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© Libro N° 14597. La Violencia Después Del Acuerdo De Paz: ¿Cómo Es Hoy (Y Cómo Será) La Guerra En Colombia? Trejos Rosero, Luis Fernando; Badillo Sarmiento, Reynell. Emancipación. Diciembre 13 de 2025

 

Título Original: © LA VIOLENCIA DESPUÉS DEL ACUERDO DE PAZ: ¿Cómo Es Hoy (Y Cómo Será) La Guerra En Colombia? Luis Fernando Trejos Rosero / Reynell Badillo Sarmiento

 

Versión Original: © LA VIOLENCIA DESPUÉS DEL ACUERDO DE PAZ: ¿Cómo Es Hoy (Y Cómo Será) La Guerra En Colombia? Luis Fernando Trejos Rosero / Reynell Badillo Sarmiento

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://cronicon.net/wp/wp-content/uploads/2025/12/Colombia-violencia-despu%C3%A9s-del-acuerdo-de-paz.pdf


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA VIOLENCIA DESPUÉS DEL ACUERDO DE PAZ:

¿Cómo Es Hoy (Y Cómo Será) La Guerra En Colombia?

Luis Fernando Trejos Rosero / Reynell Badillo Sarmiento


 

LA VIOLENCIA DESPUÉS DEL ACUERDO DE PAZ:

¿Cómo Es Hoy (Y Cómo Será) La Guerra En Colombia?

Luis Fernando Trejos Rosero / Reynell Badillo Sarmiento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Pie de imprenta

 

© 2025 FES (Friedrich-Ebert-Stiftung)

 

Editor

 

Friedrich-Ebert-Stiftung Colombia (Fescol)

 

Calle 71 n° 11-90, Bogotá

 

https://colombia.fes.de/

 

Responsables de la publicación:

 

Oliver Dalichau, Representante de la Fundación Friedrich-Ebert en Colombia

 

Coordinador del proyecto

 

Saruy Tolosa

 

Contacto:

 

saruy.tolosa@fes.de

 

Diagramación

 

vargasramirezangela@gmail.com

 

Las opiniones expresadas en este documento no representan necesariamente las de la Fundación Friedrich-Ebert (FES).

 

No se permite el uso comercial de los materiales editados y publicados por la Fundación Friedrich-Ebert (FES) sin autorización previa por escrito de la FES.

 

Las publicaciones de la Fundación Friedrich-Ebert no deben utilizarse con fines electorales.

 

ISBN 978-958-8677-96-5



 

 

 

 

 

  

 

Luis Fernando Trejos Rosero / Reynell Badillo Sarmiento Julio de 2025

 

 

 

 

La violencia después del Acuerdo de paz:

 

¿cómo es hoy (y cómo será) la guerra en Colombia?



 

Contenido

 

 

 

 

 

 

 

 

1.

Introducción.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

 

3

2.

Transiciones, momentos y ciclos de la violencia armada . .

......

.

4

3.

Fragmentación del ecosistema de violencia. .

...........

.

. 6

 

3.1

Atomización violenta de las AUC  . .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

 

  6

 

3.2

Atomización violenta de las insurgencias  .

...........

.

  7

 

3.3

Efectos de la atomización  . .

................

.

  8

4.

Rasgos del conflicto actual que lo distinguen

 

 

 

 

 

del conflicto armado tradicional. .

................

. 11

 

4.1

Desideologización pero no despolitización de los grupos armados  . .

  11

 

4.2

Una(s) guerra(s) más local(es)  

..........

...........

...........

.  12

 

4.3

Los alter ego y la negación plausible  . . . . .

.........

 

  13

 

4.4 Violencias urbanas más independientes  . .

...........

  14

5.

Conclusiones. .

........................

. 16

 

Bibliografía  . . . .

.....

...........

......

 

 

  17

 

Siglas y acrónimos . .

.....................

.

19



1

 

Introducción*



 

 

 

 

 

 

Colombia parece enfrentar una nueva ola de violencia deri-vada del conflicto armado. La cantidad de personas des-plazadas en los primeros seis meses de 2025 ya supera el total registrado durante 2024 (Asamblea General de las Naciones Unidas, 22 de enero de 2025). Otros hechos, como los explosivos en Cali que dejaron al menos siete muertos y decenas de heridos en junio de 2025, incremen-tan la sensación de que estamos regresando a los noventa o a la época oscura del paramilitarismo. Estas analogías son intentos por darle sentido a una nueva cara del conflic-to armado que no resuena con lo observado durante la dé-cada de 2010-2020.

 

Este trabajo parte, sin embargo, de la hipótesis de que asi-milar la violencia actual con la guerra que vivimos en los años noventa o a comienzos de los 2000 es un error. Soste-nemos que las violencias armadas en Colombia atraviesan un proceso de transición que aún no concluye, pero que ya deja ver algunos rasgos característicos. En lugar de asumir que estos son solo el reciclaje de dinámicas pasadas, pro-ponemos hacer un esfuerzo por diferenciarlos y ubicarlos en el presente. Lo que no supone ignorar el pasado sino re-conocer las continuidades y las rupturas.

 

Mientras escribimos este artículo la violencia organizada continúa reconfigurándose, por lo que inevitablemente ha-brá elementos que se escapen de nuestro análisis. Lo que hacemos es observar patrones e hipotetizar que, a partir de este presente, pueden identificarse ciertas regularidades que persistirán en el futuro cercano. Estas características no son necesariamente exclusivas de la guerra actual; de hecho, varias han estado presentes en otros momentos del conflicto. No obstante, sí creemos que ayudan a ubicar la discusión en términos más rigurosos que una simple narra-tiva de retorno al pasado. La guerra cambió y los esque-mas para analizarla deben cambiar con ella.

 

Nuestra tesis central es que el conflicto armado contempo-ráneo en Colombia está definido por una fragmentación del ecosistema de violencia. Esto implica, primero, un cam-bio cuantitativo: hoy hay muchos más grupos armados que en el pasado, y la mayoría son disidencias de los actores tradicionales del conflicto o incluso disidencias de esas disidencias. Sin embargo, más allá del aumento en el núme-ro de actores, argumentamos que también se ha producido un cambio cualitativo.

-

 

 

*      Agradecemos los comentarios recibidos a versiones iniciales de este artículo por parte de los participantes en el grupo de expertas y expertos en paz y segu-ridad en Colombia organizado por Fescol. Especialmente, las observaciones y la lectura detallada de Elizabeth Dickinson, Andrés Aponte, Angélica Durán Martí-nez, Laura Bonilla, Andrés Preciado, Gina Cabarcas, Andrés García y Ángela

Olaya. Asimismo, a Melanie Merlano por su trabajo como asistente de investi-gación y la recolección de múltiples indicadores de violencia.



 

 

 

 

 

 

Para ilustrar ese cambio destacamos cuatro rasgos del con-flicto actual que lo distinguen del conflicto armado tradi-cional: 1) la desideologización y politización paralelas de la guerra; 2) la subnacionalización de las interacciones entre los actores violentos; 3) la creación de alter ego por parte de los grupos armados para generar negación plausible y diluir responsabilidades; y 4) el aumento de las violencias urbanas.

 

Este artículo se organiza en otras tres partes y una conclu-sión. En la segunda dialogamos con la idea de que en Co-lombia existen diferentes ciclos de violencia, como propone Francisco Gutiérrez Sanín. En la tercera rastreamos la frag-mentación del ecosistema violento desde la atomización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y contras-tamos este proceso con las dinámicas previas a 2006. En la cuarta desarrollamos los cuatro rasgos mencionados para mostrar que el cambio no se limita al número de actores sino también a su naturaleza. Finalmente presentamos las conclusiones.

 

Las cifras utilizadas para sustentar nuestros planteamien-tos provienen principalmente de una base de datos original que construimos a partir de los reportes anuales de OCHA Colombia (Office for the Coordination of Humanitarian Affairs) y de cifras oficiales de la Policía Nacional. La re-construcción histórica fue elaborada a partir de informes del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), el Sis-tema de alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo (SAT) y fuentes secundarias como reportes de centros de pensamiento y trabajos académicos.

 

Este esfuerzo se enmarca en el proyecto “Transiciones posi-bles de la guerra y la paz en Colombia a casi una década del Acuerdo de paz”, auspiciado por la Friedrich-Ebert-Stif-tung en Colombia (Fescol), cuyo objetivo es generar un es-pacio de análisis de alto nivel sobre la reconfiguración de las dinámicas de la violencia armada desde la desmoviliza-ción a partir de noviembre de 2016 de las Farc-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo) hasta la actualidad.



 

 

La violencia después del Acuerdo de paz: ¿cómo es hoy (y cómo será) la guerra en Colombia?             3



2

 

Transiciones, momentos

 

y ciclos de la violencia armada



 

 

 

Desde la década de 1940, Colombia ha vivido múltiples episodios de violencia difíciles de agrupar bajo una única etiqueta. Diversos académicos han intentado organizar esta historia en “ciclos”, entendidos como periodos en los que la violencia armada comparte ciertos rasgos diferen-ciadores. Deas (2015) y Melo (2021) proponen una periodi-zación en términos de ciclos de guerra y paz. En cuanto a la violencia más reciente, Palacios y Safford (2012) identifi-can cuatro fases históricas sucesivas de violencia política: la violencia sectaria bipartidista (1945-1953), la mafiosa (1954-1964), la guerrillera (1960-1980) y las violencias de la década de los noventa.

 

Más recientemente, Francisco Gutiérrez Sanín (2020, 2025) ha propuesto que hemos atravesado tres ciclos de guerra: la Violencia (1940-1960), la guerra contrainsurgente (años 60-2020), y un tercer ciclo que comienza a comienzos de la década de 2020. Toda periodización es necesariamente in-completa y deja fuera ciertos matices. Por eso, aquí no in-tentamos proponer otra. No obstante, nos sumamos al es-fuerzo de Gutiérrez Sanín por comenzar a definir esta nue-va violencia que, al menos, no se parece a la de décadas anteriores.

 

A nuestro juicio, la principal característica que define este nuevo ciclo es la transición de un conflicto armado tradi-



 

 

cional (de carácter nacional y centrado en la lucha por la toma del poder) hacia múltiples conflictos territorializados con objetivos menos claros. Esta transformación vuelve más compleja cualquier lectura de la violencia, pues exige comprender dinámicas locales que no siempre resultan evi-dentes para quienes no conocen a fondo la subregión en conflicto. Precisamente por no reconocer esa complejidad es que, a nuestro entender, seguimos haciendo lecturas equivocadas. Insistimos en utilizar marcos nacionales para interpretar conflictos que están claramente atravesados por lógicas y economías locales.

 

Este artículo busca, entonces, tomar distancia del nivel na-cional sin perderlo de vista, y proponer algunos factores que, aun cuando no explican por sí solos cada conflicto es-pecífico, sí ayudan a dotar de sentido al panorama general cuando intentamos agrupar estas violencias para repensar el conflicto armado colombiano. Reconocer la existencia de múltiples conflictos no implica ignorar sus conexiones. Por el contrario, supone comprender que dichas conexiones se dan en contextos profundamente diferenciados.

 

La tabla 1 presenta algunas de las diferencias más notables entre el ciclo anterior y el nuevo ciclo de violencias arma-das. Las secciones siguientes se encargan de desarrollar cada uno de estos elementos con mayor profundidad.


 


 

 

4                Friedrich-Ebert-Stiftung e. V



Diferencias entre el anterior y el nuevo ciclo de violencia armada



Tabla 1



 

 

Conflicto armado tradicional,

 

1964-2016

 

 

Oligopolio de la violencia: tres grandes organizaciones polí-tico-militares (AUC, Farc-EP, ELN), junto con otras que ad-quirieron relevancia por periodos más acotados: EPL, M-19 y autodefensas locales o regionales.

 

 

Metarrelatos globales o regionales: los grupos armados en-marcaban su lucha en guerras globales como el comunis-mo/anticomunismo, el guevarismo, el bolivarianismo o el maoísmo.

 

 

Conflicto nacional: aunque existían particularidades regio-nales (como los bloques y frentes de guerra con nombres territoriales: Norte, Caribe, Oriental…), los grupos mante-nían objetivos y coordinaciones de alcance nacional.

 

 

Responsabilidades (más o menos) claras: los grupos solían asumir la autoría de delitos graves, como secuestros o ma-sacres, para demostrar autoridad o competir con otros ac-tores.

 

Violencia urbana subordinada: los actores criminales urba-nos operaban bajo subordinación o tercerización por parte de los grupos armados más grandes.



 

Nuevo contexto de violencias armadas,

 

2017-2025

 

 

Fragmentación del ecosistema de violencia: constelación de nuevos grupos, muchos aún sin identidades claramente de-finidas. Existe gran variación entre ellos en cuanto a capa-cidades militares, extensión territorial y pretensiones. Es un conflicto de “disidencias de las disidencias”.

 

Desideologización con politización: los grupos ya no apelan a metarrelatos globales ni a ideologías coherentes, pero sí construyen identidades políticas por medio de manuales, constituciones y comunicados. No hay fervor ideológico, pero sí contenido político.

 

Multiplicidad de conflictos subnacionales: incluso los gru-pos armados con aspiraciones nacionales muestran hoy comportamientos territorialmente diferenciados. Las inte-racciones parecen responder más a lógicas locales que a alineamientos ideológicos.

 

Alter ego criminales: los grupos crean entidades de papel sin mando visible ni rostros conocidos que asumen la res-ponsabilidad de acciones que el grupo principal no quiere reconocer públicamente.

 

Violencias urbanas más independientes: emergen actores urbanos con mayor autonomía económica y operativa, ca-paces de sostenerse sin depender de las organizaciones ar-madas tradicionales.

 

La violencia después del Acuerdo de paz: ¿cómo es hoy (y cómo será) la guerra en Colombia?             5



3

 

Fragmentación del ecosistema de violencia

 

No es propósito de este artículo hacer un recuento detalla-do de todos los grupos armados que han participado en la guerra colombiana. Sin embargo, la Constitución de 1991 puede considerarse un buen punto de partida, en tanto funcionó como el último gran pacto de paz antes del nuevo milenio (Gutiérrez Sanín, 2011; Trejos y Badillo, 2023). Fue asumida como un mito político fundacional: una apertura democrática que parecía allanar el camino hacia la pacifi-cación del país. Se creía que uno de los múltiples ciclos de violencia se había cerrado, dado que varios actores arma-dos –incluyendo a la Autodefensa Obrera (AO), al Ejército Popular de Liberación (EPL), al Movimiento 19 de Abril (M-19), al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y al Movimiento Armado Quintín Lame (MAQL)– se desmo-vilizaron a principios de los años noventa. Algunos de estos incluso tuvieron representación en la Asamblea Nacional Constituyente.

 

Sin embargo, los dos grupos insurgentes más importantes, las Farc-EP y el ELN, no participaron de ese pacto. Ambos consideraron tener el respaldo social y económico suficien-te para continuar la lucha armada, a pesar del contexto in-ternacional adverso tras la disolución de la Unión Soviéti-ca. El Centro Nacional de Memoria Histórica (2015) mues-tra cómo, de hecho, estas guerrillas aprovecharon la desmovilización de otras insurgencias para expandirse a sus antiguas zonas de control. Paralelamente, las autode-fensas regionales comenzaron a unificarse hasta culminar en las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), fundadas oficialmente en 1997 (Romero, 2009; Zuluaga Nieto, 2015).

 

Con la aparición de las AUC se configuró el escenario del conflicto armado pos1991, dominado por tres grandes acto-res nacionales: las Farc-EP, el ELN y las AUC. Los dos pri-meros encarnaban la insurgencia armada, orientada a la toma del poder; las AUC, en cambio, agrupaban distintos proyectos paramilitares y de autodefensas con el objetivo de derrotar esa insurgencia.

 

Casi tres décadas después el panorama es mucho más complejo. Hoy en Colombia operan al menos una docena de grupos armados, con identidades políticas difusas y di-versas capacidades criminales y militares. A este fenómeno lo denominamos fragmentación del ecosistema de violen-cia: un proceso de atomización en el número de actores ar-mados que disputan el monopolio de la violencia al Esta-do. No obstante, el cambio no es solo cuantitativo. A dife-rencia del oligopolio anterior, los grupos actuales no se organizan bajo lógicas claramente contrainsurgentes sino que presentan identidades y objetivos más ambiguos.


 

3.1 Atomización violenta de las AUC

 

Este proceso de fragmentación puede rastrearse hasta la

 

desmovilización de las AUC entre 2004 y 2006. Las Auto-

 

defensas Unidas de Colombia fueron una suerte de confe-

 

deración paramilitar que unió múltiples grupos de autode-

 

fensas locales y regionales bajo una misma estructura

 

(CNMH, 2018a). Por eso no sorprende que, tras su desmovi-

 

lización, muchos de esos grupos permanecieran activos o

 

se reconfiguraran en nuevas estructuras dedicadas al con-

 

trol local (Trejos y Badillo, 2020).

 

Estos nuevos actores fueron denominados por el Estado como “bandas criminales” (Bacrim). Para 2013, se estimaba que en el país había más de treinta Bacrim, agrupando en-tre 4.000 y 10.000 hombres (Bargent, 2013; HRW, 2010). Muchos de estos grupos desaparecieron con el tiempo, ya sea por acción del Estado o por su derrota a manos de or-ganizaciones rivales. Sin embargo, los más fuertes sobrevi-vieron y absorbieron a otros. En 2025, el grupo más promi-nente es el Ejército Gaitanista de Colombia (EGC) (Badillo y Trejos, 2022).

 

En 2018, el EGC sufrió una disidencia: el Frente Virgilio Pe-ralta Arenas (FVPA), conocido como los Caparros, reducido hoy a un puñado de municipios del bajo Cauca. Pero ni el Ejército Gaitanista de Colombia ni el Frente Virgilio Peralta Arenas son los únicos grupos herederos de esa atomiza-ción. Las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada (ACSN), en el norte del Caribe, provienen del bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (Badillo et al., 2025). Los Rastrojos, aunque surgieron bajo el cartel del norte del Valle y no estrictamente de las AUC, se fortalecie-ron en el vacío que dejó su desmovilización (CNMH, 2016; 2018b). La Inmaculada, en Tuluá, es una facción escindida de los Rastrojos (El Tiempo, 13 de junio de 2025).

 

En Buenaventura, los grupos Shottas y Espartanos emer-gen de la Local, que a su vez proviene de la Empresa, crea-da por exmiembros del bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia (CNMH, 2025a). La Oficina de Enviga-do, aunque originada en el cartel de Medellín, fue coopta-da por las AUC a través del bloque Metro (CNMH, 2025b), al igual que los Pachelly en el Valle de Aburrá. En el sur del país, en Putumayo, la Constru surgió tras la desmoviliza-ción del frente Sur del Putumayo de las Autodefensas (In-Sight Crime, 2019).

 

Sin haber pretendido hacer una lista exhaustiva, la abun-dancia de ejemplos demuestra que el conflicto actual sigue



 

6                Friedrich-Ebert-Stiftung e. V



marcado por los legados de la atomización de las AUC, in-cluso en grupos que, por la cantidad de transformaciones, difícilmente pueden ser vinculados directamente con el proyecto paramilitar original.

 

3.2 Atomización violenta de las insurgencias

 

Este no es el único proceso de fragmentación. Hoy presen-ciamos una atomización similar en el otro extremo del es-pectro ideológico: las insurgencias. Aunque más reciente, este proceso sigue en curso. El 10 de junio de 2016, cuando las Farc-EP aún no se habían desmovilizado, surgió la pri-mera disidencia: el frente primero Armando Ríos, en Gua-viare. En 2021 la Fundación Core identificaba al menos treinta estructuras disidentes. En ese momento, estas disi-dencias parecían oscilar entre la autonomía regional y dos proyectos de unificación: por un lado, el liderado por Gentil Duarte e Iván Mordisco, y por otro, la llamada Segunda Marquetalia, liderada por alias Iván Márquez.

 

El primer bloque, compuesto por frentes que nunca se des-movilizaron, se consolidó bajo la etiqueta de Estado Mayor Central (EMC). La Segunda Marquetalia, en cambio, agrupó a excombatientes rearmados tras haber firmado el Acuerdo de paz. Sin embargo, ambos proyectos intentaron reactivar antiguas estructuras, por lo que hoy esa distinción entre “disidentes” y “rearmados” es irrelevante (CNMH, 2024).

 

En 2024 ya aparecían disidencias de las disidencias: de la Segunda Marquetalia emergió la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB), y del Estado Mayor Central el Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF). Incluso el ELN, que aún no se ha desmovilizado, sufrió una escisión en Nariño: el frente Comuneros del Sur. Cualquier clasifica-ción de estos grupos debe entenderse como provisional:



estamos ante un proceso aún en reconfiguración. Todo esto implica que el conflicto contemporáneo es, en su mayoría, un conflicto entre disidencias. En el gráfico 1 organizamos este proceso en cuatro categorías:

 

1.  Grupo original: actores del conflicto tradicional. Solo el ELN permanece activo.

 

2.  Primeras disidencias: frentes regionales que emergen di-rectamente de los grupos originales. Suelen surgir du-rante o después de procesos de paz.

 

3.  Grupos aglomeradores: estructuras que buscan articular a las primeras disidencias bajo un mando más amplio: como el Estado Mayor Central o la Segunda Marquetalia para las Farc-EP o el Ejército Gaitanista de Colombia para las AUC.

 

4.  Segundas disidencias: escisiones de los proyectos aglo-meradores que intentan hacer su propio camino.

 

Cabe destacar que las disidencias no requieren la desapa-rición del grupo original. Por ejemplo, el frente Comune-ros del Sur se creó mientras el ELN sigue activo; del mis-mo modo, la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano y el Estado Mayor de los Bloques y Frentes coexisten con el Estado Mayor Central y la Segunda Marquetalia, respecti-vamente. Este proceso puede repetirse y continuar en el tiempo.

 

No afirmamos que esta configuración sea definitiva, pero sostener esta mirada permite entender de manera más or-denada las continuidades y rupturas de una guerra que, aun cuando ha mutado, sigue anclada a muchas de sus raíces históricas.


 

Trayectorias de los grupos armados en la guerra contemporánea en Colombia



 

Gráfico 1




La violencia después del Acuerdo de paz: ¿cómo es hoy (y cómo será) la guerra en Colombia?             7



3.3 Efectos de la atomización

 

Los procesos de atomización son complejos porque, usual-mente, generan un aumento en la conflictividad armada. Esto se debe a que las rupturas dentro de estas organiza-ciones no suelen ser amistosas ni negociadas, sino que im-plican que antiguos aliados compitan ahora por las mis-mas comunidades, territorios y recursos que antes compar-tían (Atuesta y Pérez-Dávila, 2018; Alcocer y Hesles, 2025; Esberg, 2025).

 

Varias subregiones de Colombia ilustran este fenómeno. El gráfico 2, por ejemplo (página 10), muestra las tasas de ho-micidio en seis subregiones donde se han producido gue-rras entre grupos armados1. Como se puede observar, estas tasas presentan un incremento abrupto tras la identifica-ción de conflictos entre organizaciones armadas. Otros in-dicadores, como el desplazamiento forzado, también tien-den a aumentar significativamente.

 

Entre los casos mencionados en el gráfico se encuentran grupos de distinta naturaleza: el Ejército Gaitanista de Co-lombia y las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Ne-vada en la Sierra Nevada de Santa Marta; el ELN y el EPL en el Catatumbo; y el ELN junto con disidencias de las Farc-EP en el norte del Cauca y en Arauca. Aunque en cada territorio los grupos compiten por objetivos distintos, el efecto común de estas disputas ha sido el incremento de repertorios específicos de violencia, como el homicidio.

 

Nuestro argumento sobre la fragmentación del ecosistema de violencia también se refleja en la clasificación anual del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) sobre los con-flictos armados en Colombia. En la tabla 2 puede verse que



el número de conflictos armados activos reconocidos por esta organización aumentó significativamente, pasando de cinco a ocho en los últimos años. Esto respalda la idea de un aumento en el número de actores armados, como he-mos documentado hasta aquí.

 

Sin embargo, la clasificación del Comité Internacional de la Cruz Roja ilustra también el cambio cualitativo asociado a esta fragmentación. No solo han surgido nuevos grupos sino que se observa una tendencia hacia la horizontaliza-ción de la violencia, es decir, el predominio de guerras en-tre actores armados no estatales. Mientras que en 2020 el 80% de los conflictos eran verticales (entre el Estado y un grupo armado), en 2025 el Estado solo participa en el 40% de ellos.

 

Lo que hoy observamos es, entonces, una multiplicidad de conflictos entre fragmentos. Casi todos los grupos armados activos en Colombia son el resultado de desmovilizaciones incompletas o de fracturas internas. Esta fragmentación ya no es una anomalía dentro del conflicto: es su núcleo. Y esto implica también que los grupos armados se vuelven más difíciles de distinguir entre sí en cuanto a sus modali-dades de violencia, sus propuestas políticas y sus formas de gobernanza armada.

 

El primer paso para definir mejor nuestra guerra es com-prender este nuevo escenario sin forzar su asimilación a las organizaciones madres. Las cuatro características que de-sarrollaremos a continuación tienen como propósito dar sentido a este nuevo ecosistema fragmentado y mostrar que no solo cambia el número de actores sino también sus formas de operar.



 

 

 

 

 

 


 

10              Friedrich-Ebert-Stiftung e. V



4

 

Rasgos del conflicto actual que lo distinguen del conflicto armado tradicional



 

 

4.1 Desideologización pero no despolitización de los grupos armados

 

Durante años, en el conflicto armado tradicional las narra-tivas contenidas en documentos, entrevistas y discursos de los actores armados tradicionales estuvieron permeadas por referencias a ideologías de alcance global y, eventual-mente, regional, como el marxismo, el leninismo, el maoís-mo, el anticomunismo o el bolivarianismo. No fueron pocas las ocasiones en las que las insurgencias se enfrentaron militarmente por contradicciones ideológicas, lo cual de-muestra el peso real de esos referentes en sus agendas y estructuras.

 

En el caso de las organizaciones guerrilleras, la ideología funcionaba como brújula para el esfuerzo “revolucionario”: de ella se derivaba la visión de sociedad y de Estado que cada grupo buscaba construir a nivel nacional. Además, es-tablecía una suerte de frontera ética que limitaba el com-portamiento del grupo armado frente a sus enemigos, fren-te a otras organizaciones insurgentes y frente a las comuni-dades bajo su control o influencia (Gutiérrez Sanín y Wood, 2014). En otras palabras, la ideología moldeaba tanto las dinámicas de cooperación como de conflicto entre actores armados.

 

Las experiencias de federalización o coordinación operativa entre grupos armados colombianos también se vieron im-pulsadas por afinidades ideológicas. En el caso de las in-surgencias, el primer antecedente fue la creación de la Coordinadora Nacional Guerrillera en 1984, con el objetivo de propiciar espacios de deliberación política y articular tanto el trabajo político como las acciones militares de las insurgencias. Esta coordinadora incluyó al Comando Ricar-do Franco (CRF), al ELN, al EPL, al M-19, al MAQL, al Movi-miento de Integración Revolucionaria Patria Libre (MIR-PL) y al Partido Revolucionario de Trabajadores de Colombia (PRT). Otro ejemplo es la fusión entre el MIR-PL y el ELN, que dio origen a la Unión Camilista Ejército de Liberación Nacional (UC-ELN) en 1987. Ese mismo año se conformó la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, integrada por el EPL, las Farc-EP, el M-19, el Movimiento Armado Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores y la Unión Camilista-ELN.

 

Por su parte, los grupos armados con vocación contrainsur-gente también buscaron alianzas motivadas ideológica-mente. Desde mediados de los años ochenta comenzó a operar la Coordinadora Nacional de Autodefensas, que buscaba articular experiencias y fomentar la cooperación



 

entre grupos de autodefensas regionales: en Córdoba bajo el liderazgo de Fidel Castaño; en el Magdalena medio y Puerto Boyacá, comandadas por Henry Pérez; en Cundina-marca conformadas por el ejército privado del narcotrafi-cante Gonzalo Rodríguez Gacha; y en la Sierra Nevada de Santa Marta lideradas por Hernán Giraldo y Adán Rojas (CNMH, 2022; Ronderos, 2014; Sánchez, 2023).

 

Posteriormente, en 1997, nacieron las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) como una federación paramilitar con un Estado Mayor, vocería nacional y cierta autonomía de los bloques y frentes que la integraban. Este proyecto se desmovilizó entre 2003 y 2006 tras un proceso de negocia-ción con el gobierno del presidente Álvaro Uribe (2002-2010) (Ruiz, 2023; CEV, 2022). Incluso las AUC, que no eran una organización insurgente, se guiaban por una lógica ideológica, especialmente por medio de un discurso contra-insurgente y anticomunista (Gutiérrez Sanín, 2019). Ese marco ideológico ayuda a explicar, en parte, su forma de gobernar a los civiles bajo su dominio, las alianzas políti-cas que establecieron y sus patrones de victimización (Feldmann, 2024).

 

En el conflicto armado contemporáneo esta tendencia de “polos ideológicos” comenzó a cambiar desde mediados de la década anterior, a medida que la ideología fue cediendo paso a una visión mucho más pragmática del país, de sus regiones y de la guerra. El proceso de desideologización se evidencia en una serie de alianzas y cooperaciones regio-nales entre actores supuestamente antagónicos desde el punto de vista político-ideológico. En el sur de Córdoba y el Urabá antioqueño (zona del Parque Nacional Natural Para-millo), el bloque Iván Ríos –una disidencia de las antiguas Farc-EP– y el Ejército Gaitanista de Colombia actuaron como aliados (Verdad Abierta, 17 de febrero de 2015; CNMH, 2015). Más recientemente, en el sur del Chocó, unidades del EGC y una disidencia comandada por Iván Mordisco han combatido conjuntamente al ELN (Colombia+20, 18 de febrero de 2025). Antes de entrar en guerra en el sur de Bo-lívar, el ELN y el EGC incluso pactaron un acuerdo de no agresión.

 

 

Estas situaciones muestran cómo, en el presente, la deci-sión de cooperar o confrontar militarmente a otro grupo ar-mado difícilmente puede explicarse a partir de compromi-sos ideológicos. Otras variables parecen ser mejores predic-tores de estas decisiones: los recursos humanos y materiales disponibles, la trayectoria histórica en el territo-rio o las alianzas ya existentes con actores legales e ilega-les. Esto complejiza cualquier lectura externa: ya no basta



 

 

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con identificar insurgentes y paramilitares, pues se trata de una red de relaciones localizadas que escapan a marcos bi-narios.

 

Antes, bastaba con conocer los compromisos ideológicos de un grupo armado para hacer conjeturas relativamente informadas sobre sus alianzas y enfrentamientos. Hoy, esos compromisos rara vez explican sus interacciones loca-les. Por eso es fundamental reconocer que este cambio im-porta. Ahora bien, esta desideologización no implica, de ninguna manera, que el conflicto se haya convertido en una guerra puramente “criminal”. Por el contrario, sostene-mos que muchos de los grupos comúnmente denominados “criminales” se han politizado de manera significativa, aun-que no mediante grandes marcos ideológicos o doctrinas estructuradas. Proponemos entender la política en la gue-rra desde tres niveles.

 

Primero, las formas y narrativas. Los grupos armados conti-núan usando y mostrando públicamente símbolos como himnos, banderas, escudos y estatutos. Esto no es mera-mente retórico. Dichos elementos discursivos se traducen en acciones concretas: el respeto (al menos declarado) al derecho internacional humanitario, la inversión en platafor-mas comunicativas como páginas web, la creación de es-cuelas de entrenamiento político, entre otros (Badillo y Mi-jares, 2021). El discurso, en este sentido, tiene efectos prác-ticos que no deben subestimarse.

 

Segundo, las gobernanzas armadas en los territorios. No todos los grupos armados gobiernan a civiles: algunos se enfocan únicamente en regular las interacciones entre ac-tores criminales o en mantener las actividades económicas que los sostienen. Pero cuando sí gobiernan, lo hacen me-diante la oferta de bienes y servicios (seguridad, justicia, infraestructura, regulación de economías legales e ilegales, etcétera) o mediante la imposición de normas de compor-tamiento civil: cuarentenas, prohibición de ciertas prendas, control de horarios, etcétera. En estos casos, los grupos re-gulan relaciones entre “gobernantes” (ellos mismos) y “go-bernados” (las comunidades), lo cual los vuelve actores in-herentemente políticos.

 

Esto sugiere que muchos grupos buscan imponer un mode-lo de convivencia. Una línea de investigación valiosa sería explorar la relación entre el discurso político de estos gru-pos y sus prácticas de gobernanza. A priori, pareciera que algunos proyectos están centrados en preservar mercados ilegales, como los “combos” de Medellín (Blattman et al., 2025), mientras que otros, como el Ejército Gaitanista de Colombia en Urabá, muestran un componente más ideoló-gico o comunitario. Esta dimensión política merece mayor atención en el debate académico.

 

El tercer nivel tiene que ver con la forma en que los grupos armados viven la democracia electoral. Estos participan en las elecciones de múltiples formas, principalmente por me-dio del saboteo o la cooptación del proceso. Ambas estrate-gias pueden dirigirse tanto a la oferta electoral, afectando



a los actores encargados de organizar o competir en la elección, como a la demanda electoral, afectando el com-portamiento de los votantes.

 

En el caso del saboteo, los grupos armados pueden atacar a funcionarios, intimidar jurados o entorpecer la logística electoral. En Meta, por ejemplo, se registró el asesinato de un jurado electoral (El Espectador, 29 de mayo de 2022), lo que afectó directamente la oferta electoral en esa zona. En otros casos, el sabotaje apunta a la demanda: en zonas ru-rales de Santa Marta, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada impidieron votar a los civiles (Colom-bia+20, 13 de marzo de 2022).

 

La cooptación, por su parte, también puede dirigirse a am-bos niveles. Algunos grupos permiten de forma selectiva las campañas políticas en sus zonas de influencia, restrin-giendo de facto la oferta de candidatos. Al mismo tiempo, pueden presionar a los votantes para apoyar a ciertos aspi-rantes, modificando así la demanda electoral.

 

Aunque estos patrones han sido bien documentados, aún entendemos poco sobre por qué los grupos eligen una es-trategia u otra o por qué deciden intervenir sobre la oferta o la demanda electoral. Una agenda urgente consiste en explicar esta forma de participación política: ¿cómo influ-yen variables como el control territorial, la legitimidad en-tre civiles o las relaciones con élites locales en estas deci-siones? Lo cierto es que prácticamente todos los grupos ar-mados activos en el nuevo contexto participan, de alguna forma, en la política electoral. Esto demuestra que no esta-mos ante un escenario puramente criminal, como algunos sostienen (Swissinfo, 29 de abril de 2024).

 

En síntesis, consideramos un error profundo centrar el aná-lisis en la “falta de ideología” como criterio diferenciador de la guerra contemporánea. Los grupos actuales son tan políticos como los de hace unas décadas, pero nuestro en-tendimiento de lo político debe expandirse y ajustarse a es-tas nuevas formas de actuar, gobernar e intervenir en la democracia.

 

4.2 Una(s) guerra(s) más local(es)

 

Los grupos armados no solo interactúan por medio de la violencia. También se alían para ciertas actividades, acuer-dan no agredirse, se dividen el territorio o, en efecto, entran en guerra. Esto no es nuevo: ha ocurrido históricamente en Colombia y en otros conflictos alrededor del mundo (Stani-land, 2012), pero la lógica que estructura estas interacciones ha cambiado. Como explicamos en la sección anterior, mientras que en el pasado las alianzas o enemistades so-lían estar guiadas por compromisos ideológicos, hoy estas decisiones responden cada vez más a dinámicas subnacio-nales que escapan a ese tipo de marcos.

 

A este proceso lo denominamos re-territorialización de la guerra: la idea de que lo que ocurre en ámbitos locales o subnacionales resulta más útil para explicar las interaccio-



 

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nes entre actores armados que cualquier principio ideológi-co enunciado desde el nivel nacional. En otras palabras, la escala territorial ha pasado de ser un campo de operación a convertirse en el nivel central de análisis.

 

Tomar en serio esta re-territorialización permite explicar mejor situaciones como el pacto de no agresión entre el ELN y el Ejército Gaitanista de Colombia en el sur de Bolí-var, incluso mientras ambos grupos mantenían tensiones abiertas en el Chocó. O la alianza puntual del ELN con disi-dencias para combatir al EGC en Bolívar, al tiempo que lo enfrenta militarmente en Arauca o el Catatumbo. No nega-mos que en la guerra persistan elementos nacionales. Pero es cada vez más evidente que leer al país como un todo homogéneo resulta limitado. Entender el conflicto hoy exi-ge un conocimiento localizado, sensible a las dinámicas te-rritoriales concretas.

 

Nuestra propuesta epistemológica para abordar estas inte-racciones subnacionales parte de tres elementos clave:

 

1.  El territorio: ¿qué lo hace valioso para un grupo armado? ¿Qué actividades se desarrollan allí? ¿Cuál es la relación del grupo con los civiles?

 

2    Los actores armados presentes: ¿quiénes son? ¿Cuándo llegaron? ¿Qué trayectoria tienen en la zona?

 

3    Las interacciones entre ellos: ¿hay alianzas? ¿Competen-cia? ¿Algún tipo de hegemonía?

 

En otro trabajo (Trejos et al., 2019) desarrollamos esta pro-puesta con mayor detalle y mostramos sus ventajas analí-ticas.

 

Un corolario de esta perspectiva es que entender la guerra exige conocimiento local. Solo quienes conocen de cerca un territorio pueden identificar con precisión las razones detrás de las alianzas, enfrentamientos o pactos entre gru-pos. Esto no implica que los análisis comparados o genera-les sean inviables: hoy existe un conocimiento local sufi-cientemente robusto que permite trazar patrones más am-plios. Hay académicos y actores de la sociedad civil especializados prácticamente en cada región del país; enti-dades oficiales como la Defensoría del Pueblo con presen-cia y capacidades de investigación territorial; y organiza-ciones internacionales que recogen información de manera cotidiana en todo el territorio nacional.

 

Por tanto, cualquier persona interesada en entender un evento reciente en una subregión, con el suficiente esfuer-zo de contextualización, puede formular interpretaciones informadas. La alternativa (interpretar los hechos desde el nivel central, sin conexión con el conocimiento local) no solo es limitada: es una pérdida de las capacidades analíti-cas que se han adquirido durante décadas en los territorios.

 

Y lo que es más importante aún: muchas subregiones com-parten patrones. El sur de Córdoba y el Urabá antioqueño



son zonas hegemónicas donde el Ejército Gaitanista de Co-lombia ha consolidado una gobernanza armada estable. Arauca y el Catatumbo son territorios donde el ELN ha te-nido una presencia rebelde de largo aliento y ha combatido a las disidencias para proteger ese control. El sur de Bolívar y el sur del Chocó son zonas de presencia histórica del ELN, ahora retada por el EGC. Montes de María y partes de la Sierra Nevada de Santa Marta, consideradas pacificadas, han experimentado recientemente la llegada de nuevos ac-tores violentos.

 

Por eso, reconocer la complejidad subnacional de la guerra no significa fragmentar el país en feudos desconectados. Al contrario, proponemos aprovechar este conocimiento lo-cal para identificar similitudes entre subregiones y dar ex-plicaciones más sofisticadas sobre el conflicto armado con-temporáneo. Pensar localmente no implica renunciar a lo comparativo: es el primer paso para hacerlo bien.

 

4.3 Los alter ego y la negación plausible

 

Un cambio notorio respecto al conflicto armado tradicional tiene que ver con la forma en que los grupos armados re-conocen –o evitan reconocer– su participación en actos de violencia. Durante años, fue común que grupos de autode-fensa perpetraran masacres en múltiples municipios del país sin ocultar su autoría, presentándolas como castigos contra presuntos colaboradores de la guerrilla. De manera similar, las guerrillas se responsabilizaban abiertamente de tomas armadas o secuestros masivos, incluso cuando las víctimas civiles eran numerosas. Ciertos delitos, como el narcotráfico, tendían a mantenerse en una zona más ambi-gua, pero la autoría de hechos violentos solía ser asumida con claridad.

 

 

En el conflicto contemporáneo, por el contrario, los recono-cimientos públicos de responsabilidad son mucho más es-casos. Por ejemplo, la gran mayoría de asesinatos de líde-res sociales no han sido reivindicados por ningún grupo; y eventos de alto perfil, como el más reciente (mayo de 2025) Plan Pistola2, han sido negados por las organizaciones a las que se presume responsables.

 

Sostenemos que esta ambigüedad en torno a la autoría está relacionada con los esfuerzos de politización de los grupos armados. En el marco legal vigente, existe una divi-sión dicotómica entre grupos “políticos” y grupos “crimina-les”. Si bien el reconocimiento político sigue siendo una de-cisión discrecional del gobierno, los grupos han comprendi-do que tomar distancia de ciertos delitos, como el narcotráfico, la extorsión, las mal llamadas “limpiezas so-ciales” o los asesinatos de civiles, puede facilitar ese reco-nocimiento.

 

 

 

2     “Los planes pistola se pueden definir como un repertorio de violencia en el que los grupos armados ilegales asesinan de manera selectiva integrantes de la Fuerza Pública, en territorios donde tienen cierta influencia, como respuesta al asesinato o captura de algún integrante relevante de la agrupación por parte de las autoridades” (Mercado, 2025).



 

 

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Sin embargo, muchos de esos delitos siguen siendo funda-mentales para su sostenibilidad financiera o para mantener su control territorial y social. Por ejemplo, comprometerse públicamente a no asesinar civiles podría debilitar su capa-cidad percibida para imponer orden en un municipio, auto-ridad que suele sostenerse, en parte, en la amenaza de vio-lencia.

 

Nuestro argumento es que los grupos armados han encon-trado un mecanismo para resolver esta tensión: la creación de alter ego criminales. Se trata de grupos armados sin ros-tro, sin estructura visible, sin liderazgo conocido y sin aspi-raciones políticas aparentes, que surgen repentinamente en territorios donde los grupos armados “politizados” ejercen hegemonía. El propósito de estos alter ego es permitir la comisión de ciertos actos violentos al tiempo que ofrecen una vía de negación plausible. Si el grupo principal es se-ñalado, puede desligarse formalmente del hecho y reducir su exposición a sanciones penales o costos políticos en el contexto de negociaciones con el Estado.

 

Estos alter ego requieren un delicado equilibrio: deben es-tar lo suficientemente desvinculados del grupo madre como para negar cualquier conexión formal, pero lo bas-tante alineados en el territorio como para no disputar su autoridad ante la población civil.

 

Ejemplos recientes ilustran esta estrategia. En Santa Mar-ta, un grupo denominado la Muerte publicó videos y pan-fletos anunciando una “limpieza social”. Las ACSN, hege-mónicas en la zona y actualmente en diálogo sociojurídico con el gobierno, negaron cualquier vínculo. Sin embargo, los homicidios se cometieron.

 

En el Valle del Cauca, un grupo autodenominado Nueva Generación de los Rastrojos amenazó a la alcaldesa de Río Frío. Aunque el grupo la Inmaculada, en proceso de acerca-miento con el gobierno, ha sido señalado como responsa-ble de estas amenazas, niega esos vínculos.



En Nariño, es un secreto a voces que las Autodefensas Uni-das de Nariño son una extensión del frente Comuneros del Sur, que se encuentra en proceso de negociación con el go-bierno nacional (El País, 5 de diciembre de 2024).

 

Más recientemente, en abril de 2025, en el sur del Cesar apareció un grupo autodenominado Nuevo Renacer de la Mano Negra, que difundió panfletos amenazantes y, según varios habitantes, está vinculado al Ejército Gaitanista de Colombia (entrevista con civil).

 

También debe tenerse en cuenta que al “desmarcarse” de ciertos repertorios de violencia buscan no ser relacionados con infracciones graves al derecho internacional humanita-rio. Esto tendría como objetivo evitar instancias penales in-ternacionales y en caso de eventuales negociaciones o diá-logos con el gobierno no asumir responsabilidad por la co-misión de delitos no amnistiables.

 

Estos grupos no son disidencias ni escisiones reales. No es-tán siendo combatidos por los grupos principales ni han declarado una guerra contra ellos. Tampoco se presentan como organizaciones armadas formales: no se les conoce una estructura de mando ni portavoces identificables. En realidad, son grupos de papel; entidades nominales crea-das con el objetivo específico de dispersar la responsabili-dad del grupo hegemónico en el territorio. La tabla 3 con-tiene algunos de estos ejemplos.

 

4.4 Violencias urbanas más independientes

 

Debido a que el conflicto armado ha afectado con mayor intensidad las zonas rurales del país, la violencia urbana ha sido históricamente poco estudiada. Sin embargo, la evi-dencia disponible indica que las ciudades también han sido escenarios clave de la guerra. En Barranquilla, por ejemplo, las AUC desterraron o absorbieron a todas las organizacio-nes criminales locales existentes antes de su llegada (Tre-jos, 2013). En Santa Marta, lograron imponer su control



 

 

 

Tabla 3

 

Ejemplos de potenciales alter ego criminales

 

 

Grupo politizado

Alter ego

Territorio

Autodefensas Conquistadores

La Muerte

Santa Marta-Troncal del Caribe

de la Sierra Nevada

 

 

La Inmaculada

Nueva Generación de los Rastrojos

Tuluá, Valle del Cauca

Comuneros del Sur

Autodefensas Unidas de Nariño

Nariño

Ejército Gaitanista de Colombia

Nuevo Renacer de la Mano Negra

Sur del Cesar

Los Costeños

Bloque Resistencia Caribe

Área Metropolitana de Barranquilla



 

 

 

14              Friedrich-Ebert-Stiftung e. V



frente a las Autodefensas de Hernán Giraldo (Badillo et al., 2025). En Medellín, el bloque Metro prácticamente subordi-nó a todas las estructuras locales (Durán-Martínez, 2024).

 

Dicho de otra manera, cuando los actores armados nacio-nales decidían urbanizar la guerra, sus capacidades milita-res solían traducirse en hegemonía o subordinación de los grupos urbanos.

 

Sin embargo, el panorama actual es distinto. A pesar de ser la organización con mayor presencia territorial y número de hombres armados, el Ejército Gaitanista de Colombia (EGC) no ha logrado controlar ninguna de las principales capitales del país. En Medellín tuvo que pactar su presen-cia con el crimen local. En Barranquilla ha intentado aliar-se con estructuras locales para derrotar a los Costeños, sin mucho éxito. En Santa Marta, desde 2021 libra una guerra prolongada y desgastante con las Autodefensas Conquista-dores de la Sierra Nevada (ACSN). En Sincelejo solo logró establecerse tras un conflicto sangriento con el grupo local los Norteños, y en Cartagena sostiene, desde 2019, una guerra abierta contra múltiples organizaciones locales.

 

Lo notable es que ninguno de estos grupos urbanos supera al EGC en número de combatientes, capacidad militar o músculo financiero. Y, sin embargo, han logrado resistir por años. Esto sugiere que la violencia urbana contemporánea es menos subordinada al conflicto armado nacional. Más que un apéndice, la violencia urbana es ahora un actor con autonomía relativa: los grupos locales negocian, pactan o resisten frente a los nacionales.

 

Estos grupos no parecen estar vinculados con economías transnacionales, sino que obtienen rentas locales mediante la extorsión, el microtráfico, la apropiación de tierras, entre otras actividades. Aun así, han desarrollado suficiente in-fraestructura de violencia y capacidad organizativa como para no ser absorbidos fácilmente. Esto indica que los pro-



cesos de paz o negociación ya no pueden centrarse exclusi-vamente en los grupos armados de alcance nacional, sino que deben incluir a estas estructuras urbanas, cada vez más sofisticadas.

 

Además, los grupos nacionales han recurrido a tercerizar la violencia urbana, subcontratando actores locales. Por tan-to, cualquier proceso de paz debería incluir preguntas clave sobre a quiénes subcontratan, cómo lo hacen y para qué. Sin esta dimensión, incluso si se logra reducir la violencia rural, la urbana podría permanecer inalterada.

 

Cabe destacar que los grupos urbanos han mostrado capa-cidad para controlar temporalmente la violencia y disposi-ción a participar en procesos de diálogo sociojurídico. En Buenaventura, Medellín y Quibdó se pactaron treguas que redujeron significativamente los homicidios. Sin embargo, esta capacidad de contención debe evaluarse con cautela: no garantiza sostenibilidad ni desmovilización ordenada.

 

Una tarea pendiente, tanto para la academia como para el Estado, es entender mejor la violencia urbana. Muchas pre-guntas siguen sin respuesta: ¿cuántas personas integran estos grupos?, ¿qué implica esa membresía?, ¿de qué vi-ven?, ¿qué tantos controles reales ejercen los líderes?, ¿cuál es el papel de las cárceles en su funcionamiento? Sin esta información, cualquier estrategia de paz será incompleta, pues no podrá ofrecer soluciones sostenibles a la violencia en las ciudades.

 

Lo que sí es evidente es que las ciudades colombianas se han convertido en epicentros de formas de violencia que, aunque a veces parecen desconectadas del conflicto rural, también se alimentan de él. Los grupos más militarizados ya no logran imponerse como antaño: hoy deben pactar, tercerizar y negociar con estructuras locales. En las ciuda-des, son apenas uno entre muchos.



 

 

 

 

 

 

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5

 

Conclusiones



 

 

 

 

 

 

Este artículo ha buscado definir la violencia contemporánea en Colombia. Partimos de la idea de que el nuevo ciclo de la guerra está definido por la fragmentación del ecosistema de violencia. Es decir, por la aparición de múltiples actores ar-mados que son disidencias de aquellos que libraron el con-flicto armado durante la guerra fría y hasta principios de los 2000 o están de alguna manera conectados con ellos. Sin embargo, el cambio no es únicamente el incremento de los actores, sino que su naturaleza y sus interacciones también se han modificado radicalmente. Para ello, proponemos cuatro características explicativas: la paralela desideologi-zación y politización de estos grupos, la subnacionalización de sus interacciones, la dilución de la responsabilidad en acciones armadas a través de alter ego criminales y la inde-pendización de las violencias urbanas.

 

Este trabajo busca ser un punto de partida para quienes in-tentan dar sentido a las múltiples guerras locales que hoy se desarrollan en el país. Hay debates urgentes, aunque aquí apenas esbozados, que permanecen escasamente ex-plorados en la academia colombiana: la participación de estos nuevos actores en la democracia electoral; las lógicas que rigen sus interacciones, tanto violentas como no vio-



 

 

 

 

 

lentas; los matices de sus gobernanzas armadas o las es-trategias mediante las cuales asumen o diluyen la respon-sabilidad por sus hechos violentos. Aunque el pasado ofre-ce algunas pistas, el presente exige nuevos datos y nuevas interpretaciones.

 

Nuestro objetivo principal es cuestionar ciertas lecturas do-minantes y evidenciar las limitaciones de seguir entendien-do el conflicto contemporáneo como una guerra nacional, cohesionada e ideologizada. Sabemos que nuestro marco analítico requiere más evidencia empírica para consolidar-se, pero pensamos que permite, al menos, formular predic-ciones útiles para interpretar el comportamiento de los nuevos actores armados.

 

No pretendemos que lo planteado aquí sea extrapolable a cada subregión. Por supuesto que hay matices y diferencias que ignoramos. Pero sí esperamos contribuir a que los de-bates sobre la guerra en Colombia adquieran un matiz dis-tinto, más sensible a los cambios, más atento a las lógicas subnacionales y más dispuesto a repensar las categorías con las que hemos descrito la violencia durante décadas.



 

 

 

 

 

16              Friedrich-Ebert-Stiftung e. V



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La violencia después del Acuerdo de paz: ¿cómo es hoy (y cómo será) la guerra en Colombia?          19



 

 

 

Acerca de los autores

 

 

Luis Fernando Trejos Rosero. Profesor-investigador del Depar-tamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad del Norte (Barranquilla). Director del Instituto de Desarrollo Político e Institucional del Caribe de la misma insti-tución y líder del grupo de investigación Conflictos y poscon-flictos desde el Caribe.

 

Reynell Badillo Sarmiento. Estudiante del doctorado en cien-cia política en la Universidad de Chicago con maestría en estu-dios internacionales de la Universidad de los Andes (Bogotá). E internacionalista de la Universidad del Norte.



FIN

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