© Libro N° 14536. KARL MARX, Su Vida Y Su Entorno. Berlin, Isaiah. Emancipación. Noviembre 29 de 2025
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KARL MARX
Su Vida Y Su Entorno
Isaiah Berlin
KARL MARX,
Su Vida Y Su
Entorno
Isaiah Berlin
KARL MARX, su vida y su entorno
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Isaiah Berlin
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(EHK)
Nacido en Letonia de origen judío,
Isaiah Berlín (1909E1997) estudió en Oxford, donde
más tarde fue profesor de filosofía.
Sus obras están marcadas por dos preocupaciones
—el pluralismo y la libertad— y han tenido una
profunda influencia en la noción actual
de libertad política. Del mismo autor Alianza
Editorial ha publicado también Sobre la libertad, que incluye sus
clásicos Cuatro ensayos sobre la libertad.
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"Quién recibe una idea de mí, recibe
instrucción sin disminuir la mía; igual que quién enciende su vela con la mía,
recibe luz sin que yo quede a oscuras",
—Thomas Jefferson
ÍNDICE
9 PRÓLOGO, por Alan Ryan
19...... PREFACIO
23...... NOTA A LA TERCERA EDICIÓN
25...... NOTA A LA PRIMERA EDICIÓN
27...... INTRODUCCIÓN
43. . . . .
. . 1. INFANCIA Y ADOLESCENCIA
53 2. LA FILOSOFÍA DEL ESPÍRITU
73........... 3. LOS
JÓVENES HEGELIANOS
87........... 4. PARÍS
115.......... 5. EL
MATERIALISMO HISTÓRICO
143.......... 6. 1848
157.......... 7. EXILIO EN LONDRES:
LA PRIMERA FASE
185.......... 8. LA INTERNACIONAL
197.......... 9. «EL DOCTOR TERROR ROJO»
217.......... 10. LOS ÚLTIMOS AÑOS
231..... GUÍA PARA SEGUIR LEYENDO,
por Terrell Carver
236..... ÍNDICE ANALÍTICO
PRÓLOGO
Karl Marx fue el primer libro de Isaiah Berlin.
Éste tenía treinta años recién cumplidos cuando se publicó. Por entonces ya se
le conocía en Oxford y en Londres como brillante conversador y como filósofo
joven excepcionalmente dotado. Pero en Karl Marx reveló por primera vez su
talento especial como historiador de las ideas —disciplina desde la cual, a
partir de entoces, cautivó la atención de sus lectores. Su talento, como todos
los dones de este tipo, es más fácil de admirar y disfrutar que de describir. Sería
algo así como una increíble capacidad para hacer justicia tanto al pensador
como al pensamiento —era capaz de esbozar un retrato de la personalidad de los
hombres y mujeres sobre los que escribía sin olvidar ni por un segundo que si
nos interesan es debido a sus ideas y no por sus aventuras matrimoniales o por
sus gustos en el vestir, y hacía que el cuadro resultara intenso gracias a que
las ideas aparecen con vida propia, pero al tiempo marcadas por los caracteres
de los hombres y de las mujeres a quienes pertenecen.
10 Este
talento ha hecho que los ensayos de Berlin sobre grandes ideas o sobre hombres
excepcionales sean en buena medida una forma de arte. Como saben los lectores
de sus colecciones de ensayos, Impresiones personales —el volumen dedicado a
sus encuentros con contemporáneos, discursos conmemorativos y descripciones de
la grandeza de los grandes hombres del siglo— tiene un tono y un estilo apenas
distinto de sus Pensadores rusos o Contra corriente —los volúmenes dedicados a la historia de las ideas. Parece que no
cambia nada el hecho de que Berlin nunca hablara con Turgueniev como habló con
Anna Ajmatova, que nunca discutiera de la historia de Florencia con Maquiavelo
como discutió sobre la historia de Inglaterra en el siglo XVIII con Lewis
Namier. Se ha insinuado que todos los pensadores serios habitan un «colegio
invisible» donde tiene lugar una conversación silenciosa entre los vivos y los
muertos inmortales, y en el que Platón está tan presente como el último
estudiante universitario que se enfrenta a su obra. La prosa de
Berlin apunta a algo más vivo y animado que la mayoría de los colegios,
quizás una vasta soirée en la que los invitados proceden de todas las capas de
la sociedad y pertenecen a todas las opciones políticas posibles. Sea cual
fuere la metáfora que uno prefiera, resulta que consigue llevar todos sus temas
de forma completa y total a la vida.
Con todo, los historiadores de las ideas no son
novelistas, ni tampoco biógrafos. Aunque Karl Marx lleva el subtítulo «Su
vida y su entorno», es la vida de Marx como teórico de la revolución socialista
lo que le interesa primordialmente describir, y el entorno que le interesa a
Berlin no es tanto el Tréveris de la niñez de Marx o el norte de Londres de sus
años de exilio, sino el ambiente político e intelectual frente al cual Marx
escribió el Manifiesto comunista y El Capital. Sin embargo, la
moraleja de Karl Marx ha de tomarse
como una observación referida tanto al marxismo como a Marx mismo. En el último párrafo
Berlin dice:
[el marxismo] se puso en marcha para refutar la
proposición de que las ideas determinan
decisivamente el curso de la historia, pero la misma extensión de su influencia sobre los
asuntos humanos debilitó la fuerza de su tesis. Pues al alterar la opinión
hasta entonces dominante de la relación del individuo con su contorno y con sus
semejantes, alteró palpablemente esa relación; y, en consecuencia, constituye
la más poderosa de las fuerzas intelectuales que hoy transforma permanentemente
los modos en que los hombres obran y piensan.
El marxismo, debido a las actividades de los
partidos comunistas que inspiró, se
ha convertido en una gigantesca burla filosófica contra el hombre que lo creó. Marx, como
teórico, sostuvo que los individuos son juguetes de
enormes e impersonales fuerzas sociales. Pero en tanto inspiración de Lenin,
Stalin y Mao Tse Tung, el individuo Marx fue por sí mismo el originador de
enormes fuerzas sociales. Afirmó que las ideas son epifenómenos, el reflejo de
intereses sociales que disfrazan y racionalizan. Pero sus propias ideas
cambiaron el mundo —incluso, lo que no deja de ser irónico, en formas que
habría deplorado totalmente. Karl Marx ofrece muchos placeres a sus lectores y no
es el menor de ellos el cuadro irónico que Berlin pinta de la forma en que su
objeto pone en marcha un drama histórico que pondrá en cuestión la obra de toda
su vida.
11 Berlin,
desde entonces, no ha dejado de argumentar por extenso contra la doctrina de la
inevitabilidad histórica y contra todo intento de hacer «científico» el estudio
de la historia privándola de preocupaciones morales o políticas. Marx fue la
inspiración más obvia de estas posiciones a partir de los años treinta. Aunque
resulta difícil creer que la indignación de Marx contra el orden capitalista
estuviera alimentada por otra cosa que un fuerte sentido de la justicia,
afirmó con frecuencia que su materialismo histórico superaba cualquier «crítica
moralizadora» del orden existente. Engels, a la menor ocasión, decía que Marx
había desentrañado las leyes de hierro del desarrollo capitalista, las leyes
que dictan el colapso inevitable del capitalismo y su sustitución por el
socialismo.
Berlin no es el primer crítico, ni será el último,
que ha observado que la indiferencia profesada por Marx hacia las
consideraciones morales se com padece difícilmente con su evidente odio por la
injusticia y la crueldad, tan prominentes en los primeros años de la revolución
industrial, y que la afirmación de Marx de la caída inminente del orden
capitalista es igualmente difícil de compaginar con el sacrificio que Marx
realizó de su salud y su felicidad doméstica para promover la causa
revolucionaria. Lo distintivo de la reacción de Berlin hacia Marx no es que se
sintiera interpelado por tales tensiones e inconsistencias lógicas, sino que
dedicara el resto de su carrera intelectual a pensar y escribir acerca de sus
orígenes, acerca de las distintas concepciones del mundo, y acerca de los
contemporáneos y de los herederos de Marx que también pensaron sobre ellas.
El Marx de Berlin es una figura interesante porque
es en igual gran medida, y al mismo tiempo, un producto de la Ilustración y un
producto de la reacción romántica contra la Ilustración. Al igual que los
materialistas franceses del siglo XVIII, Marx creía en el progreso, creía
que la historia es un proceso lineal y no, como pensaba el mundo
antiguo, un ciclo repetitivo de crecimiento y declive. Pero también
pensaba, al igual que los críticos de la Ilustración como Burke, de Maistre y
Hegel, que el cambio social no se ha producido en el pasado, ni se
producirá en el futuro, simplemente porque unas personas piensen que sería más
razonable comportarse de otra manera.
El cambio significativo es resultado de fuerzas
violentas e irracionales, y la racionalidad del proceso histórico completo es
algo que sólo podremos en tender después de que pase.
Parece que su encuentro con Marx inspiró a Berlin la idea de ocuparse de la anti Ilustración.
Desde entonces ha escrito abundantemente sobre los críticos antirracionalistas
de los proyectos revolucionario y liberal, tales como Herder, de Maistre y
Hamman.
12 De
forma bien parecida, la gente que Marx despreció durante su carrera fueron
objeto, posteriormente, de particular interés por parte de Berlin. Mosses Hess
fue la primera persona que apreció la formidable energía e inteligencia de
Marx, pero el epíteto más cordial que dedicó Marx a Hess fue «el burro de Moses
Hess». Berlin estaba intrigado por el hecho de que Hess vio algo que Marx
rehusó sistemáticamente ver —que la condición de los judíos en la Europa
moderna era imposible de resolver mediante la receta liberal de la asimilación—
y así se convirtió en uno de los fundadores del sionismo benigno, liberal,
sobre el que Berlin ha escrito tan elocuentemente.
De nuevo, Marx despreció a su contemporáneo y
rival, el anarquista ruso Mijaíl Bakunin, y casi hasta el final de sus días
consideró a Rusia como la patria del atraso y la represión. La idea de que
pudiera haber una ruta hacia la libertad y la democracia igualmente apropiada
para la rusicidad del pueblo ruso como para el común de la humanidad era
algo que a duras penas le cabía en la cabeza. En parte, el problema radicaba en
que Marx detestaba lo que creía el carácter eslavo, pero también en que despreciaba
todos aquellos sentimientos de nacionalidad que no promovieran de forma más o
menos directa el avance del socialismo. En los años cincuenta, Berlin descubrió
a los lectores ingleses y americanos la riqueza del populismo y del liberalismo
rusos del siglo XIX, representados por las figuras de Herzen, Belinsky y
Turgueniev, y explicó algo que necesitamos recordar hoy más que nunca, que el
nacionalismo puede ser, como ha sido, tanto un aliado del liberalismo como
expresión de lealtades atávicas e irracionales sin las que estaríamos mucho
mejor.
Hace ya cincuenta y seis años de la publicación de
la primera edición de Karl Marx, y han sido años muy agitados. El libro fue a
imprenta pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Tras la
guerra pasaron cuarenta años de Guerra Fría, seguidos de una paz incierta en la
que las hostilidades entre los dos grandes campos ideológicos dieron paso a una
tibia amistad entre las grandes superpotencias y a un continuo conflicto étnico
y nacionalista de baja intensidad en los Balcanes, en Transcaucasia y en buena
parte de África.
Este libro se publicó en Londres cuando Gran
Bretaña entró en guerra con la Alemania nazi —una guerra que proporcionó a
Berlin una deslumbrante carrera en la Embajada británica en Washington.
Reapareció en ediciones sucesivas en un mundo bien distinto. La segunda edición
se publicó al poco de terminar la guerra. Para entonces la Guerra Fría se había
consolidado y la interpretación soviética del marxismo seguía tan inflexible
como en el pasado. Nada había en las obras de los apologetas del régimen soviético
que hiciera pensar que el énfasis de Berlin en la rigidez determinista de la
visión de Marx de la historia fuera excesivo, y tampoco había nada que hiciera
pensar que el materialismo de Marx pudiera ser menos extremo de lo que sus
discípulos habían sugerido.
13 Para
cuando apareció la tercera edición, en 1963, el discurso de Nikita Jruschov en
el Vigésimo Congreso del Partido, en 1956, ya había destapado el estalinismo
ante un público ruso. La Revolución Húngara había desilusionado a los
comunistas británicos y había forzado a los partidos comunistas de Francia e
Italia, mucho más grandes y robustos, a replantearse sus alianzas políticas e
intelectuales. Fue entonces cuando se descubrió (o habría que decir mejor, se
inventó) un nuevo «humanismo» marxista. El rapprochement entre los católicos de
izquierdas y los marxistas sofisticados, filosóficamente, fue uno de los rasgos
más llamativos de los últimos años de la década de los cincuenta y de la década
de los sesenta. La opinión de que el marxismo es esencialmente una fe
religiosa empezó a verse como un cumplido y no como una denuncia. Uno de
los frutos de este movimiento fue la «teología de la liberación», un fenómeno
que sin duda habría sido atacado por el propio Marx. Otro fue la idea de que el
joven Marx, sin la menor duda, fue un crítico moral mucho más sutil e
interesante de la sociedad capitalista de lo que se había pensado.
Una cuarta edición de Karl Marx apareció en 1978. A
pesar de los cuarenta años, había envejecido bastante bien. Sin embargo, en los
veinte años anteriores se había producido una avalancha de trabajos por
parte de escritores de las dos orillas del Atlántico que forzaba a
cualquier autor a reconsiderar las opiniones precedentes. Buena parte de estos
estudios eran rigurosos e imparciales. Aunque muchos de estos intérpretes
modernos de Marx todavía le admiraban como azote del capitalismo, muchos otros
estaban motivados por el desafío que planteaba saber exactamente qué buscaba
Marx. A medida que surgía el
Marx menos trivial y más simpático, más difícil resultaba dar cuenta clara y detallada de su
pensamiento. ¿Había un Marx o dos? ¿Había cambiado
en 1846, pasando de ser un joven hegeliano, humanista, a un antihumanista
científico, como afirmaba Louis Althusser? ¿O era más bien un crítico cultural,
un analista social preocupado por el estado alienado del alma humana en el
capitalismo? La popularidad de libros como los de Herbert Marcuse, El hombre
unidimensional y Eros y civilización, atestigua la rica veta de crítica social
que puede excavarse reconciliando, de alguna manera, a Marx y a Freud.
14 La
avalancha de literatura académica de los años sesenta y setenta revela algo que
el lector puede adivinar en la exuberancia de la descripción de Berlin, pero
que no se enfatiza mucho en Karl Marx. Marx ofrece, al lector medio proclive,
muchas seducciones —Marx, en tanto lector voraz y crítico brutal, que opera
mediante el contraste de sus ideas con las de sus predecesores y oponentes,
despierta la curiosidad del lector moderno por la economía del siglo XIX, por
la filosofía alemana, por la historia antigua, por el submundo revolucionario
francés y por muchas otras cosas. Esto tiene sus peligros. Del mismo modo que
Marx fue incapaz, de manera creciente, de terminar ninguno de los trabajos que
inició debido a su deseo de leer todo lo que se había escrito sobre la materia,
los estudiantes de Marx pueden acabar intentando leer todo lo que Marx leyó,
así como todo lo que escribió.
Sin embargo, el atractivo es innegable. El mundo
intelectual que habitó Marx está lo suficientemente distante como para ser un
poco extraño, pero está lo suficientemente cerca como para ofrecernos la
esperanza de entenderlo. Nos presenta un desafío, pero no irreducible
oscuridad. No puede de cirse que el nuevo clima de investigación produjera un
particular consenso sobre los logros de Marx o sobre lo que aspiraba lograr,
pero significó, tras muchos años, que se le concediera el tipo de respeto
desapasionado y científico que otras figuras menos polémicas siempre han
recibido. Singularmente, quizás, esta avalancha de trabajos nuevos sobre Marx
ponían bien poco en cuestión la descripción de Berlin.
Berlin reconoció en 1963 que había un cambio en su comprensión de Marx, y en el de la
comunidad investigadora, que había incorporado en las revisiones que había
hecho del libro. La amplia circulación de los Manuscritos. Economía
y filosofía de Marx, por una parte, y la aparentemente infinita prosperidad de
los Estados Unidos y la Europa occidental de posguerra, persuadieron a muchos
críticos sociales de lo injustificado de seguir recitando las predicciones de
éste sobre el inevitable e inminente derrumbe del capitalismo. Pero la crítica
filosófica de una sociedad que sacrifica hombres a las máquinas, que valora
la cultura en dinero contable y que se deja gobernar por las fuerzas
inhumanas y abstractas del mercado, difícilmente podía tacharse también de
desfasada. El Marx de la primera edición de Karl Marx era, como Berlin
reconoció, el del marxismo oficial, el Marx de la Segunda y Tercera
Internacionales, jaleado por sus seguidores como científico social, no como
filósofo humanista. Ahora que ya se ha aclarado el horizonte, no hay duda de
que Berlin hizo bien al no realizar más que un pequeño ajuste en su
descripción. Cuanto más piensa uno acerca de la teoría de la alienación, más
claro está que Marx hizo bien en su vida ulterior al pensar que cualquier cosa
que hubiera dicho en el oscuro lenguaje de la filosofía hegeliana lo podría
haber dicho mucho más llanamente en el lenguaje del análisis
social empírico.
15 Cuando se publicó por primera vez Karl Marx había pocos trabajos serios sobre el tema en
inglés. La biografía de Franz Mehring de 1918, Karl Marx, se tradujo del alemán
en 1935; Karl Marx: Hombre y luchador, una entretenida biografía escrita desde
el punto de vista menchevique por Boris Nicolaievsly y Otto
MaenchenEHelfen, era uno de los pocos trabajos sobre Marx que evitaba tanto la hagiografía como la demonología. Sobre Marx como filósofo
y crítico social, el filósofo americano Sidney Hook —al tiempo discípulo de
Trotsky y de John Dewey, y después feroz anticomunista— había publicado dos
libros imaginativos e
interesantes en los primeros años de la década de los treinta. Para entender a Karl Marx y
De Hegel a Marx todavía resultan valiosos por su
estudio de los jóvenes hegelianos y, en menor medida, por su intento de
reconciliación entre el marxismo y el pragmatismo americano. Pero fueron poco
leídos en los Estados Unidos y mucho menos en Gran Bretaña. La economía de Marx
sólo se la tomó en serio la izquierda marxista y no fue sino hasta los años de
la posguerra cuando los académicos alemanes forzados a exiliarse de su patria
por el ascenso de Hitler comenzaron a dejar su huella en inglés. Karl Marx cubrió, por tanto, una
verdadera necesidad, y merecía el éxito que cosechó.
El libro que Berlin escribió primeramente no es el
libro que fue publica do por Home University Library. El primer borrador casi
doblaba en páginas las permitidas por la serie. Berlin desechó casi todo lo que
había escrito sobre la sociología, la economía y la teoría de la historia
de Marx y refundió el libro en forma de biografía intelectual. Puede que se
haya perdido menos de lo que esto sugiere. El relato de Berlin de la vida de
Marx ha resultado tener un interés mucho más permanente que las numerosas polémicas
interpretativas que han dominado la discusión académica desde entonces.
Sorprendentemente, la personalidad literaria y expositiva que desde entonces ha
hecho tan inmediatamente reconocible el trabajo de Berlin ya está aquí
completamente desplegada.
El bosquejo en miniatura de Marx que aparece en la
«Introducción» a la primera edición podría haberse escrito en cualquiera
de los cincuenta años siguientes —las frases duran un párrafo entero, los
potentes adjetivos arracimados de tres en tres, el argumento se
desenvuelve entre abruptas antítesis.
El lector respira hondo y se sumerge, para emerger
líneas más allá feliz y sin respiración:
Estaba dotado de un espíritu poderoso, activo, concreto nada sentimental, de un agudo sentido
de la injusticia y de poca sensibilidad, y lo repelían tanto la retórica y las fáciles emociones de
los intelectuales como la estupidez y complacencia de la burguesía; las primeras le parecían
charla vacua, alejada de la realidad y, ya fuese sincera o falsa, de cualquier
modo irritante; las segundas le parecían rasgos de hipocresía de una clase que
se engañaba a sí misma, ciega a las características sobresalientes de la época
por estar absorbida en la conquista de riquezas y de posición social.
16 Pocos
comentaristas, incluso hoy día, han realizado un balance tan equilibrado entre
el retrato psicológico y el análisis intelectual. Berlin deja al lector con la
sensación de que si Marx entrara en la habitación sabríamos qué decirle —y, si
tuviéramos ganas de pelearnos, qué no decirle. Éste, como dije antes, es el
gran talento de Berlin como historiador intelectual, un talento que se puso de
relieve por primera vez en este libro. Leí por primera vez Karl Marx hace
treinta y cinco años, y lo devoré de una sentada. Los nuevos lectores lo
encontrarán igual de absorbente.
Alan Ryan
Princeton, febrero de 1995.
A mis padres
PREFACIO
Escribí este libro hace casi cuarenta años. Mi
texto original tenía casi el doble de extensión que éste, pero los criterios de
los editores de la Home University Library eran estrictos, y me persuadieron de
que lo abreviara eliminando buena parte de la discusión de cuestiones
filosóficas, económicas y sociológicas, y centrándome en la biografía
intelectual. Desde entonces, en particular tras la transformación social del
mundo después de la Segunda Guerra Mundial, ha tenido lugar un vasto desarrollo
de los estudios sobre el marxismo. Muchos escritos de Marx, entonces aún sin
publicar, han visto la luz. En particular, la publicación de los Grundrisse —el
borrador de Das Kapital— ha afectado vitalmente la interpretación
de su pensamiento. Y lo que es más, los hechos mismos han alterado
inevitablemente la perspectiva des de la que percibir esta obra. Su relevancia
para la teoría y la práctica de nuestro tiempo no puede negarse ni por sus más
implacables críticos. Cuestiones tales como la relación de sus ideas con las de
los pensadores anteriores, especialmente Hegel (a la luz de las nuevas
interpretaciones de las propias doctrinas de Hegel, que se han aceptado
rápidamente); el énfasis sobre el valor y la importancia de sus primeros
escritos «humanistas», estimulado en parte por el deseo de rescatar a Marx de
las interpretaciones y «distorsiones» estalinistas (en otros sitios de las de
Plejánov, de Kautsky, de Lenin e incluso de Engels); las diferencias cada
vez más grandes entre las exposiciones «revisionistas» y «ortodoxas»,
principalmente en París, de las doctrinas de Das Kapital; las
discusiones de temas tales como la alienación —su causa y cura— especialmente
por neofreudianos, o el de la unidad de la teoría y la práctica por
neomarxistas de distintas denominaciones (y la agresiva reacción a las
desviaciones ideológicas de los escritores soviéticos y de sus aliados)—, todo
esto ha generado una literatura hermenéutica y crítica que por su mero volumen
y rápido crecimiento deja muy disminuidas las discusiones anteriores. Aunque
algunas de estas disputas se parecen mucho a las controversias de sus
antiguos aliados los jóvenes hegelianos, a los que Marx acusaba de deseo de
explotar y adulterar el cuerpo muerto de la doctrina hegeliana, este debate
ideológico ha añadido una buena cantidad de conocimiento y explicación tanto
de las propias ideas de Marx como de su relación con la historia de
nuestro propio tiempo.
Las feroces controversias, especialmente en los
últimos veinte años, acerca del significado y la validez de las doctrinas
centrales de Marx, no pueden dejar indiferente a ningún estudioso serio del
marxismo. En consecuencia, si estuviera escribiendo ahora acerca de la vida y
las ideas de Marx, debería escribir inevitablemente otro libro, aunque
sólo fuera porque mi percepción de lo que se quería decir con conceptos tan centrales como
la ciencia de la sociedad, la relación de las ideas con las instituciones y las
fuerzas de producción, y la estrategia correcta de los líderes del proletariado
en diversos estadios de su desarrollo, ha sufrido algún cambio. Esto es así a
pesar de que ahora no me atrevería a declararme familiarizado con todo el campo
de los estudios marxistas. Cuando estaba preparando este libro, en los primeros
años de la década de los treinta, me encontraba quizás demasiado profundamente
influido por las interpretaciones clásicas de Engels, Plejánov, Mehring, sobre
las que el marxismo como movimiento se fundó, y también por la admirable (y
nunca reimpresa) biografía crítica de E. H. Carr. Pero cuando empecé a revisar
el texto, me di cuenta de que estaba escribiendo un trabajo nuevo, más amplio y
ambicioso, que iba más allá del propósito de esta serie. Pensé, por tanto, que
era mejor que me limitara, en revisiones ulteriores, a corregir erratas y
fallos puntuales, limar algunas afirmaciones, matizar las generalizaciones
excesivas, ampliar uno o dos puntos tratados de manera harto superficial e introducir
cambios de interpretación relativamente menores.
Marx no es el más diáfano de los escritores, ni era
su objetivo construir un sistema de ideas único, omniabarcante, en el sentido
en el que podría afirmarse era el propósito de pensadores como Spinoza, Hegel o
Comte.
21 Aquellos
que, como Lukács, afirman incansables que lo que Marx quería hacer (y en su
opinión consiguió) era realizar una transformación radical de los métodos de
pensamiento, de alcanzar la verdad, en lugar de sustituir unas doctrinas por
otras, pueden encontrar abundancia de pruebas de esto en las propias palabras
de Marx; y puesto que insistió a lo largo de toda su vida en que tanto el
significado como la realidad de una creencia consisten en la práctica que
expresan, no es quizá sorprendente que su opinión sobre numerosas cuestiones
centrales, y no sobre aquellas menos originales o influyentes, no esté zanjada
de forma sistemática y haya de ser espigada e inferida de pasajes dispersos de
sus obras y, sobre todo, de las formas concretas de acción que defendió o
inició.
Es natural que una doctrina al tiempo tan radical y
tan directamente aliada o, de hecho, idéntica, a la práctica revolucionaria,
haya conducido a multitud de interpretaciones y estrategias. Esto ya se inició
en vida de Marx y produjo su famosa y peculiar afirmación de
que no era marxista. La publicación de sus primeros ensayos, que difieren en tono y énfasis,
y en alguna medida, en objeto (y algunos dirían que en cuestiones centrales de
doctrina) respecto a su trabajo posterior, incrementó grandemente el área de
desacuerdo entre los teóricos últimos del marxismo. Y no sólo entre los
teóricos: condujo a fieros conflictos dentro y entre los partidos socialistas y
comunistas, y al mismo tiempo, entre estados y gobiernos en nuestros días, y ha
dado lugar a realineamientos de poder que han alterado la historia de la
humanidad y que probablemente seguirán haciéndolo. Este gran fermento, y las
posiciones ideológicas y doctrinarias que son expresión teórica de estas
batallas están, sin embargo, más allá del alcance de este libro. La historia
que quiero contar es sencillamente la de la vida y las opiniones del pensador y
luchador en cuyo nombre se crearon, en primer lugar, los partidos marxistas en
muchos países, y las ideas en las que me he concentrado son aquellas que
históricamente han formado el núcleo central del marxismo como teoría y
práctica. Las vicisitudes del movimiento y las ideas que originó, los cismas y
las herejías, y los cambios de perspectiva que han convertido nociones que en
su día eran atrevidas y paradójicas en verdades aceptadas, al tiempo que
algunos de sus puntos de vista precomunistas y obiter dicta se
han hecho más prominentes y estimulan el debate contemporáneo, no están
comprendidos, en su mayoría, dentro del alcance de este libro, aunque la
bibliografía proporciona guía al lector que desee proseguir en la
historia del marxismo, el movimiento más transformador de nuestro tiempo.
La lista comentada (inevitablemente selectiva) de
libros disponibles en inglés ha sido puesta al día por Terrell Carver, a quien
testimonio mi agradecimiento, tanto mediante eliminación de obras claramente
superadas como por la adición de muchos títulos nuevos a
la lista de libros, cuya mera variedad es indicativo del gran incremento tanto de ideas, como
de conocimiento y enfoques nuevos en el campo de los estudios marxistas.
22 También
quiero expresar mi gratitud a dos amigos: al profesor Leszek Kolakowski por
leer el texto y plantearme valiosas sugerencias de las que me he beneficiado
grandemente; y a G. A. Cohén por sus incisivos comentarios críticos y por
su estímulo, dos cosas que
necesitaba mucho. También quiero dar las gracias a mi amigo Francis GrahamEHarrison por
revisar el índice, y al personal de Oxford University Press por su ejemplar
cortesía y paciencia.
I. B.
Oxford, 1977.
23
NOTA A LA TERCERA EDICIÓN
He aprovechado la oportunidad que me ofrecía esta
nueva edición para
corregir errores de contenido y juicio, y para subsanar algunas omisiones de las cuales fui culpable a
la hora de exponer las opiniones de Marx, tanto sociales como filosóficas; me
refiero en especial a ciertas ideas que fueron relegadas por aquella primera
generación de discípulos y críticos y que no ocuparían un lugar destacado
hasta después de la Revolución Rusa. De ellas, la más importante es su
concepción de la relación que existe entre la alienación y la libertad del
hombre. Me he esforzado también en actualizar la bibliografía (aunque he tenido
que limitarme, en inglés, a libros de importancia secundaria), y aprovecho la
ocasión para agradecer a C. Abramsky y a T. B. Bottomore sus valiosos consejos
y colaboración. También quisiera agradecerle al profesor S. N. Hampshire el
haber leído de nuevo la primera parte del libro y sugerir innumerables mejoras.
I. B.
Oxford, 1963.
25
NOTA A LA PRIMERA EDICIÓN
Deseo expresar mi agradecimiento hacia aquellos
amigos y colegas que tuvieron la amabilidad de leer el manuscrito de esta obra
y de ofrecer valiosas sugerencias que me fueron de gran utilidad; va dirigido
en especial a A. J. Ayer, Ian Bowen, G. E. F. Chilver, S. N. Hampshire y S.
Rachmil; también le estoy sumamente agradecido a Francis GrahamE Harrison por
haber elaborado el índice; a Mrs. H. A. L. Fisher y a David Stephens por
revisar las pruebas; a los señores Methuen por haberme permitido utilizar el
párrafo citado en las páginas 166E167; y, sobre todo, a los profesores del All
Souls College por autorizarme a emplear parte del tiempo que me había sido
concedido en calidad de becario en desarrollar un tema ajeno totalmente al
marco de mis propios estudios.
I.B.
Oxford, 1939.
27
INTRODUCCIÓN
Las cosas y las acciones son lo que son,
y sus con secuencias serán lo que hayan de ser.
¿Por qué, entonces, deseamos engañarnos?
Obispo Butler
Ningún pensador del siglo XIX ejerció sobre la
humanidad influencia tan directa, deliberada y profunda como Karl Marx. Tanto
durante su vida como después de ella tuvo ascendiente intelectual y moral sobre
sus seguidores, la fuerza del cual fue única aun en aquella era dorada del
nacionalismo democrático que vio el surgimiento de grandes héroes populares y
mártires, figuras románticas y casi legendarias cuyas vidas y palabras
dominaron la imaginación de las masas y crearon una nueva tradición revolucionaria
en Europa. Empero, en tiempo alguno pudo calificarse a Marx de escritor u
orador popular en el sentido ordinario. Escribió muchísimo, pero sus obras no
fueron mayormente leídas durante su vida y cuando, a fines de la década de
1870, comenzaron a ser conocidas por el inmenso público que varias de ellas
luego conquistaron, su reputación no se debió tanto a su autoridad intelectual
como al crecimiento de la fama y notoriedad del movimiento con el cual Marx
quedó identificado.
Marx carecía totalmente de las cualidades de gran
líder o agitador popular; no fue un publicista de genio, como el demócrata ruso
Alexander Herzen, ni tampoco poseyó la subyacente elocuencia de Bakunin; la
mayor parte de su vida profesional la pasó en relativa oscuridad en Londres,
sentado a su mesa de trabajo y en la sala de lectura del Museo Británico. Era
poco conocido por el gran público, y mientras que hacia el fin de su vida se
convirtió en el reconocido y admirado líder de un poderoso movimiento internacional, nada
de su vida o de su carácter excitaba la imaginación o evocaba la ilimitada
devoción, la intensa, casi religiosa adoración con la que hombres como Kossuth,
Mazzini y aun Lassalle en sus últimos años eran mirados por sus seguidores.
28 Sus
apariciones en público no fueron frecuentes ni cálidamente saludadas. En las
pocas ocasiones en que habló en banquetes o reuniones públicas, sus discursos
aparecían sobrecargados de detalles minuciosos y los pronunciaba con una mezcla
de monotonía y brusquedad que imponía respeto al auditorio, pero no despertaba
su entusiasmo. Por temperamento era un teórico y un intelectual, e
instintivamente evitaba el contacto directo con las masas, al estudio de cuyos intereses
estaba consagrada toda su vida. A muchos de sus seguidores se les apareció en
el papel de un maestro de escuela alemán, dogmático y
sentencioso, dispuesto a repetir sus tesis indefinidamente, con creciente agudeza, hasta que
la esencia de ellas quedara firmemente alojada en las mentes de sus discípulos.
La mayor parte de sus enseñanzas económicas recibieron la primera expresión en
conferencias a trabajadores y, bajo estas circunstancias, la exposición que de
ellas hizo fue en todos los aspectos modelo de lucidez y concisión. Pero escribía
lenta y penosamente, como les ocurre a veces a pensadores ágiles y prolíficos,
incapaz de hacer frente a la rapidez de sus propias
ideas, impaciente por comunicar al punto una nueva doctrina y por salir al paso de
cualquier posible objeción1; las versiones
publicadas son generalmente desiguales y oscuras en los detalles, si bien
la doctrina central está siempre claramente explicada. Tenía aguda conciencia
de esto y en cierta ocasión se comparó con el héroe del relato de Balzac Una obra maestra desconocida, que
intenta pintar el cuadro que se ha formado en su mente y retoca el lienzo
interminablemente para producir al fin una masa informe de colores que a
sus ojos parece expresar la visión que vive en su imaginación. Pertenecía a
una generación que cultivaba la imaginación más intensa y deliberadamente
que sus predecesores, y creció y se educó entre hombres para quienes las ideas
eran a menudo más reales que los hechos y las relaciones personales más
significativas que los sucesos del mundo exterior, para quienes hasta la misma
vida pública era entendida e interpretada a veces según los términos del rico y
complicado mundo de su propia experiencia personal. Por naturaleza, Marx no era
introspectivo y poco le interesaban las personas o los estados de ánimo; la
incapacidad de muchos de sus contemporáneos para reconocer la importancia de la
transformación revolucionaria de la sociedad de aquellos días, debida al
rápido avance de la tecnología con su secuela de súbito acrecentamiento de
la riqueza y, al mismo tiempo, de disloque y confusión social y cultural, sólo
excitaba su cólera y desprecio.
29 Estaba
dotado de un espíritu poderoso, activo, concreto y nada sentimental, de un
agudo sentido de la injusticia y de poca sensibilidad, y lo repelían tanto la
retórica y las fáciles emociones de los intelectuales como la estupidez y
complacencia de la burguesía; las primeras le parecían charla vacua, alejada de
la realidad y, ya fuese sincera o falsa, de cualquier modo irritante; las
segundas le parecían rasgos de hipocresía de una clase que se engañaba a sí misma,
ciega a las características sobresalientes de la época por estar absorbida en
la conquista de riquezas y de posición social.
Esta sensación de vivir en un mundo hostil y vulgar
(acaso intensificada por el latente disgusto que le producía el hecho de haber
nacido en una familia judía) aumentaron su natural aspereza y agresividad y
produjeron la figura formidable que le prestó la imaginación popular. Sus más
grandes admiradores hallarán difícil sostener que era un hombre accesible o de
corazón tierno, o que se preocupara por los sentimientos de la mayoría de
aquellos con quienes entraba en contacto; en su opinión, la mayor parte de los
hombres que conocía eran locos y sicofantes, y frente a ellos se comportaba con
abierto recelo o menosprecio. Pero si su actitud en público era arrogante y
ofensiva, en el círculo íntimo compuesto por su familia y sus amigos, en el que
se sentía completamente seguro, era considerado y gentil; su vida conyugal no
fue desdichada, sentía cálido apego por sus hijos y dispensó al amigo y
colaborador de toda su vida, Engels, una lealtad y devoción casi
inquebrantables. Tenía poco encanto y su comportamiento era con frecuencia
rudo, presa de odios ciegos, pero hasta a sus enemigos fascinaba la energía y
vehemencia de su personalidad, la audacia y alcance de sus puntos de vista, así
como la amplitud y brillantez de sus análisis de la situación contemporánea.
Durante toda su vida fue una figura extrañamente
aislada entre los revolucionarios de la época, igualmente antipático hacia sus
personas, sus métodos y sus fines. No obstante, su aislamiento no se debió sólo
a la índole de su temperamento ni a los accidentes de tiempo y lugar. Por más
que la mayor parte de los demócratas europeos difirieran mucho
en carácter, propósitos y medio histórico, se asemejaban en un atributo
fundamental que
tornaba posible entre ellos la cooperación por lo menos en principio. Creyeran o no en la
1 A quien interese el método de
redacción de Marx le convendrá leer los Grundrisse (véase
«Guía para seguir leyendo» al final de esta obra), que no se publicó hasta 1939 y que contiene
las principales doctrinas de Das Kapitaly de estudios anteriores acerca de la alienación social.
revolución violenta, la gran mayoría, en último
análisis, apelaban explícitamente a normas morales comunes a toda la humanidad.
30 Criticaban
y condenaban la condición de entonces de la humanidad fundándose en algún ideal
preconcebido, algún sistema cuyo carácter de deseable no necesitaba
demostración, puesto que era por sí mismo evidente a todos los hombres de
visión moral normal; así sus esquemas diferían en la medida en que no podían
realizarse en la práctica y, concordantemente, podían calificarse de más o
menos utópicos, pero existía amplio acuerdo entre todas las escuelas del pensamiento
democrático en lo tocante a los últimos fines que habían de perseguirse.
Disentían en cuanto a la eficacia de los medios propuestos, en cuanto a la
extensión en que el hacerlos transigir con los poderes existentes era moral o
prácticamente aconsejable, en cuanto al carácter o valor de las instituciones
específicamente sociales y, consecuentemente, en cuanto a la política que había
de adoptarse respecto a ellas. Pero aun los más violentos revolucionarios
—jacobinos y terroristas, y éstos, tal vez, más que otros— creían que era poco
lo que no cabía modificar por la resuelta voluntad de los individuos; asimismo
creían que fines morales poderosamente sustentados bastaban como resortes de
acción, y que ellos quedaban
justificados mediante una apelación a alguna escala de valores aceptada universalmente. De
esto se seguía que lo correcto era afirmar qué deseaba uno que el mundo fuera,
para considerar luego, a la luz de esto, cuánto había de conservarse del
edificio social y cuánto había que condenarse de él; finalmente, uno estaba
obligado a buscar los medios más eficaces para llevar a cabo la necesaria
transformación.
Marx jamás tuvo simpatía por esta actitud, común a
la gran mayoría de revolucionarios y reformadores de todos los tiempos. Estaba
convencido de que la historia humana está gobernada de leyes que no pueden ser
alteradas por la mera intervención de individuos empujados a la acción por tal
o cual ideal. Creía, en efecto, que la experiencia interior a la que los
hombres apelan para justificar sus fines, lejos de revelar una clase especial
de verdad de nominada moral o religiosa, tiende a veces a engendrar mitos e
ilusiones, tanto individuales como colectivos. Condicionados como están por las
circunstancias materiales en que nacen, los mitos encarnan, a modo de verdades
objetivas, todo aquello en que los hombres, en su miseria, desean creer; bajo
su traidora influencia, los hombres interpretan mal la naturaleza del mundo en
que viven, comprenden mal su propia posición en él y, por consiguiente,
calculan mal la amplitud de su poder tanto como el de los otros, así como las
consecuencias de sus propias acciones y de las de sus oponentes. Contrariamente
a la mayoría de los teóricos democráticos de su tiempo, Marx estimaba que los
valores no pueden contemplarse aislados de los hechos, sino necesariamente en
dependencia del modo en que se miren los hechos.
31 La
verdadera aprehensión de la naturaleza y de las leyes del proceso histórico ha
de esclarecer, sin la ayuda de las normas morales conocidas in
dependientemente, a un ser racional cuál es el paso que ha de dar, esto es,
cuál es el rumbo más en consonancia con los requerimientos del orden al que
pertenece. Consecuentemente, Marx no ofrecía a la humanidad una nueva ética o
un nuevo ideal social; no pedía un cambio de sentimientos; un mero cambio de sentimientos no era más que la sustitución de un grupo de ilusiones por
otro. Difería de los otros grandes ideólogos de su generación en que apelaba,
por lo menos en su propia opinión, a la razón, a la inteligencia práctica,
denunciando nada más que el error intelectual o la ceguera, insistiendo en que
todo cuanto los hombres necesitaban para saber cómo salvarse del caos en que
están sumidos es procurar comprender su situación
real, creyendo que una adecuada estimación del preciso equilibrio de fuerzas en la sociedad
a la que los hombres pertenecen indicará por sí misma la forma de vida que es
racional perseguir. Marx denuncia el orden existente apelando no ya a los
ideales, sino a la historia;
lo denuncia no como injusto o desdichado, o
engendrado por la maldad o locura humanas, sino como efecto de leyes de
desarrollo social según las cuales resulta inevitable que en cierto estadio de
la historia una clase, al perseguir sus intereses con variables grados de
racionalidad, disponga de la otra y la explote. Los opresores no están
amenazados por la deliberada retribución por parte de sus víctimas, sino por la
inevitable destrucción que la historia (bajo la forma entaizada en los
intereses de un grupo social antagónico) les reserva como clase que ya ha
realizado su función social y, en consecuencia, sentenciada a desaparecer en
breve plazo del escenario de los sucesos humanos.
Empero, si bien tiene el designio de apelar al
intelecto, su lenguaje es el de un heraldo y un profeta y habla en nombre,
no ya de seres humanos, sino de la propia ley universal, procurando no ya
salvar ni mejorar, sino advertir y condenar, revelar la verdad y, sobre todo,
rechazar y refutar el error. Destruam et aedificabo («destruiré
y edificaré»), frase que Proudhon coloca al frente de una de sus obras,
describe más adecuadamente la concepción de Marx de la tarea que se impuso a sí
mismo. Hacia 1845 había completado la primera parte de su programa y se había
familiarizado con la naturaleza, la historia y las leyes de evolución de la
sociedad a que pertenecía. Llegó a la conclusión de que la historia de la
sociedad es la historia del hombre que procura el dominio de sí mismo y del
mundo exterior por medio de su trabajo creador. Esta actividad se encarna
en las luchas de clases opuestas, una de las cuales ha de emerger triunfante,
si bien en una forma muy modificada: el progreso está constituido por la sucesión
de victorias de una clase sobre la otra. Éstas, a largo plazo, señalan el
avance de la razón. Sólo es racional aquel hombre que se identifique con la
clase progresiva, esto es, la que está en ascenso, de su sociedad, ya sea, si
fuese preciso, abandonando deliberadamente su pasado y aliándose a ella, o, si
la historia lo ha colocado ya en ella, reconociendo conscientemente su
situación y obrando a la luz de ésta.
32 Consecuentemente,
Marx, después de identificar la clase ascendente en las luchas de su tiempo con
el proletariado, dedicó el resto de su vida a planear la victoria de aquellos
a cuya cabeza había decidido colocarse. El proceso de la historia
aseguraría en cualquier caso tal victoria, pero la valentía del hombre, su
determinación e ingenio podrían adelantarla y tornar la transición menos
penosa, acompañada de menos fricciones y menor desperdicio de energía humana. Su posición es, por lo tanto, la de un comandante en el campo de batalla
que no tiene motivos para convencerse a sí mismo ni a los demás de que la
guerra debe librarse, ni tampoco preocupaciones de conciencia por el hecho de
estar en uno de los dos bandos antes que en el otro: el estado de guerra y la
posición de cada cual en ella están dados; son hechos que no han de ser puestos
en cuestión, sino aceptados y examinados; la única tarea del comandante
consiste en derrotar al enemigo, y todos los otros problemas son académicos,
basados en condiciones hipotéticas que no se han dado y, por lo tanto, están
fuera de lugar. De ahí la casi completa ausencia en las últimas obras de Marx
de discusiones acerca de los principios últimos, de todo intento de justificar
su oposición a la burguesía. Los méritos o defectos del enemigo, o de lo que
pudo haber sido si el enemigo o la guerra fueran otros, carecen de interés
durante la batalla. El introducir estas cuestiones impertinentes durante el
período de lucha real equivale a distraer la atención de los propios
partidarios de los problemas fundamentales con los cuales, los reconozcan ellos
o no, se enfrentan, y de este modo a debilitar su poder de resistencia.
Todo lo que importa durante la guerra real es el
cabal conocimiento de los propios recursos y de los del adversario, para lo
cual es indispensable conocer la historia anterior de la sociedad y de las
leyes que la gobiernan. Das Kapital intenta suministrar
este análisis. La casi completa ausencia en él de argumentos explícitamente
morales, de apelaciones a la conciencia o a principios, así como la igualmente
sorprendente ausencia de vaticinios detallados de lo que ocurrirá o debería ocurrir después de la victoria, derivan de la
concentración de la atención en los problemas
prácticos de la acción. Recházanse, por considerárselas ilusiones liberales, la
concepción de los derechos naturales y de la conciencia como inherentes a cada
hombre con abstracción de su posición en la lucha de clases. El socialismo no
formula apelaciones, sino exigencias; no habla de derechos, sino de la nueva
forma de vida, libre de estructuras sociales coactivas, ante cuyo avance
inexorable el viejo orden social comenzó ya visiblemente a desintegrarse. Las concepciones
e ideales morales, políticos y económicos se modifican junto con las
condiciones sociales de las que brotan, y considerar a cada uno de ellos
universal e inmutable equivale a creer que el orden a que pertenecen —en este
caso el orden burgués— es eterno.
33 Esta
falacia sustenta las doctrinas éticas y psicológicas del humanitarismo
idealista a partir del siglo XVIII. De ahí el menosprecio que le inspira a Marx
la común suposición de los liberales y utilitaristas, según la cual, y
puesto que los intereses de todos los hombres son, en última instancia —y
siempre lo han sido—, los mismos, cierto grado de buena voluntad y benevolencia
de parte de cada cual puede permitir llegar a una suerte de consenso satisfactorio
para todos. Si la guerra de clases es real, tales intereses son totalmente
incompatibles. Sólo puede negarse este hecho por estupidez o cínico desprecio
de la verdad, y ello constituye una forma de hipocresía peculiarmente viciosa o
autoengaño repetidamente registrado en la historia. Esta diferencia fundamental de perspectiva, y no ya
mera desemejanza de temperamento o dones naturales, es lo que distingue
netamente a Marx de los radicales burgueses y los socialistas utópicos a quienes,
para desconcertada indignación de éstos, combatió y denostó salvaje e
implacablemente durante más de cuarenta años.
Detestaba el romanticismo, las peticiones
humanitarias de cualquier clase, los arrebatos emocionales, y en su
ansiedad por evitar todo recurso a los sentimientos idealistas de su auditorio,
intentaba sistemáticamente proscribir todo vestigio de la vieja retórica
democrática de la literatura propagandística de su movimiento. No ofreció ni
pidió
concesiones en ningún tiempo y no entró en ninguna alianza política, puesto que no admitía
ninguna forma de transigencia o transacción. Los manifiestos, profesiones de fe
y programas de acción que suscribió apenas contienen referencias al progreso
moral, la justicia eterna, la igualdad de los hombres, los derechos de los
individuos o las naciones, la libertad de conciencia, la lucha por la
civilización y otras frases semejantes que eran mercancía común (y que otrora
encarnaron auténticos ideales de los movimientos democráticos de su tiempo);
las consideraba jerga falta de valor, reveladora de confusión de
pensamiento e ineficacia en la acción2.
La guerra debe librarse en todos los frentes y,
puesto que la sociedad contemporánea está políticamente organizada, ha de
constituirse un partido político con aquellos elementos que, conforme a
las leyes del desarrollo histórico, están destinados a surgir como clase
conquistadora.
34 Ha de
enseñárseles incesantemente que todo cuanto aparece tan seguro y firme en la
sociedad existente está, en realidad, sentenciado a rápida extinción, hecho que
acaso a los hombres les resulte difícil creer debido a la inmensa fachada
protectora de suposiciones morales, religiosas, políticas y económicas, así
como a las creencias que consciente o inconscientemente crea la clase
moribunda, cegándose a sí misma y a los otros a su próximo destino. Requiere valentía intelectual y agudeza de visión taladrar esta pantalla de
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2 Sus observaciones, en una carta a Engels,
acerca de su actitud frente a semejantes
expresiones con tenidas en el borrador de la «declaración de principios» que le sometió la
Primera Asociación Inter nacional de Trabajadores, son alramente instructivas
sobre el particular.
humo para percibir la estructura real de los
sucesos. El espectáculo del caos y la inminencia de la crisis en la que está
destinado a acabar, serán suficientes para convencer a un observador de mirada
clara e interesada —pues nadie que no esté virtualmente muerto o moribundo
puede ser espectador indiferente del destino de una sociedad a la cual está
ligada su propia vida— de lo que debe ser y hacer para sobrevivir. Según Marx,
no es una escala subjetiva de valores revelada de modo diferente a hombres diferentes,
determinada por la luz de una visión interior, sino el conocimiento de los
mismos hechos lo que debe de terminar una conducta racional. Júzgase que una
sociedad es progresiva, y, por lo tanto, digna de apoyo, si se trata de una
sociedad cuyas fuerzas productivas son susceptibles de desarrollo ulterior sin
que haya que subvertir todos sus fundamentos. Una sociedad es reaccionaria
cuando avanza inevitablemente hacia un punto muerto, es incapaz de evitar el
caos interno y el desmoronamiento final a despecho de los más desesperados
esfuerzos por sobrevivir, esfuerzos que crean por sí mismos una fe irracional
en su propia estabilidad última, anodino con el que todos los órdenes
moribundos se engañan necesariamente a sí mismos acerca de los síntomas de su propia
condicción. No obstante, lo que la historia ha condenado ha de ser
necesariamente barrido, y decir que algo ha de salvarse aun cuando esto no es
posible equivale a negar el plan racional del universo. Denunciar el mismo
proceso —los penosos conflictos a través de los cuales y mediante los cuales la
humanidad lucha por lograr la plena realización de sus potencias— constituía
para Marx una forma de subjetivismo infantil, debida a una mórbida o
superficial visión de la vida, a algún prejuicio irracional a favor de esta o aquella virtud o institución; revelaba apego por el viejo mundo y
era síntoma de incompleta emancipación de sus valores. Le parecía que bajo la
forma de un fervoroso sentimiento filantrópico medraban allí, ocultas, semillas
de flaqueza y traición, y esto se debía a un fundamental deseo de llegar a una
transacción con la reacción, a un secreto horror por la revolución originado en
el miedo a la pérdida de bienestar y privilegio, y a un nivel más
profundo, de miedo a la realidad, a la plena luz del día. Empero, no podía
haber transacción alguna con la realidad, y el humanitarismo no era sino una
forma suavizada de transigencia, de eludir el bulto, debida al deseo de evitar
los peligros de una lucha abierta y, lo que es más, los riesgos y responsabilidades
de la victoria.
35 Nada despertaba tanto su indignación como la cobardía; de ahí el tono furioso y a menudo
brutal con el que se refiere a ella, y que señala el comienzo de aquel áspero estilo
«materialista» que dio una nota enteramente nueva
en la literatura del socialismo revolucionario. Esta moda de «desnuda
objetividad» fue a parar, particularmente entre los escritores rusos de una
generación posterior, en la búsqueda de la forma de expresión más cortante, más
sin adornos, más chocante, con la que vestían lo que a veces no eran
proposiciones muy brillantes.
Por su propia cuenta, Marx había empezado a
construir su nuevo instrumento a partir de comienzos casi casuales: en el curso
de una controversia con el gobierno acerca de un problema económico de
importancia puramente local, en la que intervenía en su carácter de
director de un periódico radical, tomó conciencia de su ignorancia casi total
de la historia y de los principios del desarrollo económico. Esta
controversia data de 1843. Para 1848 ya tenía una posición propia como pensador
político y económico. Con prodigiosa escrupulosidad había erigido una teoría
completa de la sociedad y su evolución, en la que indicaba con precisión dónde
y cómo habían de buscarse y encontrarse las respuestas a tales cuestiones
sociales. A menudo se ha puesto en duda su originalidad. Es original, aunque
desde luego no en el sentido en que son originales las obras de arte cuando
encarnan alguna experiencia individual hasta entonces inexpresada, sino con
la originalidad de las teorías científicas que suministran una solución
nueva de un problema
hasta entonces no resuelto o ni siquiera formulado, cosa que a veces logran modificando y
combinando puntos de vista existentes para formar
una nueva hipótesis. Marx jamás intentó negar su deuda con otros pensadores:
«Estoy realizando un acto de justicia histórica y devolviendo a cada
hombre lo que le es debido», declaró altivamente. Pero pretendía haber ofrecido
por primera vez respuesta cabalmente adecuada a problemas que hasta entonces no
se habían comprendido o bien se habían resuelto errónea, insuficiente u
oscuramente. Lo que Marx perseguía no era la novedad, sino la verdad, y cuando
la hallaba en las obras de otros, se es forzaba, por lo menos durante los
primeros años pasados en París, durante los cuales su pensamiento tomó su
dirección básica, por incorporarla a sus nuevas síntesis. Lo que resulta
original en el resultado no es ninguno de los elementos que lo componen, sino
la hipótesis central en cuya virtud cada uno de ellos está ligado a los otros,
de modo tal que las partes se siguen las unas de las otras y las unas se apoyan
en las otras, articuladas en una totalidad sistemática.
36 Por
ello, el rastrear las fuentes directas de cada una de las doctrinas expuestas
por Marx es una tarea relativamente simple, a la que sus numerosos críticos se
dedicaron con ansiedad, desde luego excesiva. Acaso el embrión de cada uno de
sus puntos de vista pueda hallarse en algún escritor anterior o contemporáneo.
Así, la doctrina de la propiedad comunal, fundada en la abolición de la
propiedad privada, probablemente haya tenido adherentes, en una u otra forma,
en muchos períodos durante los dos últimos milenios. Y, por consiguiente, la
cuestión a menudo debatida sobre si Marx la tomó directamente de Morelly, de
Mably, o de Babeuf y sus seguidores, o de alguna versión alemana del comunismo
francés, es demasiado académica para revestir importancia. En cuanto a
doctrinas más específicas, un materialismo histórico más o menos semejante se
halla plenamente desarrollado en un tratado de Holbach publicado casi un siglo
antes, autor que a su vez debe mucho a Spinoza; por lo demás, una forma
modificada de este materialismo fue enunciada por Feuerbach en la época de
Marx. La visión de la historia humana como historia de la guerra entre las
clases sociales se encuentra en Linguet y SaintESimón, y fue adoptada en gran
medida por historiadores liberales franceses contemporáneos, como Thierry y
Mignet, así como por el más conservador Guizot, como, de hecho, reconoció Marx.
La teoría científica de la inevitabilidad de la recurrencia regular de crisis
económicas fue probablemente formulada por primera vez por Sismondi; la del
ascenso del Cuarto Estado fue ciertamente sostenida por los primeros comunistas
franceses y popularizada en Alemania en la época de Marx por Stein y Hess. En
la última década del siglo XVIII Babeuf anunció la dictadura del proletariado, la cual fue explícitamente desarrollada en el siglo XIX,
y en diferentes formas, por Weitling y Blanqui; la posición presente y futura,
así como la importancia de los trabajadores en un estado industrial, fue más
plenamente estudiada por Louis Blanc y los socialistas estatales franceses de
lo que Marx estaba dispuesto a admitir. La teoría laboral del valor deriva de
Locke, Adam Smith, Ricardo y los otros economistas clásicos; la teoría de la
explotación y la plusvalía se halla en Fourier, y el modo de ponerle remedio,
merced a un deliberado control estatal, en los escritos de los primeros
socialistas ingleses, tales como Bray, Thompson y Hodgskin; Max Stirner enunció
la teoría de la alienación de los proletarios por lo menos un año antes que
Marx. La influencia de Hegel y de la filosofía alemana es la más profunda y más
ubicua de todas; esta lista podría fácilmente prolongarse.
37 En el
siglo XVIII había abundancia de teorías sociales. Algunas murieron en el
momento de nacer y otras, cuando el clima intelectual fue favorable,
modificaron la opinión y alentaron la acción. Marx estudió esta inmensa masa de
material y separó de él lo que le pareció original, verdadero e importante y, a
la luz de esto, construyó un nuevo instrumento de análisis social cuyo
mérito principal no estriba en su belleza
o consecuencia, como tampoco en su poder emocional o intelectual —los grandes sistemas
utópicos son obras más nobles de la imaginación
especulativa—, sino en la notable combinación de principios simples y
fundamentales con la comprensión, el realismo y el detalle minucioso. El medio
ambiente que suponía correspondía en verdad a la experiencia personal y directa
del público para el que Marx escribía; sus análisis, cuando los expuso en la
forma más simple, parecieron al punto novedosos y penetrantes, y las nuevas
hipótesis que representan una síntesis peculiar del idealismo alemán, el racionalismo
francés y la economía política inglesa, parecían coordinar auténticamente y
explicar infinidad de
fenómenos sociales considerados hasta entonces relativamente aislados unos de otros. Esto
proporcionó una significación concreta a las fórmulas y gritos de combate
populares del nuevo movimiento comunista. Sobre todo, le permitió hacer algo
más que estimular las emociones generales de descontento y rebelión al agregar
a ellas, como había hecho el cartismo, una serie de fines políticos y
económicos específicos, pero vagamente conectados entre sí. Dirigió estos
sentimientos hacia objetivos inmediatos, alcanzables, sistemáticamente
entrelazados, considerados no ya como fines últimos válidos para todos los
hombres de todos los tiempos, sino como objetivos propios de un
partido revolucionario que representaba un estadio específico del
desarrollo social.
El haber dado respuestas claras y unificadas, en
términos empíricos familiares, a aquellas cuestiones teóricas que ocupaban los
espíritus de los hombres de aquella época y el haber deducido de ellas
directivas claras y prácticas sin crear vínculos obviamente artificiales entre
ambas fueron las principales realizaciones de la teoría de Marx y le prestaron
esa singular vitalidad que le permitió derrotar a sus rivales y sobrevivirlos
en las décadas sucesivas. Marx escribió casi toda su teoría en París durante los
perturbados años que van de 1843 a 1850, cuando, bajo la presión de una crisis
mundial, las tendencias económicas y políticas, normalmente ocultas bajo la
superficie de la vida social, aumentaron en extensión e intensidad hasta
irrumpir a través de la estructura afianzada en tiempos normales por las
instituciones establecidas y, por un breve instante, revelar su carácter real
durante el interludio luminoso que precedió al choque final de fuerzas, en el
cual todas las soluciones quedaron oscurecidas una vez más. Marx aprovechó esta
rara oportunidad para realizar observaciones científicas en el campo de la
teoría social; y en verdad, todo aquello se le aparecía como plena confirmación
de sus hipótesis.
38 El
sistema finalmente erigido resultó una maciza estructura, sólidamente
fortificada contra el ataque directo, que contenía, dentro de sus muros, re
cursos específicos frente a cualquier arma posible del enemigo. La influencia
que obró sobre amigos y enemigos fue inmensa, y ella fue más perceptible aún en
los estudiosos de la sociedad, los historiadores y los críticos. Alteró la
historia del pensamiento humano en el sentido de que, después de él, no era
posible decir ya ciertas cosas. Ningún tema se empobrece, por lo menos a la
larga, por el hecho de convertirse en un campo de batalla, y el énfasis
marExista puesto en la primacía de los factores económicos en la determinación
de la conducta humana llevó directamente a intensificar el estudio de la
historia económica, el cual, si bien no había sido enteramente dejado de lado
en el pasado, no alcanzó su actual rango prominente hasta que el surgimiento
del marxismo impulsó los estudios históricos en esa esfera, de modo semejante a
como, en la generación anterior, las doctrinas hegelianas obraron como un
poderoso estímulo de los estudios históricos en general. El tratamiento
sociológico de los problemas históricos y morales que Comte, y después de él,
Spencer y Taine habían discutido y planeado, sólo se tornó un estudio preciso y
concreto cuando el ataque del marxismo militante demostró las falacias de sus
conclusiones y obligó así a la búsqueda más celosa de pruebas y a prestar
al método atención más intensa.
En 1849 Marx se vio forzado a dejar París y fue a
vivir a Inglaterra. Londres, y en
particular la biblioteca del Museo Británico, era para él «el ideal puesto de avanzada
estratégico para el estudioso de la sociedad
burguesa», un arsenal de municiones cuya
importancia no parecían comprender sus dueños. Permaneció casi indiferente al contorno y
vivía encerrado en su propio mundo, sobre todo alemán, constituido por su
familia y un reducido grupo de amigos íntimos y camaradas políticos. Conoció a
pocos ingleses y ni los comprendió ni se interesó por el modo de vida de éstos.
Era un hombre insólitamente impermeable a la influencia del ambiente; sólo le
interesaba lo que estaba impreso en los diarios o en los libros, y hasta su
muerte apenas tuvo conciencia de la calidad de vida que lo rodeaba o de su
telón de fondo social y natural. En lo que incumbía a su desarrollo
intelectual, pudo muy bien haber pasado su exilio en Madagascar a condición de
que contara con un periódico envío de libros, diarios e informes
gubernamentales, y de haber
sido así, su existencia no habría pasado más inadvertida para los habitantes de Londres. Los
años formativos de su vida, los psicológicamente más interesantes, acabaron
hacia 1851; a partir de entonces se asentó emocional debido la idea de
desarrollar cabalmente y explicar el ascenso y la inminente caída del sistema
capitalista. Comenzó a trabajar en el tema en la primavera de 1850 y continuó,
con interrupciones debidas a las necesidades tácticas diarias y a la
redacción de sus artículos para los diarios con los que intentaba sostener a
su familia.
39 Sus
folletos, artículos y cartas durante los siguientes treinta años en Londres
constituyen un comentario coherente de los asuntos políticos contemporáneos, a
la luz de su nuevo método de análisis. Son penetrantes, lúcidos, mordaces,
realistas, de tono sorprendentemente moderno y apuntan de modo deliberado
contra el optimismo dominante en su tiempo.
Como revolucionario, no aprobaba los métodos de
conspiración, a los que consideraba anticuados e ineficaces, así como
susceptibles de irritar a la opinión pública, sin modificar sus cimientos; por
lo contrario, se proponía crear un partido político abierto dominado por la
nueva visión de la sociedad. Ocupó sus últimos años casi exclusivamente en la
tarea de reunir pruebas de las verdades que había descubierto y de darles
difusión hasta que cubrieron todo el horizonte de sus seguidores y quedaron conscientemente incorporadas
al tejido de cada uno de sus pensamientos, palabras y actos. Por espacio de un
cuarto de siglo
concentró todas sus energías en la persecución de este propósito, el cual alcanzó hacia el fin
de sus días.
El siglo XIX ofrece muchos críticos sociales y
revolucionarios notables no menos originales, no menos violentos, no menos
dogmáticos que Marx, pero ninguno se nos presenta tan exclusivamente
concentrado en un solo propósito, tan absorbido en hacer de cada palabra y cada
acto de su vida un medio enderezado a un fin único, inmediato, práctico,
ante el cual no había nada tan sagrado que no debiera sacrificarse. Si en
cierto sentido cabe afirmar que nació antes de su tiempo, asimismo puede
decirse legítimamente que encarna una de las más viejas tradiciones europeas.
Su realismo, su sentido de la historia, sus ataques a los principios
abstractos, su exigencia de que cada solución ha de ser probada por su propia
aplicabilidad a la situación actual (y, por lo demás, ha de dimanar de ella),
el menosprecio que le inspiraba la transacción o la evolución gradual como
modos de eludir la necesidad de una acción drástica, su creencia en que las
masas son crédulas y han de ser salvadas a cualquier precio, en caso necesario por
la fuerza, de los bribones y locos que las someten, lo erigen en precursor de
una generación más severa de revolucionarios prácticos del siglo siguiente; su
rígida creencia en la necesidad de una ruptura completa con el pasado, en
la necesidad de un sistema social enteramente nuevo —único capaz de salvar al
individuo que, libre de la coacción social, cooperará armoniosamente con otros,
pero necesitará, al tiempo, firme dirección social—, lo coloca entre los
grandes fundadores autoritarios de una nueva fe, implacables subversores e innovadores que interpretan el
mundo en términos de un principio único y claro,
apasionadamente defendido, y que denuncian y destruyen cuanto a él se opone.
40 Su
fe en su propia visión sinóptica de una sociedad ordenada, disciplinada y que
se gobierna a sí misma, destinada a alzarse de la inevitable destrucción que
corrompe el mundo irracional y caótico del presente, era tan ilimitada y
absoluta que bastaba para poner fin a todas las dudas y para suprimir
todas las dificultades; ella acarreaba una sensación de liberación similar a la
que en los siglos XVI y XVII los hombres hallaron en la nueva fe protestante y,
luego, en las verdades de la ciencia, en los principios de la Gran Revolución,
en los sistemas de los metafísicos alemanes. Si estos primeros racionalistas
son
justamente llamados fanáticos, cabe en este sentido decir que Marx fue también un fanático.
Empero, su fe en la razón no era ciega, y si apelaba a la razón, no menos
apelaba a las evidencias empíricas. Las leyes de la historia eran ciertamente
eternas e inmutables —y para percibir este hecho se requería una intuición casi
metafísica—, pero lo que eran sólo podía establecerse por la demostración de
los hechos empíricos. Su sistema intelectual era cerrado y todo cuanto se
incorporaba a él había de conformar un esquema preestablecido, pero, sin
embargo, se basaba en la observación y en la experiencia. No lo
obsesionaban ideas fijas. No revela huellas de los síntomas notorios que
acompañan al fanatismo patológico, esa alternación de estados anímicos de
súbita exaltación con una sensación de desamparo y persecución que la vida en
mundos absolutamente íntimos a menudo engendra en aquellos que se apartan de la
realidad.
Las ideas fundamentales de su obra principal
maduraron en su espíritu ya en 1847. Esbozos preliminares aparecieron en 1849
y, también, siete años después, pero se sentía incapaz de comenzar a escribir
antes de tener la absoluta seguridad de que dominaba toda la literatura de su
tema. Este hecho, junto con la dificultad de encontrar un editor y la necesidad
de proveer al sostenimiento de su familia, con el inevitable acompañamiento de
exceso de trabajo y frecuentes enfermedades, fue postergando la publicación año
tras año. El primer volumen apareció finalmente veinte años después de haber
sido concebido, en 1867, y constituye el coronamiento de los esfuerzos de toda
su vida. Es un intento de
ofrecer una visión unitaria e integral de los procesos y leyes del desarrollo social, y contiene
una teoría económica completa tratada históricamente y, en forma menos
explícita, una teoría de la historia y de la sociedad según la cual ésta está
determinada por factores económicos. La interrumpen notables digresiones consistentes
en análisis y esquemas históricos de la condición del proletariado y de sus
patronos, en particular durante el período de transición de la manufactura al
capitalismo industrial en gran escala; las introduce para ilustrar la tesis
general, pero de hecho muestra con ellas un método nuevo y revolucionario de
escribir historia y de interpretar la política.
41 En fin,
en su totalidad constituye la acusación más formidable y fundada jamás lanzada
contra todo un orden social, contra sus gobernantes, sus ideólogos, los que lo
apoyan, sus instrumentos conscientes e inconscientes, contra todos aquellos
cuyas vidas están enlazadas en su supervivencia. Lanzó este ataque contra la
sociedad burguesa en un momento en que ésta había alcanzado la cúspide de su
prosperidad material, en el mismo año en que, en un discurso sobre el
presupuesto, Gladstone felicitó cálidamente a sus compatriotas por el
«embriagador aumento de su riqueza y poder» de que habían sido testigos los
años últimos, vividos en medio de alegre optimismo y confianza universal. En
este mundo Marx es una figura aislada y amargamente hostil, dispuesta, como un
primitivo cristiano o un francés entagé, a rechazar audazmente lo que
representaba, calificando de faltos de valor a sus ideales y de vicios a sus
virtudes, condenando sus instituciones aunque no porque fuesen malas, sino
porque eran burguesas, porque pertenecían a una sociedad
corrompida, tiránica e irracional que había de ser totalmente aniquilada y para siempre. En
una época que destruía a sus adversarios mediante
métodos no menos eficientes porque fuesen decorosos y lentos, que forzó a
Carlyle y Schopenhauer a buscar una evasión en civilizaciones remotas o en un
pasado idealizado, y que llevó a su acérrimo enemigo Nietzsche a la histeria y
la locura, Marx fue el único que se mantuvo centrado en sí mismo y formidable.
Como un antiguo profeta que lleva a cabo una tarea que le ha impuesto el cielo,
con una tranquilidad interior basada en una clara y segura fe en la sociedad
armoniosa del futuro, dio testimonio de los signos de decadencia y ruina que
veía por doquier. Le parecía que el viejo orden se desmoronaba patentemente
ante sus ojos, e hizo más que ningún otro hombre para acelerar el proceso,
procurando acortar la agonía que precede al fin.
43
CAPÍTULO 1. INFANCIA Y ADOLESCENCIA
Nimmer kann ich rubig treiben
Was die Seele stark befasst, Nimmer still behaglich bleiben Und ich stürme ohne
Rast*.
Karl Marx
Empfindungen (de un álbum de poemas Dedicado
a Jenny von Westphalen)
* Jamás puedo perseguir en calma
lo que cautiva mi alma,
jamás reposaré en paz,
satisfecho, y me agito sin cesar.
Karl Heinrich Marx, el mayor de los tres varones de
Heinrich y Henrietta Marx, nació el 5 de mayo de 1818, en Tréveris, en la
Renania alemana, donde su padre ejercía la profesión de abogado. Otrora sede de
un príncipe arzobispo, había sido ocupada unos quince años antes por los
franceses y Napoleón la había incorporado a la Confederación del Rin. Tras su
derrota, diez años después, el Congreso de Viena la adjudicó al reino prusiano,
que iba expandiéndose rápidamente.
Los reyes y príncipes de los estados germánicos
cuya autoridad personal había sido casi destruida recientemente por las
sucesivas invasiones francesas de su territorio, se hallaban por entonces
empeñados en reparar la vulnerada estructura de la monarquía hereditaria,
proceso que exigía la supresión de todo vestigio de las peligrosas ideas que
habían comenzado a sacudir, aun a los plácidos habitantes de las provincias alemanas, de su
tradicional letargo. La derrota y el exilio de Napoleón habían echado por tierra,
finalmente, las ilusiones de aquellos radicales alemanes esperanzados en que el
resultado de la política centralizadora de Napoleón sería, si no la libertad,
por lo menos la unidad de Alemania.
44 Allí donde
era posible, se restableció el status quo; Alemania estaba una vez más dividida
en reinos y principados organizados semifeudalmente, cuyos restaurados
gobernantes, decididos a cobrarse la recompensa por los años de derrota y
humillación, reavivaron el viejo régimen en todos los detalles, ansiosos de
exorcizar de una vez por todas el espectro de la revolución democrática cuyo
recuerdo mantenían celosamente vivo sus subditos más esclarecidos. El rey de
Prusia, Federico Guillermo III, se mostraba particularmente enérgico en este
respecto. Ayudado por el señorío y la aristocracia terrateniente prusiana, y
siguiendo el ejemplo de Metternich en Viena, logró detener el desarrollo social
normal de la mayoría de sus compatriotas por muchos años y creó una atmósfera
de estancamiento profundo y desesperanzado, junto a la cual hasta Francia e
Inglaterra parecían liberales y vivas durante los años reaccionarios. Esto lo
sintieron con mayor agudeza los elementos más progresistas de la sociedad
alemana, y no ya sólo los intelectuales, sino la masa burguesa y la
aristocracia liberal de las ciudades, particularmente en el oeste, que siempre
había mantenido cierto contacto con la cultura europea general. Federico
Guillermo III dio, pues, una legislación económica, social y política
enderezada a retener y, en algunos casos, restaurar infinidad de privilegios,
derechos y restricciones, muchos de los cuales
databan de la Edad Media, sórdidas supervivencias que hacía mucho habían dejado de ser hasta
pintorescas; y como ellos se hallaban en conflicto
directo con las necesidades de la nueva época, requerían y obtuvieron una
complicada y ruinosa estructura de tarifas, a fin de mantenerlos vigentes. Esto
llevó a una política de sistemático desaliento del comercio y de la industria
y, puesto que la anticuada estructura había de ser defendida de la presión
popular, a la creación de una burocracia despótica cuya tarea consistía en
aislar a la sociedad alemana de la influencia contaminadora de las ideas e instituciones
liberales.
El acrecentado poder de la policía, la introducción
de una rígida supervisión sobre
todos los aspectos de la vida pública y privada, generaron una literatura de protesta que fue
suprimida rigurosamente por los censores gubernamentales. Los escritores y
poetas alemanes optaron por el exilio voluntario y desde París o Suiza dirigían
una apasionada propaganda contra el régimen. La situación general se reflejaba
de modo particularmente claro en la condición de aquel sector de la sociedad
que a lo largo del siglo XIX tendía a actuar como el barómetro más sensible de
la dirección de los cambios sociales: la reducida, pero ampliamente diseminada
población judía.
Los judíos tenían todas las razones para sentir gratitud por Napoleón.
45 Allí
donde éste aparecía, derribaba el edificio tradicional del privilegio y el
rango social, de las barreras raciales, políticas y religiosas, reemplazándolo
por su código legal recientemente promulgado, que reconocía como fuente de su
autoridad los principios de la razón y de la igualdad humanas. Esta
legislación, al abrir a los judíos las puertas del comercio y las profesiones
que hasta entonces habían estado herméticamente cerradas para ellos, tuvo
como consecuencia la liberación de gran cantidad de energías y ambiciones
aprisionadas y llevó a la entusiasta —en algunos casos excesivamente
entusiasta— aceptación de la cultura europea general por parte de una comunidad
hasta entonces segregada y que, desde ese día, se convirtió en nuevo e importante
factor en la evolución de la sociedad europea.
Más tarde el propio Napoleón retiró algunas de
estas libertades y lo que quedó de ellas fue en su mayor parte revocado por los
restaurados príncipes alemanes, con el resultado de que muchos judíos que
habían dejado de lado de buena gana el tradicional modo de vida de sus padres
con la perspectiva de llevar una existencia más amplia, vinieron a encontrarse
con que el camino que tan súbitamente se les había entreabierto, del mismo modo
súbito volvía a quedar obstruido y, en consecuencia, se vieron frente a una
difícil opción. Habían de volver sobre sus pasos y retornar penosamente al
gueto en el que la mayor parte de sus familias continuaba viviendo, o bien,
modificando sus nombres y cambiando de religión, empezar una nueva vida como
patriotas alemanes y miembros de la Iglesia cristiana. El caso de Herschel
Levi fue típico de toda una generación. Su padre, Marx Levi, su hermano, así
como su abuelo antes que ellos, fueron rabinos en Renania y, como la gran
mayoría de sus camaradas judíos, habían pasado toda su vida dentro de los
confines de una comunidad apasionadamente centrada en sí misma, sin mezcla de
razas, pía y, enfrentados con la hostilidad de sus vecinos cristianos, se
habían refugiado tras un muro defensivo de orgullo y recelo, el que por
centurias los había mantenido casi completamente apartados de la cambiante vida
de afuera. Empero, la Ilustración había comenzado a penetrar hasta en este
artificial círculo cerrado, supervivencia de la Edad Media, y Herschel, que
había recibido una educación secular, se había hecho discípulo de los
racionalistas franceses y de sus seguidores, los Aufkldrer alemanes, y se
convirtió en su juventud a la religión de la razón y la humanidad.
La aceptó con candor e ingenuidad, y los largos
años de oscuridad y reacción no lograron quebrantar su fe en Dios ni su
humanitarismo sencillo y optimista. Se apartó por completo de su familia,
cambió su apellido por el de Marx y adquirió nuevos amigos y nuevos
intereses. Tenía moderado éxito en su profesión de abogado y comenzaba a mirar la
perspectiva de un futuro firmemente asentado, como
cabeza de una respetable familia burguesa alemana, cuando las leyes antisemitas
de 1816 le privaron súbitamente de sus medios de subsistencia.
46 Probablemente
no sintiera reverencia excepcional por la Iglesia oficial, pero lo cierto es
que tenía aún menos apego por la sinagoga y, sustentando vagamente ideas
teístas, no vio ningún obstáculo moral o social para adaptarse al luteranismo
moderadamente ilustrado de sus vecinos prusianos. Por lo menos, si vaciló,
no fue por mucho tiempo. Fue recibido oficialmente en la Iglesia a principios
de 1817, un año antes del nacimiento de su primer hijo varón, Karl. La
hostilidad de este último hacia todo lo que estuviera relacionado con la
religión, y, en particular, hacia el judaísmo, acaso se deba en parte a la
situación peculiar y embarazosa en que los conversos a veces se encontraban.
Algunos se evadían de ella haciéndose devotos y hasta fanáticos cristianos, y
otros rebelándose contra toda religión establecida. Sufrían de modo
proporcional a su sensibilidad e inteligencia. Tanto Heine como Distaeli
vivieron toda su vida obsesionados por el problema personal de su peculiar
estatus; ni renunciaron a él ni lo aceptaron por completo, sino que se burlaron de la religión
de sus padres y la defendieron, o alternaron estas actitudes, en la incómoda
certidumbre de su ambigua posición, perpetuamente recelosos de que el
menosprecio latente o la condescendencia se ocultaran bajo la ficción de que la
sociedad en que vivían los aceptaba de modo total.
El viejo Marx no padeció ninguna de estas
complicaciones. Era un hombre sencillo, serio, bien educado, ni particularmente
inteligente ni anormalmente sensible. Discípulo de Leibnitz y Voltaire, Lessing
y Kant, poseía además un carácter tímido y bondadoso y, en los
últimos años de su vida, se convirtió en apasionado patriota y monárquico prusiano, actitud
que pro curaba justificar señalando la figura de Federico el Grande, tolerante
y esclarecido príncipe que salía triunfante de una comparación con Napoleón,
notorio por su desprecio por los intelectuales ilustrados. Después de su
bautismo, adoptó el nombre cristiano de Heinrich y educó a su familia como
protestantes liberales, leales al orden existente y al monarca reinante de
Prusia. Ansioso como estaba por identificar a este gobernante con el príncipe
ideal descrito por sus filósofos preferidos, la poco atractiva figura de
Federico Guillermo III provocó el rechazo de su leal imaginación. Y en verdad,
la única ocasión en que, según se sabe, este hombre tembloroso y retraído se
comportó con valentía fue en un banquete en que pronunció un discurso señalando
lo deseable de moderadas reformas sociales y políticas, dignas de un gobernante
sabio y benévolo. Esto atrajo al punto sobre él la atención de la policía prusiana.
Heinrich Marx se retractó inmediatamente de cuanto había dicho y convenció a
todos de que era totalmente inofensivo. No es improbable que este leve, pero
humillante contratiempo, y en particular la actitud cobarde y sumisa del padre,
produjeran definida impresión en su hijo Karl Heinrich, que entonces contaba
dieciséis años, y dejaran tras de sí el rescoldo de una sensación de
resentimiento que el viento de sucesos ulteriores convirtió en llama.
47 Pronto
su padre había advertido que, mientras los otros hijos no ofrecían
características que los destacaran, tenía en Karl a un hijo poco común y
difícil; a una aguda y lúcida inteligencia se aliaba en él un temperamento
tenaz y dominante, un truculento amor por la independencia, una excepcional
contención emocional y, sobre todo, un colosal, indomable apetito intelectual.
El timorato abogado, cuya vida había sido una permanente transacción social y
personal, estaba desconcertado y asustado por la intransigencia de su hijo,
que, en su opinión, lo enfrentaría inevitablemente con importantes personajes y
podría un día ponerlo en serios apuros. Ansiosamente le rogaba en sus cartas
que moderase sus entusiasmos, que se impusiera alguna suerte de disciplina, que
no perdiera tiempo
en temas que con toda probabilidad se revelarían inútiles en su vida posterior, que cultivara
hábitos corteses y civilizados, que no dejara de
tratar a posibles benefactores y, por encima
de todo, que no se negara violentamente a adaptarse a las circunstancias para evitar así que
la gente se apartara de él; le rogaba, en suma, que satisficiera los requisitos
elementales de la sociedad en que había de vivir. Pero estas cartas, aun cuando
censuraban con mayor énfasis, eran siempre dulces y afectuosas; a pesar de la
creciente inquietud que le inspiraba el futuro y el carácter de su hijo,
Heinrich Marx lo trataba con instintiva delicadeza y ja más intentó oponerse a
él ni imponerle su autoridad en ninguna cuestión seria. Consecuentemente, sus
relaciones continuaron siendo cálidas e íntimas hasta la muerte de Heinrich
Marx en 1838.
Parece cierto que el padre ejerció definida
influencia en el desarrollo intelectual del hijo. Heinrich Marx creía con
Condorcet que el hombre es bueno y racional por naturaleza y que, con sólo
apartar de su camino los obstáculos artificiales, cabe asegurar el triunfo de
tales cualidades. Aquéllos estaban ya desapareciendo, y desapareciendo con
rapidez, y se acercaba velozmente el día en que las últimas ciudadelas de la
reacción —la Iglesia católica y la nobleza feudal— habían de desplomarse ante
el irresistible avance de la razón. Las barreras sociales, políticas,
religiosas, raciales, eran otros tantos productos del deliberado oscurantismo
de sacerdotes y gobernantes; con su desaparición alborearía un nuevo día para
la raza humana, cuando todos los hombres fuesen iguales, no sólo política y
legalmente, en sus relaciones exteriores, formales, sino social y
personalmente, en su más íntimo trato diario.
48 Le parecía que su propia historia corroboraba esto triunfalmente. Nacido judío, ciudadano
de inferior condición legal y social, había llegado a igualarse con
sus vecinos más ilustrados, se había ganado el respeto de éstos
como ser humano y se había asimilado a lo que se le aparecía como un modo de
vida más racional y digno. Creía que despuntaba un nuevo día en la
historia de la emancipación humana, a cuya luz sus hijos vivirían como
ciudadanos libres en un estado justo y liberal. Algunos elementos de esta
creencia aparecen claramente en la doctrina social de su hijo. Desde luego,
Karl Marx no creyó en el poder de los argumentos racionales para influir la
acción: al contrario que algunos de los pensadores de la Ilustración francesa,
no creía en una mejora constante de la condición humana; aquello que pueda
definirse como progresivo en términos de la conquista humana de la naturaleza
se ha logrado al precio de incrementar la explotación y degradación de los
verdaderos productores —las masas trabajadoras—; no hay movimiento continuo en
dirección a una felicidad o libertad cada vez mayor para la mayoría de los
hombres; el camino hacia la realización de las potencialidades últimas,
armónicas, de los hombres transcurre entre la miseria y la «alienación» cada
vez mayor de la inmensa mayoría de ellos; esto es lo queMarx quería
expresar con el carácter «contradictorio» del progreso humano.
Pero, no obstante ello, hay un preciso sentido en
que siguió siendo raciona lista y creyendo en la perfectibilidad hasta el fin
de su vida. Creía en la cabal inteligibilidad del proceso de evolución social;
creía que la sociedad es inevitablemente progresiva, que su movimiento de
estadio a estadio es un movimiento hacia adelante, en el sentido de
que cada estadio sucesivo representa una proximidad mayor al ideal
racional que los anteriores. Detestaba tan apasionadamente como cualquier
pensador del siglo XVIII el sentimentalismo, la creencia en causas
sobrenaturales, las fantasías visionarias
de cualquier índole, y desestimaba sistemáticamente la influencia de fuerzas irracionales como
el nacionalismo, así como la solidaridad religiosa y racial. De cualquier
forma, nada más cierto que la filosofía hegeliana es probablemente la mayor
influencia formativa en su vida y que los principios de racionalismo
filosófico que implantaron en él su padre y los amigos de éste cumplieron un
definido trabajo de inoculación, de modo tal que, cuando luego entró
en contacto con los sistemas metafísicos desarrollados por la escuela romántica, se salvó de
aquella incondicional rendición a su fascinación
que anuló a tantos de sus contemporáneos. Fue este gusto pronunciado, adquirido
en su juventud, por la argumentación lúcida y el enfoque empírico lo que le
permitió mantener una actitud de independencia crítica frente a la filosofía
entonces dominante y, luego, bajo la influencia de Feuerbach, modificarla para
adaptarla a su propio esquema, más positivista. Quizá esto expli que la
cualidad realista y concreta de su pensamiento, aun cuando esté influido por ideas
románticas, lo que contrasta con el enfoque de prominentes radicales de su
tiempo como Borne, Heine o Lassalle, cuyos orígenes y educación son en muchos
aspectos análogos a los de Marx.
49 Poco
se conoce de su infancia y de los primeros años pasados en Tréveris. Su madre
desempeñó un papel singularmente insignificante en la vida de Karl; Henrietta Pressburg (o
Pressburger) pertenecía a una familia de judíos húngaros establecida en
Holanda, donde su padre era rabino, y era una mujer sólida y falta de
educación, enteramente absorbida por las múltiples tareas del hogar, que
en ningún momento mostró la menor comprensión de las dotes o inclinaciones
de su hijo; encontraba chocante el radicalismo de éste, y, en los últimos años,
perdió al parecer todo interés por su existencia. De los ocho hijos de Heinrich
y Henrietta Marx, Karl era el segundo; aparte del
suave afecto que sintió cuando niño por su
hermana mayor, Sophia, siempre mostró poco interés por sus hermanos y hermanas.
Fue
enviado al instituto local, donde los profesores encomiaron su talento, así como el elevado y
grave tono de sus ensayos sobre temas morales y religiosos. Las matemáticas y
la teología no le ofrecían dificultades, pero sus principales intereses eran
literarios y artísticos, tendencia debida sobre todo a la influencia de dos
hombres que fueron los que más le enseñaron y de quienes toda su vida habló con
afecto y respeto. El primero de ellos era su padre, y el otro su vecino
Freiherr Ludwig von Westphalen, que mantenía amistosas relaciones con el afable
abogado y su familia. Westphalen era un distinguido funcionario gubernamental
prusiano y pertenecía a aquel cultivado y liberal sector de la clase alta
alemana cuyos representantes habían de hallarse en la vanguardia de
cualquier movimiento ilustrado y progresista que se registrara en su país
en la primera mitad del siglo XIX. Hombre de espíritu abierto, atractivo y
culto, pertenecía a la generación dominada por las grandes figuras de
Goethe, Schiller y Hólderlin y, bajo la influencia de éstos, había transpuesto
las fronteras estéticas estrictamente establecidas en París por los mandarines
literarios para compartir la creciente pasión germánica por los redescubiertos
genios de Dante, Shakespeare, Homero y los dramaturgos griegos. Le atraía la sorprendente
capacidad y pronta comprensión del hijo de Heinrich Marx, a quien alentaba a
leer y prestaba libros, con quien daba paseos por los bosques cercanos y a
quien hablaba de Esquilo, Cervantes, Shakespeare, citando largos pasajes a su
entusiasta oyente. Karl, que alcanzó la madurez a edad muy temprana, se
convirtió en devoto lector de la nueva literatura romántica, y el gusto que
adquirió durante estos años impresionables permaneció inalterado hasta su
muerte. En edad avanzada le placía recordar aquellas tardes pasadas con
Westphalen, durante lo que le parecía haber sido el período más feliz de
su vida. Un hombre de mucha más edad que lo había tratado en términos de
igualdad en una época en que estaba particularmente necesitado de simpatía
y aliento; había sido objeto de atenciones sumamente corteses en momentos
en que un gesto falto de tacto o afrentoso le hubiera dejado una marca
perdurable.
50 Su
tesis doctoral contiene una cálida dedicatoria a Westphalen, rebosante de
gratitud y admiración. En 1837 Marx pidió la mano de su hija y obtuvo el
consentimiento, hecho que, según se dijo, espantó a los parientes de la
muchacha debido a la gran diferencia de posición social. Al hablar de
Westphalen en los últimos años de su vida, Marx, cuyos juicios acerca de los
hombres no se caracterizan por la generosidad, se ponía casi sentimental.
Westphalen humanizó y alentó aquella fe en sí mismo y en sus propios poderes que en
todos los períodos fue característica descollante
de Marx. Es uno de los raros revolucionarios que no se vieron frustrados o
perseguidos en los años juveniles, y consecuentemente, a despecho de su
sensibilidad anormal, de su amor propio, de su vanidad, de su agresividad y de
su arrogancia, es una figura singularmente intacta, positiva y plena de
confianza en sí misma la que se nos ofrece durante cuarenta años
de enfermedad, pobreza e incesante batallar.
Dejó el instituto de Tréveris a los diecisiete años
de edad y, siguiendo el consejo de su padre, en el otoño de 1835 se inscribió
en la facultad de derecho de la Universidad de Bonn. Al parecer, fue allí
enteramente feliz. Anunció que se proponía asistir por lo menos a siete cursos
de conferencias semanales, entre ellas conferencias sobre Homero dictadas por
el celebrado August Wilhelm Schlegel, conferencias sobre mitología, poesía
latina y arte moderno. Vivió la vida alegre y disipada de los estudiantes alemanes,
desempeñó papel activo en las sociedades de la Universidad, escribió poemas al
modo de Byron, contrajo deudas y, por lo menos en una ocasión, la policía lo
arrestó por conducta desordenada. A fines del curso de verano de 1836 abandonó
Bonn y en el otoño se inscribió en la Universidad de Berlín.
Este acontecimiento señala una aguda crisis en su
vida. Las condiciones bajo las cuales había vivido hasta entonces habían sido
relativamente provincianas: Tréveris era una ciudad pequeña y coqueta que había
sobrevivido a un viejo orden y hasta la que no había
llegado la gran revolución social y eco nómica que estaba cambiando el contorno del mundo
civilizado. El creciente desarrollo industrial de Colonia y Dusseldorf parecía
infinitamente remoto; ningún problema urgente de índole social, intelectual o
material había perturbado la paz del amable y cultivado medio de los amigos de
su padre, plácido coto del siglo XVIII que había sobrevivido artificialmente en
el XIX.
Comparada con Tréveris o Bonn, Berlín era una
ciudad inmensa y populosa, moderna, fea, presuntuosa e intensamente seria, a la
vez centro de la burocracia prusiana y punto de
reunión de los intelectuales radicales descontentos
que constituían el núcleo de la creciente
oposición a aquélla.
51 Durante
toda su vida Marx conservó una considerable capacidad de goce y un robusto,
aunque un tanto pesado, sentido del humor, pero nadie pudo, ni siquiera en
aquella época, calificarlo de superficial o frivolo. Se sintió templado por la tensa y trágica atmósfera en que
de pronto se vio inmerso y, con su acostumbrada energía, comenzó al punto a
explorar y criticar su nuevo contorno.
53
CAPÍTULO 2. LA FILOSOFÍA DEL ESPÍRITU
Was Ihr den Geist der Zeiten heisst
Das ist im Grund des Herrén eigner Geist
In dem die 2leiten sich bespiegeln *.
Goethe
La Raison a toujours raison **
* Lo que llamáis espíritu de la época
es en realidad el propio espíritu
de uno en el cual la época se refleja.
Goethe
** La Razón siempre tiene razón.
I
La influencia intelectual dominante en la
Universidad de Berlín, como asimismo en todas las otras universidades alemanas
de la época, era la filosofía hegeliana. El terreno para ella había sido
preparado por una gradual rebelión contra las creencias y el lenguaje del
período clásico, la cual había comenzado en el siglo XVII, para consolidarse y
conformar un sistema en el siglo XVIII.
La figura alemana más grande y original de este
movimiento fue Gottfried Wilhelm Leibniz, cuyas ideas desarrollaron sus
seguidores e intérpretes en un sistema metafísico coherente y dogmático que,
según alegaban los divulgadores, estaba lógicamente demostrado por pasos
deductivos a partir de premisas simples, evidentes por sí mismas para aquellos
capaces de valerse de aquella infalible intuición intelectual de que todos los
seres pensantes están dotados al nacer.
54 Este
rígido intelectualismo fue atacado en Inglaterra, donde ninguna forma de puro
racionalismo halló jamás terreno propicio, por los filósofos más influyentes de
la época, como Locke, Hume y, hacia fines del siglo, Bentham y los filósofos
radicales que convenían en negar la existencia de la intuición intelectual como
facultad para penetrar en la naturaleza real de las cosas. La única facultad
que podía proporcionar aquella in formación empírica inicial en que, en última
instancia, se fundaba todo el conocimiento del mundo era la percepción
sensible. Puesto que los sentidos eran los que transmitían todos los datos, la
razón no podía ser una
fuente independiente de conocimiento y sólo le incumbía acomodar,
clasificar y unir aquellos datos, así como extraer deducciones de ellos
trabajando sobre el material obtenido sin su concurso. En Francia, la escuela
materialista atacó en el siglo XVIII la posición racionalista y, mientras
Voltaire y Diderot, Condillac y Helvetius, reconocían abiertamente su deuda con
los librepensadores ingleses, erigían un sistema independiente que aún continúa
ejerciendo influencia en la acción y el pensamiento europeos. Algunos no
llegaron a negar la existencia de un conocimiento obtenido de modo distinto que
por los sentidos, pero alegaban que, si bien semejante conocimiento innato existe y revela
verdades válidas, no proporciona prueba alguna de
las proposiciones cuya verdad incontrovertible los viejos racionalistas
pretendían conocer, hecho que un diligente y escrupuloso autoexamen mental
había de hacer patente a cualquier hombre de espíritu abierto que no estuviera
cegado por el dogmatismo religioso o los prejuicios políticos y
éticos. Demasiados abusos se habían defendido mediante apelaciones a la autoridad o a una
intuición especial, y así Aristóteles, al apelar a la razón para confirmarlo,
había sostenido que los hombres eran desiguales por naturaleza, que algunos
eran naturalmente esclavos y otros hombres libres; del mismo modo la Biblia,
que enseña que la verdad puede revelarse por medios sobrenaturales, contenía
textos que podían invocarse para probar que el hombre era naturalmente vicioso
y había de ser sofrenado, tesis estas empleadas por los gobier nos
reaccionarios para apuntalar el estado existente de desigualdad política,
social y aun moral. Pero la experiencia y la razón rectamente entendidas
mostraban juntas todo lo contrario de esto. Podían hilvanarse argumentaciones
para mostrar, más allá de toda posible duda, que el hombre era naturalmente
bueno, que la razón existía igualmente en todos los seres conscientes, que la
causa de la opresión y el sufrimiento era la ignorancia humana, producida en
parte por las condiciones sociales y materiales que se fueron dando a lo
largo del desarrollo histórico natural, y en parte debida a la deliberada
supresión de la verdad por los tiranos ambiciosos y los sacerdotes
inescrupulosos y, con más frecuencia, por el concurso de ambos. Por la acción
de un gobierno esclarecido y benévolo, cabía poner de manifiesto estas malas
influencias y, por lo tanto, aniquilarlas.
55 Librados a sí
mismos, sin que hubiera obstáculos que oscurecieran su visión ni frustraran sus
esfuerzos, los hombres podrían perseguir la virtud del conocimiento; la
justicia y la igualdad pasarían a ocupar el lugar de la autoridad y el
privilegio; la cooperación reemplazaría a la competencia, y la felicidad y
sabiduría se convertirían en bienes universales. El credo central de este
racionalismo semiempírico consistía en la ilimitada fe en el poder de la razón
para explicar y mejorar el mundo; el que hasta entonces no se
hubiera logrado esto se debía, en última instancia, a la ignorancia de las leyes que regulan el
comportamiento de la naturaleza animada y de la inanimada. La miseria es el
resultado complejo de la ignorancia no sólo de la naturaleza, sino también de
las leyes de la conducta social. Para aboliría, una sola medida es necesaria y
suficiente: el uso de la razón, y de la razón sola, en la conducción de los asuntos
humanos.
Desde luego, tal tarea está lejos de ser fácil;
durante demasiado tiempo los hombres vivieron en un mundo de oscuridad
intelectual para poder moverse sin pestañear en la súbita luz del día. Es
preciso, por lo tanto, un proceso gradual de educación en los principios
científicos: el avance de la razón y el de la verdad, si bien en sí mismos son
suficientes para abatir a las fuerzas del prejuicio y de la ignorancia, no
podrá verificarse
hasta que hombres esclarecidos estén dispuestos a dedicar toda su vida a la tarea de educar
a la gran masa extraviada e ignorante de la humanidad.
Pero aquí se alza un nuevo obstáculo: mientras la causa original de la mi seria humana
—el apartamiento de la razón y la indolencia intelectual— no sea deliberadamente sacada a
luz, existe en nuestros días, y ha existido desde hace muchos siglos, una clase
de hombres que, comprendiendo que su propio poder descansa en la ignorancia, la
cual ciega a los hombres a la injusticia, promueve la sinrazón con todos los
medios que halla a su alcance. Por naturaleza, todos los hombres son
racionales, y todos los seres racionales tienen iguales derechos ante el
tribunal natural de la razón. Pero las clases gobernantes —los príncipes, la
nobleza, los sacerdotes, los generales— comprenden de sobra que la difusión de
la razón pronto abriría los ojos de los pueblos del mundo al colosal fraude en
cuya virtud, en nombre de ficciones vacías como la santidad de la Iglesia, el derecho divino de los
reyes, las pretensiones de orgullo nacional o la posesión de poder o riqueza, se ven forza
dos a renunciar a sus derechos naturales y trabajar
sin quejarse para mantener a una reducida clase que no ostenta ni sombra de
derechos para exigir tales privilegios. Por lo tanto, la clase superior en la
jerarquía social tiene especial interés personal en frenar el crecimiento del
conocimiento natural allí donde éste amenaza con exponer el carácter arbitrario
de su autoridad, y sustituirlo por un código dogmático, un conjunto de
misterios ininteligibles expresados en frases altisonantes con las que confunde
las débiles inteligencias de sus desdichados súbditos para mantenerlos en un
estado de ciega obediencia.
56 Hasta
puede darse el caso de que algunos miembros de la clase gobernante se engañen
auténticamente a sí mismos y lleguen a creer en sus propias invenciones, pero
ha de haber algunos que sepan que sólo por el engaño sistemático, apuntalado
por el ocasional empleo de la violencia, puede mantenerse un orden tan
corrompido y antinatural. Por ello, el primer deber de un gobernante
esclarecido es quebrar el poder de las clases privilegiadas y permitir que la
razón natural, con la que todos los hombres están dotados, se reafirme a sí
misma; y como la razón no puede nunca oponerse a la razón, todos los conflictos
privados y públicos se deben, en última instancia, a algún elemento irracional,
al simple hecho de no percibir cómo puede lograrse un armonioso ajuste de
intereses aparentemente antagónicos.
La razón tiene siempre razón. Para cada pregunta
hay una sola respuesta que, mediando la necesaria asiduidad, infaliblemente se
descubre, y esto se aplica no menos a cuestiones de ética o política, de vida
personal o social, que a problemas de física o matemática. Una vez hallada una
solución, el ponerla en práctica es cuestión de mera habilidad técnica; pero
antes han de ser apartados los enemigos tradicionales del progreso y ha de
inculcarse a los hombres la importancia que tiene actuar en todas las situaciones
conforme al consejo de expertos científicos desinteresados cuyo conocimiento se
funda en la razón y la experiencia. Logrado esto, el camino queda abierto al
milenio.
Pero la influencia del contorno es no menos
importante que la de la educación. Si deseamos predecir el curso de la vida de
un hombre, hemos de considerar factores tales como las particularidades de la
región en que vive, su clima, la fertilidad del suelo, su distancia del mar,
además de las características físicas y la ocupación diaria del
individuo en cuestión. El hombre es un objeto en la naturaleza, y el alma
humana, como la sustancia material, no está gobernada por influencias
sobrenaturales ni posee propiedades ocultas; toda su conducta puede explicarse
adecuadamente por medio de hipótesis físicas verificables. El materialista
francés La Mettrie desarrolló este empirismo, por cierto más allá de todos
sus límites, en un celebrado tratado, L'Homme Machine, que provocó
mucho escándalo al publicarse. Sus opinio nes eran un ejemplo extremo de puntos
de vista compartidos en mayor o menor medida por los enciclopedistas Diderot y
D'Alembert, por Holbach, Helvetius y Condillac, quienes, y dejando de lado sus
otras diferencias, con venían en que el principal rasgo por el que el hombre se
distingue de las plantas y los animales inferiores consiste en que posee
conciencia de sí mismo, en que conoce algunos de sus propios procesos, en su
capacidad para emplear la razón y la imaginación, para concebir propósitos
ideales y para asignar valores morales a cualquier actividad o característica,
conforme a su tendencia a adelantar o retrasar los fines que desea realizar.
57 La
seria dificultad que este punto de vista implicaba era reconciliar la
existencia de la libre voluntad, por un lado, con la completa determinación por
el carácter y el medio ambiente, por otro; éste no era más que el viejo
conflicto entre la libre voluntad y la presciencia divina presentado en una
nueva forma en la que la naturaleza ocupaba el lugar de Dios. Spinoza había
observado que, si una piedra que cae por el aire pudiera pensar,
acaso imaginase haber elegido libremente su camino, pues desconoce las causas externas,
como la puntería y fuerza del que la arrojó y el
medio natural, que determinan su caída. De
modo semejante, sólo la ignorancia de las causas naturales de su conducta lleva al hombre a
suponerse de algún modo distinto de la piedra que cae: la omnisciencia
disiparía rápidamente esta vana ilusión, aun cuando el sentimiento de libertad
al que ella da pábulo pueda persistir, aunque sin su poder de engaño. Por lo
que atañe al extremo empirismo, esta doctrina determinista puede presentarse
como consecuente con el racionalismo optimista, pero comporta implicaciones
precisamente opuestas respecto a la posibilidad de reforma en los asuntos
humanos. Pues si los hombres llegan a ser santos o criminales únicamente por el
movimiento de la materia en el espacio, los educadores están tan rigurosamente
determinados a actuar del modo en que lo hacen como aquellos a quienes tienen
el deber de educar. Todo ocurre tal como ocurre como resultado de un proceso
inalterable de la naturaleza, y no cabe realizar ninguna mejora por obra de las
libres decisiones de los individuos, por más sabios, bondadosos y poderosos que
sean, puesto que ellos no pueden, más que cualquier otra entidad, alterar la
necesidad natural. Este celebrado enigma, despojado de su viejo atavío
teológico, se planteó aún más agudamente en su forma secular; presentaba
dificultades iguales para ambos bandos, pero quedó oscurecido por las grandes
cuestiones en él comprometidas. Los ateos, escépticos, deístas, materialistas,
racionalistas, demócratas, utilitaristas, pertenecían a un bando; y los
teístas, metafíisicos, defensores y apologistas del orden existente, a otro. La
brecha abierta entre la ilustración y el clericalismo era tan grande, y la
guerra entre ellos tan salvaje, que las dificultades doctrinarias que se presentaban
dentro de cada uno de los bandos pasaron relativamente inadvertidas.
La primera de las dos tesis se convirtió en
doctrina fundamental de los intelectuales radicales del siglo posterior. Éstos
subrayaron la bondad natural o en potencia de los hombres a quienes no había
mancillado un gobierno malo o ignorante, así como el inmenso poder de la
educación racional para rescatar a las masas de la humanidad de sus presentes
miserias, para instaurar una distribución de las mercancías mundiales
más justa y científica y para conducir así a la humanidad a los límites de
la felicidad alcanzable.
58 Dominaban la
imaginación del siglo XVIII los extraordinarios progresos realizados por las
ciencias físicoEmatemáticas durante el siglo anterior, y nada parecía más natural que aplicar
el método que había tenido tanto éxito en manos de Kepler y Galileo, Descartes
y Newton, a la interpretación de los fenómenos sociales y a la conducción de la
vida. Si de alguien se puede decir que creó este movimiento es, sin disputa, de
Voltaire. Si no fue quien lo originó fue su mayor y más celebrado protagonista
por más de medio siglo. Sus libros, sus folletos, su mera existencia, hicieron
incomparablemente mucho más para destruir el dominio del absolutismo y del
catolicismo que cualquier otro factor. Y con su muerte no acabó su influencia.
La libertad de pensamiento se identificó con su nombre: sus batallas se
libraban bajo la bandera de Voltaire; desde sus días hasta los nuestros ninguna
revolución popular dejó de tomar de su inagotable armería, que dos siglos no
han tornado anticuada, algunas de sus armas más eficaces. Pero si Voltaire
creó la religión del hombre, Rousseau fue el más grande de sus profetas. Su
concepción del hombre era distinta de la de los radicales de su tiempo y, en
última instancia, opuesta a la de éstos. Pero era un predicador y propagandista
genial y prestó al movimiento elocuencia y ardor nuevos, un lenguaje más rico,
más vago y más cargado de emoción que influyó profundamente en los escritores y
pensadores del siglo XIX. En verdad, cabe decir que creó nuevos modos de
pensamiento y sentimiento, un nuevo idioma con el cual se glorificaba la
voluntad a expensas de la razón y la observación, un idioma que adoptaron como
vehículo natural de la propia expresión los rebeldes
artísticos y sociales del siglo XIX, aquella generación de románticos que buscaban
inspiración en la historia revolucionaria y la
literatura de Francia y que, en nombre de ésta, levantaban la bandera de la
revuelta en sus países rezagados.
Uno de los más fervientes y, por cierto, el más
eficaz de los abogados de esta doctrina en Inglaterra fue el idealista
industrial manufacturero gales Robert Owen. Su credo se
sintetiza en la sentencia inscrita en el encabezamiento de su diario El nuevo mundo moral:
«Cualquier carácter, desde el mejor hasta el peor,
desde el más ignorante hasta el más ilustrado, puede conferirse a cualquier
comunidad y aun al mundo entero por la aplicación de medios adecuados, medios
que, en gran medida, se hallan en manos y bajo el control de aquellos que
influyen en los asuntos de los hombres». Había demostrado
triunfantemente la verdad de su teoría al establecer condiciones ejemplares en su hilandería de New Lanark,
limitando las horas de trabajo y disponiendo medidas para salvaguardar la salud
de los obreros y constituir un fondo de ahorro. Gracias a estas medidas
incrementó la productividad de su fábrica, elevó considerablemente el nivel de
vida de sus obreros y, lo que resultaba aún más imponente, triplicó su fortuna.
59 New
Lanark se convirtió en centro de peregrinación de reyes y estadistas y, como
era el primer experimento coronado por el éxito de cooperación pacífica entre
el trabajo y el capital, ejerció considerable influencia en la evolución
histórica del socialismo y de la clase trabajadora. Sus últimos intentos de
reformas prácticas fueron menos afortunados. Owen, que murió a edad avanzada a
mediados del siglo XIX, fue el último sobreviviente del período clásico del
racionalismo y, con incólume fe a pesar de los repetidos fracasos, creyó hasta
el fin de sus días en la omnipotencia de la educación y en la perfectibilidad
del hombre.
El efecto que el victorioso avance de las nuevas
ideas tuvo sobre la cultura europea es apenas inferior al del Renacimiento
italiano. El espíritu de libre indagación de las cuestiones personales y
sociales, de hacerlo comparaEcer todo ante el tribunal de la razón, adquirió
una disciplina formal y una entusiasta y creciente aceptación en amplios
sectores de la sociedad. La valentía intelectual y, aún más, el desinterés
intelectual fueron entonces virtudes en boga. Voltaire y Rousseau eran
universalmente celebrados y admirados, y París recibía magníficamente a Hume.
Éste era el clima de opinión que formó el carácter de los revolucionarios de
1789, generación severa y heroica a la que ninguna otra aventaja en la claridad
y pureza de sus convicciones, en la robusta y nada sentimental inteligencia de
su humanismo y, por encima de todo, en la absoluta integridad moral e
intelectual firmemente fundada en la creencia de que la verdad ha de prevalecer
al fin y al cabo, porque es la verdad, creencia que no debilitaron años de
exilio y persecución. Sus ideas morales y políticas, así como sus palabras de
encomio y censura, fueron desde entonces herencia
común de los demócratas de todas las tendencias y colores; los socialistas y los liberales, los
utilitaristas y los creyentes en los derechos naturales, hablan su lenguaje y
profesan su fe, no tan ingenuamente, es cierto, no con confianza tan total,
pero también menos elocuente, simple y convincentemente.
II
El contraataque sobrevino con el paso de un siglo a
otro. Brotó en suelo ale mán, pero pronto se difundió por todo el mundo
civilizado, frenando el avance del empirismo procedente del oeste y poniendo en
su lugar una visión de la naturaleza y del individuo menos racionalista, que
para bien o para mal ha tenido un efecto crucial y transformador sobre nuestra
percepción del hombre y la sociedad. Espiritual y
materialmente quebrantada por la guerra de los Treinta Años, Alemania estaba, al final de un largo y
estéril período, comenzando a producir una vez más,
hacia fines del siglo XVIII, una cultura nacional influida por los modelos
franceses que toda Europa rivalizaba en imitar, pero fundamentalmente
independiente de ellos. Tanto en filosofía como en la esfera crítica, los
alemanes comenzaron a producir obras cuya forma era torpe, pero sentidas
ardientemente y expresadas con vehemencia, obras más turbadoras que todo cuanto
se hubiera escrito en Francia, excepción hecha de las páginas de Rousseau. Los
franceses vieron en aquel rico desorden sólo una grotesca parodia del propio
estilo límpido y de la propia exquisita simetría. Las guerras napoleónicas, que
añadieron al herido orgullo intelectual de los
alemanes la humillación de la derrota militar, ensancharon aún más la brecha, y la poderosa
reacción patriótica que germinó durante aquellas guerras y se alzó como un
salvaje desbordamiento de sentimiento nacional después de la derrota de Napoleón
hubo de
identificarse con la nueva filosofía, denominada romántica, de los sucesores de Kant: Fichte,
Schelling y los hermanos Schlegel; tal filosofía cobró así significación
nacional y se divulgó como una fe alemana casi oficial. Contra el empirismo
científico de los franceses e ingleses, los alemanes levantaron el historicismo
metafísico de Herder y Hegel. Fundado en la crítica a sus rivales, ofrecía una
audaz alternativa, cuya influencia modificó la historia de la civilización
europea y dejó indeleble impresión en su imaginación y modos de sentimiento.
Los filósofos clásicos del siglo XVIII se habían
preguntado: dado que el hombre no es
nada más ni nada menos que un objeto en la naturaleza, ¿cuáles son las leyes que gobiernan
su conducta? Si es posible descubrir por medios empíricos bajo qué condiciones
caen los cuerpos, rotan los planetas, crecen los árboles, el hielo se convierte
en agua y el agua en vapor, ha de ser igualmente posible determinar bajo qué
condiciones los hombres comen, beben, duermen, aman, odian, luchan entre sí, se
constituyen en familias, tribus, naciones, monarquías, oligarquías,
democracias. Hasta que esto no sea descubierto por un Newton o un Galileo, no
podrá nacer una verdadera ciencia de la sociedad. Este empirismo radical
encarnaba para Hegel un dogmatismo científico aún más desastroso que la
teología que quería desplazar, involucrando la falacia de que sólo los métodos
que se habían revelado eficaces en las ciencias naturales pueden ser válidos en
cualquier otra esfera de la experiencia. Consideraba con escepticismo el nuevo
método aun en el caso del mundo material y, de modo del todo infundado,
sospechaba que los científicos naturales seleccionaban arbitrariamente los
fenómenos que discutían y, no menos arbitrariamente, se limitaban sólo a
ciertas clases de razonamiento.
61 Empero,
y si su actitud respecto del empirismo en las ciencias no era favorable, estaba
aún más intensamente convencido de sus ruinosas consecuencias cuando se
aplicaba al tema de la historia humana. Si la historia se escribiera conforme a
las normas científicas, tal como entendían la palabra Voltaire o Hume,
resultaría una monstruosa distorsión de los hechos que los mejores
historiadores desde Tucídides a Montesquieu, y los propios Hume y Voltaire,
cuando no teorizaban, sino que escribían historia, habían evitado
inconscientemente gracias a una segura intuición histórica. Concebía la
historia como si tuviera dos dimensiones: la horizontal, en la que los
fenómenos de diferentes esferas de actividad aparecen en una vasta
interconexión dentro de algún esquema unitario, el cual confiere a cada período
su propio carácter, único, individual, «orgánico»; y la dimensión vertical, en
la que se mira la sección transversal de los sucesos como parte de una sucesión
temporal, como un necesario estadio en el proceso de desarrollo, en cierto
sentido contenido y generado por el estadio anterior en el tiempo, el cual
aparece ya encarnando, si bien en un grado de menor desarrollo, aquellas mismas
tendencias y fuerzas cuya plena eclosión hace de la época posterior aquello que
al fin de cuentas llega a ser. De ahí que cualquier época, si ha de ser
entendida verdaderamente, no ha de considerarse sólo en
relación con el pasado, pues contiene en su seno semillas del futuro y prefigura así el
contorno de lo que luego ha de acaecer; y ningún
historiador, por escrupuloso que sea, por ansioso que esté de evitar el
extraviarse más allá de la desnuda evidencia de los hechos, puede permitirse
ignorar esta relación. Sólo así podrá representar en correcta perspectiva los
elementos que componen el período de que trata, distinguiendo lo significativo
de lo trivial, las características centrales que determinan una época de los
elementos accidentales y adventicios que hay en ella, que podrían haber
ocurrido en cualquier parte y en cualquier tiempo y, por lo tanto, no echan
profundas raíces en su pasado particular ni tienen efectos apreciables en su
particular futuro.
La concepción del crecimiento según la cual se dice
que la bellota contiene en potencia al roble, y que el crecimiento sólo puede
describirse adecuadamente en términos de tal desarrollo, es una doctrina tan
vieja como Aristóteles y, en verdad, aún más vieja. En el Renacimiento salió a
relucir una vez más y Leibniz la desarrolló en toda su amplitud enseñando que
el universo estaba compuesto de una pluralidad de sustancias individuales
independientes, cada una de las cuales había de concebirse como compuesta por
todo su pasado y todo su futuro. Nada era accidental; no cabía describir ningún
objeto como los empiristas deseaban describirlo, esto es, como una sucesión de
fenómenos o estados continuos o discontinuos, conectados en el mejor de los
casos por la relación externa de causación mecánica.
62 La
única definición verdadera de un objeto era la que explicaba por qué se había
desarrollado necesariamente tal como lo había hecho, es decir, en términos de
su historia individual, como una entidad en crecimiento cada uno de cuyos
estadios estaba, según las palabras de Leibniz, «cargado de pasado y preñado de
futuro».
Leibniz no intentó aplicar esta doctrina metafísica
a los sucesos históricos, y ello es que a Hegel le pareció que la historia era
la esfera a la que mejor se aplicaba. Pues a menos que se postule alguna
relación que no sea la de causación científica, la historia se convierte en
mera sucesión de acontecimientos exteriormente conectados entre sí. Explicar es
aducir motivaciones racionales, y no sólo dar antecedentes. En este sentido,
explicar una serie de episodios equivale a suponerlos parte de un proceso racionalmente
inteligible, atribuirlos a la actividad intencional de un ser o muchos seres de
Dios o de los hombres. Sin esto, los acaecimientos quedan sin explicación, sin
motivación, nada significan. Un modelo mecánico puede permitirnos predecir o
controlar la conducta de objetos, pero no puede ofrecer una
explicación racional, y los sucesos que no tienen explicación en las vidas humanas no sirven
para interpretar la historia humana. De modo semejante, parece imposible dar
cuenta del carácter individual —y ni siquiera expresarlo— de determinada figura
o período de la historia, de la esencia individual, es decir, la intención,
encarnada en determinada obra de arte o de ciencia apelando a los métodos de la
ciencia natural, puesto que incluso sus características se asemejarán mucho a
algo que ha ocurrido antes o después, pero su totalidad es en cierto sentido
única y existe sólo una vez; por lo tanto, el método científico no puede
explicar aquel carácter o aquella esencia individuales porque para que su aplicación
tenga éxito ha de ocurrir precisamente todo lo contrario, es decir, que el
mismo fenómeno, la misma combinación de características, ha de repetirse en
recurrencia regular una y otra vez.
El nuevo método fue aplicado victoriosamente y por
primera vez por Herder, quien, acaso bajo la influencia del crecimiento de la
conciencia nacional y cultural en Europa, y movido por el odio que le inspiraba
el cosmopolitismo y universalismo nivelador de la filosofía francesa dominante,
aplicó el concepto de desarrollo orgánico (como luego se lo denominó) a la
historia de culturas y naciones enteras, así como a individuos. De hecho, se le
aparecía más fundamental en el caso de las primeras, puesto que los individuos
sólo
pueden verse con propiedad como partes de un estadio particular de desarrollo de la
sociedad, la cual alcanza su más típica expresión
consciente en el pensamiento y acción de sus grandes hijos. Por ello se sumió
en el estudio de la cultura nacional alemana, de su filología y arqueología, de
sus bárbaros comienzos, de su historia medieval y sus instituciones, de su
folklore tradicional y sus antigüedades.
63 Con
ese material intentó trazar un retrato del espíritu vivo alemán, considerado
como fuerza formativa a la que se debía la unidad de su propio desarrollo
nacional peculiar, la cual no podía explicarse por la relación puramente
mecánica de sucesos acaecidos antes o después en el tiempo, relación que acaso
pueda explicar satisfactoriamente el uniforme, monótono ciclo de sucesos
causados, la rotación de los cultivos o las revoluciones anuales de la tierra,
sucesos que no son historia porque no son medios de expresión humana.
Hegel desarrolló este tema de modo aún más amplio y
ambicioso. Enseñó que la explicación ofrecida por el materialismo francés
proporcionaba, en el mejor de los casos, una hipótesis para dar cuenta de
fenómenos estáticos, pero no dinámicos; dé las diferencias, pero no de los
cambios. Dadas tales y cuales condiciones materiales, tal vez quepa predecir
que los hombres nacidos bajo ellas desarrollarán ciertas características,
directamente atribuiEbles a causas físicas y a la educación que les han de impartir
las generaciones anteriores, afectadas también éstas por las mismas
condiciones. Pero aun cuando sea así, ¿cuánto nos dice, en verdad, esto? Las
condiciones físicas de Italia, por ejemplo, fueron desde luego las mismas en el
siglo I que en los siglos VIII y XV, pero, sin embargo, los antiguos romanos
difieren mucho de sus descendientes italianos, y los hombres del Renacimiento
mostraron ciertas acentuadas características que la Italia de la decadencia iba
perdiendo o había perdido del todo. Por lo tanto, estas condiciones
relativamente invariables, que son sólo de competencia de los científicos
naturales, no son causa de los fenómenos de los cambios históricos, del
progreso y la reacción, la gloria y la decadencia. Ha de postularse algún
factor dinámico para explicar el cambio como tal y, asimismo, la particular y
única forma y dirección, últimamente perceptible, que lleva. Tal cambio, desde
luego, no se repite; cada época hereda algo nuevo de las que le
precedieron y, en virtud de ello, se distingue de cualquiera de los
períodos anteriores; el principio de desarrollo excluye el principio de
repetición uniforme, que es el fundamento sobre el cual construyeron Galileo y
Newton. Si la historia posee leyes, estas leyes evidentemente han de ser de
clase distinta de lo que hasta entonces había pasado por ser el único modelo
posible de ley científica, y puesto que todo lo que existe persiste y tiene
cierta historia, las leyes de la historia han de ser, por esa misma razón,
idénticas a las leyes del ser de todo lo que existe.
¿Dónde se encuentra tal principio de movimiento
histórico? Es una confesión de fracaso humano, de derrota de la razón,
declarar que este principio dinámico es aquel notorio objeto de escarnio de los
empiristas, aquel misterioso y oculto poder que los hombres jamás descubrirán.
Sería extraño que lo que gobierna nuestras vidas normales no estuviese más
presente en nosotros, no representase una experiencia más familiar que ninguna
otra de las que sentimos, y entonces bastará que consideremos nuestras vidas
como el microcosmo y la pauta del universo.
64 Decimos
corrientemente que el carácter, el temperamento, los propósitos, motivos,
aspiraciones de un hombre, explican sus actos y pensamientos no como algo independiente,
totalmente distinto de ellos, sino como expresión de un módulo común; y cuanto
más conocemos a un hombre, tanto más podremos decir que comprendemos su
actividad moral y mental en sus relaciones con el mundo exterior. Hegel
transfirió el concepto de carácter personal del individuo, las aspiraciones, la
lógica, la calidad de sus pensamientos, sus
elecciones —toda su actividad y experiencia tal como se desenvuelve a lo largo de la vida de
un hombre— al caso de culturas y naciones enteras. Le da el nombre de Idea o Espíritu,
distingue estadios en su evolución y afirma que es
el motivo, el factor dinámico en el desarrollo de civilizaciones y pueblos
específicos y, por lo tanto, del universo consciente como totalidad. Más
adelante enseñó que el error de todos los pensadores anteriores consistía en
suponer la relativa independencia de las diferentes esferas de actividad en un
período determinado, independencia de las guerras de una época respecto de su
arte, de la filosofía respecto de la vida cotidiana. Naturalmente, no hacemos esta
separación en el caso de los individuos; y en el caso de aquellos a quienes más
conocemos, semiinconscienteE mente correlacionamos todos sus actos como
distintas manifestaciones de una única corriente de actividad intencional; nos
afectan innumerables datos extraídos de esta o de aquella faz de su carrera,
los cuales constituyen colectivamente el retrato mental que de ellos nos
trazamos. Y esto, de acuerdo con Hegel, no se aplica menos a nuestro concepto
de una cultura o de un período histórico particular. Los historiadores del
pasado tendieron a escribir monografías sobre la historia de esta ciudad o de
aquella campaña, de los actos de este rey o de aquel capitán como si pudieran
representarse aislados de los otros fenómenos de la época. Pero del mismo modo
que los actos de un individuo son los actos del individuo total, los fenómenos
culturales de una época, la particular estructura de los sucesos que la
constituyen, son expresiones de toda la época y de su idiosincrasia, de una
fase particular del indagador espíritu humano que procura comprender,
fiscalizar, todo aquello que le salga al paso en su persecución del completo
dominio de sí mismo, que es la noción de la libertad hegeliana. Este carácter
unitario de una época, expresivo de una perspectiva integral, es un hecho que
desde luego reconocemos tácitamente cuando decimos que un fenómeno es típico de
los antiguos antes que del mundo moderno, o que una época es caótica antes que
pacífica.
65 Preciso
es reconocer esto explícitamente. Cuando un historiador escribe, por ejemplo,
la historia de la música del siglo XVII y considera el surgimiento de una
particular forma polifónica, por lo menos resulta pertinente que se pregunte si
un desarrollo de estructura similar no cabe ser observado en la historia de la
ciencia de la época; si, por ejemplo, el descubrimiento del cálculo
diferencial, hecho simultáneamente por Newton y Leibniz, fue puramente accidental
o se debió a ciertas características generales de aquel particular estadio de
la cultura europea que produjo genios no desemejantes, como Bach y Leibniz,
como Milton y Poussin. La obsesión por el riguroso método científico puede
llevar a los historiadores, como lo hace con los científicos naturales, a
erigir muros entre sus campos de investigación y a tratar cada rama de la
actividad humana como si funcionara en relativo aislamiento, como si fuesen
otras tantas corrientes paralelas que se entrecruzan en raras ocasiones y sin
producir consecuencia alguna; pero si, por el contrario, el historiador ha de
desempeñar cabalmente su tarea, que consiste en elevarse por encima del
cronista y el anticuario, ha de esforzarse por pintar el retrato de una época
en movimiento, aprehender lo característico de ella, distinguir entre sus
elementos componentes, entre lo viejo y lo nuevo, lo fructífero y lo estéril,
la supervivencia expirante de una época anterior y los heraldos del futuro
nacidos antes de su tiempo.
Este imperativo de buscar y desentrañar la
expresión más vivida de lo universal en lo particular, lo concreto, lo
diferenciado, lo individual, de emular el arte y el realismo del biógrafo y del
pintor antes que al fotógrafo o al que hace estadísticas, es el peculiar legado
del historicismo alemán. Si la historia es una ciencia, no ha de ser seducida
por la falsa analogía con la física o la matemática que, al perseguir lo más
general, lo menos variable, al buscar las características comunes, ignoran deliberadamente
lo que de modo específico pertenece nada más que a una época o a un lugar; en
fin, tratan de ser tan generales, abstractas y formales como sea posible. Por
el contrario, el historiador ha de ver y describir
los fenómenos en su más amplio contexto, contra el telón de fondo del pasado y el
horizonte del futuro, como orgánicamente
relacionados con todos los otros fenómenos que dimanan del mismo impulso
cultural.
El efecto de esta doctrina —a la vez síntoma y
causa de un cambio de perspectiva de toda una generación, que ahora nos resulta
tan familiar— es inestimablemente considerable. En efecto, nuestro hábito de
atribuir características particulares a particulares períodos y lugares,
de considerar a individuos o sus actos como típicos de naciones o de épocas, de
conferir casi una personalidad propia y propiedades causales activas a ciertos
períodos o pueblos, o aun a actitudes sociales vastamente difundidas en virtud
de las cuales las acciones se describen como expresiones del espíritu del
Renacimiento o de la Revolución Francesa, del Romanticismo alemán o de la era
victoriana,
dimana de esta nueva visión historicista. Las doctrinas específicamente lógicas de Hegel, así
como su punto de vista sobre el método de las ciencias naturales, eran
estériles y sus efectos fueron, en términos generales, desastrosos.
66 Su
verdadera importancia estriba en la influencia que ejerció en el campo de los
estudios sociales e históricos, en la creación de nuevas disciplinas que
consisten en la historia y crítica de las instituciones humanas consideradas
como grandes semipersonalidades colectivas que poseen vida y carácter propios y
a las que no cabe describir meramente en términos de los individuos que las
componen. Esta revolución en el pensamiento engendró mitos irracionales y peligrosos
—como el tratamiento del estado, de la raza, de la historia, de la época, por
ejemplo, como superpersonas que ejercen definida influencia— pero su efecto en
los estudios humanos resultó ser muy fructífero. En gran parte debido a esta
influencia, nació una nueva escuela de historiadores alemanes cuya obra
determinó que todos los escritores que explicaban los sucesos como resultados
del carácter o las intenciones, la derrota personal o el triunfo de este o
aquel rey o estadista, parecieran ingenuos y faltos de rigor científico.
Si la historia es el desarrollo del Espíritu
absoluto, al que Hegel no identifica únicamente con el espíritu humano, dado
que negaba cualquier divorcio esencial entre el espíritu y la materia, es
preciso volverla a escribir como la historia de las conquistas del
Espíritu. De súbito, el horizonte pareció inmensamente ensanchado. La historia legal dejaba
de ser un coto especial y remoto de los arqueólogos y anticuarios para
transformarse en jurisprudencia histórica, según la cual las instituciones
legales contemporáneas se interpretaban como una ordenada evolución a partir de
la ley romana, o de una ley aun anterior, la cual encarnaba el Espíritu de la
Ley en sí mismo, de la sociedad en su aspecto legal, entretejido con los
aspectos políticos, religiosos, sociales, de su vida.
A partir de entonces, la historia del arte y la
historia de la filosofía comenzaron a tratarse como elementos complementarios e
indispensables de la historia general de la cultura: otorgóse súbita
importancia a hechos antes considerados triviales o sórdidos, y así
inexplorados dominios de la actividad del Espíritu —las historias del comercio,
del vestido, de la moda, del lenguaje, del folklore, de las artes útiles—
adquirieron la importancia de ele mentos esenciales en la historia completa,
«orgánica», institucional, de la humanidad.
Había un aspecto, empero, en que Hegel disentía
abiertamente de la concepción leibniziana del desarrollo como una suave
progresión de una esencia que se va desenvolviendo gradualmente desde la
potencia hacia el acto. Insistió en la realidad y necesidad de los conflictos,
guerras y revoluciones, de un trágico derroche y destrucción en
el mundo. Declaró (siguiendo a Fichte) que todo proceso es un proceso de necesaria tensión
entre fuerzas incompatibles, cada una de las cuales procura prevalecer sobre la
otra y que, por obra de este conflicto mutuo, ambas van realizando su propio
desarrollo.
67 Semejante
lucha es a veces oculta y a veces abierta y cabe rastrearla en todas las
provincias de la actividad consciente como una colisión entre otras tantas actitudes y
movimientos antagónicos de índole física, moral e
intelectual, cada uno de los cuales pretende suministrar soluciones totales y
engendra nuevas crisis por su misma unilateralidad; la lucha se agudiza hasta
convertirse en franco conflicto que culmina en un choque final, cuya violencia
destruye a todos los contendientes. Éste es el punto en que se quiebra el hasta
entonces continuo desarrollo, en que tiene lugar un súbito salto que coloca al
proceso en un nuevo nivel, donde la tensión entre un nuevo grupo de fuerzas
comienza una vez más. Algunos de estos saltos, es decir, aquellos que se dan en
una escala suficientemente amplia y advertible, se denominan revoluciones
políticas. Pero en una escala más modesta se verifican en todas las esferas de
la actividad, en las artes y ciencias, en el crecimiento de los organismos
físicos estudiados por los biólogos y en los procesos atómicos estudiados por
los químicos, y, finalmente, en las argumentaciones ordinarias entre dos
antagonistas cuando, suscitándose un conflicto entre dos errores parciales, se
descubre una nueva verdad, la que a su vez es sólo relativa por que se ve
asaltada por una contraverdad, y la destrucción de cada una de éstas por obra
de la otra lleva una vez más a un nuevo nivel en el que los elementos
antagónicos quedan transfigurados en una nueva totalidad orgánica, proceso este
que prosigue sin fin. Denominó esto proceso dialéctico. La noción de lucha y de
tensión suministra precisamente el principio dinámico necesario para explicar
el movimiento en la historia. El pensamiento es la realidad que ha adquirido
conciencia de sí misma y sus procesos son los procesos de la naturaleza en su
forma más
clara. El principio de absorción y resolución (Aufhebung) perpetuas en una unidad cada vez
más alta, se verifica tanto en la naturaleza como en el pensamiento discursivo
y demuestra que sus procesos no carecen de propósitos como los movimientos
mecánicos postulados por el materialismo, sino que poseen una lógica interna y
conducen a una autorrealización cada vez mayor. Cada transición importante se
señala por un salto revolucionario en gran escala, como, por ejemplo, el
ascenso de la Cristiandad, la destrucción de Roma por los bárbaros o la gran
Revolución Francesa y el nuevo mundo napoleónico. En cada caso, el Espíritu o
idea universal se acerca un paso más hacia la completa conciencia de sí, la
humanidad progresa hacia un estadio más adelantado, aunque nunca lo hace
estrictamente en la dirección anticipada por ninguno de los movimientos
empeñados en el conflicto preliminar, y así se sentirá más profunda y más
irracionalmente defraudado aquel bando que creía más firmemente en su propia
capacidad peculiar para moldear el mundo con sus esfuerzos.
68 Los nuevos
métodos de investigación e interpretación revelados súbitamente produjeron un
sobrecogedor y hasta embriagador efecto en la sociedad ilustrada alemana y, en
menor medida, en las universidades de San Petersburgo y Moscú, por ella
influidas. El hegelianismo se convirtió en credo oficial de casi todos los
hombres con pretensiones intelectuales; aplicáronse los nuevos conceptos en
todas las esferas del pensamiento y de la acción con un desbordado entusiasmo que
a una época que cree menos en las ideas puede resultarle difícil de concebir.
Transformáronse los estudios académicos: la lógica hegeliana,
la jurisprudencia hegeliana, la ética y la estética hegelianas, la teología hegeliana, la filología
hegeliana, la historiografía hegeliana, formaban un círculo cerrado en torno al
estudiante de humanidades.
Berlín, donde Hegel pasó sus últimos años, era el
cuartel general del movimiento. El patriotismo y la reacción política y social
volvían a levantar la cabeza. La difusión de la doctrina según la cual todos
los hombres son hermanos, y las diferencias nacionales, raciales y sociales
productos artificiales de una educación defectuosa, quedó detenida por la
tesis contraria idealista, conforme a la cual semejantes diferencias, y aun a
pesar de su aparente irracionalidad, expresan el peculiar papel histórico de determinada
raza o
nación y se fundan en alguna necesidad metafísica. Son necesarias para el desarrollo de la Idea, de
la cual la nación es encarnación parcial, y no
cabe hacer que se desvanezcan de la noche a la mañana mediante la mera
aplicación de la razón por parte de los reformadores individuales. La
reforma ha de brotar de un suelo históricamente preparado; de
lo contrario, está sentenciada al fracaso, condenada por adelantado por
las fuerzas de la historia que se mueven en concordancia con su propia lógica,
en su propia época y con su propio paso. Querer liberarse de estas fuerzas y
procurar alzarse por encima de ellas equivale a desear evadirse de la propia
posición histórica lógicamente necesaria, de la sociedad de la que uno forma
parte integrante, del complejo de relaciones públicas y privadas por las cuales
cada hombre es lo que es, y las cuales son el hombre, son lo que él es; desear
evadirse de esto equivale a desear perder la propia naturaleza, deseo
contradictorio que sólo pueden alentar hombres que no saben lo que quieren,
cuya idea de la libertad personal es infantilmente subjetiva.
La verdadera libertad consiste en el dominio de sí
mismo, en evadirse del control externo. Esto sólo puede lograrse descubriendo
qué es uno y qué puede llegar a ser, es decir, mediante el descubrimiento
de las leyes a las cuales, en la época y lugar particulares en que uno vive,
uno está necesariamente sujeto, así como mediante el esfuerzo por
llevar al acto aquellas potencialidades del propio ser racional, esto es,
de la propia naturaleza respetuosa de la ley, la realización de las cuales acerca
al individuo y, con él, a la sociedad a aquello a lo que «orgánicamente»
pertenece y que se expresa en él mismo y en otros como él.
69 Sólo
los individuos «históricoEuniversales» que encarnan las leyes de la historia,
al realizar sus propios propósitos, pueden romper con éxito con el pasado. Pero
cuando un hombre de menor estatura, en nombre de un ideal subjetivo, intenta
destruir una tradición en vez de modificarla y, a consecuencia de lo cual, se
opone a las leyes de la historia, intenta lo imposible y revela así su propia
irracionalidad. Condénase semejante conductano sólo porque está necesariamente
sentenciada al fracaso y es, por lo tanto, fútil (pues pueden darse situaciones
en las que acaso se piense que es más noble perecer quijotescamente que
sobrevivir); se la condena porque es irracional, puesto que las leyes de la
historia a las que se opone son las leyes del espíritu, el cual es la última
sustancia de aquello de que todo está compuesto, y, por lo tanto, son
necesariamente racionales; y ciertamente, si no lo fueran no serían
susceptibles de explicación humana. El Espíritu se acerca a su perfección
alcanzando gradualmente mayor conciencia de sí mismo con cada generación; y el
punto más alto de su desarrollo se alcanza en aquellos que en cualquier tiempo
se ven a sí mismos más claramente en su relación con su universo, esto es, en
los pensadores más profundos de cada época.
Hegel y sus discípulos incluyen entre los
pensadores a los artistas y los filósofos, los científicos y los poetas, a
todos aquellos espíritus sensibles e indagadores que tienen conciencia más
aguda y profunda que el resto de su sociedad del estadio de desarrollo
alcanzado por la humanidad, de lo que se conquistó en su época y, en parte, por
su propio esfuerzo.
La historia de la filosofía es la historia del
incremento de este conocimiento de sí mismo mediante el cual el Espíritu
toma conciencia de su propia actividad; y desde este punto de vista, la
historia de la humanidad no es sino la historia del progreso del
Espíritu en el proceso de su creciente conciencia de sí mismo. Y así, toda
la historia es la historia del pensamiento, es decir, la historia de la
filosofía, la cual por lo demás es idéntica a la filosofía de la historia,
puesto que ésta no es sino un nombre de la conciencia de aquella conciencia. El
celebrado epigrama hegeliano «la filosofía de la historia es la historia de la
filosofía» no es, para quien acepte la metafísica hegeliana, una oscura
paradoja, sino una trivialidad ingeniosamente expresada con el importante y peculiar corolario de que todo progreso
verdadero es progreso del espíritu —altamente
consciente en los hombres, inconsciente en la naturaleza—, puesto que él es la
sustancia de la cual todo lo demás está compuesto. De ahí que el único método
merced al cual aquellos que deseen el bien de la sociedad pueden mejorarla,
consiste en desarrollar en sí y en los otros el poder de analizarse a sí mismos
y estudiar su contorno, actividad que luego se dio en llamar crítica y cuyo
crecimiento es idéntico al progreso humano.
70 Sigúese
de esto que los cambios que involucran violencia física y derramamiento de
sangre se deben únicamente a la índole recalcitrante de la materia bruta que,
como Leibniz había enseñado, no es más que espíritu en un nivel inferior, menos
consciente. Las revoluciones instituidas por Sócrates, Jesús o Newton fueron
por ello revoluciones sobradamente más auténticas que los sucesos a los que
comúnmente se da este nombre, aun cuando hayan acaecido sin batallas; toda
conquista verdadera, toda geEnuina victoria, se gana siempre, literalmente y no
en sentido metafórico, en el reino del Espíritu. Y así la Revolución Francesa
de hecho llegó a su fin cuando los filósofos transformaron la conciencia
de los hombres de su tiempo antes de que la guillotina comenzara a funcionar.
Esa doctrina parecía resolver al fin el gran
problema que acuciaba a los espíritus en las primeras décadas del siglo XIX, el
problema al que todas las teorías políticas de entonces dan otras tantas
respuestas. La Revolución Francesa se hizo para asegurar la libertad, la
igualdad y la fraternidad entre los hombres; fue el mayor intento en la
historia moderna de encarnar una nueva ideología revolucionaria en
instituciones concretas mediante la violenta y afortunada toma del poder por
parte de los mismos ideólogos; pero fracasó, y su propósito —la instauración de
la libertad e igualdad humanas— parecía tan remoto en su
realización como siempre. ¿Qué respuesta había de darse entonces a quienes, amargamente
desilusionados, cayeron en una apatía cínica proclamando la impotencia del bien
frente al mal, de la verdad frente al error, y afirmando la total incapacidad
de la humanidad para mejorar su suerte por sus propios esfuerzos? A este
problema, que pero cupaba al pensamiento social del período de la reacción
política en Europa,
Hegel dio una cabal solución con su doctrina del
carácter inevitable del proceso histórico, el cual implica el predestinado
fracaso de cualquier intento de desviarlo o apresurarlo por la violencia —signo
de fanatismo, es decir, exageración unilateral de algunos de los aspectos de la
dialéctica—, punto de vista directamente opuesto a las hipótesis tecnológicas
antagónicas adelantadas por entonces en Francia por SaintESimón y Fourier. El
problema de la libertad social, así como el de las causas que impiden alcanzarla,
es por ello, y del modo más natural, tema central de todos los primeros
escritos de Marx. Enfocó el problema y le dio solución según un espíritu
profundamente influido por Hegel. Sus primeras lecturas y sus instintos
naturales lo inclinaban hacia el empirismo, y los modos de pensamiento que
pertenecen a esta perspectiva aparecen a veces visibles bajo la estructura
metafísica que casi siempre los encubre. Esto se hace más patente en su pasión
por exponer el irracionalismo y los mitos bajo cualquier forma y de cualquier
modo.
71 En su
argumentación a veces emplea los métodos y ejemplos del materialismo del siglo
XVIII, pero lo cierto es que la forma en que lo expresa y las tesis que se
propone probar son del todo hegelianas: el ascenso de la humanidad que por sus
esfuerzos se transforma a sí misma y Transforma la naturaleza exterior con la
cual está orgánicamente relacionada, subyugando todo lo que se le pone delante
al control racional. Se había convertido en su juventud a esa nueva visión y
por muchos años —a pesar de su ataque vehemente a la me tafísica idealista—
siguió siendo secuaz convencido, consecuente y admirador, del
gran filósofo.
73
CAPÍTULO 3. LOS JÓVENES HEGELIANOS
...[los alemanes] nunca se sublevarán. Preferirían
morir a rebelarse... puede que un alemán, cuando
ha sido empujado a la desesperación absoluta, deje
de discutir; pero son necesarios una opresión treV menda, insultos, injusticias y sufrimientos para reV
ducirlo a ese estado.
Mijail Bakunin
Los años que Marx pasó como estudiante en la Universidad de Berlín fueron un período
en que dominó una profunda depresión en la intelectualidad radical de Alemania.
En 1840 había ascendido al trono de Prusia un nuevo rey, de quien mucho se
esperaba. Antes de su coronación había hablado más de una vez de una natural
alianza de patriotismo, principios democráticos y monarquía; había dicho que
daría una nueva Constitución; en la prensa liberal comenzaron a aparecer
extáticas referencias a Don Carlos y a el Romántico Coronado. Estas promesas
jamás se cumplieron. El nuevo monarca no era menos reaccionario, sino más
astuto que su padre, y estaba menos atenazado por la rutina que éste; los
métodos de supresión empleados por su policía eran más imaginativos y eficientes
que los empleados en los días de Federico Guillermo III; y lo cierto es que con
su ascenso al trono no se produjo cambio alguno. No hubo ningún signo de
reforma política o social; la revolución francesa de julio, saludada con
inmenso entusiasmo por los radicales alemanes, determinó meramente que
Metternich constituyera una comisión central para suprimir el pensamiento
peligroso en todo el territorio alemán, medida bien recibida desde luego
por la clase media terrateniente prusiana, cuyo continuado poder
paralizaba todo esfuerzo hacia la libertad.
74 La clase
gobernante hizo cuanto estuvo a su alcance para poner trabas —ya que no podía
suprimirla enteramente— a la clase cada vez más numerosa de los industriales
y banqueros, quienes, aun en la atrasada y dócil Prusia, comenzaron a
mostrar inequívocos signos de impaciencia. No cabía pensar en la libre
expresión en la prensa o en las reuniones públicas, pues la censura oficial era
eficiente y ubicua; por lo demás, en la Dieta había gran mayoría de diputados
adictos al rey, y el resentimiento cada vez más intenso contra los
terratenientes y funcionarios, aumentado aún más por la creciente conciencia
que de su propio poder adquiría la clase media, finalmente halló cauce a través
del único medio disponible de expresión germánica: en un torrente de palabras,
una filosofía de la oposición.
Si el hegelianismo ortodoxo era un movimiento
conservador, así como la respuesta del herido tradicionalismo alemán al intento
francés de imponer al mundo su nuevo principio de razón universal, la
segregación de sus miembros más jóvenes representa un esfuerzo por hallar
alguna interpretación progresiva de las fórmulas del desarrollo natural,
por alejar a la filosofía hegeliana de su preocupación por la historia del
pasado e identificar éste con el futuro para adaptarlo a los nuevos factores
sociales y económicos que surgían por
doquier. Ambos bandos, la derecha y la izquierda, los viejos y, como hubieron de ser
llamados, los jóvenes hegelianos, se basaban en la
famosa sentencia del maestro según la cual lo real es lo racional y lo racional
es lo real; y ambos convenían en que esto había de interpretarse en el sentido
de que la verdadera explicación de todo fenómeno era
equivalente a la demostración de su necesidad lógica —que para ellos significaba necesidad
histórica o metafísica (pues los tres términos eran en cierto sentido
idénticos—, la cual venía a ser su justificación racional. Nada podía ser a la
vez malo y necesario porque todo cuanto es real lo es necesariamente, y la
necesidad de algo es su justificación: Die Weltgeschichte ist das Weltgericht
(La historia es el tribunal del mundo). Esto lo aceptaban ambos bandos. El
cisma surgió con motivo del relativo énfasis que había de darse a los términos
cruciales «racional» y «real».
Al proclamar que sólo lo real era racional, los
conservadores declaraban que la medida de la racionalidad era lo fáctico, o
capacidad de supervivencia, que el estadio alcanzado por las instituciones
sociales o personales, tal como existieron en cualquier momento determinado,
era la medida suficiente de su excelencia. Así, por ejemplo, la cultura
germánica (esto es, la occidental), como Hegel declaró en efecto, constituía una síntesis más
alta, y probablemente la última, de las culturas que la precedieron: la
oriental y la grecorromana. De esto se seguía (para algunos de los discípulos
del maestro) que, como el último estadio era necesariamente el mejor, la
estructura política más perfecta hasta entonces alcanzada por los hombres
consistía en la más alta encarnación de los valores occidentales: el estado
moderno, esto es, el estado prusiano.
75 Era
moralmente equivocado desear modificar o subvertir ese estado, porque ello iba
contra la voluntad racional encarnada en él y, de cualquier modo, semejante
intento sería fútil porque se dirigía contra una decisión ya tomada por la
historia. Ésta es una forma de argumentación adaptada a sus propios propósitos
con la que el marxismo familiarizó luego al mundo.
Los radicales cargaban el acento en lo inverso y
protestaban que sólo lo racional era real. Insistían en que lo fáctico aparece
a menudo plagado de inconsecuencias, anacronismos y ciega sinrazón; por lo
tanto, no cabía considerarlo en un sentido genuino, es decir, metafísico,
como real. Basándose en numerosos textos de Hegel, señalaban que el maestro
reconoció que el mero hecho de que algo haya ocurrido en el espacio y en
el tiempo no equivalía en modo alguno a que ello fuera real, pues lo existente
puede muy bien ser un tejido de instituciones caóticas, cada una de las cuales
desbarata los propósitos de la otra, y así, desde el punto de vista metafísico,
resulta contradictorio y, por ende, del todo ilusorio. El grado de realidad
había de calibrarse por la medida en que las entidades bajo examen tendieran a
formar un todo racional, para lo cual bien podía ser precisa una transformación
radical de las instituciones dadas, en concordancia con los dictados de la
razón. Éstos son mejor conocidos por quienes se han emancipado de la tiranía de
lo meramente fáctico y han revelado que éste es inadecuado para su papel
histórico, deducido de una correcta interpretación de las características y
dirección del pasado y el presente. Esta actividad crítica, dirigida contra las
instituciones sociales de su época por parte del individuo que se eleva por
encima de ellas, es la función más noble del hombre; cuanto más esclarecido sea
el crítico y más indagadora sea su crítica, más rápido será el progreso hacia
lo real. Pues, como Hegel dijo indudablemente, la realidad es un proceso, un
esfuerzo universal por alcanzar la autoconciencia, y se torna más perfecto con
el crecimiento de la autoconciencia crítica entre los hombres. Y por lo demás,
no había ninguna razón para suponer que tal progreso había de ser gradual y
fácil. Citando de nuevo los textos enunciados por Hegel, los radicales
recordaban a sus oponentes que el progreso era resultado de una tensión entre
los opuestos, que crecía hasta convertirse en crisis y estallar
en una franca revolución; y entonces, y sólo entonces, se daba el salto hacia el siguiente
estadio. Estas leyes de desarrollo se descubrían
por igual en los más oscuros procesos de la naturaleza y en los asuntos de los
hombres y las sociedades.
El verdadero deber del filósofo que soporta en sus
hombros el peso de la civilización consiste, por lo tanto, en promover la
revolución con la habilidad técnica especial que sólo él domina, es decir,
mediante la guerra intelectual.
76 Su tarea
estriba en sacudir a los hombres de su indolencia y letargo, en barrer, con
ayuda de sus armas críticas, las inútiles instituciones que obstruyen el
progreso de modo semejante a como los filósofos franceses socavaron el ancien
régime no más que con el poder de las ideas. No ha de recurrirse a la
violencia física o a la fuerza bruta de las masas: apelar a la multitud, que
representa el nivel más bajo de la conciencia de sí mismo alcanzada por el
Espíritu entre los hombres, es emplear medios irracionales que sólo pueden
producir consecuencias irracionales; una revolución de ideas engendrará por sí
misma una revolución en la práctica: Hinter die Abstraktion stellt sich
die Praxis von selbst (Tras la teoría abstracta, la praxis se materializa por sí misma). Pero como estaba
prohibida la difusión de folletos políticos, la oposición se veía reducida a
abrazar métodos de ataque menos directos, y así las primeras batallas contra la
ortodoxia se libraron en el terreno de la teología cristiana, cuyos profesores
habían tolerado hasta entonces, y en cierto modo hasta alentado, una filosofía
que se había revelado eficaz para sustentar el orden existente.
En 1835 David Friedrich Strauss publicó una vida crítica de Jesús en la que el nuevo método
crítico se utilizaba para mostrar que algunas partes de los Evangelios eran
pura invención,
al paso que consideraba que otras no representaban hechos, sino creencias semimitológicas
acaricia das en las primeras comunidades cristianas, como un estadio en la
evolución de la conciencia de la humanidad, y abordó todo el tema como un
ejercicio de examen crítico de un texto históricamente importante, pero no
merecedor de confianza. Su libro provocó una tormenta inmediata no sólo en los
círculos ortodoxos, sino también entre los jóvenes hegelianos, cuyo
representante más prominente, Bruno Bauer, entonces profesor de teología en la
Universidad de Berlín, publicó varios ataques contra él desde el punto
de vista de un ateísmo hegeliano aún más extremo, negando de plano la
existencia histórica de Jesús e intentando explicar los Evangelios como obras
de pura ficción, como la expresión literaria de la «ideología» dominante en su
tiempo, como el punto más alto alcanzado en aquel período por el desarrollo de
la Idea Absoluta. En general, las autoridades prusianas
miraban con indiferencia las controversias sectarias entre los filósofos, pero en esta disputa
ambos bandos parecían sustentar opiniones subversivas en lo tocante a la
ortodoxia religiosa y, por lo tanto, con toda probabilidad, política. El
hegelianismo, al que hasta entonces se había dejado en paz por considerársele
un movimiento filosófico inofensivo y hasta leal y patriótico, fue acusado
súbitamente de mostrar tendencias demagógicas. El mayor oponente de Hegel,
Schelling, por entonces un piadoso y acerbo reaccionario, un viejo romántico,
fue llamado a Berlín para que refutara públicamente aquellas doctrinas, pero
sus conferencias no produjeron el resultado deseado.
77 La
censura se hizo más severa y los jóvenes hegelianos vinieron a hallarse en una
situación en que debían optar por una capitulación total o por desplazarse aún
más hacia la izquierda política de lo que la mayoría deseaba. La única liza en
que la cuestión podía ser agitada eran las universidades, donde una libertad
académica restringida, pero, sin embargo auténtica, continuaba
sobreviviendo. La Universidad de Berlín era el asiento principal del
hegelianismo, y Marx no tardó en sumergirse en el estudio de su
política filosófica.
Comenzó su carrera académica como estudiante de la Facultad de Derecho, asistiendo a
las clases de Savigny sobre jurisprudencia y a las de Gans sobre derecho penal.
Savigny, fundador y principal teórico de la Escuela Histórica de Jurisprudencia, y también fanático
antiliberal, era el más distinguido defensor del
absolutismo prusiano en el siglo XIX. No era hegeliano pero coincidía con esta
escuela en el rechazo de la teoría de los derechos naturales inalterables y del
utilitarismo, e interpretaba el derecho y las estructuras institucionales
históricamente como un desarrollo continuo, ordenado, tradicional, engendrado
por los ideales y características de una nación dada, vista en su contorno
histórico, y justificado por éstos.
Marx asistió a las conferencias de Savigny con
regularidad durante dos cursos y la inmensa erudición y capacidad para fundar
con menudos datos las argumentaciones históricas que distinguían al maestro
dieron motivo probablemente al primer contacto de Marx con el nuevo método de
investigación histórica, que exigía un conocimiento minucioso de los
hechos como base para desarrollar vastas tesis generales. El principal oponente
de Savigny era Eduard Gans, profesor de derecho penal, que produjo en Marx un
efecto aún más considerable. Gans era uno de los discípulos favoritos de Hegel;
era judío, amigo de Heine y, como éste, radical humanitario que no compartía la
baja opinión de su maestro sobre la Ilustración francesa. Sus conferencias, al
parecer modelos de elocuencia y valentía, congregaban mucho público; su libre
crítica, a la luz de la razón, de las instituciones legales y de los métodos
legislativos, sin rastros de sentimentalismo por el pasado, afectó
profundamente a Marx y le inspiró una concepción del propósito y método
verdaderos de la crítica teórica, de la que nunca se apartó completamente.
Bajo la influencia de Gans, vio en la
jurisprudencia el terreno natural para aplicar y verificar cualquier tipo de
filosofía de la historia. Al principio, el hegelianismo repelió a su
inteligencia naturalmente positivista. En una larga e íntima carta a su padre,
describió sus
esfuerzos por erigir un sistema antagónico; después de noches de insomnio y desordenados
días de lucha con el adversario, cayó enfermo y abandonó Berlín para reponerse. Volvió con
una sensación de fracaso y frustración, igualmente incapaz de trabajar o
descansar.
78 Su progenitor
le escribió una carta larga y paternal donde le rogaba que no derrochara el
tiempo en estériles especulaciones metafísicas cuando tenía que pensar en su
carrera. Sus palabras cayeron en oídos sordos.
Marx se sumergió resueltamente en un estudio a
fondo de la obra de Hegel, leyó día y
noche y, después de tres semanas, anunciaba su completa conversión. La selló afiliándose al
Doktorklub (Club de graduados), asociación de
intelectuales universitarios librepensadores que se reunía en
cervecerías, escribía versos suavemente sediciosos, profesaba violento odio al
rey, la Iglesia, la burguesía y, sobre todo, discutía interminablemente acerca
de
puntos de la teología hegeliana. Allí conoció —y pronto trabó relaciones íntimas con ellos—
a los principales miembros de aquel grupo bohemio: los hermanos Bruno, Édgard y
Egbert Bauer; Kóppen, uno de los primeros estudiosos del lamaísmo tibetano y
autor de una historia del Terror francés; Max Stirner, que predicaba un
ultraindividualismo de cuño propio, y otros espíritus libres (como se llamaban
a sí mismos).
Abandonó los estudios de derecho para dedicarse por
entero al estudio de la filosofía. Ningún otro tema le parecía poseer mayor
significación con temporánea. Concibió la idea de llegar a ser profesor de
filosofía en una de las universidades y de lanzar junto con Bauer una violenta
campaña ateísta que había de poner fin al timorato y
semisentimental jugueteo con doctrinas peligrosas al que los radicales
moderados se reducían. Cobraría la forma de una ingeniosa burla y aparecería
como una diatriba anónima contra Hegel escrita por un piadoso luterano que
acusaría al filósofo de ateísmo y sub versión del orden público y la moralidad,
e iría armada de abundantes citas del texto original. Ese trabajo conjunto
apareció, en efecto, y provocó cierta conmoción; se publicaron algunas reseñas
críticas entusiastas, pero se descubrió quiénes eran los autores y el episodio
terminó con la destitución de
Bauer de su cargo académico. En cuanto a
Marx, frecuentaba salones sociales
y literarios, conoció a la celebrada Bettina von
Arnim, la amiga de Beethoven y Goethe, que se sintió atraída por su audacia y
talento; escribió un diálogo filosófico convencional, compuso un fragmento de
tragedia al modo de Byron y varios volúmenes de mala poesía que dedicó a Jenny
von Westphalen, con quien entre tanto se había comprometido en secreto. Su
padre, alarmado por semejante disipación intelectual, le escribió infinidad de
cartas desbordantes de consejos ansiosos y afectuosos, rogándole que pensara en
el futuro y se preparara para ser abogado o funcionario civil. Su hijo le
enviaba consoladoras respuestas, pero no modificó su modo de vida.
79 Tenía
ahora veinticuatro años, era un filósofo aficionado, sin ocupación fija, y lo
respetaban en los círculos más progresistas por su erudición y por su talento
como polemista irónico y mordaz. Pronto comenzaron a irritarlo cada vez más la
literatura dominante y el estilo filosófico de sus amigos y aliados, un
compuesto extraordinario de pedantería y arrogancia, lleno de oscuras paradojas
y complicados epigramas, engarzado en una prosa plagada de aliteraciones y
juegos de palabras que nadie podía esperar que se entendieran completamente. El
propio Marx quedó contaminado en cierta medida por este estilo, particularmente
en sus primeros escritos polémicos, pero no obstante su prosa es compacta y
luminosa si la comparamos con la palabrería neohegeliana que por entonces cayó
sobre el público alemán. Algunos años después describió la condición de la
filosofía alemana en aquella época:
De acuerdo con los informes de nuestros ideólogos
—escribió— durante la última década en Alemania se produjo una revolución sin
precedentes en la historia..., una revolución en comparación con la cual
la Revolución Francesa fue juego de niños. Con increíble rapidez
un imperio fue sustituido por otro, un poderoso héroe fue abatido por otro
aún más audaz y
más fuerte en aquel caos universal. Durante tres años, de 1842 a 1845, Alemania vivió un
cataclismo de características más violentas
que todo cuanto ha ocurrido en cualquier siglo
anterior. Todo esto, es cierto, tuvo lugar sólo en la región del puro pensamiento. Pues asistimos
a un fenómeno notable: la descomposición del Espíritu Absoluto.
Cuando la última chispa de vida desapareció de su cuerpo, los distintos elementos constitutivos
se desintegraron para entrar en nuevas combinaciones y formar nuevas
sustancias. Los profesionales de la filosofía, que hasta entonces se ganaban la vida explotando al Espíritu
Absoluto, se arrojaron ávidamente sobre las nuevas combinaciones. Cada cual comenzó a
disponer atareadamente de la tajada que le correspondía. Desde luego, hubo
competencia. Al principio, la cosa ofreció un carácter sólidamente comercial, respetable,
pero luego, cuando el mercado alemán quedó saturado y el mercado mundial, pese
a todos los esfuerzos, se reveló incapaz de asimilar más mercancías, todo
el negocio —como suele ocurrir en Alemania— se arruinó a causa de la
producción en masa, el descenso de la calidad, la adulteración de materias
primas, los marbetes falsificados, las transacciones ficticias, las trampas
financieras y
una estructura crediticia carente de toda base real. La competencia se convirtió entonces en
enconada lucha, la cual se nos representa hoy en colores brillantes como una
revolución de
significación cósmica, rica en realizaciones y resultados.
Esto se escribió en 1846; en 1841 Marx acaso habría
seguido viviendo en aquel mundo
fantástico, participando en la inflación y
producción en masa de palabras y conceptos, si sus
circunstancias personales no hubieran sufrido un súbito y catastrófico cambio:
su padre, de quien dependía financieramente, murió dejando medios de
subsistencia apenas suficientes a su viuda e hijos menores. Al mismo tiempo, el
ministro prusiano de Educación decidio finalmente condenar de modo oficial a la
Izquierda Hegeliana y destituyó de su cargo a Bauer.
80 Esto
cerraba la posibilidad de una carrera académica para Marx, que estaba
seriamente
comprometido en el asunto Bauer, y lo obligó a buscar otra ocupación. No tuvo mucho que
esperar. Entre sus más cálidos admiradores figuraba
un tal Moses Hess, publicista judío de Colonia, sincero y entusiasta radical
que había ido mucho más adelante que la Izquierda Hegeliana. Había visitado
París y conocido allí a los principales escritores franceses socialistas y
comunistas del día, a cuyas ideas se convirtió apasionadamente. Hess, que era
una curiosa mezcla de ardiente judaismo tradicional y de humanitarismo
idealista e ideas hegelianas, predicaba la primacía de los factores económicos sobre
los políticos y la imposibilidad de emancipar a la humanidad sin liberar antes
al proletariado asalariado. La continuada esclavitud de éste, declaraba, había
concitado todos los esfuerzos de los intelectuales para instaurar un nuevo
mundo moral, ineficaz, puesto que la justicia no puede existir en una
sociedad que tolera la desigualdad económica y la explotación. La institución
de la propiedad privada era fuente de todos los males; sólo cabía liberar a los
hombres mediante la abolición de la propiedad privada y nacional, lo cual
implicaba necesariamente la eliminación de las fronteras nacionales y la
reconstitución de una nueva sociedad internacional cimentada en una base
racional, económica, colectivista.
Su encuentro con Marx lo abrumó: en
una carta a un camarada radical declara:
Es el filósofo más grande y tal vez el único auténtico que hoy vive y pronto... atraerá sobre sí
las miradas de toda Alemania... El doctor Marx —tal es el nombre de mi ídolo— es aún muy
joven (tiene alrededor de veinticuatro años) y disparará el tiro de gracia a la religión y la
política medievales. Combina la seriedad filosófica más profunda con el talento
más mordaz.
Imagine a Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel fundidos en una sola persona —
digo fundidos y no confundidos en un montón— y tendrá usted al doctor Marx.
Marx pensaba que el entusiasmo de Hess era muy
amistoso, pero ridículo, y adoptó con él un tono condescendiente que no provocó
el resentimiento del afable camarada. Hess era un propagador de ideas, un
misionero ferviente antes que un pensador original, y convirtió a más de uno de
sus contemporáneos al comunismo, entre ellos a un joven radical llamado
Friedrich. Engels, que por entonces no conocía a Marx. Del contacto con Hess, Engels y Marx
aprendieron mucho más de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir
en años posteriores, cuando se comportaron hacia él como si se tratase de un
tonto inofensivo, pero tedioso; por su parte, Hess siguió siendo un marxista
entregado, si bien añadió
posteriormente a la doctrina una ferviente creencia en el sionismo y, de cualquier forma, no
era un hombre de acción.
81 Empero,
por aquella época Marx halló en él un aliado útil, puesto que Hess, que era un
incansable agitador, había logrado persuadir a un grupo de industriales
liberales de Renania para financiar la publicación de un diario radical
que contendría artículos sobre temas políticos y económicos, dirigidos contra
la política económicamente reaccionaria del gobierno de Berlín, y simpatizaría
con las necesidades de la clase burguesa en ascenso. Se editó en Colonia y se
tituló Rheinische Zeitung.
Marx fue invitado a contribuir regularmente con
artículos para este diario, a lo que consintió de buena gana; diez meses
después fue su director.
Era ésta su primera experiencia en la política
práctica: dirigió el diario con inmenso vigor e intolerancia; su naturaleza
dictatorial se afirmó enseguida en aquellas circunstancias y sus
subordinados no pedían nada mejor que él hiciera lo que se le antojara y
escribiera cuantas hojas del diario deseara. De diario moderadamente liberal,
al punto
pasó a ser un diario vehementemente radical, violento, más hostil al gobierno que cualquier
otra publicación alemana. Escribió largos y groseros ataques contra la censura
prusiana, la Dieta Federal, la clase terrateniente en general; la circulación
aumentó, su fama se difundió por toda Alemania y, al fin, el gobierno se vio
obligado a reparar en el comportamiento
asombroso de la burguesía renana. Los accionistas estaban desde luego apenas menos
sorprendidos que las autoridades, pero como el
número de suscriptores crecía constantemente y la política económica perseguida
por el diario era escrupulosamente liberal y abogaba por la libertad de
comercio y la unificación económica de Alemania, no protestaron. Las
autoridades prusianas, deseosas de no irritar a las provincias occidentales
recientemente anexionadas, también se abstuvieron de intervenir. Envalentonado
por esta tolerancia, Marx intensificó el ataque y añadió a la discusión de
temas de política general y económicos las de dos cuestiones particulares
respecto de las cuales existían en la provincia enconados sentimientos: la
primera era la mísera condición de los campesinos que cultivaban viñedos en el
Mosela; y la segunda, las duras leyes con que se castigaba a los pobres que
robaban madera podrida en los bosques circundantes. Marx empleó estas dos
cuestiones como textos para una acusación particularmente violenta al gobierno
de terratenientes. El gobierno, después de estudiar cautelosamente los
sentimientos dominantes en el distrito, decidió aplicar su poder de censura, y
lo hizo con creciente severidad. Marx se valió de rodo su ingenio para embaucar
a los censores que, por lo general, eran hombres de inteligencia limitada, y se
las arregló para publicar una serie de artículos de sutilmente velada
propaganda democrática y republicana, por los cuales más de una vez los
censores fueron objeto de amonestación y hasta reemplazados por funcionarios
más estrictos.
82 Pasó el
año 1842 en este juego complicado, que habría continuado de modo indefinido si
Marx no hubiera franqueado inadvertidamente el límite. En el siglo XIX el
gobierno ruso representaba la mayor encarnación del oscurantismo, la barbarie y
opresión en Europa, el inagotable depósito de donde los reaccionarios de otras
naciones podían extraer fuerzas y, consecuentemente, se convirtió en el
espantajo de los liberales occidentales de todos los matices de opinión. Por
entonces era el miembro dominante en la alianza rusoprusiana y,
como tal, Marx lo atacó virulentamente en sucesivos artículos editoriales: una guerra contra
los rusos le parecía, tanto entonces como en los años subsiguientes, el mejor
golpe que podía darse a favor de la libertad europea. Ocurrió que el propio
emperador Nicolás I llegó a leer un ejemplar de una de aquellas filípicas
y expresó su iracunda sorpresa al embajador prusiano. El canciller ruso remitió
una nota severa reconviniendo al rey de Prusia por la ineficacia de sus
censores. El gobierno prusiano, deseoso de apaciguar a su potente vecino, tomó
medidas inmediatas: prohibió sin previo aviso, en abril de 1843, la publicación
de la Rheinische Zeitung, y Marx se vio libre una vez más. Un
año había bastado para convertirlo en brillante periodista político de
opiniones atrevidas y para desarrollar en él el gusto de acusar y fustigar a
los gobiernos iliberales, gusto que su carrera posterior le daría plena
oportunidad de satisfacer.
Entre tanto, había trabajado con infatigable
energía: había aprendido el francés mediante la lectura de las obras de los
socialistas parisienses Fourier, Proudhon, Dézami, Cabet y Leroux.
Recientemente había leído las historias de Francia y Alemania, así como El
Príncipe, de Maquiavelo. Durante un mes se concentró en la historia del arte
antiguo y moderno a fin de reunir pruebas para demostrar el carácter
básicamente revolucionario y destructor de las categorías fundamentales de
Hegel; como los jóvenes radicales rusos de
este período, las consideraba, según la frase de Herzen, «el álgebra de la revolución».
«Temeroso de aplicarlas abiertamente —escribió
Herzen— en el océano de la política batido por la tormenta, el viejo filósofo
las sacó a flote en el tranquilo lago interior de la teoría estética.» La
opinión de Marx acerca de la adecuada interpretación de aquéllas había sido
afectada últimamente, empero, por un libro aparecido durante ese año, los Principios de
la filosofía delfuturo, de Ludwig Feuerbach.
Feuerbach es uno de esos autores interesantes
—que aparecen con cierta frecuencia en
la historia del pensamiento— que, sin ser pensadores de primera fila, no obstante,
proporcionan a los hombres de mejores cualidades la
súbita chispa que inflama el combustible desde hace tiempo acumulado.
83 Defendió
posiciones empíricas en una época en que Marx reaccionaba vio lentamente contra
las sutilezas del idealismo decadente en que había vivido sumergido durante los
últimos cinco años. El estilo simple de Feuerbach le pareció abrir de pronto
una ventana al mundo real. El escolasticismo neohegeliano de los hermanos Bauer
y sus discípulos se le apareció súbitamente como una abrumadora pesadilla que
sólo ahora acababa de disiparse y cuyos últimos recuerdos se proponía barrer.
Hegel había afirmado que los pensamientos y actos
de los hombres pertenecientes al mismo período de una cultura dada están
determinados por el operar en ellos de un espíritu idéntico, que se
manifestaba en todos los fenómenos del período. Feuerbach rechazaba
vehementemente semejante aserto. «¿No es el espíritu de una época o de una
cultura —se preguntaba, en efecto— simplemente el nombre colectivo que designa
la totalidad de los fenómenos que la componen?» Decir, por lo tanto, que los
fenómenos estaban determinados a ser lo que eran por obra del espíritu
equivalía a aseverar que estaban determinados por la totalidad de ellos mismos,
lo cual es una vacía tautología. Tampoco se mejoraba la cosa, continuaba
señalando, si se sustituía esta totalidad por el concepto de una pauta, pues
las pautas no pueden causar sucesos; una pauta es una forma, un atributo de los
sucesos, los cuales sólo pueden ser causados por otros sucesos. El genio
griego, el carácter romano, el espíritu del Renacimiento, el espíritu de la Revolución
Francesa, ¿Qué eran sino abstracciones, rótulos con que describir en forma
compendiada determinado complejo de cualidades y acontecimientos históricos,
términos generales inventados por los hombres para su propia conveniencia, pero
en modo alguno habitantes objetivos, reales, del mundo, capaces de originar
esta o aquella alteración en los asuntos humanos? La antigua opinión conforme a
la cual han de atribuirse los cambios a la decisión y acción de los individuos
era mucho menos absurda, pues los individuos por lo menos existen y actúan en
un sentido en que no lo hacen las nociones generales y los nombres comunes.
Hegel había subrayado con razón lo inadecuado de este punto de vista porque no
explicaba cómo surgía lo total del concurso de un número inmenso de vidas y
acros individuales, y mostró genio al buscar una única fuerza común que diera
dirección definida a estas voluntades, alguna ley general en virtud de la cual
la historia pudiera convertirse en una explicación sistemática del progreso de
sociedades enteras.
Pero en última instancia dejó de ser racional y
acabó en un oscuro misticismo, pues la Idea hegeliana, si no era una
reEformación tautológica de lo que pretendía explicar, no era más que un nombre
disfrazado del Dios personal de la cristiandad, y de este modo colocaba el tema
mas allá de los límites de la discusión racional.
84 El
próximo paso de Feuerbach consistió en declarar que la fuerza que impulsaba la
historia no era espiritual, sino la suma de las condiciones materiales de
cualquier época dada, la cual determina que los hombres que viven en ella
piensen y actúen tal como lo hacen. No obstante, su miseria material los
llevaba a buscar solaz en un inmaterial mundo ideal de su propia, si bien
inconsciente, invención, donde como recompensa por la infelicidad de sus vidas
en la tierra gozarían después de la muerte de eterna bienaventuranza. Todo
aquello de lo que carecen en la tierra —justicia, armonía, orden, bondad,
unidad, permanencia— lo transforman en atributos trascendentes de un mundo
trascendente único que consideran real, y que lo convirtieron en objeto de adoración.
Si esta ilusión había de ser descubierta, debía analizársela en términos
de los desajustes materiales que psicológicamente le dieron nacimiento. Como a
Holbach y al autor de L'Homme Machine, el odio que inspiraba a Feuerbach el
trascendentalismo a menudo lo
llevaba a buscar la explicación más cruda y simple en términos puramente físicos. Der
Mensch ist was er isst (El hombre es lo que come)
es su propia caricatura hegeliana de su doctrina; la historia humana es la
historia de la influencia decisiva del contorno físico sobre los hombres y la
sociedad; por ende, sólo el conocimiento de las leyes físicas podrá
hacer del hombre el dueño de esas fuerzas al permitirle adaptar
conscientemente a ellas su vida.
Su materialismo, y en particular su reoría de que todas las «ideologías», tanto religiosas
como seculares, constituyen a menudo un intento de suministrar una compensación
ideal a las miserias reales, y de ahí de revelar y oscurecer a la vez la
existencia de éstas, produjo profunda impresión en Marx y en Engels, lo mismo
que más tarde en Lenin, que lo leyó durante su exilio en Siberia. La obra más
conocida de Feuerbach, La esencia del cristianismo, de 1841 (traducido al
inglés por George Eliot), que Marx leyó, así como la anterior Crítica de la
filosofía de Hegel, son tratados profundamente sentidos, apasionadamente
polémicos, a veces ingenuos, y muestran poca sensibilidad histórica pero bien
organizados y convincentes, sobre todo, después de los absurdos del
desenfrenado hegelianismo de la década del 30, su misma simplicidad, honestidad
y coraje debió haber parecido refrescantemente sana. Después de leerlo, Marx,
que era aún radical e idealista en este período, abandonó su propio dogmatismo.
La Idea hegeliana había acabado por ser una expresión sin significado
alguno, y ahora le parecía que Hegel había erigido un sistema especioso de
palabras sobre palabras, un sistema que su generación, armada con el valioso
método hegeliano, tenía el deber de reemplazar por símbolos que denotaran en
las relaciones empíricas observables entre ellos objetos reales en el tiempo y
en el
espacio. Aún creía en la eficacia de la apelación a la razón y se oponía a la revolución violenta. Era un
idealista disidente, pero aún era idealista: un año antes había obtenido el
grado de doctor en la Universidad de Jena con una tesis típicamente joven
hegeliana acerca del contraste entre las opiniones de Demócrito y Epicuro, en
la que defiende posiciones que atribuye a este último en términos no mucho
menos nebulosos que buena parte de lo que luego condenó como típica verborrea
idealista.
85 En abril de
1843 se casó con Jenny von Westphalen, contra los deseos de la mayoría de la
familia de ésta. Esta hostilidad sólo sirvió para avivar la apasionada lealtad
de la joven mujer, seria y profundamente romántica, cuya existencia quedó
transformada por la revelación que le hiciera su marido de un nuevo mundo;
Jenny consagró todo su ser a la vida y obra de su cónyuge. Lo amaba, lo
admiraba y confiaba en él, y por él fue dominada por completo emocional e
intelectualmente. Marx se apoyaba en ella sin titubear en las épocas de crisis
y desastres, y estuvo toda la vida orgulloso de la belleza de su mujer, de su
cuna e inteligencia. El poeta Heine, que los trató de cerca en París, rindió
elocuente tributo al encanto y talento de Jenny. En años posteriores, cuando se
vieron reducidos a la penuria, Jenny desplegó gran heroísmo moral preservando
intacta la estructura de la familia y sólo así pudo su marido continuar su
obra.
De común acuerdo, decidieron emigrar a Francia.
Marx sabía que tenía una original contribución que hacer a las cuestiones que
se agitaban en el día y que en Alemania era imposible hablar abiertamente de
cualquier tema serio. Nada lo retenía: su padre había muerto y tenía poco apego
por su familia. En Alemania no contaba con una fuente fija de ingresos. Sus
antiguos camaradas de Berlín le parecían ahora una colección de
saltimbanquis intelectuales deseosos de encubrir la pobreza y confusión de su pensamiento
con un lenguaje violento y una vida privada escandalosa. Siempre detestó con
peculiar pasión dos fenómenos: la vida desordenada y el despliegue
histrióniEco. Le parecía que la vida bohemia y la deliberada mofa de las
convenciones no era más que un filisteísmo inverrido que subrayaba y rendía
homenaje a esas mismas virtudes falsas mediante la exagerada protesta contra
ellas y que, por lo tanto, exhibía la misma fundamental
vulgaridad. Aún respetaba a Kóppen, pero había perdido todo contacto personal con él y
trabó una nueva y cálida amistad con Arnold Ruge,
talentoso periodista sajón que dirigía un periódico radical en el que Marx
había publicado algunos artículos.
Ruge era un hombre pomposo e irritable, un radical
hegeliano descontento que, después de 1848, fue convirtiéndose gradualmente en
nacionalista reaccionario. Como escritor, poseía visión más amplia y gusto más
seguro que muchos de sus camaradas radicales alemanes y apreciaba las dotes de
hombres más grandes, tales como Marx y Bakunin, con quienes entró en contacto.
No vio posibilidad alguna de continuar publicando el diario en suelo alemán,
debido a la actividad del censor y de la policía sajona y decidió establecerse
en París. Invitó a Marx a que lo ayudara en la publicación de un nuevo diario
que se titularía DeutschEFranzbsischeJahrbücher; Marx aceptó el ofrecimiento
con alacridad. Escribió a Ruge en el verano de 1843:
86
La atmósfera es aquí realmente demasiado intolerable y asfixiante. No es fácil adular, aun
cuando ello sea por la causa de la libertad, cuando uno está armado con alfileres en lugar de
una espada. Estoy harto de esta hipocresía y estupidez, de la grosería de los
funcionarios; estoy
harto de tener que inclinarme, arrastrarme e inventar frases no comprometedoras e
inofensivas. No hay nada que pueda yo hacer en Alemania... En Alemania, uno sólo puede ser
falso consigo mismo.
Marx abandonó el territorio prusiano en noviembre
de 1843 y dos días después llegó a París. En cierto modo, su reputación lo
había precedido; por aquel tiempo se lo consideraba un periodista liberal
de pluma mordaz, forzado a dejar Alemania porque había abogado demasiado
violentamente por la reforma democrática. Dos años después, la policía de
muchos países lo conocía como a un comunista revolucionario intransigente,
opuesto al liberalismo reformador, jefe notorio de un movimiento subversivo con
ramificaciones internacionales. Los años 1843E45 son los más decisivos en su
vida: en París sufrió la transformación intelectual final. Al cabo de ésta
había arribado a una posición clara, tanto personal como política: consagró el
resto de su vida a desarrollarla y realizarla prácticamente.
87
CAPÍTULO 4. PARÍS
Llegará un tiempo en que el sol ha de brillar sólo
sobre un mundo de hombres libres que no recoV nozcan más amo que su razón,
cuando los tira
nos y los esclavos, los sacerdotes y sus instrumenV
tos estúpidos o hipócritas ya no existan más que en la historia o en el teatro.
Condorcet
I
El fermento social, político y artístico de París a
mediados del siglo XIX es un fenómeno sin paralelos en la historia europea. Un
notable conjunto de poetas, pintores, músicos, escritores, reformadores y
teóricos se había reunido en la capital francesa, la cual, bajo la monarquía
relativamente tolerante de Luis Felipe, dio asilo a exilados y revolucionarios
de muchos países. París ya era conocida por su generosa hospitalidad
intelectual; las décadas de 1830 y 1840 fueron años de profunda reacción política en el resto de Europa, y artistas y
pensadores en número siempre creciente se congregaron en aquel círculo de luz
procedentes de la oscuridad que lo rodeaba, hallando que en París no se veían,
como en Berlín, empujados al conformismo por la civilización nativa, ni como en
Londres quedaban abandonados fríamente a sí mismos, arracimándose en pequeños
grupos aislados, sino que se les recibía libre y hasta entusiastamente y se les
franqueaba la puerta de los salones sociales y artísticos que habían
sobrevivido a los años de la restauración monárquica. La atmósfera intelectual
en la que estos hombres conversaban y escribían era de excitación e idealismo.
Una común disposición anímica de protesta apasionada contra el viejo orden,
contra reyes y tiranos, contra la Iglesia y el ejército, y sobre todo contra
las masas filisteas que nada comprendían, esclavos y opresores enemigos de la
vida y de los derechos de la libre personalidad humana, produjo un estimulante
sentimiento de solidaridad emocional que unió a aquella sociedad tumultuosa y
muy heterogénea.
88 Cultivábanse
intensamente las emociones, expresábanse en frases ardientes los sentimientos y
creencias individuales, los gritos de combate revolucionarios
y humanitarios los repetían con fervor hombres que estaban dispuestos a no
traicionarlos; fue aquélla una década durante la cual se desarrolló un tráfico
internacional de ideas, teorías, sentimientos personales, más rico que el de
cualquier otro período anterior; vivían por entonces, congregados en el mismo
lugar, atrayéndose, repeliéndose y transformándose los unos a los otros, hombres de dotes muy diversas, más sorprendentes y
más articulados que cualquier otra generación a partir del Renacimiento. Todos
los años llegaban a París nuevos exiliados de los territorios del emperador y
del zar. Las colonias polacas, húngaras, rusas, alemanas, prosperaban en una
atmósfera de universal simpatía y admiración. Sus miembros constituían
comunidades internacionales, escribían folletos,
hablaban en asambleas, tomaban parte en conspiraciones, pero, sobre todo, hablaban y
argumentaban incesantemente en casas privadas, en
las calles, en los cafés, en banquetes públicos; prevalecía un sentimiento de
exaltación y optimismo.
Los escritores revolucionarios y los políticos
radicales estaban en el colmo de sus esperanzas y poder, pues sus ideales aún
no habían sido muertos y las frases revolucionarias aún no estaban empañadas
por el desastre de 1848.
Una solidaridad internacional como aquélla por la
causa de la libertad jamás se había dado antes en parte alguna: poetas y
músicos, historiadores y teóricos sociales, sentían que no escribían para sí
mismos o para un público particular, sino para la humanidad. En 1830 se había
logrado una victoria sobre las fuerzas de la reacción y aquellos hombres
continuaban viviendo de sus frutos; la sofocada conspiración blanquista de 1839
la habían ignorado la mayor parte de los románticos liberales, quienes la consideraban
una oscura sedición; empero, no se trató de un estallido aislado, pues aquella
búhente y nerviosa actividad artística tenía lugar contra un telón de fondo de
turbulento progreso financiero e industrial acompañado de una implacable
corrupción en medio de la que enormes fortunas se hacían súbitamente y se
perdían de la noche a la mañana en bancarrotas colosales. Un gobierno de
realistas desilusionados estaba controlado por la nueva clase dominante de
grandes financieros y magnates ferroviarios, de grandes industriales que se
movían en un laberinto de intrigas y sobornos en el que oscuros especuladores y
sórdidos aventureros dirigían el destino económico de Francia.
89 Los
frecuentes tumultos de obreros industriales en el sur indican un estado de
desasosiego turbulento debido tanto a la conducta inescrupulosa de ciertos
patronos como a la revolución industrial, que estaba transformando al país más
rápida y brutalmente, aunque en escala mucho más pequeña, que a Inglaterra. El
agudo descontento social, junto con el reconocimiento universal de la debilidad
y deshonestidad del gobierno, eran otros factores que aumentaban la sensación
general de crisis y transición, la cual todo lo hacía aparecer alcanzable a una
persona suficientemente dotada, inescrupulosa y enérgica; tal atmósfera
alimentaba la imaginación y producía oportunistas pletóricos y ambiciosos del
tipo que hallamos en las páginas de Balzac y en la novela inconclusa de
Stendhal Lucien Leuwen; por otro lado, la relajación de la censura y la
tolerancia de que daba pruebas la monarquía de julio permitieron la aguda y
violenta forma del periodismo político, que a veces se elevaba a una noble
elocuencia y que, en una época en que las palabras impresas tenían mayor poder
para desplazarse, estimulaba el intelecto y las pasiones y recargó aún más
aquella atmósfera eléctrica. Las memorias y cartas que nos dejaron
escritores, pintores, músicos —Musset, Heine, Tocqueville, Delacroix,
Wagner, Berlioz, Gauthier, Herzen, Turguenev, Victor Hugo, George Sand, Liszt—
expresan algo del encanto que circunda a aquellos años señalados por la aguda y
consciente sensibilidad, la alta vitalidad de una sociedad rica en genios, preocupada
por autoanalizarse, mórbida, y que no dejaba de dramatizarse a sí misma,
pero orgullosa de su novedad y fuerza por haberse liberado súbitamente de las
antiguas cadenas, por su nuevo sentido de la vastedad del espacio, de tener
lugar para moverse y crear. Hacia 1851 esta disposición de ánimo había muerto;
pero se había creado una gran leyenda que ha sobrevivido hasta nuestros días y
que ha hecho de París un símbolo del progreso revolucionario ante sus propios
ojos y los de los otros.
No obstante, Marx no había ido a París en busca de nuevas experiencias. Era un hombre
de naturaleza nada emotiva, hasta frígida, sobre quien el medio ambiente
producía poco efecto y que más bien imponía su propia forma invariable a toda
situación en que se hallara; desconfiaba de todo entusiasmo y en
particular del que se nutre de frases galantes. Contrariamente a su compatriota
el poeta Heine o a los revolucionarios rusos Herzen y BaE kunin, no experimentó
aquella sensación de emancipación por ellos expresada cuando en
cartas extáticas proclamaban que habían hallado en ese centro todo lo que era más digno
de admiración en la civilización europea. Eligió
París antes que Bruselas o una ciudad de Suiza por la razón más práctica y
específica de que ése le parecía el lugar más conveniente para editar los
DeutschEFranzósische Jahrbücher, publicación destinada tanto al público no
germánico como al germánico. Además, aún deseaba hallar una respuesta a la cuestión para
la que no había encontrado solución satisfactoria en los enciclopedistas, ni en
Hegel ni en Feuerbach, ni tampoco en la literatura política e histórica que
leía tan rápida e impacientemente en 1843.
90 En
última instancia, ¿a qué había de atribuirse el fracaso de la Revolución
Francesa? ¿En qué error teórico o práctico se incurrió para hacer posible el
Directorio, el Imperio y, finalmente, el regreso de los Borbones? ¿Qué errores
debían evitar los hombres que medio
siglo después aún procuraban descubrir los medios de fundar una sociedad libre y justa?
¿No hay leyes que gobiernan los cambios sociales y
cuyo conocimiento hubiera salvado a la gran revolución? Los enciclopedistas más
audaces indudablemente habían simplificado de modo burdo la naturaleza humana
al representarla capaz de convertirse de la noche a la mañana en cabalmente
racional y cabalmente buena por obra de una educación ilustrada. La respuesta
hegeliana de que los tiempos aún no estaban maduros, de que la revolución había
fracasado porque la Idea Absoluta no había alcanzado aún el estadio adecuado porque
los ideales que los revolucionarios esperaban alcanzar eran demasiado
abstractos y ahistóricos, esto, a su vez, parecía sufrir de los mismos defectos
en el sentido de que no se daba ningún criterio de cuál era ese estadio
apropiado, salvo la ocurrencia del estadio mismo. La sustitución de la solución
ortodoxa por fórmulas nuevas, como la autorrealización humana o razón
encarnada, o el criticismo crítico, parecían aportar algo más concreto o añadir
algo significativo. Es más, no se sostenía que estadio alguno de la Idea
Absoluta encarnara una «sociedad libre y justa» como Marx y los radicales
entendían la frase.
Al afrontar el problema, Marx obró con su
característica seriedad: estudió los hechos y leyó los informes históricos de
la revolución misma. También se sumergió en la vasta
literatura polémica escrita en Francia sobre ésta
y otras cuestiones conexas y realizó ambas tareas
en un año. Desde los días de la escuela había empleado su ocio principalmente
leyendo, pero la extensión de su apetito en París sobrepasó todos los límites.
Como en la época de su conversión al hegelianismo, leía con una suerte de
frenesí, llenando sus cuadernos de anotaciones con extractos y largos
comentarios que en sus últimos escritos mucho le sirvieron. A fines de 1844 ya
estaba familiarizado con las doctrinas políticas y económicas de los
principales pensadores franceses e ingleses, las que examinó a la luz de su aún
semiortodoxo hegelianismo para fijar finalmente su propia posición, definiendo
de modo categórico su actitud frente a aquellas dos tendencias inconciliables.
Leyó principalmente a los economistas, comenzando con Quesnay y Adam Smith y
finalizando con Sismondi, Ricardo, Say, Proudhon y sus seguidores. Su estilo
lúcido, frío, nada sentimental, contrastaba favorablemente con el confuso
arrebato emocional y la retórica de los alemanes; la combinación de agudeza
práctica y énfasis en la investigación empírica con hipótesis generales,
audaces e ingeniosas, atrajo a Marx y fortaleció su tendencia natural a
evitar cualquier forma de romanticismo y a aceptar sólo aquellas explicaciones naturales de
los fenómenos que pudieran apoyarse en las pruebas de la observación crítica. La influencia
de los escritores socialistas franceses y de los economistas ingleses comenzó a
disipar la niebla de hegelianismo que antes todo lo envolvía.
91 Comparó
la situación general de Francia con la de su tierra natal y le impresionó el
nivel infinitamente más elevado de inteligencia y de capacidad para el
pensamiento político de los franceses:
En Francia todas las clases están coloreadas de
idealismo político —Eescribió en 1843—, y cada una de ellas se siente
representante de las necesidades sociales generales... Al paso que
en Alemania, donde la vida práctica es ininteligente y la inteligencia no
es práctica, los hombres se
sienten llevados a protestar sólo por la necesidad material, por las mismas cadenas... pero la
energía revolucionaria y la confianza en sí misma no son suficientes para
habilitar a una clase a erigirse en liberadora de la sociedad, sino que debe
identificar a otra clase con el principio de opresión... tal como en Francia
fueron identificadas con él la nobleza y el clero. Esta tensión
dramática está ausente en la sociedad alemana... hay sólo una clase cuyos males no son
específicos, sino que son los del conjunto de la sociedad: el proletariado.
Declara que el alemán es el más atrasado de todos
los pueblos occidentales. En la Alemania de entonces se refleja fielmente el
pasado de Inglaterra y Francia; la real emancipación de los alemanes, que están
respecto de pueblos más avanzados en la misma relación en que el proletariado
se halla respecto de otras clases, acarreará necesariamente la emancipación de
toda la sociedad europea de la opresión política y económica.
Pero si le impresionó el realismo político de estos
escritores, no le chocó menos su falta de sentido histórico. Le parecía
que sólo esto hacía posible su fácil y superficial eclecticismo, la
notable despreocupación con que introducían modificaciones y adiciones en
sus sistemas aparentemente con la mayor falta de escrúpulos intelectuales.
Tal tolerancia le parecía mostrar poca seriedad o integridad. Sus
opiniones fueron en todas las épocas claras y violentas y las deducía de
premisas que no permitían vaguedades en las conclusiones, y le parecía que
semejante elasticidad intelectual sólo podía deberse a una comprensión
insuficiente de la estructura rigurosa del proceso histórico. La suposición de
los economistas clásicos, según la cual las categorías contemporáneas de
economía política eran válidas para todos los tiempos y todos los lugares, le
pareció particularmente absurda.
92 Como
después diría Engels, «los economistas de hoy hablan como si Ricardo Corazón de
León, de haber sabido sólo un poco de economía, hubiera podido ahorrar seis
siglos de torpezas mediante la instauración de la libertad de comercio, en
lugar de haber perdido el tiempo en las Cruzadas», como si todos los sistemas
económicos anteriores fuesen otras tantas aproximaciones equivocadas al
capitalismo, por los cánones del cual han de ser clasificados y valorados. Tal
incapacidad para comprender que sólo cabe analizar cada período en términos de
conceptos y categorías peculiares del mismo y determinadas por sus propias
estructuras socioeconómicas, es la causa del socialismo utópico, de esos
esquemas complicados que, en resumidas cuentas, no son más que otras tantas
versiones
idealizadas de las sociedades burguesa o feudal, a los que no se in corporan los aspectos
«malos»; por el contrario, lo que se impone es
preguntar qué permitirá la historia que ocurra, qué tendencias del presente
están destinadas a desarrollarse y cuáles a perecer,
y no lo que uno desea que ocurra; y sólo se debe construir en concordancia con los resultados
de este mé todo de investigación estrictamente científico.
No obstante, Marx sentía afinidad con el sabor
moral de estos escritores. Ellos también desconfiaban de las intuiciones
innatas y apelaciones a sentimientos que trascendían la lógica y la observación
empírica; también ellos veían en esto la última defensa de la reacción y
el irracionalismo; también ellos profesaban apasionados sentimientos
anticlericales y antiautoritarios; muchos de ellos sostenían opiniones pasadas
de moda acerca de la armonía natural de todos los intereses humanos, o creían
en la capacidad del individuo, liberado de las trabas del estado y de los
monarcas, para asegurar su propia felicidad y la de los demás. Su educación
hegeliana había hecho para él totalmente inaceptables semejantes puntos de
vista; pero en última instancia aquellos hombres eran
los enemigos de sus enemigos, y estaban alistados en el bando del progreso, luchaban por el
avance de la razón.
II
Si Marx derivó de Hegel su concepción de la
estructura histórica, esto es, de las relaciones formales entre los elementos
que constituyen la historia, conoció estos elementos por SaintESimón y sus
discípulos, así como los nuevos historiadores liberales, Guizot, Thierry y
Mignet. SaintESimón era un pensador de opiniones atrevidas y originales: fue el
primer escritor que afirmó que el desarrollo de las relaciones económicas es el
factor determinante en la historia —y por haberlo hecho en aquella época tiene
suficiente derecho a la inmortalidad—, y también es el primero que analizó
el proceso histórico como un conflicto continuo entre clases económicas, entre
aquellos que, en un período dado, son los poseedores de los principales
recursos económicos de la comunidad, y aquellos que carecen de esta ventaja y
han de depender de los primeros para su subsistencia.
93 Conforme
a SaintESimón, la clase gobernante raras veces es suficientemente capaz o
desinteresada para emplear de manera completamente racional sus recursos o para
instituir un orden en el cual los más capaces de hacerlo son llamados para
incrementar los
recursos de la comunidad, y raras veces suficientemente flexible para adaptarse a sí misma
—y las instituciones que controla— a las nuevas
condiciones sociales que genera su propia actividad. Por lo tanto, tiende a
llevar a cabo una política miope y egoísta, a formar una casta cerrada, a
acumular toda la riqueza en unas pocas manos y, por medio del prestigio y el
poder así obtenidos, a reducir a la mayoría desposeída a la esclavitud social y
económica. Naturalmente, los subditos descontentos se agitan y consagran sus
vidas al derrocamiento de la minoría tiránica; y cuando la conjunción de
circunstancias los favorece, acaban por lograrlo. Pero están corrompidos por
los largos años de servidumbre y son incapaces de concebir ideales más elevados
que los de sus amos, de modo que, cuando conquistan el poder, lo emplean no
menos irracional e injustamente que sus anteriores opresores; a su vez, crean
una nueva clase oprimida, y así la lucha continua en un nuevo nivel. La
historia humana es la historia de tales conflictos, en última instancia —como
Adam Smith y los filósofos franceses del siglo XVIII hubieran dicho— debido a
la ceguera tanto de amos como de subditos, que no llegan a una coincidencia de
los mejores intereses de ambos bajo una distribución racional de los re cursos
económicos. En lugar de ello, las clases gobernantes procuran detener todo cambio
social, viven ociosa y disipadamente, obstruyendo el progreso económico bajo su
forma de invención técnica, el cual, y aunque sólo él se desarrollara
adecuadamente, rápidamente aseguraría, al crear una abundancia ilimitada
y al distribuirla científicamente, la eterna felicidad y prosperidad de la
humanidad. SaintE Simón, que era mucho mejor historiador que su predecesor
enciclopedista, concibió una opinión auténticamente evolutiva de la sociedad
humana, y estudió las épocas pasadas no según estuvieran más o menos alejadas
de la civilización del presente, sino según el grado de adaptación de sus
instituciones a las necesidades sociales y económicas de los propios días, con
el resultado de que su explicación, por ejemplo, de la Edad Media es mucho más penetrante
y atractiva que las de la mayor parte de sus contemporáneos liberales. Veía el
progreso humano como la actividad inventiva, creadora, de los hombres en la
sociedad, mediante la cual transforman y enriquecen sus propias naturalezas y
sus necesidades, así como los medios de satisfacerlas, tanto espirituales como
materiales; la naturaleza humana no es, como suponía el siglo XVIII, una
entidad fija, sino un proceso de crecimiento cuya dirección determinan sus
propios éxitos y fracasos.
94 De ahí que hiciera notar que un orden social que responde a las auténticas necesidades de
su época puede tender a estorbar los movimientos de una época posterior, convirtiéndose
así en una camisa de fuerza cuya naturaleza ocultan
las clases protegidas por su existencia. El ejército y la Iglesia, elementos
orgánicos y progresivos en la jerarquía medieval, son ahora supervivencias
anticuadas cuyas funciones desempeñan en la sociedad moderna el banquero, el
industrial, el hombre de ciencia, con la consecuencia de que los sacerdotes,
los soldados, los rentistas, sólo pueden sobrevivir como seres ociosos y
parásitos sociales que despilfarran la sustancia de las nuevas clases y frenan
su avance; por lo tanto, han de ser eliminados. En su lugar han de colocarse a
la cabeza de la sociedad expertos industriosos y hábiles, elegidos por su
capacidad ejecutiva: financieros, ingenieros, organizadores de vastas empresas
industriales y agrícolas rigurosamente centralizadas, han de gobernar. Los
saintEsimonianos enseñaban que las leyes de la herencia, determinantes de
inmerecidas desigualdades de fortuna, han de ser abolidas, pero que en modo
alguno debía extenderse esta supresión a la propiedad privada en general, pues
todo hombre tiene derecho al fruto de su trabajo personal.
Como los hombres de la revolución, y Fourier y
Proudhon después de ellos, SaintE Simón y sus discípulos creían firmemente que
el disfrute de la propiedad proporcionaba a la vez el único incentivo para
un trabajo enérgico y el fundamento de la moralidad privada y pública. El
Estado debe recompensar adecuadamente, y en proporción a su eficiencia,
a los banqueros, promotores comerciales, industriales, inventores,
matemáticos, científicos, ingenieros, pensadores, artistas, poetas, puesto que una
vez que los expertos hayan racionalizado la vida económica de la sociedad, la
virtud natural de la pro gresiva naturaleza humana, la natural armonía de
los intereses de todos, garantizarán la seguridad, la justicia universal, el
contento de todos los hombres y su igualdad de oportunidades. SaintESimón vivió
en una época en que en Europa occidental estaban desapareciendo
finalmente los últimos vestigios del feudalismo ante el avance del empresario burgués y sus
nuevos recursos mecánicos. Tenía fe ilimitada en las inmensas posibilidades de la invención
técnica y en sus efectos naturalmente beneficiosos sobre la sociedad humana;
veía en la
ascendente clase media hombres capaces y enérgicos, animados por un sentido de justicia y
un desinteresado altruismo, pero estorbados por la ciega hostilidad de la
aristocracia terrateniente y de la Iglesia, que temblaban por sus privilegios y
posesiones y así se tornaban enemigos de toda justicia y de todo progreso
científico y moral.
95 Semejante
creencia no era entonces tan ingenua como pueda parecemos ahora. Como el propio
Marx habría de repetir luego, en el momento de lucha por el surgimiento social,
la vanguardia de la clase ascendente identifica naturalmente en una nación su
propia causa con toda la masa de los oprimidos, y se siente —y en cierta medida
lo es— campeona
desinteresada de un nuevo ideal, ya que lucha en las avanzadas del frente progresivo. SaintE
Simón fue el más elocuente profeta de la burguesía ascendente, en su cualidad
más generosa e idealista. De modo natural confiere los más altos valores a
la industria, la iniciativa, la inventiva, así como la capacidad para
planeamientos en gran escala; pero también formuló agudamente la teoría de la
lucha de clases, aunque sin saber mayormente qué aplicación tendría un día esta
parte de su doctrina.
Era un noble terrateniente del siglo XVIII,
arruinado por la revolución, que había optado por identificarse con las
fuerzas del progreso y por explicar y justificar así el sobreseimiento de la
clase a que pertenecía. Charles Fourier, su más celebrado rival ideológico, era
un viajante de comercio que vivió en París durante aquellas primeras décadas
del nuevo siglo, cuando los financieros e industriales en quienes SaintESimón
cifraba todas sus esperanzas, lejos de aplicarse a una reconciliación social,
procedieron a ahondar el antagonismo de clases mediante la creación de
inrereses monopolistas férreamente centralizados. Obteniendo el control del
crédito y empleando el trabajo en una
escala sin precedentes, crearon la posibilidad de la producción y distribución en masa de
mercancías, y compitieron así en términos
desiguales con los pequeños comerciantes y artesanos, a quienes siste
máticamente arrojaban del mercado abierto y a cuyos hijos absorbían en sus
fábricas y minas. En Francia, el efecto social de la revolución industrial fue
abrir una brecha y crear un estado de permanente encono entre la grande y la
petite bourgueoisie. Típico representante de la clase arruinada, Fourier
prorrumpe en acerbas invectivas contra la ilusión de que los capitalistas son
los predestinados salvadores de la sociedad. Su contemporáneo de más edad, el
economista suizo Sismondi, había defendido, aportando decisivas y abundantes
pruebas históricas —y en un período en que era preciso ser casi tanto como un
genio para percibirlo—, la opinión de que, mientras todas las luchas anteriores
de clases se originaban por la escasez de mercancías en el mundo, el
descubrimiento de nuevos medios mecánicos de producción inundaría el mundo de
excesiva abundancia, y al poco, a menos que se controlara, llevaría a una
guerra de clases, comparada con la cual los conflictos anteriores parecerían
insignificantes. La necesidad de comercializar la pro ducción siempre creciente
determinaría una continua competencia entre los capitalistas rivales, que se
verían forzados sistemáticamente a reducir los salarios y a aumentar las horas
de trabajo de los empleados a fin de asegurarse, aunque tan sólo fuese por
algún tiempo, una ventaja sobre un rival más lento, competencia que a su vez
llevaría a una serie de agudas crisis económicas y que remataría en un caos social y político,
debido a las guerras intestinas entre grupos de capitalistas.
96 Semejante
pobreza artificial, que crecería en proporción directa al incremento de
mercancías, por encima del monstruoso atropello de aquellos mismos principios
humanos fundamentales para garantizar los cuales se había hecho la gran
revolución, sólo podía impedirse mediante la intervención del Estado, el que
debía restringir el derecho de acumular capital y el de poseer los medios de
producción. Pero mientras que Sismondi era un «New Dealer» avant la lettre o un
profeta del Estado de bienestar, que creía en la posibilidad de una sociedad
centralmente organizada y gobernada racional y humanamente, y se limitaba
a hacer recomendaciones generales, Fourier desconfiaba de
toda autoridad central y declaraba que la riEranía burocrática está destinada a desarrollarse
si los organismos gubernamentales tienen vasto campo de dominio; propuso que la
tierra se dividiera en pequeños grupos, a los que dio el nombre de
falansterios, cada uno de los cuales se gobernaría a sí mismo y estaría
federado en organismos cada vez más amplios; todas las maquinarias, la tierra,
los edificios, los recursos naturales, habían de poseerse en común. Su visión,
singular mezcla de excentricidad y genio, inclusive en sus momentos más
apocalípticos, es minuciosa y precisa: una gran planta eléctrica central
realizaría mediante su energía todo el trabajo mecánico del falansterio; los
beneficios se dividirían entre el trabajo, el capital y el talento en la
estricta proporción 5:3:2, y los miembros, con no más de unas pocas horas de trabajo
diario, tendrían libertad entonces para ocuparse en desarrollar sus
facultades intelectuales, morales y artísticas, en una medida hasta entonces
sin precedentes en la historia.
La exposición se interrumpe a menudo con estallidos
de pura fantasía, como la profecía de la aparición en el futuro inmediato de
una nueva raza de animales, no desemejante en
apariencia a las especies existentes, pero más poderosa y más numerosa —«antileones»,
«antiosos», «antitigres»—, tan amigos del hombre y
apegados a él como sus actuales antepasados son hostiles y destructores,
animales que realizarían buena parte del trabajo que hoy hace el hombre con la
habilidad, inteligencia y previsión que faltan a las meras máquinas. La tesis
alcanza sus puntos más altos en los momentos más destructivos. Por el
implacable rigor con que se analizan los efectos autodestructores tanto de la
centralización como de la libre competencia, por la vehemente indignación y el auténtico
horror que le
inspiran el total desprecio por la vida y libertad del individuo mostrado por el régimen
monstruoso de los financieros y sus mercenarios
—los jueces, los soldados, los administradores—, la acusación de Fourier es
arquetipo de todos los ataques ulteriores lanzados contra la doctrina del
desenfrenado laissezVfaire, de las grandes denuncias de Marx y
Carlyle, de las caricaturas de Daumier y de las obras teatrales de BüchEner, no
menos que de las protestas izquierdistas y derechistas contra la sustitución de
las antiguas formas de privilegio por otras nuevas, y contra la esclavización
del individuo por la misma maquinaria creada para liberarlo.
97 La
revolución de 1830, que derrocó en Francia a Carlos X y elevó al tro no a Luis
Felipe, hizo revivir una vez más el interés público por las cuestiones
sociales. Durante la década subsiguiente, las prensas lanzaron una interminable
sucesión de libros y folletos que denunciaban los males del sistema existente y
sugerían toda suerte de remedios, desde las proposiciones moderadamente
liberales de Lamartine o Crémieux hasta las exigencias semisocialistas más radicales de Marrast o Ledru Rollin y el evolucionado socialismo estatal
de Louis Blanc, para terminar con los drásticos programas de Barbes y Blanqui,
quienes en su diario L'Homme Libre abogaron por una violenta
revolución y la abolición de la propiedad privada. Considérant, discípulo de
Fourier, proclamó el inminente desmoronamiento del sistema existente de las
relaciones de propiedad, y conocidos escritores socialistas de la época, como
Pecqueur, Louis Blanc, Dézami —así como la figura más independiente y original
entre ellos, Proudhon—, publicaron sus más conocidos ataques contra el orden
capitalista entre 1839 y 1842, y a su vez fueron seguidos por una hueste de
figuras menores que diluyeron y vulgarizaron sus doctrinas.
En 1834 el sacerdote católico Lamennais dio a la
estampa sus Palabras de un creyente, que contienen
una doctrina socialista cristiana, y en 1840 apareció la Biblia de la
libertad del abate Constant, nueva prueba de que hasta en la Iglesia
había hombres incapaces de resistir al gran llamamiento popular de las nuevas
teorías revolucionarias.
El éxito sensacional de Diez años de
Louis Blanc, brillante y agrio análisis de los años 1830E40, indicó la
tendencia de la opinión. El comunismo literario y filosófico comenzaba a
ponerse de moda: Cabet escribió una utopía comunista sumamente popular
titulada Viaje a Icaria. Pierre Leroux predica un
igualitarismo místico a la novelista George Sand, y Heine lo discute con
simpatía en sus celebrados apuntes sobre la vida social y literaria de París
durante la monarquía de julio.
El destino ulterior de estos movimientos carece
prácticamente de importancia. Después de algunos años de interrumpida
existencia, los saintEsimonianos desaparecieron como movimiento y algunos de
ellos se convirtieron en prósperos magnates ferroviarios y rentistas,
cumpliendo así al menos un aspecto de la profecía de su maestro. Los discípulos
de Fourier, más idealistas, fundaron colonias comunistas en los Estados Unidos,
algunas de las cuales, como la comunidad de Oneida, perduraron algunas décadas
y atrajeron a prominentes escritores y pensadores norteamericanos; en la década
de 1960 ejercieron considerable influencia mediante su diario, el New
York Tribune.
98 Marx se familiarizó con esas teorías y sus propias doctrinas deben mucho a ellas. La visión
de SaintESimón de nuevas y vastas posibilidades productivas, así como de su revolucionario
efecto sobre la sociedad, hablaba (y aún sigue hablándoles) a aquellos para
quienes sólo la audaz industrialización permitirá el rápido avance hacia el
poder y la expansión y realización plenas de las capacidades humanas en todas
las esferas. Fourier hablaba a aquellos que, por el contrario, consideraban que
el desenfrenado impulso productor, sin tener para nada en cuenta la
distribución, destruía las relaciones humanas naturales, convertía a los
hombres en mercaderías, se burlaba de la justicia, distorsionaba las facultades
de los hombres para convertirlas en canales en los que ellos quedaban
bloqueados o vueltos contra sus necesidades más naturales, creaba un espantoso campo de
guerra selvática, mutuamente destructiva, la cual
sólo cabía contener medianre una implacable centralización, que aplastaba
igualmente a sus víctimas y que la frenética expansión de las empresas
productoras parecía tornar inevitable. Marx aceptaba ambas tesis; intentaba
mostrar que los hombres progresaban —a través de mares de cieno y sangre— hacia
una sociedad en la que las profecías más optimistas sobre
una productividad no fiscalizada se conjugaban con un control social que
había de salvarlos de la consunción, la opresión, la frustración, la
atomización. Paramostrarlo y ofrecer de ello concreta evidencia, puso a prueba
las teorías sociales de los pensadores franceses como mejor pudo,
familiarizándose con los detalles de la reciente historia social, extraídos de
todas las fuentes que hallaba a su alcance, de libros, de diarios, reuniéndose
con escritores y periodistas
y pasando las noches con los pequeños grupos revolucionarios compuestos de
viajeros alemanes que, bajo la influencia de agitadores comunistas, se
congregaban para discutir los asuntos de su dispersada organización y, más
vagamente, la posibilidad de una revolución en la tierra natal. Conversando con
estos artesanos, descubrió algunas de las esperanzas y necesidades de una clase
de la que las obras de SaintESimón y sus epígonos habían bosquejado un retrato
un tanto abstracto. Marx apenas había pensado en los precisos papeles que la
pequeña burguesía y el proletariado habían de desempeñar para hacer progresar
la razón y mejorar la sociedad. A aquéllos había de sumarse también el
inestable elemento déclassé, compuesto de figuras marginales,
miembros de oficios singulares, bohemios, soldados sin empleo, actores,
intelectuales, ni amos ni esclavos, independientes y, sin embargo, situados
precariamente en el mismo borde del nivel de subsistencia y cuya existencia
apenas reconocieron los historiadores sociales y, mucho menos, explicaron o
analizaron.
99 Su
interés por los escritos económicos de los socialistas, que constituían el ala
izquierda del partido reformador francés, atrajo su atención hacia estas
cuestiones. Ruge le había encargado un ensayo para su periódico sobre la Filosofía del Derecho,
de Hegel. Lo escribió junto con un ensayo sobre la cuestión judía, a principios
de 1844. El ensayo acerca de los judíos tenía el carácter de réplica a los
artículos de Bruno Bauer sobre el tema. Bauer había declarado que los judíos,
históricamente rezagados un estadio respecto de los cristianos, debían
bautizarse antes de poder reclamar razonablemente plena emancipación civil. En
su contestación, Marx declaraba que los judíos no constituían ya una entidad
religiosa o racial, sino una entidad puramente económica, forzada a la usura y
a otras profesiones poco atractivas por el trato de que sus vecinos los hacían
objeto, una excrecencia del sistema capitalista; por lo tanto, sólo podían
emanciparse cuando se emancipara el resto de la sociedad europea; bautizarlos
equivaldría a sustituir una cadena por otra, y darles sólo libertades políticas
era ver el problema con los ojos de aquellos liberales para quienes éstas son
todo cuanto un ser humano puede esperar poseer y, es más, debe poseer. A pesar
de sus momentos brillantes, se trata de un análisis superficial, si bien
muestra a Marx en una típica disposición de ánimo: estaba resuelto a que los
sarcasmos e insultos de que fueron blanco durante toda su vida algunos de los
notables judíos de su generación, como Heine, Lassalle, Distaeli, por lo menos
en la medida en que estuviera a su alcance, nunca lo importunaran.
Consecuentemente, decidió matar el problema judío de una vez por todas en lo
que a él atañía, declarándolo irreal, invernado como pantalla para ocultar
otras cuestiones más apremiantes, un problema que no ofrecía especial
dificultad, sino que surgía del general caos social que había de
ordenarse. Fue bautizado como luterano y se casó con una gentil; otrora había
ayudado a la comunidad judía de Colonia, pero durante la mayor parte de su vida
se mantuvo apartado de todo cuanto estuviera remotamente conectado con su raza,
mostrando abierta hostilidad por todas sus instituciones.
La crítica sobre Hegel es más importante, y la
doctrina que expone no se parece a nada que hubiera publicado antes. En ella,
como él mismo declara, comenzó por ajustar sus cuentas con la filosofía
idealista. Fue éste el principio de un vasto, laborioso y total proceso que,
cuando alcanzó su punto culminante cuatro años después, vino a crear
los fundamentos de un nuevo movimiento y una nueva concepción, y a
convertirse en una fe dogmática y un plan de acción que dominan la conciencia
política de Europa hasta nuestros días.
100
III
Si lo que Marx necesitaba era un plan completo de
acción, basado en el estudio de la historia y la observación de la escena
contemporánea, poca o ninguna simpatía le hubieron de inspirar los reformadores
y profetas que se reunían en los salones y cafés de París por la época de su
llegada. Eran, ciertamente, más inteligentes, más responsables y políticamente
más influyentes que los filósofos de los cafés de Berlín, pero ello es que a él
se le aparecieron como dotados visionarios —Robert Owen—, liberales reformadores
—Ledru Rollin— o, como Mazzini, una combinación de ambos, que no estaban
preparados, en última instancia, para hacer nada por la clase trabajadora;
o bien, eran idealistas sentimentales, pequeños burgueses disfrazados de lobos
siendo corderos, como Proudhon o Louis Blanc, cuyos ideales podían ser de
hecho alcanzables, por lo menos parcialmente, pero cuyas tácticas
antirrevoElucionarias, graduales, demostraban que estaban radicalmente
equivocados en su estimación del poderío del enemigo y que, por lo tanto,
debían ser combatidos tanto más asiduamente cuanto que eran enemigos internos y
a menudo completamente inconscientes de la revolución. Sin embargo, aprendió de
ellos mucho más de lo que hubo de reconocer, especialmente de Louis Blanc, cuyo
libro sobre la organización del trabajo influyó en su concepción de la
evolución y análisis correcto de la sociedad industrial.
Mucho más poderosamente se sintió atraído por el
partido que, para distinguirse de los moderados, a quienes se llamaba
socialistas, adoptó el nombre de partido de los comunistas. Ni uno ni otro
constituían un partido en el sentido moderno de la palabra, sino que ambos
consistían en grupos de individuos faltos de verdadera organización interna.
Pero al paso que el primero estaba formado predominantemente por intelectuales,
el último lo componían casi enteramente obreros fabriles y pequeños artesanos, la mayoría de
los cuales eran hombres simples que se habían educado a sí mismos, estaban
exasperados por las injusticias de que eran objeto y fácilmente comprendieron
la necesidad de una conspiración revolucionaria que aboliera los privilegios y
la propiedad privada; esta doctrina la había predicado Filippo Buonarrotti,
discípulo de Babeuf, y la había heredado el comunista jacobino Blanqui, que
conspiró durante toda su vida y que se vio envuelto en el abortado alzamiento
de 1839. A Marx le impresionó particularmente la capacidad organizadora de
Auguste Blanqui y la audacia y violencia de sus convicciones, pero lo
consideraba falto de ideas y excesivamente vago en cuanto a los pasos que había
que dar después del triunfo del golpe de Estado. Halló una actitud similarmente
irresponsable en los otros abogados de la violencia, a los más notables de
los cuales —el errante sastre alemán Weitling y el exilado ruso Bakunin—
conocía bien por esta época. Sólo uno de los comunistas a quienes conoció en
París le pareció poseer una auténtica comprensión de la situación.
101 Se
trataba de un tal Friedrich Engels, joven radical alemán de familia acomodada,
hijo de
un fabricante de tejidos de Barmen. Se conocieron en París con motivo de la publicación
por Engels de artículos económicos en el periódico
de Marx. El conocimiento probó ser decisivo para ambos y marcó el comienzo de
una notable amistad y colaboración que perduró hasta la muerte.
Engels comenzó por ser poeta y periodista radical y acabó siendo, después de la muerte
de Marx, el líder reconocido del socialismo internacional que, en vida suya, se
había desarrollado para convertirse en movimiento mundial. Era un hombre de
mente sólida y robusta, pero escasamente creadora; un hombre de excepcional
integridad y fuerza de carácter, variadamente dotado, pero que poseía, en
particular, sorprendente capacidad para la rápida asimilación de conocimientos. Mostraba un intelecto penetrante y lúcido y un
sentido de la realidad como muy pocos, o quizá ninguno de sus contemporáneos
radicales, podían ostentar; personalmente poco dotado para el descubrimiento
original, tenía excepcional talento para investigar, determinar y percibir la
aplicabilidad práctica de los descubrimientos de otros.
Su destreza para escribir rápida y claramente, su
paciencia y lealtad ilimitadas, lo convirtieron en ideal aliado y colaborador
del inhibido y difícil Marx, cuya redacción era a menudo desmañada,
sobrecargada y oscura. Engels no deseaba mejor destino que vivir a la luz de la
enseñanza de Marx, pues percibía en él un hontanar de genio original que
comunicaba vida y objeto a sus propias dotes peculiares; con él identificó su
vida y su obra y obtuvo la recompensa de compartir la inmortalidad del
maestro. Antes de conocerse, en sus inicios como discípulo de Hess, había
llegado de forma independiente a una posición no muy distinta de la de Marx, y
en años posteriores entendió a veces las nuevas ideas de su amigo, sólo
semiarticuladas, más claramente que el propio Marx, y las revistió (a veces a
expensas de una drástica simplificación) con un ropaje más atractivo e
inteligible para las masas que el con frecuencia tortuoso estilo de Marx. Pero
lo más importante de todo era que poseía una cualidad esencial para mantener
permanente intercambio con un hombre del temperamento de Marx: no procuraba
competir con él, no mostraba deseo alguno de resistir el impacto de aquella
personalidad poderosa, de conservar y retener una posición propia; por el
contrario, ansiaba recibir de Marx todo su sustento intelectual, como un
discípulo devoto, y recompensó al maestro con su juicio sano, su entusiasmo, su
vitalidad, su alegría y, finalmente, en el sentido más literal,
proporcionándole medios de subsistencia en momentos de desesperada pobreza.
Marx, que, como muchos intelectuales enteramente consagrados a su obra, se
sentía obsesionado por una perpetua sensación de inseguridad y mórbidamente
afectado por los menores signos de antagonismo hacia su persona o su doctrina,
necesitaba por lo menos una persona que entendiera su concepción, en la que
pudiera confiar completamente y apoyarse con tanta seguridad y tan a menudo
como lo deseara.
102 En
Engels encontró un amigo devoto y un aliado intelectual cuya misma calidad
pedestre le devolvía el sentido de la perspectiva y la confianza en sí mismo y
en el propósito que perseguía. A lo largo de la mayor parte de su vida ejecutó
sus actos con el conocimiento de que aquel hombre fuerte y digno de toda su
confianza estaba siempre cerca de él para ayudarlo a soportar el peso de
cualquier contingencia. Por esto lo retribuyó con un afecto y un encomio de sus
cualidades que no ofreció a nadie más, como no fuera a su mujer y a
sus hijos.
Trabaron relación en el otoño de 1844, después que
Engels le hubiera enviado, para publicarlo en su periódico, un esbozo de
crítica de las doctrinas de los economistas liberales. Hasta entonces, para
Marx, Engels figuraba vagamente entre los intelectuales berlineses, impresión
que su única entre vista anterior no había disipado. Pero a partir de ese
momento le escribió inmediatamente; como resultado de ello, se reunieron en
París,
oportunidad en que a ambos se les hizo patente la semejanza de sus opiniones sobre los
problemas fundamentales. A Engels, que había
viajado por Inglaterra y publicado una vivida descripción de la condición
de la clase trabajadora inglesa, le desagradaba el humanitarismo social de la
escuela de Sismondi aún más profundamente que a Marx. Suministró a Marx aquello
que éste venía buscando desde hacía tiempo, esto es, un cúmulo de datos
concretos acerca del estado de los asuntos en una comunidad industrial
progresiva, el que había de servirle de prueba material para la vasta tesis
histórica que se estaba cristalizando rápidamente en su espíritu. Por su parte,
Engels halló que Marx le ofrecía lo que a él le faltaba: una sólida estructura
dentro de la cual articular los hechos, el modo de poder convertirlos en arma
contra las abstracciones dominantes, en las cuales, según su opinión, no podía
basarse ninguna filosofía revolucionaria seria. El efecto que el encuentro con
Marx tuvo sobre él ha de haberse semejado al que éste había
producido antes en el más impresionable Hess. Robusteció su vitalidad, esclareció
sus ideas políticas, hasta entonces faltas de desarrollo, le proporcionó un
sentido de definida orientación, una visión ordenada de la sociedad dentro de
la cual podía trabajar con la seguridad del carácter concreto, alcanzable,
de la meta revolucionaria. Después de extraviarse en el intrincado laberinto
del movimiento de los jóvenes hegelianos, esto debió parecerle el comienzo de
una nueva vida y, por cierto, tal es lo que fue para él.
103 Su
inmensa correspondencia, que se prolongó cuarenta años, fue desde el mismo
comienzo a la vez familiar y de tono comercial; ni uno ni otro se entregaban
mayormente a
la introspección; ambos estaban enteramente ocupados en el movimiento que se proponían
crear y que se convirtió para ellos en la realidad más sólida de sus vidas.
Sobre este firme cimiento se erigió una amistad
única, en la que no cabe encontrar huellas de dominio, tutela o celos; uno y
otro se referían a ella no sin cierto recato y embarazo; Engels tenía
conciencia de recibir más de lo que daba, de vivir en un universo mental creado
y equipado por Marx.
Cuando Marx murió, Engels se consideró guardián de
aquel mundo, al que protegió celosamente de todos los intentos de reforma
realizados por la atolondrada e impaciente generación de jóvenes socialistas.
Los dos años que Marx pasó en París constituyeron
la primera y única ocasión de su vida en que conoció a hombres con quienes
mantuvo amistoso intercambio y que eran sus iguales, si no siempre en
inteligencia, por lo menos por la originalidad de su personalidad y su vida.
Después del desastre de 1848, que quebrantó el espíritu de casi todos los
radicales
más enérgicos, quienes quedaron diezmados por la muerte, el presidio y los traslados, y que
dejó a la mayoría indiferente o desilusionada, Marx se recogió en una actitud
de agresivo aislamiento para mantener contacto sólo con hombres que habían
probado su lealtad personal a la causa con la que él estaba identificado. A
partir de entonces, Engels fue su jefe de estado mayor y trató abiertamente al
resto como rivales o subordinados.
El retrato que surge de las memorias de quienes
fueron sus amigos en esta época — Ruge, Freiligrath, Heine, Annenkov— lo
muestra como una figura intrépida y enérgica, como un polemista vehemente,
impaciente, despectivo, que sobre todo descarga sus pesadas armas hegelianas,
pero que, a pesar de la torpeza del mecanismo, revela un intelecto agudo y
poderoso, cuya calidad, en años posteriores, reconocieron abiertamente aun
aquellos que se mostraron más hostiles (y añadamos que eran pocos los prominentes
radicales a quienes no hubiera herido y humillado de cualquier modo).
Conoció al poeta Heine y trabó con él cálida
amistad; acaso haya sido influido por éste, y en éste, a pesar de sus
opiniones antidemocráticas, veía a un poeta más auténticamente
revolucionario que Herwegh o Freiligrath, ambos ídolos por entonces de la juventud radical
alemana. También estaba en buenos términos con el círculo de liberales rusos,
algunos de
ellos auténticos rebeldes y otros cultivados dilettanti aristocráticos, conocedores de
curiosos hombres y situaciones. Uno de éstos, agudo
y agradable hombre de Ietras, Annenkov, a quien Marx profesó cierto afecto,
dejó una breve descripción suya correspondiente a esta época:
104
Marx pertenecía al tipo de hombres que son todo
energía, fuerza de voluntad e inconmovible
convicción. Con una espesa greña negra, con manos velludas y una levita abotonada como
quiera, tenía la apariencia de un hombre acostumbrado a inspirar el respeto de
los otros. Sus
movimientos eran desmañados, pero revelaban seguridad en sí mismo. Sus maneras desafiaban las convenciones aceptadas del trato social y eran altivas y casi despectivas. Tenía
voz desagradablemente áspera y hablaba de los hombres y de las cosas en el tono de quien no
está dispuesto a tolerar ninguna contradicción y que parecía expresar la firme
convicción en su
misión de influir en los espíritus de los hombres y dictar las leyes de su ser.
Otro miembro de este círculo, mucho más
descollante, era el celebrado Bakunin, sobre quien el trabar conocimiento con
Marx en París y en esta misma época tuvo efecto más
perdurable. Bakunin había abandonado Rusia aproximadamente por la misma época en que
Marx había partido de Alemania, y poco más o menos por la misma razón. Era por
entonces un ardoroso «crítico» perteneciente al ala izquierda hegeliana,
enemigo apasionado del zarismo y de todo gobierno absolutista. Poseía un
carácter generoso, extravagante, sumamente impulsivo, y una imaginación rica,
caótica, desenfrenada, una pasión por lo violento, lo inmenso, lo sublime, un
odio por toda disciplina e institucionalismo, una ausencia total de todo
sentido de la propiedad privada y, sobre todo, un feroz y avasallador deseo de
aniquilar la estrecha sociedad de su tiempo, en la cual, como Gulliver en
Lilliput, el individuo humano se sofocaba por falta de espacio para desarrollar
integralmente sus más nobles facultades. Su amigo y compatriota Alexander Herzen,
que al punto lo admiró y se sintió intensamente irritado por él, dice en sus
memorias:
Bakunin era capaz de ser cualquier cosa: agitador, tribuno, predicador, jefe de un partido, de
una secta, una herejía. Póngaselo en cualquier parte, con tal de que sea
siempre en el punto extremo de un movimiento, y fascinará a las masas e influirá decisivamente en los destinos de
los pueblos... pero en Rusia, este Colón sin América y sin barco, después de haber servido
contra su voluntad uno o dos años en la artillería y después de haber militado más o menos
otros dos años entre los hegelianos moscovitas, anhelaba desesperadamente arrancarse de un
país donde toda forma de pensamiento se perseguía como malintencionada y donde
la
independencia del juicio o el discurso se consideraba un insulto a la moralidad pública.
Era un maravilloso orador de multitudes a quien
consumía un auténtico odio por la injusticia y un abrasador sentimiento de la
propia misión, que consistía en llevar a la humanidad a cumplir algún acto de
magnífico heroísmo colectivo, que la liberaría para siempre; por lo demás,
ejercía una fascinación personal sobre los hombres, a quienes cegaba a su
propia irresponsabilidad, a su fundamental frivolidad, al comunicarles un
avasallador entusiasmo revolucionario.
105 No
era un pensador original y asimilaba fácil mente las opiniones de otros; pero
era un inspirado maestro y, si bien todo su credo se reducía a poco más que una
apasionada creencia igualitaria en la necesidad de destruir toda autoridad y de
liberar a los oprimidos, mezclada con cierto paneslavismo precario, sólo con
esto creó un movimiento que perduró muchos años después de su muerte.
Bakunin difería de Marx como la poesía difiere de
la prosa; la conexión política entre ambos reposaba en cimientos inadecuados y
fue muy efímera. El principal vínculo que los
unía era el odio común por cualquier forma de reformismo, pero este odio tenía raíces
distintas. Para Marx, la evolución gradual fue
siempre un intento disfrazado, por parte de la clase gobernante, de desviar la
energía de sus enemigos hacia canales ineficaces e inofensivos, política a la
que las cabezas más lúcidas calificaban de deliberada estratagema, al paso que
engañaba al resto, incluso a los reformadores radicales cuyo temor a
la violencia no era sino un sabotaje inconsciente a los fines profesados.
Bakunin detestaba toda reforma, pues sostenía que todas las fronteras que limitaran
la libertad personal eran intrínsecamente malas, y que toda violencia
destructora, cuando se la dirigía contra la autoridad, era buena en sí misma,
por cuanto se trataba de una forma fundamental de propia expresión creadora.
Por esta razón se oponía apasionadamente al propósito aceptado por Marx y los
reformadores —el reemplazo del statu quo por un socialismo
centralizado—, puesto que, según él, era ésta una nueva forma de tiranía al par
más mezquina y más absoluta que el despotismo personal y de clase al que
pretendía sustituir. Tal actitud tenía como base emocional el disgusto que a su
temperamento inspiraban las formas ordenadas de vida en una sociedad civilizada
normal, disciplina esta, dada por
descontada en las ideas de los demócratas occidentales, que a un hombre de su imaginación
exuberante, costumbres caóticas y odio por toda restricción y barrera, parecía
descolorida, minúscula, opresiva y vulgar. Una alianza fundada en la ausencia
casi rotal de aspiraciones comunes no podía perdurar: el ordenado, rígido,
impasible Marx llegó a considerar a Bakunin como un mitad charlatán y mitad
loco, y consideraba sus opiniones absurdas y bárbaras. Veía
en la doctrina de Bakunin un desarrollo del salvaje individualismo por el que
había condenado antes a Stirner; pero mientras Stirner era un oscuro profesor
en una escuela secundaria para señoritas, un intelectual políticamente
inoperante que ni era capaz de agitar a las masas ni ambicionaba hacerlo, Bakunin
era un decidido hombre de acción, un agitador hábil y valiente, un
magnífico orador, un peligroso megalómano a quien consumía un fanático deseo de
dominar a los hombres, al menos intelectualmente, idéntico al del propio Marx.
106 Bakunin dejó registrada su opinión de Marx muchos años después, en uno de sus ensayos políticos.
El señor Marx —escribió— es de origen judío.
Combina en su persona todas las cualidades y
defectos de esta dotada raza. Nervioso, según dicen algunos, hasta llegar al límite de la
cobardía, es inmensamente malicioso, vanidoso, pendenciero, tan intolerante y autocrático
como Jehová, el Dios de sus padres, y, como Él, insanamente vengativo.
No hay mentira ni calumnia que no sea capaz de emplear contra cualquiera que le haya
inspirado celos u odio; no se detendrá ni ante la intriga más baja si, en su opinión, ha de servir
para consolidar su posición,
su influencia y su poder.
Tales son sus vicios, pero también tiene muchas
virtudes. Es muy hábil y posee vastos
conocimientos. Alrededor de 1840 era el alma de un notabilísimo círculo de hegelianos
radicales, alemanes cuyo sólido cinismo dejaba muy atrás hasta a los más rabiosos nihilistas
rusos. Muy pocos hombres han leído tanto como él y, puede añadirse, tan inteligentemente
como él...
Como el señor Louis Blanc, es un fanático
autoritario —y por partida triple: como judío, como alemán y como hegeliano—,
pero allí donde el primero, en lugar de argumentos, se vale de una
retórica declamatoria, el último, como conviene a un erudito y reflexivo alemán, ha
embellecido este principio con todos los ardides y fantasías de la dialéctica hegeliana y con
toda la riqueza de su variadísimo saber.
El odio mutuo se hizo cada vez más evidente con el
correr del tiempo; exteriormente continuaron manteniendo penosas relaciones de
amistad durante algunos años y no se
produjo una ruptura completa a causa del reluctante y aprensivo respeto que cada cual
tenía por las formidables cualidades del otro.
Cuando al fin estalló el conflicto, éste casi destruyó la obra de ambos e hizo
incalculable daño a la causa del socialismo europeo.
Si Marx trató a Bakunin como a un igual, no ocultó
su desprecio por el otro famoso agitador, Wilhelm Weitling, a quien conoció por
la misma época. Sastre de profesión y predicador errante por vocación, este
grave y valiente visionario alemán fue el último y más elocuente
descendiente de aquellos hombres que instigaban a rebelarse a los campesinos
hacia fines de la baja Edad Media y cuyos modernos representantes, en su
mayoría artesanos y jornaleros, se congregaban en sociedades secretas
consagradas a la causa de la revolución; había ramas de ellas en muchas
ciudades industriales alemanas y en el extranjero, dispersos centros donde
fermentaba el descontento político, formados por innumerables víctimas del
proceso social, por hombres violentamente agriados por las injusticias y
confundidos respecto de la causa de éstas, así como del modo de ponerles
remedio, pero unidos por un sentimiento común de opresión y un deseo común de arrancar
de cuajo el sistema que había destruido sus vidas.
107 En
sus libros El evangelio de un pobre pecador y Garantías de armonía y libertad,
Weitling propugnaba una guerra de clases de los pobres contra los ricos, cuya
principal arma era un abierto terrorismo y, en particular, la formación de
tropas de choque constituidas por aquellos en quienes más se cebaba la
injusticia y, por ende, por los elementos más desamparados de la sociedad que
nada tenían que perder —los parias y los criminales—, quienes lucharían
desesperadamente para vengarse de la clase que los había reducido a esa
condición, a fin de crear un nuevo mundo en que no hubiera rivales y en que
podrían comenzar nuevas vidas. La creencia de Weitling en la solidaridad de los
trabajadores de todos los países, su estoicismo personal, los años que pasó en
diversas prisiones y, sobre
todo, el ferviente celo evangélico de sus escritos, le atrajeron numerosos secuaces devotos y
lo convirtieron, por un breve período, en una figura de magnitud europea. Marx,
a quien nada interesaba la sinceridad cuando no estaba bien encaminada, y a
quien disgustaban
particularmente los profetas errantes y el vago sentimentalismo con el que inevitablemente
contaminaban el serio trabajo revolucionario, admitió, empero, la importancia
de Weitling.
Su concepción de una franca declaración de guerra contra la clase gobernante por parte
de hombres desesperados que nada tenían que perder y todo que ganar con la
total destrucción de la sociedad existente,3 la experiencia personal que
yacía tras sus
denuncias y conmovía a sus auditorios, el énfasis que ponía en las realidades económicas, el intento de
penetrar tras la fachada engañosa de los partidos políticos y sus programas
oficiales y, sobre todo, su realización práctica al crear el núcleo de un
partido comunista internacional, impresionaron profundamente a Marx. Empero,
consideraba con abierto desprecio las minuciosas doctrinas de Weitling, y
porque lo creía extraviado, histérico y fuente de confusión en el partido, como
de hecho lo fue, se puso a la tarea de exponer públicamente su ignorancia
y de rebajar su prestigio de cualquier modo que estuviera a su alcance. Ha
quedado reseñada una reunión de ambos en Bruselas, en 1846, en cuyo transcurso
Marx pidió a Weitling que le expusiera cuáles eran sus directivas concretas
a la clase trabajadora. Cuando éste titubeó y murmuró algo sobre la
inutilidad de la crítica basada en el estudio y
alejada del mundo doliente, Marx descargó un puñetazo en la mesa y vociferó: «Nunca la
3 La tesis según la cual sólo los míseros y
los parias merecen confianza para llevar adelante la revolución hasta sus
últimas consecuencias, puesto que los otros habrán de detenerse inevitablemente
cuando sus propios intereses se vean amenazados, influyó decisivamente en
Bakunin, y, a través de éste, en la concepción de una implacable élite
revolucionaria, que hoy nos es familiar.
ignorancia ha ayudado a nadie», después de lo cual
la reunión llegó rápidamente a su fin. Nunca volvieron a encontrarse.
108 Sus
relaciones con Proudhon fueron mucho más complicadas. Cuando estaba aún en
Colonia, había leído el libro que hizo notorio el nombre de Proudhon, ¿Qué es la propiedad?,
y encomió la brillantez de su estilo y la valentía de su autor. En 1843 lo
atrapa todo aquello que revelara una chispa revolucionaria, todo aquello que
pareciera claro y resuelto y propugnara abiertamente el derrocamiento del
sistema existente. Empero, pronto se convenció de que el enfoque de Proudhon de
los problemas sociales, a pesar de
su declarada admiración por Hegel, no era en última instancia histórico, sino moral, de que sus
alabanzas y condenas se fundaban directamente en sus propias normas éticas
absolutas, y
de que ignoraba enteramente la importancia histórica de las instituciones y sistemas. Desde
este momento lo concibió meramente como a otro moralista filisteo francés,
defensor consciente o inconsciente de los ideales sociales de la pequeña
burguesía víctima del industrialismo, y perdió todo respeto por su persona y
sus doctrinas.
Por la época en que Marx llegó a París, Proudhon
estaba en la cúspide de su reputación. De origen campesino en Besancon y
tipógrafo de profesión, era un hombre de miras estrechas, obstinado, intrépido,
puritano, un representante típico de la clase media baja francesa que, después
de desempeñar activo papel en el derrocamiento de los Borbones, cayó en la
cuenta de que con ello no se había logrado más que cambiar de amos y de que el
nuevo gobierno de banqueros y grandes industriales, de quienes SaintESimón había
enseñado a esperar tanto, no había hecho sino retrasar el momento de la
destrucción de la pequeña burguesía.
Las dos fuerzas que Proudhon consideraba fatales para la justicia social y
la fraternidad de los hombres eran la tendencia a la acumulación de
capital —que conducía al continuo incremento de desigualdades de riqueza— y la
tendencia directamente conectada con aquélla, que unía abiertamente la
autoridad política con el control económico y, por ende, estaba destinada a
asegurar el crecimiento de una plutocracia despótica bajo la forma de instituciones
liberales. Según él, el Estado se convertía en un instrumento destinado a
desposeer a la mayoría en beneficio de una pequeña minoría, en una forma
legalizada de robo que privaba sistemáticamente al individuo de su derecho
natural a la propiedad, al ofrecerle al rico todo el control de la legislación
social y el crédito financiero, mientras que, desamparada, la pequeña burguesía
era objeto de expropiación. El libro más conocido de Proudhon, que se inicia
con la sentencia de que toda propiedad es un robo, ha inducido a muchos a
engaño respecto de sus opiniones maduras.
109 En
su juventud sostuvo que toda propiedad era una malversación; más tarde, empero,
enseñó que todo hombre necesitaba un mínimo de propiedad a fin de mantener su
independencia personal, su dignidad moral y social: un sistema bajo el cual se
perdía este mínimo, bajo cuyas leyes un hombre podía, mediante una transacción
comercial, malbaratarlo y así venderse como un esclavo económico a otros, era
un sistema que legalizaba y alentaba el robo, el robo de los elementales
derechos del individuo sin los cuales carecía de medios para perseguir sus
propios fines. Proudhon percibía la causa principal de este proceso en la feroz
lucha económica entre los individuos, los grupos, los órdenes sociales, que
necesariamente llevaba a la dominación de los más capaces y mejor organizados,
y a la de aquellos menos sofrenados por un sentido de deber moral o social,
sobre la masa de la comunidad. Esto representa el triunfo de la fuerza
inescrupulosa, aliada con la destreza táctica, sobre la razón y la justicia; pero
para Proudhon, que no era determinista, no había razón histórica por la cual
esta situación debiera prolongarse indefinidamente. La competencia —panacea
favorita de los ilustrados pensadores del siglo
anterior, que se les aparecía a los liberales y racionalistas del siglo XIX a una luz casi
sagrada, como la más plena y rica expresión de la
tenaz actividad racional del individuo, como el triunfo de éste sobre las
fuerzas ciegas de la naturaleza y sobre sus
propios apetitos indisciplinados— constituía para Proudhon el mayor de los males, la perversión de
todas las facultades enderezadas hacia la promoción antinatural de una sociedad
adquisitiva y, por lo tanto, injusta, en la que la ventaja obtenida por cada
cual dependía de su capacidad para superar, derrotar o exterminar a los otros,
y hasta consistía en ella.
El mal era idéntico al que antes atacaron Rousseau,
Fourier y Sismondi, pero estaba diferentemente expresado y diferentemente
explicado. Fourier era heredero del pensamiento y estilo del siglo XVIII e
interpretaba las calamidades de su época como resultados de la supresión de la
razón por la deliberada conspiración de quienes temían su aplicación: los
sacerdotes, los privilegiados, los burócratas, los ricos. Proudhon no aceptaba
esta simple opinión; en cierto modo estaba influido por el historicismo de su época:
no sabía alemán, pero conocía el hegelianismo por versiones que de él le
había ofrecido Bakunin y, más tarde, algunos exilados alemanes. El intento de
Proudhon de adaptar la nueva teoría a su propia doctrina, la cual carga
el acento en la justicia y los derechos humanos, llevaba a resultados que
a Marx le parecían una cruda caricatura del hegelianismo.
Ciertamente, el método mediante el cual todo se
describía bajo la forma de dos concepciones antitéticas, y que hacía aparecer
cada enunciación a la vez realista y paradójica, se amoldaba al talento de
Proudhon para acuñar frases agudas y sorprendentes, a su gusto por el epigrama,
a su deseo de conmover, de sobresaltar y provocar. Todo es contradictorio; la
propiedad es robo; ser ciudadano es estar privado de derechos; el capitalismo
es, a la vez, el despotismo de los más fuertes sobre los más débiles y del menor
número sobre el mayor número; acumular riqueza es robar; aboliría es socavar
los cimientos de la moralidad.
110 El
remedio propuesto por Proudhon para esta situación consiste en la supresión de
la competencia y en la introducción, en su lugar, de un sistema cooperativo
«mutualista», bajo el cual se permitirá, y por cierto alentará, una limitada
propiedad privada, pero no la acumulación de capital. Al paso que la
competencia evoca las cualidades peores y más brutales del hombre, la
cooperación, además de promover una mayor eficiencia, moraliza y civiliza a los
hombres al revelarles el verdadero fin de la vida comunal. Han de conferirse al
Estado ciertas funciones centralizadoras, pero su actividad ha de ser
severamente fiscalizada por la asociación descentralizada de oficios,
profesiones, ocupaciones, y asimismo por los consumidores y productores, y bajo
ellas la sociedad ha de
ser organizada. Organícese la sociedad en una unidad económica sobre la base de líneas
«mutualistas» que no compitan entre sí, y las
antinomias quedarán resueltas, permanecerá lo bueno y desaparecerá lo malo. La
pobreza, la desocupación, la frustración de hombres forzados a realizar tareas
para las que no son aptos, como resultado de los desajustes de una sociedad
falta de planeamiento, desaparecerán, y lo mejor de la naturaleza de los
hombres tendrá entonces posibilidad de afirmarse; pues en la naturaleza humana
no hay falta de idealismo, pero ello es que bajo el orden económico existente él se torna inoperante
o, mal dirigido, peligroso. Empero, para Proudhon es inútil predicar a los
ricos, pues hace tiempo que se atrofiaron sus instintos generosos. El
esclarecido prínci pe soñado por los enciclopedistas y, a veces, también por
SaintESimón y Fourier, no ha de nacer porque él mismo es una contradicción
social. Sólo cabe apelar a las víctimas reales del sistema, a los pequeños
labradores, a la pequeña burguesía y al proletariado urbano. Sólo ellos pueden
modificar su propia condición, puesto que, siendo a la vez los miembros más
numerosos y los más indispensables de la sociedad, sólo ellos tienen el poder
de transformarla.
Consecuentemente, a ellos se dirige Proudhon. Aconseja a los trabajadores que no se
organicen políticamente, puesto que, si imitan a la
clase gobernante, se pondrán inevitablemente a merced de ésta. Más
experimentado en tácticas políticas, el enemigo, mediante la intimidación o
sobornos financieros y sociales, logrará atraerse a los dirigentes
revolucionarios más débiles o menos astutos, y tornará así impotente el
movimiento. De cualquier modo, y aun en el caso de que triunfaran los rebeldes,
éstos, al adquirir control sobre las formas políticas del gobierno autoritario,
las conservarían, prolongando así la vida de la misma contradicción de la
que intentan escapar.
111 Los
trabajadores y la pequeña burguesía han de procurar, por lo tanto, y mediante
una presión puramente económica, imponer su propia norma al resto de la
sociedad; este proceso ha de ser gradual y pacífico; una y otra vez Proudhon
declara que los trabajadores no han de recurrir en modo alguno a la coerción; y
ni siquiera han de permitirse las huelgas, puesto que ello vulneraría el
derecho del trabajador individual de disponer libremente de su trabajo.
Proudhon cometió la imprudencia de pedir a Marx una
crítica de su libro Lafilosofía de la miseria. Marx lo leyó en dos días y lo
declaró falaz y superficial, pero escrito atractivamente y con suficiente
elocuencia y sinceridad para llevar a las masas por mal camino. «No refutar el
error —declaró en una situación similar muchos años después— equivale a alentar
la inmoralidad intelectual.» Por cada diez obreros que puedan seguir adelante,
no venta se detendrán con Proudhon y permanecerán en la oscuridad. Por ello se
resolvió a destruirlo y, con él, la reputación de Proudhon como pensador serio,
de una vez por todas.
En 1847 y como réplica a La filosofía de la miseria
apareció La miseria de la filosofía, que contenía el ataque más acerbo lanzado
por un pensador contra otro desde las celebradas polémicas del Renacimiento.
Marx se tomó un trabajo inmenso para demostrar que Proudhon era totalmente
incapaz de pensamiento abstracto, hecho que éste trataba en vano de ocultar con
el empleo de una terminología seudohegeliana. Marx acusó a Proudhon de
equivocarse radicalmente respecto de las categorías hegelianas al interpretar de
modo ingenuo el conflicto dialéctico como una simple lucha entre el bien y el
mal, lo cual implicaba la falacia de que bastaba apartar el mal para que sólo
el bien permaneciera. Esto es el colmo de la superficialidad: llamar a este o a
aquel aspecto del conflicto dialéctico bueno o malo es un signo de subjetivismo
antihistórico, fuera de lugar en un serio análisis social. Ambos aspectos son
igualmente indispensables para el desarrollo de la sociedad humana. El progreso
auténtico no está constituido por el triunfo de un lado y la derrota del otro,
sino por el mismo duelo que necesariamente implica la destrucción de ambos. En
la medida en que Proudhon expresa continuamente simpatía por este o aquel
elemento de la lucha social, es, por más sinceramente que pueda considerarse
convencido de la necesidad y valor de la misma lucha, idealista sin
remedio, esto es, valora la realidad objetiva en términos de sus propios deseos
y preferencias de pequeño burgués disfrazados de valores
eternos —cosa esta absurda en sí misma—, sin referencia al estadio de evolución alcanzado
por la guerra de clases. Sigue a esto una laboriosa refutación de la teoría
económica de Proudhon, la cual, según declara Marx, reposa en una errónea
concepción del mecanismo de intercambio:
112 Proudhon
interpretó tan mal a Ricardo como a Hegel y confundió la proposición de que el
trabajo humano determina el valor económico con la proposición de que así debe
ser. Esto lleva a su vez a una falsa representación de la relación del dinero
con las otras mercancías, la cual vicia toda su explicación de la organización
económica contemporánea de la sociedad capitalista. Lanza el ataque más rudo
contra el criptoindividualismo de Proudhon, contra su odio patente a cualquier
tendencia a la organización colectiva, contra
su fe nostálgica en el robusto labrador y su moralidad, contra su creencia en el
indestructible valor de la institución de la propiedad privada, en la santidad del matrimonio
y de la familia, en la absoluta autoridad moral y legal de su jefe sobre la
mujer y los hijos; todo ello constituía de hecho la base de su propia vida y a
ello ha de atribuirse su arraigado temor a cualquier forma de revolución
violenta, a todo aquello que amenace destruir las formas fundamentales de vida
de aquella pequeña granja en que nacieron y crecieron sus antepasados y a las
cuales, a despecho de sus intrépidas frases revolucionarias, conservó inmutable
lealtad. En efecto, Marx acusó a Proudhon de desear poner remedio a los males
inmediatos del sistema existente sin destruir el mismo sistema, porque, como
todos los franceses de su clase, estaba emocionalmente apegado a él; de no
creer, a despecho de su apariencia de hegelianismo, que el proceso histórico
sea inevitable o irreversible, que avance por pasos revolucionarios, ni tampoco
que los males presentes sean tan estrictamente necesarios, según las leyes de la
historia, como el estadio que un día los reemplazará. Pues sólo suponiendo que
tales males son tachas accidentales, resulta plausible propugnar su remoción
por obra de una valiente legislación que no implique la destrucción de las
formas sociales de los que ellos son producto histórico. En un pasaje retórico,
Marx exclama:
No basta desear el derrumbe de estas formas, sino
que es preciso averiguar por imperio de
qué leyes surgieron para saber cómo hemos de actuar dentro de la estructura de tales leyes, puesto
que obrar contra ellas, sea en forma inconsciente o deliberada, ignorando las
causas y características generales, sería un acto fútil y suicida que, al crear
el caos, derrotaría y
desmoralizaría a la clase revolucionaria, prolongando así la actual agonía.
Tal es la crítica que lanzaba a todos los utópicos
que pretendían tener un nuevo mensaje para la clase trabajadora.
Marx estaba convencido de que Proudhon era por
naturaleza incapaz de apresar la verdad, de que, a pesar de sus brillantes
dotes para acuñar frases, era un hombre fundamentalmente necio; el hecho de que
era valiente y fanáticamente honrado y de que se atraía un número cada vez
mayor de secuaces, sólo tornaba su persona y sus fantasías más peligrosas; de
ahí el intento de Marx de aniquilar su doctrina y su influencia con un golpe
tremendo. La brutalidad del ataque sobrepasó toda medida y suscitó indignada
simpatía por la víctima. El sistema de Proudhon sobrevivió a ésta y a
subsiguientes arremetidas marxistas, y su influencia creció con el transcurso
del tiempo.
113 Proudhon
no era un pensador original. Tenía capacidad para asimilar y cristalizar las
ideas radicales en boga en su época; escribía bien, a veces con brillantez, y
las masas a las que se dirigía se conmovían por su elocuencia, la cual brotaba
de necesidades y ambiciones que tenía en común con ellas. La tradición de la
abstención política, de la acción industrial y del federalismo descentralizado,
de la que fue el más elocuente abogado, sobrevivió vigorosamente entre los
radicales y socialistas franceses y halló apoyo en la tendencia individualista,
más pronunciada en las naciones latinas donde la gran mayoría
de habitantes eran pequeños granjeros, artesanos, profesionales,
que vivían alejados de la vida industrial de las
grandes ciudades. El proudhonismo es el antepasado directo del sindicalismo
moderno. Influyó en él el anarquismo de Bakunin y, medio siglo después, la
doctrina según la cual, y puesto que las categorías económicas son las
fundamentales, las unidades a partir de las cuales ha de ser constituida la
fuerza anticapitalista han de comprender a hombres vinculados entre sí no ya
por convicciones comunes — superestructura meramente intelectual—, sino por las
tareas que desempeñan, ya que éste es el factor esencial que determina sus actos.
Blandiendo como su arma más formidable la amenaza de desorganizar la vida
social mediante la suspensión de todos los
servicios vitales por una huelga general, se convirtió en la más poderosa doctrina del ala izquierda en
muchas partes de Francia, Italia y España, donde la
industrialización no había avanzado mucho y aún sobrevivía una tradición
individualista de campesinos y agricultores. Marx, que tenía un sentido
infalible de la dirección general y color político de un movimiento o una
doctrina, cualquiera que fuese su apariencia ostensible, reconoció al punto el
sustrato individualista y, por lo tanto, para él reaccionario, de semejante
actitud; consecuentemente, la atacó con no menor violencia que al liberalismo
confeso. La miseria de la filosofía, como las opiniones específicas que atacó,
es un tratado sin vigencia actual. Sin embargo, representa un estadio decisivo
en el desarrollo mental de su autor: uno de los elementos en su intento de toda
la vida de sintetizar sus opiniones económicas, sociales y políticas en un
cuerpo unitario de doctrina, susceptible de aplicaciones a cualquier aspecto de
la situación social, y que hubo de conocerse como concepción materialista de la
historia.
115
CAPÍTULO 5. EL MATERIALISMO HISTÓRICO
A cierta persona se le ocurrió una
vez que la genV te se ahogaba en el agua sólo porque la obsesioV naba la
noción del peso. Pensaba que si sólo puV dieran liberarse de esta idea,
calificándola, por ejemplo, de supersticiosa o religiosa, se salvarían de todo
peligro de ahogarse. Toda su vida luchó contra la ilusión del peso, respecto de
cuyas deleV
téreas consecuencias las estadísticas le proporcioV
naban continuamente nuevas pruebas. Tal figura es el arquetipo de los filósofos
revolucionarios alemanes de nuestros días.
Karl Marx, La ideología alemana
Marx no publicó nunca una exposición completamente
sistemática del materialismo histórico. Lo enuncia en forma fragmentaria en su
primera obra escrita durante los años 1843E48, fue brevemente expuesta en 1859,
y lo da por descontado en su pensamiento posterior. No lo considera un nuevo
sistema filosófico, sino más bien un método práctico de análisis social e
histórico y una base para la estrategia política. En los últimos años de su
vida se quejó del uso que de él hacían algunos de sus seguidores, los cuales
parecían pensar que el materialismo histórico les ahorraría el trabajo de
acometer estudios históricos al proporcionarles una suerte de «tabla»
algebraica merced a la cual, y dados suficientes datos, podrían «leerse»
mecánicamente respuestas automáticas a todas las cuestiones históricas. En una
carta que hacia el fin de su vida escribió a un corresponsal ruso, da como
ejemplo de desarrollo desemejante, a pesar de las condiciones sociales
análogas, la historia de la plebe romana y la del proletariado industrial
europeo.
116
Cuando uno estudia separadamente estas formas de evolución —escribió— y luego las
compara, puede hallar fácilmente la clave de este fenómeno; pero no cabe
obtener tal resultado mediante la aplicación del universal passepartout de una particular teoría históricoEfilosófica
que todo lo explica porque no explica nada y cuya virtud suprema consiste en ser suprahistórica.
La teoría maduró gradualmente en su espíritu.
Podemos rastrear su crecimiento en la Crítica de la Filosofía del
Derecho de Hegel y La cuestión judía; en ellos el proletariado
aparece identificado por primera vez como el agente destinado a modificar la sociedad en la
dirección anunciada por la filosofía, la cual, precisamente por ser una filosofía divorciada de
la acción, constituye por sí misma un síntoma y una expresión de impotencia. La
desarrolla ulteriormente en La sagrada familia, amalgama
de estallidos polémicos contra los «críticos de la crítica», esto es, los
jóvenes hegelianos —principalmente los hermanos Bauer y Stirner— entremezclados
con fragmentos sobre filosofía de la historia, crítica social de la literatura
y otras singularidades; pero sobre todo la expone en un volumen de más de
seiscientas páginas que escribió con Engels en 1846 titulado La ideología alemana, que
nunca publicó. Esta obra verbosa, desorganizada y
pesada, que trata de autores y opiniones desde hacía mucho muertos y justamente
olvidados, contiene en su extensa introducción la exposición más fundada,
imaginativa y notable de la teoría marxista de la historia. Como las tersas y
brillantes Tesis sobre Feuerbach, que pertenecen al mismo período,
y los Manuscritos. EconomíaVFilosofía de 1844, con su nueva aplicación del concepto hegeliano de
la alienación, la mayor parte de La ideología alemana no vio
la luz hasta después de su muerte (las Tesis en 1888, el resto en el siglo XX).
Resulta filosóficamente mucho más interesante que cualquier otra obra de Marx y
representa un momento en que su pensamiento no aflora en toda su plenitud, pero
es uno de sus momentos más decisivos y originales, cuya total ignorancia llevó
a sus seguidores inmediatos (inclusive a los realizadores de la Revolución
Rusa) a poner exclusivo énfasis en los aspectos históricos y económicos de sus
ideas y a una defectuosa comprensión del contenido sociológico y filosófico de
éstas. A este hecho se debe la interpretación clara, a medias positivista y a
medias darwiniana, del pensamiento de Marx que principalmente nos ofrecieron
Kautsky, Plejánov y, sobre todo, Engels, tradición que influyó decisivamente
tanto en la teoría como en la praxis del movimiento cuyo nombre toma de Marx.
La estructura de la nueva teoría es rigurosamente
hegeliana. Reconoce que la historia
de la humanidad es un proceso único en el que no se dan repeticiones y que obedece a leyes
susceptibles de ser descubiertas.
117 Cada
momento de este proceso es nuevo en el sentido de que posee características
nuevas, o en él se verifican nuevas combinaciones de características conocidas;
pero a pesar de ser único e irrepetible, se sigue, sin embargo, del estado
inmediatamente anterior, en obediencia a las mismas leyes, del mismo modo que
este último estado deriva del que le es anterior. Pero mientras, de acuerdo con
Hegel, la sustancia única en la sucesión de cuyos estados la historia consiste,
es el eterno Espíritu universal que se autodespliega, el interno conflicto de
cuyos elementos se torna concreto, por ejemplo, en los conflictos religiosos,
en las guerras de los estados nacionales, cada uno de los cuales es encarnación
de la Idea que se realiza a sí misma y para percibir la cual se requiere una
intuición suprasensible, Marx, siguiendo a Feuerbach, denuncia esta teoría
calificándola de fuente de confusión sobre la que no puede fundarse ningún
conocimiento. Pues si el mundo fuera una sustancia meta física de este tipo, no
podría probarse su comportamiento por el único mé todo digno de confianza de
que disponemos, es decir, la observación empírica, y, por lo tanto, una teoría
de la misma no podría confirmarse por los métodos de ninguna ciencia. El
hegeliano puede, desde luego, sin temor a la refutación, atribuir rodo cuanto
desee a la actividad, que no podemos observar, de una sustancia del mundo
impalpable, del mismo modo que el creyente cristiano o teísta lo atribuye a la
actividad de Dios, pero sólo al precio de no explicar nada, de declarar que la
respuesta es un misterio impenetrable para las facultades humanas normales. Tal
traducción de preguntas ordinarias a un lenguaje menos inteligible es lo que
determina que la oscuridad resultante cobre la apariencia de una auténtica
respuesta. Explicar lo cognoscible en términos de lo incognoscible equivale a quitar con una
mano lo que uno afecta dar con la otra. Cualquiera que sea el valor que pueda
tener este procedimiento, no cabe considerarlo equivalente de una explicación
científica, esto es, de un ordenamiento, por medio de un número
relativamente pequeño de leyes interrelacionadas, de la gran variedad de
fenómenos distintos y prima facie inconexos. Y esto basta para dar cuenta del
hegelianismo ortodoxo.
Pero las soluciones de las escuelas «críticas» de
Bauer, Ruge, Stirner y hasta Feuerbach no son mejores en principio. Después de
sacar a relucir despiadadamente los defectos de su maestro, caen luego, en su
opinión, en ilusiones peores: pues el «espíritu de crítica de la
autocrítica» de Bauer, el «espíritu humano progresivo» de Ruge, el «yo individual» y «sus
inalienables posesiones» declamado por Stirner, y
hasta el ser humano de carne y hueso cuya evolución traza Feuerbach, no son más
que abstracciones generalizadas no menos vacías, no menos susceptibles de
que apelemos a ellas como a algo que trasciende los fenómenos, como su causa,
que el edificio igualmente insustancial, pero espléndido e imaginativo
—sombrío, pero rico y comprensivo, no reducido a una única abstracción
estéril—, ofrecido por el hegelianismo ortodoxo.
118 La
única región posible en que han de buscarse los principios de la dinámica
histórica ha de ser una que esté abierta a la inspección científica, esto es,
normal empírica. Marx sostiene que, puesto que los fenómenos que han de
explicarse son los de la vida social, la explicación debe residir, en cierto
sentido, en la naturaleza del contorno social que constituye el contexto en el
que los hombres viven sus vidas, en esa red de relaciones privadas y públicas
cuyos términos están constituidos por los individuos y de la que ellos son, por
así decirlo, los puntos focales, los lugares en que se juntan los distintos
ramales cuya totalidad Hegel llamó sociedad civil. Hegel mostró genio al
percibir que su crecimiento no era una progresión suave, detenida por
ocasionales retrocesos, como enseñaron los philosophes tardíos SaintESimón y su
discípulo Comte, sino el producto de una tensión continua entre fuerzas
antagónicas que garantizan su incesante movimiento de avance; y que la
aparición de una acción y una reacción regulares constituye una ilusión
originada por el hecho de que ora la primera, ora la segunda de las
tendencias en conflicto, se hace sentir más violentamente. En realidad, el
progreso es discontinuo, pues la tensión, cuando alcanza el punto crítico, se
precipita en un cataclismo; el crecimiento en cantidad de intensidad se trueca
en un cambio de cualidades; las fuerzas rivales que obran bajo la superficie
crecen, se acumulan y estallan en una erupción; el impacto de su choque
transforma el medio en que éste se da; como Engels diría más tarde, el hielo se
convierte en agua y el agua en vapor, los esclavos se convierten en siervos y
los siervos en hombres
libres; toda evolución, tanto en la naturaleza como en la sociedad, remata en una revolución
creadora. En la naturaleza estas fuerzas son físicas, químicas, biológicas, y
en la sociedad son específicamente económicas y sociales.
¿Cuáles son las fuerzas que provocan el conflicto
social? Hegel había su puesto que, en el mundo moderno, estaban encarnadas en
las naciones que representaban el desarrollo de una cultura específica o la
materialización de la Idea o Espíritu del mundo. Siguiendo a SaintESimón y
Fourier, y acaso sin dejar de obrar en él la influencia de la teoría de las
crisis de Sismondi, Marx contesta que tales fuerzas son predominantemente
socioeconómicas.
Llegué —escribió doce años después— a la conclusión de que las relaciones lega les, así como
las formas estatales, no podían ser comprendidas por sí mismas ni explicadas
por el llamado
progreso general del espíritu humano, sino que están arraigadas en las condiciones materiales
de la vida que Hegel llama... sociedad civil. La anatomía de la sociedad civil
ha de buscarse en la economía política.
119
El conflicto es siempre una colisión entre clases económicamente determinadas,
definiéndose una clase como un grupo de personas,
dentro de una sociedad, cuyas vidas están determinadas por la posición que
ocupan en el proceso de producción, el cual determina la estructura de tal
sociedad. La condición de un individuo la determina el papel que desempeña en
el proceso de producción social, y éste, a su vez, depende directamente del
carácter de las fuerzas productivas y de su grado de desarrollo en cualquier
estadio dado. Los hombres actúan como actúan en virtud de las relaciones económicas
que mantienen de hecho con los otros miembros de su sociedad, sean o no
conscientes de ellas.
La más poderosa de estas relaciones se basa, como enseñara SaintESimón, en la propiedad
de los medios de subsistencia, pues la más
apremiante de las necesidades es la necesidad de sobrevivir.
La concepción central hegeliana constituye la base
del pensamiento de Marx, aunque éste la transpone a términos semiempíricos. La
historia no es la sucesión de los efectos que sobre los hombres obran el
contorno exterior o su propia naturaleza inalterable, ni tampoco el juego
conjunto de estos actores, como suponían los primeros materialistas. Su esencia
es la lucha de los hombres por realizar plenamente sus potencialidades humanas
y, puesto que son miembros del reino natural (pues no hay nada que trascienda a
éste), el empeño del hombre por realizarse plenamente es un esfuerzo por evitar
ser juguete de las fuerzas que parecen a la vez misteriosas, arbitrarias e
irresistibles, esto es, por lograr dominio sobre ellas y sobre sí mismo, lo
cual equivale a la libertad. Los hombres logran subyugar así su mundo no ya
merced a un aumento del conocimiento basado en la contemplación (como había
supuesto Aristóteles), sino por obra de su actividad, de su trabajo, de la
consciente modelación tanto del contorno como de las
propias personalidades, influidas recíprocamente, siendo ésta la forma
primera y más esencial de unidad de voluntad, pensamiento y acción, de teoría y
práctica. En el curso de su actividad, el trabajo transforma el mundo del
hombre, y también a éste. Ciertas necesidades son más básicas que otras: la
simple supervivencia está antes que necesidades más complicadas. Pero el hombre
difiere de los animales, con quienes comparte las necesidades físicas
esenciales, por que está dotado de invención; gracias a ella, altera su propia naturaleza y las
necesidades de ésta, y se evade de los ciclos de repetición de los animales,
que jamás se modifican y, por lo tanto, carecen de historia. La historia de la
sociedad es la historia de los trabajos inventivos que modifican al hombre,
modifican sus deseos, costumbres, perspectivas, sus relaciones con otros
hombres y con la naturaleza física con la cual el hombre vive en un perpetuo
metabolismo físico y tecnológico. Entre las invenciones del hombre —conscientes
o inconscientes— figura la división del trabajo, que surge en las sociedades
primitivas e incrementa en gran medida su productividad, creando
más riquezas que las imprescindibles para satisfacer las necesidades
inmediatas.
120 A
su vez, tal acumulación crea la posibilidad del ocio, y, por lo tanto, de la
cultura; pero asimismo, la posibilidad del empleo de esta acumulación —de esta
reserva de necesidades vitales— como medio de privar a otros de beneficios, de
intimidarlos, de obligarlos a trabajar para los acumuladores de riqueza, de
ejercer coerción, explotar y, por ende, dividir a los hombres en clases, en los
que controlan y en los que son controlados. Quizá haya tenido esta última mayor
alcance que todas las demás consecuencias involuntarias de la invención, del
avance técnico y de la acumulación de bienes que de él resulta. La historia es
una interacción entre las vidas de los actores, los hombres empeñados en una
lucha por alcanzar el gobierno de sí mismos, y las consecuencias de sus
actividades. Tales consecuencias pueden ser voluntarias o involuntarias, y sus
efectos sobre los hombres o su contorno natural pueden o no pueden preverse;
pueden verificarse en la esfera material, en la del pensamiento o la del sentimiento,
o también en niveles inconscientes de la vida de los hombres; pueden afectar
sólo a individuos o tomar la forma de movimientos e instituciones sociales;
pero lo cierto es que sólo puede comprenderse y controlarse esta compleja red
si se percibe cuál es el factor dinámico central que dirige el proceso. Hegel,
que fue el primero en ver esto de modo tan esclarecedor y profundo, lo halló en
el Espíritu que procura
comprenderse a sí mismo en las instituciones —abstractas o concretas— que él mismo creó
en varios niveles de la conciencia. Marx aceptó este esquema cósmico, pero
censuró a Hegel
y sus discípulos el haber ofrecido una explicación mítica de las últimas fuerzas operantes —
mito que no es sino uno de los resultados involuntarios del proceso de
exteriorizar la tarea
de la personalidad humana—, esto es, dar la
apariencia de objetos o fuerzas independientes, externos, a los que son,
en realidad, productos del trabajo humano.
Hegel había hablado de la marcha del Espíritu
Objetivo. Marx identificó el factor
principal con los seres humanos que persiguen fines humanos inteligibles; no ya una simple
meta como el placer, el conocimiento, la seguridad o la salvación allende la
tumba, sino la armoniosa realización de todas las potencialidades humanas, de
conformidad con los principios de la razón.
Durante esta busca, los hombres se transforman a sí
mismos, de modo tal que los dilemas y valores que determinan y explican la
conducta de un grupo, generación o civilización, a otros hombres que procuran
entenderla (que procuran entender a esos hombres estando ellos mismos en el
proceso de su realización parcial y de su inevitable
frustración parcial), modifican los predicamentos y valores de sus sucesores. Esta constante
autotransformación, que constituye el meollo de todo trabajo y toda creación,
torna absurda la noción de principios fijos intemporales, de metas
universales inalterables y de una eterna condición humana.
121 El
espíritu de la época del que Hegel hablaba estaba determinado, en opinión de
Marx,
por el fenómeno de la guerra de clases; el comportamiento y la visión de los individuos y las
sociedades estaban decisivamente determinados por ese factor; era ésta la
verdad histórica central acerca de una cultura que reposa en la acumulación,
así como en las batallas por lograr el control de esa acumulación, libradas por
aquellos que se esfuerzan en realizar sus potencias, a menudo por
mediosinútiles o autodestructores. Pero, precisamente porque se trataba de una
condición histórica, no era eterna. En el pasado las cosas habían ocurrido de
modo diferente, y las condiciones actuales no durarían por siempre. Y de hecho,
los síntomas de que sobre esta condición pendía una sentencia eran sobrado
visibles para aquellos que tuvieran ojos para ver. El único factor permanente
en la historia del hombre era el propio hombre, inteligible sólo en términos de
la lucha que no había elegido, la lucha que formaba parte de su esencia (y éste
es el momento metafísico de Marx), la lucha por
dominar la naturaleza y organizar sus propios poderes productivos en un esquema racional
en el cual consistía la armonía externa e interna. En la visión cósmica de
Marx, el trabajo es lo que fue para Dante el amor cósmico, aquello que hace de
los hombres y de sus relaciones lo que son, dados los factores relativamente
invariables del mundo exterior en que nacieron; su distorsión por
obra de la división del trabajo y de
la guerra de clases conduce a la degradación, la
deshumanización, a pervertidas relaciones humanas y a una falsificación
consciente o inconsciente de la visión, para mantener este orden y el actual
estado de cosas y ocultar el real. Cuando esto se haya entendido y sobrevenga
la acción —que es la expresión concreta de semejante comprensión—, el trabajo,
en lugar de dividir y esclavizar a los hombres, los unirá y liberará, dará
plena expresión a sus capacidades creadoras en la única forma en que la
naturaleza humana es totalmente naturaleza humana, totalmente libre: empeño
común, cooperación social en una actividad común, racionalmente comprendida y
aceptada. Empero, la actitud de Marx frente a este concepto —el más fundamental
de todos los conceptos de su sistema— fue curiosamente indefinida: a veces
habla del trabajo identificándolo con aquella creación libre que es la
expresión más plena de la naturaleza humana no sujeta a trabas, la esencia
de la felicidad, la emancipación, la armonía racional del hombre consigo mismo
y con sus semejantes. Otras veces opone el trabajo al ocio, y promete que con
la abolición de la guerra de clases el trabajo se reducirá al mínimo, pero
no quedará del todo eliminado; no se tratará ya del trabajo de esclavos
explotados, sino del de hombres libres que construyen sus propias vidas
socializadas de conformidad con normas que ellos se imponen a sí mismos,
libremente adoptadas, pero
algunas todavía quedarán, así nos dice al final del tercer volumen de Das Kapital, en «el
reino de necesidad»; el verdadero «reino de la
libertad» empieza más allá de esta frontera, empero, sólo puede florecer
«tomando al reino de la necesidad como base».
122 La
necesidad de este mínimo de fatiga es un hecho ineludible de la naturaleza
física, y sería mero utopismo esperar que se pueda conjurar.
No hay reconciliación última entre estos dos puntos
de vista. La aparente incompatibilidad entre estas dos profecías, una
probablemente inspirada por el sueño de Fourier de la total satisfacción, la
otra mucho más sobria, constituye una de las fuentes del argumento acerca de la
relación del «joven» Marx con el Marx «maduro». La misma ambivalencia se
percibe en su combinación de un determinismo evolutivo con una creencia
libertaria en la libre elección; ambos están presentes en su pensamiento, contradicción
«dialéctica» que importunó a sus seguidores y los
dividió, especialmente en Europa oriental, donde afectó vitalmente la
praxis revolucionaria.
Feuerbach se percató con claridad del hecho de que
los hombres tienen que comer
antes que razonar. La satisfacción de esta necesidad sólo puede ser plenamente garantizada
por el control de los medios de producción material, es decir, de la energía y
destreza humanas, de los recursos naturales, de la tierra y del agua, de las
herramientas y máquinas, de los esclavos. En principio hay una natural escasez
de tales medios y por tanto aquellos que los proporcionan controlan las vidas y
acciones de aquellos que no los poseen, y esto hasta el momento en que, a su
vez, los poseedores pierdan la posesión de tales recursos a expensas de sus
súbditos, quienes, al hacerse poderosos y astutos por obra del servicio que
prestaron, los desposeen y esclavizan, pero sólo para ser a su vez desposeídos
y expropiados por otros. Inmensas instituciones de tipo social, político,
cultural, se crearon para conservar las posesiones en manos de sus actuales
dueños, y no por obra de una política deliberada, sino que ellas surgieron inconscientemente
de la actitud general frente a la vida adoptada por aquellos que gobiernan
una sociedad determinada. Pero allí donde Hegel había supuesto que lo que
confería su carácter específico a cualquier sociedad era su carácter nacional,
y la nación (en el sentido lato de una civilización entera) era para él
encarnación de un determinado estadio en el desarrollo del Espíritu del mundo,
para Marx se trataba del sistema de relaciones económicas que gobernaba la
sociedad en cuestión. En un celebrado pasaje escrito una década después
de que llegara a esta posición, sintetizó sus opiniones como sigue:
123
En la producción social
que realizan de su vida, los hombres
entran en definidas relaciones que son, a la vez, indispensables
e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a
un estadio definido del desarrollo de sus poderes materiales de producción. La
totalidad de tales relaciones de producción equivale a la estructura económica de la sociedad,
el fundamento real sobre el cual se alzan las superestructuras legales y
políticas, y al cual corresponden formas definidas de conciencia social. El
modo de producción de las condiciones materiales de vida determina el carácter
general de los procesos de la vida social, política y espiritual. No es la
conciencia de los hombres lo que determina su propio ser, sino que, por el
contrario, el ser social de los hombres es lo que determina la conciencia de éstos. En cierto
estadio de su desarrollo, las fuerzas materiales de producción entran en conflicto, en la
sociedad, con las relaciones existentes de producción, o —lo que no es sino una manera legal
de decir lo mismo— con las relaciones de propiedad dentro de las cuales han operado antes.
Estas relaciones, que habían sido formas de desarrollo de las fuerzas productivas, se
convierten en las cadenas de los hombres. Sobreviene luego la época de la revolución social.
Con el cambio de los cimientos económicos, toda la entera e inmensa superes tructura queda
tarde o temprano enteramente transformada. Pero al considerar semejantes transformaciones,
ha de hacerse siempre la distinción entre la transfor mación material de las
condiciones económicas de producción —que pueden determinarse con la precisión de las ciencias
naturales— y las formas legales, políticas, religiosas, estéticas o filosóficas —en una palabra,
las formas ideológicas—, en las cuales los hombres cobran conciencia del conflicto y lo suprimen.
«Así como sería imposible juzgar correctamente a un individuo a partir sólo de la propia
opinión que tiene de sí mismo, resulta imposible juzgar los períodos revolucionarios a partir
del modo consciente en que se ven a sí mismos, pues, por el contrario, tal
conciencia ha de
explicarse como producto de las contradicciones de la vida material, del conflicto entre las
fuerzas de la producción social y sus reales relaciones. Ningún orden social desaparece antes
de que todas las fuerzas productivas que tienen cabida en él se hayan desarrollado, y las
nuevas relaciones más altas de la producción no aparecen nunca antes de que las condiciones
de su existencia hayan madurado en el seno de la vieja sociedad. Así, la humanidad sólo se
plantea los problemas que puede resolver porque al examinarlos con mayor
detalle siempre descubre que el problema mismo sólo surge cuando las condiciones materiales requeridas para
su solución ya existen o, por lo menos, están en proceso de formación4.»
La sociedad burguesa es la última forma que toman
estos antagonismos. Después de su desaparición, el conflicto desaparecerá por
siempre. El período prehistórico quedará completado, y entonces comenzará al
fin la historia del individuo humano libre.
124 La
única causa por la cual un pueblo es diferente de otro, un grupo de
instituciones y creencias opuesto a otro, es, según Marx llega entonces a
creer, el contorno económico en que está fijado, la relación en que está la
clase gobernante de poseedores con aquellos a quienes explota, la cual surge de
la específica calidad de la tensión que entre ellos persiste. Los resortes
fundamentales para la acción en la vida de los hombres, tanto más poderosos
cuanto que no los reconocen, son su posición respecto de la alineación de las
clases en la lucha económica; el factor cuyo conocimiento permitirá a
cualquiera predecir con acierto la línea básica de comportamiento de los
hombres consiste en la posición social real de esos individuos: si pertenecen o
no a la clase gobernante, si depende su bienestar del éxito o fracaso de ésta,
si ocupan una posición para la cual sea o no sea esencial la
conservación del orden existente. Una vez sabido esto, sus motivos
particulares y personales, así como sus emociones, poco o nada interesan para
la investigación: los hombres pueden ser egoístas o altruistas, generosos o
mezquinos, hábiles o estúpidos, ambiciosos o modestos. Las circunstancias que
los rodean moldearán sus cualidades naturales de modo tal que obrarán en una
dirección dada, cualquiera que sea su tendencia natural. En realidad resulta
equívoco hablar de una «tendencia natural» o de una «naturaleza humana»
inalterable. Cabe clasificar las tendencias ya de conformidad con el
sentimiento subjetivo que engendran (y, a los efectos de la predicción
científica, esto carece de importancia), ya de conformidad con sus metas
reales, las cuales están socialmente condicionadas. Los hombres actúan
antes de ponerse a reflexionar acerca de las razones de su conducta o de las
que la justifican: la mayoría de los miembros de una comunidad actuarán de modo
similar, cualesquiera que sean los motivos subjetivos en cuya virtud aparecerán
ante sí mismos actuando tal como lo hacen. Esto queda oscurecido por el hecho
de que, intentando convencerse a sí mismos de que sus actos están determinados
por la razón o por creencias morales o religiosas, los hombres han tendido a
construir complicadas explicaciones de su conducta. Semejantes explicaciones no
son del todo impotentes para influir en la acción, puesto que, al convertirse
en grandes instituciones como los códigos morales y las organizaciones
religiosas, a menudo sobreviven a las presiones sociales para dar forma
a las cuales surgieron.
4 Prefacio a la Contribución a La critica de la economía política, 1859, citado por la traducción
de T. B. Bottomore, ligeramente corregida por el autor, de Karl Marx, Selected
Writinp in Sociology and Social Phibsophy, Londres, 1956, pp. 51E52.
De este modo estas grandes ilusiones organizadas
vienen a formar parte de la situación social objetiva, del mundo exterior
que modifica la conducta de los individuos, y operan del
mismo modo que los factores invariables —el clima, el terreno, el organismo físico— que ya
obraban conjuntamente con las instituciones sociales.
Los sucesores inmediatos de Marx tendieron a restar
importancia a la in fluencia de Hegel sobre él; pero su visión del mundo se
desmorona y apenas ofrece aisladas penetraciones si, en el esfuerzo por
representarlo tal como se concebía a sí mismo, como el riguroso científico
atenido severamente a los hechos sociales, se deja de lado o se desvalora
el gran modelo necesario, unificador, según cuyos términos pensó.
125 Como
Hegel, Marx trata la historia como una fenomenología. En Hegel, la
Fenomenología del Espíritu constituye un intento por mostrar, a menudo con gran
penetración e ingenio, un orden objetivo en el desenvolvimiento de la
conciencia humana y en la sucesión de civilizaciones que son su encarnación
concreta. Influido por una idea dominante en el Renacimiento, pero que se
remonta a las primeras cosmogonías místicas, Hegel consideraba el
desarrollo de la humanidad de modo semejante al de un ser humano individual. Y
así como en el caso de un hombre una capacidad particular, o visión, o
modo de tratar con la realidad, no puede surgir hasta que otras
capacidades suyas se hayan desarrollado —y esto es por cierto la esencia de la
noción de crecimiento o educación en el
caso de los individuos—, del mismo modo las razas, las naciones, las iglesias, las culturas, se
suceden unas a otras en un orden fijo, determinado por el crecimiento de las
facultades colectivas de la humanidad expresadas en las artes, las ciencias, la
civilización como una totalidad. Acaso Pascal haya querido decir algo semejante
al hablar de la humanidad como de un ser único, milenario, que va creciendo de
generación en generación. Para Hegel, todo cambio se debe al movimiento de la
dialéctica, que obra mediante una constante crítica lógica, esto es, a una
lucha contra los modos de pensar y las construcciones de la razón y el
sentimiento que se remata con la final autodestrucción de éstos, los cuales
encarnaron en su hora el punto más alto alcanzado por el incesante
crecimiento (que para Hegel es la autorrealización lógica) del espíritu humano;
pero que encarnados en reglas o instituciones y erróneamente considerados como
finales y absolutos por una sociedad dada o por una determinada visión del
mundo, vienen a convertirse en obstáculos al progreso, en expirantes
supervivencias de un estadio lógicamente «trascendido», que, por su propia
unilateralidad, engendran antinomias y contradicciones lógicas mediante las
cuales se revelan y se destruyen. Marx aceptaba esta visión de la historia como
campo de batalla de ideas encarnadas, pero lo transponía a términos sociales, a
la lucha de clases. Para él, la alienación (pues así es como Hegel, siguiendo a
Rousseau, a Lutero y a una primitiva tradición cristiana, llamaba el perpetuo
divorcio del hombre de la unidad con la naturaleza, con los demás hombres, con
Dios, divorcio originado por la lucha de la tesis contra la antítesis) es
inherente al proceso social y, por cierto, es el corazón de la misma historia.
La alienación se verifica cuando los resultados de los actos de los hombres
contradicen sus verdaderos propósitos, cuando sus valores oficiales o los
papeles que desempeñan no representan cabalmente sus reales motivos,
necesidades y fines.
126 Se
da tal caso, por ejemplo, cuando algo que los hombres han realizado para
responder a necesidades humanas —como un sistema de leyes o las reglas de la
composición musical— adquiere un estatus independiente y no lo consideran ya
algo por ellos creado para satisfacer una común necesidad social (que bien pudo
haber desaparecido desde hace mucho), sino una ley o institución objetiva que,
por propio derecho, posee autoridad impersonal, eterna, como las leyes
inalterables de la naturaleza tales como las conciben los hombres de ciencia y
el común de las gentes, como Dios y sus mandamientos para un
creyente. Para Marx, el sistema capitalista es precisamente esta clase de entidad, un vasto
instrumento engendrado por exigencias materiales
inteligibles, un progresivo mejoramiento y ensanchamiento de la vida que genera
sus propias creencias religiosas, morales, intelectuales, sus propios valores y
formas de vida. Sépanlo o no quienes los sustentan, tales creencias y valores
son simples soportes del poder de la clase cuyos intereses encarna el sistema
capitalista; empero, ocurre que todos los sectores de la sociedad acaban por
considerarlos objetivamente válidos y eternos para toda la humanidad. Así,
por ejemplo, la industria y el estilo capitalistas de intercambios no son
instituciones válidas para todos los tiempos, sino que fueron generadas por la
creciente resistencia de los campesinos y artesanos a depender de las ciegas
fuerzas naturales. Ya han tenido su momento; y los valores que generaron
esas instituciones cambiarán o desaparecerán con ellas.
La producción es una actividad social. Toda forma
de trabajo cooperativo o de división del trabajo, cualquiera sea su origen,
crea propósitos comunes e intereses comunes, los cuales no son analizables como
mera suma de los intereses o aspiraciones individuales de los seres humanos a
quienes incumben. Si, según acontece en la sociedad capitalista, un sector de
la sociedad se apropia el producto del trabajo social total para su exclusivo
beneficio, como resultado de un desarrollo histórico inexorable que Engels, más
explícitamente (y mucho más mecánicamente) que Marx, intenta describir, ello va
contra las necesidades humanas «naturales» —contra lo que los hombres,
cuya esencia, como seres humanos, es ser sociales— necesitan para
desarrollarse libre y plenamente. De acuerdo con Marx, quienes acumulan en sus
manos los medios de producción y, por lo tanto, también los frutos de
ésta, bajo la forma del capital, forzosamente desposeen a la mayoría de los
productores —los trabajadores— de lo que éstos crean y, de este modo, dividen
la sociedad en explotadores y explotados; los intereses de ambas clases son
opuestos; el bienestar de cada clase depende de su capacidad para aprovecharse
del adversario en una guerra continua, guerra que determina todas las
instituciones de esa sociedad.
127 En
el curso de la lucha se desarrollan los medios tecnológicos, la cultura de la
sociedad dividida en clases se torna más compleja, sus productos son más ricos,
más variados y más artificiales —esto es, más «antinaturales»— las necesidades
que engendra este progreso material. Son antinaturales porque las dos clases
que libran la guerra quedan «alienadas» por obra del conflicto que ha
reemplazado a la cooperación en procura de fines comunes, la cual, conforme a
esta teoría, es requerida por la naturaleza social del hombre. El monopolio de
los medios de producción por parte de un grupo particular de hombres, permite a
éste imponer su voluntad a los otros y obligarlos a realizar tareas extrañas a
sus propias necesidades. Consiguientemente, la unidad de la sociedad se
destruye y las vidas de ambas clases se distorsionan. La mayoría —es decir, los
proletarios que nada poseen— trabaja ahora en beneficio de otros y conforme a
las ideas de éstos y se ve desposeída del fruto de su trabajo, así como de sus instrumentos;
su modo de existencia, sus ideas e ideales, no corresponden a su propia
condición real (puesto que son seres humanos a quienes artificialmente se les
impide vivir tal como lo exigen sus naturalezas, es decir, como miembros de una
sociedad unificada, capaces de comprender las razones por las cuales hacen lo
que hacen, y de gozar de los frutos de su actividad racional, libre y
cooperativa), sino a las aspiraciones de sus opresores. De ahí que la vida de
la mayoría de los hombres repose en una mentira. A su vez, sus amos no pueden
evitar, consciente o inconscientemente, justificar su existencia parasitaria y
así la consideran natural y deseable. En el curso de este proceso,
conciben ideas, valores, leyes, costumbres vitales, instituciones (en fin, todo
aquello que Marx a veces llama «ideología»), cuyo único propósito consiste
en apuntalar, explicar y defender su poder y su condición privilegiados,
antinaturales y, por lo tanto, injustificados.
Tales ideologías —nacionales, religiosas, económicas, etc.— constituyen formas
de autoengaño colectivo; las víctimas de la clase gobernante —los proletarios y
los campesinos— se las asimilan como parte de su educación normal, de la
visión general de la sociedad antinatural, y así llegan a considerarlas y
aceptarlas como elementos objetivos, justos, necesarios, del orden natural que
explican las pseudociencias creadas con ese fin. Esto, como enseñara Rousseau,
ahonda aún más el error humano, el conflicto y la frustración.
El síntoma de alienación es la atribución de la
autoridad última ya a algún poder impersonal —como las leyes de la oferta y la
demanda—, del cual se pretende deducir lógicamente el carácter racional del
capitalismo, ya a personas o fuerzas imaginarias — divinidades, iglesias,
la persona mística del rey o el sacerdote, o formas disfrazadas de otros
mitos opresivos—, por cuya obra los hombres, arrancados de un modo de vida
«natural» (que es el único que permite a todos los miembros de la sociedad
percibir la verdad y vivir armoniosamente), procuran explicarse a sí mismos su
condición anti natural.
128 Si
alguna vez los hombres han de liberarse, ha de enseñárseles a desgarrar el velo
que cubre estos mitos. Según la demonología de Marx, el más opresivo de todos
ellos es la ciencia económica burguesa, que representa el movimiento de las
mercancías o de la moneda —de hecho, el proceso de producción, consumo y
distribución— como un proceso impersonal, similar a los de la naturaleza, como
un módulo inalterable de fuerzas objetivas ante el cual los hombres sólo pueden
inclinarse y al cual sería insano intentar resistir. A pesar de ser
determinista, Marx se resolvió a mostrar que la concepción de cualquier
estructura social o económica dada como parte de un orden mundial inmutable era
una ilusión suscitada por la alienación del hombre, una típica confusión,
efectos de actividades puramente humanas enmascaradas como una ley de la
naturaleza; sólo cabía suprimirlas, («desenmascararlas») por obra de otras
actividades igualmente humanas, mediante la aplicación de la razón y la ciencia
esclarecedoras. Pero esto no es suficiente. Tales engaños están destinados a
persistir en tanto las relaciones de producción —éstos, la estructura social y
económica mediante la que fueron generadas— sigan como están; esto sólo podrá
cambiarse mediante el arma de la revolución. Estas actividades liberadoras
pueden ser determinadas por leyes objetivas, pero lo que tales leyes determinan
es la actividad del pensamiento y voluntad humanos (particularmente de hombres
tomados en masa), y no ya meramente el movimiento de cuerpos materiales, los
cuales obedecen a sus propias pautas inexorables, que son independientes de las
decisiones y acciones humanas. Si, como pensaba Marx, las elecciones humanas
pueden afectar el curso de los sucesos, entonces, y aun cuando tales elecciones
estén en última instancia determinadas y sean científicamente vaticinables,
ello configura una situación en la cual los hegelianos y marxistas consideran
legítimo llamar libres a los hombres, puesto que tales elecciones no están,
como el resto de la naturaleza, mecánicamente determinadas. Las leyes de la
historia no son mecánicas. La historia ha sido hecha por los hombres, pero no
en el vacío sino condicionada por la situación social en la que se encontraban.
¿Cuál es, según Marx, la relación de estas leyes con la libertad humana,
tanto individual como colectiva? Está claro que su concepción del avance
social, que identifica con la conquista progresiva de la libertad, consiste en
un creciente control de la naturaleza por la actividad consciente, concertada,
racionalmente planeada y, por tanto, armónica. «Darwin no sabía la amarga
sátira que estaba escribiendo sobre la humanidad y sobre sus compatriotas en
particular cuando mostró cómo la libre competencia, la lucha por la existencia
que los economistas defienden como el mayor logro de la historia, es la
condición normal del reino animal.
129 Sólo
una organización consciente de la producción social, en la que la producción y
la
distribución sean planificadas, podrá elevar a la humanidad en lo social por encima del
resto del reino animal, como la producción en
general ya ha hecho por el hombre en otros aspectos...» O, de nuevo, «la
socialización de los hombres, que antes se veía como un hecho impuesto por la
naturaleza y la historia, se logrará entonces mediante su libre actuar... éste
será el salto de la humanidad desde el reino de la necesidad al de la
libertad». ¿Qué tipo de
libertad? Marx habla, en general, del desarrollo de la sociedad como un proceso objetivo. En
la introducción a Das Kapital la sucesión de formas económicas
es descrita como «un proceso de historia natural». Marx, en 1873, en un epílogo
a la segunda edición de Das Kapital, cita un párrafo del escritor
ruso que realizó una recensión de la primera edición que dice: «Marx
considera el movimiento social como un proceso de historia natural gobernado
por leyes que no sólo son independientes de la voluntad, conciencia e intenciones
de los hombres sino que, por el contrario, determinan su voluntad, conciencia e
intenciones». Marx declara que es ésta la interpretación correcta de sus
propósitos —a saber, el descubrimiento de las leyes que gobiernan el desarrollo
social.
Son pasajes como éstos los que han inspirado la
interpretación rigurosamente determinista de la concepción de Marx de la
historia humana y de las leyes que la determinan con «necesidad de hierro».
Como mucho, el proceso puede ralentizarse o acelerarse pero «incluso cuando una
sociedad ha averiguado las leyes naturales que gobiernan su movimiento, no
puede saltarse ni decretar la abolición de sus fases naturales de desarrollo»,
sólo puede «abreviar» «los dolores del parto». Es por esto que «lo que muestra
el país más desarrollado industrialmente al menos desarrollado no es más que un
cuadro de su propio futuro».
Exactamente era esto lo que Engels quería decir
cuando, en su discurso ante la tumba de Marx, dijo que su gran logro fue el
descubrimiento de la «ley de desarrollo de la historia humana», donde las
contradicciones que se desarrollan entre las fuerzas productivas y las
relaciones de producción conducen a una secuencia inmurable de relaciones
económicas que determinan social y políticamente —y en último término todos los
demás aspectos— la vida colectiva. Pero la noción de «libre desarrollo» de los
hombres —ese estado de asociación humana en el que el desarrollo de cada cual
es condición del desarrollo de todos (del que habla el Manifiesto comunista)
no es muy clara prima facie. Si los hombres son sólo el
producto de condiciones objetivas, no sólo económicas sino ambientales
—geográficas, climáticas, biológicas, fisiológicas, etc.—, el hecho de que
estas fuerzas actúen «a través» de ellos y no meramente «sobre» ellos (de acuerdo
con las leyes de las que Marx tomó conciencia a través del tipo de
investigación que quería ser Das Kapital), y si la
aplicación de este conocimiento, como mucho puede tan sólo abreviar los
«dolores del parto» que preceden a la sociedad sin clases, pero es incapaz de
alterar el proceso mismo, entonces el concepto de libertad humana, tanto en su
aspecto social como individual, necesita claramente explicación.
130 Una
cosa es decir que si los hombres no entienden las leyes que gobiernan sus vidas
las infringirán y serán víctimas de fuerzas incomprensibles. Pero otra es
afirmar que todo lo que son y hacen está sujeto a esas leyes, y que la libertad
es meramente la percepción de su necesidad, y que ésta es un factor en el
proceso invariable en el cual la elección humana, individual o social, está
sujeta a causas que la determinan totalmente y es, en principio, totalmente
predecible por un observador externo suficientemente informado. Los
pronunciamientos del propio Marx sirven para apoyar ambas alternativas. Los
intentos de interpretación de estos puntos de vista aparentemente
irreconciliables, tanto de aquellos cuyo propósito era contrastarlos aún más
como de los que buscaban reconciliarlos, han generado una enorme y creciente
literatura propia, particularmente en nuestros días.
Debido a que no se entiende la función histórica
del capitalismo, ni tampoco la relación
en que se halla con los intereses de una clase específica, ocurre que, lejos de enriquecer,
aplasta y distorsiona las vidas de millones de
trabajadores, y de hecho, también las de los opresores de éstos, puesto que es
algo que no ha sido racionalmente aprehendido y, por lo tanto, algo que se
idolatra ciegamente como un fetiche. El dinero, por ejemplo, que desempeñó un
papel progresivo en los días en que el hombre se liberó del trueque, se ha
convertido ahora en un objeto absoluto perseguido y adorado por sí mismo, con
la consecuencia de que embrutece y destruye a los hombres, a los que debía liberar.
Los hombres están divorciados de los productos de su propio trabajo y de los
instrumentos con los cuales producen; éstos adquieren vida y estado legal
propios y, en nombre de su supervivencia o mejoramiento, los seres humanos se
ven oprimidos y tratados como ganado o mercancías vendibles. Esto es
válido para todas las instituciones, iglesias, sistemas económicos, formas
de gobierno, códigos morales, los cuales, al malentenderse sistemáticamente (y,
en determinadas etapas de la lucha de clases, necesariamente), se tornan más
poderosos que sus inventores, se convierten en monstruos adorados por sus
hacedores, en ciegos, desdichados Frankestein que frustran y distorsionan las
vidas de sus amos. Al mismo tiempo, el solo hecho de comprender lo que se
oculta tras este dilema, o de criticarlo, cosa que los jóvenes hegelianos
consideraban suficiente, no lo destruirá. Para ser
eficaces, las armas con que uno lucha —entre ellas las ideas— han de ser las que requiera la
situación histórica, y no ya las que sirvieron en un período anterior ni
tampoco las que podrán servir en el proceso histórico posterior.
131 Ante
todo, los hombres han de preguntarse cuál es el estadio que ha alcanzado la
guerra de clases —que representa la dialéctica en acción— para actuar luego
concordantemente. Esto significa ser «concreto» y no atemporal, idealista o
«abstracto». La alienación —es decir, la sustitución de las relaciones reales
entre personas (o el respeto a éstas) por relaciones imaginarias entre objetos
o ideas inanimados (o la adoración de éstos)— sólo tendrá fin cuando la clase
final —el proletariado— derrote a la burguesía. Entonces las ideas que
engendrará tal victoria serán necesariamente aquellas que expresen y beneficien
a una sociedad sin clases, esto es, a toda la humanidad. No sobrevivirá ninguna
institución ni idea que repose en la falsificación del carácter de cualquier
sector de la raza humana, y que lleve así a su opresión, o que la exprese. El
capitalismo, bajo el cual la fuerza de trabajo de los seres humanos se vende y
compra y los trabajadores son tratados meramente como fuentes de trabajo, es
claramente un sistema que distorsiona la verdad acerca de lo que los hombres
son y pueden ser, y que procura subordinar la historia a un interés de clase y,
por lo tanto, ha de ser sustituido por el concentrado poder de sus indignadas
víctimas, poder suscitado, por lo demás, por las propias victorias del
capitalismo. Para Marx, toda frustración es producto de la alienación,
constituye cada una de las barreras y distorsiones creadas por la inevitable
guerra de clases, e impide a este o a aquel grupo de hombres realizar un
armonioso trabajo de cooperación social, que es el que anhela su naturaleza.
En La ideología alemana examina
una por una las pretensiones de los neohegelianos y les «da su merecido». Trata
allí a los hermanos Bruno, Edgar y Egbert Bauer breve y salvajemente, tal como
lo había hecho en La sagrada familia, que había alcanzado escasa
difusión. Los representa como tres sórdidos buhoneros de productos metafísicos
inferiores que creen que la mera existencia de una fastidiosa élite crítica,
elevada por sus dotes intelectuales por encima de la turba filistea, logrará
por sí sola la emancipación de aquellos sectores de la humanidad que sean
dignos de ella. Esta creencia en el poder de un frígido apartamiento de la
lucha económica y social para efectuar una Transformación de la sociedad, la
considera un insano y pedestre academicismo, una actitud semejante a la de la
ostra que será barrida, como el resto del mundo al que pertenece, por la
revolución real que, estaba claro, se acercaba. Trata a Stirner más
extensamente. Lo denomina San Max y a través de setecientas páginas lo persigue
con pesadas burlas e insultos.
132 Stirner
creía que todos los programas, ideales y teorías, así como los órdenes
económicos, sociales y políticos, son otras tantas prisiones artificialmente
erigidas para la
mente y el espíritu, medios de frenar la voluntad, de ocultar al individuo la existencia de sus
infinitas potencias creadoras, y que todos los sistemas han de ser por lo tanto
destruidos, aunque no porque sean malos, sino porque son sistemas; la sumisión
a los cuales es una
forma nueva de idolatría; sólo cuando esto se haya logrado, podrá el hombre, al liberarse de
las cadenas antinaturales que lo sujetan, convertirse en el verdadero amo de sí
mismo y alcanzar toda su estatura como ser humano. Considera esta doctrina, que
tuvo gran influencia sobre Nietzsche y probablemente sobre Bakunin (y acaso
porque ella anticipó con demasiada precisión la propia teoría de Marx de la
alienación), como un fenómeno patológico, como el torturado grito de agonía de
un neurótico que se siente objeto de persecución, como algo que pertenece a la
provincia de la medicina antes que a la de la teoría política.
Trata más suavemente a Feuerbach. Considera que ha
escrito más sobriamente y que realizó un intento honrado, aunque a veces
fallido, de descubrir las supercherías del idealismo. En las Tesis
sobre Feuerbach, que escribió durante el mismo período, Marx declaraba que
si bien algunos pensadores materialistas anteriores habían percibido
correctamente que los hombres son en gran medida producto de las circunstancias
y la educación, no había proseguido avanzando para ver que las circunstancias
son alteradas por la actividad de los hombres, así como que los educadores son
hijos de su época. Esta doctrina (Marx está pensando principalmente en Robert
Owen) divide artificialmente la sociedad en dos partes: las masas que, estando
desamparadamente expuestas a todas las influencias, han de ser liberadas; y los
maestros, que de algún modo se esfuerzan por permanecer inmunes a los efectos
de su contorno. Pero la relación entre el espíritu y la materia, entre los
hombres y la naturaleza es recíproca. De otro modo la historia quedaría
reducida a física. Encomia a Feuerbach por haber mostrado que con la religión
los hombres se engañan a sí mismos cuando inventan un mundo imaginario para
compensar la miseria de la vida real; trátase de una forma de evasión, de un
sueño dorado o, según la frase que Marx hizo célebre, del opio del pueblo; por
lo tanto, la crítica de la religión ha de cobrar un carácter antropológico y
tomar la forma de una exposición y análisis de sus orígenes seculares. Pero
acusa a Feuerbach de no haber abordado la tarea principal; ve, sí, que la
religión es generada inconscientemente por la infelicidad, es el calmante que
suaviza el sufrimiento causado por las contradicciones del mundo material, pero
deja de ver que, en tal caso, semejantes contradicciones han de ser suprimidas,
pues, de lo contrario, continuarán engendrando ilusiones confortantes y
fatales; la única revolución que podrá lograrlo no ha de verificarse en la
superestructura —el mundo del pensamiento—, sino en el sustrato material, el
mundo real de los hombres y las cosas. Hasta entonces la filosofía había
tratado las ideas y creencias como si poseyeran una validez que les era
intrínsecamente propia, pero esto nunca ha sido cierto, pues el contenido real
de una creencia es la acción en que ella se expresa. Los principios y
convicciones reales de un hombre o una sociedad se expresan en sus actos, y no
en sus palabras.
133 La
creencia y el acto son una y la misma cosa; si los actos no expresan por sí
mismos las creencias reconocidas, las creencias son mentiras, ideologías,
conscientes o inconscientes, que encubren lo opuesto de lo que profesan. La
teoría y la práctica son, o han de ser, una y la misma cosa. «Los
filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de
lo que se trata es de transformarlo.»
Los llamados «verdaderos socialistas», Grün y Hess,
no andan mejor en caminados. Cierto que escribieron acerca de la situación
existente, pero, al colocar los ideales antes que
los intereses en orden de importancia, están igualmente alejados de una clara visión de los
hechos. Creían correctamente que la desigualdad
política, así como el general malestar emocional de su generación, cabía
rastrearlos en las contradicciones económicas que sólo podían suprimirse
mediante la total abolición de la propiedad privada. Pero también creían que el
progreso tecnológico que tornaba esto posible no era un fin, sino un medio; que
la acción sólo podía justificarse mediante una apelación a ideales morales; que
el empleo de la fuerza, por más noble que fuera el propósito perseguido, destruía
su propio fin, puesto que embrutecía a ambos bandos en pugna y tornaba a ambos
incapaces de verdadera libertad, una vez que la lucha acabara. Si los hombres
habían de ser liberados, sólo habían de serlo por medios pacíficos y
civilizados, y el proceso había de cumplirse tan rápida e incruentamente como
fuese posible, antes de que la industrialización se extendiera tan vastamente
que hiciese inevitable una sangrienta guerra de clases. En realidad, y a menos
que se procediera así, sólo quedaba el recurso de la violencia, y ella, a fin
de cuentas, se destruiría a sí misma, pues una sociedad erigida por la espada,
aun cuando inicialmente la justicia estuviera de su lado, no podía dejar de
convertirse en una tiranía de la clase victoriosa —aun cuando ésta fuera la de
los trabajadores— sobre el resto, lo que resultaría incompatible con aquella
igualdad humana que el verdadero socialismo procuraba establecer. Los
«verdaderos socialistas» se oponían a la doctrina de la necesidad de una franca
guerra de clases, aduciendo que ella cegaba a los obreros el acceso a aquellos
derechos e ideales por los que luchaban. Sólo tratando a los hombres como
iguales desde el comienzo, considerándolos como seres humanos, esto es,
renunciando a la fuerza y apelando al sentimiento de solidaridad humana, de la
igualdad ante la justicia y a un generoso humanitarismo, se obtendría una
perdurable armonía de intereses. Sobre todo, la carga que soportaba el
proletariado no había de desplazarse a los hombros de ninguna otra clase. Sostenían
que Marx y su partido no deseaban sino invertir los papeles de las clases
existentes, privar a la burguesía de su poder sólo para arruinarla y
esclavizarla. Pero esto, aparte de ser moralmente inaceptable, mantendría en
pie la guerra de clases y, de este modo, no conciliaría la existente
contradicción de la única manera posible: la fusión de los intereses
antagónicos en un único ideal común.
134 Para
Marx, esto no era más que idiotez o mojigatería. Toda la argumentación, repite
incansablemente, reposa en la premisa de que a los hombres, aun a los
capitalistas, cabe conducirlos a una discusión racional para que, bajo
condiciones adecuadas, renuncien voluntariamente al poder adquirido por
nacimiento, riqueza o capacidad, en nombre de un
principio moral y a fin de crear un mundo más justo. Para Marx, era ésta la más vieja, la más
fa miliar y la más gastada de todas las falacias racionalistas. La había
sorprendido en su forma más perniciosa en la creencia de su propio padre y de
sus contemporáneos de que, en última instancia, la razón y la bondad moral
estaban destinadas a triunfar, teoría totalmente refutada por los sucesos que
fueron sombría consecuencia de la Revolución Francesa. Y predicarla ahora, como
si uno aún siguiera viviendo en el siglo XVIII, era incurrir en ilimitada
estupidez o en cobarde evasión hacia las meras palabras, o bien en deliberado
utopismo, cuando lo que se requería era un examen científico de la situación
real. Marx tuvo cuidado de señalar que él no había caído en el error opuesto:
no había contradicho simplemente tal tesis acerca de la naturaleza humana, ni
había manifestado que mientras estos teóricos suponían que el hombre fuera
fundamentalmente generoso y justo, él lo hallaba rapaz, egoísta e incapaz de
una acción desinteresada. Ello hubiera sido adelantar una hipótesis tan
subjetiva y ahistórica como la de sus oponentes. A ambas las viciaba la falacia
de que los actos de los hombres estaban en última instancia determinados por el
carácter moral de éstos, así como de que podían ser descritos en relativo
aislamiento de su contorno. Fiel al método de Hegel, aunque no a sus
conclusiones, sostenía que los propósitos de un hombre eran lo que eran por obra de la situación social, esto es,
económica, en que estaba de hecho colocado, y
supiéralo o no. Cualesquiera fuesen sus opiniones, las acciones de un hombre
estaban guiadas por sus intereses reales, por los requerimientos de su
situación material; las aspiraciones conscientes de por lo menos el grueso de
la humanidad no entraban en colisión con sus intereses reales, esto es, con los
de la clase a la que pertenecen, si bien a veces aparecían disfrazadas bajo la
forma de otros tantos fines desinteresados, objetivos, independientes, de tipo
político, moral, estético, emocional, etc.
135 La
mayor parte de los individuos ocultaban la dependencia en que se hallaban
respecto de su contorno y situación, y particularmente respecto de su
afiliación a determinada clase, de modo tan eficaz que en verdad creían
sinceramente que de un estilo de vida radicalmente diferente resultaría una
modificación de los sentimientos. Era éste el más pernicioso y profundo error
en que incurrían los modernos pensadores. Había surgido en parte como resultado
del individualismo protestante que, presentándose como la
contraparte «ideológica» del crecimiento de la libertad de comercio y producción, enseñaba
a los hombres a creer que el individuo tenía en sus manos los medios de lograr
la felicidad, que la fe y la energía eran suficientes para afianzarla, que todo
hombre tenía poder para alcanzar el bienestar espiritual y material, de que
sólo a sí mismo había de censurarse, a fin de cuentas, por su debilidad y
miseria. En contra de esto, Marx sostenía que la libertad de acción, la
panoplia de posibilidades reales entre las que el hombre puede elegir, estaba
severamente restringida por la precisa posición que el individuo ocupaba
en el mapa social. Todas las nociones de justicia e injusticia, de
altruismo y egoísmo, estaban fuera de lugar, puesto que se referían
exclusivamente a estados mentales que, si bien en sí mismos eran enteramente
auténticos, no constituían más que síntomas de la condición real de quien los
tenía. Sólo contaban los actos y, particularmente, el comportamiento objetivo
de un grupo, cualesquiera fuesen los motivos subjetivos de sus miembros. A
veces, cuando el propio paciente conocía la ciencia de la patología, podía
diagnosticar acertadamente su estado, y esto es, sin duda, lo que había de
entender se por auténtica penetración de un filósofo social. Pero, más
frecuentemente, el síntoma se presentaba como la única realidad verdadera y
ocupaba toda la atención del paciente. Puesto que los síntomas, en este caso,
eran estados mentales, eran éstos los que engendraban la falacia, de otro modo inexplicable,
de que la realidad poseía un carácter mental o espiritual, o de que cabía
modificar la historia por obra de las decisiones aisladas de voluntades humanas
no sujetas a cadenas. Los principios y las causas, a menos que se aliaran
con intereses reales que provocaran la acción, eran otras tantas frases vacías;
conducir a los hombres en su nombre equivalía a alimentarlos con aire,
reducirlos a un estado en que, al no ser capaces de aprehender su verdadera
situación, se verían sumidos en el caos y la destrucción.
Para modificar el mundo es preciso comprender
primero el material con que uno trara. La burguesía, que no desea modificarlo,
sino conservar el statu quo , obra y piensa en términos de
conceptos que, siendo productos de de terminado estadio de su desarrollo,
sirven, haciendo abstracción de lo que pretendan ser, como instrumentos de su
conservación temporal. El proletariado, cuyo interés consiste en modificarlo,
acepta ciegamente todos los atavíos intelectuales del pensamiento de la clase
media, nacido de las condiciones y necesidades de ésta, a pesar de que existe
una total divergencia de intereses entre ambas clases.
136 Las
frases acerca de la justicia y la libertad representan algo más o menos
definido cuando las pronuncia el liberal de la clase media, es decir,
representan la actitud de éste, por más que se engañe a sí
mismo, respecto de su propio estilo de vida, de su real o deseada
relación con los miembros de otras clases sociales. Pero son sonidos vacíos
cuando las repite el proletario «alienado», puesto que no describen nada que
sea real en su vida y sólo
traicionan su atontado estado mental, consecuencia del poder hipnótico de las frases que, al
confundir los problemas, no sólo dejan de promover su poder de acción, sino que
lo estorban y a veces lo paralizan.
Por puros que sean sus motivos, los mutualistas,
los «verdaderos socialistas», los anarquistas místicos, son por lo tanto
enemigos más peligrosos del proletariado que la burguesía, pues ésta es por lo
menos un enemigo declarado, de cuyas palabras y hechos los trabajadores pueden
aprender a desconfiar.
Pero aquellos otros que proclaman su solidaridad
con los trabajadores y suponen que siempre existen intereses universales de la
humanidad como tales, comunes a todos los
hombres —que los hombres tienen intereses independientes de su afiliación a determinada
clase, o que trascienden a ésta—, diseminan el error y la oscuridad en el mismo
campo proletario, y así lo debilitan para la próxima lucha. Los trabajadores
han de entender que el moderno sistema industrial, como cualquier otro sistema
social, es dominación de clase mientras la clase gobernante lo necesite para
perdurar como clase; sigue siendo un
despotismo férreo impuesto por el sistema capitalista de producción y distribución, del cual
no puede escapar ningún individuo, sea éste amo o esclavo. Todos los sueños
visionarios de libertad humana, de una época en que los hombres serán capaces
de desarrollar sus dotes naturales hasta sus más plenas posibilidades, en que
vivirán y crearán espontáneamente, en que no dependerán ya de otros, sino
que tendrán libertad para obrar o pensar según su voluntad, no son más que una
utopía inalcanzable mientras continúe la lucha por el control de los medios de
producción. No se trata ya de una lucha estrictamente por los medios de
subsistencia, pues los descubrimientos e inventos modernos han abolido la
escasez natural, sino que se trata ahora de una escasez artificial creada por
la misma lucha por la consecución de nuevos instrumentos, proceso que
necesariamente conduce a la centralización del poder mediante la creación de monopolios
en un extremo de la escala social y el incremento de la penuria y la
degradación en el otro. La guerra entre grupos económicamente determinados
divide a los hombres, los ciega a los hechos reales de su situación, los hace
esclavos de costumbres y normas que no osan poner en tela de juicio porque
ellas se desmoronarían al ser explicadas históricamente; sólo un remedio —la
desaparición de la lucha de clases— podrá lograr la supresión de esta brecha
cada vez más ancha. Empero, la esencia de una clase consiste en competir con
otras clases. De aquí
que tal fin sólo puede alcanzarse, no ya mediante la instauración de la igualdad entre las clases
—concepción utópica—, sino mediante la abolición total de las mismas clases.
137 Para
Marx, no menos que para los primeros racionalistas, el hombre es potencialmente
sabio, creador y libre. Si su carácter se ha degradado más allá de lo
imaginable, ello se debe a la larga y embrutecedora guerra en que él y sus
antepasados vivieron desde que la sociedad dejó de ser aquel primitivo
comunismo a partir del cual, conforme a la antropología corriente, se ha
desarrollado. No se obtendrán la paz ni la libertad hasta que semejante estado
vuelva a alcanzarse, encarnando, sin embargo, todas las conquistas tecnológicas
y espirituales logradas por la humanidad en el Transcurso de su largo
errar por el desierto. La Revolución Francesa fue un intento de lograr
esto mediante la modificación sólo de las formas políticas, lo cual era precisamente
lo que necesitaba la burguesía, puesto que ya era dueña de la realidad
económica. Y, consecuentemente, cuanto logró hacer (y ésta era, ciertamente, la
tarea histórica que le señalaba el estadio de desarrollo a que se había
llegado) fue colocar a la burguesía en una posición dominante, al destruir al
fin los restos corruptos de un anticuado régimen feudal. Napoleón —de quien
nadie puede sospechar que deseara conscientemente liberar a la humanidad— no
pudo menos de continuar esta tarea; cualesquiera hayan sido sus motivos
personales para obrar
como lo hizo, las exigencias de su contorno histórico lo convirtieron inevitablemente en
instrumento del cambio social. Por obra suya, como
percibió de hecho Hegel, Europa avanzó un paso más hacia la realización de
su destino.
La liberación gradual de la humanidad ha seguido
una dirección definida, irreversible: toda nueva época se inaugura con la
liberación de una clase hasta entonces oprimida, y ninguna clase, una vez
destruida, puede retornar. La historia no se desplaza hacia atrás ni en
movimientos cíclicos, sino que todas sus conquistas son finales e irrevocables.
La mayor parte de las anteriores constituciones ideales carecían de valor
porque ignoraban las leyes reales del desarrollo histórico y las reemplazaban
por el capricho o la imaginación subjetivos del pensador. El conocimiento de
estas leyes es esencial para una eficaz acción política. El mundo antiguo cedió
el lugar al medieval, la esclavitud al feudalismo, y el feudalismo a la
burguesía industrial. Semejantes transiciones no fueron pacíficas, sino que
surgieron de guerras y revoluciones, pues ningún orden establecido cede el
lugar sin lucha a su sucesor.
138 Y
ahora sólo un estrato permanece sumergido bajo el nivel del resto, sólo una
clase permanece esclavizada, el proletariado sin tierras y sin bienes creado
por el avance de la tecnología, que perpetuamente ayuda a las clases que están
por encima de él a sacudir el yugo del opresor común y que siempre, una vez
ganada la causa común, está condenado a ser oprimido por sus aliados de ayer,
la nueva clase victoriosa, por amos que ayer eran esclavos. El proletariado se
halla en el más bajo peldaño posible de la escala social: debajo de él no hay
ninguna clase y, al llevar a cabo su propia emancipación, emancipará
consecuentemente a la humanidad. Cosa que no ocurre con las otras clases; no
tiene ninguna intención específica, ningún interés particular que no comparta
con todos los hombres como tales; ello, porque ha sido despojado de todo, como
no sea de su desnuda humanidad, y, así, su misma destitución lo erige en
representante de los seres humanos como tales: aquello a que tiene derecho es
lo mínimo a que todos los hombres tienen derecho. Su lucha resulta así no ya
una lucha por los derechos naturales de un particular sector de la sociedad,
pues los derechos naturales no son más que la formulación ideal de la actitud
burguesa frente a la santidad de la propiedad privada; los únicos derechos
reales son los que confiere la historia, el derecho de desempeñar el papel
históricamente impuesto a la clase a la que uno pertenece.
En este sentido, la burguesía tiene plenos derechos
a librar su batalla final contra las masas, pero su empeño está desahuciado de
antemano: necesariamente ha de sucumbir, como en su hora fue derrotada la
nobleza feudal. En cuanto a las masas, luchan por la libertad no porque así lo
decidan, sino por que deben hacerlo o, más bien, así lo eligen porque deben
hacerlo: luchar es la condición de su supervivencia; el futuro les pertenece y,
al luchar por él, luchan, como toda clase en ascenso, contra un enemigo destinado
a perecer y, por lo tanto, luchan por toda la humanidad. Pero al paso que todas
las otras victorias llevaban al poder a una clase sentenciada a desaparecer al
fin, a este conflicto no sucederá ningún otro, pues está destinado a acabar con
la condición de todas esas luchas al abolir las clases como tales, al disolver
el mismo estado, hasta entonces instrumento de una clase única, en una sociedad
libre porque en ella no hay clases. Ha de hacerse comprender al proletariado
que no es posible ninguna transacción verdadera con el enemigo, que, si bien
puede concertar con éste alianzas temporales a fin de derrotar a un adversario
común, en última instancia ha de volverse contra él. En los países rezagados,
donde la misma burguesía está aún luchando por el poder, el proletariado
ha de confundir su suerte con la de ésta y ha de preguntarse qué se ve forzado a
hacer en esa situación particular y no discutir cuáles puedan ser los ideales
de la burguesía; ha de adaptar, pues, su táctica a esa particular situación. Y
aunque la historia está determinada —y la victoria pertenecerá, por
lo tanto, a la clase ascendente, quiéralo o no cualquier individuo dado—, dependerá de la
iniciativa humana, del grado de comprensión que las
masas tengan de su tarea y de la valentía y eficiencia de sus conductores el
que sea más o menos breve el plazo en que ello ocurra, mayor o menor la
eficiencia o falta de sufrimiento con que ello se lleve a cabo y la medida en
que ello esté en concordancia con la voluntad popular consciente.
139 Tornar
esto claro y educar a las masas para el cumplimiento de su desti no es,
consecuentemente, según Marx, el deber inexcusable de un filósofo
contemporáneo. Empero, a menudo se ha preguntado, ¿cómo puede deducirse un
precepto moral, un mandamiento, de la verdad de una teoría de la historia? El
materialismo histórico puede explicar lo que de hecho ocurre, pero no puede,
precisamente porque sólo le concierne lo que es, proporcionar una respuesta a
problemas morales, esto es, decirnos qué debe ser. Marx no rechazó
explícitamente esta distinción, que fue puesta en la palestra de la atención
filosófica por Hume y Kant, pero parece claro que para él (sigue en esto a
Hegel) los juicios sobre los hechos no pueden distinguirse netamente de los de
valor, pues todos los juicios que emite el hombre están condiciona dos por la
actividad práctica en un medio social determinado, la cual, a su vez, se
identifica con las funciones del estadio alcanzado por la clase a que uno
pertenece; las opiniones de uno acerca de lo que uno cree que existe y de
lo que uno desea hacer con ello se modifican recíprocamente. Si los juicios
éticos pretenden una validez objetiva, han de ser susceptibles de definir se en
términos de actividades empíricas y de verificarse con referencia a éstas. No
reconocía la existencia de una razón moral o intuición moral no empírica,
puramente contemplativa. El único modo en que es posible mostrar que algo es
bueno o malo, justo o injusto, consiste en demostrar que está en acuerdo o
desacuerdo con el proceso histórico, es decir, con la actividad colectiva y
progresiva de los hombres, que lo favorece o lo entorpece, que sobrevivirá o
perecerá inevitablemente. Todas las causas permanentemente perdidas o
sentenciadas al fracaso vienen a ser, por este mismo hecho, malas e injustas,
y, en efecto, esto es lo que constituye el significado, en el ascenso
complejo de la humanidad, determinado históricamente, de tales términos.
Empero, es éste un peligroso criterio empírico, puesto que causas que pueden
aparecer perdidas acaso sólo hayan sufrido un retroceso temporal, y en última
instancia prevalecerán.
Su opinión de la verdad en general deriva
directamente de esta posición. A menudo se le acusa de sostener que, puesto que
un hombre está enteramente determinado a pensar como lo hace por su contorno
social, aun cuando algunas de sus afirmaciones sean objetivamente verdaderas,
no puede saberlo al estar condicionado a pensarlas verdaderas por obra de las
causas materiales y no por la verdad que en ellas hay.
140 Las
enunciaciones de Marx sobre el particular son en cierto modo vagas; pero en
general habría aceptado la interpretación normal de lo que se significa cuando
se dice que una teoría o una proposición de la ciencia natural o de la
experiencia sensorial ordinaria es verdadera o falsa. Pero escaso interés le
despertaba este punto, relativo al tipo más común de verdad discutida por los
filósofos modernos. Lo que le interesaba eran las razones en cuya virtud los
veredictos históricos, morales, sociales, se consideran verdaderos o falsos,
allí donde las argumentaciones entre los oponentes no suelen fundarse
directamente en hechos empíricos accesibles a uno y otro. Habría convenido en
que la mera proposición de que Napoleón murió en el exilio hubiera sido
aceptada como igualmente verdadera por un historiador burgués y por otro
socialista. Pero hubiera añadido que ningún historiador verdadero se limita a
una lista de sucesos y fechas, que lo plausible de su explicación del pasado,
su pretensión de hacer algo más que una desnuda crónica, dependen por lo menos
de la elección de los conceptos fundamentales, del poder para subrayar lo
importante y conectarlo adecuadamente con lo accidental, que el mismo proceso
de selección del material traiciona una inclinación a cargar el acento en este o aquel suceso o acción, al que
calificará de importante o trivial, de adverso o
favorable al progreso humano, de bueno o
malo. Y en esta tendencia se revelan de modo aparentemente claro el origen social, el medio
ambiente, la afiliación a una clase y los intereses del historiador.
Esta actitud parece subyacer al punto de vista
hegeliano, según el cual la racionalidad se implica con el conocimiento de
las leyes de la necesidad. Marx apenas se embarca nunca
en análisis filosóficos. El contenido general de sus teorías del conocimiento, de la ética, de la
política, ha de inferirse de observaciones dispersas y de lo que da por
supuesto o acepta sin cuestionar. Su uso de nociones tales como libertad o racionalidad,
su terminología ética, parecen descansar en algún tipo de punto de vista como
el siguiente (éste no puede citarse por capítulo o línea, pero sus discípulos
ortodoxos, Plejánov, Kautsky, Lenin, Trotsky, y sus seguidores más
independientes como Lukács y Gramsci, lo encarnan en su obra): si uno sabe en
qué dirección avanza el proceso mundial, podrá identificarse o no con él; si no
lo
hace, si lucha contra él, está forjando su propia y cierta destrucción, pues necesariamente lo
derrotará el avance inexorable de la historia. Optar deliberadamente por esta
actitud equivale a comportarse irracionalmente. Sólo un ser cabalmente racional
tiene entera libertad para elegir entre dos alternativas, y si una de éstas
conduce al ser humano irresistiblemente a la propia destrucción, éste no puede
elegirla libremente, porque decir que un acto es libre, como Marx emplea el
término, es negar que sea contrario a la razón. La burguesía como clase está
ciertamente condenada a la desaparición, pero los miembros individuales de ella
pueden seguir a la razón y salvarse (como Marx bien podría haber dicho que
hizo personalmente), abandonándola antes de su desmoronamiento final.
141 La
verdadera libertad será inalcanzable mientras la sociedad no se torne racional,
esto es, mientras no supere las contradicciones que dan nacimiento a ilusiones
y distorsionan la comprensión tanto de amos como de esclavos. Pero los hombres
pueden trabajar por el mundo libre descubriendo el verdadero estado del
equilibrio de fuerzas y actuando de conformidad con éste; así, el sendero que
lleva a la libertad implica el conocimiento de la necesidad histórica. El empleo por parte de Marx de palabras como «justo», o «libre», o
«racional», cuando no cae insensiblemente en su
significación ordinaria, debe su apariencia
excéntrica al hecho de que deriva de sus opiniones metafísicas y, por lo tanto, difiere mucho
del sentido que se le atribuye en la conversación común, sentido con el que se
comunica y registra algo que para Marx tiene escasísimo interés: la experiencia
subjetiva de individuos pervertidos por la clase a la que pertenecen, sus
estados anímicos o físicos tales como los revelan los sentidos o la conciencia
que de sí mismos tienen.
Queda así perfilada la teoría de la historia y la
sociedad que constituye la base metafísica, a menudo implícita, del comunismo.
Trátase de una doctrina vasta y comprensiva que deriva su estructura y
conceptos básicos de Hegel y de los jóvenes hegelianos, sus principios
dinámicos de SaintESimón, su creencia en la primacía de la materia de Feuerbach
y su visión del proletariado de la tradición comunista francesa. No obstante,
es enteramente original; la combinación de elementos no constituye en este caso
sincretismo, sino que forma un sistema coherente, audaz, con las vastas
proporciones y la maciza calidad arquitectónica que son a la vez el mayor
orgullo y el defecto fa tal de todas las formas del pensamiento hegeliano. Pero
no le cabe a Marx el reproche que se ha hecho a Hegel por su actitud
atolondrada y menospreciativa hacia los resulrados de la investigación
científica de su tiempo; por el contrario, intenta seguir la dirección indicada
por las ciencias empíricas e incorporar al sistema sus resultados generales. La praxis de Marx no siempre se
conformó a este ideal teorético, y aún menos lo hizo a veces la de sus
seguidores; si bien no los distorsiona realmente, los hechos sufren a veces
bajo su pluma transformaciones peculiares cuando se empeña en ajustarlos al
intrincado esquema dialéctico. No se trata en
modo alguno de una teoría cabalmente empírica, ya que no se limita a la descripción de los
fenómenos ni a la formulación de hipótesis
concernientes a su estructura y comportamiento; la doctrina marxista del
movimiento que se desarrolla en colisiones dialécticas no es una hipótesis que
pueda hacerse más o menos probable por la evidencia de los hechos, sino un
módulo descubierto por un método histórico no empírico cuya validez no se pone
en tela de juicio. Negarla equi valdría, de acuerdo con Marx, a volver al
materialismo «vulgar», el cual, al ignorar los decisivos descubrimientos de
Hegel y Kant sólo reconoce como reales aquellas conexiones susceptibles de
ser corregidas por la evidencia de los sentidos físicos.
142 Por
la agudeza y claridad con que formula sus problemas, por el rigor del método
mediante el cual propone buscar las soluciones, por la combinación de atención
por el detalle y poder de vasta generalización comprensiva, esta teoría no
tiene paralelos. Aun cuando todas sus conclusiones específicas se revelaran
falsas, no tendría par
su importancia por haber creado una actitud enteramente nueva ante los problemas históricos
y sociales, y haber abierto así nuevas avenidas al conocimiento humano. El
estudio científico de las relaciones económicas en su evolución histórica,
así como de su relación
con otros aspectos de la vida de las comunidades e individuos, comenzó con la aplicación de
los cánones marxistas de interpretación. Anteriores pensadores —por ejemplo,
Vico, Hegel, SaintESimón— trazaron esquemas generales, pero sus resultados
directos, encarnados, por ejemplo, en los sistemas gigantescos de Comte o Spencer,
son a la vez demasiado abstractos y demasiado vagos y se los recuerda en
nuestro tiempo sólo por los historiadores de las ideas. El verdadero padre de
la historia económica moderna y, ciertamente, de la moderna sociología, es, en
la medida en que cualquier hombre pueda aspirar a ese título, Karl
Marx. Si el haber convertido en verdades trilladas lo que antes habían
sido paradojas es un signo de genio, Marx estaba ricamente dotado de él. Sus
realizaciones en esta esfera se ignoran necesariamente en la misma medida en
que las consecuencias de las mismas han venido a formar parte del permanente
telón de fondo del pensamiento civilizado.
143
CAPÍTULO 6. 1848
Gegen Demokraten Helfen nur Soldaten*.
Canción prusiana
* Contra los demócratas sólo sirven los soldados.
Libertad, Igualdad, Fraternidad... cuando lo que
esta república realmente significa es Infantería,
Caballería, Artillería...
Karl Marx,
El 18
Brumario de Luis Bonaparte
El gobierno de Guizot expulsó a Marx de París a
principios de 1845 como resultado de
las notas oficiales en que Prusia había pedido el cierre del socialista Vorwdrts, donde habían
aparecido comentarios ofensivos sobre el carácter del monarca prusiano
reinante. Originariamente, la orden de expulsión había de incluir a todo el
grupo, en el que figuraban Heine, Bakunin, Ruge y varios otros exilados
extranjeros menos conocidos. A Ruge no se le molestó porque era ciudadano
sajón; el mismo gobierno francés no se aventuró a ordenar la expulsión de
Heine, figura de fama europea que por entonces estaba en la cúspide de su
talento e influencia. Pero Bakunin y Marx fueron expulsados a pesar de las
vigorosas protestas de la prensa radical. Bakunin se dirigió a Suiza, y Marx,
con su mujer y su hija de un año, Jenny, a Bruselas, donde poco después se le
reunió Engels, que había retornado de Inglaterra con ese propósito. En Bruselas
no tardó en establecer contacto con las diversas organizaciones de obreros
comunistas alemanes, en las que figuraban miembros de la disuelta Liga de los
Justos, sociedad internacional de revolucionarios proletarios con un vago pero
violento programa, influida por Weitling; tenía ramas en varias
ciudades europeas.
144 Marx
entró en relaciones con socialistas y radicales belgas, mantuvo una activa
correspondencia con miembros de grupos similares de otros países y estableció
una organización regular para el intercambio de informaciones políticas, pero
la esfera principal de su actividad estaba entre los trabajadores alemanes
que vivían en la misma
Bruselas. Intentó explicar a éstos, por medio de conferencias y de artículos aparecidos en su
órgano, el Deutsche Brüsseler Zeitung, el papel que les correspondía en la
próxima revolución, que él, como la mayor parte de los radicales europeos,
creía inminente.
Tan pronto como llegó a la conclusión de que la
instauración del comunismo sólo podía llevarla a cabo un alzamiento del
proletariado, toda su existencia se volcó en el intento de organizado y
disciplinarlo para cumplirral misión. Esta historia personal, que hasta este
punto puede considerarse como una serie de episodios en la vida de un
individuo, se rorna ahora inseparable de la historia general del socialismo en
Europa. Dar cuenta de la una equivale necesariamente, por lo menos en cierto
grado, a dar cuenta de la otra. Los intentos que se hagan para distinguir el
papel que desempeñó Marx en la dirección del movimiento mismo oscurecen la
historia de ambos. La tarea de preparar a los obreros para la revolución
era para él una tarea científica, una ocupación de rutina, algo que debía
realizarse tan sólida y eficientemente como fuese posible, y no ya un medio directo de
expresión personal. Las circunstancias externas de
su vida son, por lo tanto, tan monótonas como las de cualquier otro dedicado
estudioso, como las de Darwin o Pasteur, y ofrecen el más agudo contraste con
la vida inquieta, sacudida por emociones, de los otros revolucionarios de su
época.
Las décadas de la mitad del siglo XIX constituyen
un período en que la sensibilidad había ganado enorme prestigio. Lo que había
comenzado por ser la experiencia aislada de individuos excepcionales, de
Rousseau y Chateaubriand, Schiller y Jean Paul, Byron y Shelley, fue
incorporándose, imperceptiblemente, en un elemento general de parte de la
sociedad europea.
Por primera vez, toda una generación quedó
fascinada por la experiencia personal de hombres y mujeres, considerada en
oposición al mundo exterior, compuesto del juego conjunto de las vidas de
sociedades o grupos enteros. Tal tendencia obtuvo expresión pública en las vidas y doctrinas de los grandes revolucionarios democráticos, así como en la
apasionada adoración con que los miraban sus seguidores; Mazzini, Kossuth,
Garibaldi, Bakunin, Lassalle, eran admirados no sólo como heroicos luchadores
por la libertad, sino también por sus cualidades románticas, poéticas, como
individuos. Sus realizaciones se consideraban expresión de una profunda
experiencia, cuya intensidad confería a sus palabras y ademanes una emocionante
calidad personal del todo distinta del heroísmo austeramente impersonal de los
hombres de 1789, calidad que constituye la característica distintiva, la
peculiar índole de la época.
145 Karl
Marx pertenecía espiritualmente a una generación anterior o posterior, pero,
desde luego, no a su propia época. Carecía de penetración psicológica, y la
pobreza y el duro trabajo no habían aumentado su receptividad emotiva; esta
extrema ceguera a la experiencia y carácter de las personas que no estaban
dentro de su esfera de experiencia inmediata hacía que su relación con el mundo
externo se mostrase singularmente ruda; había vivido un breve período
sentimental cuando estudiaba en Berlín, pero eso ya había acabado para siempre.
Consideraba el sufrimiento moral o emocional, así como las crisis espirituales,
como complacencias burguesas imperdonables en tiempo de guerra; como después
Lenin, parecía que sólo le inspiraban menosprecio aquellos que, en el calor de
la batalla y mientras el enemigo ganaba una posición tras otra, se preocupaban
por el estado de su alma.
Se puso a trabajar para crear una organización
revolucionaria internacional. Recibió la más cálida respuesta en Londres de una
sociedad denominada Asociación Educativa de Trabajadores Alemanes, encabezada
por un pequeño grupo de artesanos exilados cuya disposición revolucionaria
estaba más allá de toda sospecha: el tipógrafo Schapper, el relojero Molí y el
zapatero Bauer fueron sus primeros aliados políticos dignos de confianza.
Habían afiliado su sociedad a una federación llamada Liga de los Comunistas, que
sucedió a la disuelta Liga de los Justos. Los conoció durante un viaje que hizo
a Inglaterra con Engels y simpatizó con ellos por sus ideas afines a las
suyas: eran hombres resueltos, enérgicos y capaces. Estos, a su vez, lo
consideraron con no poca desconfianza, puesto que era periodista e intelectual;
por ello, durante algunos años sus relaciones conservaron un carácter
severamente impersonal y comercial. Tratábase de una asociación que perseguía
fines prácticos inmediatos, cosa que Marx aprobaba. Bajo la guía de éste, la
Liga de los Comunistas creció rápidamente y comenzó a abarcar grupos de
trabajadores radicales, diseminados en su mayor parte en las zonas industriales
de Alemania, y en los que no faltaban oficiales del ejército y profesionales.
Engels escribió calurosos informes respecto del crecimiento y proliferación de
estos grupos, así como del celo revolucionario que mostraron en su propia
provincia natal. Por primera vez Marx se halló en la posición que
desde hacía mucho deseaba: era organizador y conductor de un activo partido
revolucionario en expansión. Bakunin, que a su vez
había llegado a Bruselas y estaba en buenos términos tanto con los radicales
extranjeros como con los miembros de la aristocracia local, deploraba que Marx
prefiriera la sociedad de artesanos y obreros a la de hombres inteligentes, y
de que corrompiera a hombres buenos y simples llenándoles la cabeza de teorías
abstractas y oscuras doctrinas económicas que no podían comprender y que los
volvían intolerablemente vanidosos.
146 No
veía ventaja alguna en pronunciar conferencias ante artesanos alemanes
irremediablemente limitados y faltos de educación, ni en organizados en
reducidos grupos; estos artesanos, según él, apenas entendían lo que se les
explicaba tan minuciosamente, eran criaturas mediocres y desnutridas que en
modo alguno podían inclinar la balanza en cualquier conflicto decisivo. El
ataque que Marx lanzó contra Proudhon los distanció aún más; Proudhon era amigo
íntimo y, en cuestiones hegelianas, discípulo de Bakunin; por lo demás, el
ataque apuntaba también contra el propio hábito de Bakunin de abandonarse a una
vaga y exuberante elocuencia, con la que suplía la falta de un análisis
político preciso y minucioso.
Los sucesos de 1848 modificaron la opinión de ambos
acerca de la técnica de la próxima revolución, aunque en direcciones
diametralmente opuestas. En años posteriores, Bakunin se volvió hacia los
grupos terroristas secretos, y Marx hacia la fundación de un partido
revolucionario oficial que procediera con reconocidos mérodos políticos. Se
propuso destruir la tendencia a la retórica y la vaguedad entre los alemanes y
no dejó de tener éxito en su empeño, tal como lo comprueba el eficiente y
disciplinado comportamiento de los miembros de su organización en Alemania
durante los dos años revolucionarios, y aun después de ellos.
En 1847 el centro
londinense de la Liga de los Comunistas mostró su confianza en Marx
y Engels al encomendarles la redacción de un documento que enunciara las
creencias y aspiraciones del grupo. Marx abrazó ansiosamente esta oportunidad
de compendiar explícitamente la nueva doctrina, que al fin había tomado forma
definitiva en su cerebro.
Entregó el escrito en 1848. Se publicó, pocas semanas antes del estallido de la revolución de
París, bajo el título de Manifiesto del Partido Comunista.
Engels hizo la primera redacción bajo la forma de
preguntas y respuestas, pero como ella no le pareció a Marx lo bastante
violenta y definitiva, el maestro volvió a escribirlo por completo. Según
Engels, el resultado fue un trabajo original que, en verdad, nada debía a su
mano, pero lo cierto es que se mostraba excesivamente modesto siempre que hablaba de su
colaboración con Marx, y así el folleto muestra de modo indudable que no fue poca
la parte que le cupo en su redacción. El Manifiesto es el más grande de todos
los folletos socialistas.
Ningún otro movimiento político moderno ni ninguna otra causa moderna puede pretender
haber producido algo que le sea comparable en elocuencia o fuerza. Trátase de un
documento de prodigioso vigor dramático; su forma es la de un edificio de
intrépidas y sorprendentes generalizaciones históricas que rematan en la
denuncia del orden existente, en nombre de las vengadoras fuerzas del futuro;
en su mayor parte está escrito en una prosa que exhibe la calidad lírica de un
gran himno revolucionario, cuyo efecto, poderoso aún hoy, fue probablemente
mayor en su tiempo.
147 Comienza
con una frase amenazadora, que revela su tono y su intención: «Un fanrasma
recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa
se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma. El Papa y el zar,
Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes... el
comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias de
Europa». Prosigue como una sucesión de tesis interrelacionadas y desarrolladas
brillantemente, y finaliza con una famosa y magnífica invocación dirigida a los
trabajadores del mundo.
La primera de estas tesis figura en la frase
inicial de la primera sección: «La historia de todas las sociedades hasta
nuestros días es la historia de la lucha de clases». En todos los períodos de
que guarda registro la memoria, la humanidad ha estado dividida en explotadores
y explotados, amos y esclavos, patricios y plebeyos, y, en nuestros días,
proletarios y capitalistas. El inmenso desarrollo de los descubrimientos y los
inventos ha transformado el sistema económico de la moderna sociedad humana: las
corporaciones de oficios han cedido el lugar a las manufacturas locales, y
éstas, a su vez, a las grandes empresas industriales. Cada estadio de esta
expansión va acompañado de formas culturales y políticas que le son peculiares.
La estructura del Estado moderno refleja la dominación de la burguesía, y es,
en efecto, un comité para administrar los asunros de la clase burguesa como una
totalidad. La burguesía desempeñó en su día un papel altamente revolucionario;
derribó el orden feudal y, al hacerlo, destruyó las viejas relaciones patriarcales, pintorescas,
que vinculaban a un hombre con sus «amos naturales», y sólo dejó una relación
real entre ellos: el nexo del dinero, el desnudo, egoísta interés. Convirtió la
dignidad personal en una mercancía negociable, susceptible de venderse y
comprarse; en lugar de las antiguas libertades aseguradas por actas y cartas,
creó la libertad de comercio; sustituyó la explotación disfrazada con máscaras
políticas y religiosas por una explotación directa, cínica y desvergonzada.
Convirtió las profesiones antes consideradas honorables por ser forma de un
servicio a la comunidad en mero trabajo alquilado; adquisitiva en sus
aspiraciones, degradó todas las formas de vida. Esto lo logró llamando a la
existencia inmensos y nuevos recursos naturales: el armazón feudal no pudo
contener el nuevo desarrollo y se desmoronó, rajado en dos. Ahora el proceso se
ha repetido. Las frecuentes crisis económicas originadas por la superproducción
constituyen un síntoma de que el capitalismo no puede ya, a su vez, dominar sus
propios recursos.
148 Cuando
un orden social se ve forzado a destruir sus propios productos a fin de impedir
que las posibilidades que lleva en sí se expandan demasiado rápidamente y
demasiado lejos, ello es signo cierto de su próxima bancarrota y
desaparición. El orden burgués ha creado el proletariado, el cual es a la vez
su heredero y su verdugo. Logró destruir el poder de todas las otras formas
rivales de organización —la aristocracia, los pequeños artesanos y
caudillos—, pero no puede destruir al proletariado porque éste le es necesario
para su
propia existencia, constituye una parte orgánica de su sistema y es así el gran ejército de los
desposeídos, a quienes, en el mismo acto de explotarlos, inevitablemente
disciplina y organiza. Cuanto más internacional se torna el capitalismo —y a
medida que se expande se hace inevitablemente más internacional—, es más vasta
y más internacional la escala en que automáticamente organiza a los
trabajadores, cuya unión y solidaridad eventualmente lo echará por tierra. El
carácter internacional del capitalismo engendra inevitablemente, como su
necesario complemento, el carácter internacional de la clase trabajadora. Este
proceso dialéctico es inexorable y ningún poder puede detenerlo o controlarlo.
De ahí que sea fútil intentar restaurar el viejo idilio medieval, construir
esquemas utópicos sobre un nostálgico deseo de retorno al pasado, tan
ardientemente anhelado por los ideólogos de los campesinos, artesanos y
pequeños comerciantes. El pasado ha pasado, y las clases que pertenecían a él
hace tiempo que fueron derrotadas decisivamente por la marcha de la historia;
la hostilidad de éstas hacia la burguesía, a menudo falsamente denominada
socialismo, es una actitud reaccionaria, un vano intento de invertir el avance
de la evolución humana. Su única esperanza de triunfo sobre el enemigo
estriba en el abandono de su existencia independiente y en la fusión con el
proletariado, cuyo crecimiento corroe a la burguesía desde dentro; pues la
repetición de las crisis, cada vez más intensas, y la desocupación obligan a la
burguesía a agorarse, ya que entonces tiene que alimentar a sus sirvientes en
lugar de ser alimentada por ellos, que es su función natural.
Del ataque, el Manifiesto pasa a la defensa. Los
enemigos del socialismo declaran que la abolición de la propiedad privada
destruirá la libertad y subvertirá los cimientos de la religión, la moral y la
cultura. Esto se admite.
Pero los valores que destruirá serán sólo aquellos
ligados al viejo orden, la libertad burguesa y la cultura burguesa, cuya
apariencia de validez absoluta para todos los tiempos y lugares es una
ilusión debida sólo a la función de armas que desempeñan en la guerra de
clases. La verdadera libertad personal consiste en el poder de desarrollar una
acción independiente, poder del cual el artesano, el pequeño comerciante, el
campesino, están desde hace tiempo privados por el capitalismo. Y en cuanto a la
cultura, aquella «cultura cuya pérdida se lamenta, es, para la enorme mayoría,
sólo un mero adiestramiento para actuar como una máquina».
149 Con
la abolición total de la lucha de clases, estos ideales ilusorios se
desvanecerán necesariamente, y a ello sucederá una nueva y más vasta forma de
vida fundada en una sociedad sin clases. Llorar su pérdida es lamentar la
desaparición de una vieja dolencia.
Los métodos revolucionarios han de diferir al ser
distintas las circunstancias, pero por doquiera sus primeras medidas han de ser
la nacionalización de la tierra, el crédito y los transportes, la abolición de
los derechos de herencia, el aumento de los impuestos, la intensificación de la
producción, la destrucción de las barreras entre la ciudad y el campo, la
implantación del trabajo obligatorio y de la libre educación para todos. Sólo
entonces podrá comenzar la seria reconstrucción social. El resto del Manifiesto
desenmascara y refuta varias formas de seudosocialismo, los intentos de
diversos enemigos de la burguesía, la aristocracia o la Iglesia, para ganar al
proletariado para su causa mediante especiosos pretextos de interés común. En
esta categoría figura la arruinada pequeña burguesía, cuyos escritores,
propensos como esErán a descubrir el caos de la producción capitalista, la
pauperización y la degradación ocasionadas por la introducción de maquinarias,
las monstruosas desigualdades de riqueza, ofrecen remedios que, al ser
concebidos en térmi nos anticuados, resultan utópicos. Ni siquiera esto cabe
decir de los «verdaderos socialistas» 5 alemanes, que, al traducir
las trivialidades francesas al lenguaje del hegelianismo, producen una colección
de frases que no pueden engañar al mundo por mucho tiempo. En cuanto a
Proudhon, Owen o Fourier, sus seguidores trazaron esquemas
para salvar a la burguesía como si el proletariado no existiera o pudiera ser ascendido hasta
los rangos capitalistas, dejando sólo explotadores y no explotados. Esta
interminable variedad de puntos de vista representa el desesperado estado de la
burguesía, in capaz, o poco dispuesta a ello, de enfrentar su muerte inminente,
y que se concentra en vanos esfuerzos por sobrevivir bajo la forma de un
socialismo vago y oportunista. Los comunistas no forman un partido o una secta,
sino que son la vanguardia consciente del mismo proletariado; no los obsesionan
meros fines teóricos, sino que procuran cumplir su destino histórico. No
ocultan sus aspiraciones. Declaran abiertamente que sólo cabe realizarlas
cuando todo el orden social sea barrido por la fuerza de las armas y ellos
tomen todo el poder político y económico. El Manifiesto finaliza con estas
celebradas palabras: «Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que
sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios del mundo,
uníos!»
150 Los
estudiosos han mostrado convincentemente que quedó incorporado al Manifiesto no
poco material de programas anteriores, especialmente babuvistas; sin embargo,
el todo constituye una maciza unidad. Ningún resumen podrá transmitir la calidad de sus páginas
5 Es decir, Hess, Grün y el resto, cuyo error
consiste en defender el socialismo no porque sea lo que impone el momento
histórico, sino porque es justo y lo exige la naturaleza humana concebida como
una esencia absoluta, una entidad que no se transforma radicalmente por la
lucha de clases o por la historia.
iniciales o finales. Como instrumento de propaganda
destructiva, no tiene igual en parte alguna; el efecto que produjo en las
generaciones subsiguientes no tiene paralelo, como no sea en la historia
religiosa, y si su autor no hubiera escrito nada más, el documento
le habría asegurado perdurable fama. Empero, su efecto más inmediato lo
ejerció sobre la propia vida de Marx. El gobierno belga, que se comportaba con
considerable tolerancia con los exilados políticos, no pudo pasar por alto esta
formidable publicación y bruscamente expulsó a Marx y a su familia de su
territorio. Al día siguiente estalló en París la revolución desde hacía tiempo
esperada. Flocon, miembro radical del nuevo gobierno francés, invitó a Marx en
una carta lisonjera a volver a la ciudad revolucionaria. Se puso en marcha
inmediatamente y llegó un día después.
Halló la ciudad en un estado de entusiasmo
universal y fanático. Las barreras habían
caído una vez más, y al parecer esta vez para siempre. El rey había huido, declarando que
«había sido arrojado por fuerzas morales», y se
había constituido un nuevo gobierno en el que figuraban representantes de todos
los amigos de la humanidad y el progreso: recibieron carteras el gran
físico Arago y el poeta Lamartine, y fueron representados por los
trabajadores Louis Blanc y Albert. Lamartine redactó un elocuente manifiesto
que se leía, citaba y declamaba en todas parres. Poblaban las calles multitud
de demócratas de todos los colores y nacionalidades que cantaban y prorrumpían en
gritos entusiastas. La oposición no mostró muchos signos de vida. La Iglesia
publicó una declaración en la que afirmaba que la cristiandad no era enemiga de
la libertad individual, que, por el contrario, era su aliada y defensora
natural; su reino no era de este mundo y, consecuentemente, el apoyo a la
reacción de que se la había acusado no dimanaba de sus principios ni de su
posición histórica en la sociedad europea y podía modificarse radicalmente sin
violentar la esencia de su enseñanza. Tales anuncios se recibieron con
entusiasmo y credulidad. Los exilados alemanes rivalizaron con los polacos y
los italianos en predicciones acerca del inminente y universal derrumbe de la
reacción y de la inmediata aparición, sobre sus ruinas, de un mundo moral.
Por entonces llegaron noticias de que Ñapóles se había alzado y, después
de ella, Milán, Roma, Venecia y otras ciudades italianas. Berlín, Viena y
Budapest se habían levantado en armas. Al fin Europa estaba en llamas. La
excitación entre los alemanes residentes en París alcanzó grados febriles.
151 Para
apoyar a los republicanos insurrectos, se constituyó una Legión alemana, que
había de encabezar el poeta Georg Herwegh y un ex soldado comunista prusiano
llamado Willich. Debía partir al punto. El gobierno francés, que acaso no viera
con malos ojos el que tantos agitadores extranjeros abandonaran su territorio,
alentó el proyecto. A Engels lo atrajo aquella idea y casi seguramente se
habría alistado de no haberlo disuadido Marx, que veía rodo aquello con recelo
y hostilidad. No veía signos de que las masas alemanas se rebelaran seriamente;
aquí y allí caían gobiernos auto críticos y los príncipes se veían forzados a
prometer constituciones y a nombrar gobiernos moderadamente liberales, pero la
gran mayoría del ejército prusiano permanecía leal al rey, al paso que los
demócratas estaban dispersos y mal dirigidos y eran incapaces de llegar a un
acuerdo entre sí mismos en los puntos vitales. El congreso popular entonces
elegido y que se reunió en Frankfurt para decidir acerca del futuro gobierno de Alemania, fue un fracaso desde el principio, y la subirá
aparición en suelo alemán de una legión de intelectuales emigrados faltos de
adiestramiento, le pareció a Marx un innecesario gasto de energía revolucionaria,
que probablemente tuviera un fin ridículo o lamentable, a lo que seguiría un
paralizador estado anímico de vergüenza y desilusión. Por consiguiente, Marx se
opuso a la formación de tal legión, no se interesó por ella después que ésta
hubo dejado París para caer inevitablemente derrotada por el ejército
real, y se dirigió a Colonia para estudiar
qué podía hacerse por medio de la propaganda en su nativa Renania, donde persuadió
pacientemente a un grupo de industriales liberales y simpatizantes del comunismo a fundar
una nueva Rheinische Zeitung, que sería sucesora del diario de ese
mismo nombre cuya publicación se había prohibido cinco años antes, y a que lo
nombraran su director. Colonia era entonces escenario de un difícil equilibrio
de fuerzas entre los demócratas locales, que dominaban la milicia, y una
guarnición que obedecía órdenes de Berlín. AcEruando en nombre de la Liga de
los Comunistas, Marx envió agentes agitadores entre las masas industriales
alemanas y empleó sus informes como material de sus principales
artículos. Por entonces no había censura formal en Renania, y sus palabras
incendiarias llegaron a un
público cada vez más vasto. La Neue Rhenische Zeitung estaba bien informada y era el único
órgano de la prensa izquierdista con clara política propia. Su circulación
aumentó rápidamente y comenzó a leerse en orras provincias alemanas.
152 Marx
había ido armado con un completo plan de acción económica y política, fundado
en
la sólida base teórica que había construido cuidadosamente durante los años anteriores.
Abogaba por una alianza condicional entre los obreros y la burguesía radical para el inmediato
propósito de derrocar a un gobierno reaccionario, declarando que mientras
los franceses se habían liberado del yugo feudal en 1789, lo que los habilitó para dar el paso
siguiente en 1848, hasta ahora los alemanes sólo habían realizado sus revoluciones en la
región del pensamiento puro; como pensadores, habían dejado muy atrás a los franceses
por el radicalismo de sus sentimientos, pero políticamente vivían aún en el siglo XVIII.
Alemania era la más atrasada de las naciones occidentales y los alemanes debían
alcanzar dos estadios antes de alentar la esperanza de llegar al del
industrialismo desarrollado, para
marchar entonces con el paso ajustado al de las democracias vecinas. El movimiento dialéctico de la historia no consiente saltos, y los representantes del proletariado
incurrieron en un error al pasar por alto los reclamos de la burguesía que, al trabajar por su
propia emancipación, favorecía la causa general y estaba económica y
políticamente mucho
mejor organizada y era más capaz de gobernar que la clase trabajadora, ignorante,
desunida, mal organizada. De ahí que el paso que debían dar los trabajadores
era concertar una alianza con sus compañeros de opresión, es decir, con la
clase media inferior, y luego, después de la victoria, procurar controlar y, de ser necesario, obstruir la labor de sus
nuevos aliados (que por entonces estarían sin duda ansiosos de poner fin a aquella
asociación de transacción) por obra de la pura fuerza de su peso y poder económicos. Se
opuso a los demócratas extremistas de Colonia, Anneke y Gottschalk, que eran
contrarios a tal oportunismo y, por cierto, a toda acción política, la cual
probablemente
comprometería y debilitaría la pura causa proletaria. Esto se le apareció como típica ceguera alemana al
verdadero equilibrio de fuerzas. Pidió la intervención directa y el envío de delegados a
Frankfurt, como único procedimiento eficaz y práctico. El aislamiento político
le parecía la cúspide de la locura táctica, puesto que dejaría a los
trabajadores desunidos y a merced de
la clase victoriosa. En política exterior, era una suerte de pangermánico y un fanático
rusófobo. Durante muchos años Rusia había ocupado la misma posición, en
relación con las
fuerzas de la democracia y el progreso, que la ocupada en el siglo XX por las potencias
fascistas y evocaba la misma reacción emocional que éstas. La odiaban y temían los
demócratas de todas las tendencias, como gran campeona de la reacción, capaz y
deseosa de aplastar todos los intentos que se hicieran por la libertad dentro y fuera de sus fronteras.
Como en 1842, Marx pidió una guerra inmediata con Rusia, debido a que ningún intento
de revolución democrática podía triunfar en Alemania en vista de la certeza de
la intervención rusa, y también como medio de unificar los principados alemanes en una
única organización democrática, en oposición a un poder cuya entera influencia
se volcaba
del lado del elemento dinástico en la política europea; y acaso, también, a fin de ayudar a
aquellas fuerzas revolucionarias dispersas dentro
de la misma Rusia, sobre cuya existencia Bakunin solía hacer constantes y
misteriosas referencias.
153 Marx
estaba dispuesto a sacrificar muchas otras consideraciones a la unidad alemana,
puesto que en la desunión del país veía, no menos que Hegel y Bismarck, la
causa tanto de su debilidad como de su ineficacia y atraso político.
No era nacionalista ni romántico y miraba las
naciones pequeñas como otras tantas supervivencias anticuadas que obstruían el
progreso económico y social. Por lo tanto, actuó con toda consecuencia al
aprobar después públicamente la súbita invasión alemana de la provincia danesa
de SchleswigEHolstein; y el abierto apoyo de esta acción por parte de la
mayoría de los demócratas alemanes prominentes causó considerable embarazo a
sus aliados liberales y constitucionalistas de otros países.
Denunció la sucesión de gobiernos prusianos
liberales de breve vida que, sin oponer casi resistencia y, según le parecía a
él, casi con alivio, permitían que el poder se les escapara de las manos para
volver a las del rey y su partido. Prorrumpió en furiosos estallidos contra el
«palabrerío vacío» y el «cretinismo parlamentario» de Frankfurt, para rematar
este ataque con una tormenta de indignación que apenas tiene paralelo en el
mismo Das Kapital.
Ni entonces ni después desesperó del desenlace
último del conflicto, pero su concepción de la táctica revolucionaria, así
como la opinión que le merecían la inteligencia y el grado de confianza
que cabía cifrar en las masas y sus dirigentes, cambiaron radicalmente: declaró
que la incurable estupidez de las masas era un obstáculo aún mayor para su
progreso que el mismo capitalismo. Empero, su propia política reveló ser tan
impracticable como la de los radicales intransigentes a los que denunciaba. En
subsiguientes análisis, atribuyó el resultado desastroso de la revolución a la
debilidad de la burguesía y a la ineficacia de los liberales parlamentarios,
pero principalmente a la ceguera
política de las crédulas masas y a su obstinada lealtad a los agentes de su peor enemigo, que
las engañaban y halagaban para conducirlas lisa y llanamente a su destrucción.
Si pasó el resto de su vida dedicado casi exclusivamente a problemas puramente
tácticos y a consideraciones acerca del método más adecuado que debían adoptar
los conductores revolucionarios en interés de su incomprensivo rebaño, así como
al análisis de las condiciones reales, ello se debió en gran medida a la
lección de la revolución alemana.
En 1849, después del fracaso de los alzamientos
producidos en Viena y en Dresde, escribió violentas diatribas contra los
liberales de todas las tendencias, a los que calificó de cobardes y
saboteadores aún hipnotizados por el rey y sus disciplinados sargentos; añadió
que los asustaba el solo pensar en una victoria definitiva, que estaban
dispuestos a traicionar la revolución por temor a las peligrosas fuerzas que
ésta podía desencadenar, para acabar diciendo que estaban virtualmente
derrotados antes de empezar a luchar.
154 Declaró
que, aun cuando la burguesía tuviera éxito al concertar un sucio pacto con el
enemigo a expensas de sus aliados de la pequeña burguesía y de los
trabajadores, en el mejor de los casos no ganaría más que lo que habían ganado
los liberales franceses bajo la
monarquía de julio, mientras que, en el peor de los casos, el pacto sería repudiado por el rey
y preludiaría un nuevo terror monárquico. Ningún otro diario de Alemania se
atrevió a ir tan lejos al denunciar al gobierno. El carácter directo e
intransigente de estos análisis y la audacia de las conclusiones que Marx
extrajo de ellos fascinaron a los lectores, aun a pesar suyo, si bien
inequívocos signos de pánico comenzaron a mostrarse entre los accionistas.
Para junio de 1848 la fase heroica de la revolución
de París había llegado a su fin y los grupos conservadores comenzaron a rehacer
sus tuerzas. Los miembros radicales y
socialistas del gobierno —Louis Blanc, Albert, Flocon— se vieron obligados a renunciar. Los
obreros se rebelaron contra los republicanos izquierdistas que permanecían en el poder,
levantaron barricadas y, después de tres días de
lucha cuerpo a cuerpo en las calles, fueron dispersados por la guardia nacional
y las tropas leales al gobierno. La sublevación de junio puede considerarse el
primer alzamiento puramente socialista que se produjo en Europa, pues estaba
conscientemente dirigido contra los liberales no menos que contra los
legitimistas. Los seguidores de Blanqui (que estaba preso) lanzaron un
llamamiento al pueblo para que tomara el poder e instaurara una dictadura
armada: el fantasma del Manifiesto comunista adquiría
consistencia corpórea al fin; por primera vez el socialismo revolucionario se
revelaba a sí mismo en aquel salvaje y amenazador aspecto en que hasta entonces
había aparecido a sus oponentes en todos los países. Marx reaccionó al punto. A
pesar de las frenéticas protestas de los propietarios del diario, que miraban
con profundo horror toda forma de derramamiento de sangre y de violencia,
publicó un extenso y demoledor artículo cuyo tema era el funeral que el Estado
había mandado oficiar por los soldados muertos durante los disturbios
producidos en París:
155
La fraternidad de las dos clases antagónicas (una
de las cuales explota a la otra), que en febrero
quedó inscrita con grandes letras en todas las fachadas en París, en todas las prisiones y rodas
las barracas... esta fraternidad duró mientras los intereses de la burguesía podían fraternizar
con los intereses del proletariado. Pedantes de la vieja tradición revolucionaria
de 1793, sistematizadores socialistas que imploraban a la burguesía concediera
favores al pueblo y
a quienes se les permitía predicar largos sermones... necesitaban arrullar al león proletario para
que durmiera; republicanos que querían todo el viejo sistema burgués, menos el
caudillo
multitudinario; legitimistas que no deseaban quitarse la librea, sino meramente cambiar su
corte... ¡éstos han sido los aliados del pueblo en la revolución de febrero! Pero el pueblo no
odiaba a Luis Felipe, sino el dominio multitudinario de una clase, el capital
entronizado. No
obstante, y magnánimo como siempre, se figuraba que había destruido a sus enemigos cuando
no había hecho más que derrocar al enemigo de sus enemigos, al enemigo común de todos ellos.
Los choques que surgen espontáneamente de las
condiciones de la sociedad burguesa han de
llevarse hasta sus últimas y más amargas consecuencias; no cabe conjurarlos. La mejor forma
de estado es aquella que no pretende eliminar las tendencias sociales
opuestas... sino que les asegura la libre expresión porque, con ella, los
conflictos se resuelven por sí solos. Pero se me
preguntará: «¿No tiene usted lágrimas, suspiros, palabras de simpatía para las víctimas del
frenesí popular?»
El Estado acudirá en socorro de las viudas y
huérfanos de estos hombres. Serán honrados con decretos y se les ofrecerá un
espléndido funeral público; la prensa oficial proclamará que sus
memorias son inmortales... Pero los plebeyos, atormentados por el hambre, vilipendiados en
los diarios, abandonados hasta por los médicos, estigmatizados por todas las personas
«decentes» como ladrones, incendiarios, convictos,
mientras sus mujeres y sus hijos
están hundidos en una miseria mayor que nunca y mientras los mejores de los supervivientes
marchan al destierro... ¿acaso no es justo que la prensa democrática reclame el derecho de
coronar con laureles sus frentes sombrías?
Este artículo —no desemejante al tributo que rindió
a la Comuna de París más de veinte años después— causó alarma entre los
suscriptores y el diario comenzó a perder dinero. Por su parte, el gobierno
prusiano, convencido ahora de que poco tenía que temer del sentimiento popular,
ordenó la disolución de la asamblea democrática. Ésta replicó declarando
ilegales todos los impuestos decretados por el gobierno. Marx apoyó
vehementemente tal decisión y exhortó al pueblo a resistir todo intento de
recaudar los impuestos.
Esta vez el gobierno obró prontamente y ordenó el
cierre inmediato de la Neue Rheinische Zeitung. La última
edición se imprimió con letras rojas y contenía un incendiario
artículo de Marx y un elocuente y fiero poema de
Freiligrath; se vendió como una curiosidad para coleccionistas. Marx fue
arrestado por incitación a la sedición y juzgado
ante un tribunal en Colonia. Aprovechó la oportunidad para pronunciar un discurso de gran
extensión y erudición en el que analizó detalladamente la situación política y
social imperante en Alemania y en el exterior. El resultado fue inesperado: al
anunciar la absolución, el presidente del jurado expresó que deseaba agradecer
a Marx, en nombre propio y en el del jurado, la interesante e inusitadamente
instructiva conferencia de la que todos habían sacado gran provecho. El
gobierno prusiano, que cuatro años antes había anulado su ciudadanía prusiana,
no pudiendo modificar el veredicto judicial, lo expulsó de Renania en julio de
1849. Se dirigió a París, donde la agitación bonapartista a favor del primer
sobrino de Napoleón había tornado aún más confusa que antes la situación
política, y donde parecía que algo importante había de ocurrir en cualquier
momento.
156 Sus colaboradores se dispersaron en varias
direcciones. Engels, a quien desagradaba la inactividad y declaraba que nada
tenía que perder, se alistó en la legión de París encabezada por Willich,
sincero comunista y comandante capaz a quien Marx detestaba por
considerarlo un aventurero romántico y a quien Engels admiraba por su
sinceridad, sangre fría y valor personal. Las fuerzas reales batieron
fácilmente a la legión en Badén, y ésta se retiró en orden hacia la frontera de
la Confederación Suiza, donde se disgregó. La mayor parte de los sobrevivientes
pasó a Suiza, entre ellos Engels, que conservó los recuerdos más
agradables de las experiencias vividas en esta ocasión, y que, en sus últimos
años, solía entretenerse narrando la historia de la campaña, que consideraba un
alegre y agradable episodio sin mayor importancia. Marx, cuya capacidad para
solazarse era más limitada, halló que París era un lugar melancólico. La
revolución había fra casado patentemente. Las
intrigas de los legitimistas, orleanistas y bonapartistas socavaban los restos de la estructura
democrática, y los socialistas y radicales que no habían huido se hallaban en
la prisión
o, con toda probabilidad, se hallarían en ella en cualquier momento. La aparición de Marx, que
por entonces ya era una figura de notoriedad europea, no fue bien recibida por
el gobierno. Poco después de su llegada, se le ofreció la alternativa de
abandonar Francia o retirarse a Morbihan, en Bretaña. De los países libres,
Bélgica estaba cerrada para él; era improbable que Suiza, que había expulsado a
Weitling y mirado con no muy buenos ojos la presencia de Bakunin, le permitiera
vivir allí; de modo que sólo un país europeo acaso no pusiera obstáculos en su
camino. Marx llegó a París en julio, procedente de Renania; un mes después, una
suscripción hecha por sus amigos, entre los cuales figura por primera vez el
nombre de Lassalle, le permitió pagar el viaje a Inglaterra.
Llegó a Londres el 24 de agosto de 1849; su familia
lo siguió un mes más tarde, y Engels, después de haber descansado en Suiza
y de un largo y agradable viaje por mar desde Genova, llegó a principios
de noviembre. Encontró a Marx convencido de que la revolución podía estallar
una vez más en cualquier momento y ocupado en la redacción de un folleto contra
la con servadora república de Francia.
157
CAPITULO 7. EXILIO EN LONDRES: LA PRIMERA FASE
Sólo hay un antídoto para el sufrimiento mental,
y es el padecimiento físico.
Karl Marx, Herr Vogt
Marx llegó a Londres en 1849, esperando permanecer
en Inglaterra unas pocas semanas, acaso meses, pero lo cierto es que vivió allí
ininterrumpidamente hasta su muerte, ocurrida en 1883. El aislamiento
intelectual y social de Inglaterra de las principales corrientes de la vida
continental había sido siempre considerable y los años de la mirad del siglo
XIX no ofrecían una excepción. Los problemas que sacudían al continente
cruzaban el canal de la Mancha sólo después de muchos años y, cuando lo hacían,
tendían a cobrar una nueva y peculiar forma; en el proceso de la transición se
transformaban y tomaban un tinte inglés. No se molestaba en Inglaterra a los
revolucionarios extranjeros, a condición de que se comportaran correctamente y
no llamaran demasiado la atención, pero no se establecía con ellos ninguna
clase de contacto. Sus huéspedes los trataban con urbanidad mezclada de leve
indiferencia frente a sus asuntos, los cuales a la vez los irritaban y
divertían. Los revolucionarios y literatos que por muchos años habían vivido en
una fermentación de actividad intelectual y política hallaban la atmósfera de
Londres inhumanamente fría. Agudizaba en ellos esa sensación de aislamiento y
exilio el modo benévolo, distante y a menudo ligeramente condescendiente con que
los trataban los ingleses con quienes entraban en contacto; y mientras esta
actitud civilizada y tolerante creaba ciertamente un vacío, en el que los
exilados podían recobrarse física y moralmente después de la pesadilla de 1848,
el mismo alejamiento de los sucesos que engendraba este sentimiento de
tranquilidad, la inmensa estabilidad que parecía poseer en Inglaterra el
régimen capitalista,
la ausencia total de todo síntoma de revolución, tendían a veces a infundir una acusación de
desesperanzado estancamiento que desmoralizaba y agriaba a casi todos los
exilados revolucionarios.
158 En el caso de Marx, la extrema pobreza y
desolación eran factores que se añadían para
desecar aún más su carácter antirromántico e indoblegable. Al paso que estos años de exilio
lo beneficiaron como pensador y revolucionario, lo cierto es que también lo
forzaron a retirarse casi enteramente al estrecho círculo compuesto por su
familia, Engels y unos pocos amigos íntimos como Liebknecht, Wolff y
Freiligrath. Como figura pública, su aspereza, su agresividad y sus celos, su
deseo de aplastar a todos los rivales, aumentaron con los años; el desagrado
que le inspiraba la sociedad en que vivía se fue haciendo cada vez más
agudo, y su contacto personal con miembros individuales de ella, cada vez más
difícil; se mostraba más considerado con los extranjeros «burgueses» que con
los socialistas que estaban fuera de su órbita; disputaba fácilmente y no
le agradaban las
reconciliaciones. Mientras pudo apoyarse en Engels, no necesitó de otra ayuda, y hacia el fin
de su vida, cuando el respeto y la admiración que se le prodigaban habían
llegado al punto más alto, nadie se atrevía a acercarse mucho a él por temor de
un rechazo particularmente humillante. Como a muchos grandes hombres, le
agradaba la lisonja y, más aún, la sumisión
total; en sus últimos años obtuvo ambas sin reticencias y murió rodeado de mayores
honores y comodidades materiales que los que había
disfrutado en cualquier otro período de su vida.
Aquéllos eran los años en que en las calles de
Londres se festejaba y aplaudía públicamente a patriotas románticos, como
Kossuth o Garibaldi; se los miraba como figuras pintorescas de quienes cabía
esperar una conducta heroica y nobles palabras, antes que como hombres
interesantes o distinguidos con quienes pudieran establecerse relaciones
humanas. Considerábase a la mayoría de sus seguidores como seres excéntricos e
inofensivos, y, en realidad, muchos de ellos lo eran. Marx, que no poseía
suficiente fama o en canto personal para atraerse semejante atención, vino
a hallarse con pocos amigos y prácticamente sin dinero en un país al que, si
bien lo había visitado hacía menos de tres años, seguía siendo extraño para él.
Viviendo como vivía en el seno de una sociedad inmensamente abigarrada y
próspera, por entonces en el apogeo del colosal crecimiento de su poder
económico y político, se mantuvo toda su vida personalmente apartado de ella, y
sólo la trató como un objeto de observación científica.
159 El desmoronamiento del radicalismo militante en el exterior no le dejaba otra opción, por
lo menos por un tiempo, que la de llevar una vida de observación y estudio.
La consecuencia importante de esto fue que, puesto que el material que
manejaba era casi exclusivamente inglés, había de confiar, para hallar pruebas
de sus hipótesis y generalizaciones, casi enteramente en su experiencia y en
autores ingleses. Aquellos pasajes de detallada investigación social e
histórica que constituyen los capítulos mejores y más originales de Das
Kapital tratan principalmente de períodos para los que la mayor parte
de las pruebas podían obtenerse en las columnas financieras del diario The
Economist, en las historias económicas, en el material estadístico contenido en
los Libros azu les gubernamentales (y Marx fue el primer estudioso que hizo de
ellos un serio uso científico) y en otras fuentes a las que tenía acceso sin
salir de Londres, y hasta ni siquiera de la sala de lectura del Museo
Británico. Marx escribió su obra en medio de una vida de esporádica agitación y
organización de la actividad práctica, pero ella exhibe un aire de extremado
aislamiento, como si el escritor se hallara a muchas millas de la escena que
discute, hecho que a veces causa una impresión del todo falsa de Marx, como si éste hubiera
llegado a convertirse, durante los años de exilio, en un remoto y solitario
hombre de estudio que a los treinta y dos años de edad hubiera dejado tras
de sí la vida de la acción para empeñarse en investigaciones puramente
teóricas.
El momento en que Marx llegó a Inglaterra era
singularmente desfavorable, pues no se avizoraba en el horizonte perspectiva
alguna de revolución. El movimiento de masas considerado por los socialistas
continentales como modelo de la acción proletaria organizada en la nación
europea más altamente industrializada y, por ende más socialmente avanzada
—el cartismo—, acababa de sufrir una abrumadora derrota; observadores
extranjeros, entre ellos Engels, habían incurrido en un serio error al
sobrestimar sus fuerzas. Constituía un inconexo cúmulo de personas e intereses
heterogéneos, y en él figuraban tories románticos, radicales avanzados
influidos por modelos continentales, reformadores evangélicos, radicales
filosóficos, campesinos y artesanos desposeídos, visionarios apocalípticos. Los
unía el común horror a la creciente pauperización y degradación social de la
clase media inferior que señalaba cada avance de la revolución industrial;
muchos de ellos retrocedían ante cualquier pensamiento de violencia y pertenecían
a la clase a la cual el Manifiesto comunista calificaba
despectivamente de «economistas, filántropos, humanitarios dedicados a mejorar
la condición de la clase trabajadora, organizadores de caridad, miembros de
sociedades protectoras de animales, fanáticos de la temperancia, reformadores
de toda laya».
160 El movimiento estaba pésimamente
organizado. Sus dirigentes no se ponían de acuerdo
entre sí ni poseían individual, ni aún menos colectivamente, claras creencias respecto de los
fines que habían de proponer a sus seguidores o de los medios que habían de
adoptarse para su consecución. Los miembros más firmes del movimiento eran
aquellos sindicalistas del futuro, ansiosos sobre todo de mejorar las
condiciones y salarios del trabajo y a quienes sólo les interesaban cuestiones
más generales en la medida en que éstas estuvieran relacionadas con la causa
particular por ellos defendida. Es dudoso que un serio movimiento
revolucionario pudiera crearse, bajo cualquier circunstancia, con esta amalgama
peculiar. Tal como era, no prosperó. Acaso fuese el especioso alivio
proporcionado por la gran Acta de Reforma, o el poder del no conformismo, lo
que originalmente rindió la marea. De cualquier modo, hacia 1850 terminaba la
gran crisis que había comenzado en 1847. A ella sucedió el primer auge
económico conscientemente reconocido en la historia europea, que aceleró
enormemente el ritmo de desarrollo industrial y comercial y extinguió el último
rescoldo de la conflagración carEtista. Organizadores y agitadores continuaron
combatiendo contra las injusticias que sufrían los obreros, pero los
exasperados años de Peterloo y los mártires de Tolpuddle —que en los sombríos y
conmovedores folletos de Hodgskin y Bray, así como en la salvaje ironía de
William Cobbett, habían dejado una amarga constancia de estúpida opresión y generalizada
ruina social— estaban cediendo insensiblemente el lugar a la era más moderada
de John Stuart Mili y de los positivistas ingleses con sus simpatías
socialistas, al socialismo cristiano de la década de 1860 y al
sindicalismo esencialmente apolítico de cautelosos oportunistas como Cremer o
Lucraft, que miraban con recelo los intentos de los doctrinarios extranjeros
por enseñarles cómo debían resolver sus propios asuntos.
Marx comenzó, naturalmente, por establecer contacto
con los exilados alemanes. Por entonces, Londres era punto de confluencia de
los emigrados alemanes, miembros de los disueltos comités revolucionarios,
intelectuales y poetas, artesanos alemanes vagamente radicales que se habían
establecido en Inglaterra mucho antes de la revolución y comunistas activos
recientemente expulsados de Francia o Suiza que procuraban reconstituir la Liga
de los Comunistas y renovar relaciones con los radicales ingleses, que los miraban
con simpatía. Marx siguió sus tácticas habituales y estrechó relaciones con la
sociedad de los alemanes: creía firmemente que la revolución no había terminado
y mantuvo esta convicción hasta que se produjo el golpe de estado que colocó a
Luis Napoleón en el trono de Francia. Entre tanto, pasó lo que consideraba una
mera tregua en la batalla realizando las actividades normales de un exilado
político, asistiendo a reuniones de refugiados y disputando con aquellos que le
despertaban sospechas.
161 El culto y fastidioso Herzen, que estaba
en Londres por entonces, concibió profundo disgusto por él y en sus memorias
ofreció una maliciosa y brillante descripción de la posición que ocupaban Marx
y sus seguidores, entonces y después, entre los otros
emigrados políticos. En general, los alemanes eran notoriamente incapaces de cooperar con
los otros exilados —italianos, rusos, polacos, húngaros—, cuya falta de método,
así como su pasión para mantener intensas relaciones personales, chocaba y
disgustaba a aquéllos. Los últimos, por su parte, hallaban igualmente a los
alemanes faltos de atractivo; les desagradaba su grosería, sus maneras toscas,
su colosal vanidad y, sobre todo, sus sórdidas e incesantes reyertas
intestinas, durante las cuales no era insólito que se sacaran a luz y
caricaturizaran brutalmente en la prensa detalles íntimos de la vida privada.
Los desastres de 1848 no conmovieron para nada las
creencias teóricas de Marx, pero lo obligaron a revisar seriamente su programa
político. En los años 1847E48 influyó tanto en él la propaganda de Weitling y
Blanqui que comenzó a creer, contra su natural
inclinación hegeliana, que podría realizarse una revolución coronada por el éxito mediante
un golpe de estado llevado a cabo por un grupo
reducido, pero resuelto, de revolucionarios adiestrados que, después de tomar
el poder, podrían mantenerse en él, constituyendo ellos mismos el comité
ejecutivo de las masas en cuyo nombre obraban. Este grupo funcionaría como
punta de lanza del ataque proletario. Después de años de servidumbre y
oscuridad, no podía esperarse que las grandes masas de la clase obrera
estuvieran maduras para
gobernarse a sí mismas o para dominar y destruir a las fuerzas a las que habían desplazado.
Consecuentemente, había de constituirse un partido que funcionara como una
élite política, intelectual y legislativa del pueblo, y que gozaría de la
confianza de éste en virtud de su desinterés, su superior esclarecimiento y su
percepción práctica de las necesidades de la situación inmediata, que, en fin,
fuese capaz de guiar los titubeantes pasos del pueblo durante el primer período
de su primera libertad. Denominó a este necesario interludio estado de
revolución permanente; la conduciría la dictadura del proletariado, clase
revolucionaria que prevalecería sobre el resto «como un necesario paso inter
medio para llegar a la abolición de todas las distinciones de clases, a la
abolición de todas las relaciones productivas existentes en que descansan tales
distinciones, a la abolición de todas las relaciones sociales que corresponden
a estas relaciones productivas y a la completa inversión de todas las ideas que
derivan de semejantes relaciones sociales». Pero aquí, si bien el fin era claro,
los medios para alcanzarlo eran relativamente vagos. La dictadura del
proletariado dominaría el estado de «permanente revolución», pero ¿cómo había
de cumplirse este estadio y qué forma iba a tomar?
162 No hay duda de que hacia 1848 Marx pensó
que lo produciría una élite que había de nombrarse a sí misma; ésta no
trabajaría en secreto, como quería Blanqui, ni estaría encabezada por una única
figura dictatorial, como ocasionalmente propuso Bakunin, sino que sería, como
Babeuf, quizás, la concibió en 1796, un reducido grupo de individuos
convencidos e implacables que ejercerían el poder dictatorial y educarían al
proletariado hasta que éste alcanzara un nivel en que pudiera comprender su propia tarea. Por ello Marx
había propugnado en Colonia en 1848E49, una alianza temporal con los dirigentes
de la burguesía radical. En este estadio, la pequeña burguesía que luchaba
contra la presión de las clases que estaban inmediatamente por encima de
ella, era la aliada natural de los
trabajadores; pero como era incapaz de gobernar por su propia fuerza, cada vez dependería
más del apoyo de los obreros hasta el momento en que los obreros, ya amos
económicos de la situación, conquistaran las formas oficiales del poder político,
ya por un golpe violento, ya por presión gradual. Esta doctrina (cuya más
clara formulación se halla en el mensaje de Marx de 1850 a la Liga de los
Comunistas) es bien conocida porque (revivida por el agitador ruso Parvus)
en 1905 Trotski urgió su aplicación, la adoptó Lenin y, en 1917, ambos la
pusieron en práctica en Rusia con la fidelidad más literal. Empero, el propio
Marx la abandonó a la luz de los sucesos de 1848, por lo menos en la práctica,
en ciertos aspectos vitales. Gradualmente fue descartando toda la concepción de
la toma del poder por una élite, la que se le aparecía impotente para lograr
algo frente a un ejército regular hostil y a un proletariado ignorante y falto
de adiestramiento. Los dirigentes de los obreros no carecían de coraje ni de
sentido práctico, pero de todos modos les hubiera resultado completamente
imposible permanecer en el poder en 1848 contra las fuerzas combinadas de los
realistas, el ejército y la alta clase media. A menos que el proletariado como
conjunto adquiriera conciencia del papel histórico que le correspondía
desempeñar, sus conductores serían impotentes. Podían provocar un alzamiento
armado, pero no podrían retener los frutos de éste si no contaban con el apoyo
consciente e inteligente de la mayoría de la clase trabajadora.
Consecuentemente, la lección vital que enseñaban los sucesos de 1848 era, según
Marx, que el primer deber de un dirigente revolucionario consiste en sembrar
entre las masas la conciencia de su destino y de su tarea. Este es un proceso largo y laborioso,
pero, a menos que se lleve a cabo, nada se logrará
como no sea el derroche de energía revolucionaria en estallidos esporádicos
dirigidos por aventureros o exaltados que, al no contar con una base real en la
voluntad popular, han de ser inevitablemente derrotados, después de un breve
período de triunfo, por las repuestas fuerzas de la reacción; a ello se
agrega la brutal represión subsiguiente que paralizará al proletariado por muchos años. Por
estos motivos se negó a apoyar, en vísperas de su estallido, la revolución que
desembocó en la Comuna de París en 1871, si bien luego, y sobre todo por
motivos tácticos, le dedicó un conmovedor y elocuente epitafio.
163 El segundo punto en que modificó sus
opiniones fue la posibilidad de colaboración con la burguesía. Teóricamente,
aún creía que la dialéctica de la historia requería un régimen
burgués como preludio del comunismo completo; pero la fuerza de esta clase en Alemania y
Francia, así como su franca determinación de protegerse contra su aliada
proletaria, lo convencieron de que un pacto con ella perjudicaría a los
trabajadores, pues éstos constituían el poder más débil: aún no podía
realizarse el plan de gobernar desde bambalinas. Este había sido el principal
punto de divergencia entre él y los comunistas de Colonia, que se habían
opuesto a aliarse con los liberales por considerar el pacto un oportunismo
suicida. Ahora Marx abrazaba el punto de vista de aquéllos, si bien no por las
mismas razones, es decir, no porque el oportunismo como tal fuera moralmente degradante
o llevara necesariamente a la derrota, sino porque en ese caso particular
estaba destinado a fracasar, a confundir los problemas en el seno de un partido
que aún no estaba sólidamente organizado, y conducir así a la debilidad interna
y la derrota. De ahí su continua insistencia, en años posteriores,
en conservar la pureza
del partido, en mantenerlo lejos de todo enredo
que pareciera una transacción. La política de expansión gradual y la lenta
conquista del poder a través de reconocidas instituciones parlamentarias,
acompañadas por una presión sistemática en escala internacional sobre los
patronos por conducto de los sindicatos y organizaciones similares, como medio
de asegurar mejores condiciones económicas para los trabajadores —y esto es lo
que caracteriza la táctica de los partidos socialistas a fines del siglo
XIX y principios del XX—, fue el producto legítimo de los análisis de Marx
acerca de las causas de la catástrofe del año revolucionario de 1848.
Su principal objetivo —la creación de condiciones
en las cuales fuera viable la dictadura del proletariado, «la revolución
permanente»— no sufrió modificación alguna; la burguesía y todas sus
instituciones estaban inevitablemente sentenciadas a la extinción. Acaso el
proceso durara más de lo que había supuesto originariamente y, en tal caso,
había de enseñarse al proletariado a ser paciente; sólo cuando la situación
estuviera madura para una intervención, los dirigentes habían de llamar a la
acción; entre tanto, debían dedicarse a reunir, organizar y disciplinar
las fuerzas obreras de modo que éstas estuvieran prontas para cuando llegara la
crisis decisiva. La historia ha ofrecido un comentario irónico sobre el
particular: los caudillos de la revolución comunista rusa (país donde, sea
dicho de paso, Marx no creía que su teoría fuera aplicable), al obrar de
conformidad con la descartada opinión de 1850 y al encender la mecha cuando las
masas populares no estaban evidentemente maduras para su tarea, por lo menos
lograron prevenir las con secuencias de 1848 y 1871; en cambio, los
alemanes ortodoxos y los socialE demócratas austríacos, fieles a la última
doctrina de su maestro, obraron cautelosamente y gastaron sus energías educando
a las masas para la misión que les esperaba, y fueron abatidos por
la reorganizada clase reaccionaria, cuya fuerza debería haber socavado
mucho antes, y fatalmente, la marcha de la historia y el constante trabajo de
zapa por parte del proletariado.
164 Entre tanto, no se veía signo de
revolución en parte alguna y al estado anímico de optimismo irracional sucedió
otro de profunda depresión. Herzen escribió en sus memorias:
No se pueden recordar aquellos días sin sentir agudo dolor Francia se movía con la velocidad
de una estrella fugaz hacia el inevitable golpe de estado. Alemania yacía postrada a los pies del
zar Nicolás, arrastrada por la desdichada, traicionada Hungría... Los revolucionarios
estaban empeñados en un trabajo de agitación que no obtenía resultado alguno.
Aun las personas
más serias se sienten a menudo fascinadas por las meras formas y se las arreglan para convencerse
a sí mismas de que en realidad están haciendo algo si celebran reuniones en las
que hablan de documentos y protocolos, conferencias en que se registran hechos,
se toman decisiones, se imprimen proclamas y así sucesivamente. La burocracia
de la revolución es susceptible
de perderse en esta suerte de cosas del mismo modo que la burocracia real; en Inglaterra
proliferan centenares de asociaciones de esta índole: tienen lugar solemnes
reuniones a las que
asisten ceremoniosamente duques y pares del reino, clérigos y secretarios; los tesoreros
recolectan fondos, los periodistas escriben artículos, todos están afanosamente empeñados en
no hacer nada en modo alguno. Estas reuniones filantrópicas y religiosas
cumplen una doble función: sirven como una forma de diversión y obran como un
soborno sobre las perturbadas
conciencias de aquellos cristianos en cierto modo mundanos Todo el asunto configuraba una
contradicción: una franca conspiración, nun complot urdido a puerta cerrada.
En la sofocante atmósfera de intrigas continuas,
sospechas y recriminaciones que llena los primeros años de cualquier gran
emigración política cuyos miembros están ligados entre sí por las
circunstancias antes que por cualquier causa común claramente concebida, Marx
pasó sus dos primeros años en Londres. Declinó resueltamente mantener trato con
Herzen, Mazzini y los amigos de éstos, pero no permaneció inactivo. Transformó
la Neue Rheinische Zeitung en una revista, organizó comités de
ayuda a los refugiados, publicó una denuncia sobre los métodos policiales en
los juicios de Colonia contra sus amigos, en la que
descubrió burdas falsificaciones y perjurios, lo cual, si bien
no liberó a sus camaradas, tornó más difíciles juicios
de la misma índole en el futuro; llevó a cabo una vendetta contra Willich,
dentro de la Liga de los Comunistas, y, creyendo que una institución que
promueve verdades parciales es más peligrosa que la total inactividad y es
preferible que esté muerta, mediante una implacable intriga logró su
disolución.
165 Después de haber torpedeado así con
éxito a sus antiguos compañeros y, no sintiendo más que menosprecio por los
demás emigrados, a quienes consideraba charlatanes ineficaces e inofensivos, se
constituyó a sí mismo, junto con Engels, en centro independiente de
propaganda, unión personal en torno de la cual los quebrantados y dispersos
restos del comunismo alemán se congregarían gradualmente para, una vez más,
formar una fuerza. El plan fue coronado por el éxito.
Sus escritos más importantes de este período se
refieren a los recientes sucesos de Francia, y su estilo, a menudo opaco y
oscuro cuando trata cuestiones abstractas, es luminoso cuando aborda hechos.
Los ensayos sobre la Las luchas de clases en Francia y los
artículos que volvió a publicar bajo el título El 18 Brumario de Luis Bonaparte son
modelos de lúcida y cruel literatura de combate. Los dos ensayos se refieren
casi al mismo tema y ofrecen una brillante descripción polémica de la
revolución y de la segunda república; en ellos analiza minuciosamente las
relaciones y el concurso de los factores políticos, económicos y personales, en
términos de la alienación de las clases cuyas necesidades ellos encarnan. Hace
allí un brillante análisis del papel del Estado francés, que funciona menos
como un comité de la clase gobernante (la fórmula del Manifiesto comunista)
que como una
fuente independiente de poder apoyado por la burguesía (si bien a veces va más allá de los
deseos de ésta), a fin de preservar el statu
quo social y político. En una serie de esbozos agudos y epigramáticos
clasifica a los principales representantes de los diversos partidos y los
relaciona con las clases de cuyo apoyo dependen. Representa la evolución de
la situación política, desde un vago liberalismo hasta la república
conservadora (y, por lo tanto, hasta la franca lucha de clases), que remata en
un crudo despotismo, como una parodia de los sucesos de 1789, cuando cada fase
sucesiva era más violenta y revolucionaria que la anterior; en 1848
ocurrió precisamente lo contrario: sus aliados, pequeños burgueses, abandonaron
y traicionaron en junio al proletariado; luego los pequeños burgueses fueron a
su vez abandonados por la clase media; finalmente, ésta fue vencida por los
grandes terratenientes y financieros y entregada en manos del ejército y de
Luis Napoleón. Por lo demás, esto no habría podido evitarse ni siquiera en el
caso de que los políticos hubieran desarrollado una política diferente,
puesto que estaba determinado por el estadio de desenvolvimiento histórico
alcanzado en esa época por la sociedad francesa.
166 Las otras actividades de Marx en este
período incluían conferencias populares sobre economía política, pronunciadas
en la Unión Educativa de Obreros Alemanes y, en fin, una considerable
correspondencia con los revolucionarios alemanes diseminados por todas partes,
y sobre todo con Engels, quien de mala gana (pues no tenía otro medio de
subvenir a sus necesidades) hizo la paz con sus padres y se decidió a
trabajar en Manchester en la oficina de la empresa paterna de hilandería.
Empleó la relativa seguridad que obtuvo de este modo para ayudar a Marx
material e intelectualmente durante el resto de su vida. En cuanto a la
situación financiera de Marx, fue desesperada por muchos años: no contaba con
una fuente regular de ingresos, su familia crecía y su reputación excluía la
posibilidad de que hallara trabajo en cualquier firma respetable. La desolada
pobreza en que él y su familia vivieron durante los veinte años
siguientes, así como la indecible humillación que esto significó para él, han
sido con frecuencia descritas: primero la familia erró de un tugurio a otro, de
Chelsea a Leicester Square, y de allí a los arrabales sórdidos de Soho,
azotados por las enfermedades; a menudo no había dinero en casa para pagar a
los proveedores y la familia debía morirse de hambre literalmente hasta obtener
un préstamo o hasta que Engels enviara un giro de una libra; a veces toda
la ropa de la familia estaba pignorada y se veían forzados a permanecer largas
horas sin luz ni comida, interrumpidas sólo por las visitas de importunos
acreedores a quienes recibía en la puerta alguno de sus hijos con la invariable
y automática respuesta: «El señor Marx no está».
Una vivida descripción de las condiciones en que
vivió durante los primeros siete años de exilio sobrevive en el informe de un
espía prusiano que logró introducirse en la casa de Dean Street:
...Vive en uno de los peores y más sórdidos
arrabales de Londres. Ocupa dos habitaciones. En ninguna de ellas hay un solo
mueble limpio o decente; todo está roto, hecho trizas, y una gruesa capa de
polvo lo cubre todo... Manuscritos, libros y diarios yacen junto a
juguetes de los chicos,
elementos del canastillo de costura de su mujer, tazas desportilladas, cucharas sucias, cuchillos, tenedores, lámparas, un tintero, vasos, pipas, ceniza de tabaco , todo amontonado
en la misma mesa. Al entrar en la habitación, el humo del tabaco le irrita a uno los ojos de tal
modo que al principio le parece a uno estar tanteando en una caverna, hasta que se acostumbra
y logra descubrir ciertos objetos en medio de la bruma. Sentarse es asunto peligroso. Aquí hay
una silla con sólo tres patas, y en otra, que está entera, los niños juegan a cocinar. Ésa es la que
se ofrece al visitante, pero no se quita de ella la cocina de los chicos y, si uno se sienta, arriesga
un par de pantalones. Pero todas estas cosas no incomodan en lo más mínimo a Marx o a su
mujer. Lo reciben a uno del modo más amistoso y le ofrecen cordialmente una pipa, tabaco y
cualquier otra cosa que haya. Pronto se entabla una inteligente e interesante conversación que
compensa todas las deficiencias domésticas y hace soportable aquella
incomodidad.......... 6
167
Un hombre de genio obligado a vivir en una buhardilla, a ocultarse cuando sus
acreedores se tornan importunos, o yacer en cama
porque sus ropas están pignoradas, es una figura convencional de comedia alegre
y sentimental. Marx no era un bohemio y sus
infortunios lo afectaban trágicamente. Era orgulloso, excesivamente susceptible, y mucho le
exigía al mundo: las pequeñas humillaciones e insultos a que su situación lo
exponían, la frustración de sus deseos de ocupar una posición dominante a la
que se sentía merecedor, la represión de su colosal vitalidad natural, todo ello se volvía contra sí
mismo y lo llevaba a paroxismos de odio y cólera. Sus
amargos sentimientos a menudo hallaban cauce en sus escritos y en largas y
salvajes venganzas personales. Veía complots, persecuciones y conspiraciones
por doquier, y cuanto más sus víctimas protestaban de su inocencia, tanto más
se convencía de su duplicidad y su culpa. Su modo de vida consistía en visitas
diarias a la sala de lectura del Museo Británico, donde permanecía normalmente
desde las nueve de la mañana hasta que cerraba a las siete; a esto seguían
largas horas de trabajo nocturno durante las que fumaba incesantemente, hasta
el punto de que el fumar, de placer se había convertido en indispensable
anodino; esto afectó permanentemente su salud y se vio expuesto a frecuentes
ataques de una enfermedad hepática, a veces acompañados de forúnculos y una
inflamación de los ojos que lo obligaban a interrumpir el trabajo, lo
agotaban e irritaban. «Estoy apestado como Job, aunque no temo a Dios», escribió en 1858.
«Todo lo que esos señores [los médicos] dicen
desemboca en la conclusión de que uno ha de ser un próspero rentista en
lugar de un pobre diablo como yo, tan pobre como una rata de iglesia.» Cuando
se hallaba en otros estados de ánimo, juraba que la burguesía le pagaría un día
a precio de oro cada uno de sus carbunclos. Engels, cuyos ingresos anuales
durante aquellos años no parecen haber excedido las cien libras, con las
cuales, en su carácter de re presentante de su padre, había de sostener un respetable
establecimiento en Manchester, no pudo al principio, a pesar de su gran
generosidad, proporcionarle gran ayuda sistemática; ocasionalmente, amigos de
Colonia, o generosos socialistas alemanes como Liebknecht o Freiligrath,
recolectaban pequeñas sumas para él, que, junto con los honorarios que recibía
por ocasionales artículos periodísticos y ocasionales «préstamos» de su
adinerado tío Philips, que vivía en Holanda, y pequeños legados de parientes,
le permitieron continuar al mismo borde de la subsistencia.
168 Por ello no es difícil comprender que
odiara la pobreza, y la esclavitud y degradación que ella acarrea, por lo menos
tan apasionadamente como la servidumbre. Ofrece las descripciones, diseminadas
en sus obras, de la vida en los suburbios industriaEles, en las ciudades
mineras o las plantaciones, así como de la actitud de la opinón civilizada
respecto de ella, con una combinación de violenta indignación y fría, contenida
amargura que, particularmente cuando entra en detalles y el tono se vuelve
inesperadamente calmo y monótono, posee una calidad aterradora e infunde
insoportable cólera y vergüenza en lectores a quienes no habían conmovido la
ruda retórica de Carlyle, el digno y humano alegato de J. S. Mili, o la
avasalladora elocuencia de William Morris y los socialistas cristianos. Durante
aquellos años murieron tres de sus hijos —los varones Guido y Edgar y la niña
Franziska—, en gran medida como resultado de las condiciones en que vivían.
Cuando murió Franziska, Marx no tenía dinero para pagar un ataúd y hubo de
socorrerlo en
el trance la generosidad de un refugiado francés. Frau Marx describe el incidente con
6 Citado en Karl Marx: Man and Fighter, de B. Nicolaievsky y O. MaenchenEHelfen (Penguin Books,
Harmondsworth, 1976), pp. 256E257.
detalles horripilantes en carta a una compañera de
exilio. También ella estaba a menudo
enferma, y cuidaba a los niños una criada de la familia, Helene Demuth, que permaneció con
ellos hasta el fin.
No pude ni puedo llamar a médicos —escribe a Engels en una de esas ocasiones— porque no
tengo dinero para las medicinas. Los últimos ocho o diez días alimenté a mi
familia con pan y patatas,
y hoy es aún dudoso que pueda obtener eso.
No era comunicativo por naturaleza, y jamás se
abandonaba a la compasión de sí mismo; en sus cartas a Engels a menudo satirizó
los propios infortunios con una sombría ironía que puede ocultar a un lector
casual la desesperada situación en que frecuentemente se encontraba. Pero
cuando en 1856 murió a los seis años su hijo Edgar, a quien profesaba tierno
afecto, el dolor traspasó aquella reserva de hierro.
He sufrido toda suerte de desgracias —escribió a su
amigo—, pero sólo ahora conozco qué es la
verdadera desdicha... en medio de todos los padecimientos de estos días me ha mantenido en
pie el pensar en usted y en su amistad, así como la esperanza de que aún tengamos que hacer
algo razonable en este mundo...
Bacon dice que los hombres verdaderamente
importantes mantienen tantos contactos con la naturaleza y el mundo, encuentran
tantos motivos de interés, que se reponen fácilmente de
cualquier pérdida. Yo no pertenezco a esa clase de hombres importantes. La muerte de mi hijo
me ha afectado tanto que siento la pérdida con tanta amargura como el primer día. Mi mujer
está también completamente deshecha.
169
La única forma de placer que la familia podía permitirse era una ocasional excursión a
Hampstead Heath durante los meses de verano. Solían
salir los domingos por la mañana de la casa de Dean Street, y acompañados por
Lenchen Demuth (a quien Marx profesaba sincero afecto7) y uno o dos amigos,
provistos de una cesta con comida y de diarios comprados en el camino, iban
andando hasta Hampstead. Allí se sentaban bajo los árboles, y mientras los
chicos jugaban o recogían flores, los mayores conversaban, leían o dormían.
Cuando avanzaba la tarde, los ánimos se alegraban más y más, particularmente cuando
el jovial Engels estaba presente. Bromeaban, cantaban, corrían. Marx recitaba
poesías, cosa que le agradaba mucho, llevaba a los niños en hombros, entretenía
a todos y, como efecto teatral final, montaba solemnemente un borrico y se
paseaba en él frente a todos, lo que nunca dejaba de provocar general placer. A
la caída de la noche regresaban, a menudo cantando canciones patrióticas
alemanas o inglesas. Empero, estas agradables ocasiones eran muy raras y no fue
mucho lo que alumbraron lo que el propio Marx calificó en carta a Engels de
insomne noche del exilio.
Un leve alivio llevó a esta situación la súbita
propuesta de escribir regularmente artículos sobre asuntos europeos para
el New York Daily Tribune. Charles Augustus Dana, editor extranjero
del diario, le hizo el ofrecimiento; había sido presentado a Marx por
Freiligrath en Colonia, en 1849, y había quedado sumamente impresionado por su
penetración política. El New York Daily Tribune era
un diario radical, fundado por un grupo de discípulos norteamericanos de
Fourier, que por entonces tenía una circulación de más de doscientos mil
ejemplares y era probablemente el más importante diario del mundo; su
posición era ampliamente progresista; en asuntos internos desarrollaba una política contra
7 En 1851 le dio un hijo, conocido como
Frederick (Freddy) Demurh, a quien Marx parece que no quería y por lo que se
sabe nunca reconoció. Fue criado por el fiel Engels
y, después, por su hermanastra Eleanor, a la que Engels, en su
lecho de muerte, reveló la verdad. Frederick Demuth fue un
trabajador manual y parece que murió a la edad
de ochenta años en Inglaterra.
la esclavitud y a favor del libre comercio, al paso
que en asuntos exteriores aracaba el principio de autocracia y se hallaba así
en oposición virtualmente a todos los gobiernos de Europa. Marx, que
obstinadamente rechazaba ofrecimientos de colaboración de diarios continentales
cuya tendencia juzgaba reaccionaria, aceptó éste con alacridad. El nuevo
corresponsal había de recibir una libra esterlina por artículo.
170 Durante casi diez años escribió
notas semanales que trataban de gran diversidad de temas y que aún hoy revisten
cierto interés. El primer pedido que le hizo Dana fue escribir una serie de
artículos sobre la estrategia de ambos ejércitos durante la guerra civil en
Alemania y Austria, así como comentarios generales sobre el arte de la guerra
moderna. Como Marx ignoraba por completo este último tema y poseía por entonces
pocos conocimientos del inglés, halló que el pedido no era fácil de cumplir;
empero, no podía rehusar nada que le garantizara una fuente de ingresos fija,
por magra que fuese. En su perplejidad se volvió hacia Engels, quien, como en
tantas otras ocasiones posteriores, pronta y cortésmente escribió los artículos
y los firmó con el nombre de Marx. En adelante,
y toda vez que desconociera un tema o no le agradara tratarlo, o su mala salud o el hecho de
estar ausente le impidiera trabajar, Engels se encargaba de la tarea, y lo
hacía con tal eficiencia que el corresponsal londinense del Tribune conquistó
pronto considerable popularidad en los Estados Unidos, donde se lo consideraba
un periodista excepE cionalmente versátil y bien informado, con público propio.
Marx volvió a publicar los artículos de Engels
sobre la revolución alemana en un folleto titulado Revolución y
contrarrevolución en Alemania, que finaliza asegurando que la revolución ha
de estallar con violencia aún mayor en un futuro cercano. Más tarde los amigos
admitieron que habían sido demasiado optimistas. Marx formuló la celebrada
generalización de que sólo una crisis económica podía originar una revolución
coronada por el éxito; así, la depresión económica de 1847 alimentó la
revolución de 1848, y la prosperidad de 1851 destruyó toda esperanza de una
inminente conflagración política.
En lo sucesivo la atención de ambos se concentra en
descubrir síntomas de una gran crisis económica. En su oficina de Manchester,
Engels llenaba sus cartas con datos acerca del estado de los mercados
mundiales; se refiere jubilosamente a las pérdidas de oro del Banco de
Inglaterra, a la quiebra de un banco hamburgués, a la mala cosecha en Francia
o en los Estados Unidos, indicios de que la gran crisis no podía tardar en
producirse. Al fin, en 1857 tuvo lugar una auténtica depresión en la escala
requerida. No obstante, y con la excepción de la agrícola Italia, no la siguió
ningún desarrollo revolucionario. Después de esto, ambos hacen menos mención de
las crisis inevitables y se dedican más a discutir la organización de un
partido revolucionario. La profunda decepción había obrado sus efectos.
Mientras Engels trataba los temas de estrategia
militar solicitados por el público norteamericano, Marx publicaba en rápida
sucesión una serie de artículos acerca de la política de Inglaterra, tanto
interna como externa, sobre política exterior, sobre el cartismo y sobre el
carácter de diversos ministerios ingleses, todo lo cual logró compendiar en
unas pocas sentencias maliciosas, habitualmente a expensas de The Times,
que seguía siendo su espantajo. Escribió mucho acerca del gobierno inglés en la
India y en Irlanda. Declaró que, en cualquier caso, la India estaba destinada a
que la conquistara una potencia más fuerte:
171
La cuestión no estriba en si los ingleses tenían
derechos para conquistar a la India, sino en si hubiéramos preferido que la
conquistaran los turcos, los persas o los rusos... Desde luego, es imposible
obligar a la burguesía inglesa a que desee la emancipación o el mejoramiento de
la condición social de las masas indias, lo cual depende no sólo del desarrollo
de las fuerzas de
producción sino también de la propiedad de éstas por parte del pueblo. Pero lo que sí puede
hacer es crear las condiciones materiales para la satisfacción de esta doble necesidad.
Y también:
Por triste que se nos aparezca —escribió en 1853— el espectáculo de la ruina y desolación de
esos centenares de miles de integrantes de grupos sociales industriosos, pacíficos, patriarcales... súbitamente separados de su antigua civilización y de sus tradicionales medios
de existencia, no hemos de olvidar que esas idílicas comunidades aldeanas...
proporcionaron siempre una firme base al despotismo oriental al reducir la
inteligencia humana a los más estrechos límites, al convertirse en
obedientes y tradicionales instrumentos de superstición, al
impedir su propio desarrollo, al privarse... de toda capacidad de actividad histórica; no
olvidemos el egoísmo de los bárbaros que,
concentrados en una parte insignificante de la
superficie terrestre, miraron impasibles el desmoronamiento de inmensos imperios mientras se perpetraban inexpresables crueldades, se asesinaba a las poblaciones de ciudades enteras...
los bárbaros observaban esto como si se tratara de sucesos naturales, y así
ellos mismos se convirtieron en desamparadas víctimas de cualquier invasor que volviera la mirada hacia
ellos... Al promover la revolución social en la India, guiaban a Inglaterra, es cierto, los motivos
más bajos, y la llevó a cabo de modo muy torpe. Pero éste no es el punto
decisivo. La
cuestión estriba en si la humanidad puede cumplir su propósito sin que tenga lugar en Asia una
completa revolución social. En caso contrario, Inglaterra, a pesar de todos sus
crímenes, fue
instrumento inconsciente de la historia al promover tal revolución.
De Irlanda dice que la causa del trabajo inglés
estaba inextricablemente ligada a la liberación de Irlanda, cuya mano de obra
barata era una amenaza continua para los sindicatos ingleses; la sujeción
económica de Irlanda, como en los casos análogos de servidumbre en Rusia y de
esclavitud en los Estados Unidos, ha de ser abolida antes de que los amos
ingleses de Irlanda, entre los que debe incluirse a los trabajadores ingleses
(que trataban a los irlandeses poco más o menos como los «pobres blancos» de los
estados sureños de América trataban a los negros), puedan alentar la esperanza
de emanciparse y de crear una sociedad libre.
172 En
ambos casos subestimó, consecuentemente, la fuerza del nacionalismo en ascenso;
su
odio por todo separatismo, como por todas las instituciones fundadas en bases emocionales
o puramente tradicionales, lo cegaba para percibir su real influencia.
Con similar espíritu, Engels observaba, al escribir
sobre los checos, que el nacionalismo de los eslavos occidentales era un
fenómeno irreal y artificialmente conservado que no podía resistir por mucho
tiempo al avance de la superior cultura alemana. Tal fusión era el destino que
inevitablemente les esperaba a todas las civilizaciones pequeñas y locales, en
virtud de la fuerza de gravitación histórica que determina que los más pequeños
sean absorbidos por los más grandes, tendencia que todos los partidos progresistas
debían alentar activamente. Tanto Marx como Engels creían que el nacionalismo,
junto con la religión y el militarismo, eran otros tantos anacronismos, al par
subproductos y baluartes del orden capitalista, fuerzas irracionales,
contrarrevolucionarias, que, cuando se aflojaran sus cimientos materiales,
desaparecerían automáticamente. La política táctica de Marx
respecto de ellas consistía en considerar si, en un caso determinado, operaban en favor o en
contra de la causa proletaria, y decidir sólo en consonancia con este criterio si habían de ser
apoyadas o atacadas. Así, las favoreció en la India y en Irlanda porque
constituían un arma en la lucha contra el imperialismo, y atacó el nacionalismo
democrático de Mazzini o Kossuth porque en países como Italia, Hungría o
Polonia le parecía que trabajaba sólo por el reemplazo de un sistema
extranjero de explotación capitalista por otro nacional, y obstruía así la
revolución social. Entre los políticos ingleses atacó a Russell,
por considerarlo un pseudorradical que traicionaba su causa a cada paso;
pero su béte noire era
sin disputa Palmerston, a quien acusaba de ser agente ruso disfrazado y de quien se
mofaba por su apoyo sentimental a las pequeñas
nacionalidades europeas. Era, empero, profundo conocedor de la destreza
política en todas sus formas, y Marx llegó a confesar cierta admiración por el
impulso y habilidad con que aquel cínico y desaprensivo estadista llevaba a
cabo sus inescrupulosos golpes de mano.
Sus araques a Palmerston lo hicieron ponerse en
contacto con una figura singularísima y notable. David Urquhart había prestado
servicio en su juventud en el cuerpo diplomático, y después de ser ardiente
defensor de la cultura helénica en Atenas, fue trasladado a Constantinopla,
donde concibió una ardiente pasión por el Islam y los turcos que duró toda su
vida.
173 Celebró
la «pureza» de la constitución turca, así como los efectos espirituales y
físicos de los baños turcos de vapor, que introdujo en su patria. Igualmente
admiraba a la Iglesia de Roma, con la que estaba en excelentes términos, si
bien toda su vida fue calvinista; a ello se unía un odio igualmente violento
por los liberales, la libertad de comercio, la Iglesia de Inglaterra, el
industrialismo y, en particular, el Imperio ruso, cuya malévola y omnipotente
influencia era para él causa de todos los males que aquejaban a Europa. Esta
excéntrica figura, supervivencia pintoresca de otras épocas, perteneció al
Parlamento por muchos años como miembro independiente y publicó un diario
y numerosos folletos dedicados casi enteramente al propósito único de denunciar
a Palmerston, a quien acusaba de ser agente pagado por el zar y empeñado en un
intento de subvertir el orden moral de Europa occidental en interés de su amo.
Ni siquiera lo sorprendió la actitud de Palmerston durante la guerra de Crimea:
la explicó como una astuta maniobra para encubrir la naturaleza de sus
actividades reales; de ahí su deliberado saboteo a toda la campaña, con el
claro propósito de ocasionar a Rusia el menor per juicio posible. Marx, que en
cierto modo había llegado a la misma curiosa conclusión, parecía estar no menos
convencido de la venalidad de Palmerston. Los dos hombres se unieron y formaron
una alianza; Urquhart publicó folletos contra Palmerston escritos por Marx, al
paso que Marx se adhirió oficialmente al partido de Urquhart, escribió para el diario de éste y apareció en la tribuna de las reuniones
del partido. Estos artículos se publicaron luego como folletos. Los más
peculiares son: Historia de la vida de Lord Palmerston y La historia
diplomática secreta del siglo XVIII, ambos denunciaban la mano oculta de Rusia
en todos los grandes desastres europeos. Cada cual tenía la impresión de que se
valía hábilmente del otro para sus propios fines: Marx juzgaba a Urquhart un
monomaniaco inofensivo de quien podía hacerse uso; por su parte, Urquhart
pensaba encomiásticamente de la habilidad de Marx como propagandista, y en una
ocasión lo felicitó diciéndole que poseía una inteligencia digna de un
turco. Esta bizarra asociación continuó armoniosamente, si bien en forma intermitente,
por cierto número de años. Después de la muerte de Palmerston y del zar
Nicolás, la alianza fue disolviéndose gradualmente. Marx se entretuvo y
divirtió no poco en esta relación con su extraño protector, por quien pronto
cobró verdadero afecto; además fue para él fuente de recursos financieros. En
realidad, Urquhart fue el único de sus aliados políticos con quien Marx mantuvo
una relación del todo cordial y cálida hasta la muerte.
174 Marx
encontró pocos simpatizantes entre los dirigentes sindicales. Los más capaces
de éstos sustentaban opiniones no muy desemejantes de las de Owen —quien
mediante el palmario ejemplo de sus realizaciones procuraba probar la total
falta de fundamento de la doctrina de la lucha de clases—, o bien se trataba de
empeñosos dirigentes locales que trabajaban para satisfacer las necesidades
inmediatas de este o aquel oficio o industria, y estaban ciegos a los grandes
problemas, así como dispuestos a dar la bienvenida a todos los radicales por
igual en una federación denominada «Los demócratas fraternales», cuyo solo
nombre sublevaba a Marx. Éste toleraba a los radicales como el voluble y
enérgico George Harney, a quien él y Engels llamaban «Ciudadano Hip Hip Hurrah». El único inglés que
estuvo muy cerca de él en aquellos días fue Ernest
Jones, revolucionario cartista que realizó un vano intento por revivir ese
movimiento moribundo. Jones había nacido y se había educado en Hanover y se
asemejaba más que cualquier otro en Inglaterra al tipo de socialista
continental familiar a Marx; sus opiniones eran, especialmente en los últimos
años, demasiado similares a las de los «socialistas verdaderos» Hess y Grün
para agradar enteramente a Marx, pero éste necesitaba aliados, la elección era
limitada y aceptó a Jones como el revolucionario mejor y más avanzado que
Inglaterra podía ofrecer. Jones, que concibió gran admiración y afecto por Marx
y su familia, le suministró gran cantidad de material informativo acerca de las
condiciones inglesas; fue él quien llevó la atención de Marx hacia los cercados
que aún se tendían en Escocia, donde varios centenares de pequeños
arrendatarios habían sido desalojados para dar lugar a parques de ciervos y
campos de pastoreo. El resultado fue que Marx escribió un virulento artículo en el New York
Daily Tribune sobre los asuntos privados de la duquesa de
Sutherland, que había expresado simpatía por la causa de los esclavos negros de
los Estados Unidos. El artículo, que es un esbozo del pasaje más extenso que
aparece luego en Das Kapital, es una obra maestra de amarga y
vehemente elocuencia, descendiente directa de las filípicas de Voltaire y Marat
y modelo de muchas páginas posteriores de invectiva socialista. El ataque no es
tanto un ataque personal como al sistema bajo el cual una caprichosa anciana no
más desordenada, cruel y vengativa que la mayoría de los miembros de la
sociedad a la que pertenece, tiene absoluto poder —con la plena aprobación de
su clase y de la opinión pública— para humillar, desarraigar y sumir en la
ruina a toda una población de hombres y mujeres honrados e industriosos, a
quienes se desposee de la noche a la mañana de una tierra que era suya con todo
derecho, puesto que todo lo que allí estaba realizado por la mano del hombre lo
había creado el trabajo de ellos y de sus antepasados.
Estas páginas de análisis y polémica social
agradaban al público norte americano no menos que los ásperos e irónicos
artículos de Marx sobre asuntos externos. Los artículos estaban bien
informados, eran agudos y de tono suelto; no mostraban un particular poder de
presciencia ni había en ellos intento alguno de ofrecer un panorama comprensivo
de los asuntos contemporáneos vistos como una totalidad; como comentario sobre
los sucesos, resultaban menos cándidos y menos interesantes que las cartas que
el autor escribió a Engels en este período, pero como literatura periodística
se anticipaban a su tiempo.
175 El método de Marx consistía en presentar a sus lectores un breve esquema de los sucesos
o caracteres, subrayando los intereses ocultos y las siniestras actividades que
probablemente derivaban de ellos, antes que los motivos explícitos
proporcionados por los propios actores, o el valor social de esta o aquella
medida tomada por la policía. Su periodismo muestra, más vívidamente que sus escritos
teóricos, la diferencia entre su actitud naturalista, acida, recelosa,
éticamente escéptica, y la de la gran mayoría de los historiadores y críticos
de su tiempo más o menos humanitarios y socialmente idealistas. Al mismo
tiempo, se ocupaba en buscar material para el tratado sobre economía que
serviría como arma contra el vago idealismo de los grupos radicales apenas
conectados entre sí, que, según su opinión, creaban la confusión tanto en
la esfera del pensamiento como en la de la acción, y paralizaban los esfuerzos
de los pocos dirigentes lúcidos con que contaban los trabajadores. Se entregó a
la tarea de establecer, en lugar de esto, una doctrina expresada sin
ambigüedad, la adhesión a la cual, lo quisieran o no, sería a la vez prueba,
razón y garantía de la existencia de un cuerpo de revolucionarios sociales
unidos y, por sobre todo, activos. Su poder derivaría de su unidad, y su
unidad, de la coherencia de las creencias prácticas que tuvieran en común.
Las bases de su doctrina se hallan en los escritos
anteriores de Marx, especialmente en el Manifiesto comunista. En una carta escrita en 1852 puntualizaba qué consideraba original
en él: «Lo nuevo fue probar: 1) que la existencia
de las clases está ligada sólo a fases particulares, históricas, del desarrollo
de producción; 2) que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura
delproletariado; 3) que la misma dictadura sólo constituye la transición para
llegar a la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases». Sobre
estas bases había de construirse el nuevo movimiento.
En cierto sentido, lo logró más rápidamente de lo
que había esperado, pues el
surgimiento y rápido crecimiento, sobre las ruinas de 1848, de un nuevo y militante partido
de obreros socialistas en Alemania le creó una esfera de nueva actividad
práctica a la que consagró la segunda mitad de su vida. Por cierto, no fue él
quien creó el partido, pero sus ideas y, sobre todo, la creencia en el programa
político por él elaborado inspiraban a los dirigentes. Se le consultaba sobre
rodos los puntos; nadie ignoraba que él y sólo él había creado el movimiento y
echado sus bases; a él se remitían instintivamente todas las cuestiones
teóricas y prácticas; se le admiraba, temía, obedecía y se sospechaba de él. No
obstante, los trabajadores alemanes no lo consideraban su principal
representante, su campeón; el hombre que los había organizado en un partido y
lo gobernaba con poder absoluto era mucho más joven que Marx y había nacido y
se había educado bajo condiciones similares a las de éste; pero eran muy
diferentes por temperamento y por su visión general, y hasta se oponían uno a
otro más de lo que por entonces ambos explícitamente admitían.
176 Ferdinand
Lassalle, que creó la Social Democracia alemana y la encabezó durante sus
primeros años heroicos, era una de las figuras públicas más ardorosas del siglo
XIX. Judío de Silesia, abogado de profesión y por temperamento
revolucionario romántico, tratábase de un hombre cuyas características
descollantes eran su aguda inteligencia, sus dotes como organizador, su vanidad
y una energía y confianza en sí mismo ilimitadas. Puesto que casi todas las
avenidas normales le estaban cerradas a causa de su raza y su religión, abrazó
con inmensa pasión el movimiento revolucionario, en el que su excepcional
capacidad, su entusiasmo, pero, sobre todo, su genio como agitador y orador
popular, rápidamente lo llevaron al liderazgo. Durante la revolución alemana
pronunció discursos incendiarios contra el gobierno, por lo cual fue sometido a
juicio y encarcelado. Durante los años que siguieron al período de
retractaciones y deshonor, cuando Marx y Engels estaban en el exilio y
Liebknecht era el único de los primeros dirigentes que en Alemania permanecía
fiel a la causa del socialismo, Lassalle aco metió la tarea de crear, sobre las
ruinas de 1848, un partido proletario nuevo y mejor organizado. Se concibió a
sí mismo como su único dirigente e inspirador, su dictador político,
intelectual y moral. Cumplió esta tarea con brillante éxito. Sus creencias
derivaban en partes iguales de Hegel y de Marx; del último tomó las doctrinas
del determinismo económico, de la lucha de clases, del carácter inevitable de
la explotación en la sociedad capitalista. Pero rechazó la condenación del
estado en nombre de la sociedad, negándose a seguir a Proudhon y a Marx, que
consideraban el primero como mero instrumento coercitivo de la clase
gobernante, y aceptando la tesis hegeliana conforme a la cual el estado, aun en
su condición presente, constituye la función más progresista y dinámica de un
grupo de seres humanos reunidos para llevar una vida común. Creía firmemente en
la centralización y, hasta cierto punto, en la interna unidad nacional; en años
posteriores comenzó a creer en la posibilidad de una coalición antiburguesa
entre el rey, la aristocracia, el ejército y los trabajadores, la cual
culminaría en un estado colectivista autoritario encabezado por el monarca y
organizado conforme a los intereses de la única clase verdaderamente
productiva, esto es, la clase trabajadora.
177 Sus
relaciones con Marx y Engels nunca fueron cómodas; declaraba que Marx era su
maestro en las cuestiones teóricas y lo trataba con nervioso respeto. Lo anunciaba por
doquiera como hombre de genio, procuraba la
publicación en Alemania de sus libros y, por lo demás, hizo cuanto estuvo a su
alcance para servirlo de muchos modos. Marx reconocía a regañadientes el valor
de la energía de Lassalle, así como su capacidad organizadora, pero se sentía
repelido por él personalmente y desconfiaba mucho de él políticamente. Le
desagradaba la ostentación de Lassalle, su extravagancia, su vanidad, sus
maneras histriónicas, la pública declaración de sus gustos, sus opiniones y
ambiciones; detestaba el mismo brillo de los panoramas impresionistas que
Lassalle presentaba ágilmente de los hechos sociales y políticos, que, se le
aparecían endebles, superficiales y falaces en comparación con su propia
escrupulosidad, minuciosa y laboriosa; le desagradaba —y desconfiaba de él— el
dominio temperamental y caprichoso que Lasalle ejercía sobre los
trabajadores y, aún más, el hecho de que éste coqueteara constantemente con el enemigo. Y,
a fin de cuentas, sentía celos de un movimiento del que se consideraba dueño y
que a él debía su política práctica y sus bases intelectuales, y que ahora
parecía haberlo abandonado, infatuado por una femme fattale política,
un aventurero brillante y artificioso, un confeso oportunista tanto en la vida
privada como en la política pública, a quien no guiaba ningún plan fijo, que no
estaba sujeta a ningún principio y que avanzaba hacia una meta confusa. Sin
embargo, existía cierta intimidad de relaciones entre ellos, o bien, si no
precisamente intimidad, un aprecio mutuo. Lassalle había nacido y se había
educado bajo influencias intelectuales similares a las suyas propias, luchaban
contra el mismo enemigo y, en todas las cuestiones fundamentales, hablaban el
mismo lenguaje, cosa que nunca habían hecho Proudhon, Bakunin ni los
sindicalistas ingleses, y que los primeros jóvenes hegelianos hacía mucho que
habían dejado de hacer. Además, era un hombre de acción, un auténtico
revolucionario, un hombre que no sabía lo que era miedo. Cada cual reconocía
que, aunque acaso Marx hubiera exceptuado a Engels, el otro poseía un grado de
conocimiento político, de penetración y de valentía práctica más alto que
cualquier otro miembro del partido. Se entendían uno a otro instintivamente, y
hallaban la comunicación entre ellos fácil y estimulante; cuando Marx iba a
Berlín, paraba del modo más natural en casa de Lassalle. Cuando Lassalle iba a
Londres, paraba en casa de Marx y enloquecía a su orgulloso y sencillo huésped,
entonces en el último extremo de penuria, por el mero hecho de que era testigo
de su condición y, aún más, por su alegre charla y llana extravagancia y porque
gastaba más en cigarros y en flores para el ojal que lo que Marx y su familia
gastaban para subsistir una semana. También había cierta dificultad provocada
por una suma de dinero que Lassalle había prestado a Marx. Al parecer, no se
daba cuenta de nada de esto, pues era excepcionalmente impermeable a las
circunstancias que lo rodeaban, como suelen serlo las naturalezas vigorosas y
volcadas hacia afuera. Marx nunca olvidó su humillación y, después de la visita
a Londres de Lassalle, las relaciones se enfriaron rápidamente.
178 Lassalle
fundó un nuevo partido mediante un método aún novedoso en su época y empleado
sólo esporádicamente por los cartistas ingleses, si bien luego fue adoptado por
diversas agrupaciones: emprendió una serie de giras políticas, anunciadas a
bombo y platillo, por las zonas industriales de Alemania, pronunciando
violentos y sediciosos discursos que abrumaban a sus auditorios proletarios y
los inflamaban de desbordante entusiasmo. Aquí y allá los agrupó en secciones
del nuevo movimiento obrero, organizado como un partido oficial, legalmente
constituido, dejando de lado así abiertamente el viejo método de pequeñas
células revolucionarias que se reunían en secreto realizando propaganda
subterránea. El último viaje entre sus seguidores fue una gira triunfal por
territorio conquistado, que robusteció su influencia, ya única, sobre los
trabajadores alemanes de todos los tipos, edades y profesiones.
Tomó las bases teóricas del programa principalmente
de Marx, y tal vez, en cierta medida, del economista radical prusiano
RodbertusEJagetzowe, pero el partido poseía muchas características fuertemente
acentuadas que no eran marxistas: no estaba específicamente organizado para una
revolución; estaba dispuesto a aliarse con otros partidos antiburgueses;
parecía orientar se hacia un tipo de capitalismo de estado; era nacionalista y,
sobre todo, se limitaba a las condiciones y necesidades de los alemanes. Uno de
sus fines capitales consistía en desarrollar un sistema cooperativo de los
obreros, aun que no ya como una alternativa de la acción política, sino como un
elemento intrínseco de ella, sistema que había de ser organizado o financiado
por el estado, pero, sin embargo, suficientemente similar al mutualismo
antipolítico de Proudhon, y al políticamente inactivo sindicalismo inglés, para
provocar la abierta hostilidad de Marx. Además, había sido creado merced al
ascendiente personal de un solo individuo. Había un fuerte elemento emocional
en la indiscutida dictadura que Lassalle ejerció en sus últimos años, forma de
adoración del héroe de la que Marx, a quien desagrada toda sinrazón y que
desconfiaba de los magos en política, instintivamente abominaba. Lassalle
introdujo en el socialismo alemán la teoría de
que cabe que se presenten circunstancias en las que algo semejante a una verdadera alianza
puede concertarse con el gobierno absolutista prusiano contra la burguesía
industrial. Era ésta la clase de oportunismo que Marx debió considerar el más
ruinoso de todos los defectos posibles; si no había enseñado otra lección, la
experiencia de 1848 había demostrado concluyentemente las fatales consecuencias
que para un partido joven y relativamente indefenso tenía una alianza con un
partido antiguo bien organizado, fundamentalmente hostil a las exigencias de
aquél, alianza en la cual cada bando intenta explotar al otro, para vencer
inevitablemente la fuerza mejor armada.
179 Como
se hizo patente en el mensaje que dirigió en 1850 al Comité Central comunista,
Marx consideró que había errado seriamente al suponer que era posible y hasta
necesaria una alianza con la burguesía radical antes de la victoria final del
proletariado. Pero nunca soñó en una alianza con la nobleza feudal a fin de
lanzar un ataque contra el individualismo como tal y para alcanzar alguna
suerte de control estatal. Consideraba esta maniobra una caricatura típicamente
bakuninista de su propia política y aspiraciones.
Marx y Engels eran, fundamentalmente, íntegros
demócratas alemanes en su actitud hacia las masas, y reaccionaban
instintivamente contra las si mientes de una casta privilegiada romántica que
hoy pueden claramente discernirse en las creencias, actos y discursos de
Lassalle, particularmente en su apasionado patriotismo, en la dramatización que
de sí mismo hacía como dirigente, en su creencia en una economía planificada
por el estado y controlada, por lo menos por un tiempo, por la aristocracia
militar, en su defensa de la intervención armada alemana a favor del emperador
francés durante la campaña de Italia (y opinaba, contra Marx y Engels, que sólo
la guerra podría precipitar una revolución en Alemania), en su abierta simpatía
por Mazzini y los nacionalistas polacos y, finalmente, en su creencia, de la
cual la política económica de los regímenes fascistas de nuestro siglo ofrecen
un curioso comentario, de que la existente maquinaria del Estado prusiano podía
usarse para ayudar a la pequeña burguesía, así como al proletariado de
Alemania, contra la creciente intromisión de mercaderes, industriales y
banqueros. Y llegó hasta el extremo de negociar con Bismarck sobre estas bases;
ambos estaban bajo la impresión de que, cuando llegara el momento oportuno,
cada cual podía utilizar al otro como instrumento para el logro de sus propios
fines; cada uno reconocía y admiraba la audacia del otro, su inteligencia y su
falta de tontos escrúpulos; rivalizaban en el candor de su realismo político,
en su abierto menosprecio por sus seguidores mediocres y en su admiración por
el poder y el éxito como tales. A Bismarck le placían las personalidades
brillantes, y en años
posteriores solía referirse con agrado a estas conversaciones, diciendo que no esperaba
volver a encontrar a un hombre tan interesante.
Hasta dónde había avanzado Lassalle en esta dirección quedó luego revelado por
el descubrimiento, en 1928, de los papeles privados de Bismarck referentes a
las negociaciones. Éstas se interrumpieron bruscamente por la prematura muerte
de Lassalle en un duelo provocado por una aventura amorosa.
180 Si hubiera vivido y Bismarck hubiera decidido
jugar a expensas de la casi megalomaníaca
vanidad de Lassalle, éste a fin de cuentas hubiera perdido con seguridad, y el partido
recientemente creado se hubiera disuelto mucho antes de lo que lo hizo; por cierto que
como teórico de la supremacía del estado y como demagogo, Lassalle se habría contado
entre los fundadores no sólo del socialismo europeo, sino también de la doctrina del liderazgo
y del autoritarismo romántico; acaso su veta fascista fue lo que atrajo a
Bismarck.
En el subsiguiente conflicto entre los discípulos de Marx y los de Lassalle, Marx logró
una victoria formal que salvó la pureza de su doctrina y de su método político,
aunque
no, por extraño que parezca, para Alemania, para la que estaban destinados primariamente,
sino que ellos fueron aplicados en países mucho más primitivos, en los que ni siquiera
pensaba: Rusia, China, y, hasta cierto punto, España, México y Cuba. El
anuncio de la muerte de Lassalle en la primavera de 1864 despertó poca simpatía
en Marx y Engels. A ambos les pareció un final típicamente absurdo de una
carrera de insensata vanidad y ostentación. De
haber vivido, Lassalle se hubiera convertido casi con toda seguridad en un obstáculo de
primera magnitud.
Sin embargo, el alivio, por lo menos en el caso de
Marx, no dejaba de mezclarse con cierto pesar sentimental por la desaparición
de una figura tan fa miliar, una de las pocas a las que miraba, a pesar de sus
flaquezas, con cierto afecto. Lassalle era alemán y hegeliano, había estado
íntimamente vinculado a los sucesos de 1848 y tenía un pasado revolucionario;
era un hombre que, a pesar de sus colosales defectos, descollaba de los pigmeos
entre quienes se movía, criaturas a quienes por una breve hora había infundido
su propia vitalidad y que pronto volverían a hundirse, exhaustas, en su vieja
apatía y aparecerían aún más pequeñas, insustanciales y mezquinas que antes.
Después de todo, era uno de los nuestros —escribió—, el enemigo de nuestros enemigos...
resulta difícil creer que hombre tan alborotador, excitante y pujante esté ahora tan muerto
como una rata y no pueda mover la lengua... el diablo lo sabe, la partida se reduce cada vez más
y no recibe sangre nueva.
La noticia de la muerte de Lassalle lo sumió en uno
de sus raros estados anímicos de melancolía, casi de desesperación, muy
distinto de la nube de cólera y resentimiento en que habitualmente vivía. Se
vio súbitamente abrumado por la sensación de su total aislamiento y de la
inutilidad de cualquier esfuerzo individual frente a la victoriosa reacción
europea, sentimiento que la tranquilidad y monotonía de la vida en Inglaterra
tarde o temprano inducían a todos los revolucionarios exilados. Y por cierto, el
mismo respeto y hasta admiración con que muchos de ellos hablaban de la vida
inglesa y las instituciones inglesas constituían un implícito reconocimiento
del propio fracaso personal, de su falta de fe en el poder de la humanidad para
alcanzar su emancipación.
181 Se
veían hundiéndose gradualmente en un cauteloso y casi cínico quietismo que,
según ellos mismos sabían, era una admisión de derrota y expresión del
aturdimiento de una vida de lucha, el derrumbe final del mundo ideal en el que
habían invertido, sin esperanzas de recobrar lo, todo cuanto poseían y mucho de
lo que pertenecía a otros. Este estado anímico, con el que Herzen, Mazzini y
Kossuth estaban íntimamente familiarizados, no era común en Marx; éste estaba
firmemente convencido de que el proceso histórico era al par inevitable y
progresivo, al margen de retrocesos, y esta inconmovible creencia excluía toda posibilidad
de duda o desilusión frente a los problemas
fundamentales; nunca había confiado en la sagacidad ni en el idealismo de los
individuos o de las masas como factores decisivos de la
evolución social, y como nada había apostado, nada perdió en la gran bancarrota intelectual
y moral de las décadas de 1860 y 1870.
Durante toda su vida se esforzó por destruir o
atenuar la influencia de los dirigentes populares y demagogos que creían en el
poder del individuo para modificar el destino de las naciones. Sus
salvajes ataques a Proudhon y Lassalle, así como su duelo posterior con
Bakunin, no eran meras maniobras en la lucha por la supremacía personal por
parte de un hombre ambicioso y despótico dispuesto a destruir a todos sus
posibles rivales. Cierto que era por naturaleza casi insanamente celoso; no
obstante, mezclada con sus sentimientos personales, había en él una sincera
indignación por los gruesos errores de juicio de que estos hombres se le
aparecían muy a menudo culpables; y, lo que sentía aún más intensamente, por
irónico que parezca apenas se recuerde su propia posición, desaprobaba
violentamente la influencia de los individuos dominantes como tales, el
elemento de poder personal que, al crear una falsa relación entre el dirigente
y sus seguidores, está destinado, tarde o temprano, a cegar a ambos a las
exigencias de la situación objetiva.
Sin embargo, lo cierto es que la única posición de
autoridad que Marx ocupó en el socialismo internacional durante la última
década de su vida resultó más eficaz para consolidar y asegurar la adopción de
su sistema que cuanto habían logrado sus obras o que cuanto la consideración de
la historia vista a la luz de éstas habría logrado nunca. Algunos de los
escritos que publicó durante sus últimos años en Londres producen una impresión
deprimente; aparte de artículos para diarios alemanes y norteamericanos y de
tra bajos literarios de encargo que su pobreza lo forzaba a aceptar, se limitó
casi enteramente a folletos polémicos, el más extenso de los cuales, Herr Vogt,
escrito en 1860, estaba destinado a limpiar su nombre de la imputación de haber
puesto a sus amigos en innecesario peligro durante los juicios de Colonia, así
como a lanzar un contraataque contra su acusador Karl Vogt, conocido político
radical y naturalista suizo, alegando que éste estaba a sueldo del emperador
francés.
182 Sólo
interesa por la luz melancólica que arroja sobre los diez años de frustración,
poblados de disputas e intrigas, que sucedieron a la época heroica. En 1859
publicó finalmente su Contribución a la crítica de la economía política,
obra que, a pesar de que sus páginas introductorias contienen la más clara
enunciación de su teoría de la historia, fue poco leída; sus tesis principales
quedaron formuladas mucho más elocuentemente ocho años después, en el primer
volumen de Das Kapital.
Su fe en la victoria última de la causa por él
defendida permaneció incólume aun durante los más sombríos años de la reacción.
Hablando en 1852 en una comida ofrecida a los obreros gráficos y personal
directivo de El Diario del Pueblo, declaró al responder
al brindis:
En nuestros días todo parece preñado de su propia
contradicción. Las maquinarias, en lugar de
reducir y hacer más fructífero el trabajo humano —pues ése es el maravilloso poder de que
están dotadas—, lo tornan más penoso y abrumador. Las victorias del arte parecen perdidas
por la falta de carácter. Hasta la pura luz de la ciencia sólo parece poder
brillar contra el oscuro
telón de fondo de ignorancia... Este antagonismo entre la industria y las ciencias modernas, por
un lado, y la miseria y desilusión modernas, por otro, este antagonismo entre
las fuerzas
productivas y las relaciones sociales de nuestra época, constituye un hecho palpable y
desolador. Algunos pueden deplorarlo, otros acaso deseen liberar se de las artes modernas a
fin de liberarse de los conflictos modernos... Por nuestra parte, no nos engañamos y
discernimos la forma del penetrante espíritu que continúa señalando tales contradicciones...
reconocemos a nuestro viejo amigo Robin el compañero, el viejo topo que tan rápido se abre su
camino por debajo de la tierra... la revolución.
Estas tesis habrán parecido singularmente
aventuradas a la mayoría de los oyentes, y, por cierto, los sucesos de los años
posteriores no confirmaron su profecía.
En 1860 la fama e influencia de Marx se limitaban a
un estrecho círculo; desde los juicios de Colonia (1851) se había perdido el
interés por el comunismo; con el extraordinario desarrollo de la industria y el
comercio, la fe en el liberalismo, en la ciencia, en el progreso pacífico,
volvió a ganar a las gentes. El propio Marx casi estaba comenzando a
adquirir el interés de una figura histórica, a ser considerado como el
formidable teórico y agitador de una generación anterior, ahora desterrado y desamparado
y que subvenía a sus necesidades en un oscuro rincón de Londres escribiendo
ocasionales artículos periodísticos.
183 Pero
quince años después todo esto había cambiado. Aún relativamente desconocido en
Inglaterra, su figura se había agigantado en el extranjero y algunos lo
consideraban el instigador de cualquier movimiento revolucionario que estallara
en Europa, el fanático director de un movimiento mundial empeñado en subvertir
el orden moral, la paz, la felicidad y prosperidad de la humanidad. Éstos lo
representaban como el genio malo de la clase trabajadora, que conspiraba para
minar y destruir la paz y la moral de la sociedad civilizada, que explotaba
sistemáticamente las peores pasiones del populacho, que creaba injusticias y
motivos de queja allí donde no existían, que vertía vinagre en las heridas de
los descontentos, exacerbando sus relaciones con los patronos a fin de crear un
caos universal en el que todos y cada uno habían de perder, y así, finalmente,
todos se hallarían al mismo nivel, los ricos y los pobres, los malos y los
buenos, los industriosos y los ociosos, los justos y los injustos. Otros
veían en él al más infatigable y devoto estratega de las clases trabajadoras de
todos los países del mundo, la autoridad infalible en todas las cuestiones
teóricas, el fundador de un movimiento irresistible destinado a acabar con la
injusticia y la desigualdad por medio de la persuasión o de la violencia. Se
les aparecía como un iracundo e indomable Moisés moderno, el conductor y
salvador de todos los humillados y oprimidos, con la figura más suave y más
convencional de Engels a su lado, un Aarón dispuesto a exponer sus ideas a las
extraviadas y poco esclarecidas masas del proletariado. El suceso que más que
cualquier otro originó semejante transformación fue la creación en 1864 de la
Primera Internacional de Trabajadores (AIT), que modificó radicalmente el carácter
y la historia del socialismo europeo.
185
CAPÍTULO 8. LA INTERNACIONAL
La Revolución Francesa es precursora de otra
revolución más magnífica, que será la última.
Gracchus Babeuf
Manifiesto de los iguales, 1796
La Primera Internacional nació de modo enteramente
casual. A pesar de los esfuerzos de varias organizaciones y comités para
coordinar las actividades de los obreros de varios países, entre éstos no se
habían establecido verdaderos vínculos. Debíase ello a diversas causas. Como
tales organizaciones tenían un carácter general de conspiración, sólo
atraían a una pequeña minoría de trabajadores radicales, intrépidos y
«avanzados»; además, generalmente ocurría que antes de que pudiera lograrse
algún resultado concreto, una guerra extranjera o medidas de represión
adoptadas por los gobiernos ponían fin a la existencia de los comités secretos.
A esto ha de añadirse la falta de conocimiento y simpatía entre los obreros de
las diferentes naciones, que trabajaban bajo condiciones del todo distintas. Y,
finalmente, la acrecentada prosperidad económica que sucedió a los años de
hambre y rebelión, al elevar el nivel general de vida favoreció automáticamente
al indivi dualismo y estimuló la ambición personal de los trabajadores más
audaces y más políticamente dotados, quienes sólo procuraron un mejoramiento
local y sólo persiguieron fines inmediatos alejados como entonces estaban del
relativamente nebuloso ideal de una alianza internacional contra la burguesía.
186 El
proceso obrero alemán, conducido por Lassalle, es ejemplo típico de aquellos
movimientos puramente internos, rigurosamente centralizados, pero limitados a
un único país, y acicateados por la esperanza optimista de que gradualmente
forzarían al enemigo capitalista a pactar con ellos por obra del solo peso del
número y, por lo tanto, sin tener que recurrir a un alzamiento revolucionario o
a la violenta toma del poder. Alentaba esta esperanza la política antiburguesa
de Bismarck, que parecía inclinar la balanza en favor de los trabajadores. En
Francia, la temible derrota de 1848E1849 dejó al proletariado urbano
desarticulado, de modo que por muchos años fue incapaz de una acción en gran
escala, y restañó sus heridas formando pequeñas asociaciones locales de
inspiración más o menos proudhonista. Tampoco los desalentaba del todo el
gobierno de Napoleón III. El propio
emperador se había mostrado en su juventud amigo de los campesinos, artesanos y obreros
fabriles, contra la burocracia capitalista, y deseaba presentar su monarquía
como una novedosa y sumamente sutil forma de gobierno, una mezcla original de
monarquismo, republicanismo y democracia conservadora, una suerte de orden
nuevo en el que el liberalismo económico atenuaba el absolutismo político;
mientras que el gobierno, aunque estaba centralizado y sólo debía rendir
cuentas al emperador, en teoría reposaba en última instancia en la confianza
del pueblo y había de ser, por lo tanto, una institución enteramente nueva
y cabalmente moderna, sensible a las nuevas necesidades y atenta a todos los
matices del cambio social.
Parte de la complicada política imperial de
conciliación social consistía en el mantenimiento de un delicado equilibrio de
fuerzas entre las clases, a fin de que las unas se arrojasen contra las otras.
Por ello se permitió a los obreros constituirse en sindicatos, bajo
una estricta supervisión
policial, para contrarrestar así el poderío peligrosamente creciente
de la aristocracia financiera, a la que se
sospechaba de lealtad orleanista. Los obreros, que no tenían otra opción,
aceptaron la mano oficial que se les tendía cautelosamente y comenzaron a
constituir asociaciones sindicales, proceso a medias alentado y a medias
estorbado por las autoridades.
Cuando en 1863 se inauguró en Londres la gran
Exposición de la industria moderna, se dio a los trabajadores franceses
facilidades para visitarla, y una representación de ellos fue a Inglaterra,
mitad turistas y mitad miembros del proletariado francés; teóricamente iban a
la Exposición a fin de estudiar las últimas realizaciones industriales.
Concertóse una reunión entre ellos y los representantes de los sindicatos
ingleses. En esta reunión, que,
para empezar, tenía probablemente intenciones tan vagas como otras de su índole y parecía
principalmente estimulada por el deseo de ayudar a los demócratas polacos
exilados como consecuencia del abortado levantamiento producido en Polonia
aquel año, se discutieron cuestiones tales como la comparación de las horas de
trabajo y los salarios en Francia e Inglaterra y la necesidad de impedir a los
patronos que importaran mano de obra barata, es decir, obreros no agremiados
del exterior, con los cuales podían romper las huelgas organizadas por los
sindicatos locales.
187 Se
convocó otra reunión para constituir una asociación que no había de limitarse
meramente a sostener discusiones y comparar datos, sino que perseguiría el
propósito de comenzar una activa cooperación económica y política y, acaso, de
promover una revolución internacional democrática. En esta ocasión la
iniciativa no procedió de Marx, sino de los propios laborales ingleses y
franceses. Por lo demás, la reunión congregó a radicales de diversas clases, a
los demócratas polacos, a los mazzinistas italianos, a los proudhonistas,
blanquistas y neojacobinos de Francia y Bélgica; en fin, al principio fue bien
recibido cualquiera que deseara la caída del orden existente.
La reunión se celebró en St. Martin's Hall, en
Londres, y la presidió Edward Beesly,
bondadosa y encantadora figura, entonces profesor de historia
antigua de la Universidad de Londres, hombre radical y
positivista que pertenecía al reducido, pero notable, grupo en que figuraban
Frederic Harrison y Compton, que habían sido profundamente influidos por Comte
y los primeros socialistas franceses. Sabíase que sus miembros apoyaban
cualquier medida progresista, y por muchos años fueron casi los únicos hombres
cultos de su tiempo que se alinearon junto a Mili en la defensa de la causa im
popular del sindicalismo, en un período en que se lo denunciaba en la Cámara de
los Comunes como instrumento deliberadamente inventado para fomentar una mala
voluntad entre las clases. La reunión resolvió constituir una federación
internacional de trabajadores, empeñada no ya en la
reforma, sino en la destrucción del sistema existente de relaciones económicas, el que debía
sustituirse por otro bajo el cual los mismos obreros adquirirían la propiedad
de los medios de producción, con lo cual se pondría fin a la explotación
económica de que eran objeto y se compartiría comunalmente el fruto de su
trabajo, lo cual acarreaba la abolición total de la propiedad privada en todas
sus formas. Marx, que antes se había mantenido fríamente apartado de todas las
reuniones de demócratas, percibió el carácter serio de este último intento de
constituir una combinación de fuerzas, organizada como estaba por
representantes de auténticos obreros, y advirtió propósitos definidos y
concretos en los que cabía rastrear claramente su propia influencia. Raras
veces tomaba parte en un movimiento que él mismo no había iniciado. Ésta había
de ser la excepción. Los artesanos alemanes residentes en Londres lo nombraron
su representante en el comité ejecutivo, y cuando se celebró la segunda reunión
para votar la constitución, fue él quien se hizo cargo de los procedimientos.
Después que los delegados italianos y franceses, a quienes se confió
la tarea de redactar los estatutos, no produjeron más que los habituales y descoloridos
lugares comunes democráticos, Marx los redactó con
su propia mano y añadió un mensaje inaugural que escribió para esta ocasión.
188 La
constitución, que tal como la había concebido el comité internacional era vaga,
humanitaria y estaba teñida de liberalismo, surgió de sus manos como un sólido documento
militante destinado a constituir un cuerpo rigurosamente disciplinado, cuyos
miembros estaban obligados a ayudarse unos a otros no ya meramente para mejorar
su condición común, sino para subvertir sistemáticamente, y donde fuera posible
derribarlo, el existente régimen capitalista por medio de una franca acción
política. En particular, debían procurar incorporarse a los parlamentos
democráticos, tal como los seguidores de Lassalle comenzaban a intentarlo en
los países germánicos. Se pidió que se incluyeran algunas expresiones de
respeto por «el derecho y el deber, la verdad, la justicia, la libertad», y
estas palabras se insertaron, aunque en un contexto en el que, según Marx
escribió a Engels, «no podían producir daño alguno». Se aprobó la nueva
constitución y Marx comenzó a trabajar con la acostumbrada rapidez febril, surgiendo
a la clara luz de la actividad internacional después de quince años, si no de
oscuridad, de intermitente luz y sombra.
El mensaje inaugural de la Internacional es,
después del Manifiesto comunista, el documento más notable del movimiento
socialista. Ocupa algo más de doce páginas en octavo y se inicia con esta
declaración:
...Que la emancipación de la clase trabajadora ha de conquistarla la misma clase trabajadora...
que la sujeción económica del hombre de rrabajo al monopolizaEdor de los medios
de trabajo... yace en el fondo de la servidumbre en todas sus formas de
miseria social, degradación mental y dependencia política. Que la emancipación
económica de la clase trabajadora es, por lo tanto, el gran fin al cual
todo movimiento político ha de quedar subordinado como medio. Que todos los
esfuerzos hechos en procura de este gran fin han fracasado hasta ahora por
falta de solidaridad entre las numerosas asociaciones laborales de cada país,
así como por la ausencia de un vínculo
fraternal de unión entre las clases trabajadoras de diferentes países... Por estos motivos los
abajo firmantes... han adoptado las medidas necesarias para fundar la Asociación Internacional
de Trabajadores.
Contiene un estudio de las condiciones económicas y
sociales de la clase tra bajadora a partir de 1848, y compara la prosperidad
siempre creciente de los propietarios con la mísera situación de los obreros.
El año 1848 se reconoce como una aplastante derrota para ellos, aun cuando no
haya dejado de beneficiarlos en cierto modo, pues como resultado de él se
había despertado el sentimiento de solidaridad internacional entre los
trabajadores. Esta solidaridad había determinado que la agitación en pro de la
limitación legal de las horas de trabajo no fracasara por entero, siendo ésta
la primera victoria definida sobre una política de extremo laissezVfaire.
189 El
movimiento cooperativo había probado que una elevada eficiencia industrial era
compatible con la eliminación de la opresión capitalista, y hasta la
acrecentaba; habíase de mostrado así que el trabajo asalariado no era un mal
necesario, sino transi torio y susceptible de ser desarraigado. Los obreros
comenzaban al fin a comprender que nada tenían que ganar y todo que perder
escuchando a sus consejeros capitalistas que, cuando no podían valerse de
la fuerza, apelaban a prejuicios nacionales y religiosos, a intereses
personales o locales, en fin, se servían de la profunda ignorancia política de
las masas. Quienquiera que venciese en las guerras nacionales o dinásticas, lo
cierto era que los trabajadores de ambos bandos siempre perdían. Y, sin
embargo, su fuerza era tal, que mediante una acción común podían impedir
semejante explotación tanto en tiempo de paz
como de guerra, como, por cierto, lo había probado el éxito que obtuvieron al intervenir en
Inglaterra protestando contra el envío de ayuda a
los estados sureños durante la guerra civil norteamericana.
Contra el formidable y aparentemente abrumador
poderío de su enemigo sólo tenían un arma: su número, «pero el número pesa
en el platillo de la balanza sólo cuando los trabajadores están unidos y
organizados y avanzan conscientemente hacia una meta única». En la esfera
política era donde su esclavitud aparecía más manifiesta. Mantenerse apartados
de la política en nombre de la organización económica, como enseñaban Proudhon
y Bakunin, era criminal miopía; sólo obtendrían justicia si la defendían, en
caso necesario por la fuerza, allí donde la vieran pisoteada. Aun cuando no
pudieran intervenir
con una fuerza armada, podían al menos protestar, realizar manifestaciones y hostigar a sus
gobiernos hasta que las normas supremas de la moral y de la justicia, según las
cuales se juzgaban convencionalmente las relaciones entre los individuos, se
convirtieran en leyes que gobernaran las relaciones entre las naciones. Pero
esto no podía alcanzarse sin modificar la existente estructura económica de la
sociedad, que, a pesar de mejoramientos de menor cuantía, favorecía
necesariamente la degradación y esclavización de la clase obrera. Sólo había
una clase que tenía verdadero interés en detener esta tendencia descendente y
suprimir la posibilidad de que siguiera verificándose: era la clase que, al no
poseer nada, no estaba ligada por ningún vínculo de interés o sentimiento al
viejo mundo de injusticia y miseria; la clase que era, tanto como la misma
maquinaria, invención de la nueva época. El mensaje finalizaba, como el Manifiesto comunista, con las palabras:
«¡Proletarios del mundo, uníos!».
190 Las
tareas de la nueva organización, tal como las enunciaba este documento, eran:
establecer íntimas relaciones entre los trabajadores de varios países y
oficios; recoger estadísticas adecuadas; informar a los obreros de un país
acerca de las condiciones, necesidades y planes de los obreros de otro país;
discutir cuestiones de interés común; asegurar una acción coordinada simultánea
en todos los países para cuando se produjeran
eventualmente crisis internacionales; publicar regularmente informes sobre el trabajo de la
asociación, etc. Se reuniría en congresos anuales y lo convocaría una junta
general democráticamente elegida en que estarían representados todos los países
afiliados. Marx redactó una constitución tan elástica como fuese posible, a fin
de que pudieran incorporarse a la organización tantos grupos de
trabajadores activos como fuese posible, por dispares que fueran sus métodos y
caracteres. Al principio se adoptó la decisión de obrar cautelosamente y con
moderación, de ligar y unificar, para ir luego eliminando gradualmente a los
disidentes, a medida que se fuese alcanzando progresivamente un mayor grado de
acuerdo. Llevó a cabo su política tal como la había planeado. Sus consecuencias
probaron ser destructivas, si bien resulta difícil ver qué otra táctica hubiera
podido adoptar Marx sin traicionar sus principios.
La Internacional creció rápidamente. En las
principales naciones de Europa un sindicato de trabajadores tras otro
abrazó el movimiento para librar una guerra conjunta en procura de
salarios más altos, menos horas de trabajo y representación política; la
Internacional estaba mucho mejor organizada que el cartismo o las primeras
ligas comunistas, en parre debido a que se habían aprovechado lecciones
tácticas. Quedó suprimida la actividad independiente por parte de individuos,
no se consintió la oratoria popular y se introdujo una rígida disciplina en
todos los departamentos, principalmente porque conducía y dominaba la
organización una sola figura. El único hombre que hubiera podido ser rival de
Marx en los primeros años era Lassalle, pero había muerto; pero de cualquier
modo, el hechizo de su leyenda era suficientemente poderoso para aislar a los
alemanes y para impedirles dar pleno apoyo al centro de Londres; Liebknecht,
hombre de
talento mediocre, profundamente devoto de Marx, predicó el nuevo credo con entusiasmo y
habilidad, pero la continuación de la política
antisocialista de Bismarck y la tradición de nacionalismo derivada de Lassalle
mantenían la actividad de los obreros alemanes dentro de la frontera de su
país, preocupados como estaban por problemas de organización interna. En cuanto
a Bakunin, este gran perturbador de los espíritus, había retornado
recientemente a Europa occidental después de una romántica evasión de Siberia,
pero mientras su prestigio personal, tanto en la Internacional como fuera de
ella, era inmenso, lo cierto es que no había organizado ningún partido; se
había separado de Herzen y
del partido agrario liberal de los emigrados rusos, y nadie sabía qué meta perseguía, ni siquiera
él mismo. Como la gran mayoría de proudhonistas, él y sus seguidores se
convirtieron en miembros de la Internacional, pero como ésta se entregaba
abiertamente a la acción política, lo hicieron desafiando sus principios
anarquistas, vagamente formulados.
191 Por
esta época los miembros más entusiastas eran sindicalistas ingleses y franceses
que se hallaban temporalmente bajo la fascinación del nuevo experimento, que
prometía la prosperidad y el poder; no eran teóricos ni deseaban serlo, y
dejaban libradas todas estas cuestiones al Consejo General de la Internacional.
Mientras duró este estado de cosas, Marx no tuvo serios rivales en la
organización, pues era completamente superior por su inteligencia, experiencia
revolucionaria y fuerza de voluntad, a la extraña amalgama de hombres
profesionales, obreros fabriles y extraviados ideólogos que, con la adición de
uno o dos aventureros dudosos, componían la primera asociación
internacional de trabajadores.
Marx contaba entonces cuarenta y seis años de edad,
y por su apariencia y costumbres era prematuramente viejo. De sus siete hijos,
tres habían muerto principalmente a causa de las condiciones materiales en que
vivía la familia en el arrabal de Soho; habían podido mudarse a una casa más
espaciosa de Kentish Town, aunque seguían siempre careciendo hasta de lo
esencial. La gran crisis económica, la más grave que había sufrido Europa y que
comenzó en 1857, fue cálidamente saludada por él y por Engels, pues no era
improbable que engendrara el descontento y la rebelión, pero ello es que
también redujo los ingresos de Engels y así asestó un golpe al propio
Marx, precisamente en momentos en que menos podía soportarlo. El New York
Daily Tribune y ocasionales colaboraciones en
diarios alemanes radicales lo salvaron literalmente del hambre; pero las
condiciones en que la familia so brevivió durante veinte
años eran peligrosamente precarias. Hacia 1860 hasta la fuente de ingresos norteamericana
comenzó a secarse; el director del New York Daily Tribune, Horace
Greeley, ferviente defensor del nacionalismo democrático, vino a hallarse en
creciente desacuerdo con las ásperas opiniones de su corresponsal europeo. La
crisis económica, así como las consecuencias de la guerra civil, determinaron
que el New York Daily Tribune se deshiciera de
muchos de sus corresponsales europeos; Dana abogó a favor de Marx, pero todo
fue en vano, y en los primeros meses de 1861 se redujo el número de artículos,
hasta que, finalmente, el contrato se canceló un año después. En cuanto a la
Internacional, representaba para él más deberes y vivificaba su existencia,
pero no le reportaba ingreso alguno. Sumido en la desesperación, solicitó un
puesto de oficinista en una empresa ferroviaria, pero era poco probable que sus
ropas raídas y su apariencia amenazadora produjeran favorable impresión en sus
futuros jefes de oficina, que rechazaron su solicitud, finalmente, a causa de
la letra ilegible de Marx. Resulta difícil ver cómo, de no haber sido por
el apoyo de Engels, Marx y su familia hubieran podido sobrevivir durante
aquellos temibles años.
192 Entre
tanto, en Italia y España se habían establecido ramas de la Internacional; a
mediados de la década de 1860 los gobiernos comenzaron a sentir temor y ya se hablaba de
arrestos y proscripciones. El emperador francés intentó suprimirlas, pero esto sólo sirvió
para robustecer la fama y prestigio de la nueva organización entre los trabajadores.
Después del oscuro túnel de la década de 1850, para Marx esto significó una vez
más vida y actividad. El trabajo para la Internacional consumía sus noches y
sus días. Con la habitual y devota ayuda de Engels, tomó posesión personal de
la oficina central y actuó no sólo como su consejero semidictatorial, sino
también como redactor de toda la correspondencia. Todo
pasaba por sus manos y a todo se le imprimía su orientación. Las secciones francesa, una
parte de la suiza, hasta cierto punto la belga y posteriormente la italiana,
que sustentaban las ideas antiautoritarias de Proudhon y Bakunin,
formularon vagas pero inútiles protestas. Marx, que gozaba de completo ascendiente sobre el Consejo, fortaleció aún más su
autoridad, insistiendo en que se mantuviera una rígida conformidad con cada uno de los
puntos del programa original. Su energía de otrora parecía revivir. Escribió a
Engels cartas
ingeniosas y aun alegres, y hasta sus obras teóricas llevan la impronta de este vigor recobrado, y, como suele ocurrir, el intenso trabajo en un terreno estimuló la actividad
adormecida en otro. En 1859 había aparecido un esbozo de su teoría económica, pero su
obra mayor, interrumpida por la
pobreza y la mala salud, se acercaba
ahora a su fin.
En pocas ocasiones aparecía Marx en las reuniones
del congreso de la Internacional; prefería fiscalizar sus actividades desde
Londres, donde asistía regularmente a las reuniones del Consejo General e
impartía detalladas instrucciones a sus adictos. Como siempre, confiaba casi enteramente en los alemanes, y halló un leal intérprete en un antiguo
sastre llamado Eccarius, que desde hacía largo tiempo residía en Inglaterra, hombre a quien
no agobiaba un exceso de imaginación, pero que le pareció íntegro y digno de
confianza. Eccarius, como la mayoría de los subordinados de Marx, se rebelaba
eventualmente para unirse a los secesionistas, pero durante ocho años, como
secretario del Consejo de la Internacional, cumplió al pie de la letra las
instrucciones de Marx. Celebrábanse congresos anuales en Londres, Ginebra,
Lausana, Bruselas, Basilea, en los que se discutían problemas generales y se
adoptaban definidas medidas; aprobábanse decisiones respecto de las horas de
trabajo y los salarios, y también se consideraban cuestiones tales como la
situación de las mujeres y niños, el tipo de presión política y económica
que mejor se adecuaba a las distintas condiciones reinantes en varios países
europeos, la posibilidad de colaboración con otros organismos.
193 La
principal preocupación de Marx era llegar a la clara formulación de una
política internacional concreta en términos de exigencias específicas
coordinadas entre sí, así como a la creación de una disciplina rigurosa que
garantizara una total adhesión a esta política. Y así se opuso con éxito a
todos los ofrecimientos de alianza con organizaciones puramente humanitarias,
como la Liga de la Paz y la Libertad, recientemente fundada bajo la inspiración
de Mazzini, Bakunin y John Stuart Mili. Semejante política dictatorial estaba
destinada, tarde o temprano, a sembrar el descontento y llevar a la rebelión;
ésta cristalizó en torno de la figura de Bakunin, cuya concepción de una
federación de organizaciones locales semiindependientes comenzó a ganar adeptos
en las secciones suiza e italiana de la Internacional, y, en menor medida, en
Francia. Al fin resolvieron constituirse, bajo la dirección de Bakunin, en un
organismo que habría de llamarse Alianza Democrática, afiliado a la
Internacional, pero que poseía una propia organización interna, con lo cual se
oponía a la centralización y defendía la autonomía federal. Era ésta una
herejía que hasta un hombre más tolerante que Marx no podía pasar por
alto: la Inter nacional no estaba concebida como una sociedad meramente
consultiva en el seno de una asociación más o menos libre de comités radicales,
sino como un partido político unificado que perseguía un fin único en todos los
centros de su influencia. Creía firmemente que toda conexión con Bakunin —y, de
hecho, con cualquier ruso— estaba destinada a acabar en una pérfida
traición a la clase trabajadora, opinión que había adquirido después de su breve y
placentero coqueteo con los aristócratas radicales
rusos en la década de 1840. Por su parte, Bakunin, si bien profesaba
públicamente sincera admiración por el genio personal de Marx, no ocultó nunca
la antipatía personal que éste le inspiraba ni tampoco el arraigado
aborrecimiento que le merecía la creencia de Marx en métodos autoritarios,
expresados tanto en sus teorías como en la organización práctica que había dado
al partido revolucionario.
194
Nosotros, anarquistas revolucionarios —declaró Bakunin—, somos enemigos de todas las
formas de estado y organización estatal... pensamos que todo gobierno estatal, al estar colocado por su propia naturaleza fuera de la masa del pueblo, ha de procurar necesariamente
someterlo a costumbres y propósitos que le son enteramente extraños. Por lo tanto, nos
declaramos enemigos... de todas las organizaciones estatales y creemos que el pueblo sólo
podrá ser libre y feliz cuando, organizado desde abajo por medio de sus propias asociaciones
autónomas y completamente libres, sin la supervisión de ningún guardián, cree su propia vida.
Creemos que el poder corrompe tanto a quienes lo ostentan como a quienes se ven forzados a
obedecerlo. Bajo su influencia corrosiva, algunos se convierten en tiranos codiciosos y
ambiciosos y explotan la sociedad en su propio interés o en el de su clase, al paso que otros se
ven reducidos a la condición de abyectos esclavos. Los intelectuales, los positivistas, los
doctrinarios, todos aquellos que colocan la ciencia antes que la vida... defienden la idea del estado y su autoridad, considerándolo la única salvación posible de la sociedad, y lo hacen
desde luego lógicamente, puesto que adoptando la falsa premisa de que el pensamiento
precede a la vida, de que sólo la teoría abstracta puede constituir el punto de partida de la práctica social... extraen la inevitable conclusión de que, como sólo muy pocos poseen
actualmente tal conocimiento teórico, estos pocos han de ser quienes dirijan la vida social, y no
ya sólo para inspirar, sino para conducir todos los movimientos populares, y de que ha de
erigirse una nueva organización social tan pronto como la revolución se haya consumado; no
quieren una libre asociación de organismos populares... que trabajen en concordancia con las
necesidades e instintos del pueblo, sino un poder dictatorial centralizado y concentrado en
manos de esa minoría académica, como si ésta expresara realmente la voluntad popular... La
diferencia entre semejante dictadura revolucionaria y el estado moderno no es más que una
diferencia de adornos exteriores. En sustancia, ambos constituyen una tiranía de la minoría sobre la mayoría en nombre del pueblo —en nombre de la estupidez de los más y de la
superior sabiduría de los menos—, y así son igualmente reaccionarios, pues tienden a asegurar
los privilegios económicos y políticos para la minoría gobernante y a consolidar... la esclavitud
de las masas, a destruir el orden actual sólo para erigir sobre sus ruinas una rígida dictadura.
Los ataques de Bakunin contra Marx y Lassalle no podían pasar inadvertidos, tanto más
cuanto que estaban teñidos de antisemitismo, por lo que su amigo Herzen tuvo
ocasión de reconvenirlo alguna vez. Y, sin embargo, cuando en 1869 Herzen le
rogó que abandonara la Internacional, escribió, con un característico estallido
de magnanimidad, que no podía
unirse a los oponentes de un hombre «que había servido (a la causa del socialismo) durante
veinticinco años con penetración, energía y desinterés, en lo cual in dudablemente
nos supera a todos».
El desagrado que le inspiraba Bakunin no cegaba a
Marx sobre la necesidad de conceder cierto grado de independencia
regional, a los efectos de acelerar los trámites. Pero desbarató el plan
de crear sindicatos internacionales porque creía que ello era prematuro y
abriría inmediatamente una brecha entre los sindicatos nacionalmente
organizados, de los cuales, por lo menos en Inglaterra, la Internacional
obtenía su principal apoyo. Pero si hizo esta concesión, no fue por amor al
federalismo como tal, sino sólo para no poner en peligro lo que ya se había
construido, una organización sin la cual él no podría
crear un organismo cuya existencia hiciera cobrar a los obreros conciencia de que apoyaba
sus demandas (y no se trataba ya, como en 1848, de
meros simpatizantes de aquí y de allí, dispuestos a ofrecer apoyo moral o, en
el mejor de los casos, ocasionales contribuciones), una fuerza militante y
disciplinada empeñada en oponer resistencia y, cuando fuere necesario,
intimidar y ejercer coerción sobre los gobiernos, a menos que en todas partes
se hiciera justicia a sus hermanos.
195 Para crear la permanente posibilidad de
semejante solidaridad activa en la teoría y en la práctica, le parecía
indispensable un organismo central cuya autoridad fuese indiscutida, una suerte
de estado mayor que debía dirigir la lucha estratégica. Debido a sus intentos
por tornar más flexible la estructura de la Internacional y por alentar una
diversidad de opiniones en los sectores locales, Bakunin se le aparecía como el
hombre que deliberadamente procuraba destruir esta posibilidad. Si salía airoso,
ello significaría la pérdida de lo que se había ganado, un retorno al utopismo,
la desaparición del nuevo y
firme punto de vista, de la comprensión de que la única fuerza de los trabajadores estribaba
en la unidad, de que lo que los había entregado en manos de sus enemigos en
1848 era el hecho de que habían realizado levantamientos aislados, habían
prorrumpido en estallidos de violencia esporádicos y emocionales en lugar de
llevar a cabo una revolución cuidadosamente concertada, organizada para
comenzar en determinado momento elegido
por su fin común por hombres que habían estudiado a fondo la situación, así como el propio
poderío y el del enemigo. El bakunismo conducía a la disipación del impulso revolucionario,
al antiguo heroísmo, romántico, noble e inútil, que había producido muchos
santos y mártires, pero que había sido aplastado muy fácilmente por el enemigo,
más realista, y al que necesariamente había seguido un período de debilidad y
desilusión que con toda probabilidad retrasaría el movimiento por muchas
décadas. Marx no desestimaba el poder y la energía revolucionarios de
Bakunin para excitar la imaginación de las gentes, y precisamente por esta
razón lo consideraba una fuerza peligrosamente destructora que engendraría el
caos allí donde obrara.
La causa de los obreros descansaría en un suelo
volcánico si se permitía a él y a sus partidarios hacer irrupción en las filas
de sus defensores. De ahí que, después de algunos años de ocasionales
escaramuzas, se decidió a lanzar un abierto ataque; éste remató con la
separación de Bakunin y sus partidarios de las filas de la Internacional.
197
CAPÍTULO 9. «El DOCTOR TERROR ROJO»
Somos lo que somos por obra de él;
sin él, estaríamos aún hundidos
en un cenagal de confusión.
Friedrich Engels, 1883
El primer volumen de Das Kapital se
publicó al fin en 1867. La aparición de este libro señaló un acontecimiento
decisivo en la historia del socialismo internacional y en la propia vida de
Marx. La obra completa estaba concebida como un tratado comprensivo acerca de
las leyes y morfología de la organización económica de la sociedad moderna, y
procuraba describir los procesos de producción, intercambio y distribución tal
como realmente se verifican, a fin de explicar su condición actual como un
estadio particular del desarrollo encarnado por el movimiento de la lucha de
clases, y, para decirlo con las propias palabras de Marx, «a fin de descubrir
la ley económica del movimiento de la sociedad moderna» determinando las leyes
naturales que gobiernan la historia de las clases. El resultado8 fue una
amalgama original de teoría económica, historia, sociología y propaganda que
no encaja en ninguna de las categorías aceptadas. El propio Marx lo
consideraba primariamente un tratado de ciencia económica.
198 Según
él, los anteriores economistas no habían percibido la naturaleza de las leyes
económicas cuando las comparaban con las leyes de la física y la química y
suponían que, si bien pueden modificarse las condiciones sociales, son
inmutables las leyes que las gobiernan; con el resultado de que sus sistemas, o
bien se aplican a mundos imaginarios poblados por hombres económicos
idealizados y modelados según los propios contemporáneos del escritor y, por lo
tanto, habitualmente compuestos de ciertas características que sólo alcanzaron
prominencias en los siglos XVIII y XIX, o bien describen sociedades que, aun en
el caso de que alguna vez hayan sido reales, hace tiempo que han
desaparecido. Por ello concibió su tarea como la creación de un nuevo sistema de conceptos
y definiciones que tuvieran definida aplicación al mundo contemporáneo, y
construido de modo tal que reflejara la cambiante estructura de la vida
económica en relación no sólo con su pasado, sino también con su futuro. En el
primer volumen Marx procuró ofrecer una exposición sistemática de ciertos
teoremas básicos de la ciencia económica y, más específicamente, describir el
surgimiento del nuevo sistema industrial como consecuencia de las nuevas
relaciones entre los patronos y el trabajo creadas por efecto del progreso
tecnológico en los métodos de producción.
El primer volumen trata, pues, del proceso
productivo, esto es, por un lado, de las relaciones entre la máquina y el
trabajo, y por otro, de aquéllas entre los productores reales, es decir,
los obreros y quienes los emplean y dirigen. Los restantes volúmenes,
publicados por sus albaceas después de su muerte, tratan sobre todo del impacto
sobre la
teoría del valor de la circulación del producto acabado, que ha de obtenerse antes de que
8 Especialmente si se toma el primer volumen
en conjunción con los volúmenes publicados
póstumamente que Engels, y después Kautsky, prepararon para su publicación a partir de los Manuscritos
económicos de Marx, algunos en forma de meras notas.
pueda realizar se su valor, del sistema de
intercambio y de la maquinaria financiera que él implica, así como de las
relaciones entre productores y consumidores, las cuales determinan los
precios, la tasa de interés y beneficio.
La tesis general expuesta a lo largo de toda la
obra es la anunciada en el Manifiesto comunista y en los
primeros escritos económicos de Marx.9 Reposa en tres suposiciones
fundamentales: a) que la economía política busca explicar
quién obtiene qué mercancías, servicios o posición, y por qué; b) que,
por lo tanto, no es una ciencia que trate de objetos
inanimados —mercancías—, sino de personas
y de sus
actividades, y ha de ser interpretada en términos de
las reglas que gobiernan la economía capitalista de mer cado y no según leyes
pseudoobjetivas más allá del control humano, tales como las de la oferta y
la demanda, que gobiernan el mundo de los objetos naturales —objetos cuyo comportamiento
es, de alguna manera, externo a las vidas de los hombres, que contemplan este
proceso como un orden eterno, natural, ante el cual los hombres deben
resignarse puesto que son incapaces de alterarlo.
199 Esta
ilusión o «falsa conciencia» es lo que denomina «fetichismo de las
mercancías»—; c) que el factor decisivo del comportamiento
social en los tiempos modernos es la industrialización, con el aditamento de
que la primera y más cabal forma de ella —la revolución industrial inglesa—
ofrece al estudioso el mejor ejemplo de un proceso que, con el tiempo, tendrá
lugar en todas partes. Marx rastrea el ascenso del moderno proletariado,
correlacionando con él el desarrollo general de los medios técnicos de
producción. Cuando en el curso de la evolución gradual de éstos, cada hombre no
puede ya crear para su propio uso tales medios y nace entonces la división del
trabajo, ciertos individuos (como enseñara SaintESimón), debido a su superior
habilidad, poder y espíritu de empresa, adquieren el control total de tales
instrumentos y herramientas y vienen a hallarse así en una situación en la que
pueden alquilar el trabajo de otros mediante una combinación de amenazas de
privarles de los medios de vida y de ofrecimientos de darles más, bajo la forma
de una remuneración regular, que lo que recibirían como productores
independientes que intentan en vano alcanzar los mismos resultados con las
anticuadas herramientas que poseen. Como resultado de vender el trabajo a
otros, estos hombres se convierten en otras tantas mercancías en el mercado
económico y su poder de trabajo adquiere un precio definido que fluctúa
precisamente como el de las otras mercancías.
Una mercancía es cualquier objeto en una economía
de mercado que encarne trabajo humano y por el que haya demanda social. Es así
un concepto que, como Marx cuidadosamente señala, puede aplicarse sólo en un
estadio relativamente tardío del desarrollo social, y no es más eterno que
cualquier otra categoría económica. Supónese que el valor comercial de una
mercancía lo determina directamente —ésta es la conclusión de su
argumento— el número de horas de trabajo humano socialmente necesario, esto es,
el tiempo que lleva a un productor medio crear un espécimen medio de su clase
(punto de vista derivado de una doctrina en cierto modo similar sustentada por
Ricardo y los economistas clásicos). El día de trabajo de un obrero pue de muy
bien producir un objeto que posea un valor mayor que el valor de la cantidad
mínima de mercancías que él necesita para cubrir sus necesidades inmediatas;
produce así algo más valioso en el mercado que lo que consume; de hecho, si no
fuera así, su patrono no tendría ninguna razón económica para emplearlo. Como
una mercancía en el mercado, el poder de trabajo de un hombre puede adquirirse
por una cantidad x, que representa la suma mínima requerida para
mantenerlo suficientemente saludable de modo que pueda cumplir eficientemente su tarea
9 El lector hallará exposiciones detalladas de la doctrina económica de Marx en la «Guía para
seguir leyendo», al final de este volumen.
y reproducirse; las mercancías que produce se venderán por una cantidad y; la cantidad yVx representa
la cifra en que acrecentó la riqueza total de la sociedad, y éste es el residuo
que su patrono se embolsa.
200 Aun
después de que se descuente una razonable recompensa del propio trabajo del
patrono en su carácter de organizador y empresario de los procesos de
producción y distribución, siempre queda un definido residuo del ingreso social
que, bajo la forma derenta, interés o inversiones, o de beneficio comercial, lo
comparten, según Marx, no ya la sociedad como un todo, sino aquellos miembros
de ella llamados capitalistas o clase burguesa, quienes se distinguen del resto
por el hecho de que sólo ellos, en su condición de dueños únicos de los medios
de producción, obtienen y acumulan ese incremento que no han ganado.
Ya se interprete el concepto de valor de Marx como
una norma media, en torno de la cual oscilan los precios reales de las
mercancías, o bien como un límite ideal hacia el que éstos tienden, o bien como
aquello hacia lo que los precios deben tender en un sentido no especificado, o
bien como un elemento en la explicación sociológica de lo que constituye y
satisface los intereses materiales de los hombres en la sociedad, o bien como
algo más metafísico —una esencia impalpable infundida a la materia bruta por el
poder creador del trabajo humano—, o bien, como han sostenido críticos
adversos, una conjunción de todo esto; y por otro lado, a pesar del hecho de
que la noción de una entidad uniforme denominada trabajo humano indiferenciado
(que, de acuerdo con la teoría, constituye el valor económico), cuyas
diferentes manifestaciones pueden compararse sólo en términos de cantidad, sea
o no sea válida —y no resulta fácil defender el uso que hace Marx de todos
estos conceptos—, la teoría de la explotación en ellos basada no sufre mayor
desmedro. La tesis central que excitó tan vehementemente a los trabajadores,
quienes en su mayoría no comprendían la maraña de los argumentos generales de
Marx acerca de la relación entre el valor de intercambio y los precios reales,
consiste en que sólo hay una clase, la suya propia, que produce más riqueza que
la que consume, y que otros hombres se apropian de este residuo simplemente en
virtud de su posición estratégica como únicos poseedores de los medios de
producción, a saber, recursos naturales, maquinarias, transportes, crédito
financiero, etc., sin los cuales los obreros no pueden crear, al paso que el
control de dichos medios confiere a quienes lo ostentan el poder de hacer morir
de hambre al resto de la humanidad y obligarla a capitular conforme a las
condiciones por ellos impuestas.
Las instituciones políticas, sociales, religiosas y
legales de la era capitalista vienen a ser otras tantas armas morales e
intelectuales destinadas a organizar el mundo en interés de los patronos.
Éstos emplean, por encima y más allá de los productores de mercancías, es
decir, el proletariado, todo un ejército de ideólogos: propagandistas,
intérpretes y apologistas que defienden el sis tema capitalista, lo embellecen
y crean para él monumentos literarios y artísticos, como el mejor medio de
aumentar la confianza y el optimismo de aquellos que se benefician bajo él, así
como de hacerlo aparecer más aceptable a sus víctimas, según la frase de
Rousseau, de «cubrir sus cadenas con guirnaldas de flores».
201 Pero
si el desarrollo de la tecnología confirió, según SaintESimón descubrió
correctamente, por un período este poder único a los terratenientes,
industriales y financieros, su incontrolable avance acabará por destruirlos
inevitablemente.
Ya Fourier, y después de él Proudhon, habían
clamado contra los procesos en cuya
virtud los grandes banqueros y manufactureros, validos de sus recursos superiores, tienden
a eliminar del mercado económico a los pequeños comerciantes y artesanos,
creando así una clase de individuos descontentos, déclassés, que
automáticamente se ven obligados a entrar en las filas del proletariado. Pero
el capitalista es, en su día, una necesidad histórica.
Extrae una plusvalía y acumula; esto es
indispensable para la industrialización y así él es en la historia un agente de
progreso. «Fanáticamente empeñado en acrecentar el valor, obliga de modo
implacable a la raza humana a producir por la misma producción.» Puede hacer
esto brutalmente y por motivos puramente egoístas; pero en el curso de este
proceso «crea aquellas condiciones materiales que son las únicas capaces de
constituir los cimientos reales de una forma más alta de sociedad, cuyo
principio dominante es el cabal y libre
desarrollo de todos los hombres». Ya antes había rendido tributo en el Manifiesto comunista al
papel progresista de la industrialización.
La burguesía —escribió— no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por ende, las relaciones de producción y, por consiguiente,
todas las relaciones sociales. La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta apenas
con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas
que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento de las fuerzas de la
naturaleza, el empleo de las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la
navegación de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación
para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos a la
navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la
tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo sospechar siquiera que
semejantes fuerzas productivas dormitasen en el seno del trabajo social?
202
Pero el capitalista habrá desempeñado su papel y entonces será reemplazado. Lo
destruirán sus propias características esenciales
de acumulador. La competencia implacable entre capitalistas individuales
que procuran incrementar la cantidad de plusvalía, así como la necesidad,
consecuencia natural de esto, de reducir el costo de producción y de hallar
nuevos mercados, están destinadas a llevar a una fusión cada vez mayor de las
firmas rivales, esto es, a un incesante proceso de amalgama, hasta que sólo
subsistan los grupos mayores y más poderosos y todos los demás queden reducidos
a una posición de dependencia o semidependencia en la nueva jerarquía
industrial centralizada, la cual gobernará una concentración de
maquinarias productoras y distribuidoras que crecerá cada vez más rápido. La
centralización es un producto directo de la racionalización, de la acrecentada
eficiencia en la producción y el transporte asegurada por la mancomunidad de
recursos, de la formación de grandes trusts capaces de una planeada
coordinación. Los trabajadores, antes dispersos en muchas empresas pequeñas, y
reforzadas sus filas por el continuo aflujo de los hijos e hijas de los
pequeños comerciantes
manufactureros arruinados, se ven automáticamente unidos en un único ejército proletario,
siempre creciente, por los mismos procesos de integración en el trabajo que se
verifican entre sus amos. Su poderío como organismo político y económico, cada
vez más consciente de su papel y recursos históricos, va aumentando
consecuentemente. Ya los sindicatos, que se desarrollan a la sombra del sistema
fabril, representan en las manos del proletario un arma mucho más potente que
cualquier otra que haya existido antes. El proceso de expansión industrial
tenderá a organizar la sociedad en la forma de una inmensa pirámide, con muy
pocos capitalistas cada vez más poderosos en la cúspide, y una vasta,
descontenta, masa de obreros explotados y esclavos coloniales en la base.
Cuanto más reemplace la máquina el trabajo humano, más baja será la tasa de
beneficio, puesto que sólo el último determina la tasa de «plusvalía».
La lucha entre los capitalistas y sus países, que
están en efecto dominados por ellos, se
tornará cada vez más implacable, puesto que está enlazada a un sistema de competencia
libre de trabas, bajo el cual cada capitalista sólo
puede sobrevivir superando y destruyendo a sus rivales.10
Dentro de la estructura del capitalismo y de la
empresa privada no fiscalizada, no cabe convertir en racionales estos procesos,
puesto que los intereses protegidos por la ley, sobre los que descansa la
sociedad capitalista, dependen para su supervivencia de la libre competencia,
si no entre productores individuales, por lo menos entre grandes empresas
y monopolios.
203 La
tendencia inexorable del progreso tecnológico a formas de producción
crecientemente colectiva entrará en conflicto cada vez más violento con las
formas individuales de distribución, esto es, con el control privado y la
propiedad privada. Las grandes empresas, que Marx fue uno de los primeros en
prever, destruirán con sus aliados militares el laissezVfaire y
el individualismo. Empero, Marx no admitía que las consecuencias del
crecimiento de control estatal o de la resistencia democrática, ni tampoco
el desarrollo del nacionalismo político como fuerza capaz de transformar el
desenvolvimiento del mismo capitalismo, fuesen un obstáculo para la explotación
no fiscalizada o un baluarte para aquel sector de la burguesía que iría
empobreciéndose gradualmente y que concertaría una alianza con la reacción, en
su desesperada ansiedad por eludir su destino marxista: el descenso al
proletariado. En otras palabras, no prevé el fascismo ni la guerra estatal.
Su clasificación de los estratos sociales en
aristocracia militar feudal que va haciéndose anticuada, burguesía industrial,
pequeña burguesía, proletariado y ese ocasional desecho que vive en el borde de
la sociedad y al que llama lumpenproletariat —clasificación fructífera y
original para su tiempo— simplifica en demasía los problemas cuando se la
aplica mecánicamente al siglo XX. Requiérese un instrumento más elaborado,
aunque sólo sea para explicar la conducta independiente de las clases, como la
semiarruinada pequeña burguesía, la creciente clase media inferior asalariada
y, sobre todo, la vasta población agrícola, clases a las que Marx consideraba
naturalmente reaccionarias, pero obligadas, por su creciente pauperización, a
descender al nivel del proletariado o a ofrecer sus servicios como mercenarios
a su protagonista, la burguesía industrial. La historia de la posguerra
europea, por lo menos en Occidente, ha de ser considerablemente distorsionada
antes de que quepa adaptarla a este esquema.
Marx profetizó que las crisis periódicas debidas a
la ausencia de planeamiento económico y a la contienda industrial no
fiscalizada se tornarían necesariamente más frecuentes y agudas. Las guerras en
una escala hasta entonces sin precedentes devastarían el mundo civilizado hasta
que al fin las contradicciones hegelianas de un sistema cuya permanencia
depende de conflictos cada vez más destructores entre sus partes
constituyentes, obtendrían una violenta solución. El grupo siempre decreciente
de capitalistas que ostentan el poder había de ser derribado por los
trabajadores a quienes ellos mismos habrían organizado eficientemente en un
cuerpo compacto y
disciplinado. Con la desaparición de la última clase poseedora, se alcanzaría el fin capital de la guerra de
10 Si esto es realmente así, ¿por qué el
capitalista no prescinde de las máquinas e incrementa la
plusvalía volviendo al trabajo de esclavos? En los volúmenes postumos de Das Kapital, editados
por Engels a partir de los Manuscritos de Marx, se sostiene
que las máquinas no acrecientan los beneficios ni relativa ni absolutamente,
pero que a corto plazo los incrementan para el capitalista individual, y que la
competición le impele a introducirlas. Más aún, ayudan a eliminar a los competidores
ineficientes; la tasa de beneficio continúa descendiendo, pero se divide entre
un número de capitalistas cada vez más pequeño, los «más aptos» en esta guerra
selvática. El lector podrá decir por sí mismo si esto ha acaecido y en qué
medida lo ha hecho.
clases y con ella el último obstáculo para superar
la escasez económica, y en consecuencia el conflicto social y la miseria y
degradación humanas.
En un celebrado pasaje del
capítulo XXII del primer volumen de Das Kapital declara:
204
A la par con la disminución constante del número de
los magnates del capital, que usurpan y
monopolizan todas las ventajas de este proceso de transformación, aumenta la masa de la
miseria, de la opresión, de la esclavitud, de la degradación y de la
explotación; pero aumenta también la indignación de la clase obrera, que
constantemente crece en número, se instruye, unifica y organiza por el
propio mecanismo del proceso capitalista de producción...
La centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo llegan a tal punto que
se hacen incompatibles con su envoltura capitalista. Ésta se rompe. Le llega la hora a la
propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.
El Estado, ese instrumento mediante el cual mantiene artificialmente su autoridad la
clase gobernante, al haber perdido su función, ha
de desaparecer. Marx dejó claro, en el Manifiesto comunista de
1847E48, y de nuevo en 1850 y en 1852, que el Estado no desaparecerá
inmediatamente, ha de producirse un período de transformación revolucionaria
que vaya del capitalismo al comunismo. En este período transitorio ha de
preservarse la autoridad del Estado, de hecho ha de reforzarse, pero ahora
estará
controlado totalmente por los trabajadores, una vez se conviertan en la clase dominante. De
hecho (por utilizar la fórmula de uno de sus últimos escritos), en la primera
fase de la revolución, el Estado será «la dictadura revolucionaria del
proletariado». En este período,
antes de la superación de la escasez económica, la gratificación de los trabajadores habrá de
ser proporcional al trabajo que proporcionen. Pero una vez que «el despliegue completo del
individuo» ha creado una sociedad en la cual «fluyan abundantes los manantiales
de la riqueza cooperativa», se alcanzará el objetivo comunista. Entonces, y no
antes, la entera comunidad, pintada al par con colores demasiado simples y
demasiado fantásticos por los utópicos del pasado, ha de realizarse por fin,
una comunidad en que no habrá ni amos ni esclavos, ni ricos ni pobres, en la
que las mercancías del mundo, al ser producidas de conformidad con la demanda
social no trabada por el capricho de los individuos, no se distribuirán por
cierto igualmente —noción torpemente tomada por los trabajadores de los
ideólogos liberales, con su concepto utilitario de la justicia como igualdad aritmética—, sino
racionalmente, esto es, desigualmente; pues así como la capacidad y necesidades
de los hombres son desiguales, sus recompensas, si han de ser justas, deben,
según la fórmula posterior de la Crítica del programa de Gotha, de
1875, aumentar «¡De cada cual según su capacidad; a cada cual, según sus
necesidades!».
205 Los hombres, emancipados al fin de la doble tiranía de la naturaleza y de las instituciones
mal adaptadas y mal fiscalizadas y, por lo tanto, opresivas, serán capacitados
para
desarrollar sus potencialidades al máximo. La historia dejará de ser la sucesión de una clase
explotadora tras otra. Cesará la subordinación a la división del trabajo. La
verdadera libertad, tan oscuramente vislumbrada por Hegel, se realizará al fin.
Sólo entonces comenzará la historia humana verdadera.
La publicación de Das Kapital había
proporcionado una definida base intelectual al socialismo internacional, en
lugar de una dispersa serie de ideas vagamente enunciadas y que entraban en
conflicto entre sí. La interdependencia de las tesis históricas,
económicas y políticas, predicadas por Marx y Engels, se hizo patente en esta
monumental compilación y se convirtió en el objetivo central de ataque y
defensa. Todas las formas subsiguientes del socialismo se definieron, a partir
de entonces, según los términos de la actitud que adoptaran respecto de la
posición allí defendida, y se las comprendió y clasificó según su
semejanza con ella. Después de un breve período de oscuridad, la fama de Marx comenzó a
crecer extraordinariamente. Su obra adquirió una
significación simbólica más vasta que la de cualquier otra cosa que se hubiera
escrito desde la edad de la fe. Fue ciegamente adorada y ciegamente odiada
por millones de personas que no habían leído ni una línea de ella, o habían
leído, sin comprenderla, su, a veces, oscura y tortuosa prosa. En su nombre se
hicieron (y se hacen) revoluciones; las contrarrevoluciones se concentraron (y
se concentran) en el intento de suprimirla como la más potente e insidiosa de
las armas del enemigo. Instituyóse un nuevo orden social que profesa sus
principios y ve en ella la expresión final e inalterable de su fe. Ha dado vida
a un ejército de intérpretes y casuistas cuyo incesante trabajo por espacio de
casi un siglo la ha sepultado bajo una montaña de comentarios que han aumentado
la influencia del mismo texto sagrado.
En la vida de Marx señaló un momento decisivo. La
concibió como su contribución más grande a la emancipación de la humanidad y a
ella sacrificó quince años de su vida y mucha de su ambición pública. Fue
verdaderamente prodigioso el trabajo de Marx para rematarla. Por ella soportó
la pobreza, las enfermedades y la persecución pública y personal, cosa que por
cierto no padeció alegremente, pero sí con íntegro estoicismo, cuya fuerza y
aspereza conmovían y aterraban a quienes entraban en contacto con él.
Dedicó su libro a la memoria de Wilhelm Wolff, un
comunista de Silesia que había sido su devoto seguidor desde 1848 y que había
muerto recientemente en Manchester. El volumen publicado constituía la primera
parte de la obra proyectada, y el resto era un montón confuso de notas,
referencias y esquemas.
206 Envió
ejemplares a sus viejos camaradas, a Freiligrath, quien lo felicitó por haber
producido una útil obra de consulta, y a Feuerbach, que lo halló «rico en
innegables hechos de la más interesante, pero, al mismo tiempo, más horrible
naturaleza». Ruge lo hizo objeto
de un elogio más discriminado, y obtuvo por lo menos una reseña crítica en Inglaterra, en el
Saturday Review, que extrañamente observa: «La presentación del tema reviste de
cierto encanto peculiar a las más áridas cuestiones económicas». Llamó más la
atención en Alemania, donde los amigos de Marx, Liebknecht y Kugelmann, médico
de Hannover que había concebido inmensa admiración por él, le hicieron una
vigorosa propaganda. En particular Joseph Dietzgen, zapatero autodidacta alemán
de San Petersburgo, que se convirtió en uno de los más ardientes discípulos de
Marx, hizo mucho por divulgarla entre las masas alemanas.
El apetito científico de Marx no había disminuido
desde los días de París. Creía en el estudio y severamente empujaba a sus
reacios secuaces a la sala de lectura del Museo Británico. Liebknecht escribe
en sus memorias cómo día tras día podía verse a la «flor y nata del
comunismo internacional» apaciblemente sentada ante los pupitres de la sala de
lectura, bajo el ojo del mismo maestro. Y por cierto, ningún movimiento
político o social había subrayado de modo tal la importancia de la erudición y
de la investigación. La extensión de las lecturas de Marx queda en cierto modo
indica da en las referencias que aparecen en sus obras, en las que explora
oscuras sendas desviadas de las literaturas antigua, medieval y moderna. El
texto aparece literalmente salpicado de notas a pie de página, largas, mordaces
y aniquiladoras, que recuerdan el clásico uso que Gibbon hacía de este arma.
Los adversarios a quienes las dirige son en su
mayor parte nombres hoy olvidados, pero ocasionalmente apunta sus flechas
a figuras conocidas; ataca a Macaulay, a Gladstone y a uno o dos
prominentes economistas académicos de la época con una salvaje intensidad que
inaugura una nueva época en la técnica del vituperio público y que creó la
escuela de polemistas socialistas que modificó el carácter general de la
controversia política. Casi no hay elogios en el libro. Rinde el tributo más
cálido a los inspectores fabriles británicos,
cuyos informes valientes e imparciales acerca de las aterradoras condiciones de que eran
testigos, así como de los medios adoptados por los
dueños de las fábricas para eludir la ley, constituyen para Marx el único
fenómeno honroso registrado en la historia de la sociedad burguesa. Marx
revolucionó la técnica de la investigación social por el uso que hizo de los
Libros azules e informes oficiales, hasta el punto de que pretendía fundamentar
en ellos la mayor parte de su minuciosa acusación al industrialismo moderno.
207 Después
de su muerte, Engels, que publicó los volúmenes segundo y tercero de Das
Kapital, halló el manuscrito en un estado mucho más caótico de lo que se
esperaba. El año en que apareció el primer volumen señala el momento decisivo
en la vida de Marx. Sus opiniones durante los restantes dieciséis años de vida
apenas se modificaron; añadía, revisaba, corregía, escribía folletos y cartas,
pero no publicó nada que fuera nuevo; reiteró incansablemente la vieja
posición, si bien el tono era más suave y se discernía entonces una débil nota
casi de quejumbrosa compasión de sí mismo, totalmente ausente antes.
Se atenuó su creencia en la proximidad y hasta en la inevitabilidad última
de una revolución mundial. Sus profecías lo habían defraudado demasiado a
menudo: había predicho confiadamente una gran conmoción en 1842, durante un
levantamiento de los tejedores de Silesia, y hasta había incitado a Heine a
escribir el famoso poema sobre el suceso, que publicó en su diario de París;
también en 1851, 1857 y 1872 esperó estallidos revolucionarios que no tuvieron
lugar. Sus profecías acerca del descenso de las tasas de beneficio, de la
concentración de la propiedad de la industria y la tierra en manos privadas, de
la declinación del nivel de vida del proletariado, de la íntima relación entre
capitalismo y nacionalismo, no se cumplieron en su totalidad en este siglo, al
menos en la forma en que anticipó estos desarrollos. Por otro lado, veía muchas
cosas que otros no veían: la concentración y centralización del control de
recursos económicos, la creciente incompatibilidad entre los métodos de
producción de las grandes empresas y los antiguos
métodos de distribución, así como la repercusión social y política de este hecho; el efecto de
la industrialización de la ciencia, sobre los métodos de guerra, y la rápida y
radical transformación del estilo de vida que todo ello originaría. Además fue
uno de los observadores políticos más agudos: después de la anexión de Alsacia
y Lorena por parte de Prusia, vaticinó que ello arrojaría a Francia en brazos
de Rusia y provocaría así la Primera Guerra Mundial. En sus últimos años,
admitía que la revolución acaso no se produjera tan pronto como él y Engels
habían calculado antes y, en algunos países, principalmente en Inglaterra,
donde en aquel tiempo no había un ejército real ni una burocracia real, no era
inevitable, tan sólo «posible»: bien podía no ocurrir en modo alguno, el
comunismo podría
alcanzarse por medios evolutivos, «si bien —añadió enigmáticamente— la historia indica lo
contrario». Aún no contaba cincuenta años cuando comenzó a apaciguarse.
Había terminado el período heroico.
Das Kapital granjeó a su autor una nueva reputación. Sus libros
anteriores no habían producido casi ningún efecto ni siquiera en los países de
habla alemana, pero se escribieron reseñas críticas de la nueva obra y se
la discutió hasta en Rusia y España. En los diez años subsiguientes se la
tradujo al francés, al inglés, al ruso, al italiano; y el propio Bakunin se
ofreció cortésmente a traducirla al ruso. Pero, y en el caso de que éste
hubiera comenzado la tarea, el proyecto quedó en la nada cuando estalló el
sórdido escándalo personal y financiero que fue en parte responsable de la
disolución de la Internacional cinco años después.
208 El
súbito ascenso a la fama de esta organización se debió a un suceso de capital
importancia que dos años antes había modificado la historia de Europa y
cambiado por completo la dirección en que hasta entonces se había desarrollado
el movimiento de la clase trabajadora.
Si Marx y Engels vaticinaron a veces sucesos que no
ocurrieron, más de una vez no previeron sucesos que sí tuvieron lugar. Así,
Marx no creyó que se produjera la guerra de Crimea, y apoyó al bando inadecuado
en la guerra austroprusiana. La guerra francoprusiana de 1870 fue para
ellos del todo inesperada. Durante años habían desestimado el poderío prusiano,
y la verdadera alianza del cinismo con la fuerza bruta estaba representada a
sus ojos por el emperador de los franceses. Bismarck era un capaz Junker, que
servía a su rey y a su clase, y ni siquiera su victoria sobre Austria los
convenció de sus reales aspiraciones y su verdadera índole. Acaso Marx haya
sido auténticamente engañado, en cierto modo, por las declaraciones de Bismarck
de que libraba una guerra puramente defensiva, pues suscribió la protesta que
el Consejo de la Internacional publicó inmediatamente, cosa que muchos
socialistas de los países latinos nunca le perdonaron, quienes insistieron, en
años posteriores, en que estuvo inspirada por el puro patriotismo alemán, al
que tanto él como Engels eran notoriamente proclives. La Internacional en
general, y en particular sus miembros alemanes, se comportaron
irreprochablemente durante toda la breve campaña. En su proclamación lanzada en
medio de la guerra, el Consejo advirtió a los obreros alemanes que no apoyaran
la política de anexión que bien
podía seguir Bismarck; explicó en términos claros que los intereses del proletariado alemán
y los del francés eran idénticos, y que sólo los amenazaba el enemigo común, la
burguesía capitalista de ambos países, la cual había desencadenado la guerra en
procura de sus propios fines y derrochando por éstos la vida y sustancia de la
clase trabajadora, tanto de Alemania como de Francia. Exhortaba asimismo a los
obreros franceses a apoyar la formación, a su debido tiempo, de una república
sobre bases ampliamente democráticas. Durante la salvaje oleada de patriotería
guerrera que se desencadenó sobre Alemania y que sumergió hasta el ala
izquierda de los lassallianos, sólo los marxistas Liebknecht y Bebel
conservaron la cordura. Para indignación de todo el país, se abstuvieron de
votar a favor de créditos de guerra y hablaron enérgicamente contra ésta en el
Reichstag y, en particular, contra la anexión de Alsacia y Lorena. Por ello se
les acusó de traición y se les encarceló. En una celebrada carta a Engels, Marx
señala que la derrota de Alemania, que habría fortalecido al bonapartismo y
paralizado a los Trabajadores alemanes por muchos años, hubiera sido aún más
desastrosa que la victoria alemana.
209 Al
trasladar el centro de gravedad de París a Berlín, Bismarck, si bien de forma
no intencional, favorecía la causa de los obreros, pues los trabajadores
alemanes, al estar mejor organizados y mejor disciplinados que los
franceses, constituían una ciudadela más fuerte de la democracia social que la
que podían haber erigido los franceses, al paso que la derrota del bonapartismo
alejaría de Europa una pesadilla.
En el otoño, el ejército francés fue derrotado en
Sedán, el emperador cayó prisionero y París fue sitiada. El rey de Prusia, que
había jurado solemnemente que la guerra era defensiva y no se dirigía contra
Francia, sino contra Napoleón, cambió de táctica y, apoyado por un plebiscito
popular, exigió la cesión de Alsacia y Lorena y el pago de una indemnización de
cinco mil millones de francos. La marea de la opinión inglesa, hasta entonces
antibonapartista y progermánica, cambió súbitamente de dirección, influida por
continuos informes de atrocidades perpetradas en Francia por los prusianos.
La Internacional publicó un segundo manifiesto en
que protestaba violentamente contra la anexión, denunciaba las ambiciones
dinásticas del rey de Prusia y exhortaba a los trabajadores franceses a unirse
con todos los defensores de la democracia contra el común enemigo prusiano.
Si las fronteras han de fijarse según los intereses militares —escribió Marx en 1870—, las
reclamaciones nunca acabarán, porque toda línea militar es necesariamente defectuosa y cabe
mejorarla mediante la anexión de otros territorios; nunca se las podrá fijar justa o
definitivamente porque siempre procurarán enmendarlas el conquistador o el
conquistado y, consecuentemente, llevan dentro de sí las semillas de nuevas
guerras. La historia medirá su retribución no ya por la extensión de las millas
cuadradas conquistadas a Francia, sino por la
intensidad del crimen de hacer revivir, en la segunda mitad del siglo XIX, la política de conquista.
Esta vez no sólo Liebknecht y Bebel, sino también
los lassallianos, votaron en contra de la concesión de créditos de guerra,
avergonzados de su reciente patriotismo. Jubilosamente Marx escribió a Engels
que por primera vez los principios y la política de la Internacional habían
obtenido expresión pública en una asamblea legislativa europea: la
Internacional se
había convertido en una fuerza que era preciso reconocer oficialmente, y al fin comenzaba a
realizarse el sueño de un partido proletario unido que perseguía idénticos
fines en todos los países. París se veía amenazada por el hambre y
capituló; eligióse una asamblea nacional, Thiers fue presidente de la nueva
república y constituyó un gobierno provisional que sustentaba opiniones
conservadoras.
210 En
marzo el gobierno intentó desarmar a la Guardia Nacional de París, fuerza
ciudadana voluntaria que mostraba signos de simpatías radicales. La Guardia se
negó a entregar las armas, declaró su autonomía, depuso a los funcionarios del
gobierno provisional y eligió un comité revolucionario del pueblo como gobierno
verdadero de Francia. Las tropas regulares fueron trasladadas a Versalles
y sitiaron la ciudad rebelde. Fue ésta la primera campaña que ambos bandos
reconocieron inmediatamente como una abierta guerra de clases.
La Comuna, tal como el nuevo gobierno se calificaba
a sí mismo, no fue creada ni inspirada por la Internacional; ni siquiera fue,
en sentido estricto, socialista en sus doctrinas, a menos que una dictadura de
cualquier comité popularmente elegido constituya por sí misma un fenómeno
socialista. La componían una serie de individuos altamente heterogéneos, en su
mayor parte adeptos de Blanqui, Proudhon y Bakunin, con una mezcla de
neojacobinos retóricos, como Félix Pyat, que sólo sabían que luchaban por
Francia, el pueblo y la revolución y juraban la muerte de todos los tiranos,
sacerdotes y prusianos. Obreros, soldados, escritores, pintores como Courbet,
estudiosos como el geógrafo Eliseo Réclus y el crítico Valles, políticos
ambivalentes como Rochefort, exilados políticos de opiniones moderadamente
liberales, bohemios y aventureros de toda laya fueron arrastrados por una común
oleada revolucionaria. Ésta se alzó en un momento de histeria nacional, después
de la miseria material y moral de un sitio y una capitulación, en un momento en
que la revolución nacional que prometía barrer al fin con los últimos vestigios
de la reacción bonapartista y orleanista, abandonada por las clases medias,
denunciada por Thiers y sus ministros, insegura de obtener el apoyo de los
campesinos, parecía súbitamente amenazada por el retorno de aquellos a quienes
más se temía y aborrecía: los generales, los financieros, los sacerdotes.
Merced a un gran esfuerzo, el pueblo había apartado de sí una pesadilla tras
otra: primero el imperio y luego el sitio; apenas se habían despertado cuando
los espectros parecían avanzar una vez más sobre ellos: aterrados, se
sublevaron. Este sentimiento común de horror ante el re surgimiento del pasado
era casi el único vínculo que unía a los comuneros. Sus opiniones sobre organización política (más allá
del odio común al gobierno centralizado, caro a Marx) eran en cierto modo
vagas; anunciaron que, en sus viejas formas, el Estado había quedado abolido, y
exhortaron al pueblo alzado en armas a que se gobernara a sí mismo.
211 Empero,
como las provisiones comenzaran a escasear y la situación de los sitiados se
tornara más desesperada, cundió el terror; comenzaron a decretarse
proscripciones, condenábase y ejecutábase a hombres y mujeres, muchos de ellos inocentes por cierto y
muy pocos merecedores de la muerte. Entre los
ejecutados figuró el arzobispo de París, a quien se había tomado como rehén
contra el ejército destacado en Versalles. El resto de Europa observaba los
monstruosos sucesos con creciente indignación y disgusto. Los comuneros
aparecían, incluso ante la opinión ilustrada, incluso ante viejos y probados
amigos del pueblo, como Louis Blanc y Mazzini, como una banda de criminales
lunáticos sordos a las voces de humanidad, incendiarios sociales engreñados en
destruir toda religión y toda moralidad, hombres enajenados por
injusticias reales e imaginarias, apenas responsables de las enormidades por
ellos perpetradas. Prácticamente toda la prensa europea, tanto reaccionaria
como liberal, se unió para dar la misma impresión. Aquí y allá un diario
radical condenaba menos categóricamente que los otros y tímidamente alegaba
circunstancias atenuantes. Las atrocidades de la Comuna no tardaron en ser
vengadas. Las represalias que tomó el ejército victorioso cobraron la forma de
ejecuciones en masa; el terror blanco, como es común en tales casos, sobrepasó
con mucho en actos de bestial crueldad a los peores excesos del régimen, a las
fechorías que habían precipirado su fin.
La Internacional vaciló; compuesta principalmente
como estaba por opositores de los proudhonistas, los blanquistas y los
neojacobinos que constituían la mayoría de la Comuna, contraria al programa
libremente federal de los comuneros y, en particular, a los actos de
terrorismo, había advertido formalmente, además, contra la rebelión declarando que
«cualquier intento de derrocar el nuevo gobierno en
la crisis actual... sería una desesperada locura». Los miembros ingleses
estaban particularmente ansiosos de no transigir, de no asociarse abiertamente
a un organismo que, en opinión de la mayoría de sus conciudadanos, era
apenas mejor que una pandilla de criminales comunes. Marx disipó sus dudas con
un acto sumamente característico. En nombre de la Internacional, publicó un
mensaje en que proclamaba que había pasado el momento del análisis y la crítica.
Después de ofrecer una rápida y vivida reseña de los sucesos que condujeron a
la creación de la Comuna, a su surgimiento y caída, la aclamó como la primera
manifestación abierta y desafiante registrada en la historia del poderío e
idealismo de la clase trabajadora, como la primera batalla campal que ella
había librado contra los opresores ante los ojos de todo el mundo, como un acto
que forzó a sus falsos amigos —la burguesía radical, los demócratas y los
humanitarios— a mostrarse con su verdadero rostro, es decir, como enemigos de
los fines últimos por los cuales estaba dispuesta a vivir y morir. Y fue aún
más lejos: reconoció el reemplazo del Estado burgués por la Comuna como aquella
forma de transición en la estructura social indispensable para que los trabajadores
obtengan la emancipación final. Considera el Estado como encarnación de «la
civilización y justicia del orden burgués» que legaliza el parlamentarismo y
que, una vez desafiado por sus víctimas, «se presenta como salvajismo no
disfrazado y venganza sin leyes».
212 Las raíces y ramas del Estado han de ser por lo tanto destruidas. Y así, una vez más, como
en 1850 y en 1852, se retractó de la doctrina del Manifiesto comunista,
que afirmaba, contra los utópicos franceses y los primeros anarquistas, que el
fin inmediato de la revolución no consistía en destruir, sino en tomar el
Estado («el proletariado... centralizará todos los instrumentos de producción
en manos del Estado») y hacer uso de él para aniquilar al enemigo.
Al paso que aprobaba muchas de las medidas
adoptadas por la Comuna, la censuraba por no ser suficientemente implacable y
radical; tampoco creía en su aspiración de crear una inmediata igualdad social
y económica. «El derecho no puede nunca ser más alto — escribió algunos años
después— que la estructura económica de la sociedad y el desarrollo cultural
por ella determinado.» Ni una ni otro pueden transformarse de la noche a
la mañana.
Su folleto, luego titulado La guerra civil de
Francia, no estaba concebido primariamente
como un estudio histórico; tratábase de una maniobra táctica caracterizada por la audacia y
la intransigencia. A menudo sus propios secuaces censuraron a Marx el permitir
que la Internacional se asociara, en la mente popular, a una banda de
infractores de la ley y asesinos, que se granjeara innecesariamente una
siniestra reputación. Pero no era ésta la
suerte de consideraciones que hubieran podido afectarlo ni siquiera en grado mínimo. Toda
su vida fue convencido e intransigente creyente en una violenta revolución de
la clase trabajadora. La Comuna fue el primer levantamiento espontáneo de los
trabajadores en su condición de trabajadores y, según su opinión, en los
desórdenes de junio de 1848 se trató de un ataque de que ellos fueron objeto y
no de un ataque por ellos lanzado. La Comuna no estaba directamente inspirada
por Marx y, por cierto, la consideraba un garrafal error
político: sus adversarios, los blanquistas y proudhonistas, predominaron en ella hasta el fin;
sin embargo, consideraba inmensa su significación. Antes de ella había habido,
sí, muchas corrientes dispersas de pensamiento y acción socialistas, pero aquel
alzamiento con sus repercusiones mundiales, así como el gran efecto que estaba
destinado a producir sobre los trabajadores de todos los países, fue el primer
suceso de la nueva era. Los hombres que habían muerto en él y por él eran los
primeros mártires del socialismo internacional, y su sangre había de ser
simiente de la nueva fe proletaria; cualesquiera fuesen los trágicos errores y
negligencias de los comuneros, ellos constituyeron, ejemplo sin par en el
pasado, la medida del papel histórico de los trabajadores, de la posición que
éstos estaban destinados a ocupar en la tradición de la revolución proletaria.
213 Al
rendirles tributo, logró lo que se proponía lograr: ayudó a crear una leyenda
heroica del socialismo. Engels, cuando se le pidió que definiera la «dictadura
del proletariado», señaló la Comuna como la realización que más se había
aproximado hasta entonces a dicha concepción. Más de treinta años después,
Lenin defendió el alzamiento de Moscú que tuvo lugar durante la abortada
Revolución Rusa de 1905, contra las críticas de Plejánov, recordando la actitud
de Marx frente a la Comuna y señalando que el valor emocional y simbólico de un
gran estallido heroico, por mal que esté concebido, por perjudicial que sea en
sus resultados inmediatos, constituía un beneficio infinitamente mayor y más
permanente para un movimiento revolucionario que la comprensión de su futilidad
en un momento en que lo que más importa no es escribir bien la historia, y ni
siquiera aprender sus lecciones, sino hacerla.
La publicación del mensaje embarazó y desconcertó a
muchos miembros de la Internacional y apresuró su disolución final. Marx
intentó salir al paso de todos los reproches diciendo que era el único autor
del escrito. «El doctor terror rojo», como se lo conocía entonces popularmente,
se convirtió de la noche a la mañana en objeto del odio público: comenzó a
recibir cartas anónimas y su vida se vio varias veces amenazada. Jubilosamente
escribió a Engels:
Esto me hace mucho bien después de veinte largos y aburridos años de aislamiento idílico,
como el de una rana en una charca. El órgano del gobierno —The Observer— hasta
me
amenaza con una querella judicial. Que lo intenten, si ello les place. ¡Me burlo de la canaille!
El alboroto se disipó, pero el perjuicio hecho a la
Internacional fue permanente, pues ella quedó indisolublemente enlazada, para
la policía y el público en general, a los desmanes de la Comuna.
Asestábase un golpe a la alianza de los dirigentes sindicales ingleses con la
Internacional, alianza que de cualquier modo era, según el punto de vista de
ellos, enteramente oportunista, basada en su utilidad para promover intereses
específicamente sindicales. Por entonces cortejaba asiduamente a los sindicatos el Partido
Liberal, que prometía apoyarlos en estas mismas
cuestiones. La perspectiva de una pacífica y respetable conquista del poder no
los llevaba a desear vincularse a un notorio complot revolucionario; el único
fin que perseguían era elevar el nivel de vida y la condición social y política
de los hábiles obreros especializados a quienes representaban. No se
consideraban un partido político, y si suscribían el programa de la
Internacional, ello se debía en parte al grado de elasticidad de sus estatutos,
que hábilmente eludían señalar a los miembros fines revolucionarios, pero sobre
todo a la vaguedad de sus opiniones políticas.
214 El
gobierno no dejó de apreciar este hecho y, al contestar a una circular del
gobierno español que pedía la supresión de la Internacional, replicó, por medio
del ministro de Asuntos Exteriores, Lord Granville, que en Inglaterra no había
peligro alguno de insurrección armada; los miembros ingleses eran hombres
pacíficos, únicamente ocupados en negociaciones laborales y no daban al
gobierno motivos de aprensión. El propio Marx tenía amarga con ciencia de la
verdad de esto: hasta Harney y Jones eran preferibles, a sus ojos, a los
hombres con quienes ahora debía vérselas, sólidos funcionarios sindicalistas,
como Odger, Cremer o Applegarth, que desconfiaban de los extranjeros, no se
preocupaban por los sucesos que ocurrían fuera de su país y desestimaban las
ideas.
En los años 1870E71 no se celebró ninguna reunión en la Internacional, pero en 1872 el
organismo fue convocado en Londres. La propuesta más importante presentada en
este Congreso —que la clase trabajadora dejara en lo sucesivo de confiar, para
la lucha política, en la ayuda de los partidos burgueses y que formara un
partido propio— fue aprobada después de un debate tormentoso gracias a los
votos de los delegados ingleses. El nuevo partido político no se constituyó en
vida de Marx, pero el Partido Laborista nació en esta reunión, al menos como
idea, y puede considerárselo la mayor contribución de Marx a la historia
interna de su patria adoptiva. En el mismo Congreso, los delegados ingleses
insistieron en el derecho —y lo conquistaron— de formar una organización local
separada,
en lugar de estar representados como antes por el Consejo General. Esto desagradó y aterró
a Marx; tratábase de un gesto de desconfianza, casi de rebelión; al punto
sospechó de ciertas maquinaciones por parte de Bakunin, a quien los acontecimientos
recientemente ocurridos en Francia habían ensoberbecido, pues sentía que ellos
tuvieron por
causa directa su influencia personal. Buena parte de
París quedó destruida por el fuego durante la
Comuna, y este fuego le parecía un símbolo de su propia vida y una magnífica realización de
su paradoja preferida: «También la pasión por la destrucción es una pasión
creadora».
Marx no entendía ni deseaba entender la base
emocional de los actos y declaraciones de Bakunin: la influencia de aquel
«Mahoma sin Corán» re presentaba una amenaza para el movimiento y, por
consiguiente, había de ser destruida.
215
La Internacional se fundó —escribió en 1871— a fin
de reemplazar las sectas socialistas y semisocialistas por una auténtica
organización de la clase trabajadora, que la habilite para
la lucha... El sectarismo socialista y un verdadero movimiento de la clase trabajadora están en
razón inversa el uno respecto del otro. Las sectas tienen derecho a existir
sólo mientras la clase trabajadora no esté suficientemente madura para
organizarse en un propio movimiento independiente; tan pronto como llega este
momento, el sectarismo se torna reaccionario... La
historia de la Internacional es una batalla incesante del Consejo General contra los
experimentos improvisados y las secras... Hacia fines de 1868, Bakunin se
incorporó a la Internacional con el propósito de crear una Internacional dentro
de la Internacional y de encabezarla. Para el señor Bakunin, su propia doctrina
(una absurda chapucería compuesta de retazos y fragmentos de opiniones tomadas
de Proudhon, SaintESimón, etc.) era —y continúa
siéndolo— algo de importancia secundaria que sólo le sirve como medio de adquirir influencia
y poder personales. Pero si Bakunin nada representa como teórico, Bakunin como
intrigante ha alcanzado la cima más alta de su profesión... Y en cuanto a su abstención política, todo
movimiento en el que la clase trabajadora como tal se enfrenta con las clases gobernantes y
ejerce presión sobre ellas desde afuera es, por ello mismo, un movimiento político... pero
cuando la organización de los trabajadores no está suficientemente desarrollada
para
arriesgar una lucha decisiva con el poder político dominante... entonces ha de prepararse para ello por
obra de una agitación incesante contra los crímenes y locuras de la clase
gobernante. De lo contrario, se convierte en un juguete en las manos de ésta,
como lo demostró la revolución de septiembre en Francia y, en cierta medida,
los recientes éxitos en Inglaterra de Gladstone y compañía.
Por esta época, Bakunin vivía la última y más
extraña fase de su bizarra existencia. Se había rendido al hechizo de Nechayev,
joven terrorista ruso cuya audacia y falta de escrúpulos halló irresistibles.
Nechayev, que creía en la extorsión y la intimidación como
esenciales métodos revolucionarios, justificados por su fin, había escrito una carra anónima
al agente del probable editor de la versión rusa de Das Kapital (la
que había de hacer Bakunin), amenazándolo en términos generales, pero
violentos, en el caso de que se obstinara en imponer a los hombres de genio
aquel desdichado mamotreto o importunar a Bakunin reclamándole la devolución de
la suma entregada en concepto de anticipo. El asustado y enfurecido agente
envió la carta a Marx. Es dudoso que la prueba de las intrigas dirigidas por la
organización de Bakunin, la Alianza Democrática, haya sido por sí misma
suficiente para asegurar su expulsión, pues contaba con muchos amigos
personales en el Congreso; pero la investigación por parte del comité de este
escándalo y la dramática producción de la carta de Nechayev inclinaron la
balanza. Después de largas y tempestuosas sesiones en cuyo transcurso
hasta se logró persuadir a los proudhonistas de que ningún partido podía
conservar su unidad mientras Bakunin figurara en sus filas, él y sus amigos más
íntimos fueron expulsados por una pequeña mayoría.
216 La proposición siguiente de Marx cayó
también como una bomba entre los miembros del Congreso: tratábase de trasladar
la sede del Consejo a los Estados Unidos. Todos comprendieron que ello
equivalía a la disolución de la Internacional. Los Estados Unidos no estaban
sólo infinitamente alejados de los problemas europeos, sino que también era
insignificante el papel que desempeñaban en la Internacional. Los delegados
franceses declararon que también cabía trasladarla a la luna. Marx no dio
ninguna razón explícita en apoyo de su propuesta, que fue formalmente sometida
a la aprobación del Consejo por Engels, si bien el propósito perseguido habrá
sido transparente para todos los allí reunidos. Marx no podía operar sin la
leal e indiscutida obediencia de por lo menos algunos sectores del organismo
que gobernaba; Inglaterra se había separado, y el maestro había pensado en
trasladar el Consejo a Bélgica, pero allí también el elemento antimarxista se
volvía formidable; en Alemania, el gobierno lo suprimiría; Francia, Suiza y
Holanda estaban lejos
de inspirar confianza; Italia y España eran baluartes decididamente bakuninistas. Antes que
enfrentar una enconada lucha, que en el mejor de los casos finalizaría con una
victoria a lo
Pirro y destruiría toda esperanza de lograr una unidad proletaria por muchas generaciones,
Marx decidió, después de asegurarse de que no caería en manos de los
bakuninistas, permitir que la Internacional expirara en paz.
Sus críticos manifiestan que Marx juzgaba el mérito
de todas las asambleas socialistas únicamente por el grado en que a él le
estaba permitido dominarlas; y por cierro que él mismo y Engels formularon esta
ecuación, y del modo más automático; ni uno ni otro mostraron jamás ningún
indicio de comprender la desconcertada indignación que semejante conducta
excitaba en vastos sectores de sus adeptos. Marx asistió al Congreso de La Haya
y su prestigio era tal que, a pesar de una violenta oposición, el Congreso acabó
por votar su propia extinción virtual por una leve mayoría. Sus reuniones
posteriores fueron
parodias, hasta que finalmente expiró en Filadelfia en 1876. La Internacional se
reconstituyó, sí, trece años después, pero entonces
—y era éste un período en que crecía rápidamente la actividad socialista en
todos los países— su carácter fue muy diferente. A pesar de sus aspiraciones
explícitamente revolucionarias, era más parlamentaria, más respetable, más
optimista, esencialmente conciliadora, y llegaba a abrazar la creencia en la
inevitabilidad de la evolución gradual de la sociedad capitalista hacia un
moderado socialismo, por obra de una presión desde abajo persistente, pero pacífica.
217
CAPÍTULO 10. LOS ÚLTIMOS AÑOS
Observé (a Marx) que a medida
que envejecía
me volvía más tolerante. «¿Es cierto eso —decía—,
es cierto eso?»
H. M. HYNDMAN
Crónica de una vida aventurera
El duelo con Bakunin es el último episodio público
de la vida de Marx. La revolución parecía muerta en todas partes, si bien sus
rescoldos brillaban débilmente en Rusia y España. La reacción triunfaba una vez
más, de modo más moderado, por cierro, que en los días de su juventud,
dispuesta como estaba a hacer definidas concesiones al adversario, pero parecía
poseer por esa misma razón mayor estabilidad. La conquista pacífica
del poder político y económico parecía la mejor esperanza de emancipación
de los trabajadores. El prestigio de los discípulos de Lassalle aumentaba
constantemente en Alemania, y Liebknecht, que representaba la oposición
marxisEta ahora que ya no existía la Internacional, se inclinó a pactar con
ellos a fin de constituir un único partido. Estaba persuadido de que, al vivir
en la misma Alemania, comprendía mejor las exigencias tácticas que Marx y
Engels, que continuaban viviendo en Inglaterra y no querían saber de ninguna
transacción. Ambos partidos celebraron al fin una conferencia en Gotha, en
1875, y constituyeron una alianza; los dirigentes de ambas fracciones
redactaron un programa común que, naturalmente, fue sometido a la aprobación de
Marx. Éste no dejó dudas sobre la impresión que le produjo.
218 Instantáneamente lanzó un virulento
ataque contra Liebknecht, que se hallaba en Berlín, y pidió a Engels que
también escribiera con similar violencia. Marx acusó a sus discípulos de
extraviarse con el empleo de la equívoca y vaga terminología heredada de
Lassalle y de los «verdaderos socialistas», salpicada de nebulosas frases
liberales, que él había pasado la mitad de su vida denunciando y eliminando. El
mismo programa le parecía estar imbuido de un espíritu de transacción —especialmente
por la aceptación de la permanente compatibilidad con el socialismo de su peor
enemigo, el Estado—, y reposar en la creencia en la posibilidad de que cabe
alcanzar la justicia social mediante una agitación pacífica enderezada a la
consecución de fines tan triviales como la «justa» remuneración del trabajo y
la abolición de la ley de herencia, proudhonistas y saintsimonianos remedios
éstos para este o aquel abuso, destinados a apuntalar el estado y el sistema
capitalista antes que apresurar su derrumbe. Bajo la forma de iracundas notas
marginales, expresó por última vez su concepción de lo que debía ser el
programa de un partido socialista militante. El leal Liebknecht recibió esto,
como todo lo que llegaba de Londres, mansa y hasta reverentemente, pero no hizo
caso alguno de las advertencias de Marx. La alianza continuó y creció con
fuerza. Dos años después, Engels, a quien la capacidad política de Liebknecht
merecía una opinión aún más baja que a Marx, volvió a atacarlo ásperamente. En
esta ocasión la causa fue la aparición, en las páginas del órgano oficial del
Partido Socialdemócrata alemán, de artículos de un tal Eugen Dühring (y de
otros en apoyo de éste), profesor de economía en la Universidad de
Berlín, hombre de ideas radicales, violentamente
anticapitalistas, pero apenas socialistas, que estaba adquiriendo creciente
influencia en las filas del partido alemán. Contra él Engels publicó su obra
más extensa y comprensiva, la última escrita en colaboración con Marx; contenía
una autorizada versión del punto de vista materialista de la historia, expuesta
con la prosa áspera, vigorosa y lúcida que Engels escribía con gran
facilidad. El AntiVDühring, como hubo de titularse, es un ataque al materialismo positivista y
no dialéctico, que por entonces ganaba adeptos entre los escritores científicos
y los periodistas, y que sostenía que cabe interpretar todos los fenómenos
naturales en términos del movimiento de la materia en el espacio; el AntiVDühring opone
a esta concepción la de que el principio dialéctico opera universalmente, mucho
más allá de las categorías de la
historia humana, en los reinos de la biología, la física y la matemática. Engels era un hombre
versátil, había leído mucho y adquirido por propia cuenta algunos conocimientos
rudimentarios de tales temas, pero sus discusiones de éstos no son
esclarecedoras. En particular, el intento extremadamente ambicioso de describir
la fuerza operante de la tríada de la dialéctica hegeliana en la regla
matemática, según la cual el producto de dos cantidades negativas es positivo,
llegó a ser fuente de no poco desconcierto para los marxistas posteriores, que
se vieron empeñados en la imposible tarea de defender una opinión excéntrica,
que no se vinculaba con nada que el propio Marx hubiera afirmado en sus
escritos publicados.
219 La física y la matemática marxistas de nuestros días constituyen temas que, como la física
cartesiana, forman un peculiar y aislado coto en el desarrollo de un gran
movimiento intelectual, y revisten interés como curiosidades antes que interés
científico. Y, lo que es más importante, la versión de Engels de la concepción
materialista de la historia, cuando desarrolla fielmente el ataque de Marx a la
historiografía liberal o idealista, es mucho más mecanicista y crudamente
determinista que la mayor parte de los escritos de Marx sobre el tema,
especialmente los de los primeros años. En esto siguieron a Engels, acaso
porque escribía con tanta claridad, la abrumadora mayoría de escritores
marxistas, encabezados por Kautski y Plejánov, por más de medio siglo. Tal vez
cuando Marx declaró (estaba pensando en sus discípulos franceses) hacia el fin
de su vida que, fuera él lo que fuese, desde luego no era marxista, tenía
presentes tales popularizaciones. Los capítulos mejores son los que luego
volvieron a imprimirse como folleto bajo el título de Del
socialismo utópico al socialismo científico. Estas páginas son de lo
mejor de Engels y ofrecen una
explicación en cierto modo darwiniana del crecimiento del marxismo desde sus orígenes en
el idealismo alemán, la teoría política francesa y la ciencia económica
inglesa. Trátase de la mejor apreciación autobiográfica breve del marxismo por
parte de uno de sus creadores, y ha tenido decisiva influencia sobre el
socialismo ruso y alemán.
El ataque al Programa de Gotha fue la última
intervención violenta de Marx en cuestiones del partido. Durante el resto de su
vida no se produjo ninguna crisis similar y consagró así sus últimos años a
estudios teóricos y va nos intentos de curar sus dolencias. Se había mudado
desde Kentish Town primero a una y luego a otra casa de Haverstock, no lejos de
donde vivía Engels, quien había vendido a su socio la parte que le correspondía
en el negocio familiar y se había instalado en Londres en una amplia y cómoda
casa de St. John's Wood. Uno o dos años antes había fijado una anualidad
permanente a Marx, la cual, si bien modesta, permitió al maestro proseguir
en paz su obra. Se veían casi todos los días y juntos mantenían una inmensa
correspondencia con socialistas de todos los países, muchos de los cuales
comenzaron a mirarlos con respeto y veneración crecientes. Marx era por
entonces, sin disputa, la suprema autoridad moral e intelectual del
socialismo internacional. Lassalle y Proudhon habían muerto en la década
de 1860 y Bakunin en 1876.
La muerte de su último gran enemigo no provocó en Marx ningún comentario público,
acaso porque la áspera nota necrológica sobre
Proudhon que publicara en un diario alemán había levantado una oleada de
indignación entre los socialistas franceses, y creyó más estratégico permanecer
silencioso.
220 Sus sentimientos hacia sus
adversarios, vivos o muertos, no se habían modificado, pero era físicamente
menos capaz de realizar las activas campañas de su juventud y edad madura; el
exceso de trabajo y una vida de pobreza habían acabado por minar su fuerza
vital; estaba cansado, a menudo enfermo, y comenzó a preocuparse por su salud.
Todos los años, generalmente acompañado de su hija menor, Eleanor, visitaba
algún balneario inglés o alguna terma de Bohemia, donde ocasionalmente se
encontraba con viejos amigos y seguidores, que a veces llevaban consigo a
jóvenes historiadores o economistas ansiosos de conocer al celebrado
revolucionario.
Raramente hablaba de sí mismo o de su vida, y nunca
de su origen. Ni él ni Engels mencionan jamás que era judío. Hay, como mucho,
dos referencias tangenciales a este hecho en los escritos de Marx. Las
referencias a individuos judíos, particularmente en sus cartas a Engels, eran
en cierto modo virulentas; su origen era para él evidentemente un estigma
personal y se sentía incapaz de evitar señalarlo en otros; cuando niega la
importancia de las filiaciones nacionales o religiosas y cuando subraya el carácter
internacional del proletariado, su tono adquiere una peculiar aspereza. Su
impaciencia e irritación crecieron con la vejez y puso cuidado en evitar la
sociedad de hombres que lo aburrían o lo fastidiaban con sus opiniones. Se
tornó cada vez más difícil en sus relaciones personales; cortó todo contacto
con uno de sus más viejos amigos, el poeta Freiligrath, después de las
patrióticas odas de éste en 1870; insultó deliberadamente a su devoto adepto
Kugelmann, un médico alemán, a quien había escriro algunas de sus cartas más
interesantes, porque el último insistió en unírsele en Karlsbad después que él
hubiera manifestado claramente que no deseaba compañía. Por otro lado, cuando
se lo trataba con tacto, su conducta podía ser amistosa y hasta gentil,
particularmente con los jóvenes
revolucionarios y periodistas radicales que acudían
a Londres en número siempre creciente a fin de rendir
tributo a los dos ancianos. Estos peregrinos eran cortesmente recibidos en su
casa y, a través de ellos, Marx establecía contacto con sus seguidores de otros
países, con quienes no había tenido relaciones anteriores, sobre todo de Rusia,
donde un movimiento revolucionario y vigoroso y bien disciplinado había al fin
echado raíces. Sus escritos económicos, y en particular Das Kapital,
tuvieron mayor éxito en Rusia que en cualquier otro país; allí la censura —de
modo por lo demás sobradamente irónico— permitió su publicación, sosteniendo
que «si bien la tendencia del libro es acentuadamente socialista... no está
escrito en estilo popular... y no ha de encontrar muchos lectores entre el
público». Las reseñas que de él aparecieron en la prensa rusa fueron más
favorables y más
inteligentes que cualesquiera otras, hecho que lo sorprendió y lo contentó e hizo mucho por
trocar su actitud de menosprecio hacia «los destripaterrones rusos» en
admiración hacia la nueva generación de austeros e intrépidos revolucionarios,
a quienes sus propios escritos tanto habían contribuido a educar.
221 La historia del marxismo en Rusia no
se parece a su historia en cualquier otro país. Al paso que en Alemania y en
Francia —cosa que no ocurrió con otras formas de positivismo y materialismo—
fue primariamente un movimiento proletario que señaló un cambio brusco de
sentimientos, vueltos contra la ineficacia del idealismo liberal de la
burguesía en la primera mitad del siglo, y representó una suerte de realismo
degradado, en Rusia, donde el proletariado era aún débil e insignificante si se
lo compara con los niveles que habían alcanzado en Occidente, no sólo los
apóstoles del marxismo, sino la mayoría de los que a él se convirtieron eran
intelectuales de la clase media para quienes vino a ser una especie de
romanticismo, una tardía forma de pasión democrática. Creció durante el apogeo del
movimiento populista, que predicaba la necesidad de
una identificación personal con el pueblo y sus necesidades materiales, a fin
de comprenderlo, educarlo y elevar su nivel intelectual y social, de modo que
iba al par dirigido contra el reaccionario partido
antioccidental con su mística fe en la autocracia, la Iglesia ortodoxa y el genio eslavo, por un
lado, y el moderado liberalismo socialista agrario de los prooccidentales como
Turguenev y Herzen, por el otro.
Era ésta la época en que los jóvenes de buena
familia de Moscú y San Petersburgo, notablemente los «penitentes» jóvenes
nobles y terratenientes, acosados por un sentimiento de culpabilidad social,
dejaron de lado carrera y posición para sumirse en el estudio de la condición
de los campesinos y obreros fabriles, y fueron a vivir entre ellos con el mismo
noble fervor con que sus padres y abuelos habían seguido a Bakunin y a los
decembristas. El materialismo histórico y político, que ponía énfasis en la realidad
económica, completa, tangible, a la que se consideraba base de la vida individual y social, en
la crítica de las instituciones y de las acciones individuales en términos de su relación con el
bienestar material de las masas populares (así como de su influencia sobre
éste), en el odio y la burla del arte o la vida per seguidos por sí mismos y
aislados en una torre de marfil de los padecimientos del mundo, fue predicado
con generosa pasión: «Un par de botas es algo más importante que todos los
dramas de Shakespeare», dijo un celebrado materialista radical, que expresó un
estado anímico general. En estos hombres el marxismo produjo un sentimiento de
liberación de las dudas y con fusiones, al ofrecerles por vez primera una
exposición sistemática de la naturaleza y leyes del desarrollo de la sociedad
en términos claros, materiales; su misma llaneza parecía sana y lúcida después
del nacionalismo romántico de los eslavófilos y del misterio y la grandeza del
idealismo hegeliano, y, finalmente, el fracaso en la práctica del populismo
revolucionario.
222 Este efecto general se asemejaba al
sentimiento que infundió al propio Marx, cuarenta años antes, la lectura de
Feuerbach: provocó el mismo sentido de finalidad y de posibilidades ilimitadas
de acción sobre su base. Rusia no había experimentado los horrores de 1849
y su desarrollo iba muy rezagado comparado con el de Occidente: sus problemas
de las décadas de 1870 y de 1880 se asemejaban en muchos aspectos a los que
había afrontado el resto de Europa medio siglo antes. Los radicales rusos leyeron
el Manifiesto comunista y los pasajes declamatorios de Das
Kapital con la exultación con que se había leído a Rousseau en el
siglo anterior. Hallaron allí mucho que podía aplicarse excepcionalmente bien a
su propia condición: en parte alguna era tan cierto como en Rusia, que «tanto
en la agriculrura como en la manufactura la transformación capitalista del
proceso de producción significa el martirio del productor; el instrumento de
trabajo se convierte en medio de subyugar, explotar y empobrecer al trabajador;
la combinación y organización sociales del proceso de trabajo funciona como un
complicado método para aplastar la vitalidad individual del trabajador, su
libertad y su independencia». Sólo en
Rusia el método, particularmente después que la liberación de los siervos hubiera ampliado
enormemente el mercado de mano de obra, no era complicado, sino simple.
Para sorpresa suya, Marx halló que la nación contra
la que había escrito y hablado a lo largo de treinta años le proporcionaba los
más intrépidos e inteligentes de sus discípulos. Los recibió cálidamente en su
casa de Londres y mantuvo una correspondencia regular con Danielson, su
traductor, y Sieber, uno de los economistas académicos rusos más capaces. Los
análisis de Marx versaban principalmente acerca de las sociedades industriales;
Rusia era un estado agrario y cualquier intento de aplicación directa de una
doctrina concebida para una serie de condiciones, a otra realidad, estaba
destinada a llevar a errores de teoría y de práctica. Le llegaron cartas
de Danielson, así como de los exilados rusos Lavrov y Vera
Zasulich, residentes en países europeos, en las que se le rogaba estudiar los problemas
específicos que presentaba la organización peculiar
de los campesinos rusos en comunas primitivas, que poseían tierra en común, y,
en particular, que enunciara su opinión sobre las proposiciones derivadas
de Herzen y Bakunin —en general aceptadas por los radicales rusos—, las cuales
afirmaban que era posible una transición directa de aquellas comunas primitivas
a un comunismo desarrollado, sin que fuera necesario pasar por los estadios
intermedios del industrialismo y la urbanización, como había acaecido en
Occidente.
223 Marx, que antes había considerado tales
hipótesis con menosprecio considerando que dimanaban de la idealización
sentimental eslavófila de los campesinos, disfrazada de radicalismo —y
combinada con la infantil creencia de que «cabía burlar la dialéctica mediante
un salto audaz con el que se evitaran los estadios naturales de la evolución o
se suprimiera mediante decretos—, quedó ahora suficientemente impresionado por
la inteligencia, seriedad y, sobre todo, el socialismo fanático y devoto de la nueva
generación de revolucionarios rusos para volver a examinar el problema. Para
ello comenzó por aprender ruso; al cabo de seis meses lo dominaba lo bastante
para leer obras sociológicas11 e informes gubernamentales que sus amigos
lograron hacer llegar a Londres.
Engels miraba esta nueva alianza con cierto
disgusto, pues lo cierto es que cuanto ocurría al este del Elba le inspiraba
incurable aversión, y por lo de más sospechaba que Marx se inventaba una nueva
tarea a fin de ocultarse a sí mismo su reluctancia, debida a puro cansancio
físico, a completar la redacción de Das Kapital. Después de abrirse
penosamente camino a través de una inmensa maraña de material estadístico e
histórico,
Marx hizo considerables concesiones doctrinarias. Admitió12 que si una revolución en Rusia
había de ser la señal de un levantamiento común de todo el proletariado
europeo, era concebible y hasta probable que el comunismo se basara en Rusia
directamente en la propiedad semifeudal comunal de la tierra por parte de la
aldea, tal como por entonces existía. Pero ello no podía acaecer si el
capitalismo continuaba subsistiendo entre sus vecinos más cercanos, puesto que
tal cosa forzaría inevitablemente a Rusia a recorrer, para defenderse
económicamente, el camino ya hecho por los países más avanzados
de Occidente.
Empero, los rusos no eran los únicos que rendían
homenaje a los exilados de Londres. Jóvenes dirigentes del Partido Democrático
Social alemán, recientemente unificado, como Bebel, Bernstein, Kautsky, le
visitaban y le consultaban sobre todas las cuestiones importantes. Sus dos
hijas mayores se habían casado con socialistas franceses y le mantenían en
contacto con los países latinos. El fundador de la Social Democracia francesa,
Jules Guesde, le sometió el programa de su partido, y el maestro lo revisó de
punta a cabo, introduciendo en él importantes reformas. El marxismo comenzó a
desalojar en Italia y Suiza al anarquismo bakuninista. De los Estados Unidos
arribaban alentadoras noticias, pero las mejores llegaron de Alemania, donde el
voto socialista, a pesar de las leyes antisocialistas de Bismarck, aumentaba
con prodigiosa rapidez. La única nación europea importante que continuaba
manteniéndose apartada, virtualmente impermeable a su enseñanza, era aquella en
la que él vivía y de la que hablaba como de su segunda parria.
223
En Inglaterra —escribió— la prolongada prosperidad
desmoralizó a los obreros... la aspiración última de este país —el más burgués
de todos— pareció ser la instauración de una aristocracia burguesa y de un
proletariado burgués junto a la burguesía... la energía revolucionaria de los
trabajadores ingleses se ha diluido... ha de pasar mucho tiempo antes de que se
curen de la
contaminación burguesa... les falta por entero el brío de los viejos cartistas.
11 Como, por ejemplo,
de Chernyshevsky, por quien expresó su admiración,
y por Flerovsky.
12 En una carta que Plejánov dejó sin publicar, por juzgar sin duda que constituía una peligrosa
concesión al populismo. Sólo vio la luz algunos años después de la Revolución
de Ocrubre.
No tenía amigos íntimos ingleses, si bien había
conocido a Ernest Jones, trabajaba con buen numero de dirigentes laborales,
recibía la visita de radicales como Belfort Bax, Crompton, ButlerEJohnstone y
Ray Lankester, y hasta aceptó una invitación que le hiciera, para unirse a su
círculo, el miembro de la clase gobernante sir Mountstuart Elphinstone
GrantEDuff, representante independiente en el Parlamento, y su amigo el editor
Leonardo Montefiore. Pero tales reuniones rozaban apenas la superficie de su vida.
En sus últimos años sí se dejó cortejar, por breve período, por H. M. Hyndman,
fundador de la Federación Social Democrática, que hizo mucho por difundir el
marxismo en Inglaterra. Hyndman era
un individuo expansivo, llano y agradable, auténtico radical por temperamento, entretenido
y brillante conversador y vivaz escritor de temas políticos y económicos. Como
alegre aficionado, le placía conocer a hombres de genio, y, como sus gustos no
eran muy discriminados, abandonó a Mazzini por Marx. Así describe a éste en sus
memorias:
La primera impresión que tuve de Marx fue la de un anciano poderoso, hirsuto, bravío,
dispuesto —para no decir ansioso de ello— a entrar en batalla, y más bien
receloso de que lo atacaran; sin embargo, nos recibió con cordialidad... cuando
habló con fiera indignación de la política del Partido Liberal, especialmente
en lo tocante a Irlanda, las cejas del viejo guerrero se
fruncieron, la ancha, poderosa nariz y el rostro mostraron obvios signos de pasión y se lanzó a
una vigorosa denuncia que exhibió tanto el ardor de su temperamento como un
maravilloso dominio de nuestra lengua. El contraste entre sus maneras y su
lenguaje cuando estaba así profundamente excitado por la cólera, y su actitud
cuando enunciaba opiniones acerca de los sucesos económicos de aquel período,
era muy acentuado. Del papel de profeta y violento
denunciador pasaba a desempeñar, sin esfuerzo aparente, el de calmo filósofo, y sentí que
habían de pasar muchos años antes de que yo dejara de ser un estudiante en
presencia de un maestro.
225
La sinceridad de Hyndman, su candor, sus maneras afables y encantadoras y, sobre
todo, la franca admiración que le inspiraba Marx, a quien llamaba, con típica ineptitud, el
«Aristóteles del siglo XIX», determinaron que el
último lo tratara durante algunos meses con acentuada cordialidad e
indulgencia. Causa de la inevitable ruptura fue el libro de Hyndman Inglaterra
para todos, meritoria, si no muy rigurosa, exposición del marxismo en inglés.
Pero no reconoció la deuda que tenía con Marx y ni siquiera lo nombró, hecho
que Hyndman procuró torpemente explicarle, diciendo que «a los ingleses no les
agrada que les enseñen los extranjeros, y su nombre es aquí muy detestado...».
Esto fue suficiente. Marx habló violentamente de plagio (y antes había puesto
en la picota a Lassalle por mucho menos); por añadidura, no tenía deseo alguno
de verse asociado a las confusas ideas de Hyndman. Rompió al punto las
relaciones con el último vínculo que le unía al socialismo inglés.
Su modo de vida apenas había cambiado. Se levantaba
a las siete, bebía varias tazas de café solo y luego se retiraba a su gabinete
de trabajo, donde leía y escribía hasta las dos de la tarde. Después de
despachar deprisa la comida, trabajaba nuevamente hasta la hora de la cena, que
hacía con su familia. Luego daba un paseo por Hampstead Heath, o volvía a su
gabinete, donde trabajaba hasta las dos o tres de la mañana. Su yerno Paul
Lafargue dejó una descripción de su cuarto:
Quedaba en el primer piso y recibía luz por una ancha ventana que se abría al parque. La
chimenea estaba frente a la ventana y la flanqueaban anaqueles sobre los cuales se apilaban,
hasta el techo, paquetes de diarios y Manuscritos. A un lado de la
ventana había dos mesas,
igualmente cargadas con papeles de toda índole, diarios y libros. En el centro del cuarto había
una pequeña mesa de escribir y un silloncito. Entre este sillón y uno de los anaqueles se veía un
sofá de cuero en el que Marx se tendía
ocasionalmente para descansar. Sobre la repisa de la chimenea había más libros
diseminados entre cigarros, cajas de cerillas, potes de tabaco,
pisapapeles y fotografías: las de sus hijas, su mujer, Engels, Wilhelm Wolff... No permitía que
nadie pusiera orden en sus libros y papeles... pero in mediatamente encontraba
el libro o manuscrito que deseaba. Cuando conversaba, solía detenerse un
momento para mostrar en
un libro el pasaje pertinente o buscar una referencia... Desdeñaba las apariencias cuando
acomodaba los libros.
Los volúmenes en cuarto o en octavo y los folletos estaban amontonados desordenadamente,
según su tamaño y forma. Le inspiraban poco respeto su formato encuadernación, la calidad
del papel o la belleza de la tipografía; volvía las esquinas de las páginas, subrayaba libremente
y escribía en los márgenes. En verdad, no anotaba los libros, pero no podía evitar poner un
signo de interrogación o de admiración cuando el autor iba demasiado lejos. Todos los años
releía sus anotaciones y subrayaba pasajes para refrescar la memoria... que era vigorosa y
segura: la había adiestrado conforme al método de Hegel de aprender de memoria versos en
una lengua extranjera.
226
Dedicaba los domingos a sus hijos, y cuando éstos crecieron y se casaron, a sus nietos.
Toda la familia tenía apodos; los de sus hijas
eran QuiVQui, QuoVQuo y Tussy; el de su mujer, Möhme;
él mismo era conocido como el Moro o Viejo Nick, a causa de su tez
oscura y apariencia siniestra. Las relaciones con su familia fueron siempre
—inclusive con la difícil Eleanor— cálidamente afectuosas. El sociólogo ruso
Kovalevsky, que solía visitarlo en los últimos años, quedó agradablemente
sorprendido por su urbanidad.
Habitualmente se describe a Marx —escribió muchos años después— como a un hombre
sombrío y arrogante que rechazaba de plano toda la ciencia y la cultura burguesa. En realidad,
era un caballero anglogermánico bien educado y muy cultivado, un hombre cuya última
relación con Heine había desarrollado en él una vena de sátira jovial, un hombre que rebosaba
de la alegría de vivir gracias al hecho de que su posición personal era extremadamente cómoda.
Este retrato que nos pinta a Marx como dueño de casa alegre e ingenioso expresa por lo
menos, aunque no sea del todo convincente, el contraste con los primeros años
que vivió en el arrabal de Soho. Sus principales placeres eran leer y caminar.
Le agradaba la poesía y sabía de memoria largos pasajes de Dante, Esquilo y
Shakespeare. Su admiración por Shakespeare era ilimitada y la había contagiado
a toda la familia: se le leía en voz alta, se le representaba y se le discutía
constantemente. Cualquier cosa que hiciera Marx, la hacía metódicamente. Al
darse cuenta, cuando llegó a Inglaterra, de que su inglés era inadecuado,
se propuso mejorarlo confeccionando una lista de giros de frases de Shakespeare, que luego
aprendió de memoria. De modo semejante, habiendo aprendido el ruso, leía las
obras de Gogol y Pushkin, subrayando cuidadosamente las palabras cuyo
significado ignoraba. Poseía un gusto literario alemán, adquirido en su
juventud y desarrollado leyendo y releyendo sus obras favoritas. Para
distraerse, leía a Dumas padre, Scott o ligeras novelas
francesas del día; admiraba prodigiosamente a Balzac y consideraba que había hecho en sus
novelas el análisis más agudo de la sociedad burguesa de su tiempo; declaraba
que muchos de sus caracteres no habían llegado a plena madurez hasta después de
la muerte de su creador, en las décadas de 1860 y 1870. Había tenido la
intención de escribir un estudio sobre Balzac como analista social, pero nunca
lo hizo. (En vista de la calidad del único trabajo suyo de crítica literaria
—el que trata de Eugéne Sue—, la pérdida no es de lamentar.) A pesar de todo su
amor por la lectura, su gusto literario era, en términos generales, vulgar.
Nada hay que indique que le agradaran la pintura o la música; su pasión por los
libros era excluyente.
227 Siempre había leído mucho, pero
hacia el fin de su vida su apetito creció hasta el punto de que estorbaba su
obra creadora. En sus diez últimos años comenzó a adquirir nuevas lenguas: así,
intentó aprender el turco, con el ostensible propósito de estudiar las
condiciones agrarias de aquel país; como viejo urquhartista, cifraba esperanzas
en los campesinos turcos, que acaso se erigieran en una fuerza destructora,
democratizante, en el Cercano Oriente. Y como su bibliomanía creciera, los temores
de Engels se vieron
confirmados; fue escribiendo cada vez menos y abandonó todo intento de poner orden en la
caótica montaña de notas manuscritas en la que se basaron el segundo y el
tercer volúmenes de Das Kapital, editados por Engels, y
los estudios suplementarios que formaron el cuarto volumen,
editado por Kautsky. Son muy enjundiosos y en modo alguno inferiores al primer
volumen, que se convirtió en un clásico.
Físicamente, declinaba con rapidez. En 1881, Jenny
Marx murió de cáncer, después de una larga y penosa dolencia. «Con ella,
también ha muerto el Moro», dijo Engels a su hija predilecta, Eleanor. Marx
vivió dos años más, manteniendo siempre una voluminosa correspondencia con
italianos, españoles, rusos, pero sus fuerzas se habían extinguido
virtualmente. En 1882 y después de un invierno particularmente crudo, su médico
lo envió a Argel a fin de que se repusiera. Llegó allí con una aguda pleuresía,
que había contraído en el viaje. Pasó un mes en África del Norte, donde reinaba
un clima insólitamente frío y húmedo, y regresó a Europa enfermo y agotado.
Después de algunas semanas de vano errar por las ciudades de la Riviera
francesa en busca del sol, fuese a París, donde permaneció algún tiempo con su
hija mayor Jenny Longuet. Poco después de regresar a Londres recibió la noticia
de la súbita muerte de ésta. Nunca se recobró del todo de tal golpe; cayó
enfermo el año siguiente, se le desarrolló un absceso en el pulmón y el 14 de
marzo de 1883 murió mientras dormía en su gabinete, sentado en un sillón. Fue
sepultado junto a su mujer en el
cementerio de Highgate. No eran muchos los presentes: miembros de su familia, unos pocos
amigos personales y representantes de los obreros de varios países. Engels
pronunció una digna y con movedora oración fúnebre, en la que habló de sus
relaciones y su carácter:
Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de
la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la
emancipación del proletariado moderno, a quien él había infundido por primera vez la
conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las
condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La
lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como
pocos... Por eso, Marx era el hombre más odiado y más
calumniado de su tiempo... Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de
la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde
las minas
de Siberia hasta California... Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra.
228
Su muerte pasó casi inadvertida para el público; The Times publicó, sí, una breve e
inadecuada nota necrológica, pero ésta, aunque
murió en Londres, apareció como un mensaje del corresponsal en París, quien
informaba sobre lo que había leído en la prensa
socialista francesa. Después de su muerte, la fama de Marx creció constantemente, a medida
que los efectos revolucionarios de su enseñanza se hacían cada vez más
visibles. Como individuo, nunca fascinó la imaginación del público o de los
biógrafos profesionales, como lo hicieron sus contemporáneos más sensibles
o más románticos; y, en realidad, Carlyle, Mili, Herzen, eran figuras
mástrágicas, atormentadas por conflictos intelectuales y morales que Marx no
sintió ni comprendió, y estaban mucho más profundamente afectadas por el malaise de
su generación. Dejaron de ésta un cuadro más amargo y minucioso,
mejor escrito y más vivido que todo cuanto podamos encontrar en los
escritos, públicos o
privados, tanto de Marx como de Engels. Marx luchó contra la mezquina y cínica sociedad
de su tiempo, que, según le parecía, vulgarizaba y
degradaba cualquier relación humana, con odio no menos profundo. Pero su
espíritu estaba hecho de un tejido más fuerte y crudo; era insensible, estaba
dotado de una poderosa voluntad y sólo tenía confianza en sí mismo. No estaba
en su mano suprimir las causas de su propia infelicidad, que eran la pobreza,
la enfermedad y el triunfo del enemigo. Su vida interior parece tranquila,
falta de complicaciones y confiada. Veía el mundo en simples términos de blanco
y negro; los que no estaban con él, estaban contra él. Sabía de qué lado
estaba, empleó la vida en luchar por una causa y sabía que ésta había de vencer
finalmente.
Aquellas crisis de fe que se verifican en la vida
de sus amigos de espíritu más sutil —el penoso autoexamen de hombres como Hess
o Heine— no hallaban en él simpatía. Quizá las consideraba otros tantos
indicios de degeneración burguesa, que tomaba la forma de una mórbida atención
a estados emocionales privados o, lo que es aún peor, que explotaba el
desasosiego social con fines personales o artísticos, frivolidad e
irresponsable, reprensible complacencia en sí mismos de hombres ante cuyos ojos
se libraba la más grande de las batallas de la historia humana. Esta
intransigente severidad para con el sentimiento personal, así como la
insistencia casi religiosa en una disciplina de autosacrificio, fueron
heredadas por sus sucesores e imitadas por sus enemigos de todos los países.
Distinguen a sus verdaderos descendientes entre los que lo siguen, y, a sus
adversarios, del liberalismo tolerante en todas las esferas.
229 Otros antes que él habían predicado la
guerra de clases, pero fue él quien concibió y puso airosamente en
práctica un plan destinado a consumir la organización política de una clase que
luche únicamente por sus intereses como clase, y con ello transformó
enteramente el
carácter de los partidos políticos y de la guerra política. Sin embargo, aparecía a sus propios
ojos y a los de sus contemporáneos principalmente como un teórico de la
economía. Las premisas clásicas en que reposan sus doctrinas económicas y su
desarrollo de las mismas, se han discutido con posterioridad como un punto de
vista entre otros, menospreciado por algunos por superado o revitalizado y
defendido por otros. Sin embargo, no puede decirse que hayan ocupado el centro
de la discusión de la teoría económica en momento alguno. La doctrina que ha
ejercido una influencia más decisiva y perdurable que cualquier otro
sistema de ideas de la modernidad sobre la opinión y la acción es
su teoría de la evolución y estructura de la sociedad capitalista, de
la que en parte alguna ofreció una exposición detallada. Esta teoría, al
afirmar que la más importante pregunta que ha de formularse respecto de
cualquier fenómeno concierne a la relación en que éste se halla con la
estructura económica, esto es, a las relaciones del poder económico, de cuya
estructura social ella es una expresión, ha creado nuevas herramientas de
crítica e investigación, cuyo empleo modificó la naturaleza y dirección de las
ciencias sociales en nuestra generación. Todas aquellas cuyo trabajo se funda
en la observación social han quedado necesariamente afectadas. No sólo las
clases en pugna, los grupos, los movimientos opuestos y sus dirigentes en
cada país, sino también los historiadores y sociólogos, los psicólogos y los estudiosos
de la política, los críticos y los artistas creadores, en la medida en que
intenten analizar la cualidad cambiante de la vida de su sociedad, deben la
forma de sus ideas, en gran parte, a la obra de Karl Marx. Ha pasado más de
medio siglo desde la formulación final de la doctrina, y durante estos años ha
recibido más de lo que merecía en cuanto a alabanzas y censuras. La exageración
y la excesiva simplificación de sus principios capitales contribuyeron no poco
a oscurecer su significado, y muchos errores (por decirlo de forma suave)
teóricos y prácticos se cometieron en su nombre. No obstante, su efecto fue, y
continúa siéndolo, revolucionario.
Marx erigió el sistema para refutar la proposición
de que las ideas determinan
decisivamente el curso de la historia, pero la misma extensión de su influencia sobre los
asuntos humanos debilitó la fuerza de sus tesis.
Pues al alterar la opinión hasta entonces dominante de la relación del
individuo con su contorno y con sus semejantes, alteró palpablemente esa misma
relación; y, en consecuencia, constituye la más poderosa de las fuerzas
intelectuales que hoy transforma permanentemente los modos en que los hombres
obran y piensan.
231
GUIA PARA SEGUIR LEYENDO13
Para esta nueva edición he actualizado y aligerado la bibliografía más extensa que
apareció en la edición de 1978. Esta nueva lista se agrupa en grandes compilaciones, pequeñas
compilaciones, trabajos individuales, biografía y recuerdos y estudios
críticos.
Grandes compilaciones
Obras de Marx y Engels (citadas como OME, Barcelona:
Grijalbo). Edición iniciada en 1976 y dirigida por el fallecido Manuel
Sacristán. Sólo han aparecido parte de los sesenta y ocho volúmenes
previstos.
MarxVEngels Gesamtausgabe (Berlín: Dietz Verlag). Iniciada en 1972 bajo el
patrocinio soviético y germano oriental, esta serie significa la publicación
definitiva de todos los
materiales de Marx y Engels en su lengua original (que no es necesariamente el alemán).
El plan original preveía aproximadamente cien volúmenes en cuatro series que
cubrirían (1) las obras publicadas distintas de Das Kapital, (2)
todos los materiales publicados e inéditos de tema «económico», (3) toda la
correspondencia, incluyendo cartas de terceras personas, y (4) todos los
cuadernos y materiales misceláneos. Desde 1990 el futuro de las series está
garantizado a través de la Fundación Internacional MarxEEngels de Amsterdam.
232
Pequeñas compilaciones
Marx. Antología, edición de Jacobo Muñoz (Barcelona: Península,
1988). Se trata de una selección de fragmentos de la obra de Marx agrupados por
temas. Antología muy personal, pero sugerente, y desde luego muy alejada en su
concepción de las tradicionales Obras escogidas de Marx y Engels (Moscú:
Progreso, sin fecha de ed.). Esta última aún mantiene la virtud de reunir en un
solo volumen las obras más representativas del Marx clásico.
Trabajos individuales
Marx y Engels, El Manifiesto comunista,
ed. de E. J. Hobsbawm en el ciento cincuenta aniversario de la publicación de
su obra más popular (Barcelona: Crítica, 1998). Se trata de una edición
bilingüe alemánEcastellano, que incluye una introducción del editor y, como
apéndice, todos los prólogos escritos por Marx a las distintas ediciones del
texto.
Marx, Manuscritos. Economía y filosofía (Madrid:
Alianza Editorial, 1968). Los escritos más filosóficos de Marx, precedidos por
una introducción de F. Rubio.
Marx, Cuadernos de París. (Notas de lectura
de 1844) (México: Era, 1974). Con introducción del reputado teórico
marxista hispanoEmexicano Adolfo Sánchez Vázquez.
Marx, Contribución a la crítica de la economía política (Madrid: Comunicación, 1970).
13 Esta guía bibliográfica se ha adaptado en lo posible a los lectores de lengua castellana (N. de
los editores).
Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse)
(Madrid: Siglo XXI, 1972).
Marx y Engels, La ideología alemana (Barcelona: Grijalbo, 1970).
Marx, El Capital. (Crítica de
la Economía Política) (México: FCE, 1968). Traducción de W. Roces.
Biografía y recuerdos
D. McLellan, Karl Marx: His Life and
Thought (Londres: MacMillan, 1973). La investigación más completa y
rigurosa de la vida y de las obras de Marx. (Hay ed. castellana: Karl Marx.
Su vida y sus ideas, Barcelona: Crítica, 1977.)
M. Rubel y M. Manale, Marx without Myth: A
Chronological Study ofhis Life and Work (Oxford: Blackwell, 1975). Un
libro muy útil para la búsqueda de fuentes. Del mismo autor puede consultarse
en castellano: M. Rubel, Karl Marx. Ensayo de biografía
intelectual (Buenos Aires: Paidós, 1970).
D. McLellan, Marx: A Modern Master (Londres:
Fontana Press, 1975). La mejor introducción breve.
W. Blumenberg, Karl Marx en documentos
propios y testimonios gráficos, Madrid: Edicusa, 1970. Fotos en
su contexto.
P. S. Foner (ed.), When Karl Marx Died (Nueva York: International, 1973). Colección de
panegíricos contemporáneos de Marx.
D. McLellan (ed.), Karl Marx: Interviews and Recollections (Londres: MacMillan, 1981). Interesante
compilación de material sobre Marx.
Reminiscences of Marx and
Engels (Moscú: Progreso s.f.e.).
Compilación convencional.
233
Estudios críticos
Obras introductorias sobre Marx
W. A. Suchting, Marx: An Introduction (Brighton:
Harvester Press, 1983). Traza el desarrollo de la obra de Marx crítica con la
sociedad capitalista mediante una estructura cronológica.
T. Carver, Marx's Social Theory (Oxford:
OUP, 1982). Describe el proyecto político de Marx y analiza su pensamiento.
J. Elster, An Introduction to Karl
Marx (Cambridge: CUP, 1986). Analiza las ideas de Marx desde la
perspectiva de la elección racional.
D. McLelland, The Thought ofKarl Marx: An Introduction (Londres: MacMillan, 1971).
Resume por temas las ideas de Marx e incluye fragmentos cortos escogidos.
T. Carver, A Marx Dictionary (Cambridge: Polity Press, 1987). Proporciona resúmenes
por temas y teferencias sobre fuentes primarias y secundarias.
Estudios sobre el «primer Marx»
D. McLellan, The Young Hegelians and
Karl Marx (Londres: Macmillan, 1969). Hay edición
castellana: Marx y los jóvenes hegelianos (Barcelona: Martínez
Roca, 1971).
I. Mészáros, Marx's Theory ofAlienation (Londres: Merlin, 1970).
B. Ollman, Alienation: Marx's Conception of Man (Cambridge: CUP, 1977).
J. M. Maguire, Marx's Paris Writings: An
Analysis (Londres: Macmillan, 1972).
C. J. Arthur, Dialectics of labour:
Marx and his Relation to Hegel (Oxford: Blackwell, 1986).
La política y la
teoría política de Marx
S. Avineri, The Social and Political
Thought of Karl Marx (Cambridge: CUP, 1970). Perspectiva clásica y
moderna que integra los primeros escritos y la obra posterior. Hay edición
castellana: El pensamiento social y político de Marx (Madrid:
Centro de Estudios Constitucionales, 1983).
R. N. Hunt, The Political Ideas ofMarx and Engels,
2 volúmenes (Londres: Macmillan, 1984). Proporciona una exploración muy amplia
de textos y temas.
P. Thomas, Alien Politics: Marxist State
Theory Retrieved (Londres: Routledge, 1994). Examina la teoría
política y del estado de Marx en un mundo postcomunista.
D. W. Lovell, From Marx to Lenin: An
Evaluation of Marx's Responsibility for Soviet Authoritarianism (Cambridge:
CUP, 1984). Examina a Marx en relación al desarrollo del comunismo en el siglo
XX.
J. M. Maguire, Marx's Theory of Politics (Cambridge:
CUP, 1978). Visión introductoria.
A. Gilbert, Marx's Politics: Communists and Citizens (Oxford:
Martin Robertson, 1981). Sólido estudio de las ideas y actividades
desarrolladas por Marx en la primera mitad de su carrera.
234 M. Levin, Marx, Engels and Liberal Democracy (Londres: Macmillan, 1989). Examina las
ideas marxianas en relación con la teoría y la práctica democráticas.
J. C. Isaac, Power and Marxist
Theory: A Realist View (Ithaca NY: Cornell University Press,
1987). Recuperación de Marx en la esfera de la política.
P. Thomas, Karl Marx and the Anarchists (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1980). Explora
las diferencias y las similitudes teóricas.
O. J. Hammen, The Red 48ers: Karl Marx and Friedrich Engels (Nueva
York: Scribner, 1969). Detallado estudio histórico de la actividad política de
Marx.
Teoría económica de Marx del
desarrollo histórico
G. A. Cohén, Karl Marx's Theory of History:
A Defence (Oxford: OUP, 1978). Reconstrucción clásica y crítica que utiliza las
técnicas de la filosofía analítica. Hay edición castellana: La teoría
de la historia de Karl Marx: una defensa (Madrid: Siglo XXI, 1986).
T. Mayer, Analytical Marxism (Londres:
Sage, 1994). Explora y explica la lectura «rigurosa» de Marx que se ha
desarrollado desde la década de los setenta.
A. Giddens, A Contemporary Critique of
Histórical Materialism, vol. 1, Power, Property
and the State (Londres: Macmillan, 1981); vol. 2, The NationVState and Violence (Cambridge:
Poliry, 1985). Una discusión más exploratoria y sociológica.
M. Rader, Karl Marx's Theory of
History (Oxford: OUP, 1979). Un examen tradicional de textos y temas.
A. B. Cárter, Marx: A Radical
Critique (Boulder: Westview, 1988). Analiza la historia y la economía
de Marx y presenta una «alternativa radical».
La crítica de Marx de la explotación capitalista
P. Walton y A. Gamble, From Alienation to Surplus Valué (Londres:
Sheed and Ward, 1972). Conecta de forma muy útil el «primer» Marx con el
«último».
B. Fine, Marx's «Capital» (Londres:
Macmillan, 1975). Proporciona una exposición de los conceptos y de los
argumentos básicos.
B. Fine y L. Harris, ReVreading
Capital (Londres: Macmillan, 1979). Revisa lo más básico para teorizar
el capitalismo.
A. Brewer, A Guide to Marx's
«Capital» (Cambridge: CUP, 1984). Se ocupa de la relación de Marx con
la economía moderna de forma introductoria.
G. Hodgson, Capitalism, Valué and
Exploitation (Oxford: Martin Robertson, 1982). Un estudio y
crítica más avanzados.
J. E. Roemer, A General Theory of Exploitation and Class (Cambridge
MA: Harvard University Press, 1982). La reconstrucción clásica desde la
perspectiva del «marxismo analítico». Siglo XXI.
L. Vogel, Marxism and Oppression of Women
(Londres: Pluto Press, 1983). Un texto fundacional del feminismo marxista.
235
N. Hartsock, Money, Sex and Power: Toward a
Feminist Histórical Materialism (Nueva York: Longman, 1983).
Adaptación y crítica de los puntos de vista de Marx sobre la reproducción
sexual y sobre la producción económica.
J. Hearn, The Gender of Oppression: Men,
Masculinity and the Critique of Marxism (Brighton: Wheatsheaf, 1987).
Teoriza la opresión de los hombres sobre las mujeres desde una perspectiva
marxista.
Marx y la filosofía
A. Callinicos, Marxism andPhilosophy (Oxford:
OUP, 1983). La mejor visión panorámica.
A. W. Wood, Karl Marx (Londres:
Routledge and Kegan Paul, 1981). Examen filosófico de las ideas de Marx.
R. W. Miller, Analyzing Marx: Morality, Power and History (Princeton NJ: Princeton
University Press, 1987). Detallada exploración de la filosofía y la política de
Marx.
D.EH. Rubén, Marxism and Materialism, segunda edición (Brighton: Harvester Press, 1979).
Estudio ontológico y
metodológico tradicional.
S. Lukes, Marxism and Morality (Oxford: OUP, 1985). Introducción breve clásica.
R. G. Peffer, Marxism, Morality, and Social Justice (Princeton
NJ: Princeton University Press, 1990). El tratamiento más exhaustivo de estos
temas.
B. Parekh, Marx's Theory of ldeology (Londres:
Croom Helm, 1982). Clásica exposición del concepto marxiano.
J. McCarney, The Real World of ldeology (Brighton: Harvester Press, 1980). Relaciona el
concepto de ideología de Marx con la práctica política.
N. Geras, Marx and Human Nature:
Refutation ofa Legend (Londres: Verso, 1983). Estudio
clásico de esta cuestión.
L. Wilde, Marx and Contradiction (Aldershot: Gower, 1989). Estudio detallado de esta importante
dimensión para el pensamiento de Marx.
D. Turner, Marxism and Christianity (Oxford:
Blackwell, 1983). Explora las conexiones entre Marx y la teología de la
liberación.
M. Rose, Marx's Lost Aesthetic: Karl Marx
and the Visual Arts (Cambridge: CUP, 1984). Contextualiza de forma
inusual al primer Marx.
Marx en relación con Engels y
el marxismo
G. Lichtheim, Marxism: An Historical and
Critical Study, segunda edición (Londres: Routledge and Kegan
Paul, 1968). El estudio clásico de las vidas, las ideas y los temas. T.
Carver, Marx and Engels: The Intellectual Relationship (Brighton:
Wheatsheaf, 1983). Analiza la forma en la que Engels interpretó a Marx.
N. Levin, The Tragic Deception: Marx contra
Engels (Oxford: Clio, 1975), y Dialogue within the
Dialectic (Londres: George Alien and Unwin, 1984). Estudio realizado
desde parámetros hegelianos.
Terrell Carver
236
ÍNDICE ANALÍTICO
A
Albert (Alexander Martin), 150, 154
Alemania, 43E45, 73E74, 91, 151E53, 175E80, 188, 208E9, 216, 218, 221
Alembert, Jean le Rond d', 56
Alianza Democrárica, 193, 215 AlsaciaELorena, 207E9
Anneke, Fritz, 152
Annenkov, Pavel Vasilevich, 103
Applegarth, Robert, 214
Arago, Francois Dominique, 150
Aristóteles, 54, 61
Arnim, Bettina von,
78 AustroEPrusiana, guerra, 208
B
Babeuf, Francois Noel («Gracchus Babeuf»), 36, 100, 162, 185
Bach, Johann Sebastian, 65
Bacon, Francis, 168
Bakunin, Mijaíl, 27, 73, 85, 89, 101, 104E6, 109, 132, 143E45, 153, 156, 162, 177, 181, 189E
90, 192E95, 208, 210, 214E16, 217, 219,221E22
Balzac, Honoré de, 28, 89, 226
Barbes, Armand, 97
Bauer, Bruno, 76, 78, 80, 83, 99, 116E17, 131
Edgar, 78, 83, 116, 131
Egberr, 78, 83, 116, 131
Heinrich, 145
Bax, Belfort, 224
Bebel, Ferdinand August, 208E9, 223 Beesly,
Edward Spencer, 187 Beethoven, Ludwig van, 78
Bélgica, 156,216
Bentham, Jeremy, 54
Berlioz, Héctor, 89
Bernstein, Eduard, 223
Bismarck, Príncipe Otto von, 153, 179E80, 186, 190, 208E9, 223
Blanc, Louis, 36, 97, 100, 106, 150, 154, 161E62,211
Blanqui, Jérome Adolphe, 36, 88, 97,
100, 154, 161E62,210E12
Borne, Ludwig, 49
Bray, Charles, 36, 160
Buonarroti, Philippe Michel, 100 Büchner, Georg, 97
Butler, Obispo, 48
Byron, George Gordon, sexto barón, 144
C
Caber, fitienne, 82, 97
Carlos X, 97
Carlyle, Thomas, 41, 97, 168, 228
Carr, Edward Hallett, 20
cartismo, 37, 159E60, 178, 190, 224
Cervantes Saavedra, Miguel de, 49
Chateaubriand, Francois Rene, Vizconde de, 144 Checos,
172
Chernyshevsky, Nikolai Gavrilovich, 223n
China, 180
Cobbett, William, 160
Comte, Auguste, 38, 118, 142, 187
Comuna de París, 163, 210E14 Comunismo, 36, 97, 100, 141
Condillac, F_tienne Bonnot de, 54, 56
Condorcet, Antoine Nicolás, 47, 87
Considerant, VictorEProsper, 97
Constant, Abbé, 97
Courbet, Gustave, 210
Cremer, Sir William Randal, 160, 214
Crémieux, Isaac Adolphe, 97 Crompton, Henry, 187, 224
D
Dana, Charles Augustus, 169E70, 191 Danielson,
Nikolai Frantsevich, 222 Dante Alighieri, 49, 121, 226
Darwin, Charles, 128, 144
Daumier, Honoré, 97
decembristas, 221
Delacroix, Eugéne, 89
Demócrito, 85
Demuth, Frederick, 169n Helene, 168E69
Descartes, Rene, 58
Deutsche Brüsseler Zeitung,
144 DeutschEFranzbsischeJahrbücher, 86, 89
Dézamy, Théodore, 82, 97
Dialéctica, 67, 70, 163, 223
Diderot, Denis, 54, 56
Dietzgen, Joseph, 206
Distaeli, Benjamín, 46, 99
Dühring, Eugen, 218
Dumas, Alexandre, 226
E
Eccarius, Georg, 192
Economist, The, 159
El Diario del Pueblo, 182
enciclopedistas, 56, 90, 93, 110
Engels, Friedrich, 29, 33n, 80, 84, 91, 101E3, 116, 118, 126, 129, 143, 145E46, 156, 158, 165E
70, 172, 174E77, 183, 188, 191E92, 197, 205, 207E9, 213, 216, 217E20, 223, 225, 227E28
Engels, Friedrich, obras de
AntiVDühring, 218
Del socialismo utópico al socialismo científico, 219 La ideología alemana (con Marx), 115, 116, 131E34 La
sagrada familia (con Marx), 116, 131
Manifiesto comunista (con Marx), 129, 146E50, 154, 159, 165, 175, 189, 198,
201,204,212,222
Revolución y contrarrevolución en Alemania, 170 Epicuro, 85
Escocia, 174
España, 180, 192, 207, 216, 217
Esquilo, 49, 226
Estados Unidos de América, 172, 216, 223
F
Fascismo, 179E80
Federación Social Democrática, 224
Federico el Grande, 46
Federico Guillermo III, 44, 46, 73
Federico Guillermo IV, 73
Feuerbach, Ludwig, 36, 48, 82E84, 90, 117, 132, 141,206,222
Fichte, Johann Gottlieb, 60, 67
Flerovsky, N. (né Vasili Vasilevich Bervi), 223n
Flocon, Ferdínand, 150, 154
Fourier, Francois Marie Charles, 36, 70, 82, 94E98, 109, 118, 122, 149, 169, 201
Francia, 43E45, 91, 150E51, 165, 208E12, 216, 221
FrancoEPrusiana, guerra, 208E11
Freiligrath, Ferdinand, 103, 155, 158, 167, 169, 206, 220
G
Galileo Galilei, 58, 60, 63
Gans, Eduard, 77
Garibaldi, Giuseppe, 144, 158
Gautier, Théophile, 89
Gibbon, Edward, 206
Gladstone, William Ewart,
41, 206, 215
Goethe, Johann Wolfgang von, 49, 53, 78
Gogol, Nikolai Vasilevich, 226 Gottschalk, Andreas, 152
Gramsci, Antonio, 140
Grant Duff, Sir Mountstuart F.lphinstone, 224
Granville, George LevesonEGower, Segundo conde de, 214
Greeley, Horace, 191
Grün, Karl, 133, l49n, 174
Guerra de Crimea, 173, 208
Guesde, Jules, 223
Guizot, Francois Pierre Guillaume,
36, 92, 143,147
H
Harney, George Julián, 174, 214
Harrison, Frederic, 187
Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, 36, 60E64, 66, 68E71, 80, 82, 90, 92, 99, 111, 116E18, 120E
21, 124, 134, 137, 139, 141E42, 153, 176,205
Hegelianismo, 20, 38, 48, 53E71, 74, 90E91, 102E4, 109, 111, 116E20, 128, 146, 149, 161,
180,222
Heine, Heinrich, 46, 49, 77, 80, 85, 89, 97, 99, 103, 143, 207, 226, 228
Helvétius, Claude Adrien, 54, 56
Herder, Johann Gottfried, 60, 62
Herwegh, Georg, 103, 151
Herzen, Alexander, 27, 82, 89, 104,
161, 181, 191, 194,221E22
Hess, Moses, 36, 80E81, 101E2, 133, 149n, 174, 228
Hodgskin, Thomas, 36, 160
Holanda, 216
Holbach, Paul Henri Thiry, Barón d', 36, 56, 80, 84
Holderlin, Friedrich, 49
Homero, 49
Hugo, Victor, 89
Hume, David, 54, 59, 61, 139
Hungría, 172
Hyndman, Henry Mayers, 217, 224E25
I
India, 171E72
Internacional, Primera, 33n, 183, 185E95, 208, 211E16 Irlanda,
171E72
Italia, 63, 172, 192,216,223
J
Johnstone, Henry Alexander Munro Butler, 224
Jones, Ernest, 174, 214, 224
«Jóvenes hegelianos»,
20, 73E86, 116, 141, 177
Judíos, 44E46, 99, 220
K
Kant, Immanuel, 46, 139, 142
Kautsky, Karl, 116, 140, 198n, 219, 223, 227
Kepler, Johann, 58
Kdppen, Karl Friedrich, 78, 85
Kossuth, Lajos, 28, 144, 158, 172, 181
Kovalevsky, Maxim Maximovich, 226 Kugelmann, Ludwig, 206, 220
L
Lafargue, Paul, 225
Lamartine, Alphonse Marie Louis de, 97, 150
Lamennais, FélicitéERobert de, 97
La Mettrie, Julien Offray de, 56, 84
Lankester, Ray, 224
Lassalle, Ferdinand, 28, 49, 99, 144, 154, 176E812, 185, 188, 190, 194, 217, 219, 225
Lavrov, Petr Lavrovich, 222
LedruERollin, Alexandre Philippe Auguste (né Ledru),97, 100
Leibniz, Gottfried Wilhelm, 46, 53, 61E62, 65E 66,70
Lenin, V. I. (Vladimir
Ilich Ulyanov), 84, 140, 145, 162,213
Leroux, Pierre, 82, 97
Lessing, Gotthold Ephraim, 46, 80
Levi, Herschel, 45E49
y véase Marx, Heinrich Libros
azules, 159, 206
Liebknecht, Wilhelm, 158, 167, 176, 190, 206,208E9,217E18
Liga de los Comunistas, 145E46, 160, 162, 165
Liga de los Justos, 143E45
Liga de la Paz y la Libertad, 193
Linguet, Simón Nicolás Henri, 36 Liszr, Franz, 89
Locke, John, 36, 54
Lucha de clases, 31E36, 93, 133E39,
165, 175E 76, 229
Lucraft, Benjamín, 160
Luis Felipe, 87, 97, 155
Lukács, Georg, 21, 140
Lurero, Martín, 125
M
Mably, Gabriel Bounot de, 36
Macaulay, Thomas Babington, Lord, 206
Maquiavelo, Nicolás, 82
Marat, Jean Paul, 174
Marrast, Jean Pierre Armand, 97
Marx, Edgar, 168
Eleanor, l69n, 220, 226E27 Franziska,
168
Guido, 168
Heinrich (Herschel Levi), 43, 45E49 Henrietta,
43, 49
Jenny (Frau Marx); véase Westphalen,
Jenny von
Jenny (hija de Karl), 143, 227
Marx, Karl, obras de:
Contribución a la crítica de la economía política, 123n, 182
Crítica del programa de Gotha, 204
Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, 116
El 18
Brumario de Luis Bonaparte, 144, 165
El Manifiesto comunista (con Engels), 129, 146E50, 154, 159, 165, 175, 189, 198,
201,204,212,222
Grundrisse, 19, 28n
Herr Vogt, 157, 181
Historia de la vida de Lord
Palmerston, 173
Historia diplomática secreta del siglo XVIII, 173
Kapital, Das, 20, 28n, 32E33, 122, 129E 30, 153, 159, 174, 182, 197E208, 215, 220, 222E
23, 227
La cuestión judía, 116
La guerra civil de Francia, 212
La ideología alemana (con Engels), 115, 116,131E34 La
miseria de la filosofía, 111E13
La sagrada familia (con Engels), 116, 131 Las luchas de
clases en Francia, 165 Manuscritos. EconomíaVFilosofía,
116
Revolución y contrarevolución en Alemania (con Engels), 170
Tesis sobre Feuerbach, 116, 132E33 Marx, Sophia, 49
materialismo, 56E57, 83E85,
142 materialismo histórico, 36, 116E42
Mazzini, Giuseppe, 28, 100, 144, 164, 172, 179, 181, 193,211,224
Mehring, Franz, 20
Metternich, Clemens Wenzel Lothar, Príncipe, 44,73, 147
México, 180
Mignet, Francois Auguste
Marie, 36, 92
Mili, John Stuart, 160, 168, 187, 193, 228
Milton, John, 65
Molí, Joseph, 145
Montefiore, Leonardo, 224
Morelli, Giovanni, 36
Morris, William, 168
Museo Británico, 28, 38, 159, 167, 206
Musset, Alfred de, 89
N
Napoleón I, 43E44, 46, 60, 137, 140,156, 160
Napoleón III, 156, 165, 186, 192, 208E9
Nechayev, Sergei Gennadevich, 215
Neue Rheinische Zeitung, 151E55, 164
New York Daily Tribune, 98, 169E70, 174, 191
Newton, Sir Isaac, 58, 60, 63, 70
Nicolás I, 82, 164, 173
Nietzsche, Friedrich Wilhelm, 41, 132
O
Odgcr, George, 214
Owen, Robert, 58E59, 100, 132, 149, 173
P
Palmerston, Henry John Temple, Vizconde, 172E73
Partido Laborista, 214
Parvus (Alexander Helphand), 162
Pasteur, Louis, 144
Paul Jean (Johann Paul Friedrich Richter), 144
Pecqueur, Constantin, 97
Peterloo, 160
Philips, Lion, 168
Plejánov, Georgi Valentinovich, 116, 140, 213, 219,223n
Polonia, 172, 179, 186
Poussin, Nicolás,
65 Programa de Gotha, 217E19
proletariado, 32, 36, 91, 134E39, 144E50, 152, 161E64, 175E76, 182E83, 189, 201E3, 208E9
Proudhon, Pierre Joseph, 31, 82, 90, 94, 97, 100, 108E13, 146, 149, 176E78, 181, 189,
192,201,210,215,219
Pushkin, Alexander, 226
Pyat, Félix, 210
Q
Quesnay, Francois, 90
R
racionalismo, 45, 47E48, 54E59, 137
radicalismo filosófico, 54
Réclus, Jean Jacques Elíseo, 210
Revolución de julio (1830), 73, 97 Rheinische
Zeitung, 81E82, 151 Ricardo, David, 36, 90, 111, 199
Rochefort, Henri,
210 RodbertusEJagetzow, Johann Karl, 178
Rousseau, Jean Jacques, 58E59, 80, 109, 125, 127, 144, 222
Ruge, Arnold, 85E86, 99, 103, 117, 143, 206
Rusia, 82, 152E53, 162E63, 172E73, 180, 207, 220E23
Russell, Lord John, 172
S
SaintESimón, Claude Henri, Conde de, 36, 70E 71, 92E95, 110, 118E19, 141E42, 199, 201, 215
Sand, George, 89, 97
Saturday Review, 206
Savigny, Friedrich Karl von, 77
Say, Jean Baptiste, 90 Schapper, Karl, 145
Schelling, Friedrich Wilhelm Joseph von, 60, 76
Schiller, Johann Christoph Friedrich von, 49, 144
Schlegel, August Wilhelm von, 50, 60
SchleswigEHolstein, 153
Schopenhauer, Arthur, 41 Scott, Sir
Walter, 226
Shakespeare, William, 49, 221, 226
Shelley, Percy Bysshe, 144
Sieber, Nikolai Ivanovich, 222
sindicalismo, 160, 16.3, 186E87, 191, 194E95, 202
Sismondi, Jean Charles Léonard Sismonde de, 36,90,95E96, 102, 109, 118
Smith, Adam, 36, 90, 93
socialismo cristiano, 97, 160, 168
Sócrates, 70
Spencer, Herbert, 38, 142
Spinoza, Baruch, 36, 57
Stein, Heinrich Friedrich Cari, Barón von, 36
Stendhal (MarieEHenri Beyle), 89
Stirner, Max, 36, 78, 116E17, 131E32
Strauss, David Friedrich, 76 Sue,
Eugéne, 226
Suiza, 156,216,223
Suthetknd, Duquesa de, 174
T
Taine, Henri, 38
teoría laboral del valor, 36, 199E200
The Observer, 213
The Times, 171,228
Thierry, Augustin, 36, 92 Thiers, Louis Adolph, 209
Thompson, William, 36 Tocqueville, Alexis de, 89
Tolpuddle, mártires de, 160
Trorsky, Lev (Lev Davidovich Bronstein), 140, 162
Turguenev, Ivan Sergeievich, 89, 221
U
Urquhart, David, 173, 227
V
Valles, Jules Louis Joseph, 210
«verdaderos socialistas», 133E34, 149, 174, 218
Vico, Giovanni Battista, 142
Vogt, Karl, 182
Voltaire, Francois Marie Arouet, 46, 54, 58E59, 61,80, 174
W
Wagner, Richard, 89
Weirling, Wilhelm, 36, 100, 106E7, 143E44, 156,161
Westphalen, Jenny von (esposa de Karl Marx), 43, 50 , 78, 85, 168, 227
Ludwig von, 49E50
Willich, August, 151, 156, 165
Wolff, Wilhelm, 158, 205, 225
Z
Zasulich, Vera Ivanovna, 222
NOTA FINAL
Le recordamos que este libro ha sido prestado gratuitamente para uso exclusivamente
educacional bajo condición de ser destruido una vez leído. Si es así,
destrúyalo en forma inmediata.
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Isaiah Berlin
KARL MARX
Este brillante relato de la vida y el pensamiento
de Marx se ha convertido en un clásico y se considera el mejor estudio crítico
del autor de El capital. La presente edición incluye un prólogo de Alan Ryan y
una bibliografía actualizada.
«Leí por primera vez Karl Marx
hace treinta y cinco años,
y lo devoré de una sentada. Los nuevos lectores lo
encontrarán igual de absorbente.»
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que Isaiah intuía pertenecer: la historia de las ideas.»
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del sistema democrático, tan hostil a toda forma de colectivismo,
escribiera uno de los más honestos y penetrantes
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Alianza Editorial Introducción de Alan Ryan
Traducción de Roberto Bixio
Título original: KarlMarx: His Life
and Environment.
Publicado por primera
vez en Gran
Bretaña por Thornton Butterworth, 1939.
Segunda, tercera y cuarta ediciones publicadas por Oxford University Press, 1948,
1963, 1978
Reservados todos los derechos. El contenido de esta
obra está protegida por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas,
además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para
quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en
todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su
transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo
de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva
autorización.
© Isaiah Berlin, 1978
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A. Madrid, 2000,
2003,
2007 Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15; 28027 Madrid; télef. 91 393 88 88
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978E84E206E6758E4
Depósito legal: M. 25.256E2007
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