las mujeres, a Yhwh y a Moisés. En cambio, la desconfianza y el recelo están asociados al mundo patriarcal del control masculino, del poder que juega con la muerte y de las relaciones de violencia y sometimiento patriarcales.

Junto a esta clave, se encuentra, también, la relación entre memoria, perfil de la divinidad y rol de las mujeres, tanto las del comienzo del libro como las que cantan e invitan a la celebración de la victoria al final de la gesta. El canto es un poema memorial en un rito memorial. Sin embargo, ni las primeras mujeres ni Miriam y las que cantan y bailan miran hacia el pasado. El narrador las ha colocado en un contexto fronterizo, bisagra entre pasado y futuro. Su ritual no es el memorial nostálgico. En el rito celebrativo tienen un rol activo mnemónico que impulsa la vida hacia delante, no solo en la dimensión lineal del futuro. También en la dimensión de profundidad (calidad).

 

Clave de sentido de todo el episodio es, sin duda, la fe que se manifiesta en el reconocimiento. El lector o lectora del Éxodo queda invitado e invitada a reconocer en los signos lingüísticos narrativos de los acontecimientos la presencia de Yhwh. Los acontecimientos no son repetibles, pero los signos de esa presencia sí pueden serlo. Es el caso del verbo ver, repetido en las escenas de la salvación de las aguas de Moisés por obra de la princesa (2,1-10), en la vocación de Moisés (3,7), en el relato del paso, cuando Yhwh ve y mira y actúa (14,24). El verbo vincula percepciones y acciones humanas con percepciones y acciones divinas progresivas. Comienza la mujer extranjera y pagana, continúa Yhwh y enseña a Moisés (escena vocacional) lo que por sí mismo no ha aprendido (fracaso del intento de liberación) de su madre adoptiva, y enseña después al pueblo en el contexto de su nuevo nacimiento. Ver (campo semántico perceptivo) suscita emociones que desembocan en acciones concretas[152]. El narrador del Éxodo ha relacionado esta determinada percepción con la acción por la libertad, y en su origen ha colocado a una mujer. Esta vinculación forma parte del aprendizaje de la propia identidad, forma parte del crecimiento y la capacidad para renacer como una manera de madurar.

 

Por último, es preciso poner de relieve la clave sistémica que relaciona la masa (pueblo) y el individuo, y sus respectivas reacciones. Los puntales liberadores son siempre individuos (las mujeres concretas del capítulo 2, Sifrá y Puah, la madre biológica de Moisés y su madre adoptiva, Moisés, Séfora y Miriam), más difíciles de controlar, paradójicamente, que el grupo y la masa. Aunque no podemos desarrollar esta clave, es interesante tener en cuenta la relación entre cada individuo y su grupo de referencia en relación con el



 

 

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género: el faraón y su ejército, Moisés y su pueblo, por una parte, y las mujeres y sus respectivos pueblos, por otra. El estereotipo de género singulariza más a los varones dentro de su grupo, y funde las individualidades de las mujeres en el suyo. El episodio muestra su fondo sistémico patriarcal que solo puede deconstruirse a través de un análisis sistémico y una acción sistémica. En esta clave política se mezclan los roles y estereotipos de género que pasan a primer plano, impidiendo percibir la figura que emerge del fondo. Los estereotipos del mundo de la trama tienen su punto irónico en la caricatura del faraón que cree que las mujeres no son relevantes para la vida y la acción política y las deja vivir (Ex 1,16), y los estereotipos del mundo del discurso incluyen la ironía en los supuestos biológicos del género, que asignan las tareas de alumbrar la vida y cuidarla en sus primeros momentos a las mujeres (confundidas con las hembras), sin advertir que son el mismo Yhwh y su elegido Moisés quienes se suman al estereotipo rompiendo las equivalencias entre lo biológico, lo sociocultural y lo simbólico. Este último estereotipo ha traspasado las épocas en una determinada recepción de lectoras y lectores que se mantiene hasta el día de hoy.

 

Al final, observamos algo sorprendente: que lo caótico, lo complejo, lo simbólico, asociado a lo femenino, se ha cargado de connotaciones negativas e invisibilizadoras gracias a los procesos proyectivos de la sombra. El relato del Paso del Mar invita a seguir replanteando las ideas estereotipadas y fijadas acerca de las relaciones entre naturaleza e historia. La alianza entre ambas, a partir de símbolos más asignados a lo femenino y las mujeres (masivamente presentes en el Éxodo), destaca la estrecha vinculación entre ecología y política. Una cultura que impregna la naturaleza, una naturaleza que impregna de sentido simbólico a la cultura. Una política que repercute en la naturaleza, una naturaleza que deja sentir su peso en la dimensión política de la realidad. La supremacía arrogante del orden y el terror al caos, su negación peligrosa, sus proyecciones destructivas (el caos proyectado en la destrucción de los otros; el caos proyectado para proteger el preciado orden y control, el impedimento, en definitiva, para que no pueda nacer algo creativo y potencialmente superior), ha ido alimentando la sospecha acerca de los grupos humanos no hegemónicos y las preguntas latentes, pero presentes, acerca de cómo va a surgir algo (creador) de las mujeres, o cómo va a surgir algo (creativo) de los esclavos… En la historia, los esclavos se olvidaron pronto de las mujeres, negaron aspectos que debían haber aprendido, y lo negado, como decía Freud, vuelve como retorno de lo reprimido. La estancia y la travesía del pueblo por el desierto acaban por eliminar en el mismo libro del Éxodo el



 

 

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protagonismo de primera línea que tenían las mujeres, en el nivel de la historia. No pudo, sin embargo, acabar con las huellas simbólicas de lo femenino que, a causa de las asignaciones estereotípicas, remiten a ellas.

 

 

SÍMBOLOS, ARQUETIPOS, IMÁGENES Y REPRESENTACIONES EN EL RELATO DEL PASO DEL MAR

 

En lo que precede hemos ido poniendo de relieve los símbolos, los elementos arquetípicos y las imágenes al hilo del relato, dentro de él, sin separarlos de sus funciones narrativas, de sus implicaciones psicoantropológicas y trazando el mapa general de sus relaciones. Ahora intentaremos ver los más importantes a partir del relato del Paso del Mar. Cada uno de ellos excede a la narración y atraviesa la Biblia entera, incluyendo el Nuevo Testamento, pero solo nos centraremos en el fenómeno que hemos intentado analizar.

 

Las aguas. No abundaremos en este símbolo matricial, debido a que queda analizado en el capítulo 2, con el que, como queda visto, guarda estrecha relación. Como vimos, el relato amplía el campo de lo individual a lo grupal, social y político, pero también la dimensión de las aguas, que de ser las del río Nilo, se convierten en el mar. Este proceso de amplificación repercute en el sentido del símbolo. Recordemos que el niño Moisés era colocado sobre la superficie de las aguas en una cesta bien preparada, evocadora del útero materno. En el Paso del Mar, el pueblo toca su fondo y, en un efecto original y paradójico, las aguas se convierten ellas mismas en canal de nacimiento. Por lo tanto, las aguas matriciales pasan de ser superficiales a ser profundas. En ambos relatos existe planificación y cálculo, pero el riesgo del segundo se percibe mayor y más intenso que el primero. Al niño en la cesta lo recoge una mujer, y al pueblo lo acoge la tierra desértica, presentada como camino, a su vez, hacia la Tierra Prometida. Los paralelos también se perciben en este tránsito. Moisés se prepara en un contexto ajeno al propio, que, no obstante, le dejará profundamente marcado. El pueblo se prepara para alcanzar su destino en un contexto ajeno, el desierto, que también dejará una profunda huella en su identidad colectiva.

 

Además del nacimiento, es claro que las aguas del mar simbolizan la muerte, pese a las paradojas. Las aguas nocturnas del mar son símbolo de un Egipto muerto para Israel, porque ha escogido nacer al desierto del Sinaí, un mar que sepulta al ejército y, por tanto, a los símbolos del poder y la tiranía de un pueblo sobre otro. Son aguas potentes, a las que solo pueden dominar Dios y Moisés, con cuya mano y cuyo cayado comparte poder. Este Dios Rûah.



 

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convierte las aguas maléficas en obedientes, pero, una vez cumplida la travesía de Israel, las aguas vuelven a su ser en su sentido simbólico, pues en su seno yace el mal.

 

Es preciso destacar, una vez más, el uso creativo de las imágenes y paradojas que aportan una gran originalidad al símbolo matricial de las aguas. La paradoja de las murallas verticales de agua a ambos lados del camino seco, además de condensar otros símbolos relacionados con las dimensiones espaciales y con la materia, sugiere un ordenamiento inaudito de las aguas marinas, que hoy, con nuestras expresiones contemporáneas, calificaríamos de ciencia ficción o de fantasía[153]. La capacidad de tales aguas, por sí mismas caóticas, de ordenarse de una determinada manera desafiando la propia naturaleza se muestra al público lector u oyente como un estímulo potente para la interpretación. El relato, dentro de un contexto religioso y teológico, lo interpreta como Rûah. o viento divino, como ejecución por obra de Moisés de un mandato de la divinidad. En el momento de la apertura de las aguas se dan cita los cuatro elementos, tres de los cuales se hacen explícitamente presentes: el agua, el aire (viento divino) y la tierra (seca), y el fuego, sin embargo, queda como trasfondo en el símbolo de la nube. Se concita, así, no solo a las aguas, sino al cosmos, ofreciendo un marco universal a una gesta particular. De este modo, no solo no acota los símbolos, sino que los deja abiertos a muchas interpretaciones, aunque el texto tenga la suya. La fuerza y la potencia de la condensación simbólica desborda la interpretación del propio relato.

 

El viento o Rûah.. El viento o Rûah. en el Paso del Mar se suma a los otros elementos cósmicos de la tierra (lo seco), el agua y el fuego, como veremos. En el relato aparece como el fenómeno natural y teológico que hace posible el cumplimiento del proyecto de libertad del pueblo ante la barrera supuestamente infranqueable del mar. También este es un elemento de múltiples y variados sentidos, un símbolo que condensa significados ricos y, a veces, contradictorios, siendo él mismo paradójico. Es movimiento y energía, ocupa el espacio y sostiene la vida, pues sin el aire es imposible la existencia del ser vivo; es invisible en sí mismo, pero perceptible en sus efectos, puede ser purificador y contaminante, refrescante o abrasador, arrastra objetos y sensaciones (olores, sonidos…) y lo mismo puede orientar que desorientar. Simboliza la vida, el espíritu, la fuerza, el dinamismo, la libertad y la autonomía. En la Biblia se manifiesta al comienzo mismo de la creación en Gn1 y en Gn 2 como aliento vital divino comunicado directamente por Dios a la boca y la nariz del ser humano. Es el viento que seca las aguas del diluvio



 

 

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para que el caos deje paso a la recreación de la vida cósmica y humana. Y en el Éxodo, es el que ejecuta la orden divina por la mano y el bastón de Moisés. Este viento o Rûah., tan natural como divino, es una imagen que condensa multitud de símbolos, algunos de los enumerados arriba y otros más, de forma que casi parece una personificación de la divinidad, la que sostiene las aguas como murallas y mantiene el camino seco, la que abre paso al pueblo y lo cierra a los enemigos, el espíritu que conduce y orienta en la dirección de la vida, manteniendo no solo la vida, sino la esperanza de libertad de Israel, el que lo empuja en la dirección correcta. Un viento que propicia el nuevo nacimiento, la nueva vida del pueblo como pueblo libre.

 

La nube. Este fenómeno natural, tan presente en toda la Biblia, como los otros fenómenos, sugiere imágenes y es portador de riqueza simbólica condensada, como quedó de manifiesto al tratar la figura divina. En el relato, veíamos, aparece como una columna. La columna de nube. Tiene, así, una forma determinada, con una espacialidad muy concreta, que difiere de la manera en la que se manifiesta naturalmente a la percepción humana. La nube ocupa un espacio superior y horizontal y se mueve constantemente por efecto del viento, de manera que a veces resulta previsible si se adensa y descarga la lluvia, o imprevisible, si, creyéndola cerca y portadora de buenas o malas noticias (lluvia benéfica o tromba destructiva), se aleja, así como por su forma cambiante y caprichosa. La presencia de nubes oscurece el día, por lo que es símbolo matizado de tiniebla al interponerse al sol. Puede ser símbolo de protección o de amenaza. En el ámbito religioso, como decíamos, aparece ligado a la trascendencia y a menudo a la teofanía. En el Paso del Mar, la columna de nube no solo aparece con su característica densidad, sino que se convierte en una realidad compacta cuyos efectos son diferentes dependiendo de quien la perciba. Para Israel es, por una parte, guía y, por otra, protección, dependiendo del momento, el día o la noche. Para Egipto es impedimento y oscurecimiento de lo que tiene delante. La columna, signo de la presencia divina, acompaña y protege a Israel haciendo las veces de la «columna militar» egipcia. La misma frase «columna de nube» es paradójica, pues une realidades antagónicas y opuestas: la fluidez y la consistencia, la fragilidad y la fuerza, la luz y las tinieblas, la movilidad e inconsistencia y la fijación pesada. Y, como quedaba apuntado, tiene una función y significación simbólica tanto femenina como masculina. Si la columna evoca la verticalidad fálica, la nube evoca la densidad benéfica horizontal y la protección.



 

 

 

 

 

 

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La tiniebla. No es la primera vez que aparece en la Biblia hebrea, pues la del Paso del Mar evoca a su público lector u oyente, sobre todo, la tiniebla que precede a la creación. Es la precreación, un símbolo precosmogónico o prenatal de lo que antecede a la manifestación de las cosas creadas que solo pueden aparecer y ser reconocidas gracias a la luz. Es indudable que evoca el inconsciente y, en el campo semántico del nacimiento, apelan a esa experiencia antropológica del tiempo pasado en la oscuridad del útero materno. La criatura solo se manifiesta al «dar a luz». Ya está formada en la tiniebla, pero no se puede reconocer más que en presencia de la luz. La tiniebla-inconsciente es, por tanto, una matriz creativa cuyo «trabajo» de formación y configuración requiere la lentitud y la espera oportunas. Pero no deja de ser un impedimento, pues la oscuridad no deja ver claro. No deja ver a la criatura no nacida ni a quienes están en torno. La tiniebla no permite a Israel ver claro ni tampoco hacerse visible hasta que sale el sol y nace en la orilla oriental con el amanecer. Entonces, el pueblo ve y se manifiesta como tal ante todos, especialmente ante Egipto, ante el faraón fracasado. En el ámbito antropológico, la oscuridad evoca el mundo de los muertos y no solo el tiempo de los sueños. No obstante, en la Biblia, la tiniebla nocturna es con frecuencia paradójica, pues Yhwh se manifiesta y se revela a menudo en la noche y en y a través de los sueños.

 

El tiempo. Además de los cuatro elementos, y de los juegos espaciales creativos, la dimensión cósmica incluye un fragmento temporal: el anochecer, la noche y el amanecer. El relato destaca la noche, porque la travesía se desarrolla en ese intervalo, pero queda enmarcada en esos dos momentos críticos que permiten entrar y salir de ella.

 

Los símbolos e imágenes que evocan elementos míticos y parte de los mitos (luz-tiniebla, nube, agua, tierra, fuego, viento, nacimiento y muerte, renacimiento…) dan profundidad al relato del Paso del Mar, dotando a la dimensión histórica y política de rasgos universales, en parte, porque provienen de otros mitos, en parte, por la función que desempeñan en algo tan universal como la liberación y la independencia de un grupo humano que aspira a convertirse en pueblo.

 

Todos ellos se encuentran relacionados entre sí y muchos comparten significado y función, sin que ninguno anule a los demás. La misma condensación propicia los matices, diferencias y complementariedades, pues, cuando se van descomprimiendo, quedan al descubierto. No es lo mismo que la divinidad se manifieste en el viento o que lo haga en la nube. A la par, eso permite que el público lector u oyente no identifique la divinidad con ninguna



 

 

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de sus manifestaciones y que, en cambio, preste atención a la naturaleza, a las personas y a los acontecimientos para descubrir en ellos su rostro o su voz.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Conclusión

 

 

 

 

 

Todo cuanto aparece en las páginas precedentes acerca de los arquetipos y sus representaciones, imágenes y símbolos en la Biblia resulta pobre y breve debido a que se trata solo de una muestra. La Biblia hebrea y algunos libros del Nuevo Testamento, como son los Evangelios y el libro del Apocalipsis, son enormemente ricos en estos aspectos fundamentales de lo humano, de la naturaleza y de la historia. Los ejemplos referidos en esta pequeña obra pretenden asomar al público lector, particularmente al feminismo, a dicha riqueza, patrimonio humano y, todavía, legado de Occidente.

 

Tal impregnación transversal puede ser objeto de diferentes análisis y de diversos juicios de valor, como cualquier otra realidad. En nuestro caso, la óptica que traspasa el trabajo, como ha quedado claro en la introducción, es la óptica crítica feminista. Esta no solo intenta poner de relieve el marco patriarcal, algo ya investigado a fondo y presente en la mentalidad de una buena parte de las personas que se acercan a la Biblia o simplemente escuchan hablar de ella. También, y especialmente, desea ofrecer a lectoras y lectores esa dimensión más profunda en la que muchos de los rasgos identificados como patriarcales y androcéntricos no quedan fijados como pensamos, sino que se diluyen, se mezclan o difuminan sus límites. Se trata de advertir algo más que grietas a través de las cuales las mujeres y lo femenino se han introducido, dejando ver su participación en la realidad e incluso su modificación de aspectos de la vida ordinaria y de acontecimientos históricos importantes (por ejemplo, las mujeres en la vida y la trayectoria de Moisés). Se trata, en efecto, de algo más, que, aunque resulte extraño a primera vista, es una crítica no solo al patriarcado, sino a la o las ideas que tenemos sobre lo que ha sido y lo que es. Esta percepción, tan difícil de identificar en lo concreto de unos relatos, es posible gracias al intento de detectar arquetipos y símbolos fundamentales.

 

¿Están libres los arquetipos, las representaciones y los símbolos de las asignaciones de género?, ¿acaso no están inscritas en el marco patriarcal? Cierto. Hasta el momento, solo hemos deconstruido, y en la parte constructiva, hemos alcanzado el umbral del patriarcado. Desde sus fronteras, varias generaciones de pensadoras y activistas, y también algunos varones, intentamos construir un mundo no patriarcal ni androcéntrico. La tarea es



 

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difícil y, sobre todo, lenta, pero contamos con algunos logros, aquellos de los que ya no se habla y sobre los que no se discute porque han pasado a ser evidentes y se han insertado en la vida cotidiana. No obstante, sabemos que el camino abierto desde el umbral es muy largo y también incierto. Es un desafío a la creatividad dentro de un contexto en el que solo parecen existir las malas noticias y la oposición descarada o sutil a la transformación de las personas y del mundo, especialmente de las mujeres.

 

En esa incertidumbre y en el riesgo de inventar lo nuevo contamos y debemos contar con nuestros referentes. Los varones tienen a su favor toda una historia y una cultura (no solo la occidental) llenas de referentes. Las mujeres y aquellos grupos considerados no personas seguimos rascando la historia y la cultura para encontrar las huellas de los nuestros. Y en esta tarea desempeñan un papel importantísimo los arquetipos, mitos, representaciones, símbolos e imágenes supuestamente patriarcales. Nada es blanco o negro, y en estas páginas queda patente, tanto en la figura mítica y desmitificada de Eva como en la del supuesto héroe convertido en icono de masculinidad o en la condensación simbólica del Paso del Mar. Es, en definitiva, una cuestión de hermenéutica. Los referentes míticos, literarios, históricos, tanto de sujetos como de acontecimientos, son patrimonio de la humanidad, y la mitad de ella, que somos las mujeres, seguimos estando invitadas a considerarlos propios en la medida en que los conozcamos, los analicemos y decidamos si podemos interpretarlos para nuestro avance evolutivo.

 

La indiferencia religiosa o la drástica disminución de la práctica en nuestro país y en el mundo occidental son un hecho. También lo es el rechazo de una mayoría creciente de las mujeres hacia las instituciones religiosas, particularmente hacia las católicas. No podemos negar, así mismo, la progresiva ausencia de información cultural sobre la Biblia, tanto en las jóvenes generaciones como en las medianas, y la sorprendente amnesia de muchas mujeres de edad avanzada. Estos fenómenos son objeto de interesantes análisis sociológicos, la mayoría de los cuales están aún por realizarse. Sin embargo, tales datos se sitúan en un nivel superficial (que no significa de menor importancia), debajo del cual subsiste otro menos evidente, más difícil de medir y más insidioso. De forma latente persisten todos aquellos rasgos del patriarcado que se sustentan sobre un imaginario simbólico difícil de erradicar. Muchos de tales rasgos inscritos en el inconsciente colectivo provienen de la recepción de la Biblia y son rastreables en el lenguaje, las costumbres, el arte, la cultura en general y buena parte de nuestra cosmovisión. Siguen vivos en numerosas respuestas emocionales y en



 

 

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símbolos psíquicamente vivos, aunque sepamos poco de sus significados. El cambio de la manera de ver el mundo es lento y se encuentra con numerosas resistencias. El feminismo, a mi juicio, debe ser ilustrado también en la dimensión religiosa, ya sea cultural o psíquica y social. Su natural componente crítico se apoya en el conocimiento, aunque no solo en él. La ignorancia, como bien saben todas las olas feministas, siempre beneficia al patriarcado, de modo que el conocimiento y la información siguen siendo instrumentos básicos de avance hacia la igualdad y el bienestar de la humanidad y, particularmente, de las mujeres.

 

Por estas y otras razones que han ido quedando patentes a lo largo del libro, insisto en la necesidad de no perder nuestros referentes y de conocer mejor los mitos bíblicos que humana y culturalmente nos pertenecen. Si hablamos de la Biblia hebrea, o Antiguo Testamento, encontraremos en sus textos a mujeres fascinantes, en una variedad tipológica sorprendente. Pongamos como ejemplo a las poderosas matriarcas Sara, Rebeca, Lía y Raquel en el libro del Génesis; a la juez Débora, construida sobre el mito de la diosa Anat, y su aliada Jael, que corta la cabeza al enemigo; a Dalila, cazarrecompensas y amante de Sansón, y la mujer del levita asesinada y troceada por su marido[154], todas ellas protagonistas de historias en el libro de los Jueces. A Rajab, dueña de una hospedería en las murallas de Jericó y mujer astuta en la defensa de sus intereses, presente en el libro de Josué. Encontraremos a regentes como Atalía, que defiende su poder, y a mujeres ambiciosas y ambiguas como Betsabé, que en lugar de permanecer en el rol victimista (objeto de adulterio por el rey David), saca partido a su situación en su propio favor y en el de su hijo, importantes personajes de los libros de Samuel y de los Reyes. Por no hablar de otras más conocidas como Rut, que ama profundamente a su suegra y la sigue a un pueblo extranjero, o Judit, la joven viuda que salva a su pueblo cuando es asediado por Holofernes, y la reina Ester, que evita el genocidio de su etnia en el imperio persa, tres mujeres que dan nombre a sus propios libros. Estas y otras muchas mujeres forman parte de nuestros referentes, muchas de ellas a través de representaciones pictóricas que han fijado en nuestras retinas la interpretación patriarcal de sus figuras. Su desconocimiento general no es en absoluto inocente, sino obra de intereses sociales, religiosos y políticos sexistas. Sacar a estas figuras del ocultamiento y reconstruir sus perfiles e historias tan maleados por las interpretaciones patriarcales es toda una hazaña.

 

Si nos referimos a los evangelios, es preciso poner en el centro a María Magdalena, sobre la que todavía se escriben novelas y se filman películas



 

 

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reproductoras y fijadoras de estereotipos femeninos nefastos[155], que no tienen en cuenta los rigurosos trabajos sobre su figura realizados por numerosas exégetas feministas, esos estudios que destacan su liderazgo en el movimiento de Jesús y en los primeros tiempos del incipiente cristianismo y la presentan como una mujer potente y significativa. El proceso que de líder la convirtió en prostituta es uno de los más exitosos en la historia de la degradación patriarcal de referentes femeninos históricos y literarios. Y, en un sentido opuesto, no hay que olvidar la figura de María de Nazaret, que, de ser una mujer ya desmitificada en los mismos relatos evangélicos, fue convertida en una diosa sumamente ambivalente para las mujeres, condicionando negativamente las vidas y costumbres de muchas generaciones en Occidente.

 

La literalidad rígida de las interpretaciones y la visceralidad en las resistencias para admitir otras alternativas en relatos con elementos míticos dan mucho que pensar. La clausura de los textos induce la sospecha de esa violencia interpretativa que sigue legitimando y sacralizando atemporalmente la violencia cotidiana contra las mujeres. El contenido del arquetipo de lo primordial femenino pervive en el trasfondo de nuestro patriarcado a pesar de los intentos de ofrecer una comprensión alternativa. Tal es el poder de las narraciones fundantes y de origen. Los textos bíblicos nacieron en el Antiguo Oriente Próximo, en la zona mediterránea más alejada de la nuestra, pero su influjo ha traspasado los límites de espacio, tiempo y civilizaciones. Las sociedades occidentales mediterráneas siguen hoy todavía bajo el enorme influjo de la hermenéutica de estos textos fundantes. Las mujeres de este lado del sur occidental del Mediterráneo sufrimos, todavía, sus consecuencias. Esta pervivencia del influjo cognitivo y práctico sigue haciendo necesaria la revisión de los textos y la hermenéutica feminista. Pero, como ocurre en otras áreas del feminismo académico, los resultados de los esfuerzos de tantas décadas no alcanzan a un público lo suficientemente amplio, a esa masa crítica que podría dar un giro a la interpretación de nuestro patrimonio literario y arquetípico en función de un mayor empoderamiento de las mujeres.

 

En este momento social e histórico no estamos en condiciones de desechar nada que realmente pueda valer para nuestro propósito, mucho menos si se trata de referentes que se encuentran en los niveles profundos de nuestra condición humana.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas

 

 

[1]   Agradezco a mi colega historiadora Ángela Muñoz Fernández sus observaciones con respecto a esta introducción. <<

 

[2] Irmtraud Fischer, Mercedes Navarro, Jorunn Økland y Adriana Valerio, «Introducción», en Mercedes Navarro e Irmtraud Fischer, con la colaboración de Andrea Tachsl-Erber, La Torah, colección La Biblia y las mujeres, 1, Estella, Verbo Divino, 2010, 18 y 19. <<

 

[3]Puede consultarse Luis Alonso Schökel, Hermenéutica de la Palabra, vol. 2: Interpretación literaria de los textos bíblicos, Madrid, Cristiandad, 1987, pág. 410. <<

 

[4]En el nivel ontológico, los mitologemas son la base de los arquetipos y, en este sentido, los preceden. <<

 

[5] Utilizo la grafía Dios, siguiendo una idea de Elisabeth Schüssler Fiorenza, como una forma de resistencia y llamada de atención. Resistencia, porque a la divinidad suele atribuírsele el género masculino. Llamada de atención, por el uso patriarcal del término. Véase Elisabeth Schüssler Fiorenza, Pero ella dijo: prácticas feministas de la interpretación bíblica. Estructuras y procesos, Madrid, Trotta, 1996, pág. 200. <<

 

[6]  Véanse Northrop Frye, Fables of Identity: Studies in Poetic Mythology, Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1963; Pierre-Maurice Bogaert et al., Diccionario enciclopédico de la Biblia, Barcelona, Herder, 1993, págs. 1039 y ss.; Angelo Marchese, Dizionario di retorica e di stilistica, Milán, Mondadori, 1978, págs. 203 y ss. <<

 

[7] Con frecuencia, programada en intensidad y en tiempo. <<

 

 

[8]  Es evidente que me baso en los conceptos junguianos de arquetipo, representaciones, etc. <<

 

[9]  Agradezco a la psicoanalista y experta María Josefa García Callado sus valiosas aclaraciones y precisiones sobre tales conceptos. <<

 

[10] Véanse Amelia Valcárcel, Ahora, feminismo: cuestiones candentes y frentes abiertos, Madrid, Cátedra, 2019; Celia Amorós y Ana de Miguel, Teoría feminista: de los debates sobre el género al multiculturalismo, Madrid, Biblioteca Nueva, 2019; Alicia Miyares, Distopías patriarcales, Madrid, Cátedra, 2021. <<

 

[11]Véase, a modo de ejemplo, toda la obra de Elisabeth Schüssler Fiorenza, de la cual hay algunos libros traducidos al castellano: En memoria de ella: una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989; Pero ella dijo: prácticas feministas de la interpretación bíblica; Los caminos de la Sabiduría: una introducción a la interpretación feminista de la Biblia, Santander, SalTerrae, 2004; Cristología feminista crítica: Jesús, hijo de Miriam y profeta de la Sabiduría, Madrid, Trotta, 2000. <<

 

[12]      A este respecto, me remito a la colección internacional y multilingüe La Biblia y las mujeres: https://www.bibleandwomen.org<<

 

[13] Barro y aliento: exégesis y antropología teológica de Génesis 2-3, Madrid, Ediciones Paulinas, 1993. <<

 

[14] Este capítulo se atribuye a la tradición textual llamada «sacerdotal», distinta de la tradición textual de los capítulos 2 y 3, que pertenecen a la llamada «presacerdotal» (antes denominada «yahvista» debido a que se menciona el tetragrama o nombre divino como Yhwh). <<

 

[15]No se puede confundir a este humano genérico, ha’adam, con el nombre que luego se le da al varón, Adán. El término ’adam se refiere a la ’adamāh, que es la tierra. Abundaremos en ello. <<

 

[16] La cursiva es mía. <<

 

[17] La cursiva es mía. <<

 

[18] Como sucede en otros mitos de otras culturas. <<

 

[19] Salvo que esta se entienda en la perspectiva procreadora, pero solo en ella.

 

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[20]      El mandato de «dominad la tierra» se ha interpretado tan mal como el de «creced, multiplicaos y llenad la tierra». Tanto uno como otro han sido descontextualizados y ambos han servido para destruir en lugar de construir. Pero este es otro tema del que aquí no vamos a ocuparnos. <<

 

 

[21]      Esta expresión la he traducido literalmente. Equivale a decir «una ayuda paritaria». <<

 

[22]  ¿Era posible, para la mentalidad antigua, imaginar un ser humano asexuado? Tendríamos que hablar, más bien, de ser humano genérico o no diferenciado, algo que se manifiesta en otros mitos antiguos con otras representaciones, como es el caso del mito del andrógino. <<

 

[23]  Así, la traducción de Francisco Cantera Burgos y Manuel Iglesias González, Sagrada Biblia, Madrid, BAC, 1979, o de Luis Alonso Schökel y Juan Mateos, Nueva Biblia Española, Madrid, Cristiandad, 1975. <<

 

[24]Desde el punto de vista psicológico, no es relevante que el narcisismo sea de un varón o de una mujer, pues en las etapas tempranas del desarrollo todos los niños y niñas pasan por esa fase sin que el sexo ni el género tengan importancia por sí mismos. <<

 

[25] La etimología de ’issah es incierta. Ha sido y sigue siendo objeto de estudio por parte de los expertos y expertas. Se conoce la existencia del término ’ant-at, que es una palabra del semítico común del cual se derivarían diferentes nombres de mujer en distintos idiomas. Así, en acádico se dice assatu (esposa); en ugarítico, ’tt (esposa); en etíope, anest, y en arameo, inteta/itteta. A ellos se añaden el cananeísmo ’issu (mujer, hembra) y el hebreo ’issah (mujer). La radical «t» no permite hacer derivar el vocablo hebreo ’issah (mujer) del, también hebreo, ’ish (varón, hombre). Puede verse Ernst Jenni y Claus Westermann, Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, vol. I, Madrid, Cristiandad, 1978, pág. 369. El argumento que aquí desarrollamos, basado en la semejanza fonética y en la lógica narrativa, no justifica el uso del hebreo que vincula estrechamente mujer y esposa. No es el único idioma que utiliza un mismo término para expresar esta vinculación que es, sin duda, reduccionista y patriarcal. La hermenéutica de este texto se fija, más que en la etimología, en el desarrollo narrativo y en los juegos de palabras. Mi elección, como muestro, es que ambos vocablos no tienen la misma etimología. <<

 

[26]      Las dos palabras tienen en común la raíz dm, que sugiere algo rojo. Las evocaciones son interesantes, sobre todo porque la tierra arcillosa, cuando está mojada, se vuelve rojiza. Rojiza es la tierra y roja es la sangre de los humanos… <<

 

[27]’adamāh también tiene desinencia «femenina». <<

 

[28]La relación entre el árbol de la vida y el árbol del conocer el bien y el mal en el capítulo 2 es un tanto compleja, pero no es tan relevante para nuestro análisis, de forma que la dejamos a un lado. Véase Barro y aliento: exégesis y antropología teológica de Génesis 2-3, págs. 68, 181 y 236. <<

 

[29]      Esta creencia de que los dioses temen a los humanos y sienten celos o se sienten amenazados por ellos es bastante habitual en los mitos de origen de muchos pueblos. Se trata de una representación del arquetipo divino sumamente interesante. Incluso en la Biblia contamos con textos y libros que inciden sobre la duda divina, los celos y temores de infidelidad hasta extremos impensables, como es el caso del libro de Job, cronológicamente posterior a la redacción final del Génesis. <<

 

[30]Es interesante observar que con el don del conocimiento y de la libertad aparece la duda sobre la divinidad ya en estadios muy antiguos de la humanidad. En este caso no se trata de la duda sobre su existencia, sino sobre sus intenciones y sobre la capacidad de los humanos de «medirse» con ella de alguna manera. <<

 

 

[31] Al menos en estos capítulos. En el resto de la Biblia hay ejemplos suficientes de las contradicciones e inconsistencias de la divinidad. <<

 

[32] En la corriente sapiencial y deuteronomista de la Biblia, en cambio, la reversibilidad está presente, por ejemplo: «Mira, pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas […] tu Dios te bendecirá. Pero si tu corazón se desvía […] pereceréis sin remedio» (Dt 30,15-18). <<

 

[33] La figura divina se acomoda al proceso de individuación de los humanos y lo acompaña, algo que no se puede hacer más que sujeto a sujeto. <<

 

[34]  En todo caso, tal «complementariedad» se limita al ámbito de la procreación: se unirán, serán una sola carne… <<

 

[35]En hebreo, , «porque, a causa de…»; en el griego de los LXX, hoti<<

 

[36]Pueden verse el análisis y las conclusiones de John J. Schmitt, «Like Eve, Like Adam: mšl in Gen 3,16», Biblica, 72, 1991, págs. 1-22. <<

 

[37] El relato de Gn 2-3 tiene muchos elementos del contexto mítico religioso del entorno cultural, como por ejemplo el árbol de la vida, el jardín… Solo los mencionaré en relación con los dos en los que me voy a detener. <<

 

[38] Algunos estudiosos han pretendido identificar el término hebreo hawah con el arameo hewya’, que significa serpiente, sin embargo, no es una relación clara. Otros autores consideran que se basa en especulaciones

 

infundadas y juegos de palabras insostenibles, por ejemplo, Anthony J. Williams, «The Relationship of Genesis 3,20 to the Serpent», ZAW, 89, 1977, páginas 357-374. Con todo, autores como Theodorus C. Vriezen creen que existe una semejanza entre el nombre que se daba en la cultura fenicia a la diosa serpiente y el de hawah. También H. Gressmann en M. Lidzbarski, Ephemeris für semitische Epigraphik, vol. II, págs. 39 y ss., se refiere a una inscripción fenicia que da razón de este nombre en referencia a la mencionada diosa. <<

 

[39] Véase el estudio clásico y básico de Carol Meyers, Discovering Eve: Ancient Israelite Women in Context, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 1988. <<

 

[40] Sobre la interpretación de la última parte de la sentencia (3,16b), adopto los resultados del artículo citado de John J. Schmitt, «Like Eve, Like Adam: mšl in Gen 3,16», págs. 1-22. El autor parte del estudio del contexto de este relato para ver si es adecuado traducir el verbo mšl por dominar; es decir, pretende dilucidar si su sentido jerárquico es adecuado o no. Concluye que no hay elementos en el relato que lleven a introducir un vocabulario de mandato, dominio o sujeción entre los dos humanos. El hecho, por ejemplo, de nombrar a los animales es más un acto de reconocimiento que un acto de dominio. El verbo mšl tiene diferentes significados y es el contexto el que puede decidir su sentido. El autor, como queda adelantado en el texto, muestra que el verbo tiene tres posibles significados: a) ejercer dominio sobre, significado que adopta la generalidad de las traducciones, incluidas la de los LXX y la Peshitta, y expresan ya ideología; b) burlarse de no conviene al contexto, y, por último, c) ser igual a, ser como, que es la más adecuada al contexto de Gn 3. El significado de mšl como ser como, ser igual a aparece en nifal, hifil e hitpael; en el significado de usar como proverbio, hablar en parábola se utiliza en qal y en piel, y el sentido de dominar, tener dominio sobre aparece en qal y en hifil. Estos son los usos que aparecen representados en Fenicia y en el hebreo moderno, cfr. Schmitt, «Like Eve», pág. 8. El sentido de dominar aparece en contextos políticos y de mandato real. En Gn 3,16 no existe un contexto que permita este uso (ídem, 12). Y, en cambio, el significado ser igual a, ser semejante a es el más adecuado al contexto en el que nos movemos. <<

 

[41]   Silvia Schröer, «Las antiguas imágenes orientales como clave interpretativa de los textos bíblicos», en Mercedes Navarro Puerto e Irmtraud Fischer (eds.), La Torah, colección La Biblia y las mujeres, 1, Estella, Verbo Divino, 2010, págs. 51 y ss. <<

 

[42] El poema de Gilgamesh, el relato de Atrahasis… dejan ver muchas similitudes, como quedó indicado. Puede verse al respecto Jean Bottero y Samuel Noah Kramer (eds.), Cuando los dioses hacían de hombres: mitología mesopotámica, Madrid, Akal, 2004. <<

 

[43]Carol Meyers, Discovering Eve<<

 

[44]Isabel Gómez-Acebo, «Un jurado femenino declara a Eva: no culpable», en Isabel Gómez-Acebo (ed.), Relectura del Génesis, colección En clave de mujer, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1997, págs. 17-70. La autora estudia la figura de Eva desde la recepción misógina de los textos, sobre todo desde los llamados Padres de la Iglesia, y la recepción tomista, a la que se adhirieron muchas corrientes teológicas. Sobre los comienzos, la historia comparada de las religiones ha dado cumplida cuenta, desde hace tiempo, de las semejanzas y diferencias entre los poemas ya citados (Gilgamesh, Atrahasis) y el relato del Génesis. <<

 

[45]Para esta parte recupero mi trabajo sobre el tema en «Sobre Eva, diosas y sabias: el buen “Género” en Génesis 2-3», en Mercedes Arriaga, Jesús Baca, Clara Castaño y María Montoya (eds.), Mujeres del Mediterráneo, Sevilla, Arcibel, 2006, págs. 322-336, y, en una versión anterior, pero más completa: «El hombre llamó a su mujer Eva (Gén 3,15-20)», Ephemerides Mariologicae, 46, 1996, págs. 9-40. <<

 

 

[46]    Véase Luigi Cagni, «Miti di origine, miti di caduta e presenza del femminino nella loro tradizione interpretativa: considerazione sui dati della tradizione sumerica e babilonese-assiria», RSB, 1-2, 1994, págs. 13-46. Istar, no debe olvidarse, es una divinidad femenina ambigua, entre otros aspectos, en su relación con Tammuz, que es a la vez hijo y amante. Aunque existen profundas diferencias con la figura de la mujer de Gn 2-3, algunos elementos pueden estar de fondo. La Eva de 3,20, en boca del mismo varón, es considerada mujer suya y madre: porque la frase es madre de todos los vivientes no le excluye. Es propio de la condensación de los relatos míticos.

 

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[47] Puede verse Richard Clark Kroeger y Catherine Clark Kroeger, I Suffer Not a Woman: Rethinking 1Timothy 2:11-15 in Light of Ancient Evidence, Michigan, Grand Rapids, 1992, pág. 153, que, citando a Speiser, asegura que es el nombre semita de Eva el que tomó la lengua hurrita, y no al revés. <<

 

[48] Bajo el ímpetu y el entusiasmo de esta reina, la nueva deidad fue asimilada con la gran diosa solar Arinna, diosa mayor en el panteón hitita. Cfr. Anet, 393 y 398. <<

 

[49]Cfr. Anet, 89; 205. <<

 

[50] Cfr. Richard Clark Kroeger y Catherine Clark Kroeger, I Suffer, pág. 156.

 

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[51]Apuleyo, Metamorfosis, 11,3-4. <<

 

[52] Es lo que indica, por ejemplo, el proceso por el que se fue negativizando la figura de Eva en una línea de la literatura judía tardía y en los primeros siglos del cristianismo, incluyendo a Pablo. Junto a un judaísmo que veía e interpretaba a Eva como la primera de las madres de Israel (cfr. Tg Gn 3,1), existen comentarios a Gn 2,22 que hablan de la belleza de Eva como factor de seducción que condujo a la serpiente a hacerla suya y planear el asesinato de Adán (cfr. R 18,6 a 2,25 y 3,1), cuyo eco se remonta hasta Ireneo en el siglo II (Adversus Haereses I, 30,7), y pasa a ser considerada tentadora, seductora e introductora del mal en el mundo. Cfr. a este respecto Aristide Serra, «Valenze creative e distruttive della figura di Eva nel giudaismo antico», RSB, 1-2, 1994, págs. 179-199, y Romano Penna, «Il discorso paolino sulle origini umane alla luce di Gen 1-3 e le sue funzioni semantiche», RSB 1-2, 1994, págs. 233-239. <<

 

[53]  Este motivo se ha conservado en gran parte de la tradición pictórica cristiana occidental al representar la escena de Gn 3,1-7. Resulta curioso que, aun cuando no se menciona el lugar en el que se produce el diálogo entre la serpiente y la mujer, ni quede explicitada relación alguna entre el lugar de la serpiente y el del árbol, haya quedado en la cultura una escena paradigmática: un árbol frondoso, lleno de frutos, la serpiente enroscada en su tronco con la cabeza orientada hacia la mujer, que permanece en pie con una manzana a punto de ser mordida o con la huella de un mordisco. <<

 

[54]      Véase Lowell K. Handy, «Serpent», en David N. Freedman (ed.), ABD, vol. 5, Nueva York-Londres-Toronto-Sidney-Auckland, Doubleday, 1992, págs. 1113-1117. <<

 

[55] Ligada a la sabiduría en el contexto egipcio aparecen Thermuthis-Remenutet y Ma’at, representada a veces como una cobra, la misma que lucían las coronas de los faraones. <<

 

[56]   Claus Westermann, «Genesis 1-11», en Diccionario teológico, págs. 

 

238-239, disiente de autores que, como Vriezen, ven dicho trasfondo en Gn 3. Este autor cree que el texto difiere notablemente al representarla como criatura de Dios, salida de sus manos. Según él, en el texto desempeña un papel relacionado con la persona y se describe como un acontecimiento personal. El rol de la serpiente estaría limitado a la iniciación de la tentación. Se muestra de acuerdo con Von Rad en que la introducción de este personaje es incidental, y el autor no está preocupado por el personaje de la serpiente, sino por lo que dice. Para Westermann, este episodio muestra que no es posible conocer el origen del mal, que permanece en un completo misterio. A mi modo de ver, Westermann simplifica la cuestión y no da razón de los motivos por los que el narrador, teniendo en su cultura otras posibilidades para representar la figura tentadora, elige precisamente la de una serpiente. <<

 

[57] Como subraya Carol Meyers en su obra emblemática Discovering Eve, pág. 91: «Es la Mujer, no el varón, la que percibe la desiderabilidad de adquirir sabiduría. La mujer, de nuevo no el varón, es el miembro articulado de la primera pareja que participa en el diálogo incluso antes de que se hayan obtenido los beneficios del árbol de la sabiduría» (la traducción es mía). <<

 

[58]Se ha especulado con la posibilidad de que Nehustan, el nombre que se le da a esta serpiente de bronce en el templo de Jerusalén, fuera una divinidad del culto jebusita de Jerusalén que David retuvo después de haber tomado la ciudad. Pero no resulta fácil relacionarla con el episodio del libro de los Números. <<

 

[59]Véase Isabel Gómez-Acebo, «Un jurado femenino». <<

 

[60]Véase, por ejemplo, Prov 3,18; 11,30; 15,4… <<

 

[61] Véase Carol Meyers, Discovering Eve, págs. 90 y ss. <<

 

[62]La lectura contextualizada de ese texto en la carta, en la teología de Pablo, en el contexto social y antropológico cultural de su mundo permite una interpretación completamente diferente que difícilmente podría seguir siendo aceptada por nuestros contexto y cultura contemporáneos. <<

 

[63]  Véase el volumen 10 de la serie La Biblia y las mujeres dedicado a la recepción patrística: Kari Børresen y Emanuela Prinzivalli (eds.), Las mujeres en la mirada de los antiguos escritos cristianos, Estella, Verbo Divino, 2013.

 

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[64]  Un buen ejemplo es la colección internacional, interconfesional y multilingüe La Biblia y las mujeres, editada por Verbo Divino para el habla hispana, de cuya área soy la directora. Puede verse www.bibleandwomen.org. Junto a este proyecto hay otras colecciones británicas y norteamericanas: cfr. Athalya Brenner (ed.), A Feminist Companion to Reading the Bible; Barbara Reid (ed.), Wisdom Commentary, y, en español, varios volúmenes de la colección En clave de mujer, dirigida por Isabel Gómez-Acebo. <<

 

[65] No me refiero al personaje que aparece de diversas maneras en los cuatro evangelios, sino a la construcción de la figura de María desde los primeros siglos del cristianismo, bastante alejada de su perfil narrativo, como muestro en mi trabajo Los rostros bíblicos de María: exégesis y hermenéutica bíblica feminista, Estella, Verbo Divino, 2020. <<

 

[66] Puede verse mi trabajo sobre María en el cuarto evangelio en «La mujer en las bodas de Caná: un relato de los orígenes (Jn 2,1-12)», en Ángel Aparicio (ed.), María del evangelio: las primeras generaciones cristianas hablan de María, Madrid, Publicaciones Claretianas, 1994, págs. 295-326. <<

 

[67]Isabel Gómez-Acebo, «Un jurado femenino», págs. 18-19. <<

 

[68] Soy consciente de que solo me acerco, y superficialmente, a ciertos elementos de los relatos. Dada su condición simbólica, los elementos míticos, las representaciones e imágenes arquetípicas y los símbolos mismos son polisémicos, por lo tanto, enormemente ricos. <<

 

[69]Con las debidas cautelas, en la selección realizada hemos tenido en cuenta la condición universal de los arquetipos y las representaciones simbólicas, aunque los significados (los contenidos semánticos) varíen dependiendo de culturas y épocas. No es el caso, por ejemplo, de la serpiente, que siendo un símbolo ancestral y muy extendido, no es universal. Hay lugares y culturas en el planeta que no han conocido este ofidio y difícilmente pueden imaginarlo como portador de significados. <<

 

[70] Pueden consultarse Marc Girard, Les symboles dans la Bible: essai de théologie biblique enracinée dans l’expérience humaine universelle, Montreal-París, Bellarmin-Le Cerf, 1991, págs. 553-580; J. de La Rocheterie, La symbologie des rêves, París, Imago, 1986, págs. 41-45. <<

 

[71]      Cfr. Juan Eduardo Cirlot, A Dictionary of Symbols, Nueva York, Dorset Press, 1971, págs. 346-350. <<

 

[72]Todavía hoy hablamos del «árbol genealógico» para buscar hacia atrás los orígenes individuales y grupales, y hacia delante, para referirnos a la sucesión de las generaciones. <<

 

[73]  Estos términos están referidos a los arquetipos anima-animus, no a esencias inmutables. Los contenidos y las representaciones dependen por completo de las sociedades y las culturas. Los arquetipos no se corresponden necesariamente con las mujeres y los varones. En este sentido, la dualidad anima/animus ha sido distorsionada y mal comprendida siempre que se ha considerado de manera esencialista y ajustada al sexo físico. En este sentido, uso anima/animus como arquetipos de lo humano y femenino/masculino como representaciones de lo humano, expresadas mediante imágenes y símbolos. <<

 

[74]No hay que olvidar las estrechas relaciones, e incluso la identificación, que la corriente sapiencial establece entre la Sabiduría y la mujer, no solo la madre. Eclo 24 la sitúa junto a Dios creador. <<

 

 

[75] Esta tarea está parcialmente realizada, al menos en lo que se refiere al texto del que nos ocupamos, por la exégesis bíblica feminista ya desde los años setenta del pasado siglo. Los diferentes enfoques hacen que dicha labor crítica no haya concluido y, seguramente, no concluirá nunca. <<

 

 

[76] Aunque es cierto que la economía narrativa del relato se centra en sus objetivos sin detenerse en detalles que considera innecesarios. <<

 

[77] Cfr. Sigmund Freud, Moisés y la religión monoteísta: tres ensayos (1934-1939), en Obras completas, vol. III, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973, págs. 3241-3324. <<

 

 

[78] Véase Otto Rank, El mito del nacimiento del héroe, Barcelona, Paidós Ibérica, 1992. <<

 

[79]Cfr. Pietro Bovati, Restabilire la giustizia, colección Analecta Biblica, 110, Roma, Pontificio Istituto Biblico, 1988, págs. 285-286. <<

 

[80]Sin duda legítima, según la perspectiva masculina y patriarcal. <<

 

[81] El empleo aquí de «masculino/femenino» alude, obviamente, a los rasgos culturales que dan significado a dichas categorías, sobre todo en el contexto del relato, y de ningún modo a cualquier tipo de esencialismo. <<

 

[82] El relato de vocación en la Biblia es un topos literario que consta de varios elementos. Los rasgos que identifican el esquema no pueden faltar, pero otros pueden estar ausentes y todos ellos pueden variar el orden de aparición: llamada-respuesta, objeciones por parte del llamado/a, fórmula de aseguración o consolación, misión. Su Sitz im Leben es la vocación profética, de forma que a Moisés se le considera un gran profeta en Israel. Un tratamiento sobre los relatos de vocación y sobre la vocación de Moisés puede verse en mi trabajo «La vocación de Moisés: perspectivas metodológicas», Estudios Bíblicos, 52, 1994, págs. 133-166. <<

 

[83]  No se trata de hacer dicotomías, pero es cierto que la percepción es anterior a la comprensión racional. Y si el mensaje es importante para la relación, la capacidad para percibir la palabra, escuchar, no lo es menos. Por ejemplo, ante una persona que nos dice algo en un idioma que no conocemos, la percepción se adelanta e incluso pone en marcha recursos decodificadores que no son estrictamente verbales racionales, sino no verbales: se interpretan los gestos, por ejemplo, en un plano más global, se pone en marcha la intuición, etc. Pero todo esto es posible porque antes de entender el mensaje se percibe al otro/a como ser parlante que se intenta comunicar. <<

 

[84]      El relato de la vida de Moisés, hasta este momento de la vocación en el episodio de la zarza ardiente que no se consume, ha sido azaroso y podríamos contemplar otros momentos como «renacimientos» en un proceso continuado de búsqueda de sí mismo y de su identidad. Sin embargo, hemos preferido elegir los que se orientan hacia su condición de héroe que libera al pueblo de la esclavitud de Egipto. <<

 

[85] Girard, Les symboles dans la Bible, pág. 240. <<

 

[86]Podremos comprobar que se trata del mismo símbolo mediante el que se narra el nacimiento de Israel como pueblo libre. <<

 

[87]      Gilbert Durand, Las estructuras antropológicas del imaginario, México, Fondo de Cultura Económica, 1992, pág. 258. <<

 

[88] Véase Girard, Les symboles, págs. 139-148. <<

 

 

[89]  Una parte del material de este capítulo ya fue publicado en Mercedes Navarro, «El Paso del Mar: nacer muriendo», en Isabel Gómez-Acebo (ed.), Relectura del Éxodo, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, págs. 85-143. He decidido conservar el título porque es la expresión paradójica más apropiada.

 

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[90] Puede verse a este respecto Luis Alonso Schökel, Salvación y liberación: apuntes de soteriología del Antiguo Testamento, Valencia, Edilva, 1980. <<

 

 

[91]     Véase Jean-Louis Ska, Le passage de la mer, Roma, Biblical Institute Press, 1986, págs. 50-51. <<

 

[92]Solo en cierto sentido, pues la inclusión asume lo excluyente (pero no al contrario). La unidad narrativa que propone a un Dios supranacional incluye al Dios del pueblo (nación), mientras que la idea de un Dios nacionalista queda cerrada a la supranacionalidad. <<

 

[93]Si tenemos en cuenta la genealogía del texto, encontramos numerosos indicios de la pertenencia, en un primer momento, a las tradiciones del desierto. En términos teológicos históricos, eso puede significar que se produjo un cambio interesante en la comprensión de la divinidad, de la propia identidad del pueblo y del sentido de su historia. La interpretación nacionalista se abrió a una comprensión más abierta e inclusiva, de forma que también en esta perspectiva histórico-crítica es pertinente elegir la primera de las opciones. <<

 

[94] La protección de la vida naciente y vulnerable, así como el canto y la danza, son acciones consideradas femeninas en el contexto sociocultural del libro, tanto referido al mundo de los hechos (acciones narradas) como al mundo del discurso (relaciones entre el narrador y su lector/a). <<

 

[95]  Ejemplos de dobles finales en la Biblia hebrea tenemos muchos. Me limito solo a señalar algunos. En el Génesis encontramos dos escenas de reconciliación entre José y su familia (Gn 45,1-15 y 50,15-21) y dos finales dedicados a la muerte de Jacob (Gn 49,29-33 y 50,15). En el libro de los Jueces observamos este mismo hecho en la historia de Gedeón (Jue 7,15 y 8,19) y el final del ciclo de Jefté (la victoria sobre los amonitas en Jue 11,19-24 y el sacrificio de la hija a partir de 11,30 en cumplimiento del voto). Los casos en los evangelios son numerosos, en particular en el evangelio de Marcos. Puede consultarse Mercedes Navarro, Marcos, colección Guías de lectura del Nuevo Testamento, 1, Estella, Verbo Divino, 2006. <<

 

[96] Narrativamente, este segundo final se le anticipa al lector, sutilmente, mediante la frase de Yhwh en 13,17, en un monólogo interior dirigido al oyente y lector, cuando el narrador justifica y explica que Dios le conduzca por otro camino: «no se arrepienta el pueblo si se ve atacado y vuelva a Egipto». <<

 

[97] Cfr. Ska, Le passage, págs. 105-107. <<

 

[98]   Me remito a los comentarios que plantean cuestiones de exégesis diacrónica en las cuales la dimensión histórico-empírica y de testimonios documentales y arqueológicos importa mucho. Para un acercamiento sencillo y sugerente puede verse, además, Jean-Louis Ska, Los enigmas del pasado: historia de Israel y relato bíblico, Estella, Verbo Divino, 2003. <<

 

[99]  Sobre el método feminista de género puede verse Pilar de Miguel y Mercedes Navarro (eds.), El hilo de Ariadna, Estella, Verbo Divino, 2006. <<

 

[100]Puede consultarse Daniel Marguerat e Yves Bourquin, Cómo entender los relatos bíblicos, Santander, SalTerrae, 2000, y también Mercedes Navarro, Cuando la Biblia cuenta, Madrid, PPC, 2002. <<

 

[101]La mención de los diferentes tiempos se encuentra en varios momentos: Ex 13,20 y 14,2-3.8-9, marcha de Succot a Etam y de Etam a Pi-Hairot; la noche, 14,20-21.24-27, y la mañana siguiente, 14,27. <<

 

[102]La mención del Mar de las Cañas o yam-sûp delimita la unidad desde el punto de vista estilístico y del vocabulario, Ex 13,18 y 15,22. <<

 

[103]Acerca de las fuentes de Ex 1-15 (estudio diacrónico), se aceptan como básicas la fuente J (yahvista), un relato presacerdotal más fragmentario, y la ampliación P (sacerdotal) del conjunto, obra de un redactor final posexílico, aunque el marco se lo da el redactor de P y se incluyen también indicios redaccionales de D (deuteronomista). Puede verse al respecto Joseph Blenkinshopp, El Pentateuco, Estella, Verbo Divino, 1998, especialmente pág. 187. El material P de Ex 14,1-31 es 14,1-4; 8-10; 15; 22-23; 26-27a; 28-29; el resto, material preexílico, se caracteriza por que parece no conocer el relato de las plagas con sus rituales, su vocabulario profético y la incidencia en el tema de la esclavitud. Véase Jean-Louis Ska, Introducción a la lectura del Pentateuco, Estella, Verbo Divino, 2001, pág. 288. Para un estudio de las fuentes en el Pentateuco, véase Roger Norman Whybray, El Pentateuco: estudio metodológico, Bilbao, Desclée de Brouwer, 1995. <<

 

[104]    Así es presentado también en el libro del Génesis en muchas ocasiones y así le presenta el libro del Éxodo con frecuencia: un Dios-memoria (que activa el recuerdo, la historia) y no solo un Dios de la memoria (elemento presente en el recuerdo). En este sentido, existe una relación entre el rol divino y algunos roles femeninos asignados a mujeres. <<

 

[105]La psicología actual presenta este mentalismo como algo típico y específico de la especie humana, más desarrollada, hasta el momento, por las mujeres (y los grupos minoritarios) que por los varones. Las mujeres (y la cualidad psicocultural de lo femenino) son más mentalistas que los varones, pues su socialización implica el desarrollo de esa empatía que lleva a situarse en la mente de otras personas y adelantarse a ellas. En los grupos minoritarios, sobre todo los marginados y perseguidos (y no debemos olvidar que las mujeres forman el escalón más marginado de todas las escalas y categorías), el mentalismo forma parte de las estrategias psicológicas de supervivencia y configura un poder oculto, pero temido, por el sistema hegemónico. <<

 

[106]    Los dos poderes se encuentran en planos asimétricos. El poder de Yhwh incluye el del faraón, y no a la inversa. <<

 

[107]    En todos estos capítulos, y en el libro del Éxodo entero, la raíz del verbo servir (y sus derivados) desempeña un papel fundamental. La libertad y la liberación del pueblo no se entienden como una autonomía sin una figura de gobierno, si lo miramos desde nuestra actual manera de pensar hoy, sino como elección entre dos formas de servir que dependen no solo del que sirve (el pueblo), sino del que manda (faraón o Yhwh). <<

 

[108]  Este motivo se encuentra muy cercano a los textos proféticos de Ezequiel, próximo en el tiempo al redactor de P. En Ezequiel, el endurecimiento del corazón equivale en primer término a negarse a escuchar, y, por ello, a convertirse, algo que acarrea consigo una condena. <<

 

 

[109]    Que no responde, a su vez, a la concepción de causalidad que manejamos en nuestra cultura, más dependiente de la filosofía grecorromana que de la mentalidad semítica oriental. <<

 

 

[110] En términos actuales y tomando un ejemplo de género, sería algo parecido a la paradoja que nace del éxito del feminismo y de los logros de las mujeres en los ámbitos sociales, culturales, laborales… con respecto a la violencia. Diríamos que las conquistas de las mujeres, que amenazan la destrucción del sistema patriarcal, endurecen el corazón de los hombres. Tomar tal paradoja al pie de la letra es lo que han hecho algunos documentos y declaraciones de la Iglesia jerárquica y de otros grupos machistas acusando a las víctimas de ser provocadoras, cuando la finalidad sería, como en el caso del Yhwh del Éxodo, señalar al sistema y sus garantes, devolviéndoles sus responsabilidades. En el refranero castellano equivale a decir que no hay peor ciego que el que no quiere ver. <<

 

[111]    El énfasis en la gloria y glorificación de Yhwh no puede separarse nunca de la gloria y glorificación del pueblo, pues la identidad de Yhwh desde Ex 3,1-7 aparece íntimamente ligada a la identidad libre del pueblo. <<

 

[112]    Así puede verse en Nm 15,20; 33,3; Dt 32,27; Is 26,11. <<

 

 

[113]Una de las propiedades de la narrativa es su capacidad para que lectoras y lectores aprendan a sentir y no solo a pensar. Es didáctica emocionalmente y no solo racionalmente. <<

 

[114] La psicología indica que el miedo ayuda en las situaciones límite, pues pone en marcha los sistemas defensivos. El pánico, en cambio, obstaculiza. El miedo pide la ayuda de la mente y la razón, el pánico se salta sus registros. <<

 

[115]    En otro orden de cosas, abstrayendo la estructura, vemos que es la misma condición sistémica observada en las personas maltratadas. Muchas mujeres, por ejemplo, que han vivido una serie de años en régimen de maltrato muestran una parecida ambivalencia y una semejante relación estructural entre quien maltrata y quien es maltratada. El proceso de liberación, como se narra en estos relatos del Éxodo en una dimensión diferente, es lento y lleno de dificultades, de aparentes retrocesos y momentos en los que seguir o volver atrás requiere un verdadero arrojo por la parte que busca ser libre. <<

 

 

[116]    Algunos autores creen que, puesto que estas palabras no se encuentran en los relatos donde se habla de Israel en Egipto, podrían haber sido incluidas a propósito para esta escena. Personalmente prefiero entenderlas como discurso proléptico, por una parte, y, por otra, como información nueva que el narrador/redactor final inserta justamente en el momento oportuno en el que puede dar un sentido más hondo y complejo al proceso de liberación del pueblo, al protagonismo y la iniciativa divinos, en un momento en el que las dificultades de la identidad judía hacían necesario dicho sentido. <<

 

[117]El texto final no está exento de incoherencias narrativas, que hacen más necesaria la lectura activa del lector o lectora, pues ha de suplir ciertas elipsis. Para los problemas con las fuentes puede verse Brevard S. Childs, El libro del Éxodo: comentario crítico y teológico, Estella, Verbo Divino, 2003, págs.  236-238. <<

 

 

[118] Es curiosa la semejanza de esta estrategia narrativa con las técnicas psicológicas propias de la psicología cognitiva conductual (aislar elementos destructivos asociados, romper circuitos retroalimentadores…). <<

 

 

[119]A este respecto pueden verse los artículos de las diversas autoras que estudian el tema en los volúmenes de A Feminist Companion to, Athalya Brenner (ed.), A Feminist Companion to Exodus and Deuteronomy, Sheffield, Sheffield Academic Press, 1994, Parte III: «Miriam: on being a Sister», págs.  166-258; Athalya Brenner y Carole Fontain (eds.), A Feminist Companion to Bible (Second Series): Exodus to Deuteronomy, Sheffield, Sheffield Academic Press, 2000, Parte II: «Second Revisit: Miriam», págs. 104-198; Phillis Trible, «Bringing Miriam of the Shadows», en Athalya Brenner (ed.), A Feminist…, págs. 171-172, interpretando la tensión textual como represión de la voz y el protagonismo de las mujeres, es de la opinión de que la misma tensión textual es una crítica interna al texto y al desarrollo del acto liberador, pues se celebra la liberación de la opresión del poder patriarcal del faraón, a la vez que se coloca a Moisés en su lugar, realizando con las mujeres lo que el mismo faraón ha realizado con el pueblo. Estas deducciones han estimulado una interesante discusión que excede el propósito y la metodología de nuestro tema, pero que merece la pena seguir. Puede verse, así mismo, Irmtraud Fischer, Women who Wrestled with God: Biblical Stories of Israel’s Beginnings, Minnesota, Michael Glazier Books, 2000, especialmente págs.  113-128. <<

 

 

[120]   J. Gerald Janzen, «Song of Moses, Song of Miriam: Who is Seconding Whom?», en Athalya Brenner (ed.), A Feminist Companion to Exodus and Deuteronomy, Sheffield, Sheffield Academic Press, 1994, págs. 187-199. <<

 

[121]    Véase el trabajo de Isabel Gómez-Acebo, «Muerte y mujeres en la Biblia hebrea», en Isabel Gómez-Acebo (ed.), Relectura del Éxodo, colección En clave de mujer, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, págs. 25-83. <<

 

[122] Por ejemplo, Rita Burns, Has the Lord Indeed Spoken Only Through Moses? A Study of the Biblica Portrait of Miriam, Atlanta, Scholars Press, 1987. <<

 

[123]    Así lo indica y fundamenta Fockelien Van Dick-Hemmes, «Some Recent Views on the Presentation of the Song of Miriam», en Athalya Brenner (ed.), A Feminist Companion to Exodus and Deuteronomy, pág. 206. <<

 

 

[124]    Lógicamente, el relato encierra muchos puntos más en los que detenerse, pero nuestro análisis solo elige aquellos que interesan al tema general. <<

 

 

[125] De todo esto nos hemos ocupado ampliamente y abarcando el período de la salida de Egipto, el Paso del Mar y la estancia en el desierto, en «El Dios de Israel: un padre materno», Ephemerides Mariologicae, 41, 1991, págs. 37-83.

 

<<

 

 

[126]    Las formas verbales del versículo 17 son de segundo plano, de trasfondo, mientras que en los versículos 18 y 22 proponen acciones de primer plano. <<

 

[127]    Véase la primera parte de esta obra. <<

 

 

[128]    No debemos olvidar que el libro del Éxodo presupone un lector o lectora que conoce las historias del Génesis y cree en su Dios creador. Este presupuesto se advierte en Ex 1,1-7, donde se menciona de forma condensada toda la historia contenida en el Génesis y donde el autor del Éxodo apela, como en un test, a la capacidad del lector/a de reconocer a esa divinidad creadora manifestada en el Génesis a partir de la abundancia de vida. <<

 

[129]Con ello no pretendo indicar qué es cronológicamente anterior (en el plano de la composición del texto). Llamo la atención sobre la secuencia narrativa y sus efectos en la lectura continuada. <<

 

[130]  Este perfil, quiero decir, no es mera proyección de lo materno, lo femenino y las mujeres (lo que hacen), sino que expresa el deber hacer y no de manera impositiva, sino progresiva y respetuosa. Las mujeres, las madres y lo femenino, independientemente de quien los porte, están llamados a realizar un aprendizaje de este perfil de un Yhwh adulto y materno. De esta manera se disocia el maternaje de lo biológico y de sus atribuciones inmediatas culturales. En este sentido, el perfil divino adquiere connotaciones críticas de género. <<

 

 

[131]   Véase Jesús Luzárraga, Las tradiciones de la nube en la Biblia y en el judaísmo primitivo, Roma, Biblical Institute Press, 1974, págs. 84 y ss. <<

 

 

[132]    Por ejemplo, nesi’im, ’ed, seshaqim, ’ab, ’anan, ibíd., págs. 15-41. <<

 

 

[133]    Ibíd., pág. 31. <<

 

 

[134]   Véase Mercedes Navarro Puerto, «La vocación de Moisés: perspectivas metodológicas», Estudios Bíblicos, 52, 1994, págs. 133-166, especialmente págs. 160-165. <<

 

[135]    Puede verse el artículo de Isabel Gómez-Acebo, «Muerte y mujeres en la Biblia hebrea», en Isabel Gómez-Acebo (ed.), Relectura del Éxodo, colección En clave de mujer, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, págs. 25-83. <<

 

 

[136]   La diferencia entre los términos para poner nombre a Moisés ya quedó tratada en el capítulo 2 de esta obra. <<

 

 

[137]    Ni siquiera el perfil que se deriva de su trayectoria completa en el libro (y en el de los Números) justifica por sí mismo su conversión en una especie de paradigma de líder masculino y patriarcal, tal como lo han pintado y esculpido a menudo los artistas, como queda también indicado en otro momento de este libro. <<

 

[138]   La leyenda de Sargón I, que contiene elementos muy semejantes a los narrados en los orígenes de Moisés, lo ilustra bien. La leyenda subraya el papel de primera instancia de la diosa Istar, diosa del amor y la guerra, en la subida al trono de Sargón. Victor H. Mathews y Don C. Benjamin, Paralelos del Antiguo Testamento, Santander, SalTerrae, 2004, pág. 85. <<

 

 

[139]    Luis Alonso Schökel, Salvación y liberación: apuntes de soteriología del Antiguo Testamento, Valencia, Edilva, 1980. <<

 

 

[140]Otra transposición de equivalencias se da en los términos subir-bajar, que en hiphil o causativo siempre son atribuidos a Yhwh, el que hace subir de Egipto a los israelitas (verbo ’ly). <<

 

[141]   Moisés es sujeto pasivo de las acciones antes de ser sujeto activo. Por ejemplo, la madre y la hermana dejan al niño en la cesta y en el agua; Moisés entra, sin voluntad propia, en las aguas del Nilo. Allí permanece pasivamente hasta que la princesa lo descubre y lo saca. Moisés sale, como sujeto pasivo, de las aguas del Nilo. Entra porque alguien lo introduce (las mujeres de su familia biológica) y sale porque alguien lo saca (la mujer de una nueva familia). La pasividad de Moisés en su primer y en su segundo nacimiento prefigura la pasividad del pueblo en su nacimiento de las aguas del Mar de las Cañas. <<

 

[142]    Alonso Schökel lo estudió e identificó en toda la Biblia hebrea e incluso en textos del Nuevo Testamento. <<

 

[143]    Los estudios de psicología de la religión realizados en Europa y entre una población de cultura cristiana arrojan desde hace varias décadas unos datos parecidos en lo referente a la configuración de la imagen divina en términos de género. En extensión, la figuración divina es masculina (mayor número de atributos), y, en intensidad, es femenina (más profundidad en las atribuciones y mayor connotación emotiva), independientemente de las variables de género y edad de la población estudiada. <<

 

 

[144]    Desde el punto de vista diacrónico, el discurso de Israel recuerda los que aparecen posteriormente en su travesía del desierto, de forma que aun perteneciendo a una tradición textual diferente, ha sido colocado en este lugar en la redacción final por motivos de sentido. Por otro lado, el verbo que formula el miedo del pueblo (wayireu meod, 14,10b) se corresponde con el verbo mediante el que responde Moisés (’al.tira’u, 14,13a). Las tensiones, los añadidos, los intentos más o menos exitosos de unir textos de distintas tradiciones muestran el esfuerzo redaccional, pero también apuntan a otros focos de interés, como es la acumulación simbólica que orienta la atención hacia el sentido del conjunto. <<

 

 

[145]  El relato está lejos de ser perfecto narrativamente, pero sus incorrecciones son menos importantes para el sentido que su condensación simbólica y hermenéutica. <<

 

 

[146]   Véase George Lakoff y Mark Johnson, Metáforas de la vida cotidiana, Madrid, Cátedra, 1986. <<

 

[147]    Un leitmotiv que repite la tradición profética. <<

 

[148]La hermenéutica del simbolismo no se puede realizar como si se trazara una cuadrícula de exactas correspondencias, sino como evocaciones abiertas y, por ello mismo, imperfectas. <<

 

[149]    Puede verse al respecto Isabel Gómez-Acebo, «Mujeres y ritos funerarios en Palestina», en Mercedes Navarro Puerto (ed.), En el umbral: muerte y teología en perspectiva de mujeres, colección En clave de mujer, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, págs. 85-180. <<

 

[150]El rito de la Pascua rememora esta única experiencia de Israel que no puede volver a repetirse, incluso cuando el mismo pueblo aplica el esquema ternario de nacer y renacer a los acontecimientos de los dos exilios. En el cristianismo, el acontecimiento de la vida y, sobre todo, de la muerte de Jesús es, igualmente, una experiencia única e irrepetible. <<

 

[151]   El relato de Ex 2,4, cuando la madre y la hermana de Moisés dejan al niño en la cesta en el cañaveral del río (obsérvese la relación entre el cañaveral y el Mar de las Cañas), no pudiendo ocultar al niño por más tiempo, expresa la espera confiada en la providencia mediante un infinitivo que deja abierto el futuro inmediato a cualquier solución que venga de otro lugar («a ver qué pasaba»). <<

 

[152] En la cultura occidental, el sentido de la vista aparece más ligado al mundo de lo masculino, pues resulta un sentido más mediado, por influencias del mundo grecorromano. Sin embargo, en la cultura semítica, oriental, el de la vista es un sentido muy potente y peligroso, con una carga de mayor inmediatez y mayor impacto en la totalidad de la persona. <<

 

[153]   No son pocos los estudiosos que han intentado explicar el fenómeno a partir de situaciones excepcionales de la naturaleza en el Mar Rojo o de las Cañas. Esta posibilidad factible como fenómeno producido en determinadas circunstancias, sin embargo, se encuentra en otro orden distinto del de nuestra aproximación. Para el estudio y la interpretación del orden simbólico, no solamente no estorba, sino que le da mayor fuerza, de la misma manera que la sucesión del día y de la noche sostiene un arquetipo y se abre a interpretaciones simbólicas. <<

 

[154]   Sobre la violencia en relación con las mujeres puede verse mi artículo «Mujeres violentas y mujeres violentadas en la Biblia hebrea», Reseña Bíblica, 108, 2020, págs. 12-21. <<



 

[155]   Para una visión general puede verse Carmen Bernabé (coord.), «María Magdalena: mujer, discípula y personaje», Reseña Bíblica, 107, 2020, págs.  10-64. <<


FIN

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