© Libro N° 14596. La Venganza Del Punto Clave. Gladwell, Malcolm. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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LA VENGANZA DEL PUNTO CLAVE
Malcolm Gladwell
La Venganza
Del Punto Clave
Malcolm Gladwell
Veinticinco años
después de la publicación de su primer libro, Malcolm Gladwell retoma las
lecciones de El punto clave con la intención de iniciar un
debate difícil sobre las epidemias. Es el momento de reconocer nuestro papel en
su génesis y ser honestos acerca de todas las formas sutiles y a veces ocultas
en las que intentamos manipularlas. Necesitamos una guía sobre los patógenos y
contagios que nos rodean.
A través de una
serie de historias fascinantes, La venganza del punto clave rastrea
el surgimiento de una nueva y preocupante forma de ingeniería social. Gladwell
nos lleva a las calles de Los Ángeles para conocer a los ladrones de bancos más
exitosos del mundo, redescubre un programa de televisión olvidado de la década
de los setenta que cambió el mundo, visita el enclave donde se produjo un
experimento histórico, en un pequeño callejón sin salida al norte de
California, y ofrece una historia alternativa de dos de las mayores epidemias
de nuestros días: la COVID y la crisis de los opioides. Con su
característica combinación de ciencia social y divulgación, nos invita a
reflexionar sobre nuestra comprensión de los contagios del mundo moderno (y sus
puntos de inflexión).
Malcolm Gladwell
La Venganza Del
Punto Clave
ePub r1.0
Titivillus 06.09.2025
Título
original: Revenge of the Tipping Point
Malcolm Gladwell,
2025
Traducción: Rosa
Pérez Pérez
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Para Edie, Daisy y
Kate
NOTA DEL AUTOR
Hace veinticinco
años publiqué mi primer libro. Se titulaba El punto clave. En esa
época tenía un pisito en el barrio de Chelsea, en Manhattan; todas las mañanas,
me sentaba a mi mesa, desde la que veía el río Hudson a lo lejos, y escribía
antes de ir a trabajar. Como era mi primer libro, no tenía una idea clara de
cómo hacerlo. Escribía con esa mezcla de desconfianza en uno mismo y euforia
tan propia de todo autor novel.
Decía al principio:
El punto clave es
la biografía de una idea. Se trata de una idea muy sencilla: consiste en pensar
que la mejor forma de entender los cambios misteriosos que jalonan nuestra vida
cotidiana (ya sea la aparición de una tendencia en la moda, el retroceso de las
oleadas de crímenes, la transformación de un libro desconocido en un éxito de
ventas, el aumento del consumo de tabaco entre los adolescentes, o el fenómeno
del boca a boca) es tratarlos como puras epidemias. Las ideas, los productos,
los mensajes y las conductas se extienden entre nosotros igual que los virus.
El libro se publicó
en la primavera de 2000 y la primera parada de mi gira de promoción fue una
lectura en una pequeña librería independiente de Los Ángeles. Acudieron dos
personas, un desconocido y la madre de una amiga mía, pero no ella. (La he
perdonado). Me dije: «Bien, supongo que esto ya está». Pero ¡no era así! El
punto clave creció como las epidemias que describía, al principio de
manera gradual y después a toda velocidad. Cuando salió la edición de bolsillo,
ya formaba parte del espíritu de la época. El libro pasó varios años en la
lista de los más vendidos del New York Times. Bill Clinton se
refirió a él como a «ese libro del que todo el mundo habla». La
expresión «punto clave» se hizo tremendamente popular en Estados Unidos. Yo
solía bromear con que sería mi epitafio.
¿Sé por qué El
punto clave caló tan hondo? Lo cierto es que no. Sin embargo, si
tuviera que adivinarlo, diría que fue porque era un libro optimista
que sintonizaba con el clima de optimismo de esa época. Había llegado el nuevo
milenio. La delincuencia y los problemas sociales estaban en franca
disminución. La Guerra Fría había terminado. En mi libro ofrecía una receta
para promover transformaciones positivas, para encontrar la manera de que las
pequeñas cosas marcaran grandes diferencias.
Veinticinco años es
mucho tiempo. Piense en lo diferente que es hoy de cómo era hace un cuarto de
siglo. Nuestras opiniones cambian. Nos cambian los gustos. Nos importan más
unas cosas y menos otras. A lo largo de los años, a veces pensaba en lo que
había escrito en El punto clave y me preguntaba cómo había
llegado a escribir las cosas que decía. ¿Un capítulo entero sobre
los programas infantiles Barrio Sésamo y Blue’s Clues?
¿A qué venía eso? Entonces ni tan siquiera tenía hijos.
Luego escribí Blink, Fuera
de serie, David y Goliat, Hablar con extraños y El
clan de los bombarderos. Creé el pódcast Revisionist History.
Senté la cabeza con la mujer que amaba. Tuve dos hijos, enterré a mi
padre, volví a correr y me corté el pelo. Vendí el piso de Chelsea. Me fui a
vivir fuera de la ciudad. Un amigo y yo creamos la empresa de audio Pushkin
Industries. Adopté un gato y lo llamé Biggie Smalls, como el rapero.
¿Conoce la
sensación de mirar una fotografía suya muy antigua? Cuando yo lo hago, me
cuesta reconocer a la persona que aparece en ella. Por eso pensé que sería
interesante volver a visitar El punto clave, con motivo de su
vigésimo quinto aniversario, para reexaminar lo que había escrito hacía tanto
tiempo con unos ojos muy distintos: en El punto clave 2.0, un
escritor regresaría al escenario de su primer éxito de juventud.
No obstante, cuando
me sumergí por segunda vez en el universo de las epidemias sociales, me di
cuenta de que no quería volver a pisar el mismo terreno que había explorado
en El punto clave. El mundo me parecía demasiado distinto. En mi
primer libro, presentaba una serie de principios para ayudarnos a entender la
clase de cambios bruscos en los comportamientos y las creencias que conforman
nuestro mundo. Esas ideas siguen pareciéndome útiles. Sin embargo, ahora tengo
otras preguntas. Y me doy cuenta de que aún hay muchos aspectos de las
epidemias sociales que no entiendo.
Cuando releí El punto clave para prepararme para este
proyecto, vi que tenía que detenerme cada pocas páginas para preguntarme: «¿Y
esto? ¿Cómo he podido omitirlo?». Me di cuenta de que, en alguna parte
recóndita de mi mente, jamás había dejado de discutir conmigo mismo sobre la
mejor manera de explicar y comprender los puntos clave y sus muchos misterios.
Así que volví a
empezar, con una hoja de papel en blanco. El resultado es La venganza
del punto clave: una nueva serie de teorías, historias y argumentos sobre
los extraños caminos que las ideas y los comportamientos siguen en nuestro
mundo.
La venganza del
punto clave
INTRODUCCIÓN
LA PASIVA REFLEJA
«También se ha
asociado…»
1
Presidenta: Me gustaría
hacerles una última pregunta y me gustaría empezar por usted, doctora
_____. ¿Va a
disculparse con el pueblo estadounidense […]?
Un grupo de
políticos ha convocado una audiencia para hablar de una epidemia. Se ha citado
a tres testigos. Es el peor momento de la pandemia. La reunión es virtual. Todo
el mundo está en casa, delante de estanterías de libros y armarios de cocina.
Llevamos una hora de audiencia. Por el momento, voy a omitir todos los datos
identificativos porque quiero centrarme exclusivamente en lo que se dijo: en
las palabras que se utilizaron y las intenciones que las motivaban.
Primera testigo: Estaré encantada
de disculparme con el pueblo estadounidense por todo el dolor que han padecido
y por las tragedias que han vivido en sus familias y… y pensaba que ya lo había
hecho en las observaciones iniciales. Esa era mi intención.
La primera testigo
pasa de los setenta. Lleva el pelo blanco corto. Va vestida de negro. Al
principio, parecía tener dificultades para poner el altavoz en silencio. Aún se
la ve nerviosa. No está acostumbrada a esto. Viene de un mundo de privilegios.
No es nada habitual que la confronten por su manera de actuar. Las gafas de
moda que lleva parecen a punto de escurrírsele de la nariz.
Primera testigo: Yo también estoy
muy enfadada. Estoy enfadada porque algunas personas que trabajaban en ________
violaron la ley. Estoy enfadada por eso desde 2007 y vuelvo a
estarlo ahora en
2020. Es… es… creo que…
Presidenta: Sé que está
enfadada. Y lo siento, pero esa no es la disculpa que buscábamos. Usted se ha
disculpado por el dolor que ha padecido la gente, pero nunca lo ha hecho por el
papel que tuvo en la crisis de ________.
Página 9
Así que volveré a preguntárselo: ¿piensa disculparse por el papel que
tuvo en la crisis de
________?
Primera testigo: Me cuesta
responder a esa pregunta. Llevo muchos años haciéndomela. He intentado
determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera,
sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora. Y debo decir que no puedo…
que no encuentro nada que hubiera hecho de otra manera, basándome en lo que
creía y sabía entonces, en lo que conocía de la gestión a partir de los
informes que recibía el consejo y en lo que me decían mis compañeros del
consejo. Y es extremadamente angustiante. Es…
La presidenta se
dirige al segundo testigo. Es el primo de la mujer de negro: un hombre joven,
de aspecto cuidado, con traje y corbata.
Presidenta: Señor ________,
¿piensa disculparse por el papel que ha tenido […]?
Segundo testigo: Suscribo gran
parte de lo que ha dicho mi prima.
¿Espera alguien que
los testigos reconozcan que pusieron en marcha una epidemia? Probablemente no.
Es evidente que un escuadrón de abogados los ha entrenado de antemano en el
arte de la autoconservación. No obstante, la rectitud con la que niegan su responsabilidad
apunta otra posibilidad: que todavía no han asumido su culpabilidad o que
empezaron algo que se les fue de las manos de una manera que escapaba a su
comprensión.
Una hora después
llega el momento crucial. Otro miembro del comité investigador, llamémoslo el
político, se dirige al tercer testigo:
Político: Doctor _______,
¿algún ejecutivo de ________ ha pasado un día en la cárcel por la
actuación de la
empresa?
Tercer testigo: Creo que no.
Ninguno de los
testigos se considera responsable. Pero, al parecer, tampoco lo hace nadie más.
Político: Señora
presidenta, es fácil sentir indignación por las infracciones de esta empresa,
pero ¿qué le ocurre a nuestro Gobierno, que permite esa clase de
irresponsabilidad, delincuencia e impunidad empresariales?
El político se
vuelve hacia el segundo testigo, el hombre joven. La empresa de su familia
acaba de llegar a un acuerdo con el Gobierno para resolver una serie de cargos
penales. Ha formado parte el consejo de administración y es el heredero natural
del imperio.
Primer político: Señor ______,
como parte del acuerdo con el Departamento de Justicia, ¿han
tenido que
reconocer alguna infracción o responsabilidad por causar la crisis de _____?
Página 10
Primer político: ¿Le ha
interrogado el Departamento de Justicia, como parte de esta investigación,
sobre su papel en esos hechos?
Segundo testigo: No.
Primer político: ¿Asume usted
alguna responsabilidad por causar este infierno en Estados Unidos con la crisis
de _____?
Segundo testigo: Bueno, aunque
creo que las actas completas, que aún no se han hecho públicas, demostrarán que
la familia y el consejo actuaron legal y éticamente, asumo una profunda
responsabilidad moral por ello, porque creo que nuestro producto, _______, a
pesar
de nuestras mejores
intenciones y esfuerzos, se ha asociado con el abuso y la adicción, y…
Se ha asociado.
Segundo político: Usa la pasiva
refleja cuando dice que «se ha asociado con el abuso», lo que de algún modo
implica que su familia y usted no eran conscientes de qué ocurría exactamente
[…].
Si escucha las 3
horas y 39 minutos de la audiencia, esa única frase se le queda grabada en la
cabeza: «la pasiva refleja».
2
Hace veinticinco
años, en El punto clave, me fascinaba la idea de que en las
epidemias sociales las pequeñas cosas pudieran marcar grandes diferencias.
Proponía reglas para describir el funcionamiento interno de los contagios
sociales: la ley de los especiales, el poder del contexto, el factor del
gancho. Sostenía que las leyes que rigen las epidemias podían utilizarse para
promover cambios positivos: reducir la tasa de delincuencia, enseñar a leer a
los niños, frenar el consumo de tabaco.
«Mire el mundo que
tiene a su alrededor —escribí—. Puede que parezca un lugar inamovible e
implacable. Pero no lo es. Con un leve empujoncito en el sitio adecuado podemos
conseguir todo un efecto dominó».
En La
venganza del punto clave, quiero analizar la otra cara de las posibilidades
que exploré tanto tiempo atrás. Si el mundo puede moverse con un leve
empujoncito, la persona que sabe dónde y cuándo empujar tiene verdadero poder.
¿Quiénes son esas personas? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué técnicas
utilizan? En el mundo policial, la palabra «forense» se refiere a la
investigación de los orígenes y el alcance de un
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acto delictivo: «razones, culpables y consecuencias». La
venganza del punto clave es un intento de llevar a cabo una
investigación forense de las epidemias sociales.
En las páginas
siguientes, le llevaré a un misterioso edificio de oficinas de Miami con un
grupo de inquilinos muy extraño, a un hotel Marriott de Boston donde se celebró
un retiro de directivos que trajo funestas consecuencias, a un pueblo
aparentemente perfecto que llamaremos Poplar Grove, a una calle sin salida de
Palo Alto y, de ahí, a lugares de los que ha oído hablar y a otros de los que
no. Investigaremos qué tienen de peculiar las escuelas Waldorf, conoceremos a
Paul E. Madden, un cruzado antidroga que ya nadie recuerda, hablaremos de una
miniserie de televisión de los años setenta que cambió el mundo y miraremos con
desaprobación al equipo de rugby femenino de la Universidad de Harvard. Todos
ellos son casos en los que algunas personas —a propósito o sin querer, virtuosa
o maliciosamente— tomaron decisiones que alteraron el curso y la forma de un
fenómeno contagioso. Y, en todos ellos, esas intervenciones plantearon
preguntas que tenemos que responder y problemas que hemos de resolver. Esa es
la «venganza» del punto clave: las mismas herramientas que usamos para
construir un mundo mejor también pueden emplearse en nuestra contra.
Y al final del
libro quiero utilizar las enseñanzas de todos esos ejemplos para contar la
verdadera historia de los testigos primero, segundo y tercero.
Primer político: Tenemos una carta
de una madre de Carolina del Norte […] que perdió a su hijo, de veinte años, y
aún no se ha recuperado. Decía: «El dolor es demasiado intenso. Es más del que
puedo soportar. Me cuesta encontrar la voluntad de vivir y seguir adelante todos
los días». […]
Señor ______,
quería exponer estas historias que hemos ido recibiendo, y me gustaría conocer
su reacción
personal a ellas.
El segundo testigo
empieza a hablar. Pero no se lo oye.
Primer político: No oigo nada.
Tiene el altavoz en silencio.
El testigo toca
varias teclas de su ordenador.
Segundo testigo: Lo siento […].
Página 12
Su primera disculpa sincera del día, por tener el altavoz en silencio.
Continúa:
Siento una enorme
empatía, pena y remordimiento por el hecho de que un producto como el _______,
que se fabricó para ayudar a las
personas y que creo
que ha ayudado a millones de ellas, también se haya asociado con historias como
las que está contando. Lo siento muchísimo. Y sé que toda nuestra familia
también lo siente.
También se haya
asociado.
Es hora de tener
una conversación difícil sobre las epidemias. Necesitamos reconocer nuestro
papel en su génesis. Necesitamos ser honestos acerca de todas las formas
sutiles y a veces ocultas en las que intentamos manipularlas. Necesitamos una
guía sobre las fiebres y contagios que nos rodean.
Página 13
PRIMERA PARTE
Tres misterios
Página 14
1
CASPER Y C-DOG
«Era como un fuego
incontrolable. Todo el mundo se subía al tren»
1
A primera hora de
la tarde del 29 de noviembre de 1983, la oficina del FBI en Los
Ángeles recibió una llamada de una sucursal de Bank of America emplazada en el
distrito de Melrose. La respondió la agente del FBI Linda Webster.
Era la persona que atendía lo que se conocía como 2-11: los avisos de atracos a
bancos. Le dijeron que acababa de perpetrarse un atraco. El sospechoso era un
joven blanco con una gorra de los Yanquis de Nueva York. Delgado. Educado. Con
acento del sur. Bien vestido. Decía «por favor» y «gracias».
Webster se volvió
hacia su compañero, William Rehder, que dirigía la división local de atracos a
bancos del FBI.
—Bill, es el
Yanqui.
El Bandido Yanqui
llevaba operando en Los Ángeles desde julio de ese año. Había atracado un banco
tras otro y todas las veces se había escabullido con miles de dólares en un
maletín de piel. Rehder empezaba a exasperarse. ¿Quién era ese hombre? La única
pista que tenía el FBI era la inconfundible gorra de béisbol. De ahí
el apodo: el Bandido Yanqui.
Pasó media hora.
Webster recibió otro 2-11. Era de una sucursal de City National Bank situada
dieciséis manzanas al oeste, en el distrito de Fairfax. Se habían llevado 2.349
dólares. La persona le dio los detalles al teléfono. Ella miró a Rehder.
—Bill, es otra vez
el Yanqui.
Cuarenta y cinco
minutos después, el Yanqui atracó una sucursal de Security Pacific National
Bank en el distrito de Century City y, de
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inmediato, recorrió una manzana a pie y asaltó otra de First Interstate
Bank, de la que se llevó 2.505 dólares.
—Bill, es el
Yanqui. Dos veces, seguidas.
Transcurrió menos
de una hora. El teléfono volvió a sonar. El Yanqui acababa de atracar una
sucursal de Imperial Bank en Wilshire Boulevard. Si se va en coche de Century
City a esa oficina bancaria, se pasa justo por delante de la oficina
del FBI.
—Probablemente nos
ha saludado —le dijo Rehder a Webster.
Ahora se
encontraban sobre aviso. Se estaba haciendo historia. Esperaron. ¿Era posible
que el Yanqui volviera a atacar? A las cinco y media, sonó el teléfono. Un
hombre blanco desconocido —esbelto, con acento del sur, una gorra de los
Yanquis— acababa de atracar la sucursal de First Interstate Bank en Encino, que
estaba a quince minutos al norte por la autopista 405, y se había llevado 2.413
dólares.
—Bill, es el
Yanqui.
Un hombre. Cuatro
horas. Seis bancos.
«Fue un nuevo
récord mundial —escribiría Rehder más adelante en su autobiografía—, que sigue
sin batirse».
2
Ningún delincuente
ha ocupado un puesto tan excelso en la cultura estadounidense como el atracador
de bancos. En los años posteriores a la guerra de Secesión, el país estaba
fascinado por las hazañas de bandas como la de James-Younger, que aterrorizó el
Salvaje Oeste con atracos a bancos y asaltos a trenes. Durante la Gran
Depresión, los atracadores de bancos se convirtieron en celebridades: Bonnie y
Clyde, John Dillinger, «Pretty Boy» Floyd. No obstante, en los años que
siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el delito parecía estar en declive.
En 1965, se
atracaron un total de 847 bancos en todo Estados Unidos, una cifra modesta si
se tiene en cuenta el tamaño del país. Se especuló con la posibilidad de que
los robos a bancos estuvieran abocados a la extinción. Pocos delitos graves
tenían mayores índices de arrestos y condenas. Los bancos pensaban que habían
aprendido a protegerse. Un completo estudio de 1968 sobre robos a bancos llevó
por título «Nada que
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perder», en el sentido de que el acto parecía tan irracional que sus
autores debían de haberse quedado sin otras opciones. Parecía el equivalente al
robo de ganado del siglo XX. ¿Quién hacía eso ya?
Pero luego estalló
una epidemia. En solo un año, entre 1969 y 1970, el número de atracos a
entidades bancarias casi se duplicó, volvió a aumentar en 1971 y, de nuevo, en
1972. En 1974, se robaron 3.517 bancos. En 1976, la cifra fue de 4.565. A
principios de los años ochenta, el número de atracos era cinco veces superior
al de finales de los sesenta. Se trataba de una ola de delincuencia sin
precedentes. Y no había hecho más que empezar. En 1991,
el FBI atendió 9.388 llamadas de bancos de todo Estados Unidos
informando de un 2-11.
Y el foco de esa
sorprendente oleada de robos fue la ciudad de Los Ángeles.
Una cuarta parte de
todos los atracos a bancos que se perpetraron en Estados Unidos en esos años
tuvieron lugar en Los Ángeles. Hubo años en los que la oficina local
del FBI atendió hasta dos mil seiscientos robos de este tipo, tantos
atracadores, y tantos bancos, que Rehder y el FBI se vieron obligados
a ponerles apodos para no confundirlos: el hombre que se disfrazaba con vendas
se convirtió en el Bandido Momia. Otro que llevaba un solo guante pasó a ser
(como es natural) el Bandido Michael Jackson. Un dúo formado por dos hombres
con bigote postizo eran los Hermanos Marx. Una ladrona bajita y obesa pasó a
ser la Señorita Piggy. Una hermosa atracadora se conocía como la Bandida Miss
América. Un tipo que blandía un cuchillo era el Bandido Benihana (como la
cadena de restaurantes japoneses). Y así sucesivamente: había atracadores a los
que pusieron Johnny Cash o Robert De Niro. Un grupo robaba de a tres: uno
vestido de motorista, otro de policía y el tercero de obrero de la
construcción. ¿Necesita preguntar cómo los llamaron? Eran los años ochenta. Se
los conocía como los Village People.
«Era como un fuego
incontrolable —recuerda Peter Houlahan, uno de los historiadores no oficiales
de la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles—. Todo el mundo se subía al
tren».
Diez años después
de que empezara la oleada, por increíble que parezca, las cosas empeoraron
mucho más. El detonante fue la aparición de un dúo conocido como los Bandidos
de West Hills. La primera generación de atracadores de Los Ángeles era como el
Bandido Yanqui: se
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acercaban a uno de los cajeros, le decían que llevaban un arma, cogían
el dinero que hubiera y huían. La gente los llamaba, un poco despectivamente,
«pasadores de billetes». Sin embargo, los Bandidos de West Hills retomaron la
grandiosa tradición de Jesse James y Bonnie y Clyde. Sus entradas eran épicas,
con pelucas y caretas, blandiendo armas de asalto. Accedían por la fuerza al
cubículo del cajero y vaciaban el banco entero, incluso la cámara acorazada si
podían, antes de ejecutar una huida planeada al milímetro. La banda tenía un
búnker en el valle de San Fernando lleno de armamento militar y veintisiete mil
cartuchos de munición, a fin de prepararse para lo que su líder creía que era
un Armagedón inminente. Incluso para los criterios de Los Ángeles en los años
noventa, los Bandidos de West Hills estaban un poco locos.
En su quinto robo,
los ladrones accedieron a la cámara acorazada de una sucursal de Wells Fargo
Bank en Tarzana y se llevaron cuatrocientos treinta y siete mil dólares, más de
un millón en dólares de hoy. Y entonces Wells Fargo cometió un error crucial: el
banco reveló a la prensa cuánto le habían robado exactamente los Bandidos de
West Hills. Fue como echarle leña al fuego. «¿Cuatrocientos treinta y siete mil
dólares? ¿Es una broma?».
Uno de los primeros
en prestar atención fue Robert Sheldon Brown, un joven emprendedor de
veintitrés años. Su nombre de guerra era Casper. Casper hizo números. «He
robado, he entrado en casas, he hecho un poco de todo —explicaría más tarde—.
Pero el dinero no se podía comparar con los bancos. Entrabas en un banco y en
dos minutos tenías lo que en la calle tardabas seis o siete semanas en
conseguir».
John Wiley, uno de
los fiscales que acabó llevando a Casper ante la justicia, lo recuerda como un
«fuera de serie». «Casper estaba muy cachas y era muy inteligente». Wiley dijo:
«Se dio cuenta de que, cuando se atraca un banco, el problema es entrar. Así
que hacía que otra persona se ocupara de eso. Se podría pensar: “¿Cómo es
posible hacer que otro robe un banco para ti?”. Y ese era su talento especial
[…] encontrar personas que robaran bancos para él. Y fichó a una cantidad
increíble de gente […] Era una especie de productor, en la jerga de Hollywood».
Casper tenía un
cómplice, Donzell Thompson, también conocido como C-Dog. Elegían un banco que
creían que estaba en su punto para atracarlo. A continuación, buscaban un
vehículo de huida. A principios de los años noventa, se produjo en Los Ángeles
un aumento asombroso de los robos
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de coches con violencia, que la prensa trató como otro indicio más del
caos indiscriminado que barría las calles. No obstante, buena parte se debía,
de hecho, a Casper y C-Dog. Tenían un tipo al que pagaban por adquirir sus
vehículos de huida. Si se robaban tantos bancos como hacía Casper, se
necesitaban muchos coches. A continuación, elegía al equipo. El fiscal Wiley
refirió: «Muchos de sus atracadores solo eran críos. Creo que a algunos
probablemente no les pagaba nada. Los obligaba a robar y punto. Es un tío
grande e intimidante. Y era miembro de los Rolling Sixties, una pandilla
vinculada a los Crips de muy mala fama».
Wiley se acordaba
de un chaval en concreto que era «muy joven», de tan solo trece o catorce años:
«Recuerdo que sacó al chico de la escuela y le dijo: “¿Cuándo me puedes atracar
este banco?”. Y él le respondió: “Durante el recreo”. Así que pasaron a recogerlo
durante el recreo y Brown y [C-Dog] le explicaron cómo hacerlo. Entras, asustas
a todo el mundo, coges el dinero y sales».
Casper les enseñaba
a sus chicos una técnica que llamaba «ir a lo kamikaze». Irrumpían en el banco
blandiendo sus pistolas ametralladoras y fusiles de asalto, disparando al techo
y gritando palabrotas: «¡Al suelo, hijos de p…!». Metían todo el dinero que
encontraban en fundas de almohada, sustraían carteras y les arrancaban los
anillos de los dedos a las mujeres si querían un pequeño botín extra para el
camino.
Al menos en dos
golpes, Casper «tomó prestado» un autobús escolar para poner a salvo a sus
jóvenes pupilos; en otra ocasión, se hizo con una furgoneta de correos. Casper
tenía imaginación. Supervisaba sus operaciones desde una posición segura,
aparcado en un coche a bastante distancia, y luego seguía a su selecto equipo
cuando huían por las calles a toda velocidad.
«Los chavales
sabían que, si intentaban escapar con todo el dinero, tendrían a esos dos Crips
detrás de ellos —dice Wiley— y que eso les amargaría la vida».
El vehículo de
huida se abandonaba. Todo el grupo se retiraba al escondite de Casper,
normalmente un motel, donde él les pagaba una miseria y los dejaba marchar.
Eran críos: probablemente los cogerían. Pero a Casper le daba igual. Su
actitud, explicó Wiley, era: «Vale, no ha sido genial. Han cogido a mis chicos.
Ahora tendremos que buscar nuevos. Pero eso lo hacemos continuamente».
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En tan solo cuatro años, Casper «produjo» ciento setenta y cinco
atracos, lo que continúa siendo el récord mundial de atracos a bancos a lo
largo de una vida y supera la marca anterior del Bandido Yanqui de setenta y
dos bancos. Casper y C-Dog incluso se acercaron al récord de seis atracos en un
día logrado por el Yanqui. En un solo día de agosto de 1991, perpetraron cinco:
una sucursal de First Interstate Bank en La Cienega Boulevard, seguida de
cuatro bancos en Eagle Rock, Pasadena, Monterey Park y Montebello. Y recordemos
que el Bandido Yanqui actuaba solo. Lo que hacía Casper era infinitamente más
difícil: organizaba y supervisaba a equipos de atracadores.
Una vez que Casper
le demostró al mundo lo fácil que era apoderarse de un banco, otras bandas se
subieron al carro. Los Eight Trey Gangster Crips empezaron a formar equipos. Un
dúo conocido como los Chicos Malos perpetró casi treinta robos en menos de un
año: ellos dos solitos. Los Chicos Malos eran… malos: les gustaba encerrar a
todo el mundo en la cámara acorazada, hablar en voz alta sobre ejecuciones y
disparar sus armas cerca del oído de la gente solo por diversión.
«En retrospectiva,
1992 resultó ser el año en el que hubo más atracos a bancos. Dos mil
seiscientos cuarenta y un atracos en un año —observó Wiley—. Eso es una media
de un atraco a un banco cada cuarenta y cinco minutos por cada día hábil
bancario. Y el peor día fueron veintiocho robos de bancos en un solo día. Eso
volvió completamente loco al FBI. Me refiero a que estaban agotados».
Robar un banco
lleva minutos. Investigar un atraco a un banco lleva horas. A medida que los
robos se acumulaban, el FBI se iba quedando cada vez más rezagado.
Si tienes
veintisiete robos diarios, si una sola banda está cometiendo cinco robos en un
solo día, piensen en cómo se investiga eso físicamente. Esos tíos van
conduciendo por toda la ciudad tan rápido como pueden, robando. Así que el mero
hecho de seguirlos entre el tráfico de Los Ángeles es un problema. Llegas al
banco y ¿cuántas personas han sido testigos del robo? Bueno, ¿cuántas personas
había en el banco? Pongamos que veinte. Así que hay que tomarles declaración a
veinte testigos. Eso es mucho trabajo.
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Entonces, justo cuando el FBI se pone a ello, ¿qué ocurre?
«Llevas cinco o diez minutos en la escena y hay otro atraco a un banco en la
otra punta de la ciudad. El FBI no podía más».
La ciudad de Los
Ángeles era la capital mundial de los robos a bancos. «No había ninguna razón
para pensar que iba a parar —continuó Wiley. Enseñó un gráfico de los atracos a
bancos en Los Ángeles desde los años setenta hasta los noventa—. Si nos fijamos
en la curva, parece que vaya a llegar a la luna».
El FBI asignó
a cincuenta agentes al caso. A lo largo de muchos meses, recogieron toda la
información que pudieron sonsacarles a los aterrorizados chavales de Casper y
C-Dog, desenmarañaron la red de engaños que habían tejido para ocultar sus bienes
y les siguieron la pista de una dirección a otra por todo el sur de Los
Ángeles. Tardaron una eternidad en lograr que un gran jurado acusara a Casper y
a C-Dog, porque ¿qué habían hecho? Nada. Ellos no atracaban ningún banco. Solo
estaban en un coche aparcado calle abajo. Lo único que tenía
el FBI era el testimonio de varios adolescentes muertos de miedo que
faltaban a clase entre la hora de comer y el recreo.
Por fin, los
fiscales creyeron que tenían pruebas suficientes. Encontraron a C-Dog en casa
de su abuela en Carson y detuvieron a Casper cuando bajaba de un taxi. Con los
dos entre rejas, la fiebre de atracar bancos que se había apoderado de Los
Ángeles empezó por fin a remitir: en más o menos un año, el número de asaltos
perpetrados en la ciudad se redujo en un 30 por ciento y luego disminuyó
todavía más. Los atracos a bancos no llegaron a la luna. La fiebre pasó.
Cuando Casper y
C-Dog salieron de una prisión federal en el verano de 2023, ofrecieron su
historia a Hollywood y se reunieron con productores de cine. Los directivos de
la industria cinematográfica que oyeron su relato no daban crédito: «¿Eso pasó
aquí?».
Pues sí.
3
Quiero
empezar La venganza del punto clave con una serie de
misterios:
tres historias
interconectadas que, a primera vista, no parecen tener
Página 21
explicación. La tercera se desarrolla en un pueblecito que llamaremos
Poplar Grove. La segunda es la historia de Philip Esformes. Y este primer
capítulo trata de las hazañas del Bandido Yanqui y de Casper y C-Dog.
La crisis de los
atracos a bancos de Los Ángeles a principios de los años noventa fue una
epidemia. Cumplía todas las reglas. No fue un brote generado en cada atracador,
como un dolor de muelas. Era contagiosa. A finales de los años sesenta, una
fiebre de carácter leve aquejó a todo Estados Unidos. En los ochenta, el
Bandido Yanqui se contagió en Los Ángeles. Más adelante, los Bandidos de West
Hills contrajeron el virus, que, en sus manos, mutó a una cepa más siniestra y
violenta. Transmitieron la nueva variante a Casper y C-Dog, que reinventaron el
proceso subcontratando la mano de obra y ampliando el negocio de manera
espectacular, como los capitalistas de finales del siglo XX que eran.
Y de ahí la infección se propagó por toda la ciudad —contagiando a los Eight
Trey Gangsters, los Chicos Malos y muchos más— y arrastró a cientos de jóvenes
hasta que, cuando el boom de los atracos a bancos alcanzó su punto máximo en
Los Ángeles, los robos de poca monta de la época del Bandido Yanqui parecieron un
recuerdo lejano.
Las epidemias
sociales están impulsadas por las acciones de unas pocas personas excepcionales
—personas que tienen una influencia enorme en la sociedad—, y así fue
exactamente como se desarrolló el brote de Los Ángeles. Nunca fue un
acontecimiento de masas, como una de esas maratones de las grandes ciudades en
las que se inscriben decenas de miles de personas. Fue un reino del caos
promovido por unas pocas personas que robaban una vez tras otra. El Bandido
Yanqui atracó setenta y cuatro bancos en nueve meses antes de que
el FBI por fin lo detuviera. Pasó diez años en la cárcel, salió ¡y
atracó otros ocho! Los Chicos Malos robaron veintisiete. Casper y C-Dog
organizaron ciento setenta y cinco atracos. Si nos centráramos únicamente en el
Bandido Yanqui, Casper y los Chicos Malos, tendríamos un panorama bastante
completo de lo que ocurrió en Los Ángeles en los años ochenta y a principios de
los noventa: un fenómeno contagioso que creció hasta alcanzar su punto clave,
impulsado por las acciones extraordinarias de unas pocas personas especiales.
«Casper —dijo Wiley— es el superpropagador, si hablamos de epidemias».
¿Eran las
circunstancias de los años ochenta y principios de los noventa propicias para
una explosión de atracos a bancos? Sí. Entre los
Página 22
años setenta y finales de los noventa, el número de sucursales bancarias
en Estados Unidos se triplicó. Para Casper y C-Dog, era un juego de niños.
La fiebre que
arrasó Los Ángeles a finales de la década de los ochenta y principios de la de
los noventa tiene todo el sentido del mundo, salvo por una cosa.
Encierra un
misterio.
4
En la madrugada del
9 de marzo de 1950, Willie Sutton se levantó y se embadurnó la cara de
maquillaje. La noche anterior se había teñido el pelo de un tono mucho más
claro que el suyo, casi rubio, y quería combinarlo con una tez aceitunada. Se
aplicó rímel en las cejas para darles cuerpo. Se metió trozos de corcho en los
orificios nasales para ensancharse la nariz. Luego, se puso un traje gris,
entallado y con relleno para cambiar su silueta. Satisfecho de que ya no se
parecía a Willie Sutton, Willie Sutton salió de su casa de Staten Island con
rumbo a Sunnyside, en Queens, camino de una sucursal de Manufacturers Trust
Company situada en la esquina de la calle Cuarenta y cuatro y Queens Boulevard
en Nueva York.
En las tres semanas
anteriores, Sutton había pasado todas las mañanas en la acera de enfrente,
estudiando las rutinas de los empleados del banco. Le gustaba lo que veía. Al
otro lado de la calle había una parada del metro elevado, una de autobús y otra
de taxis. La calle estaba concurrida y a Sutton le gustaban las multitudes. El
vigilante de la sucursal, un hombre de movimientos lentos que se llamaba Weston
y vivía cerca, llegaba todas las mañanas a las 8.30, absorto en su periódico.
Entre las 8.30 y las 9.00, les abría la puerta a los demás empleados hasta que
llegaba el director, el señor Hoffman, que aparecía, como un reloj, a las 9.01.
La sucursal abría al público a las 10.00, mucho más tarde que la mayoría. Eso
también ponía contento a Sutton: consideraba el tiempo transcurrido entre la
llegada del primer empleado y la del primer cliente como «su tiempo» y, en ese
caso, sería una hora y media.
A las 8.20, Sutton
se mezcló con la multitud que esperaba en la parada del autobús. Unos minutos
después, el conserje Weston dobló la esquina, abismado en su periódico. Cuando
sacó las llaves para abrir la puerta,
Página 23
Sutton se colocó detrás. Él se volvió sobresaltado. Sutton lo miró a los
ojos y le dijo, en voz baja: «Entre. Quiero hablar con usted».
Sutton no era
amante de las armas de fuego. Para él, eran accesorios. Su verdadera arma era
una discreta autoridad que inducía a los demás a prestarle atención. Le explicó
al conserje lo que ocurriría a continuación. Primero, dejarían entrar a uno de
sus cómplices. Luego, Weston les abriría la puerta a los demás empleados como
hacía todas las mañanas. Conforme fueran entrando, el cómplice de Sutton
aparecería y se los llevaría, cogiéndolos por el codo, hasta una fila de sillas
que ya tendría preparadas.
«Una vez que tienes
el control del banco —escribiría Sutton años después en su autobiografía,
cuando ya era lo bastante famoso para escribir no solo uno, sino dos libros
autobiográficos, como un hombre de Estado que siente la necesidad de responder
a los giros de la historia—, da igual quién aparezca en la puerta».
Una vez llegaron de
improviso tres pintores mientras robaba un banco en Pensilvania y simplemente
les dije que extendieran las lonas en el suelo y se pusieran a trabajar. «Con
lo que os pagan, el banco no puede permitirse teneros de brazos cruzados. Están
asegurados contra los ladrones de bancos, pero nadie los aseguraría contra
vosotros, ladrones». Durante todo el robo, pude mantener una conversación con
ellos sobre cómo podría haberme ya jubilado si los atracadores de bancos
tuviéramos un sindicato tan fuerte como el suyo. Todos pasamos un buen rato y,
cuando salimos por la puerta con el dinero, ellos ya tenían pintada una de las
paredes.
Sutton era
increíblemente cautivador. ¿Se dieron cuenta los empleados de la sucursal de
Manufacturers Trust Company de que el famoso Willie Sutton les estaba robando?
Sin ninguna duda. Entraron en la sala de reuniones, uno a uno. «No os
preocupéis, amigos —les decía él—. Es solo dinero. Y no es vuestro». A las
9.05, con cuatro minutos de retraso, llegó el señor Hoffman, el director.
Sutton lo hizo sentarse.
«Si me da
problemas, quiero que sepa que alguno de estos empleados suyos recibirá un
disparo. No quiero que se haga falsas ilusiones sobre eso. Quizá no le importe
su propia seguridad, pero la salud de sus empleados es responsabilidad suya. Si
les pasa algo, será culpa suya, no mía».
Página 24
Era un farol, por supuesto, pero siempre daba resultado. Vació la cámara
acorazada, salió tranquilamente por la puerta hacia el coche que lo esperaba y
se perdió entre el tráfico de Nueva York.
Willie Sutton era
la versión neoyorquina de Casper, aunque eso no le hace plena justicia. Nadie
sabía gran cosa de Casper en la época en la que orquestó sus múltiples atracos
a bancos. Ni tan siquiera su juicio tuvo apenas repercusión en los informativos.
No así Willie Sutton. Él era famoso. Salía con actrices. Era un maestro del
disfraz. No solo se atrevió a fugarse de la cárcel una vez, sino dos. En una
ocasión, le preguntaron: «¿Por qué atraca bancos?». Y él respondió: «Porque es
ahí donde está el dinero». Más adelante negaría haberlo dicho, pero daba igual.
Hasta hoy, su ocurrencia se conoce como la «ley de Sutton» y se utiliza para
enseñar a los estudiantes de medicina la importancia de considerar el
diagnóstico más probable en primer lugar. Hollywood hizo una película sobre su
vida. Un escritor convirtió su historia en una novela biográfica. En dólares de
hoy, Willie Sutton decía haber robado más de veinte millones a lo largo de su
carrera. Casper ni tan siquiera estaba en el mismo tramo impositivo que él (en
el supuesto, claro está, de que pagaran impuestos, lo que no hacía ninguno de
los dos).
El caso es que, si
alguien fuera a empezar una epidemia de atracos a bancos, cabría esperar que
fuera Willie Sutton. Cabría esperar que, después de ver a «Slick Willie»
entrando como si nada en las sucursales bancarias y largándose con un dineral
sin disparar un solo tiro, las impresionables clases criminales de Nueva York
se dijeran: «Yo puedo hacer eso». En epidemiología, existe el término «caso
índice», que se refiere a la persona que desencadena una epidemia. (Más
adelante, hablaremos de uno de los casos índice más fascinantes de la historia
reciente). Willie Sutton tendría que haber sido el caso índice, ¿no? Convirtió
el trabajo sucio de atracar un banco en una obra de arte.
No obstante, Willie
Sutton no puso en marcha una epidemia de atracos a bancos en Nueva York, ni en
los años cuarenta y cincuenta, su época de esplendor, ni en los posteriores,
cuando escribió una autobiografía detrás de otra. Tras salir de la cárcel en 1969
alegando mala salud (viviría otros once años), se reinventó como experto en la
reforma del sistema penitenciario y dio charlas por todo el país. Asesoró a
bancos sobre cómo prevenir los atracos. Incluso hizo un anuncio de televisión
para una empresa de tarjetas de crédito que introdujo las tarjetas con
fotografía: «La
Página 25
llaman la tarjeta de la cara. Ahora, cuando digo que soy Willie Sutton,
la gente me cree». ¿Hizo eso que el mundo quisiera ser Willie Sutton? Parece
que no. En los tiempos de Casper, la ciudad de Nueva York solo padecía una
mínima parte de los atracos que se perpetraban en Los Ángeles.
Una epidemia, por
definición, es un fenómeno contagioso que no respeta las fronteras. Cuando
la COVID-19 apareció por primera vez en China a finales de 2019, los
epidemiólogos temían que se propagara por todo el mundo. Y tenían toda la
razón. Sin embargo, en el caso de los bancos la fiebre arrasó Los Ángeles pero
se saltó por completo a otras ciudades. ¿Por qué?
Este es el primero
de los tres misterios. Y la respuesta guarda relación con una famosa
observación que hizo el médico John Wennberg.
5
En 1967, recién
terminados sus estudios de medicina, Wennberg consiguió trabajo en Vermont como
parte de un proyecto conocido como Programa Médico Regional (PMR). Eran los
años de la Gran Sociedad, en los que el Gobierno de Estados Unidos estaba
haciendo un esfuerzo coordinado para ampliar la red de protección social del
país, y el PMR era una iniciativa financiada por el Gobierno federal
para mejorar la asistencia médica en todo el país. La labor de Wennberg
consistía en elaborar un mapa de la calidad de la atención en los confines del
estado para asegurar que todo el mundo tenía acceso al mismo nivel de
asistencia.
Era joven e
idealista. Había estudiado en la Universidad Johns Hopkins con algunas de las
mentes más brillantes de la medicina. Cuando llegó a Vermont, dijo más
adelante, aún creía «en el paradigma general de que la ciencia estaba avanzando
y de que estaba traduciéndose racionalmente en una atención eficaz».
Vermont tenía
doscientos cincuenta y un núcleos de población. Wennberg empezó dividiendo esas
comunidades según el lugar donde recibían atención médica los residentes
locales. El resultado fueron trece «distritos hospitalarios» en todo el estado.
A continuación, calculó la cantidad de dinero que se gastaba en atención médica
en cada uno de esos distritos.
Página 26
Wennberg daba por hecho que lo que observaría sería que, en algún rincón
lejano de Vermont donde no había mucho dinero, habría poco gasto. Y, según la
misma lógica, en las comunidades más ricas como Burlington —la ciudad más
grande del estado, sede de la Universidad de Vermont y del Champlain College,
donde los hospitales eran los más nuevos y sofisticados y los médicos tenían
más probabilidades de haberse formado en facultades de medicina prestigiosas—,
el gasto sería un poco mayor.
Estaba
completamente equivocado. Sí, había diferencias de gasto en los distintos
distritos hospitalarios. Sin embargo, no eran pequeñas, sino enormes. Y no
seguían ninguna lógica aparente. En palabras de Wennberg, no tenían «ni pies ni
cabeza». La cirugía para extirpar hemorroides, por ejemplo, era cinco veces más
frecuente en algunos distritos que en otros. Las probabilidades de que a los
pacientes les extirparan una próstata hipertrofiada, el útero en una
histerectomía o el apéndice tras un ataque de apendicitis eran tres veces
mayores en unas zonas que en otras.
«Resultó que había
variación en todas partes —explicó Wennberg—. Por ejemplo, nosotros vivíamos
entre Stowe y Waterbury. Mis hijos iban a una escuela del distrito de
Waterbury, que estaba a unos quince kilómetros de casa. Pero, si hubiéramos
vivido unos cien metros al norte, habrían ido a una escuela del distrito de
Stowe. En Stowe, les habían extirpado las amígdalas al 70 por ciento de los
alumnos de quince años, frente a solo el 20 por ciento de Waterbury».
No tenía sentido.
Tanto Stowe como Waterbury eran pueblos idílicos llenos de vetustos edificios
decimonónicos. Nadie pensaba seriamente que uno fuera más sofisticado o que
estuviera influido por una ideología médica diferente a la del otro. No era que
Stowe atrajera a una clase de personas y Waterbury a otra muy distinta. La
gente era básicamente la misma, es decir, aparte de que los niños de Waterbury
solían conservar las amígdalas y los de Stowe no.
Wennberg se quedó
muy desconcertado. ¿Había descubierto por casualidad alguna extraña
peculiaridad de los pueblos de Vermont? Decidió ampliar su análisis a otras
partes de Nueva Inglaterra. Esta es una comparación que hizo de Middlebury, en
Vermont, con Randolph, en New Hampshire. Fíjese en las diez primeras filas:
ambos pueblos son idénticos. Ahora mire las últimas tres. Caray. En Randolph,
los médicos tenían una actividad frenética, como si fueran hasta arriba de
cafeína: se gastaban el
Página 27
dinero a manos llenas, hospitalizaban y operaban a todo el que se les
pusiera delante. Pero ¿Middlebury? Middlebury era otro mundo.
|
|
Middlebury, |
Randolph, New |
|
|
Vermont |
Hampshire |
|
|
|
|
|
Características
socioeconómicas |
|
|
|
|
|
|
|
Blancos |
98 % |
97 % |
|
|
|
|
|
Nacidos en
Vermont o New Hampshire |
59 |
61 |
|
|
|
|
|
Veinte años o más
de residencia en la |
47 |
47 |
|
zona |
|
|
|
|
|
|
|
Nivel de ingresos
por debajo de la |
20 |
23 |
|
pobreza |
|
|
|
|
|
|
|
Tienen seguro
médico |
84 |
84 |
|
|
|
|
|
Lugar habitual de
atención médica |
97 |
99 |
|
|
|
|
|
Grado de
enfermedad crónica |
|
|
|
|
|
|
|
Prevalencia |
23 % |
23 % |
|
|
|
|
|
Actividad
restringida las dos últimas |
5 |
4 |
|
semanas |
|
|
|
|
|
|
|
Más de dos
semanas en cama el último |
4 |
5 |
|
año |
|
|
|
|
|
|
|
Acceso al médico |
|
|
|
|
|
|
|
Contacto con el
médico en el último año |
73 % |
73 % |
|
|
|
|
|
Uso de los
servicios sanitarios tras el |
|
|
|
acceso |
|
|
|
|
|
|
|
Altas
hospitalarias por cada mil personas |
132 |
220 |
|
|
|
|
|
Altas de cirugía
por cada mil personas |
49 |
80 |
|
|
|
|
|
Gasto de la Parte
B de Medicare[1] |
92 |
142 |
Wennberg llamó
«variación de área pequeña» a lo que había descubierto y encontró pruebas de
ello en todo Estados Unidos. Y lo que empezó como una observación acotada a los
pueblos de Vermont se ha convertido en una ley inquebrantable que, medio siglo
después de que Wennberg hiciera su sorprendente descubrimiento, no da muestras
de desaparecer: en muchos casos, el trato que recibimos de nuestro médico tiene
menos que ver con dónde se formó, cómo le fue en la facultad de medicina o qué
carácter tiene que con dónde vive.
¿Por qué importa
tanto el lugar? La explicación más sencilla para la variación de área pequeña
es que los médicos se limitan a hacer lo que
Página 28
quieren los pacientes. Tomemos, por ejemplo, un acto médico
relativamente sencillo: cuántas veces visita un doctor a un paciente en sus dos
últimos años de vida. La media de Estados Unidos en 2019 ronda las cincuenta y
cuatro visitas. En Minneapolis, en cambio, es mucho más baja: treinta y seis.
Pero ¿sabe cuál es en Los Ángeles? ¡Son ciento cinco visitas! Las visitas del
médico en los últimos años de vida son el triple en la ciudad californiana que
en Minneapolis.
Se trata de una
diferencia enorme. ¿Se debe a que los moribundos de Minnesota se comportan como
estoicos escandinavos, mientras que las personas muy ancianas de Los Ángeles
son exigentes y reclamantes? Parece que la respuesta es no. Wennberg y otros
investigadores han descubierto que la variación de área pequeña no radica en lo
que los pacientes quieren que hagan sus médicos, sino en lo que estos quieren
hacerles a sus pacientes.
Así pues, ¿por qué
actúan los médicos de forma tan distinta de un lugar a otro? ¿Es solo por
dinero? Quizá haya más personas en Los Ángeles con la clase de seguro que
premia a los médicos para tratar a sus pacientes de manera intensiva. No, eso
tampoco parece explicarlo.[2]
¿Y si es solo
casualidad? Al fin y al cabo, los médicos son personas. Y las personas tienen
maneras de pensar muy distintas. Quizá, Los Ángeles es un lugar donde, por
casualidad, ejercen muchos médicos que tratan a sus pacientes de manera
intensiva, mientras que Minneapolis es un lugar donde, por casualidad, muy
pocos lo hacen.
¡No!
«Casualidad»
significaría que los médicos con un enfoque intensivo estarían dispersos por
todo el país, en distribuciones que fluctuarían con cada año que pasa.
«Casualidad» significaría que cada hospital tendría una combinación distinta de
médicos, que representarían una variedad de enfoques sobre cómo practicar la
medicina. Habría un doctor Smith, que siempre extirparía las amígdalas; un
doctor Jones, que no lo haría nunca; y un doctor McDonald, que se situaría en
algún punto intermedio. Sin embargo, eso no es lo que Wennberg identificó hace
años. En cambio, encontró «clústeres» médicos, donde los facultativos de un
distrito hospitalario adoptaban una identidad común, como si todos se hubieran
infectado de la misma idea contagiosa.
«Es un misterio del
tipo “Dios los cría y ellos se juntan” —dijo Jonathan Skinner, economista de la
Universidad de Dartmouth y uno de
Página 29
los herederos de la labor de Wennberg—. Es decir, los médicos tienen
distintas opiniones, claro […] La gente se forma opiniones sobre lo que da
resultado […] Pero la pregunta es ¿qué tiene una zona que induce a algunas
personas a ejercer su profesión de una sola manera, en promedio? ¿Es algo que
lleva el agua?».
6
Desde entonces, la
variación de área pequeña se ha convertido en una especie de obsesión para los
investigadores médicos. Se escriben libros enteros sobre ella. Hay
especialistas que se pasan la vida estudiándola. Sin embargo, lo que es
fascinante es cómo las mismas inexplicables pautas de variación aparecen fuera
del ámbito de la atención médica. Permítame darle un ejemplo.
California tiene
una base de datos pública sobre el porcentaje de alumnos de primer curso de
todos los centros de enseñanza secundaria obligatoria del estado que están al
día con las vacunas recomendadas: varicela, sarampión, paperas, rubeola, polio,
etcétera. Si le echa un vistazo rápido a la lista, que es larga, no parece
encerrar ninguna complicación. La inmensa mayoría de los alumnos de las
escuelas públicas de California se han puesto todas las vacunas. ¿Y los alumnos
de las privadas? Esas escuelas suelen ser más pequeñas y peculiares. ¿Podría
darse más variación en ellas? Veámoslo.[3]
Estas son las tasas
de vacunación, elegidas al azar, de una serie de escuelas primarias privadas
del condado de Contra Costa, al este de San Francisco.
St. John the
Baptist: ciento por ciento.
El Sobrante
Christian School: ciento por ciento.
Contra Costa Jewish
Day School: ciento por ciento.
La lista continúa.
Hay muchas escuelas primarias privadas en el condado de Contra Costa y los
padres que lo habitan parecen bastante decididos a proteger a sus hijos de las
enfermedades infecciosas.
Página 30
St. Perpetua: ciento por ciento.
St. Catherine of
Siena: ciento por ciento.
Pero, un momento.
Hay una escuela que es muy distinta.
East Bay Waldorf:
42 por ciento.
«¿42 por ciento?».
¿Se trata de una casualidad, de una desviación fortuita de una pauta constante?
Echémosles un
vistazo a las escuelas privadas del condado de El Dorado, justo debajo de
Contra Costa en la lista ordenada alfabéticamente.
G. H. S. Academy:
94 por ciento.
Holy Trinity
School: ciento por ciento.
Y, a continuación,
¡sorpresa!:
Cedar Springs
Waldorf: 36 por ciento.
Probemos con Los
Ángeles. La mayoría de los centros de enseñanza secundaria obligatoria, como
sus homólogos de todo el estado, están en la franja del 90 al 100 por ciento.
Sin embargo, una vez más, hay una excepción, muy al oeste de la ciudad, en el
exclusivo barrio de Pacific Palisades.
Westside Waldorf:
22 por ciento.
Si nunca ha oído
hablar de las escuelas Waldorf, se trata de un movimiento que inició el
pedagogo austriaco Rudolf Steiner a principios del siglo XX. Estas
escuelas son pequeñas y caras, y se centran en el aprendizaje «holístico», que
aspira a desarrollar la creatividad y la imaginación de los alumnos. Hay varios
miles de estas escuelas en todo el mundo, la mayoría de enseñanza infantil y
primaria, y en torno a una veintena en California. Y, casi sin excepción, en
todas las poblaciones californianas con una escuela Waldorf,
las menores tasas de vacunación corresponden a… la escuela Waldorf.[4]
Esta es la lista
del condado de Sonoma:
St. Vincent de Paul
Elementary School: ciento por ciento.
Rincon Valley
Christian: ciento por ciento.
Sonoma Country Day
School: 94 por ciento.
St. Eugene
Cathedral School: 97 por ciento.
St. Rose: ciento
por ciento.
Summerfield Waldorf
School: 24 por ciento.[5]
California tuvo dos
brotes de sarampión a mediados de los años 2010, incluido uno que empezó en
Disneylandia. Los brotes indujeron a muchos a decir que California tenía un
problema de desconfianza en las vacunas. Sin embargo, no es así. Eche otro
vistazo a todas las escuelas primarias con tasas de vacunación del ciento por
ciento. De hecho, son algunos pequeños grupos de personas dentro del estado,
como los padres que llevan a sus hijos a un tipo muy concreto de escuela
primaria, los que tienen un problema con las vacunas. John Wennberg reconocería
el patrón al instante. La desconfianza en las vacunas es una variación de área
pequeña.
Esta es la primera
lección de las epidemias sociales. Cuando observamos un fenómeno contagioso,
suponemos que la trayectoria que sigue es caótica e incontrolable por
naturaleza. No obstante, ni la epidemia de atracos a bancos de Los Ángeles, ni
los enfoques de tratamiento de los médicos de Waterbury frente a los de Stowe,
ni las ideas de los padres de las escuelas Waldorf son caóticas e
incontrolables por naturaleza. La creencia contagiosa que une a las personas en
esos casos tiene la disciplina de detenerse en las fronteras de su comunidad.
Debe de haber una serie de reglas, enterradas en alguna parte bajo la
superficie.
Lo que nos lleva al
segundo misterio.
Página 32
2
EL PROBLEMA DE
MIAMI
«Se fumaba un porro
y luego, entre las ocho y, pongamos, mediodía,
blanqueaba más de
un millón de dólares»
1
«Señoría, me
presento ante usted como un hombre humillado y roto […] He perdido todo lo que
amaba y me importaba […] He destrozado mi matrimonio. He traumatizado a mis
hijos, mis tres preciosos hijos. He causado un sufrimiento inconsolable a mis
padres ancianos. Toda la culpa es solo mía».
Día 12 de
septiembre de 2019. Tribunal Federal. El jurado ha declarado culpable a Philip
Esformes en uno de los casos de fraude a Medicare más sonados de la historia de
Estados Unidos. Y ahora el acusado suplica clemencia al juez.
«He perdido más de
veinte kilos desde que me encarcelaron [el] 22 de julio de 2016. Mi cuerpo es
una sombra de lo que era. Tengo mala circulación en los pies. Se me han
hinchado las rodillas. He desarrollado una enfermedad de la piel. Durante más
de treinta y siete meses, no me ha dado el sol».
La investigación
del Gobierno sobre la red de residencias de ancianos de Esformes llevó años. El
juicio duró casi ocho semanas. El jurado oyó hablar de sobornos, facturas
falsas, comisiones ilegales, blanqueo de dinero, doscientas cincuenta y seis
cuentas bancarias distintas y médicos de dudosa reputación. Los más estrechos
colaboradores de Esformes llevaban micrófonos ocultos y recopilaron horas de
grabaciones mientras dirigía su vasto imperio.
«Las cintas me
presentan como un hombre dispuesto a recortar gastos sin temor a las
consecuencias, que no valoraba todo lo bueno que me
Página 33
rodeaba, un hombre que actuaba como si las normas no le afectaran.
Acepto la
responsabilidad de lo que he hecho».
Y luego se puso a
llorar.
2
Algún día, alguien
hará una gran película sobre el caso de Esformes. Tenía todo lo que Hollywood
podría desear. En primer lugar, está el propio Esformes, bronceado y guapo como
una estrella de cine, el vivo retrato de Paul Newman. Conducía un Ferrari Aperta
de casi un millón seiscientos mil dólares, llevaba un reloj suizo de unos
trescientos sesenta mil dólares y volaba de costa a costa en un jet privado. El
jurado oyó hablar de las muchas mujeres hermosas con las que se veía en lujosas
habitaciones de hotel, sus ataques de gritos, sus llamadas telefónicas de
madrugada, su insistencia en referirse al dinero en efectivo como «fetuchini».
Se lo describió como «obsesivo» y «probablemente bipolar», un hombre «que te
llama todo el día y toda la noche, y hay que llevarlo en coche a todas partes,
que vuelve loca a la gente, que la lleva al límite, que se queja de todo lo que
pasa».
Y eso lo dice uno
de sus abogados.
Philip Esformes
guardaba el sabbat y, a medianoche, cuando se levantaba la
prohibición religiosa de trabajar, visitaba sus residencias de ancianos para
comprobar que todo iba como él quería. Tenía dos hijos varones y decidió que el
mayor, en contra de lo que pronosticaban sus aptitudes para el deporte, tenía
que ser una estrella del baloncesto universitario. Si busca en YouTube,
encontrará vídeos de su diminuto hijo haciendo obedientemente sus ejercicios
bajo la atenta mirada de un sinfín de entrenadores y preparadores físicos
profesionales.
«Presionaba a sus
hijos como no se imagina —explicó el abogado de Esformes, Roy Black—. Como si
fuera un equipo profesional». Black continuó: «Estaba obsesionado con eso. Y se
los llevaba de viaje. Entonces, buscaba hoteles que estuvieran cerca de una sinagoga
para que pudieran ir andando los sábados. Controlaba todos los detalles de su
vida porque él era así. Era como… —Black hizo una pausa en busca de la palabra
correcta—: Un padre helicóptero ni se le acerca. Ese tío era un puto ejército
del aire completo».
Página 34
El abogado, que ha representado a todo tipo de traficantes de drogas,
defraudadores, blanqueadores de dinero y estafadores a lo largo de su dilatada
carrera, no parecía haber tenido una buena experiencia con Philip Esformes.
«[Philip] quería
llevar la defensa, lo que, naturalmente, no le dejamos hacer. Era muy pasional
—dijo Black—. Hablaba con él durante horas seguidas y, cuando me iba de la
cárcel federal, estaba empapado y tenía que irme a casa a ducharme. Necesitaba
un Valium o algo así».
En la sala de
justicia estaba el padre de Philip, el legendario Morris Esformes, brillante,
guapo, ingenioso y, en palabras de un antiguo compañero de clase, el «tío más
guay» de la yeshivá. Morris era un rabino judío ortodoxo que había
construido un imperio de residencias de ancianos en Chicago y donado más de
cien millones de dólares a organizaciones benéficas. Había programado el claxon
de su coche para que tocara el tema de El Padrino. Una vez se
presentó a una entrevista con dos periodistas vestido con el uniforme morado y
amarillo de Los Angeles Lakers y una kipá a juego. Si les ocurría algo a los
periodistas como resultado de sus pesquisas sobre sus negocios, les dijo el
patriarca Esformes, un consejo de rabinos de Israel ya había accedido a absolverlo
de las «consecuencias espirituales».
«Creo que lo que
motivaba a Philip, que vivía a la sombra de su padre, era su deseo de
demostrarle que podía triunfar», dijo uno de los abogados de Esformes en un
momento de franqueza. Sigmund Freud podría haber sido llamado a declarar como
testigo favorable a la defensa de Esformes.
El juicio incluyó
historias de orgías y viajes a Las Vegas. Una aspirante a modelo de Victoria’s
Secret tuvo un breve papel protagonista. Contó con una peculiar trama
secundaria sobre cómo Philip había sobornado al entrenador de baloncesto de la
Universidad de Pensilvania con bolsas de dinero en efectivo a fin de que
fichara a su hijo Moe para el equipo de baloncesto universitario. Hubo dos
testigos estelares, los hermanos Delgado. Uno de ellos pesaba 245 kilos, tuvo
un hijo con su novia y luego, por comodidad, la alojó en un piso que era
propiedad de su esposa. (Los hermanos Delgado sabían cómo manejar una situación
delicada). Si lee las 9.757 páginas que ocupa la transcripción del juicio, hay
tantos momentos como este que empiezan a parecer normales:
P: ¿Y cuándo empezó?
Página 35
El fiscal está preguntando a uno de los numerosos testigos de la
acusación acerca de un fraude sanitario relacionado en el que está implicada la
empresa ATC.
R: En 2002, cuando
me dieron mi número de proveedor.
P: ¿Y cuánto facturó
ATC a Medicare?
R: Doscientos cinco
millones de dólares.
P: Y […] el monto de
las comisiones ilegales que pagaban al mes a los distintos proveedores, ¿a
cuánto ascendía?
R: A entre
trescientos mil y cuatrocientos mil dólares mensuales.
Un poco más tarde,
el abogado retoma el tema de las comisiones ilegales.
P: ¿Podría
describirle al jurado, darle una idea clara de cómo, en un mes cualquiera,
repartía las distintas cantidades de dinero que había que pagar?
R: Como he dicho
antes, ya tenía dinero recogido del blanqueo de dinero que hacía. Y necesitaba
tener billetes de cien, cincuenta, veinte, diez y cinco dólares, montones de
dinero. Y luego tenía sobres.
Sí. Para repartir
más de cuatrocientos mil dólares al mes en comisiones ilegales, hacen falta
muchos sobres. Y, por cierto, si le dedica suficiente tiempo al caso, puede
llegar a la conclusión de que quizá, solo quizá, Philip Esformes no era tan
malo.
«Iba a los centros
el sábado por la noche. Comprobaba que todo estuviera bien. Iba día sí y día
también, por toda la ciudad. —Este es uno de los abogados de Philip, Howard
Srebnick, en un alegato final en favor de su cliente que, por momentos, pareció
pura poesía—. Llevó a la residencia a [la estrella del baloncesto] Dwyane Wade
para que los pacientes lo conocieran […] El señor Esformes iba a las
residencias y le daba abrazos a la gente. Iba a las residencias y bailaba con
los pacientes. Iba a las residencias y les demostraba afecto a las personas que
trabajaban para él, tanto afecto que esas personas estuvieron dispuestas a
presentarse ante el tribunal para demostrarle su afecto al señor Esformes».
¿Qué le ocurrió a
Philip Esformes? ¿Qué razones podía tener un hombre capaz de tanto afecto para
echar a perder su vida de una forma tan temeraria?
En la vista para
dictar sentencia, el testimonio más convincente fue el del rabino Sholom
Lipskar, que conocía a la familia desde hacía años. Lipskar visitó a Esformes
cincuenta veces durante los largos años que pasó
Página 36
en prisión a la espera de juicio. Conocía su estado de ánimo mejor que
nadie.
Le han destrozado
el alma. Le han roto el corazón. Su carácter ha cambiado —dijo Lipskar al juez.
Y añadió—: Tengo entendido que Su Señoría ha dicho en el pasado que hay gente
mala que hace cosas malas y que también hay gente buena que comete errores […]
Philip es una de esas personas. Empezó siendo Philip Esformes, parte de una
familia extraordinaria de linaje ilustre. Yo conocí a sus abuelos. Rezaban en
nuestra sinagoga. Su abuelo venía en silla de ruedas con todo su corazón y su
alma y oraba […] Luego se convirtió en un hombre de éxito en Chicago, era
Philip de Chicago, y apoyaba a todas las instituciones de la ciudad. Y después
vino a Miami, donde es fácil convertirse en Philip de Miami, un individuo
destrozado, atrapado en un ambiente donde no era únicamente dinero lo que
quería hacer.
Miami. Lipskar
pensaba que, para Esformes, los problemas habían empezado cuando había dejado
su ciudad natal para mudarse al sur de Florida.
Recordemos que se
trataba de una vista para dictar sentencia, una ocasión en la que, por
definición, un delincuente les pide a sus amigos que acudan a decir cosas
bonitas de él. «En realidad, no fue culpa suya» es la defensa típica para todos
los que se encuentran en esa situación, ya desde los niños a quienes mandan al
despacho del director.
Pero, al mismo
tiempo, el argumento de Lipskar resulta tremendamente familiar. La enseñanza de
los atracos a bancos y de las escuelas Waldorf es que los comportamientos se
vinculan a lugares de maneras que a veces pueden sorprendernos. El rabino
estaba esgrimiendo el argumento de la variación de área pequeña.
«Se perdió. Pueden
preguntarle a su familia […] El propio Philip se lo dirá: “Me perdí. Fui por el
mal camino. Caí al fondo del abismo”».
Era Philip de
Chicago, un empresario intachable de una familia ilustre. Hasta que se
convirtió en Philip de Miami y se perdió.[6] Fue como si se
hubiera mudado de Waterbury a Stowe.
Página 37
3
Volvamos por un
momento al caso de las escuelas Waldorf. La explicación más obvia de lo que las
hace tan peculiares es que atraen a padres que ya son contrarios a las vacunas.
Sin embargo, cuando la antropóloga Elisa Sobo estudió la cultura Waldorf, descubrió
que no era así. «La gente no elegía necesariamente la escuela porque quería un
oasis en el que nadie se vacunara», dijo. Por supuesto, continuó, algunas
personas sí lo hacían. Pero la tendencia iba en la otra dirección. «Parece
tratarse de una conducta o una actitud, una creencia que la gente adoptaba
cuando iba allí», explicó. Observó un hecho interesante sobre las familias con
varios hijos en una escuela Waldorf: «Si llevabas a un niño de tres años en la
etapa infantil y luego tu familia crecía y decidías quedarte, tus siguientes
hijos se vacunaban menos y los siguientes [aún] menos». Las escuelas Waldorf
hechizan a sus miembros y, cuanto más tiempo se pasa en una, más fuerte es el
hechizo.
¿Cómo actúa ese
hechizo? Considere los siguientes testimonios de antiguos alumnos de escuelas
Waldorf, extraídos de un vídeo promocional realizado para una de esas escuelas
de Chicago. (Lo he elegido al azar; hay infinidad de vídeos promocionales como
este en YouTube). El vídeo consiste en una serie de profesionales jóvenes y
atractivos que hablan de lo que aprendieron en sus años en ese centro. Esta es
Sarah, por ejemplo: «Lo que Waldorf hace por ti es que te despierta una
curiosidad total por el mundo. Hay una especie de efecto Waldorf de tener
muchísimas ganas de aprender y muchísima curiosidad por todo, en vez de que te
lo den todo triturado y encasillado».
La siguiente es
Aurora: «Lo que pasa con las escuelas Waldorf es que te enseñan a aprender. Y
no solo te enseñan a aprender, te enseñan a querer aprender, generándote ese
deseo y capacidad de encontrar las respuestas que hay que encontrar y de buscar
la información que necesitas».
Hay algo
maravilloso en la manera en que las escuelas Waldorf fomentan en sus alumnos
una actitud de curiosidad hacia el mundo. Sin embargo, es fácil ver cómo esa
idea puede dar a las personas permiso para tomar derroteros extraños.
Los padres que
vacunan a sus hijos son personas que aceptan delegar en los conocimientos de la
comunidad médica. ¿Puedo explicarle con
Página 38
exactitud cómo actúa una vacuna y qué le ocurre al sistema inmunitario
de mis hijos cuando se la administran? No. Pero soy consciente de que hay
muchas personas que saben del tema más que yo y me fío de su criterio. En
cambio, formar parte de la comunidad Waldorf tiene algo que anima a las
personas a no confiar automáticamente en el juicio de los expertos: les infunde
la confianza necesaria para explorar esa clase de temas difíciles por sí
mismas. En el vídeo, un cineasta que se llama Erik dice: «Podría aterrizar en
cualquier parte y ponerme a trabajar de inmediato sin perder el ritmo […] Tener
esa confianza de que tengo permiso para hacer eso es una cosa que las escuelas
Waldorf cultivan muchísimo».
Sarah es la que
dice la última palabra en el vídeo. Ir a una escuela Waldorf, explica, «te da
un poco de complejo de superhéroe. —Luego guiña el ojo—. Ese es el único
peligro de llevar a tu hijo ahí».
Tengamos presente
que los padres Waldorf no solo se relacionan con otros padres Waldorf. Viven en
un mundo lleno de compañeros de trabajo, amigos, parientes y vecinos que están
convencidos de que las vacunas infantiles son beneficiosas. Sin duda, estos padres
oyen esas opiniones contrarias continuamente. Siempre que llevan a su hijo al
médico, el pediatra debe de mirarlos como si hubieran perdido la cabeza. Sin
embargo, para la mayoría de ellos, ninguna de esas presiones externas importa.
«¿Se pusieron
enfermos? Sí», escribe una bloguera que se hace llamar «La mamá Waldorf». Habla
de lo que ocurrió después de que decidiera no seguir el calendario de
vacunación recomendado para sus hijos.
Una Navidad tuvimos
que autoconfinarnos con varicela. (¡Fue un lujo faltar a todas las reuniones
sociales esas fiestas!). El más pequeño la tuvo muy fuerte y aún le quedan
algunas marcas que lo demuestran.
Mi hijo mayor la
tuvo tan leve que pareció que se lo saltara. Años más tarde, cuando la cogieron
otros niños de la escuela, él tuvo herpes zóster. De hecho, ayuda tener la
enfermedad en su versión más fuerte. Se tiene, se supera y se acabó.
Por supuesto, hay
una forma sencilla de proteger a un hijo del herpes zóster —que, en una escala
de dolor del 1 al 10, suele puntuar entre 9 o 10 — y es vacunarlo contra la
varicela.
Página 39
La mamá Waldorf continúa. También optó por no vacunar a sus hijos contra
la tos ferina. ¿Y sabe qué? Sus hijos contrajeron la tos ferina.
La peor enfermedad
que tuvimos fue la tos ferina. Los niños se contagiaron de otro niño con el que
habíamos pasado una tarde en la playa. En esa época vivíamos en California y
sigue siendo una de las experiencias más duras y agotadoras de mi vida. Mi hijo
jamás había estado tan enfermo. El mayor, que había recibido dos dosis de la
vacuna para la difteria, el tétanos y la tos ferina, no lo pasó tan mal, aunque
la tuvo igualmente. ¿Los habría vacunado de haber sabido cómo iba a ser? Tal
vez. Pero ahora que ya ha pasado, estoy más segura de que mis hijos tienen la
mejor protección contra esa enfermedad.
A lo largo de toda
esa agotadora racha de marcas en la piel, brotes de herpes zóster y una tos
ferina fortísima, una cosa le dio fuerzas para seguir adelante: «Mis hijos
también tenían la pedagogía Waldorf de nuestra parte, así que había mucho arte
y creatividad todos los días, juego bajo techo y al aire libre, y una educación
estimulante y sin estrés que favorecía su desarrollo. Decidí no vacunarlos,
pero me aseguré de apoyarlos lo mejor posible».
El hechizo Waldorf,
venga de donde venga, es poderosísimo. Permítame darle otro ejemplo, esta vez
sacado directamente de las
investigaciones
sobre la variación de área pequeña. Si tiene un problema de corazón, una de las
herramientas de que dispone su cardiólogo es un catéter cardiaco. Un catéter es
un tubo de plástico de casi un metro de largo y unos dos milímetros de ancho. Se
introduce en una arteria o vena y se guía con cuidado hasta el corazón, donde
se utiliza para diagnosticar problemas del corazón y vasculares. Sin embargo,
al igual que ocurre con todas las herramientas médicas útiles, existe una gran
diferencia, de una ciudad a otra, en la frecuencia con la que lo utilizan los
médicos. Si nos fijamos en Estados Unidos, por ejemplo, en el periodo
comprendido entre 1998 y 2012, el líder en cateterismo cardiaco fue Boulder
(Colorado). Si se tenía un infarto en Boulder, se practicaba un cateterismo
cardiaco en el 75,3 por ciento de los casos. Al final de la lista estaba
Búfalo, en Nueva York, donde ese procedimiento solo se realizó en el 23,6 por
ciento de los pacientes. Sospecho que, a estas alturas, los ejemplos de variación
de área
Página 40
pequeña han perdido su capacidad de asombrar. No obstante, es importante
señalar que esa diferencia es enorme. En ese periodo, era muy distinto recibir
tratamiento por un infarto en Boulder que hacerlo en Búfalo.[7]
Hay una explicación
obvia para esto. «Veo Fort Erie desde mi ventana, en Canadá, que está junto al
otro lado del lago», dijo Vijay Iyer, que dirige el departamento de cardiología
de la Universidad de Búfalo. Búfalo, argumenta Iyer, está inevitablemente influido
por su vecino del norte mucho más grande. En esos años, las tasas de
cateterismo cardiaco de Búfalo se acercaban mucho más a las de Toronto que a
las de Nueva York. Otro ejemplo de eso, añadió, era una técnica conocida como
«inserción radial». Durante mucho tiempo, los cardiólogos eligieron la arteria
femoral como punto de entrada del catéter: es la arteria que baja por el muslo.
Sin embargo, a finales de los años ochenta, el cardiólogo canadiense Lucien
Campeau empezó a utilizar un punto de entrada distinto: la arteria «radial»,
que parte de la muñeca. La inserción radial es más difícil técnicamente, pero
tiene muchos menos efectos secundarios, es mucho más cómoda para el paciente,
reduce las tasas de mortalidad y se sale antes del hospital. Búfalo adoptó esa
innovación mucho antes que otras ciudades estadounidenses. «Hubo dos
fisioterapeutas que vinieron de Toronto y nos trajeron la técnica. Otro fue a
Montreal para aprenderla porque le parecía útil —explicó Iyer—. Yo me formé [en
Búfalo] en 2004 y 2005, cuando el porcentaje de inserciones radiales que se
practicaban en Estados Unidos era probablemente del 10 por ciento —prosiguió—.
Cuando el resto del país realizaba un 10 por ciento de inserciones radiales,
nosotros hacíamos un 70».
La medicina
canadiense es, en muchos aspectos, muy distinta de la estadounidense. Canadá
tiene un sistema de salud público, no una desconcertante red de aseguradoras
privadas. En 2022, Estados Unidos gastó el 17,3 por ciento de su producto
interior bruto en atención sanitaria. En Canadá, la cifra equivalente fue del
12,2 por ciento, en torno a un tercio menos. En Canadá, se hace mucho más
hincapié en plantearse si las intervenciones caras merecen la pena. (Esa es
otra de las razones por las que los médicos canadienses adoptaron tan
rápidamente la inserción radial: es más barata que introducir el catéter por el
muslo). Búfalo es Búfalo, en otras palabras, porque parte de esa «canadianidad»
atraviesa inevitablemente el río Niágara y envuelve a los hospitales de la
región. En materia sanitaria, Búfalo es la undécima provincia canadiense. Pero
Página 41
¿Boulder? Boulder está a cientos de kilómetros de la frontera con
Canadá.
Boulder va a ser
distinto.
Aquí es donde las
cosas se ponen interesantes. Hace unos años, el economista David Molitor se
preguntó: ¿qué ocurre si un cardiólogo se traslada de un lugar como Boulder a
otro como Búfalo?
La respuesta de
Molitor es que el cardiólogo de Boulder se convierte en un cardiólogo de
Búfalo. La transformación no es al ciento por ciento (eso sería escalofriante).
Pero, básicamente, el cardiólogo que cambia de domicilio se desplaza en unas
dos terceras partes hacia el modelo de prácticas de su nuevo hogar.
«Todo sucede de
inmediato, lo que da pistas sobre lo que ocurre. Es algo que pasa muy muy
rápido durante el primer año —dijo Molitor—. Si simplemente fuera alguna clase
de aprendizaje, es decir, si estás reuniendo información sobre tus nuevos
compañeros y poniéndote al día, el ritmo de aprendizaje sería más gradual
—continuó—. Podría haber un impacto inmediato, pero luego seguirías
evolucionando para ir pareciéndote cada vez más a la zona donde te han
destinado».
Sin embargo, no es
eso lo que ocurre. Uno se planta en Búfalo y ¡boom! Piense en lo extraño que
resulta. Es usted cardiólogo. Lleva quince años tratando infartos en el gran
hospital universitario de Boulder. Es tan bueno en lo que hace que recibe una
tentadora oferta para trabajar en Búfalo. No le ofrecen el empleo a condición
de que pase por una reorientación especial en Búfalo. Sus nuevos compañeros no
le hacen sentarse nada más llegar, le leen la cartilla y le dicen: «Así es como
hacemos las cosas aquí». No, le han contratado porque les gusta tal y como es.
Cuando llega, ve que su nueva consulta se parece mucho a la anterior, y la
tecnología y los medicamentos a los que tiene acceso son idénticos a los de
Boulder. Los pacientes que atiende presentan los mismos problemas y síntomas
que los de su antigua consulta. ¡Todo es básicamente igual! Salvo que ahora,
cuando mira por la ventana, ya no ve las Montañas Rocosas, sino Canadá. Y
¡tachán! De la noche a la mañana, pasa a parecerse mucho al arquetipo de cardiólogo
de Búfalo. «De hecho, no se trata de aprender qué es lo que funciona —dice
Molitor—. Se trata más bien de las influencias del entorno».
Cuando el rabino
afirmó que a Philip Esformes le había sucedido algo al mudarse a Miami, hablaba
de eso. De hecho, lo que decía era que su amigo era el equivalente del
cardiólogo que se mudaba a Búfalo o del
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padre o madre que matriculaba a su hijo en una escuela Waldorf. Las
comunidades tienen sus propios relatos y esos relatos son contagiosos.
En realidad, la
palabra «relato» no es del todo correcta. Un término más apropiado es
suprarrelato. Si hacemos una analogía con un bosque, el suprarrelato se
correspondería con el dosel arbóreo, cuyo tamaño, densidad y altura afectan al
comportamiento y desarrollo de todas las especies que viven mucho más abajo en
el suelo del bosque. Creo que la variación de área pequeña, como la que
distingue a las escuelas Waldorf del resto y la que diferencia a Boulder de
Búfalo, es un suprarrelato más que un relato. No es nada explícito que se
inculca a todos los habitantes de una zona. El suprarrelato se compone de ideas
que flotan en el ambiente, en muchos casos sin que seamos conscientes de ellas.
Tendemos a olvidarlo porque estamos muy concentrados en la vida que transcurre
ante nosotros y a nuestro alrededor. Pero resulta que los suprarrelatos tienen
muchísimo poder.
Pasemos, pues, al
segundo misterio: ¿cuál es el suprarrelato de Miami que hechizó a Philip
Esformes? ¿Y dónde se originó?
4
Medicare, el
sistema de asistencia sanitaria que el Gobierno de Estados Unidos tiene para
sus ciudadanos ancianos, da cobertura a sesenta y siete millones de personas y
cuesta más de novecientos mil millones de dólares al año. Se creó en 1965 y las
personas con intenciones dolosas no tardaron en darse cuenta de que un programa
tan grande, con tanto dinero, representaba una oportunidad de oro.
En primer lugar,
hacerse proveedor de Medicare no es tan difícil. Basta con solicitar por
internet un identificador nacional de proveedor (NPI, por sus siglas en
inglés), un número de diez dígitos que se utiliza para facturar servicios al
Gobierno e inscribirse como proveedor.
«Es un sistema
basado en la confianza», explicó Allan Medina. Medina fue el fiscal principal
en el juicio a Esformes. Pasó más de una década en un alto cargo del
Departamento de Justicia, investigando casos de fraude a Medicare, y
probablemente sabe más que nadie sobre los entresijos del sistema.
Página 43
«Rellenas los formularios y, en el dorso, certificas que “seguiré las
normas de Medicare” —añadió—. Has hecho una promesa. Ahí empieza la confianza».
Alguien tiene que
identificarse como el «propietario designado» de la nueva empresa. Pero ¿quién
es esa persona? En un programa que da cobertura a sesenta y siete millones de
pacientes, es difícil comprobar la identidad de todo el mundo. La empresa también
debe tener una dirección, un domicilio social físico, para poder
inspeccionarla. Sin embargo, hay un límite a lo que puede averiguarse en una
inspección. «Si sabes que van a ir en un día concreto —explicó Medina—, puedes
prepararlo para que se vea de una cierta manera, y luego puedes seguir con lo
tuyo».
«Hay tres cosas
básicas que necesitas para cometer fraude sanitario — continuó Medina—.
Necesitas pacientes, ¿no? Si los tienes, necesitas profesionales médicos. Te
hacen falta enfermeros, y médicos que estén dispuestos a firmar una petición
que Medicare confirmará sin hacer comprobaciones. Tienes al médico y a los
pacientes, [pero] aún no puedes hacerlo porque te falta el tercer paso.
Necesitas los expedientes. Te hacen falta documentos falsificados».
El mundo del fraude a Medicare es, en esencia, una serie de
variaciones poco
creativas de la combinación pacientes/médicos/expedientes falsos. A veces, los
médicos están al tanto de la estafa. Otras, solo les roban el NPI por
internet. Otras, se presta un servicio de manera legal, pero se factura como otro
mucho más caro. En ocasiones, el defraudador ni tan siquiera se toma la
molestia. Pongamos que usted crea, por ejemplo, un centro de rehabilitación.
Ficha a pacientes para que digan que se han lesionado cuando no es verdad, los
envía a un médico que accede a remitirlos a su centro a cambio de una comisión
ilegal y falsifica un informe médico para decir que su centro ha sometido al
paciente a una rutina rigurosa, cuando, en realidad, usted no ha hecho nada en
absoluto.
Pero ¿qué ocurre si
alguien empieza a sospechar en las oficinas centrales de Medicare? ¿No figuran
el nombre y la dirección del defraudador en el formulario para solicitar
el NPI? No si usted ha escrito el nombre de otra persona que en ese
momento se encuentra oportunamente fuera del país. Medicare paga a su centro
fraudulento y usted retira el dinero de inmediato y se asegura de blanquearlo
para que los bancos no sospechen. Un buen socio para eso es un narcotraficante.
Él tiene mucho
Página 44
dinero en metálico que quiere sacar del país. Usted necesita efectivo
para las comisiones ilegales que paga a médicos u hospitales. Así que tal vez
le cede una parte de su negocio «legal» a cambio de inyecciones de dinero en
metálico que puede destinar a sobornos.
Además, está el
campo emergente de la telemedicina, donde las reglas dicen ahora que no hace
falta verse con un paciente para cobrar por tratarlo. ¿En serio? Durante
la COVID-19, cuando la normativa de la telemedicina empezó a relajarse, el
mundo del fraude a Medicare salió a la calle para dar saltos de alegría. Esas
estafas son cada vez más numerosas, variadas, complejas y creativas, hasta tal
punto que se estima que el importe total del fraude a Medicare en un año
cualquiera rebasa los cien mil millones de dólares. Y la zona cero de esa
extraordinaria epidemia de delincuencia es, y siempre ha sido, Miami.
Medina se crio en
Miami Beach. Crecer en Miami si nos dedicamos a perseguir el fraude a Medicare
es como hacerlo en los Alpes si queremos ser esquiadores alpinos. Nos da
ventaja sobre los que se han criado en el llano. «No me di cuenta hasta que
hice memoria, pero se veían farmacias saliendo como setas —dijo—. Es bastante
descarado. A mi abuela, que falleció hace poco, se le acercaba gente en las
paradas de autobús para captarla como paciente».
Cuando el Gobierno
federal empezó a tomarse en serio la lucha contra el fraude a Medicare, creó
«fuerzas de ataque» regionales especiales combinando al FBI, la Fiscalía
General de Estados Unidos y agentes de la Oficina del Inspector General del
Departamento de Salud y Servicios Humanos. ¿Dónde se emplazó la primera fuerza
de ataque? En Miami. Y quizá la manera más sencilla de explicar por qué
eligieron este lugar sea con la siguiente tabla, que muestra cuánto gastó
Medicare, por afiliado, en equipo médico duradero en el año 2003. Esa categoría
incluye, por ejemplo, muletas, férulas, órtesis, sillas de ruedas y andadores.
Desde entonces, el mundo del fraude se ha expandido para dar cabida a tramas
más lucrativas y exóticas. Sin embargo, todo empezó con las sillas de ruedas y
los andadores.
Veamos las cifras
del estado de Florida.
|
211,07 |
$ |
Bradenton, FL |
241,93 |
$ |
Orlando, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
233,56 |
$ |
Clearwater, FL |
190,36 |
$ |
Ormond Beach, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
198,24 |
$ |
Fort Lauderdale,
FL |
321,42 |
$ |
Panama City, FL |
|
|
|
|
|
|
|
Página 45
|
$ |
Fort Myers, FL |
260,36 |
$ |
Pensacola, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
283,25 |
$ |
Gainesville, FL |
189,87 |
$ |
Sarasota, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
228,26 |
$ |
Hudson, FL |
228,42 |
$ |
San Petersburg,
FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
249,44 |
$ |
Jacksonville, FL |
294,91 |
$ |
Tallahassee, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
287,20 |
$ |
Lakeland, FL |
222,25 |
$ |
Tampa, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
238,54 |
$ |
Ocala, FL |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Panamá City es la
primera de la lista, con 321,42 dólares por paciente de Medicare. La última es
Sarasota, con 189,87. La diferencia es considerable y, si usted se dedicara a
investigar fraudes, podría preguntar: «¿Por qué se factura a Medicare un 70 por
ciento más por cosas como sillas de ruedas en Panama City que en Sarasota?».
Por lo demás, todo parece bastante normal: Fort Lauderdale, Jacksonville,
Clearwater, Orlando y la mayoría de las otras poblaciones se encuentran todas
en el tramo de los doscientos dólares anuales.
Pero, un momento.
No le he dado la cifra de Miami. ¿Se ha preparado? 1.234,73 dólares.
5
¿Cuál es el origen
del suprarrelato de Miami? Si habla con cien personas de esta ciudad, obtendrá
cien respuestas distintas. No obstante, la explicación más persuasiva quizá sea
lo que podríamos llamar «la teoría de 1980». Se explica en un libro fascinante
titulado The Year of Dangerous Days (El año de los días
peligrosos) de Nicholas Griffin.
El razonamiento de
Griffin dice más o menos así: hasta los años setenta, Miami era una ciudad del
sur pequeña y tranquila que luchaba por salir adelante. Empezó siendo un
destino ideal para ir de vacaciones en invierno, pero el viaje en avión acabó
disuadiendo a muchos de los turistas. Orlando se había convertido en la gran
atracción del estado. Miami era peligrosa. Miami Beach era una sucesión de
hoteles ruinosos. Cuando los líderes empresariales de la ciudad pensaban en
revitalizar su comunidad, sus modelos siempre eran las clásicas urbes prósperas
de Estados Unidos. Aspiraban a ser un centro de negocios regional como Atlanta,
a tener el sector bancario de Charlotte, a disponer de un puerto interior como
Jacksonville.
Página 46
Sin embargo, arguye Griffin, en 1980 ocurrieron tres cosas que
convirtieron a Miami en una ciudad muy distinta. La primera fue el dinero de la
droga. El narcotráfico era un negocio familiar en el sur de Florida, con
traficantes de poca monta que transportaban marihuana en barco desde el Caribe
hasta los cayos de Florida. No obstante, en un determinado momento, el mercado
se redirigió brusca y drásticamente hacia la cocaína latinoamericana. A finales
de los años setenta, el volumen de la economía sumergida en el condado de Dade,
donde se encuentra Miami, se estimaba en cien mil millones de dólares. El 20
por ciento de las transacciones inmobiliarias se realizaban en efectivo, lo que
significa que el comprador se presentaba para cerrar el trato con bolsas de
deporte llenas de billetes. En los años ochenta, en un periodo de tres años, el
gasto total en coches fue casi diez veces el de Jacksonville y Tampa, las otras
dos ciudades más grandes del estado. Solo en 1980, un agente de Hacienda estimó
que doce personas depositaron cada una entre doscientos cincuenta y quinientos
millones de dólares en bancos de Miami.
«Creo que lo
fundamental de ese año es, ante todo, la rapidez con la que el dinero
extranjero, o llamémoslo de la droga, porque eso es básicamente lo que es,
erosiona las instituciones estadounidenses», dijo Griffin. El tráfico de
cocaína convirtió el sistema bancario de la ciudad en cómplice de los cárteles
internacionales de la droga.
Esa corrupción
empezó a impregnar el sistema de justicia penal. «El departamento de homicidios
acaba totalmente corrompido por la cocaína», explicó Griffin. Un banco que
trataba con traficantes compró a un exadministrador municipal. Algunos policías
de la brigada antivicio empezaron a asaltar a traficantes y a robarles el
producto. Todo eso ocurría, continuó Griffin, «en el mismo momento en que el
índice de asesinatos aumenta en un 300 por ciento». La ciudad estaba fuera de
control. En el invierno de 1979, un joven negro recibió una paliza de la
policía tras una persecución en coche y murió en el hospital al cabo de pocos
días. Un grupo de agentes fue a juicio. Cuando los absolvieron, la Miami negra
montó en cólera y provocó uno de los peores disturbios raciales de la historia
de Estados Unidos. Miles de blancos pusieron pies en polvorosa y cruzaron la
frontera del condado con destino a Fort Lauderdale, Boca Ratón y otros destinos
al norte del estado.
Esa misma
primavera, en abril de 1980, Fidel Castro decidió abrir las fronteras de su
país. Griffin califica ese hecho como lo más «loco» que
Página 47
ocurrió ese año. «La demografía de Miami cambia casi de la noche a la
mañana. No creo que haya pasado nunca en otra ciudad de Estados Unidos que
empieces el año creyendo que aún es una ciudad blanca, controlada sin ninguna
duda por blancos, y al final del año tienes literalmente una ciudad de mayoría
latina que ha salido de la nada. Y eso es por el éxodo del Mariel: Castro
arroja ciento veinticinco mil personas sobre una ciudad que apenas tenía
trescientos mil habitantes en ese momento. Y así, sin más, se produce ese
cambio extraordinario, pero es una transición hacia una ciudad en la que muchas
de sus instituciones clave están debilitadas».
Cualquiera de esos
acontecimientos por separado bastaría para afectar profundamente a una ciudad.
Miami sufrió varios acontecimientos traumáticos y todos tuvieron el mismo
efecto: sacudir hasta los cimientos las instituciones y prácticas que habían
proporcionado estabilidad a la ciudad durante generaciones.
«Hay un momento en
el que todo confluye —explicó Griffin—. Y fue la primavera de 1980. En un
periodo de seis semanas, todas estas cosas azotaron la ciudad como tres
huracanes en el mismo mes».
En la primavera de
1980, un columnista del periódico de la ciudad, el Miami Herald,
preguntó al alcalde cómo lo afrontaría Miami.
¿Hay un punto de
saturación? ¿Cómo lo afronta una comunidad? Se lo pregunto al alcalde de Miami,
Maurice Ferre.
«De la misma manera
que Boston afrontó la enorme afluencia de irlandeses en la década de 1870»,
respondió.
«¿Y cómo fue eso?».
«No lo hicieron».
«No lo hicieron».
Miami no asimiló esos tres acontecimientos sísmicos y siguió como antes. Miami
se convirtió en un lugar distinto.
Así pues, ¿qué
sucede si decidimos irnos a vivir a Miami? Si lo hacemos antes de 1980, no
mucho. Solo nos mudamos a una ciudad del sur sin prácticamente nada de
particular, como Jacksonville, Tampa o algún destino del sur de Georgia. Pero
¿si nos mudamos en 1980? En ese caso lo hacemos a un lugar donde la autoridad
institucional, la influencia estabilizadora de normas y prácticas construidas a
lo largo del tiempo, se ha hecho añicos.
Página 48
El año 1980 fue el de mayor actividad del malfamado blanqueador de
dinero colombiano Isaac Kattan Kassin. Solía parar con el coche delante de un
banco de Biscayne Boulevard, en el centro de Miami, llamaba al guardia de
seguridad y le daba dos enormes maletas llenas de cientos de miles de dólares
en efectivo para que las metiera en el banco. Kassin hacía eso todos los días.
«Creo que el récord
fueron trescientos veintiocho millones de dólares en un año, todos metidos en
maletas. Es decir… [el] banco tiene que contratar a cinco personas que trabajen
durante toda la noche para contar el dinero —explicó Griffin—. Y, por supuesto,
fingir que ahí no pasa nada. Es surrealista».
Si su rutina
matutina le llevara a Biscayne Boulevard en un día laborable cualquiera de
1980, eso es lo que vería: un maleante en un Chevy Citation rojo aparcado en
doble fila delante de un banco, descargando los millones que está blanqueando,
¡con la ayuda del banco! ¿No cree que eso cambiaría su forma de ver el mundo?
«¿Lleva eso
directamente a los fraudes a Medicare, treinta años después? No lo sé, pero
parece que tener instituciones que no están muy bien construidas influye
—observó Griffin—. Aquí se ve por todas partes. Cuando te ponen una multa por
exceso de velocidad, el policía te dirá que no la pagues. Te dirá: “Oh, es
mucho más barato […] si llama a la oficina de gestión de multas de mi primo y
paga sesenta pavos, él vendrá. No le quitarán puntos del permiso” […] Así es
como va todo aquí».
6
Un día de sol
típico de Florida, fui a la sede de la Fuerza de Ataque contra el Fraude de
North Miami y me senté en una sala de reuniones con Omar Pérez Aybar, que
dirige la oficina de Miami, y un compañero suyo, Fernando Porras. Ambos son
jóvenes y hablan español e inglés, pasándose de uno a otro con fluidez.
Parecían contemplar a los delincuentes con los que interactuaban con una mezcla
de diversión e incredulidad moral. Les dije que quería conocer historias de
Miami.
«Alfredo Ruiz es un
blanqueador de dinero», empezó a decir Pérez.
El blanqueo de
dinero es muy importante en el mundo del fraude, por razones obvias. Una vez
que Medicare nos paga, tenemos que sacar ese
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dinero de nuestra cuenta bancaria lo más rápido posible, antes de que la
fuerza de ataque nos pille y nos lo confisque.
«Y se despertaba
por la mañana —así es como nos lo explicó él—. Se fumaba un porro y luego,
entre las ocho y, pongamos, mediodía, blanqueaba más de un millón de dólares. Y
después ya no hacía nada más en todo el día».
Pérez señaló al
techo.
«¿Una de las
compañías fantasma que se suponía que blanqueaba dinero? Estaba literalmente
arriba, en la cuarta planta».
Ruiz había
alquilado unas oficinas para una de sus tapaderas en esa planta a la mismísima
fuerza de ataque cuyo cometido era cerrar sus tapaderas. Muy a su pesar, Pérez
y Porras parecían admirar esa clase de descaro. Ruiz tenía un Lamborghini Urus
de doscientos cincuenta mil dólares y le cambiaba el color constantemente, lo
que hacía más difícil localizarlo. (El Urus parece parte del atrezo de una
película de Marvel. Es la clase de coche que la gente lleva en Miami y en
ningún otro sitio).
«Lo pillamos en el
hotel Biltmore, en la suite de Al Capone», explicó Pérez.
¡Cómo iba a ser de
otra manera!
Pérez refirió que
había otras partes del país, en especial Los Ángeles, que de vez en cuando
superaban a Miami en alguna categoría de actividad sospechosa relacionada con
Medicare. Sin embargo, había una cierta desvergüenza característica, una
particular clase de descaro y extravagancia que diferenciaba a Miami. En una
ocasión, Pérez encontró a un «propietario designado» en una habitación de tres
por cuatro metros con una reja de acero en la puerta que se abría desde fuera.
Su cometido era firmar cheques. Al parecer, ya había firmado los suficientes,
de manera que lo habían dejado morir. En otra época, cuando las estafas
relacionadas con los tratamientos intravenosos para el VIH estaban de moda, los
estafadores recogían a indigentes, los llevaban a los consultorios en autobús,
les inyectaban vitamina B12 y le decían a Medicare que era un caro medicamento
antiviral. Gran parte del suprarrelato de Miami era, según parece, «Usa la
imaginación».
A continuación,
Porras y Pérez se ofrecieron a enseñarme algunos de sus puntos calientes
favoritos. Nos subimos a un Chevrolet del Gobierno y nos dirigimos al sur por
la autopista Palmetto con destino a Sweetwater, un discreto barrio próximo al
aeropuerto.
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Entramos en el aparcamiento de un pequeño edificio de oficinas de dos
plantas cuyo nombre era Fontainebleau Park Office Plaza. Por fuera, tenía un
aspecto de lo más normal: construido en los años setenta, pero bien mantenido,
con muchas ventanas, recién pintado y con el césped muy bien cuidado. El
vestíbulo se parecía al de cualquier otro edificio de oficinas, hasta que uno
miraba el plano colgado de la pared. Me refiero a los carteles en blanco y
negro que tienen dibujadas todas las oficinas, pasillos, ascensores y salidas
de incendios que hay. El plano del Fontainebleau parece un laberinto, una
ratonera de pequeños espacios, que se dividen en espacios aún más pequeños para
subarrendarlos, con lo que acaba habiendo tantas oficinas que el sistema de
numeración del edificio es como el que veríamos en uno de esos megacomplejos de
pisos de China: número, letra, número, en un orden que parece aleatorio. 1-R-2
o 2-F-3, y así sucesivamente.
Tenga presente que
se trata del plano de un edificio con un tamaño relativamente modesto.
«Vine aquí en 2007.
Y he visitado este edificio quizá treinta veces», dijo Pérez cuando entramos.
Todas las puertas del largo pasillo central tenían un cartelito del mismo tipo
en la parte de fuera.
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Porras señaló una de las puertas. «Bien. Así que esto es una agencia de
atención a domicilio». Al decirlo, puso cara de cierta exasperación. En
realidad, no era ninguna agencia de asistencia a domicilio. ¿Cómo iba a serlo?
Tenía las dimensiones del cuarto de un niño. Un poco más adelante había un
«centro médico» del tamaño de un ropero grande, a continuación, un consultorio
médico, un centro de rehabilitación, etc.
En un edificio con
montones de consultorios médicos, cabría esperar ver pacientes. Todos los
carteles anunciaban las horas de visita, de lunes a viernes, y nosotros
habíamos ido un lunes a última hora de la mañana. ¿Dónde estaban todos?
Nos detuvimos
delante de una puerta. «Está abierta. Se supone que es un negocio —dijo Pérez—.
Asómate a ver qué ves». Abrí la puerta una rendija. Había un hombre mayor
sentado detrás de una mesa y me miró sobresaltado, como si no pudiera imaginar
por qué alguien lo molestaba. «En todas estas oficinas hay solo una persona —me
explicó Pérez—. Y no está necesariamente interesada en tener clientes».
En las paredes del
edificio, la dirección había colgado carteles de bonitas fotografías, con
frases inspiradoras debajo como: «Confía y triunfa. El valor no siempre ruge. A
veces, es la voz que al final del día te susurra que mañana volverás a
intentarlo».
Los dos agentes se
rieron a carcajadas.
«¡Y lo hacen!»,
exclamó Pérez.
«¡Cuando les
autorizan las peticiones!», dijo Porras.
Era un edificio de
oficinas lleno de tapaderas. Medicare exige que todos los proveedores tengan un
domicilio social físico y, por lo que parecía, la actitud del Fontainebleau era
que no merecía la pena esforzarse demasiado para que todo pareciera legal.
Regresamos al coche
y nos dirigimos a un «mercado mayorista» próximo a un hotel que estaba a cinco
minutos de allí. Era un centro comercial de dos pisos con largos pasillos
llenos de pequeños escaparates. En la primera planta, destinada al sector
textil, se vendían botones, cremalleras y telas. No obstante, el segundo piso
se había reconvertido en un centro comercial de salud. Nos detuvimos delante de
una oficina vacía con un espacioso escaparate. Había grandes carteles pegados
al cristal que anunciaban servicios de rehabilitación médica. La puerta estaba
abierta. Dentro había un escritorio, una mesa, una impresora y un teléfono
desconectado. Las paredes estaban decoradas con varias reproducciones
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baratas de grabados del siglo XIX. En un tablón de anuncios,
figuraba la documentación de la compañía: la declaración de derechos del
paciente, la autorización de Medicare para la empresa y un organigrama con los
miembros del consejo directivo, el administrador, el controlador normativo y el
gerente de la oficina. Parecía legal. Hasta que me fijé un poco mejor en el
organigrama y me di cuenta de que, debajo de cada casilla — directores,
administrador, controlador normativo, gerente de la oficina—, ¡figuraba el
mismo nombre! En el mercado mayorista eran igual de descarados que en el
Fontainebleau.
«Lo que sabemos es
que hay algunas operaciones llave en mano — explicó Pérez—. Tú me dices en qué
sector estás interesado o qué clase de proveedor quieres ser y yo te lo monto».
Era exactamente igual que preparar una casa para venderla. «Hemos estado en oficinas
que tienen un monitor, un ordenador, un ratón y un teclado. Pero no hay nada
conectado. Todos los cables están colgando o no los hay».[8]
Esa oficina estaba
muy bien montada, hasta el detalle del ordenado tarjetero de la mesa. Pérez fue
a la oficina contigua para hablar con una mujer que atendía la recepción de lo
que se anunciaba como una empresa de servicios médicos. «No tendrá ni idea de
por qué está ahí», predijo. Efectivamente, cuando le preguntó qué hacía allí,
ella le dijo que no tenía ni idea.
Pérez había estado
en el mercado mayorista casi tantas veces como en el Fontainebleau Park Office
Plaza. «Me sorprende que no tengan nuestra foto colgada en algún sitio: “Si
veis a estos tíos, no los dejéis entrar”».
Entretanto, Porras
estaba al teléfono, pidiéndole a alguien de la fuerza de ataque que buscara las
cifras de facturación a Medicare de la empresa que tenía los grabados del
siglo XIX en la pared.
«Ah, vamos a ver
—dijo, leyendo sus mensajes—. Solo para que te hagas una idea. Aquí está.
Facturaron cinco millones de dólares y recibieron un millón doscientos mil
dólares en el primer y segundo trimestre de 2022. No han facturado nada desde
entonces. Se han ido. Recogieron el tenderete y se fueron al siguiente». Y no
se molestaron en desmontar la oficina.
«Yo me ocupo de
todo el estado, ¿no es así? —dijo Pérez—. De modo que tengo oficinas en Tampa,
en West Palm, en Orlando, en Jacksonville.
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Reconocemos que las estafas de allí son distintas a las de aquí. Aquí es
mucho más evidente. Es mucho más descarado en el sur de Florida».
Mientras iba en el
coche con Pérez y Porras, les pregunté por Rick Scott. No esperaba que
respondieran a la pregunta: el asunto es demasiado delicado para personas
empleadas por el Gobierno federal. Pero podía adivinar lo que estaban pensando,
porque es imposible trabajar en Miami, bajo la influencia de su suprarrelato,
sin preguntarse por el impacto que personas como Rick Scott tuvieron en
personas como Philip Esformes.
Scott era director
general de la gran cadena de hospitales con ánimo de lucro Columbia/HCA. En
1997, unos agentes federales llevaron a cabo redadas en varios de esos
hospitales. En la primera fase de la investigación, se ordenó a cinco altos
cargos de la empresa que comparecieran ante un gran jurado. ¿A qué sección de
la compañía pertenecían? Se lo puede imaginar: Florida. Scott no fue imputado
ni se lo implicó en ningún delito. Sin embargo, se vio obligado a dimitir en la
ignominia. Y, unos años más tarde, Columbia/HCA se declaró culpable de catorce
delitos, entre los que se incluían mordidas a médicos, facturación falsa,
tratos ilegales con otros proveedores, etc., y acabó pagando la cifra récord de
mil setecientos millones de dólares en indemnizaciones civiles.
¿Dónde acabó
instalándose Scott después de dejar HCA? También se lo puede imaginar: Florida.
Unos años después, decidió presentarse a gobernador de… lo ha adivinado:
Florida, donde cumplió dos mandatos antes de pasar a representar a… sí,
Florida, en el Senado de Estados Unidos. Durante una parte de los años en los
que Philip Esformes dirigió una trama multimillonaria de mordidas, facturación
falsa y tratos ilegales, el gobernador de su estado era una persona que había
presidido un sistema hospitalario que dirigía una trama multimillonaria de
mordidas, facturación falsa y tratos ilegales.
Cuando Philip
Esformes regresó a casa una noche y vio a Rick Scott perorando en televisión
desde el cargo más influyente del estado, ¿cree que eso cambió su manera de
pensar sobre su propio comportamiento? Desde las alturas, el dosel arbóreo
proyecta una sombra sobre todo lo que puebla el suelo del bosque.
El suprarrelato es
específico. Está ligado a un lugar. Es poderoso. Influye en el comportamiento.
Y no surge de la nada. Ocurre por una razón.
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7
La fuerza de ataque
contra el fraude a Medicare dio con Philip Esformes por casualidad. «Mi primer
caso fue el propietario de una farmacia — recuerda el fiscal Allan Medina—. Lo
detienen. Colabora». El farmacéutico le contó que había estado pagando comisiones
ilegales a dos hermanos, Gaby y Willy Delgado, a cambio de que le remitieran
pacientes. «Eso es todo lo que pensé que era», añade Medina.
Sin embargo, poco a
poco surgió algo más grande. Los Delgado se dedicaban a gestionar servicios
«complementarios»: equipo médico, atención oftalmológica, psicoterapia, etc.
Willy, el hermano mayor, era el cabecilla. Había entrado en el negocio recién
terminados sus estudios de enfermería, cuando empezó a trabajar como enfermero
a domicilio para una empresa dirigida por Aida Salazar.
«Cuando llevaba un
tiempo trabajando con ella y se sintió cómoda — declaró Willy en el juicio de
Esformes—, me dijo que podía ganarme un dinero extra firmando algunas de las
visitas que, de hecho, no se hacían […]».
La parte del juicio
de Esformes dedicada al testimonio de Willy Delgado es un instructivo ejemplo
de cómo el suprarrelato de Miami pasa de una generación a la siguiente.
P: Así que usted
escribía notas falsas, ¿es correcto?
R: Bueno, ella se
las hacía copiar a alguien. Yo solo las firmaba.
P: Entonces ¿usted
siempre veía a los pacientes por las notas que escribía para ella?
R: ¿Qué?
Willy Delgado
parece sinceramente sorprendido de que el fiscal le haga una pregunta con una
respuesta tan obvia.
P: Siempre veía a
los pacientes por las notas que escribía para ella.
R: No, yo nunca veía
a esos pacientes.
A partir de ahí,
Willy ya no miró atrás.
«Después de
aprender el negocio, quise abrir el mío», continuó. Durante un tiempo, se
dedicó a las estafas con equipo médico duradero y se especializó en
«concentradores de oxígeno». Encontró a un facultativo
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muy obediente, el doctor M, que era director médico de una serie de
viviendas tuteladas para personas mayores.
R: Yo le llevaba las
recetas, él me las firmaba y, con eso, yo podía, a mi vez, proceder a facturar
a Medicare.
P: ¿Conoce la frase
«suelto con la pluma»?
R: Ni siquiera
miraba las recetas. Solo las firmaba. Su firma, lo sé… solo un garabato. Se las
llevaba y él las firmaba.
Willy Delgado fue
expandiéndose. Abrió restaurantes, estancos. Montó un rentable negocio
complementario dándoles otro uso a las pastillas de oxicodona que sobraban.
Luego, su hermano y él se reunieron con Aida Salazar, que por entonces dirigía
la empresa Nursing Unlimited con su hijo Nelson.
«Yo era comercial»,
declaró Nelson en el juicio. Se llevaba a los médicos a partidos de baloncesto
y a clubes de estriptis, y se ponía hasta arriba de cocaína. Cuando llegaba a
casa a las tres de la madrugada, se tomaba un puñado de somníferos antes de volver
a empezar al día siguiente.
Los Delgado fueron
el vínculo que Medina descubrió en su primer caso con el farmacéutico corrupto.
Este le habló de los dos hermanos, sobre los que él reunió pruebas con la ayuda
de Salazar. Y, cuando los Delgado empezaron a hablar, mencionaron a un hombre
con el que llevaban trabajando desde los años 2000, justo después de que él y
su padre se mudaran a Miami desde Chicago: Philip Esformes.
Para entonces,
Philip Esformes había reunido una enorme cartera de residencias y viviendas
tuteladas para personas mayores en el sur de Florida. Los Delgado afirman que
los tres urdieron un ingenioso plan para mantener las residencias de ancianos
de Esformes al completo.
Según las normas de
Medicare, si un paciente ha estado hospitalizado al menos tres días, tiene
derecho a pasar cien días en una residencia. Así que buscaron un hospital
colaborador: el Larkin Community Hospital de South Miami.
P: Díganos qué tenía
de atractivo el Hospital Larkin.
Willy Delgado: Es fácil trabajar
con ellos. Sus criterios de admisión son muy laxos.
P: ¿A qué se refiere
con que es fácil trabajar con ellos?
R: Si vas a ingresar
a un paciente en un hospital, cuando vas a urgencias ves lo difícil que es
conseguir una cama […] si el paciente puede andar o está estable o incluso
puede recibir ciertos cuidados en casa, te mandan a casa. Pero la idea en el
Larkin es […]
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Creo que puede deducir cuál era «la idea en el Larkin»: unos criterios
de admisión laxos.
Los empleados del
Larkin recibían comisiones ilegales. A cambio, remitían a los pacientes a una
residencia de ancianos de Esformes, donde se quedaban hasta que los trasladaban
a una de sus viviendas tuteladas. Cuando los daban de alta, los hermanos Delgado
pasaban a prestarles servicios complementarios. Y luego, si los astros se
alineaban, los pacientes regresaban al Larkin: una máquina de fraude a Medicare
en perpetuo movimiento que acabaría facturándole más de mil millones de
dólares, propulsada por miles de fajos de billetes en bolsas de la compra,
viajes de fin de semana a Las Vegas y médicos de «pluma suelta».
Esformes tenía un
carácter obsesivo y exigente. Era un gritón. Gaby Delgado era su chófer y
ayudante. Esformes lo llamaba todos los días a las cinco de la madrugada para
darle instrucciones. Siempre llevaba encima al menos dos teléfonos y llamaba a
su padre desde el coche para darle el recuento diario del número de pacientes
de todos sus centros. Al final, cuando la fuerza de ataque empezó a
arrinconarlo, Esformes hijo se volvió paranoico. Obligó a Gaby Delgado a
desnudarse para reunirse con él en su piscina y empezó a darle sermones sobre
los méritos de la «defensa de la silla vacía».
Gaby Delgado: La primera vez
que oí el término fue a Phil. Me dijo: «Gaby, podrías usar una cosa que se
llama la silla vacía». Y yo le dije: «¿Qué es eso, Phil? No sé qué es». Me
dijo: «Significa que, si tu hermano no está, puedes decir lo que quieras o lo
que sea. Él no va a estar, ya sabes. Eso es la silla vacía».
P: ¿Le sugirió el
acusado algún sitio al que su hermano debería ir?
Gaby Delgado: Y también dijo,
tienes que cambiarte la cara, cirugía plástica y todo eso. Pero uno de los
sitios que mencionó fue…, dijo, podríais iros a Israel. Y mi hermano flipó con
él, es decir, Israel, tú sabes que vas a hacer que me liquiden cuando llegue a
Israel. [Philip] tenía contactos allí […].
Como ya he dicho,
sería una gran película. El apuesto villano, recorriendo Miami Beach en su
Ferrari, yendo de novia en novia, ladrando órdenes a las cinco de la madrugada,
intentando que su máquina de fraude no dejara nunca de funcionar. Aunque, por
otra parte, quizá no, porque el relato solo tiene sentido en Miami.
Incluso el propio
juicio, el momento de la historia en que se supone que deben prevalecer el
orden y la razón, cayó rápidamente en un abismo de «miamidad». La acusación y
la defensa se enzarzaron en una acalorada
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disputa sobre el privilegio entre abogado y cliente, lo que dio lugar a
un caso paralelo que, de algún modo, llegó hasta el Tribunal Supremo. Kim
Kardashian tuiteó sobre todo el lío. (¡Cómo no!). Y Morris Esformes acabó
siendo expulsado de la sala por gritar desde el público cosas como «¡Es un
mentiroso!», mientras su hijo se retorcía en el banquillo, hecho un manojo de
nervios.
A lo largo de todo
el juicio, Philip Esformes insistió en que era inocente. Se negó a llegar a un
acuerdo con la fiscalía que podría haberlo librado de la cárcel. No dijo ni una
palabra para defenderse hasta la vista de la sentencia. Se quedó ahí sentado,
mientras Willy y Gaby Delgado cavaban su tumba.
R: Philip siempre
nos había dicho que tenía un as en la manga […] y un día me dijo que tenía
contactos para hacer desaparecer cosas. Lo que hizo, por cierto. Vimos
desaparecer cosas […].
P: Permítame
interrumpirle. ¿Qué quería decir… o qué entendía usted que quería decir con que
tenía un as en la manga?
R: Bueno, decía que
tenía contactos en el Gobierno. Había un tío, Jeremy, [que] tenía contactos con
el Gobierno. Me enteré… mi hermano me dijo que había hecho una donación enorme
a una campaña presidencial. Siempre andaba contándolo.
Willy Delgado dijo
eso bajo juramento ante un tribunal federal en febrero de 2019. En diciembre de
2020, Donald Trump indultó a Philip Esformes.
¿Y adónde se fue a
vivir Donald Trump cuando se marchó de la Casa Blanca? Al sur de Florida.
Naturalmente.
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3
POPLAR GROVE
«Los padres están
como una p… cabra».
1
Un soleado día de
otoño, un agente inmobiliario de nombre Richard me enseñó su pueblo natal.
Richard era alto y
cordial. Mientras recorríamos las ventosas calles en coche, saludaba a la gente
que pasaba o señalaba una casa y me decía quiénes la habían comprado, cuántos
hijos tenían y a qué se dedicaban. Se había criado en la zona y parecía conocer
a todo el mundo. ¿Qué tenía su pueblo? Todo lo que cabe desear: «Una sensación
de seguridad. Un sentimiento de buenos vecinos. La impresión de que puedo
contar con la gente que me rodea».
El centro tenía un
agradable aire de los años cincuenta. Había iglesias por todas partes, de
respetable ladrillo rojo. Pasamos por delante del centro comunitario y la
biblioteca municipal, y después nos internamos en uno de sus muchos barrios con
encanto.
«Aquí estamos junto
al agua. —Richard me señaló una hermosa bahía más allá de los árboles—. Las
casas de primera línea son las de más categoría y luego, y te lo enseñaré, pasa
de esta zona a los barrios que están cerca del agua».
Las calles eran
estrechas y estaban bordeadas de altos robles. Discurrían por un terreno de
suaves subidas y bajadas. Las casas estaban muy juntas, lo que creaba un
ambiente de intimidad.
«Aquí vas a conocer
a tus vecinos. Alguien que viene, me llama y dice: “Oye, quiero una casa en
primera línea con más o menos una hectárea de terreno. Quiero intimidad. No
quiero ver a mis vecinos”. Y yo le digo, sencillamente, eso no es lo que
ofrecemos. Es como llamar a un concesionario de BMW y decir que quieres una
miniván».
Página 59
El pueblo tiene un parque enorme, con un gran número de campos de fútbol
y béisbol y pistas de tenis. Hay senderos para salir a correr, una granja
escuela, un club de golf familiar y pequeñas playas con espacio para barcas y
kayaks. Hace una generación, era una comunidad dormitorio para las ciudades de
los alrededores bastante corriente. Sin embargo, en los últimos años se ha
vuelto atractiva. Los precios se han disparado.
«Ricos de clase
trabajadora. Esos son mis clientes —continúa Richard, recreándose en el
oxímoron—. Personas que tienen trabajo y ganan mucho dinero. Es decir, médicos,
abogados, profesionales que no tienen sangre azul». Poplar Grove, dijo, no era
«como la cuarta generación, ya sabes, que vende la empresa que ha heredado,
gana doscientos millones de dólares y ni tan siquiera sabe qué hacer con su
tiempo. No somos Palm Beach. Aquí todo el mundo va a trabajar».
Y todos tenían
hijos. El «ciento por ciento» de las personas a las que Richard vendía una
casa, que iban a vivir a la comunidad, tenían hijos. Era un pueblo familiar.
«Él es informático,
trabaja desde casa —explicó Richard, recordando una venta que había hecho justo
esa semana—. Ella es profesora de música en un instituto. El deplorable sistema
de enseñanza pública [de las ciudades] lo hizo marcharse y buscan una zona
segura donde formar una familia y llevar a sus hijos a la escuela pública.
Precio de compra: setecientos mil dólares».
¿Se iban los
vendedores de la comunidad? No. Se quedaban. Solo querían una casa más grande
cerca de allí. ¿Por qué querrían marcharse de la comunidad ideal?
«Aquí no hay
viviendas adosadas. Son todo casas unifamiliares. Y no sé la cifra, pero diría
que bastante más del 90 por ciento de los propietarios viven en su casa. Así
que no tenemos pisos. Ni alquileres. No tenemos viviendas de gama baja que
atraigan ningún tipo de diversidad. Por eso se ha convertido en un sitio muy
homogéneo para vivir, que es probablemente por lo que hay un “sistema común de
valores” que da mucha importancia a sacar buenas notas, a ser buen deportista,
a ir a la mejor universidad posible. Ese tipo de… —hizo una pausa, buscando la
manera más amable de expresarlo, porque, pese al enorme afecto que sentía por
él, quedaba claro que su pueblo tenía algo que lo inquietaba un poco— ambiente
académico».
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2
No voy a decirle el
nombre del pueblo de Richard. Puede probar a adivinarlo, pero muy probablemente
se equivocará. Y, por cierto, Richard no se llama Richard. Ninguno de esos
datos importa. Los dos investigadores que han estudiado lo que ha estado sucediendo
en el pueblo lo llaman «Poplar Grove», que es un nombre tan válido como
cualquier otro. «Nunca había oído hablar de la comunidad —dice uno de ellos, el
sociólogo Seth Abrutyn—. No la tenía localizada».
Normal. Poplar
Grove no es la clase de población que salta a los titulares. Si pasáramos junto
a ella en la autovía, no nos detendríamos, que es precisamente lo que quieren
sus habitantes. Sin embargo, hay bastantes poblaciones como Poplar Grove. Es un
ejemplo perfecto de una clase de comunidad acomodada y muy unida específica de
Estados Unidos.
«Me recordó el mito
de la América de pueblo, donde todo se centra en la escuela y en los
acontecimientos deportivos que celebra —dijo Abrutyn
—. Muchos de los
jóvenes y adultos con los que hablamos nos contaron que conocían a todos sus
vecinos y que podían acudir a cualquiera. Parecía un sitio verdaderamente
idílico […] un lugar estupendo para tener hijos».
Abrutyn estudió
Poplar Grove con su colega, Anna Mueller. Cuando fueron allí por primera vez,
ambos eran profesores adjuntos de sociología en la Universidad de Memphis,
justo al principio de sus respectivas carreras. Supieron del pueblo por
casualidad. Mueller entabló conversación con una chica en Facebook. «Después de
hablar conmigo, me dijo: “¿Puedes hablar con mi madre?” —explicó Mueller—. Así
que tuve una conversación con su madre».
La madre vivía en
el pueblo que Mueller y Abrutyn acabarían llamado Poplar Grove. Mueller se
quedó tan desconcertada por la conversación que cogió un avión y fue allí lo
más rápido que pudo. Luego regresó, esa vez con Abrutyn, y ambos volvieron en
repetidas ocasiones, cada vez más atrapados por el drama que vivían sus
habitantes.
«El sitio es
precioso —explicó Mueller—. Una comunidad con bonitos paisajes y un sentido de
identidad fortísimo. La gente está muy orgullosa de ser de Poplar Grove». El
instituto es uno de los mejores del estado. Han ganado campeonatos en todos los
deportes imaginables. «Las funciones de teatro que representaban los niños eran
espectaculares», observó Mueller.
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A pocos kilómetros de Poplar Grove hay un pueblo que Mueller y Abrutyn
llaman Annesdale. Annesdale también es bonito. Pero hay muchos edificios de
pisos. Las casas son más baratas y su instituto no se encuentra entre los
mejores como el de Poplar Grove. «Nunca llevaría a mi hijo ahí —les dijo un
padre a Mueller y Abrutyn—. No tenía nada de malo, pero Poplar Grove… es Poplar
Grove». Si tus hijos crecían en Poplar Grove, había pocas posibilidades de que
se desviaran del camino que todo padre de clase media-alta quiere para sus
hijos: ser activos y populares, esforzarse en clase y tomar el tipo de
decisiones que llevan a una vida mejor; y luego, por supuesto, regresar a casa,
a Poplar Grove. Mueller y Abrutyn acabarían escribiendo un libro sobre su
estancia ese pueblo titulado Life Under Pressure (La vida bajo
presión), una obra académica fascinante y perturbadora, en la que escriben: «La
claridad y constancia con que los habitantes de Poplar Grove podían nombrar sus
valores comunes era a veces inquietante. “Nosotros” era un estribillo
constante. “Cuando pensamos en Poplar Grove —dijo Elizabeth, madre de un
adolescente—, pensamos en éxito, en éxito en la escuela y en éxito en el
deporte”».
Esta es, Shannon,
una adolescente: «Nuestro barrio es muy íntimo […] Siempre que voy por la
calle, saludo a todas las personas que conozco, incluso a los adultos, porque
los conozco de toda la vida. Es una gran red de apoyo».
Siempre había sido
así. Una joven, Isabel, les dijo a Mueller y a Abrutyn: «Si me hacía daño,
sabía que podía ir a cualquier calle […] y me darían lo que necesitara. No
tenían que ser mis padres. Podía entrar [en cualquier casa] llorando con la
rodilla hecha polvo y me ayudaban […] Me encanta la sensación que tenemos de
ser una comunidad».
Hasta ahora, hemos
explorado la idea de que las epidemias sociales no son caóticas e
incontrolables. Se vinculan a lugares. Y la historia de Philip Esformes y Miami
nos dice que el poder de los lugares se debe a los relatos que se cuentan las
comunidades que los habitan. En este capítulo, quiero retomar esas dos ideas y
añadir una tercera: si las epidemias se ven influidas por los suprarrelatos
creados por los habitantes de una comunidad, ¿en qué sentido son las
comunidades responsables de las fiebres y contagios que las asolan?
Tercer misterio.
Página 62
3
Una generación
antes de la crisis de Poplar Grove, hubo otra extrañamente análoga en el ámbito
de los zoológicos. Sería exagerado decir que la crisis de los zoológicos
debería haber servido de advertencia a los padres de Poplar Grove, ya que son
mundos completamente distintos. Solo en retrospectiva se hicieron evidentes los
paralelismos.
La crisis empezó en
los años setenta. Los cuidadores de zoológicos de todo el planeta empezaron a
invertir cada vez más recursos en la cría de sus poblaciones de animales en
cautividad. La lógica era clara. ¿Por qué tomarse la molestia de capturar
animales en su hábitat natural? El pujante movimiento conservacionista también
estaba a favor de los programas de cría. La nueva estrategia fue un gran éxito,
con una excepción: el guepardo.
«Rara vez tenían
camadas que sobrevivieran y muchos de ellos, cuando los juntábamos, no se
reproducían», recuerda el genetista Stephen O’Brien, que por aquel entonces
trabajaba en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos.
No tenía sentido.
El guepardo parecía un ejemplo perfecto de eficacia evolutiva: un corazón con
la potencia de un enorme reactor nuclear, las patas de un galgo, un cráneo con
la forma aerodinámica de un casco de ciclista profesional y garras semirretráctiles
que, en palabras de O’Brien, «se agarran a la tierra como tacos de fútbol
cuando persiguen a su presa a casi cien kilómetros por hora».
«Es el animal más
veloz del mundo —explicó—. El segundo animal más veloz del planeta es el
antílope americano. Y la razón de que sea el segundo más veloz es que huye de
los guepardos».
Los cuidadores de
zoológico se preguntaron si estaban haciendo algo mal o si había algún aspecto
de la constitución del guepardo que no entendían. Propusieron teorías y
llevaron a cabo experimentos, pero todo fue en vano. Al final, se dieron por
vencidos y decidieron que los animales debían de ser «nerviosos».
La situación llegó
a un punto crítico en una reunión celebrada en 1980 en Front Royal, Virginia. A
ella asistieron directores de zoológicos de todo el mundo, entre ellos el
responsable de un importante programa de conservación de la fauna en Sudáfrica.
Página 63
«Nos dijo: “¿Tienen a alguien que sepa de ciencia? —recuerda O’Brien—.
¿Básicamente [para] explicarnos por qué nuestro programa de cría de guepardos
en Sudáfrica tiene en torno al 15 por ciento de éxito, mientras que el resto de
los animales, elefantes, caballos y jirafas, se reproducen como ratas?”».
Dos científicos
levantaron la mano, ambos colegas de O’Brien. Viajaron a Sudáfrica, a un gran
santuario de animales salvajes cerca de Pretoria. Recogieron muestras de sangre
y esperma de un gran número de guepardos. Lo que descubrieron les desconcertó.
El recuento de espermatozoides de los guepardos era bajo. Y los espermatozoides
estaban muy malformados. Esa era claramente la razón de que los animales
tuvieran tantos problemas para reproducirse. No se debía a que fueran
«nerviosos».
Pero ¿por qué? El
laboratorio de O’Brien empezó a analizar las muestras de sangre que les habían
enviado. Ya habían llevado a cabo estudios similares con aves, humanos,
caballos y gatos domésticos, y en todos esos casos los animales presentaban un
grado saludable de diversidad genética: en la mayoría de las especies, en torno
al 30 por ciento de los genes analizados tenían algún grado de variación. Los
genes del guepardo no se parecían en nada a eso. ¡Eran todos iguales! «Nunca
había visto una especie tan uniforme genéticamente», observó O’Brien.
Sus colegas no
dieron demasiado crédito a sus descubrimientos, por lo que él y su equipo
siguieron investigando.
«Fui al Hospital
Infantil de Washington y aprendí a hacer injertos de piel en una unidad de
quemados —explicó—. Me enseñaron a mantener la asepsia, a extraer las […]
láminas, a suturarlas y todo lo demás. Y luego hicimos [injertos de piel a]
unos ocho guepardos en Sudáfrica, y después otros seis u ocho en Oregón».
En Winston, Oregón,
estaba el Wildlife Safari, donde vivía la mayor colonia de guepardos de Estados
Unidos en esa época.
La idea era
sencilla. Si le injertamos a un animal un trozo de piel de otro, el organismo
del receptor lo rechazará. Reconocerá los genes del donante como extraños. «Se
ennegrecerá y se desprenderá en dos semanas», dijo O’Brien. Pero, si, por
ejemplo, le extirpamos un trozo de piel a un gemelo idéntico y se lo injertamos
al otro, arraigará. El sistema inmunitario del donante cree que la piel es
suya. Esa era la prueba definitiva de su hipótesis.
Página 64
Los injertos eran pequeños, de 2,5 por 2,5 centímetros, se cosían en el
lado del pecho del animal y se protegían con una venda elástica envuelta
alrededor del cuerpo. Primero, el equipo les injertó a algunos de los guepardos
piel de un gato doméstico, para asegurarse de que su sistema inmunitario
funcionaba. Como era de esperar, los felinos rechazaron el injerto de gato: se
inflamó y después se necrosó. Su cuerpo sabía qué era «distinto», y un gato
doméstico lo era. A continuación, el equipo les injertó piel de otros
guepardos. ¿Qué ocurrió? Nada. Aceptaron los injertos, dijo O’Brien, «como si
fueran gemelos idénticos. Eso solo lo ves en ratones endogámicos que se han
apareado entre hermanos a lo largo de veinte generaciones. Y eso me convenció».
O’Brien se dio
cuenta de que la población mundial de guepardos debía de haberse visto diezmada
en algún momento. Su mejor hipótesis era que había sido durante la gran
extinción de mamíferos que tuvo lugar hace doce mil años, cuando la glaciación
aniquiló a los felinos de dientes de sable, los mastodontes, los mamuts, los
megaterios y más de otras treinta especies. De algún modo, el guepardo
sobrevivió. Pero por los pelos.
«Las cifras que se
ajustan a todos los datos son menos de cien, quizá menos de cincuenta», observó
O’Brien. De hecho, es posible que la población de guepardos se redujera a una
sola hembra preñada. Y, para esos pocos guepardos solitarios, la única forma de
sobrevivir fue superar la inhibición que la mayoría de los mamíferos tienen
contra el incesto: las hermanas tuvieron que aparearse con sus hermanos, las
primas hermanas con sus primos hermanos. A la larga, la especie se recuperó,
pero solo mediante la replicación infinita de la misma serie reducida de genes.
El guepardo continuaba siendo majestuoso. Pero ahora cada guepardo representaba
exactamente la misma clase de majestuosidad.
O’Brien escribió
una autobiografía sobre su carrera como genetista titulada Tears of the
Cheetah (Las lágrimas del guepardo), en alusión a las características
marcas de la cara de este felino que dan la impresión de que está llorando:
Imaginemos a una
joven hembra preñada en algún lugar del sur de Europa que se cobijó en una
cueva para pasar un duro invierno. Cuando ella y sus cachorros salieron en
primavera, se encontraron con un mundo distinto en el que los guepardos y los
grandes depredadores de la región habían desaparecido, víctimas de un
holocausto mundial
Página 65
[…] En mi fantasía, veo las lágrimas de esa madre
guepardo, que dejarían una raya imborrable bajo los ojos de todos los guepardos
a partir de ese momento.
La palabra que
utilizan los biólogos para describir un entorno en el que las diferencias
individuales se han atenuado y todos los organismos siguen la misma pauta de
desarrollo es «monocultura». Las monoculturas no abundan; la mayoría de los
sistemas naturales tienden de forma natural a la diversidad. Por lo general,
una monocultura solo surge cuando ocurre algo, intencionado o no, que altera el
orden natural; por ejemplo, cuando un grupo de padres acomodados se une para
crear una comunidad que refleja a la perfección su compromiso con el éxito y la
excelencia. Los padres de Poplar Grove querían una monocultura, al menos hasta
que se dieron cuenta de que las monoculturas, incluso cuando parecen perfectas,
tienen un coste.
A las epidemias les
encantan las monoculturas.
4
Una de las primeras
cosas que les sorprendió a Abrutyn y Mueller era que todos los alumnos del
instituto de Poplar Grove sonaban igual. Escuche a Natalie, una chica a la que
entrevistaron: «Por ejemplo, tenía cuatro notables en mi boletín de notas y me
moría de vergüenza. Y no quería decirles mis notas a mis amigos, porque todos
son alumnos de sobresaliente».
Poplar Grove era
tan pequeño y estaba tan aislado que parecía que solo hubiera un tipo de
conversación. De lo único que se hablaba en los pasillos era de logros y
éxitos. Otra alumna, Samantha, les dijo: «“Ah, es hora de escoger las
asignaturas: ¿a cuántos cursos de nivel avanzado vas a apuntarte el próximo
semestre? Ah, es hora de cambiar de deporte: ¿con qué equipo vas a jugar el
próximo semestre? Ah, tu equipo fue a los campeonatos, ¿quedasteis primeros?
¿En qué posición jugabas?”. […] Esas son todas conversaciones muy normales».
Abrutyn y Mueller
estaban muy familiarizados con la cultura de alta exigencia de la clase media
alta. Son profesores universitarios.
Página 66
Prácticamente la inventaron personas como ellos. Sin embargo, en su
experiencia, solía haber una diferencia entre lo que los padres querían para
sus hijos y lo que los hijos, o al menos algunos de ellos, querían para sí
mismos. En Poplar Grove, no había ninguna diferencia. Abrutyn observó:
Hay un tipo de
adolescente ideal muy muy claro, y no hay muchas alternativas para que los
chavales sean distintos […] Y la presión venía de todas partes. Venía del
instituto, que quería mantener su buena posición. Venía de los padres, a los
que les preocupaba que sus hijos no entraran en la universidad a la que querían
llevarlos. Y venía de los chicos, que necesitaban estar siempre matriculados en
cuatro o cinco clases de nivel avanzado.[10]
Esa idea —que no
hay muchas alternativas para que los chicos sean distintos— es extraña porque,
por supuesto, el instituto ha sido tradicionalmente un lugar donde los
adolescentes descubren todas las maneras en las que pueden ser distintos.
Fíjese en la tabla siguiente. Muestra los resultados de una encuesta realizada
en un instituto grande del Medio Oeste en 1990. (Si fue al instituto en esa
época, los datos le resultarán tremendamente familiares). Se pidió a varios
cientos de estudiantes que elaboraran una lista de los distintos «grupitos» que
componían su instituto y describieran la personalidad de cada uno. Las cifras
representan el porcentaje de cada grupo que se ajusta a las descripciones de la
columna de la izquierda.
Porcentaje de
alumnos en grupos sociales de secundaria que se ajustan a descripciones
específicas
|
Ropa y aseo |
Deportista |
Drogata |
Pringado |
Normal |
Popular |
Duro |
Varios |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Presentable y
limpio |
16 |
7 |
8 |
32 |
10 |
3 |
21 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Informal,
atlético |
52 |
24 |
8 |
51 |
21 |
18 |
29 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Elegante |
31 |
6 |
1 |
16 |
59 |
4 |
15 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Rudo y desaliñado |
1 |
57 |
30 |
1 |
8 |
66 |
18 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Mal gusto |
0 |
5 |
51 |
1 |
1 |
5 |
11 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Sociabilidad |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Conflictivo |
2 |
67 |
5 |
1 |
13 |
75 |
1 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
En la luna |
2 |
4 |
78 |
16 |
6 |
4 |
25 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Simpático |
50 |
13 |
6 |
74 |
25 |
9 |
43 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Elitista |
45 |
11 |
8 |
7 |
54 |
10 |
17 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Actitud hacia los
estudios |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Página 67
|
49 |
1 |
14 |
41 |
50 |
2 |
27 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Positiva |
45 |
10 |
30 |
53 |
31 |
10 |
35 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Le dan igual |
4 |
22 |
38 |
5 |
9 |
23 |
22 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Odia las clases |
0 |
65 |
14 |
1 |
9 |
62 |
13 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Participación en
extraescolares |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Alta |
53 |
1 |
3 |
33 |
49 |
1 |
23 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Moderada |
45 |
10 |
21 |
61 |
34 |
11 |
39 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Baja |
1 |
89 |
76 |
6 |
16 |
88 |
38 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Si fue al instituto
antes de los años noventa, o después, los nombres de los diversos grupos pueden
variar, pero el patrón es el mismo. Este es el aspecto de un instituto típico.
Hay grupos de chicos a los que les encanta ir a clase y otros que no lo soportan.
Hay grupos que son ruidosos y conflictivos y otros que son estudiosos y
tranquilos. Y esa diversidad es muy útil: los adolescentes están intentando
descubrir quiénes son y tener un instituto con un amplio abanico de grupos les
brinda la mejor oportunidad posible para encontrar compañeros con los que se
sientan a gusto. (Hay investigaciones fascinantes, por ejemplo, para demostrar
que los chicos que se unen a grupos como los góticos o los punks, en los que se
visten y arreglan de una manera que llama la atención e incluso crea rechazo,
son, de hecho, tímidos. Se visten de una forma que hace que los demás tengan
miedo de hablar con ellos porque a ellos les da miedo hablar con los demás. El
look gótico es una armadura).
Uno de los autores
de la encuesta, Bradford Brown, tiene un diagrama que utiliza para «situar»
socialmente a los grupos clave del instituto que estudió, que incluyo a
continuación solo porque es una representación sencillísima (y desternillante)
de la vida normal en un instituto.
Página 68
¿Lo recuerda de su
época de instituto?
Por supuesto,
Poplar Grove también tenía grupos. Sin embargo, lo que Mueller y Abrutyn
observaron fue que no había espacio entre ellos. Si tuviéramos que dibujar una
versión del diagrama para Poplar Grove, sería así:
Página 69
Si somos un skater,
tenemos que ser un skater que saque buenas notas. Si somos un
friki, tenemos que ser un friki socialmente popular. Si somos un punk, tenemos
que ser el punk que va a la primera universidad de su lista.
En una de las
partes más fascinantes de su investigación, Abrutyn y Mueller trataron de
encontrar chicos que hubieran rechazado las normas de Poplar Grove. No les
resultó fácil. Este es uno de sus descubrimientos, Scott: «Sé que el instituto
es importante, y claro que me entran esos miedos, por ejemplo, “Si no apruebo
este examen, voy a acabar viviendo en la calle” […] No me gusta tener esa
mentalidad. Ojalá pudiera cambiarla. Pero no puedo».
Abrutyn y Mueller
refieren que Scott se define como un rebelde. Sin embargo, ni tan siquiera así
puede quitarse de la cabeza la idea tan propia de Poplar Grove de que, si
suspende un examen, acabará viviendo en la calle. Abrutyn y Mueller escriben:
Página 70
A veces, confiaba en su conciencia moral y su sensación de que en Poplar
Grove pasaba algo, pero, otras, se mostraba más tímido, como un joven que no
estaba seguro de interpretar bien la situación. ¿Y si la cultura de Poplar
Grove no fuera local y limitada, sino la manera en que funcionaba el mundo
entero? En última instancia, esa comprensible incertidumbre debilitaba su
rechazo de la cultura como defensa y la afirmación de su autoestima.
Y luego está Molly,
que también se define como rebelde:
Amable, compasiva y
algo callada y seria, Molly conocía los entresijos de ser una «chica ideal» tan
bien como cualquier otro adolescente de Poplar Grove. De hecho, encarnaba
muchos de esos ideales. Nos dijo que los estudios eran «muy importantes» y que
estaba decidida a esforzarse y a sacar buenas notas. Practicó varios deportes
en el instituto (aunque no estuvo en el codiciado equipo de lacrosse) y se hizo
amiga de chicas populares. Cuando terminó, fue a una buena universidad.
Así es como se
manifiesta la rebelión en una monocultura: como una desviación de la
trayectoria general tan leve que haría falta una resonancia magnética para
detectarla. Esa falta de «diversidad grupal» era lo que permitía que Poplar
Grove estuviera tan bien clasificado entre los institutos del estado. También
era lo que tranquilizaba a los padres. Su hijo podía no estar integrado en
ningún grupo, pero al menos sería un rarito con buenas notas.[11]
Sin embargo, lo que
se pierde en un mundo tan uniforme es la resiliencia. Si algo se torciera en
una de las muchas subculturas que componen el instituto descrito en el primer
diagrama, la infección no lo tendría fácil para propagarse a cualquier otra subcultura.
Los grupos están demasiado separados entre sí: cada uno tiene su propia serie
de anticuerpos culturales que hacen difícil que un agente infeccioso se
expanda, libremente, entre la población de todo el instituto.
En cambio, una
monocultura no posee defensas internas contra una amenaza externa. Una vez que
la infección está dentro, no hay nada que la pare.
Página 71
Richard, el agente inmobiliario que conocía Poplar Grove mejor que
nadie, lo sabía. Decidió vivir y escolarizar a sus hijas en el vecino
Annesdale, el pueblo que tantos habitantes de Poplar Grove despreciaban. «Fue
una decisión sobre cómo queríamos educarlas —me dijo—. Sentía que era más como
estar en el mundo real. Y no había tanta presión. [Poplar Grove] es famoso por
esa presión tan fuerte para ser excepcional. Ser el mejor de la banda. Ser el
mejor jugador de baloncesto […] Hay que ir al Instituto de Tecnología de
Massachusetts. Me refiero a que hay una verdadera obsesión por ser el mejor. Es
parte de su reputación. Mi madre es profesora de secundaria [en Poplar Grove] y
me contaba que había padres que iban a verla; ella le había puesto un notable a
su hijo y estaban furiosos porque eso iba a arruinar sus posibilidades de ir a
una universidad prestigiosa».
Hablaba de lo mismo
en lo que Abrutyn y Mueller habían coincidido: la presión. «Es palpable, como
si la tocaras. Y no estábamos dispuestos a hacer pasar a nuestras hijas por
eso. Lo oigo, cuando quedo con clientes: “¿Por qué os vais?”. “Es que la
presión es un poco excesiva. Mi hijo no se está integrando. Es machacante”.
Todo el mundo lo sabe. Puedes preguntarle a cualquiera».
Richard me comentó
que conocía a la directora del instituto de Poplar Grove. Le pregunté qué
pensaba ella de la presión.
«Dice que “Los
padres están como una p… cabra”».
5
En 1982, unos meses
antes de que Stephen O’Brien empezara sus experimentos con injertos de piel en
el Wildlife Safari de Oregón, el zoológico decidió aumentar su población de
guepardos.
«Había ido a
Sacramento para recoger a una pareja de guepardos del zoológico —recuerda
Melody Roelke-Parker, la veterinaria que estaba a cargo de los guepardos del
Wildlife Safari—. Se llamaban Toma y Sabu. Se los veía bastante sanos. A
primera vista, no parecía que les pasara nada. Los trajimos y, en menos de una
semana, quizá, los juntamos con nuestra principal colonia (reproductora) de
guepardos».
Roelke-Parke
adoraba a los guepardos. De hecho, había criado a dos cachorros después de que
su madre los abandonara.
Página 72
«Tenía dos guepardos en casa, lo que era maravilloso porque ronronean y
se arriman y te sacan de la cama. Nadie lo pensaría viéndolos, pero vivir con
ellos era un sueño. Yo era su familia […] los llevaba y traía, de casa al
trabajo. Iban sentados en el asiento, muy tiesos y juntos; llevaban la cabeza
muy alta y era muy gracioso ver a la gente en la autopista, entrando en pánico
o flipando».
La colonia de
guepardos del Wildlife Safari era como parte de su familia. Por eso la afligió
tanto lo que le ocurrió a uno de los nuevos guepardos de Sacramento.
«Al cabo de dos
meses, uno de ellos, el macho, se desplomó. Y dijimos: “¿Qué diablos ha
pasado?”. Lo llevamos corriendo a nuestro consultorio y le hicimos un montón de
pruebas. El diagnóstico fue insuficiencia renal. El guepardo murió. Fue un poco
extraño, la verdad, porque parecía bastante sano, pero, obviamente, los
animales se estresan mucho cuando tienen que adaptarse a una nueva estructura
social, a un nuevo régimen de alimentación, lo que sea. Así que pensé que era
un caso aislado».
Pero después
Roelke-Parker se dio cuenta de que otros guepardos de la colonia estaban
enfermando.
«[Empezaron] a
tener todo tipo de problemas inespecíficos con diarrea y extrañas enfermedades
de las encías. Por ejemplo, si te bufaban, veías que las tenían irritadas y les
sangraban». Los felinos se aletargaron. «Empezaron a perder mucho peso […]
Hicimos cultivos orales y encontramos bacterias extrañas, y tuvimos que darles
eritromicina para intentar tratar la infección oral. Pero yo no sabía lo que
era. No tenía ni idea».
Un guepardo enfermó
tanto que Roelke-Parker tuvo que practicarle una eutanasia. Le hizo la
autopsia.
«Cuando le abrí el
vientre y encontré el exudado amarillo, viscoso y fibroso […] los síntomas
clásicos de la peritonitis infecciosa felina, una enfermedad que se conocía muy
bien en el gato doméstico, pero nadie la había referido en guepardos».
La PIF, como
se la conoce, es un coronavirus, un pariente de la cepa
de COVID-19 que décadas más tarde haría tanto daño a los humanos.
Rara vez es mortal en gatos domésticos. Sin embargo, para los guepardos
era devastadora. Roelke-Parker les hacía regularmente analíticas a todos los
especímenes del Wildlife Safari y volvió a revisar las muestras de sangre
Página 73
en busca de anticuerpos contra la PIF. Antes de que Toma y Sabu
llegaran, ninguno de sus guepardos presentaba signos de esta infección vírica.
Sin embargo, tras su llegada, prácticamente todos lo hacían. Los dos felinos
californianos habían iniciado una miniepidemia.
«Los animales
tardaron unos ocho meses en comenzar a morir después de haberse infectado, y
entonces empezaron a caer uno detrás del otro […] fue horroroso. El 80 por
ciento de los felinos menores de dieciséis meses murieron».
Fue una masacre.
Los animales enfermaban. Pero, por alguna razón, no eran capaces de eliminar el
virus.
Su sistema
inmunitario intentaba contrarrestarlo fabricando más y más anticuerpos, y sus
concentraciones de anticuerpos acababan siendo tan elevadas que la cantidad
de proteínas en sangre era una exageración. Y eso generaba una crisis
inmunitaria.
Eran esqueletos
andantes. La manifestación de la enfermedad en los gatos domésticos, digamos
que [la PIF] tiene diez síntomas, pero en total un único gato solo
presenta algunos. Los guepardos los tenían todos. Tenían diarrea, lesiones en
la boca, pérdida de peso […]
Lo probó todo:
alimentarlos con sonda, reforzarles el sistema inmunitario, administrarles
fluidos por vía intravenosa. Nada dio resultado. «No salvamos a ninguno […] Una
vez que la enfermedad se manifiesta, se acabó. No hay nada que hacer».
Lo que
Roelke-Parker estaba presenciando era el resultado inevitable de lo que Stephen
O’Brien había descubierto. Los guepardos eran todos iguales. Esa única hembra
preñada que salió de su cueva a finales del Pleistoceno y descubrió que estaba
completamente sola resultó ser, por pura casualidad genética, una guepardo
vulnerable al coronavirus felino. Y, como todos los guepardos descendían de
ella, ahora estaban todos expuestos a la enfermedad. En los siglos en que estos
felinos vivían en libertad, ese hecho no había tenido mucha importancia. Son
animales solitarios: cada guepardo ocupa una zona extensa, lo más lejos posible
de sus congéneres. Una epidemia no puede aniquilar a toda una población de
guepardos en estado salvaje porque la especie practica el equivalente animal
del distanciamiento social. Sin embargo, los seres humanos cambiaron esa
situación. Juntaron a un gran número de guepardos para que
Página 74
vivieran codo con codo en espacios vallados. La epidemia de los
guepardos fue culpa de los cuidadores. «Si un animal cae enfermo, enferman
todos —dijo Roelke-Parker—. Y eso es justo lo que pasó».
Entonces se dio
cuenta de que solo veía la punta del iceberg. «Descubrí que había habido un
brote en alguna parte de Canadá y que
el zoológico lo
había ocultado totalmente —explicó—. No se lo dijeron a nadie, nadie sabía que
existía, pero eliminaron a todos sus guepardos. Lo mismo ocurrió en un
zoológico de Irlanda. Nadie decía ni una palabra».
Asistió con O’Brien
a una reunión de zoológicos en Florida y decidió explicarlo. Habló sobre la
epidemia que había estallado en su zoológico de Oregón. Después, una
veterinaria de un zoo de California se acercó a ella y le dijo: «Mi jefe está
en Oregón en este momento, recogiendo un guepardo».
Yo exclamé: «Dios
mío». No les habían informado de nada. El director
no les había dicho
nada del brote; añadí: «Pues no os conviene. No os conviene nada». Ella llamó
de inmediato a su director y le dijo: «No puedes traer a un guepardo del
Wildlife Safari». Y baste decir que, cuando volví a Oregón, me dijeron que me
buscara otro trabajo. Porque había hablado del tema en público y, peor aún,
había impedido una venta con mi actuación.
Mis empleados
dejaron el trabajo. Estaban indignados por cómo me habían tratado. Fue
horrible.
6
En Poplar Grove, la
epidemia comenzó cuando la joven Alice saltó de un puente. Era de día y había
otras personas, por lo que sobrevivió. La llevaron al hospital.
«A decir de todos,
Alice era la adolescente ideal de Poplar Grove: brillante, extravertida,
aplicada y guapa, en opinión de los demás — escriben Mueller y Abrutyn—. Su
intento de suicidio fue impactante y, como todos los sucesos impactantes que
ocurren en comunidades muy unidas, se comentó mucho. ¿Por qué querría quitarse
la vida una chica que parecía tenerlo todo, que daba pocas señales de tener
problemas?».
Página 75
Seis meses después, Zoe, una compañera suya de clase y de equipo, saltó
del mismo puente. Ella no sobrevivió. Cuatro meses después, Steven, compañero
de clase de Zoe y Alice, se quitó la vida con un arma de fuego. Con él, la
comunidad sumaba ya un intento de suicidio y dos muertes. Pasaron siete años.
Cabía pensar que todo había sido un bache. Pero entonces hubo otros dos
suicidios, ambos de chicos, en un espacio de tres semanas. Luego, Kate, una
chica «popular» que estaba muy unida a esos dos jóvenes, saltó del mismo puente
que Alice y Zoe. Quizá sea mejor dejar que Mueller y Abrutyn describan lo que
ocurrió a continuación:
Menos de un año
después de la muerte de Kate, surgió otro clúster más grande: Charlotte y tres
de sus mejores amigos varones se suicidaron en un periodo de seis semanas. A
partir de ese momento, al menos un adolescente o joven de Poplar Grove se
suicidaba cada año. Algunos años, la comunidad padecía varias muertes por
suicidio. Muchos chavales lo intentaron. En el decenio entre 2005 y 2016, el
instituto de Poplar Grove, un centro de tan solo unos dos mil alumnos, perdió a
cuatro chicas de los cursos superiores por suicidio (cinco si contamos a una
que se había cambiado a otro instituto hacía poco), a dos alumnos de los cursos
inferiores y al menos a doce de los graduados recientes.
Estadísticamente,
un índice de suicidio «normal» en un centro educativo de dos mil alumnos sería
de una o dos muertes cada diez años. Poplar Grove estaba a años luz de eso. Los
chicos de los primeros cursos se enteraban de los suicidios que ocurrían en los
últimos. Luego, entraban en esa etapa y vivían otra racha de suicidios. La
gente se mudaba a Poplar Grove porque pensaba que era un lugar seguro, un
refugio de la clase de violencia e incertidumbre que se ciernen sobre tantas
comunidades de Estados Unidos. Por eso sorprendió tanto la epidemia de
suicidios. ¿Cómo ha podido pasar eso aquí? Sin embargo, no debería sorprender.
Poplar Grove era una monocultura, una autopista larga y recta sin ninguna
salida.
Cuando hubo la
primera muerte, fue una anomalía. Cuando volvió a ocurrir, se convirtió en una
preocupación. Pero, cuando sucedió una vez y otra y otra, se normalizó de la
manera más devastadora posible.
«En al menos tres
de los cuatro clústeres, había un alumno de alto estatus que era muy visible,
que encarnaba muy bien el ideal de la
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juventud de Poplar Grove —explicó Abrutyn—. Ya sabes, un alumno que
destaca en todos los deportes que juega a lo largo del curso, probablemente
capitán de uno de ellos, un promedio de sobresaliente, extravertido y alegre.
Muchos de los jóvenes que se habían suicidado parecían perfectos y, de golpe,
ya no estaban. La sensación era: “Bueno, si ellos no pueden sobrevivir en este
ambiente, ¿cómo voy a hacerlo yo?”».
7
En 1983, Melody
Roelke-Parker se marchó de Oregón para dedicarse a la causa del puma de
Florida. Apenas quedaban pumas allí y el estado quería encontrar un modo de
recuperar la población. Se unió a un equipo que los capturaba. Utilizaban
perros raposeros para localizar los felinos en las zonas pantanosas del sur de
Florida, los perseguían hasta que se encaramaban a un árbol y entonces les
disparaban un dardo tranquilizante.
«Creo que el primer
año acabamos capturando cuatro pumas — recuerda Roelke-Parker—. Era muy duro.
Lo que yo no entendía era que el estrés de intentar capturar a esos pumas era
tremendo porque eran muy valiosos. Están en un árbol a unos doce metros del suelo
y tienes que determinar su edad, su salud, su estado físico».
Uno de los miembros
del equipo se encaramaba al árbol, donde el felino permanecía al acecho,
nervioso.
«Yo tenía que
calcular cuánto tranquilizante había que administrarle para que no se cayera
del árbol, pero [tenía que estar] lo bastante atontado para no matar al que se
subía al árbol».
El objetivo era
echarle una red encima y bajarlo al suelo despacio; después, había que hacerle
un reconocimiento médico completo, tomar muestras de sangre y piel, ponerle un
collar electrónico y devolverlo a su hábitat natural. «Lo que enseguida se hizo
evidente es que los animales eran muy viejos —explicó Roelke-Parker—. No había
crías. No había cachorros. Las hembras estaban al borde de la senectud
reproductiva. Recogíamos esperma de los machos: el 95 por ciento de sus
espermatozoides estaban malformados».
El equipo enseguida
se dio cuenta de que el puma de Florida no había pasado por un cuello de
botella genético, como el guepardo, sino por varios. El primero había sido la
gran extinción de mamíferos de finales del
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Pleistoceno. Después, en el siglo XX, los jaguares que intentaban
desplazarse hacia el norte no pudieron cruzar el estrecho istmo de Panamá
porque se lo impidieron pumas que defendían su territorio. Ya no hubo nuevos
individuos que enriquecieran el acervo genético del puma de Florida. La
situación empeoró. Su principal presa eran los ciervos, pero la caza diezmó su
población en Florida. Los pumas se vieron obligados a alimentarse de
armadillos. Estaban desnutridos. Los pocos que quedaban tuvieron que reproducirse
entre sí, lo que provocó la acumulación de un defecto genético tras otro. El
puma carecía por completo de diversidad genética.
«Hubo una sola
captura en la que nos trajeron cachorros —recuerda Roelke-Parker—. Cuando fui a
evaluarlos, en torno a un mes después de que los capturaran, durmieron al
macho. Fui a palparle el escroto. No tenía testículos y empecé a lamentarme de
que no había solución. Teníamos machos sin testículos y defectos cardiacos,
estaban apareciendo soplos por todas partes. Biológicamente, habíamos tocado
fondo. Aquellos pumas sobrevivían por los pelos. Se estaban extinguiendo ante
mis propios ojos».
En 1992, todos los
que colaboraban en la lucha por salvar al puma de Florida se reunieron en una
antigua hacienda en la frontera con Georgia. Acudieron Roelke-Parker y O’Brien,
junto con otras treinta personas. O’Brien lo recuerda como unos cuantos días muy
intensos de escuchar, adoptar posturas, criticar, batallar y negociar
soluciones. La facción que lideraba O’Brien abogaba por introducir sangre
fresca. El puma de Texas era un pariente cercano del de Florida y tenía una
diversidad genética veinte veces mayor. ¿Por qué no llevar pumas de Texas a
Florida?
Los criadores
particulares se pusieron furiosos. Dijeron: «Limitémonos a aparear a los pumas
salvajes con los ejemplares que tenemos en cautividad». La idea de que el puma
de Florida tuviera algún defecto intrínseco tal como era les parecía absurda.
¡Era la mascota del estado![12] «Consideramos
que tenemos pumas puros —dijo uno de ellos—. Cruzar pumas de Texas y Florida es
como cruzar águilas calvas y reales.
Acabas no teniendo
nada».[13]
Al final, los
asistentes llegaron a un acuerdo. Llevarían ocho hembras de puma de Texas y las
soltarían en el pantano de Big Cypress. Las poblaciones de Texas y Florida
entraron en contacto y se inició la transformación. Los dos grupos empezaron a
cruzarse. Se hicieron más fuertes. En una ocasión memorable, el cachorro de una
madre de Texas y
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un padre de Florida se instaló en una zona ocupada únicamente por otro
puma de Florida. «¿Y sabes qué? —dijo Roelke-Parker—. Era increíblemente
fértil. Sabemos que tuvo al menos ciento ocho hijos. Se lo conocía como Don
Juan por lo prolífico que era».
«El tío que
entrenaba a los perros se llamaba Roy McBride —explicó O’Brien—. Siempre decía:
“Sabes, Steve, creo que esto de la genética es una gilipollez”, pero dijo “lo
haré porque me obligan”. No obstante, cuando vio las crías del programa de
recuperación, se dio cuenta de que los pumas que eran cruces o híbridos eran
más grandes. Y más fuertes. Dijo que parecían Arnold Schwarzenegger comparados
con los pumas de Florida de antes».
El puma de Florida
se ha salvado. Donde una vez la población estos pumas se contaba por docenas,
ahora supera el centenar. Sin embargo, para salvarse, tuvo que convertirse en
otra cosa: un híbrido de Texas y Florida. La mejor solución a una epidemia de monocultura
es deshacerla.
¿Debería Poplar
Grove hacer lo mismo? Por supuesto que sí. Pero ¿cómo? Su monocultura estaba
creada por los padres que lo habitaban. Podrían haber escolarizado a sus hijos
en Annesdale, como había hecho Richard, el agente inmobiliario. Pero no
querían. Querían una escuela en la que todos los alumnos fueran a la una. Si la
monocultura de Poplar Grove se deshiciera —si los alumnos se dispersaran y se
recolocara a los profesores—, es muy probable que la nueva versión del
instituto de Poplar Grove no estuviera a la altura de la antigua. El nuevo
instituto podría no estar reconocido a nivel nacional. Podría no ofrecer tantos
cursos de nivel avanzado. Podría no ganar infinidad de campeonatos deportivos
en el ámbito del estado. La razón misma por la que la gente se sentía atraída
hacia Poplar Grove desaparecería.
A las epidemias les
encantan las monoculturas. Pero ¡a nosotros también! De hecho, a veces hacemos
todo lo posible por crearlas, aunque con ello pongamos en peligro a nuestros
propios hijos.
En medicina existe
un término para designar la clase de enfermedades que están provocadas por la
intervención de los médicos: «iatrogenia». Tratamos a un paciente con un
medicamento y los efectos secundarios resultan ser peores que la enfermedad.
Practicamos una cirugía menor y el paciente muere por complicaciones. Las
enfermedades iatrogénicas son bienintencionadas. Nadie está intentando
perjudicar al paciente. Sin embargo, un médico no tiene derecho a utilizar la
pasiva refleja y decir
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que «se le ha hecho daño» al paciente. Las epidemias iatrogénicas tienen
una causa y un culpable. Poplar Grove era iatrogenia.
En el tiempo que
Abrutyn y Mueller estuvieron en Poplar Grove, hubo más suicidios. Mueller dijo:
«No voy a mentir, fue muy duro. Aún me conmueve mucho la muerte de algunos de
los chicos que se suicidaron durante nuestro trabajo de campo».
Creían haber
descubierto por qué ocurría la epidemia, pero eran incapaces de detenerla.
«Es desgarrador ver
repetirse el patrón […] Siempre hay una cierta paradoja. En todas las escuelas
a las que vamos, es habitual que los padres nos [digan]: “La salud mental es
cada vez más importante. Tenemos que promoverla, necesitamos cuidarla. Pero, independientemente
de los recursos que tenga la escuela, queremos que se destinen a los exámenes
de nivel avanzado o a más actividades extraescolares o a más […]”, ¿sabes a qué
me refiero?».
El instituto siguió
haciendo hincapié en el rendimiento por encima de todo lo demás. Este es el
mensaje de la directora, lo primero que vemos en el sitio web del instituto de
Poplar Grove. La cursiva es mía.
Aprender es la
misión central de nuestro centro y en [Poplar Grove] creemos que todos los
alumnos pueden aprender y aprenderán. Hemos creado un entorno que
ofrece excelencia en la enseñanza y el aprendizaje para que
todos los alumnos participen de manera responsable en nuestro mundo
diverso y en constante cambio. Es [nuestra] misión […] proporcionar un entorno positivo
y estimulante donde todos los alumnos logren el éxito
académico, social, emocional y físico […] Juntos creamos y
mantenemos un clima de respeto, apoyo y metas ambiciosas.
Los profesores del
instituto, dice la directora, son «brillantes y trabajadores». Se esfuerzan por
crear planes de estudios «estimulantes y actuales».
«Todo ello refleja
nuestra opinión de que el aprendizaje es un proceso que dura toda la vida y
[Poplar Grove] es un lugar donde “Llegamos para enseñar y enseñamos para
llegar”».
Por cierto, le he
engañado. Ese no es el mensaje de la directora del instituto de Poplar Grove,
sino del director de una de las escuelas
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primarias de la comunidad. La monocultura empieza pronto en este pueblo.
A propósito,
Mueller y Abrutyn se han mudado a Colorado, donde trabajan con un instituto
cuya epidemia podría ser aún peor.
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SEGUNDA PARTE
Los ingenieros
sociales
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4
EL TERCIO MÁGICO
«Diría, sin
dudarlo, que hay un punto clave en mi experiencia»
1
Palo Alto es el
alma de Silicon Valley, hogar de la Universidad de Stanford y Sand Hill Road,
donde tienen su sede muchas de las empresas de capital riesgo que dieron inicio
a la era de la informática. Hay partes de la ciudad, y de las poblaciones
aledañas de Menlo Park y Atherton, donde las calles y las casas son tan bonitas
como en cualquier otra parte de Estados Unidos. No obstante, al nordeste de la
ciudad, se encuentra el otro Palo Alto. En algunas partes, los barrios no han
cambiado prácticamente nada desde los años cincuenta. Y, si giramos a la
derecha desde la calle Embarcadero por la calle Greer y atravesamos la
autopista de Oregón y la avenida Amarillo, llegaremos a un pedacito de historia
olvidada: Lawrence Lane. O, como se lo conoció durante los breves años en los
que fue famoso, el Lawrence Tract.
Lawrence Lane es
una calle sin salida. Hay veinticinco parcelas en total a lo largo de la vía y
en las calles aledañas. Aún se conservan algunas de las viviendas originales:
chalés de una sola planta con dos o tres dormitorios, de unos noventa a ciento
cuarenta metros cuadrados cada uno, con garajes abiertos y jardines modestos:
la clase de vivienda asequible que se construyó en masa en el norte de
California en los años de la posguerra.
Sin embargo, desde
el principio, Lawrence Lane fue distinto al resto de las zonas residenciales de
la época. Tenía reglas.
2
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En los años cincuenta, muchas ciudades de Estados Unidos se enfrentaron
a un problema. Los afroamericanos estaban abandonando el sur del país en
números cada vez mayores, intentando escapar de la frustración económica y las
duras leyes segregacionistas Jim Crow. Sin embargo, en todas las ciudades
supuestamente liberales a las que se mudaban, los blancos no querían tener nada
que ver con ellos. En algunos casos, eso significaba que los recién llegados
sufrían intimidación y violencia. En otros, que, en cuanto empezaban a
instalarse familias negras en un barrio, las blancas se iban. El término que
todos utilizaban era «fuga de blancos».
Todas las ciudades
tenían su propia historia. En 1955, en el barrio de Germantown de Filadelfia,
una mujer que vivía en una calle en la que solo residían blancos compró una
casa en otro barrio pensando que no le costaría vender la suya por más de ocho
mil dólares. No fue así. La mejor oferta se la hizo una familia negra. «Dijo
que tenía que elegir entre perder a sus amigos o su dinero, y le daba miedo que
tuvieran que ser sus amigos», refería un informe de investigación sobre el
incidente. Firmó el contrato de compraventa y, al día siguiente, un agente
inmobiliario local encontró a un grupo de sus vecinos en la puerta de casa.
El agente
inmobiliario anotó todo lo que dijo una de las señoras.
«No sé adónde
iremos, pero nos vamos».
«Jack y yo
podríamos soportarlo, pero no vamos a exponer a nuestros hijos a eso».
«No es la mejor
clase de gente de color la que viene a vivir, ¿sabe?».
«No estaría tan
mal, pero las casas están demasiado juntas». «Quizá no podamos escapar para
siempre, pero lo intentaremos por
un tiempo».
«Los precios no
volverán a subir; seguirán bajando».
El informe
concluía: «En menos de veinticuatro horas, toda su vida había cambiado
radicalmente a causa de una compra inocente por parte de una sola familia no
blanca».
En Detroit, la
primera familia negra se trasladó al barrio blanco de Russell Woods en 1955. Al
cabo de tres años, el 60 por ciento del barrio era negro. Diez años después, lo
era el 90 por ciento. En tres años, casi dos tercios de las casas de todas sus calles
cambiaron de manos y la escuela
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pública local perdió a dos tercios de su alumnado blanco. Ashburton, en
Baltimore, era un barrio blanco acomodado, luego, fue mixto durante un breve
periodo y, después, de repente, fue un barrio negro. En los años sesenta,
huyeron sesenta mil blancos de Atlanta, que en esa época tenía trescientos mil
habitantes. Eso representa la fuga del 20 por ciento de su población. Y, en la
siguiente década, lo hicieron otros cien mil blancos. Atlanta había presumido
durante años de su eslogan «La ciudad demasiado ocupada para odiar». La ironía
fue que pasó a ser «La ciudad demasiado ocupada mudándose para odiar».
Ocurrió exactamente
lo mismo en partes de San Luis, Nueva York, Cleveland, Denver, Kansas City y
casi todas las demás ciudades, grandes y pequeñas, que tenían una población
negra importante. Cuando la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos
viajó a Chicago para intentar averiguar lo que ocurría, un líder comunitario
les dijo: «Dejémoslo claro: ninguna comunidad blanca de Chicago quiere negros».[14]
Nunca en la
historia de Estados Unidos se había producido una transformación urbana tan
drástica y repentina. Los funcionarios públicos se alarmaron. Los académicos
empezaron a estudiar el fenómeno: entrevistaron a los propietarios, llevaron un
control de las ventas de viviendas y trazaron mapas de los cambios en la
población. Y lo que descubrieron fue que todas las grandes ciudades parecían
seguir el mismo patrón. «A medida que la población negra aumenta, la zona negra
tiende a expandirse desde el centro manzana a manzana y barrio a barrio, a
veces radialmente y otras en círculos concéntricos —escribió el politólogo
Morton Grodzins en 1957 en uno de los primeros de lo que pronto sería una
avalancha de análisis académicos sobre la fuga de blancos—. En cuanto un barrio
empieza a tener más población negra que blanca, el cambio rara vez se detiene o
se invierte».
Según Grodzins, el
cambio era lento al principio, luego cobraba impulso y, en un momento crítico,
explotaba. Como él mismo escribió, utilizando una expresión que más adelante se
haría tremendamente popular en Estados Unidos: «Ese “punto clave” varía de una
ciudad a otra y de un barrio a otro. Pero, para la inmensa mayoría de los
estadounidenses blancos, existe un punto clave. Cuando se rebasa, ya no se
quedarán entre vecinos negros».[15]
Un «punto clave».
Grodzins dijo que se lo había oído decir a los agentes inmobiliarios, que
querían llevarse a los propietarios blancos de
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los barrios urbanos. «Los agentes inmobiliarios, buscando los mayores
ingresos que trae consigo el exceso de población negra, hablan entre ellos con
total libertad de “inclinar un edificio” o “inclinar un barrio”».[16] Durante un
tiempo, entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, si uno
usaba esa frase, la gente sabía exactamente a qué se refería. (Y a mí me gustó
tanto que la adopté como título de mi primer libro). El punto clave era un umbral:
el momento en el que algo que parecía inamovible, que había sido de una sola
forma durante generaciones, se transformaba en otra cosa de la noche a la
mañana.
Los puntos clave
pueden llegar sin que nos demos cuenta. Pueden pasarnos sin haberlos buscado.
Las epidemias alcanzan puntos clave gracias a su propia energía inagotable y
contagiosa. No obstante, en los siguientes capítulos quiero explorar los modos
en que los puntos clave pueden inducirse de manera intencionada. Queda claro
que las personas se comportan de forma muy distinta en un grupo que rebasa un
misterioso punto de masa crítica que en otro que está apenas por debajo. ¿Y si
supiéramos exactamente dónde se sitúa ese punto mágico? O, mejor aún, ¿y si
tuviéramos una forma de manipular el tamaño de un grupo para que esté justo por
debajo o justo por encima del punto clave? Miami y Poplar Grove son lugares que
le abrieron la puerta a una epidemia sin querer. Aquí hablo de llevar las cosas
un paso más allá: de determinar intencionadamente el curso de un comportamiento
contagioso. Sé que parece extremo. Pero lo cierto es que todo tipo de personas
se dedican a esa clase de ingeniería social, y no siempre son sinceras respecto
a lo que hacen.
3
La primera persona
que reflexionó sobre las implicaciones de los puntos clave fue la socióloga
Rosabeth Moss Kanter. En los años setenta, empezó a asesorar a una importante
empresa industrial con sede en Nueva York. La compañía tenía trescientos
comerciales, todos hombres. Pero por primera vez habían contratado a algunas
mujeres y, para su sorpresa, a las vendedoras no les iba bien. Querían saber
por qué.
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Kanter se presentó con su cuaderno y empezó a entrevistar minuciosamente
a las empleadas. Poco a poco se dio cuenta de que el problema no era su
capacidad. Tampoco era que la empresa tuviera una cultura organizacional
disfuncional. Cuanto más hablaba con ellas, más cuenta se daba de que el asunto
tenía únicamente que ver con las proporciones de los grupos que componían la
empresa.
Su personal de
ventas estaba repartido por todo el país. Una típica sucursal tenía entre diez
y doce comerciales, lo que significaba que, con apenas veinte mujeres en toda
la empresa, el típico equipo de ventas estaba formado por diez hombres y una
mujer. Y la conclusión de Kanter era que es dificilísimo ser la única mujer en
una sucursal con diez hombres. Las mujeres le explicaron que, aunque se sentían
siempre bajo una lupa por ser distintas, por otra parte, no se sentían vistas.
Les parecía que los hombres que las rodeaban las caricaturizaban. Solo podían
ser Mujeres con «M» mayúscula, representantes de todos los estereotipos que sus
compañeros de trabajo varones tenían sobre el otro sexo.
«No tenían un grupo
de iguales —recuerda Kanter—. Se las convertía en símbolos. Tenían que
representar toda su categoría en vez de simplemente ser ellas mismas». Cuando
formamos parte de una minoría pequeña, somos un símbolo. Y ser un símbolo no es
fácil.
Kanter refirió sus
descubrimientos en un artículo muy conocido hoy en día con un título
engañosamente anodino: «Some Effects of Proportions on Group Life: Skewed Sex
Ratios and Responses to Token Women» (Algunos efectos de las proporciones en la
vida grupal: proporciones de sexo sesgadas y respuestas a las mujeres
simbólicas).[17] «Ninguna mujer
simbólica del estudio tenía que esforzarse para que advirtieran su presencia
—escribió Kanter—. Pero sí tenía que hacerlo para que reconocieran sus logros.
En el equipo de ventas, las mujeres descubrieron que sus aptitudes técnicas
tendían a quedar eclipsadas por su aspecto físico y, en consecuencia, se creaba
una presión adicional sobre su desempeño».
Kanter comprendió
que lo que verdaderamente importaba no era si un grupo estaba integrado o no,
sino en qué medida lo estaba. «Pensé que la verdadera cuestión era esa
—explicó—. ¿Estás solo o hay muchos como tú?».
Si todos los
equipos de ventas estuvieran formados por mujeres, nadie cuestionaría el
rendimiento de las comerciales como categoría. Tampoco sería un problema si los
equipos estuvieran equilibrados: mitad hombres,
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mitad mujeres. Sin embargo, Kanter llegó al convencimiento de que los
grupos con «proporciones sesgadas», con muchos miembros de un tipo de persona y
muy pocos de otro, tienen una toxicidad especial.
Kanter se
sorprendía de la frecuencia con la que los hombres sacaban conclusiones sobre
las mujeres sin tener en cuenta esa cuestión crucial de las proporciones
sesgadas. Citaba, por ejemplo, un estudio sobre jurados muy conocido que
mostraba que los hombres tienden a desempeñar «papeles proactivos y orientados
a tareas […] mientras que las mujeres tienden a adoptar papeles reactivos y
socioemocionales». Los hombres dominaban y tomaban las decisiones. Las mujeres
se quedaban en segundo plano. Pero, un momento, dijo Kanter. En los jurados
estudiados había dos veces más hombres que mujeres. ¿Cómo sabemos que ese no
era el factor clave?
«Quizá —escribió—,
era la escasez de mujeres en grupos sesgados lo que las empujaba a adoptar
posturas clásicas y la superioridad numérica de los hombres lo que les daba
ventaja en el desempeño de las tareas».
Kanter también se
sorprendía de una observación que se había hecho sobre los kibutz de Israel.
Muchos israelíes habían tratado de establecer la igualdad de género en esas
comunidades compartiendo las responsabilidades por igual, pero sus intentos a
menudo habían fracasado: los hombres acababan ocupando los principales puestos
de liderazgo. Una vez más, Kanter levantó la mano para protestar. «En los
kibutz, con frecuencia había el doble de hombres que de mujeres. Una vez más,
los números relativos impedían llevar a cabo un análisis válido de lo que los
hombres o las mujeres eran capaces de hacer “por naturaleza”».
La reflexión de
Kanter es tan profunda que, cuando la conocemos, cambia para siempre nuestra
manera de escuchar lo que nos cuenta la gente. Permítame ponerle un ejemplo. En
una ocasión, para un proyecto completamente distinto, pasé una tarde
entrevistando a una mujer extraordinaria, Ursula Burns. (No me habría costado
nada dedicarle todo el capítulo). Creció en los años sesenta en un piso del
Lower East Side de Manhattan. Su madre era una inmigrante panameña. Su padre no
estaba. Burns y sus dos hermanos se criaron en un piso minúsculo de la novena
planta de un edificio ruinoso.
«Un noveno era duro
porque […] la mayor parte del tiempo no podíamos coger el ascensor —me dijo—.
Los yonquis estaban ahí y dormían dentro. Así que lo teníamos prohibido. Mi
madre tenía reglas».
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Burns fue al Cathedral High School del Midtown de Manhattan, un
instituto femenino católico. Aunque estaba en mitad de la isla, iba andando
para ahorrarse el metro.
«Mi madre tenía que
pagar veintitrés dólares mensuales para que sus hijos fuéramos [al Cathedral].
Lo máximo que ganó en toda su vida fueron cuatro mil cuatrocientos dólares al
año. Es increíble. Y ella lo hacía sin más».
En el Cathedral,
Burns conoció a alumnos que hablaban de las vacaciones que habían pasado con
sus familias. Explicó: «Yo tenía sentido común. Sabía cómo era el mundo. Pero
nunca había conocido a nadie que se hubiera ido de vacaciones como se iban
ellos, donde coges a la familia, te subes a un vehículo y te vas a otra parte».
Burns fue a la
universidad, se sacó un título de ingeniería, entró a trabajar en la legendaria
empresa tecnológica Xerox y en 2009 la nombraron directora general: la primera
mujer afroamericana en dirigir una compañía que figuraba en la lista Fortune de
las quinientas mayores empresas de Estados Unidos.
Estoy seguro de que
ya habrá oído alguna versión de esta clase de historia: un elemento externo,
alguien de fuera del círculo, llega a lo más alto gracias a su ambición,
determinación, esfuerzo e inteligencia. Sin embargo, después de leer a Kanter,
había una parte de la historia de Burns que me volvía continuamente a la
cabeza. En casi todas las etapas de su ascenso, ella había sido la única en su
especie. En el Cathedral, no había muchas chicas que fueran andando al
instituto todos los días desde el Lower East Side. En la universidad, no había
casi ninguna otra mujer en su carrera de ingeniería, y menos aún de piel negra.
Cuando regresó para estudiar segundo, sus compañeros le decían asombrados:
«¡Sigues aquí!».
O: «Dios
mío, qué bien se te da el cálculo». No la trataban con desprecio ni hostilidad.
Eran de lo más amables. Solo les costaba entender que una persona tan distinta
a ellos pudiera ser igual de inteligente. (O, como a menudo ocurría con Ursula
Burns, más inteligente).
Lo mismo sucedió en
Xerox. Cuando empezó a trabajar en la empresa, Burns llevaba un voluminoso
peinado afro, al estilo de Angela Davis, y destacaba por su fuerte acento
neoyorquino. Iba al trabajo con las ventanillas del coche bajadas, escuchando
al músico funk Rick James. Eso, en un próspero barrio de Rochester, en Nueva
York, con una mayoría
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blanca aplastante. No encajaba en el estereotipo de ingeniero brillante
de nadie.
La gente empezó a
decirme cosas como —y eso duró un tiempo, y yo tardé mucho en darme cuenta de
lo que decían en realidad—: «Eres espectacular. Eres increíble».
Al principio, me
gustaba bastante. Me parecía un cumplido. Pero, al cabo de un tiempo, pensé:
«Aquí pasa algo». Y más adelante en la vida me di cuenta de lo que me
molestaba. Tenían que encontrar la manera de caracterizarme de alguna forma
especial porque estaba con ellos cuando no debería estarlo.
Al catalogarla como
excepcional, como una especie de genio singular, sus colegas no tenían que
revisar sus ideas sobre lo que eran capaces de hacer las mujeres y, en
particular, las mujeres negras. Podían mantener intacto su sistema de
creencias.
«La única manera en
la que podía estar con ellos era siendo así de buena. Porque las personas
corrientes que son como yo no son lo suficientemente buenas para estar con
ellos. Así que Ursula tenía que ser una superpersona».
Lo que Ursula Burns
estaba recibiendo era una lección sobre las proporciones grupales de Rosabeth
Kanter. No había suficientes personas como ella en Xerox para que la trataran
como… a Ursula Burns.
Poco después de
conocer a Burns, leí por casualidad la autobiografía de Indra Nooyi. Nooyi
llegó a Estados Unidos de la India en 1978 con quinientos dólares en el
bolsillo. En la treintena, empezó a trabajar para Pepsi en una época en la que
los hombres blancos ocupaban quince de los quince cargos más altos de la
empresa. «Casi todos llevaban trajes azules o grises con camisa blanca y
corbata de seda, y tenían el pelo corto o no tenían —recuerda—. Bebían Pepsi,
combinados y licores. La mayoría jugaban al golf, pescaban, practicaban tenis,
hacían senderismo y corrían. Algunos cazaban codornices juntos. Muchos estaban
casados y tenían hijos. No creo que ninguna de sus esposas tuviera un trabajo
remunerado fuera de casa». Supongo que ya se imagina lo que ocurrió después. En
2006, gracias a una combinación de ambición, determinación, esfuerzo e
inteligencia, la nombraron directora general de la compañía, lo que la
convirtió en la primera mujer de ascendencia india que dirigía una
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empresa de la lista Fortune 500. (Tengo debilidad por las historias de
personas que pasan de la pobreza a la riqueza).
Pero, una vez más,
me llamó la atención un momento muy concreto de la historia de Nooyi: la
reacción a su nombramiento como directora general. El anuncio fue un
acontecimiento cultural. Saltó a los titulares. La prensa, recuerda, estaba
«encantada de celebrar mi exotismo como mujer e inmigrante india» de una manera
que ella no entendía. Escribe: «Me presentaban con sari y, a veces, incluso
descalza. Yo no iba con sari al trabajo desde mis prácticas en Booz Allen
Hamilton en Chicago hacía veinticinco años».
¿Y descalza? Solo
cuando, como cualquier otra persona, se quitaba los zapatos al final de una
dura jornada.
«Cuando ocupé el
cargo, un artículo del Wall Street Journal titulado “La nueva
directora general de Pepsi no se guarda sus opiniones” me describe en el primer
párrafo llevando sari y rindiendo homenaje a Harry Belafonte cantando “Day-O”».
Belafonte era el
famoso cantante y actor de las Antillas (Indias Occidentales en inglés) y la
canción de calipso «Day-O» era su mayor éxito. ¿Indios? ¿Indios occidentales?
Al parecer, todos eran iguales. «En realidad —continúa Nooyi—, presenté
brevemente al señor Belafonte y, en grupo, cantamos “Day-O” en un acto de 2005
sobre diversidad e inclusión. Yo llevaba un traje de negocios con mi
característico gran pañuelo suelto. Quizá pensaron que era un sari».
Cuando eres único
en tu especie, el mundo es incapaz de verte tal como eres.
«¿Cuántos
componentes de una categoría hacen falta para que una persona pase de ser un
símbolo a convertirse en miembro de pleno derecho del grupo?», se preguntó
Kanter. No podemos librar a los elementos externos de la presión de que los
traten como símbolos, dijo, a menos que sepamos cuándo cambia la dinámica en
los grupos: «Se requieren análisis cuantitativos para documentar con precisión
el momento en que la interacción cambia porque una cantidad suficiente de
personas del «otro tipo» han pasado a ser miembros de un grupo […] Hay que
investigar los puntos clave exactos».
Pues investiguemos.
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4
A finales de los
años cincuenta, el organizador comunitario Saul Alinsky (en su día, una de las
figuras políticas más importantes del país) declaró ante la Comisión de
Derechos Civiles de Estados Unidos. El grupo estaba investigando la fuga de
blancos y Alinsky dedicó todo su discurso a la importancia de averiguar cuál
era el punto clave de ese fenómeno.
Todos los que han
reflexionado seriamente sobre el asunto saben que debe de haber algún tipo de
fórmula. Hablan de equilibrio racial o étnico; a veces, hablan simplemente de
«estabilizar» la comunidad; otras, de ratios. «Equilibrio», «estabilización»,
«ratio», «porcentaje» hacen todos referencia a un porcentaje numérico o «cupo».
[…] El hecho es que, lo llamen como lo llamen, muchos líderes negros y blancos
coinciden en ese enfoque de porcentajes o cupos […].
Todos los que han
reflexionado seriamente sobre el asunto hablan de un porcentaje numérico.
«Durante unos
disturbios raciales hace unos años —continuó—, tuve la oportunidad de hablar
con algunos de los líderes blancos».
Alinsky trabajaba
en el barrio Back of the Yards de Chicago, que fue durante años un bastión de
Europa del Este.
Les dije: «Supongan
que supieran que el 5 por ciento de población iba a ser negra y estuvieran
seguros de que el porcentaje se mantendría en esa cifra. ¿Dejarían que los
negros vivieran aquí en paz, no segregados, sino repartidos por todo el
barrio?».
Los hombres se
removieron inquietos. «Recuerden —les dije—, en torno al 5 por ciento y no más.
¿Aceptarían esa situación?».
Se miraron
desconcertados. Luego habló el cabecilla: «Señor — dijo—, si pudiéramos tener
el 5 por ciento o incluso un poco más, pero supiéramos con seguridad, con total
seguridad, que de ahí no iba a pasar, ¡no se imagina con qué gusto diríamos que
sí! ¿Aceptarlo? ¡Sería el paraíso! Ya he tenido que mudarme dos veces, hacer
los bártulos con mi familia, cambiar a los niños de escuela, vender mi casa y
perder mucho dinero […] Sé que, cuando los negros empiezan a
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llegar a un barrio, es el fin del barrio; va a ser todo negro. Sí, su
idea sería un sueño».
Así que el 5 por
ciento estaba bien. Ese porcentaje quedaba muy por debajo del punto clave.
¿Podía aumentarse?
«Algunos padres
blancos pueden aceptar a regañadientes una integración del 10 al 15 por
ciento», escribió un periodista del New York Times en 1959.
Así que, quizá, el 15 por ciento también estaba bien. En la misma
audiencia en la que declaró Alinsky, la comisión le pidió la opinión a un
ejecutivo de una importante inmobiliaria. Él explicó que su empresa había
inaugurado un edificio de pisos de diecinueve plantas, el Prairie Shores, donde
tres cuartas partes de los inquilinos eran blancos y una cuarta parte eran
negros. «Puedo decirles sin la menor duda —explicó— que el edificio funciona
sin problemas con esa proporción de 75 a 25 entre blancos y negros». Así que,
quizá, el 25 por ciento seguía estando por debajo del punto clave.
Pero ¿podría
llegarse al 30 por ciento? Intervinieron representantes de Filadelfia y Nueva
York. El director del sistema escolar público de Washington D. C. dijo que no.
En su experiencia, cuando una escuela tenía un 30 por ciento de alumnos negros,
pasaba al «99 por ciento en muy poco tiempo». Por último, se consultó al
presidente de la Autoridad de Vivienda de Chicago. Dirigía uno de los mayores
sistemas de vivienda pública de Estados Unidos. Él sabría cuál era la cifra
«correcta» para poner fin a la fuga de blancos, ¿no? Opinaba igual que el
director del sistema escolar público de Washington D. C. «Tomemos, por ejemplo,
el caso de Cabrini, en el North Side, uno de nuestros proyectos de viviendas
protegidas — explicó—. Cuando empezamos, el porcentaje era de aproximadamente
un 70 por ciento de blancos y un 30 por ciento de negros. Hoy en día, el 98 por
ciento son negros».
Al final, casi
todos estaban de acuerdo. Cuando un grupo de elementos externos que antes era
insignificante pasaba a representar entre un cuarto y un tercio de la población
del grupo al que se unía, ocurría algo espectacular.
Escojamos el
extremo más alto de ese intervalo y llamémoslo el tercio mágico.
El tercio mágico
aparece en todas partes. Tomemos, por ejemplo, el caso de los consejos de
administración. Se encuentran entre las
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instituciones más poderosas de la economía moderna. Casi todas las
empresas importantes tienen un grupo de (por lo común) unos nueve empresarios
experimentados que asesoran al director general. Tradicionalmente, los consejos
de administración han sido solo de hombres. Sin embargo, poco a poco, se ha
abierto la puerta a las mujeres y una serie investigaciones muestran que su
presencia los cambia. Los resultados indican que ellas están más dispuestas a
hacer preguntas difíciles. Valoran más la colaboración. Escuchan mejor. En
otras palabras, hay un «efecto femenino». Pero ¿cuántas mujeres se necesitan en
un consejo para que ocurra ese fenómeno?
No es una: «[Yo
era] la única mujer en una sala llena de hombres. No soy tímida, pero intentar
hacerte oír por toda la mesa no es fácil». Estas palabras pertenecen a un
estudio en el que se entrevistó a cincuenta ejecutivas de grandes empresas para
que hablaran de su experiencia. «Puedes hacer una observación que es válida.
Dos minutos después, Joe dice exactamente lo mismo y todos lo felicitan. Es
difícil hacerte oír, incluso a nuestro nivel. Tienes que encontrar la manera de
abrirte paso».
Una mujer recuerda
lo que ocurrió cuando el consejo del que formaba parte invitó a un grupo de
auditores externos a hacer una presentación: «Entraron. Fueron avanzando por un
lado de la sala de juntas dándoles la mano a todos. Se la dieron a los dos hombres
de mi izquierda, a mí me saltaron y luego se la dieron al siguiente. Se
marcharon. El grupo empezó a hablar de su presentación y yo dije: “Tengo que
interrumpiros. ¿Os habéis dado cuenta de lo que ha pasado?”».
Es justo como
predijo Kanter. Cuando una mujer está sola, destaca como mujer, pero se vuelve
invisible como persona.
«Añadir otra mujer
claramente ayuda», prosigue el estudio. Sin embargo, seguía sin ser suficiente:
«La magia parece obrarse cuando hay tres o más mujeres en un consejo de
administración».
Tres de nueve
personas. ¡El tercio mágico!
Debo confesar que
al principio me costó aceptar esa conclusión. ¿De verdad había tanta diferencia
entre dos y tres elementos externos en un grupo de ese tamaño? No obstante,
cuando me puse a llamar a mujeres que han estado en consejos de administración
de empresas importantes, me dijeron exactamente lo mismo. Es el caso de la
emprendedora Sukhinder Singh Cassidy, que estaba tan convencida del valor de
los números que
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creó el grupo theBoardlist para ayudar a colocar a más mujeres en los
consejos de administración de las empresas.
«¿Es tres el número
correcto? —me dijo—. No estoy segura, pero sé que hay un número en el que una
persona deja de ser distinta debido a sus diferencias, en el que hay tantas
como ella en la sala que ni tan siquiera se piensa en ello».
Una persona,
continuó, se sentía sola. Con dos, se generaba un sentimiento de amistad. Pero
tres eran un equipo. «Así que mi instinto me dice que tres podría ser el número
mágico. Porque creo que, con tres, te sientes suficiente. Como si hubiera una
subtribu dentro de una tribu donde puedes ser más tú […] Hay un cierto punto
clave en el que es suficiente».
O aquí está Katie
Mitic, también veterana en consejos de administración: «Diría, sin dudarlo, que
hay un punto clave en mi experiencia».
Había formado parte
de consejos de administración en todas las versiones: con una, dos, tres y más
de tres mujeres. Tres era el número que marcaba la diferencia.
«Me siento más
cómoda, más segura, diciendo lo que quiero decir. Haciendo lo que quiero hacer
[…] menos especial en un sentido positivo. Siento que soy una voz más en la
conversación, a diferencia de Katie, la mujer […] Es más como ser Katie, la
experta en productos, o Katie, la experta en internet para consumidores».
Si observara un
consejo de administración formado por siete hombres y dos mujeres, no le
parecería, desde fuera, tan distinto de uno integrado por seis hombres y tres
mujeres, ¿verdad? Pero lo es. A eso se refieren Mitic y Singh cuando dicen que
existe un punto en el que la cultura del consejo se transforma de repente.
Mitic explica que una vez entró en un consejo donde era la única mujer y vio
cómo primero se incorporaba una, luego otra y después una tercera. Incluso a
ella le sorprendió la brusquedad con la que todo cambió.
«Seré sincera, no
sabía muy bien qué impacto iba a tener […] Parecía lógico que fuera a hacérmelo
más fácil, pero creo que no sabía en qué grado lo haría».
Por eso lo llamamos
el tercio «mágico».
Página 95
5
Creo que podemos ir
un paso más allá. Creo que podemos decir que el tercio mágico es una ley
universal. (O al menos casi universal). Una de las mejores pruebas de ello se
encuentra en el trabajo de Damon Centola, profesor en la Universidad de
Pensilvania. Él fue uno de los muchos estudiosos que respondieron al
llamamiento de Kanter a «investigar» los puntos clave.
Centola ideó una
forma muy inteligente de determinar cuándo se produce el cambio crucial en la
dinámica de un grupo. Creó un juego en línea, que ejecutó en un sinfín de
versiones distintas. Un grupo de personas, pongamos treinta, se divide en
parejas para formar quince grupos de dos. A cada pareja le enseñan una
fotografía y le piden que proponga un nombre para la persona que aparece.
Imagine que la
pareja somos usted y yo. Yo veo una fotografía y escribo «Jeff». En este juego,
introducimos nuestras respuestas a la vez, por lo que usted escribe la suya sin
saber la mía. Ambos estamos a ciegas. Usted escribe «Alan». Inmediatamente después
de escribir nuestras respuestas, vemos si hemos coincidido o no y vuelven a
emparejarnos al azar con otra persona. El proceso empieza de nuevo. Jugamos con
otra pareja y después con otra, y así sucesivamente hasta que el juego termina.
Como puede
imaginar, las posibilidades de coincidir de inmediato son infinitesimales.
Incluso si la foto se corresponde con una «categoría» reconocible —por ejemplo,
una mujer rubia de ojos azules o un hombre antillano con turbante—, hay
literalmente cientos de nombres que podrían parecernos apropiados para una
persona con ese aspecto. Así pues, lo más probable es que no coincidamos en la
primera ronda ni en la segunda o ni tan siquiera en la tercera. Va a llevarnos
mucho tiempo, si es que ocurre, ¿verdad?
Pues no. En torno a
las quince rondas se llega a un consenso sobre el nombre.
«Es muy rápido
—dice Centola—. Lo probamos a varias escalas: con poblaciones de veinticuatro,
cincuenta y cien [participantes]. Y el proceso de convergencia era el mismo a
todas las escalas. Es rapidísimo en comparación con lo que esperábamos».
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¿Por qué termina tan rápido el juego? Porque a los seres humanos se les
da tremendamente bien identificar normas y ponerse de acuerdo en cómo deben
pensar acerca de algo.
Por tanto, cuando
yo escribo «Jeff» y usted escribe «Alan», yo sé que le he metido «Jeff» en la
cabeza y usted sabe que me ha metido «Alan» en la mía, con lo que ahora ambos
somos un poco más propensos a utilizar uno de esos dos nombres en la siguiente
ronda. Y lo mismo hacen todas las otras personas con las que hemos formado
pareja en las rondas anteriores. Ahora, «Jeff» y «Alan» están flotando en el
ambiente. Y cuando por fin hay una coincidencia al azar, cuando usted escribe
«Jeff» y su pareja escribe «Jeff», ya no hay vuelta atrás.
«En cuanto hay algo
que funciona, tendemos a seguir escribiendo “Jeff”, “Jeff”, “Jeff”, “Jeff”
—explica Centola—. Porque es nuestra mayor probabilidad de experimentar el
éxito».
Podría decirse
muchísimo más sobre esa parte del experimento y sobre lo que revela de nuestra
naturaleza. (Como seres humanos, ¡ansiamos ponernos de acuerdo sobre las reglas
del juego!). Pero dejemos eso a un lado y pasemos a la segunda fase crucial,
porque este tipo de experimentos siempre tienen truco.
Centola pidió a un
grupo de estudiantes de posgrado que se incorporaran al juego con unas
instrucciones muy precisas: debían actuar como «disidentes». Una vez que el
grupo se había puesto de acuerdo en un nombre y todos los jugadores escribían
«Jeff», «Jeff», «Jeff», los disidentes tenían que romper filas. Debían oponerse
a la tendencia de Jeff y empezar a usar otro nombre, una y otra vez. Pongamos
que era Pedro. Lo que Centola se preguntaba era: ¿cuántos disidentes tenían que
escribir repetidamente el nombre Pedro para que todo el grupo cambiara de Jeff
a Pedro?
Añadió a un puñado
de disidentes partidarios de Pedro al grupo. ¿Hubo algún cambio? No. Luego
probó con más: el 18 por ciento del grupo. Ningún efecto. ¿El 19 por ciento?
Nada. (Creo que ya ve por dónde voy). ¿El 20 por ciento? Nada. Sin embargo,
cuando la proporción de disidentes fue de una cuarta parte —¡bingo!—, ocurrió
algo mágico: todos los jugadores sin excepción cambiaron a Pedro.
Centola repitió el
juego infinidad de veces y siempre obtuvo el mismo resultado. El consenso de la
mayoría se rompía cuando la proporción de elementos externos alcanzaba el 25
por ciento. Él explica que su ejemplo
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favorito fue con solo veinte participantes. Ejecutó dos versiones del
juego de manera simultánea. La primera tenía cuatro disidentes, que
representaban el 20 por ciento del total. La segunda tenía cinco, que
constituían el 25 por ciento. ¡La diferencia era de una persona! «Los pusimos a
jugar hombro con hombro —recuerda—. Y cuatro [disidentes] no hace nada. No hubo
ningún cambio general. Pero, si se añade un agente más, si son cinco, la
conversión pasa a ser del 90 por ciento». En su versión de laboratorio de la
realidad, Centola terminó en el extremo inferior del intervalo del punto clave.
¡Descubrió el cuarto mágico!
Algunas
observaciones de la naturaleza humana son solo eso: observaciones. No invitan a
la acción. Incluso en el caso de Miami y Poplar Grove, podemos imaginar qué
clase de intervención habría que llevar a cabo. ¡Disgregar el instituto de
Poplar Grove! ¡Restablecer la confianza en las instituciones de Miami! Pero
ninguno de esos remedios es fácil de llevar a la práctica.
Sin embargo, la
idea de que existe un momento mágico en algún punto entre un cuarto y un tercio
es distinta. Prácticamente nos pide que intervengamos.
Le podré un
ejemplo. Desde hace años, hay una brecha importante entre las notas de los
alumnos blancos y los afroamericanos. Estos son los datos, que están extraídos
del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia (ECLS, por sus siglas en
inglés).[18] Las cifras indican
la diferencia entre las puntuaciones en matemáticas de alumnos blancos y negros
en un examen de noventa y seis ítems. Los datos pueden segmentarse de varias
formas, pero estos son los resultados de escuelas donde los alumnos negros representan
menos del 5 por ciento de la población estudiantil.
Último año de
preescolar (otoño): -4,718
Último año de
preescolar (primavera): -6,105
Primero (otoño):
-7,493
Primero
(primavera): -8,880
Tercero
(primavera): -14,442
Quinto (primavera):
-20,004
Al final del último
año de preescolar, los niños negros de ese grupo estaban seis puntos por
detrás: una cifra pequeña, pero no trivial. No
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obstante, en quinto de primaria, la diferencia era enorme: ¡veinte
puntos sobre cien! Este es un ejemplo perfecto de lo que tiene desconcertados a
los educadores estadounidenses desde hace varias generaciones: ¿por qué existe
una brecha tan grande y por qué aumenta?
Sin embargo,
Rosabeth Kanter y todas las personas que han estudiado los consejos de
administración nos recuerdan que hay una diferencia enorme entre ser minoría en
un grupo y ser mayoría. Así pues, la pregunta quizá debiera ser otra. Estos
datos se refieren a clases donde los alumnos negros estaban en franca minoría.
¿Qué ocurre en las clases donde están por encima del punto clave? ¿Cambia algo
ser más?
Resulta que sí.
Cuando un grupo de investigadores en educación dirigido por Tara Yosso estudió
únicamente las clases donde el porcentaje de alumnos de minorías superaba el 25
por ciento, descubrió que la brecha en las notas desaparecía por completo.[19] Los alumnos blancos
tenían el mismo buen rendimiento de siempre. Pero los alumnos negros se habían
puesto a su nivel.
Creo que es
importante no extrapolar las conclusiones de Yosso. Solo se refieren al
rendimiento de alumnos de primaria y secundaria en un único parámetro: un tipo
de prueba estandarizada de aptitud matemática. No creo que nadie piense que
podemos eliminar para siempre la brecha académica con solo modificar la
composición de las clases. Sin embargo, es evidente que algo pasa, ¿no? Y es
muy difícil leer el estudio y no querer al menos probar algo nuevo: reorganizar
los distritos escolares, aconsejar a los padres pertenecientes a minorías sobre
dónde llevar a sus hijos, realizar algún tipo de experimento. Si usted fuera
director de una escuela primaria con tres clases de alumnos de quinto curso,
cada una con unos pocos alumnos de color, podría tener la tentación de agrupar
a todos sus alumnos minoritarios en una sola, por difícil de justificar que
fuera su decisión.
El caso es que no
siempre hace falta una revolución para cambiar la percepción que se tiene de un
grupo minoritario. Pensemos en Ursula Burns e Indra Nooyi. Xerox y Pepsi no
necesitaban un trasplante cultural. El camino que debían tomar era bastante
sencillo y obvio. Solo necesitaban a más mujeres como Burns y Nooyi en cargos
importantes hasta llegar a un punto de masa crítica.
¿Estamos
actualmente en ese punto con las mujeres negras? No. Si otra mujer negra de un
barrio pobre se convierte en directora general de una legendaria empresa
estadounidense, no le quepa duda de que dará lugar a
Página 99
un entusiasta aluvión de noticias sobre mujeres negras brillantes,
luchadoras y transgresoras. No obstante, sí se ha llegado a un punto clave con
los sudasiáticos. En las casi dos décadas posteriores a que Nooyi asumiera la
dirección de Pepsi, una avalancha de personas parecidas a ella accedieron a los
niveles más altos de empresas estadounidenses. En 2022, una cadena de
televisión de noticias contabilizó sesenta directores generales de ascendencia
india al frente de compañías de la lista Fortune 500, entre ellas, IBM,
Microsoft y Google. En el sector tecnológico, el porcentaje de ejecutivos
indios es aún mayor. Cuando Starbucks nombró director general a Laxman
Narasimhan en marzo de 2023, el Wall Street Journal publicó un
reportaje que no decía una palabra sobre el hecho de que Narasimhan
hubiera nacido en la India. Entre Nooyi y Narasimhan, algo fundamental cambió
en la manera en que la cultura estadounidense percibía a sus ciudadanos de
origen indio. Se cruzó una línea.
6
A finales de los
años cuarenta, un grupo conocido como Comité de Juego Limpio de Palo Alto
empezó a preocuparse por la situación habitacional de su ciudad. Los
afroamericanos se estaban instalando en la zona y uno de los pocos lugares en
los que podían vivir era un tramo superpoblado de Ramona Street, en la parte
más vieja de la ciudad. Los miembros del Comité de Juego Limpio miraron a su
alrededor, vieron la incipiente crisis a la que se enfrentaban otras ciudades
estadounidenses y quisieron que Palo Alto fuera distinto.
«Éramos conscientes
de que no íbamos a resolver el problema de la vivienda, pero queríamos hacer
algo —diría muchos años después Gerda Isenberg, una de las líderes del grupo—.
No tenía ni idea de cómo organizarlo. Las reuniones eran muy frustrantes. Mis abogados
decían que deberíamos dejarlo».
Sin embargo, el
grupo perseveró. Otro miembro del Comité de Juego Limpio, Paul Lawrence, un
estudiante negro graduado en la Universidad de Stanford, recibió el encargo de
buscar un terreno. Encontró una parcela cerca de una granja de productos
lácteos en las afueras de la ciudad. Valía dos mil quinientos dólares. Diez
miembros del grupo pusieron doscientos
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cincuenta dólares cada uno. Dividieron el terreno en veinticuatro
solares y un parque, y redactaron un reglamento.
Los solares se
dividirían en tres, siguiendo a rajatabla la ley del tercio mágico: igual
proporción de blancos, negros y asiáticos. Un propietario negro solo podría
vender a un comprador negro, uno blanco solo podría vender a uno blanco, y así
sucesivamente. Se acordó que los negros jamás constituirían más de un tercio de
los residentes del Lawrence Tract. La comunidad se acercaría de puntillas al
punto clave, pero no lo cruzaría.
Se construyeron
pequeños chalés a lo largo de toda la calle. Los primeros en mudarse fueron
Ethel y Reo Miles. Eran negros. La segunda familia fueron Elizabeth y Dan Dana.
Eran blancos. Los terceros fueron Melba y Leroy Gee. Eran asiáticos. Para
maximizar el contacto entre las distintas razas, dos familias de la misma raza
no podían vivir en casas contiguas.
Las familias se
reunían una vez al mes. Programaban actos comunitarios. Los hombres iban a
cazar juntos. «Me quedé impresionado con la calle cuando llegué —dice uno de
los miembros—. Se acercaron vecinos de todos los colores de piel, cogieron mis
muebles y empezaron a ayudarme con la mudanza. Las vecinas se llevaron a mi
mujer a merendar, mientras los hombres me ayudaban a poner la casa en orden».
Corrían los años
cincuenta: en algunas partes de Estados Unidos, los racistas blancos prendían
fuego a las casas de los negros que se atrevían a vivir cerca de ellos,
quemaban cruces en sus jardines y tiraban piedras a sus ventanas. El Lawrence
Tract fue un intento de demostrarle al mundo que las distintas razas podían
vivir en armonía.
Como escribió una
de las componentes originales del grupo:
Los que estamos
comprometidos con causas que promueven cambios en las actitudes y estructuras
sociales a menudo nos sentimos frustrados por el carácter teórico de nuestras
iniciativas […] Una sola manifestación con éxito es más eficaz que cien
discursos. Algunos de los que trabajamos en el campo de los derechos civiles
teníamos eso en mente cuando inauguramos un pequeño proyecto habitacional en
Palo Alto.
Pero ¿era
sostenible el experimento? Los residentes que vivían a ambos lados de Lawrence
Lane no lo creían. El Lawrence Tract intentaba que
Página 101
blancos, negros y asiáticos vivieran puerta con puerta. ¿Cuánto duraría?
¿Cómo evitaría Palo Alto la fuga de blancos? «Algunos se oponían rotundamente y
decían que estábamos construyendo un barrio de chabolas para negros —recordó
Isenberg—. Recibí unas cuantas llamadas desagradables». Varias personas de las
calles circundantes amenazaron con poner su casa en venta. En respuesta, los
residentes del Lawrence Tract intentaron tranquilizar a sus vecinos. Aquello no
iba a ser una repetición de lo que ocurría en Detroit, Chicago y Atlanta,
donde, siempre que los negros se mudaban a una zona, los blancos se iban. Ellos
tenían reglas. Y, siempre que se cumplieran, los residentes de Lawrence Lane
creían que su comunidad sería estable.
«Yo solo era un
hombre que buscaba una casa —dijo uno de los residentes, el maestro de escuela
Willis Williams—. Los alquileres eran demasiado altos y las chabolas que me
ofrecían en otros sitios por ser negro eran terribles […] Pensé que el Lawrence
Tract era pura segregación, pero de otro tipo, un tipo beneficioso. Era la
práctica de una discriminación leve para poder evitar una brutal».
Así es como se
toman en serio los puntos clave. Si realmente hay un cambio a peor en torno a
una determinada cifra, hay que asegurarse a toda costa de no alcanzarla nunca.
No mucho después de
poner en marcha su experimento, los residentes del Lawrence Tract tuvieron que
lidiar con esa misma cuestión. Uno de los propietarios decidió vender uno de
los solares vacíos que quedaban en Lawrence Lane.
«El solar era
propiedad de una persona blanca y decidió dejarlo — explicó Nanosh Lucas, que
había crecido en el Lawrence Tract y actualmente está escribiendo la historia
del experimento—.[20] Se lo vendió a un
agente inmobiliario y la Asociación del Lawrence Tract habló con él y en
esencia le dijo: “Oiga, queremos asegurarnos de que maneja las proporciones
como corresponde. Básicamente, necesitamos a un blanco en ese solar”».
El agente
inmobiliario los tranquilizó. No obstante, el grupo se enteró de que uno de los
suyos, una familia negra, se había puesto en contacto con él porque querían
comprar el terreno para un pariente. En esos años era prácticamente imposible
que los negros encontraran vivienda en Palo Alto. El pariente estaba
desesperado.
Por tanto, los
residentes se reunieron con carácter de urgencia.
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La venta alteraría sus proporciones. El número de afroamericanos
rebasaría el tercio mágico.
En su
investigación, Lucas encontró un trabajo trimestral sobre el Lawrence Tract,
redactado en 1955 por Dorothy Strowger, una estudiante de la zona, que
describía la crisis: «Había que decidir si la Asociación consideraba que la
política de “orígenes diversos” se vería seriamente afectada, si no destruida,
por esa nueva incorporación a la situación ya desequilibrada y, en caso
afirmativo, sopesar el valor del experimento frente a la necesidad y el
bienestar del posible comprador».
La cuestión alcanzó
un punto crítico en una tumultuosa reunión de comunidad. La familia que se
había puesto en contacto con el agente inmobiliario estaba a favor de la venta.
El resto votó, en palabras de Strowger, «anteponer el bienestar general de la zona».
A continuación, todos los residentes pusieron dinero para comprarle el terreno
al agente inmobiliario.
«La reunión se
recordará durante mucho tiempo —continuaba el trabajo de Strowger—. Los
miembros de la Asociación hablan de ella con pasión y orgullo». Pero, a
continuación, pasa a explicar el trauma que dejó el incidente, concretamente
«el dolor y el sentimiento de culpa que aún expresan otros negros que sentían
que habían tenido que sacrificar a personas de su propia raza para demostrar un
principio que, en un mundo bien ordenado, no debería haber precisado tal
demostración».
La existencia de
puntos clave crea una oportunidad irresistible para practicar la ingeniería
social. Nos induce a querer modificar el número de mujeres en el consejo de
administración de una empresa o a reorganizar a los alumnos de minorías en una
clase de enseñanza primaria. Sin embargo, eso no significa que sea fácil.
Es poco probable
que el hombre al que no tienen en cuenta para un puesto de trabajo porque el
número de mujeres de la empresa no ha llegado aún al punto clave se quede
satisfecho con esa explicación. El director que agrupa a todos sus alumnos de
minorías en un aula no lo tendrá fácil para explicar su experimento a los
padres. La razón por la que evitamos reconocer las soluciones sencillas que nos
ofrecen los puntos clave reside en que, en el fondo, no son tan sencillas. Esa
fue la lección que aprendieron los miembros del Lawrence Tract. Miraron a su
alrededor, a todas las comunidades de las que los blancos se habían ido para
vivir en las afueras, y decidieron que no podían, en conciencia, dejar que su
calle
Página 103
fuera por ese camino. No obstante, para preservar esa armonía racial,
tuvieron que perjudicar a las mismas personas a las que intentaban ayudar.
Lucas dijo que el
solar permaneció vacío durante una década, como una herida abierta que nadie
quería tocar. El episodio fue «una toma de conciencia muy dura para el barrio
[sobre] lo que había que sacrificar para que funcionara».
Añadió: «En su
opinión, el destino del barrio estaba en juego […] El análisis que yo hago es
que pensaban que quizá la gente de fuera vería aquello y diría: “Esta
asociación de vecinos no tiene ninguna legitimidad porque no hacen cumplir las
normas como dijeron que harían”. Y que llegaríamos al punto en el que el barrio
fracasaría».[21]
Por tanto, no es de
extrañar que, cuando las personas intentan jugar con los puntos clave, la
mayoría lo hagan a escondidas.
Solo hay que
preguntarle a la Ivy League, que agrupa a las universidades más prestigiosas de
Estados Unidos.
Página 104
5
EL MISTERIOSO CASO
DEL EQUIPO DE RUGBY FEMENINO DE HARVARD
«La idea era que
los estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad»
1
No hace mucho, en
un ventoso día de otoño, se jugó un partido de rugby en un campo solitario de
un apartado rincón de la Universidad de Princeton. El equipo local vestía de
negro y naranja. El visitante, de la Universidad de Harvard, iba de blanco.
Unos pocos espectadores se alineaban en un lado del campo y los equipos
ocupaban el otro, ambos con una pequeña carpa para el material. Para los que no
habían podido asistir, el partido se retransmitía en directo en YouTube.
«Comprobando la
conexión a internet. Parece que va bien. Estamos en directo. Seis espectadores
ya. Bienvenidos».
Los locutores
leyeron los nombres de las jugadoras: Eva, Brogan, Maya, Tiahna, Skylar,
Elizabeth, Zoë, Caroline, etc. Advirtieron a los espectadores y a las jugadoras
sobre incurrir en «discriminaciones racistas, homófobas o tránsfobas u otros
actos intimidatorios». Sonó el himno nacional. Y los equipos salieron al
terreno de juego.
El programa
universitario de rugby femenino de Princeton solo llevaba dos años en marcha.
La mayoría de las jugadoras habían destacado en tenis y voleibol en el
instituto: solo unas pocas tenían verdadera experiencia en rugby. Harvard,
hicieron notar los locutores, era distinto.
«El equipo de
Harvard tiene mucha solidez y mucha gente que juega al rugby desde hace mucho
tiempo».
Esa temporada,
Harvard llegaba invicta al partido después de haber arrollado a equipos como
los de la Universidad Quinnipiac, el American International College y la
Universidad Queens de Charlotte. Cuando se
Página 105
enfrentó a Princeton el año anterior, ganó por 102 a 0. Harvard era
bueno. Empezó a llover, primero con suavidad y luego más fuerte. El campo se
puso resbaladizo. Las jugadoras estaban empapadas. Los espectadores, alineados
a lo largo de los laterales, se refugiaban bajo los paraguas.
«Courtney Taylor
patea el balón y se lleva a buena parte del equipo de Princeton hacia la línea
de veintidós…».
Intervino el otro
locutor: «… ataque de segunda fase».
La crónica era toda
en la jerga del rugby, incomprensible para cualquiera que no conociera este
deporte.
«Coge el balón Eva
Rankin […] derribada por Brooke Beers. Lo coge Jordan. El quiebro, bien
apoyado, no, más ataque, patea hacia Chloe Headland, que se lleva a un par de
jugadoras de Princeton a la línea de cinco metros».
Dos horas después
de empezar, el partido había terminado.
«Buena potencia y
distancia, pero un poco desviado hacia la derecha y se va fuera, y el árbitro
pita el fin del partido. Ha sido la última jugada. El marcador final de hoy es
61 para Harvard y 5 para Princeton. Repetimos, el marcador final es Harvard 61 y
Princeton 5».
Si hubiera ido el
partido entre Princeton y Harvard, es posible que hubiera disfrutado de una
animada jornada deportiva. Sin embargo, al poco rato, mientras llovía a
cántaros y usted estaba de pie en el lateral vacío, puede que también se
hubiera hecho una pregunta impertinente: «De todas formas, ¿por qué hay un
equipo de rugby femenino en Harvard?».
Harvard tiene una
extraordinaria oferta de deportes para sus alumnos. Cuenta con más de cincuenta
clubes deportivos en el campus. También compite en más disciplinas
universitarias de primera división que cualquier otra universidad del país. En
Harvard, una joven deportista puede competir en baloncesto, cross, esgrima,
hockey sobre hierba, golf, hockey sobre hielo, lacrosse, remo de peso pesado,
remo de peso ligero, vela, esquí, fútbol, softball, squash, natación y saltos,
tenis, atletismo, voleibol y waterpolo. Pensamos en las universidades públicas
que destacan en deporte como la de Michigan como instituciones con muchos
estudiantes deportistas. En porcentajes, Harvard tiene cuatro veces más
estudiantes deportistas que Michigan.
Sin embargo, en
2013, Harvard decidió que sus alumnas necesitaban otra opción más. Así, se
añadió el rugby femenino a la lista ya extensa de
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deportes universitarios destacados. Ello comportó contratar entrenadores
y preparadores físicos. Y había que captar a deportistas, un hecho de especial
relevancia porque no muchas jóvenes han jugado al rugby en Estados Unidos. Se
trata de un deporte extranjero y además violento, que habitualmente causa una
lista tan larga de lesiones —hombros dislocados, clavículas fracturadas,
ligamentos de la rodilla rotos, conmociones cerebrales— que, incluso en las
contadas ocasiones en las que un instituto estadounidense ofrece rugby, muchas
jóvenes lo rehúyen, y es comprensible. Formar un equipo universitario de rugby
requiere bastante esfuerzo.
«Al final, abrimos
mucho el abanico para encontrar a las personas que quieren estar en Harvard y
que encajarían perfectamente dentro y fuera del terreno del juego», dijo hace
unos años la entrenadora del equipo, Mel Denham, al periódico estudiantil Harvard
Crimson. Con «abrir mucho el abanico» se refería a que su búsqueda de
jugadoras abarcaba el mundo entero.
El artículo
continuaba:
Ojeamos
regularmente institutos en California, Utah, Colorado y algunos estados del
Medio Oeste, además de Canadá […] «También hemos empezado a trabajar con
algunas jugadoras inglesas y estamos asimismo entablando relaciones con
entrenadores de Inglaterra, Nueva Zelanda y Australia —explicó la entrenadora
Denham—. Nuestro equipo actual cuenta con jugadoras de Escocia, Canadá, Hong
Kong, Australia, China, Alemania y Honduras, y es increíble tener tanta
diversidad en nuestra cultura».
¿Por qué quiso
Harvard tomarse tantas molestias?
La pregunta se
torna incluso aún más desconcertante cuando se conoce cómo funciona el sistema
de admisiones en Harvard. Al igual que muchos centros educativos de élite, esta
universidad tiene un doble proceso. La vía habitual es para los estudiantes
inteligentes de todo el mundo, que compiten en virtud de sus méritos. La
segunda vía es para lo que llaman ALDC —las siglas en inglés para
deportistas, hijos de antiguos alumnos, lista de interés del decano (hijos
de ricos) e hijos de profesores—. Los
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ALDC representan el 30 por ciento del alumnado de Harvard. Son
muchos.
Y su recorrido para
entrar en la universidad es muy distinto.
En 2014, Harvard
fue llevada a juicio por el grupo Students for Fair Admissions (alumnos por un
acceso a la universidad justo; SFFA, por sus siglas en inglés). El caso
acabaría elevándose al Tribunal Supremo. Y los momentos más extraños del primer
juicio federal tuvieron lugar cuando ambas partes intentaron explicar el
funcionamiento del bizantino sistema
ALDC.
Este es el abogado
de los demandantes, Adam Mortara, en su declaración inicial. Ha dispuesto una
tabla para enseñársela a toda la sala. Y empieza analizando lo que Harvard
llama los «1 académicos». Los logros intelectuales de los solicitantes
aceptables se puntúan en una escala del 1 al 4 (por encima de eso, no se tiene
ninguna posibilidad), donde 1 es la mejor puntuación. Se trata de las
superestrellas. En circunstancias normales, los 1 académicos tienen una
posibilidad razonablemente buena de entrar en Harvard. No obstante, si el
candidato es hijo de un antiguo alumno y es un 1, tiene la admisión
prácticamente asegurada.
Mortara señala otra
tabla, en la que se comparan las tasas de admisión estratificadas por
puntuaciones para los alumnos normales y para los ALDC.
«Empieza a verse lo
mucho mejor que le va a la lista de los hijos de antiguos alumnos. Les va un 50
por ciento mejor. Prácticamente todos entran como 1 académicos».
Mortara pasa a
señalar la línea que indica las tasas de aceptación en el caso de los
deportistas. En su análisis de los datos de admisión correspondientes a seis
años, él y su equipo solo han podido encontrar un deportista que entrara en la
categoría del 1 académico.
«Por supuesto, ese
único deportista […] entró».
A continuación,
Mortara analiza lo que les ocurre a los estudiantes del nivel inmediatamente
inferior: «Luego vemos algo interesante en la categoría del 2 académico. Un 10
por ciento de probabilidad de admisión para las personas normales sin vínculos
con Harvard. Un 50 por ciento de probabilidad de admisión en la categoría del 2
académico para los hijos de antiguos alumnos, la lista de interés del decano y
los hijos de profesores y otros empleados. Es una diferencia de cinco veces».
Hace una pausa.
Luego añade: «De nuevo, los deportistas entran casi siempre. Eso ya se lo he
dicho; no lo repetiré».
Página 108
En la categoría del
3 académico, el 2,4 por ciento [entran], una probabilidad muy baja para la
gente normal. Pero, si su madre o padre fueron a Harvard o su abuelo o tío
donaron mucho dinero a Harvard, su probabilidad de entrar aumenta en siete
veces y media: un 18 por ciento.
Abajo de todo, en
la categoría del 4 académico, no entra casi nadie del grupo normal. Pero, en el
caso de los hijos de antiguos alumnos, la lista de interés del decano y los
hijos de profesores y otros empleados, entraron el 3,5 por ciento.
Por último,
concluye: «Lo que esto refleja es que, en este grupo, el nivel académico no es
tan importante para las admisiones […] Y ese efecto se observa de manera más
pronunciada en los deportistas. Como he dicho, ellos entran casi
universalmente».
¡Los deportistas
entran siempre!
Es fácil dar una
explicación convincente, si bien cínica, de por qué conferiría Harvard una
preferencia especial a un determinado tipo de estudiante. A los antiguos
alumnos y a los ricos les gusta donar dinero a instituciones educativas como
Harvard. A Harvard le gusta tener mucho dinero. Así pues, desde el punto de
vista empresarial, tiene lógica que favorezca a los hijos de esos dos grupos.
También la tiene, hasta cierto punto, darles un trato especial a los hijos de
los profesores: es una manera sencilla de tenerlos contentos. Lo que no se
entiende es por qué querría meter a los deportistas en el mismo saco que a los
otros tres grupos.
En el Harvard
Crimson figuran párrafos como estos:
Victor Crouin, de
la promoción de 2022, un miembro del equipo de squash de Harvard que es
originario de Francia, explicó que estaba en el campeonato mundial juvenil de
squash de 2017 en Tauranga, Nueva Zelanda, cuando entró por primera vez en
contacto con un entrenador de la Universidad.
«El seleccionador
viajó hasta Nueva Zelanda para ver jugar a los estudiantes y después escoger a
unos cuantos, preguntarles y ofrecerles una plaza si sus notas eran lo bastante
buenas», dijo Crouin.
Página 109
¡Tauranga, en Nueva Zelanda! ¿Qué tiene de tan especial ser bueno en
squash que justifica un viaje al otro extremo del mundo? ¿Y, más aún, qué
justifica conceder a los jugadores de squash una ventaja sustancialmente mayor
que a los alumnos que no son buenos en deporte? La ventaja otorgada a los
jugadores de squash, rugby y vela es tan grande que la manera más fácil de
entrar en la universidad más prestigiosa del mundo no es ser su mejor alumno,
sino su mejor deportista.
En un determinado
momento del juicio contra Harvard, se pidió a William Fitzsimmons, responsable
de admisiones de Harvard con muchos años en el cargo, que justificara la
desconcertante actitud de su universidad hacia los deportistas.
P: Se ha hablado
mucho de los deportistas. ¿Por qué da Harvard ventaja a los deportistas?
Fitzsimmons se
conducía y hablaba como el típico hombre de Harvard: tenía un doctorado en
educación y algunas canas en las sienes. Debía de saber que le harían esa
pregunta. Es difícil creer que no lo hubieran preparado para responderla de la
mejor manera posible. Pero escuchemos su respuesta.
Fitzsimmons: Por un par de
razones. Una es [que] reunir a la gente, reunir a todos nuestros alumnos en
competiciones deportivas fomenta un espíritu de comunidad que creo que muchos
estudiantes esperan y que creo que se merecen. Cohesiona a la institución de
una manera muy concreta y fundamental.
Es la clase de
respuesta que cabría esperar del director deportivo de la Universidad de
Alabama o de la Estatal de Ohio, donde ochenta mil o más estudiantes, antiguos
alumnos y aficionados acuden habitualmente a los partidos de fútbol
universitario que se celebran los sábados por la tarde. Eso es comunidad. Sin
embargo, Fitzsimmons habla sobre todo de deportes menos populares como la vela,
la esgrima y el waterpolo. El partido de rugby jugado en Princeton apenas tuvo
espectadores. ¿Cómo podía fomentar un «espíritu de comunidad»?
Fitzsimmons no
había terminado:
Ahora, el estado
del que vienen más alumnos a menudo es California. El cuarto es Texas. El sexto
es Florida. Así que, si eres un joven que viene de alguna de esas zonas,
querrás ir a un sitio que tenga el tipo de ambiente universitario que los
estadounidenses suelen atribuir a las
Página 110
universidades. Por lo que tener una tradición deportiva vibrante y la
capacidad de reunir a la gente influye enormemente en nuestra capacidad para
atraer a todo tipo de alumnos.
Una vez más, su
argumento no tiene lógica. Harvard no necesita preocuparse por su «capacidad
para atraer» alumnos: atrae a tantos que solo puede admitir al 3,4 por ciento
de los candidatos. Es más, ¿quién es ese estudiante imaginario de California,
Texas o Florida que rechazaría una oferta de Harvard porque el ambiente
deportivo no es lo suficientemente «vibrante»?
Fitzsimmons hace un
último intento.
Por otro lado, las
personas que han alcanzado un alto grado de habilidad deportiva, si se quiere
emplear esa palabra, suelen tener una dedicación, una motivación y una energía
que a menudo les son muy útiles en la universidad y mucho después.
¡Fitzsimmons sigue
sin responder a la pregunta! Nadie niega que en un campo de juego puedan
aprenderse valiosas lecciones que se traducirán en éxito en la vida y en la
carrera profesional. Lo que aquí se plantea es, simplemente, por qué valora
Harvard el tipo de «dedicación» y «motivación» que conlleva hacer deporte mucho
más que la dedicación y la motivación que requiere, por ejemplo, escribir una
novela o resolver una difícil ecuación cuadrática. Y, más aún, valora tanto la
versión deportiva de esa motivación que está dispuesta a viajar a los rincones
más recónditos del mundo para encontrar a mujeres jóvenes que quieran jugar un
peligroso partido bajo la lluvia en un apartado campo deportivo de la periferia
del campus de Princeton.
Dado que ninguna de
las explicaciones expuestas parece lógica, permítame ofrecerle otra. Creo que
el misterio del rugby no tiene nada que ver con la formación del carácter, la
energía y la motivación ni con ofrecer una experiencia universitaria integradora.
Creo que guarda relación con el tercio mágico y con las ideas de Rosabeth
Kanter sobre las proporciones grupales.
Sin embargo, lo que
hace Harvard dista mucho del tipo de ingeniería social que se intentó en el
Lawrence Tract. Los participantes en ese
Página 111
experimento no ocultaban lo que hacían. Querían manipular sus
proporciones y se reunieron para decidir cómo hacerlo. No obstante, la
ingeniería social adquiere un cariz muy distinto cuando los ingenieros actúan
en secreto. Hay demasiada manipulación oculta de esa segunda clase. Si queremos
proteger la integridad de nuestras instituciones, necesitamos ser conscientes
de las maniobras que se llevan a cabo en la sombra. ¿Y la prueba definitiva? La
Universidad de Harvard.
2
En los años veinte,
la Ivy League se enfrentaba a una crisis. El problema era Columbia, la
universidad más prestigiosa de la ciudad más grande del país. En esa época, los
hijos de los inmigrantes judíos que habían llegado en masa a Nueva York en el
cambio de siglo se encontraban en edad universitaria y estaban superando los
exámenes de acceso a Columbia sin ningún problema. En la primera década del
siglo XX, el 40 por ciento de la población universitaria de Columbia ya
era judía y el resto de la Ivy League contemplaba esa cifra con horror. Los
recién llegados, de los lejanos barrios del Bronx y Brooklyn y los humildes
edificios de pisos del Lower East Side de Manhattan, eran como extraterrestres
para las universidades que educaban a los hijos de la élite protestante de
ascendencia anglosajona desde que Estados Unidos se había constituido como
país.
En palabras de la
canción de una fraternidad de la época:
Oh, Harvard’s run
by millionaires
and Yale is run by
booze.
Cornell is run by
farmer’s sons,
Columbia’s run by
Jews
so give a cheer for
Baxter Street,
another one for
Pell,
and when the little
sheenies die,
their souls will go
to hell.[22]
Página 112
(Sheeny era un término despectivo popular en la época para
referirse a una persona judía).
El que más asustado
estaba era Abbott Lawrence Lowell, el severo aristócrata que fue presidente de
Harvard entre 1909 y 1933. Inspirado por las iniciativas de Columbia y la
Universidad de Nueva York para limitar la matriculación de judíos, Lowell formó
un «subcomité para reunir datos estadísticos» a fin de determinar exactamente
quién era judío y quién no. Por primera vez, la universidad empezó a pedir a
los candidatos que especificaran su «raza y color», el apellido de soltera de
la madre y el lugar de nacimiento del padre. Y, para desenmascarar a los que se
habían cambiado astutamente el apellido para evitar que los encasillaran como
judíos, Harvard empezó a preguntar: «¿Qué cambios, si los hubiere, se han hecho
en su apellido o en el de su padre desde que nació? (explíquelo con todo
detalle)».
Se crearon cuatro
categorías para la admisión. J1 se asignaba a los candidatos «cuando las
pruebas apuntaban de forma concluyente al hecho de que el alumno era judío». J2
era para los casos en los que una «preponderancia de pruebas» sugería que un
aspirante era judío. J3 se asignaba cuando «las pruebas hacían pensar en la
posibilidad de que el candidato fuera judío». Y «Otros» era para todos los
demás. Ahora, Harvard podía estar segura de cuántos alumnos judíos se
matriculaban y, al ver los resultados, Lowell entró en pánico. Cuando había
asumido la presidencia en 1909, los judíos representaban poco más del 10 por
ciento de la población universitaria. En 1922, constituían más del doble. En
1925, la situación había llegado a un punto crítico. Según los datos
estadísticos de Harvard, los estudiantes de primer año eran J1 y J2 en un 27,6
por ciento y J3 en un 3,6 por ciento. La universidad estaba en la antesala del
tercio mágico.
Harvard y las otras
universidades de la Ivy League llevaban varias décadas intentando mejorar su
nivel académico. Habían elaborado rigurosos exámenes de ingreso y se habían
comprometido públicamente a aceptar a todos los candidatos que obtuvieran las
mejores calificaciones.
«Pero ahora, justo
cuando esos esfuerzos empezaban a dar fruto, estaban aprobando los exámenes los
estudiantes “equivocados” —escribe Jerome Karabel en The Chosen, su
destacada historia de las admisiones en la Ivy League—. Harvard, Yale y
Princeton se enfrentaban así a una dolorosa disyuntiva: mantener los criterios
académicos casi
Página 113
exclusivamente objetivos para las admisiones y afrontar la entrada de
cada vez más judíos o sustituirlos por criterios más subjetivos que pudieran
utilizarse para obtener el resultado deseado».
Tras mucho debate,
Harvard se decidió por adoptar «criterios más subjetivos». La oficina de
admisiones pasó a tener mucho margen de acción para decidir quién entraba y
quién no. Ahora se pedía a los candidatos que presentaran cartas de
recomendación y una lista de sus actividades extracurriculares. De repente,
importaba más qué hacían los aspirantes en sus vacaciones de verano, cuán
convincente era su carta de motivación o a qué amigos de sus padres podían
convencer para que dieran fe de su idoneidad. Harvard creó complejos sistemas
de puntuación para evaluar aspectos intangibles. Empezó a realizar entrevistas
personales, en las que los evaluadores podían valorar a los solicitantes en
persona. Y, por primera vez, puso un límite estricto a la cantidad de estudiantes
de primer año, todo ello para evitar, en palabras del presidente Lowell, «un
peligroso aumento de la proporción de judíos».
El presidente de la
universidad continuó: «Es el deber de Harvard admitir tan solo a tantos de los
jóvenes que han venido, o cuyos padres han venido, a este país sin nuestra
educación como sea capaz de formar eficazmente […] La experiencia parece situar
esa proporción en torno al 15 por ciento».
El umbral del 15
por ciento era lo bastante alto para que Harvard no diera la impresión de ser
abiertamente antisemita, pero lo bastante bajo para que no corriera el riesgo
de convertirse en Columbia. En su famoso ensayo sobre su experiencia como
asesora, Rosabeth Kanter llamó «sesgado» a un grupo donde la minoría no llegaba
al 15 por ciento:
Los grupos sesgados
son aquellos en los que existe una gran preponderancia de un tipo sobre otro,
hasta una proporción de quizá 85 a 15. Los tipos que dominan numéricamente
también controlan al grupo y su cultura en suficientes aspectos para
calificarlos de «dominantes». Los pocos elementos del otro tipo en un grupo
sesgado pueden llamarse apropiadamente «símbolos» porque a menudo se los trata
como representantes de su categoría más que como individuos.
Por supuesto,
Kanter pensaba que las proporciones sesgadas eran un problema: quería aumentar
la cantidad de miembros del grupo minoritario
Página 114
hasta que pudieran ser ellos mismos y ejercer plena influencia en la
cultura del grupo. Lowell, por el contrario, estaba interesado en mantener al
grupo minoritario por debajo de ese punto clave. Quería manipular el proceso de
admisión para mantener a los judíos en el extremo inferior de una distribución
sesgada.
Es importante
señalar que Lowell no quería cerrarles la puerta a todos los judíos como los
sureños de su generación hacían en sus universidades con todos los negros.
Estaba interesado en limitar su número. «El hotel de veraneo que se arruina por
admitir judíos no corre esa suerte porque los judíos que admita sean de mala
índole, sino porque ahuyentan a los gentiles, y luego, cuando los gentiles se
han ido, también se van ellos — escribió Lowell a un amigo—. Eso le ocurrió a
un amigo mío con una escuela en Nueva York, que creía, por principio, que debía
admitir judíos, pero que en pocos años descubrió que se había quedado sin
escuela». Si se deja entrar a demasiados judíos, estos ahuyentan a los
gentiles. En esencia, lo que Lowell decía era que intentaba evitar la fuga de
blancos.
Con el tiempo, la
especial antipatía que Harvard les tenía a los judíos disminuyó. En 2001, la
universidad incluso nombró a su primer presidente judío. Sin embargo, la
estructura básica de las reformas de Lowell no cambió. Como dice Karabel, autor
de The Chosen, Lowell «nos legó el peculiar proceso de admisión que
ahora ni tan siquiera cuestionamos». Les enseñó a sus sucesores una lección que
no han olvidado: les mostró cómo controlar las proporciones grupales de
Harvard.
Eche un vistazo a
las dos tablas siguientes, que dan una idea de la huella perdurable de las
instrucciones de Lowell a los administradores que lo sucedieron. Indican el
número de estadounidenses de origen asiático matriculados en Harvard y el
Instituto Tecnológico de California (Caltech, una de las pocas universidades
del mundo en las que es tan difícil entrar como en Harvard) entre principios de
los años noventa y 2013. Empecemos por el Caltech.
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1992 |
25,2 % |
1998 |
24,1 % |
2004 |
31,1 % |
2010 |
39,4 % |
|
|
|
|
|
|
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1993 |
26,9 % |
1999 |
24,3 % |
2005 |
33,0 % |
2011 |
38,8 % |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1994 |
29,8 % |
2000 |
24,9 % |
2006 |
37,4 % |
2012 |
39,6 % |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1995 |
29,1 % |
2001 |
24,5 % |
2007 |
38,1 % |
2013 |
42,5 % |
|
|
|
|
|
|
|
|
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1996 |
27,6 % |
2002 |
27,2 % |
2008 |
39,8 % |
|
|
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1997 |
27,4 % |
2003 |
31,1 % |
2009 |
39,9 % |
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Página 115
Caltech es una universidad cuyo proceso de admisión es extremadamente
meritocrático. No hace ningún trapicheo bajo mano para admitir a deportistas ni
a hijos de antiguos alumnos o donantes. Y, si se utiliza un proceso de admisión
mucho más meritocrático, no es posible controlar las proporciones grupales. Por
eso varían tanto sus cifras de asiáticos. La proporción de asiáticos empieza
siendo la cuarta parte de la población estudiantil. Aumenta a casi el 30 por
ciento en dos años, disminuye un poco y luego, con el cambio de siglo, vuelve a
dispararse. En 2013, era del 42,5 por ciento. Hoy en día está más cerca del 45
por ciento.
¿Existe algún modo
de predecir cuál será la composición étnica de la población universitaria de
Caltech al cabo de una generación? ¡No! Esta institución no intenta controlar
sus proporciones grupales. Si una avalancha de inmigrantes nigerianos llegara a
Estados Unidos de repente y sus hijos siguieran el mismo camino que los hijos
de judíos y asiáticos antes de ellos, en Caltech, la población de África
occidental podría ser algún día tan numerosa como la asiática. (No es una idea
descabellada: en Estados Unidos, los inmigrantes nigerianos tienen actualmente
más posgraduados per cápita que cualquier otro grupo). Caltech se vio afectado
por los mismos cambios demográficos que cualquier otra universidad de élite,
pero optó por no hacer nada.
Mire ahora las
cifras de matriculación de asiáticos en Harvard durante el mismo periodo.
|
1992 |
19,1 % |
1998 |
17,0 % |
2004 |
17,1 % |
2010 |
15,6 % |
|
|
|
|
|
|
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|
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1993 |
20,6 % |
1999 |
17,2 % |
2005 |
17,6 % |
2011 |
17,2 % |
|
|
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|
|
|
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|
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|
1994 |
18,3 % |
2000 |
17,1 % |
2006 |
14,3 % |
2012 |
17,7 % |
|
|
|
|
|
|
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1995 |
18,4 % |
2001 |
16,4 % |
2007 |
15,4 % |
2013 |
18,0 % |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1996 |
17,5 % |
2002 |
16,3 % |
2008 |
16,7 % |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
1997 |
17,4 % |
2003 |
16,2 % |
2009 |
17,0 % |
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|
Admisiones en
Harvard
(Porcentaje de
alumnos admitidos por raza/etnia)
|
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2006 |
2007 |
2008 |
2009 |
2010 |
2011 |
2012 |
2013 |
2014 |
|
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|
Afroamericanos |
10,5 |
10,7 |
11,0 |
10,8 |
11,3 |
11,8 |
10,2 |
11,5 |
11,9 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Hispanos |
9,8 |
10,1 |
9,7 |
10,9 |
10,3 |
12,1 |
11,2 |
11,5 |
13,0 |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Asiáticos de
origen |
17,7 |
19,6 |
18,5 |
17,6 |
18,2 |
17,8 |
20,7 |
19,9 |
19,7 |
|
estadounidense |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Página 116
Nativos americanos
1,4 1,5 1,3 1,3 2,7 1,9 1,7 2,2 1,9
Las cifras de
Caltech son las que se observan cuando una institución no se preocupa por
controlar sus proporciones grupales. Las de Harvard son las que se obtienen
cuando una institución sí lo hace. Su proporción de asiáticos se ha mantenido
básicamente constante durante años. De hecho, las proporciones de todos sus
grupos continúan siendo casi las mismas.
Fíjese, en
especial, en la última fila. Solo un grupo en Harvard consigue rebasar el
tercio mágico.
Así pues, ¿por qué
se tomó Harvard la molestia de formar un equipo de rugby femenino? Es evidente.
Los deportes universitarios son un mecanismo mediante el cual Harvard mantiene
sus proporciones grupales.
3
Hace unos años hubo
un extraño procedimiento judicial dedicado a esta misma cuestión de las
universidades de élite y el deporte. El acusado era Amin Khoury, un hombre muy
rico que presuntamente había metido ciento ochenta mil dólares en una bolsa de
papel y se la había enviado a Gordon Ernst, el instructor de tenis de la
Universidad de Georgetown. Khoury quería que Ernst fichara a su hija para el
equipo universitario de tenis. Sabía que en las universidades de élite «los
deportistas siempre entran», por lo que pensaba, con una lógica impecable, que
esa era la vía más segura para que fuera admitida en una universidad de
prestigio.
El juicio fue
anormalmente entretenido, con montones de correos electrónicos y mensajes de
texto embarazosos, una noche de borrachera en un restaurante de lujo y varios
altos cargos de los departamentos de admisiones y deporte que pasaron muy mal
rato en el estrado. Como ejemplo de la corrupción en la enseñanza superior, el
caso de Estados Unidos contra Khoury es imbatible. Las declaraciones que se
oyeron en el juicio también resultan tremendamente útiles para entender cómo
las universidades utilizan los deportes para manipular sus proporciones
grupales.[23]
A mitad de juicio,
el fiscal hizo subir al estrado a una exjugadora de tenis universitario de
Georgetown. La llamaremos Jane. Había estudiado la
Página 117
secundaria en un exclusivo instituto privado de las afueras de
Washington D. C., donde la matrícula rebasa los cincuenta mil dólares anuales.
Jane era muy buena
jugadora de tenis en el instituto.
P: ¿Qué puesto
ocupaba en el ranking nacional?
R: Era la cincuenta
y dos del país.
P: Y ha dicho que es
de Maryland, ¿verdad?
R: Ajá.
P: ¿Y dentro de
Maryland?
R: En Maryland era
la número uno.
Si está
familiarizado con el tenis juvenil, sabrá lo mucho que hay que entrenar para
ser número uno en el ámbito de un estado.
Fiscal: ¿De dónde es? ¿A
qué instituto fue?
Jane: Fui a Holton-Arms
en Bethesda, en Maryland. Salía temprano del instituto todos los días e iba al
centro de tenis de College Park, cerca de la Universidad de Maryland. Allí hay
una academia. Entrenaba tres horas al día en pista y hacía una hora de gimnasio
[después].
Lo que Jane no dijo
en su declaración era que dedicar cuatro horas diarias al tenis requiere una
cantidad ingente de dinero. Su padre era socio de un bufete de abogados. No
podía ser de otra manera. Tenía una hija que intentaba triunfar en el tenis
juvenil.
Merece la pena
hacer números. Todas las cifras que aparecen a continuación están
proporcionadas por la instructora de tenis Marianne Werdel, que fue campeona
juvenil de Estados Unidos. Werdel creó un grupo focal de estudio formado por
veintitrés familias con un hijo o hija que era tenista juvenil para determinar
cuánto dinero al año se gastaban en que jugara al tenis. Esto es lo que
descubrió: «Las familias del grupo focal gastaron entre mil doscientos y
cincuenta y cinco mil dólares en cuotas de socios y alquiler de pistas. La
media de los gastos anuales en pistas al aire libre es de cuatro mil dólares y
la de los gastos estacionales en pistas cubiertas, de treinta y cinco mil
dólares».
Los primeros de la
lista eran los clubes de campo privados, que cobran cuotas de inscripción de
veinte mil dólares o más y cuotas mensuales que rondan los setecientos
cincuenta dólares.
«Las familias del
grupo focal gastaban entre siete mil quinientos y cuarenta y cinco mil dólares
anuales en entrenamiento», continúa Werdel. Los torneos comportaban cuotas de
inscripción y gastos de viaje. (La cifra más alta consignada para esa partida son
cuarenta y dos mil dólares
Página 118
anuales). La mayoría de los jugadores de alto nivel tenían instructor,
lo que supone entre cinco mil y dieciocho mil dólares anuales. La fisioterapia
llegaba a costar siete mil dólares anuales. Además, estaban las clases. Nadie
puede estudiar en una escuela pública si entrena cuatro horas diarias. Necesita
una privada que sea flexible, como Holton-Arms, o educarse en casa: «Laurel
Springs es la escuela virtual más utilizada por las familias de tenistas.
Cuesta aproximadamente entre cuatro mil y seis mil dólares para el primer ciclo
de secundaria y entre siete mil y nueve mil dólares para el segundo ciclo y el
bachillerato […] Las familias con hijos que quieren ir a universidades de alto
nivel pagaron una media de siete mil dólares por clases particulares, además de
la matrícula de Laurel Springs».
La mayoría de las
familias se gastaban unos novecientos dólares anuales en raquetas. Encordarlas
valía entre ochocientos y dos mil quinientos dólares. Las zapatillas costaban
entre quinientos y mil ochocientos dólares anuales, a lo que había que sumar unos
cuantos miles más para ropa, raqueteros, cintas para la empuñadura, toallas,
etc.
Puede sumarlo todo
si le apetece, pero ya se hace una idea: es muy difícil que un alumno de
secundaria sea un tenista de calibre nacional a menos que pertenezca a una
familia adinerada, viva cerca de un club de campo y tenga al menos a un padre o
madre con suficiente tiempo libre para llevarlo a los torneos que se celebran
por todo el país y ocuparse de reunir y dirigir al pequeño ejército de
entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas y profesores particulares
que necesita para triunfar.
¿Y cuál era el
premio de la familia de Jane por gastarse tanto dinero en el tenis de su hija?
Jane nunca llegó a jugar en el circuito profesional. Nunca fue tan buena. Sin
embargo, tiene un bonito estilo de juego que podrá lucir durante el resto de su
vida, lo cual no es trivial. Es más, muchas universidades muy exclusivas se
fijaron en ella. Eligió Georgetown.
Cuando Jane terminó
de declarar, el fiscal llamó al estrado a Meg Lysy, la responsable de
admisiones de Georgetown que gestionaba el equipo de tenis.
P: ¿Cuál era el
proceso típico para la admisión de candidatos tenistas?
R: Antes de que
finalizara el plazo […] el instructor me traía los expedientes académicos y los
exámenes de acceso a la universidad y me decía: «Estos son los estudiantes que
quiero fichar». Mi labor consistía en ver cuál era su preparación académica y
decirle: «Sí, puedes fichar al estudiante. No hay problema». «No, no puedes
fichar al estudiante».
Página 119
En algunos casos, dijo Lysy, tenía dudas sobre la formación académica
del deportista que evaluaba. Sin embargo, si era lo suficientemente bueno en
tenis, estaba dispuesta a transigir.
R: Gordie [Gordon
Ernst] decía: «Este jugador va a cambiar mi equipo. Es muy potente». Y, en ese
caso, podíamos admitir a un estudiante cuyo nivel académico era un poco
inferior, o más bajo de lo que buscábamos, por el enorme impacto que tendría.
P: ¿Qué hacía, en su
caso, para verificar las aptitudes tenísticas de un candidato?
R: Nada.
P: ¿En qué se basaba
para estar segura de las aptitudes tenísticas de un candidato?
R: En la palabra del
instructor.
P: ¿Por qué confiaba
en su palabra?
R: Bueno, porque su
trabajo [es] ser el instructor de tenis, captar talentos y traerlos. Y mi papel
era examinar los expedientes y la preparación académica.
En el caso de los
aspirantes normales, el proceso de admisión en la universidad conlleva una
minuciosa ronda de revisiones y evaluaciones: cartas de motivación, expedientes
académicos, cartas de recomendación, largas disputas en la sala de reuniones…
Pero no si el aspirante es tenista. En ese caso, todo se reduce al criterio del
instructor. ¿Habría entrado Jane en Georgetown si el instructor no hubiera
creído que era una gran tenista? Probablemente no. Lysy lo tenía claro.
P: ¿Cómo eran las
notas de un tenista comparadas con las de los típicos estudiantes admitidos en
Georgetown?
R: Eran mucho más
bajas.
P: ¿Y cómo eran los
resultados de los exámenes estandarizados de un tenista comparados con los de
los típicos estudiantes admitidos en Georgetown?
R: Mucho más bajas.
P: ¿Por qué estaba
Georgetown dispuesta a aceptar a estudiantes con peores notas y resultados en
los exámenes estandarizados para el equipo de tenis?
R: La idea era que
los estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad, a una
universidad como Georgetown. Aportan talento. Aportan orgullo. Verá, todo el
mundo quiere que a los equipos les vaya bien. Y Georgetown tenía el
reconocimiento del país por sus programas deportivos, lo que es estimulante
para los estudiantes y para los antiguos alumnos.
¡Es la misma
respuesta nada convincente que dio el decano Fitzsimmons de Harvard! Los
estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad. ¿En serio? Lea
cómo describe Jane lo que exige formar parte del equipo de tenis.
P: ¿Cuántos días a
la semana entrenaba en Georgetown?
Página 120
P: ¿Entrenan mucho
todos ustedes?
R: Por supuesto. Los
entrenamientos eran dentro y fuera de las pistas. Incluían, por ejemplo,
levantar pesas dos o tres veces a la semana, además del entrenar en las pistas
todos los días, de lunes a viernes.
P: ¿Jugaban todo el
año o era por temporadas?
R: Casi todo el año.
Hacíamos una pausa después de Acción de Gracias hasta el final de la Navidad.
Así que, justo cuando empezábamos el segundo semestre, la temporada de
primavera era nuestra temporada principal.
P: ¿Viajaban a veces
para jugar?
R: Sí. Mucho en la
temporada principal y en el resto de la primavera. Y luego, en otoño, también
teníamos varios torneos por todo el país.
P: ¿Tenían que
faltar alguna vez a clase para entrenar o ir a un partido?
R: Por supuesto. De
vez en cuando, faltábamos a los entrenamientos… perdón, a clase, dependiendo de
dónde fueran los torneos o los partidos, varios días o solo uno. Dependía de
dónde fuera.
Es difícil creer
que los tenistas «aportan algo especial a la comunidad» si no pasan ningún
tiempo en ella. ¿Por qué está Georgetown tan dispuesta a comprometer sus
criterios de admisión por personas que dedicarán todo su tiempo libre a
practicar el golpe de revés en una cancha? ¿Qué tiene de especial un jugador de
tenis excelente? Ya le he dado la respuesta: lo que tienen de especial los
tenistas excelentes es que la única manera de ser un tenista excelente es
pertenecer a una familia adinerada, vivir cerca de un club de campo y tener al
menos a un padre o madre con suficiente tiempo libre para llevarlo a los
torneos que se celebran por todo el país y ocuparse de reunir y dirigir al
pequeño ejército de entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas y
profesores particulares que necesita para triunfar.
El primer testigo
llamado a declarar en el juicio de Khoury fue Timothy Donovan. Era quien había
hecho de intermediario entre aquel y el instructor de tenis de Georgetown,
Gordon Ernst. Donovan había jugado al tenis en la Universidad de Brown, junto
con Gordon Ernst y Amin Khoury, a finales de los años ochenta. Todos se
conocían. Ahora, Donovan dirigía Tennis Strategies, una consultoría dedicada a
conseguir que todos los tenistas cuyos padres se habían gastado cientos de
miles de dólares para que dominaran sus golpes de derecha y revés obtuvieran
una de las codiciadas plazas que las universidades de élite se aseguraban de
reservarles a los tenistas.
P: ¿Cuántos clientes
tiene al año, más o menos?
Página 121
R: Puede variar un poco, pero una media de setenta y cinco a ochenta por
curso.
P: ¿Cuánto cuestan
sus servicios?
R: Hay varios
precios. Tenemos tres paquetes; actualmente arrancan en cuatro mil seiscientos
dólares y llegan hasta diez mil dólares más o menos.
P: ¿Y de qué otras
maneras le han compensado?
R: En tres ocasiones
he recibido una tasa de objetivos cumplidos.
P: ¿Qué es una tasa
de objetivos cumplidos?
R: Básicamente, es
una prima donde el cliente acude a nosotros y nos dice: «Nos gustaría
incentivarles. Si pueden ayudarnos a meter a nuestro hijo o hija en esta
universidad, estaríamos dispuestos a pagarles una prima de una determinada
cantidad».
P: ¿Y en qué cuantía
ha recibido tasas de objetivos cumplidos?
R: Pues, en las tres
tasas, una fue de quince mil dólares, la otra de cincuenta mil y la otra de
doscientos mil, de los que, de hecho, nos pagaron ciento sesenta mil.
En su sitio web,
Donovan enumera todas las universidades que han aceptado a clientes suyos.
Amherst College
Bates College
Bowdoin College
Carleton College
Universidad
Carnegie Mellon
Universidad de
Columbia
Universidad de
Cornell
Dartmouth College
Universidad de Duke
Universidad de
Georgetown
Y…
Grinnell College
Hamilton College
Y…
Universidad de
Harvard
Harvard tiene un
equipo de tenis cuyas plazas se llenan todos los años, al igual que Georgetown.
Sin embargo, los equipos de tenis son pequeños. Solo añaden un puñado de nuevos
jugadores cada curso. Para influir verdaderamente en las proporciones grupales,
hace falta un deporte con la
Página 122
misma exclusividad, pero con muchos más participantes. La esgrima es un
buen punto de partida: catorce deportistas en el equipo masculino, once en el
femenino. La vela también funciona bien. Son otras treinta y cuatro plazas. El
remo es ideal. Hay remo pesado y remo ligero, y son cuarenta mujeres en el
primer caso y otras veinte en el segundo; y lo mismo en hombres. En un mundo
ideal, Harvard añadiría el remo de peso medio y reservaría otras veinte o
treinta plazas para estudiantes que van a institutos con suficiente dinero para
tener programas de remo competitivos. Sin embargo, la categoría de remo medio
en el ámbito universitario no existe… aún. Harvard necesitaba algo nuevo. Y, en
2013, se dio cuenta de que tenía la respuesta justo delante, en los internados
y los clubes deportivos de los barrios residenciales del país: el rugby
femenino.
¡Hay treinta y tres
jugadoras en el equipo de rugby femenino de Harvard!
Y, si nos fijamos
en las biografías de las jóvenes del equipo de Harvard que jugaron en Princeton
ese día de lluvia, es fácil ver que el deporte era ideal para otra maniobra más
de ingeniería social. El equipo, como casi todos los otros equipos deportivos
de Harvard, era blanco en su inmensa mayoría. Las jugadoras venían de algunas
de las comunidades de clase media-alta más bonitas del mundo: Shaker Heights,
en las afueras de Cleveland; Marin County, justo al norte de San Francisco;
Herzliya, en las afueras de Tel Aviv; Upper St. Clair, uno de los barrios
residenciales más elegantes de Pittsburgh. Había dos jugadoras de Summit
County, en Colorado, una exclusiva zona de esquí donde una vivienda unifamiliar
cuesta de media más de un millón de dólares. La defensa exterior estrella del
equipo había estudiado en uno de los mejores colegios privados femeninos de
Toronto. La mejor media de melé lo había hecho en un internado de élite de
Columbia Británica. Una jugadora se había criado en New Jersey, pero entrenaba
todos los años en un «programa de desarrollo» nacional de rugby de California;
otra había jugado en un club de rugby que practicaba en un complejo con el
oportuno nombre de «Country Club Road» (Carretera del Club de Campo); otra era
hija de un exsenador de Estados Unidos. Dos hermanas habían pertenecido a un
club de rugby de la zona residencial de Sacramento, que, como tantos otros
semilleros de deportistas que abastecen a las universidades de élite
estadounidenses, ofrece en su sitio web una útil lista de las que han aceptado
a jugadoras suyas en el equipo de rugby universitario.
Página 123
Brown University
Dartmouth College
Universidad de
California en Berkeley
Universidad de
California en San Diego
West Point
Y…
Universidad de
Harvard
4
En octubre de 2012,
el Tribunal Supremo de Estados Unidos celebró una vista oral en el caso de
Fisher contra la Universidad de Texas. Las vistas orales son el eje de todas
las causas de ese Tribunal. Tienen lugar en su sala central en First Street,
enfrente del Capitolio de Estados Unidos, una imponente estancia de estilo
neoclásico con techos de más de trece metros de alto y veinticuatro columnas
dóricas de mármol italiano. Los abogados de ambas partes se levantan y son
interrogados por los nueve jueces, todos sentados al frente detrás de una larga
mesa elevada de madera de caoba.
La demandante era
Abigail Fisher, una estudiante a la que la Universidad de Texas no había
admitido. Aducía que le habían dado «su» plaza a un estudiante de una minoría
con peores calificaciones. La universidad respondió con un argumento sacado
directamente de Rosabeth Kanter: no serviría de nada tener tan solo un número
simbólico de elementos externos, arguyó. La universidad necesitaba matricular a
suficientes estudiantes de minorías para que esos grupos pudieran contribuir
verdaderamente a la diversidad de la institución. Era necesario alcanzar una
«masa crítica» de negros e hispanos y no podría lograrlo, argumentó, si admitía
a estudiantes como Abigail Fisher.
Fisher fue uno de
los mayores desafíos legales a la práctica de la discriminación positiva que
muchas universidades estadounidenses llevaban ejerciendo desde hacía décadas.
La sala estaba abarrotada. Su abogado fue el primero en hablar. Apenas pudo
decir una frase antes de
Página 124
que los jueces lo interrumpieran con una retahíla de preguntas. Era
mucho lo que había en juego.
A continuación, fue
el turno de la universidad. Su abogado era Gregory Garre.
Sr. Garre: Gracias, señor
presidente, y con la venia del Tribunal: por dos razones primordiales, el
sistema de admisiones que se presenta ante ustedes es constitucional en virtud
de los precedentes de este Tribunal […]
Garre logró decir
una frase más antes de que lo interrumpieran. Si la Universidad iba a esgrimir
un argumento basado en los estudios de Rosabeth Kanter, los jueces también
tenían una pregunta del mismo estilo. Kanter escribió que «hay que investigar
los puntos clave exactos». Esa fue la instrucción que llevó a la gente a
intentar averiguar cuántas mujeres hacían falta para transformar el consejo de
administración de una empresa o cuántos disidentes se necesitan para romper el
consenso. Por consiguiente, cuando la Universidad de Texas arguyó que
necesitaba una masa crítica de estudiantes de minorías, los jueces se
preguntaron de inmediato: «¿Cómo definen masa crítica?».
Presidente del
Tribunal Roberts: ¿Qué cantidad es esa? ¿Cuál es la masa crítica de afroamericanos e
hispanos que intenta alcanzar la universidad?
Sr. Garre: Señoría, no
tenemos una […]
Presidente del
Tribunal Roberts: Entonces ¿cómo se supone que vamos a saber si este plan se ajusta
rigurosamente a ese objetivo?
La Universidad de
Texas era partidaria de la masa crítica. Sin embargo, no quería decir cuál
creía que podía ser.
Presidente del
Tribunal Roberts: Entiendo que mi trabajo, según nuestros precedentes, es determinar si
su uso de la raza se ajusta rigurosamente a un interés apremiante. El interés
apremiante que usted señala es alcanzar una masa crítica de estudiantes de
minorías en la Universidad de Texas, pero no quiere decirnos cuál es esa masa
crítica. ¿Cómo se supone que voy a hacer el trabajo que nuestros precedentes
dictan que debo hacer?
Sr. Garre: Señoría, lo que…
lo que dicen los precedentes de este tribunal es que una masa crítica es un
entorno en el que los estudiantes de minorías infrarrepresentadas…
Presidente del
Tribunal Roberts: Sé a qué se refiere, pero ¿cuándo sabremos que han llegado a una masa
crítica?
Roberts formula un
par de preguntas más. Se hace un silencio incómodo y el juez Anthony Kennedy
interviene.
Página 125
Juez Kennedy: Supongamos que ustedes, basándose en su experiencia, identifican una
categoría numérica, un criterio numérico, una referencia numérica para la masa
crítica: es el X por ciento. Durante el proceso de admisión, ¿pueden los
responsables de admisiones comprobar hasta qué punto se acercan a esa…?
Sr. Garre: No. No, señoría,
y no lo hacemos.
¿Por qué no quería
la Universidad de Texas concretar a qué se refería con masa crítica? Una vez
más, la respuesta es obvia: porque sabía que, si lo hacía, quedaría claro que
la institución estaba muy lejos de alcanzar ese umbral con sus poblaciones
minoritarias. En 2008, cuando Abigail Fisher demandó por primera vez a la
Universidad de Texas en Austin, los afroamericanos representaban en torno al 4
por ciento de su población. Eso equivale aproximadamente a un estudiante negro
por cada clase de veinticinco alumnos; en esa situación, un estudiante de una
minoría lo tendrá difícil para alcanzar el umbral de Rosabeth Kanter de
sentirse cómodo y seguro de sí mismo.
Si la Universidad
de Texas quisiera ser sincera, diría, por ejemplo:
«En la Universidad
de Texas creemos en el principio de la diversidad. Pero, por desgracia, no
podemos ofrecer el entorno más propicio para que los estudiantes de minorías se
sientan cómodos y seguros de sí mismos. Si esa clase de experiencia es
importante para ti, te recomendamos que vayas a otra universidad».
O ¿qué tal?:
«En la Universidad
de Texas creemos en el principio de la diversidad. Como muestra de ese
compromiso, donaremos una suma importante a otra institución de Texas en la que
los grupos minoritarios puedan alcanzar una masa crítica de manera más eficaz».
Pero, por supuesto,
en el mundo real ninguna universidad va a decir nunca nada parecido. En cambio,
la Universidad de Texas sentó a sus abogados y les dio órdenes estrictas:
«Díganle al Tribunal Supremo que estamos firmemente comprometidos con la
incorporación de una masa crítica de estudiantes pertenecientes a minorías.
Pero, por el amor de Dios, no respondan a ninguna pregunta sobre lo que
queremos decir con ese término, porque entonces quedará claro que, en realidad,
no tenemos ninguna intención de conceder a los estudiantes de minorías las
ventajas de la masa crítica».
Por consiguiente,
Gregory Garre, exprocurador general de Estados Unidos, exsecretario del
Tribunal Supremo, portador del féretro en el
Página 126
funeral de un expresidente del Tribunal Supremo, el abogado al que se
acude cuando se quiere escalar la montaña más alta, se quedó sentado sin decir
una palabra, fingiendo que no tenía una respuesta. Exasperados, los jueces
acabaron llamando a declarar al procurador general de Estados Unidos, Donald
Verrilli, que ese día se encontraba allí para brindarle apoyo moral a la
Universidad de Texas.
Presidente del
Tribunal Roberts: Señor procurador, ¿cómo… cuál es su opinión sobre cómo podemos saber
si… cuándo la universidad ha alcanzado una masa crítica?
Procurador general
Verrilli: […] Estoy de acuerdo con mi amigo en que la masa crítica no es un
número. Creo que sería muy desacertado sugerir que es numérica. Así que…
Presidente del
Tribunal Roberts: De acuerdo. He oído muchas cosas sobre lo que no es. Me gustaría saber
lo que es, porque nuestra responsabilidad es decidir si este uso de la raza se
ajusta rigurosamente al objetivo de lograr, según el criterio de esta
universidad, una masa crítica.
Procurador general
Verrilli: […] No creo que haya una cifra, y no creo que sea prudente que este
Tribunal sugiera que la hay […].
Por último, el
miembro más mordaz del Tribunal, Antonin Scalia, tomó la palabra.
Juez Scalia: Entonces,
deberíamos probablemente dejar de llamarla «masa crítica», porque, verá, «masa»
se refiere a números, sea en tamaño o un cierto peso.
Procurador general
Verrilli: Estoy de acuerdo.
Juez Scalia: Así que
deberíamos dejar de llamarla «masa».
Procurador general
Verrilli: Estoy de acuerdo.
Juez Scalia: Llamarla «nube» o
algo por el estilo.[25]
En ese momento, la
sala entera estalló en risas nerviosas.
Más de medio siglo
antes, los residentes del Lawrence Tract se reunieron para debatir si debían
vender su solar vacío a una familia blanca o negra. La comunidad tenía que
«sopesar el valor del experimento frente a la necesidad y el bienestar del
posible comprador». Decidir entre esos dos objetivos no era nada fácil. Sin
embargo, si queremos utilizar los puntos clave para influir en el curso de la
sociedad, eso es lo que debemos hacer. Tenemos que decidir hasta dónde estamos
dispuestos a llegar para defender una cifra. Y tenemos que ser honestos acerca
de lo que hacemos.
Sin embargo, en
Fisher contra la Universidad de Texas, esa misma cuestión llega al tribunal más
alto de Estados Unidos, en un caso relacionado con la constitucionalidad de uno
de los temas más controvertidos a los que se enfrenta la educación superior. Es
mucho lo
Página 127
que hay en juego. Y el brillante abogado de una de las principales
instituciones educativas del país… se limita a encogerse de hombros.
En 2022, el
Tribunal Supremo vio otro caso de discriminación positiva, Students for Fair
Admissions contra el presidente y los miembros de Harvard College. A esas
alturas, el Tribunal ya estaba harto de las universidades estadounidenses y su
pretensión de que una cifra que se negaban a concretar pudiera servir de base
para todo un sistema de admisiones, por lo que se dio por vencido y declaró
inconstitucionales todos los programas de discriminación positiva basados en la
raza.
Es comprensible,
¿no?
La ironía de ese
desenlace es grotesca. La maniobra de Harvard con el rugby y de Georgetown con
el tenis también es, por supuesto, una clase de discriminación positiva. Salvo
que, en vez de admitir a estudiantes desfavorecidos con menos credenciales académicas,
la discriminación positiva basada en el deporte admite a estudiantes
privilegiados con menos credenciales académicas. No obstante, es solo la
primera clase de discriminación positiva la que las universidades no estaban
dispuestas a defender. Y es solo esa clase la que se consideraba tan
controvertida que terminó ante el Tribunal Supremo. Estados Unidos decidió que
no había lugar para un trato especial destinado a beneficiar a personas que han
sufrido discriminación y penalidades, pero no puso objeciones a un trato
especial destinado a beneficiar a personas que pueden gastarse cientos de miles
de dólares en los golpes de fondo de sus hijos. No tengo la menor idea de cuál
es su opinión sobre el tema. Sin embargo, todos podemos coincidir, ¿no?, en que
se llevó a juicio la discriminación positiva equivocada.
Cuando el Tribunal
Supremo de Estados Unidos emitió su dictamen, la
Universidad de
Harvard hizo pública una iracunda declaración:
Afirmamos que, a
fin de formar líderes para un mundo complejo, Harvard debe admitir y educar a
un alumnado cuyos miembros reflejen y hayan vivido múltiples facetas de la
experiencia humana. Ninguna parte de lo que nos define es irrelevante.
Harvard debe ser
siempre un espacio de oportunidad, un lugar cuyas puertas permanezcan abiertas
para quienes las tuvieron cerradas durante tanto tiempo, un lugar en el que
muchos tendrán la
Página 128
oportunidad de vivir sueños que sus padres o abuelos no podrían haber
imaginado.
Haría falta un
erudito para desgranar todos los matices de esta declaración. Pero
intentémoslo. Cuando la universidad dice que «ninguna parte de lo que nos
define es irrelevante», podemos inferir que se refiere a su determinación de
ser siempre un lugar donde solo un grupo consigue estar por encima del tercio
mágico. Cuando dice ser una institución donde «muchos tendrán la oportunidad de
vivir sueños que sus padres o abuelos no podrían haber imaginado», podemos
inferir que es un guiño a los suyos sobre el trato especial que concede a los
hijos de antiguos alumnos. (Lo que realmente quiere decir es lo contrario:
Harvard es un lugar donde muchos tienen la oportunidad de revivir los sueños
que sus padres y abuelos ya imaginaron). Y, cuando dice que quiere un alumnado
que represente «múltiples facetas de la experiencia humana», podemos inferir
que se refiere a lo mucho que se esfuerza por garantizar que una sustanciosa
proporción de su alumnado se haya preparado como es debido para la experiencia
de Harvard en los clubes de campo de Estados Unidos.
Si usted no piensa
que la ingeniería social se ha convertido calladamente en una de las
actividades centrales del establishment estadounidense, es que
no ha estado prestando atención.
Página 129
6
EL SEÑOR ÍNDICE
Y EL BROTE DEL
MARRIOTT
«Suponemos que lo
introdujo una sola persona»
1
El 26 de febrero de
2020, la empresa biotecnológica Biogen celebró su retiro anual para directivos
en el hotel Marriott Long Wharf cerca del centro de Boston. Biogen tiene su
sede en la cercana Cambridge. La empresa cuenta con unos ocho mil empleados e invitó
a ciento setenta y cinco de ellos, que acudieron desde todos los rincones del
mundo. El encuentro empezó un miércoles por la mañana con un desayuno en el
Harbor View Ballroom, una sala con vistas panorámicas al mar. Compañeros que
llevaban meses sin verse o que solo se conocían por teléfono o por correo
electrónico, se estrecharon la mano, se abrazaron, se acercaron mucho para
escucharse entre el barullo de conversaciones. Esa noche, la cena y las copas
se ofrecieron en el State Room, una sala de eventos situada a unas manzanas del
hotel donde la empresa entregó premios por servicios destacados. Reinaba un
clima de optimismo. Los beneficios y los ingresos mostraban una tendencia al
alza. Se estaban desarrollando una serie de tratamientos prometedores. El
jueves por la tarde, el encuentro concluyó y los asistentes se dispersaron,
camino del aeropuerto o de su casa en Boston.
Con la perspectiva
del tiempo, todos los que participaron en la planificación y organización del
encuentro se dieron cuenta de que jamás debería haberse celebrado. Sin embargo,
era finales de febrero de 2020. El virus conocido por el complicado nombre de
SARS-CoV-2 acababa de nacer. Había surgido en la ciudad de Wuhan, en el centro
de China, en diciembre del año anterior, y había aparecido recientemente, de
manera dispersa, en toda Europa y el resto del mundo.
Página 130
¿Podía llegar a ser una amenaza seria? Casi veinte años antes, un
pariente cercano suyo, conocido como SARS-CoV, había surgido en el sudeste de
China y había aterrorizado a las autoridades sanitarias. Sin embargo, el
SARS-CoV había desaparecido antes de causar un daño generalizado en el resto
del mundo, por lo que era posible creer que solo se trataba de otra falsa
alarma. Aún faltaban semanas y meses para los acontecimientos que definirían
las primeras fases de la pandemia: los confinamientos masivos, la orden de
llevar mascarilla, las normas de distanciamiento social que nos cambiaron
drásticamente la vida en todo el mundo, las interminables sirenas nocturnas. En
febrero de 2020, había optimistas y pesimistas, y el equipo directivo de Biogen
se encontraba entre los primeros. Es decir, hasta el fin de semana siguiente al
encuentro, cuando uno de sus directivos acudió al Hospital General de
Massachusetts del centro de Boston quejándose de síntomas parecidos a los de la
gripe. Poco después, otro de los asistentes se sintió igual, y luego otro, y
otro, hasta que unos cincuenta directivos cayeron enfermos.
El lunes, la cúpula
de Biogen estaba alarmada. Se envió un correo electrónico a todos los
asistentes al retiro pidiéndoles que acudieran al médico si se encontraban mal.
El martes, el equipo se puso en contacto con el Departamento de Salud Pública
de Massachusetts. El jueves, después de que dos empleados de Europa dieran
positivo, Biogen alertó a todos sus trabajadores de que la empresa se
enfrentaba a un brote. Esa noche, aconsejó a su personal de Boston que no
acudiera al Hospital General de Massachussets para realizarse la prueba. Los
empleados de Biogen «están saturando las urgencias» y el cuerpo de seguridad
del hospital había advertido que le negaría la entrada a cualquiera que fuera
de la empresa.
Todo el mundo
intentaba contener la propagación a toda costa, pero ya era demasiado tarde.
Varias de las personas que habían acudido al retiro del Marriott fueron
directamente desde allí a una reunión sobre inversiones en otro Marriott de
Boston, en Copley Place. Ahora, también estaban cayendo enfermas personas que
habían asistido a ese encuentro. Otro ejecutivo había cogido un avión en Boston
para acudir a una reunión en Naples, Florida, organizada por la consultoría
PWC. Mientras estaba allí, también enfermó: dolor de cabeza, fiebre. ¿Había
contagiado a otros?
Además, estaba
Carolina del Norte, donde Biogen tenía mil cuatrocientos cincuenta empleados
que trabajaban en su centro del
Página 131
Research Triangle, en las afueras de Raleigh. El contingente del
Research Triangle regresó de Boston, fue a trabajar el lunes y también empezó a
enfermar. ¿A cuántas personas habían infectado? Los funcionarios de sanidad del
estado y Biogen empezaron a intercambiar correos electrónicos. El gobernador de
Carolina del Norte tomó cartas en el asunto.
A partir de ahí, la
situación no hizo sino empeorar, ya que todo el mundo cayó en la cuenta de que,
debido al gran número de personas presentes en el retiro del Marriott que
habían contraído la COVID-19 y al hecho de que muchas de ellas
hubieran cogido inmediatamente aviones con otros destinos —no solo a Florida y
Carolina del Norte, sino a todas partes, al ser una empresa multinacional con
empleados en el mundo entero—, lo que había ocurrido durante esos dos días en
el centro de Boston era, ni más ni menos, una catástrofe sanitaria.
El Lawrence Tract y
el equipo de rugby femenino de Harvard son ejemplos de ingeniería social. Los
puntos clave crean una tentación irresistible de intervenir en el mundo. Sin
embargo, esa tentación viene acompañada de preguntas muy difíciles. ¿Cómo equilibramos
las necesidades del individuo con las del grupo? Este capítulo trata de un
tercer desafío, aún más complejo, para la ingeniería social: el que planteó el
encuentro de Biogen en el Marriott Long Wharf. Guarda relación con la
inquietante realidad de cómo se propagan las epidemias. En toda la exhaustiva
(y, a la larga, agotadora) cobertura mediática de la pandemia de COVID-19,
ese asunto en particular apenas se mencionó, quizá porque plantea
demasiadas preguntas incómodas o tal vez porque las ideas sobre esta pandemia
de las que partíamos la mayoría de nosotros eran, sencillamente, erróneas. Sin
embargo, la próxima vez, cuando otro mortífero virus arrase el mundo, le
prometo que será noticia de primera plana.
2
El primer caso
conocido de COVID-19 en la región de Boston se detectó el 31 de
enero. Un estudiante chino de la Universidad de Massachusetts regresó a Boston
desde Wuhan, la ciudad china donde empezó la
Página 132
epidemia. Lo hizo justo antes de que entraran en vigor las normas de
cuarentena y la prohibición de viajar al extranjero desde China. Son unas
treinta horas de viaje como mínimo: de Wuhan a Shanghái, de Shanghái a París,
de París al aeropuerto Logan de Boston. Después de aterrizar en Boston, dio
positivo en la prueba de la COVID-19.
Eran los primeros
tiempos de la pandemia. Nadie tomaba la clase de precauciones que se
convertirían en una práctica habitual un mes después. El estudiante aterrizó en
Logan. Hizo cola en inmigración. Desde Logan, fue a su piso de Boston. ¿Vivía
con otras personas? Quizá. De ser así, lo más probable es que no llevaran
mascarilla ni practicaran el distanciamiento social. La situación parecía
augurar una verdadera catástrofe sanitaria.
No obstante, no fue
así. El estudiante no infectó a nadie más. De hecho, el incidente fue tan
insignificante que la directora ejecutiva de la comisión de salud pública de la
ciudad hizo todo lo posible por tranquilizar a sus habitantes: «En este
momento, no les estamos pidiendo a los residentes de Boston que hagan nada
distinto —dijo Rita Nieves—. El riesgo para la población sigue siendo bajo».
Cinco semanas
después, un grupo de científicos del Instituto Broad de Cambridge creó uno de
los primeros laboratorios de diagnóstico para procesar pruebas
de COVID-19. Eso les permitió analizar la firma genética del virus en
todos los pacientes que diagnosticaban, con lo que pudieron crear un gigantesco
mapa de la trayectoria de la COVID-19 por la región de Boston.
Descubrieron que, en esos primeros meses, alguien había introducido una nueva
cepa del virus en el área metropolitana de Boston en no menos de ciento veinte
ocasiones. Sin embargo, de esas cepas, solo se había propagado una mínima
parte. E incluso las que lo habían hecho, en su mayoría se habían estancado.
Uno de los peores
brotes ocurrió en torno a un mes después del retiro de Biogen, en una
residencia de ancianos de Boston. Prácticamente todos sus noventa y siete
residentes contrajeron la COVID-19. Veinticuatro de ellos murieron.
También enfermó un tercio del personal. El virus hizo estragos en la
residencia. Pero ¿causó esa cepa en particular algún daño fuera de sus paredes?
En realidad, no. Pese a ser un lugar lleno de gente que entraba y salía, una
cepa tan contagiosa y mortífera capaz de aniquilar a toda una planta de una
residencia de ancianos apenas tuvo impacto fuera
Página 133
de ella. Se
propagó. Pero no llegó a ningún punto clave. En esos meses, solo hubo un brote
en Boston que se ajustaba a esa descripción: el retiro de Biogen en el Marriott
Long Wharf.
Jacob Lemieux, un
especialista en enfermedades infecciosas que formó parte del equipo de
investigación de la COVID-19 en el Instituto Broad, dijo: «Nos
llegaba información sobre la interconexión de los primeros casos y empezamos a
sumar dos y dos y […] había una característica de los datos que era obvia: que
muchos de esos primeros casos estaban relacionados entre sí y relacionados con
ese encuentro».
Los casos que
surgieron del encuentro en el Marriott tenían una firma genética
característica: una mutación denominada C2416T. No se había observado en
Estados Unidos hasta el encuentro de Biogen y, de hecho, anteriormente solo se
había detectado en dos pacientes de edad avanzada en Francia. Así pues, con tan
solo seguir la trayectoria de C2416T, la cepa de Biogen, entre la población,
Lemieux y sus colegas pudieron hacerse una idea de cuánto impacto había tenido
esa única reunión.
«Cuando dábamos a
conocer nuestros resultados, el Boston Globe nos llamó y nos
dijo: “Caramba, eso es muy interesante”. —Lemieux continuó —: “Pero ¿a cuántas
personas podría afectar?”. Y nosotros les dijimos: “Caray, no lo sabemos. Es
decir, es mucho”. Y ellos insistieron: “Pero ¿cuánto es mucho?”. Y nuestra respuesta
fue: “Pues, verá, mucho […]”. Teníamos una estimación interna y se la dimos, y
al día siguiente [salía en] primera plana del Boston Globe: “Según
los científicos, veinte mil personas se contagiaron a raíz de una reunión de
negocios” o algo así».
Por desgracia, esa
estimación resultó ser muy conservadora. A medida que los expertos de todo el
mundo daban a conocer la firma genética de las
cepas
de que
había en circulación, el mapa que habían trazado
sobre la
propagación del virus de Biogen creció cada vez más. La variante C2416T se
extendió por todas partes: veintinueve de los estados estadounidenses; países
tan lejanos como Australia, Suecia y Eslovaquia.
«La gente subía
secuencias de todo el mundo y veíamos esa firma […] Y resultó que la primera
estimación, que nos parecía altísima, en realidad, era bajísima. Y, de hecho,
es probable que cientos de miles de personas se contagiaran como consecuencia
de las cadenas de transmisión que habían empezado en esa reunión».
La estimación
definitiva fue que el encuentro de Biogen había dado lugar a más de tres
cientos mil contagios. ¿Y cómo había empezado?
Página 134
«Suponemos —dijo Lemieux— que lo introdujo una sola persona». Más de
trescientos mil contagios a partir de una sola reunión, todos
ellos atribuibles a
una sola persona. ¿Qué tenía de especial esa persona?[26]
3
Hasta el momento,
hemos tratado dos elementos de las epidemias. El primero es el suprarrelato,
que proyecta su sombra sobre lo que ocurre a ras de suelo. El segundo son las
proporciones grupales. La mezcla de personas en un grupo determina cuándo
alcanza un punto clave o si llega a hacerlo. Ambos elementos se aprecian
claramente en la epidemia de suicidios de Poplar Grove, una comunidad con un
suprarrelato propio — una ética del éxito extrema— cuyos efectos secundarios
fueron devastadores. Y sus proporciones grupales estaban completamente
desequilibradas. Era una monocultura. Necesitaba identidades alternativas en
las que los alumnos agobiados por las normas del instituto pudieran encontrar
un refugio seguro.
Sin embargo, había
un tercer factor. Recordemos las palabras de Seth Abrutyn, uno de los
sociólogos que estudiaron Poplar Grove: «En al menos tres de los cuatro
clústeres, había un alumno de alto estatus que era muy visible, que encarnaba
muy bien el ideal de la juventud de Poplar Grove […] Muchos de los jóvenes que
se habían suicidado parecían perfectos y, de golpe, ya no estaban. La sensación
era: “Bueno, si ellos no pueden sobrevivir en este ambiente, ¿cómo voy a
hacerlo yo?”».
Uno de los motores
de la epidemia de Poplar Grove fue que los alumnos de secundaria que iniciaron
la racha de suicidios tenían un estatus especial: ocupaban una posición
importante en la jerarquía del instituto. Traté esa idea en El punto
clave. La llamé «ley de los especiales». Muchos de los problemas sociales a
los que nos enfrentamos son profundamente asimétricos, en el sentido de que son
tan solo unos pocos los que hacen todo el «trabajo». Y, cuando digo «unos
pocos», me refiero a muy muy pocos.
Permítame darle un
ejemplo. Hace años, fui a ver a un hombre extraordinario, Donald Stedman.
(Murió en 2016). Fue químico en la Universidad de Denver y un brillante
inventor. Una de sus muchas
Página 135
creaciones fue un complejo artilugio que utilizaba luz infrarroja para
medir y analizar instantáneamente las emisiones de los coches cuando pasaban
por debajo. Viajé a Denver para reunirme con él y condujimos hasta una salida
de la autopista interestatal 25. Allí, justo en la vía de acceso a Speer
Boulevard, Stedman había conectado su invento a un gran cartel electrónico.
Siempre que pasaba un coche cuyo equipo de control de la contaminación
funcionaba correctamente, aparecía «BIEN» en el cartel. Cuando lo hacía uno que
superaba el límite aceptable de emisiones, salía «MAL».
Debimos de pasar
una hora allí, mirando. Lo que enseguida se hizo evidente era que la valoración
de «MAL» era extremadamente poco común. Sin embargo, me explicó Stedman, esos
pocos coches eran la principal causa del problema de contaminación atmosférica de
Denver. Por la razón que fuera —antigüedad, reparación deficiente, manipulación
deliberada por parte del propietario—, unos pocos automóviles producían niveles
de monóxido de carbono hasta cien veces superiores a la media.
«Pongamos que un
coche tiene quince años —me dijo Stedman—. Evidentemente, cuanto más viejo es
un coche, más probable es que se estropee. Ocurre lo mismo con los humanos. Y
con “estropear” nos referimos a todo tipo de fallos mecánicos: el ordenador ha
dejado de funcionar, la inyección de combustible está atascada en abierto, el
catalizador se ha dañado. No es infrecuente que esos fallos den lugar a
emisiones altas. Tenemos al menos un coche en nuestra base de datos que emitía
más de cuarenta gramos de hidrocarburos por kilómetro, lo que significa que
casi se podría conducir un Honda Civic con los gases de escape de ese coche. No
son solo los coches viejos. También son los nuevos con mucho kilometraje, como
los taxis».
Stedman descubrió
que, en 2006, el 5 por ciento de los vehículos que circularon por Denver
produjeron el 55 por ciento de la contaminación automotriz. Esa es la ley de
los especiales: se trata de un problema muy grande causado por una cantidad muy
pequeña de personas.
El planteamiento de
Stedman era que, cuando se entendía la asimetría de la contaminación
automotriz, quedaba claro que el actual sistema de control de emisiones
vehiculares carecía de sentido. Me explicó que las inspecciones técnicas de
vehículos son bastante ineficaces a la hora de detectar y solucionar los pocos
casos atípicos. Se sabe que los amantes de
Página 136
los coches con deportivos muy potentes y contaminantes sustituyen el
motor de su vehículo por uno limpio el día que pasa la revisión. Otros lo
matriculan en una población distante que carece de controles de emisiones
vehiculares o se presentan «bien rodados», justo después de haber conducido por
la autopista a mucha velocidad, lo que es una buena técnica para que un motor
sucio parezca limpio. Aún otros pasan la inspección al tuntún porque los
motores sucios son muy variables y a veces funcionan de manera eficiente
durante breves periodos. Entretanto, cientos de miles de automovilistas de
Denver tenían que desplazarse a un centro de control de emisiones todos los
años —faltar al trabajo, hacer cola, pagar veinticinco dólares— para pasar una
prueba que casi ninguno de ellos necesitaba. ¿Por qué molestarse?
La idea de Stedman
era que alguien debería instalar sus dispositivos por todo Denver y hacer que
un policía detuviera a cualquier conductor que no pasara el control. Calculaba
que, con media docena de sus controladores de las emisiones vehiculares en carretera,
podrían evaluarse treinta mil coches diarios, lo que, en pocos años, se
traduciría en una reducción de las emisiones en la zona de Denver del 35 al 40
por ciento.
Desde la labor
pionera de Stedman, otros investigadores han llevado a cabo controles similares
en todo el mundo. Y los resultados son siempre los mismos: alrededor del 10 por
ciento de los vehículos son, en todo momento, responsables de más de la mitad de
la contaminación atmosférica automotriz. La distribución de los coches
contaminantes es, tomando prestada una frase empleada en un estudio sobre los
conductores de Los Ángeles, «extremadamente sesgada».
En otro estudio, un
grupo de investigadores italianos calcularon cuánto mejoraría la calidad del
aire de Roma si el 10 por ciento de los coches de la ciudad fueran eléctricos.
Como cabe imaginar, la diferencia sería enorme. Sin embargo, luego hicieron otro
cálculo: ¿qué ocurriría si la ciudad exigiera únicamente que el 1 por ciento de
los coches más contaminantes fueran eléctricos? La contaminación disminuiría en
la misma proporción.
Casi cuarenta años
después de que Donald Stedman inventara su artilugio mágico, casi todo el mundo
piensa como él. ¿Qué ha ocurrido en Denver desde que Stedman empezó a colocar
sus puntos de control en carretera? Nada.[27] El estado de
Colorado sigue obligando a la mayoría de los conductores a pasar una revisión
periódica de emisiones y la calidad
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del aire de Denver, que era bastante buena en los años 2000, ha
empeorado en la última década.
La contaminación
atmosférica urbana es un ejemplo perfecto de un problema causado por unos pocos
especiales. Sin embargo, nos comportamos como si lo provocáramos todos. Nadie
quiere actuar sobre la asimetría y no cuesta mucho entender por qué: señalar a un
puñado de grandes contaminadores se lo pondría mucho más difícil a quienes se
preocupan por la calidad del aire de Denver. ¿Y si los conductores a los que
paraban eran desmesuradamente pobres? ¿Y si no podían permitirse reparar el
coche? ¿Se les confiscaba si no cumplían la normativa? ¿Y si la policía se
negaba a imponer las leyes anticontaminación? ¿Y si los grupos ecologistas
tomaban cartas en el asunto, compraban uno de los dispositivos de Stedman y
empezaban a poner a los automovilistas en evidencia?
Pasar de la postura
en la que un problema es cosa de todos a otra en la que solo lo es de unos
pocos es tremendamente difícil. Y, al parecer, esa dificultad nos intimida
tanto que preferimos respirar aire sucio.
En esta parte del
libro hemos abordado una iniciativa de ingeniería social bienintencionada que
se topó con un problema imposible: ¿y si la única manera de salvar a una
comunidad dedicada a ayudar a los negros es rechazarlos? El equipo de rugby de
Harvard es un ejemplo de un segundo tipo de problema creado por la ingeniería
social: ¿qué hacemos cuando las instituciones manipulan tácitamente sus
proporciones para seguir privilegiando a unos pocos? No obstante, en este
capítulo quiero tratar un problema aún más grave que sin duda formará parte de
nuestro futuro. La tecnología va a permitirnos determinar quiénes son esos
pocos especiales, no solo en las carreteras de Denver, sino en toda clase de
lugares, incluidas las salas de reuniones de grandes hoteles al principio de
una pandemia.
¿Qué haremos con
esa información?
4
Son muchos los
grupos que estudian los virus y las epidemias desde perspectivas muy diversas.
Los profesionales de la salud pública están interesados en cómo afecta una
enfermedad a una determinada población. Los virólogos se centran en las
particularidades del agente infeccioso en sí.
Página 138
Los inmunólogos
ponen el foco en cómo responde el organismo a un agente extraño. Y eso es solo
el principio. A partir de ahí, las distintas especialidades se dividen en
subespecialidades y estas, a su vez, lo hacen en microespecialidades. Hay
decenas de miles de revistas académicas en el mundo, lo que da una idea de lo
mucho que se ha fragmentado la ciencia. A veces, esos campos diversos se
comunican y leen sus respectivos trabajos. Más a menudo, no lo hacen y lo que
ocurre en un área puede pasarles desapercibido a los científicos que trabajan
en otra. En el caso de la COVID-19, eso fue lo que sucedió con el grupito
de científicos que estudian los aerosoles.
Los aerosoles son
partículas diminutas que están suspendidas en el aire. Hay miles de millones de
ellos. Algunos son naturales. Otros, artificiales. Los científicos
especializados en aerosoles suelen ser ingenieros o químicos. Donald Stedman
era experto en aerosoles. Estaba interesado en medir las partículas
microscópicas que expulsa el tubo de escape de nuestros coches. Esa es una
clásica investigación sobre aerosoles. Otra sería: «Cuando asamos tocino en una
sartén, ¿de qué está compuesto ese olor tan maravilloso? ¿Son dañinas todas las
partículas que despide la sartén? ¿Qué tamaño tienen? ¿Dónde van? Si encendemos
la campana extractora, ¿cumple con su función?».
Una de las
principales publicaciones en este campo es Aerosol Science and
Technology. Y poco más de un mes después del brote en el Marriott, la
revista invitó a varios destacados expertos en aerosoles a opinar sobre la
misteriosa epidemia que estaba arrasando el mundo.
Su trabajo de
investigación se publicó a principios de abril de 2020, junto con otro titulado
«La corrección de la humedad, la densidad y la eficacia de la aspiración de
entrada mejoran la precisión de un sensor de bajo coste durante la
calibración in situ en un emplazamiento suburbano de la
llanura indogangética noroccidental». El título del trabajo de investigación
era «La pandemia de coronavirus y los aerosoles: ¿se
transmite
la a
través de las partículas espiratorias?». No es
aventurado decir
que pocas personas ajenas al mundo de los aerosoles lo leyeron, lo cual es una
lástima, porque Aerosol Science and Technology fue una de las
primeras publicaciones científicas importantes que describió correctamente la
epidemia de COVID-19.
Página 139
El impulsor del trabajo de investigación fue William Ristenpart,
profesor de la Universidad de California en Davis, en el norte del estado.
Ingeniero químico de formación, Ristenpart empezó a estudiar las enfermedades
por casualidad en 2008. «Encontré un trabajo de investigación de un destacado
epidemiólogo que estudiaba la transmisión aérea de la gripe entre cobayas»,
dijo. El trabajo era interesante, pero, en su opinión, estaba incompleto.
Analizaba el problema, añadió, sin hacer ninguna de las preguntas que un
experto en aerosoles se plantearía de manera natural. «¿Se desplaza el líquido?
¿A qué velocidad? ¿Hacia dónde va? Cosas así».
Se refería a que el
epidemiólogo estaba interesado en si los cobayas podían contagiarse la gripe
sin tener contacto físico, pero no parecía querer saber cómo ocurría, y, para
un experto en aerosoles, el cómo era crucial. En consecuencia, Ristenpart empezó
a adentrarse en el mundo de las enfermedades humanas, pero desde la perspectiva
de un ingeniero químico. Cuando hablamos, respiramos o estornudamos, exhalamos
aire. ¿Cómo ocurre ese proceso?
«¿Alguna vez te has
visto las cuerdas vocales? Hasta que me puse a investigarlo, no lo sabía
—dijo—. Pero todos los laringólogos utilizan un laringoscopio, [es decir] te
meten básicamente un cable de fibra óptica por la nariz que llega hasta ahí y
entonces puedes ver tus cuerdas vocales en acción».
Me enseñó una
fotografía de las suyas, tomada con un laringoscopio. Están dentro de la
laringe: dos bandas de tejido, una junto a la otra, que se abren y cierran como
puertas correderas empotradas. «Es bastante fascinante cada vez que las cuerdas
vocales se juntan. Cuando hablas […] Yo tengo la voz bastante grave, es de unos
ciento diez hercios. Así que, en un segundo, mis cuerdas vocales chocan una con
otra ciento diez veces».
Cada vez que las
cuerdas se separan, se forman hilos de líquido. En la fotografía que me enseñó
Ristenpart, los hilos parecían puentecitos de líquido tendidos a través de la
abertura entre las dos puertas correderas empotradas.
«Y cuando [los
puentes] se rompen, se forman gotitas», prosiguió. Cuando exhalamos, eso es lo
que nos sale de la boca: las gotitas de
saliva. Piense en
hacer burbujas en una botella llena de un líquido viscoso. Mete la pajita y la
hunde en la fina película de líquido. Luego sopla y las burbujas se dispersan
por todas partes. Eso es exactamente lo que ocurre
Página 140
dentro de nuestra boca, solo que hay millones de burbujas, no decenas, y
son microscópicas.
Cuando surgió el
virus de la COVID-19, Aerosol Science and Technology les
pidió a Ristenpart y a tres colegas suyos que dieran su opinión. Su primera
pregunta fue: «¿Qué sabemos sobre esas gotitas?». Quizá recuerde lo que nos
dijeron en los primeros tiempos de la pandemia. El 28 de marzo de 2020, la
Organización Mundial de la Salud publicó lo siguiente en sus plataformas de
redes sociales:
DATO: la
#COVID-19 NO se transmite por el aire.
El #coronavirus se
transmite sobre todo a través de las gotas que se generan cuando una persona
infectada tose, estornuda o habla. Para protegerse:
– mantenerse a 1
metro de distancia de los demás
– desinfectar las
superficies con frecuencia
– lavarse/frotarse
las
– no tocarse los/la
Cuando la OMS dijo
que el virus no se transmitía por el aire, lo que quería decir era que las
gotitas que salían por la nariz y la boca pesaban demasiado para flotar en él.
Por eso podíamos protegernos guardando las distancias con una persona
infectada: las gotitas solo se desplazaban hasta donde las llevaba la fuerza de
un estornudo o tos. El mensaje era: «Evitar el contacto físico».
Sin embargo, los
expertos en aerosoles pensaban que eso no tenía sentido. Si las partículas
víricas de esos puentes de líquido se transforman en burbujas diminutas cada
vez que las cuerdas vocales se abren y se cierran, es absurdo centrarse
únicamente en toser y estornudar. El verdadero problema es hablar. Podemos
exhalar muchas más partículas en
Página 141
una conversación de diez minutos que en dos o tres estornudos.
Ristenpart dice: «Creo que la gente —los médicos, todo el mundo— se han
centrado en toser, en estornudar, porque […] pasan de golpe y llaman mucho la
atención. Ves cosas que salen volando […] Y, si las ves, puedes […]
preocuparte. Pero hablar es algo constante. Hablamos con todo el mundo todo el
día, ¿no?».
Y, más importante
aún, no deberíamos dar por sentado que las burbujitas que se expulsan al hablar
pesan demasiado para flotar en el aire. Ristenpart y sus tres coautores
pensaban que los aerosoles del SARS-CoV-2 eran como los que llevaban estudiando
toda la vida. Las burbujas pesan poco. Flotan en el aire como el humo de
tabaco. Pueden quedarse suspendidas en una habitación hasta una hora, mucho
después de que la persona que las ha exhalado se haya marchado.
«Dada la gran
cantidad de partículas espiratorias que se sabe que se emiten al respirar y al
hablar —escribieron Ristenpart y sus colegas— y dada la evidente alta
transmisibilidad de la COVID-19, una hipótesis plausible e importante es
que una conversación cara a cara con un individuo infectado asintomático,
incluso si ambos individuos tienen cuidado de no tocarse, podría ser suficiente
para transmitir la COVID-19».
El caso de Biogen
había sido un misterio para los investigadores de salud pública que lo habían
estudiado en un primer momento porque no entendían cómo un virus que se propaga
a través del contacto directo podía infectar a toda una sala. «Eso era lo que nos
costaba tanto entender —dijo Lemieux del Instituto Broad—. En ese encuentro de
dos días, se contagiaron cientos de personas. Toserle a alguien encima es de
mala educación, así que ¿cómo podía una sola persona toserles encima a
cientos?».[28]
Sin embargo, si
la COVID-19 se transmitía por el aire, todo cobraba sentido. Lo único
que había que hacer para propagarla era respirar y hablar. La persona que
inició la cadena de contagios de Biogen solo fue alguien que pronunció un
discurso en la gran sala de reuniones mal ventilada del Marriott. «Cuanto más
alto se habla —escribieron Ristenpart y sus coautores—, más partículas de
aerosol se generan». Una persona en la fase aguda de infección
por COVID-19 se coloca delante de toda la reunión y, durante más de
cuarenta minutos, emite partículas de aerosol
Página 142
cargadas de un mortífero virus. Ya hemos explicado nuestro evento de
superpropagación.[29] ¿O no?
Porque si el virus
se propaga por algo tan simple como hablar y respirar en una habitación
cerrada, ¿por qué no hubo mil casos como el del retiro en el Marriott?
Conocemos el brote de Biogen porque fue un fenómeno singular.
¿Por qué fue
singular?
5
A principios de los
años setenta, hubo un brote de sarampión en una escuela primaria de las afueras
de Rochester, en Nueva York. Y, como enfermaron sesenta niños, las autoridades
sanitarias locales se vieron obligadas a abrir una investigación. Recopilaron
historiales médicos, analizaron planos de la escuela, estudiaron el
funcionamiento del sistema de ventilación, averiguaron quién iba a casa en
autobús y quién no, y determinaron dónde se sentaba en su clase cada uno de los
niños contagiados. A partir de ahí, reconstruyeron la trayectoria del virus. El
brote había ocurrido en dos oleadas. En la primera, se habían contagiado
veintiocho alumnos, que habían acabado transmitiendo el virus a otros treinta y
uno. Hasta ahí, todo era normal. Un niño se contagia de otro. Sus padres lo
tienen en casa hasta que pasa la infección. Tarde o temprano, el brote
desaparece.
Pero luego hicieron
un extraño descubrimiento. Tenía que ver con cómo habían enfermado los
veintiocho escolares de la primera oleada. Se habían contagiado de una sola
persona: una niña de segundo. Y su caso era desconcertante. No iba a la escuela
en el autobús, que los investigadores consideraban uno de los lugares más
probables para que ocurriera la transmisión. Tampoco había contagiado
únicamente a alumnos de su clase, que también es un entorno probable para la
propagación de un virus infeccioso. En cambio, había infectado a niños de
catorce clases distintas. Los modelos utilizados por los epidemiólogos para
entender cómo se propagan enfermedades como el sarampión partían del supuesto
de que todas las personas infectadas tenían aproximadamente la misma probabilidad
de transmitirle el virus a alguien más. Con todo, esa niña
Página 143
dejaba en ridículo esa suposición: la única manera de entender la
inexplicable primera oleada de contagios era que exhalara diez veces más
partículas de virus que el paciente de sarampión típico.
«Estamos intrigados
por la posibilidad de que haya una diferencia de un orden de magnitud entre la
infecciosidad del caso índice y los posteriores», escribieron los
investigadores.
«Intrigados», no es
aventurado decir, se queda muy corto.
Pasó mucho tiempo
antes de que esa idea —que algunas personas podían contagiar mucho más que
otras— calara entre los científicos. Durante años, se refirieron en la
literatura médica casos dispersos, el equivalente epidemiológico de los
avistamientos de ovnis. No obstante, nadie sabía muy bien qué hacer con
episodios como ese. No encajaban fácilmente en los modelos que había sobre cómo
actúan las epidemias. En Estados Unidos, el término «superpropagador» no pasó
a utilizarse de manera habitual hasta finales de los años setenta, pero incluso
entonces el concepto continuaba siendo teórico. Había demasiadas preguntas sin
respuesta. Todo el mundo entendía que, por ejemplo, un hombre de 1,85 metros
que pesaba 75 kilos representaría una amenaza mayor para la propagación de un
virus respiratorio que una mujer de 45 kilos. ¡Tenía los pulmones mucho más
grandes! Sin embargo, la estatura y el peso por sí solos no podían explicar el
hecho de que una niña de segundo exhalara diez veces más partículas de
sarampión que sus compañeros.
Los médicos de
Rochester estaban desconcertados. Sabían quién era su superpropagadora, pero no
lograban averiguar qué la hacía distinta.[30]
Aquí entran los
expertos en aerosoles.
Una de las
herramientas más importantes en el mundo de los aerosoles es un medidor de
partículas aerodinámicas (APS, por sus siglas en inglés). Se trata de una caja
que lleva conectado un embudo. Es el equivalente en humanos de la caja mágica
que Donald Stedman inventó para medir las emisiones de los coches. Si se sopla
por el embudo, el aire que sale de la boca pasa por una serie de láseres que
cuentan todas las partículas de aerosol presentes en el aliento y miden su
tamaño. En un experimento decisivo realizado al principio de la pandemia, el
laboratorio de William Ristenpart reunió a un grupo de voluntarios y los hizo
soplar en un APS. Los sujetos repitieron sonidos vocálicos. Gritaron y
susurraron. Realizaron «vocalizaciones». Y los investigadores confirmaron lo
que los
Página 144
avistamientos de ovnis llevaban apuntando tantos años: un grupito de su
muestra se salía de lo normal.
«Son lo que
nosotros llamamos “superemisores” —explicó Ristenpart
—. Algunas personas
emitían en torno a un orden de magnitud más de aerosoles con el […] mismo
volumen de sonido observado». Y añadió: «No teníamos ni idea. Si tuviera que
empezar desde el principio, probablemente habría formulado una hipótesis: la
distribución de tamaños de partícula varía según las personas. Pero no
imaginaba que habría una diferencia de un orden de magnitud entre unas y
otras».
Otro destacado
experto en aerosoles de Harvard, David Edwards, observó el mismo patrón. Viajó
a Asheville, en Carolina del Norte, y a Grand Rapids, en Michigan, y midió la
respiración de un grupo de cada ciudad. Acabó evaluando a ciento noventa y
cuatro sujetos. La inmensa mayoría eran propagadores de bajo nivel. Les
costaría mucho infectar a otra persona. Sin embargo, había treinta y cuatro a
los que Edwards llamó grandes productores. De esos treinta y cuatro, dieciocho
eran propagadores supergrandes y, dentro de ese grupo de élite, había una
persona que exhalaba, en promedio, la impresionante cantidad de 3.545
partículas por litro, más de veinte veces más que todo el grupo de propagadores
de bajo nivel.
Por último, cerca
del final de la pandemia, llegó la prueba definitiva. Como parte de un «estudio
de exposición», unos investigadores británicos infectaron a propósito
con COVID-19 a treinta y seis voluntarios. Todos eran
jóvenes y estaban
sanos. Todos fueron expuestos a una dosis idéntica de la misma cepa exacta,
justo al mismo tiempo y exactamente en las mismas condiciones. A continuación,
los pusieron en cuarentena en un hospital, lo que permitió a los investigadores
controlar y evaluar minuciosamente todos los síntomas y constantes vitales.
Ristenpart y Edwards habían medido a gente normal que no estaba infectada por
un virus. El estudio británico, por el contrario, era el primero en investigar
lo que les ocurría a personas que tenían la COVID-19. ¿Y qué descubrieron?
El 86 por ciento de todas las partículas de virus detectadas en su grupo de
voluntarios infectados provenían de… dos personas.
Los virus aéreos no
operan según la ley de unos pocos especiales. Lo hacen según la ley de unos
poquísimos especiales.
Página 145
6
Lo que los expertos
en aerosoles habían identificado no era un fenómeno que ocurriera al azar, de
manera esporádica, a cualquier persona. «Por razones poco claras, ciertos
individuos son “superemisores del habla” que emiten una cantidad de partículas
en aerosol diez veces superior a la media», escribieron Ristenpart y sus
colegas en su artículo para Aerosol Science and Technology. En
otras palabras, cierta clase de personas, como la niña de
Rochester, producen muchas partículas en aerosol como parte de su dotación
genética.
William Ristenpart
cree que los superpropagadores podrían ser personas que, por alguna
particularidad, tienen una saliva con propiedades atípicas: la suya es más
elástica y viscosa —más espesa y pegajosa— de lo normal, por lo que, cuando los
puentes de líquido tendidos entre sus cuerdas vocales se rompen, se producen
más aerosoles.[31]
David Edwards, por
su parte, cree que cualesquiera que sean las diferencias entre individuos, al
menos en lo que respecta a las partículas emitidas al respirar, podrían verse
aumentadas por un factor tan simple como la hidratación.
«Nuestras vías
respiratorias altas son como un túnel de lavado — explica— y el aire que entra
en ellas es como un coche».
Cuando el túnel de
lavado funciona como es debido, la inmensa mayoría de las partículas
suspendidas en el aire que respiramos se eliminan.
«Si te mantienes
bien hidratado, tus vías respiratorias altas atrapan continuamente agentes
patógenos y los desplazan, en unos veinte minutos a una hora, hacia el
intestino, y tragamos […] y se eliminan de esa manera —explicó Edwards—. Pero,
cuando estás deshidratado, no hay agua en el túnel de lavado». Y, con el túnel
de lavado roto, elementos como las partículas de virus se saltan la operación
de limpieza de las vías respiratorias altas y llegan a los pulmones. Esa es la
razón por la que estar deshidratados nos hace más vulnerables a los resfriados,
la gripe y la COVID-19: cuando exhalamos, las partículas de virus vuelven
a salir, con lo que no solo tenemos más probabilidades de contraer un
virus, sino también de propagarlo. Las partículas chocan contra las paredes
resecas de nuestras vías respiratorias y se fragmentan en un aerosol espumoso y
concentrado,
Página 146
como una gran ola que rompe en una playa. Así es como se llega a 3.545
partículas por litro.
Por tanto, ¿qué
personas tienden a tener las vías respiratorias altas deshidratadas? Cuando
Edwards analizó sus datos, descubrió que los mejores indicadores de una
producción elevada de aerosoles eran la edad y el índice de masa corporal
(IMC).
«A mayor edad,
mayor tendencia a la deshidratación. Cuanta más masa corporal tienes, más
deshidratado tiendes a estar. Y, cuando te infectas [con COVID-19], a
menudo te deshidratas. Así pues, resulta que el denominador común de estos tres
grupos de personas es un problema de deshidratación».[32]
Aún no sabemos cuál
de estas explicaciones es la correcta, si acaso alguna lo es. Sin embargo,
parece seguro que algún día los científicos lo sabrán, y ese descubrimiento
creará una versión a escala industrial del dilema al que nos hemos enfrentado
con el plan de Donald Stedman para las emisiones en carretera. La tentación de
utilizar ese conocimiento para controlar el curso de futuras epidemias será tan
grande como lo fue para el Lawrence Tract y la Universidad de Harvard. Solo
que, esa vez, las complicaciones que surjan serán aún peores.
¿Y si la edad y la
obesidad son realmente los dos mejores indicadores de superpropagación?
¿Significa eso que en mitad de una pandemia los pasajeros se negarán a sentarse
al lado de una persona con sobrepeso en un avión? ¿Y si la respuesta es la
viscosidad de la saliva y alguien inventa una prueba de diez segundos para
determinar si una persona se encuentra en el percentil 99? ¿Estaría justificado
que un restaurante, un cine o una iglesia le pidiera a todo el mundo que se
sometiera a una prueba de saliva en la puerta y no dejara pasar a los que
estuvieran en el extremo superior?[33]
Stedman habría
dicho, en respuesta a sus detractores, que todas esas objeciones están muy
bien, pero que, en algún momento, la ciudad de Denver tendrá que decidir hasta
qué punto se toma en serio depurar el aire que respira. Lo mismo ocurrirá con
el próximo mortífero virus en aerosol. Tendremos que decidir hasta dónde
estamos dispuestos a llegar para salvar vidas.
En el resumen de
sus conclusiones, el grupo de investigación británico escribió lo siguiente:
«Predecir o identificar a las personas que podrían ser grandes emisoras de
virus, quizá incluso antes de que se infecten, es de
Página 147
interés porque se les podría dar prioridad en las intervenciones para
detener la transmisión».
Esa frase —que
detectar a los superpropagadores será «de interés» la próxima vez— se queda muy
corta. Será, definitivamente, de gran interés.
7
Creo que ya podemos
aventurar una teoría de lo que ocurrió en el Marriott Long Wharf el 26 de
febrero de 2020.
Una persona, en la
fase aguda de infección por COVID-19, asiste a una concurrida reunión. No
conocemos el nombre del caso índice del Marriott, pero, para simplificar,
supongamos que era un hombre y lo llamaremos señor Índice. (El término
utilizado para describir a la persona que está en el origen de cualquier brote
epidémico es «caso índice»).
El señor Índice es
un superpropagador. Por supuesto, él no lo sabe. Nadie lo sabe. Y, en general,
no ha sido un problema a lo largo de su vida, o al menos nadie se ha fijado en
que, por ejemplo, cuando él contraía la gripe, se contagiaban todos. No obstante,
ahora lleva un mortífero virus en su interior.
El C2416T, el virus
del que era portador, se detectó por primera vez en Francia. Así pues,
supongamos también que el señor Índice trabaja en una de las filiales de Biogen
en el oeste de Europa. Se contagió justo antes de viajar a Boston. Aún estaba
en la fase de incubación, por lo que no infectó a nadie en el avión. Sin
embargo, el vuelo fue largo: casi nueve horas. Y no bebió suficiente agua
porque no quería levantarse constantemente para ir al baño. Puede que se tomara
una copa de vino —el alcohol acelera la deshidratación— y se quedara dormido.
El hecho de que el aire de los aviones sea especialmente seco no ayudó.
Aterrizó. Esperó en una larga cola para pasar el control de inmigración.
Hacen falta unas
doce horas de respirar aire seco para «regular a la baja» los sistemas de
hidratación de las vías respiratorias altas y, entre el vuelo y la larga espera
para que le sellaran el pasaporte, el señor Índice ya había superado ese tiempo
con creces cuando llegó al hotel. Era mayor y corpulento, lo que significaba
que necesitaba beber mucha más agua que el resto de las personas que lo
rodeaban. Sin embargo, él no lo sabía y ahora
Página 148
su infección ya manifiesta y su deshidratación han aumentado muchísimo
su inclinación natural a producir aerosoles en exceso. Sus vías altas son una
larga carretera reseca en un desierto. Tiene la saliva espesa y pastosa. Hay
tantos puentes de saliva tendidos entre sus cuerdas vocales que su laringe
parece el Támesis a su paso por Londres.
Llega al Marriott
Long Wharf. El señor Índice desayuna con el grupo en el Harbor View Ballroom.
(En retrospectiva, habría sido de gran ayuda que las ventanas del suelo al
techo de esa sala hubieran estado abiertas. Pero no lo estaban y, en cualquier
caso, en esos primeros tiempos de la COVID-19, nadie pensaba en la
importancia de la ventilación). Después de desayunar, el señor Índice se
dirige con todos los demás al Gran Salón de Baile de la planta baja. El
vestíbulo del hotel es largo y estrecho. Durante las pausas para el café, se
llenará a rebosar. Supongamos que la suya es la primera presentación del día:
una puesta al día sobre sobre las operaciones de Biogen en Europa. Se pone de
pie delante de todo el grupo. Habla alto, como hacen de forma natural las
personas que se dirigen a una sala grande, y, como las noticias de Europa son
excepcionalmente buenas y está entusiasmado, emite millones de partículas en
aerosol.
El señor Índice
habla sin cesar. Responde preguntas. Luego, sus colegas se acercan para darle
un abrazo (o un apretón de manos o un beso en ambas mejillas) por el buen
trabajo. El señor Índice se marcha exultante.
Es decir, hasta que
se despierta un par de días después de la reunión con mucha fiebre y un dolor
de cabeza atroz y, de golpe, se da cuenta de que está muy muy enfermo y, lo que
aún es más aterrador, de que es posible que muchas otras personas también estén
a punto de ponerse muy muy enfermas.
Página 149
TERCERA PARTE
El suprarrelato
Página 150
7
EL CLUB DE
SUPERVIVIENTES
DE LOS ÁNGELES
«Y no hablé del
Holocausto, ni siquiera con mi propio hijo»
1
Al estallar la
Segunda Guerra Mundial, Fred Diament fue enviado al campo de concentración de
Sachsenhausen, en las afueras de Berlín, y de allí a Auschwitz. Tenía quince
años. Era lo que llamaban un «número bajo», es decir, uno de los primeros en
ser internado en un campo nazi. A su padre lo mataron a golpes. A su hermano lo
ahorcaron. Pasó preso cinco inviernos, luchó en la resistencia clandestina de
Auschwitz, sobrevivió a la marcha de la muerte de este campo de concentración
de 1945, conoció a su futura esposa en un barco a Palestina, combatió en la
guerra árabe-israelí de 1948 y volvió a hacerlo en la campaña del Sinaí de
1956. Luego, se fue a vivir a Los Ángeles, terminó su carrera universitaria
estudiando por la noche y llegó a ser director general de una empresa de ropa
de mujer. Medía metro sesenta y tres. Se conducía como un gigante. Todos lo
llamaban Freddie.
«Freddie estaba muy
enfadado —dijo Rachel Lithgow. Conoció a Freddie y a su círculo de
supervivientes del Holocausto en Los Ángeles cuando trabajaba para la Fundación
Shoah de Steven Spielberg—. También era divertidísimo. Tenía un sentido del
humor increíble. Negro. Él lo llamaba “el club de campo conocido como
Auschwitz”».
El mejor amigo de
Freddie era Siegfried Halbreich. Habían estado juntos en Sachsenhausen y
Auschwitz. «Sig» era uno de los líderes de la resistencia de Auschwitz y, como
había sido farmacéutico antes de la guerra, ejercía de médico de los
prisioneros. Se fue a vivir a Los Ángeles en 1960 y abrió una tienda de marcos
a medida en Santa Mónica. Freddie y él eran inseparables. «Era como ver
pelearse a Ralph Kramden y a
Página 151
Norton.[34] Se pasaban el día
juntos y lo único que hacían era discutir — añadió Lithgow—. Era ridículo. Sig
era un alemán muy conciso y formal. Lo más informal que lo vi fue una vez que
no llevaba corbata».
Freddie murió en
2004.
«Vamos al funeral y
no cabía ni un alfiler. Estaban todos. Había ido toda la comunidad. Hasta las
personas que odiaban a Freddie y las que él odiaba aparecieron también para,
bueno, presentar sus respetos. Y Sig Halbreich, su mejor amigo de toda la vida,
daba el elogio fúnebre […] Sig se levantó con un aire muy teatral. Llevaba su
mejor traje. Y dijo, con su marcado acento alemán: “¿Qué podemos decir sobre
Fred Diament?”».
A continuación, se
dio la vuelta para dirigirse al ataúd de su amigo más querido.
«Le hizo gestos con
las manos. Las movió, señalándolo, levantándolas, pero de espaldas a nosotros.
Gesticulando como un poseso. No oímos ni una sola palabra. Y luego se dio la
vuelta […] se agarró al podio y, con mucha teatralidad dijo [en yidis]: “Y ese
era Fred”. La sala entera se volvió loca. No podíamos parar de reírnos».
Otra de las
componentes del círculo era Masha Loen. Masha era lituana. Había sobrevivido a
Stutthof, el campo de concentración que los nazis levantaron a las afueras de
Gdansk, en Polonia. Tuvo tifus, dos veces. (Desde entonces, llamaba a la
experiencia «los tifus»). Cuando el campo fue liberado, enterraron a Masha con
un montón de cadáveres, pero la vieron levantar la mano. Se casó con el amor de
su vida y se fue a vivir a Los Ángeles después de la guerra. Era indomable.
«Oh, ni se lo
imagina —dijo Lithgow—. Era mi secretaria y estábamos haciendo un envío durante
un Pésaj. Estábamos todos».
El Pésaj es la
Pascua judía, durante la cual los judíos no comen pan con levadura. Masha era
judía practicante.
«¿Dónde está Masha?
¿Dónde está Masha? Voy a una de las oficinas vacías —durante el Pésaj, por
cierto—, abro la puerta y me la encuentro con una hamburguesa con queso».
Una hamburguesa con
queso es la comida menos kosher que cabe imaginar.
«Yo me escandalizo
—Lithgow hizo un gesto de horror— y ella dice: “Cierra la puerta”. Yo entro y
cierro la puerta y ella dice: “Mira. Soy una buena judía. Sobreviví a la marcha
de la muerte y a los tifus […] ¿tengo que pasarme dos semanas estreñida porque
nuestros antepasados
Página 152
anduvieron errantes por los desiertos?”. —Yo solo la miré, y ella añadió
—: “Anda, lárgate. Y si le dices a alguien que me has visto, incluido mi
marido, te mato”. Salí de espaldas, muy despacito».
Freddie, Sig y
Masha eran el alma del club de supervivientes de Los Ángeles. Estudiaban inglés
juntos por la noche en el instituto de Hollywood. Se corrió la voz. Se
apuntaron más y más supervivientes de toda la ciudad. Un profesor se dio cuenta
y les cedió un aula.
«Poco a poco
empezaron a verse reflejados [los unos] en los otros» — explicó Lithgow—. Se
quedaban a hablar después de que terminara la clase. Luego empezaron a ir con
cosas. Por ejemplo: «Esta es la última fotografía que le hicieron a mi madre».
«Este es el uniforme [de prisionero] que llevaba cuando me liberaron de
Bergen-Belsen. No puedo tirarlo, pero no puedo tenerlo en casa ni un segundo
más. No sabemos qué hacer».
Así que Fred
Diament llamó a un tipo que conocía de la [Federación Judía de Los Ángeles] y
le preguntó: «¿Nos prestas un armario para guardar nuestras cosas? Porque
queremos guardarlas, pero no las queremos en casa».
Sin embargo, la
persona a la que Diament llamó —Lithgow nunca pudo averiguar quién era— les
dijo que, en vez de eso, deberían montar una pequeña exposición con sus
recuerdos.
«Juntaron todos sus
objetos y pusieron un anuncio diminuto en Los Angeles Times que
decía: “Personas del Holocausto exponen sus cosas. Y, si quieren
venir a la federación el domingo entre X e Y, estarán expuestas ahí”. Acudieron
miles de personas. Entonces, los supervivientes pensaron: “Caray, esto es
importante”».
La Federación Judía
de Los Ángeles cedió a los supervivientes un espacio en la planta baja de su
edificio de Wilshire Boulevard. Ellos lo llamaron Museo Conmemorativo de los
Mártires. Se inauguró en 1961. Fue el primer museo del Holocausto de Estados
Unidos. Años más tarde, Lithgow pasaría a ser su directora general.
En las décadas
siguientes, se convirtieron, en palabras de Lithgow, en los «nómadas de
Wilshire Boulevard», trasladándose de un minúsculo local a otro. Siempre
andaban cortos de dinero o se retrasaban con el alquiler, pero perseveraron. Y,
con el tiempo, su idea se expandió por todo
Página 153
Estados Unidos, hasta tal punto que en la actualidad hay monumentos
conmemorativos o museos del Holocausto en casi todas las grandes ciudades del
país: Nueva York, Dallas, Chicago, Houston, Miami, etc.
El Museo
Conmemorativo de los Mártires se llama hoy Museo del Holocausto de Los Ángeles.
Está en un precioso edificio nuevo de Pan Pacific Park, en el barrio Fairfax de
Hollywood. Si alguna vez va a Los Ángeles, debería visitarlo. Asista a alguno
de sus actos. Los actos del museo, explicó Lithgow, «no terminan con el himno
nacional ni con el “Hatikva” [el himno nacional de Israel]. Cantan […]». Y se
puso a cantar, en yidis, la «Canción de los partisanos», el himno no oficial de
los supervivientes del Holocausto, compuesto en 1943 por Hirsh Glick, un
prisionero del gueto de Vilna.
Zog nit keyn mol,
az du geyst dem letstn veg, khotsh himlen blayene farshteln bloye teg. Kumen
vet nokh undzer oysgebenkte sho, s’vet a poyk ton undzer trot: mir
zaynen do![35]
«Es lo que cantaban
en el bosque o por la noche en los barracones para mantener alta la moral».
Al salir del museo,
es posible que se le ocurra una pregunta, trivial en comparación con la
experiencia que acaba de vivir, pero en cierto modo importante: ¿por qué hubo
que esperar hasta 1961, más de quince años desde que terminó la Segunda Guerra
Mundial, para que hubiera siquiera un solo monumento al Holocausto en Estados
Unidos? Y, lo que es más desconcertante: ¿por qué la idea tardó tanto en
difundirse por todo el país? Es decir, eche un vistazo a la lista de todos los
museos inspirados en lo que Freddie, Sig y Masha crearon y fíjese en las fechas
de apertura.
|
Fecha |
Estado |
Nombre |
|
de |
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creación |
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1961 |
California |
Museo
Conmemorativo de los Mártires |
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1984 |
Illinois |
Museo y Centro de
Educación del Holocausto de Illinois |
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1984 |
Michigan |
Centro del
Holocausto Zekelman |
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1984 |
Texas |
Museo del
Holocausto y de los Derechos Humanos de Dallas |
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1984 |
Texas |
Museo y Centro de
Estudios del Holocausto de El Paso |
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Florida |
Centro de
Documentación y Educación sobre el Holocausto de |
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Florida |
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1989 |
Washington |
Centro del
Holocausto para la Humanidad |
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1992 |
Florida |
Museo del
Holocausto de Florida |
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1992 |
Nueva York |
Centro
Conmemorativo del Holocausto y de Tolerancia del |
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Condado de Nassau |
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1993 |
California |
Museo de la
Tolerancia |
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1993 |
Washington, |
Museo
Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos |
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D.C. |
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1995 |
Indiana |
CANDLES Museo y
Centro de Educación sobre el Holocausto |
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1995 |
Missouri |
Museo del
Holocausto Kaplan Feldman de San Luis |
|
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|
1996 |
Texas |
Museo del
Holocausto de Houston |
|
|
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|
1997 |
Nueva York |
Museo del
Patrimonio Judío – Monumento Vivo al Holocausto |
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|
1997 |
Virginia |
Museo del
Holocausto de Virginia |
|
|
|
|
|
1998 |
Nuevo |
Museo del
Holocausto y la Intolerancia de Nuevo México |
|
|
México |
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2000 |
Texas |
Museo
Conmemorativo del Holocausto de San Antonio |
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|
|
El primero se
inauguró en 1961. El segundo, en 1984. Sin embargo, la idea de conmemorar el
Holocausto no arraigó en todo el país hasta los años noventa, medio siglo
después de que terminara. ¿Por qué?
En lo que llevamos
de libro, hemos explorado la idea de que somos responsables de las fiebres y
contagios que nos rodean, de que son nuestros actos —intencionados o no,
manifiestos o solapados— los que determinan la forma de una epidemia. No
obstante, los casos que hemos tratado hasta ahora estaban ligados a un lugar o
a una comunidad: Miami, Poplar Grove, el Lawrence Tract, Harvard. Todos esos
lugares tenían suprarrelatos propios muy concretos.
En los dos
capítulos siguientes quiero ampliar nuestra reflexión sobre los suprarrelatos
para incluir los que pueden influir sobre culturas y países enteros. Esa clase
de suprarrelato se asemeja más a lo que los alemanes llaman Zeitgeist,
que se traduce literalmente como «espíritu de la época». Los suprarrelatos
del Zeitgeist abarcan mucho más. Proyectan una sombra mucho
más alargada sobre su área de influencia. Y las preguntas que quiero plantear
son: ¿qué hace falta para cambiar un suprarrelato del Zeitgeist?
¿Puede un relato de esa envergadura reescribirse y reimaginarse de
manera que cambie la forma de pensar y sentir de quienes viven bajo su sombra?
Página 155
Creo que la respuesta es sí. Podemos incluso nombrar a las personas que
fueron responsables de una de las grandes revisiones de uno de los
suprarrelatos del siglo pasado.
Pero nos estamos
adelantando.
2
Nuestros recuerdos
del Holocausto, en palabras del historiador Peter Novick, tienen un «ritmo»
extraño.[36] La novela
definitoria de la Primera Guerra Mundial fue probablemente Sin novedad
en el frente, de Erich Maria Remarque. Se vendieron millones de ejemplares
y fue traducida a un sinfín de idiomas. Se publicó en 1928, diez años después
de que terminara la guerra. Ese «ritmo» de la memoria es típico. Estados Unidos
se retiró de Vietnam en 1973. Las dos películas sobre esa guerra con más
influencia en la cultura, El cazador y Apocalypse Now,
se estrenaron en 1978 y 1979, respectivamente. En 1982, había un colosal
monumento a los veteranos de la guerra de Vietnam en la explanada nacional de
Washington D. C.
Sin embargo, no
ocurrió así con el Holocausto. Hubo una producción de Broadway popular, aunque
extrañamente optimista, de El diario de Ana Frank que estuvo
en cartel durante casi dos años en la década de los cincuenta,
seguida de una versión cinematográfica. En los años sesenta, Sidney Lumet
dirigió una película aclamada por la crítica, El prestamista, sobre
un superviviente de los campos de concentración. No obstante, el filme tuvo un
éxito de taquilla modesto y algunos grupos judíos exigieron su boicot. Hubo un
puñado de otras películas y novelas dispersas, pero nada de importancia
cultural. El problema no era que la gente negara el Holocausto afirmando que
nunca había sucedido. Era que no lo conocía. O que lo conocía, pero no quería
hablar de él.
En 1961, el ilustre
historiador de la Universidad de Harvard H. Stuart Hughes publicó Historia
de Europa contemporánea, una extensa crónica de lo que ocurrió en Europa
entre 1914 y finales de los años cincuenta. A lo largo de 524 páginas, Hughes
no utiliza ni una sola vez la palabra «holocausto». Solo menciona lo ocurrido
en los campos de concentración tres veces: en una frase de la página 229, en un
párrafo de la página 237 y
Página 156
en dos de la página 331. Hughes dedica mucho más espacio al compositor
clásico Arnold Schoenberg y al surgimiento de la atonalidad y de la escala
dodecafónica.
Al año siguiente,
en 1962, Samuel Morison y Henry Commager publicaron la edición actualizada de
su libro de texto en dos volúmenes titulado Historia de los Estados
Unidos de América. Morison ganó dos Premios Pulitzer a lo largo de su
carrera. Commager era considerado uno de los historiadores estadounidenses más
importantes de la posguerra. Quienes fueron a la universidad en cualquier parte
de Estados Unidos durante los años cincuenta y sesenta, probablemente
leyeron Historia de los Estados Unidos de América en clase de
historia. Como puede imaginar, Morison y Commager tenían mucho que
decir sobre la Segunda Guerra Mundial. Había ocurrido en vida de ambos. Pero
¿el Holocausto? Le dedican unas pocas frases en un solo párrafo, sin ningún
hincapié especial en el antisemitismo explícito que lo impulsó. «Aquellos
campos de atrocidades se habían creado en 1937 para judíos, gitanos y alemanes
y austriacos antinazis —escriben—. Con la llegada de la guerra, los nazis los
utilizaron para prisioneros de todas las nacionalidades, civiles y soldados,
hombres, mujeres y niños, y para judíos apresados en Italia, Francia, Holanda y
Hungría».
Hay algunas frases
descriptivas más y, a continuación: «Pero hay pruebas concluyentes de que la
cifra total de civiles asesinados por orden de Hitler superó los seis millones.
Y el conmovedor relato de una de las víctimas de menor edad, el diario de la niña
alemana Ana Frank [“Anna Frank” en el texto inglés], ha hecho probablemente más
para convencer al mundo del odio inherente a la doctrina nazi que los solemnes
juicios de la posguerra».
Y, con eso, dan el
tema por zanjado y pasan a describir cómo el presidente Roosevelt se retira a
su residencia de invierno en Warm Springs, en Georgia. Poco importa que «Anna
Frank» sea, de hecho, «Anne Frank». Y, aunque es técnicamente exacto que nació en
Alemania, vivía en Ámsterdam cuando escribió sus diarios porque su familia
había huido de los nazis, lo que parecería un dato importante. Y, por el amor
de Dios, era «judía» y, si se omite esa parte, se pierde por completo el
propósito del relato de «Anna» Frank.
«Las referencias a
“Auschwitz” o a “campos de concentración” son escasas», escribió en 1970 el
historiador y superviviente del Holocausto
Página 157
Gerd Korman después de leer más de una docena de los principales libros
de historia contemporánea de la posguerra.
Un autor de un
libro de texto sobre la historia de Estados Unidos se tomó la molestia de
añadir «(cubanos)» junto a «campos de concentración» y, después, fue lo
suficientemente coherente para no mencionar nunca la palabra ni nombres de
campos al tratar los asuntos de Estados Unidos y Europa durante la Segunda
Guerra Mundial. Otro libro reproduce una fotografía del escaparate de un
tendero judío, pintado con símbolos blancos y la palabra clave «Dachau», pero
ni el índice ni el texto revelan en ningún momento qué es el Dachau al que
habían «enviado de permiso» al comerciante.
Incluso la propia
comunidad judía, y en especial los supervivientes, eran reacios a hablar
públicamente de lo sucedido.[37]
Esta es Renée
Firestone, otro de los baluartes del club de supervivientes de Los Ángeles,
dando su testimonio a la Fundación Shoah sobre el largo camino que recorrió
hasta reconocer abiertamente lo que le había ocurrido:
Yo llevaba una vida
muy glamurosa como diseñadora de moda hasta que un día recibí una llamada del
Centro Simon Wiesenthal preguntándome si estaría dispuesta a contar mi
historia. Me reí del rabino Cooper y le dije: «Vamos. Después de tantos años,
¿por qué tendría que ponerme a hablar ahora de esos días terribles, de esas
semanas y años terribles?».
Entonces él me
contó que esa misma noche habían profanado un cementerio judío en el valle [de
San Fernando] y… y habían pintado esvásticas en un templo. Cuando oí la palabra
esvástica, me puse como loca y le colgué. Le dije que tenía que pensarlo.
Esa noche volví a
estar en [el] campo toda la noche en mi pesadilla. A la mañana siguiente, me
desperté, lo llamé y le dije: «Estoy lista para hablar».
Quiero que
entiendan que, cuando vinimos aquí y puse en marcha mi negocio, comprendí que
tenía que concentrarme de lleno en crear una familia, que éramos un grupo de
personas pequeño y muy particular, de entre quince y cuarenta años, quizá, que
no teníamos
Página 158
niños ni ancianos. Que teníamos que reconstruir una nueva nación. Así
que nos concentramos en eso, y eso es lo que hice yo.
Y no hablé del
Holocausto, ni siquiera con mi propio hijo.
Lidia Budgor es
otra componente del club de Los Ángeles. Budgor sobrevivió al gueto de Lodz, a
Auschwitz, a Stutthof, a la marcha de la muerte y a un brote de tifus, y vio
cómo los nazis mataban prácticamente a toda su familia. Tuvo casi la
experiencia de guerra más terrible que cabe imaginar. El entrevistador le
pregunta por su hijo Beno.
Entrevistador: Cuando Beno se
fue haciendo mayor, ¿le hablaba del Holocausto?
Budgor: Sí, hablábamos de
ello. Sí.
Entrevistador: ¿A qué edad?
Budgor: En secundaria.
Entrevistador: ¿Qué decía él?
Budgor: Sabía que yo lo
había vivido. Lo sabía…
Entrevistador: ¿Qué piensa
usted… cómo lo llevaba él, ser hijo de una superviviente?
Budgor: No reaccionaba.
No, no le afectaba.[38]
«¿No reaccionaba?»
¿Qué versión de los hechos le había dado su madre? «Cuando empecé [a contarlo]
—explicó la superviviente de Stutthof
Masha Loen—, había
personas que ni tan siquiera sabían que había habido un Holocausto. Algunos
judíos no lo sabían, como le he dicho […] Era como […] si les lloviera del
cielo. Les sorprendía que hubiera habido un Holocausto. Y eran amigos míos muy
cercanos».
Hoy en día nos
referimos al genocidio que se perpetró en Europa durante la Segunda Guerra
Mundial como el «Holocausto», con «H» mayúscula. La barbarie tiene nombre. Es
una traducción libre de la palabra hebrea shoah, que en Israel es
desde hace ya tiempo el término utilizado para describir el genocidio nazi. Sin
embargo, en los años que siguieron a la guerra, si el tema llegaba a tocarse,
lo ocurrido en los campos de concentración nazis se describía como «las atrocidades
nazis» o «los horrores» o con el término que utilizaban los propios nazis, la
«solución final» (siempre entre comillas, para poner cierta distancia moral).
Si hubiéramos dicho la palabra «Holocausto» en una conversación normal en los
años de la posguerra, nadie habría sabido de lo que hablábamos.
Eche un vistazo al
siguiente gráfico de The New Republic sobre la frecuencia con
la que los términos «holocausto» y «Holocausto» han aparecido impresos en los
últimos doscientos años. El uso de la versión
Página 159
genérica en minúscula va aumentando de manera paulatina. La versión en
mayúscula no se utiliza casi nunca hasta finales de los años sesenta e, incluso
entonces, las cifras son modestas.
Pero, un momento.
En torno a 1978, se aprecia un cambio espectacular, ¿no? La línea que
representa el uso de «Holocausto» se torna casi vertical. ¿Qué ocurrió en 1978
para que se llegara a ese punto clave?
3
En 1976, dos altos
ejecutivos de la cadena de televisión NBC pasaban por delante de una librería
cuando vieron un libro en el escaparate sobre la experiencia de los judíos
durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de ellos era Paul Klein, que estaba a
cargo de la programación de la NBC. El otro era su jefe, Irwin Segelstein, que
dirigía el equipo de planificación de la empresa. Eran las dos personas que
decidían lo que emitía la cadena.
Segelstein miró el
libro, se volvió hacia Klein y le dijo: «¿Por qué no lo hacemos?».
Y Klein le
respondió: «Deberíamos».
Segelstein tenía
una barba rojiza y llevaba unas gafas cuadradas enormes. Era regordete e
irrefrenable. Vestía ropa informal con camisas de flores bastante
desabrochadas. Había empezado su carrera en el mundo de la publicidad. Una vez,
cuando el programa Saturday Night Live de la NBC llevaba poco
tiempo en antena, su creador, Lorne Michaels, fue a
Página 160
verlo y amenazó con marcharse. Las interminables batallas con sus jefes
por lo que podía hacer y lo que no lo habían dejado frustrado y agotado.
Segelstein lo escuchó en silencio. Luego, en una de las célebres broncas del
mundo de la televisión, le dijo que él no se iba a ninguna parte:
Si lees bien el
contrato, dice que el programa tiene que durar noventa minutos. Tiene que
costar X. Ese es el presupuesto. En ninguna parte decimos que tiene que ser
bueno. Y si eres tan robótico y dedicado que sientes la presión de esforzarte
para que sea bueno, no nos vengas diciendo que te tratamos injustamente porque
te esfuerzas por hacerlo bien y nosotros no te dejamos. Porque en ningún
momento te hemos pedido que sea bueno. Que seas un neurótico es una ventaja
para nosotros. Nuestro trabajo es mentir, engañar y robar, y el tuyo es hacer
el programa.
Klein recogía a
Segelstein todas las mañanas en su Mercedes. (El portero creía que era su
chófer). «Paul y yo estamos de acuerdo en todo menos en lo fundamental», dijo
Segelstein de él en una ocasión. Klein era el más intelectual de los dos. Era
famoso por decir que la mitad de los telespectadores estadounidenses eran
«idiotas»; cuando cuestionaron sus cálculos, dobló la apuesta y sugirió que
quizá lo fueran todos. Era conocido por promover lo que él llamaba la teoría de
la programación menos objetable, que sostenía que un programa de televisión
tenía más éxito en función de cuantas menos personas ofendiera. Klein también
acuñó el término jiggly[39] para describir el
contenido excesivamente sexualizado de su competidora, ABC.
Aquellos no eran
hombres guiados por un noble propósito, sino personas que entendían el Zeitgeist estadounidense.
Su trabajo consistía en saber lo que el público quería, y se les daba muy bien.
Además, Segelstein había perdido a un tío, una tía y tres primos hermanos en
Auschwitz. Sabía lo que había ocurrido en Europa. Y lo que había querido decir
al señalar el libro del escaparate y mirar a Paul Klein era: «¿Creemos que el
público estadounidense está por fin preparado para oír hablar de esto?». Y, con
su respuesta, Klein había querido decir: «Creo que sí».
El resultado de esa conversación fue una miniserie titulada
Holocausto: la
historia de la familia Weiss. Contaba la historia de los
Weiss, una familia
de prósperos judíos berlineses, y de Erik Dorf, un
Página 161
prometedor oficial nazi. Estaba protagonizada por James Woods y una
joven Meryl Streep. Costó seis millones de dólares realizarla, una pequeña
fortuna para la época, y el rodaje duró más de cien días. Casi toda se filmó en
el campo de concentración de Mauthausen, en Austria.
Meryl Streep diría
más adelante que rodar en el emplazamiento de un campo de exterminio fue
«demasiado para mí». Fue muy duro. Añadió: «Había un Hofbräu [taberna]
a la vuelta de la esquina y, cuando los soldados de más edad se emborrachaban
lo suficiente, y era lo bastante tarde, se enseñaban sus recuerdos de la
guerra; era muy raro y morboso».
El director, Marvin
Chomsky, contrató a un grupo de extras para interpretar a los prisioneros. Les
advirtió que tendrían que quitarse la ropa y morir ametrallados.
«Mientras rodábamos
la escena, uno de los cámaras, que eran jovencísimos, se acercó a mí —recuerda
Chomsky—. Y me dijo: “Señor Marvin, esto se lo está inventando para la
película, no pasó de verdad”. Nos acompañaba un caballero que tenía permiso de
armas […] un militar, y le pregunté: “Herr Graff —le dije en mi mejor alemán—,
ist das war oder nicht war [sic]?”. “¿Es verdad o no es verdad?”. Todos
los ojos se clavaron en él; se lo pensó y respondió: “Ja, das ist war [sic]”.
Todos los críos, los más jóvenes, salieron corriendo, llorando a lágrima viva».
Chomsky tuvo que
enfrentarse a la incredulidad de su equipo en repetidas ocasiones. Habían
viajado hasta el norte de Austria para rodar en el emplazamiento de un campo de
concentración real, pero el equipo seguía sin creerse que la historia lo fuera.
Miraban fotografías tomadas cuando se habían liberado los campos de
concentración y negaban con la cabeza. Chomsky recuerda que decían: «Todo esto
está manipulado por fotógrafos estadounidenses, o británicos. Está todo
manipulado, inventado, no ha pasado. No ha pasado. Los montones de cadáveres
apilados en Bergen-Belsen [campo de concentración], eso no ha pasado».
La edición
definitiva de la miniserie tenía nueve horas y media de duración, mucho más de
lo que pretendía la NBC. La cadena estaba nerviosa porque había emitido otra
miniserie larga ese mismo año, sobre Martin Luther King, y había sido un
fracaso de audiencia. Holocausto se emitió en la NBC en cuatro
noches consecutivas. Esta es una escena del segundo episodio. La serie no
edulcoró la solución final de los nazis.
Página 162
Dos oficiales alemanes se dirigen a una zona herbosa, donde se ha cavado
una gran fosa. Vemos a un grupo de doce hombres apiñados, desnudos y tiritando.
Un soldado se
vuelve hacia uno de los oficiales, el coronel Blobel.
Soldado: No hay mucho hoy,
señor. Los pueblos se han limpiado por completo.
El otro oficial, el
capitán Erik Dorf, señala a un grupo de lugareños que están cerca. Es un alto
mando de las SS, de visita en Berlín para llevar a cabo una inspección.
Dorf: Sargento, ¿y esos
paisanos? […]
Soldado: Ucranianos,
señor. Les gusta mirar.
Dorf: Y el fotógrafo y
el que toma la película, ¿quiénes son?
Coronel Blobel: Para los archivos
del batallón. […]
Dorf: Esto no me gusta,
nada.
Blobel: ¿No le gusta?
¿Qué diablos cree que es esto, un ballet? Estamos liberando a Rusia de judíos,
¿no?
Dorf: Esto no es
limpio.
Blobel: No es limpio. Yo
le enseñaré qué es limpio.
Blobel se dirige a
los soldados.
Blobel: ¡Todos en fila!
Dos soldados
colocan a los hombres en fila. Oímos disparos y gritos antes de ver lo que
ocurre. La cámara se desplaza a un hombre que dispara una ametralladora sin
parar, y luego vemos caer al suelo a los hombres.
Elie Wiesel,
superviviente del Holocausto y activista, escribió en un artículo para el New
York Times que la serie de la NBC era «falsa, ofensiva, rastrera» y
«un insulto a los que perecieron y a los que sobrevivieron». En cierto modo,
tenía razón: era la versión televisiva de la historia. Sin embargo, Wiesel no
comprendió su importancia: era la primera vez que la mayoría de los
estadounidenses oían hablar del Holocausto.
Página 163
La escena de Blobel y Dorf se prolonga durante un tiempo incómodamente
largo. Vemos a los soldados registrando tranquilamente a los cadáveres, a los
mirones bebiendo y fumando como si estuvieran viendo un partido de fútbol. Dorf
se encara con Blobel.
Dorf: Las órdenes eran
secreto y pulcritud y usted lo ha convertido en un espectáculo.
Blobel reacciona
cogiéndole la pistola y poniéndosela en la mano.
Blobel: Maldito sea.
¡Baje ahí y a ver si es usted capaz!
Dorf se da la
vuelta y se dirige al borde de la fosa.
Blobel: Es como comer
fideos, Dorf. Se empieza y no puedes parar.
La cámara enfoca un
montón de cadáveres ensangrentados.
Blobel: Pregúnteselo a
los soldados, capitán. Matas diez judíos y los cien siguientes es más fácil.
Matas cien y aprendes a matar mil.
Mientras Blobel lo
sermonea, Dorf baja a la fosa. Oímos gemidos. Al menos un hombre sigue vivo y
sufre de dolor. Un soldado lo señala, aunque no lo vemos.
Soldado: Ese de ahí señor.
Dorf levanta el
arma, la baja, mira a su alrededor y dispara dos veces.
Blobel: Bien, bien. Dos
tiros basta […] ¡Capitán Dorf! Los guerreros zulúes dicen que un hombre no es
un hombre hasta que no ha teñido su lanza con sangre.
El gráfico sobre el
uso del término «Holocausto» indica que, a principios de 1978, la palabra pasa
de no utilizarse casi nunca a emplearse continuamente. ¿Cuándo se emitió la
miniserie Holocausto? El 16 de abril de 1978.[40]
Página 164
4
Soy consciente de
que hoy en día es difícil aceptar la idea de que una serie de televisión
pudiera cambiar el mundo. Las audiencias se han fragmentado de mil formas entre
la televisión por cable, los servicios de streaming y los
videojuegos. La comedia más popular de los años 2010, por ejemplo,
fue The Big Bang Theory, una serie sobre un grupo de jóvenes muy
inteligentes que viven en Pasadena. Se emitió durante doce temporadas y en
siete de ellas fue la serie de comedia más vista en televisión. Cuando salió en
antena su último episodio en la primavera de 2019, atrajo a dieciocho millones
de espectadores, es decir, el 5,4 por ciento de la audiencia televisiva
estadounidense. ¿El 5,4 por ciento? Hay tantos estadounidenses que creen que el
alunizaje fue un engaño como los que vieron el último episodio de The
Big Bang Theory.
Sin embargo, una
generación atrás, la televisión era otra historia. En 1983, el último episodio
de la serie de comedia M*A*S*H, la The Big Bang Theory de
su época, había atraído a ciento seis millones de espectadores. Más
del 45 por ciento del público estadounidense. Si nos hubiéramos paseado por
cualquier parte de Estados Unidos durante el horario de máxima audiencia del 28
de febrero de 1983, el día que se emitió el último episodio de M*A*S*H,
«Adiós, despedida y amén», las calles habrían estado vacías.[41] Eso es poder.
«Era la época en la
que la cultura popular estaba dominada por tres cadenas, cada una de las cuales
obtenía habitualmente audiencias para sus principales programas que hacen
palidecer cualquier cifra que pueda alcanzarse hoy en día —afirma Larry Gross,
un profesor de la Universidad del Sur de California que lleva medio siglo
estudiando el poder de la televisión—. Los programas más populares de la
televisión tenían más éxito del que tiene hoy la Super Bowl. Atraían a grandes
audiencias de manera habitual: jóvenes y mayores, con estudios o sin ellos,
hombres, mujeres, minorías, etc. Era un crisol de culturas […] Era como la
religión preindustrial, comunidades enteras reunidas para empaparse de los
mismos mensajes».
En una ocasión,
Gross y varios colegas suyos llevaron a cabo una investigación fascinante para
demostrar de lo que era capaz la televisión de esa época. Analizaron las
respuestas de un grupo grande de personas a
Página 165
las que preguntaron qué opinaban sobre los temas raciales más candentes
en los años setenta, por ejemplo: ¿habría que llevar a los alumnos a otras
escuelas para integrarlos? ¿Habría que permitir la discriminación por motivos
de raza al alquilar o vender una vivienda? ¿Debería haber leyes contra el
matrimonio interracial? En todos esos temas, liberales, moderados y
conservadores tenían posturas muy distantes. Eso no era ninguna sorpresa. Sin
embargo, Gross se fijó a continuación en las respuestas de los componentes de
esos grupos que veían mucha televisión. Eso lo cambió todo. En la mayoría de
los casos, liberales, moderados y conservadores discrepaban mucho en los temas
candentes solo si no veían mucha televisión. No obstante, cuanta más televisión
veían personas de todas las tendencias ideológicas, más empezaban a coincidir.
Cuando un grupo grande de individuos ve las mismas historias, noche tras noche,
eso los une.
«No es que los
medios toquen una tecla determinada para lograr un cierto efecto —dice Gross—.
Es que los medios crean la conciencia cultural sobre cómo funciona el mundo […]
y cuáles son las reglas». Las historias que se contaban en televisión
determinaban los temas en los que pensaba la gente, las conversaciones que
tenía, lo que valoraba y lo que despreciaba. Y esa experiencia compartida era
tan poderosa y transformadora que saber cuánta televisión veía una persona era
mejor indicador de qué opinaba sobre los temas de actualidad que saber a quién
había votado en las últimas elecciones. «Siempre me gusta citar una frase de un
escritor escocés, Andrew Fletcher —observa Gross—: “Si puedo escribir las
canciones de un país, no me importa quién escriba sus leyes”».
Tenemos que prestar
más atención a las canciones que cantamos.
5
Hora de volver con
el club de supervivientes de Los Ángeles del instituto de Hollywood a finales
de los años cincuenta. Lo componían un grupo de personas, aún jóvenes, que
habían sobrevivido a una experiencia desgarradora. Es fácil imaginar un
escenario en el que ese grupo de supervivientes tuviera un millón de reacciones
distintas a lo que habían
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vivido. Algunos querrían contárselo al mundo; otros, hacer borrón y
cuenta nueva. Sin embargo, en su caso, no se dio tal variación: en los años de
la posguerra hubo una especie de consenso para no hablar del tema.
A eso se refería el
historiador Novick cuando mencionaba el extraño «ritmo» de la memoria del
Holocausto. Hablaba de los efectos de un suprarrelato. ¿De qué trataba ese
suprarrelato? Novick escribe sobre una reunión convocada por el Comité Judío
Estadounidense (AJC, por sus siglas en inglés) justo cuando la Segunda Guerra
Mundial estaba terminando. Invitaron a algunos de los principales eruditos de
la época en un intento de aprender a combatir la clase de odio hacia los judíos
que había tenido consecuencias tan escalofriantes en toda Europa. El consenso
del comité de expertos fue que el antisemitismo estaba impulsado por la
percepción de que los judíos eran débiles: desde ese punto de vista, el
antisemita era una especie de matón vengativo que se aprovechaba de los
indefensos. Como explicó el director del AJC, las organizaciones judías
deberían, en consecuencia, «evitar representar a los judíos como personas
débiles, como víctimas que sufren […] Es necesario eliminar o al menos reducir
las terribles historias de judíos victimizados […] Debemos normalizar la imagen
de los judíos […] Las historias de héroes de guerra son excelentes […] Los
judíos deben representarse como iguales a los demás, no como distintos a todos.
Hay que eliminar la imagen de que son débiles».
A finales de los
años cuarenta, se propuso erigir un monumento al Holocausto en la ciudad de
Nueva York. «En tres ocasiones distintas, en 1946, 1947 y 1948, los
representantes del Comité Judío Estadounidense, la Liga Antidifamación, el
Congreso Judío Estadounidense, el Comité Sindical Judío y los Veteranos de
Guerra Judíos rechazaron unánimemente la idea vetando, de hecho, la iniciativa
—escribe Novick—. Les preocupaba que ese homenaje hiciera que los
estadounidenses vieran a los judíos como víctimas: sería un “monumento perpetuo
a la debilidad e indefensión del pueblo judío”; no sería “lo mejor para los
intereses de los judíos”».
Esa actitud es
totalmente comprensible. Era necesaria.[43] Sig Halbreich se
mudó de Cleveland a Los Ángeles en 1959, en parte para alejarse de lo que le
parecía un interés agobiante por su pasado. «Preguntas, preguntas, montones de
preguntas. Yo no quería hablar mucho de lo que había vivido», dijo en una
ocasión. ¿Alguien se extraña? Cuando
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el club de supervivientes se reunió por primera vez, sus conversaciones
sobre el Holocausto eran privadas. Eran de la clase que solo puede tenerse con
alguien que ha pasado por la misma experiencia.
«Hablaban del tema
entre ellos —explica Lithgow, directora del primer museo del Holocausto de
Estados Unidos—. Pero seguía habiendo miedo y aún había […] lamento decirlo,
pero había una cierta vergüenza. Se avergonzaban de su acento, de sus tatuajes.
Les avergonzaba que sus hijos no tuvieran abuelos o familiares en las funciones
de teatro escolares como todos los demás niños. No sé por qué se replegaron en
sí mismos, pero lo hicieron. Por alguna razón, les daba vergüenza».
Ese era el
suprarrelato que compartían los supervivientes: que lo que había ocurrido en
los campos de concentración era demasiado sobrecogedor, demasiado aterrador
para ser humanamente imaginable, y que el único camino emocional posible era
seguir adelante. Por otra parte, los que no habían vivido esa experiencia
tenían su propio suprarrelato. Los libros de texto de los años sesenta que
relegaban el Holocausto a unas pocas frases eran obra de historiadores que
sabían escribir sobre política, economía, estadística y las demás disciplinas
propias de su profesión. Sin embargo, no tenían ni el lenguaje ni la
imaginación para reflejar la experiencia de los campos de exterminio.
Después de la
guerra, Halbreich trabajó como intérprete para el general Dwight Eisenhower,
por entonces comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa. Eisenhower se
fijó en su tatuaje del campo de concentración, 68233, y le preguntó: «¿Le dolió
mucho cuando le tatuaron ese número en el brazo?».
Halbreich pensó:
«Dios mío, ¿qué clase de gente son los estadounidenses? Ven lo que pasa aquí,
el montón de cadáveres, de muertos […] ¿y él me pregunta si esto me dolió? Pero
más adelante lo entendí: no tenía ni idea. Para los estadounidenses era extraño
enfrentarse a algo así». Eisenhower tampoco sabía cómo hablar de lo que lo
rodeaba.
El silencio fue más
hondo en Alemania. Los alemanes tenían su propia vergüenza con la que lidiar.
En el campo de concentración de Bisingen, cerca de la frontera con Francia, las
autoridades locales mantuvieron un largo debate después de la guerra sobre qué
poner en el letrero del cementerio que alberga a algunas de las víctimas del
campo. Se decidieron por Ehrenfriedof —cementerio honorario—,
ya que, según explicó el ayuntamiento, «era totalmente apropiado mantener vivo
el recuerdo de los
Página 168
crímenes del nacionalsocialismo entre la población local». Sin embargo,
continuaba el ayuntamiento, no veía razón para señalar «los crímenes del
nacionalsocialismo a la gran cantidad de extranjeros que circulan por la
carretera federal 27, que es una ruta internacional».
Luego, la comunidad
plantó miles de árboles y setos, que pronto invadieron partes del campo. El
club de fútbol de Bisingen construyó un terreno de juego sobre una carbonera
que los prisioneros habían sido obligados a rellenar con pizarra. Cerca se
instaló una pequeña pirámide de piedra con la inscripción: «Caminante, si pasas
por aquí, recuerda a aquellos cuya vida les fue arrebatada antes de haberla
vivido con sentido». Podían insinuar lo ocurrido, pero no decirlo en voz alta.
Imagínese cómo
debía de sentirse a mediados de los años setenta alguien que quería que el
mundo conociera el Holocausto. Habían transcurrido treinta años desde el final
de la guerra. El espacio de tiempo en el que generalmente se analizaban y
asimilaban los hechos del pasado había concluido. Los historiadores ignoraban
el tema. Los supervivientes no querían hablar. Hollywood guardaba silencio en
su mayor parte. En Alemania, los equipos de fútbol entrenaban en los terrenos
de antiguos campos de concentración. Lo único que tenía Estados Unidos era un
museo improvisado en Wilshire Boulevard en Los Ángeles, donde un grupo de
refugiados habían depositado recuerdos que no soportaban tener en casa. El
Holocausto ni tan siquiera tenía nombre. A ojos del mundo, daba la impresión de
que lo que había ocurrido en Alemania durante la guerra fuera a terminar como
un mero apunte al margen, y parecía que poco podía hacerse para cambiar esa
realidad.
Pero, por otra
parte, Miami sufrió tres sacudidas en 1980 y ya nunca fue la misma. Poplar
Grove era un remanso de paz hasta que dejó de serlo. El cardiólogo de Boulder
se muda a Búfalo y, de repente, se convierte en otro muy distinto. Quizá, una
mejor pregunta que hacerse en ese momento no era si la forma en la que el mundo
pensaba en el Holocausto podía cambiarse, sino cómo.
6
Y así, en aquel
rinconcito de Wilshire Boulevard, el club de supervivientes abrió las puertas
de su diminuto museo.
Página 169
«Creo que les sorprendió que hubiera alguien mínimamente interesado
—dijo Lithgow—. Creo que estaban asombradísimos de que a la gente le importara.
Y de que hubiera alguien interesado en escucharlos».
Pero la gente sí
estaba interesada, y los supervivientes del Holocausto descubrieron que era
posible hablar de lo inefable. Los números que llevaban tatuados en el
antebrazo no eran nada de lo que avergonzarse. Revivir un recuerdo no era una
muestra de debilidad.
En el transcurso de
las dos décadas siguientes, esa idea empezó poco a poco a difundirse, desde
Wilshire Boulevard hasta el otro extremo del país. En las afueras de Chicago,
Zev Weiss, un superviviente de Auschwitz, empezó a intentar convencer a las
universidades para que impartieran cursos sobre el Holocausto. Al principio,
recordó más adelante, se topó con «evasivas, largas y un desinterés general».
Sin embargo, no se dio por vencido. Viajó por todo el país para presionar a las
universidades, a veces incluso durmiendo en el coche. Se presentó en los
despachos de los profesores para insistir en que trataran el Holocausto en sus
clases. «Algunas de sus peticiones eran un poco extremas —recuerda un amigo de
Weiss—, y no era un hombre con el que fuera fácil discutir. Era más sencillo
decirle que sí incluso antes de que hiciera la pregunta».
A mediados de los
años setenta, varios grupos judíos trabajaron con el Congreso de Estados Unidos
para aprobar la enmienda Jackson-Vanik, una ley que obligó a la Unión Soviética
a hacer lo que hasta entonces parecía impensable: flexibilizar sus normas de
emigración para permitir que cientos de miles de judíos rusos emigraran a
Israel y Estados Unidos. Fue, en palabras de una historiadora, un triunfo para
un «particularismo judío orgulloso y poderoso». Poco después, en 1977, un grupo
de neonazis solicitó autorización para marchar por Skokie, un barrio
residencial de Chicago con mucha densidad de población judía. La ciudad no
ignoró la marcha —su primer impulso—, sino que le plantó cara. Se había
producido un cambio en la comunidad judía estadounidense y fue esa
transformación la que indujo a Paul Klein e Irwin Segelstein a detenerse
delante del escaparate de la librería y tomar su trascendental decisión.
Los dos ejecutivos
de televisión no esperaron a encontrar pruebas de esas mismas señales de cambio
fuera de la comunidad judía. No aseguraron la jugada ni eludieron el tema.
Crearon uno de los seminarios de historia más devastadores y valientes de la
historia moderna. Se emitió
Página 170
durante cuatro noches consecutivas a partir del 16 de abril de 1978 y lo
vieron ciento veinte millones de personas: ¡la mitad del país!
En Alemania,
donde Holocausto se emitió en enero del año siguiente, el
efecto fue aún más electrizante. La serie se retransmitía en horario nocturno
en un canal de poca audiencia y terminaba casi a medianoche y, aun así, hacia
el final, la veían quince millones de alemanes occidentales, alrededor de la
cuarta parte del país. La llamaron «el fenómeno televisivo alemán de los
setenta». Revistas y periódicos publicaron números y secciones especiales
sobre Holocausto. Miles de espectadores, algunos de ellos entre
lágrimas, llamaron a sus televisiones locales. Varios grupos neonazis colocaron
bombas en las emisoras de Coblenza y Münster para intentar impedir que la serie
saliera en antena. Hubo veteranos de guerra que, atenazados por la culpa,
amenazaron con suicidarse. Un antiguo oficial de las SS refirió que su mujer y
sus cuatro hijos lo llamaron «nazi de la vieja guardia» después de ver el
segundo capítulo y lo abandonaron. En Alemania, el plazo de prescripción para
procesar a antiguos criminales de guerra estaba a punto de expirar. Después
de Holocausto, el Parlamento de Alemania Occidental cambió de
opinión y lo abolió. En palabras de un periodista alemán:
«Holocausto» ha
sacudido a la Alemania posterior a Hitler de una manera que los intelectuales
alemanes no han sabido hacer. Ningún otro filme ha retratado tan vívidamente el
sufrimiento de los judíos en su camino a las cámaras de gas […] Solo a partir y
como consecuencia de «Holocausto», una mayoría del país sabe lo que había
detrás de la horrible y vacua fórmula «solución final de la cuestión judía».
Hoy, en Bisingen,
hay un museo como es debido en el emplazamiento del antiguo campo de
concentración, uno de los miles de monumentos y museos conmemorativos del
Holocausto que se han construido en toda Alemania desde entonces.
7
Página 171
Muchos años después de que se emitiera Holocausto, Herbert
Schlosser, director de la NBC, fue entrevistado acerca de cómo llegó a emitirse
la serie. Era el jefe de Klein y Segelstein. Schlosser reconoció que el mérito
era de ellos —él solo los supervisaba—, salvo en una cosa. En las primeras
conversaciones sobre la serie, el guion se había titulado Holocausto.
Sin embargo, cuando los guiones se terminaron, la palabra se había
descartado. Después de todo, no tenía ningún significado especial a mediados de
los años setenta.
«Un día me llegó
una pila de guiones así de alta —recordaba Schlosser
—. Y yo solo
colaboré en una cosa […] Leí los guiones. Pero me di cuenta de que la serie no
se titulaba Holocausto. Se titulaba La familia Weiss,
que es como se apellida la familia que sufre el Holocausto en la serie. Así que
llamé [al productor] y le dije: “No os conviene titularla La familia
Weiss”».
Schlosser quería
recuperar el título original del guion. «Ponedle Holocausto», le
ordenó al productor.
Y por eso todo el
mundo llama al holocausto, el «Holocausto». Échele otro vistazo a la lista de
museos estadounidenses: a partir de 1978, todos usaron el término «Holocausto»
en su nombre. Incluso el museo original de Wilshire Boulevard pasó de ser el Museo
Conmemorativo de los Mártires a llamarse Museo del Holocausto de Los Ángeles.
La barbarie en masa de la que nadie sabía cómo hablar ya tenía nombre. ¿Por
qué? Porque a un directivo de televisión le pareció que sonaba mejor que La
familia Weiss.
Eso es lo que
pueden hacer los narradores. Pueden cambiar el suprarrelato.
Página 172
8
REGRESO A MAPLE
DRIVE
«Me salí de la
carretera a propósito»
1
En 1995, solo
cuatro años después del hundimiento de la Unión Soviética, el politólogo Timur
Kuran escribió un famoso artículo titulado «The Inevitability of Future
Revolutionary Surprises» (La inevitabilidad de futuras sorpresas
revolucionarias).
«Los intelectuales
discrepan acerca de muchas cosas, por lo que las numerosas controversias que
han seguido a la caída del comunismo en Europa del Este no tienen nada de
extraño —escribió Kuran—. Lo que es notable es nuestro acuerdo casi unánime
sobre el hecho de que ese vuelco trascendental cogiera al mundo por sorpresa».
Kuran repasaba la
lista de todos los que podrían haber visto venir la revolución, pero no lo
hicieron. En primer lugar, estaban los «periodistas, diplomáticos, estadistas,
futurólogos y eruditos», los expertos cuyo trabajo consistía en explicar lo que
sucedía en el mundo. Los había pillado desprevenidos. ¿Y la gente corriente de
Europa del Este? Poco después de la caída del Muro de Berlín, se realizó una
encuesta en Alemania Oriental: «Hace un año, ¿se esperaba una revolución tan
pacífica?». El 5 por ciento, una miseria, dijo que sí. El 18 por ciento
respondió: «Sí, pero no tan rápida». Y el resto, las tres cuartas partes de los
encuestados, confesaron que estaban profundamente sorprendidos.
La lista de Kuran
era larga. ¿Y los dirigentes comunistas, cuyo poder y sustento dependían de
entender la situación de sus países? No se dieron cuenta. Ni tan siquiera los
disidentes, las personas que llevaban una generación luchando contra los
soviéticos, la vieron venir. Kuran señalaba que el dramaturgo Václav Havel, que
pasaría a ser uno de los primeros líderes de la República Checa democrática,
había escrito un ensayo en
Página 173
1978 titulado «El poder de los sin poder» en el que predecía,
acertadamente, que el Imperio soviético no era tan inexpugnable como parecía.
Podía ser derrocado, decía, por un «movimiento social», una «explosión
repentina de desórdenes civiles» o un «grave conflicto dentro de esa estructura
de poder hasta ahora aparentemente monolítica». La conclusión de Havel era de
una clarividencia pasmosa: «Pero ¿no será [el futuro más luminoso], en cambio,
algo que ya está aquí desde hace tiempo y que solo nuestra miopía y nuestra
fragilidad nos impiden ver y desarrollar alrededor nuestro y dentro de
nosotros?».
No obstante, ¿qué
ocurrió cuando la revolución que Havel había predicho empezó de verdad? Él no
la vio. Cuando el líder soviético Mijaíl Gorbachov viajó a Checoslovaquia para
dialogar, en lo que fue una de las primeras verdaderas señales de que Rusia estaba
dispuesta a relajar el control sobre sus Estados satélite, a Havel le enfureció
que sus compatriotas lo aclamaran.
«Me siento triste;
este país nuestro nunca aprende. ¿Cuántas veces ha depositado toda su fe en una
fuerza externa que creía que resolvería sus problemas? […] Y, sin embargo, aquí
estamos otra vez, cometiendo exactamente el mismo error. Parecen pensar que
Gorbachov ha venido a liberarlos […]».
Se trataba de
personas que conocían la historia y la cultura de Europa del Este como nadie.
Los intelectuales habían leído todos los libros que importaban y medido todo lo
medible. La población de Europa del Este vivía todos los días bajo el yugo
soviético. Los disidentes llevaban luchando por su libertad desde que tenían
memoria. No había nada que, como grupo, no supieran. No obstante, el argumento
de Kuran era que las revoluciones, sean grandes o pequeñas, tienen algo que nos
desconcierta: cuando un grupo de personas se unen, enfervorizadas, y cambian
bruscamente su manera de actuar o pensar, de golpe, nos quedamos sin saber qué
decir ni qué interpretar. «Apenas unas semanas antes de la Revolución rusa de
febrero de 1917 —escribió Kuran—, el artífice de esa lucha, Vladimir Lenin,
insinuó que la gran explosión de Rusia sucedería en un futuro lejano y que él
no viviría para verla». ¡Era su propia revolución!
En mi opinión, las
historias de Miami y la miniserie Holocausto explican en parte
por qué siempre nos sorprendemos. Los suprarrelatos son mucho más volátiles de
lo que parecen. Sin embargo, en este capítulo
Página 174
quiero explorar una segunda razón, que creo que puede ayudarnos a
entender mejor nuestro perpetuo desconcierto. No detectamos las señales de
cambio porque las buscamos donde no están. Y cualquiera que haya alcanzado la
mayoría de edad a principios del siglo XXI ha vivido un ejemplo casi
de manual de esa miopía: la batalla por el matrimonio homosexual.
2
Cuando Evan Wolfson
se matriculó en la facultad de Derecho a principios de los años ochenta, leyó
un libro del historiador John Boswell, un texto académico titulado Cristianismo,
tolerancia social y homosexualidad. Wolfson tenía poco más de veinte años y
acababa de pasar una breve temporada trabajando con el Cuerpo de Paz en África
occidental. Allí había salido del armario. «Es decir, siempre había sabido que
era gay — explicó—, pero fue entonces cuando empecé a tener relaciones sexuales
y a imaginarme cómo sería mi vida [siendo homosexual declarado]». El libro de
Boswell le abrió los ojos. «Le puse un forro falso y me lo llevé a la playa de
Florida, donde iba a visitar a mis abuelos».
Lo que Wolfson
descubrió gracias a Boswell fue que «no siempre había sido así para los
homosexuales, que las distintas sociedades habían tratado la homosexualidad,
entendido la sexualidad y enfocado la sexualidad de otra manera». Ese mensaje
le pareció profundamente esperanzador: «Si había sido distinto una vez, podría
volver a serlo». Empezó a pensar en lo que haría falta para cambiar la forma en
la que el mundo veía a los gais.
Me pregunté: «¿Por
qué razón sufren los homosexuales discriminación y opresión en nuestra sociedad
de una forma en la que no las sufrían en otras sociedades?». Y decidí que, en
realidad, podía entenderse como un rechazo: discriminación contra cómo amamos,
a quiénes amamos […].
Y luego me
pregunté: «¿Cuál es la estructura central […] en la que nuestra sociedad
enseña, entiende y apoya el amor?». Y por supuesto, en nuestra sociedad, como
en casi cualquier otra, es el matrimonio. Así que decidí que, luchando por el
matrimonio, reivindicándolo,
Página 175
estaríamos transmitiendo el mensaje más poderoso posible de que somos
iguales, importantes y dignos.
Wolfson creía que
el matrimonio serviría como «motor de transformación que cambiaría el concepto
que las personas no homosexuales tenían de las homosexuales».
Era principios de
los años noventa. Hoy en día puede resultar difícil apreciar lo radical que fue
la conclusión de Wolfson en ese momento. El matrimonio homosexual ni tan
siquiera formaba parte de ningún programa social o político. El suprarrelato
estaba a años luz de la idea de que el matrimonio debería ampliarse a las
parejas del mismo sexo. Es muy probable que los estadounidenses que ya eran
adultos en los años sesenta aún recuerden un libro de finales de esa década
titulado Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were
Afraid to Ask). El libro, escrito por el psiquiatra
californiano David Reuben, fue el primer manual de sexo moderno. Fue número uno
de ventas en cincuenta y un países y encabezó la lista de los libros más
vendidos del New York Times durante más de un año. Woody Allen
hizo una película cómica de gran éxito basada en él que, en los países
hispanohablantes, se tituló Todo lo que siempre quiso saber sobre el
sexo y nunca se atrevió a preguntar. Reuben fue invitado varias
veces al programa estadounidense Tonight Show de Johnny
Carson, donde interpretaba el papel de afable sexólogo nacional. Su libro
definía el Zeitgeist, y esto es lo que Reuben decía en su capítulo
dedicado a la «Homosexualidad masculina»: «La mayoría de los hombres gais,
cuando van a ligar, prescinden del cortejo. Ni siquiera tienen tiempo para
hacer piececitos o escribirse notas de amor en trozos de papel higiénico. La
homosexualidad parece estar marcada por una urgencia apremiante».
Reuben describía
los encuentros furtivos en baños como algo típico. Decía que los hombres a
menudo tienen hasta cinco relaciones sexuales en una noche, de «unos seis
minutos» cada una. A los homosexuales «les encanta el peligro», afirmaba.
«Tienen la necesidad de alardear de su sexualidad en público». Pasaba a hablar
de su pasión por los disfraces, su obsesión con la comida, su propensión al
chantaje, sus arriesgadas prácticas sexuales.
Y luego venía esto.
El método narrativo de Reuben, en el libro, consiste en formular una serie de
preguntas y responderlas sucintamente:
Página 176
¿Y todos los homosexuales que viven felices juntos durante años? Lo cierto es que
son bichos extremadamente raros en el colectivo
homosexual. Además,
lo de «felices» está por ver. La pelea más agria entre marido y mujer es un
soneto de amor apasionado en comparación con un diálogo entre dos maricas.
¿Vivir juntos? Sí. ¿Ser felices? Difícil.
La otra parte de
estos «matrimonios» que no encaja con la felicidad es que los protagonistas no
dejan nunca de ligar. Pueden irse a vivir juntos, pero, por lo general, el
desfile de penes no cesa. Solo que esa vez, para colmo, se suman los celos, las
amenazas, los berrinches y las traiciones mutuas. Por suerte para ambos, la
esperanza de vida de su relación es breve.
Si es así como toda
una generación ve la vida de los hombres gais, ¿cómo demonios se lucha por la
igualdad en el matrimonio? ¿Qué motivos podría tener el resto de la sociedad
para compartir con ellos su institución social más importante si creyera que eso
es lo que harían con ella? Wolfson decidió escribir su tesis sobre el
matrimonio homosexual. Sin embargo, no lograba encontrar un tutor que quisiera
dirigírsela.
«Acudí a algunos de
los profesores más liberales y comprensivos. Todos sin excepción [me dijeron
que] no», recuerda. Habían crecido con David Reuben. De lo que Wolfson hablaba
les parecía absurdo. «Pensaban que sería demasiado difícil […] o que no era un
objetivo que valiera la pena».[44] Wolfson dejó los
estudios de Derecho y bregó durante años, esforzándose por cambiar las leyes de
su estado. No obstante, cualquier progreso que lograran los activistas gais se
topaba con fuertes resistencias, lo que culminó en febrero de 2004 cuando el presidente
George W. Bush pronunció uno de los discursos más famosos de su presidencia:
Presidente Bush: La unión entre un
hombre y una mujer es la institución humana más perdurable, honrada y fomentada
por todas las culturas y por todas las religiones. Eras de experiencia le han
enseñado a la humanidad que el compromiso de un esposo y una esposa para amar y
servir al otro promueve el bienestar de los hijos y la estabilidad de la
sociedad.
Bush se presentó
ante el país y dijo: basta.
El matrimonio no
puede desligarse de sus raíces culturales, religiosas y naturales sin debilitar
la buena influencia en la sociedad.
Página 177
Hoy hago un llamamiento al Congreso para que apruebe con prontitud y
envíe a los estados para su ratificación una enmienda a nuestra Constitución
que defina y proteja el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer como
esposo y esposa.
Una tras otra, las
asambleas legislativas de los estados aprobaron enmiendas a sus constituciones
que hacían imposible el matrimonio homosexual. El pesimismo se apoderó de los
activistas. «Hubo muchos llamamientos a retirarse, a rendirse, a parar, a frenar,
incluso por parte de algunas de las figuras clave del movimiento», recuerda
Wolfson. Los líderes de la Campaña de Derechos Humanos instaron a la cautela.
Lo mismo hizo la senadora Dianne Feinstein de California, defensora del
movimiento desde hacía tiempo. «Todo esto ha sido demasiado, demasiado rápido,
demasiado pronto», dijo.
Fue en 2004 cuando
se fueron al traste años de trabajo.
«Había mucha gente
[en el movimiento] que ya estaba desesperada — explica Matt Coles, líder de la
lucha por los derechos de los homosexuales en esa época—. Las organizaciones
que se centraban principalmente en el Congreso [de Estados Unidos] o en las asambleas
legislativas de los estados estaban convencidísimas de que aquello no iba a
ninguna parte».
Los activistas
convocaron una cumbre en Jersey City, en New Jersey, enfrente de Manhattan, al
otro lado del río. Juntos forjaron un plan a largo plazo para su movimiento.
Prudente. Cauteloso. Pausado. Decidieron avanzar despacio, trabajando en el
ámbito de cada estado y empezando por los lugares en los que ya creían tener un
pie. Comenzarían por las ideas menos controvertidas: el reconocimiento de las
parejas de hecho y, después, los derechos civiles. Solo cuando hubieran ganado
esas dos batallas lucharían por el premio gordo: la libertad para casarse.
Coles dice que, si
entonces le hubieran preguntado cuánto tiempo pensaba que tardaría en lograrse
la igualdad en el matrimonio en todo Estados Unidos, habría respondido sin
dudarlo.
«En 2005 […] Habría
dicho que entre veinte y veinticinco años. —Se queda callado—. Pero quizá
treinta o cuarenta».
Él y todos sus
compañeros activistas estaban equivocados. En menos de una década, la oposición
al matrimonio homosexual se había debilitado. Sasha Issenberg, autor de The
Engagement (El compromiso), la historia más completa sobre la lucha
por la igualdad en el matrimonio, califica la
Página 178
victoria como «el cambio más importante en la opinión pública
estadounidense sobre un tema que yo he vivido». Y continúa: «En quince o
dieciséis años, el apoyo ha aumentado en más de una vez y media. Y está
ocurriendo en todos los grupos demográficos y políticos. Jóvenes, mayores,
blancos, negros, latinos, evangélicos, empezaron a ir todos en una sola
dirección».
En plena lucha, los
activistas no comprendieron que, de hecho, la victoria estaba a la vuelta de la
esquina. Parafraseando a Timur Kuran: «Los intelectuales discrepan acerca de
muchas cosas, por lo que las numerosas controversias que han seguido a la lucha
por el matrimonio homosexual no tienen nada de extraño. Lo que es notable es
nuestro acuerdo casi unánime sobre el hecho de que ese vuelco trascendental
cogiera al mundo por sorpresa».
Buscaban señales de
cambio donde no estaban. Así pues, volvamos atrás y analicémoslo desde otra
perspectiva.
3
El telefilme Regreso
a Maple Drive se emitió en 1992 en la cadena Fox. Fue nominado a tres
premios Emmy, lo que significaba que se lo consideraba bastante superior a la
programación habitual. Cuenta la historia de los Carter, una familia acomodada
que vive en un bonito barrio. El padre es dueño de un próspero restaurante. Su
esposa y él tienen tres hijos adultos: una hija casada y dos hijos varones, el
menor de los cuales, Matt, es el predilecto, guapo y brillante, graduado en
Yale. En las primeras escenas de la película, vemos a Matt llevando a su
prometida a casa para presentársela a la familia. Es guapa y rica, y está muy
enamorada de él.
Si alguna vez ha
visto un telefilme de esa época, ya sabe lo que ocurre a continuación. Resulta
que los Carter distan mucho de ser perfectos. El hermano mayor es alcohólico.
El padre es despótico y tiránico. La madre se niega a aceptarlo. La hija casada
intenta abortar sin decírselo a su marido. Y Matt, no tardamos en enterarnos,
esconde un terrible secreto.
La primera en
descubrir la verdad es su prometida. Encuentra una carta incriminatoria en su
habitación. Lo afronta deshecha en lágrimas, se monta en su BMW y se marcha. No
volvemos a verla. La despedida de soltero de Matt es esa noche. Él disimula.
Pero, al final de la noche, cuando regresa a
Página 179
casa, se sale de la carretera a propósito y se estampa contra un poste
telefónico. Les cuenta a sus padres la rebuscada historia de que ha dado un
volantazo para esquivar a un animal. Sin embargo, cuando las preguntas ya son
muchas, su madre lo aborda en el elegante salón familiar.
Madre: Será mejor que
empieces a explicarte, jovencito. ¡Me debes una explicación!
Matt: Tú ya lo sabes.
Sabes muy bien por qué. ¿Quieres que lo diga?
Madre: No me hables así.
Matt: ¡No! ¿Quieres que
lo diga? ¿Quieres que lo diga, mamá? No di un volantazo para esquivar a un
perro, ¡lo di para no vivir así!
Creo que ya se
imagina cuál es el secreto de Matt, ¿verdad?
Matt: Porque pensé que
sería mejor estar muerto que decírtelo […]
Madre: Muy bien, ya he
oído suficiente […]
Matt: ¡No, mamá! No.
Intenté matarme.
Madre: No es verdad.
Tuviste […] tuviste un accidente.
Matt: ¡No! ¡No! ¡No!
Pensé que sería mejor estar muerto […]
Madre: ¡No! Tuviste […]
Matt: ¡Mamá! Pensé que
sería mejor estar muerto que […]
Madre: No […]
En ese momento, los
millones de telespectadores que estaban viendo Regreso a Maple Drive empezaron
a notar un nudo en la garganta.
Matt: ¡Sí! ¡Que decirte
que soy gay! Me salí de la carretera a propósito. Lo hice a propósito, mamá. A
propósito.
¿Qué enseñanzas
sacaron todos esos telespectadores de Regreso a Maple Drive?
En el caso de Holocausto,
es fácil ver cómo un acontecimiento cultural pudo cambiar el suprarrelato.
Durante cuatro días consecutivos, la mitad de Estados Unidos vio
simultáneamente una lección de historia contundente e implacable. Lo que
hizo Holocausto fue dar permiso al mundo para hablar y pensar
sobre un tema que hasta entonces se consideraba tabú. Sin embargo, creo que ese
tipo de proceso también opera de maneras mucho más sutiles. En el capítulo
anterior he descrito la investigación del profesor de la Universidad del Sur de
California Larry Gross y creo que merece la pena repetir algunas de sus
palabras: «No es que los medios toquen una tecla determinada para lograr un
cierto efecto. Es que los medios crean la conciencia cultural sobre cómo
funciona el
Página 180
mundo […] y cuáles son las reglas», y, en los altos confines del
suprarrelato, esa clase de reglas se reescriben y revisan constantemente.
Por ejemplo, en la
misma época que Holocausto, se emitió una gran cantidad de series
«feministas». La chica de la tele fue la pionera. La
siguieron Phyllis, Maude, Rhoda, Día
a día, Cagney & Lacey y Murphy Brown, y
luego vinieron muchas más. El mensaje explícito de esas series era
diáfano. Trataban de mujeres fuertes, competentes y profesionales. Dejaban
claro que las mujeres podían ser tan capaces como los hombres. Pero, recuerde,
el poder de la televisión no es decirnos qué pensar, sino cómo pensar. ¿Y cuáles
eran las reglas implícitas de esas series? Que una mujer con éxito casi siempre
es bastante mayor, blanca, heterosexual y soltera.
«Así que, si eras
feminista, no podías estar casada —argumenta la profesora de universidad Bonnie
Dow, autora de un brillante libro que analiza esa oleada de series de
televisión—. Si eras feminista, no podías tener hijos […] Se da por sentado
que, si tienes esa postura política […] si estás dispuesta a no ocultar que
crees en la igualdad de la mujer, te va a ser muy difícil tener una relación
funcional. Esa es una de las reglas».
Las series definían
el progreso de la mujer estrictamente desde la perspectiva del éxito
profesional, de «triunfar como los hombres». Dow continuaba: «Se trata de tener
las mismas oportunidades que los hombres, de lograr lo mismo que les permiten
lograr a ellos, lo que, por supuesto, elimina todas las posibilidades de
reconocer que las mujeres son distintas porque, entre otras cosas, procrean y
pueden necesitar un lugar de trabajo diferente».
El suprarrelato
creado por esas series era turbio y ambivalente, una forma de entender los
derechos de la mujer que hacía hincapié en los demoledores sacrificios que
tenían que hacer las mujeres para triunfar profesionalmente. Sumergirse
en La chica de la tele o en Día a día no
convertía a ninguna mujer en feminista; era igual de fácil que la indujera a
pensar que el feminismo era un imposible si quería tener hijos y una familia.
Retomemos pues el
análisis de Regreso a Maple Drive. Se trata de un telefilme que se
estrena en el momento en que personas como Evan Wolfson están empezando a
luchar por el matrimonio homosexual. Esa clase de historias, y en esa época
hubo una cantidad sorprendente de
Página 181
telefilmes que trataron el tema de la homosexualidad, ¿ayudaron o
perjudicaron a la causa?
Bonnie Dow también
analizó esa cuestión. Y descubrió una serie de reglas implícitas en las
narrativas gais de los años ochenta y noventa, al igual que ocurría con las
series de comedia feministas.
Primera
regla: Los homosexuales jamás protagonizan las series que, en teoría,
tratan sobre homosexuales. En la práctica, eso significa que el personaje
gay aparece de forma puntual, en un papel pequeño en una serie de varios
episodios. Y, cuando tiene más papel, escribe Dow, «las narrativas tienden a
centrarse en cómo afecta la revelación de su sexualidad a sus relaciones con
personajes heterosexuales, amigos y familiares, compañeros de trabajo».
Segunda
regla: La sexualidad de una persona gay no es un dato accesorio. Es el
único dato que define su vida y se la complica. Como dice Dow,
los personajes gais «se convierten en una especie de problema que sus amigos
heterosexuales deben resolver en su vida». El historiador de cine Vito Russo
elaboró en una ocasión una lista de todas las formas en las que morían los
personajes homosexuales en películas estrenadas entre los años diez y
principios de los ochenta. Contó cuarenta y tres muertes de personajes gais.
Veintisiete morían asesinados. Trece se suicidaban. Uno era ejecutado. Uno
fallecía después de que lo castraran y otro de viejo. Eso es lo que se quiere
decir con que la homosexualidad es un problema que hay que resolver.
Tercera
regla: Los personajes gais solo se ven aislados de los demás. «Los
personajes gais rara vez se ven en compañía de otros personajes gais —dice
Dow—. Así que no suelen tener amigos gais. No suelen ir a actividades gais».
Esta quizá sea la regla más importante de las tres, ya que es el gran obstáculo
con el que Evan Wolfson y otros activistas homosexuales pasaron años
batallando: los personajes gais solo se ven aislados de los demás porque la
cultura no aceptaba que los homosexuales fueran capaces de tener verdaderas
relaciones. En palabras de David Reuben, la vida de los homosexuales era un
mero «desfile de penes».
¿Qué es pues lo que
observamos en Regreso a Maple Drive? A primera vista, la película
parecería haber ayudado a la causa del matrimonio gay: trataba de una familia
que afrontaba la identidad secreta de Matt con honestidad, dolor y afecto.
Pero, en realidad, no la favoreció, ya que, de hecho, es la encarnación de las
tres reglas de Bonnie Dow:
Página 182
En primer lugar, Regreso a Maple Drive no es una
película sobre qué significa ser gay. Es una película sobre qué significa ser
heterosexuales y descubrir que alguien que conocemos es gay. Después del
accidente, la trama consiste fundamentalmente en que Matt les revele a todas
las personas de su vida, una a una, su identidad secreta. Y se guía por cómo
reaccionan ellas a la noticia, no por cómo lo hace Matt.
En segundo lugar,
ser gay es un problema que hay que resolver. Matt intenta suicidarse porque no
es capaz de aceptar su sexualidad. En una escena le dice a su madre: «Yo no he
elegido esto. Es lo que soy». Y añade: «¿Crees que elegiría ser tan distinto a
todos los demás? ¿Que elegiría disgustaros tanto a ti y a papá? ¿Y que elegiría
perder a alguien tan guapa y maravillosa como Allison? ¿Y el sida? Es decir,
supongamos que alguien quisiera ser gay, ¿querría serlo ahora?».
¡Incluso Matt
piensa que su homosexualidad es un problema que hay que resolver! ¿Quién
diablos elegiría ser gay?
Por cierto, esa
frase sobre el sida es la única mención de lo que podía estar ocurriéndoles a
otros hombres gais en el mundo en general, con lo que se cumple la tercera
regla de Dow: «Los personajes gais solo se ven aislados de los demás». Nos
enteramos de que Matt tiene un antiguo novio, Kyle. Sin embargo, solo lo vemos
fugazmente cuando va a visitarlo al hospital.
Dow argumenta que,
a lo largo de los años setenta, ochenta y noventa, fue así como el medio de
comunicación más poderoso de la cultura popular abordó la sexualidad gay.
Películas como Regreso a Maple Drive no eran tan abiertamente
hostiles con el estilo de vida gay como el libro de David Reuben, pero seguían
negando la capacidad de los homosexuales para mantener verdaderas relaciones.
Si se quería saber si el mundo estaba preparado para pensar en los
homosexuales, y en el matrimonio homosexual, de otra forma, no bastaba con
analizar los resultados de las elecciones, los veredictos judiciales o las
encuestas de opinión pública.
Todas esas cosas
eran útiles, a su manera. Sin embargo, no llegaban al fondo del asunto. Había
que mirar y ver si las reglas del suprarrelato estaban cambiando. Y, en efecto,
así era. Quizá haya oído hablar del instigador. Se titulaba Will &
Grace.
Página 183
4
Will & Grace fue la
original idea de dos guionistas que se habían criado juntos en Los Ángeles:
David Kohan y Max Mutchnick. Eran veteranos en el mundo de las series de
comedia. No obstante, había un problema argumental que jamás habían logrado
resolver. Habla Mutchnick:
Sydney Pollack, que
era mentor de David, nos enseñó mucho sobre cómo escribir […] una historia de
amor. Un día estábamos en su despacho. Él sabía que en ese momento escribíamos
series de comedia y nos dijo: «Una historia de amor termina cuando el chico y
la chica se besan. Si encontráis la manera de contar una historia de amor en la
que no se besan, podéis tener una serie que se emita durante mucho tiempo».
Pollack fue uno de
los mejores directores de cine de su generación.
Sostenía que las
historias de amor necesitan «roces».
«¿No? —Habla Kohan.
(Los dos se completan las frases)—. Depende por completo de los obstáculos que
les impiden estar juntos. Recuerdo que Sydney tenía dificultades con eso.
Recuerdo que decía: “Jo, la raza ya no es el obstáculo. La clase ya no es un
obstáculo”. No podías hacer, por ejemplo, Adivina quién viene esta
noche en 1990. ¿Y dónde están los obstáculos? Cuando Max y yo
empezamos a trabajar juntos, fue como “Yo tengo uno”».
La idea que
tuvieron fue explorar la relación de Mutchnick con su «novia del instituto»,
Janet Eisenberg.
Max: Era una novia que
conocí en la escuela hebrea. Curiosamente, un pequeño inciso, su padre era el
cirujano que le había amputado las piernas a mi abuelo diabético. Así que
teníamos un vínculo muy raro, pero nos hicimos amigos al instante.
David: Él iba a la casa
de ella y le decía a su padre: «¿Dónde están las piernas? ¿Qué han hecho con
ellas?».
Max: Al doctor
[Eisenberg] eso nunca le agradó demasiado. Pero era algo innegable. [Janet]
estaba muy muy comprometida e interesada en mí, y yo la adoraba. Y no estaba
listo para afrontar mi verdad en ese momento […] Así que lo de [Janet] y yo,
era […] Era el gran secreto y, de hecho, en esa época, cuando eras gay y
estabas en el armario, lo que pensabas era: «¿Cómo voy a solucionar esto, donde
voy a llevar una doble vida?». […] Cuando le dije que era gay, su respuesta
fue: «Me lo tengo que replantear todo […]».
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Hollywood siempre había resuelto esa clase de historia, entre un hombre
gay en el armario y una mujer heterosexual, de la misma manera. Como explica
Mutchnick: «Cuando el gay le cuenta a la mujer que así es como es y que ama lo
que ama, es expulsado y castigado, y ella es la víctima».[45]
Sin embargo, cuando
Mutchnick y Kohan reflexionaron sobre ello, se dieron cuenta de que había otra
manera de contar la historia del hombre gay y la mujer heterosexual que se
aman: ¿y si la mujer no fuera la víctima y el hombre no fuera castigado?
Will & Grace se emitió en
la NBC entre 1998 y 2006, en el aclamado bloque de comedia del jueves por la
noche que la cadena llamó «televisión imprescindible».[46] Fue una de las
series de televisión más populares y vistas de su generación. Will era un
abogado gay. Grace, una decoradora de interiores heterosexual. Compartían un
piso en Nueva York y los acompañaban la ayudante de Grace, la irrefrenable
Karen, y Jack, el amigo gay de Will. Juntos, los cuatro discutían, empezaban
relaciones, las terminaban y se besaban en un sinfín de combinaciones cómicas,
todo ello basado en la premisa establecida ya desde el primer episodio: Grace
está a punto de casarse y Will la convence para que no lo haga. Ella deja a su
novio plantado en el altar. Se va con Will a un bar para ahogar las penas. Aún
va vestida de novia, y los clientes del bar los animan.
Primer cliente, a
Will: ¿Por qué no brindamos por su bella y joven novia?
Clientes, gritando: ¡Sí! ¡Sí!
Se inventan los
votos en ese momento.
Primer cliente: Vamos, vosotros,
¿qué tal un besito?
Multitud, coreando: ¡Que se besen!
¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Un beso!
Ellos se miran y
piensan: «Igual podría funcionar». Will besa a Grace.
Grace: ¿Nada? ¿Ni un
poquito?
Will: Nada de nada.
Si ha visto Will
& Grace, estoy seguro de que coincidirá en que la premisa de Kohan y
Mutchnick era ingeniosa. Y la serie era muy divertida. Sin embargo, a primera
vista, no parece que tenga nada de revolucionaria. Es una serie de comedia
sobre un grupo de jóvenes solteros en un piso de Manhattan, igual que Seinfeld y Friends,
las otras dos popularísimas
Página 185
comedias de esa generación. En la planificación y ejecución de la serie,
Kohan y Mutchnick limaron todas las aristas para no ofender a los anunciantes
ni al público. Eligieron a Eric McCormack para el papel de Will, el
protagonista gay. En la vida real, McCormack es heterosexual. Tiene una guapura
convencional. Su personaje, Will, es abogado de empresa, una profesión que,
según los estereotipos de finales de los años noventa, difícilmente se
identificaba como gay.[47]
El director de la
primera temporada fue Jimmy Burrows, un veterano de Hollywood que había
dirigido episodios de casi todas las series de comedia de los años setenta en
adelante: Phyllis, Rhoda, Cosas de marcianos, Friends, Frasier.
Más tarde, Burrows recordaría:
Sabía lo difícil
que sería la homosexualidad para la América tradicional. Por eso les dije a Max
y a David: «Creo que el primer año deberíamos intentar hacerle creer a América
que Will va a retractarse y casarse con Grace». Porque la serie es justo eso. Es
una relación, una relación sexual sin sexo. Pongamos escenas en las que Will y
Grace hablan y […] parecen marido y mujer. Pongamos un beso en el piloto […]
Pongamos un beso en el último episodio, debajo de una jupá.
Will & Grace era una serie
sobre un hombre gay. No obstante, Burrows quería asegurarse de que Will no
pareciera demasiado gay al principio.
Cuando Will
& Grace se emitió por primera vez, algunas personas de la
comunidad homosexual la odiaron por esa misma razón. Los críticos la
rechazaron. Una crítica, publicada en una revista académica, se titulaba
«Nothing Queer about Queer Television» (La televisión gay no tiene nada de gay)
y señalaba que nunca vemos a Will en la cama con otro hombre. Por ende, la
serie casi nunca aludía a la epidemia de sida, a pesar de que se emitió en el
peor momento de la crisis. Cuando se estrenó, el New York Times la
calificó de «normalísima». La reseña continuaba:
Los actores son
simpatiquísimos, pero se ven limitados por unos guiones que suponen que es
ocurrente ver a Will y a Grace jugar de maravilla juntos a [el juego de
mesa] The $25,000 Pyramid. Y están rodeados de compañeros
irritantes, como Jack (Sean Hayes), el amigo gay de Will, un bufón pomposo que
canta temas de musicales mientras juega al póquer. Jack despliega todos los
gestos estereotipados
Página 186
posibles para que Will pueda evitarlos por completo; ¿qué audacia hay en
eso?
Exacto. Ese fue el
veredicto sobre Will & Grace: que la audaz premisa de la serie
se había diluido tanto que era imposible distinguirla de cualquier otra frívola
serie de comedia. Sin embargo, el consenso sobre Will & Grace resultó
ser incorrecto. En realidad, la serie era profundamente subversiva.
¿Por qué? Porque rompía todas las reglas de Dow sobre el suprarrelato.
¿Personajes gais
protagonistas de la narrativa? Sí. La historia es imposible sin Will y Jack.
¿La homosexualidad
no es «un problema que hay que resolver»? Sí.
¿Gais que pasan el
rato con otros gais? Sí.
El mensaje de Will
y Grace era, en efecto: «Miren a Will. Un hombre divertido, exitoso y
entrañable. Es capaz de amar y ser amado. Se define por la solidez y duración
de sus relaciones con las personas de su entorno. Es normal. Y resulta que es
gay».
«Sabíamos que era
un acierto tener a un gay declarado como eje de nuestra serie —dijo Mutchnick—.
Y así es como fuimos inculcándole poco a poco esa conspiración gay al público
estadounidense».
Bromeaba. Pero solo
un poco.
5
En el capítulo 4,
he hablado de la extraña dinámica de los puntos clave que Damon Centola observó
en su juego de los nombres. Centola quería saber cuántos «disidentes» harían
falta para romper un consenso alcanzado por la mayoría. Y su respuesta fue: «No
muchos». Una vez que el 25 por ciento de los componentes de cualquier grupo
empiezan a insistir en otro nombre, los demás tiran rápidamente la toalla y les
siguen la corriente. Sin embargo, el cambio no es gradual. No es que hubiera
algunos desertores con el 20 por ciento, unos cuantos más con el 22 por ciento
y, finalmente, con el 25 por ciento, todos lo fueran. No sucedía nada hasta que
se alcanzaba el 25 por ciento, y entonces ocurría todo.
Página 187
Piense en la psicología de esa clase de cambio. «Si estás justo por
debajo de ese punto clave, en el 20 por ciento, no tienes ni idea de lo poco
que te queda», explica Centola. En una de las versiones de su juego, con veinte
personas, tener cuatro disidentes no cambió nada en absoluto. Sin embargo,
cuando añadió uno más, con lo que la cifra de opositores alcanzó el mágico 25
por ciento, el consenso cambió de golpe. «No sabes que [con] una o dos personas
más puedes propiciar ese punto clave», agrega. Si el cambio fuera gradual,
sabríamos que íbamos acercándonos a nuestro objetivo y no nos sorprenderíamos
cuando lo alcanzáramos. Con todo, si no ocurre nada y, luego, ocurre todo, nos
encontramos en la extraña tesitura de estar desanimados durante el largo periodo
en el que no sucede nada y quedarnos desconcertados en el momento en que todo
cambia.
Esa es exactamente
la situación en la que se encontraban los activistas del matrimonio gay, en el
clima de pesimismo de su reunión en Jersey City. Cada vez estaban más cerca de
la victoria, pero su sensación era la contraria. No veían que, en los altos confines
del suprarrelato, los astros se estaban alineando silenciosamente a su favor.
Por supuesto, la paradoja reside en que muchos de esos mismos activistas, como
millones de otras personas, se sentaban a ver Will & Grace todos
los jueves por la noche. La prueba de que las cosas habían empezado a cambiar
estaba emitiéndose delante de sus narices. No obstante, hay que ser capaz de
ver la relación entre la historia de la pantalla y las actitudes de las
personas que la ven. Los activistas no supieron hacerlo, y es comprensible,
porque no creo que nadie lo hiciera en ese momento. La idea de que existe un
suprarrelato amorfo y distante en las alturas que proyecta una sombra sobre
todos los que estamos debajo, y de que la clave de ese suprarrelato puede
encontrarse en una serie de comedia, parece, sencillamente, demasiado difícil
de aceptar. Si a pesar de ello, cuatro noches de la miniserie Holocausto pueden
cambiar el Zeitgeist, ¿por qué no habrían de hacerlo once
temporadas de Will siendo… un tipo normal?
Evan Wolfson, el
líder de facto de la lucha por el matrimonio gay, dice que el
punto clave para su causa fue 2012. Hasta ese momento, cuando el matrimonio
homosexual se había llevado a las urnas en diversos estados, habían perdido las
votaciones en treinta ocasiones. Sin embargo, ese año empezaron a ganar.
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Por fin encontramos la manera de hacerlo y ganamos cuatro de cuatro, y
Maine fue uno de ellos. Maine era un estado en el que habíamos perdido una
votación […] en 2009 y decidimos no aceptar ese «no» por respuesta. Nos pasamos
tres años sobre el terreno llamando a las puertas, persuadiendo, identificando
a las personas que aún no estaban con nosotros, pero eran accesibles, y
pensando en cómo podíamos llegar a ellas.
Presentaron su
propia propuesta electoral para preguntar a los ciudadanos de Maine si estaban
dispuestos a revocar lo que habían decidido tres años antes y legalizar el
matrimonio entre personas del mismo sexo. Esa vez ganaron. Después, el equipo
de Wolfson empezó a llevar grupos de discusión. Se sentaron con personas que
habían votado en contra en 2009 y a favor en 2012 para averiguar por qué habían
cambiado de opinión con tanta rapidez.
«Les preguntábamos:
“¿Dónde ha oído hablar más de este asunto?”. Ya sabe, “¿Dónde pensaba en este
tema y oía hablar de él?”. Y, con diferencia, la respuesta ganadora era la
televisión».
Tantos años de
ver Will & Grace habían empezado a dar fruto. «Estuve
dieciséis años en política y me di cuenta de una cosa, sobre
todo en lo que
respecta a los asuntos morales y culturales […] —dijo el senador republicano
Rick Santorum en un discurso cuando las aguas se calmaron—. La política no
determina esos asuntos. Los determina la cultura popular, especialmente el
asunto del matrimonio [homosexual]
[…] En
lo referente al tema del matrimonio y a modificar su definición, no hubo
cambios. Ninguno, cero, durante treinta años. Y entonces emitieron una serie de
televisión que se llamaba Will & Grace».
El matrimonio gay
llegó a un punto clave. Eso nos sorprendió. No debería haberlo hecho.
Página 189
CUARTA PARTE
Conclusión
Página 190
9
SUPRARRELATOS,
SUPERPROPAGADORES Y
PROPORCIONES
GRUPALES
«El OxyContin es
nuestro pasaje a la Luna»
1
La adormidera es
una bonita flor con un largo tallo. Después de abrirse, los pétalos se
deprenden y dejan visible una cápsula del tamaño de un huevo pequeño llena de
una espesa savia amarillenta. Y, a lo largo de miles de años, esa savia ha sido
objeto de la fascinación del ser humano, una mina de sustancias químicas, en
palabras de un historiador, «que contiene azúcares, proteínas, amoniaco, látex,
goma, cera vegetal, grasas, ácidos sulfúrico y láctico, agua, ácido mecónico y
una amplia variedad de alcaloides».
Seque la savia,
fúmesela y tendrá opio: reinos enteros han surgido y caído por causa del opio.
Sin embargo, si extraemos los alcaloides del cóctel de compuestos de la savia,
obtenemos una sustancia aún más valiosa. A principios del siglo XIX, el
farmacéutico alemán Friedrich Sertürner aisló el primero de los alcaloides de
la adormidera. Lo llamó Morphium, «morfina», por Morfeo, el dios
griego de los sueños. La morfina calmaba el dolor y producía una
agradable euforia. También era muy adictiva.
El siguiente regalo
de la adormidera fue la codeína, aislada en 1832 por el francés Pierre-Jean
Robiquet. Unos cuarenta años después, el químico inglés C. R. Alder Wright puso
a hervir durante varias horas una mezcla de morfina y anhídrido acético en busca
de un opioide que no creara adicción. Su brebaje acabó llamándose «heroína» y,
durante un tiempo, se presentó como la gran alternativa segura a la morfina.
Y, en 1916, dos
químicos alemanes extrajeron un alcaloide similar a la codeína, la tebaína, la
resintetizaron y obtuvieron una sustancia que
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llamaron «oxicodona». La oxicodona no alcanzó nunca la mala fama de sus
parientes heroína y morfina, es decir, hasta ochenta años después de su
descubrimiento, cuando la farmacéutica Purdue Pharma la reinventó. Purdue
presentó la oxicodona en una pastilla de dosis alta y liberación prolongada.
Promocionó su invento en todo el mundo con más entusiasmo y audacia de los que
ninguna otra farmacéutica había invertido en la comercialización de un
analgésico y lo llamó OxyContin. Apuesto a que lo conoce. Se ha convertido en
el medicamento con receta de peor fama de la historia.
Este libro ha
empezado con la declaración ante un comité del Congreso de Estados Unidos de
tres ejecutivos de una empresa anónima. Por si no lo ha adivinado aún, todos
ellos pertenecían a la familia que fundó Purdue y le dio al mundo el OxyContin:
los Sackler. Y fue Kathe Sackler, hija de uno de los tres hermanos fundadores,
la que, cuando le preguntaron por el papel de su familia en la crisis de
opioides, dijo: «He intentado determinar si había… si hay algo que podría haber
hecho de otra manera, sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora. Y
debo decir que no puedo… que no encuentro nada que hubiera hecho de otra manera
[…]».
El otro Sackler que
habló ante el comité fue David, nieto de uno de los hermanos fundadores. ¿Y qué
dijo David Sackler, después de que Kathe Sackler negara cualquier
responsabilidad en la crisis de opioides?
«[…] asumo una
profunda responsabilidad moral por ello, porque creo que nuestro producto […],
a pesar de nuestras mejores intenciones y esfuerzos, se ha asociado con el
abuso y la adicción […]».
«Se ha asociado».
Utilizó la pasiva
refleja.
A lo largo de La
venganza del punto clave, he argumentado que esa clase de disociación y
negación es demasiado habitual. Nos replegamos en la postura de que las
epidemias son misteriosas, de que no tenemos ningún poder sobre ellas ni somos
responsables de su evolución. Los padres de Poplar Grove se repliegan en su
dolor. Miramos Miami y nos convencemos de que no es distinta de cualquier otra
ciudad, y nos sorprendemos del cambio radical en la opinión pública
estadounidense con respecto al matrimonio homosexual. Sin embargo, en todos los
casos, resulta que nos equivocamos.
Página 192
Volvamos, pues, a nuestro punto de partida, la crisis de opioides. Y
utilicemos las lecciones de Poplar Grove, Miami, el Lawrence Tract,
Harvard, Holocausto y Will & Grace —las
lecciones de los superpropagadores, las proporciones grupales y los
suprarrelatos— para tratar de entender el caos desatado por el OxyContin.
¿Podemos entender
ahora las decisiones y circunstancias que llevaron a la epidemia de opioides?
Yo creo que sí.
2
En la edición de
marzo de 2019 de la publicación académica Population and Development
Review, hay un artículo de la demógrafa Jessica Y. Ho titulado:
«The Contemporary American Drug Overdose Epidemic in International Perspective»
(La epidemia contemporánea de sobredosis de fármacos en Estados Unidos desde
una perspectiva internacional). Hacia la mitad, aparecen dos gráficos que
muestran cuántas personas murieron por sobredosis de fármacos en países de
renta alta entre 1994 y 2015. El primero refleja la tasa de mortalidad
masculina por cada cien mil personas.
Página 193
Según el gráfico,
Dinamarca y Finlandia empezaron con uno de los peores problemas del grupo,
pero, más adelante, su situación mejoró. Canadá, el Reino Unido y Australia
sufren una crisis que no hace sino agravarse, pero sus cifras totales siguen
por debajo de las alcanzadas por los líderes mundiales. ¿Y ve esa maraña de
líneas grises en la parte de abajo que apenas se alzan por encima del cero? Son
Austria, Italia, Alemania, Japón, Países Bajos, Portugal, España y Suiza. Esos
países jamás han padecido una crisis de opioides. Solo uno ha tenido una
experiencia verdaderamente catastrófica con las sobredosis de opioides: el que
está representado por la gruesa línea que se alza muy por encima de todas los
demás.
Estados Unidos.
El gráfico de
Jessica Ho nos indica que la crisis de opioides no es, en realidad, un problema
internacional. Es fundamentalmente un problema de Estados Unidos. Se trata de
una variación de área pequeña: una epidemia que actúa dentro de unas
determinadas fronteras, solo que, en este caso, la zona afectada no es tan
pequeña. Quizá sería mejor llamarlo «variación de área grande».
Página 194
Pero, un momento. ¿Estamos seguros de que no se trata de una variación
de área pequeña? Pasemos ahora al análisis de la crisis de opioides publicado
en marzo de 2019 por un grupo dirigido por Lyna Z. Schieber de los Centros para
el Control y la Prevención de Enfermedades: en el apéndice del artículo, hay
una tabla que detalla la cantidad anual de analgésicos opioides recetados en
cada estado de Estados Unidos entre 2006 y 2017. Para simplificar, nos
centraremos en el año 2006, ya que fue entonces cuando la epidemia empezó a
cobrar fuerza. Las cifras representan «miligramos equivalentes de morfina» per
cápita, lo que es una forma sofisticada de indicar cuántas dosis, por persona,
se consumieron en un determinado año. Estas son las primeras filas de la tabla.
Alabama: 808,8
Alaska: 614,4
Arizona: 735,0
Arkansas: 765,7
California: 450,2
Colorado: 495,4
Connecticut: 648,3
Delaware: 881,5
Hay mucha variación
de un estado a otro. La cifra de Alabama es casi el doble que la de California.
Delaware está por las nubes. Pero no así Colorado. Esto se parece mucho al
fenómeno que el padre de la variación de área pequeña, John Wennberg, descubrió
en Vermont o al modo en que Miami se distingue del resto del país en lo que
respecta a los fraudes a Medicare. Y, cuanto más se desciende en la lista, más
pronunciada es la variación.
Illinois: 366
Indiana: 756,6
Illinois e Indiana
son vecinos. Tienen índices de pobreza, niveles de desempleo y cifras de
ingresos muy similares. ¿Por qué el problema de Indiana es el doble que el de
Illinois?
Página 195
La epidemia de opioides suele describirse como el resultado de una
combinación de crisis sociales y económicas que afectaron a las clases
trabajadoras estadounidenses: la pérdida de puestos de trabajo en el sector
manufacturero, el vaciamiento de las comunidades, la desintegración de las
familias y la confluencia de tasas de depresión, enfermedad mental y
desesperación cada vez mayores. Todos esos problemas son importantes. Sin
embargo, ninguno de ellos explica la tabla de Ho. Italia es mucho más pobre que
Estados Unidos y tiene mucho más desempleo. ¿Dónde está su crisis de opioides?
El Reino Unido tiene problemas sociales más que suficientes. ¿Por qué está su
línea tan por debajo de la de Estados Unidos? E, indudablemente, esas teorías
no explican por qué Indiana se vio arrasada por los opioides, mientras que su
vecino, Illinois, no pasó por lo mismo.
Lo que hemos
aprendido hasta el momento es que la manera de entender la variación es buscar
la existencia de un suprarrelato. Miami tenía el suyo. Nuestra forma de hablar
sobre el Holocausto varió cuando la miniserie de la NBC cambió el suprarrelato.
Así pues, ¿existe un suprarrelato correspondiente que nos ayude a entender el
extraño patrón de variación en el consumo de opioides? Resulta que sí. Tiene
que ver con un hombre en gran parte olvidado por la historia: Paul E. Madden.
3
Paul E. Madden era
un abogado de San Francisco que había trabajado en la oficina de la fiscalía
del distrito. En 1939 lo nombraron director de la Agencia de Control de
Narcóticos de California, un organismo público dedicado a controlar el consumo
de drogas peligrosas.
Madden tenía poco
más de cuarenta años y rebosaba energía y rectitud. Tenía la cabeza grande,
papada, el pelo rubio peinado hacia atrás; era arrogante, lento de movimientos,
puritano. Ascendió en la jerarquía política a fuerza de ambición y convicción
moral.
«Una persona bajo
la influencia de la marihuana puede creerse tan pequeña que le dé miedo bajarse
de la acera a la calle, o puede parecerle que tiene un tamaño enorme y una
fuerza y pasión sobrehumanas y, en ese estado, cometer delitos totalmente
ajenos a su naturaleza».
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Se trata de Madden escribiendo sobre uno de sus temas preferidos: los
peligros de los narcóticos ilegales.
«El tiempo, el
espacio y la distancia se borran; puede estar conduciendo un coche a ciento
treinta kilómetros por hora y creer que solo va a treinta, un semáforo en rojo
puede verlo verde, y puede parecerle que el [coche que se le echa] encima o que
va hacia él está a más de un kilómetro. Es fácil imaginar las consecuencias de
que alguien conduzca un vehículo en ese estado».
A Madden le gustaba
expresarse con una cierta hipérbole. Las cosas nunca eran malas; eran funestas.
Las drogas ilegales no ponían en peligro a quienes las consumían; los
destruían. El adicto al opio y a la hierba «pierde por completo el sentido de
la higiene y, mentalmente, la facultad de distinguir entre el bien y el mal».
En California, Madden desempeñó el mismo papel que su famoso contemporáneo, J.
Edgar Hoover, jefe del FBI. Era el rostro público de las fuerzas del
orden. Se podía encontrar su fotografía en el periódico, posando junto a un
gran montón de cocaína incautada. Se lo podía oír en la radio, advirtiendo
sobre la invasión de California por drogas ilegales procedentes de México,
China o Japón.
«Buenas noches,
damas y caballeros. Quizá haya trabajos más difíciles que desarticular una red
de narcotráfico, no lo sé. Yo no he visto ninguno. Especialmente complicado es
el trabajo de atrapar a una banda de narcotraficantes, incluido el cerebro de
la cuadrilla».
Madden detuvo a
personas por comprar medicamentos veterinarios a base de morfina en grandes
cantidades, que él sospechaba que revendían en la calle. Llevó a cabo redadas
en varios cargueros japoneses atracados en el puerto de San Francisco, confiscó
bolsas de cocaína e instó a los altos cargos de Washington a emprender acciones
diplomáticas. Se enteró de que había agricultores que tenían cultivos de
adormidera por sus semillas y se preguntó: «¿Y si esas semillas no son para los
panecillos? ¿Y si están desviándose para la producción de opio?». Madden era un
derviche giróvago, un fanático de primer nivel, uno de los primeros de la larga
lista de histriónicos cruzados antidroga que se sucederían en Estados Unidos.
Sin embargo, la
verdadera obsesión de Paul E. Madden no eran las drogas ilegales que llegaban
del extranjero, sino los analgésicos que recetaban los médicos. Su gran
preocupación era que los medicamentos legales estuvieran desviándose para fines
ilegales. Había médicos sin
Página 197
escrúpulos que repartían opioides a manos llenas, delincuentes que
falsificaban recetas y revendían los medicamentos en la calle. Así que Madden
pensó una ingeniosa solución: elaboró una lista de todos los derivados de la
adormidera —morfina, opio, codeína y algunos otros fármacos— y convenció a la
Legislatura Estatal de California para que añadiera una enmienda al Código de
Salud y Seguridad del estado, conocida como proyecto de ley n.º 2.606, que fue
aprobada por el Senado el 6 de junio de 1939. El texto clave se encuentra en el
artículo 11166.06. Cada vez que un médico extendía una receta para uno de esos
opioides, tenía que utilizar un recetario especial proporcionado por la Agencia
de Control de Narcóticos de Madden:
Las recetas estarán
impresas en papel distintivo, todas llevarán el número de serie del recetario y
también estarán numeradas en serie.
Cada receta estará
por triplicado, con la primera página enganchada al recetario de tal forma que
pueda separarse con facilidad, mientras que las otras dos tendrán una línea de
puntos perforados para arrancarlas.
La palabra clave
era «por triplicado». Cada página del recetario especial de Madden venía
acompañada de dos copias al carbón. El médico que recetaba el medicamento debía
quedarse con la copia inferior durante un mínimo de dos años. La segunda copia
era para la farmacia. La primera página debía enviarse directamente a la
Agencia de Control de Narcóticos antes de fin de mes.
Poco después de que
entrara en vigor la medida de las recetas por triplicado, Madden detectó su
primer caso de gran repercusión mediática. Concernía al médico de San Francisco
Nathan Housman. Housman era un playboy de familia rica que tenía una consulta en
el lujoso edificio Flood de Market Street, uno de los bloques de oficinas más
bonitos del centro de San Francisco hasta la fecha. Housman no era trigo
limpio. Su nombre había aparecido unos meses antes en un caso mediático que
concernía a un sustancioso fideicomiso testamentario y a una viuda rica que
habían encontrado tirada en la calle tras un atropello con fuga simulado. Sin
embargo, el caso que llamó la atención de Madden se centraba en Alma Elizabeth
Black, a quien la prensa describía como «una paciente a la que [Housman] trató
durante diecisiete años por una dolencia que una
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autopsia, realizada a petición suya, no detectó». El «tratamiento» de
Nathan Housman para Black era morfina. Y, a su muerte, Black dejó todo su
patrimonio, valorado, según algunos testimonios, en más de un millón de dólares
actuales, a… Nathan Housman.
Los agentes de
Madden se presentaron en la farmacia local de Housman, emplazada en Eddy Street
en el barrio de Tenderloin. Lo encontraron allí, copiando frenéticamente la
lista que el farmacéutico tenía de sus recetas de morfina. «Nuestros agentes
encontraron 345 recetas emitidas por el doctor Housman para doscientos
pacientes distintos — anunció Madden—. Una comprobación de nuestros datos
reveló que solo había enviado cuatro de ellas a nuestra agencia. Es una
situación intolerable». Housman fue detenido y acusado. Pero no por asesinato
ni mala praxis, sino por no rellenar por triplicado las recetas de morfina de
la señora Black.
«Le pedí las
recetas al doctor Housman varias veces y siempre me decía que no tenía ninguna
—declaró en el juicio uno de los investigadores de Madden—. Decía que no sabía
que tenía que guardarlas».
Housman acabó en la
prisión de San Quintín y su condena fue un mensaje para todos los médicos de
California: Paul Madden iba en serio. Él no creía que todos los médicos
californianos fueran tan nocivos como Nathan Housman. No obstante, pensaba que
había suficientes médicos igual de atípicos que él para hacer mucho daño y
quería utilizar a Housman para mandar un mensaje a esos pocos peligrosos: era
imposible eludir la mirada vigilante del Gobierno. Él tenía copias al carbón de
todas las recetas de opioides emitidas en el estado de California, guardadas en
su sede en filas y filas de archivadores. Lo único que tenía que hacer era
mirar la carpeta de «Housman, Nathan» del edificio Flood del centro de San
Francisco. Si estaba abultada, era hora de hacerle una visita. Y, si se
enteraba de que uno solo de sus pacientes había muerto por una sobredosis de
morfina recetada y, al mirar en la «H», no veía nada en su carpeta, en ese
caso, el doctor Housman tenía un problema aún mayor.
En lo que llevamos
de libro, hemos analizado una amplia variedad de formas en las que surgen los
suprarrelatos. En Poplar Grove, el suprarrelato se originó a raíz de la presión
que unos padres de clase media alta ejercieron sobre sus hijos durante años para
que triunfaran en la vida. Miami se convirtió en lo que es por una insólita
confluencia de acontecimientos a finales de los años setenta: la llegada de
refugiados
Página 199
cubanos, el auge del tráfico de cocaína y unos disturbios raciales. En
lo que respecta a nuestra manera de entender el Holocausto, parece que una
miniserie de televisión desempeñó un papel trascendental.
A primera vista,
las filas de archivadores de Paul Madden no parecen pertenecer a la misma
categoría. Sin embargo, cuanto más hablaba de su nuevo plan en sus muchos
discursos y apariciones públicas, más empezaba su sencilla idea a transformarse
en algo más grande. El acto de emitir una receta había sido una transacción
privada entre médico y paciente. Ahora era un acto público, con consecuencias
reales. Como Madden escribió en una carta a la revista de la Sociedad Médica de
California, «la gran ventaja de este sistema es que la División Estatal de
Control de Narcóticos tendrá, cada treinta días, un informe completo de los
narcóticos dispensados» en el estado. Con las dos copias al carbón, Madden
hacía que los médicos se pararan a pensar.
En 1943, Hawái
aprobó una versión de la norma de la prescripción por triplicado de Madden.
Dieciocho años después, Illinois hizo lo propio, seguido de Idaho, Nueva York,
Rhode Island, Texas y Michigan. Lo que empezó como la cruzada particular de un
solo hombre se convirtió en un fenómeno nacional. En todo Estados Unidos,
distintos estados empezaron a mirar en el botiquín de sus médicos y a decirles
que, en lo que respectaba a ese medicamento, a ese otro y a ese otro, «no
podemos dejarle hacer lo que le dé la gana». Una norma de control se convirtió
en un suprarrelato.
Transcurrieron
cincuenta años. Y entonces surgió un segundo suprarrelato.
4
Russell Portenoy se
crio en Yonkers, a las afueras de Nueva York, en el seno de una familia de
clase trabajadora. Fue el primero de su familia en ir a la universidad y era
brillante: carismático, con empuje, innovador. Cuando terminó medicina, hizo la
residencia en la facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, donde uno
de sus mentores fue el médico Ron Kanner.
«Recuerdo el
momento de conocernos con mucha claridad, y es un tipo dinámico —dijo Portenoy
años después en una entrevista que grabó en 2003 con la Asociación
Internacional para el Estudio del Dolor—. Le
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pregunté qué hacía y él me dijo que trataba el dolor. Yo me reí y le
dije: “Eso es absurdo, porque el dolor es un síntoma, no una enfermedad. Eso no
se puede hacer”. Él me aseguró que no, que, de hecho, un síntoma podía
tratarse».
La primera reacción
de Portenoy a las palabras de Kanner era la postura convencional en medicina en
esa época. Si una persona sufría mucho dolor de espalda, se intentaba curarle
la espalda. Si un paciente con cáncer tenía dolor, los médicos se centraban en
tratar el cáncer. El dolor solo era una manifestación de un problema
preexistente. Sin embargo, Kanner formaba parte de un grupo que creía que ese
enfoque era retrógrado, que, si una persona tenía dolor, por la razón que
fuera, había que tratárselo.
Para Portenoy, ese
primer encuentro con su mentor fue una revelación. Se convenció de que, como la
medicina consideraba que el dolor era un síntoma y no un problema en sí mismo,
su profesión estaba permitiendo que los pacientes sufrieran de manera innecesaria.
Los médicos debían tomarse el dolor en serio, lo que significaba, en su
opinión, que no debían tener miedo a recetar opioides.
En las entrevistas,
Portenoy contaba historias como esta, sobre un paciente que sufría fuertes
dolores de cabeza «en racimo»:
Pasó ocho años
totalmente incapacitado con dolores muy fuertes. Múltiples visitas a urgencias,
múltiples hospitalizaciones. Después me lo remitieron a mí, le di un opioide,
le subí la dosis y dejó de tener dolor. Ya lleva dos años sin dolor. Fue como
si hubiera vivido un infierno y ahora ha vuelto.
Una de las
emociones que no puede reprimir es la ira. Habla continuamente de su anterior
neurólogo, que, de hecho, es especialista en dolores de cabeza y sabe mucho,
pero no conoce los opioides y no sabía que se podían usar. Conozco a esa
persona, una persona maravillosa que de ninguna manera quería que ese hombre
sufriera y que de ningún modo le dijo que tenía que aguantarse. Simplemente,
tenía unas herramientas que eran limitadas y no sabía que podía derivarlo a
otros médicos. Creo que es un fenómeno muy real en nuestra sociedad.
Página 201
Portenoy adoraba los opioides. Los llamaba un «regalo de la naturaleza».
Esos fármacos, dijo al New York Times en 1993, «pueden
utilizarse durante mucho tiempo, con pocos efectos secundarios y […] la
adicción y el abuso no son un problema». Más adelante moderaría su entusiasmo,
pero solo un poco. Su idea fundamental era que el dolor no podía tratarse como
se trataba, por ejemplo, una faringitis estreptocócica: con un protocolo que
podía encontrarse en un libro de texto. El dolor era amorfo, subjetivo e idiosincrásico.
Tratarlo es «un poco de ciencia, mucho de intuición y mucho de arte», decía.
¿Pensaba que las dosis altas de opioides, tomadas durante un largo periodo de
tiempo, planteaban un riesgo de adicción? Claro, en algunos pacientes. Sin
embargo, estaba convencido de que ese grupo era muy pequeño, menos del 1 por
ciento de todos los pacientes, y, en su opinión, un médico atento debería ser
capaz de distinguir entre el tipo de paciente que respondería bien a los
opioides y el que no.
La entrevista que
Portenoy grabó en 2003 con la Asociación Internacional para el Estudio del
Dolor duró casi tres horas y media, y leerla, desde la óptica de lo que
ocurriría en las dos décadas siguientes, es fascinante.
Pongamos, por
ejemplo, que entra una persona en su consulta. Tiene veintidós años, dolor
postraumático en las rodillas desde que la operaron hace un año.
Le hace algunas
preguntas. Averigua que tuvo un problema con la marihuana en la universidad y
sigue consumiéndola los fines de semana, su padre y su hermano son alcohólicos,
lleva tatuajes en los brazos y la espalda, y le dice que tiene un dolor muy
fuerte. ¿Dónde situaría los medicamentos opioides en relación con otros
tratamientos para ese síndrome doloroso?
En cambio, si le
viene una mujer de setenta y cinco años con artrosis grave en varias
articulaciones que ha tenido una úlcera sangrante y acude refiriendo dolor, y
su historial demuestra que la paciente es abstemia desde hace sesenta años, no
tiene antecedentes familiares de adicción y le dice que preferiría hacer
cualquier cosa antes que tomar analgésicos, ¿dónde situaría el tratamiento con
opioides para esa persona?
Habría que ser un
médico bastante estúpido para decir: «Ah, sí, los dos los toman como primera
opción o los dos los toman como última
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Ese era el
suprarrelato de Portenoy. El anterior, en su opinión, estaba mal enfocado. Las
personas como Madden se preocupaban demasiado por el posible daño que podría
causar un grupo reducido de médicos descarriados —los Nathan Housman del mundo—
y, en consecuencia, habían impuesto restricciones que hacían prácticamente
imposible que el resto de la profesión abordara el problema muy real del dolor.
«Lo que intentamos decir —arguyó— es que los médicos deben sentirse plenamente
facultados y cómodos para utilizar estos fármacos con fines médicos legítimos».
Madden se había preocupado por una minoría peligrosa. Portenoy se centraba en
la mayoría virtuosa.
Portenoy se
convirtió en una superestrella. Para contratarlo, el centro médico Beth Israel
de Manhattan creó una unidad del dolor especial. La lista de espera para verlo
era de cuatro meses. Aparecía constantemente en las noticias o dando discursos.
Lo llamaban el Rey del Dolor. Entretanto, los maddenitas lo observaban
horrorizados. ¿En qué estaba pensando? El debate se intensificó en encuentros
de farmacéuticos, reuniones de sociedades médicas y seminarios en centros de
investigación. En Washington D. C. los legisladores redactaron documentos de
posicionamiento. Las asambleas legislativas tomaron partido.
En la primavera de
1991, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA, por sus siglas en
inglés) celebró una pequeña reunión en las afueras de Maryland. En la Casa
Blanca, alguien se había preguntado si la prescripción por triplicado debería
convertirse en un requisito nacional y se había pedido al NIDA que lo
investigara. El instituto se puso en contacto con todas las personas que
pudieran tener algún conocimiento del tema y las invitó a un hotel próximo a su
sede. Russell Portenoy acudió, por supuesto. (En esos años, era imposible
celebrar una reunión sobre analgésicos sin su presencia). Habló largo y
tendido. Explicó que le preocupaba el riesgo de no recetar suficientes
analgésicos. También asistieron representantes de la industria farmacéutica,
consejos de médicos de varios estados y profesionales de la salud pública. Se
presentaron ponencias, los participantes de las mesas redondas se pelearon. Por
último, Gerald Deas, un médico afroamericano que trabajaba en un barrio
conflictivo de Nueva York, se levantó y alzó el puño contra los partidarios
Página 203
de Portenoy. «Me gustaría que los que se oponen a la prescripción por
triplicado vinieran conmigo al mundo real, donde esas normas salvan vidas»,
dijo. La discusión subió de tono.
Al final, el
proyecto de ampliar la prescripción por triplicado no llegó a ninguna parte.
Las ideas de Portenoy ganaron nuevos adeptos. A mediados de los años noventa,
el número de estados que aplicaban la prescripción por triplicado se había
reducido a cinco, lo que apenas representaba un tercio de la población de
Estados Unidos: Texas, California, Nueva York, Illinois y Idaho. Todos los
demás se pasaron al bando de Portenoy.
Y el tema quedó
zanjado: otra de las muchas disparidades entre las normativas de los diversos
estados que apenas nadie conoce. Si en esos años le hubiéramos preguntado al
estadounidense medio de qué lado estaba su estado, probablemente no habría
sabido decírnoslo. Los suprarrelatos son así: la mayoría no nos molestamos en
mirar las ideas que circulan por las alturas.
Es decir, con la
excepción de Purdue Pharma, una empresa farmacéutica de Connecticut que apenas
nadie conocía.
5
Purdue llevaba años
en el negocio de los analgésicos, con una pastilla de morfina de liberación
lenta que había llamado MS Contin. El MS Contin se administraba sobre todo a
pacientes con cáncer en fase terminal, en centros de paliativos y en casa. Era
un buen negocio, pero modesto. La familia Sackler, que estaba al frente de
Purdue, tenía mayores ambiciones. Redirigieron su atención a la oxicodona. Por
lo general, la oxicodona se combinaba con paracetamol o aspirina. Eso es lo que
son el Percocet y el Percodan, respectivamente,[48] y esa combinación
hacía que fuera más difícil abusar de la oxicodona porque, si se toma demasiado
paracetamol, el hígado resulta gravemente dañado. Algunos investigadores lo
llaman «interruptor limitador». (Por eso el opioide difenoxilato, que se
utiliza habitualmente para tratar la diarrea, se combina siempre con atropina,
que es venenosa en dosis altas: pruebe a colocarse con difenoxilato y pagará el
Página 204
precio). La primera innovación de Purdue fue quitarle el interruptor
limitador del paracetamol a la oxicodona.
A continuación,
aumentó la dosis. Tanto el Percocet como el Percodan contienen cinco miligramos
de oxicodona. Purdue decidió que su pastilla de dosis más baja tendría el doble
de esa cantidad. Luego, creó una pastilla de liberación prolongada especial, lo
que significaba que, en vez de tener que tomarse un comprimido cada pocas horas
y soportar los altibajos que conlleva tratarse con opioides, el paciente podría
aliviarse el dolor con una dosis constante y uniforme durante todo un día.
Llamaron a ese nuevo analgésico reformulado OxyContin y, de inmediato, se
propusieron romper la antigua norma médica que reservaba los analgésicos
potentes para los enfermos de cáncer. Purdue quería vendérselo a todo el mundo.
¿Le duele la espalda? OxyContin. ¿Acaban de quitarle las muelas del juicio?
OxyContin.
En la sede de
Purdue, el nuevo medicamento generó mucho entusiasmo. «El OxyContin —dijo uno
de los hermanos Sackler originales — es nuestro pasaje a la Luna».
En la primavera de
1995, Purdue contrató a la empresa de estudios de mercado Groups Plus. Aún
faltaban unos meses para que la Administración de Alimentos y Medicamentos de
Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobara definitivamente el
OxyContin y Purdue quería planificar su estrategia de marketing. Groups Plus
organizó cinco sesiones con médicos de Fort Lee (New Jersey), Houston (Texas) y
Westport (Connecticut). Se trataba de una combinación de médicos de atención
primaria, cirujanos y reumatólogos, y todos recetaban analgésicos con
regularidad. Purdue quería saber qué opinaban sobre su idea de un opioide de
dosis alta y liberación prolongada.
Primero vinieron
las buenas noticias. El dolor no oncológico, el gigantesco mercado virgen que
Purdue quería abrir, resultó ser una parte importante de la atención que
proporcionaban los médicos. Querían más opciones de tratamiento. «Al hablar del
concepto de analgésico “ideal” — refería el informe de Groups Plus— hubo
unanimidad en que [los médicos del grupo focal] querrían tener la eficacia de
los narcóticos sin preocuparse por los efectos secundarios o la adicción». La
parte sobre los efectos secundarios y la adicción no era un problema para
Purdue: les pedirían sencillamente a sus comerciales que mintieran y dijeran
que el OxyContin no era muy adictivo. «A nuestro juicio —continuaba el
informe—, existe
Página 205
una clara oportunidad para que Purdue […] abra un mercado importante
para el OxyContin».
Luego vinieron las
malas noticias. Las sesiones con los médicos de Houston habían sido un
desastre. ¿Por qué? Texas era un estado que aplicaba la prescripción por
triplicado. Los médicos de Houston vivían bajo el suprarrelato de Madden.
«Las leyes de la
prescripción por triplicado parecen tener un efecto espectacular en el empleo
del producto por parte de los médicos. Concretamente, los grupos de Texas
revelaron un uso casi nulo de los narcóticos del grupo II para el tratamiento
del dolor no oncológico».
«Grupo II» es el
término técnico para los medicamentos que pueden causar problemas si no se usan
correctamente, por ejemplo, el Percocet, el Percodan o la codeína. El OxyContin
también estaría en el grupo II y los médicos de Houston recetaban ese tipo de
medicamentos «menos de cinco veces al año […] si acaso lo hacían». El informe
continuaba:
Los médicos [de
Houston] no querían darle al Gobierno ningún motivo para que cuestionara sus
protocolos médicos relativos al tratamiento del dolor. La mera idea de que el
Gobierno cuestionara su criterio generaba mucha preocupación entre los médicos
reunidos en la sala.
Escribir recetas
por triplicado era más engorroso que la forma habitual, debido a los datos de
los formularios y a las diversas personas que tenían que recibir una copia. En
tanto en cuanto puedan evitarse ese esfuerzo, intentarán seguir protocolos
alternativos.
El informe sobre
los grupos focales ocupaba setenta páginas y siempre acababa incidiendo en ese
punto. Los estados que aplicaban la prescripción por triplicado y los que no lo
hacían eran como la noche y el día.
Los [médicos de
atención primaria] y los cirujanos del estado sin prescripción por triplicado
(New Jersey) indicaron una probabilidad muy alta de utilizar el OxyContin para
el tratamiento selectivo del dolor no relacionado con el cáncer y los
reumatólogos de Connecticut también consideraron que tenía cabida en su
práctica médica. Sin embargo, los médicos del estado con prescripción por
triplicado no manifestaron ningún entusiasmo por el producto […].
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Entre los médicos
de los estados con prescripción por triplicado que sí utilizan narcóticos del
grupo II para el tratamiento del dolor no oncológico, nuestra investigación
indica que la cifra total de recetas que prescribirían en un año es muy pequeña
y que probablemente no sería suficiente para justificar una campaña de
marketing independiente.
El equipo directivo
de Purdue leyó el informe de Groups Plus y se lo tomó en serio. El lanzamiento
del OxyContin, una de las campañas para comercializar un medicamento más
sofisticadas y agresivas que haya visto el mundo de la medicina, se dirigió a
los estados sin prescripción por triplicado. Por tanto, no se prestó mucha
atención al estado de Nueva York. Pero sí a Virginia Occidental. No a Illinois.
Pero sí a Indiana. No a California. Pero sí a Nevada. No a Texas e Idaho. Pero
sí a Oklahoma y Tennessee, debido a lo cual la epidemia de opioides no afectó a
todo Estados Unidos por igual. Fue, en cambio, un ejemplo perfecto de variación
de área pequeña. Los opioides llovieron a raudales solo en los estados que no
aplicaban la prescripción por triplicado o no tenían el suprarrelato de Madden
para mantenerlos a raya.
Fijémonos en los
cinco principales consumidores de opioides. Todos son «estados Portenoy», sin
una normativa de prescripción por triplicado.
Nevada: 1.019,9
Virginia
Occidental: 1.011,6
Tennessee: 938,3
Oklahoma: 884,9
Delaware: 881,5
Este es el consumo
per cápita de opioides durante el mismo año en los «estados Madden».
Illinois: 366
Nueva York: 441,6
California: 450,2
Página 207
Idaho: 561,1
Illinois tuvo un
tercio del consumo de opioides de Nevada y Virginia Occidental. Nueva York tuvo
la mitad del problema que Tennessee. De los estados con prescripción por
triplicado, solo Idaho se acercó a la media nacional.
Si profundizamos un
poco más en las cifras, las diferencias son aún más sorprendentes. Este es el
desglose de la disposición de los ortopedas a recetar opioides a sus pacientes.
El periodo va de 2013 a 2016, mucho después de que todo el mundo fuera consciente
de lo peligroso que era ese grupo de medicamentos. Esta es la distribución
geográfica del 10 por ciento de los profesionales que más recetaban.
Oeste: 741 (8,7 %)
Nordeste: 745 (8,8
%)
Medio Oeste: 1.854
(21,8 %)
El oeste de Estados
Unidos está dominado por California, el estado de Paul E. Madden.
Estadísticamente, allí solo había un puñado de ortopedas con una alta tasa de
prescripción. El nordeste lo está por el estado de Nueva York. Ocurre lo mismo.
Sin embargo, mire el sur de Estados Unidos: la zona sin prescripción por
triplicado, la tierra del suprarrelato de Portenoy:
Sur: 5.170 (60,8 %)
Caray.
Piense por un
momento en lo extraordinario que es eso. En los años que precedieron a la
Segunda Guerra Mundial, un cruzado antidroga bravucón y engreído de San
Francisco tiene la idea de obligar a los médicos de California a utilizar un
recetario especial para los analgésicos, con dos copias al carbón. Esa sencilla
intervención burocrática se convierte en un suprarrelato: una narrativa que
dice que los opioides son distintos e insta al médico a pararse a pensar antes
de recetarlos. Y ese suprarrelato es tan convincente que, medio siglo después,
cuando Purdue
Página 208
intenta introducir su nuevo analgésico en un estado con prescripción por
triplicado, se topa con un muro.
Los suprarrelatos
son importantes. Podemos crearlos. Pueden difundirse. Son poderosos. Y pueden
perdurar décadas.
Hoy en día, hay un
reducido pero apasionado grupo de economistas dedicados por entero a estudiar
las muchas formas en las que los estados con prescripción por triplicado se
distinguen de los demás. Tomemos, por ejemplo, Massachusetts y Nueva York. Si
Nueva York hubiera tenido la tasa de sobredosis de opioides de Massachusetts
entre 2000 y 2019, la economista Abby Alpert calcula que habrían muerto
veintisiete mil neoyorquinos más por sobredosis. ¡Veintisiete mil!
Massachusetts no es más pobre que Nueva York. No tiene un mayor índice de paro.
No tiene más problemas con las pandillas, el crimen organizado o el tráfico de
drogas. Los dos estados son como gotas de agua. La única diferencia relevante
reside en que, hace medio siglo, Nueva York obligó a los médicos a hacer dos
copias de cada receta que prescribían y Massachusetts no. Y esas copias
salvaron miles de vidas.
O consideremos la
actual crisis de opioides, que hace tiempo que ha pasado del OxyContin al
fentanilo, que puede sintetizarse en un laboratorio y es fácil de producir
ilegalmente. Las leyes de la prescripción por triplicado no afectan a los capos
de la droga chinos o mexicanos ni a sus cómplices estadounidenses. Por tanto,
sería lógico pensar que las diferencias entre los estados con prescripción por
triplicado y los que no la tienen ya se habrían diluido. ¡Falso! Si los
comerciales de Purdue encauzaban a un médico en una determinada dirección a
finales de los noventa y principios de los 2000, él seguía por ese mismo camino
mucho después de que ellos ya no estuvieran.
«Vemos un aumento
muy rápido de las muertes por sobredosis en los estados sin prescripción por
triplicado —explicó Alpert— y un incremento mucho más lento en los estados que
sí la tienen, y esas tendencias continúan, incluso veinte años después del
lanzamiento».
El crecimiento
económico ha sido más vigoroso en los estados con prescripción por triplicado
durante la crisis de opioides. En ellos, los indicadores de salud de los bebés
fueron mejores. Hubo menos abandono infantil. La población activa era mayor.
Ah, y ¿recuerda las palabras de Paul Madden sobre cómo el adicto pierde la
«facultad de distinguir entre el bien y el mal», una de esas hipérboles suyas
que hoy en día nos instan a
Página 209
poner los ojos en blanco? Esta es la conclusión del economista Yongbo
Sim después de comparar los índices de delincuencia de estados con y sin
prescripción por triplicado: «He observado que, en el momento de la
introducción del OxyContin, los estados sin prescripción por triplicado
experimentaron un aumento relativo tanto de los delitos contra la propiedad (12
por ciento) como de los violentos (25 por ciento) en comparación con los
estados que tienen prescripción por triplicado».
En sus análisis,
los economistas están acostumbrados a ver diferencias del 1 o el 2 por ciento.
Un 25 por ciento es inaudito. «Es un impacto tremendo —continúa Sim—.
Sinceramente, cuando obtuve ese resultado por primera vez, ni yo mismo me lo
creía».
Dondequiera que se
encuentre ahora, Paul Madden nos está mirando y diciendo: «Os lo dije».
6
Pasemos ahora al
segundo de los elementos de las epidemias: los superpropagadores.
En 2002, la revista
de la prestigiosa consultora McKinsey & Company publicó un largo artículo
escrito por uno de sus mejores asesores, Martin Elling. Se titulaba «Making
More of Pharma’s Sales Force» (Mejorar la eficacia de los comerciales
farmacéuticos) y trataba de cómo las farmacéuticas vendían sus productos a los
médicos. Durante años, se habían limitado a dividir el país en regiones y
contar con comerciales que visitaban a los médicos del territorio que les
asignaban. Si una farmacéutica tenía dos medicamentos para el corazón, formaba
un equipo de ventas que trataba con los cardiólogos de todos los hospitales del
país. En el momento en que Elling escribió su artículo, había casi noventa mil
comerciales farmacéuticos en Estados Unidos y esa cifra se había duplicado en
los seis años anteriores. El sector había creado un ejército para influir en
los médicos y Elling sostenía que la estrategia no estaba dando resultado.
«Las farmacéuticas
estadounidenses —escribió— han confiado durante décadas en el modelo de ventas
del “genio del pímbol”:[49] los comerciales van
rebotando de una consulta médica a otra con la esperanza
Página 210
de robarles un momento a los médicos e influir en los fármacos que
recetan».
Elling pensaba que
el método era demasiado aleatorio. Los médicos estaban desbordados. Los
hospitales cada vez les ponían más trabas a los comerciales para acceder a sus
facultativos. Los viejos trucos — agasajarlos, colmarlos de regalos y viajes—
habían empezado a suscitar críticas. Los comerciales estaban quemados. El
sistema, escribió Elling, es «costoso e ineficiente y crea mucha
insatisfacción».
Continuaba: «Los
médicos se sienten hostigados. Los que prescriben más recetas dicen que ahora
reciben de tres a cinco veces más visitas de comerciales que hace diez años […]
Un médico se quejó de que la situación “se está volviendo insoportable” y de que
los comerciales “tienen menos conocimientos y son más insistentes”. Según
nuestra encuesta, actualmente, casi el 40 por ciento de las consultas médicas
limitan el número de comerciales que admiten a diario».
¿Cómo resolverlo?
Según Elling, la solución era que los comerciales comprendieran que no todos
los médicos eran iguales. Las farmacéuticas tenían que aprender a
«segmentarlos». Dos ortopedas que trabajaban en consultas contiguas del mismo
hospital podían diferir mucho en la cantidad y variedad de los medicamentos que
prescribían. Sencillamente, algunos médicos eran más valiosos que otros. Un
médico de treinta y cinco años lo era mucho más que uno de sesenta y cinco,
aunque el mayor recetara muchos medicamentos. El de más edad no iba a cambiar
su manera de practicar la profesión, y estaba a punto de jubilarse. ¿Por qué
molestarse con él? El médico más joven tenía margen para crecer.
En cambio, Elling
proponía que las farmacéuticas utilizaran los hábitos de prescripción de los
médicos para desarrollar un sofisticado cálculo del «valor vitalicio» de cada
uno de ellos. Aún más importante, decía, había que «determinar las actitudes
[de un médico] ante una serie de cuestiones». No precisaba a qué se refería con
«una serie de cuestiones», pero cualquiera que tuviera algún conocimiento del
mundo que describía sabía a qué se refería. Los comerciales solían ser jóvenes
y muy atractivos. Algunos médicos respondían muy bien a esa clase de atención.
Una farmacéutica que conociera la identidad de esos «grandes respondedores»
podría llegar muy lejos. Era un argumento radical que rompía con décadas de
práctica en el sector. Y una farmacéutica, por encima de todas las demás, tomó
nota: Purdue Pharma.
Página 211
Purdue llamó a McKinsey en 2013.[50] Un equipo de
asesores de Nueva York viajó a la sede de Purdue en Connecticut. Los Sackler
les explicaron que la empresa estaba en crisis. Las ventas de OxyContin habían
aumentado de cuarenta y nueve millones de dólares en el primer año del
medicamento en el mercado a más de mil millones en 2005. Sin embargo, el
crecimiento se había estancado. El Departamento de Justicia acababa de acusar a
Purdue Pharma de engañar a los médicos sobre el poder adictivo del OxyContin y
le había impuesto una de las mayores multas en la historia del sector
farmacéutico. La reputación del OxyContin se había resentido. Su patente estaba
a punto de expirar. Otros fabricantes estaban diseñando versiones genéricas más
baratas del analgésico de Purdue. ¿Qué debían hacer?
McKinsey se puso
manos a la obra. Envió a una de sus empleadas jóvenes más inteligentes para que
acompañara a un comercial de OxyContin en Worcester, Massachusetts. Los
hallazgos de la asesora fueron deprimentes:
Mientras que antes
podía organizar comidas en los hospitales, reunirse con los residentes y
recorrer las plantas, ahora los hospitales le dicen: «Déjenos el material y le
llamaremos».
Ha intentado
adoptar enfoques más originales, como crear un «anuario» de médicos destacados
del hospital con los que quiere verse en cafés cercanos, conocer al personal
del hospital, etc. Sin embargo, ha recibido varias respuestas negativas de las
redes de hospitales, incluida una carta de la red de hospitales más extensa de
Worcester pidiéndole que no volviera después de haber hecho cola en la
recepción para presentarse a la secretaria.
Era todo sobre lo
que había advertido Martin Elling. Purdue estaba jugando al pímbol y no le daba
resultado. Por consiguiente, McKinsey trazó un nuevo plan y lo llamó, sin
ironía, «Evolucionar hacia la excelencia» o, para abreviar, E2E. Cuando Richard
Sackler, copresidente de la farmacéutica, escuchó la presentación de McKinsey,
le envió un correo electrónico a su primo. «Los descubrimientos de McKinsey son
asombrosos». En la década siguiente, Purdue pagaría a McKinsey ochenta y seis
millones de dólares por sus consejos para «turbopropulsar» las ventas de
OxyContin.
Página 212
En la base del relanzamiento del OxyContin propuesto por McKinsey estaba
la tabla siguiente:
Prescriptores de
enero a julio de 2013
|
Decil |
N.º de |
% de |
N.º de |
Media de recetas
por médico por |
|
|
médicos |
médicos |
recetas |
mes |
|
|
|
|
|
|
|
10 |
358 |
0,2 % |
617.887 |
246,6 |
|
|
|
|
|
|
|
9 |
778 |
0,5 % |
617.624 |
113,4 |
|
|
|
|
|
|
|
8 |
1.300 |
0,8 % |
617.149 |
67,8 |
|
|
|
|
|
|
|
7 |
2.182 |
1,4 % |
617.248 |
40,4 |
|
|
|
|
|
|
|
6 |
3.613 |
2,3 % |
617.056 |
24,4 |
|
|
|
|
|
|
|
5 |
5.668 |
3,5 % |
617.075 |
15,6 |
|
|
|
|
|
|
|
4 |
8.668 |
5,4 % |
617.056 |
10,2 |
|
|
|
|
|
|
|
3 |
13.636 |
8,5 % |
617.048 |
6,5 |
|
|
|
|
|
|
|
2 |
24.399 |
15,2 % |
617.331 |
3,6 |
|
|
|
|
|
|
|
1 |
99.825 |
62,2 % |
620.667 |
0,9 |
|
|
|
|
|
|
La historia que
cuenta la tabla es bastante singular. Documenta el periodo comprendido entre
enero y julio de 2013, durante el cual se emitieron un total de seis millones
setecientas mil recetas de OxyContin. Esa cifra se desglosa en diez grupos
iguales (deciles) y se ordena de más a menos. Empecemos por el decil 1, en la
parte inferior de la tabla. Engloba el grupo más grande de prescriptores:
99.825. En promedio, emitieron una sola receta de OxyContin a lo largo de seis
meses. Se trata de una cantidad insignificante.
El decil 2
comprende a 24.399 médicos. Prescribieron 3,6 recetas de enero a julio. El
decil 3 incluye poco más de 13.500 médicos, los cuales emitieron una media de
6,5 recetas en ese periodo. Cuanto más se sube en la tabla, menos médicos hay
en cada grupo, pero más recetas emiten. Fíjese en el decil 10. Solo hay 358
médicos en ese grupo, pero, en esos seis meses, prescribieron una media de 247
recetas. El éxito del OxyContin no dependió de la mayoría de los médicos
estadounidenses o ni tan siquiera de algunos de ellos. Fue una epidemia
impulsada por la minúscula proporción de médicos de los deciles 8, 9 y 10: unos
dos mil quinientos médicos que emitieron, en conjunto, una cantidad asombrosa
de recetas. En el lenguaje del plan E2E de McKinsey, los médicos de esos tres
primeros grupos eran «nucleares» y «supernucleares».
Página 213
El primer consejo de McKinsey fue directo al grano: «Más del 50 por
ciento de las visitas para presentar el OxyContin se hacen a prescriptores de
deciles bajos (0-4)». No tenía lógica. El gran grupo de médicos de la parte
inferior de la tabla, que solo se atrevían a prescribir OxyContin una o dos
veces en el transcurso de seis meses, pertenecían a estados con prescripción
por triplicado. O eran médicos que desconfiaban intuitivamente de un opioide de
dosis alta sin un interruptor limitador. O quizá eran médicos viejos y
gruñones, demasiado aferrados a sus costumbres para empezar a recetar un
medicamento nuevo. «Ignórenlos — dijo McKinsey—. A ustedes les interesan los
superpropagadores de la parte de arriba». Purdue les hizo caso.
«Purdue otorgaba
puntos mediante un sistema que asignaba bonificaciones y premiaba a los
comerciales que tenían el mayor porcentaje de visitas a médicos
“supernucleares” o “nucleares”». Es un párrafo de una de las muchas denuncias
penales interpuestas contra Purdue cuando por fin se la llamó a capítulo por su
conducta. La farmacéutica les recalcaba constantemente a sus comerciales:
«Centraos solo en los prescriptores nucleares y supernucleares seleccionados».
A continuación,
McKinsey dijo: «Tienen que concentrarse aún más en los médicos “nucleares” y
“supernucleares” y averiguar cuáles son los más receptivos a la persuasión de
los comerciales». Se refería a los médicos más jóvenes que intentaban labrarse
una clientela, a los que estaban demasiado ocupados para preocuparse por los
aspectos más inquietantes de la reputación del OxyContin o, simplemente, a los
que, por una razón u otra, les gustaba pasar tiempo con los comerciales.
Eche un vistazo al
siguiente gráfico, que muestra cómo Purdue cambió de táctica en los años
posteriores a haber seguido el consejo de McKinsey. Representa la cantidad
total de visitas de venta de OxyContin en Tennessee, un estado sin prescripción
por triplicado que era un mercado fértil para Purdue desde hacía tiempo.
Página 214
Entre 2007 y 2016,
el número de visitas a médicos por parte de vendedores de OxyContin se
multiplica casi por cinco. Y eso no ocurre con todos los médicos de Tennessee;
el aumento de cinco veces fue dirigido a los superpropagadores.
En el capítulo 6
hemos hablado del hecho de que los superpropagadores son profundamente
distintos al resto de nosotros: su fisiología tiene alguna característica
propia que les permite producir cantidades de virus muy superiores a las que
generamos los demás. Purdue descubrió que con sus superpropagadores ocurría lo
mismo: tenían una forma de pensar distinta a la de la mayoría de los médicos.
Cuando los comerciales de Purdue restaban importancia a los riesgos de
adicción, afirmando sin ningún sentido que, debido al ritmo lento, uniforme y
gradual con el que entraba en el torrente sanguíneo, el medicamento no producía
ninguno de los subidones que favorecían la dependencia, el superpropagador los
creía. Cuando quedó claro que se estaba abusando del OxyContin —que la gente
trituraba las pastillas y esnifaba el polvo, con lo que concentraba doce horas
de opioide en una sola dosis de vértigo—, el superpropagador se quedaba
impasible o no se daba por aludido. Pensaba que repartir fármacos sin ningún
control era lo que hacía un médico.
Uno de los
objetivos de Purdue en Tennessee fue el médico Michael Rhodes, que dirigía una
clínica del dolor al norte de Nashville. En 2007, había emitido 297 recetas de
OxyContin. Eso lo clasificaba como nuclear.
Página 215
Por consiguiente, su comercial local empezó a visitarlo, a invitarlo a
cenar y a hacerle regalos. Antes de que por fin le retiraran la licencia,
Rhodes se vería personalmente con un comercial de Purdue 126 veces, que
nosotros sepamos, porque, como sostiene la denuncia penal del fiscal general de
Tennessee contra la farmacéutica, «Hay indicios de que Purdue lo visitó más a
menudo de lo que reflejan las notas sobre las visitas».
Y, con esa clase de
atención, Rhodes floreció como una rosa. En 2008, emitió 1.082 recetas de
OxyContin. Para entonces, ya no era nuclear, sino supernuclear. Extendió 1.204
recetas en 2009 y 1.307 en 2010, y así sucesivamente, en una continua espiral
ascendente. La denuncia prosigue: «Purdue incluso visitó al doctor Rhodes
treinta y una veces después de que la Junta de Examinadores Médicos de
Tennessee por fin pusiera su licencia bajo régimen de prueba con restricciones
el 22 de mayo de 2013».
A la mayoría de los
médicos les molestaría recibir esa clase de atención obsesiva por parte de un
comercial. Están ocupados. Tienen pacientes a los que atender. Tienen familia.
¿Por qué querrían pasar tanto tiempo comiendo o cenando con una persona que intenta
decirles cómo deben hacer su trabajo y que ni tan siquiera ha estudiado
medicina? La reacción de Rhodes era justo la contraria.
En un determinado
momento, Purdue llevó a cabo un análisis de cómo respondían los médicos
nucleares y supernucleares a las visitas de los comerciales. Descubrió que, si
no les hacían ninguna, la cantidad de recetas de OxyContin que emitían caía en
picado. A diferencia de la mayoría de los médicos, a los supernucleares no les
gustaba que los comerciales los ignoraran. Si recibían de una a cuatro visitas
al año, su volumen de recetas seguía disminuyendo. Y continuaba haciéndolo
incluso si recibían ocho, doce o dieciséis. Los médicos supernucleares quería
afecto y esa frecuencia no les bastaba.
Sin embargo, si
recibían dos visitas al mes, todos los meses, ¿qué ocurría? El volumen de
recetas aumentaba de golpe. Veinticuatro visitas al año era el punto clave. Si
el comercial los llevaba de la mano y los agasajaba, los médicos supernucleares
se convertían en su mejor amigo para siempre.
Así pues, los
vendedores siguieron haciéndole visitas a Michael Rhodes. Según las notas de
venta de Purdue, queda claro que su consulta era un caos. Lo acusaron de
estafar a su aseguradora. Se documentaron muertes por sobredosis entre sus
pacientes. Estaba necesitado y
Página 216
desamparado. «Mientras esperaba en su consulta, había dos pacientes
peleándose en el pasillo con navajas —refirió uno de los comerciales—. [Rhodes]
dijo que tiene muchos pacientes que dicen que sus médicos le remiten a él
porque ellos no pueden recetar narcóticos, pero él sí; me preguntó por qué no
pueden recetarlos. Me dijo que esa mañana había tenido cuarenta personas».
¿Cuarenta pacientes
en una sola mañana?
En mayo de 2014, el
comercial y el director de zona de Purdue «visitaron al doctor Rhodes […] y
continuaron animándolo a emitir más recetas, a pesar de sus objeciones».
Después, el director de zona evaluó al comercial de manera muy favorable:
«Buena ejecución del Propósito n.º 16, creó tensión constructiva. El médico
planteó la objeción de dejar de tratar el dolor. Buen trabajo redirigiéndolo
hacia pacientes apropiados para el OxyContin, ya que aún ve a pacientes con
dolor».
En total, entre
2006 y 2015, Rhodes recetó 319.560 pastillas de OxyContin. Michael Rhodes era
el Nathan Housman de Tennessee.
Purdue fundamentó
toda su estrategia en personas como él. El prescriptor con el mayor volumen de
recetas de OxyContin de todo Estados Unidos, un médico de Connecticut, hacía
que Purdue le organizara charlas remuneradas. Si dejaban de hacerlo, decía, «el
afecto podía desaparecer». El afecto. El vínculo de Purdue con sus mejores
clientes era más que una mera transacción; el vendedor y el médico tenían una
relación. En otro caso, un comercial de Purdue le habló a un farmacéutico sobre
una de sus prescriptoras supernucleares: «El gerente de la farmacia dice que [a
la médica] se la conoce como la traficante […] porque siempre les prescribe de
inmediato a todos sus pacientes la dosis más alta de narcóticos que puede […]
Comenta que, cuando va a reuniones de farmacéuticos locales, cuando se menciona
su nombre, todos se horrorizan y se quejan de sus prácticas. Dice que receta
dosis y concentraciones de pastillas que son un disparate».
Entre enero de 2010
y mayo de 2018, un comercial del equipo de Purdue visitó a la «traficante»
trescientas veces. En los últimos ocho años, ¿ha visto siquiera a su mejor
amigo trescientas veces?
Cuando la epidemia
de opioides ya estaba en plena marcha, el epidemiólogo Mathew Kiang calculó que
el 1 por ciento de los médicos «recetaban el 49 por ciento de todas las dosis
de opioides». Personas como la «traficante» y Michael Rhodes prescribían mil veces
más dosis de
Página 217
opioides que el médico medio. Purdue impulsó una epidemia que acabaría
consumiéndoles la vida a cientos de miles de estadounidenses que estaba basada
en seducir a no más de unos pocos miles de médicos concentrados en un puñado de
estados.
La gran lección de
la COVID-19 es que, cuando se trata de un virus transmitido por el
aire, una epidemia no necesita muchos efectivos. Tan solo hace falta que un
único superpropagador, dotado de una serie de características fisiológicas poco
comunes, se coloque ante un público en una sala. La lección de la crisis de
opioides es exactamente la misma. ¿Y ve lo vulnerables que nos hizo? La mayoría
de los médicos, la inmensa mayoría de los médicos, trataron los analgésicos
opioides como el OxyContin con la debida precaución. La comunidad médica en su
conjunto actuó de manera admirable. Fueron concienzudos. Analizaron las
pruebas. Prestaron atención al sabio juramento hipocrático: lo primero es no
hacer daño. Sin embargo, eso no bastó para prevenir la peor crisis de
sobredosis de la historia. ¿Por qué? Porque una pequeñísima parte de los
médicos no fue tan concienzuda. Y esa pequeñísima parte fue suficiente para
poner en marcha la epidemia. Una vez más, nos encontramos mucho más allá del
ámbito de la ley de los especiales. En este caso, rige la ley de unos
poquísimos especiales.
7
La crisis de
opioides se desarrolló en tres actos. El primero fue la decisión de Purdue de
evitar los estados que suscribían el suprarrelato de Madden. El segundo empezó
con la diabólica reinterpretación de McKinsey de la ley de los especiales. No
obstante, el tercer acto fue quizá el más catastrófico. Tuvo lugar cuando las
proporciones grupales de la crisis cambiaron.
El último capítulo
de la crisis de opioides comenzó sin grandes alharacas. En el verano de 2010,
Purdue hizo un escueto anuncio. Iba a retirar el antiguo OxyContin. Lo
sustituiría por lo que había llamado OxyContin OP. El OP tenía el mismo
aspecto. Estaba compuesto por los mismos ingredientes. Pero, a diferencia de la
versión anterior, no podía triturarse para esnifarlo.[51] Tenía la
consistencia de una gominola. Los
Página 218
tiempos en los que un adicto podía machacar una de las pastillas de
Purdue y esnifar de una vez una dosis equivalente a doce horas de opioide
habían terminado.
«Creo que todos
creían que iba a ayudar —dijo David Powell, un economista del grupo de expertos
de la corporación RAND—. Algunos adictos podían intentar cambiar de droga, pero
muchos dejarían el hábito, y seguramente el flujo constante de nuevos pacientes
que alimentaba la epidemia disminuiría. ¿Adónde más irían? Los consumidores de
OxyContin no se consideraban adictos tradicionales. En algunos casos, eran
personas con trabajo, casa y estatus en su comunidad a las que habían recetado
OxyContin de manera imprudente. Por supuesto, la heroína podía generarles un
colocón parecido, pero no eran, por lo general, la clase de personas que
querrían entrar en mercados de drogas ilegales.
«Creo que sé cómo
conseguir OxyContin —continuó Powell—. Iría a un médico y me inventaría algo.
No tengo ni idea de cómo conseguir heroína. ¿Verdad? Ese paso es enorme. Por
eso creo que se pensaba que
[…] no
sería algo común que las personas que abusaban del OxyContin dijeran: “Voy a
averiguar cómo conseguir heroína”. Es un gran paso».
Resulta que no fue
en absoluto un gran paso.
Los que se
alegraron de la reformulación de Purdue daban por sentado que las personas con
problemas de drogadicción tenían un motivo para consumir la droga a la que
estaban enganchadas. El alcohólico que se emborrachaba discretamente con
cerveza todas las tardes en el bar de su barrio no iba pasar a chutarse heroína
en un aparcamiento. Incluso entre los opioides existían diferencias: había
personas que los esnifaban, otras que se pinchaban y aún otras que se tragaban
las pastillas enteras. Se partía del supuesto de que las proporciones grupales
de la crisis de opioides eran relativamente fijas, lo que significaba que, si
se tomaban medidas enérgicas contra un tipo de consumidor, la envergadura del
problema se reduciría.
No obstante, se
demostró que esa suposición era totalmente incorrecta. Las proporciones
grupales distaban mucho de ser fijas. ¿Y qué sabemos gracias al Lawrence Tract,
a la larga historia de Harvard y a la labor de expertos como Rosabeth Kanter y
Damon Centola? Que las epidemias son muy sensibles a los cambios en las
proporciones grupales.
Eche un vistazo a
la tabla siguiente. Muestra las tasas de mortalidad por sobredosis de tres
clases de opioides. La primera columna corresponde
Página 219
a los opioides con receta como el OxyContin. La segunda columna, a la
heroína, y la tercera, a los opioides sintéticos como el fentanilo.
Tasas de mortalidad
por sobredosis de opioides, por tipo, Estados Unidos, 1999-
2010
(Muertes por cada
100.000 personas)
|
Año |
Opioides
comúnmente recetados (opioides |
Heroína |
Analgésicos
opioides |
|
|
naturales y
semisintéticos y metadona) |
|
sintéticos
excluida la |
|
|
|
|
metadona |
|
|
|
|
|
|
1999 |
1,3 |
0,7 |
0,3 |
|
|
|
|
|
|
2000 |
1,4 |
0,7 |
0,3 |
|
|
|
|
|
|
2001 |
1,7 |
0,6 |
0,3 |
|
|
|
|
|
|
2002 |
2,3 |
0,7 |
0,4 |
|
|
|
|
|
|
2003 |
2,7 |
0,7 |
0,5 |
|
|
|
|
|
|
2004 |
3,1 |
0,6 |
0,6 |
|
|
|
|
|
|
2005 |
3,4 |
0,7 |
0,6 |
|
|
|
|
|
|
2006 |
4,1 |
0,7 |
0,9 |
|
|
|
|
|
|
2007 |
4,5 |
0,8 |
0,7 |
|
|
|
|
|
|
2008 |
4,6 |
1,0 |
0,8 |
|
|
|
|
|
|
2009 |
4,6 |
1,1 |
1,0 |
|
|
|
|
|
|
2010 |
5 |
1,0 |
1,0 |
|
|
|
|
|
Estas son las
proporciones grupales de la crisis de opioides hasta el momento de la
reformulación del OxyContin. Como puede ver, más de cinco veces más personas
morían por medicamentos como el OxyContin que por heroína y fentanilo. Por
extraño que sea decirlo, si tiene que haber una epidemia de opioides, estas son
las proporciones grupales más deseables: es mejor que la mayoría de los
consumidores sean dependientes de medicamentos con receta. Una epidemia de
medicamentos con receta está impulsada por una farmacéutica que opera dentro de
la ley, responde ante los accionistas y está regulada por un organismo
gubernamental. Los prescriptores son profesionales de la medicina. Todas las
transacciones entre la farmacéutica y el médico, y todas las transacciones entre
el médico y el paciente, quedan registradas. Las aseguradoras, públicas y
privadas, reembolsan a los usuarios. Cuando las cosas se tuercen, nos
enteramos. Tenemos maneras de intervenir. Podemos buscar a los médicos
superpropagadores e intentar ponerles freno, localizar a sus pacientes e
Página 220
intentar ayudarlos. Al final, el peso de las demandas y los procesos
penales llevó a Purdue Pharma a la quiebra.
No obstante, ¿qué
hizo la reformulación? Cambió las proporciones. Contra todo pronóstico, los
consumidores de medicamentos con receta que no podían triturar sus pastillas de
OxyContin se pasaron a la heroína y al fentanilo. Eche un vistazo a las mismas
estadísticas de los años posteriores a la reformulación.
Tasas de mortalidad
por sobredosis de opioides, por tipo, Estados Unidos, 2011-
2020
(Muertes por cada
100.000 personas)
|
Año |
Opioides
comúnmente recetados (opioides |
Heroína |
Analgésicos
opioides |
|
|
naturales y
semisintéticos y metadona) |
|
sintéticos
excluida la |
|
|
|
|
metadona |
|
|
|
|
|
|
2011 |
5,1 |
1,4 |
0,8 |
|
|
|
|
|
|
2012 |
4,7 |
1,9 |
0,8 |
|
|
|
|
|
|
2013 |
4,6 |
2,7 |
1,0 |
|
|
|
|
|
|
2014 |
4,9 |
3,4 |
1,8 |
|
|
|
|
|
|
Año |
Opioides
comúnmente recetados (opioides |
Heroína |
Analgésicos
opioides |
|
|
naturales y
semisintéticos y metadona) |
|
sintéticos
excluida la |
|
|
|
|
metadona |
|
|
|
|
|
|
2015 |
4,9 |
4,1 |
3,1 |
|
|
|
|
|
|
2016 |
5,4 |
4,9 |
6,2 |
|
|
|
|
|
|
2017 |
5,4 |
4,9 |
9,0 |
|
|
|
|
|
|
2018 |
4,7 |
4,7 |
9,9 |
|
|
|
|
|
|
2019 |
4,4 |
4,4 |
11,4 |
|
|
|
|
|
|
2020 |
5,1 |
4,1 |
17,8 |
|
|
|
|
|
Las muertes por
medicamentos con receta, el menor de los tres males, aumentan ligeramente a lo
largo de la década siguiente. Sin embargo, la cifra de sobredosis mortales por
heroína creció en un 350 por ciento en 2017. Y la cantidad de muertes por
fentanilo se multiplica por veintidós y pasa de ser básicamente insignificante
a convertirse en un problema que hace palidecer todas las anteriores crisis de
opioides de la historia.
Para entonces, los
adictos se habían convertido en clientes de delincuentes. Las aseguradoras ya
no les pagaban la droga. Los consumidores tenían que encontrar dinero para
sufragarse la adicción. Compraban un producto elaborado en alguna turbia
fábrica clandestina, mezclado con quién sabe qué. Ya no esnifaban, sino que se
pinchaban, e
Página 221
inyectarse una droga es cien veces más peligroso. Las agujas sucias son
cómo se contrae el VIH, la hepatitis y otras infecciones y cómo se desarrollan
abscesos. Consumir heroína era más barato para los adictos, al principio. No
obstante, acabó siendo más caro, ya que consumían mucha más droga, que, además,
era de una calidad muy desigual y más difícil de encontrar y comprar. Si
querían dejarla de golpe, el síndrome de abstinencia era mucho peor que el del
OxyContin: diarrea explosiva, vómitos, dolor insoportable. Y, si tenían hijos
pequeños, como les ocurría a muchos adictos a opioides, la heroína los hacía
mucho peores padres que el OxyContin. El maltrato y el abandono infantiles se
dispararon. Con el tiempo, la heroína dio paso al fentanilo, aún más mortífero
y adictivo.
¿Se puede demandar
al capo local que proporciona el fentanilo, imponerle reglas o inspeccionar la
fábrica donde lo elabora? Cuando la epidemia pasó a ser de fentanilo, muchos
consumidores pedían simplemente sus dosis por internet y las recibían por correo.
¿Cómo se para eso? Hoy en día, el problema de los opioides es tan grave que los
primeros tiempos de la epidemia, cuando solo había OxyContin, parecen un
paraíso en comparación. Nos habría ido mejor si nos hubiéramos opuesto a la
reformulación de Purdue en 2010 y lo hubiéramos dejado todo como estaba.
Pero ¿cómo se
supone que lo habríamos hecho? A lo largo de este libro, hemos hablado de las
difíciles decisiones que nos plantean las epidemias. Los vecinos del Lawrence
Tract querían luchar contra la fuga de blancos, pero, para hacerlo, tuvieron
que negarle una vivienda a una familia negra. Los superpropagadores tienen un
impacto desproporcionado en el desarrollo de enfermedades como
la COVID-19, pero intervenir nos exige identificar a una pequeña minoría
de personas. No obstante, el dilema de los opioides era incluso más difícil.
Alguien tendría que haberse puesto en pie en 2010 y decir: «Miren. Tenemos dos
versiones de un fármaco muy adictivo. Es fácil abusar de la versión original,
pero no de la versión nueva y mejorada. Sin embargo, no queremos la versión
nueva y mejorada. Queremos que la gente siga triturando su OxyContin y
esnifándolo, como ha hecho en los últimos quince años». ¿Se imagina la reacción
si las autoridades sanitarias hubieran adoptado esa postura? «Sería una receta
política delirante, ¿verdad? —dijo Powell—. Es una idea loquísima. Pero,
teniendo en cuenta lo que sabemos ahora, creo que es la correcta. Sí. Se haría
sin dudarlo».
Página 222
Powell y una colega, Rosalie Pacula, calcularon lo que habría ocurrido
si Purdue hubiera mantenido la formulación original del OxyContin. Esta es su
conclusión. El gráfico tiene dos líneas. La continua representa lo que
realmente sucedió en Estados Unidos. Fíjese en cómo la tasa de sobredosis se
dispara a partir de 2010, cuando tiene lugar la reformulación. La línea de
puntos «contrafáctica» representa su estimación de lo que habría ocurrido si
todo hubiera seguido igual.
Escriben lo
siguiente: «En 2017, nuestras estimaciones indican que la reformulación aumentó
las tasas de sobredosis en más de 11,6 sobredosis por cada cien mil personas,
un incremento de más del ciento por ciento en relación con nuestro análisis
contrafáctico».
¡El ciento por
ciento!
Y fíjese en que la
línea del análisis contrafáctico de Pacula y Powell acaba descendiendo: es
decir, si se hubiera seguido con el antiguo OxyContin, la crisis de opioides
habría disminuido con el tiempo. Tal como ellos explican: «La disminución
estimada sería coherente con las mejoras en las normativas y los cambios en las
pautas de prescripción que empezarían a invertir el curso de la crisis de
opioides en ausencia de un crecimiento de los mercados ilegales de opioides».
Página 223
En otras palabras, Estados Unidos les estaba ganando poco a poco la
guerra a los opioides. No obstante, jamás hubo un diálogo sincero sobre cómo
actúan las epidemias. Y entonces llegó el OxyContin OP y todo se torció.
8
Al principio del
libro, le he prometido un análisis forense de la crisis de opioides. Así que
aquí lo tiene. Una pequeña farmacéutica de Connecticut decidió revitalizar uno
de los regalos más antiguos de la adormidera a la humanidad. Sin embargo, aún
había suficientes estados influidos por el suprarrelato de Madden, lo que le
ahorró a Estados Unidos una epidemia de carácter verdaderamente nacional. En
cambio, el ejército de vendedores de OxyContin invadió los estados sin
prescripción por triplicado y el país presentó variaciones de área pequeña. A
continuación, McKinsey intervino y reorientó la estrategia de ventas de Purdue
hacia los superpropagadores. Los comerciales de la farmacéutica les dijeron a
los médicos nucleares y supernucleares que el OxyContin era muy poco adictivo y
que los pacientes podían tolerar dosis altas durante semanas. Por supuesto, eso
no era cierto. Con todo, la rigurosidad de las pruebas que había que aportar
para convencer a los deciles del 1 al 7 era mucho menor en el caso de los médicos
nucleares y supernucleares. Las personas como Michael Rhodes no verificaban las
afirmaciones de su comercial preferido con el Journal of the American
Medical Association.
De ese modo, el
OxyContin obtuvo una década más de vida. Muchos más pacientes se volvieron
dependientes. En la calle se lo conocía como el «Rolls Royce de los opioides»
porque colocarse con él era tan suave como ir en uno de esos coches. Purdue
aumentó la presión. Los médicos nucleares y supernucleares respondieron. Las
ventas de OxyContin alcanzaron los tres mil millones de dólares anuales. Luego
vino la reformulación, que hizo casi imposible triturar y esnifar la pastilla,
como habían estado haciendo los consumidores a lo largo de una década. En
consecuencia, los adictos al OxyContin se pasaron a la heroína. Después, de la
heroína al fentanilo. Y, por último, del fentanilo a una combinación de todo lo
anterior, mezclado con tranquilizantes, medicamentos veterinarios y lo que
tuvieran a mano. A principios de los 2020, la
Página 224
epidemia de opioides que había empezado en 1996 con la introducción del
OxyContin se cobraba la vida de casi ochenta mil estadounidenses todos los
años.
Después de dos
décadas de pandemia, las cifras tendrían que estar disminuyendo, no aumentando.
«He intentado
determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera,
sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora —dijo Kathe Sackler.
¿Recuerda la cita del principio del libro? Continuó —: Y debo decir que no
puedo […]».
Eso es muy difícil
de aceptar. Sin embargo, también lo es la historia que nos contamos de que no
somos responsables de las epidemias que nos rodean, de que surgen de repente,
de que siempre deberían sorprendernos.
Las epidemias
tienen reglas. Tienen límites. Están sujetas a suprarrelatos, y somos nosotros
quienes creamos los suprarrelatos. Cambian de forma y tamaño cuando llegan a un
punto clave, y es posible saber cuándo y dónde ocurren esos puntos clave. Las
impulsa un cierto número de personas, y esas personas pueden identificarse. Las
herramientas necesarias para controlar una epidemia están sobre la mesa, justo
delante de nosotros. Podemos dejar que se las lleven personas sin
Página 225
escrúpulos. O podemos cogerlas y utilizarlas para construir un mundo
mejor.
Página 226
AGRADECIMIENTOS
El gran economista
Albert O. Hirschman escribió una vez:
La creatividad
siempre nos sorprende; por consiguiente, no podemos contar nunca con ella y no
nos atrevemos a creer en ella hasta que ha sucedido. En otras palabras, no nos
embarcaríamos de manera consciente en tareas cuyo éxito requiere claramente que
la creatividad nos visite. Así pues, la única manera en la que podemos
desplegar todos nuestros recursos creativos es juzgando mal la naturaleza de la
tarea, presentándonosla como más rutinaria, más sencilla, más vacía de
verdadera creatividad de lo que será en realidad.
Pensé mucho en las
palabras de Hirschman mientras escribía este libro. Empecé con la idea de
llevar a cabo una actualización rápida y sencilla de El punto clave con
motivo de su vigésimo quinto aniversario. Pensé: «Ah, eso será
fácil». Sin embargo, a mitad de camino, comprendí que quería escribir un libro
completamente nuevo. Desplegué todos mis «recursos creativos» solo porque
juzgué mal la naturaleza de mi tarea. Así que, gracias, Albert O., por
explicar, como siempre, el verdadero funcionamiento de todo.
Mi querido amigo
Jacob Weisberg fue la persona que me sugirió que retomara El punto
clave. Gracias, Jacob.
Son muchos los
colegas generosos y perspicaces que me han ayudado a lo largo del proceso. Tali
Emlen encontró un millón de cosas para mí. Tengo una clave que utilizo en el
asunto siempre que le pido que investigue algún tema: «Poderes mágicos». Ella
los tiene. Nina Lawrence me ayudó en montones de entrevistas. (Cuando la veía
asentir contenta al otro lado del cristal del estudio, sabía que iba por buen
camino). Adam Grant, Ben Naddaf-Hafrey, Eloise Lynton, Dave Wirtshafter, Mala
Gaonkar, Meredith Kahn y Charles Randolph leyeron los primeros borradores y me
hicieron comentarios de muchísima utilidad. La versión
Página 227
en audiolibro de este texto, ¡que debería escuchar porque es increíble!,
es obra de Louis Mitchell, Alexandra Gareton y Kerri Kolen.
Asya Muchnick, mi
editora en Little, Brown, leyó el manuscrito tantas veces que empecé a temer
por su cordura, y, cada vez que lo hacía, el libro mejoraba. Gracias, Asya.
Jael Goldfine verificó toda la información de manera brillante. Luego, mi
manuscrito cayó en las manos de los genios de Little, Brown: Ben Allen, Pat
Jalbert-Levine, Melissa Mathlin, Allan Fallow, Katherine Isaacs, Deborah Jacobs
y Kay Banning.
Sigo teniendo la
misma agente que cuando escribí El punto clave original: Tina
Bennett. Eres la mejor, Tina. Gracias a todos mis compañeros de Pushkin
Industries, que sufrieron mis numerosas ausencias mientras escribía este libro.
Y, sobre todo,
gracias a mi familia: Kate, Edie y Daisy. Vosotros sois la razón por la que me
levanto todas las mañanas y siento el sol incluso en el día más oscuro.
Página 228
NOTAS
INTRODUCCIÓN: LA
PASIVA REFLEJA
El testimonio de
David Sackler, Kathe Sackler y el director general de Purdue Pharma, Craig
Landau, ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes,
durante la audiencia celebrada el 17 de diciembre de 2020, puede leerse en
línea. También puede verse la grabación completa en vídeo en la página de
YouTube de los Oversight Committee Democrats (Demócratas del Comité de
Supervisión).
Para la
transcripción escrita, véase: <https://www.govinfo.gov/content/
pkg/CHRG-116hhrg43010/html/CHRG-116hhrg43010.htm>; para el vídeo, véase:
<https://www.youtube.com/watch?v=p3NgsWWzrH0>.
PRIMERA PARTE: TRES
MISTERIOS
1. CASPER Y C-DOG
Los seis robos a
bancos seguidos del Bandido Yanqui se detallan en el capítulo 2 («Everybody
Likes Eddie») del libro de William Rehder y Gordon Dillow Where the
Money Is: True Tales from the Bank Robbery Capital of the World (W. W.
Norton & Company, 2004); véanse especialmente las páginas
67-69. Rehder y Dillow también refieren la mayor parte de las otras anécdotas
sobre la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles en los años setenta, ochenta
y noventa, lo que incluye historias de los Bandidos de West Hill (pp. 121-124);
Casper y C-Dog (todo el capítulo 3, pero especialmente las páginas 113-121 y
124-157); los Eight Trey Gangster Crips (p. 155); y los Chicos Malos (pp.
144-147). La cita de Casper sobre la rentabilidad de robar bancos se encuentra
en la página 115 del libro.
Página 229
También me informé sobre Casper y C-Dog en artículos de prensa como
«Pair Sentenced for Bank Holdups Using Youngsters» de Jesse Katz (Los
Angeles Times, 2 de noviembre de 1993) y «Los Angeles “Fagins” Admit to
Series of Bank Robberies» de Robert Reinhold (The New York Times, 31 de
octubre de 1993). El número de atracos a bancos perpetrados por los
Chicos Malos se indica en el artículo de John Greenwald «Nasty Boys, Nasty
Time» (revista Time, 21 de diciembre de 1993):
<https://time.com/archive/6721956/nasty-boys-nasty-time/>.
La disminución de
los atracos a bancos en Los Ángeles tras la detención de Casper y C-Dog se
refirió en el artículo de Reinhold «Los Angeles “Fagins”». También hay una útil
tabla sobre los atracos a bancos en Los Ángeles entre 1983 y 1995 en «What
happened to L.A. bank robbers who did heists in the 90s?» de Brittny Mejia (Los
Angeles Times, 14 de marzo de 2024): <https://www.nytimes.com/1993/ 10/31/us/los-angeles-fagins-admit-to-series-of-bank-robberies.html>
y <https://www.latimes.com/california/story/2024-03-14/los-angeles-bank-robbers-la-heists-out-of-prison>.
Para consultar las
estadísticas de atracos a bancos en Estados Unidos entre 1967 y 1980, véase la
tesis de 1982 de James Francis Haran para la Universidad de Fordham, «The
Losers’ Game: A Sociological Profile
of 500 Armed Bank Robbers»:
<https://research.library.fordham.edu/dissertations/AAI8219245/>.
«Nothing to Lose: A
Study of Bank Robbery in America» es una tesis doctoral inédita de George M.
Camp presentada en Yale en 1968:
<https://ojp.gov/ncjrs/virtual-library/abstracts/nothing-lose-study-bank-robbery-america>.
Los datos sobre el
número de sucursales bancarias en Estados Unidos pueden consultarse en la
herramienta «BankFind Suite» de la Corporación Federal de Aseguramiento de
Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). El número de sucursales en todo el
país pasó de 21.839 en 1970 a 63.631 en 1999.
Puede leer acerca
de la «visita» de Willie Sutton a la sucursal de Manufacturers Trust Company en
Queens, así como otros detalles sobre su vida, en su autobiografía de 2004,
escrita con Edward Linn, Where the Money Was: The Memoirs of a Bank
Robber, especialmente las páginas 1-11. La fecha de ese atraco
se especifica en el artículo del New York Daily News del día
de su arresto en 1952 por tal delito,
Página 230
archivado en su sitio web:
<https://www.nydailynews.com/2016/02/18/the-day-willie-the-actor-sutton-prolific-bank-robber-was-arrested-in-brooklyn-in-1952/>.
En su autobiografía
de 1953, I, Willie Sutton: The Personal Story of the Most Daring Bank
Robber and Jail Breaker of Our Time (escrita con Quentin
Reynolds), Sutton afirmaba haberles robado dos millones de dólares a los
bancos, más de veinte millones en dólares de hoy.
Hay una excelente
visión de conjunto del Programa Médico Regional de la Administración Lyndon
Johnson, en el marco del cual John Wennberg inició su investigación pionera
sobre la variación de área pequeña, en la colección «Profiles in Science» de la
Biblioteca Nacional de
Medicina para el programa:
<https://profiles.nlm.nih.gov/spotlight/rm>.
Si quiere leer el
artículo original de Wennberg sobre la variación de área pequeña en la atención
médica de Vermont, se publicó en Science en 1973: «Small Area
Publications in Health Care Delivery» (Science, 182, 14 de diciembre de
1973, pp. 1102-1108). El artículo puede
consultarse en
Dartmouth Digital Commons:
<https://digitalcommons.dartmouth.edu/cgi/viewcontent.cgi?
article=3596&context=facoa>. Si no quiere leerlo entero, la
investigación, y la carrera de Wennberg, están bien resumidas en dos artículos
publicados en Dartmouth Medicine, uno de Maggie Mahar en el número
de invierno de 2007 y el segundo de Shannon Brownlee en el número de otoño de
2013. Ambos pueden consultarse en línea:
<https://dartmed.dartmouth.edu/winter07/pdf/braveheart.pdf>
y <https://dartmed.dartmouth.edu/fall13/pdf/from_pariah_to_pioneer.pdf >.
Las citas de
Wennberg sobre Stowe y Waterbury proceden de «Wrestling with Variation», una
entrevista que concedió en 2004 a la revista Health Affairs,
disponible en <https://www.academia.edu/ 18579681/Wrestling_With_Variation_An_Interview_With_Jack_Wenn
berg>.
Los datos que
comparan Middlebury, en Vermont, y Randolph, en New Hampshire, se recopilaron
para el artículo de Wennberg de 1977 «A Test of Consumer Contributions to Small
Area Variations in Health Care Delivery» (Journal of the Maine Medical
Association, 68, n.º 8,
pp. 275-279).
Más adelante, se analizaron en el libro de Wennberg de 2010, Tracking
Medicine: A Researcher’s Quest to Understand Health
Página 231
Care, que es de donde procede la tabla que compara los pueblos. El artículo
puede consultarse aquí: <https://core.ac.uk/download/pdf/
231133032.pdf>.
Wennberg, junto con
otros investigadores, descubrió que «las exigencias de los pacientes son
relativamente poco importantes para explicar las variaciones» en el gasto
sanitario. Su estudio de 2019 se publicó en la revista American
Economic Journal: Economic Policy, 11, n.º 1, pp. 192-221, disponible en
línea en la Biblioteca Nacional de Medicina:
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7444804/>.
Las tasas de
visitas con el médico durante los dos últimos años de vida de los pacientes
proceden del conjunto de datos «Care for Chronically Ill» del Atlas Dartmouth.
Puede encontrar estas cifras en la hoja de cálculo longitudinal de datos de
2008 a 2019, calculada por región de referencia hospitalaria (HRR, por sus
siglas en inglés). En concreto, me fijé en la columna J («Physician Visits per
Decedent During the Last Two Years of Life»: Visitas con el médico por
fallecido durante los dos últimos años de vida) de 2019 para Estados Unidos
(HRR 999), Los Ángeles (HRR 56) y Minneapolis (HRR 251): <https://data.dart
mouthatlas.org/eol-chronic/#longitudinal>.
Las tasas de
vacunación de las escuelas secundarias de California están en el sitio web del
Departamento de Salud Pública de California. He consultado los datos de
vacunación de 2012-2013 para los alumnos de
primero de
secundaria: <https://eziz.org/assets/docs/shotsforschool/ 2012-13
°CA7thGradeData.pdf>.
Otros años y cursos
pueden verse aquí: <https://eziz.org/assets/docs/ shotsforschool/2012-13
°CA7thGradeData.pdf>.
Puede consultar el
informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades sobre el
brote de sarampión en Disneylandia, así como sobre el brote anterior en
California en 2014, en el sitio web de
la organización: <https://www.cdc.gov/mmwr/preview/mmwrhtml/
mm6406a5.htm> y
<https://www.cdc.gov/mmwr/preview/mmwrhtml/ mm6316a6.htm>.
En Wikipedia hay
una buena visión de conjunto de la ley «anti-Waldorf» de 2015, que eliminó la
exención por creencias personales de los requisitos de vacunación de las
escuelas: <https://en.wikipedia.org/ wiki/California_Senate_Bill_277>.
2. EL PROBLEMA DE
MIAMI
Página 232
Por desgracia, la mayor parte de las transcripciones del juicio con
jurado de Philip Esformes no son de libre acceso. Las compré (son caras). Y el
archivo es demasiado grande para reproducirlo aquí. Sin embargo, el New
York Times publicó muchos fragmentos, incluida la vista para dictar
sentencia del 12 de septiembre de 2019, durante la cual Esformes dio el emotivo
testimonio que abre el capítulo. El rabino Lipskar y el abogado de Esformes,
Howard Srebnick, dieron su opinión sobre Esformes durante esa vista:
<https://int.nyt.com/
data/documenttools/2019-04-transcript-sentencing-show-temp/5f1878a90b593c85/full.pdf>.
Otros datos, por
ejemplo, sobre la acompañante de Esformes modelo de lencería,
proceden de otro fragmento publicado por el New York Times, la
transcripción de la vista celebrada el 29 de marzo de 2019:
<https://int.nyt.com/data/documenttools/2019-03-29-transcript-discuss-closet-and-payment/ca95687269783a73/full.pdf>.
Muchos otros
pasajes, incluida información sobre Esformes, su negocio y su juicio, se han
extraído de la transcripción del juicio, en gran medida de los testimonios de
Guillermo «Willy» Delgado, Gabriel «Gaby» Delgado y Nelson Salazar.
Puede ver vídeos de
los hijos varones de Philip Esformes jugando al baloncesto y haciendo sus
ejercicios: <https://www.youtube.com/ watch?v=pP-nPQTxVMo> y
<https://www.youtube.com/watch? v=4JXFrWd1TCA>.
Mother Jones publicó un
reportaje sobre el singular automóvil de Morris Esformes y su tensa entrevista
con los periodistas vestido con el uniforme de los Lakers:
<https://www.motherjones.com/politics/2023/11/philip-esformes-trial-morris-medicare-fraud-prosecution-donald-trump-clemency/>.
Para el estudio de
Elisa Sobo sobre familias de las escuelas Waldorf, véase «Social Cultivation of
Vaccine Refusal and Delay Among Waldorf (Steiner) School Parents», Medical
Anthropology Quarterly, 29, n.º 3 (septiembre de 2015), pp. 279-436.
El vídeo
promocional de las escuelas Waldorf mencionado en este capítulo es obra de la
escuela Waldorf de Chicago: <https://www.youtube.com/watch?v=wLPr
HJ8Ve_I>.
La entrada del blog
de «La mamá Waldorf», titulada «Vaccines: My Journey», puede leerse aquí:
<https://waldorfmom.net/natural-health/vaccinations/>.
Página 233
David Molitor explica en detalle su investigación sobre la variación de
área pequeña en el tratamiento de los infartos en su artículo «The Evolution of
Physician Practice Styles: Evidence from Cardiologist Migration», publicado en
el número de febrero de 2018 de American Economic Journal: Economic
Policy, vol. 10, n.º 1, pp. 326-356. Las cifras de las tasas de
cateterización cardiaca de Búfalo y Boulder proceden de la tabla titulada
«Table C.2: HRR cath rank» de la página
21 del apéndice [supplemental online appendix]:
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5876705/#SD1>.
El porcentaje del
PIB de Estados Unidos dedicado a la atención sanitaria en 2022 procede del
sitio web de los centros de servicios de Medicare y Medicaid:
<https://www.cms.gov/data-research/statistics-trends-and-reports/national-health-expenditure-data/historical>.
La cifra
correspondiente a Canadá está sacada del Instituto Canadiense de Información
Sanitaria:
<https://www.cihi.ca/en/national-health-expenditure-trends-2022-snapshot>.
Las cifras de
afiliación y gasto en Medicare también proceden del sitio web de los centros de
servicios de Medicare y Medicaid. Para la
afiliación, véase
<https://data.cms.gov/summary-statistics-on-beneficiary-enrollment/medicare-and-medicaid-reports/medicare-monthly-enrollment>;
para el gasto, véase
<https://www.cms.gov/data-research/statistics-trends-and-reports/national-health-expenditure-data/nhe-fact-sheet>.
Para las
estimaciones del coste anual del fraude a Medicare, véase
<https://www.cnbc.com/2023/03/09/how-medicare-and-medicaid-fraud-became-a-100b-problem-for-the-us.html>.
Los datos sobre el
gasto en equipo duradero de Medicare en Florida proceden del Atlas Dartmouth.
El conjunto de datos de 2003-2010 sobre reembolsos de Medicare, organizado por
regiones de derivación hospitalaria (HRR, por sus siglas en inglés), incluye las
siguientes regiones de Florida:
<https://data.dartmouthatlas.org/medicare-reimbursements/#custom-state>.
La historia del
Miami de los ochenta, incluidos los datos sobre población y delincuencia, así
como la información sobre Isaac Kattan Kassin, procede de The Year of
Dangerous Days de Nicholas Griffin (Simon & Schuster, 2021). Otros
datos sobre la economía sumergida de Miami se refieren en el artículo de
Rebecca Wakefield «Awash in a Sea of Money», publicado en el Miami New
Times en 2005.
Página 234
La cita del alcalde de Miami, Maurice Ferre sobre la afluencia de
cubanos tras el éxodo del Mariel puede encontrarse en el artículo de Charles
Whited «Oval Office Finally Gets Message on Refugee Help» publicado en el Miami
Herald (8 de mayo de 1980), que también se cita en Griffin, The
Year of Dangerous Days: <https://www.newspapers.com/image/628982264/?
match=1&terms=Oval%20Office%20°Finally%20Gets%20Message%20on%20Refugee%20Help>.
Puede encontrar
información detallada (e incluso el plano) del edificio Fontainebleau Park
Office Plaza en una presentación pública para
inversores:
<https://www.thezylberglaitgroup.com/wp-content/uploads/2020/01/Fontainebleau-Park-Office-Plaza-OM-1.pdf>.
(No obstante, el plano utilizado en el libro, al ser una fotografía que tomé
mientras visitaba el edificio, difiere ligeramente).
La lista de
directivos de Columbia/HCA que tuvieron que comparecer ante un gran jurado en
1997 se publicó en el Journal Record (Oklahoma City):
<https://journalrecord.com/1997/08/allegations-lead-to-lessons-in-legal-lingo/>.
Puede obtener más información sobre el caso de fraude contra Columbia/HCA en el
comunicado de prensa de 2003 del Departamento de Justicia de Estados Unidos que
detalla el acuerdo con la empresa y lo llama el «mayor caso de fraude sanitario
de la historia de Estados Unidos»: <https://www.justice.gov/archive/opa/pr/2003/
June/03_civ_386.htm>. También hay una buena introducción al caso en el
análisis de PolitiFact de una campaña de desacreditación demócrata de 2010 que
acusó a Scott de fraude sanitario durante su candidatura a gobernador en 2010:
<https://www.politifact.com/
article/2010/jun/11/rick-scott-and-fraud-case-columbiahca/>.
Puede leer acerca
del periplo jurídico de Esformes en «Behind Trump Clemency, a Case in Special
Access» (Kenneth P. Vogel, Eric Lipton y Jesse Drucker, The New York
Times, 24 de diciembre de 2020):
<https://www.nytimes.com/2020/12/24/us/politics/trump-pardon-clemency-access.html>.
La CNBC informó del
rechazo del Tribunal Supremo al recurso de Esformes para evitar volver a ser
juzgado, así como de su posterior declaración de culpabilidad, que evitó un
segundo juicio:
<https://www.cnbc.com/2023/12/15/trump-clemency-recipient-philip-esformes-loses-supreme-court-bid.html>.
Página 235
Supe de la
existencia de Poplar Grove en el libro de Anna S. Mueller y Seth Abrutyn Life
Under Pressure: The Social Roots of Youth Suicide and What to Do About Them (Oxford
University Press, 2024). Las citas de los habitantes de Poplar
Grove (y, de hecho, la mayor parte de la información sobre la crisis de
suicidios de la comunidad) proceden de este libro o de mis conversaciones con
Mueller y Abrutyn.
La información
sobre los zoológicos y los programas de cría en cautividad, así como sobre las
crisis reproductivas del guepardo y del puma de Florida, está basada en el
libro de Stephen O’Brien Tears of the Cheetah: The Genetic Secrets of
Our Animal Ancestors (St. Martin’s Griffin, 2005),
especialmente el capítulo 2 («Tears of the Cheetah», Las lágrimas del guepardo)
y el capítulo 4 («A Run for Its Life – The Florida Panther», La lucha por
sobrevivir – El puma de Florida).
Para una visión de
conjunto del término «monocultura», consulte la ficha de la palabra del Oxford
English Dictionary: <https://www.oed.com/
dictionary/monoculture_n?tl=true#:~:text=The%20earliest%20known%20use%20of,Etymons%3A%20mono%2D%20comb>.
La encuesta en la
que los adolescentes describían los grupos sociales (deportistas, pandilleros,
pijos, etc.) de su instituto del Medio Oeste procede de «Multiple Crowds and
Multiple Life Styles: Adolescents’ Perceptions of Peer-Group Stereotypes», un
artículo de B. Bradford Brown, Mary Jane Lohr y Carla Trujillo publicado en el
libro Adolescent Behavior and Society: A Book of Readings (McGraw-Hill, 4.ª
edición, 1990).
El diagrama de la
percepción de los alumnos de la distancia social entre los diversos grupos
sociales se encuentra en el artículo de Brown de febrero de 1996 «Visibility,
Vulnerability, Development, and Context: Ingredients for a Fuller Understanding
of Peer Rejection in Adolescence» (Journal of Early Adolescence, 16, n.º
1).
La cita del criador
particular furioso la aporta Don Shaw, fundador del Proyecto de Supervivencia
del Puma. Se encuentra en el número de The News-Press (Fort
Myers) del 2 de agosto de 1993 (p. 28), que puede consultarse en
Newspapers.com.
Página 236
SEGUNDA PARTE: LOS INGENIEROS SOCIALES
4. EL TERCIO MÁGICO
Hay un mapa del
Lawrence Tract en el sitio web de Nanosh Lucas, que recoge la mayor parte de
las investigaciones públicas y escritos
publicados sobre el proyecto habitacional:
<https://www.lawrencetract.com/>.
La historia sobre
la propietaria blanca de Germantown, en Filadelfia, que en 1957 vendió su casa
a una familia negra, incluidas las citas textuales de sus vecinos, proceden de
«The Demand for Housing in Racially Mixed Areas: A Study of the Nature of Neighborhood
Change», un informe de investigación elaborado por Chester Rapkin y William
Grigsby para la Comisión sobre Raza y Vivienda y la Autoridad de Reurbanización
de Filadelfia (University of California Press, 1960), concretamente las páginas
140-141.
Los datos sobre la
demografía racial del barrio de Russell Woods, en Detroit, están extraídos de
un informe elaborado por estudiantes de posgrado de la Escuela de Diseño de la
Universidad de Pensilvania titulado «Russell Woods-Nardin Park: A Tactical Preservation
Plan». Puede consultarse en línea en <https://www.design.upenn.edu/
sites/default/files/uploads/Detroit_Book_June2019-compressed-min_compressed%20
%281 %29.pdf>.
Encontré las cifras
de la evolución de la población blanca de Atlanta en los años sesenta y setenta
(así como el eslogan «La ciudad demasiado ocupada para odiar») en la página 5
de White Flight: Atlanta and the Making of Modern Conservatism, de
Kevin Kruse (Princeton University Press, 2005).
El testimonio de
Saul Alinsky sobre la vivienda, presentado el 5 de mayo de 1959 en Chicago ante
la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos, se cita varias veces en este
capítulo. La cita del líder comunitario («Dejémoslo claro: ninguna comunidad blanca
de Chicago quiere negros») es suya y se encuentra en la página 771 de la
publicación titulada «Hearings Before the United States Commission on Civil
Rights: Housing», de la Imprenta del Gobierno de Estados Unidos.
Puede encontrar los
comentarios de Morton Grodzins sobre la fuga de blancos y el punto clave en su
artículo «Metropolitan Segregation»,
Página 237
publicado en Scientific American, 197, n.º 4 (1 de octubre
de 1957):
<https://www.scientificamerican.com/article/metropolitan-segregation/>.
El estudio pionero
de Rosabeth Kanter sobre las proporciones grupales, «Some Effects of
Proportions on Group Life: Skewed Sex Ratios and Responses to Token Women», se
publicó en el American Journal of Sociology, 82, n.º 5 (marzo de
1977), pp. 965-990. Algunos datos sobre la investigación son de mi
entrevista con ella. El estudio puede consultarse en
<https://www.jstor.org/stable/2777808?seq=5>.
Casi toda la
información sobre la vida de Ursula Burns procede de mi conversación con ella.
Otra se encuentra en su autobiografía, Where You Are Is Not Who You Are (Amistad/HarperCollins,
2021).
La autobiografía de
Indra Nooyi se titula My Life in Full: Work, Family and Our Future (Portfolio,
2021). La parte sobre la reacción de la prensa cuando la nombraron
directora general de Pepsi aparece en la página 192. [Hay trad. cast.: Mi
vida plena: Trabajo, familia y nuestro futuro, Conecta, 2022].
La cifra de
directores generales de origen indio al frente de empresas de la lista Fortune
500 se ha tomado de la cadena de televisión de noticias
de negocios india
CNBCTV-18. Véase
<https://www.cnbctv18.com/business/companies/what-makes-indian-origin-ceos-rise-to-the-top-of-fortune-500-companies-14446172.htm>.
El reportaje de
Heather Haddon para el Wall Street Journal sobre Laxman
Narasimhan, director general de Starbucks, en el que no se menciona su
ascendencia india, se publicó el 27 de septiembre de 2023 y se titula «With
Howard Schultz Gone, New Starbucks CEO Looks to Reset»:
<https://www.wsj.com/business/hospitality/starbucks-ceo-seeks-to-improve-service-for-baristas-a4a0bf77>.
Como se cita en el
sitio web de Merriam-Webster, Homer Bigart escribió que «Algunos padres blancos
pueden aceptar a regañadientes una integración del 10 al 15 por ciento» (The
New York Times, 19 de abril de 1959):
<https://www.merriam-webster.com/wordplay/origin-of-the-phrase-tipping-point>.
El ejecutivo del
sector inmobiliario interrogado por la Comisión de Derechos Civiles en Chicago
era Robert H. Pease, vicepresidente de Draper and Kramer Inc. Sus declaraciones
figuran en la página 761 de la transcripción de la audiencia publicada por la Imprenta
del Gobierno de Estados Unidos.
Página 238
El director del sistema escolar público de Washington D. C. citado es
Carl F. Hansen, que fue inspector de educación de la región entre 1958 y 1967.
La información de interés figura en las páginas 67-68 de su
autobiografía, Danger in Washington: The Story of My Twenty Years in
the Public Schools in the Nation’s Capital (Parker Publishing Company,
1968).
Alvin Rose prestó
declaración en la misma audiencia de 1959 de la Comisión de Derechos Civiles de
Estados Unidos ya mencionada.
El estudio de Vicki
W. Kramer, Alison M. Konrad y Samru Erkut sobre cincuenta ejecutivas reveló que
una masa crítica de mujeres en un consejo de administración se traducía en una
dinámica más «abierta y colaborativa» y «mejoraba la escucha». Véase «Critical
Mass on Corporate Boards: Why Three or More Women Enhance Governance», un
informe de 2006 redactado por los Centros Wellesley para Mujeres:
<https://www.wcwonline.org/pdf/CriticalMassExecSummary.pd>.
Una encuesta de
2023 a ejecutivos de ambos sexos realizada por Harvard Business Review reveló
que las mujeres están «más dispuestas a hacer preguntas en
profundidad y a poner las cosas sobre la mesa»:
<https://hbr.org/2023/11/research-how-women-improve-decision-making-on-boards>.
Puede obtener más
información sobre el proyecto theBoardlist de Sukhinder Singh Cassidy aquí:
<https://www.theboardlist.com/about>.
La investigación de
Damon Centola sobre los puntos clave consta de dos partes. Desarrolló su juego
de adivinar el nombre (y calculó cuánto tardaba un grupo en converger en uno)
en su artículo de 2015 «The spontaneous emergence of conventions: An experimental
study of cultural evolution» (PNAS, 112, n.º 7, febrero de 2015). En
otro complementario de 2018, incorporó disidentes al juego y descubrió que se
necesitaba una adopción de aproximadamente el 25 por ciento para que el grupo
se inclinara por otro nombre («Experimental evidence for tipping points in
social convention», Science, 360, n.º 6393, pp. 1116-1119). Para
consultar el estudio de Centola de 2015,
véase
<https://www.pnas.org/doi/full/ 10.1073/pnas.1418838112#abstract>; para
su estudio de 2018, véase
<https://www.researchgate.net/publication/325639714_Experimental_evidence_for_tipping_points_in_social_convention>.
Para el análisis de cómo afecta la integración al rendimiento en
matemáticas de los alumnos negros, véase «A critical race theory test
Página 239
of W.E.B. DuBois’ hypothesis: Do Black students need separate schools?»
de Tara J. Yosso, William A. Smith, Daniel G. Solórzano y Man Hung, en Race
Ethnicity and Education, 25, n.º 4 (octubre de
2012), pp. 1-19: <https://www.tandfonline.com/doi/full/
10.1080/13613324.2021.1984099>.
Su estudio se basó
en los datos del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia correspondientes
al último año de preescolar del curso 1998-1999 (ECLS-K), que pueden
consultarse aquí: <https://nces.ed.gov/ ecls/Kindergarten.asp>.
También hay un
práctico resumen de todo en Penn Today:
<https://penntoday.upenn.edu/news/damon-centola-tipping-point-large-scale-social-change>.
Puede encontrar
información sobre el barrio negro de Ramona Street (así como sobre la
segregación habitacional en Palo Alto) en PaloAltoHistory.org:
<https://www.paloaltohistory.org/discrimination-in-palo-alto.php>.
Mucha información
sobre el proyecto habitacional del Lawrence Tract procede de una entrevista
grabada concedida por Gerda Isenberg, una de las fundadoras del Comité de Juego
Limpio de Palo Alto (conocido a veces como Consejo de Juego Limpio),
especialmente las páginas 66-71. Realizada en 1990 y 1991 por la California
Horticulture Oral History Series, fue publicada en 1991 por los Regentes de la
Universidad de California y está disponible en línea:
<https://digitalassets.lib.berkeley.edu/rohoia/ucb/ text/nativeplantsnurse00isenrich.pdf>.
Muchas de las citas
de los residentes proceden del reportaje «A lot has happened in thirty years»
publicado por Loretta Green en The Peninsula Times-Tribune (31
de marzo de 1980): <https://
static1.squarespace.com/static/6110410394c5a42a59b83b98/t/
63040fcbe009a224275e9da1/1661210572767/loretta_green.pdf>.
La historia de la
venta que habría alterado las proporciones raciales se relata «Laboratory for
Equality: Palo Alto’s Interracial Housing Experiment» de Richard Meister
(revista Frontier, 1957), así como en el trabajo trimestral de
Dorothy Strowger titulado «The Lawrence Tract: Laboratory of Interracial
Living», presentado en noviembre de 1955 para una clase de sociología. (No sé
en qué universidad estudiaba Strowger).
Página 240
5. EL MISTERIOSO CASO DEL EQUIPO DE RUGBY FEMENINO DE HARVARD
El partido de rugby
femenino entre Princeton y Harvard que describo al principio del capítulo se
celebró el 14 de octubre de 2023. La retransmisión en directo de la crónica que
cito puede verse en
YouTube:
<https://www.youtube.com/watch?v=EbIkDEn1eXE>. Puede consultar
los resultados del equipo de rugby femenino de Harvard
en la temporada
2023-2024 aquí: <https://gocrimson.com/
sports/womens-rugby/schedule/2023-24>.
Para conocer la
lista de las universidades con más equipos deportivos en 2023, visite
<https://sportsbrief.com/other-sports/35102-which-college-sports-teams-united-states-america/>.
La figura 1 del
artículo de UCLA Law Review titulado «Race and Privilege
Misunderstood: Athletics and Selective College Admissions in (and Beyond) the
Supreme Court Affirmative Action Cases» (6 de junio de 2023) incluye un gráfico
de barras que muestra el porcentaje de estudiantes deportistas en universidades
públicas y privadas de élite. Ahí verá que Harvard supera con mucho a Michigan.
En 2012, el Harvard
Crimson publicó un artículo de Samantha Lin y Justin C. Wong sobre la
fundación del equipo universitario de rugby femenino titulado «Harvard Women’s
Rugby Named Varsity Sport». Otro reportaje, este de 2019, trató sobre el
proceso de captación para formar el equipo. Véanse
<https://www.thecrimson.com/article/2012/
11/8/harvard-womens-rugby-varsity-sport/>
y <https://www.thecrimson.com/article/2019/1/23/rugby-2018-feature/>.
El dato de que
los ALDC constituyen el 30 por ciento del alumnado de Harvard se
repite en varios documentos de Students for Fair Admissions (SFFA) a lo largo
de los años. La jueza Sonia Sotomayor lo menciona en su voto disidente en la
página 44 de la decisión del Tribunal Supremo en el caso
de SFFA contra el presidente y los miembros de Harvard College. Véase
<https://www.supremecourt.gov/ opinions/22pdf/20-1199_hgdj.pdf>.
Tanto Adam Mortara
como William Fitzsimmons declararon en el juicio sin jurado celebrado en 2018
en un tribunal de distrito de Boston antes de que el caso llegara al Tribunal
Supremo. Mortara hizo su declaración inicial el día 1, mientras que Fitzsimmons
defendió el programa de deportes de Harvard el día 3. Aunque las
transcripciones
Página 241
no son públicas, el Harvard Crimson publicó un
exhaustivo resumen de todo el juicio. El día 1 figura en
<https://www.thecrimson.com/
article/2018/10/16/admissions-trial-day-one> y el día 3 aparece en
<https://www.thecrimson.com/article/2018/10/18/day-three-harvard-admissions-trial/>.
La cita sobre la
captación de un jugador de squash en Nueva Zelanda por parte de Harvard aparece
en el reportaje del Harvard Crimson sobre la admisión de
deportistas escrito por Delano R. Franklin y Devin B. Srivastava y titulado
«The Athlete Advantage» (mayo de 2019). Véase
<https://www.thecrimson.com/article/2019/5/28/athlete-advantage-commencement-2019/>.
La información
sobre los cupos en la admisión de judíos en Columbia y Harvard y sobre Abbott
Lawrence Lowell procede del libro de Jerome Karabel The Chosen: The
Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton (Houghton
Mifflin Company, 2005), especialmente el capítulo 3: «Harvard and
the Battle over Restriction» (Harvard y la batalla por la restricción). La
canción de la fraternidad aparece en la página 87.
Las listas de
estadounidenses de origen asiático matriculados en Caltech y Harvard proceden
de la demanda de SFFA contra Harvard (véase Tabla B, página 54). La
tabla de admitidos en Harvard desglosada por razas también está en la demanda
(véase Tabla C, página 67):
<https://studentsforfairadmissions.org/wp-content/uploads/2014/11/SFFA-v.-Harvard-Complaint.pdf>.
La investigación
sociológica sobre la extraordinaria tasa de títulos de posgrado entre los
nigerianos se expone en el artículo de Leslie Casimir para el Houston
Chronicle, «Data show Nigerians the most educated in the US» (12 de enero
de 2018): <https://www.chron.com/
news/article/Data-show-Nigerians-the-most-educated-in-the-U-S-1600808.php>.
Muchas citas y
datos sobre lo sucedido en el juicio de Estados Unidos contra Khoury, incluidas
las declaraciones de «Jane», Meg Lysy y Timothy Donovan, proceden de la
transcripción (que no está a disposición del público).
El desglose de
Marianne Werdel de los costes de jugar al tenis juvenil aparece en dos entradas
de blog, «Let’s Break Down the Cost of Junior Tennis Part 1» y «Part 2». Puede
leerlas en Wayback Machine: <https://web.archive.org/web/20190321205917/
Página 242
https://mariannewerdel.com/2018/03/20/1471/> y <https://
web.archive.org/web/20180814123310/https://mariannewerdel.com/
2018/03/21/lets-break-down-the-cost-of-tenis-junior-part-2/>.
Puede visitar el
sitio web de la consultoría de Timothy Donovan aquí:
<https://donovantennis.com/consulting/>.
Las biografías de
las jugadoras de rugby femenino de Harvard figuran en
el sitio web de su
equipo. Véase <https://gocrimson.com/sports/womens-rugby/roster>.
El club de rugby de
Sacramento que enumera las universidades para las que han jugado antiguos
jugadores suyos es el Land Park Harlequins:
<https://www.goharlequins.com/index.cfm/alumni-colleges-elite-tournaments/>.
La transcripción
del caso de Fisher contra la Universidad de Texas puede consultarse en
internet. Tenga en cuenta que el caso de Abigail Fisher fue al Tribunal Supremo
en dos ocasiones, la primera en 2013 y la segunda en 2016. Todas las citas son
del juicio de 2013: <https://
www.supremecourt.gov/oral_arguments/argument_transcripts/2012/11-345.pdf>.
Para conocer la
demografía del alumnado de la Universidad de Texas en Austin en la época en la
que Abigail Fisher presentó la demanda contra la institución, véase
<https://news.utexas.edu/2008/09/18/fall-enrollment-at-the-university-of-texas-at-austin-reflects-continuing-trend-toward-more-diverse-student-population/>.
Puede leer la
declaración completa de Harvard sobre la decisión del Tribunal Supremo en el
caso de SFFA aquí:
<https://www.harvard.edu/admissionscase/2023/06/29/supreme-court-decision/>.
6. EL SEÑOR ÍNDICE
Y EL BROTE DEL MARRIOTT
La información
sobre el retiro de Biogen procede del artículo de Mark Arsenault para el Boston
Globe «How the Biogen Leadership Conference in Boston Spread the
Coronavirus» (10 de marzo) y del reportaje de Farah Stockman y Kim Barker para
el New York Times «How a Premier U.S. Drug Company Became a
Virus “Super Spreader”» (12 de abril de 2020): <https://www.bostonglobe.com/
2020/03/11/nation/how-biogen-leadership-conference-boston-spread-
Página 243
coronavirus/> y <https://www.nytimes.com/2020/04/12/
us/coronavirus-biogen-boston-superspreader.html>.
Hay más información
sobre el foco del brote en el Research Triangle en Carolina del Norte en los
artículos «Biogen sends RTP workers home after employees test positive for
coronavirus» de The News & Observer (Zachery Eanes, 9 de
marzo de 2020) y «Emails show urgency as NC officials grappled with
cases from Biogen superspreader conference» de The Triangle Business
Journal (Lauren Ohnesorge, 1 de junio de 2021):
<https://www.newsobserver.com/
news/business/article241025271.html>
y
<https://www.bizjournals.com/triangle/news/2021/06/01/nc-biogen-covid-cases-how-state-officials-reacted.html>.
La descripción del
primer caso de COVID-19 en Boston se basa en «UMass Boston student
has coronavirus; first case in Massachusetts» de Lisa Kashinsky (Boston
Herald, 1 de febrero de 2020) y en un comunicado de prensa del sitio web
oficial de la ciudad de Boston:
<https://www.nbcnews.com/news/us-news/coronavirus-case-boston-
1st-massachusetts-8th-u-s-n1123096>
y
<https://www.boston.gov/news/first-case-2019-novel-coronavirus-confirmed-boston>.
Puede informarse
acerca de cómo el Instituto Broad creó su laboratorio de diagnóstico de
emergencia de gran capacidad en un artículo de su sitio
web:
<https://www.broadinstitute.org/news/how-broad-institute-converted-clinical-processing-lab-large-scale-covid-19-testing-facility>.
La investigación de
Jacob Lemieux y sus colegas sobre el brote de Biogen, la cepa C2416T y la
trayectoria de la COVID-19 por Boston se encuentra en su artículo
«Phylogenetic analysis of SARS-CoV-2 in Boston highlights the impact of
superspreading events» (Science, 371, n.º 6.529, 10 de diciembre de
2020): <https://www.science.org/ doi/10.1126/science.abe3261>.
Encontrará más
información sobre mi viaje a Denver con Donald Stedman en mi artículo para
el New Yorker titulado «Million-Dollar Murray» (5 de febrero
de 2006): <https://www.newyorker.com/magazine/2006/
02/13/million-dollar-murray>.
«Un coche bien
afinado fabricado a partir de 1983 emite más de medio gramo de monóxido de
carbono por kilómetro», explicó Stedman a Andrew Bowser, de United Press
International, en 1997, mientras que
Página 244
«los coches más antiguos emiten entre 5 y 10 gramos por kilómetro». ¿Y
los «grandes contaminadores»? «Emiten más 50 gramos por
kilómetro». Véase
<https://www.upi.com/Archives/1996/03/27/Donald-H-Stedman-can-monitor-how-much-exhaust-is/4961827902800/>.
La tabla de
emisiones vehiculares por decil de conductores en Los Ángeles está adaptada de
«Real-World Vehicle Emissions Measurement», una presentación de Donald Stedman
y Gary A. Bishop en el taller «Innovaciones en Tren Motriz sobre Vehículos
Conectados y Autónomos» de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada en
Energía de Estados Unidos:
<https://arpa-e.energy.gov/sites/default/files/06_Bishop.pdf>.
Para conocer
la investigación italiana sobre cómo influiría la electrificación de los
vehículos en las emisiones, véase Matteo Böhm, Mirco Nanni y Luca Pappalardo,
«Gross polluters and vehicle emissions reduction», Nature Sustainability,
5 (9 de junio de 2022),
pp. 699-707.
<https://www.nature.com/articles/s41893-022-00903-x>. La calidad del aire
de Denver era tan mala en los años setenta y ochenta que la ciudad se hizo
famosa por la «nube marrón» que se cernía sobre ella. Mejoró su situación en
los años 2000, pero ha ido empeorando desde mediados de la década siguiente
(los incendios forestales de la zona no han ayudado). En 2022, la Agencia de
Protección del Medio Ambiente degradó oficialmente el área de Denver a la
categoría de infractor «grave» en lo que respectaba a la calidad del aire.
Véase «Air Quality Is Getting Worse in Denver» de Alayna Álvarez, Alex
Fitzpatrick y Kavya Beheraj (Axios, 5 de mayo de 2023):
<https://www.axios.com/local/denver/2023/05/05/denver-air-quality-ozone-pollution>.
Para conocer la
investigación de William Ristenpart sobre la transmisión aérea de
la COVID-19, véase «The coronavirus pandemic and aerosols:
Does COVID-19 transmit via expiratory particles?», un informe que
escribió con Sima Asadi, Nicole Bouvier y Anthony S. Wexler para Aerosol
Science and Technology, 54, n.º 6 (abril de 2020), pp. 635-638. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7157964/>.
Algunas de las publicaciones en redes sociales de la Organización
Mundial de la Salud que insisten en que la COVID-19 no se transmite
por el aire figuran en <https://x.com/WHO/status/1243972193169616898?
lang=en>, <https://www.facebook.com/WHO/posts/fact-covid-19-is-
Página 245
not-airborne-the-coronavirus-is-mainly-transmitted-through-drop/3019704278074935/>
y <https://www.instagram.com/p/B-UieTUD42A/?igshid=177u2acyfs7oy>.
Para el estudio
sobre la rapidez con la que la variante alfa aumentó su capacidad para generar
aerosoles, véase el artículo «Infectious Severe Acute Respiratory Syndrome
Coronavirus 2 (SARS-CoV-2) in Exhaled Aerosols and Efficacy of Masks During
Early Mild Infection», publicado en Clinical Infectious Diseases,
75, n.º 1 (julio de 2022), pp.
e241-e248.
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/
PMC8522431/#:~:text=The%20alpha%20variant%20was%20
associated,swabs%2
°C%20and%20other%20potential%20 confounders>.
Al final, la OMS
reconoció que la COVID-19 se transmite por el aire, como queda
documentado en su página de preguntas frecuentes, «Coronavirus disease
(COVID-19): How is it transmitted?», cuya última actualización tiene fecha de
23 de diciembre de 2021:
<https://www.who.int/news-room/questions-and-answers/item/coronavirus-disease-covid-19-how-is-it-transmitted>.
El estudio de los
años setenta sobre la niña muy infecciosa con sarampión de Rochester se
describe en el artículo de E. C. Riley, G. Murphy y R. L. Riley «Airborne
Spread of Measles in a Suburban Elementary School» publicado en el American
Journal of Epidemiology, 107, n.º 5. También hay un útil análisis
retrospectivo de ese estudio en el magnífico repaso histórico de Amir Teicher
sobre la investigación de los superpropagadores, «Super-spreaders: a historical
review» (The Lancet, junio de 2023). Me he basado en este último para la
historia del término:
<https://www.thelancet.com/journals/laninf/article/
PIIS1473-3099(23)00183-4/fulltext>.
El estudio sobre la
emisión de aerosoles y el volumen de voz del laboratorio de Ristenpart que
describo se titula «Aerosol emission and superemission during human speech
increase with voice loudness» y está publicado en Scientific Reports,
9, artículo 2.348 (febrero de 2019). Los autores son Sima Asadi, Anthony S.
Wexler, Christopher D. Cappa, Santiago Barreda y Nicole M. Bouvier. Véase
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6382806/>.
Para conocer la
investigación de David Edwards sobre el recuento de partículas en relación con
los factores que dan lugar a una emisión de
aerosoles elevada,
véase «Exhaled aerosol increases with
Página 246
infection, age, and obesity», en Biological Sciences, 118,
n. 8 (febrero de 2021). La figura 1 y su análisis me parecieron especialmente
relevantes: <https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2021830118>.
El estudio
británico sobre exposición a la COVID-19 ha dado lugar a varias
publicaciones y ha tenido una amplia cobertura mediática. Leí por primera vez
sobre él en «Safety, tolerability and viral kinetics during SARS-CoV-2 human
challenge in young adults» (Nature Medicine, 28, marzo de 2022, pp.
1031-1041) y «Viral emissions into the air and environment after SARS-CoV-2
human challenge: a phase 1, open label, first-in-human study» (The Lancet
Microbe, 4, n.º 8, agosto de 2023, E579-E590). Véanse
<https://www.nature.com/articles/s41591-022-01780-9#data-availability>
y <https://www.thelancet.com/
journals/lanmic/article/PIIS2666-5247(23)00101-5/fulltext>.
Para más
información sobre por qué es conveniente beber agua, véase «Inadequate
Hydration, BMI, and Obesity Among US Adults: NHANES 2009-2012», en Annals
of Family Medicine, 14, n.º 4 (julio de 2016), pp. 320-324.
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/ PMC4940461/#b24-0140320>.
La cita del libro
de Adam Kucharski The Rules of Contagion: Why Things Spread – And Why
They Stop (Basic Books, 2020) se encuentra en la página
70. [Hay trad. cast.: Las reglas del contagio. Cómo surgen, se propagan
y desaparecen las epidemias, Capitán Swing, 2020]. Por cierto,
Kucharski discrepa en su libro de mi descripción del papel de los
superpropagadores en la epidemia de VIH y las enfermedades de transmisión
sexual. Creo que podría tener razón. No obstante, Kucharski escribió el libro
antes de la COVID-19. Y creo que la lección que nos ha enseñado la
pandemia es que los superpropagadores desempeñan un papel importantísimo en la
dispersión de los virus respiratorios.
TERCERA PARTE: EL
SUPRARRELATO
7. EL CLUB DE
SUPERVIVIENTES DE LOS ÁNGELES
La biografía y las
citas de Fred Diament proceden de dos entrevistas grabadas distintas, una
realizada en 1983 por encargo del Archivo de Documentación sobre el Holocausto
de la Universidad de California en
Página 247
Los Ángeles y otra llevada a cabo por el Centro Simon Wiesenthal de la
misma ciudad. Ambas pueden consultarse en el archivo en línea del Museo
Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos: <https://
collections.ushmm.org/search/catalog/irn503585>
y <https://collections.ushmm.org/search/catalog/irn513291>.
Su vida está muy
bien resumida en la necrología de Elaine Woo publicada en Los Angeles
Times, «Fred Diament, 81; Survivor of Holocaust Taught Many About It» (28
de noviembre de 2004), donde también se menciona que conoció a Sig Halbreich en
Sachsenhausen: <https://
www.latimes.com/archives/la-xpm-2004-nov-28-me-diament28-story.html>.
Puede obtener más
información sobre Sig Halbreich en una entrevista grabada realizada en 1992 por
encargo del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, así como en
su necrología de Los Angeles Times, «Siegfried Halbreich dies at
98; Holocaust survivor lectured on his experience» (Elaine Woo, 21
de septiembre de 2008). Para la entrevista grabada de Halbreich, véase
<https://collections.ushmm.org/search/catalog/irn505567>; para su
necrología, véase <https://www.latimes.com/local/obituaries/la-me-halbreich21-2008sep21-story.html?utm_source=pocket_reader>.
Las citas y la
información sobre Masha Loen proceden de su entrevista grabada para el Museo
Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, así como de su necrología,
escrita por Rachel Lithgow para el Jewish Journal, «Masha Loen, the
last living founder of the Los Angeles Museum of the Holocaust,
dies» (8 de septiembre de 2016). Para la entrevista grabada, véase
<https://collections.ushmm.org/ search/catalog/irn504632>; para leer la
necrología de Loen, visite <https://jewishjournal.com/los_angeles/189643/>.
La historia de lo
que he llamado «el club de supervivientes de Los Ángeles» se basa en gran parte
en mi conversación con Rachel Lithgow, directora ejecutiva de la American
Jewish Historical Society y exdirectora del Museo del Holocausto de Los
Ángeles.
La traducción de la
«Canción de los partisanos» de Hirsh Glick («Zog nit keyn mol») está tomada de
Wikipedia: <https://en.wikipedia.org/wiki/ Zog_nit_keyn_mol>. [La
traducción al español procede de Wikipedia
en español:
<https://es.wikipedia.org/wiki/Zog_Nit_Keynmol
#:~:text=Zog%20Nit%20Keyn%20Mol%20(en,al%20nazismo%20y%20el%20holocausto>].
Página 248
Elaborar una lista de museos y monumentos conmemorativos del Holocausto
no es tarea fácil. Nos hemos basado en los siguientes criterios: en primer
lugar, tenía que ser un museo físico. En segundo lugar, debía estar centrado en
el Holocausto. No hemos incluido museos que también son museos judíos, aunque
dispongan de una sección dedicada a este asunto. No podía formar parte de una
universidad o escuela superior ni de una organización más grande no relacionada
con el Holocausto.
A lo largo de este
capítulo, se cita varias veces el libro de Peter Novick The Holocaust
in American Life (Houghton Mifflin, 1991). [Hay trad. cast.: Judíos,
¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana, Marcial Pons,
2007]. El comentario de Novick sobre el «extraño ritmo» de la
historia y la memoria del Holocausto se encuentra en la primera página. Su cita
sobre los testimonios personales de The New Leader, en los que
nadie mencionaba el Holocausto, aparece en las páginas 105 y 106. Novick nombra
al director del Comité Judío Estadounidense en las páginas 121-123. La
observación del periodista alemán se encuentra en la página 213.
Si consulta el
índice de la sexta edición de Contemporary Europe: A History de
H. Stuart Hughes, de 1965 (Prentice-Hall Inc. publicó por primera
vez el libro en 1961), podrá encontrar los pasajes bajo el epígrafe «Judíos»,
así como las menciones a Arnold Schoenberg. [Hay trad. cast.: Historia
de Europa contemporánea, Pacífico, 1996].
He consultado el
segundo volumen de la edición de 1962 de The Growth of the American
Republic de Samuel E. Morison y Henry S. Commager (Oxford
University Press). El pasaje citado que escribe mal el nombre de Ana Frank se
encuentra en la página 839. [Hay trad. cast.: Historia de los Estados
Unidos América, Fondo de Cultura Económica, 1951).
Gerd Korman exploró
los libros de texto de historia de la posguerra en busca de menciones al
Holocausto en su artículo de 1970 «Silence in America Textbooks». Puede
consultarse en línea a través de Digital Commons de la facultad de Relaciones
Industriales y Laborales de la
Universidad de Cornell:
<https://core.ac.uk/download/pdf/5122084.pdf>.
Las citas y la
biografía de Renée Firestone se basan en fragmentos de su entrevista grabada,
que está disponible en el sitio web de la Fundación
Página 249
Shoah de la Universidad del Sur de California:
<https://sfi.usc.edu/playlist/renee-firestones-playlist>.
Las citas de Lidia
Budgor proceden de la entrevista que grabó con la Fundación Shoah de la
Universidad del Sur de California; lamentablemente, no está a disposición del
público.
El gráfico que
muestra el aumento del uso de «Holocausto» en mayúscula frente a la forma en
minúscula figura en un artículo de Steve Freiss publicado en The New
Republic, «When “Holocaust” Became “The Holocaust”: An etymological
mystery» (17 de mayo de 2015):
<https://newrepublic.com/article/121807/when-holocaust-became-holocaust>.
El gráfico de Freiss procede de una búsqueda de ambas palabras en bases de
datos de prensa escrita de acceso público.
La anécdota sobre
cómo se animaron Paul Klein e Irwin Segelstein a
realizar Holocausto después
de pasar por delante de un escaparate con
libros sobre la
Segunda Guerra Mundial se narra en un artículo de Kay
Gardella para
el New York Daily News (30 de abril de 1978). Puede
consultarse en Newspapers.com: <https://www.newspapers.com/
image/483140056/?
match=1&terms=irwin%20segelstein%2 °C%20paul%20klein%20
holocaust>.
Me informé sobre
Segelstein en artículos como «TV: Silverman Starts by Hiring Irwin Segelstein»
del New York Times (10 de junio de 1978) y «An Executive Who
Survived» del Boston Globe (19 de junio de 1978):
<https://www.nytimes.com/1978/06/10/archives/tv-silverman-
starts-by-hiring-irwin-segelstein-mourning-becomes.html>
y <https://
www.newspapers.com/image/436701993/?match=1&terms=paul%20klein%2°C%20irwin%20segelstein%20holocaust>.
Leí sobre Klein en
artículos como la columna del crítico de televisión del Washington Post Tom
Shales, «Trial movie made quickly», que salió en el Nevada
State Journal el 6 de mayo de 1981:
<https://www.newspapers.com/image/1012369783/?
match=1&terms=irwin%20
segelstein%20paul%20klein%20 mercedes>. El mismo artículo del Boston
Globe ya citado, «An Executive Who Survived», refiere los comentarios
de Klein sobre la idiotez de los espectadores estadounidenses.
Puede obtener
información sobre el «programa menos objetable» en la necrología de Seth
Schiesel sobre Klein, «Paul L. Klein, 69, a Developer of Pay-Per-View TV
Channels» (The New York Times, 13
Página 250
de julio de 1998). El crítico de televisión Tom Shales también escribió
un artículo sobre Klein titulado «A Programmer’s Maxims» (The
Washington Post, 6 de diciembre de 1977):
<https://www.nytimes.com/1998/07/13/business/paul-l-klein-69-a-
developer-of-pay-per-view-tv-channels.html> y <https://
www.washingtonpost.com/archive/lifestyle/1977/12/07/a-
programmers-maxims/fecbd2f7-7ca6-4d57-870f-416a3b6e8b8a/>.
Wikipedia dedica una página entera a los comentarios de Klein sobre la jiggle
television: <https://en.wikipedia.org/wiki/Jiggle_television>.
La anécdota sobre
el sermón de Segelstein a Lorne Michaels después de que este amenazara con
marcharse se encuentra en la página 513 de The War for Late Night: When
Leno Went Early and Television Went Crazy de Bill Carter (Viking,
Penguin Random House, 2011).
Solo he citado una
parte de la bronca de Segelstein. El principio tiene el mismo jugo: «Déjame
explicarte lo que pasará cuando te marches — empezó diciendo Segelstein—.
Cuando te vayas, el programa empeorará. Pero no de golpe, sino poco a poco. Y
el público tardará un tiempo en darse cuenta. Quizá dos años, quizá tres. Y,
cuando se haya vuelto horrible y la gente ya no lo vea, lo cancelaremos. El
programa desaparecerá, pero nosotros seguiremos aquí, porque somos la cadena y
somos eternos».
Lamentablemente,
Irwin Segelstein murió hace tiempo. Me habría encantado entrevistarlo.
La historia de cómo
Klein pasaba a buscar a Segelstein para ir al trabajo figura en la página 196
de la biografía de Fred Silverman escrita por Sally Bedell, Up the
Tube: Prime-Time TV and the Silverman Years (Viking, Penguin Random
House, 1981).
Los comentarios de
Meryl Streep sobre el rodaje de Holocausto aparecen en la
página 182 de su biografía escrita por Michael Schulman, Her Again (HarperCollins,
2017) [Hay trad. al cast.: Siempre ella, Península,
2023].
La información
sobre el dinero y el tiempo que costó realizar Holocausto procede
del reportaje de Frank Rich para la revista Time «Television:
Reliving the Nazi Nightmare» (17 de abril de 1978): <https://
content.time.com/time/subscriber/article/0,33009,916079-3,00.html>.
Las citas de Marvin
Chomsky, el director de Holocausto, proceden de la entrevista que
grabó con el Sindicato de Directores de Estados Unidos:
Página 251
<https://www.dga.org/Craft/HistoriaVisual/Entrevistas/Marvin-Chomsky.aspx?Filter=Full%20Interview>.
La escena de Holocausto descrita
es la última escena del segundo episodio de la serie. Está disponible en
YouTube, a partir del minuto 1:22,
aproximadamente:
<https://www.youtube.com/watch? v=7sBBtTXa4U8&t=1s>. [El texto en
español procede de la versión doblada disponible en YouTube y la escena empieza
aproximadamente en el minuto 0:33: <https://www.youtube.com/watch? v=p6wUY62_Faw>].
Elie Wiesel hizo
esos comentarios sobre Holocausto en un artículo para el New
York Times titulado «The Trivializing of the Holocaust» (16 de abril
de 1978):
<https://www.nytimes.com/1978/04/16/archives/tv-view-trivializing-the-holocaust-semifact-and-semifiction-tv-view.html>.
Los datos sobre las
cuotas de pantalla del último episodio de The Big Bang Theory y
las otras series proceden de la introducción de The Rise and Fall of
Mass Communication de William L. Benoit y Andrew C. Billings,
páginas 1 y 2. Puede consultarse en línea: <https://
api.pageplace.de/preview/DT0400.9781433164231_A45242566/preview-9781433164231_A45242566.pdf>.
La investigación
de Larry Gross sobre cómo ver la televisión homogeneiza la opinión política,
incluida la tabla titulada «Television viewing and attitudes about blacks, by
self-designation», se describe en su publicación «Charting the Mainstream:
Television’s Contributions to Political Orientations», coescrita con George
Gerbner, Michael Morgan y Nancy Signorielli en Journal of Mass
Communication, 32, n.º 2 (junio de 1982), pp. 100-127: <https://web.asc.upenn.edu/gerbner/Asset.aspx?assetID=376>.
El sitio web del
Museo de Bisingen ofrece información sobre el campo de concentración y cuenta
la historia del dilema sobre el cartel del cementerio:
<https://museum-bisingen.de/en/history/commemoratory-history/>.
La historiadora
judía mencionada en relación con la enmienda Jackson-Vanik es Hadas Binyamini y
la cita figura en su artículo para Jewish Currents «Henry
“Scoop” Jackson and the Jewish Cold Warriors» (24 de mayo de 2022):
<https://jewishcurrents.org/henry-scoop-jackson-and-the-jewish-cold-warriors>.
Página 252
Las citas y la información sobre Zev Weiss proceden de su vídeo de
homenaje «In Memoriam» y de su necrología en el sitio web de la Fundación
Educativa del Holocausto de la Universidad del Noroeste:
<https://hef.northwestern.edu/about/news/in-memoriam-theodore-z.-
weiss1.html> y
<https://www.youtube.com/watch? v=jDbRTL9QRzA>.
Las cuotas de
pantalla de Holocausto proceden de «NBC-TV Says “Holocaust”
Drew 120 Million» (The New York Times, 21 de abril de 1978):
<https://www.nytimes.com/1978/04/21/archives/nbctv-says-holocaust-drew-120-million.html>.
La información
sobre el recibimiento y el impacto de Holocausto en Alemania
Occidental figura en «“Holocaust” on West German Television: The (In)Ability to
Mourn?» de Werner Sollors, publicado en The Massachusetts Review,
20, n.º 2 (verano, 1979), pp. 377-386.
<https://www.jstor.org/stable/25088965>.
Herbert Schlosser,
de la NBC, sugirió otro título para Holocausto en la
entrevista que grabó con la Fundación de la Academia de Televisión (parte 7):
<https://interviews.televisionacademy.com/interviews/
herbert-s-schlosserclip=96441#entrevista-clips>.
8. REGRESO A MAPLE
DRIVE
Puede leer el
artículo de Timur Kuran «The Inevitability of Future Revolutionary Surprises»,
publicado originalmente en el American Journal of Sociology, 100,
n.º 6 (mayo de 1995, pp. 1528-1551), en su totalidad en JSTOR:
<https://www.jstor.org/stable/2782680>.
El ensayo de 1978
de Václav Havel «El poder de los sin poder» puede leerse íntegramente en línea
gracias al Centro Internacional sobre Conflictos No Violentos. Fue traducido al
inglés por John Keane y publicado como libro con el título The Power of
the Powerless: Citizens Against the State in Central Eastern Europe (Routledge, 1985):
<https://www.nonviolent-conflict.org/wp-content/uploads/1979/
01/the-power-of-the-powerless.pdf>. [Hay trad. cast.: El poder de
los impotentes y otros escritos, Encuentro, 2018].
En su ensayo de
1987 «Meeting Gorbachev», Havel reprendió a sus compatriotas por aclamar al
presidente soviético Mijaíl Gorbachov. Véase la página 266 de Without
Force or Lies: Voices from the
Página 253
Revolution of Central Europe in 1989-90 de William M.
Brinton y Alan Rinzler (Mercury House, 1990).
La edición original
de 1969 de Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were
Afraid to Ask) de David Reuben fue publicada por McKay
Company Inc. Las citas son del capítulo 8: «Male Homosexuality» (pp. 129-151).
Hay una versión disponible en Internet
Archive:
<https://archive.org/details/in.ernet.dli.2015.38746/page/
n141/mode/1up>.
Los elogios a
Reuben se recogieron en dos artículos, uno para el Chicago Tribune («Everything
You Always Wanted to Know About Dr. David Reuben*», 23 de febrero
de 1999) y otro para Los Angeles Times («Singular Sensations:
Richard Bach, Marabel Morgan and David R. Reuben each wrote one bestseller.
Then, despite subsequent efforts, each slipped from the limelight», S. J.
Diamond, 1 de febrero de 1993): <https://www.chicagotribune.com/1999/02/23/everything-you-always-
wanted-to-know-about-dr-david-reuben/>
y
<https://www.latimes.com/archives/la-xpm-1993-02-01-vw-992-story.html?utm_source=pocket_shared>.
El discurso de
febrero de 2004 en el que el presidente George Bush anunció su apoyo a una
enmienda constitucional que prohibiría el matrimonio entre personas del mismo
sexo puede leerse en CNN:
<https://www.cnn.com/2004/ALLPOLITICS/02/24/elec04.prez.bush.transcript/>.
La página de
Wikipedia ofrece una buena visión de conjunto de la enmienda, que nunca llegó a
aprobarse: <https://en.wikipedia.org/wiki/ Federal_Marriage_Amendment>.
La cita «Todo esto
ha sido demasiado, demasiado rápido, demasiado pronto» de Dianne Feinstein
puede encontrarse en el artículo de Dean E. Murphy para el New York
Times «Some Democrats Blame One of Their Own» (5 de noviembre de
2004): <https://www.nytimes.com/
2004/11/05/politics/campaign/some-democrats-blame-one-of-their-own.html>.
El análisis de
Bonnie Dow sobre la representación de la mujer y el feminismo en series de
televisión como La chica de la tele, Phyllis, Maude, Rhoda, etc.,
procede de su libro Prime-Time Feminism: Television, Media Culture, and
the Women’s Movement Since 1970 (University of Pennsylvania Press,
1996). Sus reglas para los personajes de televisión gais pueden encontrarse en
su artículo de
Página 254
2010, «Ellen, Television, and the Politics of Gay and Lesbian
Visibility» (Critical Studies in Media Communication, 18, n.º 2, pp.
123-140):
<http://ereserve.library.utah.edu/Anual/COMM/7460/
Shugart/ellen.pdf>.
El recuento de
muertes de personajes gais realizado por Vito Russo figura en su libro
profusamente ilustrado The Celluloid Closet (Harper & Row,
1981); lo encontrará en el apartado «Necrology», en las páginas
347-349. Hay una
versión gratuita en línea:
<https://backend.ecstaticstatic.com/wp-content/uploads/2021/05/The-Celluloid-Closet.pdf>.
Jimmy Burrows habló
de su plan de tener a Estados Unidos en la incertidumbre sobre si Will y Grace
acabarían juntándose en una entrevista con la Fundación de la Academia de
Televisión. La cita
empieza aproximadamente en el minuto 27.30:
<https://interviews.televisionacademy.com/interviews/james-burrowsclip=82224#entrevista-clips>.
Rick Santorum
atribuyó a Will & Grace el mérito de provocar el cambio de
opinión sobre el matrimonio gay en un discurso en la Convención de Líderes
Republicanos del Medio Oeste en 2013: <https://
www.youtube.com/watch?v=yGT4ZMv_OMc>.
El libro de Sasha
Issenberg sobre el movimiento a favor del matrimonio entre personas del mismo
sexo es The Engagement: America’s Quarter-Century Struggle Over
Same-Sex Marriage (Pantheon, 2021).
CUARTA PARTE:
CONCLUSIÓN
9. SUPRARRELATOS,
SUPERPROPAGADORES Y PROPORCIONES GRUPALES
La historia de la
adormidera de Martin Booth se titula Opium: A History (St.
Martin’s Griffin, 1999). Su cita sobre la composición de la flor se encuentra
en la página 3. Su libro es también la mejor fuente para conocer la historia de
los distintos compuestos extraídos de esta planta a lo largo de los años.
El Museo de la
Administración para el Control de Drogas tiene un buen resumen de la historia y
la química de la adormidera:
Página 255
<https://museum.dea.gov/exhibits/online-exhibits/cannabis-coca-and-poppy-natures-addictive-plants/opium-poppy>.
Puede leer el
artículo de Jessica Y. Ho «The Contemporary American Drug Overdose Epidemic in
International Perspective» en Population and Development Review,
45, n.º 1 (marzo de 2019), pp. 1-268. Los gráficos de muertes por
sobredosis de drogas por países están en la página 13.
Para leer la
investigación de Lyna Z. Schieber sobre las prácticas de prescripción de
opioides en los diversos estados de Estados Unidos, véase «Trends and Patterns
of Geographic Variation in Opioid Prescribing Practices by State, United
States, 2006-2017» en JAMA Network 2, n.º 3 (marzo de 2019),
e190665. Las cifras de las dosis prescritas per cápita por estado
aparecen en la «eTable 1» en el
documento
«Supplemental Content». Véase
<https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30874783/>.
Que yo sepa, nadie
ha escrito una biografía completa de Paul E. Madden. Lo que explico sobre él se
basa en artículos de periódico y en mis conversaciones con el historiador David
Courtwright. Las citas de Madden sobre los peligros de la marihuana y otros
narcóticos proceden de un panfleto que publicó en 1940 titulado «Marihuana: Our
Newest Narcotic Menace»; puede consultarse en el sitio web «Reefer Madness
Museum», que documenta la propaganda contra la marihuana. El sitio dedica una
página entera a Madden, lo que incluye un audio de su aparición en el programa
de radio «Calling All Cars» en 1939. Véase
<http://www.reefermadnessmuseum.org/otr/Madden.htm>.
Puede ver a Madden
enseñando bolsas de cocaína incautada (y leer sobre su arresto de
narcotraficantes japoneses) en el artículo de The Press Democrat de
Santa Rosa «U.S. Agents Seize $300,000 in Smuggling Narcotics as
Jap Vessel Raided at S.F.» (21 de julio de 1940). Véase
<https://www.newspapers.com/image/276629364/?
match=1&terms=paul%20e.%20madden%2 °C%20cocaine%2
°C%20associated%20press>.
La historia de cómo
Madden cuidó de la plantación de adormidera se narra en The Fresno Bee («Narcotic
Men Nip Start of Opium Growing in State», 27 de agosto de 1941):
<https://www.newspapers.com/image/ 701482802/?
match=1&terms=paul%20e.%20madden%2
°C%20japan>.
Página 256
Sobre la venta ilegal de jarabe para la tos con morfina para caballos,
véase el artículo de Los Angeles Times, «Narcotics Head Steps In»
(17 de
junio de 1941):
<https://www.newspapers.com/image/380700019/?
match=1&terms=paul%20madden%20horse%20pharmacies>.
La ley de la
prescripción por triplicado, es decir, el proyecto de ley n.º 2606 de la
Asamblea de California, que modificó el Código de Salud y Seguridad del estado
para incluir el texto clave de la sección 11166.06, se encuentra en el acta
oficial de la sesión legislativa de 1939, Assembly Bills, Original and
Amended, Volume 15.
Abundan los
artículos de prensa de archivo sobre el juicio de Nathan
Housman (así como
sobre el caso del asesinato de Jessie Scott Hughes
por Frank Egan, en
el que Housman estuvo implicado). Las citas
proceden de dos de
ellos, ambos publicados en el San Francisco
Examiner, «Medical
Examiners Also Take Hand in Probe of Doctor»
(1 de septiembre de
1939) y «Defense Censured at Housman’s Trial»
(16 de enero de
1940). Véanse <https://www.newspapers.com/image/
959916290/?match=1&terms=nathan%20housman%2
°C%20paul%20madden> y <https://www.newspapers.com/image/
457420381/?match=1&terms=I%20asked%20Doctor%20
Housman%20several%20times%20for%20the%20
records%2
°C%20and%20each%20time%20Doctor%20Housman%20 said%20he%20had%20none>.
La carta de Madden
sobre la prescripción por triplicado se publicó en el número de abril de 1939
de la revista de la Sociedad Médica de California (vol. 50, n.º 4, p. 313).
Puede consultarse en línea en la National Library of Medicine. La página se
titula: «Subject: Proposed
legislation on
narcotic enforcement». Véase
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/issues/137313/>.
Para mi exposición
sobre los primeros estados que siguieron el ejemplo de California, me he basado
en un informe de marzo de 2018 titulado «History of Prescription Drug
Monitoring Programs» del Centro de Programas de Control de Medicamentos con
Receta de la Universidad
de Brandeis. Véase
<https://www.ojp.gov/ncjrs/virtual-library/abstracts/history-prescription-drug-monitoring-programs>.
Mi historia de
Russell Portenoy se basa en su fascinante entrevista grabada, que puede
descargarse del sitio web «History of Pain Transcripts» de la Asociación
Internacional para el Estudio del Dolor. Las citas se encuentran en las páginas
7, 19 y 29. Véase
Página 257
<https://www.iasp-pain.org/50th-anniversary/history-of-pain-transcripts/>.
La cita de Portenoy
que describe el tratamiento del dolor como «un poco de ciencia, mucho de
intuición y mucho de arte» está en la página 22 de Pain Killer: An
Empire of Deceit and the Origin of America’s Opioid Epidemic (Random
House, 2018) de Barry Meier. Su cita del «regalo de la naturaleza»
aparece en el artículo de Patrick Radden Keefe para el New Yorker,
«The Family That Built an Empire of Pain» (23 de octubre de 2017). Portenoy
opinó sobre los supuestos «pocos efectos secundarios» de los opioides en un
artículo de Elisabeth Rosenthal para el New York Times titulado
«Patients in Pain Find Relief, Not Addiction, in Narcotics» (28 de marzo de
1993). Véanse
<https://www.newyorker.com/magazine/2017/10/30//2017/10/30/the-family-that-built-an-empire-of-pain>
y <https://www.nytimes.com/ 1993/03/28/us/patients-in-pain-find-relief-not-addiction-in-narcotics.html>.
El NIDA publicó
una monografía acerca de la cumbre sobre los programas de prescripción por
triplicado celebrada en Maryland en 1991 que lleva por título «Impact of
Prescription Drug Diversion Control Systems on Medical Practice and Patient
Care». Incluye intervenciones tanto de Portenoy como de Gerald Deas:
<https://archives.nida.nih.gov/sites/ default/files/monograph131.pdf>.
Sobre «el número de
estados que aplicaban la prescripción por triplicado se había reducido a
cinco», véase «Origins of the Opioid Crisis and Its Enduring Impacts» de Abby
Alpert, William N. Evans, Ethan M. J. Lieber y David Powell en The
Quarterly Journal of Economics, 137, n.º 2 (mayo de 2022), pp. 1139-1179,
disponible en línea en
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC9272388/#FN14>.
Gran parte de mi
historia de Purdue Pharma se basa en Pain Killer de Barry
Meier, incluida la parte sobre la reformulación y Groups Plus. La cita del
«pasaje a la Luna» se encuentra en la página 41.
La explicación del
«interruptor limitador» se encuentra en «The Hazards of Unwinding the Opioid
Epidemic: Implications for Child Abuse and Neglect» de Mary F. Evans, Matthew
C. Harris y Lawrence M. Kessler, publicado en American Economic Policy
Journal: Economic Policy, 14, n.º 4 (noviembre de 2022), pp. 192-231.
<https://
www.aeaweb.org/articles?id=10.1257/ pol.20200301#:~:text=Our%20results%20
Página 258
suggest%20counties%20con,a%20debe%2Dacceder%20a%20la%20aplicación%20del%20PDMP>.
El estudio con
grupos focales de 1995 que Purdue Pharma encargó a Groups Plus se hizo público
en una demanda civil de 2001, McCaulley contra Purdue Pharma. Puede consultarse
en Scribd:
<https://www.scribd.com/document/440306799/Purdue-focus-group-documents?secret_password=0jVgiWk1VXSR2dnIVqb4#>.
La distribución
geográfica de los principales prescriptores de opioides procede de «Opioid
Prescriptions by Orthopaedic Surgeons in a Medicare Population: Recent Trends,
Potential Complications, and Characteristics of High Prescribers» en el Journal
of the American Academy of Orthopaedic Surgeons (Venkat
Boddapati et al., agosto de
2020):
<https://www.researchgate.net/publication/343651712_Opioid
_Prescriptions_by_Orthopaedic_Surgeons_in_a_Medicare_Population_Recent_Trends_Potential_Complications_and_Characteristics_of_High_Prescribers>.
El desglose de
Yongbo Sim de los índices de delincuencia en los estados con y sin prescripción
por triplicado aparece en «The effect of opioids on crime: Evidence from the
introduction of OxyContin», International Review of Law and Economics,
7 (junio de 2023): <https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0144818823000145>.
Engy Ziedan y
Robert Kaestner abordaron el impacto de los opioides en la salud infantil en su
documento de trabajo para la Oficina Nacional de Investigación Económica de
Estados Unidos, «Effect of Prescription Opioids and Prescription Opioid Control
Policies on Infant Health»: <https://www.nber.org/papers/w26749>.
Sobre el abandono
infantil, véase «Longitudinal Changes in the County-Level Relationship Between
Opioid Prescriptions and Child Maltreatment Reports, United States, 2009-2018»
de Hyunil Kim, Eun-Jee Song y Liliane Windsor en el American Journal of
Orthopsychiatry, 93, n.º 5 (mayo de 2023), pp. 375-388. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC10527856/>.
El artículo que
Martin Elling publicó en 2002 en el McKinsey Quarterly se
titulaba «Making more of pharma’s sales force: pharmaceutical companies have
lost their focus on doctors. The key to higher sales is regaining it». Puede
leer una vista previa en la base de datos de publicaciones Gale Academic
OneFile: <https://go.gale.com/ps/i.do?
Página 259
id=GALE%7 °CA90192565&sid=goo gleScholar&v=2.1&it=r&
linkaccess=abs&issn=00475394&p=AONE&sw=w&userGroupName=anon%7E988676df&aty=open-
web-entry>.
Los ingresos por
ventas de Purdue Pharma entre 2008 y 2014 se refirieron en una audiencia ante
el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes el 17 de
diciembre de 2020:
<https://www.govinfo.gov/content/pkg/CHRG-116hhrg43010/html/CHRG-116hhrg43010.htm>.
Para obtener
información sobre la cronología de la labor de McKinsey para Purdue Pharma,
incluido el importe total que la consultora cobró por su asesoramiento, véase
la audiencia del 27 de abril de 2022 ante el Comité de Supervisión y Reforma de
la Cámara de Representantes, titulada «McKinsey & Company’s Conduct and
Conflicts at the Heart of the Opioid Epidemic»:
<https://www.congress.gov/117/meeting/
house/114669/documents/HHRG-117-GO00-Transcript-20220427.pdf>.
Los correos
electrónicos de Jeanette Park, la empleada de McKinsey que acompañó a un
vendedor de OxyContin en una visita a médicos y farmacias de Worcester, en
Massachusetts, pueden consultarse en el Archivo de Documentos de la Industria
de los Opioides mantenido por la Universidad de California en San Francisco y
la Universidad Johns
Hopkins:
<https://www.industrydocuments.ucsf.edu/opioids/docs/ #id=htvn0255>.
El correo
electrónico de Richard Sackler en el que dice que los descubrimientos de
McKinsey son «asombrosos» aparece en la página 12 de la transcripción de una
demanda interpuesta contra McKinsey por la ciudad de Nueva York y veintiún
condados neoyorquinos:
<https://www.nyc.gov/assets/law/downloads/pdf/McKinsey%20°Complaint.pdf>.
La tabla de la
media de recetas de OxyContin por médico dividida en deciles procede del plan
de marketing anual de Purdue para 2013, que se incluyó en el acuerdo de
conciliación de la farmacéutica anunciado el 21 de octubre de 2020. Puede
descargarse de la página del comunicado de prensa del Departamento de Justicia;
la tabla está en la página 9 del apéndice A (Addendum A) del documento adjunto
titulado «Purdue Settlement Agreement»: <https://www.justice.gov/
opa/pr/justice-department-announces-global-resolution-criminal-and-civil-investigations-opioid>.
Página 260
La cita sobre «las visitas para presentar el OxyContin […] a
prescriptores de deciles bajos (0-4)» está en la página 45 de una presentación
de septiembre de 2013 que McKinsey hizo para Purdue. Puede consultarse en el
Archivo de Documentos de la Industria de los
Opioides:
<https://www.industrydocuments.ucsf.edu/opioids/docs/#id=tfhf0257>.
La cita sobre el
sistema de puntos que Purdue utilizaba para conceder bonificaciones a los
comerciales que realizaban más visitas de ventas a prescriptores nucleares y
supernucleares puede encontrarse en la denuncia de 2018 de la Mancomunidad de
Virginia contra Purdue
Pharma:
<https://www.oag.state.va.us/consumer-protection/files/
Lawsuits/Purdue-Complaint-Unredacted-2018-08-13.pdf>.
El gráfico de
barras de las visitas de ventas de Purdue por año aparece en la página 17 de la
demanda de 2018 de Tennessee contra Purdue. El análisis del prescriptor
supernuclear Michael Rhodes procede de la misma demanda, a partir de la página
139: <https://www.tn.gov/
content/dam/tn/attorneygeneral/documents/foi/purdue/purduecomplaint-5-15-2018.pdf>.
La explicación
sobre el médico de Connecticut que recetó más OxyContin que ningún otro
facultativo estadounidense se encuentra en la página 36 del apéndice A del
acuerdo de conciliación de Purdue con el Departamento de Justicia citado más
arriba. La parte sobre la «traficante» está en la página 28:
<https://www.justice.gov/opa/pr/
justice-department-announces-global-resolution-criminal-and-civil-investigations-opioid>.
Para el cálculo de
Mathew Kiang de que el 1 por ciento de los médicos emitieron el 49 por ciento
de las recetas, véase «Opioid prescribing patterns among medical providers in
the United States, 2003-17: retrospective, observational study» en BMJ 2020,
368 (29 de enero de 2020): <https://www.bmj.com/content/368/bmj.l6968>.
Esta información
también se trata en un artículo para el New York Times de Walt
Bogdanovich y Michael Forsythe titulado «McKinsey Proposed Paying Pharmacy
Companies Rebates for OxyContin Overdoses» (27 de noviembre de 2020).
La tabla de las
tasas de mortalidad por opioides en Estados Unidos entre 1999 y 2020 se ha
adaptado a partir de los datos facilitados por el Centro Nacional de
Estadística en Salud de Estados Unidos (NCHS, por sus siglas en inglés). Puede
consultarse en NCHS Data Brief No.
Página 261
428, «Drug Overdose Deaths in the United States, 1999-2020», de Holly
Hedegaard, Arialdi M. Miniño, Merianne Rose Spencer y Margaret Warner
(diciembre de 2021). Corresponde a la figura 4. La tabla de datos aparece en la
sección «NOTES», justo debajo del gráfico:
<https://www.cdc.gov/nchs/data/databriefs/db428.pdf>.
Para conocer la
investigación de David Powell sobre el impacto de la reformulación del
OxyContin, así como la tasa de sobredosis contrafáctica si el medicamento no se
hubiera reformulado, véase la figura 6 de su artículo con Rosalie Pacula «The
Evolving Consequences of OxyContin Reformulation on Drug Overdoses» en el American
Journal of Health Economics, 7, n.º 1 (invierno de 2021),
pp. 41-67.
<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/ PMC8460090/>.
En la página web
del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos titulada
«Drug Overdose Death Rates» aparece un gráfico de las muertes relacionadas con
opioides en Estados Unidos (por años entre 1999 y 2022):
<https://nida.nih.gov/research-topics/trends-statistics/overdose-death-rates>.
Página 262
MALCOLM GLADWELL es
redactor de plantilla de The New Yorker desde 1996, y todos
los ensayos recogidos en Lo que vio el perro aparecieron
primero en las páginas de esa revista. Es autor de tres libros: La
clave del éxito, Inteligencia intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos
segundos? y Fuera de serie. Por qué unas personas tienen éxito
y otras no, cada uno de los cuales encabezó la lista de best
sellers del New York Times. Antes de formar parte de The
New Yorker, trabajó como reportero en The Washington Post,
donde cubrió temas de negocios y ciencia y fue jefe de la oficina
de Nueva York. Gladwell nació en Inglaterra, creció en la campiña de Ontario y
vive ahora en Nueva York.
Página 263
NOTAS
Página 264
[1] Medicare
es un seguro médico del Gobierno de Estados Unidos para personas de sesenta y
cinco años o más, así como para personas menores de sesenta y cinco años con
una discapacidad, una enfermedad renal en etapa final y la enfermedad de Lou
Gehrig. La Parte B cubre servicios médicos ambulatorios, como visitas al
médico, servicios de prevención, pruebas de laboratorio y algunos equipos
médicos. Los beneficiarios suelen pagar una prima mensual por esta parte. (N.
de la T.) <<
Página 265
[2] El término
técnico es «mezcla de pagadores». Una ciudad en la que el ciento por ciento de
sus ciudadanos están cubiertos por un seguro de pago por servicio, en el que el
médico cobra por todo lo que hace, va a tener un modelo de asistencia muy distinto
al de una ciudad en la que el ciento por ciento de sus ciudadanos están
inscritos en un sistema de «atención administrada», en el que los pagos a
hospitales y médicos son fijos. No obstante, Los Ángeles no tiene una mezcla de
pagadores radicalmente distinta a la de cualquier otra gran ciudad. <<
Página 266
[3] Estas
estadísticas corresponden al curso escolar 2012-2013. En 2015, California
aprobó una ley que prohíbe las exenciones «no médicas» para la vacunación
infantil. En otras palabras, si queremos hacernos una idea de las preferencias
de los padres que llevan a sus hijos a una escuela Waldorf —sin la intervención
del Gobierno—, tenemos que consultar datos anteriores a 2015. <<
Página 267
[4] Hay otras
escuelas con tasas de no vacunados tan altas como las que tienen las escuelas
Waldorf. Pero no abundan. <<
Página 268
[5] Si tiene
curiosidad, estas son algunas cifras más sobre escuelas Waldorf de California:
Waldorf School of
Orange County: 44 por ciento.
Sacramento Waldorf:
46 por ciento.
Waldorf School of
San Diego: 20 por ciento.
San Francisco
Waldorf School: 53 por ciento.
Santa Cruz Waldorf:
60 por ciento.
Sierra Waldorf: 58
por ciento.
Página 269
[6] Para
que quede claro, los Esformes no eran totalmente intachables. Tuvieron algunos
encontronazos, de relativa poca importancia, con las normativas de Illinois.
Pero nada de la magnitud de lo que sucedió en Miami. <<
Página 270
[7] También
habría que señalar que eso no significa necesariamente que sea mejor tener un
infarto en Boulder que en Búfalo. Por el contrario, el cateterismo cardiaco es
muy costoso. Conlleva sus propios riesgos. Hay pocas pruebas de que haya más
probabilidades de morir de un infarto en Búfalo que en Boulder. En todo caso,
podría argumentarse que el sistema médico estadounidense, con fama de ser caro
y despilfarrador, mejoraría mucho si todos los que tuvieran un ataque al
corazón fueran derivados al oeste del estado de Nueva York para recibir
tratamiento, y el dinero ahorrado se gastara en animar a las personas con
hipertensión a comer mejor y hacer más ejercicio. <<
Página 271
[8] Una vez
encontraron una empresa que montaba una farmacia por cinco mil dólares. «Podían
conseguirte cuatro pastillas de jabón. Ya sabes, pares de gafas […] la cantidad
mínima de cosas que necesitas en tus estantes para demostrar que eres una farmacia
en activo». <<
Página 272
[9] En un
último giro típico de Miami, después de que Trump indultara a Esformes, la
fiscalía dio el excepcional paso de intentar volver a juzgarlo por una
variación de los cargos que le había imputado la primera vez. En esa ocasión,
Esformes se declaró culpable para evitar un segundo juicio. En virtud del
acuerdo, se libró de ir a la cárcel a cambio de una multa
multimillonaria. <<
Página 273
[10] Hay
muchos ejemplos de esa clase de presiones en Life Under Pressure.
Una madre dice: «[Son] adultos en pequeñito. Tienen que estar matriculados
en todas las clases de nivel avanzado, y más vale que hagan deporte […], y
deben tenerlo todo planeado para poder entrar en la universidad que quieren, y
más vale que entren en la universidad que quieren para conseguir el trabajo que
quieren, y a menudo les oigo decir a mis amigos: “Mis hijos hacen este deporte,
no tenemos ni un minuto libre, no cenamos hasta las nueve o las diez, y siempre
estamos comiendo fuera”. O: “Mis hijos se quedan despiertos hasta la una o las
dos haciendo deberes”». <<
Página 274
[11] Yo fui a
un instituto público de pueblo en el sudoeste de Ontario (Canadá). Solo el 20
por ciento de los alumnos pasaban a estudiar una carrera universitaria de
cuatro años. La mayoría de los que seguían estudiando después del instituto lo
hacían durante otros dos años en el centro de estudios superiores local. Había
jugadores de hockey que soñaban con hacerse profesionales, cuyo mundo entero
giraba en torno a las ligas juveniles de la zona. Había un equipo de baloncesto
que, si no recuerdo mal, perdía muchos partidos y, además, un grupo de gente
que se juntaba a fumar en un pequeño patio, incluso en pleno invierno, y que no
parecía tener interés en hacer prácticamente nada. El club más destacado en el
anuario del año que terminé el instituto eran los «Remolones apáticos», un
grupo formado por cinco de los chicos más populares que se fotografiaban
tumbados en diversos estados de hastío extremo: «Los Remolones apáticos
tuvieron un año lleno de éxitos. Las actividades no incluyeron ninguna […]».
(No sé por qué, pero sospecho que en Poplar Grove no había un grupo de alumnos
equivalente). Desde finales de los años setenta, los equipos deportivos de
Poplar Grove han ganado un total de ciento veintiún campeonatos en el ámbito
del estado. La cifra equivalente en mi instituto, mientras estudié allí, fue de
tres. A mí, Poplar Grove me parece terrorífico. <<
Página 275
[12] Resulta
que los pumas criados por particulares distaban mucho de ser «puros».
Roelke-Parker analizó el ADN de algunos de los ejemplares en cautividad. Eran
mestizos: una mezcla de pumas de todas partes. <<
Página 276
[13] Entretanto,
la principal ambientalista del estado, Marjory Stoneman Douglas, denunció que
el proyecto de rastreo de pumas del que Roelke-Parker formaba parte era «una
locura». ¿Por qué localizaban pumas con perros, los perseguían hasta que se
subían a un árbol, los dormían con tranquilizantes y les ponían collares de
rastreo? «Creo que cualquiera que conozca a los pumas sabe que un puma con
collar no es lo mismo que un puma sin él —arguyó—. Es un animal salvaje y es un
felino, de los sensibles; creemos que el collar es perjudicial para él y no veo
cómo no puede serlo». Y añadió: «Dejadlos en paz y no os acerquéis a los
Everglades. Todo irá bien». Por supuesto, nada iba bien: si se dejaba al puma
en paz y se lo mantenía puro, estaba condenado a la extinción. <<
Página 277
[14] Luego,
continuó: «En Chicago, “integrado” suele ser un término utilizado para
describir el periodo de tiempo que transcurre entre la aparición del primer
negro y la incorporación definitiva y completa de la comunidad al gueto
negro». <<
Página 278
[15]Se refiere a la
expresión tip point, que es una abreviatura de tipping
point, un término sociológico que define el momento en el que algo único se
convierte en algo común y que en español puede traducirse como punto clave o
punto de inflexión. Con su libro anterior, El punto clave, Malcolm
Gladwell la aplicó a la vida diaria y lo hizo tremendamente popular. (N.
de la T.) <<
Página 279
[16] Las frases entre
comillas son traducciones literales de las expresiones tipping a
building y tipping a neighborhood, donde tip hace
la función de verbo. En este caso, se refiere a llevar a un
edificio o a un barrio al punto clave en el que pasan a estar habitados por una
mayoría negra. (N. de la T.)
Página 280
[17] Si
nunca ha leído un trabajo de sociología, el artículo de Kanter es un buen punto
de partida. Es brillante. <<
Página 281
[18] El ECLS
fue un estudio de referencia iniciado a finales de los años noventa que siguió
a una muestra de niños de todo Estados Unidos desde los cinco años hasta quinto
de primaria, tomando nota de su entorno familiar, calificaciones, escuelas y cualquier
otro dato que pudiera ser útil para entender su desarrollo intelectual y
psicológico. <<
Página 282
[19] El
grupo de Yosso utilizó datos del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia
(ECLS). <<
Página 283
[20] «Muchos
de los residentes lo describen como un lugar seguro porque está claro que en
esa época la escuela no era un sitio agradable para los negros ni para los
asiáticos —explica Lucas—. Así que, en esa calle, ahí era donde la gente
empezaba a entenderse». Añadió: «Lo interesante de los padres es que parecía
que realmente se esforzaran por crear una sociedad posracial, donde sus hijos
crecieran sin ser tan conscientes de ello. Intentaban librarse de la idea de
que uno tiene que estar siempre pensando en su identidad». <<
Página 284
[21] A finales de los
años cincuenta, cuando la idea de lo que se conoce como «cupos benignos» se
extendió por todo Estados Unidos, todos los implicados se enfrentaron a alguna
versión de ese dilema. ¿Se puede realmente discriminar en aras de acabar con la
discriminación? El activista Saul Alinsky pronunció en una ocasión un emotivo
discurso en defensa de los cupos benignos, en el que reconocía: «Me parece un
tanto paradójico que yo, una persona de fe judía, me presente en público y
hable favorablemente de un sistema de cupos. En el pasado, los cupos se han
utilizado como un medio para privar a personas de mi fe de las oportunidades y
derechos que les correspondían legítimamente, pero el pasado es el pasado. Lo
que es un instrumento injusto en un caso puede servir a la justicia en otro».
Se refería en parte
al hecho de que, en los años veinte y treinta, varias universidades de élite
tenían cupos para el número de judíos que admitían. Los cupos eran incómodos.
Sin embargo, Alinsky, al igual que los residentes del Lawrence Tract, no conocía
otra manera de construir barrios integrados: «A quienes les escandaliza la idea
de abrir las comunidades blancas a los negros mediante cupos […] solo puedo
preguntarles: ¿qué solución proponen?». <<
Página 285
[22] La traducción de la
letra es: «Oh, Harvard está dirigida por millonarios / y Yale está dirigida por
el alcohol. / Cornell está dirigida por hijos de granjeros, / Columbia está
dirigida por judíos. / Así que un hurra por Baxter Street, / otro por Pell, / y
cuando los usureros mueran, / su alma irá al infierno». La Universidad de
Columbia está ubicada en Manhattan. Entre finales del siglo XIX y
principios del XX, emigraron muchos judíos al
Lower East Side de
Manhattan, el barrio al que, en ese momento, pertenecían las calles Baxter y
Pell. (N. de la T.) <<
Página 286
[23] Khoury
fue absuelto. Y, si tiene curiosidad por saber por qué, le invito a escuchar el
pódcast que dediqué al tema. <<
Página 287
[24] Cuando
pensamos en deportes universitarios de primera línea, nos centramos en deportes
de gran visibilidad como el baloncesto y el fútbol americano. Obviamente, esos
no son deportes de club de campo, con las barreras económicas para competir de
estos últimos. Sin embargo, el fútbol americano y el baloncesto solo
representan una mínima parte de los deportes que se juegan en universidades
como Harvard. <<
Página 288
[25] He aquí lo que los
abogados de la Universidad de Texas podrían decir en su defensa: «El Tribunal
Supremo nos prohibió en [el caso] Regentes de la Universidad de California
contra Bakke utilizar cupos raciales. Así que, si definimos una cifra,
estaremos violando claramente esa sentencia. Perderemos el juicio».
Eso es un
disparate. En primer lugar, el Tribunal les pedía esa cifra, y no lo haría si
creyera que sus anteriores sentencias le prohibían solicitarla. La universidad
también podría haberse limitado a citar el trabajo de Kanter, o cualquier otra
investigación sobre las proporciones grupales, y haber dicho que estaban
investigando cómo se aplicaba a ellos. Pero no lo hicieron. Hicieron el
tonto. <<
Página 289
[26] Una
posibilidad lógica es que la cepa que se propagó a partir del encuentro de
Biogen fuera anormalmente infecciosa. No fue así. Las cepas posteriores
—ómicron, por ejemplo— eran mucho más transmisibles. <<
Página 290
[27] La
única medida que Colorado ha adoptado en la línea de Stedman es eximir a los
coches más nuevos de pasar los controles periódicos de emisiones. <<
Página 291
[28] Una de las cosas
que el virus de la COVID-19 hizo en el transcurso de la
pandemia fue ir
mejorando en cómo usaba los aerosoles para propagarse. Esa es la conclusión de
un estudio sobre la variante alfa, que se convirtió en la cepa dominante a
finales de 2020: «La variante alfa se asoció con un aumento de cuarenta y tres
veces […] del RNA viral presente en los aerosoles finos», lo que significa que
había cuarenta y dos veces más virus alfa en las partículas transportadas por
el aire que en las cepas anteriores. El artículo continuaba: «Nuestra
observación de un aumento en la emisión de aerosoles […] indica que la presión
evolutiva está seleccionando un SARS-CoV-2 capaz de generar aerosoles de forma
más eficiente». <<
Página 292
[29] Por cierto, si se
está preguntando si la OMS llegó a reconocer oficialmente que
la COVID-19 se transmitía por el aire, la respuesta es sí.
Después de pasar
meses eludiendo la expresión «transmisión aérea», acabó modificando el texto de
su sitio web. La COVID-19 puede contraerse, escribió, «cuando las
partículas infecciosas que pasan por el aire se inhalan a corta distancia (lo
que a menudo se conoce como transmisión por aerosoles a corta distancia o
transmisión aérea a corta distancia)». El contagio también puede ocurrir en
ambientes cerrados muy concurridos mediante «transmisión aérea a larga
distancia —dice el sitio web de la OMS— porque los aerosoles pueden permanecer
suspendidos en el aire o desplazarse más allá de la distancia de conversación».
El cambio apareció en su sitio web casi dos años después de que los expertos en
aerosoles dijeran que no había muchas más explicaciones plausibles para lo que
observaban a su alrededor. <<
[30] He aquí otro
ejemplo. En los años cincuenta, un grupo de médicos del hospital de veteranos
de Baltimore manipuló el sistema de ventilación para bombear el aire del
pabellón de tuberculosos a una sala llena de cobayas. Se preguntaban si los
animales enfermarían por respirar el mismo aire que los pacientes. Eso fue
cuando apenas empezábamos a comprender que a veces los agentes infecciosos se
transmiten por el aire. La respuesta fue que sí. Se trató de un descubrimiento
histórico. Puede trazarse una línea recta desde ese experimento hasta el
trabajo actual de los expertos en aerosoles.
Luego vino la parte
desconcertante. Las distintas cepas de tuberculosis tienen firmas
características, por lo que los médicos compararon la tuberculosis de las
cobayas recién infectadas con la de los pacientes del pabellón. Era un paso
rutinario: tenían que asegurarse de que las cobayas se habían contagiado la
infección de los pacientes del pabellón. «No estaba previsto que el análisis
bacteriológico fuera a ser de especial interés», escribieron los médicos. Sin
embargo, para gran sorpresa suya, descubrieron que diecinueve de las veintidós
cobayas infectadas de tuberculosis, y cuyas cepas se habían analizado, la
habían contraído de tan solo dos de los pacientes. <<
[31] Ristenpart:
«Puedes verlo con mucha claridad, si quieres. Coge un poco de saliva entre los
dedos y sepáralos. Verás un hilo muy fino. Se llama “inestabilidad de cuentas
de rosario”. Y no pasa con agua corriente, pero sí con líquidos que son viscoelásticos.
Así que la hipótesis es que los superemisores quizá tienen propiedades
viscoelásticas anómalas en la saliva». <<
[32] Esta
es la conclusión de un estudio que analizó los niveles de hidratación de una
amplia muestra de estadounidenses: «Nuestros resultados […] indican que los
individuos con un mayor IMC pueden comportarse de maneras que los llevan a no
estar bien hidratados. Los individuos obesos tienen mayores necesidades de agua
que los no obesos, ya que las necesidades de agua dependen del metabolismo y de
la superficie y el peso corporales. Las tasas de renovación del agua aumentan
con el IMC debido a las mayores necesidades energéticas, el mayor consumo de
alimentos y la mayor producción metabólica». <<
[33] En su
libro Las reglas del contagio: cómo surgen, se propagan y desaparecen
las epidemias, el epidemiólogo Adam Kucharski escribe: «Considerar
que las personas de riesgo son especiales o diferentes puede favorecer una
actitud de “ellos y nosotros”». Centrarse en los superpropagadores, dice, es
peligroso, pues «conduce a la segregación y al estigma». Y tiene razón. El
problema es que la naturaleza no sigue el camino políticamente correcto. <<
[34] Personajes
de la serie estadounidense Los recién casados, que se convirtió en
un clásico de la comedia en los años cincuenta. Ralph es el protagonista y
Norton, su vecino y mejor amigo. La dinámica entre ellos y las situaciones
cotidianas a las que se enfrentan son el eje de la comicidad de la serie. (N.
de la T.) <<
[35] ¡Nunca
digas que esta senda es la final! / Acero y plomo cubren un cielo celestial. /
Nuestra hora anhelada va a llegar, / redoblará nuestro marchar: / «¡henos
acá!». <<
[36] El
libro de Novick sobre el tema, Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El
Holocausto en la vida americana, se publicó en 1999. Fue muy aclamado por
la crítica. <<
[37] Novick
escribe: «En 1957, The New Leader publicó una serie de
dieciocho testimonios personales para ver “qué ocurre en la cabeza de los cinco
millones de estadounidenses que han salido de la universidad desde Hiroshima”.
Al menos dos tercios de los participantes eran judíos. Al escribir sobre lo que
había conformado su pensamiento, mencionaban diversos acontecimientos
históricos, desde la Gran Depresión a la Guerra Fría. Ni uno solo mencionó el
Holocausto». <<
[38] Antes de hablar de
Beno y de lo que le había contado (o no) acerca de su experiencia, Budgor dice
esto sobre él (después de todo, es una madre judía):
Budgor: Yo sabía que mi
hijo recibiría una doble educación, que el cerebro… el cerebro le funcionaría.
Y, efectivamente, terminó la yeshivá, con muy buenas notas, con
matrícula de honor, el mejor de su clase, etc., fue a la Universidad de
California en Los Ángeles. Y su futuro estaba asegurado. Ha llegado muy lejos,
desde luego […].
Entrevistador: ¿En qué trabaja
ahora?
Budgor: Es físico
nuclear, muy…
Entrevistador: ¿Casado?
Budgor: Casado, con dos
hijos preciosos. Y casado con una joven magnífica de Santa Bárbara, judía.
[39] Adjetivo
derivado de jiggle television, expresión también acuñada por Klein
en referencia a las chicas con poca ropa que corrían moviendo las carnes. Jiggle significa
«meneo» en inglés. (N. de la T.) <<
[40] El
investigador que ha estudiado más a fondo el uso del término «holocausto» en
referencia a las atrocidades de los nazis es Jonathan Petrie. Petrie observa un
uso disperso a partir de noviembre de 1938, en la correspondencia privada de líderes
judíos y entre académicos. En el número de The American Hebrew del
3 de octubre de 1941, por ejemplo, figura una fotografía de dos judíos
franceses que llevan un rollo de la Torá, con el pie «Antes del Holocausto». A
partir de entonces, el término apareció con una frecuencia cada vez mayor,
sobre todo en revistas judías o artículos académicos. Pero ¿cuál fue el punto
clave? Petrie escribe: «En la primavera de 1978, más de cien millones de
estadounidenses vieron algún episodio de la miniserie de la NBC titulada El
Holocausto [sic]: su emisión fue un acontecimiento cultural de
primer orden. Como consecuencia inmediata, «Holocausto» en mayúscula y a secas
se convirtió en el término ampliamente reconocido para el judeocidio de Hitler
en una sociedad estadounidense recién sensibilizada con esa tragedia». <<
[41] Serie / año /
espectadores (en millones) / cuotas de pantalla del último episodio:
M*A*S*H / 1983 / 106
/ 45,5
Cheers/ 1994 / 80,4 /
30,9
Seinfeld / 1998 / 76 /
27,5
Friends / 2004 / 52,5
/ 17,9
The Big Bang Theory / 2019/ 18 /
5,4
[42] La
cita textual es: «Dejadme hacer las canciones de un país y me dará igual quién
haga sus leyes». <<
[43] En los
años cincuenta, hubo un programa de televisión tremendamente popular, Queen
for a Day (Reina por un día), en el que las mujeres contaban su
trágica historia al público, que luego votaba a la «ganadora» y la coronaba
reina. En un episodio, la ganadora fue una superviviente del campo de
concentración de Birkenau que dijo: «Cada vez que me miro el brazo izquierdo y
me veo el tatuaje, recuerdo mi terrible pasado […] Ojalá pudiera quitármelo».
Ganó y el programa pagó para que se lo borraran. <<
[44] Finalmente,
Wolfson encontró director de tesis: «un profesor de Derecho de Familia
convencional, que no era liberal ni se identificaba como gay […], David
Westfall, que era básicamente un abogado de familia normal y corriente».
Westfall le puso un notable. <<
[45] Por cierto, eso es
exactamente lo que ocurre en Regreso a Maple Drive. La carta que
encuentra Allison, la prometida de Matt, es de Kyle, un antiguo
novio de Matt. Es una carta de amor. Desolada, lo confronta llorando:
Allison: No sé cómo
empezar. Matt, te quiero.
Matt: Yo también te
quiero.
Allison: Pero no podemos
seguir. No he dormido en toda la noche. La he pasado despierta […], sentada,
pensando […], dándole vueltas, y lo siento, pero no podemos.
Matt: Para, para,
Allison […]
Matt intenta
consolarla. Es inútil.
Allison: Sabes, lo curioso
es que en lo más hondo […] siempre he pensado que […] siempre he pensado que
podrías ser gay. Y me odiaba por pensarlo […] porque creía que era culpa mía.
[46] Volvió
con más temporadas, de menos éxito, entre 2017 y 2020. <<
[47] «Carson
Kressley no podría haber interpretado a Will», dice Max. Kressley es el
presentador de televisión extravertido, desternillante y amanerado que saltó a
la fama con el programa de telerrealidad Queer Eye. <<
[48] En
España, no hay un equivalente exacto de estos medicamentos, si bien hay otros
que combinan analgésicos y opioides, como el Tramadol o algunas
[49] Pinball
wizard en inglés. Estrategia de ventas basada en la analogía acuñada
por Lisa Shepherd en su libro The Radical Sales Shift, que describe
así: «De vez en cuando, una bola cae directamente en una determinada zona que
suma puntos y logra su objetivo. Otras veces, entra en la mesa, rebota en
montones de paletas y luego cae de repente por el canal. Así es como son las
compras hoy en día». (N. de la T.) <<
[50] No era la
primera vez que trabajaban juntos. Purdue contrató a McKinsey por primera vez
en 2004. <<
[51] Como
tantas veces ocurría con Purdue, había un motivo oculto. El OxyContin original
estaba a punto de perder su protección de patentes, lo que significaba que las
versiones genéricas más baratas afectarían gravemente a sus ventas. La empresa
necesitaba una nueva versión para distinguirse de la competencia. <<
FIN

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