© Libro N° 14547. Auto Retrato. De Unamuno, Miguel. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
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AUTO RETRATO
Miguel De Unamuno
Auto Retrato
Miguel De Unamuno
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Retrato
Miguel De Unamuno
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Revista Ibérica, Madrid, 30 de septiembre de 1902
Sr. D. Francisco Villaespesa
Mi estimado amigo: Me pide usted un retrato mío y
ante tal pedido surge un pequeño conflicto sin graves consecuencias —en mi
conciencia. Renuncio á describírselo, aunque con semejante renuncia nos
perdamos un trozo de psicología introspectiva, diferente, como es natural, de
la ultrospectiva.
El resultado final de tal conflicto es la decisión
de enviarle el retrato, pues el resistirse á que aparezca en público la imagen
de nuestro físico arguye, en los tiempos que corren, mayor petulancia que el
ceder á ello. Hoy, en que se prodiga tanto la estampación pública de
retratos, es un verdadero acto de humildad, á la vez que un acto de verdadera
humildad, el dejar que se dé á estampa pública el propio y peculiar
retrato.
Ahora bien: visto y acordado en el tribunal de mi
conciencia el remitirle un retrato de mi físico —dueño y á la vez siervo de
dicha conciencia—, quedaba sólo la ejecución del acuerdo.
Y aquí me encuentro con que apenas tengo
fotografías, y ellas no muy buenas, de mi semblante y traza corporal, y en este
apuro acudo a la pluma misma con que trazo estas líneas y con ella dibujo mi
perfil. Y en esto ha de permitirme que eche mano del egotismo y le diga que yo
tengo más fisonomía visto de lado que no de frente. Hasta como escritor público
creo que me ocurre lo mismo.
El hecho —porque es, sin duda, un hecho– de que
envíe un auto- retrato supone que cultivo el «conócete á ti mismo»; y no pongo
en latín esta sentencia, porque eso me parece algo asi como citar á Nietzsche ó
á Tolstoi en francés, y el cultivar ese «conócete» dicen que es un mérito y el
camino obligado para el «poséete».
Y el «conócete á ti mismo» debe empezar por conocer
cada cual su físico, sostén y masa de lo que llamamos nuestra parte espiritual,
por llamarla de algún modo. Ya sabe usted que hay sabio que sostiene que
mirándose y viéndose —ó viéndose y mirándose, según que opinemos que el ver precedió al mirar ó el mirar al ver
¡arduo problema!— que viéndose y mirándose el
hombre primitivo en el espejo de un sereno charco fué como llegó al
desdoblamiento de sí mismo, á conocerse fuera de sí, á pensar en su yo y luego
á creer en su alma. Yo le sé á usted decir que mirándome al espejo he comprendido algunas
de las ideas que había difundido por ahí yo mismo.
Mas dejemos á Narciso y á toda clase de narcisismo
y de turrieburnismo respectivamente.
Como usted verá también, á poco que mire, he
procurado darme poca expresión y esto por razones que me ha de permitir me las
reserve. No me he sombreado porque prefiero aparecer á toda luz y como si ésta
viniese de todo el ambiente. Me he quitado carnes en efigie, ya que no pueda
quitármelas en realidad, porque desde que he comprendido cuán profunda verdad
encierra aquello de que los enemigos del alma son mundo, demonio y carne, me
pesa el peso que voy adquiriendo gradualmente. Sentiría llegar á ser persona de peso.
En el retrato no se me conocen las canas, de
que me voy cargando, aunque todavía me faltan catorce días (hoy 15 de
Septiembre) para cumplir los treinta y ocho años,
dato que puede usted hacer constar, porque empiezan á descontarme de la gente joven, de la que viene
—pegando ó pegada— y no me cuentan aún en la gente
vieja, en la que se va —pegada ó pegando. Aunque bien mirado esto es
consolador, porque si no soy ni de los que vienen ni de los que se van, es que
soy de los que se quedan.
Las demás consecuencias que del adjunto mi retrato,
como de todo dato empírico, se desprenden, las
dejo al buen juicio y criterio de los que lo vean
y quieran especular acerca de él.
Sólo me resta manifestarlo de nuevo cuán su amigo es
Miguel de Unamuno.
P. D.
Le ruego muy encarecidamente que evite por
todos los medios el que si se publica esta carta —que para ello la
escribo, dicho sea inter nos— salgan mis enemigos diciendo que es profunda,
filosófica, trascendental, erudita ó propia de un sabio. Porque tengo observado
que se fragua en torno mío una conspiración mucho peor que la del silencio, y
es la de motejarme de escritor profundo, filosófico y trascendental con el
innoble y vil propósito de ahuyentar de mis libros á los lectores. «Así, á la
vez que parece que le elogiamos, le reventamos», se dicen esos maquiavelillos
de la feria de las vanidades y los celos.
Y puesto á hacerme ese favor, le agradecería
también que anunciase mis obras, á ver si contrarrestamos los incalificables
manejos de esos enemigos de mi buen nombre. —Vale.
M. de U.
Publicado el 30 de noviembre de 1902 en la Revista Ibérica.
FIN

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