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Libro N° 14596. La Venganza Del Punto Clave. Gladwell, Malcolm.


© Libro N° 14596. La Venganza Del Punto Clave. Gladwell, Malcolm. Emancipación. Diciembre 13 de 2025

 

Título Original: © La Venganza Del Punto Clave. Malcolm Gladwell

 

Versión Original: © La Venganza Del Punto Clave. Malcolm Gladwell

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/la-venganza-del-punto-clave/


 

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Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.co/book/la-venganza-del-punto-clave/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LA VENGANZA DEL PUNTO CLAVE

Malcolm Gladwell


 

 

La Venganza Del Punto Clave

Malcolm Gladwell

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Veinticinco años después de la publicación de su primer libro, Malcolm Gladwell retoma las lecciones de El punto clave con la intención de iniciar un debate difícil sobre las epidemias. Es el momento de reconocer nuestro papel en su génesis y ser honestos acerca de todas las formas sutiles y a veces ocultas en las que intentamos manipularlas. Necesitamos una guía sobre los patógenos y contagios que nos rodean.

 

A través de una serie de historias fascinantes, La venganza del punto clave rastrea el surgimiento de una nueva y preocupante forma de ingeniería social. Gladwell nos lleva a las calles de Los Ángeles para conocer a los ladrones de bancos más exitosos del mundo, redescubre un programa de televisión olvidado de la década de los setenta que cambió el mundo, visita el enclave donde se produjo un experimento histórico, en un pequeño callejón sin salida al norte de California, y ofrece una historia alternativa de dos de las mayores epidemias de nuestros días: la COVID y la crisis de los opioides. Con su característica combinación de ciencia social y divulgación, nos invita a reflexionar sobre nuestra comprensión de los contagios del mundo moderno (y sus puntos de inflexión).



 

 

 

 

 

 

 

Malcolm Gladwell

 

La Venganza Del Punto Clave

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 06.09.2025



 

 

 

 

 

 

 

Título original: Revenge of the Tipping Point

 

Malcolm Gladwell, 2025

 

Traducción: Rosa Pérez Pérez

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Edie, Daisy y Kate



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

NOTA DEL AUTOR

 

 

Hace veinticinco años publiqué mi primer libro. Se titulaba El punto clave. En esa época tenía un pisito en el barrio de Chelsea, en Manhattan; todas las mañanas, me sentaba a mi mesa, desde la que veía el río Hudson a lo lejos, y escribía antes de ir a trabajar. Como era mi primer libro, no tenía una idea clara de cómo hacerlo. Escribía con esa mezcla de desconfianza en uno mismo y euforia tan propia de todo autor novel.

 

Decía al principio:

 

 

El punto clave es la biografía de una idea. Se trata de una idea muy sencilla: consiste en pensar que la mejor forma de entender los cambios misteriosos que jalonan nuestra vida cotidiana (ya sea la aparición de una tendencia en la moda, el retroceso de las oleadas de crímenes, la transformación de un libro desconocido en un éxito de ventas, el aumento del consumo de tabaco entre los adolescentes, o el fenómeno del boca a boca) es tratarlos como puras epidemias. Las ideas, los productos, los mensajes y las conductas se extienden entre nosotros igual que los virus.

 

 

El libro se publicó en la primavera de 2000 y la primera parada de mi gira de promoción fue una lectura en una pequeña librería independiente de Los Ángeles. Acudieron dos personas, un desconocido y la madre de una amiga mía, pero no ella. (La he perdonado). Me dije: «Bien, supongo que esto ya está». Pero ¡no era así! El punto clave creció como las epidemias que describía, al principio de manera gradual y después a toda velocidad. Cuando salió la edición de bolsillo, ya formaba parte del espíritu de la época. El libro pasó varios años en la lista de los más vendidos del New York Times. Bill Clinton se refirió a él como a «ese libro del que todo el mundo habla». La expresión «punto clave» se hizo tremendamente popular en Estados Unidos. Yo solía bromear con que sería mi epitafio.

 

¿Sé por qué El punto clave caló tan hondo? Lo cierto es que no. Sin embargo, si tuviera que adivinarlo, diría que fue porque era un libro optimista que sintonizaba con el clima de optimismo de esa época. Había llegado el nuevo milenio. La delincuencia y los problemas sociales estaban en franca disminución. La Guerra Fría había terminado. En mi libro ofrecía una receta para promover transformaciones positivas, para encontrar la manera de que las pequeñas cosas marcaran grandes diferencias.

 

 

 

Veinticinco años es mucho tiempo. Piense en lo diferente que es hoy de cómo era hace un cuarto de siglo. Nuestras opiniones cambian. Nos cambian los gustos. Nos importan más unas cosas y menos otras. A lo largo de los años, a veces pensaba en lo que había escrito en El punto clave y me preguntaba cómo había llegado a escribir las cosas que decía. ¿Un capítulo entero sobre los programas infantiles Barrio Sésamo y Blue’s Clues? ¿A qué venía eso? Entonces ni tan siquiera tenía hijos.

 

Luego escribí BlinkFuera de serieDavid y GoliatHablar con extraños y El clan de los bombarderos. Creé el pódcast Revisionist History. Senté la cabeza con la mujer que amaba. Tuve dos hijos, enterré a mi padre, volví a correr y me corté el pelo. Vendí el piso de Chelsea. Me fui a vivir fuera de la ciudad. Un amigo y yo creamos la empresa de audio Pushkin Industries. Adopté un gato y lo llamé Biggie Smalls, como el rapero.

¿Conoce la sensación de mirar una fotografía suya muy antigua? Cuando yo lo hago, me cuesta reconocer a la persona que aparece en ella. Por eso pensé que sería interesante volver a visitar El punto clave, con motivo de su vigésimo quinto aniversario, para reexaminar lo que había escrito hacía tanto tiempo con unos ojos muy distintos: en El punto clave 2.0, un escritor regresaría al escenario de su primer éxito de juventud.

 

No obstante, cuando me sumergí por segunda vez en el universo de las epidemias sociales, me di cuenta de que no quería volver a pisar el mismo terreno que había explorado en El punto clave. El mundo me parecía demasiado distinto. En mi primer libro, presentaba una serie de principios para ayudarnos a entender la clase de cambios bruscos en los comportamientos y las creencias que conforman nuestro mundo. Esas ideas siguen pareciéndome útiles. Sin embargo, ahora tengo otras preguntas. Y me doy cuenta de que aún hay muchos aspectos de las epidemias sociales que no entiendo.

 

Cuando releí El punto clave para prepararme para este proyecto, vi que tenía que detenerme cada pocas páginas para preguntarme: «¿Y esto? ¿Cómo he podido omitirlo?». Me di cuenta de que, en alguna parte recóndita de mi mente, jamás había dejado de discutir conmigo mismo sobre la mejor manera de explicar y comprender los puntos clave y sus muchos misterios.

 

Así que volví a empezar, con una hoja de papel en blanco. El resultado es La venganza del punto clave: una nueva serie de teorías, historias y argumentos sobre los extraños caminos que las ideas y los comportamientos siguen en nuestro mundo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La venganza del punto clave

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

LA PASIVA REFLEJA

 

«También se ha asociado…»

 

 

 

 

 

 

1

 

Presidenta: Me gustaría hacerles una última pregunta y me gustaría empezar por usted, doctora

 

_____. ¿Va a disculparse con el pueblo estadounidense […]?

 

Un grupo de políticos ha convocado una audiencia para hablar de una epidemia. Se ha citado a tres testigos. Es el peor momento de la pandemia. La reunión es virtual. Todo el mundo está en casa, delante de estanterías de libros y armarios de cocina. Llevamos una hora de audiencia. Por el momento, voy a omitir todos los datos identificativos porque quiero centrarme exclusivamente en lo que se dijo: en las palabras que se utilizaron y las intenciones que las motivaban.

 

Primera testigo: Estaré encantada de disculparme con el pueblo estadounidense por todo el dolor que han padecido y por las tragedias que han vivido en sus familias y… y pensaba que ya lo había hecho en las observaciones iniciales. Esa era mi intención.

 

La primera testigo pasa de los setenta. Lleva el pelo blanco corto. Va vestida de negro. Al principio, parecía tener dificultades para poner el altavoz en silencio. Aún se la ve nerviosa. No está acostumbrada a esto. Viene de un mundo de privilegios. No es nada habitual que la confronten por su manera de actuar. Las gafas de moda que lleva parecen a punto de escurrírsele de la nariz.

 

Primera testigo: Yo también estoy muy enfadada. Estoy enfadada porque algunas personas que trabajaban en ________ violaron la ley. Estoy enfadada por eso desde 2007 y vuelvo a

 

estarlo ahora en 2020. Es… es… creo que…

 

Presidenta: Sé que está enfadada. Y lo siento, pero esa no es la disculpa que buscábamos. Usted se ha disculpado por el dolor que ha padecido la gente, pero nunca lo ha hecho por el papel que tuvo en la crisis de ________.



 

 

 

Página 9



Así que volveré a preguntárselo: ¿piensa disculparse por el papel que tuvo en la crisis de

 

________?

 

Primera testigo: Me cuesta responder a esa pregunta. Llevo muchos años haciéndomela. He intentado determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera, sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora. Y debo decir que no puedo… que no encuentro nada que hubiera hecho de otra manera, basándome en lo que creía y sabía entonces, en lo que conocía de la gestión a partir de los informes que recibía el consejo y en lo que me decían mis compañeros del consejo. Y es extremadamente angustiante. Es…

 

La presidenta se dirige al segundo testigo. Es el primo de la mujer de negro: un hombre joven, de aspecto cuidado, con traje y corbata.

 

Presidenta: Señor ________, ¿piensa disculparse por el papel que ha tenido […]?

 

Segundo testigo: Suscribo gran parte de lo que ha dicho mi prima.

 

¿Espera alguien que los testigos reconozcan que pusieron en marcha una epidemia? Probablemente no. Es evidente que un escuadrón de abogados los ha entrenado de antemano en el arte de la autoconservación. No obstante, la rectitud con la que niegan su responsabilidad apunta otra posibilidad: que todavía no han asumido su culpabilidad o que empezaron algo que se les fue de las manos de una manera que escapaba a su comprensión.

 

Una hora después llega el momento crucial. Otro miembro del comité investigador, llamémoslo el político, se dirige al tercer testigo:

 

Político: Doctor _______, ¿algún ejecutivo de ________ ha pasado un día en la cárcel por la

 

actuación de la empresa?

 

Tercer testigo: Creo que no.

 

Ninguno de los testigos se considera responsable. Pero, al parecer, tampoco lo hace nadie más.

 

Político: Señora presidenta, es fácil sentir indignación por las infracciones de esta empresa, pero ¿qué le ocurre a nuestro Gobierno, que permite esa clase de irresponsabilidad, delincuencia e impunidad empresariales?

 

El político se vuelve hacia el segundo testigo, el hombre joven. La empresa de su familia acaba de llegar a un acuerdo con el Gobierno para resolver una serie de cargos penales. Ha formado parte el consejo de administración y es el heredero natural del imperio.

 

Primer político: Señor ______, como parte del acuerdo con el Departamento de Justicia, ¿han

 

tenido que reconocer alguna infracción o responsabilidad por causar la crisis de _____?



 

 

 

 

Página 10



Segundo testigo: No, ninguna.

 

Primer político: ¿Le ha interrogado el Departamento de Justicia, como parte de esta investigación, sobre su papel en esos hechos?

 

Segundo testigo: No.

 

Primer político: ¿Asume usted alguna responsabilidad por causar este infierno en Estados Unidos con la crisis de _____?

 

Segundo testigo: Bueno, aunque creo que las actas completas, que aún no se han hecho públicas, demostrarán que la familia y el consejo actuaron legal y éticamente, asumo una profunda responsabilidad moral por ello, porque creo que nuestro producto, _______, a pesar

 

de nuestras mejores intenciones y esfuerzos, se ha asociado con el abuso y la adicción, y…

 

Se ha asociado.

 

Segundo político: Usa la pasiva refleja cuando dice que «se ha asociado con el abuso», lo que de algún modo implica que su familia y usted no eran conscientes de qué ocurría exactamente […].

 

Si escucha las 3 horas y 39 minutos de la audiencia, esa única frase se le queda grabada en la cabeza: «la pasiva refleja».

 

 

 

 

2

 

Hace veinticinco años, en El punto clave, me fascinaba la idea de que en las epidemias sociales las pequeñas cosas pudieran marcar grandes diferencias. Proponía reglas para describir el funcionamiento interno de los contagios sociales: la ley de los especiales, el poder del contexto, el factor del gancho. Sostenía que las leyes que rigen las epidemias podían utilizarse para promover cambios positivos: reducir la tasa de delincuencia, enseñar a leer a los niños, frenar el consumo de tabaco.

 

«Mire el mundo que tiene a su alrededor —escribí—. Puede que parezca un lugar inamovible e implacable. Pero no lo es. Con un leve empujoncito en el sitio adecuado podemos conseguir todo un efecto dominó».

En La venganza del punto clave, quiero analizar la otra cara de las posibilidades que exploré tanto tiempo atrás. Si el mundo puede moverse con un leve empujoncito, la persona que sabe dónde y cuándo empujar tiene verdadero poder. ¿Quiénes son esas personas? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué técnicas utilizan? En el mundo policial, la palabra «forense» se refiere a la investigación de los orígenes y el alcance de un



 

 

 

 

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acto delictivo: «razones, culpables y consecuencias». La venganza del punto clave es un intento de llevar a cabo una investigación forense de las epidemias sociales.

 

En las páginas siguientes, le llevaré a un misterioso edificio de oficinas de Miami con un grupo de inquilinos muy extraño, a un hotel Marriott de Boston donde se celebró un retiro de directivos que trajo funestas consecuencias, a un pueblo aparentemente perfecto que llamaremos Poplar Grove, a una calle sin salida de Palo Alto y, de ahí, a lugares de los que ha oído hablar y a otros de los que no. Investigaremos qué tienen de peculiar las escuelas Waldorf, conoceremos a Paul E. Madden, un cruzado antidroga que ya nadie recuerda, hablaremos de una miniserie de televisión de los años setenta que cambió el mundo y miraremos con desaprobación al equipo de rugby femenino de la Universidad de Harvard. Todos ellos son casos en los que algunas personas —a propósito o sin querer, virtuosa o maliciosamente— tomaron decisiones que alteraron el curso y la forma de un fenómeno contagioso. Y, en todos ellos, esas intervenciones plantearon preguntas que tenemos que responder y problemas que hemos de resolver. Esa es la «venganza» del punto clave: las mismas herramientas que usamos para construir un mundo mejor también pueden emplearse en nuestra contra.

 

Y al final del libro quiero utilizar las enseñanzas de todos esos ejemplos para contar la verdadera historia de los testigos primero, segundo y tercero.

 

Primer político: Tenemos una carta de una madre de Carolina del Norte […] que perdió a su hijo, de veinte años, y aún no se ha recuperado. Decía: «El dolor es demasiado intenso. Es más del que puedo soportar. Me cuesta encontrar la voluntad de vivir y seguir adelante todos los días». […]

 

Señor ______, quería exponer estas historias que hemos ido recibiendo, y me gustaría conocer

 

su reacción personal a ellas.

 

El segundo testigo empieza a hablar. Pero no se lo oye.

 

Primer político: No oigo nada. Tiene el altavoz en silencio.

 

El testigo toca varias teclas de su ordenador.

 

Segundo testigo: Lo siento […].



 

 

 

 

 

 

 

Página 12



Su primera disculpa sincera del día, por tener el altavoz en silencio.

 

Continúa:

 

 

Siento una enorme empatía, pena y remordimiento por el hecho de que un producto como el _______, que se fabricó para ayudar a las

personas y que creo que ha ayudado a millones de ellas, también se haya asociado con historias como las que está contando. Lo siento muchísimo. Y sé que toda nuestra familia también lo siente.

 

También se haya asociado.

 

 

Es hora de tener una conversación difícil sobre las epidemias. Necesitamos reconocer nuestro papel en su génesis. Necesitamos ser honestos acerca de todas las formas sutiles y a veces ocultas en las que intentamos manipularlas. Necesitamos una guía sobre las fiebres y contagios que nos rodean.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRIMERA PARTE

 

Tres misterios



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 14



 

 

 

 

 

1

 

CASPER Y C-DOG

 

«Era como un fuego incontrolable. Todo el mundo se subía al tren»

 

 

 

 

 

1

 

A primera hora de la tarde del 29 de noviembre de 1983, la oficina del FBI en Los Ángeles recibió una llamada de una sucursal de Bank of America emplazada en el distrito de Melrose. La respondió la agente del FBI Linda Webster. Era la persona que atendía lo que se conocía como 2-11: los avisos de atracos a bancos. Le dijeron que acababa de perpetrarse un atraco. El sospechoso era un joven blanco con una gorra de los Yanquis de Nueva York. Delgado. Educado. Con acento del sur. Bien vestido. Decía «por favor» y «gracias».

 

Webster se volvió hacia su compañero, William Rehder, que dirigía la división local de atracos a bancos del FBI.

 

—Bill, es el Yanqui.

 

El Bandido Yanqui llevaba operando en Los Ángeles desde julio de ese año. Había atracado un banco tras otro y todas las veces se había escabullido con miles de dólares en un maletín de piel. Rehder empezaba a exasperarse. ¿Quién era ese hombre? La única pista que tenía el FBI era la inconfundible gorra de béisbol. De ahí el apodo: el Bandido Yanqui.

 

Pasó media hora. Webster recibió otro 2-11. Era de una sucursal de City National Bank situada dieciséis manzanas al oeste, en el distrito de Fairfax. Se habían llevado 2.349 dólares. La persona le dio los detalles al teléfono. Ella miró a Rehder.

—Bill, es otra vez el Yanqui.

 

Cuarenta y cinco minutos después, el Yanqui atracó una sucursal de Security Pacific National Bank en el distrito de Century City y, de



 

 

 

 

 

 

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inmediato, recorrió una manzana a pie y asaltó otra de First Interstate Bank, de la que se llevó 2.505 dólares.

 

—Bill, es el Yanqui. Dos veces, seguidas.

 

Transcurrió menos de una hora. El teléfono volvió a sonar. El Yanqui acababa de atracar una sucursal de Imperial Bank en Wilshire Boulevard. Si se va en coche de Century City a esa oficina bancaria, se pasa justo por delante de la oficina del FBI.

 

—Probablemente nos ha saludado —le dijo Rehder a Webster.

 

Ahora se encontraban sobre aviso. Se estaba haciendo historia. Esperaron. ¿Era posible que el Yanqui volviera a atacar? A las cinco y media, sonó el teléfono. Un hombre blanco desconocido —esbelto, con acento del sur, una gorra de los Yanquis— acababa de atracar la sucursal de First Interstate Bank en Encino, que estaba a quince minutos al norte por la autopista 405, y se había llevado 2.413 dólares.

 

—Bill, es el Yanqui.

 

Un hombre. Cuatro horas. Seis bancos.

 

«Fue un nuevo récord mundial —escribiría Rehder más adelante en su autobiografía—, que sigue sin batirse».

 

 

 

 

2

 

Ningún delincuente ha ocupado un puesto tan excelso en la cultura estadounidense como el atracador de bancos. En los años posteriores a la guerra de Secesión, el país estaba fascinado por las hazañas de bandas como la de James-Younger, que aterrorizó el Salvaje Oeste con atracos a bancos y asaltos a trenes. Durante la Gran Depresión, los atracadores de bancos se convirtieron en celebridades: Bonnie y Clyde, John Dillinger, «Pretty Boy» Floyd. No obstante, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, el delito parecía estar en declive.

 

En 1965, se atracaron un total de 847 bancos en todo Estados Unidos, una cifra modesta si se tiene en cuenta el tamaño del país. Se especuló con la posibilidad de que los robos a bancos estuvieran abocados a la extinción. Pocos delitos graves tenían mayores índices de arrestos y condenas. Los bancos pensaban que habían aprendido a protegerse. Un completo estudio de 1968 sobre robos a bancos llevó por título «Nada que



 

 

 

 

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perder», en el sentido de que el acto parecía tan irracional que sus autores debían de haberse quedado sin otras opciones. Parecía el equivalente al robo de ganado del siglo XX. ¿Quién hacía eso ya?

 

Pero luego estalló una epidemia. En solo un año, entre 1969 y 1970, el número de atracos a entidades bancarias casi se duplicó, volvió a aumentar en 1971 y, de nuevo, en 1972. En 1974, se robaron 3.517 bancos. En 1976, la cifra fue de 4.565. A principios de los años ochenta, el número de atracos era cinco veces superior al de finales de los sesenta. Se trataba de una ola de delincuencia sin precedentes. Y no había hecho más que empezar. En 1991, el FBI atendió 9.388 llamadas de bancos de todo Estados Unidos informando de un 2-11.

 

Y el foco de esa sorprendente oleada de robos fue la ciudad de Los Ángeles.

Una cuarta parte de todos los atracos a bancos que se perpetraron en Estados Unidos en esos años tuvieron lugar en Los Ángeles. Hubo años en los que la oficina local del FBI atendió hasta dos mil seiscientos robos de este tipo, tantos atracadores, y tantos bancos, que Rehder y el FBI se vieron obligados a ponerles apodos para no confundirlos: el hombre que se disfrazaba con vendas se convirtió en el Bandido Momia. Otro que llevaba un solo guante pasó a ser (como es natural) el Bandido Michael Jackson. Un dúo formado por dos hombres con bigote postizo eran los Hermanos Marx. Una ladrona bajita y obesa pasó a ser la Señorita Piggy. Una hermosa atracadora se conocía como la Bandida Miss América. Un tipo que blandía un cuchillo era el Bandido Benihana (como la cadena de restaurantes japoneses). Y así sucesivamente: había atracadores a los que pusieron Johnny Cash o Robert De Niro. Un grupo robaba de a tres: uno vestido de motorista, otro de policía y el tercero de obrero de la construcción. ¿Necesita preguntar cómo los llamaron? Eran los años ochenta. Se los conocía como los Village People.

 

«Era como un fuego incontrolable —recuerda Peter Houlahan, uno de los historiadores no oficiales de la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles—. Todo el mundo se subía al tren».

Diez años después de que empezara la oleada, por increíble que parezca, las cosas empeoraron mucho más. El detonante fue la aparición de un dúo conocido como los Bandidos de West Hills. La primera generación de atracadores de Los Ángeles era como el Bandido Yanqui: se



 

 

 

 

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acercaban a uno de los cajeros, le decían que llevaban un arma, cogían el dinero que hubiera y huían. La gente los llamaba, un poco despectivamente, «pasadores de billetes». Sin embargo, los Bandidos de West Hills retomaron la grandiosa tradición de Jesse James y Bonnie y Clyde. Sus entradas eran épicas, con pelucas y caretas, blandiendo armas de asalto. Accedían por la fuerza al cubículo del cajero y vaciaban el banco entero, incluso la cámara acorazada si podían, antes de ejecutar una huida planeada al milímetro. La banda tenía un búnker en el valle de San Fernando lleno de armamento militar y veintisiete mil cartuchos de munición, a fin de prepararse para lo que su líder creía que era un Armagedón inminente. Incluso para los criterios de Los Ángeles en los años noventa, los Bandidos de West Hills estaban un poco locos.

 

En su quinto robo, los ladrones accedieron a la cámara acorazada de una sucursal de Wells Fargo Bank en Tarzana y se llevaron cuatrocientos treinta y siete mil dólares, más de un millón en dólares de hoy. Y entonces Wells Fargo cometió un error crucial: el banco reveló a la prensa cuánto le habían robado exactamente los Bandidos de West Hills. Fue como echarle leña al fuego. «¿Cuatrocientos treinta y siete mil dólares? ¿Es una broma?».

Uno de los primeros en prestar atención fue Robert Sheldon Brown, un joven emprendedor de veintitrés años. Su nombre de guerra era Casper. Casper hizo números. «He robado, he entrado en casas, he hecho un poco de todo —explicaría más tarde—. Pero el dinero no se podía comparar con los bancos. Entrabas en un banco y en dos minutos tenías lo que en la calle tardabas seis o siete semanas en conseguir».

 

John Wiley, uno de los fiscales que acabó llevando a Casper ante la justicia, lo recuerda como un «fuera de serie». «Casper estaba muy cachas y era muy inteligente». Wiley dijo: «Se dio cuenta de que, cuando se atraca un banco, el problema es entrar. Así que hacía que otra persona se ocupara de eso. Se podría pensar: “¿Cómo es posible hacer que otro robe un banco para ti?”. Y ese era su talento especial […] encontrar personas que robaran bancos para él. Y fichó a una cantidad increíble de gente […] Era una especie de productor, en la jerga de Hollywood».

Casper tenía un cómplice, Donzell Thompson, también conocido como C-Dog. Elegían un banco que creían que estaba en su punto para atracarlo. A continuación, buscaban un vehículo de huida. A principios de los años noventa, se produjo en Los Ángeles un aumento asombroso de los robos



 

 

 

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de coches con violencia, que la prensa trató como otro indicio más del caos indiscriminado que barría las calles. No obstante, buena parte se debía, de hecho, a Casper y C-Dog. Tenían un tipo al que pagaban por adquirir sus vehículos de huida. Si se robaban tantos bancos como hacía Casper, se necesitaban muchos coches. A continuación, elegía al equipo. El fiscal Wiley refirió: «Muchos de sus atracadores solo eran críos. Creo que a algunos probablemente no les pagaba nada. Los obligaba a robar y punto. Es un tío grande e intimidante. Y era miembro de los Rolling Sixties, una pandilla vinculada a los Crips de muy mala fama».

 

Wiley se acordaba de un chaval en concreto que era «muy joven», de tan solo trece o catorce años: «Recuerdo que sacó al chico de la escuela y le dijo: “¿Cuándo me puedes atracar este banco?”. Y él le respondió: “Durante el recreo”. Así que pasaron a recogerlo durante el recreo y Brown y [C-Dog] le explicaron cómo hacerlo. Entras, asustas a todo el mundo, coges el dinero y sales».

Casper les enseñaba a sus chicos una técnica que llamaba «ir a lo kamikaze». Irrumpían en el banco blandiendo sus pistolas ametralladoras y fusiles de asalto, disparando al techo y gritando palabrotas: «¡Al suelo, hijos de p…!». Metían todo el dinero que encontraban en fundas de almohada, sustraían carteras y les arrancaban los anillos de los dedos a las mujeres si querían un pequeño botín extra para el camino.

Al menos en dos golpes, Casper «tomó prestado» un autobús escolar para poner a salvo a sus jóvenes pupilos; en otra ocasión, se hizo con una furgoneta de correos. Casper tenía imaginación. Supervisaba sus operaciones desde una posición segura, aparcado en un coche a bastante distancia, y luego seguía a su selecto equipo cuando huían por las calles a toda velocidad.

«Los chavales sabían que, si intentaban escapar con todo el dinero, tendrían a esos dos Crips detrás de ellos —dice Wiley— y que eso les amargaría la vida».

El vehículo de huida se abandonaba. Todo el grupo se retiraba al escondite de Casper, normalmente un motel, donde él les pagaba una miseria y los dejaba marchar. Eran críos: probablemente los cogerían. Pero a Casper le daba igual. Su actitud, explicó Wiley, era: «Vale, no ha sido genial. Han cogido a mis chicos. Ahora tendremos que buscar nuevos. Pero eso lo hacemos continuamente».



 

 

 

 

 

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En tan solo cuatro años, Casper «produjo» ciento setenta y cinco atracos, lo que continúa siendo el récord mundial de atracos a bancos a lo largo de una vida y supera la marca anterior del Bandido Yanqui de setenta y dos bancos. Casper y C-Dog incluso se acercaron al récord de seis atracos en un día logrado por el Yanqui. En un solo día de agosto de 1991, perpetraron cinco: una sucursal de First Interstate Bank en La Cienega Boulevard, seguida de cuatro bancos en Eagle Rock, Pasadena, Monterey Park y Montebello. Y recordemos que el Bandido Yanqui actuaba solo. Lo que hacía Casper era infinitamente más difícil: organizaba y supervisaba a equipos de atracadores.

 

Una vez que Casper le demostró al mundo lo fácil que era apoderarse de un banco, otras bandas se subieron al carro. Los Eight Trey Gangster Crips empezaron a formar equipos. Un dúo conocido como los Chicos Malos perpetró casi treinta robos en menos de un año: ellos dos solitos. Los Chicos Malos eran… malos: les gustaba encerrar a todo el mundo en la cámara acorazada, hablar en voz alta sobre ejecuciones y disparar sus armas cerca del oído de la gente solo por diversión.

«En retrospectiva, 1992 resultó ser el año en el que hubo más atracos a bancos. Dos mil seiscientos cuarenta y un atracos en un año —observó Wiley—. Eso es una media de un atraco a un banco cada cuarenta y cinco minutos por cada día hábil bancario. Y el peor día fueron veintiocho robos de bancos en un solo día. Eso volvió completamente loco al FBI. Me refiero a que estaban agotados».

 

Robar un banco lleva minutos. Investigar un atraco a un banco lleva horas. A medida que los robos se acumulaban, el FBI se iba quedando cada vez más rezagado.

 

Si tienes veintisiete robos diarios, si una sola banda está cometiendo cinco robos en un solo día, piensen en cómo se investiga eso físicamente. Esos tíos van conduciendo por toda la ciudad tan rápido como pueden, robando. Así que el mero hecho de seguirlos entre el tráfico de Los Ángeles es un problema. Llegas al banco y ¿cuántas personas han sido testigos del robo? Bueno, ¿cuántas personas había en el banco? Pongamos que veinte. Así que hay que tomarles declaración a veinte testigos. Eso es mucho trabajo.



 

 

 

 

 

 

 

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Entonces, justo cuando el FBI se pone a ello, ¿qué ocurre? «Llevas cinco o diez minutos en la escena y hay otro atraco a un banco en la otra punta de la ciudad. El FBI no podía más».

 

La ciudad de Los Ángeles era la capital mundial de los robos a bancos. «No había ninguna razón para pensar que iba a parar —continuó Wiley. Enseñó un gráfico de los atracos a bancos en Los Ángeles desde los años setenta hasta los noventa—. Si nos fijamos en la curva, parece que vaya a llegar a la luna».

 

El FBI asignó a cincuenta agentes al caso. A lo largo de muchos meses, recogieron toda la información que pudieron sonsacarles a los aterrorizados chavales de Casper y C-Dog, desenmarañaron la red de engaños que habían tejido para ocultar sus bienes y les siguieron la pista de una dirección a otra por todo el sur de Los Ángeles. Tardaron una eternidad en lograr que un gran jurado acusara a Casper y a C-Dog, porque ¿qué habían hecho? Nada. Ellos no atracaban ningún banco. Solo estaban en un coche aparcado calle abajo. Lo único que tenía el FBI era el testimonio de varios adolescentes muertos de miedo que faltaban a clase entre la hora de comer y el recreo.

 

Por fin, los fiscales creyeron que tenían pruebas suficientes. Encontraron a C-Dog en casa de su abuela en Carson y detuvieron a Casper cuando bajaba de un taxi. Con los dos entre rejas, la fiebre de atracar bancos que se había apoderado de Los Ángeles empezó por fin a remitir: en más o menos un año, el número de asaltos perpetrados en la ciudad se redujo en un 30 por ciento y luego disminuyó todavía más. Los atracos a bancos no llegaron a la luna. La fiebre pasó.

 

Cuando Casper y C-Dog salieron de una prisión federal en el verano de 2023, ofrecieron su historia a Hollywood y se reunieron con productores de cine. Los directivos de la industria cinematográfica que oyeron su relato no daban crédito: «¿Eso pasó aquí?».

Pues sí.

 

 

 

 

3

 

Quiero empezar La venganza del punto clave con una serie de misterios:

 

tres historias interconectadas que, a primera vista, no parecen tener



 

 

 

 

 

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explicación. La tercera se desarrolla en un pueblecito que llamaremos Poplar Grove. La segunda es la historia de Philip Esformes. Y este primer capítulo trata de las hazañas del Bandido Yanqui y de Casper y C-Dog.

 

La crisis de los atracos a bancos de Los Ángeles a principios de los años noventa fue una epidemia. Cumplía todas las reglas. No fue un brote generado en cada atracador, como un dolor de muelas. Era contagiosa. A finales de los años sesenta, una fiebre de carácter leve aquejó a todo Estados Unidos. En los ochenta, el Bandido Yanqui se contagió en Los Ángeles. Más adelante, los Bandidos de West Hills contrajeron el virus, que, en sus manos, mutó a una cepa más siniestra y violenta. Transmitieron la nueva variante a Casper y C-Dog, que reinventaron el proceso subcontratando la mano de obra y ampliando el negocio de manera espectacular, como los capitalistas de finales del siglo XX que eran. Y de ahí la infección se propagó por toda la ciudad —contagiando a los Eight Trey Gangsters, los Chicos Malos y muchos más— y arrastró a cientos de jóvenes hasta que, cuando el boom de los atracos a bancos alcanzó su punto máximo en Los Ángeles, los robos de poca monta de la época del Bandido Yanqui parecieron un recuerdo lejano.

 

Las epidemias sociales están impulsadas por las acciones de unas pocas personas excepcionales —personas que tienen una influencia enorme en la sociedad—, y así fue exactamente como se desarrolló el brote de Los Ángeles. Nunca fue un acontecimiento de masas, como una de esas maratones de las grandes ciudades en las que se inscriben decenas de miles de personas. Fue un reino del caos promovido por unas pocas personas que robaban una vez tras otra. El Bandido Yanqui atracó setenta y cuatro bancos en nueve meses antes de que el FBI por fin lo detuviera. Pasó diez años en la cárcel, salió ¡y atracó otros ocho! Los Chicos Malos robaron veintisiete. Casper y C-Dog organizaron ciento setenta y cinco atracos. Si nos centráramos únicamente en el Bandido Yanqui, Casper y los Chicos Malos, tendríamos un panorama bastante completo de lo que ocurrió en Los Ángeles en los años ochenta y a principios de los noventa: un fenómeno contagioso que creció hasta alcanzar su punto clave, impulsado por las acciones extraordinarias de unas pocas personas especiales. «Casper —dijo Wiley— es el superpropagador, si hablamos de epidemias».

 

¿Eran las circunstancias de los años ochenta y principios de los noventa propicias para una explosión de atracos a bancos? Sí. Entre los



 

 

 

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años setenta y finales de los noventa, el número de sucursales bancarias en Estados Unidos se triplicó. Para Casper y C-Dog, era un juego de niños.

 

La fiebre que arrasó Los Ángeles a finales de la década de los ochenta y principios de la de los noventa tiene todo el sentido del mundo, salvo por una cosa.

Encierra un misterio.

 

 

 

 

4

 

En la madrugada del 9 de marzo de 1950, Willie Sutton se levantó y se embadurnó la cara de maquillaje. La noche anterior se había teñido el pelo de un tono mucho más claro que el suyo, casi rubio, y quería combinarlo con una tez aceitunada. Se aplicó rímel en las cejas para darles cuerpo. Se metió trozos de corcho en los orificios nasales para ensancharse la nariz. Luego, se puso un traje gris, entallado y con relleno para cambiar su silueta. Satisfecho de que ya no se parecía a Willie Sutton, Willie Sutton salió de su casa de Staten Island con rumbo a Sunnyside, en Queens, camino de una sucursal de Manufacturers Trust Company situada en la esquina de la calle Cuarenta y cuatro y Queens Boulevard en Nueva York.

 

En las tres semanas anteriores, Sutton había pasado todas las mañanas en la acera de enfrente, estudiando las rutinas de los empleados del banco. Le gustaba lo que veía. Al otro lado de la calle había una parada del metro elevado, una de autobús y otra de taxis. La calle estaba concurrida y a Sutton le gustaban las multitudes. El vigilante de la sucursal, un hombre de movimientos lentos que se llamaba Weston y vivía cerca, llegaba todas las mañanas a las 8.30, absorto en su periódico. Entre las 8.30 y las 9.00, les abría la puerta a los demás empleados hasta que llegaba el director, el señor Hoffman, que aparecía, como un reloj, a las 9.01. La sucursal abría al público a las 10.00, mucho más tarde que la mayoría. Eso también ponía contento a Sutton: consideraba el tiempo transcurrido entre la llegada del primer empleado y la del primer cliente como «su tiempo» y, en ese caso, sería una hora y media.

 

A las 8.20, Sutton se mezcló con la multitud que esperaba en la parada del autobús. Unos minutos después, el conserje Weston dobló la esquina, abismado en su periódico. Cuando sacó las llaves para abrir la puerta,



 

 

 

 

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Sutton se colocó detrás. Él se volvió sobresaltado. Sutton lo miró a los ojos y le dijo, en voz baja: «Entre. Quiero hablar con usted».

 

Sutton no era amante de las armas de fuego. Para él, eran accesorios. Su verdadera arma era una discreta autoridad que inducía a los demás a prestarle atención. Le explicó al conserje lo que ocurriría a continuación. Primero, dejarían entrar a uno de sus cómplices. Luego, Weston les abriría la puerta a los demás empleados como hacía todas las mañanas. Conforme fueran entrando, el cómplice de Sutton aparecería y se los llevaría, cogiéndolos por el codo, hasta una fila de sillas que ya tendría preparadas.

 

«Una vez que tienes el control del banco —escribiría Sutton años después en su autobiografía, cuando ya era lo bastante famoso para escribir no solo uno, sino dos libros autobiográficos, como un hombre de Estado que siente la necesidad de responder a los giros de la historia—, da igual quién aparezca en la puerta».

 

 

Una vez llegaron de improviso tres pintores mientras robaba un banco en Pensilvania y simplemente les dije que extendieran las lonas en el suelo y se pusieran a trabajar. «Con lo que os pagan, el banco no puede permitirse teneros de brazos cruzados. Están asegurados contra los ladrones de bancos, pero nadie los aseguraría contra vosotros, ladrones». Durante todo el robo, pude mantener una conversación con ellos sobre cómo podría haberme ya jubilado si los atracadores de bancos tuviéramos un sindicato tan fuerte como el suyo. Todos pasamos un buen rato y, cuando salimos por la puerta con el dinero, ellos ya tenían pintada una de las paredes.

 

Sutton era increíblemente cautivador. ¿Se dieron cuenta los empleados de la sucursal de Manufacturers Trust Company de que el famoso Willie Sutton les estaba robando? Sin ninguna duda. Entraron en la sala de reuniones, uno a uno. «No os preocupéis, amigos —les decía él—. Es solo dinero. Y no es vuestro». A las 9.05, con cuatro minutos de retraso, llegó el señor Hoffman, el director. Sutton lo hizo sentarse.

 

«Si me da problemas, quiero que sepa que alguno de estos empleados suyos recibirá un disparo. No quiero que se haga falsas ilusiones sobre eso. Quizá no le importe su propia seguridad, pero la salud de sus empleados es responsabilidad suya. Si les pasa algo, será culpa suya, no mía».



 

 

 

 

 

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Era un farol, por supuesto, pero siempre daba resultado. Vació la cámara acorazada, salió tranquilamente por la puerta hacia el coche que lo esperaba y se perdió entre el tráfico de Nueva York.

 

Willie Sutton era la versión neoyorquina de Casper, aunque eso no le hace plena justicia. Nadie sabía gran cosa de Casper en la época en la que orquestó sus múltiples atracos a bancos. Ni tan siquiera su juicio tuvo apenas repercusión en los informativos. No así Willie Sutton. Él era famoso. Salía con actrices. Era un maestro del disfraz. No solo se atrevió a fugarse de la cárcel una vez, sino dos. En una ocasión, le preguntaron: «¿Por qué atraca bancos?». Y él respondió: «Porque es ahí donde está el dinero». Más adelante negaría haberlo dicho, pero daba igual. Hasta hoy, su ocurrencia se conoce como la «ley de Sutton» y se utiliza para enseñar a los estudiantes de medicina la importancia de considerar el diagnóstico más probable en primer lugar. Hollywood hizo una película sobre su vida. Un escritor convirtió su historia en una novela biográfica. En dólares de hoy, Willie Sutton decía haber robado más de veinte millones a lo largo de su carrera. Casper ni tan siquiera estaba en el mismo tramo impositivo que él (en el supuesto, claro está, de que pagaran impuestos, lo que no hacía ninguno de los dos).

 

El caso es que, si alguien fuera a empezar una epidemia de atracos a bancos, cabría esperar que fuera Willie Sutton. Cabría esperar que, después de ver a «Slick Willie» entrando como si nada en las sucursales bancarias y largándose con un dineral sin disparar un solo tiro, las impresionables clases criminales de Nueva York se dijeran: «Yo puedo hacer eso». En epidemiología, existe el término «caso índice», que se refiere a la persona que desencadena una epidemia. (Más adelante, hablaremos de uno de los casos índice más fascinantes de la historia reciente). Willie Sutton tendría que haber sido el caso índice, ¿no? Convirtió el trabajo sucio de atracar un banco en una obra de arte.

 

No obstante, Willie Sutton no puso en marcha una epidemia de atracos a bancos en Nueva York, ni en los años cuarenta y cincuenta, su época de esplendor, ni en los posteriores, cuando escribió una autobiografía detrás de otra. Tras salir de la cárcel en 1969 alegando mala salud (viviría otros once años), se reinventó como experto en la reforma del sistema penitenciario y dio charlas por todo el país. Asesoró a bancos sobre cómo prevenir los atracos. Incluso hizo un anuncio de televisión para una empresa de tarjetas de crédito que introdujo las tarjetas con fotografía: «La



 

 

 

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llaman la tarjeta de la cara. Ahora, cuando digo que soy Willie Sutton, la gente me cree». ¿Hizo eso que el mundo quisiera ser Willie Sutton? Parece que no. En los tiempos de Casper, la ciudad de Nueva York solo padecía una mínima parte de los atracos que se perpetraban en Los Ángeles.

 

Una epidemia, por definición, es un fenómeno contagioso que no respeta las fronteras. Cuando la COVID-19 apareció por primera vez en China a finales de 2019, los epidemiólogos temían que se propagara por todo el mundo. Y tenían toda la razón. Sin embargo, en el caso de los bancos la fiebre arrasó Los Ángeles pero se saltó por completo a otras ciudades. ¿Por qué?

 

Este es el primero de los tres misterios. Y la respuesta guarda relación con una famosa observación que hizo el médico John Wennberg.

 

 

 

5

 

En 1967, recién terminados sus estudios de medicina, Wennberg consiguió trabajo en Vermont como parte de un proyecto conocido como Programa Médico Regional (PMR). Eran los años de la Gran Sociedad, en los que el Gobierno de Estados Unidos estaba haciendo un esfuerzo coordinado para ampliar la red de protección social del país, y el PMR era una iniciativa financiada por el Gobierno federal para mejorar la asistencia médica en todo el país. La labor de Wennberg consistía en elaborar un mapa de la calidad de la atención en los confines del estado para asegurar que todo el mundo tenía acceso al mismo nivel de asistencia.

 

Era joven e idealista. Había estudiado en la Universidad Johns Hopkins con algunas de las mentes más brillantes de la medicina. Cuando llegó a Vermont, dijo más adelante, aún creía «en el paradigma general de que la ciencia estaba avanzando y de que estaba traduciéndose racionalmente en una atención eficaz».

Vermont tenía doscientos cincuenta y un núcleos de población. Wennberg empezó dividiendo esas comunidades según el lugar donde recibían atención médica los residentes locales. El resultado fueron trece «distritos hospitalarios» en todo el estado. A continuación, calculó la cantidad de dinero que se gastaba en atención médica en cada uno de esos distritos.



 

 

 

 

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Wennberg daba por hecho que lo que observaría sería que, en algún rincón lejano de Vermont donde no había mucho dinero, habría poco gasto. Y, según la misma lógica, en las comunidades más ricas como Burlington —la ciudad más grande del estado, sede de la Universidad de Vermont y del Champlain College, donde los hospitales eran los más nuevos y sofisticados y los médicos tenían más probabilidades de haberse formado en facultades de medicina prestigiosas—, el gasto sería un poco mayor.

 

Estaba completamente equivocado. Sí, había diferencias de gasto en los distintos distritos hospitalarios. Sin embargo, no eran pequeñas, sino enormes. Y no seguían ninguna lógica aparente. En palabras de Wennberg, no tenían «ni pies ni cabeza». La cirugía para extirpar hemorroides, por ejemplo, era cinco veces más frecuente en algunos distritos que en otros. Las probabilidades de que a los pacientes les extirparan una próstata hipertrofiada, el útero en una histerectomía o el apéndice tras un ataque de apendicitis eran tres veces mayores en unas zonas que en otras.

 

«Resultó que había variación en todas partes —explicó Wennberg—. Por ejemplo, nosotros vivíamos entre Stowe y Waterbury. Mis hijos iban a una escuela del distrito de Waterbury, que estaba a unos quince kilómetros de casa. Pero, si hubiéramos vivido unos cien metros al norte, habrían ido a una escuela del distrito de Stowe. En Stowe, les habían extirpado las amígdalas al 70 por ciento de los alumnos de quince años, frente a solo el 20 por ciento de Waterbury».

 

No tenía sentido. Tanto Stowe como Waterbury eran pueblos idílicos llenos de vetustos edificios decimonónicos. Nadie pensaba seriamente que uno fuera más sofisticado o que estuviera influido por una ideología médica diferente a la del otro. No era que Stowe atrajera a una clase de personas y Waterbury a otra muy distinta. La gente era básicamente la misma, es decir, aparte de que los niños de Waterbury solían conservar las amígdalas y los de Stowe no.

Wennberg se quedó muy desconcertado. ¿Había descubierto por casualidad alguna extraña peculiaridad de los pueblos de Vermont? Decidió ampliar su análisis a otras partes de Nueva Inglaterra. Esta es una comparación que hizo de Middlebury, en Vermont, con Randolph, en New Hampshire. Fíjese en las diez primeras filas: ambos pueblos son idénticos. Ahora mire las últimas tres. Caray. En Randolph, los médicos tenían una actividad frenética, como si fueran hasta arriba de cafeína: se gastaban el



 

 

 

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dinero a manos llenas, hospitalizaban y operaban a todo el que se les pusiera delante. Pero ¿Middlebury? Middlebury era otro mundo.

 

 

Middlebury,

Randolph, New

 

Vermont

Hampshire

 

 

 

Características socioeconómicas

 

 

 

 

 

Blancos

98 %

97 %

 

 

 

Nacidos en Vermont o New Hampshire

59

61

 

 

 

Veinte años o más de residencia en la

47

47

zona

 

 

 

 

 

Nivel de ingresos por debajo de la

20

23

pobreza

 

 

 

 

 

Tienen seguro médico

84

84

 

 

 

Lugar habitual de atención médica

97

99

 

 

 

Grado de enfermedad crónica

 

 

 

 

 

Prevalencia

23 %

23 %

 

 

 

Actividad restringida las dos últimas

5

4

semanas

 

 

 

 

 

Más de dos semanas en cama el último

4

5

año

 

 

 

 

 

Acceso al médico

 

 

 

 

 

Contacto con el médico en el último año

73 %

73 %

 

 

 

Uso de los servicios sanitarios tras el

 

 

acceso

 

 

 

 

 

Altas hospitalarias por cada mil personas

132

220

 

 

 

Altas de cirugía por cada mil personas

49

80

 

 

 

Gasto de la Parte B de Medicare[1]

92

142

 

Wennberg llamó «variación de área pequeña» a lo que había descubierto y encontró pruebas de ello en todo Estados Unidos. Y lo que empezó como una observación acotada a los pueblos de Vermont se ha convertido en una ley inquebrantable que, medio siglo después de que Wennberg hiciera su sorprendente descubrimiento, no da muestras de desaparecer: en muchos casos, el trato que recibimos de nuestro médico tiene menos que ver con dónde se formó, cómo le fue en la facultad de medicina o qué carácter tiene que con dónde vive.

 

¿Por qué importa tanto el lugar? La explicación más sencilla para la variación de área pequeña es que los médicos se limitan a hacer lo que



 

 

 

 

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quieren los pacientes. Tomemos, por ejemplo, un acto médico relativamente sencillo: cuántas veces visita un doctor a un paciente en sus dos últimos años de vida. La media de Estados Unidos en 2019 ronda las cincuenta y cuatro visitas. En Minneapolis, en cambio, es mucho más baja: treinta y seis. Pero ¿sabe cuál es en Los Ángeles? ¡Son ciento cinco visitas! Las visitas del médico en los últimos años de vida son el triple en la ciudad californiana que en Minneapolis.

 

Se trata de una diferencia enorme. ¿Se debe a que los moribundos de Minnesota se comportan como estoicos escandinavos, mientras que las personas muy ancianas de Los Ángeles son exigentes y reclamantes? Parece que la respuesta es no. Wennberg y otros investigadores han descubierto que la variación de área pequeña no radica en lo que los pacientes quieren que hagan sus médicos, sino en lo que estos quieren hacerles a sus pacientes.

Así pues, ¿por qué actúan los médicos de forma tan distinta de un lugar a otro? ¿Es solo por dinero? Quizá haya más personas en Los Ángeles con la clase de seguro que premia a los médicos para tratar a sus pacientes de manera intensiva. No, eso tampoco parece explicarlo.[2]

 

¿Y si es solo casualidad? Al fin y al cabo, los médicos son personas. Y las personas tienen maneras de pensar muy distintas. Quizá, Los Ángeles es un lugar donde, por casualidad, ejercen muchos médicos que tratan a sus pacientes de manera intensiva, mientras que Minneapolis es un lugar donde, por casualidad, muy pocos lo hacen.

¡No!

 

«Casualidad» significaría que los médicos con un enfoque intensivo estarían dispersos por todo el país, en distribuciones que fluctuarían con cada año que pasa. «Casualidad» significaría que cada hospital tendría una combinación distinta de médicos, que representarían una variedad de enfoques sobre cómo practicar la medicina. Habría un doctor Smith, que siempre extirparía las amígdalas; un doctor Jones, que no lo haría nunca; y un doctor McDonald, que se situaría en algún punto intermedio. Sin embargo, eso no es lo que Wennberg identificó hace años. En cambio, encontró «clústeres» médicos, donde los facultativos de un distrito hospitalario adoptaban una identidad común, como si todos se hubieran infectado de la misma idea contagiosa.

 

«Es un misterio del tipo “Dios los cría y ellos se juntan” —dijo Jonathan Skinner, economista de la Universidad de Dartmouth y uno de



 

 

 

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los herederos de la labor de Wennberg—. Es decir, los médicos tienen distintas opiniones, claro […] La gente se forma opiniones sobre lo que da resultado […] Pero la pregunta es ¿qué tiene una zona que induce a algunas personas a ejercer su profesión de una sola manera, en promedio? ¿Es algo que lleva el agua?».

 

 

 

 

6

 

Desde entonces, la variación de área pequeña se ha convertido en una especie de obsesión para los investigadores médicos. Se escriben libros enteros sobre ella. Hay especialistas que se pasan la vida estudiándola. Sin embargo, lo que es fascinante es cómo las mismas inexplicables pautas de variación aparecen fuera del ámbito de la atención médica. Permítame darle un ejemplo.

 

California tiene una base de datos pública sobre el porcentaje de alumnos de primer curso de todos los centros de enseñanza secundaria obligatoria del estado que están al día con las vacunas recomendadas: varicela, sarampión, paperas, rubeola, polio, etcétera. Si le echa un vistazo rápido a la lista, que es larga, no parece encerrar ninguna complicación. La inmensa mayoría de los alumnos de las escuelas públicas de California se han puesto todas las vacunas. ¿Y los alumnos de las privadas? Esas escuelas suelen ser más pequeñas y peculiares. ¿Podría darse más variación en ellas? Veámoslo.[3]

 

Estas son las tasas de vacunación, elegidas al azar, de una serie de escuelas primarias privadas del condado de Contra Costa, al este de San Francisco.

 

 

St. John the Baptist: ciento por ciento.

 

El Sobrante Christian School: ciento por ciento.

 

Contra Costa Jewish Day School: ciento por ciento.

 

 

La lista continúa. Hay muchas escuelas primarias privadas en el condado de Contra Costa y los padres que lo habitan parecen bastante decididos a proteger a sus hijos de las enfermedades infecciosas.



 

 

 

 

 

 

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St. Perpetua: ciento por ciento.

 

St. Catherine of Siena: ciento por ciento.

 

 

Pero, un momento. Hay una escuela que es muy distinta.

 

 

East Bay Waldorf: 42 por ciento.

 

 

«¿42 por ciento?». ¿Se trata de una casualidad, de una desviación fortuita de una pauta constante?

 

Echémosles un vistazo a las escuelas privadas del condado de El Dorado, justo debajo de Contra Costa en la lista ordenada alfabéticamente.

 

G. H. S. Academy: 94 por ciento.

 

Holy Trinity School: ciento por ciento.

 

 

Y, a continuación, ¡sorpresa!:

 

 

Cedar Springs Waldorf: 36 por ciento.

 

 

Probemos con Los Ángeles. La mayoría de los centros de enseñanza secundaria obligatoria, como sus homólogos de todo el estado, están en la franja del 90 al 100 por ciento. Sin embargo, una vez más, hay una excepción, muy al oeste de la ciudad, en el exclusivo barrio de Pacific Palisades.

 

 

Westside Waldorf: 22 por ciento.

 

 

Si nunca ha oído hablar de las escuelas Waldorf, se trata de un movimiento que inició el pedagogo austriaco Rudolf Steiner a principios del siglo XX. Estas escuelas son pequeñas y caras, y se centran en el aprendizaje «holístico», que aspira a desarrollar la creatividad y la imaginación de los alumnos. Hay varios miles de estas escuelas en todo el mundo, la mayoría de enseñanza infantil y primaria, y en torno a una veintena en California. Y, casi sin excepción, en todas las poblaciones californianas con una escuela Waldorf, las menores tasas de vacunación corresponden a… la escuela Waldorf.[4]

 

Esta es la lista del condado de Sonoma:

 

 

St. Vincent de Paul Elementary School: ciento por ciento.

 

Rincon Valley Christian: ciento por ciento.

 

Sonoma Country Day School: 94 por ciento.

 

St. Eugene Cathedral School: 97 por ciento.

 

St. Rose: ciento por ciento.

 

Summerfield Waldorf School: 24 por ciento.[5]

 

California tuvo dos brotes de sarampión a mediados de los años 2010, incluido uno que empezó en Disneylandia. Los brotes indujeron a muchos a decir que California tenía un problema de desconfianza en las vacunas. Sin embargo, no es así. Eche otro vistazo a todas las escuelas primarias con tasas de vacunación del ciento por ciento. De hecho, son algunos pequeños grupos de personas dentro del estado, como los padres que llevan a sus hijos a un tipo muy concreto de escuela primaria, los que tienen un problema con las vacunas. John Wennberg reconocería el patrón al instante. La desconfianza en las vacunas es una variación de área pequeña.

 

Esta es la primera lección de las epidemias sociales. Cuando observamos un fenómeno contagioso, suponemos que la trayectoria que sigue es caótica e incontrolable por naturaleza. No obstante, ni la epidemia de atracos a bancos de Los Ángeles, ni los enfoques de tratamiento de los médicos de Waterbury frente a los de Stowe, ni las ideas de los padres de las escuelas Waldorf son caóticas e incontrolables por naturaleza. La creencia contagiosa que une a las personas en esos casos tiene la disciplina de detenerse en las fronteras de su comunidad. Debe de haber una serie de reglas, enterradas en alguna parte bajo la superficie.

Lo que nos lleva al segundo misterio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2

 

EL PROBLEMA DE MIAMI

 

«Se fumaba un porro y luego, entre las ocho y, pongamos, mediodía,

 

blanqueaba más de un millón de dólares»

 

 

 

 

 

1

 

«Señoría, me presento ante usted como un hombre humillado y roto […] He perdido todo lo que amaba y me importaba […] He destrozado mi matrimonio. He traumatizado a mis hijos, mis tres preciosos hijos. He causado un sufrimiento inconsolable a mis padres ancianos. Toda la culpa es solo mía».

 

Día 12 de septiembre de 2019. Tribunal Federal. El jurado ha declarado culpable a Philip Esformes en uno de los casos de fraude a Medicare más sonados de la historia de Estados Unidos. Y ahora el acusado suplica clemencia al juez.

«He perdido más de veinte kilos desde que me encarcelaron [el] 22 de julio de 2016. Mi cuerpo es una sombra de lo que era. Tengo mala circulación en los pies. Se me han hinchado las rodillas. He desarrollado una enfermedad de la piel. Durante más de treinta y siete meses, no me ha dado el sol».

La investigación del Gobierno sobre la red de residencias de ancianos de Esformes llevó años. El juicio duró casi ocho semanas. El jurado oyó hablar de sobornos, facturas falsas, comisiones ilegales, blanqueo de dinero, doscientas cincuenta y seis cuentas bancarias distintas y médicos de dudosa reputación. Los más estrechos colaboradores de Esformes llevaban micrófonos ocultos y recopilaron horas de grabaciones mientras dirigía su vasto imperio.

«Las cintas me presentan como un hombre dispuesto a recortar gastos sin temor a las consecuencias, que no valoraba todo lo bueno que me



 

 

 

 

 

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rodeaba, un hombre que actuaba como si las normas no le afectaran.

 

Acepto la responsabilidad de lo que he hecho».

 

Y luego se puso a llorar.

 

 

 

 

2

 

Algún día, alguien hará una gran película sobre el caso de Esformes. Tenía todo lo que Hollywood podría desear. En primer lugar, está el propio Esformes, bronceado y guapo como una estrella de cine, el vivo retrato de Paul Newman. Conducía un Ferrari Aperta de casi un millón seiscientos mil dólares, llevaba un reloj suizo de unos trescientos sesenta mil dólares y volaba de costa a costa en un jet privado. El jurado oyó hablar de las muchas mujeres hermosas con las que se veía en lujosas habitaciones de hotel, sus ataques de gritos, sus llamadas telefónicas de madrugada, su insistencia en referirse al dinero en efectivo como «fetuchini». Se lo describió como «obsesivo» y «probablemente bipolar», un hombre «que te llama todo el día y toda la noche, y hay que llevarlo en coche a todas partes, que vuelve loca a la gente, que la lleva al límite, que se queja de todo lo que pasa».

 

Y eso lo dice uno de sus abogados.

 

Philip Esformes guardaba el sabbat y, a medianoche, cuando se levantaba la prohibición religiosa de trabajar, visitaba sus residencias de ancianos para comprobar que todo iba como él quería. Tenía dos hijos varones y decidió que el mayor, en contra de lo que pronosticaban sus aptitudes para el deporte, tenía que ser una estrella del baloncesto universitario. Si busca en YouTube, encontrará vídeos de su diminuto hijo haciendo obedientemente sus ejercicios bajo la atenta mirada de un sinfín de entrenadores y preparadores físicos profesionales.

 

«Presionaba a sus hijos como no se imagina —explicó el abogado de Esformes, Roy Black—. Como si fuera un equipo profesional». Black continuó: «Estaba obsesionado con eso. Y se los llevaba de viaje. Entonces, buscaba hoteles que estuvieran cerca de una sinagoga para que pudieran ir andando los sábados. Controlaba todos los detalles de su vida porque él era así. Era como… —Black hizo una pausa en busca de la palabra correcta—: Un padre helicóptero ni se le acerca. Ese tío era un puto ejército del aire completo».



 

 

 

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El abogado, que ha representado a todo tipo de traficantes de drogas, defraudadores, blanqueadores de dinero y estafadores a lo largo de su dilatada carrera, no parecía haber tenido una buena experiencia con Philip Esformes.

 

«[Philip] quería llevar la defensa, lo que, naturalmente, no le dejamos hacer. Era muy pasional —dijo Black—. Hablaba con él durante horas seguidas y, cuando me iba de la cárcel federal, estaba empapado y tenía que irme a casa a ducharme. Necesitaba un Valium o algo así».

En la sala de justicia estaba el padre de Philip, el legendario Morris Esformes, brillante, guapo, ingenioso y, en palabras de un antiguo compañero de clase, el «tío más guay» de la yeshivá. Morris era un rabino judío ortodoxo que había construido un imperio de residencias de ancianos en Chicago y donado más de cien millones de dólares a organizaciones benéficas. Había programado el claxon de su coche para que tocara el tema de El Padrino. Una vez se presentó a una entrevista con dos periodistas vestido con el uniforme morado y amarillo de Los Angeles Lakers y una kipá a juego. Si les ocurría algo a los periodistas como resultado de sus pesquisas sobre sus negocios, les dijo el patriarca Esformes, un consejo de rabinos de Israel ya había accedido a absolverlo de las «consecuencias espirituales».

 

«Creo que lo que motivaba a Philip, que vivía a la sombra de su padre, era su deseo de demostrarle que podía triunfar», dijo uno de los abogados de Esformes en un momento de franqueza. Sigmund Freud podría haber sido llamado a declarar como testigo favorable a la defensa de Esformes.

El juicio incluyó historias de orgías y viajes a Las Vegas. Una aspirante a modelo de Victoria’s Secret tuvo un breve papel protagonista. Contó con una peculiar trama secundaria sobre cómo Philip había sobornado al entrenador de baloncesto de la Universidad de Pensilvania con bolsas de dinero en efectivo a fin de que fichara a su hijo Moe para el equipo de baloncesto universitario. Hubo dos testigos estelares, los hermanos Delgado. Uno de ellos pesaba 245 kilos, tuvo un hijo con su novia y luego, por comodidad, la alojó en un piso que era propiedad de su esposa. (Los hermanos Delgado sabían cómo manejar una situación delicada). Si lee las 9.757 páginas que ocupa la transcripción del juicio, hay tantos momentos como este que empiezan a parecer normales:

 

P: ¿Y cuándo empezó?



 

 

 

 

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El fiscal está preguntando a uno de los numerosos testigos de la acusación acerca de un fraude sanitario relacionado en el que está implicada la empresa ATC.

 

R: En 2002, cuando me dieron mi número de proveedor.

 

P: ¿Y cuánto facturó ATC a Medicare?

 

R: Doscientos cinco millones de dólares.

 

P: Y […] el monto de las comisiones ilegales que pagaban al mes a los distintos proveedores, ¿a cuánto ascendía?

 

R: A entre trescientos mil y cuatrocientos mil dólares mensuales.

 

Un poco más tarde, el abogado retoma el tema de las comisiones ilegales.

 

P: ¿Podría describirle al jurado, darle una idea clara de cómo, en un mes cualquiera, repartía las distintas cantidades de dinero que había que pagar?

 

R: Como he dicho antes, ya tenía dinero recogido del blanqueo de dinero que hacía. Y necesitaba tener billetes de cien, cincuenta, veinte, diez y cinco dólares, montones de dinero. Y luego tenía sobres.

 

Sí. Para repartir más de cuatrocientos mil dólares al mes en comisiones ilegales, hacen falta muchos sobres. Y, por cierto, si le dedica suficiente tiempo al caso, puede llegar a la conclusión de que quizá, solo quizá, Philip Esformes no era tan malo.

 

«Iba a los centros el sábado por la noche. Comprobaba que todo estuviera bien. Iba día sí y día también, por toda la ciudad. —Este es uno de los abogados de Philip, Howard Srebnick, en un alegato final en favor de su cliente que, por momentos, pareció pura poesía—. Llevó a la residencia a [la estrella del baloncesto] Dwyane Wade para que los pacientes lo conocieran […] El señor Esformes iba a las residencias y le daba abrazos a la gente. Iba a las residencias y bailaba con los pacientes. Iba a las residencias y les demostraba afecto a las personas que trabajaban para él, tanto afecto que esas personas estuvieron dispuestas a presentarse ante el tribunal para demostrarle su afecto al señor Esformes».

 

¿Qué le ocurrió a Philip Esformes? ¿Qué razones podía tener un hombre capaz de tanto afecto para echar a perder su vida de una forma tan temeraria?

En la vista para dictar sentencia, el testimonio más convincente fue el del rabino Sholom Lipskar, que conocía a la familia desde hacía años. Lipskar visitó a Esformes cincuenta veces durante los largos años que pasó



 

 

 

 

 

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en prisión a la espera de juicio. Conocía su estado de ánimo mejor que nadie.

 

Le han destrozado el alma. Le han roto el corazón. Su carácter ha cambiado —dijo Lipskar al juez. Y añadió—: Tengo entendido que Su Señoría ha dicho en el pasado que hay gente mala que hace cosas malas y que también hay gente buena que comete errores […] Philip es una de esas personas. Empezó siendo Philip Esformes, parte de una familia extraordinaria de linaje ilustre. Yo conocí a sus abuelos. Rezaban en nuestra sinagoga. Su abuelo venía en silla de ruedas con todo su corazón y su alma y oraba […] Luego se convirtió en un hombre de éxito en Chicago, era Philip de Chicago, y apoyaba a todas las instituciones de la ciudad. Y después vino a Miami, donde es fácil convertirse en Philip de Miami, un individuo destrozado, atrapado en un ambiente donde no era únicamente dinero lo que quería hacer.

 

Miami. Lipskar pensaba que, para Esformes, los problemas habían empezado cuando había dejado su ciudad natal para mudarse al sur de Florida.

 

Recordemos que se trataba de una vista para dictar sentencia, una ocasión en la que, por definición, un delincuente les pide a sus amigos que acudan a decir cosas bonitas de él. «En realidad, no fue culpa suya» es la defensa típica para todos los que se encuentran en esa situación, ya desde los niños a quienes mandan al despacho del director.

Pero, al mismo tiempo, el argumento de Lipskar resulta tremendamente familiar. La enseñanza de los atracos a bancos y de las escuelas Waldorf es que los comportamientos se vinculan a lugares de maneras que a veces pueden sorprendernos. El rabino estaba esgrimiendo el argumento de la variación de área pequeña.

«Se perdió. Pueden preguntarle a su familia […] El propio Philip se lo dirá: “Me perdí. Fui por el mal camino. Caí al fondo del abismo”».

 

Era Philip de Chicago, un empresario intachable de una familia ilustre. Hasta que se convirtió en Philip de Miami y se perdió.[6] Fue como si se hubiera mudado de Waterbury a Stowe.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3

 

Volvamos por un momento al caso de las escuelas Waldorf. La explicación más obvia de lo que las hace tan peculiares es que atraen a padres que ya son contrarios a las vacunas. Sin embargo, cuando la antropóloga Elisa Sobo estudió la cultura Waldorf, descubrió que no era así. «La gente no elegía necesariamente la escuela porque quería un oasis en el que nadie se vacunara», dijo. Por supuesto, continuó, algunas personas sí lo hacían. Pero la tendencia iba en la otra dirección. «Parece tratarse de una conducta o una actitud, una creencia que la gente adoptaba cuando iba allí», explicó. Observó un hecho interesante sobre las familias con varios hijos en una escuela Waldorf: «Si llevabas a un niño de tres años en la etapa infantil y luego tu familia crecía y decidías quedarte, tus siguientes hijos se vacunaban menos y los siguientes [aún] menos». Las escuelas Waldorf hechizan a sus miembros y, cuanto más tiempo se pasa en una, más fuerte es el hechizo.

 

¿Cómo actúa ese hechizo? Considere los siguientes testimonios de antiguos alumnos de escuelas Waldorf, extraídos de un vídeo promocional realizado para una de esas escuelas de Chicago. (Lo he elegido al azar; hay infinidad de vídeos promocionales como este en YouTube). El vídeo consiste en una serie de profesionales jóvenes y atractivos que hablan de lo que aprendieron en sus años en ese centro. Esta es Sarah, por ejemplo: «Lo que Waldorf hace por ti es que te despierta una curiosidad total por el mundo. Hay una especie de efecto Waldorf de tener muchísimas ganas de aprender y muchísima curiosidad por todo, en vez de que te lo den todo triturado y encasillado».

La siguiente es Aurora: «Lo que pasa con las escuelas Waldorf es que te enseñan a aprender. Y no solo te enseñan a aprender, te enseñan a querer aprender, generándote ese deseo y capacidad de encontrar las respuestas que hay que encontrar y de buscar la información que necesitas».

 

Hay algo maravilloso en la manera en que las escuelas Waldorf fomentan en sus alumnos una actitud de curiosidad hacia el mundo. Sin embargo, es fácil ver cómo esa idea puede dar a las personas permiso para tomar derroteros extraños.

Los padres que vacunan a sus hijos son personas que aceptan delegar en los conocimientos de la comunidad médica. ¿Puedo explicarle con



 

 

 

 

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exactitud cómo actúa una vacuna y qué le ocurre al sistema inmunitario de mis hijos cuando se la administran? No. Pero soy consciente de que hay muchas personas que saben del tema más que yo y me fío de su criterio. En cambio, formar parte de la comunidad Waldorf tiene algo que anima a las personas a no confiar automáticamente en el juicio de los expertos: les infunde la confianza necesaria para explorar esa clase de temas difíciles por sí mismas. En el vídeo, un cineasta que se llama Erik dice: «Podría aterrizar en cualquier parte y ponerme a trabajar de inmediato sin perder el ritmo […] Tener esa confianza de que tengo permiso para hacer eso es una cosa que las escuelas Waldorf cultivan muchísimo».

 

Sarah es la que dice la última palabra en el vídeo. Ir a una escuela Waldorf, explica, «te da un poco de complejo de superhéroe. —Luego guiña el ojo—. Ese es el único peligro de llevar a tu hijo ahí».

 

Tengamos presente que los padres Waldorf no solo se relacionan con otros padres Waldorf. Viven en un mundo lleno de compañeros de trabajo, amigos, parientes y vecinos que están convencidos de que las vacunas infantiles son beneficiosas. Sin duda, estos padres oyen esas opiniones contrarias continuamente. Siempre que llevan a su hijo al médico, el pediatra debe de mirarlos como si hubieran perdido la cabeza. Sin embargo, para la mayoría de ellos, ninguna de esas presiones externas importa.

«¿Se pusieron enfermos? Sí», escribe una bloguera que se hace llamar «La mamá Waldorf». Habla de lo que ocurrió después de que decidiera no seguir el calendario de vacunación recomendado para sus hijos.

 

Una Navidad tuvimos que autoconfinarnos con varicela. (¡Fue un lujo faltar a todas las reuniones sociales esas fiestas!). El más pequeño la tuvo muy fuerte y aún le quedan algunas marcas que lo demuestran.

 

Mi hijo mayor la tuvo tan leve que pareció que se lo saltara. Años más tarde, cuando la cogieron otros niños de la escuela, él tuvo herpes zóster. De hecho, ayuda tener la enfermedad en su versión más fuerte. Se tiene, se supera y se acabó.

 

 

Por supuesto, hay una forma sencilla de proteger a un hijo del herpes zóster —que, en una escala de dolor del 1 al 10, suele puntuar entre 9 o 10 — y es vacunarlo contra la varicela.



 

 

 

 

 

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La mamá Waldorf continúa. También optó por no vacunar a sus hijos contra la tos ferina. ¿Y sabe qué? Sus hijos contrajeron la tos ferina.

 

La peor enfermedad que tuvimos fue la tos ferina. Los niños se contagiaron de otro niño con el que habíamos pasado una tarde en la playa. En esa época vivíamos en California y sigue siendo una de las experiencias más duras y agotadoras de mi vida. Mi hijo jamás había estado tan enfermo. El mayor, que había recibido dos dosis de la vacuna para la difteria, el tétanos y la tos ferina, no lo pasó tan mal, aunque la tuvo igualmente. ¿Los habría vacunado de haber sabido cómo iba a ser? Tal vez. Pero ahora que ya ha pasado, estoy más segura de que mis hijos tienen la mejor protección contra esa enfermedad.

 

 

A lo largo de toda esa agotadora racha de marcas en la piel, brotes de herpes zóster y una tos ferina fortísima, una cosa le dio fuerzas para seguir adelante: «Mis hijos también tenían la pedagogía Waldorf de nuestra parte, así que había mucho arte y creatividad todos los días, juego bajo techo y al aire libre, y una educación estimulante y sin estrés que favorecía su desarrollo. Decidí no vacunarlos, pero me aseguré de apoyarlos lo mejor posible».

 

El hechizo Waldorf, venga de donde venga, es poderosísimo. Permítame darle otro ejemplo, esta vez sacado directamente de las

 

investigaciones sobre la variación de área pequeña. Si tiene un problema de corazón, una de las herramientas de que dispone su cardiólogo es un catéter cardiaco. Un catéter es un tubo de plástico de casi un metro de largo y unos dos milímetros de ancho. Se introduce en una arteria o vena y se guía con cuidado hasta el corazón, donde se utiliza para diagnosticar problemas del corazón y vasculares. Sin embargo, al igual que ocurre con todas las herramientas médicas útiles, existe una gran diferencia, de una ciudad a otra, en la frecuencia con la que lo utilizan los médicos. Si nos fijamos en Estados Unidos, por ejemplo, en el periodo comprendido entre 1998 y 2012, el líder en cateterismo cardiaco fue Boulder (Colorado). Si se tenía un infarto en Boulder, se practicaba un cateterismo cardiaco en el 75,3 por ciento de los casos. Al final de la lista estaba Búfalo, en Nueva York, donde ese procedimiento solo se realizó en el 23,6 por ciento de los pacientes. Sospecho que, a estas alturas, los ejemplos de variación de área



 

 

 

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pequeña han perdido su capacidad de asombrar. No obstante, es importante señalar que esa diferencia es enorme. En ese periodo, era muy distinto recibir tratamiento por un infarto en Boulder que hacerlo en Búfalo.[7]

 

Hay una explicación obvia para esto. «Veo Fort Erie desde mi ventana, en Canadá, que está junto al otro lado del lago», dijo Vijay Iyer, que dirige el departamento de cardiología de la Universidad de Búfalo. Búfalo, argumenta Iyer, está inevitablemente influido por su vecino del norte mucho más grande. En esos años, las tasas de cateterismo cardiaco de Búfalo se acercaban mucho más a las de Toronto que a las de Nueva York. Otro ejemplo de eso, añadió, era una técnica conocida como «inserción radial». Durante mucho tiempo, los cardiólogos eligieron la arteria femoral como punto de entrada del catéter: es la arteria que baja por el muslo. Sin embargo, a finales de los años ochenta, el cardiólogo canadiense Lucien Campeau empezó a utilizar un punto de entrada distinto: la arteria «radial», que parte de la muñeca. La inserción radial es más difícil técnicamente, pero tiene muchos menos efectos secundarios, es mucho más cómoda para el paciente, reduce las tasas de mortalidad y se sale antes del hospital. Búfalo adoptó esa innovación mucho antes que otras ciudades estadounidenses. «Hubo dos fisioterapeutas que vinieron de Toronto y nos trajeron la técnica. Otro fue a Montreal para aprenderla porque le parecía útil —explicó Iyer—. Yo me formé [en Búfalo] en 2004 y 2005, cuando el porcentaje de inserciones radiales que se practicaban en Estados Unidos era probablemente del 10 por ciento —prosiguió—. Cuando el resto del país realizaba un 10 por ciento de inserciones radiales, nosotros hacíamos un 70».

 

La medicina canadiense es, en muchos aspectos, muy distinta de la estadounidense. Canadá tiene un sistema de salud público, no una desconcertante red de aseguradoras privadas. En 2022, Estados Unidos gastó el 17,3 por ciento de su producto interior bruto en atención sanitaria. En Canadá, la cifra equivalente fue del 12,2 por ciento, en torno a un tercio menos. En Canadá, se hace mucho más hincapié en plantearse si las intervenciones caras merecen la pena. (Esa es otra de las razones por las que los médicos canadienses adoptaron tan rápidamente la inserción radial: es más barata que introducir el catéter por el muslo). Búfalo es Búfalo, en otras palabras, porque parte de esa «canadianidad» atraviesa inevitablemente el río Niágara y envuelve a los hospitales de la región. En materia sanitaria, Búfalo es la undécima provincia canadiense. Pero



 

 

 

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¿Boulder? Boulder está a cientos de kilómetros de la frontera con Canadá.

 

Boulder va a ser distinto.

 

Aquí es donde las cosas se ponen interesantes. Hace unos años, el economista David Molitor se preguntó: ¿qué ocurre si un cardiólogo se traslada de un lugar como Boulder a otro como Búfalo?

La respuesta de Molitor es que el cardiólogo de Boulder se convierte en un cardiólogo de Búfalo. La transformación no es al ciento por ciento (eso sería escalofriante). Pero, básicamente, el cardiólogo que cambia de domicilio se desplaza en unas dos terceras partes hacia el modelo de prácticas de su nuevo hogar.

«Todo sucede de inmediato, lo que da pistas sobre lo que ocurre. Es algo que pasa muy muy rápido durante el primer año —dijo Molitor—. Si simplemente fuera alguna clase de aprendizaje, es decir, si estás reuniendo información sobre tus nuevos compañeros y poniéndote al día, el ritmo de aprendizaje sería más gradual —continuó—. Podría haber un impacto inmediato, pero luego seguirías evolucionando para ir pareciéndote cada vez más a la zona donde te han destinado».

 

Sin embargo, no es eso lo que ocurre. Uno se planta en Búfalo y ¡boom! Piense en lo extraño que resulta. Es usted cardiólogo. Lleva quince años tratando infartos en el gran hospital universitario de Boulder. Es tan bueno en lo que hace que recibe una tentadora oferta para trabajar en Búfalo. No le ofrecen el empleo a condición de que pase por una reorientación especial en Búfalo. Sus nuevos compañeros no le hacen sentarse nada más llegar, le leen la cartilla y le dicen: «Así es como hacemos las cosas aquí». No, le han contratado porque les gusta tal y como es. Cuando llega, ve que su nueva consulta se parece mucho a la anterior, y la tecnología y los medicamentos a los que tiene acceso son idénticos a los de Boulder. Los pacientes que atiende presentan los mismos problemas y síntomas que los de su antigua consulta. ¡Todo es básicamente igual! Salvo que ahora, cuando mira por la ventana, ya no ve las Montañas Rocosas, sino Canadá. Y ¡tachán! De la noche a la mañana, pasa a parecerse mucho al arquetipo de cardiólogo de Búfalo. «De hecho, no se trata de aprender qué es lo que funciona —dice Molitor—. Se trata más bien de las influencias del entorno».

 

Cuando el rabino afirmó que a Philip Esformes le había sucedido algo al mudarse a Miami, hablaba de eso. De hecho, lo que decía era que su amigo era el equivalente del cardiólogo que se mudaba a Búfalo o del



 

 

 

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padre o madre que matriculaba a su hijo en una escuela Waldorf. Las comunidades tienen sus propios relatos y esos relatos son contagiosos.

 

En realidad, la palabra «relato» no es del todo correcta. Un término más apropiado es suprarrelato. Si hacemos una analogía con un bosque, el suprarrelato se correspondería con el dosel arbóreo, cuyo tamaño, densidad y altura afectan al comportamiento y desarrollo de todas las especies que viven mucho más abajo en el suelo del bosque. Creo que la variación de área pequeña, como la que distingue a las escuelas Waldorf del resto y la que diferencia a Boulder de Búfalo, es un suprarrelato más que un relato. No es nada explícito que se inculca a todos los habitantes de una zona. El suprarrelato se compone de ideas que flotan en el ambiente, en muchos casos sin que seamos conscientes de ellas. Tendemos a olvidarlo porque estamos muy concentrados en la vida que transcurre ante nosotros y a nuestro alrededor. Pero resulta que los suprarrelatos tienen muchísimo poder.

 

Pasemos, pues, al segundo misterio: ¿cuál es el suprarrelato de Miami que hechizó a Philip Esformes? ¿Y dónde se originó?

 

 

 

 

4

 

Medicare, el sistema de asistencia sanitaria que el Gobierno de Estados Unidos tiene para sus ciudadanos ancianos, da cobertura a sesenta y siete millones de personas y cuesta más de novecientos mil millones de dólares al año. Se creó en 1965 y las personas con intenciones dolosas no tardaron en darse cuenta de que un programa tan grande, con tanto dinero, representaba una oportunidad de oro.

En primer lugar, hacerse proveedor de Medicare no es tan difícil. Basta con solicitar por internet un identificador nacional de proveedor (NPI, por sus siglas en inglés), un número de diez dígitos que se utiliza para facturar servicios al Gobierno e inscribirse como proveedor.

 

«Es un sistema basado en la confianza», explicó Allan Medina. Medina fue el fiscal principal en el juicio a Esformes. Pasó más de una década en un alto cargo del Departamento de Justicia, investigando casos de fraude a Medicare, y probablemente sabe más que nadie sobre los entresijos del sistema.



 

 

 

 

 

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«Rellenas los formularios y, en el dorso, certificas que “seguiré las normas de Medicare” —añadió—. Has hecho una promesa. Ahí empieza la confianza».

 

Alguien tiene que identificarse como el «propietario designado» de la nueva empresa. Pero ¿quién es esa persona? En un programa que da cobertura a sesenta y siete millones de pacientes, es difícil comprobar la identidad de todo el mundo. La empresa también debe tener una dirección, un domicilio social físico, para poder inspeccionarla. Sin embargo, hay un límite a lo que puede averiguarse en una inspección. «Si sabes que van a ir en un día concreto —explicó Medina—, puedes prepararlo para que se vea de una cierta manera, y luego puedes seguir con lo tuyo».

«Hay tres cosas básicas que necesitas para cometer fraude sanitario — continuó Medina—. Necesitas pacientes, ¿no? Si los tienes, necesitas profesionales médicos. Te hacen falta enfermeros, y médicos que estén dispuestos a firmar una petición que Medicare confirmará sin hacer comprobaciones. Tienes al médico y a los pacientes, [pero] aún no puedes hacerlo porque te falta el tercer paso. Necesitas los expedientes. Te hacen falta documentos falsificados».

 

El  mundo  del  fraude  a  Medicare  es,  en  esencia,  una  serie  de

 

variaciones poco creativas de la combinación pacientes/médicos/expedientes falsos. A veces, los médicos están al tanto de la estafa. Otras, solo les roban el NPI por internet. Otras, se presta un servicio de manera legal, pero se factura como otro mucho más caro. En ocasiones, el defraudador ni tan siquiera se toma la molestia. Pongamos que usted crea, por ejemplo, un centro de rehabilitación. Ficha a pacientes para que digan que se han lesionado cuando no es verdad, los envía a un médico que accede a remitirlos a su centro a cambio de una comisión ilegal y falsifica un informe médico para decir que su centro ha sometido al paciente a una rutina rigurosa, cuando, en realidad, usted no ha hecho nada en absoluto.

 

Pero ¿qué ocurre si alguien empieza a sospechar en las oficinas centrales de Medicare? ¿No figuran el nombre y la dirección del defraudador en el formulario para solicitar el NPI? No si usted ha escrito el nombre de otra persona que en ese momento se encuentra oportunamente fuera del país. Medicare paga a su centro fraudulento y usted retira el dinero de inmediato y se asegura de blanquearlo para que los bancos no sospechen. Un buen socio para eso es un narcotraficante. Él tiene mucho



 

 

 

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dinero en metálico que quiere sacar del país. Usted necesita efectivo para las comisiones ilegales que paga a médicos u hospitales. Así que tal vez le cede una parte de su negocio «legal» a cambio de inyecciones de dinero en metálico que puede destinar a sobornos.

 

Además, está el campo emergente de la telemedicina, donde las reglas dicen ahora que no hace falta verse con un paciente para cobrar por tratarlo. ¿En serio? Durante la COVID-19, cuando la normativa de la telemedicina empezó a relajarse, el mundo del fraude a Medicare salió a la calle para dar saltos de alegría. Esas estafas son cada vez más numerosas, variadas, complejas y creativas, hasta tal punto que se estima que el importe total del fraude a Medicare en un año cualquiera rebasa los cien mil millones de dólares. Y la zona cero de esa extraordinaria epidemia de delincuencia es, y siempre ha sido, Miami.

 

Medina se crio en Miami Beach. Crecer en Miami si nos dedicamos a perseguir el fraude a Medicare es como hacerlo en los Alpes si queremos ser esquiadores alpinos. Nos da ventaja sobre los que se han criado en el llano. «No me di cuenta hasta que hice memoria, pero se veían farmacias saliendo como setas —dijo—. Es bastante descarado. A mi abuela, que falleció hace poco, se le acercaba gente en las paradas de autobús para captarla como paciente».

 

Cuando el Gobierno federal empezó a tomarse en serio la lucha contra el fraude a Medicare, creó «fuerzas de ataque» regionales especiales combinando al FBI, la Fiscalía General de Estados Unidos y agentes de la Oficina del Inspector General del Departamento de Salud y Servicios Humanos. ¿Dónde se emplazó la primera fuerza de ataque? En Miami. Y quizá la manera más sencilla de explicar por qué eligieron este lugar sea con la siguiente tabla, que muestra cuánto gastó Medicare, por afiliado, en equipo médico duradero en el año 2003. Esa categoría incluye, por ejemplo, muletas, férulas, órtesis, sillas de ruedas y andadores. Desde entonces, el mundo del fraude se ha expandido para dar cabida a tramas más lucrativas y exóticas. Sin embargo, todo empezó con las sillas de ruedas y los andadores.

 

Veamos las cifras del estado de Florida.

 

211,07

$

Bradenton, FL

241,93

$

Orlando, FL

 

 

 

 

 

 

233,56

$

Clearwater, FL

190,36

$

Ormond Beach, FL

 

 

 

 

 

 

198,24

$

Fort Lauderdale, FL

321,42

$

Panama City, FL

 

 

 

 

 

 



 

 

 

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190,90

$

Fort Myers, FL

260,36

$

Pensacola, FL

 

 

 

 

 

 

283,25

$

Gainesville, FL

189,87

$

Sarasota, FL

 

 

 

 

 

 

228,26

$

Hudson, FL

228,42

$

San Petersburg, FL

 

 

 

 

 

 

249,44

$

Jacksonville, FL

294,91

$

Tallahassee, FL

 

 

 

 

 

 

287,20

$

Lakeland, FL

222,25

$

Tampa, FL

 

 

 

 

 

 

238,54

$

Ocala, FL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Panamá City es la primera de la lista, con 321,42 dólares por paciente de Medicare. La última es Sarasota, con 189,87. La diferencia es considerable y, si usted se dedicara a investigar fraudes, podría preguntar: «¿Por qué se factura a Medicare un 70 por ciento más por cosas como sillas de ruedas en Panama City que en Sarasota?». Por lo demás, todo parece bastante normal: Fort Lauderdale, Jacksonville, Clearwater, Orlando y la mayoría de las otras poblaciones se encuentran todas en el tramo de los doscientos dólares anuales.

 

Pero, un momento. No le he dado la cifra de Miami. ¿Se ha preparado? 1.234,73 dólares.

 

 

 

 

5

 

¿Cuál es el origen del suprarrelato de Miami? Si habla con cien personas de esta ciudad, obtendrá cien respuestas distintas. No obstante, la explicación más persuasiva quizá sea lo que podríamos llamar «la teoría de 1980». Se explica en un libro fascinante titulado The Year of Dangerous Days (El año de los días peligrosos) de Nicholas Griffin.

 

El razonamiento de Griffin dice más o menos así: hasta los años setenta, Miami era una ciudad del sur pequeña y tranquila que luchaba por salir adelante. Empezó siendo un destino ideal para ir de vacaciones en invierno, pero el viaje en avión acabó disuadiendo a muchos de los turistas. Orlando se había convertido en la gran atracción del estado. Miami era peligrosa. Miami Beach era una sucesión de hoteles ruinosos. Cuando los líderes empresariales de la ciudad pensaban en revitalizar su comunidad, sus modelos siempre eran las clásicas urbes prósperas de Estados Unidos. Aspiraban a ser un centro de negocios regional como Atlanta, a tener el sector bancario de Charlotte, a disponer de un puerto interior como Jacksonville.



 

 

 

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Sin embargo, arguye Griffin, en 1980 ocurrieron tres cosas que convirtieron a Miami en una ciudad muy distinta. La primera fue el dinero de la droga. El narcotráfico era un negocio familiar en el sur de Florida, con traficantes de poca monta que transportaban marihuana en barco desde el Caribe hasta los cayos de Florida. No obstante, en un determinado momento, el mercado se redirigió brusca y drásticamente hacia la cocaína latinoamericana. A finales de los años setenta, el volumen de la economía sumergida en el condado de Dade, donde se encuentra Miami, se estimaba en cien mil millones de dólares. El 20 por ciento de las transacciones inmobiliarias se realizaban en efectivo, lo que significa que el comprador se presentaba para cerrar el trato con bolsas de deporte llenas de billetes. En los años ochenta, en un periodo de tres años, el gasto total en coches fue casi diez veces el de Jacksonville y Tampa, las otras dos ciudades más grandes del estado. Solo en 1980, un agente de Hacienda estimó que doce personas depositaron cada una entre doscientos cincuenta y quinientos millones de dólares en bancos de Miami.

 

«Creo que lo fundamental de ese año es, ante todo, la rapidez con la que el dinero extranjero, o llamémoslo de la droga, porque eso es básicamente lo que es, erosiona las instituciones estadounidenses», dijo Griffin. El tráfico de cocaína convirtió el sistema bancario de la ciudad en cómplice de los cárteles internacionales de la droga.

 

Esa corrupción empezó a impregnar el sistema de justicia penal. «El departamento de homicidios acaba totalmente corrompido por la cocaína», explicó Griffin. Un banco que trataba con traficantes compró a un exadministrador municipal. Algunos policías de la brigada antivicio empezaron a asaltar a traficantes y a robarles el producto. Todo eso ocurría, continuó Griffin, «en el mismo momento en que el índice de asesinatos aumenta en un 300 por ciento». La ciudad estaba fuera de control. En el invierno de 1979, un joven negro recibió una paliza de la policía tras una persecución en coche y murió en el hospital al cabo de pocos días. Un grupo de agentes fue a juicio. Cuando los absolvieron, la Miami negra montó en cólera y provocó uno de los peores disturbios raciales de la historia de Estados Unidos. Miles de blancos pusieron pies en polvorosa y cruzaron la frontera del condado con destino a Fort Lauderdale, Boca Ratón y otros destinos al norte del estado.

 

Esa misma primavera, en abril de 1980, Fidel Castro decidió abrir las fronteras de su país. Griffin califica ese hecho como lo más «loco» que



 

 

 

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ocurrió ese año. «La demografía de Miami cambia casi de la noche a la mañana. No creo que haya pasado nunca en otra ciudad de Estados Unidos que empieces el año creyendo que aún es una ciudad blanca, controlada sin ninguna duda por blancos, y al final del año tienes literalmente una ciudad de mayoría latina que ha salido de la nada. Y eso es por el éxodo del Mariel: Castro arroja ciento veinticinco mil personas sobre una ciudad que apenas tenía trescientos mil habitantes en ese momento. Y así, sin más, se produce ese cambio extraordinario, pero es una transición hacia una ciudad en la que muchas de sus instituciones clave están debilitadas».

 

Cualquiera de esos acontecimientos por separado bastaría para afectar profundamente a una ciudad. Miami sufrió varios acontecimientos traumáticos y todos tuvieron el mismo efecto: sacudir hasta los cimientos las instituciones y prácticas que habían proporcionado estabilidad a la ciudad durante generaciones.

«Hay un momento en el que todo confluye —explicó Griffin—. Y fue la primavera de 1980. En un periodo de seis semanas, todas estas cosas azotaron la ciudad como tres huracanes en el mismo mes».

 

En la primavera de 1980, un columnista del periódico de la ciudad, el Miami Herald, preguntó al alcalde cómo lo afrontaría Miami.

 

¿Hay un punto de saturación? ¿Cómo lo afronta una comunidad? Se lo pregunto al alcalde de Miami, Maurice Ferre.

 

«De la misma manera que Boston afrontó la enorme afluencia de irlandeses en la década de 1870», respondió.

 

«¿Y cómo fue eso?».

 

«No lo hicieron».

 

 

«No lo hicieron». Miami no asimiló esos tres acontecimientos sísmicos y siguió como antes. Miami se convirtió en un lugar distinto.

 

Así pues, ¿qué sucede si decidimos irnos a vivir a Miami? Si lo hacemos antes de 1980, no mucho. Solo nos mudamos a una ciudad del sur sin prácticamente nada de particular, como Jacksonville, Tampa o algún destino del sur de Georgia. Pero ¿si nos mudamos en 1980? En ese caso lo hacemos a un lugar donde la autoridad institucional, la influencia estabilizadora de normas y prácticas construidas a lo largo del tiempo, se ha hecho añicos.



 

 

 

 

 

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El año 1980 fue el de mayor actividad del malfamado blanqueador de dinero colombiano Isaac Kattan Kassin. Solía parar con el coche delante de un banco de Biscayne Boulevard, en el centro de Miami, llamaba al guardia de seguridad y le daba dos enormes maletas llenas de cientos de miles de dólares en efectivo para que las metiera en el banco. Kassin hacía eso todos los días.

 

«Creo que el récord fueron trescientos veintiocho millones de dólares en un año, todos metidos en maletas. Es decir… [el] banco tiene que contratar a cinco personas que trabajen durante toda la noche para contar el dinero —explicó Griffin—. Y, por supuesto, fingir que ahí no pasa nada. Es surrealista».

Si su rutina matutina le llevara a Biscayne Boulevard en un día laborable cualquiera de 1980, eso es lo que vería: un maleante en un Chevy Citation rojo aparcado en doble fila delante de un banco, descargando los millones que está blanqueando, ¡con la ayuda del banco! ¿No cree que eso cambiaría su forma de ver el mundo?

«¿Lleva eso directamente a los fraudes a Medicare, treinta años después? No lo sé, pero parece que tener instituciones que no están muy bien construidas influye —observó Griffin—. Aquí se ve por todas partes. Cuando te ponen una multa por exceso de velocidad, el policía te dirá que no la pagues. Te dirá: “Oh, es mucho más barato […] si llama a la oficina de gestión de multas de mi primo y paga sesenta pavos, él vendrá. No le quitarán puntos del permiso” […] Así es como va todo aquí».

 

 

 

 

6

 

Un día de sol típico de Florida, fui a la sede de la Fuerza de Ataque contra el Fraude de North Miami y me senté en una sala de reuniones con Omar Pérez Aybar, que dirige la oficina de Miami, y un compañero suyo, Fernando Porras. Ambos son jóvenes y hablan español e inglés, pasándose de uno a otro con fluidez. Parecían contemplar a los delincuentes con los que interactuaban con una mezcla de diversión e incredulidad moral. Les dije que quería conocer historias de Miami.

 

«Alfredo Ruiz es un blanqueador de dinero», empezó a decir Pérez.

 

El blanqueo de dinero es muy importante en el mundo del fraude, por razones obvias. Una vez que Medicare nos paga, tenemos que sacar ese



 

 

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dinero de nuestra cuenta bancaria lo más rápido posible, antes de que la fuerza de ataque nos pille y nos lo confisque.

 

«Y se despertaba por la mañana —así es como nos lo explicó él—. Se fumaba un porro y luego, entre las ocho y, pongamos, mediodía, blanqueaba más de un millón de dólares. Y después ya no hacía nada más en todo el día».

Pérez señaló al techo.

 

«¿Una de las compañías fantasma que se suponía que blanqueaba dinero? Estaba literalmente arriba, en la cuarta planta».

Ruiz había alquilado unas oficinas para una de sus tapaderas en esa planta a la mismísima fuerza de ataque cuyo cometido era cerrar sus tapaderas. Muy a su pesar, Pérez y Porras parecían admirar esa clase de descaro. Ruiz tenía un Lamborghini Urus de doscientos cincuenta mil dólares y le cambiaba el color constantemente, lo que hacía más difícil localizarlo. (El Urus parece parte del atrezo de una película de Marvel. Es la clase de coche que la gente lleva en Miami y en ningún otro sitio).

«Lo pillamos en el hotel Biltmore, en la suite de Al Capone», explicó Pérez.

¡Cómo iba a ser de otra manera!

 

Pérez refirió que había otras partes del país, en especial Los Ángeles, que de vez en cuando superaban a Miami en alguna categoría de actividad sospechosa relacionada con Medicare. Sin embargo, había una cierta desvergüenza característica, una particular clase de descaro y extravagancia que diferenciaba a Miami. En una ocasión, Pérez encontró a un «propietario designado» en una habitación de tres por cuatro metros con una reja de acero en la puerta que se abría desde fuera. Su cometido era firmar cheques. Al parecer, ya había firmado los suficientes, de manera que lo habían dejado morir. En otra época, cuando las estafas relacionadas con los tratamientos intravenosos para el VIH estaban de moda, los estafadores recogían a indigentes, los llevaban a los consultorios en autobús, les inyectaban vitamina B12 y le decían a Medicare que era un caro medicamento antiviral. Gran parte del suprarrelato de Miami era, según parece, «Usa la imaginación».

 

A continuación, Porras y Pérez se ofrecieron a enseñarme algunos de sus puntos calientes favoritos. Nos subimos a un Chevrolet del Gobierno y nos dirigimos al sur por la autopista Palmetto con destino a Sweetwater, un discreto barrio próximo al aeropuerto.



 

 

 

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Entramos en el aparcamiento de un pequeño edificio de oficinas de dos plantas cuyo nombre era Fontainebleau Park Office Plaza. Por fuera, tenía un aspecto de lo más normal: construido en los años setenta, pero bien mantenido, con muchas ventanas, recién pintado y con el césped muy bien cuidado. El vestíbulo se parecía al de cualquier otro edificio de oficinas, hasta que uno miraba el plano colgado de la pared. Me refiero a los carteles en blanco y negro que tienen dibujadas todas las oficinas, pasillos, ascensores y salidas de incendios que hay. El plano del Fontainebleau parece un laberinto, una ratonera de pequeños espacios, que se dividen en espacios aún más pequeños para subarrendarlos, con lo que acaba habiendo tantas oficinas que el sistema de numeración del edificio es como el que veríamos en uno de esos megacomplejos de pisos de China: número, letra, número, en un orden que parece aleatorio. 1-R-2 o 2-F-3, y así sucesivamente.

 

Tenga presente que se trata del plano de un edificio con un tamaño relativamente modesto.

«Vine aquí en 2007. Y he visitado este edificio quizá treinta veces», dijo Pérez cuando entramos. Todas las puertas del largo pasillo central tenían un cartelito del mismo tipo en la parte de fuera.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Porras señaló una de las puertas. «Bien. Así que esto es una agencia de atención a domicilio». Al decirlo, puso cara de cierta exasperación. En realidad, no era ninguna agencia de asistencia a domicilio. ¿Cómo iba a serlo? Tenía las dimensiones del cuarto de un niño. Un poco más adelante había un «centro médico» del tamaño de un ropero grande, a continuación, un consultorio médico, un centro de rehabilitación, etc.

 

En un edificio con montones de consultorios médicos, cabría esperar ver pacientes. Todos los carteles anunciaban las horas de visita, de lunes a viernes, y nosotros habíamos ido un lunes a última hora de la mañana. ¿Dónde estaban todos?

Nos detuvimos delante de una puerta. «Está abierta. Se supone que es un negocio —dijo Pérez—. Asómate a ver qué ves». Abrí la puerta una rendija. Había un hombre mayor sentado detrás de una mesa y me miró sobresaltado, como si no pudiera imaginar por qué alguien lo molestaba. «En todas estas oficinas hay solo una persona —me explicó Pérez—. Y no está necesariamente interesada en tener clientes».

 

En las paredes del edificio, la dirección había colgado carteles de bonitas fotografías, con frases inspiradoras debajo como: «Confía y triunfa. El valor no siempre ruge. A veces, es la voz que al final del día te susurra que mañana volverás a intentarlo».

Los dos agentes se rieron a carcajadas.

 

«¡Y lo hacen!», exclamó Pérez.

 

«¡Cuando les autorizan las peticiones!», dijo Porras.

 

Era un edificio de oficinas lleno de tapaderas. Medicare exige que todos los proveedores tengan un domicilio social físico y, por lo que parecía, la actitud del Fontainebleau era que no merecía la pena esforzarse demasiado para que todo pareciera legal.

Regresamos al coche y nos dirigimos a un «mercado mayorista» próximo a un hotel que estaba a cinco minutos de allí. Era un centro comercial de dos pisos con largos pasillos llenos de pequeños escaparates. En la primera planta, destinada al sector textil, se vendían botones, cremalleras y telas. No obstante, el segundo piso se había reconvertido en un centro comercial de salud. Nos detuvimos delante de una oficina vacía con un espacioso escaparate. Había grandes carteles pegados al cristal que anunciaban servicios de rehabilitación médica. La puerta estaba abierta. Dentro había un escritorio, una mesa, una impresora y un teléfono desconectado. Las paredes estaban decoradas con varias reproducciones



 

 

 

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baratas de grabados del siglo XIX. En un tablón de anuncios, figuraba la documentación de la compañía: la declaración de derechos del paciente, la autorización de Medicare para la empresa y un organigrama con los miembros del consejo directivo, el administrador, el controlador normativo y el gerente de la oficina. Parecía legal. Hasta que me fijé un poco mejor en el organigrama y me di cuenta de que, debajo de cada casilla — directores, administrador, controlador normativo, gerente de la oficina—, ¡figuraba el mismo nombre! En el mercado mayorista eran igual de descarados que en el Fontainebleau.

 

«Lo que sabemos es que hay algunas operaciones llave en mano — explicó Pérez—. Tú me dices en qué sector estás interesado o qué clase de proveedor quieres ser y yo te lo monto». Era exactamente igual que preparar una casa para venderla. «Hemos estado en oficinas que tienen un monitor, un ordenador, un ratón y un teclado. Pero no hay nada conectado. Todos los cables están colgando o no los hay».[8]

 

Esa oficina estaba muy bien montada, hasta el detalle del ordenado tarjetero de la mesa. Pérez fue a la oficina contigua para hablar con una mujer que atendía la recepción de lo que se anunciaba como una empresa de servicios médicos. «No tendrá ni idea de por qué está ahí», predijo. Efectivamente, cuando le preguntó qué hacía allí, ella le dijo que no tenía ni idea.

 

Pérez había estado en el mercado mayorista casi tantas veces como en el Fontainebleau Park Office Plaza. «Me sorprende que no tengan nuestra foto colgada en algún sitio: “Si veis a estos tíos, no los dejéis entrar”».

 

Entretanto, Porras estaba al teléfono, pidiéndole a alguien de la fuerza de ataque que buscara las cifras de facturación a Medicare de la empresa que tenía los grabados del siglo XIX en la pared.

«Ah, vamos a ver —dijo, leyendo sus mensajes—. Solo para que te hagas una idea. Aquí está. Facturaron cinco millones de dólares y recibieron un millón doscientos mil dólares en el primer y segundo trimestre de 2022. No han facturado nada desde entonces. Se han ido. Recogieron el tenderete y se fueron al siguiente». Y no se molestaron en desmontar la oficina.

 

«Yo me ocupo de todo el estado, ¿no es así? —dijo Pérez—. De modo que tengo oficinas en Tampa, en West Palm, en Orlando, en Jacksonville.



 

 

 

 

 

 

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Reconocemos que las estafas de allí son distintas a las de aquí. Aquí es mucho más evidente. Es mucho más descarado en el sur de Florida».

 

Mientras iba en el coche con Pérez y Porras, les pregunté por Rick Scott. No esperaba que respondieran a la pregunta: el asunto es demasiado delicado para personas empleadas por el Gobierno federal. Pero podía adivinar lo que estaban pensando, porque es imposible trabajar en Miami, bajo la influencia de su suprarrelato, sin preguntarse por el impacto que personas como Rick Scott tuvieron en personas como Philip Esformes.

 

Scott era director general de la gran cadena de hospitales con ánimo de lucro Columbia/HCA. En 1997, unos agentes federales llevaron a cabo redadas en varios de esos hospitales. En la primera fase de la investigación, se ordenó a cinco altos cargos de la empresa que comparecieran ante un gran jurado. ¿A qué sección de la compañía pertenecían? Se lo puede imaginar: Florida. Scott no fue imputado ni se lo implicó en ningún delito. Sin embargo, se vio obligado a dimitir en la ignominia. Y, unos años más tarde, Columbia/HCA se declaró culpable de catorce delitos, entre los que se incluían mordidas a médicos, facturación falsa, tratos ilegales con otros proveedores, etc., y acabó pagando la cifra récord de mil setecientos millones de dólares en indemnizaciones civiles.

 

¿Dónde acabó instalándose Scott después de dejar HCA? También se lo puede imaginar: Florida. Unos años después, decidió presentarse a gobernador de… lo ha adivinado: Florida, donde cumplió dos mandatos antes de pasar a representar a… sí, Florida, en el Senado de Estados Unidos. Durante una parte de los años en los que Philip Esformes dirigió una trama multimillonaria de mordidas, facturación falsa y tratos ilegales, el gobernador de su estado era una persona que había presidido un sistema hospitalario que dirigía una trama multimillonaria de mordidas, facturación falsa y tratos ilegales.

Cuando Philip Esformes regresó a casa una noche y vio a Rick Scott perorando en televisión desde el cargo más influyente del estado, ¿cree que eso cambió su manera de pensar sobre su propio comportamiento? Desde las alturas, el dosel arbóreo proyecta una sombra sobre todo lo que puebla el suelo del bosque.

El suprarrelato es específico. Está ligado a un lugar. Es poderoso. Influye en el comportamiento. Y no surge de la nada. Ocurre por una razón.



 

 

 

 

 

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7

 

La fuerza de ataque contra el fraude a Medicare dio con Philip Esformes por casualidad. «Mi primer caso fue el propietario de una farmacia — recuerda el fiscal Allan Medina—. Lo detienen. Colabora». El farmacéutico le contó que había estado pagando comisiones ilegales a dos hermanos, Gaby y Willy Delgado, a cambio de que le remitieran pacientes. «Eso es todo lo que pensé que era», añade Medina.

 

Sin embargo, poco a poco surgió algo más grande. Los Delgado se dedicaban a gestionar servicios «complementarios»: equipo médico, atención oftalmológica, psicoterapia, etc. Willy, el hermano mayor, era el cabecilla. Había entrado en el negocio recién terminados sus estudios de enfermería, cuando empezó a trabajar como enfermero a domicilio para una empresa dirigida por Aida Salazar.

 

«Cuando llevaba un tiempo trabajando con ella y se sintió cómoda — declaró Willy en el juicio de Esformes—, me dijo que podía ganarme un dinero extra firmando algunas de las visitas que, de hecho, no se hacían […]».

La parte del juicio de Esformes dedicada al testimonio de Willy Delgado es un instructivo ejemplo de cómo el suprarrelato de Miami pasa de una generación a la siguiente.

 

P: Así que usted escribía notas falsas, ¿es correcto?

 

R: Bueno, ella se las hacía copiar a alguien. Yo solo las firmaba.

 

P: Entonces ¿usted siempre veía a los pacientes por las notas que escribía para ella?

 

R: ¿Qué?

 

Willy Delgado parece sinceramente sorprendido de que el fiscal le haga una pregunta con una respuesta tan obvia.

 

P: Siempre veía a los pacientes por las notas que escribía para ella.

 

R: No, yo nunca veía a esos pacientes.

 

A partir de ahí, Willy ya no miró atrás.

 

«Después de aprender el negocio, quise abrir el mío», continuó. Durante un tiempo, se dedicó a las estafas con equipo médico duradero y se especializó en «concentradores de oxígeno». Encontró a un facultativo



 

 

 

 

 

 

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muy obediente, el doctor M, que era director médico de una serie de viviendas tuteladas para personas mayores.

 

R: Yo le llevaba las recetas, él me las firmaba y, con eso, yo podía, a mi vez, proceder a facturar a Medicare.

 

P: ¿Conoce la frase «suelto con la pluma»?

 

R: Ni siquiera miraba las recetas. Solo las firmaba. Su firma, lo sé… solo un garabato. Se las llevaba y él las firmaba.

 

Willy Delgado fue expandiéndose. Abrió restaurantes, estancos. Montó un rentable negocio complementario dándoles otro uso a las pastillas de oxicodona que sobraban. Luego, su hermano y él se reunieron con Aida Salazar, que por entonces dirigía la empresa Nursing Unlimited con su hijo Nelson.

 

«Yo era comercial», declaró Nelson en el juicio. Se llevaba a los médicos a partidos de baloncesto y a clubes de estriptis, y se ponía hasta arriba de cocaína. Cuando llegaba a casa a las tres de la madrugada, se tomaba un puñado de somníferos antes de volver a empezar al día siguiente.

Los Delgado fueron el vínculo que Medina descubrió en su primer caso con el farmacéutico corrupto. Este le habló de los dos hermanos, sobre los que él reunió pruebas con la ayuda de Salazar. Y, cuando los Delgado empezaron a hablar, mencionaron a un hombre con el que llevaban trabajando desde los años 2000, justo después de que él y su padre se mudaran a Miami desde Chicago: Philip Esformes.

 

Para entonces, Philip Esformes había reunido una enorme cartera de residencias y viviendas tuteladas para personas mayores en el sur de Florida. Los Delgado afirman que los tres urdieron un ingenioso plan para mantener las residencias de ancianos de Esformes al completo.

 

Según las normas de Medicare, si un paciente ha estado hospitalizado al menos tres días, tiene derecho a pasar cien días en una residencia. Así que buscaron un hospital colaborador: el Larkin Community Hospital de South Miami.

 

P: Díganos qué tenía de atractivo el Hospital Larkin.

 

Willy Delgado: Es fácil trabajar con ellos. Sus criterios de admisión son muy laxos.

 

P: ¿A qué se refiere con que es fácil trabajar con ellos?

 

R: Si vas a ingresar a un paciente en un hospital, cuando vas a urgencias ves lo difícil que es conseguir una cama […] si el paciente puede andar o está estable o incluso puede recibir ciertos cuidados en casa, te mandan a casa. Pero la idea en el Larkin es […]



 

 

 

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Creo que puede deducir cuál era «la idea en el Larkin»: unos criterios de admisión laxos.

 

Los empleados del Larkin recibían comisiones ilegales. A cambio, remitían a los pacientes a una residencia de ancianos de Esformes, donde se quedaban hasta que los trasladaban a una de sus viviendas tuteladas. Cuando los daban de alta, los hermanos Delgado pasaban a prestarles servicios complementarios. Y luego, si los astros se alineaban, los pacientes regresaban al Larkin: una máquina de fraude a Medicare en perpetuo movimiento que acabaría facturándole más de mil millones de dólares, propulsada por miles de fajos de billetes en bolsas de la compra, viajes de fin de semana a Las Vegas y médicos de «pluma suelta».

Esformes tenía un carácter obsesivo y exigente. Era un gritón. Gaby Delgado era su chófer y ayudante. Esformes lo llamaba todos los días a las cinco de la madrugada para darle instrucciones. Siempre llevaba encima al menos dos teléfonos y llamaba a su padre desde el coche para darle el recuento diario del número de pacientes de todos sus centros. Al final, cuando la fuerza de ataque empezó a arrinconarlo, Esformes hijo se volvió paranoico. Obligó a Gaby Delgado a desnudarse para reunirse con él en su piscina y empezó a darle sermones sobre los méritos de la «defensa de la silla vacía».

 

Gaby Delgado: La primera vez que oí el término fue a Phil. Me dijo: «Gaby, podrías usar una cosa que se llama la silla vacía». Y yo le dije: «¿Qué es eso, Phil? No sé qué es». Me dijo: «Significa que, si tu hermano no está, puedes decir lo que quieras o lo que sea. Él no va a estar, ya sabes. Eso es la silla vacía».

 

P: ¿Le sugirió el acusado algún sitio al que su hermano debería ir?

 

Gaby Delgado: Y también dijo, tienes que cambiarte la cara, cirugía plástica y todo eso. Pero uno de los sitios que mencionó fue…, dijo, podríais iros a Israel. Y mi hermano flipó con él, es decir, Israel, tú sabes que vas a hacer que me liquiden cuando llegue a Israel. [Philip] tenía contactos allí […].

 

Como ya he dicho, sería una gran película. El apuesto villano, recorriendo Miami Beach en su Ferrari, yendo de novia en novia, ladrando órdenes a las cinco de la madrugada, intentando que su máquina de fraude no dejara nunca de funcionar. Aunque, por otra parte, quizá no, porque el relato solo tiene sentido en Miami.

 

Incluso el propio juicio, el momento de la historia en que se supone que deben prevalecer el orden y la razón, cayó rápidamente en un abismo de «miamidad». La acusación y la defensa se enzarzaron en una acalorada



 

 

 

 

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disputa sobre el privilegio entre abogado y cliente, lo que dio lugar a un caso paralelo que, de algún modo, llegó hasta el Tribunal Supremo. Kim Kardashian tuiteó sobre todo el lío. (¡Cómo no!). Y Morris Esformes acabó siendo expulsado de la sala por gritar desde el público cosas como «¡Es un mentiroso!», mientras su hijo se retorcía en el banquillo, hecho un manojo de nervios.

 

A lo largo de todo el juicio, Philip Esformes insistió en que era inocente. Se negó a llegar a un acuerdo con la fiscalía que podría haberlo librado de la cárcel. No dijo ni una palabra para defenderse hasta la vista de la sentencia. Se quedó ahí sentado, mientras Willy y Gaby Delgado cavaban su tumba.

 

R: Philip siempre nos había dicho que tenía un as en la manga […] y un día me dijo que tenía contactos para hacer desaparecer cosas. Lo que hizo, por cierto. Vimos desaparecer cosas […].

 

P: Permítame interrumpirle. ¿Qué quería decir… o qué entendía usted que quería decir con que tenía un as en la manga?

 

R: Bueno, decía que tenía contactos en el Gobierno. Había un tío, Jeremy, [que] tenía contactos con el Gobierno. Me enteré… mi hermano me dijo que había hecho una donación enorme a una campaña presidencial. Siempre andaba contándolo.

 

Willy Delgado dijo eso bajo juramento ante un tribunal federal en febrero de 2019. En diciembre de 2020, Donald Trump indultó a Philip Esformes.

 

[9]

 

¿Y adónde se fue a vivir Donald Trump cuando se marchó de la Casa Blanca? Al sur de Florida. Naturalmente.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3

 

POPLAR GROVE

 

«Los padres están como una p… cabra».

 

 

 

 

 

1

 

Un soleado día de otoño, un agente inmobiliario de nombre Richard me enseñó su pueblo natal.

 

Richard era alto y cordial. Mientras recorríamos las ventosas calles en coche, saludaba a la gente que pasaba o señalaba una casa y me decía quiénes la habían comprado, cuántos hijos tenían y a qué se dedicaban. Se había criado en la zona y parecía conocer a todo el mundo. ¿Qué tenía su pueblo? Todo lo que cabe desear: «Una sensación de seguridad. Un sentimiento de buenos vecinos. La impresión de que puedo contar con la gente que me rodea».

El centro tenía un agradable aire de los años cincuenta. Había iglesias por todas partes, de respetable ladrillo rojo. Pasamos por delante del centro comunitario y la biblioteca municipal, y después nos internamos en uno de sus muchos barrios con encanto.

«Aquí estamos junto al agua. —Richard me señaló una hermosa bahía más allá de los árboles—. Las casas de primera línea son las de más categoría y luego, y te lo enseñaré, pasa de esta zona a los barrios que están cerca del agua».

Las calles eran estrechas y estaban bordeadas de altos robles. Discurrían por un terreno de suaves subidas y bajadas. Las casas estaban muy juntas, lo que creaba un ambiente de intimidad.

«Aquí vas a conocer a tus vecinos. Alguien que viene, me llama y dice: “Oye, quiero una casa en primera línea con más o menos una hectárea de terreno. Quiero intimidad. No quiero ver a mis vecinos”. Y yo le digo, sencillamente, eso no es lo que ofrecemos. Es como llamar a un concesionario de BMW y decir que quieres una miniván».



 

 

 

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El pueblo tiene un parque enorme, con un gran número de campos de fútbol y béisbol y pistas de tenis. Hay senderos para salir a correr, una granja escuela, un club de golf familiar y pequeñas playas con espacio para barcas y kayaks. Hace una generación, era una comunidad dormitorio para las ciudades de los alrededores bastante corriente. Sin embargo, en los últimos años se ha vuelto atractiva. Los precios se han disparado.

 

«Ricos de clase trabajadora. Esos son mis clientes —continúa Richard, recreándose en el oxímoron—. Personas que tienen trabajo y ganan mucho dinero. Es decir, médicos, abogados, profesionales que no tienen sangre azul». Poplar Grove, dijo, no era «como la cuarta generación, ya sabes, que vende la empresa que ha heredado, gana doscientos millones de dólares y ni tan siquiera sabe qué hacer con su tiempo. No somos Palm Beach. Aquí todo el mundo va a trabajar».

 

Y todos tenían hijos. El «ciento por ciento» de las personas a las que Richard vendía una casa, que iban a vivir a la comunidad, tenían hijos. Era un pueblo familiar.

«Él es informático, trabaja desde casa —explicó Richard, recordando una venta que había hecho justo esa semana—. Ella es profesora de música en un instituto. El deplorable sistema de enseñanza pública [de las ciudades] lo hizo marcharse y buscan una zona segura donde formar una familia y llevar a sus hijos a la escuela pública. Precio de compra: setecientos mil dólares».

¿Se iban los vendedores de la comunidad? No. Se quedaban. Solo querían una casa más grande cerca de allí. ¿Por qué querrían marcharse de la comunidad ideal?

«Aquí no hay viviendas adosadas. Son todo casas unifamiliares. Y no sé la cifra, pero diría que bastante más del 90 por ciento de los propietarios viven en su casa. Así que no tenemos pisos. Ni alquileres. No tenemos viviendas de gama baja que atraigan ningún tipo de diversidad. Por eso se ha convertido en un sitio muy homogéneo para vivir, que es probablemente por lo que hay un “sistema común de valores” que da mucha importancia a sacar buenas notas, a ser buen deportista, a ir a la mejor universidad posible. Ese tipo de… —hizo una pausa, buscando la manera más amable de expresarlo, porque, pese al enorme afecto que sentía por él, quedaba claro que su pueblo tenía algo que lo inquietaba un poco— ambiente académico».



 

 

 

 

 

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2

 

No voy a decirle el nombre del pueblo de Richard. Puede probar a adivinarlo, pero muy probablemente se equivocará. Y, por cierto, Richard no se llama Richard. Ninguno de esos datos importa. Los dos investigadores que han estudiado lo que ha estado sucediendo en el pueblo lo llaman «Poplar Grove», que es un nombre tan válido como cualquier otro. «Nunca había oído hablar de la comunidad —dice uno de ellos, el sociólogo Seth Abrutyn—. No la tenía localizada».

 

Normal. Poplar Grove no es la clase de población que salta a los titulares. Si pasáramos junto a ella en la autovía, no nos detendríamos, que es precisamente lo que quieren sus habitantes. Sin embargo, hay bastantes poblaciones como Poplar Grove. Es un ejemplo perfecto de una clase de comunidad acomodada y muy unida específica de Estados Unidos.

 

«Me recordó el mito de la América de pueblo, donde todo se centra en la escuela y en los acontecimientos deportivos que celebra —dijo Abrutyn

—. Muchos de los jóvenes y adultos con los que hablamos nos contaron que conocían a todos sus vecinos y que podían acudir a cualquiera. Parecía un sitio verdaderamente idílico […] un lugar estupendo para tener hijos».

Abrutyn estudió Poplar Grove con su colega, Anna Mueller. Cuando fueron allí por primera vez, ambos eran profesores adjuntos de sociología en la Universidad de Memphis, justo al principio de sus respectivas carreras. Supieron del pueblo por casualidad. Mueller entabló conversación con una chica en Facebook. «Después de hablar conmigo, me dijo: “¿Puedes hablar con mi madre?” —explicó Mueller—. Así que tuve una conversación con su madre».

La madre vivía en el pueblo que Mueller y Abrutyn acabarían llamado Poplar Grove. Mueller se quedó tan desconcertada por la conversación que cogió un avión y fue allí lo más rápido que pudo. Luego regresó, esa vez con Abrutyn, y ambos volvieron en repetidas ocasiones, cada vez más atrapados por el drama que vivían sus habitantes.

«El sitio es precioso —explicó Mueller—. Una comunidad con bonitos paisajes y un sentido de identidad fortísimo. La gente está muy orgullosa de ser de Poplar Grove». El instituto es uno de los mejores del estado. Han ganado campeonatos en todos los deportes imaginables. «Las funciones de teatro que representaban los niños eran espectaculares», observó Mueller.



 

 

 

 

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A pocos kilómetros de Poplar Grove hay un pueblo que Mueller y Abrutyn llaman Annesdale. Annesdale también es bonito. Pero hay muchos edificios de pisos. Las casas son más baratas y su instituto no se encuentra entre los mejores como el de Poplar Grove. «Nunca llevaría a mi hijo ahí —les dijo un padre a Mueller y Abrutyn—. No tenía nada de malo, pero Poplar Grove… es Poplar Grove». Si tus hijos crecían en Poplar Grove, había pocas posibilidades de que se desviaran del camino que todo padre de clase media-alta quiere para sus hijos: ser activos y populares, esforzarse en clase y tomar el tipo de decisiones que llevan a una vida mejor; y luego, por supuesto, regresar a casa, a Poplar Grove. Mueller y Abrutyn acabarían escribiendo un libro sobre su estancia ese pueblo titulado Life Under Pressure (La vida bajo presión), una obra académica fascinante y perturbadora, en la que escriben: «La claridad y constancia con que los habitantes de Poplar Grove podían nombrar sus valores comunes era a veces inquietante. “Nosotros” era un estribillo constante. “Cuando pensamos en Poplar Grove —dijo Elizabeth, madre de un adolescente—, pensamos en éxito, en éxito en la escuela y en éxito en el deporte”».

Esta es, Shannon, una adolescente: «Nuestro barrio es muy íntimo […] Siempre que voy por la calle, saludo a todas las personas que conozco, incluso a los adultos, porque los conozco de toda la vida. Es una gran red de apoyo».

Siempre había sido así. Una joven, Isabel, les dijo a Mueller y a Abrutyn: «Si me hacía daño, sabía que podía ir a cualquier calle […] y me darían lo que necesitara. No tenían que ser mis padres. Podía entrar [en cualquier casa] llorando con la rodilla hecha polvo y me ayudaban […] Me encanta la sensación que tenemos de ser una comunidad».

 

Hasta ahora, hemos explorado la idea de que las epidemias sociales no son caóticas e incontrolables. Se vinculan a lugares. Y la historia de Philip Esformes y Miami nos dice que el poder de los lugares se debe a los relatos que se cuentan las comunidades que los habitan. En este capítulo, quiero retomar esas dos ideas y añadir una tercera: si las epidemias se ven influidas por los suprarrelatos creados por los habitantes de una comunidad, ¿en qué sentido son las comunidades responsables de las fiebres y contagios que las asolan?

 

Tercer misterio.



 

 

 

 

 

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3

 

Una generación antes de la crisis de Poplar Grove, hubo otra extrañamente análoga en el ámbito de los zoológicos. Sería exagerado decir que la crisis de los zoológicos debería haber servido de advertencia a los padres de Poplar Grove, ya que son mundos completamente distintos. Solo en retrospectiva se hicieron evidentes los paralelismos.

 

La crisis empezó en los años setenta. Los cuidadores de zoológicos de todo el planeta empezaron a invertir cada vez más recursos en la cría de sus poblaciones de animales en cautividad. La lógica era clara. ¿Por qué tomarse la molestia de capturar animales en su hábitat natural? El pujante movimiento conservacionista también estaba a favor de los programas de cría. La nueva estrategia fue un gran éxito, con una excepción: el guepardo.

«Rara vez tenían camadas que sobrevivieran y muchos de ellos, cuando los juntábamos, no se reproducían», recuerda el genetista Stephen O’Brien, que por aquel entonces trabajaba en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos.

No tenía sentido. El guepardo parecía un ejemplo perfecto de eficacia evolutiva: un corazón con la potencia de un enorme reactor nuclear, las patas de un galgo, un cráneo con la forma aerodinámica de un casco de ciclista profesional y garras semirretráctiles que, en palabras de O’Brien, «se agarran a la tierra como tacos de fútbol cuando persiguen a su presa a casi cien kilómetros por hora».

«Es el animal más veloz del mundo —explicó—. El segundo animal más veloz del planeta es el antílope americano. Y la razón de que sea el segundo más veloz es que huye de los guepardos».

Los cuidadores de zoológico se preguntaron si estaban haciendo algo mal o si había algún aspecto de la constitución del guepardo que no entendían. Propusieron teorías y llevaron a cabo experimentos, pero todo fue en vano. Al final, se dieron por vencidos y decidieron que los animales debían de ser «nerviosos».

La situación llegó a un punto crítico en una reunión celebrada en 1980 en Front Royal, Virginia. A ella asistieron directores de zoológicos de todo el mundo, entre ellos el responsable de un importante programa de conservación de la fauna en Sudáfrica.



 

 

 

 

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«Nos dijo: “¿Tienen a alguien que sepa de ciencia? —recuerda O’Brien—. ¿Básicamente [para] explicarnos por qué nuestro programa de cría de guepardos en Sudáfrica tiene en torno al 15 por ciento de éxito, mientras que el resto de los animales, elefantes, caballos y jirafas, se reproducen como ratas?”».

 

Dos científicos levantaron la mano, ambos colegas de O’Brien. Viajaron a Sudáfrica, a un gran santuario de animales salvajes cerca de Pretoria. Recogieron muestras de sangre y esperma de un gran número de guepardos. Lo que descubrieron les desconcertó. El recuento de espermatozoides de los guepardos era bajo. Y los espermatozoides estaban muy malformados. Esa era claramente la razón de que los animales tuvieran tantos problemas para reproducirse. No se debía a que fueran «nerviosos».

Pero ¿por qué? El laboratorio de O’Brien empezó a analizar las muestras de sangre que les habían enviado. Ya habían llevado a cabo estudios similares con aves, humanos, caballos y gatos domésticos, y en todos esos casos los animales presentaban un grado saludable de diversidad genética: en la mayoría de las especies, en torno al 30 por ciento de los genes analizados tenían algún grado de variación. Los genes del guepardo no se parecían en nada a eso. ¡Eran todos iguales! «Nunca había visto una especie tan uniforme genéticamente», observó O’Brien.

Sus colegas no dieron demasiado crédito a sus descubrimientos, por lo que él y su equipo siguieron investigando.

«Fui al Hospital Infantil de Washington y aprendí a hacer injertos de piel en una unidad de quemados —explicó—. Me enseñaron a mantener la asepsia, a extraer las […] láminas, a suturarlas y todo lo demás. Y luego hicimos [injertos de piel a] unos ocho guepardos en Sudáfrica, y después otros seis u ocho en Oregón».

En Winston, Oregón, estaba el Wildlife Safari, donde vivía la mayor colonia de guepardos de Estados Unidos en esa época.

La idea era sencilla. Si le injertamos a un animal un trozo de piel de otro, el organismo del receptor lo rechazará. Reconocerá los genes del donante como extraños. «Se ennegrecerá y se desprenderá en dos semanas», dijo O’Brien. Pero, si, por ejemplo, le extirpamos un trozo de piel a un gemelo idéntico y se lo injertamos al otro, arraigará. El sistema inmunitario del donante cree que la piel es suya. Esa era la prueba definitiva de su hipótesis.



 

 

 

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Los injertos eran pequeños, de 2,5 por 2,5 centímetros, se cosían en el lado del pecho del animal y se protegían con una venda elástica envuelta alrededor del cuerpo. Primero, el equipo les injertó a algunos de los guepardos piel de un gato doméstico, para asegurarse de que su sistema inmunitario funcionaba. Como era de esperar, los felinos rechazaron el injerto de gato: se inflamó y después se necrosó. Su cuerpo sabía qué era «distinto», y un gato doméstico lo era. A continuación, el equipo les injertó piel de otros guepardos. ¿Qué ocurrió? Nada. Aceptaron los injertos, dijo O’Brien, «como si fueran gemelos idénticos. Eso solo lo ves en ratones endogámicos que se han apareado entre hermanos a lo largo de veinte generaciones. Y eso me convenció».

 

O’Brien se dio cuenta de que la población mundial de guepardos debía de haberse visto diezmada en algún momento. Su mejor hipótesis era que había sido durante la gran extinción de mamíferos que tuvo lugar hace doce mil años, cuando la glaciación aniquiló a los felinos de dientes de sable, los mastodontes, los mamuts, los megaterios y más de otras treinta especies. De algún modo, el guepardo sobrevivió. Pero por los pelos.

«Las cifras que se ajustan a todos los datos son menos de cien, quizá menos de cincuenta», observó O’Brien. De hecho, es posible que la población de guepardos se redujera a una sola hembra preñada. Y, para esos pocos guepardos solitarios, la única forma de sobrevivir fue superar la inhibición que la mayoría de los mamíferos tienen contra el incesto: las hermanas tuvieron que aparearse con sus hermanos, las primas hermanas con sus primos hermanos. A la larga, la especie se recuperó, pero solo mediante la replicación infinita de la misma serie reducida de genes. El guepardo continuaba siendo majestuoso. Pero ahora cada guepardo representaba exactamente la misma clase de majestuosidad.

O’Brien escribió una autobiografía sobre su carrera como genetista titulada Tears of the Cheetah (Las lágrimas del guepardo), en alusión a las características marcas de la cara de este felino que dan la impresión de que está llorando:

 

 

Imaginemos a una joven hembra preñada en algún lugar del sur de Europa que se cobijó en una cueva para pasar un duro invierno. Cuando ella y sus cachorros salieron en primavera, se encontraron con un mundo distinto en el que los guepardos y los grandes depredadores de la región habían desaparecido, víctimas de un holocausto mundial



 

 

 

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[…]    En mi fantasía, veo las lágrimas de esa madre guepardo, que dejarían una raya imborrable bajo los ojos de todos los guepardos a partir de ese momento.

 

La palabra que utilizan los biólogos para describir un entorno en el que las diferencias individuales se han atenuado y todos los organismos siguen la misma pauta de desarrollo es «monocultura». Las monoculturas no abundan; la mayoría de los sistemas naturales tienden de forma natural a la diversidad. Por lo general, una monocultura solo surge cuando ocurre algo, intencionado o no, que altera el orden natural; por ejemplo, cuando un grupo de padres acomodados se une para crear una comunidad que refleja a la perfección su compromiso con el éxito y la excelencia. Los padres de Poplar Grove querían una monocultura, al menos hasta que se dieron cuenta de que las monoculturas, incluso cuando parecen perfectas, tienen un coste.

 

A las epidemias les encantan las monoculturas.

 

 

 

 

4

 

Una de las primeras cosas que les sorprendió a Abrutyn y Mueller era que todos los alumnos del instituto de Poplar Grove sonaban igual. Escuche a Natalie, una chica a la que entrevistaron: «Por ejemplo, tenía cuatro notables en mi boletín de notas y me moría de vergüenza. Y no quería decirles mis notas a mis amigos, porque todos son alumnos de sobresaliente».

 

Poplar Grove era tan pequeño y estaba tan aislado que parecía que solo hubiera un tipo de conversación. De lo único que se hablaba en los pasillos era de logros y éxitos. Otra alumna, Samantha, les dijo: «“Ah, es hora de escoger las asignaturas: ¿a cuántos cursos de nivel avanzado vas a apuntarte el próximo semestre? Ah, es hora de cambiar de deporte: ¿con qué equipo vas a jugar el próximo semestre? Ah, tu equipo fue a los campeonatos, ¿quedasteis primeros? ¿En qué posición jugabas?”. […] Esas son todas conversaciones muy normales».

 

Abrutyn y Mueller estaban muy familiarizados con la cultura de alta exigencia de la clase media alta. Son profesores universitarios.



 

 

 

 

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Prácticamente la inventaron personas como ellos. Sin embargo, en su experiencia, solía haber una diferencia entre lo que los padres querían para sus hijos y lo que los hijos, o al menos algunos de ellos, querían para sí mismos. En Poplar Grove, no había ninguna diferencia. Abrutyn observó:

 

Hay un tipo de adolescente ideal muy muy claro, y no hay muchas alternativas para que los chavales sean distintos […] Y la presión venía de todas partes. Venía del instituto, que quería mantener su buena posición. Venía de los padres, a los que les preocupaba que sus hijos no entraran en la universidad a la que querían llevarlos. Y venía de los chicos, que necesitaban estar siempre matriculados en cuatro o cinco clases de nivel avanzado.[10]

 

Esa idea —que no hay muchas alternativas para que los chicos sean distintos— es extraña porque, por supuesto, el instituto ha sido tradicionalmente un lugar donde los adolescentes descubren todas las maneras en las que pueden ser distintos. Fíjese en la tabla siguiente. Muestra los resultados de una encuesta realizada en un instituto grande del Medio Oeste en 1990. (Si fue al instituto en esa época, los datos le resultarán tremendamente familiares). Se pidió a varios cientos de estudiantes que elaboraran una lista de los distintos «grupitos» que componían su instituto y describieran la personalidad de cada uno. Las cifras representan el porcentaje de cada grupo que se ajusta a las descripciones de la columna de la izquierda.

 

Porcentaje de alumnos en grupos sociales de secundaria que se ajustan a descripciones específicas

 

Ropa y aseo

Deportista

Drogata

Pringado

Normal

Popular

Duro

Varios

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentable y limpio

16

7

8

32

10

3

21

 

 

 

 

 

 

 

 

Informal, atlético

52

24

8

51

21

18

29

 

 

 

 

 

 

 

 

Elegante

31

6

1

16

59

4

15

 

 

 

 

 

 

 

 

Rudo y desaliñado

1

57

30

1

8

66

18

 

 

 

 

 

 

 

 

Mal gusto

0

5

51

1

1

5

11

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sociabilidad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conflictivo

2

67

5

1

13

75

1

 

 

 

 

 

 

 

 

En la luna

2

4

78

16

6

4

25

 

 

 

 

 

 

 

 

Simpático

50

13

6

74

25

9

43

 

 

 

 

 

 

 

 

Elitista

45

11

8

7

54

10

17

 

 

 

 

 

 

 

 

Actitud hacia los estudios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

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Le gustan, se esfuerza

49

1

14

41

50

2

27

 

 

 

 

 

 

 

 

Positiva

45

10

30

53

31

10

35

 

 

 

 

 

 

 

 

Le dan igual

4

22

38

5

9

23

22

 

 

 

 

 

 

 

 

Odia las clases

0

65

14

1

9

62

13

 

 

 

 

 

 

 

 

Participación en extraescolares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alta

53

1

3

33

49

1

23

 

 

 

 

 

 

 

 

Moderada

45

10

21

61

34

11

39

 

 

 

 

 

 

 

 

Baja

1

89

76

6

16

88

38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si fue al instituto antes de los años noventa, o después, los nombres de los diversos grupos pueden variar, pero el patrón es el mismo. Este es el aspecto de un instituto típico. Hay grupos de chicos a los que les encanta ir a clase y otros que no lo soportan. Hay grupos que son ruidosos y conflictivos y otros que son estudiosos y tranquilos. Y esa diversidad es muy útil: los adolescentes están intentando descubrir quiénes son y tener un instituto con un amplio abanico de grupos les brinda la mejor oportunidad posible para encontrar compañeros con los que se sientan a gusto. (Hay investigaciones fascinantes, por ejemplo, para demostrar que los chicos que se unen a grupos como los góticos o los punks, en los que se visten y arreglan de una manera que llama la atención e incluso crea rechazo, son, de hecho, tímidos. Se visten de una forma que hace que los demás tengan miedo de hablar con ellos porque a ellos les da miedo hablar con los demás. El look gótico es una armadura).

 

Uno de los autores de la encuesta, Bradford Brown, tiene un diagrama que utiliza para «situar» socialmente a los grupos clave del instituto que estudió, que incluyo a continuación solo porque es una representación sencillísima (y desternillante) de la vida normal en un instituto.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Lo recuerda de su época de instituto?

 

Por supuesto, Poplar Grove también tenía grupos. Sin embargo, lo que Mueller y Abrutyn observaron fue que no había espacio entre ellos. Si tuviéramos que dibujar una versión del diagrama para Poplar Grove, sería así:



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Si somos un skater, tenemos que ser un skater que saque buenas notas. Si somos un friki, tenemos que ser un friki socialmente popular. Si somos un punk, tenemos que ser el punk que va a la primera universidad de su lista.

 

En una de las partes más fascinantes de su investigación, Abrutyn y Mueller trataron de encontrar chicos que hubieran rechazado las normas de Poplar Grove. No les resultó fácil. Este es uno de sus descubrimientos, Scott: «Sé que el instituto es importante, y claro que me entran esos miedos, por ejemplo, “Si no apruebo este examen, voy a acabar viviendo en la calle” […] No me gusta tener esa mentalidad. Ojalá pudiera cambiarla. Pero no puedo».

Abrutyn y Mueller refieren que Scott se define como un rebelde. Sin embargo, ni tan siquiera así puede quitarse de la cabeza la idea tan propia de Poplar Grove de que, si suspende un examen, acabará viviendo en la calle. Abrutyn y Mueller escriben:



 

 

 

 

 

 

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A veces, confiaba en su conciencia moral y su sensación de que en Poplar Grove pasaba algo, pero, otras, se mostraba más tímido, como un joven que no estaba seguro de interpretar bien la situación. ¿Y si la cultura de Poplar Grove no fuera local y limitada, sino la manera en que funcionaba el mundo entero? En última instancia, esa comprensible incertidumbre debilitaba su rechazo de la cultura como defensa y la afirmación de su autoestima.

 

Y luego está Molly, que también se define como rebelde:

 

 

Amable, compasiva y algo callada y seria, Molly conocía los entresijos de ser una «chica ideal» tan bien como cualquier otro adolescente de Poplar Grove. De hecho, encarnaba muchos de esos ideales. Nos dijo que los estudios eran «muy importantes» y que estaba decidida a esforzarse y a sacar buenas notas. Practicó varios deportes en el instituto (aunque no estuvo en el codiciado equipo de lacrosse) y se hizo amiga de chicas populares. Cuando terminó, fue a una buena universidad.

 

 

Así es como se manifiesta la rebelión en una monocultura: como una desviación de la trayectoria general tan leve que haría falta una resonancia magnética para detectarla. Esa falta de «diversidad grupal» era lo que permitía que Poplar Grove estuviera tan bien clasificado entre los institutos del estado. También era lo que tranquilizaba a los padres. Su hijo podía no estar integrado en ningún grupo, pero al menos sería un rarito con buenas notas.[11]

 

Sin embargo, lo que se pierde en un mundo tan uniforme es la resiliencia. Si algo se torciera en una de las muchas subculturas que componen el instituto descrito en el primer diagrama, la infección no lo tendría fácil para propagarse a cualquier otra subcultura. Los grupos están demasiado separados entre sí: cada uno tiene su propia serie de anticuerpos culturales que hacen difícil que un agente infeccioso se expanda, libremente, entre la población de todo el instituto.

 

En cambio, una monocultura no posee defensas internas contra una amenaza externa. Una vez que la infección está dentro, no hay nada que la pare.



 

 

 

 

 

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Richard, el agente inmobiliario que conocía Poplar Grove mejor que nadie, lo sabía. Decidió vivir y escolarizar a sus hijas en el vecino Annesdale, el pueblo que tantos habitantes de Poplar Grove despreciaban. «Fue una decisión sobre cómo queríamos educarlas —me dijo—. Sentía que era más como estar en el mundo real. Y no había tanta presión. [Poplar Grove] es famoso por esa presión tan fuerte para ser excepcional. Ser el mejor de la banda. Ser el mejor jugador de baloncesto […] Hay que ir al Instituto de Tecnología de Massachusetts. Me refiero a que hay una verdadera obsesión por ser el mejor. Es parte de su reputación. Mi madre es profesora de secundaria [en Poplar Grove] y me contaba que había padres que iban a verla; ella le había puesto un notable a su hijo y estaban furiosos porque eso iba a arruinar sus posibilidades de ir a una universidad prestigiosa».

 

Hablaba de lo mismo en lo que Abrutyn y Mueller habían coincidido: la presión. «Es palpable, como si la tocaras. Y no estábamos dispuestos a hacer pasar a nuestras hijas por eso. Lo oigo, cuando quedo con clientes: “¿Por qué os vais?”. “Es que la presión es un poco excesiva. Mi hijo no se está integrando. Es machacante”. Todo el mundo lo sabe. Puedes preguntarle a cualquiera».

 

Richard me comentó que conocía a la directora del instituto de Poplar Grove. Le pregunté qué pensaba ella de la presión.

«Dice que “Los padres están como una p… cabra”».

 

 

 

 

5

 

En 1982, unos meses antes de que Stephen O’Brien empezara sus experimentos con injertos de piel en el Wildlife Safari de Oregón, el zoológico decidió aumentar su población de guepardos.

 

«Había ido a Sacramento para recoger a una pareja de guepardos del zoológico —recuerda Melody Roelke-Parker, la veterinaria que estaba a cargo de los guepardos del Wildlife Safari—. Se llamaban Toma y Sabu. Se los veía bastante sanos. A primera vista, no parecía que les pasara nada. Los trajimos y, en menos de una semana, quizá, los juntamos con nuestra principal colonia (reproductora) de guepardos».

Roelke-Parke adoraba a los guepardos. De hecho, había criado a dos cachorros después de que su madre los abandonara.



 

 

 

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«Tenía dos guepardos en casa, lo que era maravilloso porque ronronean y se arriman y te sacan de la cama. Nadie lo pensaría viéndolos, pero vivir con ellos era un sueño. Yo era su familia […] los llevaba y traía, de casa al trabajo. Iban sentados en el asiento, muy tiesos y juntos; llevaban la cabeza muy alta y era muy gracioso ver a la gente en la autopista, entrando en pánico o flipando».

La colonia de guepardos del Wildlife Safari era como parte de su familia. Por eso la afligió tanto lo que le ocurrió a uno de los nuevos guepardos de Sacramento.

«Al cabo de dos meses, uno de ellos, el macho, se desplomó. Y dijimos: “¿Qué diablos ha pasado?”. Lo llevamos corriendo a nuestro consultorio y le hicimos un montón de pruebas. El diagnóstico fue insuficiencia renal. El guepardo murió. Fue un poco extraño, la verdad, porque parecía bastante sano, pero, obviamente, los animales se estresan mucho cuando tienen que adaptarse a una nueva estructura social, a un nuevo régimen de alimentación, lo que sea. Así que pensé que era un caso aislado».

Pero después Roelke-Parker se dio cuenta de que otros guepardos de la colonia estaban enfermando.

«[Empezaron] a tener todo tipo de problemas inespecíficos con diarrea y extrañas enfermedades de las encías. Por ejemplo, si te bufaban, veías que las tenían irritadas y les sangraban». Los felinos se aletargaron. «Empezaron a perder mucho peso […] Hicimos cultivos orales y encontramos bacterias extrañas, y tuvimos que darles eritromicina para intentar tratar la infección oral. Pero yo no sabía lo que era. No tenía ni idea».

Un guepardo enfermó tanto que Roelke-Parker tuvo que practicarle una eutanasia. Le hizo la autopsia.

«Cuando le abrí el vientre y encontré el exudado amarillo, viscoso y fibroso […] los síntomas clásicos de la peritonitis infecciosa felina, una enfermedad que se conocía muy bien en el gato doméstico, pero nadie la había referido en guepardos».

La PIF, como se la conoce, es un coronavirus, un pariente de la cepa de COVID-19 que décadas más tarde haría tanto daño a los humanos. Rara vez es mortal en gatos domésticos. Sin embargo, para los guepardos era devastadora. Roelke-Parker les hacía regularmente analíticas a todos los especímenes del Wildlife Safari y volvió a revisar las muestras de sangre



 

 

 

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en busca de anticuerpos contra la PIF. Antes de que Toma y Sabu llegaran, ninguno de sus guepardos presentaba signos de esta infección vírica. Sin embargo, tras su llegada, prácticamente todos lo hacían. Los dos felinos californianos habían iniciado una miniepidemia.

 

«Los animales tardaron unos ocho meses en comenzar a morir después de haberse infectado, y entonces empezaron a caer uno detrás del otro […] fue horroroso. El 80 por ciento de los felinos menores de dieciséis meses murieron».

Fue una masacre. Los animales enfermaban. Pero, por alguna razón, no eran capaces de eliminar el virus.

 

Su sistema inmunitario intentaba contrarrestarlo fabricando­ más y más anticuerpos, y sus concentra­ciones­ de anticuerpos acababan siendo tan elevadas que la cantidad de proteínas en sangre era una exageración. Y eso generaba una crisis inmunitaria.

 

Eran esqueletos andantes. La manifestación de la enfermedad en los gatos domésticos, digamos que [la PIF] tiene diez síntomas, pero en total un único gato solo presenta algunos. Los guepardos los tenían todos. Tenían diarrea, lesiones en la boca, pérdida de peso […]

 

Lo probó todo: alimentarlos con sonda, reforzarles el sistema inmunitario, administrarles fluidos por vía intravenosa. Nada dio resultado. «No salvamos a ninguno […] Una vez que la enfermedad se manifiesta, se acabó. No hay nada que hacer».

 

Lo que Roelke-Parker estaba presenciando era el resultado inevitable de lo que Stephen O’Brien había descubierto. Los guepardos eran todos iguales. Esa única hembra preñada que salió de su cueva a finales del Pleistoceno y descubrió que estaba completamente sola resultó ser, por pura casualidad genética, una guepardo vulnerable al coronavirus felino. Y, como todos los guepardos descendían de ella, ahora estaban todos expuestos a la enfermedad. En los siglos en que estos felinos vivían en libertad, ese hecho no había tenido mucha importancia. Son animales solitarios: cada guepardo ocupa una zona extensa, lo más lejos posible de sus congéneres. Una epidemia no puede aniquilar a toda una población de guepardos en estado salvaje porque la especie practica el equivalente animal del distanciamiento social. Sin embargo, los seres humanos cambiaron esa situación. Juntaron a un gran número de guepardos para que



 

 

 

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vivieran codo con codo en espacios vallados. La epidemia de los guepardos fue culpa de los cuidadores. «Si un animal cae enfermo, enferman todos —dijo Roelke-Parker—. Y eso es justo lo que pasó».

Entonces se dio cuenta de que solo veía la punta del iceberg. «Descubrí que había habido un brote en alguna parte de Canadá y que

el zoológico lo había ocultado totalmente —explicó—. No se lo dijeron a nadie, nadie sabía que existía, pero eliminaron a todos sus guepardos. Lo mismo ocurrió en un zoológico de Irlanda. Nadie decía ni una palabra».

Asistió con O’Brien a una reunión de zoológicos en Florida y decidió explicarlo. Habló sobre la epidemia que había estallado en su zoológico de Oregón. Después, una veterinaria de un zoo de California se acercó a ella y le dijo: «Mi jefe está en Oregón en este momento, recogiendo un guepardo».

 

 

Yo exclamé: «Dios mío». No les habían informado de nada. El director

 

no les había dicho nada del brote; añadí: «Pues no os conviene. No os conviene nada». Ella llamó de inmediato a su director y le dijo: «No puedes traer a un guepardo del Wildlife Safari». Y baste decir que, cuando volví a Oregón, me dijeron que me buscara otro trabajo. Porque había hablado del tema en público y, peor aún, había impedido una venta con mi actuación.

 

Mis empleados dejaron el trabajo. Estaban indignados por cómo me habían tratado. Fue horrible.

 

 

 

 

6

 

En Poplar Grove, la epidemia comenzó cuando la joven Alice saltó de un puente. Era de día y había otras personas, por lo que sobrevivió. La llevaron al hospital.

 

«A decir de todos, Alice era la adolescente ideal de Poplar Grove: brillante, extravertida, aplicada y guapa, en opinión de los demás — escriben Mueller y Abrutyn—. Su intento de suicidio fue impactante y, como todos los sucesos impactantes que ocurren en comunidades muy unidas, se comentó mucho. ¿Por qué querría quitarse la vida una chica que parecía tenerlo todo, que daba pocas señales de tener problemas?».



 

 

 

 

 

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Seis meses después, Zoe, una compañera suya de clase y de equipo, saltó del mismo puente. Ella no sobrevivió. Cuatro meses después, Steven, compañero de clase de Zoe y Alice, se quitó la vida con un arma de fuego. Con él, la comunidad sumaba ya un intento de suicidio y dos muertes. Pasaron siete años. Cabía pensar que todo había sido un bache. Pero entonces hubo otros dos suicidios, ambos de chicos, en un espacio de tres semanas. Luego, Kate, una chica «popular» que estaba muy unida a esos dos jóvenes, saltó del mismo puente que Alice y Zoe. Quizá sea mejor dejar que Mueller y Abrutyn describan lo que ocurrió a continuación:

 

Menos de un año después de la muerte de Kate, surgió otro clúster más grande: Charlotte y tres de sus mejores amigos varones se suicidaron en un periodo de seis semanas. A partir de ese momento, al menos un adolescente o joven de Poplar Grove se suicidaba cada año. Algunos años, la comunidad padecía varias muertes por suicidio. Muchos chavales lo intentaron. En el decenio entre 2005 y 2016, el instituto de Poplar Grove, un centro de tan solo unos dos mil alumnos, perdió a cuatro chicas de los cursos superiores por suicidio (cinco si contamos a una que se había cambiado a otro instituto hacía poco), a dos alumnos de los cursos inferiores y al menos a doce de los graduados recientes.

 

 

Estadísticamente, un índice de suicidio «normal» en un centro educativo de dos mil alumnos sería de una o dos muertes cada diez años. Poplar Grove estaba a años luz de eso. Los chicos de los primeros cursos se enteraban de los suicidios que ocurrían en los últimos. Luego, entraban en esa etapa y vivían otra racha de suicidios. La gente se mudaba a Poplar Grove porque pensaba que era un lugar seguro, un refugio de la clase de violencia e incertidumbre que se ciernen sobre tantas comunidades de Estados Unidos. Por eso sorprendió tanto la epidemia de suicidios. ¿Cómo ha podido pasar eso aquí? Sin embargo, no debería sorprender. Poplar Grove era una monocultura, una autopista larga y recta sin ninguna salida.

 

Cuando hubo la primera muerte, fue una anomalía. Cuando volvió a ocurrir, se convirtió en una preocupación. Pero, cuando sucedió una vez y otra y otra, se normalizó de la manera más devastadora posible.

 

«En al menos tres de los cuatro clústeres, había un alumno de alto estatus que era muy visible, que encarnaba muy bien el ideal de la



 

 

 

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juventud de Poplar Grove —explicó Abrutyn—. Ya sabes, un alumno que destaca en todos los deportes que juega a lo largo del curso, probablemente capitán de uno de ellos, un promedio de sobresaliente, extravertido y alegre. Muchos de los jóvenes que se habían suicidado parecían perfectos y, de golpe, ya no estaban. La sensación era: “Bueno, si ellos no pueden sobrevivir en este ambiente, ¿cómo voy a hacerlo yo?”».

 

 

 

7

 

En 1983, Melody Roelke-Parker se marchó de Oregón para dedicarse a la causa del puma de Florida. Apenas quedaban pumas allí y el estado quería encontrar un modo de recuperar la población. Se unió a un equipo que los capturaba. Utilizaban perros raposeros para localizar los felinos en las zonas pantanosas del sur de Florida, los perseguían hasta que se encaramaban a un árbol y entonces les disparaban un dardo tranquilizante.

 

«Creo que el primer año acabamos capturando cuatro pumas — recuerda Roelke-Parker—. Era muy duro. Lo que yo no entendía era que el estrés de intentar capturar a esos pumas era tremendo porque eran muy valiosos. Están en un árbol a unos doce metros del suelo y tienes que determinar su edad, su salud, su estado físico».

Uno de los miembros del equipo se encaramaba al árbol, donde el felino permanecía al acecho, nervioso.

«Yo tenía que calcular cuánto tranquilizante había que administrarle para que no se cayera del árbol, pero [tenía que estar] lo bastante atontado para no matar al que se subía al árbol».

El objetivo era echarle una red encima y bajarlo al suelo despacio; después, había que hacerle un reconocimiento médico completo, tomar muestras de sangre y piel, ponerle un collar electrónico y devolverlo a su hábitat natural. «Lo que enseguida se hizo evidente es que los animales eran muy viejos —explicó Roelke-Parker—. No había crías. No había cachorros. Las hembras estaban al borde de la senectud reproductiva. Recogíamos esperma de los machos: el 95 por ciento de sus espermatozoides estaban malformados».

El equipo enseguida se dio cuenta de que el puma de Florida no había pasado por un cuello de botella genético, como el guepardo, sino por varios. El primero había sido la gran extinción de mamíferos de finales del



 

 

 

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Pleistoceno. Después, en el siglo XX, los jaguares que intentaban desplazarse hacia el norte no pudieron cruzar el estrecho istmo de Panamá porque se lo impidieron pumas que defendían su territorio. Ya no hubo nuevos individuos que enriquecieran el acervo genético del puma de Florida. La situación empeoró. Su principal presa eran los ciervos, pero la caza diezmó su población en Florida. Los pumas se vieron obligados a alimentarse de armadillos. Estaban desnutridos. Los pocos que quedaban tuvieron que reproducirse entre sí, lo que provocó la acumulación de un defecto genético tras otro. El puma carecía por completo de diversidad genética.

 

«Hubo una sola captura en la que nos trajeron cachorros —recuerda Roelke-Parker—. Cuando fui a evaluarlos, en torno a un mes después de que los capturaran, durmieron al macho. Fui a palparle el escroto. No tenía testículos y empecé a lamentarme de que no había solución. Teníamos machos sin testículos y defectos cardiacos, estaban apareciendo soplos por todas partes. Biológicamente, habíamos tocado fondo. Aquellos pumas sobrevivían por los pelos. Se estaban extinguiendo ante mis propios ojos».

En 1992, todos los que colaboraban en la lucha por salvar al puma de Florida se reunieron en una antigua hacienda en la frontera con Georgia. Acudieron Roelke-Parker y O’Brien, junto con otras treinta personas. O’Brien lo recuerda como unos cuantos días muy intensos de escuchar, adoptar posturas, criticar, batallar y negociar soluciones. La facción que lideraba O’Brien abogaba por introducir sangre fresca. El puma de Texas era un pariente cercano del de Florida y tenía una diversidad genética veinte veces mayor. ¿Por qué no llevar pumas de Texas a Florida?

Los criadores particulares se pusieron furiosos. Dijeron: «Limitémonos a aparear a los pumas salvajes con los ejemplares que tenemos en cautividad». La idea de que el puma de Florida tuviera algún defecto intrínseco tal como era les parecía absurda. ¡Era la mascota del estado![12] «Consideramos que tenemos pumas puros —dijo uno de ellos—. Cruzar pumas de Texas y Florida es como cruzar águilas calvas y reales.

Acabas no teniendo nada».[13]

Al final, los asistentes llegaron a un acuerdo. Llevarían ocho hembras de puma de Texas y las soltarían en el pantano de Big Cypress. Las poblaciones de Texas y Florida entraron en contacto y se inició la transformación. Los dos grupos empezaron a cruzarse. Se hicieron más fuertes. En una ocasión memorable, el cachorro de una madre de Texas y



 

 

 

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un padre de Florida se instaló en una zona ocupada únicamente por otro puma de Florida. «¿Y sabes qué? —dijo Roelke-Parker—. Era increíblemente fértil. Sabemos que tuvo al menos ciento ocho hijos. Se lo conocía como Don Juan por lo prolífico que era».

 

«El tío que entrenaba a los perros se llamaba Roy McBride —explicó O’Brien—. Siempre decía: “Sabes, Steve, creo que esto de la genética es una gilipollez”, pero dijo “lo haré porque me obligan”. No obstante, cuando vio las crías del programa de recuperación, se dio cuenta de que los pumas que eran cruces o híbridos eran más grandes. Y más fuertes. Dijo que parecían Arnold Schwarzenegger comparados con los pumas de Florida de antes».

El puma de Florida se ha salvado. Donde una vez la población estos pumas se contaba por docenas, ahora supera el centenar. Sin embargo, para salvarse, tuvo que convertirse en otra cosa: un híbrido de Texas y Florida. La mejor solución a una epidemia de monocultura es deshacerla.

¿Debería Poplar Grove hacer lo mismo? Por supuesto que sí. Pero ¿cómo? Su monocultura estaba creada por los padres que lo habitaban. Podrían haber escolarizado a sus hijos en Annesdale, como había hecho Richard, el agente inmobiliario. Pero no querían. Querían una escuela en la que todos los alumnos fueran a la una. Si la monocultura de Poplar Grove se deshiciera —si los alumnos se dispersaran y se recolocara a los profesores—, es muy probable que la nueva versión del instituto de Poplar Grove no estuviera a la altura de la antigua. El nuevo instituto podría no estar reconocido a nivel nacional. Podría no ofrecer tantos cursos de nivel avanzado. Podría no ganar infinidad de campeonatos deportivos en el ámbito del estado. La razón misma por la que la gente se sentía atraída hacia Poplar Grove desaparecería.

 

A las epidemias les encantan las monoculturas. Pero ¡a nosotros también! De hecho, a veces hacemos todo lo posible por crearlas, aunque con ello pongamos en peligro a nuestros propios hijos.

En medicina existe un término para designar la clase de enfermedades que están provocadas por la intervención de los médicos: «iatrogenia». Tratamos a un paciente con un medicamento y los efectos secundarios resultan ser peores que la enfermedad. Practicamos una cirugía menor y el paciente muere por complicaciones. Las enfermedades iatrogénicas son bienintencionadas. Nadie está intentando perjudicar al paciente. Sin embargo, un médico no tiene derecho a utilizar la pasiva refleja y decir



 

 

 

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que «se le ha hecho daño» al paciente. Las epidemias iatrogénicas tienen una causa y un culpable. Poplar Grove era iatrogenia.

 

En el tiempo que Abrutyn y Mueller estuvieron en Poplar Grove, hubo más suicidios. Mueller dijo: «No voy a mentir, fue muy duro. Aún me conmueve mucho la muerte de algunos de los chicos que se suicidaron durante nuestro trabajo de campo».

Creían haber descubierto por qué ocurría la epidemia, pero eran incapaces de detenerla.

«Es desgarrador ver repetirse el patrón […] Siempre hay una cierta paradoja. En todas las escuelas a las que vamos, es habitual que los padres nos [digan]: “La salud mental es cada vez más importante. Tenemos que promoverla, necesitamos cuidarla. Pero, independientemente de los recursos que tenga la escuela, queremos que se destinen a los exámenes de nivel avanzado o a más actividades extraescolares o a más […]”, ¿sabes a qué me refiero?».

El instituto siguió haciendo hincapié en el rendimiento por encima de todo lo demás. Este es el mensaje de la directora, lo primero que vemos en el sitio web del instituto de Poplar Grove. La cursiva es mía.

 

Aprender es la misión central de nuestro centro y en [Poplar Grove] creemos que todos los alumnos pueden aprender y aprenderán. Hemos creado un entorno que ofrece excelencia en la enseñanza y el aprendizaje para que todos los alumnos participen de manera responsable en nuestro mundo diverso y en constante cambio. Es [nuestra] misión […] proporcionar un entorno positivo y estimulante donde todos los alumnos logren el éxito académico, social, emocional y físico [] Juntos creamos y mantenemos un clima de respeto, apoyo metas ambiciosas.

 

 

Los profesores del instituto, dice la directora, son «brillantes y trabajadores». Se esfuerzan por crear planes de estudios «estimulantes y actuales».

 

«Todo ello refleja nuestra opinión de que el aprendizaje es un proceso que dura toda la vida y [Poplar Grove] es un lugar donde “Llegamos para enseñar y enseñamos para llegar”».

Por cierto, le he engañado. Ese no es el mensaje de la directora del instituto de Poplar Grove, sino del director de una de las escuelas



 

 

 

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primarias de la comunidad. La monocultura empieza pronto en este pueblo.

 

A propósito, Mueller y Abrutyn se han mudado a Colorado, donde trabajan con un instituto cuya epidemia podría ser aún peor.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDA PARTE

 

Los ingenieros sociales



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL TERCIO MÁGICO

 

«Diría, sin dudarlo, que hay un punto clave en mi experiencia»

 

 

 

 

 

1

 

Palo Alto es el alma de Silicon Valley, hogar de la Universidad de Stanford y Sand Hill Road, donde tienen su sede muchas de las empresas de capital riesgo que dieron inicio a la era de la informática. Hay partes de la ciudad, y de las poblaciones aledañas de Menlo Park y Atherton, donde las calles y las casas son tan bonitas como en cualquier otra parte de Estados Unidos. No obstante, al nordeste de la ciudad, se encuentra el otro Palo Alto. En algunas partes, los barrios no han cambiado prácticamente nada desde los años cincuenta. Y, si giramos a la derecha desde la calle Embarcadero por la calle Greer y atravesamos la autopista de Oregón y la avenida Amarillo, llegaremos a un pedacito de historia olvidada: Lawrence Lane. O, como se lo conoció durante los breves años en los que fue famoso, el Lawrence Tract.

 

Lawrence Lane es una calle sin salida. Hay veinticinco parcelas en total a lo largo de la vía y en las calles aledañas. Aún se conservan algunas de las viviendas originales: chalés de una sola planta con dos o tres dormitorios, de unos noventa a ciento cuarenta metros cuadrados cada uno, con garajes abiertos y jardines modestos: la clase de vivienda asequible que se construyó en masa en el norte de California en los años de la posguerra.

Sin embargo, desde el principio, Lawrence Lane fue distinto al resto de las zonas residenciales de la época. Tenía reglas.

 

 

 

 

2



 

 

 

 

 

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En los años cincuenta, muchas ciudades de Estados Unidos se enfrentaron a un problema. Los afroamericanos estaban abandonando el sur del país en números cada vez mayores, intentando escapar de la frustración económica y las duras leyes segregacionistas Jim Crow. Sin embargo, en todas las ciudades supuestamente liberales a las que se mudaban, los blancos no querían tener nada que ver con ellos. En algunos casos, eso significaba que los recién llegados sufrían intimidación y violencia. En otros, que, en cuanto empezaban a instalarse familias negras en un barrio, las blancas se iban. El término que todos utilizaban era «fuga de blancos».

 

Todas las ciudades tenían su propia historia. En 1955, en el barrio de Germantown de Filadelfia, una mujer que vivía en una calle en la que solo residían blancos compró una casa en otro barrio pensando que no le costaría vender la suya por más de ocho mil dólares. No fue así. La mejor oferta se la hizo una familia negra. «Dijo que tenía que elegir entre perder a sus amigos o su dinero, y le daba miedo que tuvieran que ser sus amigos», refería un informe de investigación sobre el incidente. Firmó el contrato de compraventa y, al día siguiente, un agente inmobiliario local encontró a un grupo de sus vecinos en la puerta de casa.

El agente inmobiliario anotó todo lo que dijo una de las señoras.

 

 

«No sé adónde iremos, pero nos vamos».

 

«Jack y yo podríamos soportarlo, pero no vamos a exponer a nuestros hijos a eso».

 

«No es la mejor clase de gente de color la que viene a vivir, ¿sabe?».

 

«No estaría tan mal, pero las casas están demasiado juntas». «Quizá no podamos escapar para siempre, pero lo intentaremos por

un tiempo».

 

«Los precios no volverán a subir; seguirán bajando».

 

 

El informe concluía: «En menos de veinticuatro horas, toda su vida había cambiado radicalmente a causa de una compra inocente por parte de una sola familia no blanca».

 

En Detroit, la primera familia negra se trasladó al barrio blanco de Russell Woods en 1955. Al cabo de tres años, el 60 por ciento del barrio era negro. Diez años después, lo era el 90 por ciento. En tres años, casi dos tercios de las casas de todas sus calles cambiaron de manos y la escuela



 

 

 

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pública local perdió a dos tercios de su alumnado blanco. Ashburton, en Baltimore, era un barrio blanco acomodado, luego, fue mixto durante un breve periodo y, después, de repente, fue un barrio negro. En los años sesenta, huyeron sesenta mil blancos de Atlanta, que en esa época tenía trescientos mil habitantes. Eso representa la fuga del 20 por ciento de su población. Y, en la siguiente década, lo hicieron otros cien mil blancos. Atlanta había presumido durante años de su eslogan «La ciudad demasiado ocupada para odiar». La ironía fue que pasó a ser «La ciudad demasiado ocupada mudándose para odiar».

 

Ocurrió exactamente lo mismo en partes de San Luis, Nueva York, Cleveland, Denver, Kansas City y casi todas las demás ciudades, grandes y pequeñas, que tenían una población negra importante. Cuando la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos viajó a Chicago para intentar averiguar lo que ocurría, un líder comunitario les dijo: «Dejémoslo claro: ninguna comunidad blanca de Chicago quiere negros».[14]

 

Nunca en la historia de Estados Unidos se había producido una transformación urbana tan drástica y repentina. Los funcionarios públicos se alarmaron. Los académicos empezaron a estudiar el fenómeno: entrevistaron a los propietarios, llevaron un control de las ventas de viviendas y trazaron mapas de los cambios en la población. Y lo que descubrieron fue que todas las grandes ciudades parecían seguir el mismo patrón. «A medida que la población negra aumenta, la zona negra tiende a expandirse desde el centro manzana a manzana y barrio a barrio, a veces radialmente y otras en círculos concéntricos —escribió el politólogo Morton Grodzins en 1957 en uno de los primeros de lo que pronto sería una avalancha de análisis académicos sobre la fuga de blancos—. En cuanto un barrio empieza a tener más población negra que blanca, el cambio rara vez se detiene o se invierte».

 

Según Grodzins, el cambio era lento al principio, luego cobraba impulso y, en un momento crítico, explotaba. Como él mismo escribió, utilizando una expresión que más adelante se haría tremendamente popular en Estados Unidos: «Ese “punto clave” varía de una ciudad a otra y de un barrio a otro. Pero, para la inmensa mayoría de los estadounidenses blancos, existe un punto clave. Cuando se rebasa, ya no se quedarán entre vecinos negros».[15]

Un «punto clave». Grodzins dijo que se lo había oído decir a los agentes inmobiliarios, que querían llevarse a los propietarios blancos de



 

 

 

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los barrios urbanos. «Los agentes inmobiliarios, buscando los mayores ingresos que trae consigo el exceso de población negra, hablan entre ellos con total libertad de “inclinar un edificio” o “inclinar un barrio”».[16] Durante un tiempo, entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, si uno usaba esa frase, la gente sabía exactamente a qué se refería. (Y a mí me gustó tanto que la adopté como título de mi primer libro). El punto clave era un umbral: el momento en el que algo que parecía inamovible, que había sido de una sola forma durante generaciones, se transformaba en otra cosa de la noche a la mañana.

 

Los puntos clave pueden llegar sin que nos demos cuenta. Pueden pasarnos sin haberlos buscado. Las epidemias alcanzan puntos clave gracias a su propia energía inagotable y contagiosa. No obstante, en los siguientes capítulos quiero explorar los modos en que los puntos clave pueden inducirse de manera intencionada. Queda claro que las personas se comportan de forma muy distinta en un grupo que rebasa un misterioso punto de masa crítica que en otro que está apenas por debajo. ¿Y si supiéramos exactamente dónde se sitúa ese punto mágico? O, mejor aún, ¿y si tuviéramos una forma de manipular el tamaño de un grupo para que esté justo por debajo o justo por encima del punto clave? Miami y Poplar Grove son lugares que le abrieron la puerta a una epidemia sin querer. Aquí hablo de llevar las cosas un paso más allá: de determinar intencionadamente el curso de un comportamiento contagioso. Sé que parece extremo. Pero lo cierto es que todo tipo de personas se dedican a esa clase de ingeniería social, y no siempre son sinceras respecto a lo que hacen.

 

 

 

 

3

 

La primera persona que reflexionó sobre las implicaciones de los puntos clave fue la socióloga Rosabeth Moss Kanter. En los años setenta, empezó a asesorar a una importante empresa industrial con sede en Nueva York. La compañía tenía trescientos comerciales, todos hombres. Pero por primera vez habían contratado a algunas mujeres y, para su sorpresa, a las vendedoras no les iba bien. Querían saber por qué.



 

 

 

 

 

 

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Kanter se presentó con su cuaderno y empezó a entrevistar minuciosamente a las empleadas. Poco a poco se dio cuenta de que el problema no era su capacidad. Tampoco era que la empresa tuviera una cultura organizacional disfuncional. Cuanto más hablaba con ellas, más cuenta se daba de que el asunto tenía únicamente que ver con las proporciones de los grupos que componían la empresa.

Su personal de ventas estaba repartido por todo el país. Una típica sucursal tenía entre diez y doce comerciales, lo que significaba que, con apenas veinte mujeres en toda la empresa, el típico equipo de ventas estaba formado por diez hombres y una mujer. Y la conclusión de Kanter era que es dificilísimo ser la única mujer en una sucursal con diez hombres. Las mujeres le explicaron que, aunque se sentían siempre bajo una lupa por ser distintas, por otra parte, no se sentían vistas. Les parecía que los hombres que las rodeaban las caricaturizaban. Solo podían ser Mujeres con «M» mayúscula, representantes de todos los estereotipos que sus compañeros de trabajo varones tenían sobre el otro sexo.

«No tenían un grupo de iguales —recuerda Kanter—. Se las convertía en símbolos. Tenían que representar toda su categoría en vez de simplemente ser ellas mismas». Cuando formamos parte de una minoría pequeña, somos un símbolo. Y ser un símbolo no es fácil.

 

Kanter refirió sus descubrimientos en un artículo muy conocido hoy en día con un título engañosamente anodino: «Some Effects of Proportions on Group Life: Skewed Sex Ratios and Responses to Token Women» (Algunos efectos de las proporciones en la vida grupal: proporciones de sexo sesgadas y respuestas a las mujeres simbólicas).[17] «Ninguna mujer simbólica del estudio tenía que esforzarse para que advirtieran su presencia —escribió Kanter—. Pero sí tenía que hacerlo para que reconocieran sus logros. En el equipo de ventas, las mujeres descubrieron que sus aptitudes técnicas tendían a quedar eclipsadas por su aspecto físico y, en consecuencia, se creaba una presión adicional sobre su desempeño».

 

Kanter comprendió que lo que verdaderamente importaba no era si un grupo estaba integrado o no, sino en qué medida lo estaba. «Pensé que la verdadera cuestión era esa —explicó—. ¿Estás solo o hay muchos como tú?».

Si todos los equipos de ventas estuvieran formados por mujeres, nadie cuestionaría el rendimiento de las comerciales como categoría. Tampoco sería un problema si los equipos estuvieran equilibrados: mitad hombres,



 

 

 

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mitad mujeres. Sin embargo, Kanter llegó al convencimiento de que los grupos con «proporciones sesgadas», con muchos miembros de un tipo de persona y muy pocos de otro, tienen una toxicidad especial.

 

Kanter se sorprendía de la frecuencia con la que los hombres sacaban conclusiones sobre las mujeres sin tener en cuenta esa cuestión crucial de las proporciones sesgadas. Citaba, por ejemplo, un estudio sobre jurados muy conocido que mostraba que los hombres tienden a desempeñar «papeles proactivos y orientados a tareas […] mientras que las mujeres tienden a adoptar papeles reactivos y socioemocionales». Los hombres dominaban y tomaban las decisiones. Las mujeres se quedaban en segundo plano. Pero, un momento, dijo Kanter. En los jurados estudiados había dos veces más hombres que mujeres. ¿Cómo sabemos que ese no era el factor clave?

 

«Quizá —escribió—, era la escasez de mujeres en grupos sesgados lo que las empujaba a adoptar posturas clásicas y la superioridad numérica de los hombres lo que les daba ventaja en el desempeño de las tareas».

Kanter también se sorprendía de una observación que se había hecho sobre los kibutz de Israel. Muchos israelíes habían tratado de establecer la igualdad de género en esas comunidades compartiendo las responsabilidades por igual, pero sus intentos a menudo habían fracasado: los hombres acababan ocupando los principales puestos de liderazgo. Una vez más, Kanter levantó la mano para protestar. «En los kibutz, con frecuencia había el doble de hombres que de mujeres. Una vez más, los números relativos impedían llevar a cabo un análisis válido de lo que los hombres o las mujeres eran capaces de hacer “por naturaleza”».

La reflexión de Kanter es tan profunda que, cuando la conocemos, cambia para siempre nuestra manera de escuchar lo que nos cuenta la gente. Permítame ponerle un ejemplo. En una ocasión, para un proyecto completamente distinto, pasé una tarde entrevistando a una mujer extraordinaria, Ursula Burns. (No me habría costado nada dedicarle todo el capítulo). Creció en los años sesenta en un piso del Lower East Side de Manhattan. Su madre era una inmigrante panameña. Su padre no estaba. Burns y sus dos hermanos se criaron en un piso minúsculo de la novena planta de un edificio ruinoso.

«Un noveno era duro porque […] la mayor parte del tiempo no podíamos coger el ascensor —me dijo—. Los yonquis estaban ahí y dormían dentro. Así que lo teníamos prohibido. Mi madre tenía reglas».



 

 

 

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Burns fue al Cathedral High School del Midtown de Manhattan, un instituto femenino católico. Aunque estaba en mitad de la isla, iba andando para ahorrarse el metro.

 

«Mi madre tenía que pagar veintitrés dólares mensuales para que sus hijos fuéramos [al Cathedral]. Lo máximo que ganó en toda su vida fueron cuatro mil cuatrocientos dólares al año. Es increíble. Y ella lo hacía sin más».

En el Cathedral, Burns conoció a alumnos que hablaban de las vacaciones que habían pasado con sus familias. Explicó: «Yo tenía sentido común. Sabía cómo era el mundo. Pero nunca había conocido a nadie que se hubiera ido de vacaciones como se iban ellos, donde coges a la familia, te subes a un vehículo y te vas a otra parte».

 

Burns fue a la universidad, se sacó un título de ingeniería, entró a trabajar en la legendaria empresa tecnológica Xerox y en 2009 la nombraron directora general: la primera mujer afroamericana en dirigir una compañía que figuraba en la lista Fortune de las quinientas mayores empresas de Estados Unidos.

Estoy seguro de que ya habrá oído alguna versión de esta clase de historia: un elemento externo, alguien de fuera del círculo, llega a lo más alto gracias a su ambición, determinación, esfuerzo e inteligencia. Sin embargo, después de leer a Kanter, había una parte de la historia de Burns que me volvía continuamente a la cabeza. En casi todas las etapas de su ascenso, ella había sido la única en su especie. En el Cathedral, no había muchas chicas que fueran andando al instituto todos los días desde el Lower East Side. En la universidad, no había casi ninguna otra mujer en su carrera de ingeniería, y menos aún de piel negra. Cuando regresó para estudiar segundo, sus compañeros le decían asombrados: «¡Sigues aquí!».

 

O:   «Dios mío, qué bien se te da el cálculo». No la trataban con desprecio ni hostilidad. Eran de lo más amables. Solo les costaba entender que una persona tan distinta a ellos pudiera ser igual de inteligente. (O, como a menudo ocurría con Ursula Burns, más inteligente).

Lo mismo sucedió en Xerox. Cuando empezó a trabajar en la empresa, Burns llevaba un voluminoso peinado afro, al estilo de Angela Davis, y destacaba por su fuerte acento neoyorquino. Iba al trabajo con las ventanillas del coche bajadas, escuchando al músico funk Rick James. Eso, en un próspero barrio de Rochester, en Nueva York, con una mayoría



 

 

 

 

 

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blanca aplastante. No encajaba en el estereotipo de ingeniero brillante de nadie.

 

La gente empezó a decirme cosas como —y eso duró un tiempo, y yo tardé mucho en darme cuenta de lo que decían en realidad—: «Eres espectacular. Eres increíble».

 

Al principio, me gustaba bastante. Me parecía un cumplido. Pero, al cabo de un tiempo, pensé: «Aquí pasa algo». Y más adelante en la vida me di cuenta de lo que me molestaba. Tenían que encontrar la manera de caracterizarme de alguna forma especial porque estaba con ellos cuando no debería estarlo.

 

Al catalogarla como excepcional, como una especie de genio singular, sus colegas no tenían que revisar sus ideas sobre lo que eran capaces de hacer las mujeres y, en particular, las mujeres negras. Podían mantener intacto su sistema de creencias.

 

«La única manera en la que podía estar con ellos era siendo así de buena. Porque las personas corrientes que son como yo no son lo suficientemente buenas para estar con ellos. Así que Ursula tenía que ser una superpersona».

Lo que Ursula Burns estaba recibiendo era una lección sobre las proporciones grupales de Rosabeth Kanter. No había suficientes personas como ella en Xerox para que la trataran como… a Ursula Burns.

Poco después de conocer a Burns, leí por casualidad la autobiografía de Indra Nooyi. Nooyi llegó a Estados Unidos de la India en 1978 con quinientos dólares en el bolsillo. En la treintena, empezó a trabajar para Pepsi en una época en la que los hombres blancos ocupaban quince de los quince cargos más altos de la empresa. «Casi todos llevaban trajes azules o grises con camisa blanca y corbata de seda, y tenían el pelo corto o no tenían —recuerda—. Bebían Pepsi, combinados y licores. La mayoría jugaban al golf, pescaban, practicaban tenis, hacían senderismo y corrían. Algunos cazaban codornices juntos. Muchos estaban casados y tenían hijos. No creo que ninguna de sus esposas tuviera un trabajo remunerado fuera de casa». Supongo que ya se imagina lo que ocurrió después. En 2006, gracias a una combinación de ambición, determinación, esfuerzo e inteligencia, la nombraron directora general de la compañía, lo que la convirtió en la primera mujer de ascendencia india que dirigía una



 

 

 

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empresa de la lista Fortune 500. (Tengo debilidad por las historias de personas que pasan de la pobreza a la riqueza).

 

Pero, una vez más, me llamó la atención un momento muy concreto de la historia de Nooyi: la reacción a su nombramiento como directora general. El anuncio fue un acontecimiento cultural. Saltó a los titulares. La prensa, recuerda, estaba «encantada de celebrar mi exotismo como mujer e inmigrante india» de una manera que ella no entendía. Escribe: «Me presentaban con sari y, a veces, incluso descalza. Yo no iba con sari al trabajo desde mis prácticas en Booz Allen Hamilton en Chicago hacía veinticinco años».

¿Y descalza? Solo cuando, como cualquier otra persona, se quitaba los zapatos al final de una dura jornada.

«Cuando ocupé el cargo, un artículo del Wall Street Journal titulado “La nueva directora general de Pepsi no se guarda sus opiniones” me describe en el primer párrafo llevando sari y rindiendo homenaje a Harry Belafonte cantando “Day-O”».

Belafonte era el famoso cantante y actor de las Antillas (Indias Occidentales en inglés) y la canción de calipso «Day-O» era su mayor éxito. ¿Indios? ¿Indios occidentales? Al parecer, todos eran iguales. «En realidad —continúa Nooyi—, presenté brevemente al señor Belafonte y, en grupo, cantamos “Day-O” en un acto de 2005 sobre diversidad e inclusión. Yo llevaba un traje de negocios con mi característico gran pañuelo suelto. Quizá pensaron que era un sari».

Cuando eres único en tu especie, el mundo es incapaz de verte tal como eres.

«¿Cuántos componentes de una categoría hacen falta para que una persona pase de ser un símbolo a convertirse en miembro de pleno derecho del grupo?», se preguntó Kanter. No podemos librar a los elementos externos de la presión de que los traten como símbolos, dijo, a menos que sepamos cuándo cambia la dinámica en los grupos: «Se requieren análisis cuantitativos para documentar con precisión el momento en que la interacción cambia porque una cantidad suficiente de personas del «otro tipo» han pasado a ser miembros de un grupo […] Hay que investigar los puntos clave exactos».

 

Pues investiguemos.



 

 

 

 

 

 

 

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4

 

A finales de los años cincuenta, el organizador comunitario Saul Alinsky (en su día, una de las figuras políticas más importantes del país) declaró ante la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos. El grupo estaba investigando la fuga de blancos y Alinsky dedicó todo su discurso a la importancia de averiguar cuál era el punto clave de ese fenómeno.

 

Todos los que han reflexionado seriamente sobre el asunto saben que debe de haber algún tipo de fórmula. Hablan de equilibrio racial o étnico; a veces, hablan simplemente de «estabilizar» la comunidad; otras, de ratios. «Equilibrio», «estabilización», «ratio», «porcentaje» hacen todos referencia a un porcentaje numérico o «cupo». […] El hecho es que, lo llamen como lo llamen, muchos líderes negros y blancos coinciden en ese enfoque de porcentajes o cupos […].

 

Todos los que han reflexionado seriamente sobre el asunto hablan de un porcentaje numérico.

 

«Durante unos disturbios raciales hace unos años —continuó—, tuve la oportunidad de hablar con algunos de los líderes blancos».

Alinsky trabajaba en el barrio Back of the Yards de Chicago, que fue durante años un bastión de Europa del Este.

 

Les dije: «Supongan que supieran que el 5 por ciento de población iba a ser negra y estuvieran seguros de que el porcentaje se mantendría en esa cifra. ¿Dejarían que los negros vivieran aquí en paz, no segregados, sino repartidos por todo el barrio?».

 

Los hombres se removieron inquietos. «Recuerden —les dije—, en torno al 5 por ciento y no más. ¿Aceptarían esa situación?».

 

Se miraron desconcertados. Luego habló el cabecilla: «Señor — dijo—, si pudiéramos tener el 5 por ciento o incluso un poco más, pero supiéramos con seguridad, con total seguridad, que de ahí no iba a pasar, ¡no se imagina con qué gusto diríamos que sí! ¿Aceptarlo? ¡Sería el paraíso! Ya he tenido que mudarme dos veces, hacer los bártulos con mi familia, cambiar a los niños de escuela, vender mi casa y perder mucho dinero […] Sé que, cuando los negros empiezan a



 

 

 

 

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llegar a un barrio, es el fin del barrio; va a ser todo negro. Sí, su idea sería un sueño».

 

Así que el 5 por ciento estaba bien. Ese porcentaje quedaba muy por debajo del punto clave. ¿Podía aumentarse?

 

«Algunos padres blancos pueden aceptar a regañadientes una integración del 10 al 15 por ciento», escribió un periodista del New York Times en 1959. Así que, quizá, el 15 por ciento también estaba bien. En la misma audiencia en la que declaró Alinsky, la comisión le pidió la opinión a un ejecutivo de una importante inmobiliaria. Él explicó que su empresa había inaugurado un edificio de pisos de diecinueve plantas, el Prairie Shores, donde tres cuartas partes de los inquilinos eran blancos y una cuarta parte eran negros. «Puedo decirles sin la menor duda —explicó— que el edificio funciona sin problemas con esa proporción de 75 a 25 entre blancos y negros». Así que, quizá, el 25 por ciento seguía estando por debajo del punto clave.

 

Pero ¿podría llegarse al 30 por ciento? Intervinieron representantes de Filadelfia y Nueva York. El director del sistema escolar público de Washington D. C. dijo que no. En su experiencia, cuando una escuela tenía un 30 por ciento de alumnos negros, pasaba al «99 por ciento en muy poco tiempo». Por último, se consultó al presidente de la Autoridad de Vivienda de Chicago. Dirigía uno de los mayores sistemas de vivienda pública de Estados Unidos. Él sabría cuál era la cifra «correcta» para poner fin a la fuga de blancos, ¿no? Opinaba igual que el director del sistema escolar público de Washington D. C. «Tomemos, por ejemplo, el caso de Cabrini, en el North Side, uno de nuestros proyectos de viviendas protegidas — explicó—. Cuando empezamos, el porcentaje era de aproximadamente un 70 por ciento de blancos y un 30 por ciento de negros. Hoy en día, el 98 por ciento son negros».

 

Al final, casi todos estaban de acuerdo. Cuando un grupo de elementos externos que antes era insignificante pasaba a representar entre un cuarto y un tercio de la población del grupo al que se unía, ocurría algo espectacular.

Escojamos el extremo más alto de ese intervalo y llamémoslo el tercio mágico.

El tercio mágico aparece en todas partes. Tomemos, por ejemplo, el caso de los consejos de administración. Se encuentran entre las



 

 

 

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instituciones más poderosas de la economía moderna. Casi todas las empresas importantes tienen un grupo de (por lo común) unos nueve empresarios experimentados que asesoran al director general. Tradicionalmente, los consejos de administración han sido solo de hombres. Sin embargo, poco a poco, se ha abierto la puerta a las mujeres y una serie investigaciones muestran que su presencia los cambia. Los resultados indican que ellas están más dispuestas a hacer preguntas difíciles. Valoran más la colaboración. Escuchan mejor. En otras palabras, hay un «efecto femenino». Pero ¿cuántas mujeres se necesitan en un consejo para que ocurra ese fenómeno?

 

No es una: «[Yo era] la única mujer en una sala llena de hombres. No soy tímida, pero intentar hacerte oír por toda la mesa no es fácil». Estas palabras pertenecen a un estudio en el que se entrevistó a cincuenta ejecutivas de grandes empresas para que hablaran de su experiencia. «Puedes hacer una observación que es válida. Dos minutos después, Joe dice exactamente lo mismo y todos lo felicitan. Es difícil hacerte oír, incluso a nuestro nivel. Tienes que encontrar la manera de abrirte paso».

Una mujer recuerda lo que ocurrió cuando el consejo del que formaba parte invitó a un grupo de auditores externos a hacer una presentación: «Entraron. Fueron avanzando por un lado de la sala de juntas dándoles la mano a todos. Se la dieron a los dos hombres de mi izquierda, a mí me saltaron y luego se la dieron al siguiente. Se marcharon. El grupo empezó a hablar de su presentación y yo dije: “Tengo que interrumpiros. ¿Os habéis dado cuenta de lo que ha pasado?”».

Es justo como predijo Kanter. Cuando una mujer está sola, destaca como mujer, pero se vuelve invisible como persona.

«Añadir otra mujer claramente ayuda», prosigue el estudio. Sin embargo, seguía sin ser suficiente: «La magia parece obrarse cuando hay tres o más mujeres en un consejo de administración».

Tres de nueve personas. ¡El tercio mágico!

 

Debo confesar que al principio me costó aceptar esa conclusión. ¿De verdad había tanta diferencia entre dos y tres elementos externos en un grupo de ese tamaño? No obstante, cuando me puse a llamar a mujeres que han estado en consejos de administración de empresas importantes, me dijeron exactamente lo mismo. Es el caso de la emprendedora Sukhinder Singh Cassidy, que estaba tan convencida del valor de los números que



 

 

 

 

 

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creó el grupo theBoardlist para ayudar a colocar a más mujeres en los consejos de administración de las empresas.

 

«¿Es tres el número correcto? —me dijo—. No estoy segura, pero sé que hay un número en el que una persona deja de ser distinta debido a sus diferencias, en el que hay tantas como ella en la sala que ni tan siquiera se piensa en ello».

Una persona, continuó, se sentía sola. Con dos, se generaba un sentimiento de amistad. Pero tres eran un equipo. «Así que mi instinto me dice que tres podría ser el número mágico. Porque creo que, con tres, te sientes suficiente. Como si hubiera una subtribu dentro de una tribu donde puedes ser más tú […] Hay un cierto punto clave en el que es suficiente».

O aquí está Katie Mitic, también veterana en consejos de administración: «Diría, sin dudarlo, que hay un punto clave en mi experiencia».

Había formado parte de consejos de administración en todas las versiones: con una, dos, tres y más de tres mujeres. Tres era el número que marcaba la diferencia.

«Me siento más cómoda, más segura, diciendo lo que quiero decir. Haciendo lo que quiero hacer […] menos especial en un sentido positivo. Siento que soy una voz más en la conversación, a diferencia de Katie, la mujer […] Es más como ser Katie, la experta en productos, o Katie, la experta en internet para consumidores».

Si observara un consejo de administración formado por siete hombres y dos mujeres, no le parecería, desde fuera, tan distinto de uno integrado por seis hombres y tres mujeres, ¿verdad? Pero lo es. A eso se refieren Mitic y Singh cuando dicen que existe un punto en el que la cultura del consejo se transforma de repente. Mitic explica que una vez entró en un consejo donde era la única mujer y vio cómo primero se incorporaba una, luego otra y después una tercera. Incluso a ella le sorprendió la brusquedad con la que todo cambió.

«Seré sincera, no sabía muy bien qué impacto iba a tener […] Parecía lógico que fuera a hacérmelo más fácil, pero creo que no sabía en qué grado lo haría».

Por eso lo llamamos el tercio «mágico».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Creo que podemos ir un paso más allá. Creo que podemos decir que el tercio mágico es una ley universal. (O al menos casi universal). Una de las mejores pruebas de ello se encuentra en el trabajo de Damon Centola, profesor en la Universidad de Pensilvania. Él fue uno de los muchos estudiosos que respondieron al llamamiento de Kanter a «investigar» los puntos clave.

 

Centola ideó una forma muy inteligente de determinar cuándo se produce el cambio crucial en la dinámica de un grupo. Creó un juego en línea, que ejecutó en un sinfín de versiones distintas. Un grupo de personas, pongamos treinta, se divide en parejas para formar quince grupos de dos. A cada pareja le enseñan una fotografía y le piden que proponga un nombre para la persona que aparece.

Imagine que la pareja somos usted y yo. Yo veo una fotografía y escribo «Jeff». En este juego, introducimos nuestras respuestas a la vez, por lo que usted escribe la suya sin saber la mía. Ambos estamos a ciegas. Usted escribe «Alan». Inmediatamente después de escribir nuestras respuestas, vemos si hemos coincidido o no y vuelven a emparejarnos al azar con otra persona. El proceso empieza de nuevo. Jugamos con otra pareja y después con otra, y así sucesivamente hasta que el juego termina.

 

Como puede imaginar, las posibilidades de coincidir de inmediato son infinitesimales. Incluso si la foto se corresponde con una «categoría» reconocible —por ejemplo, una mujer rubia de ojos azules o un hombre antillano con turbante—, hay literalmente cientos de nombres que podrían parecernos apropiados para una persona con ese aspecto. Así pues, lo más probable es que no coincidamos en la primera ronda ni en la segunda o ni tan siquiera en la tercera. Va a llevarnos mucho tiempo, si es que ocurre, ¿verdad?

Pues no. En torno a las quince rondas se llega a un consenso sobre el nombre.

«Es muy rápido —dice Centola—. Lo probamos a varias escalas: con poblaciones de veinticuatro, cincuenta y cien [participantes]. Y el proceso de convergencia era el mismo a todas las escalas. Es rapidísimo en comparación con lo que esperábamos».



 

 

 

 

 

 

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¿Por qué termina tan rápido el juego? Porque a los seres humanos se les da tremendamente bien identificar normas y ponerse de acuerdo en cómo deben pensar acerca de algo.

 

Por tanto, cuando yo escribo «Jeff» y usted escribe «Alan», yo sé que le he metido «Jeff» en la cabeza y usted sabe que me ha metido «Alan» en la mía, con lo que ahora ambos somos un poco más propensos a utilizar uno de esos dos nombres en la siguiente ronda. Y lo mismo hacen todas las otras personas con las que hemos formado pareja en las rondas anteriores. Ahora, «Jeff» y «Alan» están flotando en el ambiente. Y cuando por fin hay una coincidencia al azar, cuando usted escribe «Jeff» y su pareja escribe «Jeff», ya no hay vuelta atrás.

 

«En cuanto hay algo que funciona, tendemos a seguir escribiendo “Jeff”, “Jeff”, “Jeff”, “Jeff” —explica Centola—. Porque es nuestra mayor probabilidad de experimentar el éxito».

Podría decirse muchísimo más sobre esa parte del experimento y sobre lo que revela de nuestra naturaleza. (Como seres humanos, ¡ansiamos ponernos de acuerdo sobre las reglas del juego!). Pero dejemos eso a un lado y pasemos a la segunda fase crucial, porque este tipo de experimentos siempre tienen truco.

Centola pidió a un grupo de estudiantes de posgrado que se incorporaran al juego con unas instrucciones muy precisas: debían actuar como «disidentes». Una vez que el grupo se había puesto de acuerdo en un nombre y todos los jugadores escribían «Jeff», «Jeff», «Jeff», los disidentes tenían que romper filas. Debían oponerse a la tendencia de Jeff y empezar a usar otro nombre, una y otra vez. Pongamos que era Pedro. Lo que Centola se preguntaba era: ¿cuántos disidentes tenían que escribir repetidamente el nombre Pedro para que todo el grupo cambiara de Jeff a Pedro?

Añadió a un puñado de disidentes partidarios de Pedro al grupo. ¿Hubo algún cambio? No. Luego probó con más: el 18 por ciento del grupo. Ningún efecto. ¿El 19 por ciento? Nada. (Creo que ya ve por dónde voy). ¿El 20 por ciento? Nada. Sin embargo, cuando la proporción de disidentes fue de una cuarta parte —¡bingo!—, ocurrió algo mágico: todos los jugadores sin excepción cambiaron a Pedro.

Centola repitió el juego infinidad de veces y siempre obtuvo el mismo resultado. El consenso de la mayoría se rompía cuando la proporción de elementos externos alcanzaba el 25 por ciento. Él explica que su ejemplo



 

 

 

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favorito fue con solo veinte participantes. Ejecutó dos versiones del juego de manera simultánea. La primera tenía cuatro disidentes, que representaban el 20 por ciento del total. La segunda tenía cinco, que constituían el 25 por ciento. ¡La diferencia era de una persona! «Los pusimos a jugar hombro con hombro —recuerda—. Y cuatro [disidentes] no hace nada. No hubo ningún cambio general. Pero, si se añade un agente más, si son cinco, la conversión pasa a ser del 90 por ciento». En su versión de laboratorio de la realidad, Centola terminó en el extremo inferior del intervalo del punto clave. ¡Descubrió el cuarto mágico!

 

Algunas observaciones de la naturaleza humana son solo eso: observaciones. No invitan a la acción. Incluso en el caso de Miami y Poplar Grove, podemos imaginar qué clase de intervención habría que llevar a cabo. ¡Disgregar el instituto de Poplar Grove! ¡Restablecer la confianza en las instituciones de Miami! Pero ninguno de esos remedios es fácil de llevar a la práctica.

Sin embargo, la idea de que existe un momento mágico en algún punto entre un cuarto y un tercio es distinta. Prácticamente nos pide que intervengamos.

Le podré un ejemplo. Desde hace años, hay una brecha importante entre las notas de los alumnos blancos y los afroamericanos. Estos son los datos, que están extraídos del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia (ECLS, por sus siglas en inglés).[18] Las cifras indican la diferencia entre las puntuaciones en matemáticas de alumnos blancos y negros en un examen de noventa y seis ítems. Los datos pueden segmentarse de varias formas, pero estos son los resultados de escuelas donde los alumnos negros representan menos del 5 por ciento de la población estudiantil.

 

Último año de preescolar (otoño): -4,718

 

Último año de preescolar (primavera): -6,105

 

Primero (otoño): -7,493

 

Primero (primavera): -8,880

 

Tercero (primavera): -14,442

 

Quinto (primavera): -20,004

 

 

Al final del último año de preescolar, los niños negros de ese grupo estaban seis puntos por detrás: una cifra pequeña, pero no trivial. No



 

 

 

 

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obstante, en quinto de primaria, la diferencia era enorme: ¡veinte puntos sobre cien! Este es un ejemplo perfecto de lo que tiene desconcertados a los educadores estadounidenses desde hace varias generaciones: ¿por qué existe una brecha tan grande y por qué aumenta?

 

Sin embargo, Rosabeth Kanter y todas las personas que han estudiado los consejos de administración nos recuerdan que hay una diferencia enorme entre ser minoría en un grupo y ser mayoría. Así pues, la pregunta quizá debiera ser otra. Estos datos se refieren a clases donde los alumnos negros estaban en franca minoría. ¿Qué ocurre en las clases donde están por encima del punto clave? ¿Cambia algo ser más?

Resulta que sí. Cuando un grupo de investigadores en educación dirigido por Tara Yosso estudió únicamente las clases donde el porcentaje de alumnos de minorías superaba el 25 por ciento, descubrió que la brecha en las notas desaparecía por completo.[19] Los alumnos blancos tenían el mismo buen rendimiento de siempre. Pero los alumnos negros se habían puesto a su nivel.

 

Creo que es importante no extrapolar las conclusiones de Yosso. Solo se refieren al rendimiento de alumnos de primaria y secundaria en un único parámetro: un tipo de prueba estandarizada de aptitud matemática. No creo que nadie piense que podemos eliminar para siempre la brecha académica con solo modificar la composición de las clases. Sin embargo, es evidente que algo pasa, ¿no? Y es muy difícil leer el estudio y no querer al menos probar algo nuevo: reorganizar los distritos escolares, aconsejar a los padres pertenecientes a minorías sobre dónde llevar a sus hijos, realizar algún tipo de experimento. Si usted fuera director de una escuela primaria con tres clases de alumnos de quinto curso, cada una con unos pocos alumnos de color, podría tener la tentación de agrupar a todos sus alumnos minoritarios en una sola, por difícil de justificar que fuera su decisión.

 

El caso es que no siempre hace falta una revolución para cambiar la percepción que se tiene de un grupo minoritario. Pensemos en Ursula Burns e Indra Nooyi. Xerox y Pepsi no necesitaban un trasplante cultural. El camino que debían tomar era bastante sencillo y obvio. Solo necesitaban a más mujeres como Burns y Nooyi en cargos importantes hasta llegar a un punto de masa crítica.

¿Estamos actualmente en ese punto con las mujeres negras? No. Si otra mujer negra de un barrio pobre se convierte en directora general de una legendaria empresa estadounidense, no le quepa duda de que dará lugar a



 

 

 

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un entusiasta aluvión de noticias sobre mujeres negras brillantes, luchadoras y transgresoras. No obstante, sí se ha llegado a un punto clave con los sudasiáticos. En las casi dos décadas posteriores a que Nooyi asumiera la dirección de Pepsi, una avalancha de personas parecidas a ella accedieron a los niveles más altos de empresas estadounidenses. En 2022, una cadena de televisión de noticias contabilizó sesenta directores generales de ascendencia india al frente de compañías de la lista Fortune 500, entre ellas, IBM, Microsoft y Google. En el sector tecnológico, el porcentaje de ejecutivos indios es aún mayor. Cuando Starbucks nombró director general a Laxman Narasimhan en marzo de 2023, el Wall Street Journal publicó un reportaje que no decía una palabra sobre el hecho de que Narasimhan hubiera nacido en la India. Entre Nooyi y Narasimhan, algo fundamental cambió en la manera en que la cultura estadounidense percibía a sus ciudadanos de origen indio. Se cruzó una línea.

 

 

 

 

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A finales de los años cuarenta, un grupo conocido como Comité de Juego Limpio de Palo Alto empezó a preocuparse por la situación habitacional de su ciudad. Los afroamericanos se estaban instalando en la zona y uno de los pocos lugares en los que podían vivir era un tramo superpoblado de Ramona Street, en la parte más vieja de la ciudad. Los miembros del Comité de Juego Limpio miraron a su alrededor, vieron la incipiente crisis a la que se enfrentaban otras ciudades estadounidenses y quisieron que Palo Alto fuera distinto.

 

«Éramos conscientes de que no íbamos a resolver el problema de la vivienda, pero queríamos hacer algo —diría muchos años después Gerda Isenberg, una de las líderes del grupo—. No tenía ni idea de cómo organizarlo. Las reuniones eran muy frustrantes. Mis abogados decían que deberíamos dejarlo».

Sin embargo, el grupo perseveró. Otro miembro del Comité de Juego Limpio, Paul Lawrence, un estudiante negro graduado en la Universidad de Stanford, recibió el encargo de buscar un terreno. Encontró una parcela cerca de una granja de productos lácteos en las afueras de la ciudad. Valía dos mil quinientos dólares. Diez miembros del grupo pusieron doscientos



 

 

 

 

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cincuenta dólares cada uno. Dividieron el terreno en veinticuatro solares y un parque, y redactaron un reglamento.

 

Los solares se dividirían en tres, siguiendo a rajatabla la ley del tercio mágico: igual proporción de blancos, negros y asiáticos. Un propietario negro solo podría vender a un comprador negro, uno blanco solo podría vender a uno blanco, y así sucesivamente. Se acordó que los negros jamás constituirían más de un tercio de los residentes del Lawrence Tract. La comunidad se acercaría de puntillas al punto clave, pero no lo cruzaría.

Se construyeron pequeños chalés a lo largo de toda la calle. Los primeros en mudarse fueron Ethel y Reo Miles. Eran negros. La segunda familia fueron Elizabeth y Dan Dana. Eran blancos. Los terceros fueron Melba y Leroy Gee. Eran asiáticos. Para maximizar el contacto entre las distintas razas, dos familias de la misma raza no podían vivir en casas contiguas.

Las familias se reunían una vez al mes. Programaban actos comunitarios. Los hombres iban a cazar juntos. «Me quedé impresionado con la calle cuando llegué —dice uno de los miembros—. Se acercaron vecinos de todos los colores de piel, cogieron mis muebles y empezaron a ayudarme con la mudanza. Las vecinas se llevaron a mi mujer a merendar, mientras los hombres me ayudaban a poner la casa en orden».

Corrían los años cincuenta: en algunas partes de Estados Unidos, los racistas blancos prendían fuego a las casas de los negros que se atrevían a vivir cerca de ellos, quemaban cruces en sus jardines y tiraban piedras a sus ventanas. El Lawrence Tract fue un intento de demostrarle al mundo que las distintas razas podían vivir en armonía.

Como escribió una de las componentes originales del grupo:

 

 

Los que estamos comprometidos con causas que promueven cambios en las actitudes y estructuras sociales a menudo nos sentimos frustrados por el carácter teórico de nuestras iniciativas […] Una sola manifestación con éxito es más eficaz que cien discursos. Algunos de los que trabajamos en el campo de los derechos civiles teníamos eso en mente cuando inauguramos un pequeño proyecto habitacional en Palo Alto.

 

 

Pero ¿era sostenible el experimento? Los residentes que vivían a ambos lados de Lawrence Lane no lo creían. El Lawrence Tract intentaba que



 

 

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blancos, negros y asiáticos vivieran puerta con puerta. ¿Cuánto duraría? ¿Cómo evitaría Palo Alto la fuga de blancos? «Algunos se oponían rotundamente y decían que estábamos construyendo un barrio de chabolas para negros —recordó Isenberg—. Recibí unas cuantas llamadas desagradables». Varias personas de las calles circundantes amenazaron con poner su casa en venta. En respuesta, los residentes del Lawrence Tract intentaron tranquilizar a sus vecinos. Aquello no iba a ser una repetición de lo que ocurría en Detroit, Chicago y Atlanta, donde, siempre que los negros se mudaban a una zona, los blancos se iban. Ellos tenían reglas. Y, siempre que se cumplieran, los residentes de Lawrence Lane creían que su comunidad sería estable.

 

«Yo solo era un hombre que buscaba una casa —dijo uno de los residentes, el maestro de escuela Willis Williams—. Los alquileres eran demasiado altos y las chabolas que me ofrecían en otros sitios por ser negro eran terribles […] Pensé que el Lawrence Tract era pura segregación, pero de otro tipo, un tipo beneficioso. Era la práctica de una discriminación leve para poder evitar una brutal».

Así es como se toman en serio los puntos clave. Si realmente hay un cambio a peor en torno a una determinada cifra, hay que asegurarse a toda costa de no alcanzarla nunca.

No mucho después de poner en marcha su experimento, los residentes del Lawrence Tract tuvieron que lidiar con esa misma cuestión. Uno de los propietarios decidió vender uno de los solares vacíos que quedaban en Lawrence Lane.

«El solar era propiedad de una persona blanca y decidió dejarlo — explicó Nanosh Lucas, que había crecido en el Lawrence Tract y actualmente está escribiendo la historia del experimento—.[20] Se lo vendió a un agente inmobiliario y la Asociación del Lawrence Tract habló con él y en esencia le dijo: “Oiga, queremos asegurarnos de que maneja las proporciones como corresponde. Básicamente, necesitamos a un blanco en ese solar”».

El agente inmobiliario los tranquilizó. No obstante, el grupo se enteró de que uno de los suyos, una familia negra, se había puesto en contacto con él porque querían comprar el terreno para un pariente. En esos años era prácticamente imposible que los negros encontraran vivienda en Palo Alto. El pariente estaba desesperado.

Por tanto, los residentes se reunieron con carácter de urgencia.



 

 

 

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La venta alteraría sus proporciones. El número de afroamericanos rebasaría el tercio mágico.

 

En su investigación, Lucas encontró un trabajo trimestral sobre el Lawrence Tract, redactado en 1955 por Dorothy Strowger, una estudiante de la zona, que describía la crisis: «Había que decidir si la Asociación consideraba que la política de “orígenes diversos” se vería seriamente afectada, si no destruida, por esa nueva incorporación a la situación ya desequilibrada y, en caso afirmativo, sopesar el valor del experimento frente a la necesidad y el bienestar del posible comprador».

La cuestión alcanzó un punto crítico en una tumultuosa reunión de comunidad. La familia que se había puesto en contacto con el agente inmobiliario estaba a favor de la venta. El resto votó, en palabras de Strowger, «anteponer el bienestar general de la zona». A continuación, todos los residentes pusieron dinero para comprarle el terreno al agente inmobiliario.

«La reunión se recordará durante mucho tiempo —continuaba el trabajo de Strowger—. Los miembros de la Asociación hablan de ella con pasión y orgullo». Pero, a continuación, pasa a explicar el trauma que dejó el incidente, concretamente «el dolor y el sentimiento de culpa que aún expresan otros negros que sentían que habían tenido que sacrificar a personas de su propia raza para demostrar un principio que, en un mundo bien ordenado, no debería haber precisado tal demostración».

La existencia de puntos clave crea una oportunidad irresistible para practicar la ingeniería social. Nos induce a querer modificar el número de mujeres en el consejo de administración de una empresa o a reorganizar a los alumnos de minorías en una clase de enseñanza primaria. Sin embargo, eso no significa que sea fácil.

Es poco probable que el hombre al que no tienen en cuenta para un puesto de trabajo porque el número de mujeres de la empresa no ha llegado aún al punto clave se quede satisfecho con esa explicación. El director que agrupa a todos sus alumnos de minorías en un aula no lo tendrá fácil para explicar su experimento a los padres. La razón por la que evitamos reconocer las soluciones sencillas que nos ofrecen los puntos clave reside en que, en el fondo, no son tan sencillas. Esa fue la lección que aprendieron los miembros del Lawrence Tract. Miraron a su alrededor, a todas las comunidades de las que los blancos se habían ido para vivir en las afueras, y decidieron que no podían, en conciencia, dejar que su calle



 

 

 

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fuera por ese camino. No obstante, para preservar esa armonía racial, tuvieron que perjudicar a las mismas personas a las que intentaban ayudar.

 

Lucas dijo que el solar permaneció vacío durante una década, como una herida abierta que nadie quería tocar. El episodio fue «una toma de conciencia muy dura para el barrio [sobre] lo que había que sacrificar para que funcionara».

Añadió: «En su opinión, el destino del barrio estaba en juego […] El análisis que yo hago es que pensaban que quizá la gente de fuera vería aquello y diría: “Esta asociación de vecinos no tiene ninguna legitimidad porque no hacen cumplir las normas como dijeron que harían”. Y que llegaríamos al punto en el que el barrio fracasaría».[21]

 

Por tanto, no es de extrañar que, cuando las personas intentan jugar con los puntos clave, la mayoría lo hagan a escondidas.

 

Solo hay que preguntarle a la Ivy League, que agrupa a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL MISTERIOSO CASO DEL EQUIPO DE RUGBY FEMENINO DE HARVARD

 

«La idea era que los estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad»

 

 

 

 

 

1

 

No hace mucho, en un ventoso día de otoño, se jugó un partido de rugby en un campo solitario de un apartado rincón de la Universidad de Princeton. El equipo local vestía de negro y naranja. El visitante, de la Universidad de Harvard, iba de blanco. Unos pocos espectadores se alineaban en un lado del campo y los equipos ocupaban el otro, ambos con una pequeña carpa para el material. Para los que no habían podido asistir, el partido se retransmitía en directo en YouTube.

 

«Comprobando la conexión a internet. Parece que va bien. Estamos en directo. Seis espectadores ya. Bienvenidos».

Los locutores leyeron los nombres de las jugadoras: Eva, Brogan, Maya, Tiahna, Skylar, Elizabeth, Zoë, Caroline, etc. Advirtieron a los espectadores y a las jugadoras sobre incurrir en «discriminaciones racistas, homófobas o tránsfobas u otros actos intimidatorios». Sonó el himno nacional. Y los equipos salieron al terreno de juego.

El programa universitario de rugby femenino de Princeton solo llevaba dos años en marcha. La mayoría de las jugadoras habían destacado en tenis y voleibol en el instituto: solo unas pocas tenían verdadera experiencia en rugby. Harvard, hicieron notar los locutores, era distinto.

«El equipo de Harvard tiene mucha solidez y mucha gente que juega al rugby desde hace mucho tiempo».

Esa temporada, Harvard llegaba invicta al partido después de haber arrollado a equipos como los de la Universidad Quinnipiac, el American International College y la Universidad Queens de Charlotte. Cuando se



 

 

 

 

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enfrentó a Princeton el año anterior, ganó por 102 a 0. Harvard era bueno. Empezó a llover, primero con suavidad y luego más fuerte. El campo se puso resbaladizo. Las jugadoras estaban empapadas. Los espectadores, alineados a lo largo de los laterales, se refugiaban bajo los paraguas.

 

«Courtney Taylor patea el balón y se lleva a buena parte del equipo de Princeton hacia la línea de veintidós…».

Intervino el otro locutor: «… ataque de segunda fase».

 

La crónica era toda en la jerga del rugby, incomprensible para cualquiera que no conociera este deporte.

«Coge el balón Eva Rankin […] derribada por Brooke Beers. Lo coge Jordan. El quiebro, bien apoyado, no, más ataque, patea hacia Chloe Headland, que se lleva a un par de jugadoras de Princeton a la línea de cinco metros».

Dos horas después de empezar, el partido había terminado.

 

«Buena potencia y distancia, pero un poco desviado hacia la derecha y se va fuera, y el árbitro pita el fin del partido. Ha sido la última jugada. El marcador final de hoy es 61 para Harvard y 5 para Princeton. Repetimos, el marcador final es Harvard 61 y Princeton 5».

Si hubiera ido el partido entre Princeton y Harvard, es posible que hubiera disfrutado de una animada jornada deportiva. Sin embargo, al poco rato, mientras llovía a cántaros y usted estaba de pie en el lateral vacío, puede que también se hubiera hecho una pregunta impertinente: «De todas formas, ¿por qué hay un equipo de rugby femenino en Harvard?».

Harvard tiene una extraordinaria oferta de deportes para sus alumnos. Cuenta con más de cincuenta clubes deportivos en el campus. También compite en más disciplinas universitarias de primera división que cualquier otra universidad del país. En Harvard, una joven deportista puede competir en baloncesto, cross, esgrima, hockey sobre hierba, golf, hockey sobre hielo, lacrosse, remo de peso pesado, remo de peso ligero, vela, esquí, fútbol, softball, squash, natación y saltos, tenis, atletismo, voleibol y waterpolo. Pensamos en las universidades públicas que destacan en deporte como la de Michigan como instituciones con muchos estudiantes deportistas. En porcentajes, Harvard tiene cuatro veces más estudiantes deportistas que Michigan.

 

Sin embargo, en 2013, Harvard decidió que sus alumnas necesitaban otra opción más. Así, se añadió el rugby femenino a la lista ya extensa de



 

 

 

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deportes universitarios destacados. Ello comportó contratar entrenadores y preparadores físicos. Y había que captar a deportistas, un hecho de especial relevancia porque no muchas jóvenes han jugado al rugby en Estados Unidos. Se trata de un deporte extranjero y además violento, que habitualmente causa una lista tan larga de lesiones —hombros dislocados, clavículas fracturadas, ligamentos de la rodilla rotos, conmociones cerebrales— que, incluso en las contadas ocasiones en las que un instituto estadounidense ofrece rugby, muchas jóvenes lo rehúyen, y es comprensible. Formar un equipo universitario de rugby requiere bastante esfuerzo.

 

«Al final, abrimos mucho el abanico para encontrar a las personas que quieren estar en Harvard y que encajarían perfectamente dentro y fuera del terreno del juego», dijo hace unos años la entrenadora del equipo, Mel Denham, al periódico estudiantil Harvard Crimson. Con «abrir mucho el abanico» se refería a que su búsqueda de jugadoras abarcaba el mundo entero.

El artículo continuaba:

 

 

Ojeamos regularmente institutos en California, Utah, Colorado y algunos estados del Medio Oeste, además de Canadá […] «También hemos empezado a trabajar con algunas jugadoras inglesas y estamos asimismo entablando relaciones con entrenadores de Inglaterra, Nueva Zelanda y Australia —explicó la entrenadora Denham—. Nuestro equipo actual cuenta con jugadoras de Escocia, Canadá, Hong Kong, Australia, China, Alemania y Honduras, y es increíble tener tanta diversidad en nuestra cultura».

 

¿Por qué quiso Harvard tomarse tantas molestias?

 

La pregunta se torna incluso aún más desconcertante cuando se conoce cómo funciona el sistema de admisiones en Harvard. Al igual que muchos centros educativos de élite, esta universidad tiene un doble proceso. La vía habitual es para los estudiantes inteligentes de todo el mundo, que compiten en virtud de sus méritos. La segunda vía es para lo que llaman ALDC —las siglas en inglés para deportistas, hijos de antiguos alumnos, lista de interés del decano (hijos de ricos) e hijos de profesores—. Los



 

 

 

 

 

 

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ALDC representan el 30 por ciento del alumnado de Harvard. Son muchos.

 

Y su recorrido para entrar en la universidad es muy distinto.

 

En 2014, Harvard fue llevada a juicio por el grupo Students for Fair Admissions (alumnos por un acceso a la universidad justo; SFFA, por sus siglas en inglés). El caso acabaría elevándose al Tribunal Supremo. Y los momentos más extraños del primer juicio federal tuvieron lugar cuando ambas partes intentaron explicar el funcionamiento del bizantino sistema

 

ALDC.

 

Este es el abogado de los demandantes, Adam Mortara, en su declaración inicial. Ha dispuesto una tabla para enseñársela a toda la sala. Y empieza analizando lo que Harvard llama los «1 académicos». Los logros intelectuales de los solicitantes aceptables se puntúan en una escala del 1 al 4 (por encima de eso, no se tiene ninguna posibilidad), donde 1 es la mejor puntuación. Se trata de las superestrellas. En circunstancias normales, los 1 académicos tienen una posibilidad razonablemente buena de entrar en Harvard. No obstante, si el candidato es hijo de un antiguo alumno y es un 1, tiene la admisión prácticamente asegurada.

 

Mortara señala otra tabla, en la que se comparan las tasas de admisión estratificadas por puntuaciones para los alumnos normales y para los ALDC.

 

«Empieza a verse lo mucho mejor que le va a la lista de los hijos de antiguos alumnos. Les va un 50 por ciento mejor. Prácticamente todos entran como 1 académicos».

 

Mortara pasa a señalar la línea que indica las tasas de aceptación en el caso de los deportistas. En su análisis de los datos de admisión correspondientes a seis años, él y su equipo solo han podido encontrar un deportista que entrara en la categoría del 1 académico.

«Por supuesto, ese único deportista […] entró».

 

A continuación, Mortara analiza lo que les ocurre a los estudiantes del nivel inmediatamente inferior: «Luego vemos algo interesante en la categoría del 2 académico. Un 10 por ciento de probabilidad de admisión para las personas normales sin vínculos con Harvard. Un 50 por ciento de probabilidad de admisión en la categoría del 2 académico para los hijos de antiguos alumnos, la lista de interés del decano y los hijos de profesores y otros empleados. Es una diferencia de cinco veces».

Hace una pausa. Luego añade: «De nuevo, los deportistas entran casi siempre. Eso ya se lo he dicho; no lo repetiré».



 

 

 

 

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Continúa:

 

 

En la categoría del 3 académico, el 2,4 por ciento [entran], una probabilidad muy baja para la gente normal. Pero, si su madre o padre fueron a Harvard o su abuelo o tío donaron mucho dinero a Harvard, su probabilidad de entrar aumenta en siete veces y media: un 18 por ciento.

 

Abajo de todo, en la categoría del 4 académico, no entra casi nadie del grupo normal. Pero, en el caso de los hijos de antiguos alumnos, la lista de interés del decano y los hijos de profesores y otros empleados, entraron el 3,5 por ciento.

 

 

Por último, concluye: «Lo que esto refleja es que, en este grupo, el nivel académico no es tan importante para las admisiones […] Y ese efecto se observa de manera más pronunciada en los deportistas. Como he dicho, ellos entran casi universalmente».

 

¡Los deportistas entran siempre!

 

Es fácil dar una explicación convincente, si bien cínica, de por qué conferiría Harvard una preferencia especial a un determinado tipo de estudiante. A los antiguos alumnos y a los ricos les gusta donar dinero a instituciones educativas como Harvard. A Harvard le gusta tener mucho dinero. Así pues, desde el punto de vista empresarial, tiene lógica que favorezca a los hijos de esos dos grupos. También la tiene, hasta cierto punto, darles un trato especial a los hijos de los profesores: es una manera sencilla de tenerlos contentos. Lo que no se entiende es por qué querría meter a los deportistas en el mismo saco que a los otros tres grupos.

En el Harvard Crimson figuran párrafos como estos:

 

 

Victor Crouin, de la promoción de 2022, un miembro del equipo de squash de Harvard que es originario de Francia, explicó que estaba en el campeonato mundial juvenil de squash de 2017 en Tauranga, Nueva Zelanda, cuando entró por primera vez en contacto con un entrenador de la Universidad.

 

«El seleccionador viajó hasta Nueva Zelanda para ver jugar a los estudiantes y después escoger a unos cuantos, preguntarles y ofrecerles una plaza si sus notas eran lo bastante buenas», dijo Crouin.



 

 

 

 

 

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¡Tauranga, en Nueva Zelanda! ¿Qué tiene de tan especial ser bueno en squash que justifica un viaje al otro extremo del mundo? ¿Y, más aún, qué justifica conceder a los jugadores de squash una ventaja sustancialmente mayor que a los alumnos que no son buenos en deporte? La ventaja otorgada a los jugadores de squash, rugby y vela es tan grande que la manera más fácil de entrar en la universidad más prestigiosa del mundo no es ser su mejor alumno, sino su mejor deportista.

 

En un determinado momento del juicio contra Harvard, se pidió a William Fitzsimmons, responsable de admisiones de Harvard con muchos años en el cargo, que justificara la desconcertante actitud de su universidad hacia los deportistas.

 

P: Se ha hablado mucho de los deportistas. ¿Por qué da Harvard ventaja a los deportistas?

 

Fitzsimmons se conducía y hablaba como el típico hombre de Harvard: tenía un doctorado en educación y algunas canas en las sienes. Debía de saber que le harían esa pregunta. Es difícil creer que no lo hubieran preparado para responderla de la mejor manera posible. Pero escuchemos su respuesta.

 

Fitzsimmons: Por un par de razones. Una es [que] reunir a la gente, reunir a todos nuestros alumnos en competiciones deportivas fomenta un espíritu de comunidad que creo que muchos estudiantes esperan y que creo que se merecen. Cohesiona a la institución de una manera muy concreta y fundamental.

 

Es la clase de respuesta que cabría esperar del director deportivo de la Universidad de Alabama o de la Estatal de Ohio, donde ochenta mil o más estudiantes, antiguos alumnos y aficionados acuden habitualmente a los partidos de fútbol universitario que se celebran los sábados por la tarde. Eso es comunidad. Sin embargo, Fitzsimmons habla sobre todo de deportes menos populares como la vela, la esgrima y el waterpolo. El partido de rugby jugado en Princeton apenas tuvo espectadores. ¿Cómo podía fomentar un «espíritu de comunidad»?

 

Fitzsimmons no había terminado:

 

 

Ahora, el estado del que vienen más alumnos a menudo es California. El cuarto es Texas. El sexto es Florida. Así que, si eres un joven que viene de alguna de esas zonas, querrás ir a un sitio que tenga el tipo de ambiente universitario que los estadounidenses suelen atribuir a las



 

 

 

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universidades. Por lo que tener una tradición deportiva vibrante y la capacidad de reunir a la gente influye enormemente en nuestra capacidad para atraer a todo tipo de alumnos.

 

Una vez más, su argumento no tiene lógica. Harvard no necesita preocuparse por su «capacidad para atraer» alumnos: atrae a tantos que solo puede admitir al 3,4 por ciento de los candidatos. Es más, ¿quién es ese estudiante imaginario de California, Texas o Florida que rechazaría una oferta de Harvard porque el ambiente deportivo no es lo suficientemente «vibrante»?

 

Fitzsimmons hace un último intento.

 

 

Por otro lado, las personas que han alcanzado un alto grado de habilidad deportiva, si se quiere emplear esa palabra, suelen tener una dedicación, una motivación y una energía que a menudo les son muy útiles en la universidad y mucho después.

 

 

¡Fitzsimmons sigue sin responder a la pregunta! Nadie niega que en un campo de juego puedan aprenderse valiosas lecciones que se traducirán en éxito en la vida y en la carrera profesional. Lo que aquí se plantea es, simplemente, por qué valora Harvard el tipo de «dedicación» y «motivación» que conlleva hacer deporte mucho más que la dedicación y la motivación que requiere, por ejemplo, escribir una novela o resolver una difícil ecuación cuadrática. Y, más aún, valora tanto la versión deportiva de esa motivación que está dispuesta a viajar a los rincones más recónditos del mundo para encontrar a mujeres jóvenes que quieran jugar un peligroso partido bajo la lluvia en un apartado campo deportivo de la periferia del campus de Princeton.

 

Dado que ninguna de las explicaciones expuestas parece lógica, permítame ofrecerle otra. Creo que el misterio del rugby no tiene nada que ver con la formación del carácter, la energía y la motivación ni con ofrecer una experiencia universitaria integradora. Creo que guarda relación con el tercio mágico y con las ideas de Rosabeth Kanter sobre las proporciones grupales.

Sin embargo, lo que hace Harvard dista mucho del tipo de ingeniería social que se intentó en el Lawrence Tract. Los participantes en ese



 

 

 

 

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experimento no ocultaban lo que hacían. Querían manipular sus proporciones y se reunieron para decidir cómo hacerlo. No obstante, la ingeniería social adquiere un cariz muy distinto cuando los ingenieros actúan en secreto. Hay demasiada manipulación oculta de esa segunda clase. Si queremos proteger la integridad de nuestras instituciones, necesitamos ser conscientes de las maniobras que se llevan a cabo en la sombra. ¿Y la prueba definitiva? La Universidad de Harvard.

 

 

 

 

2

 

En los años veinte, la Ivy League se enfrentaba a una crisis. El problema era Columbia, la universidad más prestigiosa de la ciudad más grande del país. En esa época, los hijos de los inmigrantes judíos que habían llegado en masa a Nueva York en el cambio de siglo se encontraban en edad universitaria y estaban superando los exámenes de acceso a Columbia sin ningún problema. En la primera década del siglo XX, el 40 por ciento de la población universitaria de Columbia ya era judía y el resto de la Ivy League contemplaba esa cifra con horror. Los recién llegados, de los lejanos barrios del Bronx y Brooklyn y los humildes edificios de pisos del Lower East Side de Manhattan, eran como extraterrestres para las universidades que educaban a los hijos de la élite protestante de ascendencia anglosajona desde que Estados Unidos se había constituido como país.

 

En palabras de la canción de una fraternidad de la época:

 

 

Oh, Harvard’s run by millionaires

 

and Yale is run by booze.

 

Cornell is run by farmer’s sons,

 

Columbia’s run by Jews

 

so give a cheer for Baxter Street,

 

another one for Pell,

 

and when the little sheenies die,

 

their souls will go to hell.[22]



 

 

 

 

 

 

 

 

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(Sheeny era un término despectivo popular en la época para referirse a una persona judía).

 

El que más asustado estaba era Abbott Lawrence Lowell, el severo aristócrata que fue presidente de Harvard entre 1909 y 1933. Inspirado por las iniciativas de Columbia y la Universidad de Nueva York para limitar la matriculación de judíos, Lowell formó un «subcomité para reunir datos estadísticos» a fin de determinar exactamente quién era judío y quién no. Por primera vez, la universidad empezó a pedir a los candidatos que especificaran su «raza y color», el apellido de soltera de la madre y el lugar de nacimiento del padre. Y, para desenmascarar a los que se habían cambiado astutamente el apellido para evitar que los encasillaran como judíos, Harvard empezó a preguntar: «¿Qué cambios, si los hubiere, se han hecho en su apellido o en el de su padre desde que nació? (explíquelo con todo detalle)».

 

Se crearon cuatro categorías para la admisión. J1 se asignaba a los candidatos «cuando las pruebas apuntaban de forma concluyente al hecho de que el alumno era judío». J2 era para los casos en los que una «preponderancia de pruebas» sugería que un aspirante era judío. J3 se asignaba cuando «las pruebas hacían pensar en la posibilidad de que el candidato fuera judío». Y «Otros» era para todos los demás. Ahora, Harvard podía estar segura de cuántos alumnos judíos se matriculaban y, al ver los resultados, Lowell entró en pánico. Cuando había asumido la presidencia en 1909, los judíos representaban poco más del 10 por ciento de la población universitaria. En 1922, constituían más del doble. En 1925, la situación había llegado a un punto crítico. Según los datos estadísticos de Harvard, los estudiantes de primer año eran J1 y J2 en un 27,6 por ciento y J3 en un 3,6 por ciento. La universidad estaba en la antesala del tercio mágico.

 

Harvard y las otras universidades de la Ivy League llevaban varias décadas intentando mejorar su nivel académico. Habían elaborado rigurosos exámenes de ingreso y se habían comprometido públicamente a aceptar a todos los candidatos que obtuvieran las mejores calificaciones.

«Pero ahora, justo cuando esos esfuerzos empezaban a dar fruto, estaban aprobando los exámenes los estudiantes “equivocados” —escribe Jerome Karabel en The Chosen, su destacada historia de las admisiones en la Ivy League—. Harvard, Yale y Princeton se enfrentaban así a una dolorosa disyuntiva: mantener los criterios académicos casi



 

 

 

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exclusivamente objetivos para las admisiones y afrontar la entrada de cada vez más judíos o sustituirlos por criterios más subjetivos que pudieran utilizarse para obtener el resultado deseado».

 

Tras mucho debate, Harvard se decidió por adoptar «criterios más subjetivos». La oficina de admisiones pasó a tener mucho margen de acción para decidir quién entraba y quién no. Ahora se pedía a los candidatos que presentaran cartas de recomendación y una lista de sus actividades extracurriculares. De repente, importaba más qué hacían los aspirantes en sus vacaciones de verano, cuán convincente era su carta de motivación o a qué amigos de sus padres podían convencer para que dieran fe de su idoneidad. Harvard creó complejos sistemas de puntuación para evaluar aspectos intangibles. Empezó a realizar entrevistas personales, en las que los evaluadores podían valorar a los solicitantes en persona. Y, por primera vez, puso un límite estricto a la cantidad de estudiantes de primer año, todo ello para evitar, en palabras del presidente Lowell, «un peligroso aumento de la proporción de judíos».

 

El presidente de la universidad continuó: «Es el deber de Harvard admitir tan solo a tantos de los jóvenes que han venido, o cuyos padres han venido, a este país sin nuestra educación como sea capaz de formar eficazmente […] La experiencia parece situar esa proporción en torno al 15 por ciento».

El umbral del 15 por ciento era lo bastante alto para que Harvard no diera la impresión de ser abiertamente antisemita, pero lo bastante bajo para que no corriera el riesgo de convertirse en Columbia. En su famoso ensayo sobre su experiencia como asesora, Rosabeth Kanter llamó «sesgado» a un grupo donde la minoría no llegaba al 15 por ciento:

 

Los grupos sesgados son aquellos en los que existe una gran preponderancia de un tipo sobre otro, hasta una proporción de quizá 85 a 15. Los tipos que dominan numéricamente también controlan al grupo y su cultura en suficientes aspectos para calificarlos de «dominantes». Los pocos elementos del otro tipo en un grupo sesgado pueden llamarse apropiadamente «símbolos» porque a menudo se los trata como representantes de su categoría más que como individuos.

 

Por supuesto, Kanter pensaba que las proporciones sesgadas eran un problema: quería aumentar la cantidad de miembros del grupo minoritario



 

 

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hasta que pudieran ser ellos mismos y ejercer plena influencia en la cultura del grupo. Lowell, por el contrario, estaba interesado en mantener al grupo minoritario por debajo de ese punto clave. Quería manipular el proceso de admisión para mantener a los judíos en el extremo inferior de una distribución sesgada.

 

Es importante señalar que Lowell no quería cerrarles la puerta a todos los judíos como los sureños de su generación hacían en sus universidades con todos los negros. Estaba interesado en limitar su número. «El hotel de veraneo que se arruina por admitir judíos no corre esa suerte porque los judíos que admita sean de mala índole, sino porque ahuyentan a los gentiles, y luego, cuando los gentiles se han ido, también se van ellos — escribió Lowell a un amigo—. Eso le ocurrió a un amigo mío con una escuela en Nueva York, que creía, por principio, que debía admitir judíos, pero que en pocos años descubrió que se había quedado sin escuela». Si se deja entrar a demasiados judíos, estos ahuyentan a los gentiles. En esencia, lo que Lowell decía era que intentaba evitar la fuga de blancos.

 

Con el tiempo, la especial antipatía que Harvard les tenía a los judíos disminuyó. En 2001, la universidad incluso nombró a su primer presidente judío. Sin embargo, la estructura básica de las reformas de Lowell no cambió. Como dice Karabel, autor de The Chosen, Lowell «nos legó el peculiar proceso de admisión que ahora ni tan siquiera cuestionamos». Les enseñó a sus sucesores una lección que no han olvidado: les mostró cómo controlar las proporciones grupales de Harvard.

Eche un vistazo a las dos tablas siguientes, que dan una idea de la huella perdurable de las instrucciones de Lowell a los administradores que lo sucedieron. Indican el número de estadounidenses de origen asiático matriculados en Harvard y el Instituto Tecnológico de California (Caltech, una de las pocas universidades del mundo en las que es tan difícil entrar como en Harvard) entre principios de los años noventa y 2013. Empecemos por el Caltech.

 

1992

25,2 %

1998

24,1 %

2004

31,1 %

2010

39,4 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1993

26,9 %

1999

24,3 %

2005

33,0 %

2011

38,8 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1994

29,8 %

2000

24,9 %

2006

37,4 %

2012

39,6 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1995

29,1 %

2001

24,5 %

2007

38,1 %

2013

42,5 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1996

27,6 %

2002

27,2 %

2008

39,8 %

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1997

27,4 %

2003

31,1 %

2009

39,9 %

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

Página 115



Caltech es una universidad cuyo proceso de admisión es extremadamente meritocrático. No hace ningún trapicheo bajo mano para admitir a deportistas ni a hijos de antiguos alumnos o donantes. Y, si se utiliza un proceso de admisión mucho más meritocrático, no es posible controlar las proporciones grupales. Por eso varían tanto sus cifras de asiáticos. La proporción de asiáticos empieza siendo la cuarta parte de la población estudiantil. Aumenta a casi el 30 por ciento en dos años, disminuye un poco y luego, con el cambio de siglo, vuelve a dispararse. En 2013, era del 42,5 por ciento. Hoy en día está más cerca del 45 por ciento.

 

¿Existe algún modo de predecir cuál será la composición étnica de la población universitaria de Caltech al cabo de una generación? ¡No! Esta institución no intenta controlar sus proporciones grupales. Si una avalancha de inmigrantes nigerianos llegara a Estados Unidos de repente y sus hijos siguieran el mismo camino que los hijos de judíos y asiáticos antes de ellos, en Caltech, la población de África occidental podría ser algún día tan numerosa como la asiática. (No es una idea descabellada: en Estados Unidos, los inmigrantes nigerianos tienen actualmente más posgraduados per cápita que cualquier otro grupo). Caltech se vio afectado por los mismos cambios demográficos que cualquier otra universidad de élite, pero optó por no hacer nada.

 

Mire ahora las cifras de matriculación de asiáticos en Harvard durante el mismo periodo.

 

1992

19,1 %

1998

17,0 %

2004

17,1 %

2010

15,6 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1993

20,6 %

1999

17,2 %

2005

17,6 %

2011

17,2 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1994

18,3 %

2000

17,1 %

2006

14,3 %

2012

17,7 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1995

18,4 %

2001

16,4 %

2007

15,4 %

2013

18,0 %

 

 

 

 

 

 

 

 

1996

17,5 %

2002

16,3 %

2008

16,7 %

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1997

17,4 %

2003

16,2 %

2009

17,0 %

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Admisiones en Harvard

 

(Porcentaje de alumnos admitidos por raza/etnia)

 

 

2006

2007

2008

2009

2010

2011

2012

2013

2014

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Afroamericanos

10,5

10,7

11,0

10,8

11,3

11,8

10,2

11,5

11,9

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hispanos

9,8

10,1

9,7

10,9

10,3

12,1

11,2

11,5

13,0

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Asiáticos de origen

17,7

19,6

18,5

17,6

18,2

17,8

20,7

19,9

19,7

estadounidense

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

Página 116



 

Nativos americanos



1,4     1,5     1,3     1,3      2,7     1,9     1,7     2,2     1,9



 

 

Las cifras de Caltech son las que se observan cuando una institución no se preocupa por controlar sus proporciones grupales. Las de Harvard son las que se obtienen cuando una institución sí lo hace. Su proporción de asiáticos se ha mantenido básicamente constante durante años. De hecho, las proporciones de todos sus grupos continúan siendo casi las mismas.

 

Fíjese, en especial, en la última fila. Solo un grupo en Harvard consigue rebasar el tercio mágico.

Así pues, ¿por qué se tomó Harvard la molestia de formar un equipo de rugby femenino? Es evidente. Los deportes universitarios son un mecanismo mediante el cual Harvard mantiene sus proporciones grupales.

 

 

 

3

 

Hace unos años hubo un extraño procedimiento judicial dedicado a esta misma cuestión de las universidades de élite y el deporte. El acusado era Amin Khoury, un hombre muy rico que presuntamente había metido ciento ochenta mil dólares en una bolsa de papel y se la había enviado a Gordon Ernst, el instructor de tenis de la Universidad de Georgetown. Khoury quería que Ernst fichara a su hija para el equipo universitario de tenis. Sabía que en las universidades de élite «los deportistas siempre entran», por lo que pensaba, con una lógica impecable, que esa era la vía más segura para que fuera admitida en una universidad de prestigio.

 

El juicio fue anormalmente entretenido, con montones de correos electrónicos y mensajes de texto embarazosos, una noche de borrachera en un restaurante de lujo y varios altos cargos de los departamentos de admisiones y deporte que pasaron muy mal rato en el estrado. Como ejemplo de la corrupción en la enseñanza superior, el caso de Estados Unidos contra Khoury es imbatible. Las declaraciones que se oyeron en el juicio también resultan tremendamente útiles para entender cómo las universidades utilizan los deportes para manipular sus proporciones grupales.[23]

 

A mitad de juicio, el fiscal hizo subir al estrado a una exjugadora de tenis universitario de Georgetown. La llamaremos Jane. Había estudiado la



 

 

 

 

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secundaria en un exclusivo instituto privado de las afueras de Washington D. C., donde la matrícula rebasa los cincuenta mil dólares anuales.

 

Jane era muy buena jugadora de tenis en el instituto.

 

P: ¿Qué puesto ocupaba en el ranking nacional?

 

R: Era la cincuenta y dos del país.

 

P: Y ha dicho que es de Maryland, ¿verdad?

 

R: Ajá.

 

P: ¿Y dentro de Maryland?

 

R: En Maryland era la número uno.

 

Si está familiarizado con el tenis juvenil, sabrá lo mucho que hay que entrenar para ser número uno en el ámbito de un estado.

 

Fiscal: ¿De dónde es? ¿A qué instituto fue?

 

Jane: Fui a Holton-Arms en Bethesda, en Maryland. Salía temprano del instituto todos los días e iba al centro de tenis de College Park, cerca de la Universidad de Maryland. Allí hay una academia. Entrenaba tres horas al día en pista y hacía una hora de gimnasio [después].

 

Lo que Jane no dijo en su declaración era que dedicar cuatro horas diarias al tenis requiere una cantidad ingente de dinero. Su padre era socio de un bufete de abogados. No podía ser de otra manera. Tenía una hija que intentaba triunfar en el tenis juvenil.

 

Merece la pena hacer números. Todas las cifras que aparecen a continuación están proporcionadas por la instructora de tenis Marianne Werdel, que fue campeona juvenil de Estados Unidos. Werdel creó un grupo focal de estudio formado por veintitrés familias con un hijo o hija que era tenista juvenil para determinar cuánto dinero al año se gastaban en que jugara al tenis. Esto es lo que descubrió: «Las familias del grupo focal gastaron entre mil doscientos y cincuenta y cinco mil dólares en cuotas de socios y alquiler de pistas. La media de los gastos anuales en pistas al aire libre es de cuatro mil dólares y la de los gastos estacionales en pistas cubiertas, de treinta y cinco mil dólares».

 

Los primeros de la lista eran los clubes de campo privados, que cobran cuotas de inscripción de veinte mil dólares o más y cuotas mensuales que rondan los setecientos cincuenta dólares.

«Las familias del grupo focal gastaban entre siete mil quinientos y cuarenta y cinco mil dólares anuales en entrenamiento», continúa Werdel. Los torneos comportaban cuotas de inscripción y gastos de viaje. (La cifra más alta consignada para esa partida son cuarenta y dos mil dólares



 

 

 

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anuales). La mayoría de los jugadores de alto nivel tenían instructor, lo que supone entre cinco mil y dieciocho mil dólares anuales. La fisioterapia llegaba a costar siete mil dólares anuales. Además, estaban las clases. Nadie puede estudiar en una escuela pública si entrena cuatro horas diarias. Necesita una privada que sea flexible, como Holton-Arms, o educarse en casa: «Laurel Springs es la escuela virtual más utilizada por las familias de tenistas. Cuesta aproximadamente entre cuatro mil y seis mil dólares para el primer ciclo de secundaria y entre siete mil y nueve mil dólares para el segundo ciclo y el bachillerato […] Las familias con hijos que quieren ir a universidades de alto nivel pagaron una media de siete mil dólares por clases particulares, además de la matrícula de Laurel Springs».

 

La mayoría de las familias se gastaban unos novecientos dólares anuales en raquetas. Encordarlas valía entre ochocientos y dos mil quinientos dólares. Las zapatillas costaban entre quinientos y mil ochocientos dólares anuales, a lo que había que sumar unos cuantos miles más para ropa, raqueteros, cintas para la empuñadura, toallas, etc.

Puede sumarlo todo si le apetece, pero ya se hace una idea: es muy difícil que un alumno de secundaria sea un tenista de calibre nacional a menos que pertenezca a una familia adinerada, viva cerca de un club de campo y tenga al menos a un padre o madre con suficiente tiempo libre para llevarlo a los torneos que se celebran por todo el país y ocuparse de reunir y dirigir al pequeño ejército de entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas y profesores particulares que necesita para triunfar.

¿Y cuál era el premio de la familia de Jane por gastarse tanto dinero en el tenis de su hija? Jane nunca llegó a jugar en el circuito profesional. Nunca fue tan buena. Sin embargo, tiene un bonito estilo de juego que podrá lucir durante el resto de su vida, lo cual no es trivial. Es más, muchas universidades muy exclusivas se fijaron en ella. Eligió Georgetown.

Cuando Jane terminó de declarar, el fiscal llamó al estrado a Meg Lysy, la responsable de admisiones de Georgetown que gestionaba el equipo de tenis.

 

P: ¿Cuál era el proceso típico para la admisión de candidatos tenistas?

 

R: Antes de que finalizara el plazo […] el instructor me traía los expedientes académicos y los exámenes de acceso a la universidad y me decía: «Estos son los estudiantes que quiero fichar». Mi labor consistía en ver cuál era su preparación académica y decirle: «Sí, puedes fichar al estudiante. No hay problema». «No, no puedes fichar al estudiante».



 

 

 

 

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En algunos casos, dijo Lysy, tenía dudas sobre la formación académica del deportista que evaluaba. Sin embargo, si era lo suficientemente bueno en tenis, estaba dispuesta a transigir.

 

R: Gordie [Gordon Ernst] decía: «Este jugador va a cambiar mi equipo. Es muy potente». Y, en ese caso, podíamos admitir a un estudiante cuyo nivel académico era un poco inferior, o más bajo de lo que buscábamos, por el enorme impacto que tendría.

 

P: ¿Qué hacía, en su caso, para verificar las aptitudes tenísticas de un candidato?

 

R: Nada.

 

P: ¿En qué se basaba para estar segura de las aptitudes tenísticas de un candidato?

 

R: En la palabra del instructor.

 

P: ¿Por qué confiaba en su palabra?

 

R: Bueno, porque su trabajo [es] ser el instructor de tenis, captar talentos y traerlos. Y mi papel era examinar los expedientes y la preparación académica.

 

En el caso de los aspirantes normales, el proceso de admisión en la universidad conlleva una minuciosa ronda de revisiones y evaluaciones: cartas de motivación, expedientes académicos, cartas de recomendación, largas disputas en la sala de reuniones… Pero no si el aspirante es tenista. En ese caso, todo se reduce al criterio del instructor. ¿Habría entrado Jane en Georgetown si el instructor no hubiera creído que era una gran tenista? Probablemente no. Lysy lo tenía claro.

 

P: ¿Cómo eran las notas de un tenista comparadas con las de los típicos estudiantes admitidos en Georgetown?

 

R: Eran mucho más bajas.

 

P: ¿Y cómo eran los resultados de los exámenes estandarizados de un tenista comparados con los de los típicos estudiantes admitidos en Georgetown?

 

R: Mucho más bajas.

 

P: ¿Por qué estaba Georgetown dispuesta a aceptar a estudiantes con peores notas y resultados en los exámenes estandarizados para el equipo de tenis?

 

R: La idea era que los estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad, a una universidad como Georgetown. Aportan talento. Aportan orgullo. Verá, todo el mundo quiere que a los equipos les vaya bien. Y Georgetown tenía el reconocimiento del país por sus programas deportivos, lo que es estimulante para los estudiantes y para los antiguos alumnos.

 

¡Es la misma respuesta nada convincente que dio el decano Fitzsimmons de Harvard! Los estudiantes deportistas aportan algo especial a una comunidad. ¿En serio? Lea cómo describe Jane lo que exige formar parte del equipo de tenis.

 

P: ¿Cuántos días a la semana entrenaba en Georgetown?



 

 

 

 

 

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R: De lunes a viernes.

 

P: ¿Entrenan mucho todos ustedes?

 

R: Por supuesto. Los entrenamientos eran dentro y fuera de las pistas. Incluían, por ejemplo, levantar pesas dos o tres veces a la semana, además del entrenar en las pistas todos los días, de lunes a viernes.

 

P: ¿Jugaban todo el año o era por temporadas?

 

R: Casi todo el año. Hacíamos una pausa después de Acción de Gracias hasta el final de la Navidad. Así que, justo cuando empezábamos el segundo semestre, la temporada de primavera era nuestra temporada principal.

 

P: ¿Viajaban a veces para jugar?

 

R: Sí. Mucho en la temporada principal y en el resto de la primavera. Y luego, en otoño, también teníamos varios torneos por todo el país.

 

P: ¿Tenían que faltar alguna vez a clase para entrenar o ir a un partido?

 

R: Por supuesto. De vez en cuando, faltábamos a los entrenamientos… perdón, a clase, dependiendo de dónde fueran los torneos o los partidos, varios días o solo uno. Dependía de dónde fuera.

 

Es difícil creer que los tenistas «aportan algo especial a la comunidad» si no pasan ningún tiempo en ella. ¿Por qué está Georgetown tan dispuesta a comprometer sus criterios de admisión por personas que dedicarán todo su tiempo libre a practicar el golpe de revés en una cancha? ¿Qué tiene de especial un jugador de tenis excelente? Ya le he dado la respuesta: lo que tienen de especial los tenistas excelentes es que la única manera de ser un tenista excelente es pertenecer a una familia adinerada, vivir cerca de un club de campo y tener al menos a un padre o madre con suficiente tiempo libre para llevarlo a los torneos que se celebran por todo el país y ocuparse de reunir y dirigir al pequeño ejército de entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas y profesores particulares que necesita para triunfar.

 

[24]

 

El primer testigo llamado a declarar en el juicio de Khoury fue Timothy Donovan. Era quien había hecho de intermediario entre aquel y el instructor de tenis de Georgetown, Gordon Ernst. Donovan había jugado al tenis en la Universidad de Brown, junto con Gordon Ernst y Amin Khoury, a finales de los años ochenta. Todos se conocían. Ahora, Donovan dirigía Tennis Strategies, una consultoría dedicada a conseguir que todos los tenistas cuyos padres se habían gastado cientos de miles de dólares para que dominaran sus golpes de derecha y revés obtuvieran una de las codiciadas plazas que las universidades de élite se aseguraban de reservarles a los tenistas.

 

P: ¿Cuántos clientes tiene al año, más o menos?



 

 

 

 

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R: Puede variar un poco, pero una media de setenta y cinco a ochenta por curso.

 

P: ¿Cuánto cuestan sus servicios?

 

R: Hay varios precios. Tenemos tres paquetes; actualmente arrancan en cuatro mil seiscientos dólares y llegan hasta diez mil dólares más o menos.

 

P: ¿Y de qué otras maneras le han compensado?

 

R: En tres ocasiones he recibido una tasa de objetivos cumplidos.

 

P: ¿Qué es una tasa de objetivos cumplidos?

 

R: Básicamente, es una prima donde el cliente acude a nosotros y nos dice: «Nos gustaría incentivarles. Si pueden ayudarnos a meter a nuestro hijo o hija en esta universidad, estaríamos dispuestos a pagarles una prima de una determinada cantidad».

 

P: ¿Y en qué cuantía ha recibido tasas de objetivos cumplidos?

 

R: Pues, en las tres tasas, una fue de quince mil dólares, la otra de cincuenta mil y la otra de doscientos mil, de los que, de hecho, nos pagaron ciento sesenta mil.

 

En su sitio web, Donovan enumera todas las universidades que han aceptado a clientes suyos.

 

Amherst College

 

Bates College

 

Bowdoin College

 

Carleton College

 

Universidad Carnegie Mellon

 

Universidad de Columbia

 

Universidad de Cornell

 

Dartmouth College

 

Universidad de Duke

 

Universidad de Georgetown

 

 

Y…

 

Grinnell College

 

Hamilton College

 

Y…

 

Universidad de Harvard

 

 

Harvard tiene un equipo de tenis cuyas plazas se llenan todos los años, al igual que Georgetown. Sin embargo, los equipos de tenis son pequeños. Solo añaden un puñado de nuevos jugadores cada curso. Para influir verdaderamente en las proporciones grupales, hace falta un deporte con la



 

 

 

 

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misma exclusividad, pero con muchos más participantes. La esgrima es un buen punto de partida: catorce deportistas en el equipo masculino, once en el femenino. La vela también funciona bien. Son otras treinta y cuatro plazas. El remo es ideal. Hay remo pesado y remo ligero, y son cuarenta mujeres en el primer caso y otras veinte en el segundo; y lo mismo en hombres. En un mundo ideal, Harvard añadiría el remo de peso medio y reservaría otras veinte o treinta plazas para estudiantes que van a institutos con suficiente dinero para tener programas de remo competitivos. Sin embargo, la categoría de remo medio en el ámbito universitario no existe… aún. Harvard necesitaba algo nuevo. Y, en 2013, se dio cuenta de que tenía la respuesta justo delante, en los internados y los clubes deportivos de los barrios residenciales del país: el rugby femenino.

 

¡Hay treinta y tres jugadoras en el equipo de rugby femenino de Harvard!

Y, si nos fijamos en las biografías de las jóvenes del equipo de Harvard que jugaron en Princeton ese día de lluvia, es fácil ver que el deporte era ideal para otra maniobra más de ingeniería social. El equipo, como casi todos los otros equipos deportivos de Harvard, era blanco en su inmensa mayoría. Las jugadoras venían de algunas de las comunidades de clase media-alta más bonitas del mundo: Shaker Heights, en las afueras de Cleveland; Marin County, justo al norte de San Francisco; Herzliya, en las afueras de Tel Aviv; Upper St. Clair, uno de los barrios residenciales más elegantes de Pittsburgh. Había dos jugadoras de Summit County, en Colorado, una exclusiva zona de esquí donde una vivienda unifamiliar cuesta de media más de un millón de dólares. La defensa exterior estrella del equipo había estudiado en uno de los mejores colegios privados femeninos de Toronto. La mejor media de melé lo había hecho en un internado de élite de Columbia Británica. Una jugadora se había criado en New Jersey, pero entrenaba todos los años en un «programa de desarrollo» nacional de rugby de California; otra había jugado en un club de rugby que practicaba en un complejo con el oportuno nombre de «Country Club Road» (Carretera del Club de Campo); otra era hija de un exsenador de Estados Unidos. Dos hermanas habían pertenecido a un club de rugby de la zona residencial de Sacramento, que, como tantos otros semilleros de deportistas que abastecen a las universidades de élite estadounidenses, ofrece en su sitio web una útil lista de las que han aceptado a jugadoras suyas en el equipo de rugby universitario.



 

 

 

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Bowdoin College

 

Brown University

 

Dartmouth College

 

Universidad de California en Berkeley

 

Universidad de California en San Diego

 

West Point

 

Y…

 

Universidad de Harvard

 

 

 

 

4

 

En octubre de 2012, el Tribunal Supremo de Estados Unidos celebró una vista oral en el caso de Fisher contra la Universidad de Texas. Las vistas orales son el eje de todas las causas de ese Tribunal. Tienen lugar en su sala central en First Street, enfrente del Capitolio de Estados Unidos, una imponente estancia de estilo neoclásico con techos de más de trece metros de alto y veinticuatro columnas dóricas de mármol italiano. Los abogados de ambas partes se levantan y son interrogados por los nueve jueces, todos sentados al frente detrás de una larga mesa elevada de madera de caoba.

La demandante era Abigail Fisher, una estudiante a la que la Universidad de Texas no había admitido. Aducía que le habían dado «su» plaza a un estudiante de una minoría con peores calificaciones. La universidad respondió con un argumento sacado directamente de Rosabeth Kanter: no serviría de nada tener tan solo un número simbólico de elementos externos, arguyó. La universidad necesitaba matricular a suficientes estudiantes de minorías para que esos grupos pudieran contribuir verdaderamente a la diversidad de la institución. Era necesario alcanzar una «masa crítica» de negros e hispanos y no podría lograrlo, argumentó, si admitía a estudiantes como Abigail Fisher.

 

Fisher fue uno de los mayores desafíos legales a la práctica de la discriminación positiva que muchas universidades estadounidenses llevaban ejerciendo desde hacía décadas. La sala estaba abarrotada. Su abogado fue el primero en hablar. Apenas pudo decir una frase antes de



 

 

 

 

 

 

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que los jueces lo interrumpieran con una retahíla de preguntas. Era mucho lo que había en juego.

 

A continuación, fue el turno de la universidad. Su abogado era Gregory Garre.

 

Sr. Garre: Gracias, señor presidente, y con la venia del Tribunal: por dos razones primordiales, el sistema de admisiones que se presenta ante ustedes es constitucional en virtud de los precedentes de este Tribunal […]

 

Garre logró decir una frase más antes de que lo interrumpieran. Si la Universidad iba a esgrimir un argumento basado en los estudios de Rosabeth Kanter, los jueces también tenían una pregunta del mismo estilo. Kanter escribió que «hay que investigar los puntos clave exactos». Esa fue la instrucción que llevó a la gente a intentar averiguar cuántas mujeres hacían falta para transformar el consejo de administración de una empresa o cuántos disidentes se necesitan para romper el consenso. Por consiguiente, cuando la Universidad de Texas arguyó que necesitaba una masa crítica de estudiantes de minorías, los jueces se preguntaron de inmediato: «¿Cómo definen masa crítica?».

 

Presidente del Tribunal Roberts: ¿Qué cantidad es esa? ¿Cuál es la masa crítica de afroamericanos e hispanos que intenta alcanzar la universidad?

 

Sr. Garre: Señoría, no tenemos una […]

 

Presidente del Tribunal Roberts: Entonces ¿cómo se supone que vamos a saber si este plan se ajusta rigurosamente a ese objetivo?

 

La Universidad de Texas era partidaria de la masa crítica. Sin embargo, no quería decir cuál creía que podía ser.

 

Presidente del Tribunal Roberts: Entiendo que mi trabajo, según nuestros precedentes, es determinar si su uso de la raza se ajusta rigurosamente a un interés apremiante. El interés apremiante que usted señala es alcanzar una masa crítica de estudiantes de minorías en la Universidad de Texas, pero no quiere decirnos cuál es esa masa crítica. ¿Cómo se supone que voy a hacer el trabajo que nuestros precedentes dictan que debo hacer?

 

Sr. Garre: Señoría, lo que… lo que dicen los precedentes de este tribunal es que una masa crítica es un entorno en el que los estudiantes de minorías infrarrepresentadas…

 

Presidente del Tribunal Roberts: Sé a qué se refiere, pero ¿cuándo sabremos que han llegado a una masa crítica?

 

Roberts formula un par de preguntas más. Se hace un silencio incómodo y el juez Anthony Kennedy interviene.



 

 

 

 

 

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Juez Kennedy: Supongamos que ustedes, basándose en su experiencia, identifican una categoría numérica, un criterio numérico, una referencia numérica para la masa crítica: es el X por ciento. Durante el proceso de admisión, ¿pueden los responsables de admisiones comprobar hasta qué punto se acercan a esa…?

 

Sr. Garre: No. No, señoría, y no lo hacemos.

 

¿Por qué no quería la Universidad de Texas concretar a qué se refería con masa crítica? Una vez más, la respuesta es obvia: porque sabía que, si lo hacía, quedaría claro que la institución estaba muy lejos de alcanzar ese umbral con sus poblaciones minoritarias. En 2008, cuando Abigail Fisher demandó por primera vez a la Universidad de Texas en Austin, los afroamericanos representaban en torno al 4 por ciento de su población. Eso equivale aproximadamente a un estudiante negro por cada clase de veinticinco alumnos; en esa situación, un estudiante de una minoría lo tendrá difícil para alcanzar el umbral de Rosabeth Kanter de sentirse cómodo y seguro de sí mismo.

 

Si la Universidad de Texas quisiera ser sincera, diría, por ejemplo:

 

«En la Universidad de Texas creemos en el principio de la diversidad. Pero, por desgracia, no podemos ofrecer el entorno más propicio para que los estudiantes de minorías se sientan cómodos y seguros de sí mismos. Si esa clase de experiencia es importante para ti, te recomendamos que vayas a otra universidad».

O ¿qué tal?:

 

«En la Universidad de Texas creemos en el principio de la diversidad. Como muestra de ese compromiso, donaremos una suma importante a otra institución de Texas en la que los grupos minoritarios puedan alcanzar una masa crítica de manera más eficaz».

 

Pero, por supuesto, en el mundo real ninguna universidad va a decir nunca nada parecido. En cambio, la Universidad de Texas sentó a sus abogados y les dio órdenes estrictas: «Díganle al Tribunal Supremo que estamos firmemente comprometidos con la incorporación de una masa crítica de estudiantes pertenecientes a minorías. Pero, por el amor de Dios, no respondan a ninguna pregunta sobre lo que queremos decir con ese término, porque entonces quedará claro que, en realidad, no tenemos ninguna intención de conceder a los estudiantes de minorías las ventajas de la masa crítica».

 

Por consiguiente, Gregory Garre, exprocurador general de Estados Unidos, exsecretario del Tribunal Supremo, portador del féretro en el



 

 

 

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funeral de un expresidente del Tribunal Supremo, el abogado al que se acude cuando se quiere escalar la montaña más alta, se quedó sentado sin decir una palabra, fingiendo que no tenía una respuesta. Exasperados, los jueces acabaron llamando a declarar al procurador general de Estados Unidos, Donald Verrilli, que ese día se encontraba allí para brindarle apoyo moral a la Universidad de Texas.

 

Presidente del Tribunal Roberts: Señor procurador, ¿cómo… cuál es su opinión sobre cómo podemos saber si… cuándo la universidad ha alcanzado una masa crítica?

 

Procurador general Verrilli: […] Estoy de acuerdo con mi amigo en que la masa crítica no es un número. Creo que sería muy desacertado sugerir que es numérica. Así que…

 

Presidente del Tribunal Roberts: De acuerdo. He oído muchas cosas sobre lo que no es. Me gustaría saber lo que es, porque nuestra responsabilidad es decidir si este uso de la raza se ajusta rigurosamente al objetivo de lograr, según el criterio de esta universidad, una masa crítica.

 

Procurador general Verrilli: […] No creo que haya una cifra, y no creo que sea prudente que este Tribunal sugiera que la hay […].

 

Por último, el miembro más mordaz del Tribunal, Antonin Scalia, tomó la palabra.

 

Juez Scalia: Entonces, deberíamos probablemente dejar de llamarla «masa crítica», porque, verá, «masa» se refiere a números, sea en tamaño o un cierto peso.

 

Procurador general Verrilli: Estoy de acuerdo.

 

Juez Scalia: Así que deberíamos dejar de llamarla «masa».

 

Procurador general Verrilli: Estoy de acuerdo.

 

Juez Scalia: Llamarla «nube» o algo por el estilo.[25]

 

En ese momento, la sala entera estalló en risas nerviosas.

 

Más de medio siglo antes, los residentes del Lawrence Tract se reunieron para debatir si debían vender su solar vacío a una familia blanca o negra. La comunidad tenía que «sopesar el valor del experimento frente a la necesidad y el bienestar del posible comprador». Decidir entre esos dos objetivos no era nada fácil. Sin embargo, si queremos utilizar los puntos clave para influir en el curso de la sociedad, eso es lo que debemos hacer. Tenemos que decidir hasta dónde estamos dispuestos a llegar para defender una cifra. Y tenemos que ser honestos acerca de lo que hacemos.

 

Sin embargo, en Fisher contra la Universidad de Texas, esa misma cuestión llega al tribunal más alto de Estados Unidos, en un caso relacionado con la constitucionalidad de uno de los temas más controvertidos a los que se enfrenta la educación superior. Es mucho lo



 

 

 

 

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que hay en juego. Y el brillante abogado de una de las principales instituciones educativas del país… se limita a encogerse de hombros.

 

En 2022, el Tribunal Supremo vio otro caso de discriminación positiva, Students for Fair Admissions contra el presidente y los miembros de Harvard College. A esas alturas, el Tribunal ya estaba harto de las universidades estadounidenses y su pretensión de que una cifra que se negaban a concretar pudiera servir de base para todo un sistema de admisiones, por lo que se dio por vencido y declaró inconstitucionales todos los programas de discriminación positiva basados en la raza.

Es comprensible, ¿no?

 

La ironía de ese desenlace es grotesca. La maniobra de Harvard con el rugby y de Georgetown con el tenis también es, por supuesto, una clase de discriminación positiva. Salvo que, en vez de admitir a estudiantes desfavorecidos con menos credenciales académicas, la discriminación positiva basada en el deporte admite a estudiantes privilegiados con menos credenciales académicas. No obstante, es solo la primera clase de discriminación positiva la que las universidades no estaban dispuestas a defender. Y es solo esa clase la que se consideraba tan controvertida que terminó ante el Tribunal Supremo. Estados Unidos decidió que no había lugar para un trato especial destinado a beneficiar a personas que han sufrido discriminación y penalidades, pero no puso objeciones a un trato especial destinado a beneficiar a personas que pueden gastarse cientos de miles de dólares en los golpes de fondo de sus hijos. No tengo la menor idea de cuál es su opinión sobre el tema. Sin embargo, todos podemos coincidir, ¿no?, en que se llevó a juicio la discriminación positiva equivocada.

 

Cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió su dictamen, la

 

Universidad de Harvard hizo pública una iracunda declaración:

 

 

Afirmamos que, a fin de formar líderes para un mundo complejo, Harvard debe admitir y educar a un alumnado cuyos miembros reflejen y hayan vivido múltiples facetas de la experiencia humana. Ninguna parte de lo que nos define es irrelevante.

 

Harvard debe ser siempre un espacio de oportunidad, un lugar cuyas puertas permanezcan abiertas para quienes las tuvieron cerradas durante tanto tiempo, un lugar en el que muchos tendrán la



 

 

 

 

 

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oportunidad de vivir sueños que sus padres o abuelos no podrían haber imaginado.

 

Haría falta un erudito para desgranar todos los matices de esta declaración. Pero intentémoslo. Cuando la universidad dice que «ninguna parte de lo que nos define es irrelevante», podemos inferir que se refiere a su determinación de ser siempre un lugar donde solo un grupo consigue estar por encima del tercio mágico. Cuando dice ser una institución donde «muchos tendrán la oportunidad de vivir sueños que sus padres o abuelos no podrían haber imaginado», podemos inferir que es un guiño a los suyos sobre el trato especial que concede a los hijos de antiguos alumnos. (Lo que realmente quiere decir es lo contrario: Harvard es un lugar donde muchos tienen la oportunidad de revivir los sueños que sus padres y abuelos ya imaginaron). Y, cuando dice que quiere un alumnado que represente «múltiples facetas de la experiencia humana», podemos inferir que se refiere a lo mucho que se esfuerza por garantizar que una sustanciosa proporción de su alumnado se haya preparado como es debido para la experiencia de Harvard en los clubes de campo de Estados Unidos.

 

Si usted no piensa que la ingeniería social se ha convertido calladamente en una de las actividades centrales del establishment estadounidense, es que no ha estado prestando atención.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6

 

EL SEÑOR ÍNDICE

 

Y EL BROTE DEL MARRIOTT

 

«Suponemos que lo introdujo una sola persona»

 

 

 

 

 

1

 

El 26 de febrero de 2020, la empresa biotecnológica Biogen celebró su retiro anual para directivos en el hotel Marriott Long Wharf cerca del centro de Boston. Biogen tiene su sede en la cercana Cambridge. La empresa cuenta con unos ocho mil empleados e invitó a ciento setenta y cinco de ellos, que acudieron desde todos los rincones del mundo. El encuentro empezó un miércoles por la mañana con un desayuno en el Harbor View Ballroom, una sala con vistas panorámicas al mar. Compañeros que llevaban meses sin verse o que solo se conocían por teléfono o por correo electrónico, se estrecharon la mano, se abrazaron, se acercaron mucho para escucharse entre el barullo de conversaciones. Esa noche, la cena y las copas se ofrecieron en el State Room, una sala de eventos situada a unas manzanas del hotel donde la empresa entregó premios por servicios destacados. Reinaba un clima de optimismo. Los beneficios y los ingresos mostraban una tendencia al alza. Se estaban desarrollando una serie de tratamientos prometedores. El jueves por la tarde, el encuentro concluyó y los asistentes se dispersaron, camino del aeropuerto o de su casa en Boston.

 

Con la perspectiva del tiempo, todos los que participaron en la planificación y organización del encuentro se dieron cuenta de que jamás debería haberse celebrado. Sin embargo, era finales de febrero de 2020. El virus conocido por el complicado nombre de SARS-CoV-2 acababa de nacer. Había surgido en la ciudad de Wuhan, en el centro de China, en diciembre del año anterior, y había aparecido recientemente, de manera dispersa, en toda Europa y el resto del mundo.



 

 

 

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¿Podía llegar a ser una amenaza seria? Casi veinte años antes, un pariente cercano suyo, conocido como SARS-CoV, había surgido en el sudeste de China y había aterrorizado a las autoridades sanitarias. Sin embargo, el SARS-CoV había desaparecido antes de causar un daño generalizado en el resto del mundo, por lo que era posible creer que solo se trataba de otra falsa alarma. Aún faltaban semanas y meses para los acontecimientos que definirían las primeras fases de la pandemia: los confinamientos masivos, la orden de llevar mascarilla, las normas de distanciamiento social que nos cambiaron drásticamente la vida en todo el mundo, las interminables sirenas nocturnas. En febrero de 2020, había optimistas y pesimistas, y el equipo directivo de Biogen se encontraba entre los primeros. Es decir, hasta el fin de semana siguiente al encuentro, cuando uno de sus directivos acudió al Hospital General de Massachusetts del centro de Boston quejándose de síntomas parecidos a los de la gripe. Poco después, otro de los asistentes se sintió igual, y luego otro, y otro, hasta que unos cincuenta directivos cayeron enfermos.

 

El lunes, la cúpula de Biogen estaba alarmada. Se envió un correo electrónico a todos los asistentes al retiro pidiéndoles que acudieran al médico si se encontraban mal. El martes, el equipo se puso en contacto con el Departamento de Salud Pública de Massachusetts. El jueves, después de que dos empleados de Europa dieran positivo, Biogen alertó a todos sus trabajadores de que la empresa se enfrentaba a un brote. Esa noche, aconsejó a su personal de Boston que no acudiera al Hospital General de Massachussets para realizarse la prueba. Los empleados de Biogen «están saturando las urgencias» y el cuerpo de seguridad del hospital había advertido que le negaría la entrada a cualquiera que fuera de la empresa.

 

Todo el mundo intentaba contener la propagación a toda costa, pero ya era demasiado tarde. Varias de las personas que habían acudido al retiro del Marriott fueron directamente desde allí a una reunión sobre inversiones en otro Marriott de Boston, en Copley Place. Ahora, también estaban cayendo enfermas personas que habían asistido a ese encuentro. Otro ejecutivo había cogido un avión en Boston para acudir a una reunión en Naples, Florida, organizada por la consultoría PWC. Mientras estaba allí, también enfermó: dolor de cabeza, fiebre. ¿Había contagiado a otros?

Además, estaba Carolina del Norte, donde Biogen tenía mil cuatrocientos cincuenta empleados que trabajaban en su centro del



 

 

 

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Research Triangle, en las afueras de Raleigh. El contingente del Research Triangle regresó de Boston, fue a trabajar el lunes y también empezó a enfermar. ¿A cuántas personas habían infectado? Los funcionarios de sanidad del estado y Biogen empezaron a intercambiar correos electrónicos. El gobernador de Carolina del Norte tomó cartas en el asunto.

 

A partir de ahí, la situación no hizo sino empeorar, ya que todo el mundo cayó en la cuenta de que, debido al gran número de personas presentes en el retiro del Marriott que habían contraído la COVID-19 y al hecho de que muchas de ellas hubieran cogido inmediatamente aviones con otros destinos —no solo a Florida y Carolina del Norte, sino a todas partes, al ser una empresa multinacional con empleados en el mundo entero—, lo que había ocurrido durante esos dos días en el centro de Boston era, ni más ni menos, una catástrofe sanitaria.

 

El Lawrence Tract y el equipo de rugby femenino de Harvard son ejemplos de ingeniería social. Los puntos clave crean una tentación irresistible de intervenir en el mundo. Sin embargo, esa tentación viene acompañada de preguntas muy difíciles. ¿Cómo equilibramos las necesidades del individuo con las del grupo? Este capítulo trata de un tercer desafío, aún más complejo, para la ingeniería social: el que planteó el encuentro de Biogen en el Marriott Long Wharf. Guarda relación con la inquietante realidad de cómo se propagan las epidemias. En toda la exhaustiva (y, a la larga, agotadora) cobertura mediática de la pandemia de COVID-19, ese asunto en particular apenas se mencionó, quizá porque plantea demasiadas preguntas incómodas o tal vez porque las ideas sobre esta pandemia de las que partíamos la mayoría de nosotros eran, sencillamente, erróneas. Sin embargo, la próxima vez, cuando otro mortífero virus arrase el mundo, le prometo que será noticia de primera plana.

 

 

 

 

2

 

El primer caso conocido de COVID-19 en la región de Boston se detectó el 31 de enero. Un estudiante chino de la Universidad de Massachusetts regresó a Boston desde Wuhan, la ciudad china donde empezó la



 

 

 

 

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epidemia. Lo hizo justo antes de que entraran en vigor las normas de cuarentena y la prohibición de viajar al extranjero desde China. Son unas treinta horas de viaje como mínimo: de Wuhan a Shanghái, de Shanghái a París, de París al aeropuerto Logan de Boston. Después de aterrizar en Boston, dio positivo en la prueba de la COVID-19.

 

Eran los primeros tiempos de la pandemia. Nadie tomaba la clase de precauciones que se convertirían en una práctica habitual un mes después. El estudiante aterrizó en Logan. Hizo cola en inmigración. Desde Logan, fue a su piso de Boston. ¿Vivía con otras personas? Quizá. De ser así, lo más probable es que no llevaran mascarilla ni practicaran el distanciamiento social. La situación parecía augurar una verdadera catástrofe sanitaria.

 

No obstante, no fue así. El estudiante no infectó a nadie más. De hecho, el incidente fue tan insignificante que la directora ejecutiva de la comisión de salud pública de la ciudad hizo todo lo posible por tranquilizar a sus habitantes: «En este momento, no les estamos pidiendo a los residentes de Boston que hagan nada distinto —dijo Rita Nieves—. El riesgo para la población sigue siendo bajo».

Cinco semanas después, un grupo de científicos del Instituto Broad de Cambridge creó uno de los primeros laboratorios de diagnóstico para procesar pruebas de COVID-19. Eso les permitió analizar la firma genética del virus en todos los pacientes que diagnosticaban, con lo que pudieron crear un gigantesco mapa de la trayectoria de la COVID-19 por la región de Boston. Descubrieron que, en esos primeros meses, alguien había introducido una nueva cepa del virus en el área metropolitana de Boston en no menos de ciento veinte ocasiones. Sin embargo, de esas cepas, solo se había propagado una mínima parte. E incluso las que lo habían hecho, en su mayoría se habían estancado.

 

Uno de los peores brotes ocurrió en torno a un mes después del retiro de Biogen, en una residencia de ancianos de Boston. Prácticamente todos sus noventa y siete residentes contrajeron la COVID-19. Veinticuatro de ellos murieron. También enfermó un tercio del personal. El virus hizo estragos en la residencia. Pero ¿causó esa cepa en particular algún daño fuera de sus paredes? En realidad, no. Pese a ser un lugar lleno de gente que entraba y salía, una cepa tan contagiosa y mortífera capaz de aniquilar a toda una planta de una residencia de ancianos apenas tuvo impacto fuera



 

 

 

 

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COVID-19

de ella. Se propagó. Pero no llegó a ningún punto clave. En esos meses, solo hubo un brote en Boston que se ajustaba a esa descripción: el retiro de Biogen en el Marriott Long Wharf.

 

Jacob Lemieux, un especialista en enfermedades infecciosas que formó parte del equipo de investigación de la COVID-19 en el Instituto Broad, dijo: «Nos llegaba información sobre la interconexión de los primeros casos y empezamos a sumar dos y dos y […] había una característica de los datos que era obvia: que muchos de esos primeros casos estaban relacionados entre sí y relacionados con ese encuentro».

 

Los casos que surgieron del encuentro en el Marriott tenían una firma genética característica: una mutación denominada C2416T. No se había observado en Estados Unidos hasta el encuentro de Biogen y, de hecho, anteriormente solo se había detectado en dos pacientes de edad avanzada en Francia. Así pues, con tan solo seguir la trayectoria de C2416T, la cepa de Biogen, entre la población, Lemieux y sus colegas pudieron hacerse una idea de cuánto impacto había tenido esa única reunión.

 

«Cuando dábamos a conocer nuestros resultados, el Boston Globe nos llamó y nos dijo: “Caramba, eso es muy interesante”. —Lemieux continuó —: “Pero ¿a cuántas personas podría afectar?”. Y nosotros les dijimos: “Caray, no lo sabemos. Es decir, es mucho”. Y ellos insistieron: “Pero ¿cuánto es mucho?”. Y nuestra respuesta fue: “Pues, verá, mucho […]”. Teníamos una estimación interna y se la dimos, y al día siguiente [salía en] primera plana del Boston Globe: “Según los científicos, veinte mil personas se contagiaron a raíz de una reunión de negocios” o algo así».

Por desgracia, esa estimación resultó ser muy conservadora. A medida que los expertos de todo el mundo daban a conocer la firma genética de las

cepas de                                           que había en circulación, el mapa que habían trazado

 

sobre la propagación del virus de Biogen creció cada vez más. La variante C2416T se extendió por todas partes: veintinueve de los estados estadounidenses; países tan lejanos como Australia, Suecia y Eslovaquia.

 

«La gente subía secuencias de todo el mundo y veíamos esa firma […] Y resultó que la primera estimación, que nos parecía altísima, en realidad, era bajísima. Y, de hecho, es probable que cientos de miles de personas se contagiaran como consecuencia de las cadenas de transmisión que habían empezado en esa reunión».

La estimación definitiva fue que el encuentro de Biogen había dado lugar a más de tres cientos mil contagios. ¿Y cómo había empezado?



 

 

 

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«Suponemos —dijo Lemieux— que lo introdujo una sola persona». Más de trescientos mil contagios a partir de una sola reunión, todos

 

ellos atribuibles a una sola persona. ¿Qué tenía de especial esa persona?[26]

 

 

 

 

3

 

Hasta el momento, hemos tratado dos elementos de las epidemias. El primero es el suprarrelato, que proyecta su sombra sobre lo que ocurre a ras de suelo. El segundo son las proporciones grupales. La mezcla de personas en un grupo determina cuándo alcanza un punto clave o si llega a hacerlo. Ambos elementos se aprecian claramente en la epidemia de suicidios de Poplar Grove, una comunidad con un suprarrelato propio — una ética del éxito extrema— cuyos efectos secundarios fueron devastadores. Y sus proporciones grupales estaban completamente desequilibradas. Era una monocultura. Necesitaba identidades alternativas en las que los alumnos agobiados por las normas del instituto pudieran encontrar un refugio seguro.

 

Sin embargo, había un tercer factor. Recordemos las palabras de Seth Abrutyn, uno de los sociólogos que estudiaron Poplar Grove: «En al menos tres de los cuatro clústeres, había un alumno de alto estatus que era muy visible, que encarnaba muy bien el ideal de la juventud de Poplar Grove […] Muchos de los jóvenes que se habían suicidado parecían perfectos y, de golpe, ya no estaban. La sensación era: “Bueno, si ellos no pueden sobrevivir en este ambiente, ¿cómo voy a hacerlo yo?”».

Uno de los motores de la epidemia de Poplar Grove fue que los alumnos de secundaria que iniciaron la racha de suicidios tenían un estatus especial: ocupaban una posición importante en la jerarquía del instituto. Traté esa idea en El punto clave. La llamé «ley de los especiales». Muchos de los problemas sociales a los que nos enfrentamos son profundamente asimétricos, en el sentido de que son tan solo unos pocos los que hacen todo el «trabajo». Y, cuando digo «unos pocos», me refiero a muy muy pocos.

Permítame darle un ejemplo. Hace años, fui a ver a un hombre extraordinario, Donald Stedman. (Murió en 2016). Fue químico en la Universidad de Denver y un brillante inventor. Una de sus muchas



 

 

 

 

 

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creaciones fue un complejo artilugio que utilizaba luz infrarroja para medir y analizar instantáneamente las emisiones de los coches cuando pasaban por debajo. Viajé a Denver para reunirme con él y condujimos hasta una salida de la autopista interestatal 25. Allí, justo en la vía de acceso a Speer Boulevard, Stedman había conectado su invento a un gran cartel electrónico. Siempre que pasaba un coche cuyo equipo de control de la contaminación funcionaba correctamente, aparecía «BIEN» en el cartel. Cuando lo hacía uno que superaba el límite aceptable de emisiones, salía «MAL».

 

Debimos de pasar una hora allí, mirando. Lo que enseguida se hizo evidente era que la valoración de «MAL» era extremadamente poco común. Sin embargo, me explicó Stedman, esos pocos coches eran la principal causa del problema de contaminación atmosférica de Denver. Por la razón que fuera —antigüedad, reparación deficiente, manipulación deliberada por parte del propietario—, unos pocos automóviles producían niveles de monóxido de carbono hasta cien veces superiores a la media.

 

«Pongamos que un coche tiene quince años —me dijo Stedman—. Evidentemente, cuanto más viejo es un coche, más probable es que se estropee. Ocurre lo mismo con los humanos. Y con “estropear” nos referimos a todo tipo de fallos mecánicos: el ordenador ha dejado de funcionar, la inyección de combustible está atascada en abierto, el catalizador se ha dañado. No es infrecuente que esos fallos den lugar a emisiones altas. Tenemos al menos un coche en nuestra base de datos que emitía más de cuarenta gramos de hidrocarburos por kilómetro, lo que significa que casi se podría conducir un Honda Civic con los gases de escape de ese coche. No son solo los coches viejos. También son los nuevos con mucho kilometraje, como los taxis».

 

Stedman descubrió que, en 2006, el 5 por ciento de los vehículos que circularon por Denver produjeron el 55 por ciento de la contaminación automotriz. Esa es la ley de los especiales: se trata de un problema muy grande causado por una cantidad muy pequeña de personas.

El planteamiento de Stedman era que, cuando se entendía la asimetría de la contaminación automotriz, quedaba claro que el actual sistema de control de emisiones vehiculares carecía de sentido. Me explicó que las inspecciones técnicas de vehículos son bastante ineficaces a la hora de detectar y solucionar los pocos casos atípicos. Se sabe que los amantes de



 

 

 

 

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los coches con deportivos muy potentes y contaminantes sustituyen el motor de su vehículo por uno limpio el día que pasa la revisión. Otros lo matriculan en una población distante que carece de controles de emisiones vehiculares o se presentan «bien rodados», justo después de haber conducido por la autopista a mucha velocidad, lo que es una buena técnica para que un motor sucio parezca limpio. Aún otros pasan la inspección al tuntún porque los motores sucios son muy variables y a veces funcionan de manera eficiente durante breves periodos. Entretanto, cientos de miles de automovilistas de Denver tenían que desplazarse a un centro de control de emisiones todos los años —faltar al trabajo, hacer cola, pagar veinticinco dólares— para pasar una prueba que casi ninguno de ellos necesitaba. ¿Por qué molestarse?

 

La idea de Stedman era que alguien debería instalar sus dispositivos por todo Denver y hacer que un policía detuviera a cualquier conductor que no pasara el control. Calculaba que, con media docena de sus controladores de las emisiones vehiculares en carretera, podrían evaluarse treinta mil coches diarios, lo que, en pocos años, se traduciría en una reducción de las emisiones en la zona de Denver del 35 al 40 por ciento.

Desde la labor pionera de Stedman, otros investigadores han llevado a cabo controles similares en todo el mundo. Y los resultados son siempre los mismos: alrededor del 10 por ciento de los vehículos son, en todo momento, responsables de más de la mitad de la contaminación atmosférica automotriz. La distribución de los coches contaminantes es, tomando prestada una frase empleada en un estudio sobre los conductores de Los Ángeles, «extremadamente sesgada».

 

En otro estudio, un grupo de investigadores italianos calcularon cuánto mejoraría la calidad del aire de Roma si el 10 por ciento de los coches de la ciudad fueran eléctricos. Como cabe imaginar, la diferencia sería enorme. Sin embargo, luego hicieron otro cálculo: ¿qué ocurriría si la ciudad exigiera únicamente que el 1 por ciento de los coches más contaminantes fueran eléctricos? La contaminación disminuiría en la misma proporción.

Casi cuarenta años después de que Donald Stedman inventara su artilugio mágico, casi todo el mundo piensa como él. ¿Qué ha ocurrido en Denver desde que Stedman empezó a colocar sus puntos de control en carretera? Nada.[27] El estado de Colorado sigue obligando a la mayoría de los conductores a pasar una revisión periódica de emisiones y la calidad



 

 

 

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del aire de Denver, que era bastante buena en los años 2000, ha empeorado en la última década.

 

La contaminación atmosférica urbana es un ejemplo perfecto de un problema causado por unos pocos especiales. Sin embargo, nos comportamos como si lo provocáramos todos. Nadie quiere actuar sobre la asimetría y no cuesta mucho entender por qué: señalar a un puñado de grandes contaminadores se lo pondría mucho más difícil a quienes se preocupan por la calidad del aire de Denver. ¿Y si los conductores a los que paraban eran desmesuradamente pobres? ¿Y si no podían permitirse reparar el coche? ¿Se les confiscaba si no cumplían la normativa? ¿Y si la policía se negaba a imponer las leyes anticontaminación? ¿Y si los grupos ecologistas tomaban cartas en el asunto, compraban uno de los dispositivos de Stedman y empezaban a poner a los automovilistas en evidencia?

 

Pasar de la postura en la que un problema es cosa de todos a otra en la que solo lo es de unos pocos es tremendamente difícil. Y, al parecer, esa dificultad nos intimida tanto que preferimos respirar aire sucio.

En esta parte del libro hemos abordado una iniciativa de ingeniería social bienintencionada que se topó con un problema imposible: ¿y si la única manera de salvar a una comunidad dedicada a ayudar a los negros es rechazarlos? El equipo de rugby de Harvard es un ejemplo de un segundo tipo de problema creado por la ingeniería social: ¿qué hacemos cuando las instituciones manipulan tácitamente sus proporciones para seguir privilegiando a unos pocos? No obstante, en este capítulo quiero tratar un problema aún más grave que sin duda formará parte de nuestro futuro. La tecnología va a permitirnos determinar quiénes son esos pocos especiales, no solo en las carreteras de Denver, sino en toda clase de lugares, incluidas las salas de reuniones de grandes hoteles al principio de una pandemia.

 

¿Qué haremos con esa información?

 

 

 

 

4

 

Son muchos los grupos que estudian los virus y las epidemias desde perspectivas muy diversas. Los profesionales de la salud pública están interesados en cómo afecta una enfermedad a una determinada población. Los virólogos se centran en las particularidades del agente infeccioso en sí.



 

 

 

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COVID-19

Los inmunólogos ponen el foco en cómo responde el organismo a un agente extraño. Y eso es solo el principio. A partir de ahí, las distintas especialidades se dividen en subespecialidades y estas, a su vez, lo hacen en microespecialidades. Hay decenas de miles de revistas académicas en el mundo, lo que da una idea de lo mucho que se ha fragmentado la ciencia. A veces, esos campos diversos se comunican y leen sus respectivos trabajos. Más a menudo, no lo hacen y lo que ocurre en un área puede pasarles desapercibido a los científicos que trabajan en otra. En el caso de la COVID-19, eso fue lo que sucedió con el grupito de científicos que estudian los aerosoles.

 

Los aerosoles son partículas diminutas que están suspendidas en el aire. Hay miles de millones de ellos. Algunos son naturales. Otros, artificiales. Los científicos especializados en aerosoles suelen ser ingenieros o químicos. Donald Stedman era experto en aerosoles. Estaba interesado en medir las partículas microscópicas que expulsa el tubo de escape de nuestros coches. Esa es una clásica investigación sobre aerosoles. Otra sería: «Cuando asamos tocino en una sartén, ¿de qué está compuesto ese olor tan maravilloso? ¿Son dañinas todas las partículas que despide la sartén? ¿Qué tamaño tienen? ¿Dónde van? Si encendemos la campana extractora, ¿cumple con su función?».

 

Una de las principales publicaciones en este campo es Aerosol Science and Technology. Y poco más de un mes después del brote en el Marriott, la revista invitó a varios destacados expertos en aerosoles a opinar sobre la misteriosa epidemia que estaba arrasando el mundo.

 

Su trabajo de investigación se publicó a principios de abril de 2020, junto con otro titulado «La corrección de la humedad, la densidad y la eficacia de la aspiración de entrada mejoran la precisión de un sensor de bajo coste durante la calibración in situ en un emplazamiento suburbano de la llanura indogangética noroccidental». El título del trabajo de investigación era «La pandemia de coronavirus y los aerosoles: ¿se

transmite la                                                      a través de las partículas espiratorias?». No es

 

aventurado decir que pocas personas ajenas al mundo de los aerosoles lo leyeron, lo cual es una lástima, porque Aerosol Science and Technology fue una de las primeras publicaciones científicas importantes que describió correctamente la epidemia de COVID-19.



 

 

 

 

 

 

 

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El impulsor del trabajo de investigación fue William Ristenpart, profesor de la Universidad de California en Davis, en el norte del estado. Ingeniero químico de formación, Ristenpart empezó a estudiar las enfermedades por casualidad en 2008. «Encontré un trabajo de investigación de un destacado epidemiólogo que estudiaba la transmisión aérea de la gripe entre cobayas», dijo. El trabajo era interesante, pero, en su opinión, estaba incompleto. Analizaba el problema, añadió, sin hacer ninguna de las preguntas que un experto en aerosoles se plantearía de manera natural. «¿Se desplaza el líquido? ¿A qué velocidad? ¿Hacia dónde va? Cosas así».

 

Se refería a que el epidemiólogo estaba interesado en si los cobayas podían contagiarse la gripe sin tener contacto físico, pero no parecía querer saber cómo ocurría, y, para un experto en aerosoles, el cómo era crucial. En consecuencia, Ristenpart empezó a adentrarse en el mundo de las enfermedades humanas, pero desde la perspectiva de un ingeniero químico. Cuando hablamos, respiramos o estornudamos, exhalamos aire. ¿Cómo ocurre ese proceso?

 

«¿Alguna vez te has visto las cuerdas vocales? Hasta que me puse a investigarlo, no lo sabía —dijo—. Pero todos los laringólogos utilizan un laringoscopio, [es decir] te meten básicamente un cable de fibra óptica por la nariz que llega hasta ahí y entonces puedes ver tus cuerdas vocales en acción».

Me enseñó una fotografía de las suyas, tomada con un laringoscopio. Están dentro de la laringe: dos bandas de tejido, una junto a la otra, que se abren y cierran como puertas correderas empotradas. «Es bastante fascinante cada vez que las cuerdas vocales se juntan. Cuando hablas […] Yo tengo la voz bastante grave, es de unos ciento diez hercios. Así que, en un segundo, mis cuerdas vocales chocan una con otra ciento diez veces».

 

Cada vez que las cuerdas se separan, se forman hilos de líquido. En la fotografía que me enseñó Ristenpart, los hilos parecían puentecitos de líquido tendidos a través de la abertura entre las dos puertas correderas empotradas.

«Y cuando [los puentes] se rompen, se forman gotitas», prosiguió. Cuando exhalamos, eso es lo que nos sale de la boca: las gotitas de

 

saliva. Piense en hacer burbujas en una botella llena de un líquido viscoso. Mete la pajita y la hunde en la fina película de líquido. Luego sopla y las burbujas se dispersan por todas partes. Eso es exactamente lo que ocurre



 

 

 

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dentro de nuestra boca, solo que hay millones de burbujas, no decenas, y son microscópicas.

 

Cuando surgió el virus de la COVID-19, Aerosol Science and Technology les pidió a Ristenpart y a tres colegas suyos que dieran su opinión. Su primera pregunta fue: «¿Qué sabemos sobre esas gotitas?». Quizá recuerde lo que nos dijeron en los primeros tiempos de la pandemia. El 28 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud publicó lo siguiente en sus plataformas de redes sociales:

 

DATO: la #COVID-19 NO se transmite por el aire.

 

El #coronavirus se transmite sobre todo a través de las gotas que se generan cuando una persona infectada tose, estornuda o habla. Para protegerse:

 

– mantenerse a 1 metro de distancia de los demás

 

– desinfectar las superficies con frecuencia

 

– lavarse/frotarse las

 

 

 

 

 

 

 

– no tocarse los/la

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la OMS dijo que el virus no se transmitía por el aire, lo que quería decir era que las gotitas que salían por la nariz y la boca pesaban demasiado para flotar en él. Por eso podíamos protegernos guardando las distancias con una persona infectada: las gotitas solo se desplazaban hasta donde las llevaba la fuerza de un estornudo o tos. El mensaje era: «Evitar el contacto físico».

 

Sin embargo, los expertos en aerosoles pensaban que eso no tenía sentido. Si las partículas víricas de esos puentes de líquido se transforman en burbujas diminutas cada vez que las cuerdas vocales se abren y se cierran, es absurdo centrarse únicamente en toser y estornudar. El verdadero problema es hablar. Podemos exhalar muchas más partículas en



 

 

 

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una conversación de diez minutos que en dos o tres estornudos. Ristenpart dice: «Creo que la gente —los médicos, todo el mundo— se han centrado en toser, en estornudar, porque […] pasan de golpe y llaman mucho la atención. Ves cosas que salen volando […] Y, si las ves, puedes […] preocuparte. Pero hablar es algo constante. Hablamos con todo el mundo todo el día, ¿no?».

 

Y, más importante aún, no deberíamos dar por sentado que las burbujitas que se expulsan al hablar pesan demasiado para flotar en el aire. Ristenpart y sus tres coautores pensaban que los aerosoles del SARS-CoV-2 eran como los que llevaban estudiando toda la vida. Las burbujas pesan poco. Flotan en el aire como el humo de tabaco. Pueden quedarse suspendidas en una habitación hasta una hora, mucho después de que la persona que las ha exhalado se haya marchado.

«Dada la gran cantidad de partículas espiratorias que se sabe que se emiten al respirar y al hablar —escribieron Ristenpart y sus colegas— y dada la evidente alta transmisibilidad de la COVID-19, una hipótesis plausible e importante es que una conversación cara a cara con un individuo infectado asintomático, incluso si ambos individuos tienen cuidado de no tocarse, podría ser suficiente para transmitir la COVID-19».

 

El caso de Biogen había sido un misterio para los investigadores de salud pública que lo habían estudiado en un primer momento porque no entendían cómo un virus que se propaga a través del contacto directo podía infectar a toda una sala. «Eso era lo que nos costaba tanto entender —dijo Lemieux del Instituto Broad—. En ese encuentro de dos días, se contagiaron cientos de personas. Toserle a alguien encima es de mala educación, así que ¿cómo podía una sola persona toserles encima a cientos?».[28]

 

Sin embargo, si la COVID-19 se transmitía por el aire, todo cobraba sentido. Lo único que había que hacer para propagarla era respirar y hablar. La persona que inició la cadena de contagios de Biogen solo fue alguien que pronunció un discurso en la gran sala de reuniones mal ventilada del Marriott. «Cuanto más alto se habla —escribieron Ristenpart y sus coautores—, más partículas de aerosol se generan». Una persona en la fase aguda de infección por COVID-19 se coloca delante de toda la reunión y, durante más de cuarenta minutos, emite partículas de aerosol



 

 

 

 

 

 

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cargadas de un mortífero virus. Ya hemos explicado nuestro evento de superpropagación.[29] ¿O no?

 

Porque si el virus se propaga por algo tan simple como hablar y respirar en una habitación cerrada, ¿por qué no hubo mil casos como el del retiro en el Marriott? Conocemos el brote de Biogen porque fue un fenómeno singular.

 

¿Por qué fue singular?

 

 

 

 

5

 

A principios de los años setenta, hubo un brote de sarampión en una escuela primaria de las afueras de Rochester, en Nueva York. Y, como enfermaron sesenta niños, las autoridades sanitarias locales se vieron obligadas a abrir una investigación. Recopilaron historiales médicos, analizaron planos de la escuela, estudiaron el funcionamiento del sistema de ventilación, averiguaron quién iba a casa en autobús y quién no, y determinaron dónde se sentaba en su clase cada uno de los niños contagiados. A partir de ahí, reconstruyeron la trayectoria del virus. El brote había ocurrido en dos oleadas. En la primera, se habían contagiado veintiocho alumnos, que habían acabado transmitiendo el virus a otros treinta y uno. Hasta ahí, todo era normal. Un niño se contagia de otro. Sus padres lo tienen en casa hasta que pasa la infección. Tarde o temprano, el brote desaparece.

 

Pero luego hicieron un extraño descubrimiento. Tenía que ver con cómo habían enfermado los veintiocho escolares de la primera oleada. Se habían contagiado de una sola persona: una niña de segundo. Y su caso era desconcertante. No iba a la escuela en el autobús, que los investigadores consideraban uno de los lugares más probables para que ocurriera la transmisión. Tampoco había contagiado únicamente a alumnos de su clase, que también es un entorno probable para la propagación de un virus infeccioso. En cambio, había infectado a niños de catorce clases distintas. Los modelos utilizados por los epidemiólogos para entender cómo se propagan enfermedades como el sarampión partían del supuesto de que todas las personas infectadas tenían aproximadamente la misma probabilidad de transmitirle el virus a alguien más. Con todo, esa niña



 

 

 

 

 

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dejaba en ridículo esa suposición: la única manera de entender la inexplicable primera oleada de contagios era que exhalara diez veces más partículas de virus que el paciente de sarampión típico.

 

«Estamos intrigados por la posibilidad de que haya una diferencia de un orden de magnitud entre la infecciosidad del caso índice y los posteriores», escribieron los investigadores.

«Intrigados», no es aventurado decir, se queda muy corto.

 

Pasó mucho tiempo antes de que esa idea —que algunas personas podían contagiar mucho más que otras— calara entre los científicos. Durante años, se refirieron en la literatura médica casos dispersos, el equivalente epidemiológico de los avistamientos de ovnis. No obstante, nadie sabía muy bien qué hacer con episodios como ese. No encajaban fácilmente en los modelos que había sobre cómo actúan las epidemias. En Estados Unidos, el término «superpropagador»­ no pasó a utilizarse de manera habitual hasta finales de los años setenta, pero incluso entonces el concepto continuaba siendo teórico. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Todo el mundo entendía que, por ejemplo, un hombre de 1,85 metros que pesaba 75 kilos representaría una amenaza mayor para la propagación de un virus respiratorio que una mujer de 45 kilos. ¡Tenía los pulmones mucho más grandes! Sin embargo, la estatura y el peso por sí solos no podían explicar el hecho de que una niña de segundo exhalara diez veces más partículas de sarampión que sus compañeros.

 

Los médicos de Rochester estaban desconcertados. Sabían quién era su superpropagadora, pero no lograban averiguar qué la hacía distinta.[30]

 

Aquí entran los expertos en aerosoles.

 

Una de las herramientas más importantes en el mundo de los aerosoles es un medidor de partículas aerodinámicas (APS, por sus siglas en inglés). Se trata de una caja que lleva conectado un embudo. Es el equivalente en humanos de la caja mágica que Donald Stedman inventó para medir las emisiones de los coches. Si se sopla por el embudo, el aire que sale de la boca pasa por una serie de láseres que cuentan todas las partículas de aerosol presentes en el aliento y miden su tamaño. En un experimento decisivo realizado al principio de la pandemia, el laboratorio de William Ristenpart reunió a un grupo de voluntarios y los hizo soplar en un APS. Los sujetos repitieron sonidos vocálicos. Gritaron y susurraron. Realizaron «vocalizaciones». Y los investigadores confirmaron lo que los



 

 

 

 

 

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avistamientos de ovnis llevaban apuntando tantos años: un grupito de su muestra se salía de lo normal.

 

«Son lo que nosotros llamamos “superemisores” —explicó Ristenpart

 

—. Algunas personas emitían en torno a un orden de magnitud más de aerosoles con el […] mismo volumen de sonido observado». Y añadió: «No teníamos ni idea. Si tuviera que empezar desde el principio, probablemente habría formulado una hipótesis: la distribución de tamaños de partícula varía según las personas. Pero no imaginaba que habría una diferencia de un orden de magnitud entre unas y otras».

 

Otro destacado experto en aerosoles de Harvard, David Edwards, observó el mismo patrón. Viajó a Asheville, en Carolina del Norte, y a Grand Rapids, en Michigan, y midió la respiración de un grupo de cada ciudad. Acabó evaluando a ciento noventa y cuatro sujetos. La inmensa mayoría eran propagadores de bajo nivel. Les costaría mucho infectar a otra persona. Sin embargo, había treinta y cuatro a los que Edwards llamó grandes productores. De esos treinta y cuatro, dieciocho eran propagadores supergrandes y, dentro de ese grupo de élite, había una persona que exhalaba, en promedio, la impresionante cantidad de 3.545 partículas por litro, más de veinte veces más que todo el grupo de propagadores de bajo nivel.

Por último, cerca del final de la pandemia, llegó la prueba definitiva. Como parte de un «estudio de exposición», unos investigadores británicos infectaron a propósito con COVID-19 a treinta y seis voluntarios. Todos eran

 

jóvenes y estaban sanos. Todos fueron expuestos a una dosis idéntica de la misma cepa exacta, justo al mismo tiempo y exactamente en las mismas condiciones. A continuación, los pusieron en cuarentena en un hospital, lo que permitió a los investigadores controlar y evaluar minuciosamente todos los síntomas y constantes vitales. Ristenpart y Edwards habían medido a gente normal que no estaba infectada por un virus. El estudio británico, por el contrario, era el primero en investigar lo que les ocurría a personas que tenían la COVID-19. ¿Y qué descubrieron? El 86 por ciento de todas las partículas de virus detectadas en su grupo de voluntarios infectados provenían de… dos personas.

 

Los virus aéreos no operan según la ley de unos pocos especiales. Lo hacen según la ley de unos poquísimos especiales.



 

 

 

 

 

 

 

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6

 

Lo que los expertos en aerosoles habían identificado no era un fenómeno que ocurriera al azar, de manera esporádica, a cualquier persona. «Por razones poco claras, ciertos individuos son “superemisores del habla” que emiten una cantidad de partículas en aerosol diez veces superior a la media», escribieron Ristenpart y sus colegas en su artículo para Aerosol Science and Technology. En otras palabras, cierta clase de personas, como la niña de Rochester, producen muchas partículas en aerosol como parte de su dotación genética.

 

William Ristenpart cree que los superpropagadores podrían ser personas que, por alguna particularidad, tienen una saliva con propiedades atípicas: la suya es más elástica y viscosa —más espesa y pegajosa— de lo normal, por lo que, cuando los puentes de líquido tendidos entre sus cuerdas vocales se rompen, se producen más aerosoles.[31]

 

David Edwards, por su parte, cree que cualesquiera que sean las diferencias entre individuos, al menos en lo que respecta a las partículas emitidas al respirar, podrían verse aumentadas por un factor tan simple como la hidratación.

 

«Nuestras vías respiratorias altas son como un túnel de lavado — explica— y el aire que entra en ellas es como un coche».

Cuando el túnel de lavado funciona como es debido, la inmensa mayoría de las partículas suspendidas en el aire que respiramos se eliminan.

«Si te mantienes bien hidratado, tus vías respiratorias altas atrapan continuamente agentes patógenos y los desplazan, en unos veinte minutos a una hora, hacia el intestino, y tragamos […] y se eliminan de esa manera —explicó Edwards—. Pero, cuando estás deshidratado, no hay agua en el túnel de lavado». Y, con el túnel de lavado roto, elementos como las partículas de virus se saltan la operación de limpieza de las vías respiratorias altas y llegan a los pulmones. Esa es la razón por la que estar deshidratados nos hace más vulnerables a los resfriados, la gripe y la COVID-19: cuando exhalamos, las partículas de virus vuelven a salir, con lo que no solo tenemos más probabilidades de contraer un virus, sino también de propagarlo. Las partículas chocan contra las paredes resecas de nuestras vías respiratorias y se fragmentan en un aerosol espumoso y concentrado,



 

 

 

 

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como una gran ola que rompe en una playa. Así es como se llega a 3.545 partículas por litro.

 

Por tanto, ¿qué personas tienden a tener las vías respiratorias altas deshidratadas? Cuando Edwards analizó sus datos, descubrió que los mejores indicadores de una producción elevada de aerosoles eran la edad y el índice de masa corporal (IMC).

 

«A mayor edad, mayor tendencia a la deshidratación. Cuanta más masa corporal tienes, más deshidratado tiendes a estar. Y, cuando te infectas [con COVID-19], a menudo te deshidratas. Así pues, resulta que el denominador común de estos tres grupos de personas es un problema de deshidratación».[32]

 

Aún no sabemos cuál de estas explicaciones es la correcta, si acaso alguna lo es. Sin embargo, parece seguro que algún día los científicos lo sabrán, y ese descubrimiento creará una versión a escala industrial del dilema al que nos hemos enfrentado con el plan de Donald Stedman para las emisiones en carretera. La tentación de utilizar ese conocimiento para controlar el curso de futuras epidemias será tan grande como lo fue para el Lawrence Tract y la Universidad de Harvard. Solo que, esa vez, las complicaciones que surjan serán aún peores.

¿Y si la edad y la obesidad son realmente los dos mejores indicadores de superpropagación? ¿Significa eso que en mitad de una pandemia los pasajeros se negarán a sentarse al lado de una persona con sobrepeso en un avión? ¿Y si la respuesta es la viscosidad de la saliva y alguien inventa una prueba de diez segundos para determinar si una persona se encuentra en el percentil 99? ¿Estaría justificado que un restaurante, un cine o una iglesia le pidiera a todo el mundo que se sometiera a una prueba de saliva en la puerta y no dejara pasar a los que estuvieran en el extremo superior?[33]

 

Stedman habría dicho, en respuesta a sus detractores, que todas esas objeciones están muy bien, pero que, en algún momento, la ciudad de Denver tendrá que decidir hasta qué punto se toma en serio depurar el aire que respira. Lo mismo ocurrirá con el próximo mortífero virus en aerosol. Tendremos que decidir hasta dónde estamos dispuestos a llegar para salvar vidas.

 

En el resumen de sus conclusiones, el grupo de investigación británico escribió lo siguiente: «Predecir o identificar a las personas que podrían ser grandes emisoras de virus, quizá incluso antes de que se infecten, es de



 

 

 

 

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interés porque se les podría dar prioridad en las intervenciones para detener la transmisión».

 

Esa frase —que detectar a los superpropagadores será «de interés» la próxima vez— se queda muy corta. Será, definitivamente, de gran interés.

 

 

 

7

 

Creo que ya podemos aventurar una teoría de lo que ocurrió en el Marriott Long Wharf el 26 de febrero de 2020.

 

Una persona, en la fase aguda de infección por COVID-19, asiste a una concurrida reunión. No conocemos el nombre del caso índice del Marriott, pero, para simplificar, supongamos que era un hombre y lo llamaremos señor Índice. (El término utilizado para describir a la persona que está en el origen de cualquier brote epidémico es «caso índice»).

 

El señor Índice es un superpropagador. Por supuesto, él no lo sabe. Nadie lo sabe. Y, en general, no ha sido un problema a lo largo de su vida, o al menos nadie se ha fijado en que, por ejemplo, cuando él contraía la gripe, se contagiaban todos. No obstante, ahora lleva un mortífero virus en su interior.

El C2416T, el virus del que era portador, se detectó por primera vez en Francia. Así pues, supongamos también que el señor Índice trabaja en una de las filiales de Biogen en el oeste de Europa. Se contagió justo antes de viajar a Boston. Aún estaba en la fase de incubación, por lo que no infectó a nadie en el avión. Sin embargo, el vuelo fue largo: casi nueve horas. Y no bebió suficiente agua porque no quería levantarse constantemente para ir al baño. Puede que se tomara una copa de vino —el alcohol acelera la deshidratación— y se quedara dormido. El hecho de que el aire de los aviones sea especialmente seco no ayudó. Aterrizó. Esperó en una larga cola para pasar el control de inmigración.

 

Hacen falta unas doce horas de respirar aire seco para «regular a la baja» los sistemas de hidratación de las vías respiratorias altas y, entre el vuelo y la larga espera para que le sellaran el pasaporte, el señor Índice ya había superado ese tiempo con creces cuando llegó al hotel. Era mayor y corpulento, lo que significaba que necesitaba beber mucha más agua que el resto de las personas que lo rodeaban. Sin embargo, él no lo sabía y ahora



 

 

 

 

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su infección ya manifiesta y su deshidratación han aumentado muchísimo su inclinación natural a producir aerosoles en exceso. Sus vías altas son una larga carretera reseca en un desierto. Tiene la saliva espesa y pastosa. Hay tantos puentes de saliva tendidos entre sus cuerdas vocales que su laringe parece el Támesis a su paso por Londres.

 

Llega al Marriott Long Wharf. El señor Índice desayuna con el grupo en el Harbor View Ballroom. (En retrospectiva, habría sido de gran ayuda que las ventanas del suelo al techo de esa sala hubieran estado abiertas. Pero no lo estaban y, en cualquier caso, en esos primeros tiempos de la COVID-19, nadie pensaba en la importancia de la ventilación). Después de desayunar, el señor Índice se dirige con todos los demás al Gran Salón de Baile de la planta baja. El vestíbulo del hotel es largo y estrecho. Durante las pausas para el café, se llenará a rebosar. Supongamos que la suya es la primera presentación del día: una puesta al día sobre sobre las operaciones de Biogen en Europa. Se pone de pie delante de todo el grupo. Habla alto, como hacen de forma natural las personas que se dirigen a una sala grande, y, como las noticias de Europa son excepcionalmente buenas y está entusiasmado, emite millones de partículas en aerosol.

 

El señor Índice habla sin cesar. Responde preguntas. Luego, sus colegas se acercan para darle un abrazo (o un apretón de manos o un beso en ambas mejillas) por el buen trabajo. El señor Índice se marcha exultante.

Es decir, hasta que se despierta un par de días después de la reunión con mucha fiebre y un dolor de cabeza atroz y, de golpe, se da cuenta de que está muy muy enfermo y, lo que aún es más aterrador, de que es posible que muchas otras personas también estén a punto de ponerse muy muy enfermas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TERCERA PARTE

 

El suprarrelato



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7

 

EL CLUB DE SUPERVIVIENTES

 

DE LOS ÁNGELES

 

«Y no hablé del Holocausto, ni siquiera con mi propio hijo»

 

 

 

 

 

1

 

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Fred Diament fue enviado al campo de concentración de Sachsenhausen, en las afueras de Berlín, y de allí a Auschwitz. Tenía quince años. Era lo que llamaban un «número bajo», es decir, uno de los primeros en ser internado en un campo nazi. A su padre lo mataron a golpes. A su hermano lo ahorcaron. Pasó preso cinco inviernos, luchó en la resistencia clandestina de Auschwitz, sobrevivió a la marcha de la muerte de este campo de concentración de 1945, conoció a su futura esposa en un barco a Palestina, combatió en la guerra árabe-israelí de 1948 y volvió a hacerlo en la campaña del Sinaí de 1956. Luego, se fue a vivir a Los Ángeles, terminó su carrera universitaria estudiando por la noche y llegó a ser director general de una empresa de ropa de mujer. Medía metro sesenta y tres. Se conducía como un gigante. Todos lo llamaban Freddie.

 

«Freddie estaba muy enfadado —dijo Rachel Lithgow. Conoció a Freddie y a su círculo de supervivientes del Holocausto en Los Ángeles cuando trabajaba para la Fundación Shoah de Steven Spielberg—. También era divertidísimo. Tenía un sentido del humor increíble. Negro. Él lo llamaba “el club de campo conocido como Auschwitz”».

 

El mejor amigo de Freddie era Siegfried Halbreich. Habían estado juntos en Sachsenhausen y Auschwitz. «Sig» era uno de los líderes de la resistencia de Auschwitz y, como había sido farmacéutico antes de la guerra, ejercía de médico de los prisioneros. Se fue a vivir a Los Ángeles en 1960 y abrió una tienda de marcos a medida en Santa Mónica. Freddie y él eran inseparables. «Era como ver pelearse a Ralph Kramden y a



 

 

 

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Norton.[34] Se pasaban el día juntos y lo único que hacían era discutir — añadió Lithgow—. Era ridículo. Sig era un alemán muy conciso y formal. Lo más informal que lo vi fue una vez que no llevaba corbata».

 

Freddie murió en 2004.

 

«Vamos al funeral y no cabía ni un alfiler. Estaban todos. Había ido toda la comunidad. Hasta las personas que odiaban a Freddie y las que él odiaba aparecieron también para, bueno, presentar sus respetos. Y Sig Halbreich, su mejor amigo de toda la vida, daba el elogio fúnebre […] Sig se levantó con un aire muy teatral. Llevaba su mejor traje. Y dijo, con su marcado acento alemán: “¿Qué podemos decir sobre Fred Diament?”».

A continuación, se dio la vuelta para dirigirse al ataúd de su amigo más querido.

«Le hizo gestos con las manos. Las movió, señalándolo, levantándolas, pero de espaldas a nosotros. Gesticulando como un poseso. No oímos ni una sola palabra. Y luego se dio la vuelta […] se agarró al podio y, con mucha teatralidad dijo [en yidis]: “Y ese era Fred”. La sala entera se volvió loca. No podíamos parar de reírnos».

Otra de las componentes del círculo era Masha Loen. Masha era lituana. Había sobrevivido a Stutthof, el campo de concentración que los nazis levantaron a las afueras de Gdansk, en Polonia. Tuvo tifus, dos veces. (Desde entonces, llamaba a la experiencia «los tifus»). Cuando el campo fue liberado, enterraron a Masha con un montón de cadáveres, pero la vieron levantar la mano. Se casó con el amor de su vida y se fue a vivir a Los Ángeles después de la guerra. Era indomable.

 

«Oh, ni se lo imagina —dijo Lithgow—. Era mi secretaria y estábamos haciendo un envío durante un Pésaj. Estábamos todos».

El Pésaj es la Pascua judía, durante la cual los judíos no comen pan con levadura. Masha era judía practicante.

«¿Dónde está Masha? ¿Dónde está Masha? Voy a una de las oficinas vacías —durante el Pésaj, por cierto—, abro la puerta y me la encuentro con una hamburguesa con queso».

Una hamburguesa con queso es la comida menos kosher que cabe imaginar.

«Yo me escandalizo —Lithgow hizo un gesto de horror— y ella dice: “Cierra la puerta”. Yo entro y cierro la puerta y ella dice: “Mira. Soy una buena judía. Sobreviví a la marcha de la muerte y a los tifus […] ¿tengo que pasarme dos semanas estreñida porque nuestros antepasados



 

 

 

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anduvieron errantes por los desiertos?”. —Yo solo la miré, y ella añadió —: “Anda, lárgate. Y si le dices a alguien que me has visto, incluido mi marido, te mato”. Salí de espaldas, muy despacito».

 

Freddie, Sig y Masha eran el alma del club de supervivientes de Los Ángeles. Estudiaban inglés juntos por la noche en el instituto de Hollywood. Se corrió la voz. Se apuntaron más y más supervivientes de toda la ciudad. Un profesor se dio cuenta y les cedió un aula.

 

«Poco a poco empezaron a verse reflejados [los unos] en los otros» — explicó Lithgow—. Se quedaban a hablar después de que terminara la clase. Luego empezaron a ir con cosas. Por ejemplo: «Esta es la última fotografía que le hicieron a mi madre». «Este es el uniforme [de prisionero] que llevaba cuando me liberaron de Bergen-Belsen. No puedo tirarlo, pero no puedo tenerlo en casa ni un segundo más. No sabemos qué hacer».

 

Así que Fred Diament llamó a un tipo que conocía de la [Federación Judía de Los Ángeles] y le preguntó: «¿Nos prestas un armario para guardar nuestras cosas? Porque queremos guardarlas, pero no las queremos en casa».

 

 

Sin embargo, la persona a la que Diament llamó —Lithgow nunca pudo averiguar quién era— les dijo que, en vez de eso, deberían montar una pequeña exposición con sus recuerdos.

 

«Juntaron todos sus objetos y pusieron un anuncio diminuto en Los Angeles Times que decía: “Personas del Holocausto exponen sus cosas. Y, si quieren venir a la federación el domingo entre X e Y, estarán expuestas ahí”. Acudieron miles de personas. Entonces, los supervivientes pensaron: “Caray, esto es importante”».

La Federación Judía de Los Ángeles cedió a los supervivientes un espacio en la planta baja de su edificio de Wilshire Boulevard. Ellos lo llamaron Museo Conmemorativo de los Mártires. Se inauguró en 1961. Fue el primer museo del Holocausto de Estados Unidos. Años más tarde, Lithgow pasaría a ser su directora general.

En las décadas siguientes, se convirtieron, en palabras de Lithgow, en los «nómadas de Wilshire Boulevard», trasladándose de un minúsculo local a otro. Siempre andaban cortos de dinero o se retrasaban con el alquiler, pero perseveraron. Y, con el tiempo, su idea se expandió por todo



 

 

 

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Estados Unidos, hasta tal punto que en la actualidad hay monumentos conmemorativos o museos del Holocausto en casi todas las grandes ciudades del país: Nueva York, Dallas, Chicago, Houston, Miami, etc.

 

El Museo Conmemorativo de los Mártires se llama hoy Museo del Holocausto de Los Ángeles. Está en un precioso edificio nuevo de Pan Pacific Park, en el barrio Fairfax de Hollywood. Si alguna vez va a Los Ángeles, debería visitarlo. Asista a alguno de sus actos. Los actos del museo, explicó Lithgow, «no terminan con el himno nacional ni con el “Hatikva” [el himno nacional de Israel]. Cantan […]». Y se puso a cantar, en yidis, la «Canción de los partisanos», el himno no oficial de los supervivientes del Holocausto, compuesto en 1943 por Hirsh Glick, un prisionero del gueto de Vilna.

 

 

Zog nit keyn mol, az du geyst dem letstn veg, khotsh himlen blayene farshteln bloye teg. Kumen vet nokh undzer oysgebenkte sho, s’vet a poyk ton undzer trot: mir zaynen do![35]

 

«Es lo que cantaban en el bosque o por la noche en los barracones para mantener alta la moral».

 

Al salir del museo, es posible que se le ocurra una pregunta, trivial en comparación con la experiencia que acaba de vivir, pero en cierto modo importante: ¿por qué hubo que esperar hasta 1961, más de quince años desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, para que hubiera siquiera un solo monumento al Holocausto en Estados Unidos? Y, lo que es más desconcertante: ¿por qué la idea tardó tanto en difundirse por todo el país? Es decir, eche un vistazo a la lista de todos los museos inspirados en lo que Freddie, Sig y Masha crearon y fíjese en las fechas de apertura.

 

Fecha

Estado

Nombre

de

 

 

creación

 

 

 

 

 

1961

California

Museo Conmemorativo de los Mártires

 

 

 

1984

Illinois

Museo y Centro de Educación del Holocausto de Illinois

 

 

 

1984

Michigan

Centro del Holocausto Zekelman

 

 

 

1984

Texas

Museo del Holocausto y de los Derechos Humanos de Dallas

 

 

 

1984

Texas

Museo y Centro de Estudios del Holocausto de El Paso

 

 

 

 

 

 



 

 

 

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1986

Florida

Centro de Documentación y Educación sobre el Holocausto de

 

 

Florida

 

 

 

1989

Washington

Centro del Holocausto para la Humanidad

 

 

 

1992

Florida

Museo del Holocausto de Florida

 

 

 

1992

Nueva York

Centro Conmemorativo del Holocausto y de Tolerancia del

 

 

Condado de Nassau

 

 

 

1993

California

Museo de la Tolerancia

 

 

 

1993

Washington,

Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos

 

D.C.

 

 

 

 

1995

Indiana

CANDLES Museo y Centro de Educación sobre el Holocausto

 

 

 

1995

Missouri

Museo del Holocausto Kaplan Feldman de San Luis

 

 

 

1996

Texas

Museo del Holocausto de Houston

 

 

 

1997

Nueva York

Museo del Patrimonio Judío – Monumento Vivo al Holocausto

 

 

 

1997

Virginia

Museo del Holocausto de Virginia

 

 

 

1998

Nuevo

Museo del Holocausto y la Intolerancia de Nuevo México

 

México

 

 

 

 

2000

Texas

Museo Conmemorativo del Holocausto de San Antonio

 

 

 

 

El primero se inauguró en 1961. El segundo, en 1984. Sin embargo, la idea de conmemorar el Holocausto no arraigó en todo el país hasta los años noventa, medio siglo después de que terminara. ¿Por qué?

 

En lo que llevamos de libro, hemos explorado la idea de que somos responsables de las fiebres y contagios que nos rodean, de que son nuestros actos —intencionados o no, manifiestos o solapados— los que determinan la forma de una epidemia. No obstante, los casos que hemos tratado hasta ahora estaban ligados a un lugar o a una comunidad: Miami, Poplar Grove, el Lawrence Tract, Harvard. Todos esos lugares tenían suprarrelatos propios muy concretos.

 

En los dos capítulos siguientes quiero ampliar nuestra reflexión sobre los suprarrelatos para incluir los que pueden influir sobre culturas y países enteros. Esa clase de suprarrelato se asemeja más a lo que los alemanes llaman Zeitgeist, que se traduce literalmente como «espíritu de la época». Los suprarrelatos del Zeitgeist abarcan mucho más. Proyectan una sombra mucho más alargada sobre su área de influencia. Y las preguntas que quiero plantear son: ¿qué hace falta para cambiar un suprarrelato del Zeitgeist? ¿Puede un relato de esa envergadura reescribirse y reimaginarse de manera que cambie la forma de pensar y sentir de quienes viven bajo su sombra?



 

 

 

 

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Creo que la respuesta es sí. Podemos incluso nombrar a las personas que fueron responsables de una de las grandes revisiones de uno de los suprarrelatos del siglo pasado.

 

Pero nos estamos adelantando.

 

 

 

 

2

 

Nuestros recuerdos del Holocausto, en palabras del historiador Peter Novick, tienen un «ritmo» extraño.[36] La novela definitoria de la Primera Guerra Mundial fue probablemente Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Se vendieron millones de ejemplares y fue traducida a un sinfín de idiomas. Se publicó en 1928, diez años después de que terminara la guerra. Ese «ritmo» de la memoria es típico. Estados Unidos se retiró de Vietnam en 1973. Las dos películas sobre esa guerra con más influencia en la cultura, El cazador y Apocalypse Now, se estrenaron en 1978 y 1979, respectivamente. En 1982, había un colosal monumento a los veteranos de la guerra de Vietnam en la explanada nacional de Washington D. C.

Sin embargo, no ocurrió así con el Holocausto. Hubo una producción de Broadway popular, aunque extrañamente optimista, de El diario de Ana Frank que estuvo en cartel durante casi dos años en la década de los cincuenta, seguida de una versión cinematográfica. En los años sesenta, Sidney Lumet dirigió una película aclamada por la crítica, El prestamista, sobre un superviviente de los campos de concentración. No obstante, el filme tuvo un éxito de taquilla modesto y algunos grupos judíos exigieron su boicot. Hubo un puñado de otras películas y novelas dispersas, pero nada de importancia cultural. El problema no era que la gente negara el Holocausto afirmando que nunca había sucedido. Era que no lo conocía. O que lo conocía, pero no quería hablar de él.

 

En 1961, el ilustre historiador de la Universidad de Harvard H. Stuart Hughes publicó Historia de Europa contemporánea, una extensa crónica de lo que ocurrió en Europa entre 1914 y finales de los años cincuenta. A lo largo de 524 páginas, Hughes no utiliza ni una sola vez la palabra «holocausto». Solo menciona lo ocurrido en los campos de concentración tres veces: en una frase de la página 229, en un párrafo de la página 237 y



 

 

 

 

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en dos de la página 331. Hughes dedica mucho más espacio al compositor clásico Arnold Schoenberg y al surgimiento de la atonalidad y de la escala dodecafónica.

 

Al año siguiente, en 1962, Samuel Morison y Henry Commager publicaron la edición actualizada de su libro de texto en dos volúmenes titulado Historia de los Estados Unidos de América. Morison ganó dos Premios Pulitzer a lo largo de su carrera. Commager era considerado uno de los historiadores estadounidenses más importantes de la posguerra. Quienes fueron a la universidad en cualquier parte de Estados Unidos durante los años cincuenta y sesenta, probablemente leyeron Historia de los Estados Unidos de América en clase de historia. Como puede imaginar, Morison y Commager tenían mucho que decir sobre la Segunda Guerra Mundial. Había ocurrido en vida de ambos. Pero ¿el Holocausto? Le dedican unas pocas frases en un solo párrafo, sin ningún hincapié especial en el antisemitismo explícito que lo impulsó. «Aquellos campos de atrocidades se habían creado en 1937 para judíos, gitanos y alemanes y austriacos antinazis —escriben—. Con la llegada de la guerra, los nazis los utilizaron para prisioneros de todas las nacionalidades, civiles y soldados, hombres, mujeres y niños, y para judíos apresados en Italia, Francia, Holanda y Hungría».

 

Hay algunas frases descriptivas más y, a continuación: «Pero hay pruebas concluyentes de que la cifra total de civiles asesinados por orden de Hitler superó los seis millones. Y el conmovedor relato de una de las víctimas de menor edad, el diario de la niña alemana Ana Frank [“Anna Frank” en el texto inglés], ha hecho probablemente más para convencer al mundo del odio inherente a la doctrina nazi que los solemnes juicios de la posguerra».

Y, con eso, dan el tema por zanjado y pasan a describir cómo el presidente Roosevelt se retira a su residencia de invierno en Warm Springs, en Georgia. Poco importa que «Anna Frank» sea, de hecho, «Anne Frank». Y, aunque es técnicamente exacto que nació en Alemania, vivía en Ámsterdam cuando escribió sus diarios porque su familia había huido de los nazis, lo que parecería un dato importante. Y, por el amor de Dios, era «judía» y, si se omite esa parte, se pierde por completo el propósito del relato de «Anna» Frank.

«Las referencias a “Auschwitz” o a “campos de concentración” son escasas», escribió en 1970 el historiador y superviviente del Holocausto



 

 

 

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Gerd Korman después de leer más de una docena de los principales libros de historia contemporánea de la posguerra.

 

Un autor de un libro de texto sobre la historia de Estados Unidos se tomó la molestia de añadir «(cubanos)» junto a «campos de concentración» y, después, fue lo suficientemente coherente para no mencionar nunca la palabra ni nombres de campos al tratar los asuntos de Estados Unidos y Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Otro libro reproduce una fotografía del escaparate de un tendero judío, pintado con símbolos blancos y la palabra clave «Dachau», pero ni el índice ni el texto revelan en ningún momento qué es el Dachau al que habían «enviado de permiso» al comerciante.

 

Incluso la propia comunidad judía, y en especial los supervivientes, eran reacios a hablar públicamente de lo sucedido.[37]

 

Esta es Renée Firestone, otro de los baluartes del club de supervivientes de Los Ángeles, dando su testimonio a la Fundación Shoah sobre el largo camino que recorrió hasta reconocer abiertamente lo que le había ocurrido:

 

 

Yo llevaba una vida muy glamurosa como diseñadora de moda hasta que un día recibí una llamada del Centro Simon Wiesenthal preguntándome si estaría dispuesta a contar mi historia. Me reí del rabino Cooper y le dije: «Vamos. Después de tantos años, ¿por qué tendría que ponerme a hablar ahora de esos días terribles, de esas semanas y años terribles?».

 

Entonces él me contó que esa misma noche habían profanado un cementerio judío en el valle [de San Fernando] y… y habían pintado esvásticas en un templo. Cuando oí la palabra esvástica, me puse como loca y le colgué. Le dije que tenía que pensarlo.

 

Esa noche volví a estar en [el] campo toda la noche en mi pesadilla. A la mañana siguiente, me desperté, lo llamé y le dije: «Estoy lista para hablar».

 

Quiero que entiendan que, cuando vinimos aquí y puse en marcha mi negocio, comprendí que tenía que concentrarme de lleno en crear una familia, que éramos un grupo de personas pequeño y muy particular, de entre quince y cuarenta años, quizá, que no teníamos



 

 

 

 

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niños ni ancianos. Que teníamos que reconstruir una nueva nación. Así que nos concentramos en eso, y eso es lo que hice yo.

Y no hablé del Holocausto, ni siquiera con mi propio hijo.

 

 

Lidia Budgor es otra componente del club de Los Ángeles. Budgor sobrevivió al gueto de Lodz, a Auschwitz, a Stutthof, a la marcha de la muerte y a un brote de tifus, y vio cómo los nazis mataban prácticamente a toda su familia. Tuvo casi la experiencia de guerra más terrible que cabe imaginar. El entrevistador le pregunta por su hijo Beno.

 

Entrevistador: Cuando Beno se fue haciendo mayor, ¿le hablaba del Holocausto?

 

Budgor: Sí, hablábamos de ello. Sí.

 

Entrevistador: ¿A qué edad?

 

Budgor: En secundaria.

 

Entrevistador: ¿Qué decía él?

 

Budgor: Sabía que yo lo había vivido. Lo sabía…

 

Entrevistador: ¿Qué piensa usted… cómo lo llevaba él, ser hijo de una superviviente?

 

Budgor: No reaccionaba. No, no le afectaba.[38]

 

«¿No reaccionaba?» ¿Qué versión de los hechos le había dado su madre? «Cuando empecé [a contarlo] —explicó la superviviente de Stutthof

 

Masha Loen—, había personas que ni tan siquiera sabían que había habido un Holocausto. Algunos judíos no lo sabían, como le he dicho […] Era como […] si les lloviera del cielo. Les sorprendía que hubiera habido un Holocausto. Y eran amigos míos muy cercanos».

Hoy en día nos referimos al genocidio que se perpetró en Europa durante la Segunda Guerra Mundial como el «Holocausto», con «H» mayúscula. La barbarie tiene nombre. Es una traducción libre de la palabra hebrea shoah, que en Israel es desde hace ya tiempo el término utilizado para describir el genocidio nazi. Sin embargo, en los años que siguieron a la guerra, si el tema llegaba a tocarse, lo ocurrido en los campos de concentración nazis se describía como «las atrocidades nazis» o «los horrores» o con el término que utilizaban los propios nazis, la «solución final» (siempre entre comillas, para poner cierta distancia moral). Si hubiéramos dicho la palabra «Holocausto» en una conversación normal en los años de la posguerra, nadie habría sabido de lo que hablábamos.

 

Eche un vistazo al siguiente gráfico de The New Republic sobre la frecuencia con la que los términos «holocausto» y «Holocausto» han aparecido impresos en los últimos doscientos años. El uso de la versión



 

 

 

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genérica en minúscula va aumentando de manera paulatina. La versión en mayúscula no se utiliza casi nunca hasta finales de los años sesenta e, incluso entonces, las cifras son modestas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero, un momento. En torno a 1978, se aprecia un cambio espectacular, ¿no? La línea que representa el uso de «Holocausto» se torna casi vertical. ¿Qué ocurrió en 1978 para que se llegara a ese punto clave?

 

 

 

3

 

En 1976, dos altos ejecutivos de la cadena de televisión NBC pasaban por delante de una librería cuando vieron un libro en el escaparate sobre la experiencia de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de ellos era Paul Klein, que estaba a cargo de la programación de la NBC. El otro era su jefe, Irwin Segelstein, que dirigía el equipo de planificación de la empresa. Eran las dos personas que decidían lo que emitía la cadena.

 

Segelstein miró el libro, se volvió hacia Klein y le dijo: «¿Por qué no lo hacemos?».

Y Klein le respondió: «Deberíamos».

 

Segelstein tenía una barba rojiza y llevaba unas gafas cuadradas enormes. Era regordete e irrefrenable. Vestía ropa informal con camisas de flores bastante desabrochadas. Había empezado su carrera en el mundo de la publicidad. Una vez, cuando el programa Saturday Night Live de la NBC llevaba poco tiempo en antena, su creador, Lorne Michaels, fue a



 

 

 

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verlo y amenazó con marcharse. Las interminables batallas con sus jefes por lo que podía hacer y lo que no lo habían dejado frustrado y agotado. Segelstein lo escuchó en silencio. Luego, en una de las célebres broncas del mundo de la televisión, le dijo que él no se iba a ninguna parte:

 

Si lees bien el contrato, dice que el programa tiene que durar noventa minutos. Tiene que costar X. Ese es el presupuesto. En ninguna parte decimos que tiene que ser bueno. Y si eres tan robótico y dedicado que sientes la presión de esforzarte para que sea bueno, no nos vengas diciendo que te tratamos injustamente porque te esfuerzas por hacerlo bien y nosotros no te dejamos. Porque en ningún momento te hemos pedido que sea bueno. Que seas un neurótico es una ventaja para nosotros. Nuestro trabajo es mentir, engañar y robar, y el tuyo es hacer el programa.

 

 

Klein recogía a Segelstein todas las mañanas en su Mercedes. (El portero creía que era su chófer). «Paul y yo estamos de acuerdo en todo menos en lo fundamental», dijo Segelstein de él en una ocasión. Klein era el más intelectual de los dos. Era famoso por decir que la mitad de los telespectadores estadounidenses eran «idiotas»; cuando cuestionaron sus cálculos, dobló la apuesta y sugirió que quizá lo fueran todos. Era conocido por promover lo que él llamaba la teoría de la programación menos objetable, que sostenía que un programa de televisión tenía más éxito en función de cuantas menos personas ofendiera. Klein también acuñó el término jiggly[39] para describir el contenido excesivamente sexualizado de su competidora, ABC.

 

Aquellos no eran hombres guiados por un noble propósito, sino personas que entendían el Zeitgeist estadounidense. Su trabajo consistía en saber lo que el público quería, y se les daba muy bien. Además, Segelstein había perdido a un tío, una tía y tres primos hermanos en Auschwitz. Sabía lo que había ocurrido en Europa. Y lo que había querido decir al señalar el libro del escaparate y mirar a Paul Klein era: «¿Creemos que el público estadounidense está por fin preparado para oír hablar de esto?». Y, con su respuesta, Klein había querido decir: «Creo que sí».

El   resultado  de   esa  conversación fue  una  miniserie    titulada

 

Holocaustola historia de la familia Weiss. Contaba la historia de los

 

Weiss, una familia de prósperos judíos berlineses, y de Erik Dorf, un



 

 

 

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prometedor oficial nazi. Estaba protagonizada por James Woods y una joven Meryl Streep. Costó seis millones de dólares realizarla, una pequeña fortuna para la época, y el rodaje duró más de cien días. Casi toda se filmó en el campo de concentración de Mauthausen, en Austria.

 

Meryl Streep diría más adelante que rodar en el emplazamiento de un campo de exterminio fue «demasiado para mí». Fue muy duro. Añadió: «Había un Hofbräu [taberna] a la vuelta de la esquina y, cuando los soldados de más edad se emborrachaban lo suficiente, y era lo bastante tarde, se enseñaban sus recuerdos de la guerra; era muy raro y morboso».

El director, Marvin Chomsky, contrató a un grupo de extras para interpretar a los prisioneros. Les advirtió que tendrían que quitarse la ropa y morir ametrallados.

«Mientras rodábamos la escena, uno de los cámaras, que eran jovencísimos, se acercó a mí —recuerda Chomsky—. Y me dijo: “Señor Marvin, esto se lo está inventando para la película, no pasó de verdad”. Nos acompañaba un caballero que tenía permiso de armas […] un militar, y le pregunté: “Herr Graff —le dije en mi mejor alemán—, ist das war oder nicht war [sic]?”. “¿Es verdad o no es verdad?”. Todos los ojos se clavaron en él; se lo pensó y respondió: “Ja, das ist war [sic]”. Todos los críos, los más jóvenes, salieron corriendo, llorando a lágrima viva».

 

Chomsky tuvo que enfrentarse a la incredulidad de su equipo en repetidas ocasiones. Habían viajado hasta el norte de Austria para rodar en el emplazamiento de un campo de concentración real, pero el equipo seguía sin creerse que la historia lo fuera. Miraban fotografías tomadas cuando se habían liberado los campos de concentración y negaban con la cabeza. Chomsky recuerda que decían: «Todo esto está manipulado por fotógrafos estadounidenses, o británicos. Está todo manipulado, inventado, no ha pasado. No ha pasado. Los montones de cadáveres apilados en Bergen-Belsen [campo de concentración], eso no ha pasado».

La edición definitiva de la miniserie tenía nueve horas y media de duración, mucho más de lo que pretendía la NBC. La cadena estaba nerviosa porque había emitido otra miniserie larga ese mismo año, sobre Martin Luther King, y había sido un fracaso de audiencia. Holocausto se emitió en la NBC en cuatro noches consecutivas. Esta es una escena del segundo episodio. La serie no edulcoró la solución final de los nazis.



 

 

 

 

 

 

 

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Dos oficiales alemanes se dirigen a una zona herbosa, donde se ha cavado una gran fosa. Vemos a un grupo de doce hombres apiñados, desnudos y tiritando.

 

Un soldado se vuelve hacia uno de los oficiales, el coronel Blobel.

 

 

Soldado: No hay mucho hoy, señor. Los pueblos se han limpiado por completo.

 

 

El otro oficial, el capitán Erik Dorf, señala a un grupo de lugareños que están cerca. Es un alto mando de las SS, de visita en Berlín para llevar a cabo una inspección.

 

Dorf: Sargento, ¿y esos paisanos? […]

 

Soldado: Ucranianos, señor. Les gusta mirar.

 

Dorf: Y el fotógrafo y el que toma la película, ¿quiénes son?

 

Coronel Blobel: Para los archivos del batallón. […]

 

Dorf: Esto no me gusta, nada.

 

Blobel: ¿No le gusta? ¿Qué diablos cree que es esto, un ballet? Estamos liberando a Rusia de judíos, ¿no?

 

Dorf: Esto no es limpio.

 

Blobel: No es limpio. Yo le enseñaré qué es limpio.

 

 

Blobel se dirige a los soldados.

 

 

Blobel: ¡Todos en fila!

 

 

Dos soldados colocan a los hombres en fila. Oímos disparos y gritos antes de ver lo que ocurre. La cámara se desplaza a un hombre que dispara una ametralladora sin parar, y luego vemos caer al suelo a los hombres.

 

 

Elie Wiesel, superviviente del Holocausto y activista, escribió en un artículo para el New York Times que la serie de la NBC era «falsa, ofensiva, rastrera» y «un insulto a los que perecieron y a los que sobrevivieron». En cierto modo, tenía razón: era la versión televisiva de la historia. Sin embargo, Wiesel no comprendió su importancia: era la primera vez que la mayoría de los estadounidenses oían hablar del Holocausto.



 

 

 

 

 

 

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La escena de Blobel y Dorf se prolonga durante un tiempo incómodamente largo. Vemos a los soldados registrando tranquilamente a los cadáveres, a los mirones bebiendo y fumando como si estuvieran viendo un partido de fútbol. Dorf se encara con Blobel.

 

Dorf: Las órdenes eran secreto y pulcritud y usted lo ha convertido en un espectáculo.

 

 

Blobel reacciona cogiéndole la pistola y poniéndosela en la mano.

 

 

Blobel: Maldito sea. ¡Baje ahí y a ver si es usted capaz!

 

 

Dorf se da la vuelta y se dirige al borde de la fosa.

 

 

Blobel: Es como comer fideos, Dorf. Se empieza y no puedes parar.

 

 

La cámara enfoca un montón de cadáveres ensangrentados.

 

 

Blobel: Pregúnteselo a los soldados, capitán. Matas diez judíos y los cien siguientes es más fácil. Matas cien y aprendes a matar mil.

 

Mientras Blobel lo sermonea, Dorf baja a la fosa. Oímos gemidos. Al menos un hombre sigue vivo y sufre de dolor. Un soldado lo señala, aunque no lo vemos.

 

Soldado: Ese de ahí señor.

 

 

Dorf levanta el arma, la baja, mira a su alrededor y dispara dos veces.

 

Blobel: Bien, bien. Dos tiros basta […] ¡Capitán Dorf! Los guerreros zulúes dicen que un hombre no es un hombre hasta que no ha teñido su lanza con sangre.

 

El gráfico sobre el uso del término «Holocausto» indica que, a principios de 1978, la palabra pasa de no utilizarse casi nunca a emplearse continuamente. ¿Cuándo se emitió la miniserie Holocausto? El 16 de abril de 1978.[40]



 

 

 

 

 

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4

 

Soy consciente de que hoy en día es difícil aceptar la idea de que una serie de televisión pudiera cambiar el mundo. Las audiencias se han fragmentado de mil formas entre la televisión por cable, los servicios de streaming y los videojuegos. La comedia más popular de los años 2010, por ejemplo, fue The Big Bang Theory, una serie sobre un grupo de jóvenes muy inteligentes que viven en Pasadena. Se emitió durante doce temporadas y en siete de ellas fue la serie de comedia más vista en televisión. Cuando salió en antena su último episodio en la primavera de 2019, atrajo a dieciocho millones de espectadores, es decir, el 5,4 por ciento de la audiencia televisiva estadounidense. ¿El 5,4 por ciento? Hay tantos estadounidenses que creen que el alunizaje fue un engaño como los que vieron el último episodio de The Big Bang Theory.

 

Sin embargo, una generación atrás, la televisión era otra historia. En 1983, el último episodio de la serie de comedia M*A*S*H, la The Big Bang Theory de su época, había atraído a ciento seis millones de espectadores. Más del 45 por ciento del público estadounidense. Si nos hubiéramos paseado por cualquier parte de Estados Unidos durante el horario de máxima audiencia del 28 de febrero de 1983, el día que se emitió el último episodio de M*A*S*H, «Adiós, despedida y amén», las calles habrían estado vacías.[41] Eso es poder.

 

«Era la época en la que la cultura popular estaba dominada por tres cadenas, cada una de las cuales obtenía habitualmente audiencias para sus principales programas que hacen palidecer cualquier cifra que pueda alcanzarse hoy en día —afirma Larry Gross, un profesor de la Universidad del Sur de California que lleva medio siglo estudiando el poder de la televisión—. Los programas más populares de la televisión tenían más éxito del que tiene hoy la Super Bowl. Atraían a grandes audiencias de manera habitual: jóvenes y mayores, con estudios o sin ellos, hombres, mujeres, minorías, etc. Era un crisol de culturas […] Era como la religión preindustrial, comunidades enteras reunidas para empaparse de los mismos mensajes».

 

En una ocasión, Gross y varios colegas suyos llevaron a cabo una investigación fascinante para demostrar de lo que era capaz la televisión de esa época. Analizaron las respuestas de un grupo grande de personas a



 

 

 

 

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las que preguntaron qué opinaban sobre los temas raciales más candentes en los años setenta, por ejemplo: ¿habría que llevar a los alumnos a otras escuelas para integrarlos? ¿Habría que permitir la discriminación por motivos de raza al alquilar o vender una vivienda? ¿Debería haber leyes contra el matrimonio interracial? En todos esos temas, liberales, moderados y conservadores tenían posturas muy distantes. Eso no era ninguna sorpresa. Sin embargo, Gross se fijó a continuación en las respuestas de los componentes de esos grupos que veían mucha televisión. Eso lo cambió todo. En la mayoría de los casos, liberales, moderados y conservadores discrepaban mucho en los temas candentes solo si no veían mucha televisión. No obstante, cuanta más televisión veían personas de todas las tendencias ideológicas, más empezaban a coincidir. Cuando un grupo grande de individuos ve las mismas historias, noche tras noche, eso los une.

 

«No es que los medios toquen una tecla determinada para lograr un cierto efecto —dice Gross—. Es que los medios crean la conciencia cultural sobre cómo funciona el mundo […] y cuáles son las reglas». Las historias que se contaban en televisión determinaban los temas en los que pensaba la gente, las conversaciones que tenía, lo que valoraba y lo que despreciaba. Y esa experiencia compartida era tan poderosa y transformadora que saber cuánta televisión veía una persona era mejor indicador de qué opinaba sobre los temas de actualidad que saber a quién había votado en las últimas elecciones. «Siempre me gusta citar una frase de un escritor escocés, Andrew Fletcher —observa Gross—: “Si puedo escribir las canciones de un país, no me importa quién escriba sus leyes”».

 

[42]

 

Tenemos que prestar más atención a las canciones que cantamos.

 

 

 

 

5

 

Hora de volver con el club de supervivientes de Los Ángeles del instituto de Hollywood a finales de los años cincuenta. Lo componían un grupo de personas, aún jóvenes, que habían sobrevivido a una experiencia desgarradora. Es fácil imaginar un escenario en el que ese grupo de supervivientes tuviera un millón de reacciones distintas a lo que habían



 

 

 

 

 

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vivido. Algunos querrían contárselo al mundo; otros, hacer borrón y cuenta nueva. Sin embargo, en su caso, no se dio tal variación: en los años de la posguerra hubo una especie de consenso para no hablar del tema.

 

A eso se refería el historiador Novick cuando mencionaba el extraño «ritmo» de la memoria del Holocausto. Hablaba de los efectos de un suprarrelato. ¿De qué trataba ese suprarrelato? Novick escribe sobre una reunión convocada por el Comité Judío Estadounidense (AJC, por sus siglas en inglés) justo cuando la Segunda Guerra Mundial estaba terminando. Invitaron a algunos de los principales eruditos de la época en un intento de aprender a combatir la clase de odio hacia los judíos que había tenido consecuencias tan escalofriantes en toda Europa. El consenso del comité de expertos fue que el antisemitismo estaba impulsado por la percepción de que los judíos eran débiles: desde ese punto de vista, el antisemita era una especie de matón vengativo que se aprovechaba de los indefensos. Como explicó el director del AJC, las organizaciones judías deberían, en consecuencia, «evitar representar a los judíos como personas débiles, como víctimas que sufren […] Es necesario eliminar o al menos reducir las terribles historias de judíos victimizados […] Debemos normalizar la imagen de los judíos […] Las historias de héroes de guerra son excelentes […] Los judíos deben representarse como iguales a los demás, no como distintos a todos. Hay que eliminar la imagen de que son débiles».

 

A finales de los años cuarenta, se propuso erigir un monumento al Holocausto en la ciudad de Nueva York. «En tres ocasiones distintas, en 1946, 1947 y 1948, los representantes del Comité Judío Estadounidense, la Liga Antidifamación, el Congreso Judío Estadounidense, el Comité Sindical Judío y los Veteranos de Guerra Judíos rechazaron unánimemente la idea vetando, de hecho, la iniciativa —escribe Novick—. Les preocupaba que ese homenaje hiciera que los estadounidenses vieran a los judíos como víctimas: sería un “monumento perpetuo a la debilidad e indefensión del pueblo judío”; no sería “lo mejor para los intereses de los judíos”».

Esa actitud es totalmente comprensible. Era necesaria.[43] Sig Halbreich se mudó de Cleveland a Los Ángeles en 1959, en parte para alejarse de lo que le parecía un interés agobiante por su pasado. «Preguntas, preguntas, montones de preguntas. Yo no quería hablar mucho de lo que había vivido», dijo en una ocasión. ¿Alguien se extraña? Cuando



 

 

 

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el club de supervivientes se reunió por primera vez, sus conversaciones sobre el Holocausto eran privadas. Eran de la clase que solo puede tenerse con alguien que ha pasado por la misma experiencia.

 

«Hablaban del tema entre ellos —explica Lithgow, directora del primer museo del Holocausto de Estados Unidos—. Pero seguía habiendo miedo y aún había […] lamento decirlo, pero había una cierta vergüenza. Se avergonzaban de su acento, de sus tatuajes. Les avergonzaba que sus hijos no tuvieran abuelos o familiares en las funciones de teatro escolares como todos los demás niños. No sé por qué se replegaron en sí mismos, pero lo hicieron. Por alguna razón, les daba vergüenza».

Ese era el suprarrelato que compartían los supervivientes: que lo que había ocurrido en los campos de concentración era demasiado sobrecogedor, demasiado aterrador para ser humanamente imaginable, y que el único camino emocional posible era seguir adelante. Por otra parte, los que no habían vivido esa experiencia tenían su propio suprarrelato. Los libros de texto de los años sesenta que relegaban el Holocausto a unas pocas frases eran obra de historiadores que sabían escribir sobre política, economía, estadística y las demás disciplinas propias de su profesión. Sin embargo, no tenían ni el lenguaje ni la imaginación para reflejar la experiencia de los campos de exterminio.

 

Después de la guerra, Halbreich trabajó como intérprete para el general Dwight Eisenhower, por entonces comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa. Eisenhower se fijó en su tatuaje del campo de concentración, 68233, y le preguntó: «¿Le dolió mucho cuando le tatuaron ese número en el brazo?».

Halbreich pensó: «Dios mío, ¿qué clase de gente son los estadounidenses? Ven lo que pasa aquí, el montón de cadáveres, de muertos […] ¿y él me pregunta si esto me dolió? Pero más adelante lo entendí: no tenía ni idea. Para los estadounidenses era extraño enfrentarse a algo así». Eisenhower tampoco sabía cómo hablar de lo que lo rodeaba.

 

El silencio fue más hondo en Alemania. Los alemanes tenían su propia vergüenza con la que lidiar. En el campo de concentración de Bisingen, cerca de la frontera con Francia, las autoridades locales mantuvieron un largo debate después de la guerra sobre qué poner en el letrero del cementerio que alberga a algunas de las víctimas del campo. Se decidieron por Ehrenfriedof —cementerio honorario—, ya que, según explicó el ayuntamiento, «era totalmente apropiado mantener vivo el recuerdo de los



 

 

 

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crímenes del nacionalsocialismo entre la población local». Sin embargo, continuaba el ayuntamiento, no veía razón para señalar «los crímenes del nacionalsocialismo a la gran cantidad de extranjeros que circulan por la carretera federal 27, que es una ruta internacional».

 

Luego, la comunidad plantó miles de árboles y setos, que pronto invadieron partes del campo. El club de fútbol de Bisingen construyó un terreno de juego sobre una carbonera que los prisioneros habían sido obligados a rellenar con pizarra. Cerca se instaló una pequeña pirámide de piedra con la inscripción: «Caminante, si pasas por aquí, recuerda a aquellos cuya vida les fue arrebatada antes de haberla vivido con sentido». Podían insinuar lo ocurrido, pero no decirlo en voz alta.

 

Imagínese cómo debía de sentirse a mediados de los años setenta alguien que quería que el mundo conociera el Holocausto. Habían transcurrido treinta años desde el final de la guerra. El espacio de tiempo en el que generalmente se analizaban y asimilaban los hechos del pasado había concluido. Los historiadores ignoraban el tema. Los supervivientes no querían hablar. Hollywood guardaba silencio en su mayor parte. En Alemania, los equipos de fútbol entrenaban en los terrenos de antiguos campos de concentración. Lo único que tenía Estados Unidos era un museo improvisado en Wilshire Boulevard en Los Ángeles, donde un grupo de refugiados habían depositado recuerdos que no soportaban tener en casa. El Holocausto ni tan siquiera tenía nombre. A ojos del mundo, daba la impresión de que lo que había ocurrido en Alemania durante la guerra fuera a terminar como un mero apunte al margen, y parecía que poco podía hacerse para cambiar esa realidad.

 

Pero, por otra parte, Miami sufrió tres sacudidas en 1980 y ya nunca fue la misma. Poplar Grove era un remanso de paz hasta que dejó de serlo. El cardiólogo de Boulder se muda a Búfalo y, de repente, se convierte en otro muy distinto. Quizá, una mejor pregunta que hacerse en ese momento no era si la forma en la que el mundo pensaba en el Holocausto podía cambiarse, sino cómo.

 

 

 

 

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Y así, en aquel rinconcito de Wilshire Boulevard, el club de supervivientes abrió las puertas de su diminuto museo.



 

 

 

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«Creo que les sorprendió que hubiera alguien mínimamente interesado —dijo Lithgow—. Creo que estaban asombradísimos de que a la gente le importara. Y de que hubiera alguien interesado en escucharlos».

 

Pero la gente sí estaba interesada, y los supervivientes del Holocausto descubrieron que era posible hablar de lo inefable. Los números que llevaban tatuados en el antebrazo no eran nada de lo que avergonzarse. Revivir un recuerdo no era una muestra de debilidad.

 

En el transcurso de las dos décadas siguientes, esa idea empezó poco a poco a difundirse, desde Wilshire Boulevard hasta el otro extremo del país. En las afueras de Chicago, Zev Weiss, un superviviente de Auschwitz, empezó a intentar convencer a las universidades para que impartieran cursos sobre el Holocausto. Al principio, recordó más adelante, se topó con «evasivas, largas y un desinterés general». Sin embargo, no se dio por vencido. Viajó por todo el país para presionar a las universidades, a veces incluso durmiendo en el coche. Se presentó en los despachos de los profesores para insistir en que trataran el Holocausto en sus clases. «Algunas de sus peticiones eran un poco extremas —recuerda un amigo de Weiss—, y no era un hombre con el que fuera fácil discutir. Era más sencillo decirle que sí incluso antes de que hiciera la pregunta».

 

A mediados de los años setenta, varios grupos judíos trabajaron con el Congreso de Estados Unidos para aprobar la enmienda Jackson-Vanik, una ley que obligó a la Unión Soviética a hacer lo que hasta entonces parecía impensable: flexibilizar sus normas de emigración para permitir que cientos de miles de judíos rusos emigraran a Israel y Estados Unidos. Fue, en palabras de una historiadora, un triunfo para un «particularismo judío orgulloso y poderoso». Poco después, en 1977, un grupo de neonazis solicitó autorización para marchar por Skokie, un barrio residencial de Chicago con mucha densidad de población judía. La ciudad no ignoró la marcha —su primer impulso—, sino que le plantó cara. Se había producido un cambio en la comunidad judía estadounidense y fue esa transformación la que indujo a Paul Klein e Irwin Segelstein a detenerse delante del escaparate de la librería y tomar su trascendental decisión.

 

Los dos ejecutivos de televisión no esperaron a encontrar pruebas de esas mismas señales de cambio fuera de la comunidad judía. No aseguraron la jugada ni eludieron el tema. Crearon uno de los seminarios de historia más devastadores y valientes de la historia moderna. Se emitió



 

 

 

 

 

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durante cuatro noches consecutivas a partir del 16 de abril de 1978 y lo vieron ciento veinte millones de personas: ¡la mitad del país!

 

En Alemania, donde Holocausto se emitió en enero del año siguiente, el efecto fue aún más electrizante. La serie se retransmitía en horario nocturno en un canal de poca audiencia y terminaba casi a medianoche y, aun así, hacia el final, la veían quince millones de alemanes occidentales, alrededor de la cuarta parte del país. La llamaron «el fenómeno televisivo alemán de los setenta». Revistas y periódicos publicaron números y secciones especiales sobre Holocausto. Miles de espectadores, algunos de ellos entre lágrimas, llamaron a sus televisiones locales. Varios grupos neonazis colocaron bombas en las emisoras de Coblenza y Münster para intentar impedir que la serie saliera en antena. Hubo veteranos de guerra que, atenazados por la culpa, amenazaron con suicidarse. Un antiguo oficial de las SS refirió que su mujer y sus cuatro hijos lo llamaron «nazi de la vieja guardia» después de ver el segundo capítulo y lo abandonaron. En Alemania, el plazo de prescripción para procesar a antiguos criminales de guerra estaba a punto de expirar. Después de Holocausto, el Parlamento de Alemania Occidental cambió de opinión y lo abolió. En palabras de un periodista alemán:

 

«Holocausto» ha sacudido a la Alemania posterior a Hitler de una manera que los intelectuales alemanes no han sabido hacer. Ningún otro filme ha retratado tan vívidamente el sufrimiento de los judíos en su camino a las cámaras de gas […] Solo a partir y como consecuencia de «Holocausto», una mayoría del país sabe lo que había detrás de la horrible y vacua fórmula «solución final de la cuestión judía».

 

Hoy, en Bisingen, hay un museo como es debido en el emplazamiento del antiguo campo de concentración, uno de los miles de monumentos y museos conmemorativos del Holocausto que se han construido en toda Alemania desde entonces.

 

 

 

 

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Muchos años después de que se emitiera Holocausto, Herbert Schlosser, director de la NBC, fue entrevistado acerca de cómo llegó a emitirse la serie. Era el jefe de Klein y Segelstein. Schlosser reconoció que el mérito era de ellos —él solo los supervisaba—, salvo en una cosa. En las primeras conversaciones sobre la serie, el guion se había titulado Holocausto. Sin embargo, cuando los guiones se terminaron, la palabra se había descartado. Después de todo, no tenía ningún significado especial a mediados de los años setenta.

 

«Un día me llegó una pila de guiones así de alta —recordaba Schlosser

 

—. Y yo solo colaboré en una cosa […] Leí los guiones. Pero me di cuenta de que la serie no se titulaba Holocausto. Se titulaba La familia Weiss, que es como se apellida la familia que sufre el Holocausto en la serie. Así que llamé [al productor] y le dije: “No os conviene titularla La familia Weiss”».

Schlosser quería recuperar el título original del guion. «Ponedle Holocausto», le ordenó al productor.

Y por eso todo el mundo llama al holocausto, el «Holocausto». Échele otro vistazo a la lista de museos estadounidenses: a partir de 1978, todos usaron el término «Holocausto» en su nombre. Incluso el museo original de Wilshire Boulevard pasó de ser el Museo Conmemorativo de los Mártires a llamarse Museo del Holocausto de Los Ángeles. La barbarie en masa de la que nadie sabía cómo hablar ya tenía nombre. ¿Por qué? Porque a un directivo de televisión le pareció que sonaba mejor que La familia Weiss.

Eso es lo que pueden hacer los narradores. Pueden cambiar el suprarrelato.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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REGRESO A MAPLE DRIVE

 

«Me salí de la carretera a propósito»

 

 

 

 

 

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En 1995, solo cuatro años después del hundimiento de la Unión Soviética, el politólogo Timur Kuran escribió un famoso artículo titulado «The Inevitability of Future Revolutionary Surprises» (La inevitabilidad de futuras sorpresas revolucionarias).

 

«Los intelectuales discrepan acerca de muchas cosas, por lo que las numerosas controversias que han seguido a la caída del comunismo en Europa del Este no tienen nada de extraño —escribió Kuran—. Lo que es notable es nuestro acuerdo casi unánime sobre el hecho de que ese vuelco trascendental cogiera al mundo por sorpresa».

 

Kuran repasaba la lista de todos los que podrían haber visto venir la revolución, pero no lo hicieron. En primer lugar, estaban los «periodistas, diplomáticos, estadistas, futurólogos y eruditos», los expertos cuyo trabajo consistía en explicar lo que sucedía en el mundo. Los había pillado desprevenidos. ¿Y la gente corriente de Europa del Este? Poco después de la caída del Muro de Berlín, se realizó una encuesta en Alemania Oriental: «Hace un año, ¿se esperaba una revolución tan pacífica?». El 5 por ciento, una miseria, dijo que sí. El 18 por ciento respondió: «Sí, pero no tan rápida». Y el resto, las tres cuartas partes de los encuestados, confesaron que estaban profundamente sorprendidos.

La lista de Kuran era larga. ¿Y los dirigentes comunistas, cuyo poder y sustento dependían de entender la situación de sus países? No se dieron cuenta. Ni tan siquiera los disidentes, las personas que llevaban una generación luchando contra los soviéticos, la vieron venir. Kuran señalaba que el dramaturgo Václav Havel, que pasaría a ser uno de los primeros líderes de la República Checa democrática, había escrito un ensayo en



 

 

 

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1978 titulado «El poder de los sin poder» en el que predecía, acertadamente, que el Imperio soviético no era tan inexpugnable como parecía. Podía ser derrocado, decía, por un «movimiento social», una «explosión repentina de desórdenes civiles» o un «grave conflicto dentro de esa estructura de poder hasta ahora aparentemente monolítica». La conclusión de Havel era de una clarividencia pasmosa: «Pero ¿no será [el futuro más luminoso], en cambio, algo que ya está aquí desde hace tiempo y que solo nuestra miopía y nuestra fragilidad nos impiden ver y desarrollar alrededor nuestro y dentro de nosotros?».

 

No obstante, ¿qué ocurrió cuando la revolución que Havel había predicho empezó de verdad? Él no la vio. Cuando el líder soviético Mijaíl Gorbachov viajó a Checoslovaquia para dialogar, en lo que fue una de las primeras verdaderas señales de que Rusia estaba dispuesta a relajar el control sobre sus Estados satélite, a Havel le enfureció que sus compatriotas lo aclamaran.

«Me siento triste; este país nuestro nunca aprende. ¿Cuántas veces ha depositado toda su fe en una fuerza externa que creía que resolvería sus problemas? […] Y, sin embargo, aquí estamos otra vez, cometiendo exactamente el mismo error. Parecen pensar que Gorbachov ha venido a liberarlos […]».

Se trataba de personas que conocían la historia y la cultura de Europa del Este como nadie. Los intelectuales habían leído todos los libros que importaban y medido todo lo medible. La población de Europa del Este vivía todos los días bajo el yugo soviético. Los disidentes llevaban luchando por su libertad desde que tenían memoria. No había nada que, como grupo, no supieran. No obstante, el argumento de Kuran era que las revoluciones, sean grandes o pequeñas, tienen algo que nos desconcierta: cuando un grupo de personas se unen, enfervorizadas, y cambian bruscamente su manera de actuar o pensar, de golpe, nos quedamos sin saber qué decir ni qué interpretar. «Apenas unas semanas antes de la Revolución rusa de febrero de 1917 —escribió Kuran—, el artífice de esa lucha, Vladimir Lenin, insinuó que la gran explosión de Rusia sucedería en un futuro lejano y que él no viviría para verla». ¡Era su propia revolución!

 

En mi opinión, las historias de Miami y la miniserie Holocausto explican en parte por qué siempre nos sorprendemos. Los suprarrelatos son mucho más volátiles de lo que parecen. Sin embargo, en este capítulo



 

 

 

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quiero explorar una segunda razón, que creo que puede ayudarnos a entender mejor nuestro perpetuo desconcierto. No detectamos las señales de cambio porque las buscamos donde no están. Y cualquiera que haya alcanzado la mayoría de edad a principios del siglo XXI ha vivido un ejemplo casi de manual de esa miopía: la batalla por el matrimonio homosexual.

 

 

 

 

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Cuando Evan Wolfson se matriculó en la facultad de Derecho a principios de los años ochenta, leyó un libro del historiador John Boswell, un texto académico titulado Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad. Wolfson tenía poco más de veinte años y acababa de pasar una breve temporada trabajando con el Cuerpo de Paz en África occidental. Allí había salido del armario. «Es decir, siempre había sabido que era gay — explicó—, pero fue entonces cuando empecé a tener relaciones sexuales y a imaginarme cómo sería mi vida [siendo homosexual declarado]». El libro de Boswell le abrió los ojos. «Le puse un forro falso y me lo llevé a la playa de Florida, donde iba a visitar a mis abuelos».

 

Lo que Wolfson descubrió gracias a Boswell fue que «no siempre había sido así para los homosexuales, que las distintas sociedades habían tratado la homosexualidad, entendido la sexualidad y enfocado la sexualidad de otra manera». Ese mensaje le pareció profundamente esperanzador: «Si había sido distinto una vez, podría volver a serlo». Empezó a pensar en lo que haría falta para cambiar la forma en la que el mundo veía a los gais.

 

 

Me pregunté: «¿Por qué razón sufren los homosexuales discriminación y opresión en nuestra sociedad de una forma en la que no las sufrían en otras sociedades?». Y decidí que, en realidad, podía entenderse como un rechazo: discriminación contra cómo amamos, a quiénes amamos […].

 

Y luego me pregunté: «¿Cuál es la estructura central […] en la que nuestra sociedad enseña, entiende y apoya el amor?». Y por supuesto, en nuestra sociedad, como en casi cualquier otra, es el matrimonio. Así que decidí que, luchando por el matrimonio, reivindicándolo,



 

 

 

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estaríamos transmitiendo el mensaje más poderoso posible de que somos iguales, importantes y dignos.

 

Wolfson creía que el matrimonio serviría como «motor de transformación que cambiaría el concepto que las personas no homosexuales tenían de las homosexuales».

 

Era principios de los años noventa. Hoy en día puede resultar difícil apreciar lo radical que fue la conclusión de Wolfson en ese momento. El matrimonio homosexual ni tan siquiera formaba parte de ningún programa social o político. El suprarrelato estaba a años luz de la idea de que el matrimonio debería ampliarse a las parejas del mismo sexo. Es muy probable que los estadounidenses que ya eran adultos en los años sesenta aún recuerden un libro de finales de esa década titulado Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were Afraid to Ask). El libro, escrito por el psiquiatra californiano David Reuben, fue el primer manual de sexo moderno. Fue número uno de ventas en cincuenta y un países y encabezó la lista de los libros más vendidos del New York Times durante más de un año. Woody Allen hizo una película cómica de gran éxito basada en él que, en los países hispanohablantes, se tituló Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar. Reuben fue invitado varias veces al programa estadounidense Tonight Show de Johnny Carson, donde interpretaba el papel de afable sexólogo nacional. Su libro definía el Zeitgeist, y esto es lo que Reuben decía en su capítulo dedicado a la «Homosexualidad masculina»: «La mayoría de los hombres gais, cuando van a ligar, prescinden del cortejo. Ni siquiera tienen tiempo para hacer piececitos o escribirse notas de amor en trozos de papel higiénico. La homosexualidad parece estar marcada por una urgencia apremiante».

 

Reuben describía los encuentros furtivos en baños como algo típico. Decía que los hombres a menudo tienen hasta cinco relaciones sexuales en una noche, de «unos seis minutos» cada una. A los homosexuales «les encanta el peligro», afirmaba. «Tienen la necesidad de alardear de su sexualidad en público». Pasaba a hablar de su pasión por los disfraces, su obsesión con la comida, su propensión al chantaje, sus arriesgadas prácticas sexuales.

Y luego venía esto. El método narrativo de Reuben, en el libro, consiste en formular una serie de preguntas y responderlas sucintamente:



 

 

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¿Y todos los homosexuales que viven felices juntos durante años? Lo cierto es que son bichos extremadamente raros en el colectivo

 

homosexual. Además, lo de «felices» está por ver. La pelea más agria entre marido y mujer es un soneto de amor apasionado en comparación con un diálogo entre dos maricas. ¿Vivir juntos? Sí. ¿Ser felices? Difícil.

 

La otra parte de estos «matrimonios» que no encaja con la felicidad es que los protagonistas no dejan nunca de ligar. Pueden irse a vivir juntos, pero, por lo general, el desfile de penes no cesa. Solo que esa vez, para colmo, se suman los celos, las amenazas, los berrinches y las traiciones mutuas. Por suerte para ambos, la esperanza de vida de su relación es breve.

 

Si es así como toda una generación ve la vida de los hombres gais, ¿cómo demonios se lucha por la igualdad en el matrimonio? ¿Qué motivos podría tener el resto de la sociedad para compartir con ellos su institución social más importante si creyera que eso es lo que harían con ella? Wolfson decidió escribir su tesis sobre el matrimonio homosexual. Sin embargo, no lograba encontrar un tutor que quisiera dirigírsela.

 

«Acudí a algunos de los profesores más liberales y comprensivos. Todos sin excepción [me dijeron que] no», recuerda. Habían crecido con David Reuben. De lo que Wolfson hablaba les parecía absurdo. «Pensaban que sería demasiado difícil […] o que no era un objetivo que valiera la pena».[44] Wolfson dejó los estudios de Derecho y bregó durante años, esforzándose por cambiar las leyes de su estado. No obstante, cualquier progreso que lograran los activistas gais se topaba con fuertes resistencias, lo que culminó en febrero de 2004 cuando el presidente George W. Bush pronunció uno de los discursos más famosos de su presidencia:

 

Presidente Bush: La unión entre un hombre y una mujer es la institución humana más perdurable, honrada y fomentada por todas las culturas y por todas las religiones. Eras de experiencia le han enseñado a la humanidad que el compromiso de un esposo y una esposa para amar y servir al otro promueve el bienestar de los hijos y la estabilidad de la sociedad.

 

Bush se presentó ante el país y dijo: basta.

 

 

El matrimonio no puede desligarse de sus raíces culturales, religiosas y naturales sin debilitar la buena influencia en la sociedad.



 

 

 

 

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Hoy hago un llamamiento al Congreso para que apruebe con prontitud y envíe a los estados para su ratificación una enmienda a nuestra Constitución que defina y proteja el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer como esposo y esposa.

 

Una tras otra, las asambleas legislativas de los estados aprobaron enmiendas a sus constituciones que hacían imposible el matrimonio homosexual. El pesimismo se apoderó de los activistas. «Hubo muchos llamamientos a retirarse, a rendirse, a parar, a frenar, incluso por parte de algunas de las figuras clave del movimiento», recuerda Wolfson. Los líderes de la Campaña de Derechos Humanos instaron a la cautela. Lo mismo hizo la senadora Dianne Feinstein de California, defensora del movimiento desde hacía tiempo. «Todo esto ha sido demasiado, demasiado rápido, demasiado pronto», dijo.

 

Fue en 2004 cuando se fueron al traste años de trabajo.

 

«Había mucha gente [en el movimiento] que ya estaba desesperada — explica Matt Coles, líder de la lucha por los derechos de los homosexuales en esa época—. Las organizaciones que se centraban principalmente en el Congreso [de Estados Unidos] o en las asambleas legislativas de los estados estaban convencidísimas de que aquello no iba a ninguna parte».

Los activistas convocaron una cumbre en Jersey City, en New Jersey, enfrente de Manhattan, al otro lado del río. Juntos forjaron un plan a largo plazo para su movimiento. Prudente. Cauteloso. Pausado. Decidieron avanzar despacio, trabajando en el ámbito de cada estado y empezando por los lugares en los que ya creían tener un pie. Comenzarían por las ideas menos controvertidas: el reconocimiento de las parejas de hecho y, después, los derechos civiles. Solo cuando hubieran ganado esas dos batallas lucharían por el premio gordo: la libertad para casarse.

Coles dice que, si entonces le hubieran preguntado cuánto tiempo pensaba que tardaría en lograrse la igualdad en el matrimonio en todo Estados Unidos, habría respondido sin dudarlo.

«En 2005 […] Habría dicho que entre veinte y veinticinco años. —Se queda callado—. Pero quizá treinta o cuarenta».

Él y todos sus compañeros activistas estaban equivocados. En menos de una década, la oposición al matrimonio homosexual se había debilitado. Sasha Issenberg, autor de The Engagement (El compromiso), la historia más completa sobre la lucha por la igualdad en el matrimonio, califica la



 

 

 

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victoria como «el cambio más importante en la opinión pública estadounidense sobre un tema que yo he vivido». Y continúa: «En quince o dieciséis años, el apoyo ha aumentado en más de una vez y media. Y está ocurriendo en todos los grupos demográficos y políticos. Jóvenes, mayores, blancos, negros, latinos, evangélicos, empezaron a ir todos en una sola dirección».

 

En plena lucha, los activistas no comprendieron que, de hecho, la victoria estaba a la vuelta de la esquina. Parafraseando a Timur Kuran: «Los intelectuales discrepan acerca de muchas cosas, por lo que las numerosas controversias que han seguido a la lucha por el matrimonio homosexual no tienen nada de extraño. Lo que es notable es nuestro acuerdo casi unánime sobre el hecho de que ese vuelco trascendental cogiera al mundo por sorpresa».

Buscaban señales de cambio donde no estaban. Así pues, volvamos atrás y analicémoslo desde otra perspectiva.

 

 

 

 

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El telefilme Regreso a Maple Drive se emitió en 1992 en la cadena Fox. Fue nominado a tres premios Emmy, lo que significaba que se lo consideraba bastante superior a la programación habitual. Cuenta la historia de los Carter, una familia acomodada que vive en un bonito barrio. El padre es dueño de un próspero restaurante. Su esposa y él tienen tres hijos adultos: una hija casada y dos hijos varones, el menor de los cuales, Matt, es el predilecto, guapo y brillante, graduado en Yale. En las primeras escenas de la película, vemos a Matt llevando a su prometida a casa para presentársela a la familia. Es guapa y rica, y está muy enamorada de él.

 

Si alguna vez ha visto un telefilme de esa época, ya sabe lo que ocurre a continuación. Resulta que los Carter distan mucho de ser perfectos. El hermano mayor es alcohólico. El padre es despótico y tiránico. La madre se niega a aceptarlo. La hija casada intenta abortar sin decírselo a su marido. Y Matt, no tardamos en enterarnos, esconde un terrible secreto.

La primera en descubrir la verdad es su prometida. Encuentra una carta incriminatoria en su habitación. Lo afronta deshecha en lágrimas, se monta en su BMW y se marcha. No volvemos a verla. La despedida de soltero de Matt es esa noche. Él disimula. Pero, al final de la noche, cuando regresa a



 

 

 

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casa, se sale de la carretera a propósito y se estampa contra un poste telefónico. Les cuenta a sus padres la rebuscada historia de que ha dado un volantazo para esquivar a un animal. Sin embargo, cuando las preguntas ya son muchas, su madre lo aborda en el elegante salón familiar.

 

Madre: Será mejor que empieces a explicarte, jovencito. ¡Me debes una explicación!

 

Matt: Tú ya lo sabes. Sabes muy bien por qué. ¿Quieres que lo diga?

 

Madre: No me hables así.

 

Matt: ¡No! ¿Quieres que lo diga? ¿Quieres que lo diga, mamá? No di un volantazo para esquivar a un perro, ¡lo di para no vivir así!

 

Creo que ya se imagina cuál es el secreto de Matt, ¿verdad?

 

Matt: Porque pensé que sería mejor estar muerto que decírtelo […]

 

Madre: Muy bien, ya he oído suficiente […]

 

Matt: ¡No, mamá! No. Intenté matarme.

 

Madre: No es verdad. Tuviste […] tuviste un accidente.

 

Matt: ¡No! ¡No! ¡No! Pensé que sería mejor estar muerto […]

 

Madre: ¡No! Tuviste […]

 

Matt: ¡Mamá! Pensé que sería mejor estar muerto que […]

 

Madre: No […]

 

En ese momento, los millones de telespectadores que estaban viendo Regreso a Maple Drive empezaron a notar un nudo en la garganta.

 

Matt: ¡Sí! ¡Que decirte que soy gay! Me salí de la carretera a propósito. Lo hice a propósito, mamá. A propósito.

 

¿Qué enseñanzas sacaron todos esos telespectadores de Regreso a Maple Drive?

 

En el caso de Holocausto, es fácil ver cómo un acontecimiento cultural pudo cambiar el suprarrelato. Durante cuatro días consecutivos, la mitad de Estados Unidos vio simultáneamente una lección de historia contundente e implacable. Lo que hizo Holocausto fue dar permiso al mundo para hablar y pensar sobre un tema que hasta entonces se consideraba tabú. Sin embargo, creo que ese tipo de proceso también opera de maneras mucho más sutiles. En el capítulo anterior he descrito la investigación del profesor de la Universidad del Sur de California Larry Gross y creo que merece la pena repetir algunas de sus palabras: «No es que los medios toquen una tecla determinada para lograr un cierto efecto. Es que los medios crean la conciencia cultural sobre cómo funciona el



 

 

 

 

 

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mundo […] y cuáles son las reglas», y, en los altos confines del suprarrelato, esa clase de reglas se reescriben y revisan constantemente.

 

Por ejemplo, en la misma época que Holocausto, se emitió una gran cantidad de series «feministas». La chica de la tele fue la pionera. La siguieron PhyllisMaudeRhodaDía a díaCagney & Lacey y Murphy Brown, y luego vinieron muchas más. El mensaje explícito de esas series era diáfano. Trataban de mujeres fuertes, competentes y profesionales. Dejaban claro que las mujeres podían ser tan capaces como los hombres. Pero, recuerde, el poder de la televisión no es decirnos qué pensar, sino cómo pensar. ¿Y cuáles eran las reglas implícitas de esas series? Que una mujer con éxito casi siempre es bastante mayor, blanca, heterosexual y soltera.

«Así que, si eras feminista, no podías estar casada —argumenta la profesora de universidad Bonnie Dow, autora de un brillante libro que analiza esa oleada de series de televisión—. Si eras feminista, no podías tener hijos […] Se da por sentado que, si tienes esa postura política […] si estás dispuesta a no ocultar que crees en la igualdad de la mujer, te va a ser muy difícil tener una relación funcional. Esa es una de las reglas».

Las series definían el progreso de la mujer estrictamente desde la perspectiva del éxito profesional, de «triunfar como los hombres». Dow continuaba: «Se trata de tener las mismas oportunidades que los hombres, de lograr lo mismo que les permiten lograr a ellos, lo que, por supuesto, elimina todas las posibilidades de reconocer que las mujeres son distintas porque, entre otras cosas, procrean y pueden necesitar un lugar de trabajo diferente».

El suprarrelato creado por esas series era turbio y ambivalente, una forma de entender los derechos de la mujer que hacía hincapié en los demoledores sacrificios que tenían que hacer las mujeres para triunfar profesionalmente. Sumergirse en La chica de la tele o en Día a día no convertía a ninguna mujer en feminista; era igual de fácil que la indujera a pensar que el feminismo era un imposible si quería tener hijos y una familia.

Retomemos pues el análisis de Regreso a Maple Drive. Se trata de un telefilme que se estrena en el momento en que personas como Evan Wolfson están empezando a luchar por el matrimonio homosexual. Esa clase de historias, y en esa época hubo una cantidad sorprendente de



 

 

 

 

 

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telefilmes que trataron el tema de la homosexualidad, ¿ayudaron o perjudicaron a la causa?

 

Bonnie Dow también analizó esa cuestión. Y descubrió una serie de reglas implícitas en las narrativas gais de los años ochenta y noventa, al igual que ocurría con las series de comedia feministas.

Primera regla: Los homosexuales jamás protagonizan las series que, en teoría, tratan sobre homosexuales. En la práctica, eso significa que el personaje gay aparece de forma puntual, en un papel pequeño en una serie de varios episodios. Y, cuando tiene más papel, escribe Dow, «las narrativas tienden a centrarse en cómo afecta la revelación de su sexualidad a sus relaciones con personajes heterosexuales, amigos y familiares, compañeros de trabajo».

Segunda regla: La sexualidad de una persona gay no es un dato accesorio. Es el único dato que define su vida y se la complica. Como dice Dow, los personajes gais «se convierten en una especie de problema que sus amigos heterosexuales deben resolver en su vida». El historiador de cine Vito Russo elaboró en una ocasión una lista de todas las formas en las que morían los personajes homosexuales en películas estrenadas entre los años diez y principios de los ochenta. Contó cuarenta y tres muertes de personajes gais. Veintisiete morían asesinados. Trece se suicidaban. Uno era ejecutado. Uno fallecía después de que lo castraran y otro de viejo. Eso es lo que se quiere decir con que la homosexualidad es un problema que hay que resolver.

 

Tercera regla: Los personajes gais solo se ven aislados de los demás. «Los personajes gais rara vez se ven en compañía de otros personajes gais —dice Dow—. Así que no suelen tener amigos gais. No suelen ir a actividades gais». Esta quizá sea la regla más importante de las tres, ya que es el gran obstáculo con el que Evan Wolfson y otros activistas homosexuales pasaron años batallando: los personajes gais solo se ven aislados de los demás porque la cultura no aceptaba que los homosexuales fueran capaces de tener verdaderas relaciones. En palabras de David Reuben, la vida de los homosexuales era un mero «desfile de penes».

 

¿Qué es pues lo que observamos en Regreso a Maple Drive? A primera vista, la película parecería haber ayudado a la causa del matrimonio gay: trataba de una familia que afrontaba la identidad secreta de Matt con honestidad, dolor y afecto. Pero, en realidad, no la favoreció, ya que, de hecho, es la encarnación de las tres reglas de Bonnie Dow:



 

 

 

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En primer lugar, Regreso a Maple Drive no es una película sobre qué significa ser gay. Es una película sobre qué significa ser heterosexuales y descubrir que alguien que conocemos es gay. Después del accidente, la trama consiste fundamentalmente en que Matt les revele a todas las personas de su vida, una a una, su identidad secreta. Y se guía por cómo reaccionan ellas a la noticia, no por cómo lo hace Matt.

 

En segundo lugar, ser gay es un problema que hay que resolver. Matt intenta suicidarse porque no es capaz de aceptar su sexualidad. En una escena le dice a su madre: «Yo no he elegido esto. Es lo que soy». Y añade: «¿Crees que elegiría ser tan distinto a todos los demás? ¿Que elegiría disgustaros tanto a ti y a papá? ¿Y que elegiría perder a alguien tan guapa y maravillosa como Allison? ¿Y el sida? Es decir, supongamos que alguien quisiera ser gay, ¿querría serlo ahora?».

 

¡Incluso Matt piensa que su homosexualidad es un problema que hay que resolver! ¿Quién diablos elegiría ser gay?

Por cierto, esa frase sobre el sida es la única mención de lo que podía estar ocurriéndoles a otros hombres gais en el mundo en general, con lo que se cumple la tercera regla de Dow: «Los personajes gais solo se ven aislados de los demás». Nos enteramos de que Matt tiene un antiguo novio, Kyle. Sin embargo, solo lo vemos fugazmente cuando va a visitarlo al hospital.

Dow argumenta que, a lo largo de los años setenta, ochenta y noventa, fue así como el medio de comunicación más poderoso de la cultura popular abordó la sexualidad gay. Películas como Regreso a Maple Drive no eran tan abiertamente hostiles con el estilo de vida gay como el libro de David Reuben, pero seguían negando la capacidad de los homosexuales para mantener verdaderas relaciones. Si se quería saber si el mundo estaba preparado para pensar en los homosexuales, y en el matrimonio homosexual, de otra forma, no bastaba con analizar los resultados de las elecciones, los veredictos judiciales o las encuestas de opinión pública.

Todas esas cosas eran útiles, a su manera. Sin embargo, no llegaban al fondo del asunto. Había que mirar y ver si las reglas del suprarrelato estaban cambiando. Y, en efecto, así era. Quizá haya oído hablar del instigador. Se titulaba Will & Grace.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4

 

Will & Grace fue la original idea de dos guionistas que se habían criado juntos en Los Ángeles: David Kohan y Max Mutchnick. Eran veteranos en el mundo de las series de comedia. No obstante, había un problema argumental que jamás habían logrado resolver. Habla Mutchnick:

 

Sydney Pollack, que era mentor de David, nos enseñó mucho sobre cómo escribir […] una historia de amor. Un día estábamos en su despacho. Él sabía que en ese momento escribíamos series de comedia y nos dijo: «Una historia de amor termina cuando el chico y la chica se besan. Si encontráis la manera de contar una historia de amor en la que no se besan, podéis tener una serie que se emita durante mucho tiempo».

 

Pollack fue uno de los mejores directores de cine de su generación.

 

Sostenía que las historias de amor necesitan «roces».

 

«¿No? —Habla Kohan. (Los dos se completan las frases)—. Depende por completo de los obstáculos que les impiden estar juntos. Recuerdo que Sydney tenía dificultades con eso. Recuerdo que decía: “Jo, la raza ya no es el obstáculo. La clase ya no es un obstáculo”. No podías hacer, por ejemplo, Adivina quién viene esta noche en 1990. ¿Y dónde están los obstáculos? Cuando Max y yo empezamos a trabajar juntos, fue como “Yo tengo uno”».

La idea que tuvieron fue explorar la relación de Mutchnick con su «novia del instituto», Janet Eisenberg.

 

Max: Era una novia que conocí en la escuela hebrea. Curiosamente, un pequeño inciso, su padre era el cirujano que le había amputado las piernas a mi abuelo diabético. Así que teníamos un vínculo muy raro, pero nos hicimos amigos al instante.

 

David: Él iba a la casa de ella y le decía a su padre: «¿Dónde están las piernas? ¿Qué han hecho con ellas?».

 

Max: Al doctor [Eisenberg] eso nunca le agradó demasiado. Pero era algo innegable. [Janet] estaba muy muy comprometida e interesada en mí, y yo la adoraba. Y no estaba listo para afrontar mi verdad en ese momento […] Así que lo de [Janet] y yo, era […] Era el gran secreto y, de hecho, en esa época, cuando eras gay y estabas en el armario, lo que pensabas era: «¿Cómo voy a solucionar esto, donde voy a llevar una doble vida?». […] Cuando le dije que era gay, su respuesta fue: «Me lo tengo que replantear todo […]».



 

 

 

 

 

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Hollywood siempre había resuelto esa clase de historia, entre un hombre gay en el armario y una mujer heterosexual, de la misma manera. Como explica Mutchnick: «Cuando el gay le cuenta a la mujer que así es como es y que ama lo que ama, es expulsado y castigado, y ella es la víctima».[45]

 

Sin embargo, cuando Mutchnick y Kohan reflexionaron sobre ello, se dieron cuenta de que había otra manera de contar la historia del hombre gay y la mujer heterosexual que se aman: ¿y si la mujer no fuera la víctima y el hombre no fuera castigado?

 

Will & Grace se emitió en la NBC entre 1998 y 2006, en el aclamado bloque de comedia del jueves por la noche que la cadena llamó «televisión imprescindible».[46] Fue una de las series de televisión más populares y vistas de su generación. Will era un abogado gay. Grace, una decoradora de interiores heterosexual. Compartían un piso en Nueva York y los acompañaban la ayudante de Grace, la irrefrenable Karen, y Jack, el amigo gay de Will. Juntos, los cuatro discutían, empezaban relaciones, las terminaban y se besaban en un sinfín de combinaciones cómicas, todo ello basado en la premisa establecida ya desde el primer episodio: Grace está a punto de casarse y Will la convence para que no lo haga. Ella deja a su novio plantado en el altar. Se va con Will a un bar para ahogar las penas. Aún va vestida de novia, y los clientes del bar los animan.

 

Primer cliente, a Will: ¿Por qué no brindamos por su bella y joven novia?

 

Clientes, gritando: ¡Sí! ¡Sí!

 

Se inventan los votos en ese momento.

 

Primer cliente: Vamos, vosotros, ¿qué tal un besito?

 

Multitud, coreando: ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Que se besen! ¡Un beso!

 

Ellos se miran y piensan: «Igual podría funcionar». Will besa a Grace.

 

Grace: ¿Nada? ¿Ni un poquito?

 

Will: Nada de nada.

 

Si ha visto Will & Grace, estoy seguro de que coincidirá en que la premisa de Kohan y Mutchnick era ingeniosa. Y la serie era muy divertida. Sin embargo, a primera vista, no parece que tenga nada de revolucionaria. Es una serie de comedia sobre un grupo de jóvenes solteros en un piso de Manhattan, igual que Seinfeld y Friends, las otras dos popularísimas



 

 

 

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comedias de esa generación. En la planificación y ejecución de la serie, Kohan y Mutchnick limaron todas las aristas para no ofender a los anunciantes ni al público. Eligieron a Eric McCormack para el papel de Will, el protagonista gay. En la vida real, McCormack es heterosexual. Tiene una guapura convencional. Su personaje, Will, es abogado de empresa, una profesión que, según los estereotipos de finales de los años noventa, difícilmente se identificaba como gay.[47]

 

El director de la primera temporada fue Jimmy Burrows, un veterano de Hollywood que había dirigido episodios de casi todas las series de comedia de los años setenta en adelante: PhyllisRhodaCosas de marcianosFriendsFrasier. Más tarde, Burrows recordaría:

 

Sabía lo difícil que sería la homosexualidad para la América tradicional. Por eso les dije a Max y a David: «Creo que el primer año deberíamos intentar hacerle creer a América que Will va a retractarse y casarse con Grace». Porque la serie es justo eso. Es una relación, una relación sexual sin sexo. Pongamos escenas en las que Will y Grace hablan y […] parecen marido y mujer. Pongamos un beso en el piloto […] Pongamos un beso en el último episodio, debajo de una jupá.

 

Will & Grace era una serie sobre un hombre gay. No obstante, Burrows quería asegurarse de que Will no pareciera demasiado gay al principio.

 

Cuando Will & Grace se emitió por primera vez, algunas personas de la comunidad homosexual la odiaron por esa misma razón. Los críticos la rechazaron. Una crítica, publicada en una revista académica, se titulaba «Nothing Queer about Queer Television» (La televisión gay no tiene nada de gay) y señalaba que nunca vemos a Will en la cama con otro hombre. Por ende, la serie casi nunca aludía a la epidemia de sida, a pesar de que se emitió en el peor momento de la crisis. Cuando se estrenó, el New York Times la calificó de «normalísima». La reseña continuaba:

 

Los actores son simpatiquísimos, pero se ven limitados por unos guiones que suponen que es ocurrente ver a Will y a Grace jugar de maravilla juntos a [el juego de mesa] The $25,000 Pyramid. Y están rodeados de compañeros irritantes, como Jack (Sean Hayes), el amigo gay de Will, un bufón pomposo que canta temas de musicales mientras juega al póquer. Jack despliega todos los gestos estereotipados



 

 

 

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posibles para que Will pueda evitarlos por completo; ¿qué audacia hay en eso?

 

Exacto. Ese fue el veredicto sobre Will & Grace: que la audaz premisa de la serie se había diluido tanto que era imposible distinguirla de cualquier otra frívola serie de comedia. Sin embargo, el consenso sobre Will & Grace resultó ser incorrecto. En realidad, la serie era profundamente subversiva. ¿Por qué? Porque rompía todas las reglas de Dow sobre el suprarrelato.

 

¿Personajes gais protagonistas de la narrativa? Sí. La historia es imposible sin Will y Jack.

¿La homosexualidad no es «un problema que hay que resolver»? Sí.

 

¿Gais que pasan el rato con otros gais? Sí.

 

El mensaje de Will y Grace era, en efecto: «Miren a Will. Un hombre divertido, exitoso y entrañable. Es capaz de amar y ser amado. Se define por la solidez y duración de sus relaciones con las personas de su entorno. Es normal. Y resulta que es gay».

«Sabíamos que era un acierto tener a un gay declarado como eje de nuestra serie —dijo Mutchnick—. Y así es como fuimos inculcándole poco a poco esa conspiración gay al público estadounidense».

 

Bromeaba. Pero solo un poco.

 

 

 

 

5

 

En el capítulo 4, he hablado de la extraña dinámica de los puntos clave que Damon Centola observó en su juego de los nombres. Centola quería saber cuántos «disidentes» harían falta para romper un consenso alcanzado por la mayoría. Y su respuesta fue: «No muchos». Una vez que el 25 por ciento de los componentes de cualquier grupo empiezan a insistir en otro nombre, los demás tiran rápidamente la toalla y les siguen la corriente. Sin embargo, el cambio no es gradual. No es que hubiera algunos desertores con el 20 por ciento, unos cuantos más con el 22 por ciento y, finalmente, con el 25 por ciento, todos lo fueran. No sucedía nada hasta que se alcanzaba el 25 por ciento, y entonces ocurría todo.



 

 

 

 

 

 

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Piense en la psicología de esa clase de cambio. «Si estás justo por debajo de ese punto clave, en el 20 por ciento, no tienes ni idea de lo poco que te queda», explica Centola. En una de las versiones de su juego, con veinte personas, tener cuatro disidentes no cambió nada en absoluto. Sin embargo, cuando añadió uno más, con lo que la cifra de opositores alcanzó el mágico 25 por ciento, el consenso cambió de golpe. «No sabes que [con] una o dos personas más puedes propiciar ese punto clave», agrega. Si el cambio fuera gradual, sabríamos que íbamos acercándonos a nuestro objetivo y no nos sorprenderíamos cuando lo alcanzáramos. Con todo, si no ocurre nada y, luego, ocurre todo, nos encontramos en la extraña tesitura de estar desanimados durante el largo periodo en el que no sucede nada y quedarnos desconcertados en el momento en que todo cambia.

 

Esa es exactamente la situación en la que se encontraban los activistas del matrimonio gay, en el clima de pesimismo de su reunión en Jersey City. Cada vez estaban más cerca de la victoria, pero su sensación era la contraria. No veían que, en los altos confines del suprarrelato, los astros se estaban alineando silenciosamente a su favor. Por supuesto, la paradoja reside en que muchos de esos mismos activistas, como millones de otras personas, se sentaban a ver Will & Grace todos los jueves por la noche. La prueba de que las cosas habían empezado a cambiar estaba emitiéndose delante de sus narices. No obstante, hay que ser capaz de ver la relación entre la historia de la pantalla y las actitudes de las personas que la ven. Los activistas no supieron hacerlo, y es comprensible, porque no creo que nadie lo hiciera en ese momento. La idea de que existe un suprarrelato amorfo y distante en las alturas que proyecta una sombra sobre todos los que estamos debajo, y de que la clave de ese suprarrelato puede encontrarse en una serie de comedia, parece, sencillamente, demasiado difícil de aceptar. Si a pesar de ello, cuatro noches de la miniserie Holocausto pueden cambiar el Zeitgeist, ¿por qué no habrían de hacerlo once temporadas de Will siendo… un tipo normal?

 

Evan Wolfson, el líder de facto de la lucha por el matrimonio gay, dice que el punto clave para su causa fue 2012. Hasta ese momento, cuando el matrimonio homosexual se había llevado a las urnas en diversos estados, habían perdido las votaciones en treinta ocasiones. Sin embargo, ese año empezaron a ganar.



 

 

 

 

 

 

 

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Por fin encontramos la manera de hacerlo y ganamos cuatro de cuatro, y Maine fue uno de ellos. Maine era un estado en el que habíamos perdido una votación […] en 2009 y decidimos no aceptar ese «no» por respuesta. Nos pasamos tres años sobre el terreno llamando a las puertas, persuadiendo, identificando a las personas que aún no estaban con nosotros, pero eran accesibles, y pensando en cómo podíamos llegar a ellas.

 

 

Presentaron su propia propuesta electoral para preguntar a los ciudadanos de Maine si estaban dispuestos a revocar lo que habían decidido tres años antes y legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esa vez ganaron. Después, el equipo de Wolfson empezó a llevar grupos de discusión. Se sentaron con personas que habían votado en contra en 2009 y a favor en 2012 para averiguar por qué habían cambiado de opinión con tanta rapidez.

 

«Les preguntábamos: “¿Dónde ha oído hablar más de este asunto?”. Ya sabe, “¿Dónde pensaba en este tema y oía hablar de él?”. Y, con diferencia, la respuesta ganadora era la televisión».

Tantos años de ver Will & Grace habían empezado a dar fruto. «Estuve dieciséis años en política y me di cuenta de una cosa, sobre

todo en lo que respecta a los asuntos morales y culturales […] —dijo el senador republicano Rick Santorum en un discurso cuando las aguas se calmaron—. La política no determina esos asuntos. Los determina la cultura popular, especialmente el asunto del matrimonio [homosexual]

 

[…]   En lo referente al tema del matrimonio y a modificar su definición, no hubo cambios. Ninguno, cero, durante treinta años. Y entonces emitieron una serie de televisión que se llamaba Will & Grace».

El matrimonio gay llegó a un punto clave. Eso nos sorprendió. No debería haberlo hecho.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUARTA PARTE



 

Conclusión



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9

 

SUPRARRELATOS, SUPERPROPAGADORES Y

 

PROPORCIONES GRUPALES

 

«El OxyContin es nuestro pasaje a la Luna»

 

 

 

 

 

1

 

La adormidera es una bonita flor con un largo tallo. Después de abrirse, los pétalos se deprenden y dejan visible una cápsula del tamaño de un huevo pequeño llena de una espesa savia amarillenta. Y, a lo largo de miles de años, esa savia ha sido objeto de la fascinación del ser humano, una mina de sustancias químicas, en palabras de un historiador, «que contiene azúcares, proteínas, amoniaco, látex, goma, cera vegetal, grasas, ácidos sulfúrico y láctico, agua, ácido mecónico y una amplia variedad de alcaloides».

 

Seque la savia, fúmesela y tendrá opio: reinos enteros han surgido y caído por causa del opio. Sin embargo, si extraemos los alcaloides del cóctel de compuestos de la savia, obtenemos una sustancia aún más valiosa. A principios del siglo XIX, el farmacéutico alemán Friedrich Sertürner aisló el primero de los alcaloides de la adormidera. Lo llamó Morphium, «morfina», por Morfeo, el dios griego de los sueños. La morfina calmaba el dolor y producía una agradable euforia. También era muy adictiva.

 

El siguiente regalo de la adormidera fue la codeína, aislada en 1832 por el francés Pierre-Jean Robiquet. Unos cuarenta años después, el químico inglés C. R. Alder Wright puso a hervir durante varias horas una mezcla de morfina y anhídrido acético en busca de un opioide que no creara adicción. Su brebaje acabó llamándose «heroína» y, durante un tiempo, se presentó como la gran alternativa segura a la morfina.

 

Y, en 1916, dos químicos alemanes extrajeron un alcaloide similar a la codeína, la tebaína, la resintetizaron y obtuvieron una sustancia que



 

 

 

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llamaron «oxicodona». La oxicodona no alcanzó nunca la mala fama de sus parientes heroína y morfina, es decir, hasta ochenta años después de su descubrimiento, cuando la farmacéutica Purdue Pharma la reinventó. Purdue presentó la oxicodona en una pastilla de dosis alta y liberación prolongada. Promocionó su invento en todo el mundo con más entusiasmo y audacia de los que ninguna otra farmacéutica había invertido en la comercialización de un analgésico y lo llamó OxyContin. Apuesto a que lo conoce. Se ha convertido en el medicamento con receta de peor fama de la historia.

 

Este libro ha empezado con la declaración ante un comité del Congreso de Estados Unidos de tres ejecutivos de una empresa anónima. Por si no lo ha adivinado aún, todos ellos pertenecían a la familia que fundó Purdue y le dio al mundo el OxyContin: los Sackler. Y fue Kathe Sackler, hija de uno de los tres hermanos fundadores, la que, cuando le preguntaron por el papel de su familia en la crisis de opioides, dijo: «He intentado determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera, sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora. Y debo decir que no puedo… que no encuentro nada que hubiera hecho de otra manera […]».

El otro Sackler que habló ante el comité fue David, nieto de uno de los hermanos fundadores. ¿Y qué dijo David Sackler, después de que Kathe Sackler negara cualquier responsabilidad en la crisis de opioides?

 

«[…] asumo una profunda responsabilidad moral por ello, porque creo que nuestro producto […], a pesar de nuestras mejores intenciones y esfuerzos, se ha asociado con el abuso y la adicción […]».

 

«Se ha asociado».

 

Utilizó la pasiva refleja.

 

A lo largo de La venganza del punto clave, he argumentado que esa clase de disociación y negación es demasiado habitual. Nos replegamos en la postura de que las epidemias son misteriosas, de que no tenemos ningún poder sobre ellas ni somos responsables de su evolución. Los padres de Poplar Grove se repliegan en su dolor. Miramos Miami y nos convencemos de que no es distinta de cualquier otra ciudad, y nos sorprendemos del cambio radical en la opinión pública estadounidense con respecto al matrimonio homosexual. Sin embargo, en todos los casos, resulta que nos equivocamos.



 

 

 

 

 

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Volvamos, pues, a nuestro punto de partida, la crisis de opioides. Y utilicemos las lecciones de Poplar Grove, Miami, el Lawrence Tract, Harvard, Holocausto y Will & Grace —las lecciones de los superpropagadores, las proporciones grupales y los suprarrelatos— para tratar de entender el caos desatado por el OxyContin.

 

¿Podemos entender ahora las decisiones y circunstancias que llevaron a la epidemia de opioides? Yo creo que sí.

 

 

 

 

2

 

En la edición de marzo de 2019 de la publicación académica Population and Development Review, hay un artículo de la demógrafa Jessica Y. Ho titulado: «The Contemporary American Drug Overdose Epidemic in International Perspective» (La epidemia contemporánea de sobredosis de fármacos en Estados Unidos desde una perspectiva internacional). Hacia la mitad, aparecen dos gráficos que muestran cuántas personas murieron por sobredosis de fármacos en países de renta alta entre 1994 y 2015. El primero refleja la tasa de mortalidad masculina por cada cien mil personas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Según el gráfico, Dinamarca y Finlandia empezaron con uno de los peores problemas del grupo, pero, más adelante, su situación mejoró. Canadá, el Reino Unido y Australia sufren una crisis que no hace sino agravarse, pero sus cifras totales siguen por debajo de las alcanzadas por los líderes mundiales. ¿Y ve esa maraña de líneas grises en la parte de abajo que apenas se alzan por encima del cero? Son Austria, Italia, Alemania, Japón, Países Bajos, Portugal, España y Suiza. Esos países jamás han padecido una crisis de opioides. Solo uno ha tenido una experiencia verdaderamente catastrófica con las sobredosis de opioides: el que está representado por la gruesa línea que se alza muy por encima de todas los demás.

 

Estados Unidos.

 

El gráfico de Jessica Ho nos indica que la crisis de opioides no es, en realidad, un problema internacional. Es fundamentalmente un problema de Estados Unidos. Se trata de una variación de área pequeña: una epidemia que actúa dentro de unas determinadas fronteras, solo que, en este caso, la zona afectada no es tan pequeña. Quizá sería mejor llamarlo «variación de área grande».



 

 

 

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Pero, un momento. ¿Estamos seguros de que no se trata de una variación de área pequeña? Pasemos ahora al análisis de la crisis de opioides publicado en marzo de 2019 por un grupo dirigido por Lyna Z. Schieber de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades: en el apéndice del artículo, hay una tabla que detalla la cantidad anual de analgésicos opioides recetados en cada estado de Estados Unidos entre 2006 y 2017. Para simplificar, nos centraremos en el año 2006, ya que fue entonces cuando la epidemia empezó a cobrar fuerza. Las cifras representan «miligramos equivalentes de morfina» per cápita, lo que es una forma sofisticada de indicar cuántas dosis, por persona, se consumieron en un determinado año. Estas son las primeras filas de la tabla.

 

 

Alabama: 808,8

 

Alaska: 614,4

 

Arizona: 735,0

 

Arkansas: 765,7

 

California: 450,2

 

Colorado: 495,4

 

Connecticut: 648,3

 

Delaware: 881,5

 

 

Hay mucha variación de un estado a otro. La cifra de Alabama es casi el doble que la de California. Delaware está por las nubes. Pero no así Colorado. Esto se parece mucho al fenómeno que el padre de la variación de área pequeña, John Wennberg, descubrió en Vermont o al modo en que Miami se distingue del resto del país en lo que respecta a los fraudes a Medicare. Y, cuanto más se desciende en la lista, más pronunciada es la variación.

 

 

Illinois: 366

 

Indiana: 756,6

 

 

Illinois e Indiana son vecinos. Tienen índices de pobreza, niveles de desempleo y cifras de ingresos muy similares. ¿Por qué el problema de Indiana es el doble que el de Illinois?



 

 

 

 

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La epidemia de opioides suele describirse como el resultado de una combinación de crisis sociales y económicas que afectaron a las clases trabajadoras estadounidenses: la pérdida de puestos de trabajo en el sector manufacturero, el vaciamiento de las comunidades, la desintegración de las familias y la confluencia de tasas de depresión, enfermedad mental y desesperación cada vez mayores. Todos esos problemas son importantes. Sin embargo, ninguno de ellos explica la tabla de Ho. Italia es mucho más pobre que Estados Unidos y tiene mucho más desempleo. ¿Dónde está su crisis de opioides? El Reino Unido tiene problemas sociales más que suficientes. ¿Por qué está su línea tan por debajo de la de Estados Unidos? E, indudablemente, esas teorías no explican por qué Indiana se vio arrasada por los opioides, mientras que su vecino, Illinois, no pasó por lo mismo.

 

Lo que hemos aprendido hasta el momento es que la manera de entender la variación es buscar la existencia de un suprarrelato. Miami tenía el suyo. Nuestra forma de hablar sobre el Holocausto varió cuando la miniserie de la NBC cambió el suprarrelato. Así pues, ¿existe un suprarrelato correspondiente que nos ayude a entender el extraño patrón de variación en el consumo de opioides? Resulta que sí. Tiene que ver con un hombre en gran parte olvidado por la historia: Paul E. Madden.

 

 

 

 

3

 

Paul E. Madden era un abogado de San Francisco que había trabajado en la oficina de la fiscalía del distrito. En 1939 lo nombraron director de la Agencia de Control de Narcóticos de California, un organismo público dedicado a controlar el consumo de drogas peligrosas.

 

Madden tenía poco más de cuarenta años y rebosaba energía y rectitud. Tenía la cabeza grande, papada, el pelo rubio peinado hacia atrás; era arrogante, lento de movimientos, puritano. Ascendió en la jerarquía política a fuerza de ambición y convicción moral.

«Una persona bajo la influencia de la marihuana puede creerse tan pequeña que le dé miedo bajarse de la acera a la calle, o puede parecerle que tiene un tamaño enorme y una fuerza y pasión sobrehumanas y, en ese estado, cometer delitos totalmente ajenos a su naturaleza».



 

 

 

 

 

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Se trata de Madden escribiendo sobre uno de sus temas preferidos: los peligros de los narcóticos ilegales.

 

«El tiempo, el espacio y la distancia se borran; puede estar conduciendo un coche a ciento treinta kilómetros por hora y creer que solo va a treinta, un semáforo en rojo puede verlo verde, y puede parecerle que el [coche que se le echa] encima o que va hacia él está a más de un kilómetro. Es fácil imaginar las consecuencias de que alguien conduzca un vehículo en ese estado».

A Madden le gustaba expresarse con una cierta hipérbole. Las cosas nunca eran malas; eran funestas. Las drogas ilegales no ponían en peligro a quienes las consumían; los destruían. El adicto al opio y a la hierba «pierde por completo el sentido de la higiene y, mentalmente, la facultad de distinguir entre el bien y el mal». En California, Madden desempeñó el mismo papel que su famoso contemporáneo, J. Edgar Hoover, jefe del FBI. Era el rostro público de las fuerzas del orden. Se podía encontrar su fotografía en el periódico, posando junto a un gran montón de cocaína incautada. Se lo podía oír en la radio, advirtiendo sobre la invasión de California por drogas ilegales procedentes de México, China o Japón.

 

«Buenas noches, damas y caballeros. Quizá haya trabajos más difíciles que desarticular una red de narcotráfico, no lo sé. Yo no he visto ninguno. Especialmente complicado es el trabajo de atrapar a una banda de narcotraficantes, incluido el cerebro de la cuadrilla».

Madden detuvo a personas por comprar medicamentos veterinarios a base de morfina en grandes cantidades, que él sospechaba que revendían en la calle. Llevó a cabo redadas en varios cargueros japoneses atracados en el puerto de San Francisco, confiscó bolsas de cocaína e instó a los altos cargos de Washington a emprender acciones diplomáticas. Se enteró de que había agricultores que tenían cultivos de adormidera por sus semillas y se preguntó: «¿Y si esas semillas no son para los panecillos? ¿Y si están desviándose para la producción de opio?». Madden era un derviche giróvago, un fanático de primer nivel, uno de los primeros de la larga lista de histriónicos cruzados antidroga que se sucederían en Estados Unidos.

 

Sin embargo, la verdadera obsesión de Paul E. Madden no eran las drogas ilegales que llegaban del extranjero, sino los analgésicos que recetaban los médicos. Su gran preocupación era que los medicamentos legales estuvieran desviándose para fines ilegales. Había médicos sin



 

 

 

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escrúpulos que repartían opioides a manos llenas, delincuentes que falsificaban recetas y revendían los medicamentos en la calle. Así que Madden pensó una ingeniosa solución: elaboró una lista de todos los derivados de la adormidera —morfina, opio, codeína y algunos otros fármacos— y convenció a la Legislatura Estatal de California para que añadiera una enmienda al Código de Salud y Seguridad del estado, conocida como proyecto de ley n.º 2.606, que fue aprobada por el Senado el 6 de junio de 1939. El texto clave se encuentra en el artículo 11166.06. Cada vez que un médico extendía una receta para uno de esos opioides, tenía que utilizar un recetario especial proporcionado por la Agencia de Control de Narcóticos de Madden:

 

 

Las recetas estarán impresas en papel distintivo, todas llevarán el número de serie del recetario y también estarán numeradas en serie.

 

Cada receta estará por triplicado, con la primera página enganchada al recetario de tal forma que pueda separarse con facilidad, mientras que las otras dos tendrán una línea de puntos perforados para arrancarlas.

 

 

La palabra clave era «por triplicado». Cada página del recetario especial de Madden venía acompañada de dos copias al carbón. El médico que recetaba el medicamento debía quedarse con la copia inferior durante un mínimo de dos años. La segunda copia era para la farmacia. La primera página debía enviarse directamente a la Agencia de Control de Narcóticos antes de fin de mes.

 

Poco después de que entrara en vigor la medida de las recetas por triplicado, Madden detectó su primer caso de gran repercusión mediática. Concernía al médico de San Francisco Nathan Housman. Housman era un playboy de familia rica que tenía una consulta en el lujoso edificio Flood de Market Street, uno de los bloques de oficinas más bonitos del centro de San Francisco hasta la fecha. Housman no era trigo limpio. Su nombre había aparecido unos meses antes en un caso mediático que concernía a un sustancioso fideicomiso testamentario y a una viuda rica que habían encontrado tirada en la calle tras un atropello con fuga simulado. Sin embargo, el caso que llamó la atención de Madden se centraba en Alma Elizabeth Black, a quien la prensa describía como «una paciente a la que [Housman] trató durante diecisiete años por una dolencia que una



 

 

 

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autopsia, realizada a petición suya, no detectó». El «tratamiento» de Nathan Housman para Black era morfina. Y, a su muerte, Black dejó todo su patrimonio, valorado, según algunos testimonios, en más de un millón de dólares actuales, a… Nathan Housman.

 

Los agentes de Madden se presentaron en la farmacia local de Housman, emplazada en Eddy Street en el barrio de Tenderloin. Lo encontraron allí, copiando frenéticamente la lista que el farmacéutico tenía de sus recetas de morfina. «Nuestros agentes encontraron 345 recetas emitidas por el doctor Housman para doscientos pacientes distintos — anunció Madden—. Una comprobación de nuestros datos reveló que solo había enviado cuatro de ellas a nuestra agencia. Es una situación intolerable». Housman fue detenido y acusado. Pero no por asesinato ni mala praxis, sino por no rellenar por triplicado las recetas de morfina de la señora Black.

«Le pedí las recetas al doctor Housman varias veces y siempre me decía que no tenía ninguna —declaró en el juicio uno de los investigadores de Madden—. Decía que no sabía que tenía que guardarlas».

Housman acabó en la prisión de San Quintín y su condena fue un mensaje para todos los médicos de California: Paul Madden iba en serio. Él no creía que todos los médicos californianos fueran tan nocivos como Nathan Housman. No obstante, pensaba que había suficientes médicos igual de atípicos que él para hacer mucho daño y quería utilizar a Housman para mandar un mensaje a esos pocos peligrosos: era imposible eludir la mirada vigilante del Gobierno. Él tenía copias al carbón de todas las recetas de opioides emitidas en el estado de California, guardadas en su sede en filas y filas de archivadores. Lo único que tenía que hacer era mirar la carpeta de «Housman, Nathan» del edificio Flood del centro de San Francisco. Si estaba abultada, era hora de hacerle una visita. Y, si se enteraba de que uno solo de sus pacientes había muerto por una sobredosis de morfina recetada y, al mirar en la «H», no veía nada en su carpeta, en ese caso, el doctor Housman tenía un problema aún mayor.

 

En lo que llevamos de libro, hemos analizado una amplia variedad de formas en las que surgen los suprarrelatos. En Poplar Grove, el suprarrelato se originó a raíz de la presión que unos padres de clase media alta ejercieron sobre sus hijos durante años para que triunfaran en la vida. Miami se convirtió en lo que es por una insólita confluencia de acontecimientos a finales de los años setenta: la llegada de refugiados



 

 

 

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cubanos, el auge del tráfico de cocaína y unos disturbios raciales. En lo que respecta a nuestra manera de entender el Holocausto, parece que una miniserie de televisión desempeñó un papel trascendental.

A primera vista, las filas de archivadores de Paul Madden no parecen pertenecer a la misma categoría. Sin embargo, cuanto más hablaba de su nuevo plan en sus muchos discursos y apariciones públicas, más empezaba su sencilla idea a transformarse en algo más grande. El acto de emitir una receta había sido una transacción privada entre médico y paciente. Ahora era un acto público, con consecuencias reales. Como Madden escribió en una carta a la revista de la Sociedad Médica de California, «la gran ventaja de este sistema es que la División Estatal de Control de Narcóticos tendrá, cada treinta días, un informe completo de los narcóticos dispensados» en el estado. Con las dos copias al carbón, Madden hacía que los médicos se pararan a pensar.

 

En 1943, Hawái aprobó una versión de la norma de la prescripción por triplicado de Madden. Dieciocho años después, Illinois hizo lo propio, seguido de Idaho, Nueva York, Rhode Island, Texas y Michigan. Lo que empezó como la cruzada particular de un solo hombre se convirtió en un fenómeno nacional. En todo Estados Unidos, distintos estados empezaron a mirar en el botiquín de sus médicos y a decirles que, en lo que respectaba a ese medicamento, a ese otro y a ese otro, «no podemos dejarle hacer lo que le dé la gana». Una norma de control se convirtió en un suprarrelato.

 

Transcurrieron cincuenta años. Y entonces surgió un segundo suprarrelato.

 

 

 

 

4

 

Russell Portenoy se crio en Yonkers, a las afueras de Nueva York, en el seno de una familia de clase trabajadora. Fue el primero de su familia en ir a la universidad y era brillante: carismático, con empuje, innovador. Cuando terminó medicina, hizo la residencia en la facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, donde uno de sus mentores fue el médico Ron Kanner.

 

«Recuerdo el momento de conocernos con mucha claridad, y es un tipo dinámico —dijo Portenoy años después en una entrevista que grabó en 2003 con la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor—. Le



 

 

 

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pregunté qué hacía y él me dijo que trataba el dolor. Yo me reí y le dije: “Eso es absurdo, porque el dolor es un síntoma, no una enfermedad. Eso no se puede hacer”. Él me aseguró que no, que, de hecho, un síntoma podía tratarse».

 

La primera reacción de Portenoy a las palabras de Kanner era la postura convencional en medicina en esa época. Si una persona sufría mucho dolor de espalda, se intentaba curarle la espalda. Si un paciente con cáncer tenía dolor, los médicos se centraban en tratar el cáncer. El dolor solo era una manifestación de un problema preexistente. Sin embargo, Kanner formaba parte de un grupo que creía que ese enfoque era retrógrado, que, si una persona tenía dolor, por la razón que fuera, había que tratárselo.

Para Portenoy, ese primer encuentro con su mentor fue una revelación. Se convenció de que, como la medicina consideraba que el dolor era un síntoma y no un problema en sí mismo, su profesión estaba permitiendo que los pacientes sufrieran de manera innecesaria. Los médicos debían tomarse el dolor en serio, lo que significaba, en su opinión, que no debían tener miedo a recetar opioides.

 

En las entrevistas, Portenoy contaba historias como esta, sobre un paciente que sufría fuertes dolores de cabeza «en racimo»:

 

Pasó ocho años totalmente incapacitado con dolores muy fuertes. Múltiples visitas a urgencias, múltiples hospitalizaciones. Después me lo remitieron a mí, le di un opioide, le subí la dosis y dejó de tener dolor. Ya lleva dos años sin dolor. Fue como si hubiera vivido un infierno y ahora ha vuelto.

 

Una de las emociones que no puede reprimir es la ira. Habla continuamente de su anterior neurólogo, que, de hecho, es especialista en dolores de cabeza y sabe mucho, pero no conoce los opioides y no sabía que se podían usar. Conozco a esa persona, una persona maravillosa que de ninguna manera quería que ese hombre sufriera y que de ningún modo le dijo que tenía que aguantarse. Simplemente, tenía unas herramientas que eran limitadas y no sabía que podía derivarlo a otros médicos. Creo que es un fenómeno muy real en nuestra sociedad.



 

 

 

 

 

 

 

 

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Portenoy adoraba los opioides. Los llamaba un «regalo de la naturaleza». Esos fármacos, dijo al New York Times en 1993, «pueden utilizarse durante mucho tiempo, con pocos efectos secundarios y […] la adicción y el abuso no son un problema». Más adelante moderaría su entusiasmo, pero solo un poco. Su idea fundamental era que el dolor no podía tratarse como se trataba, por ejemplo, una faringitis estreptocócica: con un protocolo que podía encontrarse en un libro de texto. El dolor era amorfo, subjetivo e idiosincrásico. Tratarlo es «un poco de ciencia, mucho de intuición y mucho de arte», decía. ¿Pensaba que las dosis altas de opioides, tomadas durante un largo periodo de tiempo, planteaban un riesgo de adicción? Claro, en algunos pacientes. Sin embargo, estaba convencido de que ese grupo era muy pequeño, menos del 1 por ciento de todos los pacientes, y, en su opinión, un médico atento debería ser capaz de distinguir entre el tipo de paciente que respondería bien a los opioides y el que no.

 

La entrevista que Portenoy grabó en 2003 con la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor duró casi tres horas y media, y leerla, desde la óptica de lo que ocurriría en las dos décadas siguientes, es fascinante.

 

 

Pongamos, por ejemplo, que entra una persona en su consulta. Tiene veintidós años, dolor postraumático en las rodillas desde que la operaron hace un año.

 

Le hace algunas preguntas. Averigua que tuvo un problema con la marihuana en la universidad y sigue consumiéndola los fines de semana, su padre y su hermano son alcohólicos, lleva tatuajes en los brazos y la espalda, y le dice que tiene un dolor muy fuerte. ¿Dónde situaría los medicamentos opioides en relación con otros tratamientos para ese síndrome doloroso?

 

En cambio, si le viene una mujer de setenta y cinco años con artrosis grave en varias articulaciones que ha tenido una úlcera sangrante y acude refiriendo dolor, y su historial demuestra que la paciente es abstemia desde hace sesenta años, no tiene antecedentes familiares de adicción y le dice que preferiría hacer cualquier cosa antes que tomar analgésicos, ¿dónde situaría el tratamiento con opioides para esa persona?

 

Habría que ser un médico bastante estúpido para decir: «Ah, sí, los dos los toman como primera opción o los dos los toman como última



 

 

 

 

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opción». Es absurdo.

 

 

Ese era el suprarrelato de Portenoy. El anterior, en su opinión, estaba mal enfocado. Las personas como Madden se preocupaban demasiado por el posible daño que podría causar un grupo reducido de médicos descarriados —los Nathan Housman del mundo— y, en consecuencia, habían impuesto restricciones que hacían prácticamente imposible que el resto de la profesión abordara el problema muy real del dolor. «Lo que intentamos decir —arguyó— es que los médicos deben sentirse plenamente facultados y cómodos para utilizar estos fármacos con fines médicos legítimos». Madden se había preocupado por una minoría peligrosa. Portenoy se centraba en la mayoría virtuosa.

 

Portenoy se convirtió en una superestrella. Para contratarlo, el centro médico Beth Israel de Manhattan creó una unidad del dolor especial. La lista de espera para verlo era de cuatro meses. Aparecía constantemente en las noticias o dando discursos. Lo llamaban el Rey del Dolor. Entretanto, los maddenitas lo observaban horrorizados. ¿En qué estaba pensando? El debate se intensificó en encuentros de farmacéuticos, reuniones de sociedades médicas y seminarios en centros de investigación. En Washington D. C. los legisladores redactaron documentos de posicionamiento. Las asambleas legislativas tomaron partido.

 

En la primavera de 1991, el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA, por sus siglas en inglés) celebró una pequeña reunión en las afueras de Maryland. En la Casa Blanca, alguien se había preguntado si la prescripción por triplicado debería convertirse en un requisito nacional y se había pedido al NIDA que lo investigara. El instituto se puso en contacto con todas las personas que pudieran tener algún conocimiento del tema y las invitó a un hotel próximo a su sede. Russell Portenoy acudió, por supuesto. (En esos años, era imposible celebrar una reunión sobre analgésicos sin su presencia). Habló largo y tendido. Explicó que le preocupaba el riesgo de no recetar suficientes analgésicos. También asistieron representantes de la industria farmacéutica, consejos de médicos de varios estados y profesionales de la salud pública. Se presentaron ponencias, los participantes de las mesas redondas se pelearon. Por último, Gerald Deas, un médico afroamericano que trabajaba en un barrio conflictivo de Nueva York, se levantó y alzó el puño contra los partidarios



 

 

 

 

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de Portenoy. «Me gustaría que los que se oponen a la prescripción por triplicado vinieran conmigo al mundo real, donde esas normas salvan vidas», dijo. La discusión subió de tono.

 

Al final, el proyecto de ampliar la prescripción por triplicado no llegó a ninguna parte. Las ideas de Portenoy ganaron nuevos adeptos. A mediados de los años noventa, el número de estados que aplicaban la prescripción por triplicado se había reducido a cinco, lo que apenas representaba un tercio de la población de Estados Unidos: Texas, California, Nueva York, Illinois y Idaho. Todos los demás se pasaron al bando de Portenoy.

Y el tema quedó zanjado: otra de las muchas disparidades entre las normativas de los diversos estados que apenas nadie conoce. Si en esos años le hubiéramos preguntado al estadounidense medio de qué lado estaba su estado, probablemente no habría sabido decírnoslo. Los suprarrelatos son así: la mayoría no nos molestamos en mirar las ideas que circulan por las alturas.

Es decir, con la excepción de Purdue Pharma, una empresa farmacéutica de Connecticut que apenas nadie conocía.

 

 

 

 

5

 

Purdue llevaba años en el negocio de los analgésicos, con una pastilla de morfina de liberación lenta que había llamado MS Contin. El MS Contin se administraba sobre todo a pacientes con cáncer en fase terminal, en centros de paliativos y en casa. Era un buen negocio, pero modesto. La familia Sackler, que estaba al frente de Purdue, tenía mayores ambiciones. Redirigieron su atención a la oxicodona. Por lo general, la oxicodona se combinaba con paracetamol o aspirina. Eso es lo que son el Percocet y el Percodan, respectivamente,[48] y esa combinación hacía que fuera más difícil abusar de la oxicodona porque, si se toma demasiado paracetamol, el hígado resulta gravemente dañado. Algunos investigadores lo llaman «interruptor limitador». (Por eso el opioide difenoxilato, que se utiliza habitualmente para tratar la diarrea, se combina siempre con atropina, que es venenosa en dosis altas: pruebe a colocarse con difenoxilato y pagará el



 

 

 

 

 

 

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precio). La primera innovación de Purdue fue quitarle el interruptor limitador del paracetamol a la oxicodona.

 

A continuación, aumentó la dosis. Tanto el Percocet como el Percodan contienen cinco miligramos de oxicodona. Purdue decidió que su pastilla de dosis más baja tendría el doble de esa cantidad. Luego, creó una pastilla de liberación prolongada especial, lo que significaba que, en vez de tener que tomarse un comprimido cada pocas horas y soportar los altibajos que conlleva tratarse con opioides, el paciente podría aliviarse el dolor con una dosis constante y uniforme durante todo un día. Llamaron a ese nuevo analgésico reformulado OxyContin y, de inmediato, se propusieron romper la antigua norma médica que reservaba los analgésicos potentes para los enfermos de cáncer. Purdue quería vendérselo a todo el mundo. ¿Le duele la espalda? OxyContin. ¿Acaban de quitarle las muelas del juicio? OxyContin.

 

En la sede de Purdue, el nuevo medicamento generó mucho entusiasmo. «El OxyContin —dijo uno de los hermanos Sackler originales — es nuestro pasaje a la Luna».

En la primavera de 1995, Purdue contrató a la empresa de estudios de mercado Groups Plus. Aún faltaban unos meses para que la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobara definitivamente el OxyContin y Purdue quería planificar su estrategia de marketing. Groups Plus organizó cinco sesiones con médicos de Fort Lee (New Jersey), Houston (Texas) y Westport (Connecticut). Se trataba de una combinación de médicos de atención primaria, cirujanos y reumatólogos, y todos recetaban analgésicos con regularidad. Purdue quería saber qué opinaban sobre su idea de un opioide de dosis alta y liberación prolongada.

Primero vinieron las buenas noticias. El dolor no oncológico, el gigantesco mercado virgen que Purdue quería abrir, resultó ser una parte importante de la atención que proporcionaban los médicos. Querían más opciones de tratamiento. «Al hablar del concepto de analgésico “ideal” — refería el informe de Groups Plus— hubo unanimidad en que [los médicos del grupo focal] querrían tener la eficacia de los narcóticos sin preocuparse por los efectos secundarios o la adicción». La parte sobre los efectos secundarios y la adicción no era un problema para Purdue: les pedirían sencillamente a sus comerciales que mintieran y dijeran que el OxyContin no era muy adictivo. «A nuestro juicio —continuaba el informe—, existe



 

 

 

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una clara oportunidad para que Purdue […] abra un mercado importante para el OxyContin».

 

Luego vinieron las malas noticias. Las sesiones con los médicos de Houston habían sido un desastre. ¿Por qué? Texas era un estado que aplicaba la prescripción por triplicado. Los médicos de Houston vivían bajo el suprarrelato de Madden.

«Las leyes de la prescripción por triplicado parecen tener un efecto espectacular en el empleo del producto por parte de los médicos. Concretamente, los grupos de Texas revelaron un uso casi nulo de los narcóticos del grupo II para el tratamiento del dolor no oncológico».

 

«Grupo II» es el término técnico para los medicamentos que pueden causar problemas si no se usan correctamente, por ejemplo, el Percocet, el Percodan o la codeína. El OxyContin también estaría en el grupo II y los médicos de Houston recetaban ese tipo de medicamentos «menos de cinco veces al año […] si acaso lo hacían». El informe continuaba:

 

Los médicos [de Houston] no querían darle al Gobierno ningún motivo para que cuestionara sus protocolos médicos relativos al tratamiento del dolor. La mera idea de que el Gobierno cuestionara su criterio generaba mucha preocupación entre los médicos reunidos en la sala.

 

Escribir recetas por triplicado era más engorroso que la forma habitual, debido a los datos de los formularios y a las diversas personas que tenían que recibir una copia. En tanto en cuanto puedan evitarse ese esfuerzo, intentarán seguir protocolos alternativos.

 

El informe sobre los grupos focales ocupaba setenta páginas y siempre acababa incidiendo en ese punto. Los estados que aplicaban la prescripción por triplicado y los que no lo hacían eran como la noche y el día.

 

 

Los [médicos de atención primaria] y los cirujanos del estado sin prescripción por triplicado (New Jersey) indicaron una probabilidad muy alta de utilizar el OxyContin para el tratamiento selectivo del dolor no relacionado con el cáncer y los reumatólogos de Connecticut también consideraron que tenía cabida en su práctica médica. Sin embargo, los médicos del estado con prescripción por triplicado no manifestaron ningún entusiasmo por el producto […].



 

 

 

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Y continuaba:

 

 

Entre los médicos de los estados con prescripción por triplicado que sí utilizan narcóticos del grupo II para el tratamiento del dolor no oncológico, nuestra investigación indica que la cifra total de recetas que prescribirían en un año es muy pequeña y que probablemente no sería suficiente para justificar una campaña de marketing independiente.

 

 

El equipo directivo de Purdue leyó el informe de Groups Plus y se lo tomó en serio. El lanzamiento del OxyContin, una de las campañas para comercializar un medicamento más sofisticadas y agresivas que haya visto el mundo de la medicina, se dirigió a los estados sin prescripción por triplicado. Por tanto, no se prestó mucha atención al estado de Nueva York. Pero sí a Virginia Occidental. No a Illinois. Pero sí a Indiana. No a California. Pero sí a Nevada. No a Texas e Idaho. Pero sí a Oklahoma y Tennessee, debido a lo cual la epidemia de opioides no afectó a todo Estados Unidos por igual. Fue, en cambio, un ejemplo perfecto de variación de área pequeña. Los opioides llovieron a raudales solo en los estados que no aplicaban la prescripción por triplicado o no tenían el suprarrelato de Madden para mantenerlos a raya.

 

Fijémonos en los cinco principales consumidores de opioides. Todos son «estados Portenoy», sin una normativa de prescripción por triplicado.

 

Nevada: 1.019,9

 

Virginia Occidental: 1.011,6

 

Tennessee: 938,3

 

Oklahoma: 884,9

 

Delaware: 881,5

 

 

Este es el consumo per cápita de opioides durante el mismo año en los «estados Madden».

 

Illinois: 366

 

Nueva York: 441,6

 

California: 450,2



 

 

 

 

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Texas: 453,1

 

Idaho: 561,1

 

 

Illinois tuvo un tercio del consumo de opioides de Nevada y Virginia Occidental. Nueva York tuvo la mitad del problema que Tennessee. De los estados con prescripción por triplicado, solo Idaho se acercó a la media nacional.

 

Si profundizamos un poco más en las cifras, las diferencias son aún más sorprendentes. Este es el desglose de la disposición de los ortopedas a recetar opioides a sus pacientes. El periodo va de 2013 a 2016, mucho después de que todo el mundo fuera consciente de lo peligroso que era ese grupo de medicamentos. Esta es la distribución geográfica del 10 por ciento de los profesionales que más recetaban.

 

Oeste: 741 (8,7 %)

 

Nordeste: 745 (8,8 %)

 

Medio Oeste: 1.854 (21,8 %)

 

 

El oeste de Estados Unidos está dominado por California, el estado de Paul E. Madden. Estadísticamente, allí solo había un puñado de ortopedas con una alta tasa de prescripción. El nordeste lo está por el estado de Nueva York. Ocurre lo mismo. Sin embargo, mire el sur de Estados Unidos: la zona sin prescripción por triplicado, la tierra del suprarrelato de Portenoy:

 

 

Sur: 5.170 (60,8 %)

 

 

Caray.

 

Piense por un momento en lo extraordinario que es eso. En los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial, un cruzado antidroga bravucón y engreído de San Francisco tiene la idea de obligar a los médicos de California a utilizar un recetario especial para los analgésicos, con dos copias al carbón. Esa sencilla intervención burocrática se convierte en un suprarrelato: una narrativa que dice que los opioides son distintos e insta al médico a pararse a pensar antes de recetarlos. Y ese suprarrelato es tan convincente que, medio siglo después, cuando Purdue



 

 

 

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intenta introducir su nuevo analgésico en un estado con prescripción por triplicado, se topa con un muro.

 

Los suprarrelatos son importantes. Podemos crearlos. Pueden difundirse. Son poderosos. Y pueden perdurar décadas.

Hoy en día, hay un reducido pero apasionado grupo de economistas dedicados por entero a estudiar las muchas formas en las que los estados con prescripción por triplicado se distinguen de los demás. Tomemos, por ejemplo, Massachusetts y Nueva York. Si Nueva York hubiera tenido la tasa de sobredosis de opioides de Massachusetts entre 2000 y 2019, la economista Abby Alpert calcula que habrían muerto veintisiete mil neoyorquinos más por sobredosis. ¡Veintisiete mil! Massachusetts no es más pobre que Nueva York. No tiene un mayor índice de paro. No tiene más problemas con las pandillas, el crimen organizado o el tráfico de drogas. Los dos estados son como gotas de agua. La única diferencia relevante reside en que, hace medio siglo, Nueva York obligó a los médicos a hacer dos copias de cada receta que prescribían y Massachusetts no. Y esas copias salvaron miles de vidas.

 

O consideremos la actual crisis de opioides, que hace tiempo que ha pasado del OxyContin al fentanilo, que puede sintetizarse en un laboratorio y es fácil de producir ilegalmente. Las leyes de la prescripción por triplicado no afectan a los capos de la droga chinos o mexicanos ni a sus cómplices estadounidenses. Por tanto, sería lógico pensar que las diferencias entre los estados con prescripción por triplicado y los que no la tienen ya se habrían diluido. ¡Falso! Si los comerciales de Purdue encauzaban a un médico en una determinada dirección a finales de los noventa y principios de los 2000, él seguía por ese mismo camino mucho después de que ellos ya no estuvieran.

 

«Vemos un aumento muy rápido de las muertes por sobredosis en los estados sin prescripción por triplicado —explicó Alpert— y un incremento mucho más lento en los estados que sí la tienen, y esas tendencias continúan, incluso veinte años después del lanzamiento».

El crecimiento económico ha sido más vigoroso en los estados con prescripción por triplicado durante la crisis de opioides. En ellos, los indicadores de salud de los bebés fueron mejores. Hubo menos abandono infantil. La población activa era mayor. Ah, y ¿recuerda las palabras de Paul Madden sobre cómo el adicto pierde la «facultad de distinguir entre el bien y el mal», una de esas hipérboles suyas que hoy en día nos instan a



 

 

 

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poner los ojos en blanco? Esta es la conclusión del economista Yongbo Sim después de comparar los índices de delincuencia de estados con y sin prescripción por triplicado: «He observado que, en el momento de la introducción del OxyContin, los estados sin prescripción por triplicado experimentaron un aumento relativo tanto de los delitos contra la propiedad (12 por ciento) como de los violentos (25 por ciento) en comparación con los estados que tienen prescripción por triplicado».

 

En sus análisis, los economistas están acostumbrados a ver diferencias del 1 o el 2 por ciento. Un 25 por ciento es inaudito. «Es un impacto tremendo —continúa Sim—. Sinceramente, cuando obtuve ese resultado por primera vez, ni yo mismo me lo creía».

Dondequiera que se encuentre ahora, Paul Madden nos está mirando y diciendo: «Os lo dije».

 

 

 

 

6

 

Pasemos ahora al segundo de los elementos de las epidemias: los superpropagadores.

 

En 2002, la revista de la prestigiosa consultora McKinsey & Company publicó un largo artículo escrito por uno de sus mejores asesores, Martin Elling. Se titulaba «Making More of Pharma’s Sales Force» (Mejorar la eficacia de los comerciales farmacéuticos) y trataba de cómo las farmacéuticas vendían sus productos a los médicos. Durante años, se habían limitado a dividir el país en regiones y contar con comerciales que visitaban a los médicos del territorio que les asignaban. Si una farmacéutica tenía dos medicamentos para el corazón, formaba un equipo de ventas que trataba con los cardiólogos de todos los hospitales del país. En el momento en que Elling escribió su artículo, había casi noventa mil comerciales farmacéuticos en Estados Unidos y esa cifra se había duplicado en los seis años anteriores. El sector había creado un ejército para influir en los médicos y Elling sostenía que la estrategia no estaba dando resultado.

 

«Las farmacéuticas estadounidenses —escribió— han confiado durante décadas en el modelo de ventas del “genio del pímbol”:[49] los comerciales van rebotando de una consulta médica a otra con la esperanza



 

 

 

 

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de robarles un momento a los médicos e influir en los fármacos que recetan».

 

Elling pensaba que el método era demasiado aleatorio. Los médicos estaban desbordados. Los hospitales cada vez les ponían más trabas a los comerciales para acceder a sus facultativos. Los viejos trucos — agasajarlos, colmarlos de regalos y viajes— habían empezado a suscitar críticas. Los comerciales estaban quemados. El sistema, escribió Elling, es «costoso e ineficiente y crea mucha insatisfacción».

 

Continuaba: «Los médicos se sienten hostigados. Los que prescriben más recetas dicen que ahora reciben de tres a cinco veces más visitas de comerciales que hace diez años […] Un médico se quejó de que la situación “se está volviendo insoportable” y de que los comerciales “tienen menos conocimientos y son más insistentes”. Según nuestra encuesta, actualmente, casi el 40 por ciento de las consultas médicas limitan el número de comerciales que admiten a diario».

¿Cómo resolverlo? Según Elling, la solución era que los comerciales comprendieran que no todos los médicos eran iguales. Las farmacéuticas tenían que aprender a «segmentarlos». Dos ortopedas que trabajaban en consultas contiguas del mismo hospital podían diferir mucho en la cantidad y variedad de los medicamentos que prescribían. Sencillamente, algunos médicos eran más valiosos que otros. Un médico de treinta y cinco años lo era mucho más que uno de sesenta y cinco, aunque el mayor recetara muchos medicamentos. El de más edad no iba a cambiar su manera de practicar la profesión, y estaba a punto de jubilarse. ¿Por qué molestarse con él? El médico más joven tenía margen para crecer.

En cambio, Elling proponía que las farmacéuticas utilizaran los hábitos de prescripción de los médicos para desarrollar un sofisticado cálculo del «valor vitalicio» de cada uno de ellos. Aún más importante, decía, había que «determinar las actitudes [de un médico] ante una serie de cuestiones». No precisaba a qué se refería con «una serie de cuestiones», pero cualquiera que tuviera algún conocimiento del mundo que describía sabía a qué se refería. Los comerciales solían ser jóvenes y muy atractivos. Algunos médicos respondían muy bien a esa clase de atención. Una farmacéutica que conociera la identidad de esos «grandes respondedores» podría llegar muy lejos. Era un argumento radical que rompía con décadas de práctica en el sector. Y una farmacéutica, por encima de todas las demás, tomó nota: Purdue Pharma.



 

 

 

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Purdue llamó a McKinsey en 2013.[50] Un equipo de asesores de Nueva York viajó a la sede de Purdue en Connecticut. Los Sackler les explicaron que la empresa estaba en crisis. Las ventas de OxyContin habían aumentado de cuarenta y nueve millones de dólares en el primer año del medicamento en el mercado a más de mil millones en 2005. Sin embargo, el crecimiento se había estancado. El Departamento de Justicia acababa de acusar a Purdue Pharma de engañar a los médicos sobre el poder adictivo del OxyContin y le había impuesto una de las mayores multas en la historia del sector farmacéutico. La reputación del OxyContin se había resentido. Su patente estaba a punto de expirar. Otros fabricantes estaban diseñando versiones genéricas más baratas del analgésico de Purdue. ¿Qué debían hacer?

 

McKinsey se puso manos a la obra. Envió a una de sus empleadas jóvenes más inteligentes para que acompañara a un comercial de OxyContin en Worcester, Massachusetts. Los hallazgos de la asesora fueron deprimentes:

 

 

Mientras que antes podía organizar comidas en los hospitales, reunirse con los residentes y recorrer las plantas, ahora los hospitales le dicen: «Déjenos el material y le llamaremos».

 

Ha intentado adoptar enfoques más originales, como crear un «anuario» de médicos destacados del hospital con los que quiere verse en cafés cercanos, conocer al personal del hospital, etc. Sin embargo, ha recibido varias respuestas negativas de las redes de hospitales, incluida una carta de la red de hospitales más extensa de Worcester pidiéndole que no volviera después de haber hecho cola en la recepción para presentarse a la secretaria.

 

Era todo sobre lo que había advertido Martin Elling. Purdue estaba jugando al pímbol y no le daba resultado. Por consiguiente, McKinsey trazó un nuevo plan y lo llamó, sin ironía, «Evolucionar hacia la excelencia» o, para abreviar, E2E. Cuando Richard Sackler, copresidente de la farmacéutica, escuchó la presentación de McKinsey, le envió un correo electrónico a su primo. «Los descubrimientos de McKinsey son asombrosos». En la década siguiente, Purdue pagaría a McKinsey ochenta y seis millones de dólares por sus consejos para «turbopropulsar» las ventas de OxyContin.



 

 

 

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En la base del relanzamiento del OxyContin propuesto por McKinsey estaba la tabla siguiente:

 

Prescriptores de enero a julio de 2013

 

Decil

N.º de

% de

N.º de

Media de recetas por médico por

 

médicos

médicos

recetas

mes

 

 

 

 

 

10

358

0,2 %

617.887

246,6

 

 

 

 

 

9

778

0,5 %

617.624

113,4

 

 

 

 

 

8

1.300

0,8 %

617.149

67,8

 

 

 

 

 

7

2.182

1,4 %

617.248

40,4

 

 

 

 

 

6

3.613

2,3 %

617.056

24,4

 

 

 

 

 

5

5.668

3,5 %

617.075

15,6

 

 

 

 

 

4

8.668

5,4 %

617.056

10,2

 

 

 

 

 

3

13.636

8,5 %

617.048

6,5

 

 

 

 

 

2

24.399

15,2 %

617.331

3,6

 

 

 

 

 

1

99.825

62,2 %

620.667

0,9

 

 

 

 

 

 

La historia que cuenta la tabla es bastante singular. Documenta el periodo comprendido entre enero y julio de 2013, durante el cual se emitieron un total de seis millones setecientas mil recetas de OxyContin. Esa cifra se desglosa en diez grupos iguales (deciles) y se ordena de más a menos. Empecemos por el decil 1, en la parte inferior de la tabla. Engloba el grupo más grande de prescriptores: 99.825. En promedio, emitieron una sola receta de OxyContin a lo largo de seis meses. Se trata de una cantidad insignificante.

 

El decil 2 comprende a 24.399 médicos. Prescribieron 3,6 recetas de enero a julio. El decil 3 incluye poco más de 13.500 médicos, los cuales emitieron una media de 6,5 recetas en ese periodo. Cuanto más se sube en la tabla, menos médicos hay en cada grupo, pero más recetas emiten. Fíjese en el decil 10. Solo hay 358 médicos en ese grupo, pero, en esos seis meses, prescribieron una media de 247 recetas. El éxito del OxyContin no dependió de la mayoría de los médicos estadounidenses o ni tan siquiera de algunos de ellos. Fue una epidemia impulsada por la minúscula proporción de médicos de los deciles 8, 9 y 10: unos dos mil quinientos médicos que emitieron, en conjunto, una cantidad asombrosa de recetas. En el lenguaje del plan E2E de McKinsey, los médicos de esos tres primeros grupos eran «nucleares» y «supernucleares».



 

 

 

 

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El primer consejo de McKinsey fue directo al grano: «Más del 50 por ciento de las visitas para presentar el OxyContin se hacen a prescriptores de deciles bajos (0-4)». No tenía lógica. El gran grupo de médicos de la parte inferior de la tabla, que solo se atrevían a prescribir OxyContin una o dos veces en el transcurso de seis meses, pertenecían a estados con prescripción por triplicado. O eran médicos que desconfiaban intuitivamente de un opioide de dosis alta sin un interruptor limitador. O quizá eran médicos viejos y gruñones, demasiado aferrados a sus costumbres para empezar a recetar un medicamento nuevo. «Ignórenlos — dijo McKinsey—. A ustedes les interesan los superpropagadores de la parte de arriba». Purdue les hizo caso.

 

«Purdue otorgaba puntos mediante un sistema que asignaba bonificaciones y premiaba a los comerciales que tenían el mayor porcentaje de visitas a médicos “supernucleares” o “nucleares”». Es un párrafo de una de las muchas denuncias penales interpuestas contra Purdue cuando por fin se la llamó a capítulo por su conducta. La farmacéutica les recalcaba constantemente a sus comerciales: «Centraos solo en los prescriptores nucleares y supernucleares seleccionados».

A continuación, McKinsey dijo: «Tienen que concentrarse aún más en los médicos “nucleares” y “supernucleares” y averiguar cuáles son los más receptivos a la persuasión de los comerciales». Se refería a los médicos más jóvenes que intentaban labrarse una clientela, a los que estaban demasiado ocupados para preocuparse por los aspectos más inquietantes de la reputación del OxyContin o, simplemente, a los que, por una razón u otra, les gustaba pasar tiempo con los comerciales.

 

Eche un vistazo al siguiente gráfico, que muestra cómo Purdue cambió de táctica en los años posteriores a haber seguido el consejo de McKinsey. Representa la cantidad total de visitas de venta de OxyContin en Tennessee, un estado sin prescripción por triplicado que era un mercado fértil para Purdue desde hacía tiempo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entre 2007 y 2016, el número de visitas a médicos por parte de vendedores de OxyContin se multiplica casi por cinco. Y eso no ocurre con todos los médicos de Tennessee; el aumento de cinco veces fue dirigido a los superpropagadores.

 

En el capítulo 6 hemos hablado del hecho de que los superpropagadores son profundamente distintos al resto de nosotros: su fisiología tiene alguna característica propia que les permite producir cantidades de virus muy superiores a las que generamos los demás. Purdue descubrió que con sus superpropagadores ocurría lo mismo: tenían una forma de pensar distinta a la de la mayoría de los médicos. Cuando los comerciales de Purdue restaban importancia a los riesgos de adicción, afirmando sin ningún sentido que, debido al ritmo lento, uniforme y gradual con el que entraba en el torrente sanguíneo, el medicamento no producía ninguno de los subidones que favorecían la dependencia, el superpropagador los creía. Cuando quedó claro que se estaba abusando del OxyContin —que la gente trituraba las pastillas y esnifaba el polvo, con lo que concentraba doce horas de opioide en una sola dosis de vértigo—, el superpropagador se quedaba impasible o no se daba por aludido. Pensaba que repartir fármacos sin ningún control era lo que hacía un médico.

 

Uno de los objetivos de Purdue en Tennessee fue el médico Michael Rhodes, que dirigía una clínica del dolor al norte de Nashville. En 2007, había emitido 297 recetas de OxyContin. Eso lo clasificaba como nuclear.



 

 

 

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Por consiguiente, su comercial local empezó a visitarlo, a invitarlo a cenar y a hacerle regalos. Antes de que por fin le retiraran la licencia, Rhodes se vería personalmente con un comercial de Purdue 126 veces, que nosotros sepamos, porque, como sostiene la denuncia penal del fiscal general de Tennessee contra la farmacéutica, «Hay indicios de que Purdue lo visitó más a menudo de lo que reflejan las notas sobre las visitas».

 

Y, con esa clase de atención, Rhodes floreció como una rosa. En 2008, emitió 1.082 recetas de OxyContin. Para entonces, ya no era nuclear, sino supernuclear. Extendió 1.204 recetas en 2009 y 1.307 en 2010, y así sucesivamente, en una continua espiral ascendente. La denuncia prosigue: «Purdue incluso visitó al doctor Rhodes treinta y una veces después de que la Junta de Examinadores Médicos de Tennessee por fin pusiera su licencia bajo régimen de prueba con restricciones el 22 de mayo de 2013».

 

A la mayoría de los médicos les molestaría recibir esa clase de atención obsesiva por parte de un comercial. Están ocupados. Tienen pacientes a los que atender. Tienen familia. ¿Por qué querrían pasar tanto tiempo comiendo o cenando con una persona que intenta decirles cómo deben hacer su trabajo y que ni tan siquiera ha estudiado medicina? La reacción de Rhodes era justo la contraria.

En un determinado momento, Purdue llevó a cabo un análisis de cómo respondían los médicos nucleares y supernucleares a las visitas de los comerciales. Descubrió que, si no les hacían ninguna, la cantidad de recetas de OxyContin que emitían caía en picado. A diferencia de la mayoría de los médicos, a los supernucleares no les gustaba que los comerciales los ignoraran. Si recibían de una a cuatro visitas al año, su volumen de recetas seguía disminuyendo. Y continuaba haciéndolo incluso si recibían ocho, doce o dieciséis. Los médicos supernucleares quería afecto y esa frecuencia no les bastaba.

 

Sin embargo, si recibían dos visitas al mes, todos los meses, ¿qué ocurría? El volumen de recetas aumentaba de golpe. Veinticuatro visitas al año era el punto clave. Si el comercial los llevaba de la mano y los agasajaba, los médicos supernucleares se convertían en su mejor amigo para siempre.

Así pues, los vendedores siguieron haciéndole visitas a Michael Rhodes. Según las notas de venta de Purdue, queda claro que su consulta era un caos. Lo acusaron de estafar a su aseguradora. Se documentaron muertes por sobredosis entre sus pacientes. Estaba necesitado y



 

 

 

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desamparado. «Mientras esperaba en su consulta, había dos pacientes peleándose en el pasillo con navajas —refirió uno de los comerciales—. [Rhodes] dijo que tiene muchos pacientes que dicen que sus médicos le remiten a él porque ellos no pueden recetar narcóticos, pero él sí; me preguntó por qué no pueden recetarlos. Me dijo que esa mañana había tenido cuarenta personas».

¿Cuarenta pacientes en una sola mañana?

 

En mayo de 2014, el comercial y el director de zona de Purdue «visitaron al doctor Rhodes […] y continuaron animándolo a emitir más recetas, a pesar de sus objeciones». Después, el director de zona evaluó al comercial de manera muy favorable: «Buena ejecución del Propósito n.º 16, creó tensión constructiva. El médico planteó la objeción de dejar de tratar el dolor. Buen trabajo redirigiéndolo hacia pacientes apropiados para el OxyContin, ya que aún ve a pacientes con dolor».

En total, entre 2006 y 2015, Rhodes recetó 319.560 pastillas de OxyContin. Michael Rhodes era el Nathan Housman de Tennessee.

Purdue fundamentó toda su estrategia en personas como él. El prescriptor con el mayor volumen de recetas de OxyContin de todo Estados Unidos, un médico de Connecticut, hacía que Purdue le organizara charlas remuneradas. Si dejaban de hacerlo, decía, «el afecto podía desaparecer». El afecto. El vínculo de Purdue con sus mejores clientes era más que una mera transacción; el vendedor y el médico tenían una relación. En otro caso, un comercial de Purdue le habló a un farmacéutico sobre una de sus prescriptoras supernucleares: «El gerente de la farmacia dice que [a la médica] se la conoce como la traficante […] porque siempre les prescribe de inmediato a todos sus pacientes la dosis más alta de narcóticos que puede […] Comenta que, cuando va a reuniones de farmacéuticos locales, cuando se menciona su nombre, todos se horrorizan y se quejan de sus prácticas. Dice que receta dosis y concentraciones de pastillas que son un disparate».

 

Entre enero de 2010 y mayo de 2018, un comercial del equipo de Purdue visitó a la «traficante» trescientas veces. En los últimos ocho años, ¿ha visto siquiera a su mejor amigo trescientas veces?

Cuando la epidemia de opioides ya estaba en plena marcha, el epidemiólogo Mathew Kiang calculó que el 1 por ciento de los médicos «recetaban el 49 por ciento de todas las dosis de opioides». Personas como la «traficante» y Michael Rhodes prescribían mil veces más dosis de



 

 

 

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opioides que el médico medio. Purdue impulsó una epidemia que acabaría consumiéndoles la vida a cientos de miles de estadounidenses que estaba basada en seducir a no más de unos pocos miles de médicos concentrados en un puñado de estados.

 

La gran lección de la COVID-19 es que, cuando se trata de un virus transmitido por el aire, una epidemia no necesita muchos efectivos. Tan solo hace falta que un único superpropagador, dotado de una serie de características fisiológicas poco comunes, se coloque ante un público en una sala. La lección de la crisis de opioides es exactamente la misma. ¿Y ve lo vulnerables que nos hizo? La mayoría de los médicos, la inmensa mayoría de los médicos, trataron los analgésicos opioides como el OxyContin con la debida precaución. La comunidad médica en su conjunto actuó de manera admirable. Fueron concienzudos. Analizaron las pruebas. Prestaron atención al sabio juramento hipocrático: lo primero es no hacer daño. Sin embargo, eso no bastó para prevenir la peor crisis de sobredosis de la historia. ¿Por qué? Porque una pequeñísima parte de los médicos no fue tan concienzuda. Y esa pequeñísima parte fue suficiente para poner en marcha la epidemia. Una vez más, nos encontramos mucho más allá del ámbito de la ley de los especiales. En este caso, rige la ley de unos poquísimos especiales.

 

 

 

 

7

 

La crisis de opioides se desarrolló en tres actos. El primero fue la decisión de Purdue de evitar los estados que suscribían el suprarrelato de Madden. El segundo empezó con la diabólica reinterpretación de McKinsey de la ley de los especiales. No obstante, el tercer acto fue quizá el más catastrófico. Tuvo lugar cuando las proporciones grupales de la crisis cambiaron.

 

El último capítulo de la crisis de opioides comenzó sin grandes alharacas. En el verano de 2010, Purdue hizo un escueto anuncio. Iba a retirar el antiguo OxyContin. Lo sustituiría por lo que había llamado OxyContin OP. El OP tenía el mismo aspecto. Estaba compuesto por los mismos ingredientes. Pero, a diferencia de la versión anterior, no podía triturarse para esnifarlo.[51] Tenía la consistencia de una gominola. Los



 

 

 

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tiempos en los que un adicto podía machacar una de las pastillas de Purdue y esnifar de una vez una dosis equivalente a doce horas de opioide habían terminado.

 

«Creo que todos creían que iba a ayudar —dijo David Powell, un economista del grupo de expertos de la corporación RAND—. Algunos adictos podían intentar cambiar de droga, pero muchos dejarían el hábito, y seguramente el flujo constante de nuevos pacientes que alimentaba la epidemia disminuiría. ¿Adónde más irían? Los consumidores de OxyContin no se consideraban adictos tradicionales. En algunos casos, eran personas con trabajo, casa y estatus en su comunidad a las que habían recetado OxyContin de manera imprudente. Por supuesto, la heroína podía generarles un colocón parecido, pero no eran, por lo general, la clase de personas que querrían entrar en mercados de drogas ilegales.

 

«Creo que sé cómo conseguir OxyContin —continuó Powell—. Iría a un médico y me inventaría algo. No tengo ni idea de cómo conseguir heroína. ¿Verdad? Ese paso es enorme. Por eso creo que se pensaba que

[…]     no sería algo común que las personas que abusaban del OxyContin dijeran: “Voy a averiguar cómo conseguir heroína”. Es un gran paso».

Resulta que no fue en absoluto un gran paso.

 

Los que se alegraron de la reformulación de Purdue daban por sentado que las personas con problemas de drogadicción tenían un motivo para consumir la droga a la que estaban enganchadas. El alcohólico que se emborrachaba discretamente con cerveza todas las tardes en el bar de su barrio no iba pasar a chutarse heroína en un aparcamiento. Incluso entre los opioides existían diferencias: había personas que los esnifaban, otras que se pinchaban y aún otras que se tragaban las pastillas enteras. Se partía del supuesto de que las proporciones grupales de la crisis de opioides eran relativamente fijas, lo que significaba que, si se tomaban medidas enérgicas contra un tipo de consumidor, la envergadura del problema se reduciría.

No obstante, se demostró que esa suposición era totalmente incorrecta. Las proporciones grupales distaban mucho de ser fijas. ¿Y qué sabemos gracias al Lawrence Tract, a la larga historia de Harvard y a la labor de expertos como Rosabeth Kanter y Damon Centola? Que las epidemias son muy sensibles a los cambios en las proporciones grupales.

Eche un vistazo a la tabla siguiente. Muestra las tasas de mortalidad por sobredosis de tres clases de opioides. La primera columna corresponde



 

 

 

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a los opioides con receta como el OxyContin. La segunda columna, a la heroína, y la tercera, a los opioides sintéticos como el fentanilo.

 

Tasas de mortalidad por sobredosis de opioides, por tipo, Estados Unidos, 1999-

 

2010

 

(Muertes por cada 100.000 personas)

 

Año

Opioides comúnmente recetados (opioides

Heroína

Analgésicos opioides

 

naturales y semisintéticos y metadona)

 

sintéticos excluida la

 

 

 

metadona

 

 

 

 

1999

1,3

0,7

0,3

 

 

 

 

2000

1,4

0,7

0,3

 

 

 

 

2001

1,7

0,6

0,3

 

 

 

 

2002

2,3

0,7

0,4

 

 

 

 

2003

2,7

0,7

0,5

 

 

 

 

2004

3,1

0,6

0,6

 

 

 

 

2005

3,4

0,7

0,6

 

 

 

 

2006

4,1

0,7

0,9

 

 

 

 

2007

4,5

0,8

0,7

 

 

 

 

2008

4,6

1,0

0,8

 

 

 

 

2009

4,6

1,1

1,0

 

 

 

 

2010

5

1,0

1,0

 

 

 

 

 

Estas son las proporciones grupales de la crisis de opioides hasta el momento de la reformulación del OxyContin. Como puede ver, más de cinco veces más personas morían por medicamentos como el OxyContin que por heroína y fentanilo. Por extraño que sea decirlo, si tiene que haber una epidemia de opioides, estas son las proporciones grupales más deseables: es mejor que la mayoría de los consumidores sean dependientes de medicamentos con receta. Una epidemia de medicamentos con receta está impulsada por una farmacéutica que opera dentro de la ley, responde ante los accionistas y está regulada por un organismo gubernamental. Los prescriptores son profesionales de la medicina. Todas las transacciones entre la farmacéutica y el médico, y todas las transacciones entre el médico y el paciente, quedan registradas. Las aseguradoras, públicas y privadas, reembolsan a los usuarios. Cuando las cosas se tuercen, nos enteramos. Tenemos maneras de intervenir. Podemos buscar a los médicos superpropagadores e intentar ponerles freno, localizar a sus pacientes e



 

 

 

 

 

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intentar ayudarlos. Al final, el peso de las demandas y los procesos penales llevó a Purdue Pharma a la quiebra.

 

No obstante, ¿qué hizo la reformulación? Cambió las proporciones. Contra todo pronóstico, los consumidores de medicamentos con receta que no podían triturar sus pastillas de OxyContin se pasaron a la heroína y al fentanilo. Eche un vistazo a las mismas estadísticas de los años posteriores a la reformulación.

 

Tasas de mortalidad por sobredosis de opioides, por tipo, Estados Unidos, 2011-

 

2020

 

(Muertes por cada 100.000 personas)

 

Año

Opioides comúnmente recetados (opioides

Heroína

Analgésicos opioides

 

naturales y semisintéticos y metadona)

 

sintéticos excluida la

 

 

 

metadona

 

 

 

 

2011

5,1

1,4

0,8

 

 

 

 

2012

4,7

1,9

0,8

 

 

 

 

2013

4,6

2,7

1,0

 

 

 

 

2014

4,9

3,4

1,8

 

 

 

 

Año

Opioides comúnmente recetados (opioides

Heroína

Analgésicos opioides

 

naturales y semisintéticos y metadona)

 

sintéticos excluida la

 

 

 

metadona

 

 

 

 

2015

4,9

4,1

3,1

 

 

 

 

2016

5,4

4,9

6,2

 

 

 

 

2017

5,4

4,9

9,0

 

 

 

 

2018

4,7

4,7

9,9

 

 

 

 

2019

4,4

4,4

11,4

 

 

 

 

2020

5,1

4,1

17,8

 

 

 

 

 

Las muertes por medicamentos con receta, el menor de los tres males, aumentan ligeramente a lo largo de la década siguiente. Sin embargo, la cifra de sobredosis mortales por heroína creció en un 350 por ciento en 2017. Y la cantidad de muertes por fentanilo se multiplica por veintidós y pasa de ser básicamente insignificante a convertirse en un problema que hace palidecer todas las anteriores crisis de opioides de la historia.

 

Para entonces, los adictos se habían convertido en clientes de delincuentes. Las aseguradoras ya no les pagaban la droga. Los consumidores tenían que encontrar dinero para sufragarse la adicción. Compraban un producto elaborado en alguna turbia fábrica clandestina, mezclado con quién sabe qué. Ya no esnifaban, sino que se pinchaban, e



 

 

 

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inyectarse una droga es cien veces más peligroso. Las agujas sucias son cómo se contrae el VIH, la hepatitis y otras infecciones y cómo se desarrollan abscesos. Consumir heroína era más barato para los adictos, al principio. No obstante, acabó siendo más caro, ya que consumían mucha más droga, que, además, era de una calidad muy desigual y más difícil de encontrar y comprar. Si querían dejarla de golpe, el síndrome de abstinencia era mucho peor que el del OxyContin: diarrea explosiva, vómitos, dolor insoportable. Y, si tenían hijos pequeños, como les ocurría a muchos adictos a opioides, la heroína los hacía mucho peores padres que el OxyContin. El maltrato y el abandono infantiles se dispararon. Con el tiempo, la heroína dio paso al fentanilo, aún más mortífero y adictivo.

 

¿Se puede demandar al capo local que proporciona el fentanilo, imponerle reglas o inspeccionar la fábrica donde lo elabora? Cuando la epidemia pasó a ser de fentanilo, muchos consumidores pedían simplemente sus dosis por internet y las recibían por correo. ¿Cómo se para eso? Hoy en día, el problema de los opioides es tan grave que los primeros tiempos de la epidemia, cuando solo había OxyContin, parecen un paraíso en comparación. Nos habría ido mejor si nos hubiéramos opuesto a la reformulación de Purdue en 2010 y lo hubiéramos dejado todo como estaba.

Pero ¿cómo se supone que lo habríamos hecho? A lo largo de este libro, hemos hablado de las difíciles decisiones que nos plantean las epidemias. Los vecinos del Lawrence Tract querían luchar contra la fuga de blancos, pero, para hacerlo, tuvieron que negarle una vivienda a una familia negra. Los superpropagadores tienen un impacto desproporcionado en el desarrollo de enfermedades como la COVID-19, pero intervenir nos exige identificar a una pequeña minoría de personas. No obstante, el dilema de los opioides era incluso más difícil. Alguien tendría que haberse puesto en pie en 2010 y decir: «Miren. Tenemos dos versiones de un fármaco muy adictivo. Es fácil abusar de la versión original, pero no de la versión nueva y mejorada. Sin embargo, no queremos la versión nueva y mejorada. Queremos que la gente siga triturando su OxyContin y esnifándolo, como ha hecho en los últimos quince años». ¿Se imagina la reacción si las autoridades sanitarias hubieran adoptado esa postura? «Sería una receta política delirante, ¿verdad? —dijo Powell—. Es una idea loquísima. Pero, teniendo en cuenta lo que sabemos ahora, creo que es la correcta. Sí. Se haría sin dudarlo».



 

 

 

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Powell y una colega, Rosalie Pacula, calcularon lo que habría ocurrido si Purdue hubiera mantenido la formulación original del OxyContin. Esta es su conclusión. El gráfico tiene dos líneas. La continua representa lo que realmente sucedió en Estados Unidos. Fíjese en cómo la tasa de sobredosis se dispara a partir de 2010, cuando tiene lugar la reformulación. La línea de puntos «contrafáctica» representa su estimación de lo que habría ocurrido si todo hubiera seguido igual.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escriben lo siguiente: «En 2017, nuestras estimaciones indican que la reformulación aumentó las tasas de sobredosis en más de 11,6 sobredosis por cada cien mil personas, un incremento de más del ciento por ciento en relación con nuestro análisis contrafáctico».

 

¡El ciento por ciento!

 

Y fíjese en que la línea del análisis contrafáctico de Pacula y Powell acaba descendiendo: es decir, si se hubiera seguido con el antiguo OxyContin, la crisis de opioides habría disminuido con el tiempo. Tal como ellos explican: «La disminución estimada sería coherente con las mejoras en las normativas y los cambios en las pautas de prescripción que empezarían a invertir el curso de la crisis de opioides en ausencia de un crecimiento de los mercados ilegales de opioides».



 

 

 

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En otras palabras, Estados Unidos les estaba ganando poco a poco la guerra a los opioides. No obstante, jamás hubo un diálogo sincero sobre cómo actúan las epidemias. Y entonces llegó el OxyContin OP y todo se torció.

 

 

 

 

8

 

Al principio del libro, le he prometido un análisis forense de la crisis de opioides. Así que aquí lo tiene. Una pequeña farmacéutica de Connecticut decidió revitalizar uno de los regalos más antiguos de la adormidera a la humanidad. Sin embargo, aún había suficientes estados influidos por el suprarrelato de Madden, lo que le ahorró a Estados Unidos una epidemia de carácter verdaderamente nacional. En cambio, el ejército de vendedores de OxyContin invadió los estados sin prescripción por triplicado y el país presentó variaciones de área pequeña. A continuación, McKinsey intervino y reorientó la estrategia de ventas de Purdue hacia los superpropagadores. Los comerciales de la farmacéutica les dijeron a los médicos nucleares y supernucleares que el OxyContin era muy poco adictivo y que los pacientes podían tolerar dosis altas durante semanas. Por supuesto, eso no era cierto. Con todo, la rigurosidad de las pruebas que había que aportar para convencer a los deciles del 1 al 7 era mucho menor en el caso de los médicos nucleares y supernucleares. Las personas como Michael Rhodes no verificaban las afirmaciones de su comercial preferido con el Journal of the American Medical Association.

 

De ese modo, el OxyContin obtuvo una década más de vida. Muchos más pacientes se volvieron dependientes. En la calle se lo conocía como el «Rolls Royce de los opioides» porque colocarse con él era tan suave como ir en uno de esos coches. Purdue aumentó la presión. Los médicos nucleares y supernucleares respondieron. Las ventas de OxyContin alcanzaron los tres mil millones de dólares anuales. Luego vino la reformulación, que hizo casi imposible triturar y esnifar la pastilla, como habían estado haciendo los consumidores a lo largo de una década. En consecuencia, los adictos al OxyContin se pasaron a la heroína. Después, de la heroína al fentanilo. Y, por último, del fentanilo a una combinación de todo lo anterior, mezclado con tranquilizantes, medicamentos veterinarios y lo que tuvieran a mano. A principios de los 2020, la



 

 

 

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epidemia de opioides que había empezado en 1996 con la introducción del OxyContin se cobraba la vida de casi ochenta mil estadounidenses todos los años.

 

Después de dos décadas de pandemia, las cifras tendrían que estar disminuyendo, no aumentando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«He intentado determinar si había… si hay algo que podría haber hecho de otra manera, sabiendo lo que sabía entonces, no lo que sé ahora —dijo Kathe Sackler. ¿Recuerda la cita del principio del libro? Continuó —: Y debo decir que no puedo […]».

 

Eso es muy difícil de aceptar. Sin embargo, también lo es la historia que nos contamos de que no somos responsables de las epidemias que nos rodean, de que surgen de repente, de que siempre deberían sorprendernos.

 

Las epidemias tienen reglas. Tienen límites. Están sujetas a suprarrelatos, y somos nosotros quienes creamos los suprarrelatos. Cambian de forma y tamaño cuando llegan a un punto clave, y es posible saber cuándo y dónde ocurren esos puntos clave. Las impulsa un cierto número de personas, y esas personas pueden identificarse. Las herramientas necesarias para controlar una epidemia están sobre la mesa, justo delante de nosotros. Podemos dejar que se las lleven personas sin



 

 

 

 

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escrúpulos. O podemos cogerlas y utilizarlas para construir un mundo mejor.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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AGRADECIMIENTOS

 

 

El gran economista Albert O. Hirschman escribió una vez:

 

 

La creatividad siempre nos sorprende; por consiguiente, no podemos contar nunca con ella y no nos atrevemos a creer en ella hasta que ha sucedido. En otras palabras, no nos embarcaríamos de manera consciente en tareas cuyo éxito requiere claramente que la creatividad nos visite. Así pues, la única manera en la que podemos desplegar todos nuestros recursos creativos es juzgando mal la naturaleza de la tarea, presentándonosla como más rutinaria, más sencilla, más vacía de verdadera creatividad de lo que será en realidad.

 

Pensé mucho en las palabras de Hirschman mientras escribía este libro. Empecé con la idea de llevar a cabo una actualización rápida y sencilla de El punto clave con motivo de su vigésimo quinto aniversario. Pensé: «Ah, eso será fácil». Sin embargo, a mitad de camino, comprendí que quería escribir un libro completamente nuevo. Desplegué todos mis «recursos creativos» solo porque juzgué mal la naturaleza de mi tarea. Así que, gracias, Albert O., por explicar, como siempre, el verdadero funcionamiento de todo.

 

Mi querido amigo Jacob Weisberg fue la persona que me sugirió que retomara El punto clave. Gracias, Jacob.

Son muchos los colegas generosos y perspicaces que me han ayudado a lo largo del proceso. Tali Emlen encontró un millón de cosas para mí. Tengo una clave que utilizo en el asunto siempre que le pido que investigue algún tema: «Poderes mágicos». Ella los tiene. Nina Lawrence me ayudó en montones de entrevistas. (Cuando la veía asentir contenta al otro lado del cristal del estudio, sabía que iba por buen camino). Adam Grant, Ben Naddaf-Hafrey, Eloise Lynton, Dave Wirtshafter, Mala Gaonkar, Meredith Kahn y Charles Randolph leyeron los primeros borradores y me hicieron comentarios de muchísima utilidad. La versión



 

 

 

 

 

 

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en audiolibro de este texto, ¡que debería escuchar porque es increíble!, es obra de Louis Mitchell, Alexandra Gareton y Kerri Kolen.

 

Asya Muchnick, mi editora en Little, Brown, leyó el manuscrito tantas veces que empecé a temer por su cordura, y, cada vez que lo hacía, el libro mejoraba. Gracias, Asya. Jael Goldfine verificó toda la información de manera brillante. Luego, mi manuscrito cayó en las manos de los genios de Little, Brown: Ben Allen, Pat Jalbert-Levine, Melissa Mathlin, Allan Fallow, Katherine Isaacs, Deborah Jacobs y Kay Banning.

 

Sigo teniendo la misma agente que cuando escribí El punto clave original: Tina Bennett. Eres la mejor, Tina. Gracias a todos mis compañeros de Pushkin Industries, que sufrieron mis numerosas ausencias mientras escribía este libro.

Y, sobre todo, gracias a mi familia: Kate, Edie y Daisy. Vosotros sois la razón por la que me levanto todas las mañanas y siento el sol incluso en el día más oscuro.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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NOTAS

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN: LA PASIVA REFLEJA

 

 

El testimonio de David Sackler, Kathe Sackler y el director general de Purdue Pharma, Craig Landau, ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes, durante la audiencia celebrada el 17 de diciembre de 2020, puede leerse en línea. También puede verse la grabación completa en vídeo en la página de YouTube de los Oversight Committee Democrats (Demócratas del Comité de Supervisión).

 

Para la transcripción escrita, véase: <https://www.govinfo.gov/​content/ pkg/CHRG-116hhrg43010/​html/CHRG-116hhrg43010.htm>; para el vídeo, véase: <https://www.youtube.com/​watch?v=p3NgsWWzrH0>.

 

 

 

 

PRIMERA PARTE: TRES MISTERIOS

 

1. CASPER Y C-DOG

 

 

Los seis robos a bancos seguidos del Bandido Yanqui se detallan en el capítulo 2 («Everybody Likes Eddie») del libro de William Rehder y Gordon Dillow Where the Money Is: True Tales from the Bank Robbery Capital of the World (W. W. Norton & Company, 2004); véanse especialmente las páginas 67-69. Rehder y Dillow también refieren la mayor parte de las otras anécdotas sobre la oleada de atracos a bancos de Los Ángeles en los años setenta, ochenta y noventa, lo que incluye historias de los Bandidos de West Hill (pp. 121-124); Casper y C-Dog (todo el capítulo 3, pero especialmente las páginas 113-121 y 124-157); los Eight Trey Gangster Crips (p. 155); y los Chicos Malos (pp. 144-147). La cita de Casper sobre la rentabilidad de robar bancos se encuentra en la página 115 del libro.



 

 

 

 

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También me informé sobre Casper y C-Dog en artículos de prensa como «Pair Sentenced for Bank Holdups Using Youngsters» de Jesse Katz (Los Angeles Times, 2 de noviembre de 1993) y «Los Angeles “Fagins” Admit to Series of Bank Robberies» de Robert Reinhold (The New York Times, 31 de octubre de 1993). El número de atracos a bancos perpetrados por los Chicos Malos se indica en el artículo de John Greenwald «Nasty Boys, Nasty Time» (revista Time, 21 de diciembre de 1993): <https://time.com/​archive/6721956/​nasty-boys-nasty-time/>.

 

La disminución de los atracos a bancos en Los Ángeles tras la detención de Casper y C-Dog se refirió en el artículo de Reinhold «Los Angeles “Fagins”». También hay una útil tabla sobre los atracos a bancos en Los Ángeles entre 1983 y 1995 en «What happened to L.A. bank robbers who did heists in the 90s?» de Brittny Mejia (Los Angeles Times, 14 de marzo de 2024): <https://www.nytimes.com/1993/ 10/31/us/los-angeles-fagins-admit-to-series-of-bank-robberies.html> y <https://www.latimes.com/​california/story/​2024-03-14/los-angeles-bank-robbers-la-heists-out-of-prison>.

 

Para consultar las estadísticas de atracos a bancos en Estados Unidos entre 1967 y 1980, véase la tesis de 1982 de James Francis Haran para la Universidad de Fordham, «The Losers’ Game: A Sociological Profile

 

of                            500                            Armed                           Bank                            Robbers»:

 

<https://research.library.fordham.edu/dissertations/AAI8219245/>.

 

«Nothing to Lose: A Study of Bank Robbery in America» es una tesis doctoral inédita de George M. Camp presentada en Yale en 1968: <https://ojp.gov/ncjrs/virtual-library/abstracts/nothing-lose-study-bank-robbery-america>.

 

Los datos sobre el número de sucursales bancarias en Estados Unidos pueden consultarse en la herramienta «BankFind Suite» de la Corporación Federal de Aseguramiento de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). El número de sucursales en todo el país pasó de 21.839 en 1970 a 63.631 en 1999.

 

Puede leer acerca de la «visita» de Willie Sutton a la sucursal de Manufacturers Trust Company en Queens, así como otros detalles sobre su vida, en su autobiografía de 2004, escrita con Edward Linn, Where the Money Was: The Memoirs of a Bank Robber, especialmente las páginas 1-11. La fecha de ese atraco se especifica en el artículo del New York Daily News del día de su arresto en 1952 por tal delito,



 

 

 

 

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archivado en su sitio web: <https://www.nydailynews.com/2016/02/18/the-day-willie-the-actor-sutton-prolific-bank-robber-was-arrested-in-brooklyn-in-1952/>.

 

En su autobiografía de 1953, I, Willie Sutton: The Personal Story of the Most Daring Bank Robber and Jail Breaker of Our Time (escrita con Quentin Reynolds), Sutton afirmaba haberles robado dos millones de dólares a los bancos, más de veinte millones en dólares de hoy.

 

Hay una excelente visión de conjunto del Programa Médico Regional de la Administración Lyndon Johnson, en el marco del cual John Wennberg inició su investigación pionera sobre la variación de área pequeña, en la colección «Profiles in Science» de la Biblioteca Nacional de

 

Medicina                                      para                                       el                                        programa:

 

<https://profiles.nlm.nih.gov/spotlight/rm>.

 

Si quiere leer el artículo original de Wennberg sobre la variación de área pequeña en la atención médica de Vermont, se publicó en Science en 1973: «Small Area Publications in Health Care Delivery» (Science, 182, 14 de diciembre de 1973, pp. 1102-1108). El artículo puede

 

consultarse en Dartmouth Digital Commons: <https://digitalcommons.dartmouth.edu/cgi/viewcontent.cgi? article=3596&context=facoa>. Si no quiere leerlo entero, la investigación, y la carrera de Wennberg, están bien resumidas en dos artículos publicados en Dartmouth Medicine, uno de Maggie Mahar en el número de invierno de 2007 y el segundo de Shannon Brownlee en el número de otoño de 2013. Ambos pueden consultarse en línea:

 

<https://dartmed.dartmouth.edu/winter07/pdf/braveheart.pdf> y <https://dartmed.dartmouth.edu/fall13/pdf/from_pariah_to_pioneer.pdf >.

 

Las citas de Wennberg sobre Stowe y Waterbury proceden de «Wrestling with Variation», una entrevista que concedió en 2004 a la revista Health Affairs, disponible en <https://www.academia.edu/ 18579681/Wrestling_With_Variation_An_Interview_With_Jack_Wenn berg>.

 

Los datos que comparan Middlebury, en Vermont, y Randolph, en New Hampshire, se recopilaron para el artículo de Wennberg de 1977 «A Test of Consumer Contributions to Small Area Variations in Health Care Delivery» (Journal of the Maine Medical Association, 68, n.º 8,

 

pp.   275-279). Más adelante, se analizaron en el libro de Wennberg de 2010, Tracking Medicine: A Researcher’s Quest to Understand Health



 

 

 

 

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Care, que es de donde procede la tabla que compara los pueblos. El artículo puede consultarse aquí: <https://core.ac.uk/​download/pdf/ 231133032.pdf>.

 

Wennberg, junto con otros investigadores, descubrió que «las exigencias de los pacientes son relativamente poco importantes para explicar las variaciones» en el gasto sanitario. Su estudio de 2019 se publicó en la revista American Economic Journal: Economic Policy, 11, n.º 1, pp. 192-221, disponible en línea en la Biblioteca Nacional de Medicina:

 

<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/articles/​PMC7444804/>.

 

Las tasas de visitas con el médico durante los dos últimos años de vida de los pacientes proceden del conjunto de datos «Care for Chronically Ill» del Atlas Dartmouth. Puede encontrar estas cifras en la hoja de cálculo longitudinal de datos de 2008 a 2019, calculada por región de referencia hospitalaria (HRR, por sus siglas en inglés). En concreto, me fijé en la columna J («Physician Visits per Decedent During the Last Two Years of Life»: Visitas con el médico por fallecido durante los dos últimos años de vida) de 2019 para Estados Unidos (HRR 999), Los Ángeles (HRR 56) y Minneapolis (HRR 251): <https://data.dart mouthatlas.org/​eol-chronic/#longitudinal>.

 

Las tasas de vacunación de las escuelas secundarias de California están en el sitio web del Departamento de Salud Pública de California. He consultado los datos de vacunación de 2012-2013 para los alumnos de

 

primero de secundaria: <https://​eziz.org/assets/​docs/shotsforschool/ 2012-13 °CA7thGradeData.pdf>.

 

Otros años y cursos pueden verse aquí: <https://​eziz.org/​assets/​docs/ shotsforschool/​2012-13 °CA7thGradeData.pdf>.

 

Puede consultar el informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades sobre el brote de sarampión en Disneylandia, así como sobre el brote anterior en California en 2014, en el sitio web de

 

la   organización:    <https://www.cdc.gov/mmwr/​​preview/mmwrhtml/

 

mm6406a5.htm> y <https://​www.cdc.gov/mmwr/preview/mmwrhtml/ mm6316a6.htm>.

 

En Wikipedia hay una buena visión de conjunto de la ley «anti-Waldorf» de 2015, que eliminó la exención por creencias personales de los requisitos de vacunación de las escuelas: <https://en.wikipedia.org/ wiki/​California_Senate_Bill_277>.

 

 

2. EL PROBLEMA DE MIAMI



 

 

 

 

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Por desgracia, la mayor parte de las transcripciones del juicio con jurado de Philip Esformes no son de libre acceso. Las compré (son caras). Y el archivo es demasiado grande para reproducirlo aquí. Sin embargo, el New York Times publicó muchos fragmentos, incluida la vista para dictar sentencia del 12 de septiembre de 2019, durante la cual Esformes dio el emotivo testimonio que abre el capítulo. El rabino Lipskar y el abogado de Esformes, Howard Srebnick, dieron su opinión sobre Esformes durante esa vista: <https://int.nyt.com/ data/documenttools/​2019-04-transcript-sentencing-show-temp/​5f1878a90b593c85/​full.pdf>.

 

Otros datos, por ejemplo, sobre la acompañante de Esformes modelo de lencería, proceden de otro fragmento publicado por el New York Times, la transcripción de la vista celebrada el 29 de marzo de 2019: <https://int.nyt.com/data/documenttools/2019-03-29-transcript-discuss-closet-and-payment/ca95687269783a73/full.pdf>.

 

Muchos otros pasajes, incluida información sobre Esformes, su negocio y su juicio, se han extraído de la transcripción del juicio, en gran medida de los testimonios de Guillermo «Willy» Delgado, Gabriel «Gaby» Delgado y Nelson Salazar.

 

Puede ver vídeos de los hijos varones de Philip Esformes jugando al baloncesto y haciendo sus ejercicios: <https://www.youtube.com/ watch?v=pP-nPQTxVMo> y <https://www.youtube.com/​watch? v=4JXFrWd1TCA>.

 

Mother Jones publicó un reportaje sobre el singular automóvil de Morris Esformes y su tensa entrevista con los periodistas vestido con el uniforme de los Lakers: <https://www.motherjones.com/politics/​2023/11/​philip-esformes-trial-morris-medicare-fraud-prosecution​-donald-trump-clemency/​>.

 

Para el estudio de Elisa Sobo sobre familias de las escuelas Waldorf, véase «Social Cultivation of Vaccine Refusal and Delay Among Waldorf (Steiner) School Parents», Medical Anthropology Quarterly, 29, n.º 3 (septiembre de 2015), pp. 279-436.

 

El vídeo promocional de las escuelas Waldorf mencionado en este capítulo es obra de la escuela Waldorf de Chicago: <https://www.youtube.com/watch?v=wLPr HJ8Ve_I>.

 

La entrada del blog de «La mamá Waldorf», titulada «Vaccines: My Journey», puede leerse aquí: <https://waldorfmom.net/natural-health/vaccinations/>.



 

 

 

 

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David Molitor explica en detalle su investigación sobre la variación de área pequeña en el tratamiento de los infartos en su artículo «The Evolution of Physician Practice Styles: Evidence from Cardiologist Migration», publicado en el número de febrero de 2018 de American Economic Journal: Economic Policy, vol. 10, n.º 1, pp. 326-356. Las cifras de las tasas de cateterización cardiaca de Búfalo y Boulder proceden de la tabla titulada «Table C.2: HRR cath rank» de la página

21            del              apéndice           [supplemental          online             appendix]:

 

<https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5876705/​#SD1>.

 

El porcentaje del PIB de Estados Unidos dedicado a la atención sanitaria en 2022 procede del sitio web de los centros de servicios de Medicare y Medicaid: <https://www.cms.gov/data-research/statistics-trends-and-reports/national-health-expenditure-data/historical>.

 

La cifra correspondiente a Canadá está sacada del Instituto Canadiense de Información Sanitaria: <https://www.cihi.ca/en/national-health-expenditure-trends-2022-snapshot>.

 

Las cifras de afiliación y gasto en Medicare también proceden del sitio web de los centros de servicios de Medicare y Medicaid. Para la

 

afiliación, véase <https://data.cms.gov/summary-statistics-on-beneficiary-enrollment/medicare-and-medicaid-reports/medicare-monthly-enrollment>; para el gasto, véase <https://www.cms.gov/data-research/statistics-trends-and-reports/national-health-expenditure-data/nhe-fact-sheet>.

 

Para las estimaciones del coste anual del fraude a Medicare, véase <https://www.cnbc.com/2023/03/09/how-medicare-and-medicaid-fraud-became-a-100b-problem-for-the-us.html>.

 

Los datos sobre el gasto en equipo duradero de Medicare en Florida proceden del Atlas Dartmouth. El conjunto de datos de 2003-2010 sobre reembolsos de Medicare, organizado por regiones de derivación hospitalaria (HRR, por sus siglas en inglés), incluye las siguientes regiones de Florida: <https://data.dartmouthatlas.org/medicare-reimbursements/#custom-state>.

 

La historia del Miami de los ochenta, incluidos los datos sobre población y delincuencia, así como la información sobre Isaac Kattan Kassin, procede de The Year of Dangerous Days de Nicholas Griffin (Simon & Schuster, 2021). Otros datos sobre la economía sumergida de Miami se refieren en el artículo de Rebecca Wakefield «Awash in a Sea of Money», publicado en el Miami New Times en 2005.



 

 

 

 

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La cita del alcalde de Miami, Maurice Ferre sobre la afluencia de cubanos tras el éxodo del Mariel puede encontrarse en el artículo de Charles Whited «Oval Office Finally Gets Message on Refugee Help» publicado en el Miami Herald (8 de mayo de 1980), que también se cita en Griffin, The Year of Dangerous Days: <https://www.newspapers.com/​image/​628982264/​? match=1&terms=Oval%20​Office%20°Finally%20Gets%20​Message%20on%20Refugee%20Help>.

 

Puede encontrar información detallada (e incluso el plano) del edificio Fontainebleau Park Office Plaza en una presentación pública para

 

inversores: <https://www.thezylberglaitgroup.com/wp-content/uploads/2020/01/Fontainebleau-Park-Office-Plaza-OM-1.pdf>. (No obstante, el plano utilizado en el libro, al ser una fotografía que tomé mientras visitaba el edificio, difiere ligeramente).

 

La lista de directivos de Columbia/HCA que tuvieron que comparecer ante un gran jurado en 1997 se publicó en el Journal Record (Oklahoma City): <https://journalrecord.com/​1997/08/​allegations-lead-to-lessons-in-legal-lingo/>. Puede obtener más información sobre el caso de fraude contra Columbia/HCA en el comunicado de prensa de 2003 del Departamento de Justicia de Estados Unidos que detalla el acuerdo con la empresa y lo llama el «mayor caso de fraude sanitario de la historia de Estados Unidos»: <https://www.justice.gov/​archive/opa/​pr/2003/ June/03_civ_386.htm>. También hay una buena introducción al caso en el análisis de PolitiFact de una campaña de desacreditación demócrata de 2010 que acusó a Scott de fraude sanitario durante su candidatura a gobernador en 2010: <https://www.politifact.com/ article/2010/​jun/11/​rick-scott-and-fraud-case-columbiahca/>.

 

Puede leer acerca del periplo jurídico de Esformes en «Behind Trump Clemency, a Case in Special Access» (Kenneth P. Vogel, Eric Lipton y Jesse Drucker, The New York Times, 24 de diciembre de 2020): <https://www.nytimes.com/2020/12/24/us/politics/trump-pardon-clemency-access.html>.

 

La CNBC informó del rechazo del Tribunal Supremo al recurso de Esformes para evitar volver a ser juzgado, así como de su posterior declaración de culpabilidad, que evitó un segundo juicio: <https://www.cnbc.com/​2023/​12/​15/​trump-clemency-recipient-philip-esformes-loses-supreme-court-bid.html>.



 

 

 

 

 

 

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3. POPLAR GROVE

 

 

Supe de la existencia de Poplar Grove en el libro de Anna S. Mueller y Seth Abrutyn Life Under Pressure: The Social Roots of Youth Suicide and What to Do About Them (Oxford University Press, 2024). Las citas de los habitantes de Poplar Grove (y, de hecho, la mayor parte de la información sobre la crisis de suicidios de la comunidad) proceden de este libro o de mis conversaciones con Mueller y Abrutyn.

 

La información sobre los zoológicos y los programas de cría en cautividad, así como sobre las crisis reproductivas del guepardo y del puma de Florida, está basada en el libro de Stephen O’Brien Tears of the Cheetah: The Genetic Secrets of Our Animal Ancestors (St. Martin’s Griffin, 2005), especialmente el capítulo 2 («Tears of the Cheetah», Las lágrimas del guepardo) y el capítulo 4 («A Run for Its Life – The Florida Panther», La lucha por sobrevivir – El puma de Florida).

 

Para una visión de conjunto del término «monocultura», consulte la ficha de la palabra del Oxford English Dictionary: <https://www.oed.com/ dictionary/​monoculture_n?tl=true#:~:text=The%20earliest%20known​%20use%20of,Etymons%3A%20mono%2D%20comb>.

 

La encuesta en la que los adolescentes describían los grupos sociales (deportistas, pandilleros, pijos, etc.) de su instituto del Medio Oeste procede de «Multiple Crowds and Multiple Life Styles: Adolescents’ Perceptions of Peer-Group Stereotypes», un artículo de B. Bradford Brown, Mary Jane Lohr y Carla Trujillo publicado en el libro Adolescent Behavior and Society: A Book of Readings (McGraw-Hill, 4.ª edición, 1990).

 

El diagrama de la percepción de los alumnos de la distancia social entre los diversos grupos sociales se encuentra en el artículo de Brown de febrero de 1996 «Visibility, Vulnerability, Development, and Context: Ingredients for a Fuller Understanding of Peer Rejection in Adolescence» (Journal of Early Adolescence, 16, n.º 1).

 

La cita del criador particular furioso la aporta Don Shaw, fundador del Proyecto de Supervivencia del Puma. Se encuentra en el número de The News-Press (Fort Myers) del 2 de agosto de 1993 (p. 28), que puede consultarse en Newspapers.com.



 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDA PARTE: LOS INGENIEROS SOCIALES

 

4. EL TERCIO MÁGICO

 

 

Hay un mapa del Lawrence Tract en el sitio web de Nanosh Lucas, que recoge la mayor parte de las investigaciones públicas y escritos

publicados                  sobre                   el                     proyecto                   habitacional:

 

<https://www.lawrencetract.com/>.

 

La historia sobre la propietaria blanca de Germantown, en Filadelfia, que en 1957 vendió su casa a una familia negra, incluidas las citas textuales de sus vecinos, proceden de «The Demand for Housing in Racially Mixed Areas: A Study of the Nature of Neighborhood Change», un informe de investigación elaborado por Chester Rapkin y William Grigsby para la Comisión sobre Raza y Vivienda y la Autoridad de Reurbanización de Filadelfia (University of California Press, 1960), concretamente las páginas 140-141.

 

Los datos sobre la demografía racial del barrio de Russell Woods, en Detroit, están extraídos de un informe elaborado por estudiantes de posgrado de la Escuela de Diseño de la Universidad de Pensilvania titulado «Russell Woods-Nardin Park: A Tactical Preservation Plan». Puede consultarse en línea en <https://www.design.upenn.edu/ sites/default/​files/uploads/​Detroit_Book_June2019-compressed-min_compressed%20 %281 %29.pdf>.

 

Encontré las cifras de la evolución de la población blanca de Atlanta en los años sesenta y setenta (así como el eslogan «La ciudad demasiado ocupada para odiar») en la página 5 de White Flight: Atlanta and the Making of Modern Conservatism, de Kevin Kruse (Princeton University Press, 2005).

 

El testimonio de Saul Alinsky sobre la vivienda, presentado el 5 de mayo de 1959 en Chicago ante la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos, se cita varias veces en este capítulo. La cita del líder comunitario («Dejémoslo claro: ninguna comunidad blanca de Chicago quiere negros») es suya y se encuentra en la página 771 de la publicación titulada «Hearings Before the United States Commission on Civil Rights: Housing», de la Imprenta del Gobierno de Estados Unidos.

 

Puede encontrar los comentarios de Morton Grodzins sobre la fuga de blancos y el punto clave en su artículo «Metropolitan Segregation»,



 

 

 

 

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publicado en Scientific American, 197, n.º 4 (1 de octubre de 1957): <https://www.scientificamerican.com/article/metropolitan-segregation/>.

 

El estudio pionero de Rosabeth Kanter sobre las proporciones grupales, «Some Effects of Proportions on Group Life: Skewed Sex Ratios and Responses to Token Women», se publicó en el American Journal of Sociology, 82, n.º 5 (marzo de 1977), pp. 965-990. Algunos datos sobre la investigación son de mi entrevista con ella. El estudio puede consultarse en <https://www.jstor.org/stable/2777808?seq=5>.

 

Casi toda la información sobre la vida de Ursula Burns procede de mi conversación con ella. Otra se encuentra en su autobiografía, Where You Are Is Not Who You Are (Amistad/HarperCollins, 2021).

 

La autobiografía de Indra Nooyi se titula My Life in Full: Work, Family and Our Future (Portfolio, 2021). La parte sobre la reacción de la prensa cuando la nombraron directora general de Pepsi aparece en la página 192. [Hay trad. cast.: Mi vida plena: Trabajo, familia y nuestro futuro, Conecta, 2022].

 

La cifra de directores generales de origen indio al frente de empresas de la lista Fortune 500 se ha tomado de la cadena de televisión de noticias

 

de negocios india CNBCTV-18. Véase <https://www.cnbctv18.com/business/companies/what-makes-indian-origin-ceos-rise-to-the-top-of-fortune-500-companies-14446172.htm>.

 

El reportaje de Heather Haddon para el Wall Street Journal sobre Laxman Narasimhan, director general de Starbucks, en el que no se menciona su ascendencia india, se publicó el 27 de septiembre de 2023 y se titula «With Howard Schultz Gone, New Starbucks CEO Looks to Reset»: <https://www.wsj.com/business/hospitality/starbucks-ceo-seeks-to-improve-service-for-baristas-a4a0bf77>.

 

Como se cita en el sitio web de Merriam-Webster, Homer Bigart escribió que «Algunos padres blancos pueden aceptar a regañadientes una integración del 10 al 15 por ciento» (The New York Times, 19 de abril de 1959): <https://www.merriam-webster.com/wordplay/origin-of-the-phrase-tipping-point>.

 

El ejecutivo del sector inmobiliario interrogado por la Comisión de Derechos Civiles en Chicago era Robert H. Pease, vicepresidente de Draper and Kramer Inc. Sus declaraciones figuran en la página 761 de la transcripción de la audiencia publicada por la Imprenta del Gobierno de Estados Unidos.



 

 

 

 

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El director del sistema escolar público de Washington D. C. citado es Carl F. Hansen, que fue inspector de educación de la región entre 1958 y 1967. La información de interés figura en las páginas 67-68 de su autobiografía, Danger in Washington: The Story of My Twenty Years in the Public Schools in the Nation’s Capital (Parker Publishing Company, 1968).

 

Alvin Rose prestó declaración en la misma audiencia de 1959 de la Comisión de Derechos Civiles de Estados Unidos ya mencionada.

 

El estudio de Vicki W. Kramer, Alison M. Konrad y Samru Erkut sobre cincuenta ejecutivas reveló que una masa crítica de mujeres en un consejo de administración se traducía en una dinámica más «abierta y colaborativa» y «mejoraba la escucha». Véase «Critical Mass on Corporate Boards: Why Three or More Women Enhance Governance», un informe de 2006 redactado por los Centros Wellesley para Mujeres: <https://www.wcwonline.org/​pdf/​CriticalMassExecSummary.pd>.

 

Una encuesta de 2023 a ejecutivos de ambos sexos realizada por Harvard Business Review reveló que las mujeres están «más dispuestas a hacer preguntas en profundidad y a poner las cosas sobre la mesa»: <https://hbr.org/2023/11/research-how-women-improve-decision-making-on-boards>.

 

Puede obtener más información sobre el proyecto theBoardlist de Sukhinder Singh Cassidy aquí: <https://www.theboardlist.com/about>.

 

La investigación de Damon Centola sobre los puntos clave consta de dos partes. Desarrolló su juego de adivinar el nombre (y calculó cuánto tardaba un grupo en converger en uno) en su artículo de 2015 «The spontaneous emergence of conventions: An experimental study of cultural evolution» (PNAS, 112, n.º 7, febrero de 2015). En otro complementario de 2018, incorporó disidentes al juego y descubrió que se necesitaba una adopción de aproximadamente el 25 por ciento para que el grupo se inclinara por otro nombre («Experimental evidence for tipping points in social convention», Science, 360, n.º 6393, pp. 1116-1119). Para consultar el estudio de Centola de 2015,

 

véase <https://www.pnas.org/​doi/full/ 10.1073/pnas.1418838112#abstract>; para su estudio de 2018, véase <https://www.researchgate.net/​publication/325639714_​Experimental_evidence_for_tipping​_points_in_social​_convention>.

 

Para  el  análisis  de  cómo  afecta  la  integración  al  rendimiento  en matemáticas de los alumnos negros, véase «A critical race theory test



 

 

 

 

Página 239



of W.E.B. DuBois’ hypothesis: Do Black students need separate schools?» de Tara J. Yosso, William A. Smith, Daniel G. Solórzano y Man Hung, en Race Ethnicity and Education, 25, n.º 4 (octubre de

 

2012),             pp.              1-19:              <https://www.tandfonline.com/​doi/full/

 

10.1080/13613324.2021.1984099>.

 

Su estudio se basó en los datos del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia correspondientes al último año de preescolar del curso 1998-1999 (ECLS-K), que pueden consultarse aquí: <https://nces.ed.gov/ ecls/Kindergarten.asp>.

 

También hay un práctico resumen de todo en Penn Today: <https://penntoday.upenn.edu/​news/damon-centola-tipping-point-large-scale-social-change>.

 

Puede encontrar información sobre el barrio negro de Ramona Street (así como sobre la segregación habitacional en Palo Alto) en PaloAltoHistory.org: <https://www.paloaltohistory.org/​discrimination-in-palo-alto.php>.

 

Mucha información sobre el proyecto habitacional del Lawrence Tract procede de una entrevista grabada concedida por Gerda Isenberg, una de las fundadoras del Comité de Juego Limpio de Palo Alto (conocido a veces como Consejo de Juego Limpio), especialmente las páginas 66-71. Realizada en 1990 y 1991 por la California Horticulture Oral History Series, fue publicada en 1991 por los Regentes de la Universidad de California y está disponible en línea: <https://digitalassets.lib.berkeley.edu/​rohoia/ucb/​ text/nativeplantsnurse00isenrich.pdf>.

 

Muchas de las citas de los residentes proceden del reportaje «A lot has happened in thirty years» publicado por Loretta Green en The Peninsula Times-Tribune (31 de marzo de 1980): <https://

 

static1.squarespace.com/static/​6110410394c5a42a59b83b98/​​t/​

 

63040fcbe009a224275e9da1/1661210572767/loretta_green.pdf>.

 

La historia de la venta que habría alterado las proporciones raciales se relata «Laboratory for Equality: Palo Alto’s Interracial Housing Experiment» de Richard Meister (revista Frontier, 1957), así como en el trabajo trimestral de Dorothy Strowger titulado «The Lawrence Tract: Laboratory of Interracial Living», presentado en noviembre de 1955 para una clase de sociología. (No sé en qué universidad estudiaba Strowger).



 

 

 

 

 

 

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5.  EL MISTERIOSO CASO DEL EQUIPO DE RUGBY FEMENINO DE HARVARD

 

El partido de rugby femenino entre Princeton y Harvard que describo al principio del capítulo se celebró el 14 de octubre de 2023. La retransmisión en directo de la crónica que cito puede verse en

 

YouTube: <https://www.youtube.com/watch?v=EbIkDEn1eXE>. Puede consultar los resultados del equipo de rugby femenino de Harvard

 

en la temporada 2023-2024 aquí: <https://gocrimson.com/ sports/womens-rugby/​schedule/2023-24>.

 

Para conocer la lista de las universidades con más equipos deportivos en 2023, visite <https://sportsbrief.com/other-sports/​35102-which​-college-sports-teams​-united-states-america/>.

 

La figura 1 del artículo de UCLA Law Review titulado «Race and Privilege Misunderstood: Athletics and Selective College Admissions in (and Beyond) the Supreme Court Affirmative Action Cases» (6 de junio de 2023) incluye un gráfico de barras que muestra el porcentaje de estudiantes deportistas en universidades públicas y privadas de élite. Ahí verá que Harvard supera con mucho a Michigan.

 

En 2012, el Harvard Crimson publicó un artículo de Samantha Lin y Justin C. Wong sobre la fundación del equipo universitario de rugby femenino titulado «Harvard Women’s Rugby Named Varsity Sport». Otro reportaje, este de 2019, trató sobre el proceso de captación para formar el equipo. Véanse <https://www.thecrimson.com/​article/2012/

 

11/8/​harvard-womens-rugby-varsity-sport/> y <https://www.thecrimson.com/​article/2019/​1/23/​rugby-2018-feature/>.

 

El dato de que los ALDC constituyen el 30 por ciento del alumnado de Harvard se repite en varios documentos de Students for Fair Admissions (SFFA) a lo largo de los años. La jueza Sonia Sotomayor lo menciona en su voto disidente en la página 44 de la decisión del Tribunal Supremo en el caso de SFFA contra el presidente y los miembros de Harvard College. Véase <https://www.supremecourt.gov/ opinions/22pdf/​20-1199_hgdj.pdf>.

 

Tanto Adam Mortara como William Fitzsimmons declararon en el juicio sin jurado celebrado en 2018 en un tribunal de distrito de Boston antes de que el caso llegara al Tribunal Supremo. Mortara hizo su declaración inicial el día 1, mientras que Fitzsimmons defendió el programa de deportes de Harvard el día 3. Aunque las transcripciones



 

 

 

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no son públicas, el Harvard Crimson publicó un exhaustivo resumen de todo el juicio. El día 1 figura en <https://www.thecrimson.com/ article/2018/​10/16/​admissions-trial-day-one> y el día 3 aparece en <https://www.thecrimson.com/​article/2018/​10/18/​day-three-harvard-admissions-trial/>.

 

La cita sobre la captación de un jugador de squash en Nueva Zelanda por parte de Harvard aparece en el reportaje del Harvard Crimson sobre la admisión de deportistas escrito por Delano R. Franklin y Devin B. Srivastava y titulado «The Athlete Advantage» (mayo de 2019). Véase <https://www.thecrimson.com/article/2019/5/28/athlete-advantage-commencement-2019/>.

 

La información sobre los cupos en la admisión de judíos en Columbia y Harvard y sobre Abbott Lawrence Lowell procede del libro de Jerome Karabel The Chosen: The Hidden History of Admission and Exclusion at Harvard, Yale, and Princeton (Houghton Mifflin Company, 2005), especialmente el capítulo 3: «Harvard and the Battle over Restriction» (Harvard y la batalla por la restricción). La canción de la fraternidad aparece en la página 87.

 

Las listas de estadounidenses de origen asiático matriculados en Caltech y Harvard proceden de la demanda de SFFA contra Harvard (véase Tabla B, página 54). La tabla de admitidos en Harvard desglosada por razas también está en la demanda (véase Tabla C, página 67): <https://studentsforfairadmissions.org/wp-content/uploads/2014/11/SFFA-v.-Harvard-Complaint.pdf>.

 

La investigación sociológica sobre la extraordinaria tasa de títulos de posgrado entre los nigerianos se expone en el artículo de Leslie Casimir para el Houston Chronicle, «Data show Nigerians the most educated in the US» (12 de enero de 2018): <https://www.chron.com/ news/​article/​Data-show-Nigerians-the-most​-educated-in-the-U-S-1600808.php>.

 

Muchas citas y datos sobre lo sucedido en el juicio de Estados Unidos contra Khoury, incluidas las declaraciones de «Jane», Meg Lysy y Timothy Donovan, proceden de la transcripción (que no está a disposición del público).

 

El desglose de Marianne Werdel de los costes de jugar al tenis juvenil aparece en dos entradas de blog, «Let’s Break Down the Cost of Junior Tennis Part 1» y «Part 2». Puede leerlas en Wayback Machine: <https://​web.archive.org/web/​20190321205917/​



 

 

 

 

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https://mariannewerdel.com/2018/​03/​20/1471/>     y                  <https://

 

web.archive.org/​web/​20180814123310/https:/​/​mariannewerdel.com/

 

2018/​03/21/​lets-break-down-the-cost-of-tenis-junior-part-2/>.

 

Puede visitar el sitio web de la consultoría de Timothy Donovan aquí:

 

<https://donovantennis.com/consulting/>.

 

Las biografías de las jugadoras de rugby femenino de Harvard figuran en

 

el sitio web de su equipo. Véase <https://gocrimson.com/sports/womens-rugby/roster>.

 

El club de rugby de Sacramento que enumera las universidades para las que han jugado antiguos jugadores suyos es el Land Park Harlequins: <https://www.goharlequins.com/index.cfm/alumni-colleges-elite-tournaments/>.

 

La transcripción del caso de Fisher contra la Universidad de Texas puede consultarse en internet. Tenga en cuenta que el caso de Abigail Fisher fue al Tribunal Supremo en dos ocasiones, la primera en 2013 y la segunda en 2016. Todas las citas son del juicio de 2013: <https:// www.supremecourt.gov/​oral_arguments/​argument_transcripts/​2012/​11-345.pdf>.

 

Para conocer la demografía del alumnado de la Universidad de Texas en Austin en la época en la que Abigail Fisher presentó la demanda contra la institución, véase <https://news.utexas.edu/2008/09/18/fall-enrollment-at-the-university-of-texas-at-austin-reflects-continuing-trend-toward-more-diverse-student-population/>.

 

Puede leer la declaración completa de Harvard sobre la decisión del Tribunal Supremo en el caso de SFFA aquí: <https://www.harvard.edu/admissionscase/​2023/​06/​29/​supreme-court-decision/>.

 

6. EL SEÑOR ÍNDICE Y EL BROTE DEL MARRIOTT

 

 

La información sobre el retiro de Biogen procede del artículo de Mark Arsenault para el Boston Globe «How the Biogen Leadership Conference in Boston Spread the Coronavirus» (10 de marzo) y del reportaje de Farah Stockman y Kim Barker para el New York Times «How a Premier U.S. Drug Company Became a Virus “Super Spreader”» (12 de abril de 2020): <https://www.bostonglobe.com/ 2020/​03/​11/​nation/​how-biogen-leadership-conference-boston-spread-



 

 

 

 

 

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coronavirus/> y <https://​www.nytimes.com/​2020/​04/​12/ us/coronavirus-biogen-boston-superspreader.html>.

 

Hay más información sobre el foco del brote en el Research Triangle en Carolina del Norte en los artículos «Biogen sends RTP workers home after employees test positive for coronavirus» de The News & Observer (Zachery Eanes, 9 de marzo de 2020) y «Emails show urgency as NC officials grappled with cases from Biogen superspreader conference» de The Triangle Business Journal (Lauren Ohnesorge, 1 de junio de 2021): <https://​www.newsobserver.com/

 

news/​business/​article241025271.html> y <https://www.bizjournals.com/​triangle/​news/​2021/​06/01/nc-biogen-covid-cases-how-​state-officials-reacted​.html>.

 

La descripción del primer caso de COVID-19 en Boston se basa en «UMass Boston student has coronavirus; first case in Massachusetts» de Lisa Kashinsky (Boston Herald, 1 de febrero de 2020) y en un comunicado de prensa del sitio web oficial de la ciudad de Boston: <https://www.nbcnews.com/news/us-news/coronavirus-case-boston-

 

1st-massachusetts-8th-u-s-n1123096> y <https://www.boston.gov/news/first-case-2019-novel-coronavirus-confirmed-boston>.

 

Puede informarse acerca de cómo el Instituto Broad creó su laboratorio de diagnóstico de emergencia de gran capacidad en un artículo de su sitio

 

web: <https://www.broadinstitute.org/news/how-broad-institute-converted-clinical-processing-lab-large-scale-covid-19-testing-facility>.

 

La investigación de Jacob Lemieux y sus colegas sobre el brote de Biogen, la cepa C2416T y la trayectoria de la COVID-19 por Boston se encuentra en su artículo «Phylogenetic analysis of SARS-CoV-2 in Boston highlights the impact of superspreading events» (Science, 371, n.º 6.529, 10 de diciembre de 2020): <https://www.science.org/ doi/10.1126/​science.abe3261>.

 

Encontrará más información sobre mi viaje a Denver con Donald Stedman en mi artículo para el New Yorker titulado «Million-Dollar Murray» (5 de febrero de 2006): <https://www.newyorker.com/​magazine/2006/ 02/13/​million-dollar-murray>.

 

«Un coche bien afinado fabricado a partir de 1983 emite más de medio gramo de monóxido de carbono por kilómetro», explicó Stedman a Andrew Bowser, de United Press International, en 1997, mientras que



 

 

 

 

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«los coches más antiguos emiten entre 5 y 10 gramos por kilómetro». ¿Y los «grandes contaminadores»? «Emiten más 50 gramos por

 

kilómetro». Véase <https://www.upi.com/Archives/1996/03/27/Donald-H-Stedman-can-monitor-how-much-exhaust-is/4961827902800/>.

 

La tabla de emisiones vehiculares por decil de conductores en Los Ángeles está adaptada de «Real-World Vehicle Emissions Measurement», una presentación de Donald Stedman y Gary A. Bishop en el taller «Innovaciones en Tren Motriz sobre Vehículos Conectados y Autónomos» de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada en Energía de Estados Unidos: <https://arpa-e.energy.gov/sites/default/files/06_Bishop.pdf>.

 

Para conocer la investigación italiana sobre cómo influiría la electrificación de los vehículos en las emisiones, véase Matteo Böhm, Mirco Nanni y Luca Pappalardo, «Gross polluters and vehicle emissions reduction», Nature Sustainability, 5 (9 de junio de 2022),

 

pp.  699-707. <https://www.nature.com/articles/s41893-022-00903-x>. La calidad del aire de Denver era tan mala en los años setenta y ochenta que la ciudad se hizo famosa por la «nube marrón» que se cernía sobre ella. Mejoró su situación en los años 2000, pero ha ido empeorando desde mediados de la década siguiente (los incendios forestales de la zona no han ayudado). En 2022, la Agencia de Protección del Medio Ambiente degradó oficialmente el área de Denver a la categoría de infractor «grave» en lo que respectaba a la calidad del aire. Véase «Air Quality Is Getting Worse in Denver» de Alayna Álvarez, Alex Fitzpatrick y Kavya Beheraj (Axios, 5 de mayo de 2023):

 

<https://www.axios.com/local/denver/2023/05/05/denver-air-quality-ozone-pollution>.

 

Para conocer la investigación de William Ristenpart sobre la transmisión aérea de la COVID-19, véase «The coronavirus pandemic and aerosols: Does COVID-19 transmit via expiratory particles?», un informe que escribió con Sima Asadi, Nicole Bouvier y Anthony S. Wexler para Aerosol Science and Technology, 54, n.º 6 (abril de 2020), pp. 635-638. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/​articles/​PMC7157964/>.

 

Algunas  de  las  publicaciones  en  redes  sociales  de  la  Organización Mundial de la Salud que insisten en que la COVID-19 no se transmite por el aire figuran en <https://x.com/WHO/status/1243972193169616898? lang=en>,   <https://www.facebook.com/WHO/posts/fact-covid-19-is-



 

 

 

 

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COVID-19

not-airborne-the-coronavirus-is-mainly-transmitted-through-drop/3019704278074935/> y <https://www.instagram.com/p/B-UieTUD42A/?igshid=177u2acyfs7oy>.

 

Para el estudio sobre la rapidez con la que la variante alfa aumentó su capacidad para generar aerosoles, véase el artículo «Infectious Severe Acute Respiratory Syndrome Coronavirus 2 (SARS-CoV-2) in Exhaled Aerosols and Efficacy of Masks During Early Mild Infection», publicado en Clinical Infectious Diseases, 75, n.º 1 (julio de 2022), pp.

 

e241-e248. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/articles/ PMC8522431/#:~:text=The%20alpha​%20variant%20was%20​

 

associated,swabs%2 °C%20and%20other%20​potential%20 confounders>.

 

Al final, la OMS reconoció que la COVID-19 se transmite por el aire, como queda documentado en su página de preguntas frecuentes, «Coronavirus disease (COVID-19): How is it transmitted?», cuya última actualización tiene fecha de 23 de diciembre de 2021: <https://www.who.int/news-room/questions-and-answers/item/coronavirus-disease-covid-19-how-is-it-transmitted>.

 

El estudio de los años setenta sobre la niña muy infecciosa con sarampión de Rochester se describe en el artículo de E. C. Riley, G. Murphy y R. L. Riley «Airborne Spread of Measles in a Suburban Elementary School» publicado en el American Journal of Epidemiology, 107, n.º 5. También hay un útil análisis retrospectivo de ese estudio en el magnífico repaso histórico de Amir Teicher sobre la investigación de los superpropagadores, «Super-spreaders: a historical review» (The Lancet, junio de 2023). Me he basado en este último para la historia del término: <https://www.thelancet.com/​journals/​laninf/​article/ PIIS1473-3099(23)00183-4/​fulltext>.

 

El estudio sobre la emisión de aerosoles y el volumen de voz del laboratorio de Ristenpart que describo se titula «Aerosol emission and superemission during human speech increase with voice loudness» y está publicado en Scientific Reports, 9, artículo 2.348 (febrero de 2019). Los autores son Sima Asadi, Anthony S. Wexler, Christopher D. Cappa, Santiago Barreda y Nicole M. Bouvier. Véase <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/​articles/​PMC6382806/>.

 

Para conocer la investigación de David Edwards sobre el recuento de partículas en relación con los factores que dan lugar a una emisión de

 

aerosoles elevada, véase «Exhaled aerosol increases with



 

 

 

 

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infection, age, and obesity», en Biological Sciences, 118, n. 8 (febrero de 2021). La figura 1 y su análisis me parecieron especialmente relevantes: <https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2021830118>.

 

El estudio británico sobre exposición a la COVID-19 ha dado lugar a varias publicaciones y ha tenido una amplia cobertura mediática. Leí por primera vez sobre él en «Safety, tolerability and viral kinetics during SARS-CoV-2 human challenge in young adults» (Nature Medicine, 28, marzo de 2022, pp. 1031-1041) y «Viral emissions into the air and environment after SARS-CoV-2 human challenge: a phase 1, open label, first-in-human study» (The Lancet Microbe, 4, n.º 8, agosto de 2023, E579-E590). Véanse <https://www.nature.com/​articles/​s41591-022-01780-9#data-availability> y <https:/​/www.thelancet.com/ journals/​lanmic/​article/​PIIS2666-5247(23)00101-5/​fulltext>.

 

Para más información sobre por qué es conveniente beber agua, véase «Inadequate Hydration, BMI, and Obesity Among US Adults: NHANES 2009-2012», en Annals of Family Medicine, 14, n.º 4 (julio de 2016), pp. 320-324. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/​articles/ PMC4940461/​#b24-0140320>.

 

La cita del libro de Adam Kucharski The Rules of Contagion: Why Things Spread – And Why They Stop (Basic Books, 2020) se encuentra en la página 70. [Hay trad. cast.: Las reglas del contagio. Cómo surgen, se propagan y desaparecen las epidemias, Capitán Swing, 2020]. Por cierto, Kucharski discrepa en su libro de mi descripción del papel de los superpropagadores en la epidemia de VIH y las enfermedades de transmisión sexual. Creo que podría tener razón. No obstante, Kucharski escribió el libro antes de la COVID-19. Y creo que la lección que nos ha enseñado la pandemia es que los superpropagadores desempeñan un papel importantísimo en la dispersión de los virus respiratorios.

 

 

 

 

TERCERA PARTE: EL SUPRARRELATO

 

7. EL CLUB DE SUPERVIVIENTES DE LOS ÁNGELES

 

 

La biografía y las citas de Fred Diament proceden de dos entrevistas grabadas distintas, una realizada en 1983 por encargo del Archivo de Documentación sobre el Holocausto de la Universidad de California en



 

 

 

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Los Ángeles y otra llevada a cabo por el Centro Simon Wiesenthal de la misma ciudad. Ambas pueden consultarse en el archivo en línea del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos: <https://

 

collections.ushmm.org/​search/​catalog/​irn503585> y <https://collections.ushmm.org/​search/​catalog/irn513291>.

 

Su vida está muy bien resumida en la necrología de Elaine Woo publicada en Los Angeles Times, «Fred Diament, 81; Survivor of Holocaust Taught Many About It» (28 de noviembre de 2004), donde también se menciona que conoció a Sig Halbreich en Sachsenhausen: <https:// www.latimes.com/​archives/​la-xpm-2004-nov-28-me-diament28-story.html>.

 

Puede obtener más información sobre Sig Halbreich en una entrevista grabada realizada en 1992 por encargo del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, así como en su necrología de Los Angeles Times, «Siegfried Halbreich dies at 98; Holocaust survivor lectured on his experience» (Elaine Woo, 21 de septiembre de 2008). Para la entrevista grabada de Halbreich, véase <https://collections.ushmm.org/​search/catalog/​irn505567>; para su necrología, véase <https://www.latimes.com/​local/obituaries/​la-me-halbreich21-2008sep21-story.html?utm_source=pocket_reader>.

 

Las citas y la información sobre Masha Loen proceden de su entrevista grabada para el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, así como de su necrología, escrita por Rachel Lithgow para el Jewish Journal, «Masha Loen, the last living founder of the Los Angeles Museum of the Holocaust, dies» (8 de septiembre de 2016). Para la entrevista grabada, véase <https://collections.ushmm.org/ search/​catalog/​irn504632>; para leer la necrología de Loen, visite <https://jewishjournal.com/​los_angeles/​189643/>.

 

La historia de lo que he llamado «el club de supervivientes de Los Ángeles» se basa en gran parte en mi conversación con Rachel Lithgow, directora ejecutiva de la American Jewish Historical Society y exdirectora del Museo del Holocausto de Los Ángeles.

 

La traducción de la «Canción de los partisanos» de Hirsh Glick («Zog nit keyn mol») está tomada de Wikipedia: <https://en.wikipedia.org/​wiki/ Zog_nit_keyn_mol>. [La traducción al español procede de Wikipedia

 

en español: <https://​es.wikipedia.org/​wiki/​Zog_Nit_Keynmol #:~:text=Zog%20Nit%20Keyn%20Mol%20​(en,al%20​nazismo%20y%20el%20holocausto>].



 

 

 

 

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Elaborar una lista de museos y monumentos conmemorativos del Holocausto no es tarea fácil. Nos hemos basado en los siguientes criterios: en primer lugar, tenía que ser un museo físico. En segundo lugar, debía estar centrado en el Holocausto. No hemos incluido museos que también son museos judíos, aunque dispongan de una sección dedicada a este asunto. No podía formar parte de una universidad o escuela superior ni de una organización más grande no relacionada con el Holocausto.

 

A lo largo de este capítulo, se cita varias veces el libro de Peter Novick The Holocaust in American Life (Houghton Mifflin, 1991). [Hay trad. cast.: Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana, Marcial Pons, 2007]. El comentario de Novick sobre el «extraño ritmo» de la historia y la memoria del Holocausto se encuentra en la primera página. Su cita sobre los testimonios personales de The New Leader, en los que nadie mencionaba el Holocausto, aparece en las páginas 105 y 106. Novick nombra al director del Comité Judío Estadounidense en las páginas 121-123. La observación del periodista alemán se encuentra en la página 213.

 

Si consulta el índice de la sexta edición de Contemporary Europe: A History de H. Stuart Hughes, de 1965 (Prentice-Hall Inc. publicó por primera vez el libro en 1961), podrá encontrar los pasajes bajo el epígrafe «Judíos», así como las menciones a Arnold Schoenberg. [Hay trad. cast.: Historia de Europa contemporánea, Pacífico, 1996].

 

He consultado el segundo volumen de la edición de 1962 de The Growth of the American Republic de Samuel E. Morison y Henry S. Commager (Oxford University Press). El pasaje citado que escribe mal el nombre de Ana Frank se encuentra en la página 839. [Hay trad. cast.: Historia de los Estados Unidos América, Fondo de Cultura Económica, 1951).

 

Gerd Korman exploró los libros de texto de historia de la posguerra en busca de menciones al Holocausto en su artículo de 1970 «Silence in America Textbooks». Puede consultarse en línea a través de Digital Commons de la facultad de Relaciones Industriales y Laborales de la

 

Universidad                                                              de                                                                Cornell:

 

<https://core.ac.uk/download/pdf/5122084.pdf>.

 

Las citas y la biografía de Renée Firestone se basan en fragmentos de su entrevista grabada, que está disponible en el sitio web de la Fundación



 

 

 

 

 

 

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Shoah        de          la           Universidad         del          Sur          de          California:

 

<https://sfi.usc.edu/playlist/renee-firestones-playlist>.

 

Las citas de Lidia Budgor proceden de la entrevista que grabó con la Fundación Shoah de la Universidad del Sur de California; lamentablemente, no está a disposición del público.

 

El gráfico que muestra el aumento del uso de «Holocausto» en mayúscula frente a la forma en minúscula figura en un artículo de Steve Freiss publicado en The New Republic, «When “Holocaust” Became “The Holocaust”: An etymological mystery» (17 de mayo de 2015): <https://newrepublic.com/article/121807/when-holocaust-became-holocaust>. El gráfico de Freiss procede de una búsqueda de ambas palabras en bases de datos de prensa escrita de acceso público.

 

La anécdota sobre cómo se animaron Paul Klein e Irwin Segelstein a

 

realizar Holocausto después de pasar por delante de un escaparate con

 

libros sobre la Segunda Guerra Mundial se narra en un artículo de Kay

 

Gardella para el New York Daily News (30 de abril de 1978). Puede

 

consultarse en   Newspapers.com:  <https://www.newspapers.com/

 

image/​483140056/?

 

match=1&terms=irwin%20segelstein%2          °C%20paul%20klein%20

 

holocaust>.

 

Me informé sobre Segelstein en artículos como «TV: Silverman Starts by Hiring Irwin Segelstein» del New York Times (10 de junio de 1978) y «An Executive Who Survived» del Boston Globe (19 de junio de 1978): <https://www.nytimes.com/​1978/​06/​10/​archives/​tv-silverman-

 

starts-by-hiring​-irwin-segelstein-mourning​-becomes.html> y <https:// www.newspapers.com/​image/436701993/​?match=1&terms=paul%20​klein%2°C%20​irwin%20segelstein%20holocaust>.

 

Leí sobre Klein en artículos como la columna del crítico de televisión del Washington Post Tom Shales, «Trial movie made quickly», que salió en el Nevada State Journal el 6 de mayo de 1981: <https://www.newspapers.com/​image/​1012369783/​?

 

match=1&terms=irwin%20 segelstein%20​paul%20klein%20 mercedes>. El mismo artículo del Boston Globe ya citado, «An Executive Who Survived», refiere los comentarios de Klein sobre la idiotez de los espectadores estadounidenses.

 

Puede obtener información sobre el «programa menos objetable» en la necrología de Seth Schiesel sobre Klein, «Paul L. Klein, 69, a Developer of Pay-Per-View TV Channels» (The New York Times, 13



 

 

 

 

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de julio de 1998). El crítico de televisión Tom Shales también escribió un artículo sobre Klein titulado «A Programmer’s Maxims» (The

 

Washington         Post,             6              de             diciembre            de             1977):

 

<https://www.nytimes.com/​1998/​07/​13/​business/​paul-l-klein-69-a-

 

developer-of-pay-per-view-tv-channels.html>          y                     <https://

 

www.washingtonpost.com/archive/​​lifestyle/1977/12/07/a-

 

programmers-maxims/fecbd2f7-7ca6-4d57-870f-416a3b6e8b8a/​>. Wikipedia dedica una página entera a los comentarios de Klein sobre la jiggle television: <https://en.wikipedia.org/wiki/Jiggle_television>.

 

La anécdota sobre el sermón de Segelstein a Lorne Michaels después de que este amenazara con marcharse se encuentra en la página 513 de The War for Late Night: When Leno Went Early and Television Went Crazy de Bill Carter (Viking, Penguin Random House, 2011).

 

Solo he citado una parte de la bronca de Segelstein. El principio tiene el mismo jugo: «Déjame explicarte lo que pasará cuando te marches — empezó diciendo Segelstein—. Cuando te vayas, el programa empeorará. Pero no de golpe, sino poco a poco. Y el público tardará un tiempo en darse cuenta. Quizá dos años, quizá tres. Y, cuando se haya vuelto horrible y la gente ya no lo vea, lo cancelaremos. El programa desaparecerá, pero nosotros seguiremos aquí, porque somos la cadena y somos eternos».

 

Lamentablemente, Irwin Segelstein murió hace tiempo. Me habría encantado entrevistarlo.

 

La historia de cómo Klein pasaba a buscar a Segelstein para ir al trabajo figura en la página 196 de la biografía de Fred Silverman escrita por Sally Bedell, Up the Tube: Prime-Time TV and the Silverman Years (Viking, Penguin Random House, 1981).

 

Los comentarios de Meryl Streep sobre el rodaje de Holocausto aparecen en la página 182 de su biografía escrita por Michael Schulman, Her Again (HarperCollins, 2017) [Hay trad. al cast.: Siempre ella, Península, 2023].

 

La información sobre el dinero y el tiempo que costó realizar Holocausto procede del reportaje de Frank Rich para la revista Time «Television: Reliving the Nazi Nightmare» (17 de abril de 1978): <https:// content.time.com/​time/​subscriber/​article/0,33009,916079-3,00.html>.

 

Las citas de Marvin Chomsky, el director de Holocausto, proceden de la entrevista que grabó con el Sindicato de Directores de Estados Unidos:



 

 

 

 

 

 

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<https://www.dga.org/​Craft/​HistoriaVisual/​Entrevistas/​Marvin-Chomsky.aspx?Filter=Full%20Interview>.

La escena de Holocausto descrita es la última escena del segundo episodio de la serie. Está disponible en YouTube, a partir del minuto 1:22,

 

aproximadamente: <https://​www.youtube.com/​watch? v=7sBBtTXa4U8&t=1s>. [El texto en español procede de la versión doblada disponible en YouTube y la escena empieza aproximadamente en el minuto 0:33: <https://www.youtube.com/​watch? v=p6wUY62_Faw>].

 

Elie Wiesel hizo esos comentarios sobre Holocausto en un artículo para el New York Times titulado «The Trivializing of the Holocaust» (16 de abril de 1978): <https://www.nytimes.com/​1978/​04/​16/​archives/​tv-view-trivializing-the-holocaust-semifact-and-semifiction-tv-view.html>.

 

Los datos sobre las cuotas de pantalla del último episodio de The Big Bang Theory y las otras series proceden de la introducción de The Rise and Fall of Mass Communication de William L. Benoit y Andrew C. Billings, páginas 1 y 2. Puede consultarse en línea: <https:// api.pageplace.de/​preview/​DT0400.9781433164231_A45242566/​preview-9781433164231_A45242566.pdf>.

 

La  investigación de Larry Gross sobre cómo ver la televisión homogeneiza la opinión política, incluida la tabla titulada «Television viewing and attitudes about blacks, by self-designation», se describe en su publicación «Charting the Mainstream: Television’s Contributions to Political Orientations», coescrita con George Gerbner, Michael Morgan y Nancy Signorielli en Journal of Mass Communication, 32, n.º 2 (junio de 1982), pp. 100-127: <https://web.asc.upenn.edu/gerbner/Asset.aspx?assetID=376>.

 

El sitio web del Museo de Bisingen ofrece información sobre el campo de concentración y cuenta la historia del dilema sobre el cartel del cementerio: <https://museum-bisingen.de/en/history/commemoratory-history/>.

 

La historiadora judía mencionada en relación con la enmienda Jackson-Vanik es Hadas Binyamini y la cita figura en su artículo para Jewish Currents «Henry “Scoop” Jackson and the Jewish Cold Warriors» (24 de mayo de 2022): <https://jewishcurrents.org/henry-scoop-jackson-and-the-jewish-cold-warriors>.



 

 

 

 

 

 

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Las citas y la información sobre Zev Weiss proceden de su vídeo de homenaje «In Memoriam» y de su necrología en el sitio web de la Fundación Educativa del Holocausto de la Universidad del Noroeste:

 

<https://​hef.northwestern.edu/about/​​news/​in-memoriam-theodore-z.-​

 

weiss1.html> y <https://www.youtube.com/watch? v=jDbRTL9QRzA>.

 

Las cuotas de pantalla de Holocausto proceden de «NBC-TV Says “Holocaust” Drew 120 Million» (The New York Times, 21 de abril de 1978): <https://www.nytimes.com/1978/04/21/archives/nbctv-says-holocaust-drew-120-million.html>.

 

La información sobre el recibimiento y el impacto de Holocausto en Alemania Occidental figura en «“Holocaust” on West German Television: The (In)Ability to Mourn?» de Werner Sollors, publicado en The Massachusetts Review, 20, n.º 2 (verano, 1979), pp. 377-386. <https://www.jstor.org/stable/25088965>.

 

Herbert Schlosser, de la NBC, sugirió otro título para Holocausto en la entrevista que grabó con la Fundación de la Academia de Televisión (parte 7): <https://​interviews.televisionacademy.com/​interviews/ herbert-s-schlosserclip=96441#entrevista-clips>.

 

8. REGRESO A MAPLE DRIVE

 

 

Puede leer el artículo de Timur Kuran «The Inevitability of Future Revolutionary Surprises», publicado originalmente en el American Journal of Sociology, 100, n.º 6 (mayo de 1995, pp. 1528-1551), en su totalidad en JSTOR: <https://www.jstor.org/stable/2782680>.

 

El ensayo de 1978 de Václav Havel «El poder de los sin poder» puede leerse íntegramente en línea gracias al Centro Internacional sobre Conflictos No Violentos. Fue traducido al inglés por John Keane y publicado como libro con el título The Power of the Powerless: Citizens Against the State in Central Eastern Europe (Routledge, 1985): <https://www.nonviolent-conflict.org/​wp-content/​uploads/​1979/ 01/​the-power-of-the-powerless.pdf>. [Hay trad. cast.: El poder de los impotentes y otros escritos, Encuentro, 2018].

 

En su ensayo de 1987 «Meeting Gorbachev», Havel reprendió a sus compatriotas por aclamar al presidente soviético Mijaíl Gorbachov. Véase la página 266 de Without Force or Lies: Voices from the



 

 

 

 

 

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Revolution of Central Europe in 1989-90 de William M. Brinton y Alan Rinzler (Mercury House, 1990).

 

La edición original de 1969 de Everything You Always Wanted to Know About Sex* (*But Were Afraid to Ask) de David Reuben fue publicada por McKay Company Inc. Las citas son del capítulo 8: «Male Homosexuality» (pp. 129-151). Hay una versión disponible en Internet

 

Archive: <https://archive.org/​details/​in.ernet.dli.2015.38746/​page/ n141/​mode/​1up>.

 

Los elogios a Reuben se recogieron en dos artículos, uno para el Chicago Tribune («Everything You Always Wanted to Know About Dr. David Reuben*», 23 de febrero de 1999) y otro para Los Angeles Times («Singular Sensations: Richard Bach, Marabel Morgan and David R. Reuben each wrote one bestseller. Then, despite subsequent efforts, each slipped from the limelight», S. J. Diamond, 1 de febrero de 1993): <https://www.chicagotribune.com/1999/02/23/everything-you-always-

 

wanted-to-know-about-dr-david-reuben/> y <https://www.latimes.com/archives/la-xpm-1993-02-01-vw-992-story.html?utm_source=pocket_shared>.

 

El discurso de febrero de 2004 en el que el presidente George Bush anunció su apoyo a una enmienda constitucional que prohibiría el matrimonio entre personas del mismo sexo puede leerse en CNN: <https://www.cnn.com/​2004/​ALLPOLITICS/​02/​24/​elec04.prez.bush.transcript/>.

 

La página de Wikipedia ofrece una buena visión de conjunto de la enmienda, que nunca llegó a aprobarse: <https://en.wikipedia.org/​wiki/ Federal_Marriage_Amendment>.

 

La cita «Todo esto ha sido demasiado, demasiado rápido, demasiado pronto» de Dianne Feinstein puede encontrarse en el artículo de Dean E. Murphy para el New York Times «Some Democrats Blame One of Their Own» (5 de noviembre de 2004): <https://​www.nytimes.com/ 2004/​11/​05/​politics/​campaign/​some-democrats-blame-one-of-their-own.html>.

 

El análisis de Bonnie Dow sobre la representación de la mujer y el feminismo en series de televisión como La chica de la tele, Phyllis, Maude, Rhoda, etc., procede de su libro Prime-Time Feminism: Television, Media Culture, and the Women’s Movement Since 1970 (University of Pennsylvania Press, 1996). Sus reglas para los personajes de televisión gais pueden encontrarse en su artículo de



 

 

 

 

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2010, «Ellen, Television, and the Politics of Gay and Lesbian Visibility» (Critical Studies in Media Communication, 18, n.º 2, pp.

 

123-140): <http://ereserve.library.utah.edu/​Anual/​COMM/​7460/ Shugart/​ellen.pdf>.

 

El recuento de muertes de personajes gais realizado por Vito Russo figura en su libro profusamente ilustrado The Celluloid Closet (Harper & Row, 1981); lo encontrará en el apartado «Necrology», en las páginas

 

347-349. Hay una versión gratuita en línea: <https://backend.ecstaticstatic.com/​wp-content/​uploads/​2021/​05/​The-Celluloid-Closet.pdf>.

 

Jimmy Burrows habló de su plan de tener a Estados Unidos en la incertidumbre sobre si Will y Grace acabarían juntándose en una entrevista con la Fundación de la Academia de Televisión. La cita

 

empieza           aproximadamente         en             el               minuto              27.30:

 

<https://interviews.televisionacademy.com/interviews/​​james-burrowsclip=82224#​entrevista-clips>.

 

Rick Santorum atribuyó a Will & Grace el mérito de provocar el cambio de opinión sobre el matrimonio gay en un discurso en la Convención de Líderes Republicanos del Medio Oeste en 2013: <https:// www.youtube.com/​watch?v=yGT4ZMv_OMc>.

 

El libro de Sasha Issenberg sobre el movimiento a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo es The Engagement: America’s Quarter-Century Struggle Over Same-Sex Marriage (Pantheon, 2021).

 

 

 

CUARTA PARTE: CONCLUSIÓN

 

9.  SUPRARRELATOS, SUPERPROPAGADORES Y PROPORCIONES GRUPALES

 

La historia de la adormidera de Martin Booth se titula Opium: A History (St. Martin’s Griffin, 1999). Su cita sobre la composición de la flor se encuentra en la página 3. Su libro es también la mejor fuente para conocer la historia de los distintos compuestos extraídos de esta planta a lo largo de los años.

 

El Museo de la Administración para el Control de Drogas tiene un buen resumen de la historia y la química de la adormidera:



 

 

 

 

 

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<https://museum.dea.gov/exhibits/online-exhibits/cannabis-coca-and-poppy-natures-addictive-plants/opium-poppy>.

 

Puede leer el artículo de Jessica Y. Ho «The Contemporary American Drug Overdose Epidemic in International Perspective» en Population and Development Review, 45, n.º 1 (marzo de 2019), pp. 1-268. Los gráficos de muertes por sobredosis de drogas por países están en la página 13.

 

Para leer la investigación de Lyna Z. Schieber sobre las prácticas de prescripción de opioides en los diversos estados de Estados Unidos, véase «Trends and Patterns of Geographic Variation in Opioid Prescribing Practices by State, United States, 2006-2017» en JAMA Network 2, n.º 3 (marzo de 2019), e190665. Las cifras de las dosis prescritas per cápita por estado aparecen en la «eTable 1» en el

 

documento «Supplemental Content». Véase <https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/30874783/>.

 

Que yo sepa, nadie ha escrito una biografía completa de Paul E. Madden. Lo que explico sobre él se basa en artículos de periódico y en mis conversaciones con el historiador David Courtwright. Las citas de Madden sobre los peligros de la marihuana y otros narcóticos proceden de un panfleto que publicó en 1940 titulado «Marihuana: Our Newest Narcotic Menace»; puede consultarse en el sitio web «Reefer Madness Museum», que documenta la propaganda contra la marihuana. El sitio dedica una página entera a Madden, lo que incluye un audio de su aparición en el programa de radio «Calling All Cars» en 1939. Véase <http://​www.reefermadnessmuseum.org/​otr/​Madden.htm>.

 

Puede ver a Madden enseñando bolsas de cocaína incautada (y leer sobre su arresto de narcotraficantes japoneses) en el artículo de The Press Democrat de Santa Rosa «U.S. Agents Seize $300,000 in Smuggling Narcotics as Jap Vessel Raided at S.F.» (21 de julio de 1940). Véase <https://www.newspapers.com/image/276629364/? match=1&terms=paul%20e.%20madden%2 ​°C%20cocaine%2 °C%20associated%20press>.

 

La historia de cómo Madden cuidó de la plantación de adormidera se narra en The Fresno Bee («Narcotic Men Nip Start of Opium Growing in State», 27 de agosto de 1941): <https://www.newspapers.com/​image/ 701482802/​?

 

match=1&terms=paul%20e.%20madden%2 °C%20japan>.



 

 

 

 

 

 

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Sobre la venta ilegal de jarabe para la tos con morfina para caballos, véase el artículo de Los Angeles Times, «Narcotics Head Steps In» (17 de

 

junio de 1941): <https://www.newspapers.com/image/​​380700019/? match=1&terms=paul%20madden%20​horse%20pharmacies>.

 

La ley de la prescripción por triplicado, es decir, el proyecto de ley n.º 2606 de la Asamblea de California, que modificó el Código de Salud y Seguridad del estado para incluir el texto clave de la sección 11166.06, se encuentra en el acta oficial de la sesión legislativa de 1939, Assembly Bills, Original and Amended, Volume 15.

 

Abundan los artículos de prensa de archivo sobre el juicio de Nathan

 

Housman (así como sobre el caso del asesinato de Jessie Scott Hughes

 

por Frank Egan, en el que Housman estuvo implicado). Las citas

 

proceden de dos de ellos, ambos publicados en el San Francisco

 

Examiner, «Medical Examiners Also Take Hand in Probe of Doctor»

 

(1 de septiembre de 1939) y «Defense Censured at Housman’s Trial»

 

(16 de enero de 1940). Véanse <https://www.newspapers.com/​image/

 

959916290/​?match=1&​terms=nathan%20housman%2

 

°C%20paul%20madden> y        <https://​www.newspapers.com/image/

 

457420381/?match=1&terms=I%20asked%20Doctor%20​

 

Housman%20several%20​times%20for%20the%20​

 

records%2 °C%20and%20each%20time%20​Doctor%20Housman%20 said%20he%20had%20none>.

 

La carta de Madden sobre la prescripción por triplicado se publicó en el número de abril de 1939 de la revista de la Sociedad Médica de California (vol. 50, n.º 4, p. 313). Puede consultarse en línea en la National Library of Medicine. La página se titula: «Subject: Proposed

 

legislation on narcotic enforcement». Véase <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/issues/137313/>.

 

Para mi exposición sobre los primeros estados que siguieron el ejemplo de California, me he basado en un informe de marzo de 2018 titulado «History of Prescription Drug Monitoring Programs» del Centro de Programas de Control de Medicamentos con Receta de la Universidad

 

de Brandeis. Véase <https://www.ojp.gov/ncjrs/virtual-library/abstracts/history-prescription-drug-monitoring-programs>.

 

Mi historia de Russell Portenoy se basa en su fascinante entrevista grabada, que puede descargarse del sitio web «History of Pain Transcripts» de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor. Las citas se encuentran en las páginas 7, 19 y 29. Véase



 

 

 

 

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<https://www.iasp-pain.org/50th-anniversary/history-of-pain-transcripts/>.

 

La cita de Portenoy que describe el tratamiento del dolor como «un poco de ciencia, mucho de intuición y mucho de arte» está en la página 22 de Pain Killer: An Empire of Deceit and the Origin of America’s Opioid Epidemic (Random House, 2018) de Barry Meier. Su cita del «regalo de la naturaleza» aparece en el artículo de Patrick Radden Keefe para el New Yorker, «The Family That Built an Empire of Pain» (23 de octubre de 2017). Portenoy opinó sobre los supuestos «pocos efectos secundarios» de los opioides en un artículo de Elisabeth Rosenthal para el New York Times titulado «Patients in Pain Find Relief, Not Addiction, in Narcotics» (28 de marzo de 1993). Véanse <https://www.newyorker.com/​magazine/​2017/​10/​30/​/​2017/​10/​30/​the-family-that-built-an-empire-of-pain> y <https://www.nytimes.com/ 1993/​03/​28/​us/​patients-in-pain-find-relief-not-addiction-in-narcotics.html>.

 

El NIDA publicó una monografía acerca de la cumbre sobre los programas de prescripción por triplicado celebrada en Maryland en 1991 que lleva por título «Impact of Prescription Drug Diversion Control Systems on Medical Practice and Patient Care». Incluye intervenciones tanto de Portenoy como de Gerald Deas: <https://archives.nida.nih.gov/​sites/ default/​files/​monograph131.pdf>.

 

Sobre «el número de estados que aplicaban la prescripción por triplicado se había reducido a cinco», véase «Origins of the Opioid Crisis and Its Enduring Impacts» de Abby Alpert, William N. Evans, Ethan M. J. Lieber y David Powell en The Quarterly Journal of Economics, 137, n.º 2 (mayo de 2022), pp. 1139-1179, disponible en línea en <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/​articles/​PMC9272388/​#FN14>.

 

Gran parte de mi historia de Purdue Pharma se basa en Pain Killer de Barry Meier, incluida la parte sobre la reformulación y Groups Plus. La cita del «pasaje a la Luna» se encuentra en la página 41.

 

La explicación del «interruptor limitador» se encuentra en «The Hazards of Unwinding the Opioid Epidemic: Implications for Child Abuse and Neglect» de Mary F. Evans, Matthew C. Harris y Lawrence M. Kessler, publicado en American Economic Policy Journal: Economic Policy, 14, n.º 4 (noviembre de 2022), pp. 192-231. <https://

 

www.aeaweb.org/articles?id=10.1257/ pol.20200301#:~:text=Our%20results%20​



 

 

 

 

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suggest%20counties%20con,a%20debe%2​Dacceder%20a%20la%20aplicación%20del%20PDMP>.

 

El estudio con grupos focales de 1995 que Purdue Pharma encargó a Groups Plus se hizo público en una demanda civil de 2001, McCaulley contra Purdue Pharma. Puede consultarse en Scribd: <https://www.scribd.com/document/440306799/Purdue-focus-group-documents?secret_password=0jVgiWk1VXSR2dnIVqb4#>.

 

La distribución geográfica de los principales prescriptores de opioides procede de «Opioid Prescriptions by Orthopaedic Surgeons in a Medicare Population: Recent Trends, Potential Complications, and Characteristics of High Prescribers» en el Journal of the American Academy of Orthopaedic Surgeons (Venkat Boddapati et al., agosto de

 

2020): <https://​www.researchgate.net/publication/​343651712_Opioid _Prescriptions_by_​Orthopaedic_Surgeons_in_a_Medicare_​Population_Recent_Trends_​Potential_Complications​_and_Characteristics_of_High_Prescribers>.

 

El desglose de Yongbo Sim de los índices de delincuencia en los estados con y sin prescripción por triplicado aparece en «The effect of opioids on crime: Evidence from the introduction of OxyContin», International Review of Law and Economics, 7 (junio de 2023): <https://www.sciencedirect.com/​science/​article/​abs/​pii/​S0144818823000145>.

 

Engy Ziedan y Robert Kaestner abordaron el impacto de los opioides en la salud infantil en su documento de trabajo para la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos, «Effect of Prescription Opioids and Prescription Opioid Control Policies on Infant Health»: <https://www.nber.org/papers/w26749>.

 

Sobre el abandono infantil, véase «Longitudinal Changes in the County-Level Relationship Between Opioid Prescriptions and Child Maltreatment Reports, United States, 2009-2018» de Hyunil Kim, Eun-Jee Song y Liliane Windsor en el American Journal of Orthopsychiatry, 93, n.º 5 (mayo de 2023), pp. 375-388. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/articles/​PMC10527856/>.

 

El artículo que Martin Elling publicó en 2002 en el McKinsey Quarterly se titulaba «Making more of pharma’s sales force: pharmaceutical companies have lost their focus on doctors. The key to higher sales is regaining it». Puede leer una vista previa en la base de datos de publicaciones Gale Academic OneFile: <https://go.gale.com/​ps/​i.do?



 

 

 

 

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id=GALE%7 °​CA90192565&​sid=goo gleScholar&​v=2.1&it=r& linkaccess=abs&​issn=00475394&​p=AONE&sw=w&​userGroupName=anon%7E988676df&​aty=open- web-entry>.

 

Los ingresos por ventas de Purdue Pharma entre 2008 y 2014 se refirieron en una audiencia ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes el 17 de diciembre de 2020: <https://www.govinfo.gov/content/pkg/CHRG-116hhrg43010/html/CHRG-116hhrg43010.htm>.

 

Para obtener información sobre la cronología de la labor de McKinsey para Purdue Pharma, incluido el importe total que la consultora cobró por su asesoramiento, véase la audiencia del 27 de abril de 2022 ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes, titulada «McKinsey & Company’s Conduct and Conflicts at the Heart of the Opioid Epidemic»: <https://www.congress.gov/​117/​meeting/ house/​114669/​documents/​HHRG-117-GO00-Transcript-20220427.pdf>.

 

Los correos electrónicos de Jeanette Park, la empleada de McKinsey que acompañó a un vendedor de OxyContin en una visita a médicos y farmacias de Worcester, en Massachusetts, pueden consultarse en el Archivo de Documentos de la Industria de los Opioides mantenido por la Universidad de California en San Francisco y la Universidad Johns

 

Hopkins: <https://www.industrydocuments.ucsf.edu/​opioids/​docs/ #id=htvn0255>.

 

El correo electrónico de Richard Sackler en el que dice que los descubrimientos de McKinsey son «asombrosos» aparece en la página 12 de la transcripción de una demanda interpuesta contra McKinsey por la ciudad de Nueva York y veintiún condados neoyorquinos: <https://www.nyc.gov/​assets/​law/​downloads/​pdf/​McKinsey%20°Complaint.pdf>.

 

La tabla de la media de recetas de OxyContin por médico dividida en deciles procede del plan de marketing anual de Purdue para 2013, que se incluyó en el acuerdo de conciliación de la farmacéutica anunciado el 21 de octubre de 2020. Puede descargarse de la página del comunicado de prensa del Departamento de Justicia; la tabla está en la página 9 del apéndice A (Addendum A) del documento adjunto titulado «Purdue Settlement Agreement»: <https://www.justice.gov/ opa/​pr/justice-department-announces-global​-resolution-criminal-and-civil-investigations-opioid>.



 

 

 

 

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La cita sobre «las visitas para presentar el OxyContin […] a prescriptores de deciles bajos (0-4)» está en la página 45 de una presentación de septiembre de 2013 que McKinsey hizo para Purdue. Puede consultarse en el Archivo de Documentos de la Industria de los

 

Opioides: <https://​www.industrydocuments.ucsf.edu/opioids/docs/#id=tfhf0257>.

 

La cita sobre el sistema de puntos que Purdue utilizaba para conceder bonificaciones a los comerciales que realizaban más visitas de ventas a prescriptores nucleares y supernucleares puede encontrarse en la denuncia de 2018 de la Mancomunidad de Virginia contra Purdue

 

Pharma: <https://​www.oag.state.va.us/​consumer-protection/​files/ Lawsuits/​Purdue-Complaint-Unredacted-2018-08-13.pdf>.

 

El gráfico de barras de las visitas de ventas de Purdue por año aparece en la página 17 de la demanda de 2018 de Tennessee contra Purdue. El análisis del prescriptor supernuclear Michael Rhodes procede de la misma demanda, a partir de la página 139: <https://www.tn.gov/ content/dam/​tn/attorneygeneral/​documents/foi/​purdue/purduecomplaint-5-15-2018.pdf>.

 

La explicación sobre el médico de Connecticut que recetó más OxyContin que ningún otro facultativo estadounidense se encuentra en la página 36 del apéndice A del acuerdo de conciliación de Purdue con el Departamento de Justicia citado más arriba. La parte sobre la «traficante» está en la página 28: <https://www.justice.gov/​opa/pr/ justice-department-announces-global​-resolution-criminal-and-civil-investigations-opioid>.

 

Para el cálculo de Mathew Kiang de que el 1 por ciento de los médicos emitieron el 49 por ciento de las recetas, véase «Opioid prescribing patterns among medical providers in the United States, 2003-17: retrospective, observational study» en BMJ 2020, 368 (29 de enero de 2020): <https://www.bmj.com/content/368/bmj.l6968>.

 

Esta información también se trata en un artículo para el New York Times de Walt Bogdanovich y Michael Forsythe titulado «McKinsey Proposed Paying Pharmacy Companies Rebates for OxyContin Overdoses» (27 de noviembre de 2020).

 

La tabla de las tasas de mortalidad por opioides en Estados Unidos entre 1999 y 2020 se ha adaptado a partir de los datos facilitados por el Centro Nacional de Estadística en Salud de Estados Unidos (NCHS, por sus siglas en inglés). Puede consultarse en NCHS Data Brief No.



 

 

 

 

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428, «Drug Overdose Deaths in the United States, 1999-2020», de Holly Hedegaard, Arialdi M. Miniño, Merianne Rose Spencer y Margaret Warner (diciembre de 2021). Corresponde a la figura 4. La tabla de datos aparece en la sección «NOTES», justo debajo del gráfico: <https://www.cdc.gov/nchs/data/databriefs/db428.pdf>.

 

Para conocer la investigación de David Powell sobre el impacto de la reformulación del OxyContin, así como la tasa de sobredosis contrafáctica si el medicamento no se hubiera reformulado, véase la figura 6 de su artículo con Rosalie Pacula «The Evolving Consequences of OxyContin Reformulation on Drug Overdoses» en el American Journal of Health Economics, 7, n.º 1 (invierno de 2021),

 

pp. 41-67. <https://www.ncbi.nlm.nih.gov/​pmc/​articles/ PMC8460090/>.

 

En la página web del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos titulada «Drug Overdose Death Rates» aparece un gráfico de las muertes relacionadas con opioides en Estados Unidos (por años entre 1999 y 2022): <https://nida.nih.gov/research-topics/trends-statistics/overdose-death-rates>.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MALCOLM GLADWELL es redactor de plantilla de The New Yorker desde 1996, y todos los ensayos recogidos en Lo que vio el perro aparecieron primero en las páginas de esa revista. Es autor de tres libros: La clave del éxito, Inteligencia intuitiva: ¿por qué sabemos la verdad en dos segundos? y Fuera de serie. Por qué unas personas tienen éxito y otras no, cada uno de los cuales encabezó la lista de best sellers del New York Times. Antes de formar parte de The New Yorker, trabajó como reportero en The Washington Post, donde cubrió temas de negocios y ciencia y fue jefe de la oficina de Nueva York. Gladwell nació en Inglaterra, creció en la campiña de Ontario y vive ahora en Nueva York.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1]  Medicare es un seguro médico del Gobierno de Estados Unidos para personas de sesenta y cinco años o más, así como para personas menores de sesenta y cinco años con una discapacidad, una enfermedad renal en etapa final y la enfermedad de Lou Gehrig. La Parte B cubre servicios médicos ambulatorios, como visitas al médico, servicios de prevención, pruebas de laboratorio y algunos equipos médicos. Los beneficiarios suelen pagar una prima mensual por esta parte. (N. de la T.) <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[2] El término técnico es «mezcla de pagadores». Una ciudad en la que el ciento por ciento de sus ciudadanos están cubiertos por un seguro de pago por servicio, en el que el médico cobra por todo lo que hace, va a tener un modelo de asistencia muy distinto al de una ciudad en la que el ciento por ciento de sus ciudadanos están inscritos en un sistema de «atención administrada», en el que los pagos a hospitales y médicos son fijos. No obstante, Los Ángeles no tiene una mezcla de pagadores radicalmente distinta a la de cualquier otra gran ciudad. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[3] Estas estadísticas corresponden al curso escolar 2012-2013. En 2015, California aprobó una ley que prohíbe las exenciones «no médicas» para la vacunación infantil. En otras palabras, si queremos hacernos una idea de las preferencias de los padres que llevan a sus hijos a una escuela Waldorf —sin la intervención del Gobierno—, tenemos que consultar datos anteriores a 2015. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[4] Hay otras escuelas con tasas de no vacunados tan altas como las que tienen las escuelas Waldorf. Pero no abundan. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[5] Si tiene curiosidad, estas son algunas cifras más sobre escuelas Waldorf de California:

 

 

Waldorf School of Orange County: 44 por ciento.

 

Sacramento Waldorf: 46 por ciento.

 

Waldorf School of San Diego: 20 por ciento.

 

San Francisco Waldorf School: 53 por ciento.

 

Santa Cruz Waldorf: 60 por ciento.

 

Sierra Waldorf: 58 por ciento.

 

 

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[6]  Para que quede claro, los Esformes no eran totalmente intachables. Tuvieron algunos encontronazos, de relativa poca importancia, con las normativas de Illinois. Pero nada de la magnitud de lo que sucedió en Miami. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[7] También habría que señalar que eso no significa necesariamente que sea mejor tener un infarto en Boulder que en Búfalo. Por el contrario, el cateterismo cardiaco es muy costoso. Conlleva sus propios riesgos. Hay pocas pruebas de que haya más probabilidades de morir de un infarto en Búfalo que en Boulder. En todo caso, podría argumentarse que el sistema médico estadounidense, con fama de ser caro y despilfarrador, mejoraría mucho si todos los que tuvieran un ataque al corazón fueran derivados al oeste del estado de Nueva York para recibir tratamiento, y el dinero ahorrado se gastara en animar a las personas con hipertensión a comer mejor y hacer más ejercicio. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[8] Una vez encontraron una empresa que montaba una farmacia por cinco mil dólares. «Podían conseguirte cuatro pastillas de jabón. Ya sabes, pares de gafas […] la cantidad mínima de cosas que necesitas en tus estantes para demostrar que eres una farmacia en activo». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[9] En un último giro típico de Miami, después de que Trump indultara a Esformes, la fiscalía dio el excepcional paso de intentar volver a juzgarlo por una variación de los cargos que le había imputado la primera vez. En esa ocasión, Esformes se declaró culpable para evitar un segundo juicio. En virtud del acuerdo, se libró de ir a la cárcel a cambio de una multa multimillonaria. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[10]  Hay muchos ejemplos de esa clase de presiones en Life Under Pressure. Una madre dice: «[Son] adultos en pequeñito. Tienen que estar matriculados en todas las clases de nivel avanzado, y más vale que hagan deporte […], y deben tenerlo todo planeado para poder entrar en la universidad que quieren, y más vale que entren en la universidad que quieren para conseguir el trabajo que quieren, y a menudo les oigo decir a mis amigos: “Mis hijos hacen este deporte, no tenemos ni un minuto libre, no cenamos hasta las nueve o las diez, y siempre estamos comiendo fuera”. O: “Mis hijos se quedan despiertos hasta la una o las dos haciendo deberes”». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[11] Yo fui a un instituto público de pueblo en el sudoeste de Ontario (Canadá). Solo el 20 por ciento de los alumnos pasaban a estudiar una carrera universitaria de cuatro años. La mayoría de los que seguían estudiando después del instituto lo hacían durante otros dos años en el centro de estudios superiores local. Había jugadores de hockey que soñaban con hacerse profesionales, cuyo mundo entero giraba en torno a las ligas juveniles de la zona. Había un equipo de baloncesto que, si no recuerdo mal, perdía muchos partidos y, además, un grupo de gente que se juntaba a fumar en un pequeño patio, incluso en pleno invierno, y que no parecía tener interés en hacer prácticamente nada. El club más destacado en el anuario del año que terminé el instituto eran los «Remolones apáticos», un grupo formado por cinco de los chicos más populares que se fotografiaban tumbados en diversos estados de hastío extremo: «Los Remolones apáticos tuvieron un año lleno de éxitos. Las actividades no incluyeron ninguna […]». (No sé por qué, pero sospecho que en Poplar Grove no había un grupo de alumnos equivalente). Desde finales de los años setenta, los equipos deportivos de Poplar Grove han ganado un total de ciento veintiún campeonatos en el ámbito del estado. La cifra equivalente en mi instituto, mientras estudié allí, fue de tres. A mí, Poplar Grove me parece terrorífico. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[12] Resulta que los pumas criados por particulares distaban mucho de ser «puros». Roelke-Parker analizó el ADN de algunos de los ejemplares en cautividad. Eran mestizos: una mezcla de pumas de todas partes. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[13]  Entretanto, la principal ambientalista del estado, Marjory Stoneman Douglas, denunció que el proyecto de rastreo de pumas del que Roelke-Parker formaba parte era «una locura». ¿Por qué localizaban pumas con perros, los perseguían hasta que se subían a un árbol, los dormían con tranquilizantes y les ponían collares de rastreo? «Creo que cualquiera que conozca a los pumas sabe que un puma con collar no es lo mismo que un puma sin él —arguyó—. Es un animal salvaje y es un felino, de los sensibles; creemos que el collar es perjudicial para él y no veo cómo no puede serlo». Y añadió: «Dejadlos en paz y no os acerquéis a los Everglades. Todo irá bien». Por supuesto, nada iba bien: si se dejaba al puma en paz y se lo mantenía puro, estaba condenado a la extinción. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[14] Luego, continuó: «En Chicago, “integrado” suele ser un término utilizado para describir el periodo de tiempo que transcurre entre la aparición del primer negro y la incorporación definitiva y completa de la comunidad al gueto negro». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[15]Se refiere a la expresión tip point, que es una abreviatura de tipping point, un término sociológico que define el momento en el que algo único se convierte en algo común y que en español puede traducirse como punto clave o punto de inflexión. Con su libro anterior, El punto clave, Malcolm Gladwell la aplicó a la vida diaria y lo hizo tremendamente popular. (N. de la T.) <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[16]  Las frases entre comillas son traducciones literales de las expresiones tipping a building y tipping a neighborhood, donde tip hace la función de verbo. En este caso, se refiere a llevar a un edificio o a un barrio al punto clave en el que pasan a estar habitados por una mayoría negra. (N. de la T.)

 

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[17]      Si nunca ha leído un trabajo de sociología, el artículo de Kanter es un buen punto de partida. Es brillante. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[18] El ECLS fue un estudio de referencia iniciado a finales de los años noventa que siguió a una muestra de niños de todo Estados Unidos desde los cinco años hasta quinto de primaria, tomando nota de su entorno familiar, calificaciones, escuelas y cualquier otro dato que pudiera ser útil para entender su desarrollo intelectual y psicológico. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[19]      El grupo de Yosso utilizó datos del Estudio Longitudinal de la Primera Infancia (ECLS). <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[20] «Muchos de los residentes lo describen como un lugar seguro porque está claro que en esa época la escuela no era un sitio agradable para los negros ni para los asiáticos —explica Lucas—. Así que, en esa calle, ahí era donde la gente empezaba a entenderse». Añadió: «Lo interesante de los padres es que parecía que realmente se esforzaran por crear una sociedad posracial, donde sus hijos crecieran sin ser tan conscientes de ello. Intentaban librarse de la idea de que uno tiene que estar siempre pensando en su identidad». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[21]  A finales de los años cincuenta, cuando la idea de lo que se conoce como «cupos benignos» se extendió por todo Estados Unidos, todos los implicados se enfrentaron a alguna versión de ese dilema. ¿Se puede realmente discriminar en aras de acabar con la discriminación? El activista Saul Alinsky pronunció en una ocasión un emotivo discurso en defensa de los cupos benignos, en el que reconocía: «Me parece un tanto paradójico que yo, una persona de fe judía, me presente en público y hable favorablemente de un sistema de cupos. En el pasado, los cupos se han utilizado como un medio para privar a personas de mi fe de las oportunidades y derechos que les correspondían legítimamente, pero el pasado es el pasado. Lo que es un instrumento injusto en un caso puede servir a la justicia en otro».

 

Se refería en parte al hecho de que, en los años veinte y treinta, varias universidades de élite tenían cupos para el número de judíos que admitían. Los cupos eran incómodos. Sin embargo, Alinsky, al igual que los residentes del Lawrence Tract, no conocía otra manera de construir barrios integrados: «A quienes les escandaliza la idea de abrir las comunidades blancas a los negros mediante cupos […] solo puedo preguntarles: ¿qué solución proponen?». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[22] La traducción de la letra es: «Oh, Harvard está dirigida por millonarios / y Yale está dirigida por el alcohol. / Cornell está dirigida por hijos de granjeros, / Columbia está dirigida por judíos. / Así que un hurra por Baxter Street, / otro por Pell, / y cuando los usureros mueran, / su alma irá al infierno». La Universidad de Columbia está ubicada en Manhattan. Entre finales del siglo XIX y principios del XX, emigraron muchos judíos al

 

Lower East Side de Manhattan, el barrio al que, en ese momento, pertenecían las calles Baxter y Pell. (N. de la T.) <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[23]      Khoury fue absuelto. Y, si tiene curiosidad por saber por qué, le invito a escuchar el pódcast que dediqué al tema. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[24]  Cuando pensamos en deportes universitarios de primera línea, nos centramos en deportes de gran visibilidad como el baloncesto y el fútbol americano. Obviamente, esos no son deportes de club de campo, con las barreras económicas para competir de estos últimos. Sin embargo, el fútbol americano y el baloncesto solo representan una mínima parte de los deportes que se juegan en universidades como Harvard. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[25] He aquí lo que los abogados de la Universidad de Texas podrían decir en su defensa: «El Tribunal Supremo nos prohibió en [el caso] Regentes de la Universidad de California contra Bakke utilizar cupos raciales. Así que, si definimos una cifra, estaremos violando claramente esa sentencia. Perderemos el juicio».

 

Eso es un disparate. En primer lugar, el Tribunal les pedía esa cifra, y no lo haría si creyera que sus anteriores sentencias le prohibían solicitarla. La universidad también podría haberse limitado a citar el trabajo de Kanter, o cualquier otra investigación sobre las proporciones grupales, y haber dicho que estaban investigando cómo se aplicaba a ellos. Pero no lo hicieron. Hicieron el tonto. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[26]  Una posibilidad lógica es que la cepa que se propagó a partir del encuentro de Biogen fuera anormalmente infecciosa. No fue así. Las cepas posteriores —ómicron, por ejemplo— eran mucho más transmisibles. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[27]      La única medida que Colorado ha adoptado en la línea de Stedman es eximir a los coches más nuevos de pasar los controles periódicos de emisiones. <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[28] Una de las cosas que el virus de la COVID-19 hizo en el transcurso de la

 

pandemia fue ir mejorando en cómo usaba los aerosoles para propagarse. Esa es la conclusión de un estudio sobre la variante alfa, que se convirtió en la cepa dominante a finales de 2020: «La variante alfa se asoció con un aumento de cuarenta y tres veces […] del RNA viral presente en los aerosoles finos», lo que significa que había cuarenta y dos veces más virus alfa en las partículas transportadas por el aire que en las cepas anteriores. El artículo continuaba: «Nuestra observación de un aumento en la emisión de aerosoles […] indica que la presión evolutiva está seleccionando un SARS-CoV-2 capaz de generar aerosoles de forma más eficiente». <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[29]   Por cierto, si se está preguntando si la OMS llegó a reconocer oficialmente que la COVID-19 se transmitía por el aire, la respuesta es sí.

 

Después de pasar meses eludiendo la expresión «transmisión aérea», acabó modificando el texto de su sitio web. La COVID-19 puede contraerse, escribió, «cuando las partículas infecciosas que pasan por el aire se inhalan a corta distancia (lo que a menudo se conoce como transmisión por aerosoles a corta distancia o transmisión aérea a corta distancia)». El contagio también puede ocurrir en ambientes cerrados muy concurridos mediante «transmisión aérea a larga distancia —dice el sitio web de la OMS— porque los aerosoles pueden permanecer suspendidos en el aire o desplazarse más allá de la distancia de conversación». El cambio apareció en su sitio web casi dos años después de que los expertos en aerosoles dijeran que no había muchas más explicaciones plausibles para lo que observaban a su alrededor. <<

 

 

[30] He aquí otro ejemplo. En los años cincuenta, un grupo de médicos del hospital de veteranos de Baltimore manipuló el sistema de ventilación para bombear el aire del pabellón de tuberculosos a una sala llena de cobayas. Se preguntaban si los animales enfermarían por respirar el mismo aire que los pacientes. Eso fue cuando apenas empezábamos a comprender que a veces los agentes infecciosos se transmiten por el aire. La respuesta fue que sí. Se trató de un descubrimiento histórico. Puede trazarse una línea recta desde ese experimento hasta el trabajo actual de los expertos en aerosoles.

 

Luego vino la parte desconcertante. Las distintas cepas de tuberculosis tienen firmas características, por lo que los médicos compararon la tuberculosis de las cobayas recién infectadas con la de los pacientes del pabellón. Era un paso rutinario: tenían que asegurarse de que las cobayas se habían contagiado la infección de los pacientes del pabellón. «No estaba previsto que el análisis bacteriológico fuera a ser de especial interés», escribieron los médicos. Sin embargo, para gran sorpresa suya, descubrieron que diecinueve de las veintidós cobayas infectadas de tuberculosis, y cuyas cepas se habían analizado, la habían contraído de tan solo dos de los pacientes. <<

 

 

[31] Ristenpart: «Puedes verlo con mucha claridad, si quieres. Coge un poco de saliva entre los dedos y sepáralos. Verás un hilo muy fino. Se llama “inestabilidad de cuentas de rosario”. Y no pasa con agua corriente, pero sí con líquidos que son viscoelásticos. Así que la hipótesis es que los superemisores quizá tienen propiedades viscoelásticas anómalas en la saliva». <<

 

[32]  Esta es la conclusión de un estudio que analizó los niveles de hidratación de una amplia muestra de estadounidenses: «Nuestros resultados […] indican que los individuos con un mayor IMC pueden comportarse de maneras que los llevan a no estar bien hidratados. Los individuos obesos tienen mayores necesidades de agua que los no obesos, ya que las necesidades de agua dependen del metabolismo y de la superficie y el peso corporales. Las tasas de renovación del agua aumentan con el IMC debido a las mayores necesidades energéticas, el mayor consumo de alimentos y la mayor producción metabólica». <<

 

 

[33] En su libro Las reglas del contagio: cómo surgen, se propagan y desaparecen las epidemias, el epidemiólogo Adam Kucharski escribe: «Considerar que las personas de riesgo son especiales o diferentes puede favorecer una actitud de “ellos y nosotros”». Centrarse en los superpropagadores, dice, es peligroso, pues «conduce a la segregación y al estigma». Y tiene razón. El problema es que la naturaleza no sigue el camino políticamente correcto. <<

 

 

 

[34] Personajes de la serie estadounidense Los recién casados, que se convirtió en un clásico de la comedia en los años cincuenta. Ralph es el protagonista y Norton, su vecino y mejor amigo. La dinámica entre ellos y las situaciones cotidianas a las que se enfrentan son el eje de la comicidad de la serie. (N. de la T.) <<

 

 

[35] ¡Nunca digas que esta senda es la final! / Acero y plomo cubren un cielo celestial. / Nuestra hora anhelada va a llegar, / redoblará nuestro marchar: / «¡henos acá!». <<

 

 

[36]      El libro de Novick sobre el tema, Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El Holocausto en la vida americana, se publicó en 1999. Fue muy aclamado por la crítica. <<

 

 

[37]  Novick escribe: «En 1957, The New Leader publicó una serie de dieciocho testimonios personales para ver “qué ocurre en la cabeza de los cinco millones de estadounidenses que han salido de la universidad desde Hiroshima”. Al menos dos tercios de los participantes eran judíos. Al escribir sobre lo que había conformado su pensamiento, mencionaban diversos acontecimientos históricos, desde la Gran Depresión a la Guerra Fría. Ni uno solo mencionó el Holocausto». <<

 

 

[38] Antes de hablar de Beno y de lo que le había contado (o no) acerca de su experiencia, Budgor dice esto sobre él (después de todo, es una madre judía):

 

Budgor: Yo sabía que mi hijo recibiría una doble educación, que el cerebro… el cerebro le funcionaría. Y, efectivamente, terminó la yeshivá, con muy buenas notas, con matrícula de honor, el mejor de su clase, etc., fue a la Universidad de California en Los Ángeles. Y su futuro estaba asegurado. Ha llegado muy lejos, desde luego […].

 

Entrevistador: ¿En qué trabaja ahora?

 

Budgor: Es físico nuclear, muy…

 

Entrevistador: ¿Casado?

 

Budgor: Casado, con dos hijos preciosos. Y casado con una joven magnífica de Santa Bárbara, judía.

 

<<

 

 

 

[39]      Adjetivo derivado de jiggle television, expresión también acuñada por Klein en referencia a las chicas con poca ropa que corrían moviendo las carnes. Jiggle significa «meneo» en inglés. (N. de la T.) <<

 

 

[40]  El investigador que ha estudiado más a fondo el uso del término «holocausto» en referencia a las atrocidades de los nazis es Jonathan Petrie. Petrie observa un uso disperso a partir de noviembre de 1938, en la correspondencia privada de líderes judíos y entre académicos. En el número de The American Hebrew del 3 de octubre de 1941, por ejemplo, figura una fotografía de dos judíos franceses que llevan un rollo de la Torá, con el pie «Antes del Holocausto». A partir de entonces, el término apareció con una frecuencia cada vez mayor, sobre todo en revistas judías o artículos académicos. Pero ¿cuál fue el punto clave? Petrie escribe: «En la primavera de 1978, más de cien millones de estadounidenses vieron algún episodio de la miniserie de la NBC titulada El Holocausto [sic]: su emisión fue un acontecimiento cultural de primer orden. Como consecuencia inmediata, «Holocausto» en mayúscula y a secas se convirtió en el término ampliamente reconocido para el judeocidio de Hitler en una sociedad estadounidense recién sensibilizada con esa tragedia». <<

 

[41] Serie / año / espectadores (en millones) / cuotas de pantalla del último episodio:

 

 

M*A*S*H / 1983 / 106 / 45,5

 

Cheers/ 1994 / 80,4 / 30,9

 

Seinfeld / 1998 / 76 / 27,5

 

Friends / 2004 / 52,5 / 17,9

 

The Big Bang Theory / 2019/ 18 / 5,4

 

 

<<

 

 

[42]      La cita textual es: «Dejadme hacer las canciones de un país y me dará igual quién haga sus leyes». <<

 

 

[43] En los años cincuenta, hubo un programa de televisión tremendamente popular, Queen for a Day (Reina por un día), en el que las mujeres contaban su trágica historia al público, que luego votaba a la «ganadora» y la coronaba reina. En un episodio, la ganadora fue una superviviente del campo de concentración de Birkenau que dijo: «Cada vez que me miro el brazo izquierdo y me veo el tatuaje, recuerdo mi terrible pasado […] Ojalá pudiera quitármelo». Ganó y el programa pagó para que se lo borraran. <<

 

 

 

[44]  Finalmente, Wolfson encontró director de tesis: «un profesor de Derecho de Familia convencional, que no era liberal ni se identificaba como gay […], David Westfall, que era básicamente un abogado de familia normal y corriente». Westfall le puso un notable. <<

 

 

[45]  Por cierto, eso es exactamente lo que ocurre en Regreso a Maple Drive. La carta que encuentra Allison, la prometida de Matt, es de Kyle, un antiguo novio de Matt. Es una carta de amor. Desolada, lo confronta llorando:

 

Allison: No sé cómo empezar. Matt, te quiero.

 

Matt: Yo también te quiero.

 

Allison: Pero no podemos seguir. No he dormido en toda la noche. La he pasado despierta […], sentada, pensando […], dándole vueltas, y lo siento, pero no podemos.

 

Matt: Para, para, Allison […]

 

Matt intenta consolarla. Es inútil.

 

Allison: Sabes, lo curioso es que en lo más hondo […] siempre he pensado que […] siempre he pensado que podrías ser gay. Y me odiaba por pensarlo […] porque creía que era culpa mía.

 

<<

 

[46] Volvió con más temporadas, de menos éxito, entre 2017 y 2020. <<

 

 

 

[47] «Carson Kressley no podría haber interpretado a Will», dice Max. Kressley es el presentador de televisión extravertido, desternillante y amanerado que saltó a la fama con el programa de telerrealidad Queer Eye<<

 

 

 

[48]      En España, no hay un equivalente exacto de estos medicamentos, si bien hay otros que combinan analgésicos y opioides, como el Tramadol o algunas

 

 

[49] Pinball wizard en inglés. Estrategia de ventas basada en la analogía acuñada por Lisa Shepherd en su libro The Radical Sales Shift, que describe así: «De vez en cuando, una bola cae directamente en una determinada zona que suma puntos y logra su objetivo. Otras veces, entra en la mesa, rebota en montones de paletas y luego cae de repente por el canal. Así es como son las compras hoy en día». (N. de la T.) <<

 

 

 

[50] No era la primera vez que trabajaban juntos. Purdue contrató a McKinsey por primera vez en 2004. <<

 

 

[51] Como tantas veces ocurría con Purdue, había un motivo oculto. El OxyContin original estaba a punto de perder su protección de patentes, lo que significaba que las versiones genéricas más baratas afectarían gravemente a sus ventas. La empresa necesitaba una nueva versión para distinguirse de la competencia. <<


FIN

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