© Libro N° 14584. Por Qué Algunos Hombres Odian A Las Mujeres Y Otros Textos Feministas. Gornick, Vivian. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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Portada E.O. de:
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POR QUÉ ALGUNOS HOMBRES
ODIAN A LAS MUJERES Y OTROS TEXTOS FEMINISTAS
Vivian Gornick
Por Qué
Algunos Hombres Odian A Las Mujeres Y Otros Textos Feministas
Vivian
Gornick
Antes de
convertirse en una de las grandes cronistas de lo íntimo, Vivian Gornick
escribía con la claridad furiosa de quien ha elegido vivir al servicio de una
causa. Los textos reunidos en Por qué algunos hombres odian a las mujeres
revelan a una pensadora radical, lúcida y vibrante, en plena efervescencia del
feminismo en los años setenta.
En este libro,
Gornick utiliza desde las conversaciones aparentemente triviales en una
peluquería del Midtown hasta las disputas ideológicas dentro del movimiento
para capturar el pulso de una transformación histórica. Además, analiza cómo se
construye el poder masculino y se transmite la sumisión femenina, reflexiona
sobre las diferencias entre las olas feministas y denuncia la misoginia
soterrada —y no tan soterrada— en autores consagrados como Norman Mailer, Saul
Bellow o Philip Roth. Pero sobre todas las cosas, defiende el valor político
del testimonio personal en los grupos de autoconciencia, donde lo privado se
vuelve revolución.
Este libro no es
solo la crónica de una época: es una cartografía de la resistencia, una llamada
a no bajar la guardia, una guía de combate. En tiempos en los que el feminismo
vuelve a ser desafiado por viejos y nuevos reaccionarismos, estas páginas nos recuerdan
que ninguna conquista es irreversible y que la autonomía de las mujeres sigue
siendo, para muchos, una amenaza intolerable.
Vivian Gornick
Por Qué Algunos
Hombres Odian A Las Mujeres Y Otros Textos Feministas
ePub r1.0
Titivillus 23-11-2025
Título
original: Stories from the book Taking a Long Look
Vivian Gornick,
2021
Traducción:
Cristina Lizarbe Ruiz
Imagen de portada:
Lara Lars
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
PRÓLOGO
EL MOVIMIENTO ME
TOO
Todos los textos
que componen este libro se escribieron hace casi medio siglo, cuando la idea de
organizar un nuevo movimiento por los derechos de las mujeres empezaba a cobrar
fuerza en Estados Unidos. En aquella época, a principios de los setenta, la atención
se ponía principalmente en la desigualdad económica, política y social entre
los sexos, pero muchas de nosotras nos sentimos atraídas por el estudio de la
historia del movimiento: tan antiguo y tan lento, tan reticente a dar pasos
irreversibles. Y nos preguntábamos cómo era posible que a lo largo de los
siglos se hubieran planteado una y otra vez las mismas cuestiones respecto al
estatus de las mujeres y que sin embargo cada una de esas veces se hubiera
avanzado tan poco.
Estudiamos
minuciosamente dos de los grandes textos de la época: El segundo sexo,
de Simone de Beauvoir, y La mística femenina, de Betty Friedan,
los dos centrados en la idea de que una no nace mujer sino que la hacen mujer,
lo que significa que a lo largo de la historia ha sido la cultura la que les ha
dicho a los niños varones que está en su naturaleza convertirse en artífices
del mundo, y también la que les ha dicho a las niñas que en la suya está
pasarse la vida ayudándolos a conseguirlo. La certeza de que, desde que
nacemos, se nos instruye en estas definiciones del yo, de que las vidas
interiores tanto de las mujeres como de los hombres son rehenes de ellas
estalló ante nosotras como una bomba.
Impulsada por esta
nueva visión del mundo, que resultaba ser distinto de como nos lo habíamos
imaginado, yo, igual que otros cientos de personas, opté en ese mismo momento
por llevar una vida de lucha al servicio de La Causa: la igualdad de derechos
para las mujeres. Y, de hecho, muchas veces desde entonces hasta ahora ha sido
posible pensar que estábamos llevando a cabo una revolución, pues un número
enorme de mujeres se han convertido, en las últimas décadas, en abogadas,
médicas, atletas y científicas, mientras un número considerable de hombres han reducido sus jornadas y han empezado a fregar los platos y a
llevar a los niños a la escuela.
Sin duda, todo esto
confirma que la voluntad de lograr la igualdad entre los sexos se ha extendido
ampliamente, pero en el 2017 el movimiento Me Too volvió a sacar a la luz la
histórica resistencia al avance de nuestra lucha: la negativa de muchos a renunciar
a sus privilegios en favor del compañerismo, esa negativa que tiene ya siglos
de antigüedad. El acoso sexual en el trabajo, por ejemplo. En Estados Unidos es
ilegal desde hace casi cincuenta años, pero en el 2017 quedó clarísimo que
nunca se había obligado al cumplimiento de esa ley. De repente, ante unas
acusaciones que corrieron como la pólvora señalando a individuos de toda clase
y condición (desde directivos hasta encargados de fábricas o profesionales de
las artes), el mundo fue consciente de que, a unos niveles inimaginables, los
hombres seguían tratando a las mujeres como a instrumentos en vez de como a sus
semejantes, y las mujeres, con una increíble docilidad, habían sido cómplices
de ello. La conclusión es que estamos lejos de lograr el cambio cultural
necesario para conseguir una vida nueva. Esa revolución que yo creía que
habíamos llevado a cabo hace cincuenta años me parece ahora un episodio más en
nuestro largo y torpe pedaleo hacia la ciudadanía de primera clase.
Ojalá los textos de
este libro apelen a los lectores hispanohablantes de hoy como lo han hecho a
los lectores anglófonos a lo largo de todos estos años de lucha, ojalá los
animen a unirse a las filas de quienes ponen sus vidas al servicio de la gran
causa de la igualdad sexual.
Nueva York, 2025
LA PELUQUERÍA DE
BOBBY
En la universidad,
una compañera de clase que consideraba que mis cortes de pelo eran espantosos
me propuso llevarme a una peluquería de la calle 57 a la que ella iba desde el
instituto.
—El sitio es un
poco raro —me dijo—, pero ese tío es increíble.
—¡En la 57!
—protesté.
—No te preocupes
por eso. Está en la 57 pero los precios son de la 34. Subimos las escaleras de
un edificio que estaba justo enfrente del Carnegie Hall, y en el tercer piso
giramos el picaporte de una puerta sin letrero que se abría a un espacio grande
y diáfano, con una hilera de ventanas sobre la glamurosa calle, aunque también
podrían haber dado a cualquiera de Brooklyn o del Bronx porque esa era toda la
relación que el sitio parecía tener con la 57. El suelo estaba cubierto con un
linóleo de color gris presidiario, los cristales de las ventanas estaban muy
rayados, las paredes necesitaban una mano de pintura y los enseres y el
mobiliario —las sillas, las mesas, las lámparas, el lavacabezas— parecían haber
sido rescatados de la liquidación de una cafetería. En la ventana del medio, en
letras doradas gastadísimas, leí (al revés, claro) las palabras «Tony’s
Beauty Home».
En medio de la
estancia, plantada en un viejo sillón de barbero, había una mujer con una
toalla alrededor del cuello, y estaba cortándole el pelo un hombre alto y
atractivo, de rasgos marcados y una espesa mata de pelo negro entrecano. Había
cuatro o cinco mujeres sentadas en las sillas esas hechas polvo, desperdigadas
por allí, leyendo o charlando. El hombre nos miró a mi amiga y a mí, dejó de
cortar y se quedó con la mano que sujetaba las tijeras suspendida en el aire;
la otra mano descansaba suavemente sobre la cabeza de la mujer, e incluso desde
la puerta daba ya la sensación de que su tacto era tan delicado como el de un
médico sobre el cuerpo desnudo de un paciente.
—Hola, Florence —le
dijo a mi amiga con voz aterciopelada.
Todas las mujeres
levantaron la vista.
—Te he traído una
clienta, Bobby —dijo Florence.
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El hombre se rio y me echó una ojeada, como tratando de decidir si
aquello iba a ser algo bueno o malo en su vida.
—Gracias —respondió
con la misma suavidad.
Las mujeres
regresaron a sus lecturas y a sus conversaciones.
Florence y yo nos
sentamos y el hombre de las tijeras retomó su tarea. En cuanto las tijeras
tocaron el pelo, le dijo a la mujer que estaba en el sillón de barbero:
—Bueno, Laura,
cuéntanos lo del escándalo en el Ayuntamiento. Tú trabajas para ese tipo, ¿no?
Una de las lectoras
bajó su libro y alzó la vista expectante.
—Sí, pero no puedo
hablar del tema —dijo la mujer de la silla.
—Oh, venga, Laura
—trató de camelársela Bobby.
—¿Crees que él
escribió la carta que encontró la policía? —preguntó la lectora.
—Pues claro
—intervino otra en tono de burla.
—¿Ah sí? Yo no lo
diría tan rápido —dijo una tercera—. En cuanto estas cosas empiezan a salir a
la luz pueden acabar siendo inmensamente complicadas.
Mientras tanto, la
mujer del sillón de barbero seguía negándose a hablar del escándalo del que
supuestamente ella estaba enterada, pero no pudo resistirse a corregir las
especulaciones que iban soltándose allí. Los ojos de Bobby saltaban de
tertuliana en tertuliana y mientras tanto sus tijeras podían mantenerse
suspendidas en el aire durante minutos enteros. Me di cuenta de que cuando
estaba siguiendo el trepidante intercambio verbal de sus clientas, no cortaba.
Eran las tres de la
tarde. A las seis, salí de allí con el mejor corte de pelo que haya llevado
jamás. Pero ¿me sentía agradecida?
—¿Te das cuenta de
que nos hemos tirado tres horas ahí sentadas? — bufé al salir.
Florence se encogió
de hombros.
—Es parte del
encanto —dijo—. El corte de pelo te ha quedado genial, y hay que darle el
tiempo que necesite.
—¿Quieres decir que
siempre es así?
—Siempre.
—¿Por qué?
—Pues no sé muy
bien qué responderte. No sé por qué. Bobby es así. Le encanta hacer esperar a
sus mujeres. Esperar y hablar. —Frenó en seco
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en mitad de la calle—. Supongo que esa es la clave: la charla.
Bobby era Bobby
Casella, un sesentón que llevaba más de cuarenta años cortando el pelo en ese
mismo lugar. Se había criado en un barrio italiano de Nueva Jersey algo
difícil, y hasta donde podía recordar allí siempre había sido un marginado
porque solía decirles a los niños de su manzana que iba a ser artista. «Ni
siquiera sabía qué era un artista —te decía si le preguntabas por su infancia—,
pero ya ves, yo sabía que era sensible y pensaba que sensible era lo mismo que
artista».
Era un niño
solitario, y le encantaba pasar el rato con Tony-el-peluquero, un amigo de la
familia que dejaba que Bobby mirara mientras él hacía su trabajo. Aquel crío
marginado y sensible de Nueva Jersey parecía absorber la técnica del maestro
por los poros, y un día Tony le dijo que le cortara el pelo a él. Bobby sabía
dónde pisaba. En cuanto tuvo las tijeras en la mano se convirtió en el artista
que había anunciado que sería. Trabajó para Tony hasta los veintitantos, y
cuando el maestro murió Bobby se limitó a quedarse allí, manteniendo el lugar
tal como estaba por una superstición que él llamaba respeto.
Bobby vivía solo en
un apartamento diminuto a pocas manzanas de la peluquería, trabajaba seis días
a la semana desde primera hora de la mañana hasta última de la tarde y odiaba
los domingos. La razón por la que hacía esperar a las clientas era que él no quería
marcharse. A todos los efectos, era un inadaptado. Su familia había roto con
él, no tenía amigos íntimos y solo uno o dos conocidos con los que jugaba a
balonmano de vez en cuando pero con los que nunca quedaba fuera de la cancha.
No sabía estar en el mundo, esa es la verdad —yo pensaba que ni siquiera sabía
que era gay—, y la peluquería era el único sitio donde se encontraba a gusto en
su piel. Trabajar no solo le reportaba el eterno placer de cortar el pelo,
también le permitía respirar una sensación de mundo que él mismo era capaz de
crear cada día haciendo que sus mujeres esperasen, que esperasen y hablasen.
Aunque veneraba su
propia habilidad con las tijeras, a medida que pasaban los años anhelaba una
intensidad que el solo hecho de cortar el pelo ya no podía proporcionarle. Las
conversaciones vivas, en cambio, sí podían hacerlo. Cuando nos tenía a una de nosotras
en el sillón —pese a que aquel primer día salí de allí refunfuñando, yo también
me convertí en una de las clientas habituales de Bobby— y conseguía animarnos a
hablar de nuestras vidas y la conversación echaba a rodar, enseguida saltaban
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chispas y su cara era pura alegría. No importaba demasiado el tema sobre
el que se estuviera discutiendo, ni tampoco el significado de las palabras en
realidad. Si la conversación se calentaba, a Bobby le entraba una risita
nerviosa (¡Hala, lo que acabas de decir!) y se tapaba la boca con la mano como
si estuviera horrorizado, pero los ojos le brillaban y le bailoteaban aquellas
mejillas cetrinas suyas. De pronto, el local se llenaba de la emoción de un
diálogo que a sus oídos sonaba como teatro: si se prolongaba lo suficiente, era
como ver una obra o leer un libro. Para él, era ahí donde residía la belleza,
en la sensación de que la vida —por lo demás gris y vacía— se había convertido
en una historia. Cuando una conversación se agotaba, Bobby, con la voz ronca de
felicidad, siempre decía: «Vaya historia, ¿eh, chicas?».
Para mí nunca dejó
de ser un misterio cómo conseguía que empezáramos a hablar, pero su necesidad
era apremiante y lo volvía descarado. En cuanto te convertías en su clienta,
Bobby se quedaba con todos los hitos de tu biografía —dónde vivías, qué clase
de trabajo hacías, quién era tu marido, si es que lo tenías, y si no, por qué—,
los llevaba anotados en una agenda mental que consultaba siempre como táctica
de apertura, justo cuando estabas acomodándote en el viejo y raído sillón de
barbero. Esta pizca de manipulación social sumada de forma un poco inquietante
a la dulzura de su tacto, su voz aterciopelada, la forma en la que sus labios
se posaban en tu mejilla cuando te ponía la toalla alrededor del cuello —todas
ellas artes de seducción que practicaba sin límite— casi siempre garantizaba el
arranque de la conversación que él tanto ansiaba.
—Bueno, Stephanie
—decía con aquella voz suya suave y melosa mientras le hacía el nudo a la
toalla—, háblanos de tu marido, el flamante premio Nobel.
O:
—Gloria, ese
trabajo tuyo de jefaza en Wall Street… Explícanoslo otra vez, anda, ¿qué haces
exactamente allí?
O:
—¿Cómo va tu nuevo
libro, Vivian, ese de por qué las mujeres no confían en los hombres? Me han
dicho que ha salido una reseña no del todo buena en Time.
A cada una,
independientemente de si reaccionábamos divertidas («Bobby, pero ¿qué clase de
pregunta es esa?») o exasperadas («Ay, Bobby, ¡déjalo ya!»), nos engatusaba
para que le respondiéramos. Yo era
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de las que solían exasperarse —aquel estilo insinuante me sacaba de
quicio—, pero siempre acababa contándole cosas. No era solo que deseara sus
cortes de pelo tan desesperadamente que estuviera dispuesta a aceptar las
condiciones de Bobby, sino que, como todas y cada una de sus clientas, me había
vuelto adicta al lugar.
La clientela
abarcaba el típico espectro poblacional neoyorquino, tan típico que parecía un
estereotipo. Un día cualquiera te encontrabas en aquellas sillas a una mujer
del Comité Republicano, una bailarina del Lincoln Center, una activista del
Upper West Side, una ejecutiva de la banca o del mundo de la empresa y, por
supuesto, una trabajadora social, una terapeuta o una profesora. Las edades
oscilaban entre los veinticinco y los ochenta años; vestíamos de todo, desde
Bergdorf hasta ropa de segunda mano; leíamos a Proust, el Wall Street
Journal, libros de autoayuda y el New Yorker.
Cuando recuerdo
esas largas tardes con Bobby, me doy cuenta de cómo condensaban en cada
instante, década tras década, el único elemento que nos unía. La conversación
podía ir de política electoral, vida urbana frente a vida en las afueras, la
novela del momento o si los japoneses sufrían más ataques al corazón que los
estadounidenses, pero al final el foco siempre estaba en cómo lo veían los
hombres por oposición a cómo lo veían las mujeres. Ese era en realidad el marco
de referencia desde el que —con destreza, astucia y pasión— se abordaban casi
todas las cuestiones. Se planteaba un caso, se ofrecía un testimonio personal,
y aunque las aportaciones variaban mucho en términos intelectuales, lo más
significativo eran los comentarios intercalados sobre nuestra vida con los
hombres: «Qué cosas, te dijo eso y no le dejaste», o «Madre mííía, qué
romááántico» o «Es como si nunca escuchara nada de lo que digo» (esta última
frase era un clásico). Entonces, casi siempre, la conversación tocaba a su fin
cuando una de esas mujeres con el New Yorker sobre los muslos
suspiraba «Así ha sido siempre y así va a seguir siendo», o cuando otra muy
bien vestida y ya en la cincuentena sacudía las páginas del Times mientras
decía «Olvídalo, son todos unos mierdas. Es imposible razonar con ellos, hay
que aislarlos en un laboratorio».
Se dijera lo que se
dijera sobre los hombres a lo largo de todos esos años, Bobby se quedaba
extasiado, como si él mismo no guardara ningún tipo de relación con esa
especie. Los ojos le brillaban, los labios se le curvaban en una sonrisa y su
cabeza se orientaba aquí y allá entre las
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mujeres que hablaban, como si estuviera presenciando un gran espectáculo
al que solo unos pocos privilegiados tuvieran acceso.
Cuando entré en la
treintena el guion empezó a cambiar. El movimiento feminista declaró entonces
que lo personal era político, y la conversación en Tony’s Beauty Home empezó a
hacerse eco de ello. Los nuevos términos de la conversación sobre los derechos
de las mujeres provocaban las reacciones contundentes de siempre, solo que
ahora la evidencia personal solía desencadenar especulaciones teóricas en vez
de finales de sitcom. Seguía habiendo alguien que soltaba siempre
un «madre mííía, qué romááántico», pero el automático «así ha sido siempre» ya
no era el punto final.
Las tijeras de
Bobby se detenían en el aire durante minutos mientras escuchaba, fascinado,
algún informe de situación ofrecido por una joven en vaqueros y con el
libro Sisterhood Is Powerful sobre las piernas; al mismo
tiempo, la mujer del Comité Republicano abría la boca dos o tres veces pero,
por alguna razón, no conseguía decir nada. Lo que estaba ahora en el banquillo
de los acusados era la historia cultural, no solo los hombres. ¡Qué apasionante
hacía que pareciera todo la chica de los vaqueros! La culpa la tenían los
siglos de machismo, no «los hombres como tal». Recuerdo que esa chica siempre
decía «los hombres como tal». Si yo estaba en el sillón mientras ella
disertaba, Bobby me susurraba al oído, entusiasmado: «¿Verdad que tiene razón?
¿Verdad que sí?».
Para finales de los
ochenta todas estábamos familiarizadas con los cargos contra la historia
cultural, y éramos muy conscientes de que la revolución que eso exigía no se
había logrado ni de lejos; desde luego no en aquel tercer piso frente al
Carnegie Hall. Aun así, curiosamente, el ambiente en la peluquería de Bobby
reflejaba el gran malestar de aquella coyuntura de cambio. Conversaciones que
parecían ir por un camino familiar viraban de repente en una dirección
inesperada, daban un giro sorprendente, entraban en un callejón sin salida:
rumbos que inevitablemente recordaban que los tiempos estaban cambiando pero
que aún no lo habían hecho del todo, o, dicho de otra manera, los tiempos a
menudo parecían ser los mismos de siempre pero en realidad no lo eran. Bobby
seguía encantado con todo, sin distinción: sus ojos centelleantes, su sonrisa
embobada, sus labios acariciando la mejilla de la mujer que estaba en el sillón
mientras le susurraba al oído: «Vaya historia, ¿eh?». Y no se
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daba cuenta de todas las veces que ella ahora se giraba para mirarlo
desconcertada.
Un día, en esa
época, mientras tomaba yo asiento en la peluquería una mujer con un pelazo
castaño canoso estaba en el sillón de barbero hablando de lo difícil que se
estaba poniendo su hija, de verdad que ella ya no sabía qué demonios quería la
chica. A mi izquierda estaba sentada la del Times (siempre
había al menos una), a mi derecha una mujer con un libro de bolsillo de
psicología barata en las manos, y un poco más allá otras dos que miraban al
vacío en silencio. Una de ellas era una mujer de unos setenta años, muy bien
vestida, con un llamativo pelo blanco y espeso, la piel suave y
extraordinariamente tersa. Era la siguiente a la que le tocaba ocupar el
sillón. Cuando lo hizo, le vi los ojos. Eran azules claros y fríos, muy fríos:
un rayo de sol sobre el agua en invierno.
Bobby le echó el
pelo hacia atrás con una ternura asentada en la antigüedad de su relación.
—¿Qué tal, Rose?
—dijo en voz bajita, con los labios cerca de su oído.
—¡Ay, Bobby, joder!
—soltó ella apartando la cara.
—Mi Rose de siempre
—se rio él.
Frunció los labios
y encogió uno de sus hombros.
Bobby empezó a
cortarle el pelo.
La estancia guardó
silencio unos minutos, pero ¿cuánto tiempo podía Bobby soportar el silencio?
—Cuéntanos la
historia de tu matrimonio, Rose —dijo él.
Dos de nosotras
alzamos la vista, sobresaltadas.
—Joder, Bobby —dijo
la del sillón—. No pienso hacer eso.
—Anda, venga, Rose,
nos encantaría escuchar la historia de tu matrimonio.
La lectora
del Times levantó la mirada por encima del periódico.
—Es una historia
muy romántica —dijo Bobby.
—La has oído mil
veces —resopló Rose.
—Yo sí, pero ellas
no.
—¿Qué soy? ¿Un
animal de feria? ¿Tengo que contar esa historia cada vez que vengo aquí? Por
favor…
—Andaaa, no seas
así, Rose —le rogó Bobby mientras le ahuecaba la melena con las manos.
—Limítate a cortar,
¿vale, Bobby?
—Andaaa, Rose
—repitió él, con esa voz suya de líquido sedante.
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La mujer del sillón se encogió de hombros, pero estaba claro que había
perdido la batalla.
—Bueno, tú ya lo
sabes —dijo juntando las puntas de los dedos sobre su regazo y girando un poco
ahora la cabeza hacia Bobby—, en aquella época yo vivía en el Bronx. Cuando nos
conocimos. Trabajaba en Manhattan pero vivía en el Bronx. —Sus ojos se posaron
en la mujer del libro de psicología barata que ahora había alzado la vista—. En
aquella época no había tantas mujeres que trabajaran fuera de casa, ya sabes
—le dijo Rose a esa otra mujer—. Estamos hablando de hace cincuenta años.
»Así que si querías
ser una chica respetable, y por supuesto yo quería serlo, te ibas a vivir a una
habitación en la casa de una familia. Ya fuera en el Bronx o en Brooklyn.
Habría vivido en Brooklyn con mi hermana, pero mi cuñado no me quería en esa
casa. Decía que yo la ponía en su contra. Lo único que yo hacía era darle otro
par de ojos para que pudiera ver lo que hasta un niño habría podido ver, que
era un tipo despreciable, pero esa es otra historia. Así que me fui a vivir con
esa familia tan agradable en el Bronx, donde tenía una habitación y un baño
para mí y el metro a dos manzanas. Mi parada era la última de la línea, así que
cada mañana me sentaba cinco o diez minutos en el tren mientras esperaba a que
arrancase, disfrutando de mi periódico.
»Un día veo a un
guapo caballero sentado enfrente de mí, leyendo el mismo periódico, y sonriendo
con el mismo artículo con el que estoy sonriendo yo. Al día siguiente vuelve a
estar ahí, de nuevo enfrente de mí, de nuevo leyendo el periódico. Esto se repite
durante unas pocas semanas. Una mañana, levanto la mirada y él me saluda con la
cabeza. Me pilla un poco por sorpresa pero le devuelvo el saludo, a fin de
cuentas somos humanos, ¿no?, y después de eso, cada mañana se sienta enfrente
de mí y nos saludamos. Y así durante otras pocas semanas más, quizá incluso
meses. Hasta que un día se acerca por el pasillo, señala el asiento a mi lado y
me dice “¿Puedo?”. En ese punto ya habría sido raro decirle que no, ¿no os
parece? Así que le dije “Este es un país libre. Adelante”.
Después de decir
eso Rose se quedó en silencio. La mujer del Times retomó la
lectura.
—¿Y? —la instó
Bobby—. ¿Qué pasó entonces, Rose?
—Que qué pasó
entonces —dijo ella desdeñosamente—. Qué crees tú que pasó entonces. Empezamos
a hablar. Cada mañana nos pasábamos charlando toda la hora que tardábamos en
llegar a la 42, que era donde yo
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me bajaba. Él iba una parada más allá, a la 34. Hablábamos y hablábamos
y hablábamos. Ahora me cuesta creerlo cuando lo recuerdo, ¡cuantísimo teníamos
que decirnos el uno al otro! Así que, como podéis imaginar, una cosa llevó a la
otra. Y un día me pregunta si podemos cenar juntos alguna vez.
»Le respondí allí
mismo, sin rodeos, que aquello no podría ocurrir jamás. “Señor Levinson”, le
dije, “usted es un hombre casado y yo una chica respetable”.
—¡¿Cómo?! —soltó la
chica de los vaqueros—. ¿Estaba casado? —Sí. ¿No os lo había dicho? Max
Levinson era un hombre casado. Ahora todas levantaron la mirada.
Rose hizo otra
pausa, y Bobby volvió a aguijonearla.
—¿Y qué pasó
entonces, Rose? ¿Qué hiciste después de eso?
—Que qué hice
después de eso. Nada. No hice nada. Seguimos como estábamos. Salvo que ahora,
cada día, me suplicaba que quedara con él después del trabajo. O incluso
durante la hora del almuerzo. Pero yo que no. Que no y que no durante meses. Y
él detrás de mí sin parar. Desgastándome como el agua a las rocas. Un día le
dije que sí. A ir a comer. Después de eso, tengo que admitirlo, me volví un
poco débil. Empezamos a quedar para comer casi cada día, y le dejaba cogerme
del brazo cuando cruzábamos la calle. Y tengo que decir que empecé a
acostumbrarme a eso y que me gustaba, me gustaba mucho. No sé si él me gustaba
o no, pero eso sí me gustaba, no sé si sabéis a qué me refiero.
Las mujeres
asintieron todas a una.
—¿Y entonces qué,
Rose? ¿Entonces qué?
—Entonces seguimos
así durante unos pocos meses. El tiempo ha ido pasando. Conozco a Max Levinson
desde hace un par de años largos. Y me insiste todo el rato para que me vaya
con él, ya sabéis a qué me refiero. Dios, cómo me perseguía ese hombre. Así que
le digo, si me quieres, Max, vas a tener que dejar a la señora Levinson. Él me
dice que no puede hacer eso. ¿Por qué? Está muy enferma, si la abandonase jamás
me lo perdonaría a mí mismo. Pues muy bien, le digo, en ese caso no hay nada
que hacer. Estamos en una situación imposible de resolver. Pero, aun así, él
quiere lo que quiere. Que no es capaz de dejarme, dice. Que me quiere con un
amor que no ha sentido jamás. Que tiene que tenerme.
—Madre mííía, qué
romántico —susurró la cuarta mujer de la estancia.
Estábamos todas en
vilo.
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—¿Y entonces qué, Rose? —le suplicó Bobby.
—Entonces decido
que tengo que marcharme del sitio en el que vivo, irme a alguna otra parte
donde él no pueda encontrarme. Y eso es lo que hice. Conseguí una habitación en
otro barrio, en otra línea de metro, y desaparecí sin más. Max llamó a mi
antigua casa un millón de veces. Volvió loca a esa familia. Pero yo había
dejado órdenes estrictas de que no le dijeran nada de nada. Me fui de su vida.
La estancia se
quedó en silencio.
—¿Sí, Rose? ¿Y
entonces?
—Pasaron cinco
años. No volví a verlo, y él tampoco me encontró. Ninguno supo qué había sido
del otro. Entonces, un domingo voy caminando por la calle con mi amiga, por
Greenwich Village, nada menos, y de repente ahí está Max Levinson, delante de
mí. Me coge del brazo, le pide amablemente a mi amiga que se vaya a su casa y
me lleva a una cafetería. Se sienta con una taza de café y un bizcocho y me
dice que no ha dejado de pensar en mí en todos esos años, y me suplica que no
vuelva a desaparecer.
»Así que todo
volvió a empezar: paseos, conversaciones, almuerzos, y otra vez él rogándome
que estemos juntos. Le digo que estoy dispuesta a quedar con él para comer y
pasear, pero que sigo siendo una mujer respetable y que no me iré con él.
Pasamos un año así. Entonces un día me llama y me dice: “¿Sabes lo que ha
pasado?”. “¿Qué?”, le pregunto. “Se ha muerto”, dice. “Anoche se murió”.
Podría haberse
escuchado el sonido de una pluma al caer sobre el linóleo de color gris
presidiario.
—¿Y entonces qué,
Rose? —le susurró Bobby al oído.
—Entonces qué —se
encogió de hombros—. Qué creéis que pasó entonces. Nos casamos.
Y punto. Fin de la
historia. Rose cerró la boca como si esa vez tuviera realmente la intención de
mantenerla cerrada. Bobby sonreía de oreja a oreja, los ojos brillantes, la
cabeza de un lado a otro, maravillado —vaya historia, vaya historia—, se moría
de ganas de que empezara la conversación. Apenas se había dado cuenta de que el
ambiente se había puesto tenso, de que el silencio se había mantenido. Al final
fui yo la que dijo algo, animada por aquellos tiempos irreverentes.
—¿Y qué tal, Rose?
—le pregunté.
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Los labios se le apretaron convertidos en una fina línea y clavó los
ojos en cualquier parte. Pasó un minuto, y luego otro, y por fin habló.
—No me arrepiento
—respondió, firme.
De nuevo, ni un
solo sonido en la estancia.
—Muy mal, ¿eh? —le
dije.
Se giró del todo
hacia mí y vi que el sol había desaparecido de sus ojos azules. Ya no eran
fríos, ni relucían. Una calma ausente les había arrebatado toda expresión.
—Era un hombre
—contestó—, solo escuchaba el sonido de su propia voz.
Todas clavamos los
ojos en el suelo.
—Vaya historia,
¿eh, chicas? —dijo Bobby con una risa histérica. Levanté la mirada y vi la
confusión en su cara. Todo el mundo se había
reído siempre a
carcajadas con el relato de Rose —era una de las grandes historias de la guerra
de sexos—, ¿por qué no se reían ahora? Rápidamente, la confusión se transformó
en alarma. Por primera vez desde que yo iba allí, Bobby bajó las tijeras con una
mujer aún en el sillón. Justo entonces, en ese momento, vi cómo su vida
cambiaba: la comedia de las relaciones entre las mujeres y los hombres había
empezado a morirse para él. Hasta Bobby se dio cuenta de que una época entera
tocaba a su fin en Tony’s Beauty Home.
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CONCIENCIA
En una oficina del
sur de Manhattan, una asistente jurídica vuelve de la hora del almuerzo, se
deja caer en su asiento y le dice con tristeza a su compañera de la mesa de al
lado: «No sé qué me está pasando. Un obrero guapísimo me ha silbado y ha dicho
“Madre mía, vaya bombón” cuando he pasado a su lado, y de repente he sentido
una ira tremenda subiéndome por dentro… ¡Te juro que me han entrado ganas de
pegarle!».
En ese mismo
momento, una madre abnegada de unos cuarenta años en un barrio de las afueras
de Maryland le está diciendo a una pariente que está de visita durante el café
de primera hora de la tarde: «¿Sabes? He estado pensándolo últimamente, soy
igual de lista que Harry, y aun así él se sacó el doctorado y yo crie a las
niñas. Que sí, que yo quise quedarme en casa. Pero la idea de que mis dos niñas
hagan lo mismo que yo cuando sean mayores no me gusta. No me gusta nada».
Y en Toledo, Ohio,
una trabajadora de una fábrica se gira hacia la siguiente mujer que está en la
cinta de inspección y le confía: «Anoche le dije a Jim: “Llevo trabajando ya
diez años en la misma fábrica que tú. Entramos a la misma hora, salimos a la misma
hora. Pero yo además hago la compra, preparo la cena, friego los platos y los
domingos me los paso rompiéndome la espalda con el suelo de la cocina. Estoy
muy cansada de hacerlo todo. Quiero que me eches una mano”. Bueno, pues se rio
de mí. Como hace siempre que saco el tema. Pero anoche no me callé. Esta vez
hablaba en serio. ¿Y sabes qué? Pensé que iba a soltarme un guantazo. Se puso
chulo, como si estuviera preparándose para darme una paliza. Pero ¿sabes qué?
¡Que me dio igual! No iba a dar marcha atrás, pasara lo que pasase. No te lo
vas a creer, me mataría si supiera que te lo estoy contando, pero fregó los
platos. Por primera vez en su vida».
Ninguna de estas
mujeres es feminista. Ninguna es miembro del movimiento de liberación de la
mujer. Ninguna ha oído jamás hablar de la autoconciencia feminista. Y aun así,
las tres muestran una sintomática influencia de la que sin duda es la creencia
más esotérica del movimiento. Las tres, sin una sensibilización específica,
están empezando a sentir los
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efectos de plantearse la experiencia personal de la mujer desde una
nueva perspectiva: desde una perspectiva política. Las tres están
experimentando esas misteriosas contracciones de la conducta que apuntan a una
alteración psicológica. Las tres están recurriendo a la red interconectada de
análisis feminista y desahogo emocional que está empezando a inundar el
ambiente social y político de la vida estadounidense actual. Las tres, sin
haber asistido jamás a un grupo de autoconciencia, han sentido cómo su conciencia
despertaba.
«Autoconciencia» es
el nombre que se le da a la práctica feminista de examinar la experiencia
personal propia desde la perspectiva del machismo, esa teoría que explica la
posición de subordinación de la mujer en la sociedad como resultado de la
decisión cultural de conferir poder directo a los hombres e indirecto a las
mujeres. El término y la práctica a la que se refiere proceden de varias
fuentes —el psicoanálisis, la teoría marxista y el reavivamiento
estadounidense, principalmente— y surgieron en las primeras etapas de
formulación feminista que comenzaron hace unos tres años en nichos de la lucha
por la libertad tan predecibles como Cambridge, Nueva York, Chicago y Berkeley
(la organización que más estrechamente vinculada está al el auge de la autoconciencia
son las Redstockings de Nueva York).
Percatándose, en
primer lugar, de que la posición de la mujer en nuestra sociedad constituye de
hecho la de una clase política, y, en segundo lugar, de que el ámbito «natural»
de la mujer son sus sentimientos, y, en tercer lugar, de que compartir un testimonio
en una atmósfera amable y de apoyo permite que la gente vea que sus
experiencias suelen repetirse (asilo que reduce su sensación de aislamiento y
alimenta el deseo de teorizar además de confesar), las feministas radicales se
han dado cuenta enseguida de que un grupo de mujeres sentadas en círculo
hablando sobre sus experiencias emocionales como si fueran material de análisis
cultural es dinamita política. Por lo tanto, es posible despertar la conciencia
de clase de las mujeres mediante el testimonio personal y el análisis
emocional. Y así, la idea del pequeño «grupo de mujeres» —o grupo de
autoconciencia— ha venido al mundo, a este mundo cruel pero apasionante.
La autoconciencia
es a la vez la introducción más celebrada y la más sencilla al movimiento por
la liberación de la mujer, y también la técnica más poderosa para la conversión
feminista que conocen las liberacionistas.
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Las mujeres se sienten atraídas hacia esta práctica por gran variedad de
insatisfacciones, pero se quedan gracias a esa interpretación completamente
nueva de su experiencia.
Reuniéndose, como
lo hacen, una semana tras otra durante muchos meses, las mujeres que están en
un grupo empiezan a experimentar una extraordinaria sensación de comunidad, que
es alentada por lo que la propia técnica indica que hay que hacer: buscar explicaciones
para cada parte de la historia personal de cada una desde el punto de vista de
la dinámica cultural o social creada por el machismo, en vez de hacerlo desde
el punto de vista de la dinámica individual, como se suele hacer en la terapia
de grupo. Aunque existen muchas diferencias entre la autoconciencia y la
terapia de grupo —por ejemplo, la primera no requiere ningún liderazgo
profesional, y tampoco se produce a cambio de dinero—, la diferencia
fundamental reside en este hecho: con la autoconciencia, una no busca
explicaciones para sus problemas de conducta en la propia e intransferible
historia emocional, sino en el hecho cultural del patriarcado.
Así, examinar la
historia y la experiencia propias en las reuniones de los grupos de
autoconciencia es más bien como agitar un caleidoscopio y ver cómo las mismas
piezas se reacomodan para formar una imagen completamente distinta, una imagen
que de repente hace que el color y la forma de cada pieza parezcan
asombrosamente nuevos y vivos, y repletos de un significado inesperado (sobre
todo por eso, las feministas suelen decir que las mujeres son las personas más
interesantes que hay hoy en el mundo, porque están experimentando el
fortalecimiento psíquico del autorredescubrimiento).
¿Qué se hace en un
grupo de autoconciencia? ¿Cómo se ven a sí mismas las mujeres? ¿Cuál es el
sentido de la conversación en una reunión típica? ¿Es simplemente una descarga
de rabia y odio a los hombres, como lo caricaturiza la prensa desfavorable?
¿Acaso una teorización errónea y obstinada en la que insisten los intelectuales
dentro de sus burbujas? ¿O incluso una forma de ombliguismo autocomplaciente,
como piensan muchos activistas de izquierdas de esos que parecen haberse
quedado mudos?
«Aquí —dice Roberta
H., un ama de casa de Long Island hablando elípticamente de las reuniones de su
grupo—, no generalizamos. No hablamos de ninguna otra experiencia excepto de
las de las mujeres presentes. Seguimos las reglas para la autoconciencia establecidas
por las
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New York Radical Feminists y no las aplicamos a “la experiencia de la
mujer”, sea lo que sea eso, sino a nosotras mismas. ¡Y madre mía, la de
similitudes que hemos encontrado!, ¡y cómo han cambiado nuestras vidas estas
reuniones!».
Las reglas a las
que Roberta H. se refiere se encuentran en un folleto mimeografiado, una
introducción a la organización de las New York Radical Feminists, que explica
el objetivo y los métodos de la autoconciencia. La cosa consiste básicamente en
reuniones de mujeres una vez por semana, sentadas en círculo y hablando por
turnos, abordando ellas mismas —casi exclusivamente a partir de sus
experiencias personales
— los temas
preseleccionados. El folleto establece los límites naturales de un grupo en
cuanto al número de miembros (entre diez y quince mujeres), recomienda comenzar
entre amigas y seguir con el boca a boca, y sugiere una lista de temas de
debate. Entre ellos, el amor, el matrimonio, el sexo, el trabajo, la feminidad,
cómo llegué a la liberación de la mujer, la maternidad, envejecer y la relación
competitiva con otras mujeres. Y otros temas irán surgiendo a medida que los
intereses o circunstancias concretos del grupo empiecen a asomar.
Cuando la
conversación de un grupo empieza a girar cada vez más en torno a circunstancias
que parecen muy individuales, suelen producirse similitudes sorprendentes. Por
ejemplo, un grupo de Westchester County compuesto exclusivamente por amas de
casa, todas convencidas de que cada uno de sus matrimonios tenía un significado
único en sus vidas, usó la pregunta «¿Por qué te casaste con el hombre con el
que te casaste?» para conducir el debate una noche. «Fuimos hablando todas
—dice Joan S., una de las mujeres presentes—, y mientras algunas de nosotras
parecíamos incapaces de responder a esa pregunta sin retrotraernos
prácticamente a cuando estábamos en la cuna, ¿sabes qué?, la palabra “amor” no
salió ni una sola vez».
En el Upper West
Side de Manhattan, en las inmediaciones de la universidad de Columbia, un grupo
de mujeres de entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años llevan seis meses
reuniéndose asiduamente. Emily R., una atractiva divorciada de cuarenta años de
este grupo, comenta: «Cuando fui a la primera reunión y vi el percal, me dije a
mí misma: “Ninguna de estas tías ha pasado por lo que yo he pasado. Es
imposible que se sientan como me siento yo”. Bueno, pues te lo digo. Ninguna de
ellas ha pasado por lo que yo he pasado si te fijas superficialmente en
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nuestras experiencias. Pero cuando miras un poco más de cerca, como
hemos estado haciendo nosotras en estas reuniones, te das cuenta de que todas
han pasado por lo que yo he pasado, y de que todas se sienten muy parecido a
como me siento yo. ¡Joder, cuando me di cuenta de eso…! ¡Cuando vi que lo que
siempre había sentido que era un problema personal mío era igual para todas las
mujeres de aquella sala…! Bueno, pues ahí fue cuando mi autoconciencia
despertó».
Lo que Emily R.
explica es el fenómeno que más se menciona en el movimiento, ese destello de
lucidez que es el responsable directo de que cientos de mujeres en todas partes
estén dando su salto de fe feminista: darse cuenta de que eso que siempre se
había interpretado como un síntoma de infelicidad, de insatisfacción o de
frustración personal se repetía de forma tan exacta y generalizada entre las
mujeres que quizá debía atribuirse a causas culturales y no solo psicológicas.
En el movimiento
feminista, esta clase de «descubrimiento» no puede producirse en otro sitio que
no sea un grupo de autoconciencia. Solo ahí, durante muchos meses de reuniones,
las mujeres por fin son capaces —las que llegan a serlo— de sacar a la superficie
esos sentimientos enmarañados de ira, desconcierto y ausencia de justicia que
en primera instancia las condujeron al movimiento. Solo ahí las dinámicas del
machismo se revelarán, y por fin resultarán visibles en los detalles vívidos de
sus propias vidas.
Claire K., una
activista feminista de Cambridge, dice de los grupos de autoconciencia: «Llevo
ya más de dos años trabajando con grupos de mujeres. La vida media de un grupo
es de entre un año y dieciocho meses, y créeme, he visto a muchos disolverse
antes de llegar siquiera a despegar. ¡Pero cuando funcionan…! Hay un pulso en
algunos de ellos que es como la vida misma. Ves al grupo expandirse y
contraerse, y cada vez que hace una u otra cosa nunca vuelve a su ser
exactamente igual. Algo les ocurre a las mujeres y al propio grupo. Si
sobreviven, habrán crecido. Se ve, casi se puede oler y saborear».
Yo soy una de esas
feministas que siempre están lamentándose por lo coherente y alto de miras que
era el liderazgo del movimiento de las mujeres del siglo XIX. Muchas
veces, cuando observo la fragmentación, la diversidad política y la disparidad
intelectual entre las integrantes del movimiento feminista de hoy siento pena,
y me descubro a mí misma imaginando con envidia a Elizabeth Cady Stanton, a
Lucretia Mott y a
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Susan B. Anthony cogidas de la mano, por así decirlo, durante cuarenta
años, expresando ese gesto de mutua sustentación que entrelazó sus vidas y su
causa. Y pienso, presa del pánico, ¿dónde estaríamos nosotras sin ellas? Lo
pensaron todo para nosotras, y no las hemos superado ni un poquito.
Últimamente, sin embargo, he cambiado de opinión respecto a esto…
Una noche, hace no
mucho, iba de camino a una reunión en la que se pretendía formar una coalición
a partir de las muchas organizaciones del movimiento. Sabía exactamente qué me
esperaba. Sabía que una mujer de la NOW (National Organization of Women) se levantaría
y hablaría de nuestra «imagen»; que una maoísta proclamaría en voz alta que le
importaban una mierda los orgasmos de nadie, que sus mujeres estaban muriéndose
de hambre, joder; que una de las radicalesbians insistiría en que el movimiento
de las mujeres debe abordar ya mismo el problema del machismo desde dentro, y
que como mínimo diez mujeres del Socialist Workers Party se marcharían para
protestar por el control «elitista» del movimiento que ejercía la clase media.
Sabía que habría un montón de aportaciones emotivas, una cantidad relativamente
pequeña de observaciones valiosas y que se adoptaría alguna que otra medida. De
repente, mientras el autobús en el que iba giraba en dirección oeste por
Central Park, me di cuenta de que daba igual, de que nada de eso importaba. Me
di cuenta de que era estúpido y autocomplaciente desear que Elizabeth Stanton
presidiera la reunión. Ella había trabajado y hablado —mucho— en el idioma de
su época, y aunque en la mía ninguna mujer del movimiento podía igualársele,
había otra cosa que sí estaba a su altura: los grupos de autoconciencia.
Entonces me di
cuenta de que los pequeños y anónimos grupos de autoconciencia eran el corazón
del movimiento de las mujeres, de que lo que vale no es lo que ocurre en las
reuniones del movimiento de Nueva York o Boston o Berkeley, sino el hecho de
que cientos de esos grupos están brotando cada día —en universidades de Kansas,
en puebluchos de Oregon, en los barrios de las afueras de Detroit—, y ahí
radica la capacidad de respuesta alentada por el feminismo radical moderno. Es
ahí donde se está forjando una nueva psicología del yo: una psicología
política. Los grupos de autoconciencia actuales son el verdadero segundo frente
del feminismo. El fantasma de Susan B. empezó a rondarme, asintiendo
enérgicamente: «Eso es, querida, eso es».
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Ese fantasma me ha acompañado a todas las reuniones del movimiento a las
que he asistido desde aquella noche, pero cuando estoy con un grupo de
autoconciencia ella desaparece y me quedo sola. Entonces, para bien o para mal,
soy la plena ocupante de mi pellejo feminista, y me dedico a la verdadera
empresa del feminismo moderno: la aspiración de ser dueñas de nosotras mismas.
Y ahora, asistamos
a la reunión de un grupo de autoconciencia.
A primera hora de
una fresca noche de otoño, una mujer joven en un apartamento de la zona de
Gramercy Park, en Manhattan, firma una carta, la mete en un sobre, apaga la
lámpara de su escritorio, coge el abrigo del armario de la entrada, baja
corriendo dos tramos de escaleras, coge un taxi y se dirige hacia el oeste,
cruzando toda la ciudad. Al mismo tiempo, en el Upper West Side, otra mujer,
algo más mayor que la primera, se inclina sobre un niño dormido, le besa la
frente, le da las buenas noches a la niñera, baja doce plantas en un ascensor,
camina hasta Broadway y desaparece en la boca del metro. Al otro lado de la
ciudad, en el Upper East Side, otra mujer echa hacia atrás la cabeza para
recolocarse la melena peinada con estilo, se pone un precioso par de botas de
ante y sale de su diminuto apartamento para bajar a la calle y dirigirse
también al otro lado de la ciudad. En el Lower East Side, en un piso de
alquiler en una cuarta planta, una mujer cinco o seis años más joven que las
anteriores se desenreda a tirones su melena negra, chancletea por las escaleras
con sus zuecos suecos y echa a andar trabajosamente en dirección oeste en St.
Marks Place. En otros lugares por todo Manhattan, más mujeres están saliendo de
sus casas. Cuando la última entra por fin en el salón de Greenwich Village al
que todas se dirigían, ya hay diez mujeres allí.
Todas están entre
los veintimuchos y la mitad de la treintena; en cuanto a su aspecto, son entre
atractivas y muy guapas; en cuanto a su educación, tienen licenciaturas o
doctorados; en cuanto a su estado civil, las hay solteras, casadas, divorciadas
e inminentemente separadas; dos son madres. Se llaman Veronica, Lucie, Diana,
Marie, Laura, Jen, Sheila, Dolores, Marilyn y Claire. Sus ocupaciones son,
respectivamente, asistente de producción de televisión, estudiante de posgrado,
ama de casa, redactora, periodista, actriz en paro, secretaria judicial,
licenciada universitaria en paro, maestra y programadora informática.
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No son mujeres del movimiento, tampoco son feministas comprometidas ni
se caracterizan por tener especial conciencia del desarrollo social ni tampoco
neurosis personales. Solo son un conjunto bastante corriente de mujeres que han
sentido algún tipo de necesidad no resuelta y apenas mencionada de formar un
«grupo de mujeres». Están en su tercer mes de reuniones, ahora se encuentran en
casa de Marie (la semana próxima se reunirán en la de Laura, y luego en la de
Jen, y así sucesivamente), y el tema de debate de esta noche es «el trabajo».
La estancia es
amplia, con luz tenue, y está amueblada para estar a gusto. Después de diez o
quince minutos de risas, charla e intercambio de libros y notas, las mujeres se
colocan en círculo, algunas en sillas, otras en el sofá, otras en el suelo. En
el centro del círculo hay una mesita de café a rebosar: cafetera, tazas,
azúcar, leche, platos con queso y pan, galletas y fruta. Marie propone que
empiecen ya, se gira hacia la mujer de su derecha, que resulta ser Dolores, y
le pregunta si quiere ser ella la primera.
DOLORES (la
licenciada universitaria en paro). Supongo que sí, no pasa nada… Prefiero
ser la primera…, sobre todo porque odio ser la última. Cuando soy la última, lo
único en lo que pienso es en que pronto va a tocarme a mí. (Alza la mirada,
nerviosa). No tenéis ni idea de lo mucho que odio hablar en público. (Hay
una pausa larga, silencio en el círculo). ¡Trabajo! Puf, ¿qué puedo decir
yo? Todo este tema ha sido siempre un auténtico infierno para mí…
Muchas de vosotras habéis dicho que vuestros padres os ignoraban cuando erais
pequeñas y solo les hacían caso a vuestros hermanos. Bueno, pues en mi casa fue
justo lo contrario. Tengo dos hermanas, y mi padre siempre me decía que yo era
la más lista de las tres, que era más lista que él, y que podría hacer todo lo
que quisiera…, pero por alguna razón, no sé muy bien cuál, todo lo que hacía no
llegaba a nada. Después de seis años de psicoanálisis sigo sin saber por qué. (Clava
la mirada en el vacío durante un instante y sus ojos parecen perder el hilo de
sus pensamientos. Entonces sacude la cabeza y continúa). Siempre he ido a
la deriva…, sin rumbo. Mis padres nunca me obligaron a trabajar. Ni siquiera
ahora necesito trabajar. He tenido todas las oportunidades del mundo para
descubrir lo que quería hacer de verdad. Pero… nada de lo que hacía me
satisfacía, y lo dejaba… O me desviaba… O me iba de viaje. Trabajé para una
gran empresa durante un tiempo… Luego mis
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padres se fueron a París y yo me fui con ellos… Volví… Fui a la
universidad… Estuve de investigadora en Time-Life… Y de nuevo sin rumbo… Me
casé… Me divorcié… A la deriva otra vez. (Su voz se vuelve más titubeante).
Siento que estoy desperdiciando mi vida. Me gustaría escribir, me
gustaría de verdad; creo que sería una buena escritora, pero no sé. No soy
capaz de ponerme en marcha… Mi padre está muy decepcionado conmigo. Sigue
esperando que haga algo importante. En algún momento. (Se encoge de
hombros pero está muy pálida y tiene una expresión apagada, y su dolor es
expresivo. Es una de las mujeres más guapas de la sala).
DIANA (el
ama de casa). ¿Y qué crees que vas a hacer?
DOLORES. (En un
estallido de rabia). ¡Intentar casarme!
JEN (la
actriz en paro) y MARIE (la redactora). ¡Ay, no!
CLAIRE (la
programadora informática). ¡Otra vez! ¿Es que no has aprendido nada? ¿Qué
demonios va a hacer el matrimonio por ti? ¿Con quién demonios vas a casarte?
¿Sintiéndote así contigo misma? ¿Quién podría salvarte de ti misma? Porque eso
es lo que quieres.
MARILYN (la
maestra). Eso es. Es como «uy, son demasiadas cosas que resolver, mejor me
caso».
LUCIE (la
estudiante de posgrado). Casarse así está condenado al desastre.
JEN: Y cuando te
casas así siempre es con algún tipo raro, y sin embargo te has convencido a ti
misma de que es maravilloso. Súper comprensivo.
Dolores se pone
colorada y se queda muy callada ante todo esto.
SHEILA (la
secretaria jurídica). ¡Dejad de meteros con ella! Sé perfectamente cómo se
siente… A mí me criaron para ser esposa y madre, y aun así mi padre quería que
hiciera algo útil con mi educación, que para eso me había enviado a uno de los
mejores colegios femeninos del este. No me casé cuando acabé la secundaria,
como la mitad de las chicas con las que me gradué, y ahora, siete años después,
sigo sin estar casada. (Deja de hablar de golpe y pierde los ojos en el
espacio del centro del círculo, su atención deambula como si de repente se
hubiera perdido). No sé cómo describirlo exactamente,
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pero sé muy bien cómo se siente Dolores sobre lo de ir a la deriva.
Siempre he trabajado, y aun así siempre me he sentido algo confusa por dentro.
Nunca he sabido realmente hacia dónde quería ir en un trabajo: hacia arriba,
hacia abajo, hacia los lados… Siempre había pensado que trabajar para un hombre
muy brillante e importante sería lo más maravilloso del mundo. No ha podido
ser. Pero he trabajado para algunos hombres buenos y he aprendido un montón de
ellos. Aunque… (Su cabeza morena se eleva dos o tres centímetros y mira a su
alrededor con vacilación), no sé al resto de vosotras, pero a mí mis jefes
siempre han terminado haciéndome proposiciones. Es curioso. En cuanto me va
bien, cuando estoy aprendiendo rápido y asumiendo alguna responsabilidad de
verdad, es como si los excitara, y ellos mueven ficha. Entonces los rechazo y
ellos casi siempre empiezan a intimidarme. Quiero decir, ¡me hacen la vida
imposible! Y claro, yo retrocedo… Me vuelvo pequeña, me asusto y soporto todo
lo que me hagan… Y luego me voy. No sé, quizá haya algo en mi comportamiento
que vaya pidiéndolo a gritos, la verdad es que ya no lo sé.
MARIE. Es muy
probable que sí vayas pidiéndolo a gritos. Trabajo con un montón de hombres y a
mí no me hacen proposiciones cada dos por tres. Soy tan directa que nadie se
atreve… Todos piensan que soy lesbiana.
SHEILA. (Lastimeramente).
¿Y por qué son así las cosas? ¿Por qué son así los hombres? ¿Es algo que ellos
tienen y que nosotras no, una necesidad sexual de satisfacción del ego? ¿Están
hechos de otra pasta?
JEN. (Colocando
su taza de café en el suelo, junto a ella). ¡No! ¡Es que nunca hemos
aprendido a no dejarnos pisotear! Y joder, ellos lo saben, y juegan con eso. Yo
llevo años siendo actriz, ya lo sabéis todas. Bueno, pues una vez, cuando era
bastante nueva en el mundillo, actuaba con este tío, ¿sabéis? Un tío que me
metía mano en el escenario. Todo el tiempo. Estaba aterrada. No sabía qué
hacer. Al final se lo dije al regidor: «Ese tío me está metiendo mano». El
regidor me miró como si estuviera loca y se encogió de hombros. Como diciendo:
¿y qué quieres que haga yo? Bueno, pues al final pensé:
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«Hasta aquí». Y le mordí. Sí, mordí a ese cabrón, le mordí la lengua
mientras me besaba.
UN CORO DE VOCES.
¿¿¿Le mordiste???
JEN. (Con
mucha dignidad). Sí, joder, le mordí. Y él me dijo: «Pero ¿qué coño haces?,
¿por qué?». Y yo: «Sabes muy bien por qué». ¿Y sabéis qué? Que después de eso
me respetó. (Se ríe). No es que le encantara hacerlo. Pero me respetó. (Se
queda abstraída durante un instante). Supongo que tiene gracia. Lo de
morderle la lengua al otro durante una escena de amor, digo.
VERONICA (la
asistente de producción de televisión). Sí que la tiene.
LAURA (la
periodista). Me he quedado pensando en algo que ha dicho Sheila. En eso de
que en cuanto empezaba a ser buena en el trabajo su jefe intentaba ligar con
ella, y eso era el principio del fin, ¿no? Ella lo rechazaba, él se convertía
en un hijo de puta y ella acababa marchándose. Es casi como si el sexo se usara
para cortarle las alas, para limitarla, para impedir que siguiera ascendiendo
de alguna manera. Como un instinto que él tiene, instinto de jefe: acostarse
con ella cuando siente que se está volviendo muy independiente.
LUCIE. (Con
entusiasmo). ¡Totalmente! Como Sansón y Dalila pero al revés. Dalila sabía
que el sexo le daría la oportunidad de destruir la fortaleza de Sansón. Las
mujeres son famosas por querer acostarse con los hombres para someterlos, ¿no?
Ese es el gran mito, ¿no? Él todo mente y espíritu, ella toda emoción e
instinto animal. Ella usa ese instinto con astucia para buscar el empate, para
conseguir algo de poder, para derrotarlo mediante el sexo. Pero mirémoslo de
otra forma. ¿Qué están diciéndonos siempre los tíos? ¿Qué están diciéndonos
siempre sobre la liberación de las mujeres? «Lo que te hace falta es un buen
polvo». Lo dicen con esperanza. Rezan por que sea así. En el fondo lo saben.
Todos sabemos de qué va la historia esa del «buen polvo».
CLAIRE. No entiendo
nada. ¿Qué tenéis en la cabeza? ¿No es genial que un tío quiera acostarse con
una mujer que está volviéndose independiente?
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MARIE. Sí, pero no en el trabajo. Siempre hay algo raro cuando el sexo
se mezcla con los negocios. Es como un arma secreta, algo con lo que puedes
darle un golpe bajo a tu oponente.
DIANA. Joder,
¡estáis todas locas! El sexo es divertido. Pase donde pase. Es cálido y
agradable y hace que la gente se sienta bien.
DOLORES. Esa es una
de tus fantasías favoritas, ¿no?
SHEILA. Desde
luego, a mí no me parece muy divertido cuando veo a alguna de mis compañeras
insinuándosele a un abogados cuando quiere un aumento, siempre me quedo
mirándoles la expresión de la cara mientras se alejan.
MARIE. Puf, ¡eso me
recuerda a cuando mi madre quiere algo de mi padre!
VERONICA. (Débilmente).
¡Estáis empezando a hacerme sentir fatal!
Todas giran la
cabeza en su dirección.
MARIE. ¿Por qué?
VERONICA. Por la
forma en la que habláis de usar el sexo en el trabajo. Como si fuera tan
horrible. A ver, yo siempre he usado una especie de simpatía sexy para
conseguir lo que quiero en el trabajo. ¿Qué hay de malo en eso?
LUCIE. Pero ¿qué
haces?
VERONICA. Bueno, si
alguien se está poniendo muy aburrido y serio con el trabajo, digo algo
divertido de una forma que supongo que podría llamarse sexy, para
relajar el ambiente, que a veces se vuelve muy pesado. ¿Sabéis a qué me
refiero? ¡Los hombres pueden ser tan presuntuosos cuando se trata de negocios!
Y entonces, por lo general, consigo lo que quiero. Porque soy muy divertida y
muy mona y ellos se parten de risa.
DIANA. (Acaloradamente).
Pero ¿es que no ves lo que estás haciendo?
VERONICA. (Irritada).
No, no lo veo. ¿Qué estoy haciendo?
DIANA. (Moviendo
las manos en el aire nerviosamente delante de ella). Ahí se está hablando
de algo serio y tú apareces y dices: «No os
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agobiéis, chicos. Aquí está esta pobre mujercita frívola. Ahora voy a
hacer alguna broma, os guiño el ojo, hago un bailecito y todos hacemos como que
no está pasando nada».
VERONICA. Joder,
nunca lo había visto así.
LAURA. Es como los
simios esos. Hicieron un estudio con simios y descubrieron que parlotean y se
ríen y sonríen mucho para defenderse de las agresiones.
MARILYN. ¡Como las
mujeres! Siempre nos están diciendo: «¡Sonríe!». ¿Quién coño le dice a un
hombre que sonría? ¿Y cuántas veces sonreís sin ningún motivo? Nos sale tan
natural eso de empezar a sonreír en cuanto nos ponemos a hablar con un hombre,
¿no?
LUCIE. ¡Ya ves!
¡Tienes razón! Veréis… Joder, ¡es increíble! Justo estaba pensando en esto el
otro día. Iba caminando por la Quinta Avenida y un hombre en la puerta de una
tienda me dijo: «¿Qué te pasa, guapa? ¡Seguro que no es tan malo, mujer!». Y me
quedé sorprendida porque no me sentía triste ni nada, y no podía entender por
qué me decía eso. Así que rápidamente me miré en el escaparate para ver qué
cara tenía. Y no tenía cara de nada. Solo era mi cara en reposo. Solo tenía una
expresión pensativa normal y corriente. Y él se pensó que estaba triste. Y no
pude evitarlo, me dije a mí misma: «¿Te habría dicho eso si fueras un hombre?».
Y me respondí inmediatamente: «¡No!».
DIANA. Tal cual.
Eso es lo que quieren en realidad. Que estemos siempre descalzas, embarazadas y
sonriendo. Siempre como rogando un poco, ¿sabéis? Un poco suplicantes, y así
todo el tiempo. Y se ponen nerviosos si dejas de sonreír. No porque estés
triste. ¡Sino porque estás pensando!
DOLORES. Oh, venga
ya. ¿De verdad hay un montón de hombres que se comportan todos así? ¿Y esos
tíos que son el alma de la fiesta? ¿Todos esos tíos normales que son un poco
payasos?
CLAIRE. Sí, ¿y qué
pasa con ellos? Nunca te tomas en serio a esos tíos. Nunca te imaginas
comportándose así a los hombres con poder de verdad, a los tíos con intenciones
serias y fuerza real, ¿o sí? Y estos son los que sí tienen responsabilidad. Los
otros son de los que las
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mujeres se ríen en privado, los que se convierten en nuestros
confidentes y no en nuestros amantes, los que son como nosotras.
SHEILA. (En voz
bajita). Tienes razón.
LUCIE. Y es verdad,
no te ayuda nada si quieres que te tomen en serio, todas esas sonrisas.
SHEILA. (De
repente parece triste y absorta). Y saca a la luz tu debilidad.
DOLORES. Sí,
exacto. Sonreímos porque nos sentimos confundidas, porque nos sentimos
vulnerables. No sabemos muy bien cómo conseguir lo que queremos, cómo navegar
por la vida, así que nos comportamos «de forma muy femenina». En eso consiste
todo en realidad, ¿no? Ser masculina es pasar a la acción, ser femenina es
sonreír. Sé coqueta y mona y sexy, y quizá te conviertas en la
ayudante de un gran hombre. Qué triste es todo esto, joder…
VERONICA. (Un
poco aturdida). Nunca lo había pensado así. Pero es verdad, supongo que es
verdad. Ya sabéis. (Y ahora las palabras le salen a borbotones y la voz se
le pone más fuerte). Mi trabajo siempre me ha dado miedo.
Siempre he sentido que estoy ahí por casualidad y que en cualquier momento van
a pillarme. En cualquier momento van a descubrir que soy una farsante. Hace
poco se me presentó la oportunidad de convertirme en productora y la eché a
perder. No me di cuenta de que lo había hecho a propósito hasta dos semanas
después, no quería ascender, me da miedo la responsabilidad, prefiero quedarme
donde estoy, haciendo mis bromitas sin llamar demasiado la atención…
La voz de Veronica
se extingue, pero su cara rebosa conflicto, y durante un rato largo nadie dice
nada.
MARILYN. (Sentada
sobre sus piernas, en el sofá, pasándose distraídamente la mano por su pelo
rubio, que lleva muy corto). Joder, ¡cuánto me suena eso!
Conozco perfectamente esa sensación de creerte que estás ahí por casualidad y
de que en cualquier momento va a caer la cuchilla. Nunca he sentido que nada de
lo que he conseguido (ninguna distinción, ningún premio, ningún trabajo decente)
fuera legítimamente mío. Siempre he pensado que era suerte, que había
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estado en el lugar y el momento indicados y que como soy capaz de dar
buena impresión la gente no se enteraba…, pero si me quedaba ahí el tiempo
suficiente acabarían dándose cuenta… Así que supongo que también he ido mucho a
la deriva. Cuando estaba casada, me aprovechaba de la situación. Recuerdo
cuando mi marido me animaba a que trabajara, me decía que yo era una chica con
talento y que no debía limitarme a estar de brazos cruzados en casa cuidando
del bebé. De verdad deseaba que él me convenciera, pero es que no era capaz.
Todas las noches me decía «mañana sí que sí», y cada mañana me levantaba con la
sensación de tener la cabeza llena de niebla, tan lenta que no podía ni
moverme. Para cuando lograba salir de aquella maldita cama era demasiado tarde
para llamar a una niñera y demasiado tarde para conseguir una entrevista de
trabajo y demasiado tarde para cualquier cosa, la verdad. (Se vuelve hacia
Diana). Tú eres ama de casa, Diana. Debes de saber a qué me refiero. (Diana
asiente con tristeza). Entonces me dio por concentrarme en mi vida sexual
con mi marido, que nunca había sido demasiado buena y que ahora
estaba volviéndose realmente mala. Es difícil de explicar. Siempre habíamos
sido muy afectuosos el uno con el otro, y seguíamos siéndolo. Pero empecé a
anhelar… un poco de pasión. (Sonríe, casi como disculpándose). ¿De qué
otra forma puedo llamarlo? No había pasión entre nosotros, apenas
teníamos ya relaciones sexuales. Empecé a exigírselas. Mi marido reaccionó muy
mal, me llamó…, mierda, ¡me llamó las cosas más horribles! Entonces tuve una
aventura. El sexo era genial, aquel hombre era muy cariñoso conmigo durante
mucho rato. Sentí que volvía a la vida. Pero entonces ocurrió algo extraño.
Estaba como hipnotizada por el sexo. Nunca tenía suficiente, no podía dejar de
pensar en ello, me consumía, y aun así me quedé igual de aletargada con el
deseo sexual que cuando no podía levantarme para salir a buscar trabajo. A
veces me sentía tan débil que apenas podía prepararme para quedar con mi
amante. Y entonces… (Deja de hablar y clava los ojos en el suelo. Se le
arruga la frente, frunce el ceño, de repente parece atravesada por los
recuerdos. Todas guardan silencio).
DIANA. (Con
mucha suavidad). ¿Y entonces?
MARILYN. (Casi
sacudiéndose para salir de su ensimismamiento). Y entonces ese hombre le
contó a mi marido que estábamos teniendo una
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JEN. ¡Mierda!
MARILYN. Se volvió
loco… (Su voz se apaga y todas se quedan en silencio, esta vez hasta que
ella vuelve a hablar). Me dejó. Llevamos separados un año y
medio. Entonces sí tuve que salir a trabajar. Y lo he hecho, vaya que sí. Pero
sigue siendo algo muy difícil. Hago el trabajo más normal y corriente del
mundo, me da miedo salirme de mis límites, me da miedo intentar cualquier cosa
que implique un riesgo real. Es como si hiciera falta algún tipo de formación
para correr riesgos y yo no la tuviera… Y que mi marido me dejara y me viera
obligada a trabajar fuera de casa no me dio por arte de magia lo que sea que
haga falta para conseguir esa formación.
LAURA. (Con
dureza). Quizá sea demasiado tarde.
DIANA. Bueno, esa
es una sentencia un poco tremenda. (Cruza las piernas y mira al suelo).
Todas la miran,
pero ella no dice nada más. Jen se estira, Claire le da un mordisco a una
galleta, Lucie sirve café y todas se reacomodan en sus asientos.
MARIE. (Después
de una larga pausa). Tu turno, Diana.
DIANA. (Girando
en la silla y pasándose las finas manos nerviosamente por el pelo rojo y rizado).
Me ha resultado difícil concentrarme hoy en la conversación. Esta
tarde he ido a ver a mi madre al hospital, y no he sido capaz de dejar de
pensar en ella en todo el día.
JEN. ¿Está muy
enferma?
DIANA. Bueno, sí,
creo que sí. Ayer la sometieron a una operación seria: tres horas sobre la mesa
del quirófano. Pude acariciarla un ratito y me fui. Pero hoy parecía estar
mucho mejor y he podido hablar con ella. Estaba junto a su cama, me ha cogido
la mano y me ha dicho: «Hace falta una enorme fuerza de voluntad para
sobrevivir a esto. La mayoría de la gente solo necesita una razón para hacerlo.
Yo tengo tres: tú, tu padre y tu abuela». Y de repente me he sentido furiosa.
Furiosa con ella. Siempre ha sido tan fuerte…, es la persona más fuerte que
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conozco, y la he querido mucho por eso. Pero de pronto me he sentido
engañada, me han dado ganas de decirle: «¿Por qué no vives por ti misma?».
Decirle: «¡No puedo asumir esta carga! ¿Por qué me haces esto?». Y ahora de
repente estoy aquí y me pedís que hable del trabajo y la verdad es que no tengo
nada que decir. ¡Joder, es que no tengo nada que decir! ¿A qué me dedico yo? En
el fondo, ¿a qué me dedico? Me he pasado la mitad de mi vida fantaseando con un
deseo que se resume en dejar a mi marido y encontrar algún trabajo maravilloso…
Por lo menos, mi madre ha trabajado mucho toda su vida. Me crio cuando mi padre
biológico la abandonó, me envió a la universidad, me ayudó a pagar mi primer
piso, nunca me dijo que no a nada. Y cuando me casé ella sintió que ya lo había
logrado todo. Aquel era el final del arcoíris…
DOLORES. (Tímidamente).
Pero ¿qué tiene de espantoso que tu madre te haya dicho que vive por todos
vosotros? No sé, antes eso se consideraba una virtud. Estoy segura de que
muchos hombres sienten eso, que viven por sus familias. La mayoría de los
hombres odian su trabajo…
MARILYN. Mi marido
solía decir eso siempre, que vivía solo por mí y por el bebé, que para él eso
lo era todo.
LUCIE. ¿Y qué te
parecía? ¿Qué pensabas de él cuando decía eso?
MARILYN. (Ruborizándose).
Me sentía rara. Como si algo fallara en él.
LUCIE. (A Diana).
¿Has pensado que a tu madre le pasa algo raro cuando te ha dicho lo que te ha
dicho?
DIANA. (Pensándoselo).
No. No es que le pase nada raro. A ella decir eso le parece «lo correcto»,
supongo que sabéis a qué me refiero, pero de repente a mí me ha parecido
horrible.
LUCIE. Es extraño,
¿no? Cuando un hombre dice que vive por su familia suena definitivamente
antinatural. Cuando lo dice una mujer, suena muy «correcto». Es lo que se
espera.
LAURA. Exacto. Lo
que es patológico en un hombre parece normal en una mujer.
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CLAIRE. En cierto sentido, volvemos a lo de que la mujer busca siempre
realizarse en su vida familiar y un hombre nunca, o casi nunca.
MARIE. ¡Madre mía,
el tema de la realización! Desearla en mi trabajo y no buscarla en lo que hace
mi marido.
JEN. Decidme una
cosa, ¿alguna vez se han realizado los hombres gracias al trabajo de sus
mujeres?
VERONICA. Sí, y
entonces los llamamos «señor Streisand».
Todas hacen un
parón, y de repente están devorando galletas y fruta. Se estiran y una o dos
mujeres caminan por el salón. Quince minutos después…
MARIE. (Pelando
una naranja, sentada en el suelo como una yogui). Primero trabajé para una
pequeña agencia de publicidad. Aprendí a ser redactora, y me encantó desde el
principio. Nunca tuve ningún problema con la gente de aquella empresa. Era como
una gran familia bien avenida. Todos trabajábamos bien con todos y todo el
mundo sabía algo sobre el trabajo de los demás. Cuando el sitio echó el cierre
y me despidieron me sentí muy triste, y muy perdida. Durante mucho tiempo ni
siquiera fui capaz de salir a buscar trabajo. No tenía ni idea de por dónde
empezar. Por algún motivo, no sentía que tuviera ninguna competencia
transferible. Parecía que no sabía cómo lidiar con Madison Avenue. Entonces me
di cuenta de que, de cierta manera, nunca me había tomado aquel trabajo como un
período de preparación para la independencia en el mundo. Fue como una
continuación de mi familia. Mientras me cuidasen y atendiesen, yo funcionaba,
pero cuando tenía que ir por mi cuenta me venía abajo. No sabía cómo funcionar…
Y sigo sin saberlo, la verdad. Nunca he vuelto a ser la misma. Nunca he vuelto
a tener un trabajo en el que haya sentido que estoy comportándome
responsablemente.
SHEILA. ¿Crees que
quizá estés limitándote a esperar hasta que te cases?
MARIE. No. Sé que
quiero trabajar, sea como sea. Sé que quiero un yo que no esté vinculado a un
marido, o a ninguna otra persona aparte de mí, ya que estamos… Pero me siento
muy perdida, no sé ni dónde me encuentro, la verdad.
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Cinco o seis cabezas asienten comprensivas.
CLAIRE. No me
siento como ninguna de vosotras. Pero para nada.
DOLORES. ¿A qué te
refieres?
CLAIRE. Voy a
contaros una cosa. Tengo dos hermanas y un hermano. Mi padre era un hombre muy
muy competitivo. Le encantaban los deportes y nos enseñaba a practicarlos, y
nos trataba a todos como si fuéramos sus iguales. Es decir, competía con
nosotros como si tuviéramos veinticinco años y no ocho. Así con todo: la
navegación, las damas, el béisbol, no había nada en lo que no compitiera.
Cuando era niña vi cómo lanzaba una pelota de béisbol directa al estómago de mi
hermana. Qué fuerte, ¿verdad? Pues nos encantaba. A todos. Y nos sirvió para
prosperar. Para mí, el trabajo es como todo lo demás. Una competición. Soy
capaz de entrar ahí, hacerlo lo mejor posible, competir ferozmente con
cualquier hombre, mujer o máquina. Y uso todo lo que tenga a mi alcance: sexo,
cerebro, resiliencia. Lo que se os ocurra, yo lo uso. Y si pierdo, pierdo, y si
gano, gano. Lo importante es hacerlo lo mejor posible, sin más. Y si resulta
que me discriminan por ser mujer, ataco con más fuerza. Pero el nombre del
juego es competición.
Todas la miran
boquiabiertas, y de repente empiezan a hablar a la vez, pisándose unas a otras
y a sí mismas, riéndose, interrumpiéndose, una explosión general.
LAURA. (Secamente).
El sueño americano. Aquí, delante de nuestras narices.
DIANA. (Con
lágrimas). Joder, Claire, ¡es espantoso!
LUCIE. (Pasmada).
Ese es el tipo de cosas que está aniquilando a nuestros hombres. En cierto
sentido, es el motivo por el que estamos aquí.
SHEILA (Enfadada).
Maldita sea, ¡esa pasión por competir!
MARIE. (Estupefacta).
La sola idea de limitarse a ser queda totalmente fuera de todo esto.
JEN. (Indignada).
¡Y ponerse sexy para competir! ¡Estás degradando a todo el
género femenino!
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VERONICA. (Interesada). Dicho de otra manera, Claire, ¿insinúas
que si te dan lo que quieres, ellos te consiguen a ti?
DIANA. (Con
tristeza). Esa competitividad es lo que más odiamos de los hombres, ¿no?
Eso es lo que produce la versión más embrutecedora de la masculinidad. Estamos
aquí para intentar ser hombres, ¿es eso? ¿Queremos ser hombres en lo peor?
LUCIE. (Enfadada).
¡Por Dios! Estamos aquí para intentar ser nosotras mismas. Sea lo que sea eso.
MARILYN. (Con
una repentina autoridad). Creo que os estáis equivocando. No habéis
entendido lo que Claire en realidad quiere decir. (Todas dejan de hablar y
miran a Marilyn). Lo que Claire os está diciendo es que su
padre le enseñó no a ganar sino a perder. No le enseñó a pisotear a otras
personas. Le enseñó a levantarse y salir intacta cuando otras personas la
pisotearan a ella. Y a él le gustaba tanto la idea de enseñarles eso a sus
hijos que ignoró el hecho de que ella y sus hermanas eran chicas, y se lo
enseñó de todas formas.
Todas se toman un
momento para digerirlo.
LAURA. Creo que
Marilyn tiene mucha razón. Eso es justo lo que Claire tiene dentro. Es la
persona más fuerte de aquí, y todas lo sabemos desde hace tiempo. Tiene el yo
más equilibrado y más independiente que pueda imaginarse. Y ahora veo que
probablemente lo haya desarrollado a partir de su competitividad. Es casi como
si le hubiera proporcionado una forma de relacionarse con el resto de la gente,
más que una relación concreta.
SHEILA. Bueno, si
eso es cierto entonces su padre obró un pequeño milagro.
JEN. No es ninguna
broma. Saber dónde te encuentras respecto a otras personas, lo que se supone
que tienes que hacer, pero no por lo que otras personas quieren que hagas sino
por lo que tú quieres para ti misma…, saber lo que quieres para ti misma…, eso lo
es todo, ¿no?
LAURA. Yo creo que
sí. Cuando pienso en el trabajo, eso es lo que más me planteo. Y cuando pienso
en mí y en el trabajo, os juro que me siento como Ulises después de diez años
en el mar. Yo, a diferencia del resto
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de vosotras, no siento que estoy donde estoy por suerte o por casualidad
o por un esfuerzo surgido de una competitividad sana. Me siento como un toro
medio enloquecido que sigue dando vueltas y vueltas y vueltas, tratando de
salir del laberinto en el que se encuentra… Me pasé diez años sin saber qué
demonios quería hacer con mi vida. Así que fui casándome y teniendo hijos. He
tenido tres hijos y otros tantos maridos. Todos buenos hombres, todos buenos
conmigo, y ninguno ha significado nada para mí. (Se para en seco: parece
estar buscando las palabras). Yo quería hacer algo. Algo que fuera
real, y serio, y que fuera una batalla conmigo misma. Cada vez que me casaba
era como si estuviera echándole mercromina a una herida infectada. Os juro que
a veces creo que lo que más me molesta es que las mujeres siempre se casan como
si fuera una rendición. Es lo que se nos anima a hacer, es lo que nos
apresuramos a hacer con mucho alivio, es lo que llegamos a odiar con todas
nuestras fuerzas. Porque el matrimonio en sí, para la mayoría de las mujeres,
está lleno de autodesprecio. Un recordatorio inconsciente y continuo de toda
nuestra debilidad, del alto precio que hay que pagar por coger la salida más
fácil. Los hombres hablan del poder de una mujer en su casa. A mí ese poder ha
llegado a parecerme algo malévolo y desproporcionado. ¿Qué clase de tontería es
esa de dividir la influencia en las vidas de los niños de esa forma tan
estrambótica? ¿La madre se encarga de la vida emocional de los niños? ¿Cubre la
necesidad vital de alimento? ¿A partir de qué recursos especiales lo hace? ¿Qué
puñetero principio del crecimiento opera en ella? ¿Qué le da a una mujer que
nunca se ha puesto a prueba ante un trabajo formal la sabiduría o la
autodisciplina para supervisar el desarrollo emocional de un niño? Es todo una
locura, es de locos. A mí casi me vuelve loca… ¿Qué puedo decir? Durante diez
años he sentido como si estuviera vomitando mi vida continuamente… Y ahora
trabajo. Trabajo mucho y con mucho gusto. También quiero tener una familia.
Amor. Un hogar. Un marido. Un padre para los niños. Pues claro que lo quiero.
¡Qué horrible la soledad! ¡Y ese anhelo de conexión! Pero primero el trabajo. Y
la familia después. (Su cara se abre en una gran sonrisa). Como un
hombre.
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LUCIE. Supongo que yo me siento un poco como Laura. Solo que no estoy
segura. No estoy segura de nada. Ahora estoy en la universidad. O más bien «de
nuevo». Tengo treinta años y vuelvo a ser estudiante de posgrado, estoy
empezando casi desde cero… La cosa es que nunca he sido capaz de tomarme en
serio lo que hacía. Es decir, no tan en serio como mi hermano, o como
cualquiera de los chicos con los que fui a la universidad. Todo me parecía
demasiado largo, o demasiado difícil, o demasiado algo. En el fondo, me daba un
poco de vergüenza estudiar en serio. Es como si en realidad pensara: «Eso es
algo que hacen los adultos. No es algo que tenga que hacer yo». Una vez se lo
conté a mi hermano y me dijo que la mayoría de los hombres se sienten igual
respecto a sí mismos, pero lo disimulan mejor que las mujeres. Durante mucho
tiempo aquello siguió volviéndome a la cabeza, y trataba de decirme a mí misma:
«Qué demonios, es igual para ellos que para nosotras». Pero… (Echa un
vistazo rápido a todo el círculo). ¡no lo es! Joder, no lo es. A fin de
cuentas, el cómo también importa, ¿no? Y nuestras situaciones están a siglos de
distancia…
VERONICA.
Totalmente.
LUCIE. No lo sé…
Sigo sin saberlo. Es un problema que me agobia. Muchas veces desearía que
apareciera sin más algún tío y poder desaparecer dentro de un matrimonio. Es
como ese deseo secreto de que puedo abandonarlo todo y ya está, y después,
desde mi lugar seguro, observar y comentar y reírme y decir sí y no y animar y,
en general, jugar a ser la madre crítica, la «sabia» señora de su casa. Pero
¡sé que en seis meses sería desgraciada! Estaría subiéndome por las paredes y
sintiéndome súper culpable…
MARILYN. ¡Culpable!
Culpable, culpable. ¿Tendremos alguna vez una reunión en la que no salga la
palabra «culpable»?
Fuera, las campanas
de la torre de una iglesia próxima tocan la medianoche.
DIANA. Vamos a
acabar ya, ¿os parece?
VERONICA. (Buscando
su bolso). ¿Dónde nos reunimos la semana que viene?
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MARIE. ¡Un momento! ¿No vamos a hacer un resumen?
Todas se detienen a
medio irse y vuelven a dejarse caer en sus asientos, agotadas.
LUCIE. Bueno, hay
una cosa que me ha quedado muy clara. Todas, a nuestra manera, nos hemos
peleado con la idea de casarnos para librarnos de la batalla de encontrar y
mantener un buen trabajo.
DIANA. ¡Y todas las
que lo han hecho han acabado fracasando!
JEN. ¡Y todas las
que no lo han hecho han acabado fracasando!
VERONICA. Pero
mirad. La única de nosotras a la que le ha ido bien de verdad, la única que
tiene un rumbo y unos objetivos es Claire. ¡Y nos hemos abalanzado sobre ella!
Todas se quedan
sorprendidas ante esta observación, y nadie habla durante unos segundos que se
hacen largos.
MARILYN. (Con
amargura). No podemos hacerlo, no podemos admirar a quien de verdad lo
consigue, y tampoco podemos dejarlo estar…
JEN. (Suavemente).
Eso no es verdad. A fin de cuentas, hemos sido capaces de reconocer que había
algo bueno en la forma de actuar de Claire. Y estamos aquí, ¿no?
MARIE. Eso es. No
os vengáis tan abajo. No tenemos ciento dos años, ¿verdad que no? Nuestra
situación es complicada: hagamos o no hagamos, estamos jodidas. De acuerdo.
Justo por eso estamos aquí. Para deshacer el nudo.
Con este último
comentario todas se animan, se recomponen y salen en tropel a las oscuras
calles de Manhattan. Prueba suficiente de que están listas para plantar batalla.
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A JUICIO POR
COMPORTARSE COMO UN HOMBRE
Los hechos del caso
son los siguientes: en 1967, Gabrielle Russier, una mujer de treinta años
divorciada, madre de unos gemelos de nueve y poseedora de un brillante
expediente académico en la universidad de Aix-en-Provence, empezó a trabajar
como profesora de literatura francesa en un instituto de Marsella. En la severa
Francia, ella era diferente porque consideraba que sus alumnos eran personas,
veía la vida desde su punto de vista y estaba cerca de ellos como profesora y
como amiga. Ellos, por su parte, la adoraban, la llamaban Gatito[1] y la tuteaban.
Entre sus alumnos había un chico de dieciséis años llamado Christian Rossi.
Christian, un joven alto, fornido y con barba, era un maoísta apasionado, hijo
de dos profesores de la universidad de Aix-en-Provence (que es casi un barrio
de las afueras de Marsella). El señor y la señora Rossi eran comunistas, y el
señor Rossi había sido profesor de Gabrielle Russier. El chico, Christian, y la
mujer, Gabrielle, se hicieron íntimos amigos, y en junio de 1968, después de
las revueltas de aquel mayo, se enamoraron e iniciaron una relación.
Hacia finales de
ese verano, Gabrielle se presentó ante el padre de Christian y le habló de su
amor por su hijo y de su deseo de vivir abiertamente con Christian. El profesor
Rossi montó en cólera y decidió separar a los amantes. Cuando esto empezó a parecer
imposible —hubo unas espantosas y acaloradas escenas entre padre e hijo y al
final el hijo se marchó de casa—, los Rossi presentaron una denuncia en el
juzgado y Gabrielle fue detenida por corrupción de menores (en ese momento,
Christian tenía diecisiete años y Gabrielle treinta y uno). Gabrielle fue
encarcelada en Marsella durante varios meses en virtud de la ley de prisión
provisional. Por fin, en julio de 1969, la juzgaron a puerta cerrada y recibió
una suspensión de condena, que equivalía a una absolución. Media hora después,
como resultado de una llamada de teléfono del Ministerio Público, el fiscal le
dio al abogado de Gabrielle la sorprendente noticia de que el Estado recurriría
el veredicto en un tribunal superior y solicitaría
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una pena más severa para Gabrielle Russier. El objetivo era asegurarse
de que tuviera antecedentes penales, lo que la inhabilitaría para volver a dar
clase en ningún lugar de Francia.
Gabrielle,
destrozada por los meses en prisión y la pesadilla en la que se había
convertido su día a día, se derrumbó por completo y tuvieron que internarla en
un sanatorio a la espera del nuevo juicio. Volvió a Marsella —completamente
sola— a finales de aquel verano, y el 1 de septiembre de 1969, incapaz de salir
de la espiral de su vida destrozada, se suicidó.
Las preguntas que
plantea el caso de Gabrielle Russier son evidentes y dolorosas. ¿Cómo pudo
pasar algo así? ¿Por qué la encarcelaron? ¿Qué delito había cometido en
realidad? ¿Le habría pasado lo mismo si hubiera sido un hombre? ¿Por qué las
autoridades francesas estaban empeñadas en arruinarle la vida? ¿Qué relación
existe entre todas estas preguntas?
Es normal leer y
releer los hechos del caso, y caer en la tan arraigada costumbre de aceptar
premisas absurdas cuando se presentan como un punto de partida indiscutible.
Todo resulta muy fácil de entender: ella hizo esto, entonces él hizo lo otro,
luego se enfrentaron a esta consecuencia, después sus padres se enfrentaron a
esa otra consecuencia, entonces La Ley asumió el control… Y así, tan
perfectamente expuesto, todo sigue una extraña clase de lógica, todo, en
retrospectiva, parece «inevitable». Y de repente la cabeza te da una sacudida
—¡está muerta, todo eso la mató de verdad!—, y la confusión emocional que te
llena entonces el cerebro desbarata la aparente sensatez con la que has estado
«entendiendo» estos hechos. Con una amarga lucidez, ves que la muerte de
Gabrielle Russier fue el tipo de sacrificio exigido por la costumbre cultural
ante cualquier desafío real a su autoridad; sobre todo si quien desafía es «el
otro».
Cuando leí sobre
Gabrielle Russier por primera vez, pensé: está claro que todo esto pasó porque
era una mujer. Entonces me dije: no, es más que eso, el tema de la clase social
está muy presente en todo esto. La indignada burguesía francesa estaba decidida
a castigar a esa rebelde en su seno como no habría castigado a un hombre o una
mujer ni de clase baja ni de clase alta. Entonces volví a mi idea de partida:
independientemente de otros factores, a Gabrielle Russier no le habrían
aplicado ese tipo de justicia específico y fatal si no hubiera sido una mujer.
No obstante,
resultaba imposible no preguntarse por qué se llevaba a juicio a una mujer y se
la perseguía hasta la muerte por haberse acostado con un chico en el mismo país
que producía una narrativa literaria y
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cinematográfica —Chéri, El rojo y el negro, El diablo en el cuerpo,
La regla del juego— que demostraba repetidamente que las mujeres de cuarenta
se han acostado con chicos de dieciocho desde tiempos inmemoriales para
iniciarlos como es debido en el lenguaje de los sentidos. Además, surgía otra
pregunta: ¿cómo podía ocurrir esto en un país que respeta los logros de sus
mujeres excepcionales tantísimo como lo hace Francia? En Francia, una mujer que
posee una inteligencia de primer nivel es tomada en serio con mucha más
frecuencia que en otros países occidentales, y en cuanto su capacidad resulta
evidente suele ascender a una posición elevada sin la oposición que sería
normal que encontrara en cualquier otra parte.
Entonces, ¿por qué
Gabrielle Russier?
La respuesta, en
primer lugar, puede formularse en cuatro palabras: atentado contra la
discreción. La clave de todas estas relaciones «inapropiadas»
—cuando se producen entre un chico y una mujer— es que tienen lugar en el más
completo secreto; el poder de la mujer mayor reside en su hábil manipulación de
alguna posición fácil de etiquetar —pariente lejana, amiga de la familia,
vecina de confianza—, en secreto, sin perder nunca, bajo ninguna circunstancia,
la herramienta fundamental de la respetabilidad. Es un juego de probabilidades:
si la mujer las evalúa bien, demuestra su maestría; si las evalúa mal, lo
pierde todo, y eso a veces incluye su vida. En ningún otro lugar de la
literatura francesa se nos enseña tan bien esta lección como en Las
relaciones peligrosas. Gabrielle Russier eligió no evaluar ninguna
probabilidad. Eligió vivir al descubierto con su amante ofensivamente joven. En
resumen: perdió la cabeza.
Y, en segundo
lugar, se premia a las mujeres que obtienen grandes logros porque la mayor
pasión de los franceses del término del poder cultural es el éxito intelectual.
Cualquier excentricidad, extravagancia o incumplimiento de las reglas será
tolerado en Francia si lo lleva a cabo un intelectual que despierte admiración.
A veces creo que un simio podría convertirse en presidente de Francia si
tuviera un doctorado en sánscrito. Por desgracia, Gabrielle Russier era una
profesora de instituto con una inteligencia notable pero no sobresaliente. No
cumplía los requisitos.
La realidad de la
situación de las mujeres en Francia es que las que brillan intensamente y
manipulan el sistema con éxito son una contraparte directa de la impactante
indefensión de todas las que no. Fue el fiscal quien dijo que «si hubiera sido
peluquera, o si se hubiera acostado con un
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joven aprendiz, habría sido diferente». No la habrían tratado con tanta
dureza. Ni siquiera se lo habrían planteado. Pero Gabrielle no era peluquera.
En gran medida, se la consideraba una guardiana de la cultura: una mujer
educada y de la clase media más inflexible del mundo occidental, una clase
media cruelmente prepotente, una clase media que opera con una habilidad y un
talento extraordinarios dentro de un conjunto de rígidas reglas de
comportamiento y que interpreta a la Reina de Corazones sin piedad cuando esas
reglas son desafiadas, sobre todo si las desafía una mujer. Hubo protestas ante
el recurso del Estado con el que se pretendía conseguir una pena más severa
para Gabrielle, pero el Ministerio Público dijo que era pura rutina, y cien
abogados parisinos replicaron: «¡Nunca! Esta clase de recurso no se ha hecho ni
diez veces en los últimos cuarenta años, y nunca por unos cargos como estos».
Así pues, Gabrielle
Russier fue juzgada, en el tribunal de la opinión pública, por comportarse como
un hombre, y por ese atrevimiento fue castigada desmesuradamente. Una de las
cuestiones que más se discutió a partir del juicio de Russier fue la de la ley
de prisión provisional, según la cual los acusados de haber cometido un delito
pueden permanecer en prisión durante periodos increíblemente largos a la espera
de juicio. Miles de «peluqueras» se pudren en prisión provisional
continuamente. Claro, ¿quién va a movilizarse por ellas? Pero que una mujer de
la clase social de Gabrielle tuviera que pudrirse ahí… Insólito. Y sin embargo
eso fue lo que pasó.
Gabrielle estaba
siendo acusada, tanto por la opinión pública como por el Gobierno, de todas las
obscenidades imaginables. No de haber cometido un delito real, no de un
conjunto de hechos legalmente condenables, no de corrupción, fraude, incendio o
asesinato, sino de ser una mujer caída. Fue acusada de haberse acostado con un
hombre quince años más joven que ella. Fue acusada de ser una puta, una
ninfómana, una amenaza para la moral pública, una mala madre, una mujer
divorciada (en las memorables palabras de Mavis Gallant: «Aquel “mujer
divorciada” resonaba con la frecuencia del tictac de un reloj»). Fue acusada,
en el alegato final, de tener un carácter deficiente, en opinión de los
tenderos parisinos tanto como del Ministerio Público (un abogado de París dijo:
«No es la maquinaria de la ley lo que está aplastándola. Son solo unos pocos
hombres con sus propias ideas»). Fue acusada, de hecho, de no tener un «alma»
como es debido. Fue por todo esto por lo que murió.
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En El extranjero, el personaje de Albert Camus, Meursault,
también es juzgado por no tener un alma como es debido. No lo consideran
culpable por el delito real de haber asesinado a una persona, sino por su
incapacidad de sentir remordimientos, por su sacrílega actitud hacia su madre,
por su insoportable separación de la comunidad humana.
Hace años, una
película titulada La Vérité mostraba esa misma afición
francesa por el juicio realizado a partir de una evaluación burguesa del
carácter y no basándose en el código penal. En esa película llevan a juicio a
una mujer no por un delito real sino, en el fondo, por la inmoralidad de su
pasado, por el número de amantes que ha tenido, en general por el mal gusto de
su personalidad. En su texto sobre el juicio a Gabrielle Russier, Mavis Gallant
señala que es poco probable que Meursault hubiera sido juzgado por el contenido
de su alma en un tribunal francés real; en cambio, sí habría sido posible que
la mujer de la película fuera juzgada por algo así. Entonces relata una serie
de casos en la historia legal francesa en los que las mujeres juzgadas han
tenido que oír a los jueces decir cosas como «He buscado su alma por todo su
historial, y soy incapaz de encontrarla», en los que un hombre acusado de
asesinato era sentenciado a ocho años y la mujer que supuestamente lo había
incitado a cometer el crimen a doce, en los que una mujer acusada de asesinato
era condenada no porque las pruebas en su contra fueran irrefutables sino
porque al juez le horrorizaba el número de amantes que había tenido (llegó a
decir que su vida pondría a prueba la pluma de Balzac) y desaprobaba los libros
que había leído. Gallant, una escritora canadiense que lleva muchos años
viviendo en Francia, afirma categóricamente que sería inaudito en el juicio a
un hombre que se tuvieran en cuenta cuestiones de este tipo en lugar de los simples
hechos. Lo que los hombres no son capaces de infligirse a sí mismos se lo
infligirán a menudo tan tranquilos a una mujer.
Tras la muerte de
Gabrielle, un editor neoyorquino preparó un libro que contaba la historia del
alumno y la profesora: está compuesto por un texto introductorio de Mavis
Gallant; un prólogo más corto de Raymond Jean, profesor y amigo de Gabrielle, y
las cartas desde la cárcel escritas por la propia Gabrielle. El texto de
Gallant es genial, después de haberlo leído no hace falta decir una sola
palabra más sobre el juicio y su significado para la sociedad francesa. Cuenta
la historia de los dos amantes desde todos los puntos de vista necesarios: el
de ella, el de él, el de los padres, el de los magistrados, la ley, las
costumbres nacionales, el poder
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del patriarcado francés, la influencia de la literatura, el mundo
académico en el que se movían los protagonistas, la influencia de las revueltas
de Mayo del 68, todo visto satisfactoria, profusa, triste e irónicamente a
través de los ojos de una extranjera extraordinariamente bien informada.
Raymond Jean es
menos interesante. Comunista francés y antiguo profesor de Gabrielle en la
universidad de Aix-en-Provence, su memoria personal le sirve para hacer un
esbozo del carácter de los protagonistas de este melodrama mortal, pero se
vuelve tedioso al despotricar continuamente de los «tribunales burgueses». Las
cartas de la propia Gabrielle son la parte más desgarradora del libro.
Apacibles, enteras, cultas al principio, van cayendo gradualmente en una
profunda desesperación; la desesperación de una mujer que ni en sus peores
pesadillas podría haber imaginado jamás que su vida podía concluir en semejante
anulación.
Lo que parte el
corazón, sin embargo, mucho después de haber terminado de leer esas cartas, es
el vívido recuerdo de Gabrielle entre el resto de las prisioneras, hundiéndose
más y más cada día en esa clase de humillación interminable de la que uno rara
vez se recupera, y que seguramente fue la base de la depresión suicida que
provocó que se quitara la vida. A fin de cuentas, como dijo el noble Antón
Chéjov: «Es importante que jamás se humille a un ser humano. Eso es lo más
importante».
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EL MOVIMIENTO DE
LAS MUJERES EN CRISIS
El martes 4 de
noviembre, la gente del estado de Nueva York irá a las urnas a votar si debería
o no incluirse la Equal Rights Amendment en la Constitución[2]. En la enmienda se
lee: «La igualdad de derechos que exige la ley no será negada ni restringida
por el estado de Nueva York o ninguna subdivisión del mismo por razón de sexo».
Es una votación importante porque si Nueva York vota sí a la ERA, no solo conseguirá
que las mujeres neoyorquinas sean iguales que los hombres ante la ley, sino que
también ofrecerá a otros estados el impulso que necesitan para votar sí, lo que
nos acercará a la ratificación por parte de tres cuartos de los estados
necesaria para que se apruebe una enmienda constitucional. Si esto ocurre,
cuando ocurra, las mujeres de este país, después de más de un siglo de lucha,
serán declaradas personas jurídicas iguales a los hombres ante la ley de la
nación.
Pero votar es
importante por razones aún más fundamentales. La campaña —tanto a favor como en
contra— ha hecho aflorar una considerable y gratificante cantidad de apoyo, así
como una renovación de la clásica pelea que los estadounidenses conservadores
siempre han tenido con los derechos de las mujeres. La profusión del activismo
anti-ERA resulta alarmante a las alturas de este 1974. Es para pensárselo:
después de casi diez años de desarrollo del pensamiento y la acción feministas,
la oposición de este país sigue siendo tan ingenua y tan ignorante que les dice
a sus seguidores que la ERA significa que las mujeres tendrán que ir al baño
con los hombres, que se las obligará a trabajar, que deberán contribuir un
cincuenta por ciento a todos los gastos domésticos, y así sucesivamente, hasta
la náusea. Por otro lado, ha habido una abundante respuesta positiva por parte
de personas que hicieron poco o nada por la ERA en años anteriores.
Organizaciones de toda clase, políticos de todos los niveles y ciudadanos de a
pie se han unido en una verdadera coalición para ayudar a que se apruebe la ERA
en Nueva York. Resulta emocionante
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y esperanzador asistir a este gran esfuerzo de los ciudadanos al
servicio de los derechos de las mujeres.
Sin embargo, en mi
opinión, esta votación es importante porque ha dado pie a un curioso debate
dentro del propio movimiento feminista. Ese debate puede resumirse de la
siguiente manera: «El movimiento feminista parece estar desmoronándose. Las
organizaciones se mueren, nuestras filas están divididas y fragmentadas,
estamos metidas en una guerra interna atroz, da la sensación de que no está
pasando nada, lo único por lo que parece que somos capaces de unirnos es la
ERA. Hace solo cinco años estábamos ocupadas en temas grandes y profundos, y
ahora al parecer lo único que nos queda es este viejo caballo de batalla. Es
exactamente igual que en el caso de las visionarias feministas del
siglo XIX, reducidas poco a poco a la cuestión del sufragio… ¿Es esto por
lo que hemos estado luchando? ¿Tanto para… esto?».
Ahora me gustaría
introducir mi argumento en el debate.
Para empezar,
debería ser bueno y no desalentador compararnos con las feministas del
siglo XIX: si estudiamos con detenimiento esta comparación, veremos que
las diferencias entre nosotras son más contundentes que las similitudes, y esas
diferencias, por necesidad, llevan a esta generación de feministas a
conclusiones distintas. En el siglo XIX, las feministas estaban solas, no
tenían a nadie salvo a sí mismas y a sus compañeras, el mundo entero estaba en
su contra, no pudieron hacer mella en el espacio común.
Este aislamiento
tuvo dos resultados importantes: por un lado, afianzó la solidaridad
inquebrantable que está en la base del pensamiento revolucionario; por otro,
dio necesariamente lugar al cansancio acumulado que produce golpearse la cabeza
contra un muro de piedra durante cuarenta años, ese cansancio que desbarata los
esfuerzos del más entregado de los fervientes creyentes. Así, mujeres como
Lucretia Mott y Susan B. Anthony se convirtieron en unas líderes y teóricas
realmente extraordinarias, y al final no les quedó nada que liderar aparte de
la lucha por el voto.
Nosotras hemos
nacido en un mundo muy distinto, podemos liderar lo que queramos, pero no
tenemos líderes. No hemos sabido generar —y auguro que seguiremos sin saber
hacerlo— el liderazgo intelectualmente coherente que caracterizó al feminismo
del siglo XIX. Pero,
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paradójicamente, hemos conseguido en menos de una década que nuestras
voces se oigan por todo el país, convencer a miles de personas de la justicia
de nuestra causa, obligar al Gobierno a responder a nuestras demandas y poner
en el mundo un trocito de conciencia que no dará marcha atrás: no puede
hacerlo.
En resumen:
aquellas mujeres del siglo XIX eran hijas de la parte de las clases
altas victorianas que tenía cierta conciencia social. Nosotras somos hijas del
comunitario e igualitario siglo XX. Somos personas profundamente distintas
en una época profundamente distinta. Es imposible que lo que hacemos y vivimos
pueda ser sin más una repetición de su historia. Cada grupo de feministas tiene
sus propios méritos y limitaciones, y cada grupo hace una contribución
fundamental y singular a la lucha general.
Somos un movimiento
genuinamente inclusivo y cuya vida no depende de la existencia de un liderazgo
estructurado sino de la conciencia interiorizada de que todas y cada una de
nosotras, en nuestra persona, en nuestro trabajo, en nuestra vida, somos un motor
de difusión feminista. Hablamos de llegar a la gente. Se nos olvida que
nosotras somos la gente. Cada feminista, voluntaria o involuntariamente, es una
coordinadora entre la gente. Cada feminista, en cada momento de esa vida suya
basada en fuertes principios, nutre osmóticamente el ambiente social, donde la
creciente fuerza del cambio echa raíces.
Y está pasando,
vaya si está pasando. Por todo el país, en pequeños pueblos y en ciudades, en
sitios donde nunca han oído hablar de Betty Friedan, donde no saben nada sobre
Gloria Steinem o las Redstockings, las mujeres están cambiando, los pequeños
desafíos cotidianos aumentan, la valentía del pensamiento independiente
prospera. He viajado mucho por este país durante los últimos cinco años. He
escuchado a amas de casa, estudiantes, obreras y empleadas de correos, mujeres
que dudarían en llamarse feministas y que, sin embargo, hablan de sí mismas y
de sus vidas de formas que habrían sido impensables hace diez años, formas que
indican claramente un creciente sentido de identidad que, por necesidad, está
produciendo en el mundo una generación de mujeres radicalmente diferente.
Hace un año, un ama
de casa de Iowa le escribió a su prima en Nueva York:
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Aunque yo pienso que soy la típica ama de casa de un barrio de las
afueras, no creo que ninguna de mis amistades me considere típica. Me gusta
leer, doy clases a tiempo parcial, he trabajado duro por McGovern, adopté un
niño negro, y sí, en las cenas cuestiono algunas de las actitudes «chovinistas
masculinas». (Hombre: «Que las mujeres frieguen los platos no es más que una
división natural del trabajo». Yo: «No es natural, sino aprendida»). Cosas como
esta me hacen un poco distinta. No soy precisamente una inadaptada, pero
tampoco acabo de encajar del todo.
En nuestro barrio
hay una asociación de propietarios que sufre crisis periódicas. Una noche yo
estaba defendiendo una determinada medida, miré a mi alrededor y me di cuenta
de que era la única mujer que hablaba en las reuniones. La verdad es que nunca
había caído en la cuenta, pero de repente vi la realidad: nadie espera que las
mujeres hablen. A todos —especialmente a los hombres— les molesta cuando una
mujer habla.
Me he hecho una
amiga nueva cuyo marido es radiólogo (qué listo, ¿no?). Me llegaron rumores por
ahí de que este hombre se sentía incómodo cerca de mí porque yo era demasiado
lista. Ni siquiera he mantenido nunca una conversación con él.
Esta mujer, al
final de su carta, decía —amable e innecesariamente— que no se ha unido a
ningún grupo organizado pero que sin duda apoya al movimiento de las mujeres.
Desde luego, es
cierto que si no hubiera sido por el desarrollo de un movimiento feminista
organizado, esa mujer nunca habría escrito esa carta. Pero también es cierto
que el movimiento feminista organizado ya no conduce su propio destino
político. En esa carta hay una clara muestra del surgimiento de una entidad que
ya tiene vida propia. Nosotras, el movimiento organizado, ayudamos a llevar el
poder del pensamiento independiente al mundo, pero ahora ese pensamiento se
encuentra más allá de nosotras, ahí fuera, en el espacio y el tiempo políticos.
No obstante, la conciencia compartida de este elemento nuevo en el mundo es la
fuerza y el significado del feminismo hoy en día; es lo que coloca al feminismo
en el mapa de la revolución social, y lo convierte en una parte emocionante del
gran impulso igualitario de este siglo. Es también esta conciencia lo que, de
nuevo, marca las diferencias entre nosotras y las feministas del XIX.
Ellas estaban aisladas, su conciencia corría río arriba, en contra de las corrientes
sociales de su siglo, por lo que todo lo que decían y hacían y pensaban
destacaba como un bajorrelieve. Nosotras, por nuestro lado, estamos justo en
medio de las corrientes sociales más significativas de nuestro siglo. Nuestra
conciencia es la compuerta abierta detrás de la cual se encuentran, listos para
echar a correr, los anhelos más profundos de la
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época, y ahora, estoy segura, correrán casi independientemente de lo que
nosotras digamos, hagamos y pensemos en Nueva York, en Berkeley y en Chicago.
Por estos motivos,
la guerra interna entre las feministas me resulta tan triste como ridícula. La
prepotencia que muestra me parece increíblemente equivocada y la falta de
generosidad que hay detrás de ella indica un gran desperdicio de energía útil.
Lo que ocurre ahora dentro del movimiento es importante solo porque esos hechos
determinan si el movimiento continuará o no siendo un instrumento efectivo para
la difusión de lo que ya hemos puesto en marcha, pero ahora esa ola claramente
tiene vida propia, una vida propia que les presta bastante poca atención a las
rencillas del «liderazgo» de Nueva York, y seguirá su curso con o sin nosotras.
Resulta
desalentador, casi trágico, que después de unos pocos años de un silencio casi
total, el inestimable grupo de feministas radicales conocido como las
Redstockings —el grupo que acuñó los términos «autoconciencia» y «política del
trabajo doméstico»— haya reaparecido para dedicar su gran energía
revolucionaria a acusar a Gloria Steinem y a la revista Ms. de ser
unas peligrosas enemigas del feminismo. Desalentador, sí, porque acusar a
Steinem es una acción muy desacertada (al asistir a esas acusaciones tan
sensacionalistas me quedé pensando: «Tan jóvenes y ya tenemos nuestra primera
purga»). Y trágico porque es un ejercicio sin ningún sentido desde el punto de
vista de la acción feminista.
La «traición» de la
revista Ms. que preocupa a tantas feministas corresponde a un
curioso tipo de indefensión que el movimiento está infligiéndose a sí mismo con
sus disputas internas. Porque, a fin de cuentas, ¿es cierta esa «traición»?
Hace unos cuantos
años, unas cincuenta mujeres nos reunimos en el salón de Gloria Steinem para
debatir la posibilidad de montar una revista feminista. Las mujeres de esa sala
ocupábamos todos los espacios del espectro político feminista que yo conocía y algunos
de los que jamás había oído hablar. Todas teníamos diferentes ideas y
diferentes enfoques de la cuestión de una revista feminista. Yo, por ejemplo,
quería montar un periódico que se pareciera al Revolution de
Susan B. Anthony, y que estaría sustentado en una escritura de calidad, sólida.
Otras querían montar una revista de moda que atrajera a todas esas mujeres «de
ahí fuera». Yo quería financiar mi periódico mediante contribuciones
feministas, otras
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querían «sacarle nueve millones de dólares al Establishment». La
conversación duró horas. Mientras, en un extremo del salón, varias mujeres muy
bien vestidas permanecían en silencio, anotando cifras en papeles: mujeres que
sin duda sabían cómo funciona la empresa capitalista. El resultado fue que yo
(y todas las que eran como yo) me marché de aquella reunión, volví a mi vida
profesional y olvidé lo de la revista.
Gloria Steinem y
sus amigas de los papeles se pusieron en serio con ello, y el resultado
fue Ms.
Era inevitable
que Ms. reflejara el estilo, la personalidad, los gustos y la
ideología de quienes la dirigían. No podía reflejar el estilo, la personalidad,
los gustos y la ideología de quienes abandonamos aquel salón. Steinem y Ms.
no podían sino convertirse en sí mismas. Ese yo, como se vio después, no era el
mío, ni el de muchas otras feministas. La revista resultó ser glamurosa,
conservadora, filistea (Ellen Willis dio en el clavo cuando dijo que a Ms.
le interesaban las editoras, no las escritoras). Su nivel intelectual era muy
bajo, su idea de las mujeres «de ahí fuera» paternalista, su ideología
feminista atrofiada en un nivel estudiantil.
Para muchas de
nosotras, la revista fue una gran decepción. Para otras, la decepción se
convirtió en ira. En el caso de algunas, la ira se transformó en una ardiente
beligerancia y en la convicción de que la revista estaba deformando y
traicionando al movimiento.
En mi caso, la
verdad es que nunca fui capaz de comprender a qué venía todo ese jaleo. A fin
de cuentas, pensaba yo, ¿qué demonios me debía a mí Ms.? Nada. Si
la revista no me gustaba, era muy libre de montar otra. Y en lo que se refería
al movimiento, ¿era Ms. dueña de él, de forma que pudiera
deformarlo y traicionarlo? El movimiento había acogido tantas posturas
políticas como feministas hay en el mundo, y en esa forma de tolerancia
radicaba su fuerza vital, ¿por qué la ideología de esa revista tenía que ser
peligrosa para mí ahora? Si Ms. existía, ¿significaba eso que yo no
existía? Si Ms. tenía sus seguidoras, ¿significaba eso que mis
amigas y yo no teníamos seguidoras? Si el feminismo de Ms. no era
mi feminismo, ¿significaba eso que era «el enemigo»? Desde luego, ese camino
conduce a la locura política más vieja del mundo.
Las mujeres que
están al cargo de Ms. no son mis hermanas políticas ni mis
compañeras de trabajo ni mis amigas del alma. No puedo crear una comunidad
natural con ellas. Su visión del mundo no es mi visión del
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mundo, sus valores no son mis valores. Aun así, son feministas, y por lo
tanto somos aliadas en la causa mayor que nos reúne a todas.
Gloria Steinem
y Ms. no son el enemigo. El enemigo es el machismo. El enemigo es
la ausencia de conciencia feminista. El enemigo es todos los que odian y
rechazan activamente la creciente autonomía de las mujeres.
Que tengamos que
estar acusándonos las unas a las otras de ser el enemigo en vez de mantener la
mirada en el verdadero objetivo es motivo de tristeza y alarma. La vieja
izquierda se destruyó a sí misma, al menos en parte, porque los socialistas y
los comunistas se dedicaron durante un largo y amargo periodo a atacarse
mutuamente de forma salvaje. Si nosotras, en el movimiento feminista, repetimos
ese fatal patrón de comportamiento político, nos entregaremos de lleno y con
toda nuestra conciencia a nuestras inseguridades más profundas, y desde ahí, a
ese debilitamiento del que el enemigo de verdad puede sacar provecho.
¿Y en nombre de qué
está ocurriendo todo esto? ¿Y con qué fin? Nosotras solo somos comadronas, el
bebé ya ha nacido; es cierto, solo es una criatura débil y llorona, y,
posiblemente, sin alimento ni cuidados podría morir. Pero los bebés son
criaturas fuertes: en cuanto saborean un poco la vida, se aferran a ella,
luchan por ella, se abren camino en el mundo.
La lucha por la ERA
es importante, pero no tan importante. Nunca podrá significar —ni en mil años—
lo que significó la lucha sufragista a finales del siglo XIX. Esa lucha
fue la señal de que la guerra se había acabado, y las feministas habían perdido:
el voto fue el hueso que el vencedor le tiró al vencido. La ERA significa justo
lo contrario: la guerra avanza hacia nuestra victoria, y la obstinación
respecto a la ERA es la última acción desesperada de un bando que no deja de
perder. Si la ERA no se aprueba este año, lo hará el que viene. De eso ya no
puede caber ninguna duda.
Lo que no significa
que nos quedemos sentadas y no hagamos campaña, o aún peor, que no vayamos a
las urnas. Debemos usar todas nuestras armas cada puñetero día de nuestras
vidas, debemos pelear por cada ley, protestar por cada discriminación
cotidiana, manifestarnos sin cesar en Albany y en Washington, cuestionar a
todos los hombres en todas las cenas, pelear por el trabajo, el reconocimiento,
la vivienda y la igualdad en el cuidado de los hijos.
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Pero no perdamos de vista por qué estamos peleando, cuál es la
naturaleza de nuestra lucha y cuál es la posición real de todas y cada una de
nosotras en esa lucha.
La campaña de este
año por la ERA nos da una oportunidad para ver que, aunque hayamos llegado
lejos, todavía nos queda mucho camino por recorrer. Así que nos zambullimos de
nuevo y seguimos trabajando. La verdadera cuestión para mí es esta: en ese
largo camino que tenemos por delante, ¿quién me dará más sustento, el ama de
casa de Iowa o las líderes del movimiento? De momento, yo diría que el ama de
casa. El ama de casa, que vive en esa pequeña comunidad «de ahí fuera», se
arriesga cada día a convertirse en una paria por su creciente feminismo. Desde
mi punto de vista, ella es el soldado valiente en el ejército de la revolución.
Mis líderes de Nueva York corren el peligro de que las engañen sus propios
comunicados de prensa y olvidar que la revolución, como el arte, no es ni
agonía ni éxtasis sino, sobre todo, puro trabajo, un trabajo puesto siempre al
servicio de La Causa, que cuando cobra fuerza de verdad no separa a los líderes
de los seguidores.
Ninguna de nosotras
está en posesión de «la verdad», ni de la última palabra, ni de la opinión
correcta, ni conoce el único camino. Cada feminista es un microcosmos de
feminismo, y por muy distinto que sea el feminismo de cada una, sigue
encerrando la totalidad de las cosas. Esa es la gloria del movimiento, eso es
lo que nos hace parte de nuestra época de una forma tan intensa, esa es la vida
que creo que debemos luchar por proteger.
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¿POR QUÉ ALGUNOS
HOMBRES ODIAN A LAS MUJERES?
El mes pasado Grove
Press publicó un libro titulado Genius and Lust: A Journey Through the
Major Writings of Henry Miller, de Norman Mailer[3]. El libro se
reseñó abundantemente y se le prestó singular atención a este nuevo análisis de
Henry Miller. La reseña de Richard Gilman en el Village Voice se
centró sin embargo en la relación entre los textos de Miller y el recurrente
análisis de Norman Mailer, y dio en la clave al apuntar que de lo que trata el
libro en realidad es de esa relación. El punto de vista subyacente a la reseña
de Gilman podría enunciarse así: «Como persona bien informada, sé que este
libro va a sacar de quicio a las feministas, pero caray, amigos míos, qué bueno
es». Ese punto de vista, junto con la publicación del libro, habla de una
actitud que, en 1976, se mantiene prácticamente inmóvil, insistiendo en que
algunas verdades sobre la vida y el arte son atemporales, en que, pese a su
misoginia, la obra de estos dos hombres sigue voraz y viva, y nos dice algo
importante sobre lo que significa ser humano.
Me sorprende esa
insistencia. Me sorprende porque, sencillamente, no es verdad. Desde luego, en
el caso de Norman Mailer no es verdad, y tampoco lo es en el caso de esos
escritores estadounidenses que se parecen a Mailer porque hacen de la misoginia
la base de su obra. No es verdad en absoluto. Al contrario: lo que sí es cierto
es que la misoginia es la marca característica de la naturaleza atrofiada de
sus obras, todo lo que hay de retrógrado en el corazón de sus libros.
Respecto a Henry
Miller, ¿qué se puede decir? Miller ha sido comparado a menudo (y vuelve a
serlo en estas reseñas) con Louis Ferdinand Céline, el gran nihilista francés
contemporáneo suyo, ese que estaba obsesionado con los judíos igual que Miller
lo estaba con las mujeres, autores los dos del mismo tipo de belleza furiosa,
abrasadora y llena de odio en cada página. En algún momento pensé: debo de ser
más mujer que judía porque puedo leer a Céline pero no puedo leer a Miller.
Pero lo que pasa es que Céline es de largo el mejor de los dos escritores.
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Curiosamente, ese talento superior activa una capacidad abarcadora en su
nihilismo. El autodesprecio de Céline es tan grande como su odio por los demás:
se puede sentir su sufrimiento, su rabioso dolor se sume en una ciénaga de odio
que choca y se entremezcla con las generalizadas corrientes de autodesprecio
que estaban a punto de engullir a Europa en los años treinta, y transforma su
obra en un resplandeciente veneno.
Miller es otra
historia. En él se percibe claramente un tono de autoestima segregadora:
«Vosotros, bichos raros, imbéciles, locos, putas, ¡puede que yo parezca igual
que todos vosotros pero no lo soy! Soy diferente, mejor, más sensible. Mi
lujuria es de orden superior. Es tan enorme que me hace distinto».
Esta diferencia
entre Céline y Miller es quizá la diferencia entre Europa y Estados Unidos:
Céline es más listo, todo el mundo está ahí, en el hoyo. Miller cree de verdad
que está dando pasos de gigante por un mundo de escoria humana. Esta creencia
es la base de su obra, es responsable tanto de su poder como de sus grandes
limitaciones. Es también la esencia de esa psique adolescente que ha dominado
la obra de muchos escritores estadounidenses, y Miller es solo uno de los más
destacados. Y es innegable que hay algo poderoso y digno de admiración en esa
insistencia que aúlla, que silba, que escupe, ese amor propio estadounidense
que estaría bien jodido si se limitara a ocupar el hastiado lugar en el
universo que le corresponde. Miller se queda ahí en su postura grotesca y le
grita a la oscuridad a su alrededor: «Que te den, mundo, porque yo existo».
Cuando funciona, es un infantilismo transformado, investido de propiedades
míticas. Pero a menudo no funciona y entonces es mero infantilismo.
El estado natural
de la psique infantil es el ensimismamiento. En ese estado, el resto de las
personas son solo imágenes proyectadas desde la necesidad, las fantasías y las
congestionadas urgencias del yo. Por encima de todo, el resto de las personas
son imágenes proyectadas por su propio miedo, por el espantoso miedo a la
muerte. Este miedo debe superarse a toda costa, de lo contrario la vida resulta
invivible. Una de las operaciones del infantilismo sentimental consiste en
imaginar que la forma de superar el miedo es vencer a las personas que lo
inspiran.
En Henry Miller,
quienes deben ser vencidas son, por supuesto, las mujeres. Y los extremos a los
que llega Miller para vencer a las proyecciones del miedo, el hambre y la
necesidad no conocen límites. La
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degradación en la que él mismo se hunde y la irrealidad de sus mujeres
son de locos.
Con todo, la obra
de Miller lleva consigo la insistente energía del protagonismo de una fiebre
vital sentida de verdad, expresada de verdad. Y esto es así porque la obra de
Miller participa profundamente de su época, una época en la que este rabioso y
lujurioso ego adolescente tocó un nervio sensible en la vida y la historia
estadounidenses. La época y la obra resonaban profundamente la una en la otra.
Cada una sabía de sí misma exactamente lo mismo que la otra: ni más ni menos.
Lo que Miller y los
años treinta sabían de sí mismos y del otro ya no es lo que los escritores y
los años setenta saben. Por lo tanto, esos escritores que siguen reproduciendo
la misoginia de Henry Miller como si encerrara un conocimiento metafísico del yo
están estancados, extremadamente fuera del mapa del momento cultural, viven
dentro de una sensibilidad que ya no está impregnada de las verdades
subterráneas del mundo ni se parece a lo que la mayoría de nosotros estamos
experimentando. Esos escritores están al margen de nuestra vida, y ellos no lo
saben.
Norman Mailer es,
por supuesto, el ejemplo más notorio de esto. He crecido con la misoginia de
Norman Mailer, y no siempre me pareció tan alarmante como me lo parece ahora.
Pero es que no siempre fue tan alarmante. Tomemos un relato como «The Time of
Her Time», el relato misógino más redondo que cualquiera podría desear. Aun
así, la mayoría lo leímos con tanto asombro y risas cómplices como indignación.
Porque las desesperadas, caóticas, sudorosas y penetradoras fantasías sexuales
de Mailer se mostraban tan sin tapujos que el autor te arrastraba a su
sufrimiento, convertía su dilema en un dilema de interés general: compartías su
problema, todos erais seres humanos impotentes y ridículos.
Han ocurrido dos
cosas desde «The Time of Her Time». Una, mi capacidad para «identificarme» con
el protagonista de Mailer ha cambiado para siempre, ya no puedo aliarme con los
hombres de los melodramas despersonalizadores de mujeres de Mailer. Dos, Mailer
se ha mantenido fijo en un modo literario de antagonismo sexual que, aunque la
vida dentro de él vaya evaporándose década tras década, él sin inmutarse
insiste, un poco histéricamente, en elevar a un nivel de ceremonia religiosa.
Mailer nunca ha
comprendido que las historias como «The Time of Her Time» solo pueden estar en
función de la adolescencia sentimental. Si a Miller y a Hemingway les habían
funcionado toda la vida, ¿por qué a él
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no? No se ha dado cuenta, y hasta hoy sigue igual, de que a esos dos
grandes fanfarrones estadounidenses les funcionó solo mientras la cultura en su
conjunto compartía esas mismas verdades adolescentes sobre los hombres y las
mujeres y las experimentaba como una metáfora de la vida misma. Cuando la
cultura dejó de hacerlo, y Miller y Hemingway no fueron capaces de crecer y
madurar, sus vidas como escritores llegaron a su fin, y los dos se sumieron en
la autoparodia.
En el caso de
Mailer, a diferencia de Miller y de Hemingway, en cierta medida todo se había
acabado casi antes de que él empezara. No captó la importancia del lapso de
treinta años entre su época y la de aquellos, y se sumió en la autoparodia
mucho antes que cualquiera de los dos. Por eso nunca escribió el «gran» libro
que se esperaba de él y, con toda probabilidad, nunca lo hará. Para cuando
estaba escribiendo Un sueño americano[4], andaba perdido en
una construcción psicológica de las cosas que, la mayoría de las
veces, volvía sobre sí misma, sin reflejar de ninguna manera la verdad de
nuestras vidas, abordando deseos personales, miedos personales. Esta idea
equivocada de las cosas siempre, sin excepción, ha activado la elaborada
estructura de su misoginia. Es en su misoginia donde Mailer se muestra más
retrógrado, y donde más lejos está de la verdadera creación literaria.
La misoginia de
Mailer está atrapada dentro de una terminología mítica que la presenta como si
fuera una verdad universal. La esencia de esta mitología puede encontrarse en
la siguiente frase de Prisionero del
sexo[5]:
Así los hombres
buscan destruir toda cualidad de una mujer que le dé los poderes de un hombre,
pues a sus ojos ella está ya armada con el poder con el que los alumbró, y ese
es un poder sin medida: los primeros recuerdos grabados en su memoria se
remontan a esa mujer entre cuyas piernas fueron concebidos, alimentados y casi
estrangulados durante las horas del parto.
Algo así, dice
Mailer en todos sus libros, es lo que rige todo lo que ocurre entre los seres
humanos que son hombres y mujeres.
El ser humano
hombre puede encontrarse con el ser humano mujer de una única forma: él debe
montarla, follársela, mamar de ella, penetrarla y empalarla, pues ella no es
simplemente otro ser humano como él, sino más bien la encarnación del corazón
misterioso —la fuente primaria universal—, y es solo a través de esa furiosa
lujuria, en ese Polvo Cósmico, como él puede esperar acercarse a los
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Misterios del Espacio Interior, reduciendo así los poderes de ella e
incrementando los propios.
Algo así, dice
Mailer, es la verdad sobre los hombres y las mujeres, y el resto son chorradas
totalitarias. Y que no se os olvide jamás, tropas de asalto de la liberación,
fulanas imbéciles y patéticas (uy, perdón, Gran Poder Femenino del Universo).
Ya ha quedado
bastante claro que probablemente Mailer va a seguir soltando estos tristes
disparates sobre los hombres y las mujeres con la misma sabiduría que tenía
hace veinticinco años y hasta que llegue a los setenta y esté senil. Varios de
los fragmentos del estudio de Mailer en Genius and Lust se
sacaron palabra por palabra de Prisionero del sexo, un ensayo
que había escrito en 1971. Mailer reproduce esas frases cinco años después sin
el más mínimo rastro de ironía o vergüenza, como si las opiniones que expresan
fueran igual de ciertas para él hoy que entonces. Aquí, algunos ejemplos:
Miller captó algo
en la sexualidad de los hombres que antes nunca se había visto así, y que era
justamente la sensación de temor del hombre ante la mujer, su pavor a la
posición de ellas un paso más cerca de la eternidad (pues en ese paso residían
sus poderes), lo que hacía que los hombres detestaran a las mujeres, las
insultaran, las humillaran, defecaran simbólicamente sobre ellas, hicieran
cualquier cosa para reducirlas de forma que uno pudiera atreverse a entrar en
ellas y disfrutarlas.
Y, por el
contrario, Miller…
… suelta
este bárbaro alarido de adoración absoluta por el poder y la gloria y la
grandeza de la mujer en el universo, y su genio reside en mostrar que este
poder está preparado para sobrevivir a cualquier contexto o abuso.
¿Qué se puede hacer
con esto? ¿A quién imagina Mailer que puede estar dirigiéndose con semejante
lenguaje? ¿Acaso es posible que piense que las mujeres podrán reconocer algún
elemento de sí mismas —real o imaginario— en esas descripciones deshumanizadoras
y absurdas? Y, me pregunto yo, ¿cuántos hombres quedan que se reconozcan a sí
mismos en esas descripciones? ¿Tan primordial es en nuestras vidas esa obsesión
sexual que aquí se disfraza de mito?
Yo, por mi parte,
digo que no. Me parece que hoy tienen muy poco que decir esos escritores
obsesionados con un mito de la sexualidad hombre-mujer que, cada día que pasa,
se presenta como un constructo
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cada vez más ridículo, cada vez más falsificador. Aún peor: este mito
ahora resulta fascista. Los racistas, desde el Ku Klux Klan hasta Hitler,
usaban ese mismo tipo de retórica mitificadora para poder oprimir y destruir a
las personas negras y judías: si las mujeres no son seres humanos normales y
corrientes, si están efectivamente dotadas de poderes aterradores, entonces es
comprensible que se las tema y que se desee acabar con ellas. Es un mecanismo
de opresión clásico, el típico mecanismo que siempre se presenta como el
alumbramiento de una verdad universal.
Ese constructo no
solo no recoge la verdad de nuestras vidas, sino que cada vez contiene menos
arte. El propio Mailer dice en su comentario sobre Miller que lo que
«diferencia al artista de cualquier otra persona que intente serlo […] es que
el artista ha emergido de la terapia al arte […]. El objetivo último del
artista es crear algo que sea independiente del ego». Sin duda. Mailer sabe de
lo que habla. La lucha entre terapia y arte está generosamente diseminada por
las páginas de su obra, y es una lucha que él pierde más veces de las que gana.
En este
sentido, Prisionero del sexo es una obra importante, una obra
triste. Se divide en dos partes: la primera, una airada denuncia del movimiento
feminista en la que se entreteje la verdad universal de Mailer sobre los
hombres y las mujeres; la segunda, una defensa crítica de la obra de Henry
Miller y de D. H. Lawrence, contra lo que Mailer considera que es, en Kate
Millett y su Política sexual[6], una polémica
distorsionada.
La defensa de
Miller y de Lawrence es elocuente: está argumentada de manera persuasiva, muy
bien escrita, es el trabajo de una mente clara y brillante. Sobre todo en el
caso de Lawrence. Mailer vuelve a hacer visible el gran poder de Lawrence: esa
consagración suya —a la idea de la salvación a través de la ternura sexual
entre los hombres y las mujeres— que constituía una genialidad emocional.
Olvidemos la prosa florida de Lawrence, nos dice Mailer, el fascismo de su
«conciencia de sangre», los infames miedos que alimentan sus teorías sobre la
sumisión de la mujer y la dominación del hombre: considerad solo la belleza de
su idea de los hombres y las mujeres atrapados en la enormidad y el pánico de
la existencia. Si te pierdes eso, si lo desmontas, si lo distorsionas desde tu
ideología, estarás perdiéndote el significado de la literatura, estarás
empobreciendo la vida inconmensurablemente. Cuando escribe así, Mailer habla
con nobleza.
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En la parte de denuncia del ensayo habla en su nombre, a partir de su
propio arte, ese arte que él cree que lo inserta de lleno en la tradición de
esos escritores a los que defiende. El fracaso es estrepitoso. Haciendo uso
abundante de ese lenguaje despiadado y excesivo que se ha convertido en su
sello de identidad, maltratando y odiando a las mujeres a rienda suelta, la
obra se desintegra por completo. Ahí no hay sustancia, no hay sabiduría, solo
una retórica planificada, mecánica: la retórica de la terapia en vez del
lenguaje del arte.
Hay al menos otros
dos escritores muy conocidos en este país cuya obra está tan atrofiada como la
de Mailer y en los que el principal síntoma de esa atrofia es el odio a las
mujeres: Philip Roth y Saul Bellow. Los dos son hombres de gran talento e
inteligencia; los dos dan muestras también, y cada vez más, del tipo de
ensimismamiento que genera estupidez emocional. En lo que respecta a la
dimensión artística, esa estupidez los conduce a los dos a la nada.
Philip Roth comenzó
su carrera como escritor hace dieciséis años con la publicación de un libro de
relatos titulado Goodbye, Columbus[7]. Eran relatos
brillantes y profundamente conmovedores. Estaban llenos de carácter, sabiduría
y una luminosa sensación de búsqueda de una vida sensible y moral. Eran todo lo
que Tolstói decía que debía ser un libro. Te hacían «reír, llorar y amar aún
más la vida».
Roth nunca ha
vuelto a conseguir el control sobre su obra que mostraban esos relatos. Lo que
ha caracterizado su obra desde entonces ha sido el pánico. A veces este pánico
es tremendamente divertido, a veces brutalmente amargo, pero siempre dificulta
la visión: el control, la trascendencia. Es el pánico de la vanidad inmadura:
la preocupación del escritor por la cuestión de la autoestima que se vuelve
mayor que su preocupación por el mundo tal y como este entra en él. Esta
confusión resulta fatal en el arte, y los libros de Roth han sufrido mucho por
ella. Se ha vuelto cada vez más evidente que Roth escribe sobre sí mismo, sin
poder contenerse. No recurre a los materiales de su vida para crear un mundo
ficticio: solo habla de sí mismo. ¿Y cuál es el elemento principal de este
ejercicio obsesivo de ensimismamiento que lo devora vivo? El odio a las
mujeres, tal cual, que es más angustioso aún en el caso de los escritores. En
cada nuevo libro puede verse el horror de un escritor que no
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ha conseguido madurar como individuo, que se las ha ingeniado para
convertir ese fracaso en un mito moderno, y que cada año se hunde más en el
autoengaño literario. El mal de Portnoy resultaba
sorprendente, pero Mi vida como hombre es sencillamente
espantoso[8]. En la carrera de
Roth, El mal de Portnoy fue el equivalente a «The Time of Her
Time» en la de Mailer. Era una obra tan llena de una maravillosa
maraña humana, una obra tan claramente sobre el pánico y no motivada por él,
que no podíamos sino reírnos y sentir angustia con el turbio Portnoy. Las
odiosas caricaturas de las mujeres eran indudablemente producto de la neurosis
del personaje y, como tal, nos llamaban, nos atraían, exigían y se ganaban
nuestra atención, pese a las reticencias.
Con Portnoy,
Roth se acercó al borde de la percepción genuina. Con Mi vida como
hombre, se alejó de ese borde y regresó a la oscuridad emocional.
Aquí no existe distancia entre el personaje y el autor. Aquí el odio a las
mujeres no es una técnica para iluminar a los personajes sino una expresión de
la abrumada existencia del autor. En Portnoy, la madre y la Mona
son monstruosas porque Alex Portnoy las experimenta como monstruosas; en Mi
vida como hombre, la esposa es monstruosa porque Roth está diciendo que las
mujeres son monstruosas. Cuando la esposa está recibiendo la paliza que la
matará y se abandona al éxtasis de lo que le está ocurriendo, perdiendo el
control del lenguaje como si de su vejiga se tratara, gritando: «¡Mátame,
mátame!», Roth está diciendo sin ambages que esa repelente criatura y todas las
que se le parecen merecen morir.
Y es de aquí —de
esta crucial falta de compasión, de esta maldad deshumanizante— de donde mana
el fracaso del libro. La misoginia no reconocida de Mi vida como hombre chorrea
como un veneno oscuro y espeso por todas sus páginas, opacando la coherencia
artística, desintegrando la inteligencia moral, haciendo que su verdadero tema
sea algo tan personal y horrible que no tenga apenas ninguna utilidad para esos
hombres y mujeres que leen libros para amar más la vida.
A sus sesenta años
y justo antes de ganar el Premio Nobel, Saul Bellow escribió la novela más
retrógrada de su distinguida trayectoria: El legado de Humboldt[9]. Otra vez, el
carácter retrógrado debido a la misoginia. Y otra vez el carácter
retrógrado podía verse ya en una novela anterior en la que la misoginia era una
característica de los personajes, y se convertía
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ahora, en esta nueva novela, en un síntoma del ensimismamiento del
autor. El protagonista de Humboldt es el protagonista de Herzog[10] diez años después.
En la primera novela, la distancia entre el autor y su personaje creaban una
fuerza energizante que te hacía correr a lo loco junto a Moses Herzog, en
desesperada busca de su propia vida por las calles de Nueva York, en las camas
de las mujeres, en la relación epistolar con los vivos y con los muertos. Las
mujeres eran caricaturas espantosas pero, aun así, transmitían una vida
sentida.
El legado de
Humboldt, una obra expansiva y febril repleta del brillante lenguaje de Bellow,
aborda supuestamente la imposibilidad de vivir una vida con significado en los
Estados Unidos contemporáneos. Para mí, se trata de una novela absolutamente
frustrada y, de nuevo, de una obra impregnada del ensimismamiento del escritor,
en absoluto algo creado independientemente de su ego. El protagonista, Charlie
Citrine, es un mal disimulado Saul Bellow en torno al que gira un enorme elenco
de personajes. Ninguno de ellos tiene vida propia, todos son una proyección de
los miedos, necesidades y decepciones de un escritor preocupado por sí mismo,
que equivocadamente piensa que lo que es cierto para él es cierto en general.
En ningún otro
aspecto de esta novela se evidencia con más claridad la naturaleza nauseabunda
de la vida proyectada —frente a la vida sentida— que en la creación de los
personajes femeninos. Para empezar, las mujeres son nombradas de manera
uniforme como zorras, fulanas, pibones y muñecas. Y todas son o guapas o
«guapísimas». Además, todas son o delgadas, frías, inteligentes y castradoras
(estas son siempre la esposa) o enigmáticas, sensuales y tontas (estas son la
amante). Estos personajes son como marionetas de papel maché, figuras con
pequeños imanes por atrás que despiertan fantasías de hambre y privación. La
figura de la esposa parpadea: «Tócame. Evocaré para ti todo lo que te está
haciendo daño en la vida». La figura de la amante parpadea: «Tócame a
mí. Evocaré para ti todo lo que la vida está negándote».
Lo que nos
encontramos en la obra de estos escritores no es una relación vital con las
fuerzas de nuestra época sino más bien una preocupación infantil por sí mismos.
Nos encontramos lo que resulta fatal en los escritores: ser hombres que odian y
temen el momento en el que viven, hombres que huyen de su tiempo, profundamente
alejados de la
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experiencia interna de su tiempo y su lugar, llenos de un conservador
anhelo de una verdad interior que ya no es la verdad.
La sensibilidad del
escritor es una sensibilidad aumentada, y en ella, de hecho, se revela el
mundo. Pero la diferencia entre el autoanálisis y el ensimismamiento es la
diferencia entre el arte y la terapia. Para mí, buena parte de la obra actual
de Mailer, Roth y Bellow es mera terapia, y además, de la peor especie, el tipo
más infantil de terapia: no la que llega al meollo de las cosas sino más bien
la que refuerza sus defensas, ritualiza el sacrificio humano y se conforma con
una especie de regateo primigenio sobre quién es humano y quién no. En la
misoginia de estos escritores reside el iluso y viejo sueño de los hombres
asustados: si ella es menos humana, yo seré más humano.
Ningún gran
escritor sucumbe a estos miedos. Ningún gran escritor sacrifica la humanidad de
una mitad del mundo para que la otra mitad, la que se identifica con su
protagonista, pueda tener más vida. Pienso en las mujeres de Hardy, de Stendhal
y de Lawrence y me entran ganas de llorar de pena por la pobreza y la cobardía
emocional de los mejores escritores varones de Estados Unidos. Los europeos
luchan sin cuartel para confrontar los miedos de su época, los estadounidenses
no. Los europeos han identificado la necesidad, los estadounidenses se
revuelcan en ella. De la lucha de los europeos se obtiene sabiduría y un
registro verdadero de la vida que están experimentando. De los miedos de los
estadounidenses han nacido un montón de tipos listos pero no demasiada
sabiduría y, cada vez más, el fracaso a la hora de madurar, de decirnos algo
valioso sobre nuestro mundo.
En resumen: cuando
leo a Hardy, a Lawrence o a Stendhal, sus palabras me impulsan porque están
repletas de hombres y mujeres vivos, multidimensionales y autónomos. Cuando leo
a Mailer, a Roth y al último Bellow, apenas encuentro nada vivo en ellos salvo el
ensimismamiento de una psique atrofiada, las hoscas vanidades de hombres
decepcionados, los talentos perdidos de escritores que, incapaces de luchar y
abrirse camino hacia la madurez emocional, han perdido la capacidad de crear un
universo ficticio convincente.
La incapacidad del
escritor de madurar como individuo es más decisiva en la segunda mitad del
siglo XX de lo que ha sido en cualquier otra época de la historia
moderna. La conciencia del yo es, en este momento más que nunca, el pilar de
las cosas. Únicamente sobre la base
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de la conciencia del yo descansan todas nuestras esperanzas de una nueva
política, una nueva sociedad, una vida revitalizada. Si no nos conocemos de
verdad, el vacío, al final, acabará alzándose para ir a nuestro encuentro.
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HACIA UNA
DEFINICIÓN DE LA SENSIBILIDAD FEMENINA
Es inútil acudir a
los grandes escritores en busca de ayuda, aunque los frecuentemos por placer.
Lamb, Browne, Thackeray, Newman, Sterne, Dickens, De Quincey — cualquiera—
nunca han ayudado a una mujer, aun cuando esta haya podido aprender alguno de
sus trucos y adaptarlos a sus fines. El peso, el ritmo, la zancada del
intelecto masculino son demasiado distintos para que la mujer pueda extraer de
ellos nada sustancial. El simio se encuentra demasiado lejos para ser
diligente. Tal vez lo primero que descubría la mujer, al tomar la pluma, es que
no disponía de una frase común lista para su uso. Todos los grandes novelistas,
como Thackeray, Dickens y Balzac, escribieron una prosa natural, ágil aunque no
desaliñada, expresiva aunque no preciosista, que adoptaba sus propios matices
sin dejar de ser propiedad colectiva. Se basaron en la frase que era común en
su época […]. Esta es una frase masculina
[…]. Era
una frase inservible para una mujer. Charlotte Brontë, pese a sus espléndidas
dotes prosísticas, tropezaba y caía con un arma tan torpe entre las manos.
George Eliot cometió con ella atrocidades indescriptibles. Jane Austen la miró,
se echó a reír, y pergeñó una construcción que le fuera absolutamente natural,
la configuró de la manera más idónea y jamás se alejó de ella. Así, teniendo
menos talento literario que Charlotte Brontë, logró decir infinitamente más.
VIRGINIA WOOLF
Una habitación
propia[11]
Hace no tantos
años, a las mujeres educadas y con talento les encantaba que les dijeran que
escribían o pensaban como un hombre, y a menudo —en compañía mixta—
argumentaban acaloradamente que no existía una mente «femenina» o una
sensibilidad «femenina»: solo había escritores o no escritores, pensadores o no
pensadores. En la actualidad, creo que hay pocas mujeres a las que les
encantara que les dijeran que escriben como un hombre, y hay muchos debates
serios sobre la cuestión de la «sensibilidad femenina». ¿En qué consiste tal
cosa? ¿Dónde reside?
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¿Acaso existe? Y si existe, ¿cuáles son sus rasgos? ¿Cómo funciona? Nos
está invadiendo una oleada de novelas, poemas y obras de teatro escritos por
mujeres y sobre mujeres. Muchas de nosotras examinamos estos libros con una
mezcla de emoción y crítica que nace de apreciaciones impacientes y a medio
formar y que hace no tanto tiempo habrían sido rechazadas sin más, pero que hoy
en día son la base de un tipo de pensamiento y un tipo de percepción que parece
impregnar hasta el aire que respiramos. Pues estas obras, y nuestra valoración
de ellas, suceden en muchos aspectos en paralelo al desarrollo del movimiento
feminista, que a su vez plantea cuestiones complejas que, lejos de estar
respondidas, siguen en formación.
En cierto sentido,
el auge del movimiento de las mujeres tiene su correlato metafórico en estas
novelas y obras de teatro, tanto en la elección de sus temas como en el alcance
de sus logros. Pues, si el movimiento representa algo mayor que él mismo —y de
hecho lo hace—, eso es el lento y difícil viaje de una sociedad desde una
actitud cerrada y a la defensiva hacia la abierta reflexión sobre unas ideas
recibidas que ya no nos sirven. Lo maravilloso de la literatura es que no
constituye solo un detallado historial de ese progreso, sino que es en sí misma
una metáfora del proceso de excavación. Las palabras de Virginia Woolf sobre
las dificultades de Charlotte Brontë y de George Eliot con la «frase masculina»
perfectamente pueden entenderse en paralelo a las dificultades de las
escritoras contemporáneas cuando intentan acercarse en sus obras a su propia
experiencia, al mismo tiempo que todas las mujeres, en todas partes, luchan por
acercarse a la suya propia.
El sometimiento de
las mujeres, en mi opinión, reside en gran medida en la arraigada creencia
—compartida tanto por hombres como por mujeres— de que para las mujeres el
matrimonio es la experiencia definitiva. Es esta creencia, sobre todo, la que
reduce y básicamente destruye en las mujeres el flujo de energía psíquica que
se alimenta en los hombres desde su nacimiento mediante la angustiosa idea de
que están solos en este mundo, que nadie cuidará jamás de ellos, que la vida es
una lucha a pecho descubierto entre el miedo y el deseo, y que el miedo se
mantiene en suspenso mediante la periódica oleada de deseo que se renueva solo
cuando es reforzada por la capacidad de experimentarse a uno mismo:
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independientemente. La mujer que sabe perfectamente que se casará y que
«cuidarán de ella» —que este es el acontecimiento central de su vida— está, en
cierto sentido vital, entregándole su yo experimentador a su marido: se
convierte en un arma extra para que él pueda emplearla en su propia lucha. Ella
se mantiene a un lado y observa, se queda adormilada e inerte, pierde el filo
de la necesidad inspirada, pronto ya no podrá recordar —ya no podrá sentir—
el impulso de actuar. Ha perdido todo el empuje que pudo tener alguna vez, y
con él la necesidad fundamental de experimentarse a sí misma.
La tarea del
feminismo contemporáneo consiste en re-crear en las mujeres su yo
experimentador. Deben producirse grandes cambios internos en las mujeres: las
viejas respuestas, las viejas costumbres y las viejas creencias emocionales
tienen que examinarse desde una nueva perspectiva, la perspectiva de la
conciencia. Debe emprenderse un nuevo viaje hacia el interior, un viaje en el
que se redefinan los términos del conflicto interno. Y este viaje producirá una
soledad y un dolor inimaginables, ya que debe conquistarse una y otra vez cada
centímetro de terreno emocional, a solas y sin aliados, pero al otro lado está
la libertad que produce el hecho de ser dueña de una misma.
En este sentido, el
feminismo es al psicoanálisis lo que el análisis es a la creación artística.
Tanto el artista como el paciente crean, a partir de los materiales de sus
propias vidas interiores, la magia de la experiencia no analizada y sometida a
una nueva perspectiva, una perspectiva de la que emergerán nuevas ideas, nuevos
dibujos, un contenido nuevo. Este contenido nuevo es el arte que la feminista
comparte con el paciente y el artista. En el acto de comprender la experiencia
transformada, los tres trabajan para dilucidar una visión de totalidad que
satisfaga el deseo de coherencia interna.
Así sucede con el
psicoanálisis. El análisis no consiste en la percepción repentina o el momento
de catarsis o la identificación del trauma. Más bien es el lento proceso de
recordar, de recobrar la experiencia original y de contemplarla repetidamente
desde la perspectiva de la autoconciencia lo que permite la destrucción del
viejo yo y la creación de uno nuevo. En realidad, el análisis es el proceso en
sí, el trabajo terriblemente duro de vivir con una idea el tiempo suficiente
para que se convierta poco a poco en la base de una nueva existencia mientras
la antigua desaparece.
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El arte y el psicoanálisis son reflejos del proceso natural del
crecimiento humano: el cuerpo adulto surge de su forma infantil, la mente
madura proviene directamente de la personalidad temprana. Todo es de una sola
pieza, todo está claramente relacionado, tiene una conclusión lógica. La
conexión consciente de toda la existencia propia es lo que produce el yo
integrado; reconocer que lo que uno es ahora siempre lo ha sido —mantener viva
la idea de lo que uno siempre ha sido— es ser dueño de uno mismo. Para el ser
humano integrado no existe el pasado, solo existe la transformación continua de
la experiencia original.
Culturalmente
hablando, las mujeres tienen un pasado, y la experiencia femenina está
enterrada en ese pasado. Para lograr la plenitud deben convertirse en artistas
y en pacientes: deben abrirse camino hasta el núcleo de su experiencia y, si
desean transformar sus vidas, contemplarla desde la perspectiva de la
conciencia. Deben luchar para «ver» con más claridad, para recordar con más
precisión, para describir enteramente quién y qué han sido siempre… ¡Si
pudiéramos describir enteramente lo que somos…! Entonces seríamos libres.
Nuestra cultura es
una historia colectiva de esas ganas de «describir enteramente» con la
esperanza de que esa conciencia ponga fin a la esclavitud espiritual.
Escribimos, pintamos, componemos para expresar lo más plenamente posible
quiénes somos: cómo han sido nuestras vidas personales. Mientras lo hacemos,
nos trascendemos a nosotros mismos, y la historia de nuestras vidas se
convierte en la historia de nuestra vida en común. Lo que descubrimos en la
lucha para entender nuestros yos individuales es aquello que implica el hecho
de ser humanos. Los propios rasgos de nuestras identidades se convierten en una
metáfora de la condición humana. Es un proceso interconectado a partir del cual
creamos civilizaciones culturales mediante la confesión de quiénes somos, y a
su vez ellas nos dicen quiénes somos. Inevitablemente, llega un momento en el
que hay que contarle una vez más a la civilización quiénes somos.
Durante siglos, la
historia cultural ha sido una historia de la experiencia masculina. La
sensibilidad masculina es la que ha captado y descrito nuestra vida. La
experiencia masculina ha funcionado como la metáfora de la existencia humana.
La literatura, especialmente, ha sido un gran depósito que se ha rellenado
hasta desbordar con la descripción detallada de los apetitos y los miedos
humanos tal como los hombres los han experimentado. Esa imagen central de un
joven de provincias saliendo
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al mundo en un viaje simbólico de autodescubrimiento es la imagen
predominante en nuestra literatura y es, siempre, una imagen masculina. En el
siglo XX, la naturaleza del viaje ha cambiado: los símbolos se han
modificado, ahora el viaje es claramente interior más que literal. No importa.
Sigue siendo un viaje caracterizado por un movimiento de agresión, de
penetración, de empuje: el hombre presionando continuamente hacia el centro de
su vida, tratando de vencer a Dios, a los elementos y a sus propios demonios a
medida que avanza. Desnudo, sudoroso, perdido, aterrorizado, sí, pero él sigue
adelante: el desafío es la fuerza impulsora.
Ahora claramente
esa búsqueda, ese viaje, ese movimiento compulsivo por un universo de oscuridad
y dolor está hablando de los impulsos más profundos de todos los seres humanos.
Así, ya seamos hombres o mujeres, nos reconocemos a nosotros mismos y nos identificamos
en mayor o menor grado con lo que encontramos en la literatura de nuestra
cultura. Sin embargo, ninguna mujer podría haber escrito jamás nueve décimas
partes de los libros que componen el cuerpo de nuestra literatura. Lo que ha
llevado a escribir esos libros es cierta clase de arrogante confianza en uno
mismo que es completamente ajena a la vida de las mujeres. Esta confianza en
uno mismo les sirve a los hombres para reducir la angustia universal de la
propia existencia que es común a todos los seres humanos, y en ellos nutre la
arrogancia necesaria para atacar la vida. Moldea y controla la angustia de una
forma muy particular, haciéndola retroceder, creando un espacio lleno de luz y
aire en torno al espíritu humano en el que la ilusión de omnipotencia tiene
permiso para crecer. Se trata de una cualidad que solo se desarrolla ocupando
un universo en miniatura en el que uno se experimenta a sí mismo como una
criatura superior. Y en gran medida la superioridad que los hombres
experimentan procede directamente de sus relaciones con las mujeres. Como
señaló con ironía y muy sucintamente Virginia Woolf:
Las mujeres han
servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de
reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural. A falta de ese
poder es posible que el mundo siguiera siendo pantano y jungla […]. ¿Cómo va a
seguir el hombre impartiendo justicia, civilizando indígenas, redactando leyes,
escribiendo libros, vistiéndose para pronunciar discursos en los banquetes, si
no se ve, al menos en el desayuno y en la cena, duplicado en su tamaño natural?
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Lo irónico, pues, es que la experiencia masculina que sin duda ha
contribuido en gran medida al desarrollo de la conciencia humana dependa del
purgatorio espiritual de las mujeres para existir.
¿Qué es entonces la
experiencia femenina? ¿Dónde pueden encontrarse los elementos que componen una
sensibilidad femenina? ¿En qué condiciones se convierten esa experiencia y esa
sensibilidad en una metáfora de la existencia humana, aportando así, como lo ha
hecho la experiencia masculina, a la pequeña suma de la autoconciencia humana?
Son preguntas que apenas estamos empezando a hacernos, ideas que apenas estamos
empezando a articular.
Estoy convencida de
que el desarrollo de una sensibilidad femenina genuina, al igual que el
desarrollo de una mujer experimentadora genuina, es una tarea generacional que
llevará mucho tiempo lograr. Rara vez, en las obras que escriben ahora las
mujeres, se nota la presencia de escritoras que penetren auténticamente su
propia experiencia, arriesgándose a la humillación emocional y la confrontación
de miedos secretos, de saberes insoportables. Rara vez está lo femenino
realmente en el centro del universo, y lo que implica ser mujer empleado de
manera efectiva para contar metafóricamente la vida. Lo que sí es habitual es
la dolorosa visión de escritoras atrapadas aún en las terribles garras de la
ira y la actitud defensiva femeninas: como lo estuvieron Charlotte Brontë y
quizá hasta George Eliot.
Sin embargo, hay
obras, o eso me parece, en las que se percibe la agitación de ese esfuerzo
heroico, obras cuya autora trata magistralmente de buscar «su» frase. Entre
ellas, una de las mejores —cronológicamente no es contemporánea— es El
despertar[12], de Kate Chopin,
publicada en 1899 y «redescubierta» hace poco. La trama de esta extraordinaria
novela es, resumidamente, la siguiente: Edna Pontellier, una mujer
estadounidense de veintiocho años casada con un hombre de negocios criollo y
madre de dos hijos, está pasando el verano en Grand Isle, una isla cerca de la
costa de Nueva Orleans que era un típico destino vacacional de las familias
criollas ricas en la década de 1890. Entre Edna y su marido — el rico,
bondadoso y autoritario Léonce— existe un enorme abismo de afinidad emocional y
espiritual que él parece desconocer por completo, y que ella misma contempla
como si estuviera a una gran distancia. Por lo
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demás, igual que se contempla toda su vida, como si estuviera a una gran
distancia: borrosa y sin la definición de la realidad. Su matrimonio, sus
hijos, los recuerdos de su familia en Kentucky, sus tempranas fantasías, todo
ello tiene una calidad onírica o fortuita: nada se mueve, nada habla, nada
tiene mucho sentido; en el centro, una quietud espantosa, una quietud femenina,
una inercia emocional que pasa por algo normal en la vida de la clase media
angloamericana de su época.
Entonces, a sus
veintiocho años, Edna despierta de su silencio interior. La amistad que ha
entablado con el joven Robert Lebrun, el hijo de la familia que regenta el
hotel en el que se alojan los Pontellier, cobra la forma luminosa de una
abierta sensualidad. El deseo de Edna por Robert —que se mantiene no declarado
y no consumado— se entremezcla magistralmente con la sensualidad de todo su
ser, por primera vez en su vida penetra su piel, su carne, su mente. Siente el
sol, el viento y el mar como nunca antes; siempre le había tenido miedo al
agua, y ahora aprende a nadar y disfruta del mar en un acto de osadía
narcótica; tumbada a medianoche en una hamaca, desafía la orden de su marido de
entrar en casa de inmediato, y se da cuenta de que casi por primera vez está
actuando de forma consciente, no automática; de la nada, se descubre a sí misma
diciéndole a una de las esposas de Grand Isle: «Renunciaría a lo accesorio.
Daría mi dinero, daría la vida por mis hijos, pero nunca me daría a mí misma.
No puedo explicarlo con más claridad; es tan solo algo que estoy empezando a
comprender».
Repentinamente,
Robert Lebrun se marcha a México. El verano se acaba y los Pontellier vuelven a
Nueva Orleans. Pero Edna es una mujer cambiada: poco a poco, el «despertar» que
ha experimentado empieza a dominar su vida. Deja de recibir a las visitas, desatiende
la casa, se olvida de los niños, se pasa horas pintando, leyendo, pensando,
caminando, ya no oye la voz de su marido. Está fascinada por el descubrimiento
dentro de sí misma de un espíritu independiente y consciente que ahora le exige
cosas. Cuando su marido se marcha a Nueva York por trabajo, se va de la casa de
él y alquila una casa pequeña, propia. El deseo se convierte en un instrumento
de conocimiento de sí misma: responde a las insinuaciones de Arobin, un donjuán
de la zona. Sus apetitos, ahora articulados, crecen a una velocidad
descontrolada. Se vuelven intensos, complejos, exigentes, y aun así
curiosamente tristes, teñidos de una sensación de mal augurio. Robert Lebrun
regresa, y ella fuerza una declaración de amor explícita
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entre ambos. Lebrun, que agoniza de deseo por ella, está sin embargo
asustado ante la extraordinaria naturaleza de la nueva independencia de Edna.
No comprende lo que ella quiere decir cuando le declara que ahora no le
pertenece ni a su marido ni a él, sino solo a sí misma. Cuando están a punto de
consumar su amor, llaman a Edna para que acuda al parto de una amiga. Al volver
a casa, Robert se ha ido. «Adiós —ha garabateado en un trozo de papel—. Adiós
porque te quiero». Ella se queda despierta toda la noche, sentada, pensando.
Por la mañana coge el ferri a Grand Isle. Se quita toda la ropa en esa playa
donde el verano anterior había cobrado vida por primera vez. Se queda un
instante desnuda al viento y al sol, y luego se adentra en el mar.
Es solo en los
últimos párrafos del libro donde la fuerza de la sensibilidad de Kate Chopin se
manifiesta por completo. Mientras Edna camina por la playa hacia el mar, que
ahora asocia con la libertad y el autodescubrimiento, recuerda sus pensamientos
de la noche anterior:
Se había repetido
una y otra vez a sí misma: «Hoy es Arobin. Mañana será cualquier otro» […]. El
abatimiento la había invadido aquella noche que pasó en vela y nunca más la
abandonó. No deseaba nada de este mundo, ni a ningún otro ser humano a su lado
que no fuera Robert. Pero también se dio cuenta de que llegaría el día en el
que también él se desvanecería de su pensamiento y de su vida, dejándola sola.
Los niños aparecían ante ella como auténticos contrincantes que la habían
derrotado y agotado sus fuerzas, que la arrastraban hacia la esclavitud de su
alma para el resto de sus días. Pero sabía una manera de evitarlos.
Lo que Edna ha
visto durante la noche es la cualidad esquiva de la vida, el poder y la
voracidad del hambre espiritual, la miseria e insignificancia de nuestras vidas
sociales. Ha visto el futuro con una calma ya vacía de todo conflicto, y ha
visto los hombres sustituyéndose unos detrás de otros, y el ansia de conciencia
empujándola hacia delante. Esos hombres, Arobin y Robert, han ayudado a
despertar en ella un deseo desenfrenado que los sobrepasa con creces, un anhelo
que ellos nunca podrán satisfacer, que nada ni nadie podrá satisfacer de
verdad, pues ningún ser humano normal ni ninguna circunstancia cívica puede
responder a las exigencias de ese apetito una vez que se ha liberado en una
persona de esencia espiritual. Edna le ha prestado su boca a la primitiva
sensación de libertad de espíritu y de satisfacción espiritual que obsesiona al
alma humana, y ahora que ha probado ese bocado exótico, la vida sin él sería
insoportable, una
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esclavitud del alma. Por otro lado, no puede volver atrás, no puede
fingir esa antigua vida en la ignorancia, ha perdido para siempre toda
esperanza de paz.
La veloz naturaleza
visionaria de la percepción de Edna —su explosividad— es directamente
proporcional a todos los años de conciencia reprimida que se han sucedido
antes. Si hubiera sido un hombre, y por lo tanto su conciencia hubiera podido
desarrollarse a un ritmo normal, Edna habría llegado sin duda a los sesenta en
posesión de la misma desesperación humana: «¿Para esto? ¿Todo eso solo para
esto?». Pero como era una mujer —inmersa en el silencio y la inconsciencia casi
toda su corta vida—, esa percepción, cuando llegó, lo hizo con la fuerza de una
olla a presión, con una fuerza suicida. Esa percepción es el poder que
irradia El despertar. Es una experiencia transformada. Es lo
femenino empleado como una metáfora de la vida. Es la sensibilidad femenina en
su estado más pleno.
En nuestra época
tenemos las novelas de Paula Fox y las obras de teatro de Myrna Lamb como
excelentes ejemplos de cómo la vida femenina puede esclarecer la experiencia
humana. Paula Fox crea con Sophie en Personajes desesperados y
Annie en The Western Coast dos protagonistas cuya
importancia reside en el hecho de que son mujeres[13]. En realidad, el
hecho de que sean mujeres es el elemento cautivador en ambas novelas. Voy a
centrarme solo en una: Personajes desesperados es una historia
de desintegración contemporánea, un relato de la vida humana sacrificada a la
despiadada desintegración de la ciudad mientras las almas de un hombre y una
mujer atrapados en la igualmente despiadada desintegración de un matrimonio vacío
también son sacrificadas. Jake y Sophie, una pareja de neoyorquinos acomodados,
viven en una bonita casa en Brooklyn. Él, que antes era un activo abogado
progresista, está ahora económicamente establecido y espiritualmente confuso.
El significado ha ido desapareciendo poco a poco tanto de su trabajo como de su
matrimonio. Entre él y Sophie existe una incómoda tregua. Su vida juntos está
marcada por el silencio emocional, la muerte de la pasión, la desconfianza
mutua. La inercia los impulsa hacia delante. La ciudad entra por la fuerza en
ellos. Gradualmente, incidente a incidente, se nota cómo Jake y Sophie están
rodeados por la inmundicia, el peligro y el horrible temor al colapso de la
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civilización que es el día a día de Nueva York. El terror se apodera de
sus vidas: la ciudad los amenaza y aísla a cada instante.
En busca de un poco
de alivio, se marchan a su casa en el campo, solo para descubrir que ha sido
brutalmente vandalizada. Jake, angustiado por la impotencia, toma a Sophie a la
fuerza. No hay escapatoria para ninguno de los dos: ni dentro ni fuera. Pues,
sin duda, la paranoia justificadamente inducida por la ciudad se ha encontrado
a medio camino con la desolación emocional de sus vidas interiores. Se crea una
tensión en la que se equilibran las dos formas de deterioro. Es esa tensión lo
que convierte a Jake y a Sophie en personajes desesperados.
Lo más destacable
de Personajes desesperados es la forma en la que se emplea la
inteligencia femenina de Sophie. Lo que se nos cuenta es, básicamente, la
historia de Sophie: lo vemos todo a través de sus ojos, sus pensamientos, su
experiencia. Sophie es la mujer definitiva: lo ve todo, lo entiende todo, toma
nota de todo, y no hace nada. Su inteligencia está atrapada, inerte,
inoperativa. Ella observa con la digna parálisis de una espectadora categórica.
Las decisiones que ha tomado en su vida la han vuelto incapaz de actuar, solo
pueden actuar sobre ella. Experimenta su vida como si estuviera en medio de un
vacío, y las antenas de su observación emergen solo para echar un vistazo
rápido alrededor. De vez en cuando, el deseo lucha por impulsar el movimiento,
pero enseguida muere, superado por la gran desconexión de su ser. La vida es
una serie de tomas únicas para Sophie, la cámara de su alma solo puede
registrar imágenes separadas.
La sensación que
tenemos en la vida contemporánea de estar atrapados en nuestras ciudades,
atrapados en nuestra tecnología, atrapados en la muerte emocional, incapaces de
hacer que las piezas separadas de nosotros mismos encajen se vuelve muy intensa
vista desde la inmovilizadora inactividad de la inteligencia de Sophie. Pues lo
que Sophie transmite es una sensación de destino ineludible: la plenitud
natural del yo a la que se ha renunciado y que es la encarnación de la mujer. Y
lo que Paula Fox transmite es que esa mujer es la mejor representación posible
de la renuncia espiritual que es la vida moderna.
Las obras de teatro
de Myrna Lamb proceden directamente de la conciencia feminista estadounidense.
Escritas con un lenguaje surrealista, metafórico y sin adornos, las obras, en
sentido estricto, tienen un único tema: el corrosivo antagonismo existente en
el corazón de todas las
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relaciones sexuales entre los hombres y las mujeres. Las obras de teatro
de Lamb —casi todas producidas en Nueva York— aparecen en la recopilación
titulada The Mod Donna and Scyklon Z. De ellas, las mejores
son But What Have You Done for Me Lately? y The Mod
Donna[14]. La primera —una
extraordinaria obra de teatro agitprop— trata de un hombre que despierta y se
encuentra en un espacio vacío y silencioso. Algo va mal, algo va muy mal, no
sabe muy bien qué. Una mujer entra, vestida con una bata blanca de médico. Ella
habla, él habla. Poco a poco, el hombre descubre algo increíble: se ha quedado
embarazado. La mujer está en la posición de poder concederle un aborto. El
hombre le ruega desesperadamente que lo haga. La mujer se convierte en su
interrogadora. El espacio vacío se convierte en un laboratorio-tribunal. Lo que
sigue es juicio y acusación. (El efecto de las posiciones invertidas es
extraordinario, similar al de un hombre blanco volviéndose negro o un
psiquiatra recluido en un hospital psiquiátrico. Él dice: «No me lo creo. No
puedo creerme esta pesadilla». Ella dice: «Bueno, así es como se siente mucha
gente cuando se entera de estas cosas». Él dice: «¿Sabes que quiero matarte?
Eso es lo único que siento. El deseo de matarte». Ella dice: «Una reacción
habitual. La persona embarazada a menudo siente el deseo de infligir violencia
en la persona impregnante»). Gradualmente, se revela que la mujer y el hombre
fueron amantes en su juventud, que él la dejó embarazada y la abandonó, que él
llegó a ser una importante figura pública (que se opone activamente a la
legalización del aborto), que ella casi muere en el parto, que no ha dejado que
ningún hombre vuelva a tocarla y que ha trepado con uñas y dientes, resentida y
traumatizada, hasta llegar a este momento. Las intervenciones de ella relucen
de odio y supervivencia. Las intervenciones de él están contraídas por el miedo
y el efecto de la ignorancia emocional. Toda la obra es un ejercicio
espectacular en el arte de la venganza sexual, comparable a La visita
de la vieja dama, de Dürrenmatt[15].
The Mod Donna vuela aún más
cerca, y aborda el auténtico objetivo de la idea central de Lamb: la obsesión
por el atractivo sexual que caracteriza las vidas de las mujeres: su
significado y su consecuencia. Dos parejas — Donna y Charlie, Jeff y Chris—
juegan a un extraño juego de la silla sexual. Chris, empujada por la
insatisfacción de su menguante atractivo, hace que Jeff meta a Donna en su
matrimonio. Donna, empujada también
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por la insatisfacción de su atractivo «desaprovechado», consiente unirse
al trío.
Los tres viven
juntos, Donna y Jeff se acuestan, Chris lo mira y lo comenta. El marido de
Donna, Charlie, que trabaja para Jeff y es humillado por él, odia y ama a Donna
y se siente desconcertado. Espera que su pareja vuelva, sin saber qué otra cosa
hacer. Al final, Chris y Jeff traicionan a Donna, se van a Europa los dos
solos, dejándola embarazada con el bebé que los «tres» han engendrado. En un
paroxismo final de rabia, celos y frustración, Donna provoca a Charlie para que
la mate. Toda la acción de la obra es resultado de las maniobras de las dos
mujeres. Mientras sus intervenciones oscilan entre el autoengaño, la ironía y
la rabia, la obsesiva pregunta psíquica que mantiene a ambas esclavizadas
—«Espejito, espejito, dime, ¿quién es la más bella del reino?»— se enmarca en
un autodesprecio que es pura furia: la furia de que, después de todo, esta,
solo esta, sea la pregunta de su vida, y por lo tanto el origen de su destino
ineludible, pues las preguntas que uno hace determinan su destino. Cada una de ellas,
pues, empujada por una lógica enloquecida en un conjunto de circunstancias
indiscutiblemente locas, piensa en engañar al destino en su propio juego,
asumiendo que la manipulación sexual pondrá fin a la definición sexual. La
ironía transparentemente cruel es, por supuesto, la clave de la obra.
La obra de Myrna
Lamb es comparable a la obra de Norman Mailer en tres aspectos importantes, y
merece la pena hacer la comparación aquí. En primer lugar, el poder de la obra
de ella —como en el caso de la de Mailer
— no reside ni en
sus caracterizaciones ni en sus tramas dramáticas, sino en la fuerza de su
lenguaje. Es ahí, en el lenguaje, donde reside la sensibilidad. Es ahí, en la
forma y el ritmo de las palabras y las frases, donde se está contando la
historia. A medida que la obra se va acercando al hueso, el lenguaje se hunde
más y más al fondo, vuela más y más alto. Nos encontramos atrapados en su
sufrimiento, impulsados por su insistencia, instruidos finalmente por su tono.
Lo que les está pasando en realidad a los personajes se nos revela mediante lo
que le está ocurriendo al lenguaje.
En segundo lugar,
el lenguaje de Lamb —de nuevo, como en el caso de Mailer— muestra una
naturaleza desbocada: la autora no siempre tiene las manos en el volante. A
veces el lenguaje se dispara, a veces se rebela y se desvía, a veces se hunde
como una piedra. Pero haga lo que haga, ya
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esté dando en el clavo o rebotando en las paredes, Lamb, al igual que
Mailer, está justo ahí, con él, tambaleándose, embistiendo, volando a su lado,
escritora y lenguaje atados juntos, persiguiendo la experiencia, haciendo un
poco de fuerza hacia el núcleo secreto de las cosas.
En tercer lugar, es
esta compulsión de perseguir la experiencia, de penetrar el núcleo, lo que
alimenta la obra de ambos escritores. A Mailer lo mueve su visión de las cosas.
No solo debe ser fiel a lo que ve, sino que debe seguir adelante hasta que lo que
ve sea verdad. Así, tiene la obligación de correr riesgos emocionales, de
actuar con una audacia emocional que, gane o pierda, es exultante en su
honestidad. En sus mejores momentos, Lamb muestra esta misma capacidad para
correr riesgos emocionales, esta misma necesidad de seguir adelante hasta que
la imagen en estado puro nos conduzca a la única honestidad posible.
Por supuesto, el
sentido de comparar a Norman Mailer y a Myrna Lamb reside en el hecho de que la
visión de Mailer es totalmente producto de la sensibilidad masculina, como la
de Lamb lo es de la sensibilidad femenina. Lo que él busca sin descanso, hasta conseguir
por fin dar con ello, es la masculinidad de las cosas. En el transcurso de esa
búsqueda transforma su propia masculinidad, y se convierte en una imaginativa
re-creación de la vida que vivimos. Myrna Lamb, en busca de su feminidad,
participa en el mismo acto de re-creación. Lo que ella hace es precisamente lo
que Virginia Woolf dijo que habría que hacer si alguna vez se daba el primer
paso hacia una generación de grandes escritoras.
Las novelas de Joan
Didion, Anne Roiphe, Lois Gould y la inglesa Margaret Drabble me parece que, en
gran medida, son presa del terrible poder de una actitud defensiva prolongada y
de un conflicto que es espantoso de soportar.
La más célebre de
estas escritoras es Joan Didion, y el libro que la hizo nacionalmente famosa
es Según venga el juego[16]. El gran talento
de Didion reside en su capacidad para evocar el impresionante carácter
abstracto del sur de California, «muriéndose bajo la luz dorada». Sus imágenes
de personas solas en autopistas, junto a piscinas de mansiones, en
supermercados a las tres de la mañana, en desesperadas fiestas en la playa, en
esas calles abrasadoras con rulos en el pelo y zapatos de cuña son
excepcionales y fascinantes. Y, de hecho, buena parte de esta idea de
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las cosas impregna Según venga el juego. El escenario es el
Los Ángeles de la gente del cine; el personaje es Maria Wyeth: modelo, actriz,
esposa medio separada de un director de cine, madre de una criatura con
discapacidad intelectual; el ambiente es California Drift. Maria se pasa los
días de su vida sumergida en un mar de amistades vacías y emociones corruptas.
El sexo, las drogas, el aborto y la muerte se arremolinan, suben con la marea,
y luego se alejan. Asustada de todo lo que existe bajo el sol de L. A.,
sufriendo un pavor indescriptible y una grave abstinencia, solo se siente
segura cuando conduce por la autopista. Nada conecta, nada se sostiene. La
gente, los escenarios, los acontecimientos se presentan, uno por uno, ante el
ojo de la cámara de la atención de Maria; la cámara intenta centrarse; no ve
nada; la siguiente, por favor. La expresión que describe a Maria no es
«desconectada», sino más bien «sedada con cloroformo». Las personas del libro
no dejan de preguntarle a Maria en qué piensa. «En nada», dice ella. La gente
responde indistintamente con cinismo, rabia, temor. Creen que les esconde algo.
El lector, por supuesto, es más listo. El lector sabe que Maria dice la verdad,
pues de eso es de lo único que trata el libro: nada, nada, nada. Maria sabe lo
que nadie más sabe: que todo es nada, que seguimos adelante «interpretando
nuestro papel» como si no supiéramos que todo es nada.
La visión de la
nada obsesiona a este siglo, y no es extraño que esa visión encuentre su
expresión en la imagen de una mujer derrumbándose ante el vacío. Casi siempre,
la crisis nerviosa es una crisis de silencio y supresión acompañada de un
comportamiento irracional que nunca se esclarece, nunca se explica.
Inevitablemente, se cree que este silencio tiene en su origen algún misterio
espiritual, un poder más profundo, algún conocimiento secreto. Enseguida nos
encontramos en presencia de un mito primitivo: la creencia en las propiedades
mágicas de las criaturas «extrañas» (es decir, irreales) como los locos, los
santos, los tontos…, y las mujeres. Lo importante de este mito es que lo han
creado y empleado casi en exclusiva hombres en una posición de superioridad que
están muy lejos de la locura y muy lejos del silencio. Sin saber absolutamente
nada sobre el silencio o la locura de las mujeres, han empleado este concepto
como un contrapunto para sus propias y a menudo grandilocuentes ideas sobre la
angustia existencial, y su uso ha degenerado en fórmulas perezosas para quienes
sienten un gran interés por las ideas más estereotipadas del dolor y la locura
en el mundo moderno.
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En nuestra época, el mejor lugar sin duda para encontrar una
superabundancia de estas mujeres visiblemente locas son las películas, y en
ninguna otra mejor que en las de Michelangelo Antonioni. Si las ponemos todas
juntas, las películas de Antonioni deletrean el nombre de Monica Vitti: los
ojos desorbitados, la mano metida violentamente en la boca, muda como una
tumba, cegada por las lágrimas que empapan su vestido de Givenchy mientras un
número cualquiera de hombres implora «¿Qué pasa? ¡Solo dime qué pasa!», y su
significado existencial asfixia a los cinéfilos en sus butacas.
A Maria Wyeth
podría haberla escrito Antonioni para Monica Vitti, hasta ese punto parece ser
una creación de esa misma visión usurpada del tormento contemporáneo. Con esto
no quiero decir que no haya miles de mujeres viviendo en realidad la vida de
Maria; lo que quiero decir solamente es que ni Maria Wyeth ni Monica Vitti me
cuentan cómo es estar dentro de sus cabezas. Viniendo de ellas dos, es solo de
oídas. A través de Maria y de Monica, soy incapaz de oír a ninguna mujer
hablando con su propia voz o de sentir cómo se mueve dentro de su propia
experiencia. Lo que sí oigo y siento son los sonidos y los movimientos de unas
marionetas cuyos hilos están manipulados por las fantasías de los hombres.
No pude evitar la
sensación, mientras leía Según venga el juego, de que el lenguaje
de Maria no era el suyo: de que sus comprimidas respuestas y sus elocuentes
silencios los habían colocado en su boca y detrás de sus ojos una generación de
referentes literarios creados por una experiencia que no era la experiencia principal
de la autora. Así, la historia de la vida de Maria no consigue convertirse en
un retrato convincente de supresión emocional; por el contrario, la propia
historia se convierte en un acto de supresión emocional. Me sentí en presencia
de una escritora que creía que era bueno que le dijeran que escribía como un
hombre, y —con el talento y la inteligencia como herramientas— le hizo justicia
a esa creencia: puso un escudo entre ella y su obra.
Las novelas de Lois
Gould, que se han descrito como «venenosas», «sin rodeos», «honestas», son una
interesante variante del mismo tipo de falta de honestidad que infesta Según
venga el juego: la deshonestidad de la actitud defensiva. En realidad, las
novelas de Gould no cuentan historias: se funden en mi mente en un largo
monólogo pronunciado por una mujer judía de Nueva York de clase media-alta que
«se sabe el nombre
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de todas las cosas» y siente un legítimo resentimiento hacia todo el
mundo. Esta pobre niña rica solo ha encontrado frialdad y malicia en todas
partes, y ha sobrevivido únicamente gracias al uso de la ironía. Su voz es
quebradiza, áspera, vulnerable y cruel. Se deleita con un torrente de detalles
confesionales sobre su vida (principalmente sobre su vida sexual) que pretenden
ser descarnadamente honestos. Enseguida, sin embargo, se percibe que esa
honestidad solo es la honestidad que está de moda: una honestidad cuyos límites
están bien establecidos de antemano, y de hecho no expondrá ni a la
protagonista ni a la autora a ninguna emoción o perspectiva inesperadas. Esa
honestidad es una estratagema: cuanto más revela, más oculta. Detrás de la
dureza hay una ciénaga de autocompasión, una abrumadora convicción de no valer
nada. La escritora-heroína está encerrada en esa dureza a la defensiva, y ni
locos vamos a entrar ahí, dentro de esa fortaleza. De este tipo de escritura no
podemos aprender nada: nada sobre nosotras mismas, ni sobre el mundo a nuestro
alrededor, ni sobre lo que implica pasar por la vida como mujer.
Y luego está Up
the Sandbox, de Anne Roiphe[17].
Escrito con gracia e inteligencia, este libro ha sido aclamado como una obra
que capta de forma realista el dilema emocional-social de las vidas de las
mujeres. No es nada de eso. Lo que sí es, sin embargo, es una muestra destacada
del abrumador miedo con el que una escritora que resulta que también es mujer
empieza apenas a descubrir el significado de su propia experiencia. El acto de
enfrentarse a ese miedo es el punto a partir del cual la sensibilidad femenina
empieza a crecer, el punto en el que una empieza a «cogerle el tranquillo» a su
propio tema. En Up the Sandbox, más que enfrentarse al miedo, se
claudica ante él; la falta de valentía es fatal, y da como resultado un libro
deshonesto.
La trama, muy
brevemente, es la siguiente: Margaret, inteligente y educada, es una joven
madre y esposa. Su marido es un estudiante de posgrado en Columbia. Llevan una
vida refinada pero pobre en el Upper West Side de Nueva York, a la espera de
que el marido acabe sus estudios para que sus vidas puedan mejorar por fin. El
marido, por supuesto, en realidad no está esperando; al menos, no
exclusivamente. Él hace: es su hacer lo que marca un periodo de suspensión para
ambos. Pero Margaret…, ella sí está esperando. Se pasa los días haciendo la
compra, limpiando, llevando a su hija al parque. Trata de convencerse de que la
crianza de esta niña es el equivalente al trabajo de su marido; de que esto
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es, de hecho, la propia vida; de que, por lo tanto, la sensación de
esperar a que su vida empiece es una ilusión. Pero no funciona: la energía de
su interior permanece amortiguada, atrapada, viva e insistente. Esta energía
cautiva es el tema del libro, y es lo que Anne Roiphe hace con ella lo que
convierte Up the Sandbox en un relato sacado de una revista
para mujeres de clase media. En vez de reunir fuerzas y romper la barrera para
acceder a lo que sea que está al otro lado, la energía de la protagonista se
filtra formando pequeños charcos seguros, reduciendo la presión en una serie de
fantasías que tiene en el banco del parque. La vida imaginaria, desde luego, es
rica, divertida, ingeniosa; pero cobarde y derrotista al final, cutre en su uso
emocional del autoengaño. Los títulos de los capítulos indican claramente si se
trata de un capítulo «imaginario» o «real». El capítulo final está marcado como
«imaginario» y en él Margaret descubre que está embarazada otra vez. En
realidad sí está embarazada, por supuesto… El lector ha sido engañado. Ni la
autora ni la protagonista de este libro han tenido jamás la intención de
moverse hacia el corazón del conflicto, que sigue revoloteando como una
angustiosa sombra a un lado de la cabeza, para hacerle frente directamente.
Para una visión más
clara de la evitación de conflictos de forma inteligente y con talento está la
obra de Margaret Drabble, una londinense extraordinariamente prolífica cuyas
novelas están ahora de moda en este país. Muy bien escritos y con una abundante
perspicacia, estos libros siguen siendo sin embargo, básicamente, ficción para
revistas de mujeres. The Garrick Year y The Millstone son
dos ejemplos de lo que quiero decir[18]. En el primero,
una joven llamada Emma está casada con un joven llamado David. Ella es guapa y
refinada, él es galés y actor. Los dos hablan el lenguaje inteligente, moderno
y desconfiado de los londinenses sofisticados, y de hecho se han casado con el fin
de «encadenarse a la rebeldía»; en otras palabras, para mantener viva su
capacidad de sentir emociones honestas. Inevitablemente, ella tiene bebés y la
vida de ambos gira en torno a la carrera de él. La historia se centra en un año
en provincias durante el que David florece en el escenario y Emma se sume en el
aburrimiento, los celos y un temor creciente respecto a la naturaleza
secundaria de su propia vida. En un pasaje maravillosamente perceptivo, Emma
contempla a David en el escenario y comprende lo que significa para él actuar:
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Mientras lo veía, por fin fui consciente de por qué estábamos aquí […],
de por qué había estado dispuesta a someterme a un aburrimiento sin límite […].
En la última escena de la obra tenía unas frases que se acercaban a él más que
cualquier otra cosa que lo haya oído decir jamás en un escenario […]. Lo único
que él quería de la vida era ser capaz de expresar, así, a una masa de gente en
silencio, cómo se sentía él mismo. Lo que sentía en el escenario no era mero
placer: era una sensación de claridad, una sensación de existir, mediante
palabras y situaciones que no eran creación suya, definidas y limitadas, de
forma que su poder y su energía pudieran encontrarse en un único y gran momento
explicativo. Para David no era suficiente que yo intentara comprenderlo o que
sus amigos y jefes intentaran comprenderlo, pues nosotros lo sometíamos a una
confusión indefinida con la presión de nuestras necesidades y opiniones: lo que
él quería era nada menos que una claridad pública total.
Lo que ocurre, por
supuesto, es que Emma se está dando cuenta de que ella necesita lo mismo. Lo
que ocurre, por supuesto, es que después de muchas vueltas sobre el tema, muy
divertidas y con la típica ironía inglesa, Emma tiene una aventura fallida con
el director y pillan a David con el bombón de la compañía en una humillante
confusión sobre un montón de cajas de embalaje. Los actores secundarios
desaparecen, David y Emma caen en brazos el uno del otro, ella es consciente de
que nunca podrá escapar de su matrimonio, él le ofrece una nueva vida: un viaje
a las Indias Orientales, donde él hará una película. El último párrafo está
lleno de información sobre las serpientes en el jardín del Edén, pero la
historia podría haber aparecido perfectamente en la revista McCall’s.
Sin embargo, es
en The Millstone donde puede encontrarse la clave de todas
estas novelas: la cobardía emocional. Rosamund, una prometedora joven
universitaria, vive sola en Londres. Sale con escritores y actores y se la
considera una mujer muy liberada. Todos sus novios creen que está montándoselo
con otro. Lo que nadie sabe es que es virgen. Decidida a deshacerse de su
arcaico estado, una noche se acuesta con un hombre al que apenas conoce, y se
queda embarazada. Decide tener el bebé: sola, sin ayuda, sin que el padre lo
sepa. La novela es la historia del embarazo de Rosamund y el traumático primer
año de la vida de su bebé. La escritura es perceptiva, detallada y, sin duda,
se forma un universo en torno a las esclarecedoras emociones de Rosamund. Pero
la clave de todo es que Rosamund quiere a este bebé porque siente que solo él
puede amarla acríticamente y, por lo tanto, solo con el bebé puede correr el
riesgo de revelar su propia necesidad voraz.
La necesidad de amar, el miedo a exponerse a esa necesidad, el poder
dominante que el miedo tiene sobre nosotras, ese, a fin de cuentas, es el
elemento crucial y determinante en todas nuestras construcciones conductuales.
La necesidad es primaria, el miedo es infantil, el dominio es el paralizante
yugo bajo el que debemos luchar toda nuestra vida. Luchamos no contra la
necesidad sino contra el miedo, tratando de ser dueñas de nosotras mismas y de
ofrecerles a nuestros amantes no nuestros miedos sino nuestra plenitud. Lo que
siempre ha marcado la «ficción femenina» es la claudicación ante el miedo en
vez de una generosa descripción de la lucha para superarlo. Lo que convierte a
Colette en una gran escritora es la valentía y la densidad con las que describe
la lucha. Lo que convierte a Didion, a Roiphe y a Drabble en escritoras
inferiores es la docilidad con la que hacen de la necesidad virtud.
En definitiva,
nuestro arte es un reflejo del progreso de nuestros deseos encadenados a
nuestros miedos. El significado de un movimiento social reside en que surge
directamente de una necesidad visceral de vencer el dominio del miedo. Esa
necesidad se convierte en una idea que arraiga lentamente, y poco a poco fuerza
el cambio emocional, y por lo tanto el cambio cultural y el político. Las
novelas que he descrito están, por ahora, dominadas en su mayoría por el miedo.
A medida que la balanza se decante hacia las mujeres, a medida que se acerquen
cada vez más a su propia experiencia, empujadas ya por una clara necesidad en
vez de por la angustia más profunda, también crecerá la sensibilidad femenina,
y las novelas que se escriban entonces a partir de esa sensibilidad en
desarrollo se convertirán, al mismo tiempo, en un reflejo y una guía del
proyecto feminista: la liberación del yo experimentador.
FUENTES
Todos los textos de
esta recopilación han aparecido en publicaciones anteriores, aunque han sido
revisados y editados por la autora para este volumen.
«La peluquería de
Bobby» se publicó en una versión abreviada en la Threepenny Review,
en otoño de 2003.
Los siguientes
textos se publicaron por primera vez en Vivian Gornick, Essays in
Feminism, Harper & Row, Nueva York, 1978: «Conciencia», «A juicio
por comportarse como un hombre», «El movimiento de las mujeres en crisis», «Por
qué algunos hombres odian a las mujeres» y «Hacia una definición de la
sensibilidad femenina». Todos están reeditados aquí con el permiso de la
Charlotte Sheedy Literary Agency.
NOTAS
[1] En español
en el original. <<
[2] El 4 de
noviembre de 1974 se llevó a cabo una votación en el estado de Nueva York sobre
la Enmienda para la Igualdad de Derechos. <<
[3] Publicado en
español como Genio y lujuria. Un recorrido a través de las principales
obras de Henry Miller, Barcelona, Grijalbo, 1979. <<
[4] An
American Dream, publicado en España en traducción de César Armando Gómez
(Barcelona, Planeta, 1986). <<
[5] The
Prisoner of Sex, publicado en España en traducción de Pedro Debrigode
(Barcelona, Plaza y Janés, 1981). Los fragmentos citados aquí se incluyen en
traducción directa del original. <<
[6]Sexual
Politics, publicado en España en traducción de Amparo Moreno (Madrid,
Cátedra, 2017). <<
[7] Publicado
en España en traducción de Ramón Buenaventura (Barcelona, Seix Barral,
2007). <<
[8]Hay ediciones
disponibles en español de estos dos libros de Philip Roth, en traducción
respectivamente de Ramón Buenaventura (2013) y de Lucrecia Moreno (2007), ambas
en Barcelona, Penguin Random House, Debolsillo. <<
[9] Humboldt’s
Gift, publicado en España en traducción de Montserrat Solanas (Barcelona,
Galaxia Gutenberg, 2016). <<
[10] Publicado
en España en traducción de Vicente Campos (Barcelona, Galaxia Gutenberg,
2012). <<
[11] Tanto
aquí como más adelante citamos la traducción de Catalina Martínez Muñoz
(Madrid, Alianza, 2012, respectivamente páginas 102-103 y 50-51). <<
[12] The
Awakening, publicada en España en traducción de Eulalia Piñero Gil (Madrid,
Cátedra, 2012; más abajo se citan fragmentos de las páginas 193, 285 y
288-289). <<
[13] Desperate
Characters, publicado en España en traducción de Rosa Pérez Pérez (Madrid,
Sexto Piso, 2020). The Western Coast carece de edición
española. <<
[14] Inéditas
en español. <<
[15] Publicado
en España en traducción de Juan José del Solar (Barcelona, Tusquets,
1990). <<
[16] Play
It as It Lays, publicada en España en traducción de Cruz Rodríguez Juiz
(Barcelona, Random House, 2017). <<
[17] Inédito
en español. <<
[18] Inéditos
en español; el fragmento que se cita a continuación es traducción directa del
original. <<
FIN

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