© Libro N° 14549. La Ideocracia. De Unamuno, Miguel. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://onemorelibrary.com/index.php/es/idiomas/espanol/book/coleccion-miguel-de-unamuno-401/la-ideocracia-3737
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LA IDEOCRACIA
Miguel De Unamuno
La Ideocracia
Miguel De Unamuno
https://onemorelibrary.com
|
|
La Ideocracia
Miguel De Unamuno
|
|
B. Rodríguez Serra, Madrid, 1900
De la tiranías todas, la más odiosa me es, amigo Maeztu, la de las ideas;
no hay cracia que aborrezca más que la ideocracia, que trae consigo, cual
obligada secuela, la ideofobia, la persecución, en nombre de unas ideas, de
otras tan ideas, es decir, tan respetables o tan irrespetables como aquéllas.
Aborrezco toda etiqueta; pero si alguna me habría de ser más llevadera
es la de ideoclasta, rompeideas. ¿Que cómo quiero romperlas? Como las
botas, haciéndolas mías y usándolas.
El perseguir la emisión de esas ideas a que se
llama subversivas o disolventes, prodúceme el mismo efecto que me produciría el
que, en previsión del estallido de una caldera de vapor, se ordenase romper el
manómetro en vez de abrir la válvula de escape. Al afirmar con profundo
realismo Hegel que es todo idea, redujo a su verdadera proporción a las
llamadas por antonomasia ideas, así como al comprender que es milagroso todo
cuanto nos sucede, se nos muestran, a su
más clara luz, los en especial llamados milagros.
Idea es forma, semejanza, species… ¿Pero forma de
qué? He aquí el misterio: la realidad de que es forma, la materia de que es
figura, su contenido vivo. Sobre este misterio giró todo el combate intelectual
de la Edad Media; sobre él sigue girando hoy. La batalla entre individualistas
y socialistas es, en el fondo lógico, la misma que entre nominalistas y
realistas. Esto en el fondo lógico; pero ¿y en el vital? Porque es la forma
especial de vida de cada uno lo que le lleva a la mente tales o cuales doctrinas.
¿Que las ideas rigen al mundo? Apenas creo en más
idea propulsora del progreso que en la idea-hombre,
porque también es idea, esto es, apariencia y forma cada hombre;
pero idea viva, encarnada; apariencia que goza y vive y sufre, y que, por fin,
se desvanece con la muerte.
Yo, en cuanto hombre, soy idea más profunda que
cuantas en mi cerebro alojo, y si lograse darles mi tonalidad propia, eso
saldrían ganando de su paso por mi espíritu. Es dinero que acuño y que, al
acuñarlo, le presto mi crédito, poco o mucho, positivo o negativo. Las ideas,
como el dinero, no son, en efecto, en última instancia, más que representación
de riqueza e instrumento de cambio, hasta que, luego que nos hayan dado común
denominador lógico, cambiemos directamente nuestros estados de conciencia.
Ni el cuerpo come dinero ni se nutre el alma de
meras apariencias. Y cuando en vez de ideas en oro, de moneda real, de la que
cuesta extraer de la mina y a este coste debe su firme valor representativo;
cuando en vez de conocimientos de hechos concretos y vivos, circula papelidea
–según la sagaz metáfora schopenhaueriana–, apariencia de apariencias, moneda
nominal, conceptos abstractos y educidos, que suponen responder a hechos
contantes y sonantes, entonces la firma adquiere una importancia enorme, porque
el crédito de que tal firma en el mercado goce, es lo que
garantiza el valor del papelidea, o de la idea de papel. Nos importa poco
quién nos llamó la atención sobre un hecho, como no nos importa qué obrero sacó
de la mina la onza de oro de que nos valemos; pero en cuanto al autor de un
concepto abstracto es de entidad, como lo es la firma del Banco en los
billetes, porque lo aceptamos según el crédito de que aquel goce
de guardar en caja conocimientos concretos y de hecho con que responder a
sus emisiones de conceptos.
Y van luego las pobres letras ideales, el
papelidea, endosadas de unos en otros, poniendo cada sabio su firma al respaldo
de ellas. Y aquí cabe preguntar: ¿da el sabio crédito a la letra o se lo da a
él ésta?
Vivir todas las ideas para con ellas enriquecerme
yo en cuanto idea, es a lo que aspiro. ¡Luego que les saco el jugo, arrojo de
la boca la pulpa; las estrujo, y fuera con ellas! Quiero ser su dueño, no su
esclavo. Porque esclavos les son esos hombres de arraigadas convicciones, sin
sentido del matiz ni del nimbo que envuelve y auna a los contrarios; esclavos
les son todos los sectarios, los ideócratas todos.
Necesario, o más bien inevitable, es tener ideas,
sí, como ojos y manos, mas para conseguirlo, hay que no ser tenido de ellas. No
es rico el poseído
por el dinero, sino quien lo posee.
El que calienta las ideas en el foco de su corazón
es quien de veras se las hace propias; allí, en ese sagrado fogón, las quema y
consume, como combustible. Son vehículo, no más que vehículo de espíritu; son
átomos que sólo por el movimiento y ritmo que trasmiten sirven, átomos
impenetrables, como los hipotéticos de la materia que por su movimiento nos dan
calor. Con los mismos componentes químicos se hace veneno y triaca. Y el veneno
mismo, ¿está en el agente o en el paciente? Lo que a uno mata a otro vivifica.
La maldad, ¿está en el juez o en el reo? Sólo la tolerancia puede apagar en
amor la maldad humana, y la tolerancia sólo brota potente sobre el
derrumbamiento de la ideocracia.
Entre todos los derechos íntimos que tenemos que
conquistar, no tanto de las leyes cuanto de las costumbres, no es el menos
precioso el inalienable derecho a contradecirme, a ser cada día nuevo, sin
dejar por ello de ser el mismo siempre, a afirmar mis distintos aspectos
trabajando para que mi vida los integre. Suelo encontrar más compactos, más
iguales y más coherentes en su complejidad a los escritores paradójicos y
contradictorios que a los que se pasan la vida haciendo de inconmovibles
apóstoles de una sola doctrina, esclavos de una idea. Celébrase la consecuencia
de éstos, como si no cupiese ser consecuente en la versatilidad, y no fuera
ésta la manifestación de una fecundísima virtud del espíritu. Dejemos que los
ideócratas rindan culto a esos estilitas, ¡pobrecitos! encaramados en su
columna doctrinal. ¿Por qué he de ser pedrusco sujeto a tierra, y no nube que
se bañe en aire y luz?
¡Libertad! ¡Libertad! Y donde la ideocracia impere,
jamás habrá verdadera libertad, sino libertad ante la ley, que es la idea
entronizada, la misma para todos, la facultad lógica de poder hacer o no hacer
algo.
Habrá libertad jurídica, posibilidad de obrar sin
trabas en ciertos lindes; pero no la otra, la que subsiste aun bajo la
esclavitud aparente, la que hace que no le vuelvan a uno el corazón y aun las
espaldas porque piense de este o del otro modo.
«¿Qué ideas profesas?» No, qué ideas profesas, no, sino: ¿cómo eres?
¿cómo vives? El modo como uno vive da verdad a sus ideas, y no éstas a
su vida. ¡Desgraciado del que necesite ideas para fundamentar su vida!
No son nuestras doctrinas el origen y fuente de
nuestra conducta, sino la explicación que de ésta nos damos a nosotros mismos y
damos a los demás, porque nos persigue el ansia de explicarnos la realidad. No
fueron las ideas que predicaba las que llevaron a Ravachol a su crimen, sino
que fueron la forma en que lo justificó a su propia conciencia, como hubiera
podido justificarlo con otras, de encontrarlas tan vivas. Hay quien en nombre
de caridad cristiana mata, quien para salvar al prójimo le llevó al quemadero.
Cualquier idea sirve al fanático, y en nombre de
todas se han cometido crímenes.
No es divinamente humano sacrificarse en aras de
las ideas, sino que lo es sacrificarlas a nosotros, porque el que discurre vale
más que lo discurrido, y soy yo, viva apariencia, superior a mis ideas,
apariencias de apariencia, sombras de sombra.
Interésanme más las personas que sus doctrinas y
éstas tan sólo en cuanto me revelan a aquéllas. Las ideas las tomo y aprovecho
lo mismo que aprovecho tomándolo el dinero que a ganar me
den; pero, si por desgracia o por fortuna me viese obligado a
pordiosear, creo que besaría la mano que me diese limosna antes que el perro
chico de la dádiva.
Hay una sutil pesadumbre que no pocos autores
sufren ante ciertos elogios que se les dirige. Cuando un escritor, en efecto,
de los que toman como deben las ideas e imágenes, cual de
instrumentos con que verter su espíritu, ansiosos de darse y
derramarse, contribuyendo así a la espiritualización del ámbito social, ve
luego que le elogian aquellas obras de compromiso en que sólo puso su mente,
aquellas en que ofició de mercader de ideas; suele su suspicacia, enfermiza
acaso, hacerle leer al través de esos elogios una tácita y tal vez inconciente
censura, a aquellos otros frutos de su espíritu, henchidos del más íntimo jugo
que le vivifique. Entristece oír que nos celebren lo menos nuestro, tomándonos
así de arca de conocimientos y no de espíritus vivos, como apena que
delante de nuestros hijos naturales, de las flores de nuestro espíritu todo,
nos alaben a los adoptivos, a las meras excreciones de la mente. Hay elogios
que
desalientan. Por mi parte, cuando amigos oficiosos
me aconsejan que haga lingüística y concrete mi labor, es cuando con mayor
ahínco me pongo a repasar mis pobres poesías, a verter en ellas mi preciosa
libertad, la dulce inconcreción de mi espíritu, entonces es cuando con mayor
deleite me baño en nubes de misterio.
El hombre –apena decirlo– rechaza al hombre; los
espíritus se hacen impenetrables; páganse y se cobran los servicios mutuos, sin
que se ponga amor en ellos. La lógica justicia, reina en el mundo de las ideas
puras, ahoga a las obras de misericordia, que brotan del amor, soberano en el
mundo de los puros espíritus. En vez de verter éstos y de fundirlos en un
espíritu común, vida de nuestras vidas y realidad de realidades,
tendemos a hacer con las ideas un cemento conjuntivo social en que como
moluscos en un englomerado quedemos presos. Las ideas, externas a nosotros, son
como atmósfera social porque se trasmiten calor y
luz espirituales; en ellas se refleja la del Sol del espíritu, sin
que por sí iluminen; hay que mantener aérea esa atmósfera, para poder en ella y
de ella respirar, y que no cuaje en tupido ambiente que nos ahogue.
Espíritu es lo que nos hace falta, porque
el espíritu, la realidad, hace ideas o apariencias, y éstas no hacen
espíritu, como la tierra y el trabajo hacen dinero, y el dinero por sí no hace,
dígase lo que se quiera, ni tierra ni trabajo. Y si da el dinero interés
es porque hay quien sobre la tierra o sobre productos de ella trabaje, como si
lo dan las ideas, es porque alguien sobre espíritu y de espíritu labra.
Utilísimos son, sin duda, los hombres canales, los
mercaderes de ideas, que las ponen en circulación sin producirlas ni
acrecentarlas; pero el valor íntimo e intrínseco de tales hombres estriba en el
espíritu que en su comercio pongan. Lo que cada cual tenga de pensador y
sentidor es lo que le hace fuerza social progresora; el ser meramente sabio o
erudito es lo mismo que el ser usurero o prestamista, que redistribuye riqueza,
pero no la crea.
Y los pobres esclavos de la tierra que saludan
respetuosos al usurero que alguna vez les sacó por el momento de apuro
cobrándose al 20 por 100, miran desdeñosos al que se arruinó en abrir un pozo
artesiano.
¿Ideas verdaderas y falsas decís? Todo lo que eleva
e intensifica la vida refléjase en ideas verdaderas, que lo son en cuanto lo
reflejen, y en ideas falsas todo lo que la deprima y amengüe. Mientras corra
una peseta y haga oficio, comprándose y vendiéndose con ella, verdadera es; mas
desde que ya no pase, será falsa.
¿Verdad? ¿verdad decís? La verdad es algo
más íntimo que la concordancia lógica de dos conceptos, algo más
entrañable que la ecuación del intelecto con la cosa –adaequatio intellectus et
rei–, es el íntimo consorcio de mi espíritu con el Espíritu universal. Todo lo
demás es razón, y vivir verdad es más hondo que tener razón.
Idea que se realiza es verdadera, y sólo lo es en
cuanto se realiza, la realización, que la hace vivir, le da verdad; la que
fracasa en la realidad teórica o práctica es falsa, porque hay también una
realidad teórica.
Verdad es aquello que intimas y haces tuyo; sólo la
idea que vives te es verdadera. ¿Sabes el teorema de Pitágoras y llega un caso
en que depende tu vida de hallar un cuadrado de triple área que otro, y no
sabes servirte de tal teorema?… No es verdadero para ti. A lo sumo con verdad
lógica. Y la lógica es esgrima que desarrolla los músculos del pensamiento, sin
duda, pero que en pleno campo de batalla apenas sirve. ¿Y para qué quieres
fuertes músculos si no sabes combatir? De ideas consta la ciencia, sí, de
conceptos; pero no son ellas, las ideas, más que medio, porque no es ciencia
conocer las leyes por los hechos, sino los hechos por las leyes; en el
hecho termina la ciencia, a él se dirige.
Quien pudiese ver el hecho todo, todo entero, por
dentro y por fuera, en su desarrollo todo, ¿para qué querría más ciencia?
Verdadera es la doctrina de la electricidad en cuanto nos da luz y trasmite a
distancia nuestro pensamiento y obra otras maravillas.
Y también es verdadera en cuanto, como tal
doctrina, nos eleve el espíritu a contemplación de vida y amor. Porque tiene la
ciencia dos salidas: una que va a la acción práctica, material, a hacer la
civilización que nos envuelve y facilita la vida, otra que sube a la acción
teórica, espiritual, a hacernos la cultura que nos llena y fomenta la vida
interior, a hacer la filosofía que, en alas de la inteligencia, nos eleve al
corazón y ahonde el
sentimiento y la seriedad de la vida. Para este
hogar de contemplación vivificante son las ideas científicas combustible.
De la ciencia de su tiempo, falsa según nuestra
nomenclatura, las tomaron Platón y Hegel, y con ellas tejieron los más grandes
poemas, los más verdaderos, del más puro mundo del espíritu.
¿Buenas y malas ideas decís? Hablar de ideas
buenas, ya se ha dicho, es como hablar de sonidos azules, de olores redondos o
de triángulos amargos, o más bien es como hablar de pesetas benéficas o
maléficas, de fusiles heroicos o criminales.
«¡Lástima de hombre! Es bueno, ¡pero profesa tan
malas ideas!». ¿Hay, acaso, frase más absurda que ésta? Es el hombre quien hace
buenas o malas a las ideas que acoge, según él sea, bueno o malo; es la
realidad quien hace las apariencias. Suelen ser nuestras doctrinas, cuando no
son postura de afectación para atraer la mirada pública, el justificante que, a
posteriori, nos damos de nuestra conducta, y no su
fundamento apriorístico.
Y solemos equivocarnos, porque es raro el que
sabe por qué hace el bien o el mal que hace, ni aun de
ordinario, si es bien o mal. Raciocinar la ética es matarla. Obedece al
dictado de tu conciencia sin convertirlo en silogismo. No hay más malicia para
las ideas que la mentira, y nunca como bajo el régimen de la mentira, el
más ideocrático de todos, se las persigue. La sinceridad es tolerante y
liberal.
¿Que Fulano cambia de ideas como de casaca, dices?
Feliz él, porque eso arguye que tiene casacas que cambiar, y no es poco donde
los más andan desnudos, o llevan, a lo sumo, el traje del difunto, hasta que se
deshilache en andrajos. Ya que el traje no crece, ni se ensancha, ni se encoje,
según crecemos, engordamos o adelgazamos nosotros, y ya que con el roce y el
uso se desgasta, cambiémosle. Lo importante es pensar, sea como fuere, con
estas o con aquellas ideas, lo mismo da: ¡pensar!, ¡pensar! y pensar con todo
el cuerpo y sus sentidos, y sus entrañas, con su sangre, y su médula, y su
fibra, y sus celdillas todas, y con el alma toda y sus potencias, y no
sólo con el cerebro y la mente, pensar vital y no
lógicamente. Porque el que piensa sujeta a las
ideas, y sujetándolas se liberta de su degradante tiranía.
Es la inteligencia para la vida; de la vida y para
ella nació, y no la vida de la inteligencia. Fue y es un arma, un arma templada
por el uso. Lo que para vivir no nos sirve, nos es inconocible.
¿Crees que la visión, la visión misma, flor la más esplendente del conocer,
hizo al ojo? No; al ojo le hizo la vida, y el ojo hizo la visión, y luego, por
ministerio de la visión, perfeccionó la vida al ojo. Pero ¿el ojo, el ojo
mismo, símbolo de la inteligencia, fue un órgano de visión ante todo?
Hay que dudarlo. Antes de llegar a ser un órgano o
instrumento que nos diese especies visibles, imágenes de las cosas, gérmenes de
ideas, ideas en larva ya, tuvo acaso un valor trófico, ejerció oficio en
nuestra íntima nutrición y vida concreta. En sus formas ínfimas, donde mejor
nos descubre su prístina e íntima esencia, refiérese a la nutrición del
ser, a su empapamiento en vida, a la acción de la radiación. ¿Ven, acaso, las
trasparentes medusas?
Y tienen su ojo, su lente con su mancha
pigmentaria. La sensibilidad de él es química, reacciona como una placa
fotográfica, y vivifica así al ser ciego, le regala don de luz por su ojo.
Crustáceos hay que se enrojecen si les ciegas;
quieren beber luz y la beben con el cuerpo todo, si les arrancas la boca con
que la bebían ansiosos; no quieren ver, sino beber luz; no apetecen especies
visibles, sino obra del sol en las entrañas; no quieren larvas de ideas, sino
pulsaciones de vida, espíritu después de todo.
Las plantas mismas, ¿no tienen a las veces ojos?
¿No los tiene ese «musgo que brilla» de los niños bretones –schistostega
osmundacea?–.
Sí, el ojo es para algo más hondo que para ver; es
para alegrar el alma; el ojo bebe luz, y la luz vivifica las entrañas
del oculado, aunque no percibiese imágenes. Esto vino luego, como
añadidura; nos lo trajo la vida, porque vio que le era bueno.
Y para algo más que para percibir ideas tenemos la
mente, el ojo del espíritu; la tenemos para beber luz, luz espiritual, verdad,
vida, reflejadas en esta o en la otra idea, que todas las reflejan, aun las más
negras. Porque si no reflejase luz lo negro, ¿lo verías?
¡Ah! ¡Si sacudiéndonos todos de la letal tiranía de
las ideas, viviésemos de fe, de verdadera fe, de fe viva! Yo creo que,
así como el odio al pecado está en razón inversa del odio al
pecador, y que cuanto más se aborrece el delito más piedad y amorosa compasión
hacia el delincuente se experimenta, así también cuanto menos las
sobreestimemos, más respeto rendiremos al hombre, estimándole en más.
Que no sea para nosotros el prójimo un arca de
opiniones, un número social encasillable con la etiqueta de un ista
cualquiera, como insecto que
clavamos por el coselete en la caja entomológica, sino que sea un
hermano, un hombre de carne y hueso como yo y tú, una idea, sí, una aparición;
pero una aparición inefable y divina encarnada en un cuerpo que sufre y que
goza, que ama y que aborrece, que vive y que al fin muere.
¿Y aquí en España? Aquí hemos padecido de antiguo
un dogmatismo agudo; aquí ha regido siempre la inquisición inmanente, la íntima
y social, de que la otra, la histórica y nacional, no fue más que pasajero
fenómeno; aquí es donde la ideocracia ha producido mayor ideofobia, porque
siempre engendra anarquía el régimen absoluto. A
la idea, como al dinero, tómasela aquí de fuente de todo
mal o de todo bien. Hacemos de los arados ídolos, en vez de convertir nuestros
ídolos en arados.
Todo español es un maniqueo inconciente; cree en
una Divinidad cuyas dos personas son Dios y el Demonio, la afirmación suma, la
suma negación, el origen de las ideas buenas y verdaderas y el de las malas y
falsas. Aquí lo arreglamos todo con afirmar o negar redondamente, sin pudor
alguno, fundando banderías.
Aquí se cree aún en jesuitas y masones, en brujas y
trasgos, en amuletos y fórmulas, en azares y exorcismos, en la hidra
revolucionaria o en la ola negra de la reacción, en los milagros de la
ignorancia o en los de la ciencia. O son molinos de viento o son gigantes;
no hay término medio ni supremo; no comprendemos o, mejor aún, no sentimos que
sean gigantes
los molinos de viento y molinos los gigantes.
Y el que no es Quijote ni Sancho quédase en socarrón bachiller Carrasco,
lo que es peor aún.
Es el nuestro un pueblo que razona poco, porque le
han forzado a raciocinar con exceso, o a tomar lo por otros raciocinado, a
vivir de préstamo con pocas ideas, y ellas escuetas y perfiladas a buril,
esquinosas, ideas hechas para la discusión, escolásticas, sombras de
mediodía meridional.
Y las pocas y esquinosas ideas fomentan la
ideocracia, que es oligárquica de suyo, y la ideofobia con ella, puesto que
cuantas más las ideas y más ricas y más complejas y más proteicas menos
autoritarias e impositivas son. ¿No conviven y se conciertan y se comunican los
hechos todos, aun los más opuestos al parecer entre sí, los hechos que son el
ideal de las ideas?
Hemos vivido aquí creyendo lo que nos enseñaban:
que las cosas consisten en la consistidura, y edificando sobre tal base un
castillo de naipes con apariencias de apariencias, con sombras de sombras. La
vida interior, entre tanto, se asfixiaba en el vacío, bajo la campana
pneumática de las escolásticas consistiduras. Apena ver a espíritus tan
vigorosos y potentes, tan reales y tan llenos de verdad como los de nuestros
místicos, agitarse bajo la campana buscando aire libre henchido de cielo. ¡Ah,
su anhelo, su
noble anhelo, el ansia de sus espíritus! ¡Ansia de beber con el ojo
espiritual directamente la luz del Sol, de sentirse las entrañas bañadas
en sus vivificantes rayos, de poder mirarlo cara a cara y
vivir de su luz, aunque cegasen, y tener que recibirlo de reflejo, en
las figuras de las cosas, en las formas visibles, larvas de ideas! Bebámosle en
ellas.
La verdad puede más que la razón, dijo Sófocles, y
la verdad es amor y vida en la realidad de los espíritus y no mera relación de
congruencia lógica entre las ideas. Unción y no dialéctica es lo que nos
vivificará.
Cuando reine el Espíritu se le someterá la
Idea, y no ya por el conocimiento ideal, sino por el amor espiritual
comunicarán entre sí las criaturas. He aquí por qué, amigo Maeztu, aborrezco la
tiranía de las ideas.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario