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CIUDAD Y CAMPO
De Mis Impresiones De Madrid
Miguel De Unamuno
Ciudad Y
Campo
De Mis
Impresiones De Madrid
Miguel De Unamuno
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Ciudad Y Campo
De Mis Impresiones De Madrid
Miguel De Unamuno
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Julio de 1902
Cada una de mis estancias —nunca largas— en Madrid,
restaura y como que alimenta mis reservas de tristeza y melancolía. Me evoca la
impresión que me causó mi primera entrada en la corte, el año 80,
teniendo yo dieciséis; una impresión deprimente y tristísima, bien lo
recuerdo. Al subir, en las primeras horas de la mañana, por la cuesta de
San Vicente, parecíame trascender todo a despojos y barreduras; fue la
impresión penosa que produce un salón en que ha habido baile público, cuando
por la mañana siguiente se abren las ventanas para que se oree, y se empieza a
barrerlo. A primeras horas de la mañana apenas se topa en Madrid más que con
rostros macilentos, espejos de miseria, ojos de cansancio y esclavos de
espórtula. Parece aquello un enorme búho que se prepara a dormir; aquellas
auroras parecen crepúsculos vespertinos. Fui a parar a la casa de Astrarena,
donde viví el primer curso, allá, en sus alturas, y recuerdo el desánimo que me
invadió al asomarme a uno de los menguados balconcillos, contiguos al tejado,
que dan a la calle de Hortaleza y contemplar desde allí arriba el hormigueo de
los transeúntes por la Red de San Luis, calle de la Montera y de Hortaleza.
Estas emociones reviven en mí cada vez que entro en Madrid.
Líbreme Dios de caer en las vulgares e injustas
declamaciones regionalistas en contra de la corte, pues sé bien que es ésta la
primera y más sufrida víctima del centralismo. Tomo aquí a Madrid como tipo de
grandes ciudades, por ser la única en que he vivido algún tiempo —no mucho,
pues sumando las distintas temporadas no llegará a cuarenta y ocho meses— y que
conozco algo. No me propongo presentar al lector datos objetivos respecto a la
vida madrileña, comparados con los de la vida en las pequeñas villas y en el
campo: he de limitarme a consignar mis personales y propias impresiones de vida
de la ciudad, noticias de peculiar experiencia, comentándolas con el auxilio de
consideraciones de orden muy general y acaso sobrado especulativo.
Serán estas líneas, más que contribución
estrictamente científica al punto sociológico de la influencia de los
condensados centros de población sobre el espíritu de los pueblos y su proceso
de cultura, observaciones en que presento el fruto de mi experiencia en uno de
esos centros, interpretada por la filosofía que he ido adquiriendo de mis
lecturas y mis reflexiones sobre ellas y sobre mi propia vida.
Por lo que hace a la cuestión concreta de la
influencia de un centro de población como Madrid sobre el pueblo de que su
vecindario se extrae ordinariamente, sólo puede esperarse aclaraciones de un
estudio estrictamente científico y objetivo emprendido en laboratorios de
psicología experimental. Sólo se estará en camino de hacer luz en el
problema cuando se compare el modo de reaccionar a las excitaciones del
ambiente los sentidos de un organismo humano formado en la gran ciudad y los de
otro organismo formado en el campo. Mucho más que las vaguedades de la
espontánea experiencia personal —como son, después de todo, lo que aquí he de
exponer— valdrían para acercarnos a una solución los resultados de una
experimentación sistemática que nos dijese, verbigracia, si el madrileño
distingue más o menos matices de color que un lugareño, o si tiene mejor o peor
olfato, o en cuánto discrepa su tiempo de reacción del de éste, o si es capaz
de más o menos prolongada atención, etc., etc.
Con estas prevenciones me curo en salud respecto a
lo que pudiera objetárseme acerca del valor de cuanto voy a decir, pues mi
propósito es dar sugestiones más que instrucciones y volver a llamar la
atención, sobre todo hacia ciertos problemas. Y entro en materia.
Suelo experimentar en Madrid un cansancio especial;
al que llamaré cansancio de la corte. Cuando en esta tranquila ciudad de
Salamanca salgo de paseo, carretera de Zamora adelante, se me cansan las
piernas, seguramente, pero descansa y se refresca mi sistema nervioso. El
camino está franco y despejado, no encuentro en él detención alguna, nada me
distrae, mi paso es igual, sin que
haya de menester variarlo, y mi vista reposa en la contemplación,
ya de la lejana y ahora nevada sierra, que parece
un esmalte del cielo, ya en la vasta llanura de la Armuña, en que se
tienden algunos pueblecillos, ya, a mi regreso, en la vista de la ciudad,
dominada por las altas torres de su Catedral y su Clerecía. Luego a casa, me
siento a trabajar, y a la vez que mis piernas descansan, actívase mi cerebro
refrescado por el paseo. Pero si en Madrid bajo por la calle de Alcalá y paseo
de Recoletos «sobre las viejas losas que se han sacado de las canteras para preparar
a los pies del hombre una superficie seca y estéril» (Obermann, carta
lX) o recorro calles, he de variar constantemente de marcha; una pareja
que está en la acera charlando y me obliga a ladearla, el transeúnte de delante
que va más despacio que yo, un coche que se me cruza cuando voy a atravesar una
calle, éste que me saluda, aquél que me llama la atención, el otro que
parece mirarme como a persona conocida, a cada momento rostros nuevos,
conocidos y desconocidos, todo ello exige una serie de pequeñas adaptaciones,
que convierte mi marcha en un acto mucho menos automático. Cada una de
estas ligeras y casi insignificantes variaciones parece no tener importancia;
pero la serie de ellas es como una descarga continua que acaba por llevarme a
cierto estado de fatiga sobreexcitación, casi de irritabilidad. Y llego luego a
casa, y en vez del silencio y la quietud grandes que como en cariñoso regazo
recogen nuestro sueño en el campo o en las tranquilas villas de reposado vivir,
es ya un coche, ya rumor de gente que sale de un teatro, ya cualquier otro
ruido que nos perturba el sueño. Me parece difícil que sea verdaderamente
reparador el sueño en una casa que a cada momento vibra al pasar un coche por
la calle.
Yo no sé si eso que llaman neurastenia será una
enfermedad especialmente ciudadana; pero si no lo es, merecía serlo. Lo que sí
creo que pueda afirmarse es que las grandes ciudades
produzcan lo que podemos llamar cerebralismo.
Ha de haber, sin duda, cierto equilibrio entre la
vida de nutrición y la de relación; el mundo que nos rodea entra en nosotros
por los
alimentos y por las excitaciones sensoriales, por el estómago y los
pulmones de una parte, y por los sentidos de otra.
Son los dos elementos del ambiente.
De ese equilibrio, constantemente roto y
reproducido, arranca el ritmo de la vida. Y en las ciudades me parece que la
serie de las excitaciones sensoriales, que las variadas excitantes que por los
sentidos nos entran, menudea tanto y es tan compleja, que apenas nos deja lugar
a reponernos de ella lo debido. Es lo que se dice cuando se afirma que en las
ciudades se vive demasiado aprisa.
Muchas veces me he parado a reflexionar en lo
terrible que es para la vida del espíritu la profesión del periodista, obligado
a componer su artículo diario, y ese nefasto culto a la actualidad que del
periodismo ha surgido. El informador a diario no tiene tiempo de digerir los
informes mismos que proporciona. Me imagino la labor mental de un hombre que
vive en reconfortante reposo, «lejos de la enloquecedora muchedumbre», far
from the madding crowd, que dijo Gray, estudiando con calma y
produciendo con calma también, en lento ritmo. Observo en mí mismo que paso
temporadas de verdadero anabolismo espiritual, períodos de asimilación, en que
leo, estudio, reflexiono y veo surgir en mi mente nuevos núcleos de ideas o
empezar a reducirse a sistemas de ellas verdaderas nebulosas ideales, y otros
períodos de catabolismo espiritual, en que me doy a escribir, a las veces
desordenadamente, para expulsar ideas. El nulla dies sine
linea de Zola me ha parecido siempre lema de un fabricante de novelas,
a 3,50 el tomo. Y ahora, para amenizar esto un poco, voy a permitirme
representar esta periodicidad cuando se cumpla en condiciones de normal
tranquilidad, sin el apremio de la producción a jornal ni el espectro repulsivo
del ídolo Actualidad, con esta curva:
∿∿∿∿∿∿∿∿∿∿
p>Las oscilaciones pueden ser más y de menor
amplitud cada una, y tal ocurre cuando esos dos períodos mentales, el de
asimilación y el de producción, se suceden con mayor rapidez. Y así tendremos
otra curva:
〜〜〜〜〜〜〜〜
cuyo desarrollo es igual al de la otra; es decir,
que si tiramos de los dos extremos de ambos, las líneas resultarán iguales. Y
si continuamos suponiendo que las oscilaciones sean cada vez más en número
—dentro de un mismo espacio de tiempo— y más pequeñas, por lo tanto, tenderá la
línea a la recta; es decir, a que el anabolismo y el catabolismo mental
coincidan, destruyéndose así.
Tal sería un estado en que se asimilara y se
produjera a la vez, en que el recibir y el dar un conocimiento fuera una misma
cosa. A tal estado se acercan los desgraciados periodistas. Para un reporter, oír
una noticia es darla; no reflexiona en ella. Se encuentra en la
lamentable situación de un taquígrafo,
que al levantarse la sesión de que tomó nota no sabe
lo que en ella se trató. Por mi parte, conozco ese estado de
ánimo, y lo conozco por la tarea de traducir a tanto el pliego. Si he
querido enterarme de los más de los libros que he traducido, he tenido que
leerlos después. El corrector de pruebas conoce bien esto mismo.
Ese triste estado en que el ritmo mental tiende a
la recta, es decir, de hecho a la monotonía, es un estado, a mi parecer,
predominantemente ciudadano. Aseguro que para mi gusto nada hay más monótono ni
más fatigante que los chroniqueurs parisienses, y en general
los escritores todos de la gran Ville Lumière, de ese insoportable
París. Se lee una obra de una de esas reputaciones del boulevard o
del barrio latino, y se han leído todas las suyas y además todas las de sus
congéneres. Y nada digo del género chico de los teatros de Madrid, porque al
fin y al cabo, su tremenda monotonía sirve a las mil maravillas para provocar
el sueño de los infelices espectadores... No hay sino observar atentamente a la
gente que de noche sale de los teatros madrileños, para caer en la cuenta
de que, aunque no lo crean ellos, van sonámbulos. El teatro en Madrid
tiene, ante todo y sobre todo, una función hipnótica; prepara para el sueño a
los espíritus sobreexcitados por aquella descarga de menudencias callejeras de que
hablé antes.
Sobre esto de la monotonía de las grandes ciudades,
debe leerse lo que dice Sénancour en la carta LXXXVlll de su Obermann,
al comentar su afirmación de que en aquéllas, las ocupaciones o las
distracciones son siempre poco más o menos las mismas, adoptándose de grado una
manera de ser uniforme, mientras que en una quebrada de los Alpes, los
días de dieciocho horas se parecen poco a los de nueve. Pero es
una uniformidad poco nutrida, no es la monotonía de vida
exterior, que permite y aun favorece la mayor riqueza de vida interior. Como
dice el mismo Obermann en su carta X, fechada en París,
«no hay aquí medio entre la inquietud y la inacción; hay que aburrirse si no se
tienen negocios o pasiones».
De aquí el que la superficialidad sea un
padecimiento urbano. El principal centro productor de ramplonerías en España
son los cafés de Madrid. Y encima, para agravar la cosa, viene el ingenio, ese
condenado ingenio que es la mueca de la genialidad. «Hacer
frases», ésta es la deplorable habilidad de la flor de ese cansadero,
«hacer frases», excitaciones rápidas, breves y
fugitivas para el espíritu. Glissez, n’appuyez pas: éste es el
estúpido lema que ha brotado de esas conglomeraciones del homo urbanus.
Ha inventado, además, la moda, es decir, la monotonía en el cambio.
Antes de ahora he dicho que mucho más pesada que un
oso es una
ardilla dando vueltas en una jaula. Es terrible eso del hombre que
«consume, sin gozarla, una duración inquieta e
irritable, semejante a esos insectos siempre movibles, que pierden sus
esfuerzos en vanas oscilaciones, mientras otros tan débiles, pero más
tranquilos, les dejan tras de sí en su marcha directa y siempre sostenida» (Obermann,
carta Vll).
Y ahora me acuerdo de aquella triste novela de
Wells, When the Sleeper Wakes (Cuando el durmiente se
despierte), y de esa visión aterradora de las grandes ciudades del
porvenir; y me acuerdo del noble Ruskin y de los ensueños de Loria respecto a
nuestra futura
civilización y del apocalipsis de Enrique George.
Acaso la civilización
va demasiado de prisa y no podemos seguirla; nuestra obra nos
supera. Nuestros artefactos, inventos y
producciones de todas clases, exceden en complejidad y extensión a lo que
nuestro espíritu haya podido complejizarse y extenderse. Las máquinas van
más de prisa que nuestro organismo, y hoy las hay que exigen para manejarlas un
esfuerzo de atención, para el que no está tal vez preparado el actual sistema
nervioso humano. Es lo que pasa con los automóviles, que andan haciendo
estragos por esas carreteras, porque nuestros arrieros tienen la costumbre de
echar la siesta sobre sus carros, y las mulas no están habituadas a ese ruidoso
artefacto y se espantan. Se nos está indigestando en gran parte
la civilización.
De aquí el que muchos juzguen próximo uno de
aquellos riccorsi del buen Vico; el desequilibrio aumentará;
irá el hombre acumulando medios, inventos, obras y no poniendo su propio
espíritu al nivel de ese progreso, y vendrán unos nuevos y salvadores
bárbaros, que es de esperar salgan de los anarquistas, a restablecer
cierto equilibrio relativo. Entonces se quemarán todos los libros que para nada
sirven, corrigiendo esa funesta manía de almacenarlos en bibliotecas, y se
destruirá buen número de ferrocarriles.
Se destruirá acaso buena parte de la civilización;
pero ha de ser, si así es, para salvar la cultura. Además, cierta selección se
impone, pues si damos en convertir al mundo en un museo y en conservar todas
las reliquias del pasado, no va a quedar sitio para lo nuevo. Hay escritores,
verbigracia, que en beneficio de su nombre, deben pasar con una o dos
composiciones a una antología. Y en general cabe decir que conviene antologizarlo todo.
Debo aquí declarar que tengo horror al telégrafo y
que casi nunca acudo a él. Me parece un síntoma de grave enfermedad social, de
urbanismo, eso de telegrafiar en un estilo disparatado y con el menor número
posible de palabras, lo que no hace maldita la falta que llegue en una o en
veinticuatro horas. El telegrafismo ha tenido una funesta influencia en la
prensa, contribuyendo a crear —por
paradójico que parezca— eso que llaman estilo brillante, y que es el
más torpe disfraz de la monotonía de pensamiento. Y
ahora a Madrid me vuelvo.
Cuando alguien quiere decidirme a que pida mi
traslado a Madrid — lo cual podrá llegar a serme dolorosa necesidad, sobre todo
por causa de mis hijos, algún día— me dice que hay allí más medios de estudio.
Y es precisamente en la superabundancia de esos medios donde veo peligro para
mis fines. Les tengo miedo a las revistas que se reciben en el Ateneo,
temblando de acabar en lector de catálogos. Aquí, en Salamanca,
atenido a los pocos libros modernos que me puedo
procurar con mis escasos recursos pecuniarios, y a los no muchos que las
bibliotecas y los amigos pueden ofrecerme, lo que leo, lo leo con calma y
hasta apurarlo; pero allí, en Madrid, llego al Ateneo, empiezo a revisar
revistas y dejo la una y tomo la otra y nada saco de provecho. Mientras estoy
leyendo un artículo, me está bailando en la retentiva el título de otro. Y así
empezando por leer libros, se pasa a leer revistas y luego revistas de revistas
y catálogos al cabo. Se enreda uno en el exceso de material. Hay aquí, en
Salamanca, una hermosa Concepción de Ribera, y tantas veces la
he visto, y con tanta calma cada vez, que me la sé de memoria y la he sacado
casi todo el fruto que pudiera, y en cambio recuerdo mi paso a la carga por una
de las más ricas pinacotecas de ltalia, de la que no conservo imagen
alguna precisa y clara.
«¡Es que en Madrid se hace la vida que se
quiere!», dicen, y esto no es verdad. De mí sé decir que en la
corte no sé defenderme de mí mismo. Y hay, además, que defenderse de los
enemigos del alma. Cada noche me retiro en Madrid a mi alojamiento,
proponiéndome no volver a tal o cual círculo a oír estas o las otras simplezas
o ingeniosidades —las de siempre, las que se sabe ya uno de memoria— y, sin
embargo, al día siguiente, salgo y me llevan allá las piernas, o mejor
dicho, me lleva allá la solicitación del ámbito... Y doy indefectiblemente
en flanear por la carrera de San Jerónimo a la caída de la
tarde, o en «dar vuelta a la manzana». Madrid pulula en vagabundos y atrae al
estéril vagabundaje callejero. La mejor defensa es huir, huir al desierto, a
encontrarse uno consigo mismo en él. Madrid es el vasto campamento de un
pueblo de instintos nómadas, del pueblo del
picarismo, y Salillas, que tan hondo se metió en la psicología del pueblo
castellano en su libro Hampa, debiera estudiar el callejeo ese de
los Lazarillos y los Guzmanes de la actual villa y corte.
Y hay otra cosa que me repugna en ese conglomerado
de hombres, en ese vasto avispero, y es el vaho de afroditismo que exhala,
aunque no tan marcado y fuerte como el de París. Nada me es más repulsivo que
el afroditismo de las grandes ciudades. Diríase que cada vez que pasa una
pecadora por la calle y un más o menos sátiro le dirige una mirada
concupiscente, queda en la atmósfera moral como un hilo invisible de la mirada,
como el rastro de una babosa, y esos hilos se cruzan y
entrecruzan de tal modo que llegan a formar una malla,
un tejido en que se sofoca el alma aleteando en vano.
El exceso de la vida nutritiva tiene,
sin duda, una gran relación con el desarrollo de la vida de
reproducción, por no ser ésta más que una consecuencia de aquélla; el amor es
el hambre de la especie, se ha dicho; pero este es
el amor sano y natural, en que se va derecho a su objeto.
Mas también el exceso de la vida de relación provoca los instintos
sexuales, pero los provoca en el sentido de toda clase de perturbaciones y
anormalidades; en la ciudad es donde tiene su asiento la voluptuosidad cerebral
y el erotismo morboso que se reflejan en buena parte de esa insoportable
literatura parisiense.
Podrá tener razón lhering al acentuar aquello de
que la civilización empezó en las ciudades, y ser muy duro el juicio de la
leyenda judía, que nos dice que fue Caín el agricultor fratricida, el que
mató a Abel el pastor, que fue el malo quien edificó la primera ciudad (Génesis,
Vl, 17), mientras los buenos seguían plantando y
levantando sus tiendas junto a los pastos de sus ganados;
podrá ser de ello lo que quiera, pero mientras el organismo humano no se
haya adaptado a la vida de ciudad y no haya salido del homo rusticus,
que es nuestra base, el homo urbanus, que hoy por hoy es pura
cáscara, la ciudad causará estragos en los hombres.
Mil veces se ha descrito esa continua circulación
de hombres desde los campos a las ciudades, y mil veces se ha propuesto la
cuestión de lo que serían al cabo de algunas generaciones los habitantes de una
gran ciudad si se reprodujeran entre sí, sin recibir sangre campesina. Mil
veces se ha hecho la observación —Taine la
acentuó— de que los más sustanciosos genios humanos han sido,
o aldeanos ellos mismos, o hijos de aldeanos, y mil veces se han preguntado las
gentes si las ciudades descaracterizan. Ahora me acude a la memoria el terrible
ejemplo del pobre Roberto Burns, devorado por la vida ciudadana, y junto a su
recuerdo el de la serena tranquilidad de los lakistas, y sobre todo
de aquel dulcísimo y nobilísimo Wordsworth, que, lejos del tráfago
ciudadano, vivió en santa comunión con la naturaleza, gozado de «elegantes
goces, que son puros como lo es la naturaleza, demasiado puros para
ser refinados».
And elegant enjoyments, that are pure As
nature is—; too pure to be refined.
(«To the spade of a friend»)
La literatura ciudadana me parece algo en el fondo
incoloro, que no es en rigor
de ningún país ni de ningún tiempo,
algo obtenido per via remotionis, por alquimia literaria,
literatura cerebral, en fin.
Habrá visto el lector que atribuyo cierto mal
sentido a lo de cerebral y cerebralismo, y voy a explicarme a tal respecto, y
mi explicación empieza declarando que veo grandísimos peligros en la supremacía
que quiere por muchos concederse al principio de la diferenciación (mejor que
división) del trabajo y a esos himnos que en loor de la especialización de
funciones se entonan de ordinario. Así como no se justifica una diferenciación
sino en vista de una integración suprema y a ésta enderezada, tampoco cabe que
semejante diferenciación sea sana y fructuosa si no arranca de cierta comunidad
o indiferenciación y la contiene y retiene en su seno. Un
especialista sin base de cultura general, es más bien perjudicial que
útil. Y esto que pasa en la sociedad, pasa en
nuestro organismo y en nuestro espíritu, que son también sociedades.
Lo hacemos, en rigor, todo con todo el cuerpo y
toda el alma, y puede afirmarse que entra todo nuestro organismo en cada una de
sus funciones, de un modo o de otro. El sistema general nervioso
interviene en la digestión y en la respiración y mucho más aún en la
locomoción. La neurastenia, que tanto influye en la vida del espíritu, parece
ser que es un trastorno nutritivo del sistema nervioso. Con todo lo cual quiero
decir que pensamos, sentimos y queremos con nuestro total compuesto
humano (sirviéndome de la terminología escolástica), aunque pensemos
por ministerio del cerebro, así como respiramos con todo el organismo,
aunque por ministerio de los pulmones. Y por lo que hace a la vida de las
emociones, sabido es el juego que en ellas representan las vísceras y el
sistema vaso- motor, hasta tal punto que algunos psicólogos, como Guillermo
James y Carlos Lange, han llegado a sostener
que la emoción no es otra cosa que el sentimiento que
tenemos de las alteraciones fisiológicas de nuestras entrañas, y del sistema
vaso-motor sobre todo. Es decir que, como dice James, «nos sentimos incomodados
porque gritamos, irritados porque pegamos, con miedo porque temblamos y no que
gritemos, peguemos o temblemos por estar incomodados, irritados o con miedo,
respectivamente». Y en este orden de consideraciones y teniendo en cuenta que
uno de los órganos más sensibles a las alteraciones emocionales es la vejiga,
hasta el punto de que, como dice Goodell «una vejiga nerviosa es uno de los
principales síntomas de un cerebro nervioso» (a nervous bladder is one
of the earliest symptoms of a nervous brain) puede llegarse a aquella tan
gráfica como graciosa expresión de Born, que llama a la vejiga «el espejo del
alma». El que no se mea de miedo poco miedo tiene. Claro está que la doctrina
de James, Lange y co- opinantes es, por lo menos en opinión de los más sesudos
psicólogos, paradójica,
pero tiene la grandísima ventaja de todas las
paradojas, y es que pone de relieve una verdad de ordinario inadvertida. Y no
se crea que esto lo traigo aquí para justificarme del dictado de
escritor paradójico, dictado que se me ha aplicado y
que acepto, pues de querer justificarme de él sacaría el Cristo,
quiero decir que me contentaría con presentar el
ejemplo de Jesús de Nazaret, que se sirvió de la parábola y de la paradoja.
Paradójicas son las bienaventuranzas, paradójico lo de la dificultad de entrar
el rico en el reino de los cielos, paradójico el versillo 35 del
cap. Vlll de San Marcos, paradójico lo del «no juzguéis», paradójico... tanto y
tanto más. (Sobre el paradojismo evangélico véase Oscar Holtzmann, Leben
Jesu, pág. 187). Y ahora vuelvo a mi paradoja del cerebralismo.
Llamo cerebralismo a aquel estado que proviene de
una excesiva especialización de funciones del cerebro, de modo que entre lo
menos posible en nuestro pensar el resto del organismo. El cerebral apenas
discurre más que con la cabeza, y lo que es peor, apenas siente tampoco más que
con ella, si es que eso es sentir. En el orden del espíritu produce
intelectualismo, enfermedad o
degeneración —porque lo es— predominantemente urbana.
De aquí cierta impasibilidad de buen tono y el perfecto dominio que de sí
mismo tiene el hombre de mundo; es decir, el hombre de ciudad, muy diferente
del reposo y de la ecuanimidad del hidalgo campesino. El aplomo de Jorge Brumel
no es el de García del Castañar.
Acabo de leer en el Adam Bede, de Jorge Eliot, que hablando de un
«viejo hidalgo» (old Squire), dice que era
siempre cortés; pero «los aldeanos habían notado, tras larga confusión, que esa
cortesanía era uno de los signos de dureza» (that this polish was one of the
signs of hardness). Siempre me ha parecido eso que llaman urbanidad el
disfraz de la indiferencia egoísta, y siempre que veo gentes que se pasan de
finas y corteses me acuerdo del incendio del Bazar de la Caridad, de París.
La literatura urbana es discreta, se sonríe, pero
no suelta la carcajada; su campo es la ironía. Yo no la puedo resistir, porque
aborrezco lo fino y me cargan las relucientes pecheras del traje de frac.
Y no se crea que al decir esto aludo a Madrid, que
maldito lo que
tiene de fino, empecherado y enguantado de blanco, siendo más
bien un gran villorrio en que se
acortesana algo de la castiza llaneza
del castellano viejo de Larra,
la morada del pueblo de la Pradera, del Canal, de
las Ventas y de las bellotas de El Pardo. No hay que calumniarle suponiéndolo
exquisito, refinado, bizantino, sensual, complicado, perverso y otros piropos
por el estilo, que los suramericanos suelen dirigir al París de sus ensueños y
sus ansias, ya que no al París popular y verdadero, que debe ser otro
villorrio también.
Ferrero aseguraba hace algún tiempo —y digo que lo
aseguraba
porque es Ferrero de los que viven y, por consiguiente, se rectifican
— Ferrero aseguraba que lo mejor para el mejor
desarrollo de una individualidad y de la cultura de un pueblo, son las pequeñas
ciudades, las villas de 20 a 40.000 habitantes, como las de las Universidades
alemanas, y tanto mejor cuanto de más profunda naturaleza estén rodeadas. Las
individualidades potentes suelen ahogarse en los lugarejos y en las grandes
ciudades; en aquéllos por sobra de vida nutritiva y falta de vida de relación,
y en éstas por la inversa. Y no es que yo crea que en una gran ciudad no pueda
comerse bien y respirarse aire puro (me parece que se exagera en eso de la
impureza del aire de los grandes centros), sino que creo que el sistema
nervioso, cansado de la descarga de excitaciones no rige bien, en cuanto
le compete regirlas, las funciones nutritivas y respiratorias.
He nacido y me he criado en una villa de no mucho
vecindario, y cuando yo era mozo de mucha menos
población que hoy, en Bilbao, y puedo asegurar que en la
incubación de mi espíritu, tanto o más que cuanto allí pude leer o aprender del
trato y conversación con mis amigos, entraron mis frecuentes paseos por
aquellos contornos, mis subidas a Archanda o al Pagazarri o aquellos
internamientos en la espesura de Buya, entre las robustas y sosegadas hayas. En
Madrid hay espléndidas puestas de sol, magnificadoras del que las contemple, y
casi nadie mira al cielo, ni siquiera al de la calle.
«Es agradable y saludable ver la aurora; pero, ¿qué
se va a hacer
después de haberla visto entre los tejados, después de haber oído a
dos jilgueros colgados de una buharda saludar al
sol naciente? Un cielo hermoso, una dulce temperatura, una noche alumbrada por
la
luna, en nada cambian tu manera de ser, y acabas por decirte:
¿para qué sirve?» (Obermann, carta
LXXXVlll). Por mi parte, cuando en estas mañanas de primavera salgo al
balcón, me gusta mirar las uvas de gato que penden del canalón
del tejado de la casa frontera, esa pobre planta, de hojas carnosas y
humildes flores, que me recuerda, aun así y todo, el campo.
El ideal sería, sin duda, que el espíritu de la
ciudad y el del campo se compenetraran, que aprendiéramos a ver en la sociedad
naturaleza y en la naturaleza sociedad, pero el ideal está siempre muy lejano.
Entretanto el campesino o lugareño resulta en la corte un isidro, y
el cortesano resulta en el lugar un misinguín, como por aquí dicen
los charros, o un señoritín, si he de decirlo más claro.
Claro está, y el lector no habrá dejado de
barruntarlo, que con todo esto que de Madrid, como único tipo de gran ciudad de
que tengo experiencia personal directa, claro está que con todo esto que de
Madrid digo, no dejo de guardar afecto a ese gran patio de vecindad en que
las comadres y los compadres hablan del perro Paco, del Bombita,
del Garibaldi, o del crimen de la calle de Fuencarral, de ese
buen cotarro abierto a todo el que llega y nada merecedor de las torpes e
injustificadas censuras que le dirigen los petulantes y los despechados.
De todo podrá tacharse a la intelectualidad madrileña —llamando así al conjunto
de hombres de ciencia, literatos y artistas que en Madrid residen— de todo
podrá tachársele menos de petulancia, de desdén hacia los demás y de falta de
atención y de llaneza. No son de los
que se creen cara a Europa por abrir los libros
publicados en París cuando todavía huelen a tinta y repetir, mejor o peor, la
lección aprendida en una revista extranjera o en un tomo de la
biblioteca Alcan. Los celos y rivalidades entre las grandes ciudades, me
parecen soberanamente ridículos, porque nadie me quita de la cabeza que todas
son iguales, y que un rincón de aldea de mi país vasco, otro de Cataluña, otro
de Galicia, otro castellano y otro andaluz, se diferencian más entre sí que
sendas
calles de Madrid, de Barcelona, de París, de Berlín o de Londres
puedan entre sí diferenciarse. Concretando el caso
me atrevo a suponer —y atrevimiento es— que entre manchego y catalán hay mucha
más diferencia que entre un madrileño y un barcelonés; en cuanto el manchego y
el catalán entran en sus respectivas capitales, Madrid y Barcelona
asimílanse entre sí dentro del tipo común del homo urbanus. Las
obras literarias producidas en grandes centros, en poblaciones de medio millón
de almas en adelante, no pueden ser regionales, y sólo logran una mixtificación
cuando sus autores intentan hacerlas tales. Creo con otros muchos que también
lo creen, que entre la ciudad y el campo hay más distancia espiritual que entre
los más distantes climas, y que antes debe indagarse de un escritor,
verbigracia, si se crio y formó en una gran población o en un lugarejo, que no
si se crio y formó en el ecuador o en la zona templada, y creo también que hay
mucha más diferencia de un gaucho a un mujik, o de un tío de la Mancha a
un farmer del Middlesex, que de un bonaerense a un
petersburguense o de un madrileño a un londinense. Acaso me equivoque en esto;
pero me consuela lo de que «de hombres es errar», pues aspiro a ser y continuar
siendo hombre. Si deificándome acertara en todo y me viese así privado del
deleite de corregirme, rectificarme e ir descubriendo poco a poco mi verdad,
creo que, como Calipso, je me trouverai malheureux d’être immortel.
Voto en esto con Lessing.
Sólo me queda rogar a aquellos de mis lectores que
vivan en el tráfago de una gran ciudad que no reflexionen sobre lo que llevo
aquí escrito, si es que me hacen el obsequio de reflexionar en ello, sino
cuando habiendo salido por una temporadita al campo empiecen a sentir
en éste el dulce aburrimiento con que invade al fin
y al cabo a los ciudadanos. Y para esto, para gozar de ese aburrimiento
precursor de nuevos y extraños estados de conciencia, no salgan al campo con
escopeta y perros, pues es cosa probada que el que necesita de la caza
para ir de campo es porque el campo mismo no le gusta, diga
él lo que quiera. El que de veras ama la Naturaleza no ve las perdices en ella.
Julio de 1902.
FIN

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